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Title: Realidad - Novela en cinco Jornadas
Author: Pérez Galdós, Benito
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Realidad - Novela en cinco Jornadas" ***

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada
    actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a
    la grafía de mayor frecuencia.

  * Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración e
    interrogación.

  * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

  * En el original impreso, la Jornada Quinta carece de Escena III. No
    se han renumerado las escenas para suplir el hueco.



  REALIDAD

  NOVELA EN CINCO JORNADAS



Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.


  Est. tip. de los Hijos de Tello, Carrera de San Francisco, 4.



  NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
  POR
  B. PÉREZ GALDÓS


  REALIDAD

  NOVELA EN CINCO JORNADAS

  11.000


  [Ilustración]


  MADRID
  SUCESORES DE HERNANDO
  Arenal, 11.
  1916



DRAMATIS PERSONÆ


  FEDERICO VIERA.
  OROZCO.
  JOAQUÍN VIERA, padre de Federico.
  CORNELIO MALIBRÁN.          }
  MANOLO INFANTE.             }
  VILLALONGA.                 }
  EL MARQUÉS DE CÍCERO.       }
  EL CONDE DE MONTE CÁRMENES. }
  CALDERÓN DE LA BARCA.       } Amigos de Orozco.
  AGUADO.                     }
  EL SEÑOR DE PEZ.            }
  EL EXMINISTRO.              }
  TRUJILLO.                   }
  EL OFICIAL DE ARTILLERÍA.   }
  DON CARLOS DE CISNEROS.
  SANTANITA.
  LA SOMBRA DE OROZCO.

  AUGUSTA, mujer de Orozco.
  LEONOR (_La Peri_).
  CLOTILDE VIERA, hermana de Federico.
  LA VIUDA DE CALVO.
  TERESA TRUJILLO.
  FELIPA, criada de Augusta.
  CLAUDIA, criada de Federico.
  BÁRBARA, su hermana.

La acción es contemporánea, y pasa en Madrid.



REALIDAD



JORNADA PRIMERA

La escena representa tres habitaciones de la casa de Orozco; gran
salón en el centro y dos salas laterales, las tres piezas comunicadas
entre sí y decoradas con elegancia y riqueza. Por la puerta del fondo
del salón entran los personajes que vienen del exterior. La sala de
la derecha, en la cual se ven las mesas de tresillo, comunica por el
fondo con el comedor y billar de la casa; la de la izquierda, con
gabinetes y dormitorios. Es de noche. El salón y sala de la derecha
están profusamente alumbrados. En la sala de la izquierda, decorada á
estilo japonés, sólo hay dos lámparas, ambas con grandes pantallas.


ESCENA PRIMERA

_Sucesivamente, conforme lo indica el diálogo, entran por la puerta
del fondo del salón central_ VILLALONGA, EL MARQUÉS DE CÍCERO,
AGUADO, CISNEROS, EL CONDE DE MONTE CÁRMENES.


VILLALONGA, _con displicencia_.

¡Maldito tiempo! Vamos, que ni esto es invierno, ni esto es Madrid,
ni esto es nada. ¡Por vida de!... ¿Cuándo se han visto aquí, en la
última decena de Enero, estas noches tibias, este aire húmedo y
templado, este cielo benigno?... Otros años, en los días que corren
de _cátreda_ á _cátreda_, como dicen los paletos, el tiempo suele
ser tan duro, tan destemplado y variable, que cae la gente como
moscas. Pero llevamos un invierno... ¡ay, qué invierno pastelero!
Con esta temperatura de estufa, los viejos y gastados se agarran á
la pícara existencia, y como no se les dé estricnina... ¡Vaya, que
desdicha como ésta!...

EL MARQUÉS DE CÍCERO, _entrando_.

Buenas noches. ¿Qué dice el amigo Villalonga?

VILLALONGA, _con hastío_.

Que no se muere nadie, y que así no se puede vivir.

CÍCERO.

No lo entiendo.

VILLALONGA.

Considere usted, querido Marqués, que suspiro por la senaduría
vitalicia, como término y descanso de una vida de ansiedades... En
fin, usted me entiende. Somos cincuenta candidatos. El Presidente,
agobiado de compromisos, no puede disponer, hoy por hoy, más que
de once vacantes. Si el condenado Enero se portara como teníamos
derecho á esperar de su formalidad, nos traería esos vientecillos
de rechupete, esos cambios bruscos que son la gala de Madrid. Lo
que yo le he dicho hoy al Presidente: «¿Pero dónde están aquellas
heladitas, que de una barredura, ras, se llevaban á seis ó siete
carcamales, de esos que no aciertan ya ni á ponerse los pantalones?»
Él convenía conmigo en que el tiempo se nos ha puesto en contra.
¡Once vacantes, por junto! Nada, amigo Marqués, con tres ó cuatro más
podría el Presidente lanzarse á la combinación, y de seguro entraría
yo en ella...

CÍCERO, _riendo_.

Es gracioso... Pero, hijo mío, todos hemos de vivir...

VILLALONGA.

Calle usted, calle usted por Dios. Yo no hago más que leer la prensa,
á ver si anuncia algún ciclón muy gordo. Y lo anuncia, claro que lo
anuncia; pero el ciclón no viene. Créame usted, hay que quitarle al
Guadarrama su reputación; tenemos que destituirle y mandarle adonde
fué el padre Padilla. ¡Pero si es un dolor, querido Marqués; si
podría yo designarle á usted cuatro ó cinco Matusalenes, que están
como la fruta muy madura, esperando un vientecillo, un soplo ligero
para caerse!...

CÍCERO.

Y caerán, día más día menos. ¿Y á mí se me cuenta también en el
número de los maduritos?

VILLALONGA, _abrazándole_.

¡A usted no..., caramba! Está usted hecho un roble... Que seamos
compañeros, y por muchos años, es lo que deseo.

AGUADO, _alias el_ CATÓN ULTRAMARINO, _entrando muy erguido y
fachendoso_.

Felices, señores y milores. Poca gente todavía... ¡Qué tarde comen en
esta casa! ¿Han visto ustedes los periódicos de la noche?

CÍCERO.

Aquí me traigo _El Correo_.

VILLALONGA.

Y yo _El Resumen_.

AGUADO.

¿Se han enterado ya de ese nuevo escándalo? ¡Otra falsificación de
billetes del Banco Español! Si lo vengo anunciando, si ya están
hartos de oírmelo decir. De la pillería que allá mandaron hace
tres meses, amigo Villalonga, no podía esperarse otra cosa. (_Con
énfasis._) Esto indigna, esto subleva, esto abochorna.

CÍCERO.

Tiene razón. ¡Pobre país!

VILLALONGA, _á Aguado_.

Ínclito Aguado, calma, calma..., filosofía.

AGUADO.

Pero ¿usted no se indigna?

VILLALONGA.

Hombre, ¿de qué? No me gusta hacer mala sangre y malas tripas...
Luego, la hidalga nación, maldito si agradece que nos indignemos en
su defensa.

AGUADO.

Yo sostengo que ni esto es país, ni esto es patria, ni esto es
gobierno, ni aquí hay vergüenza ya. Pues digo: lo mismo que ese otro
gatuperio, el crimencito de la calle del Baño; la curia vendida, y un
personaje gordo metido de patitas en ese fregado indecente.

CÍCERO.

Poco á poco. ¿Hemos de admitir todos los chismes que corren por ahí?
Señor de Aguado, no nos confundamos con el vulgo; respetemos las
reputaciones.

AGUADO.

Que empiecen ellas por hacerse respetables. Señor Marqués, usted es
un ángel, y no ha tenido, como yo, la desgracia de ver de cerca la
podredumbre política y administrativa. Por supuesto, lo de ahora es
ya el acabóse. Al paso que vamos, llegará día en que, cuando pase un
hombre honrado por la calle, se alquilen balcones para verle. ¿Es
esto cierto, ó no? Hay momentos en que hasta llego á dudar si seré yo
persona decente, y sospecho si estaré también contaminado...

VILLALONGA.

Y por fin, ¿cuándo vuelve usted á Cuba?

CISNEROS, _que entra despacio, sonriendo, las manos á la espalda_.

¿Que cuándo vuelve á Cuba? Toma, cuando le manden. Él está ya con la
espuerta al hombro.

AGUADO.

Don Carlos, ¿ya viene usted con la suya llena de chinitas? Bien saben
todos que no quiero ir, á menos que no me den las facultades que...

CISNEROS.

Eso es lo que usted quiere, facultades..., facultades..., venga de
ahí. Por mí que se las den.

AGUADO.

Facultades, ó poderes para limpiar de orugas aquella administración.

VILLALONGA.

Somos ahora muy Catones, ¿verdad?

AGUADO.

Díganoslo usted al revés: _Tacones_. Un Tacón es lo que hace falta
allí.

CISNEROS.

Y como Tacón quiere usted que le manden. ¡Pobre isla! Todos dicen
que van de Tacón, y de lo que van es de zapatilla. Perdone usted,
Aguadito de mi alma, y ya sabe que no le quiero mal; pero siempre que
oigo tronar muy recio contra la inmoralidad, instintivamente me llevo
la mano al bolsillo. Yo no censuro á nadie; es más, deseo que usted
vuelva allá, para que esté contento y se le siente la bilis. Vamos,
que si el hombre se viera otra vez en aquella bendita Aduana, ¡ay qué
gusto, morena!; pues en aquella Aduana de Dios, con las manos bien
arremangadas, pues...

AGUADO.

A este D. Carlos hay que dejarle.

CISNEROS.

¿Pero esta gente no va á concluir de comer en toda la noche? Hasta
luego, señores.

_Se interna en la casa por la sala de la derecha._

VILLALONGA.

Es la peor lengua de España, y la intención más aviesa del mundo.

CÍCERO.

Pesimista incorregible; pero en el fondo buena persona.

AGUADO.

Como que todo eso es jarabe de pico.

VILLALONGA.

La postura pesimista es muy socorrida y de muy buen aire cuando
se tienen cuarenta mil duros de renta para matar el gusanillo.
Sosteniendo que todo es malo, y no casándose con nadie, no se
compromete uno, y vive en la comodidad de su egoísmo, contemplando
las fatigas de los que luchan por la existencia. Los pesimistas
sistemáticos, como los optimistas furibundos, son por lo común
personas que tienen amasado el pan de la vida, y adoptan esas
actitudes para que no les molesten los que están con las manos en la
masa. Y si no que lo diga Monte Cármenes, que aquí viene.

EL CONDE DE MONTE CÁRMENES, _que entra risueño_, _alargando las
manos_.

Aquí está ya todo lo bueno. ¿Qué hay?, ¿qué pasa?, ¿qué me cuentan
ustedes?

CÍCERO.

Pues apenas hay tela. Escándalos, inmoralidad en Ultramar y en
la Península, pero mucha, muchísima inmoralidad; nuevos datos
horripilantes del crimen de la calle del Baño, y por último, crisis.
¿Le parece poco? Como no pida usted el diluvio universal.

MONTE CÁRMENES, _con expresión de dicha_.

Suceda lo que suceda, todo va bien, pero muy bien.

AGUADO.

Es una delicia la falsificación de billetes.

MONTE CÁRMENES.

Yo sostengo que lo que llamamos falsificación es una idea relativa.

VILLALONGA.

Y los falsificadores unos honrados... relativos.

CÍCERO, _con alarma cómica_.

¡Que hay crisis, Conde!

MONTE CÁRMENES.

Mejor. Conviene que todos coman.

AGUADO.

¿Ha oído usted que en el _infundio_ del crimen están metidos dos
ministros?

MONTE CÁRMENES.

Ya saldrán. ¡Cuando digo que todo va como una seda!... Nada, no hay
quien me rinda. Yo soy un hombre que, al levantarse por la mañana,
hace el firme propósito de encontrarlo todo muy bien, perfectamente
bien.

VILLALONGA.

También yo lo haría si tuviera esa bicoca de renta que usted tiene.
Pondría en el oratorio de mi casa la imagen de Pangloss, y le rezaría
al acostarme y al levantarme. Querido Conde, usted y Cisneros son
los seres más felices que conozco. Prescinden de la realidad, y ven
el mundo conforme á su deseo. ¡Ay!, los que tienen que ganarse la
condenada rosca, los que corren afanados tras una posición ó un honor
equivalente á tantas ó cuantas raciones para la familia, no pueden
menos de mirarle la cara á la realidad, y ver si la trae fea ó bonita
para ajustar á ella sus acciones.

_Entran en el salón el Exministro, el señor de Pez (de levita), el
señor de Trujillo (de frac), anciano y valetudinario, apoyado en el
brazo de su hijo, el cual viste uniforme de Artillería._


ESCENA II

_Los mismos. Aparece_ AUGUSTA _en la sala de la derecha, dando el
brazo á_ MALIBRÁN.

MALIBRÁN.

Aunque usted me riña, aunque me mande apalear y me arroje de su casa,
persistiré... Soy la terquedad personificada, y me crezco al castigo.
Y bien podrá suceder que la desesperación me lleve al suicidio, á la
locura... ¡Qué responsabilidad para usted!

AUGUSTA, _riendo_.

¡Para mí! ¡Ay, qué gracioso! ¿Yo qué culpa tengo de que usted se haya
vuelto tonto?... ¿Pero de veras se va usted á matar?

MALIBRÁN.

No bromee usted con una pasión verdadera.

AUGUSTA.

Pero diga usted: ¿es volcánica ó no es volcánica? Vamos, nunca creí
que á persona de tan buen gusto se le ocurriera que por lo trágica me
había de impresionar. Me fastidian las tragedias.

MALIBRÁN.

¿Cuáles? ¿Las representadas?

AUGUSTA.

Y las reales. Eso de matarse, sea por amor, sea por otra causa, me
parece sumamente cursi... Además, me le figuro á usted refractario
á la extravagancia, aun á esa, por ser todo corrección, formas
exquisitas y arte de la vida. ¡Pasiones usted, pasiones hondas! No
lo creeré aunque me lo diga ante notario... ¡Ah!, qué hipócritas
nos hizo Dios, amigo Malibrán... Con esa mónita ha hecho usted su
carrera, y ha engañado á mucha gente; pero lo que es á mí...

MALIBRÁN.

¡Ay, Dios mío! Casi me agrada que usted me injurie. A falta de
otro sentimiento, venga esa bendita enemistad. La prefiero á la
indiferencia.

_Pasan al salón central, donde Augusta es rodeada por Villalonga,
Cícero, Monte Cármenes, Aguado, el Exministro, el señor de Pez y los
Trujillos. Malibrán se aparta de este grupo._

AUGUSTA, _al Exministro_.

¿Qué tal? ¿Tenemos crisis al fin? Diga usted que sí, para que esta
gente se alegre.

EXMINISTRO.

Por mí que la haya. Un vendaje á la situación no vendría mal. (_Con
malicia._) ¿Verdad, Jacinto?

VILLALONGA.

Sobre todo si te ponen á ti de esparadrapo.

PEZ, _coleando y nervioso_.

No hay crisis más que en la mente de los que la desean. ¡Pues no
faltaba más sino que se cambiara de política porque Fulanito está mal
humorado, ó porque hay otros á quienes la tranquilidad del país les
coge sin dinero!

AUGUSTA.

Así me gusta á mí la gente, ó ser ministerial de coraje ó no serlo.

VILLALONGA.

Exactamente como yo.

AUGUSTA, _á Trujillo_.

Bien venidos los Trujillos. ¿Y Teresa?

OFICIAL DE ARTILLERÍA.

No la espere usted tan pronto. No saldrá de casa hasta que acabe de
leer la prensa.

TRUJILLO.

Mi mujer está fanatizada con el crimen. Hoy me atreví á poner en duda
las tendencias _Saraístas_, y por poco me pega.

AUGUSTA.

Pues conmigo no se cómo saldrá, porque yo me he propuesto hacer subir
el papel _Cuadradista_.

OFICIAL.

Por Dios, que no lo sepa mamá.

AUGUSTA.

¿Pero viene esta noche?

OFICIAL.

Sí, en cuanto despache los periódicos.

VILLALONGA.

Eso se llama empaparse en la opinión.

AUGUSTA.

Justamente... Villalonga, ya me ha contado Tomás que está usted
furioso contra la temperatura suave. ¡Cuánto nos hemos reído!

VILLALONGA.

Amiga mía, vivo bajo la influencia de un sino fatal. Usted es mi mala
estrella.

AUGUSTA.

¡Yo! (_Riendo._)

VILLALONGA.

Sí, y tenemos que reñir de veras... Ríase de mi superstición; pero lo
cierto es que siempre que la veo á usted y le hablo, buen tiempo.

AUGUSTA.

Ya sabía yo eso. El Padre Eterno me ha dado vara alta para dirigir
las estaciones. ¿No lo había usted notado? Y para castigar á los
deseosos del mal ajeno, he dispuesto que no hiele, para que se
fastidie usted y no pueda ser senador vitalicio. Tampoco mi marido lo
será, por la misma razón.

VILLALONGA.

Pues acabe usted de una vez, y dé las órdenes para que caiga un rayo
y nos parta á los dos.

AUGUSTA.

Todo se andará. (_A Monte Cármenes._) ¿Qué tal? ¿Vamos bien?

MONTE CÁRMENES.

Perfectamente bien, y sobre tantas dichas, la de verla á usted tan
guapa. ¿Y Tomás?

AUGUSTA.

En el billar, fumando. Me dijo que le espera á usted para echar unas
carambolas. Señores fumadores, señores carambolistas, mi marido y
Pepe Calderón están solos allá. Ea, señor _Catón pasado por agua_,
usted que es una de nuestras primeras chimeneas, al billar.

TRUJILLO.

Yo también; tengo que hablar con Tomás.

AUGUSTA, _á Monte Cármenes._

Usted, Conde, el primer taco de Madrid, allá también. Distráiganme
á Tomás, que no está bien de salud. (_Al Exministro._) Cuidado con
el oficialete, que se jacta de darle á usted codillo cuantas veces
quiera.

EXMINISTRO.

Lo veremos esta noche. Señor oficial, todo el que sea tresillista que
me siga. (_Dirígense á la sala de juego._)

_Aguado, Monte Cármenes y Trujillo padre pasan por la sala de
juego para entrar en el billar, á punto que sale Cisneros. Óyese el
chasquido de las bolas de marfil._

CISNEROS.

¡Malditos carambolistas, cómo le marean á uno!... ¿Y los fumadores?
¡Qué atmósfera, qué aburrimiento! Busquemos quien me haga la partida.
(_A Malibrán, que ha vuelto á aproximarse al grupo principal._)
¡Eh!..., diplomático de chanfaina, ¿la echamos ó no la echamos?

MALIBRÁN.

Amigo D. Carlos, lo siento mucho; pero tengo que retirarme pronto.
Trabajamos ahora por las noches en el Ministerio... un asunto
urgentísimo.

AUGUSTA.

Sí, corra; corra allá, no se vaya á alterar el equilibrio europeo...
Me parece á mí que entre él y ese pillo Bismarck están tramando algo.
¡Buen par!

MALIBRÁN.

¡Ay qué mala, qué burlona!

VILLALONGA.

Esos trabajos nocturnos en Estado, me figuro lo que son: unas
_juerguecitas_ muy disolutas en donde yo me sé.

AUGUSTA.

Claro, y á eso llaman el arbitraje de España en la cuestión entre
Nicaragua y... qué sé yo qué. Todo lo arreglan éstos con cañitas de
manzanilla.

MALIBRÁN.

¿Y por qué no?

CISNEROS, _cogiendo por el brazo á Malibrán y llevándosele_.

Ande usted, perdido.

MALIBRÁN.

Don Carlos, á sus órdenes. Pero hasta las once y media nada más. Sin
broma, tenemos que trabajar en el Ministerio. Busque usted quien nos
haga el pie.

AUGUSTA, _dirigiéndose á la sala japonesa, seguida de Villalonga y
Cícero._

¿Qué es eso de las francachelas de Malibrán?

VILLALONGA.

El se lo contará á usted. No es corto de genio. Pertenece á la
escuela moderna de la sinceridad.

MALIBRÁN, _aparte, en el salón, mientras Cisneros trata de reclutar
otro tresillista_.

¡Esta condenada... hasta se permite ponerme en solfa... á mí! No
se rinde, no. ¿Si acertará Infante, que la tiene por la virtud más
incorruptible y la fortaleza más inexpugnable?... Eso lo veremos...
¡Y ahora tengo que aguantar las latas de este buen señor, y dejarme
ganar cinco ó seis duros, adorando la peana por el santo! Lo peor
es que en toda esta quincena, en los almuercitos del papá, nunca he
podido cogerla sola. ¡Siempre allí el tontín de Infante, ó Federico
Viera! Y la única vez que faltaban convidados, hizo el vejete
castellano la gracia de no quedarse dormido, como de costumbre. A
este tío quisiera yo darle un disgusto, por ejemplo, probándole que
el Greco que ha adquirido ahora no es tal _Greco_, sino un _Mayno_ de
los peores, y el que supone _Valdés Leal_ un _Antolínez el Malo_.

CISNEROS.

Ea... ya tenemos tercero, el amigo Pez. (_Pasan á la sala de la
derecha y juegan. Trujillo, padre é hijo, y el Exministro hacen otra
partida en la mesa próxima._)


ESCENA III

_Los mismos._ MANOLO INFANTE _entra en el salón y lo recorre,
observando con precaución. Atisba por la puerta de la izquierda_.

INFANTE.

Está en la sala japonesa con Cícero, Villalonga y no sé quién más.
Malibrán ha comido aquí hoy. ¿Se habrá marchado ya? Probablemente; es
de los invitados esta noche por _la Peri_... (_Mirando por la puerta
que da á la sala de juego._) ¡Ah!, no; está haciéndole la partida á
Cisneros, y dejándose ganar. ¡Cómo le adula fingiendo creer que son
de grandes maestros las tablas viejas y podridas que el otro compra
en el Rastro, y soportando sus tresillos!... Por allí suena la voz de
Villalonga diciendo graciosos disparates... Y Orozco ¿dónde andará?
Oigo el chasquido de las bolas... Huyamos por esta noche de los
carambolistas. A Federico no le veo ni le oigo; pero no ha de tardar.
Observaremos...

MONTE CÁRMENES, _que sale del billar y atraviesa la sala de juego y
el salón_.

Dios le guarde.

INFANTE.

A la orden, mi Conde.

MONTE CÁRMENES.

¿Qué ha habido esta tarde?

INFANTE.

Nada; una sesión aburridísima. El consabido chubasco de preguntas
rurales, hasta las cinco, y en la orden del día la insufrible lata de
_petróleos en bruto_. ¿No fué usted?

MONTE CÁRMENES.

No. Me revienta el tema de estos días en aquellos pasillos. Tanto
hablar de inmoralidad le revuelve á uno los humores. Y luego que si
hay crisis, que si no debe haberla, que si vira, que si torna... Esto
divierte un día, dos; pero luego marea. Y eso que yo gasto la gran
pachorra: á cada cual le doy por su gusto, y al que me dice que no
podemos vivir sin crisis, le contesto que me parece bien, y al otro
lo mismo, y siempre bien, siempre en el mejor de los mundos posibles.

INFANTE.

Es verdad.

MONTE CÁRMENES.

Vamos á ver qué hay por aquí. (_Entran ambos en la sala japonesa._)

AUGUSTA, _á Infante_.

Manolo, dichosos los ojos... Hoy hemos hablado muy mal de ti... ¿Por
qué no viniste á comer?

INFANTE.

¡Desdichado de mí! He tenido que comer con una comisión de mi
distrito que viene á gestionar la rebaja del cupo de consumos. Me
gustaría que probaras un convite de estos para que vieras lo resalado
que es.

AUGUSTA.

Gracias, me lo figuro. ¡Y has tenido que aguantar..., pobre ángel!

INFANTE.

Y oírles, y agasajarles, y fingir que estoy muy indignado con el
Ministro, y prometer, dándome un golpe de pecho..., así, que si el
Ministro no me complace, le pondré verde con una preguntita sobre
la corta de pinos en Rebollar. Y añade á esto los chismes de aldea
que he tenido que oir. Al fin pude zafarme de ellos, diciendo que
me había citado el Director de Obras Públicas para ponernos de
acuerdo sobre el emplazamiento de la estación del ferrocarril en
construcción, y con esto les dí el esquinazo, y se fueron tan ternes
á ver una funcioncita en Lara.

AUGUSTA.

¡Pobres baturros, cómo te diviertes con su inocencia! Pues mira, eso
es una gran inmoralidad. (_Entra Aguado bruscamente._) ¡Ay!, me ha
asustado usted. En cuanto se habla de inmoralidad, se nos presenta
este hombre, como caído del cielo.

AGUADO.

Señora, no caigo del cielo, sino que entro en él, pues entro donde
usted está.

AUGUSTA.

¡Ave María Purísima! ¡Cuánta finura! ¡Qué metafórico está el tiempo!

AGUADO.

Yo no las gasto menos.

AUGUSTA.

Hablaban aquí de política, y decían que esto está muy perdido.

AGUADO, _á Infante_.

¿Qué ha habido esta tarde en esa leonera?

INFANTE.

Pues nada. No se puede ir allí, porque ha salido una plaga de
honrados... Vamos, es cosa de mandarles á la cárcel... por honrados,
precisamente por honrados del género inaguantable. ¡Dichosa moralidad!

AUGUSTA.

Muy bien dicho. Y usted (_á Aguado_), ¿no sale á defender la clase?

AGUADO.

¿Qué clase?

AUGUSTA.

La de los honrados, hombre.

INFANTE.

Esto no va con él. Me he referido á la clase peninsular, y respeto la
ultramarina ó de la _Vuelta Abajo_, pues de esa nada tengo que decir.

AGUADO.

Este es un ministerial de la clase de _Isidros_, ó del montón anónimo.
Todo lo encuentran bien, y cuando se les habla del cáncer de la
inmoralidad, alzan los hombros y se quedan tan frescos.

AUGUSTA.

Tiene razón Aguado: lo mismo les da á éstos el país que la carabina
de Ambrosio... No se ría usted, Conde, que contra usted voy; usted no
tiene patriotismo, usted no se indigna como debiera indignarse, y esa
sonrisita, esa santa pachorra es un insulto á la moral.

MONTE CÁRMENES.

Si fuera una necesidad que yo me _indiznase_, me _indiznaría_. Pero
si otros lo hacen, y lo hacen muy bien, ¿á qué cuento viene que yo
me enfurruñe y haga malas digestiones? Máxime cuando veo que todo
se arregla al fin, y que los más severos hoy son mañana los más
condescendientes.

AGUADO.

Ó en otros términos: que todos son lo mismo, y vamos tirando. Hoy por
ti y mañana por mí.

CÍCERO, _con buena fe._

No es malo que se hable tanto de nuestros vicios, porque así los
corregiremos.

AUGUSTA.

¡Ay, Marqués, no sea usted cándido! Eso de la moralidad es cuestión
de moda. De tiempo en tiempo, sin que se sepa de dónde sale, viene
una de estas rachas de opinión, uno de estos temas de interés
contagioso en que todo el mundo tiene algo que decir. ¡Moralidad,
moralidad! Se habla mucho durante una temporadita, y después seguimos
tan pillos como antes. La humanidad siempre igual á sí misma. Ninguna
época es mejor que otra. Cuando más, varía un poco la forma ó el
estilo de la maldad; pero lo de dentro, crean ustedes que poco ó nada
varía.

VILLALONGA.

¡Eh! ¿Se explica la niña? ¡Qué talentazo!

AGUADO, _con hinchazón_.

Perdóneme usted, señora. No me compare esta época con otras. Yo
recuerdo..., por ejemplo, cuando fuí á Cuba la primera vez...

AUGUSTA, _con viveza_

Cuando usted fué á Cuba la primera vez, vendían la carne humana, y
usted, creyendo que no hacía nada malo, afanaba algunas hilachas de
aquella carne... No, no le censuro; era cosa corriente.

AGUADO.

Perdone usted...

AUGUSTA.

Está usted perdonado; pero déjeme acabar... Pues en aquel tiempo se
defraudaba tanto como ahora, ó quizás más, mucho más. Cierto que
usted fué siempre de los puros, en eso estamos... Si lo sabemos, si
es artículo de fe: no se apure. Yo reconozco que usted se enfurece
ahora con muchísima razón, y que si quiere volver allá es para
corregir todas aquellas infamias que antes no corrigió.

AGUADO.

Permítame...

AUGUSTA.

¡Día feliz el día en que usted vuelva!

INFANTE.

Se extirpará de raíz el cáncer.

MONTE CÁRMENES.

Y aquello será la delicia del mundo.

VILLALONGA, _mandando callar_.

Dejarla, dejarla.

AUGUSTA.

Pues haría muy mal el señor de Aguado en meterse á cirujano de
cánceres. Dirían de él los horrores que ahora dicen de los otros.

AGUADO.

Pero como yo desprecio la calumnia...

AUGUSTA.

Justo es despreciarla. En fin, yo reconozco, todos reconocemos que
usted hace allí mucha falta; y si yo fuera Ministro del Cáncer...,
digo, de Ultramar, ahora mismo extendía la credencial.

AGUADO.

Gracias..., estimando.

AUGUSTA.

Y usted me mandaría, por el primer correo, cigarros para mi marido, y
para mí cascarilla, de esa tan buena que usan allí las señoras.

AGUADO.

¡Quiá! Usted no la necesita... con ese cutis.

AUGUSTA.

Ó dulces, piñas, guayaba.

AGUADO.

Si es usted más dulce que todas las jaleas del mundo.

AUGUSTA.

En fin, váyase usted pronto, á ver si arreglando aquello no se vuelve
á mentar la dichosa inmoralidad. Ya empalaga. Me gusta más oir hablar
del crimen famoso, que al menos interesa por sus lances dramáticos y
sus misterios de folletín.

AGUADO.

Eso á mí no me divierte. Mientras ustedes desmenuzan el crimen, voy á
echar un vistazo á los tresillistas. (_Pasa al salón._)

VILLALONGA.

¡Adelante con el crimen!... En el Casino he oído novedades estupendas.

AUGUSTA.

¿Qué se dice?... ¿A ver?


ESCENA IV

_Los mismos._ FEDERICO VIERA.

INFANTE, _aparte, retirándose del grupo_.

¡Qué hermosa está, qué simpática y qué mona es esta maldita, y
cómo me fascina y enloquece!... ¡Ah!, paréceme que oigo la voz de
Federico en el salón. (_Entra en el salón Federico Viera, y habla
con Aguado._) Él es, sí. Observaré la cara que pone mi prima cuando
él entre. ¿Por qué mis sospechas, sin fundamento formal, sobreviven
á todas las razones y se rebelan contra las pruebas en contrario?
Acechando rostros y palabras espero sorprender algún indicio, y
coger la punta del hilo por donde se saque el ovillo de la realidad.
Este bendito Marqués de Cícero me servirá de garita para ponerme
de centinela. (_Llevándole hacia la consola que está junto á la
puerta._) Querido Marqués, el domingo sentí mucho no ir á pasar el
día en las Charcas.

CÍCERO.

Pues acertó usted quedándose, porque el día, que amaneció
hermosísimo, se nos puso infernal. Tomás no fué tampoco, ni Malibrán;
sólo estuvimos Villalonga y yo; pero Jacinto, viendo el mal cariz, se
metió en la casa. Yo, siempre impertérrito, me corrí hacia el puesto
con el guarda, porque me daba la corazonada de que habían de venir
las perdices. Lo que venía, hijo de mi alma, era el chubasco número
uno. Pero yo..., impertérrito con mi capote de monte. El macho que
llevamos es un macho que no nos lo merecemos, ni se lo merecen ellas
las muy correntonas; ¡venga agua!, y el macho impertérrito, cantando
que se las pelaba, _chiquití_. Por fin, ¿creerá usted que parecieron
por allí las muy...?

INFANTE, _aparentando atender al Marqués, y contestándole con
cabezadas_.

Yo... ¡oh!, yo no creo... (_Aparte._) Ya se acerca. Disimulo, y mucho
ojo á la cara de esa hipócrita. Que no se me escape ni la inflexión
más ligera.

AUGUSTA, _para sí, fingiendo prestar atención á lo que le dice
Villalonga_.

Ahí está ya. Cara mía, ojos míos, haceos de piedra. Que ninguna
suspicacia, ninguna curiosidad os sorprendan en un descuido de
expresión. Ese pillo de Manolo me está observando... A buena parte
viene. El corazón me salta en el pecho; pero la cara, bien prevenida,
se mantiene firme; y aquí no pasa nada. Indiferencia afectuosa...,
distracción..., no le siento entrar. (_Entra Federico._)

INFANTE, _para sí_.

No repara en él...

FEDERICO, _saludando_.

Aunque usted no quiera... Augusta...

AUGUSTA, _fingiéndose sorprendida, y sin ninguna emoción visible_.

¡Ah!..., parece que entra usted como los ladrones. ¡Cuánto tiempo...!
¿Ha estado usted malo?

FEDERICO.

Un poquillo.

AUGUSTA.

Pues no se le conoce en la cara. Me alegro de verle. ¿Nos trae usted
noticias nuevas del crimen?

INFANTE, _para sí_.

Pues señor, cualquiera les descubre á éstos. ¿Tocaré yo el violín á
toda orquesta? ¿Correré tras un fantasma?

FEDERICO, _sentándose_.

Traigo noticias... para chuparse los dedos. Esta tarde se dice
que la muerta no es quien se creía, sino otra persona. ¿Qué tal?
¡Equivocarse en la identificación! Esta sí que es gorda.

AUGUSTA.

¿Pues quién era?

FEDERICO.

Una señora recién venida de Cuba, y cuyo nombre nadie sabe.

AUGUSTA.

Vamos, eso es ya delirar.

VILLALONGA.

Ganas de aumentar la confusión. No, sobre la persona de la víctima
no puede caber duda. Estas bolas las hacen correr los curiales con
la idea de desorientar al público, á fin de que no se fije en los
verdaderos asesinos.

AUGUSTA, _convencida_.

Para mí, el matador es Segundo Cuadrado, ese pillo á quien algunos
quieren hacer pasar por santo, porque ayuda á misa y se reza tres ó
cuatro rosarios al día. Creo además que es instrumento de personas
muy altas.

FEDERICO.

He oído que algunos vecinos vieron entrar en la casa, horas antes del
crimen, á un cura.

AUGUSTA.

¡También un cura!

FEDERICO.

Por las trazas debía de ser alguien disfrazado de sacerdote, quizás
una mujer.

MONTE CÁRMENES.

La madrastra... Si digo que...

FEDERICO.

¿Por qué no?

CÍCERO.

Eso no puede ser.

INFANTE.

Es un disparate.

MONTE CÁRMENES, _aburrido_.

Ea, señores, es mucho crimen para mí. Volveré cuando hayan ustedes
pescado la verdad, y la trinquen bien para que no se escape. (_Vase._)

AUGUSTA.

Pues ustedes dirán lo que quieran; pero á mí, la madrastra, esa doña
Sara, me parece una buena persona. Manolo, ¿tú qué piensas?

INFANTE.

Que es un crimen adocenado, y que ni hay madrastra, ni intoxicación,
ni alto personaje, ni influencia, sino la vulgarísima tragedia del
sirviente que roba, y al verse sorprendido mata; ni más ni menos.

FEDERICO.

Vamos, tú eres sensato, y te atienes á la versión de rúbrica, que nos
presenta los hechos como arregladitos á un patrón de conveniencias
curiales. Hasta el crimen debe ser correcto, y los asesinos han de
tener su poquito de ministerialismo.

AUGUSTA.

Muy bien dicho.

INFANTE.

No es eso. Pero me parece ridículo mezclar en asuntos tan bajos á
personas respetables. Hasta han dicho que el criaducho, ese Segundo,
es hijo natural de...

FEDERICO.

¿Quién podrá afirmarlo ni negarlo? Si los misterios de la conciencia
individual rara vez se descubren á la mirada humana, también la
sociedad tiene escondrijos y profundidades que nunca se ven, así
como en el interior de las masas rocosas hay cavernas donde jamás
ha entrado un rayo de luz. Pero de repente ocurre un cataclismo,
una convulsión del terreno, un derrumbamiento, y la roca se parte,
descubriendo el hueco que nadie hasta entonces había visto... En
cuestión de enigmas sociales, yo no afirmo nada de lo que la malicia
supone; pero tampoco lo niego sistemáticamente.

AUGUSTA.

Yo no soy sistemática; pero me inclino comúnmente á admitir lo
extraordinario, porque de este modo me parece que interpreto mejor
la realidad, que es la gran inventora, la artista siempre fecunda y
original siempre. Suelo rechazar todo lo que me presentan ajustado
á patrón, todo lo que solemos llamar _razonable_ para ocultar la
simpleza que encierra. ¡Ay!, los que se empeñan en amanerar la vida
no lo pueden conseguir. Ella no se deja, ¿qué se ha de dejar? Este
Manolo, empapado en esa tontería del ministerialismo, no quiere ver
más que la corteza oficial ó pública de las cosas. Es la mejor manera
de acertar una vez y engañarse noventa y nueve. Nadie me quita de la
cabeza que en ese crimen hay algo extraordinario y anormal. Sería
ridículo y hasta deshonroso para la humanidad que los delitos fuesen
siempre á gusto de los jueces. Admito lo del personaje influyente que
protege al asesino; me inclino á creer que el móvil fué amor y no
robo, y en cuanto á la madrastra, esa doña...

VILLALONGA.

Cuidado con defender á la madrastra, que aquí está Teresa Trujillo, y
según parece, va á negar el saludo á los que no opinen como ella.

AUGUSTA.

Es furibunda _madras... trista_; dificilillo es de pronunciar, pero
no hay más remedio que admitir la palabreja.


ESCENA V

_Los mismos._ TERESA TRUJILLO, _de edad madura, vivaracha, el pelo
pintado de rubio_.

AUGUSTA.

Las trae acabaditas de coger.

TERESA.

Vengo á buscarlas. (_Saludando á todos._) Manolito, buenas noches.
Jacinto, Federico, Marqués..., de fijo ustedes saben algo nuevo. Hoy
me he leído una arroba de prensa. ¡Qué buena viene! Por supuesto, al
que sostenga que no fué la madrastra, le diré que ha tomado dinero de
los _Cuadradistas_.

AUGUSTA.

Pues yo la defiendo, y de mí no creerá usted que me he vendido.

TERESA.

Pero estás influida por éstos, que en su afán de sacar del pantano
al juez, hacen la causa del _Cuadradismo_, sosteniendo que el criado
_mojó_. ¡Qué infamia! ¡Pobre Segundo, un muchacho honrado y decente,
devoto de la Virgen!... Yo no puedo ver esto con paciencia. Te juro
que si á esa bribona no la llevan al palo... va á haber aquí un
cataclismo.

INFANTE.

¡Qué la han de llevar, señora, si doña Sara es una santa, devotísima
de San José!

TERESA.

Quite allá el muy tonto... Usted es de los que trabajan porque
triunfe la farsa. Ya se ve: defiende al gobierno, que tiene interés
en echar tierra... Una horca en la Puerta del Sol, para ir colgando
en ella ministros y pájaros gordos, es lo que hace falta.

AUGUSTA.

¡Hija, por Dios!...

TERESA.

Ó la guillotina. Aquí no hay justicia ni vergüenza. Es cosa probada
que los que andan en el ajo le han asegurado la vida á ese bendito
Segundo para que declare en forma que no comprometa á doña Sara.
Esto es un espanto. Yo puedo asegurar á ustedes una cosa, y es que
unas amigas mías la vieron un día en _la Palma_ comprando cintas para
sombreros...

VILLALONGA.

¿Y qué?

TERESA.

Si no me ha dejado usted concluir. Iba con ella un hombre de barba
rubia.

INFANTE.

¿Y qué?

TERESA.

¡Y qué!... ¡Y qué! (_Exaltándose._) Ese sujeto es el hombre con barba
postiza que los vecinos vieron bajar, momentos antes del crimen.

FEDERICO.

¡Si el que bajó iba vestido de cura!

INFANTE.

De anchas caderas, bajito él, pecho abultado... Era la propia doña
Sara disfrazada de sacerdote.

TERESA.

No echemos la cosa á barato, amiguitos, que esto es muy serio.

AUGUSTA.

Pongámonos en lo razonable.

TERESA.

Eso es, en lo razonable.

FEDERICO, _á Augusta, vivamente_.

¿Pero no decía usted que es enemiga de lo razonable, porque lo
razonable es el amaneramiento de los hechos?

AUGUSTA.

Sí; pero hay que distinguir...

FEDERICO.

No, no crea usted que voy á condenar sus ideas. Convengo en que
la realidad es fecunda y original, en que la verdad artificiosa
que resulta de las conveniencias políticas y sociales nos engaña.
Pero no nos lancemos por sistema á lo novelesco, ni por huir de
un amaneramiento caigamos en otro, amiga mía. Usted tiene viva
imaginación, y lo dramático y extraordinario la seduce, la fascina.
La vida, por desgracia, ofrece bastantes peripecias, lances y
sorpresas terribles, y es tontería echarnos á buscar el interés
febricitante, cuando quizás lo tenemos latente á nuestro lado,
aguardando una ocasión cualquiera para saltarnos á la cara.

AUGUSTA.

En eso estamos conformes. Pero yo no busco el interés febricitante.
Es que, sin darme cuenta de ello, todo lo vulgar me parece falso: tan
alta idea tengo de la realidad... como artista; ni más ni menos.

VILLALONGA, _aplaudiendo_.

Admirable paradoja. ¡Qué maravilloso talento!

_Todos aplauden._

AUGUSTA, _soltando la risa_.

Gracias, amado pueblo.

FEDERICO.

Tiene usted toda la sal de Dios.

AUGUSTA, _para sí_.

¡Qué zalamerito viene esta noche! ¡Ah!, grandísimo pillo, tú me la
pagarás. No sabes tú la culebra que tengo enroscada aquí. Deja que yo
te coja...

TERESA.

No entiendo de estas zarandajas. Yo sigo siempre el criterio del
pueblo. ¿Es esto lo que llaman ustedes vulgo? Pues sea: no me negarán
que el pueblo tiene un instinto...

VILLALONGA.

Sí; pero es profundamente sugestivo y fascinable. Los milagros ¿qué
son más que fenómenos de hipnotismo? Todas las religiones, incluso la
cristiana, se fundan en eso.

TERESA, _amoscándose_.

¡Eh!, cuidado: no me toquen á la religión. De las falsas hablen
ustedes lo que gusten; pero de la verdadera...

INFANTE.

Y usted, ¿cómo siendo tan absolutista...?

TERESA, _irritada_.

Sí, señor, muy absolutista, muy católica, apostólica, romana, y al
mismo tiempo muy popular, muy populachera. ¿Qué, no lo entiende
usted, angelito?

MONTE CÁRMENES, _asomándose á la puerta_.

¿No ha concluído todavía el crimen?

AUGUSTA.

Sí, sí; basta ya. Tilín, tilín; se suspende esta discusión. Orden del
día...

_Entra Monte Cármenes. La conversación se generaliza y se deslíe,
subdividiéndose._


ESCENA VI

OROZCO, CALDERÓN _y_ AGUADO _aparecen en la sala de la derecha. En
una de las mesas de ésta, continúan jugando al tresillo_ CISNEROS,
MALIBRÁN _y_ PEZ. _En otra juegan el_ EXMINISTRO _y los_ TRUJILLOS,
_padre é hijo_.

OROZCO, _á Aguado_.

No es exacto, repito, y buen tonto sería yo si tal hiciese.

AGUADO.

Pues á mí me han dicho que, á no ser por usted, el _Correccional de
jóvenes delincuentes_ no se habría construído nunca.

OROZCO.

Habladurías. He contribuído á esta obra benéfica en la misma medida
que los demás iniciadores, y desempeño el cargo de tesorero de la
Junta.

AGUADO.

Ahí es donde cae usted, amigo mío. ¡Si todo se sabe! La Junta no
recauda lo bastante para continuar con método las obras. Llega un
sábado y faltan fondos para pagar los jornales de la semana. Pero no
hay que apurarse: el buen Orozco tira del talonario, y...

OROZCO, _risueño y calmoso_.

Pues estaría yo lucido. No, esas generosidades caen ya dentro del
fuero de la tontería, y francamente, yo aspiro á que se tenga mejor
idea de mí. El atribuirle á uno méritos que no posee, y que, por lo
disparatados, no deben lisonjear á nadie, constituye una especie
de calumnia, sí, señor, una calumnia de benevolencia, que si no se
cuenta entre los pecados, no debe contarse tampoco entre las virtudes.

AGUADO.

¿De modo que, según ese criterio, yo soy un calumniador... al revés?
Pues me corregiré, pierda usted cuidado; diré que es usted un pillo,
un hombre sin conciencia; diré más: diré que el tesorerito este se
da sus mañas para distraer cantidades del fondo del _Correccional_ y
aplicarlas á sus vicios.

OROZCO.

Basta; no tanto. (_Con jovialidad._) Pues mire usted: si se dijera
eso, alguien lo creería más fácilmente que lo otro, siendo ambas
cosas falsas.

AGUADO.

No crea usted que la opinión pública se deja extraviar tan fácilmente
por los difamadores. Ya ve usted las atrocidades que han dicho de mí.
Que si me traje media isla de Cuba en los bolsillos; que si vendía
los blancos como antes se vendían los morenos; mil tonterías. Pues
si al principio se formó contra mí una atmósfera tan densa que se
podía mascar, no tardé en disiparla con mi desprecio, y al fin la
opinión me hizo justicia.

CALDERÓN.

¿Qué duda tiene? (_Con ironía._) La reputación de usted es como el
sol, que disipa las nieblas, y resplandeciendo en el cénit de la
fama...

OROZCO.

No te metas á hacer figuras, Pepe, que armas unos líos... Por
supuesto, yo desconfío siempre de la voz pública, así cuando vitupera
como cuando alaba, y creo que rarísima vez acierta.

AGUADO.

Pues aguantar el chubasco, señor mío. De usted se dicen horrores: que
costea solo ó casi solo las obras del _Correccional_ para chicos; que
le comen un codo las Hermanitas de la _Paciencia_; que viste todo el
Hospicio dos veces al año, y qué sé yo...

OROZCO.

Más vale que les dé por ahí. Yo también pienso echarme á panegirista
de los amigos; diré que el señor de Aguado fundará un asilo para
cesantes de Ultramar.

AGUADO.

¿Yo? Que los parta un rayo. Eso sí que no lo creerá bicho viviente.
Para que me _asilen_ estoy yo, no para _asilar_ á nadie. Desnudo fuí
y desnudo vine.

CISNEROS, _terminando una jugada_.

Ea..., entregarse... No puede usted conmigo.

MALIBRÁN, _paga, disimulando cortésmente su mal humor_.

Ahí va..., D. Carlos, he tenido el honor de que me gane usted seis
duros.

CISNEROS.

El honor de jugar conmigo se paga caro.

MALIBRÁN.

Pero con gusto. (_Aparte._) Maldita sea tu estampa, pícaro viejo.
(_Alto._) D. Carlos, dispénseme y deme de alta: tengo que marcharme.
Calderón me sustituirá en el papel de víctima. (_Se levanta; Calderón
ocupa su sitio._)

CALDERÓN.

No, lo que es á mí no me trastea D. Carlos. Prepárese usted, que le
voy á abrasar vivo.

CISNEROS, _barajando_.

Este Calderón es de cuidado; pero no puede conmigo. ¿Tienes dinero?
Si no lo tienes, dile al benéfico Orozco que te llene los bolsillos,
porque ahora la entregas. (_Juegan._)

MALIBRÁN, _á Orozco_.

¡Ah, qué cabeza...! ¿Pues no me iba sin decirle á usted lo que más
presente tenía?... Aquel muchacho que usted me recomendó... ¿No se
acuerda? Ya le hemos metido en un viceconsulado de Asia.

OROZCO.

Bien... Pues francamente, yo tampoco me acordaba. Ha hecho usted una
buena obra: Ese joven es hijo de una pobre viuda...

MALIBRÁN.

No tiene que agradecerme su colocación... Yo lo he hecho por usted.

OROZCO.

¡Por mí!... Si apenas le conozco. Me lo recomendó... (_Haciendo
memoria._) Pues no me acuerdo, ni hace al caso. Ello es que hay
tanta miseria en este mundo, que se llega á perder la cuenta de los
desfavorecidos de la suerte que pordiosean en una ú otra forma.

AGUADO.

Es verdad; el desequilibrio entre las necesidades y las posiciones
es tal, que el sablazo ha venido á ser continuo y denso, como una
granizada; y no cae sólo sobre la cabeza del rico, sino también sobre
los que vivimos con modesto pasar. Sablazos en la calle y en la
casa, por la mañana y por la tarde, en pleno día y á la melancólica
hora del crepúsculo; sablazos de dinero, de recomendaciones, de
influencias. Aseguro á usted que comemos de milagro.

OROZCO, _distraído_.

De milagro...

AGUADO.

Admiro la paciencia de usted y su longanimidad. (_Siguen hablando,
Malibrán pasa al salón y se encuentra con Villalonga, que ha salido
de la sala japonesa._)

VILLALONGA.

¿Te vas ya?

MALIBRÁN.

Sí, voy á despedirme de la ingrata.

VILLALONGA.

¿Y cómo va eso?

MALIBRÁN.

Desastrosamente. No he adelantado ni un solo palmo de terreno. Me
confirmo cada día más en la certeza de lo que hablábamos anoche.

VILLALONGA.

¿Crees que hay moros por la costa?

MALIBRÁN.

Como creo en Dios. Y esa morisma hace tiempo que piratea. Nada,
Augusta tiene su enredito. Y ten por cierto que tiro de la manta y
se lo descubro.

VILLALONGA, _con sorna_.

Sí; véngate. A estas virtudes enfatuadas hay que arrancarles la
aureola. ¡Cuidado si será tonta esa mujer! No quererte á ti, tan
buena figura, tan sacadito de cuello, entendidito en pintura,
familiarizado con la política extranjera, y muy fuerte en todo lo que
sea _triples alianzas_. Por supuesto, yo creo que te idolatra y lo
disimula; también ella tiene sus puntas de diplomática.

MALIBRÁN.

No te burles. Y que está enamorada no ofrece ya duda para mí.
¡Ah, tengo yo un olfato...! He rastreado mil síntomas infalibles.
Cualquier día se me escapa á mí una pieza de esta clase.

VILLALONGA.

Grandísimo adúltero, de quien está prendada es de ti.

MALIBRÁN.

No, no.

VILLALONGA.

¿En quién te fijas, pues?

MALIBRÁN.

Qué sé yo. En Calderón, la ostra de la casa, en el artillerito ese,
en Federico Viera, en Manolo Infante.

VILLALONGA.

El más verosímil me parece Infante. Ese las mata callando.

MALIBRÁN.

Pues no sé qué te diga. Déjame proseguir mis estudios y mis...
diligencias. Ahora... (_bajando la voz_) la estoy acechando en sus
salidas de casa, y créelo, le deshago el tapadijo; créelo como ésta
es noche.

VILLALONGA.

Estás trastornado, Cornelio.

MALIBRÁN.

Chico, cuestión de amor propio. Todas las pasiones son eso y nada más
que eso. Llámalo _el diablo_. Tal como están hoy las sociedades, con
las religiones abatidas y la moral llena de distingos, el amor propio
nos gobierna. ¿Ves á Orozco, á quien todos llaman la mejor persona
del mundo? Pues es que se ha impuesto ese papel, y lo sostiene por
algo que se asemeja á la vanidad del artista. Si estuviéramos en
época en que la santidad fuera moda, ese se haría canonizar por
pintarla, y extremaría sus actos benéficos hasta el sacrificio y la
mortificación, todo por orgullo, por el culto del arrastrado Yo.
Ley primaria del mundo es el amor propio. Todos hacemos un altar
donde nos ponemos á nosotros mismos, y nos adoramos con un dogma
cualquiera. Mi dogma es vencer en empeños amorosos.

VILLALONGA.

Vencerás. Así tuviera yo tan seguros el cielo y mi canonjía del
Senado. Por cierto que el empeño de meter á Orozco en la combinación
me ha hecho bajar un puesto en la lista.

MALIBRÁN.

Tontería. ¡Si Tomás no lo desea!

VILLALONGA.

No te fíes de apariencias. Ya sabes que tengo á nuestro amigo por un
poquitín hipócrita. Esa modestia, esos ascos al bombo son afectados.
Cada cual se busca su toque ó manera en la sociedad, y el toque de
ese es decir «no quiero, no quiero», para que se lo den todo, y tres
más.

MALIBRÁN.

Puede que tengas razón... En fin, es muy tarde, y yo me voy.

VILLALONGA.

¿A casa de Leonor?

MALIBRÁN.

Después. Sobre la una. Abur. (_Entra en la sala japonesa, se despide
y sale de la casa._)


ESCENA VII

_Los mismos, menos_ MALIBRÁN.

OROZCO, _pasando con Aguado al salón_.

Apuesto á que todavía están apurando el tema del crimen.

MONTE CÁRMENES, _que sale de la sala japonesa_.

¡Crimen y siempre crimen! Augusta quiso entrar en la orden del día;
pero Teresa se rebeló contra la presidencia, y ahora está haciendo
una excursión patibulario-comparativa al campo de la historia,
analizando la vida y milagros de la Bernaola, Vicenta Sobrino y otras
tales.

OROZCO.

Mi mujer se pirra por los crímenes, y Teresa es capaz de traerse
el verdugo en el bolsillo. Yo que el Gobierno, crearía con ellas y
otras damas la policía judicial que tanta falta nos hace. ¿Verdad,
Villalonga?... Venga usted para acá. Parece que está usted de puntas
conmigo. Le prevengo que no he dado paso alguno para entrar en la
combinación. Es cosa de los amigos de usted. Yo lo agradezco sin
solicitarlo, y lo aceptaré si me lo dan, así como me quedaré tan
fresco si me lo niegan.

VILLALONGA, _para sí_.

¡Valiente jesuitón estás tú! (_Alto._) Para mí es cuestión de
amor propio y, ¿á qué negarlo?, de conveniencia. Necesito el cargo
para bandearme. Estoy cansado de luchar; tengo, como cada hijo de
vecino, mi _serie de lamentables equivocaciones_. Llámelo usted mala
cabeza, vértigo político; llámelo usted temperamento anárquico, si le
parece mejor. Pero ya voy para viejo, y solicito esa posición para
formalizarme y adquirir los hábitos de consecuencia que no tengo.
¿Soy sincero?

OROZCO.

Sí. Sólo por su sinceridad merece usted la breva. Yo siento mucho
que, sin comerlo ni beberlo, hayamos venido á ser rivales.

VILLALONGA.

Rivales no. En este caso, hay que hacer justicia al mérito y quitarle
el sombrero. La posición, la riqueza de usted justificarían mi
preterición, si no hubiera otros motivos.

EL EXMINISTRO, _que ha salido poco antes con ambos Trujillos de la
sala de juego, y ha oído lo dicho últimamente por Villalonga, le coge
por la solapa y con desentono le dice_:

Pero ven acá, impertinente, ¿para qué quieres tú la senaduría
vitalicia? ¿Crees que eso se puede cambiar por una Dirección? ¿Crees
que eso se da á la gente insegura y á los veletas como tú?

VILLALONGA, _reprimiendo su ira_.

¿Y para qué querías tú la cartera, grande hombre pequeñísimo?

EXMINISTRO.

¡Yo! ¡Si yo no la quería...!

VILLALONGA.

Que no..., ¡angelito! Como que si no te la dan te mueres. Cuántas
veces, en días de crisis, me dijiste: «Jacinto, por Dios, ¿le has
hablado al Presidente? ¿Crees tú que iré yo ahora?» Y al fin fuiste.
Y te ayudamos los amigos, jaleándote hasta tres meses después, y
dándote un bombo fenomenal. Conque prudencia; que yo no me muerdo la
lengua, y en historia contemporánea no me gana nadie.

EXMINISTRO.

Ni en hablar más de la cuenta tampoco. Siempre disolvente,
adondequiera que vas. Parece mentira que teniendo tanto talento, te
hayas empeñado en probar tu inutilidad.

VILLALONGA.

Pues te diré que... (_Conteniéndose._) En fin, no quiero enfadarme.

EXMINISTRO.

Aunque te enfadaras...

OROZCO.

Vaya, señores, envainen los aceros.

AGUADO, _apartando á Orozco del grupo_.

Deje usted á los compadres que se peleen. Buen par de chanchulleros
están los dos. Y Jacinto hace bien en tomarle el pelo al otro. Me ha
contado que le tuvo hace quince años en la redacción del _Fanal_,
trabajando de tijera. Explíqueme usted estas elevaciones. ¡Qué país!
(_Villalonga y el Exministro signen disputando con viveza, pero sin
faltar á la cortesía._)

OROZCO.

Jacinto es muy listo y vale mucho; pero su inconstancia le pierde.
Habría sido ya ministro, si no tuviera la desgracia de encontrarse
mal dondequiera que está.

TRUJILLO, _padre, con displicencia._

Todos lo mismo. Unos por consecuentes, otros por inconsecuentes,
¡bueno tienen el país, bueno!

VILLALONGA, _disputando con el Exministro_.

No hay quien te baraje. Los hombres de talento, cuando dan en
desbarrar...

EXMINISTRO.

¡Si quien desbarra eres tú! ¡Lo repito, parece mentira que teniendo
tantísimo talento...!

VILLALONGA.

No te haces cargo de nada... Pero escucha.

EXMINISTRO.

Permíteme, bruto...

TERESA TRUJILLO, _que sale de la sala japonesa y busca á su hijo_.

¿En dónde está mi artillero? ¡Ah! (_Cogiéndole del brazo._) Ven acá,
hijo de mi alma. Vámonos, sácame de aquí.

OROZCO.

¿Pero se va usted? No lo consiento.

TERESA.

¡Ay, Tomás, tiene usted su casa infestada de _Cuadradismo_! Aquí no
puede estar una persona que se interesa por la justicia.

OROZCO.

Pues yo creí que usted había convertido á mi mujer á la sana doctrina
_Saraísta_.

TERESA, _picada_.

¡Quiá!, siempre ha de llevarme la contraria. Si siguiéramos
disputando, acabaríamos por reñir, como este par de tontos. (_Por el
Exministro y Villalonga._)

INFANTE, _que sale con el Marqués de Cícero de la sala japonesa_.

¿Qué rebullicio es este? Lo de siempre, discutiendo sobre cuál ha
hecho más tonterías.

MONTE CÁRMENES.

Diciéndoles que hay crisis, puede que se pongan de acuerdo.

INFANTE, _interviniendo en la disputa_.

Señores, cese la discordia. El Ministerio está de cuerpo presente.

_Los disputadores no se aplacan; Infante y Monte Cármenes se ingieren
en la discusión, y Orozco, Cícero, Teresa Trujillo, su esposo y su
hijo les contemplan sonriendo. En la sala de la izquierda se quedan
solos Augusta y Federico._

AUGUSTA, _en pie, airada_.

Al fin se ha ido Manolo, el centinela de vista, y podemos hablar un
instante. Tengo que decirte que te estás portando indignamente.

FEDERICO.

Yo, ¿por qué? (_Va á la puerta, atisba y retrocede._) También yo
deseaba que estuviéramos solos, para poder decirte...

AUGUSTA.

No quiero saber nada. ¡Seis días sin verme!

FEDERICO.

Por culpa tuya.

AUGUSTA.

No; tuya, mil veces tuya... No sé qué tienes en esos ojos... La
traición, la mentira y el cinismo. (_Muy agitada._) Ya me estoy
acostumbrando á la idea de que te vas de mí, atraído por personas
indignas, que no quiero ni debo nombrar.

FEDERICO.

No digas disparates. ¿Te espero mañana?

AUGUSTA.

No, repito que no. (_Mirando al salón con recelo._) No vuelvo más; no
me mereces.

FEDERICO.

Que no te merezco, ya lo sé; ¡pero tiene uno tantas cosas que no
merece! ¡Dios es tan bueno!... ¿Irás?

AUGUSTA.

No quiero. Bien claro te lo digo.

FEDERICO.

¡Y yo que tenía que contarte tantas cosas!

AUGUSTA, _con viva curiosidad_.

¿Qué cosas? Cuéntamelas ahora.

FEDERICO.

Ahora no puede ser. Te espero allá, ¿sí ó no?

AUGUSTA.

He dicho que no voy. (_Aturdida._) Lo pensaré... No, no, y mil veces
no. Si fuera, iría para injuriarte, para decirte que te me estás
haciendo aborrecible.

FEDERICO.

Pues para eso. Vas, y allí, muy tranquilamente, nos tiraremos los
trastos á la cabeza.

AUGUSTA.

Cállate... Pueden oir... (_Con miedo._) Te escribiré dos letras...
No, no te escribo ni media letra; no me da la gana.

FEDERICO.

Pero...

AUGUSTA.

Basta... Cállate... Salgamos. (_Aparece en la puerta del salón._)

OROZCO, _á su mujer_.

Si tú no calmas á estos energúmenos, no sé qué va á pasar aquí.
Siéntate al piano, que la música á las fieras domestica.

OFICIAL DE ARTILLERÍA, _á Augusta_.

Es gracioso: los cuatro son ministeriales, y vea usted cómo están.
Música, música. (_Augusta se sienta al piano y preludia._)

AGUADO, _aparte_.

Música tenemos. Tocará seguramente esas cosas que á mí me aburren. De
buena gana me plantaría en la calle. ¡Beethoven, Chopín! Os cambio
por una de aquellas habaneritas... Pero si lo digo, me llamarán
vulgo. Fingiré que estoy en éxtasis.

INFANTE, _corriendo hacia el piano_.

Augusta, por amor de Dios, la sonata 14, _el clair de lune_...

EXMINISTRO.

Música, arte. Parta un rayo á la política.

VILLALONGA.

Tiene la palabra el Sr. de Beethoven.

_Todos ríen, se alegran, y algunos se sientan para disfrutar de la
buena música._

AUGUSTA, _para sí, tocando_.

¡Para tocatas estoy yo! Dios tenga piedad de mí.


ESCENA VIII

Alcoba en casa de Orozco. Dos camas, una á cada lado de la estancia.

OROZCO, _sentado, meditabundo_. AUGUSTA, _que entra, vestida aún de
sociedad_.

OROZCO, _para sí_.

Ya deseaba que se fueran. Me siento esta noche más fatigado que
nunca.

AUGUSTA, _para sí_.

Gracias á Dios que me he quedado sola. ¡Tener que sonreír y tocar el
piano para que los demás se diviertan!...

OROZCO, _alto_.

La música me pone triste esta noche. ¿A qué lo atribuyes tú?

AUGUSTA, _absorta, no contesta sino después de una pausa_.

Perdona: estaba distraída.

OROZCO.

Te digo que la música me ha puesto triste...

AUGUSTA, _alarmada_.

¿Tú triste?... ¿Por qué?... ¡Ah!, la pícara imaginación. Es que de
algún tiempo á esta parte cavilas demasiado, y te fijas más de lo
conveniente en asuntos que por tu posición debieras mirar con calma.
Ahí tienes por qué te desvelas tan á menudo. Cuando no se duerme
bien, querido, toda la máquina anda mal, y el espíritu más valiente
se desmaya.

OROZCO.

De veras que duermo mal, y no sé á qué atribuirlo. Ello debe de
ser contagioso, porque tú también, al menos anoche, estuviste muy
despabilada.

AUGUSTA.

Es que cuando te siento despierto, yo no puedo dormir... No creas,
á mí no me importa. Resisto perfectamente el insomnio. Este cerebro
mío no trabaja ordinariamente lo que el tuyo. A ti te pasa lo que
á muchos que, hallándose dotados de grandes energías, no saben en
qué emplearlas, por haberse encontrado resueltos los principales
problemas de la vida. No hay ningún asunto grave, de tu propio
interés, que ocupe tu ánimo, y para llenar este vacío buscas fuera
mil extrañas cosas, y te las apropias, y les das un calor que no
debieran tener para ti.

OROZCO, _aparte, ensimismado_.

¡Qué lejos de mí, pero qué lejos, veo á mi mujer!

AUGUSTA.

Ya te afanas porque los muchachos delincuentes tengan un asilo en
que se les corrija; ya te interesas por las niñas abandonadas, como
si fueran tuyas. Ó bien das en proteger á ingratos, en salvar de la
miseria á los que se han arruinado por informales ó tramposos... No,
yo no te censuro que seas caritativo y ayudes al prójimo. Pero todo
tiene su límite, hasta la bondad. Para todo hay una medida en lo
humano.

OROZCO.

Vida mía, me juzgas mejor de lo que soy. Mira tú: si cavilo á
ratos, es porque recelo no cumplir bien los deberes que me impone
mi posición. Algunas noches he dormido mal, porque la conciencia
intranquila y como quisquillosa me turbaba el sueño...

AUGUSTA, _sorprendida_.

¡Tú... con la conciencia intranquila..., tú!... El hombre mejor del
mundo. ¡Alabado sea Dios!... (_Persignándose._) Tomás, tú no sabes lo
que te dices.

OROZCO.

En esto de la conciencia, hija mía, cada triunfo que se alcanza
trae nuevos anhelos de alcanzar más. Cuando uno se deja entumecer
por el egoísmo, la conciencia se atrofia, como órgano sin uso, y
hasta llegamos á cometer mil iniquidades sin advertirlo. Pero cuando
nos aficionamos, por esta ó la otra causa, á la contemplación de
la idea moral y á recrearnos en ella, ¡ay!..., entonces, Augusta,
mientras más horizontes se ven, más nos gusta avanzar para reconocer,
descubrir y conquistar espacios nuevos.

AUGUSTA, _para sí_.

Ya tenemos en planta la idea fija de estas últimas noches...

OROZCO.

Mi mayor satisfacción sería que mi mujer comprendiera esto... Creo
que al fin lo entenderás.

AUGUSTA, _acariciándole_.

Mira, hijito, acuéstate y procura dormirte. Si la conciencia te
quita el sueño á ti, á ti, que eres tan bueno, ¿quién, dímelo, quién
dormirá en este mundo?

OROZCO.

Los muertos y los egoístas, que vienen á ser lo mismo. (_Con
jovialidad._) Oye, Augustilla: esta noche deseo el descanso, y me
propongo arrojar de mi cerebro toda idea que no sea la de mi propio
bien. Ea, durmamos. (_Se dispone á acostarse._)

_La doncella aparece en la puerta, y Augusta pasa con ella á otra
habitación para cambiar de ropa._

OROZCO, _solo, acostándose_.

Sí, es preciso descansar, transigir con este mecanismo brutal y
tonto en que estamos metidos. Aquí, solo dentro del círculo de mis
pensamientos, apartado del mundo, ante el cual represento el papel
que me señalan, restablezco mi personalidad, me gozo en mí mismo,
examino mis ideas, y me recreo en este sistema..., lo llamaré
religioso..., en este sistema que me he formado, sin auxilio de
nadie, sin abrir un libro, indagando en mi conciencia los fundamentos
del bien y del mal... ¡Qué placer descubrir la fuente eterna, aunque
no podamos beber en ella sino algunas gotas que nos salpican á la
cara! Hay en el mundo más de cuatro necios que me creen fanatizado
por las prácticas de esta ó la otra religión positiva. Su error me
encubre. No les sacaré de él... Una sola idea me aflige, y es que mi
mujer está aún distante, pero muy distante de mí. Miro para atrás,
y apenas la distingo. Cada noche, al quedarnos solos en este dulce
retiro, libres de la estolidez humana, arrojo á su entendimiento
algunas ideas..., hoy ésta, mañana aquélla, como el novio que tira
chinitas al balcón de su amada para llamar la atención. No las recibe
mal; pero no se halla todavía en estado de asimilárselas. Creo que
al fin se enterará. Es buena, y su corazón está preparado para
limpiarse de egoísmo... ¡Limpieza en extremo difícil!..., ¡vaya si es
difícil!... (_Se adormece._)

AUGUSTA, _entrando de puntillas, en traje de noche_.

Dormido ya; pero esto no es más que el primer sueño, breve y
profundo, que le dura apenas media hora. Y yo, ¿por qué me acuesto
si sé que no he de dormir? ¡Habla de conciencia intranquila!...
Este bienaventurado no sabe lo que es vivir con los pies sobre la
tierra. Él tiene alas. (_Se sienta junto á su lecho, y apoya el
brazo en él y la frente en la mano._) Si mi fe religiosa fuera más
viva... me consolaría. Pero mis creencias están como techo de casa
vieja, llenas de goteras. De esto tiene la culpa el trato social,
lo que una piensa, y lo que oye, y lo que ve... Por ese lado no hay
esperanza. (_Mirando á su marido, que duerme._) Si Dios se ocupa de
nuestras pequeñeces, sabrá que quiero tiernamente á este hombre,
que su salud me interesa más que la mía; sabrá también que esta
unión no satisface mi alma, que otro cariño me salió al paso y lo
tomé, porque me llena la vida hasta los bordes. Esto ha venido á
ser esencial en mí. Mi conciencia es voluble, y suele regirse por
las impresiones que recibo y por los movimientos del ánimo. Cuando
estoy contenta y satisfecha, y los celos no me punzan, mi conciencia
se relaja, se hace la tonta, y me dice que mi falta no es falta,
sino ley del espíritu y de la naturaleza. Pero cuando mi pasión se
alborota con las contrariedades, y el alma se me revuelve, y se
enturbia con sus propias heces que suben, pierdo la tranquilidad y
me tengo por mala, por indigna de perdón... ¿Qué es lo que siento
esta noche? Inquietud, temor de no ser amada. El despecho y la ira
se me vuelven remordimientos. Casi casi me dan impulsos de abrir
el alma delante de mi marido y contarle todo lo que me pasa. ¿Y
para qué? ¿Para renegar de mi error y prometer la enmienda? No, no
tendré fuerzas para enmendarme, ni hipocresía para hacer promesa
tan imposible de cumplir. Me confesaría, simplemente por el consuelo
de vaciar un secreto que ahoga... (_Irguiendo la cabeza._) ¡Dios
mío, qué disparates pienso! Paréceme que tengo fiebre. A estas horas
el insomnio y las cavilaciones nos llevan á una verdadera locura.
¡Confesarme á Tomás! No me comprendería, como yo no comprendo las
sutilezas de su conciencia, que por querer adelgazarse tanto, se
quiebra; incurriría en las vulgaridades de la moral gruesa y común,
de esa que parece que se compra por kilos. ¡Ay!, digan lo que
quieran, estamos gobernados por leyes estúpidas..., hechas para
regularizar lo irregularizable, para contener en distancias muy
medidas el vuelo de las almas..., porque yo también tengo plumas.
(_Hace con las manos movimientos de aleteo._) ¡Vaya que se me ocurren
unas cosas cuando cavilo á estas horas!... Sí, ardo en calentura;
como que dudo á veces si estoy despierta ó estoy soñando..., y hasta
me parece que un diablillo gracioso me sopla al oído lo que he de
pensar... Despierta estoy, y discurro claramente que la sociedad
y sus leyes son obra de la tontería. (_Accionando como si hablara
con alguien._) Y lo digo y lo sostengo: si no nos encontrásemos
atados por estos nudos del convencionalismo, yo podría tener un gran
consuelo. Ante la razón grande, hablo de la grandísima, de la que
anda por allá arriba sin que nadie la pueda coger, ¿qué inconveniente
habría en que este hombre, que miro como hermano de mi alma, este
hombre de entendimiento superior, de gran corazón, todo nobleza,
supiera lo que me está pasando, y que lo oyera de mi propia boca?...
Esto que parece absurdo..., ¿por qué lo es?; mejor dicho, ¿por qué lo
parece? No; lo absurdo no es esto que pienso, sino lo otro, todo el
armatoste social... (_Sonriendo._) ¿Por qué me río?... No me río: es
rabia; es que mi sabiduría, esta ciencia que me entra por las noches,
me hace reir... de rabia.

OROZCO, _para sí, despertando súbitamente y volviéndose._

Tengo la cabeza tan despejada como á las doce del día. Y francamente,
no veo la necesidad de dormir toda la noche. Después de un breve
letargo reparador, no hace falta más. En vez de embrutecernos en el
sueño, ¡cuánto mejor es meditar sobre los graves problemas que nos
rodean, examinar nuestras acciones del día pasado, preparar las del
siguiente!... (_Pausa._) Lo que más me enoja es que me aplaudan, como
si fuera yo un cómico. Quiero que mis actos sean tan secretos que
nadie los penetre; más aún: quiero que resulten con apariencias de
maldad, para que el mundo los censure y los ridiculice. Pero esto es
difícil, muy difícil. El maldito tiene un gran olfato para rastrear
la verdad, y no es fácil engañarle... Porque el bien no es tal bien,
si no se le disfraza, para que vaya por la calle bien enmascaradito.
Y lo peor es que no puede uno evitar que los favorecidos salgan por
ahí con mucho bombo y mucho cascabel pregonando el bien que uno
les hace, mientras yo... no sé qué daría porque me formaran una
reputación de tacaño y cruel. Nada me molesta tanto como la gratitud,
y las manifestaciones de ella... Verdad que hay muchos ingratos, y
esto ya es un consuelo... (_Pausa._) También me gusta cavilar sobre
los términos precisos de este orden de creencias que yo he encontrado
en mi propio pensamiento y en mi corazón; obra mía es todo, y la
primera necesidad que experimento es recatarla del mundo. Aquí no
cabe propaganda, ni yo he de hacerla más que con mi mujer. Sólo á
una persona tiernamente amada comunicaré esta creencia honda, que
proporciona al alma tan grandes consuelos... Sólo á mi pobrecita
Augusta... (_Reparando en su esposa sentada junto al lecho._)
Augustilla, hija mía, ¿qué haces que no duermes?

AUGUSTA.

Ya estaba acostándome, cuando me pareció notarte inquieto. ¿Te
sientes mal?

OROZCO.

No, hija de mi alma. Estoy muy bien; he dormido un rato, y no
necesito descansar más. Déjame que medite sobre cosas que te iré
comunicando en forma tal que puedas comprenderlas.

AUGUSTA, _para sí_.

Vuelta á lo de anoche... (_Alto._) No pienses en eso. Eres bueno, y
por ser mejor te estás dando muy malos ratos. Es hasta un rasgo de
soberbia el pretender salirse de la imperfección humana.

OROZCO.

Desconoces los verdaderos grados del bien. Tu inteligencia es grande;
pero no ve la verdad. No me extraña eso. Yo te iniciaré. Eres la
persona que más quiero en el mundo, y es preciso que vengas tras
de mí, ya que no conmigo. Según mis creencias, la primera de mis
obligaciones es proporcionarte todos los placeres lícitos, rodearte
de las comodidades y encantos que nuestra fortuna nos permite. Hoy
por hoy, no cuadra á mis ideas el cambiar de vida. Me conviene que
continúe este lazo que al mundo nos une y aparentar que, lejos de
haber en mí perfecciones, soy lo mismo que los demás.

AUGUSTA, _para sí_, _confusa_.

¿Estoy segura de entender lo que me dice? (_Alto._) Eso me agrada;
pues si tuvieras tú vocación de anacoreta, yo no creo tenerla nunca.

OROZCO, _algo excitado_.

No, no es eso. En el mundo, en plena sociedad activa, es donde
se debe luchar por el bien. Nada de ascetismo: los que se van á
un páramo, no tienen ningún mérito en ser puros. Sigamos aquí...
Cabalmente esa es la dificultad: realizar cuanto me piden mis
creencias en medio de este tráfago, y en el torbellino de maldades
que nos envuelve. Jamás te apartaré del medio social en que vives. La
regeneración no puede ser eficaz sino dentro de ese medio. Nada de
privaciones materiales, nada de vida de cartujo; eso es de caracteres
mediocres.

AUGUSTA, _para sí_.

Pues lo que ahora dice me parece muy razonable. (_Alto._) Todo eso
está muy bien; pero vale más que lo dejes para mañana, y que duermas
ya y descanses.

OROZCO.

¡Si no tengo sueño, ni me hace falta dormir! (_Inquieto._) Mejor será
que me levante y me pasee por el gabinete.

AUGUSTA, _corriendo á él y deteniéndole_.

No, no hagas tal. Te lo prohibo.

OROZCO.

Bueno, pues yo no puedo consentir que estés desvelada por
acompañarme. Ya que no tienes nada en qué pensar, porque tu
conciencia no chista, recógete y duérmete. No me levantaré, para
que no estés inquieta por mí. Acuéstate, y si no te entra sueño,
hablaremos un poco de cama á cama. (_Augusta se acuesta._)

OROZCO.

¿Sabes en lo que pienso ahora? En la carta que he recibido hoy de
Joaquín Viera, el padre de Federico.

AUGUSTA, _con viveza_.

¿Sí?..., ¿y qué es?

OROZCO.

Pues me dice que llegará aquí del 26 al 28, y que viene á tratar
conmigo de un asunto de intereses.

AUGUSTA.

Sablazo seguro. Por amor de Dios, Tomás, ponte en guardia.

OROZCO.

No caigo en qué podrá ser. Dejémosle venir.

AUGUSTA.

¡Qué trasto ese Joaquín!... No se parece nada á su hijo, que aunque
mala cabeza y desordenado, tiene un fondo de caballerosidad que...

OROZCO.

Es verdad. El papá es tal, que no tiene el diablo por donde
desecharle.

AUGUSTA.

Y abusa de tu bondad siempre que quiere. Mucho cuidado, Tomás; ponle
mala cara cuando le recibas. Recuerda que Joaquín, hace dos años,
después de explotarte indignamente, dijo de ti horrores.

OROZCO.

Debemos perdonar las ofensas.

AUGUSTA.

¿Crees tú que toda ofensa se debe perdonar?

OROZCO.

Todas en absoluto, y sin reserva de ninguna clase.

AUGUSTA.

¿Estás dispuesto tú á perdonar toda ofensa que se te haga?

OROZCO.

Sin género alguno de duda. Me agravias sólo con dudarlo. Pues qué,
¿no tienes tú en tu alma la misma decisión?

AUGUSTA, _vacilante_.

No sé. Eso no puede asegurarse sino frente á los hechos. La
resistencia moral, como el grado de tensión de una cuerda, no se
conoce hasta que se prueba... Pero me parece que hemos hablado
bastante, hijito. Ahora, á dormir.

OROZCO.

A dormir tú, yo no.

AUGUSTA.

Los dos... (_Para sí._) ¡Ay, cuánto me molesta este diálogo!...
Quiero estar sola y pensar lo que á mí me dé la gana, sin tener que
llevar á cuestas el pensamiento ajeno... Fingiré que duermo para que
se calle.

OROZCO.

Como si lo viera, Joaquín me presentará algún antiguo y olvidado
crédito... ¡Pero si por mi cuenta no hay ninguno que no esté
satisfecho...! (_Suspirando._) ¡Ay!, esa maldita _Humanitaria_
ha dejado tras sí un rastro vergonzoso. Yo no soy responsable;
pero disfruto del capital que se amasó con aquel negocio, en que
trabajaron juntos mi padre (que Dios perdone) y este Joaquín Viera,
que es de la piel del diablo. No juzgo lo que hicieron. Después
Joaquín se arruina, se va al extranjero y se dedica al _chantage_
y á mil trapisondas. ¡Quién sabe si se descolgará ahora con algún
enredo...! ¿No crees tú que...? (_Observando á su mujer, que no
chista._) Vaya... se ha dormido. ¡Pobrecilla!

AUGUSTA, _para sí_.

Me cree dormida. De este modo me rodeo de soledad, me meto en mí.
(_Atendiendo sin mirar._) Parece que discute consigo mismo en voz
baja. Yo pensaré en silencio. Los dos padecemos con el insomnio;
pero ¡por cuán distintos motivos! A mí me desasosiega el pecado, y
á él la perfección... No le siento ahora; no sé qué daría porque se
durmiese profundamente. También yo... empiezo á notar, así, cierta
torpeza, como si las ideas se me cuajaran... (_Pausa._) Pero no se
calma la inquietud que siento en mi corazón, este temor, esta ira,
los celos. Se calmaría quizás si lo contase á alguien. Consuelo del
espíritu turbado es la confesión; pero la confesión religiosa no acaba
de satisfacerme. A un cura tendría yo que prometerle la enmienda, y
esto no puede ser. Le engañaría si la prometiera; sería estafar la
absolución, que es lo que hacen la mayor parte de los penitentes,
figurándose de buena fe que están arrepentidos y creyendo que no
reincidirán. Como no me gusta engañar, empiezo por no engañarme á mí
misma. El que á mí me confiese ha de ser un sacerdote extraordinario,
ideal, superior á cuantos hombres andan por el mundo, de un saber
tan grande y de una sensibilidad tan fina para tomar el pulso á las
pasiones, que pueda yo mostrarle con sinceridad hasta los últimos
dobleces de la conciencia... (_Agitándose en el lecho._) ¿Pero yo estoy
dormida ó despierta? Porque esto que pienso no es un despropósito de
los que solemos soñar...; esto que se me ocurre indica talento...,
vaya si lo indica... Pues sí, ese confesor que me hace falta, ya
lo siento venir. Parece que lo traigo yo misma con la fuerza de mi
pensamiento... (_Aparece la sombra de Orozco, sentada junto al lecho.
Es una forma indeterminada, cuyo ropaje no se percibe: distínguense
claramente la cara y las manos._) Aquí está ya. Lo que yo me figuraba:
su rostro es el mismo de mi marido; sus ojos, que me miran con tanto
cariño y dulzura, revelan el saber total y la piedad eterna... (_Le
mira fijamente._) ¿Y qué?... (_Pausa._) No dice nada. No hace más que
clavarme su mirada, que me penetra hasta lo más hondo. No, no mentiré,
no te ocultaré nada. Confesor, no me causas miedo, sino confianza...
(_Agitándose más._) Ya, ya sé qué es lo primero que debo decir: cuándo
empezó mi infidelidad y la razón de ella. ¡La razón de ella! ¿Yo qué
sé? Esas cosas no tienen razón. Le traté algún tiempo, ya casada, sin
sospechar que le quería con amor. No caí en la cuenta de que estaba
prendada de él, sino cuando me declaró que se había prendado de mí.
Tres días de ansiedades y de lucha precedieron á uno memorable para mí.
¡Vaya un diíta, Señor! No me acuerdo bien de lo que sentí aquel día.
La vida se me completó. Le amé locamente, y cuando me fuí enterando
de sus desgracias, de las cadenas ocultas que arrastra el pobrecito,
le quise más, le adoré. Declaro que hay dentro de mí, allá en una de
las cuevas más escondidas del alma, una tendencia á enamorarme de lo
que no es común ni regular. Las personas más allegadas á mí ignoran
esta querencia mía, porque la educación me ha enseñado á disimularla.
Pues sí, tengo antipatía al orden pacífico del vivir, á la corrección,
á esto mismo que llamamos comodidades. Esto de hacer un día y otro
las mismas cosas, el tenerlo todo previsto, el encontrar todo á
punto, me entristece, me fatiga. Bendito sea lo repentino, porque á
ello debemos los pocos goces de la existencia. ¿Hemos nacido acaso
para este tedio inmenso de la buena posición, teniendo tasados los
afectos como las rentas? No; para algo nos habéis dado la facultad
de imaginar y de sentir, por algo somos un alma que ama los espacios
libres y quiere dar un paseíto por ellos. Este compás social, esta
prohibición estúpida del _más allá_, no me hace á mí maldita gracia.
Y lo peor es que la educación puritana y meticulosa nos amolda á esta
vida, desfigurándonos, lo mismo que el corsé nos desfigura el cuerpo.
De este modo aprendemos la hipocresía, y buscamos compensación al
fastidio, trayendo á nuestra vida algún elemento secreto, algo que no
esté á la vista ni aun de los más próximos. Tener un secreto, burlar
á la sociedad, que en todo quiere entrometerse, es un recreo esencial
de nuestras almas con corsé, oprimidas, fajadas... Sin misterio,
el alma se encanija. Aborrezco esa vida, que no vacilo en llamar
pública, ó si se quiere, legal, muy santa y muy buena para quien se
pueda amoldar á ella, pero que no es para mí... Que me quite Dios las
ideas que me andan por dentro del cráneo, que me quite los nervios,
y me volveré la burguesa más pánfila de la clase... (_Se agita de
nuevo y contempla con estupor la Sombra._) Veo que me miras con ojos
benévolos. No podía ser de otra manera. Declaro todo lo que siento,
y me someto al fallo tuyo... ¿Soy pecadora, ó qué soy? No me dices
nada. ¿Por qué callas? ¿Te asombras de que no me disculpe? No siento
en mí la disculpa. Creo que al principio intenté sofocar el amor hacia
un hombre que no es mi marido. Pero pronto me convencí de que era
inútil intentarlo. Me encantaban la persona y sus palabras, el sonido
de su voz, su carácter noble, su susceptibilidad, sus desgracias, la
pobreza disimulada con tanta gallardía; y no puedo dejar de amarle, ni
en rigor, aquí dentro de mí, me avergüenzo de ello. ¿Qué tienes que
objetarme? Dirás que estoy unida por la ley á ese amigo sin par, á ese
hombre extraordinariamente bueno y amable. Yo reconozco sus méritos
y virtudes, yo le admiro. Tú que me oyes, ¿eres él, ó has tomado su
rostro para inspirarme más respeto? Porque si eres él mismo, y vienes
á oirme en confesión, te traerás la razón grande, el metro elástico
para medirme; habrás dejado fuera de aquí las reglas chiquitas, hechas
á gusto del medidor... Dime al fin el juicio que te merezco; háblame,
para que yo no crea que es mi propio pensamiento quien te pone delante
de mí. (_Sofocada._) ¡Dios mío, el talento que saco en estas horas
de insomnio me hace padecer! (_A la Sombra._) ¿Qué piensas de mí?
¿No me dices una palabra consoladora? Cuando entraste me mirabas con
indulgencia, y ahora... (_La Sombra principia á desvanecerse._) ¿Te
vas? Aguarda... En verdad que no puedo asegurar que estoy despierta
ni que estoy dormida... ¿Crees que no he sido bastante sincera?
No te vayas, no... (_La Sombra desaparece._) ¡Disparates como los
que yo pienso! (_Llevándose la mano á los ojos._) ¡Pero si yo no
dormía! Despierta estaba, y qué sé yo...; puedo jurar que le he visto
ahí..., una persona, un sacerdote, un ser extraño, con la cara y los
ojos de... ¡Qué desatinos engendra la fiebre!... Sí, en mi juicio
estoy. (_Golpeándose el cráneo._) No tengo duda. Mi marido duerme
tranquilamente. ¡Y yo imaginaba confesarme con él!... ¡Vaya, que es de
lo más absurdo!... En el fondo no deja de tener cierta gracia... (_Se
incorpora._) ¡Qué suplicio el de estar en la cama sin sueño!...

_Pausa larga. Permanece un rato con las ideas obscurecidas,
murmurando frases deshilvanadas. Restrégase los ojos. Por fin se
aclara su juicio, y se reconoce en la realidad._

Difícil es que pueda precisar si he dormido ó no... Lo que es ahora
bien despabilada estoy... ¡Ay, amor mío, cuánto me haces sufrir!
Quiero verte, quiero dolerme de tus agravios, y que me pidas perdón
y desvanezcas este enojo que siento contra ti. No puedo soportar tu
amistad con esa mujer indigna. No te vale decirme que las visitas son
inocentes. ¿Qué objeto tienen entonces? No escucho tus explicaciones,
no las admito. Esta noche me has parecido amable, como pesaroso
de ofenderme y con deseos de desagraviarme. ¿De veras quieres que
nos veamos mañana en nuestro asilo? ¡Y yo, tonta, respondí que
no! ¡Tenemos á veces unos arranques de dignidad tan ridículos!...
(_Pausa._) Nada, mañana le escribo en cuanto me levante; le diré:
«Aunque tú no lo mereces, grandísimo pillo, necesito oir tus
descargos, y acudiré á la hora de costumbre. Si tardas te araño.»
No, no; esto es humillante. Debo fingirme muy incomodada, ¡uy, qué
genio tengo!, y con pocas ganas de perdonar. Él es el que debe
humillarse. Coquetearemos. Le diré: «Amigo mío, es preciso que esto
concluya, y vale más que tratemos, serenamente y sin atufarnos,
de nuestra separación definitiva...» Esto, esto; magnífico. ¡Qué
feliz idea! Quisiera tener aquí lápiz y papel para apuntarla, no
sea que se me olvide de aquí á mañana... ¡Señor, qué ansiedad, y
cómo se estiran las horas de la noche! Me dan ganas de saltar de
la cama volando, y escribir la esquela antes que se me escape del
cerebro aquella idea felicísima. No, aguantaréme aquí. Tomás no
duerme. Se sorprendería de verme levantada. ¡Ay, qué tumulto dentro
de mí! Esa _Peri_, esa _Peri_; no la puedo ver. He de obligarle á
que me prometa no poner más los pies en su casa. No, no le escribo
lo que pensé. Más fuerte, más fuerte, y unos morros así... Le diré:
«Imposible perdonarte tus visitas á esa mujerzuela. Entre tú y yo
no puede haber ya ni siquiera amistad, si no me juras...» Sí, que
jure, que jure, que se fastidie... Esto es lo que he de escribirle...
¡Ah!, se me ocurre ahora otra idea estupenda. Una carta llena de
ternura es lo mejor, pues si me muestro arisca y exigente, puede
que se incomode. ¡Es tan orgulloso! Nada, nada; mucha suavidad,
quejas dulces... «Eres un ingrato, y correspondes mal al inmenso
cariño que te tengo. No debiera verte más; pero soy débil, y mi
debilidad te necesita. No me faltes esta tarde, si no quieres que
me muera.» Esto escribiré... ¡Lástima no tener lápiz!..., porque
si no lo apunto, de fijo que se me olvida... Estoy llorando, y no
había notado que lloro... (_Pausa._) Me parece que Tomás descansa.
Su respiración indica sueño... (_Poniendo atención._) Sí, duerme. Me
levantaré. Las sábanas son de fuego... Me levanto, voy al gabinete,
y endilgo esa carta antes que se me borre la idea... No, esperaré á
que sea más tarde, á que apunte el día, que ya no puede tardar. Y
nada de ternura, nada de mimos. Hay que tratarle á la baqueta. Pero
¿y si se crece al castigo? No, no se crecerá... Lo que hay es que
no puedo seguir acostada. Arriba, pues. En mi gabinete escribiré.
Hora tremenda es esta para el cerebro. Creo que me vuelvo loca si
sigo así. (_Salta del lecho, se pone la bata, mete los pies en las
pantuflas y de puntillas recorre la alcoba._) ¡Ah! Gracias á Dios,
me siento más serena. En cuanto salí de las abrasadas sábanas, soy
más dueña de mí. Las ideas se me aclaran. No, no escribo ahora. Tengo
la seguridad de que lo que escribiese hoy me parecería mal mañana, y
rompería la carta. Al mediodía le pondré cuatro líneas, muy secas,
citándole... ¡Qué frío hace! Cuatro palabras, y luego, charlando
cara á cara, le diré muchas cosas, pero muchas cosas... (_Después de
dar algunos pasos, detiénese junto al lecho de Orozco, y contempla
á éste dormido._) Mañana romperé la regularidad enervante de esta
vida; mañana probaré lo misterioso y secreto, que arroja algunos
granos de sal sobre la insipidez de lo legal y público. El corazón
apasionado se alimenta de la flor de lo desconocido. Envidio á los
que, al abrir los ojos, dicen: «¿Qué me pasará hoy?, ¿qué comeré
hoy?...» Hombre santo y ejemplar, tus luchas son como una comedia que
compones y representas tú mismo en el teatro de tu conciencia para
conllevar el fastidio del puritanismo. El bien y el mal, esos dos
guerreros que nunca acaban de batirse, ni de vencerse el uno al otro,
ni de matarse, no cruzan sus espadas en tu espíritu. En ti no hay
más que fantasmas, ideas representativas, figuras vestidas de vicios
y virtudes, que se mueven con cuerdas. Si eso es la santidad, no sé
yo si debo desearla. Duerme... (_Volviéndose hacia un cuadro de la
Virgen, Murillo auténtico._) Pero, lo que yo digo: los santos deben
estar en el cielo. La tierra dejárnosla á nosotros los pecadores,
los imperfectos, los que sufrimos, los que gozamos, los que sabemos
paladear la alegría y el dolor. (_Contemplando otra vez á Orozco._)
Los puros, que se vayan al otro mundo. Nos están usurpando en éste un
sitio que nos pertenece. (_Principia á amanecer._)



JORNADA SEGUNDA


ESCENA PRIMERA

Antesala de un círculo de recreo. Sucesivamente cambia en escalera,
en calle y en café, según se indica.

FEDERICO VIERA, MANOLO INFANTE.

FEDERICO, _que sale por el fondo_.

¡Maldita sea mi suerte! ¡Necio de mí! Debí prever este desastre,
pues cuando nos amenaza un día de prueba, la noche que le precede
es siempre una noche de perros. Las desdichas, como las venturas,
no vienen nunca solas: vienen en parejas, como la Guardia civil. Si
mañana (debo decir hoy, porque son las dos) ha de ser para mí un
día tremendo, ¿cómo no calculé que esta noche no podía ganar? Las
vísperas de los días malos son... peores. (_Un lacayo le pone el
abrigo._)

INFANTE, _que entra por la derecha, como viniendo de la calle_.

¡Hola..., Federico el Grande..., qué oportunidad!...

FEDERICO.

Infantillo, ¿venías á buscarme?

INFANTE.

Justamente, á eso vengo... Salía de mi honrado Círculo de Ingenieros,
y dije: «voy á subir un momento allá, á ver si está ese perdío y le
arranco al nefando tapete, para llevármele á tomar chocolate y echar
un párrafo con él».

FEDERICO.

¡Cuánto te hubiera agradecido que me arrancaras al nefando tapete!...
¡Noche más infame!... Vámonos, vámonos. (_Bajan la escalera._) ¿Tenías
que decirme algo concreto, ó simplemente charlar?

INFANTE.

Nada concreto.

FEDERICO.

¿De veras? Tú eres muy ladino, y con esa apariencia de _bon enfant_,
tienes tus trapacerías, y en la conversación un gancho invisible para
extraer las ideas.

INFANTE.

Me juzgas á mí por ti mismo. Indeliberadamente, atribuimos á los
demás nuestras propias cualidades.

FEDERICO.

En este caso, el listo eres tú..., y yo también un poco, porque
adivino de qué quieres hablarme.

INFANTE.

Mejor; así no necesitaré exordio. Cuando nos atormenta una idea
fija, nos arrimamos á las personas que pueden darle pábulo. Es una
necesidad del alma. Sí..., confieso que te busco para charlar, pero
siempre con ánimo de que la conversación recaiga en lo de siempre, en
mi prima.

FEDERICO.

Creí que con lo que te dije hace dos días quedabas convencido y
satisfecho.

INFANTE.

Lo estoy por lo que á ti se refiere. Te he borrado de la lista de
sospechosos; pero puedes volver á ella cuando menos lo pienses. Te
absuelvo libremente, pero quedas sujeto á las resultas del proceso...
Y en cuanto á ella, ¡qué bien defiende su enigma! Mas yo he jurado
ante la laguna Estigia descifrárselo, y se lo descifraré. Estas
noches he puesto varias trampas. Hubo momentos en que creí ver caer
en ellas á Malibrán, á ti, al oficialito de Artillería, al propio
Calderón de la Barca... Pero no cayó nadie. Todos los indicios son
tan vagos, que nada racional puedo fundar en ellos.


Calle.

FEDERICO.

¡Qué noche tan clara y serena! Se ensancha el alma mirando el cielo
estrellado y espaciándose por ese azul inmenso. Las noches de Madrid
son mejores y más bellas que los días, y en mi opinión, toda la vida,
la política, los negocios, el comercio y la poca industria que hay,
debiera hacerse de noche.

INFANTE.

A eso vamos.

FEDERICO.

¡Mira ese cielo; pero míralo, hombre. Observa qué templado ambiente!

INFANTE.

Sí, sí; pero no varíes la conversación. Oye una cosa. Dice
Schopenhauer que cuando sufrimos un fuerte dolor físico, si nos
ponemos á analizarlo, aplicando á él todo nuestro espíritu con
insistencia, el dolor se alivia.

FEDERICO.

¿Te has consolado así? Vaya, menos mal.

INFANTE.

Déjame concluir. Verás cómo hago mi análisis. Empiezo por
preguntarme: «¿pero estoy yo realmente enamorado? ¿Esto que siento
es lo que llaman amor? ¿Hállome dispuesto al sacrificio, á la
abnegación, á posponerlo todo al objeto amado?» ¡Ay!, me temo que si
tocaran á sacrificarse mucho, yo, francamente..., vamos, que no.
De lo cual deduzco que lo que siento es una pasión de amor propio,
la pasión de las sociedades refinadas, como dice Malibrán. Lo que
tomamos por amor no es más que el afán de vencer y de halagar nuestro
orgullo. Te confieso que quiero á esa mujer como se quiere lo que
llega á constituir un gran empeño de nuestra vida, lo que representa
un triunfo, una gloria, el colmo de nuestros afanes. He dado con el
vocablo: no debo decir que amo á mi prima, sino que la ambiciono.

FEDERICO.

Lo comprendo; pero como en mí se ha extinguido hace bastante tiempo
toda ambición, no siento bien lo que me dices. Vamos, tú corres
detrás de ella como otros detrás de un acta, de una gran cruz ó de
una cartera.

INFANTE.

No es enteramente lo mismo; pero en fin, hay alguna semejanza.

FEDERICO.

Pasión de vanidad, ó si quieres, pasión de gloria. Vencer, ganar una
batalla, descubrir un territorio, inventar una máquina.

INFANTE.

Algo así, algo así... Y en suma, lo que me trae á mal traer es la
rivalidad, sentimiento profundamente humano, la envidia (demos á las
cosas su nombre), el temor de que la batalla que yo debía ganar la
tenga ya ganada otro, que otro inventor haya descubierto lo que yo
inventar quise. Y persigo á mi rival con ensañamiento. Si eres tú el
que busco, dímelo por Dios; si sabes algo de otro, dímelo también.

FEDERICO, _fríamente_.

Pues sí sé... Vaya si lo sé..., y contando con tu discreción, voy á
decírtelo.

INFANTE.

Bendita sea tu boca, si no te sales con alguna extravagancia.

FEDERICO.

Pues sí, Augusta está enamorada... de su marido.

INFANTE.

¡Ay, qué pillín! Como si no supiéramos con cuánta sandunga concilian
ellas sus deberes con sus caprichos. Estiman á sus maridos, les
respetan, hasta les aman; pero luego hacen en la trastienda de su
alma unas distinciones jesuíticas, que son lo que hay que ver.

FEDERICO.

Eso no reza con nuestra amiga, que tiene á su marido un cariño firme
y leal.

INFANTE.

Te diré... Razonemos. A mí me parece que Augusta estima á su marido,
y le quiere, y no le pondrá en ridículo por nada del mundo. No
hay miedo de que dé escándalos; y si tiene, como pienso, algún
drama íntimo de estos imposibles de evitar en las altas clases
sociales, uno de estos..., llámalos errores, llámalos derivaciones
espiritualistas ó materialidades que nacen de la excitación de la
vida elegante, en fin, dales el nombre que quieras...; pues digo que
si se sale de la vía legal, ha de ser con sensatez y buenas formas,
guardándole á su marido todo el respeto, y hasta el cariño... que...
Mira tú, para aclarar esto, sería preciso que antes fijáramos todas
las categorías y formas del amor, las cuales son tantas que no se
cuentan nunca, y cada día encontramos una categoría y una forma
nuevas.

FEDERICO.

¡Cuánto sabe este chico, Dios!... Pues yo no admito esas filosofías
de estira y afloja, y me atengo á la idea de que Augusta es honrada.

INFANTE.

Es que la honestidad también tiene sus categorías.

FEDERICO.

No, no las tiene. Veo, Infantillo, que siendo yo un mala cabeza,
como dicen, y tú uno de los niños más formalitos de estos tiempos,
estoy menos corrompido que tú. Pues te digo otra cosa: tus
pretensiones son una mala acción y una deslealtad.

INFANTE.

Si pones la cuestión en el terreno de la moral del _Amigo de los
Niños_...

FEDERICO.

Que es la única. Si yo me viera en tu caso, me haría infeliz la
idea de agraviar y deshonrar á un hombre tan bondadoso, tan digno
de respeto y amistad. Dime: ¿eres tú de los que ven en Orozco un
hipócrita, un egoistón lleno de camándulas?

INFANTE.

No; yo no creo eso: le tengo por persona estimabilísima. Pero te
diré... Yo no hago la sociedad. La pícara está formada ya. Si ahora
me dijeran á mí: «Infante, ahí tiene usted el caos. Fabrique usted
la sociedad como cree que debe ser, bien ajustadita á los principios
eternos», cuenta que lo arreglaría á gusto tuyo, á gusto de todos los
sensatos y escrupulosos. Pero como me la encuentro hecha, y vieja ya,
con multitud de repliegues y arrugas; como la moral existe, y es otro
vejestorio entrado en siglos, con sus reservas, sus distingos, sus
ondulaciones, yo no he de ponerme en ridículo haciéndome el apóstol
de la línea recta. Juraría que piensas lo mismo que yo; pero por afán
de originalidad, te las das ahora de Catón inflexible.

FEDERICO.

Cree de mí lo que quieras. Aquí donde me ves, tan desquiciado, tengo
yo mis preferencias por la línea recta. Me dirás que no la sigo; pero
en estos tiempos, hasta el conocerla sin andar por ella viene á ser
un mérito. Soy bastante testarudo, y poseo pocas ideas morales, pero
firmes y claras. Aborrezco las interpretaciones farisaicas. Bien sé
que no tengo autoridad. Lo que es autoridad, maldita la que hay acá;
por eso te digo lo que los curas dicen: «Haz lo que te predico y no
lo que yo hago...» ¡Pero si hallarás por ahí mil mujeres á quienes
puedes aplicarte!... Busca otra, que las hay con maridos tontos ó
merecedores de que se les burle. Pero á esa déjala..., déjala.

INFANTE.

¿Crees en conciencia, no en conciencia estrecha, sino en conciencia
amplia, la única que podemos tener...; crees en conciencia amplia,
que es villanía engañar sin escándalo á Orozco?

FEDERICO.

En conciencia de todos tamaños lo creo. Dejemos la moral alta, y
vengamos á la rastrera. Hasta la moral menuda te lo prohibe.

INFANTE.

¿Lo crees tú? He dicho sin escándalo.

FEDERICO.

Con escándalo ó sin él, será una indignidad.

INFANTE.

En ti se comprendería esto, porque tienes obligaciones de cierta
clase con Orozco. Pero yo no las tengo. Conmigo es un amigo de
tantos. Le debo las atenciones usuales y corrientes en sociedad;
pero nada más. Tú no estás en ese caso. A ti te quiere mucho; tiene
por ti verdadera debilidad. ¿Sabes lo que me dijo ayer? Te lo repito
textualmente: «Es preciso que entre todos hagamos un esfuerzo para
regularizar la vida de ese pobre Federico, arrancándole sus hábitos
viciosos. Es un excelente corazón, y un carácter hidalgo debajo de su
capa de libertino con embozos de bohemio.»

FEDERICO.

¿Eso dijo? (_Con sequedad y soberbia._) ¡Pero qué empeño de
reformarme! Estos amigos reformadores y redentoristas me fastidian.
¿Por qué no me dejan como soy?

INFANTE.

Hombre, agradece la intención.

FEDERICO.

Sí, la agradezco.

INFANTE.

Por lo demás, ya sabemos que á ti no te baraja nadie.

FEDERICO, _con ira disimulada_.

Pues no vacilo en decir que si yo estuviese como tú, prendado de
Augusta, y no supiera contenerme en una actitud completamente
platónica, sería un hombre indigno... Si te parece, entraremos en la
chocolatería. Luego daremos otro paseo hasta mi casa.


Chocolatería.

_Toman asiento, y son servidos por un mozo._

INFANTE.

¿De modo que tu consejo es que desista?

FEDERICO, _ensimismado_.

Sí; el honor lo pide así.

INFANTE.

¡El honor! Ahí tienes otra cosa que no se ha definido bien todavía,
y que tiene muchos arrumacos. ¿Y si yo te probara que el honor,
precisamente, me manda no desistir?

FEDERICO.

Dirías un disparate.

INFANTE.

Sobre esto hemos de hablar mucho. ¿Quieres que me pase mañana por tu
casa?

FEDERICO, _con amargura fría, dando fuerte palmada sobre la mesa_.

Calla por Dios; mañana será para mí un día nefasto, con dificultades
de tal magnitud que no veo cómo saldré de ellas. Mi sistema ante
estos tremendos compromisos, consiste en la ausencia de toda
previsión. En el momento crítico discurro lo que debo hacer, y lo
hago. Obro por inspiración, y la inspiración y el cálculo no son
compatibles. En presencia del enemigo que me acosa, siento en mí algo
del genio militar, y me descuelgo súbitamente con una combinación
ingeniosa y salvadora.

INFANTE.

¡Tremenda vida! ¿Por qué no eres franco con los amigos? ¿Por qué no
aceptas...?

FEDERICO, _interrumpiéndole_.

Porque me quedaría sin amigos. Déjame á mí. Yo me bandeo solo.
(_Tratando de arrojar de su mente las penosas ideas que le
abruman._) No hablemos de eso. Tengo por sistema no apurarme por
nada. Te digo que no hablemos de eso.

INFANTE.

¿Y si yo insistiera en hablar y en pedirte que me confiaras tus
afanes, y en ayudarte á vencerlos?...

FEDERICO.

Te lo agradecería; pero francamente, no quiero perder tu amistad.

INFANTE.

¡Perderla!

FEDERICO.

Sí, perderla. Déjame á mí. Los favores de cierta clase se pagan con
el aborrecimiento. ¿Recuerdas aquel verso: _inglés te aborrecí, héroe
te admiro_?... Pues viene que ni de molde. Querido Infantillo, tú
no sabes de la misa la media. Cuando uno tiene la fatalidad de ser
insolvente, si quiere conservar á los amigos, lo primero que debe
hacer es no deberles nada. _Inglés te aborrezco._ Yo no puedo evitar
que se apodere de mí una aversión insana hacia toda persona decente
que viene en mi auxilio... En fin, no quiero tocar este punto. No lo
toques tú tampoco, y déjame. Lo único que te diré es que no vayas
mañana á casa. Estaré fuera casi todo el día.

INFANTE, _para sí_.

¡Qué hombre este! El orgullo le acabará.

FEDERICO.

Ahora, vámonos pian pianino á dar otro paseo.


Calle.

_Siguen paseando y charlando. Llegan á la calle de Lope de Vega._

INFANTE.

¡Qué noche tan serena y deliciosa!... Te acompañaré hasta tu casa.

FEDERICO.

Esta es la hora de las confidencias, la hora de la amistad. Me
estaría yo charlando contigo, de calle en calle, hasta el día. No
tengo sueño ni ganas de acostarme.

INFANTE.

Dios quiera que mañana salgas bien de tus conflictos.

FEDERICO.

Saldremos, sí. Hay fe en la Providencia. Como si yo no tuviera hoy
bastantes pesadumbres sobre mi alma, me ha caído una que... Vamos, te
la cuento.

INFANTE.

Gracias á Dios que me confías algo.

FEDERICO.

Y la cosa es grave. (_Avanzan hacia el extremo de la calle._) Sigamos
hablando hasta el Prado, y luego volveremos. Esta es mi casa.
(_Señalando á la derecha._)

INFANTE.

Noticia fresca. Como no digas más...

FEDERICO.

Quedamos en que ésta es mi casa. Bueno. Mira ahora la de enfrente.

INFANTE.

La miro, y no veo en ella nada de particular.

FEDERICO.

Fíjate en la planta baja..., en la tienda...

INFANTE.

Veo un rótulo de ultramarinos que dice: _Santana. Géneros del Reino y
extranjeros_.

FEDERICO.

Perfectamente. Más arriba verás dos ventanas, que corresponden al
entresuelo de la derecha. Ahí tiene su escritorio ese animal.

INFANTE.

Todo lo veo, menos la relación que eso pueda tener contigo.

FEDERICO.

Te lo diré. En el escritorio trabaja un chiquillo como de veinte
años, un hortera que le hace guiños á mi hermana.

INFANTE.

¡Ah!, ya...

FEDERICO.

Y no es eso lo peor, sino que la muy tonta se deja querer de
semejante mequetrefe. Lo descubrí ayer, y me volé... Escena terrible
en mi casa. Tengo que hacer un escarmiento con esas lagartonas que me
sirven, y plantarlas en la calle.

INFANTE.

Cuestión delicada es esa para resolverla _ab irato_. Considera que tu
hermana no vive en la esfera social que le corresponde. Está en la
edad crítica del amor... No ve á nadie... Ha visto á ese chico...

FEDERICO, _irritándose_.

Cállate. No puedo soportarlo... ¡Mi hermana dejándose impresionar
por un tipo de esos...! Tú conoces mis ideas. Soy un botarate, un
vicioso...; pero hay en mi alma un fondo de dignidad que nada puede
destruir. Llámalo soberbia, si te parece mejor. No me resigno á que
ese vil hortera haya puesto los ojos en Clotilde. Soporto menos que
ella guste de vérselos encima. Te aseguro que habrá la de San Quintín
en mi casa. A mi hermanita la meteré en un convento de Arrepentidas,
y al danzante ese, como yo le coja á mano, como le sorprenda en la
escalera de mi casa..., tengo sospechas de que hay aproximaciones...,
como le sorprenda, te juro que no le quedarán ganas de volver.

INFANTE.

Moderación. Esas ideas son del siglo XVII, clavaditas. Comprendo
que no te agrade la elección de tu hermana; pero fíjate en las
circunstancias. ¿Acaso la has puesto tú en condiciones de elegir?

FEDERICO, _nervioso_.

No me vengas á mí con esa clase de reflexiones. La tapadera de las
circunstancias sirve para encubrir los ultrajes al honor. Que mis
ideas son anticuadas en este particular, lo sé, lo sé; pero son así,
y no admito otras. Aunque me llames extravagante, te diré que no me
cabe en la cabeza la igualdad. Yo no soy de esta época, lo confieso;
no encajo, no ajusto bien en ella. Ya sabes mi repugnancia á admitir
ciertas ideas hoy dominantes. Eso que en lenguaje político se llama
pueblo, yo lo detesto, qué quieres que te diga, y no creo que con la
gente de baja extracción vayan las sociedades á nada grande, hermoso
ni bueno. Soy aristócrata hasta la médula..., no lo puedo remediar...
Eso de la democracia me ataca los nervios. Gracias que no es verdad,
ni hay tal democracia, pues si la hubiera... ¡Dios nos asista!

INFANTE.

Tú podrás pensar lo que gustes; pero como los hechos se sobreponen
á las ideas, si tu hermanita se empeña en democratizarse, se
democratizará... á despecho de tu aristocracia.

FEDERICO.

Prefiero verla muerta.

INFANTE.

Piénsalo bien... Esas cosas se dicen pronto..., pero luego la
realidad... (_Aproxímanse á la puerta de la casa._)

FEDERICO.

¿Dónde estará ahora ese maldito sereno? Quizás durmiendo la mona en
el hueco de alguna puerta. (_Suena la cerradura, y observan que la
puerta se abre por dentro._) ¡Ah!, escucha, mira. Alguien sale...


ESCENA II

_Los mismos._ SANTANITA.

_Ábrese la puerta y aparece Santanita, el cual, al ver á los dos
amigos, retrocede asustado y como si quisiera volver á meterse en el
portal._

FEDERICO, _con súbita ira_.

¡Rayos y demonios!... ¡Eh!... ¿Quién es usted? (_Echándole mano al
pescuezo._)

SANTANITA, _con terror suplicante_.

¡Ay, ay!... ¡Por Dios, D. Federico, no me mate usted!

FEDERICO.

Badulaque, mequetrefe, tú vienes de mi casa. (_Le sujeta con nerviosa
energía. Infante interviene en ademán pacífico._)

INFANTE.

¡Por Dios... Calma...! ¡Qué atrocidad! (_Tratando de calmar á su
amigo._)

FEDERICO.

Si no fuera quien soy, le ahogaría... ¡Miserable! ¿Qué hacías en esta
casa?

SANTANITA.

¡Señor, óigame usted!... (_Anonadado y trémulo._) Subí sin más objeto
que hablarle... por el ventanillo..., nada más. Yo se lo juro..., y
puede usted comprobarlo arriba.

INFANTE.

Basta... Retírese usted.

FEDERICO, _soltándole_.

Sí..., que se vaya... La escena es repugnante. (_Mirando á Santanita
con desprecio._) ¡Qué ignominia! Si en vez de ser un bicho fuera un
hombre, acabaría con él, puesto que no hay tribunales que castiguen
estas infamias.

INFANTE.

Concluyamos. (_A Santanita._) ¿Todavía está usted aquí?

FEDERICO.

Ya has oído, muñeco, que no me rebajo á castigarte. Otra cosa será si
llego á cogerte en mi casa.

INFANTE.

Largo... Se acabó la cuestión.

SANTANITA, _recogiendo su sombrero, que en la refriega se le ha
caído_.

Don Federico, usted abusa de su posición. No es caballero todo el que
lo parece, ni para serlo basta llevar sombrero de copa. Puesto que
usted se pone en ese terreno, á él iremos todos. (_Se aleja._)

FEDERICO, _sin poder contenerse_.

¡Pues no se atreve...! ¡Si me provoca...!

INFANTE, _sujetándole_.

Déjale, por Dios. Ya ves que huye.

SANTANITA, _desde lejos_.

Don Federico, usted se empeña en luchar con la corriente, imponiendo
á todo el mundo su quijotismo, y usted se fastidiará. (_Vase calle
abajo._)


ESCENA III

FEDERICO, INFANTE.

INFANTE.

Pero hombre, ¿estás en ti? Si le maltrataras gravemente, ¿no sabes
que podría costarte la torta un pan?

FEDERICO.

Iré á la cárcel... ¡Qué vergüenza, qué leyes! Si esto se llevara á
la justicia, á mí me condenarían, y á ellos les casaban. ¡Y á esto
llaman organismo social! La ley protege la deshonra, y el Estado es
el amparador de los criminales. (_Entra en el portal._)

INFANTE.

No me despido. En la calle te he librado de hacer un disparate, y
ahora entro contigo para impedirte hacer otro en tu casa.

FEDERICO.

A esa chiquilla sin seso y de condición villana, le enseñaré yo el
respeto que debe á su nombre. ¡Qué falta de pudor! ¡Qué vileza!

INFANTE.

¡Ay, amigo mío (_ambos encienden cerillas y suben_), no echas de ver
que se han quedado muy atrás los tiempos calderonianos!

FEDERICO.

Sí, y también echo de ver la gran diferencia en favor de aquéllos.
¿Pero tú crees que si en nuestra edad se usara el ceñir espada, se me
escapa ese tipo asqueroso? Le atravieso en el acto.

INFANTE.

Más vale que no usemos armas.

FEDERICO, _llega á su habitación y llama_.

Verás, verás cómo ahora resulta que nadie ha visto nada, que todo es
figuración mía y ganas de reñir. Estas canallas de mujeres me la han
de pagar.


ESCENA IV

_Los mismos._ CLAUDIA.

CLAUDIA, _abriendo la puerta_.

Buenas noches.

FEDERICO.

Oye, ¿qué hacía en casa ese sinvergüenza que acaba de salir?

CLAUDIA, _soñolienta_.

¿Quién? ¿Está usted loco? Bah; ya viene con sus remontazones. Aquí no
ha entrado nadie.

FEDERICO.

Tú y tu hermana sois unas grandísimas alcahuetas... ¿Y la señorita?

CLAUDIA.

Acostada y durmiendo.

FEDERICO.

Pasa, Infante. (_Entran en la sala._)

INFANTE.

Mira, deja el asunto para mañana. Ya debes suponer que te han de
negar todo. Ten calma, soporta el hecho, y búscale solución de la
manera más práctica.

FEDERICO.

¡Qué tonto eres! (_A Claudia._) Mañana os ponéis en la calle
con toda vuestra indigna parentela, y mi hermana irá á las
Arrepentidas... ¡Qué bajeza de espíritu y de sentimientos!... No
quiero verla... Que no se ponga delante de mí. No podría contenerme...

INFANTE, _sentándose_.

Eso me parece muy bien: no hables con nadie esta noche. Aplaza la
cuestión para otro día.

FEDERICO, _á Claudia, con vivo enojo_.

Esta casa es una sentina, y vosotras alimañas inmundas.

INFANTE.

Bien, desahógate...

FEDERICO, _á Claudia_.

Quítate de mi presencia... Vete... con mil pares de demonios.

CLAUDIA, _para sí_.

Ya se le pasará el enfado... Este señorito fantasioso cree que
estamos en tiempos como los de esas comedias en que salen las cómicas
con manto y los cómicos con aquellas espadas tan largas y hablando en
consonante. ¡Válgate Dios con la quijotería! (_Vase._)

FEDERICO, _paseándose_.

¡Esto es horrible! ¡Qué bochorno! ¡Aquí tienes tu dichosa idea de
igualdad, que todo lo encanalla! Ese pelandruscas se ríe de mí en mis
barbas, ultraja un nombre respetable, y tengo las manos atadas contra
él.

INFANTE.

Has hecho bien en aplazar la función. Y ahora puedo irme tranquilo.

FEDERICO.

Retírate si quieres. (_Recogiendo tres cartas que hay en el
velador._) ¿Tres cartas? ¿Apostamos á que en ellas vienen nuevas
calamidades? Nada, que sigue la mala. (_Abre una._) ¿Lo ves?... Una
desgracia, un golpe en la nuca... Mi padre me anuncia que llega
pasado mañana... ¿Y á qué viene?... Es mi padre y no puedo decir
contra él ninguna palabra ofensiva. (_Con ira._) Te juro, amigo
Infante, que soy el hombre más digno de lástima que hay bajo el
sol. No puedo echar de mí esta susceptibilidad delicadísima, y
adondequiera que me vuelvo no encuentro sino agudas puntas que me
la hieren y me la chafan. ¡Este hombre...! (_Estruja la carta y la
arroja al suelo._) Si no fuera mi padre, creo que le... ¿Pero á qué
vendrá á Madrid? Me lo figuro, y la rabia me ahoga. ¿Por qué no se
estará allá, en su libre América, olvidado y olvidándonos? No me
bastaba con el sofoco que me ha dado Clotilde, sino que también este
azote había de caer sobre mí.

INFANTE.

Lee las demás cartas. La suerte suele darnos sorpresas... Quizás en
alguna de ellas encuentres un bien inesperado.

FEDERICO, _examinando otra carta_.

Sí..., para bienes inesperados está el tiempo. Conozco la letra.
Es de Torquemada... (_La abre._) ¡Maldita sea tu alma!... (_Lee._)
«Pongo en su conocimiento que si mañana á las doce...»

INFANTE.

Lo que es por ese lado... Entérate de la otra. ¿Conoces también la
letra del sobre?

FEDERICO, _que sonríe examinando el sobre_.

Pues mira, estos garabatos me producen una dulce impresión entre
tantas desventuras. Es de una mujer... ¿Para qué hacer misterios? Es
de _La Peri_... ¡Pobrecilla!... (_Lee para sí._) Nada, me convida
á almorzar. Tiene que hablarme... Sí; el día es á propósito para
almuercitos...

INFANTE.

Yo me retiro... No olvides mis consejos. Siento dejarte tan
preocupado y caviloso. ¿Acaso, en medio de las agitaciones de esta
noche, has visto un rayo de luz, un indicio de salvación?

FEDERICO, _después de una pausa_.

¡Quién sabe! Tal vez sí. (_Se dan las manos cariñosamente._)

INFANTE.

Pues buenas noches... digo, buenos días. Pronto amanecerá.

FEDERICO.

Adiós.

_Vase Infante. Federico pasa á la alcoba._


ESCENA V

Gabinete lujoso en casa de _La Peri_. Es de día.

FEDERICO, LEONOR.

FEDERICO, _entrando precedido de una criada._

Pásale recado en seguida. Si hay alguien y tengo que hacer antesala,
me marcho, porque no estoy de humor de plantones.

CRIADA.

No hay nadie; digo, sí, está ese, que es lo mismo que decir nadie.
Pero al momento se va... (_Poniendo atención._) ¿Oye usted? Ya
sale... como siempre, metiendo mucho ruido.

FEDERICO.

Pues anda, dile á tu ama que estoy aquí, y que si no sale pronto me
colaré adentro.

CRIADA.

Siéntese usted un ratito. Leonor sabe que es usted, porque me dijo:
«corre á abrir, que debe de ser ese...» Ahora saldrá. (_Vase._)

FEDERICO, _sentándose en un sillón_.

Aquí todos somos _eses_. ¡Bueno, bueno, bueno!

LEONOR, _que sale presurosa, muy maja, con bata negra de seda,
adornada de lazos rosa-té, la cara recién empolvada, el pelo recogido
con horquillas de concha_.

Niño, buenos días. Hay que echarte memoriales para verte.
(_Poniéndole la mano en la cabeza._) ¿Cómo estás? ¿A ver esa
carátula? Palidez tenemos, y ojeritas... ¡Ay, ay! Habrás dormido
mal... ¡Pobrecito de mi alma!

FEDERICO, _estrechándole la mano_.

Yo, así, así. ¿Y tú, como estás? (_Se sientan juntos. Leonor le pasa
la mano por el pelo._)

LEONOR.

¿Recibiste mi papel?

FEDERICO.

Sí, esta madrugada, al llegar á casa. Te agradezco mucho la buena
voluntad.

LEONOR.

El agradecimiento está de más. Pues oye: supe ayer por Torquemada
lo que te pasa, y la que te tenían armada para hoy ese pillo y su
compinche Bailón. Me entraron ganas de echar un capote por ti, como
tú lo has echado por mí, cuando me he visto en la cuna de la fiera.

FEDERICO.

Conozco tu buen corazón y tus desplantes de generosidad. Puesto
que entre los dos hay confianza, hablemos. Nunca siento ante ti el
embarazo que estas materias me producen ante otras personas con
quienes tengo amistad.

LEONOR.

Es que yo soy tu amiga de... de la entraña, y los demás lo son de
aquí. (_Tocándose la punta de la lengua._) Estoy contenta; esta
mañana te eché las cartas, y en ellas vi que saldrías bien del
soponcio.

FEDERICO.

¡Qué célebre! (_Riendo._) ¿Y qué te dijeron los naipes?

LEONOR.

Primero salió _disgusto grande_..., ya sabes, el siete de espadas,
_en un corto camino_, _cuerpo y pensamiento de un hombre moreno_. La
cosa era bien clara...

FEDERICO, _burlándose_.

Clarísima; ya lo creo.

LEONOR.

No lo tomes á broma. Pues rezados los tres Padre-nuestros con
muchísima devoción, y encendida la lamparilla á San Antonio, volví á
echar _lo que ha de venir_, y ¿qué creerás que salió? Pues recelo por
la mañana, el caballo de bastos, que eres tú, la mujer de buen color,
y por fin, el as de oros. ¿No sabes lo que significa el as de oros?

FEDERICO, _impaciente_.

Signifique lo que quiera, vamos al grano, Leonorilla. No hay tiempo
que perder, y es preciso plantear la cuestión lisa y crudamente.
¿Tienes dinero?

LEONOR.

¡Dinero!... (_Mirándose las uñas._) Lo que es dinero, muy poco tengo
disponible; pero se puede agenciar de aquí á la noche.

FEDERICO.

Imposible esperar de aquí á la noche.

LEONOR.

Tienes razón. Salió el dos de bastos, que quiere decir _corto
camino_... Bueno; pues para no cansar, empeñaré todas mis alhajas, ó
las que sean menester. ¿Qué quiere decir la sota de copas junto al as
de oros sino que _la mujer de buen_ color llevará á Peñaranda sus
joyas? ¿Te parece bien?

FEDERICO.

Paréceme atroz, y lo acepto por la terrible ley de la necesidad,
con pena, pero sin rubor. Pásmate, como se pasmaría el mundo si lo
supiera. ¡Qué extrañas relaciones estas! No somos amantes: lo fuimos.
Somos tan sólo amigos, pero esta amistad nuestra es un fenómeno
psicológico... ¿Sabes lo que es psicológico? Pues quiere decir _del
alma_, un fenómeno...

LEONOR.

Mira (_con ademán de pegarle_), no me llames á mí fenómeno, ni
tampoco á nuestra amistad...

FEDERICO.

Quiero decir que esto nadie lo entiende más que nosotros. Por
nada del mundo acepto yo de un amigo de mi clase ciertos favores.
¿Por qué los acepto de ti sin que mi decoro se sienta herido? No
puedo explicármelo claramente. ¿Qué significa esta fraternidad que
entre nosotros existe? ¿Se funda quizás en nuestra degradación? Yo
degradado, tú también, nos entendemos en secreto... Quizás si tus
auxilios se hicieran públicos yo los rechazaría con horror. Pero es
el caso que de otras personas, bien seguro estoy de ello, no los
recibiría ni aun ocultándolos con el mayor sigilo. Mi orgullo tiene
esta debilidad contigo, quizás porque entre tú y yo hay un parentesco
espiritual, algo de común, que no es honroso, sin duda: la desgracia,
Leonor, el envilecimiento... Esto me confunde.

LEONOR, _sin entender estas psicologías_.

No, tonto; es que nos sale de dentro el ser amigos.

FEDERICO.

Amistad es ésta que Dios debiera tener en cuenta. En ella se funda
algo, que si no es virtud, se le parece; en ella puede haber
abnegaciones y hasta sacrificios. No es por alabarme; pero conviene
recordar que yo también supe ayudarte en trances críticos de tu vida,
como tú me ayudas ahora. Me compadeces, como yo te he compadecido.
Pues aunque seamos un par de pícaros tú y yo, este sentimiento que
uno á otro nos inspiramos, ¿no es de la mejor ley?

LEONOR.

Yo no sé lo que me pasa contigo. Bueno debe de ser esto, porque
yo, aunque corra mis temporales de amor, siempre tiro hacia ti
como la cabra al monte. Cuando pasan muchos días sin verte, estoy
intranquila, y si oigo decir que estás enfermo, me pongo de mal
temple. Me enamoro de éste y del otro, me chapuzo, me emborracho;
pero no me importa engañar al que más me entusiasma y encajarle una
mentira. Pues no teniendo amores contigo, como no los tengo, primero
me corto la lengua que decirte una falsedad. Esto sí que es rarísimo.
No sé...; pero como vivo sin familia, me parece que tú eres para mí
algo como hermano, como padre..., y si tú dices: «Leonorilla, tal
cosa te conviene», lo hago con los ojos cerrados. ¿Consiste en que tú
solo me hablas con verdad? Por esto debe de ser. Eres el perdis más
caballero que hay bajo el sol.

FEDERICO.

Y tú la perdida más señora que hay bajo la luna. Te profeso un
cariño fraternal. ¡Caso extraño! En cuestión de amores, tú vas por
tu lado, yo por el mío. Después de rodar cada cual por distinta
órbita, venimos á juntarnos en este punto inexplicable de nuestra
confianza, que es para mi alma un gran consuelo. (_Para sí._) ¿Será
verdad lo que estoy diciendo, ó me engaño y me ilusiono con palabras
artificiosas? ¿Será que me he connaturalizado con la degradación,
como los seres que viven en una sentina y no pueden respirar si se
les saca del aire corrupto? Es triste que haya venido á encontrar el
único afecto reposado y noble en el trato de esta mujer envilecida.

LEONOR, _que le ha observado cariñosamente_, _tratando de penetrar el
objeto de su meditación_.

¿En qué piensas, monín?

FEDERICO.

En cosas que á mí me pasan.

LEONOR.

¿Amores? ¡Ah!, pizpireto, no me lo niegues. Como entre tú y yo no
hay lío, puedes contarme tus penitas. Dime: ¿A qué señora trasteas,
pillo? Porque señora ha de ser, y de las buenas.

FEDERICO.

Pues... algo hay. Pero la confianza contigo tiene su excepción, y lo
que es el nombre no hay para qué sacarlo á relucir.

LEONOR.

Bueno; guárdate el nombre. No le vaya á dar el aire. ¿La quieres
mucho?

FEDERICO.

Te diré... Me gusta. Es mujer hermosa, apasionada, y tan buena por
todos estilos, que no me la merezco. Pero...

LEONOR.

Ese pero es muy salado. Di que no te entusiasma.

FEDERICO.

No es eso; despierta en mí ilusión grandísima: mas no sé qué barrera,
no sé qué zanja la separa de mí... Sería mi felicidad si entre ella
y yo se estableciese, como entre nosotros, esta confianza, esta
sinceridad, este abandono de los secretos penosos de la vida... Mi
alma se divide... La parte que tengo aquí me hacía falta llevarla
allá para completar lo otro.

LEONOR, _tirándole del pelo_.

¿Y piensas llevarla, canallita?

FEDERICO.

Es que no puedo. Estas cosas son fatales, superiores á nuestra
voluntad. Así es que faltando allá un ligamento esencial y necesario,
aquello tiene que concluirse.

LEONOR.

¡Qué cosas!

FEDERICO.

Ya ves que te hablo de mis amores. Cuéntame ahora los tuyos. ¿Sigues
con el Marqués de La Cerda? ¿No te has cansado ya del _pollo
malagueño_?

LEONOR.

Chico, el Marqués está cada día más chocho por mí; sólo que de
algún tiempo á esta parte se me ha vuelto muy cicatero, y hace
muchos números. En cuanto al pollo, verás. He estado apasionadísima,
chochísima durante unos meses. No podía vivir sin él. Ya me voy
enfriando, porque me ha hecho dos ó tres judiadas buenas. ¡Y cómo me
tira el dinero el muy tuno! ¡Pero paso por todo, porque es tan guapo,
tan zalamero!... Hace dos días tuvimos una bronca un poco más fuerte
que las de tanda. Le tiré una bota á la cabeza y le hice sangre en
la frente. Después no tenía yo consuelo. Ayer y anoche estuvimos de
monos; pero al fin tocamos á reconciliación.

FEDERICO.

¡Qué vida, chica! ¡Qué misterio en los afectos humanos! Y hay tontos
que quieren reducirlos á reglas y encasillarlos como las muestras de
una tienda.

LEONOR.

Sí que es raro lo que le pasa á una. Mírame chiflada por ese gitano,
y sin maldita confianza en él; no le fiaría el valor de una peseta,
ni nada tocante á las cosas formales.

FEDERICO.

Pues á mí me pasan hoy, además de lo que te he dicho, cosas muy
desagradables. Si tuviéramos tiempo te las contaría.

LEONOR.

Sí que hay tiempo. Son las diez y media. Yo me visto volando, y
arreglo eso en lo que se persigna un cura loco. Cuenta.

FEDERICO.

Pues he descubierto que mi hermana me ha salido enamoricada de un
muchacho de ultramarinos. Créelo: esto me produce el mismo efecto que
si me dieran de bofetadas en mitad de la calle. ¿Y qué voy á hacer
yo ahora? No lo sé. Me acostumbraré á la idea de que se ha muerto mi
hermana.

LEONOR.

¡Vaya un disparate, niño! Si la pobrecita le tiene ley á ese facha,
déjales que se casen. Guárdate el orgullo para otras cosas. Puede que
sea más feliz con él que con cualquier fantoche de esos que andan por
ahí. Yo tuve un novio barbero. ¡Ay, mi Lucas! Se llamaba Lucas... Si
me hubiera casado con él, en vez de escaparme de casa de mis tíos
con el tenientillo de Infantería que me perdió, hoy sería yo una
mujer honrada; mira tú, tendría la mar de chiquillos y... Pero no nos
descuidemos. Ya me parece hora de ocuparnos de nuestros negocios.
Saldré á eso, y luego almorzaremos juntos... Vamos á ver: ¿quedamos
en que empeño las alhajas? Si se pudiera aguardar á mañana, yo le
pediría á mi Marqués de La Cerda esa cantidad, amenazándole con
sacarle los ojos si no vomitaba.

FEDERICO.

No..., eso no. Malo es lo de las alhajas; pero lo prefiero.

LEONOR.

Pues manos á la obra. Por una casualidad, tuve noticia de este
apurillo tuyo. Fuí á ver á Torquemada, para pagarle mil reales que le
debía mi pollancón maldecido, y me dijo aquel esperpento que ya no te
da más prórrogas, que si hoy no le pagas te echa al juez. Por él supe
también la cantidad. Dime: si yo no te hubiera llamado hoy, ¿habrías
venido tú á contarme tu compromiso y á pedirme que echara el resto
por sacarte?

FEDERICO, _después de vacilar_.

Creo que sí.

LEONOR.

¡Viva la confianza! Ahora á la calle, Leonor. Voy á echarme una
falda... Al momento estoy lista. (_Vase saltando._)

FEDERICO, _solo_.

¡Qué criatura, qué arranques! Lo mismo absorbe una fortuna que la
regala. Ha arruinado á tres ricachos, y á mí me comió lo que heredé
de mi madre. ¡Pero qué simpático desorden!

LEONOR, _que entra en traje de calle, con mantilla y manguito_.

Ya estoy. No te muevas de aquí. Yo te lo arreglaré todo. Torquemada
está á dos pasos, calle de Tudescos... Me parece que llevo
bastante... género. (_Mostrando varios estuches envueltos en un
pañuelo._) Llevo los tres solitarios, el collar de perlas, los
pendientes, la mariposa de brillantes... Con esto creo poder llegar
á las trece mil pesetas. Si no es bastante, Valentín me dará lo que
falte, prometiendo llevarle alguna alhaja más.

FEDERICO.

Haz lo que quieras. Te pintas sola para estas cosas. Aquí te aguardo.

LEONOR.

Si viene el Marqués, no me le entretengas, á ver si se larga. Dices
que no me has visto, que cuando llegaste ya había salido yo. Si le
hablas del crimen ese, te advierto que es _Cuadradista_ rabioso, y
que quiere ahorcar á todo el género humano, menos á la madrastra.
Dale por ahí mucho jabón. Si cuando yo venga está él aquí, salúdame
como si no me hubieras visto hoy. Ya buscaré un pretexto para
escaparnos, dejándole en el chiquero.


ESCENA VI

FEDERICO, _solo, paseándose_.

¿Esto qué es? ¿Es la mayor de las degradaciones, ó acaso hay en
esta amistad algo de bien moral, tan legítimo como lo más legítimo
que en el mundo existe? ¿Es cierto que acepto estos auxilios en
reciprocidad de otros prestados por mí, y es cierto que no encuentro
en ellos nada de vergonzoso? Escudriño en mi conciencia llena de
susceptibilidades, y ningún remordimiento descubro por tales actos.
Busco y revuelvo más, y mi orgullo no parece por ninguna parte. Anda
huído por los rincones y escondrijos del alma. ¿Será que el tal
orgullo es ley tiránica ante la sociedad, y todo licencia y anarquía
para las acciones desconocidas de la gente? Entonces, el culto de
la dignidad será, ni más ni menos, el arte de no dejar traslucir
nuestro rebajamiento... Hay en mí dos hombres: el Federico Viera que
todo el mundo conoce, y el amigo de _La Peri_. ¿Cuál es el verdadero
y cuál el falsificado? Me marea esta duda, y no sé qué pensar de
mí. (_Pausa. Trata de ordenar sus ideas._) ¿En qué consiste que
cuando me agobia un pesar, lo primero que se me ocurre es venir á
contárselo á esta mujer? Para todos es ella el vicio, el embuste y
la dilapidación; para mí es como un apoyo moral... Me espanto de
decirlo. ¿Acaso le tengo amor? No; no es eso, porque sus amantes
no me infunden celos. Amistad es, sí, y de las más atractivas.
¡Enigma tremendo! ¿Por qué me inspira esta mujer una confianza que
no siento por ninguna otra?... (_Herido por un recuerdo._) ¡Ah!,
ya no me acordaba. Esta tarde, entrevista con Augusta. Parece que
la idea de la cita ha brotado en mi mente con un ligero chispazo
de disgusto. ¿Qué significa esto? ¿La quiero, sí ó no? No puedo
dudar que me interesa, y no obstante, desearía que ella se cansase
y me propusiese el rompimiento... Pero no lo hará. Mujer soñadora y
altanera, tiene entusiasmo, la exaltación temeraria de las almas de
complexión robusta. Bien sabe Dios que no quisiera lastimarla. Me
gusta, me ilusiona, me embriaga á ratos; pero no me inspira la dulce
familiaridad con que estoy ligado á esta bribona de Leonorcilla. La
otra pertenece á la sociedad, y ante ella, por una serie de actos
maquinales, me revisto de mi orgullo, me lo pongo (_haciendo ademán
de vestirse_) como me pondría el frac. Soy su amante, su amigo no.
Por nada del mundo le confiaría los abrumadores aprietos en que me
veo una semana sí y la otra también. Por nada del mundo admitiría
de ella lo que admito de esta pobrecilla y despreciada _Peri_. La
quise y la seduje por estímulos obscuros de la imaginación y de los
sentidos, y por ella he faltado á la consideración que debo á un
amigo. ¿No es esto más villano que empeñar las alhajas de _La Peri_
para pagar mis deudas? (_Con rabia._) Y sin embargo, el mundo no
lo ve así. Por lo que aquí ha pasado hoy, algunos quizás dejarían
de saludarme; por lo otro me envidiarían... (_Agitadísimo._) Lo
indudable para mí es que con unas y otras cosas, la vida se me va
haciendo muy pesada y me cuesta ya trabajo cargar con ella. No hay
en mi existencia un rato de tranquilidad, y adondequiera que me
vuelvo, doy con mi cara en un poste. Y para acabar de anonadarme,
viene mi padre, como llovido, á turbar más mis ideas y á ponerme en
el disparadero. Porque, no tengo duda, el objeto de este viaje es
un bien combinado ataque al bolsillo de Orozco. ¡Esto me faltaba!
(_Pateando._) Luego la casquivana de Clotilde... No, no soporto tanta
mengua. No puedo más; mi resistencia se acabará pronto. (_Se sienta.
Larguísima pausa._) Ya, ya sé la cantinela de Augusta esta tarde. Me
parece que la oigo: que desea regenerarme; que debo pensar en vivir
de un modo regular; el estribillo de la última tarde que nos vimos. Y
para eso me ofrecerá sus riquezas. ¡Qué oprobio! ¡Aceptar tal cosa,
vivir y vivir bien con la fortuna del hombre á quien ultrajo! Esto no
lo haré yo jamás. Prefiero mil veces pedir públicamente delante de
todos mis amigos cinco duros á _La Peri_, y tomarlos sabiendo que
ella los sustrae del bolsillo de sus amantes; prefiero esto á recibir
de la mujer de Orozco esos medios de vida honrada que me ofrece.
¡Vaya una honradez! Antes me ganaría yo la vida con los oficios más
vergonzosos, en esta casa ó en otra cualquiera, envileciéndome, pero
sin engañar á nadie... (_Vuelve á pasear._) ¡Cuánto tarda Leonor! Si
no viene pronto, creo que enloqueceré. No puedo estar solo. Necesito
compañía constante. ¿Pero á quién descubrirme totalmente? ¿Cómo
contarle á la otra lo que hoy he hecho? ¿Cómo decirle: «tengo una
amiga del alma, una socia moral, que hace los mayores desatinos por
librarme de las uñas de mis acreedores»? En cuanto yo le refiriera
esto, ¡buena se pondría! ¡Qué escenita de celos y recriminaciones!
No, entre Augusta y yo, las dulzuras inefables de la confianza no
pueden existir. A Leonor sí le confío lo que es de cierto orden, mis
deudas, mis apuros. Ella lo siente, lo comprende, y me conforta y
me da la mano cuando voy á hundirme. ¡Compañerismo misterioso! Pero
si le declarara mis relaciones con Augusta, la repugnancia con que
miro sus ofertas y la inquietud inmensa que me produce el ultraje á
Orozco, de seguro no lo comprendería, ni sabría consolarme. De modo
que á una y á otra he de ocultarles algo; con ninguna puedo tener la
comunicación plena y total, consuelo del alma... Mi vida ha venido á
dividirse en dos esferas irreconciliables. Tengo que seguir en esta
incertidumbre, partiendo el alma sin poder darla entera á nadie, y
ni amiga ni amigo encuentro que me ayuden á soportar todo el peso
de tristeza que llevo sobre mí. Adelante con él; iré hasta donde
pueda... Me parece que ya viene Leonor, este diablillo de bondad.


ESCENA VII

FEDERICO, LEONOR.

LEONOR, _entrando presurosa_.

Hecho todo. Dame un abrazo... en premio de mi virtud.

FEDERICO.

Ahí va. (_La abraza y la besa._) Tu virtud, sí. No creas que has
dicho una broma.

LEONOR.

Basta de matemáticas, ó sea de agradecimiento. No dirás que he
tardado mucho. Fuí á casa de ese puerco de Torquemada, y desde la
puerta me volví... Se me ocurrió que era imprudencia retirar yo misma
los pagarés. Podría contarlo el muy tuno, y tus amigos creerían
horrores de ti; que yo te pago las trampas.

FEDERICO.

Has tenido una feliz idea. No había yo pensado en eso. De modo que...

LEONOR.

Te traigo los santos cuartos para que tú mismo vayas á casa de ese
judío. Échate pronto á la calle, y á ver dónde nos reunimos luego
para almorzar juntos...

FEDERICO, _tomando el dinero_.

Donde tú quieras. Estoy á tus órdenes.

LEONOR.

¡Ah! ¿No ha venido el Marqués ni ningún otro de esos cataplasmas?

FEDERICO.

No ha venido nadie.

LEONOR.

De buena lata te has librado. Mira, _chiquío_, conviene que tomemos
soleta antes que se nos plante aquí algún punto fuerte.

FEDERICO.

Sí; ¿te parece que almorcemos en un sitio reservado, en un
bodegoncito, donde nos sirvan cordero ú otro plato español de los que
á ti tanto te gustan?

LEONOR.

¡Ah, pillastre! Te avergüenzas de que te vean conmigo, y buscas un
sitio solitario para esconderte. Bien; iremos á casa de Botín, el de
la Cava.

FEDERICO.

No; es que...

LEONOR.

Te veo, besugo... Tu señora, quienquiera que sea, estará celosa, y
puede que te ande buscando las vueltas.

FEDERICO.

No es eso, tonta. Pero no nos detengamos.

LEONOR.

A la calle. (_Cantando._) ¡Españoles, venid! Nos separaremos en el
portal, y luego, fíjate bien, te espero en la Plaza Mayor. No me des
plantón.


En la escalera.

FEDERICO.

¡Quita, pues no faltaba más!...

LEONOR.

¡Ah!, me olvidaba de contarte... ¿Sabes á quién me encontré ahora?
Al abuelo Cisneros. ¡Qué terne está! Me paró y me dijo que fuese á
verle. Mira tú, á ese tío marrullero le sacaría yo de buena gana diez
mil realetes para dártelos á ti... No seas tonto y no pongas esa
cara. ¡Vaya! Lo que ya hice una vez, ¿por qué no repetirlo ahora?

FEDERICO, _contrariado_.

Por Dios, Leonor, que se te quite eso de la cabeza.

LEONOR.

¿Escrupulitos tenemos? ¡Qué tonto te me has vuelto, chico! Déjame á
mí, que entiendo el tinglado del mundo mejor que tú. ¿Para qué quiere
tanto dinero ese viejo chinche, más malo que la sarna? Nosotras somos
las repartidoras de la riqueza y niveladoras de las fortunas mal
distribuidas. No, no te rías. Cisneritos me tiene que pagar la última
que me hizo, cuando me prometió el tapiz y luego se llamó Andana. Se
la guardo, sí, porque es la única persona que me ha engañado en este
mundo. Déjale venir, tonto, y como yo le dé unos cuantos pases, el
tapiz es mío, y luego lo empeñamos si nos hace falta dinero, ó lo
vendemos si te conviniere...

FEDERICO, _con hondo disgusto_.

Leonorilla, no me mezcles á mí en esas historias...

LEONOR.

¡Ay, qué guasa! El diablo harto de carne...

FEDERICO.

No es que me meta á fraile, sino que... Cállate, cállate.

LEONOR.

¿Pues sabes lo que se me ocurre en este momento? Que yo, preparando
con tiempo una combinación, podría agenciarte, en el golfo que
jugamos en casa por las noches, alguna cantidad gorda.

FEDERICO, _apartándose de ella_.

¡Qué ignominia! Me causa horror tu proposición.

LEONOR, _con calma bonachona_.

Pero qué, ¿tu tranquilidad no vale una trampa?...

FEDERICO, _aterrado_.

Ni en broma me lo digas... ¡Si esto lo oyera alguien! ¡Si esto se
supiera...!

LEONOR.

¡Pero como nadie lo ha de saber!... El honor y el deshonor dependen
de que las cosas se sepan ó no se sepan. De forma y manera que si lo
que debe quedar secreto quedara siempre, esas palabrillas, honor y
deshonor, habría que suprimirlas de la conversación.

FEDERICO.

Filosófica estás... (_Llegan al portal._) Bueno; no nos entretengamos
charlando.

LEONOR.

¡Eh, niño!, no vayas á distraerte y á darme un esquinazo. Porque tú
las gastas así.

FEDERICO.

Descuida. Seré puntual. (_Se separan en la calle._)


ESCENA VIII

Dos habitaciones comunicadas, pequeñas, puestas con dudosa elegancia.
En la de la derecha, sofá, butacas, un secreter, velador con tapete,
un entredós con lámpara de bronce, cortinas de seda, chimenea
encendida, sobre la cual hay un gran espejo. En la de la izquierda,
tocador con colgadura, una silla larga, banquetas de pelouche,
armario de luna, lavabo. En el fondo de este gabinete, la puerta que
comunica con una alcoba. Es de día.

AUGUSTA, FELIPA.

AUGUSTA, _en la sala de la derecha_, _en pie_, _mirando su reloj_.

Las cuatro y veinticinco. Me retrasé con aquella visita... ¡Qué
ansiedad! Yo creí encontrarle aquí. Hoy estaba más obligado que nunca
á la puntualidad...

FELIPA, _entrando con una bata_.

¿No se pone la señorita la bata?

AUGUSTA.

No... Pero sí; tienes razón, me la pondré. (_Pasa á la otra estancia.
Se quita el abrigo y el sombrero._) Hace mucho calor aquí. No eches
ya más leña en esa chimenea, que parece el infierno. (_Para sí._)
Pero es tontería pedirle puntualidad. ¡Cuánto me hace padecer!
(_Ayúdala Felipa á quitarse el vestido y á ponerse la bata. Después
la descalza, poniéndole chinelas de raso, negras.) _Ya estoy cómoda.
Ahora sólo falta que venga á las tantas. No, lo que es hoy no se
lo perdonaría. (_Alto._) Por Dios, Felipa, ten cuidado con la
puerta, para abrir en cuanto sientas el coche. Otra cosa: á eso de
las seis te vas á casa de la tía Serafina, y preguntas cómo sigue
y qué personas han estado allí. Me harás ahora una naranjada bien
cargadita de azúcar. (_Vase Felipa. Augusta se acerca al balcón, y
mira á la calle al través del visillo._) ¿Pero por qué tardará tanto
este hombre, el primer desocupado de Madrid?... ¡Pobrecillo!, sabe
Dios si esos demonios de ingleses le habrán armado hoy alguna trampa
de la cual no pueda escapar. ¡Ah!, otro coche por Santa Engracia.
Él es... Me lo dice el corazón. (_Atenta al ruido del carruaje.
Pausa._) No, no será éste. ¡Qué tristeza! No dobla la esquina...
Sigue para arriba... (_Se pasea por la habitación._) ¡Qué rato tan
triste este de la espera, de la incertidumbre, del temor de que no
venga! (_Vuelve al balcón, y levanta un poco el visillo._) Por la
calle solitaria no pasa un alma... El pregón del aguador, que va con
el burro cargado de botijos, me suena como un _de profundis_. Pues
el machacar de los herreros que hay más abajo, me late en las sienes
como mi propia sangre. ¡Ah!, otro coche. ¿Será...? No; por el ruido
debe de ser un carromato, de estos de siete mulas, que están pasando
media hora. ¡Qué pesadez, qué monotonía y qué sobresalto! (_Se echa
en una butaca, la cabeza hacia atrás._) Esperaremos así. El corazón
me dice que el primer coche que se sienta en el Paseo será el suyo.
¡Qué silencio ahora!... Otra vez ruido de ruedas; pero lejano, por
la Ronda... Si me durmiera, se me haría menos sensible el plantón...
Pero lo que yo digo: ¿qué quehaceres tendrá este hombre para...?
(_Aguzando el oído._) ¡Ahora, ahora! (_Levántase._) Si no es éste, me
entrará la desesperación. Se acerca. ¡Ay!, no sé qué tiene el coche
en que viene él, que hace siempre más ruido que los demás. ¡Ah!,
gracias á Dios, se para en la esquina... Vamos, ya estoy contenta. Ya
sube... Esa Felipa, ¡cómo tarda en abrir!... ¡Felipa!


ESCENA IX

AUGUSTA, FEDERICO.

FEDERICO, _entrando en la sala_.

Perdóname, hija de mi alma, si he tardado un poco.

AUGUSTA.

¿Cómo un poco? Hace media hora que estoy aquí. Ya pensé que no
venías. Y como yo me pongo siempre en lo peor, creí que esta tardanza
era... la del humo...

FEDERICO.

¡Pero qué calor hace aquí! (_Quitase gabán y sombrero._) ¿Conque la
del humo?... ¡Qué bromas tiene mi nena! (_Se sientan ambos en el
sofá._)

AUGUSTA.

Quita allá, embustero, farsante. No me engatusas ya. A fe que estoy
contenta hoy. Ha sido una debilidad darte esta cita después de las
perrerías que me haces.

FEDERICO.

¿Pero qué perrerías ni qué...? ¡Cuidado con tus cavilaciones! No,
gata salada, no hay ningún motivo para que te enojes con tu perdis.
Tengo en ese punto la conciencia tan tranquila, que anoche,
cuando me pusiste de vuelta y media, me decía: «Ya se amansará. La
reconciliación ha de venir, pues nada ocurre en que fundarse pueda un
agravio.» Esta mañana, al recibir tu carta, me dije: «paces tenemos».

AUGUSTA.

No hay que hablar de paces todavía. Antes conteste usted á mis
preguntas.

FEDERICO.

¿Me tratas de usted? Cuando yo digo que paces tenemos...

AUGUSTA.

Será con su cuenta y razón. Empiezo á preguntar. Primero: ¿por qué
has tardado tanto hoy?

FEDERICO.

¡Dale!... Cosas mías; asuntos que no pueden interesarte.

AUGUSTA.

¿Cómo no han de interesarme tus asuntos? ¡Qué herejías echas por esa
boca! Si el amor tuviera su Inquisición, serías tú condenado á la
hoguera por las atrocidades que dices contra el dogma... Yo no debí
escribirte hoy. Repito que ha sido una flaqueza mía. ¡Anoche no dormí
pensando en tus traiciones!...

FEDERICO, _riendo_.

Pero sepamos cuáles son mis traiciones. No me he enterado de ellas
todavía.

AUGUSTA.

Hazte ahora el tonto. Esa mujer indigna, á cuya casa vas con tanta
frecuencia...

FEDERICO, _interrumpiéndola_.

Te lo habrá dicho Malibrán, que se dedica á desacreditarme.

AUGUSTA.

Quien me lo dijo, añadió que ese trasto de _La Peri_ tiene gran
influjo sobre ti.

FEDERICO, _con frialdad y un poco distraído_.

¡Qué disparate!

AUGUSTA.

Nada es disparate. El disparate no existe. Los hechos pueden ser
ó no ser; pero no es la mejor manera de negarlos el decir que son
absurdos. Convénceme, pues, de otra manera.

FEDERICO.

¿Cómo?

AUGUSTA.

Demostrándome que me quieres. Si me lo pruebas, se aplacarán mis
celos, pues queriéndome á mi, no podrás querer á otra.

FEDERICO, _abrazándola con cariño, pero receloso_.

¡Pues si eso te lo tengo probado ya hasta la saciedad!... Vida mía,
no pienses en infidelidades que sólo están en tu imaginación, ó en la
malicia de amigos que me quieren mal.

AUGUSTA, _dejándose abrazar, y correspondiéndole con cariñosas
ternezas_.

Soy débil y me entrego á tus engaños, para asegurar siquiera la dicha
del momento presente. Te confesaré con franqueza una cosa: y es que
esta mañana, después de una noche de martirio y de cavilaciones
que me pusieron demente, se me despejó la cabeza y se me aclararon
las ideas. Me dió por argumentar en favor tuyo. Verás lo que dije:
«¡Si no puede ser, si no cabe en cabeza humana que habiéndole yo
sacrificado mi honor, y queriéndole como le quiero, me sustituya con
una mujer de esa clase y de esa vida!» Pero al pensar esto no las
tenía todas conmigo, porque los llamados disparates me parecen á mí
lo más natural y verosímil. De todos modos habías ganado en mi alma
el terreno que por la noche perdiste, y me ablandé, chico, te tuve
lástima, tuve lástima de ti y de mí, y te cité para hoy, diciéndome:
«¡Qué demonio! Si estoy rabiando por verle y porque me haga fiestas,
¿á qué tanta gazmoñería?»

FEDERICO, _besándola_.

Sí, vale más que nos veamos y que hablemos como buenos amigos.

AUGUSTA.

Y ahora siguen las preguntas.

FEDERICO.

¡Ay! Déjalas para otro día. Convéncete de que no te engaño. ¿Quieres
que te hable con completa sinceridad? Pues _La Peri_ es amiga mía...
La conozco hace tres ó cuatro años. Ya sabes que tuvimos nuestro
devaneo. Pues aquello no dejó rastro alguno; sólo queda una amistad,
así... (_con embarazo_), así, ¿cómo te la explicaría yo? Ella me
consulta alguna vez sus asuntos... Charlamos; yo, si se me ocurre,
le doy un buen consejo, y... ¿Quieres más franqueza?... Pues alguna
que otra vez voy á su casa. No..., no frunzas el ceño. ¡Pero, hija
mía, si le hablo delante de su amante! El que te haya dicho otra cosa
ha mentido, créemelo. Yo te juro, chiquilla, que amor no hay entre
ella y yo...; amistad sí, una amistad..., yo no sé cómo hacértela
comprender.

AUGUSTA, _seria_.

No te canses, que no la entenderé nunca. Comprendo que te enamores de
una mujer perdida, prefiriéndola á mí. El amor no tiene lógica, ni
entiende de clases. Pero la amistad no es tan independiente, señor
mío; está más ligada con las condiciones sociales, con la decencia y
la opinión. ¿No te parece á ti que la amistad formal con una mujer
de esas es degradante para un caballero? ¿Y no se te ocurre que la
gente la interprete mal y suponga en ti ignominias que no existen,
sin duda, pero que parecen la consecuencia natural de tu trato con
personas de tal estofa?

FEDERICO, _con acritud y ligeramente turbado_.

¡Ignominias! ¡Qué absurdo! ¿Acaso se habrá atrevido alguien á
calumniarme?...

AUGUSTA.

No, no he oído nada... Era una deducción que yo hacía de esas
amistades confesadas por ti.

FEDERICO, _impaciente_.

¡Qué tontería invertir estas cortas horas en divagar sobre hechos
imaginarios, querida mía! Tú tienes la culpa, con tus celos y tus
cavilaciones. Y en último caso, si yo te quiero á ti sola, si por más
que rebusque tu suspicacia no podrá encontrar un dato en contra, ¿qué
te importa lo demás?

AUGUSTA, _con cariño_.

¿Pues no ha de importarme? Cuando se ama de veras, gusta mucho
absorber toda la vida de la persona amada. Tú no me ofreces más que
la flor de la vida, y eso no me satisface; yo quiero también las
hojas, el tronco, las raíces... ¿Qué te parece la figurilla?

FEDERICO.

Buena, buena.

AUGUSTA.

¿El amor es acaso una ilusión pasajera? No; si es de ley, ha de
completarse con la compañía y el apoyo moral recíproco, con la
confianza absoluta, sin ningún secreto que la merme, y con la
comunidad de penas y de alegrías... Una queja he tenido siempre de
ti, y es que nunca has querido confiarme secretos penosos que te
oprimen el corazón. Yo sé que hay esos secretos, yo sé que padeces
callandito por la falsa idea que tienes de la dignidad. ¿Para qué
sirve el amor si no sirve para que los amantes se consulten y se
apoyen en sus desgracias? Dices que me quieres. Pues pruébamelo...
¿Cómo? Clavando en mi corazón parte de las espinas que tienes
clavadas en el tuyo. ¡Si no puedes negar que las tienes, si todo el
mundo lo sabe! ¡Ay!, algunas de esas espinas verás qué pronto me las
sacudo yo.

FEDERICO, _para sí_.

Corazón inmenso, no merezco poseerte. (_Alto, abrazándola._) ¡Qué
buena eres, qué talento tienes, vida mía, y qué indigno soy de ti!

AUGUSTA.

¡Embustero!... Si me quieres de verdad, confíate á mí. Ya sé los
argumentos que te haces á ti mismo para no confiarte. ¿Crees que no
tengo penetración, que no sé leer en tu alma? Pues sí que leo, y lo
vas á ver. Tú piensas que, en ley de decoro, un caballero pobre no
puede confiar á una señora casada y rica, con quien tiene relaciones,
ciertas contrariedades de su vida. Temes parecer indelicado, innoble.
¡Qué tontería! El verdadero amor debe ahogar el orgullo y acabar
con él, como el pez grande se come al chico. Yo aspiro á vencer
tu orgullo y á devorarlo, avivando el amor y dándole, tontín, las
grandes tragaderas. Pero ayúdame tú. Para animarte, te diré una cosa:
Yo te quiero por desgraciado, por bohemio, por el abandono que hay
en ti, por lo que padeces en silencio y por las amarguras que pasas
sin chistar. (_Con veleidad graciosa._) Pues oye, se me ocurre una
transacción: que gastes con todos esa delicadeza y la suprimas para
mí. Es mi enemiga, mi rival y tengo celos de ella. Le clavaría las
uñas. Para que lo sepas todo, tu vida angustiosa, tu pobreza, sí,
empleemos la palabra terrible, han sido un incentivo más del amor
que te tengo. (_Sonriendo._) Si fueras capitalista, yo no te habría
querido. Si fueras un hombre metódico que llevaras tus cuentas por
partida doble, créelo, me serías antipático.

FEDERICO, _soltando la risa_.

¡Monísima! Me haces mucha gracia.

AUGUSTA.

Yo soy así: estoy cansada de la regularidad. Me ilusiona el desorden.

FEDERICO, _con viveza_.

¡Ah! Ya te cogí. ¡Contradicción! Si eres como dices, ¿á qué ese
empeño de poner orden en mí?

AUGUSTA, _confundida_.

Pues si hay contradicción que la haya. No retiro nada de lo dicho.
Ea, hablemos claro. Yo deseo ser, además de tu amante, tu consejera
y tu administradora. No quiero que pases tantas agonías. Dame tu
confianza; destruye esta muralla que hay entre nosotros.

FEDERICO, _con seriedad_.

Augusta, vida mía, lo que ignoras de mí se revela á tu imaginación
soñadora como algo interesante, novelesco, dramático, y no es eso; es
de lo más prosaico y vulgar. ¿Y si yo te dijera que derribando esta
muralla de la China perdería quizás tu estimación?

AUGUSTA.

No, no; la pobreza no deshonra á nadie. Comprendo, aunque nunca las
he pasado, las humillaciones que trae la falta de dinero; pero eso se
remedia fácilmente, querido mío.

FEDERICO.

Yo no merezco el interés que te tomas por mí. ¿Pero no es mejor
que dejemos en la sombra y detrás de nosotros toda esa realidad
fastidiosa, que al fin, al fin, puede que diera al traste con el amor
mismo? Eso que ignoras te seduce porque es misterio. Si dejara de
serlo, lo mirarías quizás con repugnancia.

AUGUSTA.

Es cierto que me atrae el misterio, lo desconocido. Lo claro y
patente me aburre.

FEDERICO.

Vuelvo á señalarte la contradicción. Si eres así, ¿cómo se te antoja
penetrar en mi vida íntima para que yo también te aburra?

AUGUSTA.

No, no es eso... ¿Me dejas explicarme?

FEDERICO.

Sí, estoy encantado oyéndote.

AUGUSTA.

Pues verás. Tú me conoces bien; tengo, no sé si por dicha mía ó por
desgracia, una imaginación exaltada. El peligro mismo me atrae, y aun
eso que llaman disparate me seduce también. Eso de que siempre han de
pasar las cosas con arreglo á pliego de condiciones, como si la vida
fuera una continua subasta, me carga.

FEDERICO.

Veo en ti algunas de las ideas de tu padre.

AUGUSTA.

Mi padre tiene mucho talento, y se anticipa á su época.

FEDERICO.

También tú.

AUGUSTA.

Yo apetezco lo extraño, eso que con desprecio llaman novelesco los
tontos, juzgando las novelas más sorprendentes que la realidad. ¿Por
qué me enamoraste tú, grandísimo tunante? Porque eres una realidad
no muy clara, porque no veo tu vida cortada por el patrón de este
puritanismo inglés que aborrezco, porque llevas en ti el gustillo ese
del disparate, que á mí me sabe tan bien.

FEDERICO.

Y ahora pretendes destruir todo ese encanto que, según dices, tengo,
y cortarme á patrón y ponerme la marca ordinaria. Si me amas por
absurdo, ¿á qué combates mi desequilibrio, que, según tú, es una cosa
tan bonita?

AUGUSTA.

Ven acá, tonto, mamarracho; es que te quiero locamente: á nadie
he querido ni quiero sino á ti, y este amor primero y último hace
una revolución en mi naturaleza y en toda mi alma. ¿Que desmiento
mi carácter? ¿Que me contradigo? Bueno. Deseo hacerte burgués,
vulgarizarte. ¿Que destruyo ese encanto, esa poesía, llamémosla así,
de tu pobreza disfrazada? Mejor; por eso no dejaré de quererte. Es
el gran paso, que yo no he dado hasta ahora en el proceso, ó como
quiera que eso se llame, de los afectos; el paso del período soñador
al período práctico, del noviazgo al matrimonio; la gran crisis del
amor; el tránsito de la época legendaria á la época clásica. ¿Qué
tal? Esto se llama erudición. Tontín, ¿no me comprendes? Es que me
transformo, es que aspiro á fundir la ilusión con la razón, á hacerte
feliz en todos los terrenos, á establecer tu vida junto á la mía en
condiciones de estabilidad. ¿No lo entiendes, grandísimo gaznápiro?
(_Le da muchos besos._)

FEDERICO.

Lo entiendo..., en principio lo entiendo. Pero veo que no cuentas con
la realidad. Esa aspiración tuya es un sueño. Olvidas que estás ya
casada.

AUGUSTA.

Es cierto. Con esa idea me traes á la vida real. Iba yo por los
espacios imaginarios, como las brujas que vuelan montadas en una
escoba. Pero, en fin, el que no podamos hacer vida normal no estorba
para que yo intente mejorar tu existencia y librarte de ciertos
suplicios. ¿Te lo digo más claro? Pues guardando las formas y
respetando lo que debo respetar, quiero que participes de los bienes
materiales que yo disfruto. La desigualdad entre mi bienestar y tu
malestar me mortifica. Hay que repetirlo cien veces: es preciso que
nos volvamos muy prosaicos, muy caseros. (_Sonriendo._) Sin duda esto
es efecto de la edad. Ya voy siendo vieja.

FEDERICO, _con exaltada pasión_.

¡Vieja tú! Eres la juventud eterna, la gracia infinita y la tentación
del mundo entero.

AUGUSTA, _riendo y abandonándose_.

¡Borrico!

_Intermedio largo._


ESCENA X

La misma decoración.

_Los mismos personajes._ FEDERICO, _en el gabinete, reclinado en la
silla-larga_. AUGUSTA, _dentro de la alcoba. No se la ve al principio
de la escena. Es de noche. La lámpara está encendida._

FEDERICO, _mirando el reloj_.

Yo creí que era más tarde: las siete menos diez.

AUGUSTA, _desde la alcoba_.

¿Qué? ¿Deseas que corra el tiempo? ¿Tienes prisa de que me vaya?

FEDERICO.

Al contrario; cuento los minutos, y si pudiera, pondría por delante
los que ya están á la espalda.

AUGUSTA.

Esta noche podré estar hasta las ocho menos cuarto; pero ya sabes que
no has de entretenerme cuando llegue la hora de marcharme. Llegando á
casa á las ocho, ocho y quince, no hay temor. Resultará que he pasado
la tarde en casa de la tía Serafina. Para saber lo que debo decir,
he mandado á Felipa á que se entere de lo que ha ocurrido esta tarde
allá.

FEDERICO.

¿Y si tu marido ha ido á ver á la enferma?

AUGUSTA.

Casi nunca va.

FEDERICO.

No te fíes, no te fíes.

AUGUSTA, _apareciendo en la puerta de la alcoba_.

Veo que eres tú más receloso que yo.

FEDERICO.

Pues digo, si pudiera realizarse lo que antes me proponías, todas las
precauciones serían inútiles y el disimulo absolutamente imposible.

AUGUSTA.

No es imposible... Monín, déjate guiar por esta loca. (_Acercándose
á él._) Lo dicho, dicho. Acábese el romanticismo, y empiece la época
positiva, positivista ó como quieras llamarla. Es menester, amigo de
mi alma, que nos pongamos en prosa. Yo pienso mucho en ello, y se me
ocurren mil planes.

FEDERICO.

Cuéntamelos. Me gusta oirte divagar con tanto donaire sobre
lo imaginario y lo imposible, y admiro en ti la voluntad más
independiente que existe en el mundo.

AUGUSTA, _sentándose junto á Federico en una banqueta, y reclinando
su cabeza sobre el pecho de él_.

Te contaré una cosa interesante. Esta mañana me dijo el Santo: «Tengo
un proyecto para modificar la vida de ese pobre Federico y librarle
de la plaga de sus acreedores.»

FEDERICO, _agitado_.

Por Dios, no me hables de eso. No sabes el daño que me causas.

AUGUSTA, _vivamente_.

Considera que si algo hacemos por ti, no es él quien lo hace, sino yo.

FEDERICO.

No puedo considerar tal cosa. Querida mía, si me amas, impide por
cuantos medios estén á tu alcance los favores de ese hombre, á quien
yo, por mil motivos, debería reverenciar... (_con mucha inquietud_), de
un hombre á quien tú y yo ofendemos gravemente. (_Augusta da un suspiro
y cierra los ojos._)

AUGUSTA, _después de una pausa_.

¿Sabes que me dormiría yo aquí tan ricamente? Siento el latido de
tu corazón, ¡pum, pum!, y el chiqui-chiqui de tu reloj. Con ambos
arrullos y el sueño que tengo, me quedaría como piedra en un pozo.
¡Ay qué gusto, si el tiempo maldito no me aguijonara el pensamiento
para mantenerme en vela!

FEDERICO, _para sí, meditabundo_.

Alma ambiciosa de lo desconocido, de lo ilegislado, no puedo seguirte
en tu vuelo. En ti no hay idea moral, al menos la idea mía, elemental
y rutinaria, la que á mí me argumenta sin descanso. Hay entre tú
y yo algo inconciliable, irreductible, y la tremenda muralla se
alza cuando menos lo pienso. La belleza, la gracia de esta mujer me
trastornan. Por ese lazo nos unimos. De la conciencia de ambos parte
lo que eternamente nos separa. ¿Cómo decírselo sin ofenderla?

AUGUSTA, _suspira otra vez y levanta la cabeza_.

Habíamos convenido en no hablar nunca de mi falta, ó lo que sea.
Legalmente no tengo disculpa. ¿Pero no habíamos hecho nosotros, en la
embriaguez primera, un código, de estos que hacen todos los amantes,
unas _Tablas_ muy monas, en que derogábamos toda la legislación que
anda por esos mundos?

FEDERICO, _para sí_.

Su valor es tan grande como su pasión. Defiende sus faltas como si
fueran méritos. ¡Con qué brío se lanza por ese camino de vértigo y
de sofismas! Mis ideas son claras; pero sin duda alcanzan poco. Me
gustaría deslumbrarme como ella, y poder seguirla hasta los abismos
del disparate, que sin duda están llenos de flores.

AUGUSTA.

Pero no necesitas decirme nada para que yo respete al hombre cuyo
nombre llevo, para que le profese un cariño fraternal. Él se merece
más: yo le doy lo que puedo. La equidad es letra muerta en cosas de
amor.

FEDERICO, _con sequedad_.

Está bien. Pero no me hables á mí de favores de ese hombre, porque no
puedo admitirlos.

AUGUSTA.

¿Ni míos tampoco los admites?

FEDERICO.

Tampoco.

AUGUSTA.

De modo que la pared vuelve á alzarse, y tú la haces más fuerte y más
gruesa, recordando que somos pecadores. ¡Qué moral está el tiempo,
querido mío!

FEDERICO.

Te diré... Si he sacado á relucir la cuestión moral, no ha sido por
petulancia ni por gazmoñería. Me propuse no ocuparme de ella; pero
desde el momento en que me hablas de generosidades de tu marido hacia
mí y de sus proyectos de favorecerme, la cuestión moral se me impone,
y plantea un dilema que tanto tú como yo debemos mirar con la mayor
seriedad.

AUGUSTA, _inquieta y malhumorada_.

Ya, ya veo venir el sermoncito. El otro día apuntaste algo..., sí,
y ya me esperaba yo hoy un chubasco de moral. ¿Es verdadera virtud,
ó simplemente falta de valor?... Bueno, déjame á mí el pecado
entero y coge para ti los escrúpulos. No me importa; tengo fuerza
para cargar toda la culpa, con tal de verte contento, tranquilo y
hecho un varón santo. Tú no me quieres, y por no quererme me das
la leccioncita de buena conducta. Yo estoy enamorada, y por eso no
podré quizás entenderla. Te contaré todo lo que pasa en mi interior,
y luego vengan sermones. (_Se dan las manos._) Yo siento á veces en
mi conciencia tumultos de reprobación, pero en seguida salen, por
aquí y por allá, mil ideas que me absuelven. Conforme á la ley, yo no
debiera quererte. La religión manda que combata y ahogue este loco
amor. Y las fuerzas para combatirlo y ahogarlo, ¿dónde están? Yo
no las tengo, ni me parece que las tendré nunca. Es como si al que
carece de vigor muscular le mandan que levante un peso de tantos
quintales. Reconozco como nadie el mérito de mi marido, y en cuanto
á su bondad, sólo yo, que á su lado vivo, sé bien toda la extensión
de ella. Me inspira un cariño acendrado y puro, una gran admiración;
pero Dios ha establecido la diferencia entre el amor que debemos á la
divinidad, á la perfección moral, y el amor terreno, el que tenemos á
nuestro igual, al semejante á nosotros por el pecado y la impureza.
Yo reverencio á Tomás, le rezaría, ¿sabes?...; pero te amo á ti. Me
casé sin saber lo que es amor, y no lo supe hasta que tú no me lo
enseñaste. Todavía no me he convencido de que esto sea una cosa muy
mala, rematadamente mala. Qué quieres; soy muy torpe, y quizás de
condición perversa. Lo que sí te digo es que cuando me sermonees, no
necesitas hacer el panegírico de la persona que conozco mejor que
tú y mejor que nadie. Bien sé que no hay otro que se le asemeje,
aunque... te diré una cosa que hasta ahora no he querido decirte.

FEDERICO, _para sí_.

¿Qué será ello?

AUGUSTA.

Pues de algún tiempo á esta parte, noto en la bondad de mi marido
cierta exaltación de mal agüero, algo así como... vamos, que la
virtud ha llegado á ser en él una manía, un _tic_.

FEDERICO, _irónicamente_.

¡Qué salida! Eso lo dices por rebajarle á tus propios ojos, por
disminuir la inmensa diferencia de talla que entre él y nosotros hay.

AUGUSTA.

No; no me juzgues así. Lo digo porque es verdad. Como quiera que sea,
la exageración no destruye lo extraordinario, lo excepcional de su
bondad. (_Dando un gran suspiro._) Él es un santo, y yo te quiero
á ti. Ahí tienes las dos verdades capitales. No creas que trato de
buscar entre ellas una componenda hipócrita. Dejo los hechos como
están. Tú eres cobarde, y huyes. Yo soy valiente, y me quedo delante
de estas dos verdades mirándolas cara á cara.

FEDERICO, _para sí_.

Me abruma con su admirable tesón.

AUGUSTA, _después de una pausa_.

No tienes nada que contestarme, ó necesitas pensar mucho tus
argumentos. ¡Ay, qué sesudo se me ha vuelto mi borriquito, y qué gran
moralizador!

FEDERICO.

Vamos á cuentas, vida mía. ¿No has dicho que estamos en la gran
crisis, que salimos del período soñador para entrar en el práctico?
¿No quieres tú regularizarme?

AUGUSTA.

¡Ah, pillo, y te vengas ahora, proponiéndome á mí la regularidad!
¡Ingrato! Quita allá. (_Le rechaza cariñosamente._)

FEDERICO.

No, alma mía. Te expongo esta idea, como una mirada al porvenir.
Supón tú que, por unas ú otras causas, esto no pudiera continuar sin
escándalo. No habría más remedio entonces que sacrificar nuestras
relaciones.

AUGUSTA.

Por mí nunca las sacrificaría.

FEDERICO.

No lo digas tan pronto. Eso no se puede afirmar tan de ligero. Yo te
quiero demasiado para llevarte al escándalo y á la deshonra. A ti te
corresponde, como mujer, la pasión irreflexiva; á mí la serenidad.
Si hablo de esto, si suscito la grave cuestión moral, tú has tenido
la culpa, hablándome de favores que piensa hacerme tu marido, de
protecciones que sólo se dispensan á un hijo, á un hermano. Eso pone
la cuestión en el terreno de lo insoluble. Si no le impides que esos
propósitos se manifiesten, te dejo...; no puedo tolerar situación tan
degradante, tan vergonzosa. ¿No lo comprendes? ¿Es posible que no lo
comprendas?

AUGUSTA, _con exaltación_.

No; debo de ser tonta. Siento rabia de que te empeñes en hacérmelo
comprender. Para mí la situación es otra. Tú me perteneces; yo te amo
más que á mi vida, y quiero que participes de los bienes materiales
que yo poseo. Soy rica. ¿Cómo he de soportar que vivas en la miseria
y que te veas sujeto á mil humillaciones? Yo quiero compartir contigo
mi bienestar, á la faz del mundo, si es preciso. No me avergüenzo de
ello.

FEDERICO.

¿Y pretendes que no me avergüence yo?

AUGUSTA.

¡Debilidad, tonterías! ¡Si otros lo hacen!...

FEDERICO, _exaltándose también_.

Pues si insistes en eso, he de hablarte con claridad, como no lo he
hecho nunca. ¡Hace tiempo que yo siento una pena, un sobresalto...,
más claro: un remordimiento por el ultraje que infiero al hombre más
generoso, más digno que existe en el mundo!... Quisiera que fueses
siempre mía; pero las cosas de la vida, ¿van por ventura al compás
de nuestros deseos?... ¿Ya no hay ley, ya no hay principio alguno que
deba ser respetado? Todo tiene su límite, y yo sería un miserable si
no te dijese ahora que intentes, que lo intentes siquiera, consagrar
á tu marido todos los afectos de tu corazón. Ya sé que el amor es
extravagante. Ya sé que cabe en lo humano, mejor dicho, que es muy
humano no amar á un hombre de grandes cualidades y prendarse de un
cualquiera. Pues bien: protestando de que me gustas hoy lo mismo que
ayer, tengo el valor de incitarte á que me sacrifiques, á que entres
en la ley, á que vuelvas los ojos á aquel hombre tan superior á
mí..., superior á mí hasta físicamente, para colmo de lo absurdo.

AUGUSTA, _con rabia_.

¡Qué manera tan suavecita de decirme que no me quieres ya! Ningún
hombre enamorado sugiere á su querida la idea de volver al deber.
Dímelo, háblame claro, porque esa moralidad tuya de última hora es
ridícula y hasta poco delicada.

FEDERICO.

No, porque yo, al proponerte con honrada convicción lo que te
propongo, estoy dispuesto, si no lo aceptas, á ir contigo hasta donde
quieras, menos á la ignominia de recibir beneficios materiales de tu
marido.

AUGUSTA.

Está bien. (_Llorando._)

FEDERICO, _con súbito arranque_.

Me revelo á ti con absoluta ingenuidad. Te diré que me creo bastante
indigno, y no quiero serlo más.

AUGUSTA.

¡Indigno tú! Recurres al argumento de sensación para apartarme de ti.
No, no; tú no eres indigno.

FEDERICO, _amargamente_.

No sabes lo que dices; no me conoces. Por algo te oculto las miserias
de mi vida. Si conocieras ciertos oprobios que hay en mí, quizás
no tendría yo que hacerte ningún argumento para que me dejaras y
volvieras á la ley.

AUGUSTA, _arrojándose á él_.

¡No; dejarte, nunca! Porque si fueras el último de los bandidos, te
querría lo mismo que te quiero.

FEDERICO, _con cierto desvarío_.

Yo no te merezco. Regenérate huyendo de mí, y entregando los tesoros
de tu alma al hombre más digno de poseerlos.

AUGUSTA, _con exaltación sublime_.

No me da la gana. Cuéntame tus cosas. Unámonos resueltamente en
todas las esferas de la vida. Todo lo mío es tuyo.

FEDERICO.

Eso jamás.

AUGUSTA.

Arreglaremos nuestras entrevistas con un misterio tal, con un arte
tan soberano, que sólo Dios pueda saberlas.

FEDERICO.

No puede ser. Orozco las descubrirá; ya verás cómo las descubre. Y
cuando pienso en esto, la terrible muralla se levanta entre nosotros
más fuerte, más alta que nunca.

AUGUSTA, _estrechándole en sus brazos_.

Pues yo la destruyo, yo la hago pedazos, la rompo con mil y mil
besos. Y si tú eres un presidiario, yo seré una presidiaria; si tú
eres un pillo, yo seré una bribona; seré lo que tú quieras que sea,
menos...

FEDERICO, _para sí, confuso_.

Nada puedo contra este corazón monstruoso. Las ideas morales se
estrellan en él, como migas de pan arrojadas contra el blindaje de un
acorazado...

AUGUSTA.

¿Qué piensas?

FEDERICO, _con pasión_.

Pienso que no hay nada mejor que condenarse contigo. (_Para sí._) ¡Y
qué hermosa la muy...! Toda la legalidad del mundo no vale lo que sus
ojos.

AUGUSTA.

¿No me quieres ya?

FEDERICO.

¿Y tú á mí?

AUGUSTA.

¡Borricote!



JORNADA TERCERA


ESCENA PRIMERA

Sala en casa de Federico.

CLAUDIA, BÁRBARA, _la primera con un chiquillo en brazos, la segunda
con manto, como si entrara de la calle_.

BÁRBARA.

Cuéntame, mujer. Es particular que todos los lances gordos han de
ocurrir siempre en los días que yo estoy fuera.

CLAUDIA.

Pst... chitito... Habla bajo... Federo no duerme, aunque está en la
cama. Además, ha venido el papá.

BÁRBARA.

¡El señor!

CLAUDIA.

Anoche entró por esa puerta. La semana pasada, cuando empezamos á ver
en el cielo la estrella con rabo, me dijo Pepe: «Alguna desgracia
vendrá sobre el universo mundo.» Y ya ves cómo no se equivocó. Pepe
tiene mucho talento, y también anunció lo de Clotilde. «Esa niña--me
decía--os va á dar un disgusto.»

BÁRBARA.

Francamente, no la creí capaz de una resolución tan fuerte.
Cuéntame... ¡Pobre niña! Ni pensé que la apretaran tanto las ganas de
marido. ¿Es cierto que no está ya en la casa?

CLAUDIA.

Chist... (_Vigilando las puertas_.) Pues voló. ¡Valiente chasco nos
ha dado! Yo tampoco la creí con alma para arrancarse así. Federo,
rabioso, te echa á ti la culpa.

BÁRBARA.

¡A mí! En el nombre del Padre...

CLAUDIA.

Dice que tú le has dado alas, y que cuando el chiquillo ese empezó á
hacerle garatusas, con la pluma en la oreja, desde el entresuelo de
enfrente, tú y yo debimos cerrar los balcones y no permitir á la niña
que se asomase. Claro, quería que fuéramos _verdugas_ de la infeliz
señorita.


BÁRBARA.

Verdugos se dice... Es un egoísta, un tirano, y no se hace cargo de
que Clotilde, por vivir aquí sin trato con sus iguales, no había de
librarse de la regla de amor. Llegada la edad en que el corazón hace
cosquillas, las mujeres necesitamos querer y que nos quieran; y si
no se presentan duques, apencamos con lo que sale, aunque sea un
suda-tinta. No sé para qué quiere el señorito el talento que tiene,
si no le sirve para hacerse cargo de una cosa tan sencilla.

CLAUDIA.

Eso no tiene vuelta de hoja. Pero no lo entiende. Ayer nos ha puesto
á ti y á mí que no había por donde cogernos... Que si tú le traías
las cartas á Clotilde, que si... ¡Josús!

BÁRBARA.

Pues no me pesa..., ea. ¿A quién, como no fuera de bronce, no se
le partiría el alma viendo las miradas de pólvora que se echaban
los pobrecitos de balcón á balcón? Era una contracaridad dejarles
consumirse sin el consuelo de un papelito. Francamente, yo no he
nacido para ver padecer á nadie. Traje la primer carta..., y la
segunda y la tercera. Por cierto que tiene una letra preciosa, y que
pone la pluma con muchísima sal.

CLAUDIA.

Pues de mí dice que merezco la horca y el presidio y hasta el
infierno, porque le abrí la puerta al otro para que entrase á
ver de cerca á su novia... Que se ponga en mi caso. Los chicos,
con el carteo y las miradas, estaban tan babosos, que no se les
podía aguantar. Ella ni dormir, ni comer, ni hacer cosa ninguna al
derecho. Intenté quitarle de la cabeza su locura, y me puse ronca
de tanto predicarle. Pues como si hablara con esta mesa. «Clotilde,
mira que tu hermano no consiente esto..., mira que...» Mientras más
le chillaba, peor. Cosa perdida. ¿Qué íbamos ganando con cerrarle la
puerta al jovencito ese?

BÁRBARA.

Nada; que no pudiendo entrar por la puerta entrase por la ventana. Un
hombre ciego de amor es temible. Hasta pudo suceder que pegase fuego
á la casa para poder entrar disfrazado de bombero. Se han dado casos.

CLAUDIA.

Esa misma cuenta echéme yo. Pero á Federo no le entran razones, y
lo que es yo bien tranquila tengo la conciencia, porque si abrí...
(_Suena el timbre de la puerta_.) Llaman. Debe de ser alguna fiera.
Aguarda un momento. (_Sale_.)

BÁRBARA, _sola_.

¡Ay!, qué egoístas son estos hombres. Todo lo bueno ha de ser para
ellos, y para nosotras, las del bello sexo, trabajos, hambres de
amor y el no gozar de nada. Ellos se divierten con cuanta mujer
encuentran, y á nosotras, si un hombre nos mira ó le miramos, ya nos
cae encima la deshonra, y empieza el run run de si lo eres ó no lo
eres... ¿Pues qué quería ese tonto? ¿Que mientras él se daba la gran
vida su hermana se pudriera en casa como una monja? No; la chiquilla,
aunque parece tan para poco, tiene el moño muy tieso, y ha demostrado
que sabe dejar bien puesto nuestro pabellón. ¡Ay, bello sexo! ¡Qué
falta te hacen muchas así, resueltas y con garbo para darle el
quiebro á la tiranía!

CLAUDIA, _entrando_.

Lo que dije: era un _inglés_..., el de las alfombras. Le he dado el
jabón que usamos aquí... ¡Qué _tronitis_ en esta casa! Pues te decía
que si abrí la puerta á ese mocoso ha sido con la mejor intención del
mundo, y si se vieron algunos ratitos fué delante de mí. Otra cosa no
hubiera yo consentido. ¿Qué pudo pasar? Que cuando yo me distraía ó
daba una vuelta á la cocina, se pegaban de besos; pero como yo estaba
con mucho ojo, y... Ya sabes cómo las gasto. Les reprendía, les ponía
cara muy dura, diciéndoles que no me comprometieran, y el chico tan
agradecido... «Doña Claudia--me decía,--cuando nos casemos usted será
nuestra segunda madre.»

BÁRBARA.

¡Pobres criaturas! No les entenderá quien no sepa lo que es un primer
amor. ¿Qué sabe Federico de esto, si él no ha tenido primer amor, y
todos los que gasta son segundos? Yo me acuerdo de cuando me emperré
por Valeriano el cochero, que me dió palabra de casarse conmigo...
¡Qué amarguras y qué dulzuras!... Pero esto no viene al caso.
Cuéntame lo de la fuga. Yo me imagino que se engolosinaron con la
besuquina, y con verse las caras de cerca..., es cosa que marea..., y
que resolvieron morir ó casarse.

CLAUDIA.

Así debió de ser. Los pícaros la tramaron por cartas, pues delante
de mí nunca hablaban más que soserías, como si tuvieran vergüenza
el uno del otro. Pues señor, anteanoche sentí á Clotilde levantada.
Como suele velar para coserse la ropa, no me extrañó. La bribona,
según después comprendí, estaba recogiendo y empaquetando en dos ó
tres líos sus vestidos y la poca ropa blanca que tiene. Por la mañana
temprano, la sentí andando con pisadas de gato por los pasillos, y me
alarmé. Díjele á Pepe que aquellos andares me olían á escapatoria, y
Pepe, que es muy largo, rezongó: «¡Cuando digo yo que...!» Levantéme;
pero por pronto que acudí, ya el pájaro había salido de la jaula.
Echábame yo la enagua; cuando la sentí descorriendo el cerrojo con
mucho cuidado, como lo descorren los rateros. Salí al pasillo..., y
ya iba ella echando chispas por las escaleras abajo. Se llevó la ropa
en tres paquetes grandes.

BÁRBARA.

¿Y cómo sabes que fué en tres?

CLAUDIA.

Porque me lo dijo la portera que vió salir á Santanita, primero con
un paquete, luego con dos, y después con Clotilde: total, cuatro
paquetes... Yo me quedé como puedes suponer. Pero me tranquilicé
pensando: «Lo que había de ser, que sea de una vez.» Sobre la mesa
del comedor dejó la chiquilla una carta para su hermano; pero éste no
se enteró de la fuga hasta la hora de almorzar. ¡Qué mal rato pasé,
hija! Nada, que me eché á llorar, y de la medrana que sentí, se me
fijó un dolor de clavo en la sien, ¡ay!, que no se me ha quitado
todavía. No te quiero decir cómo se puso el hombre al leer la carta.
Tuve que salirme y dejarle solo: la cama retemblaba de la fuerza de
los aspavientos que hacía. Y después de despotricarse contra mí, la
emprendió contigo, y á esta quiero á esta no quiero, nos zarandeó
bien. Pues nada, que inmediatamente nos habíamos de plantar en la
calle, porque éramos unas... alcahuetas, _etcétera_...

BÁRBARA, _riendo_.

¡Qué bobo! Sí; cualquier día nos echa á nosotras, debiéndonos, como
nos debe, tres mil y pico de reales.

CLAUDIA.

Y aunque no nos los debiera... ¿Pero tú crees que puede vivir sin
nuestras reverendísimas personas? Le somos tan necesarias como el
aire.

BÁRBARA.

No encontraría otras que le soportaran. Es un niño mimoso, y seríamos
tontas si hiciéramos caso de sus rabietas. Yo, mientras no le pase
esta calentura, me guardaré de ponérmele delante, porque francamente,
si me dice _pitos_, le contesto _flautas_. No tengo la paciencia
que tú para aguantar sus desvergüenzas, y me desboco. Ayer no quise
venir en todo el día, porque temo á mi dignidad, que no se anda en
chiquitas; y hoy me marcharé antes de que su señoría se levante.

CLAUDIA.

Hoy debe de estar más aplacado, porque el señorito Infante pasó ayer
con él toda la tarde y le sermoneó de firme, diciéndole unas verdades
como puños. Yo le escuchaba, poniendo la oreja en el agujero de la
llave, y te aseguro que le leyó bien la cartilla. (_Enumerando por
los dedos._) Que él era el causante de todo por tener á su hermana
abandonada y fuera de su _alimento_...

BÁRBARA.

De su elemento diría.

CLAUDIA.

Eso es, de su elemento... Que la chica no es de palo, y que á alguien
había de querer, porque la edad, el sexo, la ilusión, etcétera...
Pero el otro, más orgulloso que D. Rodrigo en la horca, no se daba
á partido, y dijo que jamás haría á Santanita el honor de mirarle.
¡Anda!

BÁRBARA.

¡Palabrería! Esas bravuras se convierten en humo. Al fin tendrá
que apencar con el hortera y llamarle su hermano; y llegará día,
acuérdate de lo que te digo, en que se vuelvan las tornas, y este
señorito tan orgulloso irá á pedirle á su cuñado un pedazo de pan.
Los muy soberbios acaban siempre á los pies de los humildes.

CLAUDIA, _con incredulidad_.

Me parece á mí que eso no lo veremos. Primero se muere él de hambre
en un rincón que rebajarse. No es como su papá, no...

BÁRBARA.

¿Y cuándo dices que llegó el señor?

CLAUDIA.

Anoche. Parece que el demonio lo hace. Figúrate que oigo llamar á la
puerta; salgo creyendo que era el carbonero, y me encuentro con D.
Joaquín. Pegué un grito como si me viera delante un toro de Miura.
No sé por qué me da miedo ese hombre, que es amable y la trata á
una como á señora... Me acuerdo de lo que padeció por él nuestra
pobrecita ama, y sus zalamerías me ponen carne de gallina.

BÁRBARA.

¡Ay, qué hombre! Créete que no viene á nada bueno. ¿Y qué hablaron
hijo y padre? ¿Cómo le recibió Federo? Cuéntame... Pero me sentaré,
que ahora estamos solas y podemos charlar todo lo que queramos.
Mi Vicente me espera para almorzar; pero déjalo que aguarde, que
bastantes plantones me ha dado él á mí en esta vida.

CLAUDIA.

Pues cuando le vió entrar, quedóse más blanco que el papel. Se
abrazaron. Luego cerró Federo la puerta, y yo más lista que él,
arrimé la oreja y oí... D. Joaquín preguntó por la niña, extrañando
no verla, y el otro, mascando mucha hiel, le contó la ocurrencia.
¿Crees tú que el padre se remontó, echando los pies por alto? No,
hija; lo tomó con calma, con mucha calma. Yo me hacía cruces oyéndole
decir que si los chicos se quieren, no hay razón ninguna para
oponerse al casorio, y que él es partidario de que no haya clases,
porque eso de las clases es un _maricronismo_.

BÁRBARA.

Ana... cronismo me parece que se dice; pero no estoy segura... Pues
ese hombre será un tarambana; pero lo que es talento, ¡vaya si lo
tiene!

CLAUDIA.

Es que se hace cargo de la razón de las cosas, y no lleva en la
cabeza tanto viento como el hijo. ¡Buena está la familia para
gastar humos! El padre hecho un judío errante por esas tierras;
Federo sin una mota, viéndolas venir y comido de deudas. (_Suena la
campanilla._) ¡Ay!, llaman otra vez. Espérame un momento. (_Sale._)

BÁRBARA, _sola, abanicándose_.

Bien merecido le está á ese botarate lo que le pasa; pero muy bien
requetemerecido. ¡Empeñarse en que ha de haber clases, cuando la
realidad ha dispuesto que no las _haiga_! ¡Cabeza más dura! Y que no
las hay, no las hay, aunque lo pida el _Sursum corda_. Lo que dice
mi Vicente: «Con la libertad todos somos todo, y nadie es nada.» Ese
tonto de Federo bien sé yo lo que pretende: vivir él como un duque
y que Clotilde sea su esclava. Bien sabe él ponerse su frac todas
las noches para ir á comer á las casas grandes... Y la niña hecha
un pingo, sin tratar con personas finas. Eso es, como dijo el otro,
abrir un abismo... Anda, fachendoso, para que vuelvas otra vez á
jugar con abismos. Ó hay igualdad ó no hay igualdad. Santanita vale
tanto como tú ó más que tú, porque sabe la partida doble, y tú no
entiendes más libro que el de las cuarenta hojas.

CLAUDIA, _entrando_.

Otra fiera. Esto no es vivir. Ya no sé qué decirles. Pero al fin,
éste lleva cuerda para veinticuatro horas... Pues, como te decía, el
padre está blando, pero muy blando. Dijo que pensaba ver á Clotilde
mañana mismo (por hoy), y Federo, sacando la voz de los talones,
le contestó: «Véala usted si quiere. Para mí es como si se hubiera
muerto.»

BÁRBARA.

¡Habrá pillo!... ¿Y tú has visto á Clotilde?

CLAUDIA, _en voz muy baja_.

Sí que la he visto. Cállate la boca. Cuidado cómo te das por
entendida. Anoche dí un salto á casa de la viuda de Calvo, donde está
depositada, ¿sabes?, aquella señora tan vieja y tan acartonadita que
parece de caoba. Según dicen es muy sabia, pero muy sabia, y más
antigua que Jerusalén. Vive ahí en la calle de Atocha. Rabiaba yo por
ver á la niña y decirle que ha llegado su papá, que viene tierno y
que le dará el consentimiento. No pude hablar con ella más que dos
palabras, porque la de Calvo estaba presente y me ponía una jeta que
daba escalofríos. Pero, en fin, allá le soplé lo que más importaba.
El papá debe de estar allá. Salió muy temprano..., serían las
ocho..., y dijo que vendría á almorzar. Anoche estuvo Federo hasta
las tantas escribiendo cartas. Cosas de mujeres, y líos mil que trae
siempre entre manos. Hombre de más _enreditis_ no creo que exista, y
lo mismo se aplica á las altas que á las bajas.

BÁRBARA.

¿Qué es eso de altas y bajas? Todas somos iguales. El arrastrar
terciopelos ó ajustarse una mala saya de tartán no significa
diferencia más que en lo de fuera. Como no salgan diferencias en el
honor, créete que en los trapos no la hay... ¿Y dices que escribió
muchas cartitas? ¡Valiente trapacero! ¡A quién engañará ahora!

CLAUDIA.

Vete á saber.

BÁRBARA.

Si se acostó tarde, no se levantará en todo el día, y podré estar
aquí. Francamente, temo encararme con él.

CLAUDIA.

Pues mira, hija, me parece que... (_Acércase á la puerta del foro y
aplica el oído._) ¿Sabes que me parece que anda ya por ahí?

BÁRBARA, _levantándose azorada_.

¡Ay, hija, no me lo digas!

CLAUDIA.

Bien puedes echar á correr. Levantado está.


ESCENA II

_Las mismas._ FEDERICO, _que entra por el foro_.

BÁRBARA, _tratando de escapar por la derecha_.

Por aquí me escabullo.

FEDERICO.

¡Eh!... ¿Quién es esa que huye de mí? Bárbara.

CLAUDIA.

Quédate, mujer, que no te comerá.

BÁRBARA, _medrosa y turbada_.

Mi marido me espera.

FEDERICO.

Tu conciencia no te permite ponerte delante de mí.

BÁRBARA.

¿Mi conciencia? Yo no tengo culpa de nada. (_Temblando._) Bastante le
dije á la niña que no hiciera locuras.

FEDERICO.

¡Valiente hipócrita estás tú! Entre las dos me habéis jugado una
partida serrana. Debiera poneros en la calle, después de daros una
mano de azotes.

CLAUDIA.

¡Pues no dice que nosotras...! ¡Josús! ¡No me incomode..., después
que...!

FEDERICO.

Silencio. Ya sé que me aborrecéis. ¡Bien merecido lo tengo por lo
bien que me he portado con vosotras!

BÁRBARA.

¡Aborrecerle! Eso sí que no, aunque usted no nos puede ver.

FEDERICO.

¿Cómo está Vicente?

BÁRBARA.

Mejor; pero no puede seguir en la ambulancia. Es preciso que le
asciendan, llevándole á la central. Usted puede hacerlo.

FEDERICO.

¡Yo!

BÁRBARA.

Sí, usted. Pero no se interesa nada por quien bien le sirve. Que
vivamos ó que nos muramos, lo mismo le da.

FEDERICO, _con desvío_.

¡Así reventarais!... Efectos de contagio. Hablando con ellas, me
siento también grosero.

BÁRBARA, _para sí_.

Está de buenas. Aquí que no peco. (_Alto._) Asciéndame usted á mi
marido.

FEDERICO.

¡Que te le ascienda yo!

BÁRBARA.

Si usted quiere, bien podrá hacerlo; pero lo dicho, no nos hace caso,
y es todo _ingratituz_. Conque me le empuja, ¿sí ó no? Basta con que
le pida una recomendación al Sr. de Orozco, que es tan amigo del
director de Correos.

FEDERICO, _con desabrimiento_.

¿Y qué tengo yo que ver con el Sr. de Orozco?

BÁRBARA.

Toma; que son ustedes uña y carne.

FEDERICO.

Vete al diablo, y déjame en paz. (_A Claudia._) ¿Quién ha venido hoy?

CLAUDIA.

Los del jubileo de todos los días. _Inglesitis._

FEDERICO.

¿Ninguno se ha roto la crisma al subir ó al bajar?

CLAUDIA.

Ninguno. Yo sí que ya no tengo crisma de tanto calcular las
respuestas que debo darles.

FEDERICO.

¿Y papá ha salido?

CLAUDIA.

Sí, señor; pero viene á almorzar.

FEDERICO.

Pues vete á la cocina, que es tarde. Ea, dame acá ese chiquillo.
(_Toma de los brazos de Claudia el niño, y le mima y zarandea._)
Ven acá, Fefé, ángel de Dios. ¡Qué gusto tener un amigo inocente y
puro, que no se permite otra malicia que tirarnos de las barbas! (_El
chiquillo suelta la risa._) Bien, bien, eres feliz conmigo. Esto
consuela.

CLAUDIA, _al chiquillo_.

Sol del mundo, soberano pontífice, regente del reino..., no le beses,
que es muy malo. Pégale, pégale.

FEDERICO, _besando al niño_.

Me quiere más que á ti. Lo que él dice ahora con esos gruñiditos es
que desea estar solo conmigo, y que os larguéis pronto.

CLAUDIA.

Gloria patri, ¿verdad que no?

BÁRBARA, _para sí_.

Acariciando al niño, nos engatusa este perro y hace de nosotras lo
que quiere.

CLAUDIA, _para sí_.

Es un buenazo. ¡Lástima que no tenga dinero! Es lo único que le falta.

FEDERICO.

¿Qué rezongáis ahí? A la cocina, tarascas, y dejarme en paz con mi
amigo Fefé.

BÁRBARA, _para sí_.

Ahí te quedas. No hay quien le sufra. Y sin embargo, ni él puede
vivir sin nuestros mordiscos, ni nosotras sin sus rasguños. (_Vanse
las dos._)


ESCENA III

FEDERICO, _con el chiquillo en brazos_; _después_ JOAQUÍN VIERA.

FEDERICO.

¡Qué noche he pasado! Esta vileza de mi hermanita ha concluído de
anonadarme. (_Se pasea.) _¿Tendrá razón Infante sosteniendo que toda
la culpa es mía? Pues aunque cien veces lo sea, no transijo con ese
cursi maldito. ¿No es verdad, Fefé, que debo mantenerme inflexible?
Tú estás en lo cierto. Yo soy como soy, y no puedo ser de otra
manera... (_Confuso._) Y en verdad que no puedo entender por qué
causa me es insoportable este vilipendio, mientras que acepto otros
y los llevo conmigo, acostumbrándome á su peso como al peso de la
ropa que me cubre. Lo que llamamos dignidad, ¿será función social
antes que sentimiento humano? ¿Será ley de ella escandalizarnos de
la ignominia que se hace pública y apechugar con la que permanece
secreta?...

VIERA, _entrando por la izquierda_.

Bien por los hombres madrugadores. ¡Levantado á las doce del día! Yo
pensé que almorzaría solo, y almorzaremos juntos. _All right_. (_Se
sienta en un sofá._) ¡Pero, chico, qué cambiado está nuestro viejo
Madrid! Hasta pisos de madera me le han puesto. El lugareño con
botas de charol. He salido á dar una vuelta, y el plum-plum de las
caballerías sobre el entarugado, el sordo ruido de los coches y el
olor de la creosota me daban la impresión de Londres ó París.

FEDERICO.

Sí; ha cambiado algo por fuera en los últimos tiempos. Pero por
dentro está como tú lo dejaste.

VIERA.

Siempre es el perdido de buena sombra y de muchas trazas, que
se contenta con las apariencias del vivir, viviendo en realidad
muy mal... ¿Sabes lo que pareces tú ahora? Un San Cristóbal, de
esos que hay en las catedrales. Y el nene es precioso. ¿A quién
sale, siendo su padre más feo que su madre, que es cuanto hay que
decir?... No (_observando al chiquillo_), no puede ser obra de
Pepe. (_Alzando la voz, mira hacia la puerta de la derecha._) ¡Ah,
Claudia, Claudia, veo que siguen los descuidos!... (_A Federico, que
se pasea meditabundo._) Dame pronto de almorzar, que tengo muchísimo
que hacer. Y te advierto que mi primera diligencia es ir á ver á
Clotilde. No, no te enfurruñes. No puedo seguirte por el camino de la
intolerancia caballeresca. Cada uno obra según su carácter y el medio
en que respira. ¡Vivimos en atmósfera tan distinta! Yo en un país
democrático y rico, donde los apellidos y las posiciones aparentes
no suponen nada; tú en un país sin dinero, donde la exterioridad
lo suple todo, y donde las posiciones oficiales hacen las veces de
riqueza. Nunca aspiré á que mi hija se casara con un noble, con un
millonario. Modestísimo en mis pretensiones, y conociendo el país,
me ilusionaba con verla esposa de un capitancito de Artillería ó
Ingenieros, ó con un abogadillo de chispa, que andando el tiempo se
hiciera diputado, y quizás ministro. A ti, que hacías veces de padre,
te correspondía el arreglarlo de este modo. ¿Pero qué pasó? Que
dejaste á la niña entregada á sí misma, y la pobre tuvo que elegir
entre lo que veía. Si en vez del capitancito de Artillería nos ha
resultado un chico de mostrador..., es sensible; pero ya no tiene
remedio. Claro que no me gusta; pero yo no forcejeo con la realidad.
¿Qué? ¿Hemos de abandonar á la pobre niña? ¿Estamos en el caso de
hilar muy fino, muy fino? ¿Quién sabe si el joven ese saldrá listo y
trabajador, y poseerá el arte de estos tiempos, que consiste en traer
legalmente á las arcas propias el dinero que anda por las ajenas?
¡Quién sabe si Clotilde habrá labrado, sin saberlo, su porvenir, y el
tuyo y el mío, y estará en estos instantes preparándonos una vejez
decorosa y tranquila! Ea, no seamos intransigentes ni pesimistas.
Aceptemos la realidad, y dentro de ella, saquemos el mejor partido
posible de los hechos que no dependen de nuestra iniciativa.

FEDERICO.

No me decido á conceder que tengas razón, ni afirmaré que no
la tienes. Sea lo que quiera, yo no transijo. Es cuestión de
temperamento. Ciertas ideas me dominan á mí, antes que yo pueda ni
aun siquiera formar el propósito de dominarlas.

VIERA.

Ya hablaremos de eso más despacio.

FEDERICO, _para sí_.

Ha perdido toda idea del decoro de su nombre. (_Se sienta, y pone al
niño sobre sus rodillas._)

_Entra Bárbara y da una carta á Viera._

VIERA, _examinando el sobre_.

Es de Tomás. Conozco su letra jesuítica. (_La abre._) Me cita para
las tres. Eso sí: no es de los que huyen el bulto.

FEDERICO, _malhumorado_.

Bárbara, llévate este chiquillo, que molesta.

BÁRBARA, _aparte_.

Tan pronto se entusiasma con las criaturas como se cansa de ellas.
¡Ay!, de todo se cansa. (_Tratando de coger al chiquillo, que grita,
patalea y se resiste á pasar á sus manos._)

FEDERICO.

Fefé, no seas malo. Vete con tía Bárbara.

VIERA.

Prefiere estar con nosotros. El angelito gusta de la sociedad. Ea,
dámele acá. (_Le toma en brazos._) Conmigo. ¡Qué bien! Mira qué
contento. Tú eres de casta de señores. Bárbara, puedes marcharte y
que nos den pronto de almorzar. Dispongo de poco tiempo, y hay mucho
que hacer esta tarde. (_Sale Bárbara._)

FEDERICO.

¿Qué ocupaciones son esas, dí? Por Dios, yo te suplicaría..., yo te
agradecería mucho que dejases en paz á Orozco. Es un hombre excelente.

VIERA, _zarandeando al niño y haciéndole cabalgar sobre sus rodillas_.

No niego su excelencia; pero que me la pruebe pagando lo que debe...
Anda, caballo...; agárrate, valiente.

FEDERICO.

¿Pero qué crédito es ese? Sin ofenderte, yo dudo mucho que sea un
crédito real y efectivo.

VIERA, _con socarronería_.

Buena idea tienes de mí. Aquí no entendéis de negocios, y rendís
homenajes demasiado serviles á la delicadeza, madre del no comer y
amparadora de la insolvencia. Los negocios son negocios, y se tratan
con la crudeza que enseñan los números, lo cual nada quita á las
efusiones de la amistad.

FEDERICO, _inquieto_.

Cuéntame, ¿qué diantre de negocio es ese?

VIERA.

Una deuda.

FEDERICO.

Orozco no tiene deudas. Como no hayas descubierto alguna póliza
olvidada y prescrita de la _Humanitaria_...

VIERA.

Eres más inocente que este niño que galopa en mis rodillas, y se
cree que monta á caballo. ¿Me juzgas tú á mí capaz de presentarme á
Orozco sin refuerzo de documentos legales? ¿Por quién me tomas?

FEDERICO, _con embarazo_.

Es que... me causa pena recordarlo; pero debo decirte que en otras
ocasiones, Tomás te ha dado dinero por conmiseración y por evitarse
disgustos. Los hombres de orden temen á los pleiteantes enredosos
y sin ningún derecho más que á los que de buena fe reclaman su
propiedad.

VIERA, _enérgicamente_.

En primer lugar, nadie da dinero por conmiseración, ni aun en este
país tan estúpidamente platónico. En segundo lugar, yo vengo aquí
á sostener un derecho claro y terminante, no á poner una trampa de
derechos ilusorios para que caigan en ella los incautos. Y te diré de
paso que tienes de Orozco una idea equivocada. ¿Crees tú que en él no
hay más que bondad y mansedumbre, y que lleva su abnegación hasta el
extremo de dejarse explotar? ¡Qué tonto eres! Bajo aquella dulzura de
carácter, se esconden todas las marrullerías de un ingenio vividor.
Posee el arte de hacerse pasar por generoso, cuando se ve en el caso
de transigir con el derecho ajeno.

FEDERICO.

Me parece que le conoces más por referencias del vulgo que por propia
observación. Tomás no es así.

VIERA.

Le he conocido niño, le vi crecer y hacerse hombre. Su padre y yo
éramos como hermanos. ¡Ah!, Pepe Orozco, grande hombre para los
negocios, sin entrañas, duro y económico en su vida interior hasta la
sordidez, también algo zorro y de doble fondo como su hijo. Créeme á
mí, que he visto mucho mundo, y he asistido al paso de una generación
á otra...; gran enseñanza. Tomás se ha encontrado la fortuna hecha,
y le ha sido fácil sentar plaza de virtuoso, de varón justo y
magnánimo. (_Con sarcasmo._) El otro trabajó como un negro, sacrificó
á las ganancias su reputación, para que ahora éste se haga pasar por
santo. Los padres se condenan para que los hijos puedan labrarse un
huequecito en el cielo. La suerte que no hay cielo ni infierno, pues
si existieran esos... locales, sólo servirían para hacer eterna la
injusticia.

FEDERICO, _tristemente_.

Estás desvariando, y no te puedo seguir.

VIERA.

Te has pasado al enemigo. Mírame cara á cara. (_Observándole con
suspicacia._) Noto en ti no sé qué... Me sorprende mucho ese interés
por una persona con quien no tienes más que relaciones superficiales,
de esas que se establecen entre un estómago agradecido y el anfitrión
que convida martes y jueves.

FEDERICO.

Le debo mil atenciones. Bien sabes que somos amigos de la infancia.

VIERA.

¿Te ha señalado dietas por hacerle la rueda á su mujer? ¿Cobras á
tanto la frase, á tanto la anécdota y el chascarrillo?

FEDERICO, _conteniendo su ira_.

No me hables de ese modo... No puedo tolerarlo.

VIERA, _riendo_.

¡Cándido! Déjame á mí, déjame, que si le saco á tu anfitrión este
platito de lentejas realizaré un acto de justicia, por dos razones:
primera, porque es de ley que me dé lo que reclamo; segunda, porque
sus bienes fueron mal adquiridos, y deben volver á la masa, al
despojado imponente á quien representamos en este instante nosotros,
los desfavorecidos de la fortuna.

FEDERICO.

Me hacen padecer horriblemente tus sofisterías. Haz lo que quieras,
y no me comuniques ni tus planes ni el resultado que obtengas. Nada
pretendo saber. Tratándose de esto, no quiero que haya entre nosotros
ni la confianza natural entre hijo y padre.

VIERA.

Gracias. Tu tontería me anonada, porque yo pensaba pagarte tus deudas
si salía bien de este negocio...; quiero decir, siempre que tus
deudas se limitaran á una cifra razonable.

FEDERICO.

Cuídate de las tuyas. (_Para sí._) Dios mío, ¡qué hombre! No hace
ni dice cosa alguna que no sea para humillarme y herirme en lo más
delicado. ¡Es fuerte cosa que no podamos aborrecer á un padre sin
atropellar las leyes de la Naturaleza!

VIERA.

No te pareces á mí más que en la figura. Eres un sonámbulo, un
cata-humos, y te pasas la vida mirando á las estrellas, viendo la
fortuna pasar, rozándote las puntas de los dedos, sin que se te
ocurra oprimir la mano y atraparla. Podrías sacar partido inmenso de
tus relaciones, de tu buen parecer, de tu arte social, que no debe
servirnos sólo para divertir á los ricos, como los bufones antiguos
divertían á los reyes, sino para compartir con ellos el imperio del
mundo. La opulencia está en el deber de compartirse con el ingenio,
y cuando no lo hace de grado, hay que llamarse á la parte, como el
galleguito del cuento, diciéndole: «¿cuánto voy ganando?»

FEDERICO, _para sí_.

No le contesto, porque perderé la serenidad.

CLAUDIA, _entrando_.

Señores..., _almuercitis_. (_Cogiendo al chico de los brazos de
Joaquín._) Ven con tu madre, rey de los cielos y la tierra, ángel de
amor, hijo pródigo, patriarca de las Indias.

VIERA.

Lo que es éste no pasa, Claudia. Es muy bonito para ser de tu marido.

CLAUDIA, _soltando la risa_.

¡Qué cosas tiene el señor! Por estas cruces le juro que es de Pepe.

VIERA.

Vamos, que estás tú buena pieza... A la mesa. Tengo sobre mi cuerpo
toda el hambre española. (_Vase._)

FEDERICO, _abrumado_.

¡Que este hombre sea mi padre! ¡Ay!, me dió su rostro, me puso el
sello de su casta para que ni un momento pueda dejar de avergonzarme
de ser su hijo.


ESCENA IV

Comedor en casa de Orozco.

AUGUSTA, OROZCO, INFANTE, MALIBRÁN _y_ VILLALONGA, _sentados á la
mesa, almorzando_.

OROZCO.

¿Pues qué quería ese terco de Federico? ¿Que viviendo Clotilde como
vivía, fuese á pedir su mano un Hohenzollern ó un Habsburgo? Anoche
le vi tan excitado, que no quise contradecirle por no aumentar su
pena. Tuve con él la consideración de apoyar débilmente sus quejas;
pero ahora que no está presente, declaro que no tiene razón.

AUGUSTA.

Creo lo mismo. Mil veces le hablé de su hermana augurándole lo que ha
pasado. Mal que nos pese, somos arrollados por... la ola democrática.
¿Qué tal la figura? Lo que hay es que nos gusta más verla reventar en
la cabeza del vecino que en la propia.

MALIBRÁN.

Como figura del género balneario, no está mal. Eso lo aprendió usted
este verano en Arcachón... Pues volviendo á Federico, opino que es
un desequilibrado de marca mayor, aristócrata por las ideas y los
gustos, sin los medios materiales de que toda idea necesita disponer
para manifestarse dignamente. Absolutista por temperamento, reniega
de verse gobernado por el parecer de la multitud, y su orgullo
tropieza á cada instante con las garrulerías de la igualdad. Es una
contradicción viva, una antítesis...

AUGUSTA, _interrumpiéndole y burlándose_.

¡Jesús de mi vida, qué sabios venimos hoy!

MALIBRÁN.

Quiero decir que por efecto de esa radical contradicción entre la
época y el hombre, todos los actos de éste resultarán incongruentes,
no dará un paso que no sea un tropezón, y será al fin envuelto por la
ola de que antes nos hablaba usted, ya que no se decide á sortearla,
como hacemos los demás.

INFANTE.

Pues yo, sin meterme en filosofías, voy á dar noticias concretas.
Esta mañana se presentó en mi casa el trovador de Clotilde.

AUGUSTA, _con viveza_.

¿Y cómo es?

OROZCO.

Según me han dicho, atrevidillo, y no peca de corto.

INFANTE.

Simpático; pero muy simpático, y parece despejadísimo. En cuatro
palabras me ha contado su historia. Es huérfano, tiene veintitrés
años, y desde los diez y seis se bandea solo. Es sobrino de un
tal Santana, tendero en la calle de Lope de Vega, y de otro en la
Plaza Mayor, que le llaman Jáuregui, y de otro cuyo nombre y señas
no recuerdo. En fin, que cuenta media docena de tíos, detallistas
de comestibles. Sabe al dedillo la partida doble, y escribe cartas
comerciales en francés; tiene título de perito mercantil, y se ganó
un premio de Economía política.

AUGUSTA, _con animación_.

¡Ángel de Dios!... Señores, es preciso que le protejamos entre todos.

INFANTE.

El tío Santana le ocupaba en llevar la contabilidad y la
correspondencia; y en medio de esta prosaica tarea nacieron los
castos amores con la hermana de Federico. Pero ¡vean ustedes qué
desgracia! Casi en los mismos días en que los tórtolos se lanzaban
de cabeza en lo ideal, el tío Santana, por la paralización de los
negocios y la necesidad de economías, despidió al chico, que á la
sazón vive al amparo de su tío Jáuregui, sin sueldo. ¡Ah!, otro
detalle. Nunca ha servido en el mostrador, que repugna á sus hábitos
y á su educación; pero está decidido á todo, hasta á fregar copas en
una taberna, con tal de ganarse el pan para mantener á la elegida de
su corazón.

AUGUSTA.

Decididamente, le hemos de proteger.

MALIBRÁN.

¿Le encuentra usted chiste á la historia?

AUGUSTA.

La encuentro hasta poética. Por lo que veo, el verdadero amor, el
principio activo que gobierna el mundo, no existe ya más que en la
clase de dependientes de comercio. No podemos abandonar á ese joven.
¿Verdad, Tomás? (_Orozco sonríe sin decir nada._)

INFANTE.

Contóme también cómo nacieron y se formalizaron sus amores. Durante
un mes no hacían más que mirarse, mirarse, hechos un par de bobos.
Por fin, movido de un instinto irresistible, escribía con letras
gordas en un pliego abierto, al modo de cartel, frases de ternura,
y desde su balcón se las mostraba á la niña, que al principio huía
ruborizada, soltaba la risa después, y últimamente ponía una cara muy
triste cuando él no estaba.

AUGUSTA.

¿Y cómo, no estando en el balcón, sabía él que la chiquilla ponía la
cara triste?

INFANTE.

Esa misma pregunta le hice yo, y me contestó, ¡miren si es pillo!,
que entornaba las maderas de modo que pareciese no estar allí, y por
un agujerito observaba en la cara de la niña el efecto de su fingida
ausencia.

VILLALONGA.

¿Sabe ó no sabe el pájaro ese?

AUGUSTA, _con calor_.

Hay que casarles, aunque no sea sino para premiar esa manera
primitiva y pura de hacerse el amor. Eso es de lo que no se ve ya.

INFANTE.

Luego vinieron las cartitas, de que fueron conductores, por dicha de
ambos, las criadas de Federico, hasta que una noche logró Santana
colarse en la casa.

MALIBRÁN, _vivamente_.

Sí, hay que casarles; en eso estamos conformes, Augusta, aunque no
por las razones que usted alega, sino por otras de un orden muy
diferente.

AUGUSTA.

Cállese usted, mal pensado. ¿Qué hay en estos amores que no sea la
misma inocencia? ¡Bah, que entraba de noche en la casa! ¿Y qué?

VILLALONGA.

Nada, nada, que entraba á tomarle las medidas del cuerpo para
encargar el traje de boda.

AUGUSTA, _conteniendo la risa_.

Cállese usted también, groserote: no dice más que disparates.

INFANTE.

Y por fin, después de referirme su historia, me suplicó que le
consiguiera un destinito de oficial quinto, para poder casarse.

OROZCO.

¿Y qué hace usted que no lo pide al momento?

AUGUSTA.

Yo que tú, volvía loco á todo el Ministerio hasta obtener la plaza.

INFANTE.

En estas alturas, es más difícil sacar una plaza de oficial quinto
que una Dirección general. Pero algo haré, porque el chico ese me ha
entrado por el ojo derecho. «Pida usted informes á mis tíos acerca
de mi honradez--decía,--y como no se los den buenos, me dejo cortar
la cabeza.» No quiere el destino más que como ayuda en los primeros
tiempos, hasta que pueda tomar rumbos mejores. Y vean ustedes si el
nene es activo y sabe apreciar el valor del tiempo. Por las mañanas
emplea dos horitas en llevar las cuentas de una tienda de huevos de
la Cava de San Miguel. De tarde, la misma faena en un establecimiento
de ropas en liquidación, y por las noches se pasa tres ó cuatro
horas escribiendo al dictado en casa de un notario. Con esto reune el
pobrecillo sus treinta duretes al mes, que le saben á gloria por el
trabajo que le cuesta ganarlos; mas para casarse le hace falta otro
tanto, ó por lo menos la mitad. Ha echado bien la cuenta, y es de los
que no gastan un real sin saber de dónde ha de salir. ¿Qué tal? ¿Es
éste, sí ó no, un hombre predestinado á capitalista?

VILLALONGA, _dando una palmada en la mesa_.

Acuérdense todos los presentes de lo que digo. Si vivimos, á ese
monigote le hemos de ver con más dinero que nosotros.

OROZCO.

Pues tiene, tiene, sí, señor, la fibra económica.

AUGUSTA.

¡Cuando digo que es preciso darle la mano!

INFANTE.

Aunque no quieran ustedes, tendrán que protegerle, porque es de los
que se meten por el ojo de una aguja, y sabiendo que aquí hay buenos
corazones, no tardará en llamar á esta puerta. Por si no cuaja lo de
oficial quinto, quiere entrar de tenedor de libros en una casa de
banca. De ello me habló también, rogándome..., ya ven ustedes como no
pierde ripio..., que intercediera con el Sr. de Orozco para que éste
le recomendara á Trujillo y Ruiz Ochoa, en cuyo escritorio hay, según
parece, una vacante de tenedor.

OROZCO.

Sí que la hay; pero no seré yo quien le recomiende...

AUGUSTA, _con gracejo_.

Tomás de mi vida, no te me hagas el feroz tirano.

OROZCO.

¡Pero hija de mi alma, si ya he recomendado á tres..., á tres!

INFANTE.

Yo, no sólo prometí hablar con interés al amigo Orozco, sino que
invité á Santana á que viniera á verle...

OROZCO.

Ángel de Dios, ¿le parece á usted que no tengo ya bastantes jaquecas?

INFANTE.

Es que yo quiero que conozca usted á este rey de las hormigas.

OROZCO.

¿Para qué, si no puedo hacer nada por él? Dígale usted que no se
moleste.

INFANTE.

Ya será tarde; porque, ó mucho me engaño ó ese es de los que obran
rápidamente y detestan el _mañana_. Hoy le tendrá usted aquí.

OROZCO, _benévolamente_.

Mi casa es un hospicio, y no puedo verme libre de postulantes, que
me marean pidiéndome lo que darles no puedo: éste una credencial,
el otro una fianza, aquél dinero para salir de un apuro, el de más
allá ropas usadas; y no falta quien me pida billetes de teatro, ó una
recomendación para obtener la cruz de Beneficencia. La suerte mía es
que cantando se vienen y cantando se van.

MALIBRÁN.

Amigo mío, aunque usted se empeñe en desacreditarse, no lo conseguirá.

AUGUSTA, _á su marido_.

Hijo, en este caso has de desmentir tu fiereza, tu crueldad y tu
tacañería, recibiendo bien al pobre Santana y procurándole el
destino en casa de Trujillo. Lo necesita para casarse. De ti depende
la ventura de esa familia en ciernes. ¡Casarse así, con todas las
ilusiones del amor, y con esas ansias de trabajar, previendo los
hijitos que habrá de mantener! Estos son los seres verdaderamente
providenciales, los que aumentan la raza humana, los que hacen
poderosas y ricas á las naciones. Verán ustedes cómo Clotilde se
carga de familia en pocos años, y cómo ese marido modelo gana para
mantener el pico á toda la prole.

INFANTE.

¡Vaya que tiene un gancho ese joven! Me decía: «Si no consigo
la plaza de tenedor de libros ó la de oficial quinto, me pasaré
las mañanas vendiendo tomates ó pimientos en cualquier plazuela.
Trescientas sesenta y cinco mañanas dan mucho de sí.»

VILLALONGA, _con vehemencia_.

¿Ese..., ese?... Le hemos de ver firmando letras de cambio por miles
de miles.

AUGUSTA, _con entusiasmo_.

Amparémosle entre todos. Juremos ampararle. Es el hombre del
porvenir, y todos los presentes están en el deber de prestar apoyo al
que les da esta lección de arte de la vida.

VILLALONGA.

Acepto la lección, y admiro á ese tipo, por lo mismo que es el
reverso de mi medalla, mi revés moral.

OROZCO.

Ese es de los que no necesitan ayuda de nadie. Su propio instinto y
su acometividad social le abrirán camino.

MALIBRÁN.

Protejámosle, lo que quiere decir que le proteja Orozco en nombre de
todos. Usted le favorece, y él nos lo agradecerá á los demás.

_Sirven el café._

UN CRIADO.

Un joven está ahí, que pregunta por el señor.

TODOS.

Él, él es.

INFANTE.

¿Delgadito, mal color, ojos negros, el pelo al rape, gabán muy viejo?

CRIADO.

El mismo.

OROZCO, _un poco molesto_.

¡Que todos los moscones de Madrid han de caer sobre mí!

AUGUSTA, _al criado_.

Dile que pase al despacho. El señor le recibirá... (_A su marido._)
Ea, fastídiate, corazón de granito.

OROZCO, _fingiendo buen humor_.

Como recibirle, sí... ¡Pobre tonto! No es cosa de ponerle en la
calle. Pero se irá como ha venido. (_Por Infante._) Éste, este
métome-en-todo es quien me ha echado el mochuelo.

INFANTE.

Yo no. Recuerdo muy bien que le dije: «Vaya usted mañana»; pero
ese es de los que no padecen la enfermedad española del _mañana_;
profesa la teoría de que _mañana_ quiere decir _hoy_.

VILLALONGA.

¡Hoy! Dichoso el que sabe agarrarse al hoy antes que pase, porque ese
llegará primero que los demás.

MALIBRÁN.

Y encontrando los mejores sitios desocupados, se apoderará de ellos.

AUGUSTA.

No le dejes ir sin esperanzas. Hazlo por mí, por todos los presentes,
que tomamos al gran Santanita, al futuro millonario, bajo nuestra
alta protección.

OROZCO, _sonriendo_.

Esperanzas, sí; todas las que quiera, pero realidades no podrá sacar
de mí. Me sacudiré la mosca... No sé qué se figuran... Francamente,
es cosa de traer á casa una pareja de Orden Público. Yo aseguro á
ustedes que este impertinente no volverá más por aquí. (_Toma el café
de un sorbo y sale._)


ESCENA V

_Los mismos, menos_ OROZCO.

AUGUSTA.

¿Pero ustedes se han creído que le va á echar á cajas destempladas?

MALIBRÁN.

¡Cómo he de creer yo tal cosa! Felicitemos á nuestro protegido,
porque le está cayendo el maná.

AUGUSTA.

Si Tomás dice que no hace nada por él, no le lleven ustedes la
contraria. Finjan más bien creer que le ha echado por la escalera
abajo. _I promesi sposi_ están de enhorabuena. No les faltará pan
para sus hijitos, y seguramente tendrán uno cada año, porque estos
matrimonios ilusionados, que se afanan por el nido antes de tenerlo,
son horriblemente fecundos.

MALIBRÁN.

Lo que á mí se me ocurre, señora mía, es que con estas filantropías
van ustedes á perder á uno de los amigos más leales y consecuentes.
Federico, cegado por la soberbia, dirá: «El amigo de mis enemigos es
mi enemigo.»

AUGUSTA.

Una cosa es decirlo y otra... ¡Ay!, ante la soberanía de los hechos,
no hay orgullo que no se rinda tarde ó temprano... Esta es mi
opinión. Y por mi parte, he de hacer los imposibles porque Federico
se reconcilie con su hermana. No es mal sermón el que le espera esta
noche, si parece por aquí.

VILLALONGA.

No le reducirá usted con sermones. Está fuera de sí. Anoche creí que
me pegaba porque se me antojó disculpar á Clotilde.

MALIBRÁN.

Corazón fiero, orgullo indomable, ideas anticuadas y consistentes,
de esas que desafían con su firmeza el empuje de la opinión vulgar;
ideas macizas, que serían muy buenas en una época de acción y de
unidad, pero que se vuelven ineficaces y hasta ridículas en una época
de inestabilidad, de polémicas y de dudas.

AUGUSTA.

¡Cuando digo que estamos hoy muy sabios!...

MALIBRÁN.

No lo puedo remediar. Mi pedantería es hija de los desengaños,
que me han obligado á estudiar la vida. Compadézcame usted en vez
de zaherirme por lo que sé. Y sé más (_con fineza de dicción y de
intención_), mucho más de lo que usted cree.

AUGUSTA.

No, si yo no he puesto límites ni fronteras á su sabiduría. Es que,
francamente, me pareció que había examinado usted con buena crítica
las ideas de Federico.

MALIBRÁN.

De quien nada ofensivo dije. Conste. No hay motivo, pues, para que
usted se altere.

AUGUSTA, _ligeramente desconcertada_.

¡Yo!... ¡Alterarme yo!

MALIBRÁN.

Un poquitín, aun antes de que yo completara mi juicio. Me faltaba
añadir que de su mismo orgullo, de su susceptibilidad extrema y de
la pugna entre sus ideas y sus medios sociales, nacen los hábitos de
envilecimiento que á pesar suyo le dominan, y que son su desgracia
irremediable y su problema insoluble.

AUGUSTA, _devorando su ira_.

Todas esas cosas, ¿por qué no se las cuenta usted á él?

INFANTE, _con sequedad_.

Habla usted de hábitos de envilecimiento, y me parece que no se ha
fijado usted en la significación de la palabra. De otro modo, haría
mal en sostenerla. Yo afirmo que Federico es un caballero.

MALIBRÁN, _rectificando_.

No lo he dudado nunca... Esos hábitos, que todo el mundo conoce,
deben de ser calificados quizás de un modo más suave, tratándose de
un amigo. Emplearemos otra palabra.

AUGUSTA.

Mejor sería no haberla pronunciado.

MALIBRÁN.

No fué mi intención ofenderle.

INFANTE, _para sí_.

Decididamente, el italiano éste es de una blandura fenomenal. No
entra, no entra, por más que se le pongan picas hasta el hueso.

AUGUSTA.

Vamos, usted quiso decir que Federico no es caballero.

INFANTE, _para sí_.

¡Qué bien me le capea ésta!... Pero no entra... Cada vez más huído.

MALIBRÁN.

Perdone usted, amiga mía. Jamás califico yo acerbamente á una persona
con quien me une amistad. (_Para sí._) ¿Quieres una estocada? Pues
allá va. (_Alto._) Lo que yo quise decir es que caballerosidad y
necesidad rara vez se llevan bien. ¡Ay de aquél en quien estos dos
estímulos se reúnen! En público son muy difíciles de conciliar,
y sólo en la esfera privada pueden algunos armonizarlos. En el
misterio, en los escondites que labran el miedo y la prudencia, se
hacen cosas que, á la clara luz del día, son condenadas con cierto
énfasis. Hay dos esferas ó mundos en la sociedad: el visible y el
invisible, y rara es la persona que no desempeña un papel distinto en
cada uno de ellos. Todos tenemos nuestros dos mundos, todos labramos
nuestra esfera oculta, donde desmentimos el carácter y las virtudes
que nos informan en la vida oficial y descubierta.

AUGUSTA, _vivamente_.

Perdone usted, Malibrán; todos no: la tendrá usted; pero eso de todos
es un poco fuerte. (_Para sí, con ira disimulada._) ¿No habría quien
le parara los pies á este majadero?...

MALIBRÁN, _para sí_.

Vuelve por otra. (_Se levanta._)

AUGUSTA.

Pero qué, ¿nos deja usted ya?

MALIBRÁN.

Ya debiera estar en el Ministerio.

AUGUSTA.

No me acordaba... (_Irónicamente._) Es tan grata su compañía, y nos
adormece de tal modo el encanto de su conversación, que olvidamos lo
necesaria que es su presencia en el Ministerio para que marchen bien
los asuntos exteriores.

MALIBRÁN, _para sí_.

Búrlate todo lo que quieras. Ya me la pagarás.

AUGUSTA, _estrechándole la mano_.

Váyase usted prontito. No le retengo, no quiero tener la
responsabilidad de una catástrofe europea.

MALIBRÁN.

Tema usted las domésticas, no las internacionales. Y cuando se
dispare el primer cañonazo, avise usted á los buenos amigos. ¿Llamar,
eh?

VILLALONGA.

Dos toques y repique. (_Dándole la mano._) Adiós, diplomático.
Memorias al marqués de Salisbury.

MALIBRÁN.

De tu parte. Adiós, Infante. (_Vase._)


ESCENA VI

_Los mismos._ OROZCO.

OROZCO, _entrando, con semblante risueño_.

Vamos, le despaché... Se va el pobrecillo muy descorazonado. Pero yo
¿qué le he de hacer? Pues sólo faltaba que...

AUGUSTA, _con gracejo_.

Eso es: fuertecillo. ¡Qué genio vas echando, hijo de mi alma!

OROZCO.

Lo siento; pero no he podido darle ni esperanzas siquiera.

AUGUSTA.

Sí, te lo conozco en la cara.

VILLALONGA.

Su cara revela satisfacción.

INFANTE.

La satisfacción de las malas acciones.

OROZCO.

Ni buenas ni malas.

AUGUSTA, _en voz baja á Infante_.

¿Pero tú le crees?

INFANTE.

¿Qué le hemos de creer? Para mí, Santanita se ha puesto las botas.

VILLALONGA.

Permítame usted, amigo Orozco, que no dé crédito á su modestia. Lo
mismo nos dijo usted el otro día, cuando vino á importunarle aquel
vejete arruinado de la Plaza Mayor, y después supimos que á la
calladita le puso usted una tienda nueva, un comercio de gorras.

OROZCO, _excitado_.

¿Quién ha dicho eso? ¡Es calumnia!

VILLALONGA.

¡Calumnia!

OROZCO, _dominándose y riendo_.

El que tal diga falta á la verdad. ¿Conque de gorras, eh? Tiene
gracia.

AUGUSTA _hace señas á Villalonga para que se calle_.

¡Eh!, chitón, indiscreto.

INFANTE.

Son voces que hace correr la maledicencia.

AUGUSTA.

No se hable más de eso. En resumidas cuentas, puesto que tú no
quieres proteger al rey de las hormigas, le echaremos nosotros un
cable.

OROZCO.

¡Bueno estoy yo para protecciones! ¿Quién me defenderá á mí de la
fiera que me amenaza hoy, y que no tardará en presentarse?

INFANTE.

Ya sé quién es. Joaquín Viera, el papá de Federico, que llegó anoche.

VILLALONGA.

¡Demonio! Cuidado con ese, que es el primer sable de América... y de
Europa.

INFANTE.

¿Quiere usted que le recibamos Villalonga y yo y le paremos la
estocada?

AUGUSTA, _con viveza_.

Eso sería lo mejor. Sí, sí, Tomás, que le reciban éstos y le pongan
las peras á cuarto.

OROZCO.

No puede ser. A ese maestro de maestros no le sabe parar nadie más
que yo. Dejádmele á mí.

AUGUSTA.

Hijo de mi vida, tiemblo por ti; temo á tu bondad, á tu miedo al
escándalo.

OROZCO.

¡Quiá! Que escandalice todo lo que quiera. No sé qué lío se traerá.
Ya lo veremos.

AUGUSTA.

Estoy en ascuas. No tendré tranquilidad hasta que no le vea salir de
casa. ¿A qué hora viene?

OROZCO.

A las tres. (_Hablan aparte Orozco y Villalonga._)

AUGUSTA.

Faltan diez minutos. Siento escalofríos.

INFANTE.

¿Te pones mala?

AUGUSTA.

Creo que sí, y si la visita se prolonga, quizás... Me bullen en la
cabeza presentimientos de no sé qué desdicha.

INFANTE.

Si no sales á paseo, te acompañaré en casa.

AUGUSTA.

No, no salgo. Pero no me acompañes; te aburrirías. Tengo muy mal
humor esta tarde.

INFANTE.

Yo lo tengo pésimo. Si dos negaciones afirman, de dos displicencias
puede salir un rato de agradable entretenimiento.

AUGUSTA.

No; de dos displicencias que se funden, sale de seguro la hora negra,
la hora de la contradicción y del tirarse los trastos á la cabeza.
Hoy es un día en que me peleo yo con el lucero del alba, á poco que
me exciten. Querido Manolo, si aprecias mi amistad, echa á correr y
no aportes por acá hasta la noche.

INFANTE.

Se me figura que Malibrán te ha puesto de mal humor.

AUGUSTA, _fingiendo tranquilidad_.

A mí, no. Estoy acostumbrada á sus tonterías, y le oigo como si
leyera los chascarrillos de la sección amena de un periódico.

INFANTE.

Mucho cuidado con él.

AUGUSTA.

Ya lo tengo... ¡Ah!, vaya si lo tengo. Conque, Infantito de mi vida,
¿me quieres hacer un favor? Te lo agradeceré mucho.

INFANTE.

Pide por esa boca.

AUGUSTA, _con zalamería_.

Que te marches, y perdona la grosería. Quiero estar sola con mi
marido.

INFANTE.

El egoísmo matrimonial es tal vez el más respetable. Me sacrifico,
hija, me sacrifico á tu deseo, y te ofrezco mi ausencia como el más
fino de los homenajes. (_Le estrecha la mano._)

AUGUSTA.

Oye, Infantito mío: para que tu fineza sea colmada y yo tenga algo
que añadir á la gratitud que te debo, llévate á Villalonga.

INFANTE.

Si no quiere irse _por su pie_, me le llevaré á cuestas.

AUGUSTA.

Gracias. Vales un imperio.

INFANTE, _á Villalonga_.

Eso es, entreténgase usted charlando, y la comisión de reforma del
catastro sin poderse reunir por falta de vocales.

VILLALONGA.

Tiene usted razón. Vamos allá. (_A Augusta._) Patrona, ¿será usted
tan buena que me deje marchar?

AUGUSTA.

No debiera hacerlo. Por mi gusto le pondría á usted habitación en
esta casa, y no le permitiría salir sino para dar un corto paseíto
higiénico... Pero como se trata del catastro, que es una cosa muy
buena, no quiero que me llamen rémora; no debo ser obstáculo á los
progresos de la administración, y le doy á usted permiso para que se
largue con viento fresco, cuanto más pronto mejor. (_Villalonga é
Infante se despiden de Augusta. Un criado entra y habla en voz baja
con Orozco._)

AUGUSTA.

Ya está ahí. Tenemos el cometa en casa. Tomás, por Dios, mucho pulso.
Contente. Pon frenos y más frenos á tu bondad. Trátale como merece.
(_Para sí._) ¡Dios mío, qué intranquila estoy, y qué extraños, qué
indefinibles temores me acechan en las revueltas de mi conciencia!


ESCENA VII

Despacho en casa de Orozco.

OROZCO, JOAQUÍN VIERA.

VIERA, _abrazándole con efusión_.

¡Tomás de mi alma!...

OROZCO.

Joaquín.

VIERA.

¿De salud, bien? ¿Y tu mujer? ¡Siempre tan guapa, tan buena!...
Lástima que no tengáis hijos. La felicidad parece que no es completa
en el matrimonio, cuando no hay familia menuda que lo alegre, lo
adorne y lo santifique. Pero aún puede ser que... Sois muy jóvenes...
¡Qué placer me causa verte! Te conocí niño, después mozo, hombre
por fin; y las afecciones primeras se renuevan en el alma cuando
envejecemos. Tu padre y yo, más que amigos, fuimos hermanos, y á
ti te he mirado siempre como hijo. Abrázame otra vez. Sé que no me
tienes gran afecto; mas no por eso te retiro el mío, y me sirve de
consuelo el corresponder á tu tibieza con el ardor de mi cariño. Yo
soy así.

OROZCO.

Gracias. ¿Y qué es de la vida de usted?...

VIERA.

Hijo mío, mi vida es la continua privación de los bienes que apetece
mi alma. Nada más conforme á mi carácter que la estabilidad. Pues
heme aquí privado de los goces del hogar, errante por naciones
extranjeras, sin oir la voz de un ser amado, sin ver el rostro de
una persona de mi sangre y de mi raza. ¡Qué sino el mío, Tomás!
Tres grandes atractivos tiene la existencia para un hombre de mi
temple y mis inclinaciones: la familia en primer término; después la
tierra, ó sea la propiedad; después los libros, ó sea el estudio y
la contemplación de la Naturaleza. (_Con ternura y acento firme._)
Mi ideal de vida sería éste: mis hijos conmigo; debajo de mis pies,
un triste pedazo de suelo que cultivar, sin ambición, ni envidioso
ni envidiado; y como solaz, media docena de libros buenos. Créelo,
éstos son los únicos bienes apetecibles y además las únicas amistades
fecundas y verdaderas: la familia, manantial de goces infinitos; la
tierra, que te devuelve generosa los cuidados que pones en ella, y el
libro sano y ameno, que te deleita, te calma y te instruye. Pues nada
de esto me concede Dios á mí. Sin duda me priva de lo que más amo,
para concedérmelo en otro mundo mejor.

OROZCO.

Si los hechos correspondieran á las intenciones ó á las palabras, no
dudo que tendría usted todo eso que desea.

VIERA.

¡Los hechos, los hechos! ¿Sabes tú lo que has dicho? ¡Los hechos!
Eres feliz; heredaste una gran fortuna; te viste encarrilado desde
la niñez en la vida regular, y andas aún con la velocidad que te
imprimieron. Todo lo encuentras llano, fácil... Los hechos son para
ti una serie de movimientos maquinales, instintivos. Para los que
se impulsan á sí propios, los hechos son el movimiento externo, los
encontronazos, las sinuosidades del camino, pues de los obstáculos
mismos hay que valerse para dar un paso. Mis hechos, Tomás querido,
no son míos, y es injusticia juzgar estas cosas aisladamente.
Aprécialas en conjunto, abarca de una mirada el mecanismo social,
y fíjate en la posición que tenemos en él los desheredados de la
fortuna. Es preciso que todos vivamos, Tomás; no se ha hecho el mundo
sólo para que lo disfruten los capitalistas. Has visto en mí acciones
que te desagradan. ¿Pero tú, talento superior, alma elevada, aplicas
á todos los casos la moral cominera y menuda? No, hijo mío; á ti te
corresponde medir con la gran regla. Lo harías sin trabajo, si te
hubieras formado en la adversidad; pero tu talento debe suplir la
experiencia, que te falta. No me juzgues, por Dios, con el criterio
del vulgo necio. Tú no eres vulgo, Tomás, ni lo serás nunca, aunque
vivas en la atmósfera creada por él.

OROZCO, _con benevolencia_.

¡Lástima que ese gran ingenio no se emplee mejor! Suele ofrecernos la
humanidad este contraste, y es que la gente ordenada se cae de sosa,
y los traviesos y desarreglados tienen toda la sal de Dios. Sin
duda la vida aventurera, de arbitrios sutiles y de combinaciones muy
calculadas, fomenta en los hombres el donaire. No sé si Dios tendrá
dispuesto que la bohemia y los caracteres picarescos desaparezcan al
fin con la aplicación completa de la disciplina moral. Si así fuera,
¡qué lástima!, porque lo picaresco parece un elemento indispensable
en el organismo humano.

VIERA.

Sí, sí; es preciso que haya de todo, querido, y cree que el mundo no
ha de variar gran cosa en sus aspectos generales, por mucho que lo
pulimente el saber de los hombres, y eso que los periódicos llaman
conquistas de la civilización. La diversidad de medios de vivir ha
de corresponder siempre á la variedad y muchedumbre de caracteres y
de móviles. (_Con agudeza._) Si la moral de los catecismos llegara á
imperar en absoluto, y se acabaran la bohemia y la raza picaresca,
como tú has dicho, el mundo sería insoportable de insulsez. En
tal caso, la humanidad, harta de sí misma, se suicidaría, no por
individuos, sino por naciones; emplearíanse cantidades enormes de
dinamita para volar continentes enteros; nos aborreceríamos por
pueblos y por castas; nos cargaríamos tanto, que nuestras guerras
serían mil veces más feroces que las de los tiempos primitivos.

OROZCO, _riendo_.

Original, graciosísimo. Pero no perdamos tiempo, Joaquín, y sepamos
el objeto de su visita y de su viaje que, según parece, son uno mismo.

VIERA, _con emoción_, _estrechándole las manos_.

Mucho me duele que todas mis aproximaciones á ti tengan siempre un
objeto... poco grato, al menos en apariencia. No puedes figurarte la
pena que esto me causa.

OROZCO, _con serenidad_.

No se apure usted, y vea cuán tranquilo estoy. Si he de ser franco,
sus arranques de sensibilidad no me conmueven. Los miro como un medio
de insinuación, lo mismo que sus alardes de ingenio.

VIERA, _bajando los ojos_.

¡Oh!, no; te lo juro. Cree que siento en este instante una pena...

OROZCO.

¿Por qué?

VIERA.

Por lo desagradable del asunto que aquí me trae... Pero no creas;
también yo, con auxilio de mi razón, sé rehacerme y quitar á la
pena todo fundamento lógico, poniendo el acto este en su verdadero
terreno. Vamos á ver: si yo te asegurase que el asunto que aquí me
trae me parece, cuando pienso mucho en él, que envuelve un vivo
interés hacia ti, ¿qué dirías?

OROZCO, _riendo_.

Pues diría que me parece una cosa muy rara, y que sería preciso que
me lo probara usted para creerlo.

VIERA.

Te lo probaré, si tú me ayudas con tu buen juicio y tu manera amplia
de ver las cosas. El criterio vulgar diría que yo vengo á molestarte.
Si tú no fueras quien eres, lo creerías así. Siendo Tomás Orozco, no
lo puedes creer.

OROZCO.

Para que yo forme juicio, lo principal es que sepa claramente de qué
se trata.

VIERA.

Paciencia, amigo mío, paciencia. Eres un hombre superior. Si yo no
lo supiera por mi observación directa, lo sabría por la fama de
que gozas. (_Enfáticamente._) Inteligencia clara, puntos de vista
elevados, conocimiento de la realidad, ideas tolerantes; además, gran
corazón, abierto siempre á la indulgencia y á la piedad; honradez á
toda prueba, sentimiento vivo del decoro y de la posición, aptitud
grande para ver lo íntimo de las cosas...

OROZCO, _interrumpiéndole_.

Basta, basta de incienso.

VIERA.

Concluyo...; ya sé que el incienso te asfixia. Lo empleo como
argumento para decirte que siendo tú quien eres, la conciencia más
pura que hay bajo el sol, no has de tolerar nada contrario á la ley,
ni has de convertir en provecho tuyo la propiedad ajena; en suma, que
has de tener á gala y orgullo el devolver á sus verdaderos poseedores
lo que ilegítimamente, por olvido ó negligencia, no por malicia, está
en tu poder.

OROZCO, _agriamente_.

¿Y qué es eso que no me pertenece, y que yo retengo en mi poder?
Sepámoslo.

VIERA, _con la mano sobre el pecho_.

¿Dudas de mi palabra?

OROZCO.

¿Pues no he de dudar?

VIERA.

Pues mi palabra sola te ha de convencer, sin necesidad de apelar á
la prueba legal. Quiero darme el gusto de que te persuadas por lo
que yo te diga, porque tus dudas acerca de mi lealtad me lastiman
profundamente. Escúchame: ¿Te acuerdas de las obligaciones de
_Proctor y Barry_?

OROZCO, _reconcentrando sus ideas_.

Sí que me acuerdo. Todas fueron canceladas, parte hace diez años,
parte hace cinco. Sobre esto no tengo duda.

VIERA.

Todas menos una, Tomás; aguza la memoria. No se diga que estoy más
enterado de tus asuntos que tú mismo.

OROZCO.

Menos una, es cierto, que había sido reservada por el viejo Proctor
para su hija mayor, la cual tenía, además, una póliza de seguro en
la _Humanitaria_. Y la obligación esa, que no se presentó en tiempo
oportuno, se liquidó después al liquidar la póliza... Espere usted, á
ver si recuerdo bien. (_Confuso._) ¡Ah!, la liquidamos cuando murió
la hija de Proctor, allá en...

VIERA.

En Bombay. Pero no fué como tú dices, Tomás de mi vida: haz
memoria...; no fué así. Liquidasteis la póliza; pero la obligación,
que era de las de ocho mil libras, quedó pendiente por no encontrarse
el documento original. Se hizo una información, que no resultó clara,
y el asunto quedó en tal estado. Los Proctor murieron todos en una
serie de catástrofes y desgracias de familia. ¿No lo recuerdas?
Wigham, afectado de locura, se tiró al mar en la travesía de
Boulogne á Folkestone; Guillermo falleció de la disentería en Nueva
Zelanda; Isaac pereció en un naufragio...

OROZCO.

Sí, todo lo recuerdo; y la hermana murió á consecuencia de haberse
tragado un huesecillo de ave.

VIERA.

Sólo queda Benjamín, que ha recogido á los hijos de Adelaida Proctor.

OROZCO.

¿Y ese Benjamín es el que descubrió la obligación trasconejada?

VIERA.

Cierto.

OROZCO.

Comprendido. A ver... Venga, (_Con impaciencia.) _Quiero ver qué
trazas tiene ese documento.

VIERA, _flemático_.

Aguárdate un poco. Deseo prevenir todas tus suspicacias. Como no
podrás dudar de la autenticidad del documento, me vas á decir que ha
prescrito, pero yo te probaré que no.

OROZCO.

Seguramente ha prescrito. No habiéndose presentado en el arreglo de
1874...

VIERA.

Veo que tu memoria es flaca, querido Tomás, y que además, por querer
contradecirme, incurres en graves errores, de los cuales tu clara
inteligencia saldrá sin esfuerzo á poco que yo te ilumine. Recuerda
el caso aquel, bastante parecido á éste, en que creíamos todos que
la obligación del Banco de Navarra había prescrito, y el Tribunal
Supremo declaró que el plazo de prescripción de estas obligaciones no
podía depender de los plazos de arreglo que fijaran los liquidadores
de la _Humanitaria_. Es esto cierto, ¿sí ó no?

OROZCO, _meditabundo_.

Cierto es; pero enséñeme usted...

VIERA, _sacando un papel_.

Ahí está. Examínalo con la prolijidad que quieras. (_Mientras Orozco
examina con profunda atención el documento presentado por Viera,
éste se levanta y con las manos en los bolsillos se pasea por la
habitación, hablando para sí._) A ver por qué registro sales ahora,
jesuitón, cuáquero de mil demonios. Estás cogido. La red es hermosa,
y admirablemente tejida con hilos legales, y por más que la busques
no encontrarás malla rota para escabullirte. (_En alta voz._) ¿Qué
piensas de eso? ¿Cabe en ti la sospecha ó el recelo de que la
obligación pueda ser falsa?

OROZCO.

No; es legítima.

VIERA.

Luego yo no soy un falsario, querido Tomás. Devuélveme tu estimación,
porque..., dilo con franqueza..., cuando te anuncié mi visita
pensaste que yo te armaba alguna trampa como esas que se estudian en
los presidios, y que se llaman _entierros_.

OROZCO.

No pensé eso, aunque sí una cosa semejante.

VIERA, _suspirando_.

Estoy en desgracia contigo. Con todo, acabarás por reconocer que este
acto entraña un profundo interés hacia ti. (_Orozco hace un gesto de
asombro._) No, no hay que asustarse de lo que digo, ni tratarme como
á un loco que trastorna el sentido de los conceptos. Con la mayor
entereza y sinceridad del mundo, digo y repito que este paso que
doy, más debe ser por ti agradecido que vituperado. Tomás, te estoy
haciendo un notable servicio en la ocasión presente. (_Con gravedad
suma._) Este viaje mío y la presentación del documento que acredita
una deuda sagrada, son prueba clarísima de amistad y de la parte que
tienes en mis afectos, porque obrando así te ahorro mil disgustos,
y te facilito la solución de lo que podía ocasionarte un grave
conflicto.

OROZCO, _irónicamente_.

Gracias, gracias... Me enternece tamaña bondad. No le creí á usted
tan magnánimo, amigo Viera.

VIERA, _con afectada resignación_.

Júzgame como se te antoje.

OROZCO.

¿Cuánto tiempo ha empleado usted en Londres preparando este negocio?
Y para lanzarse á perseguir la obligación perdida, ¿vino usted de
Nueva York á Inglaterra hace tres meses? ¿Por cuánto la ha vendido
Benjamín Proctor?

VIERA, _secamente_.

No la he comprado. Tengo poderes del poseedor para gestionar el
pago..., ¿quieres verlos?..., y para proponerte un arreglo que te
facilite la cancelación.

OROZCO.

La deuda es legal: yo no lo niego; pero surge la duda de que esta
obligación esté comprendida en el arreglo que se hizo en 1874. La
cuestión no resulta tan clara como usted supone. Es, por lo menos,
discutible el derecho de Benjamín Proctor á realizar este crédito.

VIERA.

Él lo juzga clarísimo, y quería desde luego ponerte en un aprieto,
planteando la cuestión jurídica. Yo, que te conozco y sé tu horror á
la curia y al papel sellado, quise prestarte un servicio, y propuse
á Benjamín intentar directamente un arreglo amistoso. Discutimos
el caso; hícele ver las dificultades y dispendios de un pleito en
España; le ponderé tu carácter conciliador, inclinado siempre á la
justicia, y por fin convino en contentarse con la mitad, cuarenta mil
libras, al contado... Te juro, amigo de mi alma, que he puesto de mi
parte en este asunto una desinteresada adhesión á tu persona y una
defensa leal de tus intereses, pues la comisión que me da Proctor,
en caso de éxito, apenas me basta para los gastos de viaje. Ahora
resuelve tú. (_Se sienta._)

OROZCO, _levantándose, entrega la obligación á Viera_.

Tome usted su papel.

VIERA.

¿Qué decides?

OROZCO, _con frialdad y aplomo_.

Decido... no pagar.

VIERA.

¿No reconoces la legalidad de la deuda?

OROZCO.

La reconozco; pero la declaro prescrita.

VIERA, _desconcertado_.

Reflexiona, Tomás; no te arrebates... Piensa en la sentencia aquella
del Supremo. Benjamín pleiteará, y te verás metido en un lío
espantoso, y perderás con costas.

OROZCO, _paseándose y mirando al suelo_.

Lo veremos. La cuestión es muy problemática, pues podremos sostener
que la sentencia del Supremo sólo comprendía las obligaciones de la
serie D.

VIERA, _clavándole la mirada_.

Eso no puede sostenerse, Tomás; eso es absurdo. Reconoce la lealtad
de la intención con que me presento á ti, y confórmate con el arreglo
que te propongo.

OROZCO.

No quiero. (_Plantándose ante él, y resistiendo con fría tranquilidad
la penetrante mirada de Viera._) Y voy á explicarle á usted la razón
de esta resistencia que, según veo, le sorprende tanto. Es que me
he cansado del papel de hombre recto y juicioso, que la opinión
pública se ha empeñado en hacerme representar. He visto que la
rectitud, practicada tan en absoluto, me trae más males que bienes.
Y resulta una cosa, amigo Viera: antes que los atenienses se aburran
de oir llamar justo á Arístides, el mismo Arístides se ha cansado de
serlo, y quiere igualarse á los demás. Yo había dado en la manía de
no ir con el vulgo, y ahora caigo en la cuenta de que se va mejor
por el camino que traza la muchedumbre. ¿Qué tal? Esta salida ha
desconcertado al amigo Viera, al ingenioso arbitrista, al aventurero
sagaz. (_Con cruel humorismo._) ¡Ah!, usted no contaba con ésta,
¿verdad?; dígalo con franqueza; usted fiaba en la decantada severidad
de mis principios, en esa fama que me han dado algunos tontos, la
cual ha venido á cargarme tanto, pero tanto, que me propongo no
perdonar ocasión de desmentirla.

VIERA, _para sí, confuso y atortolado_.

¿Pero este hombre se está burlando de mí, ó qué es esto? (_Alto._)
Juraría que tu cerebro no está en perfecto estado de equilibrio.

OROZCO, _volviendo á pasear sin agitación, á ratos deteniéndose ante
el otro_.

Con el pensamiento me será muy fácil transportarme al ánimo del
astuto Viera, y reproducir la serie de juicios que han determinado
este acto. Vamos á ver: usted entendió que el amigo Orozco era un
ardiente puritano, capaz de dejarse desollar vivo antes que retener
un maravedí que no le perteneciese, y se dijo: «Este es el hombre
que me conviene á mí. Compro la obligación por una bicoca, y de fijo
no vacilarán en dármela, porque la cuestión es compleja y obscura, y
los ingleses pasan por todo antes que pleitear en España; me presento
con mis papeles en regla; el hombre se asusta; la conciencia se
sobrepone en él al interés; su inflexible noción del derecho hace
mi negocio; cobro á tocateja, y hasta otra.» ¿Es éste, sí ó no, el
verídico proceso de la intención y las ideas de usted?

VIERA, _redoblando su astucia_.

Te veo ciegamente entregado á tu imaginación, querido Tomás, y cuanto
has dicho es una fantasía loca. En mí no hubo ni hay más intento que
el de servirte y ahorrarte penas y dinero.

OROZCO.

Pues ahora resulta que el virtuoso y rígido, el hombre de conciencia
intachable no existe más que en la infundada creencia de los tontos
que han querido suponerle así; resulta que Orozco es como todos los
que le rodean, ni perverso, ni tampoco santo; que desea mantenerse
en el justo medio entre la tontería del bien absoluto y el egoísmo
brutal de otros; que no quiere dejarse explotar, sosteniendo el
derecho estricto y la moral pura en cuestiones de intereses; que
defiende su peculio, hasta donde pueda, con el criterio de la mayoría
de los hombres de negocios; de todo lo cual resulta también que al
trapisonda que me escucha le ha salido el tiro por la culata, y que
por esta vez su maniobra ha sido un verdadero fracaso.

VIERA, _tragando saliva_.

Tú harás lo que gustes, y podrás sostener, en lo referente á pago
de deudas, ese criterio tan distinto de tus ideas de toda la vida,
y que no es, por más que digas, el criterio de la mayoría de los
hombres de negocios. Yo he cumplido contigo. Fracasadas mis gestiones
conciliadoras, te entenderás con Benjamín Proctor, que inmediatamente
entablará la acción contra ti.

OROZCO, _resueltamente_.

Ese señor hará lo que le acomode, y yo también, y si quiere pleitear,
que pleitee, pues el asunto no es claro ni mucho menos.


ESCENA VIII

_Los mismos._ AUGUSTA, _que entreabre cautelosamente la puerta del
foro y permanece indecisa, escuchando, sin atreverse á entrar_.

AUGUSTA, _para sí_.

Mi marido alza la voz. No puedo vencer mi curiosidad. ¿Entraré? No me
atrevo. Parece que el cometa lleva la peor parte, y que no se sale
con la suya. Su cara revela contrariedad, la rabia del reptil que se
siente pisado.

VIERA, _con sofocada ira_.

¡Ay! Mi situación es sumamente penosa, pues si tú no fueras quien
eres, un amigo de toda la vida, casi un hijo para mí, yo te diría lo
que pienso acerca de esa singular manera de entender el derecho y de
apreciar la oportunidad para el pago de deudas sagradas.

OROZCO.

Es lo que me faltaba, que usted me diese lecciones de conducta.

VIERA.

Me vería obligado á dártelas si no cayeras pronto en la cuenta del
daño que te haces á ti mismo. Yo espero que serás razonable, Tomás,
y que no consentirás que yo vaya ahora á Benjamín Proctor y le diga:
«aquel hombre á quien creíamos la conciencia más pura del mundo es
un negociante vulgar, que se aprovecha de las obscuridades de la
ley y se apoya en los embrollos de la curia para no pagar. En él
hay más astucia que virtud, y tiene todas las marrullerías de un
tendero insolvente ó de un zurupeto intrigante.» Y á pesar mío, habré
de ayudar á tu acreedor á apretarte las clavijas, porque no puedo
negarme á poner al servicio de la justicia mi conocimiento de la
curia española y de cómo se llevan aquí los negocios de cierta clase.

OROZCO.

Muy bien. Póngase usted al servicio de Benjamín, y ármeme todas las
trampas curialescas que quiera. Todavía, si se me antoja, seré yo
capaz de cancelar la obligación por una cantidad doble de lo que dió
usted por ella...

VIERA.

¿Ya vienes con miserias? Tomás, me ofendes con proposición tan
humillante. Me equivoqué al suponerte prendas extraordinarias; no
quisiera equivocarme también, teniéndote por generoso y viendo la
mezquindad con que le regateas á este infeliz un pedazo de pan. Nada;
no hay arreglo posible. Pleitearemos; tú lo has querido. Si sobre
quedar por los suelos y echar al arroyo tu fama, tienes que pagar el
total de la obligación, y de añadidura las costas, no me culpes á mí,
que me propuse hacerte un favor y evitar el desdoro de tu nombre.

OROZCO.

Gracias... En pago de esa abnegación, ¿sabe usted á lo que me hallo
dispuesto? Pues muy sencillo. Si usted insiste en aburrirme y en
amenazarme, yo, el hombre comedido, el puritano, la conciencia recta
y pura, no tendré empacho de tomarme la justicia por mi cuenta
(_parándose ante él y accionando sin afectación y con flemática
tranquilidad_) ni de romperle á usted el bautismo, así, muy
sencillamente, á lo santo, sin escándalo y como quien no hace nada.

AUGUSTA, _para sí, con alegría_.

Bien, muy bien.

VIERA, _levantándose, demudado_.

Tomás. No puedo tolerar eso... No lo admito sino como broma..., una
broma de mal género.

AUGUSTA, _que avanza decidida, presentándose_.

Y si hace falta otro guapo, aquí está.

VIERA, _inclinándose con afectada etiqueta_.

Augusta, señora mía... ¡Qué á tiempo llega usted, como enviada por el
cielo, para librarme de esta fiera que tiene usted por esposo!...

AUGUSTA.

Aquí la fiera no es él...

VIERA, _con servilismo, y como queriendo echarlo á broma_.

Hija mía, si hasta se ha permitido amenazarme de palabra y de obra.
¡Qué bromas gasta este modelo de ciudadanos y espejo de marido!
No sabe usted bien cómo se ha puesto. ¡Caramba! Todo por una mala
interpretación de mis rectas intenciones... Por Dios... Sea usted
juez de esta contienda, Augusta, usted que es un ángel.

AUGUSTA.

¿Juez yo? No he pensado entrar nunca en la magistratura.

VIERA.

¡Ay! Horrible tortura es para mí verme mal juzgado por personas á
quienes tanto quiero; por personas que son en mi ánimo lo primero
del mundo, la crema, el cogollito de la humanidad. (_Aturdido y
descompuesto._) Augusta, ¿quiere usted que la entere del asunto
que me trae aquí? Apuesto mi cabeza á que lo ha de juzgar con más
serenidad que su digno esposo, el cual ha sido hoy muy cruel con
el compañero y socio de su padre... ¿Le parece á usted que merezco
yo, el primer amigo de la casa, ser tratado como un...? No, Tomás;
no es propio de ti ensañarte con el débil. Tu misma superioridad te
obligaba á la benevolencia.

OROZCO.

Evitemos discusiones. (_Con desagrado._) Todo lo que cabe decir
sobre esto, dicho está ya por una parte y otra. Se me ha hecho una
proposición, y yo no he querido admitirla.

VIERA, _humillándose_.

Augusta, intervenga usted con su buen juicio, con su templanza, con
su apacible y dulce trato, más propio de ángeles que de mujeres. Si
en ninguno de los dos encuentro la consideración que creo merecer,
si ambos me rechazan con la misma dureza, sólo me resta decirles que
aunque los dos se empeñen en ello, no conseguirán tener en mí un
enemigo. Amigo soy y amigo seré siempre, y pruebas he de darles de
mi cariño, superior á todas las injusticias y desdenes. Yo tendré
mis defectos; no quiero hacer mi apología; pero nadie conoció en mí
la ingratitud. Yo no puedo olvidar que debo mil atenciones á esta
pareja feliz; no puedo olvidar tampoco que mi hijo, que mi querido
hijo, es mirado en esta casa como un miembro de la familia...

AUGUSTA, _para sí y con sobresalto_.

¿Adonde irá á parar este tunante?

VIERA.

Los favores que el hijo merece desagravian al padre..., y me consuelo
del mal trato viendo que en él se deposita la confianza que á mí se
me niega.

AUGUSTA.

No habiendo semejanza en la conducta, no puede haberla en... lo demás.

OROZCO.

Tiene razón.

VIERA.

Augusta siempre la tiene. Es la pura discreción, y yo acepto los
juicios que se digne formar de mí. Tomás, no debe ser implacable
con los débiles el hombre que ha recibido de la Providencia tantos
beneficios. Yo quisiera saber si hay algún bien de los concedidos
á la humanidad que tú no disfrutes. Y el mayor de todos, el que
remata y compendia todas tus felicidades es esta perla, este galardón
del cielo, esta mujer incomparable que más parece sobrenatural que
humana.

AUGUSTA.

Basta de flores... No me gustan fuera de tiempo.

VIERA.

Lo supongo. Si no fuera usted modesta, no sería lo que es. (_Con
refinada habilidad._) Tomás, la presencia de este ángel suaviza las
asperezas entre tú y yo. No me lo niegues. Te has humanizado desde
que ella entró.

OROZCO.

¡Válganos Dios! Si no es eso... Mi mujer, siempre que usted me hace
alguna visita, teme que yo le reciba con demasiada benevolencia.

VIERA.

¿Es cierto eso, Augusta?

AUGUSTA.

Ciertísimo.

VIERA.

No me doy por vencido. ¡De este modo, ingrata, paga usted los elogios
que le hice y los piropos que le eché!... ¡Ay, qué mala se va usted
volviendo! Tomás, Tomás, ten cuidado con ella.

AUGUSTA, _para sí_.

No puedo resistir el cinismo de este hombre.

VIERA.

Paciencia. He caído en esta casa con mala suerte. Recibís como á
enemigo al que viene con bandera de paz... (_Para sí._) Si no recojo
velas estoy perdido. (_Alto._) Tomás, ¿quieres que aplacemos para
otro día la cuestión que ha dado motivo á estas diferencias, y no
pensemos más que en renovar nuestra antigua amistad, en gozar de ella
como de un bien inapreciable? Yo tengo debilidad por ti, Tomás; yo te
quiero como á mi hijo...

OROZCO.

La comparación no resulta, porque es dudoso que usted quiera bien á
sus hijos.

VIERA, _aparte_.

Este cuáquero maldito me tapa todas las brechas... (_Alto._) ¡Si me
niegas hasta los sentimientos primordiales del hombre, entonces...!
(_Con fingida pena._) Amigo mío, quizás sin mala intención me estás
agraviando, sí, con verdadera saña. Tú no sabes lo que es amor de
hijos, porque no los tienes. En tu hogar falta la alegría, que es
fuente de la piedad y de la indulgencia. Augusta, ¿por qué no ha dado
usted familia menuda á este hombre? Amiga mía, yo quería encontrar á
usted un defecto, y al fin he dado con él. Si en este hogar hubiera
hijos, el pobre amigo menesteroso no sería recibido tan mal.

AUGUSTA.

Si doy ó no doy hijos á mi marido, eso no es cuenta de usted.

VIERA.

¡Quién sabe si se los dará todavía! Yo espero que sí. Hago votos
porque así sea.

AUGUSTA, _para sí_.

Su sarcasmo me envenena la sangre. (_Alto._) Me parece que esta
conversación es bastante impertinente.

VIERA, _para sí, con rabia_.

¡Grandísima tal, hállome atado de pies y manos ante ti, por
desconocer los enredos que de fijo tienes!

OROZCO.

Demos por terminado este asunto, y que esta conferencia sea la
primera y la última. Yo escribiré á usted, y le haré una proposición.
Si la acepta, bien, y si no, tiene el camino libre para proceder como
quiera.

VIERA.

_All right..._ He tenido la desgracia de encontrar aquí los corazones
abroquelados contra mi cariño. El uno con su desconfianza y la
otra con su huraña virtud, no han sabido comprender el celo y la
abnegación con que les sirvo. (_Afectando dignidad._) Está bien;
por eso no dejaré yo de ser quien soy. Mi conducta no variará. Soy
incapaz de venganza, y aunque sintiera estímulos de maldad, no los
dirigiría nunca contra personas para mí tan caras, contra personas
que considero buenas, deplorando su obcecación. Tomás, no te
molestará más este amigo, á quien no quieres comprender. Aguardo
en mi casa, hasta mañana, la proposición que te dignes hacerme.
Quédate con Dios... (_Da la mano á Orozco. Éste se la estrecha con
frialdad._) ¡Qué triste me voy... y qué daño me has hecho! (_Con
emoción muy bien fingida._) Dios te lo perdone. Y usted, Augusta,
sea feliz, ignore siempre cuánto me duelen sus palabras incisivas y
desdeñosas, y siga siendo compañera de este buen hombre, siga siendo
ornamento de la sociedad y orgullo de su familia y de sus amigos.
Dios quiera que pueda apreciar algún día que este infeliz no merece
ser recibido tan mal. Adiós. (_Retírase afectando profunda aflicción.
Para sí, en la puerta._) ¡Negocio destripado!... ¡Maldita sea mi
suerte, y mala peste os devore, cuáquero indecente y virtud relamida!
Si buen punto es él, buena punta es ella... Volveré. (_Sale._)


ESCENA IX

AUGUSTA, OROZCO.

OROZCO.

¿Has visto qué farsante, qué monstruo de astucia?

AUGUSTA, _recostándose en un sillón_.

Deja, deja que me reponga del terror que me causa. No lo puedo
remediar.

OROZCO.

¿Terror, por qué? A mí me causa risa. Es un histrión perfecto; pero
yo le calo la intención; la máscara que usa se transparenta á mis
ojos, y veo la cara del truhán verdadero bajo las muecas del falso
amigo.

AUGUSTA.

¡Qué hombre! Cuéntame. ¿Qué te proponía? Yo rabiaba de curiosidad, y
abrí un poco la puerta. Pero no pude enterarme bien... Creí entender
algo de una obligación olvidada.

OROZCO.

De las que llamamos _Proctor y Barry_.

AUGUSTA.

¿Pero es legítima? Porque ese pillo sería capaz de falsificar la
escritura como falsifica los sentimientos.

OROZCO, _pensativo_.

Es legítima. No creas que me pesa su descubrimiento. Puesto que la
obligación existía, vale más que se presente de una vez. Tengo la
seguridad de que no hay ninguna otra. Respecto á si ha prescrito ó
no, puede haber dudas, y de fijo un abogado travieso, con el sin fin
de leyes y disposiciones que rigen sobre la materia, encontraría
fundamentos legales en que apoyar la no cancelación.

AUGUSTA.

Yo temí que tu bondad te llevara á transigir; recelé que tus
escrúpulos de conciencia pudieran más que el sentido práctico de la
justicia. Pero he visto con gusto que por esta vez has puesto á un
lado tus filosofías, y que te resistes á pagar una deuda prescrita.

OROZCO, _después de una pausa_.

Hija mía, estás en un error. No has penetrado mi pensamiento.

AUGUSTA, _alarmada_.

Pues ¿entonces...?

OROZCO.

Aunque, contando con el dédalo de nuestras leyes, pudiera sostenerse
la prescripción, yo no la admito, no puedo admitirla, y el crédito
ese, como deuda sagrada, debe pagarse.

AUGUSTA, _cruzando las manos_.

¡Dios mío, ten piedad de mi pobre marido que ha perdido la razón!

OROZCO.

No digas disparates, ni juzgues tan de ligero lo que no has
comprendido bien todavía. Voy á explicarte mi pensamiento, y el plan
que he concebido...

AUGUSTA, _inquietísima_.

Tomás de mi alma, ¿serás capaz de dejarte coger en las malvadas redes
de ese miserable? ¿Serás capaz de dejarte conmover por su refinada
astucia y por su adulación infame?

OROZCO.

No te acalores antes de enterarte bien...

AUGUSTA.

Es que te veo al borde del abismo de tu bondad, de esa bondad que es
una desdicha, créelo, un pecado, una sugestión satánica...

OROZCO.

Ten calma, mujer.

AUGUSTA, _levantándose_.

No puedo tenerla. Tu filantropía ha venido á ser una verdadera
demencia. ¡Tomás, Tomás!

OROZCO.

Si no te callas y me oyes, no nos entenderemos.

AUGUSTA, _disparada_.

Imposible que nos entendamos, si no te curas de esa manía de la
bondad y de la indulgencia... Consulta el caso con papá, con Manolo
Infante, con todos nuestros amigos, y verás como todos me dan la
razón; verás como te aconsejan no reconocer la validez de ese
papelote que te ha presentado el monstruo. Esas deudas fiambres,
obscuras y antediluvianas no se reconocen nunca, Tomás. Sólo los
inocentes, los dejados de la mano de Dios, incurren en la tontería de
hacer de ellas un caso de conciencia. (_Con sarcástico acento._) En
una palabra, que quieren darte un timo, y tú, como esos que creen en
la paparrucha del dinero enterrado, aceptas el negocio.

OROZCO.

Estás graciosa, vida mía, y te oigo con muchísimo placer. Pero todo
te lo dices tú, y así no hay discusión posible.

AUGUSTA.

Pues habla..., explícate.

OROZCO.

Ante todo, no apoyes tu idea con el argumento de que debo hacer tal
cosa porque la hacen los demás. Hija de mi alma, sería insoportable
este plantón de la vida terrestre, si no se permitiera uno, de vez en
cuando, la humorada de hacer algo diferente de las acciones comunes y
vulgares. El papel de comparsa no me ha gustado nunca. Tampoco debes
ponerme delante de los ojos, como un emblema de sabiduría, la opinión
de tu padre, de Manolo Infante y de otros amigos. Sin ser vanidoso,
me precio de entender estas cosas mejor que ellos.

AUGUSTA.

Pues si esas opiniones no valen, valga la mía, y la mía es que no
pagues á ese pillo.

OROZCO, _sereno y sonriente_.

Pero si yo no te he dicho que pagaré á ese pillo, ni á ningún pillo.

AUGUSTA.

Has dicho que la deuda es sagrada...

OROZCO.

Y lo repito. Y añado que esa obligación pendiente pesa sobre mi
conciencia, y que no estaré tranquilo hasta que de ella no me
descargue.

AUGUSTA.

¡La conciencia! Grandes y bellas cosas ha hecho la humanidad en su
nombre; pero también, también hay que poner tonterías muy gordas en
el haber de los espíritus menguados, de esos que adoran la letra
de la ley... Explícate. ¿Quieres decir que alivias tu conciencia
pagando?...

OROZCO.

Pagando, sí; pero no he dicho que á Viera.

AUGUSTA.

Eso sí que no lo entiendo. ¿Es ó no Viera poseedor legítimo de la
obligación?

OROZCO.

Lo es. Antes que él entrase á verme ya sabía yo á qué venía, porque
hoy recibí carta de Horacio Miller, en la cual me dice que Viera
compró esta obligación por un quince por ciento de su valor nominal.
Lo supo por confidencia del propio Benjamín.

AUGUSTA.

¡Ah!... ¿Y piensas, para evitar disgustos, recogerla de manos
de Viera por el mismo quince por ciento y un poquito más, como
comisión? Falta que él quiera; pero en estos términos, sólo en estos
términos admito la idea de pagar. ¿Es esto lo que piensas tú?...
Dímelo pronto.

OROZCO.

No es eso. Pienso pagar íntegramente el valor nominal.

AUGUSTA.

¡Íntegramente! (_Consternada._) ¡Ay!, hijo de mi vida, yo voy á
buscar un médico. Tú estás malo de la cabeza... Por Dios, no hagas
tal disparate. (_Con ternura._) Ya ves, nunca hemos reñido. Todos
tus actos han sido aprobados y aplaudidos por mí. Verdad que siempre
fueron buenos; pero aunque no lo hubiesen sido, el cariño que te
tengo me los habría hecho ver como la misma perfección. Este acto
de ahora resulta de tal modo contrario á lo que yo entiendo por
bondad, que me veo en el caso de reprobártelo con todas mis fuerzas.
Y muy á pesar mío, sintiendo mucho disgustarte, me enfadaré contigo,
disputaré, chillaré, no te dejaré vivir; y ya no habrá en nuestra
vida común la paz de que hemos gozado durante ocho años; y todo será
discordia, rozamientos, tú por un lado, yo por otro, siempre de
puntas...

OROZCO.

¡Quién sabe! Puede que no.

AUGUSTA.

Me haré insoportable. Tendrás en mí un censor agrio, displicente,
quisquilloso... En fin, Tomás, que me tendrás que preferir á tu
conciencia, con tal de no ver tu casa convertida en una jaula de
leones.

OROZCO, _sonriendo_.

Sentiré mucho que te me insubordines; pero si lo haces, lo llevaré
con paciencia. He meditado bien la solución de este asunto, y puedes
tener la seguridad de que será un hecho.

AUGUSTA.

¿Contra mi voluntad?

OROZCO, _cariñosamente_.

De acuerdo con ella, porque he de convencerte, y en vez de tener
en ti una censora impertinente, tendré un apoyo decidido. Ven acá.
Siéntate aquí. (_Se sientan ambos._) ¿Hay mayor gloria, hay dicha
mayor que poder realizar un acto, en el cual resplandezca ese ideal
de justicia que rara vez se nos ofrece en el mundo en condiciones
fácilmente practicables? Hablo con una persona que sabe elevarse
sobre las ideas y las pasiones del vulgo, y me parece que seré
comprendido. Si no, peor para ti.

AUGUSTA.

Hasta ahora, no entiendo ni pizca.

OROZCO.

Esta aparición del cometa Viera es un hecho feliz, dispuesto para la
rectificación de uno de esos errores ó anomalías de la existencia
humana que nos hacen dudar de la Providencia. Vemos cosas en el
mundo, que parecen organizadas por el mal y para el mal; injusticias
que por su enormidad repugnan á la razón y al sentimiento; los
perversos imponiéndose á los honrados, y obligándoles á dejar de
serlo; los de condición benigna incapacitados de obrar bien, por las
influencias que les rodean. No desconocerás el poder y la importancia
de los bienes materiales en el orden de la vida. Las materialidades
mal repartidas, como por desgracia lo están, trastornan y aniquilan
el bien espiritual; y así, cuando se consigue rectificar, siquiera
sea mínimamente, esta calamitosa distribución del bienestar positivo,
se presta á la humanidad un servicio inmenso.

AUGUSTA, _para sí_.

No estoy segura de comprender adonde va á parar con esto. ¿Tiene
algún sentido lo que dice, ó es una sinrazón, una efervescencia del
talento descompuesto? (_Alto._) Querido, lo que dices significa, si
no soy tonta, que en el mundo hay muchos que carecen de lo que á
otros les sobra. Eso ya lo sabíamos, y es cosa resuelta que no está
en manos humanas el remediar ciertas desigualdades.

OROZCO.

A veces falla esa regla pesimista, y es lástima no intentar el
remedio cuando de ello hay ocasión. Examinemos el caso este
concretamente y con la pura lógica. Después vendrá su aplicación
á la práctica. Fíjate bien: la suma que representa la obligación
de Benjamín Proctor es una cantidad negativa en nuestra riqueza,
un _menos tanto_. Esa cantidad debió ser abonada íntegra por mí, y
no lo ha sido. Luego la retengo indebidamente en mi poder, no me
pertenece... Esto es claro como el agua.

AUGUSTA.

En absoluto, sí.

OROZCO.

Ya llegaremos á lo relativo. Sígueme ahora y calla. Conste que, en
principio, esa suma no me pertenece. La razón es razón, y la lógica,
lógica, y los números, números.

AUGUSTA.

Pero...

OROZCO.

Cállate. Que Benjamín Proctor haya vendido su deuda á Joaquín Viera,
eso no es cuenta mía. El valor legal del crédito no crece ni mengua
por los contratos á que da lugar, ni por las condiciones morales
del poseedor. Que éste sea un modelo de honradez ó un pícaro
redomado, no da ni quita la más mínima cifra al valor numérico de
la deuda. Nada podrás objetar á esto. Por consiguiente, la cantidad
representada por la obligación no es mía en este instante, sino de
Joaquín Viera.

AUGUSTA, _rebelde á la lógica_.

Pero, hijo mío, en la vida, en esta vida humana tan compleja, ¿se
puede razonar de ese modo? ¿Se han tratado así los negocios alguna
vez? Los escritorios de las casas de banca y de comercio, ¿están
poblados de ángeles, ó son hombres los que en ellos trabajan?

OROZCO.

Yo sé lo que son, tonta. Déjame concluir. Quedamos en que soy
deudor de Joaquín Viera; que éste es mi _inglés_ neto, y que no hay
lógica divina ni humana que me libre del deber de darle lo suyo.
Cierto que yo podría, sin escandalizar al mundo, defenderme del
pago amparándome en la ley, mejor dicho, haciéndome el perdidizo en
la selva intrincada de nuestras leyes. Éstas, y más aún la curia,
con sus tramitaciones y diligencias inacabables y el embrollo que
de ellas resulta, me favorecerían, bien para no pagar, bien para
hacer un arreglo que redujese el desembolso á una mínima cantidad.
Esto se hace siempre. Alegando mil razones jurídicas y veinte mil
argumentos de sofistería forense, conseguiríamos no pagar ó pagar
muy poco. De seguro que Joaquín llevaría la peor parte en una
contienda ante los tribunales, y no sabría salir, como yo, del bosque
espesísimo de nuestro enjuiciamiento civil. Pero yo, en conciencia,
no puedo ni debo aminorar mis obligaciones pleiteando. Prefiero pagar
íntegramente á pagar un poco al acreedor y un mucho á la curia. Dejo
á un lado el amor propio; reconozco el crédito, y lo que no es mío no
debe estar en mi poder.

AUGUSTA.

Volvemos á lo mismo, á que caes en las redes del monstruo ese, y le
regalas... (_con irritación_), porque esto es regalar, Tomás, esto es
proteger á los caballeros de industria.

OROZCO.

No, vida mía, porque yo no pagaré al caballero de industria sino poco
más, muy poco más de lo que él ha dado á Benjamín Proctor.

AUGUSTA.

Entonces no pagas íntegramente.

OROZCO.

Sí, pagaré íntegramente; pero no á Joaquín.

AUGUSTA, _confusa_.

No te entiendo. ¿Pues no dices que es el único poseedor legítimo?

OROZCO.

Sí, hija mía. Pero aquí entra lo relativo; aquí cesa de funcionar
la letra de la ley moral, y entra en funciones el espíritu. ¿No
hemos convenido en que Joaquín es un monstruo? Entre las muchas
responsabilidades que tiene ante Dios y los hombres, la más notoria
es la perversa educación que á sus hijos dió, el abandono en que los
ha tenido, faltos de medios de subsistencia. Esta penuria ha motivado
lentamente en Federico ciertos hábitos de mal género, el desorden y
angustias humillantes de su vida; en Clotilde, su indecorosa manera
de buscar marido. El enmendar la obra de Joaquín Viera, ¿no es por
ventura un acto de alta justicia, de esa justicia que antes llamé
relativa, y que viene á resultar absoluta, de lo más absoluto que
podemos concebir? (_Augusta no dice nada. Su estupefacción la hace
enmudecer._) ¿Comprendes ahora mi pensamiento, tonta? Yo propondré
al monstruo pagarle el veinticinco por ciento de su crédito, y tengo
la seguridad de que acepta. Gana un diez por ciento, si es que llegó
á dar el quince, que yo lo dudo. La aspereza con que le recibí le
habrá quitado toda esperanza de mejor arreglo, y no se lanza él á
los azares de un pleito obscuro y de éxito dudoso. Como hombre muy
necesitado, que vive siempre al día, es de los que prefieren pájaro
en mano á ciento volando. Le conozco bien, y estoy segurísimo de
que aceptará. Pues bien, con el resto, hasta el total del importe
de la obligación, constituiré un fondo que asegure á Federico y
á Clotilde una renta decorosa, poniéndolo á su nombre en títulos
intransferibles. Federico podrá vivir de este modo en modesta
holgura, y si es hombre capaz de apreciar los beneficios de la vida
ordenada, no dudo que su nueva situación bastará á corregirle de
ciertos resabios. He pensado también que la distribución no debe,
en justicia, hacerse por partes iguales, porque Federico tiene
deudas y Clotilde no. Además, el que será marido de ésta dispone de
otros medios de vivir, que á su cuñado le faltan, por lo cual juzgo
equitativo asignar á Federico dos partes y una á Clotilde. Detalle es
éste discutible, y que podrá modificarse con los reparos que pongas á
mi plan, del cual has dicho tantas perrerías antes de conocerlo.

AUGUSTA, _en un rapto de entusiasmo_.

Tomás, hay que rendirse á tu bondad y á tu entendimiento, que ya
me parecen sobrenaturales... ¡Qué hombre! ¡Qué gloria para mí
tenerte!... (_Le abraza con efusión._) Debo adorarte de rodillas...
¡Qué grande eres!

OROZCO.

¿Apruebas mi plan?

AUGUSTA.

¿Cómo no? (_Llora._) ¿Ves? Se me saltan las lágrimas de alegría...,
de admiración... (_Para sí, conteniéndose._) ¡Dios mío..., me
estoy vendiendo..., qué indiscreta soy! (_Alto._) Pero no... Si tu
increíble generosidad me entusiasma como rasgo de exaltada simpatía
humana, con la fría razón, como esposa tuya, debo decir que me
parece un acto de... de hermosa locura..., un disparate que raya en
lo sublime. (_Confundida._) En fin, todo lo que quieras. Nunca me
opondré á tu voluntad en cosas de esta naturaleza. Cuanto imagines
será acertado y merecerá mi aprobación.

OROZCO.

Ahora sólo falta que el tontín de Federico, con su carácter
susceptible y vidrioso, nos suscite dificultades. Todo podría ser.
Hay que salirle al encuentro. Háblale tú. Preséntale la cuestión con
tacto y diplomacia.

AUGUSTA.

¿Yo...? (_Cortada._)

OROZCO.

Y te encargo expresamente que procures alejar de su ánimo toda idea
de gratitud.

AUGUSTA.

¡Por María Santísima, Tomás! ¿Cómo pretendes que no agradezca...?
¿Quieres que sea tan monstruo como su padre?

OROZCO.

No es eso. Que agradezca en su fuero interno todo cuanto le plazca;
pero que no lo manifieste á nadie, y menos á mí. Me gustaría que no
viese en esto una generosidad mía, sino un caso legal. Persuádase
de que el donativo le viene de su padre, no por voluntad de éste,
sino por una combinación que los favorecidos no deben examinar ni
discutir... En fin, que no puedo descender á estos pormenores.
Fácilmente concibo una idea, y la convierto en hecho con poderosa
voluntad; pero en la aplicación flaqueo..., lo reconozco. (_Con
inquietud._) Encárgate tú de estas menudencias de la realidad.
Hazle ver que esto no es donación, que es más bien una triquiñuela
encaminada á fines de justicia... (_Nota que Augusta, profundamente
pensativa, no presta atención á sus palabras._) ¿Te enteras de lo que
digo? ¿En qué estás pensando?

AUGUSTA, _turbada_.

Nada...; pensaba... Sí... te escucho... Justo, una triquiñuela...
Perfectamente. Estamos conformes.

OROZCO.

Mis pretensiones van más lejos aún. Yo aspiro á que Federico y
Clotilde se reconcilien, á que vivan juntos los dos, es decir, los
tres, y que Santanita y Federico se miren como lo que deben ser,
como hermanos.

AUGUSTA.

Paréceme mucho pretender, Tomás.

OROZCO.

Te advierto que Santana es una gran capacidad para la administración.
Yo que Federico, me entregaría á él en cuerpo y alma para el gobierno
de mi casa y de mis intereses. Conviene indicarle esto para que se
vaya acostumbrando á la idea de las paces con sus hermanos.

AUGUSTA, _dando un gran suspiro_.

¡Ay, nobles ideas; pero qué inmateriales, querido! Son como formas
vaporosas que parecen figuras. Intentamos cogerlas, y se nos
desvanecen entre los dedos.

OROZCO.

Sutil estás.

AUGUSTA.

¿Quién no lo estará oyéndote? Inspiración contagiosa. Tu pensamiento
brilla demasiado para que en mí no se refleje algo de su luz. Mi
desgracia es que no puedo seguirte á esas esferas del bien supremo.
Veo la realidad mejor y más de cerca que tú, porque soy peor que
tú, claro está, y porque vivo más próxima al suelo. Tu proyecto
de reconciliar á Federico con Santanita, y de que vivan juntos y
confundan sus intereses, me parece un delirio.

OROZCO.

Soluciones que en principio nos parecen irrealizables, en la
práctica y por suave gradación llegan á ser posibles y aun fáciles.
Sé que Federico, al pronto, se sublevará; pero hay que empezar por
manifestarle este proyecto y sugerirle la reconciliación. Abordemos
la delicada empresa... (_Con una idea repentina._) Convendría
enterarle por escrito...

AUGUSTA, _vivamente_.

¡Ah!, sí, yo le escribiré... Es mejor; así se expresan las ideas con
claridad y se dice lo que conviene. Déjalo de mi cuenta. (_Turbada y
desanimándose._) Pero no..., no sé... ¡Ah!, Tomás, yo dudo mucho que
ese hombre...

OROZCO.

La rutina se rebela contra el bien, harto lo sé, como el niño que se
resiste á tomar las medicinas. Pero es nuestro deber mandarle que
las tome. Se me figura que dando á todos los medios de vivir bien y
de ser felices, es imposible que ellos se obstinen en amarrarse á
la desgracia. El bienestar lleva en sí mismo una fuerza persuasiva
incontrastable. Yo tengo fe, y nadie me quita este placer íntimo,
este regocijo de conciencia, por haber intentado corregir, con
medios prácticos, una grave anomalía social. Créelo, hija mía:
el único goce efectivo es éste. Lo demás es miseria, pequeñez,
satisfacción de antojos pueriles... (_Se sienta junto á la chimenea,
y contemplando el fuego, cae en profunda meditación._)

AUGUSTA, _para sí, observándole con fijeza y temor_.

Inquietud vivísima llena mi alma. No sé qué siento; no sé qué temo.
¿Esto que veo es grandeza de alma en su grado mayor, ó ebullición
intelectual producida por un desquiciamiento del cerebro? ¿Serás tú
la perfección humana, y no podré yo comprenderte por ser, como soy,
tan imperfecta? (_Con exaltación._) Impulsos siento de adorarte, como
adoramos á los seres sobrenaturales; y de rodillas ante ti, como
si estuvieras en un altar, te diría que nada hay entre tú y yo que
nos una, nada que humanamente nos ligue, nada más que el lazo del
culto que te debo y que te tributaré. Soy poco para ti en el orden
espiritual, porque soy simplemente una mujer. Eres mucho para mí,
porque has dejado de ser un hombre.

_Pone la mano sobre la cabeza de Orozco, el cual, profundamente
abstraído, parece no darse cuenta de la proximidad de su esposa._



JORNADA CUARTA


ESCENA PRIMERA

Vestíbulo del teatro Real.

MALIBRÁN, _paseándose de largo á largo, abstraído. Saluda
maquinalmente á alguna de las personas que entran dirigiéndose á la
puerta central de butacas ó á la escalera de palcos_.

¡Cuánto tarda! ¿Si no vendrá?.. (_Mira su reloj._) No son más que las
nueve y media. Rabio por darle á entender con un par de reticencias
buenas, pero buenas, de las que yo echo... cuando me pisan... que
le he descubierto la madriguera. ¡Caramba! ¡No me ha costado pocos
plantones, ni han sido breves los ratos de espionaje! Y yo me
pregunto: ¿qué sentimiento me impulsa á obrar así? ¿Será el despecho?
¿Y qué quiere decir despecho? No; muéveme la suprema ley de amor
propio, reguladora de todo el vivir humano... Esa tonta me desairó;
no supo apreciarme en lo que valgo, y debo hacerle comprender que no
se juega impunemente con una persona como esta que aquí se pasea. Lo
mejor es que, sin habérmelo propuesto, realizo un acto de justicia,
y heme aquí persiguiendo el crimen, desenmascarándolo y poniéndoselo
delante á quien debe y puede castigarlo. Porque yo no pararé hasta
no abrir los ojos á ese Orozco bendito, que para todo tiene vista de
lince y sólo para las desviaciones de su mujer padece de cataratas.
¡Yo se las batiré, como hay Dios!... (_Frunciendo el ceño._) ¿Pero
qué vocecilla impertinente se permite susurrar dentro de mí que esta
es una empresa de perfidia y traición? ¡Bah! Resabios de la moral
infantil, de todo ese estúpido fárrago de instrucción primaria que le
meten á uno en el cuerpo antes de poder distinguir racionalmente el
mal del bien. No; seamos justos con nosotros mismos: en lo que traigo
entre manos, veamos un propósito de reparación y de alta moralidad...
¡Cuidado si es torpe la conducta de esa mujer! Si al menos faltase
conmigo á sus deberes, conmigo, que descuello sobre el vulgo por
la superioridad y la extensión de mis talentos, por mi figura...
(_Parándose brevemente ante un espejo, al dar la vuelta._) Sobre
esto no cabe duda. Yo sostengo que una de las cosas más relativas
que hay en el mundo es la moral del amor y del matrimonio. Las
faltas de más grave apariencia dejan de serlo, ó se atenúan, cuando
ponen de manifiesto el buen gusto de la culpable. ¡Pero caerse del
lado de ese vulgar y trapacero, de ese zángano, de ese ignorantón
de Federico!... ¡Qué ignominia! El grado de responsabilidad de la
mujer que se desvía, depende de la buena ó mala mano que tenga para
elegir. ¡Gallarda interpretación de la ley, que sólo podemos hacer
los que gastamos filosofías muy finas y muy hondas! Me atrevería yo á
desarrollar esta tesis y á convencer á la humanidad del alto sentido
que encierra... (_Parándose otra vez ante el espejo._) Para eso se
necesita talento, y tú le tienes... (_Sigue paseando._) ¡Qué guapo
soy! Y sobre ser tan guapo, llevo estampada en esta cara la sutileza
y finura de mi crítica moral y social. Y á modales, ¿quién me gana?
¡Caracoles, qué modales y qué distinción! Yo mismo, con estas rutinas
cursis de la modestia, no me doy cuenta de mis atractivos personales
sino por los efectos que causa en el mujerío. ¡Ay! Esta tontuela
de Augusta me pagará su necedad... La he cogido, ¡pero qué bien!,
en su propia trampa. ¡Y cuidado si tomaron precauciones los muy
zorros! ¡Escondrijitos á mí! No, conmigo no os valdría el ocultaros
en el centro de la tierra... ¡Vaya que tiene suerte ese botarate
de Federico! A lo que él va, ya lo sé yo: á buscar quien le pague
las trampas. Ya estoy viendo las partidas que la señora le carga en
cuenta á su marido por el capítulo de alfileres... No están malos
alfileres, bribona, los que tú gastas... ¡Qué obcecación de mujer!...
¡Simpleza mayor que no quererme á mí! Lo que yo digo: es estúpida,
de lo más estúpido, de lo más negado que Dios ha echado al mundo.
Sólo tiene aquel barnicillo de cultura, graciosa y chispeante...
¿Pero qué puede esperarse de una mujer que dice que le gusta el
barroquismo, de una mujer que aborrece el arte ojival, que detesta
á los místicos y á los dramaturgos, y pone en solfa á Rafael y á
Racine?...


ESCENA II

_El mismo._ CISNEROS, VILLALONGA.

CISNEROS, _por Malibrán_.

Aquí le tiene usted. Con esa carita de _santi boniti barati_, es el
más desorejado galopín que anda por estas tierras.

VILLALONGA.

Y el corruptor de las personas graves y sesudas como yo. Este fué el
que me arrastró á la _juerga_ de anoche, de que le hablaba á usted
hace un momento.

MALIBRÁN.

No, D. Carlos, él fué mi Mefistófeles. Yo estoy en mi oficina tan
tranquilo, y se aparece allí este genio del mal y me saca por los
cabellos para llevarme á lugares nefandos. No hay defensa contra él,
y esas canas que gasta le sirven para engañar más fácilmente á los
jóvenes inexpertos como yo.

CISNEROS.

Buen par de tomos están los dos, el uno con sus honradas canas
y el otro con sus cuernecitos ó sortijillas sobre la frente...
(_Observando el pelo de Malibrán._) Y á mí no me la da usted,
Cornelio; usted se tiñe el pelo y la barba.

MALIBRÁN, _bromeando_.

Ya lo creo. Con la tinta del tintero. Vaya, no sea usted envidioso,
Carlitos, y resígnese á su vejez caduca. Villalonga y yo somos pollos
tiernos todavía, aunque usted no quiera.

CISNEROS.

Sí, ya sé que anoche os habéis puesto como pellejos en casa de _La
Peri_.

MALIBRÁN.

¿Quién se lo ha contado á usted?

CISNEROS.

Este felpudo. Por supuesto, no me digáis á mí que os divertís los
muchachos ó viejos verdes de esta generación. Ya no hay alegría, ya
no existe el dulce humor, ni el delirio de bacanal de otros tiempos.
Desde que ha cundido esto que llaman ilustración, los muchachos, ya
sean jóvenes absolutos, ya jóvenes relativos como vosotros, no saben
divertirse. Se ha perdido la norma del escándalo gracioso y de los
desatinos con donaire...

VILLALONGA.

¡Vamos, que si hubiera usted venido con nosotros anoche...!

CISNEROS.

¿Yo? Me divertí en mi tiempo más de lo que quise, y con una
intensidad de alegría de que no podéis tener idea. Porque ya no hay
buen humor; es más, yo sostengo que ya no hay mujeres.

VILLALONGA, _con malicia_.

Pues mire usted, éste nos refirió anoche cosas que prueban que las
hay.

CISNEROS.

Hola, hola...

MALIBRÁN.

No fué nada, D. Carlos; bromas de este bigardón.

VILLALONGA.

Bien sabe usted que es un gran investigador de Bellas Artes, punto
fuerte en pintura antigua. Pues ahora se ha dedicado á descubrir
cuadros vivos.

CISNEROS.

¡Ah, pillo!

VILLALONGA.

Y tiene un ojo de perito, que vale cualquier cosa. Aquí donde usted
le ve, con su diplomacia y su... equilibrio europeo, tiene la
intención de un Veragua; y como le dé por los descubrimientos, crea
usted que hemos de ver cosas muy buenas.

CISNEROS, _con buena sombra_.

Hablad con claridad, hijos míos, que el lenguaje enigmático ya sabéis
que no se ha hecho para mí. Me gusta expresar las ideas directamente,
y detesto los rodeos y parábolas. ¿De qué nefando contubernio se
trata? Decídmelo; ya sabéis que lo admitiré, porque en su propia
naturaleza lleva el hecho la verosimilitud. Y si me apuráis, no sólo
lo admito, sino que lo disculpo, porque de menos nos hizo Dios. Somos
frágil barro.

VILLALONGA.

¡Y tan frágil!... Que le cuente á usted Cornelio...

MALIBRÁN, _con socarronería_.

Nada, D. Carlos, es que descubrí un cuadro de los muchos que hay
ocultos y perdidos. Y no es de autor anónimo, ¡caracoles!...; asunto
erótico... Las figuras no las conoce usted...

CISNEROS.

Como si las conociera. ¿Y qué? Sois los mayores mentecatos que
me he echado á la cara. ¿Creéis que yo me asusto de vuestros
descubrimientos? ¿Qué podría resultar?, ¿que fueran personas
conocidas, amigas mías ó de mi familia?

MALIBRÁN, _vivamente_.

No, no lo son.

CISNEROS.

Pues entonces... (_Restregándose las manos._) Contar, contar. Vengan
ratas.

VILLALONGA.

Muy sencillo: éste dió en buscarle las vueltas á la mujer de un amigo
nuestro, que tiene fama de virtud arisca, la mujer, se entiende.

CISNEROS.

¿Mujer de un amigo nuestro?...

MALIBRÁN.

¡Si aunque se vuelva loco no lo ha de acertar usted!...

_Entran de la calle Orozco y Augusta._


ESCENA III

_Los mismos._ OROZCO, AUGUSTA.

CISNEROS.

¡Qué horas de venir!

AUGUSTA.

¿En qué acto están?

MALIBRÁN.

Han empezado el segundo.

OROZCO.

Hemos comido tarde... Día para mí de ocupaciones fastidiosas... No
me dejan vivir. Son como las moscas, que si uno se las sacude, se
irritan y vuelven con más coraje.

CISNEROS.

No se puede ser modelo de nada en estos tiempos. Como den en llamarle
á uno modelo de cualquier cosa, aunque sea de ciudadanos, ya se
puede encomendar á Dios. ¡Ah!, y á propósito. Yo decía: «le tengo
que contar una cosa á Tomás», y no acertaba con lo que era. Ya me
acuerdo. ¿Sabes que estuvo Joaquín Viera á despedirse de mí?

OROZCO.

¿Sí? Pues por casa no ha parecido.

_Augusta toma el trazo de Malibrán para subir al palco. A su lado,
Villalonga. Detrás, á bastante distancia, suben Cisneros y Orozco._

CISNEROS.

Está furioso contra ti. Dice que le recibiste como á un perro.

OROZCO.

Como se merecía. (_Con satisfacción._) Y hablará perrerías de
nosotros.

CISNEROS.

Lo que no puedes figurarte. Que eres un ingrato, un egoísta sin
entrañas, y no sabes comprender la abnegación con que mira por tus
intereses.

OROZCO.

No creo que exista tunante más gracioso.

CISNEROS.

Dice que por no chocar, y por darte una prueba más de benevolencia,
acepta la proposición denigrante que le hiciste.

OROZCO.

Denigrante..., eso es. Así la llama en la esquela que me escribió
cerrando el trato. ¿Pues qué quería? He sido con él generoso hasta la
esplendidez.

CISNEROS.

Habías de oirle. ¡Qué lengua! Ya sabes que yo no me espanto de nada.
Pues tuve que suplicarle mudara de conversación. En fin, que se
marcha mañana.

OROZCO.

Ya lleva cuerda para algún tiempo. No tiene motivos de queja, pues
por una obligación prescrita le he dado casi el doble de lo que pagó
por ella... ¿Y habló con usted algo de su hija Clotilde? Porque tengo
curiosidad de saber...

CISNEROS.

¡Ah!, sí... Pues contentísimo. Es hombre de una llaneza patriarcal.
Ni asomos de los escrúpulos de su hijo. Por él, si la niña quiere
casarse con el verdugo, que se case. En medio de su extravagancia,
tiene rasgos de ingenio donosísimos. Asegura que en la determinación
de Clotilde influye el instinto de renovación de la raza española,
repugnando los entronques aristocráticos y similares, y prefiriendo
el cruce con las razas inferiores, que son las más sanas.

OROZCO.

Tiene chiste.

CISNEROS.

Vamos, que me reí un rato con él; y al fin volvió á vomitar denuestos
contra ti, llamándote jesuitón, cuáquero, chupador de la sangre del
pobre, rico avariento, y qué sé yo qué.

OROZCO.

Bien, bien, bien.

_Augusta y Malibrán entran en el palco. Villalonga, Orozco y Cisneros
se detienen en el pasillo, donde aparece el conde de Monte Cármenes._


ESCENA IV

OROZCO, CISNEROS, VILLALONGA, MONTE CÁRMENES.

MONTE CÁRMENES.

Aquí estoy esperando á que se acabe el dúo. No puedo resistir al
tenor, con ese braceo como si estuviera cogiendo moscas, y esa voz
que parece la de un gato cuando le pisan la cola.

VILLALONGA.

¿Y cómo no dice usted _bien, perfectamente bien_?

MONTE CÁRMENES.

Yo no juzgo al tenor, y si lo he juzgado, me desdigo. No me gustan
juicios temerarios. Sólo que no me divierto oyéndole, y mientras él
se gana el pan pegando gritos, yo salgo á fumar un cigarro.

OROZCO.

¿Y Pepita?

MONTE CÁRMENES.

Más animada. En nuestro palco está. Pase usted á verla y se lo
agradeceré, que allí tenemos á nuestro pobre Cícero dándole matraca.
Entre él y ese tenor de la clase de grillos, me hacen la vida infeliz
las noches de ópera.

CISNEROS.

Dígame, Conde: ¿fué usted también de los que anoche se subieron á la
parra en casa de _La Peri_?

MONTE CÁRMENES.

¡Yo! D. Carlos, no me confunda con usted mismo. Yo no voy á esos
sitios execrables y pecaminosos.

OROZCO.

Si anduvo usted en malos pasos, ¿por qué negarlo ahora? Nosotros no
se lo hemos de decir á Pepita.

CISNEROS.

¡Oh!, yo sí, yo se lo diría, si este pillín no me asegurara bajo su
palabra que no estuvo.

VILLALONGA.

No; el Conde no va sino cuando no hay nadie..., como usted.

MONTE CÁRMENES, _mascando el cigarro_.

¿Yo?... ¡Buenos estamos D. Carlos y yo para fiestas! Nos hemos
cortado la coleta.

CISNEROS.

Es mucho decir. Que uno sea honesto y cumpla la ley de Dios, no
significa que se corte nada.

OROZCO.

¿Entramos ó no?

MONTE CÁRMENES.

Me parece que ha concluído el dúo. (_Tira el cigarro_.) Voy al palco
de mi primo. (_Se aleja, y retrocede llamando á Orozco._) ¡Ah!,
Tomás, se me olvidaba. Usted ¿cuándo piensa ir á las Charcas?

OROZCO.

El sábado por la noche. Vienen dos días de fiesta, domingo y lunes la
Candelaria. ¿Se anima usted?

MONTE CÁRMENES.

Es posible. (_Se dirige hacia el extremo del pasillo curvo. Orozco,
Cisneros y Villalonga entran en el palco de Monte Cármenes._)


ESCENA V

Interior del palco de Orozco.

AUGUSTA, _en el antepecho_; MALIBRÁN, _detrás. En el antepalco, la_
SEÑORA DE TRUJILLO, _leyendo La Correspondencia_.

AUGUSTA.

Ya, ya sé..., me lo ha dicho Aguado, que es, como usted sabe, el
denunciador de todas las inmoralidades. Es usted un libertino, un
escandalizador; está usted dando malos ejemplos.

MALIBRÁN.

Efectos de la murria y la desesperación. Deseo aturdirme. Quiérame
usted, y seré un modelo de templanza y virtud.

AUGUSTA.

¿Que le quiera yo? (_Con displicencia._) No sea usted mamarracho.

MALIBRÁN.

Pues acabaré por perderme... De seguro me pierdo.

AUGUSTA.

¿No está todavía bastante perdido?

MALIBRÁN.

Por usted... Pensaba contarle mis aventuras, para que se vaya
persuadiendo de que corro al abismo y se compadezca y me salve.

AUGUSTA.

¡Que le salve yo!...

MALIBRÁN.

Pero no quiero escandalizar á mi virtuosa amiga refiriéndole mis
maldades... (_Para sí._) ¡Caray, que no acierto á deslizar entre
las flores la flecha envenenada! Veremos si por este otro lado...
¡Ah!, sí. (_Alto._) Nosotros los perdidos sabemos respetar la
susceptibilidad de las almas puras, á cuyo oído no debe llegar
jamás una frase maliciosa. (_Para sí._) Allá va la punta, salga
como saliere. (_Alto._) Es usted una criatura angelical, encanto y
desesperación de los hombres imperfectos y frágiles que tenemos la
desgracia de adorarla.

AUGUSTA.

¡Ave María Purísima, hasta cursi se está volviendo este hombre!

MALIBRÁN.

Pertenece usted á la escuela de su marido, que fingiéndose insensible
á las desdichas humanas, realiza en secreto las obras de caridad más
admirables.

AUGUSTA, _mirándole con cierto temor_.

¿Qué...?

MALIBRÁN, _aguzando su ingenio_.

Nada, amiga mía; que no le valen á usted sus disimulos ni sus
artimañas de modestia para asegurarse la indiferencia pública. La
admiración, como la envidia, engendra la curiosidad, y la curiosidad
acecha la virtud para descubrirla y sacarla de las tinieblas. Hay
espionajes que los mismos ángeles no desdeñarían, porque tienden á
indagar los pasos más silenciosos de la virtud para denunciarlos al
agradecimiento de la humanidad; y este espionaje santo la sigue á
usted hasta descubrir las guaridas apartadas y excéntricas adonde
va secretamente en busca de miserias que aliviar y lástimas que
socorrer, cumpliendo la obra misericordiosa de consolar al triste.

AUGUSTA, _para sí, turbada, mirando con los gemelos á la escena_.

¡Maldito seas tú y toda tu casta!

MALIBRÁN, _para sí_.

Sacúdete la banderilla, tontaina... (_Alto._) ¿Qué dice usted?

AUGUSTA.

No he dicho nada. Pensaba que está el diplomático esta noche más
tonto que de costumbre, ó como dicen en la ópera, _che dall’ usato,
piu noioso voi siete_; pero no me determiné á decírselo.

MALIBRÁN.

Sí, estoy yo muy tonto... (_Para sí._) Vamos, que si me apuras
te suelto el nombre de la calle, el numerito y hasta el piso...
(_Alto._) Admirable cosa es la modestia, y adorno lindísimo de la
verdadera virtud. Pero no le vale, no le vale...; no puede usted
evitar nuestros homenajes.

AUGUSTA, _que mira á los palcos para disimular su ira, y crispa los
dedos, oprimiendo los gemelos. Para sí._

Ya te daría yo á ti homenajes, y te estrellaría en la cara los
gemelos.

MALIBRÁN.

Es natural que mi ilustre amiga se enoje conmigo porque le descubro
las perfecciones.

AUGUSTA.

¿Enojarme yo? ¿Piensa usted que escucho sus bobadas? (_Sonriendo sin
espontaneidad, y queriendo dar á su despecho un acento de broma._)
¡Antipático!

_Se adelanta la señora de Trujillo._

MALIBRÁN.

Se habrá enterado usted de que el papel _Cuadradista_ está muy en
baja.

TERESA.

Y tan en baja... que ya no lo quiere nadie ni regalado. ¿Ha leído
usted la declaración del cura de San Lorenzo, según el cual, Cuadrado
confesaba una semana sí y otra no?

AUGUSTA, _con hastío_.

¡Ay, Teresa!, ya el crimen apesta.

TERESA.

Pues para mí no perderá su interés hasta que no vaya al palo esa
tarasca... Pero dejémoslo ahora. ¿Sabes que el tenor este parece el
sereno de mi calle? Tenemos un empresario que también debería ir al
palo. ¡Qué adefesios nos trae! ¡Quién oyó esta ópera por la Lagrange,
Fraschini y aquel Varessi...! (_A Malibrán._) ¿Alcanzó usted á
Varessi?

MALIBRÁN.

Le oí en Italia. ¡Qué pedazo de barítono!

TERESA, _llamando la atención de Augusta_.

Dime, ¿qué promontorio es aquel que se trae en la cabeza la de
Barragán?

AUGUSTA, _sin dejar de mirar con los gemelos_.

Estoy estudiándolo y no puedo entenderlo. Es un tocado Directorio, de
una exageración... ¡Qué mamarracho!

MALIBRÁN.

No quieren comprender que estos prendidos Directorio y Primer
Imperio, hoy tan en boga, exigen un corte de busto muy airoso, y las
que no tienen arte para saber adaptarse las modas, se ponen hechas
unos esperpentos.

AUGUSTA.

Cierto. Y algunas, con tanto plumacho, vienen hechas unos milicianos
nacionales. (_Dando los gemelos á la de Trujillo._) Teresa, por
Dios, mire usted el escote que se ha traído la de Tellería. ¡Qué
escandalosa!

TERESA, _mirando_.

¡En el nombre del Padre...! No le falta más que la manzana en la
mano. (_Suenan grandes aplausos._) ¡Pero qué tontos!... ¿Cómo
aplauden estas borricadas?

MALIBRÁN.

La _claque_ está insoportable.

TERESA.

Pero si son los de butacas los que alborotan.

AUGUSTA.

Es que la alabarda de abajo es la peor.

_Entra Monte Cármenes, que saluda á las dos señoras. Trábase
conversación entre Teresa Trujillo y los caballeros._

AUGUSTA, para sí, dirigiendo los gemelos á una parte y otra.

Miro y remiro, y no le veo arriba ni abajo. ¡Qué inquieta estoy!
En el palco de los gorriones no está..., ni tampoco en el de San
Bernardino..., ni en butacas. ¡Si no vendrá, después de habérmelo
prometido tan formalmente! Quiero ponerle en guardia contra el
espionaje de este arrastrado Malibrán, que parece nos sigue los
pasos, y que si no nos ha visto aún..., digo, yo creo que no nos
ha visto..., nos verá el mejor día. (_Alto, tomando parte en la
conversación general._) ¡Enteramente un fiasco; y cuidado si
anunciaban á este tenor como _estrella del arte_! (_Para sí._) ¿Será
aquel? (_Mirando._) No, no es. No creo que deje de venir. ¡Ay!,
no vivo hasta no saber lo que piensa de la proposición de Tomás.
¿Cómo tomará la idea de reconciliarse con Clotilde? Hice bien en
decírselo por escrito, meditando muy bien la forma y pensando bien
los conceptos. La carta era un modelo de sagacidad diplomática.
¿Aceptará? Dios quiera que no se alborote... ¡Ah!, allí está... en el
palco de San Bernardino. Me ha visto. (_Mirando á otro lado._) Ahora
no vendrá. Veremos si en el tercer entreacto... Nunca como esta noche
he deseado verle y hablarle. ¿Saldrá por el registro de la dignidad?
Mucho me lo temo... ¡Ay, gracias á Dios que empieza el acto! (_Entra
Aguado y la saluda. Se entabla animada conversación sobre puntos
diferentes. Al llegar al entreacto tercero, sólo están en el palco
Aguado y el marqués de Cícero, que hablan con Teresa Trujillo.
Augusta pasa al antepalco._)


ESCENA VI

AUGUSTA, _en el antepalco_; FEDERICO.

AUGUSTA.

Nunca como esta noche he deseado verte...

FEDERICO.

Ni nunca nos hemos visto en sitio menos á propósito para hablar de
cosas graves. (_Atisbando por un lado de la cortina._) ¿Quién está
ahí?

AUGUSTA.

Cícero, que duerme, y Aguado, que habla con Teresa de la moralidad.
Siéntate...

FEDERICO.

¿Nos darán tiempo para decir cuatro palabras?

AUGUSTA.

Sí, sí..., y también ocho, (_Impaciente._) Di, ¿qué te pareció mi
carta? ¿Qué efecto te ha hecho?

FEDERICO.

Ya puedes suponerlo.

AUGUSTA, _con ansiedad_.

¿Qué dices respecto al punto principal? ¿Aceptas? ¿Qué? ¿No te parece
bien?... Por Dios, no me lo digas; no me des el disgustazo de...
(_Federico, en pie, fijos los ojos en el suelo, deniega suavemente
con la cabeza._) ¡Qué ideas tan estrambóticas! ¿Pero qué mal hay en
esto? Dímelo.

FEDERICO.

Pero ven acá: ¿cómo ha podido ocurrírsete el absurdo de que yo lo
acepte... mediando...?

AUGUSTA.

¡Qué aflicción me causas!... ¡Qué ingrato eres!

FEDERICO.

Por Dios, no llames á esto ingratitud... (_Preocupadísimo._) Yo
te explicaré... ¿Has reflexionado tú en la gravedad de lo que me
pides? Respecto al otro punto que tratas en tu carta, ó sea mi
reconciliación con Clotilde, te contesto que accedo á hacerle una
visita.

AUGUSTA.

¿De veras? (_Con alegría._) ¿Me lo prometes?

FEDERICO.

Prometido. Mañana mismo iré á casa de la señora de Calvo. Haremos
paces con Clotilde; pero con él, con ese pelagatos, no transigiré
nunca.

AUGUSTA.

Todo es empezar...

FEDERICO.

Con ella sí. Ya ves cómo te complazco cuando me pides cosas
razonables.

AUGUSTA.

Bueno... Eh, cuidadito; que vayas... (_Para sí._) Lo que importa
es restablecer en él los vínculos de familia, única manera de
domesticarle. Lo demás vendrá por sus pasos contados. (_Alto._)
Quedamos en que visitarás á tu hermanita. ¿Qué sabes tú lo que harás
después? El tiempo y la derivación natural de los hechos te marcarán
la conducta. Y no hablemos más ahora de asuntos tan difíciles de
tratar no estando solos. (_Observa, levantando un poco la cortina,
á los que están en el palco._) Otra cosa tengo que decirte,
aprovechando este corto ratito. Malibrán nos sigue los pasos. Parece
mentira que haya seres tan viles que se dediquen al espionaje por el
infame placer de ver que no son buenos los que lo parecen.

FEDERICO.

¿Te ha dicho algo?

AUGUSTA.

Indicaciones breves, pero bastante intencionadas y maliciosas. Cree,
hijo mío, que nos ha descubierto.

FEDERICO.

Lo dudo mucho... Tendrá sospechas.

AUGUSTA.

¡Ay!, no; me parece que son más que sospechas.

FEDERICO.

En ese caso... (_Alarmados ambos miran con recelo al palco, y
atienden á las voces que se sienten en el pasillo._)

AUGUSTA.

Calla... No podemos hablar aquí. ¡Qué angustia, teniendo tanto que
decir! Espérame allá...

FEDERICO.

¿Cuándo?

AUGUSTA.

El sábado..., pasado mañana. Te pondré dos letras el mismo día,
temprano. Si es el sábado, estaré hasta más tarde y cenaremos juntos.

FEDERICO.

¿No puedes decidirlo desde ahora?

AUGUSTA, _bajando más la voz_.

No... Depende de que él vaya á las Charcas. Te escribiré... Ahora,
chitón. Entra á saludar á Teresa. (_Pasa Federico al palco. Aguado
sale, á punto que entran Orozco y Villalonga._)


ESCENA VII

Gabinete en casa de _La Peri_. Es de día.

FEDERICO, LEONOR.

FEDERICO.

Buenos días, Leonorilla.

LEONOR.

_Bonyú, mon ti cherí..._ ¿Qué te creías tú, que yo no sé francés? El
marqués me lo está enseñando. Ya sé porción de frases, y con ellas
y con decir á todo _pagardón, pagardón_, podré entenderme con el
franchute que sepa más.

FEDERICO, _sin prestarle atención_.

Bien.

LEONOR.

Pero qué, ¿tienes mal humor?

FEDERICO.

De mil diablos.

LEONOR.

Ya... La condenada sota, ¿verdad? ¡Cuando te digo yo que no te fíes
de esa!... Es más mala que el cólera.

FEDERICO.

Pues no, no se ha portado mal. (_Saca un puñado de billetes._) Mira.

LEONOR, _cruzando las manos y dando un grito de alegría_.

¡Billetes! ¡Ay, qué calorcito me corre por todo el cuerpo! Déjame
que los toque. Me muero por ellos.

FEDERICO.

Son para ti. Hace dos noches que me sopla un poco la musa. Es una
racha que pasará pronto. Por eso, antes que venga la mala, quiero
cumplir contigo. Toma esos ocho mil realetes, y ve reuniendo para
sacar tus alhajas.

LEONOR, _echando la zarpa á los billetes_.

Ay, hijo de mi alma, ¡qué bueno eres! Dame acá. Me hace una falta
atroz. ¿Y tú, cómo estás de trampas y trópicos?

FEDERICO.

Absolutamente desahuciado. No tengo salvación. Los compromisos
son tales, y se van enredando de tal manera, que pronto daré el
barquinazo gordo.

LEONOR.

Ganarás, mico.

FEDERICO.

Gane ó pierda, no puedo salir á flote. Me ahogo sin remedio. No veo
ni aun probabilidades de evitar la insolvencia y la deshonra.

LEONOR, _con alma_.

No te apures. Confía en Dios. Puede que te caiga alguna herencia.

FEDERICO.

¡Herencias á mí!

LEONOR.

¿Sabes que se me ha ocurrido un gran negocio que podríamos emprender
los dos? ¿No aciertas lo que es? Pues te lo diré: consiste en poner
tres ó cuatro casas de citas de muchísimo lujo, pero de un lujo...
asiático, todas ellas combinadas con una timba tremenda, y de
muchísimo lujo también, como esas que hay en Baden y en Montecarlo...
Te explicaré la combinación... Es cosa de ganar millones.

FEDERICO, _displicente_.

No, no me expliques nada. No sé cómo se te ocurren tales disparates.

LEONOR.

Pues, hijo, yo tengo que inventar algún negocio. Debo más que el
Gobierno, y ese condenado pollo va á dar con mis pobrecitos huesos
en un hospicio. Cuentas de sastre, cuentas de café, cuentas de la
Taurina, y cuentas de la santísima carandona de su madre. Todo lo
tengo que pagar yo, y ya me voy cansando, como hay Dios.

FEDERICO, _tirándole suavemente de una oreja_.

Eso le pasa á esta pájara por no hacer caso de mí. Bien te dije que
ese pollo era una calamidad. ¿Por qué no te fiaste de mí en eso como
en todo?

LEONOR.

Chico, porque cuando tocan á enamorarse pierde una el sentido. Eso
del amor es capítulo aparte, y los consejos y la amistad son para
otras cosas. Ya sabes que me dió muy fuerte, que me cegué por él y me
puse como los mismos hornos. Pero ya me voy enfriando, y conozco que
es un grandísimo _lipendi_... Otro más carantoñero y de más figuras
no lo hay. Ahora está conmigo hecho un merengue. Como que necesita
cuartos. Pues dice que soy yo otra como la _Traviatta_, y que él me
va á redimir y á volverme honrada...; ¡qué risa! Parece que ahora
va á venir su padre para quitarle de mí y llevársele, y él pretende
que, cuando su papá venga á verme, haga yo el papel de tísica
arrepentida, tosiendo con sentimiento y pintándome ojeras..., vamos,
como la _Traviatta_, para que el buen señor se ablande y nos eche su
santa bendición...; ¡qué risa! Con estas farsas, ello es que me está
dejando por puertas. (_Federico vuelve á mostrarse triste y caviloso,
sin prestar atención á su amiga._) ¿Pero qué ocurre hoy? ¿Qué te pasa?

FEDERICO.

Ya debes figurarte que no estaré para ponerme á tocar las
castañuelas. Tú sabes bien lo que me sucede. Tengo una hermana que
es mi desesperación, mi vergüenza; tengo un padre que me abochorna
siempre que viene á Madrid.

LEONOR.

Anoche contaron aquí que vino á cobrarle á Orozco unas cuentas
que debía. ¿Sabes?, cosas allá muy gordas, de ingleses..., pero
de Inglaterra; y que el otro fué más listo que él y le engañó,
recogiéndole el papel por un pedazo de pan. Ese Orozco se pierde de
vista, y gasta unas como caretas de hombría de bien con las cuales
emboba á la gente.

FEDERICO, _caviloso_.

No creas nada de eso. Es un desatino.

LEONOR.

¿Pero á ti qué te importa que sea Orozco el engañado ó que lo sea
tu padre? Allá ellos. Y en cuanto á lo de tu hermanita, yo la
dejaría casarse con el nuncio si le gustaba, digo, con el monago
de la Nunciatura... (_Tirándole suavemente de la oreja._) También
tú, con tanto pesquis como tienes, necesitas que te enseñe á vivir
una tonta como yo. ¡Haces y piensas cada simpleza...! El casarse,
hijo mío, debe ser una cosa muy liberal; quiero decir, que la mujer
debe escoger á quien le entre por el ojo derecho, y nada más. Ya
no estamos en los días de la Inquisición...; no sé si me explico.
Anoche dijeron aquí que tú eres un hombre del tiempo en que había
Inquisición, y cadenas, y despotismo, y otras cosas muy malas...

FEDERICO, _sonriendo con tristeza_.

Tiene gracia.

LEONOR.

Pero á mí no me la pegas tú. La causa de que estés ahora tan
_cabistivo_ y _pensibajo_, no es ni lo de tu padre ni lo de tu
hermana. Es otra cosa. Si yo te calo muy bien, si yo te entiendo. Tú
guardas un secreto, que no quieres confiarme, y haces mal; porque
yo, que soy una pública, tengo corazón, y no me faltan entendederas
para decirte esto y lo otro que te pudiera consolar. Sé lo que son
penas, y en lo tocante á penas de amor, no hay quien me baraje á mí.
Podía poner cátedra de esto en la Universidad, y saldría yo, con mi
birrete color de rosa y mi toga de batista, á explicar á los chicos
el tratado de las fatigas de amor con todos sus pelos y señales.

FEDERICO.

¡Qué mona! Figúrate si eres salada, que me haces reir hoy á mí.

LEONOR, _poniéndose en la cabeza, ladeado, el hongo de Federico_.

Conque, ó hay confianza ó no hay confianza entre este par de peines.
¿No te cuento yo á ti hasta mis pensamientos más íntimos? ¿Por qué
no has de hacer tú lo mismo con esta pájara? A ver, desembucha. Tú
tienes amores, y amores muy por lo alto. Mira que si no te explicas,
saco las cartas y te descubro todo el enredo.

FEDERICO.

Cierto que entre nosotros debiera existir una confianza sin límites.
Mi decoro no padece nada en mis tratos contigo, que no son nada
buenos. ¡Excepción inexplicable! Yo tan meticuloso fuera de aquí
en cuestiones de dignidad, en tu casa soy tu propia imagen. No lo
entiendo, pero es así. Sin embargo, te soy franco: hay cosas mías,
secretos si quieres, que dejo siempre de la puerta afuera cuando
entro á visitarte.

LEONOR, _impaciente_.

¿Cantas ó no cantas? Un hombre como tú no pone esos morros sino por
una pasión fuerte. Yo sé lo que es apasionarse, irse del seguro. Lo
pruebo todos los semestres.

FEDERICO.

Seguramente, si yo fuera contigo menos reservado en eso que deseas
saber, no me comprenderías. Es difícil que esto lo entienda nadie,
Leonorilla. Las cosas que me andan á mí por dentro, en mi conciencia
y en todo mi espíritu, son de tal calidad que sólo Dios y yo las
entendemos.

LEONOR.

Y yo también, porque soy _diosa_. ¡Vaya!, así me lo llamó bien
clarito ese poeta, ese Bardal, en los versos que me hizo la otra
noche. Conque, claréate.

FEDERICO.

Bueno; pues concediéndote yo que hay algo de lo que sospechas,
á ver si entiendes la explicación que voy á darte, sin nombrar
personas. Esos amores no me satisfacen, y más bien son para mí
un motivo de pena. ¿Por qué?, dirás tú. Porque se relacionan con
ciertos estados de mi espíritu, y de tal relación viene á resultar
que son amores incompletos y superficiales. ¿Me explico bien? La
facultad imaginativa lleva la mejor parte, y el corazón se queda
vacío, porque no hay confianza, ni la puede haber entre esa mujer
y yo. La confianza consiste en entregar toda nuestra existencia al
conocimiento de la persona querida, y á esa persona no puedo yo
revelarle ciertas fealdades y humillaciones de mi vida angustiosa.
Me quiere con locura, para mayor desgracia mía, y yo no puedo
corresponderle. Hay momentos en que hasta se me figura que la
aborrezco, porque nuestra alma tiende á odiar á las personas ante
quienes no podemos descubrirnos sin que el amor propio se lastime. Ya
ves que te confío mis secretos más delicados; te lo confío todo menos
el nombre.

LEONOR, _para sí, con malicia_.

¡Como si yo no lo supiera, mico! (_Alto, amenazándole con la mano._)
Te voy á matar.

FEDERICO.

Ese amor no me satisface, porque mi corazón no se ha entregado á
él, porque para completarlo me sería preciso añadirle la confianza,
este compañerismo que contigo tengo, tan dulce, tan práctico. No, no
te envanezcas: el sentimiento inexplicable que nos une á ti y á mí
tampoco es completo. Le falta algo: la imaginación, que está allá.

LEONOR, _satisfecha_.

El corazón por mi cuenta, ¿verdad?

FEDERICO.

Gran parte de él, créelo. No puedo completarme aquí ni completarme
allá. La mitad de mi ser en cada lado. ¿Lo entiendes? (_Leonor,
meditabunda, hace signos afirmativos con la cabeza._) Si estas dos
mitades se pudieran juntar y fundir, ¡qué bueno sería! ¡Si yo pudiera
llevarme allá la confianza con sus envilecimientos y todo...! ¡Si yo
pudiera traerme aquí el recreo de la imaginación y de los sentidos...!

LEONOR, _reflexionando_.

De todo esto, lo que saco en consecuencia es que somos los nacidos
una cosa muy rara. Hombres y mujeres somos guitarras, que no
sabemos cómo se templan ni cómo no... De lo que resulta que esto
de las pasiones es un fandango pastelero. (_Coge las cartas y
empieza á barajarlas._) Ahora voy á adivinarte los pensamientos.
(_Sonriendo._) Estoy inspirada. Ojo á la diosa. Se me ha puesto entre
ceja y ceja que el santísimo naipe me va á decir el nombre de tu
adorado tormento.

FEDERICO.

¿A que no?

LEONOR.

Y me dirá también si saldrás con suerte del _corto camino_ en que te
has metido.

FEDERICO, _con cierto interés_.

Veremos. Tan trastornado estoy, que hasta me voy volviendo
supersticioso.

LEONOR, _poniendo los naipes sobre el sofá, en grupos, y haciendo
sobre ellos, con mucha gracia, signos estrambóticos_.

¡Ah!, mira: en las tres vueltas sale siempre encima _la mujer de buen
color_. ¡Ay, Dios mío, lo que veo aquí! ¿Sabes lo que quiere decir
el seis de copas? Pues significa _Santo Domingo_..., y en seguida el
siete del mismo palo. ¡Jesús, madrecita mía de las Angustias!... Y en
seguida el ocho, que declara camino cansado, como si dijéramos, una
cuesta. (_Con solemnidad._) La mujer por quien penas, camaraíta, vive
en la cuesta de Santo Domingo, número 7, y es casada.

FEDERICO, _tirando las cartas con displicencia_.

Ea, deja esas tonterías... (_Levántase inquietísimo._) ¿Quién te lo
ha dicho?

LEONOR, _con naturalidad_.

¡Pero hijo mío, si lo saben hasta los perros!

FEDERICO.

No, no. Si lo sabe alguien, será de poco tiempo acá. Verdad que estas
noticias cunden con rapidez eléctrica.

LEONOR, _muy cariñosa_.

No te enfurruñes; no hay motivo para ponerse así. Esas cosas se saben
siempre, miquito. Siéntate á mi lado, y te contaré algo que debes
saber. Anoche hablaron aquí largamente de la de Orozco y de ti.

FEDERICO.

¿Quién?

LEONOR.

Amigos tuyos. (_Mirándose las uñas._) Ya sabes que en eso de hablar
no hay amigo para amigo. Se sueltan mil borricadas, sin intención de
ofender. ¿Te lo cuento? ¿Me prometes no enfadarte? Es de clavo pasado
que, tratándose de señora rica y de amante pobre, lo primero que se
diga es que ella le paga á él las trampas.

FEDERICO.

No, no dirían tal atrocidad. (_Paseándose agitado._) ¿Qué amigo mío
es capaz de suponer...? Como no sea Malibrán...

LEONOR.

El mismo...

FEDERICO.

¿Y tú te callaste...?

LEONOR.

Buena soy yo para callarme, tratándose de tu honor, que es lo mismito
que el mío...

FEDERICO, _deteniéndose ante ella_.

Tu honor lo mismo que el mío..., es decir, el mío como el tuyo...

LEONOR.

He dicho una sandez. No hagas caso... Ahora caigo... (_suspirando_)
en que yo no tengo honor. Quise decir... Pero tú ya me entiendes.

FEDERICO.

Sí, comprendido.

LEONOR.

Pues te defendí diciendo que tú no eras capaz de tomar dinero de
ninguna mujer... (_Bajando la voz._) Que nosotros tengamos acá
nuestros cambalaches, es cosa que nadie sabe, que á nadie le importa,
y que entre nosotros se queda. Claro, de ti para mí, lo ganamos como
podemos, y nos ayudamos. No es deshonra, digan lo que quieran...
¡Pero arrimarte tú á una casada rica para que te mantenga...!, eso no
lo puede decir quien te conozca.

FEDERICO.

Sin embargo, los que mejor me conocen lo dirán. ¡Le parece á uno
fácil exceptuarse de la lógica vulgar de la vida, y es tan difícil,
pero tan difícil...! (_Con abatimiento, sentándose._) Leonorilla,
estoy dejado de la mano de Dios.

LEONOR.

No hagas caso de esas tonterías...

FEDERICO.

Que no pararon seguramente en lo que me has contado. Malibrán debió
de decir algo más.

LEONOR.

Sí; pero te advierto que se le fué un poco la mano en la bebida, y
no hay que tomar al pie de la letra lo que habló. ¿Te lo cuento? Sí,
más vale que lo sepas, para que estés prevenido. Pues dijo que se
había propuesto averiguar dónde os veis tú y esa señora; que estuvo
muchos días trabajándolo como un polizonte, y que por fin... os ha
descubierto el nido.

FEDERICO.

Bonita ocupación la de ese tonto... ¿Y dónde, dónde...? A ver...,
¿dónde dijo que...?

LEONOR.

Se lo calló muy bien callado, por más que le mareamos para que nos lo
dijera.

FEDERICO.

Es que no lo sabe...

LEONOR.

¡Ay!, no te hagas ilusiones. Lo sabe. Se le conoce en la manera de
decirlo.

FEDERICO.

Pues que lo sepa. Mejor. Estas cosas se saben siempre.

LEONOR.

Mira, niño, ándate con tiento, porque es fácil que te veas envuelto
en una cuestión muy mala. Yo estoy inquieta y temo que haya lance.

FEDERICO.

¿Con ese zángano perverso de Malibrán? Puede.

LEONOR.

Me parece que la bronca del siglo va á ser con Orozco. Dijo Malibrán
que el buen señor tiene los ojos cerrados y que él se los va á abrir.

FEDERICO.

Pues que se los abra... Mejor...

LEONOR.

No; no digas tal. El que no quiere ver, que no vea.

FEDERICO, _exaltado_.

¿Pues qué piensas tú? Si siento vivos deseos de abrírselos yo mismo...

LEONOR.

¿Qué dices?... Chico, tú no tienes la cabeza buena. ¿Tú? ¿De manera
que tú mismo acusarás á la que te quiere tanto?

FEDERICO.

Tienes razón... Tú conservas el sentido claro de las cosas, y yo
lo he perdido completamente. Siento y pienso y digo los mayores
despropósitos... Leonorilla, estoy desquiciado por dentro. Me
desplomo; verás cómo me hundo.

LEONOR, _humorísticamente_.

Pues avisa, mico, para que no me cojas debajo...

FEDERICO, _con ternura_.

Tú eres la única persona que veo con gusto á mi lado en esta ruina
de mi espíritu. Cuantas personas trato más ó menos íntimamente se me
revisten de antipatía en esta desgana que me aniquila; todas, incluso
ella, y lo digo porque es verdad, sintiéndolo mucho, pues no se lo
merece la infeliz. Entre tantas caras que me ponen mal ceño, sólo la
tuya resplandece. ¿Verdad que es raro? Pero siempre ha de haber algo
que no se entiende, y lo que no entendemos, adviértelo, es lo que más
consuela. Las cosas muy resabidas y muy estudiadas hastían el alma.
Las que se nos presentan en términos vagos, confundiendo nuestra
razón, son las que nos confortan y nos alientan.

LEONOR, _fingiendo comprender_.

Es verdad, verdad. Yo me intereso por ti, y por ayudarte y sacarte de
un apuro soy capaz de comprometerme. Pídeme lo que quieras. Mándame
que haga trampas en el juego, y las haré.

FEDERICO.

No, eso no. ¡Quita allá!

LEONOR.

Pues las he hecho, para que lo sepas. Tu tranquilidad vale más que un
poco de moral de timba, tratándose de estos bobalicones que vienen
aquí á divertirse conmigo. En un día de gran ahogo, y antes que verte
padecer por cochinos mil reales, le doy yo el pego al lucero del alba.

FEDERICO, _enojado_.

Cállate. Me lastimas profundamente.

LEONOR.

Déjate proteger, mico. ¿No me das tú parte de lo que ganas?

FEDERICO.

Sí; pero yo no hago trampas.

LEONOR.

Cada uno es cada uno. Yo no soy tú, yo soy pública, aunque para ti
sea muy particular.

FEDERICO, _echándose á reir_.

Chica, comoquiera que seas, me envanezco de tu amistad. Es lo
único que me queda en este mundo. (_La abraza._) ¡Lástima que no
puedas salvarme! Yo no tengo remedio ya. (_Con profunda tristeza,
levantándose._) Soy hombre al agua.

LEONOR.

Pero ven acá. ¿Tan mal andas? ¿Temes no poder seguir viviendo como
vives? ¿No podríamos arreglar que tuvieras un tanto fijo?...

FEDERICO, _sombrío_.

No hay posibilidad de que cambie mi manera de vivir.

LEONOR, _con agudeza_.

Se me ocurre una idea. ¿Te la digo? Pero no has de enfadarte. Pues...
allá voy... Me parece una atrocidad que pases tantas amarguras
teniendo esa amiga tan ricachona.

FEDERICO, _espantado_.

¡Leonor! ¡También tú!...

LEONOR.

No, monín; si yo no digo que tú le pidas... Digo que de ella debiera
salir el ofrecerte una cantidad gorda, para que de una vez...

FEDERICO, _irritado_.

Quita, quita. Déjame en paz.

LEONOR.

Anda..., tonto... Fuera escrúpulos y bobadas... (_Remedándole._) ¡El
honor..., la _diznidaz_!... ¿Qué importa que...? Vamos, que buenos
miles podría darte; y algo me había de tocar á mí.

FEDERICO, _excitadisimo_.

Me voy, me voy por no oirte.

LEONOR, _alarmada_.

Chico, no te pongas así. Tú tienes alguna mala idea y no quieres
decírmela.

FEDERICO, _tomando su sombrero_.

Me voy. Déjame.

LEONOR.

No me gusta verte salir de estampía.

FEDERICO.

Se me había olvidado que he prometido visitar hoy á mi hermana,
visita que no significa reconciliación ni mucho menos. (_Con enojo._)
¿Pues no pretenden también que yo dé el nombre de hermano á ese...?
¡Estúpida exigencia!

LEONOR.

Vamos, perdona á tu hermanilla. Te estás atormentando... ¡Qué manías
tienes tan tontas!... ¡Pobre niña! Haz las paces... y á vivir.

FEDERICO.

¡Tú también!... Vuelvo. (_Retírase muy agitado._)

LEONOR, _alarmada, viéndole salir y sin atreverse á seguirle_.

¡Pobre mico, no me gusta su cariz!... Su cabeza está llena de
nubarrones. Diera yo algo por poder despejársela.


ESCENA VIII

Sala en casa de la viuda de Calvo.

LA VIUDA DE CALVO, _señora de edad avanzadísima, pero bien
conservada, vestida de negro, con espejuelos, gorro á la francesa.
Sale por la derecha apoyándose en un bastón;_ CLOTILDE, _que está
junto al balcón de la izquierda mirando á la calle_.

VIUDA DE CALVO.

¿Qué haces ahí?

CLOTILDE.

¿No ha concluído Santana de conferenciar con ese señor?

VIUDA DE CALVO.

Aún tienen para un ratito. ¿Qué miras? ¿A quién esperas?

CLOTILDE.

A mi hermano, que prometió venir á verme. No puedo apartar de la
calle mis ojos, esperando verle entre los que pasan.

VIUDA DE CALVO, _separándola del balcón_.

No te aflijas, chiquilla, ni te impacientes, que ya parecerá, si es
cierto que ha manifestado propósitos y deseos de verte.

CLOTILDE.

Díjome Bárbara que vendría por la tarde, y la tarde se acaba.

VIUDA DE CALVO.

¿Tan pronto? ¿Cómo se ha de concluir el día antes de las cuatro de la
tarde?

CLOTILDE, _señalando al balcón_.

Ya lo ve usted, es casi de noche. El sol se pone.

VIUDA DE CALVO.

¡Qué se ha de poner, bobilla! No te empeñes en acelerar la carrera
del sol, que bastante de prisa andan los días, sobre todo para los
que ya los vemos pasar sin ninguna ilusión. Tu hermano vendrá, si no
de tarde, de noche, ó cuando quiera venir.

CLOTILDE.

¡Ay! ¡Cuánto deseo verle! Siete días hace que de él me separé, y
me parecen siete años. ¡Pobre hermano mío! Cuando salí de su casa,
la fiebre de la resolución que tomé no me dejaba presentir la pena
de esta ausencia. Federico tiene sus defectos, como todos; pero su
corazón es noble. En los últimos días que pasé con él, sus defectos
se abultaban á mis ojos y sus cualidades disminuían. Pues ahora me
pasa lo contrario: las cualidades crecen y los defectos me parecen
insignificantes.

VIUDA DE CALVO.

Es caballeroso, inteligente, simpático y de buen natural; pero has
de convenir conmigo en que no sirve para criar hermanas. Descuellan
en él estímulos de altanera dignidad, instintos de nobleza que
lucirían bien en una posición opulenta, como piedras preciosas
montadas en oro; pero que se despegan del cobre dorado de la penuria
vergonzante en que se empeña en ponerlos. ¡Ay, hija de mi alma! La
realidad, con sus lecciones dolorosas, me ha enseñado á mí lo que es
decadencia. Ideas de vanagloria tuve yo también, y con ellas posición
muy distinta de la que tengo ahora. Pero caí, y me encontré con que
las tales ideas, y el puntillo de honor y todo lo demás, eran de
muy mal ver sobre las ruinas que me rodeaban. Aprendí á ver mayores
extensiones de mundo; la necesidad me hizo viajar por regiones
bajas, que son las más interesantes y las que más vida encierran, y
descubrí que el reino de la humanidad tiene muchas más provincias y
comarcas de las que yo creía. Por eso abracé tu causa, sin asustarme
del escándalo que dabas, ni de tu desigual elección, ni del camino
torcido que escogías para llegar al matrimonio. Cuando se miran las
cosas desde arriba, se ve la grandeza de los móviles humanos, y no
se distingue la pequeñez microscópica de los trámites sociales. Os
protegí y os protegeré mientras pueda, sin hacer caso de los furores
de tu hermano ni de los asombros de lo que llaman opinión, asombros
que no vienen á ser más que un movimiento de curiosidad, detrás del
cual está la indiferencia.

CLOTILDE.

¡Ay, cuánto sabe usted, señora! (_Con entusiasmo._) Habla lo mismito
que un libro.

VIUDA DE CALVO.

Los años, hija mía, son mis libros, el tiempo mi biblioteca y
mi estudio el vivir... (_Suena un timbre: se sienten pasos._)
Pero alguien ha entrado... ¡Si será al fin el caballero de los
imposibles!... (_Clotilde corre á la puerta del fondo._)


ESCENA IX

_Las mismas._ FEDERICO.

VIUDA DE CALVO, _viéndole entrar_.

¿No lo dije?

CLOTILDE.

¡Hermanito...! (_Abrazándole._) ¡Gracias á Dios!

FEDERICO, _abrazándola_.

¡Ingrata! (_Saluda á la señora de Calvo._)

VIUDA DE CALVO.

Desde que la niña supo que usted vendría, la ansiedad y el contento
no la han dejado vivir. Los siete días de ausencia se le antojaban
siglos, impaciente por ver á su hermano y oir de él palabras de
concordia y perdón.

CLOTILDE, _que besa las manos de Federico, llorando_.

¿No es verdad que me perdonas, que olvidas la pena que te dí?

FEDERICO.

No soy rencoroso. Te perdono el mal que me hiciste emancipándote
de mí y huyendo de mi lado sin consultarme tu inclinación. Si me
hubieras pedido consejo, yo te habría quitado de la cabeza ese error
deplorable.

CLOTILDE.

¿Aún insistes en que es error? Yo no te consulté, persuadida de que
me habías de decir nones. Era cuestión grave. Me sentía sola en el
mundo, y creí que estaba en mi derecho eligiendo por mí misma al que
había de ser mi marido.

FEDERICO.

Creiste mal. Pero no he de volver ya sobre lo que no tiene remedio.
El error está cometido, y yo, aunque te perdono, no varío de modo de
pensar respecto al fondo de él. Lo hecho, hecho está. Me someto á
la realidad, pero dentro de la medida que me marca mi criterio. Te
perdono: te miraré siempre como hermana; pero no me pidas más de lo
que humanamente puedo darte.

CLOTILDE, _con tristeza_.

Eso quiere decir que transiges conmigo, pero no con el que va á ser
mi esposo.

FEDERICO.

Así es.

CLOTILDE, _á la señora de Calvo_.

¿Le parece á usted...? ¡Qué crueldad, qué orgullo!

VIUDA DE CALVO, _festivamente_.

Hija mía, él es así; pero pierde cuidado, que se modificará.

CLOTILDE.

¿Cuándo?

VIUDA DE CALVO, _riendo_.

Cuando tenga mis años. Si tan largo me lo fías... Sr. de Viera, es
usted un chiquillo y piensa y obra como tal.

FEDERICO.

¡Qué quiere usted, señora! No podemos ser de otra manera que como
somos. Perdóneme la perogrullada.

VIUDA DE CALVO.

No tema el caballero de los imposibles que yo me ponga á sermonearle.
No acostumbro predicar á quien no quiere oir. Lo único que le diré,
para que vaya abriendo los ojos, es que Clotildita ha demostrado buen
tino en la elección de marido, porque Santana, sin ser un Gutibamba
ni un Mucibarrena, es mozo de muy buen natural y de gran talento para
cultivar la ciencia del vivir. Hoy por hoy no tiene sobre qué caerse
muerto; pero acuérdese usted de lo que le dice esta vieja: llegará
día en que el caballero de los melindres, abandonado de todo el
mundo y sin tener donde guarecerse, llame á la puerta de su hermana
pidiendo un asilo y un pedazo de pan. Y su cuñado, que es un alma de
Dios, aunque no vista elegante, se lo dará. Y usted tan... agradecido.

FEDERICO.

No dudo de que posea usted el don de la profecía, señora. Lo que ha
dicho podrá suceder... (_Para sí._) Parece propiamente una bruja esta
buena señora.

VIUDA DE CALVO.

Vamos, no se enfade porque le diga la buena ventura. Sr. de Viera,
leo en su pensamiento. En este instante está usted diciendo para sí:
«Parece una bruja esta buena señora.»

FEDERICO.

¡Oh!, no; no he pensado tal cosa. Usted habla como la experiencia;
yo contesto como la terquedad y las preocupaciones. ¿Qué culpa tengo
de no convencerme? Están mis ideas muy remachadas, y no hay quien me
las arranque. No nos traslademos al siglo que viene; estamos donde
estamos, y en este momento yo no quiero ni oir hablar de la persona
que me ha quitado el cariño de mi hermana, tomándose una mujer que no
merece ni se merecerá nunca, aunque llegue á reunir los millones de
Rothschild.

CLOTILDE, _enojada_.

Pues sí que me merece. Vale más que yo, mucho más.

FEDERICO.

No disputemos sobre eso. Se puede discutir todo menos sobre las
simpatías y antipatías personales. Lo que pertenece al orden de los
sentimientos, sea cariño, sea rencor, es sagrado. Dejémoslo como está.

VIUDA DE CALVO.

Es cierto. Los odios están erizados de picos, y por mucho que las
palabras froten sobre ellos no los suavizarán. Las palabras son
blandas, los odios son duros. Las asperezas de la vida, ayudadas del
tiempo, sí que liman bien. Déjale, déjale. Si no quiere hacer las
paces con tu futuro, que no las haga. Por de pronto las ha hecho
contigo, y esto ya es algo.

CLOTILDE.

¿Serás tan ingrato, tan duro, tan orgulloso, que no asistas á mi boda?

FEDERICO.

No asistiré. No puede uno desmentirse á sí mismo en tan breve tiempo.
Sostengo que no es decoroso para mí ni para él que yo asista.

VIUDA DE CALVO, _irónicamente_.

Tiene razón. En ley de caballería, no se olvidan de hecho las ofensas
tan pronto como se dice. Que no se vean. Vale más que no se vean...,
no vaya á resultar que se coman.

CLOTILDE, _animosa_.

Pues yo digo que se han de ver. Que quieras que no, has de darle la
mano.

FEDERICO, _para sí_.

Me despediré... (_Saludando á la viuda de Calvo._) Señora mía...

CLOTILDE, _cogiéndole de una mano_.

No, no te dejo ir. Un momentito... En seguida sale. Está en ese
gabinete con el señor de Orozco.

FEDERICO.

¡Con Tomás!

CLOTILDE.

¿A qué viene ese espanto? Con Orozco, sí; con tu amigo, un señor muy
bueno, que nos protege y no nos abandonará nunca.

FEDERICO, _desasosegado_.

Adiós.

CLOTILDE, _tirándole del brazo_.

Que no te vas, digo.

VIUDA DE CALVO.

Más vale que le dejes. Le molesta sin duda ver á los que le dan una
leccioncita de tolerancia.

FEDERICO.

Es la verdad, y como me molesta me voy.


ESCENA X

_Los mismos._ OROZCO, SANTANITA, _que salen por la derecha_.

OROZCO.

¡Tanto bueno por aquí!

FEDERICO, _cohibido_.

Lo bueno estaba antes de venir yo: lo bueno eres tú.

OROZCO, _queriendo hacerse el insignificante_.

El amigo Santana y yo tratábamos de un asunto..., menudencias, nada
en suma. Me gusta verte aquí. Eso me prueba que corren vientos
conciliadores.

CLOTILDE.

Paces, D. Tomás; paces tenemos. Pero la fiera no está aún
domesticada, y es preciso pasarle la mano por el lomo un poquito más.

OROZCO, _festivamente_.

Cese la ruin discordia. Que esto sea como el _tableau_ con que acaban
las comedias. Reconciliación, tolerancia, y lo pasado, pasado. Haya
aquello de _¡hermano mío!_, y abrácense todos, y caiga el telón sobre
un final de buenos propósitos.

FEDERICO, _con escepticismo_.

Pues si en las comedias el telón volviera á levantarse, se vería que
los buenos propósitos eran conversación.

CLOTILDE, _aparte á Federico_.

Da la mano á mi Luis. Mira, el pobrecillo está asustado y no se
atreve á dirigirte la palabra. Háblale tú.

FEDERICO.

¿Que le hable yo?... ¡Tonta!

OROZCO, _observando á Federico y á Santanita_.

¿Qué pasa? ¡Ah!, que no se doblan esos rígidos caracteres. Uno y otro
se encariñan con su agravio y no quieren echarlo de sí. ¡Bonita cosa
guardáis! Sois un par de majaderos. Sí, defended vuestros rencores
como si fueran un hallazgo precioso que alguien os disputa.

VIUDA DE CALVO.

Señor de Orozco, usted que es tan cristiano y posee como nadie el
arte de mover los corazones, ponga en paz á estos desdichados, pues
de fijo á usted le harán más caso que á nosotras. Yo por vieja, con
un pie en la sepultura, y ésta por niña, acabada de nacer, carecemos
de autoridad.

OROZCO, _con fingido egoísmo_.

Señora mía, nunca me ha gustado ser redentor de nadie, ni quiero
meterme en libros de caballería. Además, conviene respetar las
disensiones de familia, que en algo se fundan, cuando existen. Cada
uno tiene bastante con sus propios afanes. ¿A qué afanarse por el mal
ajeno?

FEDERICO, _para sí_.

¡Hipócrita!

OROZCO.

Fijaos bien en este principio: lo que cada cual no haga por sí
mismo no debe esperarlo de los demás. Conque, jóvenes inflexibles y
caballerescos, si no simpatizáis, buen provecho os haga. No seré yo
el que se desviva por zurciros las voluntades. Si esperáis á que yo
os reconcilie, medrados estáis.

FEDERICO, _para sí_.

¡Farsante! (_Alto, á la viuda de Calvo._) ¿Lo ve usted?

VIUDA DE CALVO.

De los dichos á las acciones hay á veces mayor distancia que entre lo
fingido y lo real.

CLOTILDE.

Pues yo insisto en que des la mano á Luis. ¿Te irás sin darme ese
gusto?

FEDERICO, _secamente_.

Todo lo que yo podía hacer por ti, ya lo he hecho.

OROZCO, _burlándose_.

Eso es: carácter, firmeza, tesón. No se empeñe usted, Clotilde, en
abatir esa fortaleza inexpugnable. Que no le da la mano, que no se la
da...

SANTANITA, _queriendo aparecer sereno_.

Pero es preciso hacer constar que yo no he deseado que me la dé.
Conste esto.

OROZCO.

Sí, hombre; constará todo lo que usted quiera. Tratándose de
tonterías por una y otra parte, hay aquí mucho que apuntar para
enseñanza de las generaciones futuras.

SANTANITA.

Y conste también que nada absolutamente tenemos que agradecer
Clotilde y yo á las personas que más debieran mirar por ella, ya que
no por mí...

OROZCO.

Vamos, también eso constará, si se empeñan en ello.

SANTANITA.

Y que toda nuestra gratitud, toda nuestra consideración y nuestro
cariño son para usted, que se ha conducido con nosotros como un padre.

OROZCO, _riendo_.

¡Ave María Purísima! ¡Qué exageración, qué tontería, qué final de
comedia cursi!

SANTANITA, _con efusión_.

Y nosotros le reverenciaremos como hijos amantes y sumisos, porque
nos ha dado medios de vivir honradamente y de combatir la miseria.
La felicidad que llevábamos como en germen en nosotros mismos, usted
nos la hace patente y efectiva.

OROZCO, _llevándose las manos á la cabeza_.

¿Yo? Pues no me había enterado... ¡Qué manera de delirar!... No deis
importancia á lo que no la tiene.

FEDERICO, _para sí_.

¡Hipócrita! Ya te cayó que hacer. ¿No querías ingratitud? Pues éstos,
con su gratitud impertinente, te dan taza y media.

OROZCO, _muy contrariado_.

No, no cantéis victoria, ni me atribuyáis vuestra felicidad. La plaza
en casa de Trujillo, al mismo Trujillo la debéis..., casi casi á
disgusto mío, que la había pedido para otro.

VIUDA DE CALVO.

No le creáis, no le creáis. Su modestia es tal que no parece de este
mundo.

OROZCO, _ligeramente incómodo_.

Repito que no he sido yo..., vamos. ¿Cómo lo diré? (_A Santanita._)
Lo que hemos hablado hace un momento, no lo considere usted como
efectivo. Vaya, que el niño se entusiasma por adelantado. No es más
que un proyecto, una hipótesis, que tampoco me pertenece. Sólo soy
intermediario, y lo que vaya á poder de los hijos de Viera no saldrá
seguramente de mi bolsillo.

VIUDA DE CALVO.

No le creáis... que éste las gasta así. (_Con efusión._) Si os ha
prometido algo que aumente vuestro bienestar, creed que os lo dará,
y no le hagáis maldito caso si os dice que no es él quien da. ¡Otro
más marrullero no existe bajo el sol, que alumbra tantas maravillas
de Dios! Le conozco y á mí no me trastea. Os pondrá mala cara siempre
que os encaje algún beneficio, y procurará haceros creer que lo
debéis á otro.

FEDERICO, _para sí_.

Toma ingratitud.

OROZCO, _á la viuda de Calvo_.

Señora, usted me está faltando.

VIUDA DE CALVO.

Sí, le falto á usted, me le subo á las barbas, no le permito
echárselas de hombre malo, y le arranco la careta. Conmigo
(_enarbolando el palo_) no le valen á usted sus maquinaciones
infernales.

CLOTILDE, _colgándose de un brazo de Orozco_.

Es nuestro padre, nuestro verdadero padre, y le debemos gratitud
eterna y un cariño sin fin.

OROZCO, _sacudiéndose_.

Niña, por Dios, esto ya parece burla.

SANTANITA, _intentando besar la mano á Orozco, el cual la retira_.

Nuestro padre será aunque se enoje, y diga lo que dijere, como tal le
tendremos.

OROZCO, _sofocado_.

Basta, moscones, basta. Os juro que sois los mayores tontos que he
visto en mi vida.

VIUDA DE CALVO.

Sí, adoradle, que bien se lo merece. No toméis en serio sus
farándulas. Es el santo más pillo y más embustero que hay en la
tierra.

OROZCO.

Me voy... No puedo resistir esto.

VIUDA DE CALVO.

Pues mal que le pese, le diremos que es un santo y se lo haremos
confesar... Duro en él; besadle las manos (_Clotilde y Santanita
hacen esfuerzos por besarle las manos; pero él no se deja_), y si se
resiste, le amarraremos, y con este palo... (_renqueando hacia él,
con el bastón levantado_) le convenceré de que es un farsante... y
una mala persona..., así..., toma, toma. (_Le toca en los hombros
suavemente con la punta del palo._)

OROZCO, _cogiendo del brazo á Federico_.

Vámonos de aquí. Parece que están todos locos en esta casa... ¡Almas
de cántaro!...

VIUDA DE CALVO, _corre tras ellos_, _tambaleándose_.

Adiós, adiós.


ESCENA XI

Calle.

OROZCO, FEDERICO.

OROZCO.

¿Has visto qué gente más fastidiosa?

FEDERICO.

Fastidiosos por agradecidos.

OROZCO.

Quita allá. No es para tanto. Cuando las acciones comunes se
consideran actos dignos de alabanza, es que el nivel moral desciende
hasta lo increíble. Y ahora que estamos solos, hablaremos. Tenía yo
ganas de que echásemos un párrafo.

FEDERICO, _sombrío_.

Y yo también.

OROZCO.

Por cierto que..., y perdona que me entrometa en tus asuntos...,
creo que debiste contemporizar con ese pobrecillo Luis, tu futuro
cuñado. Ya no puedes impedir el parentesco. La sociedad sanciona
los matrimonios desiguales en cuanto se convence de que no puede
impedirlos. ¿Por qué has de ser tú menos que la colectividad?

FEDERICO, _con ardor_.

¿Otra vez el mismo asunto? Soy un anticuado, y no admito en la
intimidad de mi familia á personas de esa clase, de esos hábitos y
de esos procedimientos amorosos, los cuales acusan una extracción
villana y grosera. Y no tengo más que decir.

OROZCO.

Bueno; no es preciso acalorarse. Hártate de aborrecer..., saborea las
hieles del alma. Hay personas á quienes gusta el dolor propio con
tal de producir el ajeno. No te arriendo la ganancia. Has hablado de
extracción villana, tontería impropia de ti.

FEDERICO.

Pues que lo sea, mejor. Tontería constitutiva, contra la cual no
puedo nada, como nada podemos contra nuestro temperamento.

OROZCO.

No insisto en ello. Entiéndete con tus errores. Te estás labrando tu
infelicidad.

FEDERICO.

¿Y qué?

OROZCO.

No conceptúo la infelicidad terrestre como un mal absoluto, pero
debemos evitarla.

FEDERICO, _muy displicente_.

Pues á mí se me antoja no luchar contra ella. ¿Qué quieres? Será
porque me he convencido de que me ha de vencer.

OROZCO.

Pesimista estás. La vida es un beneficio y no una carga.

FEDERICO.

Para mí no vale esa regla..., ni otras.

OROZCO.

Porque no quieres hacerla valer... Pero, en fin, no divaguemos, y
vamos á lo concreto. ¿Adivinas el asunto de que quiero hablarte?

FEDERICO, _para sí_.

¡Dios mío, ahora es ella! (_Alto._) Sí, me lo figuro.

OROZCO.

Augusta se encargó de tantear el terreno. Yo no quise hacerlo. Me
asustaban esos relinchos que da tu falsa dignidad salvaje, y recalco
la figura, porque verdaderamente es como un caballo sin desbravar...
Adelante: mi mujer me ha dicho que no aceptas.

FEDERICO.

Es cierto.

OROZCO.

Dame una razón.

FEDERICO, _después de vacilar_.

Porque no puedo, porque es absolutamente imposible que acepte.

OROZCO.

Pero eso no es razón... Dame una, siquiera sea del tamaño de una
lenteja.

FEDERICO.

Las tengo del tamaño de calabazas.

OROZCO.

Pues vengan. Porque no comprendo yo delicadezas extremadas hasta la
sinrazón. Eso ya es ingratitud y orgullo satánico.

FEDERICO.

¡Orgullo satánico! Es que yo sostengo que Lucifer no fué malo al
rebelarse... Era un ángel muy delicado.

OROZCO.

Pase como chascarrillo. Tratemos la cuestión formalmente. ¿Qué
agravio recibe tu decoro con adoptar una manera de vivir que te libre
de amarguras y te asegure la paz moral para toda la vida? Empieza por
considerar que lo que se te ofrece no es mío: es de tu padre.

FEDERICO.

Imposible considerarlo así. Las cosas son lo que son.

OROZCO.

Bueno, pues sea de quien sea. Explícame por qué te humillan los
favores de un amigo.

FEDERICO, _turbado_.

No es que me humille; es que... (_Para sí._) Este hombre me está
asesinando.

OROZCO.

¿Qué orgullo es ese? ¡Qué casta de dignidad tan incomprensible! ¿Te
rebaja el beneficio otorgado por un amigo, por un compañero de la
infancia, y no te envilecen otras cosas? ¿Cómo entiendes tú el honor?
Tus arbitrios angustiosos y degradantes de buscarte la vida no te
sonrojan, y te sonroja lo que te propongo.

FEDERICO.

Es que mis arbitrios degradantes son hábitos, y ya no puedo vivir
sin ellos. Tomás, Tomás, me duele mucho decírtelo; pero te lo diré.
Soy vicioso. La idea de una vida sosa y correcta, con el bienestar
acompasado de un modesto rentista, me horroriza. No quiero esa vida,
no la quiero. El veneno se ha adaptado á mi naturaleza, y no puedo
existir sin él.

OROZCO.

Palabrería ingeniosa. Tú no sientes lo que dices. Me engañas, y yo,
al menos, merezco de ti la sinceridad. ¿Cómo pretendes hacerme creer
á mí que prefieres esa vida de sobresaltos á...?

FEDERICO, _interrumpiéndole_.

Créelo, sí. Me carga la tranquilidad. No sé cómo explicártelo. Los
conflictos diarios, las angustias, el no respirar, el no vivir,
la excitante lucha, me producen placer insano. ¿No lo comprendes?
Soy como el borracho incorregible, que se siente envenenado por el
alcohol y lo apetece con todas las energías de su naturaleza. Yo
apetezco el mal, el picor terrible de las dificultades pecuniarias,
las emociones del azar, con sus desmayos hondos y sus alegrías
delirantes.

OROZCO.

Nada de eso pertenece á la realidad. Ó es desvarío de enfermo, ó una
manera hábil de argumentar. Otras razones te mueven á despreciar lo
que te ofrezco. Dímelas, y quizás me sea fácil rebatirlas. Imposible
que dejes de comprender las ventajas de la vida decente y sosegada.
¿Sabes cuál es mi aspiración y la de Augusta, que en esto, como
en todo, está de acuerdo conmigo? Pues que te entiendas con tus
hermanos, y viváis juntos. Por eso te escribió mi mujer suplicándote
que visitaras á Clotilde. Accediste, y pensamos que tu aquiescencia
en este punto era señal de ceder también en el otro. Te propusimos el
vivir con tu familia, calculando que de este modo os luciría más el
pequeño capital que debéis á las travesuras de Joaquín. Porque á él,
fíjate bien, á él en primer término debéis agradecerlo más que á mí.

FEDERICO.

¡No nombres á mi padre, por Dios! ¿Qué tiene él que ver con esto?

OROZCO.

Sí, porque él, inconscientemente, nos ha proporcionado los medios
para esta combinación feliz.

FEDERICO, _espontaneándose_.

Tuya, tuya y sólo tuya es esta idea, que tiene una cara divina y un
reverso diabólico. Todo lo hermoso de ella te pertenece; bien lo sé.
Conmigo no te valen tus farsas de modestia; conmigo no te sirve el
desprenderte de tu corona sublime. Te conozco y sé apreciarte en lo
que vales. Desgracia mía es no poder corresponder á tanta... no sé
cómo llamarlo. Tomás, despréciame, no hagas caso de mí. Yo no merezco
ni que me mires siquiera.

OROZCO.

No te escapes por ese registro de los elogios, para aturdirme y
apartar la cuestión de sus verdaderos términos. Por reducirte y
ablandarte, soy capaz hasta de transigir con lo que más detesto, que
es la vanidad, y llenarme de ella, y atribuirme virtudes y méritos,
con tal que accedas á nuestra pretensión... ¿Te conviene este trato?
Dime que aceptas, y yo diré que soy tu protector si así te acomoda.
Por el contrario, ¿te molesta mi protección?, ¿tu orgullo se subleva
contra lo que crees humillante? Pues me anularé. Nada habrá en mí que
te recuerde la situación de favorecido. Es más: si quieres mostrarte
ingrato conmigo, mejor, tanto mejor. Si te da por mostrarte
olvidadizo, no creas que eso me incomoda: al contrario...

FEDERICO, _con viva emoción_.

Tomás, si te digo que te tengo por sobrenatural, no expreso todo lo
que siento. Cállate y déjame; no puedo oirte...

OROZCO, _deteniéndose en un portal_.

Piensa en lo que te he dicho. Yo me quedo aquí.

FEDERICO, _deseando escapar_.

Pues adiós... Sí; pensaré...

OROZCO.

Adiós. (_Entra en una casa. Federico sigue._)


ESCENA XII

FEDERICO, _solo, vagando por las calles, en estado de vivísima
agitación_.

¡Ay, qué descanso!... ¡Libre de ese hombre! Huiré y me esconderé
donde no pueda oir su voz, donde su mirada noble y profunda no me
anonade. Imposible vivir así... Si otra vez me habla, mi sinceridad
se desbordará, y le diré la verdadera causa de mi... ¡Enorme y
absurda pretensión que yo acepte tal cosa! Me moriré cien veces
antes. (_Reflexionando._) ¿Pero á qué revelarle yo los motivos de
mi rebeldía, si él ha de saberlos pronto? Yo confiaba, ¡menguado
de mí!, en que este secreto no se descubriría fácilmente, y ahora
resulta que no tardarán en conocerlo todos nuestros amigos, medio
Madrid, y él... ¡Pero qué hombre, santo Dios! ¿Por qué le hiciste de
tan rara perfección, para ponérmele delante en la más crítica hora
de mi vida? ¿Por qué no es un malvado, un egoísta sin entrañas, un
envidioso, un falso al menos, siquiera un hombre vulgar, de éstos
que se encuentran á centenares, á millares más bien?... No, no iré
esta noche á ninguna parte donde pueda verle. No comeré en su casa.
Me acosa su presencia; su voz me persigue; me espanta la idea de que
si hoy consigo evitarle, no lo conseguiré mañana. ¡Tal suplicio un
día y otro, y al fin...! Porque lo ha de saber. (_Inquietísimo._) ¿No
valdría más que yo se lo dijera? «Amigo mío, estoy imposibilitado
para aceptar tus beneficios, porque te he robado á tu mujer.» ¡Qué
locura! Esto sería denunciarla cobardemente. Vale más esperar á pie
firme á que algún malicioso le revele la terrible y afrentosa verdad.
Sucederá entonces lo que es de rúbrica: el hombre ofendido me exigirá
reparación; se la daré con la estúpida forma del duelo, y... ¡Cuán
grotesca es la sociedad! ¡Debiéramos todos pintarnos la cara con
albayalde como los _clowns_, ó colgarnos cascabeles de las orejas
como los antiguos bufones, pues somos unos grandes mamarrachos...!
(_Fijándose en un transeúnte que pasa._) Es Villalonga. Me meteré
en este portal para que no me vea. Quiero estar solo. No me agrada
más conversación que la mía, y sólo estoy á gusto conmigo, como con
un ser amado que se despide... Porque yo me marcho; yo no puedo
vivir así. La vida, tal como la voy arrastrando ahora, es imposible.
Recibir mi salvación del hombre á quien he ultrajado, imposible
también. ¡Oh, quién fuera uno de estos de conciencia ancha que sólo
miran su provecho! ¿Por qué hay en mi alma esta antipatía contra la
protección y esta invencible repugnancia de la generosidad ajena?
Ciertos agradecimientos le sumergen á uno en la inferioridad servil,
y le subordinan y le rebajan. No sé por qué me inclino á detestar á
los que quieren ampararme. (_Reparando en alguna persona._) ¿No es
aquél Infantillo? Aquí me escondo. No quiero ver á nadie. La voz de
un amigo me molesta, como si todo el que á mí se acerca viniera con
intenciones de protegerme. Es Infante, sí. Y entra en el Casino. Yo
pensaba comer hoy allí; pero comeré en otra parte. ¿En dónde? Lo
mismo da. ¡Lo que puede la rutina de sentarse á la mesa á determinada
hora! ¡Si no tengo apetito!... ¡Si hasta me repugna la idea de
alimentarme!... (_Aturdido._) Iré á casa, y Claudia me dará algo de
lo que ellas tienen para sí. Ahora me entran ganas... Vamos, comería
yo esta noche una cosa muy salada, muy salada..., no sé qué..., y
muy agria, muy agria..., y después tomaría café bien cargadito...
(_Entrando en un coche: al cochero._) Lope de Vega, 57, triplicado.


ESCENA XIII

Salones en casa de San Salomó.

FEDERICO, _después_ LA SOMBRA DE OROZCO.

FEDERICO, _entrando_.

Aquí me refugio esta noche. No sé adonde ir. En esta casa no es
probable que encuentre al Santo, cuya sublimidad pesa sobre mí como
un peñasco que se me ha puesto sobre los hombros. Casi nunca viene
aquí... No sé qué hay en mi cabeza esta noche; no puedo precisar bien
lo que veo, ni estoy seguro de reconocer á las personas que á mi lado
pasan. ¿No es aquél Monte Cármenes? Creo que sí; pero no lo juraría.
Y aquélla, ¿no es Victoria Trujillo? Tampoco puedo responder de que
sea. ¿He saludado á alguien al entrar? No lo aseguro. Me parece
que sí, me parece que no. Daré una vuelta por los salones. ¡Cuánta
gente! Nadie me mira. ¡Qué placer no ser advertido! Me apartaré
á un sitio solitario, y me distraeré viendo caras de personas á
quienes no se les ha ocurrido protegerme... ¡Oh, maldito de mí! (_Con
súbito terror._) ¿No es aquél Orozco? Y me ha visto. Desde lejos me
descubre, y me clava sus ojos que despiden lumbre. Viene hacia mí. Ya
no me escapo. Que me coge, que me coge.

_La sombra de Orozco, con perfecta apariencia humana y vestida de
etiqueta, avanza hacia Federico y le coge del brazo._

FEDERICO.

Ya, ya te veo...

LA SOMBRA.

Parece que huyes de mí.

FEDERICO.

¿Yo? No lo creas. Tanto gusto en verte. Siempre mucho gusto en verte,
muchísimo.

LA SOMBRA.

Apártate aquí; charlaremos. (_Le lleva á un gabinete próximo._)

FEDERICO, _irónicamente_.

Es lo que deseo: charlar contigo, para que me aconsejes, para que me
ilumines. Eres el alma más grande que conozco.

LA SOMBRA.

¿Has reflexionado en lo que te dije?

FEDERICO.

¡Ya lo creo! Desde que nos vimos esta tarde no ha hecho tu amigo otra
cosa que reflexionar. Como que con tantas reflexiones no he tenido
tiempo de comer. No ha entrado en mi cuerpo esta noche más que un
puñado de sal, una taza de café y después dos copas de coñac, digo,
tres.

LA SOMBRA.

La sal aviva las ideas y el café las ennoblece.

FEDERICO.

Pues sí, he reflexionado, y... me confirmo en lo que hace poco te
dije. No hay arreglo: déjame en la indigencia y en la degradación.
El bienestar me rebajaría á mis propios ojos; necesito privaciones
y padecimientos para regenerarme. Además, temo mucho que la flor
de la gratitud no quiera nacer en mi huerto, y que al encontrarme
favorecido no pueda amar á mi favorecedor. Vale más que busque en la
penuria y en el sufrimiento los estímulos que mi alma necesita para
purificarse. Quiero ser pobre, Tomás; pobre. Dirás tú: «¡qué gusto
tan raro!», y yo respondo que más sabe el loco en su casa que el
cuerdo en la ajena. Añadiré una idea que quizás te sorprenda. Aunque
nos hemos tratado desde la infancia, apenas me conoces, y bajo estas
apariencias insustanciales escondo una austeridad de principios que á
mí mismo me asusta cuando atentamente la considero. ¡No faltaría más
sino que pretendieras tú monopolizar la práctica de una moral rígida!

LA SOMBRA, _con benevolencia_.

¿Yo? ¿Qué había yo de monopolizar nada, hombre? Tranquilízate,
y ten toda la rigidez de principios que gustes, sin temor á mi
competencia. Eso me parece muy bien, pero muy bien. (_Dándole
palmadas en el hombro._) Pero si me lo permites, he de rogarte me
digas qué principios de esos tan severos que tú profesas son los que
te impiden entenderte conmigo.

FEDERICO, _lleno de confusión_.

Es que con mis principios, y como complemento de ellos, se enlaza un
desprecio absoluto de los bienes materiales.

LA SOMBRA, _sonriendo_.

Vocación de penitente y de anacoreta.

FEDERICO.

Tampoco es eso. Me parece que no estás tú hoy tan lúcido como otras
veces. Si acertaré á explicarme. Profeso la teoría de que si somos
siempre y en todo caso autores de nuestro propio mal, también debemos
ser autores de nuestro bien, y debérnoslo todo á nosotros mismos.

LA SOMBRA, _con acento ligeramente burlón_.

¿Piensas trabajar?

FEDERICO.

¿Por que no? ¿Me crees incapacitado para el trabajo?

LA SOMBRA.

No por cierto. Pero no acabo de comprender tus principios. Seamos
formales y hablemos con absoluta sinceridad.

FEDERICO, _palideciendo y temblando_.

Eso es... Sinceridad es lo que nos hace falta.

LA SOMBRA.

Me vas á explicar un enigma que observo en ti. ¿Cómo es que la
aceptación de un favor mío subleva tus austeros principios, y no los
contraría tu trato infame con persona de tan bajo nivel moral como
_La Peri_?

FEDERICO, _aterrado_.

¡Yo! ¿Qué dices? ¿De dónde has sacado eso? ¿Por dónde lo sabes? Es
absurdo y no tiene fundamento alguno.

LA SOMBRA.

De esa pájara aceptas tú auxilios que te envilecen á ti tanto como
á ella, pues ya sabes que Leonor, cuando estás ahogado y no halla
modos hábiles de socorrerte, se va del seguro y hace trampas en el
juego..., le sustrae á su marqués billetes escamoteándole la cartera
que lleva en el bolsillo..., y por fin imagina planes industriales
asociada contigo, establecimientos de infame comercio, timbas á
estilo de Montecarlo...

FEDERICO, _dando diente con diente_.

Eso no es verdad. Lo dice, sí; lo dice, pero ten por cierto que no
lo hace. Es que da bromas, como tú, fingiendo codicia y maldad. Te
propones humillarme con esas historias, y no lo conseguirás, no lo
conseguirás. Que _La Peri_ y yo nos auxiliemos recíprocamente,
nada tiene que ver con mis principios. Tú, como la generalidad de
las personas, no ves más que la moral de relación. La absoluta, la
moral fina, no la ves: eres muy miope. (_Con grandísima zozobra.)
_Y otra cosa, Tomás: ¿Qué idea te has formado tú de Leonor? La idea
vulgar, la idea de los cortos de vista, que no ven más que el bulto
de las cosas. _La Peri_ es una señora..., para mí al menos... Y
pongo mi cabeza á que no ha sido ella quien te ha contado eso. Es
en este punto la discreción personificada. ¿Acaso lo has pensado,
lo has discurrido tú, sin que te lo dijera nadie? (_La Sombra
contesta afirmativamente con la cabeza._) No, no has formado idea
exacta de mis relaciones con Leonor... Sería preciso que yo te
las explicase..., y lo haría si ahora mi cabeza no propendiese á
embarullar las ideas. No lo veo claro yo tampoco, no lo veo muy
claro; pero te diré que Leonor es mi amiga, la única persona en el
mundo con quien tengo verdadera amistad, y esa confianza, Tomás, esa
flor humilde y casera, que no nace sino en el terreno de la comunidad
de sentimientos. Entre Leonor y yo hay un lazo moral, que será,
visto desde fuera, muy feo, pero que por dentro es de lo más puro,
créelo, de lo más puro que puede existir. (_Inquietísimo, observando
expresión de incredulidad y burla en el rostro de La Sombra._) ¿Pero
no lo entiendes?

LA SOMBRA, _festivamente_.

Eso no lo entiende nadie.

FEDERICO.

¡Nadie! ¿Y si yo te dijera que, existiendo entre los dos esa leal
confianza, no tengo amores con ella? Los amores van por otro lado,
¡ay!, amores sin raíces, como los que contraemos con las mujeres
de vida ligera para distraernos y engañar las penas, amores de
imaginación, que producen ratos deliciosos, pero que dejan el corazón
vacío y el alma sedienta. Tampoco entiendes esto, ¿verdad?

LA SOMBRA.

Eso sí.

FEDERICO.

Te estoy contando lo que no debes saber; pero la culpa es tuya.
¿Para qué excitas mi sinceridad? Queda siempre en pie el misterio
inexplicable para ti: ¿por qué no acepto tu donativo? Pues
sencillamente porque no me da la gana. ¿Lo quieres más claro?
(_Acalorado y descompuesto.) _Y si te empeñas en que riñamos,
reñiremos. Por mí no ha de quedar. Prepárate, y elije la forma de
reñir que más te agrade y en que veas más probabilidad de vencerme.
Porque tú debes triunfar y yo debo sucumbir.

LA SOMBRA, _flemáticamente_.

No veo por qué razón ha de haber en esto vencedores ni vencidos. Tú
eres dueño de tu voluntad y de tu porvenir. No me siento ofendido
por tu afición á la pobreza ni por tus simpatías hacia _La Peri_.
Buen provecho te hagan.

FEDERICO.

Lo que yo sé es que así no puedo vivir.

LA SOMBRA, _con afecto_.

Explícate mejor; no tengas para mí secretos.

FEDERICO, _doloridamente_.

No te canses, Tomás. Yo no puedo declararme á ti. Pero lo que mi
lengua no acierta á decirte, cien lenguas del mundo te lo dirán.
Francamente, no me importa nada que me mates.

LA SOMBRA.

¿Matarte? Si tu vida es un suplicio, quitártela es hacerte un bien;
y como tú no quieres aceptar de mí favor alguno, te dejaré vivo y
pobre. (_Riendo._) ¿No es ese tu gusto?

FEDERICO, _aturdido_.

Sí, sí. Y ahora... te hablaré con franqueza. ¡Cuánto te agradecería
que te marchases! Tu presencia me mortifica horriblemente, y si no he
huído de ti, es porque no puedo moverme. Yo no sé lo que tengo.

LA SOMBRA, _levantándose_.

No deseo más que complacerte.

FEDERICO.

¿No te gusta á ti la ingratitud? Pues en mí tienes lo que más puede
agradarte. ¿Estás contento de mí?

LA SOMBRA.

No, porque la ingratitud que á mí me entusiasma es la de los que
reciben un beneficio mío, y tú lo rechazas.

FEDERICO.

Pues hazme el beneficio inmenso de no ocuparte de mí. No me mires, no
me hables.

LA SOMBRA, _sonriendo_.

¡Ingrato! Si no deseo más que tu bien...

FEDERICO, _suplicante_.

Por Cristo, olvídate de mí.

LA SOMBRA.

Yo te digo á ti que no me olvides. (_Con humorismo._) Soy algo
pesado, ¿verdad? Vaya, descansa de mí un momento... Pero nos veremos
otra vez. (_Estrechándole la mano._) Sabes cuánto se te estima...
(_La Sombra se aleja. Federico sale del salón._)


ESCENA XIV

Calle.

FEDERICO, _solo, andando muy á prisa_.

¡Cómo está mi cabeza! ¿Pues no me entra la duda más espantosa que
jamás agitó mi espíritu? ¿He hablado yo con Orozco en casa de San
Salomó, ó es ficción y superchería de mi mente? No puedo asegurar
nada. Yo le he visto, yo he hablado con él... La realidad del hecho
en mí la siento; pero este fenómeno interno, ¿es lo que vulgarmente
llamamos realidad? Lo que yo he dicho cien veces: no hay bastantes
palabras para expresar las ideas, y deben inventarse muchas, pero
muchas más. Que yo le vi y le hablé, no es dudoso para mí, y me
parece que le oigo todavía. Pero un sentimiento vago de las cosas
exteriores me dice que aquel encuentro es obra de mis propias
ideas... (_Escudriñando en su espíritu._) ¿Pero es cierto que
hablamos Orozco y yo en esa casa? ¿Estuve yo realmente en ella? Vamos
á ver: concretemos. (_Parándose._) ¿En dónde has estado desde las
diez?... No acierto á precisarlo. Sea lo que quiera, realidad por
realidad, lo mismo da una que otra... Despéjate, cabeza. ¿Adonde iré
para calmar mi afán? ¿Cómo pasaré las horas de esta triste noche que
no se acaba nunca? Cien veces he mirado el reloj sin enterarme...
Mirémoslo con la atención debida: las once y media. ¡Temprano,
siempre temprano! (_Vuelve á andar presuroso._) Necesito desahogar mi
corazón confiando mis inquietudes á alguien. ¿Pero á quién? Se las
contaría yo á Leonorilla; pero no es hora de ir allá. De noche no
puedo, no sé ver en ella á mi amiga querida. A estas horas encontraré
la casa toda llena de... hombres. ¡Desgracia inmensa para mí, que
la única persona á quien declararme puedo no me sirve para el caso
sino cuando no parece lo que es!... ¿Iré á que me consuele la otra,
Augusta? Tampoco es ocasión. Ésta por ser honrada de noche, aquélla
por no serlo, ambas me cierran sus puertas en las horas de mayor
soledad y tristeza. Además, Augusta es la persona á quien menos
puedo confiarme, porque ella, ella me ha lanzado á esta lucha, á
este vértigo... ¡Pobre mujer! Alucinada por el amor, has perdido de
vista la ley de la dignidad, ó al menos desconoces en absoluto la
dignidad del varón. ¡Ay, tus palabras, tan gratas para mí en otro
tiempo, ahora serán como instrumentos de suplicio! Me embriagarás
con tus avasalladoras seducciones, disiparás durante un rato grande
ó chico las tinieblas de mi vida; pero no derramarás en mi corazón
ese bálsamo de ternura y consuelo que es la única medicina de este
mal espantoso de la conciencia... ¡A estas horas ya la malicia se
cebará en la verdad descubierta por Malibrán, y mientras Orozco cree
y dice que _La Peri_ me ayuda á vivir, nuestros amigos dirán que
Augusta me mantiene y me paga las trampas! Esto me subleva. (_Con
desesperación._) Romperé con ella; rechazaré las ofertas de Tomás,
y después que me devoren la miseria y la usura... (_Pausa._) ¿Iré á
pedir consuelos á mi hermana? No, porque me encontraría con ese facha
innoble á quien detesto. Sólo de verle se me crispan las manos, y
siento anhelos de destrozar á alguien. No; allá no iré por nada de
este mundo. Ya no tengo hermana, ya no tengo familia; estoy solo,
y la compañera que me hace falta, ni puede dármela la amistad ni
dármela puede el amor... Vagaré por las calles hasta que sea hora de
entrar en mi casa... Pero el tiempo no avanza. ¡Demonio, siempre las
once y media! Me canso ya de este paseo febril. (_Detiénese indeciso
y fatigado._) ¿En dónde me metería yo para reposarme y distraerme un
rato? No iré á ningún sitio donde pueda encontrarme con el Santo,
pues su sola presencia me causa las agonías de la muerte. ¡Ah, qué
idea feliz! Me refugiaré en un teatro. ¿En cuál? En éste, que es
del género picante. No me reiré, porque no puedo reirme; pero mis
ideas se desviarán un rato de la fijeza congestiva que me atormenta.
(_Párase á la puerta de un teatro; toma localidad y entra._) Están
en el entreacto; pero pronto empezará la función, que ojalá sea una
pieza muy disparatada, muy absurda, muy cínica... (_Dirígese al
pasillo de butacas._)


ESCENA XV

Teatro.

FEDERICO, OROZCO, _que se le presenta de improviso al dar los
primeros pasos en el patio. Un poco más lejos, el_ MARQUÉS DE CÍCERO
_y el_ CONDE DE MONTE CÁRMENES.

FEDERICO, _para sí, estremeciéndose al verle_.

¡Orozco! Esto parece cosa del infierno.

OROZCO.

Hola, sonámbulo... ¿Qué es eso? ¿Te asombras de verme aquí?

FEDERICO.

No esperaba...

OROZCO.

Ese chiflado (_señalando á Monte Cármenes, que mira con gemelos hacia
los palcos_) se empeñó en que entráramos aquí. Y la verdad, nos
hemos divertido. Me gusta mucho el género cómico, aun con toques tan
chillones y picantes como los que aquí se usan. ¿Y tú...? Tienes mala
cara, chico; estás pálido...

FEDERICO, _trémulo_.

No me siento bien esta noche.

OROZCO.

¿Qué tienes?

FEDERICO.

Aquí, en el corazón..., no sé qué. No es dolor, no es punzada. Es
una extraña sensación que al anochecer empezó á molestarme, y que se
acentuó terriblemente al entrar aquí.

OROZCO.

¿Te duele...?

FEDERICO.

Exactamente dolor, no, no... Es más bien un estímulo, como ganas
instintivas de meter los dedos por aquí; aquí, no sé si en el corazón
ó un poco más abajo. Lo que más me mortifica es la idea..., sí, no te
rías, la idea de que me aliviaré introduciendo los dedos hasta tocar
la parte dolorida, mejor dicho, la parte afectada.

OROZCO, _sonriendo_.

Te diré lo que se dice siempre en tales casos: eso es nervioso.
Poco mal y bien quejado. Quizás falta de sueño, quizás un poco de
dispepsia. Sanarás cuando tu ánimo se tranquilice. Federico, haz caso
de mí, regulariza tu vida, para lo cual te basta dejarte querer, y
verás cómo desaparece esa molestia, que no es más que una acción
refleja, partiendo del cerebro. Corta de raíz tus malos hábitos, y
verás qué bien te va.

FEDERICO, _con tristeza_.

¡Qué pronto se dice eso, Tomás!

OROZCO.

Tonto, tú no has pensado en ello; no te has hecho cargo todavía del
bien que te espera... A nuestra edad, pasados los treinta y cinco, un
vivir metódico y sin sobresaltos es el único vivir posible... Y no me
vengas con que la ociosidad te aburrirá, y que necesitas un poco de
movimiento. Yo te daré ocupación, yo me encargo de que no te aburras;
y con algo que ganes, y algo que recibirás de Joaquín (porque hemos
convenido en que esto es de tu padre), vivirás como un príncipe.
Tú créeme y déjate llevar. Confíate á mí, verás cómo te arreglo tu
_aurea mediocritas_. Luego la tranquilidad de la conciencia... ¿Sabes
tú lo que eso vale?

FEDERICO, _para sí, turbadísimo_.

Insisto en que este que me habla no es el Orozco de carne y hueso.
Hállome en el vórtice de una gran alucinación, y lo que veo y oigo es
hechura de mi propia idea.

OROZCO.

Entrégate á mí sin temor; á mí, que te quiero de veras y miro por tu
bien...

FEDERICO, _para sí, trastornado_.

Basta. No puedo soportar esto. (_Alto._) Adiós, Tomás; me siento mal
y tengo que retirarme.

OROZCO.

Cuídate, métete en tu casa. ¡Detestable costumbre ésta de hacer de la
noche día! Yo, no creas, tampoco me siento bien. No sé qué me pasa.
Pero con un par de días de campo me repondré.

FEDERICO.

¿Te vas á las Charcas?

OROZCO.

Pasaré allí los dos días de fiesta.

FEDERICO.

¿Vas solo?

OROZCO.

Estoy reclutando gente. Nuestro buen Cícero, el moderno Nemrod, no
puede ir. Hasta ahora sólo cuento con Malibrán.

FEDERICO.

¡Ah! ¿Vas con Malibrán?...

OROZCO.

¿Quieres agregarte?

FEDERICO.

No, gracias. Abur, abur. (_Sale presuroso del teatro._)


ESCENA XVI

Gabinete en casa de Federico. Es de noche.

FEDERICO, BÁRBARA; _después_ LA SOMBRA DE OROZCO.

FEDERICO, _echado en el sofá, junto al velador, en el cual hay
una lámpara_.

Gracias á Dios que me encuentro solo. ¿Qué mejor refugio que
mi propia casa? Creí no poder llegar á ella; de tal modo se me
trastornó la cabeza en aquella correría por las calles. El cansancio
me abruma; pero lo que es sueño, no siento maldito. Apetezco el
dormir como el mayor bien imaginable; pero la manera de lograrlo es
lo que no se me alcanza... Y sigue molestándome la sensacionita en
el corazón, aquí..., donde debe estar el vértice de esa condenada
máquina. Aguantaremos... La cabeza es la que anda peor. ¡Cuidado
que la alucinación de esta noche!... ¡Figurarme que vi á Orozco en
el teatro, y que le hablé! ¡Si me parece que oyéndole estoy aún! Ha
sido un fenómeno subjetivo, determinado por cierta idea diabólica
que me escarba en la mente...: la idea de transigir, de dejarme
querer... ¡Oh, tentación insana! Degradarme, pero vivir... Porque...,
razón tiene Orozco: ¡qué bien estaría yo si...! ¡Idea maldita, que
hace vacilar mi dignidad y trastorna mi conciencia! No, Tomás, no
insistas, no me tientes. Si me estimas como dices, no me envilezcas
más de lo que ya lo estoy.

BÁRBARA, _entrando de puntillas_.

¿Se le ofrece algo? Claudia no puede levantarse: está con un dolor en
la cadera. Me rogó que me quedase aquí esta noche, por si el señorito
volvía malo.

FEDERICO.

Nada se me ofrece. Puedes acostarte.

BÁRBARA, _para sí_.

Esa cabeza no anda bien. ¡Qué hombres éstos! Comidos de vicios, no
se hartan nunca de gozar, y cuando no pueden tenerse, vienen á que
una les cuide. Las de fuera para la diversión y el jaleíto; las de
casa para atenderles cuando están malos... (_Contemplándole._) ¡Y qué
guapín, qué simpático! Como todos los pillos.

FEDERICO.

¿Qué haces ahí, fantochona?

BÁRBARA.

Ya me voy... Estaré con cuidado por si usted llama. (_Detiénese
en la puerta, y desde ella le observa._) ¡Qué desmejorado y qué
alicaído!... Esas bribonas le consumen. Si las cogiera yo... Pero él
es el primer causante de su malestar. ¡Ay, qué hombres éstos! Son
como las veletas. Hoy apuntan para aquí, mañana para allá.

_La sombra de Orozco aparece sentada frente á Federico. Éste la
contempla un rato sin pestañear. Después habla._

FEDERICO.

Dispensa, Tomás, no te había visto. Me adormecí un poco. ¡Cuánto te
agradezco que vengas á visitarme! ¡Si vieras qué malo estoy!

LA SOMBRA.

No te acobardes. Mal de imaginación, desasosiego del espíritu y nada
más. Tranquilízate, hazte dueño de tu voluntad, y te sentirás bien.

FEDERICO.

Lo que anda peor es la cabeza, que á veces se me trastorna de
una manera... Figúrate que esta noche me aluciné hasta el punto
de verte y hablar contigo en un teatro... Tan claras fueron las
falsas percepciones de mis sentidos, que aún me cuesta trabajo
diferenciarlas de las percepciones reales... He pensado en lo que
hablamos en casa de San Salomó. No puede ser, Tomás; no puede ser. Te
lo agradezco infinito.

LA SOMBRA.

¡Es lástima, porque estarías tan bien...!

FEDERICO, _acometido de nerviosa risa_.

Como estar bien, ya lo creo. Si otra cosa he dicho..., no hagas
caso..., charla, sofistería. ¡Ay, no sabes cuánto apetezco la
tranquilidad, aunque mi vida resulte de las más modestas; trabajar
algo, tener seguros el hoy y el mañana, y luego una familia en cuyo
seno encontrar el amor y la paz!

LA SOMBRA.

Todo eso y mucho más podrás tener.

FEDERICO.

¿Pero cómo pretendes tú que lo acepte de ti, habiéndote burlado como
te burlé, habiendo pervertido á lo que más amas en el mundo, que es
tu mujer?

LA SOMBRA, _con frialdad suma, sin accionar_.

Empequeñeces el asunto subordinando su resolución á las fragilidades
de una mujer. Elevémonos sobre las ideas comunes y secundarias.
Vivamos en las ideas primordiales y en los grandes sentimientos de
fraternidad; y cuando hayas acostumbrado tu espíritu á esta luz
superior, comprenderás que el amor material queda en la categoría de
instinto y es enteramente libre.

FEDERICO.

Por Dios que te explicas bien, y me consuelas con tus explicaciones.
Pero oye: ese disparate también se me había ocurrido á mí.

LA SOMBRA.

Has dicho que me habías ofendido quitándome mi mujer. ¿Qué quiere
decir eso? Augusta no es mía. Considera que en esta esfera de las
ideas puras adonde nos hemos subido, los seres todos gozan de
omnímoda libertad. Nadie es de nadie. La propiedad es un concepto
que se refiere á las cosas, pero á nada más... Los términos _mío_
y _tuyo_ no rezan con las personas. Nadie pertenece á nadie, y
Augusta, como todo ser, dueña es de sí misma. (_Con ligera inflexión
humorística en su acento._) Hemos convenido tú y yo en que se
quedaron allá abajo, en las capas donde el vulgo rastrea, todos
esos convencionalismos pueriles, y los aparatos legales que arma la
sociedad por el gusto ridículo de dificultarse su propia vida.

FEDERICO.

¡Ah, Tomás, toda esa argumentación ya ha pasado por mi cerebro, que
hierve! Tú me estás engañando; tú me estás echando cloroformo en la
conciencia, para luego arrancármela sin que yo lo note y envilecerme.
No, no me dejo adormecer por ti. Estoy bien despabilado.

BÁRBARA, _observándole desde la puerta_.

Pobrecito. ¡Qué agitación la suya! Parece que delira y que sueña,
pero con los ojos abiertos. Si se dejara arrullar por mí, yo le
tranquilizaría.

LA SOMBRA, _inclinándose hacia él en ademán cariñoso_.

No te engaño... Deseo tu bien, y que reformes tu vida. Te daré
asimismo una ocupación para que no estés ocioso.

FEDERICO, _riendo desentonadamente_.

Me darás un estanco, y tendré por colega al marido de Claudia.

LA SOMBRA, _riendo también_.

No es eso. Badulaque, tú y yo podemos emprender un trabajo común,
que nos distraiga, y al mismo tiempo nos sostenga el espíritu á
constante altura sobre las miserias humanas.

FEDERICO.

Nos haremos pastores, marchándonos á una región distante y sosegada,
donde impere la verdad absoluta.

LA SOMBRA.

Eso es.

FEDERICO.

¿Y dónde se toma billete para ese viaje? Porque yo estoy dispuesto á
irme ahora mismo contigo.

LA SOMBRA, _con acento revelador_.

Para trasladarse á esa región de paz y de justicia no se toma
billete. Todos los humanos tenemos bajo el corazón, aquí, en
semejante parte... (_Se toca el pecho en la parte inferior del
costado izquierdo._)

FEDERICO.

Sí..., justamente donde yo siento ese estímulo indefinible.

LA SOMBRA.

Pues ahí tenemos un lóbulo, una concreción... Tócate y verás. Es algo
semejante al botón de un timbre eléctrico. Nada, te lo aprietas con
un poco de coraje, y te trasladas en un abrir y cerrar de ojos.

FEDERICO, _riendo_.

¿Me traslado... suavemente... sin que me pase nada en el camino?

LA SOMBRA.

Sin sentirlo.

FEDERICO.

¡Excelente idea! Porque aquí los dos vivimos deshonrados: yo por
haber seducido á la que el mundo llama tu mujer, y tú por ser ley
que se deshonre el que pierde á su compañera, aunque ella sola sea
responsable de la falta. ¡Caramba! Se ven cosas en este mundo, que si
uno las contara en el otro no las creerían.

LA SOMBRA, _con humorismo_.

Es cierto; tú y yo hemos perdido lo que aquí se llama el honor, una
especie de cédula ó cartilla, sin la cual no se puede vivir en estos
barrios, que alumbran el sol y la luna. Tontería insigne es la tal
cédula; pero como la piden á cada paso que das, ello es que, no
teniéndola, no podemos vivir. Debemos, pues, largarnos pronto. (_Se
levanta._)

FEDERICO.

Yo estoy listo. Ve tú por delante. (_Oprimiéndose el costado
izquierdo._) Tomás, Tomás, yo aprieto, yo oprimo el condenado botón,
y no siento que me traslade á ninguna parte. Sigo aquí... Espera.

LA SOMBRA, _dando vueltas por la habitación_.

No te apures. Lo mismo da hoy que mañana. Aprieta más fuerte; todo lo
fuerte que puedas.

FEDERICO.

¿Te has ido tú? No te veo.

LA SOMBRA, _desde lejos_.

Estoy aún aquí.

FEDERICO, _removiéndose inquieto en el sofá_.

Tomás, cualquiera diría que deliramos tú y yo... Sea lo que quiera,
conste que yo no acepto ni puedo aceptar tu donativo. Mi dignidad lo
rechaza.

LA SOMBRA, _volviendo hacia él rápidamente_.

Imbécil, ya no evitas eso que los puritanos llamamos deshonra, pues
todos nuestros amigos dicen que Augusta te paga las trampas y te da
para tus gastos. Ya no te libras de esa opinión, ni adelantas nada
con delicadezas de última hora. Tu ignominia no crece ni mengua
porque aceptes ó dejes de aceptar.

FEDERICO, _llevándose las manos á la cabeza_.

No me lo digas, que me vuelves loco de pena.

LA SOMBRA, _remedando su movimiento_.

¡Pobre hombre! Vives de ideas circunstanciales y de artificios
jurídicos.

FEDERICO.

Siento una ansiedad que me anonada. Yo quiero morirme. Espérate.
¡Pero si por más que oprimo el botón y me introduzco los dedos hasta
el alma no puedo dar el salto! Aguárdate; no me dejes en esta soledad.

LA SOMBRA, _con naturalidad_.

Pero qué, ¿crees tú que yo no tengo nada que hacer? Mi mujer me
aguarda.

FEDERICO, _burlándose_.

¡Tu mujer! Pero si tú apenas haces ya vida marital con ella. Lo sé,
tonto, lo sé... Tu perfección moral te ha elevado sobre las miserias
del mundo fisiológico. ¡Mérito grande! Pero Augusta no entiende de
esas perfecciones: me lo ha dicho. Es humana, y no le hace maldita
gracia parecerse á los serafines.

LA SOMBRA.

¡Simple, confundes á Augusta con _La Peri_!

FEDERICO.

Yo no tengo líos con _La Peri_, fuera del trato de amistad y de las
relaciones económicas. Leonor, para mí, rivaliza en pureza con los
arcángeles.

LA SOMBRA, _gravemente_.

Cuestión de apreciación. Todas son ángeles cuando no están en
contacto con nosotros, que las humanizamos y las corrompemos... Y no
me detengas más. Abur.

FEDERICO.

No te vayas. Tu compañía, que antes me era tan desagradable, ahora me
gusta.

LA SOMBRA.

No puedo entretenerme. ¿No ves que viene el día? Me voy con la noche.
(_Desaparece._)

FEDERICO, _fijándose en la claridad que entra por el balcón_.

Pues es verdad. ¡Amanece, y yo sin acostarme! ¡Oh, que luz tan viva!
¡Si yo dormir pudiera...! Tomás, Tomás, ¿tú no duermes? (_Cierra los
ojos, apretando los párpados._)

BÁRBARA, _arropándole_.

¡Pobrecito! Le atormenta su propio pensar. ¡Cómo castañetea los
dientes!... ¡Ay, bueno le han puesto esas bribonas! Todo por la manía
de que hay clases; pues si se persuadiera de que se acabaron las
tales clases y de que todas somos lo mismo, se arreglaría de otra
manera, y la felicidad reinaría en su casa. Señorito, ¿quiere una
taza de te?... Nada, no responde. Inmóvil y frío. Le daré friegas...
(_Se las da._) ¡Señorito!

FEDERICO.

¡Ay!, me lastimas. ¿Se fué Tomás?... No le vi salir. (_Abriendo los
ojos y mirándola estupefacto._) ¡Ah!, Bárbara. Eres un ángel...,
digo, precisamente un ángel, lo que se llama un ángel, no; pero...

BÁRBARA, _para sí_.

¡Qué simpático, qué mono!

FEDERICO.

Pero sí una hembra mestiza, hermosa y espiritual mula, nacida de
la yegua humana y del asno divino. Dime, ¿quién me salvará á mí?
¿Dónde encontraré yo la compañera de mi vida, la que reúna en un solo
sentimiento el amor y la confianza, la ilusión y la amistad?

BÁRBARA.

Pues eso..., en cualquiera de las que pertenecen al bello sexo lo
podría encontrar. ¡Somos tantas...! Pero olvide sus preocupaciones, y
tire el orgullo por la ventana. ¿Quiere que le acueste?

FEDERICO.

Sí..., sálvame tú..., líbrame de esta opresión. Quiero decir, que me
desabroches el chaleco y me quites las botas.

_Bárbara le sirve de ayuda de cámara._



JORNADA QUINTA


ESCENA PRIMERA

La misma decoración de la escena VIII de la segunda jornada. En el
gabinete de la izquierda, mesa puesta con dos cubiertos. Anochece.
Luz artificial.

FEDERICO, _que entra cabizbajo y sombrío_; FELIPA, _tras él,
esperando órdenes_.

FELIPA, _para sí_.

¡Virgen de Atocha, qué cara se trae hoy este señorito! Ni un reo en
capilla la tiene peor. ¿Qué mosca le habrá picado?... ¡Ya; que apuntó
mal anoche, y como las cartas no tienen entrañas...! ¡Lástima de
hombre, entregado á un vicio tan feo...!

FEDERICO, _para sí_.

Vengo prevenido. Si ese trasto nos acecha esta noche á la salida, le
dejo seco. (_Alto._) Dime, Felipa...

FELIPA.

Señorito.

FEDERICO.

¿Has notado tú que, por la tarde ó al anochecer, mientras estamos
aquí la señorita y yo ronde la casa alguna persona sospechosa, quiero
decir, algún quídam que curiosee ó esté á la mira de quién entra y
sale?

FELIPA.

¡Ah!, no señor, no he visto nada, ni creo que...

FEDERICO.

¿Ni te ha dicho nada la portera? Yo me figuro que el que fisgonea
vendrá muy embozadito, y se situará en La esquina ó junto á la valla
de la casa en construcción.

FELIPA.

Por esta calle, que no es más que un deseo de calle, no pasa alma
viviente, como no sean los tíos que viven en los muladares, y
esos..., ¡pobrecitos!, ya quisieran ellos embozarse, y lo harían si
tuvieran en qué.

FEDERICO.

Con todo, conviene estar alerta. Mira: esta noche, luego que venga
la señorita, sales, y con disimulo te fijas en toda persona que
veas, sobre todo si esa persona se para en la esquina ó en el portal
próximo. Procura observarle la cara, y me avisas. Verás qué pronto le
despacho yo.

FELIPA.

Saldré por precisión, pues faltan algunas cosas todavía. La señorita
dispuso que cenaran ustedes aquí.

FEDERICO.

¡Ah!, sí, no me acordaba.

FELIPA.

He traído algo de casa de Lhardy, y lo demás lo hemos arreglado entre
mi hermana y yo. La mesa está puesta en el gabinete. Allí tiene usted
la chimenea encendida. (_Vase._)

FEDERICO, _para sí, distraído_.

Como yo descubra que nos vigilan, quienquiera que sea no quedará con
ganas de vigilancia. (_Pasa al gabinete. Saca del bolsillo del gabán
un revólver, y lo oculta detrás del reloj de la chimenea. Se quita
gabán y sombrero._) No tardará... Cogería yo á ese Malibrán y le
ahogaría, así..., como á un pájaro... (_Apretando los puños._) No nos
hagamos ilusiones. Orozco no puede ignorar mucho tiempo su afrenta...
Quizás la sepa ya..., ¡y ella impávida!... Me parece que ya está ahí.
(_Entra Augusta y se abrazan._)


ESCENA II

FEDERICO, AUGUSTA.

AUGUSTA.

Perdis mío del alma... ¡Qué carita tienes tan, tan..., no sé cómo!
¿Has dormido mal anoche? ¿Por qué no fuiste á comer á casa? ¡Qué
sola estuve, y qué triste! Pero ya tocan á olvidar penas pasadas.
¡Qué consuelo verte!... ¡Ah!, ¿sabes?... No sé por dónde empezar...
Tantas cosas tengo que decirte, que las palabras se me enredan en la
lengua. Lo primero: sabrás que Tomás fué á las Charcas.

FEDERICO.

¿Solo?

AUGUSTA.

Con Malibrán.

FEDERICO.

¡Y tú tan tranquila!

AUGUSTA.

¡Oh!, no; no estoy tranquila ni mucho menos. ¿Crees tú que...?
¡Ay! Por tu vida, no me asustes. Esta noche quiero ser feliz, ó
hacerme la ilusión de que lo soy. La dicha pasa tan pronto, que
debemos andar muy listos y cogerla y gozarla antes de que vengan las
complicaciones. Y aún espero yo que las venceremos. ¿No lo crees tú
así? Dime que las venceremos, confórtame, anímame.

FEDERICO, _sombrío_.

Ten por seguro que nuestro secreto no puede defenderse ya.

AUGUSTA.

¡Ay, qué pesimista! Yo rabiando por hacer aquí un paréntesis, un
refugio, un mundo aparte, y tú empeñado en traer á este rinconcito
los afanes de allá. Aislémonos, cortemos la comunicación con el
mundo, querido.

FEDERICO.

No es posible cortar la comunicación cuando nos amenazan graves
sucesos.

AUGUSTA.

¡Ay, qué miedo! Bueno, hijo mío, si quieres que llore, lloraré; ¡yo
que venía dispuesta á reirme y hacerte reir! Y no creas, traigo muy
pensados mis argumentos. Hoy me propongo convencerte, y para ello no
habrá monería que yo no emplee.

FEDERICO, _tedioso_.

Convencerme..., ¿de qué?

AUGUSTA.

De que debes someterte á mi voluntad, grandísimo pillo.
(_Acariciándole._) ¿Qué tienes tú que hacer más que vivir
exclusivamente para mí? Yo soy para ti el mundo entero, y agradarme y
tenerme contenta es tu único fin. Si me dices que no, te arranco todo
el pelo, y te dejo más calvo que la ocasión..., pintada.

FEDERICO, _abatido_.

Palabras muy bonitas, pero inoportunas. Tú no te has hecho cargo
del peligro que nos acecha. Mi opinión es que tu marido sabe ya...
esto. El viaje á las Charcas es capcioso, una ausencia figurada para
sorprendernos aquí.

AUGUSTA, _ocultando la cara en el pecho de su amigo_.

¡Oh, qué espanto! De sólo pensarlo, paréceme que pierdo el sentido...
(_Rehaciéndose._) Pero no puede ser. No me metas miedo. ¡Cuánto me
haces sufrir! No nos sorprenderá.

FEDERICO.

Por mí no me importa. Estoy dispuesto á todo. A quienquiera que entre
por esa puerta le suelto seis tiros.

AUGUSTA, _temblando_.

¡Ay, qué horror! Por la Virgen Santísima, no hables de tiros, ni de
que aquí va á entrar alma viviente. Tú estás alucinado, nervioso.
Sueñas con peligros que no existen, y ves fantasmas en tus propios
dedos. ¿Qué te pasa?

FEDERICO, _levantándose como con necesidad de expansión_.

¡Ay, Augusta! Yo no puedo vivir así; yo tengo sobre mi alma un
peso insoportable. Déjame explayarme contigo, y no te asustes si
digo algún despropósito..., algo que no ha de serte grato. Se ha
complicado esto de tal modo, que es preciso echar una víctima al
monstruo, al problema, y la víctima, ó mucho me engaño, ó seré yo.

AUGUSTA.

¡Por Dios, querido mío, no hables de víctimas! Es hasta de mal
gusto... En todo caso, la víctima sería yo, como la más culpable: tú
eres hombre, eres libre. Yo soy mujer casada, y falto á mis deberes.

FEDERICO.

Tú no. Por alborotada que esté tu conciencia, no hay en ella las
luchas que agitan la mía. Yo no puedo acabar en bien. Lo menos
malo que me podrá pasar es que perezca. Por desgracia mía, quizás
la víctima que presiento será Tomás. (_Con desvarío._) Porque,
tenlo por cierto, si me insulta, cree que le mato. El derecho suyo
á injuriarme, y la justicia con que lo haría, si lo hiciera, me son
insoportables.

AUGUSTA, _horrorizada_.

¡No hables así, por Cristo! Me pones enferma. ¿Pero qué ideas traes
hoy, querido mío?

FEDERICO.

Tú contéstame á lo que te pregunto: Si yo matara á tu marido, bien en
duelo, bien en defensa propia, ¿qué harías?

AUGUSTA, _cubriéndose el rostro con las manos_.

Cállate, que me vuelves loca. ¿Y si él te matase á ti? Esa es otra.
¡Jesús de mi vida! No quiero pensarlo. ¡Pesadilla horrenda!

FEDERICO.

¿Y si te matara á ti? Según la justicia vulgar, eso sería lo más
derecho.

AUGUSTA, _con aflicción_.

¿A mí? ¿Por qué? ¿Porque te quiero? ¡Oh!, no...; no es motivo
suficiente. La idea de morir me horroriza. El sentimiento místico no
cabe en mí. Quiero vivir, ¡ay!, y gozar de la vida que Dios me dió.
Me son antipáticas las ideas trágicas y las emociones lúgubres: las
proscribo de mi cerebro y de mi corazón como algo que no es de buen
tono. Cállate, si quieres que yo no me arrepienta de haber venido á
pasar este rato contigo.

FEDERICO, _caviloso, con idea fija_.

Pues de los tres, tenlo por seguro, alguno ha de caer.

AUGUSTA, _envalentonándose_.

Por Dios, basta ya de cosas lúgubres. Yo quiero vivir y que vivan
todos: que viva él, tan bueno, tan humano; que vivas tú, perdulario
mío, porque te quiero y me haces falta. Tu existencia me es tan
necesaria como la mía propia. Que viva yo; también soy de Dios, y
aunque mala, no me resigno á morirme... ¡Ay, la vida me gusta!

FEDERICO, _con gran desaliento_.

También á mí me gustaba cuando te enamoré y me correspondiste. Pero
ya me pesa, me hastía... ¿No lo comprendes? ¿Te parece un vislumbre
de romanticismo trasnochado? Esto de que el vivir le cargue á uno
se ha hecho algo cursi; mas no deja de ser verdad en ciertos casos.
Figúrate tú: cuando las dificultades de la vida se complican de modo
que no ves solución por ninguna parte; cuando, por más que te devanes
los sesos, no encuentras sino negaciones; cuando nada se afirma en tu
alma; cuando las ideas que has venerado siempre se vuelven contra
ti, la existencia es un cerco que te oprime y te ahoga.

AUGUSTA.

Alma mía, estás trastornado de tanto cavilar en pamplinas. ¿Has
pasado malas noches? ¿Estás enfermo? Cuéntame. Descansa en mí. Reposa
tu cabecita sobre mi hombro, y échame para acá, una por una, esas
terribles penas. Verás cómo resulta que todas ellas son unas grandes
necedades. ¿Tienes ó no confianza con tu dama?

FEDERICO, _para sí_.

Si le digo que no, me comprenderá menos. Más vale callar. (_Recuesta
la cabeza sobre el hombro de su amada, y cierra los ojos._)

AUGUSTA.

Serénate. Yo te refrescaré las ideas, que están irritadas y ardientes
de tantas vueltas como les has dado en el cerebro. No hay cosa peor
que no tener un amigo á quien contarle todo lo que nos pasa. Tú te
empeñas en ser reservadito con tu dama, y ahí tienes, ahí tienes el
resultado, (_Pausa._) ¿Por qué callas? ¿Misterios tenemos, y conmigo?
No salgas ahora con la evasiva de que estás así por el asunto de tu
hermana. No es para tanto.

FEDERICO.

Mucha parte tiene en mi abatimiento.

AUGUSTA.

¡Oh, no! Hay algo más. Un pajarito que á mí me lo cuenta todo, me lo
ha dicho así.

FEDERICO.

Mis cosas no están al alcance de los pajaritos cuenteros.

AUGUSTA.

Yo te digo que sí lo están. Además, yo no necesito que las aves me
traigan secretos al oído para saber los tuyos: La ciencia sola del
amor me da suficiente penetración para comprender que tus afanes de
estos días, y tu tristeza de reo en capilla, obedecen á... (_Con
arranque._) ¿Pero á qué vienen esas delicadezas y esos tapujos,
tratándose de mí, que soy tu amiga del alma...

FEDERICO, _para sí_.

Mi amiga no, mi amiga no.

AUGUSTA.

... y estoy en la obligación de compartir tus penas? Sean comunes
nuestros bienes y nuestros males, como es común la responsabilidad.
Juntos vamos por el camino de la vida, y resulta monstruoso que
mientras yo no carezco de nada, vivas tú como vives. No, no lo eches á
broma: tú estás mal, muy mal, y sin duda has llegado á una situación
insostenible, ahogadísima, de naufragio irremediable... (_Federico
deniega enérgicamente con la cabeza._) Por Dios, no me atormentes; no
me prives del mayor placer de mi vida, goce del alma tan puro, que no
cabe mayor pureza; no me quites esta ilusión, que me compensa de los
malos ratos que paso por ti, la ilusión de favorecerte... Y no diré
_favorecerte_, porque te molesta la palabra. Si la idea de protección
te humilla, diré... lo que quieras. Yo pongo los hechos: pon tú las
palabras. Considera que no te doy nada, sino que tomas lo tuyo, porque
lo mío es tuyo... Di una cosa: si tú fueras rico y yo pobre, ¿no me
darías todo lo que yo necesitase?

FEDERICO.

Es diferente. Yo quisiera, vida mía, que no hablaras de estas cosas.
No sé cómo responderte sin lastimarte. Tu bondad me confunde. Si te
contesto que nada necesito, que mi situación es buena, creerás que
miento y que sobrepongo mi orgullo á mi necesidad por no rebajarme...
¿Crees eso?

AUGUSTA, _impaciente_.

Palabrería, chico, palabrería. Estamos haciendo frases estúpidamente,
cuando lo que importa es hablar con claridad. Por mucho que disimules
conmigo tu mala situación, no te vale. ¡Ni que fuéramos criaturas!...
Ea, confianza, pues sin confianza no hay amor. Fuera caretas, perdis
mío. Oye la palabra de Dios que sale de mis labios. (_Con secreteo
cariñoso._) ¡Tengo una hucha... más rica!... En previsión de tus
ahogos, que también son míos, vengo llenándola tiempo ha... Si
quieres que no riñamos, di á todo que sí, y déjate guiar, muñeco.

FEDERICO, _sonriendo con tristeza_.

Cuando me ahogue, te avisaré. Sigue engordando la hucha. Por ahora
floto perfectamente.

AUGUSTA.

¡Qué has de flotar, mico, qué has de flotar, si llevas al pescuezo
una piedra muy gorda!... (_Echándole los brazos al cuello._) ¿Ves?,
aquí tienes la piedra: ahógate, ahoguémonos juntos, y despertaremos,
como dicen los amantes suicidas, en un mundo mejor... Eh, ¿qué
suspiro tan grande es ese? ¿Qué tienes tú dentro de ese pecho que no
quiere salir?

FEDERICO, _sin aliento_, _oprimiéndose el costado_.

Nada, es cosa puramente física: un dolor aquí. No, no es dolor, una
opresión; tampoco es opresión: un estímulo, no sé qué...

AUGUSTA.

Pobretín. ¿Dónde? ¿Aquí? (_Le frota suavemente el costado
izquierdo._) ¿Se pasó ya?...

FEDERICO.

No se pasa, no. Sensación más rara no creo que exista. Me gustaría
poder meterme los dedos por aquí hasta tocarme el corazón.

AUGUSTA.

¡Mimoso, aprensivo!... Pero estamos hechos aquí un par de tontos,
olvidando la cenita que he mandado preparar. Tengo hambre. ¿Y tú?

FEDERICO.

¿Yo? Pues mira, que sí. Mi desgana se ha convertido súbitamente en un
apetito brutal.

AUGUSTA, _riendo_.

¡Vaya con tus enfermedades!... ¡Bobalicón, cuánto te quiero, qué loca
estoy por ti! Ea, cenemos, y después se hablará otra vez de lo mismo.
(_Pasan al gabinete y se sientan á la mesa. Les sirve Felipa._)

FEDERICO.

¿Sabes que me siento ahora muy bien? Se me despeja la cabeza. ¡Ay,
hija mía, no te he contado...! ¡Terribles horas las de anoche! No
puedes figurártelo. Tuve alucinaciones; vi á tu marido, como te estoy
viendo ahora á ti... ¡Fenómeno extraño y por demás espantoso! Pues
todavía tengo mis dudas de si fué realidad ó ficción de mi mente lo
que vieron mis ojos y escucharon mis oídos...

AUGUSTA.

Eso no es más que debilidad. ¡Pobrecito mío, si ni siquiera tienes
quien te cuide! Paso muy malos ratos pensando en lo mal que te tratan
esas criaduchas. ¿Por qué no fuiste á comer con nosotros anoche?...

FEDERICO.

Porque... (_Confuso._) Porque tuve compromiso de comer en otra parte.

AUGUSTA.

¡Qué bien estamos aquí! ¡Qué soledad tan deliciosa, qué mundo éste,
aparte y pequeñito, pero grande por el sentimiento!

FEDERICO, _distraído_.

Hermoso es esto, sí.

AUGUSTA.

Y ese corazoncito, ¿cómo anda?

FEDERICO.

Calmado. ¡Qué bien me siento ahora! El amor evapora las penas, aunque
de una manera fugaz.

AUGUSTA, _con calor_.

Fugaz no, mil veces no.

FEDERICO, _bebiendo fuerte_.

Embriaguez pasajera de los sentidos; pero aun así, buena es, ayuda á
vivir...

AUGUSTA.

¿Qué es eso de embriaguez pasajera, chiquillo tonto?

FEDERICO.

Ni sé lo que digo.

AUGUSTA.

¿Me tomas á mí por una de esas á quienes se adora durante media
noche?

FEDERICO, _para sí_.

Si le dijera que sí, concluiríamos mal. (_Alto._) No, vida mía;
quiero decir que esta excitación, si durara, sería penosa.

AUGUSTA.

Déjala que dure. ¡Ay, quieres acortar los pocos instantes deliciosos
de la vida! Olvidemos lo de fuera, y revolvámonos libres y gozosos
dentro del mundo que encierran estas cuatro paredes. El otro universo
se queda allá, navegando en el piélago inmenso de su insipidez.

FEDERICO, _ligeramente excitado_.

Quédese allá, y divirtámonos nosotros en éste mientras nos dure.
Aceptemos el engaño, y alarguémoslo todo lo posible.

AUGUSTA.

Perdis, loco, botarate, ¿me quieres mucho? Dime que no amas ni puedes
amar á nadie más que á mí. Siéntome ahora penetrada de un egoísmo
brutal, y quiero alimentarlo oyéndote repetir que me adoras á mí
sola, á mí sola, sin desviación alguna chica ni grande en tus afectos.

FEDERICO, _maquinalmente_.

A ti sola, á ti sola. (_Beben champagne._)

AUGUSTA, _chocando las copas_.

Pertenézcame todo lo que te constituye: la persona visible y el
espíritu, que no se palpa y se siente; las miradas y el alma; el
carácter y la figura; las cualidades y los defectos, que adoro por
igual, y hasta la ropa, hasta la ropa, todo ha de ser para mí.
Quisiera vivir contigo en un rincón del mundo, y cuidarte, y coserte
un botón si se te caía, y arreglarte la ropita..., y aunque fuéramos
pobres no me importaría nada. Esto de ser rica y hacer un día y otro
las mismas cosas, aburre... Pero no; vale más que tengamos dinero
tú y yo y que nos demos la gran vida. (_Con exaltación._) ¿De veras
que me quieres á mí sola y que no tienes mirada ni pensamiento para
ninguna otra mujer? ¿Verdad que esa _Peri_ no es querida tuya, ni le
haces maldito caso?... Tu amiga, tu _Peri_ soy yo y nadie más que yo.

FEDERICO, _delirante_.

Eres mi _Peri_, y mi no sé qué, y yo soy tu perdis y tu chulo, y tu
qué sé yo qué... Cuando me prendan por estafador, ¿irás tú á llevarme
la comida á la cárcel, chavala mía?

AUGUSTA.

Sí; me pongo mi mantón, y allá me voy. Luego, cuando te suelten, nos
iremos del bracete por esas calles, y entraremos en las tabernas,
siempre juntitos, á beber unas copas... ¡Ay, qué feliz soy esta noche!

FEDERICO.

Y yo más que tú. Esta embriaguez nerviosa renueva y entona la vida.
Aceptémosla con júbilo, vivamos.

_Pausa muy larga._

AUGUSTA.

¿Duermes, vida?

FEDERICO.

No; despierto estoy.

AUGUSTA.

¿Te sientes mal?

FEDERICO, _inquieto_.

Siento aquello..., lo indefinible de que te hablé antes. (_Se levanta
y pasea por la habitación._) ¡Triste de mí, con qué furia me acometen
mis ideas estos centinelas incansables que me vigilan, que me cercan
de día y de noche! Pasó la efervescencia nerviosa, se apagó la
ilusión de momento, y ya estamos otra vez en el suplicio de la rueda
obscura.

AUGUSTA.

¿Qué hablas ahí?

FEDERICO.

No digo nada.

AUGUSTA.

Cuéntame lo que piensas.

FEDERICO, _secamente_.

No es bueno para ti que intervengas en mis asuntos. Contra mi
voluntad, por efecto de no sé qué fatales emergencias de la vida, una
muralla se levanta entre tu persona y la mía. El amor la destruye á
veces...; no es que la derribe, es que la transparenta. El amor cree
haberla destruido porque se ve..., nos vemos las caras de una parte á
otra; pero no podemos juntarnos: la muralla es dura como el diamante.

AUGUSTA, _recelosa_.

¿Qué chifladuras estás rumiando ahí? Chico mío, hemos convenido en
que no tienes ya por qué darle á las cavilaciones. (_Echándolo á
broma._) Estás como quieres, tonto, gandul. Recuerda que eres mi
chulo, y que te llevo la comida á la cárcel.

FEDERICO, _nervioso y afectado_.

Esa broma es de muy mal gusto.

AUGUSTA.

No te lo parecía antes... (_Con seriedad._) En resolución, no te
permito poner esa cara de deudor insolvente. Ya no tienes quien te
ahogue. La confianza ha establecido la mancomunidad de nuestros
bienes. Con lo que he guardado para ti, cátate resuelto el problema
del momento, ¿sabes? Y luego tu desconcertada administración se
regularizará con aquel ingenioso arbitrio que discurrió Tomás después
de la entrevista con tu padre.

FEDERICO.

Fácilmente, con tu jarabe de pico, arreglas tú todas las cosas, aun
aquellas que no tienen arreglo.

AUGUSTA, _enérgicamente_.

No; no puedo creer que persistas en la simpleza de rechazar eso. Si
lo haces, es que no me quieres, ni estimas en nada mi felicidad. No
me cabe en la cabeza tal obstinación, ni esa clase de orgullo tan
tonto y tan... finchado.

FEDERICO.

¡Ay, querida mía!... (_Con aflicción._) Mucho siento tener que
decírtelo: tu sentido de la dignidad es muy incompleto; tus ideas
morales no se ajustan á la razón.

AUGUSTA.

¿Qué significa eso? ¡Ah, las ideítas morales! Nos las encontramos en
el camino al volver de la excursión del amor; á la ida, hijo de mi
alma, las ideas esas andarán por allí, pero no las vemos. Eres un
ingrato, pues aun considerando que no es bueno lo que te propongo,
debes aceptarlo y comulgar conmigo en esta maldad... Dilo de una vez.
(_Alborotándose._) ¿Es que no me quieres y tomas eso por pretexto
para separarte de mí?

FEDERICO.

No, tonta, no. (_Con cariño._) Pero ven acá, sé razonable sin dejar
de ser apasionada. ¿Cómo quieres tú que yo reciba tal beneficio de
aquellas manos que...?

AUGUSTA.

Hazte cuenta que no lo recibes de aquéllas, sino de éstas.

FEDERICO.

No puedo hacer esas cuentas galanas. Y aunque las haga, la
monstruosidad no desaparece.

AUGUSTA.

¡Fantasmón, esclavo de la letra y de la forma! Sacrificas tu
felicidad y la mía al respeto social, á esa paparrucha del _qué
dirán_, á la opinión de cuatro estúpidos que censuran lo que ellos
harían si pudieran.

FEDERICO.

Prescindo de la opinión, si gustas, y no veo frente á nosotros más
que á tu marido solo. Sin que yo me precie de austero, mi conciencia
no puede soportar la contradicción horrible de ultrajarle gravemente
y recibir de él limosnas de tal magnitud. ¿Es posible que no lo
comprendas así? ¿Cabe en tu mente aberración semejante?

AUGUSTA, _ligeramente desconcertada_.

Yo no pienso ni siento más sino que tú padeces, y que por este medio
no padecerás.

FEDERICO.

Pero hay otra razón más poderosa que las razones de honor. ¿Crees que
tu marido va á ignorar mucho tiempo _esto_?

AUGUSTA.

No, verás como no.

FEDERICO.

¡Inocente! ¿A qué crees tú que ha ido Malibrán á las Charcas?

AUGUSTA, _pensativa_.

¡Si sucediera lo que temes!... No, no sucederá: el corazón me dice
que Tomás no sabrá nada, y el corazón no me engaña nunca á mí.

FEDERICO.

Y aún no sabemos si el viajecito al monte será simulado, con el
piadoso objeto de sorprendernos. (_Mirando con recelo á las puertas
cerradas._)

AUGUSTA, _con pavor, agarrándose á él_.

Por tu salvación, no me asustes. ¡Sorprendernos! ¿Te has propuesto
martirizarme esta noche? (_Rehaciéndose._) No, no puede ser. Peligros
que sólo están en tu imaginación. Esos viajes fingidos y esas
sorpresas por escotillón sólo ocurren en los dramas.

FEDERICO.

Y también en la vida.

AUGUSTA, _con gravedad_.

Oye tú: voy á revelarte un secreto. Me determino á ello... por ser
cosa importante, que tal vez modifique tus ideas y te quite ese
sobresalto.

FEDERICO.

¿Qué es?

AUGUSTA.

Algo que te indiqué otras veces como sospecha, pero que ya es
evidencia.

FEDERICO.

¿Referente á mí?

AUGUSTA.

Referente á Tomás. La observación atenta de estos últimos días
me lo ha comprobado. Ese afán de prodigar y repartir beneficios,
ocultándolos como si fueran faltas; ese horror al agradecimiento;
ese anhelo de una falsa reputación de egoísmo, vienen á ser...
¡Ay!, no te lo quería decir, porque me causa inmensa pena, y...
Pues bien, eso que parece una exaltación de bondad, no es sino
locura, hijo mío, locura que no se manifiesta aún ante el mundo,
pero que en la intimidad de la vida doméstica resulta bastante clara
para que yo la comprenda y la deplore. No lo dudes, Tomás tiene un
principio de parálisis general. Con sana razón, no puede existir
virtud semejante... ¿Y qué más? (_Bajando la voz._) El mismo caso
sobre que estamos disputando, la sutil combinación para darte á ti
lo que, según él, corresponde legalmente á tu padre, ¿no es obra
de un cerebro enfermo? ¿Qué persona medianamente sensata ha podido
discurrir cosa semejante? Dar por válida, en conciencia, una deuda
que los tribunales no acertarían á poner en claro; reconocer
como acreedor á tu padre, que adquirió el crédito por una bicoca;
darle á él parte mínima, y lo demás á ti y á tu hermana...; eso
que presentado así, en pocas palabras, resulta hermoso y hasta
sublime, es, no lo dudes, ebullición de la mente atacada del delirio
humanitario.

FEDERICO.

¡Ay, la pícara idea moderna, contra la cual yo estoy á matar! A todo
el que piensa ó hace algo extraordinario le llaman loco. Es que esta
innoble sociedad, sin religión, sin ningún principio, no comprende
nada grande. El genio poético y la inspiración, locura; locura las
acciones maravillosas; locos los criminales, para dejarles impunes;
locos los grandes hombres, para empequeñecerles. ¿Pretenden sin duda
establecer un nivel de tontería y vulgaridad del cual no rebase
nadie? No, yo protesto contra esa idea. ¡Orozco demente! ¡Oh, Dios
de justicia! ¿Y por qué? ¡Porque imaginó aquel plan admirable en
beneficio mío y de mi hermana! Idea encantadora, original y atrevida;
idea tan alta, que no se puede uno elevar hasta ella y hacerse
digno del que la concibió, sino no aceptándola. Sí, rechazarla es
merecerla, querida mía, y aceptarla es una indignidad... Créelo, si
aquí hay locos, somos nosotros, tú y yo, que estamos discutiendo una
cosa tan clara y sencilla.

AUGUSTA, _contrariada_.

Lo claro y sencillo es que no tienes sentido común..., ó en ti no hay
más que orgullo, soberbia, hinchazón, caballería andante y ganas de
hacer el paladín.

FEDERICO.

Ni comprendo yo cómo podría ser amado un hombre capaz de envilecerse
hasta ese punto. Yo mujer..., ¡quita allá!, sentiría asco del hombre
que en un caso semejante no procediera como yo procedo.

AUGUSTA, _retirándose de la mesa y arrojándose en un sofá_.

Será que estoy imposibilitada de verlo así por mi ceguera, porque
todas las potencias del alma me las tiene secuestradas el amor. (_Con
arrogancia._) No me pesa ser así, ni me concibo de otra manera. Pudo
asustarme esta falta mía cuando á ella me vi lanzada; pero una vez en
el camino, las cuestas, y aun los despeñaderos, no me asustan. Todas
las consecuencias que pudieran sobrevenir, yo las soporto. A veces me
doy á imaginarlas muy terribles, y créelo, las miro sin pestañear.
Queriéndote yo, y queriéndome tú, para nada me faltan alientos.
Paréceme que no hay ningún interés superior al de tu tranquilidad, y
que la logres por mi mediación será mi mayor dicha.

FEDERICO, _agitado y hosco_.

No puede ser, repito que no puede ser.

AUGUSTA, _con súbita energía_.

Pues lo será, quiéraslo ó no. ¿Se ha de hacer siempre lo que á ti se
te antoje?

FEDERICO.

En cosas que á mí sólo atañen, sí. ¡Pues no faltaba más...!

AUGUSTA, _con exaltación_.

Tienes el deber de complacerme, de sacrificarme tu orgullo, á mí,
á mí, que me he deshonrado por quererte... Vengamos á cuentas. ¿No
puedes tú deshonrarte un poco por mí?

FEDERICO.

Augusta, mi sacrificio en ese caso sería superior al tuyo.

AUGUSTA.

Egoísta.

FEDERICO.

Egoísta tú...

AUGUSTA, _levantándose poseída de furor_.

Pues tiene que ser, porque yo te lo mando... Necio, si ya no puedes
evitarlo. Estás cogido. Te lo diré, para que te sometas á los hechos
consumados. Esta mañana han estado en casa dos de tus acreedores.
Les citó mi marido para tratar con ellos de la manera de recoger tus
pagarés.

FEDERICO, _con menosprecio_.

¡Mujer!... Déjame en paz. Usas un argumento capcioso para doblegarme.

AUGUSTA.

Te doblegarás, aunque no quieras. Lo hecho, hecho está, y que patalee
tu ridículo orgullo. Y si te obstinas en luchar con nosotros, te
aborrezco, te abandono á tu suerte... (_Nerviosa y trémula coge una
copa de champagne, como con intención de beber; pero de improviso la
estrella contra la pared próxima._) ¡Maldita sea yo mil veces!

FEDERICO.

Estás loca, loca..., y yo también.

AUGUSTA, _rompiendo á llorar_.

¡Dios mío, qué desgracia querer á este hombre, quererle así... Y no
poder yo arrancarle de mi alma, como debo y como él se merece!

FEDERICO, _aproximándose á ella_.

Aborréceme de una vez. Y así quedaremos francos para hacer cada cual
nuestra santa voluntad.

AUGUSTA, _con vivísima expresión en la voz y gesto_.

No sé aborrecer...; pero sabré arrancarte de mi corazón y arrojarte á
la indiferencia. Estúpido, tú te lo pierdes. Consúmete en la miseria;
vive como los tramposos, sin familia, sin hogar casi, acechando la
suerte, perseguido de acreedores, sin saber por qué calle pasar,
porque en todas temes que salga una fiera con las garras afiladas;
anda, sigue, corre, diviértete; devánate los sesos calculando cómo
aplacar á este usurero, cómo entretener al otro, cómo engañarles á
todos; pásate la vida aparentando bienestar y alegría, de casa en
casa, y en realidad más pobre y más angustiado que los infelices
harapientos que piden limosna por las calles.

FEDERICO, _que se sienta al otro extremo de la mesa, volviendo la
espalda á Augusta_.

Sí, ese es mi destino. Qué quieres; viviré así..., mientras viva.

AUGUSTA.

Buen provecho. Imposible hacer carrera de ti. Esto me desilusiona de
una manera horrible. Hemos concluído. Ya era tiempo... Por culpa tuya
es... Esta noche nos despedimos para siempre.

FEDERICO.

Concluiremos, sí... Yo lo deseo.

AUGUSTA.

¡Lo deseas! (_Conteniendo su furor._) Ya lo conocía yo... Pues mira:
yo también lo deseaba. No me decidía por lástima de ti.

FEDERICO.

Y yo también vacilaba, por la misma razón.

AUGUSTA.

Pues mejor... (_Rabiosa._) Esto se acabó. Ya era tiempo.

FEDERICO, _para sí, apoyando la cabeza en las manos_.

¡Nada me queda ya, ni esto siquiera! Hasta el recreo de la
imaginación se me acaba. Ya ni aun podré engañar las soledades de mi
vida llamando á la mujer seductora y diciéndole: «vente á pasar un
rato conmigo». Romperemos.

AUGUSTA, _altanera y sarcástica_.

Tenía que ser. Somos incompatibles. Tu quijotismo no se aviene con
mi llaneza... Puede que te lo sufran esas mujerzuelas con quienes
tratas, las _Peris_ y otros tipos semejantes, porque esas, por su
misma inferioridad, hasta pueden socorrerte sin herir tu soberbia...

FEDERICO, _llena de champagne una copa y la bebe_.

¡Dios mío, qué mal me siento! (_Pausa. Augusta le contempla sin
chistar._)


ESCENA IV

_Los mismos. La_ SOMBRA DE OROZCO, _que entra por la puerta de la
derecha, y se sienta á la mesa frente á Federico. Viste traje de
cazador con capote de monte. Augusta no le ve._

FEDERICO, _mirándola con estupor_.

¿Ya estás aquí?... Te esperaba.

LA SOMBRA, _tiritando_.

¡Hace un frío en aquel monte!... (_Se sirve champagne y bebe._) Parece
que te causo miedo. No temas; soy tu amigo. Desde la calle se oyen
las voces que das maltratando á esa pobrecita _Peri_. (_Contemplando
á Augusta con lástima._) ¿Ves cómo lloriquea? Eres un bruto, y no te
mereces tal joya.

FEDERICO, _con ironía delirante_.

¡Valiente joya!... Reñíamos porque se empeña en deshonrarme.

LA SOMBRA.

¡Deshonrarte á ti, el Amadís de la delicadeza y de la dignidad!
Sobreponte á las hablillas del vulgo. Estoy contento de ti, porque
has apechugado con mi favor. Así se cumple con los amigos y con la
humanidad.

FEDERICO.

Tu protección me abruma.

AUGUSTA.

¡Pues con dejarla...! Hemos concluído.

LA SOMBRA.

Ya no puedes volverte atrás, porque dijiste que la aceptabas.

FEDERICO.

Yo no he dicho eso.

AUGUSTA.

Pues lo digo yo.

LA SOMBRA.

Ya sabe todo el mundo que accedes, y se te alaba justamente por tu
condescendencia. Con lo que yo te doy, y lo que te ofrece Augusta
para tus gastos mensuales, y algo que te supla también esa...
(_mirando á Augusta_), _La Peri_, tienes para vivir como un príncipe.
Nadie te censurará; al contrario, dirán: «¡qué listo es!» De mí sí
que oirás horrores. Pero mejor; eso me gusta.

FEDERICO, _furioso_.

Repito que no acepto. Antes moriré cien veces.

AUGUSTA.

Bueno, bueno. No soy sorda. Te daré recibo si es preciso.

LA SOMBRA.

Aceptas, sí, porque ya no puedes evitarlo. Lo hecho, hecho está, y
que patalee tu ridículo orgullo. (_Con atroz firmeza._) Tu papel en
la sociedad te hace sucumbir á mi deseo. Y tu aceptación realiza un
ideal de justicia suprema, pues con ella te pones al nivel de tu
bajeza. Estás en carácter. Tu deslealtad necesitaba un estigma, algo
exterior que la patentizase, y mi dádiva te lo graba en la frente. Si
tuvieras conciencia, diría que es un castigo; pero no hay castigo en
quien carece de sensibilidad.

FEDERICO, _arrebatado y fuera de sí_.

¡Maldita sea tu alma! (_Coge una copa y se la tira, apuntando á
la cabeza. La copa se hace mil pedazos en el respaldo de la silla
frontera, y el champagne salpica al rostro de Augusta._)

AUGUSTA, _limpiándose la cara_.

Eso es, las pobres copas lo pagan. ¡Qué culpa tendrán ellas de tu
tontería!... No creas: tus violencias no me inquietan nada.

LA SOMBRA.

La pobre _Peri_ se escandaliza de tus arrebatos. Mira cómo se limpia la
carita. Quiere quitarse hasta el último átomo de vergüenza. No frotes
más, hija, que ya no queda nada.

AUGUSTA.

... pero nada.

FEDERICO, _despejándose un poco, se pasa la mano por los ojos_.

No; esto no es, esto no puede ser real... (_A Augusta._) Leonor, ¿tú
le ves?

AUGUSTA, _sorprendida_.

¿A quién?

FEDERICO.

Está ahí...

LA SOMBRA, _desvaneciéndose_.

Esa tonta dirá que no me ve; pero viéndome está.

AUGUSTA, _con ira_.

¿Qué nombre me has dado?

LA SOMBRA, _con risita impertinente_.

El suyo... ¿Pues cómo quiere que la llamen?

FEDERICO, _desesperado_.

¿Estoy yo loco, ó qué es esto, razón mía?

LA SOMBRA, _que se acerca á Federico y le toca en el hombro_.

Haz las paces con ella, sométete á su tirana voluntad. Tiene más
talento que tú... Desecha esa idea que te acosa días ha.

FEDERICO.

No quiero.

LA SOMBRA.

Deséchala. ¿A qué te atosigas con tal idea si te falta valor para
realizarla?

FEDERICO.

¡Mal rayo! ¡Cara de Judas!, no me falta valor.

LA SOMBRA.

Tu destino es encenagarte en la deshonra. No sabes ni sabrás
nunca morir. ¿Por qué vuelves la cara? ¿Es que no quieres verme?
Si ya me voy.... Mírame, mírame salir. (_Abre la puerta y sale
tranquilamente._)


ESCENA V

FEDERICO, AUGUSTA.

FEDERICO, _dejándose caer en un sillón_.

¡Ay de mí!

AUGUSTA, _corriendo hacia él_, _amorosa_.

¿Qué tienes?

FEDERICO.

¡Amiga de mi vida, si vieras qué mal me siento! Esta ansiedad,
este..., esto que rebulle aquí... (_oprimiéndose el costado
izquierdo),_ sensación que no tiene nombre..., prurito de meterme la
mano hasta muy adentro y separar algo que me estorba, que me impide
pensar y sentir.

AUGUSTA.

No es nada... Estás nervioso. Te has excitado tontamente. Perdóname
si te he dicho algunas cosillas desagradables. En cambio tú,
extraviado sin duda por la bebida, me diste un nombre que es una
injuria.

FEDERICO, _como volviendo en sí_.

¿Yo..., yo...?

AUGUSTA.

Sí, tú... Me has llamado Leonor.

FEDERICO, _mirándola con extravío_.

¿Y qué...? Amiga mía, haz el favor de darme un vaso de agua.
(_Augusta se dirige al aparador, y mientras echa agua en una copa,
Federico se acerca á la chimenea y coge el revólver._) No más
padecer. (_Se dispara un tiro en el costado izquierdo._)

AUGUSTA.

¡Ay! (_Paralizada de terror._)

FEDERICO, _cayendo en un sillón, desvanecido_.

Nada, nada... Ya estoy bien.


ESCENA VI

_Los mismos._ FELIPA.

AUGUSTA, _horrorizada, las manos en la cabeza_.

¿Qué es esto?... Federico... Felipa.

FELIPA, _sin aliento_.

¡Jesús...! (_Ambas se arrojan sobre él._)

AUGUSTA.

¿Qué has hecho..., vida mía?... (_Palpándole y buscando la herida._)
¡Ah!, no será nada...

FELIPA.

No veo sangre... (_Se mancha de sangre la mano._) ¡Ah!, sí..., mire
usted. Por aquí, en este costado.

AUGUSTA, _consternada_.

Amor mío, ¿qué has hecho? Estás herido... Pero no, no será de
gravedad. Respiras, vives... ¡Mírame, por Dios...; mírame y háblame!

FEDERICO, _tratando de apartarla de sí_.

Déjame... No ha sido nada. Me siento bien ahora. (_Con rápido
movimiento recoge del suelo el revólver._)

AUGUSTA.

¿Que quieres, qué buscas? Dame acá. (_Las dos tratan de quitarle el
arma. Entáblase violentísima lucha, en la cual Federico desarrolla
considerable fuerza muscular. Consigue desasirse de ellas._)

FEDERICO.

Déjame, ó te mato.

AUGUSTA, _que ha caído al suelo, se pone de rodillas, y le interpela
llorando_.

¿Qué haces? ¿Estás loco? Amor mío, cálmate... Te has herido...; pero
sanarás: es cosa ligera...; sé razonable, no escandalices...; vendrá
gente. ¡Qué deshonra!... Oye..., te quiero mucho: haré todo lo que tú
mandes... Tu voluntad es mi voluntad. ¡Pero no te mates; por Cristo
crucificado, no te mates!... Me moriré de pena.

FEDERICO, _con entereza, dominándose_.

Sé lo que debo hacer. Voy á lo que voy, y pido á Dios que me perdone.

FELIPA.

Llamaré á los vecinos.

AUGUSTA.

No, aguarda..., calla. Federico, por Dios, apiádate de mí...
Oye, sosiégate, hijo de mi alma; traeremos un médico, un médico
discreto..., te curará, y luego nos vamos... tranquilamente...

FEDERICO, _con sequedad_.

Vete á tu casa..., y pronto. (_Da varias vueltas atontado, como
buscando la salida, y por fin pasa al otro gabinete._) Al que se
me ponga por delante le dejo seco... (_Sale precipitadamente, sin
sombrero. Las dos mujeres, aterrorizadas, no se atreven á detenerle._)

AUGUSTA, _corriendo detrás por el pasillo_.

Se mata, se mata de seguro... ¡Dios tenga piedad de él y de mí!...

FELIPA, _corriendo detrás de su señora_.

Va disparado: no le podemos seguir. (_Baja la escalera._)


ESCENA VII

Calle obscura. Casas á la derecha: á la izquierda, vallas de madera y
solares abiertos; en el fondo, un declive del terreno.

AUGUSTA.

No veo nada. ¿Por dónde va?

FELIPA, _señalando al fondo_.

Por allí... Parece que se cae... Señorito, por Dios, no sea loco.
(_Ambas tratan de seguirle._)

AUGUSTA, _avanzando decidida en la obscuridad_.

No le abandono, suceda lo que quiera... Alma mía, ¿dónde estás?
Aguarda. Tengo que hablarte..., escucha...

FEDERICO, _cuya voz se oye muy lejana_.

Leonorilla, no me sigas. Procura ser buena. Yo..., así. (_Suena el
tiro. Las dos mujeres se detienen espantadas._)

AUGUSTA.

Me muero... ¡Jesús, ampárame!

FELIPA, _avanzando, se inclina y palpa el terreno_.

Por aquí... ¡Ay, aquí está!... (_Tocando el cuerpo exánime._) ¡Qué
miedo!... (_Para sí._) Más muerto que mi abuelo... ¡Eh!, ¿qué es
esto?... La condenada pistola. (_Recoge el revólver._)

AUGUSTA, _da algunos pasos despavorida, y cae de rodillas_.

Yo también...

FELIPA.

Señorita, ¿dónde está usted? No veo. (_Buscándola. Recuerda que lleva
en su mano el revólver._) ¿Y qué hago yo con este chisme? No se me
vaya á disparar. (_Lo arroja por detrás de una empalizada próxima._)
Señorita, deme la mano... (_Encontrándola, la levanta del suelo con
vigoroso esfuerzo, tirándole de los brazos._) Vámonos de aquí...
pronto... Puede venir gente.

AUGUSTA.

Que venga. No me importa.

FELIPA.

¡No me comprometa, por Dios!... Vámonos. (_Tirando de ella._) Si ya
no tiene remedio... Que no nos cojan aquí.

AUGUSTA, _atolondrada, insensible_.

¿Adonde me llevas?

FELIPA.

Por aquí..., vamos... pronto... (_Quitándose una toquilla que lleva
sobre los hombros._) Póngase esto por la cabeza. Así... (_se la
pone_), para no llamar la atención. Ahora..., serenidad. Cogeremos un
coche, y á mi casa.

AUGUSTA.

Lo que quieras. Me dejo llevar. No tengo voluntad..., no tengo alma.
(_Huyen por la izquierda._)


ESCENA VIII

Salones en casa de Orozco. La misma decoración de la primera jornada.
Es de noche.

MALIBRÁN, VILLALONGA, _en la sala de la derecha_.

VILLALONGA.

Da gracias á Dios, amigo Cornelio, por haberte librado de la
desagradabilísima operación de batir las cataratas á nuestro buen
Orozco. Ni comprendo yo cómo se puede acometer á sangre fría tal
empresa quirúrgica. Llegarse á un hombre, á un amigo, y decirle
á boca de jarro: «mira, Fulano, yo sé que tu mujer, etc..., y te
ofrezco medios de comprobación material cuando gustes», es cosa
fuerte, pero tan fuerte, que si yo me hallara en el triste caso de
ser operado así, cree que mi primer impulso habría de ser romperle
los ojos al... oculista.

MALIBRÁN.

La verdad es que se me hacía dificilísimo el primer pinchazo. En
la mañana del domingo, hallándonos los dos en el solitario monte,
vi la ocasión propicia y quise lanzarme, pero no hallé manera de
abordar el peligroso tema. Toca por aquí, escarba por allá, y nada.
Mi conocimiento de las mil emboscadas de la conversación resultaba
inútil. Luchaban en mí el deber de conciencia mandándome hablar, y la
gravedad del asunto poniéndome cien mordazas.

VILLALONGA.

No veo tan claro, francamente, lo del deber de conciencia. La mía
no me ha inducido nunca á ilustrar á mis amigos sobre puntos tan
delicados.

MALIBRÁN.

Cada cual ve las cosas á su manera. No soy gazmoño en asuntos de
moral conyugal. Tengo acá mis ideas..., quizás un poco extravagantes;
y para metértelas en la cabeza, necesitaría explanar con alguna
extensión mi teoría de que el grado de culpabilidad adulterina
depende de la elección de cómplice, resultando una escala que va
desde lo disculpable, por no decir plausible, hasta lo que merece la
mayor execración. Pero no me parece oportuno ahora...

VILLALONGA.

No; déjalo para otra vez.

MALIBRÁN.

Sea lo que quiera, me alegro mucho de que el Acaso, el socorrido
_Fatum_ me librara del compromiso fastidioso de tener que cantar. Y
se me quitó un peso de encima cuando llegó el telegrama de Calderón
anunciando á Tomás la inesperada tragedia. Los dos nos quedamos, al
leer el parte, como quien ve visiones, y celebré para mi sayo que la
divina Providencia se encargase de la misión difícil que yo me había
impuesto. (_Bajando la voz._) Porque tengo para mí que, en presencia
de este hecho elocuentísimo, Orozco no puede permitirse seguir
ignorando... ¿Qué te parece? Desde que se conoció la catástrofe en
Madrid, el nombre de Augusta figura en todas las versiones que corren
de boca en boca.

VILLALONGA.

No sé, no sé... (_Meditabundo._) ¿Y tú qué piensas de esta desgracia?

MALIBRÁN.

Para mí, el pobre Viera se hallaba en una situación ahogadísima,
en declarada, irremediable bancarrota. Enormes deudas de juego,
de esas que no admiten prórroga, le abrumaban. Augusta le había
auxiliado hasta ahora en la medida razonable; pero las exigencias
de él llegaron á ser tales, que la pobre mujer no quiso ó no pudo
satisfacerlas. De esta resistencia de Augusta, y de las tremendas
razones con que Federico apoyaba sus demandas de dinero, hubo de
resultar un vivo altercado, amenazas, demasías de lenguaje, qué
sé yo... Federico, en un rapto de furia y desesperación, harto de
padecer, viéndose sin honra, insolvente, comido de acreedores,
rechazado de sus amigos, liquidó con la vida. En rigor, era la única
liquidación posible.

VILLALONGA.

Es verosímil.

MALIBRÁN.

Tan verosímil, que yo me represento la escena como si la estuviera
viendo y escuchara la voz de ambos personajes.

VILLALONGA.

Pero hay algo que no está claro, ni creo que lo esté nunca. No tengo
yo por seguro que la pobre Augusta se hallara presente en el acto del
suicidio.

MALIBRÁN.

Para mí es indudable que sí.

VILLALONGA.

¡Pobre mujer! Cree que me inspira lástima, y que daría yo cualquier
cosa porque su nombre no figurara en este misterioso asunto.

MALIBRÁN.

Déjala, déjala que pague su error. Estas damas que presumen de
inteligentes son atroces en sus deslices. Escogen siempre lo
peorcito, y luego se llaman desgraciadas y se encomiendan á la
Virgen. El mejor auxilio que les puede dar el Espíritu Santo es
sugerirles una buena elección.

VILLALONGA, _con seriedad_.

Amigo Malibrán, como amigos de la casa, debemos desear que se corte
el escándalo y se eche tierra al asunto. No sé si Orozco se dará
por entendido ante el público del descarrilamiento de su mujer. Es
probable que la discordia conyugal, consecuencia segura de este
mal paso, quede en las sombras de la vida íntima. Orozco es muy
circunspecto, muy metido en su concha, y sabe tragarse en silencio
la cicuta. Se me figura, por algo que he olfateado esta tarde, que
Cisneros intriga subterráneamente á fin de ahogar el escándalo. A
nosotros, amigos leales de la familia, nos corresponde coadyuvar
á esta obra benéfica del gran castellano viejo. Desmintamos las
especies terroríficas que circulan por ahí; defendamos el honor de
esta casa, y saquemos á la pobre Augusta del pantano en que ha caído.

MALIBRÁN.

¡Diantre! (_Caviloso._) Pues si ella lo agradeciera...

VILLALONGA.

Claro que lo agradecerá. La infeliz es una bendita. Ha padecido una
alucinación... ¡Ah!, el mal de la época, la diátesis de nuestros
tiempos de refinamiento social. Amigo mío, la vida esta de
recepciones, galantería, sibaritismo, comidas, y el charlar ingenioso
y pérfido entre los dos sexos, es un excitante desmoralizador. No hay
familia posible con semejante vida. Perdona que esté tan filósofo,
yo, el último de los desmoralizados, pero también el primero de los
alumnos de la gran profesora, la experiencia.

MALIBRÁN.

Si yo contara con la gratitud de Augusta, sería el primero en llevar
mi espuerta de tierra al montón que ha de cubrir el escándalo. Pero
dudo que...

VILLALONGA, _poniéndose serio_.

No seas idiota. Y en último caso, el agravio que la opinión infiere
á nuestro amigo Orozco lo hago yo mío; vamos, que me meto á paladín,
sí señor. Cuidado, pues, Malibrancito: ten juicio, pues bien pudiera
suceder que yo me amoscara... Todo está en que me dé por ahí.

MALIBRÁN.

¿Pero tú qué tienes que ver...?

VILLALONGA.

Tengo y no tengo... En fin, que me carga tu intervención, tu
espionaje y tu lamentable oficiosidad en este asunto.

MALIBRÁN, _con mal humor_.

Ea, déjame á mí... (_Cediendo._) Pero, en fin, ¿qué es lo que tú
quieres?

VILLALONGA.

Que hagas propaganda sensata. Aquí no ha pasado nada. Nuestra
conducta ha de corresponder á los agasajos de esta excelente familia.
¡Augusta se merece un sin fin de homenajes, y Orozco es tan bueno,
tan generoso...! Te diré: yo le debo el grandísimo favor de haberme
cedido su puesto en la combinación de senadores. ¡Caray, si no es por
él, me quedo también ahora en la calle muerto de risa!

MALIBRÁN.

¡Ah, mameluco, _that is the question_! Ya veo la clave de tu sensatez.

VILLALONGA.

Este pastelero mundo es una cadena, un collar, un toisón de oro, en
el cual las personas, remachadas con las ideas, somos los eslabones,
y no podemos escoger la relación ó argolla que nos une al eslabón
vecino. ¿Qué tal? ¿Estoy yo filosófico esta noche? Mentecato, ¿tú qué
te creías?... Y punto en boca que viene aquí el grande hombre.


ESCENA IX

_Los mismos._ OROZCO, CALDERÓN, _que salen del billar. Al propio
tiempo van entrando en el salón del centro los amigos de la casa que
se indicarán después._

OROZCO, _dando la mano á Malibrán y á Villalonga_.

Está mejor; pero aún no se le ha pasado la tremenda jaqueca de ayer.
Este majadero (_por Calderón_) le espetó de golpe la noticia..., como
si se tratara de cualquier suceso insignificante.

CALDERÓN.

La verdad, yo no creí... Tan afectado estaba, que no supe lo que me
hacía.

VILLALONGA.

¡Pero qué bruto eres, Pepe!

OROZCO.

La pobre Augusta salía tranquilamente para ir á misa, después de
haber pasado una mala noche al lado de su tía enferma, cuando recibió
el jicarazo. Se afectó, como es natural, tratándose de un amigo á
quien queríamos tanto, y más por lo repentino y desastroso del caso.

MALIBRÁN.

¿Y no tendremos el gusto de verla esta noche?

OROZCO.

Esta noche no. Aunque ha pasado la fuerza de la cefalalgia, le
molestan el ruido y la claridad.

MALIBRÁN, _para sí_.

¡El ruido y la luz! Eso precisamente es lo que la mata.

OROZCO.

Voy á saludar á esa gente. (_Para sí._) ¡Curioso estudio el de esta
noche el examen de las caras de los que entran aquí! En todas veo
cierto temor, y como el deseo de sorprender en la mía alguna emoción
desusada. Pero lo que es en ésta..., ¡aviados están! Mi cara es de
mármol. (_Dirígese al salón, donde han entrado Teresa Trujillo,
Aguado, Monte Cármenes, el Exministro, el Sr. de Pez. En la sala de
tresillo quedan Villalonga, Malibrán y Calderón._)

VILLALONGA, _á Calderón_.

Ven acá, tagarote. ¿Sabe tu pariente los disparates que corren por
Madrid acerca del suceso de la noche del 1.º?

CALDERÓN.

Todo lo sabe. Se lo he dicho yo. ¡Cuánta infamia, y qué sociedad tan
nauseabunda!

MALIBRÁN.

Sí, muy nauseabunda.

CALDERÓN.

Tomás me llamó esta tarde y me rogó que le enterara de lo que se dice
por ahí. No me anduve en chiquitas. Sé cuánto le agrada la verdad, y
á la buena de Dios le informé de todo, empezando por las versiones
necias y acabando por las horripilantes. Vale más que lo sepa, y que
entienda que algunos de sus amigos no merecen serlo. ¿Pero has visto,
Villalonga, qué tonta es esta humanidad?

VILLALONGA.

Sí, hijo mío, es más tonta que tú, que es cuanto hay que decir.


ESCENA X

_Los mismos._ CISNEROS, _que aparece en la sala japonesa, viniendo
del interior de la casa_.

CISNEROS, _para sí_.

¡Pobrecita mía, cuánto padece! ¡Verse calumniada, zarandeada por
tanto imbécil!... Esto es un horror... (_Con rabia._) ¡Bendito sea
Nerón! Comprendo su deseo de que la humanidad no tuviese más que una
sola cabeza para cortarla... Hasta los periodiquillos se atreven á
deslizar malévolas alusiones á esta casa. Ya os daría yo una buena
mano de azotes si pudiera. ¡Habráse visto otra! ¡Reticencias contra
mi hija...! Estoy que trino. (_Atraviesa el salón sin saludar á
nadie, y entra en la sala de tresillo._)

VILLALONGA.

Aquí está D. Carlos. ¡Qué fea vitola trae! Don Carlos, ¿qué nos
cuenta?... ¿Qué se dice?

CISNEROS, _sofocando su rabieta_.

Se dice..., pues se dice que este es un país de idiotas.

VILLALONGA.

Eso ya lo sabía yo. Detesto á mi patria, la hidalga nación del
garbanzo, de Recaredo y de la gramática parda. ¡Pues si yo pudiera
metamorfosearme en inglés ó en alemán...!

CISNEROS.

Como no te metamorfosees tú en el moro de los dátiles. Este es
un país liliputiense. Dan ganas de andar sobre él así... (_pisa
fuerte_), destruyéndolo á pisotones como á las hormigas. Les juro á
ustedes que esta noche dormiría yo muy tranquilo si tuviera ocasión
de dar un par de linternazos á alguien.

VILLALONGA.

Pues déselos usted á Malibrán que dice...

CISNEROS, _con viveza_, _apretando los puños_.

¿Qué dice?

MALIBRÁN.

Pues que la tabla que ha comprado usted anteayer como de Memling no
es ni siquiera flamenca. La tengo por una imitación francesa de las
peores.

CISNEROS.

Váyase usted al cardo con sus tablas. Entiende usted de pintura lo
que yo de empollar mosquitos. Lo que hacía falta aquí, créanlo, era
un Nerón. ¡Qué hombre tan simpático, y qué buena persona! Ya podían
echarle periódicos á ese.

CALDERÓN.

¡Fuertecillo está usted, D. Carlos!

VILLALONGA.

Desengaños amorosos. ¿Lo digo?

CISNEROS.

¿Qué?

VILLALONGA.

Lo diré: entre barbianes no debe haber misterios. Pues esta tarde le
han visto á usted salir de la gruta de Calipso, ó sea de la casa de
Leonor.

CISNEROS.

Toma. ¿Y qué?

VILLALONGA.

Es que creíamos que usted no sirve ya ni para novilladas de invierno,
y que ya no sabe ni marcar una banderilla.

CISNEROS.

¡Monigotes!... Generación menguada y raquítica, los viejos toreamos
mejor que vosotros. Preguntádselo á cualquier res. No servís para
nada, y con estas canas os dejo yo tamañitos siempre que queráis.

MALIBRÁN.

¡Buen punto está usted! ¡Con su carga de años, visititas á _La
Peri_!...

CISNEROS.

Porque se puede. Fastidiarse... Ea, fantoches, vuestra conversación
me revienta.

CALDERÓN.

¿No quiere echar una partidita?

CISNEROS.

No estoy de humor de juegos. No tengo tranquilidad, no puedo estarme
quieto; necesito moverme, correr, ir de aquí para allá, empujar al
que se me ponga delante, y si alguien se desmanda, ¡por vida de la
tía Cotilla!, le... le pulverizo. (_Sale de estampía por la puerta
del billar._)

CALDERÓN.

¡Es mucho D. Carlos!...

MALIBRÁN.

Se me figura que he calado el objeto de sus visitas á _La Peri_.

VILLALONGA.

Y yo también. (_Pasan al salón, formando grupos que entablan animados
coloquios._)

OROZCO, _á Calderón_.

Nada más divertido esta noche que el examen de caras, Pepe. La
de Teresa Trujillo, deliciosa, incomparable. Expresa curiosidad
febril y el arrobamiento artístico del que asiste á una función
dramática con buenos actores. Me ha mirado con impertinencia, me ha
leído en la frente y en los ojos, con tanto interés como si fuera
yo un folletín espeluznante. ¿Pues y la carátula de Aguado? Es un
puro resplandor de júbilo, como faz vergonzosa que se consuela
con la vergüenza ajena. El rostro abesugado del buen Pez, radiante
de cordura y ministerialismo. Parece descargar todo el peso de su
severidad contra la opinión pública, diciéndole: «tus historias son
ridículas y despreciables». Pues ¿y el palmito de Monte Cármenes? La
imposibilidad de soltar ahora el _todo va bien_ le da una contracción
violenta, que le desfigura y le hace parecer otro hombre. La cara
del Exministro, entre benévola y disgustada, con vislumbres de
protección, como si dijera: «si yo fuese poder, no pasarían estas
cosas». Te aseguro que me he divertido delante de este museo de la
opinión expectante y muda. ¡Oh! ¡Si hablaran...! ¡Cuánto daría yo por
oírles!

CALDERÓN.

Si tú has gozado con el estudio de caras, ellos se habrán divertido
fotografiándote la tuya.

OROZCO.

No, porque en ésta nada pueden notar que no adviertan todos los días.
La cara mía que expresa y siente, ¡ay!, es la que mira para adentro.
(_Llegan más personas._) Parece que esta noche carga el gentío que
es un primor. Naturalmente, el crimen misterioso despierta inmenso
interés: el público necesita emociones, contemplar rostros de víctimas,
ó de criminales, ó de testigos; examinar el lugar de la catástrofe; ver
los sitios por donde vaga el ánima del interfecto, olfatear la sangre,
tocar los objetos que llevan impresa la huella del delito... (_Con
amargura._) En suma, el drama está en mi casa y tengo esta noche un
lleno completo. (_Dirígese á saludar á los que llegan._)

CALDERÓN, _para sí_.

Hombre sin igual es éste. Todo lo sabe y parece que lo ignora todo.


ESCENA XI

Tocador de Augusta. Es de noche.

AUGUSTA, _doliente, recostada en un sofá_; FELIPA, _en pie, delante
de ella_.

AUGUSTA.

¡Gracias á Dios que vienes á tranquilizarme!

FELIPA.

Dos veces estuve aquí esta mañana; pero la señorita dormía y no quise
molestarla.

AUGUSTA.

¡Dormir! No he descansado desde aquel momento terrible... No sé si
esto es dormir ó no; ignoro si mis impresiones son fingidas ó reales;
estoy como idiota, Felipa, y el temor que llena mi alma no me permite
ordenar los recuerdos ni apreciar lo sucedido. Ni aun puedo formar
juicio de mis acciones desde aquel instante, ni de cómo vine aquí.
Cuéntame lo que ha pasado después. Estoy en ascuas. ¿Qué hiciste?
¿Se ha descubierto? Dímelo todo, sin ocultarme cosa alguna, por
terrible que sea.

FELIPA, _bajando la voz_.

Tranquilícese la señorita. No se ha descubierto ni se descubrirá
nada. En cuanto dejé á la señorita aquí, después de lavarle las
manchas de barro, y una muy chiquita de sangre que había en la manga,
me volví allá. ¡Nos habíamos olvidado del sombrero, el sombrero del
pobre...!

AUGUSTA, _dando un gran suspiro_.

¡Ay!

FELIPA.

Afortunadamente, en cuanto entré, lo vi sobre una silla.

AUGUSTA.

¿Lo tiraste á la calle?

FELIPA.

Bajé, y asegurándome de que no había nadie, le tiré junto á la valla.
Después corrí en busca de mi hermana, y entre las dos lavoteamos las
manchas de sangre de la alfombra, muy poquita cosa... Examinamos con
remuchísimo cuidado la escalera, temiendo encontrar en ella gotas
de sangre; pero no hallamos... ni esto. Los vecinos del principal,
únicos que hay en la casa, como si estuviesen en Babia. No se
enteraron de cosa ninguna. Verdad que el tiro retumbó muy poco. Lo
habrían oído los vecinos si hubieran estado encima; pero, claro, al
otro piso no llegó la bulla. Los porteros, sordos, mudos y ciegos: de
ellos respondo, y no hay nada que temer. Ya les pueden echar jueces.
Les he prometido que la señorita les librará de quintas al hijo.

AUGUSTA.

¿Uno, un hijo solo?... Les libraré más: todos los que tengan.

FELIPA.

Uno tan sólo. Con esto y la gratificación, tan contentos los pobres.
Son unas almas de Dios.

AUGUSTA.

¡Ay!, habla más bajo... Tengo un miedo horrible... Mira si hay
alguien en el gabinete.

FELIPA, _que se asoma al gabinete y vuelve_.

Ni una mosca. Podemos hablar sin recelo. Esta mañana fuí, y ¿qué
hice? Llevé allá á mi hermana con toda su chiquillería, y atesté de
muebles la sala, y ya está Rafael trabajando. Quitamos primero la
alfombra, desmontamos la cama, me llevé las botas, el sombrero y
vestido de la señorita...; saqué del pupitre los papeles, cartas á
medio escribir, cigarros de él; en fin, todo lo que había me lo llevé
á mi casa...

AUGUSTA.

Mejor sería que lo quemaras todo...

FELIPA.

Lo que pudiera comprometer, ceniza es ya. De la casa, tan cierto
como Dios es mi padre, no sacará el juez ni tanto así de luz. Por
donde puede flaquear la trama es por el lado de doña Serafina, quiero
decir, que si van y averiguan que la señorita no estuvo aquella
noche...

AUGUSTA, _secreteando_.

Ya está prevenida Ramona, y bien recompensada. Esta mañana vino
á verme. Confío en que no me faltará. Si la curia hiciera alguna
tontería corriéndose en las averiguaciones, mi padre lo arreglará.
Hablamos esta noche: no cree nada malo de mí; pero esto de que los
periódicos me lancen chinitas le subleva. Es amigote del juez, y
quedó en hablarle mañana mismo.

FELIPA, _casi entre dientes_.

Todo irá como en las propias manos del Silencio, y aquí el que más
mira menos ve.

AUGUSTA.

¡Ay, Felipa, qué buena eres! Lo que has hecho por mí de ningún modo
podré recompensarlo. Me serviste fielmente hasta que te casaste.
Cierto que te he protegido; pero mis beneficios son muy cortos en
comparación de la lealtad y la adhesión con que me los estás pagando.

FELIPA.

No hablemos de eso. Por usted me dejaría yo matar, si fuera preciso.

AUGUSTA, _conmovida_.

No merezco tanta abnegación... Déjame que llore. ¡Ay de mí! Todavía
no acierto á dominar la situación en que me encuentro. A ti, que me
has ayudado á ocultar mi falta; á ti, que sabes la verdad de esta
deshonra sin necesidad de que yo te la explique, puedo decirte á boca
llena que me reconozco mala, muy mala; pero que considero el castigo
desproporcionado á la culpa. Esto no puede ser castigo, porque si
fuera castigo, no resultaría tan terrible. No merezco tanto, no.
¡Verle morir así, sin que en su agonía tuviera para mí una palabra
de ternura!... ¿No te acuerdas?, parecía que me despreciaba..., ¡á
mí que le he querido tanto, que estaba dispuesta á sacrificarle mi
posición, mi honor!... El desdén con que me trató después de atentar
á su vida por primera vez me ha destrozado el alma, dejándome una
herida que no se cerrará nunca. Recordarás que me dió un nombre
ofensivo, ultrajante, el apodo de esa mujerzuela...

FELIPA.

El trastorno, la ofuscación... Si no supo lo que hacia, menos había
de saber lo que hablaba.

AUGUSTA.

Pero la proximidad de la muerte, aun muriendo por la propia mano,
aviva en el alma los sentimientos dominantes en ella. ¿Por qué no
me dijo una palabra cariñosa, que yo pudiera recordar después como
consuelo?

FELIPA.

No olvide usted que dijo: «Sé lo que debo hacer, y pido á Dios que me
perdone.»

AUGUSTA.

Eso es, perdón á Dios, y á mí que me partiera un rayo. ¿Por qué no
me había de pedir perdón también á mí, aunque no fuera sino por
este rastro de deshonra que tras sí deja? ¿Sabes? Hay quien dice
que le maté yo. ¡Qué infamia tan estúpida!... Yo estoy muerta de
pena y desconsuelo; de pena por él, porque le amé, quizás más de
lo que se merecía; desconsolada porque no le volveré á ver, porque
murió queriéndome poco ó nada, dejándome afligida y celosa...,
sí, celosa... ¡Si yo pudiera olvidar esta terrible pesadilla!...
¿Crees tú que el tiempo me hará perder la memoria? No, no hay tiempo
bastante largo para borrar esto. No sé qué será de mí.

FELIPA, _con agudeza_.

El tiempo es muy bueno; trabaja sin que se sienta, y del fin de unas
cosas hace el principio de otras.

AUGUSTA.

Cada hora que pasa me siento más acongojada y padezco más. Aquella
noche, cuando me dejaste aquí, la misma turbación, el terror mismo,
me daban cierta energía. Creí salir del paso haciéndome la valiente.
Por la mañana me vestí para ir á misa, y cuando Pepe me dió la
noticia, me asustó como si fuera una novedad para mí. Hízome el
efecto de ver traducida á la realidad una cosa soñada. Desde aquel
momento perdí el valor y me descompuse. Postrada en este sofá pasé
un día horrible, y tuve que dominar ante mi marido mi pena inmensa,
aparentando otra pena muy distinta y menor. Fingir lo pequeño para
ocultar lo grande es trabajo de prueba. Más fácilmente fingimos los
sentimientos muy vivos que los ligeros y superficiales. Figúrate tú
que, cuando se te ha muerto un hijo, te hubieras visto obligada á
aparentar que sólo llorabas al gato de la casa.

FELIPA.

¡Ay, no me lo diga! Reviento yo antes que hacer tal comedia.

AUGUSTA.

Pues considera si sufriré. Por eso te digo que el castigo es
desproporcionado á la falta. ¡Luego de la situación esta se derivan
tantos suplicios diferentes! La presencia de mi marido despierta en
mí sentimientos tan extraños, que me pongo á morir cuando entra aquí
y me habla. A veces me figuro que no hay entre los dos nada de común,
y su serenidad ni me lastima ni me inquieta; á veces paréceme que le
admiro todo lo que admirarse puede, y me pondría de rodillas delante
de él para adorarle como á un ser que no participa de nuestras
miserias.

FELIPA, _advirtiendo que Augusta tiene una mano envuelta en un
pañuelo_.

¿Qué es esto?

AUGUSTA.

La magulladura que me hice en la muñeca cuando forcejeamos para
quitarle aquel maldito revólver. No la noté hasta la mañana siguiente.

FELIPA.

A mí también me dejó en este brazo un cardenal que me duele bastante.

AUGUSTA.

He dicho que me quemé lacrando una carta. Pero aunque nadie lo ha
puesto en duda, se me antoja que llevo aquí un espantoso dato para
los que me creen asesina.

FELIPA.

El miedo, el miedo hace ver visiones. No seamos tontas. D. Tomás se
creerá lo del lacre.

AUGUSTA, _con profunda tristeza_.

¡Ay! ¡Si vieras tú qué recelosa estoy de que lo sabe todo, aunque
aparenta ignorarlo! Tengo mil motivos para conocer su penetración,
que en ciertos casos supera á cuanto se puede decir. No obstante
su tranquilidad, que me hace dudar... «Si lo sabe, me pregunto yo,
¿por qué no me lo dice? Su calma, ¿es la expresión más refinada del
desprecio que le merezco, ó significa una situación de espíritu
muy diferente?» Anoche me pasó lo que no me ha pasado nunca: tener
pesadillas horribles, una tras otra, y no poder discernir después lo
real de lo soñado. Creí que Federico estaba aquí, y vi reproducida
la terrible escena, lo mismo, Felipa, lo mismo que la vimos tú y
yo. De que esto fué imaginario no tengo duda. Pero después..., y
aquí entran mis dudas, porque el recuerdo que ha quedado en mí,
aunque turbio y calenturiento, es vivísimo en las imágenes. Pues
oye. Me levanté..., fuí al despacho de Tomás y llamé á la puerta.
El dijo desde dentro: «¿quién es?», y yo respondí: «soy _La Peri_».
Abrió; entré, y sentándome á su lado, confesé sin omitir nada. ¡Qué
atrocidad! Pues he pasado todo el día de hoy revolviendo en mi cabeza
aquel acto, y trabajando por poner en claro si fué real ó no. Tengo
los sesos derretidos de tanto cavilar. Me parece que estoy viendo
á Tomás cuando yo le contaba aquellos horrores. Ponía una cara de
conmiseración que me lastimaba enormemente, y yo le decía: «Soy _La
Peri_; no vayas á creer que soy tu mujer»; y luego vuelta á contarle
cómo y por qué se mató Federico. Lo que me atormenta y me confunde es
la duda de si este delirio sólo tuvo realidad dentro de mi cerebro, ó
si, en efecto, yo me levanté de mi cama, y fuí al despacho de Tomás,
y él me abrió, y hablamos, y...

FELIPA.

Señorita, ¡por los clavos de Cristo!, eso no se hace nunca sino en
sueños.

AUGUSTA.

Pero en el trastorno en que yo estuve anoche, trastorno de los
sentidos y del alma toda, no sé... ¿No sabes tú que hay personas que
dormidas andan y hablan y repiten lo que les ha pasado recientemente?

FELIPA.

Sí, y á esos llaman sonámbulos.

AUGUSTA.

Yo no me he tenido nunca por sonámbula. ¡Oh, no, imposible que este
recuerdo amarguísimo sea recuerdo de un acto real! ¿Verdad que no?
La impresión del hecho que llevo en mí es de pesadilla, de esas
que á veces se quedan dentro de nosotros tan bien estampadas como
los hechos positivos. Pero... todo podría ser. Anoche deliraba yo
como un tifoideo, y tenía fiebre muy alta. Yo cerraba los ojos, y
al abrirlos de tiempo en tiempo, Tomás junto á mí, mirándome sin
pestañear. Sus miradas me penetraban hasta el fondo del alma. No
puedo asegurarte si le veía despierta ó le veía dormida. ¿Hablé yo?
¿Me levanté y anduve? Conservo una idea vaga de haber sentido sus
pasos alejándose hacia el despacho, á no sé qué hora de la noche.
También ha quedado en mí una obscura reminiscencia de lo que me
atormentó la idea de ser yo _La Peri_, ese trasto, y de los esfuerzos
que hice para no ser ella, sino quien soy. ¡Lucha espantosa entre un
nombre y mi conciencia!... Pero nada puedo afirmar con certeza. No
sé qué daría por disipar esta duda horrible, cerciorándome de que no
hablé, de que no me vendí. (_Pasándose la mano por la frente._) ¡Cómo
está esta cabeza!

FELIPA, _atisbando á la puerta_.

Me parece que el señor viene. (_Se levanta._)


ESCENA XII

_Las mismas._ OROZCO.

OROZCO, _á su mujer_.

Querida, aunque no es tarde, harías bien en irte á descansar. ¿Por
qué no te acuestas?

AUGUSTA.

Espero á tener sueño. ¡He dormido tanto en este sofá!...

OROZCO.

La conversación no te conviene. (_Tomándole el pulso._) Ni pizca de
fiebre; pero la charla puede hacerte daño, y has picoteado bastante
esta noche: primero con tu papá, después con Manolo Infante, ahora
con Felipa.

AUGUSTA.

Hablar me distrae. Di, ¿se han ido todos ya?

OROZCO.

Todos. Como no estabas tú, la reunión, cansada de su propia
insipidez, se ha disuelto temprano. Y ahora nos quedaremos solos,
porque ésta se marchará también. Felipa, retírate, que algo tendrás
que hacer en tu casa.

FELIPA, _para sí_, _turbada_.

Parece que me echa. Sabe más que Merlín el señor éste... Imposible
que deje de... (_Alto._) Con permiso...

AUGUSTA.

Felipa, quedamos en que mañana recogerás en casa de Sobrino
veinticuatro varas, que con las diez y media que tienes...

FELIPA, _oficiosamente_.

Ocho y poco más, señorita... Pues hacen treinta y dos.

AUGUSTA.

Eso es; pero antes de cortar me traes la batista para verla, porque
si no es igual á la otra, la devolveremos.

FELIPA.

Bueno. ¿Me manda algo más?

AUGUSTA.

Que te des mucha prisa. ¡Ah! Y que no me olvides los visillos...

FELIPA.

Estamos en ellos. Buenas noches. Que ustedes descansen. (_Vase._)

OROZCO.

Si no tienes sueño, pasa á mi despacho y hablaremos un ratito.

AUGUSTA.

Si que pasaré. ¿Piensas velar?

OROZCO.

Es posible.

AUGUSTA, _recelosa_.

¿Tienes que hacer? ¡Qué afán de calentarte los cascos en cosas que no
nos importan!

OROZCO.

Si nos importan ó no, lo veremos... Allí te aguardo.

AUGUSTA.

Iré. (_Se incorpora._)


ESCENA XIII

Despacho de Orozco.

AUGUSTA, _envuelta en su cachemira, se acomoda en una butaca junto á
la chimenea, muy cargada de lumbre_; OROZCO, _junto á la mesa, en la
cual hay una lámpara encendida_.

OROZCO.

Qué... ¿tienes frío?

AUGUSTA.

Un poco; pero ya voy entrando en calor. (_Para sí._) No sé por qué,
tiemblo. Su mirada me desconcierta.

OROZCO.

No es tarde. Si te encuentras bien, hablaremos un poco de asuntos que
á entrambos nos interesan.

AUGUSTA.

¿Asuntos?... Tú siempre discurriendo empresas ó aventuras
humanitarias...

OROZCO, _interrumpiéndola_.

No es eso...

AUGUSTA.

Vale más que te acuestes y descanses.

OROZCO, _acercándose á ella_.

Descansaría si pudiera. Pero por mucho dominio que uno tenga sobre
sí propio, por grande que sea nuestra energía para disciplinar las
ideas, hay ocasiones, querida, en que las ideas ahogan la necesidad
de reposo, y el sueño es imposible.

AUGUSTA, _para sí_, _con espanto_.

Llegó el momento de las explicaciones. Estoy perdida. ¿Lo sabe, ó desea
saberlo? (_Mirándole fijamente á los ojos._) ¿Quién podrá descifrar el
jeroglífico de ese rostro de mármol?

OROZCO, _para sí_, _mirándola á su vez con atención profunda_.

¿Será capaz de confesar? Me temo que no.

AUGUSTA, _para sí_.

No nos acobardemos. Me adelantaré gallardamente á sus preguntas.
(_Alto._) ¿Por qué me miras así? ¿Es que quieres decirme algo y no te
atreves?

OROZCO.

Te observo temerosa, y esperaré á que te tranquilices.

AUGUSTA.

¡Temerosa yo! (_Para sí._) Fingiré un valor que no tengo... Hasta
para confesar lo necesitaría, pues si me rindo, conviéneme hacerlo
con dignidad.

OROZCO.

Ya sé que eres valiente. No necesitas demostrármelo con palabras. Yo
también lo soy, más que tú, mucho más, pues tengo ánimo suficiente
para poner la verdad por encima de los afectos grandes y chicos,
para reducir á la insignificancia las pasiones cuando contradicen el
sentimiento universal.

AUGUSTA, _para sí_.

Desvaría. El delirio humanitario se ha apoderado de él. Esto me
envalentona. Veámosle venir.

OROZCO.

Yo había pensado educarte en estas ideas, iniciarte en un sistema de
vida que empieza siendo espiritual y difícil y acaba por ser fácil y
práctico. Ahora no sé si debo insistir en mi propósito. Se me figura
que no ha de gustarte esta creencia mía, adquirida en la soledad á
fuerza de meditaciones y de magnas luchas.

AUGUSTA, _para sí_.

¡Ay, Dios mío, cómo se evapora el pensamiento de este hombre! Si me
hablase en lenguaje humano, que moviera mi corazón y mi conciencia,
me impresionaría; pero estas cosas tan etéreas no se han hecho para
mí, amasada en barro pecador. (_Alto._) Ya sé que eres un hombre
sin segundo, al menos entre los que yo conozco. Has cultivado, á la
calladita y sin que nadie se entere, la vida interior; has conseguido
lo que parece imposible en la flaqueza humana, á saber: no tener
pasiones, subirte á las alturas de tu conciencia eminente y mirar
desde allí los actos de tus semejantes, como el ir y venir de las
hormigas; aislarte y no permitir que te afecte ninguna maldad, por
muy próxima que la tengas. ¿Es esto así? ¿Te he comprendido bien?
(_Orozco hace signos afirmativos con la cabeza._) ¿Y quieres que yo
te acompañe en esa purificación? ¡Ay!, bien quisiera; pero no sé si
podré. Soy muy terrestre; peso mucho, y cuando quiero remontarme,
caigo y me estrello.

OROZCO.

La gravedad se disminuye limpiando el corazón de malos deseos y el
pensamiento de toda inclinación mala.

AUGUSTA.

¡Ay!, yo limpio, limpio; pero se vuelven á ensuciar cuando menos lo
pienso.

OROZCO.

Yo te enseñaré la manera de triunfar si te confías á mí; pero por
entero; confianza ciega, absoluta. Revélame todo lo que sientes, y
después que yo lo sepa... hablaremos.

AUGUSTA, _para sí_.

¡Confesar!, esto me aterra. Si él fuera más hombre y menos santo, tal
vez...

OROZCO.

¿No contestas á lo que te digo? Descúbreme tu interior; pero con
efusión completa.

AUGUSTA, para sí.

Lo sabe y quiere arrancarme la confesión. ¿Cómo lo habrá sabido? ¿Se
lo dije yo? Esta duda me vuelve loca. Tomemos la ofensiva. (_Alto._)
¿Qué quieres que te descubra? ¿Sospechas de mí? Empieza por decirme
en qué se funda tu suspicacia, y yo veré lo que debo contestarte.

OROZCO, _con determinación_.

Inútiles y ridículos escarceos. Vale más que hablemos con claridad.
Desde que apareció muerto Federico, tu nombre anda en lenguas de la
gente. No necesito añadir más. Lo que haya de verdad en esto, tú me
lo has de decir. Si es falso, desmiéntelo; si no lo es, que yo lo
sepa por ti misma. Esta ocasión es solemne, y en ella he de saber
quién eres y lo que vales.

AUGUSTA, _turbada_.

¿Pero tú... crees...?

OROZCO.

Yo no creo ni dejo de creer nada. Espero á que tú hables.

AUGUSTA, _para sí_.

¡Confesar!... ¡Antes morir!... ¡Siento un pavor!... (_Alto._) Pues te
diré: extraño mucho que des asentimiento á esas infamias.

OROZCO, _flemáticamente_.

Luego es falso lo que se dice.

AUGUSTA.

¿Y lo dudas?

OROZCO.

No afirmo ni niego. Aplazo mi juicio, porque te veo cohibida por el
temor y te incito á sosegarte y reflexionar. Tiemblas. Tu cara es
como la de un muerto.

AUGUSTA.

Estoy enferma.

OROZCO.

Enferma de susto. Tranquilízate: tómate el tiempo que quieras para
pensarlo; es temprano. Estamos solos y nadie nos molesta. Mira, yo
me siento en esta butaca á leer un poco, y en tanto tú recoges tu
conciencia, y decides delante de ella lo que debes responderme. (_Se
sienta junto á la mesa en que está la luz, toma un libro y lee._)

AUGUSTA, _para sí_, la _cabeza inclinada sobre el pecho y arrebujada
en su abrigo_.

Lo sabe... Ese lenguaje claramente lo indica. ¡Qué actitud tan
extraña la suya! Por grande que sea la serenidad de espíritu de un
hombre, no la comprendo en grado tal. Imposible que su cerebro no
sufra alguna alteración honda. La humanidad, ni aun en los ejemplares
más perfectos, puede ser así... Y no obstante, ¿qué hay en esa
actitud que me causa una especie de alivio y me inspira confianza?
Todo esto, ¿será para oirme y perdonarme? Y pregunto yo: «¿Ese perdón
vale? El perdón de quien no siente, ¿es tal perdón? ¿Puede un alma
consolarse con semejante indulgencia, venida de quien no participa
de nuestras debilidades?» ¡Oh, no!; su santidad me hiela. Yo no
confieso, no confesaré... ¡Y si tras esa mansedumbre rebulle el
propósito de imponerme un castigo severo!... ¡Si en su sistema, para
mí no bien comprensible, entra también el trámite de matarme!... ¡Ay,
siento escalofrío mortal!... ¡No, no confieso!

OROZCO, _apartando la vista del libro_.

¿Piensas, Augusta, ó es que te has quedado dormida?

AUGUSTA.

No duermo, no. Pensaba en esa tontería que me has dicho, en tu
sospecha. ¿Quién te la sugirió? ¿Te habló alguien?

OROZCO.

Curiosidad por curiosidad, creo que la mía debe llevar la
preferencia. Habla tú primero.

AUGUSTA.

Sin duda algún amigo nuestro, de los que te tienen envidia y
mala voluntad, ó amiga mía, chismosa y visionaria, te ha...
(_Impaciente._) ¿Por qué medio adquiriste esas ideas?

OROZCO, _con ligera inflexión festiva_.

Por adivinación.

AUGUSTA.

No creo en las adivinaciones. (_Para sí._) Virgen Santa, mis temores
se confirman... Anoche, en aquel delirio estúpido, canté... ¡Si
lo tengo bien presente!... ¡Si no se me ha borrado del cerebro
la impresión de lo que hice y dije!... ¡Miserable de mí, vendida
neciamente! Si ahora me obstino en negar... (_Alto, tragando
saliva._) Explícame ese misterio de las adivinaciones.

OROZCO.

Tú lo has dicho: misterio es de nuestra alma. Pero, en este caso, el
poder mío revelador ha tenido auxiliares.

AUGUSTA.

¿Alguien me acusó?

OROZCO.

Quizás.

AUGUSTA, _para sí_.

¡Dios mío, sácame de esta incertidumbre, y separa en mi espíritu
las acciones reales de las fingidas por el cerebro enfermo!
(_Rehaciéndose._) ¡Oh, no es posible que yo hablara; no puede ser! Me
estoy atormentando con un recelo pueril, hijo del miedo. Ánimo... y
no confesar.

OROZCO, _para sí, fingiendo leer_.

Esto sí que es difícil de extirpar. El desgarrón de este sentimiento,
que me arranco para echarlo en el pozo de las miserias humanas,
¡cómo me duele! Al tirar me llevo la mitad del alma, y temo que mi
serenidad claudique. Si salgo triunfante de esta prueba, ya no temeré
nada; dominaré el mundo, y nada terrestre me dominará. ¡Pero cómo me
duele esta amputación! (_Mirando furtivamente á su mujer._) Era el
encanto de mi vida. Inferior á mí por su inconsistencia moral, su
amor me daba horas felices, su compañía me era grata, y la idea de
igualarla á mí, purificándola, me enorgullecía. La pierdo. Quizás
será un bien esta viudez que me espera; quizás este lazo me ataba
demasiado á las bajezas carnales... Me convendrá seguramente perder
el único afecto que me ligaba al mundo. ¿Y si no lo perdiera?... Si
con un acto de hermosa contrición se eleva hasta mí... (_Volviendo á
fijar los ojos en el libro._) ¡Ah!, no tiene alma para nada grande.
Si me confiesa la verdad, toda la verdad, la perdono y procuraré
regenerarla.

AUGUSTA, _para sí, sofocada y limpiándose el sudor de la frente_.

No sé qué siento en mí... Un prurito irresistible de referir cuanto
me ha pasado, mi falta, mi pena inconsolable... ¡Pero si ya se lo
revelé!... Sí; no tengo duda. Paréceme que viéndome estoy en el acto
inconsciente de anoche; oigo mis propias palabras; me retumban aquí
como si ahora mismo las pronunciara. Todo lo canté bien claro... Y
si lo sabe, ¿á qué me lo pregunta? ¿A qué humillarme con una segunda
confesión?

OROZCO.

¿Has pensado, Augusta?

AUGUSTA.

No, no pienso. Todo está pensado ya. (_Para sí, con tenacidad._)
No confieso, no puedo, no quiero. Me falta valor. Siento en mi
alma la expansión religiosa; pero el dogma frío y teórico de este
hombre no me entra. Prefiero arrodillarme en el confesonario de
cualquier iglesia... Y si despierta niego, después de haberme acusado
delirando, ¿qué pensará de mí? Nadie es responsable de lo que dice en
sueños... Pero los delirios suelen ser el espejo turbio y movible
de la vida real... ¡Qué combate dentro de mí! No sé qué hacer ni por
dónde escurrirme.

OROZCO.

¿Has examinado tu conciencia, Augusta?

AUGUSTA, _sacando fuerzas de flaqueza_.

Déjame en paz. Mi conciencia no tiene nada que examinar.

OROZCO.

¿Está tranquila? ¿No te acusa de ninguna acción contraria al honor, á
las leyes divinas y humanas?

AUGUSTA, _para sí_.

Me confieso á Dios, que ve mi pensamiento; á ti no...

OROZCO.

¿Qué dices?

AUGUSTA.

No he dicho nada. (_Para sí, con brutal entereza._) Me arriesgo á
todo... Salga lo que saliere, negaré...

OROZCO.

¿Insistes en llamar disparatado y absurdo el rumor de que
presenciaste la muerte violenta de Federico?

AUGUSTA, _para sí, desconcertada_.

¿Poseerá alguna prueba material?

OROZCO.

¿Callas?

AUGUSTA, _enfrenándose_.

No, no callo... Es que me asombro de que creas semejante desatino.
(_Para sí._) Si tiene pruebas, que las tenga. Ya no me vuelvo atrás.

OROZCO.

¿De modo que lo niegas?

AUGUSTA.

Lo niego terminantemente.

OROZCO.

¿Y lo juras?

AUGUSTA.

¿A qué viene eso de jurar?... Si es preciso... lo juro también.

OROZCO, _para sí_.

Me engaña miserablemente. Peor para ella. Desgraciada, quédate en tu
miseria y en tu pequeñez.

AUGUSTA.

No es propio de ti dar crédito á las invenciones de la gente
maliciosa.

OROZCO, _gravemente_.

Yo no anticipo juicio alguno. Me atengo á lo que tú declares.

AUGUSTA, _para sí, recelosa_.

¿Me crees? ¿Crees lo que digo?

OROZCO.

Sí... (_Se aparta de ella, y pasea por la habitación mirando al
suelo. Para sí._) Me he quedado solo, solo como el que vive en un
desierto.

AUGUSTA, _para sí_.

No me ha creído... ¡Y yo noto un vacío en mi alma...! Me siento
divorciada, sola, como si viviera en un páramo.

OROZCO, _para sí_.

Mi mujer ha muerto. Soy libre. Ningún cuidado me inquieta ya, si no
es el de mi propia disciplina interior, hasta llegar á no sentir
nada, nada más que la claridad del bien absoluto en mi conciencia.

AUGUSTA, _para sí_.

He mentido... Su virtud no me convence ni despierta emoción en mí.
¡Divorciados para siempre!... Si viera en él la expresión humana
del dolor por la ofensa que le hice, yo no mentiría, y después de
confesada la verdad, le pediría perdón. Ningún rayo celeste parte
de su alma para penetrar en la mía. No hay simpatía espiritual. Su
perfección, si lo es, no hace vibrar ningún sentimiento de los que
viven en mí.

OROZCO, _para sí_.

¡Pero qué solo estoy! Murió el encanto de mi vida. ¿Flaqueará mi
ánimo en esta crisis tremenda? La conmoción interior es grande.
¿Conseguiré dominarla, ó me dejaré arrastrar de este impulso
maligno que en mí nace, ó más bien resucita, porque es resabio de
mis dominadas pasiones de hombre? (_Detiénese detrás de Augusta,
contemplándola. Ella no le ve._) ¿Por qué no te impongo el castigo
que mereces, malvada mujer? ¿Por qué no te...? (_Apretando los
puños._)

AUGUSTA, _para sí_, _sobresaltada y recelosa al sentirle parado
detrás de ella_.

¿Qué hace? No me atrevo á moverme, ni á mirar siquiera para atrás.
¡Dios me ampare!

OROZCO, _para sí_, _venciéndose con supremo esfuerzo_.

No, no te iguales á lo más miserable y rastrero de la humanidad.
Déjala...

AUGUSTA, _volviéndose aterrada_.

¿Qué? ¿Qué hay?

OROZCO.

Nada, no he dicho nada. (_Para sí, paseando de nuevo._) No, los
brutales instintos no destruirán, en un instante de flaqueza, la
serenidad que adquirí á fuerza de mutilar y mutilar pasiones y
afectos miserables. Elévate, alma, otra vez, y mira de lejos estas
bastardías liliputienses. Nada existe más innoble que los bramidos
del macho celoso por la infidelidad de su hembra.

AUGUSTA, _para sí_.

Si en él viera yo el noble egoísmo del león que se enfurece y lucha
por defender su hembra..., me sería fácil humillarme y pedirle
perdón.

OROZCO, _para sí_.

Ánimo, y adelante. Volvamos á esta vida externa, cuya estupidez me
es necesaria, como la esterilidad glacial del yermo en que habito.
Vivamos en esta aridez pedregosa, como si nada hubiera ocurrido.
Despierto de un sueño en que sentí reverdecer mis amortiguadas
pasiones, y vuelvo á mi rutina de fórmulas comunes, dentro de la cual
fabrico, á solas conmigo, mi deliciosa vida espiritual. (_Alto y con
resolución._) Augusta.

AUGUSTA, _volviéndose sobresaltada_.

¿Qué?

OROZCO.

¿Pero no te acuestas, hija? Es muy tarde.

AUGUSTA, _para sí_.

El mismo acento de siempre. (_Alto._) Sí, me acostaré. ¿Y tú?

OROZCO.

Yo también. Oye una cosa: mañana recuérdame que hay que comprar el
regalo para Victoria Trujillo, cuya boda es el jueves.

AUGUSTA.

Es verdad. ¿Qué le compraremos?

OROZCO.

Lo que tú quieras. Tienes mejor gusto que yo para elegir
cachivaches. ¡Ah! Otra cosa: si mañana estás bien, hemos de visitar á
Clotilde Viera.

AUGUSTA.

¡Ah, sí!... Mañana estaré bien, y saldré; saldremos.

OROZCO.

Daremos una vuelta en coche por el Retiro y la Castellana. Te llevaré
á que veas los cuadros que ha comprado últimamente tu papá.

AUGUSTA.

Bueno... (_Para sí._) Como si tal cosa. El mismo hombre, el mismo,
inalterable, marmóreo, glacial. ¿Qué significa esto? (_Alto._)
Francamente, no tengo muchas ganas de ver los cuadros que ha comprado
papá, pues me dijo Malibrán que eran cosa de muertos, y santos en
oración, flacos, sucios y amarillos. Todo eso me es antipático.

OROZCO.

Por cierto que ayer estuve á punto de comprarte una imitación de
Watteau muy linda... Pastorcitos, elegantes marquesas con cayado,
mucho lazo en la frente y hombros, zapatito de raso, y luego
amorcillos jugando con las ovejas.

AUGUSTA.

¡Ay, eso me encanta! ¿Por qué no me lo trajiste?

OROZCO.

Pensé consultar contigo la compra antes de hacerla; pero como
estuviste mala, no quise molestarte.

AUGUSTA, _que se levanta y tira del cordón de la campanilla_.

Pues no dudes que te agradezco de todas veras regalito tan de mi
gusto. (_Mirándole fijamente y con alarma. Para sí._) ¿Qué significa
esta indiferencia grave y hermosa, que raya en lo sobrenatural? Esto
no es grandeza de alma. Esto es...

OROZCO, _para sí_.

Expláyate, hombre, expláyate en el páramo de la vida externa. Eso
conforta.

AUGUSTA, _para sí, cavilosa_.

Una nueva pena, una nueva inquietud. Será preciso consultar con los
mejores especialistas en perturbaciones cerebrales. (_La criada
aparece en la puerta. Augusta se retira con ella._)


ESCENA ÚLTIMA

OROZCO, _solo_.

¡Dominada la pavorosa crisis!... Pero andan por dentro de mí los
jirones de la tempestad, y necesito dispersarlos, no sea que se
junten y condensen de nuevo y me pongan otra vez al borde del
abismo de la tontería... Fuera locurillas impropias de mí. Los
celos, ¡qué estupidez! Las veleidades, antojos ó pasiones de una
mujer, ¡qué necedad raquítica! ¿Es decoroso para el espíritu de un
hombre afanarse por esto? No; elevar tales menudencias al foro de
la conciencia universal es lo mismo que si, al ver una hormiga, dos
hormigas ó cuatro ó cien, llevando á rastras un grano de cebada,
fuéramos á dar parte á la Guardia civil y al juez de primera
instancia. No; conservemos nuestra calma frente á estas agitaciones
microscópicas, para despreciarlas más hondamente. Figúrate que no
existen para ti; muéstrate indiferente, y no hagas á la sociedad y á
la opinión el inmerecido honor de darles á entender que te inquietas
por ellas. Que nadie advierta en ti el menor cuidado, la menor pena
por lo que ha ocurrido en tu casa. Para tus amigos serás el mismo
de siempre. Que te juzgue cada cual como quiera, y tú sé para ti
mismo lo que debes ser en ti, compenetrándote con el bien absoluto.
(_Asómase á una ventana que da al patio de la casa._) ¡Hermosa noche,
tibia y serena, de las que ponen á Villalonga fuera de sí! ¡Cómo
lucen las estrellas! ¡Qué diría esa inmensidad de mundos si fuesen
á contarle que aquí, en el nuestro, un gusanillo insignificante
llamado mujer quiso á un hombre en vez de querer á otro! ¡Si el
espacio infinito se pudiera reir, cómo se reiría de las bobadas
que aquí nos revuelven y trastornan!... Pero para reirse de ellas
era menester que las supiera, y el saberlas sólo le deshonraría.
(_Abre los cristales y apoya los codos en el antepecho. En la pared
opuesta del patio rectangular se ven las ventanas de la escalera
de la casa._) Da gusto respirar el aire libre: su frescura despeja
la cabeza y sutiliza la imaginación. (_Pausa._) Siéntome otra vez
asaltado de la idea que ha sido mi suplicio ayer y hoy, la maldita
representación del trágico suceso, y la manía de reconstruirlo con
elementos lógicos. ¿Qué pasó, cómo fué, qué móviles lo determinaron?
Me había propuesto expeler y dispersar estos pensamientos; pero no
es fácil. Se apoderan de mi mente con despótico empuje, y tal es
su fuerza plasmadora, que no dudo puedan convertirse en imágenes
perceptibles á poco que yo lo estimulara. (_Agitado._) Debo recogerme
y procurar el reposo. (_Cierra la ventana y se retira. Discurre por
varias habitaciones de la casa, las unas obscuras, alumbradas las
otras. Largo intermedio, al fin del cual vuelve á encontrarse Orozco,
por efecto de una traslación inconsciente, en la ventana que da al
patio._) ¿Cómo es esto? ¿Todavía luz en la escalera? Y parece que
entra alguien y sube. (_Fijándose en las ventanas de enfrente._) Sí;
una persona sube con paso lento, como fatigada. ¡Ya! Será Juan, que
se retira después de haber cerrado el portal y apagado las luces.
¡Pero si el gas está encendido aún!... El tal sigue subiendo..., y es
persona á quien creo conocer..., aunque no puedo asegurar quién sea.
Juan se ha dormido, ¡qué posma!, y deja entrar á todo el que llega.
(_Llamando._) ¡Juan!... No me oye... Iré á ver qué intruso es este.
(_Se aparta de la ventana, atraviesa el despacho, luego el billar, y
sale á la sala de tresillo._) ¿Pero qué es esto? ¿El salón también
encendido? (_Sorprendido de ver luces en todas las estancias._)
Vamos que... Saldremos por aquí á la antesala y á la escalera, á ver
quien... á estas horas... (_Asómase á la puerta de la antesala, y
retrocede después de una breve inspección._) Nadie, nadie. Era mi
idea, queriendo convertirse en imagen. (_Atraviesa el salón y la
sala japonesa; pasa al gabinete próximo, que comunica con el tocador
y la alcoba conyugal, y al entrar en ésta siente pasos detrás de
sí; vuélvese y ve una imagen subjetiva, representación fidelísima
de persona viviente. La imagen viste de frac. Semblante triste y
afectuoso._)

OROZCO, _levantando el cortinón de la puerta que da á la alcoba_.

¡Ah! ¿Eres tú? Acabáramos... Yo decía: «¿Pero quién sube á estas
horas?» ¿Estaba Juan dormido cuando entraste?

LA IMAGEN.

Sí; todos duermen á estas horas; tú también.

OROZCO.

Yo no. ¿No me ves en pie?

LA IMAGEN.

¡Qué has de estar en pie, hombre! Por cierto que tienes una postura
molestísima. ¿Negarás que te duelen el brazo derecho y el cuello?

OROZCO.

Sí que me duelen.

LA IMAGEN.

Ponte de otra manera y respirarás más fácilmente. ¿Por qué no duermes
tranquilo? ¡Pobre cerebro, atormentado noche y día por las fórmulas
algebraicas de la conciencia universal! Si no te calentaras los
cascos dormido y despierto, no vendría yo á molestarte.

OROZCO.

No me molestas. Pasa aquí. (_Entran en la alcoba._)

LA IMAGEN.

Se me ocurrió venir porque pensabas en mí más de lo que yo merezco,
reproduciendo en tu mente mi persona y mis actos con una fuerza tal
que hacías vibrar mis inertes huesos. En medio de tus extraordinarias
perfecciones, tuviste flaquezas impropias de un hombre de tu altura
moral; reconstruiste, al par de la terrible escena de mi muerte, las
escenas amorosas que la precedieron.

OROZCO, _con tristeza_.

Es verdad: ayer y hoy, á pesar de mis esfuerzos por encastillarme en
un vivir superior, no he podido menos de ser á ratos tan hombre como
cualquiera. Pensé mucho en ti y en ella. Y tú me dirás: «¿cómo has
llegado á conocer la verdad de mi desastrosa muerte?» Te contestaré
que he pasado rápidamente de la presunción á la certidumbre.

LA IMAGEN.

¿Te lo ha dicho esa?

OROZCO.

Anoche, calenturienta y trastornada, articuló delante de mí palabras
ininteligibles. Pero no vendió su secreto. Esta noche, despierta y en
posesión de su juicio, no ha tenido grandeza de alma para confesarme
la verdad. La muy tonta se ha perdido mi perdón, que es bastante
perder, y la probabilidad de regenerarse.

LA IMAGEN, _acercándose al lecho de Augusta y contemplándola dormida_.

Duerme, como tú, intranquila, y también me trae á su lado.

OROZCO.

¿Pero la ves á ella? Yo creí que me veías á mí solo, como hechura
mía que eres. Y te equivocas al pensar que duermo. Ni siquiera estoy
en el lecho: me veo en pie, como tú, vestido; aún no me he quitado
el frac. Acércate acá. ¿Qué haces ahí mirando á mi mujer? ¿No la has
visto bastante? Es una falta de atención que me dejes con la palabra
en la boca habiendo venido á visitarme... Pero qué, ¿te vas? (_Se
pasa la mano por los ojos._)

LA IMAGEN.

No; aquí me tienes. Te toco para que no dudes de mi presencia.

OROZCO, _cogiéndole una mano_.

No he concluído de contarte cómo se determinó en mí el conocimiento
de esa triste verdad. El rumor público acerca de la culpabilidad de
Augusta fué principio y fundamento de mis presunciones. Oí todas
las hablillas, y de su variedad y garrulería saqué la certidumbre
de que esa desdichada te amó, y de que tú la amaste. Completaron mi
conocimiento diversos accidentes: las visitas de Felipa, algo que
advertí en la cara de ésta, la turbación de Augusta, la rozadura de
su mano, y un no sé qué, un misterioso sentido testifical notado en
la luz de sus ojos, en el eco de su voz y hasta en el calor de su
aliento. Ahora, respecto á tu muerte, nada concreto sé. No puedo
decir que poseo la verdad; pero tengo una idea, interpretación
propiamente mía, hija de mi perspicacia y de mi estudio de la
conciencia universal é individual. Esta interpretación atrevida no
concuerda con ninguna de las versiones vulgares patrocinadas por los
comentaristas del ruidoso y sangriento caso; es mía exclusivamente,
y voy á comunicártela. (_La imagen se sienta al borde del lecho en
que yace Orozco, y se inclina sobre éste._) Pero no peses tanto sobre
mí. Me sofocas, me oprimes, no me dejas respirar... Oye lo que pienso
de tu muerte... ¡Ay!, por Dios, no te apoyes en mi pecho. La más
grande montaña del mundo no pesa lo que tú... Pues mi opinión es que
moriste por estímulos del honor y de la conciencia; te arrancaste la
vida porque se te hizo imposible, colocada entre mi generosidad y mi
deshonra. Has tenido flaquezas, has cometido faltas enormes; pero
la estrella del bien resplandece en tu alma. Eres de los míos. Tu
muerte es un signo de grandeza moral. Te admiro, y quiero que seas mi
amigo en esta región de paz en que nos encontramos. Abracémonos. (_Se
abrazan._)

Madrid, Julio de 1889.


FIN DE LA NOVELA





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Realidad - Novela en cinco Jornadas" ***

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