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Title: El buey suelto.. - Cuadros edificantes de la vida de un solterón
Author: Pereda, José María de
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El buey suelto.. - Cuadros edificantes de la vida de un solterón" ***

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
    detección se ha tenido en cuenta una edición posterior de esta obra.

  * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la
    utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han
    normalizado a la grafía de mayor frecuencia.

  * Se ha respetado la falta de emparejamiento de los signos de
    admiración e interrogación, por ser un rasgo de estilo del autor.

  * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos
    que, en el original impreso, carecen de ellas.



  OBRAS COMPLETAS
  DE
  D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA



  OBRAS COMPLETAS
  DE
  D. JOSÉ M. DE PEREDA
  DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA


  Tomo II

  EL BUEY SUELTO...
  CUADROS EDIFICANTES DE LA VIDA DE UN SOLTERÓN

  TERCERA EDICIÓN


  MADRID
  VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
  1899



  _Es propiedad del autor._



[Ilustración]

AL SEÑOR D. M. MENÉNDEZ Y PELAYO DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS


Aunque _tú nos has dicho, y has dicho muy bien, que_ «el que lanza
al mundo un libro con sus tachas buenas ó malas, debe responder de
todas, confiéselas ó no[1],» _quiero, á buena cuenta y por lo que
valga, invocarte por testigo de que al borrajear estos cuadros, casi
á tu presencia, no me guió el propósito de resolver en ellos problema
alguno, sino el de fantasear sobre un tema determinado, con el mismo
derecho que han tenido otros escritores para fantasear con opuesta
tendencia; y acusarte después, como te acuso, de haber creído y de
seguir creyendo que en este rimero de cuartillas, escritas sin
plan meditado y verdaderamente á vuelapluma, hay un libro que debe
publicarse, porque, bien leído, no carece de útiles enseñanzas_.

  [1] _Horacio en España._ Prólogo.

_Esto dicho sin temor de que me desmientas, declaro que, no obstante
lo mucho que pesan tus dictámenes sobre mis pareceres, por esta
vez, ateniéndome al mío, diametralmente opuesto al tuyo denunciado,
quedáranse estos cuadros, como algunos de sus hermanos mayores, sin ver
la luz de la imprenta, á no animarme á publicarlos la esperanza de que
el lector ha de perdonar las tachas de la obra, en gracia de lo virgen
del terreno en que penetra._

_La verdad es que no se explica fácilmente cómo en un país en que
tantas agudezas y tantas necedades se han escrito y traducido contra
la vida conyugal, ni más ni menos que si esto de casarse los hombres
con las mujeres y de proceder los hijos de sus padres fuera moda
flamante, sujeta á las humanas veleidades, como el capote ruso ó
el tupé engomado, no existe un libro en que se narre y puntualice
escrupulosamente lo que se divierte un hombre esclavo de las teorías
de esos caballeros sublimes, que abominan de las suegras y sueñan con
las demasías de los chiquillos, y se pasan la vida haciendo que se ríen
de ciertas prosas (sin dejar por eso de aceptar un buen acomodo si se
pone á sus alcances), cual si fueran cuerpos santos los suyos, ó no
hubieran sido antes cuerpos de mocosos, é hijos de sus madres («muy
queridas, santas y veneradas» siempre que las dedican sonetos), á la
vez esposas y primero hijas; de la cual madera, á mi entender, se hacen
las suegras, y continuarán haciéndose mientras siga de moda la familia
honrada._

_Pues bien: que al lector se le ocurra alguna reflexión por el
estilo después de pasar la vista por este mal ensayo de_ fisiología
celibataria _(sigo el tecnicismo al uso), es el único fin á que aspira_
EL BUEY SUELTO... _al aparecer en las mieses de la república literaria_.

_Lo serio, lo ingenioso, lo transcendental, el libro, en fin, que se
necesita, escríbale quien haya nacido para tan alta empresa._

_Entre tanto, hazme la merced de contar estas cosas á quien te diga que
valiera más no tocar las castañuelas que tocarlas como yo las he tocado
en la presente ocasión, y de aceptar estas páginas como ofrenda que
tributa á la gloria más radiante de la Montaña, tu admirador sincero y
apasionado amigo_

  JOSÉ MARÍA DE PEREDA.

[Ilustración]



JORNADA PRIMERA



[Ilustración]

I

EL HOMBRE


Concédame el lector, si mal no le parece, que cuando un hombre ha
visto, desde que empezó á serlo, satisfechas como por ensalmo las más
comunes y perentorias necesidades de la vida, tiene mucho adelantado
para ser egoísta. Lo cual no se opone á que también lo sea el que ha
ganado el bien que disfruta, en guerra encarnizada con la suerte.

Querrá decir esto que los egoístas abundan, y que sus especies varían
en cada ejemplar. Enhorabuena; pero conviene distinguir de casos para
el objeto de estos apuntes.

El que es egoísta porque así le hizo el desdén de la fortuna; el que se
consagra al propio regalo como en recompensa de pasadas fatigas, tiene
en éstas la disculpa, y perenne deleite en la comparación del presente
risueño con el ayer angustioso. De este modo, ni la imaginación le
seduce, ni las vacilaciones le marean, ni _el vicio le mata_, como el
vulgo dice de los indecisos que lloran soñados males por exceso de
bienes. Lleva su rumbo bien trazado y camina con pie firme, sin el
riesgo de tropezar en desengaños, por lo mismo que no se alumbra con
ilusiones.

Otra cosa muy distinta es Gedeón, tipo en que se resumen todas las
especies de egoístas que no debieran serlo, hasta por razones de
egoísmo.

Á estos señores enderezo mi cuento; con vosotros hablo; con vosotros,
los que afanados en evitarle desazones á la materia, huís de los más
legítimos goces del espíritu; con vosotros los que, pródigos de la
hacienda cuando se trata de regalar al cuerpo, sois avaros de ella si
el alma os pide un óbolo para adquirir un regocijo; con vosotros, en
fin, los que pasáis lo mejor de la vida renegando del matrimonio por
molesto y caro, y el resto de ella lamentándoos de no haberos casado _á
tiempo_.

Séame lícito traeros al banquillo y revolver un poco el saco de
vuestras culpas; y aquí, donde nadie nos oye, cantaros al oído
media docena de verdades; parte mínima de tantas perrerías como
venís soltando á cada triquitraque contra la _diabólica_ suegra, la
_fementida esposa_, el _crucificado_ marido, y hasta los _mocosos_
rapazuelos.

Permitidme, pues, este inofensivo desahogo, y oidme la historia del
bueno de Gedeón, que si no es la historia de cada uno de vosotros,
andará á dos dedos de serlo, y á todos os vendrá como repique en pascua.

Gedeón siguió media carrera en la Universidad, ó no pasó del Instituto
de segunda enseñanza, ó no tuvo otra que la que recibió, muy á la
fuerza, de un dómine casero. Importa poco este detalle para el punto
que se esclarece. Fué hijo único, ó tuvo hermanos: como el lector
quiera. Lo cierto es que en su casa reinaba la abundancia, y que él, si
no era niño mimado, pecaba con exceso de _consentido_.

Sabía que al despertarse, á la hora que más le cuadraba, le esperaba
el desayuno calentito, al alcance de su mano; que los vestidos que le
hacía el sastre, á su capricho, habían de ser pagados, no por él, á
la presentación de la cuenta; que si el frío arreciaba, se elevaría
convenientemente la temperatura de su gabinete; que si le cansaban las
truchas, le darían perdices, y que si tosía más de tres veces, iría
á buscarle entre las coberturas de su lecho la azucarada y humeante
pócima; sabía, en fin, que dentro del hogar eran sus deseos antes
satisfechos que manifestados.

En esta pendiente colocado, en breve llegó á estimar cosas y personas
no más que en cuanto podían servir á sus deleites; y si no creyó
al mundo hecho para su uso particular, juzgóse venido á él para
merecer todas sus comodidades y ninguna de sus molestias... Si no os
ofendiérais, célibes de mis entrañas, os diría que era Gedeón el más
perfecto modelo de aquellos hombres á quienes llamaba Horacio _cerdos
de las piaras de Epicuro_.

Que era sensual, no hay que decirlo, ni tampoco qué gusanillo le roía
con más frecuencia la imaginación. Soñó con el amor perdurable de
las mujeres (nótese que no digo de la _mujer_); y creyendo hacer de
su corazón un nido al más puro y noble de los sentimientos, labró en
su cabeza templo en que daba culto á los más torpes estímulos de la
materia.

Que para alimentar este fuego elegía los combustibles más adecuados á
su actividad, también se comprende sin afirmarlo; por lo cual excuso
decir que, en punto á literatura, tomaba á pasto cuanto se ha escrito
en el género desde la _Celestina_ hasta _Mi tío Tomás_. Pero algo
filósofo también, para contener la imaginación, que pudiera llevarle
más allá de lo conveniente, acogíase al llamado eclecticismo de Balzac,
y sabía de memoria la _Physiologie du mariage_, y las _Petites misères
de la vie conjugale_.

Porque es de advertir que Gedeón, á las veces, creía posible realizar
sus ilusiones dentro del matrimonio, tomándole, por supuesto, como una
fase más de su sibaritismo; como refugio lícito, pero siempre sensual
y voluptuoso, de su vida hastiada ya del _amor libre_. Pensaba en el
matrimonio, considerándole sólo como un conjunto de todo _lo bueno_ de
él y de fuera de él; es decir, el incentivo constante de la concubina,
y la adhesión fiel y desinteresada de la esposa que le tuviera en
perpetuo arrullo, sin dudas ni remordimientos.

Como hombre de vehementes caprichos, sentíase arrastrado con violencia
hacia ese punto desconocido; pero, egoísta impenitente, huía de él
temiendo equivocarse; temor que le aterraba al considerar que en ese
terreno, una vez dado el avance, es imposible la retirada.

En tales ocasiones era cuando acudía con más ansia á sus filósofos
preferidos, que si no le convencían por completo, dejábanle, por lo
menos, sumido en grandes dudas acerca de eso que se llama entre los
solterones licenciosos y egoístas, _prosa de la vida matrimonial_.

En este perpetuo examen de lo conocido y lo desconocido; pasando con
su imaginación á cada instante del uno al otro término, como cambia el
enfermo de posturas para aliviar sus dolores, no del todo satisfecho
de lo que palpaba, y dando un aspecto pavoroso á lo que desconocía,
apuntáronle las canas, quizá más que por el peso de los años (aunque ya
los contaba por pares de decenas) por la fuerza de sus cavilaciones.

Y en esto, aquel sér que en el mundo era su providencia, y á cuya
sombra vivía él regalón y descuidado, desapareció de la haz de la
tierra.

[Ilustración]



[Ilustración]

II

EL CASO


Momento solemne fué para Gedeón el en que, por primera vez, se vió
solo en el recinto de su hogar; pues aunque en él quedaba siempre
la abundancia, ¡era tan duro, tan molesto, tan prosáico eso de
administrarla y de atender con ella á las mil necesidades ordinarias de
la existencia!...

Por cierto que en aquellos mismos días hizo varias observaciones que no
dejaron de asombrarle. Cada vez que se sentaba á la mesa experimentaba
dentro de sí algo que no podía explicar bien su egoísmo; algo que
pesaba sobre su alma y se la oprimía; y al contemplar vacío el puesto
que antes ocupaba la persona en quien apenas se había fijado él por la
misma frecuencia con que la veía, parecíale un páramo desierto, con
sus fríos y hasta con el silencio pavoroso de las grandes soledades.
Observaba que cuando no vivía solo en aquel mismo albergue, no reparó
jamás en que, al tornar á él después de sus francachelas y regodeos,
sentía un placer tranquilo y consolador; veía la faz del anciano
envuelta en serena y misteriosa luz, y hasta el vulgar condumio,
servido por tosca cocinera, le gustaba más que los refinados manjares
de la fonda; venía á ser, en fin, el hogar doméstico, para él, cuando
le buscaba después de las borrascas de sus pasiones, lo que el seguro
puerto para la nave batida en el mar por los huracanes.

Al caer en la cuenta de estos fenómenos que había sentido sin
fijarse en ellos, en vano trataba Gedeón de explicárselos por causas
rigorosamente lógicas.

--«El paladar--pensaba,--se estraga con los mejores guisos, si se los
dan muy á menudo; y el espíritu necesita también la variedad en los
goces para no hastiarse de ellos. La modesta prosa de mi albergue es
todo lo contrario de lo que yo saboreo fuera de él. Por eso, por el
contraste, me gustaba el hogar doméstico y cuanto en él hallaba después
de las tempestades de mi vida.»

Pero ¿por qué en su nueva situación no le sucedía eso mismo? ¿Por qué
hallaba insípidos los manjares de su casa, y en lugar de dilatársele
el pecho al atravesar los umbrales de su puerta, se le oprimía el
corazón, y el desierto de la mesa se extendía á su gabinete, y notaba
la falta de aquella persona hasta en los sitios donde jamás la viera?
¿Qué era y en qué consistía _aquello_? ¿Existía algo fuera de su
sér, que, sin embargo, formaba parte de él; algo indispensable para
expansión legítima de su alma? ¿Era acaso que los cuidados domésticos
que á la sazón preocupaban al huérfano, le proporcionaban molestias que
antes no conocía? ¿Serían estas molestias la causa de su desaliento en
el hogar? Y, en este caso, ¿era la falta de un celoso _proveedor_ lo
que únicamente le apesadumbraba? Pero entonces, ¿por qué le echaba de
menos aun donde nunca le necesitó? ¿Por qué antes le molestaban por
_impertinentes_ sus preguntas, aunque se encaminasen á satisfacerle un
gusto más, y ahora diera parte de su vida por volver á oir una sola
de ellas, aunque fuera para echarle en cara su egoísta ingratitud?
¿Sería cierto que en ese _presidio_ llamado familia por los hombres
_vulgares_, es donde únicamente se encuentra lo que no puede adquirirse
con todo el poder de las riquezas, ni entre el vértigo de todos los
placeres?

Así, ó por el estilo, le hacía discurrir la elocuencia de los hechos,
como en respuesta á la explicación _lógica_ que él se empeñaba en dar
á su nuevo y _raro_ modo de sentir; el cual hallazgo, dentro de la
casa, le produjo, como dicho queda, no poco asombro, pues jamás se
había permitido semejantes _debilidades_.

Pero tenía hondas raíces en su pecho el amor inconmensurable á la
materia; y no pasó la crisis de obligarle á insistir con doble empeño,
más bien por distraerse que por decidirse, en sus cavilaciones de
costumbre; las cuales, como el lector sabe ya, se reducían á comparar
estado con estado, y hacer con la imaginación voluptuosas exploraciones
en el campo matrimonial, en su afán de conocerle, por si las
circunstancias le llevaban un día á refugiarse en él.

Merece saberse, al pormenor, de qué especie eran esas exploraciones.
Comenzaba Gedeón por hacer un recuento de sus haberes; y suponiendo
que, aun echando corto, habían de darle, amén de mujer, doble por
sencillo, multiplicaba su caudal por 3, y apuntaba el producto como
capital de su pertenencia para sostener las cargas de su nuevo estado.

En seguida pensaba en el tipo de la mujer que debía elegir; punto
siempre muy grave para él, porque unas por rubias y otras por morenas,
unas por rosas y otras por capullos, todas le gustaban, supuesto
que todas habían de tener el pie pequeño, el cuello torneado, los
ojos lúbricos, el talle flexible... y, además, habían de amarle _con
delirio_.

Sin estas condiciones arquitectónicas y hasta de temperatura, no había
que pensar en que Gedeón se decidiera por ninguna; y con ellas, todas
le convenían.

Vacilaba largo rato, con los ojos cerrados y la mente perdida en un
cúmulo de hipótesis verosímiles, y concluía decidiéndose... por _el
grupo_, por de pronto, y aplazando el _cuál de ellas_ para _en su día_.

Tenía ya mujer y buena renta: faltábale el nido en que había de pasar
la vida como una aurora sin nubes, como un suspiro de amor, sin término
ni fatiga.

Por de pronto, entre disfrutar la luna de miel con su paloma bajo los
aleros de un _hotel_ fuera de la patria, ó á la sombra del tejado
paterno, elegía un término medio que le satisfacía en todos conceptos:
para esa ocasión tan solemne tendría él preparado el voluptuoso
albergue conyugal.

Y ¿cómo sería ese albergue?

Aquí entraba el lápiz á resolver el problema, no sólo con cifras, sino
con dibujos; y comenzaba Gedeón por trazar el plano geométrico de
su futura morada. Pero le asaltaba al punto la batallona y compleja
cuestión de Balzac: ¿dos gabinetes para los esposos; uno solo con dos
camas, ó una cama sola y un solo gabinete?... Nuevas meditaciones,
nuevas dudas, y al fin un punto más entre los varios que se quedaban
sin resolver por el momento.

Entre tanto, aceptaba los dos gabinetes; pero ¿muy separados ó muy
juntos? Lo primero tenía sus ventajas; mas había en contra de ellas
ciertos reparos de estética y hasta de higiene y policía doméstica, por
razón de distancia y horas intempestivas, muy atendibles... Á todas
luces era preferible la contigüidad; y así se trazaban los gabinetes.

Después pensaba en la ornamentación, y calculaba el número de sillones,
y la clase y el color de la tapicería; y si el lecho nupcial sería de
bronce ó de madera; si las cortinas de éste ó del otro modo; si la
luz por la derecha ó por la izquierda; si la alfombra de Persia ó de
Cataluña; si en la antecámara pondría, durante la noche, opaco disco
ó resplandeciente fanal; si es de más ilusión la media luz que la luz
entera, ó si es preferible la obscuridad absoluta.

Después, el tocador de _ella_: sus mil objetos, untos y perfumes; y
el vestíbulo y el estrado... ¡hasta la cocina! todo se apuntaba en
minuciosa lista, á todo se le daba precio y para todo alcanzaban las
rentas.

Por los pasadizos de aquel plano, realzado con el fuego de la
imaginación del dibujante, veía éste pasar la esbelta figura de su
mujer, y oía el crujir de la seda de la bata, y por debajo de los
pliegues desmayados, distinguía la punta del diminuto pie calzado con
artística, leve babucha, y aspiraba el aroma de los rizos cayendo sobre
el lascivo cuello... y ¡qué sé yo cuántas cosas más!

Después pensaba en la servidumbre, y formaba el presupuesto de sus
gastos domésticos, que nunca excedían á los ingresos.

Establecido ya, trataba de metodizar su vida: qué horas destinaría á
los placeres dentro de su casa, y en qué forma; y cuáles para volver á
ella, donde le esperarían los brazos de su hermosa compañera, que no
podría vivir un instante separada de él; el almuerzo y la comida serían
la comida y el almuerzo de dos tórtolas; y la sobremesa y el reposo, un
incesante arrullo.

Si él enfermaba (en que enfermase ella no había que pensar) su médico
sería el amor, y su medicina, mimos y agasajos... Por supuesto que
su enfermedad no pasaría de cierta languidez interesante: nada de
secreciones nasales ni otras hediondeces por el estilo...

Así un día, y otro y otro; y los meses y los años: _ella_ cada vez
más hermosa y enamorada, y _él_, que ya tenía canas al hacer este
presupuesto, sin una sola arruga, ni un triste _destacamento_, ni un
mal retortijón.

También vislumbraba, entre la penumbra de sus ensueños, algo como la
rizada y blonda cabellera, los húmedos y rosados labios, los ojos
serenos y el leve talle de una hermosa criatura; pero este sér siempre
sonreía, jamás había llorado, ni estado en mantillas, ni alborotado
la casa durante lo más acerbo de la dentición; ni su madre le había
parido, ni el comadrón la había visitado...

Era, en suma, el cuadro que Gedeón se imaginaba, una primavera
perpetua, sin lluvias ni ventiscas.

--¡Si esto fuera posible!--exclamaba, despidiendo centellas por los
ojos.--Pero... ¿y la _prosa_?... ¿y mi libertad perdida?

[Ilustración]



[Ilustración]

III

LOS JUECES


En dos épocas de la vida sienten los hombres, con respecto al
matrimonio, eso que los célibes recalcitrantes llaman _malas
tentaciones_: la primera, cuando la imaginación, salida apenas del
horizonte de la pubertad, lo ve todo de color de rosa. Entonces nos
casaríamos todos los hombres si fuéramos dueños de nuestra voluntad y
de algunos maravedíes. La segunda, después de trasmontar la cúspide de
este sendero espinoso; cuando todavía nos atrevemos á dudar si vamos
dando el primer paso del descenso, ó el último de la subida.

Por estas latitudes navegaba la edad de Gedeón cuando notó que le era
insoportable la soledad de su casa, y con tanto empeño se entregaba á
sus exploraciones por los desconocidos mares del matrimonio.

No diré que se insinuara en él con tanta fuerza como en otro mortal
menos egoísta la inclinación al indisoluble vínculo; pero es indudable
que el coincidir en ese mismo grado la natural tendencia, su,
digámoslo así, _punto de sazón_, y el repentino cambio en un tan largo
como inalterado método de vida, era más que suficiente motivo para
obligarle, como le obligó al cabo, á hacer un esfuerzo de raciocinio.

Ni su edad ni sus circunstancias del momento, daban ya espera. Entonces
ó nunca. Era preciso examinar con el microscopio de sus conveniencias
hasta el último repliegue de sus adentros, para ver, en definitiva,
qué había _allí_ que temer ó que esperar. Como buen egoísta, no quería
dejar para mañana ni el recelo de haber elegido lo peor por falta de
reposado consejo.

Ya se ha visto que en el que á sí propio se pedía, llevaba preparada
más de la mitad de su postrera resolución. Y digo que ya se ha
visto, porque tomando el punto de vista donde él le tomaba siempre,
el resultado no podía variar jamás. Desde aquel punto lo veía todo,
todo... menos el matrimonio. ¿Cómo diablos había de llegar á conocerle?
Y no conociéndole, ¿cómo había de estudiarle _á fondo_, según él
deseaba?

Por eso no fué larga su meditación; mas como el resultado de ella
no le satisfizo por completo, aunque le agradaba no poco, quiso
encomendar el resto al dictamen de acreditados peritos en la materia.
En desacuerdo con ellos, lícito le era apelar á otros pareceres; en
perfecta concordancia, ya no cabían escrúpulos.

Veamos ahora quiénes eran los jueces que iban á entender en tan
delicado litigio.

Cada generación que viene al mundo trae un poco de todo, como ustedes
saben. De cien muchachos que van juntos á la escuela, hay siquiera
diez que entran al mismo tiempo en la Universidad; otros diez que se
dispersan por la tierra á correr las aventuras de la suerte; veinte que
ahorcaron los libros para meterse, como Fray Gerundio, á predicadores,
es decir, á todo aquello para lo cual no sirven; cincuenta que van
dejando, uno tras otro, este pícaro destierro; y, finalmente, otros
diez que se quedan, en la época crítica de decidirse, como estorninos
atolondrados, mirando cómo se dispersa el resto de la banda. De estos
diez era Gedeón, y de los mismos, otros tres contemporáneos suyos,
ociosos como él, egoístas como él y solterones aún más que él, pues
todos le excedían en edad, y particularmente en aversión al matrimonio.

Como contemporáneos, como egoístas y como solterones, los cuatro eran
amigos... Entendámonos: paseaban juntos, murmuraban juntos, y juntos
estaban siempre en rebelión contra la sociedad entera. Por lo demás,
ninguno de ellos hiciera por la vida de los restantes el sacrificio de
un cuarto de hora de su reposo. Paseando en ala, como acostumbraban,
no se toleraban mutuamente el casual pisotón, ni el choque un tanto
violento. Por todo gruñían y á cada instante alborotaban el paseo.
Ninguno de los cuatro sabía el modo de vivir de los otros tres; lo
único que no ignoraban todos era el pie de que cojeaba cada uno de los
demás, porque esto aun en la calle se veía: era el carácter.

Uno era avaro; y el matiz más sobresaliente de los muchos que tenía su
odio el matrimonio, se compartía entre lo caro que costaba y el riesgo
de llegar á tener herederos _forzosos_.

Acaso hubiera aceptado la esposa como sirvienta fiel y desinteresada
en todo género de faenas; pero la quería joven y de buena estampa,
con lo cual no estaba garantido contra el riesgo que temía. De las
aseguradas de él por edad, no había que hablarle. De todas maneras,
no podía avenirse con el derecho de la mujer á la mitad de los bienes
gananciales. El caudal era suyo, y lo suyo lo quería para hacer de ello
lo que le diera la gana.

Otro era pulcro, reglamentado y económico. No toleraba en su habitación
un mueble fuera de su sitio, ni una hilacha en el suelo, ni una mancha
en su vestido; la ventilación era su tema y el cepillo su manía.
Apuraba la ropa hasta desecharla por transparente, pero jamás por
sucia. Se sentaba ocupando la menor cantidad posible de silla; y para
escribir, así sentado, aún encogía las piernas y los dedos de la mano;
_metía_ los renglones de su piojosa letra hasta amontonarlos, y todavía
cercenaba media pata á cada _m_ y los puntos á las _ii_. Comía, paseaba
y dormía á horas inalterables é inalteradas. No concebía de otro modo
la existencia; y como, en su concepto, el matrimonio era el desorden,
el despilfarro, el desaseo y una caverna de aires impuros, detestaba el
matrimonio con un rencor inconcebible en su aspecto acicalado y hasta
risueño... Verdad es que su sonrisa no lo era; más bien lo parecía por
la especial disposición de su boca, muy semejante á la de las culebras.

El tercero era celoso, como una bestia en sus períodos _álgidos_; y
porque la humanidad no le mimaba como él creía necesitarlo para sus
regodeos brutales, detestaba á la humanidad entera. Bajo siete cerrojos
y amarrada á una estaca, y él á su lado con otra en la mano, sospechara
de la fidelidad de su mujer, si capaz hubiera sido de atreverse á
elegir una, ó el cielo se lo hubiera permitido.

Ya se deja comprender que estas cualidades enumeradas eran el sello
distintivo de sus respectivos poseedores, pero nada más: en el fondo
del carácter los tres parecían formados en un mismo troquel. Cada
uno de ellos creía odiar al matrimonio por distinto lado; pero estas
fases de sus odios no pasaban de ser otras tantas manías, ó productos
diversos y raquíticos de un mismo suelo árido y estéril.

Los tres carecían de familia ó habían prescindido de ella; los tres
ignoraban lo que era el trabajo y la ocupación seria; los tres eran
ricos, y cada uno de ellos vivía solo; quién como huésped, quién en
casa propia.

No era Gedeón, seguramente, el peor de los cuatro; pues, á lo menos,
sentía ciertos deseos, aunque mal entendidos, de explorar otras
regiones para variar de clima, señal de que el insano en que habitaba
no le satisfacía; era en sus vicios algún tanto _artista_, y bastante
pródigo de su caudal. Con otra educación, acaso hubiera sido hombre de
provecho. Los resabios de sus amigos procedían de la madera misma, que
se torcía, como se tuerce el roble, porque es roble, aun con la polilla
de los tiempos.

Tales eran los jueces á cuyos dictámenes y consejos sometió Gedeón
el atisbo de escrúpulo que le quedó, de resultas de sus cavilaciones
matrimoniales al entregarse _por última vez_ á ellas.

Olvidábaseme decir que en el pueblo se llamaba á estos cuatro
solterones _Anás_, _Caifás_, _Herodes_ y _Pilatos_, aplicándose los
nombres al avaro, al celoso, al pulcro y á Gedeón, respectivamente, y
no sé por qué.

[Ilustración]



[Ilustración]

IV

EL JUICIO


Sereno era, y hasta chancero y zumbón; pero no sin tartamudear más de
tres veces, ni sin hacer por cada palabra una salvedad, llegó Gedeón
á exponer su tesis al asombrado y adusto tribunal. Verdad es que no
pueden escribirse ni pintarse los carraspeos, las interjecciones y los
gestos con que, á manera de ortografía, iban los jueces puntualizando
los períodos del exponente. Ya no eran caras; era vinagre y rescoldo
aquello que le miraba cuando acabó de hablar en éstos ó semejantes
términos:

--Tal es el caso, caballeros; y para ponerle á su verdadera luz, acudo
á vuestro autorizadísimo dictamen. Necesito que hablemos una vez en
serio de eso que se llama matrimonio, con el piadoso fin de ver hasta
qué punto le es lícito á un hombre... como nosotros, el pensamiento de
casarse. Suponed, pues, ilustres jurados, que habiendo hallado una
mujer rica, hermosa, con todas las seducciones imaginables, y educada á
mi gusto, me caso mañana con ella...

Aquí fué la explosión de asco, de ira y de horror, todo junto; aquí fué
el ponerse aquellas caras como dicen que se pone la del demonio cuando
la rocían con una hisopada de agua bendita.

--Supongamos--recalcó el exponente, después de abrir un paréntesis de
silencio para que pasara lo más recio de la tempestad;--supongamos,
repito, que aprovechando todas esas ventajas, me caso mañana yo: ¿qué
me sucederá?

--¡Tu ruína!

--¡Tu muerte!

--¡Tu ignominia!

--Eso no es responder--dijo Gedeón, replicando de una sola vez á las
tres feroces respuestas de sus amigos.--Quiero detalles; quiero que
discurramos un poco sobre esa prosa y esas cadenas matrimoniales; sobre
todo ese conjunto de miserias que, según fama, son inherentes á la vida
conyugal. Y esto entendido, vuelvo á preguntaros: ¿qué me sucederá si
me caso?

--¿Y qué demonios quieres que te respondamos á una pregunta tan vaga y
tan compleja?--contestó el pulcro, rasgando mucho la boca para enseñar
todos los dientes.

--Lo que sepáis.

--¡Lo que sepamos! ¿Pues no lo sabes tú como nosotros? ¿No lo sabe
todo el mundo de corrido? ¿Hay tema que haya sido más resobado ni más
discutido? Pero aunque lo ignorases, ¿cómo narrarte en tan breve tiempo
lo que no cabe en libros ni en la memoria humana?

--Si te concretaras á un punto determinado...--añadió el celoso.

--Concretaos vosotros; dividid, por ejemplo, en períodos la epopeya, é
id diciéndome, no todo lo que hay, sino lo que más abunda en cada uno
de ellos: yo deduciré el resto.

--Y vendremos á repetir lo que, en fuerza de haberse repetido tanto,
pasa en el mundo por _catálogo de vulgaridades_.

--Pues ese catálogo es, precisamente, lo que yo vengo buscando.
Diréisme que en la memoria debo tenerle; pero recordad los expuestos
motivos de mi consulta, y comprenderéis por qué necesito que ese
resumen pintoresco de vulgaridades aceptadas como razones serias contra

    «esa grotesca fusión
    que se llama matrimonio,»

sea hecho por vosotros y no por mí; por qué, no debiendo fiarme de
la memoria ni de la luz con que habría de guiarla para buscar los
hechos vitandos, es indispensable que me los expongáis vosotros, en
forma, como quien dice, de ramillete, para que pueda yo olerlos todos
de un solo aliento y probar en la intensidad de su veneno el vigor de
mi naturaleza y los bríos de mi necesidad. Y con el laudable fin de
evitar divagaciones metafísicas y retorceduras de conceptos, vuelvo á
presentaros en crudo mi pregunta, que ya lleva marcado el prosáico son
de la respuesta: «¿Qué me sucederá si me caso mañana?»

--¡Y dale con el tema! ¿Quieres, con mil demonios, saber lo que te
sucederá, por ejemplo, en los primeros días?--dijo echando chispas
el acicalado que, según parece, llevaba la voz cantante en aquel
estrafalario desconcierto.

--Muchos cantos va á tener la epopeya, á lo que veo,--exclamó sonriendo
Gedeón.

--¿Por qué lo dices?

--Por la pequeñez de las partes en que la divides, si he de juzgar por
la muestra de «los primeros días.»

--Pues esos días son un período completo, y aun colmado... Los demás ya
serán más largos, para desgracia del marido.

--Vaya, pues, por «los primeros días,» y sepamos, por fin, qué me
sucederá en ellos.

--Nada que no sea envidiable: sorpresas encantadoras, dulzuras, mimos,
arrebatos sublimes... ¡lo más voluptuoso y embriagador que puedas
imaginarte!

--Y ¿cuánto dura?--preguntó Gedeón relamiéndose.

--Cuarenta y ocho horas,--respondió secamente el interpelado.

--Me parece mucho,--gruñeron los otros dos jueces.

--¿No me concedéis siquiera una semana?

--Vaya la semana--dijo el atildado,--pues días más ó menos, poco
suponen en la eternidad del martirio subsiguiente. Durante esa semana,
no existen los suegros ni los cuñados; tu nueva familia es un coro de
ángeles que no cesa de cantar tus alabanzas. No hay hombre como tú,
ni más amable, ni más ingenioso, ni más bello, ni más digno de ser
adorado; y esto, que te lo dice tu mujer á solas entre explosiones de
amor, te lo repiten en la casa hasta el gato y el perro, adivinando tus
deseos y hartándote de preferencias y mimos. Como no has de vivir con
tus suegros eternamente, en estos primeros días empezarás á tratar,
si no de separarte, de cuando te separes; y ten por seguro que por
diferencias sobre calle, ó piso, ó colores de las tapicerías, ha de
asomar la oreja la primera nubecilla en el arrebolado horizonte de tu
felicidad.

--Eso suponiendo--añadió el usurero,--que en los pormenores de la dote
no haya habido serios altercados.

--Ó que la recién casada--expuso el celoso,--no deje, en la vecindad
que abandona, _su primer amor_.

--Todo es posible--continuó el pulcro;--pero hemos de prescindir
de lo eventual y contingente, que no tiene medida, para fijarnos
sólo en lo rigorosamente lógico; en lo necesario, en lo infalible.
Con esto nos sobra para ganar el pleito. Y prosigo. He supuesto que
pasabas la primera semana con la familia de tu mujer, por elegir un
motivo, entre los cien mil que existen, para el primer desacuerdo. De
todas maneras, en tu casa ó en la ajena, al acabarse esos días, las
intimidades matrimoniales han llegado á su grado máximo, y comienzan
á caer en desuso ciertas contemplaciones de pura galantería, hasta
allí guardadas entre los cónyuges. Nada más natural entonces que la
elección de un criado, ó la compra de un mueble, ó la distribución de
las horas del día, ú otra pequeñez cualquiera, produzca en tu mujer un
serio enojo y en tí un disgusto. Los de esta índole son los que traen
á las casas las intervenciones extranjeras, aunque con ramo de oliva;
pues la esposa, poco acostumbrada todavía á sufrir contrariedades,
necesita murmurar con alguien de las rarezas de su marido, y murmura
con su madre, si la tiene, y si no, con sus amigas. Oirás de éstas ó de
aquélla tal cual disertación sobre el tema de la tolerancia que deben
tener los caballeros con las señoras; verás que en estos conflictos
_internacionales_ jamás se te da á tí la razón; te llevarán los
demonios cuando consideres que cosas tan fútiles y remediables en casa,
son ya del dominio público, y en centuplicado tamaño, por la insensatez
de tu mujer; que están tu reposo y la paz de tu casa á merced de la
menor divergencia de pareceres entre vosotros dos, y sobre todo, cuando
veas que tu esposa se va mostrando tan dispuesta á desechar los tuyos
más sensatos, como á aceptar los ajenos más absurdos.

Pasó, pues, el período breve del éxtasis amoroso, y estás de patitas
en el primero del martirio. Comparando lo que eres con lo que fuiste
poco antes, y temiendo avanzar en el horrible é interminable sendero
en que te hallas colocado, haces heróicos esfuerzos en favor de la
paz doméstica; te acusas aun de faltas que no has cometido; disculpas
todos los resabios de tu mujer, y corriges hasta los más inofensivos
de tu carácter. Todavía, y mediante este sistema, disfrutas, de
vez en cuando, los breves momentos de placer que dan de sí las
_reconciliaciones vehementes_; y quizá insistiendo en el procedimiento
adoptado, y sin más mujeres en el mundo que la tuya, llegaras al fin
de la carrera, no sin cruz, pero sin espinas. Mas, en esto, asoman los
primeros barruntos de sucesión; y á los tiquis-miquis de todos los
días, tienes que añadir las impertinencias propias del _estado_.

El olor del tabaco la ofende, y no puedes fumar delante de ella; si
por no dejar de verla fumas lejos de su presencia, cuando te acercas
huele que has fumado, y te rechaza; por evitar este inconveniente dejas
de fumar; pero has salido á la calle, has ido al café, has estado, en
fin, donde se fuma, y tu ropa huele á tabaco, razón por la cual tampoco
puedes aproximarte á su gabinete. Te resignas á no salir de casa por no
ahumarte; pero si usas esencias, le repugnan, y si no las usas, hueles
_á hombre_: tampoco entras así.

Entre tanto, la casa está patas arriba, y tu autoridad como la
casa, porque la señora come á horas intempestivas las cosas más
extravagantes, y tiene ascos y náuseas, y todo lo escupe.--Cuando
concluye este período, que es muy largo, empieza otro mucho más
divertido: el período de la pesadez, del bamboleo, del malestar, del
paseo nocturno entre calles, colgada de tu brazo; del abultamiento de
los labios y de las manchas en la cara; de los pies hinchados; el
prólogo, en fin, de la nueva y más tremenda etapa, durante la cual
no dormirás sueño tranquilo, ni comerás cosa en sazón, ni te pondrás
camisa bien planchada; pues todo lo que es orden, paz y sosiego, lo
extermina, lo barre la gran catástrofe: con sus preparativos, antes, y
hasta mucho después, con su cortejo de horrores y hediondeces. Antes,
el hatillo, y la cuna, y los tanteos y probaduras de nodriza, y la
novena á San Ramón, y los falsos síntomas siempre á media noche, ó
á otras horas tan intempestivas. Después, los jipidos, y la casa á
obscuras y en silencio, y el aire corrompido, y el andar en ella todos
de puntillas, y el comadrón, y la nodriza, y los pañales, y los recados
á la puerta, y la obligación de contestarlos, y la colineta para el
cura, y los padrinos, y la comitiva del bautizo, y tú presidiéndola, y
los chicos de la calle cantando el ¡_pelón_!... y hasta el consonante,
que es harto más grave, pues no faltará quien te le aplique, aunque la
copla se refiera al padrino; y luego las enhorabuenas, y el refresco...
¡y el demonio desencadenado en tu casa!--Después, la cuarentena, y los
retortijones de barriga en la criatura, y los vagidos consiguientes,
y el cólico de la pasiega, y el riesgo de buscar otra, y las cuentas
á puñados, y el dinero tras ellas á carretadas... Por último, el
restablecimiento...

--Y, por fin--interrumpió Gedeón, respirando con ansia,--volvemos á
aquellos ocho días...

--¡Quiá!--dijo el otro con el gesto y el tono que usarían las víboras,
si las víboras hablaran del matrimonio;--aquellos días se fueron para
no volver. El primer cuidado de tu esposa al salir de su habitación, es
residenciarte por el tiempo en que ella no ha mandado en jefe. Nada se
ha hecho á su gusto: el refresco fué mezquino; se quedaron sin dulces
esta amiga y el otro pariente; el ruido constante que tú no supiste
impedir, no la dejó descansar á su gusto una sola vez; están los suelos
mal barridos y los muebles echados á perder; eres un Juan Lanas, y
además roñoso y desatento. Por supuesto que tú no has intervenido en
nada de lo censurado: desde el momento supremo se apoderó de las llaves
y del mando la amiga, ó la vecina de más confianza, si no hay por
medio una madre ó una hermana; pero esto no impide que el responsable
de todo lo malo, inventado ó cierto, se te haga á tí. Habrá hocico
también, y acaso moquiteo, porque no se te vió el pelo cuando ella más
gritaba durante el apuro gordo; y si se te vió, porque no te alegras,
como debes, al contemplarte reproducido; has estado hasta soez con
las visitas, ó has pecado de expresivo con _algunas que ella sabe_; y
luego, porque su mamá, ó su modista, ó su doncella... ó el Peñón de
Gibraltar; pues hasta lo más extraño es un motivo serio para darte
guerra. Cuando ésta se acaba por cansancio, comienza la criatura á
tomar fisonomía y á entretener á su madre con gorgoritos, sin dejar por
eso de alborotar la casa con sus lloros. Ahora porque se ríe, después
porque tose, luégo porque no mama, y más tarde porque vuelve la leche,
allí no se habla más que del muñeco, ni en otra cosa se piensa, así te
entre un torozón y te pongas á la muerte...

--Bueno; pero... después...

--Después, volvemos á los ascos del principio, y á los síntomas de
marras, y á todas las enumeradas peripecias... Y pasan otra vez, y
vuelven de nuevo, y tornan á repetirse, salpimentadas, por supuesto,
con un sinnúmero de impertinencias y de contrariedades nuevas, hijas
legítimas del cúmulo de necesidades que se van creando en tu casa con
cada vástago, y de los resabios que va adquiriendo tu mujer en cada
alumbramiento.

--¿Pues no dice la fama que nunca está un hogar más alegre que cuando
está lleno de chiquillos?

--¡Oh, es encantador uno de esos cuadros de familia! Aquí una silla
rota; allá media vajilla en polvo; el tintero encima de la cama, y las
almohadas debajo de la mesa; las botas en la sombrerera, y el sombrero
en la cocina; en el ropero la zaga de un coche y la cabeza de Carlo
Magno, y medio tambor y un pedazo de corneta; en el cajón de la basura,
la estampa que más aprecias cubierta de lamparones y de garabatos; y
los papeles importantes de tu cartera, hechos una pelota, y la máquina
del reló de tu mujer, en la escalera del desván. Te sientas á la mesa,
y empieza lo conmovedor. Antoñito no quiere la sopa si tú no se la das;
Pablito, mientras cebas á su hermano, te mete un tenedor por los ojos;
Adelita quiere cerezas, y está corriendo el mes de enero; Elisina,
después de haber comido las natillas con los dedos, hunde las manos
en los bolsillos de tu chaleco blanco; y todos cuatro rompen á llorar
poco después, formando el coro más armonioso que hayas oído, sobre el
cual se destaca la voz de tu mujer, poniéndote como hoja de perejil, so
pretexto de que no sabes hacerte querer ni respetar de tus hijos; tu
mujer, que andará ya en _meses mayores_; de modo, que cuando el último
retoño va domesticándose, y se larga la nodriza y se le añade al montón
de sus predecesores, viene el nuevo con los consabidos trastornos y las
enumeradas desazones.

--Pero, hombre, ¿cuándo concluye... _eso_?

--Cuando concluyan las gracias y los atractivos de tu mujer; cuando no
le queden ojos para mirarte, ni labios para sonreirte, ni dientes para
devorarte; cuando no sea más que un catálogo de achaques, envuelto en
un retal de pergamino; cuando esté á tu cargo la fatiga de cuidarla, y
á las doce de la noche te pida desde su cama el antiespasmódico para el
histérico, ó el algodón para los oídos, ó los parches para las sienes;
ó se despierte á las tres de la mañana para que le des las friegas en
la espalda, ó le pongas las franelas en los riñones; cuando tus hijos
crezcan y necesiten el látigo y el colegio, y el uno resulte estúpido,
y el otro holgazán, y el tercero un perdido, y la cuarta una tontuela,
y te roben y te esquilmen el sastre, y el zapatero, y la modista, y el
maestro de música, y el vecino de enfrente, y la vecina de al lado... Y
así vas tirando y haciéndote viejo, y notando poco á poco que estorbas
en todas partes á tus hijos y á tu mujer, y que tu mujer y tus hijos
comienzan á preguntarte cuánto tienes, y á hablarte mucho de _cuando tú
faltes_... ¡á desear que te mueras, hombre, ya que no pueden heredarte
en vida!

--¡Pero eso es feroz!

--Pues eso es, amigo, como si dijéramos, lo más llano del camino:
los inconvenientes de un matrimonio hecho á pedir del deseo y con
el dinero de sobra; ¡imagínate, si puedes, lo que será el matrimonio
en peores condiciones; sin las rentas necesarias para cubrir las
indispensables exigencias del estado!

--¡Ni el infierno es comparable con ello!--exclamó aquí el avaro.--El
escaso caudal se evapora al calor de tantas obligaciones; se va, se va,
se va... y se extingue al fin, como la última oscilación de una luz
que ha devorado su mecha; y un día, al despertar la familia, quiere
comer y no tiene qué, ni con qué comprarlo; pídelo prestado, entre
congojas de vergüenza, y se lo dan; pero como no lo devuelve, otro día
se lo niegan, por lo cual vende una alhaja, y después los muebles,
y, por último, la camisa. Entre tantas angustias y privaciones, las
pocas virtudes se avinagran, el pudor se corrompe, los respetos se
atropellan; y aquel sentimiento, que antes se llamaba amor entre los
cónyuges, no impide ya que el látigo zumbe en la casa, y alboroten
el barrio los gemidos, porque es cosa harto sabida que _cuando el
hambre entra por la puerta, sale el amor por la ventana_. Después, la
horrible consideración que se hará el marido, entre paliza y moquiteo,
de que tenía un caudal con el que, soltero, pudo haber vivido hecho un
patriarca, y que cediendo á una falsa vocación de su naturaleza, le
partió con una mujer que le llenó de hijos en pago de su generosidad;
hijos que fueron otros tantos lobos que ayudaron á su madre á comer en
pocos días hasta la piel del incauto borrego; que vió éste desaparecer
su propia hacienda sin haberse procurado á cuenta de ella un miserable
regodeo, porque toda la necesitaba, y mucho más que hubiera, para tapar
aquellas bocas insaciables; para sacrificarlo en aras de esa ridícula
debilidad que se llama familia; la misma que, si no lo hubiera comido
ayer, lo heredaría mañana, ó lo empleara la mujer, viuda, como cebo
para coger otro marido con quien lo gastara escarneciendo la memoria
del primero; vivo éste, para que el más bribón de sus hijos lo jugara
en tres montones á una sota, ó la madre se lo fuera regalando á su
vecino, si le convenía para amante...

--¡Esa es la fija!--gritó entonces el celoso.--Pero tú supones viuda,
cuando cae, á la mujer de Gedeón. Yo quiero, y debo, suponerle vivo
al ocurrir esa caída, y no acosado el matrimonio por el hambre del
segundo ejemplo, sino nadando en la abundancia del primero; porque la
mujer peca de vicio, casi siempre, y en las demás ocasiones... porque
es mujer... ¡Y en qué condiciones cae la esposa, dioses inmortales! Por
de pronto, apenas hay ejemplo de un amante que no valga mucho menos
que el marido.--Esto prueba lo que empequeñece y desprestigia al
hombre, á los ojos de su mujer, el oficio de casado.--El marido paga,
el marido provee, el marido atesta el ropero y abarrota el tocador y
colma el bolsillo... pues para el marido las chancletas, la bata sucia,
la papalina y el pelo desgreñado; para el amante los perfumes, las
batistas, los voluptuosos rizos, la turgente seda, la ceñida bota, la
estirada media; para el dueño, toda la prosa, todos los desdenes, todas
las frialdades; para el ladrón, todos los encantos de la coquetería y
todo el fuego de una pasión tan vehemente como infame. Al marido, á
quien se despluma á cada instante, se le tiene por avaro, por incivil y
por grosero; el amante, que acaso vive á expensas de las larguezas del
marido á quien deshonra, es, en concepto de la esposa, el generoso, el
_caballero_... ¿No es esto infame? ¿No es inicuo? ¿Y no es todavía más
inicuo y más infame emplear el propio dinero en adquirir una ignominia
semejante? Pues comprar esta ignominia es casarse, Gedeón. Porque
todas, todas son iguales... menos las que no sirven para el oficio, por
haberles negado sus favores la naturaleza, con ninguna de las cuales
has de casarte, pues eres mozo de buen gusto. No tengo más que decirte.

--Ya lo oyes, Gedeón--añadió el atildado célibe, rasgando su boca
hasta los oídos, como si tras el gesto se dispusiera á dar el salto
alevoso sobre su amigo para hincar en él el diente emponzoñado;--todos,
aunque por diferente senda, hemos venido á parar al mismo punto: al
presidio del matrimonio, en el cual lo menos que se pierde es la
libertad del soltero; esa que nos permite vivir como el ave en el
espacio, como el pez en el agua; tener por patria el mundo entero, y
por soberano la voluntad; contemplar, en fin, el de la vida, con ojos
serenos, sin que nos amarguen aquellos instantes supremos las lágrimas
de los que dejamos si nos necesitan en el mundo, ó el regocijo de
los que nos heredan; esos _tiernísimos_ pedazos de nuestro corazón,
llamados hijos.

--¡Adelante!

--Y ¿para qué?

--¿No tenéis, víboras, más veneno que echar por esas bocas?

--¿Pues no hemos de tener?--respondió el pulcro:--á toneladas te lo
diéramos si fuera necesario, y aún no se concluyera; pero nos has
pedido muestras de ello, y muestras te hemos dado, y en forma de
ramillete, como deseabas. Ahora, huele y revienta.

--Oliéndole estoy, rato hace.

--Y ¿á qué huele?

--¡Á demonios corrompidos!

--Entonces ¿á qué vino la consulta?

--Ya os lo dije: á que me confirmaseis en mis creencias, algún
tanto insubordinadas estos días por _la loca de la casa_, llamada
imaginación. Sí, amigos míos y denodados solterones, soy de los
vuestros, creo cuanto creéis y detesto cuanto detestáis; el matrimonio
es un presidio para el hombre; un presidio completo, pues que le
esclaviza y le infama. Niego la paz del hogar, niego el amor, y, sobre
todo, la necesidad de los hijos: el uno y las otras no son más que
ficciones de la fantasía, cuando no cebos de los maridos para seducir
incautos. El hombre, abrumado constantemente por las cargas de la
familia, pierde hasta la libertad de ser honrado y el derecho de ser
feliz; cuando menos, la ineludible prosa del matrimonio le corrompe,
le enerva, le desnaturaliza, le empequeñece. Para cuanto concibe y
cuanto emprende fuera del miserable recinto de su hogar, son trabas que
le amarran y cortan el vuelo á sus más levantados pensamientos, los
hijos y la esposa, que no le quieren más que en cuanto le necesitan. El
hombre, pues, para cumplir su verdadero destino, para dar á su cuerpo
el regalo que necesita y á su alma la elevación que anhela, tiene que
desprenderse de los mezquinos, pero opresores lazos de la familia;
ser libre, libre como el pájaro y el viento; y pues, como dice el
adagio, EL BUEY SUELTO BIEN SE LAME, suelto quiero morir como he
vivido, ya que vuestras sabias advertencias, coincidiendo exactamente
con mis doctrinas, me han demostrado que es imposible hallar dentro
del matrimonio el voluptuoso edén con que alguna vez soñó mi acalorada
fantasía...

Oídas estas palabras, los tres jurados solterones se encogieron de
hombros, cual si tuvieran por locura hasta haber puesto el caso en
tela de juicio; dióles Gedeón unas palmaditas en la espalda, y se
dispersaron los cuatro, tan satisfechos y campantes, como si realmente
hubieran tratado la cuestión _en serio_, y el mundo no fuera otra cosa
que un vasto ejido para revolcarse y hozar en él á sus anchas los
cerdos de las consabidas piaras.

[Ilustración]



JORNADA SEGUNDA



[Ilustración]

I

EL PRIMER PASO


Ya sabe el lector de quién se trata, de dónde viene, de qué madera es y
adónde se propone ir el héroe de esta historia que, en rigor, empieza
en esta página, y dice así:

Libre Gedeón de _malas tentaciones_, es decir, exento de los cuidados
en que á las veces le ponían, sólo tiene ya que pensar en _orientarse_
y en _establecerse_.

Por orientarse entiende él hacer con la memoria una excursión por lo
pasado, y otra con la fantasía por lo porvenir. Precisamente se halla
tomando un respiro en la cumbre del sendero de su vida, y desde ese
punto domina lo recorrido con igual facilidad que columbra lo que le
queda por andar. Gedeón, en suma, quiere y cree que necesita entrar en
cuentas consigo, antes de dar el primer paso conforme al derrotero
inalterable que se ha trazado.

Volviendo la vista al dilatado panorama que va dejando atrás, y
marcando con la mente los sitios en que ha puesto su planta, ¡qué
pobre, qué mezquino le parece lo explorado, comparándolo con lo que
tiene sin explorar!... Bien mirado todo, ¿qué ha hecho él hasta
entonces más que retozar en mies abierta; herborizar, como si
dijéramos, en _campo libre_?... Si alguna vez saltó cercado ajeno, no
pecó el seto de espinoso ni de elevado. Verdad es que las altas cercas
que guardaban el regalado fruto, aunque aguzaron su apetito, jamás le
movieron el intento del asalto, pues era _caballo de buena boca_, y
todo lo hallaba sabroso siempre que fuera asequible y abundante, y todo
le sentaba bien, porque era el _hijo de familia_, holgado y disoluto y
sin pizca de responsabilidad.

¡Pero ahora!... Ahora no le es lícito ni siquiera el pensamiento de que
corran los años de su vida, como antes corrieron, en la obscuridad de
los portales y en la lobreguez de los callejones extraviados: porque
ahora es el _amo de su casa_, el _hombre formal_, independiente, rico,
y hasta de buen solar, que no solamente puede, sino que _debe_ dar
á sus empresas largo vuelo, tan largo como se lo permite el inmenso
horizonte que tiene á la vista; y con este fin exornará sus actos con
cierta solemnidad y compostura atractivas y de _buen tono_... ¡Qué
vida le espera!

Por lo visto, Gedeón es de los que creen, no sin fundamento, que á los
hombres no los hacen los años, sino las circunstancias. Desde el grado
de doctor hasta el primer paso que da el doctorado en el ejercicio de
su profesión, pueden mediar muy pocas horas; y sin embargo, ¿quién
es capaz de conocer, bajo el luengo gabán, el estirado chaleco y las
rígidas tirillas del médico ó del jurisconsulto de hoy, al aturdido y
desaliñado estudiante de ayer?

La misma razón social que á tanto obliga, impone á Gedeón, que ya se
juzga doctorado en la Universidad en que por tantos años cursó la
_vida airada_, el deber de adoptar hábitos de _carácter_, como otro
doctor cualquiera, para ejercer su profesión con fruto y en toda
regla... cuando la ejerza; pues, por de pronto, y en atención á que
el luto riguroso que viste, si bien le permite divertirse según sus
inclinaciones naturales, le prohibe acercarse á los ruidos y á los
grandes espectáculos del mundo, tiene que limitarse á un sencillo
merodeo alrededor de su casa, como quien dice, y dejar para más
adelante las campañas de prueba.

Así se cumple con otro de los deberes que son anejos al derecho de
vivir entre gentes civilizadas.

Y hay que convenir en que el tal deber está bien fundado. Bueno que los
lutos se arrastren por todas las deshonestidades sociales, porque con
ellos no puede uno _ir á ninguna parte_; pero exponerlos en teatros y
tertulias, donde la gente guarda compostura y decoro... ¡no faltaba
más! ¡Bonita cara pondría esa señora que se llama _sociedad culta_, y
marca lo que se ha de sentir y lo que se ha de llorar, con centímetros
de crespón en el sombrero, ó con varas de velillo delante de los ojos!

Volviendo á Gedeón, digo que discurre, al tenor de lo indicado, larga
y detenidamente, acerca de lo que ha sido antes y lo que puede y le
toca ser en lo sucesivo, libre de toda vacilación y resuelto á pasar la
vida con la mayor suma posible de comodidades y deleites... porque es
indudable que eso que él sigue notando todavía dentro de sí y en cuanto
le rodea, y que algún inocente predestinado se atrevería á llamar
_nostalgia de la familia_, es un efecto lógico de su nueva situación,
y desaparecerá tan pronto como el huérfano se _establezca á su gusto_,
metodice su vida y _llene_ el desierto hogar.

Esta es, por consiguiente, su tarea más perentoria. Afortunadamente, no
es difícil.

Por de pronto, y á reserva de cambiar de sistema cuando las
circunstancias se lo reclamen, necesita una persona que se encargue
de las menudencias domésticas; una mujer _de edad_, en quien el juicio
corra parejas con los años. Pero esta mujer, cuyo destino exclusivo ha
de ser el de administradora, no puede ni debe, hasta por razones de
estética, estar á su servicio inmediato. Con este último objeto tomará
una joven de _buen ver_ y adecuada al caso. En cuanto al prosáico cargo
de cocinera, está provisto muchos años há, y no mal del todo, en una
buena mujer que continuará desempeñándole.

No hay plazas más solicitadas ni apetecidas que las de sirvientes de un
solterón. Las amas de llaves todo lo esperan de él; las jóvenes todo
lo creen posible; y ni las unas ni las otras tienen que lidiar con la
fiscalización intransigente de la señora de la casa.

Así es que Gedeón recibe las solicitudes á puñados y las
recomendaciones por docenas. Puede elegir á su gusto, y así lo hace.

Desde aquel instante, una mujer que ya no ha de cumplir el medio siglo,
aseada, enjuta de carnes, á medio encanecer y empezándose á arrugar, y
muy hacendosa y previsora, según informes, se encarga de las llaves y
recibe con ellas una cantidad de dinero para el gasto menudo durante
quince días, concluído lo cual recibirá otro tanto; porque Gedeón no
quiere, ni debe, ni sabe ocuparse en todas esas prosáicas menudencias.

El nombre no es enteramente simpático: se llama _la señora_ Braulia;
pero ¿qué más da? En cambio, al nacer, fué envuelta en finos pañales:
su padre era mayordomo del marqués de las Pesadumbres. Las que le
dieron (al mayordomo) una naturaleza enfermiza y una familia demasiado
numerosa, trajéronle á menos; y á la muerte del marqués, habiendo
suprimido aquella plaza sus herederos, acabóse la vida del mayordomo
con esta última pesadumbre. Braulia, entonces, como cada uno de sus
hermanos, tuvo que buscarse la vida como mejor pudo: hoy zagaleando
criaturas, mañana fregando vasijas y arrimando pucheros á la lumbre,
y otro día ascendiendo á doncella de labor y camarera de confianza;
pasando, en fin, por todas las fases de la servidumbre doméstica, pero
siempre muy honrada y muy querida de sus amos. Túvolos de alto coturno;
y al ingresar en casa de Gedeón, desdeñó las ofertas de un banquero de
nota. Cree que todas estas vicisitudes le han dado á conocer el mundo
palmo á palmo, y á los hombres pelo á pelo.

Aunque á él no venga nunca, así refiere su historia la buena de la
señora Braulia.

Menos puntos calza en prosapia, pero nombre más bonito lleva la otra
sirvienta. Llámase Solita, y es hija de un remendón con quien no ha
vivido desde que supo andar lo bastante para escaparse de casa, en la
cual no era posible la existencia con aquel hombre que concluía con
todo: con la familia, á palos, y con lo que ganaban, él remendando y su
mujer cosiendo, en la taberna.

Huérfana de madre á los pocos años de ponerse á servir, sólo ha logrado
verse libre de la tiranía del zapatero, dándole las tres cuartas partes
de lo que gana. Á pesar de estos contratiempos, ha llegado á ser una de
las doncellas militantes, ó sirvientes, de mejores informes.

Es menudita, limpia como el oro, picaresca de sonrisa, algo remangada
de nariz y gruesa de labios; muy negros el pelo y los ojos, aquél
abundante y éstos no muy grandes ni rasgados; pequeños los pies, los
dientes, las manos y las orejas, y rollizos los brazos, el cuello y las
inmediaciones.

En todas estas menudencias repara Gedeón, mientas Solita le cuenta las
otras referentes á su historia; porque es natural que un señor bien
educado, al recibir en su casa á una muchacha, le pregunte por _las
generales de la ley_, siquiera por preguntar algo; y como Solita es
ingenua casualmente, responde cuanto sabe y no la deshonra, porque no
la hay en decir la verdad; sobre todo, como ella la dice, fruncidos
los ojuelos, entreabiertos los labios, como si quisieran sonreir y
enseñar los dientes á un mismo tiempo, una mano en la cintura, la
otra doblando y desdoblando un pico del delantal, y la mitad del pie
derecho fuera de los pliegues de la falda, llevando el compás del suave
balanceo de las redondas caderas.

[Ilustración]



[Ilustración]

II

LA PRIMERA CATÁSTROFE


Ya tiene Gedeón cuanto necesita: es decir, quien le administre, quien
le sirva y quien le aderece el ordinario sustento.

Ya no reina el vacío en su casa; ya hay ruido y movimiento en ella.

La señora Braulia, como mujer precavida, estudia sin cesar la manera de
que en su jurisdicción ande todo conforme con los gustos y deseos de
su amo; la cocinera trata de cumplir las órdenes de la señora Braulia,
en lo que respecta á su importante ministerio; y en cuanto á Solita,
arregla el gabinete como si tuviera hadas en las manos, y es una
mariposa alrededor de la mesa: lo mismo maneja platos y cristalería,
que un prestidigitador los cubiletes... Alguna vez tropieza con el
codo al «señorito,» al mudarle el cubierto, ó le retira el plato sin
estar desocupado; pero ¿quién diablos ha de atreverse á reprender
tales descuidos, al ver cómo la delincuente ofrece sus disculpas
en memoriales de sonrisas que, aun á los ojos del más diestro en
semejantes lecturas, tanto picaran en malicia como en rubor?

Es tal el esmero con que se le sirve y se le adivinan los deseos, que
en ocasiones creería que algún genio invisible cuida de su casa. No
bien hace por ella una breve excursión, ya está arreglado cuanto él
desarregló al moverse, sin que se vea la mano que colocó la silla en su
sitio, el gabán en el ropero ó el libro en el estante.

Cuando por la noche se retira á descansar, encuentra la luz en su
cuarto, el vaso de agua sobre la mesa, y abierta y preparada la cama...
Ni un motivo siquiera para romper la monotonía de aquel ordenado
silencio con un campanillazo; silencio sólo alterado por la voz de la
señora Braulia que, antes de cerrar él la puerta del gabinete, asoma
por ella la cabeza para pedirle sus órdenes para el día siguiente y
darle las buenas noches.

Por un lado no le desagrada el sistema; pero ¡tiene tanto de uniforme y
de misterioso!... Parece que se le ceba, no que se le sirve.

Un hombre como él, que por no poder ir todavía _á ninguna parte_,
vuelve á casa, las más de las noches, hastiado, rendido y de muy
mal humor, recibiría como un consuelo media palabra discretamente
afectuosa, y un par de sonrisas elocuentes al llegar á su cuarto...
Pues no, señor: nadie á la puerta de la escalera, que, al abrirse,
cubre á quien le alumbra; nadie en el pasadizo; nadie en el gabinete, y
un poco después, menos que nadie, la señora Braulia con su jaculatoria
de costumbre. Así es que se acuesta bufando, y sueña con la voz, y con
la cara, y con las arrugas de su ama de gobierno.

Y arrancando de aquí el motivo, llega un día en que ésta le parece
gazmoña, fisgona y antipática en esencia y presencia.

Entre tanto, apenas conoce el metal de voz de Solita, ni sabe qué color
tiene á la luz artificial la única cara decente que hay en la casa.

Así pensando una noche, después de haber despachado con un bufido á la
señora Braulia, exclama de repente:

--Y ¿por qué no ha de venir Solita? ¿No mando yo aquí? ¿No ha de
tenerse en cuenta mi gusto para todo?

Y cediendo á los ímpetus de su carácter irreflexivo, sacude furioso el
cordón de la campanilla, que repiquetea junto á la cocina con estrépito
desusado.

--¿Llamaba el señorito?--dice al instante la voz de la señora Braulia,
cuya silueta se dibuja confusamente en el angosto hueco de la
entreabierta vidriera.

Con lo que Gedeón cae en la cuenta de que ha cometido una majadería; la
cual trata de disculpar con otra mayor, mal zurcida y peor hablada.

Al quedarse solo otra vez, reniega de la vieja impertinente, y desea
con ansia que llegue el nuevo día para que Solita le sirva el almuerzo:
no porque el hambre le atormente ni Solita le preocupe, sino por
contemplar otra cara que no sea la sempiterna de la señora Braulia...

Y precisamente ese almuerzo es el elegido por el ama de llaves para
acompañar á «su señorito,» puesta de pie á respetable distancia de la
mesa, con los brazos cruzados y la vista escudriñadora, tan pronto en
los platos, tan pronto en Gedeón, tan pronto en Solita, y cumplir,
en la siguiente forma, con lo que ella cree un deber de su cargo de
inspectora de la casa, y fiel intérprete de los deseos de su amo:

--¿Le gusta esa salsa al señorito?... Se le puede rebajar un poco
la cebolla... ¿Le parece mejor la merluza que el rodaballo?... Esta
semana se le ha puesto tres veces lengua estofada, porque ¡hay tan
poco en qué elegir!... El solomillo le parecerá á usted algo duro á la
vista, pero está tierno como un requesón... Ya le tengo prevenido á la
cocinera cómo ha de ponerlo para que se penetre bien... porque no se
las puede dejar de la mano... ¡Nada se les ocurre!... ¿Quién le dirá á
usted que unos casquitos de porcelana, echados á tiempo en la tartera,
reblandecen la misma suela de un zapato?... Ese postre se quemó un poco
por debajo, pero no tiene la culpa la cocinera; la tengo yo que le
hice y no cargué bastante de manteca las paredes del molde... y puede
dispensar el señorito por esta vez... Solita, mude usted ese plato...

Gedeón, que no solamente no se ve libre de la presencia de la abominada
dueña, sino que la halla más pegajosa y más impertinente que nunca,
cuando no responde con un gruñido á cada uno de estos períodos, da una
orden ó hace una pregunta, ó lanza una blandísima mirada á Solita.

En el cual proceder hay para la señora Braulia dos motivos gravísimos
de despecho: el desaire notorio que se le hace delante de una inferior
jerárquica, y la confirmación de las sospechas que há tiempo la vienen
inquietando.

No duda ya que hay en la casa quien priva más que ella con su amo, y
que es la razón de la privanza algo _físico_ que la señora Braulia no
posee desde muchos años atrás; algo que no se adquiere esmerándose
en el cumplimiento del cargo que se desempeña, sino con las gracias
que da la naturaleza y roban los tiempos, como á ella se lo robaron
para nunca más devolvérselo. Y á la edad de la enjuta ama de llaves
se perdona hasta el martirio en cruz, y el tormento de la sed y del
frío; pero no se perdona á otra mujer el crimen de que nos venza y nos
derrote, y nos desautorice con armas como las de Solita.

Y no perdonar, en tales casos, es pensar en la venganza, si vengarse
puede la ofendida, como puede vengarse la señora Braulia.

Es el jefe de la servidumbre de Gedeón, y puede y quiere hacer sentir á
«la canalla» todo el peso de su autoridad irritada.

Desde aquel instante ya no vive para servir bien á su amo, sino para
desahogar el despecho que la ciega.

Solita, que no ignora el motivo de las flamantes destemplanzas del ama
de llaves, sufre las que le alcanzan á ella, hasta con delectación;
pues tan grande como el tormento de la derrota en tales lides, es la
satisfacción del vencimiento. Pero la aparente insensibilidad, ó el
notorio desdén de la doncella, encienden más el fuego de la ira en el
pecho de la señora Braulia, que á todo trance quiere víctimas; por lo
cual entra con sus huracanes haciendo _raccia_ en la cocina.

De este modo, aquella casa, antes tan tranquila y sosegada, no bien la
abandona cada día Gedeón, es una perrera.

--¡Hoy no se han limpiado los polvos!...--¡Esta butaca no está en su
sitio!...--Son las once, y falta media casa por arreglar; pero ¡ya se
ve! levantándose á las ocho y tardando hora y media en emperijilar
un moño postizo y cuatro pingos de moco... ¡Válgame Dios!... ¡Como
si fuéramos unas señoras de copete y lo trajéramos desde las
envolturas!... ¡Pero no tiene usted la culpa, sino quien alas presta á
ciertas mariposas para que tan alto vuelen!... ¡Pues, anda! el gabán
del señorito sin cepillar, y las camisolas empolvándose sobre la
cama... Deles usted el pie, que ellas se tomarán la mano...--También
por este otro lado van las cosas en su punto, gracias á Dios: media
hora hace que me está dando la ternera en la nariz. ¿Por qué ha batido
usted los huevos antes de que esté hervida la leche?... ¿No ve usted,
alma de Lucifer, cómo se está pegando esta compota?... ¡Claro está!
como no son ustedes quienes pagan todos estos pecados... ¡Pero desde
mañana ha de cumplir en esta casa cada uno con su obligación, ó he de
faltar yo á la mía!

Y así por el estilo, zumba y gime la voz de la señora Braulia en salas,
pasillos y cocina, como cierzo regañón en casa mal cerrada, sin que
le falten por acompañamiento y armonía las cáusticas respuestas de la
doncella, ni los descargos irrespetuosos de la cocinera.

Con la cual música los ánimos se enconan de veras, las respectivas
obligaciones se descuidan; y al cabo halla Gedeón un día requemada la
sopa, cruda la carne, y los postres en salmuera.

Nada dice á Solita, que le sirve; pero llama á la señora Braulia, que
no está presente la única vez que debiera estarlo.

--¡Señora--exclama con mal gesto y áspera voz al tenerla delante,--esto
no se puede comer!

--Pues crea el señorito que no es culpa mía,--responde el ama de
llaves, temblándole la barbilla puntiaguda, pálido el marchito rostro y
mirando á Solita con ojos de basilisco.

--Ni yo trato de averiguarlo--replica Gedeón:--lo que me importa es
señalar la falta para que la corrija quien debe corregirla.

--¡No es eso tan fácil como al señorito se le figura!

--¡Cómo que no! ¿No basta un poco de vigilancia?

--Ya esperaba yo que el señorito había de echar sobre mí todas las
culpas; porque ¡ya se ve!... una no es onza de oro, al paso que
_otras_, con menos méritos... ¡Virgen Santísima!

Y la señora Braulia, después de hacer unos cuantos pucheros, rompe á
llorar como si el alma se le escapara por la boca.

Solita entonces, habiéndola contemplado un instante con la boca
entreabierta y las cejas fruncidas, suelta los platos que tiene en la
mano, llévase á los ojos la servilleta que, á modo de banda, tiene
cruzada sobre el pecho, y sale del comedor como un cohete, lanzando el
sollozo que pudiera oirse desde la calle.

Momentos después aparece en escena la cocinera con el mandil recogido
sobre la cintura, los brazos descubiertos, encendido y reluciente el
rostro, como solomillo á medio asar.

--El señorito me hará el favor de decir si en catorce años que llevo
en la casa se me ha oído una queja, ni he dejado yo de cumplir con mi
deber.

Gedeón está como paleto en comedia de magia, al ver aquellos
aspavientos y aquellas apariciones y desapariciones.

--Pero ¿qué es esto?--exclama al fin.

--Que me haga usted el favor de dar la cuenta,--dice la cocinera,
rompiendo también á llorar, y arrojando el mandil sobre una silla, como
rey que depone su corona.

--Que aquí todas son señoras, y que todas mandan en la casa, menos el
amo y yo,--añade la señora Braulia, dejando caer sus huesos sobre la
silla inmediata, y llorando á más y mejor.

--Lo que pasa aquí--dice Solita entrando en escena, en ademán
airado,--es que no se pueden aguantar los humos de esta señora; y como
yo no he venido para servirla á ella, ni para que me quite la salud...

--¡Quéjese usted de mí, relamida! ¡casquivana!

--¿Lo oye usted, señorito? ¡Pues eso no es nada en comparación de lo
que suele decirme cuando usted no está delante!

--¡Ni de lo que me dice á mí cada vez que entra en la cocina! ¡No se la
puede aguantar!

--¡Mienten ustedes como quienes son, impostoras, mal nacidas!

--¡La mal nacida y la deslenguada será ella!

--¡Y la muy retevieja, desesperada y envidiosa!

--¡Silencio!--grita Gedeón asiendo una ensaladera, dispuesto á
estrellarla sobre la más próxima de sus sirvientas.

Pero sólo después de haberse desahogado á sus anchas las tres mujeres,
y estado á pique de tirarse de las greñas, y cuando ya el escándalo
debe de haberse oído desde el ayuntamiento, logra Gedeón restablecer
el silencio en su casa, y la promesa de que, por aquella vez, que es
la primera, se olvidarán los mutuos agravios, y volverá cada mochuelo
á su olivo, siquiera en obsequio á él, que no tiene otro destino en
el mundo que estudiar la manera de pasar la vida sin contrariedades ni
desazones.

Pero _alea jacta est_: aquellas mujeres que se resolvieron á pasar
una vez los límites del respeto con sus pertrechos de odios y de
antipatías, no pueden retroceder ya; y si no al día siguiente,
al otro ó á los pocos más, dan la gran batalla, á cuyo fragor
quiébranse cristales y vasijas, y renquean los muebles, y salen
asustados á la escalera los vecinos de la casa; y cuando á ella
vuelve Gedeón, no tiene otro remedio que licenciar aquella tropa que,
como los pretorianos de Roma, ha tomado por oficio la sedición y la
indisciplina, y puede, como éstos, llegar á atreverse con el César
mismo.

En el alma le duele tener que privarse también de los buenos oficios de
Solita; pero Solita no cabe á las órdenes de ninguna quintañona; y, sin
esta pantalla, son sus atractivos demasiado peligrosos para un hombre
que no quiere sacrificar su independencia á nada ni por nadie.

Lo que fuera de su casa puede ser hasta una ganga para él, dentro de
ella sería un enemigo terrible.

Por eso, al pagar con rumbo á su doncella, ni por cumplido la dice que
no se marche; lo único á que se atreve es á despedirse de ella «hasta
la vista.»

--El mal está--dice al quedarse solo,--en que estas cosas me sucedan
ahora; es decir, cuando podía dar comienzo á mis tareas, si estuviera
yo establecido á mi gusto. ¡Por vida de las _casualidades_!...

[Ilustración]



[Ilustración]

III

UNA HOMBRADA


Pero las casualidades se repiten tanto como las combinaciones; y las
combinaciones que hace Gedeón con su servidumbre no tienen número.

Que ponga arriba lo más viejo, y abajo lo más joven, ó al revés; que
todo sea rozagante, ó todo marchito y arrugado; que dé sus preferencias
á la más quisquillosa, aunque las merezca menos; que no se las muestre
á ninguna; que no se queje aunque halle tachuelas en la sopa y cables
en el estofado; que en pro de la paz, en fin, renuncie á todos sus
derechos de amo y señor, y dome los naturales ímpetus de su carácter...
lo mismo adelanta: más tarde ó más temprano, la guerra civil estalla
en su casa, y vuelan los cacharros en la cocina y los pelos en cada
rincón; primero en sus ausencias, después á sus propias barbas; porque
demostrado está por la experiencia, y al buen sentido se le alcanza
sin esfuerzo, que no hay criada de solterón que aguante con paciencia á
su lado otra sirvienta.

Lo que á Gedeón sacan de quicio tantas y tan parecidas _casualidades_,
presúmalo el lector.

¡Cómo él, idólatra de la holganza y del regalo, pudo imaginarse, ni en
sueños, que tendría que habérselas mano á mano con dueñas y fregatrices
á cada hora, ni que habían de correr tiempos en que sólo le dieran, por
salsa de su pesebre, alaridos y repelones?

Pero sabrá cortar por lo sano y poner remedio á la plaga, que para eso
es libre y soltero.

Bien examinado todo, ¡qué necesidad tiene él de llenar su casa de
mujerzuelas frívolas y quisquillosas? ¡Cómo no se le ha ocurrido hasta
entonces hacer _una hombrada_, es decir, barrer de faldas su cocina, y
buscar en el otro sexo quien le sirva en paz y bien?

Apuradamente lo que él desea es harto fácil de conseguirse: orden,
puntualidad y respeto á su persona. Ya transige con los manjares mal
sazonados, con la cama á medio hacer y con las botas deslustradas; pero
que se lo tengan todo á punto; que no se invierta en ventilar rencillas
miserables el tiempo destinado á servirle, y sobre todo, que no se le
complique á él en escandalosas griterías de plazuela. ¡Á qué menos ha
de aspirar una persona decente, «libre como el ave en el espacio, como
el pez en el agua;» una persona que huye del matrimonio para hacer en
todo su gusto y vivir como le dé la gana?

Con tan santos propósitos, échase Gedeón un cocinero y un ayuda de
cámara, mozo listo y bien adiestrado en el oficio.

_Pero_ el cocinero, _por casualidad_, es borracho y goloso y nada
limpio, y no conoce cuenta ni razón; roba si le dan mucho dinero; y si
se lo tasan, también; compra lo que á él le gusta, y lo guisa como más
le agrada: los gustos de su amo no se tienen en cuenta para nada en
aquella cocina.

Así y todo, Gedeón come, no cuando tiene ganas, sino cuando ya no las
tiene su cocinero.

El cual cobra por mensualidades adelantadas, que es tanto como decir
que ahoga toda reprensión en los labios de su amo con anunciarle que se
marcha.

El ayuda de cámara no es tan borracho como el cocinero; pero, en
cambio, tiene moza, y necesita dos horas cada noche para visitarla, por
lo cual hay ocasiones en que se retira á casa más tarde que su amo; y
se dan también en las cuales tiene éste que abrirle la puerta, porque
el cocinero está roncando ya, ó no quiere levantarse; y gracias si en
esos casos no aparece el criado envuelto en la capa ó en el gabán de
Gedeón, pues para ambos sirven sus trajes y su calzado.

Lo que sólo sirve para el criado es el dinero que halla en los
bolsillos del chaleco de su amo cuando le cepilla la ropa, y los
cigarros _sobrantes_ de la petaca olvidada en una levita ó encima de la
mesa.

De vez en cuando, tienen mozo y cocinero sus francachelas mientras
Gedeón anda soñando con las suyas fuera de casa; pues la verdad es
que desde que tales contrariedades domésticas le persiguen, no tiene
instante de sosiego ni punto de reposo, y todo lo aplaza para cuando se
vea _establecido á su gusto_.

Entre tanto, si á media noche necesita una taza de te, se la llevan á
las dos de la mañana, y el te le sabe á caldo frío, y la taza huele á
basura.

Si de caldo la pide al mediodía, el caldo le sabe á aguardiente, y la
cuchara á tabaco.

Toda su ropa está sin botones y con los forros descosidos; le faltan
las mejores corbatas, y no sabe qué vientos le llevan los pañuelos de
batista.

Si por joven despide al ayuda de cámara y toma hombre de más edad,
éste tendrá de huraño ó de sucio ó de perezoso lo que el otro tenía de
presumido ó de mocero, si es que no peca por esto y por aquello. Y lo
que digo del criado digo del cocinero.

De todas maneras, llega un día en que Gedeón, después de haber perdido
la paciencia, y con ella el paladar y el estómago y mucho más que
no se gusta ni se digiere, pero que se pone ó se vende; después de
ver su casa saqueada, y lo que en ella queda sucio, desconcertado y
descolorido; después de convencerse de que los últimos criados que toma
son los peores y los que más caros le salen, plántalos en la calle
y lánzase él más tarde á la misma, dándose á todos los demonios y
maldiciendo de la suerte que le hace elegir, en uno y otro sexo, lo más
malo que existe en el ramo de sirvientes.

Y así se le va pasando lo mejor de aquel tiempo, que él tenía á
sabrosos empeños destinado, como hacienda que se echa á los perros.

¡Qué empresas ha de acometer con bríos ni con gusto, si los unos y el
otro se le gastan y corrompen entre las inesperadas miserias de su vida
doméstica?

Asómbrase de que tan mezquinas causas le produzcan tan desastrosos
efectos; no acierta á explicarse cómo ese poco de roña puede entorpecer
todos los ejes de la máquina de sus ideas; y con el ansia febril de
conjurar el cúmulo de _casualidades_ que le persigue, para llegar
alguna vez á _establecerse á su gusto_, medita, calcula, y todo
lo supone menos que puede ser él uno de los infinitos hombres de
quienes dijo La Bruyère que emplean la mayor parte de la vida en hacer
miserable el resto de ella.

[Ilustración]



[Ilustración]

IV

EL DEMONIO CONSEJERO


Aspirando con ansia bocanadas de aire, cual si con ellas quisiera
aventar sus pesadumbres, y caminando á largos pasos, encuéntrase en una
de estas ocasiones con su camarada, aquel acicalado solterón de quien
tanto hemos hablado, y á quien no ha visto mucho tiempo hace; y como si
Gedeón llevara letreros en la cara, que revelasen las desazones de su
espíritu,

--¿Cómo vas con tu nueva vida?--le pregunta en crudo el recién hallado.

--Pues, así, así,--responde Gedeón haciendo rechinar sus dientes.

--Al principio se extraña un poco.

--Efectivamente, algo se extraña.

--Pero ya habrás palpado ciertas ventajas...

--He sido poco afortunado en mi casa, si he de decirte la verdad.

Aquí resume en breves, pero pintorescas palabras, cuanto el lector sabe
de sus amarguras domésticas.

--Mal anda, en efecto, ese ramo--dice el otro;--pero todo consiste en
acostumbrarse.

--Ya.

--En cambio, irás llenando aquel romántico vacío y aquellas... ¿eh? de
que tanto nos hablaste en la ocasión de marras...

--Pshe...

--Vamos, sé franco.

--Pues con franqueza, amigo: cuantos más criados meto en mi casa y
más alboroto me arman en ella, más vacía la encuentro. ¡Yo no sé qué
demonios me escarabajea aquí adentro y me dice, á cada innovación que
hago en mi vida, «no es eso,» como si yo deseara algo que no encuentro!

--Vamos, eres incorregible, y has de morirte al fin creyendo en brujas.
Porque unas fregatrices te hayan dado tal cual disgustillo, de esos que
tiene á cada momento cualquiera mujerzuela casada, ya te ahogas.

--Pero recuerda que por huir de ese y otros disgustillos semejantes,
estamos tú y yo fuera de la ley, en el estado honesto _á perpetuidad_,
como las sepulturas de los ricos.

--No exageres, Gedeón, y no lleves tus profanaciones hasta el
extremo de hacer comparable, ni aun en esa pequeñez, nuestra noble
independencia con la ignominiosa servidumbre de los casados. ¡Por Dios
que es cosa chusca ver á un hombre que va á matar leones, detenerse
porque halla en medio del camino una sabandija! ¿Para qué demonios
quieres esa fachada que tienes?... Lo primero que has de hacer, Gedeón,
es echarte el alma á la espalda.

--Me parece que más echada...

--Y después, dar cierto ensanche á tus empresas. ¿Á que no lo has hecho?

--Efectivamente.

--De modo que vives, como quien dice, de los huesos de aquellas
pechugas...

--Esa es la verdad... ¡y gracias si tengo, en un apuro, esos huesos que
roer!

--¡Tú á huesos, Gedeón?

--Fíjate en mis circunstancias de hoy, en mis disgustos...

--¡Tú á huesos, con la carne que hay por el mundo, y las ventajas que
tienes para aspirar á la más delicada!

--Hombre, no te diré que esté eso fuera de mis propósitos; pero tampoco
he de ocultarte que no fío mucho en mi destreza de cazador; porque
después que llega uno _á cierta edad_, fatigan mucho las cuestas
arriba: parece que cada día que pasa es un año de otros tiempos, y la
picara razón se hace una charlatana inaguantable. Dice unas cosas tan
á punto y tan bien dichas, que no hay modo de que la fantasía meta su
cuchara en la conversación.

--Es decir que te vas haciendo filósofo.

--No; pero sospecho que me voy haciendo viejo.

--De todos modos, rindes las armas.

--Tampoco; las cuelgo, mientras estudio el campo y _me establezco á mi
gusto_ en él.

--Por lo visto, esa es tu manía.

--¿Cuál?

--Establecerte á tu gusto.

--Exigencia de carácter: no sé dormir ni descansar con pulgas en la
cama.

--Pues, amigo, yo soy tan viejo como tú, y nada me dice la razón que se
oponga á mis inclinaciones, ni dejo de entregarme á ellas por molestia
más ó menos.

--No las tendrás.

--¿Quién está sin alguna? «El saberlas vencer es ser valiente.»

--Pues cree que te admiro y te envidio.

--Resueltamente te ahogas en poca agua.

--Podrá ser.

--Y de todas las contrariedades de que te quejas tienes tú la culpa.

--No te diré que no.

--¿Serás también capaz de arrepentirte de no haber entrado en el gremio
cuando el diablo te tentó?

--No por cierto; nada veo en esa región que me la haga desear; pero
no he de ocultarte que voy concibiendo recelos de que tampoco en la
nuestra he de hallar lo que años há me imaginaba.

--Y ¿cómo has de hallarlo sin la fe que te falta y con esos resabios de
sensiblería patriarcal, que te enervan? ¡Ay, Gedeón! siento decírtelo;
pero si has de salvarte, necesitas tutela por algún tiempo.

--¿Para qué?

--Para librarte del mayor enemigo que te persigue.

--¿Y cuál es?

--La manía del hogar doméstico.

--¡Bah!

--Créeme; es más fuerte que tú.

--¿Y qué debo hacer, en tu opinión?

--Si admites mi tutela por un instante...

--Si con ella me das paz y sosiego...

--Te lo prometo.

--Ya te escucho.

--Huye del enemigo.

--¿De mi casa, en la cual nací?...

--De tu casa, en la cual naciste y de la que, si no me engaño, eres
propietario.

--Razón de más para que la mire con tanto cariño.

--Razón de más, digo yo, para que te animes á abandonarla. Ponla á
renta, como los demás pisos; sácale el jugo.

--¿Y mis recuerdos?

--También á ellos, por lo mismo que son tu enemigo. Eso te consolará de
la pena de no haber podido vencerle cara á cara. Desengáñate, Gedeón:
ni tú ni yo hemos nacido para lidiar con la prosa de la vida doméstica,
ni tenemos necesidad de intentarlo siquiera.

--¿Qué crees que debo hacer?

--Una cosa muy sencilla: ponte á pupilo con cuantas ventajas y
comodidades puedas hallar, y deja á tu patrona el cuidado de lidiar con
dueñas y fregatrices. Si tal hicieres, pronto me darás las gracias; y
si desechas mi consejo, allá te las hayas con tus desventuras; pero no
te quejes de ellas... ¿Dudas?

--De dudar es el caso.

--Medítalo bien.

--Pienso hacerlo.

--Pues adiós te queda, ya que estás advertido.

Y se va, dejando á Gedeón muy pensativo y no del todo desconsolado.

[Ilustración]



[Ilustración]

V

NO ES CASA DE HUÉSPEDES


El consejo de su amigo prevalece, al cabo, en el ánimo de Gedeón.
Doloroso es para éste abandonar aquella casa en la que nació y ha
vivido siempre; pero no hay otro remedio que cortar por lo sano.

_Levanta_ la casa, ó la cierra, temiendo un arrepentimiento el día
menos pensado; pero el hecho es que se pone á pupilo; lo cual le ha
dado bastante que hacer, porque el _gremio_ tiene mucho que explorar si
se ha de elegir lo menos malo.

En sus pesquisiciones para hallar un albergue, como el otro una
posición social, ha recorrido medio pueblo y ha oído con paciencia
el completo catálogo de las humanas vicisitudes, de boca de las
innumerables pupileras que le han solicitado para huésped. Ninguna de
ellas ejercía la industria por ascenso: todas habían bajado hasta ella
desde los puestos más encumbrados en armas, en nobleza y en dinero:
siendo de notar que cuantos más humos revelaba una señora de esta
clase, menos fuego calentaba su cocina.

Al fin se establece en la casa que más se aproxima á sus deseos.

Su dueña, doña Ambrosia de nombre, se conforma con blasonar de rígida
en los más severos principios de moral, y de haber _dado golpe_, en
los albores de su juventud, en calles y paseos. Dos veces viuda, no se
ha puesto en peligro de serlo la tercera, porque no ha querido, no por
falta de pretendientes, pues á pares los ha tenido que aspiraban al
honor de sacarla de pupilera, y á la dicha de poseer los conservados
restos de sus juveniles encantos.

Á creerla, tiene casa de huéspedes porque, acostumbrada en vida de _sus
papás_, y más tarde de sus maridos, á un trato escogido y ameno, la
soledad la mata. Para ella, son familia sus pupilos; por lo cual admite
pocos, y esos de arraigo, de formalidad y de educación: á Dios gracias,
no necesita el tráfico para comer.

Gedeón ocupa un gabinete con puerta falsa al corredor, y otra de
vidrieras con cortinillas á una sala que, según advertencia de doña
Ambrosia, es para recreo de los huéspedes, ó para que éstos tengan
donde recibir decorosamente sus visitas, En la sala hay una alcoba con
cama _de respeto_, también al decir de la pupilera.

Como los huéspedes son pocos y buenos, si ha de creer á doña Ambrosia,
Gedeón consiente en comer á la mesa con ellos, ínterin llega una
doncella que se espera y podrá servirle la comida en su cuarto con la
puntualidad y esmero que ahora le faltarían, por estar incompleta «la
servidumbre de la casa.»

Durante los primeros días tiene por compañeros de mesa á un señor muy
flaco y muy nervioso, que no habla una palabra, del cual ha dicho la
pupilera que es un marqués muy rico, que viene á tomar aires; cuya
marquesa es la señora oronda y colorada que se sienta á su izquierda,
y le trincha la carne, le parte el pan en bocaditos y le escancia el
vino.--Tampoco despliega los labios.--Ni el marqués ni la marquesa
tienen el pelaje ni el aire de tales: pero ¡hay tantos marqueses que
no lo parecen! Gedeón tomara á éstos por ex-tenderos de refino, que
se retiran al pueblo natal á comerse las ganancias de treinta años de
mostrador.

Sigue por la derecha un hombrecillo de crespo y recortado bigote, de
frente angosta y cabeza plana, con gabán de ropería, que sorbe las
salsas en el plato y bebe con la boca llena, sin dejar de hablar, por
eso, de la influencia que ejercen los cuartos de luna en el corte de
las uñas y del pelo, y de las recetas infalibles que él tiene para
exterminar las chinches y las cucarachas.--En opinión de doña Ambrosia,
este huésped es un ingeniero sapientísimo que estudia, por recreo,
dos años hace, el suelo de la provincia para establecer en sitio
conveniente, y á sus expensas, una fábrica de patatas artificiales
para los pobres.--Gedeón le clasifica, en su padrón particular, como
escribanillo de aldea.

Llévale la contraria en sus asertos científicos, una señora muy
peripuesta y retocada, con voz de bajo cantante. Habla mucho de
_la antigua Grecia_ y de _las sales áticas_, lo cual no sorprende
tanto oyéndola decir á cada triquitraque que es viuda de un oidor de
Filipinas, que dejó setenta volúmenes de comentarios á la _Casandra_
de Licofrón, y otros cinco de notas á las _Dionisiacas_ de Nonno
Pannopolitano. El gobierno ofrece á la viuda cuarenta y ocho mil duros
por la propiedad de estas luminosas obras; pero ella quiere el millón
cabal, y tras él anda con la esperanza de conseguirle. Cree Gedeón que
con que la pagaran sin descuento la viudedad que debe corresponderle
desde la muerte del mayor de plaza (pues no otra cosa pudo tener por
marido), se diera la erudita matrona por satisfecha.

Algunos días después aparecen en la mesa dos huéspedes más: un
gigantón, hosco de mirada, cerdoso de bigotes, rasgado y muy abierto
de boca, purpúreo de color y muy largo de brazos; y su señora, el tipo
opuesto: aguileña, oscilante, lánguida y sentimental. Malambruno, como
desde luégo llama Gedeón al gigante, se queja del _fuego herpético_ que
le devora; por lo cual anda recorriendo climas hasta dar con uno que le
apague el incendio.

Por lo demás, cuando no habla de su dolencia, echando candelas por los
ojos, brasas por las mejillas y rociadas de saliva por entre las cerdas
de sus bigotes, aturde á los circunstantes con la estadística de sus
caudales. En la Mancha, porque la erudita citó á don Quijote, tiene
él tres haciendas que le produjeron el año pasado, y sólo en renta,
doce mil fanegas de trigo. Porque se habla de dormir la siesta, ó de
si es sana ó dañosa esta costumbre, niega él, sin que nadie lo haya
afirmado en la mesa, que los extremeños hagan siete comidas y duerman
cinco siestas al día. Precisamente conoce á palmos la provincia de
Extremadura... ¡como que tiene en ella seis dehesas y más de veinte mil
cerdos!

Por análogos procedimientos trae á colación sus cortijos de Jerez y
sus posesiones de Salamanca, siendo de notar que en cada dehesa, y en
cada cortijo, y en cada hacienda, tiene, no solamente palacio con la
necesaria servidumbre de criados para él y de doncellas para su señora,
sino hasta _templo_, pues _capilla_ se la permite cualquier zarramplín
de aldea.

Porque se cita el escamoteo de un reló ó el de los calzoncillos que
llevaba puestos el vecino de al lado, cualquiera ratería de esas tan
usuales, impunes y corrientes en la hidalga patria de Candelas y José
María, cuenta él que en una ocasión le robaron su casa de Madrid,
estando con su señora recibiendo á los duques de Montpensier en su
palacio de la Serranía de Ronda; siendo lo admirable del caso, en su
concepto, que los ladrones abrieron la puerta del _gabinete de raso
azul_, del cual pasaron á la _galería de esculturas_; de ésta á la
_sala de los tapices flamencos_, y de aquí á su despacho, cuajado de
primores de arte y de objetos de lujo. Sin señales de titubear para
encontrarla, abrieron una puerta oculta detrás de una librería de palo
santo con columnitas de oro macizo, y entraron en un retrete, en el
cual había hasta tres cofres llenos de alhajas de incalculable valor;
pero no pudiendo abrirlos, á causa del secreto de sus cerraduras, ni
cargar con ellos, por lo mucho que pesaban, se conformaron con robar
unas botitas usadas de su señora, dos libros de genealogías, y como
tres cuarterones de azucarillos.

Mientras Malambruno cuenta estas cosas y otras tan estupendas como
ellas, con voz estentórea y lento diapasón, su señora no deja oir
la suya más que para rectificar algún error de cantidad en que haya
incurrido su esposo.

--Eran trece mil--dice, verbigracia, al asegurar éste que eran doce
mil solamente las fanegas de trigo cosechadas por rentas en la Mancha;
ó--creo que eran cuatro,--aludiendo á los cofres llenos de alhajas.

Entre tanto, Malambruno está vestido de paño de Munilla, y parte por la
mitad los trabucos del estanco, para fumarlos en dos veces; su señora
viste con más aparato que riqueza; no trae consigo una sola doncella
de tantas como deja holgando en cada palacio, y todo el equipaje del
pomposo matrimonio viene metido en un baúl de tres celemines.

Fáltame decir que doña Ambrosia asiste á casi todas las exhibiciones
retumbantes del caudal de Malambruno, y que á cada rociada de millones
que éste suelta, mira ella á sus huéspedes y parece decirles con los
ojos, mientras se revuelve nerviosa en su silla:

--¿Qué tal, caballeros y señoras? ¿Tengo yo pelones en mi casa?

[Ilustración]



[Ilustración]

VI

ENTRE VENUS Y MARTE


Durante la primera semana, halla Gedeón hasta cierto deleite en las
originalidades de sus compañeros de mesa; pero á la segunda ya no puede
con ellas. Asústale el temor de que aquello dure indefinidamente; y
comparándolos con tan grotesco cuadro, le parecen de color de rosa los
que á él le echaron de su casa.

Felizmente, no tarda la pupilera en anunciarle que desde el día
siguiente comerá en su gabinete; porque para entonces habrá llegado la
doncella que esperaba.

Y como lo ofrece lo cumple. Gedeón come en su cuarto al otro día; y
¡oh sorpresa embriagadora y confortativa! la doncella que ya vino, y
le cubre la mesa, y después le sirve los manjares, es Solita; Solita,
que le saluda regocijada y más sandunguera que nunca; Solita, que le
cuenta lo poco afortunada que ha sido en amos desde que, bien á su
pesar, tuvo que salir de casa de su señorito; Solita, que cuando ya no
tiene nada que referir á éste con la lengua, parece decirle con los
incitantes ojos, á cada plato que le sirve:--«Vamos, hombre, atrévete
conmigo, que aquí no corres los riesgos que en tu casa; aquí soy la
criada de tu pupilera; somos dos transeuntes que hacemos juntos un
alto y nos arreglamos con lo que tenemos; ahora todo te es lícito sin
desautorizarte... ¡Mira que de estas gangas no las encuentra cada día,
ni tan á mano, un solterón medio aburrido y desalentado como tú, y que
sólo vive, como perro achacoso, de lo que le cae en la boca!»

No es fácil calcular con exactitud si es Solita quien tal dice con los
ojos, ó si es Gedeón quien se lo imagina, _ex abundantia cordis_; pero
es indudable que éste lo lee así; y como es hombre que no desperdicia
las buenas ocasiones, sin que lleguen los principios de su comida ya ha
puesto sus voluptuosos fines en evidencia. Mas no es Solita juez que
sentencia en arduos litigios sin maduras reflexiones. Antes da muestras
de sutil ingenio y experta travesura; y resistencias hace, aunque sin
enojos, que ponen á Gedeón fuera de quicio.

De todas maneras, esta peripecia viene á interrumpir sabrosísimamente
la abrumadora monotonía de la vida de nuestro solterón, y á hacerle
llevadera la existencia en aquella posada que empezaba ya á parecerle
presidio. En adelante, verá llegar con alegría las horas de comer y
todas las de volver á su albergue...

Una advertencia, por lo que valga, y suponiendo que alguien que esto
lea piense que el encuentro de Gedeón con Solita no es rigorosamente
necesario: no he conocido un Gedeón tamaño, sin una Solita semejante.
El de mi cuento se encuentra con ella en una posada, después de haberla
conocido en su propia casa, como otros las vuelven á ver en medio de la
calle, ó en sitio peor, después de haberlas tratado sabe Dios en qué
parajes.

Mas no por esto que digo de la necesidad de las Solitas para
determinados _solitarios_, y de su mancomunidad de debilidades, se
hagan juicios temerarios sobre la fortaleza de la Solita en cuestión;
pues en Dios y en mi ánima aseguro, á más de lo que ya tengo dicho,
que va poniendo á Gedeón de muy mal temple el obstinado crecer de los
obstáculos.

Y cuidado que no pierde ripio el solicitante. Sus comidas se eternizan;
sus vueltas á casa no tienen número, y no le tienen tampoco las veces
que se le ocurre ponerse malo á las altas horas de la noche, para que
Solita le lleve el vaso de agua ó la taza de te.

Y tan obcecado está en menudear todo lo posible sus entrevistas con la
doncella fuerte; hasta tal punto le preocupa esta heróica tarea, que
no se fija en que doña Ambrosia está ya en autos, y anda por alcobas
y pasillos murmurando no sé qué letanías en que todo se canta menos
alabanzas á su huésped, cuando él está departiendo con la doncella.

La cual, sufre después, y no lo cuenta, los refunfuños y desabrimientos
de su ama, como en otro tiempo sufrió los de la señora Braulia por
idénticos, aunque no tan notorios motivos.

--¡Si piensan _algunos_ que mi casa es un cuartel, chasco se
llevan!--grita una noche la pupilera, al salir la joven de servir el
chocolate á Gedeón, y mientras éste se desnuda para acostarse. (Gedeón
toma chocolate todas las noches desde que Solita vino á la casa; y
rescoldo tomara, para hacer una comida más, si ella se lo sirviera.)

Y cátate que apenas ha dicho esas palabras doña Ambrosia, cuando
se oyen en la sala el arrastrar de un sable, el charrasqueo de las
espuelas y los taconazos correspondientes; mas cuando Gedeón piensa
que á este rumor bélico aludía la enojada patrona, advierte que se
equivoca, pues que la oye decir en seguida, con acento meloso, y á la
parte de allá de las vidrieras del gabinete:

--En esta habitación estará usted como en la suya propia; precisamente
la tengo destinada para estos lances... porque mi casa no es,
propiamente hablando, casa de huéspedes. Á Dios gracias, no los
necesito para vivir. Los tomo, como quien dice, para tener familia, y
cuando me los recomiendan personas de suponer y de carácter como la que
á usted le envía.

La misma ó parecida relación que le hizo á él.

--Pues mire usted, patrona--contesta en la sala una voz sonora y
retumbante,--la persona que aquí me manda tendrá todo el carácter y
todo el suponer que usted quiera; pero decente no es el alma de perro
que debía alojarme en su casa y me echa á una mala posada.

--En cuanto á eso, caballero militar--replica doña Ambrosia
notoriamente sulfurada,--entienda usted que esta casa ni es posada
ni es mala; y por lo que hace á quien le envía á usted á ella, no
necesita aprender de nadie á ser decente, ni tampoco tiene obligación
de hospedarle á usted á su lado.

--¡Ni yo de aguantar con paciencia que á estas horas se me vaya _á la
empinada_ la hija de su madre!

--¡Caballero!

--Lo dicho; y, por último, yo no le he buscado á usted la lengua.

--Ni yo le he faltado á usted...

--Á ver si hay en este palacio, si le parece poco posada, quien me
dé de cenar. Eso es lo que pido, y para después, una cama. ¿Lo tiene
usted, señora? ¿Sí ó no?

--¡Eso es injuriarme!

--¿Lo tiene usted? ¿Sí ó no?

--¡Pues no he de tenerlo? ¿Con quién se le figura á usted que está
tratando?

--Pues venga cuanto antes, y no se meta usted en más honduras.

--¡Es que tiene usted unas cosas!...

--¡Yo tengo todo lo que necesito, señora!

--¡Y unas demasías!...

--En cuanto usted se largue de aquí, no me sobrará nada.

Dicho esto, se oye un pisar menudito y fuerte, y un zumbido sibilante,
como de mujer que se marcha renegando; y, acto continuo, vuelve á oirse
la voz del hombre de la sala, que grita:

--¡Ruiz!... ¡Ruiz!

--¡Presente, mi capitán!--responde desde el pasadizo otra voz de
hombre, cuyos pasos, acompañados también de ruido de espuelas y de
sable, indican que acude al llamamiento.

--¿Y el maletín? ¿Y el galápago? ¿Y las bridas?

--Ahí quedan, mi capitán.

--Traételos.

Un instante después, vuelve á decir el llamado Ruiz:

--Aquí está el maletín.

--¿Y lo demás?

--¿Lo demás, mi capitán?...

--¡Lo demás, sí!

--Pues lo demás, con permiso... digo que se quedará aquí afuera...

--¡Gaznápiro! ¿Te lo he mandado sacar de la cuadra para que lo dejes en
la cocina?

--No, señor; pero ¿dónde lo pongo si no?

--Ahí, en el _arzón trasero_ de la cama. Ya sabes que yo nunca duermo
lejos de las monturas.

--Pero hay casos, mi capitán... digo, con permiso... ¡Como están los
_bastos_ tan sudaos... y es tan blanco ese bullarengue que cae por
encima!...

--¿Á que te rompo la grupa de un puntapié?...

--Es que, mi capitán, como he conocío el genio de la patrona por lo que
rezaba cuando salío de aquí... Vamos, temí que... Y por eso advertí á
mi capitán...

--Pues precisamente estoy yo deseando dar unas vueltas de picadero á
esa jaca bravía... ¡Conque figúrate tú!

--Siempre á la orden, mi capitán.

Y por el ruido que sigue á esta despedida, conoce Gedeón que la montura
del cuadrúpedo del capitán pasa, conducida por Ruiz, á colocarse en
la cama _de respeto_ de la _sala de recreo_ de los huéspedes de doña
Ambrosia.

Jamás se vió una embustera desmentida más pronto ni más al caso.

Gedeón (que nunca puso en duda que su pupilera admitía cuanto se le
presentaba) no sabe si sentir ó celebrar el lance. Lo siente por el
riesgo que corren, y pueden correr en adelante, su comodidad y su
reposo; pero se alegra por lo que tiene de respuesta á la indirecta
_cuartelera_ que le echó la rígida doña Ambrosia, si es que á él iba
enderezada, como lo va sospechando.

Entre tanto, el capitán no cesa de llamar á Ruiz, ni Ruiz cesa de pasar
y repasar el pasadizo; hasta que, acostado el primero y marchándose el
segundo á _zagalear_ las bestias y á dormir á su lado, reina el sosiego
en la casa y ronca Gedeón.

[Ilustración]



[Ilustración]

VII

VARIAS CATÁSTROFES


Tres días con tres noches duran las marimorenas que arman el capitán y
su asistente.

¡Ruiz! por acá; ¡Ruiz! por allá; ¡mi capitán! por allí; ¡mi capitán!
por el otro lado; que la cebada, que el maletín, que los alcances, que
el caballo, que ¡vete!, que ¡estate!, que ¡bruto!, que ¡por vida!, que
la patrona, que el libramiento, que las raciones, que la herradura...
Y todo esto á gritos, al medio día, á media noche, al amanecer, y
comiendo y almorzando.

Gedeón no sosiega; y, además, todo le huele á cuadra y le sabe á rancho
y le suena á cuartel.

Doña Ambrosia está en ascuas, tiene calambres, riñe con el capitán y se
disculpa con Gedeón.

--Ya usted ve, no es culpa mía. ¡Cómo podía yo pensar!... Para
algunas gentes todo es lo mismo... No tienen educación, carecen de
principios... ¡Pero yo haré!... ¡Yo le aseguro!... Usted dispensará...
Á cualquiera le sucede... Como una juzga á los demás por sus propios
sentimientos...

Y no dura la brega más que tres días, porque doña Ambrosia, con la
disculpa de que tiene comprometida la habitación, despide al capitán
cuando vence su boleta; disculpa que éste no admite como de buena ley,
por lo cual, antes de marcharse, pone á la pupilera como trapo de
fregar, y á la casa, que no hay por dónde mirarla.

Aquella noche descansa Gedeón y hasta reanuda sus casi interrumpidos
coloquios con Solita; pero con esto vuelven á arder las apagadas
iras de doña Ambrosia, y á estallar sobre su doncella, y á oirse sus
letanías acostumbradas cada vez que pasa por delante de la puerta falsa
del gabinete.

En esto, toman posesión de la sala dos nuevos huéspedes. Son dos
cómicos, que vienen á casa á la una de la mañana, y se acuestan á las
dos, y se levantan á las once, y comen á deshora, y estudian á voces
sus papeles, y cantan á grito pelado coplas indecentes, y se pasean en
calzoncillos por toda la casa desde que salen de la cama hasta que se
van al ensayo, y dicen chicoleos desde el balcón á todas las mujeres
que se asoman á los de enfrente, y tiran bolitas de pan y huesos de
aceituna á los hombres que pasan por la calle.

De vez en cuando los visitan otros camaradas del oficio, y entonces se
hunde la tierra.

Gedeón, condenado desde mucho tiempo hace á ir de mal en peor en esto
de _establecerse á su gusto_, suspira por el capitán, que le parece un
ángel de Dios, comparado con aquellos demonios del estrépito.

Un día convidan éstos á comer á media docena de sus amigos; y como
la comida es solemne, tiene lugar en la sala. Antes que lleguen los
postres, Gedeón se ahoga de ira y de ruido, y tiene que largarse á la
calle para buscar un poco de aire menos corrompido, y una algarabía más
tolerable.

Dos horas le dura la _arrancada_, como dicen los marinos, ó la
_velocidad inicial_, según la culta jerga científica; dos horas que
invierte Gedeón en meterse, como los huracanes, por todas las rendijas
que halla á su paso en la ciudad. Cuando se ve rendido y desfogado,
vuélvese á casa, en la creencia de que, si no la policía, el cansancio
habrá puesto en orden y en silencio á los cómicos de la sala.

Pocos pasos antes de llegar al portal, observa que sale de él Solita,
con un lío de ropa debajo del brazo. Este detalle le parece grave.

En efecto, Solita se echa á llorar en cuanto se encara con Gedeón.

--¡Ay, señorito!--le dice entre sollozos,--¡qué mala estrella es usted
para mí!

--Pues ¿qué sucede, hija mía?--pregúntala Gedeón hecho unas mieles.

--Que por usted salgo de esta casa, como por usted salí de la otra.

--¡Por mí, alma de Dios!

--Sí, señor, por usted.

--¿Pero qué la he hecho yo á usted? vamos á ver.

--Ya usted me comprende.

--Pues no comprendo una palabra.

--¿Qué me había hecho usted cuando la señora Braulia me difamaba?

--Absolutamente nada, Solita; absolutamente nada... y bien á mi pesar,
créalo usted.

--Gracias por la intención... Pues eso mismo me ha hecho usted ahora;
y, sin embargo, la señora me ha dicho... bastante más que la otra.

--¿De mí?

--Y de mí: de los dos.

--¡Ah, grosera, incivil y menguada!

--¡También usted!

--Me refiero á la pupilera, hija mía. ¡Yo denostar á quien es la
cultura, la suavidad y la...!

--Mil gracias, señorito... Pues verá usted. Desde que entré en su casa,
venía martirizándome con palabras de muy mal sentido, cada vez que yo
salía del gabinete, de servirle á usted.

--¡Y no me ha dicho usted nada!

--¿Para qué?

--Para que yo estrangulara á esa tarasca.

--Pero hoy y como no quise servir á los de la sala, porque al ponerles
la mesa me dijeron muchas groserías, tomó pie de aquí en cuanto usted
se fué á la calle; y sobre si no me gustaba servir á otro huésped que
al del gabinete, y si usted y yo nos entendíamos, y sobre si esto era
inmoral y escandaloso, y sobre no sé qué perrerías más por el estilo,
díjome tales cosas, que me obligaron á cantarla cuatro verdades al oído
y á despedirme en seguida.

--¡Bien, Solita! ¡Eso es tener dignidad y carácter! Lo que siento yo
es no haber estado cerca para remachar el clavo encima de su cabeza...
Pero vamos á ver: ¿adónde va usted ahora?

Aquí Solita baja los ojos, recoge una punta de su delantal con la mano
libre, y responde con voz lenta y no muy firme:

--Por de pronto... á casa de una amiga.

--¿Y después?

--Después... adonde me quieran.

--Entonces, no se mueva usted de aquí.

--Ya sabe usted en qué sentido hablo.

--También usted en el que yo la replico.

--La necesidad me obliga á servir.

--Porque usted quiere.

--¡Qué bromas gasta usted!

--No en este momento.

--Me parece que más claras...

--Si quisiera usted tomar en serio lo que yo le dijera...

--¿Más aún de lo que me tiene ya dicho?

--¡Muchísimo más!

--¡Pues tendrá que oir!

--¡Cosa buena, Solita!

--Como de usted.

--Ya se ve que sí.

--Pues si usted lo asegura...

--Ha de saber usted, Solita, que tengo un plan.

--¿Ahora, de repente?

--Hace días.

--¿Y qué?

--Que si quisiera usted conocerle...

--Si me interesa en algo...

--De punta á cabo.

--Pues usted dirá.

--Es algo extenso... ¿Va usted muy lejos?

--Bastante.

--En ese caso, andando hablaremos.

--Como usted guste.

--Pues vamos andando.

Y á andar echan los dos, calle adelante, paso á paso, medio á obscuras
cuando pasan cerca de un farol, y á obscuras por completo cuando de él
se alejan, juntos, juntitos, y muy encorvado el uno sobre la otra, como
la _f_ sobre la _i_.

       *       *       *       *       *

Una hora más tarde vuelve Gedeón á su posada, de la cual falta ya el
único atractivo que para él tenía. ¡Considérese con qué ojos mirará
ahora aquella guarida en que la necesidad le metió!

Cuando entra en su gabinete, reina el silencio en la sala, aunque algún
débil rayo de luz y tal cual carraspeo le indican muy pronto que hay
gente en ella. La curiosidad le mueve á separar un poco una cortinilla
de las vidrieras y á mirar lo que hay al otro lado. Alrededor de la
mesa en que han comido, ve á los dos huéspedes y á sus amigos, con
las cabezas en grupo y los cuerpos descoyuntados sobre las sillas. La
luz está en medio de todos, y debajo de ella algo que Gedeón no puede
ver; pero muy pronto llegan á su oído varias palabras, como _juego_,
_cargo_, _me retiro_, _entrés_, etc., etc.

--Vamos--piensa Gedeón,--lo que faltaba.

Mas apenas lo ha pensado, cuando el grupo se deshace y se arma en la
sala un vocerío tremendo; y sobre si _muerto_ ó si vivo; sobre si _el
salto_ ó si el quiebro, en un instante suenan diez bofetones, tres
botellazos y cincuenta blasfemias.

Acude doña Ambrosia, llega Malambruno y viene el ingeniero en
calzoncillos ¡que ya tiene que ver!; y mientras encarnizan más el
combate queriendo apaciguarle, Gedeón recoge sus dispersos vestidos,
empaqueta sus cachivaches, y sale después en busca de dos mozos de
cordel.

Cuando vuelve con ellos, déjalos á la puerta de la escalera; y notando
que la tormenta ya no ruge, llama á doña Ambrosia.

--¡Señora!--le dice.--¡Ésta es la casa de _Tócame-Roque_!

--¡Más honrada y más decente que la que merece el muy
descortés!--respóndele la pupilera, trémula de ira y con los ojos
inyectados de sangre.

--¡Esto es un burdel!--añade Gedeón, mirándola con una seriedad y una
firmeza que la desesperan más.

--¡Eso hubiera usted hecho de ella, á no ser yo quien soy, y á no
velar, como velo, por la buena moral!

--Que lo digan los de la sala.

--¡Yo no puedo preverlo todo!

--Pero debía usted no engañar á nadie, como me ha engañado á mí.

--¡Cómo!...

--Negándome que aquí se admite al primero que llega.

--¡Y lo niego todavía! ¡Y sostengo que ésta no es casa de huéspedes!

--En eso no miente usted, porque es cosa algo peor.

--¡Caballero!

--Porque lo soy me marcho... Ahí va lo que debo, y en paz.

--Cuando usted guste.

--Ahora mismo.

--Naturalmente. Como se largó _ella_...

--¡Señora!...

--Bernabé y la ciega... No podía ser otra cosa... Estaban ustedes de
acuerdo.

Aquí Gedeón, temiendo dar un escándalo semejante al que acaba de
presenciar, entre echar el telón abajo como dirían los de la sala, ó
por el balcón á la pupilera, opta por lo primero, como lo más prudente,
y manda entrar á las dos acémilas para que carguen con su equipaje.

[Ilustración]



[Ilustración]

VIII

DE MAL EN PEOR


¿Adónde vamos con esto?--le preguntan.

--Á la fonda.

--¿Á cuál de ellas?

--Á la más cara,--responde Gedeón, decidido á ahogar sus desventuras en
dinero.

Y anda, anda, llegan los tres á un ancho portal muy charolado y
resplandeciente; y sube, sube, por una escalera muy lustrosa,
detiénense en un vestíbulo medio lujoso, medio limpio y medio obstruído
por baúles amontonados y camareros sin educación.

--¿Adónde vamos?--pregunta á éstos la acémila delantera.

--Adentro se lo dirán á ustedes,--responde el menos soez de los
preguntados.

Y los tres penetran en un largo corredor; y hallan á un hombre gordo
que, al verlos, empuña la manezuela de una de las puertas de la
ringlera, y les dice:

--Aquí.

Mas apenas ha metido Gedeón las narices dentro, dan sus ojos con un
hombre en calzoncillos, esparrancado, en chancletas, y como haciendo
equilibrios delante de un espejillo colgado en la pared, y detrás de
una bujía colocada entre uno y otro.

--Perdón,--exclama el hombre gordo, mientras el de adentro se vuelve á
mirarle, navaja de afeitar en mano, y con media cara rapada y la otra
media cubierta de jabón.

Treinta pasos más adelante, vuelve á decir el que guía, abriendo otra
puerta:

--Aquí es.

Y cuando los que van detrás se disponen á seguirle, una mujer en
enaguas lanza un grito, y abalanzándose á la puerta, ciérrala con ira,
mientras la voz de un hombre suelta una blasfemia en francés desde el
fondo de aquel misterio inexplorado.

Á vueltas de otras tres equivocaciones por el estilo, el hombre gordo,
ya sulfurado, pónese á gritar desde el centro de una encrucijada á que
han llegado los cuatro:

--¡M’siu Cotelet!... ¡M’siu Cotelet!

--¡Boum!--le contesta una voz desde allá lejos, muy lejos.

--¿Quiere usted decirme, con mil demonios, qué número es el que está
desocupado?

--¡El _dusiantos trantiunoooo_!...--vuelve á responderle la voz.

--Es en el otro piso, caballero--dice el hombre gordo á Gedeón.--Es
enteramente igual á éste: sólo tiene de más algunas escaleras.

Súbenlas los cuatro, tres de ellos jadeando ya y con amagos de jadeo el
hombre gordo; y vuelven á recorrer nuevos pasadizos. Al fin de uno de
ellos hay una puerta con el número 231. Allí es. El hombre gordo entra
y enciende una vela. Á su luz se ve el suelo lleno de papeles rotos y
puntas de cigarro, la cama revuelta, la palangana hecha una basura, y
la pared con lamparones.

Mientras Gedeón paga y despide á los mozos de cordel, llega un camarero
silbando unas habaneras; y de dos trastazos da por arreglada la cama,
dejando al nuevo huésped en la duda de si mudó las sábanas ó aprovecha
las que tenía; vierte las inmundicias de la jofaina en un cubo de
latón; saca á puntapiés los papeles al corredor; sacude dos manotadas
y da un restregón con la sempiterna rodilla al tocador; cuelga encima
de éste una tohalla; y, sin dejar de silbar las habaneras, sale del
cuarto, despidiéndose con un portazo que hace temblar los tabiques.

Mustio se queda Gedeón por largo rato, maquinalmente sentado sobre uno
de sus baúles y midiendo con la vista el menguado perímetro de aquella
estancia. Después se levanta, y, maquinalmente también, procede á hacer
el inventario de cuanto en ella le pertenece para su uso.

Además de la cama y del tocador ya mencionados, hay un ropero con
puerta que no ajusta, de espejo desazogado y llave que no cierra; una
percha de fleje con seis colgadores, tres de ellos á medio arrancar,
dos arrancados ya y uno partido por el medio; una mesa de noche
(cuyo entreabierto cajón permite ver, en su obscuro fondo, media
liga vieja, un cabo de vela, tres palillos de dientes muy usados, un
parche de trementina á medio uso, y seis tachuelas amarillas); una
jarra de latón, como el cubo, llena de agua; sobre la mesa de noche
una botellita blanca, con un vaso boca abajo por tapadera; un velador
cabizbajo y alicaído, no por la carga liviana de un tinterillo sin
entrañas y una pluma roñosa que no puede calzar más que punto y medio,
por mucho que se presume, sino por sus achaques naturales y frutos
de su arrastrada vida; por último, dos sillas de mala muerte y una
butaca cuya anatomía de astillas y de alambre pugna, y al fin ha de
conseguirlo, por romper la mezquina envoltura que aún la impide,
aunque sólo á trechos, protestar en debida forma contra la opresora
poltronería de los huéspedes.

De manera que allí todo está previsto para la comodidad de éstos y para
sus más apremiantes necesidades, y nada falta más que el aseo, el orden
y el desahogo. Todo parece decirle á Gedeón: «No te molestes en llamar,
porque no acudirá nadie al llamamiento, en la confianza de que tienes
aquí cuanto necesitas. Para lo demás, ya te llamarán á tí.»

No ignora Gedeón lo que son las fondas; pero entre _pasar_ por ellas,
como él ha pasado algunas veces, y _vivir_ en ellas, como ahora vive,
hay muchísima distancia; y mucho mayor para un hombre siempre cebadito
y mimado en su casa, en la cual todo era suyo y para su regalo.

Decididamente no es en aquel angosto y desaliñado recinto donde ha de
llenar el vacío de que se queja desde que nosotros le conocemos.

Con éstas y otras cavilaciones en la mollera, y mirando con repugnancia
cuanto le rodea, vase desnudando poco á poco; y sin pizca de ilusiones
para el día siguiente, métese en la cama como pudiera tirarse al pozo,
apagando de un soplo la bujía y encendiendo en su memoria el recuerdo
de Solita, que, por de pronto, le alegra un poco la imaginación,
aunque no le llena, ni con mucho, el abismo de su alma.

       *       *       *       *       *

Una semana, quince días, dos meses... un año... lo que el lector
quiera, lleva Gedeón de residencia en aquel agujero, ó en otro
idéntico, de la misma fonda ó de otra quizá peor que habrá encontrado,
en su afán de mejorar de vivienda y de _establecerse á su gusto_.

Le ocupa lo menos que puede, y vuelve á él á las horas de comer y de
acostarse, como el colegial á cátedra después de las vacaciones.

Para colmo de desdichas, tiene un destacamento reumático en una
rodilla, y un manantial en un oído; le va engordando la panza y se
le insinúa un catarro de pecho que, cuando el tiempo refresca, le da
bastante que hacer.

Pero más que estas plagas, que al cabo le dejan en paz muy á menudo,
le abate un aburrimiento desconsolador. Verdaderamente no sabe qué
hacer de su cuerpo, ni en su celda ni en la calle. En la una todo
es angostura y soledad. En la otra no tiene ya con quién departir;
pues sus tres camaradas, únicos seres cuyo trato ha cultivado con
frecuencia, le van inspirando una invencible antipatía, y huye de ellos
como de la peste.

En cuanto _á lo demás_, tanto le cansa como le deleita, si es que algo
de ello no le remuerde; reducido, en suma, á insubstanciales despojos
de las sobras de otros tiempos, ó á _similores_ del presente, que
no valen el trabajo que le cuestan, ni el riesgo en que le ponen su
libertad.

[Ilustración]



[Ilustración]

IX

POR LAS NUBES


Ahora podemos suponer, por suponer un poco de todo, que Gedeón, libre
una semana de sus dolencias físicas, hace un esfuerzo supremo para
sacudirse las morales, y se lanza, fraque en ristre, á regiones en que
jamás ha penetrado, para estudiar aquellas razas y la manera más cómoda
de explotarlas en beneficio de sus deseos y en concordancia con sus
imaginaciones.

Por de pronto, sus pies, hechos á pisar los suelos de cabretón, han de
enredársele no poco en el fino vellón de las alfombras. Brujuleará por
salas y rincones; hará como que refiere al conocido que haya hecho su
presentación cosas muy graves é importantes, para estudiar con disimulo
maneras y actitudes en los que pasan á su lado; para tantear estilos de
conversación amena y por lo fino, y, sobre todo, para tomar lenguas de
todas y cada una de las damas que adornan los contornos del salón: se
fijará primero en las más bellas; después en las más frágiles, y, por
último, en las más accesibles, según el criterio de su acompañante.

Verá que no faltan entre los hombres que entretienen y acompañan á las
más jóvenes y más hermosas, galanes antediluvianos que tapan la carcoma
de sus muchos años con afeites y postizos.

Diránle que, así y todo, los hay entre ellos que no pierden siempre
que juegan; lo cual animará mucho á Gedeón cada vez que, al pasar por
delante de un espejo, vea reflejarse en él sus canas, sus arrugas y su
pestorejo de veterano; pero luégo sabrá que aquellos tipos, además de
haber envejecido allí, lo cual ahorra el mal efecto de una aparición
con flemas y _pata de gallo_, y de poseer algún atractivo especial para
las mujeres, aunque sólo sea éste el saber desempeñar con donaire el
papel de comparsa en tales fiestas, no son solterones como él, sino
hombres que no se han casado todavía, porque quizá picaron muy alto al
intentarlo, pues lo han intentado muchas veces.

¡Pero Gedeón!... He aquí lo que, á lo sumo, se dirá de él, si algo se
dice, después que se muestre en semejantes alturas:

--Pues es _un señor_ que se llama Gedeón, que está bien por su casa, y
que tiene horror al matrimonio.

No puede decirse menos de un hombre que es, además, vulgar y adocenado
de figura.

Hay ejemplos de que una pecadora lo haya sido con el caritativo fin
de sacar á un calavera de los malos pasos en que también Gedeón se ha
encontrado, y elevarle hasta ella, acaso para corromperle más; pero
ese redimido era hermoso, ó, cuando menos, notable, ya que no célebre,
en algún concepto; y Gedeón no es célebre, ni notable, ni hermoso por
ninguna parte que se le mire.

Con tales desventajas encima, ¿qué puede prometerse el mal aconsejado
solterón si se echa á herborizar en el campo en que le suponemos
colocado?

Le rechazarán las solteras, porque no es negocio ni buen modelo para
marido, aun cuando él se prestara á serlo; y _las demás_, suponiendo
que existan (yo siempre lo niego), pensarán, y muy cuerdamente, que ya
que el diablo las lleve, que las lleve en coche.

Tentará á probar fortuna, eso sí, que para eso fué allá, y además es
terco; y no se dirigirá á la más fea ni á la menos joven, que para
eso es solterón y frisa en viejo; y se meterá en floreos de lenguaje
y en retóricas trasnochadas; y preguntará por la _gavota_ y el _baile
inglés_, y por la música del _Tancredo_, cuando hace setenta años que
ni aquéllos se bailan ni ésta se canta; y por sandio que sea, caerá en
la cuenta de que cuanto más sublime se hace, se pone más en ridículo.

Y recordará entonces que en las capas inferiores, como ahora se dice,
de la sociedad, entre modistillas y gentes de medio pelo, está él como
el pez en el agua; recuerdo que, enfrente de las dificultades que
traban su lengua y turban sus ideas, le excitará el deseo de vencerlas,
y tal vez sus manos se atrevan á cometer demasías de tacto, ó su
lengua se desborde, ó sus piernas desmazaladas, y á la sazón revueltas
entre vecinas faldas de sedas y crespones, hagan una barbaridad que
escandalice al concurso.

De todas maneras, Gedeón perderá el tiempo; porque aun concediéndole
algún fruto en sus exploraciones, bien apreciado no valdrá la violencia
en que le pondrían los medios para alcanzarle. Violencia digo, porque
sin ella no puede él vivir en un terreno tan extraño á sus hábitos é
inclinaciones.

Y si le frecuentara más para hacerle placentero, acabaría por salir de
él marido de la mujer más pobre y fea; y no _convertido_, sino _domado_
como una bestia; en el cual caso sería una variedad vulgarísima entre
los célibes remolones, y no un perfecto modelo de la especie solterona
_impenitente_, como el lector y yo hemos convenido en que sea Gedeón.

En substancia, este capítulo es pura y simplemente una respuesta
anticipada al candoroso lector que, olvidado de la naturaleza especial
de nuestro personaje, me salga al encuentro con esta observación, que,
en su concepto, lo resolvería todo, y hasta me excusara el trabajo de
escribir lo que me falta de este libro.

--Pues, hombre, si Gedeón se aburre, ¿por qué no se divierte como yo?

[Ilustración]



[Ilustración]

X

LO QUE NO HABÍA PREVISTO GEDEÓN


Pero lo verosímil es que, á pesar de sus propósitos, si los tiene
todavía, no se resuelva á salir de sus merodeos de _escalera abajo_;
porque lo que entra con el capillo, sale con la mortaja.

Á la edad en que Gedeón ha pensado en elevar su vuelo hasta las águilas
rapaces, ya pesa mucho el cuerpo; y si, aunque con trabajos, se sube,
faltan los ojos para resistir el sol mirándole cara á cara. La tierra
llama á lo suyo; y aunque sueñe ser águila, se queda el atrevido tan
milano como sus hábitos le han hecho ó su madre le parió.

Lo innegable, por de pronto, es que una noche se retira á su albergue
triste y dolorido; que la cama, aunque fementida, le llama á sí, y que
él se arroja en ella sediento y quebrantado.

Como el sueño no acude á sus párpados, entretiénese en apreciar la
cantidad y la calidad de la dolencia que le postra; pero cuanto más
se examina, menos comprende si sus dolores proceden del cuerpo ó del
espíritu.

Le asaltan serios temores de que la enfermedad pueda complicarse, y se
estremece al pensar en la asistencia que le aguarda.

Entonces cae en la cuenta de que jamás ha entrado en sus previsiones un
contratiempo semejante.

--He aquí un caso--se dice,--en que la familia no es tan abominable
como nos la pintan. La más mala de las mujeres, el más ingrato de
los hijos, pudieran prestarme ahora un auxilio, aunque sólo fuera el
de su presencia, que para mí no ha de haber, ni pagándole. Mas yo no
tengo esposa, ni hijos... ni siquiera un amigo, ni un allegado... Me
faltará el consuelo de que no carecerá el último zapatero que se muera
de hambre en un desván... Pero esto tenía que suceder; es lógico tal
desamparo... Es una de las quiebras de mi oficio.

Después se va con la imaginación adonde le llevan los objetos que le
rodean y los rumores que perciben sus oídos; y así, por esta senda,
llega á antojársele que en toda fonda _bien montada_ hay algo de
manicomio, de cárcel y hasta de hospital: de todo, menos de casa y
hogar.--Aquellas celdas en fila, con los números sobre la puerta;
aquella uniformidad de camas, de colchas, de sillas y jergones;
aquel hormigueo de gentes en los interminables corredores, gentes de
todas edades, procedencias y cataduras; gentes que no se conocen ni
se hablan; aquellos camareros brutales, impasibles, con el eterno
mandil ceñido y el sucio lienzo en la mano, como verdasca de loquero ó
tohalla de _practicante_; aquel gemir en un cuarto, reir en el otro y
cantar en el de más allá; ó hablar aquí en francés, en griego allí, y
en un rincón de negocios, en otro de literatura, y de amor en el más
obscuro; aquella campana que recorre patios y pasadizos, llamando á
comer cosas que el huésped no ha pedido y no sabe si le gustarán, en
una mesa muy larga y entre gentes que se enfilan en ella como mulos en
pesebrera, y como éstos, sin chistar ni sonreir, engullen; el rechinar
de las cerraduras por la noche al meterse cada cual en su madriguera;
el ruido acompasado del huésped que se va, ó del que llega á las dos
de la mañana, como el ruido de los pasos del centinela en el patio
de un presidio, ó de los hombres que sacan un cadáver de la cama de
un hospital para llevarle al cementerio; y, por último, el marcharse
uno sin despedirse como entró sin saludar, porque el _amo_ es allí
una entidad, como el Municipio ó el Estado en los hospitales, en los
manicomios y en las cárceles, detalles son, con otros muchos más, en
concepto de Gedeón, tan aplicables á la fisonomía de una fonda como á
las de esos lugares aborrecibles y aborrecidos.

Lo único en que no se parecen la una y los otros es que en los
hospitales, en los manicomios y en las cárceles tiene la caridad
socorros y consuelos para los acogidos, para los locos y para los
criminales enfermos, al paso que los huéspedes de las fondas pueden,
como Gedeón mismo, irse al otro mundo sin que lo sepa nadie más que
Dios que se los lleva.

En éstas y otras visiones, la noche avanza, el sueño no viene y la sed
le atormenta. Como se ha bebido ya el agua de la botella, ase el cordón
de la campanilla, tira de él con ansia, y espera.

Los minutos corren y nadie viene.

Al fin oye pasos en el corredor.

--¡Ese es!--piensa.

Pero el ruido se aleja. Oye otra vez rumor de pisadas junto á su
cuarto, y vuelve á llamar creyendo que le oirá el que pasa; mas no
reflexiona que la campanilla á la cual corresponde el cordón de que él
tira, quizá esté zarandeándose en el otro piso, y que se necesita que
se halle cerca de ella una persona para que pueda saberse que _número_
es el que llama.

Convencido de que tirar de aquel cordón es clamar en desierto, se
arroja de la cama y apaga su sed con el agua de la jarra de latón. No
es fresca ni está limpia; pero es abundante.

Vuelve á acostarse, y tampoco puede dormir; y van pasando las horas y
mermándose los ruidos, por calmarse el movimiento; y cuando sólo se
oye, de vez en cuando, el roncar de los que duermen á los lados, ó el
lento taconeo del que trasnocha ó se va, ó el lastimero mayar del gato
enamorado, en el desván cercano ó en el tejado vecino, el cansancio le
rinde y le proporciona un sueño reparador, durante el cual se imagina
que vela á su lado una esposa solícita y amante que le toca la frente y
se la refresca con besos amorosos y con paños de nieve, no más blanca
que sus manos, mientras un niño de angelical sonrisa le acaricia el
enardecido rostro con sus rizos de querube.

¡Cómo le consuela todo esto! Pero en seguida se le ponen delante sus
tres camaradas y consejeros, furibundas las miradas y mostrando en sus
espumantes bocas víboras por lenguas; ante el cual aspecto, repulsivo
é infernal, la visión consoladora desaparece, quedando en su lugar un
hombre de blanco mandil, que le pide por cada gota de agua una moneda.

Después no sueña nada; se queda como un tronco. Al despertar por la
mañana, se encuentra sin fiebre, pero muy abatido y con horror á la
soledad.

No se cansa en reñir al mozo que le sirve, cuando, cerca del mediodía,
entra en su cuarto: perdería el tiempo y las palabras; pero le
_suplica_ que mande venir un médico.

Á todo trance quiere comunicar con alguno; y no teniendo amigos ni
parientes, ha calculado que nadie como un hombre de aquella profesión
puede ayudarle á pelear contra el enemigo que le asedia.

Hará que le visite á cada hora, si tanto se necesita; le costará el
auxilio caro, pero tendrá, á lo menos, quien le ayude á morirse en toda
regla, si decretada está su muerte, ó le tienda una mano para salir del
lecho.

[Ilustración]



[Ilustración]

XI

LO QUE LE DUELE Á GEDEÓN, Y POR QUÉ LE DUELE


Al cabo de dos horas se presenta el médico. Se ha necesitado una para
que el camarero, después de olvidar el encargo, le recuerde, y cerca de
otra para decidirse á llevarle á su destino.

Es el Doctor hombre de medio siglo, de rostro sereno y de mirada firme,
pero sin dureza; pulcro en el vestir y culto en sus maneras.

Gedeón, en cuanto le tiene al lado, le hace una pintura de sus
recientes dolores.

El Doctor le mira, como si sus ojos leyeran mucho más adentro de la
fisonomía; le toma el pulso, sin dejar de mirarle, y no dice una
palabra.

El enfermo, tras una corta pausa, continúa enumerando detalles y
acumulando fenómenos, sin ocultar lo que soñó por la noche.

El médico palpa, observa y no despliega sus labios.

El paciente cierra los suyos, mira á los ojos del médico, y parece
pedirle su dictamen.

--¿Quiere usted darme algunos antecedentes?--dice al cabo el Doctor,
dejando de palpar, pero no de mirar á Gedeón, como si le pareciera poco
la enfermedad explicada para causa de tanto y tan visible decaimiento.

Gedeón, que siempre tuvo una salud de bronce, no halla medio de
satisfacer la pregunta del Doctor.

--No se fije usted solamente en los dolores del cuerpo--añade éste
al notar la perplejidad del enfermo;--examine usted también las
vicisitudes del espíritu; pues con frecuencia es éste la causa mediata
de muchas dolencias de aquél.

Gedeón narra sus últimas desazones, aunque achacándolas á las prosáicas
contrariedades que el lector conoce.

--Un poco más atrás...--replica el médico, como si hubiera dado con el
rastro de lo que busca.

Gedeón retrocede con su relato hasta la catástrofe de la señora Braulia.

--¡Más atrás todavía!--insiste el Doctor, animando al enfermo con
expresiva mímica.

Gedeón se atreve á contar hasta _por qué_ se decidió á establecerse
como _mozo de casa abierta_; apunta algunas consideraciones sobre su
aversión al matrimonio; algo también sobre los consejos que le dieron,
y no poco sobre el carácter de los consejeros; y así, apuntando el uno
y excitándole el otro á revolver más los fondos de la historia, llega
el Doctor á conocerla casi tan al pormenor como nosotros, siendo de
notar que Gedeón la desenvuelve con tanta complacencia, como si fuera
lienzo ceñido á sus carnes, y buscara quien estirase las arrugas que se
las desuellan.

Cuando concluye, le dice el Doctor, con rostro afable:

--Lo que usted me ha referido no es otra cosa que la confirmación de
una sospecha que adquirí desde que comparé su estado actual con las,
según usted creía, causas inmediatas de él.

--¿Luego no son esas las que?...

--El mal que, en apariencia, le ha postrado á usted en el lecho, se
cura con dos cuartos de ungüento; pero no le diría á usted la verdad el
médico que le dijera que estaba usted curado porque ya no le dolía la
rodilla.

--¿Cree usted que podrá repetirse el dolor, según eso?

--Creo que no es ese el mal que usted padece.

--¿Otro más grave, acaso?

--¿Me autoriza usted para decirle todo mi leal sentir?

--No sólo le autorizo á usted, Doctor; se lo ruego.

--Pues haciendo uso de esa licencia, empiezo por decir que le ha hecho
usted muy malo de su vida.

--¿Por qué?

--Porque ha mirado usted del revés todas sus conveniencias.

--¡Vea usted: yo creía todo lo contrario!

--No me sorprende. Viéndose usted joven, robusto, mimado y consentido,
dejóse arrastrar de los estímulos de todas esas aparentes ventajas, sin
tener en cuenta que son muy efímeras, ni, lo que más importa, aunque el
corazón debió advertírselo, que el hombre necesita, en cada edad, hacer
(si es lícita la metáfora) sus provisiones para la inmediata; porque
sabido es que en lo moral, y á las veces en lo físico, lo que en las
unas nutre, en las otras envenena.

--Por ejemplo...

--Por ejemplo: la absoluta emancipación de las pasiones, la ruptura de
todos los vínculos divinos y humanos...

--¿Y eso nutre alguna vez?

--Eso, durante el hervor de la juventud, es el fuego que más le
sostiene; el huracán que le empuja; el imán que la atrae.

--¿Y después?

--Después es el hielo de los páramos en el invierno de la vida.

--Es muy bonito eso... para dicho, Doctor; pero...

--¿Duda usted que sea cierto?

--Acaso.

--Pues de que lo es, tengo un ejemplo delante.

--¡Yo!

--Me ha confesado usted hace poco que la soledad le mata.

--Es verdad.

--Luego no me equivoco.

--Pero eso le sucede á cualquiera.

--Lo niego: de esa clase de soledades únicamente se quejan los que
han vivido divorciados de todo afecto generoso; los que han hollado
en la juventud las leyes de Dios y las de la naturaleza; los que han
llegado á las puertas de la vejez sin un abrigo para el corazón, sin un
consuelo para el alma.

--Hombre, en eso de consuelos, cada uno puede tenerlos á su manera.

--No el alma, que los tiene bien determinados; el alma, como de origen
divino, no puede satisfacerse con los goces brutales de la materia. Su
destino en el mundo es mucho más elevado.

--¿Cuál es, según usted, ese destino sublime?

--El amor.

--Entonces estamos de acuerdo.

--El amor, sí; pero no ese amor carnal que sólo dura lo que la pasión
grosera que le enciende; el amor del padre al hijo, del hijo al padre,
del hermano al hermano, del hombre á su prójimo; el amor que infunde
en una criatura el heroísmo de arrojarse al fuego por sacar de él á su
enemigo; el placer inefable de aliviar los dolores que padece otro sér;
el ansia de ser útil á sus semejantes... Este es el amor sublime; éste
es el amor del alma, si el alma ha de ser digna de Dios.

--Y ¿cuál es, en opinión de usted también, la fuente en que se bebe ese
néctar?

--La familia.

--Y ¿por qué no ha de beberse fuera de ella?

--Fuera de ella puede también sentirse ese amor; sólo que quien así le
sienta, no odiará, como usted, el matrimonio, base y fundamento de la
familia.

--Y ¿por qué odiando el matrimonio no he de poder yo amar de esa manera?

--¿Por qué no brotan flores en el Sahara?

--Porque es un desierto.

--¿Y cree usted que es otra cosa el corazón de un egoísta? ¿Cómo ha de
ser capaz de partir su capa con el pobre quien renuncia á los hijos
por el temor de que le turben el sueño con sus juegos? ¿Qué ha de ser
el corazón que sólo palpita al impulso de los groseros deleites, más
que una víscera, como el de una bestia?... y digo mucho, porque las
bestias tienen el instinto de asociarse y de amar á sus semejantes,
cumpliendo de este modo la ley que Dios les impuso; ley contra la que
nada ni nadie se rebela en la tierra, más que el hombre egoísta.

--¡Ja, ja, ja!... ¡qué Doctor éste!

--¿Se ríe usted?

--¿Pues no he de reirme?

--¿Por qué no se reía usted anoche?

--Hombre... porque estaba enfermo.

--Y ¿por qué lo estaba usted?

--¡Toma!... Porque... porque no estaba sano.

--Eso es responder de mala fe: usted me ha confesado que lo que más le
dolía entonces era... _el desamparo_.

--Llámelo usted _hache_.

--Precisamente hay que llamarlo _equis_, porque es la incógnita de este
problema.

--Pues concedido que lo sea. ¿No podía yo estar acompañado y
asistido... hasta con amor, y sin embargo?...

--Y sin embargo, pensar usted como piensa, y ser usted lo que es. ¿No
es esto lo que usted quería decir?

--Cabalmente.

--Y ¿á título de qué, señor mío, había de gozar usted ese privilegio?
¿Quién le ha dicho á usted que el amor del prójimo se enciende como
una pajuela cuando necesitamos su luz, y se apaga cuando nos estorba?
¿Qué da usted al prójimo en cambio de eso que le pide?... Ó ¿cree usted
que el mundo es un mueble de lujo para recreo de cuatro solterones
aburridos, ó de otros tantos egoístas desalmados?

--Está usted cruel conmigo, Doctor.

--Como lo estoy siempre que trato de salvar una vida extirpando el
cáncer que la compromete. Cumplo con mi deber.

--Es verdad.

--Y no dude usted que le hablo con ella en los labios.

--No lo dudo, y hasta agradezco la intención. Pero pongámonos en todos
los casos. Suponga usted que esas teorías me parecen muy saludables,
y que las aplaudo; pero suponga usted también que mi corazón se
resiste á aceptarlas. ¿Cómo he de adoptar yo un partido que, sin poder
remediarlo, me repugna?

--El corazón se educa como la inteligencia, señor mío; y la prueba es
que el corazón de usted está dando hoy el fruto de la educación que
recibió ayer.

--Árbol, como dicen los moralistas, que se torció de joven.

--Cabalmente.

--Luego debo renunciar á enderezarle, hoy que es ya viejo.

--Esa segunda parte es la que no se ajusta rigurosamente al caso actual.

--¿Por qué?

--Hay en la enfermedad que usted padece, un síntoma del cual huye usted
tomándole por enemigo de su reposo. Pues precisamente ese síntoma es
el que á mí me revela que el árbol, aunque robusto, puede enderezarse
todavía. Aludo á esa ansia de algo que usted busca y no halla, desde
que se vió solo en el hogar doméstico.

--Y ¿qué viene á ser ese síntoma?

--El grito de la naturaleza que reclama sus derechos; el ¡ay! de un
alma solitaria.

--Y ¿cómo he de responder yo á esos gritos y á esos ayes?

--Dándole al alma su natural refugio.

--¿Dónde existe ese refugio? ¿Cómo se llama?

--Existe en todas partes; se llama familia.

--¡Familia! Olvida usted que no la tengo.

--Sé que no trató usted de adquirirla cuando perdió la que tenía; y á
esa falta de previsión aludí al principio.

--Pues, amigo Doctor, ya es tarde para reparar esa falta.

--Yo insisto en que aún es tiempo.

--¿Y así, de repente, como quien cambia de vestido, quiere usted que
cambie yo de sistema, ó de estado?

--De ningún modo. Quiero que, ya que hasta hoy ha venido usted
envenenándose el alma con quimeras de la imaginación, empiece usted á
tomar el antídoto, estimulando un poco el sentimiento, ó lo que es lo
mismo, dejándose llevar de esa ansia que le _persigue_, hasta donde esa
ansia le lleve. El punto de parada será el puerto de salvación.

Dicho esto, cállase el médico y Gedeón no replica, y quédanse los dos
mirándose mutuamente; pero la mirada del Doctor es la que ataca, por
decirlo así; la del enfermo la que se defiende, y no con mucho valor.

[Ilustración]



[Ilustración]

XII

OPINIÓN DE UN MÉDICO SOBRE UN FISIÓLOGO Y OTRAS MISERIAS


Transcurridos así breves momentos, Gedeón pregunta, en crudo, al Doctor:

--¿Es usted casado?

--No, por desgracia.

--¿Luego no me predica usted con el ejemplo?

--Le predico á usted con el sentido común, y además con la experiencia.

--¿Con qué experiencia?

--¿Le parece á usted poca la de mi profesión? Todas las de mis enfermos
son otras tantas familias con quienes comparto sus penas y sus
alegrías. ¡Y si viera usted cuánto se aprende en esos libros tan viejos
como el mundo!

--No lo dudo; pero mientras en su lectura no se interese el corazón...

--¿Luego cree usted que el mío no se interesa en ella? ¿Luego es usted
de los que piensan que la condición de médico excluye toda sensibilidad
moral?

--No tanto como eso; pero creo que la costumbre de ver padecer á otros,
embota, hasta cierto punto, esa sensibilidad.

--La costumbre, amigo mío, enseña á sufrir, pero no á matar el
sentimiento; la costumbre enseña á cortar un miembro sin que la mano
vacile, pero no á que el corazón deje de sentir el ¡ay! que el dolor
arranca al amputado; la costumbre enseña á penetrar en el hogar ajeno,
donde todo es lágrimas y desconsuelo, sin que las nuestras broten de
los párpados, pero no evita que el alma se anegue en ellas... Créame
usted, no hay nada más terrible que la situación de un médico á la
cabecera de un moribundo. Á los ojos de la madre, de la esposa, de los
hijos, asomadas sus almas, y esas almas mirando á nuestros ojos para
leer en ellos un consuelo y pedir á nuestra ciencia una esperanza; y,
entre tanto, nuestra ciencia no sabe calmar uno solo de los dolores
que van matando poco á poco al desgraciado, que acaso es nuestro mejor
amigo ó nuestro hermano.

--¡Menguada ciencia, por cierto!

--La ciencia no puede borrar lo que está escrito. Allí donde Dios pone
su mano; allí donde el Hacedor dice: «esta vida se acaba,» es inútil
el esfuerzo del hombre.

--Luego es inútil la ciencia.

--La ciencia sirve para hacer de un cuerpo inválido un cuerpo vigoroso.
Éstos son nuestros grandes consuelos, aunque no alcanzan á compensar
las otras amarguras. Pues bien: el que tiene saturada de ellas el
alma; el que á combatir sus causas se consagra, sin hora cierta para
el reposo ni el sosiego, ¿cómo ha de gozar las dulzuras de la familia
propia? ¿No la expondría á cada instante, si la tuviera, al contagio
de sus melancolías? Por eso no la tengo yo, amigo mío; es decir, por
amarla, por venerarla demasiado; por eso se la recomiendo á usted, que
es libre, para hacerla feliz y serlo, á la vez, con ella.

--Pero repare usted, Doctor, que la pintura que usted me ha hecho del
interior, llamémoslo así, de una familia, no tiene gran atractivo que
digamos.

--¿Y piensa usted que por huir de la familia ha de verse libre de
dolores ni de la muerte?

--No; pero entre sentir los míos solos, y cargar con la molestia de los
ajenos, hay alguna diferencia.

--No tan grande, seguramente, como la que hay entre verse usted como se
ha visto anoche, aun sin grave dolencia, y asistido y consolado como,
según usted mismo me ha dicho, se creyó, por un instante, en su delirio.

--Delirio al cabo, Doctor.

--Delirio que yo veo todos los días convertido en realidad.

--¿En dónde?

--Á la cabecera de mis enfermos; allí, por cada vez que hallo el vacío
y el desamparo, como los he hallado en este cuarto, hallo mil todas las
virtudes de que es susceptible el corazón humano, formado á tiempo por
el santo calor de la familia cristiana, á cuyo abrigo tuvimos usted
y yo la dicha de nacer; allí, entre la prosa, como ustedes dicen, de
los jaropes y de los ayes, es donde yo veo el amor desinteresado,
la abnegación y el heroísmo, lucir como las estrellas en el cielo,
brotar como las flores en la primavera. Allí, en presencia de aquellos
modelos, es como debieran escribirse las _fisiologías del matrimonio_;
no á las puertas del gran mundo, ni en los bailes de la Ópera, ni en
las carreras de Long-champs; en esos libros debieran buscar los hombres
como usted la resolución de sus dudas, y no en las páginas de los
libelos, ni en el dictamen de tres egoístas de la peor especie.

--¿Conoce usted á Balzac, Doctor?

--Conozco á Balzac y á cuantos han llevado su contingente de burlas á
ese cúmulo de dislates sobre la familia, que le han extraviado á usted
el criterio.

--¡Dislates Balzac!

--Precisamente han sido los grandes hombres quienes han dicho los
mayores desatinos.

--¡Doctor!...

--No se fije usted en mi pequeñez para desautorizar el aserto. Otro
grande hombre, más viejo que Balzac, y aun de más talla, Cicerón, lo ha
dicho: _Nihil tan absurdum quod_...

--Perdone usted, Doctor; estoy algo flojillo en esa lengua.

--Pues quiere decir, en romance, _que no hay absurdo corriente_, _por
enorme que sea_, _que no proceda de algún filósofo_.

--Pues con la venia de Cicerón, ya que quiere usted que no acepte yo
sus palabras como un dicho más, paréceme á mí que tratándose de hechos
como los que analizan esos grandes pensadores, no tiene mucho valor ese
dictamen.

--¿Á qué hechos se refiere usted?

--Al matrimonio, por ejemplo.

--¿Y le analiza alguno de ellos?

--Con pinzas y microscopio... Pero ¿no me ha dicho usted que conoce á
Balzac?

--Y lo repito; y por eso declaro que yo no he visto jamás en los libros
de ese autor cosa que se parezca al matrimonio.

--¡Pues me gusta, hombre!... ¡Cuando no tratan de otro asunto sus
dos obras más famosas!... Á millares danzan allí los maridos y las
mujeres... y lo demás.

--Efectivamente, se habla mucho en esos libros de matrimonios que,
después de arañarse por resentimientos apenas verosímiles en imberbe
enamorado, se reconcilian con un vestido de baile, con una comida
_au Rocher de Cancal_, ó con una cena en el _Café Inglés_; hay allí
mujeres que «se aterran» porque dice la modista, al probarles un corsé,
que les ha crecido el perímetro de la cintura media pulgada; maridos
que se amoscan porque sus mujeres aluden con demasiada frecuencia al
reciente desarrollo de sus estómagos; esposas que se arrepienten de
serlo porque sus maridos tienen un diente postizo, pero que, al cabo,
se consuelan sabiendo que hay esposos de sus amigas que toman rapé. Á
todas estas cosas y otras infinitas no tan _transcendentales_, pero sí
inherentes al matrimonio, se les llama _miserias de la vida conyugal_,
y se discurre largamente sobre ellas, en palabras de doble sentido,
y dando á todas las frases un aire de «¡pobres _predestinados_!;» se
dice, bajo el rótulo de _axioma_, y como un aviso en bien de la paz de
un matrimonio, «que se guarde mucho el marido de dormirse antes y de
despertarse después que su mujer;» porque ¡figúrense ustedes lo que
sucedería oyéndole ésta roncar, ó contemplándole en posición poco
_elegante_!; se diserta con este motivo sobre las condiciones que debe
reunir la cámara nupcial, y se califica de _imbécil_ al marido que se
atreve á colarse en el tocador de su esposa... Aquello, amigo mío,
de punta á cabo, no es más que una pura decepción de los sentidos, y
una ociosa gimnasia del raciocinio para indicar el modo de que duren
algo más las _ilusiones_; lo propio que si se tratara de un acaudalado
sensual y de una cortesana corrompida, que se _ajustasen_ para vivir
matrimonialmente una temporada.

¿Le parece á usted que es esto analizar el matrimonio? ¿Le parece á
usted que éste no tiene otros fines que cumplir ni otros aspectos por
los cuales deba estudiársele? ¿No es un desatino, más que desatino,
sandez, excitar al lector á que crea que la esposa que se arroja de
su lecho para salvar de las llamas á su hijo, sin reparar en que su
marido la está viendo descalza y en camisa, es una mujer prosáica, cuyo
ejemplo debe presentarse para _escarmiento_ de los hombres de _buen
gusto_ aspirantes á casarse?

--Amigo mío, llevando las conjeturas al extremo á que usted las lleva...

--No hay tal extremo; son deducciones lógicas de los principios
manoseados por Balzac. Y yo pregunto ahora: ¿qué se propone este
sediciente fisiólogo? ¿Demostrarnos que la _ilusión_ del novio
desaparece en breve dentro del matrimonio? Pues para semejante
vulgaridad no había para qué emborronar tantos papeles. El marido
más ramplón de los _míos_ sabe que todo lo que en la vida conyugal
se refiere á los sentidos, apenas resiste la segunda prueba. ¿Quiere
decirnos también que el matrimonio más enamorado al formarse, tiene
que deshacerse pronto por la fuerza incontrastable de las miserias
de sus propios _desencantos_? Pues á esto puede preguntar el mismo
_pobre_ marido á ese grande hombre: «¿Qué haces tú de los cónyuges de
tus libros cuando pierden las ilusiones ó se las quitan los años con la
prosa de las arrugas y del histérico? ¿Se devoran unos á otros? ¿Los
recoge la caridad pública? ¿Ó hay algún infierno especial adonde van
estos seres, aun en vida, á purgar el delito de haberse casado, ó la
afrenta de haber envejecido? ¿Y son esos los matrimonios que han de
producir hombres útiles á la patria, y mujeres que lleguen á ser madres
honradas, como la mía? Pues yo, que peino canas y tengo á mi lado una
esposa con arrugas, no trocara por aquellas ilusiones que duraron un
día, como todo lo carnal y voluptuoso, el inefable placer que siente
mi alma desde el instante en que se fundió en la de mi _compañera_,
como la de ésta se fundió en la mía; el sublime consuelo de venir
atravesando juntos el desierto de la vida, prestándole yo mis fuerzas
y ella auxiliándome con las suyas; y, por último, la dicha de verme
revivir en mis hijos, de verlos crecer y de dirigir sus corazones para
que sus virtudes puedan llegar á ser un día corona de mis canas, y
acaso, más allá, la gloria de mi nombre ó de su patria, con el cual fin
les pongo, como perenne juez de sus actos, á Dios de quien proceden y
á quien irán, si á su ley no faltan mientras acá abajo lidian, que á
eso venimos á este campo de batalla, contra las propias pasiones y el
rudo acometer de las ajenas. Así pensando y así sintiendo, ni yo veo
sus arrugas, ni ella en mis canas repara; y cuanto más el cuerpo se
encorva hacia la tierra que le llama, más risueño y más ufano se eleva
mi espíritu hacia Dios, que es su dueño y su destino.»

Esto le diría á Balzac, dándole en ello bien resuelto su mal planteado
problema, el último de los maridos que no han aprendido á serlo en
los _gabinetes reservados_ de los _restaurants_ de París, ni en el
_foyer_ de sus teatros, ni en las aceras de sus _boulevards_, ni en las
_exposiciones_ de sus _loretas_ y _cocodés_. ¿Se dice algo parecido á
ello en los matrimonios á que aluden esos libros?

--Pero, Doctor, el que Balzac hable de lo que sucede en sus
matrimonios, no quiere decir que se burle de _los de usted_.

--Precisamente es á propósito de eso cuando la desfachatez del grande
hombre, francés y todo, raya en lo inimitable. Recuerdo que subiéndose,
como de costumbre, á la trípode (y por esa modestia me gustan á mí
todos los escritores de su tierra), lanza á los cuatro vientos este
_axioma_... entre dos anchos espacios, como aconseja Beaumarchais que
se haga para que un dicho huela á sentencia de sabio: «Para ser feliz
en el matrimonio, se necesita que los cónyuges sean hombre de superior
talento _él_, y tierna y sublime _ella_, ó los dos rematadamente
bestias.»

--¡Pues cátalo ahí!

--¿Cuál?

--Un caso... dos casos.

--¿De qué?

--De matrimonios posibles.

--Cabalmente son de los pocos que tacha el sentido común.

--¡Qué demonio de Doctor éste! ¿Pues cuáles son los que el sentido
común acepta?

--Todos los que excomulga Balzac en el axioma: todos los que caben
entre sus dos extremos: todos aquéllos á quienes el vulgo llama, en
su lenguaje expresivo y adecuado, «matrimonios _como Dios manda_;» es
decir, las mujeres que cosen, los hombres que trabajan, las madres
que viven para sus hijos, los padres que cumplen con sus deberes.
Para todo esto y mucho más que es la moneda corriente en todas las
familias honradas y en toda sociedad bien regida, son un estorbo serio
la sublimidad del ingenio y la sensiblería pedantesca ó la falta
de sentido común en los esposos... Conque ¡vaya usted admirando la
competencia ó la buena fe de su grande hombre para entender en achaques
matrimoniales!

Entre tanto, y prescindiendo yo de estas razones que tantas ventajas
me dan en la cuestión que ventilamos, tómola en el punto en que usted
me la puso hace un momento, y concedo que Balzac, al burlarse de _sus_
matrimonios, respeta los _míos_. En tal caso, ¿por qué acepta usted
todo lo que él dice, como razones contra _todos_ los matrimonios?

--Porque está de acuerdo con mi manera de pensar y de sentir.

--¡Y con esa ligereza se resuelven asuntos tan graves para la vida!...
Porque todavía comprendo yo que Balzac, por lucir su ingenio, se
entretenga en escribir esas lindezas contra el matrimonio; pero que
haya hombres que se las traguen como artículo de fe, y las acepten
por regla de conducta, sacrificando á ellas hasta los impulsos de su
corazón, le juro á usted que no me lo explico.

--Pues yo sí, Doctor, y muy fácilmente.

--¿Conoce usted _los otros_ matrimonios?

--Nada más que por lo que usted me ha dicho de ellos.

--De manera, que tiene usted, de una parte, los matrimonios _á la
francesa_, llamémoslos así, ridiculizados por algunos escritores de
chispa y por la grosería de tres solterones impudentes; y de la otra,
los matrimonios _á la buena de Dios_, que le son desconocidos; y cuando
su corazón le grita que es ya llegada la hora de decidirse, renuncia
usted á casarse por lo que ha leído y le han contado de los malos,
sin tomarse la molestia de ver lo que hay oculto entre los buenos.
Concédame usted que esto es discurrir con poca lógica, y conspirar
contra sus propios intereses.

--Pero ¿de qué deduce usted que yo he sentido esos impulsos del corazón
hacia el matrimonio?

--De sus tristezas pasadas y de sus soledades de hoy; de todo cuanto
usted me ha referido, y de lo demás que voy _traduciendo_ yo.

--De modo que insiste usted en prescribirme por remedio...

--Justamente: que se deje usted llevar de esos impulsos hasta donde
ellos le conduzcan... Y creo que, dicho esto, basta de amonestaciones
por hoy. ¿No es cierto?

--Le aseguro á usted, Doctor, que estoy oyéndole con grandísima
complacencia.

--¿Por lo que le distraigo, ó por lo que le _ilumino_ á usted?

--Por ambas cosas.

--Permítame usted que le diga que no habla mucho en pro de la segunda
el laconismo de sus réplicas.

--Cortedad de alcances, Doctor.

--Ó impenitencia obcecada, señor modesto... De todas maneras, no olvide
usted, para perdonarme, que cuanto le he dicho ha sido como médico
en combate con su enfermedad, para lo cual me ha llamado usted á la
cabecera de su cama. La misma salvedad hago para cuanto pueda decirle
en adelante.

--Y á propósito, ¿qué me dispone usted?

--Ya he dispuesto lo esencial.

--Digo para el momento.

--Para el momento, es decir, para cuando pueda usted salir á la calle,
y con el fin de estimular un poco esos impulsos, pensaba disponerle
á usted, y le dispongo, la misma casa que abandonó por dar demasiada
importancia á las cosas de la señora Braulia. No tome usted criada
joven y guapa.

--Procuraré, precavido Doctor, cumplir la prescripción en todas sus
partes.

--No crea usted que es la segunda menos importante que la primera, si
el efecto del remedio ha de corresponder al carácter de la enfermedad.

--Conformes; pero es el caso que al pedirle á usted algo para este
momento, no me acordaba del espíritu, sino del cuerpo.

--Su cuerpo de usted, que ya no tiene dolores, no necesita más que
salir de este agujero cuanto antes, y tener en la convalecencia mejor
compañía que la que tuvo durante la enfermedad. De lo primero cuidará
usted; de lo segundo me encargo yo.

--Es usted la bondad misma, Doctor.

--Cumplo con un deber sagrado, amigo mío. Y pues nada me queda que
hacer á su lado en esta primera visita, deme usted su permiso para
despedirme hasta la segunda... si usted la desea.

--Pensaba rogarle á usted que no la retardara muchas horas. ¡Estoy tan
solo!

--Entonces, hasta la vista.

--Hasta luego, Doctor.

Pero al decir esto Gedeón, deja leer en su cara algo como apremiante
deseo.

El Doctor lo conoce, sonríe y pregunta:

--¿Qué más tiene usted que decirme?

--Si en ello no cometiera una indiscreción...

--Hable usted sin ese recelo.

--Pues, con su permiso, declaro que me deja usted muy sorprendido.

--¿De qué?

--De su modo de pensar... tan...

--Adelante.

--Tan... inverosímil en un médico.

--Es decir, que para la profesión que ejerzo, no me halla usted
bastante _espíritu fuerte_: ó más claro, no me encuentra usted parecido
á los médicos que la fama pregona en comedias y gacetillas.

--Cabales.

--Esperaba ese reparo; y para contestar á él guardo un argumento
irrebatible, que no quise emplear en nuestra porfía. Sepa usted, amigo
mío, que después de todo lo dicho, Balzac y yo somos, en cuanto al
matrimonio, del mismo parecer.

--¡Cáspita!... Luego no me ha dicho usted lo que siente, ó se pasa
usted á su bando.

--Nada de eso: se pasa él al mío.

--¡Oiga!

--Así como suena. Veinte años después de escribir el grande hombre su
famosa _Fisiología_, decía, textualmente, al comienzo de otro libro
suyo: «Quizá no ha trazado mi pluma cuadro que evidencie como éste
«_cuán indispensable es el matrimonio indisoluble en las sociedades
europeas_.»

--¡Canastos!

--Y después de lamentarse de que se rigiera el mundo civilizado por
un sistema, hijo del egoísmo de los hombres, que deificaba el buen
éxito y aceptaba por lícitos todos los medios conducentes á lograrle,
exclamaba: «_¡Quiera Dios que se acoja pronto_ (la sociedad) _al
catolicismo, para purificar las masas por medio del sentimiento
religioso y de una educación muy distinta de la que hoy reciben_
(¡asómbrese usted!) _en las universidades láicas!_»

--¡Demonio!... ¿Eso dice Balzac?

--Eso mismo; y sin el recelo de que me engañe la memoria, pues conservo
en ella bien grabada esta preciosa confesión.

--¡Pero eso es ultramontano puro!

--Lo que usted quiera: el caso es que al lado de su ídolo de usted, soy
un niño de teta en punto á _preocupaciones rancias_.

--De modo que si tomamos los dichos al pie de la letra... Pero Balzac
diría eso en broma, ó cuando ya chocheaba.

--Ni lo uno ni lo otro. Díjolo, muy serio, dedicando á su amigo Carlos
Nodier, famoso escritor, una de sus mejores novelas, cuyo título es _Un
ménage de garçon_. Al frente de ella puede usted verlo cuando guste; y
de paso, léala usted, pues es la refutación más elocuente que existe de
la _Fisiología del matrimonio_, y de las _Pequeñas miserias de la vida
conyugal_; sin contar con que el autor de _La Comedia humana_ acabó por
casarse también, como el más simple mortal.

--¿Y cómo se ajustan esas medidas?

--Eso pregúnteselo usted á Balzac y á cuantos han tenido la debilidad,
en alguna época de su vida, de sacrificar á la tentación de decir
un chiste, el buen sentido y las eternas leyes de la moral y de la
justicia.

Dicho esto, sale el Doctor de la estancia, y quédase en ella Gedeón, en
la situación de ánimo que puede suponer el pío lector que ya le conoce;
es decir, creyendo que no se le da una higa por todo lo que el médico
le ha predicado, y al mismo tiempo deseando que le predique más.

Verdad es que el Doctor le ha parecido tan cariñoso como discreto.

[Ilustración]



[Ilustración]

XIII

OTRO CAMBIO DE POSTURA


Gedeón está ya en su propia casa.

Nada más que dos días necesitó para convalecer. ¡Tal era el afán que
sentía de salir de aquel mezquino pudridero, y, por sí solo, mortal
enfermedad!

Durante dos días le visitó el Doctor muchas veces, y otras tantas
le embelesó con sus vehementes y sinceras condenaciones del estado
celibatario.

Le _embelesó_ digo, y no lo borro. Gedeón oía al médico echar pestes
contra los egoístas y contra los célibes, y hasta aplaudía sus
chistes y sus razones, como el usurero ó la adúltera, asistiendo á la
representación de un drama en que se condena la usura ó el adulterio,
aplauden con frenesí un período retumbante en que se pulveriza _á los
del oficio_, y hasta lloran enternecidos con la víctima esquilmada, ó
con el marido ultrajado.

--Eso no va conmigo,--dicen, á lo sumo, mientras se limpian las
lágrimas, si por casualidad ellos son cetrino el uno y rubia la otra,
y los de telón adentro morena la pecadora y bermejo el de la usura; ó,
cuando más:

--Razón tiene ese poeta; pero mientras no acabe de redondear este
negocillo que traigo entre manos; ínterin Adolfo no me dé un motivo
serio para ello, yo _no puedo_ abandonar mi honrado tráfico, yo _no
debo_ pensar en volver á la senda de mis deberes conyugales.

El corazón humano es así algunas veces.

Gedeón oía á su consejero, y acaso decía para sus adentros:

--¡Qué razón tienes!--Y sólo contestaba, cuando contestación se le
pedía:

--Ya es tarde, Doctor.

Y si por este flaco se le atacaba, deslizábase de la cuestión con un
«allá veremos,» frío y desanimado, como el invierno de los pobres. Y
es que Gedeón era presa de sus vicios y resabios; y sus resabios y
sus vicios contaban con el auxilio de aquel corpazo, fuerte todavía y
regalón, para defenderse contra los asaltos del alma desesperada.

No fué necesario, ciertamente, que el Doctor insistiera en la necesidad
que tenía el convaleciente de volver á su hogar abandonado, porque
jamás se le dió consejo que mejor se acomodase al rumbo de sus
pensamientos.

En cuanto le pone en práctica, parece niño con zapatos nuevos. Todo lo
mira, todo lo soba y con todo se sonríe.

--Yo puedo salir de este gabinete--dice para sí,--y pasearme en esta
sala... y sentarme en este sillón... y, si me acomoda, tirar este otro
á la calle... y poner los candelabros donde está el reló, y el reló
donde está la escupidera... y abrir esta alcoba... y tumbarme en esta
cama... y correr por este pasadizo... y entrar en el comedor... y ver
qué se guisa en la cocina... y pedir lo que me acomode... y comer á la
hora que me plazca... y beber agua, cuando lo pida; y, si oigo ruido,
mandar que cese, y despedir á quien me desobedezca... Porque todo esto
es mío, y yo soy aquí el amo y hago lo que se me antoja. ¿Hay algún
fondista inhumano, ó alguna pupilera casquilucia que lo niegue?

Y según lo va pensando, va haciendo todo cuanto de ello es factible sin
que pueda tomársele por loco.

Á la memoria se le vienen casos y cosas ocurridos bajo aquellas
mismas paredes, que no son el más elocuente testimonio de la absoluta
soberanía de que se ufana; pero ¿qué valen esos casos ni esas cosas,
puestos enfrente de las angustias que él ha pasado viviendo fuera de
allí?

Después de las soledades y las tristezas en que se ha visto, parécele
cuanto le rodea un paraíso; y cada mueble y cada objeto de _los suyos_,
tiene una fisonomía y un lenguaje; y con la una le sonríen y con el
otro le saludan cada vez que pasa por delante de ellos.

En éstas y otras puerilidades entretenido, deja correr muchos días,
encomendando el avío de su ajuar y de su mesa á servidores temporeros,
mientras provee el importante cargo definitivo en persona de su gusto.
Y lo logra al cabo.

Como precaución muy cuerda contra rencillas y desavenencias mujeriles,
ha resuelto acumular todas las atribuciones de su servidumbre en una
sola persona. Que ésta, si las necesita, busque las demás á su antojo,
ó que se arregle sin ayuda de nadie, si así lo prefiere. El sólo aspira
á vivir en paz en su casa.

La mujer que escoge para tan delicado cargo, entre las varias que le
pretenden, es, á primera vista, el tipo de lo insignificante. Tiene
regular estatura, color regular, regulares carnes, regular fisonomía,
regular edad; y viste, habla y se presenta, regularmente. Para que todo
sea regular en ella, se llama Regla, sin más aditamentos ni afinaduras
en su nombre.

No se agita, ni se desazona, ni hace ruido, ni se mancha; y, sin
embargo, todo lo gobierna pronto y bien.

Aquella casa es el oro por lo limpia, y un reló por lo arreglada.

Gedeón no sabe todavía quién le prepara sus comidas, tan sazonadas como
servidas á punto, ni piensa preguntarlo. Lo importante para él es que
nada le falta ni nada le molesta, porque Regla tiene la gracia, entre
otras, de saber ser atenta, y aun afectuosa, sin pecar de impertinente.

Una noche observa Gedeón que andan ratones por su gabinete; y
almorzando, al otro día, se lo dice á Regla. Aquella misma tarde le
proporciona ésta un perro ratonero, feo como casi todos los de su
oficio, corto de patas, tan grande la cabeza como todo el cuerpo, y
para cubrirle de cabo á rabo y con muchas sobras, una melena de color
de esparto sucio.

--¡Qué horrible animal!--exclama Gedeón al verle.

Y, en son de escarnio, le pone _Adonis_ por nombre. Pues vean ustedes
lo que son debilidades humanas: á los pocos días de esta exclamación,
tiene Adonis, para su descanso, un colchoncito muy mullido en el mismo
gabinete de su amo, y éste se pasa las horas muertas atusándole las
greñas y hasta matándole las pulgas; no almuerza ni come sin tener á
su lado el ratonero, ni de casa sale ni á ella vuelve sin hacerle una
caricia.

--¡Que pueda un hombre de mis años y de mi temple hallar un verdadero
placer en manosear una bestia semejante y de tan bajo oficio, no lo
creyera jamás á no palparlo!--piensa Gedeón algunas veces; y suele
concluir diciendo en voz alta algo por el estilo:

--¡Chucho... hermosura de la casa! Esta mañana no fuiste á darme los
buenos días á mi cama. Si vuelve á sucederte, te quedas sin postre al
mediodía. ¿Lo entiendes? ¡Cuidado con que me seas ingrato! ¡Mira que la
ingratitud es un vicio muy feo en todo perro que se estime en algo!

Á lo cual contesta Adonis atusándose los bigotes con la lengua,
piafando sobre las rodillas de su amo, y enviándole dos centellas de
sus ojuelos por debajo de los mechones de sus greñas.

Volviendo á Regla, digo que hasta su condición de viuda es una garantía
de arraigo en casa de Gedeón. Por lo común, en la esfera social de esta
sirvienta no se reincide en el pecado de casarse.

Y cuidado que Regla, de quien dije que, _á primera vista_, es una mujer
insignificante, después de bien mirada y observada, todavía es muy
digna de aspirar á los requiebros de un buen mozo.

Según Gedeón va notando de día en día, tiene hermosos ojos, dientes
blanquísimos y menudos, manos rollizas, cuello redondo, y pelo tan
negro como fino y abundante, á juzgar por lo que asoma por debajo de
una graciosa toquilla con que cubre la mitad de su cabeza.

--¡Lástima--piensa Gedeón fijándose en ello,--que tan hermosa cabellera
esté siempre tapada!

Y como si Regla le adivinara los pensamientos, al otro día se presenta
á servir la mesa sin toquilla en el pelo, y éste graciosamente peinado.

Entonces observa Gedeón que han ganado mucho los demás atractivos
visibles de Regla, y que el conjunto de su cabeza es en alto grado
interesante.

--¡Lástima de anguarina--dice para sí,--que le envuelve el torso! Esa
cabeza merece mejor pedestal.

Y hete aquí que, por otra casualidad bien rara, al día siguiente
aparece la cabeza de Regla sobre un tronco vigorosamente delineado
por valientes curvas, adornado con un leve y jacarandoso pañuelo de
espumilla gris, prendido apenas sobre el robusto seno, y dejando ver
hasta los arranques de un cuello blanco y mórbido.

Gedeón tiene la boca abierta para decir á su sirvienta «muchas
gracias,» ni más ni menos que si él hubiera manifestado algún deseo y
ella se lo hubiera cumplido; pero como una amarga experiencia le ha
enseñado los peligros á que arrastran esas demasías del temperamento,
suspira y calla, en la muy firme creencia de que Regla es mujer de
bizarra arquitectura, y condoliéndose de que otra _coincidencia_ como
las que le han dado á conocer lo que ya conoce, no pueda demostrarle
que no se equivoca en sus presunciones sobre lo que le es desconocido.

No es de omitir la noticia de que Gedeón sale muy poco de casa desde
que la habita nuevamente, y que, so pretexto de que son suyos y pueden
necesitar reparaciones, visita á menudo los demás pisos, y habla
con sus inquilinos, y ya los conoce á todos, desde el portal á las
buhardillas. Jamás hizo otro tanto.

Si son la causa primordial de éste y otros fenómenos los dictámenes
psicológicos del doctor, ó lo es el bienestar relativo que disfruta en
su casa, yo no lo sé; pero es indudable que en el carácter de nuestro
personaje se ha operado una reacción (así se dice ahora) saludable y
benéfica. No parece sino que ha puesto su planta en la senda por la
cual se llega, andando mucho y con prudencia, á la prometida tierra
donde se llenan los vacíos del corazón, como el que sigue notando él en
el suyo.

Alguien creyera que lleno le tiene ya, ó que le va llenando poco á
poco, al ver cómo se le pasan hasta días enteros sin salir á la calle,
y noches que comparte entre _conversar_ con Adonis, hojear á Balzac, no
sé con qué objeto, y revolver los cachivaches de su gabinete. Pero ¡ay!
creer tanto como esto, sería tomar el efecto por la causa, las hojas
por el rábano.

¡No se curan tan fácilmente dolencias tan arraigadas y añejas como las
de Gedeón!

Ya nos ha dicho una vez que no puede descansar teniendo pulgas en la
cama; y yo le aseguro al lector que todavía no ha logrado sacudírselas;
que aún le quedan algunas que, cuando le muerden, le levantan en vilo;
y que á ellas alude al decir para sus adentros, precisamente cuando más
risueño se le muestra el hogar:

--Estoy establecido casi á mi gusto, y me hallo en camino de llenar
este vacío sempiterno... Yo podía ser ahora punto menos que feliz. Y
¿por qué no lo soy?... Por este condenado temperamento que ha de ser mi
perdición. ¡No me saca de una, sin que me deje metido en otra hasta el
cogote!... ¡Por vida de las fragilidades humanas!...

Por lo que se ve, Gedeón no ha conseguido con su última mudanza más que
volcar la tortilla de sus contrariedades.

Antes buscaba en la calle el alivio de sus males domésticos.

Ahora se agazapa en su gabinete, para que no le cojan las pesadumbres
que le acechan desde la calle.

[Ilustración]



[Ilustración]

XIV

LAS PULGAS DE GEDEÓN


Por ella adelante camina una noche, con la cabeza caída sobre el pecho
y las manos metidas en los bolsillos, como quien anda de mala gana, ó
teme llegar demasiado pronto. Dobla una esquina, y otra más adelante,
y penetra en una callejuela, y sale por ésta á un callejón, y tuerce
á la derecha, y anda cincuenta pasos, y vuelve hacia la izquierda, y
desemboca en un crucero de calles medio á obscuras, y entra, por fin,
en el portal de una casa de angosta fachada, aunque limpia; sube dos
tramos de la escalera; abre la puerta del primer piso con un llavín
que saca de su bolsillo; atraviesa después un corredor, escasamente
alumbrado por un reverbero de aceite, y se detiene en una salita, no
muy adornada, pero sí muy pulcra. Y esto se ve, porque, á la vez que él
por la puerta del pasadizo, entra por la del gabinete en la sala otra
persona con una luz en la mano.

--¡Hola!--dice Gedeón por todo saludo, dejándose caer en una butaca.

--Buenas noches,--contesta la persona de la luz, poniéndola sobre un
velador y sentándose en la butaca de enfrente, separada de la de Gedeón
por toda la longitud de un sofá...

¿Se sorprenderá el lector si le digo, así, de pronto, que esta persona
que sale del gabinete con la luz en la mano, es Solita?

Pues Solita es, aunque, en verdad, no lo parece; y no por lo que
ha ascendido en categoría, á juzgar por el corte presuntuoso de
su vestido, sino porque ya no tiene aquella redondez de formas,
aquel provocativo contoneo y aquella viveza de fisonomía con que la
conocimos. Ahora está ojerosa, descarnada, pálida y como decaída de
ánimo.

Minutos pasan sin que se cruce una palabra entre ella y Gedeón; minutos
que éste invierte en carraspear, en poner una pierna sobre la otra y
viceversa, en ver cómo se eleva el humo de su cigarro, por lo cual
tiene el cogote apoyado en el respaldo de la butaca y la vista enfilada
al techo; y, por último, en silbar el himno de Riego.

Solita, entre tanto, parece la imagen de la melancolía, con los brazos
cruzados sobre la cintura y mirándose las puntas de los pies, que
maquinalmente llevan el compás de la sonata de Gedeón.

--Conque... ¿qué me cuentas?--pregunta éste cuando ya no tiene colilla
que apurar y ha repetido setenta veces el aire patriotero.

--Que hace seis días hoy que no he tenido el gusto de verte.

--¿Seis, dices?... Acaso tengas razón; pero los condenados negocios...

--Te vas cargando mucho de ellos.

--Como siempre.

--No por cierto. Al principio te permitían venir á verme todos los
días; después, cuatro ó cinco cada semana; más tarde, dos, y, por
último, de seis en seis; por lo que yo presumo que, andando un poco el
tiempo, cobraré tus visitas por mensualidades, como pago la renta de la
casa.

--¿También zumbona, Solita?

--¡Ojalá pudiera serlo!

--Pues cualquiera lo diría.

--No quien, como tú, debe saber lo que padezco.

--¿Ya empezamos?

--Al contrario: por mi desgracia, va ya muy larga la historia.

--¿La historia de qué?

--De mis pesadumbres.

--¡De tus pesadumbres!... ¿De qué demonios te quejas? ¿Qué te falta?

--¡Qué me falta!... Tienes razón: no me falta nada. Yo era una pobre
sirvienta, hija de un miserable remendón... hoy vivo en una casa
bonita; tengo criada á quien mandar, vestidos regulares que ponerme...
todo lo tengo, menos libertad y la estimación de las personas honradas.

--También me has cantado esa letanía más de cien veces.

--Señal de que no te corriges.

--Yo no tengo de qué corregirme, Solita. Te hice una proposición y la
aceptaste. En buena justicia, no puedes reclamarme nada.

--Es verdad: nada me debes... ni siquiera compasión.

Aquí, como presumirá el lector, hay unos cuantos sollozos de Solita, y
otros tantos bufidos y revolcones de Gedeón en la butaca.

--Cuando presté oídos en mal hora á tus palabras--continúa Solita
limpiándose los ojos,--no podía yo esperar que llegara un día en que tu
abandono me hiciera arrepentirme de aquella debilidad.

--(Melodrama puro.) Adelante.

--Me propusiste que me estableciera en este barrio apartado, donde
no se me conocería; y que, para mayor disimulo, admitiera algunos
trabajos de costura.

--Proposición muy cuerda, Solita.

--Por tal la tuve yo, y por eso la acepté; pero yo no podía contar con
que el disfraz no me bastaría, ni con que la farsa no había de tener
fin.

--Y, á propósito de farsas: supongo que tu augusto padre seguirá
creyendo que estás en Puerto Rico, sirviendo á unos señores á quienes
conociste en la posada aquélla, y recibiendo tus socorros por el mismo
conducto.

--Nada se ha descubierto en ese punto todavía; pero en el otro, Gedeón,
¡si vieras qué caras me ponen estos vecinos cuando los hallo en la
escalera! ¡Si vieras qué vestidos me cortan! ¡Si vieras cómo anda en
sus bocas mi honra... y la tuya!

--¡La mía!

--¿Piensas que no te han visto entrar y salir?

--Pero como no me conocen...

--¿Y eso te tranquiliza?

--De todas maneras, este inconveniente tiene facilísimo remedio.

--¿Cuál es?

--Mudarte de casa y de barrio.

--¡Conque ese remedio es el único que se te ocurre para salvar
_nuestra_ situación!

--La _tuya_, Solita, que la mía sin cuidado me tiene.

--¡Sin cuidado!... ¡Egoísta!

--¿Volvemos á las lagrimitas!

--¿Y qué quieres que suceda al oirte esas palabras de hielo?

--¿Por qué me pones tú en semejantes apreturas?

--¡Y qué he de hacer, si ya no puedo más!... Porque tú no sabes,
Gedeón, qué tristes y qué largas se me hacen las horas en este barrio,
donde no conozco á nadie y del que no salgo nunca, para que no me
conozcan á mí fuera de él.

--(¡Pobrecilla!) Ya me hago cargo de todo, Solita; pero las cosas han
de ir por sus pasos contados.

--¡Si te parece que yo las llevo de prisa!... ¡Si te parece que esto es
vivir! Tú andas por el mundo, y te diviertes ¡sabe Dios cómo! y gozas
y olvidas; pero yo, que sólo con tu presencia podría olvidarme de esta
cruz que arrastro, y aun arrastrarla con gusto, ¿qué he de hacer si
hasta de tu presencia me privas ya?

--Te he dicho que los negocios...

--¡Los negocios!... ¿Crees que no leo yo en tu cara, Gedeón? ¿piensas
que no sé dar á tus palabras el sentido que merecen?

--¿Y qué te dicen, vamos á ver, mi semblante y mis palabras?

--Que si alguna vez me quisiste... ó me deseaste, lo que mejor te
parezca, hoy acaso soy para tí... una carga pesada.

--¡Solita!

--¿Crees que me equivoco?

--¿No he de creerlo?

--Pues dame pruebas de ello.

--Ya te las estoy dando.

--Alejándote cada vez más.

--¿No me tienes ahora á tu lado?

--Después de seis días de ausencia.

--Mira, Solita, no se acredita mucho el bien querer con los mimos y los
arrumacos del primer día: esos son el huracán que pasa en breves horas;
lo otro es el... el... vamos, el... ambiente que dura, y se respira y
conforta.

--¿Y cuál es lo _otro_?

--Lo otro es... esto que yo hago: venir á verte de vez en cuando,
interesarme por tí... y créelo, Solita, muchas cosas más que yo haría
si me dejaras en paz y en gracia de Dios, libre de refunfuños y
sermones; si tuvieras fe en mí; si jamás te acordaras de preguntarme
dónde he estado, de dónde vengo y adónde _vamos_; porque soy de un
temperamento tan especial, que los mejores propósitos se me evaporan si
me preguntan por ellos antes de realizarlos; y en fin, Solita, porque
mucha de la estimación en que tenemos á una persona, consiste en el
buen concepto que ella forma de nosotros.

--No se pueden formar buenos conceptos sobre malas obras.

--Lo cual es decir que yo no las hago buenas.

--Ya me has oído.

--También tú á mí lo que acabo de decirte; pero, según las trazas, como
quien oye llover.

--Palabras, Gedeón.

--Pues mira, Solita, por tí lo deploro.

--Sobre que el mismo pago me has de dar, ¿por qué no he de decirte lo
que siento?

--¿De modo que me engañaras si mejor pago te diera?

--Evitarte un disgusto nunca sería engañarte.

--Noto, Solita, que te vas elevando hasta en estilo.

--¡Ay, Gedeón... los desengaños son grandes maestros!

--Lo dicho; y te declaro que, si bien te tuve siempre por discreta,
jamás soñé que tan pronto pudieras hacerte culta.

--Pues hasta eso te debo á tí... ¡Mira si te voy debiendo!

--Pues á ser zumbona no te he enseñado yo.

--¿Tampoco á ser desgraciada?

--¡Solita!... Con doscientos mil de á caballo, ¿quieres decirme de una
vez, y claro, qué es lo que deseas, qué es lo que pretendes?

--Que pongas fin, y pronto, á esta situación en que me consumo.

--Pero ¿cómo he de ponerle?

--¿Cómo?... Haciendo que yo pueda salir de este presidio; pero con la
cara descubierta, como la llevan las mujeres honradas... al lado de su
marido.

--¡Solita!

--¡Gedeón!

--¡Esas tenemos!

--Pues ¿qué pensabas, desalmado?

--¡Canastos!... Conque... Pues hombre, ¡me gusta la salida!... ¡Y yo
que venía esta noche más tierno que unas mantequillas!

--¡Bien se te conoce!

--¡Tales caricias me haces tú!

--¿Dónde están mis agravios?

--¡Pues digo!...

--¿Lo son, acaso, el quejarme de tus desvíos y pedirte la reparación
del daño que me has hecho?... ¿Te parece poco la hija del remendón para
señora de un hombre como tú?... Entonces, ¿por qué la encontraste buena
para manceba?

--Lo que á mí me parece, Solita, es que esas distinciones no cuadran
aquí enteramente.

--Pero cuadran mucho, y has de oirme; que por altos que vayan tus
humos, valía tanto la honra de la hija del zapatero, como la tuya,
cuando se la robaste con engaños.

--Yo nunca te prometí...

--¡Ni siquiera tienes la delicadeza de disimular un poco!

--En eso, casi tienes razón.

--Y tú, en cambio, no la tienes en nada... ¡porque eres un egoísta sin
entrañas!

--¡Zambomba! digo yo; y que te aguante la madre que ha de volver á
parirte.

Imagínese aquí el pío lector un hombre que se cala el sombrero hasta
las narices y sale echando centellas de la sala á la calle; y una mujer
que, anegada en llanto, se desploma sobre una cama, y tendrá una idea
completa del final del diálogo referido.

Pero no acaba aquí el lance, ni debe acabar; porque es muy lógico que
Gedeón, después de considerar lo que hay de chusco en que la hija de
un remendón miserable y borracho se crea con títulos bastantes para
reclamar la mitad del lecho de un hombre á quien asusta el matrimonio,
aun contraído con todas las ventajas imaginables, y lo que hay de
prosáico y digno de las burlas de un fisiólogo como el de marras, en la
escena en que acaba él de figurar con el papel de galán, y aun después
de ocurrírsele tomar por motivo aquellas indignidades para cortar por
lo sano y sacudirse de una vez las pulgas que le incomodan mucho tiempo
há, considere asimismo que, en parte, no le falta razón á Solita para
quejarse del destierro en que vive y él la ha puesto; lógico es también
que, andando, andando, la compadezca; lógico, por ende, que disculpe
sus declamaciones y sus quejas; y siendo lógico todo esto, y cierto que
en la refriega fué Solita quien más tuvo que decir, y no menos evidente
que Gedeón conserva siempre _cierta inclinación_ á Solita, por más
que le duela verse cogido por ella por _tan arriba_, lógico y natural
es que Gedeón retroceda desde medio camino para hacer las paces con
Solita, dándole las debidas satisfacciones.

Con lo cual consigue Gedeón dos cosas: que Solita, por buscada,
gane, por esta vez, no poco ascendiente sobre él; y que él, al
advertirlo, hechas ya las paces, salga de casa de Solita arrepentido
y melancólico... es decir, rascándose las pulgas y sin fuerzas para
sacudírselas.

[Ilustración]



[Ilustración]

XV

EL DIABLO, EL FUEGO Y LA ESTOPA


Ponga el lector entre este cuadro y el que antecede todo el tiempo que
más le plazca, que por mucho que sea, holgado le viene el sitio; y
llénele de tristezas, cansancios, desalientos y fastidios para Gedeón,
agobiado ya por el peso de Solita, huyendo de su presencia como el
diablo de la cruz, y sin hallar dentro de su casa ocupación que le
distraiga, ni fuera de ella espectáculo que le seduzca.

Cuando un hombre cualquiera pierde una afición racional, adquiere otra
que le entretiene lo mismo, eligiendo, conforme á su gusto, en el
inmenso campo de las cosas lícitas y honradas; pero cuando un egoísta
solitario se harta de lo único que apetece, es hombre perdido; es la
bestia que se tumba á dirigir lo devorado, ó que brama á la puerta del
establo ajeno porque en él olfatea lo que no hay en el suyo. Fuera de
aquello, nada desea ni le distrae... Y tenga el lector muy en cuenta
esta condición esencial de carácter, para lo que queda dicho y lo que
falta decir de nuestro personaje.

Para los hombres como Gedeón, el arte no tiene bellezas, ni la
naturaleza aromas, luz, ecos, armonías ni colores; la misma impresión
les causa el nubarrón que obscurece el horizonte, que los arreboles
de una aurora; lo mismo hiere sus oídos la inspirada melodía, que el
chirrido de las carretas; la propia aversión tienen á la prosa de
Cervantes, que á las coplas de Calainos. Pasear en el campo no es
para ellos recrear la vista y el olfato, ni sumir el alma en plácidas
contemplaciones: es simplemente estirar las piernas, bracear á su
antojo, eructar recio, aflojar la corbata, remangar la pernera y soltar
la liga para cazar la pulga debajo de la media... porque estos hombres
gastan medias altas todavía.

Por eso no hay términos hábiles de levantar un espíritu semejante,
esclavo de un corpanchón atiborrado del único manjar que le sustenta,
hasta que la hartura pase y el apetito vuelva.

En un estado idéntico de espíritu y de cuerpo retorna Gedeón á su casa,
cabizbajo y perezoso, á las altas horas de una noche.

Á sus pesadumbres _de carácter_, hay que añadir que le duele bastante
el destacamento de la rodilla; que al peinarse en la barbería, donde
también le afeitaron, le ha hecho notar el peluquero que se le va
corriendo la calva hasta la frente; que las canas le invaden el poco
pelo que le queda, como el _pan de cuco_ las heredades; y, por último
(esto no se lo dijo el peluquero), que se le menean, desde por la
mañana, tres dientes incisivos, de los seis que le quedan en la boca,
aunque negros y desconcertados.

Que toda esta carga le pese y le preocupe, se concibe sin dificultad.

Lo que no se concibe fácilmente es por qué Gedeón, en el momento
de pisar los umbrales de su puerta, se pone á meditar sobre las
fragilidades humanas, sobre lo pequeñas que suelen ser las causas
que producen los más descomunales efectos, y sobre lo fatal de la
disposición en que vienen preparadas las cosas cuando el demonio está
resuelto á meter la pata entre ellas.

Tan absorto está en estas meditaciones, que al llegar á su gabinete
ni siquiera se fija en que Regla, después de colocar una luz sobre
la mesa, le pregunta qué se le ofrece y le da las buenas noches de
despedida.

Y como no tiene sueño, quiere dedicar una hora, antes de acostarse, á
despachar algunos asuntos económicos que tiene desarreglados. Así se
distraerá un poco.

Al dar por terminada su tarea, oye á su lado quejidos lastimeros.
Vuélvese, y ve á Adonis que se revuelca en su colchón, y tan pronto
se pone panza arriba como cabeza abajo. Es indudable que el pobre
animal siente dolores agudos: Gedeón tira del cordón de la campanilla,
casi con tanta fuerza como en la fonda de triste recuerdo; pero, más
afortunado el perro que él, al segundo campanillazo tiene el socorro á
la puerta.

Regla aparece en ella, aunque sin dejarse ver por entero.

--Perdone el señor--dice recatándose mucho;--creyéndole acostado, me
acosté yo también y me dormí.

--¿Qué he de perdonar?--responde Gedeón mientras fija su mirada
devoradora en lo que se ve de su criada.

--Que no haya acudido á la primera llamada que oí entre sueños... y que
me presente así... Porque como el señor no acostumbra á llamar á estas
horas, he creído que estuviera malo... De modo que, si no hay urgencia,
iré á vestirme...

--¡De ninguna manera!--exclama Gedeón, condolido sin duda de la
situación angustiosa del perro, pero sin apartar su vista de la
criada.--Llamaba porque Adonis está muy malo... Vea usted...

Entonces avanza Regla un paso, haciendo heróicos esfuerzos para cubrir
el busto rollizo con un menguado chal tirado sobre los hombros.

Toma la luz que Gedeón pone en su mano, y los dos se acercan al rincón
en que se halla Adonis dando volteretas y exhalando gritos lastimeros.

--Es un cólico--dice Regla.--¡Pobrecito!

Y extiende el brazo libre y desnudo hacia la bestia. Pero la
casualidad, la taimada casualidad que ha infundido el mismo pensamiento
en Gedeón, guía la mano de éste con igual rumbo; y como el camino es
estrecho, la mano choca con el brazo, y el brazo, temeroso ó deferente,
por ser de quien es, se repliega y retrocede; en virtud del cual
movimiento, el mezquino chal de la azorada Regla se desliza por los
hombros abajo.

--¡Lo mismo que yo me había figurado!--exclama entonces Gedeón, con el
entusiasmo de un doctor que ve cumplidos sus pronósticos, aludiendo
seguramente á la enfermedad del perro, mientras la criada, lanzando
un ¡ay! entre risueña y ruborosa, quédase en la actitud de la bíblica
Susana al verse sorprendida en el baño por los viejos.

--¡Alumbre usted más!--dícela anheloso Gedeón, quizás creyendo que no
ve bastante todavía.

Pero, como si en concepto de Regla se viera hasta demasiado, sopla en
la bujía y deja el cuarto á obscuras para desesperación de Adonis,
cuyos lamentos crecen desde aquel instante, y son los únicos ruidos que
turban el silencio de la casa,

    mientras el mundo sin cesar navega
    por el piélago inmenso del vacío,

como dijo el poeta y han repetido otros mil que quieren serlo, y repito
yo ahora, sin saber por qué ni para qué.

[Ilustración]



[Ilustración]

XVI

UN INTRUSO


Al siguiente, ó pocos días después, Regla le dice á Gedeón, mientras le
sirve el almuerzo:

--Yo quisiera pedirle á usted un favor... digo, si no molesto.

--¡Ya empezamos!--piensa Gedeón; y en voz alta añade:--¿Nada más que
uno?

--Por ahora...

--Y ¿de qué se trata?

--Ya sabe usted que yo soy viuda hace siete años.

--Así me lo ha dicho usted.

--Porque es la verdad. Y es el caso que mi difunto me dejó un hijo.

--¿De él solo?

--De los dos, señor.

--Bien, ¿y qué?

--Que cuando la necesidad me obligó á ponerme á servir, tuve que dejar
ese niño en casa de unos parientes, que por un tanto me le cuidan.

--Nada más natural.

--Pero, á decir verdad, no me gusta la educación que están dándole; y
con ése cuidado, no vivo tranquila.

--Se comprende.

--Y me he dicho á mis solas muy á menudo: «si yo pudiera tener á mi
lado á ese inocente, ¡con qué facilidad le educaría como es debido,
y con cuánto más gusto cumpliría yo todas mis obligaciones!» Porque,
créalo usted, señor, si á esa edad dan en torcerse las criaturas, luégo
que crecen ya no las endereza una estaca.

--También es cierto.

--¡Hay tantos ejemplos de ello!

--No dejan de abundar, según dicen.

--Muchísimo, créalo usted. Decía mi madre, que en paz descanse, que
todos los hombres malos han sido niños mal educados.

--Tampoco lo niego, Regla.

--Pues eso es lo que no quisiera yo que se dijera mañana de mi hijo,
por culpa de su madre.

--Muy bien pensado; pero ¿qué tengo yo que ver en todo eso?

--Bastante, señor.

--Pues usted dirá...

--Digo, con su venia, y si en ello no ofendo, que si usted, que es tan
bueno y tan generoso...

--Muchas gracias.

--Me permitiera traerle á mi lado...

--¿Á quién?

--Al hijo.

--¿Sabe usted que por verme libre de ellos no me he casado yo?

--Eso no quita; porque yo me comprometo á que el mío no le moleste á
usted... ni le vea siquiera.

--¿Qué edad tiene?

--Cumplirá siete años por San Juan.

--¿Es guapo?

--Ya sabe usted que á ninguna madre le parecen feos sus hijos. Por lo
demás, es el vivo retrato de su padre.

--No tuve el gusto de conocerte.

--Un real mozo, sin agravio de lo presente.

--Muchas gracias. ¿Es limpio?

--Como los mismos oros de la Arabia.

--¿Tiene mal genio?

--Un borregote á la buena de Dios. Basta mirarle para que se le ponga
la cara como un tomate.

--En fin... que venga.

--Tantísimas gracias, señor... aunque no esperaba yo menos de su buen
corazón.

--Ni de mis fragilidades,--concluye Gedeón para sus adentros.

Pocas horas después viene el niño al lado de su madre, y ésta se le
presenta á su amo inmediatamente, acaso porque en ello cree cumplir
un deber de respeto y cortesía; acaso porque intenta que los ojos de
aquél le acrediten los elogios que ella le hizo de su hijo: intento,
si tal la mueve, mal ideado; pues el niño, con perdón de su madre, es
feo subido, zaino, y tiene mocos, ó huellas, debajo de la nariz, de
tenerlos colgando muy á menudo.

--¿Cómo te llamas, hombre?--le pregunta Gedeón.

--Respóndele, hijo,--le dice su madre al ver cómo el rapaz, medio
oculto entre sus faldas, se chupa un dedo, baja la cabeza y se balancea
sobre un pie. Al cabo de un rato se oye como un gruñido intraducibie.

--¿Cómo has dicho?--pregunta Gedeón.

--Mmmeeeeto,--gruñe otra vez el chico.

--Dice que Merto--añade su madre.--Le llamamos así, porque su nombre es
Mamerto.

--¿Cuántos años tienes?--vuelve á preguntarle Gedeón.

El chico sigue balanceándose, sin dejar de chuparse el dedo, y no
contesta.

--Que cuántos años tienes... ¿No oyes lo que te pregunta este señor?...
Pero saca esos dedos de la boca, inocente, y ponte derecho... ¡Así!

Y Merto, puesto como su madre desea, ó mejor dicho, como su madre le
pone, al quedarse mirando á Gedeón, que también le mira á él, frunce la
jeta y échase á llorar.

Adonis (y aprovecho la ocasión para decir al lector que la alimaña
ratonera no murió aquella noche, sin duda porque también hay una
providencia que vela por los perros, cuyas desdichas no hallan
compasión en el egoísmo de los hombres); Adonis, repito, que roncaba
en un colchón tranquila y descuidadamente, al oir los berridos de
Merto despiértase despavorido y lánzase sobre el intruso, como pudiera
hacerlo sobre un rival que le disputara los mimos de cierta perra
carlina de la calle.

Envuélvese el acometido en la saya de su madre, sobrecogido de espanto;
crecen sus gritos y lamentos, y ni unos ni otros cesan hasta que, á
instancias de Gedeón, sale Merto del gabinete y se vuelve Adonis á su
lecho murmurando no sé qué perrerías y enseñando los afilados dientes.

[Ilustración]



[Ilustración]

XVII

LOS SOBRINOS DEL DEMONIO


Poco á poco va perdiendo el hijo de Regla el miedo y el encogimiento
que la casa y su amo le infundieron al entrar en ella.

Regla cuida de que Merto abra la puerta siempre que Gedeón sale ó
entra, y también le permite que haga algunas excursiones por salas y
pasadizos. Así familiariza á su hijo con la cara de su amo, y á éste
con la catadura del rapaz.

Después, ya llega Merto alguna vez hasta el gabinete para recoger botas
que hay que limpiar, ó poner al alcance de Gedeón las que ya están
limpias.

Cuando esto sucede, Gedeón cuida de que Adonis no se mueva ni Merto le
provoque aunque no alcanza á impedir que el uno gruña y el otro, á la
disimulada, le haga una mueca.

Más adelante, el chico se atreve á sonreírse siempre que se encara con
el amo de su madre, y entonces es de rigor que éste le dé un coquetazo,
ó le tire de las orejas, en son de caricia, con lo cual Merto adquiere
otras tantas alas con que aprender á volar á su gusto en aquel espacio.

Días y meses andando, si mientras Gedeón está comiendo pasa el chico
cerca de la mesa, le llama; y por el gusto de ver qué cara pone cuando
la muerde, le da una aceituna; y por el placer de contemplar cómo se
relame saboreándole, le regala un dulce.

De este modo el carácter de Merto se va desenvolviendo por completo; y
como ya nunca se halla bajo la impresión del miedo ni del sobresalto,
llega á haber en su fisonomía esa expresión de sinceridad atractiva,
tan propia de los niños, por feos que sean, como á Merto le sucede.
Además es algo bizco, torpe de lengua, y, en cuanto se enfada un poco,
echa cada terno que saca lumbres.

Todas estas cualidades hacen suma gracia á Gedeón, que no oculta el
placer que tiene en que muy á menudo, y cuando ya está él aburrido
de atusar las greñas al ratonero, entre el chico en el gabinete
_mandándole_ que le enseñe _los santos_, ó la máquina del reló.

--Pues límpiate los mocos--le dice Gedeón.

--Puez amalda tú el peldo,--le contesta Merto.

Porque Merto y Adonis, para entonces, ya no se pueden ver.

Empezando por darle algunas golosinas de la mesa, acaba por sentarle
á ella casi todos los días, mientras á Adonis, acurrucado en el suelo
entre los dos, se le indigestan los mendrugos que le regala su amo,
considerando la altura á que ha elevado su privanza aquel intruso.
Algunas veces tiene Gedeón el capricho de tirar á Merto, que ocupa el
extremo opuesto de la mesa, una rosquilla; y entonces Adonis, creyendo
que es para él, ó fingiendo que lo cree, da un salto increíble; y
después de atrapar en el aire la rosquilla, cae sobre la mesa, metiendo
las patas en una dulcera, cuando no el rabo y algo más en el plato del
intruso, ó en el de su amo. En estos casos, no siempre que Merto quiere
castigar el atrevimiento de Adonis tirándole con un panecillo ó con el
tenedor, lo consigue sin que Gedeón reciba el proyectil de rebote en
el estómago, ó en las narices; lances que (¡vean ustedes lo que son
algunos _ogros_!) hacen desternillarse de risa al solterón.

Es lo más curioso que éste cree todavía que Merto es un chiquillo
antipático é insoportable, por feo, por díscolo y por mal educado; y
no bien oye un porrazo hacia la cocina, ya sale despavorido á preguntar
_quién_ se cayó, recordando _casualmente_, en aquel instante, que el
hijo de su criada es travieso y aficionado á encaramarse en sillas y
vasares.

Un día toma Merto una indigestión de bizcochos y agua de limón, y se
pone á morir; y _casualmente_ en ese día no tiene Gedeón ganas de
salir de casa; y por no aburrirse en ella, entra doscientas veces
en el cuarto del enfermo; y porque no diga su madre que se le ha
desatendido la asistencia, obliga al médico á hacer diez visitas más de
las precisas; y ¡cosa más rara aún! en el momento en que el chico sale
del peligro, se encuentra él más animado y hasta con ganas de salir á
la calle; y ¡coincidencia todavía más extraña! hasta se le ocurre, al
pararse, _por casualidad_, delante de una tienda de juguetes, comprar
para el convaleciente un tren de artillería, por lo mismo que nunca le
ha regalado cosa que valga media peseta.

Otra vez rompe Merto una chuchería de las varias que tiene Gedeón sobre
la mesa; y al volver éste de la calle y coger al rapaz con el delito
entre las manos, reniega de él y hasta de la hora en que le permitió
entrar en su casa. Óyelo su madre, y parte furiosa á castigar á su
hijo. Mas apenas le ha sacudido el primer soplamocos, ya está Gedeón
amparando al delincuente.

--¿Á qué vienen esas violencias?--dice con mal gesto á Regla, mientras
coloca á Merto detrás de él.

--Á enseñarle lo que no sabe; á quitarle los condenados resabios que
trajo de la otra casa. ¡Te he de desollar vivo, tunante!

--Pues no lo conseguirá usted dándole golpes. Bueno que se le reprenda
y se le amoneste; pero...

--Como si predicara usted en desierto...

--Si los niños tuvieran la reflexión de los hombres...

--¡El loco con la pena es cuerdo!

--Pues por hoy se acabó el castigo, porque yo, que soy el agraviado,
perdono el agravio por esta vez... Por esta vez no más... ¿lo oyes,
Merto?

Pero Merto, con gran sorpresa de Gedeón que le creía llorando
arrepentido, está haciendo gestos provocativos á Adonis, que, á su vez,
le enseña los dientes; después alumbra un pisotón al ratonero, y se
oyen á un tiempo un aullido terrible y un terno feroz, mientras Adonis
enrosca el rabo dolorido y Merto se lleva ambas manos á una pantorrilla.

--¡Ve usted lo que es interceder por el demonio?--exclama Regla,
buscando iracunda á su hijo entre los faldones de la levita de su amo
y las patas de la mesa.

--Déjele usted, que el pisotón ha sido casual...

--¿Y también lo _otro_?--grita Regla.--¿Eso te han enseñado en esa
casa, groserote? No aprenderás los consejos que yo te doy, tan bien
como esas indecencias, ¡Satanás!

Y atrapando al fin á su hijo, arrástrale hasta la cocina,
administrándole por el camino media docena de sopapos.

--No estoy yo por el sistema de los cachetes para educar á los
chicos,--murmura Gedeón en tanto, como si en su vida se hubiera ocupado
muchas veces en cuestión tan transcendental.

Y para comprobar la teoría, arrima dos castañetazos al pobre perro,
por la parte que ha tenido en la media docena de ellos de que Merto va
rascándose.

Al verse tratado así, no el dolor, el asombro parece pintarse en la
hirsuta faz del ratonero. ¿Qué castañetazos son aquéllos? ¿Desde cuándo
y por qué su amo se permite hacerle tales ultrajes? ¿Es por el mordisco
que él dió á Merto en la pantorrilla? Pues Merto le pisó á él primero
el rabo, después de haberle provocado con gestos y ademanes injuriosos.
¿Es que le han dolido á su amo los cachetes de su criada, más que
á Merto que los recibió, y busca un inicuo desahogo en el inocente
Adonis? Esto es lo más triste para él, porque es lo más verosímil.

Todas estas consideraciones, ó algo por el estilo, se leen en la cara
del compungido Adonis; y esto que se le ocurre á un miserable ratonero,
no se le alcanza á Gedeón, que todavía insiste en que le es antipático
Merto por feo, por sucio, por díscolo y por hijo de su madre.

Pero ésta, que caza, por lo menos, tan largo como el perro, no ignora
que, á cierta edad, la naturaleza humana siente la necesidad de amar, y
que cuando no puede amar á sus propios frutos, porque no los ha dado,
ama á lo primero que le ponen por delante; y que no es otra la causa
de que ame Gedeón á su retoño, como antes de conocerle amaba al perro
ratonero.

Que esto iba á suceder, lo sabía ella antes de traer á Merto á su lado,
aunque no aseguraré que por eso, y no más que para eso, le trajera.

Pero ya que sus presunciones se han cumplido, nada se pierde con dejar
que rueden los acontecimientos, ni con trabajar para prepararlos del
mejor modo posible. Gedeón es rico; ya no ha de casarse, y no tiene
herederos forzosos: ¿qué mal hay, ni á quién se ofende, en que un
pobre le conquiste una parte de su corazón, y con ella un pedazo de su
caudal?

Digo todo esto porque no se tome á comedia la ira que le causan á Regla
los desafueros de su hijo, cuando más cerca le ve de conquistar el
corazón de su amo.

[Ilustración]



[Ilustración]

XVIII

LA GRAN BATALLA


Así las cosas, va rodando el tiempo.

Merto sigue haciendo barbaridades; su madre reprendiéndolas; Gedeón
disculpándolas, y Adonis, con un ojo al rapaz y con el otro á su amo,
temiendo las asechanzas de aquél y estudiando los grados que él va
perdiendo en el cariño de éste.

Adonis odia á Merto como se odia á un rival que es además un tirano.

Merto sólo discurre para inventar modos de atormentar á Adonis. Á ello
le inclinan su instinto de muchacho revoltoso, y el recuerdo de la
dentellada que le dejó cicatrices en la pantorrilla.

Pero Gedeón, cuando está en casa, no se separa del ratonero; y cuando
sale de ella, queda Regla que no pierde de vista un momento á la
alimaña.

Por lo demás, ya sabe él que hay en el cuarto de la ropa sucia una vara
de fresno, muy larga, que usa su madre para despolvorear los colchones.
Aquella vara es toda su ambición. Con aquella vara se le puede dar al
ratonero una mano de leña, como no la ha llevado en el mundo perro
alguno; y se le puede dar desde lejos, es decir, impunemente, ó, lo que
es lo mismo, sin el riesgo de que devuelva dentellada por varazo.

Saboreando tales propósitos, aguarda el rapaz, con una perseverancia
impropia de sus años, á que se le meta por los ojos una ocasión á su
gusto.

Y la ocasión, al fin, se le presenta.

Gedeón no volverá á casa en toda la tarde, y Regla ha salido á la calle
por largo rato, sin poder llevarse consigo á Merto, porque éste tiene
los zapatos á componer. Temiendo que durante su ausencia haga su hijo
alguna barbaridad, le ha amenazado con todos los castigos imaginables
si se mueve del sitio en que ella le deja, entretenido en pegar con
engrudo varios remiendos á una cometa. Merto ha prometido no menearse
de allí.

Pero al quedarse solo, la sangre le hierve, los brazos le bailan, sus
piernas brincan solas; y, para colmo de tentaciones, está enfrente de
él, y abierto, el cuarto de la vara, y la vara delante de sus ojos
cimbreándose sola, como diciéndole: «empúñame, y ¡á él!»

Además, hay en la casa muchísimos objetos que Merto no ha visto todavía
_por dentro_, y tiene que verlos alguna vez; y esa vez no puede ser
otra que aquélla, por lo mismo que, á la sazón, no hay nadie que le
impida desarmar lo que le acomode y meter los dedos donde más le
convenga.

Si sabe distribuir bien el tiempo, tiénele sobrado para hacer estas
investigaciones y dar á Adonis la tremenda paliza.

¡La paliza sobre todo!

En la sala hay un reló de sobremesa, cuya péndola figura un niño
columpiándose en una cuerda. Este columpio es la curiosidad que más
preocupa á Merto desde que le vió por primera vez. ¿Por qué se mueve
así? ¿Quién le da el empuje necesario? ¿Por qué se bambolea de atrás
á adelante, y no de un lado á otro, como todas las péndolas que él ha
visto?

Hay que aclarar este misterio á todo trance.

Y después de empuñar la vara y de cerciorarse de que no se oye ruido de
pasos en la escalera, y de ver, con mucho sigilo, que Adonis tiene para
rato con el sueño que está echando en su colchón del gabinete, acércase
al reló, dejando para después de la batalla, si el estado de las cosas
lo permite, el desarmar el barómetro y el filtro del comedor, la
maquinilla del café, un calendario mecánico, una caja de música y otras
maravillas que hay en el gabinete.

El temor de que su madre se vuelva á casa antes de lo que _debe_,
obliga á Merto á hacer sus pesquisiciones sin el reposo que él desea;
por lo cual le falta el tino que, en otro caso, tendría para manejarse
con desembarazo.

Por de pronto, hay que quitar el fanal al reló; y brega de aquí, brega
de allá para conseguirlo, hácele tres pedazos. Contrariedad es ésta que
le desconcierta y desanima; pero uno de los pedazos es muy grande, y
acaso pueda servir todavía: esto le consuela bastante y le devuelve el
ánimo para continuar la tarea.

Ya está descubierto el reló. En el espejo que refleja su parte
posterior, se ven cosas que se mueven, amarillas y relucientes como el
oro. Allí está el misterio. Invierte la posición del aparato. Hay otro
cristal delante de las ruedas... ¡Por vida de los inconvenientes! Pero
el cristal tiene un resorte. La casualidad guía el dedo de Merto hasta
el punto conveniente para que, apretando allí, el resorte cumpla su
cometido. El cristal se separa, de un brinco, por sí solo. ¡Oh delicia!
_allá dentro_ hay una como hebillita que se menea á un lado y á otro.
Es preciso ver qué resistencia opone á su mano... ¡Rich! Algo se ha
roto, y el columpio cae sobre la consola. El tictac, que antes se oía
lento y acompasado, ahora es un redoble continuo; las agujas vuelan
sobre la esfera, y el timbre parece que toca á rebato. Merto jurara que
hay en aquella máquina algún demonio oculto que quiere denunciar su
fechoría con tanto ruido y campaneo; y presa de esta idea, tapa aquí,
oprime allá y mete sus dedos y la punta de la vara donde quiera que sus
ojos ven movimiento y sus oídos perciben sones. Al cabo oye Merto un
chasquido metálico; luego un _rischssss_ interminable, como ruido de
puchero que _se va_ sobre las brasas; y después, nada: todo ruido calla
y todo movimiento cesa; parece que se ha muerto el reló, y que su mal
espíritu se ha hundido en el averno. Merto se tranquiliza por lo que
respecta al estrépito acusador que antes le asustaba; pero, en cambio,
siente delante de aquel aparato algo del miedo que infunden siempre los
cadáveres.

Con ánimo, sin duda, de borrar las huellas de su crimen, vuelve el
reló á su primera postura; arrima el columpio á la pared, á fin de que
se vea desde enfrente cual si estuviera colgado en su sitio, aunque
inmóvil; amontona los pedazos del fanal como su ingenio y su zozobra se
lo permiten; y después de echar al conjunto una mirada desde la puerta,
como supone él que podrán echarla su madre ó su amo cuando vuelvan, y
de tranquilizarse no poco con la prueba, empuña de nuevo la verdasca, y
se acerca de puntillas al gabinete.

Gedeón, hombre de poco gusto artístico, pero muy aficionado á rodearse
de cosas que le recreen la vista y le deleiten los sentidos, tiene su
cuarto atestado de esos objetos mal llamados de arte, que la industria
ha derramado por el mundo.

Así se ven allí, en brillantes colores sobre variedad de pastas, todas
las desnudeces más estimulantes de la mitología griega, en ménsulas
y rinconeras, sin que les falten, como salsa ó acompañamiento, los
estuches de carey, el barquito, ó _junco_ filipino, de especias
ensartadas; los caracoles de China y la tabaquera de coco. Sobre la
mesa de escribir hay un tintero de cristal esmerilado, que es una
maravilla, y una salvadera de porcelana, prodigio de transparencia y de
color; y presidiéndolo todo, como santo en botica vieja, el busto de
Balzac, de tamaño natural, encima de una elegante papelera y entre dos
candelabros de alabastro y metal dorado.

Cuando á este vedado recinto se acerca Merto, abre con mucho pulso la
puerta, y mira por la rendijilla resultante. Adonis sigue durmiendo.
Puede, impunemente, partirle de un varazo.

Entra y cierra la vidriera.

El ratonero no se mueve.

El tirano elige el sitio que más conviene á sus propósitos, y toma sus
medidas para que la vara, antes de caer zumbando sobre el perro, pueda
describir sin tropiezo el arco necesario.

La empuña por un extremo con las dos manos, después de escupírselas;
afírmase á su gusto sobre los pies; levanta los brazos hasta más atrás
del cogote, y... ¡zás!

Pero el ansia misma que tiene el granuja de deslomar al perro, le hace
perder el tino, y sólo le alcanza con la vara en la punta del rabo.

Al recibir el golpe, lanza Adonis un aullido de angustia, de furor y
de sorpresa juntamente, y da un salto nervioso é inconsciente que le
eleva dos codos sobre el lecho en que acaso soñaba con la perra de sus
pensamientos; después se encara con Merto, encorvado el lomo, la mirada
ardiente y rechinantes los colmillos.

Merto, que no contaba con errar el golpe, ni, por consiguiente, con
aquella actitud amenazante de su enemigo, desconciértase no poco, y
comienza á sacudir palos de ciego; es decir, veinte en la alfombra y
uno en Adonis.

Cuando éste parece convencido de que no puede meterse por debajo de la
vara y hacer presa en las pantorrillas de Merto, porque la vara no
cesa un punto de cimbrearse, acude al recurso de ocultarse debajo de
cada mueble; pero allí le punzan y acribillan, si afuera le vapuleaban;
y no sabe cuál es peor. Después salta sobre las sillas y sobre la cama;
y la vara siempre detrás, ó encima de él; pero la vara nunca pierde
viaje, pues cuando no alcanza á Adonis, tumba cuanto halla al paso en
rincones y paredes. Desde la cama, y no de un salto ni sin llevar más
de un varazo en el camino, huye el desventurado perro á refugiarse en
la mesa de escribir; pero allá va también la vara, con la cual parte
Merto la salvadera, creyendo partir á Adonis, que, á su vez, tumba el
tintero, que se despedaza en el suelo, y pringa la alfombra después de
haber pringado arriba libros y papeles.

Este estropicio aplaca un instante las iras del muchacho, y le hace
prorrumpir en una interjección brutal.

Adonis, aprovechando aquel respiro, quiere estudiar con algún sosiego
un plan de defensa; y desde la mesa en que se halla abroquelado con
un montón de libros, dirige en derredor miradas angustiosas, como
preguntándose: «¿En dónde mil demonios me guareceré cuando este
bárbaro me eche de aquí?» Pero no ha habido tiempo ni para pensar la
respuesta que se pide, cuando ya tiene encima otro varazo. Entonces,
desatentado, arrójase á la papelera, y se encarama en ella, delante
de Balzac, porque detrás no cabe, cual si buscara el sagrado del
arte y del ingenio por refugio. Pero aquel genízaro que le persigue,
no se para en sensiblerías semejantes; y viéndole tan perfectamente
destacado, le larga un verdascazo á la media vuelta, que no solamente
alcanza á Adonis á todo lo largo, sino que todavía le sobra otro tanto
para Balzac y para los candelabros, que vienen al suelo con el perro,
aquél desnucándose, y los candelabros haciéndose añicos.

El estrépito es horrible, y el desastre arranca al cerril muchacho, no
ya una interjección, sino una blasfemia.

Entonces parece fijarse por primera vez en las ruínas de que está
cubierto aquel campo de batalla; apodérase de pronto el susto de su
ánimo, y, soltando la vara, abre la puerta y huye á esconderse en su
cuarto; en el cual, después de larga meditación, no se le ocurre otra
salida para el conflicto en que se halla, que meterse en la cama,
hacerse el enfermo y echar la culpa de todo lo sucedido á Adonis, que,
entre tanto, se rasca las contusiones, se relame los hocicos y gime
tembloroso, como niño después de una azotina.

[Ilustración]



[Ilustración]

XIX

POST NÚBILA PHŒBUS


Qué le sucede á Regla cuando vuelve á casa, y después de hallar en la
cama á su hijo y de verle temblar en su presencia, y de deducir de sus
desatinadas respuestas parte de la catástrofe, llega á conocer el resto
por los cascos del gabinete, por la vara olvidada en él y hasta por los
quejidos de Adonis, puede el lector presumirlo; y también suponer, y no
errará en el supuesto, que después de comparar á Merto con todos y cada
uno de los demonios más conocidos y de llamar sobre su cabeza todas las
maldiciones imaginables, le contunde el cuerpo con la vara misma, que
nunca trabajó tanto como aquel día, y le acribilla á pellizcos, y le
jaspea la cara á bofetones, y le estira medio palmo las orejas, entre
varazo y denuesto.

Puede igualmente alcanzársele al propio lector, que Regla, tras
este desahogo feroz, echa á Merto de casa, antes de que á ella torne
su amo y la acuse, con el diablejo delante, de haber correspondido
indignamente á sus condescendencias; pero lo que no se le alcanzará si
yo no se lo digo, es que Regla, al proceder así, ha calculado que se
anticipa á cumplir los propósitos que le manifestaría Gedeón, si al
conocer la catástrofe estuviera aún á su lado el autor de ella; que
su amo ha de agradecerle este rasgo de previsión; que el olvido del
pecado será tanto más pronto cuanto más lejos se halle del ofendido
el pecador, y que hasta puede llegar el día en que el mismo Gedeón
solicite la vuelta del hijo revoltoso al lado de su madre.

Merto, pues, sin tiempo para secarse las lágrimas ni limpiarse los
mocos, vuelve á casa de los parientes con quienes antes vivió; y vuelve
á escape y á empellones de su madre, que no quiere encontrarse con su
amo en el camino, por las calles más extraviadas.

Regla deja á Merto entre sus parientes, hasta nueva orden, no sin
exigirles la promesa de que en los primeros quince días le han de
quitar el hambre á palos; y sin perder un solo instante en ociosas
amonestaciones á su hijo, vuela, más bien que corre, hacia su casa.

Pero su amo llega antes que ella.

Atónito se queda al entrar en su cuarto y contemplar los despedazados
cachivaches que apenas le dejan sitio donde poner la planta; y
más se sorprende todavía cuando, al llamar á Regla para que le dé
explicaciones sobre aquel desastre, no halla quien le responda, si no
es Adonis que gime y llora á su modo, y le abraza las piernas, y le
lame las manos, y hace como si quisiera enseñarle las cordilleras de
ronchas que le abruman el cuerpo debajo de las lanas.

--¡Merto!... ¿no es verdad?--exclama al fin Gedeón, entre iracundo y
triste, fijando su vista en la de Adonis.

Y Adonis, cual si comprendiera la pregunta, alza más la cabeza; muévela
arriba y abajo, ladrando al mismo compás, como si quisiera decir:

--Sí, señor; ¡ese bribonazo ha sido quien me dió la paliza y rompió
todo esto!

--¡Preciso es convenir--exclama Gedeón, dándose por enterado,--en que
no se habrían atrevido á tanto mis propios hijos, si yo los tuviera!

En esto entra Regla en el gabinete, desencajada y compungida. Refiere á
su amo lo que sabe del caso y lo que ha hecho con el causante, llorando
cuando debe llorar y lamentándose cuando debe y como debe lamentarse;
y como todo lo dice ella, y cuanto hay que hacer con el delincuente
está ya hecho, Gedeón sólo despliega los labios para implorar un poco
de misericordia para Merto, y reducir á su madre á que renuncie á sus
manifestados propósitos de marcharse de la casa, en castigo que ella
misma se impone, de su mala correspondencia á los favores recibidos de
un amo tan generoso y tan bueno.

Y con esto, y no sé si con algo más, pariente de ello, se da por
terminado un incidente (como dicen en los Parlamentos), que, en buena
lógica, debía tumbar de espaldas á un hombre como Gedeón, que se pone
malo solamente con acordarse de los desafueros y tropelías que cometen
en las casas los hijos de familia, cuando son de la edad de Merto.

Al otro día cuida mucho el complaciente amo de no apurar las fuerzas ni
el espíritu de su criada con órdenes excesivas ó con palabras secas.
¡Demasiado acongojada está la pobre mujer con lo que le ha sucedido!
¡Ella que es tan atenta! ¡Ella que es tan delicada!... ¡y tan comedida!

Y como, al cabo, es madre de Merto, y por malo que éste sea debe de
quererle mucho, también le pregunta por Merto.

Y como nada sabe Regla de él en los tres primeros días, al cuarto la
_ruega_ Gedeón que trate de saberlo, porque cabe en lo posible que el
chico haya _tomado sentimiento_ por lo que se le ha castigado, y llegue
á adquirir una enfermedad peligrosa. Después de todo, ¡qué diablo! por
malo que sea un chico, vale su vida... para su madre, se entiende,
bastante más que los cuatro monigotes destrozados en su gabinete.

Merto, entre tanto, se halla en casa de sus parientes tan sereno y
despreocupado como si jamás hubiera roto una cazuela; pero su madre se
guarda mucho de contárselo á su amo; antes le dice, por toda noticia de
su hijo, que sigue éste llorando el bien que ha perdido por su culpa, y
cumpliendo la pena merecida que ella le ha impuesto.

--Pues si está arrepentido--dice Gedeón á Regla, antes de la
semana,--perdonémosle, con mil santos, y que se vuelva otra vez acá.
¿Quién sabe si con lo que ha pasado y algo que yo le diga, poniéndome
serio, acabará de hacerse un modelo de chicos agradecidos y juiciosos?

Pero Regla sigue implacable.

--Nadie sabe como yo--responde, con todas las necesarias salvedades de
respeto,--lo que á ese chico le conviene.

Probablemente estará Regla en lo cierto.

Todas estas conversaciones tienen lugar durante la comida ó el
almuerzo de Gedeón, y, por consiguiente, á las barbas de Adonis. ¡Y
es de ver qué gestos hace el ratonero cada vez que el nombre del
aborrecido rival llega á sus orejas! ¡Y es de admirar cómo gime y se
abate cuando la cara de su dueño no se frunce ni amontona al hablar del
pícaro que á él le deslomó!

Cualquiera pensaría que Adonis va leyendo en la fisonomía de Gedeón sus
propósitos de perdonar al atrevido y sus deseos de volver á traerle á
su lado.

--¡La morcilla antes que eso!--debe de pensar el ratonero, si tal lee.

[Ilustración]



[Ilustración]

XX

UN INCIDENTE


La escena representa otra vez el gabinete de Gedeón.

Éste se halla repantigado en la butaca contigua á la mesa de escribir,
y atusa las greñas de Adonis; el cual parece dormirse, de gusto que le
da el suave manoseo de su amo.

Si es lícito meternos donde no hacemos falta, conste también que Gedeón
está pensando en la cada vez más obstinada insistencia de su criada en
no traer todavía á Merto á su lado.

Transcurre largo rato así.

Entra Regla con una carta en la mano; pónela en las de Gedeón; dícele
que la ha subido la portera, y se va.

Gedeón se fija en el sobre; frunce el entrecejo; apea de un revés á
Adonis, que exhala un débil gemido de sentimiento, como diría un
novelista _elegante_; abre la carta, y lee para sí lo siguiente, pero
con la más desastrosa ortografía, que yo no quiero copiar:

  «Querido Gedeón: Como hace semana y media que no te veo, te
  escribo para decirte que en cuanto recibas ésta, vengas á verme,
  pues hay dos casos muy graves de que tengo que enterarte.

  Tuya de corazón, más que nunca,

  SOLITA.»

Graves deben de ser, en efecto, los casos á que la firmante se refiere,
cuando se atreve á molestarle con aquella misiva. Por largas que
hayan sido sus ausencias, jamás se ha permitido Solita quebrantar las
prevenciones que Gedeón la tiene hechas de no buscarle en su casa con
esquelas ni con avisos, y mucho menos con su persona.

Y entre lo de «¿qué será?» y lo de «¿qué no será?» vuelve á entrar
Regla diciendo á su amo que hay á la puerta un hombre que desea
hablarle.

Mas no bien lo ha dicho, ya está el hombre detrás de ella haciendo
reverencias á Gedeón.

Es el tal un andrajoso, en chancletas; con las barbas á medio crecer,
y las greñas, rudas y entrecanas, desgajándose de la cabeza, como si
quisieran enredarse con las barbas que, en demostración de que no huyen
del enemigo invasor, crecen rígidas cara arriba.

No es alto ni bajo, ni adusto ni risueño: tiene el cuerpo y la
fisonomía y hasta el olor que tienen siempre los vicios inveterados y
la falta absoluta de vergüenza.

En el momento de encararse con Gedeón guarda en un agujero, de los mil
de su chaleco, una punta de cigarro que retira de sus labios cárdenos,
mientras derriba de su cabeza con la otra mano algo como gorra ó cosa
que lo parece después de haber sido sombrero.

--¿Qué busca usted aquí?--le pregunta Gedeón en tono duro y ademán
airado.

--Entendí que esta señora al abrirme la puerta me mandaba pasar
adelante; y eso he hecho,--responde el hombre con voz cavernosa.

Siguen algunas réplicas y contrarréplicas entre los dos hombres, y
algunas disculpas y protestas de la mujer, de escasa importancia para
el lector y de mucha para mí si tuviera que escribirlas y comentarlas,
por lo cual las suprimo con su venia; retírase al fin Regla, y quédanse
frente á frente los otros dos personajes de esta escena.

--¡Conque es usted don Gedeón?--pregunta el haraposo.

--Lo soy, ¿y qué?--responde el preguntado, con voz y gesto de
repugnancia.

--¡Pues vengan esos cinco!--exclama el hombre de los andrajos. Y avanza
resuelto hacia Gedeón; y, que quieras que no, le coge una mano y se la
estruja y resoba entre las dos suyas; y arrima á su cara, contraída por
el asco, todo el bardal de su cabeza y todas las cavernas hediondas
ocultas por el bardal.

Gedeón consigue, á duras penas, librar su mano de aquella tenaza sucia;
y huye luego dos varas atrás con la butaca en que está sentado.

El hombre, al mismo tiempo, toma una silla, la arrima á la butaca y se
sienta también.

--Pues yo soy, para lo que usted guste mandarme, Judas Cerote,--dice
al sentarse. Y mientras aguarda la respuesta, escupe en la alfombra y
se limpia los hocicos con un pingajo que saca de otro pingajo de su
chaqueta.

--¡Como si fuera usted Pentapolín de los Garamantas!--grita Gedeón
hecho una lumbre y poniéndose de pie.--¿Qué es lo que viene usted
buscando aquí? ¡Pronto!

--¡Calma, amigo mío, calma!--replica el otro con mucha sorna,--que
no es oro todo lo que reluce, ni en mi corporalidad son remiendos
solamente lo que hay que ver. El asunto que me aproxima á esta
casa, no se manipula ni especifica echándome á mí á la calle sin
oirme... Hágame usted la cortesía de tomar asiento otra vez, con toda
franqueza... y permítame usted que amargure, digásmolo así, este primer
detrimento de las honradas hidalguías de mi corazón que aquí me traen.

Y el llamado Judas, al decir esto, hace como si se conmoviera.

--Mire usted, hombre--replica Gedeón dejándose caer en la butaca:--si
me promete usted concluir pronto lo que tiene que comunicarme, soy
capaz hasta de escucharle sentado.

--De usted dependerá que yo finiquite en dos minutos.

--Pues vaya usted cumpliendo su promesa.

--Con tal que no sea usted el que desee que se alargue la platicación.

--Fácil es eso.

--Pues ha de saber usted, don Gedeón, que yo soy un artista
verdaderamente desgraciado; porque desgracia es para mí haber venido á
luz en unos tiempos, digásmolo así, de menosprecio para el arte... ¡el
arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años!...

--Siga usted, pero sin comentarios.

--No pude seguir, mi señor don Gedeón, por lo mismo que yo era un
verdadero artista: no se me correspondía al tenor de mi trabajo; y
antes que consentir yo en humillar el arte... ¡el arte que yo cultivaba
con el entusiasmo de los juveniles años! á la tiranía de los iznorantes
y pusilámines, envolví la venerable herramienta de mis glorias en el
honrado mandil, para que no la menospreciara el siglo, y me dediqué á
la contemplación, digásmolo así, de la Naturaleza en sus manificencias
y esplendores, único trabajo á que podía dedicarme, fuera del arte...
¡del arte que yo cultivaba con el entusiasmo!...

--«De mis juveniles años.» Adelante.

--Esa es la palabra. ¡Cómo nos entendemos y hasta nos adivinamos los
pensamientos! Estaba escrito, don Gedeón.

--¿Cuál?

--Lo que pasa. Nacimos el uno para el otro. ¡Tenía que suceder!

--¿Quiere usted proseguir, señor... artista?

--Gracias, mi respetable don Gedeón, por ese sufragio, digásmolo
así, conmovedor, que rinde usted á mis sentimientos. Prosigo. Este
amor descomensurable que guardo en mi pecho á la patria Naturaleza,
llévame á menudo á plazas y paseos para contemplar séase el firmamento
estrellado, séase las estrellas del firmamento, séase el sol del
mediodía, séase el amanecer de la mañana. ¡Qué quiere usted! parece
que el alma se me congratula en estas contemplaciones, maísimen si me
hallo en la amena y dilatada compañía de otros artistas infortunados,
que también renunciaron al arte... ¡al arte que cultivaban!...

--«Con el entusiasmo de sus juveniles años.» ¿No es esto?

--Cabalmente, señor don Gedeón, cabalmente... ¡Es admirable cómo se
corresponden nuestras concomitancias respectivas!

--Menos en un punto, señor Judas.

--¿En qué punto, mi adorado don Gedeón?

--En que mi... «concomitancia» está deseando que acabe usted de hablar,
y la de usted se empeña en todo lo contrario.

--Es el carácter, don Gedeón, y este sentimiento de mis entrañas, que
parece desgarrarse de alegría cuando se halla en la ilustre sociedad
de un hombre tan campechano como usted. Y ahora prosigo. Días hace que
contemplaba yo la estrella polar desde un rincón de una plazuela, fuera
de lo que podemos llamar casco de la ciudad... porque la ciudad, amigo
mío, de por sí no es quién para que en ella se explaye un espíritu,
contemplando séase el firmamento estrellado...

--«Séase las estrellas del firmamento...»

--Séase el sol del mediodía.

--«Ó séase el amanecer de la mañana.»

--Pero, señor don Gedeón, me deslumbra ya tanta concupiscencia de
pensamientos, digásmolo así, entre los dos.

--Es para ayudarle á usted á llegar pronto al fin de su discurso.
Conque no me desaire usted en tan humanitarios propósitos, señor Judas.

--Muy señor mío y dueño: rendido á ese sentimiento, especifico así lo
que me falta. Y digo, que hallándome en la contemplación de la estrella
polar hace dos noches, porque de noche era cuando yo la contemplaba
embriagado, digásmolo así, de ansias naturales del alma, y, á la
misma vez, presuimpuestando el tiempo en que, á un buen volar por los
aires, podría yo avecindarme con el astro, y aun, si á mano viene,
preguntándome por qué esa luz recalcitrante se apaga por el día y se
enciende no más que por la noche, cuando sépase usted, mi querido don
Gedeón, que pasa ella por delante de mí.

--¿La estrella polar?

--No, señor... aunque bien pudiera serlo, y lo ha sido ya para algún
navegante desafligido. Por una parte era su misma personalidad; por
otra no lo parecía. Pero ¡dónde verá el corazón paterno un pedazo
de sus propias entrañas, que no clame por él y le abra su pecho
enternecido? Entre si es no es ella, invoco su nombre con ese acento,
digásmolo así, de la eternidad de una ausencia contada por años y
determinada por la profundidad de los mares caudalosos. Entonces volvió
su fisonomía la inocente paloma; y al conocer á su tierno padre... huyó
con la mujer que la acompañaba. Pero yo la había conocido bien. Era
ella; el pedazo de mi corazón; el sostén de mi ancianidad y el amparo
de mis necesidades... ¡mi idolatrada Solita!

Al oir este nombre, da Gedeón un salto en la butaca. Ni remotamente
había sospechado, el muy bolonio, que semejante fin tuviera el
laberíntico discurso del artista Judas.

Desconcertado como niño goloso á quien su madre sorprende robando los
bizcochos, no sabe qué cara poner al zapatero para disimular mejor la
violencia en que se halla su ánimo.

--De manera que usted es...--dice, sin saber lo que se dice, pero con
la cara muy hosca, creyendo que con aquello sale mejor del compromiso.

--¡El padre de Solita!... es decir, _tu_ padre político, que _te_ abre
sus tiernos brazos para estrecharte en ellos.

Y el elocuente artista, al responder así, se levanta de la silla, y
presenta á Gedeón todo el fardo de sus andrajos para que se arroje en
ellos.

Pero Gedeón huye aterrado hasta la pared.

Entre tanto, añade el remendón, sin bajar sus brazos entreabiertos:

--Y perdóname, hijo mío, si he estado llamándote hasta aquí con la
circunflexión de _usted_. Yo te conocía; pero tú no tenías el honor de
conocerme. No podía comportarse de otra manera mi natural, digásmolo
así, respetivo y atento.

Gedeón ya no oye, ni ve, ni entiende. Sobresaltado al saber que tenía
delante al padre de Solita, cuando oye á éste llamarle hijo, cree que
le muerden ratones y que le besan sapos y cucarachas. Aquello es un
asco, y además una ignominia. ¿Quién habrá puesto en manos del remendón
el pico de la manta para que, tirando de él, haya llegado á descubrir
el miserable lo que estaba oculto, y, sobre todo, lo que no estaba? Hay
que averiguar eso á todo trance.

Á este fin, refrena Gedeón sus iras; y, con un esfuerzo supremo de la
voluntad, disimula también sus repugnancias; finge que toma á risa los
extremos afectuosos del zapatero; ruégale que se siente, y le pregunta
qué es lo que le ha inducido á creer en el parentesco á que se refiere.

El remendón se sienta y continúa hablando así:

--Viendo que Solita me negaba la paternidad, ó que no la conocía,
seguí sus pasos, determinado á que no se escapara ya de mis
visuales. Creyéndola yo en Puerto Rico, ¡cómo había de negar á mi
corazón aquella voluntad de contemplarla de cerca? No sé las calles
que corrí siguiéndola; y como sospeché que no quería declararme su
domicilio, hice, digásmolo así, de vez en cuando, recatación de mi
persona: de este modo descubrí casa y piso. Llamé á la puerta. Clamar
en desierto, Gedeón. Pero yo no podía, paternalmente, volver atrás.
Y repetí el llamamiento. Ya los vecinos de la escalera me habían
oído todos, y hasta se apiadaban de mí, rogándome que callara, y
todavía á la infeliz no había llegado el amoroso machaqueo de su
padre. Pero ¡qué hija es sorda á la voz enternecida del anciano que
la ha dado el sér corporal?... Solita me recibió en sus brazos á la
media hora de llamarla yo á los míos. Pero la había dejado sirvienta
puramente, y me la encontraba dueña y señora de su casa. Era esto ¿no
es verdad, Gedeón? motivo de una plática, digásmolo así, aclaratoria
y explicativa. En esa plática supe de sus tiernos labios que había
contraído nupcias mayores en Puerto Rico, pero que había prometido á
su adorado esposo guardar el secreto de ellas hasta que fuera día de
clarificarse á la luz del sol. Cumplió después con su anciano padre en
cuanto á finezas generosas de presente; pero su padre no cumplía con
su augusto deber sólo con eso. Ocurrióseme ir á tomar luces de todo á
la casa en que conoció á la familia que la llevó á Puerto Rico... ¡Ay,
qué señora aquélla, Gedeón! ¡Qué virtud la suya tan boyante, digásmolo
así, y tan concluyente! ¡Y qué claridez la de su sentido! Media palabra
no más la declaró mi fineza, y en el acto me plantó sobre la pista...
Y como yo tampoco menosprecio las buenas protecciones que se me dan,
siguiendo los apuntes de tan refulgente señora, he llegado hasta aquí
sin tropiezo...

--Y ¿qué más?--pregunta Gedeón, á punto ya de estallar como una bomba.

--Que no contrincándose el dictamen de esa señora más que en lo del
viaje á Puerto Rico, viaje que resulta, digásmolo así, fracasado, con
lo dicho por Solita, sucede que tú eres el enlazado en secreto con
ella, y que yo soy vuestro padre que os bendice, y viene á estrecharte
entre sus brazos...

--¡Y qué más?

--Y al mismo tiempo, á decirte: Gedeón, el brillo y el buen ver entra
por mucho en la longanimidad de las familias; mira tú, hombre opíparo,
á tu padre político ultrajado por los años y las ingratitudes del
siglo; si has de regocijarte en él y en sus ancianos cabellos, vístele
y agasájale con qué se alimente y dé á sus arrugas venerables el
resplandor, digásmolo así, de los hombres acomodados y eminentes.

--¿Nada más? Con franqueza... ¡dígamelo usted!

--¡Oh, hijo descomunal y esplendoroso! ¡Bien decía yo que se adivinaban
nuestras concupiscencias! Pues ya que no se harta tu corazón de
desocuparse en el mío, sábete que no me vendría mal otro auxilio para
finiquitar algunas deudas que hoy me cierran las puertas del sustento
corporal, y hasta las del necesario descanso.

--Y ¿nada más?

--Por ahora...

--Pues escucha, ¡zapatero vil, remendón indecente!--grita Gedeón con
los ojos fuera de sus órbitas y los puños crispados;--ni yo te he
parido, ni conozco á tu hija, ni quiero conocer á esa otra bribona que
aquí te envía; ni me he casado nunca, ni me casaré en mi vida; ni tengo
obligación de escucharte lo que me has contado, ni paciencia para oirte
otra palabra más.

--Pues si usted no me conoce, ni conoce á Solita--dice Judas entre
admirado y malicioso,--¿de qué sabe usted que yo soy zapatero, si yo
no se lo he dicho?

--Lo sé--replica Gedeón algo desconcertado, pero no menos
furioso,--porque... ¡porque lo huelo! ¡porque tú no puedes ser otra
cosa!

Al mismo tiempo saca de su bolsillo unas monedas de plata, y,
arrojándolas sobre la mesa, añade:

--Si es eso lo que venías buscando para emborracharte, tómalo, con tal
que te largues; y cuida de no probar en otra parte este sistema de
sacar dinero, pues no todos tendrán la paciencia que he tenido yo.

El zapatero se abalanza con mal disimulada avidez á las monedas;
y mientras las hunde en uno de los abismos de su chaleco, dice
fingiéndose conmovido:

--Las recojo, no por lo que valen en su prosapia metálica, sino por
la mano generosa que me las ofrece como prenda de un fino genial de
estimación. Pero créeme, hijo de mis entrañas, llevo clavado en ellas,
como un puñal inclemente, la rigurosidad de tus palabras á un padre
tierno que, al darte sus brazos amorosos, quería decirte: «arrójate en
ellos con la frente muy alta, que son el apoyo de una familia ilustre,
perseguida, digásmolo así, por la hediondez de la miseria...»

Mientras el zapatero se enreda en estas nuevas declamaciones, Gedeón
llama á Regla; y cuando la tiene delante, la dice en tono firme y con
ademán resuelto:

--Enseñe usted la puerta á este hombre.

--¡Son cuentas de familia, señora!--dice Judas á Regla cuando la ve á
su lado, y mirándola con cierto desdén.

En seguida se vuelve á Gedeón y le dice á media voz, pero trémulo é
iracundo:

--¡Te perdono, hijo ingrato... y nos veremos!

Después sale detrás de Regla, chancleteando con los pies y requiriendo
los pingajos de su vestido.

Cuando Regla cierra la puerta de la escalera, Gedeón, que se ha
colocado á dos pasos de ella, la dice:

--¿Has visto á ese hombre?... ¿Le recuerdas bien?... Pues el día en que
él vuelva á entrar por ahí, sales tú por el balcón.

En seguida se encierra en su gabinete, y bufa y patea.

En su concepto, la historia contada por el zapatero ha sido compuesta
por su hija, ó de acuerdo con ella.

Quiere amenazarle con aquella afrenta constante, para reducirle mejor
á los propósitos que ha tenido el atrevimiento de manifestarle muchas
veces. ¡Insensata! ¡Y á tanto se atreve cuando ya no le queda un solo
atractivo con qué justificar el oprobio que se le quiere imponer!
¡Cuando está deseando él una disculpa para deshacerse de ese grillete
que le amarra y le desuella! Pero, bien mirado, ¿qué mejor ocasión que
ésta para sacudirse las pulgas? Ahora ó nunca... No la dejará en la
calle abandonada: cumplirá, en tan grave trance, como quien es; pero
romperá toda conexión con ella, y quedará tan libre de su peso como
estaba antes de conocerla.

Y así pensando, vístese acelerado y sale hacia la calle, abotonándose
el chaleco en la escalera y haciendo en el portal el nudo de la corbata.

[Ilustración]



[Ilustración]

XXI

DE ESCALERA ABAJO


No habrá dado muchos pasos Gedeón fuera de su casa, cuando Regla está
bajando al portal.

Tiénela muy sobresaltada algo que pasa bien cerca de ella, desde que
tomó de manos de la portera la carta que puso en las de Gedeón. Aunque
no es gran pendolista, sóbranla ojos para distinguir á una mujer en la
letra de un sobrescrito; y mujer es, en su concepto, quien trazó los
garabatos de aquel sobre.

En cuanto al hombre que se coló tras ella en el gabinete, también le
parece que es bastante más que un andrajoso vulgar que se mete por la
primera puerta que halla á medio cerrar. Á éstos se les da una limosna
ó un bufido, y se les planta en la escalera, acto continuo; pero el
andrajoso que acaba de salir es cosa muy distinta. Hablaba recio al
despedirse, después de haber hablado largo rato con su amo; y el furor
de éste, al arrojarle del gabinete, no se parece en nada al que produce
en una persona decente un hombre entremetido y sin educación. Qué hay
en la carta y qué en el haraposo, no lo sabe ella; pero hay algo grave;
tan grave, que ha sido causa de que su amo salga á la calle hecho un
basilisco. Y ¿quién trajo la carta y se la entregó á la portera? ¿Por
qué ésta, ó su marido, dejó subir al haraposo? ¿Qué les dijo para
conseguirlo? Hay que averiguar todo esto, por de pronto.

Con tal intento baja la escalera, aunque quizá se figura que no le
mueve otro que endosar al portero la amenaza que le dirigió á ella su
amo al despedir al hombre de los andrajos.

El portero es otro remendón, pero que no se llama artista; y por eso
saca del oficio un mendrugo cada día. No es muy hablador, porque en
nada es vehemente; y lo prueba que menea la herramienta al compás del
_¡Triste Chactas!_ desde que se ciñe el mandil hasta que se le quita;
lo cual es tanto como decir que de sol á sol dura la sonata.

Pero, en cambio, su mujer, aguadora y recadista de toda la vecindad, es
un argadillo y una cotorra.

Como los unos bracea y como las otras charla delante de su marido
cuando llega Regla al portal.

--¡Ay, señora Regla--la dice encarándose con ella,--qué hombres tan
dejados de la mano de Dios y tan comprometedores de las familias de
bien!

--¿Qué pasa, señora Rita?

--Las iniquidades del alma, como quien dice.

--Pues ¡cómo ha de ser!

--De otra manera muy diferente, señora Regla... Por algo los dedos
de la mano no son iguales. El hombre de bien, á sus quehaceres; el
malhechor, á la cárcel. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.

--Y así debiera ser, señora Rita; pero si no lo es, ¿qué vamos á
hacerle?

--Pues al tenor de ello hablaba yo ahora mismo con este bendito de
Simón, que es un palomo sin hiel y no se escandaliza de nada.

--Pues más vale así, señora Rita.

--Pero con su cuenta y razón, señora Regla... No me digan á mí que
cuando las osadías andan por el mundo sin trabas ni bozal, deben los
hombres honrados ponerlas puente de plata y cubierto á la mesa... ¿No
fuera mejor echarlas solimán de lo fino?

--También es verdad eso... ¿no le parece á usted así, tío Simón?

--_¡Cuán raaa... apida ha sido!_...--canturrea éste al oir la pregunta,
mientras da los dos últimos estirones de cabo á una puntada. Y no dice
más.

--Este bendito de Dios--añade su mujer,--con la sinfonía de siempre.
Ni Cristo pasó de la cruz, ni él pasará de la sonata en los días de
la vida... Bien que mejor quiero verle emperrado en ella, que dado á
Barrabás, como el otro desalmado que acaba de salir.

--Pues de ese hombre venía yo á hablar con ustedes.

--Hable usted, señora Regla, hable usted, que todo será poco para lo
que merece, por lo que echa por aquella boca de Satanás.

--Yo, señora Rita, sólo tengo que decir que por ningún motivo le dejen
ustedes entrar por esa puerta. Así me lo ha encargado el señor.

--Y será medida su palabra. Bien sabe Dios que si una vez pisó esas
escaleras, no fué sin que yo se lo reprendiera á mi marido. «¡Mira,
Simón, que ese hombre es un puro embrollo y una pura desvergüenza! Mira
que te va á comprometer... bien conocido le tienes ya...» Porque Simón
le conoce, señora Regla... ¡como que aprendieron juntos el oficio! Pero
Simón, en buena hora lo diga, es un hombre trabajador y de su casa, y
al otro no tiene el diablo por dónde desecharle.

Á todo esto, el tío Simón continúa refunfuñando su canción sempiterna,
y bregando con la bigotera que está echando á un borceguí.

--Pero ¿qué pasó con ese hombre, al fin y al cabo?--pregunta Regla.

--Primeramente--responde la señora Rita,--ese hombre es un borracho
que mató á su infeliz mujer á palos y á pesadumbres, y dejó el oficio
para vivir... yo no sé de qué... Él dice que de lo que le pasa una
hija que huyó de su casa siendo una criatura... ¡vaya usted á saberlo,
señora Regla! El caso es que hace una hora se presentó aquí con su
poca vergüenza, y preguntó por el amo, con un aquel y un qué sé yo,
como si toda la vida hubieran comido juntos. Dijímosle que no estaba
en casa, y que, aunque estuviera, sería lo mismo para él, porque no
le recibiría... ¡Ay, señora Regla, en mala hora yo tal dije! ¡Qué
ponerme de cosazas y menosprecios el deslenguado!... Como que yo estaba
viendo cuándo era el instante en que Simón se quitaba el tirapié...
Porque, aquí donde usted lo ve, señora Regla, cuando se enfada hay
que conjurarle como á las tormentas... Pues ¡no se atrevió, el
sinvergüenza, á decirme que mirara mucho lo que hablaba con él, porque
podía hacerme y acontecerme, motivado á que don Gedeón era... (¡el
Señor no se ofenda de lo que voy á decir!)... pariente, señora Regla,
pariente muy cercano suyo? ¡ha visto usted!... y que le había mandado
llamar por persona que podía hacerlo; y que por eso venía, y que si lo
dudábamos le acompañaría quién que mandaba aquí más que todos nosotros,
y... ¡san Crispín unigénito no me oiga!... más que el amo, señora
Regla... más que el amo?... Y, amiga de Dios, tanto dijo y fachendeó,
y tanto nos rompió la cabeza con fanfarrias, que Simón dijo «allá te
arregles y con él te veas...» Y entre que «esto no me parece bien,» y
lo otro de «puede que tenga razón,» y yo que «no puede tenerla nunca un
hombre como ese,» y este otro que «más gordas se han visto,» el pícaro
fué subiendo; y cuando quisimos reparar en él, ya estaba arriba, si es
que no adentro... ¡Pero al bajar fué ella! ¿No es verdad, Simón? ¡Qué
humos, qué pomposidades y qué sonar dinero en las faltriqueras! ¡Qué
querer convidar á este inocente nada menos que á la fonda, y ofrecerme
á mí un mantón de ocho puntas y una cofia con encajes!... Mire usted,
señora Regla, esto me incomodó mucho, porque parecía burla... Luégo
bajó el amo, hace un instante, y se descubrió el pastel. ¡Qué cara
traía el bendito señor, y con qué rejo nos encargó que perniquebráramos
al insolente antes que dejarle entrar aquí! Para mi cuenta, y Dios
me lo perdone si me equivoco, aquel dinero que sonaba lo robó en el
piso...

Regla, que de todo este fárrago no pierde palabra que sea utilizable á
sus propósitos, interrumpe á la señora Rita para preguntarla:

--¿Y dice usted que tiene una hija?

--¿Quién... el amo?

--No, mujer, ese perdido.

--¡Ah! sí... Lo decía antes de darse tanto lustre. Ahora, Dios sabe lo
que dirá.

--¿Luego usted no la conoce?

--Como al día en que me he de morir.

--¿Ni usted tampoco, tío Simón?

--¡... _de mi diiiii... cha_!

--¡Digo si conoce usted á la hija de ese hombre!

--Yo no conozco más que mi obligación, señora Regla.

--Antes que él--continúa ésta,--creo que vino una carta...

--Pues por eso decía yo á Simón--replica la señora Rita,--antes de
bajar usted, que hay días que ni buscados con un candil... Vino una
carta, sí, señora.

--¿Quién la trajo?

--Una jovenzuela. «¿Vive aquí don Gedeón?» preguntó muy relamida. «Aquí
vive, en el primero,» la respondí muy atenta. «¿Se le ofrece á usted
algo?» «Dele usted esta carta,» me replicó con el hocico muy plegado,
como si fuéramos aquí gente de chanfaina. «¿Tiene contestación?»
volví á preguntar al tomarla... porque me parece á mí que esto es de
cortesía, para, si acaso, decirla: «Pase usted adelante, tome usted
asiento mientras bajo.» Pues nada, señora Regla: me volvió la espalda
sin decir «por ahí te pudras,» y se largó, la muy descortés.

--Y esa joven--pregunta Regla con evidente curiosidad,--¿qué aire
tenía? ¿Era, como quien dice, persona decente?

--¡Calle usted, por el amor de Dios! una atropella-platos como otra
cualquiera.

--¿Y nada más la dijo á usted?

--¡Y qué más había de decirme? ¡Podía haberse atrevido á mayores, la
muy remilgada! ¡No, por vida mía! Pobre sí; pero á saber guardar mi
puesto, me ganan pocas.

--De manera, señora Rita, que, como usted dice, el día ha sido
aprovechado: primero, una joven con una carta para el amo, y después,
un andrajoso que dice que es pariente de él; que sube á hablarle, y que
baja de la visita sonando mucho dinero en el bolsillo.

--Cabales.

--Pues eso se ve todos los días, señora Rita.

--No en los míos, señora Regla; y eso que los arrastro bien por el
mundo y sobre buenas alfombras, aunque me esté mal el decirlo; que
para eso sirvo á muchos... Pero aunque se viera, yo digo que no debía
verse nunca de eso.

--Pues para que no se vea aquí más, he dado yo á ustedes el encargo que
también acaba de darles el amo, según me dicen... Y con esto, me vuelvo
arriba...

--Vuélvase usted, señora Regla, y vuélvase usted en la cuenta de que
ese hombre no pisará más este portal... Y diga usted, si viene otra
carta ¿tampoco la recibo?

--Esa sí--contesta Regla con vehemencia.--Reciba usted cuantas vengan,
y entréguemelas á mí.

--¿Aunque sean para el amo?

--Para dárselas yo á él, alma de Dios.

--Eso es otra cosa.

--Adiós, señora Rita.

--Adiós, señora Regla.

Cuando ésta pone el pie sobre el primer escalón, llámala el filarmónico
zapatero.

--Señora Regla--la dice con mucha parsimonia, quitándose las gafas y
volviendo la cara hacia ella.--Yo hablo poco, ¿está usted?... y cuando
con lo poco que hablo no me entiende ¿está usted?... el que se empeña
en meterse ¿está usted?... donde no le llaman... y contra mi gusto,
agarro el tirapié ¿estamos?... y en seguida me hago respetar ¿está
usted?... De modo que pisar ese hombre las escaleras que usted pisa
ahora ¿está usted?... es tanto como decir que Simón ha muerto ¿está
usted?... Pues no digo más.

--Y es bastante, tío Simón.

--Y como lo dice lo hace el inocente, créalo usted.

--Hasta luégo, señora Rita.

--Hasta luégo, señora Regla.

Volando sube ésta al piso, y de dos voleos se echa el manto sobre la
cabeza.

--¡Se me va de entre las manos!--murmura mientras se le arregla y
anda.--Hay que atarle con cuanto esté al alcance de las mías.

Y echa escalera abajo.

Deja á los porteros la llave del piso, como acostumbra en ausencias de
su amo, por si éste vuelve antes que ella; y sale del portal sin hacer
caso de la señora Rita, que quiere detenerla para hablar un rato.

[Ilustración]



[Ilustración]

XXII

OTRO INCIDENTE MÁS GRAVE


Solita no cesa de mirar á la calle por las vidrieras del balcón, como
hace quien espera con ansia á una persona, ó quien teme que llegue otra
que no debe llegar.

No puede ser de las últimas la que, al cabo, columbra, según la prisa
que se da á salir á la sala, tumbarse con languidez en una butaca y dar
á los pliegues de su falda y á cuanto cuelga en su doméstico arreo,
la caída y el _aire_ que corresponden á la palidez de su semblante...
porque es de advertir que su semblante está mucho más pálido y ojeroso
que de costumbre.

Cuando oye abrir la puerta de la escalera, deja caer la cabeza sobre
una mano, y el otro brazo fuera del correspondiente de la butaca.

En esta guisa la halla Gedeón, que era, á no dudar, la persona esperada
y vista por Solita.

Pero lo que Solita no esperaba y ve ahora por las rendijas de su mano,
es que Gedeón viene echando lumbre y veneno por todos los agujeros de
su cara.

Aquel hombre es una botica que arde.

No se sienta, se derrumba delante de Solita; y al derrumbarse, rechina
la butaca y cruje el pavimento; el sombrero que se arranca de la
cabeza, no le coloca, le estrella en el sofá; y al cruzar sus piernas,
parece que trata de romper la una contra la otra.

--¿Recibiste mi carta?--le pregunta Solita, sin levantar la cabeza, con
voz lánguida, muy lánguida, después que observa que el recién venido,
aunque bufa mucho, no rompe á hablar.

--¡Sí!--responde Gedeón con un bramido huracanado.--Recibí tu carta...
¡y algo más que tu carta!

--Me atreví á escribirte porque hace tres semanas que no te veo; y el
caso era urgente.

Después de decir esto con la misma voz lánguida y apagada, llévase una
mano á la garganta, como si se le atravesara allí algo que le produjera
bascas; mira á Gedeón con ojos tiernos, y reclina todo su busto en el
respaldo de la butaca.

--¿Conque es urgente el caso?--exclama Gedeón con la sorna de un mastín
cuando enseña los dientes.--Y ¿cuál es el caso?

--Uno de ellos, el que yo me temía, Gedeón. Anteanoche, saliendo á
tomar el aire, porque _ahora_ necesito tomar el aire muy á menudo, me
encontré con... mi padre.

--¡Adelante!

--Me extraña la poca sorpresa que te causa la noticia...

--¡Adelante!

--¡Jesús., qué suave te vas volviendo!

--¡Adelante, Solita! ¡Adelante, y déjame á mí en paz!

--Como tú quieras... Híceme la desconocida cuando me llamó por mi
nombre, y hasta quise desorientarle metiéndome por las calles más
extraviadas; pero debió de seguirme los pasos, porque cuando me creía
libre de él en mi casa, comenzó á llamar á la puerta, y con tanta
furia al ver que no le respondían, que los vecinos salieron asustados
á la escalera. Entonces, por evitar un escándalo, abrí. Entró; y como
no le podía decir que estaba yo sirviendo en esta casa, pues desde
mi vestido hasta la soledad que reina en ella le probaban todo lo
contrario, ocurrióseme decir que me había casado en Puerto Rico, pero
en secreto, y que había venido á España en el último vapor á esperar
á mi marido, que llegaría tan pronto como las cosas le permitieran
publicar el casamiento... ¡qué sé yo lo que inventé por el estilo! y á
mayor abundamiento, le dí cuanto dinero podía darle en aquel instante.
Parecióle bien la dádiva, pero no la historia; y prometiéndome
enterarse de ella más á fondo y hacerme otras visitas, se marchó. No he
vuelto á verle, y esto quería decirte para tu gobierno.

--¿Has concluído?--pregúntala Gedeón, enronquecido por la ira y el
despecho.

--No tengo más que decirte sobre este asunto,--responde Solita, cada
vez más lánguida y sentimental.

--Pues bien--exclama el otro como estallan los pellejos muy inflados,
á poco que se los apriete,--yo, en cambio, tengo que contarte á tí que
el zapatero inmundo, que el remendón miserable, que el sinvergüenza
de tu padre, ha estado en mi casa... ¡y ha querido abrazarme! ¡y
me ha llamado hijo suyo!... ¿lo oyes bien? ¡hijo suyo!... ¡y me ha
tuteado!... ¡y he tenido también que darle dinero para taparle la boca,
ya que no podía taparle el resuello con pólvora y solimán!

--¡Mi padre en tu casa! Pero, ¿quién le guió allá?--dijo Solita dejando
los dengues y dando á su voz y á su fisonomía tal aire de sinceridad,
que el mismo Gedeón no se atreve á dudar de ella.

--Por lo visto, la víbora de doña Ambrosia, á quien el condenado fué,
con infeliz ocurrencia para mí, á pedir _antecedentes_ del caso.
¡Figúrate si se habrá regodeado la pícara buscándonos las huellas!

--¡Pero es una infamia eso!

--Será lo que tú quieras... De cualquier modo, hay que tomar sobre ello
una resolución heróica. ¡Yo no puedo quedar ligado á la ignominia de
ese hombre!...

--Ciérrale la puerta... hazte el desconocido.

--Me he hecho el desconocido y le he cerrado la puerta; pero volverá á
llamar á ella, y me perseguirá, y será mi sombra de día y mi pesadilla
de noche. ¡Qué horror!

--¡No es para tanto, hombre! ¡En qué poca agua te ahogas!

--¡Poca... cuando me cubre con más de un palmo, no el agua, sino la
pringue de la zapatería!

--¡Y vuelta al zapatero! Pues, qué caramba, ya sabías que lo era cuando
te acercaste á su hija.

--¡Sólo falta ya que tú le defiendas!

--No le defiendo; pero al cabo es mi padre...

--Es decir, que siendo yo el descalabrado, tratas de ponerte tú la
venda.

--Yo trato de poner las cosas en su punto, y nada más.

--Pues precisamente vengo yo á eso: á poner las cosas en su punto, y á
ponerlas en seguida.

--Pues tú dirás...

--Antes tienes tú que decirme, por si también es de las partidas que
deben figurar en la liquidación, cuál es el otro caso grave de que
tienes que hablarme.

Aquí languidece de nuevo Solita; y como si de pronto olvidara todos los
puntillos que tiene pendientes con Gedeón, mírale con los ojos casi en
blanco; sonríele medio ruborosa, y exclama, á vueltas de algunos toques
de mímica sentimental:

--¡Ay, Gedeón! ¡qué ocasión más providencial para dar al olvido
resentimientos de vicio y quejas de tres al cuarto!

--Pues qué, ¿nos ha tocado la lotería?

--¡Sí, amado Gedeón; y el premio gordo!...

--¿Quieres hacer el favor de no bromearte, Solita, y acabar pronto de
responderme?

--¿Tan de prisa estás?

--¡Muy de prisa!

--¡Ingrato!

--¡Solita!... déjame de sensiblerías ridículas, y piensa que es de muy
distinto género lo que tienes que oir, después que me respondas á lo
que te he preguntado.

--No temo la amenaza, Gedeón; porque después que yo te diga dos
palabras, trocaránse en mieles tus amarguras, y en mansedumbre tus
furores.

--Ya tardas en decírmelas; pero dímelas en crudo y sin esos jarabes que
me empalagan.

--Voy á decírtelas, ¡ingrato!... pero al oído: quiero que ni el aire se
entere de ellas antes que tu corazón.

Dicho esto, se levanta Solita hecha un caramelo, pero un caramelo
blando que se cimbrea y se escurre; acércase á Gedeón, enlázale con sus
brazos, arrima á su oído la boca, y permanece así dos segundos.

De repente da Gedeón un salto y lanza un rugido espantoso; y al caer en
el suelo, después de haber tenido cerca del techo la cabeza, oprímesela
con las manos crispadas, y comienza á exclamar con voz rabiosa:

--¡Ábrete, tierra, y trágame... una vez!... ¡dos veces!... ¡diez
veces!... ¡mil veces!... ¡y vuelve á escupirme á la luz!... ¡y vuelve
á tragarme!... ¡por sandio!... ¡por estúpido!... ¡por ridículo!... ¡Yo
debí preverlo!... ¡y no lo he previsto!... ¡yo debí... no haber nacido,
para no verme en estos trances afrentosos!

Y esto dicho, y algo más que no copio, y mientras Solita lo oye con la
boca abierta después de haber estado á pique de caer de espaldas al
saltar de la butaca Gedeón, toma éste el sombrero; hunde en él casi
toda la cabeza, y sale, ó más bien, huye de la casa como si llevara un
incendio debajo de la levita.

[Ilustración]



[Ilustración]

XXIII

EL TERCER INCIDENTE


Cuando baja la escalera, parece un peñón que se desgaja y rueda al
abismo: tal salta de tres en tres los peldaños; y aquí tropieza, y
allí vacila, y más allá resbala; y á sus golpes crujen los tablones y
tiembla la balaustrada.

Así llega al portal; y, sin pisarle más que una vez, quiere avanzar
hasta la acera; y para conseguirlo, ha sacado ya la pierna fuera del
batiente; pero otro hombre va á meter la suya al mismo tiempo y por el
mismo lado de la puerta, de modo que el que entra y el que sale chocan
como dos carneros; y con tal ímpetu, que el uno retrocede hasta la
escalera, y el otro hasta el medio de la calle.

--¡Bruto!--ruge el de adentro.

--¡Animal!--exclama el de afuera.

Y cada uno se tapa y oprime la cara con las manos para mitigar un poco
el dolor del testerazo que le ha correspondido.

El primero que se descubre es Gedeón, que, al fijar su vista en el de
la calle, todavía tanteándose cabizbajo los chichones, conoce en él á
su amigo Herodes.

--¡Conque eras tú!--exclama admirado.

--¡Gedeón!--responde Herodes al oir la voz de su camarada, mirándole
á hurtadillas y con señales de sobresalto, á causa, sin duda, de la
impresión que hace la luz en sus ojos, aún doloridos por el golpe.--¿De
dónde diablos bajabas tan de prisa?

--¡De arriba!--contesta Gedeón, palpándose la frente.--Y á tí, ¿qué
demonios se te pierde en esta casa? ¿Qué casualidad nos reúne aquí?

--Iba á subir.

--¡Ya! pero ¿á qué?

--Á... hacer una visita.

--¡Visitas tú, y en una casa tan extraviada!

--¿No las haces tú también en ella?

--Es verdad, hombre.

--¡Menudo coscorrón me has dado!

--¡No le recibí yo más flojo!... Ya habrás notado, por el que te dí,
que voy algo de prisa.

--En efecto.

--Pues excúsame de cumplimientos; alíviate, y adiós.

--Lo mismo digo. Hasta la vista.

Y Gedeón echa calle abajo, como alma que lleva el diablo, y acaso no
sea exagerada la comparación.

Herodes, después de permanecer unos instantes en el portal, saca con
cautela su cabeza fuera de la puerta, y sigue con la vista al que se
aleja: y ¡extraña curiosidad! cuando éste ha doblado la esquina, llega
hasta ella el otro, y con las mismas precauciones de antes, mírale
desde allí cómo se interna en otra callejuela; y ¡capricho más pueril
todavía! se va tras él, como si quisiera contarle los pasos. Así le
escolta hasta verle salir del barrio, y sólo entonces se resuelve á
volver atrás. Llega de nuevo al portal de Solita; y como si ya no se
acordara del testerazo, arréglase un poco la corbata y echa escalera
arriba con aire tranquilo y reposado.

Entre tanto, Gedeón llega también á su casa; se encierra en su gabinete
y comienza á dar vueltas en él, como tigre en jaula.

Su cabeza es un volcán en que hierven, y se oprimen, y se mezclan y se
revuelven las ideas; ideas que le escaldan y le confunden el cerebro;
porque, á la vez que lava abrasadora, son marea que avanza y retrocede,
y muge y aporrea.

Lo que Solita ha confiado á su oído no son palabras, es una cadena
de presidiario que le amarra á él, por toda la vida, á la hija del
remendón... Ya no es libre; ya no puede tener ni la esperanza de serlo,
como la tenía pocas horas antes, cuando iba resuelto á liquidar las
cuentas de sus debilidades con Solita. ¡Qué adelantaría ya con realizar
estos propósitos... si le quedaba _lo otro_ por liquidar? Y _lo otro_
es todo lo más abominable que puede proceder de Solita, y además,
Solita entera y verdadera, y además, el zapatero con más hondas raíces
á la puerta de su casa, amenazándole con sus harapos y su parentesco.
Y de esto puede alejarse, pero no desprenderse; porque ¿adónde irá
que no lo vea, ó que no lo oiga, á lo menos? Y verlo ú oirlo, ¿no es
estar ligado á ello? Será la cadena más ó menos larga; pero siempre
será cadena, á cuyo extremo estará amarrado él, girando, como bestia en
hipódromo, alrededor de un centro de mamarrachos y de ignominias.

Cuando éstas y otras y otras ideas, no más risueñas ni sosegadas,
han batido con furia todos los rincones de su cráneo; después que
de aquella tempestad bravía sólo queda la espuma de sus amarguras
sobrenadando, señal de que las ideas han vuelto á su nivel
acostumbrado, la razón comienza á ver alguna claridad por las rendijas
de la bruma que se rasga y va desapareciendo en jirones por el
horizonte. Entonces, y sólo entonces, advierte que en el encuentro que
tuvo con Herodes puede haber de curioso algo más que el mutuo coscorrón
que ambos se dieron. ¿Qué buscaba allí aquel hombre, precisamente
á la hora en que Gedeón nunca había entrado en aquella casa hasta
ese día? ¿Y qué buscaba en un barrio tan extraviado, y en una casa
cuyos vecinos todos, según confesión de Solita, la miran á ella con
menosprecio, señal evidente de que todos son honrados? Y siendo todos
honrados, ¿cómo puede tratarse con ninguno de ellos un hombre que no
comunica con la humanidad más que por el lado de las mujeres que sean
livianas y corrompidas? ¿Y en qué mujer de las de aquella vecindad se
pueden sospechar, con algún fundamento, conexiones con el impudente
solterón?... ¡Será posible que el hombre que más esfuerzos ha hecho
para separarle á él de la buena senda, se atreva á tanto?... Y ¿por
qué no? Quien se burla de los afectos más puros y de los sentimientos
más honrados, ¿por qué no ha de burlarse de un camarada de vicios
y liviandades?... Pero aunque él llegara á intentarlo, Solita le
rechazaría... Y ¿por qué ha de rechazarle Solita? Si la mujer propia,
si la mujer unida á un hombre ante los altares de Dios, según las
doctrinas del mismo Gedeón, falta á sus juramentos, y quebranta sus
deberes, y mancilla el honor de su marido, ¿por qué no ha de sucumbir
la obra de las tinieblas y del vicio? Quien ha sucumbido á las ofertas
de un amante, ¿por qué ha de resistirse á las dádivas de otro? ¿Qué
más da Gedeón que cualquiera de sus amigos? Además, Solita se queja,
no sin fundamento, de que Gedeón la tiene medio abandonada; pues así
como él busca lejos de ella remedio para el hastío que le mata, lejos
de él buscará ella el consuelo para la soledad en que vive. Cierto
es que Solita debe á Gedeón lo que le cuesta, en dinero, su vida de
«señora de su casa;» pero ¿no le debe nada Gedeón á Solita? ¿Nada
valen en el mercado del mundo la honra y la libertad de una mujer,
única hacienda que Solita poseía y ha sacrificado á Gedeón? Por este
lado pagados están ambos también. ¡Pero por _el otro_!... ¡Vamos, eso
sería inicuo!... ¡En semejantes circunstancias!... ¡Hacerle á él cargar
con!... ¡Horror, mil veces!...

Pero, después de todo, ¿qué ha sucedido para tales imaginaciones?...
Nada, ó poco menos: un encuentro de dos hombres en el portal de una
casa. ¿No se ve esto cada día y en cada calle?...

Mas aunque se vea y nada grave haya que temer con fundamento, ¿no
es bastante lo que ya está sucediendo? ¿No es hasta demasiado que
él, un hombre como él, libre como él, emancipado como él de todas
las «miserias del hogar,» de todas las «inmundicias del matrimonio,»
esté en aquel instante... celoso... ¡sí, señor, celoso!... y por una
fregatriz, hija de un remendón borracho y sin vergüenza; por una mujer
á quien no ama y de cuya compañía huye delante de la gente, como se
huye de lo que mancha y desdora?

¡Oh, qué razón tenía el médico! No basta romper los lazos de la familia
para verse un hombre exento de los pesares que teme en ella, y de otros
muchos más.

Y así batallando, quiere volver á casa de Solita por si aún está en
ella el inicuo amigo; pero luégo reflexiona que no será éste tan necio
que habiéndole hallado á él en el portal, permanezca al lado de la
infame tan largo rato.

Después torna á encontrar descabellados sus recelos, y se tranquiliza
encomendando al tiempo y á una prudente vigilancia la solución de sus
dudas...

--Porque ¡tendría que ver--concluye,--que un hombre como yo diera una
campanada de esas, y la diera en falso!

[Ilustración]



[Ilustración]

XXIV

LO QUE ERA DE ESPERAR


En esto se despierta Adonis, que dormía en su rincón acostumbrado, y
comienza á husmear el aire y á exhalar gruñidos, y á revolverse sobre
el colchón, como si le amenazara una invasión de pulgas.

Un momento después aparece á la puerta del gabinete Regla con el manto
sobre los hombros, recién destocada su cabeza, y detrás de Regla,
Merto, asido de las faldas de su madre y tapándose con ellas. Al
sentirle Adonis tan cerca, deja de gruñir y comienza á entonar una
salmodia entre lúgubre y desesperada.

Gedeón, con la frente entre las manos y los codos sobre la mesa, ni
advierte la presencia de los recién llegados, ni la inquietud del perro.

Regla avanza dos pasos más; Merto la sigue, y Adonis, al verse á
tres varas de su odiado enemigo, concluye la salmodia con un trino
convulsivo, y de un salto se coloca junto á su amo.

Entonces se fija éste en lo que sucede.

--¿Qué hay?--pregunta á Regla, alzando la cabeza.

--Pues hay, señorito--contesta Regla, torciendo y estirando entre los
dedos un pico de su manto,--que he ido á buscarle y que... aquí está.

--¿Quién?

--Merto.

--¡Merto?

Al oir este nombre execrado, vuelve á trinar Adonis, pero muy recio.

--¡Calla, condenado animal!--exclama Gedeón con gesto avinagrado y
largando un castañetazo al ratonero.

--¡Guaaayyy!--late el infeliz. Y se esconde debajo de la butaca de su
amo, como si ya tuviera encima los varazos que huele en lo porvenir.

Á Merto se le hinca en el alma aquel ladrido. ¡Cuántos como él y del
mismo gaznate escuchó insensible el día de la batalla, mientras caían
en pedazos, de muebles y paredes, los más preciados adornos de aquel
recinto! Este recuerdo le hace temblar; pero no le impide lanzar una
mirada con el ojo más bizco, y bien cubierto de las de su amo con el
vestido de su madre, á cuanto le rodea. Parécele, en número, menos de
lo que él vió allí mismo en el funesto día; pero no halla escombros ni
derrengaduras al alcance de su ojo, y esto le tranquiliza bastante.

¡Y el reló?... ¿Estará descubierto y perdonado este delito, ó podrán
pedirle cuentas de él el día menos pensado?

Mientras en esto se entretiene el chico, su madre, respondiendo á
Gedeón, dice:

--Merto, sí, señor. Yo no pensaba traerle todavía; pero de pronto
cavilé que podía usted tomar á mal el empeño mío en castigarle más...
¡Como usted le tiene tan grande en que le perdone!

--¡Yo!--exclama Gedeón, cual si en su vida se hubiera acordado de
semejante criatura.

--Me parece...

--Tienes razón... Estaba distraído... ¿Y dices que vas á traerle?

--Le he traído ya.

--¡Hola!... ¿De modo que ya está en casa?

--Eso he querido decir á usted.

--Ya me hago cargo... Pues nada, si está en casa ¿qué le hemos de
hacer?... Prevenle que á la menor diablura que cometa le rompo la
crisma, como Dios está en los cielos... y nada más.

--¿Lo oyes?--dice Regla, volviendo su cara ceñuda atrás, y poniendo á
su hijo enfrente de Gedeón.

Merto aparece tiritando, con una mano en el bolsillo correspondiente de
sus bombachos recosidos, y con la otra hundida en la boca hasta cerca
de las fauces.

--¡Conque estabas tan cerca?--dícele Gedeón con sequedad al
verle.--Pues me alegro: así excuso repetirte lo que le he dicho á tu
madre.

--Se escondía--replica ésta,--porque está muy avergonzado de lo que ha
hecho...

Y en vano espera que Gedeón se manifieste complacido de ver á Merto
á su lado, con el cual propósito tantas instancias le ha hecho hasta
aquel día. Ni una palabra, ni un gesto de halago tiene para el rapaz
que antes le dominaba y entretenía. Más bien parece contrariado con su
vuelta. Al ver tanta frialdad en su amo,

--¡Largo de aquí!--dice con desgarro, dirigiéndose á Merto y dándole un
empellón hacia la puerta, como pudiera dársele á quien tiene la culpa
de aquel cambio tan súbito en el corazón de su amo y en el porvenir de
su hijo.

Y empujando á éste sin cesar, sale del gabinete, donde queda Gedeón
revolviendo con los dedos el poco pelo de su cabeza, y Adonis
refunfuñando, aunque no tan afligido como á la llegada de Merto.

--¡Habrá destino más perro que el mío?--exclama de repente Gedeón,
levantándose y dando un furibundo puñetazo sobre la mesa.--¿No es una
burla de la suerte obligar á un hombre á recoger en su casa los hijos
ajenos, cuando está pensando si echará... los propios á la Inclusa?
¡Esto es insufrible, y además infame, y además ridículo!

Y no cabiéndole en casa la desazón, toma el sombrero, y sale de ella
vomitando maldiciones.

Al llegar al portal, le dice la portera que ha vuelto el remendón y que
ha costado un triunfo impedirle que suba.

--¡Haberle roto el bautismo!--ruge Gedeón marchando hacia la calle.

Mas apenas la ha pisado, retrocede como si se le hubiera puesto
delante un toro de Colmenar. Es que ha visto, en el hueco de la
puerta inmediata á la suya, muy tranquilamente recostado, al execrado
zapatero. ¿Por dónde tomará la calle que el andrajoso no le vea y no le
siga? Apuradamente, con las zancadas que dió por la mañana, se le ha
resentido la rodilla y no puede correr.

Vuélvese á casa renegando de la hora en que el diablo le hizo conocer á
Solita, y de nuevo se encierra en su cuarto.

Pero los pensamientos abrumadores le asaltan en la soledad y en el
silencio; y no pudiendo buscar la distracción en la calle ni resistir
el asalto de aquel enemigo formidable que ya le va escalando las
murallas del cerebro, pide la comida aunque no son las cuatro de la
tarde. Sírvesela Regla; pero mal sazonada, no por falta de tiempo,
sino de cuidado. Lo cocido es engrudo; lo frito, carbón; frío y amargo
lo que debiera ser caliente y dulce. Desde que está Regla en casa no
ha sucedido otro tanto. Mírala á la cara, y observa que está como la
comida. La dulzura de sus ojos se ha trocado en acíbar, y la suavidad
de su sonrisa en aspereza y rigor.

Gedeón empieza á pensar en los motivos que podrá tener su criada para
estar así y portarse como se porta. ¡No le faltaba ya más desdicha que
perder el relativo bienestar que Regla le proporciona en su casa!

Esto le lleva á pensar en el zapatero, causa de la dureza con que él la
trató al despedirle; del zapatero va con sus pensamientos á su hija; de
ésta, á _lo otro_; de _lo otro_, á Herodes; de Herodes, á él; de él,
á lo de más allá; y de esto, otra vez á Herodes; y si será, y si no
será, zúmbale de nuevo la mollera, asáltanle las sospechas con todo el
aparato de la verdad; antójasele que tal vez en aquel instante pudiera
él, por lo mismo que es hora en que no se le espera, caer como una
bomba entre Venus y Marte, ya que no tiene la red de Vulcano; y con
esta preocupación, atragántase por acabar primero; tarda, por lo mismo,
algo más que si comiera despacio, y resuelto á ahogar al zapatero, si
se halla con él á la puerta todavía, lánzase á la calle.

Felizmente no está en ella el remendón.

¡Hala! ¡hala! renqueando y como su reumatismo se lo permite, llega, por
calles excusadas, á casa de Solita, y casi se arrepiente de su empresa
al meter el llavín en la cerradura de la puerta. Pero su alucinación
puede más que el horror que le causa la idea de tener que hablar
con Solita de lo _otro_, y hasta la del riesgo que corre de dar una
campanada en falso, temor que ya le ha hecho refrenar sus ímpetus pocas
horas há; y entra.

Toma por asalto el gabinete, por la puerta de escape, y nadie en él; en
la sala, tampoco; en el comedor, la misma soledad. Entonces, acometido
de las más estrafalarias aprensiones, llama con voz de trueno, y
aparece Solita con una jícara en la mano.

--¿Dónde estabas?--la pregunta azorado.

--Sacando los garbanzos para mañana,--responde Solita muy serena.

--¿Á ver?--añade Gedeón, como si dudara, avanzando hasta la despensa.

Allí está la criada con un plato en la mano, arrimada á un cajón
abierto y á medio llenar de aquella patriarcal legumbre.

Y como si todavía no estuviera tranquilo, mira detrás de la puerta,
y da un vistazo á la cocina, y hasta mete la cabeza en el inmediato
departamento.

--Pero ¿qué diablos buscas?--le pregunta Solita, que va siguiendo todos
sus pasos.

--Busco--responde el preguntado, algo arrepentido ya,--la... petaca que
se me perdió esta mañana.

--¿En la despensa?... ¿y en la cocina?... ¿y en?...

--¡En el infierno!

Y sin decir más, vuélvese á la calle, dejando á Solita en la duda de si
aquello es la continuación del arrebato que le dió horas antes, ó el
efecto de alguna sospecha que se le ha metido entre los cascos.

De todas maneras, no le parece mal síntoma el que haya vuelto y se haya
conformado con tan poco ruido. Los relámpagos de la mañana prometían
mucho más.

[Ilustración]



[Ilustración]

XXV

EL ALMA DE JUDAS


¡Al fin, dí la campanada!--exclama en la calle.--Fortuna que Solita no
me ha visto desde el otro estampido, y acaso crea que aún está ardiendo
la pólvora... Pero si no está arriba el infame, puede que ronde por las
inmediaciones. Rondemos también: al cabo, tanto me da pasear por estas
calles como por las de mi barrio.

Y pónese á recorrerlas una tras otra, haciendo de vez en cuando salidas
rápidas á la confluencia de las principales, donde está la casa de
Solita, como si intentara jugar la vuelta á algún descuidado.

Así se le va pasando la fiebre poco á poco. En cuanto se ve libre de
ella se arrepiente de lo que ha hecho y se avergüenza de lo que está
haciendo.

--Esto es--dice para sí,--ni más ni menos que una explosión de
celos, pero celos de marido, y de marido grotesco... Y ¿á tal
extremo has venido á parar, Gedeón, después de tantas precauciones y
miramientos!... Y es lo más curioso que cuanto menos me fío de Solita,
más amarrado me siento á ella; no porque sus gracias pasadas hayan
renacido para seducirme, ni porque me seduzca tal cual está, sino
porque ahora quisiera yo verla esclava hasta de mis pensamientos. Así
no me costaría trabajo desprenderme de ella, ni viéndola _después_ loca
por otro, me apuraría... De todo lo cual deduzco yo que cuanto se dice
de la pasión de los celos queda reducido á una simple cuestión de amor
propio. No nos duele la _pérdida_ de la mujer poseída; nos duele que se
vaya con otro; es decir, que se le haya preferido á nosotros, en señal
de que valemos menos que él. ¡Estas sí que son verdaderas miserias,
no de la vida conyugal, sino de toda clase de vidas, incluso la muy
arrastrada que yo traigo!

Y así pensando, toma el rumbo de su casa á paso no muy largo, porque la
rodilla le va doliendo cada vez más.

Al atravesar una bocacalle siente en las narices un huracán de
aguardiente, y casi está á punto de sucederle con un transeunte lo que
por la mañana con Herodes en el portal de Solita.

El transeunte es el sempiterno tío Judas.

Gedeón se estremece al conocerle.

--¡Hijo de mis entrañas!--exclama el zapatero al encontrarse con él.

--¡Mal rayo te parta!--contesta el otro.

--Iba á ver á tu oculta esposa, y cátate que doy, digásmolo así, de
bóbilis bóbilis, con su marido... ¿Adónde vas, cachorrote?...

--¡Al infierno, remendón infame!

Y tras esto, Gedeón trata de apretar el paso; pero, como si estuviera
de acuerdo con el zapatero, su pierna se niega obstinadamente á
complacerle.

El zapatero se le pone al costado.

Gedeón diera la mitad de su vida porque en la calle no hubiera más
gente que ellos dos, ó el sol alumbrara ya á los antípodas. En
cualquiera de estos casos, cogería al remendón por las barbas, le
metería en un portal, y allí le molería los huesos á bastonazos; pero
aún es de día, y el tránsito, lejos de disminuir, va aumentando, porque
la gente de la ciudad tiene del murciélago y la lechuza la propiedad
de revolotear de noche y arrimarse mucho á la luz de los reverberos.
No hay modo de apalear al pegajoso artista sin armar un escándalo, con
gravísimo riesgo para el apaleador.

El zapatero, como si oliera estas dificultades ó las leyera en la cara
de su _pariente_, que reluce de ira, muéstrase muy ufano y risotón, y
continúa diciéndole:

--Aporté segunda vez á tu casa, mi muy amado hijo político, porque dos
razones me lo aconsejaron. Primera y finalmente, que no me quisieron
pasar una moneda de las que me dió tu esplendoroso corazón. No pensé
pedirte otra mejor, porque no soy de esos mozambiques sin educación de
principios, digásmolo así; pero justo es que el hombre sepa ¿eh? lo que
vale aquello con que buenamente agasaja á otro... digo, me parece á
mí... Segunda y en principalidad... ¿Sudas, mi tierno hijo?... Daréte
ventilación... ¿Quieres descanso? Párate con toda confianza: yo no
llevo prisa...

Y suda en efecto, Gedeón, y hasta le duelen callos que jamás ha tenido.
Aquel hombre le asfixia. Malo si le responde, peor si le contradice...
malo también si calla; huir, no le es dado; buscar travesías y
callejones por más solitarios, es prolongar el camino, y él no puede
andar mucho. Tiene que optar por el que sigue, que es el más recto;
pero, en cambio, el más concurrido. ¿Qué dirá la gente si él se enfada
y denuesta al zapatero, y éste insiste en publicar el parentesco?
Muchos habrá que no lo crean; pero ¡cuántos lo creerán! De todas
maneras, es un escándalo en medio de la calle. ¡Qué horror! No hay otro
remedio que oir, devorando la ira; callar, y, poco á poco, acercarse á
casa; y allí ¡oh! allí hacer jigote al infame zapatero; embutirle en la
pared á mojicones, y arrancarle las barbas y freirle en aceite.

Así medita Gedeón, y calla y anda, mientras el padre de Solita,
contoneándose mucho á su lado, prosigue diciendo:

--Segundamente, fui á tu casa porque en la primera barrunté que no te
dejaba muy contrito del parentesco. Dudabas, ¿no es cierto, amado hijo?
Es natural, hombre; el sabio dudó seis veces, ¡qué diablo!... Pues en
contingencia de esta reflexión, iba yo á manipularte el caso, digásmolo
así, hasta que cayeras en mis brazos amorosos, para llegar á ser lo que
debemos: el uno para el otro... y en una sola mesa y sin «lo tuyo» ni
«lo mío,» como los pajaritos del aire. ¡Qué vida, Gedeón! ¡Qué vida la
que nos esperaba!

En esto, acierta á pasar un camarada del zapatero.

--¡Adiós!--le dice éste á gritos.--Dispensa que no te acompañe... voy
con mi hijo político.

El aludido jurara, cuando tal oye, que le meten un espadín por el
estómago.

Algunos transeuntes le miran, y el desvergonzado continúa:

--Tú y Solita, los emperadores de aquellas ínfulas; yo, el rey
consorte; quiero decir, el padre putativo que os dió el sér... Pero
dime algo, hijo adorado; muéstrame tu hermosa voz, aunque sea en una
desvergüenza...

Gedeón carraspea y quiere silbar y reirse, y hasta que le trague
la tierra; y anda calle adelante, volviendo la cara á todas partes
y tanteando actitudes que mejor expresen su intención de decir al
público:--«Nada de esto va conmigo; es un borracho que se me ha pegado,
como pudo pegarse á ustedes.»

Pero el tal no se despega, y sigue apostrofándole, ora tierno, ora
vehemente, ora chancero, y alzando la voz á medida que el silencio del
atribulado se prolonga.

En un sitio en que la calle está libre de transeuntes, Gedeón se atreve
á decir á media voz al zapatero:

--¡He de verte las entrañas, miserable!

--¡Echa aunque sea las hieles, hijo del alma; échalas, con tal que
te desahogues en tu desgraciado padre! ¡Angel de Dios, y cómo te
consolarán esas desaguaduras!

Luégo, cambiando de tono, y entre compungido é iracundo, añade á gritos:

--¡Éstos son los hijos políticos de las clases más opíparas de la
sociedad! Deles usted la hija de sus entrañas; y porque usted es
artista menesteroso y desgraciado, ya no le conocen; y le niegan
tres veces, como Sansón negó á Pedro; y le cierran la puerta; y sus
indomésticos le menosprecian... ¡Esto es astringente y deshumano!

Gedeón suda escarchas y respira cohetes. La gente le mira ya, y no
faltan curiosos que se detienen para oir al zapatero. El infeliz
perseguido no sabe qué partido adoptar, privado como se halla del
único recurso que podía, si no salvarle, abreviar su martirio: las
piernas para correr. En aquel angustioso trance y mientras camina con
la velocidad mayor que le es permitido, quisiera ser guardia civil ó
polizonte, para meter en la cárcel al escandaloso; mejor que esto,
rayo que le tendiera sin vida; y mucho mejor, huracán que le barriera
de allí sin dejar ni siquiera huellas del inicuo. Pero no es guardia
civil, ni rayo, ni huracán; es un desdichado que arrastra una cadena y
sufre azotes y bofetadas: aquello es una agonía sin el descanso de la
muerte.

Meteríase en un portal y hasta llamaría á la puerta de un vecino; pero
el perseguidor iría detrás y llamaría también, y el escándalo de la
calle se repetiría en las escaleras. ¡No tiene más recursos que llegar
á la suya cuanto antes, si es que la explosión de su paciencia no le
mata en el camino!

En tanto, continúa vociferando el otro:

--¿Qué ves en tu padre que te avergüence, don fanfarrias? ¿Qué afrentas
te hizo? ¿qué reales te pidió? ¿qué casa te ha quemado?... Artista soy,
sí, y á soflama y requilorio debieras tenerlo tú... ¡Pero soy insánime
de dinero, y eso te abichorna, similón pomposo!... Pues al tomar la
hija de mi corazón en consorcio oculto, ya lo sabías, ¡tunante!

Á esto, no sólo se detiene la gente y mira, sino que frunce el
entrecejo encarándose con Gedeón. Para que un andrajoso se atreva en
público con un señor de levita, motivos gordos debe de tener para ello.
Esto se lee en aquellas caras; y con esa lógica se han barrido las
calles con más de cuatro inocentes.

Gedeón no teme que las barran con su cogote, pero padece más que si tal
sucediera.

Arrastrando sus piernas, como se arrastran soñando que nos persigue un
toro, llega á columbrar su casa; pero aún le falta medir, paso á paso,
aquel sendero, adoquinado y reluciente para otros, para él espinoso y
áspero, y sobre el cual hormiguea la gente, que le conocerá de vista,
porque es la gente de su barrio.

Cierra los ojos y avanza en él cuanto le permiten sus dolores y su
desesperación.

El zapatero no calla, y la gente sigue mirándole. Parécele que son
verdes y amarillas y tornasoladas las caras de los transeuntes; que
las piedras echan chispas bajo sus pies, y que le ha invadido las
manos y el rostro un hormiguero que ya le asalta la boca, los oídos y
las narices. Tose, estornuda, se limpia el sudor con el pañuelo y da
fuertes golpes en la acera con el bastón, creyendo que así se oirán
menos los apostrofes y bufonadas del zapatero; pero sólo consigue poner
más en evidencia sus angustias.

Algunos de los que pasan se ríen de ellas; no faltan pilluelos que se
arriman al insolente y le aplauden para que diga más, y silban cuando
lo ha dicho. La indignación y la vergüenza, comprimidas hasta allí
por un heroico esfuerzo de la voluntad, van á estallar y á matarle;
las piernas se niegan á arrastrar aquel cuerpo tan derrengado por las
angustias del espíritu. No importa: preferible le parece morir de un
estampido, á vivir un instante más en semejante tortura.

Felizmente, el zapatero va quedándose rezagado á medida que Gedeón se
aproxima á su casa. Esto le envalentona un poco; y cuando al fin llega
al portal; cuando ya puede soltar todas las válvulas de sus pulmones
y todos los frenos de su lengua, sus nervios le parecen cables, y sus
manos, tenazas. Se siente capaz de convertir entre ellas en jigote al
mismo exterminador de los filisteos.

Desde el umbral de la puerta mira calle arriba, y ve al zapatero
detenido en ella y rodeado de granujas y holgazanes.

--¡Vamos, hombre!--le vocea trémulo y como si tratara de animarle con
una sonrisa que más parece gesto de agonizante,--¿por qué te quedas
ahí?... Ven acá... acércate y hablaremos.

--_¡Nequanquis!_--responde el zapatero, haciendo un ademán picaresco,
señal de que huele la madera desde allí.

--¡Con franqueza!

--Ya lo supongo, hijo mío... para eso soy tu padre; pero otro día
será... ¡Hemos de codearnos tantas veces en la calle!... Se conoce que
te gustó la platicación.

--¡Mucho!

--Pues la repetiremos, amado hijo, la repetiremos; que yo soy muy
agradecido... ¡Conque hasta la primera, hermosote!

--¡Hasta un rayo que te parta, inmundo zapatero!... ¡borracho
infame!... ¡holgazán inicuo!... ¡ladrón!

Y dicho esto, blandiendo el bastón y echando espumarajos por la boca,
vuélvese Gedeón rugiendo al ver que el zapatero se larga calle arriba,
y comienza á subir la escalera con tantas dificultades como deseos de
vencerlas.

Al llegar á la puerta de su habitación, se encuentra con el médico de
marras, que baja. Hace mucho que no se han visto.

--¡Feliz hallazgo!

--¡Calle!... ¡Mi buen Doctor!

--El mismo, amigo mío... Y ¿cómo va con esa vida?

--¡Tan guapamente!

--¡Cuánto lo celebro!... ¿Es decir, que se divierte usted mucho?

--¡Muchísimo, Doctor!... ¡No puede usted imaginárselo!

--Ni lo intento, amigo mío... Basta verle á usted la cara.

--¿Tan risueña la traigo?

--Como unas castañuelas.

--Yo soy así.

--De modo que va usted llenando aquel vacío...

--Hasta los bordes, Doctor.

--Luego no hay que temer vacilaciones ya, ni arrepentimientos...

--¡Eso, jamás!

--¡Bravo, amigo mío!... y adelante con la cruz, que poco debe de pesar
la de usted, según lo ufano que la lleva.

--Mucho que sí.

--Adiós, amigo mío.

--Agur, mi buen Doctor.

Y mientras éste continúa bajando, el otro se mete en casa, donde le
esperan Merto á la puerta y Adonis en el gabinete: el uno mirándole
torcido, y el otro barriendo el suelo con el rabo.

Sin fijarse en el uno ni en el otro, déjase caer en su poltrona; llama
á Regla, que se presenta hosca y desabrida; mándala que le prepare la
cama, unas unturas para la rodilla y una taza de tila; y mientras las
dos últimas órdenes se cumplen, vase desnudando poco á poco.

--¡Y dicen que _el buey suelto bien se lame_!--exclama después que
ha hecho en la mente un brevísimo resumen de sus tribulaciones de
soltero.--¡Lo que se lame son las ronchas de las palizas que le cuesta
su libertad!... ¡El tesón condenado me impedirá decirlo donde me oigan;
pero la verdad es, pese á quien pese, que no me viera en estos trances
ignominiosos y otro gallo me cantara, _si yo me hubiera casado á
tiempo_!

[Ilustración]



ÚLTIMA JORNADA



[Ilustración]

I

SALDO DE CUENTAS ATRASADAS


Por más que de algunos seres privilegiados se diga que por ellos no
pasan los años, los años pasan, sin que haya afeite ni fuerza de
voluntad que alcancen á borrar sus huellas. Ó el cuerpo ó el alma
han de gemir bajo su peso, si es que no gimen á la vez el uno y la
otra. Ocioso es que la materia, oronda y esponjada todavía, aspire á
los solaces de otros tiempos, si el espíritu que ha de estimularla
está seco y abatido; tan ocioso como que éste, retozón y bullanguero,
pretenda los deleites de la juventud si está preso y encogido en un
cuerpo caduco y achacoso.

Fuerte era el de Gedeón, y bien nutrido; holgado estaba y hecho á mimos
y regalos; defendióse contra el tiempo como gato uñas arriba; pero
lloviéronle pesadumbres; abatiósele el espíritu, y cayó vencida su
materia mal cebada, como tronco roído por gusanos.

Aquél á quien vimos hecho una furia, combatido por tantas
contrariedades en un solo día, está diez años después arrastrándose,
más bien que caminando, en el último tramo de la senda que le lleva á
las puertas de la eternidad.

Los achaques le invaden por todas partes; lo que antes fué reúma
tolerable y catarro frecuente, es ya gota declarada y asma legítima;
gasta franelas en las piernas y en el pecho, y zapatones de paño en los
hinchados pies; los cambios atmosféricos le crucifican; por la noche la
tos le roba el sueño; y cada vez que tose parécele que la gota le cose
á puñaladas. Tiene mucha barriga, ancho pescuezo, grandes ojeras, y la
mirada triste, más que triste, angustiosa y desconsolada.

Sale muy poco de casa, y cuando el aire no apaga una cerilla, y no hace
frío ni calor, ni hay humedad en el suelo.

Da, con mucho trabajo, un par de vueltas en el paseo más solitario y
abrigado, ó solamente llega á la tienda de la esquina, donde se sienta
á oir, cuando no á insultar, á media docena de tipos, tertulianos
impertérritos de aquélla.

Ha perdido por completo la poca afabilidad que le distinguía de todos
sus _congéneres_. Ahora es taciturno, irritable, áspero y hasta
grosero en su trato con los demás.

Regla continúa cuidándole; pero desde que adquirió la certeza de que
no es ella sola la que impera en aquel montón de ruínas, falta en
sus cuidados el primor; cumple con su deber, pero no se afana como
antes por anticiparse á los deseos de su amo. Antes existía cierta
inteligencia misteriosa entre ambos, hasta el punto de decirse el
uno:--«Esta mujer nació cortada para servirme;» mientras pensaba la
otra:--«Parece este hombre nacido para mandarme.» Ahora es Gedeón, para
su criada, «un amo como todos,» y Regla, para Gedeón, «una criada como
las demás.»

Ya he dicho cuál es la causa de la tibieza de Regla: el desafecto de
Gedeón data de la pérdida de aquellos bríos bestiales que fueron su
único afán. Lo que es hijo de la carne, con la carne se va, como la luz
con la mecha consumida.

También en el cuerpo de Regla han hecho mella los años transcurridos
desde que no la vemos. Ya no tiene aquella morbidez de formas, ni
aquellos dientes tan blancos y tan completos, ni aquella mirada
insinuante con que la conocimos: dejó de ser _todavía joven_, y ha
entrado en la categoría de _mujer de edad_, aunque de las que templan
la pesadumbre de esta condición con el consuelo de _bien conservada_.

Adonis vive aún en el rincón de siempre; pero debajo de una manta,
encogido, jadeante y con un estertor perenne; el pelo se le cae á
mechones á cada vuelta que se da en la cama; y de aquel rabo ondulante
de profusas crines, sólo queda el núcleo escueto y encorvado, que ni
siquiera responde con un lento balanceo á las muestras de cariño que de
tarde en tarde le consagra Gedeón.

Aquel cuerpo entumecido y espirante, sólo con la presencia de Merto
reviviera, como cadáver galvanizado, aunque quizá para morir más
pronto. Porque Merto precipitó su vejez robándole el sosiego del
espíritu y martirizándole la carne durante lo más florido de la
juventud. Desde que el díscolo muchacho volvió á casa, se acabaron para
el infeliz ratonero los mendrugos sabrosos y los huesos regalados;
despierto de día, necesitábale para vigilar y huir de las asechanzas
del enemigo; durmiendo de noche, todo su sueño era un continuo varazo y
un incesante puntapié.

Es de saberse que á los pocos días de volver Merto al lado de su madre,
comenzó á hacer de las suyas, aunque no en la escala en que las hizo
el día de la gran batalla; pero es indudable que Adonis tenía para
él un atractivo irresistible, pues, contra todos sus propósitos, le
largaba un puntapié donde quiera que se hallaba con él, si su amo no le
veía. Ni los bofetones ni los castigos más duros de su madre bastaban á
detenerle en esos momentos.

Dos años pasó así; dos años durante los cuales martirizó al ratonero,
rompió mucha vajilla y descompuso setenta veces el reló del comedor,
é hizo cincuenta mil fechorías, aparte de las que no pudo su madre
ocultar á su amo.

Viéndole éste incorregible, le metió en un colegio con el doble fin
de verse libre de sus travesuras y de sacar algún partido de él, si
era posible. Entonces volvió Adonis á dormir tranquilo y á vivir
descuidado. Pero ya venía tarde la bonanza, porque la tempestad
había durado mucho. El pobre animal había pasado lo mejor de su vida
sufriendo sus embates, y no había en su cuerpo un solo hueso que no
hubiera servido de yunque á aquel martillo implacable. Vióse cargado
de humores; acometióle una tristeza abrumadora; declaróse enfermo
crónico; metióse en la cama, en la que tiritaba de frío aun en el rigor
del verano, y llegó su desaliento hasta el punto de consentir que los
ratones se revolcaran encima de él impunemente. Entonces dispuso Gedeón
que se le cubriera con una manta, contra el parecer de Regla, que
pretendía tirarle á la calle con la barredura. Lo demás ya lo sabe el
lector.

Merto en el colegio, fué como toro en plaza; vió desde el primer día
un enemigo mortal en cada maestro y en cada vigilante; y comenzando
por mirarlos con recelo, acabó por embestirlos. Á los pocos meses fué
expulsado, no sin haber dejado señales indelebles de su barbarie hasta
en la cara del director, ni sin sacarlas él de las pulgas de maestros y
condiscípulos, en muchos parajes de su cuerpo.

Del colegio pasó á un taller de carpintería; de éste, á una fragua;
de la fragua, á una taberna, y, por último, á la cárcel. Porque ya en
esto era grandullón de diez y siete años, y lo que había empezado en
el colegio por cachetes y arañazos, acabó en la taberna por amagos de
navajadas y por sospechas vehementísimas de robo.

Lo que esto dió que hacer y que meditar y que decir á Gedeón, y al
dinero que le costó, excuso yo referirlo.

Cuando Merto se vió libre, al cabo de muchos meses de reclusión, halló
cerradas todas las puertas, incluso la de su madre; y, por no volverse
á la cárcel, arrimóse al primer perdido que encontró en la calle;
contóle su desamparo, aceptó su consejo, y vendióse por un puñado de
pesetas para soldado de Ultramar.

Por esta razón poderosísima no figura Merto _de cuerpo presente_ en el
inventario que hice más atrás de los personajes de la casa de Gedeón.

En cambio, en el que voy á hacer de los desengaños y las penas de éste
desde que le perdimos de vista en el cuadro anterior, puede figurar
como una de ellas la que se desprende del compendiadísimo relato que
precede de la vida y milagros del implacable enemigo de Adonis.

La sospecha adquirida en su encuentro con Herodes á la puerta de
Solita, continuó atormentándole mucho tiempo; y aunque ningún
testimonio nuevo volvió á robustecerla á sus ojos, el afán de
encontrarlos le llevaba á cada instante á las callejuelas de aquel
barrio, y hacíale ver en cada sombra y en cada bulto al odiado enemigo,
y obligábale á continuar el trato de la hija del remendón, con una
frecuencia tan opuesta á sus propósitos anteriores, como extraña á los
ojos de Solita; siendo de advertir, como prueba de la violencia de
sus celos, que no bastaba á resistirla el horror que le causaban sus
encuentros con el tío Judas, bastante repetidos, en el camino.

Para librarse de ellos sin escándalo, ideó, después del que
presenciamos en el cuadro anterior, de acuerdo con Solita, triplicar la
pensión que hasta allí había dado á su padre, á condición de que éste
no se le presentara jamás delante. Produjo buen resultado el acuerdo
durante algunos meses; pero creciendo las necesidades del zapatero á
medida que aumentaban los recursos, y calculando el sinvergüenza que
más se le daría cuanto mayor fuera su insistencia en perseguir á quien
lo daba, Gedeón volvió á ser asaltado en la calle muchas veces, tantas
como los aumentos que hizo á la pensión. Viendo que ésta subía como la
espuma, y conociendo la intención del zapatero, resolvióse á poner el
caso bajo la protección de las leyes; y el tío Judas fué encerrado en
la cárcel como vago.

Pero salió de ella, y volvió á las andadas, y tornó la justicia á
prenderle; y en este juego pasaron dos años, torturado Gedeón entre sus
celos, que le sacaban de casa, y el temor al zapatero, que le asustaba
en la calle; el odio que sentía hacia Solita, y el amor propio que cada
vez le arrimaba más á ella; el asco que le producía el remendón, y el
dinero que le costaba verse libre de él por algunas semanas; el reúma
y el catarro que iban desarrollándose en sus piernas y en su pecho,
como hiedra en pared vieja, y el zumbar en su cerebro, sin tregua ni
descanso, de aquella tempestad de desencantos y remordimientos, cada
día más deshecha.

En uno de ellos quiso lanzarse á la calle antes que la visitara el
sol, porque durante la noche no había podido conseguir un instante de
reposo. Judas, borracho como un cuero, le había _acompañado_ á casa por
la tarde, y la medida de su sufrimiento se colmó. Acostóse sin cenar,
y la cama le pareció un tormento. La tos le ahogaba, y el recuerdo del
infame descamisado, poniéndole nervioso, se la estimulaba. En cuanto
vió un rayo de luz penetrar por la vidriera del balcón, vistióse y se
lanzó á la calle á respirar el aire libre.

Al extremo de ella había un grupo de cuatro personas que contemplaban
un bulto tendido en el suelo. Acercóse á contemplarle también. Aquel
bulto era el cadáver de Judas. ¡Jamás le pareció la muerte más
justiciera, ni la calle más ancha, ni el aire más puro!

--Es un borracho--le dijo un hombre de los del grupo,--que dormía á la
intemperie la mayor parte del año. Sin duda el frío de la noche le ha
matado.

--Ó la justicia de Dios,--contestó Gedeón disimulando mal su alegría,
continuando su paseo y complaciéndose con pueril afán en irse por los
sitios que más frecuentaba el zapatero cuando le perseguía.

Un año después de este suceso, hallóse con el Doctor en la calle.

--Me alegro mucho de encontrarle á usted--díjole éste--tan á tiempo y
tan á mano. Seis meses hace que no nos vemos.

--En efecto--respondió Gedeón.--¿Y por qué dice usted que me halla muy
á tiempo?

--Porque mañana quizá sea tarde para proponerle á usted lo que voy á
proponerle ahora.

--Pues usted dirá, Doctor.

--Quiero que suba usted conmigo á ver á un enfermo en esa casa de
enfrente.

--¡Yo! ¿Por ventura soy médico sin saberlo?

--¿Y por precisión han de ser médicos cuantos hombres visiten á un
enfermo?

--Es que no atino...

--Ya atinará usted después. ¡Vamos arriba!

Colgóse el Doctor de su brazo sin hacer caso de sus protestas, é
introdújole en el portal de enfrente. Llegaron al tercer piso; abrió
el Doctor la puerta sin llamar; atravesaron el vestíbulo y luégo un
pasadizo, todo á media luz, silencioso y mal barrido, y entraron en un
gabinete contiguo á la sala. Abrió el Doctor un postigo de la vidriera
del balcón, y á la luz que se derramó por la estancia vió Gedeón en
el fondo de ella un lecho, á cuya cabecera estaba sentado uno de esos
ángeles de la caridad que la religión católica ha hecho brotar del
polvo de la tierra con el nombre de _Siervas de María_.

--¿Qué tal, hermana?--preguntóla el Doctor.

--Muy postrado desde anoche,--respondió la Sierva.

Acercóse el médico al lecho, é hizo señas á Gedeón para que se acercara
también. Gedeón, que estaba tiritando desde que entró en la estancia
y vió aquel cuadro lúgubre, porque su alma no estaba acostumbrada á
semejantes impresiones, obedeció fascinado y se aproximó al lecho.

Bajo sus ropas se notaba el bulto de una persona, y sobre las almohadas
se veía una cabeza, cuya cara, vuelta á la pared, tenía la mitad, hacia
el cuello, cubierta con vendajes. Sus ojos entreabiertos lanzaban una
mirada yerta y vidriosa, que iba á clavarse en un Crucifijo colocado de
intento en la pared. Diríase que aquel cuerpo no respiraba, si no se
vieran los movimientos de la ropa marcando las anhelantes inspiraciones
de su pecho.

--Mírele usted bien,--dijo el Doctor á Gedeón.

Este buscó, á los pies de la cama, un punto desde el cual pudiera
ver lo que verse podía de la cara del enfermo; pero no le conoció:
parecióle aquella cara la de todos los cadáveres que él había visto.

El Doctor, en tanto, hacía algunas experiencias para cerciorarse del
estado mental del paciente.

--Es ya un tronco--dijo.--Que no tarden en administrarle el último
Sacramento.

--Debe de llegar dentro de un instante el sacerdote con ese
objeto,--respondió la hermana.

Dispuso el médico lo que juzgó de su deber; y, despidiéndose de la
Sierva, salió de la habitación después de invitar á su amigo á que
hiciera otro tanto.

Nada podía ordenar á Gedeón que más le complaciera. Se sofocaba en
aquella atmósfera infecta, y le atormentaba la contemplación de tan
triste espectáculo.

Cuando los dos estuvieron en la calle, dijo el médico:

--Eso que usted ha visto en el lecho, fué un hombre egoísta. Jamás
latió su corazón á impulsos de un sentimiento honrado, ni su lengua se
movió más que para difamar al género humano. «Esposa» é «hijos» eran,
en su concepto, la expresión condensada de todas las esclavitudes, de
todas las ignominias y de todos los estorbos. Resuelto á vivir sin
ellos y para sí propio, maldijo de la familia y huyó de todo cuanto se
le parecía, como se huye de la peste. Mientras fué robusto, tuvo quien
le complaciera, porque pagaba con largueza sus caprichos; pero un día
le atacó una enfermedad tan grave como repugnante, y sus sirvientes le
abandonaron después de saquearle la casa. En ella hubiera muerto como
tigre en su caverna, si la caridad de Dios no anduviera por la tierra
detrás del egoísmo de los hombres.

--¿Y qué enfermedad le acometió?--preguntó al médico Gedeón, presa de
un sobresalto que pudiera creerse supersticioso, si lo que de nuestro
personaje sabemos no nos permitiera creer que bien podía temblar de
miedo.

--Un cáncer en la lengua,--respondió el médico.

--¿Y eso le mata?

--«Por do más pecado había.»

--¡Casualidad extraña!

--¡Ó providencial castigo!

--¿Lo cree usted así?

--Yo nunca dudo, amigo mío, de la justicia divina.

--¿Y tan abandonado dice usted que se ha visto?

--De todos menos de Dios. Ya vió usted un ángel á la cabecera de su
cama cuidando de su cuerpo; pues otro, en forma de sacerdote, cuida de
su alma.

--¡Buena estaría su alma también!

--Sin noción alguna de su destino dentro de aquel cuerpo miserable.

--¿Y tan á obscuras seguirá hasta que de su cárcel se desprenda?

--No tal, amigo mío. El alma volvió á la luz, y el egoísta empedernido
empleó las últimas palabras que pudo pronunciar su lengua para jurar
ante Dios que aceptaba su soledad y sus tormentos como castigo justo de
su pecado. Después acá, lo que no ha podido decir su boca en testimonio
de su conversión, lo han dicho sus ojos, que, mientras han estado
abiertos, no se han separado un instante de aquel Crucifijo que usted
vió colgado en la pared.

--Más vale así, Doctor. Pero todavía no me ha dicho usted por qué tuvo
empeño en que yo visitara á ese enfermo.

--Túvele suponiendo que se alegraría usted de despedirse de él
antes de que se muera; porque, sin un milagro de Dios, se muere hoy
indefectiblemente.

--¿Y qué puede importarme á mí la muerte de ese desgraciado?

--Siempre interesa la marcha de un amigo á un viaje tan largo.

--¡De un amigo!

--Por de usted le tuve siempre.

--¿Quién es, entonces? ¿Cómo se llama?

--Ignoro su nombre verdadero: la gente le conocía con el de _Herodes_.

--¡Santa Bárbara!

[Ilustración]



[Ilustración]

II

CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR


Dos días bastaron á Gedeón para salir del aturdimiento que le
produjeron la visita que hizo á su amigo espirante, y la noticia que
le dió de su muerte el Doctor aquella misma noche. ¡Herodes! el hombre
que más le había empujado á él hacia el abismo en que se hallaba; el
azote del hogar, la sátira de la familia, el prototipo de los _bueyes
sueltos_, espirando en brazos de la caridad, abandonado de los hombres,
devorado su cuerpo por un cáncer y su alma por los remordimientos! ¡Qué
lección para él si desde muy atrás no se hallara convencido de que ese
es el fin lógico y merecido de cuantos se colocan, por su propio gusto,
fuera de la ley!

Pero había en la muerte de Herodes un lado asaz risueño para Gedeón; y
por este lado se apresuró á considerarla: el pavoroso problema de sus
celos estaba resuelto ya del mejor modo posible: el fantasma que le
quitaba el sueño, ya no existía.

Pensando así, en el acto se sintió capaz de no volver á acercarse á
Solita. ¡Hasta se atrevió á soñar en nuevas aventuras, para borrar por
completo de su memoria el recuerdo de aquella infeliz que tanto le
había hecho padecer en su vanidad y en su soberbia!

Pero bien pronto, asomándose su razón al cristal del espejo, supo
decirle:--¿Adónde vas, iluso, con esa panza grosera, y esa calva
refulgente, y esa sobarba con pliegues, y ese reúma que te balda, y esa
tos que te ahoga? ¿Quién ha de escuchar tus ternezas, que no las tome á
risa, ni quién podrá aceptarlas que no tosa más que tú?

¡Olvidar á Solita cuando estaba amarrado á su recuerdo con una cadena
más!

¡Pensar en nuevos amoríos cuando no puede ya con los calzones, y las
penas y los desengaños le han hecho renegar de todo su pasado!

El único bien que le produjo la muerte de Herodes fué el poder vivir
menos intranquilo con respecto á Solita. Entera confianza no la tuvo
jamás en ella, y hasta me atrevo á creer que, no por otra razón, cuando
él se vió con las piernas entumecidas por la gota, llevó á Solita á
vivir al centro de la población, y no muy lejos de su casa. Disculpaba
Gedeón esta medida diciendo que, pues había pasado Solita fuera de la
ciudad tantos años, y muerto su padre que, vivo, hubiera publicado lo
contrario, bien podía aparecer en ella como viuda forastera. Yo tengo
para mí que trataba de ponerla al alcance de su corto andar.

El hecho es que así la puso, y que á duras penas la visitaba una vez
cada mes, de noche y con grandes precauciones.

En cada una de estas visitas la entregaba el dinero necesario para
sus gastos, y para _lo demás_ que andaba por el mundo y era causa de
que cada entrevista terminara con un escándalo, exigiendo la una y
resistiendo el otro.

--¡Déjame siquiera acercarme á tu casa cuando tú no puedas llegar á la
mía!--clamaba ella después de pintarle los riesgos en que la ponía el
método á que la sujetaba él.

--¡Nunca!--respondía Gedeón inexorable.

--¿Y qué _hemos_ de comer cuando tus achaques no te dejen salir de la
cama?

--¡Moríos de hambre! ¡Ojalá fuera mañana!

--¡Fiera! ¡Maldita sea la hora en que te conocí!

--¡Eso digo yo todos los días del momento en que te hallé á mi paso!

--¿Quién es la infame que te obliga á ser tan bárbaro?

--¡Mi corazón que te detesta!

Así, ó por el estilo, concluían las entrevistas amorosas de Gedeón y de
Solita.

Ya para entonces había ésta perdido hasta las huellas de lo que fué
en mejores tiempos. Lacia, escurrida, angulosa, desdentada, á medio
encanecer y medio calva, no podía hallarse una figura menos á propósito
que la suya para mover á un hombre, del temple que había tenido Gedeón,
á cumplir con los deberes que á cada instante arrojaba ella á la cara
del solterón atribulado.

Sin el recelo de que algún perdido de buen estómago se regodeara con lo
que á él le costaba tanto dinero, ni aun la visita mensual la dedicara,
y mucho menos rondara su casa, como la rondaba algunas veces, con el
pretexto de darse un paseo por las calles.

De ese modo iban corriendo los años para Gedeón desde la muerte de
Herodes.

Más de dos habían pasado sin que viera, ni de lejos, á Anás y á Caifás,
y uno bien cumplido desde que supo que habían andado á bastonazos en
medio de la Plaza Mayor, cuando la casualidad le puso delante de Caifás.

Parecióle éste muy envejecido, triste y caído de cerviz.

Saludáronse como dos mastines, más bien gruñendo que hablando; y
maquinalmente llegó Gedeón á preguntar á su viejo camarada por Anás.

--¡No me hables de ese cerdo!--exclamó trémulo de ira Caifás.

--Efectivamente... No me acordaba de que habíais tenido un disgusto:
perdona la distracción.

--¡Si no me lo quitan entonces de las manos!...

--Más vale que te le quitaran.

--¡Yo digo que no, porque debí matarle allí!

--¿Tan grave fué el motivo de la riña?

--Gravísimo. Disputamos primeramente sobre si eran mejor las cintas que
los botones para sujetar los calzoncillos encima de las medias...

--¡Por eso nada más?

--Y por lo otro, Gedeón; por lo otro que teníamos en el cuerpo desde
muy atrás. Lo de los calzoncillos fué la mecha que prendió la pólvora.

--Entonces no digo nada.

--¡Pues yo te digo á tí que ese hombre es un sinvergüenza!

--Lo será si te empeñas.

--Y tú debieras decir otro tanto, sabiendo cómo vive.

--Te juro que no lo sé.

--Pues debieras saberlo.

--Jamás lo he intentado; y cree que me iré á la sepultura en mi
ignorancia, si tú no me sacas de ella.

--Ya sabes que es muy avaro y le da por decir á todo el mundo que él no
se casa porque cree que nadie, ni los hijos, tienen derecho al caudal
de su padre. Pues bueno: cuando á tí te decía eso mismo, aconsejándote
que no te casaras, vivía de posada en casa de una buena moza, mujer
de un sargento de carabineros: el cual sargento pasaba de cada tres
semanas, una al lado de su mujer, porque estuvo de punto muchos años
cerca de la ciudad. Esta mujer fué teniendo familia, hasta tres hijos,
y consiguió hacer creer á ese bestia que los chicos se le parecían, á
medida que iban naciendo; y le obligaba á pasearlos, y á dormirlos, ¡y
hasta limpiarlos!... En fin, hombre, y pásmate: le exigió que hiciera
testamento á favor de ellos, porque estaba en ese deber.

--Á eso ya se resistiría.

--Como si callara: amenazóle la pícara con decírselo _todo_ al
sargento; él es un cobardón, y además se le caía la baba delante de
aquella prole, como si fuera suya, y testó, Gedeón, ¡testó como quería
la carabinera!

--¡Qué me cuentas?

--La verdad, la verdad pura; y ahí le tienes hoy viviendo en la misma
casa; dejándose llamar _padrino_ por tres hombrachones ya casados,
que comen á sus expensas; manteniendo al sargento que se licenció,
y aguantando la tiranía brutal de aquella mujer sin educación, sin
entrañas y sin vergüenza... Porque yo te garantizo ¿lo entiendes? yo te
garantizo que no la tiene.

--¿Y sospecha él que tú puedes garantizarlo?

--Témome que sí.

--Entonces ya voy cayendo en la cuenta de los palos.

--Témome que no del todo... Como yo le dije un día, muchos años
há, cuando me vino con indirectas, á causa de sus recelos y
aprensiones:--«Pedazo de bruto, mientras vivas como vives, ¿que derecho
tienes tú para quejarte? Bueno que cada hombre tenga los líos que le dé
la gana; pero que los tenga con decencia y con cierto decoro... ¿Por
qué no haces lo que Gedeón?...»

--¿Eso le dijiste?

--Eso le dije.

--¿Y con qué derecho?

--Me parece que diciendo la verdad...

--¡Yo no tengo líos, ni los he tenido nunca!

--¡Oiga! Parece que te amoscas...

--Y me amosco con razón.

--Pues ya que tan por lo alto lo tomas, sábete que lo que entonces
sospechaba yo por ciertos indicios, se hizo público años después por
boca de tu ilustre padre político.

--¡Falso!

--_Hijo_ te llamaba él en calles y plazuelas... Todo el barrio lo sabe.

--¡Mientes!

--¡Gedeón!...

--Y no te rompo la crisma, porque necesito el bastón para sostenerme de
pie...

--Eso te salva de que no casque yo el mío encima de tus costillas,
¡grosero!

--¡Calumniador!... Si yo no te hubiera conocido nunca... ¡otro gallo me
cantara!

Así acabó aquel encuentro, cuando ya empezaba la gente á formar
corrillo alrededor de los dos _amigos_.

El grandísimo disgusto que produjo á Gedeón lo que Caifás le dijo
acerca de sus _ocultos_ enredos, no le quitó el deseo de saber algo
sobre la vida del mismo Caifás, deseo nacido de las primeras palabras
de éste al encontrarse con él. Si también este juez de su antiguo
pleito había prevaricado, ¡morrocotudo tribunal fué aquél _de los tres_
que le sentenció! Para averiguar ese algo, ninguna fuente como el mismo
Anás, primero amigo y después enemigo feroz de quien tan ferozmente
acababa de biografiarle á él.

Buscóle con cachaza, y le halló al cabo, también en medio de la calle,
como se había propuesto Gedeón para no darle que sospechar buscándole
en su casa.

También le pareció su antiguo consejero muy acabado, y, además, mal
vestido y poco limpio.

Á las pocas palabras, después de un saludo frío y desaliñado, Gedeón le
preguntó por Caifás.

--¡Mal rayo le parta!--gritó Anás transformando su sombrío decaimiento
en furor salvaje.

--Perdóname, hombre: no me acordaba ya de que habías tenido un disgusto.

--Si la gente no se interpone, le destrozo, y libro á la humanidad de
ese infame.

--Entonces, más vale que se interpusiera la gente.

--¡Yo digo que no, porque debí hacerle polvo!

--Según eso, fué muy grave el motivo de la querella.

--No valía dos cominos, Gedeón; pero había mucha pólvora en mi cuerpo,
y esa futesa la inflamó.

--De lamentar es el caso, de todas maneras.

--¡Ese hombre es una bestia, Gedeón, y además un canalla!

--Será si tú lo dices; pero como no estoy en antecedentes...

--Pues qué, ¿no sabes cómo vive?

--Ni he intentado saberlo... Como no me trato con nadie...

--Recordarás que esa fiera siempre fué tan vehemente como celoso, y que
por no fiarse de ninguna mujer, detesta del matrimonio y de los que le
contraen. Pues bueno: puso casa muchos años hace, y tomó un ama bien
parecida. La muy lagarta conoció pronto de qué pie cojeaba el animal de
su amo, y se complacía en dar pábulo á sus accesos bestiales para tener
el gusto, contrariándole, de verle pidiéndola misericordia. En uno de
estos trances, impúsole la condición de casarse con ella, después de
dotarla rumbosamente.

Resistióse el bruto á lo del matrimonio, aunque asintió á lo de la
dote; pero la astuta supo aguardar ocasión conveniente, y al fin
convino el asno en la otra cláusula también, aunque á condición de que
el casamiento fuera secreto. Hízose así con todas las garantías legales
exigidas por la serpiente; y ahí le tienes desde entonces devorando en
silencio cuantas afrentas puede una mujer echar á la cara de un hombre.

--Y ¿por qué las aguanta?

--Porque le amenaza ella con publicar el casamiento.

--¿Y estás seguro de que le afrenta esa mujer?

--Te lo garantizo, ¿lo entiendes bien? te lo garantizo yo.

--¿Y sabe él que puedes tú garantizarlo?

--Lo sospecha, como de tantos otros.

--¿Quiere decir que por eso fueron los palos?

--Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas demasías suyas.--«Pero
pedazo de bruto,» le dije yo en una ocasión, hablándome él de esas
aprensiones, «¿basta que se le meta á un hombre una majadería en la
cabeza para que sin ton ni son vaya á dar un escándalo en la vecindad?
Bueno que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con decoro;
porque figúrate que te equivocas... Y por último, antes de dar contra
los amigos, echa de casa á los extraños;» porque créelo, Gedeón,
¡esa infame se los pone á la mesa con él, á título de amigos y de
parientes!... ¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más?

--¡No es poco que digamos!

--Y también le dije: ¿á que no daba un paso como ese nuestro amigo
Gedeón?

--¡Yo! Y ¿por qué había de darle?

--Gajes del oficio son los motivos de esa clase.

--Yo no sé qué oficio es ese, ni conozco esos motivos...

--Vamos, Gedeón, echemos tierra á los motivos, pero en cuanto al
oficio...

--¿Qué quieres decir con eso de «echar tierra?» ¿Á qué aludes?

--¿Por qué te quemas?

--Porque me insultas.

--¿Porque te digo que tienes líos tapados?

--¡Yo no tengo líos tapados ni descubiertos!

--Como cada hijo de vecino.

--¡Falso!

--¡Gedeón!

--¡Te repito que yo no tengo líos!

--Pues cuéntaselo á tu augusto suegro que los publicaba. ¡Lástima que
ya no viva!

--¿Y á ese entierro aludías antes?

--¡Ó á otro, canastos!

--¿Á cuál, víbora, á cuál?... ¡dilo!

--¡No me da la gana, soberbio!

--¡Yo haría que te diera, si tuviera los miembros sanos!

--¿Qué harías entonces?

--Molerte á bastonazos.

--Ya tendrías tú media docena de ellos encima de tu alma si no mirara...

--¡Difamador!

--¡Hipócrita!

--¡Bárbaro!

También esta entrevista acabó rodeada de transeuntes y hasta silbada de
granujas.

No sé á punto fijo cuánto profundizó en el espíritu de Gedeón el
que éste juzgó dardo lanzado á su pecho por Anás desde la sepultura
de Herodes; pero me consta que al encerrarse en su cuarto, exclamó,
poniendo todo su corazón en sus palabras:

--¡Señor, entre qué gentes he pasado lo mejor de mi vida!

Después volvió á encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento
notable alteró la triste monotonía de su existencia, hasta el instante
en que se le presento á mis lectores al comenzar la historia de esta
tercera y última jornada de su vida.

Pero heme referido allí únicamente al aspecto exterior de nuestro
personaje; y ahora necesito decir dos palabras acerca de sus
interioridades.

Mientras á un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama y sueña que
es emperador que manda ejércitos, y que ni la muerte se atreve contra
él; pero pasa el acceso, y sus brazos, antes de acero, truécanse en
débiles cañas; la luz vence á sus ojos, y el más blando lecho parécele
dura roca para descanso de su cuerpo aniquilado: la razón, ya en su
quicio, no le alumbra quimeras, sino la verdad de su estado y lo que le
falta para llegar á ser un cuerpo sano como los demás.

Lo mismo le ha sucedido á Gedeón. Mientras le duró la fiebre de
las pasiones groseras sostenidas por el vigor de su naturaleza y
estimuladas por el veneno de su educación, ya sabemos lo que fué; pero
asaltáronle plagas, lloviéronle pesadumbres y desengaños; y á medida
que el cuerpo fué cayendo, fué su espíritu levantándose. Cada ilusión
apagada en su fantasía, renació como luz en su razón; y cada flaqueza
vencida en su materia, rompió un eslabón de la cadena de su alma. Así
llegó ésta á enseñorearse de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fué más
que una carga de dolores.

Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón; y desde la alteza de sus
desdichas, todo lo ve claro; ya no duda que de los senderos que tuvo
delante de los ojos al dar el primer paso de la vida, eligió el peor
creyendo lo contrario; y también ve, para su tormento, que ya no es
hora de retroceder para buscar otro más placentero. Á sus pies está el
abismo, y en él caerá con su cruz de tristezas, y allí será crucificado
por el verdugo de sus remordimientos.

Para otros la luz y los consuelos; para él, la obscuridad y el
desamparo.

[Ilustración]



[Ilustración]

III

LOS VECINOS DE GEDEÓN


Sucédele muy de continuo á nuestro personaje lo que al envidioso: todo
se le vuelve fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan á su
lado.

Con el cuerpo hundido en el sillón de su gabinete, y en el pecho
la barbilla, deja correr las horas, perdida la imaginación en
investigaciones que le seducen y en cálculos que le fascinan.

«Lo que soy, lo que he sido y lo que pude ser.»

Estos son los tres puntos sobre los cuales divaga su fantasía años há,
y el único tema de las meditaciones que le entretienen.

En la ocasión en que ahora le hallamos, con el cuarto á media luz, la
atmósfera saturada de olores de _bálsamo tranquilo_, sin otro rumor que
altere aquel silencio sepulcral que le rodea que el crónico estertor
del ratonero que dormita debajo de la manta, por un lógico y no largo
encadenamiento de ideas que acaso arranca de aquel cuadro mustio y
desconsolador, vase con la mente á examinar el que ofrece cada familia
de las que habitan aquella misma casa, y le son bien conocidas.

Vive en el cabrete del portal el matrimonio de que dimos cuenta más
atrás; el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que gana en
una carpintería un jornal de dos pesetas. Al mediodía y por la noche,
los tres se reúnen, y comen y cenan _en familia_. Alguna vez que otra,
asoma entre ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz y
hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable.

En el segundo piso habita un abogado de _cierta edad_, esposo de una
mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara es la semana en que
el médico no tenga que visitar á alguno de éstos. Mientras dura la
enfermedad, no se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan pronto
como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera.--«¡Hijo mío,
yo te como á besos!... ¡Toma, toma... toma!... ¡Válgame el Señor, qué
gitana de criatura!... ¿Qué quieres tú, resaladísima?... ¿Que te haga
un nene con el pañuelo?... Tómale, prenda. Á ver cómo le cantas: ¡oba,
oba, oba!... Duérmele tú, morena... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si no
parece que los ángeles enseñan á esta chiquilla tanta monada!--¿Tienes
celos tú, renacuajo mío? ¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!...
No, pimpollo de la casa, que te quiero también á tí... Ven acá, hijo
mío, á este otro brazo, junto á tu hermanita. Así... dale tú un beso,
pichona. ¡Bien! Dale tú otro á ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve usted
cómo se quieren los niños?... Ven tú ahora, cachorrón, y abraza á tus
hermanitos... aprieta más... así... Ahora, yo un beso á cada uno...
¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre los tres!»

Tales son los entretenimientos de aquella madre, siempre que sus faenas
domésticas la dejan un rato libre.

En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas; pero nunca le
falta una para dedicársela á sus hijos, jugando con ellos como si
fuera un niño más en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido,
como el embajador español á Enrique IV, haciendo de la estancia
picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado en sus espaldas á
un chiquillo, hale hallado muchas veces con la carga encima de los
hombros, á modo de San Cristóbal.

Á pesar de tan _prosáicos_ pormenores, la casa está limpia como el oro,
la mujer es hasta elegante, el marido no es _raro_ y se cree feliz, y
los niños no rompen la vasija ni comen las sopas á puñados. Para eso
está la madre que se lo prohibe, como todo lo malo, y les amenaza con
el enojo de Papá-Dios, y hasta con la venida de Pateta y del Cancón,
si es necesario; y los inocentes se conforman con mirar á hurtadillas
los _santos_ de algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche de
costura de su madre, alguna vez que ésta le deja abierto, y con jugar
á los soldados con el bastón y un chaleco viejo de su padre, ó á los
cocheros, con cuatro sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la
ropa.

Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel retirado á
quien la gota y algunas reliquias de la guerra tienen postrado en el
lecho la mayor parte del año, y el resto encogido en un sillón. Para
asistirle y consolarle y sufrirle con la heróica resignación de una
hermana de la Caridad, está constantemente á su lado su hija, joven
y bella, aunque su belleza tiene no escasa semejanza con las flores
sin sol. Un hermano de ésta ayuda á levantar las cargas del hogar,
desempeñando un empleo que no le produce tanto lucro como sudores.
Cuando los tres se hallan juntos á ciertas horas del día y casi todas
las de la noche, el afán de los hijos se consagra á endulzar las
amarguras del inválido, cuya paciencia no es tan grande como el amor y
la gratitud que siente hacia aquellos pedazos de su corazón.

En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse ni
pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla con la muerte, que
tiempo há reclama la vida del único fruto que le han dado veinticinco
años de unión pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la mujer,
cuanto los dos reúnen, y sus vidas además, dieran sin vacilaciones por
devolver el color de las rosas y los bríos de la juventud á la faz
macilenta y al cuerpo entumecido y descarnado de aquel sér á quien una
lenta, pero invencible consunción, va acercando al borde del sepulcro.
Para aquellos padres el día no tiene sol, ni la noche descanso: sus
almas están en el cuerpo de aquel hijo que padece y se acaba, sin que
poder humano alcance á conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre
sacerdote, sentado á la cabecera del enfermo, le alivia los dolores
del cuerpo con sabias advertencias para el alma, dando á la vez grato
consuelo á los que ninguno esperan de los halagos del mundo cuando de
él falte quien tan próximo se halla á las puertas de la eternidad.

Por último, habita la buhardilla una costurera que sostiene con su
trabajo á su madre anciana y viuda, y á un hermano memo. Aunque no cesa
de trabajar, y lo que gana cada veinticuatro horas puede meterse en un
dedal, esta criatura canta de día y canta de noche, hasta en las horas
que roba al sueño y al descanso.

Hecha esta mental exploración por su vecindad, Gedeón, que nunca
olvida las lecciones del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo
del mundo. Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de
caudales, de infortunios y de alegrías.

Hay padres que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que
trabajan y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus
hermanos; padres é hijos que mutuamente se auxilian y conllevan. En
una ó en otra forma, siempre hay un sér identificado con otro sér; un
sentimiento honrado respondiendo á otro sentimiento, ó inclinando el
corazón á trocar por los dolores ajenos las propias alegrías; vidas
que se reflejan en otras vidas y en ellas se funden y se gozan, como
la luz, y las flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores, de
aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala el valle á la
montaña, en pago de la brisa, de la lluvia y del amparo que la montaña
presta al valle; misteriosa cadena de afectos que elevando el alma
sobre las miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación
y el heroísmo en necesario y grato deber.

--¡Esto es la familia!--piensa Gedeón, interrumpiendo sus
exploraciones;--algo que se siente, se ve y no se explica; algo que se
encuentra en todas partes... menos en mi casa y en los libros que yo
he devorado. Esto lo que en ella me llamaba en otros tiempos, y lo que
yo no quería oir; esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de
todos mis males... ¡Qué necio, qué fatuo, qué estúpido he sido!

Volviendo otra vez con la mente á la vecindad, ¡cuán rebajado se
encuentra comparándose con ella!

Cuantos seres la componen tienen un destino que cumplir, ó le han
cumplido ya; parecen venidos al mundo con un fin benéfico y para ocupar
un puesto que les estaba señalado, y son como rueda de artefacto, que,
por pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento á la vez
que le recibe.

Todos aquellos vecinos pueden abrir sus puertas y mostrar al público
sus hogares, porque nada hay en éstos que no sea útil, lícito y honrado.

Pero él... ¡cielo santo! En su casa el desamparo, el silencio, la
soledad, la desconfianza, el misterio, el engaño; en su corazón, el
odio á quien debiera amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el
remordimiento y el desencanto de los vicios.

¡Pero en cambio es _libre_!... ¡Qué mofa!...

¿De qué le sirve la libertad? Si le faltara aquel dinero, por amor
al cual halla quien le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién se
acercaría á ella, ni con paciencia aguantara sus desabrimientos, hijos
de sus amarguras y dolores? ¿Á quién arrancará una lágrima su muerte?

No hay duda: él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo, la
rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero; allí irá hundiéndose
poco á poco, comida por la roña y azotada por los vientos y la lluvia,
mientras la van formando una corona digna de su tumba de inmundicias y
de escombros, las zarzas y las ortigas.

[Ilustración]



[Ilustración]

IV

CASTILLOS EN EL AIRE


Pues supongamos ahora--continúa llevando sus meditaciones á otra región
de más luz y de mejor aire,--que yo me hubiera casado á tiempo. Podría
haberme cabido en suerte algo de lo malo que hay en la vecindad, es
cierto, pero ¿y qué? Lo peor de ello ¿no es mucho mejor que lo que
yo poseo? Más probable es que tuviera un poco de cada cosa: hoy una
pena, mañana una alegría, ahora un dolor, más tarde un placer... Tal
es el mundo, y tal la humanidad; porque no puede ser de otra manera...
Pero el conjunto de todos estos dulces y de estos amargos, de estos
goces y de estas pesadumbres; el no sé qué que lo envuelve y rodea, y
lo da color y luz y vida; eso que un pintor llamaría _ambiente de la
familia_, y otros, con mejor acuerdo, el _reflejo de Dios_; eso que
no se disipa con ninguna pena, ni se adquiere con ningún dinero, ni se
sustituye con nada, pero que existe en todas las familias, ¿por qué
no había de existir en la mía? ¡Si me parece que lo ven mis ojos y lo
palpan mis manos!... Y no es extraño: soy de los necios que viéndose
ahitos, arrojaron las provisiones por la ventana, sin hacerse cargo
de que se quedaban con el hambre, aunque dormida y acallada. Ahora se
despierta la mía y se entretiene en pintar manjares... como ella sabe
pintárselos á quien no los puede saborear.

Pero vaya una suposición racional, aplicable á este momento de mi vida.

Si yo me hubiera casado á tiempo, mi mujer estaría ahora á mi lado...
Tendría, próximamente, cincuenta años: quince menos que yo; pero bien
conservada, afable... hasta fresca y rozagante. Y digo que se hallaría
á mi lado, porque estoy achacoso; y para entretenerme y consolarme,
me daría conversación. Hablaríamos de cuando fuimos jóvenes y de las
inocentadas que nos decíamos cuando novios. Pareceríanos imposible que
entonces nos conformáramos con aquel amor vehemente y apasionado que
luégo vimos trocarse, para dicha mutua, en otro afecto más apacible y
desinteresado, y á la vez más profundo, cordial y permanente, como si
nuestras vidas se hubiesen compenetrado, ó fuéramos _ella_ y yo dos
cuerpos con un alma sola...

Pero á cierta edad deben entretener poco estas metafísicas. De ellas
habríamos hablado en ocasión oportuna... Lo seguro es que en la
presente estaríamos tratando de nuestros hijos, ó acompañados de alguno
de ellos.

El mayor sería ya... ¡bah!... ¡yo lo creo! oficial de artillería...
Aunque, bien mirado, no me agradan mucho los militares. Siempre están
lejos de sus familias, y se expone uno á perder algo de su cariño.
Después la guerra. ¡Es tan fácil que una bala, un pedacito de plomo
como un guisante, arrebate en un segundo una vida llena de alegrías y
de esperanzas! Verdad es que así se cumple con un deber sagrado, porque
se muere por la patria... ¡Pero vaya usted á decirle al corazón de un
padre que se consuele con eso, cuando llora la pérdida de un pedazo
suyo!... ¡Cómo debe de sentirse la muerte de un hijo!... Por eso no es
conveniente exponerlos mucho... Por otra parte, como el nuestro sería
buen mozo, por la vanidad de verle lucir el uniforme... ¡qué sé yo! se
me figura á mí que hubiéramos consentido en que se hiciera militar...
Nada: resueltamente lo sería.

Habría recibido yo carta suya avisándome en ella que le destinaban,
por ejemplo... á Sevilla. Sevilla es una gran ciudad, en la cual no
puede vivir mi hijo, que pertenece á un cuerpo tan distinguido como
el de artillería, como en Segovia ó en Santoña. Tendrá su uniforme
estropeado, si no viejo; necesitará hacerse otro nuevo, y acomodarse
en buena posada; estar, en fin, como debe estar un joven de sus
condiciones: bien vestido y bien alojado. ¿Qué menos? Nada de eso me
diría él en la carta, porque, como prudente, sabe que su padre con
media palabra entiende á sus hijos; el caso es que yo trataría de
enviarle dinero. Sobre el cuánto, consultaría con su madre. Pero,
¿qué sabe una pobre señora de su casa lo que necesita un caballero
oficial del real cuerpo de artillería? Por eso me dirá que con dos
mil reales tiene nuestro hijo hasta de sobra; pero yo, que sé lo que
cuesta, ó debe costar, un uniforme como el suyo, con tanto ringorrango
de oro fino, y lo caros que andan los guantes de primera y el tabaco
regular, sin que su madre lo sepa le mando cuatro mil: la mitad para el
uniforme, y el resto... ¡qué diablo!... el resto para dos mil cosas que
pueden ocurrírsele á un buen mozo, caballero oficial del real cuerpo de
artillería. ¿Le he de decir yo también en qué lo ha de gastar? Lo que
sí le diré, que aquella cantidad se la enviamos su madre y yo: dos mil
reales cada uno; pero que no la diga nada cuando la escriba, porque
quiere ella guardar el secreto. Creo yo que de este modo agradecerá él
más el supuesto regalo de su madre, y la tendrá más presente y hasta la
querrá más, si cabe; y queriéndola él así, le querré yo también mucho
más. ¡Como si fuera poco lo que le quiero!...

Despachado así el asunto del militar, empezaríamos con el abogado,
el menor de nuestros hijos varones. Ese estaría preparándose para
graduarse de doctor. Pero ¡qué tunante!: sabiendo que con esas cosas
se le cae la baba á su padre, me ha dedicado el discurso... El de
licenciado se le dedicó á su madre, que le tiene encuadernado con
lujo y le guarda entre sus más estimados libros de devoción. Y ¿qué
he de hacer yo sabiendo, como sé, que es un chico que se ha lucido en
toda la carrera?... Pero no: se habrá graduado ya, y yo habré leído
su discurso, ¡bien charlado!... No se lo diría así; pero le tiraría
de la lengua é iría metiéndole en materia para oirle... Le habría
regalado un reló de oro con su cifra. ¡Qué demonio de chico! ¡Cómo él
se despacha en círculos y tertulias! Lo mismo dirige un rigodón que
diserta sobre el Digesto. Por de contado, fumará delante de mí. Siempre
me ha parecido una ridiculez ese rigor de los padres con el vicio menos
indecente de la humanidad. Bueno que cuando son niños no fumen, por
muchas razones; pero después, ¿por qué no han de fumar si les gusta?...
¡Cuánto me entretiene con sus humoradas y espontaneidades de muchacho!
¡Cómo anima y revuelve á toda la familia en los muchos ratos que pasa
con ella! Cuando falta él de la mesa, parece que la comida está sin
sazonar... También hace coplas, pero buenas; no de esas vulgaridades
que escriben todos los jóvenes entre tontos é inocentes. Por de pronto,
se ejercita en la profesión con un abogado de nota, que me ha dicho en
confianza que antes de dos años valdrá el pasante más que él. ¡Si me
pondría yo hueco al oir tal elogio! De todas maneras, este chico será
el que se encargue de todos mis asuntos en los últimos años de mi vida,
y el que á mi muerte ocupe mi puesto al frente de la familia; porque
nada de esto se opone á que se case en tiempo oportuno con una mujer
digna de él. ¡Antes muerto que solterón! Por eso me tiene siempre con
cuidado el artillero. Temo que, como á otros muchos de su profesión,
se le pase lo mejor de la vida mariposeando; y cuando quiera fijarse
definitivamente, no pueda ya con las bragas y tenga que morir solo y
desesperado.

Pero el ojo derecho mío... (no lo podría remediar) sería nuestra hija.
¡Qué cálculos haríamos sobre ella su madre y yo! Veinte años tendría,
y como otros tantos soles que la hermosearan. Ahí enfrente, en la sala,
habría un piano; y en ocasiones como ésta, en que el tedio... (el tedio
no, porque no conocería yo esa dolencia) ó el peso de mis achaques me
entristeciera, tocaría ella las piezas de música que más me gustaran
á mí... Me animaría después á salir de casa; haría que la acompañara
á dar un paseo por las afueras, y yo iría hecho un bobo entre ella y
su madre; y más de dos jovenzuelos pasarían á su lado haciéndose los
buenos mozos... Esto me cargaría bastante, porque me haría pensar
en el día en que otros deberes que los de hija me la arrebataran de
casa. ¡Mire usted que es dura y terrible para un padre esta ley de
la naturaleza! Y no hay modo de eludirla. Cierto es que el deseo de
verlas felices, y hasta la idea, á menudo equivocada, de que casando á
una hija se adquiere un hijo más, debe de animar mucho en esos trances
tan serios; pero así y todo, yo no me daría prisa por casarla. De esto
precisamente hablaría yo ahora con su madre; y cuando ella pasara por
ahí enfrente ó se asomara á la puerta para hacernos alguna pregunta,
cambiaríamos de conversación... Yo tendría pañuelos bordados por ella;
y de obras de sus manos estaría llena la casa; y las interioridades de
ésta correrían ya de su cuenta, para descanso y satisfacción de su
madre.

¡Pues y cuándo el artillero estuviera en casa con licencia? ¡_Toda la
familia reunida_ entonces! ¡Qué cenas, qué comidas, qué sobremesas!
¡Dios mío, aquello sería el colmo de la felicidad! ¡Qué me importarían
á mí entonces el reúma, ni la tos... ni todos los dolores juntos del
cuerpo? El militar referiría sus aventuras _lícitas_ del oficio; el
abogado sus travesuras de universidad; uno y otro elegirían las más
ingeniosas para regocijo de su hermana y deleite de su madre; y en
cuanto á mí, ¡cielo santo! solamente sabiendo lo que ahora padezco se
podría calcular lo que entonces gozaría. ¡Qué vejez aquélla! ¡Cuán
diferente de esta vejez! En tan placentera compañía, ¡con qué valor
debe de mirarse cómo avanzan hacia uno, disfrazados de _achaques de la
vida_, estos mensajeros de la muerte!... Dicen que para morir con ánimo
sereno son un estorbo los hijos y la familia. ¡Qué error! Sin ella todo
es tristeza y dudas y desaliento; y con estos males por escolta, podrá
morir un hombre desesperado; pero sereno y valeroso... ¡nunca!

Tras estas cavilaciones, y después de permanecer Gedeón largo rato
saboreándolas, alza la cabeza, y vuelve á reflejarse en su fisonomía
aquella burla de otros tiempos, que era la salsa de sus meditaciones
sobre parecido tema.

--¡Qué demonio!--torna á pensar;--¡lo que somos los hombres! Cuando yo
era joven, me pasaba las horas muertas haciendo castillos sobre las
voluptuosidades matrimoniales; ahora, que soy viejo, los hago como un
tonto sobre lo que entonces me parecían miserias de la vida conyugal.
¿Estaré tan equivocado ahora como lo estuve en aquel tiempo?... ¡No,
no, no y no! Por de pronto, aquello me inflamaba la sangre; era fuego
que corría por mis venas; huracán que me arrastraba lejos de todo
deber, y me ponía fuera de la comunión humana.

Esto es como bálsamo que se derrama en mi corazón y purifica y
refrigera todo mi sér; brazo misterioso que se enlaza con el mío, y,
sacándome de la sima tenebrosa, me acerca á los demás hombres, y hasta
parece que me eleva hacia Dios... No cabe duda, ¡hasta por egoísmo debí
yo haberme casado á tiempo!... ¡He sido un bestia! ¡mil veces sandio!
¡un millón de veces estúpido!

[Ilustración]



[Ilustración]

V

LA POESÍA DE UN SOLTERÓN


--¡Regla!... ¡Regla!

--¡Señor!

--¿Dónde mil demonios estás metida?

--¿Cuántas veces me ha llamado usted?

--Más de mil.

--No han llegado á tres.

--Tanto me da.

--Pero no es lo mismo.

--¡No me repliques!

--Cuando se dice lo que no es...

--¿Te rebelas?

--Me disculpo como debo.

--Tu deber es complacerme, y nada más.

--Eso he hecho siempre.

--¡Pero no lo haces ya!

--¡Así paga el diablo á quien mejor le sirve!

--¡Regla... no me provoques!

--Si usted no me maltratara...

--Yo no maltrato á nadie. Yo no hago más que padecer y pudrirme, y
acabarme aquí, solo y abandonado.

--¿Para qué me llamaba usted, señor?

--Para que me traigas los chirimbolos.

Sale Regla; y mientras vuelve, Gedeón se desciñe la bata, dejando al
descubierto sus piernas liadas y reliadas en lienzos y franelas, desde
la punta del pie hasta medio muslo.

Aparece Regla de nuevo en el gabinete con media docena de frascos en
una bandeja, y con enormes rollos de vendajes limpios debajo del brazo.

Arrodíllase á los pies de su amo, apoyados sobre un taburete; coloca en
el suelo los frascos y los vendajes, y comienza á soltar las ataduras
de los que Gedeón tiene puestos.

--¡Con tiento, Regla!... ¡con mucho tiento, por Dios, cuando llegues
á la rodilla! Una mosca que la roce con las alas, me hace ver las
estrellas...

--No tenga usted cuidado.

--¿No, eh?... Si tú lo pasaras, condenada... ¡Poco á poco... poco á
poco! Así... ¡Ay!...

--¡Si no le he tocado á usted!

--No importa: el miedo solamente me hace tiritar. Arrolla esa tira para
dar la vuelta por debajo de la corva. Bueno. Ahora sin miedo hasta los
pies... ¡Alto! arrolla toda la venda suelta.

--Saque usted el pie más afuera...

--Allí va... ¡Cosa más rara que esta dolencia!... Me permite
andar, aunque con trabajos, y el peso de una hormiga la irrita y
ensoberbece... ¿Acabaste con la venda? Ahora la franela... ¡Eche
usted tira! El diablo me lleve si no hay para alfombrar con ella la
escalera... ¿Qué tal encuentras la rodilla?

--Algo más deshinchada me parece...

--Eso me dices todos los días... ¡Cuidado ahora con el pie!...

--Levántele usted un poco... Un poco más... Ya está.

--¿Cómo le hallas?

--Lo mismo.

--Pues á mí se me figura que cada vez se van dislocando más los
dedos... Parecen garfios, ¿no es verdad, Regla?... Vamos ahora á
preparar la batería de los betunes... No los confundas, ¿eh? Éste es
para los pies; éste para el pecho; éste para las rodillas; éste para
mezclarle con este otro...

--Ya sé yo mejor que usted para qué es cada uno.

--¡Dios ponga tiento en tus manos!

Hechos los necesarios preparativos, comienza Regla á destapar frascos,
á mezclar las pestilencias de uno con las hediondeces de otro sobre
la palma de su mano izquierda, y á frotar con las dos, con toda
la suavidad posible, las partes doloridas de Gedeón, que á cada
instante grita y reniega y maldice, ya porque Regla aprieta más de lo
conveniente, ó porque teme que así lo haga. Después envuelve la pierna
en franelas, y las franelas en lienzo, sin que dejen de oirse los
propios conjuros y las mismas interjecciones del paciente.

--¿Acabaste con ésta?

--En cuanto anude las cintas... Ya están.

--Pues vamos ahora con la otra... Pero recoge antes toda esa
trapajería, ó ponla donde yo no la vea... ¡Qué peste más
endemoniada!... Parece castigo de Dios, ¿no es verdad?

--¿Por qué, señor?

--¡Mucho cuidado ahí!... ¡Mira que tengo que ver en esta guisa! Cuando
yo era joven, me burlaba de los maridos que pudieran verse precisados
á hacer con sus mujeres algo de lo que tú haces ahora conmigo... ¡No
aprietes tanto!... ¡Como si yo fuera de otra materia más fuerte y
asegurada de achaques! ¡Como si solamente las mujeres casadas tuvieran
humores y necesitaran untos y cataplasmas!... Cada vez me convenzo
más de que entre un joven abandonado á sus propias inclinaciones y
una bestia, no hay dos pulgadas de distancia... Dele usted cuerda
á sus pasiones; satisfágale usted sus apetitos; téngale usted gordo
y retozón, y ya cree poseerlo todo y asegurada su vida de penas y
dolores... Está mejor esta pierna que la otra. ¿No te parece á tí?

--Allá se van.

--¡Vaya un consuelo de tripas!...

--Pues si es la verdad...

--¡Ó no lo es!... Y aunque lo sea, no debe decirse de ese modo...

--¿De qué modo lo he dicho yo?

--Como lo has dicho. ¡Ea! no me rompas la cabeza.

--Jesús me dé paciencia, ¡qué genio!

--¡Quisiera yo ver en mi situación al hombre de más cachaza!

--Pero yo no le tengo á usted la culpa de sus trabajos...

--¡No aprietes tanto ahí, recondenadísima!

--¡Si llevo la mano al aire, señor!

--Al aire te echaría yo de un puntapié, si pudiera dártele.

--Muchas gracias... Pero crea usted que, sin puntapié y todo, habría
pocas personas capaces de hacer con paciencia todos los días esto que
yo estoy haciendo...

--¡Espera un poco, no untes más!... ¡retira la mano! ¡Ay, qué dolor
más terrible!... ¡parece que me exprimen los huesos en una prensa!...
¡Ufff... qué barbaridad!... Debo de tener la cara como luz de pajuela.

--Algo pálida está... ¿quiere usted un poco de agua?...

--No... Ya se va pasando... Estos dolores son así, cortos, pero
buenos... Sigue ahora la operación, y dispensa los disparates que haya
dicho contra tí. ¿He dicho alguno?

--No ha dejado usted de decirlos...

--No me extraña; porque cuando me ataca el dolor, me pongo fuera de mí,
y no sé lo que digo.

--Gracias á eso no los tomo yo muy á pechos.

--Vamos á ver, y ¿qué harías si á pechos los tomaras?

--Ya puede usted presumirlo.

--¿Es decir que serías capaz de abandonarme?...

--Póngase usted en mi caso.

--¡Ingrata! No correría yo tales riesgos si me hubiera casado á tiempo.

--¿Tan mal le ha ido á usted conmigo?

--¿Y de qué me serviría cuanto por mí has hecho, si en lo más apurado
de la vida me abandonabas? ¡Las mujeres propias no hacen eso, Regla!

--También tienen otros privilegios que no tengo yo... y otro
porvenir...

--Ya pareció aquello. ¿Temes que te falte el pan algún día?

--Mientras tenga los miembros sanos, no; pero bien pudiera suceder.

--¿Por tan desalmado me tienes?

--Cayéndose usted de generoso, puedo quedarme á puertas mañana.

--Eso es decir que temes que yo me muera de repente.

--Ó por sus pasos contados; pero como la voluntad de usted no consta
más que en sus palabras...

--Ya te tengo dicho lo que pienso hacer para que mi voluntad sea
conocida y respetada.

--Pero, entre tanto, puedo morirme yo, y ese hijo que anda por esos
mundos, sabe Dios cómo, no recogerá de su madre ni las tristes soldadas
que tiene ganadas en más de quince años, sirviéndole á usted.

--Luego ¿desconfías de mí?

--No, señor; pero, á decir verdad, quisiera tener bien arreglada esa
cuenta, por lo que pudiera tronar.

--Lo que tú temes es que yo truene á la hora menos pensada... no me
andes con andróminas; y lo que debes hacer es pedirme lo que te debo;
ir á darte buena vida con ello, y dejarme á mí solo y abandonado,
pudriéndome en este rincón...

--Yo no pretendo semejante cosa.

--¡No me pasaran á mí estos lances si yo me hubiera casado á tiempo!

--¡Otra vez el casorio! Y ¿por qué no se casó usted?

--¡Porque fui un mentecato, como tantos otros!

--Todavía puede usted hacerlo.

--¡Tendría que ver!

--No creo que se opusiera nadie.

--¡Ahí me duele!

--¿En lo que le digo á usted?

--¡En la rodilla, chapucera!... ¡Pasa con cuidado la venda!... Y ¿quién
se había de oponer á que yo me casara todavía, si se me antojara?

--Pues eso decía yo... ¡Cuántos á la edad de usted tienen compromisos
viejos!...

--Yo no tengo compromisos, Regla; yo soy libre como el humo, como el
aire. Puedo hacer lo que me acomode de mi cuerpo y de mi caudal. ¿Lo
entiendes?

--No lo dudo, señor.

--Es que á mí no me vengas con pullas, porque las tengo yo para tí y
para todo el universo, ¡zambomba!... ¿Acabaste?

--Sí, señor.

--Pues al pecho ahora... Á bien que, para lo que adelanto con la
untura... ¡Qué toser anoche! ¡En vilo me la pasé toda! Tú, en cambio,
dormirías como una marmota.

--Como usted no me llamó...

--¡Bien hecho! ¡ahógate ahí, consúmete y púdrete solo, vejancón
miserable! ¡Consuélate si quieres con el acompañamiento que hace á tus
quejidos el asma del ratonero!...

--Á esa bestia la voy á tirar yo por la ventana...

--Pues en seguida vas tú tras ella.

--Pero ¿no ve usted que está hecha un asco, y que apesta toda la
habitación?

--Esa no es cuenta tuya... No me manches la bata con ese menjurge...
Ese pobre perro ha sido el compañero fiel de mis tristezas, y tiene
derecho á mis cuidados... y á los tuyos también, Regla, ya que me haces
hablar.

--¡Para él estaba!

--¡No seas ingrata, Regla!

--Más me debe él á mí, que le traje á casa.

--También es cierto; y volvamos la hoja... Colócame la franela de modo
que no me queden arrugas... Eso es... Abróchame la almilla...

--Ya está usted despachado por hoy... digo, hasta la noche.

--Tráeme ahora una camisa limpia.

--¿Va usted á salir?

--¿Qué tal está el día?

--Regular.

--¿Hace viento?

--No, señor.

--¿Hay humedad?

--Tampoco.

--Entonces saldré un rato, aunque sea para sentarme en la tienda de la
esquina, mientras tú ventilas la habitación, que buena falta le hace.

Dicho esto, recoge Regla frascos y trapajos sucios, y sale del
gabinete, en el cual queda Gedeón haciendo pinitos y probaduras de
paseo, ora arrugando la cara y apretando los dientes, ora soltando un
reniego, ora admirándose del volumen que presentan sus piernas con
tantos envoltorios y ataduras.

Después se viste con ímprobos trabajos unos pantalones descomunales y
se lava las manos y la cara, no sin bautizar el agua con tres ó cuatro
esencias de botica.

Por último, vuelve Regla trayéndole una camisola limpia, y le calza los
entrapajados pies con holgados zapatones de flexible paño.

Puesta ya la camisa limpia, hácele Regla el lazo en la corbata; ayúdale
á vestirse un chaleco de punto inglés; sobre éste, otro de paño; sobre
éste una levita, y sobre la levita, un gabán; pone en sus manos el
bastón y el sombrero; cerciórase de que no le faltan pañuelo en el
bolsillo ni cigarros en la petaca; y sale, dejando abiertas todas las
puertas, por las cuales va pasando, hasta la de la escalera, junto á la
que aguarda á su amo cruzada de brazos.

Antes de salir Gedeón de su gabinete, levanta con el regatón de su
cachava la manta, bajo la cual dormita y ronca Adonis. El achacoso
ratonero abre los ojos; y sin mover la cabeza, vuélvelos á su amo, como
si quisiera darle las gracias por su cortesía, ó decirle: «¡Buen par de
alhajas estamos!»

Gedeón le contempla un instante, vuelve á cubrirle con el bastón; y,
bien apoyado en él, sale renqueando hacia la escalera, murmurando para
sus envolturas:

--No sé quién de los dos largará primero la pelleja; pero el diablo me
lleve si no estoy yo en el mundo tan de sobra como tú. ¡Tan llorada ha
de ser tu muerte como la mía!

[Ilustración]



[Ilustración]

VI

LA TIENDA DE LA ESQUINA


Regéntala, como dueño de ella, un buen hombre que jamás se enfada ni se
apresura.

Vive de lo que vende, que es tanto como decir que vive de milagro; pues
allí nunca se vende nada, y siempre se ven, en tablas y escaparates,
los mismos objetos, descoloridos y ajados por el tiempo; siendo muy
de notar, como fenómeno curioso, que rara vez un comprador pide cosa
que en la tienda exista, pero que debiera existir, á juzgar por la
índole de las mercancías que están á la vista, y con las cuales cree el
tendero, sin duda alguna, que hay hasta de sobra para satisfacer todos
los antojos del público.

Así se dan muy á menudo casos como el siguiente:

--¿Tiene usted tachuelas?--pregunta un marchante acercándose al
empolvado mostrador.

--¿Tachuelas?--repite el tendero poniéndose á meditar.--_Precisamente_
tachuelas, no; pero tengo otra cosa que puede convenirle á usted más.

--¿Clavillos, quizá?

--No, señor: clavos romanos.

¿Y qué es eso?

--Hombre, clavos romanos... son éstos. Vea usted, para sujetar las
cortinas y formar pabellones. Un palmo tienen de cabeza, ¡qué hermosos!

--¡Pero si yo quiero tachuelas!

--Pues de eso no tengo ahora.

Y así hasta el infinito.

Alguna vez, muy rara, hay en la tienda lo que pide el comprador; pero
precisamente en tales casos se halla el tendero entretenido en oir lo
que cuentan ó discuten sus tertulianos; y por no perder una sílaba del
relato ó de la disputa,

--¡No tengo!--responde con desabrimiento y sin volver la cara.

Por eso digo yo que no sé _cómo_ vive este buen hombre, que sólo vive
_de lo que vende_.

En esta tienda hay tertulia al mediodía y después del paseo por la
tarde; en verano, hasta que cierra la noche, y en invierno, hasta que
se cierra la tienda.

Una banqueta derrengada, dos banquillos de cabretón y una silla
achacosa, sirven para sentarse los tertulianos entre los dos huecos de
la fachada.

Componen la tertulia, comúnmente:

Un señor pequeñito, septuagenario ya, pero muy conservado, limpio y
risueño. Guarda, como una reliquia que piensa legar á sus herederos,
si el Estado no solicita la preferencia, el _Diario_ de su larga vida,
comenzando en el instante mismo en que supo escribir de corrido. Todos
los años, al solemnizar él el cumplimiento de uno más, reúne en su mesa
las cuatro generaciones que de él arrancan, y por remate del banquete
les lee de punta á cabo el curioso mamotreto.

En concepto del autor, hay en sus folios grandes enseñanzas para todas
las edades de la vida. Allí constan los sudores del entonces impúber,
para aprender de memoria el «_peritus_, sabio, _juris_,» bajo la férula
sangrienta de un dómine inhumano; allí los seis maravedís que le daba
su padre cada domingo, si durante la semana anterior no había habido
azotina en el aula; allí los dos reales y medio que le asignaron de
jornal, después de tres años de méritos, en la casa de comercio en
que se colocó y pasó cuarenta años de su vida, sin haber rebasado
jamás de veinticuatro reales cada día _laborable_; allí los zapatos
que le compraban, y si eran de lienzo ó de vaqueta; allí los vestidos
que estrenaba, y el día en que por primera vez se puso calzoncillos;
allí el efecto que causaba y la revolución que producía en el pueblo
cada moda nueva; allí, entre mil prolijidades de su vida social y
privada, los fríos notables, las nevadas de más duración, las lluvias
más copiosas, la legión inglesa, la biografía de Bonnet; y si su amigo
Pedro se casó, y con quién, y con qué dote; si falleció el _notable_
señor don Pedro, y cuántos curas asistieron á sus funerales, y hasta la
lista nominal de los _particulares_ que le acompañaron al cementerio.

Con este cronicón en la memoria y esparcido por ella otro tanto más,
excuso decir cuál es el papel que desempeña este apreciable sujeto en
la tertulia. Fechas dudosas, casos _análogos_, estadística antigua...
Sobretodo esto y mucho más que salte en la conversación, se abalanza
para resolverlo, comentarlo y diluirlo.

Apóyale en todos sus asertos y comentarios, con la muletilla de «¡mucho
que sí!,» un joven de medio siglo, que tapa la sesera, _tanquam tábula
rasa_, con dos pabellones de pelo engomado que ha podido conservar en
los respectivos parietales. Tiene este amable sujeto la inocente manía
de conocer íntima y particularmente á cada personaje político, militar
ó científico que en la conversación salga á cuento. Según él, todos los
ministros, en cuanto llegan á serlo, le ofrecen honores y destinos,
y todas las chicas guapas le quieren y le miman. Por lo demás, es
sumamente risueño y complaciente, y no tiene pizca de sentido común.

Forma contraste con él un indianete que alardea de no creer en Dios,
porque estuvo seis días en los Estados Unidos; y anda tan escaso de
caudal como de ganas de gastarle. Siempre, y aunque no venga á peso,
tiene estas frases en los labios, entre las hebras de un cigarro infame
del estanco:

--¡Como á mí me pidieran dinero prestado, á puñaladas había de
contestar al muy sinvergüenza!

Y es fama que á puñalada limpia ganó él lo que tiene.

Deben citarse también, aunque no describirse, dos especieros retirados
que arman entre sí muchas camorras, porque ambos toman por lo serio los
discursos de las Cortes, que leen en _La Correspondencia_; siendo el
uno impertérrito esparterista, y el otro clerical denodado.

Pero la salsa de aquel condumio es un don Acisclo Berruguete, que ha
resuelto el problema de vivir de señor con cinco reales y medio al día.
Y verán ustedes cómo. En el barrio más sucio de la población, y en la
calle más miserable del barrio, y en la casa más fementida de la calle,
tiene alquilada una cama en el cuarto más infame de la casa, lujo
que le cuesta dos reales diarios. La misma pupilera le da un potaje
al mediodía, por catorce cuartos; y por tres, una taza de cascarilla
por la mañana. Con el real y medio que le queda, compra pan, y fuma y
ahorra para luz é imprevistos.

Explicaremos este milagro. Come una libra al día, que le cuesta cinco
cuartos y medio; pero temiendo que con las provisiones á la vista se le
deslizasen los dientes, compraba media para la comida y otra media para
cenar y desayunarse. Esta ventaja indudable tuvo un inconveniente de
gravedad para él, porque costando cada media libra dos cuartos y medio,
más un maravedí, y siendo imaginaria esta moneda, el panadero habría de
cobrarle tres cuartos, es decir, un maravedí más de lo justo: de modo
que le saldría la libra á seis cuartos. El caso era de meditarse, y don
Acisclo meditó larga y reposadamente, y venció al cabo la dificultad,
comprando él mismo el pan á un panadero conocido, y pagando, con
la segunda media libra, la primera que se llevaba fiada. Así vivió
algunos meses; pero advirtió la trampa el panadero, y obligó á don
Acisclo á pagar al contado. Lo propio le sucedió en cuantas panaderías
fué recorriendo, hasta que se vió precisado á comprar la libra entera y
á poner á prueba las tentaciones de su apetito. No se ha dado todavía
el caso de que sus dientes se claven en la media libra de reserva
después de haber molido la otra media; pero el peligro no más de la
caída le trae desazonado y en perpetua meditación.

De los seis cuartos y medio que le quedan, invierte dos, cada tres
días, en higos pasos, con un par de los cuales y un cuarterón de pan,
cena, añadiendo, de vez en cuando, algo que rebaña en las mesas de los
cafés, mientras, de intento, da conversación á los conocidos que las
ocupan.

Un tabernero de la calle le hace media docena de velillas de sebo
pestilente, por un real, con las cuales tiene para alumbrarse medio
año; porque es de saber que no gasta luz más que para orientarse en su
cuarto, al entrar en él para meterse en la cama. Todo lo demás lo hace
á obscuras. No fuma tabaco si no lo araña en petaca ajena; fuma todo
lo que arda envuelto en un papel y huela, aunque huela á demonios. Por
eso, tan pronto fuma laurel seco, como yerbaluisa, como anís silvestre,
como menta de perro... lo que abunde en la mies cercana ó en el bardal
más próximo.

De este modo, ahorra cinco ó seis reales cada mes; y entonces
se permite echar una cana al aire con media docena de amigos,
acompañándolos á comer _de campo_.

Ya sabe él, por la experiencia, lo que aquel regodeo cuesta por barba;
y como las suyas no alcanzan tan allá como las otras, al llegar la
comida á los potajes,--«¡raya!»--dice al tabernero,--«y venga la
cuenta.» Y paga los dos ó tres reales que le corresponden por lo
consumido hasta allí; sin impedirle esto, que mientras sus compañeros
toman el indispensable estofado, ó el infalible arroz con leche,
pellizque de lo uno y de lo otro, so pretexto de que está duro, ó
parece soso á la vista, y sin importarle un bledo que le pongan de
gorrón y pegote que no hay por dónde cogerle.

Quédanos por explicar el misterio del vestido.--¿Con qué se
viste?--preguntará el lector.--Con nada; porque uno de los grandes
problemas que ha sabido resolver este prodigio de la economía, es el
del _vestido eterno_.

Cuando dejó el empleo de conserje ó de no sé qué, que desempeñó mucho
tiempo en un establecimiento de enseñanza, después de separar de sus
ahorros lo necesario para crearse una renta de cinco reales y medio,
se vistió de pies á cabeza, tan completamente como quien no piensa
volver á hacerlo en toda su vida. Hízose, por de pronto, un gabán-saco
de dos caras: una parda y otra escocesa; dobles pantalones, dos pares
de botas, dos chalecos y un sombrero de copa alta. Medias no las gastó
nunca; y en cuanto á ropa interior... precisamente es esta ropa la
especialidad del especialísimo don Acisclo Berruguete. Siendo conserje
del mencionado establecimiento, engalanóse éste, en una ocasión de
festejos patrióticos, con banderas y gallardetes en cada hueco de
sus fachadas; y como los huecos eran muchos, las banderas no tenían
número. Pasaron las fiestas y con ellas el entusiasmo; y no quedando
de éste ni el necesario para pagar á un granuja por que descolgara las
banderas, diéronselas á don Acisclo por el trabajo de descolgarlas.
Desde entonces (y cuenta que esto sucedió cuando la Mayoría de doña
Isabel II) gasta don Acisclo camisas y calzoncillos de percalina con
los colores nacionales, aunque con la precaución de hacer la pechera y
el cuello de las primeras con las tiras blancas, ó azules pálidas, que
sirvieron de gallardetes. Por eso dicen que es todo lo que hay que ver,
ver á don Acisclo en ropas menores.

Las botas.--¿Quién sabe lo que puede durar un par de ellas, no
mojándolas ni manchándolas, ni paseándolas mucho? Después, unas
puntadas á tiempo; al año, medias suelas y tapas; al otro, el
remiendito en la grieta; al otro, la puntera...

Es incalculable lo que dura así el calzado, cuando el que le usa es
cuidadoso y ahorrativo; y don Acisclo compró dos pares en sus buenos
tiempos. ¡Figúrese el lector si necesitará más en los días de su vida!

El gabán.--Del primer tirón le gastó diez años por la cara parda, y
lleva servidos más de seis por la escocesa. Por supuesto que allí todo
es hilaza ya; pero como cubre, aprovecha como el mejor, y seguirá
aprovechando á don Acisclo hasta que le sirva de mortaja.

Con los primeros pantalones que desechó á los seis años, repara las
debilidades traseras de los otros; único sitio por donde éstos flaquean
á menudo, sin que importen un bledo las remontas y los costurones, pues
con objeto de taparlos llega el gabán más abajo de las corvas.

El sombrero es la única prenda que no pudo pasar, en buen estado, del
tiempo usual y corriente; pero cuando otro mortal cualquiera le hubiera
arrojado á la calle por descolorido, ajado y alicaído, inventó el
ingenioso don Acisclo una untura con la cual le volvió á la vida más
duro que una peña. Todavía le gasta, y con ánimo de seguir gastándole
hasta que se muera. Mucho brillo tiene, eso sí, y á todo se parece
menos al de la seda; pero es impermeable, hasta el extremo de que ni
los rayos parten aquella cúpula atrevida.

Tal es don Acisclo Berruguete, el tertuliano más importante, aunque no
sea el más _curioso_, de _la tienda de la esquina_.

Qué placer halla Gedeón en la compañía de éste y de los demás
tertulianos descritos, no es fácil saberlo. Pero es evidente que desde
algunos años atrás, no falta un solo día á la tertulia, si la salud le
permite salir de casa.

También es cierto que sólo toma parte en los insulsos debates que
allí se sustentan, para llamar _cabra_ á don Acisclo; _melones_ á los
especieros; _estúpido_ al indianete; _simple_ al joven de medio siglo;
_momia_ al septuagenario, y _alcornoque_ al amo de la tienda.

Y como estas flores las echa con el ceño fruncido y la voz retumbante,
sin meterse en más honduras ni razonamientos, recíbenlas los floreados
á título de _cosas de don Gedeón_, y danle el puesto de preferencia en
la tertulia.

Ocúpale él con la conciencia de que le merece; y siempre le abandona
con el propósito de no volver á meterse entre aquella «reata de
bestias.» Pero vuelve.

Acaso le mueve á ello una necesidad de su temperamento, que se
desahoga llenando de improperios á la reata aquélla; acaso la fuerza
misma de su aburrimiento le hace dar por las paredes; acaso es su
destino que se cumple así... Lo que el lector quiera. El hecho es que
Gedeón no falta nunca á la tertulia de la tienda, y que todos los
Gedeones que yo conozco de la misma edad que el de esta historia,
tienen por único recreo otra tienda por el estilo para reñir con el
lucero del alba que se presente, servir de estorbo á los marchantes y
ocasionar la ruína del tendero; sin que, en rigor de verdad, puedan
decir que, al precio de tanto mal como han causado, se han divertido
una vez siquiera.

[Ilustración]



[Ilustración]

VII

LA VANGUARDIA DE LA MUERTE


Así las cosas, ó porque el invierno se anticipa, ó porque es húmedo,
ó porque... ¡vayan ustedes á averiguarlo! un día la gota se encrespa,
hácese río caudaloso; y subiendo, subiendo desde la punta de los
pies, llega hasta las puertas del estómago de Gedeón; con lo cual el
asma, como si temiera ver inundada su vivienda, échase pecho arriba y
comienza á bregar en las estrecheces de la garganta, buscando más ancho
espacio y un aire que ya no encuentra en aquellas profundidades.

Gedeón, por ende, no sale de casa, y empieza á echársele de menos en la
tienda y en los paseos que frecuentaba. En la tienda, á los pocos días;
en los paseos, á los dos meses.

--_Debe_ de estar enfermo,--dicen sus contertulios una vez sola, sin
mostrar otro interés por su vida, ni cansarse en enviar un triste
recado á su casa.

--Hombre, ¿qué habrá sido de ese señor gordo que tomaba el sol en este
banco todos los días?--pregunta un observador en el paseo.

--Hace más de dos meses que falta de aquí.

--¿Qué señor?--se le responde.

--Pues uno de estas señas y de las otras.

--¡Ah! Don Gedeón... Creo que está hecho una carraca. Ya no sale de
casa... si es que no se ha muerto...

--¡Para la falta que hace en el mundo!...

Tal es el responso que ordinariamente reza el vulgo por los hombres
como nuestro personaje.

Como á los muros ruinosos y á los árboles viejos, se les echa de menos,
no por lo que valían, sino por el sol que quitaban y el espacio que, al
desaparecer, dejan libre y desembarazado.

Entre tanto, el infeliz no halla momento de reposo, por más que le
busca en holgado sillón ó en mullido lecho. Del uno al otro pasa á cada
hora, forjándole el deseo posturas que, al tomarlas, son prensas que
más le oprimen y extreman en su cuerpo los dolores y las ansias.

Así pasa el día, y después viene la noche. ¡Qué noche, gran Dios!
Jurara en su febril desasosiego, que los muebles bailan; que las
figuras de adorno disputan y pelean; que la mortecina luz, reverberando
en opaca porcelana, refleja en puertas y paredes danzas de demonios
y de brujas; y que oye hasta el ruido crepitante de sus miembros
descarnados, y las carcajadas de sus bocas desgarradas y burlonas.
Parécele el cuarto un cementerio, y su cama una tumba abierta, en cuyo
fondo yace su propio cadáver, pero cadáver que siente y recuerda;
porque por un fenómeno producido por la índole de sus tormentos, todo
lo ha perdido menos la sensibilidad y la memoria.

Con ella recorre el dilatado campo de su vida; y por más que cierra
los ojos y los oprime con sus manos, una luz vivísima, que á la vez le
abrasa, le pone de manifiesto todo el sendero recorrido. Pero aquel
campo es una estepa, en que ni huellas quedan de su paso. Allí todo es
desolación y muerte. Tras él no viene nadie, porque nada deja en aquel
árido desierto que preste abrigo y sombra al caminante. Por allí no
pasan sino los pocos insensatos como él, que van huyendo.

Y cuando el sol reaparece, y la fiebre y los dolores le dejan sosegado
unos instantes, abre los ojos y mira en su derredor. ¡Qué cuadro! Cerca
de su lecho, la inmunda bestia, siendo, con su estertor continuo, reló
de su agonía, y á la vez, con su presencia en aquel sitio, testimonio
abominable de los mal colocados afectos del iluso; en otro rincón, la
mercenaria Regla dormitando; Regla, cuyo cariño sigue las oscilaciones
de sus dádivas y las alternativas de sus promesas; en sí mismo, los
dolores del cuerpo y los gritos de la conciencia que le acusa.

El cansancio le rinde al cabo, y va á reposar durmiendo, ¡Vana
esperanza! Regla, que parecía dormitar, meditaba también. Meditaba
que su amo podía morirse en uno de aquellos paroxismos; que ella
había pasado muchos años sirviéndole; que por esto, y quizá por algo
más, tenía derecho á una buena recompensa, y que estaba á punto de
perderla, porque el moribundo no había hecho disposición alguna en
debida forma, que así lo declarase; y sabía también que desde que su
amo se había agravado, todos los días preguntaba por él al portero una
mujer sospechosa. Este indicio la excusaba, en su concepto, de toda
consideración con el enfermo.

Mientras le ve luchar con el delirio de la fiebre, limítase á
observarle, y ¡sabe Dios lo que entonces pasa por sus mientes! Pero en
cuanto le ve dueño de su razón y sosegado, se levanta de la silla en
que velaba, y se acerca de puntillas al lecho.

--¡Señor!--dice al oído del enfermo, con hipócrita suavidad.

--¿Quién me llama?--balbuce Gedeón, cuyos párpados empiezan á cerrar el
sueño.

--Yo... Regla...

--¡Maldita seas, que me robas el único consuelo que me queda!

--Yo no creí... Como es hora de tomar la medicina...

--Déjame... ¡vete!

--Además, tenía que hablarle á usted...

--¿Tienes sueño que ofrecerme?... Pues si no le tienes, déjame... ¡yo
no ansío más que dormir!

--También hay otras cosas en qué pensar...

--¡Déjame!

--¡Y muy sagradas!

--¡Vete!

--Me parece que estoy en mi derecho...

Y Regla, al hablar así, comienza á sollozar.

Tal es la necesidad de descanso que tiene el desgraciado, que, á pesar
de la cruel insistencia de Regla, vuelve el sueño á apoderarse de él.

Al verle dormido, vacila la criada entre el temor de empeorar su causa
enfureciendo á su amo despertándole, y el recelo de que se muera sin
testar en el primer acceso que le acometa.

En esto, aparece en la sala, atropellándolo todo, una mujer, cubierta
la cara con el velo de su mantilla. Pregunta por el enfermo á Regla,
y ésta se le muestra maquinalmente con la mano, desde la puerta del
gabinete.

Penetra en él la desconocida, y avanza hasta la cabecera de la cama.

--¡Gedeón! ¡Gedeón!--dice en voz no muy alta, pero anhelosa, al oído de
éste.

--¡Otra vez, infame, inicua?... ¡Otra vez me despiertas?--responde á
los pocos instantes Gedeón, entre angustiado y colérico.

Regla, que ha seguido con la vista azorada á la entremetida, cuando
la oye llamar á su amo con tanta familiaridad, saca chispas con los
dientes y lanza saetas por los ojos.

--¡Soy yo, Gedeón!--continúa diciendo la encubierta.--¡Mírame!

Y recoge el velo sobre su cabeza, dejando al descubierto la faz
rechupada y angulosa de Solita.

El enfermo hunde su cabeza en la almohada, como si tratara de hacerse
más invisible, para dormir impunemente.

--¿No me conoces?--añade Solita sacudiendo los hombros de Gedeón.

--¡Ya la justicia de Dios no tiene rayos para matarte?--grita iracundo
y trémulo el infeliz, al verse tratado con tal inclemencia.

--Pero ¿no ve usted que descansa?--ruge entonces Regla, dirigiéndose á
Solita con la indignación pintada en su semblante. ¡Como si ella misma
no acabara de cometer el mismo delito!

--Y á usted ¿qué se le importa?--ruge á su vez Solita encarándose con
Regla, de quien há mucho sospecha lo que el lector y yo sospechamos
también.

--¡Me importa, porque le cuido... porque le velo... porque sé lo que
padece!--contesta Regla devorando con los ojos á aquella mujer en quien
ha descubierto á su invisible rival en la privanza de su amo.

--¡Mentira!... Tú no sabes lo que yo padezco... ó no tienes entrañas si
lo sabes, cuando también me has despertado,--exclama Gedeón.

--¿Lo oye usted?--dice á Regla Solita, balbuciente de rabia.

--¿Quién es el otro verdugo que te acompaña, Regla?--pregunta el
enfermo.--Quiero saber su nombre para maldecirle.

--Soy yo: Solita...

--¡Solita! ¡Tú también!... ¡Pues maldita seas!

--¡Ingrato!... ¡Te pesa que esté á tu lado!...

--No, si me traes lo que necesito--exclama el desventurado, aspirando
con ansia un poco de aire;--pero si no me lo traes, ¡maldita seas!

--Si con la vida puedo dártelo, tuya es, Gedeón.

--Para nada la necesito. Pero ¿me traes compasión? ¿Me traes caridad
para mis tormentos?

--Sí.

--Pues demuéstramelo marchándote de aquí y dejándome descansar... No
anhelo otra cosa; no le pido más á los hombres... ¡Ya ves con qué poco
me conformo! ¡Cuán poco te pido!

--Sí, pobre Gedeón, poco me pides.

--¡Pues ni eso han querido darme!

--Porque no saben comprender...

--Tampoco tú lo has sabido cuando también me despertaste.

--Para que durmieras luégo más descansado.

--Lo estaré, si tú te marchas.

--Del cuerpo, pero no del espíritu.

--¿Qué quieres decir?

--Que pienses _en lo que debes_ pensar, antes de entregarte al sueño.

--¡Infame! ¿Temes que sea el último que duerma?

--No, pero...

--¡Víbora! ¿Esa agonía me preparas? ¿Ese es el consuelo que me traes?

Y cuando dice esto, Gedeón no encuentra ya postura cómoda en la cama;
su respiración comienza á ser fatigosa; los dolores le punzan de nuevo,
y los ojos se le inyectan de sangre.

--Señora--exclama Regla, trémula de coraje, más que por el estado de
su amo, por lo que ha descubierto en el diálogo que éste ha sostenido
con Solita,--yo asisto á ese enfermo; yo soy responsable de lo que le
suceda por falta de cuidado... ya está usted viendo cómo se ha puesto
con lo que le ha dicho...

--¿Y qué?--la pregunta Solita volviéndose á ella como serpiente que
levanta su cabeza para lanzarse sobre su presa.

--Que no consentiré que usted continúe atormentándole.

--¡Bien, Regla, bien!... ¡Échala, mátala!... ¡Yo respondo de todo!

--¿Lo oye usted, _mala mujer_?

--¡Mala mujer yo!--brama Solita arrojando espuma por la boca.--¡Y eso
me lo llamas... tú, fregona miserable!... ¡tú que le apartas de su
deber! ¡tú que eres causa de que un padre reniegue de sus hijos!

--Silencio... maldecidas!--grita Gedeón ahogándose.

--¿No oye usted lo que me dice?--responde Regla, á punto de coger del
moño á Solita.

--¿Estábais de acuerdo para echarme de aquí?--continúa ésta.--Pues
bueno: yo saldré al balcón y lo publicaré todo; y lo que tú,
desalmado, no quieres declarar en debida forma, lo sabrá la gente por
mi boca.

--¡No, por caridad, Solita!--exclama Gedeón, viéndola dispuesta á
cumplir en el acto su amenaza.--Vete de aquí... déjame descansar...
y yo te prometo que sabré cumplir con mi deber... pero vete luégo...
ahora mismo; porque si tardas un poco... me ahogo... ¡Regla!... ¡la
cucharada!... ¡Ay! yo me muero... ¡La cucharada... Regla!

--¡El demonio que le lleve á usted!--le contesta Regla por todo
consuelo, indignada al ver á la intrusa triunfante en aquella inhumana
pelea.

--He aquí el pago. Gedeón... ¡sacrifícame otra vez por ella!...

--¡Socorro! ¡Vecinos! ¡Estas fieras me asesinan!...

Y como si las palabras del angustiado Gedeón hubieran llegado á su
destino, se oyen pasos hacia la sala; y un instante después entra una
persona en el gabinete.

Es el Doctor, que viene á hacer al enfermo la visita de la mañana.

Á su vista se enmudecen las dos mujeres, y hasta quieren disfrazar la
ira de que están dominadas, con sonrisa y actitudes tan violentas como
ociosas.

Gedeón, por el contrario, tan pronto como ve al médico, comienza á
implorar de éste la autoridad que á él le falta para hacerse respetar.

Algo ha oído el Doctor al entrar en la casa, y no poco le dicen
aquellas dos mujeres en quienes su presencia causa tan notorio
desconcierto. Las palabras de Gedeón nada le descubren que él no haya
sospechado.

Por de pronto, manda que le dejen solo con el enfermo. Solita y Regla
cumplen el mandato; y la primera, cubriéndose la cara con el velo, y
después de lanzar una mirada rencorosa á la segunda, sale de la casa
hecha una furia, fulminando no sé qué tempestades y propósitos en
respuesta á otras amenazas sordas con que va Regla escarbándole los
oídos.

Solos, el Doctor y el enfermo, éste continúa lamentándose de su
infortunio sin consuelo, y entona tristes endechas sobre lo que acaba
de sucederle, tras una noche como la que ha pasado.

--He visto aquí una cara que me es desconocida,--dícele el Doctor
después de haberle dado el calmante que le negó Regla, y de verle más
sosegado y en reposo.

--Esa es la serpiente, Doctor; ¡la serpiente de mi paraíso!

--¿La serpiente, ó la manzana?

--Lo que usted quiera. La verdad es que esa mujer ha sido obstáculo
perenne en el camino de mi vida desde que usted y yo nos conocimos; la
hiel de todas mis amarguras...

--¿Y no ha habido manera de separar ese obstáculo, al parecer tan leve?

--No, Doctor; porque á la vez ha sido... ¿á qué ocultárselo á usted?
gusano de mi conciencia.

--¡Hola!... ¿Luego es decir que no sin derecho le ha perseguido á usted?

--Hasta cierto punto, Doctor.

--Acaso con la exigencia de que se le cumplan determinadas promesas...

--Cabalmente.

--Y quizá exponiendo _razones_ de esas que, por lo mismo que son hijas
de una _debilidad_, son las más fuertes.

--Razones... sí; hijas de una debilidad mía, también; pero en cuanto á
fuertes, no, señor.

--Pues no lo entiendo.

--Va usted á entenderlo al punto, porque yo no quiero tener secretos
para el único hombre que en el mundo me ha querido bien y no me ha
disfrazado la verdad.

--Mil gracias por la deferencia; pero cuide usted de no revelarme
_demasiado_, para no sentir después un nuevo remordimiento.

--No, Doctor: ¡hasta por egoísmo necesito desahogarme con alguien de
estas pesadumbres!

--Adelante, pues, con la historia.

--Me encontré con esa mujer, de humilde cuna, cuando aún tenía ella
gracias y donaires, y yo buena salud y ciertas ideas de moral... Sin
gran esfuerzo, acomodóse á mis propósitos. Pero dió en la gracia de
mostrarme los suyos, por demás extremados y opuestos á los míos,
precisamente cuando ya el desencanto me hacía mirarla como carga
superior á mis fuerzas y deseos. Entonces le conocí á usted; y sin
decir que sus teorías, para mí tan nuevas como interesantes, sobre
el matrimonio y la familia, me convencieran, la verdad es que fueron
causa de que yo sintiera un irresistible deseo de verme colocado en un
terreno completamente despejado, para elegir la senda más de mi gusto,
si en ocasión de elegir volvían á ponerme las circunstancias. Entonces
pensé muy seriamente en desembarazarme del estorbo de esa mujer:
intentélo varias veces; mas cuando ya iba á conseguirlo, venciendo
miramientos pueriles que hasta allí me habían detenido, halléme unido á
ella por un vínculo nuevo; de esos que amarran y doman al hombre de más
bríos, mientras le quede un rastro siquiera de honra en el pecho... ¿Me
entiende usted, Doctor?

--Perfectamente.

--No sé qué pensamientos me asaltaron cuando preso me ví de esta
manera; porque antes de llegar á examinarlos, ya me atormentaban
indicios... de cierto género... ¿Me entiende usted?

--Sospecho que sí.

--Pero no pasaron de indicios, ni pasar pude yo de la incertidumbre en
que me sumieron, ni adquirir me fué dado una prueba que me autorizara
para quejarme, ó me extirpara los recelos. Así corrieron los años;
crecieron los vínculos con ellos... ¡_crecieron_, Doctor!... que á
tales demencias arrastra el amor propio resentido... y así he llegado
hasta hoy: ella reclamando lo que en conciencia dice que la debo,
é invocando _testimonios_ que yo no quiero ver, ni jamás he visto
ni veré; y yo aborreciéndola más cada día y alejándome cuanto me es
posible de ese padrón de ignominia, infierno de mi existencia, testigo
de mis debilidades y torpezas. Hoy ha venido á robarme mi único bien,
el sueño, para amenazarme con publicarlo todo si continúo resistiéndome
á sus exigencias... En eso estaba cuando usted entró.

--Graves son, en efecto, las razones de esa mujer--dice el Doctor
después de permanecer unos instantes silencioso.--Pero, ¿y la otra?
¿por qué se quejaba de usted?

--¿La otra?--responde Gedeón muy contrariado.--La otra... Ya sabe usted
lo que son amas de llaves muy antiguas en las casas... Resabios del
oficio... La costumbre de mandar en todo...

--¡Ya!--replica el médico sonriéndose, acaso sin malicia.

--Y ahora que está usted impuesto de todo, Doctor amigo; ahora que de
mis labios ha oído usted lo que á nadie en el mundo he confesado; ahora
que conoce usted el infierno en que me abraso, no me niegue usted su
auxilio para salir de él, si salir puedo, ó para tomar una postura
compatible con el descanso.

--Ante todo, amigo don Gedeón, ¿qué opina sobre el caso su conciencia
de usted?

--Mi conciencia, Doctor... mi conciencia no sabe á qué atenerse. En
ocasiones concede derecho á esa mujer para quejarse; otras veces se le
niega, puesto que sin violencia aceptó la situación en que se puso.

--Y sobre los _vínculos_ posteriores á esa primera situación, ¿cómo
piensa?

--Piensa cuando se fija en los _indicios_ aquéllos, que yo tengo
perfecto derecho para romper esos vínculos; y cuando no, que éstos son
un castigo palpable de mi insensatez.

--¿Y qué aconseja, por fin, esa señora?

--Nada, Doctor: quimeras, delirios que me deslumbran y me aturden y me
martirizan.

--¿Está usted seguro de que es la conciencia de usted la que así piensa
y la que así aconseja?

--¿Y qué otra cosa puede ser?

--La vanidad, la soberbia...

--¿Es posible?

--Se trata de un hombre que ha hecho del celibato una bandera, y
de una mujer de obscuro linaje que quiere obligarle á caer, en las
peores condiciones imaginables, en el extremo de que él huía, aun
considerándole con todas las ventajas posibles. Concédame usted que
esta prueba es de las más terribles á que puede someterse el amor
propio.

--Concedido.

--Es, por tanto, muy fácil que lo que usted toma por dictámenes de la
conciencia, no pasen de ser rebeliones del despecho.

--Sea lo que fuere, Doctor, yo necesito que usted no me abandone en tan
horrible trance; que me defienda contra esta conjuración que me amenaza.

--_¡Defenderle!_ ¡Ahí está el egoísmo otra vez! ¿Y si, en buena
justicia, no es defendible su causa de usted?...

--¡Que no!

--Me parece que cuando su propia conciencia duda, bien puedo yo dudar.

--¡Es decir que usted me abandona; que me deja entregado á la
inclemencia de estas mujeres, para que me asesinen?

--Tanto como eso, no; pero distinga usted entre el médico y el
moralista. Con el primero cuente usted siempre, porque eso soy, y nada
más, aunque alguna vez me haya metido á filósofo _de afición_. En
cuanto al segundo... busque usted y hallará.

--¿En dónde, si estoy solo en el mundo!... ¡Solo, Doctor, y agonizando!

--Llame usted á todas las puertas que su razón le muestre.

--Todas están cerradas para mí.

--Lo creo; pero hay una que no se cierra para nadie. Llame usted á esa.

--¿Qué puerta es?

--La de Dios.

--¡Luego me cree usted en peligro inmediato de muerte?

--No por cierto; antes me atrevo á prometerle á usted que hemos de
saludarnos en la calle dentro de pocos días. La intensidad del mal ha
cedido mucho; los accesos van siendo cada vez más benignos, ó menos
crueles.

--Entonces ¿por qué ese consejo?

--Venía dispuesto á dársele á usted hoy, en la persuasión de que si
le aceptaba en cuanto vale, me debería el mayor beneficio que puede
hacérsele á un hombre. Con doble motivo se le doy ahora que conozco la
historia que acaba usted de confiarme.

--Y ¿dónde está esa puerta, Doctor?

--¿Es usted tan desventurado que no la ve?

--He olvidado el camino. ¡Hace tantos años que no le frecuento!

--¿Se ha olvidado usted también de que existe ese camino?

--Creo que no.

--Algo es eso.

--Pero estoy á obscuras para volver á hallarle.

--No importa, si queda fuego con qué hacer luz.

--Chispas entre cenizas, Doctor; nada más.

--¿Está usted seguro de ello?... Examínese usted bien.

--Seguro estoy.

--Pues con esas chispas se puede producir un incendio. ¡Ay de la fe
cuyas cenizas se enfriaron! Reúna usted esas chispas; agréguelas usted
combustibles, y la luz se hará y verá usted la puerta. Cuando usted la
vea, llame.

--¿Y después?

--Después... no necesitará usted preguntarme á mí qué debe hacer en el
conflicto que me ha confiado, ni cómo se lucha y se vence contra las
miserias del mundo: la conciencia, iluminada por la religión, le dirá
á usted todas esas cosas y otras muchas.

--¿Lo cree usted como me lo dice, Doctor?

--¡He visto tantos milagros de esa especie! Acuérdese usted de Herodes.

--¡Herodes!...

--¿Qué le admira?

--En verdad que milagro fuera en mí semejante resurrección... Si usted
me ayudara á dar los primeros pasos...

--Desde hoy mismo, si usted quiere.

--Precisamente hoy... Pero mañana... mañana, sí.

--Mal síntoma es ese «mañana,» amigo mío; pero, en fin, también mañana
estaré á sus órdenes.

--Gracias, Doctor; y por de pronto, eche usted una buena reprimenda
á esa pícara criada, á fin de que me cuide mejor. Á mí ya no me hace
caso... me conceptúa muerto. ¡Muerto, créalo usted!

Y tras éstas y otras palabras por el estilo, cumple el Doctor, como
puede y como debe, el encargo del enfermo, y vase dudando mucho que
aquella alma acongojada salga de las tinieblas en que yace.

[Ilustración]



[Ilustración]

VIII

LOS PARIENTES DE GEDEÓN


Los pronósticos del médico se cumplen en todas sus partes. El enfermo
sale de las apreturas en que le hemos visto; y á medida que va
adquiriendo fuerzas y esperanzas, va dejando, no ya «para mañana,» sino
«para otra ocasión,» el proyecto de llamar á la puerta consabida.

Ya puede gritar y revolverse, y hasta sacudir un bastonazo á la
atrevida que le provocase al alcance de su brazo. ¿Para qué necesita
apelar á ciertos _extremos_ alarmantes? Hasta se arrepiente de haber
sido tan explícito con el Doctor. Tal es la condición humana, aun sin
tratarse de egoístas como Gedeón. Las muletas que suplen el miembro
entumecido, se arrojan al fuego tan pronto como aquél recobra sus
fuerzas y movimiento.

Al cabo de los días, el convaleciente se encuentra en aptitud de salir
á la calle á tomar el sol. Ya tiene el sombrero puesto, y se afirma
en su cachava para mover sus pies entrapajados y embutidos en sendos
zapatones de paño, cuando Regla le anuncia la visita de un caballero y
de una señora.

Tratándose de un hombre cualquiera, un anuncio semejante y en semejante
ocasión, nunca se recibe sin contestar con mal gesto: «No estoy en
casa; que vuelvan otro día.»

Mas para Gedeón, que no se trata con nadie, fuera de las personas que
conocemos, el anuncio de una visita es un acontecimiento extraordinario
que excita en gran manera su curiosidad; y así, movido de ella,

--Que pasen adelante,--dice.

Y los anunciados pasan á la sala.

Dos son, como dijo Regla.

El caballero es hombre maduro, con buena ropa, pero mal hecha y peor
colocada. Sus ademanes y su aire corresponden á la ropa. Luce en sus
manos holgados guantes de color de ladrillo, y con una de ellas ase
barnizado bastón por más abajo del puño, que es de oro, ó lo remeda.

La señora parece cortada por el mismo patrón que su acompañante, así en
el modo de ser como en el de vestir.

Los dos personajes son á cual más risueño y expresivo.

--¿El señor don Gedeón?--pregunta desde la puerta de la sala el
caballero descoyuntándose á cortesías, encarado ya con aquél.

--Servidor de ustedes,--responde Gedeón haciendo su poco de encorvadura
en los riñones, por no permitirle más fuerzas de gimnasia sus miembros
doloridos.

--Beso á usted su mano,--dice por su parte la señora, abanicándose el
rostro y retorciéndose mucho.

--Pues yo tengo grande honor en conocer á usted y ofrecerle mis
respetos,--añade el visitante, avanzando hasta Gedeón y tendiéndole la
diestra.

--Lo mismo digo, caballero,--responde Gedeón, dejándose estrechar la
mano.

--Mi señora...--continúa el otro, señalando á la que le acompaña y
mirando á Gedeón.

--Mi marido...--dice la señora haciendo una exagerada cortesía á
Gedeón, y apuntando á su acompañante.

En otros tiempos Gedeón se hubiera dado á todos los demonios al verse
figurar como actor en una escena semejante; pero ahora, y merced á la
apatía en que le han hecho caer sus dolencias y sus pesadumbres, casi
se riera de lo que tiene delante, si de reir no se hubiera olvidado en
tantos años como ha pasado sin reirse.

Así es que con una calma y una serenidad de rostro que parecen reñidas
con sus antecedentes, brinda á los visitantes con el sofá, y sentándose
él en la butaca contigua, ruégales que le expongan la razón de su
visita.

--Va usted á saberla--responde el caballero, estirando las manoplas
y colocando el bastón entre las piernas.--Pues, señor, yo soy, para
cuanto usted guste mandarme, Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,
natural y vecino de Cascaruca, pueblo á muy pocas leguas de esta
ciudad, y en el cual tiene usted una hacienda morrocotuda.

--Muy señor mío...

--Para servir á usted... Soy hombre de algunos posibles, aunque no
muchos, y allí casé con ésta mi señora...

--Beso á usted su mano,--vuelve á decir la aludida.

--Diónos el cielo un heredero--continúa su marido,--uno no más, don
Gedeón; el cual, al ser muchacho, cursó latinidades con el párroco del
pueblo (hombre docto, eso sí, y virtuoso también), con ánimo de que, ya
mozo, se elevara á facultad mayor. No pudo ser esto por razones largas
de exponer; y al cumplir los veinte años casó con una joven de su
elección particular, aunque no de su linaje, ni, en verdad hablando,
de nuestro gusto. Hoy vive también en Cascaruca con cinco de familia y
al amparo nuestro y de un destino de secretario del Ayuntamiento, que
pudimos obtener para él. Por lo demás, es mozo trabajador y honrado.
Y dicho esto, hágase usted cuenta, mi señor Don Gedeón, de que conoce
usted á toda la familia de mi casa.

--Sin contar--añade la señora, mirando muy de cerca el paisaje de su
abanico,--seis alumbramientos desgraciados que tuvo una servidora de
usted.

--Cierto es eso--repone su marido;--pero como dijo el otro, «con agua
pasada no muele el molino; oveja muerta no hace rebaño.» ¿No es verdad,
don Gedeón? Aquí se trata de los que somos, no de los que pudimos ser;
pues sin eso y sin lo otro y sin lo de más allá, sabe Dios los que nos
sentaríamos hoy á la mesa en nuestra casa de Cascaruca. ¿No es verdad,
don Gedeón?

--Cierto es, en efecto,--responde éste mirando al uno y á la otra, como
pidiendo á cualquiera de ellos la prometida razón de la visita, que aún
no sospecha entre el fárrago de aquel prólogo estrafalario.

--Pero vamos al asunto--continúa el don Ruperto, volviendo á estirarse
las manoplas;--y el asunto es, señor don Gedeón, que nosotros somos
parientes, y que habiendo sabido mi señora y yo, por el colono de
usted, que ha estado usted enfermo de alguna gravedad, por si otra
vez ocurre, lo que Dios no quiera, hemos venido á ofrecerle nuestros
cariñosos y desinteresados servicios, de los que puede usted disponer
también en sana salud.

Algo como sospecha de mal género cruza por las mientes del visitado;
pero resuelto como está á seguir hasta donde le sea posible el humor de
aquellos originales, sonríese y contesta:

--¿Parientes míos dice usted?

--Sí, señor... y bastante cercanos.

--¿Por qué parte?

--Por los Gazapones.

--Ahora lo entiendo menos. ¿No me ha dicho usted que se llama Gazapín?

--Sí, señor; pero el tercer apellido de su abuelo materno de usted era
Gazapón.

--Luego no somos parientes.

--Déjeme usted concluir. Los Gazapones son primos carnales de los
Gazapines por la tercera rama: así es que mi padre se llamaba Gazapón,
de segundo apellido.

--Podrá ser, cuando usted lo asegura.

--Como que es la verdad... Y es tal el entronque y enlace que hay de
unos con otros, que yo no pude casarme con ésta sin dispensa.

--¿También es Gazapín?

--No, señor: ésta es de los Gazaperas.

--¡Demonio!

--Sí, señor; familia que viene á ser, por lo que entonces se supo, el
tronco de los Gazapones y de los Gazapines, que son las ramas.

--Hombre, es muy interesante todo eso.

--Yo lo creo... Puede usted gloriarse de pertenecer á una familia de
las más ilustres, dilatadas, y, al mismo tiempo, unidas; quiero decir,
sin mezclas extrañas. Tan unida, que las tres ramas tienen el mismo
escudo en la ejecutoria.

--¡También eso! ¡Conque tenemos ejecutoria y armas!

--¡Yo lo creo!... ¡y bien bonitas! ¿No las conoce usted?

--No por cierto; y ahora me pesa.

--Pues yo le diré á usted: representan dos gazapos, uno grande y otro
chico, en campo de legumbres tiernas; y á lo lejos la gazapera con un
farol á la entrada, y un letrero, por luz, que dice: «_Os alumbro el
camino_;» como si dijéramos, «no acelerarse, y firmes con ello, que yo
os muestro la retirada, si viene el amo.»

--Es curioso el lema...

--Así explican el escudo los que lo entienden. La verdad es que la
nuestra fué siempre familia muy aprovechada.

--Ya se conoce.

--Y atento á ello, yo no sé qué rey de la antigüedad le dió esas armas,
por no sé qué préstamo que le hizo.

--No era rana Su Majestad, á juzgar por la muestra.

--Pues sí, señor, todo eso hay.

--Y no es poco.

--Y hablando de otra cosa, ¡Vaya una finca que tiene usted en Cascaruca!

--No es mala.

--¡Y qué partido podía sacarse de ella, bien administrada!

--¿Tan mal lo está?

--Tan mal, tan mal... no digamos; pero ya lo sabe usted, «hacienda, tu
amo te vea,» y yo jurara que usted no la ha visto en su vida.

--Verdad es.

--Naturalmente. ¡Tendrá usted tantas cosas que valdrán más! Á
Radegundis se lo he dicho yo muchas veces: «He aquí una finca que es
una alhaja para un hombre hacendoso; y el diablo me lleve si su amo,
nuestro pariente, se acuerda de ella; y para no acordarse de ella,
¡cuánto no tendrá ese hombre!»

--Y ¿por qué se tomaba usted esa molestia?

--Pues ¡qué sé yo! porque caía la pesa, como dicen, y porque también
el interés de familia mueve mucho, ¿está usted? Y cuando no hay ofensa
para nadie... Por eso, cuando me respondía Radegundis que ya daría
para un buen rato el contar lo que usted tiene, no podía yo menos de
decir: «¡Válgame Dios! ahí está nuestro pariente lleno de caudales y
sin un hijo que se los herede, ni una obligación que tenga derecho para
arrancárselos, ni un triste allegado á su vera, para que mañana ú otro
día le cierre los ojos, ó le asista en sus desconsuelos. ¿Adónde irá
á parar ese dinero el día en que don Gedeón fallezca, porque mortales
somos todos?» Y entonces me decía Radegundis: «¿Quién sabe lo que
pensará nuestro pariente?... Si tiene un millón, como dicen, entre
rústicas y urbanas (yo creo que ha de ser bastante más), ya habrá él
echado sus cuentas, y tomado sus disposiciones para que cada uno lleve
su merecido... ó para tirarlo por el balcón... Nosotros, quietecitos en
nuestra casa y atenidos á nuestra medianía, que á la fortuna no hay que
salir á buscarla: ella sola se mete por la puerta, si de Dios está que
han de alcanzarle á uno sus favores.» Me parece que esto es hablar en
ley y sin ofensa de nadie, ¿no es verdad, don Gedeón?

--Mucho que sí; y es una lástima que mi señora doña Radegundis, que
tan cuerda es en hablar, no lo sea tanto en sus obras.

--¡Ay, don Gedeón! por la espina de Santa Lucía--exclama aquí la
señora de don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,--¿á qué obra
mía le falta la cordura? ¿En qué he faltado á las conveniencias de mi
educación y de nuestro parentesco?

--Justo--añade su marido,--¿en qué ha podido esta infeliz faltar á todo
eso?

--En dejarle á usted venir... á lo que ha venido á esta casa, y en
acompañarle á ella.

--¡En eso, mi buen pariente!--exclama don Ruperto.--¡Es posible que una
persona cometa una falta en ofrecer sus respetos á otra persona?...
Porque á eso, y sólo á eso, hemos venido: créanos usted. ¿No es cierto,
Radegundis?

--Señor don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y vecino de
Cascaruca; señora doña Radegundis Gazapín... de no sé cuántos: cumplí
ya los sesenta y cinco, y apenas me quedan en la boca otros dientes que
los colmillos; ¡figúrense ustedes si los tendré retorcidos!

--No comprendo...

--No caigo...

--Ni hay para qué comprendan ni caigan; en cambio, yo les comprendí
á ustedes á poco de haberlos oído, y esto baste. Conque estimando
la visita en cuanto vale, denla por terminada; procuren ser en otra
que les ocurra, no en mi casa, menos explícitos y más afortunados, y
déjenme ir á tomar el sol, que para tiempo perdido basta el que les he
consagrado.

--¡Pero don Gedeón!...

--¡Pero pariente!...

--¡Ni una palabra más!

--Para explicarle á usted...

--Para que no crea...

--¡Zambomba, que se me acaba la paciencia! ¿Les parece poca la que he
tenido?

--Pues saludo á usted, caballero, que, después de todo, de hombre
á hombre no va un palmo... Vamos, Radegundis, que, por lo visto,
estorbamos aquí.

--Bien te dije yo, Ruperto, que te miraras mucho antes de venir... Beso
á usted su mano...

Y el apreciable matrimonio, hecha esta despedida, vuélvese por donde
vino, entre mustio é indignado. El lance no es para menos, tómense sus
propósitos por donde al lector pluguiere.

En tanto, Gedeón, no poco amostazado, recibe de mano de Regla una carta
que acaba de llegar por el correo, caso también de los más raros en
aquel hogar.

Ábrela sin tardanza. Está fechada en Taconucos, pueblo de aquella
provincia, y no lejano, y dice así:

«Muy respetable señor: Sé que los Gazapines de Cascaruca han ido ha
ofrecerle á usted sus respetos, bajo pretexto de que son sus parientes
cercanos. No los crea usted, y sírvale de gobierno que acostumbraban
á hacer lo mismo con todos los pudientes de la provincia que están á
pique de morir sin herederos forzosos. Dichos Gazapines son gente de
mucha bambolla y de poco trigo; y en cuanto al vástago de que le habrán
hablado á usted, es un perdido que ya ha estado seis veces en la cárcel.

»En punto á parentesco, yo no sé que tenga usted en este lado de la
provincia, otros que con mi familia, por parte de los _Lupianes_, que
casaron con los _Lupinos_, provenientes en línea recta de los _Loberas_
primitivos, y por eso el quinto apellido de su señor bisabuelo paterno
es _Lupián_, igual al tercero de mi señora madre (que en paz descanse),
como puede verse en nuestras ejecutorias; por lo cual en las armas de
esta casa hay, entre otros animales dañinos, un _lobato_ que también
debe de hallarse en las de usted.

»No saco á plaza esto del parentesco por llamarme, como el otro que
dice, á la parte en cosa alguna de usted, ni hacer méritos de ninguna
clase; sino para que se vea la diferencia que va de parientes á
parientes, ó séase de los _Lupianes_ de Taconucos á los _Gazapines_ de
Cascaruca.

»Por lo demás, testigo es el arrendador de su hacienda en este pueblo,
de lo que yo respondí al darme él la noticia de que se hallaba usted á
las puertas de la muerte, y sin un sér de su propia sangre á su lado á
quien dejar sus caudales opulentos.--«Pobre soy (esto dije); cargado de
familia y de necesidades me hallo; pero así me iré á la sepultura antes
que darle á sospechar que le visito con miras interesadas. Si él quiere
acordarse de mí, aquí estoy dispuesto á servirle en cuanto yo pueda, y
agradecerle los beneficios que tenga á bien dispensarme.»

»Tal dije entonces y tal repito ahora, aprovechando tan favorable
oportunidad.

»Y pues ya lo sabe usted, vea en qué puedo serle útil, y mande con
franqueza á éste su atento servidor y pariente cercano,

  LUPERCIO LUPIÁN DE LA LOBERA.»

--Todo esto que hoy me sucede con mis parientes--piensa Gedeón en
cuanto acaba de leer la carta,--me haría muchísima gracia si no lo
viera yo más que por la superficie; pero es el caso que tiene un fondo
endemoniado. Por lo visto, huelo ya á carne muerta, y éstos mis
parientes vienen á ser los buitres que revolotean á mi lado esperando
el regodeo que van á darse. Éste es el hecho innegable.

En cuanto á los comentarios que pudiera hacer sobre él un hombre como
yo, que en su juventud no se casó por no verse en el riesgo de que sus
hijos y su esposa _desearan_ heredarle... vale más no hacerlos. ¡Qué
gran libro es la vejez! ¡Lástima que el hombre tenga que morirse cuando
empieza á leerle con provecho!

Luego rasga la carta en cien pedazos; requiere su bastón y sus gabanes,
y rompe á andar hacia la escalera paso á paso, con la cerviz caída y
marcando el lento compás de su andadura con quejidos y carraspeos.

[Ilustración]



[Ilustración]

IX

IN ARTÍCULO MORTIS


Estamos otra vez en el gabinete de nuestro personaje. Los entornados
postigos del balcón apenas dejan entrar la necesaria luz para que ojos
acostumbrados á ella puedan distinguir lo que es sombra y lo que es
cuerpo.

Así puede verse el de Gedeón sobre la cama, no tendido, sino
recostado en un rimero de almohadas, alta la cabeza, abierta la boca,
desencajados los ojos, y aspirando, jadeante y anheloso, el aire
infecto de aquella triste habitación.

Un poco de humedad en los pies, un rayo de sol demasiado fuerte en la
cabeza, si no se prefiere creer que así estaba decretado por quien es
dueño y señor de vidas y almas, bastó para derribar de nuevo aquella
balumba de humores y desengaños, y hacerla rodar hasta el borde del
sepulcro.

En esta recaída no se detuvo la invasión del mal en los límites del
estómago, como en el ataque anterior: á la primera embestida rebasó de
la línea, y sitió al corazón por todas partes.

Harto claro lo vió el médico en las ansias del paciente, y sin andarse
en remilgos ni en contemplaciones, díjole:

--Amigo mío, esto es muy grave; y es preciso que sean heróicos los
esfuerzos que hagamos para combatir, siquiera con gloria, contra
enemigos de tanto empuje.

--Pues ¿cuántos son los enemigos?--preguntó Gedeón ahogándose.

--Los temibles, dos: la gota que ataca á la vida, y el desconsuelo que
la embravece atacando al espíritu. Yo me encargo de lidiar contra la
una hasta donde mis fuerzas alcancen; pero es preciso que alguien se
encargue de lidiar con el otro al mismo tiempo: _dividir es vencer_,
decía el guerrero. ¡Quién sabe si venceremos nosotros con esa táctica?

--Haga usted cuanto guste--respondió Gedeón,--y tenga entendido, para
su gobierno, que en este instante sólo aspiro á morir con la menor suma
posible de tormentos.

Dos horas después entraba en el gabinete, acompañado del Doctor, el
mismo sacerdote que había asistido á Herodes en su enfermedad.

No era Gedeón un hombre combatido por las dudas ni fatigado por el
examen: era simplemente un haragán de la fe; no había perdido sus
creencias: se había olvidado de ellas por desuso. Mientras anduvo por
el mundo, esclavo de todas las concupiscencias de la carne, maldito si
se le ocurrió una vez siquiera pensar en que poseía un alma, cuanto más
en el destino que ésta tendría cuando dejara la cárcel de su cuerpo.

No le costó, pues, mucho trabajo al piadoso varón reunir las chispas
esparcidas, y producir con ellas, si no un incendio, por lo menos una
luz á cuyos resplandores no tardó Gedeón en ver todos los senos y
repliegues de su conciencia como en la palma de la mano.

En uno de ellos encontró á Solita agazapada y llorosa. No le pareció
la hija del zapatero tan fea ni tan antipática como antes, ni halló
fuera de toda justicia la demanda que en otros tiempos le expuso; mas
en cuanto á los vínculos nuevos con que pretendía amarrarle, sólo los
aceptaba, como razón de derecho, secundum quid.

--Pero bien mirado--exclamó á poco rato, y después de oir las piadosas
y discretas reflexiones de su confesor,--¿qué más me da ya? ¿De qué
me sirve ese derecho, ni otros como él, ni cuantos bienes poseo,
si todo ello junto no me arrancará de las garras de la muerte, ni
siquiera me aliviará uno solo de los tormentos que ahora me empujan
hacia ella?... Dice usted muy bien, santo hombre: en lo falible de la
justicia humana, preferible es la duda de beneficiar á un extraño al
recelo de perjudicar al propio. Esos vínculos, aunque no tan santos
como yo quisiera, son, al cabo, el único derecho que dejaré en el mundo
para vivir en la memoria de los hombres. Quédese con ellos cuanto en
el mundo me ha pertenecido, y esa pesadumbre menos impedirá á mi alma
elevarse á la región de la Verdad y de la Misericordia.

En esta situación de ánimo se halla Gedeón cuando aparece á la vista
del lector al principio de este cuadro.

Regla entra y sale y se aproxima á la cabecera del lecho, ora con un
medicamento, ora para arreglar las almohadas ó la ropa.

El enfermo ya no riñe ni vocea: su único deseo parece limitado á salir
cuanto antes de aquellas ansias que le ahogan. Esto le pide á Dios á
cada instante, resignado y contrito, desde que el sacerdote le volvió á
la santa Ley y le absolvió en su nombre.

Aún le falta llenar en el mundo otro deber, y está dispuesto á llenarle
sin tardanza; y á eso espera impaciente.

Regla lo sabe, y no deja asomar á su semblante ni el más tenue reflejo
del estado de su espíritu. Acaso la impone la tremenda solemnidad de
aquella agonía terrible; acaso la luz que penetró en la conciencia
de su amo la ha hecho pensar en las obscuridades de la suya; quizá
la fuerza misma de la astucia la sostiene impávida en aquel trance
de prueba. Lo cierto es que asiste al enfermo con más diligencia que
nunca, y que al verla quien la vió días atrás á la cabecera de la misma
cama y enfrente de Solita, jurara que el moribundo ha saldado todas sus
cuentas con ella, derramando sobre la falda de su vestido el bolsón de
sus caudales.

Para que ningún detalle de carácter se nos olvide al inventariar por
última vez la estancia en que tantas veces nos hemos hallado con
la fantasía el lector y yo, sépase que Adonis sigue en su rincón
acostumbrado, gastando los menguados restos que le quedan de vida en
buscar una postura que no halla, para que la fatiga no le ahogue.
Parece que se ha propuesto estirar el hilo de su existencia hasta donde
alcance el de la de su amo. Ni un punto más, ni un punto menos.

--¿Acaba de llegar esa gente?--pregunta Gedeón á Regla con voz apagada
y fatigosa.

--No puede tardar mucho ya,--responde Regla.

--Es que si no se dan prisa, témome que sea excusado su viaje. Y el
otro recado ¿han vuelto á hacerle?

--Como usted mandó; pero tampoco estaba en casa... _esa señora_.

Un momento después de oir Gedeón estas palabras, entra en el gabinete
Solita, jadeante y acompañada de dos gaznápiros, como de doce años el
uno y de diez el otro, feos, toscos de ademanes, burdos sus vestidos,
crespos de pelo, angostos de frente, y como curtidas sus caras por la
intemperie; de todo se asombran, y casi á empellones de Solita entran
en el cuarto.

Ésta, que ignora que se la anda buscando para lo mismo que ella viene
á pretender, arroja contra la cama aquel par de memoriales agrestes,
diciendo con desgarro al propio tiempo:

--Ahí los tienes. ¡Niega ahora tu sangre!

Y acercándose en seguida á los motilones, encáralos con el enfermo, y
les dice en tono melodramático:

--¡Hijos míos: ese es vuestro padre!

Á lo cual los rapaces, después de mirar al aludido por Solita, míranse
uno á otro, como preguntándose mutuamente «¿qué te parece de esto que
nos cuentan?» y acaban por echarse á reir, tapándose la boca y las
narices con las manos, por todo disimulo.

Mientras Solita y sus hijos representan esta escena grotesca, el
sacerdote, el Doctor, un escribano y dos personas más, ayudantes de
éste, han llegado al gabinete y detenídose á la entrada por respeto
á lo que ocurría junto al lecho. Para los dos primeros, que estaban
impuestos en ciertos pormenores, las últimas palabras de Solita no
tienen desperdicio.

En cuanto á Regla, desapareció de la escena tan pronto como en ella
apareció _la otra_.

--Señor cura, Doctor...--exclama el enfermo al distinguirlos en la
estancia.--Ustedes han visto y oído todo esto... ¿no es verdad?... Pues
bien--continúa después de obtener sus respuestas afirmativas,--_así
y todo_, no vacilo siquiera en mis propósitos... Señor cura, no hay
tiempo que perder, y yo estoy pronto á cumplir lo prometido. ¡Que Dios
me lo tome en descargo de mis culpas!

Prepárase el sacerdote; hácese salir de la estancia á los cerriles
muchachos; requiérese en debida forma á Solita; asómbrase ésta al
conocer los nuevos propósitos del moribundo; acúsase de la ligereza
con que ha procedido con él escudándose con la pasada resistencia, y
disimulando mal el gozo que le causa la noticia, colócase, por mandato
del sacerdote, á la cabecera de la cama... Y allí Gedeón _in artículo
mortis_, y con la bendición de Dios, la recibe por esposa y reconoce
_á todo trance_, por hijos suyos, á los nietos del zapatero Judas, con
encargo expreso de que su madre los eduque un poco mejor de lo que
están.

--Ahora usted, señor notario--dice á éste, terminada la otra
ceremonia,--y pronto, porque esta luz se apaga.

En efecto: sus ansias crecen por instantes, y el Doctor halla en el
pulso del enfermo síntomas de mal agüero.

Quédanse solos el notario y Gedeón; y testa éste en muy pocas
cláusulas, legando á Regla, por una de ellas, y como en pago de
antiguos y buenos servicios, mucho más de lo que la ambiciosa sirviente
pudo prometerse nunca; á menos que alguna vez no le pasara por las
mientes alzarse con el santo y la limosna, punto que, á mi entender,
jamás se pondrá en claro.

Por otra, separa del cuerpo de bienes una suma de importancia para
premiar el mejor libro que se escriba en el plazo de dos años, á contar
desde aquel día, sobre las _Miserias de la vida del solterón_, siendo
los jueces del certamen que se abra al efecto, el Doctor y el señor
cura allí presentes, y en caso de empate, el célibe más viejo que haya
en la población.

También es su voluntad que se doble la recompensa si la obra llega á
ser declarada de texto en las escuelas de la nación.

El resto de sus bienes, deducidas algunas mandas piadosas, queda en
beneficio de su viuda.

Mientras se lee el testamento y le firman los testigos, Solita frunce
en vano la afilada jeta, y en vano tira de sus párpados para arrancar
de la fuente de sus ojos una lágrima siquiera: pesan más en su fantasía
los risueños cuadros de lo porvenir, que se forja, y en su memoria
el recuerdo de tantos años de esclavitud y de aislamiento, que en su
corazón la pena que le causa la agonía de su antiguo amante.

Regla, entre tanto, impasible y con el ceño ligeramente fruncido,
parece la estatua de Némesis inexorable. Sólo le falta la espada en su
diestra, y para bien de Solita, vale más que le falte.

Los dos gaznápiros, metiéndose los dedos en las narices, atisban la
escena desde la puerta del gabinete.

Terminada la ceremonia, el enfermo ruega al Doctor que se acerque á él.
Su rostro tiene la palidez del lirio, su vista una fijeza imponente.

--Me muero, Doctor--le dice con voz lenta y apagada.--La poca vida que
tenía la he gastado en el cumplimiento de estos últimos deberes...

El Doctor le pulsa, le observa, y llama con una seña al sacerdote para
que se aproxime. El médico del cuerpo no tiene nada que hacer allí ya.

El del alma le administra el último Sacramento, y de nuevo le bendice y
le consuela.

--Acercaos todos--dice luégo el moribundo,--ya que Dios ha permitido
que yo no muera solo y desesperado, y recoged mi último pensamiento...
fruto sazonado de mis desengaños... ¡Qué patentes los ven ahora
mis ojos... á la luz de la Verdad... que alumbra el tránsito de mi
espíritu!... Pasé lo mejor de la existencia huyendo de los soñados
males del matrimonio... y muero abrumado... por cuantas pesadumbres
caben... en la peor de las familias... sin haber gustado una sola de
las ventajas... de la vida conyugal... ¡Castigo justo de mi egoísmo
grosero!... Locura es digna de la soberbia humana... buscar un camino
sin cruz... en el Calvario de la vida... Elegir la de Cristo...
para que pese menos... es lo cuerdo y lo acertado... Yo tomé la de
Barrabás... y quebrantóme su peso... No está la dicha en eludir la
ley, sino en el bien que reporta el trabajo... de cumplir con sus
preceptos... Por huir de ellos, me alejé de Dios y de los hombres...
y merecí, como otros muchos insensatos, hundirme en las sombras de la
muerte... como el ave triste de los páramos... entre el frío de la
soledad... y sin huellas de mi paso por el mundo.

Por la bondad de Dios... le hallé á usted en mi camino, Doctor... Á
usted debo la dicha de espirar... reconciliado con los hombres...
fortalecido con la fe, y alentado por la esperanza... ¡Cuántos
desgraciados le deberán... el mismo beneficio!... ¡Admirable
destino!... Consolar al triste... redimir al esclavo... Para usted...
toda la gratitud... de mi corazón... Mi alma inmortal... ¡Dios mío!...
tuya es... y te la entrego... si no limpia... de culpa, lavada... en el
arrepentimiento... ¡Ampárela... tu infinita... misericordia!...

Dice, besa un Crucifijo, y espira.

[Ilustración]



[Ilustración]

X

CABOS SUELTOS


Este libro debiera concluir en la última palabra del capítulo anterior;
pero hay lectores nimios que quieren apurar la materia hasta las heces.

Por complacerlos añado estos renglones.

Para que todos los cálculos que Gedeón hizo en vida fuesen errados, su
muerte arrancó lágrimas á cuantas personas la presenciaron... excepto á
Regla, á Solita y á sus hijos; es decir, á todos menos á los que tenían
_obligación_ de llorar en aquel trance.

No deben despreciar este dato los ingenios que aspiren á merecer el
premio legado por Gedeón.

Al exhalar éste el último aliento, oyóse un quejido angustioso hacia el
rincón en que yacía el ratonero. La honrada bestezuela acababa de morir
también; y á juzgar por la actitud airada en que quedó su cadáver,
creeríase que la visión de Merto, esgrimiendo la verdasca, le atormentó
en los últimos instantes de su vida.

Tan pronto como el sacerdote cubrió con la sábana la faz del que entre
los vivos se llamó Gedeón, Regla, que había estado contemplando su
agonía con rostro impasible y los brazos cruzados, salió del gabinete y
se puso á hacer su equipaje.

Concluída su tarea, entregó al Doctor, como testamentario, las
llaves de que por tantos años había sido depositaría; y sin querer
dar explicaciones acerca de su conducta, despidióse de aquél y del
sacerdote, sacó el baúl á la escalera, y llamó á la señora Rita para
que se le condujera á donde ella le diría.

--¡Qué le parece á usted, señora Regla!--díjole la incorregible
portera.--No le faltaba del todo la razón al desalmado tío Judas,
cuando nos decía que había quién que mandaba en esta casa más que
nosotros y que el amo. ¡Vivir para ver, señora Regla!... Y todo bien
mirado, buen provecho les haga; que á tanto precio, sale muy caro el
señorío... La mujer honrada, la pierna quebrada; y zapatero, á tus
zapatos...

Y así charlando la señora Rita, y callada como un muerto Regla,
llegaron al portal en que, por respeto al triste acontecimiento, se
paseaba el tío Simón con la ropa de los domingos.

--Quédese usted con Dios, tío Simón,--díjóle Regla al pasar por delante
de él.

--Vaya usted muy enhorabuena, señora Regla--respondió el zapatero, sin
preguntarla siquiera si se marchaba para no volver.

--¿Usted tan satisfecho siempre?

--Siempre cumpliendo con mi deber, señora Regla.

--Bueno es eso; pero sírvale de gobierno que en ocasiones no alcanza, y
hasta perjudica.

--Vivir para ver, como dice Rita.

--Pues por lo que he vivido y llevo visto lo digo yo, tío Simón.

Al poner Regla los pies en la calle, un cuerpo pesado y negruzco cayó,
como llovido, delante de ella, envuelto en un retal de manta sucia. Era
el cadáver de Adonis, arrojado por Solita.

Detúvose Regla un instante, sorprendida por el suceso; y como si
conociera la mano inclemente que tal había hecho, no pudo menos de
murmurar entre dientes, contemplando los restos del ratonero:

--Entre algodón cardado te metieron los propios por la puerta, y ahora
te arrojan los extraños en cueros por la ventana... No te duela el mal
pago, que no es mucho mejor el que á mí me dan, siendo mayores mis
servicios.

Solita no volvió á dejar la casa, de que ya era dueña; y tan pronto
como salió de ella el cadáver de Gedeón, echóse con avidez á registrar
alacenas y cajones, en tanto sus hijos, atracados ya de cuanto
rapiñaron en los estantes de la despensa, metían la cabeza en los
armarios, hojeaban los libros que tenían láminas, y olían y manoseaban
todos los cachivaches de la casa.

El resto se adivina.

De Anás y Caifás, tengo pocas noticias.

Sé que el primero, después de estar medio desplumado por la familia de
la carabinera, se casó con ésta tan pronto como falleció el sargento
licenciado, y que, poco más allá, desplumado por entero, no hallaba en
casa quien quisiera darle de comer.

Sé que Caifás tuvo que publicar su casamiento para ver si conseguía
domar á su mujer, quitando el motivo á sus amenazas; sé que no logró su
objeto, pues los _parientes_ que, oculto el casamiento, se limitaban
á sentarse á la mesa uno á uno, después de publicado acudían por
docenas á casa de Caifás para comerle el pan y hacerle la tertulia
por la noche; y aun me consta que, por complacer en ello á su mujer,
muchas veces alumbraba hasta la puerta de la calle á los que entraban y
salían.

Sé, por último, que llegadas las cosas á estos extremos, Anás y Caifás
volvieron á encontrarse tope á tope en una acera; y que, sobre si pasas
tú por la derecha ó paso yo, se dieron otra mano de leña como la de
marras, hasta que los separó la gente y los rechiflaron los granujas.

Y no sé más, lector. Por tanto, aquí lo dejo si me das licencia; pues
en Dios y en mi ánima te juro que, al llegar á este punto con la
historia, me duele ya la mano, de escribirla de corrido y sin vacantes.

  POLANCO, Septiembre de 1877.

[Ilustración]



[Ilustración]



ÍNDICE

        Páginas.

  Al Sr. D. M. Menéndez y Pelayo.                       5


  JORNADA PRIMERA

  I.--El hombre.                                       11

  II.--El caso.                                        17

  III.--Los jueces.                                    25

  IV.--El juicio.                                      33


  JORNADA SEGUNDA

  I.--El primer paso.                                  55

  II.--La primera catástrofe.                          63

  III.--Una hombrada.                                  75

  IV.--El demonio consejero.                           81

  V.--No es casa de huéspedes.                         87

  VI.--Entre Venus y Marte.                            95

  VII.--Varias catástrofes.                           103

  VIII.--De mal en peor.                              113

  IX.--Por las nubes.                                 121

  X.--Lo que no había previsto Gedeón.                127

  XI.--Lo que le duele á Gedeón, y por qué le duele.  133

  XII.--Opinión de un médico sobre un fisiólogo
    y otras miserias.                                 143

  XIII.--Otro cambio de postura.                      161

  XIV.--Las pulgas de Gedeón.                         171

  XV.--El diablo, el fuego y la estopa.               183

  XVI.--Un intruso.                                   189

  XVII.--Los sobrinos del demonio.                    195

  XVIII.--La gran batalla.                            203

  XIX.--Post núbila Phœbus.                           213

  XX.--Un incidente.                                  219

  XXI.--De escalera abajo.                            235

  XXII.--Otro incidente más grave.                    245

  XXIII.--El tercer incidente.                        253

  XXIV.--Lo que era de esperar.                       261

  XXV.--El alma de Judas.                             269


  ÚLTIMA JORNADA

  I.--Saldo de cuentas atrasadas.                     283

  II.--Continuación del anterior.                     297

  III.--Los vecinos de Gedeón.                        311

  IV.--Castillos en el aire.                          319

  V.--La poesía de un solterón.                       329

  VI.--La tienda de la esquina.                       341

  VII.--La vanguardia de la muerte.                   353

  VIII.--Los parientes de Gedeón.                     373

  IX.--In artículo mortis.                            387

  X.--Cabos sueltos.                                  399

[Ilustración]





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El buey suelto.. - Cuadros edificantes de la vida de un solterón" ***

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