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Title: Historia de las Indias (vol. 4 de 5)
Author: Casas, Bartolomé de las
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Historia de las Indias (vol. 4 de 5)" ***

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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.



                               HISTORIA

                                  DE

                              LAS INDIAS.



                               HISTORIA

                                  DE

                              LAS INDIAS


                              ESCRITA POR

                      FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

                           OBISPO DE CHIAPA


                   AHORA POR PRIMERA VEZ DADA Á LUZ

                                  POR

                 EL MARQUÉS DE LA FUENSANTA DEL VALLE

                        Y D. JOSÉ SANCHO RAYON.


                               TOMO IV.


                                MADRID
                      IMPRENTA DE MIGUEL GINESTA
                     calle de Campomanes, núm. 8.
                                 1876



                        ADVERTENCIA PRELIMINAR.


En los primeros capítulos del presente volúmen se da cuenta de la
entrada de Diego Velazquez en la isla de Cuba, en 1511, y de lo demas
ocurrido en ella hasta 1513 (capítulos 25 al 32), dando de paso
curiosas noticias de Hernando Cortés (27). Matan los indios de Cumaná á
fray Francisco de Córdoba y fray Juan Garcés (33 y 34). Sucesos de la
isla Española, y en especial lo que ocurrió al obispo don Alonso Manso
(35) y al primer repartidor de indios independiente del Gobernador, que
fué nombrado por el Rey, llamado Rodrigo de Alburquerque (36 y 37); á
quien suceden en dicho cargo de repartidores de indios, el licenciado
Ibarra, Cristóbal Lebron, y fray Pedro Mexía (38). Lo ocurrido en el
Darien, en los años 1512 á 1514, á los que estaban bajo las órdenes
de Vasco Nuñez (39 al 52), quien descubre el mar del Sur en 25 de
Setiembre de 1513 (48). Nombramiento de Pedrárias Dávila en lugar de
Vasco Nuñez, y instrucciones que lleva á tierra firme, las cuales
critica largamente nuestro Autor (52 al 68); sale Pedrárias de Sevilla
en 1514 (59), y, llegado al Darien, toma residencia á Vasco Nuñez á
quien da por libre de los cargos que se le hacian (60); siguiéndose
la narracion de lo hecho por ambos en aquellas tierras, hasta que
Pedrárias mandó cortar la cabeza á Vasco Nuñez (61 al 77). Vuélvese
á tratar de Cuba, donde entónces residia el clérigo Casas, quien en
vista de la despoblacion de la isla, por lo mal que se trataba á los
naturales, renuncia en Diego Velazquez un repartimiento que tenia, y
se propone venir á España y emplear en libertar á los indios lo poco
que le quedaba, y la fortuna de su amigo Juan de la Rentería, quien la
puso á su disposicion para este objeto (78 al 80). Llegan por entónces
á Cuba cuatro religiosos, procedentes de la isla Española, y predican
juntamente con el clérigo Casas en favor de los indios (81), de los
cuales se ahorcan muchos de desesperacion y otros se envenenan con
el zumo de la yuca (82). Embárcase Casas para España, por Setiembre
de 1515 (83), y es bien recibido en Plasencia por el Rey católico,
quien ofrece oirle en Sevilla para donde estaba de partida; muerto el
Rey en el camino de Sevilla (84), sigue sus gestiones con el cardenal
Ximenez de Cisneros, y consigue que se envien á la Española, con nuevas
instrucciones y amplios poderes, tres religiosos de la órden de San
Jerónimo (85 al 90), los cuales se embarcan en Sant Lúcar, en 11 de
Noviembre de 1516 (91), y llegan á Sancto Domingo trece dias ántes
que Casas; quien convencido en seguida del poco fruto que se podia
esperar de ellos para el bien de los indios (92 al 94), se embarca de
nuevo para España (95). Volviendo á tomar el hilo de los sucesos de
las islas, desde 1516 (93), dáse cuenta del descubrimiento de la isla
de Cozumel por Francisco Hernandez (96 y 97), y del cabo de Cotoche
en Yucatán por el mismo (98). Nuevas gestiones de Casas en la corte
en favor de los indios, hasta el año de 1518 (99 al 105). Sucesos en
tierra firme bajo la gobernacion de Pedrárias (106 al 108). Continúase
el descubrimiento de la tierra de Yucatán por Juan de Grijalva, enviado
por Diego Velazquez (109 al 114), quien nombra despues para seguir
dicho descubrimiento y poblar á Hernando Cortés (114); salida de éste
de Cuba en 18 de Noviembre de 1518 (115), y sucesos de su expedicion
hasta Julio de 1519, en que manda á Castilla por procuradores á Alonso
Puerto Carrero y Francisco de Montejo, á dar cuenta al Emperador de su
descubrimiento, en vez de darla á Diego Velazquez, que habia hecho casi
todos los gastos de la armada (116 al 123).


                               HISTORIA

                            DE LAS INDIAS.



                            LIBRO TERCERO.



                             CAPÍTULO XXV.


Explanado queda lo que tuvimos entendido de la isla de Cuba, y de lo
que en ella hallamos, y de las gentes que la moraban ó habitaban, resta
ya referir de la pasada que á ella hicimos los cristianos, puesto que
yo no pasé con él, sino despues, desde á cuatro ó cinco meses, en
otro viaje. Partió Diego Velazquez con sus 300 hombres de la villa
de la Çabana, desta isla Española, en fin, á lo que creo, del año de
1511, y creo que fué, si no me he olvidado, á desembarcar á un puerto
llamado de Palmas, que era en la tierra, ó cerca della, donde reinaba
el señor que dije haberse huido de esta isla y llamarse Hatuey, y que
habia juntado su gente y mostrádoles lo que amaban los cristianos como
á señor propio, que era el oro, como pareció en el cap. 21. Sabida
la llegada de los nuestros, y entendido que de su venida no podia
resultarles sino la servidumbre y tormentos y perdicion que en esta
Española habian ya muchos dellos visto y experimentado, acordaron de
tomar el remedio, que la misma razon dicta en los hombres que deben
tomar, y la naturaleza áun á los animales y á las cosas insensibles
que no tienen cognoscimiento alguno enseña, que, contra lo que corrompe
y deshace su ser, deban tomar, y éste es la defension. Pusiéronse,
pues, en defensa con sus barrigas desnudas y pocas y débiles armas, que
eran los arcos y flechas, que poco más son que arcos de niños, donde
no hay hierba ponzoñosa como allí no la hay, ó no las tiran de cerca
á cincuenta ó sesenta pasos, lo que pocas veces se les ofrece hacer,
sino de léjos, porque la mayor arma que ellos tienen es huir de los
españoles, y así conviéneles siempre no pelear de cerca con ellos. Los
españoles, los que alcanzaban, no era menester animallos ni mostralles
lo que habian de hacer. Guarecióles mucho á los indios ser toda la
provincia montes y por allí sierras, donde no podian servirse de los
caballos, y porque luégo que los indios hacen una vez cara con una gran
grita, y son de los españoles lastimados con las espadas, y peor cuando
de los arcabuces y alcanzados de los caballos, su remedio no está
sino en huir y desparcirse por los montes donde se pueden esconder,
así lo hicieron éstos, los cuales, hecha cara en algunos pasos malos,
esperando á los españoles algunas veces, y tiradas sus flechas sin
fruto, porque ni mataron ni creo que hirieron jamás alguno, pasados en
ésto dos ó tres meses, acordaron de se esconder; siguióse luégo, como
siempre se suele seguir, andar los españoles á cazallos por los montes,
que llaman ellos ranchear, vocablo entre ellos muy famoso y entre ellos
muy usado y celebrado, y donde quiera que hallaban manada de indios,
luégo, como daban en ellos, mataban hombres y mujeres, y áun niños, á
estocadas y cuchilladas, los que se les antojaba, y los demas ataban,
y llevados ante Diego Velazquez, repartíaselos á uno tantos y á otro
tantos, segun él juzgaba, no por esclavos, sino para que le sirviesen
perpétuamente como esclavos y áun peor que esclavos, sólo era que
no los podian vender, al ménos á la clara, que de secreto y con sus
cambalaches hartas veces se há en estas tierras usado. Estos indios así
dados, llamaban piezas por comun vocablo, diciendo: «yo no tengo sino
tantas piezas y hé menester para que me sirvan tantas», de la misma
manera que si fueran ganado. Viendo el cacique Hatuey que pelear contra
los españoles era en vano, como ya tenia larga experiencia en esta isla
por sus pecados, acordó de ponerse en recaudo huyendo y escondiéndose
por las breñas, con hartas angustias y hambres, como las suelen padecer
los indios cuando de aquella manera andan, si pudiera escaparse. Y
sabido de los indios que tomaban quién era (porque lo primero que se
pregunta es por los señores y principales para despachallos, porque,
aquellos muertos, fácil cosa es á los demas sojuzgallos), dándose
cuanta priesa y diligencia pudieron en andar tras él muchas cuadrillas
para tomallo, por mandado de Diego Velazquez, anduvieron muchos dias
en esta demanda, y á cuantos indios tomaban á vida interrogaban
con amenazas y con tormentos, que dijesen del cacique Hatuey dónde
estaba; dellos decian que no sabian, dellos, sufriendo los tormentos,
negaban, dellos, finalmente, descubrieron por dónde andaba, y al cabo
lo hallaron. El cual, preso como á hombre que habia cometido crímen?
_lesæ majestatis_, yéndose huyendo desta isla á aquella, por salvar la
vida de muerte y persecucion tan horrible, cruel y tiránica, siendo
Rey y señor en su tierra sin ofender á nadie, despojado de su señorío,
dignidad y estado, y de sus súbditos y vasallos, sentenciáronlo á que
vivo lo quemasen, y para que su injusta muerte la divina justicia
no vengase sino que la olvidase, acaeció en ella una señalada y
lamentable circunstancia: cuando lo querian quemar, estando atado al
palo, un religioso de Sant Francisco, le dijo como mejor pudo que
muriese cristiano y se baptizase; respondió, que ¿para qué habia de
ser como los cristianos, que eran malos? Replicó el Padre, porque
los que mueren cristianos van al cielo y allí están viendo siempre
á Dios y holgándose; tornó á preguntar si iban al cielo cristianos,
dijo el Padre que sí iban los que eran buenos: concluyó diciendo que
no queria ir allá, pues ellos allá iban y estaban. Esto acaeció al
tiempo que lo querian quemar, y así luégo pusieron á la leña fuego y
lo quemaron. Esta fué la justicia que hicieron de quien tanta contra
los españoles tenia para destruillos y matallos como á injustísimos y
crueles enemigos capitales, no por más de porque huia de sus inícuas é
inhumanas crueldades; y ésta fué tambien la honra que á Dios se dió,
y la estima de su bienaventuranza que tiene para sus predestinados,
que con su sangre redimió, que sembraron en aquel infiel, que pudiera
quizá salvarse, los que se llamaban y arreaban de llamarse cristianos.
¿Qué otra cosa fué decir que no queria ir al cielo, pues allá iban
cristianos, sino argüir que no podia ser buen lugar, pues á tan malos
hombres se les daba por eterna morada? En ésto paró el Hatuey, que,
cuando supo que para pasar desta isla á aquella los españoles se
aparejaban, juntó su gente para la avisar por qué causa les eran tan
crueles y malos, conviene á saber, por haber oro, que era el Dios que
mucho amaban y adoraban. Bien parece que los cognoscia, y que con
prudencia y buena razon de hombre temia venir á sus manos, y que no le
podia venir dellos otra utilidad, otro bien, ni otro consuelo, al cabo,
sino el que le vino.



                            CAPÍTULO XXVI.


Quemado el Hatuey, como las gentes de por allí lo tenian por hombre
y señor esforzado, de miedo puro que se les arraigó en las entrañas,
debajo de la tierra, si pudieran meterse, trabajaran por huir de las
manos de los cristianos, y así no habia ya hombre por toda aquella
provincia, que llamaban de Maycí, la última sílaba luenga, que parase
ni se juntase con otro, por hacer ménos rastro y no ser tomados, y
algunos se venian á dar á los españoles, llorando, pidiendo perdon
y misericordia, y que los servirian porque no les hiciesen mal. En
este tiempo, sabido en la isla de Jamáica que Diego Velazquez habia
pasado á poblar y á pacificar, como ellos solian, y hoy áun suelen
decir, la isla de Cuba, Juan de Esquivel, que allí era Teniente y la
habia cuasi destruido, acordó enviar, ó ellos mismos se movieron y
le pidieron licencia para pasar á ella, á ayudar á Diego Velazquez,
á un Pánfilo de Narvaez, natural de Valladolid, que por parte de
ser Diego Velazquez, de Cuéllar, que está cerca, le era aficionado,
con 30 hombres españoles, todos flecheros, con sus arcos y flechas,
en el ejercicio de las cuales estaban más que indios ejercitados.
Este Pánfilo de Narvaez era un hombre de persona autorizada, alto de
cuerpo, algo rubio, que tiraba á ser rojo, honrado, cuerdo, pero no muy
prudente, de buena conversacion, de buenas costumbres, y tambien para
pelear con indios esforzado, y debíalo ser quizá para con otras gentes,
pero sobre todo tenia esta falta, que era muy descuidado, del cual hay
harto que referir abajo. Este, con su cuadrilla flechera, fué bien
rescibido de Diego Velazquez, aunque maldito el provecho de su venida
resultó á los indios, y luégo les dió piezas, como si fueran cabezas de
ganado, para que les sirviesen, puesto que ellos traian de los indios
de Jamáica algunos que los servian donde quiera que andaban. A este
Narvaez hizo Diego Velazquez su Capitan principal, siempre honrándolo,
de manera que despues dél tuvo en aquella isla el primer lugar. Luégo,
desde á pocos dias, pasé yo allá habiendo enviado por mí el dicho Diego
Velazquez, por el amistad que en esta isla habiamos tenido pasada, y
anduvimos juntos Narvaez y yo, asegurando todo el resto de aquella isla
para mal de toda ella, como se verá, cerca de dos años. Hostigados y
atemorizados los indios de aquella provincia de Maycí, como está dicho,
comenzó Diego Velazquez á pensar en repartir los indios della por los
españoles, como habia hecho en esta isla el Comendador Mayor, y él
mismo en las cinco villas de que habia sido Teniente, como arriba queda
referido, y éste es como ha sido todo su bienaventurado fin, segun
que por los precedentes libros ha parecido, y para ésto constituyó
una villa en un puerto en la mar del Norte, cuyo asiento llamaban los
indios Baracóa, la penúltima luenga, que estaba en comarca de aquella
provincia de Maycí, la cual fué la primera de aquella isla, á la cual,
por ser la primera villa, decia que habia de repartir á los vecinos
della 200.000 indios. Desde la villa de Baracóa, envió á Narvaez con
25 ó 30 hombres á una provincia llamada el Bayámo, la media sílaba
luenga, tierra llana y descubierta de montes y harto graciosa, que
dista de Baracóa, si no me he olvidado, 40 ó 50 leguas, la isla abajo
hácia el Poniente, para asegurar los indios y gente natural della por
bien y si nó por guerra, porque miéntras no los tienen seguros, no
pueden repartillos ni servirse dellos, que es, como dije, su último
fin; Narvaez sólo llevaba una yegua en que iba, los otros todos á pié.
Llegado á la provincia, la gente de los pueblos salíanlos á rescibir
con sus presentes de comida, porque oro ni otras joyas ó riquezas,
no las estimaban ni cognoscian, espantados de ver aquel animal tan
grande, que nunca habian visto, y que subido un hombre encima tantas
cosas en él hiciese, y en especial que aquella yegua que Narvaez tenia
era brava, y en revolverse de una parte á otra echaba las piernas de
tal manera que parecia tirar grandes coces. Aposentáronse todos los
españoles en cierto pueblo de indios, y como habian oido sus nuevas de
la quema del cacique Hatuey é las muertes y corrimiento de los vecinos
y gente de la provincia de Maycí, é que no esperaban que ménos harian
en ellos, y las importunidades que cada hora les hacian, y los ojos
á las mujeres y á las hijas, y por ventura las manos, que en alguna
dellas ponian, porque ésta es costumbre en los nuestros usada y en
estas tierras antigua, acordaron todos los indios de la provincia
de ahorrar dellos, si pudiesen, lo cual tuvieron por cierto como no
fuesen más, creo que, de 25. Y aunque Narvaez no era, como dije, muy
cuidoso, en el bohío ó casa de paja en que estaba aposentado tenia
tambien su yegua metida, y habia ordenado que hobiese velas de noche
y espías. Juntáronse de toda la provincia cerca de 7.000 indios con
sus arcos y flechas, desnudos en cueros, porque, como en esta isla,
desnudos vivian, segun lo acostumbraban comunmente los de las tierras
calientes en estas Indias. Vinieron sobre Narvaez y los suyos, una
noche despues de la media pasada, lo cual pocas veces los indios destas
islas hacian; hiciéronse sobre dos partes, ordenando que la una entrase
en el pueblo por un lado, y la otra por otro, y del buen recaudo de los
españoles hallaron durmiendo las velas ó espías, y fué cosa graciosa
que, por codicia de robar el hato de los españoles, que no era otro
sino vestidos (porque siempre los indios desque vieron á los españoles
vestidos, siempre codiciaron vestirse), no aguardaron el tiempo y
sazon que concertado habian, y así la una parte ó escuadron dióse más
priesa por robar que la otra, y entra en el pueblo dando grita sin ser
sentidos. Despertó Narvaez atónito, que á sueño suelto dormia, y los
demas que no tenian para dormir ménos brío; entraban los indios en los
bohíos ó casas de paja, y topaban con los españoles, ni los mataban
ni los herian, sino curando de apañar ropa, era todo el fin que cada
uno pretendia. Los españoles topaban con los indios, y como estaban en
profundo sueño dormidos, y fué súpita la gran grita, que suele ser
terrible la de los indios, andaban atónitos, no entrando en acuerdo, ni
advirtiendo lo que era ni si morian ó vivian. Los indios domésticos,
que Narvaez habia traido de Jamáica, encendieron tizones del fuego que
allí tenian, y así como los indios de fuera vieron con la lumbre al
Narvaez, que ya comenzaba á entrar en acuerdo, uno dellos arrójale una
gran piedra, y dále en los pechos cerca de la boca del estómago, que
dió con él cuasi muerto en el suelo, y así despertó del todo, y dijo á
un fraile bueno que allí tenia consigo, de la órden de Sant Francisco:
«¡Ay padre que me ha muerto!» Consolóle el religioso y esforzóle lo
mejor que pudo, y, tornado en sí, ensillan la yegua con la priesa
que pudieron, y enfrénanla con harta dificultad porque era de tal
hechura, y sube Narvaez en ella descalzo de pié y pierna, y sólo una
camisa de algodon sobre otra de lienzo de Castilla, y echa un pretal
de cascabeles en el arzon de la silla, y no hizo más de arremeter por
la plaza una carrera, sin tocar en ningun indio, porque en sintiendo
que salia con la yegua, todos se habian por el monte que estaba cerca
acogido. Fué tanto el temor que de la yegua tuvieron y del sonido de
los cascabeles, pensando que cada uno era un millar de enemigos (cosa
maravillosa es de decir), que no pararon, hombre ni mujer ni hijos,
huyendo hasta otra provincia llamada Camagüéy, la penúltima luenga, que
distaba de aquella 50 leguas, y áun de despoblado camino. Por manera
que, por adelantarse á robar la ropa de los españoles, no guardando la
órden y tiempo y sazon que los Capitanes habian ordenado, perdieron
su negocio é intento los indios, porque si juntos, á una, dieran en
el pueblo, hecho fuera de Narvaez y de sus 25; no debe ser aquel caso
el primero que en el mundo ha acaecido, conviene á saber, perder las
batallas por robar los despojos la gente de guerra, y así por mala
cudicia. Hizo luégo mensajeros Narvaez á Diego Velazquez, sobre lo
acaecido, el cual determinó de ir allá con gente donde residió algunos
meses; no pareció persona por toda la provincia, sino eran algunos muy
viejos y enfermos que no pudieron huir, y éstos descubrieron como toda
la gente habia huido á la provincia de Camagüéy. Siguió el alcance
Narvaez desque lo supo, pero, como fué tarde y llevaba poca gente, no
se atrevió á entrar en la provincia de Camagüéy, porque tenia noticia
que tenia muchos vecinos, y así se tornó sin hallar algun indio.



                            CAPÍTULO XXVII.


Antes que Diego Velazquez de la villa de Baracóa se moviese, ni supiese
lo que á Narvaez habia acaecido, sucedió lo que aquí agora diré.
Entre la gente que allí con Diego Velazquez estaba, habia dél y de su
gobernacion algunos descontentos, ó porque no les hacia, segun ellos
estimaban de sí, tan buen tractamiento como quisieran, en especial
un Francisco de Morales, natural de Sevilla, hombre de auctoridad y
persona honrada, y que el Almirante habia enviado con Diego Velazquez
por Capitan en aquella isla, y que el Diego Velazquez no le pudiese
remover, aunque todavía sujeto á Diego Velazquez, por manera que habia
entre los que allí estaban ya parcialidad. Diego Velazquez, viendo que
su gobernacion buena ó mala, se le perturbaba, hizo proceso contra el
Morales y envióle preso á esta isla al Almirante, el cual ido, ó nació
de aquí ó de otros principios ó personas, las quejas del teniente
Diego Velazquez crescian de cada dia. En este tiempo vino á Cuba nueva
como eran llegados á esta isla Española los jueces de apelacion, y
acordaron los quejosos de Diego Velazquez de hacer sus informaciones
secretas y allegar sus memoriales y tomar sus firmas, para se enviar
á quejar á los dichos jueces, como á justicias superiores que enviaba
el Rey, y no hallaron otro más á mano y más atrevido á cualquiera
peligro, porque habia de pasar á esta isla en una canoa ó barquillo
de los indios, en mar tan alta, y como suele ser tan brava, sino á
Hernando Cortés, criado y secretario del dicho Diego Velazquez, que
desta isla lo habia llevado consigo, siendo escribano público en esta
isla de la villa de Açua. Tenia Diego Velazquez dos secretarios; uno,
este Hernando Cortés, y Otro Andrés de Duero, tamaño como un codo,
pero cuerdo y muy callado y escribia bien. Cortés le hacia ventaja
en ser latino, solamente porque habia estudiado leyes en Salamanca y
era en ellas Bachiller, en lo demas, era hablador y decia gracias, y
más dado á comunicar con otros que Duero, y así no tan dispuesto para
ser secretario. Era muy resabido y recatado, puesto que no mostraba
saber tanto, ni ser de tanta habilidad como despues lo mostró en cosas
árduas; era natural de Medellin, hijo de un escudero que yo cognoscí,
harto pobre y humilde, aunque cristiano viejo y dicen que hidalgo. A
éste, como comencé á decir, hallaron los quejosos aparejado para llevar
sus quejas, cartas y despachos, ó porque él lo estaba tambien quejoso
de su amo Diego Velazquez; estando para se embarcar en una canoa de
indios con sus papeles, fué Diego Velazquez avisado y hízolo prender
y quísolo ahorcar. Rogáronle muchas personas por él, mandólo echar en
un navío para enviallo preso á esta isla Española, soltóse por cierta
manera del navío y metióse de noche en el batel, y vínose á la iglesia,
y estuvo allí algun dia; un Juan Escudero, que era alguacil (que él
despues ahorcó en la Nueva España), aguardó su tiempo, y paseándose
Cortés fuera de la iglesia, lo tornó á prender. Crecida la ira en
Diego Velazquez, túvolo muchos dias preso, y al cabo (Diego Velazquez
era bien acondicionado y durábale poco el enojo), rogándole muchos
por él que lo perdonase, hóbolo de hacer, pero no le quiso tornar á
rescebir en su servicio de secretario. Gomara, clérigo, que escribió
la Historia de Cortés, que vivió con él en Castilla siendo ya Marqués,
y no vido cosa ninguna, ni jamás estuvo en las Indias, y no escribió
cosa sino lo que el mismo Cortés le dijo, compone muchas cosas en
favor dél, que, cierto, no son verdad, y entre otras, dice, hablando
en el principio de la conquista de Méjico, que no quiso hablar en
muchos dias de enojado á Diego Velazquez, y que una noche fué armado
donde Diego Velazquez estaba sólo con solos sus criados, y que entró
en la casa, y que temió Diego Velazquez cuando lo vido á tal hora y
armado, y que le rogó que cenase y descansase, y Cortés respondió que
no venia sino á saber las quejas que tenia dél, y á satisfacerle y á
ser su amigo y servidor, y que se tocaron las manos por amigos, y que
durmieron ambos aquella noche en una cama. Esto es todo gran falsedad,
y cualquiera cuerdo puede fácilmente juzgar áun de las mismas palabras
que, en su compostura, Gomara, su criado y su historiador, allí dice,
porque siendo Diego Velazquez, Gobernador de toda la isla, como él
allí concede, y Cortés un hombre particular, dejado aparte ser su
criado y secretario, y que le habia tenido preso y querido ahorcar, y
que lo pudiera hacer justa ó injustamente, ¡qué diga Gomara que no le
quiso hablar por muchos dias, y que habia ido armado á preguntar que
qué quejas tenia dél, y que iba á ser su amigo, y que se tocaron las
manos, y que durmieron aquella noche en una cama! Yo vide á Cortés en
aquellos dias, ó muy pocos despues, tan bajo y tan humilde, que del más
chico criado que Diego Velazquez tenia quisiera tener favor; y no era
Diego Velazquez de tan poca cólera, ni áun de tan poca gravedad, que
aunque por otra parte cuando estaba en conversacion era muy afable y
humano, pero cuando era menester, y si se enojaba, temblaban los que
estaban delante dél, y queria siempre que le tuviesen toda reverencia,
y ninguno se sentaba en su presencia aunque fuese muy caballero, por
lo cual, si él sintiera de Cortés una punta de alfiler de cerviguillo
y presuncion, ó lo ahorcara, ó á lo ménos lo echara de la tierra y lo
sumiera en ella sin que alzara cabeza en su vida. Así que Gomara mucho
se alarga imponiendo á Cortés, su amo, lo que en aquellos tiempos, no
sólo por pensamiento estando despierto, pero ni durmiendo, por sueños,
parece poder pasarse. Pero como el mismo Cortés, despues de Marqués,
dictó lo que habia de escribir Gomara, no podia sino fingir de sí
todo lo que le era favorable; porque como subió tan de súpito de tan
bajo á tan alto estado, ni áun hijo de hombre, sino de Júpiter desde
su origen, quisiera ser estimado. Y así, deste jaez y por este camino
fué toda la historia de Gomara ordenada, porque no escribió otra cosa
sino lo que Cortés de sí mismo testificaba, con que al mundo, que no
sabia de su principio medio y fin cosa, Cortés y Gomara encandilaron,
como abajo, placiendo á Dios amador de verdad, parecerá. Lo cual por
agora dejado, despues que Diego Velazquez determinó que se hiciesen
pueblos ó villas de españoles en las provincias de aquella isla,
y repartió los indios á los tales vecinos, como la historia dirá,
perdido todo el enojo de Cortés, dióle tambien indios y su vecindad, y
tractóle bien, y honróle haciéndole Alcalde ordinario en la villa, que
despues fué ciudad, de Sanctiago, donde lo habia avecindado; porque
desta condicion era, cierto, Diego Velazquez, que todo lo perdonaba
pasado el primer ímpetu, como hombre no vindicativo sino que usaba de
benignidad. Tambien de su parte Cortés no se descuidaba de serville y
agradalle, y no enojalle en cosa chica ni grande, como era astutísimo,
de manera que del todo tornó á ganalle, y á descuidalle, como de
ántes. Tuvo Cortés un hijo ó hija, no sé si en su mujer, y suplicó
á Diego Velazquez que tuviese por bien de se lo sacar de la pila en
el baptismo y ser su compadre, lo que Diego Velazquez aceptó, por
honralle, de buena voluntad. Todas estas honras y favores, que Diego
Velazquez dió y hizo á Cortés, se le tornaron en daño y perdicion á él
por el desagradecimiento de Cortés. Dióse buena priesa Cortés, poniendo
diligencia en que los indios que le habia repartido Diego Velazquez,
le sacasen mucha cantidad de oro, que era el hipo de todos, y así, le
sacaron dos ó tres mil pesos de oro, que para en aquellos tiempos era
gran riqueza; los que por sacarle el oro murieron, Dios habrá tenido
mejor cuenta que yo. Porque dije que tenia mujer, así fué, que en el
tiempo de sus disfavores Cortés se casó con una doncella, (aunque
Gomara parece decir que primero la hobo), hermana de un Juan Suarez,
natural de Granada, que allí habian pasado con su madre, gente pobre,
y parece que le debia de haber prometido que se casaria con ella y
despues lo rehusaba. Y dice Gomara, que porque no queria casarse y
cumplir la palabra, estuvo Diego Velazquez mal con él, y no era fuera
de razon ni de justicia, pues era Gobernador, y aunque no lo fuera.
Así que casóse al cabo, no más rico que su mujer; y en aquellos dias
de su pobreza, humildad y bajo estado, le oí decir, y estando conmigo
me lo dijo, que estaba tan contento con ella como si fuera hija de una
Duquesa.



                           CAPÍTULO XXVIII.


Tornando al lugar provincia y pueblo donde dejamos á Diego Velazquez,
despues de algunos dias, por nuevas de indios, supo Diego Velazquez que
habia llegado un navío, y en él ciertos españoles al puerto de Xagua,
que estaba de allí cerca de 200 leguas, por lo cual envió una canoa
bien esquifada de indios remadores, con una carta en que les decia que
se viniesen á donde él estaba, quien quiera que fuesen. Llegada la
carta, holgóse mucho el Capitan, que era Sebastian de Campo, que fué
al que envió el Comendador Mayor á que bojase aquella isla el año de
8, segun que arriba, en el libro II, capítulo 41, dijimos; holgáronse
tambien los que con él venian. Este habia cargado un navío, suyo ó
con otros en compañía, de vino y mantenimientos para vender á los que
estaban en el Darien, y, despachada su mercadería, tornábase para esta
isla, y llegado allí, como sabia aquel puerto y traia muy perdido el
navío, dejólo allí, y tres pipas de vino y cuatro españoles que las
guardasen, y embarcóse en la canoa con los españoles marineros que
traia, que serian 12 ó 15, y vínose á donde Diego Velazquez estaba, el
cual muy graciosamente recibiólo. Bien pudieran los indios de Xagua
matarlo á él y á los suyos, sin que dellos memoria hobiera, pero no lo
hicieron, ántes á todos y á los cuatro tractaron como á hijos. Desde
á poco tiempo vinieron á Diego Velazquez nuevas como habia llegado al
pueblo y puerto de Baracóa, Cristóbal de Cuéllar, Tesorero de aquella
isla, y que habia sido Contador desta, con su hija, doña María de
Cuéllar, que habia traido consigo, por doncella suya, doña María de
Toledo, mujer del almirante D. Diego; tenia ya concertado con Diego
Velazquez, por cartas, de dársela por mujer y él de rescebilla. Este
Cristóbal de Cuéllar era hombre muy prudente, cuanto á este mundo,
y habia servido al príncipe D. Juan de darle la copa cuando habia
de beber. Mostróse siempre en esta isla y en aquella demasiadamente
servidor del Rey é celador de su hacienda; y dije demasiadamente,
porque solia decir que por el servicio del Rey daria dos ó tres
tumbos en el infierno. Bien podia ser que lo dijese por gracia, pero
gracia era desgraciada y de mal ejemplo para cualquiera cristiano.
Mucho debemos á los Reyes, y la Escritura Divina nos mandó que los
honorifiquemos, obedezcamos, temamos, sirvamos, y la honra y tributos
que se les debe les demos; pero no á tanta costa como es dar por ellos
tumbos en el infierno, porque no es otra cosa sino posponer á Dios,
menospreciándolo por los Reyes. Así que, sabida por Diego Velazquez
la venida del tesorero Cristóbal de Cuéllar y su hija, que traia para
dársela por mujer, despachóse de allí para ir á celebrar sus bodas, y
dejó allí con 50 hombres á Juan de Grijalva, por Capitan, mancebo sin
barbas, aunque mancebo de bien. Este era natural de Cuéllar, hidalgo, y
tratábalo Diego Velazquez como por deudo; quedó por Capitan hasta que
Narvaez volviese del alcance que hizo tras la gente de la provincia de
Bayámo, que lo habian querido matar, hácia la de Camagüéy. Dejó allí
con él á un clérigo, llamado el licenciado Bartolomé de las Casas,
natural de Sevilla, de los antiguos desta isla Española, predicador, á
quien Diego Velazquez amaba y hacia muchas cosas buenas por su parecer,
mayormente por sus sermones cuando predicaba; dejólo como por padre, y
quien aconsejase á Juan de Grijalva, el cual siempre obedeció é hizo lo
que le aconsejaba, el tiempo que le duró el cargo, que no fué mucho,
porque presto volvió Narvaez. Llegó Diego Velazquez á la villa de
Baracóa, y un domingo celebró sus bodas con grande regocijo y aparato,
y el sábado siguiente se halló viudo, porque se le murió la mujer,
y fué la tristeza y luto, más que la alegría habia sido, doblada.
Pareció que Dios quiso para sí aquella señora, porque dicen que era
muy virtuosa, y quiso prevenirla con la intempestiva muerte, porque
quizá con el tiempo y prosperidad no se trastornara. Estando las cosas
de Diego Velazquez en este estado, tornó Narvaez de su alcance sin
hacer nada, y desde á pocos dias comienzan los que se habian huido,
de miedo de los cascabeles de la yegua de Narvaez, á la provincia de
Camagüéy, á venir llorando, pidiendo perdon de lo que habian contra
Narvaez cometido y los cristianos, diciendo que habian sido locos y mal
considerados, y que les pesaba mucho dello, y que ellos querian servir
á los cristianos; y en ésto verlos era lástima. Tenian ya noticia de
que allí estaba el Clérigo, que ellos, como sacerdote ó hechicero de
los suyos, estimaban, y así lo llamaban Behique, y era y siempre fué
dellos, y de los demás, como hombre divino temido y reverenciado. Y
cuando los pobres venian, traian unos sartales de sus cuentas, que
arriba dejamos dicho ser como muelas podridas, pero dellos por gran
riqueza estimadas, y daban un sartal al capitan Narvaez (que ya no lo
era Grijalva), y otro al Padre, los cuales los rescibian con alegría, y
aseguraban diciéndoles que no tuviesen miedo que ya era aquello pasado,
que se fuesen cada uno á su pueblo, y que ninguno les haria daño. La
causa de la vuelta á su provincia y meterse en manos de sus enemigos,
los españoles, fué, que los vecinos de la provincia de Camagüéy no
los pudieron sufrir, como eran mucha gente, para dalles de comer de
sus bastimentos; y la razon es, porque aunque todas estas Indias sean
abundantísimas de comida, nunca los indios y vecinos de cada provincia
tienen, porque no lo procuran tener, más de lo que para sí en sus casas
han menester, y aquello tienen y tenian tan cierto, por los ordinarios
buenos temporales, que no tienen miedo de que les ha de faltar. De
aquí tenia colegido, y díjelo en el Consejo del Rey algunas veces ante
personas notables del Consejo de guerra, que los españoles, siendo
algun razonable número, no podian estar cercados de indios, por la
mayor parte de todas estas Indias, arriba de ocho dias, en fortaleza
ó pueblo que aquel tiempo se pudiesen sin daño defender; la razon que
yo tenia y tengo y allí dí es, porque cada provincia no tiene más de
comer de para sí, é la gente de guerra que tiene, aunque sean muchos,
todavía, siendo los españoles en algun número bastan para defenderse
de aquellos, y si de otra provincia que esté léjos de aquella, como
20 ó 30 leguas, quisieren venir á ayudarlos, han de traer á cuestas
la comida, cada uno lo que ha de comer, como no tengan bestias para
proveerse de sí mismos y de otras de bastimentos, pues ésto que se
trujese de tan léjos no puede durar cuatro, ó cinco, ó ocho dias, ni
en la provincia donde vienen no lo han de haber; luégo, de necesidad,
la hambre pura los ha de hacer volver, y así, por consiguiente, los
españoles no pueden estar sino muy poco tiempo cercados comunmente,
si son en algun número para, entre tanto, sin daño, de que cualquiera
provincia se defender. Razon fué que se me admitió y concedió por
personas notables, como dije, del Consejo de la guerra. Así que, por
causa de que no les comiesen los bastimentos los de la provincia de
Bayámo, no los quisieron rescibir los de la de Camagüéy, por lo cual,
constreñidos los de Bayámo, acordaron de se volver á sus pueblos y
casas y á su menester, aunque les pareció que se ponian en peligro de
que los españoles podian vengarse dellos; donde se cumplió á la letra,
el refran: «la hambre y el frio fuerzan al hombre meterse por casa de
su enemigo.» Puesto que faltaba en aquellos, que venian á sus propias
casas y no á las de sus enemigos.



                            CAPÍTULO XXIX.


Restituida la dicha provincia del Bayámo en sus naturales vecinos, y
estando seguros en sus casas, aunque no mucho la quietud y seguridad y
áun la vida le duró, avisado de todo Diego Velazquez envió á mandar á
Pánfilo de Narvaez, que con la gente que habia ido tras los huidos, y
con los que él habia dejado con Grijalva, que todos serian hasta cien
hombres, fuese á la provincia de Camagüéy, y por la isla adelante,
asegurándolas, que fuese aquel padre clérigo Bartolomé de las Casas con
él, y creo que le escribió á él que lo hiciese. Llegaron á la provincia
ó pueblo de Cueyba, que estaba en el camino, ántes de Camagüéy, 30
leguas del Bayámo, donde Alonso de Hojeda y los que con él padecieron
aquellos grandes trabajos de la ciénaga, hobo aportado y salvádose,
y donde Hojeda dejó la imágen de Nuestra Señora, muy devota, como se
refirió en el libro precedente, cap. 60; y porque los españoles que
habian visto la imágen dicha, porque iban allí algunos de los que con
Hojeda en la ciénaga se habian hallado, y los que habian ido con el
susodicho alcance de la gente del Bayámo, loaban mucho la imágen al
dicho Padre, y él llevaba otra de Flandes, tambien devota, pero no
tanto, pensó en trocalla con voluntad del Cacique ó señor del pueblo.
Despues de muy buen rescibimiento que los indios hicieron á los
españoles, y ofrecida mucha comida, y los niños baptizados, que era lo
primero que trabajaba hacerse, y todos aposentados, comenzó á tractar
el Padre con el Cacique, que trocasen las imágenes; el Cacique luégo se
paró mustio y disimuló cuanto mejor pudo, y en viniendo la noche, toma
su imágen y váse á los montes con ella, ó á otros pueblos distantes.
Otro dia, queriendo el Padre decir misa en la iglesia, que la tenian
los indios muy adornada con cosas hechas de algodon, y un altar donde
tenian la imágen, enviando á llamar al Cacique para que oyese la misa,
respondieron los indios que su señor se habia ido y llevado la imágen
por miedo que no se la tomase el Padre; harto pesar rescibió el Padre
y todos los españoles, temiendo que la gente que hallaron quieta y
pacífica no se alborotase, y áun dudando no quisiesen quizá hacer, á
los españoles y al Padre, guerra por defension de su imágen; proveyó el
Padre que fuesen mensajeros al Cacique, significándole y certificándole
que no queria su imágen, ántes le daria la que traia graciosamente y
de valde; como quiera que ello fué, nunca quiso parecer el Cacique,
hasta que los españoles se fueron, por la seguridad de su imágen. Era
maravilla la devocion que todos tenian, el señor y súbditos, con Sancta
María y su imágen. Tenian compuestas como coplas sus motetes y cosas
en loor de Nuestra Señora, que en sus bailes y danzas, que llamaban
areitos, cantaban, dulces, á los oidos bien sonantes; finalmente, lo
mejor que se pudo hacer, dejados los indios contentos y pacíficos como
los hallaron, se partieron los españoles para ir adelante. Entraron en
la provincia de Camagüéy, que es grande y de mucha vecindad de gente,
que estaria de la Cueyba 20 leguas ó más, los vecinos de la cual, en
los pueblos donde llegaban los españoles, tenian de la comida, pan
caçabí, é de la caza que llamaban guaminiquinajes, aparejado segun
ellos podian, y pescado tambien, si lo alcanzaban. El clérigo Casas,
luégo, en llegando al pueblo, hacia juntar todos los niños chiquitos, y
tomaba dos ó tres españoles que le ayudasen, con algunos indios desta
isla Española, ladinos, que consigo llevaba y alguno que habia él
criado, baptizaba los niños que en el pueblo se hallaban. Así hizo en
toda la isla de allí adelante, y fueron muchos á los que Dios proveyó
de su Sancto baptismo, porque los tenia para su gloria predestinados,
y proveyólo al tiempo que convenia, porque ninguno ó casi ninguno
de aquellos niños quedó vivo desde á pocos meses, como abajo será,
Dios queriendo, declarado. Y porque los españoles llegando al pueblo,
hallando los indios en sus casas pacíficos, no cesaban de les hacer
agravios y escandalizallos, tomándoles esa laceria que tenian, no
contentándose con lo que de su voluntad los indios daban, y algunos,
pasando más adelante, andaban tras las mujeres y las hijas, porque ésta
es y ha sido siempre la ordinaria y comun costumbre de los españoles
en estas Indias, ordenó el capitan Narvaez, por persuasion del dicho
Padre, que despues que el dicho Padre hobiese apartado todos los
vecinos del pueblo á la mitad de las casas dél, dejando la otra mitad
vacía para é aposento de los españoles, ninguno fuese osado de ir á la
parte del pueblo donde los indios estaban recogidos y allegados; para
lo cual se iba delante con tres ó cuatro hombres el Padre, y, llegado
al pueblo, cuando la gente llegaba ya tenia los indios á una parte
del pueblo recogidos, y la otra parte desembarazada. Por esta vía, y
porque vian los indios que el Padre hacia por ellos defendiéndolos y
halagándolos, y tambien baptizando los niños, en lo cual les parecia
que tenia más imperio y auctoridad que los demas, cobró mucha estima y
crédito en toda la isla para con los indios, allende que, como á sus
sacerdotes, ó hechiceros, ó profetas, ó médicos, que todo era uno, lo
reverenciaban; por este crédito y auctoridad que habia entre ellos
cobrado no era menester ir delante, sino enviar un indio con un papel
viejo, puesto en una vara, enviándoles á decir con el mensajero que
aquellas cartas decian ésto y ésto, conviene á saber, que estuviesen
todos quietos y ninguno se absentase porque no se les haria mal ni
daño, y que tuviesen de comer aparejado para los cristianos, y los
niños para baptizar, ó que se recogiesen á una parte del pueblo, y
todo lo que parecia envialles á avisar, y que si no lo hacian, que se
enojaria el Padre, y ésta era la mayor amenaza que se les podia enviar.
Ellos lo hacian todo de muy buena voluntad, segun su posibilidad,
y era grande la reverencia y temor que tenian á las cartas, porque
vian que por ellas se sabia lo que se hacia en otras partes absentes;
parecíales más que milagro, y así mucho dellas se maravillaban. Pasaron
así algunos pueblos de aquella provincia por el camino que llevaban,
y porque la gente de los pueblos que estaban á los lados del camino,
cudiciosa de ver gente tan nueva, y en especial por ver tres ó cuatro
yeguas que allí se llevaban, de que toda la tierra estaba espantada,
y las nuevas dellas por toda la isla volaban, llegáronse muchos á
verlas en un pueblo grande llamado el Caonáo, la penúltima luenga, y
el dia que los españoles llegaron al pueblo, en la mañana paráronse á
almorzar en un arroyo seco, aunque algunos charquillos tenia de agua,
el cual estaba lleno de piedras amoladeras, y antojóseles á todos de
afilar en ellas sus espadas; y acabado su almuerzo, dánse á andar su
camino del Caonáo. En el camino habia dos ó tres leguas de un llano
sin agua, donde se vieron de sed en algun trabajo, y allí trujeron
algunos indios de los pueblos algunas calabazas con agua y algunas
cosas de comer. Llegaron al pueblo Caonáo á hora de vísperas, donde se
halló mucha gente que tenian aparejada mucha comida del pan caçabí é
de mucho pescado, porque tenian junto un gran rio y tambien cerca la
mar. Estaban en una plazuela, obra de 2.000 indios, todos sentados en
coclillas, porque así lo tienen todos de costumbre, mirando las yeguas
pasmados. Habia junto un gran bohío ó casa grande, donde estaban más de
otros 500 indios metidos, amedrentados, que no osaban salir; é cuando
algunos de los indios domésticos que los españoles por sirvientes
llevaban (que eran más de 1.000 ánimas, porque siempre andan desta
manera y con grande compaña, y otros muchos que traian de más de 50
leguas, y otros de los mismos de Cuba naturales), si querian entrar en
la casa grande, tenian aparejadas allí gallinas, y decíanles: «toma,
no entres acá;» porque ya sabian que los indios que servian á los
españoles, no suelen hacer otras obras sino las de sus amos. Habia
costumbre entre los españoles, que uno que el Capitan señalaba tuviese
cargo de repartir la comida y otras cosas que los indios daban á cada
uno de los españoles, segun era su parte, y estando así el Capitan en
su yegua, y los demas en las suyas á caballo, y el mismo Padre mirando
cómo se repartia el pan y pescado, súbitamente sacó un español su
espada, en quien se creyó que se le revistió el diablo, y luégo todos
ciento sus espadas, y comienzan á desbarrigar y acuchillar y matar de
aquellas ovejas y corderos, hombres y mujeres, niños y viejos, que
estaban sentados, descuidados, mirando las yeguas y los españoles,
pasmados, y dentro de dos credos no queda hombre vivo de todos cuantos
allí estaban. Entran en la gran casa, que junto estaba, porque á la
puerta della ésto pasaba, y comienzan lo mismo á matar á cuchilladas
y estocadas cuantos allí hallaron, que iba el arroyo, de la sangre
como si hobieran muerto muchas vacas; algunos de los indios que allí
pudieron darse priesa, subiéronse por las varas y el enmaderamiento de
la casa en lo alto y así se escaparon. El Clérigo se habia, un poco
ántes desta matanza, apartado de donde se hizo á otra plazuela del
pueblo, junto allí, donde lo habian aposentado, y era una casa grande,
en que tambien se habian de aposentar todos, y allí estaban obra de
40 indios de los que habian traido las cargas de los españoles de las
provincias de atras, tendidos en el suelo descansando; y acaeció estar
con el Clérigo cinco españoles, los cuales, como oyeron los golpes de
las espadas y que mataban, sin ver nada, porque habia ciertas casas
delante, echan mano á las espadas y van á matar los 40 indios que, de
sus cargas y hatos venian molidos y descansaban, para les pagar el
corretaje. El Clérigo, movido á ira, vá contra ellos reprendiéndolos
ásperamente á estorbarlos, y ellos que le tenian alguna reverencia
cesaron de lo que iban á hacer, y así quedaron vivos los 40, y vánse á
matar los cinco á donde los otros mataban; y como el Clérigo se detuvo
en estorbar la muerte á los 40 que habian venido cargados, cuando fué,
halló hecha una parva de muertos que habian hecho en ellos, que era
cosa, cierto, de espanto. Como lo vido Narvaez, el Capitan, díjole:
«¿qué parece á vuestra merced destos nuestro españoles, que han hecho?»
Respondió el Clérigo, viendo ante sí tantos hechos pedazos, de caso tan
cruel muy turbado: «que os ofrezco á vos y á ellos al diablo.» Estaba
el descuidado Narvaez siempre viendo hacer la matanza, sin decir, ni
hacer, ni moverse más que si fuera un mármol, porque si él quisiera,
estando á caballo, y una lanza en las manos, como estaba, pudiera
estorbar los españoles que diez personas no mataran. Entónces déjalo
el Clérigo, y andaba de aquí para allí, por unas arboledas, buscando
españoles, que no matasen, porque andaban por las arboledas buscando á
quien matar, y á chico, niño, ni á mujer, ni viejo perdonaban; y más
hicieron, que se fueron ciertos españoles al camino del rio, que estaba
junto, y todos los indios que se escapaban con heridas y cuchilladas y
estocadas, que podian huir, para irse á echar en el rio por salvarse,
hallaban á aquellos que los acababan. Acaeció más otra crueldad, no
digna de ser callada, para que se vea las obras de nuestros cristianos
en estas partes: que entrando el Clérigo en la casa grande, donde dije
que estarian obra de 500 ánimas, ó las que habia, que eran muchas, y
viendo muertos los que en ella estaban, espantado, y los que por las
varas arriba ó enmaderamiento se habian escapado, díjoles: «no más, no
más, no hayais miedo, no habrá más, no habrá más.» Con esta seguridad,
creyendo que así fuera, descendió un indio, harto bien dispuesto,
mancebo de 25 ó 30 años, llorando, y como el Clérigo no traia reposo,
por ir á todas partes á estorbar que no matasen, salióse luégo de la
casa; y así como el mancebo descendió, un español que allí estaba,
sacó un alfanje, ó media espada, y dále una cuchillada por los hijares
que le echa las tripas de fuera, como si no hiciera nada. El indio,
triste, toma sus tripas en las manos, y sale huyendo de la casa; topa
con el Clérigo y cognosciólo, y dícele allí algunas cosas de la fe,
segun que el tiempo y angustia lugar daba, mostrándole que si queria
ser baptizado, iria al cielo á vivir con Dios; el triste, llorando y
haciendo sentimiento como si ardiera en unas llamas, dijo que sí, é con
ésto le baptizó, cayendo luégo muerto en el suelo, remitiendo lo demas
á la misericordia de aquel que lo habia criado, y via la injusticia
con que aquel y los demás eran tan cruelmente lastimados. Váse luégo á
la casa el Clérigo y halló al infelice hombre que lo habia destripado,
y, con grande impaciencia y turbacion poco ménos hizo con él que lo
que debiera de hacer su descuidado capitan Narvaez, y aquel fué uno
de los flecheros que trujo consigo Narvaez, que en Jamáica se debia de
haber en estas obras ejercitado. Ver las heridas que muchos tenian de
los muertos, y otros que áun no habian espirado, fué una cosa de grima
y espanto, que como el diablo, que los guiaba, les deparó aquellas
piedras de amolar, en que afilaron las espadas aquel dia de mañana,
en el arroyo donde almorzaron, donde quiera que daban el golpe, en
aquellos cuerpos desnudos, en cueros y delicados, abrian por medio
todo el hombre de una cuchillada. Entre otros heridos, hobo uno, y áun
dijeron que era hermano del Rey é señor de aquella provincia, viejo,
bien alto de cuerpo, y que en su aspecto parecia señor, que de una
cuchillada que le dieron en el hombro derecho (debíale de acertar en
la coyuntura), le derrocaron todo el lado hasta la cinta, de manera
que, estando sentado en el suelo, tenia en tierra caido todo el lado,
y el asadura y tripas, y cuanto hay en lo hueco se le parecia, como
si estuviera en una escarpia colgado; y fué cosa de mucho notar, el
subjecto y complision natural que aquel hombre tuvo, porque siendo
herido el sábado, cuando se celebró esta matanza, estuvo hasta otro
sábado sentado en tierra, como dije, con su lado caido, sin comer,
salvo beber cada momento por la sequedad que causa la sangre, y en
éste estado, vivo, los españoles que se partieron el siguiente sábado,
lo dejaron. Quedó mucha lástima en el Clérigo, por no habello, como á
otros muchos, curado con cierta manteca de tortuga, quemándoles las
heridas, de que en aquellos ocho dias se pudieron curar, y quedaban
los que no tenian estocadas cuasi sanos, y aquel no curó por ser la
herida tan estraña y mortal; creyóse que si le juntaran todo el lado,
cosiéndosele con una aguja grande, ó almarada, segun la complision
tan buena que pareció tener, quizá sanara. Finalmente, no se supo más
dél, y no parecia ser posible dello escapar. De todo lo dicho yo soy
testigo, que lo vide y estuve presente, y dejo de decir muchas otras
particularidades por abreviar.



                             CAPÍTULO XXX.


Preguntado fué quién fué el primero que sacó el espada, y por qué se
movió á comenzar tan gran estrago, pero encubrióse y disimulóse la
persona de quien se sospechó ó se supo; y si fué aquel que se creyó,
sépase que hobo despues tan desastrado fin, cuanto muchos otros que
semejantes virtudes en estas Indias han obrado. La causa se platicó
diciendo, que habian visto indios que se cebaban á ver las yeguas,
demás de los que estaban, y que era mala señal que nos querian matar;
y porque algunos traian unas alguirnaldas de unos pescadillos, y de
los que se llaman agujas, puestas en las cabezas, decian, que para
darlas con las cabezas y abrazarse luégo con los españoles, y con
unas cuerdas que algunos traian ceñidas, como suelen, atarlos. Y es
verdad, que ni arco, ni flecha, ni palo, ni cosa que supiese á arma
de indios, jamás se vido ni sospechó que trujesen, ni hobiese en casa
del pueblo, ni en el monte, sino todos desnudos (como dije), sentados
en coclillas, de la manera de unos corderos, estaban, y de mirar las
yeguas, que no se hartaban, pasmados; y es tambien verdad, que si sobre
2.000 indios, que allí pareció que habia, hobiera otros 10.000, sólo
Narvaez, con su yegua, á todos los matara, como pareció en los indios
de Bayámo, cuanto más estando con él otros tres ó cuatro á caballo,
con sus lanzas y adargas en las manos. La causa no fué otra, sino su
costumbre, que siempre tuvieron en esta isla Española, y pasaron á la
de Cuba para ejercitarla, de no se hallar sin derramar sangre humana,
porque sin duda eran regidos y guiados siempre por el diablo. Sabida
esta matanza por toda la provincia, no quedó mamante ni piante, que,
dejados sus pueblos, no se fuese huyendo á la mar, y á meterse en las
isletas, que por aquella costa del Sur hay infinitas, que dijimos
haberles puesto nombre el Jardin de la Reina, el Almirante; y tanto
miedo cayó en ellos, y con tan justa razon, que no sólo esconderse
quisieran en las isletas, pero, si pudieran, debajo de las aguas, por
huir de gente que con tanta razon juzgaban por crudelísima é más que
inhumana. Salidos los españoles del pueblo, que dejaron tan sangriento,
y bañado en sangre humana, llamado el Caonáo, asentaron Real en una
roca grande, donde habia mucha de la yuca para hacer el pan caçabí;
hechas su choza cada uno, con las personas, hombres y mujeres que
llevaban, porque ninguno, ó pocos, traian consigo ménos de ocho ó
diez personas, puesto que algunos ménos y otros más, que habian, por
grado ó por fuerza, de los pueblos que quedaban atras tomado, enviaba
los hombres por la yuca, y ellas hacian el pan, y los hombres tambien
traian caza y lo demas. Ya se dijo arriba, que el Padre clérigo llevaba
consigo, entre otros, no tomados por fuerza, sino que ellos se venian
á él de su voluntad, por el buen tractamiento que les hacia y por el
crédito que por la isla habia cobrado de que los favorecia, y por
estar seguros de los españoles y de sus crueldades, llevaba, digo,
consigo, un indio viejo y principal de esta isla Española, persona
entre indios cuerda y honrada, y éste tambien era cognoscido por la
isla por bueno, y por criado del Padre; al cabo de algunos dias que
estaban en aquel monte ó roca los españoles aposentados, vino un indio
de hasta veinticinco años, por espía, enviado por las gentes que
andaban fuera de sus pueblos, huidas y descarriadas, y vínose derecho
á la choza donde los indios del Padre clérigo estaban, y habló con el
viejo, que se llamaba Camacho, diciendo queria vivir con el Padre, y
que tenia otro hermano, muchacho de quince años ó poco más, que se
lo traerá tambien para que le sirviese. Asegurólo muy bien el viejo
Camacho, porque lo sabia muy bien hacer, loándole su propósito, y
que el Padre era bueno, y holgaria de rescibir por sus criados á él
y á su hermano, y que allí estarian, con el mismo viejo y los demás,
seguros que ninguno les hiciese mal, etc., etc. Viene luégo Camacho al
Padre, y dále las buenas nuevas, que por entónces se tenian por tales,
porque no se deseaba otra cosa más que haber algun indio de los de la
tierra, para lo halagar y enviar por mensajero á los demas desterrados,
asegurándolos que se viniesen á sus pueblos y que no rescibirian más
daño; holgóse mucho el Padre, por el fructo que se esperaba, hace
llamar al indio, abrázalo, asegúralo, dícele que lo rescibiria con
su hermano, por sus criados, y que les hará y contecerá. Pregúntales
por la gente demas, dónde está, y si querrá venir á sus pueblos,
certificándoles que no se les hará mal ninguno; responde, que sí, é
que él traerá los vecinos de un pueblo, que de allí estaba cercano,
cuya era la roca donde los españoles estaban aposentados; promete que
dentro de ciertos dias traerá la gente y á su hermano. Creo que le
dió, ó camisa ó algunas cosillas de las que tenia, y el mismo viejo
Camacho púsole nombre que se llamase Adrianico, porque tenia en poner
nombres, aunque no estuviesen baptizados, gracia; fuese muy contento
Adrianico, afirmando que él cumpliria su palabra. Estuvo allá muchos
más dias de los que dejó asentados, parece que no pudo allegar la
gente que andaba desparcida y apartada, en tanto que ya el Padre de su
venida desconfiaba, pero Camacho siempre esperaba; estando, pues, muy
descuidado el Padre, una tarde, cerca de noche, viene Adrianico con su
hermano, y traen consigo, creo, que 180 ánimas, hombres y mujeres como
unos corderos, con sus carguillas de sus cosillas y pobreza á cuestas,
y muchos con sartales de muy buenas mojarras para el Padre y para los
cristianos. Verlos, por una parte causaban gozo por venir á poblar sus
casas, que era lo que por entónces se deseaba, y por otra lástima y
compasion grande, considerando su mansedumbre, humildad, su pobreza,
su trabajo, su escandaloso destierro, su cansancio, que tan sin razon
alguna se les habia causado, dejado ya aparte, como olvidado, el
estrago y mortandad que en sus padres y hijos, y hermanos, y parientes
y vecinos, tan cruelmente se habia perpetrado; hobo gran regocijo y
alegría en el Real, y especialmente Narvaez y el Padre; mostráronles
todos muchas señales de paz y amistad, y enviáronse luégo á sus casas
vacías, que estaban junto, que las poblasen, empero, Adrianico y su
hermano, que parecia un ángel, quedáronse con la familia del Padre, y
con el viejo Camacho, que la gobernaba, cuyo regocijo y alegría fué
más que de otros grande. Venidos éstos á su pueblo y casas, luégo se
sonó por la provincia como los cristianos no les hacian ya mal, y que
se holgaban, que se tornasen todos á poblar, y así lo hicieron, todo
perdido el miedo que con tan urgente causa habian cobrado; pero, ¿para
qué fin, si pensais, los españoles, de que se viniesen á poblar, todos
se regocijaban, y el Padre clérigo, para qué en traellos y asegurallos
tanto trabajaba? cierto, no para otro, al cabo, sino para que, poco á
poco, en las minas y en los trabajos los matasen, como finalmente los
mataron; puesto que aqueste fin no pretendia el Padre, y los españoles
no pretendian directamente matallos, sino servirse dellos como de
animales, posponiendo la salud corporal y espiritual de los indios á
sus intereses, cudicias y ganancias, á lo cual seguírseles la muerte,
no era dubitable sino necesario.



                            CAPÍTULO XXXI.


Aquí ó por aquí túvose nueva de indios, que lo dijeron, que en la
provincia de la Habana, que distaba de aquella cien leguas ó cerca
dellas, que los indios tenian entre sí dos mujeres españolas, y un
hombre español cristiano, y porque quizá de miedo no los matasen, no
aguardó el Padre á llegar allí, sino proveyó luégo indios con papeles
viejos, como se dijo, por cartas, enviándoles á decir, que luégo,
vistas aquellas cartas, le enviasen las mujeres y aquel cristiano, si
nó que se enojaria mucho si en hacerlo tardasen. Salieron, pues, de
aquellos ranchos los españoles para ir adelante, y llegaron á un pueblo
que estaba en la ribera de la mar del Norte, y dentro las casas, sobre
horcones en el agua, (pasados otros), llamado Caraháte, la penúltima
luenga, al cual puso el Padre Casa-harta, porque fué cosa maravillosa
la abundancia de comidas de muchas cosas que allí tuvieron, de pan, y
caza, y pescado, y sobre todo de papagayos, que, si no me he olvidado,
en obra de quince dias que allí estuvieron, se comieron más de diez
mil papagayos, los más hermosos del mundo, que por alguna manera era
lástima matallos; y éstos tomaban los niños subidos en los árboles,
como arriba queda declarado. Algunas veces, todos los españoles en
este camino, desde la provincia de Camagüéy, navegaron por la mar en
cincuenta y más canoas, ó pocas ménos, que no parecian sino una flota
de galeras, las cuales los indios de la tierra de buena gana daban;
bien creo que por echarnos de su tierra, porque nunca jamás indios, con
tener cerca de sí españoles, ganaron nada, sino muchas inquietudes,
agravios, sobresaltos, é al ménos intolerables importunidades. Así que,
estando muy á sabor del vientre, todos en Caraháte ó Casa-harta, véese
venir una canoa esquifada de indios remadores, y viene á desembarcar
junto á la posada del Padre que estaba bien dentro del agua, en la
cual venia las dos mujeres, desnudas, en cueros, como las parieron sus
madres, con ciertas hojas cubiertas solamente las partes que suele
siempre cubrir la honestidad humana; la una era de hasta cuarenta
años, y la otra de obra de diez y ocho ó veinte cuando más, vellas,
no era ménos que si se vieran nuestros primeros padres Adan y Eva
cuando estaban en el Paraíso terrenal. Luégo el Padre clérigo pidió á
los españoles, lo primero, camisas con que se cubrieran las carnes,
y despues, de capas y sayas que dieron, se les hicieron faldillas y
mantos, como mejor se pudieron remediar; grande alegría causó su venida
en todos por vellas salvas y entre cristianos, y ellas no se hartaban
de dar gracias por ello á Nuestro Señor. No desde á muchos dias, tractó
el Padre de casallas, y así se casaron ambas con dos hombres de bien,
de los que allí andaban, que se concertaron. Contáronos como los indios
habian muerto á ciertos españoles, con quien ellas venian en aquel
puerto, que por éste caso se llamó, á lo que creo, de Matanzas, el
cual es un pedazo de mar, y queriendo pasar los españoles á la otra
parte, metiéronse con los indios en ciertas canoas, y en medio del
lago anegáronlas; como sabian pocos nadar se ahogaron, y con los remos
los ayudaron á salir de esta vida, solas estas dos mujeres, por ser
mujeres, conservaron; siete españoles que supieron nadar salieron á
tierra nadando, con sus espadas, que nunca desampararon, y salidos del
agua fueron á un pueblo, y el Cacique ó señor dél, díjoles que dejasen
las espadas, dejadas, luégo de un grande árbol que se llama ceíba, la í
luenga, los mandó ahorcar; bien debia de saber cuánto daño solian hacer
en los cuerpos desnudos las espadas. Esto luégo parecerá, á los que
no consideraren las obras de los españoles desta isla Española, y las
nuevas que de aquí y de las islas de los Lucayos á aquella pasaron, y
lo que acostumbran á hacer de fuerzas y malos tractamientos, áun donde
se hallan pocos y los indios muchos, de los cuales quizá algunos de los
españoles que de ántes habian venido por allí, experimentaron, que
fué grande aquesta inhumanidad y crueldad, y que por tanto, justamente
los españoles hicieron en ellos las crueldades y matanzas susodichas,
etc.; pero los que tal sentencia dieron, acuérdense de reducir á la
memoria el beneficio y benignidad de que los de la provincia de Cueyba
usaron con Hojeda y con los que con él venian, y el bueno y humano
hospedamiento, que al bachiller Anciso, y á su compañía el Cacique
Comendador y sus gentes hicieron, y no ménos á Sebastian de Campo,
en el puerto de Xagua, donde perdió el navío y dejó cuatro españoles
con las tres pipas de vino, y den la vuelta con su consideracion á
los hechos que de los nuestros toda esta Historia cuenta, y entónces,
sino quedare por ceguedad del entendimiento ó firmada malicia de la
voluntad, yo no dudo sino que volvieran en lo contrario su parecer, y
serán buenos jueces. Tornando al propósito, no me pude acordar cuando
ésto escribia si les preguntamos, y de creer es que sí, en qué compañía
ó debajo de qué Capitan ó dónde venian éstos con estas mujeres;
finalmente, lo que dello supimos llevadómelo há el olvido. Envióse
una carta ó papel viejo al Cacique que tenia en su poder al español
que arriba se dijo, que lo guardase muy bien, hasta que á su pueblo
llegásemos, y así como de ántes lo habia hecho lo hizo, y digo como
de ántes lo habia hecho, porque muchas veces otros Caciques y señores
de otros pueblos, sus vecinos, le requerian muchas veces, dellas por
bien, y dellas por amenazas que lo matase, ó se lo enviase que ellos
lo matarian, y nunca quiso, ántes no lo dejaba salir de cabe sí, ni
lo enviaba á parte alguna, tractándolo siempre como si fuera su hijo.
Salieron, pues, de Caraháte ó de Casa-harta bien hartos de papagayos,
como dije, los nuestros, por la mar en la flota de las canoas dicha,
y por la tierra cuando les convenia, y llegaron á la provincia de la
Habana, donde todos los pueblos vacíos, porque sabida la matanza que
habian hecho en la provincia de Camagüéy, no paraba hombre que á los
montes no se fuese; envió el padre Casas sus cartas ó papeles viejos
con algunos mensajeros á los señores de los pueblos, que viniesen á
ver los cristianos seguros, y que no hobiesen miedo, como en todas las
partes donde allegaban hacia; y ésto era lo que traia encomendado de
Diego Velazquez, que gobernaba, y el capitan Narvaez tambien mandado,
y en las cartas que le escribia le mandaba que no hiciese guerra ni
mal á nadie, y que primero los indios tirasen flechas ó varas que los
españoles sacasen espada. Vistos los papeles del Padre, los Caciques,
con el crédito que dél concebido habian, luégo vinieron, creo que 18 ó
19, cada uno con su presente de comida de lo que tenian; venidos así
sobre seguro y en confianza de lo que el Padre les habia escripto, el
capitan Narvaez, luégo, hácelos prender con cadenas y grillos por buena
venida, y otro dia tractaba de que se pusiesen palos para quemallos
vivos. Sabido por el Padre, rescibió grande angustia, y, dello por
bien y lo ménos por blandura, y de ello y lo más por rigor, haciéndole
muchas amenazas que Diego Velazquez y el Rey lo castigarian sobre
obra tan inícua, si tal cometia, más de miedo que de voluntad, si no
me engaño, pasó aquel dia y otro, y así se resfrió poco á poco de la
crueldad que perpetrar queria, y al cabo los soltó á todos, salvo uno
que era el mayor señor, segun se decia; éste estuvo y anduvo en cadenas
hasta que Diego Velazquez vino á juntarse con todos ellos, y lo soltó y
puso en su libertad. Pasando adelante, de pueblo en pueblo, asegurando
los indios que en ellos hallaban, fueron camino del pueblo donde sabian
que estaba el cristiano, y como el señor del pueblo supo que los
españoles á él se acercaban, salió al camino, creo que á obra de media
legua, con cerca de 300 hombres, todos ó muchos dellos de cuartos de
tortuga recien pescada cargados; venian todos delante cantando, y el
Cacique, señor del pueblo, que era un viejo de más de sesenta años,
de buen gesto y alegre, que mostraba tener sanas entrañas, detras
con el cristiano de la mano. Topáronse los indios y cristianos en un
monte, y así como llegaron los indios á los cristianos, pusieron los
pedazos de tortuga en el suelo, todavía cantando, y luégo sentáronse;
llegó el Cacique al capitan Narvaez, y al Padre, y hecha su mesura
preséntales el cristiano por la mano, diciendo, que aquel habia tenido
como á hijo, y que lo habia él muy bien guardado, y que si por él no
fuera, ya los otros Caciques le hubieran muerto y maltractado. El
Capitan y el Padre lo rescibieron con grande alegría, y en señal de
agradecimiento lo abrazaron y hicieron el cumplimiento que fué posible
allí, de palabra; el español, ya cuasi no sabia hablar nuestra lengua,
sino en la de los indios hablaba las más palabras; sentóse luégo en el
suelo como los indios, y hacia con la boca y con las manos todos los
meneos que los indios acostumbraban, en lo cual no poca risa en los
españoles causaba. Creo que se entendia dél que habia tres ó cuatro
años que allí estaba; y despues, algunos dias andados, que de su
lengua y nuestra materna se iba acordando, daba larga relacion de las
cosas que por él habian pasado. Andando por aquella provincia de la
Habana, de pueblo en pueblo, los españoles, y pasando de la costa del
Sur á la del Norte, como frecuentes veces llegaban, por ser la isla
por allí muy angosta, que de 15 leguas no pasa, hallaron un dia en
la costa de Sur, donde agora está la villa de la Habana, ó por allí,
un gran pan de cera amarilla dentro del arena, que pesaria como una
arroba ó poco ménos, acaso; maravilláronse todos de dónde allí hobiese
aportado, como hasta entónces no se hobiese por aquella mar navegado,
sino los navíos que del Darien dos ó tres veces á aquella isla habian
llegado, y parecia que no habia razon de traer cera, como por entónces
tuviesen otros cuidados. Nunca ésto se determinó hasta que se descubrió
Yucatán y la Nueva España, porque descubierto Yucatán, cuya primera
tierra dista de la punta ó cabo occidental de Cuba 50 leguas y no más,
la cual provincia es, ó era, de miel y cera muy abundante, y la mar
de entre ambas á dos tierras es baja, debió ser que alguna canoa de
indios mercaderes, que por toda aquella costa de Yucatán mercadeaban,
con tormenta se debió de trastornar, y caida la cera en lo hondo, por
tiempo, poco á poco, la mar debia de allegarla á la costa de Cuba,
donde la hallaron; hallaron tambien por toda aquella costa del Norte
de Cuba, por la Habana en especial, mucha pez que la misma mar sobre
las peñas y ribera echaba, no sabian de dónde viniese, ó cómo la mar la
criase, como en la verdad sea cierta especie de betumen ó de pez, no de
pinos, pero pez verdadera, ó que sirve de lo que la verdadera, hasta
que despues se pobló un pueblo de españoles en el puerto que nombraron
del Príncipe; allí se halló, y la hay, mina ó fuente della que se saca
á pedazos dura, y creo que, á las veces debe manar líquida ó derretida,
por ventura, que el sol la derrite, porque la que se ve por la costa,
más es algo líquida que dura ó espesa; mezclándola con mucho sebo ó
aceite sirve de lo mismo que la pez de pinos y brea para los navíos.



                            CAPÍTULO XXXII.


Habiendo en este tiempo Diego Velazquez asentado los vecinos españoles
que le pareció poner en la villa de Baracóa, repartídoles los indios
de las provincias de Maycí, la última luenga, y de Bayatiquirí, la
misma luenga, y no olvidando en el repartimiento á sí mismo y á su
suegro el tesorero Cristóbal de Cuéllar, y á los que allí más queria,
y todos ellos dándose priesa en buscar y sacar oro con los desnudos
indios, determinó de venir á juntarse con el capitan Narvaez y el Padre
y la demas gente, y ver la tierra de entre medias, y considerar los
lugares donde convernia constituir ó asentar pueblos de españoles,
para lo cual escribió que de la Habana se acercasen poco á poco hácia
donde él venia, y parasen en el puerto Xagua, donde Sebastian de
Campo habia dejado los cuatro españoles con las tres pipas de vino,
y así lo hicieron, y vinieron á esperalle al puerto de Xagua, donde
dijimos arriba, en el libro II y en éste, los indios tener corrales de
inmensidad de lizas, y haber grande abundancia de aves, y señaladamente
perdices; habia sin ésto copia mucha de todo bastimento. Llegó al fin
Diego Velazquez con algunos españoles por la tierra, y por la mar en
canoas, al dicho puerto de Xagua, donde Narvaez y los demas estaban,
y aposentáronse todos en la una isleta, de tres que tiene el puerto,
donde habia un buen pueblo de indios, en la cual estuvieron algunos
meses todos, sirviéndoles los indios como á Dioses cuanto les era
posible. En este tiempo envió á descubrir minas, por un rio arriba,
grande y muy gracioso en su ribera, llamado Arimáo, la penúltima
luenga, que sale á la mar, media ó una legua fuera del puerto; hallaron
muy ricas minas y de oro muy fino, como el de Cibao desta isla, y áun
es harto más blando, y por ésto creo que en más, de los plateros,
tenido. Aquí comenzó Diego Velazquez á pensar en asentar por allí al
rededor una villa, y á encomendar ó repartir los indios, y entre los
otros vecinos, que para la poblacion della se asentaron, fué el dicho
padre Casas, al cual, como á hombre que mucho habia en todos aquellos
caminos servido y trabajado, asegurando la mayor parte de aquella isla,
y excusando hartas muertes de indios, le dió un muy buen repartimiento
dellos, allí cerca del puerto de Xagua, en un pueblo llamado en lengua
de indios, creo que Canarreo; aquel Padre tenia estrechísima amistad
de muchos años atras en esta isla Española con un hombre llamado Pedro
de la Rentería, varon de gran virtud, cristiano, prudente, caritativo,
devoto, y más dispuesto, segun su inclinacion, para vacar á las cosas
de Dios y de la religion, que hábil para las del mundo, las cuales él
tenia en harto poco y se daba poco por ellas, y ni se sabia dar maña
para las adquirir; era franquísimo, tanto, que se le podia más atribuir
á vicio y descuido el dar, segun lo poco que tenia, que á discrecion y
á virtud. Entre las otras sus buenas costumbres, resplandecian en él
la humildad y castidad, porque era limpísimo y humilísimo, y, para con
una palabra notificar sus muchas virtudes, habia sido ó criado, ó que
habia seguido la doctrina del Santo, primero arzobispo de Granada; era
latino y tenia sus libros de los Evangelios con la exposicion de los
santos en que leia, era muy buen escribano, siempre donde vivió, en
esta isla Española y en la de Cuba, tuvo cargo de justicia ó Alcalde
ordinario, ó Teniente de Diego Velazquez. Fué hijo de un vizcaino de
la provincia de Guipúzcoa, hombre virtuosísimo, y de una dueña, que
debia ser labradora, de la villa de Montanches en Extremadura. Entre
aqueste siervo de Dios y el dicho Padre, allende la amistad estrecha y
antigua que tenian, no habia cosa partida, sino que todo lo que ambos
poseian era de cada uno, y ántes todo se podia decir ser del Padre que
de el Rentería, porque lo gobernaba y ordenaba todo, como fuese más
ejercitado _in agibilibus_, y en las cosas temporales más entendido,
porque el oficio de Rentería y ocupacion no era sino rezar, y de su
recogimiento y soledad muy amigo, y de las haciendas ó bienes no tenian
más cuidado del que dije. Así que, como Diego Velazquez trujese de
la villa de Baracóa consigo al Pedro de la Rentería, dióle indios de
repartimiento juntamente con el Padre, dando á ambos un buen pueblo y
grande, con los cuales el Padre comenzó á entender en hacer granjerías,
y en echar parte de ellos en las minas, teniendo harto más cuidado
dellas que de dar doctrina á los indios, habiendo de ser, como lo era,
principalmente aquel su oficio; pero, en aquella materia, tan ciego
estaba por aquel tiempo el buen Padre, como los seglares todos que
tenia por hijos, puesto que en el tractamiento de los indios siempre
les fué humano, caritativo y pio, por ser de su naturaleza compasivo,
y tambien por lo que de la ley de Dios entendia; pero no pasaba ésto
mucho adelante de lo que tocaba á los cuerpos, que los indios no fuesen
mucho en los trabajos afligidos, todo lo concerniente á las ánimas
puesto al rincon, y del todo punto por él y por todos olvidado, plaga
que Nuestro Señor ha permitido en todo género de personas de nuestra
España en estas Indias, por sus secretos juicios. Señaló, pues, Diego
Velazquez el lugar donde se asentase una villa, nueve ó diez leguas del
puerto de Xagua hácia el Oriente, porque estaba más en comarca de los
más pueblos de los indios, donde hacia una manera de puerto, harto mal
puerto, porque allí se perdieron despues algunos navíos; quiso que se
llamase la villa de la Trinidad, como si la Santísima Trinidad hobiera
de ser allí servida. Ordenó que se poblase otra villa más dentro en la
tierra, cuasi en medio de las dos mares del Sur y del Norte, y llamóla
la villa de _Sancti Spiritus_; otra señaló en el puerto del Príncipe á
la costa del Norte, y otra en el Bayámo, que creo que se llamó la villa
de Sant Salvador, y otra en el puerto de Santiago, que despues fué
ciudad y cabeza del Obispado de aquella isla. Y así, con la primera,
que fué la de Baracóa, hobo al principio seis villas, despues el tiempo
andando, se pobló la del puerto de Carenas, que agora se llama la de
la Habana, y es la que más concurso de naos y gente cada dia tiene,
por venir allí á juntarse ó á parar y tomar puerto de las más partes
destas Indias, digo de las partes y puertos de tierra firme, como es de
Sancta Marta, Cartagena, del Nombre de Dios, de Honduras, y Trujillo, y
puerto de Caballos, y Yucatán, y de la Nueva España. Esto es por razon
de las grandes corrientes y vientos brisas que siempre corren entre
la tierra firme de Paria y toda aquella costa y esta isla Española,
porque acaecia estar una nao, desde Sancta Marta, ó Cartagena ó Nombre
de Dios, ocho ó diez meses que no podia tomar este puerto de Sancto
Domingo, que no son más de 200 ó 300 leguas, y así hallaron ser ménos
trabajoso y costoso y más breve andar más de 500 (y áun para hasta
llegar á Castilla, se rodean más de las 600 para las naos que salen de
Sancta Marta y Cartagena); así que todas las naos se juntan ó vienen á
tomar puerto á la Habana de los puertos y partes dichas. Señalados los
lugares para las dichas villas, y para cada una señalados los vecinos
españoles, y repartídoles los indios de la comarca, dánse priesa los
españoles á hacer sudar el agua mala á los pobres y delicados indios,
haciendo las casas del pueblo y labranzas, y cada español que podia
echarlos á las minas, y si no en todas las otras granjerías que
podian. De allí envió Diego Velazquez á Narvaez á pacificar, como
ellos dicen, la provincia última, que está al cabo más occidental de
aquella isla, que los indios llamaban de Haniguanica; no me acuerdo
con cuánto derramamiento de sangre humana hizo aquel camino, aunque
estuve presente á su ida y su venida, por ser el negocio tan antiguo, y
pudiéralo despues, dél y los que con él fueron, haber muy bien sabido y
averiguado. Y porque ya todo lo que más hay que decir de aquella isla,
con parte de lo ya dicho, pertenece al año de 14 y 15 sobre 500, será
bien dejallo aquí hasta su tiempo, y tornar sobre lo acaecido en el año
de 512 y 13 y 14 en esta isla, y en las otras partes que por aquellos
tiempos se trataban destas Indias.



                           CAPÍTULO XXXIII.


Ya dijimos en el cap. 19, como el siervo de Dios, padre fray Pedro de
Córdoba, que trujo la órden de Sancto Domingo primariamente á esta
isla, fué á Castilla, y lo que allá hizo, y el crédito que el Rey
católico le dió, y en la veneracion en que lo tuvo, y como, viendo
que la perdicion de los indios creciendo iba por la ceguedad de los
que aconsejaban al Rey, letrados, teólogos y juristas, y conociendo
juntamente, que donde hobiese españoles no era posible haber
predicacion, doctrina, ni conversion de los indios, suplicó al Rey que
le diese licencia para se ir con cierta compañía de religiosos de su
Órden, á tierra firme, la de Paria, y por allí abajo, donde españoles
no tractaban ni habia, y el Rey, como católico, se holgó mucho dello y
le mandó proveer de todo lo necesario para su viaje y estada en tierra
firme á sus oficiales desta isla; conviene agora tractar de cómo tornó
el venerable Padre con sus provisiones á esta isla, y cómo puso por
obra su pasada á tierra firme. Presentadas las provisiones Reales á los
oficiales del Rey, luégo las obedecieron, y, cuanto al cumplimiento, se
ofrecieron de buena voluntad, cada y cuando que quisiese, á complillas,
y entretanto que se aparejaba, despachó él todos los religiosos que
habian de ir, los bastimentos y aparejos para edificar la casa, y
todo lo demas que habian de llevar, y dónde y cómo habian de poblar;
deliberó el siervo de Dios de enviar primero tres religiosos á tierra
firme, como verdaderos Apóstoles, para que, solos entre los indios de
la parte donde los echasen, comenzasen á predicar y tomasen muestra de
la gente y de la tierra, para que de todo avisasen, y sobre la relacion
que aquellos hiciesen lo demas ordenar. Pidió, pues, á los oficiales
del Rey, el dicho padre, que mandasen ir un navío á echar á aquellos
tres religiosos en la tierra firme, la más cercana desta isla Española
y los dejasen allá, y despues, á cabo de seis meses ó un año, tornase
un navío á los visitar y saber lo que habia sido dellos. Los Oficiales
lo pusieron luégo por obra, y mandaron aparejar un navío que los
llevase; dista desta isla, aquella parte de tierra firme, 200 leguas.
Nombró el siervo de Dios para este apostolado, é impuso, en virtud
de santa obediencia y remision de sus pecados, al padre fray Anton
Montesino, de quien arriba hemos hablado, que predicó primero contra
la tiranía que se usaba con los indios, y anduvo en la corte, como
queda declarado, y á un religioso llamado fray Francisco de Córdoba,
presentado en teología, y gran siervo de Dios, natural de Córdoba, y
que el padre fray Pedro mucho queria; dióles por compañero al fraile
lego fray Juan Garcés, de quien dijimos arriba, en el cap. 3.º, que
siendo seglar en esta isla, fué uno de los matadores y asoladores
della, tambien habia muerto á su mujer, el cual, despues que recibió
el hábito, habia probado en la religion muy bien, y hecho voluntaria
gran penitencia. Todos tres, muy contentos y alegres, dispuestos
y ofrecidos á todos los trabajos y peligros que se les pudiesen
por Cristo ofrecer, porque confiados y seguros por la virtud de la
obediencia, que de parte de Dios les era impuesta (que ninguna otra
mayor seguridad, el religioso en esta vida puede tener para ser cierto
que hace lo que debe, y que todo lo que le sucediere ha de ser para su
bien), rescibida la bendicion del santo padre, se partieron; llegados á
la isla de Sant Juan, el padre fray Antonio Montesino enfermó allí, ó
por el camino, de peligrosa enfermedad, de manera que pareció haber de
padecer riesgo su vida, si adelante con aquella indisposicion pasaba,
por lo cual acordaron que se quedase allí hasta que convaleciese. El
presentado y padre fray Francisco de Córdoba, y el hermano fray Juan
Garcés, lego, fueron su viaje, y díjose que con alegría iba cantando
aquello de David: _Montes Gelboe nec ros nec pluvia cadat super vos,
ubi ceciderunt fortes Israel_. Llegados á tierra firme, salieron en
cierto pueblo, que por mi inadvertencia no procure saber, cuando
pudiera, cómo se llamaba, él debia ser, segun imagino, la costa de
Cumaná abajo. Los indios los rescibieron con alegría, y les dieron de
comer y buen hospedaje, á ellos y á los marineros que los llevaron, y
despues de que los marineros descansaron, tornáronse á esta isla, de
donde los oficiales del Rey los habian enviado. Pasados algunos dias,
y quizá meses, como ya comenzaba á bullir en los españoles la cudicia
de las perlas que por allí se pescaban cerca, vino por allí un navío
á rescatar perlas y á robar tambien indios, si pudiera, porque ya lo
mismo se comenzaba, ó queria comenzar, por allí otra vendimia, como
en las islas de los Lucayos los españoles habian hecho, de que abajo
se dirá, si Dios quisiere. Saltaron en tierra los españoles que en
el navío venian, y como vieron los religiosos, holgáronse mucho con
ellos, y los indios que siempre que vian navíos tenian miedo por los
daños muchos que, por aquella costa, de los españoles habia recibido
los años pasados, como en el libro I y II se dijo, por tener la prenda
que tenian en los religiosos, y la seguridad que los religiosos les
daban, que no rescibirian daño, no huyeron del pueblo, como solian,
ántes rescibieron á los españoles, mostrando de verlos contentamiento;
y así los hospedaron y proveyeron de comida, de todo lo que tenian,
abundantemente. Estuvieron allí en fiesta y conversacion amigable
los unos con los otros algunos dias, y uno dellos convidaron al
señor del pueblo, que se llamaba Alonso, ó D. Alonso (no supe si los
religiosos aquel nombre le pusieron, ó quizá algunos cristianos que
por allí habian de ántes pasado, porque los indios comunmente son
amigos de tener nombres de españoles), convidáronlo, digo, á él y á
su mujer, que fuesen á ver el navío, y que les darian allá de comer
y se holgarian; el Cacique ó señor del pueblo aceptó el convite con
aprobacion de los religiosos, porque creia tener buena prenda en ellos
teniéndolos en su pueblo, porque de otra manera no se fiara de la
verdad de los españoles, y con esta seguridad entra en la barca, con
su mujer y 17 personas, que debian de ser hijos, y deudos, y queridos
criados. Llévanlos al navío, y entrando dentro y alzando las anclas,
y desplegando las velas, y echando mano á las espadas para metellos
debajo de cubierta, porque no se echasen al agua, fué todo uno. Aquí es
de considerar, qué sintirian la gente del pueblo que desde la ribera
los estaban mirando, y cuál sería el sobresalto que los religiosos
rescibirian cuando acudiesen á ellos, que deberian estar en un aposento
rezando descuidados, todos los vecinos del pueblo alborotados, dando
voces, preguntándoles que qué podia ser aquello que á su señor con los
demas llevasen los cristianos. Acométenlos á matar, creyendo que habian
sido ellos en la maldad de llevalles su señor los españoles, excúsanse
cuanto pueden lo frailes; los unos y los otros, no hacen sino llorar
y plantear. Hácenles entender, que, en viniendo por allí otro navío,
enviarán á decir á los otros cristianos, y Padres que en esta isla
estaban, que hagan luégo tornarlos, y señálanles que desde á cuatro
lunas ó meses los tornarán, y otros cumplimientos que pudieron hacer
para los aplacar y que no los matasen. Estando en esta tribulacion y
angustia tan acerba y tan grande los indios y lo frailes, para mayor
condenacion de algunos de lo que en ésto fueron culpados, y para algun
consuelo de los religiosos y suspender la ira y amargura de los indios
con alguna esperanza, trujo Dios por allí un navío, que no causó poca
alegría en ambas á dos partes; saltaron en tierra los del navío,
hallan los frailes y los indios atribulados, dánles los religiosos,
del mal tan grande cometido, parte; no se espantaron, porque sabian
que aquellas obras tales eran propias, dellos mismos quizá tambien
acostumbradas; ofrécese á los religiosos y á los indios de venir presto
á esta isla, y dar nueva dello, y trabajar que el Cacique Alonso ó D.
Alonso, con su mujer y los demas, á su tierra y casa tornasen. Escriben
los religiosos al padre santo, fray Pedro de Córdoba lo acaecido, y
el estado y peligro en que quedaban, y que tuviesen por cierto, que si
dentro de los cuatro meses que habian señalado á los indios, el Cacique
no era tornado, que los habian los indios de matar; el navío se partió
para esta isla con este recaudo.



                            CAPÍTULO XXXIV.


Llegado el primer navío que habia hecho la traicion, con su cabalgada
de inocentes, al puerto de Sancto Domingo, ó los vendió el Capitan del
navío por esclavos, ó se los tomaron los mismos oidores, no creí yo que
por detestacion del pecado tanto, cuanto porque no lo habia hecho con
su licencia y autoridad, y ésto, no sabiendo áun que los hobiese tomado
de la tierra y pueblo donde quedaban los religiosos; y la diligencia
que hicieron, para restituirlos en su libertad y á sus tierras, fué
repartillos entre sí los mismos jueces ó oidores, ó por esclavos, ó
por naborias para perpétuamente servirse dellos. Habia en estas islas,
entre los españoles, dos maneras de esclavos perpétuos, la una, los
que podian vender públicamente, como los que tomaban en las guerras, y
la otra, los que no se podian vender que se supiese, y éstos llamaban
naborias, puesto que para vendellos, tambien secretamente, buscaban
y tenian mil mañas y cautelas; comunmente llamaban los indios en su
lengua naborias los criados y sirvientes ordinarios de casa. Desde á
pocos dias llegó el otro navío con las cartas de los religiosos y las
nuevas de la obra que aquellos habian hecho; entónces, el Capitan, que
principalmente la habia cometido, sintiendo que su insulto y maldad
era descubierta, acogióse al monasterio que allí se comenzaba de la
Merced, y tomó el hábito por miedo de la justicia. Vistas las cartas
de los religiosos los del monasterio de Sancto Domingo, y conocido el
grande y cierto peligro en que aquellos quedaban, fué el padre fray
Anton Montesinos, que ya era venido á esta isla de la de Sant Juan, á
donde habia quedado enfermo, y mostró las dichas cartas á los oidores,
rogándoles y suplicándoles, y despues muchas veces requiriéndoles,
proveyesen de poner en libertad al cacique D. Alonso, y á su mujer, y á
sus 17 personas, y los mandasen meter con toda brevedad en un navío y
restituillos en su tierra ántes que á los frailes matasen los indios.
Aprovecharon poco los ruegos y clamores y requerimientos que se les
hicieron, ni el riesgo y peligro y cierta muerte de los religiosos que
en tierra firme quedaban, y escándalo de aquellas gentes é infamia de
la religion cristiana que de allí resultaba, que les representaron,
porque todo lo pospusieron por no dejar las personas que de aquel
robo á cada uno habian cabido, cuanto entre sí los repartieron; de
estas justicias han sido innumerables las que los jueces del Rey han
ejercitado en estas Indias. Por manera, que así se consumieron el
cacique D. Alonso y los suyos en los trabajos y provechos temporales
de aquellos jueces, y los indios de tierra firme, pasadas las cuatro
lunas ó meses, viendo que los frailes no salian verdaderos en lo que
les habian dicho, que se les restituiria su Cacique, acordaron de
matallos y en efecto los mataron; y así, cierto, fué mártir fray Juan
Garcés, habiendo sido en esta isla uno de los destruidores della, y
otro diablo; del presentado y felice padre fray Francisco de Córdoba,
ménos hay que dudar, segun era tenido por religiosísimo y siervo de
Dios. Del martirio de los semejantes ningun cristiano prudente debe
titubear, como quiera que allí hubiesen ido mandados por la obediencia
de su Prelado, y por causa de la predicacion de la fe enviados y
ellos otro fin no pretendiesen; y esta causa dá forma propiamente
al martirio, puesto que los indios no los mataron por la fe, sino
como á españoles de quien sospechaban haber tenido parte ó arte en
la injuria, injusticia y daño que se les habia hecho llevándoles su
señor por haberse fiado dellos, ó como á parte y personas de aquella
nacion contra quien tenian ya justa guerra, ya que á los predones
é injuriadores no podian haber. Finalmente, cuanto á la razon del
martirio de parte dellos toca, ellos fueron muertos por la fe y así se
debe tener por cierto estar reinando con Jesucristo Supimos despues,
de algunos indios, que primero mataron al fraile lego estando el
Presentado atado y viéndolo matar, en lo cual parece haber proveido
la bondad divina á la flaqueza del fraile lego, que pudiera en la fe
y virtud desmayar, dejando para la postre al que, como más ejercitado
en la virtud y religion, y tambien en las letras, debia tener mayor
constancia. Aquí podrá cualquiera pio cristiano y áun discreto varon,
considerar, quién dará cuenta á Dios y cuánto se les habrá zaherido
(porque todos son muertos), la muerte de aquellos siervos de Dios, y la
predicacion de tantas ánimas como hobieran de los indios convertido,
aunque no fuera más de baptizar los niños, que desde entónces acá,
que han pasado cuarenta y ocho años largos, que murieron y mueren sin
bautismo. Dejo de decir el escándalo grande que por toda aquella tierra
hobo, y aborrecimiento de los cristianos y nombre de Cristo, y por
consiguiente de los religiosos, por quien habian de ser alumbrados y
convertidos, lo cual todo, no ha causado chica jactura en la Iglesia
de Jesucristo, tomando principio de allí la perdicion grande de aquel
gran pedazo de tierra firme. Añidiéronse luégo á aquellos muchos otros
escándalos que los españoles, con achaque de ir á sacar perlas de la
isleta de Cubagua, que allí está junto, á los vecinos y gente que por
aquella costa vivian, cada y cuando que podian, hacian. Acordaron de
hacer un pueblo en la misma isleta, y, porque no tiene agua ninguna
potable, iban en barcos al rio de Cumaná, que está de allí 7 leguas y
traiánla en pipas, de donde resultaba mil insultos que cometian en los
indios, como abajo, si Dios quisiere, será dicho; acrecentaron otros
buenos recaudos, y éstos fueron señalados muy muchos y execrables,
conviene á saber, que como los indios desta isla se iban del todo
acabando, y habian tambien acabado los innumerables vecinos de las
islas de los Lucayos, acordaron de hacer armadas de dos y de tres
navíos, para ir á saltear las gentes de aquella tierra firme y traerlas
á esta isla, y hacer dellos lo que de los naturales della hicieron y de
los que trujeron de las dichas islas de los Lucayos. Los estragos que
con estas armadas en aquella tierra firme y en las islas comarcanas
cometieron, si Dios quisiere, parecerán abajo, y así, por toda aquella
tierra firme quedó el nombre de Jesucristo y de la religion cristiana
tan infamado, cuanto ninguno lo puede encarecer ni áun imaginallo.



                            CAPÍTULO XXXV.


El primer Obispo que, de los nombrados arriba y primeros de todas
las Indias, que fueron señalados para esta isla y para la de Sant
Juan, vino á ella consagrado, fué el licenciado D. Alonso Manso, que
dijimos ser canónigo de Salamanca. Este era teólogo y persona de muy
buena vida, en las cosas del mundo no muy experimentado, hombre recto,
humilde, simple y llano, y, por estas calidades virtuosas, del Rey y
de la Reina bien estimado; al cual cometieron que visitase aquella
Universidad de Salamanca, y porque los doctores y catedráticos salieron
al recibimiento, creo, del príncipe D. Juan ó de los mismos Reyes, con
ciertas vestiduras de seda ó raso, á costa del arca de la Universidad,
los condenó en que de sus casas lo pagasen, y fué aquesta condenacion
entónces harto notada y nombrada. Venido á su obispado é isla de Sant
Juan, como en Castilla se tenia en práctica que la granjería principal,
con que acá se allegaban dineros y adquirian oro los hombres, era tener
repartimiento de indios para echarlos en las minas, nunca haciéndose
caso ni boqueándose que los indios cada dia perecian en las minas,
matándolos, y en los otros trabajos al sacar del oro ordenados, debió
de pedir el señor Obispo al Rey que le diese su repartimiento como á
los demas se daba. Finalmente, que tuvo repartimiento de indios, y
sirviéndose dellos, no sabré decir si los hizo echar á las minas, ó se
contentó con ocupallos solamente en los otros trabajos, como eran en
las labranzas donde se hacia el pan y lo demas para mantener la casa,
pero con todas sus virtudes y teología, no cayó en su ceguedad, y de
los españoles á quien él era obligado á alumbrar, de como aquellas
gentes eran opresas y tiranizadas contra toda razon y justicia, y
perecian sin doctrina, y sin fe y sacramentos eternalmente; y en su
tiempo, que no fué poco lo que vivió en aquella isla, dentro del cual
cuasi todos murieron, no hobo más cuidado ni memoria de la obligacion
que él y los españoles tenian á la enseñanza é instruccion de aquellas
gentes, y á no se servir dellos donde perecian, que si no fueran
hombres, y así, con este descuido y simplicidad, murió el buen Obispo,
aunque no faltó quien, muchos años ántes que muriese, en Castilla, le
avisase. Pocos meses despues de llegado á aquella isla, quiso llevar
diezmos personales á los vecinos españoles dellas, dándole el diezmo de
lo que cada uno, por su persona adquiriese, y creo que debia tambien
pretender del oro que ganasen y adquiriesen de las minas y de las otras
granjerías con los indios, pero los españoles resistieron, como sepan
volver por sí. No sé los comedimientos que el Obispo con ellos hizo,
ni los que ellos con él hicieron, pero él procedió con sus censuras
contra ellos, como á pertinaces desobedientes, lo mismo hicieron ellos,
con harta temeridad y desvergüenza, porque, por escarnio y haciendo
burla dél, lo descomulgaban ellos; quitábanle, á lo que yo me acuerdo,
la comida ó parte della, en lo que ellos podian, hiciéronle grandes
desacatos y molestias, en tanto grado, que, como era manso y humilde,
no pudiéndolas sufrir ó no sabiendo darse á manos con ellos, acordó
de se ir á Castilla á quejarse al Rey, ó á tornarse á Salamanca, á
su canongía. Estuvo en Castilla tres ó cuatro años, y no faltando
quien le acusase la consciencia, y tambien quien le nombrase para
Inquisidor en esta isla, hóbose de tornar, y estuvo aquí algun año ó
dos, entendiendo en las cosas del Santo Oficio, y despues se fué á su
Obispado, donde, como se dijo, vivió muchos dias. No tractó más de
los diezmos personales por evitar el escándalo, aunque era escándalo
de malicia, porque todo hombre cristiano es obligado por derecho á
pagar los diezmos personales, si la Iglesia lo pide. Los pecados que
en aquellas desobediencias y menosprecios de las censuras, y afrentas,
y escarnios que de su Prelado y Obispo cometieron, algunos de los
culpados los comenzaron á pagar en esta vida; de uno se yo que murió
malamente, porque, estando en su cama seguro, entró otro y le dió de
puñaladas, y así, creo yo, que á los demas les vinieron en esta vida
tribulaciones hartas, como sobrevinieron en aquella isla, sino que
no hemos mirado en ello, aunque bastaba para provocar la indignacion
divina y destruillos á todos haber ellos destruido los indios. El
obispo de la Concepcion y de la Vega desta isla, no vino á ella sino
despues de algunos años, y entretanto envió un Provisor, llamado D.
Cárlos de Aragon, doctor de París en teología, solemnísimo predicador,
que donde predicaba todo el mundo se iba tras él por oirlo. Este
doctor, como era aragonés, y el tesorero Pasamonte lo era tambien, y
era persona de tan grande autoridad en esta isla, y en Castilla con
el Rey, é Conchillos, el Secretario, aragonés, y que rodeaba todo lo
de estas partes, y el Factor desta isla tambien aragonés, y con ser
doctor de París y tener grande gracia de predicar, y caballero, que áun
dijeron ser pariente del Rey, con todos estos adminículos y favores,
y no haber en esta isla entónces letrados, sino los frailes de Sancto
Domingo, y éstos, viviendo en su pobreza y humildad, haciendo poco
estruendo de lo que sabian, el doctor don Cárlos, cierto, daba de sí en
los sermones grandes y claras señales de arrogancia y presuncion; entre
otras era, que los briales de su madre vendia para estudiar en París,
y los estudios y trabajos que en adquirir las letras que sabia habia
pasado. Alegaba muchas veces á su maestro Joanes Majoris en el púlpito,
y cuando lo alegaba tiraba el bonete, diciendo con gran reverencia:
«esto dice el tal doctor Joanes Majoris»; subió más su presuncion,
á mostrar tener en poco la doctrina de Sancto Tomás, y hablar del
Santo con una manera de menosprecio, diciendo así cuando tractaba de
materias: «perdone el señor Sancto Tomás, que en ésto no supo lo que
dijo,» y cuando esto decia, quitaba el bonete. En este tiempo predicaba
muy sueltamente proposiciones nuevas y que, oidas por los religiosos
de Sancto Domingo, que los seglares les iban á referir, juzgaban ser
escandalosas y mal sonantes, y entre otras, entendieron que cogian los
seglares, decir D. Cárlos en ciertas materias, no ser pecado mortal
lo que lo era, por manera que, pareciéndoles que el pueblo comenzaba á
padecer peligro oyendo doctrina no sana, acordaron de ocurrir á ello,
y no me acuerdo sobre qué materia, que habia predicado D. Cárlos,
mandó el Vicario de los frailes á un padre fray Bernardo de Sancto
Domingo, que era el más docto y habia sido uno de los primeros que
habian traido la Órden acá, que fuese á fijar ciertas conclusiones
en el púlpito de la iglesia de la ciudad, contra la doctrina que
habia predicado D. Cárlos, estando toda la iglesia llena de gente,
que debia ser dia de fiesta. El tesorero Pasamonte y todos los demas,
ó con buen celo por impedir escándalo, ó porque la honra, crédito y
autoridad que habia D. Cárlos adquirido en esta isla, no padesciese
algun daño, rogando é importunando mucho al padre fray Bernardo, le
impidieron que las conclusiones no fijase; el cual, visto que aunque
porfiase á fijarlas no podria salir con ello, porque por bien ó por
mal no lo dejaran, acordó tornarse á su casa sin hacer más; lo que
pudieron hacer los religiosos fué, recoger las más proposiciones que
pudieron haber, que D. Cárlos habia, ó era fama entre los seglares que
habia predicado, y enviarlas á España al Provincial, para que allá las
viesen, y lo que conviniese remediasen. Desde á algunos dias, acuerda
D. Cárlos irse á España; llegó á Sevilla y mudó la color del hábito,
vistiéndose de paño humilde y pardo. Comienza á predicar en muchas
iglesias y lugares, y váse toda la ciudad tras él, donde quiera que
predicaba; ó por el aviso que de acá los religiosos de Sancto Domingo
dieron, ó porque Dios no se olvidaba de la honra y autoridad de Sancto
Tomás, comenzaron á le ir á oir é notar los frailes de la Órden lo que
predicaba. De Sevilla váse á Castilla y á la corte, predica por ella,
vánle á oir los frailes, colígenle muchas proposiciones no dignas de
verdadero cristiano, y, segun entendí, el padre fray Diego de Victoria,
solemnísimo predicador en España, de la misma Órden, y hermano del
maestro fray Francisco de Victoria, que tanta claridad por su doctrina
desparció en España, denunció dél á los inquisidores veinticinco ó
treinta errores y herejías, que habia predicado. Prendiéronlo, y
al cabo, en Búrgos lo sentenciaron á que se retractase y desdijese,
y anatematizase, creo que, de veinticinco erróneas proposiciones de
diversas calidades, dañadas; el cual, en presencia de toda la corte,
en la iglesia mayor de Búrgos, creo, el año de 513, subido en un
púlpito, se desdijo y retractó y anatematizó, segun le sentenciaron,
y retractándose de cierto error, dijo: «en ésto que dije de tal y tal
materia, digo que dije mal.» Responde el obispo de Búrgos, que era D.
Juan Rodriguez de Fonseca, del que arriba hemos hablado y hablaremos,
si place á Dios, áun harto, á alta voz: «decid que mentísteis»; dice
D. Cárlos, «digo que mentí.» Condenáronlo en privacion perpétua de la
predicacion, y que todos los dias de su vida estuviese en un monasterio
haciendo penitencia, encerrado, y, finalmente, nunca él despues jamás
pareció; y díjose que el Rey católico trabajó mucho de que con él se
hobiese la Inquisicion piadosamente y no saliese afrentado, así como
por ser aragonés y más como deudo suyo, pero no pudo acaballo. Y por
ésta manera hirió y castigó la divina justicia la soberbia y arrogancia
de D. Cárlos, y volvió por la doctrina y santidad del santo doctor
Sancto Tomás, á quien habia en sus sermones, cuando dél hablaba,
irreverenciado.



                            CAPÍTULO XXXVI.


En el libro I hicimos mencion de cómo el Almirante primero, que estas
islas é Indias descubrió, entre otras, hizo edificar una fortaleza
en la Vega, junto al pié del cerro grande donde se puso la cruz que
dura hasta hoy, con la cual toda esta isla tiene gran devocion; esta
fortaleza era de tapias y madera, la cual, para se defender pocos
españoles de indios desnudos, en cueros, sin armas, como éstos eran,
era más fuerte, mucho, que Salsas para contra franceses. En este tiempo
de que vamos en este libro hablando, ya la fortaleza se iba cayendo,
ó lo más della era caido, y ni habia para qué haber fortaleza, como
fuesen muertos los indios todos, y ni para otros enemigos, porque
si para otros hobiera de ser, si no eran pájaros, poco aprovechaba
aquella; con todo ésto no faltó quien diese aviso en Castilla, que se
pidiese el Alcaidía della, y el Rey la dió con cierta quitacion cada
año por ella, engañado por los que le servian, llevándole ó haciéndole
llevar sus dineros, sin fruto y sin provecho, como cada dia vemos que
inventan oficios sin ser menester, sólo para su interese y provecho y
para hacer sus casas, y de los que ellos quieren, aquellos de quien
el Rey más se fia en estas Indias, y aún en Castilla, y ésto no es
sino robar al Rey, sin temor de Dios y suyo, y lo peor es que se lo
venden por servicio. Así que, por ésta misma forma fué lo de aquesta
fortaleza, que estando caida ó que se caia, y en un desierto, como está
toda aquella Vega, porque muertos los indios, luégo se despobló de
españoles, y no paró en ella algun vecino, pidiéronla al Rey católico,
y hizo merced de la Alcaidía della como si fuera la de Fuenterrabía;
ésta se concedió á un Rodrigo de Alburquerque, hombre de autoridad y
que tenia manera de caballero, y, segun se dijo, era muy deudo del
licenciado Zapata, que, segun arriba queda dicho, era el de los
del Consejo de quien más el Rey caso hacia, por ser de gran seso y
en el Consejo muy antiguo. Este Rodrigo de Alburquerque vino á esta
isla, y tuvo la fortaleza ó tapias podridas, pero lo principal era
repartimiento de indios; estuvo acá no mucho tiempo, y habidos algunos
dineros, sacados con los sudores de los indios en oro de las minas,
para tornar con mejor cargo fuese á Castilla, y bien creo que dejó su
casa é granjerías enhiestas, y para las aumentar los tristes indios.
Llegado allá, negoció luégo lo que le debia de haber llevado, y ésto
fué ser repartidor de los indios; y éste fué el primero repartidor
de indios, sin ser Gobernador, porque hasta entónces siempre anduvo
con la gobernacion el repartir de los indios. Este oficio, apartado
de la gobernacion, era el que hacia, hiciera, y hoy haria, señor
de toda la provincia ó reino al que lo tenia ó tuviese, al cual se
temeria y adoraria, no se curando ninguno del que fuese Gobernador y
administrase la justicia, porque poder dar ó quitar indios, ésto es lo
que se ha estimado, amado y temido por los españoles en estas Indias;
lo cual, conosciendo bien un docto y sancto religioso de la órden de
Sancto Domingo, que escribió un tractado breve contra la tiranía del
repartimiento en esta isla, de que abajo, si Dios quisiere, se hará
mencion, dijo que los españoles adoraban dos ídolos en estas tierras,
uno mayor, y otro menor: el mayor era el que repartia los indios, al
cual, por contentarlo, porque diese ó no quitase los indios, hacian
mil maneras de cirimonias, lisonjas y mentiras, y honores, en lugar
de sacrificios; el ídolo menor eran los desventurados indios, á los
cuales no estimaban ni amaban, y adoraban las personas, sino el uso,
trabajos y sudores, como se usa del trigo, del pan ó del vino, y si
queremos podemos no absurdamente decir, que, al cabo, en cada demora ó
temporada, que duraba el sacar del oro, al mismo oro sacrificaban los
indios matándolos en las minas. Tornando al propósito, alcanzó Rodrigo
de Alburquerque, del Rey, fácilmente, por estar de por medio el dicho
licenciado Zapata, el oficio de repartidor de los indios en esta
isla, y fué aquel oficio quitado al almirante D. Diego, que gobernaba
esta isla, y así de la gobernacion distincto; de lo cual el Almirante
se agravió despues, y sobre ello pedia justicia, puesto que tan poca
tenia él como Alburquerque para pedillo por la parte que tocaba á la
injusticia que á los indios en ello se hacia, pero, si fuera otra cosa
de preeminencia y aprovechamiento de honra ó de hacienda, ninguna
duda se debe tener sino que, por sus privilegios, muy bien ganados y
merecidos por su padre, se le debia de justa justicia. Vino, pues, por
repartidor Rodrigo de Alburquerque á esta isla, y el poder que le dió
el Rey trujo una cláusula, que hiciese el repartimiento general con
parecer del tesorero Pasamonte, porque ya está dicho arriba, que el
tesorero Pasamonte fué una persona muy prudente y de mucha autoridad, y
de gran crédito para con el Rey, y cuasi todo lo que por entónces habia
por estas partes poblado de españoles se gobernaba en Castilla por su
parecer. Tambien queda dicho en el segundo libro, como cuando vino el
dicho tesorero Pasamonte á esta isla, que fué el año de 508, habian
quedado en ella de las multitudines de vecinos y gentes que habia,
60.000 indios, no vecinos, sino chicos y grandes, mujeres y niños, y el
año de 509, cuando vino el Almirante segundo, D. Diego, habia 40.000;
pero cuando vino este Rodrigo de Alburquerque por repartidor el año de
514, habia hasta 13 ó 14.000 indios, por manera que, por estos grados,
iban matando y destruyendo estas gentes nuestros españoles, con la
priesa que les daban, echándolos á las minas y á los otros trabajos
á ellas ordenados, por hacerse ricos, lo cual nunca alcanzaron, sino
siempre vivian en hambre y sed de oro, y todo se les deshacia entre
las manos, y al cabo los más morian llenos de deudas, y muchos no
salian de cárceles, y otros huian por los montes, y, escondidos en
navíos, se pasaban á otras partes destas Indias los que podian. Esto
era manifestísimo juicio de Dios, para que se cognosciese la iniquidad,
injusticia y crueldad que á estas gentes se hacia, y cuán bañado en
sangre humana era todo lo que adquirian.



                           CAPÍTULO XXXVII.

  En el cual se contiene cómo se hobo el repartidor Alburquerque en
  el repartimiento que hizo.--Como se dijo que habia vendido los
  repartimientos.--Los clamores y quejas que dieron dél.--Cómo rezaba
  la Cédula de la Encomienda, y lo que proveyó el Rey sobre las
  quejas que dél á Castilla fueron.


Venido, pues, Alburquerque con su oficio de repartidor, adobó todo lo
que hasta entónces se habia errado cerca de los tristes indios por
esta vía; mandó apregonar con gran solemnidad el repartimiento general
de toda esta isla, como si fuera desde su primer descubrimiento que
estaba de gentes plenísima; mandó visitar y contar todos los indios
que habia en la isla, y en éste comedio, pasando algunos dias, díjose
que, hablando con los españoles vecinos que tenian dineros, y que
esperaban repartimiento de indios, y otros quizá que no lo esperaban,
decia que se habia casado con una doncella de mucho merescimiento y
que habia menester dineros, que le harian gran placer si le prestasen
algunos los que los tenian, y por otras vías y cautelas daba á
entender, que quien quisiese indios, ó más en número que otro, indios
ó indias, más cercanos de las minas ó más dispuestos al propósito de
dar mayor provecho al que le cupiesen, que le habia de dar dineros.
Finalmente, como quiera que ello fué, se publicó y se dieron quejas
dél grandísimas, que habia vendido los repartimientos de los indios ó
algunos dellos; pues como los 13.000 ó 14.000 indios estaban repartidos
en los muchos vecinos que habia en esta isla, que eran el resíduo y
las heces de los que cada uno habia muerto, y hobo de engrosar los
repartimientos para darlos á los que le parecia ó queria hacer más
honra, por amor ó por favor, ó á quien los habia vendido, dejó á
todos los más, ó á muchos de los vecinos, sin darles algunos indios;
de aquí fueron terribles los clamores que los que sin indios quedaron
daban contra él, como contra capital enemigo, diciendo que habia
destruido la isla. La Cédula que daba del repartimiento y encomienda
rezaba desta manera: «Yo, Rodrigo de Alburquerque, repartidor de
los Caciques é indios en esta isla Española, por el Rey é la Reina,
nuestros señores, por virtud de los poderes Reales que de Sus Altezas
hé y tengo para hacer el repartimiento y encomendar los dichos Caciques
é indios é naborias de casa á los vecinos é moradores desta dicha
isla, con acuerdo y parecer, como lo mandan Sus Altezas, del señor
Miguel de Pasamonte, Tesorero general en estas islas y tierra firme
por Sus Altezas; por la presente, encomiendo á vos, Nuño de Guzman,
vecino de la villa de puerto de Plata, al cacique Andrés Guaybona con
un Nitayno suyo, que se dice Juan de Barahona, con 38 personas de
servicio, hombres 22, mujeres 16; encomendósele en el dicho Cacique,
siete viejos que registro, que no son de servicio, encomendósele en
el dicho Cacique, cinco niños que no son de servicio, que registro,
encomendósele asimismo dos naborias de casa, que registro, los
nombres de los cuales están declarados en el libro de la visitacion
y manifestacion que se hizo en la dicha villa ante los Visitadores y
Alcaldes della; los cuales vos encomiendo para que vos sirvais dellos
en vuestras haciendas, é minas, é granjerías, segun é como Sus Altezas
lo mandan, conforme á sus ordenanzas, guardándolas en todo y por todo,
segun é como en ellas se contiene, é guardándolas vos, los encomiendo
por vuestra vida é por la vida de un heredero hijo é hija si lo
tuviéredes, porque de otra manera Sus Altezas no vos los encomiendan,
ni yo en su nombre vos los encomiendo: con apercibimiento que vos hago,
que, no guardando las dichas ordenanzas, vos serán quitados los dichos
indios. El cargo de la conciencia del tiempo que los tuviéredes, é
vos sirviéredes dellos, vaya sobre vuestra consciencia é no sobre las
de Sus Altezas, demás de caer é incurrir en las otras penas dichas
é declaradas en las dichas ordenanzas. Fecha en la ciudad de la
Concepcion, á 7 dias del mes de Diciembre de 1514 años.--Rodrigo de
Alburquerque.--Por mandado del dicho señor Repartidor, Alonso de Arce.»
Bien hay que considerar cerca desta encomienda, y de la firma de la
Cédula, y lo primero, á cuánta infelicidad de diminucion y perdicion
habia llegado esta isla, que donde habia sobre tres millones de vecinos
naturales della, y que aquel Cacique y señor Guaybona, por ventura
tuvo, como todos comunmente los menores señores áun tenian, sobre 30 y
40.000 personas en su señorío, por súbditos y 500 Nitaynos (Nitaynos
eran y se llamaban los principales como Centuriones y Decuriones
ó jurados, que tenian debajo de su gobernacion y regimiento otros
muchos), le encomendase Alburquerque á Nuño de Guzman un Nitayno y 38
personas, y tantos viejos inútiles ya para trabajos, aunque nunca los
jubilaban ni los dejaban de trabajar, y lo mismo los cinco niños; y
fuera bien que tomara cuenta Rodrigo de Alburquerque á Nuño de Guzman,
que cuántos habia muerto de la gente de aquel Cacique, desde que la
primera vez se los encomendaron, pero no tenia él aquel cuidado.
Lo otro que se debe de considerar, es la sentencia que contra los
del Consejo del Rey, sin entenderla, daba, manifestando la tiranía
tan clara, que en tan gran perjuicio é injusticia destas gentes
sustentaban, diciendo y haciendo, «se os encomienda el Cacique fulano,
(conviene á saber, el señor y Rey en su tierra), para que os sirvais
dél y de sus vasallos, en vuestras haciendas y minas, y granjerías,»
etc. ¿dónde mereció Nuño de Guzman, que era un escudero pobre, que
le sirviese con su misma persona el Rey y señor de su tierra propia,
Guaybona, con el cual pudiera vivir, cuanto á la sangre y cuanto á su
dignidad, dejada la cristiandad á parte, la cual, si á Guaybona se le
predicara, por ventura y sin ella, fuera mejor que él cristiano, no
más de porque Nuño de Guzman tuvo armas y caballos, y Guaybona no las
tenia, y así todos los demas? no hobo más justicia que aquesta, ni
otro título más justificado para que Guaybona, Rey, sirviese en sus
haciendas, minas y granjerías, como si fuera un gañan, al escudero
Nuño de Guzman. Lo mismo ha sido en todo lo que se ha hecho cerca
destos repartimientos, en perdicion destas gentes, en estas partes,
y ninguna causa, derecho, título, ni justicia otra ha habido más; la
cual, los del Consejo del Rey, pues eran letrados, y por ello honrados,
estimados, encumbrados y adorados, no habian de ignorar. Lo tercero
que conviene aquí no sin consideracion dejar pasar, es el escarnio de
las palabras de la Cédula, dignas de todo escarnecimiento, conviene á
saber: «guardando las ordenanzas de Sus Altezas en todo y por todo,
porque de otra manera, Sus Altezas no os los encomiendan, ni yo en su
nombre vos os los encomiendo, con apercibimiento que vos hago, que, no
guardándolas, vos serán quitados»; item, «el cargo de la conciencia
del tiempo que los tuviéredes y vos sirviéredes dellos, vaya sobre
vuestra conciencia, y no sobre las de Sus Altezas», etc. ¿Qué mayor y
más clara burla, ni más perniciosa mentira y falsedad? poner aquellas
amenazas no era sino como si á un lobo hambriento le entregaran las
ovejas, y le dijeran: «mirad, lobo, yo os prometo que si las comeis,
que os tengo luégo de entregar á los perros, que os hagan pedazos», ó á
un mancebo muy ciego y apasionado de amor de una doncella, con amenazas
que le harian y acontecerian, y él jurase y perjurase de nunca llegar á
ella, pero que los dejasen solos en una cámara, ó, por más propiamente
hablar, como si á un frenético le dejasen navajas muy afiladas en la
mano, encerrado con unos niños, hijos de Reyes, confiando en que le
habian certificado con amenazas, que si los mataba lo habian de matar.
Así ha sido, con muy mayor verdad que los ejemplos puestos notifican,
lo que se ha hecho encomendando los indios á los españoles, poniéndoles
leyes y penas, y haciendo en ellas amenazas ó alharacas, porque nunca
se quitaron los indios á quien era manifiesto que los mataba, y las
penas otras no se ejecutaban, y que se ejecutaran, era un castellano
ó dos, y cosa de escarnio; y si fueran mayores, y aunque les pusieran
horcas cabe sus casas, que en muriéndosele el indio de hambre ó de
trabajo los habian de ahorcar, con estas condiciones los tomaran y no
los dejaran de matar como los mataron, porque la cudicia y ánsia de
haber oro era y es siempre tanta, que ni la hambre del lobo, ni la
pasion del mozo enamorado, ni el frenesí del loco se le puede igualar:
ésto está ya en estas Indias bien averiguado. Y lo más gracioso desta
Cédula, ó por mejor decir mayor señal de insensibilidad, fué lo que
dice, que sea á cargo de la conciencia del que los indios matare y
no de Sus Altezas, como si dando los Reyes, tan contra ley y razon
natural, los indios libres á los españoles, aunque no los mataran,
como los mataban y mataron, no fueran reos de todos los trabajos y
angustias, y privacion de su libertad que los indios padecian, cuanto
más que veian y era manifiesto, en Castilla como acá, que los indios,
por dalles á los españoles, perecian y se acababan, y así no eran
excusables, pues no los libertaban; por este nombre de Reyes, entiendo
los del Consejo del Rey, los cuales tenian y tuvieron toda la culpa,
pues tiranía tan extraña sustentaron y aprobaron, poniéndoselo el
Rey en sus manos, y así, el Rey, sin duda ninguna, quedó deste tan
horrible y enormísimo pecado libre, como arriba queda declarado. Hecho
este tan execrable repartimiento, como dejó á muchos de los españoles
sin indios, por rehacer ó engrosar los repartimientos y darlos á
quien le pareció, y se tuvieron por agraviados, hobo grande grita y
escándalo en esta isla, y fueron á Castilla grandes clamores y quejas
del Rodrigo de Alburquerque, y llegaron á oidos del Rey, pero como él
se fué luégo á Castilla y tenia al licenciado Zapata, que, como se
ha dicho, era el supremo del Consejo, y á quien el Rey católico daba
mayor crédito, de tal manera fué Rodrigo de Alburquerque mamparado y
excusado, que hicieron hacer al Rey firmar una Cédula harto inícua
y contra ley natural, conviene á saber, que él aprobaba el dicho
repartimiento, y de poderío absoluto suplia los defectos que en él
hobiesen intervenido, y ponia silencio para que dél más no se hablase,
como si el Rey tuviese poder absoluto para ir contra los preceptos de
la ley natural, ó aprobar y suplir lo que fuese cometido contra ella,
que no es otra cosa sino quitar y poner ley natural, lo que el mismo
Dios no pudo hacer, porque no puede negar á sí mismo, como dice Sant
Pedro, pero éstos semejantes errores y otros peores, aunque no sé si
otros peores pueden ser, hacen hacer á los Reyes algunas veces los de
sus Reales Consejos, de lo cual se quejaba aquel gran rey Artaxerxes,
como parece en el capítulo final del libro de Esther. Los defectos de
aquel repartimiento fueron muchos contra razon y ley natural, como fué
aquel general de dar los hombres inocentes, libres, en tan mortífero
captiverio, y á los señores naturales de vasallos hacellos siervos
de los mismos trabajos, sin respecto ni diferencia de los demas; el
otro, vendellos ó dallos por dineros, si lo que se dijo fué verdad; lo
otro, no tener respeto alguno al provecho de los indios desmamparados,
dándolos á quien mejor los tratase, sino á quien más favor tenia ó
amistad, ó más dineros quizás daba; lo otro, porque supuesta la tupida
ceguedad que todo género de hombres por entónces tenia, y pluguiese á
Dios que hasta hoy no durara en muchos, que estimaban y estiman los
indios ser propia hacienda de los españoles, despues que una vez se los
repartian, ó porque habian, como ellos dicen, servido en los guerrear,
sojuzgar, matar y robar, lo cual toman por su muy glorioso título,
muy gran agravio Alburquerque hizo á los que, por dallos á otros,
quitaba y dejaba sin indios, y así hacíales injuria é injusticia, y era
contra ley y razon natural, en la cual, el Rey, dispensar ni suplir
los defectos no podia. Otros defectos é iniquidades puede cualquiera
discreto varon, del dicho repartimiento que Alburquerque hizo, colegir.



                           CAPÍTULO XXXVIII.


Y porque viene á propósito de lo dicho, que los Consejos de los Reyes
hacen muchas veces determinar grandes errores á los Reyes, acaeció
por este tiempo, que, como el padre Vicario de los Dominicos, fray
Pedro de Córdoba, de quien habemos hablado arriba, cuando estuvo en
Castilla informó á algunos religiosos de los daños y perdicion que
aquestas gentes padecian y habian padecido, y, entre los otros, fué
informado dél un padre llamado fray Hierónimo de Peñafiel, persona de
mucha estima y autoridad en la provincia de España, el cual fué á Roma
por los negocios de la Órden, siendo Maestro general de toda ella el
Gaetano; éste padre, como informase al dicho Gaetano de aquellas pocas
cosas que habia oido al dicho padre, fray Pedro de Córdoba, las cuales,
cierto, eran, y con verdad, pocas en cualidad ó crueldad y cantidad
ó número, porque no eran sino las desta isla, y destas el padre fray
Pedro habia oido harto pocas segun las infinitas que despues por todo
este orbe se cometieron, respondió el Gaetano: _¿Et tu dubitas Regem
tuum esse in inferno?_ Estas palabras formales me certificó á mí, que
ésto escribo, el dicho padre fray Hierónimo de Peñafiel, siendo Prior
de Sant Pablo de Valladolid el año de 517, haberle dicho el Gaetano, y
porque por aquel tiempo escribia sobre la _Secunda secundæ_ de Santo
Tomás, acordó de escribir contra esta tiranía en la cuestion 66 sobre
el art. 8.º, donde halló el propio lugar para la materia; el cual en
muy pocas palabras, con cierta distincion que de infieles hizo, dió luz
á toda la ceguedad que hasta entónces se tenia, y áun hoy, por no mirar
ó por no seguir su doctrina, que es verdadera y católica, se tiene;
y cerca de lo que dijo el Gaetano, que no habia duda estar el Rey en
el infierno, por consentir ó permitir tan inhumanas injusticias,
débese entender, tomando el Rey por su Consejo, porque si el Rey
voluntariamente, sin Consejo, mandara entrar en estas Indias de la
manera que los españoles en ellas entraron, y perpetrar en estas gentes
los males, crueldades, y daños, que en ellas hicieron, ninguna duda se
debe tener, que, segun la ley de Dios, él estaba en el infierno, si
penitencia no le valió al tiempo de su muerte; pero porque, como arriba
queda largamente dicho, el Rey mandó siempre con diligencia juntar
Consejo una y muchas veces sobre ello, y estaba aparejado para seguir é
mandar poner en ejecucion lo que determinase su Consejo, si algunos en
el infierno por esta causa están, no es, cierto, el Rey, sino es los de
su Consejo, porque no les era lícito ignorar el derecho pues era de su
oficio, mayormente el natural, y para declararlo el Rey los honraba y
remuneraba haciéndolos de su Consejo, como arriba tambien se ha dicho;
y si las diligencias que el Rey hizo el Gaetano supiera, no dudo yo
sino que al Rey excusara y condenara á los de su Consejo. Tornando á
los repartidores, despues de ido Alburquerque á Castilla, envió el Rey
á un licenciado Ibarra, á tomar residencia al Alcalde mayor, Marcos de
Aguilar, y á los otros sus oficiales del Almirante, que luégo murió,
como en el cap. 53 del libro II se dijo, y éste creo que trujo poder
de dar y quitar indios, el cual muerto, envió el Rey al licenciado
Cristóbal Lebron, y éste trujo el mismo cargo de tomar la dicha
residencia y de los indios, pero no removió indios algunos de quien los
tenia, mas de, cuando vacaban, repartíalos ó encomendábalos á quien
se los pedia ó él darlos queria. Despues de estos repartidores, como
los indios cada dia se disminuian y no eran ya cuasi en nada tenidos,
lo uno por ser pocos, y lo otro por estar tan flacos, desventurados,
que ya no eran sino de poco ó ningun servicio, tuvo cargo de darlos un
fraile de Sant Francisco, llamado fray Pedro Mexía, que era Provincial
ó Prelado guardian del monasterio de Sant Francisco, y de la ciudad
de Sancto Domingo; dije que tuvo cargo de dallos, y lo mismo los
repartidores ántes dél, pero no curó, como ni curaron los otros, más
del bien y vida de los indios, y mucho ménos de su doctrina para que
conociesen á Cristo, que si fueran unos animalitos, y así, murió el
dicho padre fray Pedro Mexía en su ignorancia cerca de ésto, como los
predecesores suyos en aquel oficio muerto habian.



                            CAPÍTULO XXXIX.


Dejamos en el estado que está dicho esta isla y las demas, suponiendo
siempre que en todas cuatro perecian cada dia, en las minas y en los
otros trabajos, los indios, sin haber más cuidado un dia que otro de su
salud espiritual, como tampoco lo habia de sus vidas. Item, que, como
cada dia creciese la granjería de las perlas, se hacian de continuo
grandes escándalos é insultos por los nuestros en aquella costa de
tierra firme; lo mismo que, como los indios yucayos eran grandes
nadadores, acordaron, los que los tenian en esta isla y los que podian,
ir á saltear el rebusco que dellos habia quedado en sus islas, ó de
otra cualquiera manera, comprados ó trocados, ó vendidos, que podian
habellos, enviallos á la dicha isleta de Cubagua á que sacasen perlas,
donde todos se consumian y donde fué su final acabamiento, segun que
arriba, en el libro II y en éste, queda dicho. Esto así supuesto,
volvamos á contar las cosas que acaescieron por estos años de 12, 13
y 14, en aquella parte de tierra firme donde quedaron poblados los
españoles que habian escapado de las armadas de Alonso de Hojeda y
Diego de Nicuesa, que fueron los primeros Capitanes que pidieron al Rey
ser Gobernadores en tierra firme, que tan desastrado fin tuvieron, y
los demas que llevó consigo el bachiller Anciso y un Colmenares, segun
en los postreros capítulos del libro II queda escrito; en cuyo cap.
64 referimos como el bachiller Anciso, que habia ido con un navío é
cierta gente de esta isla Española, en favor y socorro del Gobernador
Alonso de Hojeda, pobló el pueblo del Darien y lo intituló Sancta María
del Antigua, por cierto voto que habia prometido. Refirióse más, como
los españoles que allí estaban le quitaron la obediencia, y eligieron
Alcaldes y Regidores de entre sí mismos, y los Alcaldes fueron, Vasco
Nuñez de Balboa, natural de Badajoz, y á un Juan de Çamudio, vizcaino.
Estos, con todo el pueblo, echaron de la tierra á Diego de Nicuesa, y
fueron causa que infelicemente feneciese, puesto que Vasco Nuñez á la
postre remediallo quisiera, como en el capítulo final de aquel libro se
dijo, el cual, despues de Nicuesa ido, como era de buen entendimiento,
y mañoso, y animoso, y de muy linda dispusicion, y hermoso de gesto y
presencia, y tambien por haber acertado en la tierra que habia dicho,
cuando en el navío de Anciso se perdieron, como en el cap. 63 de aquel
libro referimos, cobró mucha estima y autoridad y muchos amigos en
aquella compañía; confiado de todos adminículos, viéndose con vara
de justicia, (y Dios sabe, y áun los hombres lo podrian juzgar, la
jurisdiccion que tenia, que ninguna era, como allí se dijo), presumió,
segun se dijo, de perseguir al bachiller Anciso que lo habia llevado
en su navío, y vengarse de ciertas palabras que le dijo cuando por
la mar venian, desque supo Anciso que habia entrado escondido en una
pipa de harina. Para lo cual hizo proceso contra Anciso, oponiéndole
que habia usurpado y usado jurisdiccion que no tenia, haciéndose
Alcalde mayor, como no tuviese poder del Rey, sino de Hojeda, que ya
era muerto, etc.; echóle prisiones en la cárcel pública, secrestóle y
confiscóle los bienes, y al cabo, por ruegos de algunos, soltóle dellas
con apercibimiento y penas que en el primer navío que viniese se fuese
á Castilla, ó á esta isla, lo que Anciso más que otra cosa queria.
Acordaron todo el pueblo que se enviasen procuradores á esta isla,
al Almirante y á los jueces, pidiéndoles socorro de mantenimientos
y gente, temiendo la hambre que cada dia se les ofrecia, por tener
turbada y levantada, por sus obras malas, toda la tierra; lo mismo, que
fuese quien hiciese relacion al Rey, pasando á Castilla. Y considerando
Vasco Nuñez que las vejaciones que se habian hecho á Diego de Nicuesa,
y lo mismo las de Anciso, se pagarian algun dia, y tambien quizá por
se quedar sólo en el mandar y señor de toda aquella tierra, tuvo sus
maneras de persuadir á su compañero, el alcalde Çamudio que tuviese
por bien de ir á Castilla, á llevar las nuevas del gran servicio que
allí habian hecho al Rey en tener hecho aquel pueblo, y tomada posesion
de aquella tierra firme por Su Alteza, (puesto que no la tomó él sino
Anciso), y lo que cada dia le esperaban servir, porque estaban en
la más rica tierra del mundo, de donde á Su Alteza grandes tesoros
vernian. Trabajó tambien que se enviase á esta isla Valdivia, uno de
los Regidores y muy amigo suyo, porque lo habian sido ambos, siendo
vecinos, de la villa de Salvatierra de la Çabana, que estaba en el cabo
de esta isla, en la punta ó cabo del Tiburon, donde yo á ambos conocí,
para hacer saber al almirante D. Diego Colon, que la gobernaba, y al
tesorero Pasamonte, que tenia grande autoridad, como algunas veces he
dicho, el estado y servicio del Rey en que quedaban, y en tierra muy
rica, que les enviasen gente, armas y comida, para lo cual envió buena
cantidad de oro, y secretamente al tesorero Pasamonte un buen presente
dello, segun se dijo. Embarcáronse, pues, en una chica carabela, el
Çamudio y Valdivia y el bachiller Anciso, dando Vasco Nuñez al Valdivia
el proceso que habia hecho contra el dicho Anciso. Todavía, estando ya
embarcado Anciso, ántes que se hiciesen á la vela, fueron ciertos de
aquellos vecinos, por ventura movidos por el Vasco Nuñez, á rogalle que
saliese en tierra, y no se fuese, que ellos se ofrecian de intervenir
para que fuesen amigos él y Vasco Nuñez, y que lo dejaria usar el
oficio de Alguacil mayor, como pretendia, y lo demas que le pudieron
ofrecer, pero él nunca quiso. Los cuales, Çamudio, y Valdivia, y
Anciso, llegaron á Cuba, y rescibieron las buenas obras de los indios
vecinos della, como en el cap. 24 referimos; desde allí pasaron todos
tres á esta isla, donde se quedó Valdivia, y los otros dos pasaron á
Castilla. En este tiempo venian algunos indios por espías, para ver si
los cristianos, de quien tanto mal cada dia recibian y temian recibir,
se iban, ó qué acordaban hacer, y esta venida coloraban con traer maíz
y cosas de comer, porque les diesen cuentas, y cuchillejos y cosillas
de Castilla; y, porque se fuesen, decíanles que en la provincia de
Cueba, que distaba 30 leguas, habia mucho oro y mucha comida. Acordó
Vasco Nuñez enviar á Francisco Pizarro, con seis hombres, para que
fuese á descubrir por allí la tierra; salidos por el rio arriba, tres
leguas, salieron 400 indios con su señor Cemaco, escarmentados de la
guerra que les habia hecho Anciso, cuando Vasco Nuñez dió el aviso de
hallar aquel rio y pueblo de aquel señor, como en el cap. 63 dijimos, y
dan en Francisco Pizarro y en sus seis compañeros, con muchas flechas
y piedras, de manera que á todos descalabraron y hirieron. Mas como
las flechas no tenian hierba, porque por allí no hacian ó no sabian
hacella, no les hicieron mucho daño; los españoles arremeten contra los
400, y desbarrigan con las espadas, dellos, 150, sin muchos otros que
hirieron. Viéndose los indios tan maltratados de los siete, volvieron
las espaldas, que es siempre su más seguro y postrero remedio, como
gente desnuda en cueros. Dejáronse uno de los seis, llamado Francisco
Herran, y los demas todos muy heridos volviéronse á su pueblo; desque
Vasco Nuñez los vido, rescibió pesar grandísimo, y mayor desque le
dijeron que Francisco Herran aún quedaba vivo, y, en pena de lo haber
dejado, mando á Francisco Pizarro, no embargante que venia mal herido,
que tornase por él con cierta gente, y así lo trujo; no supe si murió
de aquellas heridas. Salió luégo Vasco Nuñez con cien hombres al campo,
y anduvo ciertas leguas hácia la provincia de Cueba, cuyo Rey tenia por
nombre Careta, donde tenian nueva que habia mucho de aquel cebo del oro
que todos pretendian, y no halló persona que le resistiese, ni viese,
de paz ni de guerra; no porque no supiesen que salia, porque en tener
espías no se descuidan los indios, sino por el miedo que á Vasco Nuñez
ya tenian, porque no eran como quiera los estragos que en los indios,
cuando en ellos daba, hacia. Tornóse desde á pocos dias al pueblo del
Darien, y dijeron algunos que traia propósito de, si hobiese Nicuesa
vuelto, dalle la gobernacion y sometérsele, y debia de platicarlo así,
por reguardo de cumplimiento si acaso volviese, porque su entendimiento
á ésto y á más que ésto se estendia. Llegado al Darien, visto que
Nicuesa no volvia, tuvo color de enviar por los españoles pocos que
de Nicuesa estaban en el Nombre de Dios, con dos bergantines, los
cuales, viniendo por la costa arriba, y llegando á un puerto de la
tierra del Cacique y señor de Cueba, llamado Careta, salieron á ellos
dos españoles, desnudos, en cueros, pintados de colorado, que es la
color de la que en esta isla llamaban lixa. Estos dos, con otro, que
fueron tres, habia año y medio que se habian salido huyendo del navío
de Nicuesa, cuando pasaba en busca de la provincia de Veragua, por
temor de la pena que Nicuesa quisiera dallos por alguna culpa en que
debieran de haber incurrido, los cuales se fueron á poner en manos
del cacique Careta, que pudiera hacerlos pedazos, segun las obras via
ya que los españoles por aquellas provincias hacian, pero no lo hizo,
ántes los rescibió como si fueran sus deudos, y los trató siempre
como á sus hijos. Y, porque los que andan los pasos que andaban todos
éstos, no pueden dejar de ofender á Dios, y á otros, y á si mismos en
todas maneras, estando en poder y á peligro de quien pudiera justamente
destruillos, no siendo más de tres, aún no les faltaban soberbia y
rencillas, no pudiendo sufrirse; y así, habiendo palabras los dos,
un dia, echaron mano de las espadas, y el uno, que se llamaba Juan
Alonso, dejó al otro mal herido. Viendo ésto el Cacique, señor de la
tierra, llamado Careta, hízolo su Capitan en la guerra, como á hombre
más valiente, contra ciertos enemigos que tenia, sin el consejo y
parecer del cual ninguna cosa hacia; del tercero no supe qué se hubiere
hecho, debió de morirse. Desque vieron los de los bergantines y gente
de Nicuesa, los dos de su compañía, que eran vivos, fué grandísimo
el gozo que con ellos rescibieron; á los cuales, platicando en las
cosas de la tierra, dijeron ser de oro muy rica, certificándoles que,
si Vasco Nuñez viniese con gente sobre ella, serian todos ricos, y
para ésto el Juan Alonso se ofreció que él daria el Cacique, y que
ya era señor suyo, en las manos preso. Esto debia él hacer para le
pagar el caritativo y humanísimo rescibimiento y tractamiento que el
cacique Careta les hizo, pudiéndoles dar meritísimamente la muerte,
y por cumplir con la fidelidad que por ley y razon natural á Careta,
Rey y señor ya suyo, debia. Finalmente, acordaron que, para efectuar
todos sus deseos, era bien que se fuese con ellos el uno para informar
largo de las cosas de la provincia, que, como dijimos, se llamaba
Cueba, á Vasco Nuñez, y el Juan Alonso se quedase para cuando fuese
menester hacer la presa. Júzguese aquí si éstos dos, ó á lo ménos el
Juan Alonso, era traidor á su señor, á quien, al ménos tácitamente,
habia prometido fidelidad, pues lo habia hecho su Capitan y tomado por
consejero; item, si eran ambos, en suma ingratitud, desagradecidos, y
los que tales ofertas les admitian, iniquísimos: pero como estas obras
han sido las que los indios de nosotros han rescibido.



                             CAPÍTULO XL.


Llegados los bergantines al Darien, hobo Vasco Nuñez grande alegría
con ellos, mayormente viendo al compañero de Juan Alonso, y sabidas
las nuevas que traian de la riqueza de la tierra, y del aparejo que,
para prender al rey Careta, el Juan Alonso, que allá quedaba, ofrecia;
informóse muy en particular de la disposicion de la tierra y de la
gente della, y de todo lo que á su propósito y deseos pertenecia, de
aquel compañero de Juan Alonso, y tornando á enviar los bergantines,
para del todo acabar de traer la gente de Nicuesa del Nombre de Dios,
porque de aquella vez ó viaje no habian en ellos cabido, aparejóse
muy de propósito para, en siendo venidos, ir á infestar, turbar, y
angustiar, y robar al cacique Careta, que nunca le habia ofendido;
los cuales, finalmente, vinieron, y tomó 130 hombres, los más sanos
y dispuestos, en demanda del rey Careta, señor de la provincia de
Cueba; creo que debia estar del Darien hasta 30 leguas. Llegado
Vasco Nuñez con sus 130 apóstoles á la tierra y pueblo, y casa del
Cacique y señor Careta, donde le esperaba Juan Alonso, y creyendo el
Cacique, que teniendo á Juan Alonso por su criado, y en su casa, y
habiéndole hecho las obras de suso dichas, estaba seguro de rescibir
de cristianos agravios ó daños, no quiso huir ó resistille, sino
esperalle y rescibille en su casa; Vasco Nuñez, empero, no como quien
venia á tierra y señorío ageno, ni á casa de señor y debajo de cuya
jurisdiccion, segun ley natural estaba, y á quien hacer reverencia por
la misma ley é razon natural era obligado, sino como si viniera á su
propia casa y á tomar cuenta á su criado y esclavo, con rostro feroz
y mandando dice al Cacique que haga aparejar comida y bastimentos
para los cristianos, conviene á saber, para llevar al Darien, y para
los que allí venian; responde Careta, que las veces que por su casa
cristianos habian pasado, les habia mandado dar de los bastimentos que
tenia liberalmente, y que al presente no tenia que dalles, mayormente
que, por tener como tenia guerra con otro señor, su vecino, llamado
Ponca, su gente no habia tenido lugar de sembrar, y así estaba gastado,
y padecia su casa y tierra necesidad. Dada esta respuesta, dice Juan
Alonso á Vasco Nuñez, que finja quererse luégo tornar con su gente al
Darien y vuelva aquella noche á dar en ellos desque estén durmiendo,
descuidados, y que él trabajará de mirar por el Cacique para que
de sus manos y prision no se escapase. Hízolo así Vasco Nuñez, y
tórnase con su gente por el camino donde habia venido, del Darien,
muy disimulado; el triste Cacique y su gente, siempre confiando estar
seguro por la fidelidad que estimaba tenerle y deberle Juan Alonso,
y por consiguiente todos los españoles, por las obras buenas dél
rescibidas, en especial teniéndolo en su servicio y casa, creyó ser
verdad y sin engaño la maldad que se le coloraba, por lo cual, no
sospechando mal alguno, echóse á dormir como de ántes, descuidado.
Vuelve á media noche Vasco Nuñez con los suyos, y dá en el pueblo por
tres partes, dando grita, llamando á Santiago que en tan buena obra
les ayudase; cuando la gente con su señor á huir acordaron, estaban ya
muchos dellos desjarretados y otros desbarrigados con las espadas; el
traidor de Juan Alonso, tuvo tino de mirar por el Cacique, y échale
mano abrazándose con él y llamando que viniesen á le ayudar, porque
allí estaba, acudieron á las voces aquellos bienaventurados, y hállanle
con el Cacique abrazado. Por esta órden fué preso Careta, en premio de
las buenas obras que habia hecho á los cristianos; prendieron tambien
dos mujeres suyas, y hijos, y otras muchas personas, y mandólos á todos
llevar al Darien, robado todo lo que pudieron hallar en su pueblo y
casa, y por esta manera cargó los bergantines de bastimento, y tórnase
al Darien esta grande hazaña hecha. Bien es aquí de considerar,
cuán casi semejante fué aquesta traicion de Juan Alonso, cometida
contra este cacique Careta, su señor, cuyo oficio de Capitan habia
usado, y viviendo en su casa, y de quien se fiaba y á quien tanto
agradescimiento él debia por no lo matar, como pudiera, de la de
Judas, ó al ménos, traicion y maldad fué con muchas circunstancias
muy calificada; deste caso abominable, y salida del Darien para robar
é inquietar aquellas gentes, hace mencion en su segunda Década, cap.
3.º, Pedro Mártir, en mucha parte, y la traicion de Juan Alonso, de la
manera que está certificada, escribió Tobilla en su Historia, que llamó
Barbárica; Pedro Mártir, dice así: _Duce Vascho Nuñez circiter centum
triginta viri conveniunt; Vascus aciem suam more gladiatorio instruit.
Folle tumidior præstites subtitesque sibi ac tergi ductores ad libitum
eligit: Comitem et collegam ducit secum Colmenarem. Exit rapturus a
finitimis regulis quicquid fiet obvium, regionem per id littus nomine
Coibam, de qua mentionem alias fecimus, adit. Caretam, ejus regulum, a
quo nihil unquam adversi passi fuerant, transeuntes appellat, imperiose
trucique vultu petit præberi advenientibus cibaria. Careta, regulus,
posse illis quicquam inpartiri negat, se transeuntibus christianis
succurrisse sepe numero unde penu habeat exaustum arguit, ex dissidiis
præterea et simultatibus quas exercuit ab ineunte sua ætate cum
finitimo regulo, qui Poncha dicitur, laborare domum suam rerum penuria.
Nihil horum admittit Vascus gladiator miserum Caretam; spoliato ejus
vico, vinctum jubet duci ad Darienem cum duabus uxoribus et filiis
universaque familia. Apud Caretam regulum repererunt tres ex socijs
Nicuescæ, qui, Nicuesa pretereunte, judicium ex malefactis timentes,
aufugerant e navibus in anchoris stantibus, classe vero abeunte Careiæ
regulo se crediderunt; Careta hos tractavit amicissime. Agebatur
jam mensis duodevigessimus, propterea et nudos reperere penitus uti
reliquos incolas, et saginatos uti capones manu fæminea domi depastos,
in ob caro obsonia dapesque regias fuisse sibi illo tempore incolarum
cibaria visa sunt. Ex Caretæ vico ad presentem famem propulsamdam,
non autem ad necessitatem penitus tollendam, cibaria detulerunt ad
socios in Dariene relictos_, etc. Esto es lo que dice Pedro Mártir;
de la traicion de Juan Alonso no dice nada, porque tenia vergüenza
y confusion, el que aquesta salida de Vasco Nuñez y obra refirió,
declarársela, pero pónela Tobilla donde arriba fué declarado. Con la
comida y despojos que á Careta y su pueblo robó Vasco Nuñez, vuelto
al Darien, Careta debia de sentir mucho su captiverio y destierro de
su casa, y tierra, mujeres, y familia; rogóle que no le hiciese tanto
mal, pues no se lo habia merecido, y que él le prometia de hacer
cuanto pudiese por dalle bastimento para los cristianos, y siempre ser
su amigo, en señal de lo cual le daba una de sus hijas por mujer, la
cual era muy hermosa, y que para que su gente tuviese lugar de hacer
labranzas y sementeras para le proveer, que le ayudase contra el señor
y cacique Ponca, que era su enemigo. Aceptó Vasco Nuñez la dádiva y las
promesas, y holgóse mucho con la hija, la cual tuvo por manceba, puesto
que Careta no entendió dársela sino por mujer, como se acostumbraba
entre ellos. Esta quiso y amó Vasco Nuñez mucho, y fué parte de causa
por donde al cabo se le rodeó al triste, como parecerá, la muerte; sin
culpa, empero, del padre Careta y della, sino por los grandes pecados y
tiranías dél que habia el juicio de Dios comprendelle algun dia. Esta
confederacion y amistad de este modo así asentada, suelta Vasco Nuñez á
Careta, y promete que, desde á ciertos dias, será con él; puesto que no
soy cierto si Vasco Nuñez quiso que fuese delante Careta, ó si fueron
juntos, mas que ambos cumplieron sus promesas.



                             CAPÍTULO XLI.


Llegado, pues, Vasco Nuñez con 80 hombres á la casa y pueblo de Careta,
primero, porque fué tiempo de sementeras, mandó á su gente Careta,
que sembrasen para los cristianos mucha tierra, ésto hecho, aparejan
para ir á destruir al Cacique y rey Ponca. Ponca, no descuidado,
sintiendo que los cristianos iban en favor de Careta, no le osó
esperar y acogióse al último refugio que siempre tuvieron y tienen los
indios para se guarecer de los cristianos, que es huir á los montes y
esconderse por las breñas; y, si pudiesen, se meterian en las entrañas
de la tierra. Van juntos con sus gentes Vasco Nuñez y Careta contra
Ponca, y, como no lo hallaron ni á gente suya, destruyéronle toda
la tierra, tomándole todos los bastimentos que pudieron, y el oro
que hallaron en joyas escondidas, y lo demas abrasado dejaron, como
siempre los españoles, donde quiera que llegan, suelen hacer. Bien será
considerar aquí, con qué justicia y con qué conciencia pudo Vasco Nuñez
y los españoles favorecer y ayudar á Careta, haciendo guerra contra
Ponca, ni se confederar con él ni con otro en perjuicio de algunos
de los de la tierra, sin saber y averiguar la justicia ó injusticia
dello; y si Ponca tenia justa guerra contra Careta, ¿qué responderia
Vasco Nuñez, cuando al tiempo de su muerte Dios en su juicio le
pidiese, de haber auyentado y perseguido á Ponca y á sus súbditos, y
hécholes tantos robos y daños, cuenta? Pero, cierto, destas semejantes
consideraciones y prevision ó recatamiento para no ofender á Dios y
dañificar estas gentes, pocas, por nuestros españoles, en estas Indias
se han hecho. Dejada la tierra de Ponca, como dicho es, destruida,
determinó Vasco Nuñez dejar de infestar los Caciques y pueblos de la
tierra dentro, para despues hacello con mejor sazon y más gente, y
vuélvese á los de la costa ó ribera de la mar; y el más vecino de
Careta era un gran señor de la provincia llamada Comogra, y el Rey,
que tenia Comogre por nombre, tenia su asiento al pié de una muy alta
sierra en un llano ó campiña muy graciosa de 12 leguas. Un deudo del
cacique Careta, y principal señor en aquella tierra y casa, que á los
tales llamaban en aquella lengua Jurá, la última sílaba aguda, éste
fué medianero que atrajo en amor y amistad de los cristianos á aquel
señor llamado Comogre, y así el Comogre los deseaba ver y cognoscer y
tener su amistad. Tenia el Comogre siete hijos de diversas mujeres, muy
gentiles hombres, mancebos de mucha cordura y discrecion, mayormente
el mayor, dicen que, era dotado de mucha prudencia y más virtuoso;
sabiendo que venian los españoles, salió á rescibirlos con sus hijos
y principales y toda su gente, con quien hobo grande alegría en
vellos, porque los deseaba mucho ver, y hácelos aposentar á todos en
su pueblo y proveerlos de comida copiosamente, y de hombres y mujeres
que los sirviesen. Tenia sus casas reales las más señaladas y mejor
hechas que hasta entónces se habian visto en todas estas islas, y
en lo poco que se sabia de la tierra firme; la longura della era de
ciento cincuenta pasos, la anchura y hueco de ochenta, estaba fundada
sobre unos muy gruesos posteles, cercada de muro hecho de piedra,
entretejida de madera por lo alto, como zaquizamí, por tan hermosa
arte labrada, que los españoles quedaron espantados de verla, y no
sabian dar á entender su artificio y hermosura. Tenia muchas cámaras,
ó piezas y apartamientos; una, que era como despensa, estaba llena
de bastimentos de la tierra, de pan y carne de venados y puerco, y
pescado y otras muchas cosas comestibles; otra gran pieza, como bodega,
llena de vasos de barro con diversos vinos blanco y tinto, hecho de
maíz y raíces de frutas, y de cierta especie de palmas, y de otras
cosas, los cuales vinos loaban los nuestros cuando los bebian. Habia
una gran sala ó pieza muy secreta, con muchos cuerpos secos de hombres
muertos, del cumbre colgados, con unos cordones hechos de algodon,
vestidos ó cubiertos con mantas ricas de lo mismo, todas entretejidas
con ciertas joyas de oro y algunas perlas y otras piedras que ellos
tenian por preciosas. Estos eran los cuerpos de sus padres y abuelos y
visabuelos, y, finalmente, sus pasados deudos, á quien tenia Comogre en
suma reverencia, y, por ventura, los tenian por dioses. Cómo aquellos
cuerpos los secasen para los hacer sin corrupcion perpétuos, en nuestra
Historia Apologética muy en particular lo declaramos, hablando del
cuidado y ceremonias con que sepultaban sus difuntos estas gentes, que
de su buen juicio de razon no fué chico argumento. Rescibiendo, pues,
el rey Comogre á los españoles con la mucha humanidad y alegría que
está dicha, luégo, como si fueran sus muy caros hermanos y vecinos
antiguos, amicísimos, los metió en su casa y les mostró todas las
piezas y particularidades della, hasta el secreto lugar ó sala donde
tenia sus muertos, que debia tener por oráculo ó por templo; el hijo
mayor de los siete, que dijimos ser mancebo prudente, dijo allí, «digna
cosa es que regocijemos á estos hombres extranjeros, y los hagamos
todo buen tratamiento, porque no tengan causa de hacer en nosotros y
en nuestra casa lo que en nuestros vecinos han hecho.» Mostrada la
casa y las cosas della, manda traer Comogre ciertas piezas de oro, muy
ricas en la hechura y en la fineza, que pesarian 4.000 pesos, y 70
esclavos, y dáselo á Vasco Nuñez y á Colmenares, conociendo ser los
principales, por señal de amistad y por presente; este oro rescibido,
apartaron luégo para el Rey, dello, el quinto, lo demas entre sí lo
repartieron. Al tiempo que lo repartian comenzaron á reñir entre sí,
dando grandes voces, sobre, quizá, quién llevaria las mejores y más
bien hechas piezas; visto por el hijo mayor del rey Comogre, arremete á
las balanzas del peso con que lo pesaban, dándoles con el puño cerrado
recio, y echa mano del oro, y despárcelo arrojándolo por aquel suelo,
y dice así: «¿Qué es ésto, cristianos? ¿por tan poca cosa reñís? si
tanta gana teneis de oro que por haberlo inquietais y fatigais por
estas tierras las pacíficas gentes, y con tantos trabajos vuestros,
os desterrasteis de vuestras tierras, yo os mostraré provincia donde
podais complir vuestro deseo, pero es menester para ésto que seais
más en número de los que sois, porque habeis de tener pendencia con
grandes Reyes, que con mucho esfuerzo y rigor defienden sus tierras, y
entre aquellos habeis de topar, primero con el rey Tubanamá (la última
aguda), que abunda deste oro que teneis por riquezas, y dista desta
nuestra tierra, de andadura, obra de seis soles,» (que son seis dias),
y señalaba entónces hácia la mar del Sur, que es al Mediodia, con el
dedo, la cual decia que verian pasando ciertas sierras, donde navegaban
otras gentes con navíos ó barcos poco ménos que los nuestros, con velas
y remos; pasado aquel mar, eso mismo añidia, que hallarian de oro gran
riqueza, y que tenian grandes vasos de oro en que comian y bebian,
y porque habia entendido de los nuestros que habia gran cantidad de
hierro en España, de que se hacian las espadas, significaba haber más
oro que hierro en Vizcaya, de lo cual, parece que tenian estas gentes
de aquella parte de tierra firme, hácia el Darien, y éstos que estaban
la costa abajo 30 leguas, mucha noticia de las gentes y riqueza del
Perú, y de las balsas en que navegaban con remos y con velas. Y éste
fué el primer indicio que se comenzó á manifestar y á tener de aquella
grande tierra; y porque tenian nuevas de la grandeza de aquellos reinos
y del mucho poder de los Reyes dellos, añidió aquel prudente mancebo,
que habian menester ser los cristianos 1.000 para ir á acometellos;
ofrecióse tambien el mozo á ir con los españoles, y á ayudalles con la
gente de su padre. Eran intérpretes desta plática los dos españoles que
se habian huido de Nicuesa y vivido con el cacique Careta. Oidas por
Vasco Nuñez y por su compañía tales nuevas, no pecaremos si dijésemos
ó juzgásemos haber rescibido inestimable alegría, y áun quizás llorado
de placer, como suelen algunas veces los hombres que mucho desean una
cosa, si la ven ó tiene esperanza propincua de vella.



                            CAPÍTULO XLII.


Descansaron allí Vasco Nuñez y su compaña algunos dias, siempre
informándose y certificándose de que hobiese otra mar, las dichas
sierras pasadas, y, ántes y despues della, las riquezas tan grandes
que el mozo cuerdo les significaba, otra cosa sino dello no hablando;
y porque cada hora se les hacia un año, por verse ya en lo que sobre
todas las cosas deseaban, creyendo y áun esperando mucho más que se les
denunciaba, lo que es propio de cudiciosos y avaros, segun su ánsia,
despacháronse para el Darien con intencion de avisar al Almirante y á
los que esta isla gobernaban, de las nuevas que habian sabido de la
otra mar, y de los tesoros de que abundaba, y para que lo escribiesen
al Rey, porque proveyese de 1.000 hombres y de todo recaudo para la
ir á buscar. Y aquí no es de callar, sino referir, un desatino, y áun
sacrilegio, que cometieron, harto notable, semejantes al cual se han
hecho en estas Indias hartos; éste fué, que, sin más instruccion ni
doctrina de las cosas de la fe que tenian de ántes, al rey Comogre
susodicho, y á la gente que con él pudieron haber, baptizaron. Hízose y
hácese gran ofensa y pecado contra Dios dar el Sacramento del baptismo
á los infieles idólatras, puesto que muestren voluntad de querello
y amallo, sin que primero sean enseñados y examinados si con verdad
renuncian sus ritos y errores con las pompas del diablo, y que sepan
muy bien lo que resciben, y por qué, y para qué, y qué les prestará
rescibiéndolo y dándoselo; considérese qué premio rescibirán de Dios
los que fueron causa que aquel señor y sus súbditos tornasen, por
ignorancia de no ser informados, á idolatrar despues de baptizados,
porque es manifiesto, como habemos visto por larga experiencia, que
cuando á los indios se dice, sin otra informacion de la fe, sé
cristiano, ó ¿quiéres ser cristiano? no entienden sino que les dicen
que se llame como cristiano ó que sea amigo de los cristianos; pusieron
por nombre al Cacique y señor Comogre, D. Cárlos, por el amor del
Emperador, que por aquel tiempo era príncipe de España. Partiéronse,
pues, Vasco Nuñez y su gente, para el Darien, muy alegres, con
propósito de, cuan presto pudiesen, tornar en busca del mar, y áun
del mal, deseado, porque aquel descubrimiento del dicho, que tanto él
deseaba, le fué causa de su muerte, segun que parecerá claro abajo.
Llegados al Darien, hincheron todos los que allí estaban de alegría
y regocijo con las nuevas buenas de la otra mar, y de las riquezas
della de que venian llenos; acrecentó el gozo y placer de los unos y
de los otros haber venido Valdivia, despues de seis meses que de allí
habia partido para esta isla, y traido bastimentos y larga esperanza
del Almirante y de los Jueces que luégo en breve les enviarian mas
bastimentos y gente; excusáronse no haberles proveido ántes, creyendo
que la nao de Anciso habia llegado en salvo, que iba llena dellos,
pero, la verdad, aunque llegara salva tambien fuera todo comido,
porque habia ya cerca de dos años que Anciso habia desta isla partido.
Finalmente, les enviaron á decir, que dello estuviesen ciertos, que
habiendo venido navíos de Castilla, les proveerian, porque al presente
ninguno habia, y que no llevaba más bastimento Valdivia por no caber
más en aquella carabela que habian traido; y es aquí de saber, que
aqueste celo que aquestos señores que gobernaban mostraban y tenian de
proveer á aquellos, era por su provecho del Almirante, porque de allí
esperaba con el tiempo renta, y de los demas, porque las comidas y
mercaderías que les enviaban, se las vendian muy bien vendidas, y así,
todo el oro que aquellos robaban, entre los de esta isla se repartia
y consumia, y no consideraban los tristes, que aquellos asolaban
injustamente con tan grandes daños y escándalos á aquellas gentes, y
que, por les enviar las comidas, y armas, y caballos, y gentes que les
ayudasen, de todos los males y daños y pecados que cometian, y de la
obligacion de la restitucion, eran como ellos partícipes; pero éste
era uno de los efectos, principal, de la ceguedad que Dios permitió en
todos nosotros, por los pecados de Castilla. Tornando al propósito,
como lo que Valdivia trujo no fué tanto que presto no se consumiese,
despues de su venida, pocos dias, comenzaron á hambrear como solian,
y porque les queria mostrar la divina Providencia, la iniquidad y mal
estado en que vivian, inquietando, y persiguiendo, y matando aquellas
gentes que no les habian ofendido, ayudó á ponellos en mayor estrechura
y angustia de comida, que vino una tan grande tempestad de truenos
y relámpagos, y, tras ella, de agua tan grande avenida en el rio,
que todas las sementeras que dejaron sembradas con los indios, que
habian hecho injusta y tiránicamente esclavos, cuando á la provincia
de Comogra se partieron, ninguna cosa les dejó que no les ahogase ó
arrancase, que fué cosa de maravilla; púdose decir por aquellos, lo
que se dice, que en casa del tahur poco dura la alegría. Viéndose así
frustrados de sus sementeras, en que tenian toda su esperanza, por
algun tiempo, y por muchas leguas de al derredor no haber comida,
porque toda la habian comido, y destruido, y auyentado, sin los muertos
y captivos de toda aquella comarca, sus naturales vecinos, acordaron
de salir á inquietar, escandalizar, robar, y captivar, y matar los más
lejanos, y tomarles su comida, y su oro, con la justicia que á los de
arriba; la costumbre de Vasco Nuñez y compañía era dar tormentos á los
indios que prendian, para que descubriesen los pueblos de los señores
que más oro tenian, y mayor abundancia de comida; iban de noche á dar
sobre ellos á fuego y á sangre, si no estaban proveidos de espías y
sobre aviso. Juntamente deliberó Vasco Nuñez que tornase Valdivia á
esta isla, para hacer saber al Almirante y Jueces las nuevas de la otra
mar y riquezas della, que del hijo de Comogre y de los demas habian
sabido, y la grande esperanza que de ser ciertas tenian, pidiéndoles
que lo escribiesen al Rey porque enviase 1.000 hombres para proseguir
aquel camino, segun que Comogre habia pedido. Escribió Vasco Nuñez al
Almirante que habia ahorcado 30 Caciques, y habia de ahorcar cuantos
prendiese, alegando que porque eran pocos no tenian otro remedio hasta
que les enviase mucho socorro de gente, y para lo persuadir con mayor
eficacia, añidió Vasco Nuñez, que mirase su señoría, cuánto servicio
de su estado allí rescibian Dios y Sus Altezas. ¡Oh tiranos, cuánta es
vuestra ceguedad y malicia! Enviaron con el dicho Valdivia 300 marcos
de oro, que son 15.000 castellanos ó pesos de oro, para que enviasen al
Rey los oficiales de esta isla, que le habian cabido de su quinto; por
manera que habian los infelices salteadores robado 75.000 pesos de oro,
de los cuales, sacados 15.000, que fué el quinto, quedaron con ellos
los 60.000; destos dió cada uno á Valdivia lo que le pareció, para que
enviase á Castilla á los parientes que tenian. Pero atajó Dios los
pasos á Valdivia, y á los demas dió á entender, si de entenderlo ellos
fueran dignos, las obras que hacian ser de todo fuego eterno dignas,
porque embarcado Valdivia en la misma carabela en que habia venido é
ido, se hundió con su oro y con sus nuevas en unos bajos ó peñas que
están cerca ó junto á la isla de Jamáica, que se llaman las Víboras.



                            CAPÍTULO XLIII.


Despachado Valdivia, determina Vasco Nuñez de entrar la tierra dentro
á buscar oro y comida, con el daño y escándalo de las gentes naturales
de la tierra, como queda dicho; y porque trayendo la vida que traian
no les habian de faltar, por permision de Dios, ocasiones para padecer
trabajos infernales como padecian, porque sus obras eran tales, que
no uno, sino ambos infiernos merecian, no faltaron indios de los
que consigo traian que con verdad ó con mentira, viendo su ansia de
haber oro, les certificasen que un Cacique y señor de cierto pueblo ó
provincia, llamado Dabayba, tenia un templo de un Dios suyo, lleno de
oro, que de muchos años atras él y toda su gente le habian ofrecido y
cada dia ofrecian; determinan pues de ir en dos bergantines y canoas,
con gran devocion, en busca de aquel Dios de Dabayba, ó por mejor
decir del oro á quien ellos sacrificaban su infelice vida, y Vasco
Nuñez con 160 hombres sale, y Colmenares con él, al cual mandó que
con la tercia parte dellos subiese por el rio Grande arriba. Este rio
Grande es mayor dos veces que el del Darien, y dista de aquel nueve
leguas, á lo que creo, hácia la parte del Oriente; Vasco Nuñez sigue
por otro camino, por ribera de otro rio arriba, segun le decian las
guías que podia llegar á la tierra de Dabayba, pero porque el Cacique
y señor del Darien, Cemaco, que Anciso y Vasco Nuñez y los demas
habian desbaratado, y hecho dejar su tierra por huir dellos, como en
el cap. 63, del libro II, fué declarado, se hobiese ido y escondido
en la tierra de Dabayba, y le hobiese informado de la vida ejemplar y
obras de aquellos que llamaban cristianos, y tuviese siempre Dabayba
sus espías, sintiendo que venia, toda la tierra, Dabayba y sus gentes
naturales, desampararon. Vasco Nuñez y los suyos, andando por ella
estirpando y robando todo lo que hallaban, entre otras cosas hallaron
muchas redes, no de pescar peces, sino de cazar animales, éstos eran
venados y principalmente puercos, de aquella tierra naturales, que
tienen el ombligo en el espinazo y por allí orinan, y otros animales
menores que los puercos, cuya cabeza dicen que pesa tanto como todo lo
demas, los cuales no tienen hiel alguna; por causa de aquellas redes,
creyendo Vasco Nuñez ser redes para pescar, puso nombre al dicho rio,
el rio de las Redes. Tomaron allí dos canoas grandes y otras muchas
menores, hallaron en las casas, que habian sus moradores por huir
dejado vacías, cien arcos y muchos haces de flechas; en joyas y piezas
de oro 7.000 castellanos. Con estos 7.000 castellanos, y con alguna
comida que hallaron, salióse muy alegre Vasco Nuñez del rio á la mar;
la mar, digo, que se contiene dentro del golfo de Urabá, porque allí
entran y desaguan aquellos dos grandes rios. Quiso Dios luégo mostrar
la justicia con que aquellos 7.000 pesos de oro se habian adquirido,
para testimonio de lo cual, así como en la mar entraron levántase una
tempestad tan terrible, que todos pensaron ser ahogados, pero dispensó
la divina Providencia con él, que no quiso que pereciesen más de los
que iban dentro de las canoas donde llevaban los 7.000 castellanos,
y así, ni el oro ni los hombres aparecieron más. De donde el alegría
que del robo Vasco Nuñez habia cobrado, se le convirtió en grande
tristeza y llanto. Tornando Vasco Nuñez á entrar por el rio Grande
arriba, llegó en en una tierra cuyo Rey ó señor se nombraba Jurví,
la i letra luenga, donde halló á Colmenares, y allí se proveyeron de
alguna comida. Determina Vasco Nuñez que vayan juntos, y yendo por el
rio Grande arriba, 12 leguas de allí, toparon una isla en el mismo
rio, que llamaron de la Cañafistola, porque abundaba de cañafistola
verdadera, pero silvestre. Aquí comenzaron todos á dar en ella, y ella
dió en ellos de manera que todos pensaron en breve morir, desatadas
las tripas, tanta fué la que comieron. Viéndose libres deste peligro,
tornando á su camino, á la mano derecha de la isla, vieron entrar
en el rio Grande otro rio que traia el agua muy negra, no supieron
de qué, por lo cual, le nombraron el rio Negro. Siguiendo por él,
á cinco ó seis leguas de la boca del rio, entraron en los términos
de un señor Abenamachéi, en la penúltima el acento. Vieron luégo un
pueblo de obra de quinientas casas, apartadas una de otra; como los
vecinos dellas vieron los españoles, pusiéronse todos en huida, los
nuestros corrieron tras ellos, y viendo que los iban alcanzando, y, por
ventura, con las espadas hiriendo, dan la vuelta como perros rabiosos,
con sus armas contra los nuestros, como aquellos que sin ofendernos
eran infestados y echados de sus casas, perdidos sus mujeres y hijos;
sus armas, eran unas macanas ó espadas de palma, y unas varas largas
con sus puntas tostadas. ¡Mirad que armas para contra las espadas
nuestras, que cortan por medio un indio, desnudo, en cueros, como
todos andaban, y contra las lanzas, y ballestas, y escopetas algunas,
como algunas veces los nuestros tenian! Arcos, ni flechas, ni hierbas
venenosas, no las usaban por aquella tierra, y así, segun las armas
ofensivas y las defensivas, que eran sus desnudos cuerpos, no pudiendo
sufrir los tristes la matanza que en ellos los españoles hacian,
presto comenzaron á huir. Siguen los nuestros el alcance, matando y
despedazando cuantos podian, y haciendo muchos captivos; entre ellos,
prendieron al Rey ó señor Abenamachéi, é otros hombres principales con
él; preso el señor Abenamachéi, llega uno de aquellos perdidos á quien
el Cacique, peleando, habia herido, y dále una cuchillada que le cortó
el brazo á cercen; á Vasco Nuñez dijeron, que le habia pesado dello,
pero poco aprovechó su pesar al triste herido tan injustamente. Dejó
allí Vasco Nuñez á Colmenares, con la mitad de la gente, para guarda
de la tierra, y él váse en las canoas por el rio arriba, y entra por
otro rio que desaguaba en aquel, obra de 20 leguas de la isla de la
Cañafistola, y cerca de la boca del dicho rio hallan el señorío del
Cacique, llamado Abibeyba, que por ser la region lagunosa y que cubrian
las aguas la tierra, tenian sus casas, donde moraban, sobre árboles
grandísimos y altísimos, nueva y nunca oida vivienda; sobre aquellos
árboles hacian sus casas y aposentos de madera, tan fuertes, y con
tantos complimientos, cámaras y retretes, donde vivian padres, mujeres
y hijos, y su parentela, como si las hicieran en el suelo sobre fija
tierra. Tenian sus escaleras, y dos comunmente, una que llegaba al
medio del árbol, y la otra del medio hasta la puerta, estas escaleras
eran de sóla una caña hechas, partida por medio, porque las cañas son
por allí más que el gordor de un hombre gruesas, y eran levadizas que
las levantaban de noche, y cada y cuando que querian y estaban seguros
de hombres, y bestias y tigres, que hay por allí hartos, durmiendo á
sueño suelto. Todos los mantenimientos tenian arriba consigo, sino sólo
los vinos que asentaban en sus vasijas abajo en el suelo, porque no se
les enturbiasen, porque, aunque por la grande altura de los árboles,
con los vientos que hace, las casas no se pueden caer, menéanse, pero,
y con el tal movimiento, el vino se les enturbiaria, y por esto lo
tienen, como se dijo, en el suelo, y al tiempo de su comida ó cena de
los señores, unos muchachos estaban tan diestros en descender é subir
con ello, que no tardaban más que si lo sirvieran del aparador á la
mesa. Tornando al cacique Abibeyba, que estaba en su casa, muy alta,
encima de los árboles, como en el cielo, llegan los españoles, y dánle
voces que descienda y que no haya miedo; responde que no quiere, que
lo dejen vivir en su casa, pues no les ha hecho por qué le ofendan;
protéstanle que con hachas cortarán los árboles ó le pornán fuego, y
quemarlo hán con sus mujeres y hijos si no desciende. Torna á decir
que se vayan de su casa y tierra, y lo dejen, y lo mismo le decian los
suyos que no descendiese ni se fiase dellos; comienzan con hachas á
dar en los árboles, y desque vido saltar las astillas y pedazos que se
cortaban, determina de descender sólo con su mujer y dos de sus hijos,
en contradiccion de todos los suyos. El puesto abajo, dicen que no haya
miedo, que les dé oro y que serán siempre sus amigos; responde que él
que no tiene oro alguno, ni lo ha menester y por eso no tiene cuidado
de haberlo. Tornan á importunarlo y amenazarlo que dé el oro que
tiene; responde, «si tanta gana teneis del oro, yo iré á unas sierras
que están detras de aquella, y habido yo os lo traeré.» Dánle licencia
que vaya, dejando sus mujeres é hijos en rehenes; dijo que volveria
dentro de tantos dias, los cuales le esperaron, pero como el oro que
ellos querian no habia de coger como fruta de los árboles, ni lo tenia
cogido, de miedo nunca vino. Róbanle toda su casa, y los que de su
gente pudieron haber le captivan, y, hartos de comida, porque allí
hallaron abundancia, tórnanse por el rio Grande, arriba, por el cual,
andando algunas leguas, todas las poblaciones que topaban hallaban
vacías, porque por toda la tierra estaban ya sus nuevas extendidas,
y del evangelio que predicaban, y honra que, llamándose cristianos,
causaban á Jesucristo, tenian ya larga noticia. Visto Vasco Nuñez que
no hallaba qué robar, dió la vuelta el rio abajo, y por él al rio
Negro, á juntarse con Colmenares y con los que con él habia dejado en
la tierra y poblacion del rey Abenamachéi, á quien cortó el brazo uno
de los españoles despues de preso, como se dijo. Halló Vasco Nuñez que,
por la gente de Colmenares haber andado desmandada, le habian muerto
algunos dellos los indios, en especial, que uno llamado Raya, con otros
nueve españoles, ó por ir á buscar de comer y tomallo á sus propios
dueños, de quien por sus obras crueles habian desmerecido, ó porque
queria Dios dalles por ellas luégo el castigo, váse desmandado por la
tierra dentro á robar, y dan en un pueblo de un señor llamado Abrayba,
el cual, como estaba sobre aviso, dió sobre ellos y mató al Raya y á
otros dos de sus compañeros; los siete se escaparon huyendo. De saber
aqueste desastre Vasco Nuñez no fué muy contento.



                            CAPÍTULO XLIV.


Acaeció tambien, ántes que llegase al rio Negro Vasco Nuñez, que como
el triste y desventurado Cacique y señor Abenamachéi, cortado su brazo,
anduviese huyendo por los montes por no caer otra vez en manos de los
españoles, y topase con el otro señor Abibeyba, que vivia en las casas
de los árboles, á quien tomaron la mujer y hijos por rehenes hasta
que trujese el oro, que por verse fuera de su poder habia fingido ó
mentido que traeria, el cual, eso mismo, traia la vida y destierro
padecia que aquel otro, juntos comenzaron á contarse sus trabajos y
llorar su desventura, como cada uno puede juzgar qué harán viéndose
así tan corridos y tan sin razon y justicia lastimados y afligidos;
acordaron ambos de se ir á guarecer á la tierra y casa de su pariente
y vecino el Cacique, poco há dicho, Abrayba, el cual, como los vido,
comienza de llorar con grandes gemidos, y ellos á respondelle con
abundancia de dolorosas lágrimas; las cuales de ambas partes algo
aplacadas, díceles Abrayba: «¿Qué desventura es ésta, hermanos, que
ha venido sobre nosotros y nuestras casas? ¿Qué habemos hecho á esta
gente que se llaman cristianos, desdichados de nosotros, que viviendo
en nuestra paz y tranquilidad, y sin ofender á ellos ni á otra persona
alguna, así nos han turbado y afligido, y, de toda nuestra órden de
vivir hecho agenos y desbaratados? ¿Hasta cuándo habemos de sufrir la
crueldad destos, que tan perniciosamente nos tratan y persiguen? ¿No
será ménos penoso una vez morir, que padecer lo que tú Abibeyba, y tú
Abenamachéi, y lo que Cemaco, y Careta, y Ponca, y todos los otros
Reyes y señores desta nuestra tierra, de esta gente tan cruel han
padecido y con tantos dolores llorado, viendo ante sus propios ojos
llevar captivos sus mujeres, sus hijos, sus deudos, sus vasallos, y
de todo cuánto poseian ser privados? A mí áun no han llegado, pero,
¿qué puedo yo esperar de mí y de mi casa, y de todo lo que poseo,
sino ser corrido, y perseguido, y muerto, y de todo mi ser y haber
despojado, de la manera que á vosotros éstos os han tratado? Probemos,
pues, nuestras fuerzas, y hagamos lo que pudiéremos, especialmente
comencemos por aquellos que á tí, Abenamachéi, cortaron el brazo, y
de tu casa desterraron quedándose ellos en ella, y demos en ellos,
que son pocos, ántes que otros se junten con ellos, porque, aquellos
muertos, los demas ó se irán ó temerán de nos hacer más daños, y si los
quisieren acrecentar ternemos aquellos ménos contra quien hobiéremos
de tener pelea.» Pareció buen consejo á todos; determinan el cuando,
y juntan obra de 500 ó 600 hombres, desnudos, con sus armas cuasi de
niños, y así les sucedió como á desarmados y desnudos, porque acaeció
que la noche ántes, por ventura, que diesen en los del rio Negro,
llegaron allí 30 españoles que habia enviado Vasco Nuñez delante;
el dia, pues, que determinaron, en esclareciendo, con una terrible
grita, la cual, cierto, siempre fué más dura y temerosa de oir que sus
armas, dieron en ellos, no sabiendo nada de los 30 que habian llegado.
Hiciéronles de aquel ímpetu poco daño, y los españoles, que no suelen
estar, andando en estas romerías, muy descuidados, levántanse y dan
en ellos, y á saetadas, con algunas ballestas que tenian, y lanzas, y
á priesa llegandóseles con las espadas, hicieron en la triste gente,
desnuda, tal estrago, que de hechos pedazos y presos, si no fueron
los señores, muy pocos escaparon, y así enviaron al Darien todos los
que habian tomado á vida, por esclavos, los cuales ocupaban en hacer
labranzas y llevar cargas cuando salian fuera los españoles, y en remar
en las canoas y en todos los otros trabajos; algo se satisficieron
los que quedaron vivos y no captivos deste rompimiento, pero ningun
remedio tuvieron los captivos, y mucho ménos los muertos, pues sin
fe y sacramento se fueron al infierno. Habida esta victoria, los
españoles que estaban con Rodrigo de Colmenares, y juntado con ellos
Vasco Nuñez, acordaron venirse al Darien y dejar en aquel pueblo
de Abenamachéi y rio Negro 30 hombres, para guarda de la tierra,
porque los indios no se rehiciesen, y por cuadrillero ó Capitan á un
Bartolomé Hurtado con ellos; y porque no podian estar ociosos, y el
ejercicio suyo no era ni suele ser en estas Indias sino ir á saltear,
y robar, y captivar los que están quietos en sus casas, que ellos le
pusieron por nombre ranchear, prendieron alguna gente que andaba por
los montes huida; desta gente presa determinaron enviar al Darien 24
indios por esclavos, y con ellos 21 españoles que debian de estar mal
dispuestos ó por alguna otra causa, quedándose el Hurtado con los 10 no
más, creyendo que por él quedaba ya sin peligro todo el campo. Todos
estos indios y cristianos se metieron en una grande canoa que habian
tomado, la cual era para tantas personas capaz; los indios lastimados,
gente del cacique Cemaco, señor del Darien, el primero de aquella
tierra agraviado, que comian talega tras tomallos descuidados, ó como
quiera que los hallasen acaballos, salieron con cuatro canoas en pos
de aquella, bien esquifadas, y dieron en ella con sus lanzas tostadas
y macanas, que usan en lugar de porras. Mataron parte dellos y los
demas todos en el rio, sino fueron dos sólos, se ahogaron; éstos dos
se escaparon en dos palos que traia el rio de avenida, y cubriéndose
con ciertas ramas que á la mano les vinieron, no mirando los indios
en ellos, con la priesa que traian en matar, creyendo que era basura
que traia el agua. Salidos en tierra los dos, como mejor pudieron,
fueron á dar las nuevas á Bartolomé Hurtado, y á los 10 que con él
quedaban, los cuales, con harta tristeza y amargura, desmayados,
comenzaron á platicar en el peligro que tenian, y como en aquel rio
Negro les iba tan mal, determinaron de se ir al Darien lo más presto
que pudiesen, si pudiesen escaparse; pero inquiriendo entre los indios
que consigo presos tenian, y quizá á algunos atormentando sobre que
les dijesen lo que sabian de la gente de la tierra dónde andaba, y
qué intencion traia ó qué ordenaban, hallaron quien les dijo, que los
cinco Reyes ó Caciques, conviene á saber, Abibeyba, cuya mujer y hijos
le tomaron los nuestros por rehenes, Cemaco, el señor de Darien que
dijimos primero agraviado, Abrayba, á quien áun no habian llegado, y
Abenamachéi, señor del rio Negro, á quien cortaron el brazo, y Dabayba,
el que huyó y no osó esperallos, y á quien tomaron las muchas canoas y
los 7.000 castellanos, habian determinado y conjurádose para en cierto
dia venir sobre el Darien, y matar todos cuantos de los españoles allí
é por la tierra hallasen, para lo cual, tenian maherido y ayuntado
toda la gente de la tierra de sus vasallos, pero desnudos y con las
armas que arriba hemos señalado, las cuales, sin hierba mortífera de
las que algunas provincias usaban, son nada. Con este aviso se fueron
Hurtado y sus nueve ó diez compañeros al Darien, aunque no sin peligro
de ser de los indios tomados. Puso esta nueva en todos los españoles
gran espanto, aunque, como no tenian dello certidumbre, ya lo creian,
ya no lo creian, ni hallaban persona que les certificase cosa dello,
como toda la tierra por miedo dellos estuviese sola, y la gente della
huyendo aventada; pero súpose la conjuracion desta manera: Vasco Nuñez,
de las muchas mujeres que habia traido captivas de por aquella tierra,
tenia en su casa una por amiga, de quien hacia tanto caso y tenia
tanta estima, como si su mujer fuera legítima, ésta tenia un hermano
que mucho la amaba, y deseaba en gran manera verla libre, vasallo del
cacique Cemaco, señor natural del Darien, y de aquel pueblo ó pueblos,
ó provincia, y de los principales privados de su casa, el cual muchas
veces la visitaba secreta y disimuladamente, so color que era uno de
los otros comunes indios, y una noche vino á ella y díjole: «Hermana
muy amada mia, escucha bien lo que agora te quiero decir, y mira que
guardes secreto, porque en ello nos va á todos la libertad y la vida,
y si tú deseas tu bien y el de toda nuestra nacion, calla y está sobre
aviso; ya ves cuánta es la maldad de aquestos cristianos, sábete que
ya los señores desta tierra determinan de más no sufrírsela, y así
están concertados cinco señores, fulano y fulano, de, con todas sus
gentes, para tal dia venir sobre ellos, por agua y por tierra, y para
efecto desto tienen aparejadas cien canoas y 5.000 indios, con sus
macanas, y mucha comida ó bastimento allegado en la laguna ó pueblo
llamado Tichiri ó Tichirico;» y añidió que habian ya dividido entre
sí aquellos cinco señores, los que cada uno habia de matar de los
españoles y hacer captivos, y la ropa y despojo de todo lo que tenian
para sí. Hacian la cuenta sin la huéspeda; siempre los indios, ántes
que del todo conozcan las fuerzas y esfuerzo, é industria y constancia
y armas de los españoles, se engañaron con verse á sí tantos y á ellos
tan pocos. «Por eso (concluyó su plática el hermano á la hermana,
dijo él) está, hermana mia, sobre aviso de te esconder ó mirar por
tí, porque con la priesa, y turbacion, y furor y revuelta de la gente
de guerra, no mirando en tí que eres mujer, no te maten ó maltraten
á vueltas dellos.» Partido della el indiscreto hermano, luégo ella
descubre á Vasco Nuñez todo lo que le habia dicho en secreto, ó porque
amaba á Vasco Nuñez, ó de miedo, olvidada de todo el bien y salud de su
patria, nacion y parentela; lo cual oido por Vasco Nuñez, ruégale que
luégo envíe á llamar á su hermano, so color que quiere tractar de irse.
Dicho y hecho; viene sin tardanza el hermano, préndelo Vasco Nuñez,
dále tormento, confiesa por fuerza y por órden todo lo que, de grado y
con vana confianza del secreto, á su hermana habia dicho. Descubrió,
allende de lo dicho, otro secreto, diciendo que su señor Cemaco, que
le habia enviado 40 indios para que le hiciesen una labranza, puesto
que andaba huido, so color que queria ser su amigo, les habia mandado,
que si viesen que salia á verlos trabajar en ello, trabajasen de lo
matar si pudiesen, y que una vez que salió encima de una yegua, con
una lanza en la mano, no lo osaron acometer por miedo della, y que,
visto Cemaco que por esta particular industria no podia vengarse dél,
acordó de procurar esta general de todos los Caciques, sus parientes
y vecinos, para que, defendiendo el bien universal más á su salvo, se
librasen todos de la persecucion dél y de sus compañeros. Oido ésto,
luégo Vasco Nuñez tomó 70 hombres, sin decir á nadie nada, mandando que
le sigan, sólo mandó á Colmenares que por el rio tomase 60 hombres,
en cuatro canoas, llevando el hermano de la moza por guía, y fuese al
pueblo llamado Tichiri, donde tenian los bastimentos. Vasco Nuñez,
con sus 70 hombres, fué á tres leguas de allí, donde pensaba hallar
á Cemaco, pero no lo halló sino á un pariente suyo, el cual prendió
con ciertos hombres y mujeres; Colmenares hizo más hacienda, porque
halló al Capitan general que habia de regir el ejército, y á muchos
principales señores, con otra gente, bien descuidados de que los
españoles supiesen sus conceptos y artificio. Prendió los más dellos,
y halló el pueblo todo lleno de bastimentos, comida y de muchos vinos;
hizo luégo asaetear al Capitan general, y ahorcar á los principales
todos de sendos palos, delante todos los captivos, porque ésta fué y
es regla general de los españoles en estas Indias, observantísima,
que nunca dan vida á ningun señor, ó Cacique ó principal que á las
manos les venga, por quedar, sin sospecha, señores de la gente y de la
tierra, en los señoríos ajenos durmiendo á pierna tendida, como dicen.
Fué de tanto espanto en toda aquella provincia este inopinable prevenir
los españoles á su peligro, viendo descubierto los indios todo su gran
secreto y desbaratado su artificio, que del todo perdieron la esperanza
de poder prevalecer contra ellos, ni salir de su opresivo yugo, y así
permanecieron en aquel captiverio hasta que dellos no quedó ni uno.
Esta victoria, sin trabajo y sin peligro cuasi habida, hizo luégo hacer
una fortaleza Vasco Nuñez, de muy fuerte madera, ó rehacer y mejorar
la vieja, por estar más seguro si otra junta ó conjuracion, de los ya
descorazonados y miserandos indios, sucediese.



                             CAPÍTULO XLV.


Aquella provincia toda, de la manera de suso dicha sojuzda, opresa y
fatigada, comenzaron todos á tractar que convenia enviar mensajeros ó
procuradores á Castilla para referir al Rey el estado que la tierra
tenia, y las nuevas que el hijo del rey Comogre les habia dado de la
otra mar y riquezas della, y pedille los 1.000 hombres que afirmaba
ser menester para pasar allá y alcanzallas; de camino tambien avisasen
dello al Almirante y á los Jueces desta isla, y les pidiesen socorro
de gente y bastimentos para entre tanto, porque quizá Valdivia, ó no
hobiese llegado, ó quizá no se hobiese, como así fué, ahogado. Vasco
Nuñez pretendió llevar esta embajada, ó por ganar las albricias y
gracia del Rey, ó por miedo que tuvo del castigo, que sintió merecer
por la repulsa que dió á Diego de Nicuesa, y lo que contra el bachiller
Anciso cometió con los agravios de ambos, pero todos sus amigos y
enemigos le fueron á la mano, no queriendo condescender á que saliese
de la tierra y los dejase, alegando que, como de los indios fuese tan
temido que su persona estimaban más que ciento, saliendo él quedaban
desmamparados. Algunos sospechaban que pretendia no estar allí aislado
para ser punido, si el Rey de los crímenes susodichos lo sentenciaba, ó
por no padecer tan continuos peligros é intolerables trabajos, como ya
tuviese buena pella de oro, queria alzarse á su mano, como creian que
Valdivia y Çamudio habian hecho, pues habia cerca de un año que habian
partido y no asomaban; por manera, que Vasco Nuñez no pudo alcanzar
lo que de su ir á Castilla por Embajador deseaba. Así que, despues
de muchas alteraciones y votos, unos á otros contrarios, finalmente
concurrieron en un parecer ó todos ó los más, y eligieron á un Juan de
Caicedo, de quien arriba, en el libro II, algo hablamos, que habia
ido con Nicuesa por oficial del Rey en aquel armada, hombre cuerdo y
de bien, segun las leyes humanas, y que allí tenia su mujer que de
Castilla consigo habia llevado, de la bondad y auctoridad del cual,
que trataria los negocios con fidelidad, todos confiaban, y en cuanto
á la tornada suya con los despachos, por dejar su mujer allí tampoco
dudaron. Para dalle compañero, comienzan todos otra vez á litigar,
no porque dél desconfiasen, sino diciendo que como iba de tierra y
aires tan diferentes de los de España, podria padecer riesgo su vida
y salud, y si así fuese, como creo que fué, quedarian todos de su
esperanza defraudados, para remedio y resguardo de lo cual convenia
dalle quien lo acompañase, y por falta dél al Rey informase, y lo que
les convenia negociase y suplicase. Sobre quién sería el compañero
de Caicedo tuvieron grandes contenciones y no se concertaban, por lo
cual deliberaron que se echasen suertes entre ciertas personas de los
que allí estaban que eran más estimadas. Cayó la suerte á Rodrigo de
Colmenares, de quien ya hemos muchas veces hablado, la suerte del
cual fué á todos ó á los más agradable, lo uno, porque era hombre
de experiencia en la guerra y en la paz, por mar y por tierra, y se
habia en las guerras de Italia, contra franceses, hallado, lo otro,
porque tenia en el Darien muchas haciendas y labranzas; que como era
Capitan y Vasco Nuñez lo favorecia mucho y ayudaba, de los robos que
hacian, y de los indios que vivos tomaban y hacian esclavos, llevaba
Colmenares, despues de Vasco Nuñez, la mejor parte, y así tenia mucha
gente de la captiva que le labraba, y él que debia ser granjero, quizá
más que otro, y sabia bien aprovecharse, y por tener tanta hacienda,
y que de ser muy rico tenia grande esperanza, confiaban todos que
no dejaria por ninguna cosa de tornar con los despachos buenos que
todos esperaban. Señalados pues los dos, Juan de Caicedo y Rodrigo
de Colmenares, por procuradores, que fuesen al Rey á notificarle su
estado, y representarle sus grandes servicios, y por ellos pedille
mercedes, que tan justa y dignamente habian merescido y bien ganado,
acordaron de hacelle un servicio ó presente, contribuyendo cada uno,
de lo que habia robado con tan gran precio de sangre humana (no supe
cuanto), para que los procuradores ó embajadores al Rey fuesen más
gratos. Y es aquí de notar, que, como los indios de todas aquellas
provincias entendieron que tan sabroso era de oir á los españoles el
oro, y que todo su fin y negocio no era sino saber dónde habia oro, y
dónde se sacaba el oro, y quién poseia oro, ya los indios usaban con
ellos desta industria para les agradar ó suspender sus crueldades, ó
para se descabullir dellos, conviene á saber, fingir que en tales y
tales partes habia inmensidad de oro y que habian de hallar las sierras
y montañas todas doradas. Ellos todo lo creian, porque el cudicioso,
como arriba en otro lugar se dijo, nunca otra cosa contempla, sino al
oro y á la plata, y de mejor gana mira el dinero que al sol, y nunca de
otra cosa tracta, y son palabras de Sant Ambrosio; y porque un indio
les hizo entender que habia un rio donde con redes se pescaba el oro,
lo llevaron los procuradores á Castilla para que lo dijese al Rey,
é, ó porque el indio lo inventó, ó porque ellos lo fingieron, de tal
manera se extendió por todo el reino la fama de que pescaban el oro en
la tierra firme, con redes, desque llegaron, que para ir á pescallo
cuasi toda Castilla se movió, y así, llamaron despues, por Provisiones
reales, aquella provincia, Castilla del Oro, porque los oficiales que
el Rey entónces tenia no eran muy enemigos del oro. Aquí se puede
considerar la liviandad de los hombres y las propiedades de la cudicia
y avaricia, que aquella fama fuese de tanta eficacia que hiciese creer
á muy muchos que verdaderamente con redes se sacase el oro de los
rios; yo oí decir á un clérigo que parecia cuerdo, y de edad no muy
mozo, de los que, por ésta nueva, de Castilla se movieron á pescar
oro, estando yo en la isla de Cuba, donde vino él á parar huyendo de
la tal pesquería, harto hambriento y flaco, y sin un quilate de oro,
que habia dejado en Castilla 100.000 maravedís de renta en un beneficio
que tenia, por venir á pescar el oro, y que, si no creyera que habia
de volverse á Castilla en breves dias, con un arca llena de granos de
oro, tan gruesos como naranjas y granadas, y mayores, no saliera de su
casa, dejando lo que tenia por venir á buscar ménos que aquel oro que
decia; y ésto, con juramento lo afirmaba delante de personas graves,
y á lo mismo me hallé presente. Tornando al propósito, partiéronse,
pues, los dichos procuradores del Darien, por en fin de Octubre, año
de 1512; pasaron muchos trabajos y mil peligros, en un bergantin harto
chico, en que venian, por tempestades frecuentes y terribles, adversos
tiempos, y hambres y sed, por lo cual muchas veces pensaron perecer;
llegaron á la isla de Cuba, á cabo de tres meses, donde los indios
los rescibieron bien, dándoles ó vendiéndoles la comida, que ellos
tanto habian menester, por cosillas de poco precio, como contezuelas
de Castilla, y espejos y cascabeles, y sin ellas lo solian ellos dar y
proveer; bien creo que llegaron á la tierra y señorío del Cacique que
el bachiller Anciso hizo baptizar, y llamar por nombre Comendador, como
arriba en el cap. 24 referimos. Esto no lo averigüé cuando pudiera,
pero júzgolo, porque de allí se toma, comunmente, la navegacion para
esta isla, y debian ya tener noticia de la navegacion que por allí
habia hecho en el primer viaje Valdivia. Finalmente, llegaron á esta
Española, pasados bien cien dias (siendo camino de ocho, si tiempo, el
que convenia, hiciese) despues que del Darien habian partido; argumento
claro de las grandes necesidades y angustias que pasarian. En ésta
gastaron poco tiempo, porque, con brevedad, dada cuenta al Almirante
y á los Jueces, hallaron naos aparejadas para volver á Castilla, en
las cuales se metieron; llegaron á la corte por el mes de Mayo del
año siguiente de 1513. Por este tiempo ya el bachiller Anciso habia
dado al Rey sus quejas, de los agravios que decia haberle Vasco Nuñez
hecho, las cuales oidas y acomulada la perdicion de Nicuesa, de que fué
causa, y como por fuerza y por maña se habia ingerido en la gobernacion
de aquella tierra firme, el Rey se indignó mucho contra él y mandó
que á Anciso se hiciese justicia, y que se procediese contra Vasco
Nuñez segun la órden de derecho, y creo que fué sentenciado en las
costas y daños y menoscabos que habian sucedido á Anciso, cuanto á lo
civil; cuanto á lo criminal, no supe cuál fué la sentencia cuando lo
pudiera saber. Bien es aquí apuntar la ceguedad de Anciso, y áun mayor
la de los del Consejo del Rey, que ni Anciso acusó á Vasco Nuñez de
otros mayores delitos que el que habia cometido contra él, conviene á
saber, las matanzas que habia hecho y hacia en los indios que estaban
seguros en sus casas y tierras, sin ofendelles; pero de Anciso no es de
maravillar, pues fué al principio tan culpado como el más de los del
Consejo, que eran obligados á lo saber. ¡Qué quisiesen castigar á Vasco
Nuñez por haber sido causa de la muerte de Nicuesa y de diez ó once
que perecieron con él, y tuviesen por agravio grande y lo condenasen
á pagar las costas y pérdidas de hacienda, que Anciso habia incurrido
por su causa, y no advirtiesen á las tiranías y estragos de muertes
y captiverios, robos é infamia tan escandalosa de la fe y religion
cristiana, que hacia y causaba él y los que con él andaban en aquellas
tantas y tan inculpables gentes! Ya queda en algunos lugares arriba
dichos cuán culpables los del Consejo de los Reyes siempre fueron cerca
de esta materia de los indios, por cuya ignorancia todos los daños y
males perpetrados por los españoles procedieron, y por consiguiente,
ninguna duda se debe, si no me engaño, tener, que no sean de todos
ellos culpados y reos.



                            CAPÍTULO XLVI.


Despues de partidos del Darien los procuradores, Caicedo y Colmenares,
y hechos á la vela, porque la conformidad y compañía que no está
fundada sobre amistad de Dios, especialmente la de los avaros y
cudiciosos, y mucho más la de los tiranos, ladrones y opresores de
hombres, como eran aquellos, no puede perseverar tiempo mucho, por
ésto, en los que quedaban en el Darien comenzaron á nacer grandes
contenciones y discordias, porque así lo permitia Dios para los
castigar con todo género de infortunios; Bartolomé Hurtado, que era
muy allegado y favorecido de Vasco Nuñez, presumia con su favor de
maltratar á los otros que no tenian de sí menor estima y presuncion,
por lo cual era á todos ó á los más muy odioso, y por él desamaban
al Vasco Nuñez, por manera que, tomando por caudillo á un Alonso
Perez de la Rua, que debia ser de los que más sentian ó pretendian
los pundonores, acordaron de prender al Vasco Nuñez, y quitalle la
presidencia que tenia sobre ellos, y al Bartolomé Hurtado, como
principal contendor, pero Vasco Nuñez, que siempre vivia con todos
recatado, dióse más priesa y prendió al Alonso Perez, que habian tomado
para que los capitanease. Toman luégo los conjurados sus armas para por
fuerza venir á libertallo, sale luégo Vasco Nuñez, con los que pudo
recoger de los amigos que áun no lo habian dejado, con las suyas á la
plaza. Estando para darse unos á otros y hacerse pedazos, no faltaron
algunos de ambas partes, que más cuerdamente la cosa considerasen,
diciendo que ¿por qué querian matarse unos á otros, estando en la
tierra que estaban, pues, por vencedores que los de cualquiera de las
partes fuesen, habian de ser luégo de los indios muertos y acabados?; y
así no rompieron aquel dia, por concierto jurado que hobo que soltase
Vasco Nuñez á Alonso Perez, y no pasase la reñilla más adelante; pero
como andaban sin Dios, segun sus pecados tan grandes, díjose que no
depusieron el odio que se tenian, ni guardaron el juramento, al ménos
la una parte, lo cual quebrantado, acuerdan de prender otro dia los
contrarios á Bartolomé Hurtado, puesto que, por algunos medianeros que
hobo, aquel dia lo soltaron. No paró aquí la maraña de su ceguedad,
porque aquel, cuya voluntad en todo seguian, andaba solícito para que
se matasen; acordaron de prender al Vasco Nuñez allegando por causa
que no repartia, segun los merecimientos de cada uno, el oro y los
esclavos que robaban y captivaban, y para tomalle 10.000 castellanos
que estaban por partir, é repartirlos entre sí segun la órden que les
parecia ser justificada. Fué deste propósito Vasco Nuñez avisado, y, so
color de ir á caza, se salió del pueblo aquella noche, con confianza
que le acudirian los que en las partes solia mejorar, y sucedióle así,
porque tomados los 10.000 castellanos, repartiéronlos de la manera que
á ellos pareció que se habian de repartir, dando á algunos de la gente
menuda más de lo que parecia convenirles, y á los de mayor calidad ó
presuncion ménos de lo que á su parecer pertenecerles estimaban; desto
quedaron aquellos corridos y afrentados, y así, llaman á Vasco Nuñez,
y júntanse con él todos armados, con clamores y juramentos que habian
de matallos; van á ellos y prenden al Alonso Perez y á un bachiller
Corral y á otros principales, y échanlos en la fortaleza, donde los
tuvieron bien aprisionados. Estando en estas barahundas y confusiones,
cada dia para matarse, llegaron dos navíos con 150 españoles, y de
bastimentos cargados, y por Capitan dellos un Cristóbal Serrano, que,
desta isla, el Almirante y los Jueces por socorrerlos les enviaron;
envió, segun se dijo, el tesorero Pasamonte á Vasco Nuñez una provision
de Capitan general de toda aquella tierra, porque, diz que, tenia poder
del Rey para constituir Capitanes y Gobernadores en la tierra firme,
segun que él determinase. A mí es difícil ésto creer, que tan presto
y tan á la clara el Rey quisiese al Almirante y á sus privilegios
perjudicar, y, por otra parte, no me maravillo que así fuese, segun el
Rey fué siempre á las cosas del Almirante poco aficionado, y segun el
Pasamonte y los Jueces y oficiales desta isla, y los que estaban cabe
el Rey, trabajaban de deshacer al Almirante, no sé por qué, cierto,
sino por sus intereses particulares, y porque no querian reconocer
superior, sino ser ellos los que aquesta isla, y las demas tierras
destas Indias, mandasen y gozasen; porque en la verdad, no pertenecia
á ninguno constituir Capitan ni Gobernador sino al Almirante, por
sus privilegios, tan dignamente, al principio, por su padre ganados,
al ménos por aquel tiempo, pues hasta entónces no se habia tomado
resolucion en lo que tocaba á su estado, y fué manifiesto haber sido su
padre por el comendador Bobadilla, de hecho, de su posesion despojado.
Fué inestimable el gozo y placer que Vasco Nuñez rescibió de verse ya
con autoridad del Rey, ó de quien su poder tenia, por Capitan general
sublimado, porque hasta entónces, por fuerza y por mañas tenia la
superioridad sobre los españoles usurpada; fué lleno su gozo, segun
sus buenos deseos de ir á robar é inquietar y sojuzgar las gentes de
aquellas tierras, venirle gente y mantenimientos de nuevo para mejor
poder proseguir lo comenzado. Con este gozo y alegría, que de este
socorro y favor y ayuda rescibió Vasco Nuñez, con poco que le rogaron
que por albricias los presos soltase, lo concedió, y fueron sueltos
y reconciliados con él los que le querian mal; no sabré decir si la
reconciliacion era ficta, ó de verdad, porque los hombres mundanos y
que andan en pecados, no teniendo paz con Dios, pocas veces la suelen
tener dentro de sus corazones, por más que la finjan y la quieran en
la esterior conversacion mostrar. Luégo, desde á pocos dias, segun
creo, se le aguó á Vasco Nuñez aquel grande placer que con su capitanía
general y con lo demas hobo, y, por ventura, le vino en aquellos dos
mismos navíos por vía desta isla, porque por aquellos tiempos no habia
quien desde Castilla á la tierra firme derecho navegase; fué avisado,
ó por Çamudio, el que dijimos haber ido por procurador á Castilla
cuando fué Anciso, ó por cartas de otras personas, como el Rey estaba
contra él indignado por las quejas que dél dió Anciso, y por la muerte
de Nicuesa, y que lo habia condenado en los intereses y gastos, etc.,
por manera, que con aquellas nuevas tuvo buen tártago; y así, desde
adelante, anduvo más temeroso de su caida y con mayores cuidados que
tenia de ántes, temiendo cada dia venir de Castilla quien lo depusiese
de su estado y lastimase.



                            CAPÍTULO XLVII.


Con estos pensamientos, que no poco le acosaban, y como hombre que
era de mucho ánimo, determinó de se aventurar á acometer la empresa
de ir á buscar la otra mar, y las riquezas que ántes y despues della
se le habian notificado, cosa por entónces tenida (y con razon, pues
se le habia dicho ser necesarios 1.000 hombres), por muy árdua,
para que si saliese con prosperidad de la jornada se le contase por
servicio grande hecho al Rey, é por él le perdonase lo pasado, y si,
por el contrario, muriese en la demanda, sería suelto de sus temores
y cuidados temporales, aunque del juicio divino no quedaba muy
privilegiado. Con este propósito eligió, de los españoles que en la
tierra estaban y de los que habia traido en los dos navíos Cristóbal
Serrano, hasta 190 hombres, los que le pareció ser más varones y para
sufrir mayores trabajos, y un bergantin y diez canoas bien capaces,
donde consigo los embarcó, con la comida necesaria para por la mar, y
armas de lanzas, espadas, ballestas, rodelas y algunas escopetas, y
la principal y que más brava y cruel guerra siempre hizo á los indios
desdichados, que es los perros bravos amaestrados; destos llevó no sé
cuantos. Salió en principio de Setiembre de 513, y muchos indios de
los que tenian por esclavos para que les llevasen las cargas, porque
sin éstos no saben nuestros españoles en estas Indias andar un paso;
fué por la mar hasta la tierra del rey Careta, que tenia por amigo
y le habia dado su hija, creyendo que la casaba, como arriba queda
declarado. Careta le rescibió como de ántes, haciéndole gran fiesta;
dejó allí el bergantin é las canoas, y toma el camino de tierra y
sierras ó montes hácia la tierra de Ponca, con gente que Careta le
dió que le acompañase. El rey Ponca, que siempre tenia sus espías y
recaudo, así como supo que subian sus montañas los españoles, acógese á
su fortaleza acostumbrada, conviene á saber, escondiéndose por lo más
secreto que en toda su tierra hallaba. Envíale Vasco Nuñez mensajeros
de los indios, vasallos de Careta, que lo asegurasen y le prometiesen
de su parte que no rescibiria ningun daño, que fuese su amigo, como
lo era Careta, dende adelante. Acordó de se poner á sus manos, por no
andar el triste fuera de su casa y señorío desterrado, y así vino, y
porque sabia que la mejor causa de querello bien los españoles era
traelles oro, que tanto ellos amaban, trujóle obra de 110 pesos de
oro, que no tenia más, diciendo que todo lo que tenia el año pasado
se lo habian ellos tomado; bien se puede aquí creer, que si tuviera
muchos millares que no los dejara en casa, pues venia á ponerse en
sus manos y con temor si le habian de guardar la palabra. Rescibiólo
Vasco Nuñez y los demas con mucha alegría, y con mejor gana que si les
diera mucho oro, por dejar las espaldas seguras prosiguiendo su viaje.
Dióle Vasco Nuñez muchas cuentas, y espejos y cascabeles, y, lo que más
los indios siempre preciaron y precian, hachas de hierro, las cuales
hallan, para sus ejercicios y hacer sus casas y cortar madera y otras
obras, como lo son, más que otra cosa aparejadas. Hecho amigo Ponca,
pídenle guías y gente que les lleven las cargas para subir las sierras
y pasar adelante; dáles Ponca todo lo que pidieron, y mantenimiento,
de todo lo que tenia, muy á la larga. Comienzan su camino por las
montañas altas, entrando en el señorío y distrito de un gran señor
llamado Quarequa, el cual hallaron aparejado para resistilles, porque,
como la fama de los españoles por todas las provincias volaba, cada
uno de los señores estaba no descuidado, ántes apercibido con sus
espías y gente armada para se defender, temiendo que cada dia habian
de venir á ellos y hacerles las obras que dellos habian rescibido sus
vecinos y comarcanos. Este Quarequa les ocurrió con muy mucha gente
de guerra, armada de sus arcos y flechas, y unas tiraderas con que
arrojaban unas varas tostadas del tamaño de dardos, arma que para en
gente desnuda era muy mala, que como con una ballesta de garrucha
pasarian un hombre de parte á parte; traian macanas hechas de palma,
que es como de acero, de que usan, como de porras, á dos manos, puesto
que son chatas ó llanas. Con este aparato salieron preguntándoles qué
querian ó á qué venian, y requiriéndoles que no pasasen adelante, y
como vieron que los españoles no acordaban de se volver, muéstrase el
señor en la delantera vestido de mantas de algodon, y con él ciertos
principales, todos los demas en cueros, y dan en los españoles con gran
grita é ímpetu espantable. Sueltan los españoles ciertas escopetas de
fuego, y algunas ballestas que llevaban, de los tiros de las cuales
cayeron muertos luégo no sé cuántos, y como vieron los pobres indios
salir el fuego y oyeron el trueno, pensaron que eran rayos, y que los
españoles tenian poder para con rayos matallos; vuelven apriesa las
espaldas, sin quedar uno que huir pudiese, todos tan espantados, que
no creian sino que los nuestros eran diablos. Van tras ellos, sueltos
los perros, como tras una grey de ovejas ó carneros, y á cuchilladas,
á unos cortaban las piernas y desjarretaban, á otros los brazos, á
otros alcanzaban y cortaban las nalgas, á otros á estocadas pasaban
de parte á parte, á otros desbarrigaban, y los perros, por su parte,
desgarraban y hacian muchos pedazos. Quedó muerto allí el negro Rey
y señor, con sus principales, que venian, señalados, y hasta 600
hombres que pudieron alcanzar; prendieron algunos y llegaron al pueblo
donde captivaron otros, y robaron todo lo que valia algo, no supe qué
cantidad en él hallaron. Entre los presos que allí tomaron, fué un
hermano del mismo señor, y otros, no sé cuántos, que, diz que, andaban
vestidos de hábito de mujeres, á los cuales, juzgando que del pecado
nefando eran inficionados, los mandó luégo, sin otra indagacion ni
juicio, aperrear, conviene á saber, echar á los perros bravos, que,
mirándolos y regocijándose, como si miraran una graciosa montería, en
un credo los despedazaron. Todas estas obras, que por aquella tierra
Vasco Nuñez y sus compañeros hacian, era disponer aquellas gentes
para que amasen el nombre cristiano y se aficionasen para rescibir
la religion cristiana; bien creo que pensaban los pecadores que
ofrecian á Dios algun sacrificio agradable, so color que punian ó
castigaban los quebrantadores de la ley natural, no advirtiendo, con su
ceguedad, cuántas más veces ellos á cada paso la quebrantaban con muy
mayores ofensas de Dios, destruyendo aquellos reinos y tantas gentes
en ellos, y haciendo heder el nombre de Jesucristo entre aquellas
naciones, con sus obras tan detestables, como dellos dijo Sant Pablo.
Y que fuera verdad muy bien averiguada que aquellos que traian aquel
hábito mujeril era por aquel pecado, ¿quien hizo juez á Vasco Nuñez,
ó con qué autoridad se constituyó Alcalde en señorío y jurisdiccion
ajena, siendo él súbdito de aquellos naturales señores por estar en su
tierra, y que de justa justicia, por sus tiranías, invasiones y robos
tan universales, y por toda ley natural, divina y humana, dañados, si
fuerzas tuvieran, podian hacerlos cuartos y tajadas? Cuanto más que áun
traer algunos aquel hábito podia ser por otra causa, sin pensar en cosa
del pecado nefando; ésto parece poder haber sido, por lo que refiere
Galeno sobre Hypocras, en el tractado de _Aere et aqua_: Cuenta Galeno
allí, que muchos de los scythas, naturales de Scythia, region última
de Europa, porque hay otra en Asia, son como eunucos, inhábiles para
ser casados, por lo cual hacen todos los oficios de las mujeres, así
en hablas como en obras, y llámanlos afeminados oficios, digo, no de
vicios sino honestos, los que las mujeres hacen, á los cuales adoran
y reverencian los vecinos de aquella tierra, temiendo no les acaezca
el mismo defecto que aquellos padecen; aquel defecto atribuyen á Dios
ó á la voluntad de Dios, por sus pecados. La causa de venir ó caer en
él, dice Galeno que le parece ser la vieja y continua costumbre que
tienen de andar á caballo, porque les vienen ciertos dolores, y de
traer las piernas siempre colgadas hácense algo cojos, y, creciendo la
cojedad, encójenseles las chuecas de los piés ó desencajánseles, para
cura de lo cual sángranse de ambas á dos venas detras de las orejas,
y, por la mucha sangre que les sale, sucédeles flaqueza, y luégo tras
ella el sueño; habiendo dormido, algunos se levantan sanos, y algunos
no, y porque las venas detras de las orejas son de tal naturaleza,
que sangrándolas causan esterilidad, de aquí es que, cuando quieren
tener la secreta conversacion con sus mujeres, se hallan estériles, y
la primera vez pasan pacientemente, pero á la segunda, ó á la tercera
creen haber ofendido á Dios, y por consiguiente ser su voluntad en
aquello castigarlos. Luégo, dice Galeno, que se visten trajes ó
vestidos de mujeres, y confiesan públicamente ya no ser hombres,
sino afeminados hechos, y, por tanto, se pasan al consorcio de las
mujeres para ejercer los oficios y operaciones mujeriles con ellas.
En este daño é inconveniente incurren los más nobles y más ricos,
principalmente, por causa de andar á caballo más á la contina, pero los
pobres y de baja suerte que no alcanzan caballos, en tal oprobio nunca
se vieron; todo ésto es de Galeno. Luégo posible cosa fué, que no por
fin de cometer aquel vicio nefando se usase traer los hombres hábito de
mujeres por aquella tierra firme, y, por consiguiente, haber ofendido
gravísimamente á Dios Vasco Nuñez y sus consortes, aperreando aquellos
indios por aquel título, aunque tuviera jurisdiccion y fuera competente
juez, cuanto más que no lo era sino súbdito, él y todos los que con él
iban, de aquel Cacique y señor de aquella tierra, como queda dicho.



                           CAPÍTULO XLVIII.


Ya iban algunos de los españoles, de hambre y cansancio, enfermos,
á los cuales dejó Vasco Nuñez allí en el pueblo del cacique y señor
Quarequa, y pidióles gente de guía y para llevar sus cargas, para
despedir algunos de los de Ponca, y con ésto comienzan á proseguir
lo que les restaba para llegar á la cumbre de la sierra, de donde
la otra mar del Sur decian que se habia de ver. Habria, desde el
pueblo del cacique Ponca hasta la dicha cumbre de aquellas montañas,
andadura de seis dias, como 40 leguas, y no pudieron llegar á ella
sino en veinticinco dias, por la aspereza de la tierra, y porque
siempre padecian penuria de comida, y el poco descanso que de contino
tenian. Finalmente, llegaron á la cumbre de las más altas sierras á
25 dias de Setiembre de dicho año de 1513, donde la mar del Sur se
parecia. Avisaron los indios de Quarequa, un poco ántes que á la cumbre
subiesen, á Vasco Nuñez, como estaban ya muy cerca; manda que todos
allí se paren y asienten, sube él sólo en la cumbre de la sierra, y,
vista la mar del Sur, da consigo luégo en tierra hincado de rodillas,
y alzadas las manos al cielo da grandes alabanzas á Dios, por la
merced tan grande que le habia hecho en que fuese el primero que la
descubriese y viese; llama con la mano á toda la otra su gente, vienen
todos, torna él otra vez á hincarse de rodillas y á repetir las gracias
á Dios de aquel beneficio, y lo mismo hacen todos ellos. Los indios
que llevaban estaban todos como atónitos viendo el regocijo y alegría
dellos. Comienza luégo á encarecer las buenas nuevas que le habia
dado el hijo del rey Comogre, y prometíales á todos gran felicidad y
riquezas, y diciendo: «Veis aquí, señores y hijos mios, cómo se van
cumpliendo nuestros deseos y el fin de nuestros trabajos, y dello
debemos estar ciertos, porque, así como ha salido verdad lo que el
hijo del rey Comogre nos certificó desta mar, que nunca tal pensamos
ver, así tengo por cierto que se cumplirá lo que nos dijo de haber
incomparables tesoros en ella, y Dios que nos ha ayudado y su bendita
Madre, á que hasta aquí llegásemos y la viésemos, nos favorecerán para
que de todo lo que en ella hobiere gocemos.» Todos se holgaban de
oillo y todos creian y esperaban lo mismo, porque todos estaban con
aquel pio de ser ricos, y no era de todos más de un fin, que era su
grande cudicia. Comienza luégo á tomar por fe y testimonio, como, en
nombre de los reyes de Castilla, tomaba posesion de aquella mar, y de
todo lo que en ella habia, y en señal de posesion corta árboles, hace
cruces, allega piedras y amontona muchas dellas; en árboles grandes,
con un cuchillo, escribe el nombre de los reyes de Castilla. Cura luégo
de descender las sierras abajo, y descubrir lo que por ellas y en la
costa de la mar habia; supo que cerca de allí estaba la poblacion ó
poblaciones de un otro señor, llamado Chiapes, y que tenia mucha gente.
Fué siempre sobre aviso, y porque no ménos lo estaba el Chiapes, por
las nuevas que de los nuestros tenia, salióles al camino con mucha
gente de guerra á resistilles, haciendo fieros como se ven tantos en
número y á los nuestros tan poquitos, hasta que por experiencia, con
daño grande suyo, saben cómo cortan nuestros cuchillos; no por eso
huyen ni se retraen los nuestros, ántes, lo primero, saludáronlos con
las escopetas y ballestas, y luégo sueltan los perros. Como los indios
vieron el fuego que salia de las escopetas, y oyeron los truenos que
retumbaban por aquellos montes, y el hedor de la pólvora y piedra
zufre, y que parecia que le salia todo de las bocas, no pensaron sino
que se les abrian los infiernos, y vistos de sí mismos los caidos
muertos, y los perros que destripaban á los que acometian, vuelven
las espaldas todos por salvarse, cada uno huyendo cuanto más podia.
Siguen los españoles tras los perros, matando algunos de los que
alcanzaban, para pagar las primicias de su evangelio, puesto que no
todos los que matar pudieran, porque por entónces no pretendian matar
muchos sino prender, para por medio de los presos hacer amistad con
el señor Chiapes, porque no se impidiese su camino que llevaban de
descubrir lo que por aquella costa y mar habia. Llegan al pueblo, y de
los muchos que prendieron soltaron algunos, que fuesen por mensajeros
al señor, y con ellos algunos de los que del señor que quedaba atras,
Quarequa, traian, avisándole y asegurándolo de no hacelle más mal con
que fuese su amigo, porque, de otra manera, que le hiciesen cierto
que ni él ni cosa suya quedarian vivos; el cual, temiendo que no le
echasen rayos, truenos, ni relámpagos por la boca para consumillos,
como tenian creido, acuerda de venir y ponerse en manos de sus tan
molestos enemigos. Trujo consigo 400 pesos de oro, que no debia de
tener más, porque puesto que lo habia por aquella tierra, pero como
hacian poco y ningun caudal dello, no curaban de propósito sacallo,
sino era acaso; recibiólo Vasco Nuñez y todos muy graciosamente, y
dióle de las cosas de Castilla que tenia, contezuelas de vidrio,
espejos, cascabeles, tijeras y hachuelas. Despidió de aquí Vasco
Nuñez los indios que traia del pueblo de atras, y del señor Quarequa,
dándoles de las mismas cosillas, con que fueron, aunque mal pagados,
contentos, y envió á llamar los españoles que allí habian quedado mal
dispuestos; entre tanto que venian estuvo en aquel pueblo de Chiapes
con él, haciendo y rescibiendo buen tractamiento, y envió desde allí á
descubrir la costa de la mar y lo que habia por la tierra á Francisco
Pizarro, y Juan de Escaray, é Alonso Martin, de Don Benito, con cada
12 hombres, mayormente que buscasen caminos que á la mar saliesen por
más cerca. El Alonso Martin acertó con el camino más breve, y á los
dos dias llegó donde halló tres canoas en seco y no vido mar ninguna,
y estando considerando cómo aquellas canoas estaban tan dentro en la
tierra sin agua, llega el agua de la mar de presto, y levanta las
canoas en alto un estado ó poco ménos; la causa es, porque por aquella
costa cresce y mengua la mar, cada seis horas, dos ó tres estados, de
manera que los navíos grandes quedan en seco, y no parece agua de
la mar por buena media legua. Visto las canoas nadar, entra luégo el
Alonso Martin en una, y dice á sus compañeros, «sedme testigos, como
yo soy el primero que en la mar del Sur entra», otro, llamado Blas
de Atienza hizo lo mismo, y dijo que fuesen testigos que él era el
segundo que aquello hacia; tornaron luégo á Vasco Nuñez con las nuevas,
con las cuales hobieron todos regocijo nuevo. Venidos los españoles
que dejó en Quarequa, ruega Vasco Nuñez al señor Chiapes que vaya con
él y lleve consigo parte de su gente; place á Chiapes hacelle buena
compañía, y dejado en su pueblo parte de los españoles que, no tan
bien, por su cansancio é indispusicion, podian ir, llega Vasco Nuñez
y Chiapes, con 80 españoles y muchos indios, á la mar, y métese hasta
los muslos en ella con una espada y una rodela, toma luégo testigos
y pide testimonio, como vé y toca con su persona y toma posesion de
toda aquella mar del Sur y de todo lo que á ella pertenecia, en nombre
de los reyes de Castilla, y que esta posesion defenderá contra todos
los que la contradigan, y hace para ésto muchos actos y diligencias.
Tomó nueve canoas, que debian ser de Chiapes, y pasa un gran rio
para ir á la tierra y pueblos de otro señor llamado Coquéra, la
media luenga: éste, sabido que iban los españoles á su tierra, sale
con toda su gente á les resistir, el cual llevó, como los de atrás,
en la cabeza: matáronle alguna gente, y él con los demas toman su
ordinario remedio. Envia Vasco Nuñez algunos de la gente de Chiapes,
amonestando que venga á ser su amigo, si nó que hará en ellos lo que
en los otros suele; hicieron los mensajeros chiapenses su mensaje
fielmente, loando á los españoles de buenos, y que no querian sino
oro, y tener á todos por amigos, que viniese á ellos sin miedo, porque
así lo habian hecho su señor Chiapes y los otros señores de aquella
tierra, y que si no lo hacian padecerian gran peligro, porque eran los
cristianos invictísimos, etc.; bien habian entendido las cualidades
de los nuestros, y cuán seguros creian que los tristes estaban de la
bondad y justicia de los nuestros, aunque en el fin dellos no iban
muy aviesos. Finalmente, hizo Quarequa lo mismo que los otros, y vino
con su ofrenda, que fueron 650 pesos de oro, pocos más ó pocos ménos;
rescibióle Vasco Nuñez con mucho placer, dále de las cosas de Castilla,
como á los primeros, ofrecénle amistad y paz, puesto que se les tornó á
todos en la de Judas, y los cascabeles y cuentas que les daban, en cebo
de anzuelos y carne de buitrera.



                            CAPÍTULO XLIX.


Dejado así el rey Quarequa contento, tórnanse al pueblo de Chiapes,
donde holgando algun dia, no se les cocia el pan, en especial á Vasco
Nuñez que no podia estar quieto; deliberó de ir á descubrir algo por
la mar, un golfo que por allí parecia entrar mucho en la tierra,
especialmente. Desque Chiapes vido su determinacion, persuadíale y
rogábale mucho que no lo hiciese por entónces, porque era muy peligroso
navegar por aquella mar en aquel tiempo, y señalaba tres meses del año,
conviene á saber, Octubre, y Noviembre, y Diciembre; pero Vasco Nuñez
no por aquellos miedos y peligros se detiene, diciendo que Dios los
habia de ayudar, porque de aquel viaje habia de salir mucho servicio
á Dios y aumento de su fe, por los tesoros grandes que se habian de
descubrir, para que los reyes de Castilla hiciesen guerra contra
infieles. Su grande ambicion y cudicia envolvia y aburujaba con el
servicio de Dios, que nunca pretendió, sino hacerse á sí, de sangre de
hombres inocentes, rico. El cacique Chiapes, porque no pareciese que no
le guardaba toda fidelidad, como buen amigo, aunque sabia el peligro
en que se ponia, todavía quiso acompañalle y seguille. Embarcáronse
Vasco Nuñez y Chiapes, y 80 españoles de los más sanos de todos los
que tenia, los demas déjanlos allí en las nueve canoas dichas, y para
remallas y ayudar en todo lo que se ofreciera muchos indios, y porque
entraron en el golfo susodicho, dia de Sant Miguel, que es á 29 de
Setiembre, púsole aquel nombre, como hoy lo tiene. Sucedió luégo, en
entrando, apartados algo de tierra, tan grandes olas y tan bravas, que
Vasco Nuñez, por haber tomado el consejo de Chiapes, renunciara todas
las riquezas del mundo que tuviera. Fué grandísima ventura todos no
perderse, y los indios, que suelen nadar como peces, mostraban más el
peligro en que se vian, por las muchas veces que sabian peligrar en
aquel golfo por experiencia, y este miedo que mostraban los indios
causaba á los españoles mayor desconfianza de su buena suerte. La
causa de andar la mar en aquel golfo, sin que haga viento, tan brava
é inquieta, es las muchas isletas y arracifes, ó peñascos, que hay
en él. Tomaron por remedio los indios, como maestros en aquello, que
se juntaron unas canoas con otras, y atáronse con cuerdas, porque
atadas no se trastornan tan fácilmente; llegáronse al reparo de una
isleta, y saltaron en tierra, ligando las canoas, ó á las peñas, ó á
algunos arbolillos mariscos que allí crescen, donde estuvieron toda la
noche con muy poco ménos tormento que si luégo vieran la muerte, y no
estuvieron muy léjos della, porque, creciendo la mar, cubrió toda la
isleta como si no hobiera en ella tierra ó peñas, y ellos en el agua
hasta la cinta, ó poco ménos. Venido el dia, y tornando á bajar la mar,
van á ver sus canoas, de las cuales hallan algunas hechas pedazos,
otras abiertas por muchas partes, y todas llenas de arena y de agua
salada, y en ninguna hato ni comida, de todo lo que en ellas tenian,
hallaron. No hay mucho aquí que dudar de cuánta miseria, angustia, y
tristeza estarian llenos y sobrepujados; viéndose así tan cercanos á
del todo perecer, comenzaron á socorrerse, desollando cortezas de los
arbolillos marinos que allí estaban y majándolas, y con ellas y con
hierbas, tajaban y tupian las hendiduras de las canoas que no estaban
del todo quebradas, y, como mejor pudieron, tornáronse á embarcar
con muy grande peligro, y padeciendo terrible hambre. Van en demanda
de la tierra de un señor llamado Tumaco, que está en un rincon del
mismo golfo, y éste hallaron, para resistilles, aparejado, el cual
les dió una batalluela, de las que los desnudos, donde no tenian
hierba ponzoñosa, solian dar; venciéronlo, aunque flacos de hambre, y
ahuyentáronlo como á los de atras, quedando los que alcanzaron, por
los perros y con las espadas, hechos pedazos, y el mismo Cacique bien
descalabrado. Envió luégo el cacique Chiapes mensajeros de su gente
al Tumaco, avisándole de la fortaleza de los españoles, y cuán crueles
eran contra los que no se les daban, y cuán bien trataban los que
tenian por amigos, como hacian á él y á los otros señores que quedaban
en los caminos por donde venian. No habia Chiapes aún experimentado
el tractamiento que despues le hicieron, y como no era oro todo lo
que relucia en los españoles, y como habian todos de perecer en las
minas y en los otros trabajos en que los pusieron para hacerse ricos,
y por ello sacalles la sangre. Tumaco no quiso ser persuadido de los
mensajeros de Chiapes, y, cierto, en su seso estaba; tórnale á enviar
otros mensajeros, ó otra vez los mismos, avisándole, como amigo, porque
tuviese por cierto que, si no venia, no se podia escapar de sus manos,
donde sería cruelmente muerto, y todo su señorío disipado, y todo lo
demas que pudo envialle á decir, para movello, le significaron. En
fin, convencido de las razones y temores que le pusieron, acordó de
sacar de la necesidad virtud; pero él no quiso venir, mas envió su
hijo, al cual Vasco Nuñez rescibió muy bien, y creo que le dió una
camisa y otras cosillas, y tornólo á enviar á su padre, amonestándole
que le dijese todo el mal y bien que podian los españoles hacerle,
por eso, que no tardase ni porfiase á perseverar en no querer venir
á ser su amigo. Viendo Tumaco que así habian tratado á su hijo,
creyendo que así sería todo y siempre, al tercero dia determinó de
venir bien acompañado de su gente y principales, pero no quiso traer
consigo nada que ofreciese para la lámpara que tanto ardia, y aquella
ofrenda deseaba. Rescibióle con mucha fiesta Vasco Nuñez y los demas,
y aseguráronlo mucho, hablóles Chiapes, loando mucho á los españoles,
que eran buenos amigos, y que era razon de los abrigar y ayudar, pues
eran extranjeros y estaban en sus tierras, y otras cosas para lo
atraer á la confianza y amistad de los cristianos; él, así aplacado y
confiado por las palabras de Chiapes y por la conversacion alegre que
experimentaba, envió de la gente que consigo trujo, ciertos criados
á su casa, los cuales trujeron ciertas joyas de oro, y, lo que más
valia y más se estimó, y con razon, trujeron 240 perlas gruesas, muy
preciosas, y de otras menudas, muchas. Desque Vasco Nuñez y todos las
vieron, no se podia encarecer el alegría y regocijo que tuvieron,
creyendo que ya se les acercaban las riquezas inmensas que el hijo del
rey Comogre les habia denunciado, por lo cual se tenian por los más
bienaventurados del mundo, y daban ya por bien empleados todos sus
trabajos, que no eran mucho menores que infernales. Las perlas grandes,
como dije, eran de mucho valor, salvo, que por echar los indios en el
fuego las ostias donde ellas están para las abrir, salian ahumadas,
y no tan blancas como ellas lo eran y son de su natural. Despues, el
tiempo andando, enseñaron los españoles á los indios como abriesen
las ostias, sin fuego, más aína y con más cuidado y continuacion que
la doctrina cristiana, porque no viene alguno dellos por aquel fin
acá, y ésto, cierto, creo, por lo que habemos largamente visto, que lo
podemos afirmar sin pecado; pues como viese Tumaco que tanta fiesta
se hacia por las perlas, y que todos dellas se admiraban, por mostrar
ser liviandad y que él las tenia en poco, envió luégo ciertos indios,
mandándoles que fuesen á pescar más, los cuales se dijo que trujeron,
desde á cuatro dias, dellas tantas que pesaron 12 marcos. Todo ésto
era materia para que los nuestros no pudiesen tragar la saliva de
gozo, tanto les crescia la esperanza de su desideratísima felicidad.
Todos los españoles y indios estaban en grandísimo regocijo; los
españoles, por los argumentos que juzgaban serles todo aquello de su
bienandanza, y los indios, mayormente los Caciques, por el amistad de
los cristianos, creyendo que aquella les habia de durar, y que los
españoles estimaban en mucho el oro y perlas que ellos tenian en nada,
y que se contentaran con lo que les daban y no quisieran dellos más,
y mayormente se holgaba Chiapes por haber sido medianero de la paz y
amistad de Tumaco y los cristianos. Certificaron Chiapes y Tumaco á
Vasco Nuñez, estar una isla distante de allí obra de cinco leguas,
segun por señas señalaban, dentro en aquel golfo, donde señoreaba un
Rey gran señor, en la cual habia gran multitud de ostias muy grandes,
en las cuales se criaban perlas tan grandes como aceitunas, y como
habas, segun por señas significaban. Oido Vasco Nuñez de la isla y
de la riqueza de las perlas, no podia caber en sí por la excesiva
alegría, dice que luégo quiere pasar á ella é que aparejen las canoas;
los dos Caciques amigos le ruegan que no se ponga en aquel peligro en
tal tiempo, que lo deje para el verano, cuando la mar está en sosiego,
y entónces podrá ir á su placer y alcanzar cumplimiento de su deseo,
y que para entónces ellos con su gente le acompañarian. Temió Vasco
Nuñez no le acaeciese lo que de ántes habia padecido en la isleta, y
así tuvo por bueno el consejo de aquellos Caciques sus amigos. Díjose
que aquel cacique Tumaco dió nuevas á Vasco Nuñez, como por aquella
costa en adelante, señalando hácia el Perú, habia grande cantidad de
oro, y ciertos animales sobre que ponian sus cargas las gentes della,
y que de barro hizo una figura como las ovejas de aquella tierra, con
el pescuezo que tienen, que parece propio de camello; estaban los
españoles admirados, dellos decian que mentian, dellos pensaban si
eran camellos, dellos si eran ciervos ó dantas, que las hay en muchas
partes de tierra firme, que son como terneras chiquitas, pero difieren
porque tienen las piernas muy chicas, cuasi un palmo del suelo, y creo
que carecen de grandes cuernos: y éste fué el segundo indicio que Vasco
Nuñez alcanzó de las riquezas y estado del Perú.



                              CAPÍTULO L.


Con todas estas tan nuevas nuevas, cargado de larguísima esperanza
de las riquezas de oro y perlas que esperaba de descubrir el verano
venidero, y que nunca gozó aunque las habia mayores que jamás fueron
imaginadas ni soñadas, Vasco Nuñez acordó, muy contento, y alegre, y
triunfante, volverse al Darien; despidió allí los caciques Chiapes y
Tumaco, que se quedasen muy enhorabuena, dándoles gracias por lo que
por él y los suyos habian hecho, y en especial á Chiapes, que más
con él habia trabajado y más seguídole, y abrazándolos, y ellos á
él (mayormente Chiapes lloró mucho apartándose dél, porque, cierto,
comunmente los indios aman á los que no les hacen mal), y con alguna
muestra de querellos bien de veras, dejó con él los españoles que
estaban mal dispuestos y flacos, encomendándoselos tuviese cargo
dellos, hasta que estuviesen buenos y pudiesen irse tras él, dióle
todos los indios que hobo menester, que le llevasen las cargas y
acompañasen hasta donde quisiese servirse dellos. Fueron por otro
camino que habian venido, y aportaron á la tierra y señorío de un
otro Cacique llamado Teaocham; éste, sabido que iban y las obras que
hacian á las gentes donde llegaban, si no les salian á rescibir,
como no tuviese fuerzas para les resistir, acordó salirles de paz al
camino, y hacelles todo el rescibimiento de amistad y benevolencia, y
acogimiento, y servicio en su pueblo que le fué posible; trujo ante
sí consigo su presente, que ofreció á Vasco Nuñez, 1.000 castellanos
de oro en piezas labradas por muy lindo artificio, y 200 perlas muy
finas, puesto que algo turbias por haberlas sacado de las conchas ó
ostias al fuego. Dióles abundantemente de comer de todo lo que tenia,
y hospédalos, en todo lo que pudo, como si fueran sus deudos y amigos,
y á toda la gente que de Chiapes traia; rogó á Vasco Nuñez que diese
licencia que se tornasen á su tierra los chiapenses, porque estando
en su casa, no les habia de faltar cosa de lo que tuviese. Fué así,
é mandóles dar comida para su camino. Holgáronse allí con Teaocham
dos ó tres dias, y porque el camino para el Darien, desde allí, era
despoblado mucha parte, y de altísimas y estériles sierras, donde habia
muchos tigres y leones, proveyóles de mucho bastimento, bizcocho, y
pescado salado, y otras cosas, y mucha gente que le sirviese y llevase
las cargas, y hombres de sus principales, y con ellos por Capitan,
para que mandase y ordenase á todos por el camino, el mayor y más
amado hijo que tenia, mandándole que no se apartase de los españoles
un credo, ni se volviese, ni él ni hombre de los que con él iban, sin
voluntad y mandado de Vasco Nuñez. Guiaron su camino los indios por
la tierra de un otro señor, mayor que todos los que atras quedaban,
que debia de ser enemigo dellos, del cual justa ó injustamente se
quejaban, y quisieran, por ventura, que los españoles á quien tenian ya
por invencibles, hicieran guerra contra él, que Pacra se llamaba; éste
Pacra, gran señor, no osó salir de guerra ni de paz, sino escondióse; y
ántes que aquí llegasen, subiendo por unas aspérrimas sierras, que no
tenian por mucha parte del camino agua, padecieron tan terrible sed,
que si no fuera por las guías, que, apartado del camino en un rincon de
un valle, mostraron una fuente, hombre dellos no escapara. Llegados al
pueblo de Pacra, halláronlo todo vacío de gente, aunque no faltó que
robar, porque 3.000 pesos de oro en joyas hallaron; envió Vasco Nuñez
mensajeros, que por los montes lo buscasen y le dijesen que viniese á
verlos sin temor, y que sería su amigo, y si no que lo iria á buscar y
lo haria echar á los perros que le hiciesen pedazos como habia hecho á
los demas. Pacra, temiendo su severidad y la ferocidad de los perros,
que ya eran temidos por toda la tierra más que los diablos, acordó
venir (aunque tarde porque no osaba), é ponerse en sus manos habiéndolo
asegurado; trujo consigo otros tres señores, que debian quizá ser sus
vasallos y con gente acompañado. Era, segun escribió Vasco Nuñez
al Rey, este señor Pacra feísimo de gesto, y de todos los miembros,
diferente de otros hombres, desproporcionado, que de vello todos se
admiraron. Dijo Vasco Nuñez, que otros Caciques y señores comarcanos,
sabido que Pacra habia venido á ver á los españoles, vinieron á
quejarse dél, que les habia hecho muchos agravios, y que por ésto
determinó de matarlo; con éste acuerdo, primero preguntóle blandamente,
como rogándole, que dijese dónde se cogia el oro de aquella tierra,
que de abundar dello tenia mucha fama; respondió que no sabia;
hácele muchas amenazas, dále muchos tormentos, no le aprovechó nada.
Preguntado de dónde habia habido aquellos 3.000 pesos que le tomaron,
respondió que ya eran muertos los que sabian sacallo en tiempo de sus
padres y suyo, y que despues que habia crecido en edad, de mandar
buscar ni sacar oro habia tenido poco cuidado. Hízolo, en fin, echar á
los perros con los otros tres señores que habian venido á acompañallo,
que los hicieron pedazos, y despues de muertos por los perros, hízolos
quemar. Bien es aquí de notar la gran tiranía y ceguedad deste pobre
Vasco, que, habiéndolo asegurado, y venido confiado del seguro, y sin
le haber ofendido, dalle tal pago, y tambien ¿qué juez era él en el
señorío de Pacra, siendo por toda la tierra tirano y haciendo á todos
los señores della obras de tirano, para conocer de las quejas que los
otros Caciques, de Pacra daban? Item, ya que tuviera jurisdiccion sobre
Pacra, á cuya jurisdiccion era él ántes, de ley natural, subjeto,
¿seguíase que, porque los otros de aquel se quejasen, tuviesen razon
ni justicia de agraviarse? Item, ¿qué sabia Vasco Nuñez, si aquellos
eran sus vasallos, como quiera que fuese gran señor, y por rebelársele
ó querérsele rebelar, viendo la fuerza de los españoles, le levantaban
achaques? Item, ¿oyó en juicio contradictorio á Pacra, fué convencido
en él despues de jurídicamente muy examinada la causa y entendido su
lenguaje, de que apénas entendia tres palabras, para que á él y á los
otros tristes tres señores, que de su seguridad se fiaron, echase á
los perros que los despedazasen? Pero, cierto, harto más injusto é más
infelice y más feo parecia y era Vasco Nuñez, ante el acatamiento
de Dios, haciendo las injusticias y tiranías é infestaciones que por
toda aquella tierra cometia él y los demás, teniendo el apellido y
nombre cristiano, que Pacra aunque más feo é injusto fuese, dado que
los que dél se quejaban dijesen verdad, cuanto más que quizá no lo
era, y no era Vasco juez para examinallo, ni lo podia, por falta de
saber la lengua, examinar, sino el oficio que á él le competiera,
por ser cristiano, era ser medianero entre ellos, hacellos amigos y
ponellos á todos en paz, lo cual pudiera muy bien hacello y con mucha
facilidad. Despues que los españoles que dejó en el pueblo de Chiapes
se sintieron en breve dispuestos para caminar, siguieron á Vasco
Nuñez acompañados con gente y bastimentos de Chiapes; viniéronse por
cierto señorío y casa de un otro Cacique y señor, llamado Bononiáma,
la penúltima sílaba luenga. Este, como los vido, recibiólos con toda
alegría y benignidad; hospédalos como si fueran sus hermanos, dáles en
presente 2.000 castellanos. Descansados un dia ó dos pártense, y el
mismo señor, con mucha provision de comida y muchos servidores, los
quiso acompañar hasta ponellos donde Vasco Nuñez estaba; llegado al
pueblo de Pacra donde áun estaban, toma á algunos por la mano y dice á
Vasco Nuñez: «Ves aquí, hombre valiente y esforzado, tus compañeros,
los cuales, así como en mi casa entraron, buenos y sanos, te los
traigo; el que hace los truenos y relámpagos y nos da los fructos de
la tierra, y nos mantiene, á tí é á ellos os guarde.» Esta sentencia
creian que pretendia significar su plática, y cuando decia alzaba
los ojos al sol, por manera que al sol debian de tener por Dios, ó
por dador de los bienes temporales; otras muchas palabras dijo, que
parecian ser de amor, que aunque no se entendian en este sonido las
interpretaban. Vasco Nuñez, como mejor pudo, le mostró referille
agradecimiento y muchas gracias por haber hecho tan buen acogimiento y
hospedaje y compañía á los españoles; dióle muchas cosillas de las de
Castilla, que allí tenia, que él tuvo por gran favor y riqueza. Supo
dél muchos secretos del oro de aquellas provincias, y de las tierras
vecinas, segun Vasco Nuñez escribió al Rey, entre las cuales debió de
tener aviso de las cosas del Perú, segun en su carta al Rey encarecia.
Despidióle, para que se volviese á su casa y tierra, con grande amor
y alegría, quedando ambos confederados en amistad perpétua. Estuvo
reposando Vasco Nuñez y su compañía en el pueblo de Pacra, que hizo
despedazar á los perros, treinta dias, donde se rehicieron y cobraron
todos fuerzas, porque todos venian, y los más sanos, de los grandes
trabajos, y hambres muchas veces, muy deshechos. Partióse de allí,
acompañándoles siempre la gente que traia del cacique Teaocham, que
arriba dijimos salirle á rescibir voluntaria y graciosamente; tomaron
la ribera en la mano del rio de Comogre, del cual tomó el nombre la
region y tierra, y el mismo Cacique, cuyo hijo significamos arriba que
dió á Vasco Nuñez las nuevas del Perú y de sus riquezas. Subieron unas
sierras terribles y aspérrimas, despobladas, sino fueron dos Caciquejos
paupérrimos que topó en un poblezuelo, que no debian tener labranzas,
sino pocas, como hombres muy montañeses; aquestos llevó consigo por
guías, y tomado de allí algun poco bastimento, yendo de sierra en
sierra, sin camino, y á veces por ciénagas donde se sumian, si no iban
sobre aviso, fueron tres dias con trabajo nunca oido, y algunos de los
indios teaochenses, de hambre, cansancio y flaqueza, y tambien de los
españoles, desfalleciendo. Era aquella tierra no andada, porque, aunque
habia algunos pueblos, no comunicaban unos con otros, contentándose
cada uno con lo que tenia; llegaron á un pueblo de un Cacique,
nombrado Buchebuca, el cual hallaron todo vacío, porque, sintiendo que
los españoles venian, huyeron él y toda su gente. Envió á buscallo
algunos indios de los teaochenses, que todo lo trabajaban y suplian;
halláronlo por los montes ó sierras, escondido; aseguránlo de parte
de los españoles, respondió que él no habia huido de miedo, sino de
vergüenza y tristeza, por no se hallar con tanto bastimento, y comida,
y aparejo para rescibirlos, segun ellos merecian, pero que, en señal
de amistad y confederacion con ellos, rescibiesen aquellos vasos y
piezas de oro que los enviaba, pidiéndoles perdon porque más no podia
servirles. Salieron de aquel pueblo harto desconsolados y hambrientos
y con mucha flaqueza, porque como era mucha gente los españoles y
los indios, que les traian las cargas y les servian por el camino,
y no traian acémilas ni carretas para traer los bastimentos, donde
quiera que llegaban, puesto que les diesen mucho, y cuanto bastimento
tenian, como no podian los indios llevar más de dos ó tres arrobas á
cuestas y comian todos dello, en dos dias que andaban por despoblado
no tenian que comer. Viniendo su camino, asomaron ciertos indios por
un cerro y hicieron señas que los esperasen, que los querian hablar;
Vasco Nuñez mandó que todos parasen, pregúntales que qué es lo que
quieren; comienzan: «Nuestro señor Chioriso os envia á saludar, y dice
que quisiera mucho que fuérades á su pueblo, por mostraros el amor que
os tiene, aunque no os ha visto, por la fama que teneis de valientes
hombres; ha oido decir que haceis mal y perseguís á los que hacen mal á
otros, y él tiene un enemigo, gran señor, de quien rescibe mucho daño,
y querria que le ayudásedes; éste tiene mucho oro, del cual podríades
vosotros gozar, pero mi señor, en señal del bien que os quiere y os
desea, os envia estos 30 platos ó piezas de oro, prometiendo que os
dará muchas más si teneis por bien de ir á donde él está.» Pesaban, á
lo que entendí, 1.400 castellanos. Vasco Nuñez mostró agradecérselo á
su señor, dándoles esperanza que algun dia iria á visitallo, y envióle
ciertas hachuelas de hierro, que por ellas le dieran de oro diez veces
más, y pensaran que no se las pagaban. Despidiólos muy alegres y ricos
con sus hachas, y llenos de esperanza que algun dia los iria á visitar,
y él con su hueste prosigue por su camino adelante.



                             CAPÍTULO LI.


Iban todos tan cargados de oro, que más indios con cargas de oro que
con bastimentos y comida ocupaban; pero, aunque el oro de su propia
naturaleza tiene virtud de alegrar, la mucha hambre y cansancio que
padecian los llevaba tan tristes y atribulados, que consuelo ninguno
en su corazon podia entrar; bien podemos presumir, que si llegaran
á un bien proveido meson de comida, que ni estuvieran regateando en
el precio, ni les faltara de que lo pagar. Prosiguiendo su camino,
llegaron á la tierra y señorío del cacique Pocorosa, el cual luégo
huyó, pero enviándole mensajeros y asegurándolo que no rescibiria daño
alguno, luégo tornó; presentó á Vasco Nuñez 1.500 pesos de oro, y
ciertos indios que debia tener por esclavos, Vasco Nuñez le dió de sus
diges de Castilla, y algunas hachas con que lo contentó; estuvieron
allí treinta dias teniendo bien de comer, donde rehicieron las fuerzas
que traian harto disminuidas y flacas. Queriendo se partir de aquel
pueblo de Pocorosa, y preguntando por el camino, fuéle dicho que habia
de pasar, de necesidad, por el señorío del rey Tubanamá, la última
sílaba aguda; y éste era el gran señor, y á quien temian todos los de
aquellas regiones por su mucho poder y valor, de quien dió noticia el
hijo de Comogre, como en el cap. 41 hicimos relacion; llamó á todos
los españoles Vasco Nuñez, y díceles que conviene ántes que Tubanamá
tenga noticia dellos irlo á saltear y prendello, lo cual parecia
deberse hacer así al cacique Pocorosa, que era su capital enemigo.
Respondieron que se hiciese como le parecia, y que luégo se partiesen
ántes que por alguna vía Tubanamá fuese avisado. Tomó 60 hombres, los
más dispuestos, ligeros y sanos, y de mejores ánimos, con cantidad
de indios que le dió Pocorosa, los demas españoles, que estaban
indispuestos y flacos, dejó allí para que descansasen y se recreasen;
partióse Vasco Nuñez con sus 60, trasnochando, y lo que habian de andar
en dos dias anduvieron en uno, y así una noche, á la prima, dieron en
él, que estaba bien descuidado, y lo prendieron. Dijeron que tenia 80
mujeres; á ellas y á toda su familia que tenia en su casa, que era
muy grande, captivaron; el pueblo teníalo muy desparcido, y así como
sintieron los españoles, todos huyeron; la gente que llevaba Vasco
Nuñez de Pocorosa, comenzaron á vengarse dél diciéndole injurias y
baldones, cuantos sabian y podian, por darle pena. Sabida su prision
por otros pueblos que tenian dél queja, venian y hacian lo mismo, y
daban á Vasco Nuñez quejas dél; respondia que mentian y que por envidia
de que estaban llenos, por verlo más poderoso y no poder contra él
prevalecer ni sojuzgallo, le levantaban aquellas mentiras y testimonios
falsos, ántes habia rescibido muchos agravios dellos. Entre aquestas
disputas, acusaciones, excusas, ó respuestas, finge Vasco Nuñez que
lo queria echar á los perros, y mandó á los españoles que lo sacasen
fuera, ó para echallo, píes y manos atadas, en un gran rio que allí
era; llora terriblemente, y échase á los piés de Vasco Nuñez, alegando
que nunca le habia ofendido á él ni á los cristianos, ántes siempre los
tuvo en mucho, aunque no los habia visto, estimándolos por valientes
hombres y buenos, que por qué á sus enemigos que lo querian mal daba
crédito, y para en argumento de la estimacion que de los españoles
tenia, llegóse á Vasco Nuñez, y pónele la mano á la espada diciendo:
«¿Quién contra ésta macana (ó como allí se llamaba), que de un golpe
hiende un hombre por medio, desde la cabeza hasta el ombligo, ha de
pensar prevalecer sino fuere alguno que no tuviere seso? ¿pues quién no
amará más presto que aborrecerá tal gente? No me mates, yo te lo ruego,
y traerte hé cuanto oro yo tengo, y cuanto pudiere haber.» Estas y
otras muchas palabras y razones, con abundancia de lágrimas, que todas
no se entendian, decia, teniendo ya cuasi tragada la muerte. Macana
llamaban en esta isla un arma, de que usaban como de espada, en las
manos, de palo de palma, que es muy recia, como arriba hemos algunas
veces dicho, allí no sé qué nombre se tenia; Vasco, no queriéndolo
matar, comenzó á mostrarle el rostro un poco alegre, mostrando que
se compadecia dél y mandó que lo soltasen; suelto, mandó luégo traer
3.000 pesos de oro fino en ciertas joyas, como manillas y ajorcas y
otras piezas para ornato de mujeres. Desde á tres dias le enviaron
ciertos señores, sus vasallos debian ser, por su mandado, 6.000 pesos;
preguntado Tubanamá que dónde se sacaba aquel oro, negó que se cogiese
en su tierra, y que aquello, á sus pasados se habia traido del rio
de Comogre que desaguaba en la mar del Sur; la gente de Pocorosa, y
otros sus enemigos, que allí habian venido á vengarse dél, afirmaban
que mentia, porque todo su reino y señorío era, más que otra tierra,
de oro muy rico, el contrario decia Tubanamá, conviene á saber, que
en toda su tierra no sentia que hobiese minas, puesto que algunas
veces sus vasallos cogian en los rios algunos granillos, pero que no
hacian cuenta dello, ni ponian cuidado en buscallo, como quiera que
para lo sacar grandes trabajos se requiriesen. Estando allí, llegaron
al pueblo de Pocorosa los españoles que habian quedado en los pueblos
de atras descansando, los cuales traian entre sus hatos y cargas, que
les traian los indios, ciertos azadones y bateas y otros instrumentos
para inquirir, por dónde anduviesen, los rios y lugares en que hobiese
oro. Sabido por Vasco Nuñez, envió por los dichos instrumentos de
sacar oro, y llegaron dia de Navidad, el cual, con regocijo corporal y
mundano, festejado, no les sobrando la devocion de las tres misas que
aquel dia oyeron, porque de oirlas estaban bien descuidados, luégo,
el dia siguiente de Sant Estéban, fueron con toda su devocion á dar
catas por los cerros y arroyos, que es hacer hoyos y probar si sacaban
muestra de aquello que tenian por su principal fin, é por quien tantos
y tales trabajos y peligros voluntariamente tomaban. En las cuales
catas hallaron muy buen oro, y entre ello muchos granos como lentejas,
señal de haber en la tierra minas muy ricas de oro, de donde creyeron
los nuestros los de Pocorosa decir verdad, que con justa razon Tubanamá
negaba, porque ya sabia que si en su tierra hallaban oro los españoles,
que nunca se irian della, y por consiguiente, á él y á su gente y á
todo su estado, les habia de suceder mucho mayor mal; tambien se creia
que lo negaba por tener por muy poca cosa, y no de estimar, aquella
cantidad, pero la primera razon es la verdad, y muy extendida en todas
estas Indias, y á todas las gentes dellas general, conviene á saber,
huir siempre de estar cerca de españoles y encubrir las minas del oro,
porque ya saben ó han oido decir que por el oro los han de consumir
y en breve acabarlos. Cuando se quiso partir de allí, hizo dar otras
catas en otros lugares y hallaron mucho mayor señal de ser rica la
tierra de oro, por lo cual determinó de hacer, andando el tiempo, dos
pueblos de españoles, uno allí en la tierra de Tubanamá, y otro en la
de Pocorosa, para dos efectos, el uno, porque hobiese poblacion de
nuestra gente para la seguridad del tracto que hobiese de la una mar
á la otra, y el otro por tener cerca las minas para gozar de aquel
oro que estimaban ser mucho. Llevóle todas sus mujeres y todo cuanto
pudo llevarle y á un hijo suyo; aunque se dijo que el hijo dió de su
voluntad, para que, conversando con los españoles, supiese su lengua,
y quiza por espía, para que de lo que determinasen hacer lo avisase;
dejóle dicho que hiciese coger á su gente mucho oro y se lo enviase, y
que siempre sería su amigo y bien tractado. Dieron ciertas calenturas á
Vasco Nuñez, de los grandes trabajos y hambres que habia pasado, hízose
llevar á cuestas de indios en una hamaca; llegaron al pueblo y señorío
de Comogre, cuyo señor, viejo, era muerto, y heredado el hijo mayor,
discreto mancebo, que habia reprendido á los españoles cuando los vido
reñir sobre la partija del oro, y dió nuevas las primeras é indicios
de la gran tierra y riqueza del Perú. Este rescibió á Vasco Nuñez y á
los demas con grande alegría y fiesta, donde hallaron harto consuelo y
abrigo; presentó á Vasco Nuñez 2.000 pesos de oro labrado, y él dióle
una camisa de lienzo que no tuvo en poco el bueno del señor Comogre.
Despues de haber algunos dias reposado y recobradas algunas fuerzas los
que más presto se restauraron, y él libre de las calenturas, acordó
partirse para el Darien con hartas cargas de oro, que bien creo que
pasarian de 30 y 40.000 castellanos, los cuales, por entónces, valian
y eran más que hoy 300.000; la infinidad de lo que de sí despues
dió el Perú, fué la causa. Dejó mucho encargado á Comogre, mandase
siempre coger á su gente oro y se lo enviase, porque ésta era dél y
de todos los que en aquella cofradía andaban toda su ansia; llegando
á la poblacion del cacique ó señor Ponca, de quien arriba en el cap.
46 hicimos mencion, halló cuatro españoles que salieron del Darien
en su busca, para le avisar como eran venidos dos navíos, con mucho
bastimento, de la isla Española; lo cual oido y habida grande alegría,
tomó 20 hombres, de los más sanos y mejores peones, y váse al Darien de
presto, y dejó los demas que se fuesen poco á poco. Llegó al Darien á
19 de Enero, entrante el año de 1514, de donde habia salido primero dia
de Setiembre del año pasado de 1513; saliéronlo á rescibir todos los
españoles del Darien, con solemnísima fiesta, pero desque supieron que
habia descubierto la mar del Sur, y las perlas, y traia tanta carga de
oro, y tan ricas perlas, no se podria encarecer la excesiva alegría que
todos rescibieron, estimando ser cada uno dellos, de todos los hombres
del mundo, el más felice, los desventurados no conociendo el estado
en que andaban, infamando y haciendo heder por todas aquellas gentes
el nombre de Cristo, turbando, y afligiendo y echando al infierno
tantas dellas, haciendo esclavos los libres, usurpándolos y robándolos
sus naturales señoríos y todo cuanto tenian; no advertian tampoco la
obligacion en que todos quedaban, _in solidum_, de restituir tanta
cantidad de oro como robaban, y los daños que por todo aquello hacian,
restitucion no ménos que infinita, y al cabo no vieron ni gozaron lo
que tanto desearon, porque cuasi todos los que allí entónces estaban en
breve murieron ántes, y hobieron mala fin. Repartió Vasco Nuñez todo el
oro y perlas por los que con él fueron á esta meritoria peregrinacion,
y por los que quedaron en el Darien, y dejó para sí, quedando todos
contentos, más con la esperanza de lo que se prometian cada uno, el
tiempo andado, haber, que con lo que de presente vian, aunque fuera
doblado de lo que era.



                             CAPÍTULO LII.


Determinó luégo Vasco Nuñez de hacer saber al Rey tan señaladas y
nuevas nuevas, de haber descubierto la mar del Sur y en ella las
perlas, cosas, cierto ambas, muy nuevas; y si no fueran descubiertas
con tanto perjuicio é infamia de la ley é honra de Dios, y por modo
contrario á sus mandamientos, y en tan gran daño de tantos hombres,
nuestros prójimos, gentes pacíficas que en nada nos ofendieron, y no
ménos en impedimento de la dilatacion de la universal Iglesia, dignas
y muy dignas fueran de grande remuneracion. Envió para que las llevase
un muy amigo suyo, llamado fulano de Arbolanche, vizcaino, que habia
con él andado en aquellas estaciones; á éste dió todas las mejores y
más preciosas perlas de todas las que trujo, para que en nombre suyo
y de los que con él fueron presentase al Rey. Escribió al Rey, muy en
particular, de todo lo que habia visto y pasado en aquel viaje muy
larga relacion; entre otras cosas, dijo que de 190 hombres, que del
Darien sacó, nunca se pudo ayudar sino apénas de 80, porque todos los
demas, por las hambres y trabajos que padecian, ó de enfermos ó de muy
flacos y cansados, que no podian en algo ayudar, no escapaban. Escribió
más, que hobo con diversas gentes batallas, pero que ni él fué jamás
herido ni hombre de toda su compañía le mataron ni le faltó. Pero,
cierto, no eran grandes hazañas las que hacia venciendo, como pelease
con gallinas, que son todos los indios desnudos, donde no alcanzan
á tener hierba, como puede juzgar por toda esta historia cualquiera
cuerdo hombre; mayormente, llevando las escopetas que nunca habian
visto ni oido, ni gente tan extraña y feroz como los nuestros son,
comparados á aquellos que por armas tienen sus barrigas y pellejos
desnudos, de los cuales, con justa razon, pudieron pensar que echan
por la boca rayos y truenos y relámpagos, con vivo fuego, pues vian
que con los tiros de fuego caian dellos luégo muertos en el suelo.
Pues, ¿qué diremos de los perros, que, en soltándolos, luégo los
despedazaban? Así que no eran las que Vasco Nuñez y los suyos á los
indios daban muy peligrosas batallas para gloriarse. Afirmó al Rey en
aquella carta, que habia sabido de los Caciques y señores de aquellas
tierras, que habia penetrado, grandes secretos de haber increibles
riquezas en aquella mar, las cuales no escribia á Su Alteza, hasta que,
como esperaba en Dios, las hobiese visto y hollado; y bien creo yo,
cierto, que le dieron grande noticia de las grandezas del Perú y de lo
que en él habia, y que por aquella noticia deseó mucho de hacer ciertos
navíos ó bergantines, que despues hizo en aquella mar del Sur. Despachó
al dicho Arbolanche con su carta y nuevas nuevas, y presente de perlas
para el Rey, al principio de Marzo del dicho año de 1514, y, llegando
á la corte, fué luégo llena de grande alegría, y, desde á poco,
toda Castilla, cuasi como si entónces se descubrieran estas Indias.
Rescibiéronle no con menor gozo y placer el obispo de Búrgos D. Juan
de Fonseca, y el secretario Lope Conchillos, en quien se resolvia todo
el Consejo y gobernacion dellas. Entónces no habia Consejo determinado
de las Indias, sino que para las cosas árduas se llamaba el licenciado
Zapata, y el doctor Palacios Rubios, y el licenciado Santiago, y el
licenciado Sosa, que despues fué obispo de Almería, todos del Consejo
Real, con los cuales el obispo de Búrgos comunicaba lo que se habia
de proveer y aquello se hacia. Llevaron el Obispo y Conchillos al Rey
á Arbolanche, procurador de Vasco Nuñez y de los del Darien, al cual
el Rey rescibió graciosamente, holgándose mucho de las buenas nuevas
que le traia, y del presente de las perlas. Paróse mucho á mirallas
y á loallas, preguntando cómo y de qué parte las sacaban; y él,
respondiendo á todo lo que el Rey le preguntaba, dióle larga relacion
de como en aquel viaje les habia ido, encareciendo los grandes trabajos
que habian padecido, y las grandes victorias que de los indios habian
habido, y todo lo demas que hacia en favor de su fin que pretendian,
porque ni él dijo al Rey los grandes escándalos y violencias que habian
hecho por todas aquellas tierras, y muertes, y robos, y captiverios
injustos en aquellas gentes, ni el Rey se lo preguntaba, y mucho
ménos el Obispo y Conchillos, á quien saberlo más incumbia, sino que
hablaban, y preguntaban, y respondian en ello, como si hablara de las
victorias y cosas de Africa ó de Turquía; finalmente, mandó el Rey al
Obispo, que luégo entendiese en ordenar lo que convenia, y á Vasco
Nuñez se le hiciesen mercedes, pues tanto le habia servido. Por manera
que, por aquellas nuevas, no sólo perdonó el Rey á Vasco Nuñez los
deservicios que tenia entendido haberle hecho en la muerte de Nicuesa,
de que estaba acusado, y los agravios del bachiller Anciso, y haber
usurpado la gobernacion y ejercicio de justicia en aquella tierra, pero
rescibiólo en su gracia, y hízole mercedes. Suplícole Arbolanche, por
él, lo armase caballero y hiciese merced de algun título; el Rey lo
hizo y le creó Adelantado de aquella tierra (no supe cómo rezaba el
título), con otras mercedes, creo yo, de hecho y dicho, con grandes
blasones, refiriendo sus obras por grandes servicios; y éste fué el
segundo Adelantado que hobo en todas estas Indias, porque el primero
fué D. Bartolomé Colon, hermano del Almirante primero, D. Cristóbal
Colon, que descubrió este mundo nuevo. Despues que Vasco Nuñez despachó
á Arbolanche, su procurador, con las nuevas para Castilla, quiso saber
qué distancia de camino habia del Darien á la mar del Sur, yendo por
vía derecha, para lo cual envió á un Andrés Garavito con 80 hombres que
lo viesen, y mandóles que de camino hiciesen cuantos esclavos haber
pudiesen de los pueblos que topasen. Salidos del Darien, subieron por
la ribera de un rio que llamaban de la Trepadera, hasta la cumbre
de las sierras muy altas, que Vasco Nuñez habia subido, aunque por
muy abajo, como queda visto, y de allí descendió Andrés Garavito por
otro rio cuyas vertientes iban á parar á la dicha mar del Sur; en las
riberas del cual habia muchas poblaciones, las cuales á fuego y á
sangre acometia sin habelle hecho más que los otros por qué, y prendió
á los caciques Chaquina y Chauca, y mucha gente con ellos, y á otro
llamado Tamahe, que tenia su tierra y señorío más hácia la mar del Sur;
el cual, como vino la noche, se soltó, pero desque vido que un hermano
suyo y muchos deudos y criados que más queria se habian prendido,
vínose de su voluntad á poner en poder del Garavito, y trújole cierto
presente de oro, y una moza de buen parecer, diciendo que era su hija,
que se la daba por su mujer (la cual quizá no lo era), por lo cual le
llamaron los españoles desde adelante el suegro. Soltó al hermano y á
él, y algunos de los que tenia presos como en arras de su casamiento,
aunque sin ley y sin bendicion ántes dignísimo de toda maldicion;
envió con otros 40 satélites á Bartolomé Hurtado, contra los caciques
Benamachéi é Abrayba, de quien arriba en el cap. 43, hablamos, porque,
diz que, se le habian alzado ó negado la obediencia, que con tanta
justicia le debian, como la que se debe al verdadero tirano, como Vasco
Nuñez era. Entrado en sus tierras Bartolomé Hurtado, no dejó hombre á
vida de los que al primer furor le ocurriesen, captivó y hizo esclavos
cuantos pudieron tomar á vida, y robaron todo el oro y otras cosas
provechosas ó de valor que por toda la tierra habia; despues que no
hallaron persona alguna de paz ni de guerra, volviéronse los unos y los
otros al Darien, muy victoriosos, con grandes rengleras de hombres y
mujeres captivos.



                            CAPÍTULO LIII.


Dejemos agora por un rato de hablar de Vasco Nuñez y su compañía, que
toda su ocupacion y ejercicio no era en todo este tiempo otro sino el
dicho, y comencemos á referir el principio y discurso de cómo se le
aparejaba su San Martin, é propio dignísimo castigo rodeado por el
divino juicio. Comenzando pues de su origen, débese saber, que poco
ántes que llegasen los procuradores Caicedo y Colmenares, enviados por
Vasco Nuñez, como el Rey hobiese sabido, por relacion del bachiller
Anciso y Çamudio, la perdicion de Alonso de Hojeda y Juan de la Cosa
y Diego de Nicuesa, y de sus armadas, y de la disension y bandos de
la gente española que quedaba en el Darien, y como Vasco Nuñez, por
maneras ó por fuerza, era dellos guiador, mandó el Rey tratar sobre que
se enviase de Castilla persona señalada que administrase en su nombre,
por aquella tierra firme, la gobernacion; para la cual se tractaba de
la persona de Pedrárias de Avila, hermano del conde de Puñonrostro,
señalado justador, y adornado de otros naturales dones. Entando en
ésto, llegaron los dichos procuradores, Caicedo y Colmenares, que
llevaban las nuevas que habia dado el hijo del rey Comogre, por el cual
se tuvo esperanza de ver la otra mar, y grandes riquezas en ella, y
sembraron por la corte y por España que el oro con redes se pescaba;
las cuales oidas, y que habia dicho el hijo de Comogre ser menester
1.000 hombres, cresció al Rey, y al Obispo de Búrgos y á los demas de
su Consejo, la estima de la cosa, y el propósito de enviar más gruesa
armada de la que se pensaba, y tambien el cuidado y diligencia de
la despachar muy presto. Resolvióse el Rey una vez que Pedrárias de
Avila fuese por Gobernador, pero sabido por la corte, teniendo todos
los oyentes aquella empresa ser la más señalada y de más provecho
que habia salido de España, cresció el hervor de la cudicia en muchos
de los que alcanzaban partes y favor para pretendella, por lo cual
se opusieron á ella contra Pedrárias, y tuvieron sus diligencias y
negociacion, de tal manera, que ya con el Rey lo tenian casi echado
fuera; y pluguiera á Dios, que así lo ordenara, y que Pedrárias nunca
asomara á aquella tierra, porque no fué sino una llama de fuego que
muchas provincias abrasó y consumió, por cuya causa lo llamábamos
_Furor Domini_. Yo estimé que el Archángel ó Archángeles que tenia
cargo de procurallos su bien, y desviallos su mal, sabiendo por
divina inspiracion lo que Pedrárias habia de obrar en ellas, pusieron
diligencia en que otros se moviesen á pedir al Rey aquel cargo, de
los cuales estimaban que no les serian tan desenfrenada y brutalmente
perniciosos, porque siendo Pedrárias de los entendidos mundanos hombres
de España, de mucha edad, porque pasaba de sesenta años, y de mucha
experiencia por consiguiente, hizo cosas en su gobernacion que no las
hiciera más irracionales un hombre insensible mentecapto; de éstas
sus cosas, no dignas de hombre cristiano ni áun gentil racional, la
historia dirá de mucho algo. Pero porque lo tenia la Divina justicia
elegido para verdugo de aquellas miserandas gentes, como instrumento
de su rigurosa ira y acerbo furor, ocurrió el obispo de Búrgos al
Rey en esta manera, en favor y abono de Pedrárias: «Vuestra Alteza
ya tiene grande noticia del esfuerzo y valor de Pedrárias, y las
hazañas que por su persona, así como Capitan que vuestro ha sido,
como particular persona, siempre hizo en las guerras de Africa, donde
Vuestra Alteza le ha enviado, y como en todas muchas veces se señaló,
y cuánta experiencia de las cosas de guerra tiene, y para las de la
paz de cuán buen entendimiento es dotado, allende haberse criado en
vuestra casa Real desde su niñez, de donde se sigue que más que otro
procurará vuestro servicio y guardará toda fidelidad; no me parece
que será cosa justa ni complidera al servicio de Vuestra Alteza, que
porque otros pretendan este cargo por su propia sola cudicia, que no
os han servido tanto, ni la mitad, ni tienen tantas ni tales partes,
Vuestra Alteza lo posponga, pues ya se sabe por la corte que para
esta empresa lo tiene ya nombrado. En ninguna manera conviene que á
este negocio vaya otro sino Pedrárias de Avila, y ésto juzgo, segun
lo que yo siento, lo más cumplidero al servicio de Vuestra Alteza, y
para que se consiga la prosperidad que deseamos.» El Rey, que en las
cosas de las Indias, y áun en las del reino de Castilla, solia dar
gran crédito al obispo Fonseca, determinó de confirmar el nombramiento
de Pedrárias, y cometió y mandó al Obispo que luégo le despachase
como mejor le pareciese, y señalase el número de la gente que habia
de llevar, con todo lo demas que al buen despacho de la armada fuese
necesario. Determinó el Obispo, con los que llamó del Consejo, que
fueron el licenciado Zapata y el licenciado Santiago, y el licenciado
Sosa y el doctor Palacios Rubios, y creo que Hernando de Vega, y no sé
si más, que pues el hijo del rey Comogre habia dicho ser 1.000 hombres
necesarios, que fuesen 1.200 para mayor seguridad; y mejor se pudiera
decir para que más se trabajase en muchos más enterrar. Díjose que
mandó dar el Rey sueldo á los 1.200 hombres, pero yo creo que no si no
fué á los marineros y que habian de guiar las naos, porque fué tanta
la gente que, á las nuevas oidas de que se pescaba el oro con redes,
se solevantó, que si á 10.000 hombres el Rey quisiera dar licencia, se
fueran sin blanca ni cornado de su voluntad; y es aquí de saber, que
por aquellos dias mandó el Rey al Gran Capitan que tornase á Nápoles,
porque el rey de Francia mostraba querer ir sobre aquel reino y ciudad,
y, como el Gran Capitan era tan afamado de magnificencia y hacedor de
grandes hazañas, movióse para ir con él cuasi toda Castilla, mayormente
gente noble y muchos caballeros, que unos vendian sus haciendas todas,
otros empeñaban sus mayorazgos, algunos hacian otros buenos ó malos
recaudos, todo enderezado para se ataviar excesivamente de sedas y
brocados, creyendo y esperando con harta vanidad, que de aquella hecha,
yendo á Italia el Gran Capitan, habian de despojar á toda Francia.
Estando, pues, para se partir el Gran Capitan con grande armada, y
habiendo hecho él mismo grandes gastos, acordó el Rey, por causas que
le movieron, ó quizá porque de una tan agregia persona como era el Gran
Capitan, no habia tanta necesidad, de no envialle, por manera que él
quedó gastado y no sé si agraviado, y toda la mucha nobleza que iba
con él muy gastada y burlada, y áun perdida en mucha parte. Pues como
luégo se sonó el despacho de Padrárias, y las nuevas de las riquezas,
que se habian con redes de pescar, por toda España volaban, ocurrió
toda ó la más caballería, que dije perdida ó gastada, á ofrecerse á
Pedrárias para le acompañar y áun servir en la jornada, doblándoseles
sin comparacion la esperanza de ser de buena ventura, mucho más que si
les certificaran que habian de tomar á Francia; tanta es la cudicia y
áun liviandad de España. Rescibió mucha gente noble Pedrárias en la
corte, y cuando llegó á Sevilla halló 2.000 hombres nobles y mancebos,
tan bien dispuestos, lucidos y ataviados, que se le ofrecieron ir con
él á su propia costa y sin sueldo alguno, que le hizo dolor no poder
llevar tantos, y aunque tenia limitado el número de la gente por el
Rey, que no pasasen de 1.200, no pudo estrecharse tanto, que, por
ruegos, favores y importunidades, 1.500 no llevase. Gastó el Rey en el
armada 54.000 ducados, segun yo despues supe, y lo que en aquel tiempo
se hizo y suplió con 54.000 ducados es cierto que hoy no se supliera
con 158.000 castellanos.



                             CAPÍTULO LIV.

  En el cual se contiene la Instruccion que el Rey mandó dar á
  Pedrárias, cómo se habia de haber con los indios, atrayéndolos por
  bien á la fe, y no consintiendo que se les hiciese mal alguno.


Mandó el Rey al obispo de Búrgos, Fonseca, susodicho, que se tratase
con mucho acuerdo de la Instruccion que Pedrárias habia de llevar para
que supiese lo que habia de hacer, y no se errase la gobernacion en
aquella tierra firme, como se habia errado en esta isla Española. En la
cual Instruccion se contuvieron, entre otros, los capítulos siguientes:

«Capítulo 1.º--Habeis de procurar por todas maneras y vías, que
viéredes ó pensáredes que para ello han de aprovechar, y por todas las
otras vías y formas que se pudiere tener algunas esperanzas que se
podrá hacer, atraer con buenas obras á que los indios estén con los
cristianos en amor y amistad, y que por esta vía se haga todo lo que se
hubiere de hacer con ellos, y para que ello mejor se haga, la principal
cosa que habeis de procurar es no consentir que por vos ni por otras
personas no se les quebrante ninguna cosa que les fuere prometida, sino
que, ántes que se les prometa, se mire con mucho cuidado si se les
puede guardar, y si no se puede bien hacer que no se les prometa, pero
prometido se les guarde enteramente, de manera que los pongais en mucha
confianza de vuestra verdad; y no habeis de consentir que se les haga
algun mal, ni daño, porque de miedo no se alboroten ni se levanten,
ántes habeis mucho de castigar á los que les hicieren mal ó daño sin
vuestro mandado, porque por esta vía vernán ántes á la conversion y al
cognoscimiento de Dios, y de nuestra sancta fe católica, y más se gana
en convertir 100 de esta manera que 100.000 por otra vía.

Cap. 2.º--Item, caso que por esta vía no quisieren venir á nuestra
obediencia y se les hobiere de hacer guerra, habeis de mirar que por
ninguna cosa se les haga guerra no siendo ellos los agresores, y
no habiendo hecho ó probado á hacer mal ó daño á nuestra gente, y,
aunque les hayan acometido, ántes de romper con ellos les hagais de
nuestra parte los requerimientos necesarios para que vengan á nuestra
obediencia, una, y dos, y tres y más veces, cuantas viéredes que son
necesarias conforme á lo que llevais ordenado; y pues allá habrá y
con vos irán algunos cristianos que sabrán la lengua, con ellos les
dareis primero á entender el bien que les verná en ponerse debajo de
nuestra obediencia, y el mal, y el daño, y muertes de hombres que les
verná de la guerra, especialmente que los que se tomaren en ella vivos
han de ser esclavos de los cristianos, y haceldes entender qué cosa
es ser esclavos, y que desto tengan entera noticia, y que no puedan
pretender ignorancia, porque para que lo pueden ser, y los cristianos
los puedan tener con sana conciencia, está todo el fundamento en lo
susodicho. Habeis de estar sobre aviso en una cosa, que todos los
cristianos, porque los indios se les encomienden, tienen mucha gana
que sean de guerra y que no sean de paz, y que siempre han de hablar
en este propósito, y, aunque no se pueda excusar de no lo platicar con
ellos, es bien estar avisado desto, para el crédito que en ello se les
debe dar; y parece acá que el más sano parecer para ésto será el del
reverendo padre fray Juan Cabedo, obispo del Darien, y de los clérigos,
que están más sin pasion y con ménos esperanza de haber dellos ménos
interese.

Cap. 3.º--En caso que se hayan de dar los indios encomendados á los
vecinos ó por naborias, habeis de hacer que se guarden las ordenanzas
que para ello llevais, porque se han hecho con mucha informacion,
que de aquella manera serán más conservados, y mejor tractados, y
más doctrinados en nuestra sancta fe católica, y por eso no se ha de
disminuir dellas ninguna cosa, ántes, si alguna cosa viéredes, demás
de lo que en ellas se contiene, que se debe de hacer en provecho de
los indios y de su salud y conversion, será bien que se haga, porque
ellos sean mejor tractados y vivan en más contentamiento en compañía
de los cristianos; la resolucion desto es, que todo lo que aquí y en
el capítulo ántes de éste se dice es para que con amor, y voluntad,
y amistad, y buen tractamiento, sean atraidos á nuestra sancta fe
católica, y se excuse de forzallos y maltratallos para ello cuanto
fuere posible, porque desta manera se servirá mucho Nuestro Señor, y yo
me terné de vos por muy servido en ello.

Cap. 4.º--Esto es más necesario que allá se haga ansí que no en la
isla Española, porque los indios son ménos aplicados al trabajo, y
han acostumbrado mucho ó siempre á holgar, y habemos visto que en
la Española se iban huyendo á los montes por no trabajar, y es de
creer que lo harán muy mejor los de allá, pues se pueden ir la tierra
adelante, lo que no pueden hacer en la isla Española, y no tienen que
dejar sino las casas, y por eso parece muy dudoso y dificultoso que
los indios se puedan encomendar á los cristianos á la manera que los
tienen en la Española; y á esta causa parece que sería mejor por vía
de paz y de concierto de los cristianos, aliviándolos lo más que se
pudiese del trabajo en esta manera: que los que quisiesen estar en paz
y concierto de los cristianos, y á la obediencia de vasallos, diesen
y nos sirviesen con cierto número de personas, y que no fuesen todos
sino una parte dellos, como tercia, cuarta ó quinto de los que hobiere
en el pueblo, ó de los que tuviere el Cacique principal, si allá están
debajo de Caciques, como están en la isla Española, y que éstos anden
un mes ó dos, y que se remuden y se vayan á holgar, y vengan otros
tantos por otros dos meses, ó por el tiempo que allá os pareciere que
será mejor los remudar, porque hasta acostumbrallos cuanto más breve se
remudaren parece mejor, y así se remudando lo sufrirán mejor, y ternán
ménos peligro de morir. Y si agora en los principios hobiese tanto
que hacer en coger oro en los rios, como acá dicen que lo hay, que no
fuese tan necesario meterlos á cavar en las minas, parece acá que sería
bueno comenzarlos á ocupar en lo de los rios por la órden susodicha;
y despues de la segunda vuelta se meterian con ménos dificultad en
las minas, porque ya estarán habituados á servir, aunque será con más
trabajo.

Cap. 5.º--Prosupuesto que cualquiera de las maneras que arriba se
dicen, que por vía de encomendarlos ó por vía de concierto se pudiere
hacer que sirvan, está bien así, y se sacará dellos el servicio y
provecho que se debe sacar; mas en caso que lo uno ni lo otro se
pudiese hacer, parece otra tercera cosa, que sería que cada pueblo,
segun la gente que en él hobiere, ó cada Cacique, segun la gente que
tuviere, cada uno dé tantos pesos de oro cada mes, ó cada luna como
ellos lo cuentan, y que dando éstos serán seguros que no se les hará
mal ni daño, y tengan en sus pueblos señales que sean para conocer que
son pueblos que están á nuestra obediencia, y tambien traigan en sus
personas señales como sean cognoscidos como son nuestros vasallos,
porque no les haga mal nuestra gente, pagando su tributo como con
ellos fuere asentado. Y ésto, mirad que se asiente de manera que sea
provechoso, y porque aquí no se puede señalar bien la cantidad, haceldo
lo más provechoso que os pareciere que se puede bien hacer.

Cap. 6.º--Item, porque soy informado que una de las cosas que más les
ha alterado en la isla Española, y que más les ha enemistado con los
cristianos, ha sido tomalles las mujeres y hijas contra su voluntad, y
usar dellas como de sus mujeres, habéislo de defender que no se haga
por cuantas vías y maneras pudiéredes, mandándolo apregonar las que os
pareciere que sean necesarias, y ejecutando las penas en las personas
que quebrantaren vuestros mandamientos con mucha diligencia. Y así lo
debeis mandar hacer en todas las cosas que os parecieren necesarias
para el buen tractamiento de los indios.»

Estos son los capítulos que Pedrárias de Avila llevó en su Instruccion,
entre otros.



                             CAPÍTULO LV.


Referida la Instruccion que Pedrárias llevó, firmada del Rey, cómo se
habia de haber en la gobernacion de los indios, vecinos de aquella
tierra firme, bien será hacer aquí algunas anotaciones para que se
entienda la intencion del Rey, y tambien los defectos de ignorancia
que habia entónces en los del Consejo, y despues, placiendo á Dios, se
referirá como Pedrárias guardó lo que él por ella le mandó. Cuanto á
la intencion del Rey, é de los que le aconsejaban, no se puede negar
sino que fuese buena, _non simpliciter_, sino en alguna manera, y ésta
principalmente de creer es ser el bien y conservacion de los indios,
y su conversion, aunque muy poco, para conseguir este último fin en
aquellos tiempos, se ayudaba, y no sabian darse para ello, como dicen,
á manos; y ciertamente consistia más ésto en palabras, y áun éstas eran
pocas, que en obras y cuidado, porque siempre se tuvo, al ménos en las
cosas que se proveian, más ojo al bien y provecho temporal del Rey,
que no á la salud de las ánimas. Y ésto acaeció por la ignorancia de
los del Consejo, y error con que anduvieron siempre ciegos, estimando
que, porque los reyes de Castilla descubrieron por medio del almirante
Colon aquestas Indias, tenian ya derecho para por paz ó por guerra,
por mal ó bien, por fuerza ó por grado, las gentes y señoríos dellas
sojuzgallas y señoreallas, como si fueran las tierras de Africa; y,
como arriba se ha tocado algunas veces, ésta ha sido la principal causa
de la destruccion y perdicion destas gentes, despoblacion de tantas y
tan luengas y anchas tierras, siendo obligados á saber que estos reinos
y orbe todo tenian dueño ó dueños, que no eran otros sino sus naturales
Reyes y señores, y éstos eran Príncipes libres, que á ninguno, fuera
de sí mismos, de hecho ni de derecho, recognoscian por superior, ni
eran obligados á recognoscer, ni á la misma Iglesia romana, contra el
error de Hostiensis y de los que son sus imitadores. Y por consiguiente
debieran entender los del Consejo, que el título que los reyes de
Castilla tenian al señorío universal y supremo, y no á particular deste
orbe de las Indias, no era otro sino la predicacion del Evangelio, y
conversion destas gentes, y por esta causa, no impulsiva sino final,
se pudo la Iglesia romana entremeter en concederles el dicho universal
y soberano ó imperial señorío, sin perjuicio, empero, de los Reyes
y señores naturales dellas, y sin menoscabo de la libertad de los
pueblos; porque la predicacion del Evangelio, y la introduccion de la
fe por ella no priva los Reyes de sus reinos, ni á los particulares
de sus libertades, tierras y haciendas, ántes los confirma, porque
de otra manera caro les costaria, y nuestra fe no sería querida ni
amada, ántes odiosísima y de todo el mundo aborrecida. Y así, erraron
los del Consejo en la puerta ó entrada de la casa, como dicen, y por
consiguiente claro está que habian de ignorar los retretes; y supuesto
aqueste error tan pernicioso, y no poco culpable para ellos, fundaban
la más horrible y dañada de las tiranías, conviene á saber, que les
podian hacer guerra solamente si no quisiesen venir á la obediencia
y sujetarse á los reyes de Castilla, sin otra causa ni otro título;
¿qué cosa pudo ser de mayor ceguedad, más absurda, ni más inícua?
Esto, ser verdad, declaró el emperador D. Cárlos, rey de Castilla,
por muchas leyes y provisiones reales que cerca deste punto hizo,
conviene á saber, prohibiendo las conquistas; cuándo y cómo se trató
desta prohibicion, la historia lo dirá, si Nuestro Señor nos diere la
vida. Y ésto cuanto á la intencion del Rey y del Consejo, que fué,
como dije, por alguna manera, buena, pero harto mezclada de pretension
temporal, y en lo que tenia de bueno, muy mal ayudada, sino de palabra.
Bien tengo por cierto, que si los del Consejo no erraran, que el Rey
pospusiera todo el provecho temporal suyo, y ni guerra quisiera que
se les hiciera, si á su obediencia no vinieran, ni en otra cosa les
perjudicara. Esto parece por las diligencias que siempre mandó hacer
y juntas de letrados, como queda en los capítulos arriba declarado,
para cualquiera de los dos fines, conviene á saber, la conversion de
aquellas gentes, ó para que viniesen á su obediencia temporal; bien
mandaba en la Instruccion que trabajase Pedrárias por todas las vías y
maneras, y procurase que los indios por buenas obras fuesen atraidos á
estar en amor y amistad con los cristianos, no consintiéndoles hacer
mal ni daño, y, cierto, si así se hiciera, los indios no hubieran todos
perecido, y aquellos reinos no estuvieran despoblados, y el Rey tuviera
hoy hartos y áun inestimables provechos y riquezas temporales, más que
tiene ni terná. Fué tambien provision conveniente y necesaria de que
se les guardase la fe y palabra sobre lo que con ellos se asentase,
para ponerlos en confianza de la verdad de los cristianos; sabia ya
bien el Rey cuánto cerca deste artículo los españoles á estas gentes
habian faltado, porque, por maravilla, y creo que podria decir que
nunca, se les guardó fe ni verdad jamás, ántes infinitas veces, sobre
seguro é habiéndoles asegurado, los saltearon, captivaron y mataron.
En el segundo capítulo de la Instruccion bien se proveia, mandando que
por ninguna cosa se les hiciese guerra, si no fuesen primero ellos los
agresores, supuesta la ceguedad y error en que los del Consejo, como
dije, estaban, creyendo que se les podia hacer guerra si no viniesen
por bien á la obediencia del Rey, y que ántes de romper con ellos les
hiciesen requerimientos una y muchas veces, en lo cual honra y provecho
se les hacia, y con ellos en esto de benignidad se usaba; pero áun
todavía, supuesto el dicho error que por no venir á la obediencia de
los reyes de Castilla se les hobiera de hacer justa guerra, debieran
de considerar los que al Rey aconsejaban, cuáles habian sido las obras
de los españoles por estas islas, y preguntar cómo se habian habido
Cristóbal Guerra, y Hojeda, y Nicuesa, y ultimamente Vasco Nuñez y
sus secuaces, con los indios del Darien, y con los demas de aquellas
provincias que estaban quietos en sus tierras y casas. Y estas obras
el Rey, ó al ménos el Consejo, no las ignoraba, pues por aquel tiempo
ya estas islas cuasi estaban acabadas, sino era la de Cuba que
entónces comenzaba; y que no las ignorasen, parece por lo que luégo la
Instruccion dice: «habeis de estar sobre aviso en una cosa, que todos
los cristianos, porque los indios se les encomienden, tienen mucha gana
que sean de guerra, y que no sean de paz y que siempre habian de hablar
en este propósito,» y ésto era verísima verdad, porque nunca otra
cosa más pensaban, hablaban, obraban, trabajaban y deseaban. Y pues
esta noticia tenian, fuera bien que sospecharan que los indios podian
haber rescibido grandes agravios, y por consiguiente podian estar
alterados, y tener justa causa y derecho de se defender y perseguir á
los cristianos hasta matallos, áun supuesto el dicho error que á venir
á la obediencia de los reyes de Castilla fueran obligados, y así fuera
cosa justa que á este inconveniente se pusiera algun reguardo, pero
no lo pusieron porque no hilaban tan delgado. Y es aquí de ponderar
no ménos lo que la Instruccion en aquel cap. 2.º añide, conviene á
saber, que los diesen á entender el bien que les vernia en ponerse
debajo de la obediencia del Rey; pudieran responder callando, mostrando
con el dedo esta isla Española, que tan llena y rebosante estaba de
sus naturales Reyes y señores, y sus infinitos vasallos, y las otras
muchas islas su comarcanas, ¿cuál fué el bien y utilidad que de estar
en la obediencia de los reyes de Castilla reportaron? Y si viviera
alguno de los de aquella tierra firme, para donde la dicha Instruccion
se pintaba, que señalara cuatro y cinco y más, mil leguas, que por la
misma están despobladas, ¿quién de nosotros, ni alguno que fuera muy
bárbaro, tuviera cara de redargüillos é increpallos, si reusaran, con
piedras y armas, someterse á tal obediencia, puesto que áun supieran
y les constara ser á someterse obligados? ¿Qué bestias hobiera en el
mundo, que viéndose así entrar y tractar no comieran á bocados, y
debieran con razon comer, á los que ansí los tractaban, y para así
tractarlos los querian sujuzgar?; y lo que más es, que á matallos y
despedazallos eran obligados de ley natural. Por lo dicho se verá
con qué consciencia tenian los que tenian por esclavos, y la misma
Informacion lo declara donde dice, «que el fundamento de tenerlos los
españoles con buena consciencia por esclavos, era justificar la guerra
con los requerimientos que el Rey mandaba hacer de su parte», pues si
los requerimientos eran frívolos y llenos de toda vanidad, siendo tan
justa la defension y guerra que los indios contra los españoles tenian,
que así los asolaban, ¿con qué consciencia los podian hacer y tener por
esclavos?



                             CAPÍTULO LVI.


Para entendimiento de lo que resta de la Instruccion, es de saber, que
como estaban entónces en la corte el bachiller Anciso, y Çamudio, y
Caicedo, y Colmenares, y despues llegó Arbolanche y otros quizá idos
destas islas, de todos los cuales no era otra su ansia sino tener
indios para, por haber oro, desollarlos, y hacerles guerra para á este
fin los sojuzgar, por la obstinada y ciega cudicia y ambicion que los
abrasaba, debian de insistir que los indios, despues de sojuzgados
por bien ó por mal, se los encomendasen; pero el Rey y el Consejo,
vista la experiencia en la mortandad y despoblacion que en esta isla
Española y en las demas habia sucedido por encomendallos, y podemos
decir, cierto, que al diablo, rehusaban mucho conceder tal facultad,
como parece por las mismas palabras. Por éste temor y causa puso el
Rey tres maneras de dispusicion ó gobernacion para con los indios,
para que Pedrárias escogiese la mejor, y que á los indios fuese más
útil é ménos perjudicial; la primera fué, encomendallos de la manera
ordinaria que se tuvo en estas islas, y, en caso que Pedrárias hobiese
de encomendar los indios, mandaba el Rey que hiciese guardar las
Ordenanzas ó leyes que habia hecho el año pasado de 512 en Búrgos,
engañados por los tiranos desta Española, que á la sazon entónces en la
corte se hallaron, y ciegos los del Consejo por sus propios ó ajenos
pecados. La justicia y rectitud de las dichas leyes, y cuán provechosas
fueron á los indios, y el remedio que dellas y con ellas alcanzaron,
en los capítulos 13, 14, 15 y 16, y los siguientes, queda bien á la
larga explanado. Estas, dijo allí el Rey, que se habian hecho con
mucha informacion, pudiera añidir de los mismos que los habian muerto
y al cabo los acabaron; mandaba que ántes se añidiese á ellas algo,
para el bien de los indios, que en ninguna cosa se menoscabasen. Las
cuales palabras debieran mover á Pedrárias para cognoscer la voluntad
del Rey y del Consejo, que era desear que se acertase, tomando el mejor
camino con que los indios fuesen más útilmente para su conservacion
gobernados. En esta primera manera ó disposicion, hace mencion el Rey
de otro engaño que le debian de querer hacer los susodichos, idos de
tierra firme, y éste era que se los diesen por naborias. Naborias
eran los indios de quien de contino, noches y dias, perpétuamente se
servian, que no les faltaba sino sólo el nombre de esclavos, porque
los de repartimiento, aunque no ménos que esclavos y mucho peormente
eran tractados, como puede haber arriba parecido, no siempre los tenian
consigo ni se servian dellos, porque algunos dias ó temporada se iban
á sus pueblos, por las Ordenanzas, puesto que harto breve, y vivian
harto malaventurada vida, como ha parecido, los que eran naborias, ni
aquel poco de tiempo para descansar se les concedia; y en esta manera
ó especie de servirse de los indios los españoles en estas islas, toda
la desórden y deshacimiento de sus policías, y concierto que tenian
en su quieto y suave vivir se perficionaba y complia, porque del todo
se desmenuzaban y desparcian los pueblos, llevando un español 10 y
otro 15, y con uno iba el padre y con otro la mujer, y con otro los
hijos. Esta confusion á los principios pusieron los españoles por su
autoridad, cuando andaban robando é inquietando estas gentes, cada
uno segun queria; despues la prosiguieron los tristes Gobernadores ó
repartidores, que de dar los indios cargo tenian. Esta quisieran que
se prosiguiera, porque era más sin hueso y sin cuenta ni razon, y
pudieran mejor trabajallos y matallos á su salvo, sin que se supiera,
los dichos; que lo procurasen por aquel tiempo, las palabras de la
Instruccion del Rey lo testifican, la cual, en el cap. 3.º, dice:
«En caso que se hayan de dar los indios encomendados á los vecinos
ó por naborias, habeis de hacer que se guarden las Ordenanzas, etc.»
Este vocablo naborias, ni su significacion, nunca lo adivinaron los
Reyes ni los de su Consejo, sino dado á entender por los que de acá
habian ido, y pues el Rey decia que se hayan de dar encomendados ó por
naborias, parece que debian de insistir aquellos que los indios de
tierra firme se los diesen por naborias; dando la razon el Rey de que
Pedrárias debia trabajar de traer á los indios de aquella tierra por
bien, y dados en encomienda ó por naborias debian ser bien tractados.
En el capítulo 4.º añade: «Esto es más necesario que allá se haga así
que no en la isla Española, porque los indios (quiso decir della),
son ménos aplicados al trabajo, y han acostumbrado mucho ó siempre
á holgar, y habemos visto que en la Española se iban huyendo á los
montes por no trabajar, y es de creer que lo harán mejor los de allá,
etc.» ¡Veis aquí la fama que los que los mataban y mataron divulgaron
á los Reyes y á los de sus Consejos, por satisfacelles en algo las
muertes que les causaron, y el jornal de sus servicios! ¡Oh, qué
terrible juicio se debe creer que aquellos han padecido, forjando tan
grandes falsedades y mentiras para consumir aquestos inocentes, tan
infamados, tan afligidos, tan corridos, tan abatidos y menospreciados,
tan desmamparados y olvidados de todos para su remedio, tan sin
consuelo y sin abrigo! No huian de los trabajos, sino de los tormentos
infernales que en las minas y en las otras obras de los nuestros
padecian; huian de las hambres, de los palos, de los azotes continos,
de las injurias y denuestos, oyendo llamarse perros cada hora, del
riguroso y aspérrimo tractamiento que sin interpolacion se les hacia
de noche y de dia. Huian ciertamente de la muerte, no dudosa, sino
ciertísima, como en los libros I y II, y en éste III, se puede haber
visto; por esta causa se huian á los montes, y creo que, si pudieran,
á los infiernos escogieran, teniéndolos por de menor pena, por huir
de los españoles, huirse. Por esta causa de huirse, añade Su Alteza
luégo: «Y por eso parece muy dudoso y dificultoso que los indios se
puedan encomendar á los cristianos, á la manera que los tienen en
la Española;» por manera que si no se huyeran permanecieran siempre
en aquel infierno, y no fuera dudoso ni dificultoso encomendallos á
los verdugos. Bien habian entendido los del Consejo el derecho que
los Reyes tenian á estas Indias, y cuál era la justicia que debian
de guardar á los Reyes y señores naturales de estos reinos, y á los
pueblos y á sus vecinos indios. Síguese más en lo que añidió el Rey, «y
á esta causa parece que sería mejor, que por vía de paz y de concierto,
que los que quisieren estar en paz etc., nos sirviesen con cierto
número de personas», conviene á saber, en el pescar con redes el oro,
ó cavándolo en las minas, como allí parece. Esta segunda manera de
disponer de los indios era ménos injusta que las de las encomiendas,
puesto que contenia mucha injusticia, si sabiendo el Rey los agravios,
muertes y robos y captiverios que el Vasco Nuñez y su compañía, y
los otros ántes dellos, habian cometido por toda aquella tierra, sin
satisfacerles les impusiera cualquiera servicio; esta satisfaccion
no pudiera el Rey hacer aunque vendiera á Castilla, si ellos no lo
remitieran, segun la destruccion que habian hecho los susodichos, y
baste que todos los vecinos de aquellas provincias tenian contra los
españoles, desde el tiempo de Hojeda y Nicuesa, guerra justísima. Item,
contuviera alguna injusticia, aunque cesaran los agravios y daños é
inconvenientes dichos, porque hacer servir personalmente en sacar oro,
ó en otros trabajos para los reyes de Castilla, el tercio, ó cuarto,
ó quinto de la gente de la tierra, siempre, ni justicia ni razon lo
sufria. Fué la tercera manera de disposicion ó gobernacion, que el Rey
mandó á Pedrárias que pusiese á los indios en la tierra firme, si las
dos precedentes no se pudiesen asentar, conviene á saber: «Que cada
pueblo, ó cada Cacique ó señor, segun el número de la gente tuviere,
pagase cierta cantidad de pesos de oro, cada mes, etc.» Aquesta manera,
no habiendo rescibido los indios los daños irrecuperables dichos, sino
traidos por bien, amor y mansedumbre á vivir en paz y amistad con los
españoles pudiérase justificar bien, reduciéndola á los límites de
razon y justicia, conviene á saber, que pagasen al Rey cierta cantidad
de oro ó de otros provechos lícitos moderados, segun el número de la
gente que el señor ó Cacique en su señorío tuviese, no cada mes sino
en ciertas temporadas razonables y convenientes, porque por pesadumbre
no la tuviesen, y de allí viniesen á sentir que se les vendia la fe,
y por consiguiente la aborreciesen, porque, en la verdad, no eran ni
son obligados los señores, y Reyes, y pueblos, y gentes destas Indias
á servir á los reyes de Castilla, sino con cierta moderada cantidad
de servicio, en señal y recognoscimiento de su universal y soberano
señorío, porque con este recognoscimiento, por chica cantidad que sea,
cumplen, como sean reinos libres, y por sólo respecto de la predicacion
de la fe, y no por otra razon ni causa son obligados á lo hacer, y por
consiguiente ha de ser muy liviano y suave, porque la fe no les sea
molesta y aborrecible, como está dicho. Y ésto há mayor lugar, si los
mismos Reyes y señores naturales destas tierras concediesen el derecho
que tienen, en sus reinos y tierras, á las minas de oro y plata, y
piedras preciosas y perlas, para que dellas los reyes de Castilla
se aprovechasen, ellos y sus súbditos, los españoles, con otros mil
aprovechamientos que de sus tierras se pueden seguir, con que sean sin
perjuicio de la libertad y personas de todos los indios, porque no
dejan de ser suyos los dichos tesoros ó riquezas por razon de que la fe
se les predique; lo cual todo se entiende, presupuesto que los Reyes y
súbditos y gentes no hobiesen ni hobieran sido vejados, y angustiados
y perjudicados, muertos y captivados, y destruidos, con las guerras
que los españoles les hicieron, sino que fueran por amor, y paz, y
buenos tractamientos, atraidos, y éste es, y no otro, para introducir
nuestra fe católica en estas tierras y gentes, el verdadero y cristiano
camino. Pero supuestas las guerras é injurias, daños, agravios é
injusticias, muertes y robos que se les han hecho, que nunca naciones
del mundo, de otras, tales las rescibieron, no deben un maravedí, ántes
tienen derecho de hacer justísima guerra contra todo español, hasta
el dia del juicio inclusive. El postrer capítulo de la Instruccion
harto testifica parte de las referidas injusticias, aunque, comparado
á los males y calamidades que de nosotros en todas estas Indias han
rescibido, es una partecita más chica que mínima.



                            CAPÍTULO LVII.


Declarada la Instruccion que el Rey mandó dar á Pedrárias de lo que
habia de hacer en la gobernacion de aquella tierra firme, resta luégo
aquí decir de otro defecto de ignorancia del Consejo del Rey, cerca
desta misma materia, gravísimo y perniciosísimo, porque lo que va
fuera de órden y justicia, y fundado sobre principio inícuo, no en una
parte ni en un artículo se ha de errar, pero en mil partes, y producir
mil inconvenientes, hasta corromper y enervar y colocar en el más
cualificado y consumado estado de malicia el moral ó político edificio;
éste fué, la forma y órden que Pedrárias habia de tener en requerir
á los indios que viniesen á obedecer y ser subjectos de los reyes de
Castilla, el cual se envió despues á todas las Indias. Este decia desta
manera:

_El Requerimiento._--«De parte del rey D. Fernando, y de la Reina doña
Juana, su hija, Reina de Castilla y Leon, etc., domadores de las gentes
bárbaras, nos, sus criados, os notificamos y hacemos saber como mejor
podemos, que Dios, nuestro Señor, vivo y eterno, crió el cielo y la
tierra, y un hombre y una mujer, de quien vosotros y nosotros y todos
los hombres del mundo fueron y son descendientes y procreados, y todos
los que despues de nosotros vinieren. Mas por la muchedumbre de la
generacion que destos ha salido, desde cinco mil años á esta parte que
el mundo fué criado, fué necesario que los unos hombres fuesen por una
parte y otros por otra, é se dividiesen por muchos reinos y provincias,
que en una sola no se podian sostener ni conservar. De todas estas
gentes, Dios nuestro Señor dió cargo á uno, que fué llamado Sant Pedro,
para que de todos los hombres del mundo fuese señor y superior, á
quien todos obedeciesen, y fuese cabeza de todo el linaje humano, do
quier que los hombres viviesen y estuviesen, en cualquiera ley, secta
y creencia, y dióle el mundo por su reino y jurisdiccion; y como quier
que le mando poner su silla en Roma, como en lugar más aparejado para
regir el mundo, mas tambien le permitió que pudiese estar y poner su
silla en cualquiera otra parte del mundo, y juzgar é gobernar á todas
las gentes, cristianos, moros, judios, gentiles y de cualquiera otra
secta ó creencia que fuesen. Este llamaron Papa, porque quiere decir
admirable, mayor padre y gobernador de todos los hombres. A este Sant
Pedro obedecieron y tomaron por señor, Rey y superior del Universo,
los que en aquel tiempo vivian, y asimismo han tenido á todos los
otros que despues de él fueron al Pontificado elegidos, y así se ha
continuado hasta agora y se continuará hasta que el mundo se acabe.
Uno de los Pontífices pasados, que en lugar de éste sucedió en aquella
dignidad é silla que he dicho, como señor del mundo, hizo donacion
destas islas y tierra firme del mar Océano á los dichos Rey y Reina,
é á sus sucesores en estos reinos, nuestros señores, con todo lo que
en ellas hay, segun se contiene en ciertas escripturas que sobre ello
pasaron, segun dicho es, que podeis ver si quisiéredes; así que, Sus
Altezas, son Reyes y señores destas islas y tierra firme, por virtud de
la dicha donacion, y como á tales Reyes y señores algunas islas más, y
casi todas á quien ésto ha sido notificado, han recibido á Sus Altezas
y les han recibido y servido y sirven como súbditos lo deben hacer,
y con buena voluntad y sin ninguna resistencia, luégo, sin dilacion,
como fueron informados de lo susodicho, obedecieron y rescibieron los
varones religiosos que Sus Altezas les enviaban para que les predicasen
y enseñasen nuestra sancta fe, y todos ellos, de su libre y agradable
voluntad, sin premia ni condicion alguna, se tornaron cristianos y lo
son, y Sus Altezas los rescibieron alegre y benignamente, y así los
mandaron tractar como á los sus súbditos é vasallos, y vosotros sois
tenudos y obligados á hacer lo mismo. Por ende, como mejor podemos,
vos rogamos y requerimos que entendais bien ésto que os decimos, y
tomeis para entenderlo y deliberar sobre ello el tiempo que fuere
justo, y reconozcais á la Iglesia por señora y superiora del universo
mundo, y al Sumo Pontífice, llamado Papa, y en su nombre al Rey y á
la Reina doña Juana, nuestros señores, en su lugar, como á superiores
y señores y Reyes desas islas y tierra firme, por virtud de la dicha
donacion, y consintais y deis lugar que estos padres religiosos os
declaren y prediquen lo susodicho. Si ansí lo hiciéredes, hareis bien
y aquello que sois obligados á Sus Altezas, y nos, en su nombre, vos
recibiremos con todo amor é caridad, é vos dejaremos vuestras mujeres
é hijos y haciendas, libres, sin servidumbre, para que dellas y de
vosotros hagais libremente lo que quisiéredes y por bien tuviéredes,
é no vos compelerán á que vos torneis cristianos, salvo si vosotros,
informados de la verdad, os quisiéredes convertir á nuestra santa fe
católica, como lo han hecho cuasi todos los vecinos de las otras islas,
y, allende desto, Sus Altezas vos darán muchos privilegios y exenciones
y vos harán muchas mercedes; y si no lo hiciéredes, y en ello dilacion
maliciosamente pusierdes, certifícoos que, con la ayuda de Dios,
nosotros entraremos poderosamente contra vosotros, y vos haremos guerra
por todas las partes y maneras que pudiéremos, y vos subjetaremos al
yugo y obediencia de la Iglesia y de Sus Altezas, tomaremos vuestras
personas y de vuestras mujeres é hijos, y los haremos esclavos, y como
á tales los venderemos y dispornemos dellos como Sus Altezas mandaren,
é vos tomaremos vuestros bienes y vos haremos todos los daños y males
que pudiéremos, como á vasallos que no obedecen ni quieren rescibir á
su señor, y le resisten y contradicen, y protestamos que las muertes y
daños que dello se recrecieren sea á vuestra culpa y no de Sus Altezas,
ni nuestra, ni destos caballeros que con nosotros vienen: y de como
lo decimos y requerimos pedimos al presente escribano que nos lo dé
por testimonio signado, y á los presentes rogamos que dello nos sean
testigos, etc.»

Este requerimiento ordenó el venerable doctor Palacios Rubios, bien mi
amigo, segun el mismo (si no me he olvidado), me dijo, el cual, como
arriba hé alguna vez tocado, fuera desto, favorecia y se compadecia
mucho de las angustias y daños de los indios. Bien parece ser suyo
este requerimiento y amasado de su harina, porque lo funda todo en los
errores de Hostiensis, cuyo secuaz fué, como largamente hobimos dicho
en nuestro primer libro, cuyo título es _De unico vocationis modo
omnium gentiun ad veram religionem_, en latin escrito.



                            CAPÍTULO LVIII.


Agora es bien que tornemos sobre la sustancia y partes y eficacia ó
efecto y justicia del referido requerimiento, cerca del cual, cierto,
habia mucho que decir, pero anotemos algo brevemente; y lo primero,
considere cualquier varon prudente, ya que los indios entendieran
nuestra lengua, y los vocablos y significacion della y dellos, ¿qué
nuevas les traian y qué señorío en oirlas, diciendo que un Dios habia
en el mundo, criador del cielo y de la tierra, y que crió el hombre
ó los hombres, teniendo ellos al sol por Dios, ó otros dioses quien
creian haber hecho los hombres y las otras cosas? ¿Con qué razones,
testimonios, ó con cuales milagros les probaban que el Dios de los
españoles era más Dios que los suyos, ó que hobiese más criado el mundo
y á los hombres que los que ellos tenian por dioses? ¿Si vinieran los
moros ó turcos á hacelles el mismo requerimiento, afirmándoles que
Mahoma era señor y criador del mundo y de los hombres, fueran obligados
á creerlo? ¿Pues mostraban los españoles mayor testimonio y más
verdadera probanza de lo que protestaban en su requerimiento, de que el
Dios suyo habia criado el mundo y los hombres, que mostraran los moros
de su Mahoma? Item, ¿cómo, ó con qué inconvencibles razones ó milagros,
les probaban que el Dios de los españoles tuvo más poder que los
dioses suyos para constituir un hombre, llamado Sant Pedro, por señor
y gobernador de todos los hombres del mundo, y á quien todos fuesen
obligados á obedecer, teniendo ellos sus Reyes y naturales señores,
y creyendo no haber otros sino ellos en el mundo? Y así, ¿qué ánimo
ternian y qué amor y reverencia se engendraria en sus corazones, y en
especial los Reyes y señores, al Dios de los españoles, oyendo que por
su mandado Sant Pedro, ó el Papa su sucesor, daba sus tierras al Rey
de los españoles, teniéndose por verdaderos Reyes y libres, y de tan
muchos años atras en antiquísima posesion ellos y sus pasados, y que se
les pedia que ellos y sus súbditos le rescibiesen por señor, á quien
nunca vieron ni cognoscieron ni oyeron, y sin saber si era malo ó si
era bueno, y qué pretendia, si gobernallos, ó roballos, ó destruillos,
mayormente siendo los mensajeros tan fieros, hombres barbados y con
tantas y con tales armas? ¿Qué podian ni debian, segun buena razon,
de los tales presumir ó esperar? Item, ¿pedilles obediencia para Rey
estraño, sin hacer tratado ni contrato ó concierto entre sí sobre
la buena y justa manera de los gobernar de parte del Rey, é del
servicio que se le habia de hacer de parte dellos, el cual tratado, al
principio, en la eleccion y rescibimiento del nuevo Rey, ó del nuevo
sucesor si es antiguo aquel estado, se suele y debe hacer y jurar de
razon y ley natural? Esto debia de entender el Cacique de la provincia
del Cenú, de la que arriba dejamos ya dicho estar sobre Cartagena, el
cual, segun escribió el bachiller Anciso, en un tratadillo suyo, que
está impreso, que llamó «Suma de geografía», á el mismo que le hacia
este requerimiento respondió, que el Papa, en conceder sus tierras
al rey de Castilla debia estar fuera de sí cuando las concedió, y el
rey de Castilla no tuvo buen acuerdo cuando tal gracia rescibió, y
mayor culpa en venir ó enviar á usurpar los señoríos agenos de los
suyos tan distantes. Esto no osara yo aquí escribirlo, si escrito y
de molde, con nombre del mismo Anciso, no lo hallara, aunque él lo
dice por otros desvergonzados vocablos, como abajo, si Dios quisiere,
referiremos; y quisiera yo preguntar al Consejo que determinó deberse
hacer tal requerimiento á estas gentes, que vivian seguras debajo
de sus señores y Reyes naturales, en sus casas, sin deber ni hacer
á ninguno mal ni daño, ¿qué fe y crédito eran obligados á dar á las
escripturas de la tal donacion? y qué fueran las mismas bulas plomadas
del Papa que allí se las presentaran, ¿merecieran, por no obedecellas,
que fueran descomulgados ó que les hicieran algun otro mal temporal
ni espiritual, ó cometieran en ello algun pecado? ¿Todo ésto no les
habia de parecer ser deliramentos y cosas fuera de razon y de camino,
y todos desvaríos y disparates, mayormente cuando les dijeran que eran
obligados de se subjetar á la Iglesia?; veamos, ¿entender qué cosa
sea Iglesia y ser obligado el hombre á se sujetar á la Iglesia, no
presupone tener noticia y creer todas las cosas que nos enseña nuestra
fe cristiana? ¿Por qué creemos haber Iglesia, y la cabeza visible della
reverenciamos, nos subjetamos y obedecemos, que es el Papa, sino porque
creemos y tenemos verdadera fe de la Santísima Trinidad, Padre, y Hijo
y Espíritu y Santo, y tenemos y confesamos todos los otros catorce
artículos pertenecientes á la Divinidad y humanidad? Pues no teniendo
fe alguna, y ninguna de la Santísima Trinidad, ni de Jesucristo, que
constituyó la Iglesia, y de lo demas que tiene y confiesa la religion
cristiana, ¿cómo puede alguno creer que hay Iglesia, y su cabeza, que
se llama Papa, padre grande y admirable? y sino puede ni debe creer
alguno haber Iglesia y Papa, no habiéndole dado noticia de Cristo,
hijo de Dios verdadero, y rescibídole voluntariamente por tal, ¿cómo,
ó con qué ó por qué derecho humano, natural ni divino, será obligado
á creer que hay Iglesia y que hay Papa? Pues si no es obligado, por
algun derecho ni razon, á creer que hay Iglesia ni Papa, y ésto sin
alguna culpa, ni pecado, ni venial, ¿cómo ó por qué será obligado á
creer que el Papa tuvo poder para hacer donacion de las tierras y
señoríos que poseen gentes que nunca otras cognoscieron, ni tuvieron
que hacer con otras en bueno ni en malo, tan distantes de todas las
otras de nuestro mundo viejo, y siendo poseedores y propietarios
señores de tantos años? Item, si no son obligados á creer que tuvo
poder aquel, que los españoles llaman Papa, de conceder y donar sus
tierras y señoríos, y su libertad al Rey de los españoles, ¿cómo ó
por qué derecho serán obligados á dar la obediencia, y de señores y
Reyes ó Príncipes libres que nunca recognoscieron algun superior,
hacerse súbditos y menoscabados de su estado, rescibiendo á un Rey
que nunca vieron ni cognoscieron, ni oyeron, extraño, y de gente
fiera, barbada y tan armada, y que, _prima facie_, parece horrible y
espantosa, rescibiéndolo, digo, por señor? Veamos: si solos los Reyes
dellos se quisiesen subjetar al Rey de Castilla, sin consentimiento
de los pueblos, sus súbditos, los súbditos ¿no tenian justo derecho y
justicia, de ley natural, de quitalles la obediencia y deponellos de su
Real dignidad, y áun de matallos? Por el contrario, si los súbditos,
pueblos, sin sus Reyes, lo quisiesen hacer, ¿no incurririan en mal
caso de traicion? Item, si no son obligados los Reyes por sí, ni los
súbditos por sí, y tampoco todos juntos á dar la obediencia á Rey
extraño, por más requerimientos que les hagan, segun queda deducido
y claramente probado, ¿con qué derecho y justicia les protestan y
amenazan, que, si no prestan la obediencia que les piden, les harán
guerra á fuego y á sangre, y les tomarán sus bienes, y sus mujeres y
sus hijos, con sus personas, captivos, y venderán por esclavos? Y si,
por esta causa, guerra les hicieron, ó hicieren, ó hacen, ¿con qué
leyes ó derechos, ó razones, fueron ó serán ó son justificadas? Luégo,
injustas, é inícuas, y tiránicas y detestables fueron, serán y son,
donde quiera que por tal causa, y con tal título, á tales infieles,
como los vecinos y moradores destas Indias, se hicieron ó hicieren,
condenadas por toda ley natural, humana y divina, luégo, justísima será
la guerra destos y de los tales infieles, contra todo español y contra
todo cristiano que tal guerra moviere; y desta manera y jaez han sido
todas las guerras que de nuestra parte á estas gentes se han movido y
hecho, y esas pocas que contra nosotros ellas hicieron, y pluguiese á
Dios que yo muriese por tal justicia como las que estas gentes para nos
hacer cruda guerra hoy tienen, y siempre, desde que las descubrimos,
contra nosotros han tenido. Y este derecho, siempre lo tienen y les
vive, y dura, hasta el dia del juicio; la razon deste durarles es,
porque desde que le cobraron, ni por paz, ni por tregua, ni por
satisfaccion de los irreparables daños y agravios que de nosotros
han rescibido, y ni por remision que ellos dellos nos hayan hecho,
nunca jamás se ha interrumpido. Queda luégo manifiesta la ignorancia
del Consejo del Rey, y plega á Dios que les haya sido remisible, y
cuán injusto, impío, escandaloso, irracional y absurdo fué aquel su
requerimiento. Dejo de decir la infamia de la fe y religion cristiana,
y del mismo Jesucristo, que de aquel requerimiento era necesario salir,
é ha salido; y cosa es de reir, ó de llorar por mejor decir, que
creyesen los del Consejo del Rey que estas gentes fuesen más obligadas
á rescibir al Rey por señor, que por Dios y Criador á Cristo, pues
para rescibir la fe no pueden ser forzadas y con pena ser requeridas,
y que para que diesen la obediencia al Rey ordenaban los del Consejo
fuesen constreñidas. Hobo tambien mucha y reprensible falsedad,
porque se afirmaba en él que algunas islas, y casi todas, á quien lo
susodicho habia sido notificado, habian rescibido á Sus Altezas y
obedecido y servido, y servian como súbditos y con buena voluntad, y
sin ninguna resistencia, luégo, sin dilacion, cómo fueron informados de
lo susodicho, porque no es verdad que les notificasen é informasen de
cosa dello á ninguna isla, ni lugar, ni parte, ni gentes destas Indias,
por aquellos dias, ni jamás rescibieron á los reyes de Castilla, ni
obedecieron, ni sirvieron de su voluntad, sino por fuerza, y violenta
y tiránicamente, haciéndoles crudelísimas guerras en su entrada, y
poniéndolos en servidumbre durísima en que todos perecieron, como Dios
es buen testigo; rescibieran y sirvieran á los Reyes de muy pronta
voluntad, si por paz y amor y por vía cristiana hubieran sido inducidos
y atraidos. Y, por acabar lo que toca aquel requerimiento, de lo dicho
puede cualquiera prudente inferir, que si, como al principio deste
capítulo supusimos, entendidos los vocablos y significacion dellos,
pudieran responder y alegar por sí contra los que les hicieran los
requerimientos, y los convencieran en juicio y fuera de juicio, ¿qué
podrá alguno decir en excusa de los que formaron aquel requerimiento
y de los que á ejecutallo iban, haciéndolo á quien ni palabra dél
entendian, más que si fuera en latin referido ó en algarabía?; y ya
saben los que estudiaron derechos, qué valor ó momento tiene el mando
ó precepto, ó requerimiento, que se hace á gente que la lengua en que
se dice no entiende, aunque fuese súbdita y tuviese obligacion de oillo
y complillo, lo que en estas gentes y materia de que hablamos ningun
lugar tiene, como parece por lo dicho.



                             CAPÍTULO LIX.


Tornando al despacho de Pedrárias, quiso el Rey que tambien fuese
con él Obispo de aquella tierra firme, para que lo espiritual y
eclesiástico se procurase, mayormente la conversion de aquellas gentes,
con el cual tambien fuesen algunos religiosos de Sant Francisco;
suplicó al papa Leon X, que en aquel tiempo en la Silla apostólica
presidia, que criase Obispo á un religioso de Sant Francisco, solemne
y afamado predicador del Rey, llamado fray Juan Cabedo, y así fué
consagrado Obispo de la iglesia de Sancta María de la Antigua del
Darien; y ésta fué la primera iglesia Catedral de la tierra firme, y
él el primer Obispo. Para que hobiese recaudo en su Real hacienda,
instituyó el Rey cuatro oficiales, Tesorero, Contador, Factor y
Veedor, segun habia acostumbrado á proveer en estas islas, Tesorero,
Alonso de la Puente, Contador, Diego Marque que habia sido en esta
isla Española Veedor, Juan de Tavira, Factor, y Gonzalo Hernandez de
Oviedo, Veedor. Llevó por Capitan general, Pedrárias, á un Juan de
Ayora, hombre experimentado en la guerra, hermano de Gonzalo de Ayora,
de quien se dijo cuasi lo que del Marqués de Santillana, que las letras
no embotaban la lanza, y así en el Gonzalo de Ayora concurrieron
letras muchas, y debian ser humanas, y con ellas fué señalado en la
guerra; y por Alcalde mayor á un licenciado Gaspar de Espinosa, natural
de Valladolid, hombre bien entendido, y por Alguacil mayor vino el
bachiller Anciso. La mujer de Pedrárias era notable dueña, llamada
Doña Isabel de Bobadilla y tambien de Peñalosa, sobrina de la marquesa
de Moya, hija de su hermano. Esta señora Marquesa fué muy servidora
de los católicos Reyes, y que les ayudó mucho á que reinasen, por
entregalles la fortaleza de Segovia y los tesoros que en ella dejó el
rey D. Enrique, en tiempo de las guerras de entre Castilla y Portugal,
pretendiendo el rey D. Alonso de Portugal ser rey de Castilla, por
haber casado con la que llamaron la Excelente, que decian ser hija
del dicho rey D. Enrique, hermano de la reina Doña Isabel, y á quien
sucedió en aquellos reinos; así que la dicha Doña Isabel de Bobadilla,
determinado Pedrárias de ir aquel viaje sin ella, ella, como matrona
varonil, no quiso por ninguna manera quedar, sino seguir por mar y por
tierra su marido. Partido de la corte y de su casa, que la tenia y
tienen sus sucesores en Segovia, Pedrárias, y de allí con su mujer Doña
Isabel de Bobadilla, llegados á Sevilla, halló el mundo que allí le
esperaba de gente, como arriba se dijo, y creo que si quisiera llevar
todos los que con él querian ir, segun la fama de que el oro se pescaba
con redes la gente de España habia movido, pasaran de 10.000. Salió,
pues, finalmente, del rio y barra de Sant Lúcar, con su flota de doce
ó quince velas, en 12 dias de Abril del año de 1514 de la venida de
Cristo; á la cual, en saliendo, ventó de través el vendabal terrible,
como acaece cada dia, y padecieron grande tormento y riesgo, porque se
le perdieron dos naos, y todas las demas alijaron, que es echar á la
mar mucha de la ropa y mantenimientos que traian encima de cubiertas,
por alivianarlas, y así tornaron al puerto con mucho peligro. Tornaron
á rehacerse y despues á salir, y llegaron á la isla de la Gomera, que
es una de las Canarias, y en ella tomada agua y leña y lo que más les
era necesario, fué á tomar la isla de la Dominica, una de las muchas
que son las primeras que topamos destas Indias, en veinte y siete
dias. Hay desde la Gomera hasta ella cerca de 800 leguas. Tomada leña
y agua, y refrescándose la gente allí tres ó cuatro dias, alzaron las
velas, y tomando el camino de la tierra firme llegaron al puerto de
Sancta Marta, en el cual entraron y echaron sus anclas; los indios
del pueblo y pueblos de por allí, como vieron la flota y estaban de
tantas veces ya muy experimentados de lo que pretendian los españoles,
y de las obras que dellos siempre rescibian, cada y cuando por allí
aportaban, salieron como leones fieros de sus casas, con sus arcos
y flechas enherboladas, y tiran á las naos metiéndose hasta la cinta
en el agua. Mandó saltar Pedrárias contra ellos cierta gente en los
bateles de las naos, pero ellos pónense con sus arcos y flechas,
aunque desnudos en cueros, á defenderles que en tierra no entrasen, y
de la primera rociada de flechas que les soltaron, les mataron luégo
dos hombres, por ir las flechas enherboladas, lo cual puso en gran
temor á toda la gente que iba en las barcas; pero soltando ciertos
tiros de pólvora desde las naos, creyendo los indios que eran rayos,
y truenos, y relámpagos, todos volvieron huyendo las espaldas. Los
españoles estuvieron mucho dudando si saltarian en tierra y seguirian
tras ellos el alcance, por miedo de la hierba tan mortífera que en
las flechas echaban; pero pareciéndoles que sería cobardía, y los
indios los ternian en poco y cobrarian dende adelante mayor ánimo,
mandó Pedrárias que saltasen 900 hombres en tierra, y fuesen á los
pueblos y trabajasen de lastimallos ó asegurallos, y creo que fué él
con ellos. Salidos en tierra los españoles, huyeron los indios; van
los nuestros al pueblo primero, y roban cuanto hallan, y, en especial,
captívanles todas las mujeres y hijos que no pudieron haber huido. Los
indios, viendo llevar sus mujeres y hijos, vuelven como rabiosos perros
ó tigres contra los españoles, con grandísimo ímpetu, y desarmados
sus arcos y tiradas sus flechas, tornaron á huir los que pudieron,
sintiendo el cortar de las espadas y el fuego de las escopetas. No
supe que desta hecha algun español hiriesen, aunque pocas veces por
allí solia acaecer no matar ó mal herir, por la ponzoña de la hierba
y ser en el tirar ellos muy certeros. Entraron algunas cuadrillas
por la tierra dentro dos y tres leguas, y robaron cuanto hallaron de
joyas de oro, y algunas esmeraldas ó madres dellas, y gemas, ó ciertas
piedras preciosas y ámbar, engastonadas en oro, por buen artificio
hechas. Hicieron los requerimientos que aquellas tierras supiesen
ser de los reyes de Castilla, y por tanto que le viniesen á dar la
obediencia, y tornarse cristianos, sino que las dejasen y se fuesen
dellas. Respondiéronles con una gran nubada de flechas, pero creer que
entendieron ellos cosa del requerimiento es falsísimo, porque no sabian
más de nuestra lengua que de la latina; todo ésto es fingir novelas,
como los nuestros en estas tierras siempre contra estas naciones
suelen. Y si respondieron con flechas despues de les haber hablado
las palabras del requerimiento, fué no queriendo oillos ni tener que
hacer con ellos, viéndose así despojados de sus haciendas, robadas
sus casas, y llevados captivos sus mujeres y hijos; y puesto que lo
entendieran, buenas nuevas les daban, y buenas obras les habian hecho
para esperallos, rescibillos, y ni oillos. Hallaron en las casas los
nuestros muchas y muy hermosas redes, para pescar en la mar y en los
rios que allí entran; hallaron muchas mantas y cosas de algodon, y de
plumas de diversas colores, muy lindas, vasos para agua y para vino,
y otras muchas vasijas de barro y de diversas formas hechas, pintadas
y muy lindas. Tornáronse á las naos, con grandes gritas y alegría,
triunfantes, cargados de las cosas ajenas, los nuestros; díjose que de
los presos, despues de llevados á las naos, soltaron algunos, dándoles
algunas cosas de las de Castilla porque fuesen contentos, no pude
certificarme si los soltaron todos y les restituyeron las mujeres y
hijos. Salió del puerto de Sancta Marta la flota para el puerto de
Cartagena, pero por cierta tormentilla que les ocurrió, y por las
muchas corrientes que por aquella mar siempre andan, fueron forzados
á pasarlo sin verlo, y fueron á parar á Isla Fuerte; díjose que hizo
saltar gente allí Pedrárias y prender alguno de los indios della y
llevólos por esclavos. Está del Darien esta isla 50 leguas. Finalmente,
llegaron y entraron en el golfo de Urabá y el Darien, cuasi mediado
el mes de Junio. Acaeció una cosa de notar, salidos de Sancta Marta,
que no parece haber sido menor señal de lo que habia de suceder que si
fuera una cometa, y para los gentiles de los siglos antiguos mirárase
más en ello: salió una ave, que en latin se llama _onocrotalus_, y en
nuestro romance no sabemos otro vocablo para nombralla, sino creto
ó onocrótalo, la cual es muy mayor que un buitre, tiene el papo muy
grande y feo, nunca está sino en las lagunas ó rios grandes, porque
su mantenimiento no es sino de peces. Salió, digo, de la tierra, y
visitó volando, primero, la nao Capitana, donde venia Pedrárias, y
despues rodea toda la flota como visitando todas las naos, y luégo cae
muerta. Este acaecimiento parece haber sido presagio ó señal que quiso
Dios mostrar de las matanzas y estragos que Pedrárias y los que con él
vinieron habian de hacer en aquellas tristes gentes, y tambien amenazas
de las muertes que habian de padecer de hambre y laceria los mismos
españoles que con tanta ansia venian á pescar oro, y que luégo en breve
se les siguieron, como, placiendo á Dios, diremos.



                             CAPÍTULO LX.


Llegado Pedrárias y su flota al puerto del Darien, que distaba del
pueblo creo que media legua, envió luégo Pedrárias un criado suyo,
ántes que ninguno de las naos saliese, á hacer saber á Vasco Nuñez como
era llegado con su flota al puerto. Tenia Vasco Nuñez entónces consigo
en el Darien, 450 hombres ó pocos ménos, y, cierto, valian harto más
por estar en tan grandes trabajos curtidos, que los 1.200 ó 1.500 que
Pedrárias traia. Llegado el criado de Pedrárias al pueblo, preguntó por
Vasco Nuñez; dijéronle, véislo allí, el cual estaba mirando y ayudando
á los que tenia por esclavos, que le hacian ó cubrian de paja una casa,
vestido de una camisa de algodon ó de angeo, sobre otra de lienzo, y
calzado de unos alpargates los piés, y en las piernas unos zaragüelles.
El hombre quedó espantado de ser aquel Vasco Nuñez, de quien tantas
hazañas y riquezas se decian en Castilla, creyendo que lo habia de
hallar en algun trono de majestad puesto; llegóse á él diciendo:
«Señor, Pedrárias ha llegado á esta hora al puerto, con su flota, que
viene por Gobernador de esta tierra.» Respondió Vasco Nuñez, que le
dijese de su parte, que fuese muy bien venido y que se holgaba mucho
(y Dios lo sabe) de su venida, y que él y todos los de aquel pueblo,
que estaban en servicio del Rey, estaban prestos para rescibillo y
serville. Oidas las nuevas por todo el pueblo, de haber llegado al
puerto con tanta flota y armada, no hobo poco bullicio y pláticas en
corrillos entre todos ellos; trataron cómo sería mejor rescibille, ó
saliendo con armas, como cuando andaban armados por los indios, ó como
pueblo, sin ellas. Cerca de lo cual hobo diversos pareceres, pero Vasco
Nuñez siguió el más seguro, y que ménos podia causar sospecha, y así
lo salieron á rescibir todos sin armas, y como estaban en sus casas,
media legua. Pedrárias, como hombre no descuidado, entendido en las
guerras, ordenó su gente, no del todo confiado que Vasco Nuñez con buen
ánimo le rescibiese, ni los que con él eran; llegados á donde Pedrárias
venia con su mujer, Doña Isabel de Bobadilla, de la mano, Vasco Nuñez
y su compañía les hicieron gran reverencia, y Vasco Nuñez, con buenas
palabras, se ofreció en nombre suyo y de todos, como Gobernador del
Rey, á obedecerle siempre y servirle. Fuéronse todos juntos al pueblo
con exterior regocijo, y Dios sabe si les sobraba á los que estaban
la interior alegría; repartiéronse los que con Pedrárias venian, que,
como se dijo, eran 1.200, por las casas que eran todas de paja de los
que allá estaban, que eran pocos más de 400. Los que estaban proveian
del pan de maíz y del caçabí, de raíces y frutas de la tierra, de
agua del rio, y del servicio de los indios que por esclavos tenian,
habidos con la justicia que arribase ha referido; Pedrárias mandaba
proveer á cada uno de racion de tocinos y carnes, y pescados salados
y algun bizcocho, y otras cosas comestibles de bastimentos que el Rey
mandó, para la armada y gente della, que se trujese de Castilla. Luégo,
otro dia despues de llegados y aposentados todos, comenzó Pedrárias á
inquirir é informarse de los que en la tierra estaban, si eran verdad
las grandezas que Vasco Nuñez habia escrito al Rey, de la mar del Sur
y de las perlas de las Islas della, y de las minas ricas de oro y de
todo lo demas; lo cual todo halló ser así, como Vasco Nuñez lo habia
escrito, sino que el pescar del oro con redes, que no Vasco Nuñez,
sino la fingida fama ó de Colmenares ó de otros habia publicado, y la
vanidad y cudicia de Castilla tenia creido, halló no ser así. La gente
toda, recien venida, no se descuidaba de preguntar dónde y cómo el oro
con redes se pescaba, y, segun yo creo, comenzó desde luégo á desmayar
como no via las redes y aparejos con que se pescaba, ni hablar ó tratar
dello á cada paso; y así fué que, oidos los trabajos que los huéspedes
les contaban haber pasado, y como el oro que tenian no era pescado
sino á los indios robado, y puesto que habia muchas minas y muy ricas
en la tierra, pero que se sacaba con inmenso trabajo, comenzaron luégo
á se desengañar y hallarse del todo burlados. Luégo mandó Pedrárias
apregonar residencia contra Vasco Nuñez, la cual le tomó el licenciado
Espinosa, Alcalde mayor; mandó prenderle y condenó en algunos millares
de castellanos, por los agravios hechos al bachiller Anciso y á otros,
y al cabo, teniendo respeto á sus trabajos, que llamaban grandes
servicios hechos al Rey, de la muerte del triste Nicuesa y de todos
los mas cargos que le pusieron le dieron por libre y quito; pero de
los robos, y matanzas, y captiverios y escándalos, que habia hecho á
muchos señores, y Reyes, y particulares personas de los indios, no hobo
memoria en la residencia, ni hombre particular, ni fiscal del Rey que
dello le acusase, porque matar ni robar indios nunca se tuvo en estas
Indias por crímen, y la más potísima razon que desto dar se puede, no
es sino la insensibilidad que ha permitido Dios, por los pecados de
España, en los más de nosotros, sin el juicio secreto divino que ha
reservado para sí, é para la otra vida, el castigo total de los pecados
tan inhumanamente cometidos en las gentes destas Indias. Y porque habia
escrito Vasco Nuñez al Rey, entre las otras cosas, que, para el trato y
descubrimiento de la mar del Sur, convenia hacerse pueblos de españoles
en la tierra y señorío de los caciques Comogre, Pocorosa y Tubanamá,
trató luégo Pedrárias de enviar gente, con parecer de Vasco Nuñez, para
que en los dichos tres lugares poblasen.



                             CAPÍTULO LXI.


Entre tanto que se trataba y aparejaba de enviar gente, para hacer
las dichas poblaciones, comenzóse á gastar la comida y bastimentos
que la flota habia traido de Castilla, como era mucha gente la que
los gastaba, por lo cual se iban adelgazando las raciones que el Rey
les mandó dar, y no se comia tanto cuanto habian menester digerir los
estómagos. Dello por esta causa, dello por ser enfermo el lugar donde
estaban poblados, por ciertas ciénagas y lugares bajos y sombríos,
y tambien por la diferencia de los aires más delicados y más claros
destas tierras, que por la mayor parte y cuasi todas son más que las de
España sanas, mayormente habiendo tan gran distancia de allá á estas
partes, comenzaron á enfermar y á morir la gente que habia traido
Pedrárias; no perdonó á él mismo, aunque tenia mejor refrigerio, que
no incurriese una grave enfermedad. Salióse del Darien, por parecer
del médico ó médicos que habia traido, con los demas, y fuese al rio
de Corobarí, la última luenga, cerca de allí, que se tenia por de
mejores aires. Con la indisposicion de Pedrárias dilatóse la provision
y despacho de las dichas poblaciones, pero no la muerte de muchas
personas, que cada dia de hambre y enfermedades morian, y más de hambre
y falta de refrigerio que de las enfermedades se interpolaba, cuando
ya del todo las raciones del Rey se acabaron. Cresció esta calamidad
de hambre en tanto grado, que morian dando quejidos «dáme pan» muchos
caballeros, y que dejaban en Castilla empeñados sus mayorazgos, y otros
que daban un sayon de seda carmesí é otros vestidos ricos porque les
diesen una libra de pan de maíz ó bizcocho de Castilla, ó caçabí. Una
persona, hijodalgo, de los principales que habia traido Pedrárias, iba
un dia clamando por una calle que perecia de hambre, y delante todo
el pueblo, cayendo en el suelo, se le salió el ánima. Nunca parece
que se vido cosa igual, que personas tan vestidas de ropas ricas de
seda y áun parte de brocado, que valian muchos dineros, se cayesen á
cada paso muertas de pura hambre; otros se salian al campo y pascian
y comian las hierbas y raíces que más tiernas hallaban, como si
fueran ganados; otros, que tenian más vigor, traian sin vergüenza del
monte haces de leña por un pedazo de cualquiera pan que les daban.
Morian cada dia tantos, que, en un hoyo que se hacia, muchos juntos
enterraban, y á veces si cavaban una sepultura para uno del todo no la
querian cerrar, porque se tenia por cierto que pocas horas habian de
pasar que no muriesen otros que lo acompañasen. Muchos se quedaban sin
sepulturas un dia y dos, por no tener fuerzas para los enterrar los
que eran sanos y tenian que comer algo; en todos los casos dichos poco
cuidado habia de hacerles obsequias, como ni lo habia de amortajarlos.
Aquí vieron todos bien á la clara, cómo el oro con redes se pescaba.
En estas angustias puestos, y no ménos Pedrárias y su casa, dió
licencia á algunos principales caballeros que se volviesen á España,
de los cuales vinieron á parar á la isla de Cuba una barcada con
harta necesidad, donde les matamos bien la hambre, por estar nosotros
en tierra de grande abundancia, cuanto la de donde venian tenia de
falta, no por ser la tierra estéril, porque no es sino fertilísima y
de mantenimientos abundaba cuando estaba en su prosperidad, sino por
haberla los españoles despoblado, dello con muertes innumerables, dello
por captiverios de vivos, enviando á vender á estas islas muchos por
esclavos, dello por haber á todas las demas gentes ahuyentado, y así
estaban aquellas provincias asoladas; porque es cierto que si á los
Caciques y señores y gentes moradores dellas los españoles les hicieran
obras de cristianos, aquellos y muchos más pudieran ser proveidos y
sustentados, y áun ricos de lo que deseaban, pero no fueron dignos
porque no traian el fin que Dios pretendia desde que se movieron de
España. Así que, estos efectos parió el creer que el oro se pescaba, y
venir á pescallo con tanta ansia. Convalesciendo algo Pedrárias, siendo
avisado de las muchas minas y ricas que habia por aquella provincia
del Darien, no curando mucho de la sanidad de la tierra, que debiera
mucho mirar, segun lo que de presente cada dia pasaba, envió á un
Luis Carrillo, con 60 hombres, para que poblase un pueblo en el rio,
siete leguas del Darien, que no sé por qué ocasion habian nombrado, en
tiempo de Vasco Nuñez, el rio de las Anades; no sé con que confianza de
mantenimientos, pues todos andaban hambreando, y no habia memoria de
hombre indio en toda la comarca, sino sólo los que tenian algunos de
los que allí iban por esclavos, y así duró poco el pueblo allí por esta
causa. En este tiempo, como se le iba asentando la silla de obedecer y
ser mandado á Vasco Nuñez, estando tan acostumbrado á ser obedecido y á
mandar, inventó camino para ir por sí á donde sólo gobernase, para lo
cual envió secretamente á Andrés Garavito á la isla de Cuba para que
le trujese gente, con la cual por el Nombre de Dios pasase á poblar en
la mar del Sur. En este propósito no sé sobre qué estribaba, porque
no creo que le era venido el título de Adelantado de la mar del Sur,
sino quizá por cartas que tenia que el Rey le habia hecho merced dél,
porque ya que lo tuviese de presente no parece que habia de pretender,
ni podia, gobernar sin estar subjeto á Pedrárias; y por ventura, deste
principio comenzó á tener cosquillas de sospecha dél, Pedrárias, de
donde al cabo le provino su final daño.



                            CAPÍTULO LXII.


Despachado Luis Carrillo para que poblase el rio de las Anades,
determinó Pedrárias, con toda la priesa que pudo, de despachar y
despachó á Juan de Ayora, su Capitan general, con 400 hombres los ménos
indispuestos de los que habia traido, con parte de los antiguos que
con Vasco Nuñez estaban, á robar todo el oro que haber pudiese por
toda la tierra, sin guardar fe ni amistad á los señores y sus gentes
que Vasco Nuñez tenia confederados, aunque tambien por él robados y
tiránicamente forzados y agraviados, (puesto que por ventura no mandó
Pedrárias que á los confederados hiciesen daños, como los hizo su mal
Capitan), porque ya habia determinado, segun creo, de enviar á su
mujer, Doña Isabel, á Castilla, y no llevarse vacías las manos. Mandóle
que hiciese tres pueblos con sus fortalezas, en la tierra de Pocorosa,
y en la de Comogre, y de Tubanamá. Embarcóse Juan de Ayora, con los
400 hombres, en una nao y tres ó cuatro carabelas, y fué á desembarcar
al puerto de la tierra del cacique Comogre, que distaba del Darien 25
ó 30 leguas, hácia el Poniente; desembarcado en el pueblo de Comogre,
despachó á un Francisco Becerra con 150 hombres á la mar del Sur, para
que descubriese algun buen asiento y comarca donde se poblase; fué
guiado por un camino más breve, que se sabia de ántes, por el cual
se hallaron haber 26 leguas de mar á mar. Estos despachados, mandó
Juan de Ayora á Garci-Alvarez, que, con los navíos y alguna gente que
habia indispuesta, le fuese á esperar al puerto del cacique Pocorosa,
que estaba más al Poniente, abajo, en tanto que él iba á robar lo que
hallase. Váse con sus 200, y algunos más hombres, la tierra adentro,
al cacique Ponca, del cual en el cap. 47 mostramos que habia venido
á Vasco Nuñez, y Vasco Nuñez, asegurádole y prometídole que nunca
le vernia daño, y el Ponca le ayudó dándole de su gente que para el
descubrimiento de la mar del Sur le acompañase. Ponca, pues, como
estaba seguro, salió á rescibir á Juan de Ayora, de paz, y lo primero
que hizo fué tomarle, contra su voluntad, el oro que pudo hallar,
escudriñándole su casa, y diciéndole, riendo, que de los amigos se
habia de ayudar. De allí vá al Cacique y señor Comogre, que tantas
caricias y buen rescibimiento y hospedaje habia hecho á Vasco Nuñez,
y á su compaña, y el primero que dió las nuevas de la otra mar, como
arriba, en los capítulos 41 y 42 se ha contado, el cual, siendo avisado
de sus espías que venia, y que su fin era el oro deseado, salióle á
rescibir al camino con un buen presente de joyas de oro y comida, y
llegado á su casa les hizo cuantos servicios pudo y regalos; pero ni
estas buenas obras hechas á él, ni las que Vasco Nuñez rescibió con
los pasados, ni la fe y seguridad que le prometió de que sería seguro
y no rescibiria de los españoles nunca jamás daño, bastó á que no le
tomase por fuerza sus propias mujeres aqueste infelice tirano. Lo
mismo hizo, segun se escribió, de allí salido, á Pocorosa, en cuanto
le pudo robar, puesto que su persona, siendo avisado de lo que venia
haciendo, se fué huyendo á los montes que no lo osó esperar, y lo que
peor fué que el triste de Pocorosa, Rey de aquella tierra, pensando
aplacalle y doblalle para que le restituyese las mujeres ó gente y
otras cosas que le habia robado, y tambien por miedo que buscándolo ó
haciéndole buscar caerian en sus manos, vínose á él con un presente
de todo el oro que allegar pudo, que con su persona misma le trajo;
pero nada le aprovechó, ántes lo prendió y llevó preso á la tierra de
Tubanamá, diciendo que con la prision de aquel amedrentaria los otros
señores, para que con oro se rescatasen. Pasando á la tierra y señorío
de Tubanamá hallóle seguro y quieto en su casa, como habia prometido
á Vasco Nuñez que siempre lo estaria, y que así lo habian siempre de
hallar; rescibió á Juan de Ayora con mucha alegría, dále á él y á su
gente de comer, y hizóle servir con toda su posibilidad; demás desto,
dióle un presente de oro, no de poca cantidad, pero no le hartó ni
satisficieron las obras tan buenas de quien no les debia nada; en
pago de lo cual tómale cuanta de su gente pudo por esclavos, y róbale
cuanto le pudo robar. Escapóse dél Tubanamá lo mejor que pudo, y fuese
apellidando su tierra, y tambien quizá sus vecinos, y con la más gente
que pudo allegar vino sobre Juan de Ayora y sobre los suyos por la
otra parte del rio, donde él estaba, con gran furia, y echóles una
nubada de flechas, peleando contra ellos como leones, pero desnudos en
cueros. Cierto, si las armas les ayudaran, más daño que nunca hicieron
nos hobieran hecho estas gentes, porque ánimo no les ha faltado y
menosprecio de la muerte por defension de sus patrias y casas, segun
habemos visto hartas veces por experiencia. Tornando á Juan de Ayora,
defendióse del ímpetu de Tubanamá, no supe si ellos hirieron algunos
españoles con este ímpetu, ni si los españoles mataron algunos, más de
que se vido bien apretado Juan de Ayora, y con harto miedo, por lo cual
con mucho trabajo y priesa hizo aquella noche, de rama y tierra, una
fortaleza, temiendo que al salir del alba serian otra vez sobre él; no
volvieron porque no pensaron prevalecer, lo cual es argumento que los
lastimaron las espadas ó los perros. Dejó allí Juan de Ayora en aquella
fortalecilla un Hernan Perez de Meneses, con 60 hombres, para tener
las espaldas seguras, y para los yentes y vinientes, ó para enviar de
sí nuevas y sabellas de Francisco Becerra, y volvióse á Garci-Alvarez,
que le esperaba con los navíos en un rio que habian nombrado de Sancta
Cruz, en la tierra de Pocorosa; señaló allí una villa y púsole nombre,
la villa de Sancta Cruz, y los vecinos que le pareció, criando Alcaldes
y Regidores, conforme á la instruccion que de Pedrárias llevaba: ésto
fué á tantos de Mayo del año de 1515. Poblada esta villa de Sancta
Cruz, aunque no de gente sancta, teniendo noticia Juan de Ayora de que
más al Poniente habia un señor, de gente y de oro muy rico, llamado
Secatíva, la penúltima luenga, envió por la mar, en ciertas barcas ó
bateles, á un fulano Gamarra, con cierta gente, para que, so color de
que diese la obediencia á los reyes de Castilla, captivase la gente
que pudiese, y robase la riqueza que estimaba que tenia; pero como sus
obras fuesen ya por toda la tierra estendidas, y en los oidos de todas
las gentes de aquellas provincias fuesen, como lo eran, horribles, por
cuya causa y temor todos los pueblos y señores dellos estaban sobre
aviso, teniendo sus espías (en lo cual los indios no se duermen),
temiendo haber de venir sobre ellos aquella pestilencia cada dia, el
cacique Secatíva con su gente, avisados que por la mar los españoles
venian, pusieron en cobro sus mujeres y hijos, y vacío el pueblo,
metidos tras de unas matas, los españoles, dejadas las barcas y salidos
en tierra, ya que llegaban cerca del pueblo, salen los indios de través
con un terrible alarido, y dan en ellos, lanzando varas tostadas
como dardos y no sé si flechas tambien, con las cuales hirieron al
Capitan y á los más de su compañía, y así se volvieron huyendo, bien
descalabrados, de donde habian venido. Juan de Ayora, desque los vido
venir destrozados, lleno de ponzoña de ira determinó de la derramar en
el pueblo de Pocorosa, y mandó que le robasen toda la tierra que era
donde habian hecho su negra villa, y prendiesen á él para podelle sacar
más oro si pudiesen, pero fué avisado Pocorosa por un español llamado
Eslava, que era su amigo, al cual quiso ahorcar Juan de Ayora desque
lo supo. Concluida ésta su predicacion y dejada la tierra tan en amor
de la fe y religion de Cristo, Juan de Ayora deliberó de se volver al
Darien para se tornar, con ciertos barriles que tenia ya llenos de oro,
á Castilla, y así lo hizo, pero hurtando un navío que en el puerto
quedaba, y díjose que el mismo Pedrárias fué sabidor y consentidor del
hurto, y de su huida con el oro robado, por ser muy amigo de Gonzalo
de Ayora, su hermano, pudo ser que de lo que traia robado dió su parte
al quinto del Rey é á Pedrárias, sin lo mucho que se dijo que trujo
escondido; éste infelice tirano era natural de Córdoba, hijodalgo
y persona estimada por aquel tiempo, y, sus obras lo claman, de
insaciable cudicia. Deste tirano cuenta Pedro Mártir, en el cap. 10,
de su tercera Década, lo siguiente: _Joannes Aiora civis cordubensis
nobili genere ortus misus pro prætore, uti alias diximus, auri magis
cupidus quam rei bene gerendæ amator, aut laudis. Nactus occasiones in
regulos spoliavit multos et contra jus fasque aurum ab eis extorsit,
et crudeliter (ut aiunt) tractavit; ita ut ex amicis facti sint hostes
infensissimi, et animis desperatis jam quacumque datur vi aut insidiis
nostros perimunt. Ubi pacato comertiabantur et volentibus regulis, nunc
armis agendum est. Multis auri ponderibus hoc modo coactis, uti fertur,
aufugit sumpto furtim, ut vulgo dicitur, navigio..... Non desunt qui
Petrum Ariam ipsum gubernatorem ejus fugæ assensisse arbitrentur.....
Nihil mihi eque displicuit in universis occeaneis agitationibus ac
istius avaritia quæ pacatos regulorum animos ita perturbaverit._ El
capitan Garci-Alvarez con los suyos, pobladores de la villa de Sancta
Cruz, no queriendo estar ociosos, creyendo permanecer en ella, salian
por los pueblos comarcanos á robar mujeres, y la gente que podian haber
para traer captiva. Pocorosa, señor tan agraviado de los españoles á
él tan desagradecidos, junta la gente que pudo, suya y de sus amigos,
y tambien agraviados y lastimados vecinos, vienen al cuarto del alba
sobre la villa, y hallando á todos durmiendo, ántes que acordasen para
tomar las armas, estaban todos heridos; pero como las armas de los
indios, donde no hay ponzoñosa hierba, no matan luégo, como nuestras
culebrinas, tornaron los españoles; aunque heridos, sobre sí, é tomadas
sus armas dan en ellos, y matando con sus espadas, tambien de los
golpes de los indios con sus macanas morian; y con tanto vigor los
indios, aunque dellos caian muertos muchos, perseveraron en la pelea,
que cuando vino á ser claro el dia los tenian todos despachados, con
su capitan Garci-Alvarez, sino fueron sólos cinco. Estos se escaparon
escondidos y huyendo noches y dias hasta llegar al Darien, donde dieron
las nuevas, y así se despobló la buena villa de Sancta Cruz á cabo de
seis meses de su principio.



                            CAPÍTULO LXIII.


Despachados Luis Carrillo y Juan de Ayora para sus romerías, luégo
envió Pedrárias á Pedrárias, su sobrino, con 200 hombres con dos
navíos, al rio de la provincia del Cenú, la última sílaba aguda, para
que descubriese y anduviese aquella tierra y rio, y robase el oro que
pudiese, porque los indios que habia hecho esclavos en Isla Fuerte,
como arriba se dijo, decian que en aquella tierra ó provincia habia
mucha riqueza, como vian á todos por oro tan caninos; y verdad era,
porque aquella provincia era el fonsario y entierro de muchas gentes de
la tierra adentro, que venian á enterrar sus muertos de muchas leguas,
y enterraban con ellos cuanto oro tenian. De aquellas sepulturas se
hobo despues grande suma de oro y riquezas, aunque todo há poco, como
el mundo sabe, lucido. Así que fué con su gente Pedrárias, sobrino,
y navíos al rio de Cenú, que está del Darien 30 ó poco más leguas de
la parte del Oriente; llegados al puerto y echadas las barcas para
subir por el rio; y siendo dificultosa la subida por la corriente y
la gente ser nueva, y la gran multitud de mosquitos que los comian, y
la esperanza de haber lo que buscaban con tantos trabajos muy fria,
comenzaron á sentir más el oficio y trabajo del remar que el consuelo
de conseguir su fin les ofrecia. Por todos estos accidentes comenzaron
á caer enfermos y á morir; viéndose Pedrárias, sobrino, en mucha
angustia, y que él tambien padecia el peligro de la vida, y no ver
aparejo para hacer asiento, que quizá era lo que más queria, por salir
de tanta tristeza dió luégo la vuelta al Darien con la mitad ménos
de la compañía. Viéndolo Pedrárias, su tio, más creo que se holgara
si lo viera que los navíos cargados de oro y de muchos indios hechos
esclavos traia. Desde á poco, hé aquí viene Luis Carrillo con toda su
compañía, que habia desmamparado y despoblado la villa de las Anades,
diciendo que no podian hallar bastimentos para se sustentar por andar
los indios huidos; con estos recaudos estaba Pedrárias muy afligido,
y via que no ponia en cosa mano que no se le deshacia, puesto que no
dejaba de recoger del oro robado, y esclavos hechos tan contra Dios y
su ley, cuanto para sí aplicar podia; pero el ciego infelice, ser la
causa de los reveses que padecia el mal estado en que él y todos los
españoles, que en aquella tierra estaban, vivian, destruyendo aquellas
inoxias gentes, no advertia. Aquel Luis Carrillo, despues que comenzó á
asentar su villa de las Anades, puso por obra de hacer catas, con los
indios esclavos que él y los de su compañía tenian, en aquel rio, para
ver el oro que habia, y puesto que por aquel y por otros muchos rios,
y toda aquella tierra es de oro rica, pero como se saca con grandísimo
trabajo y há menester paciencia y tiempo para cogollo, porque no suele
salir tan á montones que luégo se alegre y contente y harte la gran
cudicia, comenzaron á desajenarse los vecinos de la nueva villa; pero
el Luis Carrillo, por esforzar los vecinos á que no desmayasen, y
dalles algun contentamiento, acordó de salir, con los que más sanos y
dispuestos estaban, á captivar indios de los que por sus obras y de los
demas andaban ahuyentados, y otros que estaban en sus pueblos con temor
cada dia esperándolos. Fuese por la tierra de Abrayba á la provincia
nombrada Ceracaná, la última luenga, que vivian en las barbacoas ó
casas sobre los árboles que estaban en el agua, los cuales, sintiendo
los españoles, se defendieron con sus varas un buen rato, pero no les
aprovechó porque los españoles, combatidas siete de aquellas casas
altas, prendieron al cabo más de 400 ánimas, y queriendo ir adelante
á buscar más los ya captivos probaron á huir, y escapáranse sino por
un perro que llevaban que lo soltaron, y aquel los detuvo habiendo
muchos dellos desgarrado; á aquellos 400 repartió Luis Carrillo entre
sí mismo y su compaña. Venidos á su pueblo de las Anades, fuese luégo
al Darien á decir á Pedrárias que era imposible allí perseverar por
no haber comida y por otras incomodidades, y así luégo lo despoblaron.
Por este tiempo debia enviar Pedrárias al bachiller Anciso al Cenú,
como hervia siempre la fama y más la cudicia del abundar en oro aquella
provincia, como á hombre que tenia experiencia de aquellas tierras y
que lo haria mejor que Pedrárias su sobrino, y como Anciso era jurista
debió parecerle que justificaba, con usar del requerimiento, mejor sus
robos y violencias que iba á hacer á los vecinos del Cenú, que Juan de
Ayora y Luis Carrillo, sin él, las suyas, y así dice él en su «Suma
de geografía», cuasi al cabo della, hablando del Cenú, las palabras
siguientes: «Yo requerí, de parte del rey de Castilla á dos Caciques
destos del Cenú, que fuesen del rey de Castilla, y que les hacia saber
como habia un sólo Dios, que era Trino y Uno, y gobernaba el cielo y la
tierra, y que éste ha venido al mundo y habia dejado en su lugar á Sant
Pedro, y que Sant Pedro habia dejado por su sucesor, en la tierra, al
Santo Padre, que era Señor de todo el mundo Universo, en lugar de Dios,
y que ese Santo Padre, como Señor del Universo, habia hecho merced
de toda aquella tierra de las Indias y del Cenú al rey de Castilla,
y que, por virtud de aquella merced que el Papa habia hecho al Rey,
les requeria que ellos le dejasen aquella tierra, pues le pertenecia;
y que si quisiesen vivir en ella, como se estaban, que le diesen la
obediencia como á su señor, y le diesen en señal de obediencia alguna
cosa cada un año, y que eso fuese lo que ellos quisiesen señalar, y
que si ésto hacian que el Rey les haria mercedes y les daria ayuda
contra sus enemigos, y que pornia entre ellos frailes ó clérigos que
les dijesen las cosas de la fe de Cristo, y que si algunos se quisiesen
tornar cristianos, que les haria mercedes, y que los que no quisiesen
ser cristianos, que no les apremiarian á que lo fuesen sino que se
estuviesen como se estaban.» Respondiéronme, que en lo que decia que
no habia sino un Dios, y que éste gobernaba al cielo y la tierra y que
era Señor de todo, que les parecia bien y que así debia ser, pero en lo
que decia, que el Papa era Señor de todo el Universo, en lugar de Dios,
y que él habia hecho merced de aquella tierra al Rey de Castilla,
dijeron que el Papa debia estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo
que no era suyo, y que el Rey, que pedia y tomaba la merced, debia ser
algun loco pues pedia lo que era de otros, y que fuese allá á tomarla
que ellos le pornian la cabeza en un palo, como tenian otras, que me
mostraron de enemigos suyos, puestas encima de sendos palos, cabe el
lugar, y dijeron que ellos se eran señores de su tierra y que no habian
menester otro señor. Yo les torné á requerir que lo hiciesen, si no que
les haria la guerra y les tomaria el lugar, y que mataria á cuantos
tomase, ó los prenderia y los venderia por esclavos. E respondiéronme,
que ellos me pornian, primero, la cabeza en un palo, é trabajaron por
lo hacer, pero no pudieron porque les tomamos el lugar por fuerza,
aunque nos tiraron infinitas flechas é todas herboladas, é nos hirieron
dos hombres, con hierba, y entrambos murieron de la hierba aunque las
heridas eran pequeñas; y despues prendí yo en otro lugar al un Cacique
dellos, que es el que dije arriba que me habia dicho de las minas del
Nocri, é hallélo hombre de mucha verdad é que guardaba la palabra, y
le parecia mal lo malo y bien lo bueno, y cuasi de esta forma se hacen
allá todas las guerras. Todo ésto es lo que Anciso dice formalmente
y á la letra en el lugar alegado. ¿Qué mayor argumento ni más claro,
confesado por su boca, de la ignorancia y ceguedad del bachiller
Anciso, y de quien ordenó el tal requerimiento, y de todos los que
creian que por él se excusaban las tan horribles é impías guerras, y
robos, y calamidades que á aquellas gentes, por ellas, los españoles
les causaban? ¿Qué evidencia les hizo Anciso en su requerimiento
para constituillos en culpa de contumacia, y que él tuviese legítima
causa de invadillos, tomalles el pueblo matándolos y captivándolos?
¿qué injurias ó daños representaba haber el rey de Castilla, ó
España, ó el mismo Anciso dellos rescibido? ¿qué tierras ó bienes
le habian usurpado, que pidiéndoles la restitucion dellas fueron en
mora constituidos, despues de muchas veces rogados y requeridos? ¿Qué
bárbaros, incultos y hombres bestialísimos, no escarnecerán de aquel
requerimiento y de quien lo hizo? ¡Y que afirme Anciso, como testigo de
vista, que de aquella forma que él hizo la guerra á los vecinos de la
provincia del Cenú, se hicieron allá todas las guerras! _¿Quid ægemus
testibus? ex ore tuo, oh bachalarie Anciso, te judico_, y pregúntote
¿si eran obligados á creerte luégo, que el Dios que les hacia saber era
Trino y Uno, y así de las otras particularidades de tu requerimiento?
¿Bastabas tú, quizá, con gente armada, que venias á robar su oro, sus
haciendas, sus mujeres y hijos, y su libertad, por testigo? ¿Y qué
sabian qué cosa eran frailes, ni clérigos, que nunca jamás habian
visto ni oido; fe, ni Cristo, ni qué era ser cristianos, y los demas
que habian de ser entre ellos por disparates tenidos, puesto que en
sí fuesen margaritas divinas? Aunque yo para mí por cierto tengo, que
mucho de lo que Anciso aquí dice fué fingida fábula, y no historia
del todo allí acaecida, porque parece ser imposible en dos años poder
aquellos Caciques entender qué cosa era Sant Pedro, ni Papa, ni otros
términos y sentencia que allí Anciso refiere, como fuese aquella la
primera vez que españoles entraron allí, y no supiesen vocablo ninguno
de su lengua, cuanto ménos en una hora que pudieron en aquello tardar,
y por ésto tengo por incierto que del Papa ni del Rey dijesen aquellas
palabras los indios.



                            CAPÍTULO LXIV.


Desque los Pedrárias, y los oficiales del Rey é tambien el Obispo,
vieron que todos los que iban á hacer aquellas entradas siempre traian
robado mucha cantidad de oro, aunque algunos dejaban las vidas en la
demanda, comenzaron á tomar gusto en lo que aquellos traian, porque
á todos cabia, por diversos caminos ó respectos, alguna parte. De
aquí provino que ya las entradas se aprobaban y hacian por todos,
áun aquellos que de oficio les incumbia vituperallas, y acusallas, y
estorballas en cuanto pudiesen, viendo tan manifiestos los grandes
estragos que en aquellas gentes se hacian, y el daño que de allí
resultaba, áun para el provecho del Rey, ya que de la honra de Dios
ni de la infamia de la religion cristiana y de la perdicion de tantas
ánimas no se hobiera de tener algun cuidado; y así, en cada cuadrilla
que salia de españoles, y que Pedrárias licenciaba y mandaba que
fuesen á robar oro y captivar indios para los hacer esclavos, el mismo
Pedrárias y cada uno de los cuatro oficiales del Rey, y, lo que más
de llorar era, el mismo reverendo Obispo, enviaban los criados que
cada uno tenia é queria, y de vuelta repartíase todo el oro que se
habia robado y los indios que tomaban, condenados por esclavos, y cada
uno de los Pedrárias, y oficiales, y Obispo, rescibia tantas partes
cuantos criados habia enviado: y desta manera no se derramaba gota de
sangre, ni robaba castellano, ni captivaba persona alguna, de que todos
no fuesen reos, y á la restitucion del todo, _in solidum_, cada uno
dellos, y el señor Obispo que habia de poner la vida por defension de
aquellas sus ovejas, no fuese obligado. Entre otras estaciones hizo
una Vasco Nuñez, por induccion ó mandado de Pedrárias, desta manera:
él habia escrito al Rey, que en el rio Grande del Darien, por él
arriba, tenia nuevas que habia grandes riquezas de oro por estar por
allí el dios ó ídolo de Dabayba, y por esta nueva habia muchos de los
principales que habia consigo traido Pedrárias, que la empresa de irlo
á buscar por gran merced le demandaban, pero Pedrárias, segun dijo
ó se sintió dél, no quiso concedella á ninguno, porque sino saliese
verdad no culpasen á sus Capitanes, sino al mismo Vasco Nuñez que lo
habia inventado; y por ésto mandólo que tomase 200 hombres, y fuese
á buscar el dios de Dabayba y traer la riqueza de que se tractaba.
Embarcóse con ellos en muchas canoas, porque no habia otro aparejo para
por aquel rio navegar, y llegando á la tierra y señorío de los que se
llamaban gugures, que era mucha, saliéronles al encuentro con muchas
canoas, armados, yendo los españoles descuidados, y diéronles tanta
priesa que ántes que mirasen por sí tenian la mitad de los españoles
muertos ahogados, porque los nuestros, y todos, somos en el agua, en
especial en aquellas canoas, gatos, y los indios, por ser grandes
nadadores y desnudos en cueros, hácennos grande ventaja, trastornando
las canoas, lo cual hecho poco trabajo es menester para matarnos.
Entre los primeros cayó luégo muerto Luis Carrillo, el poblador de
la villa de las Anades, donde pagó lo que habia hecho en ella y en
las otras partes, y plegue á Dios que con aquella muerte su divinal
justicia se haya contentado; Vasco Nuñez, con los que le quedaron,
acordó de tomar la tierra, los indios tambien dejaron el agua, y van
tras ellos siguiendo el alcance; plugo á Dios que se sustentaron hasta
que vino la noche, y con la oscuridad tuvieron lugar de huir por montes
y valles, porque de otra suerte ninguno dellos escapara. Vino Vasco
Nuñez herido, y alguno de los restantes maltratados, y díjose que los
Capitanes nuevos de Pedrárias se holgaron viéndolo venir desbaratado,
porque se le aguase la fama que tenia de hacer por allí aquellas
hazañas, y porque si ellos despues errasen no se maravillase nadie;
Pedrárias más quisiera que viniera de oro cargado, y de no lo venir, é
cognoscer que perdia mucha gente, no podia no pesalle. En estos dias
llegó cierto navío al Darien que trujo una Provision real, por la cual
el Rey daba título á Vasco Nuñez de Adelantado de Coyva y Panamá,
donde despues se asentó la ciudad así nombrada; Coyva era una isleta
cerca de por allí, que el mismo Vasco Nuñez envió á suplicar al Rey,
porque le habian dicho los indios, ó él mal entendido, cuando andaba
en el descubrimiento del mar del Sur, que habia ó perlas ó oro en
mucha abundancia. Rescibida la Provision hízose apregonar. Comiénzase
Vasco Nuñez y los que le amaban á llamar con regocijo Adelantado, no
dejando de haber murmullo ó corrillos, dellos en bien, dellos en mal,
porque, segun se dijo y pareció, de la prosperidad de Vasco Nuñez no
gustaba bien, con los suyos, Pedrárias, viendo que se le iba saliendo
de las manos; y la fortuna no olvidaba á Vasco Nuñez de levantallo,
para despues de más alto lo derrocar. Ayudó luégo á lo susodicho, y
desabrimientos de Pedrárias, que volvió Andrés Garavito de la isla de
Cuba, con 60 españoles, para seguir á Vasco Nuñez, con armas y otras
cosas necesarias para pasar por el Nombre de Dios á poblar en la
mar del Sur, esperando que el Rey le daria la gobernacion de lo que
poblase. Garavito, surgiendo seis leguas del puerto, envió secretamente
á avisar á Vasco Nuñez de su venida. No se le encubrió á Pedrárias la
venida del Garavito, y el propósito de Vasco Nuñez de como pretendia
sin él gobernar, enviando al Rey por licencia para ello y así salírsele
de la mano, fuéle oirlo molestísimo, é, mucho, indignado, le mandó
prender y meter en una jaula de madera; puesto que, á ruego grande del
obispo, don fray Juan Cabedo, no le metieron en la jaula, y al cabo
Pedrárias le mandó soltar, con ciertas condiciones que se pusieron
entre ambos. Posible cosa es creer que nunca las cosquillas de los
ánimos, secretas, cesaron.



                             CAPÍTULO LXV.


Como, despues del oro, la riqueza de las perlas, que Vasco Nuñez habia
descubierto cuando descubrió la mar del Sur y lo habia escripto al Rey,
por aquella tierra sonaba, y Pedrárias, no ménos deseoso de henchirse
dellas que de oro hartarse, no se olvidaba, envió á un Gaspar de
Morales con 60 hombres, que fuese á la mar del Sur y pasase á las islas
que llamaban los indios de Terareguí, la última aguda, que despues de
las Perlas se llamaron, en especial una que llamaban la isla Rica,
y trabajase de haber cuantas pudiese, porque en Castilla las buenas
son muy preciadas y oro es lo que oro vale. Yendo su camino por los
pueblos y señoríos de los Caciques que Vasco Nuñez habia dejado en amor
y confederacion de los españoles todos quietos, halló que Francisco
Becerra, siendo rescibido dellos no ménos pacífica y amorosamente que
si fueran todos sus hermanos, los habia robado y asolado, al cual topó
en el camino, que se tornaba al Darien cargado de oro y con gran número
de indios presos por esclavos. Tomó Gaspar de Morales uno de aquellos
españoles, que Becerra llevaba, por guía, para lo que pretendia ir
adelante, y los indios y gente que restaba y que sentian irse Francisco
Becerra, creyendo que ya sin haber más españoles podian salirse de los
montes seguros, llegaba la langosta de Gaspar de Morales, y prendia y
robaba lo que Becerra no habia destrozado; y así, robando, matando y
captivando, llegó á la costa del mar del Sur, á la tierra y señorío
de un Cacique, Tutibra llamado, el cuál lo recibió de paz, y les dió
de todo lo que tenia, y les hizo todo buen hospedaje en su casa. No
tenia más de cuatro canoas, segun pareció, aparejadas, en las cuales no
pudieron caber todos los españoles y su aparato que siempre llevaban,
por cuya causa dejó allí la mitad dellos con un Capitan llamado
Peñalosa, y con los demas, con estas canoas, se fué á un pueblo de
otro Cacique, nombrado Tunaca, que debia estar para pasar á las islas
más en paraje. Este los estaba esperando con toda su gente de paz,
y les tenia aparejado buen rescibimiento, y las cosas comestibles
en abundancia, y rogóles mucho que se holgasen y descansasen en su
casa, pero no se lo consintió el ansia de las perlas que esperaban
haber, que los llevaba y mandaba; así, luégo, el dia siguiente, saltó
Gaspar de Morales con la mitad de los españoles en ciertas canoas
grandes, y Francisco Pizarro en otras con los demas, los cuáles dende
á poco rato, navegando, no quisieran, por cuantas perlas habia en el
mundo, haber allí entrado. La gente que de indios llevaban, que las
gobernaban, eran de los Caciques de Chiapes y de Tumaco, de que arriba
hemos hablado, que siempre guardaron el amistad que con Vasco Nuñez
pusieron, aunque mil veces tuvieron razon de quebrantársela; levantóse
tanto la mar, de que vino la noche, que todos pensaron perecer, y las
canoas una de otra apartadas, que no se vieron, cada uno dellos creia
ser los otros anegados. Por grande ventura, finalmente, aportaron á
la mañana todos á una de las islas, que son muchas, lo cual tuvieron
por milagro que Dios hacia por ellos, como por personas que tanto le
servian en andar en aquellos pasos santos. Hallaron la gente della,
toda, en solemnes fiestas ocupada, y porque tenian de costumbre, cuando
aquellas fiestas celebraban, estar todas las mujeres sin verse con los
maridos, apartadas, y los maridos lo mismo, sin ellas á otra parte, y
los españoles llegaron por la parte donde ellas estaban, no hicieron
ménos que tomallas todas y captivallas y atallas. Hácese mandado á
los maridos, los cuales, como leones bravos, vienen con sus varas
tostadas, porque no tienen ni usan flechas, y dan en los españoles muy
de presto y dellos hirieron algunos, pero no les hicieron heridas de
lombardas. Sueltan el perro que llevaban y vá á los indios y en ellos
hace terrible estrago, huyen los tristes asombrados de tal género de
armas, y aunque muchos murieron y pensaban morir, pero por la rabia
de ver llevar sus mujeres y hijas, tornaron á ir tras los españoles,
tirando varas, por librallas; ninguna cosa les aprovechó sino para
morir más de los que restaban. De allí fueron estos pecadores á la
isla más grande, donde tenia su asiento y casa real el Rey é señor de
aquellas islas, ó al ménos de las más, el cual, sabiendo que venian, ó
porque habia sido ya informado del estrago que en aquella isla primera
dejaban hecho, ó por la fama de sus ordinarias crueldades, salió con su
gente á les defender la entrada en su isla, ó por ventura despues de
entrados echallos; el cual hecho huir, con el perro desgarrados algunos
de los suyos, no por eso dejó de tornar cuatro veces con la gente que
más podia recoger, probando si pudiera desterralos de su tierra ó
matallos. Intervinieron los indios, que llevaban consigo chiapenses y
tumaquenses, amigos, diciéndoles que los españoles eran muy fuertes y
que todo lo sojuzgaban (y pudieran añidir que todo lo abrasaban), y que
sojuzgaron á los señores Ponca, Pocorosa, Quarequa, Chiape, Tumaco, y
á otros muchos, los cuales al cabo vinieron á se les subjetar, puesto
que al principio resistieron pero no pudieron prevalecer; con estos
ejemplos y persuasiones hobo de venir á ellos pacíficamente. Metiólos
en su casa, la cual dijeron que era maravillosamente hecha, y muy más
que otras de Caciques señalada, hizo sacar una cesta de vergas muy
lindas hecha, llena de perlas que pesaron 110 marcos, todas muy ricas,
y entre ellas una que pocas parece haberse hallado en el mundo tan
grandes ni tales; era como una nuez pequeña, otros dijeron que como
una pera cermeña, la cual llevó á España la mujer de Pedrárias y la
presentó á la Emperatriz, é dijeron que le mandó dar 4.000 ducados por
ella. Diéronle cuentas, y espejos, y cascabeles, y otras cosillas de
las nuestras, de que el Cacique fué muy alegre. Toma luégo el Gaspar
de Morales por la mano, y á otros que entendió ser principales, y
súbelos á un miradero de madera como torre, de donde se parecia mucho
espacio de la mar y de tierra, y, vuelta la cara al Oriente, con la
mano muéstrales la mar y la tierra que va hácia el Perú, diciendo:
«Mirad qué larga mar y qué de tierra va por allí,» y vuelve la cara
al Mediodia, y despues al Poniente, y dice lo mismo; despues señala
las islas, «ved qué de islas á una mano y á otra están por aquí, todas
están debajo de mi imperio; toda ésta es muy buena y próspera tierra,
y si vosotros llamais buena tierra la que tiene y abunda en oro y
perlas, segun me parece que lo buscais, oro entre nosotros poco hay,
pero de perlas toda la mar destas islas está dellas llena, dellas yo
os daré cuantas quisiéredes, con tanto que me guardeis la fidelidad y
amistad que yo os guardaré, y desto estar ciertos que os la guardaré
y me gozaré siempre de conversar con vosotros.» Estas y otras dulces
y amigables palabras les dijo, de que ellos quedaron admirados y
contentos. Cuando ya los nuestros querian partirse, le rogaron que
para el Rey grande suyo, dellos, rey de Castilla, le hiciese coger
100 marcos de perlas, lo cual otorgó de muy buena gana, como cosa que
tenia en poco hacerlo, pero no por eso se tuvo por obligado á hacerlo
como fuese señor absoluto en aquellas islas y tierras. Habia tantos
venados y conejos en aquella isla, que se venian á las casas de los
vecinos, cuantos querian y habian menester, donde mataron los nuestros
muchos con las ballestas, con que tuvieron muchos dias harta fiesta.
Dijeron que lo habian baptizado y puesto nombre Pedrárias, siguiendo
el error que los españoles, y áun clérigos y frailes algunos, siempre
tuvieron, baptizando á éstos infieles sin darles doctrina alguna, ni
de Dios tener chico ni grande conocimiento, más del que dél ellos
se tienen, y así son causa que despues de bautizados los indios y
rescibido el carácter (si empero no ponen obstáculo, y tienen intencion
de rescibir lo que los españoles les dicen ser bueno, como de todos
creemos), que vayan á idolatrar y cometan mil sacrilegios, lo cual
es certísimo hacerse, porque ni ántes que el bautismo les den los
enseñan ni pueden enseñarles, ni entender las cosas de la fe en tan
poco tiempo, ni despues, porque así como de ántes se quedan; y ésta es
injuria é irreverencia que se hace al Sacramento, tan intenpestiva é
indiscretamente.



                            CAPÍTULO LXVI.


Salidos de la isla Gaspar de Morales y su compañía, dejando muy alegre
al Cacique y á su gente, y ellos con sus muchas y ricas perlas muy
contentos, tornáronse á la tierra firme para volverse al Darien con
sus buenas nuevas; miéntras éstos andaban salteando por las islas y
tardaron en las de aquel señor de todas ellas, Peñalosa y los que
con él quedaron en el pueblo de Tutibra hicieron las obras, á los
vecinos de él y de los otros pueblos, que siempre han acostumbrado á
hacer, y principalmente son andar tras de las mujeres y escudriñar
y robar cuanto pudieren. Fueron, parece que, tales los agravios que
rescibieron, que acordaron de matallos á ellos allí, y despues á Gaspar
de Morales y á los suyos en el camino cuando volviesen, para lo cual se
conjuraron los Caciques que al derredor habia, que por agraviados se
tuvieron. Andaba con el Gaspar de Morales un Cacique llamado Chiruca,
con un hijo suyo, mancebo, mostrando mucha aficion á los españoles, ó
por amor verdadero (pero no sé por qué merecimientos), ó por miedo, ó
por especular bien sus costumbres, fingidamente, como yo más creo, para
despues, cuando se ofreciese oportunidad, dar en ellos. Llegados, pues,
y desembarcados de las canoas en la tierra firme, Gaspar de Morales
envió á un Bernardino de Morales con 10 hombres á llamar al Peñalosa
y á los que con él habia dejado en Tutibra, para se ir todos, parece
que, por otro camino al Darien. Estos llegaron al pueblo de un Cacique
que habia por nombre Chuchama, de los conjurados, el cual los rescibió
bien, y dióles de comer mostrándose muy amigo, pero á la noche,
estando bien durmiendo, hizo poner fuego á la casa donde dormian, y
en ella quemó dellos y ahorcó á los que por el fuego huyendo salian.
Súpolo luégo el cacique Chiruca, que estaba con Gaspar de Morales y
su compañía, y fué avisado como los conjurados ya cerca venian, por
cuya causa, ó porque él era en el conjuro, ó de miedo de los españoles
no se le imputase algo, huyóse con su hijo aquella noche, pero luégo
que los hallaron ménos enviaron tras ellos españoles y indios, de
los que llevaban por amigos, que tambien los seguian de miedo;
alcanzáronlos, y, por el rastro habidos, trujéronlos presos á padre y
á hijo. Pusiéronlos luégo á tormentos, que es su primer remedio, los
cuales les daban y dan hoy, gravísimos, azomándoles el perro que les
daba sus dentelladas bien recias: descubrieron los que en Chuchama se
habian muerto y la gente que venia sobre ellos. Fué grandísimo el miedo
que cayó en Morales y en todos ellos, sabido los que eran muertos,
esperando verse tambien ellos en aquel peligro. Usó, empero, deste
aviso, que el cacique Chiruca enviase á llamar secretamente á cada uno
de los Caciques que venian, que eran 18 ó 19, so color que les querian
avisar de cosas ántes que acometiesen, protestándole, que si en ésto
no fuese fiel, que lo habian de echar luégo al perro; él lo hizo así
de miedo, sin osar pensar en el contrario, por irle más que juramento.
En viniendo cada uno echábanlo en la cadena, que era un instrumento
tan usado entre los españoles que nunca andaban sin ella, para prender
indios y hacer esclavos, y en ella iban los que les llevaban las cargas
porque no se huyesen, porque aquellos eran sus acémilas donde quiera
que mudaban el pié. De aquella manera é con aquella industria hobo á
las manos todos los Caciques, sin que se sintiese cosa dello hasta que
estaban todos presos. En este tiempo allegó Peñalosa con su compañía,
que debia escaparse ántes de saber y incurrir el peligro, con que mucho
Gaspar de Morales y los suyos cobraron esfuerzo, teniéndolos ya por
perdidos; acordaron de salir contra los que venian, que no estaban muy
apercibidos esperando á sus Caciques. Llevó la delantera Francisco
Pizarro, y dando en ellos al cuarto del alba, diciendo Santiago, cuando
vino del todo la luz del dia contaron muertos sobre 700. Habida esta
victoria, Morales mandó aperrear todos los 18 Caciques, con Chiruca,
que fueron 19, para, diz que, meter miedo en toda la tierra. Hecho
ésto, porque tenia nueva Morales que á la parte oriental del golfo de
Sant Miguel habia un Cacique gran señor, llamado Birú, que tenia gran
riqueza de oro y perlas, determinó Morales de ir á acometerle; decíase
deste ser muy esforzado, y que cuando hacia guerra ninguno tomaba á
vida, y cercaba su casa de las armas que tomaba á los enemigos. Deste
nombre Birú, la última luenga, dijeron que llamaron los españoles
despues á la tierra del Perú, mutada la letra _b_ en la _p_, letra;
llegados los españoles á su tierra, y al pueblo donde tenia su casa,
dieron en él al cuarto del alba. La costumbre de los españoles en
aquella tierra firme fué dar en los indios, que estaban en sus casas
durmiendo seguros, de aquella manera; pegaban fuego primero á las
casas, que comunmente en las tierras calientes eran de paja, y quemados
ó chamuscados los que tenian más profundo sueño, y otros con las
espadas desbarrigados, y otros presos, huyendo los demas, atónitos
hechos, volvian despues los nuestros á escarbar la ceniza, muerto
el fuego, y coger el oro que habia en el pueblo. Así quedado en el
pueblo de Birú de la manera dicha, y muertos los que matar pudieron,
escapado el Cacique dellos, junta en breve y anima su gente y viene á
ellos terriblemente; y con tanto esfuerzo pelearon, que por gran parte
del dia no pareció quién vencia, pero al cabo habia de caer sobre los
tristes, como suele, por la ferocidad del perro, y por las ballestas, y
por las espadas que á los desnudos cortaban por medio, y así huyeron;
viendo Gaspar de Morales que aquel Cacique y sus vasallos era gente
recia, no osó esperarlos más, sino volverse al pueblo de Chiruca,
dejado, así como está dicho, predicado el Evanjelio. Las gentes de los
19 Caciques aperreados, viéndose así privados de sus naturales señores,
y el muchacho, hijo de Chiruca, sin su padre, acordaron de juntarse
para esperar los españoles, cuando del Birú tornasen, si pudiesen
matallos; de lo cual estuvo ayuno Morales, y así, cuando tornó, dieron
en él de súbito, y hiriéronle luégo algunos, y á uno atravesaron
una vara por los pechos, que de repente cayó muerto sin habla. Los
españoles como leones peleaban, y los ahuyentaban y mataban, pero los
indios no por eso dejaban de tornar sobre ellos, y así los siguieron
siete dias arreo, hiriendo algunos españoles, y ellos muchos de los
indios matando. Viendo que tanto los seguian, los españoles no osaron
más esperallos, y así una noche diéronles cierta cantonada. Estaba
herido allí un español, llamado Velazquez, de tal manera tullido,
que no pudo huir, é, por no morir á manos de los indios, acordó de
ahorcarse á vista del Capitan y de otros que, con lágrimas, diz que, se
lo estorbaban al mal aventurado. La manera que tuvieron para huir fué
hacer muchos fuegos, y dejallos allí encendidos como que todos estaban
despiertos y se velaban, pero todavía los indios sintieron que se iban,
y los siguieron, y, venido el dia, los españoles se hallaron entre
tres escuadrones de indios, cercados; Morales, por no pelear, creyendo
ya perder mucho y ganar nada, quiso que aquel dia parasen allí hasta
la noche, al medio de la cual, haciendo y dejando los mismos fuegos,
tornaron á huir más que de paso; los indios, que tanto como ellos
velaban, seguian su alcance, hiriendo siempre á los españoles, aunque
ellos, con el perro, y con las ballestas y á ratos con las espadas,
dellos mataban. Estaban ya los españoles tan cansados, y apretados, y
desesperados cuasi de vida, que se metian por las varas de los indios,
y como atónitos no vian quien los mataba, y ellos mataban terriblemente
á los indios, cuasi sin sentir ni advertir lo que hacian; tomaron un
remedio para escaparse, harto indiscreto, lleno de crueldad y de gran
compasion digno, y éste fué, que, como llevaban muchos indios é indias,
mujeres y muchachos, captivos, de trecho á trecho mataban á cuchilladas
y estocadas dellos, á fin, diz que, por que se parasen á llorarlos
los indios, y así tuviesen más lugar para su huida; como en la verdad
fuese cosa más razonable de creer que ántes se habian de indignar más
los indios, y animarse á los perseguir hasta consumillos, viendo la
crueldad que usaban con sus amigos, y quizá mujeres y hijos que allí
les traian. Aprovechóles poco crueldad tan inícua, porque siempre los
indios los seguian, y lo que más los desesperó de escapar con la vida
fué, que á cabo de nueve dias llevando esta vida, como andaban fuera de
camino y sin guía yendo de aquí para allí, como mejor para su defensa
convenia, se hallaron en el lugar, ó cerca dél, donde los escuadrones
primero les habian acometido. Viéndose allí, cognosciendo el lugar,
cuasi quedaron sin esfuerzo y sentido. Metiéronse por una gran espesura
de monte, y fueron á dar en tres guarniciones de gente que los Caciques
que aperrearon allí tenian, donde se les dobló la miseria y peligro;
pero como ya no peleaban como hombres, sino como animales feroces y
personas del todo de la vida despedidos y aborridos, cobran nuevo
ánimo, como si entónces comenzaran, y dan en ellos y no dejaron hombre
dellos á vida. Sucedióles otro infortunio y angustia terrible; cuando
pensaron que tenian algun alivio, dieron en unas ciénagas ó anegadizos,
donde caminaban por ellos todo el dia, ó nadando ó el agua hasta la
cinta. Salidos de allí con incomparable trabajo y peligro llegaron á la
mar, y hallarónse donde el agua tres estados y más, con la creciente,
sobre la playa y tierra subia, y temiendo que si la marea por allí los
tomaba, todos sin remedio perecian, diéronse gran priesa á subirse en
un cerrillo; yendo con este temor y priesa, oyeron murmullo de gente
de indios: éstos eran que cuatro canoas subian á jorro por un estero
arriba. Como los indios á los españoles sintieron, debian huir, é los
españoles las tomaron, y un Diego de Daza, con otros, las sacaron al
golfo y fué á buscar al Gaspar de Morales, su Capitan, que ya ó de
cansado, ó de miedo, no parecia; tardó buscándolo sin hallarlo tres
dias. Visto que no lo podian hallar, envió Diego de Daza á un Nuflo de
Villalobos, y á otros dos buenos nadadores, que en una balsa saliese
á buscallo, porque sin las canoas no podian salir de aquella espesura
y breñas en que estaban metidos. Arrebatólos luégo la menguante, que
es allí vehementísima, y dá con ellos en el golfo, donde pensaron ser
perdidos; vídolos Diego Daza cuando pasaban una punta que hacia la
tierra y fué con una canoa, y así por él fueron socorridos. En fin,
hallaron al Morales, y tomando el camino del Darien, fueron á la
tierra y señorío del cacique Toragre, y creyendo de hallar los indios
durmiendo, estaban sobre aviso, y, sabiendo que venian, sálenles con
su gente armada por defender que no entrasen en su tierra. Pelearon
con ellos y mataron muchos, y de los españoles mataron uno y hirieron
algunos los indios, y al cabo fueron huyendo. De allí los españoles
todos, harto afligidos, lo más presto que pudieron, fuéronse al pueblo
del cacique Careta, y de allí al Darien, lo que no pensaron muchas
veces, segun se vieron tantas muy cercanos de perder las vidas. Aquí
se puede bien claro conocer, con cuánto descanso y consuelo aquellos,
nuestros hermanos, ganaban los eternales fuegos; cierto, dellos se
puede muy bien decir aquello del libro de la Sabiduría, cap. 5.º
_Ambulavimus vias difficiles_, etc. En este tiempo envió Pedrárias su
mujer á Castilla; con harta parte debia de ir del oro robado, y la
perla grande, la cual hizo poner en almoneda y sacóla Pedrárias en
1.200 castellanos.



                            CAPÍTULO LXVII.


Como no pretendiese Pedrárias y todos los que con él vinieron, y allí
de ántes con Vasco Nuñez estaban, sino allegar todo el oro que haber
y robar pudiesen, como por todo lo ya referido queda bien declarado;
y cerca desto era tanta la ceguedad é imprudencia de Pedrárias y del
Obispo, y de todos los demas, que no advertian los grandes azotes que
Dios cada dia les daba, matándole la gente, así de enfermedades como
por manos de los indios, y de los inmensos trabajos que pasaban, que no
era todo aquello acaso, sino por mostralles y castigalles la condenada
é impía negociacion en que andaban, destruyendo aquellas inocentes
gentes que no les debian nada, y que por fin de convertillas los habian
enviado, y este fin el señor Obispo, más que otro á adivinarlo era
obligado; así que, como su fin de todos ellos fuese robar y captivar
los que estaban seguros en sus casas, y enriquecerse á costa de tanta
sangre humana, siempre Pedrárias no cesaba de enviar por todas partes
cuadrillas, donde habia nueva que los pueblos tenian oro que robarles,
y, para hacer escarnio de la razon natural y ley Divina y áun humana,
mandaba que les hiciesen primero el requerimiento que traia de Castilla
ordenado y mandado. Y los tiranos que enviaba por cumplir su mandado, y
justificar sus entradas, que así llamaban aquellos sus santos viajes,
iban con gran silencio y cuidado que no fuesen sentidos, y hacian noche
á una legua, y á media, y á un cuarto, segun la comodidad hallaban, y
entre sí leian el requerimiento á los árboles diciendo: «Caciques é
indios de tal pueblo, hacémoos saber, nos, los cristianos de Castilla,
como hay un Dios y un Papa, etc.,» y pedia luégo el Capitan testimonio
autorizado al escribano que consigo llevaba, de como se habia requerido
á los Caciques é indios de aquel pueblo, todo lo que Su Alteza mandaba,
pero que no habian querido venir á dar la obediencia á Sus Altezas, ni
á ser cristianos, y luégo al cuarto del alba daban en el pueblo que
tenia sus vecinos en sus pobres camas, y lo primero, como arriba dije,
que hacian era poner fuego á las casas donde se quemaban ó chamuscaban
los indios descuidados, mataban y prendian los que salian asombrados
y quemados, y despues de apagado el fuego iban á buscar y rebuscar el
oro, que era toda su felicidad tras que andaban. Y estas fraudes y
maldades no las podian ignorar el señor Obispo y Pedrárias, á quien
incumbia más que á otros estorballas y castigallas. Entre los demas
envió Pedrárias á un Tello de Guzman, mandándole que, con la gente que
Juan de Ayora en el pueblo de Tubanamá habia dejado, fuese descubriendo
por la mar del Sur cuanto pudiese, del Poniente abajo. Mandó ir á
Francisco de Vallejo, con 70 hombres, contra las gentes de Urabá, que
los infestaban, viniendo, diz que, sobre el Darien y echándoles las
flechas en las casas; no miraban los pecadores cuánto derecho, cuánta
justicia, y cuánta razon les sobraba. Llegados hácia los ranchos que
hoy dicen de Badillo (otro que mejor baila), que distan tres leguas
de Urabá, dando sobre ellos, segun su costumbre, al cuarto del alba,
diéronse muy de priesa á robar el mucho oro de que tenian fama, pero
los indios, que por allí tenian mortífera hierba, dieron en ellos
y hiriéronles bien cuantos. Los españoles les hicieron ventaja, y
entrando más en la tierra, júntanse muchos indios, y pelean mucho rato,
y con la hierba derrocaban muchos que morian rabiando. Retrajéronse
hácia la costa por donde habian entrado, y, llegando al rio que arriba
dijimos llamarse de las Redes, acordaron de hacer ciertas balsas para
por el agua mamparase; éstas se hacian de maderos ó haces de cañas,
atadas unas sobre otras con ciertas raíces, como correas, de la manera
de las de la yedra, ó con algunos cordeles, que siempre consigo solian
llevar para tales necesidades, de cáñamo, que por allí hay; estas
balsas, con el miedo y la priesa que tenian por salvarse, no fueron
bien atadas, las cuales, desatándoseles, con los brazos las sostenian
echados sobre ellas, y así iban el rio abajo, y, porque no podian durar
sin todos ahogarse, colgábanse de las ramas de los árboles que topaban,
creyendo de más poder durar, pero cansabánseles los brazos, caíanse y
allí se ahogaban. Otros, que tenian más vigor, llegábanse á la tierra,
y allí, con inmensidad de flechas herboladas, eran asaeteados, de
los cuales ninguno escapaba; los pocos que escaparon, heridos y por
milagro, pudieron llegar á la costa de la mar y fuéronse al Darien,
los cuales vistos por Pedrárias, que de 70 quedaban muertos los 48,
y aquellos que venian heridos de aquella hierba pestilencial, que
pocos della escapaban, vídose terriblemente angustiado, y de ninguna
parte podia hallar cosa que le consolase. Pero no por eso dejaba de
añadir pecados á pecados, y males á males por su insensibilidad, por
lo cual, para enmendar el avieso camino que andaba y recompensar las
pérdidas del oro, que muriendo los que á robarlo enviaba, dejaban de
le traer delante, acuerda enviar á Francisco Becerra en un navío con
180 hombres, y con muy grande aparato de guerra, conviene á saber,
tres tiros de artillería, que echaban la pelota de plomo más gruesa
que un huevo, 40 ballesteros, 25 escopeteros, y de todas las demas
armas que de allí pudieron haber muy bien guarnecidos, que, cierto,
bastaban para hundir é destruir á toda la tierra firme. Estos envió
para que penetrasen en la provincia del Cenú, y del todo rayesen cuanta
riqueza y oro haber en ella certificaba la fama, porque no creia que
el bachiller Anciso, segun lo que era, habia robado nada. Desembarcó
Francisco Becerra y su compañía en la costa de Urabá, porque le mandó
tambien Pedrárias que de camino destruyese á cuanta gente por allí
hallase, y entró, descubriendo la tierra por camino que nadie ántes
supo, ni despues por dónde hobiese entrado, porque nunca jamás pareció,
ni dél ni de hombre de los que con él fueron hobo ningun rastro, más
de que todos fueron muertos sin que alguno escapase; y ésto se alcanzó
por un indio, muchacho, que con ellos iba, que debia ser criado de
alguno dellos, el cual, escondido por los montes, andando de noche
y en las breñas metido de dia, se escapó hasta que llegó al Darien
cuasi, de hambre, sin habla, por gran maravilla. Deste supo Pedrárias,
que andando Francisco Becerra y su gente por diversos lugares, á
veces huyendo, á veces dando en los indios, le mataban los hombres á
flechazos con hierba, para lo cual tuvieron esta industria: que en los
caminos que iban por montes, cortaban los árboles y embarazaban los
caminos con ellos, y poníanse detrás dellos y de allí los flechaban
sin ser dellos vistos, y por aquellas espesuras teníanles gran ventaja
los indios, porque los españoles por ella son atados, y los indios,
como desnudos, ligerísimos, y así no podian seguillos. Súpose más,
que llegados al rio del Cenú, que pasa junto con el principal pueblo,
hallaron la gente disimuladamente pacífica, y, como el rio es grande
y hondo, creo que se dejaron pasar dellos en canoas, lo que fué
harto indiscreto aviso; y en canoas, ó como quieran que los pasaron
ó ayudaron á pasar, teniendo la mitad dellos de la otra parte del
rio, salieron por dos partes gente que tenian puesta en celada, y
no dejaron entónces hombre dellos vivo. Esto, como dije, se supo de
aquel muchacho indio que con Becerra y su compañía habia ido. Aquí
pagó Francisco Becerra las muertes, y captiverios, y robos que cometió
en los pueblos que los rescibian y estaban de paz, por Vasco Nuñez
confederados, quebrantándoles la fe, y verdad, y seguridad que Vasco
Nuñez, como dicho queda en el cap. 50, les habia prometido, por y en
nombre de todos los españoles, que estaban seguros sin rescibir dellos
daño, y por la misma manera parece que lo castigó Dios, saliéndole
los vecinos del Cenú de paz, y no la guardando al cabo; puesto que en
aquel salir de paz, fe ninguna ni paz no violaron, sino que usaron de
ardid discreto de guerra, y él fué indiscretísimo en creellos: gentes
que desde Hojeda y Nicuesa, y áun de ántes por Cristóbal Guerra, como
dijimos en el primer libro, de los españoles habian rescibido tan
infinitos escándalos, insultos, daños y males. Y plegue á Dios todo
poderoso, que, con este mal fin, todos los que mal hacian y han hecho á
los indios, ante el Divino juicio hayan pagado.



                           CAPÍTULO LXVIII.


Llegado Tello de Guzman al pueblo del cacique Tubanamá, halló á Meneses
cuasi cercado de los indios y de hambre, que lo guerreaban, que no
osaban salir á buscar hierbas que comiesen, no esperando remedio de
alguna parte; y puesto que muchas veces quisieran huir, pero los
indios luégo eran con ellos y los atajaban, y así pensaron más morir
de hambre quizá que de los flechazos. Vístolo asomar de nuevo, luégo
todos huyeron que no osaron parar. De allí fueron todos juntos á las
tierras de Chepo y Chepancre, Caciques y señores principales, quemando,
y abrasando, matando, y robando cuanto vivo hallaban; decian que por
hacer venganza de un español que le mataron á la entrada. Y, porque
los indios se rehacian para venir á dar sobre ellos, acordó Tello de
Guzman de enviar mensajeros al Cacique más principal, ofreciéndole
paz y amistad y dando excusas de los daños que les habia hecho, y que
no tuviesen temor desde adelante; convencióse aquel señor, y vino á
vellos de paz, y llevólos á su casa, y hízoles todo buen hospedaje,
teniendo por cierto que lo que le prometió habia de ser verdad.
Estando un dia comiendo en mucha buena conversacion y hermandad,
llegó, segun dijeron, un muchacho á quejarse con ciertos indios que
le acompañaban, el cual dijo al capitan Tello de Guzman, que aquella
tierra y señorío era suyo, y no de aquel que allí estaba, porque su
padre, que era el legítimo señor, al tiempo de su muerte se lo dejó
por tutor y gobernador de aquel estado, pero que despues se habia con
él alzado y á él desterrado, y por tanto, que le rogaba que contra él
le ayudase. Tello de Guzman, como hombre muy justo, y como si fuera
Alcalde en su tierra y casa, creyendo que el mozo decia verdad, mandó
luégo ahorcar, al que le tenia y hospedaba con fiesta en su casa,
de un árbol, aunque, diz que, le pesó por cierto oro que le habia
dado; porque veais éstos cuán absolutos y libres son para cometer
todo género de pecados. ¿Quién los hizo á éstos en tierras y señoríos
agenos Alcaldes? ¿No le pesaba de quebrantar la fe y seguridad que le
habia dado, y pesábale, por el oro que dél habia rescibido, matallo?
Item, ¿qué sabia si aquel muchacho decia verdad, ó si el que poseia
aquel señorío era más legítimo señor que su padre? ¿y con qué testigos
hizo el muchacho su probanza y el poseedor si fué oido y defendido y
convencido en juicio contradictorio? Entregó, diz que, Tello de Guzman,
siete Capitanes que servian al señor ahorcado, los cuales hizo luégo
el muchacho con gran osadía y rigor hacer pedazos; dió el muchacho en
señal de agradecimiento á Tello de Guzman 6.000 castellanos: por aquel
precio ahorcara Tello de Guzman á 400 que le demandaran. Porque Panamá
era por aquella tierra muy nombrada, propuso Tello de Guzman de ir
allá, donde no halló sino algunas casas de pescadores, de lo cual, el
nombre de Panamá, la última luenga, se derivaba, porque Panamá quiere
decir en aquella lengua, lugar donde se toma mucho pescado. Envió desde
allí á un Diego Albitez con 80 españoles, con los cuales fuese á robar
y captivar los vecinos de la provincia de Chagre, que debia estar de
allí ocho ó diez leguas, el cual entró por los pueblos al cuarto del
alba, tomándolos todos durmiendo y descuidados, pero no les quiso hacer
daño, que fué imágen, para ellos, de milagro. El Cacique, viendo que
los pudieran matar y captivar y roballos, en señal de agradecimiento,
con grande alegría dió á Diego Albitez 12.000 castellanos. Visto tan
buena pella de oro, tan á la primera mano, creyendo que quien tan
fácilmente daba tanto debia tener veinte tanto, pidióle que le hinchese
de aquel metal un costal grande. Rescibió el Cacique desto mucha pena,
y algo airado le respondió, «que lo hinchese de piedras del arroyo,
que él ni tenia más ni criaba el oro;» confuso Diego Albitez de la
respuesta del Cacique, tuvo por bien de se ir, sin consentir que
se le hiciese por aquella vez mal ni daño. Tornóse Diego Albitez á
juntar con Tello de Guzman en la tierra del cacique Pácora, la media
breve; holgáronse todos mucho con el mucho oro que llevaban, y de
allí acordaron de se volver al Darien á ofrecer su parte á Pedrárias
y al señor Obispo, y á los demas que habian de haber sus partes por
los criados que enviaban. Yendo su camino, y llegados á Tubanamá, que
tantas veces habia sido corrido, robado y agraviado, vieron mucha gente
de guerra que los estaba esperando con algunas banderas de camisas
de lienzo, ensangrentadas de los españoles que habian muerto, y con
gran gritería, que así los habian de matar, como á los que la villa de
Sancta Cruz habian poblado, de que arriba se dijo algo; los cuales,
como venian cansados, y quizá porque Dios los acobardaba, tuvieron
gran temor, y todos desmayados, no curaron más que de huir haciendo
acometimientos para su defensa de cuando en cuando. De esta manera
huyendo, y llegando á la tierra de Pocorosa, á quien Juan de Ayora,
como arriba fué dicho, quebrantándole la fe y paz y seguridad, hizo
tantos daños, pensaron perecer de sed por falta de agua; y acaecióles
aquí una cosa maravillosa, para demostracion de la pena que merecia
la sed de oro que traian siempre en su ánima, que, como padeciesen
gran tormento de sed, á trueque del oro que llevaban les vendieron los
indios el agua. Esto no debian los indios de hacer por cudicia de haber
el oro, que en tan poco ellos tenian, sino por lastimallos en aquello
que más amaban y en tanto entendian que estimaban. Finalmente, de dia
defendiéndose, peleando, y de noche huyendo cuanto más podian los más
dellos mal heridos, salieron de aquellas comarcas y de sus peligros.
Llegados al Darien, destrozados y con ménos oro que traian por haber
dado mucho dello por el agua, cuando de sed perecian, como estaban muy
tristes de las adversidades que á Vallejo y á su compañía poco ántes
habia acaecido, y sobre todos Pedrárias angustiado, sobreviniendo
el desastre de Tello de Guzman, pensaron todos ser ya asolados. La
tristeza y angustia y miedo que sobre todos los del Darien vino, y
la desesperacion de Pedrárias, no puede fácilmente ser esplicado; si
miraban hácia las sierras, ó montañas, ó llanos, las ramas de los
árboles y las hierbas de las çabanas ó llanos indios armados se les
antojaban, y si consideraban la mar, les parecia que venia de canoas y
gente de guerra cuajada. Con estos pensamientos é imaginaciones, que
les causaban terribles temores, andaban como atónitos, no sólo haciendo
corrillos, pero cuasi á voces los publicaban clamando. En esto, el buen
Pedrárias, como desesperado, mandó cerrar la casa de la fundicion,
donde aquel tan sangriento é inícuo oro se fundia, que entre ellos era
señal de guerra ó de hambre, como si Pedrárias más claro dijera: «más
nos vá que juramento perder de ir á robar oro el cuidado, porque más es
tiempo de buscar remedio para salvar las vidas, que en allegar hacienda
ocuparnos.» Parece que mandar cerrar la fundicion, Pedrárias, en señal
de guerra ó de hambre, quiso parecer al Templo de la Paz, que edificó
Vespasiano en Roma, el cual, los romanos, cuando abrian, era señal de
guerra, y de paz cuando lo cerraban; entendiendo en nuestro caso los
fines y significaciones por el contrario. Entre las presentes angustias
vino tanta devocion á Pedrárias, y en ella le debia el Obispo de
ayudar, de mandar que se hiciesen oraciones y plegarias para que, diz
que, Dios quitase su ira de sobre ellos; tanta era su insensibilidad
que no atendian á que los nefarios crueles é inespiables pecados que,
contra Dios y sus prójimos, destruyendo é infernando aquellas gentes,
sólo por roballos y captivallos, cometian, era la causa: parece que
habian venido en sentido reprobado, del cual habla San Pablo. El
conocimiento y arrepentimiento que dellos tenian confirmarse há por lo
que se dijere adelante. Y parece tambien que Diego Albitez, que de ésta
se escapó, con ambicion de sólo ya gobernar, como se via rico de aquel
oro descomulgado, envió á Castilla, de secreto, á un marinero llamado
Andrés Niño, tambien de pensamientos no bajos, para que le trujese del
Rey una gobernacion de la mar del Sur, á quien dió para que lo fuese á
negociar 2.000 castellanos; de éste Andrés Niño no es poco lo que queda
por decir abajo.



                            CAPÍTULO LXIX.


Para enmienda de los pecados presentes y pasados, y por ayudar á las
oraciones que mandaba hacer Pedrárias y el Obispo, porque Dios dellos
su indignacion alzase, acordó Pedrárias de enviar otro Capitan, la
costa abajo, llamado Gonzalo de Badajoz, en un navío con 80 hombres (y
despues le envió otros 50 ó pocos más), para que desde el Nombre de
Dios, ó algo más abajo, pasase á la mar del Sur y toda la gente della
allanase; que no era otra cosa sino roballos, ya que lo sufriesen por
sus tierras y pueblos entrar, y si les resistiesen, como dellos con
tanta razon no se fiasen, los guerreasen, matasen y captivasen. Y áun,
segun su costumbre, á los que quizá los recibieran de paz y les dieran
todo el oro que tuvieran, no esperaban á tanto, sino comunmente, dando
en ellos al cuarto del alba, los salteaban y hacian en ellos lo que
arriba queda declarado. Deste Badajoz hay que decir cosas señaladas.
Embarcado con su gente en el mes de Marzo de 1515 años, váse la costa
de la mar abajo, y, llegados al puerto del Nombre de Dios, desque
vieron la fortalecilla que habia hecho el desafortunado Nicuesa, y
infinitos huesos y cruces sobre montones de piedra, que cubrian los
cuerpos de los muchos suyos que allí habian muerto de pura hambre,
comenzaron todos á temer y á desmayar, y á poner dificultades en la
pasada adelante. Viendo su desgana, Gonzalo de Badajoz mandó luégo al
Maestre del navío que sin dilacion se tornase, por quitar la esperanza
de la gente de se arrepentir de la salida, porque no les quedase otro
remedio sino pasar adelante; y así se puso por obra, que subieron
las sierras de Capira, que son muy altas, y de allí á la tierra del
cacique Totanagua, señor de mucha tierra y gente serrana; al cual, como
hallasen durmiendo y descuidado, dando de noche sobre él, prendiéronlo
y robáronle hasta 6.000 castellanos. De allí, ántes que los demas
fuesen avisados, llevando aqueste señor preso, van á dar al cacique
Tataracherubí é hacen otro tanto, pero escápasele de sus manos; donde
tomaron 8.000 pesos de oro, y lo que más pudieron haber á las manos.
Robaron y destruyeron otros muchos pueblos, y tomaron mucha gente por
esclavos. Rogó á Badajoz el cacique Tabore que lo soltase, y que lo
daria por su libertad otros tantos castellanos, y así, rescibidos, lo
libertó y dejó volver á su casa. El cacique Tataracherubí acordó de
venir de su voluntad, ántes que lo tomasen, para ver tambien si podia
fingir alguna cautela para burlarlos, y en su venida trujo tambien su
ofrenda de oro, porque ya sabian todos, que sin traer aquello no habian
de ser bien allegados. Este fingió que cerca de allí estaba un Cacique
llamado Natá, la última luenga, el cual poseia mucha riqueza, y que no
tenia gente sino poca, porque era señor de poca tierra, y ménos valor
y autoridad; todo ésto para que Badajoz y sus secuaces se descuidasen.
Oido ésto, con el ansia de la riqueza (porque el cudicioso todo cree
que es oro), creyólo, y envió 30 españoles y á Alonso Perez de la Rua,
por Capitan, y hechos sus requerimientos entre sí, media legua de la
poblacion, la noche ántes, dan en ellos al cuarto del alba, segun
su costumbre ordinaria, y cuando comenzó á rayar el dia viéronse en
medio de grandes pueblos, porque era señor aquel muy grande; y porque
si atras se tornaran, lo cual hicieran de buena gana por el miedo
que cobraron de verse así burlados, paresciéndoles que les fuera más
peligroso, cobraron todos nuevo ánimo, y dan en el pueblo principal que
estaba descuidado, y no acertaron tan mal que al señor dél luégo no
tomaron. Porque como llevaban siempre espías, y los atormentaban porque
dijesen la verdad, lo primero que les preguntaban y ellos declaraban,
era por los señores y por sus casas, porque de aquellos esperaban más
de aprovechar, ó porque se rescatasen, ó porque matándoles, entendian
tener mayor seguridad. Preso el señor, creyeron ya estar en salvo y
con todo el descuido que pudieran tener en sus casas; dánse solamente
á robar el oro, que fueron hasta 10.000 castellanos, y prenden las
mujeres y muchachos, que con la priesa no se pudieron ausentar; pero
los vecinos de aquel pueblo y los demas, que un credo fueron avisados,
viendo preso á su señor, y á sus mujeres y hijos presos y encadenados,
juntáronse con un hermano del señor, y vienen sobre ellos como toros
bravos, lanzando infinitas varas, tiradas como dardos, y piedras,
que por allí no tenian flechas, ni hierba, ni otras armas, salvo,
que por ventura, tenian las, como porras, que habemos dicho en esta
isla Española llamarse macanas. Viéndose muy apretados, tomaron por
remedio de se recoger con el mismo Cacique á su casa, poniéndole las
espadas á la barriga, diciendo que lo habian de matar sino les mandaba
que cesasen. El cacique Natá, mostrando ira grande, los comenzó á
reprender diciéndoles, que para qué tomaban armas sin su mandado.
Oyendo aquellas palabras, al momento, como temblando dellas, todos
pusieron en el suelo las armas, y cesaron de pelear, luégo, el Alonso
Perez de la Rua, para justificar su buena obra, requirió al hermano
del Rey é señor Natá, que viniese á la obediencia y reconocimiento
del señorío del rey de Castilla, pues todas aquellas tierras eran de
su corona Real, por título que el Papa, á quien Sant Pedro dejó en su
lugar, le dió dellas; pudiera confirmar lo que el ciego tirano decia,
con los milagros que habian hecho, y por los que hicieron adelante.
Respondióles aquel (que no entendia de sus desvaríos más de algun
vocablo, que diria Castilla ó hombre de Castilla, ó otra semejante
palabra), que otro hombre ninguno no habian visto por aquella tierra,
sino á ellos, y que si por ellas algun dia pasara, de buena voluntad le
diera del oro que tenian y comida, y tambien le dieran mujeres; ésto le
respondió á su requerimiento el hermano de Natá, cacique. Finalmente,
avisado Badajoz de lo que pasaba, fué luégo á se juntar con ellos,
otro dia; diéronles 15.000 castellanos, y hiciéronles tantos placeres
y regalos el Cacique, y su hermano, con todos sus indios, y fueron tan
bien proveidos, que acordaron de parar allí todo el invierno; éste es
por aquella tierra de muchas aguas pero no de algun frio. El asiento
y poblacion principal de este señor Natá era junto á la mar del Sur,
donde se asentó y hoy permanece la villa de españoles llamada Natá, la
cual creo yo que por muchos años que allí ha estado, ha sido de toda
ella muy poco servido Dios. Acabadas las aguas, prosiguen su romería,
y dan de noche, como solian, sobre un Cacique llamado Escolia, el cual
prendieron con sus mujeres y le robaron 9.000 castellanos; y siempre
quemaban los pueblos, como se ha dicho, y llevaban cuantos indios
podian haber captivos. Prosiguiendo su descubrimiento, segun ellos
llamaban, éstos caminos hácia el Occidente, llegaron á las tierras y
señoríos de dos Caciques, el uno llamado Periqueten, que estaba cerca
de la mar, y el otro dentro, cerca, que se nombraba Totonoga, que era
ciego; éste les dió 6.000 pesos en joyas, y oro por fundir, en grano,
y grano hobo que pesaba dos pesos, señal de tierra muy rica; y así
toda aquella tierra, más de 200 leguas del Darien, arriba y abajo dél,
y áun sobre arriba de las dichas 80, es riquísima de minas. Supieron
estar otro señor más abajo, nombrado Taracuri, el cual les dió ó le
robaron 8.000 pesos. Pasaron de aquí á la tierra de un hermano del ya
dicho, que llamaban Pananome, al cual, como avisado fué que andaban
por allí, no hallaron, porque no osó esperallos, sabidas sus nuevas,
y habíase huido; destruyéronle todo su pueblo, y robaron cuanto haber
pudieron, no supe si captivaron indios. Seis leguas de allí, más al
Poniente, fueron á otro llamado Tabor, no sé lo que aquí hicieron. De
allí pasaron al pueblo del cacique Cherú, el cual los esperó y salió
á rescibir, sabiendo que venian, y les ofreció 4.000 castellanos;
castellanos y pesos todo es uno. Hasta éste, ú otro por aquí postrero
lugar y tierra de señor, traia Badajoz robados, y dados por temor, que
es lo mismo, 80.000 castellanos ó pesos de oro, los cuales en aquel
tiempo se estimaban y valian más que, despues de descubierto el Perú,
400 y áun 500.000.



                             CAPÍTULO LXX.


De la tierra y señorío de aquel que dijimos postrer Cacique, segun la
órden dicha, se partió Gonzalo de Badajoz y sus satélites al señorío y
tierra llamada Pariza ó Pariba, que despues comunmente los españoles
llamaron Paris, cuyo Cacique Rey y señor se llamaba Cutara. Este,
sabiendo que los españoles venian sobre él como habian hecho sobre
todos los otros, con toda la gente de sus pueblos se fué á los montes,
poniendo las mujeres y hijos en cobro, como suelen hacer cuando tienen
aviso que vienen sobre ellos de guerra, robando y matando como estos
españoles venian. Como llegaron al pueblo principal de Paris ó Cutara,
y no hallaron hombre, envió Badajoz, de la gente de la tierra que traia
captiva, (porque hasta este lugar, 400 personas y por ventura más
traia por esclavos), que lo fuesen á llamar, amenazándole que haria
y aconteceria como habia hecho y acontecido á los otros. El señor le
envió cuatro hombres principales y un presente, que ninguno tanto nunca
á los españoles, ni por fuerza ni de grado habia dado, y éste fué
cuatro petacas llenas de joyas de oro, que dellas eran como patenas,
que se ponian en los pechos los hombres, y otras como brazaletes, y
otras menores para las orejas, y finalmente eran joyas que hombres y
mujeres, para se adornar, tenian en uso; dijéronle de su parte los
mensajeros, que su señor les decia que le perdonasen, que no podia
venir á vellos por estar ocupado, y que rescibiesen aquel presente
que sus mujeres les enviaban. Estas petacas, que así las llaman en la
lengua de la Nueva España, suelen ser como unas arquetas de dos palmos
en ancho, y cuatro al ménos en largo, y uno bueno en alto; son hechas
de hojas de palma ó de cañas muy delicadas, ó de varillas delgadas,
enforradas todas por defuera de cueros de venados; destas usan en toda
la tierra firme los indios, y en ellas tienen y llevan sus alhajas y
cosas, como nosotros en nuestras arcas. Enviarles hia el Cacique en
apuellas petacas, segun tuve entendido, 40 ó 50.000 castellanos. Vista
tan gran copia de oro, enviada tan fácilmente y de gracia, imaginaron
que alguna gran riqueza debia tener en sus casas; acordaron de hacer un
embuste harto digno de los que en aquellas obras andaban: respondieron
que se lo agradescian y que ellos lo ternian por muy amigo de allí
adelante, y fingen que por donde habian venido se tornaban, é desde
á dos noches, ó aquella misma, ó estando el Cacique donde á la sazon
estaba, ó que ya se habia venido al pueblo y á su casa, volvieron
los españoles á su cuarto del alba, y hallando á todos descuidados,
diciendo con gran devocion «Santiago», pegan fuego á las casas. Van á
prender al Cacique y salióseles dentre las manos; róbanle á él y al
pueblo otros 30 ó 40.000 castellanos, y la gente, mayormente mujeres,
que pudieron atar algunas, con las espadas hechos pedazos: y esto tengo
por verdad, porque de los mismos que en ello se hallaron, algunos, que
estaban en la misma tierra del Darien ó por allí, me lo dijeron. Otros
lo han contado de otra manera, que creo tener mucha mezcla de falsedad,
conviene á saber, que Badajoz envió á decir al Cacique, con los cuatro
principales que le trujeron el presente, que no se habia de ir de
aquella comarca hasta conocelle por vasallo ó contrario del rey de
Castilla, y que, oidas tales palabras, el Cacique se indignó mucho, y,
recogidas sus gentes, vino sobre ellos. Cualquiera destas vías que se
haya tenido, bien puede juzgar cualquiera discreto, de cúya parte está
la justicia. Pedro Mártir, como informado de los mismos delincuentes,
porque fué el mismo Badajoz y otros sus compañeros, dice en su Década
segunda, cap. 10, que llegando Badajoz descuidado con su gente y los
80.000 castellanos al pueblo de Paris ó Cutara, cacique, lo acometió y
dió la guerra que abajo diremos; ésta es gran falsedad que ni áun tiene
color ni cosa verisímile, porque teniendo derramada la fama de las
crueldades y robos que venian haciendo por todas aquellas provincias,
llegando á tierra y pueblos de señor que áun no habia visto ni
cognoscido y que siempre, á tormentos de los indios que traian presos,
sabian el ser y poder de los señores que adelante estaban, ¿habian de
venir tan descuidados que en casas tan agenas habian de pensar estar
sin aviso, como Pedro Mártir dice? y aunque no dudamos que Pedro Mártir
refiere con verdad lo que decian en Castilla, y no lo que él por sus
ojos veia, por eso, en todo lo que dice en sus Décadas, cuando concurre
favor de los españoles con perjuicio de los indios, ningun crédito
se le debe dar, porque todo lo más es falsedad y mentira. Manifiesto
es que Badajoz no le habia de decir la gran maldad y bellaquería que
á Paris hizo, porque en la frente llevaba escripta su confusion, su
desvergüenza é injusticia, por cualquiera que fuera hecho de las
dos vías, y por aquella causa refirió el hecho de los desventurados
indios, y encubrió el suyo, del cual las obras que de atras venia
haciendo, que áun el mismo Pedro Mártir refiere, eran verídicos y
suficientísimos testigos. Que Badajoz fuese el informador de Pedro
Mártir en lo susodicho, fácil cosa es de creer, porque en Zaragoza de
Aragon estuvo Badajoz el año de 518, cuando Pedro Mártir fué rescibido
por del Consejo de las Indias, y yo fuí presente y lo vide. Contando
el hecho de Paris, fué de esta manera, que vistos y padecidos los
daños que Badajoz le habia hecho, y el nefario desagradecimiento que
por tan buena obra le habia tenido, juntó sus gentes todas, y á cabo
de dos ó tres dias los alcanzó en uno de sus pueblos, que llevaban sus
130 ó 40.000 pesos de oro, que nunca hasta entónces se habian otros
tantos, ni con la mitad juntos, visto, y escondidos en un monte, mandó
el Cacique echar un indio como que á pescar ó cazar iba; ya sabia que
luégo le habian de prender y preguntar y áun atormentar como solian,
sino les decian lo que querian. Tomado el indio, preguntáronle cuyo
era y de dónde y cómo venia; respondió que de tal señor ó Cacique;
preguntado por las preguntas generales, conviene á saber, si tenia su
señor oro, respondió que mucho. Acuerda Badajoz de ir con 40 hombres
á salteallo, y andando toda la noche amaneció encima de unas chozas
ó casas vacías. Viéndose burlado, de creer es que la guía, como
siempre lo acostumbraban, lo pagaria. Entre tanto, el cacique Paris,
entendido que se habian partido, dió sobre los otros, pegando fuego
á las casas del pueblo, con 3 ó 4.000 indios, y con tanta priesa y
grita, y alarido, y con ciertos cuernos ó caracoles grandes que hay en
estas Indias, con los cuales hacen gran estruendo, que ántes que los
españoles se meneasen, los habian todos ó los más muy mal herido, y
si no llegara luégo Badajoz, no hallara hombre dellos vivo. Dieron en
ellos por muchas partes, y así, cuando los españoles á una parte se
retraian ó recogian, por las espaldas les daban los otros que por allí
venian. Tomaron por remedio los nuestros de juntarse todos en la plaza
del pueblo, y aunque se defendian, pero con mucha flaqueza y desmayo,
por los muchos que caer muertos vian; cércanlos los indios con leña y
paja, para poner fuego y quemallos vivos, entónces, viéndose tan cerca
de ser todos perdidos, cércanse como de albarradas con los cuerpos de
los muertos, españoles é indios; no les ayudaban, por las infinitas
varas que los españoles tenian en los cuerpos, para escudarse, porque
estorbaban á las que de nuevo se tiraban á los vivos. Cobró Badajoz
gran vigor contra los indios, viéndose tan cerca de perderse, y dando
en ellos, como si de nuevo viniera, y cortando por medio, con su
espada, los cuerpos desnudos, lo mismo haciendo algunos pocos que no
estaban heridos, de tal manera que se apartaron los indios. Lleváronles
todo el oro y 400 indios que llevaban por esclavos, y la ropa con
todo el fardaje que tenian, de que quedaron más tristes. Quedaron
allí 70 españoles muertos, y los 80 heridos, todos sin esperanza de
vida; tenian algunos tres, y cuatro, y hasta once varas metidas en
los cuerpos. Usó Badajoz de un buen remedio de cirujía, que fué coser
las heridas, tan bravas eran, no con agujas, ni hilo de lino, sino
con almaradas y cordeles gruesos, y, de los indios muertos sacado el
unto, quemólas con ello en lugar de aceite; desnudáronse las camisas,
y rompidas hicieron vendas dellas, con que las ligaron, y desta manera
guarecieron muchos que cuasi toda la esperanza de vivir tenian perdida.



                            CAPÍTULO LXXI.


Hecha esta cura, como ningun remedio tenian sino huir, tomó por allí
ciertas canoas, y echó en ellas Badajoz los más peligrosos heridos,
y él y los ménos lastimados, y algunos del todo sanos, fuéronse por
la playa junto á la mar para socorrerlos en lo que pudiesen, si les
ocurriese algun peligro; y aunque ellos, por ir por tierra, parecia
que iban sin él ó con menor que ellos, todavía se les ofreció peligro
y trabajo con que fueron harto afligidos. Como por aquella costa del
Sur crece tanto y mengua el agua de la mar, creció tanto una noche
que los que pudieron subirse á los árboles tuvieron ménos un poco
de afliccion y tristeza, y los que no, anduvieron en el agua salada
hasta la cinta, de donde se les enconaron las heridas y así vinieron á
morir. Yendo su camino adelante, con tan atribulada y amarga vida como
cualquiera podrá concebir, sabido su desbarato, el Cacique y señor de
Natá, que en el capítulo 68 mostramos haber preso á él y á sus mujeres
Alonso Perez de la Rua, salióles con su gente armada al camino para del
todo consumillos; al cual envió Badajoz á decir que por qué le salia
de guerra, pues lo tenia por hermano y amigo, respondió el Cacique:
«andad, decidle que no es mi hermano ni amigo, porque él y todos los
cristianos son malos y nuestros enemigos», y junto con las palabras,
él y su gente comienzan á les echar infinitas varas y piedras que los
cobrian. Badajoz y los suyos, sacando fuerzas de harta flaqueza que
traian, como no tenian otro remedio, mostráronles cara, y, por no
esperar el golpe de las espadas, daban consigo en el rio que por allí
iba, tornaban luégo á salir é á tirar sus piedras y varas con que los
afligian y herian; tuvieron por cierto que los acabaran si la noche
no sobreviniera. No pudiendo tres de los heridos caminar, los sanos
se los echaron á cuestas y los llevaron hasta que, no pudiendo ir más
adelante con ellos, hicieron ciertas balsas y por el rio abajo fueron á
dar á la mar, donde las canoas iban, que no fué poca dicha. Caminando
adelante, siempre huyendo por mar y á veces y los más por tierra,
llegaron á tierra del cacique Chame, que como estaba de sus obras
informado, les ocurrió con su gente desnuda y desarmada, puesto que con
sus armas de varas y piedras, y hizo una raya jurando y protestando que
los habia á todos de matar si de allí pasaban, pero que él les mandaria
dar lo que hobiesen menester y en abundancia. Ellos que traian más
ganas de comer y descansar que de pelear, recogiéronse á la costa de la
mar, y él les mandó proveer y fueron proveidos de cuanto en la tierra
habia, como si estuvieran en sus casas; y porque llegaron en parage de
la isla llamada Otroque, que está en la mar dentro, creo que 10 ó 12
leguas, de que habia gran fama ser rica de perlas y oro, como por el
buen tratamiento y provision que el cacique Chame les hacia, tuviesen
allí algun poco de reposo, no dejó perder aquel tiempo y pasarlo en
ócio al Gonzalo de Badajoz su ferviente y desatinada cudicia de robar,
porque pospuesta la cura y salud de los muchos heridos que iban en las
canoas, hácelos allí desembarcar y entra en ellas con 40 otros ladrones
de los más sanos, y pasa á robar y destruir la dicha isla, la cual
estaba en su paz. Dando de noche sobre ellos, prendió luégo al Cacique;
los indios, creyendo que eran otros indios sus enemigos, que habian
pasado de la tierra firme, armáronse contra ellos, pero cuando se
vieron desbarrigar y cortar por medio con las espadas, cognoscieron que
otros de mayores ó de más recias armas los maltrataban, y luégo, los
que pudieron, dieron á huir. Rescatóse el Cacique por cierta cantidad
de oro, no supe cuanto, y dejólos Badajoz así lastimados, y tornóse á
donde los heridos habia dejado. Pasando adelante, como luégo voló la
fama que venian desbaratados, todos se atrevian á ayudar por acaballos,
y llegando á la tierra de Taboga, salió con obra de 300 hombres, y
peleó con los nuestros un buen rato, y al fin pasaron adelante, y
entrando en el señorío de Perequete hizo lo mismo, pero, lastimándolos
mucho con las espadas, hiriendo y matándolos, desembarazaron la pasada.
Llegando que llegaron á un ancon que hace por aquella costa la tierra
en la mar, que llamaron el Ancon de las Almejas, de donde se ve la
isla de Taboga, la sílaba del medio luenga, que podrá estar ocho ó
diez leguas en la mar, tomóle su codicia á Badajoz, que lo traia
atraillado, y determinó de pasar tambien á ella por deshollinar el
oro y perlas que haber en ella estimaba. Entra en las canoas y saltea
la isla de Taboga, estando todos los vecinos della, y prende al Rey ó
señor della, y habidas sus primeras batalluelas con los indios, que
son como escaramuzas de niños siempre por la mayor parte, al cabo el
Cacique suelto, y por miedo ó por vergüenza todos asegurados, estúvose
allí treinta dias á todo su placer holgándose; y allí acabaron de sanar
los que traia heridos, y, con 7.000 pesos de oro y muchas y finas
perlas dadas y robadas, se volvió á la tierra firme para proseguir
é acabar para el Darien su jornada. Deste Badajoz dice Tobilla, que
escribió parte deste su viaje, siendo seglar, y que despues anduvo en
los robos y destruccion en parte de aquellas regiones, á los dichos
semejantes, entre tanto Badajoz con 40 compañeros pasó á robar la
ínsula de Otroque: «Traian tanto estruendo en robar la riqueza que
estos insulanos, sin daño de nadie, tenian, que recogidos más de 200
dellos, creyendo ser sus enemigos de la tierra firme, acudieron á
herillos.» Dice tambien más abajo: «Cosa brava era la cudicia deste
caudillo español, pues, en medio de la persecucion con que huia, viendo
desde el Ancon de las Almejas la ínsula de Taboga, pasó contra ella por
el maldito oro, etc., etc.» Estas, en forma, son sus palabras, sin las
añadir ni quitar alguna. Salido á la tierra firme, como dicho es, fué
á dar en los pueblos del cacique Chepo, en los cuales robó y prendió
muchas mujeres y hijos de los naturales, y quizá tambien suyos, el
cual, estando ellos partiendo su cabalgada, vino con su gente y dió
en ellos con gran ímpetu, y hirió algunos y mató á Alonso Perez de la
Rua, porque pagase la prision de Natá y las tiranías que por allí
hizo, como en el cap. 68 queda relatado. Temiendo Badajoz que tornasen
sobre él, se dió priesa con la cabalgada de salir de aquellos límites,
dejando los pueblos de allí, por tomalles sus mujeres y hijos, tan
lastimados; entró en los términos de Tubanamá y Pocorosa, los cuales
halló todos despoblados, por andar por ellos el licenciado Espinosa,
haciendo estragos, por mandado del Sr. Pedrárias. Finalmente, llegó al
Darien Badajoz y el resto de la gente española que le habia quedado, y
entró en la villa, sin dalle el triunfo de lo que habia ganado, ántes
con harta vergüenza y áun lástima de su corazon, por la gran suma de
oro y perlas que Paris con tanto daño le habia tomado, y con no ménos
tormento de Pedrárias, y de todos los del Darien, desque supieron
su desastre. Acuérdome que aquel año que dije de 518, que todos nos
hallamos en Zaragoza, era público entre todos los que idos destas
Indias allí estaban, que habia dicho el obispo de Búrgos, Fonseca
(que, como se ha escrito arriba muchas veces, era el que todas las
Indias meneaba y gobernaba), al Gonzalo de Badajoz, que merecia que
el Rey le cortara la cabeza, porque habia perdido aquellos 100.000
y tantos castellanos que habia tomado, los cuales ya pertenecian á
España. ¡Mirad qué insensibilidad del señor Obispo, D. Juan Rodriguez
de Fonseca, cómo se dolia de los escándalos, robos, muertes y infamia
de la fe y religion cristiana que habia hecho en aquel camino con
perdicion de tantas ánimas!; y ésto bien se lo mostraba el Obispo á
Badajoz, porque yo le vide andar harto pobre, desfavorecido, arrastrado
tras el Obispo, y desventurado, y que no osaba mirar al Obispo en la
cara, ni el Obispo á él lo miraba.



                            CAPÍTULO LXXII.


Despues que Pedrárias despachó á Gonzalo de Badajoz, cuya historia
hemos contado, siempre tenia cuidado de la muerte ó vida de Francisco
Becerra, y estaba dudoso que fuese verdad lo que dél le habia dicho
el muchacho, y, con esta duda y deseo de saber la verdad, determinó
de ir él mismo á buscallo, ó al ménos saber lo cierto de su tardanza;
pero porque ninguno de los del Darien osaba pensar en ir á Urabá ni
hácia el Cenú, por miedo de la hierba, que en un momento los heridos
con ella mataba, por lo cual todos habian de rehusar la jornada, quiso
por esta cautela engañallos y así sacallos. Mandó apregonar guerra
contra Pocorosa y otros señores de aquellas provincias, y sus gentes,
á fuego y á sangre, como á gentes rebeladas, cosa muy al sabor de
todos los del Darien, y que deseaban. Nótese aquí, por los prudentes
y que fueren cristianos, con qué título y causa se podia decir ser
Pocorosa y sus gentes y los demas rebeldes, siendo señores naturales
de aquellas tierras y no se haber sometido á ninguno del mundo, ni
áun pudiéndolo hacer sin voluntad de sus pueblos, ni consentimiento
dellos, que cualquiera de las partes, sin aceptacion de la otra, si
lo hicieran, caian en mal caso como arriba se ha declarado; y en ésto
han errado enormísimamente los Consejos del Rey, despachando algunas
provisiones contra los indios, que, sin haber oido palabra, estando
de guerra, defendiéndose de los españoles y de sus crueldades, de
rebeldes los notaban, teniendo en sus mismas leyes comunes y en sus
doctores legistas que ninguno que no haya sido súbdito puede ser
dicho rebelde, ni de rebelion notado. Item, se debe notar, que aunque
fuera cierto que aquellas gentes se hobieran jurídicamente sometido
al imperio de los reyes de Castilla (lo cual nunca en todas las
Indias fué verdad), habiendo rescibido el rey Pocorosa y sus gentes,
y los demas, tan grandes y tan irreparables daños, y males de Juan
de Ayora y de los otros, sobre haber hecho tantas y tan buenas obras
á Vasco Nuñez y á sus secuaces, como parece en el cap. 61, ¿porque
estuviesen puestos en armas y matasen á cuantos españoles pudiesen
matar, podian llamarse rebeldes y alzados? Pero ya queda dicho en
muchos lugares la causa de estos hierros, que fué la gran ceguedad del
Consejo siendo obligados á no lo ignorar. Así que, oido el pregon,
todos se holgaron por la esperanza, que luégo se prometieron, de robar
el oro que creian tener aquellos señores, y por hacer esclavos, y así
se ofrecieron á ir con él 300 y más hombres; y embarcados en tres ó
cuatro navíos, vueltas las proas hácia el Poniente, hasta que fué de
noche, porque los pilotos iban de Pedrárias avisados, dieron la vuelta
donde Pedrárias deseaba, y ántes del dia entraron en Caribana 200
hombres, con un Capitan llamado fulano Hurtado, que Pedrárias mandó
desembarcar. Estos dan en los pueblos, poniendo fuego á las casas,
como se ha dicho que acostumbraban, y saliendo los indios que estaban
durmiendo, medio quemados ó chamuscados, los mataban, pero los indios
toman sus arcos y vienen á ellos; ellos, temiendo la hierba, huyen
con gran celeridad á meterse en las naos. No supe si alguno dellos
quedó allá, ó de alguna flecha vino inficionado. Ciertas personas
tomaron presas, de las cuales supo Pedrárias lo cierto de la muerte de
Francisco Becerra y los demas, la cual acaeció de la misma manera que
habia contado el muchacho. Perdido el cuidado de Francisco Becerra,
Pedrárias dió la vuelta para la costa de la tierra firme abajo, y á
las 60 leguas, que está el puerto de Acla, saltó en tierra con toda
la gente, y desde allí mandó al licenciado Espinosa que tomase 300
hombres y los caballos, y fuese á destruir con fuego y sangre la
provincia de Pocorosa. Partido el licenciado Espinosa, Pedrárias mandó
hacer una fortaleza de tierra y madera, y él mismo era el primero
que á los trabajos ponia la mano, por lo cual todos los que con él
quedaron á hacer lo mismo se animaron. Esta fortaleza hizo para que
los españoles que anduviesen aquellas estaciones, cuando viniesen
huyendo, se mamparasen, ó viniendo cansados descansasen y se recreasen.
Cayó allí mal dispuesto de las partes secretas Pedrárias, por cuya
causa se volvió al Darien, dejando por Capitan á un Gabriel de Rojas,
en su lugar, allí en Acla. Llegado Pedrárias al Darien, llegó luégo
Badajoz, el cual, en velle, rescibió harto mal tártago por tan gran
suma de oro como perdida dejaba; determinaba de ir él en persona, pero
á la sazon llegó el Dean de la iglesia Catedral del Darien, que habia
el licenciado Espinosa consigo llevado, el cual, de partes del dicho
licenciado, le dijo como iba sin parar á recobrar la tal pérdida, por
eso que su señoría le enviase más socorro con brevedad, que él esperaba
en Dios de todo cobrallo. Porque no haya delito ni pecado en que los
hombres pecadores no presuman de hacer su compañero á Dios, manifiesto
es como los ladrones y los que van á adulterar se santiguan y hacen la
cruz, y van tambien con devocion rezando, porque con el hurto ó en los
delitos no sean tomados. Holgóse dello Pedrárias y proveyó luégo que
fuesen á alcanzallo 130 hombres, y á un Valenzuela por capitan dellos,
puesto que Badajoz clamaba que á él pertenecia ir aquella jornada,
pero no quiso Pedrárias; el cual se fué por la isla que se nombraba de
Bastimentos y allí salteó cien indios y indias, porque por mal hacer,
no quedase nada. Mandó Pedrárias que de secreto tocasen con el navío en
que iban en las peñas, porque saltando en tierra mala quizá la gente
no se tornase. Va el licenciado Espinosa su camino, para mostrar que
las letras no embotaban la lanza, y que no sólo letrado pero Capitan
merecia ser de muchos soldados, y llegado á la tierra de Comogre y
Pocorosa, que tan bien habian siempre á los españoles hospedado, los
indios de aquellas provincias entendiendo á lo que iban, procuraron
para su defensa juntarse; serian hasta 3.000 desnudos, con sus palos
por armas, los que salieron á resistillos, pero desque vieron los
caballos que nunca vieron ántes, desmayaron, y desparcidos cada cual
huyendo tabajaba de salvarse; á los cuales aprovechó poco, porque dan
tras ellos los de caballo, y dellos á lanzadas, y dellos atajándolos,
para que llegasen los de pié con las espadas, fueron muy pocos los que
dellos, de muertos ó captivos, se escaparon. Hicieron más nuestros
cristianos, que á muchos aperrearon echando á los perros que los
despedazasen, otros Espinosa mandó ahorcar, á otros cortar las narices,
y á otros las manos, de manera que en pocos dias que anduvo Espinosa
por aquella comarca, cuasi toda la destruyó, que no dejó, al ménos no
parecia, viva alma; fué el espíritu Espinosa de Pedrárias y el furor
de Dios encerrado en ambos. En esta jornada iba con Espinosa y esta
gente un religioso de Sant Francisco, llamado fray Francisco de Sant
Roman; éste escribió una carta al padre fray Pedro de Córdoba que en
esta isla estaba, de quien arriba queda mucho tratado y se tratará,
que por amor de Dios hablase é hiciese consciencia á los religiosos de
Sant Hierónimo, que habian venido á esta isla entónces á reformar estas
partes, sobre que proveyesen de remedio para aquella tierra firme,
que la destruian aquellos tiranos, y esta carta me dió á mí el dicho
Padre, varon sancto, y la llevé á Castilla, para á quien conviniese
mostralla, y despues, el año de 18, salió de la tierra firme y fué
á España el dicho padre fray Francisco de Sant Roman, y, llegado á
Sevilla, afirmó en el colegio de Sancto Tomás, de la órden de Sancto
Domingo, que allí está, que habia visto por sus ojos meter á espada y
echar á perros bravos, en este viaje de Espinosa, sobre 40.000 ánimas.
Y estando la corte en Zaragoza, el año 18, me lo escribieron á mí por
esta misma manera los dichos colegiales, y llevé la carta á mostrar al
gran Chanciller, á quien por entónces el Rey D. Cárlos (como placiendo
á Dios se dirá más largo), habia dado cargo del remedio y reformacion
destas Indias, y él me encargó que de su parte visitase al obispo de
Búrgos, que á la sazon estaba enfermo, y le mostrase la dicha carta,
cuasi como que se cognosciese y áun confundiese por haber mal gobernado
estas tierras, porque habian pasado muchas y notables cosas sobre esta
materia. Yo lo hice así, visitélo de su parte y mostréle la carta, y
respondióme: «Decid á su señoría que ya le hé yo dicho, que es bien que
echemos aquel hombre de allí.» Esto dijo por Pedrárias. Así que fueron
extrañas las matanzas y destrucciones y número de esclavos, que aquel
licenciado Espinosa en aquella su salida hizo; por lo referido y por
lo que se referirá, será lo dicho bien entendido. Destruido Comogre y
Pocorosa y todos los demás de aquellas provincias, pasó Espinosa, y con
él el espíritu de Pedrárias, á la tierra del cacique Chirú, y por tomar
descuidado al cacique Natá y prendelle, fuese adelante con la mitad
de la gente, y dió en su pueblo de noche, y huyó el Cacique; recogió
su gente y vino á resistirles con grande alarido, pero vistos los
caballos que nunca habian vido, pensando que los habian de despedazar
y comellos, pónense todos en huida. Mandó luégo hacer Espinosa en la
plaza del pueblo un palenque de madera, que para contra indios era como
Salsas para contra franceses; viendo el triste Natá que allí hacian
asiento y que no bastaban ya sus fuerzas para resistilles, vínose sin
armas á poner en su poder acompañado con unos pocos de indios. Teniendo
nuevas de dónde y cómo estaba el cacique Escolia, envió á un Bartolomé
Hurtado, con 50 hombres, para que de noche lo saltease y prendiese, y
así lo hizo. Estos ansí tenidos, el uno preso, y el otro á más no poder
venido, dejó las espaldas seguras, y caminó para la tierra de Cutara ó
Paris, y llegó á un rio de Cocavira, donde le decian que tenia el oro
allegado que habian tomado á Badajoz para restituírselo, porque, diz
que, le decian sus mujeres que, por volver á lo cobrar, los cristianos
habian de destruille. Iba Diego Albitez, con 90 hombres, delante
descubriendo la tierra, y vido estar á la entrada de un monte obra de
20 indios con sus armillas, y arremetió á herillos; los indios pelearon
contra ellos varonilmente, aunque desgarrados con las espadas. Salen
luégo del monte, á lo que juzgaban, sobre 4.000 indios, y el cacique
Paris ó Cutara delante dellos, con grandísima grita; dan los unos en
los otros y matan dellos con las espadas muchos, y ellos hieren de
los nuestros no pocos; unas veces los retraian hasta el monte, otras
los indios ganábanles tierra, hasta que Espinosa con todo su caudal de
gente vino, pero luégo que vieron los caballos y soltaron los perros,
no quedó hombre, que como si vieran al mismo diablo, que no huyese.



                           CAPÍTULO LXXIII.


Siguió Valenzuela con sus 130 hombres tras Espinosa, por montes y
valles, con grandes trabajos, sin saber dónde andaba, los cuales, yendo
muy afligidos y desconsolados, un dia en un monte ó çabana toparon
con estiércol de caballos, el cual, segun se dijo, por la grande
alegría que de vello rescibieron, todos lo besaron. Desde á pocos dias
tiraron una noche ciertas escopetas que llevaban, y oyólo Bartolomé
Hurtado, que habia enviado Espinosa á robar comida y todo lo demas
que les faltaba, estando la tierra de Paris, como toda la gente de la
provincia andaba, huyendo y puesta en armas. Fué Hurtado al sonido de
las escopetas, y finalmente se encontraron, y fué inestimable el gozo
que unos de otros recobraron. Fueron á juntarse todos con Espinosa,
donde de principio lo renovaron, estimando que ya eran tan poderosos
que, para resistirles cosa que quisiesen acometer, toda la gente de
la tierra firme no bastaba. Tenian nueva que en el pueblo ó tierra
del cacique Quema, que debia ser vasallo de Paris, tenia el oro que
habia tomado á Badajoz, guardado, para lo cual mandó Espinosa á Diego
Albitez que con 60 hombres fuese á buscallo; saliéronles á resistir los
súbditos de Quema, muy feroces, haciendo de sus alharacas, pero Diego
Albitez díjoles que no venia á hacelles mal, sino á tratar amistad con
ellos, por tanto que dejasen las armas. Persuadidos por sus palabras,
creyéronlo y vinieron luégo dellos tres capitanes sin armas; rescebidos
con amor y placer, preguntóles que dónde estaba ó tenian el oro que
Paris á Badajoz habia tomado, dijeron que no sabian y que no tenian
tal, llevólos consigo á Espinosa, el cual, interrogándolos con dulces
palabras, y ellos negando, no supe que los atormentasen, pero era
ésto tan ordinario que ninguna duda me quedó de que á tormentos les
hicieron decir dónde el oro estaba. Envió con ellos 20 hombres, y, en
obra de dos horas, tornaron con el oro llenas cinco petacas; díjose
que cabrian en ellas 80.000 castellanos. Todavía Espinosa, deseoso de
haber lo que faltaba, pasó adelante á la tierra del cacique Chicacotra,
donde no ménos estragos creo que hizo, segun la costumbre y fin que
llevaba. Estuvo por allí hasta que pasaron todas las aguas, que es,
como se dijo, el invierno de aquella patria, porque hallaron en aquella
provincia de bastimentos grande abundancia; de donde comenzó á poner
en obra su tornada para el Darien, con su presa tan deseada y amada.
Trujo, como dije, 80.000 pesos de oro de lo que Badajoz habia robado, y
Cutara ó Paris le habia justamente despojado; por entónces bien, segun
creo, faltaron más de 50.000 castellanos, de los cuales, despues, más
de los 30.000 se recobraron, como se dirá, y al cabo no dudo todos no
haberse escapado de nuestras manos. Trujo tambien consigo Espinosa y
metió en el Darien más de 2.000 esclavos, con la justicia hechos que
andaba las gentes pacíficas, quietas en sus casas, inquietando, robando
y cruelmente matando. Y para que ésto ansí parezca, sin que de mí sólo
salga, quiero aquí referir las palabras que Tobilla dice, seglar, y uno
dellos, que anduvo despues en aquellos pasos, como dije, y que asaz
favorece aquellas entradas, en una historia que quiso hacer y llamó
Barbárica, y que parece haber muerto en aquella simplicidad no sancta.
Este dice así hablando de Espinosa en aquella jornada, y tocando de
los esclavos: «Traia largos 2.000 captivos, que, para llevarlos los
mercadantes á la Española, valian entónces muchos dineros, de donde
nasció la tan presta como miserable caida que estas infinitas gentes
dieron, pues, con la cudicia del mucho oro que por ellos en el Darien
los tractantes les daban, todo el tiempo que fuera de sus muros se
veian, así al de paz como al de guerra ponian en hierros; andando tan
sin freno esta osadía entre los compañeros y los mismos Capitanes, que
así compraban las mercaderías con sus aprisionadas gargantas, como
si fueran la misma moneda, sin haber ninguno de tanta consciencia
que se parase á mirar si era esclavo justamente, aunque segun la
injusticia con que todos lo eran, bastaba saber que la cudicia causaba
su cautiverio, no embargante que para mí tengo no ser ménos excusa el
ejemplo que Pedrárias les daba, pues en su mayor contentamiento jugaba
al ajedrez la libertad de aquellos más que miserables.» Estas son
palabras de Tobilla formales. Jugaba Pedrárias sus 50 y 100 esclavos, y
quizá 500, como otros Gobernadores despues hicieron, por ventura por su
ejemplo, de los que le habian de caber de su parte, que habia de enviar
á saltear. Llegó pues el licenciado Espinosa con el oro recobrado,
y tantas gentes hombres y mujeres, niños y muchachos como corderos
atraillados, al lugar donde se habian al oro ó dinero de sacrificar,
gimiendo y llorando, que en vellos bien pudiera cualquiera hombre de
razon tener motivo de llorar, dejando 40.000 ánimas en los infiernos
plantadas. Llegó Diego Espinosa, de las dichas hazañas autor, al Darien
muy triunfante; el gozo y alegría que rescibió Pedrárias, y el regocijo
de todos los demas que tenian en ello todos parte, aunque entrase con
ellos el señor Obispo y clérigo ó clérigos que iban en la compaña, bien
se puede adivinar. Sólo el triste de Badajoz debió quedar sin parte,
pues anduvo en la corte cuando dije con harta necesidad, y entónces, de
verse quedar con los trabajos solos y del oro tan sin medrar, debiera
irse á Castilla desganado. Verdad es que tenia con que bien se consolar
cuando pensase, que no solamente ante el juicio de Dios le habian de
ser demandados las muertes, escándalos, males y daños, y aborrecimiento
de la fe y religion cristiana y perdicion de las ánimas, que él con
los suyos causó, pero tambien todos los que por ir á cobrar el oro que
él perdió cometió el licenciado Espinosa, porque aunque si él no lo
hobiera comenzado y sido la dicha causa, otros habian de ir á robar
y cometer los ya señalados males, segun el ansia é insensibilidad de
Pedrárias y de todos los que con él estaban, pero quizá no fueran tan
temprano, ó no hicieran tan enormes daños, y entre tanto Dios quizá
proveyera de algun obstáculo al mal, y diera remedio para que alguna
de tan innumerables ánimas que se perdieron se salvara, ó que quiera
ó como quiera que la cosa acaeciera á él no se le demandara. Cuando
Espinosa determinó de se volver al Darien, mandó al capitan Hernan
Ponce, que con 40 hombres entrase en los dos navíos, y fuese la costa
abajo descubriendo lo que pudiese, el cual, partido de donde estaba,
llegó en par del golfo de Ossa, que distaba 90 leguas de Natá, y llegó
á cierta tierra de gentes llamados los cuchires, y hallólos aparejados
con mucha gente armada para se defender, y los españoles no osaron en
tierra saltar. Anduvieron más de 50 leguas la costa abajo, y hallaron
un golfo de más de 20 leguas lleno de islas, y es puerto cerrado
admirable, llámanlo los indios Chira, y ellos lo llamaron San Lúcar;
este es el puerto que dicen de Nicoya, que es una provincia muy fértil
y graciosa de Nicaragua. Allí cercan los navíos gran número de canoas,
llenas de gente armada, y otra mucha gente que apareció en la costa
con sus trompetillas ó cornetas haciendo grandes fieros y amenazas,
pero tirados algunos tiros de pólvora, no quedó hombre en la mar ni en
la tierra que huyendo no volase. Viendo Hernan Ponce que por allí no
podia ganar nada, y que la costa iba adelante, tornóse á juntarse con
Espinosa, el cual, ó era ya ido para el Darien, ó alcanzándole lo dejó
por mandado de Pedrárias en Panamá.



                            CAPÍTULO LXXIV.


Entre tanto que Espinosa andaba obrando las hazañas que habemos
contado, Vasco Nuñez estábase en el Darien, no poco desfavorecido de
Pedrárias y cuasi como preso, porque no se debia fiar dél y porque
no se saliese de la mano, como ya fuese con título de Adelantado
y admitido á la gracia del Rey. Habíase llegado á la conversacion
frecuente del Obispo, don fray Juan Cabedo, y trabajado mucho de
ganalle; ó por induccion propia del mismo Vasco Nuñez, ó que el mismo
Obispo se moviese á ello de sí mismo, entendió en que Pedrárias
perdiese los resabios que tenia contra él, y lo honrase y atrajese á
sí é se ayudase dél, y finalmente de él se fiase como de los demas,
pues más que otro, así por la experiencia de la tierra, como con las
fuerzas y autoridad de ser Adelantado, más que ninguno podia servirle
y ayudarle; y para lo atraer á lo que pretendia, como era el Obispo
elocuentísimo, representóle lo que Vasco Nuñez habia trabajado y
padecido en descubrir, diz que, y poblar aquellas tierras y sujetar
aquellas gentes al señorío del Rey, é dado la vida á los primeros
españoles que en Urabá llegaron, sobre que se habia fundado su
catedral iglesia, todo lo cual encareció, como él lo sabia encarecer,
por grandes y señalados servicios, y certificándole que, segun á él
parecia, nunca descubriria la tierra, ni sabria los secretos della,
si de Vasco Nuñez no hacia fiel amigo. Estas y otras razones le
trujo el Obispo á Pedrárias para persuadirlo, el cual, finalmente,
se persuadió serle provecho ayudarse de Vasco Nuñez y tenerle por
amigo, aunque reconciliado como dicen, y, ó fingia, ó realmente para
tenerle más obligado y más á la mano en lo que cometerle y mandarle
quisiese, tractó de casarlo con la hija mayor, de dos que en España
tenia, llamada Doña María. Hízose el desposorio con autoridad del
Obispo y las demas ceremonias que se requerian. En breve determinó
Pedrárias de enviar á Vasco Nuñez á que asentase una villa en el
puerto de Acla, y que de allí adelante procurase de poner por obra
en la mar del Sur algunos bergantines para descubrir por ella las
riquezas grandes que haber por aquellas tierras tenian concebido.
Tomó Vasco Nuñez 80 hombres de los que allí habia, y en un navío fué
la costa abajo; y, llegado á Acla, halló la fortaleza, que Gabriel de
Rojas habia hecho, vacía, por haberla desmamparado por temor de los
indios. Allí constituyó Alcaldes y Regidores, y pusóle nombre la villa
de Acla; está sobre la mar, el puerto es muy hondable, pero, por las
grandes corrientes que en él entran y salen, las naos que en él están
ó entran, por echallas á la tierra, padecen gran peligro. Mandó Vasco
Nuñez á todos sus compañeros, nuevos vecinos, que, pues ya los indios
de aquella provincia eran acabados, y no habia ya qué ir á saltear,
que cada uno, con los esclavos que tenia, que no andaban sin muchos
dellos, y con sus mismas manos hiciesen sus sementeras para tener
comida. En ésto él era el primero, porque era hombre de muchas fuerzas
y sería entónces de cuarenta años, y siempre en todos los trabajos
llevaba la delantera. En este tiempo llego allí á Acla el licenciado
Espinosa, con la victoria, y riqueza y esclavería, que de la tierra de
Paris, robado traia, y hecha por todos grande fiesta, por las buenas
nuevas, Espinosa con sus satélites se partieron. Vasco Nuñez, como
hombre de experiencia, sintiendo que despues de llegados al Darien, y
repartido entre todos el oro y despojo que traian, no podian sufrirse
allí ociosos muchos dias, metióse en un bergantin y fuese tras ellos
con intencion de traer consigo la más gente que pudiese para engrosar
su nueva ó negra villa, y para desde allí entender en hacer navíos en
la mar del Sur, que era por entónces de todos el principal y último
fin; holgóse Pedrárias con él y tratándole en lo exterior, y quizá
en lo interior tambien, como á hijo, dióle 200 hombres y proveyóle
de todo lo que le pidió y convenia para aquel gran viaje, que todos
estimaban ser provechoso, con todo lo cual, embarcado en tres navíos
pequeños, dió á su Acla la vuelta. Llegados á Acla, halló Vasco Nuñez
haberse venido á esta isla Española Diego Albitez, á quien debia de
haber dejado en su lugar en la villa; vino á esta isla Diego Albitez,
con intencion de pedir á los religiosos de Sant Hierónimo, que la
gobernaban, licencia para hacer un pueblo en el Nombre de Dios, y de
allí tratar del descubrimiento de la mar del Sur. Todos aquellos que se
sentian ricos de los grandes robos que habian perpetrado, y destruido
aquella tierra, siempre aspiraban y sospiraban por ser cabezas por sí,
é no tener á quien acatar sobre sí, y de éstos era Diego Albitez; los
Hierónimos no quisieron entrometerse en hacer mudanza, por lo cual lo
remitian á Pedrárias, pero no andaba por eso, sino por salírsele de
las manos. Diego Albitez, visto ésto, fletó un navío, y halló hasta 60
hombres que con él á ganar aquellos perdones quisieron ir; fué derecho
al Darien, y fingió que habia ido por gente y bastimentos, de lo cual
Pedrárias mostró rescibir de su ida y vuelta placer, ó de verdad ó
fingido, porque era hombre muy recatado y entendido, y tambien como
á él le viniese gente y cosas de bastimento, todo lo demas bien lo
sufria. Descansando Diego Albitez algunos dias, quiso sacar á ejercitar
en la religion que habia profesado á sus novicios, y así, pedida
licencia á Pedrárias, salió á saltear y robar las gentes de Veragua,
que tenian sobre todas la fama de muy ricas. Vasco Nuñez no poco sintió
la presuncion de Diego Albitez, pero todos disimulando para en su
tiempo derramar la ponzoña que del descubrimiento de otros conciben,
costumbre muy ordinaria de los mundanos que andan fuera de camino,
envió á Compañon, así llamado, sobrino, segun creo, del mismo Diego
Albitez, á que viese si en el rio de la Balsa, que ya dijimos salir á
la mar del Sur, habria dispusicion para hacer navíos. Fué Compañon y
vido el rio y halló todo buen aparejo en todo él para hacer los navíos
y naos que quisiesen, y de camino á la tornada fué á saltear y robar y
hacer esclavos las gentes que por aquella tierra vivian, las cuales le
resistieron cuanto les fué posible, donde no padesció poco peligro; no
entendí que él á los indios, ni los indios á él hobiesen muerto alguno
ó herido. Entre tanto que Compañon iba y venia, comenzó Vasco Nuñez á
cortar, por su persona primero, madera para principiar los bergantines,
y así lo hicieron los que estaban con él; donde labraron toda ó la
mayor parte de la madera de cuatro bergantines, para llevalla despues
así labrada, al dicho rio de la Balsa, y allí formar los bergantines
y por él sacarlos á la mar, como al cabo se hizo. Tornó luégo Vasco
Nuñez á enviar á Compañon con ciertos españoles y 30 negros á la cumbre
de las sierras, de donde ya las aguas á la mar del Sur vertian, para
que hiciese una casa donde descansasen los que habian de llevar á
cuestas la madera labrada, y las anclas y jarcias de los bergantines,
y se tuviesen los bastimentos y comida y armas y lo demas para su
defensa. Y es de saber aquí, que nunca salian los españoles de una
parte á otra que no llevasen muchos indios cada uno, que les llevaban
las cargas de su ropa en que dormian, y sus armas y la comida, y hasta
los negros esclavos eran de los indios servidos, y llamados perros
aporreados y afligidos. Hecha la casa en lo alto de la sierra, puso
por obra luégo Vasco Nuñez de subir la madera que estaba ya labrada de
los bergantines, hasta ponella en la casa, que habria sus 12 leguas
de sierras y rios, que ya se bajaban ya se subian, hasta llegar á la
sierra muy alta donde se asentó aquella guarida. Esta madera se cargó
sobre los indios que tenian por esclavos, y los que iban á saltear
cada dia, y su parte llevaron los negros que no eran sino obra de 30,
y tambien cada uno de los españoles llevaba la que podia. Los trabajos
que aquí llevando y subiendo esta madera, y clavazon y herramientas, y
despues las anclas y la jarcia y todos los demas aparejos necesarios
á los bergantines, y despues bajándola hasta el rio, que por todos
se padecieron, no pueden ser creidos, pero no se halló que negro ni
español muriese dellos, más de los infelices indios no tuvieron número
los que perecieron y concluyeron sus tristes dias; yo ví firmado de
su nombre del mismo Obispo, en una relacion que hizo al Emperador en
Barcelona el año de 519, cuando él de la tierra firme vino, como más
largo adelante, placiendo á Dios, será referido, que habia muerto el
Vasco Nuñez, por hacer los bergantines, 500 indios, y el secretario del
mismo Obispo me dijo que no quiso poner más número porque no pareciese
cosa increible, pero que la verdad era que llegaban ó pasaban de 2.000;
y segun el trabajo era, cierto, cualquiera lo debe tener por posible y
haber pasado con verdad así, porque llevar hombres desnudos en cueros
24 y 25 leguas de sierras altísimas, subidas y descendidas, á cuestas
madera labrada para hacer cuatro navíos, y anclas de hierro de tres,
y cuatro, y cinco, y seis quintales, y cables, que son las maromas
para las anclas, que pesaban otro tanto y muy poco ménos, y otros mil
aparejos cuasi tan pesados que los navíos requieren, y todo ésto sin
comer sino un poco de grano de maíz áun no hecho pan, sino como lo
comen las aves ó las bestias, ¿qué hombres aunque tuvieran cuerpos
en parte formados de materia de hierro lo pudieran sufrir sin morir?
Y porque los indios allí perecian con aquel ejercicio, enviaba Vasco
Nuñez cuadrillas á cazar indios, donde quiera que se creia que estarian
escondidos, porque toda la tierra estaba huida por los montes por miedo
dellos, y se meterian en los abismos; despues que hacian alguna cara
juntos para resistir á los españoles, y como vian no poder contra ellos
prevalecer, se desparcian escondiéndose por las montañas á cuadrillas,
ó á linajes, ó á familias, y destos sabian, porque cuando tomaban algun
indio á poder de grandes tormentos le hacian descubrir los lugares
secretos donde se habian metido. Daban en ellos cuando más olvidados
y secretos creian que estaban, y muertos los primeros que topaban á
cuchilladas y estocadas, y de los perros desgarrados y despedazados,
á los demas que tomaban á vida, leíanles el requerimiento, estándolos
atando en traillas; y puesto que todas ó muchas veces desta manera se
hacia, en especial se hizo entendiendo Vasco Nuñez en la obra destos
navíos.



                            CAPÍTULO LXXV.


Pasada la madera, que en Acla pudo hacer que se labrase, al rio de
las Balsas, porque no era para más de los dos bergantines ó navíos, y
habíase de aparejar para otros dos, repartió Vasco Nuñez toda la gente
que tenia, españoles, negros é indios, en tres capitanías. A la una
dió cargo que cortase y asentase madera; á la segunda, que acarrease
de Acla las anclas, y clavazon y jarcia y todos los demas instrumentos
y aderezos; á la tercera, que fuese á robar los mantenimientos que
por toda la tierra de los alrededores hobiese, y, á vueltas, cuantos
indios pudiesen traer captivos. Comenzóles Dios á mostrar lo que en
aquellas obras le servian, porque cuanto trabajaron en cortar la
madera y aserralla en Acla y mar del Norte, y despues en llevalla los
tristes indios á cuestas por tan aspérrimos é intolerables caminos,
todo se les convirtió en vacío, por ser la madera de allí en tierra
que estaba muy cerca de la mar salada, y así fué luégo de gusanos
comida, de donde sucedió serles necesario cortalla de nuevo en el
rio; habiendo pues cortado mucha della, y quizá tambien aserrádola,
ya que querian poner en astillero, que es comenzar los bergantines,
vinieron de súbito tan grandes avenidas que les llevó el rio parte
de la madera, y parte soterró la lama y cieno, subiendo el agua dos
estados encima. No tuvieron todos otro remedio para no se ahogar,
sino subirse sobre los árboles, á donde puestos no estaban sin mucho
peligro; aquí desmayó Vasco Nuñez, viendo tanta dificultad en la obra
de sus negros navíos, por la cual quiso volverse á su villa de Acla,
y dejarse de aquella demanda, como aborrido. Ayudábale á se volver
la hambre que padecian; y parece que los de la tercera cuadrilla, á
quien dió cargo de ir á robar mantenimientos y indios, no acudian.
Francisco Compañon se ofreció á pasar á la otra banda del rio á buscar
gente y comida, y pasó con algunos por cierta puente que hicieron de
ciertos vejucos y raíces, que ataron algunos nadadores de las ramas
de los árboles; aunque la puente fué tal, que pasaron el agua sobre
la cinta, y algunas veces llegábales á los pechos. Andaba Vasco Nuñez
comiendo raíces, de donde se podrá congeturar qué debian de padecer 500
ó 600 indios que allí tenian, y cuántos de hambre morian; finalmente,
hobo de irse á Acla, puesto que no con el primer motivo, sino para
proveer de algun mantenimiento y de gente española, si del Darien ó de
las islas de nuevo viniese, para lo cual envió al Darien á Hurtado, y
traer las anclas y jarcia, y dar en todo priesa. En ésto vino Francisco
Compañon, que habia robado toda la tierra de comida y de indios que
trujo captivos, en los cuales, como en acémilas, cargó todo lo que
para llevar tenia, y sobre sus hombros, anclas, y jarcias, y velas, y
cables, y clavazon y cuanto habia, pusieron en el rio. Volvió Bartolomé
Hurtado con 60 hombres que le dió Pedrárias y otras cosas que Vasco
Nuñez le envió á pedir, y tomado nuevo ánimo, torna Vasco Nuñez al rio,
con la gente de españoles y indios, y todo recaudo para proseguir á la
obra de sus bergantines, y, con inmensos trabajos y hambre y muerte de
indios, comenzó y acabó dos dellos; los cuales hechos, y echados al
agua, y proveidos de lo que les era menester para navegar, metióse con
los españoles que cupieron en ellos, y navega á la isla mayor de las de
las Perlas. Y entre tanto que los demas, pocos á pocos, los bergantines
los traian, trabajó de robar y allegar cuanto bastimento en la isla
pudo, lo uno, diz que, para subjetar las gentes della por hambre, y lo
otro para tener con qué los que allí estuviesen sustentarse. Díjose
que, andando en ésto Vasco Nuñez, rescibió una carta del arzobispo
de Sevilla, D. Diego de Deza, de quien hobimos en el primer libro
hablado, que fué alguna parte para el descubrimiento destas Indias,
siendo el maestro del príncipe D. Juan, en la cual le decia que habia
sabido haber descubierto la mar del Sur, y que tuviese por cierto,
que si proseguia por el Poniente la tierra hallarian indios de lanza
y armaduras de cuerpo, y si corriese hácia el Oriente que toparian
grandes riquezas y ganados infinitos. Esta creo yo que es patraña,
porque el arzobispo de Sevilla, siendo tan prudente y tan sabio, no
podia adevinar lo que nunca leyó, vido ni oyó, ni hombre imaginó de
todos los pasados, y no habia de poner su gravedad y autoridad en
boca del vulgo, no saliendo como él denunciaba; porque por revelacion
tampoco hemos de creer que lo habia alcanzado, porque si así fuera,
primero y no á otro sino sólo al Rey Católico, que mucho lo amaba, lo
significara. Así que, Vasco Nuñez, despues de robada la isla grande
de las Perlas y escandalizada, y quizá muerta y captiva mucha gente
della, comenzó á navegar hácia la tierra firme, la vuelta del Oriente,
con ciento y tantos hombres, porque los indios que tenian captivos por
aquella parte haber mucho oro les señalaban; y ésta fué otra segunda
ó tercera nueva ó señal de la grandeza de las riquezas del Perú.
Yendo, pues, sobre un puerto que llamaron despues puerto ó punta de
Piñas, 25 leguas ó alguna más pasada la punta ó cabo del golfo de Sant
Miguel, hallaron gran número de ballenas, que parecian punta ó cabo
de peñas que salia gran trecho á la mar; temieron los marineros de se
allegar porque venia la noche, y arribaron á otra punta con intencion
de, siendo de dia, tornar á su viaje, y porque les hizo el viento
contrario, acordó Vasco Nuñez de ir á dar en la tierra del cacique
Chucama, por vengar los españoles que allí habian muerto á Gaspar de
Morales, de que se hizo mencion arriba en el capítulo 64. Salieron
las gentes de allí á resistillos, pero como siempre ha de caer sobre
ellos la mala ventura, como en gente desnuda, sólo dan de sí muestra
que si fuesen armados y las armas tales como las nuestras, otro gallo,
para su natural defensa y contra nuestra injusticia, les cantaria; así
que, muertos muchos dellos, los vivos pusiéronse en huida. Anduvo
algunos dias robando y captivando y destruyendo aquellas provincias.
Tornóse á la isla, y allí apareja de hacer cortar madera, y comenzar
los otros dos bergantines ó pequeños navíos; faltábale algun hierro y
pez y otras cosas para acabar los bergantines, por lo cual acordó de
enviar á Acla por ello. Y porque tenian ya nueva que el Emperador era
venido á reinar á Castilla, y que habia proveido á un caballero de
Córdoba, llamado Lope de Sosa, por Gobernador de tierra firme, quiso
tambien Vasco Nuñez que supiesen si era venido, ó qué nueva se tenia
de su venida, porque, quitada la gobernacion á Pedrárias, su suegro,
consiguiente cosa era quitarle los navíos y dar la empresa á alguno de
los que traia consigo. Temiendo, pues, ésto, una noche, hablando con un
Valderrábano y con un clérigo llamado Rodrigo Perez, díjoles: «Segun
lo mucho que há que vinieron las nuevas, que el Rey tenia proveido por
Gobernador á Lope de Sosa desta tierra firme, no parece posible que
ó no sea venido ó no haya nueva de ser cercana su venida, y, si es
venido, Pedrárias, mi señor, ya no tiene la gobernacion, y así nosotros
quedamos defraudados de nuestros deseos, y tantos trabajos como en ésto
habemos puesto quedan perdidos; paréceme, pues, que para haber noticia
de lo que nos conviene será bien que vaya el capitan Francisco Garavito
á la villa de Acla, con demanda del hierro y pez que nos falta, y
sepa si es venido, porque si lo fuere se torne, y nosotros acabaremos
como pudiéremos estos navíos y proseguiremos nuestra demanda, y, como
quiera que nos suceda, de creer es que el que gobernare nos rescibirá
de buena voluntad porque le ayudemos y sirvamos; pero si Pedrárias,
mi señor, todavía tuviere la gobernacion, dalle hán parte del estado
en que quedamos y proveerá de lo que pedimos, y partirnos hemos á
nuestro viaje, del cual espero en Dios que nos ha de suceder lo que
tanto deseamos.» Díjose, que cuando esto Vasco Nuñez hablaba comenzó á
llover, y que la guarda, persona que velaba su cuarto, se recogió á la
sombra y debajo del tejado de la casa donde Vasco Nuñez estaba por no
mojarse, el cual oyó como decia que convenia irse con los navíos su
viaje, no entendiendo más de la plática, ni por qué causa; y ampliando
en su pensamiento que aquello era quererse huir de Pedrárias, y con
esta opinion ó error, calla y no da parte á nadie, hasta que fué tiempo
de poder dañar diciéndolo á Pedrárias.



                            CAPÍTULO LXXVI.


Pareció bien á los con quien hablaba Vasco Nuñez su intento y palabras,
y aprobáronselo, y en prosecucion dello llamó á Francisco Garavito,
y dále dello parte, y con 40 hombres despáchalo para Acla; llegados
á Acla, hallan que Lope de Sosa no era venido, y que Pedrárias como
de ántes gobernaba. Díjose que cuando Vasco Nuñez se partió para el
rio de la Balsa, debia ser la postrera vez, Andrés Garavito escribió
á Pedrárias que Vasco Nuñez iba como alzado, y con intencion nunca
más á obedecelle ni estar á su obediencia y mandado, y Pedrárias,
como siempre dél estuvo sospechoso, que nunca pudo tragallo, poco era
menester para que lo creyese por verdad, porque corazon que sospecha
una vez alterado fácil cosa es en aquello que teme del todo derrocallo.
Dijeron que esta falsedad ó testimonio falso, ó quizá verdad, escribió
Garavito á Pedrárias, porque Vasco Nuñez, por una india que tenia por
amiga, que arriba en el cap. 40 dijimos el cacique Careta haberle
dado, le habia de palabra maltratado. Dos dias ó tres despues de
llegado Garavito, llega del Darien Pedrárias, el cual, por la carta
de Garavito, luégo se despachó muy indignado para haber á Vasco Nuñez
á las manos y acortarle los pasos. Preguntando Pedrárias qué hacia y
dónde quedaba, díjole Garavito y los que con él vinieron, que en la
isla, y dando priesa á acabar los bergantines, y quedaba esperando
ciertas cosas que le enviaba á pedir para acaballos y tambien lo que
mandaba; con ésto se asosegó algo Pedrárias y disimuló algunos dias
lo que traia pensado, dentro de los cuales, un Tesorero, que debia
ser proveido por el tesorero Pasamonte desta isla, llamado Alonso
Martel de Lapuente, que no estaba bien con Vasco Nuñez porque le pidió
en la residencia cierto oro que le habia prestado, y el Tesorero
creyó que habia sido dado, supo de aquel que velaba, cuando Vasco
Nuñez dijo en la isla las susodichas palabras á Valderrábano, lo que
habia oido y Vasco Nuñez hablado. Va luégo el dicho Alonso Martel á
decírselo á Pedrárias; luégo Pedrárias, de súpito, se retificó en
sus sospechas presentes y pasadas, y hecho muy furibundo, cuasi de
enojo é indignacion desatinaba, prorrumpiendo en palabras contra
Vasco Nuñez injuriosas y desmandadas, y con aquella saña escribióle
una carta mandándole que viniese á Acla, fingiendo que tenia cosas
que con él comunicar tocantes y necesarias para su viaje. Y cosa es
aquí de notar, que no hobiese hombre que á Vasco Nuñez avisase de
la indignacion contra él de Pedrárias, y el peligro que padecer si
venia esperaba; ciertamente la razon parece que se puede asignar, ó
que Vasco Nuñez era tan mal quisto de todos, que todos le deseaban
mal, ó que todos temian tanto á Pedrárias que ninguno se atrevió á
enojalle, ó que fué juicio de Dios que determinó dalle su pago de
tantas crueldades como en aquellas gentes habia perpetrado: y ésta
postrera debió ser y debemos creer que fué la verdadera y eficaz, y
está harto clara. Y tras la carta, sospechando que no querria venir,
despachó á Francisco Pizarro con mandamiento y la gente armada que
pudo enviar para que le prendiese donde quiera que lo hallase. Díjose
que un italiano, llamado micer Codro, astrólogo, que andaba con
Vasco Nuñez, hombre que por ver mundo habia venido á estas partes,
le dijo, estando en el Darien, que el año que viese cierta estrella,
que señalaba, en tal lugar, correria gran peligro su persona, pero
si de aquel peligro escapaba sería el mayor señor y más rico que
hobiese por todas estas tierras indianas; y pocos dias ántes desto,
dijeron que una noche vido la estrella en aquel lugar, y comenzó á
mofar de lo que le habia dicho micer Codro, y comenzó á decir á los
que con él estaban: «donoso estaria el hombre que creyese á hombres
adivinos, especialmente á micer Codro que me dijo ésto y ésto, y hé
aquí la veo cuando me hallo con cuatro navíos y 300 hombres y en la
mar del Sur, y de propíncuo para navegarla, etc.» Esto dicen que pasó
jactándose mucho Vasco Nuñez de su felicidad; el cual, rescibida la
carta de Pedrárias, estando en una isleta llamada de Tortugas, dejando
á Francisco Compañon haciendo los navíos en la grande, puso luégo por
obra su camino en cumplimiento de lo que le mandaba; dijeron tambien
que los mensajeros, llegando cerca de Acla, le dijeron que Pedrárias,
su suegro, estaba de él muy indignado, pero él, hallándose inocente,
creia que llegando ante Pedrárias y mostrándole no habelle ofendido lo
aplacara. Topó á Francisco Pizarro con gente, que le iba á prender, y
díjole: «¿qué es ésto, Francisco Pizarro? no solíades vos así salirme
á rescibir.» Salieron á rescibirlos del pueblo, y Pedrárias proveyó
que lo llevasen preso á la casa de un vecino llamado Castañeda; envió
á Bartolomé Hurtado á las islas para que tomase y tuviese por él los
navíos y toda la armada. Mandó al licenciado Espinosa que procediese
contra Vasco Nuñez por todo el rigor de justicia que hallase, porque
todo su fin era despachalle; y por descuidalle fuéle á ver un dia y
díjole: «No tengais, hijo, pena por vuestra prision y proceso que yo he
mandado hacer, porque para satisfacer al tesoro Alonso de Lapuente y
sacar vuestra fidelidad en limpio lo he hecho.» Despues que Pedrárias
entendió que el proceso estaba, al ménos coloradamente, fundado para
cortalle la cabeza, dijeron que fué á donde estaba preso y con rostro
airado le dijo: «Yo os he tratado como á hijo, porque creia que en
vos habia la fidelidad que al Rey y á mí en su nombre debíades, pero,
pues os queríades rebelar contra la corona de Castilla, no es razon de
tractaros como á hijo, sino como á enemigo, y por tanto de hoy más no
espereis de mí obras otras sino las que os digo.» Respondió Vasco Nuñez
que habia sido y era todo falsedad que le habian levantado, porque
nunca tal pensamiento le vino, porque, si él tal intencion tuviera, no
tenia necesidad de venir á su llamado, pues tenia 300 hombres consigo
y cuatro navíos, con los cuales, sin vello ni oillo él, se fuera por
esa mar adelante donde no le faltara tierra en que asentar pobre ó
rico; pero como venia con simplicidad y de tales propósitos libre, no
temió de venir á Acla por su llamado, para verse así preso y publicado
por infiel á la corona real de Castilla, y á él en su nombre como
decia. Fuese Pedrárias de la cárcel y mandóle poner más prisiones, y
el licenciado Espinosa, dando cuenta á Pedrárias de los méritos del
proceso, dijo que incurrido habia en pena de muerte, pero que por los
muchos servicios que en aquella tierra habia hecho al Rey, merecia
que se le otorgase la vida. Respondió Pedrárias muy airado: «Pues si
pecó muera por ello.» El licenciado Espinosa no quiso sentenciarlo á
muerte, diciendo que merecia perdon por los señalados servicios que
habia hecho, protestando que no lo sentenciaria si no se lo mandaba
espresamente por escrito. Pedrárias, que no via la hora de sacalle
desta vida, poco tardó en dalle su mandamiento, y ciento le diera sin
deliberar lo que hacia. Espinosa entónces hace de veras el negocio,
acumulándole la muerte de Diego de Nicuesa, y la prision y agravios
del bachiller Anciso, y sobre todo fundó su sentencia; la cual fué
que le cortasen la cabeza, yendo el pregonero delante diciendo á voz
alta: «Esta es la justicia que manda hacer el Rey, nuestro señor, y
Pedrárias su Lugarteniente, en su nombre, á este hombre, por traidor
y usurpador de las tierras subjetas á su real corona etc.» Lo cual,
oido por Vasco Nuñez cuando lo sacaban, levantó los ojos y dijo: «Es
mentira y falsedad que se me levanta, y, para el caso en que voy,
nunca por el pensamiento me pasó tal cosa ni pensé que de mí tal se
imaginara, ántes fué siempre mi deseo servir al Rey como fiel vasallo y
aumentalle sus señoríos con todo mi poder y fuerzas.» No le aprovechó
nada su afirmacion, y así le cortaron la cabeza sobre un repostero
harto viejo, habiéndose ántes confesado y comulgado, y ordenado su
alma segun lo que el tiempo y negocio le daba lugar. Luégo tras él la
cortaron á Valderrábano, y tras aquel á Botello, y tras éste á Hernan
Muñoz, y el postrero fué Argüello, todos cinco por una causa viéndose
unos á otros; y porque para degollar al Argüello quedaba ya poco dia,
viniendo la noche, hincáronse de rodillas todo el pueblo ante Pedrárias
pidiéndole por merced que diese la vida á Argüello, pues ya eran
muertos los cuatro y parecia que Dios, con enviar la noche, aquella
muerte atajaba. No blandeó Pedrárias en nada, ántes con gran pasion
les respondió, que si querian que aquel viviese, en sí mismo queria
se ejecutase la justicia; y desta manera, con grande angustia y dolor
de todos, y áun lágrimas de algunos, fenecieron todos cinco aquel
dia, y así quedó Pedrárias sin sospecha de Vasco Nuñez de Balboa que
tanto trabajó de aumentar los señoríos del Rey, como él dijo, matando
y destruyendo aquellas gentes, con tan ignominiosa muerte, al tiempo
que más esperaba subir. E será bien que se coloque Vasco Nuñez en el
catálogo de los perdidos con Nicuesa y Hojeda, y con los que despues se
pornán en él, que hicieron mal fin en estas Indias, siendo señalados en
hacer mal á indios.



                           CAPÍTULO LXXVII.


Restan por decir algunas cosas de las que quedan atras, que habemos
dejado por no interrumpir la historia de Vasco Nuñez, y ántes que
pasemos adelante, conviene, por no las olvidar, referillas. Despues
que el licenciado Espinosa fué á la empresa del oro que Cutara, rey de
la tierra llamada Pariba ó Paris, habia tomado á Badajoz, el factor
Juan de Tavira, con codicia de la riqueza que decian que habia en el
templo ó ídolo Dabayba, pidió por señalada merced á Pedrárias, que le
diese aquella sancta conquista, el cual se la concedió; y alcanzada
la merced, comenzó á gastar de los muchos dineros que de los robos y
violencias y captiverios de gentes vendidas, de hasta entónces, le
habian cabido, y pónese á hacer tres fustas, y comprar muchas canoas
de las que tenian los otros españoles vecinos, para subir por el rio
Grande arriba, donde tenian fama que estaba el oro, su ídolo. En el
aparejo de lo cual no sólo gastó toda su hacienda, mal, ó si alguna
tenia bien, habida no en aquella tierra, sino quizá traida de Castilla,
pero mucha otra sacada del oro y arca del Rey. Despachado con su flota
de tres fustas y muchas canoas, con 160 hombres españoles, y infinitos
indios de los hechos esclavos con la justicia dicha, todos encadenados,
para bogar ó remar las canoas y para los otros servicios, sube, con
gran dificultad por la gran corriente, el rio arriba. Las gentes de
Dabayba que estaban sobre aviso, sabida su venida, salieron, en no más
de tres canoas grandes, de través al camino, y hallando las nuestras
descuidadas, matáronles en un momento un español y quedaron muchos
heridos; retragéronse luégo las canoas de los españoles al abrigo de
las fustas ó bergantines. Queriendo ir adelante, acordaron que fuese
gente por tierra y las canoas y fustas por el rio, el cual vino de
presto tan de avenida, por lo mucho que en las sierras llovia, que
muchos árboles del rio no se parecian. Encalló ó tocó la canoa del
Factor en uno de los que en el agua estaban sumidos, y trastornóse de
manera que el Factor y el veedor Juan de Virues, sin podellos socorrer,
se ahogaron, y los que sabian nadar nadando tuvieron remedio. La gente,
viéndose sin Capitan, eligieron á Francisco Pizarro que los capitanease
hasta el Darien, y así se volvieron perdido el factor Juan de Tavira
y Veedor, y los muchos dineros suyos y del Rey que para emprender
aquella hazaña habia espendido. Hobo Pedrárias grande dolor de aquella
desdicha, y esforzando á los que maltractados venian, que, pues con
el Factor no habian llegado á donde tanto esperaban ser ricos, que no
desmayasen, y que él queria dalles á Francisco Pizarro por capitan, que
tornasen á la otra demanda, que era tambien rica, conviene á saber,
de Abrayme, que él esperaba en Dios que habian de hallar de aquella
hecha con que fuesen sus deseos complidos. Dellos no quisieron ir por
venir muy heridos, ó de tanto peligro y trabajo aborridos, otros, hasta
50, tornaron con Francisco Pizarro al ristre. Partidos y llegados por
tierra al señorío de Abrayme, cuyos vecinos estaban muy lastimados, de
los agravios, y guerras, y daños en ellas rescibidos, no solamente no
hallaron gente que captivar (que despues de robar oro no tienen otro
mayor fin), pero ni cosa que comiesen, y así de hambre perecian; no
tuvieron otro remedio sino matar y comer siete caballos que llevaban,
para poder tornarse al Darien, donde llegaron con harto desmayo y
tristeza, y no ménos que mucho corridos de su tan vano y frustratorio
camino. Luégo, desde á pocos dias, volvió Diego Albitez con gran
cantidad de oro, y muchos indios captivos, que robó de la costa del
Nombre de Dios y provincias de Chagre y de Veragua, las cuales dejó
todas llenas de amarguras y de gran calamidad, matando todos los que
le resistian. En una destas entradas que éstos hacian, no me acuerdo
cuál de los Capitanes fué, acaeció que, llegados los españoles á un
monte, donde á poder de tormentos habian sacado á indios que tomaban,
estar mucha gente huida, recogida, por se apartar de tan pestilenciales
y horribles crueldades, dando de súbito en ellos, tomaron 70 ú 80
mujeres y hijas doncellas de muchos que mataron y de los que huyeron
por se escapar; y viniéndose los españoles con su cabalgada, segun lo
que creian, en paz, otro dia, con la rabia que sentian los indios de
ver llevar sus mujeres é hijas maniatadas, por esclavas, juntáronse
cuantos más pudieron y van tras los españoles, y dan de súbito en
ellos con grande alarido, de manera que los hirieron y lastimaron
algo. Viéndose los españoles muy apretados, no quisieron soltar la
cabalgada, sino, como vian que no la podian gozar, acordaron de las
desbarrigar, metiéndoles las espadas por los cuerpos de las pobres
mujeres y muchachas, de las cuales todas 70 ú 80 una viva no dejaron.
Los indios, que se les rasgaban las entrañas de verlas así matar, daban
gritos y decian: «¡Oh cristianos malos, malos hombres, crueles, á las
iras matais!» Ira llamaban en aquella tierra á las mujeres; como si
dijeran, matar las mujeres, señal es de hombres abominables, crueles
y bestiales. Tenian muchas veces en uso, que, aunque los señores de
los indios ofreciesen de su propia voluntad oro, y cantidad de oro, no
se contentaban con ello, sino, creyendo que tenian más, les prendian
y les daban terribles y inhumanos tormentos, para que si más tuviesen
lo descubriesen. Una vez dió un Cacique, ó por miedo ó de su voluntad,
9.000 pesos de oro, no contento con ellos el Capitan y sus compañeros
acordaron de lo atormentar; atáronlo á un palo sentado en el suelo,
y estendidas las piernas y piés, pusiéronle fuego junto á ellos,
diciéndole que diese más oro. Envió alguno de sus indios que trujese
más, trujeron 3.000 pesos más; continúan todavía el tormento, dice con
dolorosos gemidos y llantos que no tiene más. No cesaron de dárselo,
hasta que por las plantas de los piés le salieron los tuétanos, y así
murió el desventurado; acaeció entre aquestos tan bien morigerados
españoles que tenian algunas llagas en las piernas, y parece que el
demonio, en cuyos pasos andaban y voluntad cumplian, les puso en la
imaginacion que el unto del hombre era buena medicina para curallas,
por lo cual acordaron de matar indio ó indios de los más gordos que
habian captivado, y sacáronles el unto, diciendo que más valia que los
españoles anduviesen sanos, que aquellos perros viviesen, que servian
al diablo. Esta era la espiacion que hacian para ser inocentes y quedar
limpios de aquel pecado.



                           CAPÍTULO LXXVIII.


Dejemos de proseguir la historia de la tierra firme hasta emparejar con
el tiempo della la relacion de las islas, que dejamos atrás en el cap.
39, y tornemos al hilo que llevábamos dellas, contando las cosas que
acaecieron en el año de 1514, como parece arriba, en el cap. 36 y 37,
donde referimos de un repartidor de los indios, llamado Alburquerque,
y otros que despues fueron, que ningun provecho hicieron á los tristes
desmamparados indios de esta isla, ni estorbaron que no se consumiesen,
los cuales cada dia en las minas y en los otros trabajos perecian; lo
mismo se hacia en las otras islas, sin tener una hora de consuelo ni
alivio dellos, y sin mirar en ello, ni se doler dellos los insensibles
que la tierra regian. En todo este tiempo, el tesorero Pasamonte, y
oficiales, y jueces de la Audiencia desta isla, ó algunos dellos que
lo revolvian y movian al dicho Pasamonte, y lo tomaban por cabeza de
sus pasiones y envidias, por ser tan favorecido del Rey, perseguian al
almirante D. Diego con cartas al Rey é á Lope Conchillos, Secretario,
y al obispo de Búrgos D. Juan Fonseca, que como arriba se ha dicho
algunas veces, nunca estuvo bien con los Almirantes, padre y hijo. No
creí ser otra la causa sino por echalle de la gobernacion desta isla
y de lo demas, y quedarse ellos con ella, no sufriendo superior sobre
sí; finalmente, tanto, que rodearon que el Rey le mandase llamar, y que
fuese á Castilla, no supe, aunque lo supiera si mirara en ello, con qué
color ó debajo de qué título. El cual, obedeciendo el mandado del Rey,
aparejó su partida y salió del puerto de Sancto Domingo en fin del año
de 1514, ó al principio del año 15, dejando á su mujer doña María de
Toledo, matrona de gran merecimiento, con dos hijas en esta isla. Entre
tanto, quedaron á su placer los jueces y oficiales, mandando y gozando
de la isla, y no dejaron de hacer algunas molestias y desvergüenzas
á la casa del Almirante, no teniendo miramiento en muchas cosas á la
dignidad, persona, y linaje de la dicha señora Doña María de Toledo. En
este tiempo lo que más se trataba y sonaba, y de donde más esperanza se
tenia, destas islas y áun de todas estas Indias, era la isla de Cuba,
por las nuevas de tener mucho oro, y por hallarse la gente della tan
doméstica y pacífica; y habia ya dos años que á ella los españoles con
Diego Velazquez á poblar habian venido. Porque de la tierra firme, como
entónces llegase Pedrárias, cosa de fruto de su llegada no se habia
visto, pues de todas las otras partes della ninguna noticia se tenia.
Tornando, pues, á tomar la historia de la isla de Cuba, que en el cap.
32 contamos, dijimos allí como Diego Velazquez, que gobernaba la isla
como teniente del Almirante, habia señalado cinco villas, donde todos
los españoles que en ella habia se avecindasen, con la de Barocoa que
ya estaba poblada. Repartidos los indios de las comarcas de cada villa
y entregados á los españoles, cada uno segun el ansia de haber oro
tenia y más ancho de conciencia se hallaba, sin tener consideracion
alguna que aquellas gentes eran de carne y de hueso, pusiéronlos
en los trabajos de las minas, y en los demas que para aquellos se
enderezaban, tan de golpe y tan sin misericordia, que en breves dias la
muerte de innumerables dellos manifestó la grande inhumanidad con que
los trataban. Fué más vehemente y acelerada la perdicion de aquellas
gentes, por aquella primera temporada, que en otras partes, por causa
de que, como los españoles andaban por toda la isla, como ellos dicen,
pacificándolas, y consigo traian muchos de los indios que por los
pueblos, para se servir dellos, contínuamente tomaban, y todos comian
y ninguno sembraba, y los de los pueblos, dellos huian, y dellos, de
alborotados y medrosos, de otra cosa más de que no los matasen, como
á otros muchos se mataron, no curaban, quedó la tierra toda ó cuasi
toda de bastimentos vacua y desmamparada. Pues como la cudicia de los
españoles, segun dije, los ahincaba, no curando de sembrar para tener
pan, sino de coger el oro que no habian sembrado, como quiera y con
cualquiera poca cosa que podian haber de bastimento como rebuscándolo,
ponian los hombres y las mujeres, sin suficiente comida para poder
vivir cuanto ménos para trabajar, en los susodichos trabajos. Y es
verdad, como arriba en cierto capítulo dije, que en mi presencia y de
otras personas nos contó uno, como si refiriera una muy buena industria
ó hazaña, que con los indios que tenia de su repartimiento habia hecho
tantos mil montones, que es la labranza de que se hace el pan caçabí,
enviándolos cada tercer dia, ó de dos á dos dias, por los montes á que
comiesen las frutas que hallasen, y con lo que traian en los vientres
les hacia trabajar otros dos ó tres dias en la dicha labranza, sin
dalles á comer de cosa alguna un sólo bocado; y el trabajo de aquel
labrar es cavar todo el dia, y mucho mayor que cavar en las viñas y
huertas en nuestra España, porque es levantar la tierra que cavan
haciendo della montones, que tienen tres y cuatro piés en cuadro y de
tres ó cuatro piés ó palmos en alto, y ésto no con azadas ni azadones
que les daban, sino con unos palos como garrotes, tostados. Así que,
por esta hambre, no teniendo que comer, y metiéndolos en tan grandes
trabajos, fué más vehemente y más en breve la muerte de aquella gente
que en otra parte. Y como llevaban los hombres y mujeres sanos á las
minas y á los otros trabajos, y quedaban en los pueblos solos los
viejos y enfermos sin que persona los socorriese y remediase, allí
perecian todos de angustia y enfermedad sobre la rabiosa hambre; yo
vide algunas veces, andando camino en aquellos dias por aquella isla,
entrando en los pueblos, dar voces los que estaban en las casas, y
entrando á vellos, preguntando qué habian, respondian: hambre, hambre,
hambre. Y porque no dejaban hombre ni mujer que se pudiese tener sobre
sus piernas que no llevasen á los trabajos, á las mujeres paridas que
tenian sus hijos y hijas chiquitas, secándoseles las tetas con la poca
comida y con el trabajo, no teniendo con que criallas, se les morian;
por esta causa se murieron en obra de tres meses 7.000 niños y niñas,
y así se escribió al Rey católico por persona de crédito que lo habia
inquirido. Tambien acaeció entónces que, habiendo dado en repartimiento
á oficial del Rey 300 indios, tanta priesa les dió, echándolos á las
minas y en los demas servicios, que en tres meses no le restaron más
del diezmo vivos.



                            CAPÍTULO LXXIX.


Llevando este camino, y cobrando de cada dia mayor fuerza esta vendimia
de gentes, segun más crecia la cudicia, y así más número dellas
pereciendo, el clérigo Bartolomé de las Casas, de quien arriba en
el cap. 28 y en los siguientes alguna mencion se hizo, andaba bien
ocupado y muy solícito en sus granjerías, como los otros, enviando
indios de su repartimiento en las minas á sacar oro y hacer sementeras,
y aprovechándose dellos cuanto más podia, puesto que siempre tuvo
respecto á los mantener, cuanto le era posible, y á tratallos
blandamente, y á compadecerse de sus miserias, pero ningun cuidado
tuvo más que los otros de acordarse que eran hombres infieles, y de
la obligacion que tenia de dalles doctrina, y traellos al gremio de
la Iglesia de Cristo; y porque Diego Velazquez, con la gente española
que consigo traia, se partió del puerto de Xagua para hacer y asentar
una villa de españoles en la provincia donde se pobló la que llamó de
Sancti-Espíritus, y no habia en toda la isla clérigo ni fraile, despues
de en el pueblo de Baracóa donde tenian uno, sino el dicho Bartolomé
de las Casas, llegándose la Pascua de Pentecostés, acordó dejar su
casa que tenia en el rio de Arimáo, la penúltima luenga, una legua de
Xagua, donde hacia sus haciendas, é ir á decilles misa y predicalles
aquella Pascua. El cual, estudiando los sermones que les predicó la
Pascua, ó otros por aquel tiempo, comenzó á considerar consigo mismo
sobre algunas autoridades de la Sagrada Escritura, y, si no me he
olvidado, fué aquella la principal y primera del Eclesiástico, capítulo
34. _Immolantes ex iniquo oblatio est maculata_, etc., comenzó, digo,
á considerar la miseria y servidumbre que padecian aquellas gentes.
Aprovechóle para ésto lo que habia oido en esta isla Española decir
y experimentado, que los religiosos de Sancto Domingo predicaban, que
no se podian tener con buena conciencia los indios, y que no querian
confesar ó absolver á los que los tenian, lo cual el dicho Clérigo no
aceptaba; y queriéndose una vez con un religioso de la dicha Órden,
que halló en cierto lugar, confesar, teniendo el Clérigo en esta
isla Española indios, con el mismo descuido y ceguedad que en la de
Cuba, no quiso el religioso confesalle, y pidiéndole razon por qué,
y dándosela, se la refutó el Clérigo con frívolos argumentos y vanas
soluciones, aunque con alguna apariencia, en tanto que el religioso le
dijo: «Concluí, padre, con que la verdad tuvo siempre muchos contrarios
y la mentira muchas ayudas.» El Clérigo luégo se le rindió, cuanto
á la reverencia y honor que se le debia, porque era el religioso
veneranda persona y bien docto, harto más que el padre Clérigo, pero
cuanto á dejar los indios no curó de su opinion. Así que, valióle
mucho acordarse de aquella su disputa y áun confusion que tuvo con el
religioso, para venir á mejor considerar la ignorancia y peligro en que
andaba, teniendo los indios como los otros, y confesando sin escrúpulo
á los que los tenian y pretendian tener, aunque le duró ésto poco; pero
habia muchos confesado en esta isla Española que estaban en aquella
damnacion. Pasados, pues, algunos dias en aquesta consideracion, y
cada dia más y más certificándose, por lo que leia cuanto al derecho
y vía del hecho, aplicando lo uno á lo otro determinó en sí mismo,
convencido de la misma verdad, ser injusto y tiránico todo cuanto
cerca de los indios en estas Indias se cometia. En confirmacion de lo
cual, todo cuanto leia hallaba favorable, y solia decir é afirmar,
que, desde la primera hora que comenzó á desechar las tinieblas de
aquella ignorancia, nunca leyó en libro de latin ó de romance, que
fueron, en cuarenta y cuatro años, infinitos, en que no hallase ó
razon ó autoridad para probar y corroborar la justicia de aquestas
indianas gentes, y para condenacion de las injusticias que se les han
hecho, y males y daños. Finalmente, se determinó de predicallo; y
porque, teniendo él los indios que tenia, tenia luégo la reprobacion
de sus sermones en la mano, acordó, para libremente condenar los
repartimientos ó encomiendas como injustas y tiránicas, dejar luégo
los indios y renunciarlos en manos del gobernador Diego Velazquez,
no porque no estaban mejor en su poder, porque él los tractaba con
más piedad, y lo hiciera con mayor desde allí adelante, y sabia que
dejándolos él los habian de dar á quien los habia de oprimir é fatigar
hasta matallos, como al cabo los mataron, pero porque, aunque les
hiciera todo el buen tractamiento que padre pudiera hacer á hijos, como
él predicara no poderse tener con buena conciencia, nunca le faltaran
calumnias diciendo: «al fin tiene indios, ¿por qué no los deja, pues
afirma ser tiránico?» acordó totalmente dejallos. Y para que del todo
ésto mejor se entienda, es bien aquí reducir á la memoria la compañía
y estrecha amistad que tuvo este Padre con un Pedro de la Rentería,
hombre prudente y muy buen cristiano, de quien arriba en el cap. 32
hobimos algo tocado. Y como fuesen no sólo amigos pero compañeros en
la hacienda, y tuviesen ambos sus repartimientos de indios juntos,
acordaron entre sí que fuese Pedro de la Rentería á la isla de la
Jamáica, donde tenia un hermano, para traer puercas para criar y maíz
para sembrar, y otras cosas que en la de Cuba no habia, como quedase
del todo gastada, como queda declarado, y para este viaje fletaron una
carabela del Rey en 2.000 castellanos. Pues como estuviese ausente
Pedro de la Rentería, y el Padre clérigo determinase dejar los indios,
y predicar lo que sentia ser obligado para desengañar los que en tan
profundas tinieblas de ignorancia estaban, fué un dia al gobernador
Diego Velazquez, y díjole lo que sentia de su propio estado, y dél
mismo que gobernaba y de los demas, afirmando que en él no se podian
salvar, y que, por salir de peligro y hacer lo que debia á su oficio
entendia en predicarlo, por tanto determinaba renunciar en él los
indios, y no tenellos á su cargo más, por eso que los tuviese por
vacuos y hiciese dellos á su voluntad; pero que le pedia por merced,
que aquello fuese secreto y que no los diese á otro hasta que Rentería
volviese de la isla de Jamáica donde estaba, porque la hacienda y los
indios, que ambos indivisamente tenian, padecerian detrimento, si,
ántes que viniese, alguno á quien diese los indios del dicho Padre
en ella y en ellos entraba. El Gobernador, de oirle cosa tan nueva
y como monstruosa, lo uno porque siendo clérigo y en las cosas del
mundo, como los otros, azolvado, fuese de la opinion de los frailes
dominicos, que aquello habian primero intentado y que se atreviese á
publicallo, lo otro que tanta justificacion y menosprecio de hacienda
temporal en él hobiese, que, teniendo tan grande aparejo como tenia
para ser rico en breve, lo renunciase, mayormente que comenzaba á tener
fama de cudicioso, por verle ser diligente cerca de las haciendas y
de las minas, y por otras semejantes señales, quedó en grande manera
admirado, y díjole, haciendo más cuenta de lo que al Clérigo tocaba
en la hacienda temporal, que al peligro en que él vivia mismo, como
cabeza y principal en la tiranía que contra los indios en aquella isla
se perpetraba: «Mirad, Padre, lo que haceis, no os arrepintais, porque
por Dios que os querria ver rico y prosperado, y por tanto no admito la
dejacion que haceis de los indios; y porque mejor lo considereis, yo
os doy quince dias para bien pensarlo, despues de los cuales me podeis
tornar á hablar lo que determináredes.» Respondió el Padre clérigo:
«Señor, yo rescibo gran merced en desear mi prosperidad, con todos los
demas comedimientos que vuestra merced me hace, pero haced, señor,
cuenta que los quince dias son pasados, y plega á Dios que, si yo me
arrepintiere deste propósito que os he manifestado, y quisiere tener
los indios y por el amor que me teneis quisiéredes dejármelos, ó de
nuevo dármelos y me oyéredes, aunque llore lágrimas de sangre, Dios sea
el que rigurosamente os castigue, y no os perdone este pecado. Sólo
suplico á vuestra merced, que todo ésto sea secreto y los indios no los
deis á ninguno hasta que Rentería venga, porque su hacienda no reciba
daño.» Así se lo prometió y lo guardó, y desde adelante tuvo en mucha
mayor reverencia al dicho Clérigo, y cerca de la gobernacion, en lo que
tocaba á los indios, y áun á lo del regimiento de su misma persona,
hacia muchas cosas buenas, por el crédito que cobró dél como si le
hobiera visto hacer milagros; y todos los demas de la isla comenzaron
á tener otro nuevo concepto dél que tenian de ántes, desque supieron
que habia dejado los indios, lo que por entónces y siempre lo ha sido
estimado por el sumo argumento que de santidad podia mostrarse; tanta
era y es la ceguedad de los que han venido á estas partes. Publicóse
aqueste secreto, de esta manera: que predicando el dicho Clérigo,
dia de la Asuncion de Nuestra Señora, en aquel lugar donde se dijo
que estaba, tractando de la vida contemplativa y activa, que es la
materia del Evangelio de aquel dia, tocando en las obras de caridad,
espirituales y temporales, fuéle necesario mostrarles la obligacion
que tenian á las complir y ejercitar en aquellas gentes, de quien tan
cruelmente se servian, y reprender la mision, descuido y olvido en que
vivian dellas, por lo cual, le vino al propósito descubrir el concierto
secreto que con el Gobernador puesto tenia, y dijo: «Señor, yo os doy
licencia que digais á todos los que quisiéredes cuánto en secreto
concertado habiamos, y yo la tomo para á los presentes decirlo.» Dicho
ésto, comenzó á declararles su ceguedad, injusticias, y tiranías, y
crueldades que cometian en aquellas gentes inocentes y mansísimas,
como no podian salvarse teniéndolos repartidos, ellos y quien se los
repartia la obligacion á restitucion en que estaban ligados, y que él,
por conocer el peligro en que vivia, habia dejado los indios, y otras
muchas cosas que á la materia concernian. Quedaron todos admirados y
áun espantados de lo que les dijo, y algunos compungidos, y otros como
si lo soñaran, oyendo cosas tan nuevas como eran decir, que sin pecado
no podian tener los indios en su servicio, como si dijeran que de las
bestias del campo no podian servirse no lo creian.



                            CAPÍTULO LXXX.


Esto predicado aquel dia, y despues muchas veces repetido en otros
sermones, cuando dello hablar ocasion se le ofrecia, viendo que aquella
isla llevaba el camino que llevó esta Española para ser en breve
destruida, y que maldad tan tiránica y de tantas gentes vastativa no
podia estirparse sino dando noticia al Rey, deliberó, como quiera
que pudiese, aunque no tenia un solo maravedí, ni de donde habello
sino de una yegua que tenia que podia valer hasta 100 pesos de oro,
ir á Castilla y hacer relacion al Rey de lo que pasaba, y pedirle
con instancia el remedio para obviar á tantos males. Asentado este
propósito, escribió á Pedro de la Rentería, su verdadero amigo y
compañero en las haciendas, que estaba, segun se dijo, en Jamáica,
como él tenia determinado de ir á Castilla por cierto negocio de
grande importancia, el cual era tal que le constreñia en tanto grado,
que si no se daba prisa en su venida sin esperallo se partiria, cosa
no imaginable para el bueno de Rentería. Y contaré aquí una cosa de
consideracion harto digna, ésta es, que como Rentería fuese siervo de
Dios, y de las calamidades de aquestas gentes muy compasivo, no dejaba
de pensar algunas veces en ellas y de los remedios que podian venirles;
el cual, estando toda una Cuaresma en un monasterio de Sant Francisco,
que á la sazon habia en aquella isla, en tanto que su despacho para
la de Cuba se concluia, y su ocupacion fuese darse á devocion, de la
cual era él harto amigo, vínole al pensamiento la aprension de aquellas
gentes, y la triste vida que padecian, y que sería bien procurarles
algun remedio del Rey, aunque no fuese á todos, al ménos á los niños
(porque sacallos á todos del poder de los españoles juzgábalo ser
imposible), de donde vino á dar en que se debia de pedir al Rey poder
y autoridad para hacer ciertos colegios, y allí recoger los niños todos
y doctrinarlos, los cuales al ménos se librarian de aquella perdicion
y mortandad, y se salvarian los que Dios tuviese para sí determinados.
Con este propósito y á este fin determinó de, volviendo á la isla de
Cuba, pasar á Castilla y pedir la dicha facultad al Rey; por manera que
ambos á dos compañeros, el Clérigo y el buen Rentería, que, cierto, era
bueno, tuvieron cuasi en un tiempo un motivo de compasion de aquestas
gentes, y se determinaron de ir á Castilla á procuralles remedio de sus
calamidades con el Rey, sin que el uno supiese del otro, ántes distando
200 leguas el uno del otro. Rescibida, pues, la carta del padre Casas,
Rentería dióse cuanta prisa pudo á se partir de la isla de Jamáica á
la de Cuba, el cual, llegando una legua ó dos del puerto donde acaeció
estar el Gobernador y el Padre clérigo con la demas gente, como vieron
venir la carabela, fué luégo el Clérigo en una canoa á rescibir á su
Rentería, y subido en la carabela y abrazados, como personas que bien
se querian, dijo Rentería: «¿Qué fué lo que me escribistes de ir á
Castilla? no habeis de ir vos sino yo á Castilla, porque á lo que yo
he determinado de ir es cosa que desque yo os la diga holgareis que
yo tome aquel camino.» Dijo el Clérigo: «Ahora bien, vamos á tierra y
desque yo os descubra cuál es el fin por qué deliberé ir á Castilla,
yo se que vos terneis por bien de no ir, sino que yo vaya.» Idos á
tierra y rescibido Rentería del Gobernador, y de todos visitado con
mucho placer, porque de todos era muy amado, llegada la noche, quedando
solos, acordaron de descubrirse la causa que cada uno pretendia de
su jornada, y, con una amigable contienda sobre quién diria primero,
concedió Rentería, como era muy humilde, descubrir su intento y el fin
dél ántes. «Yo, dijo él, he pensado algunas veces en las miserias y
angustias y mala vida que estas gentes pasan, y cómo todas cada dia,
como en la Española, se consumen y acaban, háme parecido que sería
piedad ir á hacer relacional Rey dello, porque no debe saber nada, y
pedille que al ménos nos diese licencia para hacer algunos colegios
donde los niños se criasen y enseñasen, y de tan violenta y vehemente
muerte los escapásemos.» Oido por el Padre clérigo su motivo y causa,
quedó admirado y dió gracias á Dios, pareciéndole que debia ser su
propósito, de ir á procurar el remedio destas gentes, divinalmente
ordenado, pues por un tan buen hombre como Rentería era, sin saber
dél, ántes, como se dijo, estando muy apartados, se le confirmaba;
el cual le respondió: «Pues sabed, señor y hermano, que no es otro
mi propósito sino ir á buscar el total remedio destos desventurados,
que así los vemos perecer, no advirtiendo su perdicion y nuestra
condenacion, insensibles hechos como hombres ciegos é inhumanos, porque
sabed que yo he mirado mucho y estudiado esta materia desde tal dia,
que estaba para predicar en tal parte, y hallo que ni el Rey, ni otro
poder que haya en la tierra, puede justificar en estas Indias nuestra
tiránica entrada, ni estos repartimientos infernales donde les matamos
y asolamos estas tierras, como parece en la isla Española, y en la
de Sant Juan, y Jamáica, y todas las de los Lucayos, y para ésto,
allende que los mismos efectos que de nuestras obras han salido y cada
dia salen, condenan nuestra tiranía y maldad, pues á tantas gentes
inocentes habemos echado en los infiernos sin fe y sin Sacramentos
con tan grandes estragos, tengo esta razon y ésta, y ved aquí ésta y
éstas autoridades, y baste decir, en suma, que todo cuanto hacemos y
habemos hecho es contra la intencion de Jesucristo, y contra la forma
que de la caridad en su Evangelio nos dejó tan encargada, y á todo
contradice, si bien lo mirais, toda la Escritura Sagrada; y sabed que
lo he predicado, y ésto y ésto ha pasado, y Diego Velazquez y muchos de
los que me han oido están harto suspensos y compunctos algo, mayormente
viendo que los indios he dejado, por donde juzgan que no me he movido
en valde.» Lo cual como el bueno de Rentería oyese, fué lleno de todo
gozo y alegría, y admiracion, y dió gracias á Dios, porque le parecia
que tambien su buen motivo y deseo abundantemente se le confirmaba, y
dijo desta manera al Padre: «Agora digo, Padre, que no yo, sino vos,
habeis de ir, é conviene que vayais á Castilla, y representeis al Rey
todos los males y perdicion destas gentes, que acá pasan, y pidais el
remedio necesario, pues sabreis mejor fundar lo que dijéredes como
letrado, y para ello tomad nuestra hacienda y de todo lo que yo en esa
carabela traigo, y háganse dineros los que se pudieren haber, y llevad
con que podais estar en la corte todo el tiempo que fuere necesario
para remediar estas gentes, y Dios, nuestro Señor, sea el que siempre
os encamine y mampare.» Traia en la carabela muchos puercos y puercas,
y pan caçabí, de que habia entónces, como arriba está dicho, en aquella
isla gran necesidad, y, de maíz y otras cosas que valian, harto;
de lo cual y de lo que más tenian de presente se hicieron algunos
dineros que llevó el Padre en buena cantidad, conque pudo estar en la
corte los años que abajo parecerá, puesto que, con mucho ménos que
despues, que sucedió la careza en aquellos reinos, podian los hombres
en ellos pasar. Habíanse descubierto unas minas ricas en la provincia
Cubanacan, que está á la mar del Norte, que quiere decir en la mitad
de Cuba, y porque eran ricas, determinó Diego de Velazquez que las
gozasen sólos los del Consejo del Rey, como el obispo de Búrgos y el
secretario Conchillos, y los demas, por cuya causa reservó todos los
pueblos comarcanos de indios de aquellas minas, para dárselos que les
sacasen oro, y así aplicó á uno 30 y á otro 40, segun más propíncuo ser
él entendia, donde al cabo todos perecieron. En este tiempo vinieron
aportar muchos caballeros aquella isla, y donde Diego Velazquez estaba,
del Darien, de los que habia llevado Pedrárias, hambrientos y perdidos,
y allí se les dió de comer, algunos de los cuales fueron despues
crudelísimos para los indios.



                            CAPÍTULO LXXXI.


En estos dias fueron enviados por el reverendo fray Pedro de Córdoba,
de quien arriba mucho hablamos, desta isla Española á la de Cuba,
cuatro religiosos, sacerdotes los tres, y el uno diácono de su órden
de Sancto Domingo, personas señaladas en vida y letras, llamados fray
Gutierre de Ampudia, por Vicario dellos, persona de gran virtud y
religion, fray Bernardo de Sancto Domingo, muy docto y muy religioso,
fray Pedro de Sant Martin, buen predicador, y fray Diego de Alberca,
diácono, los cuales fueron enviados y ellos iban con gran propósito y
celo de predicar y convertir las gentes de aquella isla. Fué grande
el placer que Diego Velazquez, Gobernador, hobo de su venida, pero
mucho mayor fué el gozo y consolacion que el padre Casas rescibió de
vellos; lo uno, porque siempre fué devoto de religiosos, y en especial
de los de Sancto Domingo, y lo otro, por autorizar su doctrina en lo
que habia predicado contra la opresion y servidumbre que padecian
aquellas gentes, que por muy nueva y rigurosa se tenia, y esperaba que,
como letrados y de mucha autoridad, se la favorecerian y aprobarian,
y si mucho gozo el dicho Padre rescibió con la llegada de los dichos
religiosos, no ménos fué la que hobieron ellos de hallar clérigo que
les diese noticia de la tierra, y de las obras de los españoles, y de
las cosas della, mayormente desque supieron que trataba de defender
la libertad de los indios, y reprender la servidumbre y tiranía que
padecian; y, cierto, les pareció que les habia proveido Dios lo que
habian menester, como si les hobiera enviado un ángel del cielo. Y
porque llegaron en Cuaresma, cuatro dias ántes del Domingo que dicen
de Lázaro, ó _Dominica in Passione_, dió el clérigo Casas lugar que
predicasen los dos de los religiosos, que eran predicadores, y no
quiso predicar hasta las octavas de Pascua; predicó luégo, otro dia
que llegaron, el padre fray Bernardo de Sancto Domingo, que era el más
letrado, y tomó por tema _Operibus credite_, porque aquel Evangelio en
aquel dia se cantaba, y en el sermon dió á entender á los españoles la
caridad con que la Órden se habia movido á los enviar, por provecho
y utilidad espiritual dellos, y en testimonio desto creyesen á las
obras, que eran venir de España y ir desta isla á aquella con muchos
trabajos. Predicaron despues por la Semana Santa y la Pascua, y fueron
sermones que á todos edificaron y contentaron. Para las octavas de
Pascua, rogaron al Padre clérigo que predicase, porque deseaban oille;
aceptólo él, y para que la doctrina que por siete ú ocho meses habia
contra la opresion de los indios predicado se rectificase, porque unos
no lo creian que oprimir y matar hombres fuese pecado, otros dudaban,
otros burlaban, otros murmuraban, recogió todas las proposiciones que
cerca de aquella materia en todo aquel tiempo habia predicado, y las
más ásperas y rigorosas, y todas juntas las tornó en presencia de los
religiosos á repetir y afirmar con más vehemencia y libertad que ántes
las habia dicho. Los religiosos quedaron admirados de su hervor y cuán
sin temor afirmaba cosa tan nueva, y para ellos tan amarga, diciéndoles
que en aquel estado no se podian salvar; estuvieron juntamente los
religiosos gozosos, viendo que hobiese clérigo que, lo que ellos de
aquella materia sentian y predicaban, predicase tan libremente por
verdad, y fué grande la estima que dél tuvieron y el amor que le
mostraron, el cual les informó de las matanzas que habian los nuestros
en los indios perpetrado, el ansia de la cudicia en que por haber oro,
con el inestimable daño y riesgo de la vida de los indios, se ocupaban,
las criaturas, niños y mujeres que, por el hambre y trabajos, cada dia
perecian, con todo lo demas que al mal estado que la isla tenia tocaba.
Fuéles aquesta informacion del padre Casas, como de quien lo habia
todo bien visto, á los religiosos grande ayuda para en breve conocer
haber sido de su fin, que era la predicacion y conversion de aquellas
gentes, defraudados, y para lo que de sí debian disponer determinarse.
Mostró ciertos sermones escritos al dicho padre fray Bernardo, que
ántes que viniesen habia contra la dicha tiranía predicado, y díjole
con juramento que si supiera que en aquella isla habia persona que
aquello predicaba que nunca á ella asomara, porque, pues por aquella
doctrina no se enmendaban ni dejaban de matar, no esperaba él con sus
sermones aprovecharles algo. Predicó luégo el siguiente domingo el
mismo padre fray Bernardo, y tomó por tema _Ego sum pastor bonus_,
aplicando todo su sermon á dalles á entender que no eran pastores de
aquellas gentes, sino mercenarios y tiranos y lobos hambrientos que
las despedazaban y tragaban; quedaron los nuestros españoles de aquel
sermon harto espantados y turbados, aunque no enmendados. Y como
viesen y oyesen cada dia los religiosos que con ninguna misericordia
los indios eran tractados, y que perecian de golpe á manadas, predicó
el dicho padre fray Bernardo, dia de la Santísima Trinidad, y hizo
un sermon tan conminatorio y terrible, que hizo áun al mismo Clérigo
temblar las carnes, diciendo entre otras palabras: «Ya os habemos
predicado, despues que vinimos, el estado malo en que estais, por
oprimir, y fatigar, y matar estas gentes; no sólo no os habeis querido
enmendar, pero, segun tenemos entendido, cada dia lo haceis peor,
derramando la sangre de tantas gentes sin haberos hecho mal; yo pido
á Dios que la sangre que por ellos derramó sea juez y testigo contra
vuestra crueldad, el dia del juicio, donde no terneis excusa alguna,
pretendiendo ignorancia de que no se os dijo y requirió, declarándoseos
la injusticia que haceis á estas gentes, y vosotros mismos sois de
vuestras obras testigos y sereis de las penas que por ellas os están
por venir.» Añadió otras muchas palabras para exasperacion de aquella
tiranía, de lo cual quedaron todos harto tristes, las cabezas todas
caidas, pero no que quedase alguno convertido. Y acaeció allí luégo un
terrible caso, que el dia de Corpus Christi siguiente, que es cuatro
dias despues del domingo de la Santísima Trinidad, lidiaron un toro
ó toros, y entre otros españoles habia uno allí, llamado Salvador,
muy cruel hombre para con los indios, el cual fué vecino de una villa
llamada el Bonao, en esta isla, 20 leguas la tierra dentro del puerto
y ciudad de Sancto Domingo, y tractaba tan mal los indios que tenia
que lo tenian por diablo; del cual se dijo que estando un fraile de
Sant Francisco predicando á aquellos sus indios ó á otros, de como Dios
era Salvador del mundo, y que era bueno, y hacia bien á los hombres,
comenzaron á escupir é blasfemar del Salvador, afirmando que no era
sino muy malo y cruel hombre que los afligia y mataba, estimando que
el religioso les loaba á aquel pecador, Salvador. Así que aqueste
Salvador pasó desta isla á la de Cuba, donde tambien comenzó á usar de
sus crueldades con los indios, y se halló aquel dia de Corpus Christi
con los otros que dije haber lidiado los toros, y viniendo, despues
de lidiados, todos juntos saltando y holgándose, y él entrando en su
posada echóse hablando y riendo á descansar sobre una arca, y así como
se echó dió un grito diciendo ¡ay!, y súbitamente espiró. Muerte fué
que espantó á muchos, pero ninguno se enmendó, y algunos la tuvieron
por misterio y señal que quiso Dios mostrar aprobando la protestacion
del padre fray Bernardo, que el dia de la Santísima Trinidad habia
hecho, por la sangre humana que habia aquel derramado, y que en dia del
Cuerpo y Sangre de Jesucristo fuese castigado. Luégo los religiosos
determinaron que el Vicario suyo y padre fray Gutierre de Ampudia
volviese á esta isla Española, con el Clérigo que determinaba ir á
Castilla, para dar noticia y razon á su Prelado mayor que era el dicho
padre venerando fray Pedro de Córdoba, viendo que ningun provecho
esperaban hacer en aquella isla á los indios ni á los españoles, á
los indios por la opresion mortífera que padecian, ni á los españoles
juzgándolos por de mal estado é indignos de los Santos Sacramentos
de la Iglesia, pues por sus cudicias consumian la gente de aquella
isla, y no dudaban que la habian de despoblar como habian hecho,
algunos dellos y otros, esta. Y porque consideró el dicho Clérigo que
se ponia en negocio por el cual habia de ser odiosísimo á muchos á
quienes tocaba, así á los del Consejo del Rey que tenian indios en
estas islas, como á todos los españoles que vivian en ellas, y por
consiguiente habian de blasfemar dél y quizá levantarle testimonios
falsos, mayormente decir que repugnaba al servicio del Rey, hizo una
peticion á un Alcalde que interpusiese su autoridad á una probanza
que queria hacer, _ad perpetuam rei memoriam_, de los servicios que
en aquella isla habia hecho á Dios y al Rey, en tres ó cuatro años
que en ella habia estado, conviene á saber, apaciguando todas las
más provincias della cuanto á los indios, predicando, baptizando, y
confesando y celebrando cuanto á los españoles, para que si en algun
tiempo quisiese pedir al Rey mercedes sus servicios al Rey constasen;
la cual hizo muy copiosa y echó fama que se iba á París á estudiar y
graduar, y con esta disimulacion quedaron todos, Diego Velazquez y los
demas españoles, descuidados, y así se partieron el dicho padre fray
Gutierre, con un compañero, que fué fray Diego de Alberca, diácono, y
con el Clérigo, dejando los otros dos religiosos, fray Bernardo y fray
Pedro, hasta que otra cosa el Vicario general, fray Pedro de Córdoba,
proveyese. Llegaron todos tres, los dos religiosos y el Clérigo, al
puerto de la Yaguana, que es en esta isla, y de allí á villa de la
Vera Paz, ó Xaraguá, que áun no estaba despoblada, donde el padre
fray Gutierre se halló algo indispuesto de una calentura, y, porque
no se hallaron tan presto cabalgaduras para todos tres, acordóse que
se fuese el padre fray Gutierre, cabalgando, por estar enfermo, y el
compañero á pié, camino de la villa de Sant Juan de la Maguana, que
estaba de allí 30 leguas, y que el Clérigo, en hallando cabalgadura,
iria tras ellos. Y fueron tantos los dias que no se pudo partir, que,
creyendo que no los podia alcanzar, acordó de ir por otro camino más
breve, que se llamaba el de Careybana, que iba á se juntar con el otro
de Sant Juan de la Maguana en la villa de Açua, 20 leguas de la dicha
villa de Xaraguá ó Vera Paz. Yendo, pues, el padre fray Gutierre con su
compañero hácia Sant Juan de la Maguana, á dos ó tres jornadas salidos
de Xaraguá, agravósele el mal, y llegados á una venta ó hato de vacas
no pudo pasar adelante, y, queriéndole Dios dar el pago de sus trabajos
y virtud, creciéndole su mal estaba muy penado porque no llegaba el
clérigo Casas, su compañero, para se confesar. El cual, estando en esta
tristeza, consólole Dios, con que acaso llegó un clérigo que era cura
del mismo pueblo de Xaraguá, que venia de la ciudad de Sancto Domingo,
con el cual se confesó y consoló, y luégo desde á poco dió el ánima á
quien la crió. Túvose aquella llegada de aquel cura, en tal tiempo y
necesidad, por obra muy cierta de Dios que le quiso galardonar lo mucho
que le habia servido en oir confesiones, á lo cual era muy dedicado con
mucho celo y devocion, y así ordenó nuestro Señor que á aquel, para su
consuelo en el artículo de la muerte, no faltase quien le confesase; de
donde parece, que no sólo tiene Dios cuidado de remunerar á sus siervos
en la otra vida, segun lo que en ésta por su amor trabajan, pero
tambien consuela en ella por la misma órden que le agradan, como á los
malos en este y en el otro mundo dá de sus obras la paga. A esta sazon
envió Diego Velazquez á Pánfilo de Narvaez, por procurador de aquella
isla, á Castilla, para que les diesen los indios perpétuos, segun creí,
é alcanzar otras mercedes, y á vueltas dellas que le hiciese Gobernador
della, _inmediate_ á él y no al Almirante, segun despues se dijo.



                           CAPÍTULO LXXXII.


En este tiempo que bullia la riqueza de aquella isla, presentó el
Rey para Obispo della á un su predicador, fraile de Sancto Domingo,
llamado fray Bernardo de Mesa, de quien arriba en los capítulos 9.º
y siguientes hablamos, el cual nunca fué á ella, ó porque el Rey en
breve murió, ó porque como habia dado parecer contra los indios no
acertado, por creerse fácilmente de las falsedades de los tiranos, de
gozar del gran fructo que allí pudiera hacer, si acertara en defender
sus ovejas y doctrinallas, fué indigno. Salido el padre fray Gutierre,
con su compañero y el clérigo Casas, de la isla de Cuba, cresció la
crueldad inhumana que los nuestros usaban con las gentes della cada dia
más y más; los opresos indios, viéndose cada dia morir, comenzaron á
huir de las minas y de los otros trabajos en que los mataban de pura
hambre, y contino y excesivo tormento y trabajo; los españoles, que
para los tener siempre en servicio clavados no les faltan medios y
mañas, procuraron de por muchas maneras irlos á montear, entre otras,
comenzaron á criar lebreles y perros bravos que los despedazaban,
de los cuales, por huir é no vellos, vivos se enterraran. Pasábanse
huyendo á las isletas de que la isla está cercada de una parte y de
otra, digo de la del Sur y del Norte, que dijimos llamarse el Jardin
de la Reina y el Jardin del Rey, de donde los traian, y trayendo los
afligian, angustiaban y amargaban y ejercitaban en ellos, para que
escarmentasen y no se huyesen, castigos y crueldades estrañas. Viéndose
los infelices, aunque inocentes, que por ninguna parte podian remediar
ni obviar á su perdicion, ni de la muerte, y muertes dobladas tan
ciertas y horrendas, escaparse, acordaron de ahorrar al ménos de la
una, que por ser tan luenga tenian por más intolerable, y esta era la
vida, que muriendo vivian, amarga, por salir de la cual comenzáronse
de ahorcar; y acaeció ahorcarse toda junta una casa, padres y hijos,
viejos y mozos, chicos y grandes, y unos pueblos convidaban á otros
que se ahorcasen porque saliesen de tan diuturno tormento y calamidad.
Creian que iban á vivir á otra parte donde tenian todo descanso, y
de todas las cosas que habian menester abundancia y felicidad, y así
sentian y confesaban la inmortalidad del ánima, y esta opinion por
todas las Indias la habemos hallado, lo que muchos ciegos filósofos
negaron. De un español, que yo cognoscí bien cognoscido, se dijo
que por su crueldad se habian muerto en esta isla Española, con el
agua ó zumo de la yuca (que, segun en nuestra Apologética Historia
dijimos, es ponzoñosa bebiéndola cruda), cantidad de indios, y despues
pasado á la de Cuba, por salir de su infernal servidumbre, se habian
ahorcado muchos más. Tambien por una mujer española, segun era cruel,
se ahorcaron allí muchos indios, aunque, si no me he olvidado, ántes
que una manada dellos se ahorcasen la mataron. Era tanta la gente
que tomaba sabor en ahorcarse por salir de aquellos trabajos, que
ya los españoles se hallaban burlados, y de sus crueldades les iba
pesando, porque no les quedaba ya quien, en las minas y en las otras
sus invenciones de adquirir oro, ellos matasen. Acaeció en estos dias
un señalado caso y fué aqueste, que saliendo cierto número de indios
de casa ó estancia, ó de las minas, de cierto español que los tenia
encomendados, afligidos y desesperados, con determinacion de todos
en llegando á su pueblo se ahorcar, entendido por él, va corriendo
tras ellos, y con mucha disimulacion, ya que estaban aparejando sus
sogas, díceles: «buscáme para mí una buena soga, porque me quiero con
vosotros ahorcar, porque si vosotros os ahorcais ¿para qué quiero yo
vivir sin vosotros acá, pues me dais de comer y me sacais oro? quiero
irme allá con vosotros, por no perder lo que me dais;» los cuales,
creyendo que áun con la muerte no lo podrian desechar, sino que en
la otra vida los habia de mandar y fatigarlos, acordaron de no se
matar, sino por entónces quedarse. Finalmente, destas y otras muchas
maneras fatigados y trabajados, al cabo los destruyeron y acabaron
harto más presto que en otras partes, y quedó aquella isla como ésta
y las otras despoblada como lo está. Viendo los españoles que se les
iban todos acabando, no tomaron por remedio aflojar en sus cudicias, y
moderarles las angustias y trabajos, sino el que en aquesta Española
tomaron, éste fué, del oro que con la sangre de aquella gente habian
allegado, hacer armadas de dos y de tres navíos para ir á las islas de
los Lucayos ó Yucayos, y otras cercanas de tierra firme, á saltear,
y de aquellos inocentes corderos que estaban en sus tierras y casas
seguros, sin hacer mal á nadie, traer barcadas. Acaecieron en estas
armadas casos nunca vistos, ántes señalados, por los cuales mostraba
Dios no ser santos aquellos pasos ni á su divina y rectísima voluntad
agradables; destos, abajo, placiendo á Dios, algunos se referirán. En
este año de 1515 partió de Cáliz, ó del Puerto, Juan de Solís, piloto
y gran marinero, con tres navíos, para ir á descubrir desde el cabo de
Sant Agustin, que agora llaman la costa del Brasil los portugueses,
adelante hácia el Mediodia, el cual fué costeando y pasó la línea
equinoccial 30° y más, descubriendo aquél el rio que agora dicen de la
Plata, no sé por qué ocasion, el cual nombró el dicho Juan de Solís el
cabo y rio de Sancta María. Saltó el dicho Juan de Solís con ciertos
marineros, los que pudieron caber en la barca ó batel del navío en que
iba, en cierta parte de aquella costa; los indios lo mataron y díjose
que los comieron. Yo no sé cómo pudieron ver que los habian comido,
pues no osaron parar los demas por aquella tierra, si quizá no los
comieron en la misma costa de la mar y que desde los navíos los viesen.
Por la muerte de aquél piloto siempre oí decir no convenir que fuese
por Capitan principal de la flota ó navíos que fuesen á descubrir, ó á
poblar ó á otro algun viaje, marinero, porque, no llevando superior,
los marineros presumen de se señalar y aventúranse á perderse á sí
mismos como hizo éste, y por consiguiente á los otros; y creo que nació
esta murmuracion de que por la muerte de aquel Solís sucedió gran daño
á todos los otros navíos y gente que iba en ellos, por faltarles la
cabeza y principal piloto. Cargaron los navíos que restaron de brasil,
que es cierta madera con que tiñen los paños de rosado ó colorado, y
tornáronse, no sé cuántos, á España, no muy alegres ni prosperados.



                           CAPÍTULO LXXXIII.


Tornando á proseguir la historia y camino del clérigo Bartolomé de las
Casas, digamos que, llegado á la ciudad de Sancto Domingo con deseo
de hablar é dar cuenta de su propósito al egrégio padre fray Pedro de
Córdoba, halló que era embarcado en un navío y salido del puerto con
ciertos otros religiosos de su Órden, en prosecucion de la licencia
y favor que el Rey católico le habia concedido para ir á predicar á
las gentes de la tierra firme; iban tambien con él ciertos religiosos
de Sant Francisco, extranjeros, creo que de Picardia, de los cuales
habian venido algunos á estas islas, con celo de predicar la fe á las
gentes dellas. Estos le rogaron que les diese lugar para ir con él y
ayudalle en la dicha conversion ó predicacion; holgó mucho el padre
fray Pedro de Córdoba de los admitir á aquel su apostolado, porque
siempre procuró de conservar el amistad caritativa entre ambas á dos
Órdenes. Salidos del puerto, sucedióles tan grande tormenta de viento
contrario, que les hizo volver la proa al puerto, pero como del mismo
puerto ventase otro viento terrible, adverso, y la corriente del rio
fuese impetuosa, y las olas de la mar con ella peleasen, toda la
ciudad que los estaba mirando los tenia por ahogados. Acudieron muchas
barcas y bateles á socorrellos, más para que si el navío se anegase,
recoger la gente que pudiese llegar á las barcas, que con pensamiento
de que la nao ó navío se podia escapar. Estando en este peligro, dijo
el padre fray Pedro al principal de los frailes Franciscos, en latin
porque no entendia nuestro romance: _Pater, hodie oportet nos hic mori
pro Christo_. Respondió el buen religioso Francisco: _Sit nomen Domini
benedictum_. Viendo los religiosos que estaban en el monasterio á su
padre fray Pedro, que estaba para perecer, hacian grande oracion llena
de lágrimas delante el Santísimo Sacramento, y toda la ciudad rogaba
con gran instancia á nuestro Señor que los salvase; finalmente, plugo
á la bondad y misericordia de Dios, que aflojó algo el viento que
ventaba del puerto, que los impedia entrar, y entraron con grandísimo
peligro, teniéndose su entrada por milagro. De los barcos ó bateles
que salieron á socorrellos, ó de los que habian salido á pescar, creo
fué uno ó dos los que se perdieron, y ahogáronse algunas personas, ó
que no sabian nadar, ó que la resaca, que son las olas que quiebran en
las peñas ó en la ribera, los impidieron que no llegasen á tierra y
escapasen. Pasados algunos dias fué á visitar el clérigo Casas al dicho
padre fray Pedro de Córdoba, y á darle parte de su venida de la isla
de Cuba, y propósito, que era ir á Castilla á informar al Rey de la
perdicion de las gentes de aquella isla, y de como llevaban el camino,
para fenecer todos en breve, que llevaron los desta isla Española.
Cuéntale los estragos y matanzas y opresiones que por sus ojos habia
visto, y como se habia convertido cayendo en el mal camino que como los
demas llevaba, y lo que á los españoles habia predicado y el estado de
perdicion en que los dejaba, y como el padre fray Gutierre de Ampudia,
viendo la poca esperanza que los religiosos que habia enviado consigo
á aquella isla tenian de que se enmendarian ni cesarian de matar
aquellas gentes, acordó de venir á dalle parte dello para ver lo que
mandaba, el cual en el camino habia fallecido, como ya el compañero
fray Diego de Alberca le habia dicho. El padre fray Pedro de Córdoba
le loó mucho su obra y su propósito, y se holgó de cognoscerle, y más
porque siendo clérigo le hobiese Dios inspirado verdad tan cierta,
en que tantos de todas profesiones y estados erraban, y animóle á la
prosecucion de su propósito, y entre otras palabras le dijo estas:
«Padre, vos no perdereis vuestros trabajos porque Dios terná buena
cuenta dellos, pero sed cierto, que, miéntras el Rey viviere, no
habeis de hacer, cerca de lo que deseais y deseamos, nada.» Entendida
la causa, no se creyó ser otra sino que, como el Rey tenia tanto
crédito del obispo de Búrgos, y del secretario Lope Conchillos, y éstos
estaban errados, aunque arraigados en aquel error, que los españoles
podian sin ningun escrúpulo de conciencia tener los indios repartidos
y servirse dellos, parecíale ser imposible de aquella falsa opinion
desarraigallos, mayormente teniendo ellos mismos y otros del Consejo
del Rey tantos indios. El clérigo Casas, puesto que le pesó de oir tal
palabra, pero no por eso desmayó, porque pareció que Dios le daba y
dió celo y deseo de procurar el remedio de aquellos desdichados, y con
ello gran perseverancia, y así respondió al Padre: «Padre, yo probaré
todas las vías que pudiere, y me porné á todos los trabajos que se
me ofrecerán, por alcanzar el fin de lo que he comenzado, y espero
que nuestro Señor me ayudará, y cuando no lo alcanzase habré hecho lo
que debia, como cristiano, vuestra reverencia me encomiende á Dios y
haga siempre encomendar.» Rescibió mucho placer y gozo el padre fray
Pedro de verle con tan buen ánimo, y desde allí le comenzó á mucho
amar, y fué creciendo cada dia, como parecerá, en tanto grado, que no
se cree haber amado más á ninguno de sus frailes; y porque padecian
grandes necesidades los religiosos en aquella casa, por su mucha
pobreza, mayormente por no tenerla hecha, sino un pedazo, acordó de
enviar á Castilla, en el navío que iba el Clérigo, al padre fray Anton
Montesino, el que arriba dijimos haber predicado primero, contra esta
tiránica maldad, hombre bueno y de conato y eficacia, para que pidiese
al Rey limosna para hacer la iglesia y casa, y tambien para que, si se
le ofreciese ocasion, al Clérigo, pudiendo, ayudase. Y así, por el mes
de Setiembre del año de 1515 se embarcó el Clérigo, y el dicho Padre,
con otro compañero suyo, en una misma nao, los cuales, por la gracia
de Dios, llegaron á Sevilla, con próspero viaje; fuese á su monasterio
el padre fray Anton Montesino, con su compañero, y el Clérigo á casa
de sus deudos, por ser de allí natural, y en pocos dias se dió priesa
y despachó para la corte, que á la sazon en Plasencia estaba. El
arzobispo de Sevilla, don fray Diego de Deza, de la órden de Sancto
Domingo, á quien el Rey católico mucho amaba, le habia escripto que se
fuese Su Alteza á Sevilla, porque era buena tierra para viejos, y como
el Rey andaba ya muy enfermo, acordó desde Búrgos irse allá. El padre
fray Anton Montesino dió noticia al Arzobispo del dicho padre clérigo
Casas, y los buenos deseos que tenia y cuán adelante estaba en la
defensa de los indios, y de la verdad que los frailes de Sancto Domingo
defendian, y el mismo padre fray Anton habia primero, de parecer de
todos los frailes, predicado, como en el cap. 4.º fué declarado.
Llevólo á que besase al Arzobispo las manos, rescibiólo con alegría, y
dióle carta para el Rey, acreditando su persona y negocio, suplicándole
lo oyese, y para otras personas de la Cámara que le diesen lugar y
favor para que al Rey hablase. Salidos de aquesta isla el Padre dicho
y el Clérigo, el padre fray Pedro de Córdoba, prosiguió su viaje para
tierra firme, con cuatro ó cinco religiosos de su Órden, muy buenos
sacerdotes, y un fraile lego, y tambien con los de Sant Francisco; los
cuales, puestos en tierra firme, á la punta de Araya, cuasi frontero
de la Margarita, desembarcáronlos con todo su hato, y dejáronlos allí
los marineros. Los franciscos y dominicos hicieron muchas y afectuosas
oraciones, y ayunos y disciplinas, para que nuestro Señor les alumbrase
dónde pararian ó asentarian, y, finalmente, los franciscos asentaron
en el pueblo de Cumaná, la última aguda, y los dominicos fueron á
asentar 10 leguas abajo, al pueblo de Chiribíchi, la penúltima luenga,
al cual nombraron Sancta Fe. Los indios los rescibieron con grande
contentamiento y alegría á todos ellos; los dominicos, en especial,
estuvieron sobre aviso de no ser onerosos en cosa alguna á los indios,
y así fué admirable el trabajo y trabajos que padecieron en hacer su
monasterio, cortando la madera y las vigas trayéndolas á cuestas,
haciendo hornos de cal, y acarreando la piedra, y todo lo demas que
para su edificio era menester. Creo llevaron un rocin y un carreton que
les fué harta ayuda; llevaron un chinchorro, que es una red, y con el
pescado que con él tomaban se mantenian. El pan de maíz les daban los
indios, los cuales se holgaban con la compañía de los frailes, por el
pescado que del chinchorro habian, y por el poco enojo que les daban y
ningun trabajo en que los ponian; llevaron el camino de Sant Pablo, que
manda Jesucristo, por no poner al Evangelio algun ofendículo.



                           CAPÍTULO LXXXIV.


Llegó á Plasencia el Clérigo, donde el rey Católico á la sazon estaba,
pocos dias ántes de Navidad del año mismo de 1515, y como sabia que el
obispo de Búrgos y el secretario Conchillos tenian indios, y tantos, en
todas estas cuatro islas, Española, Cuba, Jamáica y la de Sant Juan,
creyendo que le habian de contradecir, no curó de hablalles, sino de
negociar de hablar al Rey y dalle la carta del arzobispo de Sevilla,
y sobre ella del fin de su venida informalle. Lo cual hobo efecto, y
una noche, víspera de la víspera de la Natividad de nuestro Redentor,
habló al Rey bien largo, hízole relacion del fin de su venida, que era
notificalle la perdicion destas tierras y muertes violentas de las
gentes naturales dellas, y de las maneras como los españoles por sus
cudicias las mataban, y como perecian todas sin fe y sin Sacramentos,
y que, si con brevedad Su Alteza no acudia con el remedio, todas
en breve quedarian desiertas. Testificando que él habia visto las
grandes ofensas que á Dios se hacian en ello, y áun en menoscabo no
comparable de sus rentas, y que, porque este era negocio que mucho
importaba á su Real consciencia y hacienda y era necesario informar á
Su Alteza muy en particular cerca dello, para que lo que se arriesgaba
en no remediarlo á Su Alteza constase copiosamente, le suplicaba que
cuando fuese servido le diese larga audiencia. Respondióle el Rey,
que le placia dársela, y que en un dia de aquella Pascua lo oiria; y
dada la carta del arzobispo de Sevilla, besóle las manos y fuese. La
cual luégo envió al secretario Conchillos, y, creo, sin vella, como
cosa que tocaba á los indios, y por ella se descubrió la celada de
lo que el padre Casas pretendia, de que no rescibió Conchillos ni el
obispo de Búrgos, á lo que se creyó, mucha alegría. Creyóse tambien
que Diego Velazquez sospechó de que el dicho Clérigo le podria hacer
algun daño, diciendo al Rey algo de lo que en aquella isla pasaba,
y tambien al Almirante, cuyo Teniente él era; escribió al tesorero
Pasamonte, y el Tesorero á Conchillos, y al obispo de Búrgos, acerca de
lo que habia predicado contra los que tenian indios ó que favorecian
las cosas del Almirante (lo cual yo más creo, y en ello mostraba su
desagradecimiento si ésto escribió, pues el Almirante lo envió á
aquella isla, y le hizo della su Teniente), de donde sucedió no ser
grato al Obispo y á Conchillos tambien, aunque lo disimuló mejor
Conchillos que el Obispo, el dicho clérigo Bartolomé de las Casas.
Entre tanto acordó de hablar al confesor del Rey, fraile de Sancto
Domingo, llamado fray Tomás de Matiencio, como arriba queda declarado,
y dalle parte de la opresion y tiranía que padecian los indios, y
de sus calamidades, juntamente de la contradiccion que temia que el
Obispo y Conchillos y los demas del Consejo le harian, por tener
tantos indios, y con ellos tan gran interese, aunque eran los que
más cruelmente eran tractados, afirmándole convenir que el Rey sólo
debia entender este negocio primero y que al Obispo ni á Conchillos,
ni á los que del Consejo los tenian convenia que se les diese parte.
Habló el confesor al Rey notificándole los males é injusticias que
en estas islas se perpetraban, y la disminucion por ellos que venia
en los indios, y todo lo demas que el Clérigo afirmaba; y porque el
Rey determinó de se partir para Sevilla el dia de los Inocentes,
cuarto dia de Pascua de la Natividad, dijo al confesor, que pues
allí no habia lugar de oille, que le dijese de su parte que se fuese
á Sevilla, y que allí le oiria despacio, y pornia remedio en todos
aquellos agravios y daños. Y añidió el confesor, que le parecia que
debia dar parte al Obispo principalmente, y á Conchillos, é informalles
de los daños que padecian aquellas gentes, y como aquestas tierras
se despoblaban y de los remedios como eran tan necesarios; porque al
fin aqueste negocio habia de venir á las manos dellos, y era bien
tenellos informados, y quizá con las lástimas que de los indios contaba
blandearan. El cual, puesto que contra su voluntad, y teniendo por
cierto que como hubiese interese de por medio padeceria el negocio
grandes dificultades, todavía, viendo que pues el confesor se rendia,
era menester al Obispo y á Conchillos hablalles, acordó ir á tentallos.
Fué primero al secretario Conchillos, el cual como sabia ya á lo que
venia, por la carta del Arzobispo para el Rey, lo rescibió muy bien,
y con palabras muy dulces comenzó á hacerle una manera de halagos,
y en tanto grado con él allanarse, que pudiera el Clérigo bien
animarse á pedille cualquiera dignidad ó provecho en estas Indias, y
él dársela; pero, así como la divina misericordia tuvo por bien de
sacarle de las tinieblas en que como todos los otros, perdido andaba,
y á lo que despues pareció le eligió Dios para con increible conato
y perseverancia declarar y detestar aquella pestilencia tan mortal,
que tanta disminucion y extrago ha hecho en la mayor parte del linaje
humano, así misericordiosamente obró con él quitándole toda cudicia,
de cualquiera bien temporal particular suyo: poco le movieron las
caricias y blanduras de Conchillos, y la esperanza que dellas pudiera
el Clérigo tomar, para dejar de proseguir el propósito que Dios le
habia inspirado. Determinóse tambien de hablar al Obispo por seguir el
parecer de dicho confesor, y una noche, pidiéndole audiencia, refirióle
por una memoria que llevaba escripta, algunas de las crueldades que
se habian hecho en la isla de Cuba, en su presencia, entre las cuales
le leyó la muerte de los 7.000 niños en tres meses, como arriba queda
relatado; y agraviando mucho el Clérigo la muerte de aquellos inocentes
por caso extraño, respondió el señor Obispo (siendo el que todo lo
destas Indias gobernaba): «Mirad qué donoso necio, ¿qué se me dá á mí
y qué se le dá al Rey?» por estas mismas y formales palabras. Entónces
el Clérigo alza la voz y dijo: «¿Que ni á vuestra señoría ni al Rey
que mueran aquellas ánimas no se dá nada? ¡oh gran Dios eterno! y ¿á
quién se le ha de dar algo?» y diciendo ésto sálese. No faltaron allí
presentes algunos de sus criados, que habian estado en estas Indias,
que, en disfavor del Clérigo, al Obispo lisongearon, á los cuales
permitió Dios despues que se ingiriesen en negocios donde hicieron á
estas gentes hartos daños, para quizá todo junto, con los disfavores
que dieron al Clérigo, en la otra vida lo pagasen; y áun en esta fueron
infelices al cabo. Tornó despues á hablar al secretario Conchillos, y
hízole entender cuán poco entendian de las Indias y en cuán poco las
estimaban, y él mismo se lo cognosció no haberlas cognoscido; y ésto es
cierto, que hasta que el Clérigo vino cuasi en nada las estimaban, y
despues que él las encareció y dió noticia dellas larga, las comenzaron
á tener en algo. Fuese, pues, el Clérigo, á Sevilla, como el Rey le
habia mandado esperallo, para entre tanto informar al arzobispo de
Sevilla de lo que pasaba, y disponelle para que cuando el Rey llegase
le suplicase le oyese muy á la larga, y que estuviesen el Obispo y
Conchillos presentes, para, delante dellos, mostrar al Rey las culpas
que por la mala gobernacion destas Indias tenian, é imputalles todas
las matanzas y extragos que en estas gentes se habian cometido, pues
ellos las gobernaban; pero recien llegado el Clérigo á Sevilla, por la
desventurada suerte de aquestas infelices indianas gentes, y tambien
por los desmerecimientos y pecados de España, vino luégo un correo,
que el católico Rey habia deste mundo al otro pasado. Fué grande su
pesar y angustia que de la muerte del Rey rescibió, porque por ser el
Rey viejo y andar á la muerte muy cercano, y de guerras desocupado,
nacióle muy gran esperanza de que, averiguada su verdad, las Indias se
remediaran. Y, cierto, parece que no podian concurrir en el Rey, para
sin mucha dificultad remediarlas, otras más convenientes calidades; y
así solia decir el Clérigo muchas veces, que para remediar las Indias
no era menester sino un Rey, de viejo, el pié en la huesa y de guerras
desocupado. Finalmente recobro nuevo ánimo y determinó de ir á Flandes
á informar al príncipe D. Cárlos, y pedille remedio de tantos males,
como á quien sucedia en aquellos y aquestos reinos.



                            CAPÍTULO LXXXV.


Muerto el rey D. Hernando católico, que haya santa gloria, tomó luégo
la gobernacion de los reinos de Castilla y Aragon, el egrégio cardenal
de España, don fray Francisco Ximenez, fraile de la órden de Sant
Francisco, por el poder que el dicho Rey le dejó para gobernarlos,
hasta que el príncipe D. Cárlos, su nieto, viniese. Y porque habia
el príncipe D. Cárlos enviado al Rey, por Embajador, al Dean de la
universidad de Lobayna, llamado Adriano, que despues fué Papa, y de
secreto le dió poder para gobernar los reinos, si el Rey muriese, como
cada dia se esperaba, por ser viejo y cansado y enfermo, juntólo el
Cardenal consigo, y, juntos en Madrid, comenzaron á gobernar; puesto
que sólo el Cardenal todo lo gobernaba, y solamente Adriano firmaba con
el Cardenal las provisiones y despachos, como en la verdad el Adriano,
sin el Cardenal, ni supiera gobernar á España, aunque doctísimo y
sapientísimo era, ni pudiera efectuar cosa que al reino aprovechara,
segun la condicion de la gente de España. Pues como el clérigo Casas
se dispusiese, oida la muerte del Rey en Sevilla, para ir á Flandes,
vínose por Madrid para dar cuenta de los males destas Indias y de su
intento al Cardenal, y á el embajador Adriano (porque así firmaba,
_Adrianus Ambasiator_), diciéndoles, que si podian poner remedio en
ellos, quedaríase allí, pero si no, que pasaria adelante. Para lo
cual, hizo en latin una relacion á Adriano de todo lo que en estas
islas pasaba, en crueldad contra estas gentes, porque no entendia el
Adriano cosa de nuestra lengua, sino en latin con él se negociaba.
Hizo en romance la misma relacion al Cardenal. Como el Adriano leyó
la relacion, quedó espantado, entendiendo por ella cometerse tan
grandes y tan extrañas inhumanidades, como fuese pio y sincero, lo
uno por ser de nacion flamenco, que, segun parece, son gente más que
otra sencilla, quieta y no cruel, lo otro por su condicion particular,
benigna y mansueta; fuese luégo al aposento del Cardenal (porque ambos
posaban en unas casas con el infante D. Hernando, hermano del rey D.
Cárlos, que despues fué rey de Hungría y rey de Romanos), y mostróle
la relacion que el Clérigo le habia dado, preguntándole que si era
posible que aquellas obras crueles en las Indias se perpetrasen. El
Cardenal que ya sabia muchas cosas dellas por relacion de religiosos
de su Órden, que habia rescibido de ántes, respondió que sí é muchas
más eran las crueldades que se habian cometido en las Indias. Respondió
finalmente al Clérigo el Cardenal, que no tenia necesidad de pasar
adelante, porque allí se le daria el remedio que venia á buscar. Oyóle
muchas veces todo lo que quiso decir é informar. Juntaba consigo al
Cardenal, cuando oia al Clérigo, al Adriano y al licenciado Zapata, y
al doctor Carabajal, y al doctor Palacios Rubios, y éste era el que
con verdad favorescia la justicia de los indios, y oia y tractaba muy
bien al Clérigo y á los que sentia que por los indios alguna buena
razon alegaban; entraba tambien allí el obispo de Avila, fraile de
Sant Francisco, compañero del Cardenal. Al obispo de Búrgos excluyó
el Cardenal del todo de las cosas de las Indias, de que no quedó él
poco turbado. Un dia acaeció en la dicha Junta, presente el Cardenal y
Adriano, y los demas, que, mandando el Cardenal leer las leyes hechas
en Búrgos el año de 1512, de que arriba en el cap. 15 hicimos mencion,
por las quejas que el Clérigo daba de haber sido injustas por el
engaño que habian hecho los que tenian indios acá al Rey católico, y
á los del Consejo del Rey, (aunque habian sido ellos más que debieran
crédulos, y quizás quisieron ser engañados algunos á sabiendas, por lo
que esperaban tener de utilidad, como la tuvieron), y leyendo las leyes
un criado y oficial del secretario Conchillos, llegando, creo que, á
la ley que mandaba dar de ocho á ocho dias, ó las fiestas, una libreta
de carne á los indios que trabajaban en las estancias ó granjas,
quisiera aquel encubrilla, por lo que á él quizá, ó á otros que él bien
queria, tocaba, y leíala de otra manera que la ley rezaba; pero el
Clérigo, que la sabia muy bien de coro, y tenia bien estudiada, dijo
luégo allí en presencia de todos: «no dice tal aquella ley.» Mandóle
el Cardenal al que la leia tornarla á leer; leyóla de la misma manera.
Dijo el Clérigo: «no dice tal cosa aquella ley;» el Cardenal, cuasi
como indignado contra el Clérigo, en favor del lector, dijo, «callad
ó mirad lo que decís.» Respondió el Clérigo, «mándeme vuestra señoría
reverendísima cortar la cabeza, si aquello que refiere el escribano
fulano, es verdad que lo diga aquella ley.» Entónces, tománle las leyes
de la mano, y hallan lo que el Clérigo afirmaba. Bien se podrá creer
que aquel fulano (que por su honor no quiero nombrar), por ventura no
quisiera ser nacido por no rescibir la confusion que allí rescibió. No
perdió el Clérigo nada desde entónces, cuanto al amor que el Cardenal
le tuvo, y el crédito que siempre le dió. Informado bien el Cardenal
de las cosas que acá pasaban, y de las razones que el Clérigo daba,
y satisfecho no ménos de su intencion, mandóle que se juntase con el
doctor Palacios Rubios, y que ambos tractasen y ordenasen la libertad
de los indios y la manera como debian ser gobernados, pero el doctor
Palacios Rubios, cognosciendo la experiencia del dicho Clérigo, cuanto
al hecho, y la buena razon que cuanto al derecho asignaba, cometióselo
todo á él para que en su posada lo escribiese, y despues lo trujese
á conferirlo con él, y conferido y limado al Cardenal se presentase;
y porque á la sazon era ya venido á la corte el susodicho padre fray
Anton Montesino, pidió licencia el dicho Clérigo al Cardenal, para
que se juntase tambien con el Doctor y con el Clérigo, para que
juntos lo ordenasen, y porque posó el dicho Padre con el Clérigo, y
dándole la ventaja por la diuturnidad del tiempo que habia que las
cosas destas tierras y gentes, y daños que habian de los españoles
rescibido, experimentaba, tambien se lo cometió á él sólo que lo
pensase y escribiese, y así hecho ambos lo viesen y firmasen. Hizo
el Clérigo la traza, segun lo que sintió que para el remedio de los
indios convenia, el fundamento del cual era ponellos en libertad,
sacándolos de poder de los españoles, porque ningun remedio podia
ponérseles para que dejasen de perecer quedando en poder dellos, y así
se fenecian y estirpaban los repartimientos que llamaron encomiendas,
como pestilencia mortal que aquellas gentes consumia, como despues fué
bien averiguado, segun parecerá; y porque convenia dar manera para
que los españoles se pudiesen sustentar, porque, quitados los indios,
quedaban desmamparados segun estaban mal vezados, á no saber más de
mandar á los indios y mantenerse de sus sudores y de su sangre, dió
tambien remedios como los españoles que hasta entónces estaban en estas
Indias, que no eran muchos, se pudiesen ocupar, y granjear y vivir
en la tierra, sin pecado, ayudándose, ó de sus manos los que podian
y solian en sus tierras trabajar, ó de su industria granjeando, y no
fuese toda su vida, como lo habia sido, estar holgazanes. Todo lo cual
pareció primero bien al padre fray Anton Montesino, que estaba en su
posada, y despues, llevado al doctor Palacios Rubios, tambien lo aprobó
en su estancia, puesto que él lo mejoró, añidió y puso en el estilo de
corte, y así lo llevó al Cardenal y al Adriano, teniendo Consejo sobre
ello. Ya dijimos que no estaban otros en este Consejo por entónces,
con el Cardenal, sino el Adriano y el obispo de Avila, y el licenciado
Zapata y el doctor Carabajal, y el doctor Palacios Rubios, y á éste el
Cardenal, en estos negocios de las Indias, daba más crédito que á todos
los otros.



                           CAPÍTULO LXXXVI.


Despues de haber bien platicado el Cardenal y los demas que en aquel
Consejo entraban, y considerada y disputada la órden que el Clérigo,
para que los indios saliesen de tanta calamidad y consiguiesen su
pristina y natural libertad, y como los españoles tambien pudiesen
tener manera para en la tierra se sustentar, habia dado, y añadido ó
quitado algo de las circunstancias, segun mejor les pareció, aunque
ninguna cosa mudaron de la sustancia, y determinado que se proveyese
de buscar personas fieles que fuesen á ejecutallo, llamó el Cardenal
al Clérigo y encomendóle que las buscase cuales convenia para que
dellas tal obra se confiase. Pensando el Clérigo en quién serian,
como conociese pocas ó ningunas en Castilla por haber morado tantos
años en estas Indias, ocurrióle á la memoria un religioso de Sancto
Domingo, llamado fray Reginaldo Montesino, hermano del mismo padre
fray Anton Montesino, de la misma órden de Sancto Domingo, hombre
letrado, predicador prudente y experimentado, y no poco hábil en las
cosas agibles; y hablando un dia con el obispo de Avila sobre ello,
y diciéndole que no conocia otro sino aquel Padre, díjole el Obispo:
«mejor será que la eleccion de las personas que hayan de ir á poner
por obra este negocio remitais al señor Cardenal, que tiene más
experiencia que vos de personas en Castilla.» Hízolo así, para lo cual
escribió una Memoria en que puso las calidades que las personas que á
poner en ejecucion aquella órden habian de ir debian tener, conviene á
saber, que fuesen cristianas, religiosas, prudentes y experimentadas,
rectas y amadoras de justicia, y de las angustias de los pobres y
desmamparados compasivas, y porque fácilmente su reverendísima señoría
cognoscería mejor las tales personas, en quien las dichas calidades
concurriesen, que él en Castilla, le suplicaba tuviese por bien de la
eleccion dellas tomalla sobre sí. Llevándole aquesta Memoria, díjole
con graciosa y alegre cara el Cardenal: «Pues padre, ¿tenemos buenas
personas?» Respondió el Clérigo: «por el papel lo verá vuestra señoría
reverendísima.» Visto el papel ó memoria, consideró el Cardenal que
todas aquellas condiciones se hallarian bien, y por la mayor parte, en
religiosos de Sant Hierónimo, y puesto que tambien se hallaran en los
de Sancto Domingo y de Sant Francisco, pero porque sabia que los años
pasados habian ido á la corte los Franciscos, por induccion de los
seglares, contra los Dominicos, como arriba cuasi en el principio deste
libro se vido, parece haberse prudentemente movido el Cardenal á no
tomar de las dichas dos Órdenes, sino de otra, por evitar lo que podia
en disfavor de la una ó de la otra sentirse ó decirse. Y para efecto
desto determinó escribir al General de la órden de Sant Hierónimo, que
en el monasterio llamado Sant Bartolomé de Lupiana siempre reside,
que porque el Rey determinaba de poner órden y remedio en las Indias,
y habian menester personas que la ejecutasen de mucha confianza, y
virtud, y religion, por ser la obra importantísima, y entendia que
en aquella Órden las habia, le rogaba encarecidamente que le diese
algunos religiosos della, para que con las provisiones y poderes del
Rey viniesen á estas tierras á ejecutar lo que se habia determinado,
para remedio de las gentes dellas, en cuyo viaje y ejercicio supiese
de cierto que ofrecerian á Dios inestimable sacrificio, y el Rey por
su parte rescibiria muy señalado servicio. Rescibidas estas letras,
el General convocó luégo todos los Priores de toda la provincia de
Castilla para celebrar Capítulo, que ellos llamaron Capítulo privado,
y juntos en Sant Bartolomé de Lupiana propuso el General á todos la
demanda y ruego del Cardenal; la cual oida, todos acordaron, que, pues
la obra era de tanto mérito, cuanto á Dios, y en sí pia, y que el Rey
lo recibiria por gran servicio, que obedeciese la voluntad y ruego
del Cardenal, y para ello señalaron 12 frailes escogidos entre todos
los de la provincia, para que de los 12 tomase el Cardenal cuantos
le pluguiese, y que fuesen cuatro Priores señalados con este recaudo,
y á ofrecelle de parte de la Órden todo el restante della, para en
semejantes obras servirse segun le pluguiese. Vinieron los cuatro
Priores á Madrid, donde la corte, como se dijo, entónces residia, y
como el Clérigo desease muy mucho la respuesta buena de la órden de
Sant Hierónimo, fué un domingo á oir ó á decir misa á Sant Hierónimo,
que está un rato fuera de la villa, y, andando por la sobre-claustra,
estaba rezando un religioso viejo y bien viejo, y llegóse á él y
preguntóle si sabia algo de lo que el Cardenal les habia enviado á
pedir; respondió que sí, porque él era uno de cuatro Priores que traian
la respuesta de la Órden, y buen recaudo de lo que el Cardenal les
pedia. Anoche, dijo él, vinimos, ya lo sabe el señor Cardenal, y á la
tarde ha de venir acá, donde le diremos y ofreceremos lo que digo. No
se podria fácilmente pronunciar el alegría que el Clérigo de tales
nuevas rescibió, y díjole: «Pues yo soy, padre reverendo, un clérigo
venido de las Indias, que solicita estos remedios por ésto, por ésto y
por ésto.» Y así le refirió en breve las angustias, muertes, opresiones
y calamidades y perdicion de los indios, las causas dellas, la cudicia
de nuestros españoles, con las crueldades que en ellos habian hecho y
quedaban haciendo, la obra para que el Cardenal los llamaba cuál era, y
de grandes siervos de Dios cuán digna. Dijo el bueno del Prior, por la
relacion y espresion de la grandeza y mérito de la obra que el Clérigo
le significó, con celo de virtud ya rendido: «Pluguiera á Dios que yo
fuera de algunos años atras, para poderme dedicar á tan sancto camino,
porque yo me tuviera, muriendo en la demanda, por felicísimo.» Fuese
el Clérigo á comer lleno de espiritual regocijo, haciéndosele cada
hora hasta la tarde más que un dia. A la tarde cabalgó el Cardenal y
el Adriano, y toda la corte con ellos, donde habia muchos caballeros
y algunos Grandes, y porque era verano tenian los religiosos muy
aparejada la sacristía, que es cosa muy fresca, y allí entraron el
Cardenal y el embajador Adriano, y el obispo de Avila, y el licenciado
Zapata, doctor Carabajal y doctor Palacios Rubios, y los cuatro Priores
que traian el recaudo; quedóse toda la corte en el coro bajo que
ante la sacristía está. Ofrecieron los cuatro Priores su respuesta
por toda su Órden, y los 12 religiosos que habian en su Capítulo
privado nombrado, con todo lo demas que su señoría reverendísima
quisiese servirse della, en especial para negocios tan calificados,
donde concurrian honra y gloria de Dios y servicio del Rey, con tanto
provecho como se pretendia y esperaba de las ánimas. El Cardenal, de
parte del Rey y suya, mucho se lo agradesció, y comenzó á engrandecer
la calidad del negocio, y cuánto en ejercitar ó ejecutar lo que estaba
acordado servirian á Dios, y de donde habia grandísimo beneficio y
liberacion para estas gentes de resultar, y á vueltas desto el Cardenal
encareció muy mucho el celo y solicitud del dicho Clérigo, en haber
venido de tan lejas tierras, por aquestas océanas mares, sin pretender
cosa propia temporal, repitiendo algunas veces: «Ahora creed que
_divinitus_ ha venido acá este Clérigo.» Despues de haber platicado en
ésto y en lo que se debia hacer para efecto del breve despacho, mandó
el Cardenal que buscasen y llamasen luégo los porteros al Clérigo, el
cual estaba en el sobre-cláustro del mismo monasterio, esperando lo
que habia de salir de aqueste acto, encomendando á Dios los alumbrase,
y cuasi estaban todas las puertas cerradas; y como no lo hallasen,
preguntando á todos por el Clérigo de las Indias, de manera que fué
notorio á todos los caballeros y Grandes y corte que dijimos estar en
el coro bajo, junto á la sacristía, van corriendo á Madrid á buscallo
y no lo hallan. El Clérigo, ya cansado de esperar, determinó bajarse y
no halló puerta abierta; pero descendió por la escalera que descendia á
la sacristía donde estaba el Cardenal, con los que con él estaban, que
tenian la puerta cerrada, y oyendo hablar llamó y respondieron diciendo
si habian visto al Clérigo de las Indias, dijo: «yo soy», dicen que se
vaya por otra parte porque por aquella puerta no podia entrar. Tórnase
por donde habia descendido, y finalmente halla puerta para salir al
cuerpo de la Iglesia, y della pasa por medio del coro donde estaban
todos los señores y grandes sentados, el cual fué de todos bien mirado,
y es de creer que el obispo de Búrgos lo miraria más, y quizá con harto
dolor de su ánima, considerando que le habian excluido del Consejo de
las Indias, donde tanto habia mandado, por su causa. Y parece que al
Obispo quiso dar Dios aquel tártago con aquella prosperidad del Clérigo
en favor de la verdad que el Clérigo tractaba, porque le menospreció y
trató mal en Plasencia, como en el capítulo 84 se declaró, debiéndole
rescibir como á un ángel del cielo enviado para despertarlo del sueño
y ceguedad en que estaba. Entrado, híncase de rodillas el Clérigo ante
el Cardenal, el cual, con graciosa y benigna cara le dijo: «Dad, padre,
gracias á Dios que se van aparejando de cumplir los deseos que Dios os
ha dado; estos padres Priores de la órden de Sant Hierónimo traen doce
religiosos señalados, para que dellos tomemos los que fueren, para que
lleveis á poner en órden aquellas Indias, necesarios, há parecido que
bastan tres, iros heis esta noche á la posada y daros hán cartas del
crédito que habeis de llevar para su General y dineros que gasteis.
Llegando allá, representareis al dicho General las calidades que deben
concurrir en las personas que conviene que vayan á las Indias para este
negocio tan árduo, y despues de conferido entre él y vos, los tres que
de los doce que vienen nombrados escogiéredes aquellos se señalen, y
habido el primero que de los tres más presto halláredes, veníos con él
á esta corte, y hacerse hán los despachos, y de camino para Sevilla
los podeis despues llevar.» El Clérigo, con intensísimo gozo y poco
ménos que llorando, dijo al Cardenal: «Yo, señor reverendísimo, hago
inmensas gracias á Dios que tan inestimable bien me ha hecho en oir
tales palabras, y por la esperanza que por ellas concibo de ver en vida
de vuestra señoría reverendísima aquellas tristes y opresas gentes
remediadas, y suplico á nuestro Señor remunere á vuestra señoría obra
tan heróica con gran premio en su bienaventuranza; yo haré con todo
cuidado lo que vuestra señoría reverendísima me manda, y en cuanto á
los dineros no los hé menester, porque para gastar y sustentarme en
este negocio yo tengo hartos.» Dijo el Cardenal sonriéndose: «Andá,
padre, que soy más rico que vos;» y ésto dicho, el Clérigo sálese, y
el Cardenal quedó diciendo _multa favorabilia de Joanne_. Desde á poco
salió el Cardenal y la corte toda con él para su posada, y uno de los
Priores, llamado fray Cristóbal de Frias, todo cano y de aspecto muy
venerando, teólogo, y segun se decia el principal en letras que tenia
entónces su Órden, juntóse con el Clérigo á hablar muy familiarmente,
queriendo ser informado de las cosas destas Indias, de las cuales oyó
hartas; y entre otras palabras dijo al Clérigo: «Basta, señor, que
teneis bien ganado el corazon del Sr. Cardenal,» dándole á entender la
mucha gracia que con el Cardenal habia alcanzado, y el crédito que en
los negocios destas Indias le daba.



                           CAPÍTULO LXXXVII.


A la noche fué el Clérigo á la posada del Cardenal y mandóle dar
los despachos, y con ellos le dieron para su camino 20 ducados, los
cuales, porque no pareciese tenerlos en poco, los quiso tomar. Luégo
otro dia se partió para Sant Bartolomé de Lupiana, que está de Madrid
10 ó 11 leguas, si no me engaño, y dadas las cartas al General, fué
rescibido muy bien, y habiendo cenado el Clérigo, comenzaron luégo
á tractar del negocio á que su venida se enderezaba. Y dichas las
calidades que debian, segun entendia el Clérigo, en los religiosos
que para el viaje y negocio se enviasen, concurrir, dijo el General:
«Señor, de los 12 nombrados que traeis, uno está presente aquí de
los que vinieron á este nuestro Capítulo, que aún no es ido; éste me
parece que si quereis podeis escoger, porque es hombre cuerdo y algo
teólogo y buen religioso, y tambien robusto para sufrir trabajos,
llamado fray Bernardino Manzanedo.» El Clérigo le dijo que lo mandase
llamar y le propusiese la obra que se queria encargar, y aun que se
lo mandase, presuponiendo el Clérigo, que, como fuese religioso, y
por todo el Capítulo entre los doce nombrado, que no podia sino ser
persona conveniente para llevarle con los demas. Vino al llamado del
General, fuéle propuesto el negocio arduísimo, aunque muy meritorio,
que se le queria imponer; dále el Clérigo gran esperanza de servir
mucho á Dios por le hacer el gran beneficio que en aquel viaje habian
de conseguir tan infinitos prójimos. Respondió, como cuerdo hombre,
poniendo delante las pocas fuerzas de virtud y sabiduría que conocia
en su persona para negocio tan grande, y por tanto que suplicaba á
su paternidad no le mandase cosa tan árdua y de tanta dificultad, si
posible era; pero que al fin, como hijo de obediencia, no podia sino
obedecer referida primero su insuficiencia é inhabilidad. Insiste mucho
el Clérigo que se lo mandase sin admitille sus excusas, añidiendo
que el negocio, supuestas las fuerzas y ayuda que Dios daria en obra
tan manifiestamente justa y sancta, sería fácil, é que no desechase
de sí tesoro que Dios le ofrecia tan señalado, por pusilanimidad.
Finalmente se lo mandó, y él lo aceptó, y el Clérigo se contentó y
alegró, no de la cara, porque la tenia de las feas que hombre tuvo,
sino de la religion y virtud que tener dél estimaba. Platicaron sobre
quién serian los otros dos, y referidas las calidades de una y de otra
parte, acordaron que fuese uno el Prior de la Mejorada, nombrado fray
Luis de Figueroa, y el otro el Prior de San Hierónimo de Sevilla.
Pidió el Clérigo las obediencias para los dos, y la del Prior de la
Mejorada envióla luégo con un mensajero, y escribióle que se fuese á
Madrid luégo á juntar con él y con el fray Bernardino, y la otra dejóla
para llevarla él cuando para Sevilla se partiesen. Y por cumplir con
lo quel Cardenal le habia mandado, de con el primero de los frailes
que nombrase se fuese luégo para Madrid, partiéronse luégo otro dia,
el Clérigo, al ménos, muy alegre y regocijado, el cual no veia la
hora que llevar su negocio adelante. Fué luégo á besar las manos al
Cardenal, llevando al religioso consigo para que tambien se las besase
y ofreciese su persona para ir á servir en lo que mandaba. Dióle cuenta
el Clérigo de lo hecho, y cuáles eran las otras dos personas, segun
la relacion que el General le habia dado, y cómo habia despachado la
obediencia para el Prior de la Mejorada, al cual en breve lo esperaba;
el Cardenal se holgó mucho de ver cuán en breve y cuán bien el Clérigo
traia su recaudo, y mandó luégo entender en sus despachos. Llevó el
Clérigo al fray Bernardino á su posada, y en ella recreaba cuanto le
era posible al dicho Padre. Vino luégo el Prior de la Mejorada, y
trujólo el Clérigo tambien á su posada; y como si la salvacion ellos le
hubieran de dar, de lo que tenia, que no era demasiado, los sustentaba,
y hasta gastar con ellos cuanto tuviera los sustentara. Pero como los
españoles destas islas y Procuradores que habian ido dellas á España,
para negociar sus propios intereses con perdicion destas ánimas,
entendieron los negocios del Clérigo que iban adelante, y venidos los
dos frailes, de quien poco bien segun imaginaban que el Clérigo habia
rodeado esperaban, aguardaban á los frailes cuando salian de la posada
del Clérigo, y en topándolos blasfemaban del Clérigo, diciendo que era
su enemigo capital, y que los queria destruir como hombre perverso y
malo, y que no les iban á servir é informar de sus maldades por estar
con él sus reverencias y paternidades en una posada; estuvieron así
los frailes con el Clérigo pocos dias, y acordaron de se ir á posar á
un hospital que hay en Madrid, llamado Sancta Catalina, de su Órden,
donde vivian unos donados. Fué para los españoles destas Indias, que
allí á la sazon estaban, apartarse del Clérigo los frailes, alegría
inestimable; allí, de dia y de noche, todos cuantos ellos eran les
tenian palacio, y en otra materia no hablaban sino en decir mal del
Clérigo y de los miserables indios, infamándolos de bestias y que eran
unos perros, y en todo cuanto podian, para en pago de lo que les habian
servido y muerto por sus crueldades, y matándoles la hambre, habiendo
venido á estas tierras andrajosos y llenos de piojos, aniquilándolos.
Fué de tanta eficacia la conversacion que de noche y de dia tuvieron
los frailes con ellos, y tan abiertos tuvieron los oidos á todo lo
que decirles en perjuicio del Clérigo y de los indios querian, que no
curaban en nada del Clérigo, de vello ni de oillo ni de informarse
dél, teniéndolo por sospechoso, como si procurara negocio y utilidad
suya propia, dando crédito á las relaciones que á ellos les hacian,
todas ordenadas para su temporal interese y en opresion y destruccion
de los indios, como si fueran hatos de ganados que el Clérigo les
quitara ó algunas cosas insensibles; y cresció tanto este crédito
que los frailes tuvieron de lo que aquellos, para en favor de sus
cudicias y tiranías, les decian, que cuando hablaban los frailes con
otros no era menester para su defensa que estuviesen ellos presentes,
y así, acaeció un dia, que, yendo los frailes á hablar al doctor
Palacios Rubios, tanto dijeron en favor de los españoles contra los
tristes y desmamparados indios, que les respondió el doctor: «A la
mi fe, padres, poca caridad me parece que teneis para tractar este
negocio de tanta importancia á que el Rey os envia.» El cual, desde
aquella hora, tuvo estima dellos que iba el negocio en sus manos
perdido, y determinó de impedir en cuanto pudiese su ida. Y porque
le daban priesa del Consejo Real (y segun se sospechó de industria,
los que tenian parte ó arte en los intereses de estas Indias, y les
pesaba del bien y reformacion que el Cardenal enviaba para remedio
de los indios), que el dicho doctor fuese á la Mesta, que se hace en
Berlanga por Agosto el dia de Sant Bartolomé, acordó de ir á hablar
al Cardenal para decille que por ninguna manera convenia que aquellos
frailes fuesen con aquel cargo á las Indias, porque no habian de hacer
cosa buena, segun la mala disposicion que por estar imbuidos de los
seglares ya concebido habian contra los indios. Fué pues el doctor
Palacios Rubios al Cardenal, puesto que con gran trabajo, por estar de
gota muy tollido, y, porque el Cardenal á la sazon estaba de cámaras
enfermo y en mucho peligro, tardó algunas horas esperando en su Cámara
hablalle y nunca pudo. Tornó otro dia y fué lo mismo, y por no poder
más esperar partióse harto triste, y el Clérigo, por sentir el daño
que podrian hacer con su venida de aquella manera dispuestos, quedó
tristísimo. Plugo á Dios que convalesció el Cardenal y mandó luégo
concluir las provisiones y despachos para que los frailes y el Clérigo
aparejasen su partida, los cuales fueron: lo primero, se despachó
Cédulas para que en llegando se quitasen los indios á los del Consejo
del Rey y á todos los que residian en Castilla, como fué al secretario
Conchillos que tenia, segun era público, 1.100 indios, y al obispo de
Búrgos 800, y á Hernando de Vega otra multitud dellos, al licenciado
Moxica que no debian ser ménos de 200, y á otros que se sospechaba
tener en cabeza agena indios. Desde entónces nunca los del Consejo
tuvieron en las Indias, al ménos públicamente, si quizá no secreta y
con cautela, indios; de aquí quedó el Clérigo un poquillo sobre lo
demas de todos aquellos señores poderosos mal quisto. Proveyóse otra
Cédula, que luégo, en llegando los frailes, se quitasen los indios
que tenian muchos los Jueces y oficiales del Rey, como arriba queda
dicho, que tenian, y eran los que peor y más cruelmente los trataban,
como tambien fué referido; proveyóse tambien que á todos éstos se les
tomase residencia, porque habian vivido como moro sin Rey, como dicen,
mayormente despues que fueron causa que anduviese fuera de su casa el
Almirante, habiendo ido á Castilla. Señalóse un colegial del colegio
del cardenal de Valladolid, llamado el licenciado Zuazo, hijodalgo
natural de Segovia, para que se la tomase, por Juez de residencia,
y tuviese toda la gobernacion entre tanto desta isla. Los frailes
no vinieron por gobernadores segun algunos creian, sino solamente á
entender y ejecutar lo que se habia ordenado tocante á los indios.



                          CAPÍTULO LXXXVIII.

  En el cual se contiene la Instruccion que llevaron los frailes
  Hierónimos, cerca de lo que habian de hacer para poner en libertad
  los indios, y primero se puso cierto preámbulo.


«Lo primero que deben hacer los Padres que fueren á las Indias para
las reformar, en llegando á la isla Española hagan llamar ante sí los
principales cristianos, viejos pobladores, y decirles que la causa
principal de su ida es los grandes clamores que acá se han hecho contra
ellos y contra los otros pobladores, especialmente contra los que han
tenido y tienen indios encomendados, que los han maltratado y hecho
muchos males, matando á muchos dellos sin causa y sin razon, tomándoles
sus mujeres é hijas y haciendo dellas lo que han querido, haciéndolos
trabajar demasiadamente y dándoles poco mantenimiento, compeliendo á
las mujeres y á los niños á que trabajasen, y haciendo á las mujeres
malparir y no dejándolas criar sus criaturas, y otras muchas fuerzas
y daños de que se dieron grandes memoriales al reverendísimo señor
Cardenal, los cuales llevan los dichos Padres. Y porque Sus Altezas
y el reverendísimo señor Cardenal y el señor Embajador quieren saber
la verdad de todo ésto como pasa, para lo proveer y remediar porque
las islas no se pierdan del todo, mandaron á los dichos Padres que
de todo ello se informen para que se proveyese y remediase; que los
dichos pobladores digan lo que saben de cómo ésto ha pasado y pasa,
y, si vieren los Padres que conviene, tomalles juramento que dirán la
verdad, y por otra parte tambien ellos se informen dello. Háganles
entender como todo ésto se hace para la conservacion dellos, y de los
indios, y de las dichas islas, y que si de voluntad y consentimiento
de partes se pudiere hallar y tomar algun buen medio, con que Dios y
Sus Altezas sean servidos, y ellos y los indios aprovechados, y las
islas remediadas, que aquel se tomará. Por tanto, que ellos y los otros
hombres, principales pobladores, se junten y hablen y platiquen en
ello, y piensen más sobre ello, y con lo que acordaren vuelvan á los
Padres y se lo digan; ésto y todo lo que más á los Padres pareciere
díganlo á las personas principales. Despues llamen á los principales
Caciques de la isla, y díganles como á Sus Altezas, y al reverendísimo
señor Cardenal, y al señor Embajador ha sido hecha relacion de su
parte, como en los tiempos pasados han sido muy opresos y agraviados de
los pobladores que allá han ido, y están en muchas maneras contenidas
en ciertas peticiones y memoriales, que sobre ello fueron dadas por
ciertos religiosos y clérigos, y porque la voluntad de Sus Altezas y
del reverendísimo señor Cardenal y del señor Embajador ha sido y es de
remediar y castigar los males pasados, y proveer en lo venidero para
que ellos y sus indios, de aquí adelante, sean bien tratados, pues son
cristianos, y libres, y súbditos de Sus Altezas, mandaron á los dichos
Padres que fuesen allá, y se informasen de todo ello, y supiesen la
verdad de cómo ha pasado, para que se proveyese así en en el castigo
de lo pasado, como en el remedio de lo venidero. Por tanto, que ellos
lo debian hacer saber á los otros Caciques y á sus indios, para que
entre sí platicasen sobre ello y pensasen en lo que se podia y debia
hacer, así en lo pasado como en lo venidero; y que si algun buen
medio se hallase, de voluntad de partes, para que Dios y Sus Altezas
fuesen servidos y los Caciques y sus indios fuesen bien tratados, como
cristianos y hombres libres, pues lo son, y ellos los otros pobladores
pudiesen justamente ser aprovechados, que se lo dijesen, que siendo tal
aquel se tomaria, que pensasen sobre ello, y que sean ciertos que la
voluntad de Sus Altezas y del reverendísimo señor Cardenal y del señor
Embajador es que ellos sean tratados como cristianos y hombres libres,
y que ésta es la causa principal, porque mandaron á los dichos ir á
aquellas partes. Y porque los Caciques y los indios crean lo que estos
Padres les dijeren, deben, al tiempo que los hobieren de hablar, tener
consigo algunos otros religiosos de los que allá están cognoscidos, de
quien ellos tienen confianza que les dicen verdad y procuran su bien, y
tambien porque entienden su lengua.»

Aquí es bien que se diga, que como el Clérigo viese tan arraigada la
tiranía en aquellas islas, y en aquella parte de tierra firme, donde
habia españoles, que no era otra sino la del Darien y por aquellas
provincias, y que por ella perecian en aquellas tierras aquestas
gentes, no osaba decir ni tocar diciendo ni mentando ni alegando
libertad de los indios, como si huyera de decir alguna cosa que fuese
absurda ó blasfema, hasta que un dia, hablando con el Cardenal en la
opresion y servidumbre que padecian, y tocando que con qué justicia
podian ser así en ella ó con ella afligidos, respondió el Cardenal
con ímpetu: «Con ninguna justicia; ¿por qué? ¿no son libres? ¿quién
duda que no sean libres?» Desde allí el Clérigo á boca llena osaba en
todo lugar alegar que los indios eran libres, y que todo lo que con
ellos se habia hecho era contra su libertad natural, y todo lo que
alegaba contra la tiranía de los españoles y por los indios fundaba
sobre aqueste principio. Así que parece bien que el Cardenal habia
bien entendido la raíz y fundamento de la justicia que se hacia á los
indios por la servidumbre horrible que padecian, pues tantas veces en
el preámbulo recitado los llamaba y afirmaba ser libres.

La Instruccion que los dichos religiosos llevaron, comenzaba desta
manera:

«Memorial ó Instruccion que han de llevar los Padres que por mandado
de su reverendísima señoría y del señor Embajador han de ir á reformar
las Indias.--Primeramente, parece que los religiosos que allá van
deben visitar la tierra por sí mismos, en cada isla lo que buenamente
pudieren, é informarse del número de los Caciques y de los indios
que cada Cacique tiene, y tambien de todos los otros indios que hay
en cada isla. Item, se han de informar de cómo han sido tractados
hasta aquí por las personas que los han tenido encomendados, y por
los Gobernadores y justicias y otros ministros; lo que cerca dello
hallaren háganlo poner por escripto, para que sobre ello se provea
lo que convenga. Otrosí, los dichos religiosos, visitando las islas,
especialmente la Española y Cuba, y Sant Juan y Jamáica, vean la
disposicion de la tierra, mayormente lo que es cerca de las minas
donde se saca el oro, y miren dónde se podrán hacer poblaciones de
lugares, para que de allí puedan ir á las minas con ménos trabajo, y
conveniente á los indios que allí moraren, y que haya rios cerca para
sus pesquerías y buena tierra para labranzas. La primera sea la isla
Española y Jamáica, y despues Sant Juan; la postrera Cuba. Débense
hacer pueblos de 300 vecinos, pocos más ó ménos, en que se hagan tantas
casas cuantos fueren los vecinos, como ellos las suelen hacer, de tal
manera, que, aunque se acreciente la familia, como mediante Dios se
acrecentará, puedan caber todos en ella, haciendo iglesia la mejor que
ser pueda, y calles y plaza para que sea lugar en forma, y la casa del
Cacique cerca de la Plaza, mayor y mejor que las otras, porque allí
han de concurrir todos los otros. Item, haya un hospital como abajo se
dirá. Estos pueblos se hagan, cuanto ser pudieren, á voluntad de los
Caciques y de los indios en cuanto al sitio, porque no resciban pena de
mudarse, haciéndoles entender como todo ésto se hace para su beneficio,
y para que sean mejor tractados que hasta aquí; y los que estuvieren
muy léjos de las minas hagan allá pueblos y crien ganados, y cojan pan,
y algodon y otras cosas, y dello paguen tributo al Rey, nuestro señor,
lo que bien visto fuere respecto destos otros; y otro tanto se haga en
las islas donde no se cogere oro y sean tales que deban estar pobladas,
porque se les hará de mal venir de léjos, y rescibirian peligro en la
mudanza, y que la Çabana esté siempre poblada, porque está cerca del
puerto y muy aparejada para la contratacion de Cuba y tierra firme.
Débese dar á cada pueblo término conveniente, apropiado, á cada lugar
ántes más que ménos, por el augmento que se espera, Dios mediante;
este término debe ser repartido entre los vecinos del lugar, dando
de lo mejor, á cada uno dellos, parte de tierra donde puedan plantar
árboles y otras cosas, y hacer montones para él y para toda su familia,
mas ó ménos, segun la calidad de su persona y cantidad de la familia,
y al Cacique tanto como á cuatro vecinos. De lo restante quede para el
pueblo para ejidos y pastos, y estancias de puercos y otros ganados.
A estos pueblos se deben traer los Caciques é indios más cercanos á
aquel asiento que se tomare para la poblacion, porque queden en su
popria tierra y vengan de mejor gana, y negóciese con los Caciques
que ellos los traigan de su voluntad sin les hacer otra premia, si
así se pudiere hacer; y estos Caciques tengan cuidado de sus indios
en regillos y gobernallos, como adelante se dirá. Si los indios de un
Cacique bastaren para una poblacion, con aquellos se haga, y si no que
se junten otros Caciques de los más cercanos y que cada Cacique tenga
superioridad en sus indios como suele; y que estos Caciques inferiores
obedezcan á su superior como suelen, y el Cacique principal ha de tener
cargo de todo el pueblo, juntamente con el religioso ó clérigo que
allí estuviere, y con la persona que para ello fuere nombrada, como
adelante se dirá. Y si algun castellano español, de los que allá están
ó fueren á poblar, quisiere casar con alguna Cacique ó hija de Cacique
á quien pertenece la sucesion por falta de varones, que este casamiento
se haga con acuerdo y consentimiento del religioso ó clérigo, y de la
persona que fuere nombrada para la administracion de aquel pueblo, y,
casándose desta manera, éste sea Cacique y sea tenido y obedecido y
servido como el Cacique á quien sucedió, segun y como abajo se dirá de
los otros Caciques, porque desta manera muy presto podrán ser todos los
Caciques españoles y se excusarán muchos gastos. Item, que cada lugar
tenga jurisdiccion por sí en sus términos, y que los dichos Caciques
tengan jurisdiccion para castigar á los indios que delinquieren en el
lugar donde él fuere superior, no solamente en los suyos, mas tambien
en los de los otros Caciques inferiores que viven en aquel pueblo;
ésto se entiende de los delitos que merecen hasta pena de azotes y no
más, y en éstos, que no lo puedan hacer ni ejecutar ellos solos, sin
que á lo ménos intervenga el consejo y consentimiento del religioso ó
clérigo que allí estuviere, lo demas quede á la justicia ordinaria de
Su Alteza; y si los Caciques hicieren lo que no deben, sean castigados
por la justicia ordinaria, y si hicieren agravio á los inferiores,
remédielo la justicia ordinaria. Los oficiales para la gobernacion del
pueblo, así como Regidores, ó Alguacil ú otros semejantes, sean puestos
y nombrados por el dicho Cacique mayor, y por el dicho religioso ó
clérigo que allí estuviere, juntamente con aquella persona que se
nombrare por Administrador de aquel lugar, y en caso de discordia
por los dos dellos. Y, porque en cada pueblo se hagan las cosas como
deben, conviene que se nombre una persona que tenga la administracion
de uno, ó de dos, ó de tres, ó de más lugares, segun la poblacion
fuere, el cual viva en un comedio conveniente para hacer su oficio,
en una casa de piedra, y no dentro en el lugar, porque los indios no
resciban daño ó alteracion de la conversacion de los suyos; éste ha
de ser español, de los que allá han estado, siendo hombre de buena
conciencia y que haya bien tractado los indios que tuvo encomendados,
que sabrá bien regir é gobernar y hacer lo que conviene á su oficio. Lo
que éste ha de hacer es, que ha de visitar el lugar ó lugares que le
fueren encomendados y entender con los Caciques, especialmente con el
principal de cada lugar, para que los indios vivan en policía, cada uno
en su casa con su familia, y trabajen en las minas y en las labranzas,
y en el criar de los ganados, y en las otras cosas que los indios han
de hacer, segun adelante se dirá, y que no los moleste ni los apremie
á que trabajen ni hagan más de los que son obligados, sobre lo cual se
le encargue la conciencia; y que, al tiempo que le fuere dado el cargo,
jure solemnemente de usar bien de su oficio, y si en algo excediere
porqué merezca castigo, sea castigado y punido por la justicia de Su
Alteza. Para hacer su oficio conviene que tenga consigo tres ó cuatro
españoles castellanos, ó de otros cuales quisiere, y armas las que
fueren menester, y que no consienta á los Caciques ni á los indios
tengan armas suyas ni ajenas, salvo aquellas que parecieren que serán
menester para montear, y si más personas él quisiere tener ó viere que
le cumple, que las pueda tener pagándoles su justo y debido salario á
vista del religioso ó clérigo que allí estuviere, y si algunos indios
con él quisieren vivir, con tanto que de los indios no pueda tener
más de seis, y con su voluntad, y no de otra manera, pero que á éstos
no les pueda mandar ir á las minas, salvo servirse dellos en casa
y en las otras cosas, y que, cada y cuando éstas se descontentaren
de su compañía, tengan libertad de irse á los pueblos donde son
naturales. Este Administrador, juntamente con el religioso ó clérigo,
trabajen cuanto pudieren por poner en policía á los Caciques é indios,
haciéndoles que anden vestidos, y duerman en camas, y guarden las
herramientas y las otras cosas que le fueren encomendadas, y que cada
uno sea contento con tener á su mujer y que no se la consientan dejar,
y que las mujeres vivan castamente, y la que cometiere adulterio,
acusándola el marido, sea castigada ella y el adúltero hasta pena de
azotes por el Cacique, con consejo del Administrador y religioso que
allí estuviere en el pueblo; asimismo tenga cuidado que los Caciques ni
sus indios no truequen ni vendan sus cosas, ni las dén ni las jueguen,
sin licencia del religioso ó clérigo ó del dicho Administrador,
salvo en cosas de comer y hacer limosnas honestamente, y que no los
consientan comer en el suelo. A estos administradores se dé salario
conveniente, segun el cargo y trabajo y costa que han de tener, la
mitad pague Su Alteza, y la otra mitad pague el pueblo ó pueblos que
estuvieren á su cargo; y sean casados por quitar los inconvenientes que
de allí se pueden recrecer, salvo si tal persona se hallare de quien se
deba confiar aunque no sea casado. Y porque mejor haga su oficio, tenga
escrito en un libro todos los Caciques é indios vecinos, y personas que
haya en cada casa y lugar, porque se sepa si se va ó ausenta alguno ó
deja de hacer lo que es obligado. Para que los indios sean instruidos
en nuestra sancta fe católica, y para que sean bien tractados en las
cosas espirituales, debe haber en cada pueblo un religioso ó clérigo
que tenga cuidado de los enseñar, segun la capacidad de cada uno
dellos, y administralles los Sacramentos y predicalles los domingos
y fiestas, y hacelles entender como han de pagar diezmos y primicias
á Dios, para la Iglesia y sus ministros, porque los confiesan y
administran los Sacramentos, y los entierren cuando fallecieren, y
rueguen á Dios por ellos; y hacerles que vengan á misa y se sienten
por órden, apartados los hombres de las mujeres. Estos clérigos sean
obligados á decir misa cada fiesta, y entre semana los dias que ellos
quisieren, y provean como se digan misas en las estancias, las fiestas,
en la iglesia que allá se ha de hacer, y hayan por su trabajo de
los diezmos del dicho pueblo la parte que les cupiere, y más el pié
de altar y las ofrendas, y que impongan á las mujeres y hombres que
ofrezcan lo que les pluguiere, caçabí ó ajes, y que no puedan llevar
otra cosa los dichos clérigos, por confesar y administrar los otros
Sacramentos, ni velar los casados, ni por enterramientos. Y los dias
de las fiestas, en la tarde, sean llamados por una campana para que se
junten y sean enseñados en las cosas de la fe, y si no quisieren venir
sean castigados por ello moderadamente, y que la penitencia que les
dieren sea pública porque los otros escarmienten. Haya un sacristan,
si se hallare suficiente de los indios, sino de los otros, que sirva
en la iglesia, y muestre á los niños á leer y escribir hasta que sean
de edad de nueve años, especialmente á los hijos de los Caciques y de
los otros principales del pueblo, y que les muestren á hablar romance
castellano, y que se trabaje con todos los Caciques y indios, cuanto
fuere posible, que hablen castellano. Item, que haya casa en medio
del lugar para hospital, donde sean rescibidos los enfermos y hombres
viejos que no pudieren trabajar, y niños que no tienen padres que
allí se quisieren recoger, y para el mantenimiento dellos hagan de
comun un conuco de 50.000 montones, y que lo hagan desherbar en sus
tiempos, y esté en el hospital un hombre casado con su mujer y pida
limosna para ellos, y manténganse dello; y que pues las carnicerías
han de ser de comun, como adelante se dirá, que se dé para el hombre y
mujer que allí estuviere, y para cada pobre que allí se recogiere, una
libra de carne, á vista del Cacique ó del religioso que allí estuviere
porque no haya fraude. Los vecinos de cada lugar, y los varones de
veinte años arriba y de cincuenta abajo, sean obligados á trabajar
desta manera: que siempre anden en las minas la tercia parte dellos,
y si alguno estuviere enfermo ó impedido en su lugar se ponga otro,
y salgan de casa para ir á las minas en saliendo el sol ó un poco
despues, y venidos á comer á sus asientos tengan de recreacion tres
horas, y vuelvan á las minas hasta que se ponga el sol. Este tiempo
sea repartido de dos en dos meses, ó como al Cacique pareciere, por
manera que siempre estén en las minas el tercio de los hombres de
trabajo. Que las mujeres no han de trabajar en las minas, si ellas de
su voluntad y de su marido no quisieren, y, en el caso que algunas
mujeres vayan, sean contadas por varones en el número de la tercia
parte. Los Caciques envien con los indios que son á su cargo, divididos
por cuadrillas, los nitainos, que ellos llaman, que fueren menester,
para que éstos les hagan trabajar en las minas, y cojan el oro, y
hagan lo que solian hacer los mineros, porque, segun por experiencia
ha parecido, no conviene que haya mineros ni estancieros castellanos,
salvo de los mismos indios. Despues que hobieren servido el tiempo
que fueren obligados en las minas, vénganse á sus casas y trabajen en
sus haciendas lo que buenamente pudieren y vieren que les cumple, á
vista de su Cacique y del religioso ó clérigo que allí estuviere ó del
Administrador. Y porque el Cacique ha de tener más trabajo, y porque
es superior, sean obligados todos los vecinos y hombres de trabajo de
dar al Cacique quince dias en cada año, cuando él los quisiere, para
trabajar en su hacienda, y que no sea obligado á darles de comer ni
otro salario, y que las mujeres y los niños y los viejos sean obligados
á desherballe sus conucos todas las veces que sea menester. Los indios
que quedaren en el pueblo sean compelidos á trabajar lo que justo
fuere á los conucos y en sus haciendas, y tambien las mujeres y los
niños. Debe Su Alteza mandar tomar las haciendas que fueren necesarias
y más convenientes para principiar los pueblos, así de conucos como de
ganados, estimadas en lo que justamente valieren, para que sean pagadas
de las primeras fundiciones de la parte que perteneciere á los indios;
y los conucos se dividan por los vecinos, á cada uno la parte que le
cupiere entre tanto que hace otra hacienda en la tierra que le fuere
señalada, y los ganados se pongan en mano del Cacique principal, para
que dello se provean los indios en la manera que adelante se dirá. Si
ser pudiere, para cada pueblo de 300 vecinos haya 10 ó 12 yeguas, y 50
vacas, y 500 puercos de carne, y 100 puercas para criar; éstos sean
guardados á costa de todos, como bien visto fuere, y ésto se procure de
sostener de comun hasta que ellos sean hechos hábiles y acostumbrados
para tenellos propios suyos. Ha de haber un carnicero en el pueblo que
dé para cada casa medio arrelde de carne, cuando el marido estuviere
en el pueblo y no esté en las minas, y cuando estuviere en las minas
le den una libra á su mujer; y si más carne hobiere menester para su
casa y familia, que la crie con su familia y la procure, y los dias que
no fueren de carne, que se provean como les pareciere, y al Cacique
dos arreldes. Para los que estuvieren trabajando en las minas, de sus
mismos conucos que les cupiere, el Cacique haga que las mujeres de los
que allá anduvieren amasen el pan que fuere menester, y el Cacique lo
haga llevar en las dichas yeguas de comun, y ajes y maíz, y axí y todo
lo otro que fuere menester. Haya un carnicero en las minas y dé á cada
uno de los que allí trabajaren libra y media ó dos libras de carne,
como bien visto fuere, y porque en aquella isla hay poco pescado, sería
bien procurar dispensacion para comer carne algunos dias de cuaresma,
y los otros dias que no son de carne, y por que sea mejor proveido de
la carne, conviene que alguna parte del ganado que se hobiere de matar
para comer ande en las minas, y si de la carne de los ganados comunes
no hobiere abasto para los que andan en las minas, que se provea como
otros vendan carne á precio justo, y se dé por tasa para ser pagados
de la primera fundicion. El oro que se sacare de las minas vaya todo
á poder del nitaino, que ha de estar como minero cada noche, como se
suele hacer, y cuando viniere el tiempo de la fundicion, que ha de
ser de dos en dos meses ó como á los oficiales pareciere, júntese el
nitaino con el Cacique principal y con el Administrador, y llévenlo á
la fundicion porque se haga con toda fidelidad; y de lo que saliere de
la fundicion se haga tres partes, la una para el Rey, y las dos para
el Cacique y los indios. De las dos partes del oro que perteneciere
al Cacique y á los indios, se ha de pagar las haciendas y ganados que
se hobieron para hacer los pueblos, y todos los gastos que se han de
hacer de comun, lo restante se ha de dividir por casas igualmente, y
al Cacique seis partes y á los nitainos que andan con los indios dos
partes á cada uno. De las partes que á cada casa cupieren se han de
comprar las herramientas y otras cosas que serán menester para sacar
el oro, y éstas sean propias de cada uno, y escríbanse en un libro
para que sea obligado á dar cuenta dellas, y de lo que de ésto sobrare
cómpreles el Cacique y el clérigo y Administrador ropa y camisas,
y doce gallinas y un gallo para cada casa, y otras cosas que les
pareciere que hobieren menester para sus casas, poniéndolo por escrito
para que dén cuenta dello; y si algo sobrare que se ponga en guarda en
poder de una buena persona que dé cuenta dello cuando se la demandaren,
escribiéndolo en cuyo poder se pone y lo que á cada uno pertenece,
como pareciere al clérigo y Administrador. Débense poner 12 españoles
mineros salariados de comun, la mitad el Rey y la mitad los indios,
que tengan cargo de descubrir minas, y luégo que las hayan descubierto
las dejen á los indios para que saquen el oro, y se vayan adelante
á descubrir otras, y no estén ahí más ellos ni otros españoles, ni
criados de españoles, porque no les hurten el oro ni les hagan mal,
y el oro que éstos 12 sacaren, descubriendo las minas, sea comun y
pártase entre el Rey y los indios, y que sobre ésto se ponga gran
pena.»

«Remedio para los españoles que allá están.--Algunos dellos se
remediarán comprándoles las haciendas para los pueblos, como arriba
está dicho, otros con encomendalles la administracion de los pueblos,
otros salariándolos para mineros, otros dándoles facultad para que por
sí y por sus familias puedan sacar oro, pagando solamente el diezmo de
lo que sacaren siendo casados y teniendo allá sus mujeres, y los que
no fueren casados paguen de siete uno; otros, dándoles facultad para
que cada uno dellos pueda meter dos ó tres ó más esclavos la mitad
varones y la mitad hembras porque multipliquen, y á los que tuvieren
indios encomendados y otras mercedes, dándoles alguna satisfaccion y
haciéndoles otras gratificaciones por ella. Asimismo les aprovechará
mucho que Su Alteza les dé carabelas, aderezadas de bastimentos y otras
cosas necesarias, para que vayan ellos mismos á tomar los caribes
que comen hombres y son gente recia, y éstos son esclavos porque
no han querido rescibir los predicadores, y son muy molestos á los
cristianos y á los que se convierten á nuestra sancta fe, y los matan
y los comen, y los que trujeren pártanlos entre sí y sírvanse dellos;
mas, so color de ir á tomar los caribes, no vayan á otras islas ni
tierra firme, ni prendan á los hombres que allí moraren, so pena de
muerte y perdimiento de bienes.--Otro remedio:--Que los españoles que
están en las islas serán gratificados si quisieren ir á poblar en la
tierra firme, porque éstos que han sido criados en las islas, y están
hechos á la tierra, están más aparejados y dispuestos para vivir sin
peligro en tierra firme, que los que van de nuevo de España. Y porque
algunos dellos deben á Su Alteza y á otras personas muchas deudas, y no
ternán de que las pagar quitándoles los indios, que se les haga alguna
gratificacion en que no sean presos, ni encarcelados, ni detenidos,
si quisieren pasar á tierra firme ó á otras de las islas. Para que
los pueblos se pongan en policía, que se muestren oficios á algunos
de los indios, así como carpinteros, pedreros, herreros, aserradores
de madera, y sastres, y otros oficios semejantes para servicio de la
república. Esto es lo que parece que se debe hacer, por ahora, para el
remedio y conservacion de los indios, hasta que se vea por experiencia
la utilidad que dello se sigue. Pero para la ejecucion dello conviene
que haya alguna persona poderosa que lo ejecute, porque esta mudanza
de quitar los indios á los que los tienen encomendados les será muy
molesta. Los Padres que allá van, verán lo que más ó ménos se debe
hacer, y podrán quitar ó poner lo que les pareciere. Los cristianos
viejos que hicieren mal á los indios sean castigados por las justicias
de Su Alteza, y los indios sean testigos en la causa, y creidos, segun
el albedrío del Juez.»



                           CAPÍTULO LXXXIX.


La sustancia y órden de todos estos capítulos é Instruccion, que los
religiosos de Sant Hierónimo llevaron, dió y ordenó el susodicho
clérigo Casas, pero muchas cosas en ella el Cardenal y los que,
del Consejo que arriba se nombraron, para ésto llamó, añidieron y
alteraron, oidas algunas informaciones de los españoles, que á la
sazon en la corte se hallaron, y contra el Clérigo y contra los indios
blasfemaban rabiando, como fué aquello que anduviesen siempre en las
minas la tercera parte de los hombres de trabajo sacando oro, porque
debiérase de considerar que estaban los tristes indios molidos y
deshechos y al cabo de las vidas, de haber andado tantos años atras
en ellas y en los otros trabajos, donde habian tantos millares y áun
millones perecido, y sólo el pensamiento de que habian por fuerza de
andar en las minas, siempre la tercia parte, bastaba para del todo
acaballos. Manifiesto es que se les habia de dar las haciendas y los
ganados y lo demas de balde, para que comenzaran á respirar y saber qué
cosa era libertad, ó á costa del Rey ó de los españoles, que dellos
con tanto riesgo de sus vidas se habian aprovechado, y así comenzaran
y multiplicaran en número de gente y hacienda, y despues de muchos
años sirvieran al Rey con lo que pudieran y fuera cosa tolerable;
pero túvose respeto á que nunca cesase tener provecho de los indios
el Rey, lo que, cierto, no debiera, al ménos por mucho años, pues
tan mala gobernacion se puso (aunque de creer es que siempre fué
contra su voluntad, é yo así lo tengo por cierto), so la cual tantas
gentes y tan inhumanamente perecieron. Todavía era el Rey obligado á
satisfacer á los indios sus grandes agravios, que su gente, que á estas
partes envió, habian perpetrado, puesto que dello le pesase y fuesen
cometidos contra su voluntad, al ménos con libertallos, amparallos,
y bien y justamente gobernallos, despues de sabido en adelante: ésto
claro está á cualquiera prudente cristiano. Finalmente, con todo lo
dicho, la intencion del Cardenal fué remediar los tristes indios y
libertallos, y con ésto creyó de cierto que los remediaba, y en la
verdad remedio era si los tomara treinta años atras, más en número y
no tan delgados y fatigados de los trabajos, y saliera de esta manera
de gobernacion estar toda esta isla restaurada y poblada de infinita
gente dellos, y el Rey tuviera grandes provechos, y España no perdiera
nada. Lo que se dijo en los remedios de los españoles que los caribes
que comian hombres eran esclavos, porque no habian querido rescibir
los predicadores, ésto fué falsedad y testimonio que les levantaron,
porque despues que las Indias se descubrieron, hasta hoy, nunca los
caribes supieron qué cosa era predicadores, ni les resistieron, sino á
los españoles que tuvieron siempre por hombres crueles salteadores, y
por eso, cuando podian, hacian en ellos lo que vian que hacian á los
pacíficos y domésticos indios, y que no comian carne humana; porque
si los españoles hicieran obras de verdaderos cristianos, tan poca
dificultad hobiera en traellos á la fe, ó no muy grande, como á los
demas. Pero este capítulo debió de salir de uno que entró en este
Consejo, que, cerca deste artículo, erró y fué harto engañado los
tiempos pasados, dando crédito á los salteadores y tiranos que aquellas
gentes alborotaron y pusieron con sus crueles obras en odio del nombre
cristiano, segun que en el libro II desta Historia hemos declarado. Y
porque todavía estaba, en alguno ó algunos de los que en este Consejo
entraron, asentado el dicho pernicioso error que estas gentes no eran
para vivir por sí, ni tenian ni eran hábiles para tener policía,
como si las halláramos como brutos por las montañas esparcidos, y
las monteáramos, y no en sus pueblos, y grandes pueblos, pacíficos y
quietos, y en toda justicia natural, con sus Reyes y señores, ordenados
y regidos segun su manera natural y policía, harto mejor que en otras
muchas naciones. Púsose otro segundo remedio para los indios, aunque
no remedio era, ni lo fué, ni jamás lo será, sino vastacion total de
aquellas gentes y tierras, como de verdad lo ha sido, y por los pecados
de nuestra España, el mundo todo della es; este remedio era que se
estuviesen los repartimientos y encomiendas como se estaban en poder
de los españoles, con que se moderasen las leyes y ordenanzas inícuas
que en Búrgos el año de 12 se hicieron, como arriba en el cap. 13
referimos. Esta es verdad clara y manifiesta entre todos los que no
pretenden interese en los indios, y áun los mismos que lo pretenden y
son destruidores dellos lo saben mejor que otros, pues los consumen, y
sus mismas obras á que lo confiesen les fuerzan, que ninguna ley, ni
pena, ni amenaza, aunque sea de muerte, aprovecha cosa ninguna para que
estorbe ó impida que los indios no mueran corporalmente, y para que no
aborrezcan la fe y religion cristiana ántes que la oigan y resciban, y
si la rescibieren, no sea milagro no dejalla y apostatar della, si los
indios repartidos y encomendados á los españoles estuvieren; véanse las
islas, esta Española y las demas, y 4 ó 5.000 leguas de tierra firme,
que son lamentables testigos dello. Así que, el Cardenal, como no del
todo tenia desto experiencia, pasó con lo que allí algunos dijeron, y
el Clérigo no pudo impedillo más de que trabajó que se limitasen las
dichas leyes, en caso que la infelicidad de los indios causase que en
la tiranía susodicha permaneciesen.

Fué, pues, lo segundo, que los Hierónimos llevaban en su Instruccion,
lo que se sigue:

«En caso que se hallase que el primer remedio de hacer pueblos y poner
los indios en policía no hobiese lugar, y que todavía pareciese que
debian estar encomendados, como hasta aquí, deben proveer y remediar
para adelante en los artículos siguientes. Lo primero en que se guarden
las siete conclusiones y determinaciones que los letrados, por mandado
del Rey, nuestro señor (que haya gloria), dieron cerca del tratamiento
de los indios, y tambien las otras cuatro, en cuanto determinaron que
las mujeres todas y los niños hasta catorce años no sean obligados á
servir, salvo en la manera que allí se contiene, pero lo contenido en
la sexta conclusion no se debe guardar por lo que adelante se dirá.
Item, en cuanto á lo que la ley primera dice, y tambien la segunda, que
los indios sean traidos á los pueblos y estancias de los españoles,
no se debe hacer, porque por experiencia ha parecido que desto se han
recibido muchos inconvenientes, así en lo que toca á la instruccion de
la fe como al mal tractamiento de sus personas. La ley 11, que habla
de llevar cargas los indios, se debe quitar, mandando que ningun cargo
les hagan llevar á cuestas, mudándose ni de otra manera. La ley 13,
que habla del trabajo y huelga, parece que se debe de enmendar, porque
el tiempo del trabajo es mucho, y en el tiempo que se ha de hacer no
debian ser apremiados á que trabajasen en otra cosa, y en el tiempo
del trabajo debian holgar tres horas al medio dia, y entrar salido
el sol en el trabajo, y salir en poniéndose el sol. La ley 15, que
habla del dar de la carne solamente las fiestas, parece que se debe
de enmendar y mandar que les dén carne cada dia de la semana, así
estando en el trabajo como fuera dél, y caçabí, é ajes, y axí abasto,
y los dias que no fueren de carne les dén pescado ó las otras cosas
que se pudieren haber. La ley 18, que habla del servicio que han de
hacer las mujeres preñadas, se debe quitar, y mandar que ninguna mujer
sea obligada al trabajo, salvo en su hacienda, y como se contiene en
las cuatro conclusiones postreras. La ley 20, que habla del salario
que se debe dar á cada uno de los indios que sirven, parece que se
debe enmendar, porque es muy poco salario un peso de oro en un año,
y se debe dar mucho más especialmente si dello se ha de dar algo á
los Caciques. La ley 21, que habla contra los que se sirven de los
indios que no son suyos, débese agraviar la pena, porque es poca. La
ley 25, débese enmendar, y mandar que no anden sino la tercia parte
precisamente, porque los que despues hobieren de ir allá estén holgados
y puedan trabajar. La ley 26 débese enmendar, que no anden los mineros
á partido, como suelen, cierta parte del oro que se saque, sino que
les dén cierto jornal y soldada y sean juramentados por los Visitadores
que no hagan trabajar á los indios demasiadamente, y que sean hombres
los mineros de buena consciencia, y no los que hasta agora han sido
que han agraviado á los indios. La ley 27 débese enmendar, que por
agora no se traigan los indios de otras islas de los Lucayos, hasta
que sobre ello sea más visto. La ley 29 y la ley 30 se deben enmendar,
que los Visitadores ni otros oficiales algunos no tengan indios, sino
que se les dé salario por Sus Altezas y no por los vecinos, porque no
hagan lo que ellos quisieren. La ley 31 se debe enmendar, y mandar que
los Visitadores en todo el año visiten los lugares donde quiera que
hobiere indios, y debria haber más de dos Visitadores, porque mejor
hagan sus oficios. Débese mirar la ley postrera, donde se dice que
si los indios en algun tiempo fueren capaces para vivir en policía y
regirse por sí mismos, que se les dé facultad que vivan por sí é les
manden servir en aquellas cosas que los otros vasallos de acá suelen
servir, para que sirvan y paguen el servicio que los vasallos suelen
dar y pagar á sus Príncipes, y que miren si alguno de los que agora
hay son capaces para ésto, y provean sobre ello, y tambien provean en
cuanto vieren que conviene para alcanzar este fin, y procuren todos los
medios que hallaren ser convenientes para ésto y para la instruccion de
la fe en ellos. Y, sobre todo lo ya dicho, debeis proveer y mirar lo
que más conviene para el servicio de Dios é instruccion de los indios
en nuestra santa fe, y para el bien dellos y de los pobladores de las
dichas islas, y aquello que os pareciere que sobre ello se debe proveer
enviadlo acá, para que, visto, se os envien todas las provisiones que
para ello fueren necesarias.»

Esta fué la segunda Instruccion que los religiosos de Sant Hierónimo
llevaron, para poner órden y remedio en la perdicion de los indios, en
caso que no se pusiesen en libertad por su incapacidad, fundándose en
el susodicho error y ceguedad grande que hobo por muchos tiempos en el
Consejo del Rey, por la falsedad y maldad que los tiranos inventaron
para se sustentar en sus tiranías, como es dicho muchas veces,
levantando falsísimos testimonios á los inocentes indios, en especial
éste de que no eran hábiles para vivir por sí. Las siete conclusiones
que dice la Instruccion que se guarden, en caso que este segundo
remedio se haya de poner, quedan puestas en el cap. 8.º, y las cuatro
que tambien mandan que se guarden, se refirieron en el cap. 17; la
sexta, que dice no deberse guardar, era que se diese órden como siempre
tuviesen comunicacion con los españoles que acá venian á poblar, porque
el Clérigo insistió en que ántes, para vivir, ser los indios cristianos
y de buenas costumbres, convenia que con los españoles no conversasen,
lo uno, por las vejaciones y robos y males que siempre les hacian, y
hoy hacen, donde quiera que están con ellos é cerca dellos, y lo otro,
por sus desordenadas y malas obras, que comunmente han sido en estas
Indias, á la ley de Jesucristo y á toda razon y virtud, contrarias,
las cuales viendo los indios, por mucho y bien que los predicadores
les predicasen la vida cristiana, culpando los vicios y las virtudes
loando, habian de creer, y por consiguiente hacer, el contrario.

Es bien aquí de considerar, qué tales fueron las dichas treinta y
tantas leyes que dijimos haberse hecho en Búrgos, pues aquí todas
las enmendó el Cardenal y los que con él, del Consejo, que habian
sido en hacellas, se juntaron, y pudiera bien á la clara condenallas
por más que tiránicas, pero modesta y tácitamente, segun parece,
las blasfemaron. Tractó aquí tambien el Cardenal que fuera cosa
conveniente que en la corte hobiese alguna persona que tuviese cuidado
de procurar lo que cumpliese á los indios, y que aquel habia de ser
hombre de ciencia y conciencia; tratóse tambien que debian de enviarse
de Castilla algunos labradores para la poblacion destas islas,
gratificándolos en algunas cosas; pero destas dos cosas postreras
no se tractó más, como nunca hobo quien tuviese cuidado de tratar y
negociar el bien universal destas partes, sino sólo el Clérigo, y,
cuando él callaba, nunca en él jamás de hecho y con perseverancia se
habló, y ésto la historia lo mostrará más adelante. En este tiempo,
muchas más cosas, y mejores provisiones, y más ciertos remedios para
los indios, (supuesto siempre el primero, que es el verdadero, conviene
á saber, ponellos en libertad, sin el cual ninguno hay bueno), y para
que los españoles pudieran vivir sin tener indios en estas islas, se
despacharan, y el Cardenal los proveyera, si el clérigo Casas hobiera
más pensado en ello y se las notificara, como despues, andando en los
negocios, alcanzó, segun el crédito el Cardenal le daba, pero como poco
habia que lo habia considerado, y la tiranía estaba tan entablada y
arraigada, y anduvo en el negocio, como en cosa nueva y escandalosa,
paso á paso y como acobardado, harto pensó que habia bien negociado en
poner los indios en libertad, sacándolos del poder del diablo, y, ya
que ésto no se efectuara, ser causa de enmendar todas las dichas leyes,
para estorbar algo de la opresion que los indios padecian, segun los
males eran grandes.



                             CAPÍTULO XC.


Complidos con los despachos que pertenecian á los religiosos de Sant
Hierónimo, para lo que habian de poner por obra en remedio de los
indios, á lo cual, y no á otra cosa eran enviados, proveyó y mandó el
Cardenal al Clérigo que fuese con ellos, y los instruyese, informase
y aconsejase todo aquello que conviniese para lo que en favor de los
indios y en asiento de la tierra iban á efectuar, para lo cual le mandó
dar la siguiente Cédula ó provision.

«La Reina y el Rey.--Bartolomé de las Casas, clérigo, natural de la
ciudad de Sevilla, vecino de la isla de Cuba, que es en las Indias:
Por cuanto somos informados que há mucho tiempo que estais en aquellas
partes é residís en ellas, de donde sabeis y teneis experiencia en
las cosas dellas, especial en lo que toca al bien y utilidad de los
indios, y sabeis y teneis noticia de la vida y conversacion dellos
por haberlos tractado, y porque cognoscemos que teneis buen celo al
servicio de nuestro Señor y nuestro, de donde esperamos que lo que
vos encargáremos y mandáremos hareis con toda diligencia y cuidado,
y mirareis lo que cumple á la salud de las ánimas y cuerpos de los
españoles é indios que allá residen, por ende, por la presente vos
mandamos que paseis á aquellas partes de las dichas Indias, así de las
islas Española, Cuba, Sant Juan y Jamáica, como tierra firme, y aviseis
é informeis y deis parecer á los devotos padres Hierónimos, que Nos
enviamos á entender en la reformacion de las Indias, y otras personas
que con ellos entendieren en ello, de todas las cosas que tocaren á
la libertad é buen tractamiento é salud de las ánimas y cuerpos de
los dichos indios de las dichas islas y tierra firme, y para que nos
escribais é informeis y vengais á informar de todas las cosas que se
hicieren y convinieren hacerse en las dichas islas, y para que en todo
hagais lo que conviniere al servicio de nuestro Señor é nuestro, que
para todo ello vos damos poder complido, con todas sus incidencias y
dependencias, emergencias, anexidades é conexidades; y mandamos al
nuestro Almirante é Jueces de apelacion é otras cualesquier justicias
de las dichas islas y tierra firme, que vos guarden y hagan guardar
este Poder, é contra el tenor y forma dél vos no vayan, ni pasen, ni
consientan ir ni pasar en tiempo alguno, ni por alguna manera, so pena
de la nuestra merced é de 10.000 maravedís á cada uno que lo contrario
hiciere. Fecha en Madrid, á 17 dias de Setiembre de 1516 años.--F.
_Cardinalis_.--_Adrianus Ambasiator._--Por mandado de la Reina y del
Rey, su hijo, nuestros señores, los Gobernadores: en su nombre, George
de Baracaldo.»

Este fué el poder que mandó dar el Cardenal, y Adriano, Embajador,
que con el Cardenal, como se dijo arriba, gobernaba, al dicho clérigo
Casas; constituyéronlo tambien por Procurador ó protector universal
de todos los indios de las Indias, y diéronle salario por ello 100
pesos de oro cada año, que entónces no era poco como no se hobiese
descubierto el infierno del Perú, que con la multitud de quintales
de oro ha empobrecido y destruido á España. Hiciéronse tambien los
despachos del licenciado Zuazo, que enviaron por Juez de residencia,
segun se dijo arriba, los cuales habia ordenado el doctor Palacios
Rubios como debian de ir muy ampliados y con poder muy complido, segun
la necesidad que habia de tomar cuenta á los Jueces destas Indias, en
especial de esta isla Española. Estos despachos llamaron el licenciado
Zapata y el doctor Carabajal, poderes exorbitantes, alegando que no
se debia dar tan grandes poderes ni fiar tanto de un hombre; la razon
que el licenciado Zapata, que era en ésto más antiguo y que más habia
entendido en las cosas destas Indias, y tras quien iba el doctor
Carabajal, se creyó que movia, era porque en estas, mayormente en esta
isla, tenia muchas personas que él favorecia, Jueces y oficiales del
Rey y de otras cualidades, que trabajaba de sustentar en los oficios,
y le pesaba que decayesen dellos, por algunos respetos que él se sabia
y sólo bastaba, porque todo lo que el obispo de Búrgos determinaba y
hacia, cerca de la gobernacion destas Indias, era por su parecer, y
como esta Provision nueva era contra lo que ellos con tanta ceguedad
tantos años habian sustentado, pesábale al Licenciado, como al Obispo
fué cierto della pesarle. Así que, con este título de que llevaba el
licenciado Zuazo poderes exorbitantes, no querian los dos firmallos,
por lo cual le dilataban las provisiones y despachos tanto, que de
aborrido se queria tornar á su colegio, y envió á decir al clérigo
Casas, que ya estaba de partida, que le hacia saber, que si se iba sin
que las Provisiones él hobiese cobrado, se tornaria á Valladolid de
donde no le tornaria ninguno á sacar si una vez en su colegio entraba.
El Clérigo va luégo al Cardenal, que ya creia ser el Licenciado
despachado, y díjole cómo le dilataban los despachos de dia en dia
con palabras, y como se queria tornar á su casa; luégo el Cardenal,
como era varon egrégio y que ninguno con él se burlaba, entendiendo la
cosa por los términos que iba y de dónde se derivaba, mandó llamar al
licenciado Zapata y al doctor Carabajal, y en su presencia mandóles que
señalasen todas las provisiones que pertenecian al licenciado Zuazo.
Los cuales las señalaron y pusieron cierta señal ó rasgo á sus firmas,
para que, desque viniese el Rey, pudiesen decir que las habian firmado
contra su voluntad, porque el Cardenal los habia á ello forzado. Con
ésto fué Zuazo bien despachado, aunque pesó á todos los que dolia que
á estas tierras viniesen tales despachos. Fuese el clérigo Casas á
despedir del Cardenal á y besarle las manos, y, por no dejar de hacer
cosa de todo aquello que le parecia convenir á aquellos negocios tan
pios en que Dios le habia colocado, animosamente dijo al Cardenal:
«Señor, no quiero llevar escrúpulo de conciencia sobre mí, pues estoy
ante quien soy obligado á avisar, y puede los defectos de lo que se
desea remediar: sepa vuestra señoría reverendísima que estos frailes
de Sant Hierónimo, en cuyas manos ha puesto la vida y la muerte de
aquel orbe lleno de infinitas ánimas, han dado muestra que no han
de hacer cosa buena, ántes mucho mal, porque sepa vuestra señoría
reverendísima que de tal manera se han mostrado parciales y aficionados
á los seglares que han destruido aquellas gentes, dándoles crédito á
sus palabras, dorando y excusando sus tiranías y maldades, infamando,
vituperando y aniquilando los inocentes indios, que con su muerte y
angustias y trabajos no pensados, les han dado, y sustentándolos,
que en cuanto dicen y hablan los excusan y tractan y procuran dar á
entender que llegados allá converná proveer otra cosa de lo que llevan
por vuestra señoría reverendísima mandado, y desto es testigo el doctor
Palacios Rubios, que un dia tanto hablaron con él en favor de los
dichos seglares, que el Doctor se admiró y escandalizó, y respondióles:
A la mi fe, padres, sabeis que vo viendo que teneis poca caridad para
llevar á cargo negocio tan espiritual y de tan inmensa calidad é
importancia. El cual, ántes que fuese á la Mesta, vino dos veces con
harto trabajo de su gota á hablar á vuestra señoría, é informalle de la
mala disposicion que cognoscia dellos para fialles cosa donde tanto,
si la erraban, podian errar, y de erralla habian dado ciertas señales,
para que vuestra señoría no los enviase, sino de quien se tuviese
mejor confianza; pero, como vuestra señoría reverendísima estaba á la
sazon muy fatigado de la enfermedad que estos dias pasados tuvo, se
tornó y partió para la Mesta con harta pena y cuidado.» El Cardenal,
oidas estas palabras, quedó como espantado, y al cabo de un poco
dijo: «¿Pues de quién lo hemos de fiar? allá vais, mirad por todo.»
Con ésto, besadas las manos y rescibida su bendicion, se partió para
Sevilla el clérigo Casas; los frailes ya eran idos para sus conventos:
el Prior de la Mejorada, llamado fray Luis de Figueroa, hombre harto
entendido, y el fray Bernardino Manzanedo, y por el de Sevilla, que
estaba nombrado, acordaron entre sí que fuese un fray Alonso de[1],
Prior de su monasterio de Búrgos, que llaman Sant Juan de Ortega;
llevaron consigo otro compañero, fraile viejo, no para más de para que
los acompañase, buen religioso, porque los tres solos trujeron cargo
de lo que acá se les mandaba ejecutar. El fray Luis de Figueroa, Prior
de la Mejorada, vino por superior y Prelado de los demas, en lo que
tocaba á la obediencia y cosas tocantes á su Órden. Mandóles dar el
Cardenal muy cumplidamente lo necesario y áun lo que les sobrase para
su viaje, y provision de vino y harina y otras cosas que acá no habia,
para miéntras que en estos negocios estuviesen no les faltasen para
su mantenimiento y recreacion las cosas de Castilla. Mandó asimismo
proveer de pasaje y de matalotaje y cosas necesarias para su viaje al
Clérigo, abundantemente, á costa del Rey.

       [1] En blanco en el original.



                             CAPÍTULO XCI.


Llegados á Sevilla, entendióse con diligencia por los oficiales de la
contratacion en el despacho de los padres Hierónimos y del Clérigo;
el Juez de residencia no vino en aquel viaje, sino en otro desde
á tres meses, porque no se despachó de sus cosas más presto. El
Clérigo comunicaba las veces que via convenir á los padres de Sant
Hierónimo, y dijo que queria ir con ellos en la nao que ellos iban,
por informallos á la larga de las cosas destas islas é tierra firme,
á donde tan nuevos venian, y tanta necesidad de ser informados de la
verdad, que por ser todos los demas interesados les negaban, tenian;
y finalmente, por cumplir el oficio que el Cardenal, en nombre del
Rey, le habia impuesto de informalles, y avisalles y dalles parecer en
todo lo que hobiesen de hacer. Trabajó cuanto pudo de ir en su navío,
pero ellos nunca quisieron consentillo, dándole algunas excusas y
razones, que para su descanso y consuelo (como, que no llevaria en la
nao dellos tan buen aposento como en otra que allí iba), enderezarlas
parecia; y ello acaeció así, aunque segun se creia no pretendian
ellos el consuelo del Clérigo, sino su libertad para hacer lo que
despues hicieron. Embarcóse, pues, el Clérigo en otra nao mayor que la
que los Padres llevaban, donde fué asaz muy más bien aposentado que
fuera con ellos; lo cual, cierto, él pospusiera de buena voluntad y
escogiera la estrechura, por lo mucho que iba en ello, excusando el
daño que despues al negocio todo vino; finalmente, se hicieron todos
juntos en diversas naos á la vela, en el puerto de San Lúcar, dia de
Sant Martin, que es á 11 de Noviembre año de 1516. Trujeron muy buen
viaje todos hasta la isla de Sant Juan, y estuvieron en el Puerto-Rico
cuatro ó cinco dias, y porque la nao en que venia el Clérigo traia
cierta mercadería para dejar en aquella isla, y se habia de detener
por esta causa catorce ó quince dias, díjoles que se queria pasar á la
suya, sóla su persona, para entrar con ellos en este puerto y ciudad
de Sancto Domingo, que dista de aquel camino de dos ó tres dias,
asignándoles las causas porque mucho convenia para efecto del oficio y
negocio que traian, pero nunca quisieron, y así llegaron á esta isla,
ciudad y puerto de Sancto Domingo, ántes que el Clérigo trece dias.
Pudieran colegir los dichos Padres, los dias que en aquella isla de
Sant Juan estuvieron, claros argumentos de las obras que los españoles
acostumbraban ejercitar en los indios, por dos cosas que allí vieron;
la una, que un vizcaino, llamado Joan Bono (á quien no le pertenecia
más el bono que al negro Joan Blanco, famoso pirata y salteador y
robador de indios), habia pocos dias venido al dicho Puerto-Rico de
hacer un salto en la isla que llaman de la Trinidad, que está junto á
la tierra firme de Paria, de la cual mucho dejamos arriba asaz dicho.
La gente desta isla de la Trinidad era gente muy buena y enemiga de
los que comian carne humana, que llaman caribes. Y fué desta manera,
qué llegado á la isla de la Trinidad con un navío, y creo que 50 ó 60
españoles muy ejercitados en ofrecer á Dios semejantes sacrificios,
salieron los indios, vecinos de la dicha isla, del pueblo que por allí
estaba, con sus armas, que eran arcos y flechas, preguntando qué gente
eran y á qué venian ó qué querian. Respondió Joan Bono, que eran gente
de paz y buena, y que venian á vivir é morar con ellos. Los indios,
como gente llana y pacífica, y tambien demasiadamente crédula y no
recatada, como debiera ser, en especial teniendo noticia de grandes
crueldades, saltos é insultos que los tiempos pasados, luégo que el
Almirante primero los descubrió, y despues muchas veces, como arriba
parece en el primer libro, y pocos dias pasados, sus vecinos habian
padecido de los españoles, dieron crédito á las palabras de Joan Bono,
diciendo: «Pues si no venís á más ni quereis otra cosa sino morar
con nosotros, plácenos dello y luégo haremos casas en que vivais.»
Ordenan luégo de les hacer casas, pero Joan Bono, para lo que pensado
y determinado traia, no tenia necesidad de casas sino de sóla una que
fuese grande, la cual hicieron á su manera, de forma de campana, donde
cupieran y pudieran vivir cien personas, cuanto al enmaderamiento de
palos posteles, y varas y latas muy tejidas, en breves dias; restaba
cubrilla toda de paja muy bien puesta por defuera, la cual hay en estas
Indias hermosa y odorífera y sana, que es maravilla. Cada dia de los
que allí estuvieron eran servidos de los indios, de comida, pescado,
y pan y frutas, y de todo lo que tenian y de cuanto les pedian, como
si todos fueran sus señores ó sus hijos. Dió priesa, pues, Joan Malo
que la cubran, y ellos, que de muy buena voluntad lo hacian, se la
daban en cuanto podian con gran regocijo, y llegando á dos estados
desde el suelo de cubertura, que ya no podian ver los de dentro á los
que estaban fuera, tuvo cierta industria Joan Bono y sus consortes, de
convocar toda la más gente del pueblo, hombres y mujeres, que viniesen
y entrasen dentro á ver lo que se hacia; los cuales entrados, que
serian segun estimo más de 400, con mucho placer y alegría, cercan toda
la casa por defuera algunos de los nuestros con sus espadas sacadas,
y Joan Bono con ciertos dellos entran por la puerta con las suyas
desenvainadas, diciéndoles que no se moviesen sino que los matarian.
Los indios desnudos, en cueros, viendo las espadas, temiendo ménos
la muerte que el captiverio, arremeten con gran ímpetu á la puerta,
metiéndose por las espadas, por salvarse como quiera que fuese, y á sus
mujeres é hijos. Joan Bono, y todos los que con él estaban, desbarrigan
cuantos podian, á unos tendian con estocadas, á otros cortaban brazos,
á otros piernas, y á otros lastimaban con terribles heridas. Alguna
gente de los hombres y de las mujeres y niños que allí estaban, que no
forcejaron á salir, viendo la sangre de los que allí caian, estuvieron
tremebundos esperando la muerte, creyendo que en aquello pararian,
dando terribles alaridos, pero no pararon sino en maniatallos para
los traer por esclavos, que era el fin de Joan Bono y de su cofradía;
y creo que fueron los que allí ataron y llevaron al navío 185. De
los hombres que de la mortandad y cuchillo de la casa se escaparon, y
de otros que no habian ido á ella que estaban en sus casas ó por el
pueblo, y serian hasta 100, vista la traicion crudelísima que Joan
Bono habia urdido, tomaron sus armas y recogiéronse á una casa de
las suyas (y háse de entender que todas eran de paja, y ellos todos
en cueros desnudos), para se defender que no los matasen ó llevasen
captivos; fué á ellos Juan Bono diciéndoles que saliesen, que no los
matarian, ellos, entendiendo que los habia de captivar, defendieron la
puerta réciamente, que no entrasen, con sus flechas y arcos. En fin,
viendo Juan Bono que no tenia remedio para los maniatar, acordó de
cumplidamente pagalles el hospedaje y buen tratamiento que dellos habia
rescibido, y así mandó pegar fuego á la casa donde estaban los cien
hombres, en la cual, con las mujeres y niños que en ella demás habia,
fueron quemados vivos. Recogióse al navío con los 180 que habia preso,
tan de buena guerra como queda dicho, y alzadas sus velas vínose por la
dicha isla de Sant Juan y vendió en ella los que quiso, y de allí con
los demas á esta isla, donde hizo lo mismo, y cuando allí llegaron los
padres Hierónimos era él recien llegado desta, y dél supe y de su misma
boca oí lo que aquí escribo. Sabido ésto por el Clérigo, refiriólo á
los Padres con harto dolor de su corazon, y mancilla, pero poco los
movió para lo reprender ni para que despues proveyesen á los males que
cada dia contra estas tristes gentes se cometian, y es cosa de notar
y áun de llorar lo que pasó al clérigo Casas con el dicho Juan Bono,
riñéndole aquel abominable hecho, porque de ántes era su cognoscido.
Confesaba el mismo Juan Bono que en su vida habia hallado padre y
madre sino en la isla de la Trinidad, segun el buen acogimiento, y
hospedaje, y obras, y con tanto amor y voluntad hechas que de aquella
gente habia rescibido, y reprobándole su inaudita ingratitud el
Clérigo, díjole: «Pues, hombre perdido, si tales obras de padre y madre
dellos rescibistes, ¿por qué cometistes en ellos tan ingrata maldad
y crueldad?» Respondióle Juan Bono: «A la mi fe, padre, porque así
me lo dieron por destruicion, conviene á saber, que si no los pudiese
captivar por paz que los captivase por guerra»; llamaba destruicion
á la Instruccion que los Oidores desta Audiencia desta ciudad le
dieron para que fuese á saltear indios de las islas y tierra firme. Y
esta era la justa gobernacion con que los Oidores desta Chancillería
procuraban el bien universal destas gentes y tierras, y todas las
otras Chancillerías que despues se pusieron por todas estas Indias
fueron iniquisísimas, destruyéndolas, como parecerá, por ésta y por
otras muchas detestables maneras. La otra cosa que acaeció en aquella
isla de Sant Juan, de donde los padres de Sant Hierónimo pudieran bien
argüir la tiranía mortífera que de los españoles los pobres indios
padescian, fué que uno de los que se ponian por Visitadores en cada
pueblo de españoles para los indios, que arriba en el libro II, ser
el cruel verdugo que más cruelmente azotaba y afligia los indios,
dijimos, aunque era el principal vecino del pueblo, porque vino el
tirano Comendero á quejarse de un indio, ó porque no le servia bien, ó
porque se le habia huido de los trabajos que se le daba, como huye la
vaca ó el buey de la carnecería, dióle tan crueles azotes, amarrado á
un poste, como si los diera á un su cruel enemigo, que cuasi lo dejó
medio muerto. Oyó los azotes el Clérigo, porque pasaba por allí; fué
allá luégo, y, con vehemente compasion y autoridad, increpa al cruel
Visitador la injusticia que hacia, el cual todo confuso ninguna cosa le
osó decir, pero quitado el Clérigo de allí, creo, si no me he olvidado,
que tornó á azotar al indio. Todo ésto constó á los Padres, y debiera
bastar para comenzar á informar sus ánimos y estar sobre aviso para no
se dejar persuadir de los que, sin ninguna duda, eran ciertos capitales
enemigos de los indios; cuanto más que sobraba testimonio, pues lo que
era notorio al mundo ellos ya sabian, conviene á saber, haberse asolado
estas islas y parte de tierra firme por aquellas obras y caminos.



                            CAPÍTULO XCII.


Por este tiempo y año de 1516, no olvidaban los españoles que tenian
cargo de consumir la gente mansísima de la isla de Cuba, de procurar
ir á despoblar otras comarcanas y lejanas, trayendo los vecinos y
naturales dellas á ella, como vian que con la priesa de sacar oro se
les iban muriendo los que allí oprimian, por la misma manera que se
habia usado en esta Española, que, viendo que se acababan los vecinos
de ella, inventaron hacer armadas para saltear los que llamaban
Lucayos, de que asaz hemos arriba hablado. Así, los españoles que en
Cuba vivian, siguieron el dicho trillado camino, juntándose tres ó
cuatro, más ó ménos, segun los dineros alcanzaban, que, de la sangre
de los indios que allí habian muerto y mataban, esprimian, y aparejada
una, ó dos, ó tres carabelas ó navíos, iban y enviaban (y Diego
Velazquez, que la isla gobernaba, dándoles larga licencia para ello),
á las islas de los Lucayos y otras, á saltear y traerlos cargados de
indios, que estaban en sus tierras y casas, quietos y pacíficos. Entre
otras armadas hicieron una, en la cual acaeció lo siguiente: Salieron
del puerto de Santiago de Cuba un navío y un bergantin con hasta 70
ó 80 españoles, por la parte de la isla que llaman del Sur, abajo, y
navegando hácia la tierra firme, y cuasi al rincon ó ensenada que hace
la tierra y punta de Yucatán (puesto que no vieron tierra ninguna),
llegaron á unas isletas que, segun en el segundo libro dijimos,
descubrió el primer Almirante año de 502 ó de 503 (aunque pensaron
estos ser dellas los primeros descubridores), que se llamaban Guanajes
ó de los Guanajes, y creo que son dos isletas ó tres que así se llaman.
Llegados á ellas, y estando la gente dellas descuidada y segura, saltan
los españoles en la una, y muertos los que pudieron con las espadas
y lanzas que llevaban, prenden della toda la gente que pudieron, y
despues van á la otra y hacen otro tanto, y cargado el navío de gente,
cuanta haber pudo, vuelvénse á la isla de Cuba con intencion de tornar
por el resto de la gente que en las dichas islas quedaba. Dejaron 25
españoles en ellas, con el bergantin, para que rebuscase y guardase la
gente que más hobiese, hasta la vuelta del navío que aquellos llevaban;
el cual, llegado á la isla de Cuba y puerto de Carenas, que ahora
llamamos de la Habana, saliéronse cuasi todos los españoles á holgar en
tierra, quedando dellos ocho ó nueve á guardar el navío y los indios,
que debajo de la escotilla y de cubierta sin ver luz ninguna estaban,
los cuales, como debian sentir su infortunio y no dormir todo el
tiempo, sino estar sobre aviso, advirtiendo que arriba, sobre cubierta,
no sonaban tantas pisadas ni oian tanto estruendo, entendieron haberse
salido la gente á tierra y quedar el navío sólo ó con pocos, por lo
cual trabajaron de forcejar contra la escotilla, que es la portezuela
ó agujero cuadrado por donde se sale y entra de abajo arriba, y,
ó quebraron la cadena delgada que tener suele, ó sin quebrarla la
quitaron, sin que ocho ó nueve marineros, que habian quedado á
guardar el navío, porque dormian ó estaban descuidados, lo sintiesen.
Finalmente, salieron todos los indios que estaban abajo y matan á
todos los marineros, y como si toda su vida fueran experimentados en
aquel oficio de navegar, cosa maravillosa, nunca otra así vista en
una gente desnuda, sin armas, estimada dellos siempre y menospreciada
por bestial é inculta, alzan á su placer sus anclas del navío, suben
harto más ligeramente por la jarcia que los marineros, y sueltan sus
velas y comienzan á navegar derechos á sus islas, que distan de allí
más de 250 leguas. Los marineros y gente española, que se holgaban
paseándose por la ribera, desque vieron tan desenvuelta y ardirmente
alzar las anclas y tender las velas y guiar el navío como si ellos
todos estuvieran dentro, espantados comienzan á capear y dar voces,
creyendo ser los compañeros, llamándolos y diciendo si habian perdido
el seso, pero desque vieron los muchos indios que andaban tan ligeros
echando mano de las cuerdas y aparejos y guiando el navío por el mismo
camino donde vinieron, comenzaron á entender que aquello era por mal
de los compañeros, y que los indios los habian muerto, y se iban para
su tierra, los cuales estuvieron mirando hasta que desparecieron; los
cuales, no supimos en cuantos dias, pero llegar á ella, como si fueran
muy pláticos marineros que se rigieran por el aguja y carta de marear,
fué cosa cierta. Llegados á su isla, hallaron los 25 españoles bien
descuidados de ver el navío sin cristianos, dieron los indios en ellos
con gran esfuerzo, con las lanzas y palos y piedras que en el navío
estaban, y pelearon los unos con los otros, y, descalabrados muchos de
ambas partes, al cabo los indios prevaleciendo contra los 25 españoles,
y los españoles viéndose apretados y que no los podian resistir,
acordaron de se recoger al bergantin que les habia quedado, y huir la
costa de la mar abajo, y, para dejar memoria de sí cuando españoles
viniesen, en un árbol, que estaba junto á la lengua del agua, con un
cuchillo hicieron una cruz impresa quitando la corteza del árbol, y
unas letras que decian «Vamos al Darien.» Tornando, pues, atras un poco
desta historia, como Diego Velazquez supo que los indios habian muerto
los ocho españoles y alzádose con el navío, proveyó luégo de armar dos
navíos con los españoles que le pareció que bastaban para que fuesen
tras los indios alzados, y socorrer á los 25 que habian quedado en
la isla, que habian puesto por nombre Sancta Marina, y porque desde
allí descubriesen otras islas y tierras de donde nuestro Señor y Sus
Altezas, diz que, fuesen servidos, trayendo los indios de ellas al
cognoscimiento de nuestra fe católica. Estas son palabras del mismo
Diego Velazquez en una carta que escribió al almirante D. Diego Colon,
cuyo traslado yo tengo. Con estas palabras y con esta color baptizaba
Diego Velazquez y los otros tiranos han baptizado sus execrables
tiranías y ambiciones y cudicias, no haciendo cuenta ni advirtiendo las
ánimas que echaban de los indios á los infiernos, con las muertes y
estragos que en ellos hacian, la infamia de la fe y religion cristiana,
los grandes escándalos y alborotos que por todas aquellas regiones con
sus violencias sembraban, en las gentes humildes, mansas y pacíficas,
las injusticias que cometian sacándolas de sus tierras y casas y
llevándolas á otras tan lejanas y desproporcionadas de las suyas,
captivas, donde al cabo todos sin escapar uno perecian. Estos eran los
servicios que á Dios y á Sus Altezas, y la conversion á la fe católica
de aquellas gentes, con su gran celo Diego Velazquez y los demas
ofrecian. Así que, sabido el alzamiento con el navío de los dichos
indios, proveyó Diego Velazquez dos navíos y gente española en ellos,
los cuales, llegados á la isla, vieron la cruz y letras en el árbol
esculpidas, y sin más parar fueron en busca de los 25 españoles de isla
en isla hasta una á que pusieron por nombre Sancta Catalina, cerca
de la cual, entre unas peñas que llaman arracifes, hallaron quemada
la carabela ó navío con que se habian alzado los indios. Saltaron en
la isla para servir á Sancta Catalina, cuyo nombre le habian puesto,
y pelean con los vecinos y moradores della, y, muertos los que matar
pudieron, captivan todos los que prender pudieron, y de aquella pasan á
otra isla que se nombraba Utila y hacen otro tanto, por manera que de
ambas á dos captivaron hasta 500 personas, y, repartidas en ambos á dos
navíos, metiéronlas debajo de cubierta, cerrada la puerta ó escotilla.
Hecha esta egrégia hazaña, y della ellos muy contentos y favorecidos,
sálense á pasear y holgar en la isleta para luégo se partir para la de
Cuba no poco ricos; los indios que estaban presos en la una carabela,
sintiendo que habian quedado en ella pocos españoles, tuvieron manera
de, urgando y forcejeando, quebrar ó desviar el escotilla, y comenzaron
á priesa y con ímpetu á salirse por ella. Viéndolos los españoles
acuden de presto á ellos con sus armas y palos, diciéndoles, y dando
en ellos golpes, que no saliesen; pero los indios con gran esfuerzo,
no curando de su consejo y fuerza, salen y dan en ellos con palos y
piedras que sacaban de debajo de cubierta consigo, y con tanto ánimo
y fuerzas y perseverancia pelearon con ellos, que, no los pudiendo
los españoles sufrir, se echaron la mitad dellos á la mar y á la otra
mitad mataron los indios, quedando el navío del todo por los indios;
y apoderados dél echan mano luégo de todas las lanzas y rodelas y
las demas armas que en él habia, y aparéjanse para se defender. La
gente española que estaba holgándose en tierra, sintiendo y viendo lo
que pasaba en el navío, diéronse priesa á se recoger en el otro, y
arribando sobre él comenzáronlo á combatir y pelear con los indios;
los cuales se defendian y peleaban con tanto esfuerzo y fortaleza, así
las mujeres como los hombres, con arcos y flechas, lanzas y rodelas, y
piedras, más de dos grandes horas, que los españoles quedaron admirados
y harto cansados y descalabrados. Pero prevaleciendo los españoles
contra los indios, y los indios viéndose maltractar y que caian muertos
muchos dellos, echáronse todos los hombres y muchas de las mujeres á
la mar. Recogieron todas las mujeres que pudieron con las barcas, y de
los hombres algunos se salvarian, é irian á tierra nadando, y tambien
es de creer que matarian algunos; y finalmente, cobrado el otro navío,
y con ambos y obra de 400 personas, mujeres y hombres que pudieron
prender ó retener de los que habian salteado, y más 20.000 pesos de oro
bajo, dieron la vuelta y llegaron á la Habana. Todo ésto refiere Diego
Velazquez en la carta que arriba se dijo, que destos casos escribió
al Almirante. Por estos acaecimientos asaz se convence y confunde la
malicia y falsedad de los que á estas gentes miserandas de bestias
infaman, pues por ellos parece de cuánta industria, y sagacidad, y
prudencia, y esfuerzo en las peleas en ambos á dos casos usaron para
librarse de tan injusto captiverio, y cómo, si tuvieran tales armas
como nosotros, aunque desnudos en cueros, de otra manera nos hobiera
sucedido el entrar en sus tierras y reinos matando y captivando y
robando, como habemos siempre por nuestros pecados entrado; pero
porque las hallamos desnudas y sin alguna especie de armas, que para
contra las nuestras valiesen algo, las habemos así talado y asolado,
y no por falta de no ser hombres bien capaces y bien racionales y
esforzados.



                            CAPÍTULO XCIII.


Tornando á proseguir la historia de los padres de Sant Hierónimo,
partiéronse de la isla de Sant Juan y llegaron á esta isla y puerto
de Sancto Domingo, trece dias ántes que el Clérigo. Hízoseles gran
rescibimiento por los Oidores ó Audiencia, y por los oficiales del
Rey, cuyo principal era el tesorero Miguel de Pasamonte, de quien
arriba hobimos dicho ser persona de mucha prudencia y autoridad.
Todos, los unos y los otros, eran personas muy entendidas, marcadas y
regatadas, y así supieron con lisonjas y artificio de palabras ganar
la voluntad de los Padres, y, entendido á lo que venian, representando
sus servicios, como si hobieran sido algunos, sus necesidades, y como
la tierra no podia sustentarse sin tener los españoles los indios,
dando para ello muchas razones como las que siempre dar acostumbraron,
apocando y deshaciendo los indios, diciendo que si los soltaban no
sabrian trabajar para se sustentar (como si los pecadores los hobieran
mantenido ántes que á estas tierras viniesen desde España, ó si los
hallaran cuando á ellas vinieron muriendo de hambre, y no ántes á
ellos millares de veces se la hobieran matado), los Padres los oian
de muy buena gana, y les tenian todo buen respecto y hacian todo buen
acatamiento, y finalmente, les daban y dieron grande crédito, y ellos
ganaron á los Padres la voluntad; y de tal manera supieron ganársela,
que ganaron que no se pusiese en ejecucion la Cédula que traian de
quitarles los indios, que ellos más que otros oprimian y mataban, y
así se quedaron con ellos hasta que los acabaron. La Cédula en que
se les mandaba que los quitasen á los del Consejo y otras personas
que en Castilla ó en la corte residian, no pudieron disimular que no
la ejecutasen. Llegó, pues, á este puerto y ciudad el Clérigo, trece
dias pasados, hallando los oidos y áun voluntades de los Padres por
aquello bien ocupadas y ganadas; visitábalos muchas veces, hablábales
lo que convenia á la libertad y conservacion de los indios, traíales
personas que vian los malos tractamientos que á los indios se hacian
oíanlos los Padres, pero ninguna cosa comenzaban ni se determinaban.
Una vez vino al clérigo Casas un clérigo que habitaba en las minas que
llamaron de los Arroyos, cinco ó seis leguas desta ciudad de Sancto
Domingo, y díjole de lástima que supiese que los indios allí eran
mal tractados, y que los habia visto enfermos de los trabajos de las
minas y echados en el monte ó en el campo, cubiertos de moscas, sin
que ninguno los curase ni hiciese caso dellos, y que así los dejaban
morir los que los tenian encomendados. El clérigo Casas tomó de la
mano al otro clérigo que desto le avisaba, y llévalo á que lo dijese
á los Padres, lo cual oido y bien explicado comenzaron los Padres á
poner duda en lo que el clérigo les referia, y á dorar y excusar la
crueldad é inhumanidad de los tiranos que la obraban. El clérigo, que
parecia bueno y de compasion pura venido habia, ó al ménos mostrábalo,
á avisar al clérigo Casas, entendiendo que para procurar por los indios
habia sido enviado, respondió á los Padres algo libremente, más que oir
quisieran: «¿sabeis Padres reverendos, qué voy viendo? que no habeis
de hacer á estos tristes indios, más bien que los otros Gobernadores.»
Dichas éstas palabras, salióse, y ellos quedaron, á lo que pareció,
harto tristes y aún confusos. Como el clérigo Casas insistiese con
los Padres que se quitasen los indios á los Jueces y oficiales y á
los demas, y pusiese en ello todo su conato para que consiguiesen
su libertad, como traian mandado, pareció que padecia peligro de su
persona por los muchos enemigos que por esta causa cobraba; por temor
de lo cual los religiosos de Sancto Domingo se movieron con caridad á
rogalle que se viniese á posar á su monasterio, y él lo aceptó, donde
le dieron un buen aposento, segun ellos lo tenian de sanctos pobres,
llano y moderado, porque así edificaron al principio aquella casa. Allí
estuvo, al ménos de noche, seguro el padre Casas. Desde á dos ó tres
meses llegó á esta ciudad el licenciado Zuazo, Juez de residencia,
presentó sus poderes, fueron rescibidos y obedecidos, mandó apregonar
la residencia y comenzóla á tomar; y porque el clérigo Casas tenia por
muy culpados á los dichos Jueces, como en la verdad lo eran, en haber
consentido destruir las islas de los Lucayos, salteando y prendiendo
con grandes crueldades las inocentísimas gentes moradores dellas,
trayendo á esta isla, donde todas perecian, los navíos llenos de
ellas, muchos años, y no sin sospecha de que tenian los mismos Jueces
parte en las mismas armadas que para traellos se hacian, púsoles una
terrible acusacion, hecha su protestacion, como á reos y homicidas y
causa de todo ello, y, segun ella fué, no se creia por los que bien
las cosas entendian, sino que fueran condenados á muerte, la cual,
sin alguna duda, muy bien merecian. Pero pocos de los malos jueces y
que tiránicamente gobiernan, vemos por los que les toman residencia
sentenciados á muerte, y en los ménos secutada la sentencia. Desta
acusacion pesó muy mucho á los padres Hierónimos, y de todo lo que
cerca desta materia el clérigo Casas hacia, no por otra razon, se
creyó, sino por el amor que ya les tenia, ó quizá porque no querian que
se supiesen las crueles tiranías pasadas, porque no pareciese ser mayor
su obligacion para quitar los indios, lo cual parecia que era lo ménos
que pretendian, no se supo con qué espíritu; y, empero, por otra causa,
cierto, acá no venian ni vinieran sino para poner en libertad y remedio
los indios, como arriba queda visto. Pidieron parecer á los religiosos
de Sancto Domingo, y creo que tambien á los de Sant Francisco y á los
dichos Jueces y oficiales del Rey, sobre si quitarian los indios; el
parecer que darian los Jueces y oficiales del Rey, manifiesto es cuál
sería; el de los Franciscos, porque habia entre ellos pocos letrados y
ménos cognoscimiento y advertencia de la gravedad de las injusticias
que los indios habian padecido y padecian, y disminucion que cada
hora en ellos habia, y porque los dias pasados fueron contrarios de
los Dominicos, por favorescer á los españoles, con harta ceguedad que
tuvieron, como arriba se dijo, no se creyó que fuese cual segun Dios
ser convenia. El de los Dominicos fué el que se sigue.



                            CAPÍTULO XCIV.


El Prelado de la casa que por entónces allí presidia, el cual despues
fué obispo de Panamá, impuso, y mandólo en virtud de sancta obediencia,
al padre fray Bernardo de Sancto Domingo, uno de los tres que trujeron
la Órden á esta isla el año de 10, segun que arriba en el segundo libro
queda escripto, el cual era el que más entre los otros en las letras
resplandecia, que escribiese lo más compendiosamente que fuese posible
aquello que Dios le inspirase cerca de la materia, para complir con
el parecer que los padres Hierónimos pedian. Este siervo de Dios, que
cierto lo era, púsose á escribir, y creo que en tres dias comenzó y
acabó un tractado en latin, de obra de dos pliegos de papel, al ménos,
que impreso en molde á más no llegaría, en el cual, muy complida,
puesto que sucinta y compendiosamente, puso la sustancia del negocio,
la horrenda iniquidad del repartimiento ó encomiendas, y la crueldad
de los españoles, los daños de los cuerpos y de las ánimas de los
indios, y los pecados y mal estado de los que los oprimian con toda la
injusticia y tiranía que contenian; esto comprendió, explanó, probó
y declaró, moviendo tres cuestiones, tratándolas y disputándolas,
poniendo los argumentos en contrario, determinando la verdad, y
respondiendo y evacuando todo aquello que contra ella cualquiera docto
oponer podia. Fué pues la primera cuestion, si aqueste modo de gobernar
los indios repartiéndolos y encomendándolos á los españoles fué hasta
entónces lícito, y si los pudieron tener los españoles sin pecado
mortal, salva conciencia. La segunda, si añadido el remedio de las
leyes que se hicieron en Búrgos el año de 12, se hizo más que de ántes
lícito, ya que se diga que lo primero sin aquellas leyes no era lícito.
La tercera cuestion era, ya que todavía se dijese que aquellas leyes
no suplian los defectos y daños que los indios padecian, si añadidas
todas las otras cosas que pareciesen necesarias y convenientes para
impedir los agravios y daños de los indios, y poner el total remedio
para ello, con tanto que siempre quedasen repartidos y en poder de los
españoles, sería lícito y, salvas las conciencias, podrian sin pecado
tenellos. A la primera cuestion, supuestos ciertos fundamentos del
Filósofo y de Sancto Tomás, de que cualquier gobernador debe tener fin
á hacer sus súbditos buenos, y Cristo fué sobre todos Sumo gobernador,
y vino á hacer los hombres buenos, y, por consiguiente, cualquiera
cristiano gobernador es obligado á seguillo en cuatro cosas: la
primera, en hacer que los súbditos cognozcan á Dios, y sean instruidos
y ejercitados en su divino culto; la segunda, en que tenga paz; la
tercera, en que guarden justicia unos con otros; la cuarta, en curar de
la multiplicacion de los hombres, por lo cual fué instituido y aprobado
el matrimonio, y prohibidos los homicidios; los cuales supuestos,
responde con esta conclusion: Aquel modo de gobernar los indios por
repartimiento y encomiendas fué hasta entónces ilícito, y no se pudo
tener sin pecado mortal. Prueba la conclusion con una razon general,
que es, porque pone aquel modo de gobernar en mal estado y en pecado
mortal á los gobernadores, y á los comenderos, y á los estancieros y
mineros, y á los confesores que en aquel estado los absolvian. Prueba
lo de los gobernadores con esta razon: Aquel modo de gobernar hombres
que disminuye, y consume, y destruye los gobernados y sufre manifiestos
adulterios, estupros, incestos manifiestos, matrimonios de otros ritos
contrarios del de Cristo y su Iglesia en los hombres baptizados,
item, muertes de muchas criaturas que mueren por secársele la leche
á las madres y otras que las mismas madres las matan en los vientres
de desesperadas, con otros muchos daños y males, todo lo cual, es
contra la intencion principal de Jesucristo, Sumo y justo gobernador,
y contra los mandamientos de su ley; luégo el tal modo de gobernar
hombres, es y fué, y siempre será, ilícito, y por consiguiente, pone
los gobernadores en mal estado, que es decir que siempre viven y están
en pecado mortal, y dignos de la eternal dañacion. La razon es, porque
los tales gobernadores son obligados, de precepto divino, á quitar tal
gobernacion como destruidora de los gobernados, y poner la contraria,
como parece por los supuestos y fundamentos dichos. Que fuese verdad
que por el repartimiento y encomiendas de los indios, dadas á los
españoles, pereciesen todos y incurriesen los dichos daños y males,
probólo desta manera, porque la primera vez que los indios desta isla
Española se contaron, dijo que se habian hallado haber en ella un
millon y cien mil vecinos, y que cuando los mismos frailes de Sancto
Domingo vinieron á esta isla, que fué el año de 10, dijo que se habian
contado todos dos veces y no se hallaron sino 46.000, y despues pocos
años adelante, fueron tornados á contar y halláronse 16.000, y que al
tiempo que este tractado escribia no habia sino 10.000. De las otras
islas lo mismo probaba, como de la isla de Sant Juan, en la cual dice
que sin número habian perecido y perecian; lo mismo en la de Jamáica,
de la cual la mayor parte habian muerto; en la de Cuba, señaladamente,
dice haber perecido niños sin número, y ésto bien lo sabia él, porque
estuvo en ella á la sazon. De los traidos de otras partes á esta
Española, dice haber muerto innumerables millares, dellos de haber
metido á espada haciéndolos pedazos en sus tierras, salteándolos por
traellos á ésta; y muertos de hambre, dice, haber sido grande multitud,
y dijo gran verdad, y lo mismo de niños que no se cuentan y nadie los
podria contar. Otras muchas islas, vecinas y lejanas desta Española,
dice ya ser despobladas y asoladas, y en ésta ya no hay que contar. De
los otros daños y desórdenes, cuenta cómo no curaban los españoles,
que los tenian encomendados, que estuviesen los indios casados ó
amancebados ó ayuntados con sus parientas y consanguíneas ó afines,
ántes ellos mismos se las daban por mujeres, las que, sin ninguna
diferencia ni escrutinio, segun se les antojaban, y cuando querian,
se las quitaban y las daban á otros; y así los llama sacerdotes de
los diablos. Refiere más otros agravios que hacian á los indios,
tomándoles sus mujeres y sus hijas y las tenian por mancebas, y por
otras mil vías los oprimian y fatigaban, todo lo cual era notísimo á
los gobernadores, y ninguna cosa dello ignoraban ni podian ignorar; y
así concluye, que aquel modo de gobernar los indios, encomendándolos
á los españoles, era ilícito y tiránico, y por consiguiente los
gobernadores que lo sostenian estaban fuera del estado de salvacion
y en pecado mortal, y en este estado metia á los reverendos padres
Hierónimos. Que estuviesen lo mismo en mal estado los comenderos,
pruébalo contando diez cosas en que los españoles comenderos eran
obligados á complir con los indios, las cuales, ni complian, ni les
era posible aunque se obligaban á complillas. Una era la comida
necesaria para que pudiesen vivir, y, segun los trabajos grandes en
que los ponian, que fuese de sustancia, como de carne, y no de hierbas
ó raíces como les daban, y, segun el número, suficiente, tantas veces
al dia como convenia para los que todo el dia sin resollar trabajaban.
Lo segundo, á curallos en sus enfermedades de médico y medicinas. Lo
tercero, camas en que duerman conforme á la enfermedad. Lo cuarto,
á dalles la comida guisada, como para enfermos, cuando lo están. Lo
quinto, á los vestir para cobrir sus carnes, á hombres y mujeres, y á
los niños y viejos, segun lo que á cada persona conviniere, puesto que
ellos, por ser la tierra caliente y como infieles, no se vistiesen,
porque la honestidad cristiana no sufre andar los hombres y mujeres
desnudos. Lo sexto, á les dar calzado conforme á la necesidad y
honestidad susodicha. Lo sétimo, á dalles camas conforme á la tierra, y
no el suelo. Lo octavo, á dalles casas en que se metan, en las minas y
en las estancias. Lo noveno, á les dar el trabajo moderado, y no como
le daban noches y dias, fiestas y no fiestas, y no á llevar mujeres
y viejos y niños á las minas y á los otros trabajos. Lo décimo, á
dalles cognoscimiento de Dios, y enseñalles la doctrina cristiana,
y encaminalles en la vida de salvacion, de la cual padecen extrema
necesidad; y por ser extrema, porque sin ella se iban todos á los
infiernos, eran obligados á dársela, aunque por dársela hobiesen de
perder las vidas, si de otra manera no se la pudiesen dar. Todas estas
diez cosas, pertenecientes á la salud y vida de los cuerpos y ánimas de
los indios, probó aquel padre fray Bernardo en el dicho tractado, ser
obligados los españoles, y deudores á darlas á los indios por deuda y
obligacion de justicia y de caridad, y así, cierto, es verdad. Probó
tambien serles imposible dárselas, y obligábanse, empero, á se las dar,
porque puesto que algunas dellas en singular fuesen posibles, pero las
más ni singularmente ni todas juntas podian dárselas, como eran los
mantenimientos suficientes para tan grandes trabajos como padecian,
y los médicos y medicinas, y sobre todo la doctrina cristiana, y
administracion de los Sacramentos, y ejercicio del culto divino, de
todo lo cual ellos se constituian curas, no sabiendo para sí de las
cosas de la fe y religion cristiana lo necesario para su salvacion;
y así concluyó que los gobernadores y los comenderos eran obligados
á dejar los indios en su libertad, quitando aquel modo tiránico de
gobernacion que los habia consumido y consumia, porque no lo dejando
estaban en estado de eternal dañacion. El tercer género de hombres que
la dicha manera de gobernar ponia en mal estado eran los mineros, que
eran los españoles que ponian para que hiciesen trabajar los indios en
las minas, uno para 30 ó 40 indios, y los estancieros que los hacian
trabajar en las estancias ó cortijos del campo y todas granjerías.
Probábalo por esta razon: ninguno puede ganar sueldo, ni ejercitarse ó
servir á otro en servicio y oficio ilícito y prohibido por la ley de
Dios, sin que peque mortalmente y así esté en contino pecado mortal;
puédese poner ejemplo en los que sirven á los logreros en ayudarlos en
dar los dineros á logro, y los que sirviesen y ayudasen á los ladrones
y robadores, llevándoles y poniéndoles las escalas y cosas semejantes;
pues tener los indios de la manera dicha encomendados, es prohibido y
contra la ley de Dios, y pone los gobernadores y amos, comenderos, en
estado de eternal damnacion, luégo los mineros y estancieros que los
sirven en aquel oficio y ministerio, y llevan su parte de aquello mal
adquirido, pecan mortalmente y están en estado de eternal dañacion.
Y, cierto, es así, porque aquellos eran los verdugos crueles que
inmediatamente destruian y destruyeron todos, los indios destas islas,
por las crueldades con que los tractaban, dándoles incesables trabajos,
y con ellos azotes y palos, y con otras mil maneras de vejaciones, y
así fué, y es donde aún en estas Indias los hay, á estima y dicho de
todos, el más infame género de hombres que jamás se cognosció, que
parece que Dios, por su divino juicio, quiso en pago de su impiedad
hacellos á boca y estima de todos vituperables y menospreciables. Dió
el dicho Padre otra razon de su mal estado, porque trayendo mujeres
indias en los trabajos se ponian en peligro de pecado mortal, y, por
consiguiente, pecaban mortalmente solamente por ponerse á peligro de
con ellas pecar, cuanto más que nunca estaban sino amancebados, no con
una sino con muchas, donde no faltaban feísimos adulterios y otras
especies de aquel pecado. El cuarto género de hombres, que aquel modo
de gobernar los indios, encomendándolos á los españoles, ponia en
estado de pecado mortal, era los confesores, porque ninguna duda hay
que el confesor que absuelve al que tiene oficio de pecado mortal, no
lo dejando, y por él está en estado de dañacion, que peca mortalmente,
y no enmendándose sino que está aparejado para los tales absolver,
que está en mal estado; pues muchos confesores, y áun todos en aquel
tiempo, absolvian á los gobernadores y á los comenderos, y á los
mineros y estancieros, sin escrúpulo alguno, cuantas veces querian, sin
los unos ni los otros tener propósito ni pensamiento de se enmendar,
luégo los confesores de los tales pecaban mortalmente y estaban en
estado de pecado mortal. Todo ésto trujo el dicho padre fray Bernardo,
para cumplir con la primera cuestion, que fué, ser aquel repartimiento
ó encomiendas de indios á los españoles pésima é inícua gobernacion
y digna de fuego eternal. A las otras dos cuestiones respondió docta
y cristianamente, probando, que ni con las leyes que se hicieron el
año de 12, ni con las que demás se pudiesen hacer, por justas que
fuesen, no se podia la dicha manera de gobernacion justificar que no
fuese inícua y tiránica, y comprender en sí muchas deformidades, y
porque teniendo los españoles los indios repartidos y encomendados era
imposible no los matar, por ser su cudicia del todo insaciable, y por
consiguiente incurable, para prueba de lo cual trujo muy evidentes y
eficaces razones y irrefragables autoridades, lo cual dejamos aquí
de traer por abreviar. Este tractado, compuesto por el dicho padre
fray Bernardo, firmaron el Prelado y los principales religiosos del
convento, y lleváronlo á los padres Hierónimos, los cuales hicieron
poco caso dél. Aunque no eran ellos los mayores letrados del mundo,
porque el principal dellos era jurista y entendia poco de teología, los
otros dos habian estudiado algo en ella, pero no se entendió que fuesen
teólogos demasiados, no les debia de saber bien verse allí, de su error
ó culpable ignorancia y falta de celo para socorrer á los opresos
y librar de la muerte á los desventurados, como les era mandado,
sentenciados.



                             CAPÍTULO XCV.


Por este tiempo vinieron catorce religiosos de Sant Francisco, todos
extranjeros, de Picardia, personas muy religiosas, de muchas letras
y muy principales, y de gran celo para emplearse en la conversion
destas gentes, y entre ellos vino un hermano de la reina de Escocia,
segun se decia, varon de gran autoridad, viejo, muy cano, y todos
ellos de edad madura y que parecian como unos de los que imaginamos
senadores de Roma. Guiólos y trújolos un padre llamado fray Remigio,
que habia estado por estas islas predicando segun podia á estas gentes,
en especial estuvo cierto tiempo en la de Cuba; éste era tambien
notable persona en religion y virtud, y con el deseo que tenian de
aprovechar en los indios, tornó á su tierra y persuadió á los dichos
catorce religiosos, y llegado con ellos á la corte el Cardenal de su
Órden, don fray Francisco Jimenez, les mandó dar buen despacho para
su proveimiento, y con él á esta isla consigo los trujo. De aquí se
repartieron, yendo algunos á la tierra firme, donde habian, los que
arriba dijimos en el cap. 81, asentado, que fué en la provincia y
pueblo llamado Cumaná, y otros se quedaron en esta isla. Viendo pues
el clérigo, Bartolomé de las Casas, el poco y ningun remedio que los
padres Hierónimos á los indios daban, y que cada dia perecian los pocos
que ya quedaban, porque como los españoles que tenian indios viesen que
el Clérigo muy solícito andaba para que se los quitasen, temiendo que
al cabo se los podian quitar, puesto que nunca los dichos padres se
los quitaron, hobo español que escribió á su estanciero ó minero que
se diese prisa en hacer trabajar todos los indios que tenia, y que no
perdonase á las mujeres chicas ni grandes, preñadas ni paridas, porque
cuando no se catasen se los habian de quitar segun tenia entendido.
Así que, viendo el padre Clérigo el poco fruto que de la venida de
los padres Hierónimos se seguia para los indios, comenzó á tratar
del remedio con el padre venerable fray Pedro de Córdoba, que habia
entónces, poco ántes, venido de Castilla, donde habia ido por traer
religiosos, y como supo de la provision del Cardenal, y que los padres
de Sant Hierónimo y el clérigo Casas eran para acá, con el remedio de
los indios, venido, dióse priesa para tornar á esta isla, y tratando
qué remedio se tomaria para que los padres Hierónimos ejecutasen los
remedios que para los indios mandados traian, pareció que no habia
otro sino tornar el Clérigo contra ellos á Castilla; y porque mostraba
el licenciado Zuazo, juez de residencia, por entónces favorecer á los
indios y dolerse de los agravios y muertes que padecian, y culpaba
los padres por ello, puesto que despues no ayudó mucho á los indios,
diósele parte por el dicho padre vicario, fray Pedro de Córdoba, y
por el Clérigo, al cual pareció lo mismo. Allegóse á la ignorancia y
error dellos, que les vinieran ciertos parientes ó deudos y afines,
á los cuales quisieran, segun se creyó, aprovechar en esta isla con
los sudores y sangre de los indios, pero no se atrevieron por estar
el Clérigo presente, de quien sabian que no sufriera disimular cosa
semejante, sin que se lo acusara públicamente ante todo el pueblo,
si fuera menester, á gritos; y por ésto hiciéronlo ellos para su
propósito mejor, que los enviaron á la isla de Cuba, y escribieron á
Diego Velazquez, que estaba cada dia con temor que le habian de ir á
tomar residencia y privalle del cargo que tenia, y en la carta que
le escribieron, en la cortesía que se suele poner ántes de la firma,
decian; «Capellanes de vuesa merced.» Esto vido por sus mismos ojos el
clérigo Casas, un dia que acaeció irles á hablar cuando querian cerrar
la carta. Visto ésto, cognosció que ninguna esperanza se podia tener
que cosa hiciesen, al ménos cuanto á la libertad y lo sustancial que
les causaba la muerte, que aprovechase á los indios; por lo cual se
rectificó en el propósito de ir contra ellos á Castilla, y lo mismo
concedieron el siervo de Dios, padre fray Pedro de Córdoba y el Juez
de residencia. ¿Qué se pudo congeturar y áun de cierto esperar que
habia de hacer Diego Velazquez por los deudos de los padres Hierónimos
que allá les enviaban, sino dalles los mejores repartimientos que
hobiese en Cuba de indios? Y ésto, aunque no lo dijesen ellos en su
carta, pues no habia en Cuba otra cosa en que los enriquecer, cuanto
más que quizá (como es cosa verosímile para creer), en su carta se lo
escribieron; y pues los enviaban para que los aprovechase, y no habia
otra cosa en que les dar dineros sino en los sudores y sangre de los
indios, ¿qué se podia esperar dellos cerca de la redencion de los
indios, que en sólo librarlos de los españoles consistia? item, ¿qué
colegiria Diego Velazquez de la autoridad de los padres Hierónimos,
en que los ternia, y cuánto los temeria, y cómo se enmendaria de los
defectos que en la gobernacion de aquella isla hacia escribiéndole
en sus firmas «Capellanes de vuestra merced», temiendo cada dia que
le habian de enviar residencia y deponelle del cargo y mando harto
absoluto que tenia? No parecerá cosa absurda de decir y creerlo, que
Diego Velazquez les perdió todo el temor que les tenia, y que en su
estima no hizo de allí adelante más cuenta dellos que hicieron las
ranas de la viga, segun la fábula dijo; teníales ya el pié sobre el
pescuezo, porque le habian dado sobre sí señorío, como lo dan los que
de pretender su propio interese no están libres; de esta lepra pocos
gobernadores y jueces se han escapado en todas estas Indias. Así que,
determinado el clérigo Casas, con parecer de los dichos padre fray
Pedro de Córdoba y Juez de residencia, de volver á Castilla por el
remedio de los indios, tractóse cómo ó quién á los padres Hierónimos lo
descubriria; fué acordado que el mismo Juez de residencia se lo dijese,
disimulada ó como descuidadamente, porque se creia que oyéndolo habian
de tener mal dia. Lo cual oido, dijo con gran alteracion el principal
dellos, que era el fray Luis de Figueroa, prior de la Mejorada: «No
vaya, porque es una candela que todo lo encenderá.» Respondió el
Juez: «Micé, padres, ¿quién le osará impedir su ida siendo clérigo,
mayormente teniendo Cédula del Rey en que le dá facultad para cada
y cuando que bien visto le fuere pueda tornar á informar al Rey, é
hacer en el cargo que trujo lo que quisiere?» Otro dia fué el Clérigo
á vellos, y dícenle: «Padre santo, qué nos han dicho que os quereis ir
á Castilla.» Respondió: «Sí queria, por negociar algunas de las cosas
que me cumplen;» pasóse lo demas en disimulacion. Y ántes que supiesen
de su propósito de ir á Castilla, en ciertos navíos que partieron,
escribieron ellos al Cardenal mal del Clérigo para indignarlo contra
él, y él tambien contra ellos, como no hacian cosa en favor de los
indios de lo que á cargo traian, y como ya tenian parientes acá y los
enviaban á la isla de Cuba para que les diesen indios, y lo que más
para culpallos en aqueste caso con verdad convenia; fueron sus cartas
dellos á manos del Cardenal, pero las del Clérigo nunca parecieron;
no supo si acá ántes que partiesen los navíos á quien las fió, por
industria ó sin ella de los Hierónimos, las vendió y entregó á ellos,
ó que llegaron á Castilla y los oficiales de la contratacion las
quemaron ó rompieron. Porque los negocios del Clérigo, y su persona
por ellos, fueron siempre, á los que algun interese pretendian en
estas Indias, odiosísimas, de la cual pretension los oficiales de la
dicha Casa no mucho carecian. Despues se maravillaban, y lo dijeron al
Clérigo los con quien comunicó el Cardenal las cartas de los Padres
Hierónimos, cómo no rescibia el Cardenal cartas dél; por lo cual
padeció el Clérigo alguna ménos estima en la mente del Cardenal, de
la mucha que dél concibió y tuvo siempre, como no oido ni defendido,
y absente, y no haber quien declarase al Cardenal los defectos de
los Hierónimos y volviese por él. Finalmente, se aparejó para se
partir á Castilla en los primeros navíos, y los religiosos de Sancto
Domingo le dieron cartas de crédito, firmadas del padre fray Pedro de
Córdoba y de los principales del convento, para el Cardenal y para
el Rey si fuese venido, y lo mismo hicieron los religiosos de Sant
Francisco, autorizando su persona, loando su celo y sancto fin, é
dando á entender la gran necesidad que los indios tenian de remedio,
el cual iba á buscar y traer el dicho Clérigo. Partido deste puerto
de Sancto Domingo por el mes de Mayo, año de 1517, con próspero viaje
llegó en breves dias á Sevilla, y en cincuenta, por todos, á Aranda
de Duero, donde ya estaba el Cardenal enfermo. Besóle las manos, y en
palabras que le dijo sintió estar mal informado, y porque le arreció la
enfermedad y murió en breves dias della, no tuvo el Clérigo tiempo de
dalle cuenta de lo que acá pasaba y satisfacelle. Luégo que desta isla
el Clérigo salió, acordaron los padres Hierónimos de enviar tras él
uno de sí mismos, como los que temian que les podia dañar, por conocer
que no tenian buen juego; éste fué aquel que dijimos llamarse fray
Bernardino de Manzanedo, del cual y cómo le fué abajo se dirá si á Dios
pluguiere.



                            CAPÍTULO XCVI.


Dejado por agora de contar lo que sucedió al Clérigo con la venida
del Rey, tornemos á la diligencia que Diego Velazquez y los españoles
de la isla de Cuba ponian en ir é enviar á saltear indios para traer
á ella, por la priesa que daban á matar los naturales della con las
minas y granjerías nefarias que tenian, porque cuanto más oro y riqueza
adquirian, tantos más indios se les morian, y cuanto mayor número
dellos perecia y se iba despoblando la isla, tanta mayor prisa se daban
en hacer armadas para ir á buscar islas y saltear y robar las gentes
naturales que en ellas vivian, de la manera que se habia hecho en
esta isla. Tenia intento Diego Velazquez, segun él decia, que si las
tierras ó islas que se descubriesen fuesen tales y de oro tan ricas,
que allí hobiesen de ir á poblar españoles, no sacaria dellos para
traer á la de Cuba los indios, sino que allí los irian á convertir
de la manera que en esta Española, y en aquella, y en las otras, él
y los demas lo hicieron, haciéndoles ántes blasfemar el nombre de
Cristo, matándolos en los trabajos dichos, y por ellos y en ellos,
muriendo sin fe y sin Sacramentos, ni que tuviesen cognoscimiento de
Dios ni alcanzasen á saber una jota del culto divino; y éste era su
propósito, y ésto llamaba ir á sus islas y tierras á convertillos y
hacer á Sus Altezas servicio. Pero si las tierras no tenian oro, que
por consiguiente las estimaban por inútiles y perdidas, tenia por
sacrificio para Dios y servicio para Sus Altezas, saltear y prender
toda la gente dellas, y traellos por esclavos y consumilla toda en
las minas y en las otras granjerías, como de las demas de arriba se
há harto dicho. Para proseguir, pues, sus buenos intentos de Diego
Velazquez, y de los españoles que allí eran vecinos y tenian indios, y
se hallaban con dineros sacados de las minas y de las otras granjerías,
con la justicia que se ha dicho, juntáronse tres dellos, llamados
Francisco Hernandez de Córdova, harto amigo mio, Cristóbal de Morante
y Lope Ochoa de Caicedo, y tractaron con Diego Velazquez que les diese
licencia para ir á saltear indios donde quiera que los hallasen, ó en
las islas de los Lucayos, aunque ya estaban, como arriba hobo parecido,
destruidas, pero todavía creian poder topar, rebuscándola, algunos
escondidos, ó de otras partes de las descubiertas. Dada licencia, puso
cada uno dellos 1.500 ó 2.000 castellanos; compran ó fletan dos navíos
y un bergantin, y provéenlo de pan caçabí, tocinos de puerco y carne
salada, y agua y leña y lo demas necesario, juntan cien hombres, con
marineros, y todos á sueldo ó á partes, que es decir que tuviesen su
parte, cada uno, de los indios que salteasen, y del oro y de otros
provechos que hobiesen. Hace Diego Velazquez Capitan de todos al dicho
Francisco Hernandez, porque era muy suelto y cuerdo, y harto hábil
y dispuesto para prender y matar indios; llevaron por piloto á un
marinero llamado Anton Alaminos, el cual, los tiempos pasados, siendo
él mozo y grumete, habia navegado y halládose con el Almirante viejo,
primero que descubrió las Indias, cuando descubrió á Veragua el año
de 1502. Partiéronse del puerto de Santiago, haciéndose á la vela,
creo que, por fin del mes de Febrero el año de 1517, por la banda ó
parte del Norte de la isla de Cuba, y llegaron al puerto que dicen
del Príncipe, donde tenia hacienda alguno ó algunos de los armadores
ó sus amigos, para tomar carne, y agua, y leña y otras cosas para su
viaje; y estando allí, dijo el piloto Alaminos al capitan Francisco
Hernandez que le parecia que por aquella mar del Poniente, abajo de la
dicha isla de Cuba, le daba el corazon que habia de haber tierra muy
rica, porque cuando andaba con el Almirante viejo, siendo él muchacho,
via que el Almirante se inclinaba mucho á navegar hácia aquella parte,
con esperanza grande que tenia que habia de hallar tierra muy poblada
y muy más rica que hasta allí, é que así lo afirmaba, y porque le
faltaron los navíos no prosiguió aquel camino, y tornó, desde el cabo
que puso nombre de Gracias á Dios, atras á la provincia de Veragua.
Dicho ésto, el Francisco Hernandez, que era de buena esperanza y
buen ánimo, asentándosele aquestas palabras, determinó de enviar por
licencia á Diego Velazquez para que, puesto que iban á saltear indios
y traerlos á aquella isla, que, si acaso de camino descubriesen alguna
tierra nueva, fuese con su autoridad, como Teniente de gobernador que
allí gobernaba por el Rey; el cual se la envió larga, como Francisco
Hernandez, que la pidió, deseaba. La licencia venida, luégo, sin más
se tardar, como si con la misma licencia le enviara la llave de la
puerta donde estuviera encerrada toda la tierra que habia de hallar
con toda certidumbre, y hobiera de ir luégo á ella á morar, embarca
muchas obejas y puercos, y algunas yeguas, todo para comenzar á criar.
Hiciéronse á la vela, llegan á la punta ó cabo de la isla que se llama
el cabo de Sant Anton, desde allí andaban de dia lo que podian, y
bajaban las velas de noche, que llaman estar al reparo, por navegar por
mar que no sabian, y por no dar en tierra ó bajos ó peñas de noche,
industria de prudentes marineros; y finalmente, al cabo de cuatro
dias que habian, segun su parecer, andado, con las paradas dichas,
70 ó 80 leguas, llegaron á una isla grande que los indios llamaban
y llaman Cozumel, y los españoles le pusieron Sancta María de los
Remedios, porque les ayudase á saltear las gentes que en sus casas
vivian seguras. Llegándose á la isla y costeando por la ribera della,
buscando puerto donde surgir ó echar anclas, y no lo hallando, mandó
ir el Capitan con 45 hombres en las barcas, y llegó en ellas cerca de
un pueblo grande que desde la mar habian visto, y como los indios dél
vieron que los españoles iban hácia allá, salieron á recibillos muchas
canoas llenas dellos, todos fajados por la cintura, y de allí abajo
cubiertos con unos paños ó mantas de algodon, y con sus armas, arcos
y flechas y rodelas; llegando á las barcas comenzaron á hablar por
señas á los españoles, como preguntándoles quién eran y qué querian,
y junto con ésto dánles ciertas calabazas de agua, como entendiendo
que los que navegan, siempre, lo primero que quieren de tierra es
agua, diéronles tambien maíz molido en pella y masa, de que suelen
hacer como unas zahinas ó poleadas, cuasi como bastimento para camino
y para necesidad: el Capitan les dió una camisa de algodon. Vieron
los indios en una de las barcas un indio de Cuba que llevaban consigo
los españoles, al cual por señas pidieron que se lo diesen, para que
trujese más arina ó masa de maíz y más agua; el Capitan se lo dió y
metiéronlo en sus canoas y fuéronse. Los españoles llegáronse á un
estero que por allí estaba, y en ésto llegó el bergantin, que venia más
llegado á tierra y atras; dijeron los dél que aquellos indios habian
peleado con él y le habian seguido por aquella costa de mar dos dias.
Estando platicando en ésto llegaron 16 canoas de indios, los cuales por
señas les dijeron que se fuesen con ellos al pueblo, lo cual hicieron
los españoles y concedieron de buena voluntad, y los unos en sus barcas
y los otros en sus canoas fueron juntos, y en el camino les anocheció
cerca del pueblo, en una punta que hacia la tierra entrando en la mar;
saltaron los españoles á dormir en tierra y los indios durmieron junto
á ella en sus canoas, y como era cerca del pueblo, en toda la noche no
hicieron sino ir y venir dél indios á hablar y estar con los indios
de las canoas. A la media noche vinieron dos dellos con sus arcos y
flechas por tierra, y viéndolos un español que velaba su cuarto y que
se metian entre ellos, levantóse y arremetió á ellos con la espada
sacada y dando voces; levántanse todos los españoles, y arremetieron
con los indios que estaban junto en las canoas. No supe los que
alcanzaron, mataron ó hirieron, mas de que todos los que pudieron
huyeron y dejaron 14 canoas con sus arcos y flechas; argumento harto
claro de que no tenian por entónces pensamiento de acometer ni hacer
daño á los españoles. Otro dia de mañana vieron venir los españoles dos
canoas y dentro nueve hombres, y, llegados á tierra, el Capitan de los
españoles los hizo prender y atar sin por qué ni para qué, sino para
hacer heder por toda la tierra su nombre. Hízolos interrogar uno á
uno, apartados, mostrándoles oro de la isla de Cuba, y preguntándoles
si en aquella tierra habia de aquel metal. ¡Mirad qué evangelio
comenzaba á predicalles y qué señas les daba que habia en el cielo
un sólo y verdadero Dios! Todos conformes respondieron que lo habia
en unas provincias que nombraban Cube y Comi, señalando y nombrando
los rios donde lo sacaban; ésto sabido, mandó soltar el Capitan el
uno de los nueve, diciendo que fuese á traer el indio que habian
llevado el dia pasado, y los ocho envió á los navíos y los echaron en
cadenas. Esperaron dos dias, y como no volvió, quizá teniendo legítimo
impedimento, partiéronse los españoles por tierra, la costa abajo, y
los navíos cerca de tierra por la mar, hasta cerca de un pueblo grande
que viniendo por la mar habian visto; allí vinieron ciertos indios
en una canoa, haciendo á los españoles señales de paz, y preguntóles
á qué venian ó qué era lo que querian en tierras que no eran suyas,
respondió el Capitan que si les daban oro les daria un indio suyo que
allí tenia, porque los demas de los nueve iban en los navíos, los
indios dijeron por sus señas que desde á tres dias se lo traerian.
Volvieron al tercer dia en una canoa seis indios y trujeron como media
diadema y una patena de oro bajo, y dos gallinas asadas de las grandes
de aquella tierra, y maíz hecho pan, lo cual todo dieron al capitan
Francisco Hernandez y él les dió el indio, los cuales dijeron que otro
dia volverian por los otros indios que les tenian presos y les traerian
taquin, que entendieron ser otro oro fino (á lo bajo llaman mazca).
Los españoles los esperaron, segun dijeron, seis ó siete dias, y como
no vinieron acordaron de no entrar en aquel pueblo, sino irse por la
costa abajo del Norte de la isla, llevando las barcas y el bergantin
junto á tierra; de allí veian la playa y ribera de la mar llena de
indios. Vieron por el camino muchos ciervos y en unas casas pequeñas
hallaron muchas piedras labradas de cantería, y ciertas vigas grandes
labradas de cuatro esquinas. Yendo desta manera descuidáronse los del
navío, donde iban presos los siete indios, y así quebraron la cadena en
que tenian los piés ó los pescuezos y echáronse á la mar y fuéronse.
Pesó mucho al Capitan de la huida de los siete indios, y pareciéndole
que tenia necesidad de algun indio, para informarse dónde podria desde
allí ir, trabajó de saltear otros, y viendo dos estar sentados en la
playa, fué á ellos y prendió el uno, el cual trujo á la isla de Cuba;
preguntóle luégo allí si sabia que en aquella isla hobiese oro (que
era toda su predicacion y ánsia de convertir aquellas gentes, como
todos nuestros hermanos siempre pretendieron), respondió el indio que
lo habia, dello labrado como arrieles para los dedos, y cadenas tan
gruesas como una de hierro que allí en el navío vido, y que habia otras
joyas grandes y diversas.



                            CAPÍTULO XCVII.


Alegres con estas para sí tan sabrosas nuevas, hiciéronse á la vela
por la costa ó ribera de la mar abajo, y entraron en una bahía ó
ensenada de mar, desde la cual vieron en tierra un pueblo grande con
muchas casas blancas, de que se admiraron como cosa nunca vista, ni
pudiendo imaginar lo que era. Llegáronse los navíos hasta media legua
de la tierra y saltó el Capitan con 85 hombres en ella; los indios,
desque los vieron, saliéronlos á rescibir hasta 500 dellos sin armas
algunas, y con señales de mucha benevolencia, entre los cuales venia
un principal que debia ser Capitan, el cual por señas les dijo que se
fuesen con ellos al pueblo. Salió tambien otro señor viejo, que á lo
mismo los indució que fuesen, y éste, por ventura, era el Rey; los
españoles se fueron al pueblo con el que los convidaba, y el señor
viejo entra con mucha gente en veinte canoas, que por ventura las
hinchian más de otros 300, y fuese á ver los navíos. Entraron en el
pueblo los españoles, y vieron que era muy grande y de muchas casas
pequeñas cubiertas de paja, y las más dellas cercados los solares y
circuitos de piedra seca de una vara en el alto y de vara y media en
ancho, entre los cuales habia muchos árboles de muchas frutas, habia
tambien una casa de cal y canto, edificada á manera de fortaleza; de
todo lo cual los españoles se admiraban, en especial viendo casas y
edificios de cal y canto, como cosa que nunca se habia en estas Indias
visto. Vuelto el señor viejo, que habia en las canoas ido á ver los
navíos, convidó á los españoles á que fuesen con él á su casa, el
cual los metió dentro de un gran corral cercado de la misma manera,
de piedra, donde estaba en un patio un árbol grueso nascido, y allí
estaban colgadas nueve coronas blancas, y en cada una una bandera
pequeña; estaba cerca del dicho árbol una mesa ancha de cal y canto de
tres ó cuatro gradas en alto, y encima della un hombre de bulto hecho
de lo mismo, que tenia la cabeza colgada sobre las dichas gradas, é dos
animales de bulto y cal y canto que lo comian por la barriga, eso mismo
habia una sierpe muy grande que tenia en la boca atravesada una figura
de leon; estaban tres palos grandes hincados en el suelo llenos de
pedernales, lo cual segun pareció, y los indios señalaron tenian para
cortar encima della, á algunos que justiciaban, las cabezas, porque
habia en ella sangre fresca. Vieron en el ejido junto al dicho corral,
muchas cabezas de indios que justiciaban allí, y puesto que parecia y
se juzgaba entónces ser aquel lugar donde se secutaba justicia, porque
no se sabia hasta entónces que sacrificasen á los ídolos hombres, como
lo hacian en la nueva España, pero despues de sabido dijéramos que no
era lugar de justicia sino de sacrificios, á lo cual decimos que por
aquella tierra de Yucatán, que está junta, cuatro leguas de mar en
medio, con la dicha isla, puesto que algunos hombres sacrificaban, pero
muy pocos, y así aquel lugar debia ser lugar de justicia de malhechores
y tambien donde sacrificaban los tomados en guerra, á sus dioses.
Vieron asimismo junto á lo de arriba, una casa de cal y canto hecha,
como una cámara con una puerta, delante de la cual tenian puesto un
paño de algodon de muchas colores, dentro de la casa ó cámara estaban
siete ó ocho bultos de hombres hechos de barro cocido, y junto á ellos
cosas aromáticas y odoríferas como incienso ó estoraque. Salidos de
allí, fueron á ver y considerar el pueblo por una calle, donde vieron
una calzada de piedra, y allí los indios se pusieron delante los
españoles, poniéndoles las manos en los pechos, diciéndoles por señas
que no pasasen de allí, pero el Capitan de los españoles decíales que
los dejasen pasar; y mereciera que luégo allí lo mataran y los echaran
á todos de su tierra y pueblo, pues porfiaba en tierra y casa ajena
tomar más licencia de la que el dueño le daba. En fin pasaron aquella
calzada; hallaron en una calle una casa de cal y canto, á manera de
fortaleza, de 23 gradas en alto, tan anchas que podian subir diez
personas juntas hasta lo más alto: ésta vista, no curaron ni osaron
de subir ni entrar en ella. Fuéronse por otra calle adelante, donde
hallaron asimismo otra fortaleza de cal y canto, pequeña, de la cual
vieron salir un indio cargado con una arca de madera, pequeña, á
cuestas; no supieron lo que en ella iba, más que vieron que un indio
sólo no la podia llevar y se metió otro debajo della para ayudarle
á llevarla, puesto que, por las cosas despues vistas por allí y por
toda la nueva España, las que decian fortalezas eran templos de los
ídolos, y aquella arca debia ser su _Sancta sanctorum_ ó relicario,
donde debia estar algun principal de sus dioses, de piedra hecho
ó de palo. Pasaron los españoles por el pueblo, más adelante, que
tenia más de 1.000 casas, y como los indios vian que sin acometer ni
tomarles las fortalezas, que creian que eran, se pasaban, viniéronse
para ellos sin armas, los rostros alegres, y benévolos, y haciéndoles
señas de paces, y todos juntos se volvieron, como si fueran de mucho
tiempo cognoscidos y amigos, al principio del pueblo, por donde habian
entrado, y fuera se asentaron todos debajo de un grande árbol. Allí,
un hijo del señor y una mujer trujeron al Capitan de los españoles una
gallina cocida, de las grandes como pavos, y ciertas carátulas de oro
fino, y vieron muchos indios con granos de oro por fundir, como de
la tierra lo sacan, que traian colgados de las orejas; vieron muchas
colmenas de madera llenas de abejas domésticas y mucha miel, de la
cual trujeron á los españoles muchas calabazas, y era muy blanca y muy
excelente. Y es aquí de saber, que en ninguna parte de todas las Indias
que están descubiertas se ha visto que tengan colmenas domésticas,
ni las procuren ó cultiven, sino en aquella isla de Cuzumel, y en la
de Yucatán, que es tierra firme, á la cual está pegada ella. Hecho
ésto, preguntaron al Capitan, por sus señas, qué era lo que queria,
respondióles, que agua para beber; los indios les mostraron un pozo
empedrado y redondo, bien hecho y de muy buena agua, á donde los
españoles se fueron á dormir, y de allí tomaron toda el agua que para
sus navíos era necesaria. Veláronse aquella noche los españoles, y no
ménos los indios su pueblo con mucha vigilancia velaban. Venido el dia,
salieron todos los indios del pueblo, armados, con sus arcos y flechas,
rodelas y lanzas; rodearon el pueblo por la parte donde los españoles
estaban, enviaron tres á decirles que se fuesen á sus navíos ó barcos,
y así por señas se lo notificaron, con amenazas que si no se iban los
flecharian y harian daño; los españoles obedecieron su mandado, y
fuéronse á embarcar á sus barcas y en ellas á los navíos, y alzaron sus
velas y fueron por la ribera de la isla costeando.



                           CAPÍTULO XCVIII.


Los cuales, siempre creyendo que aquella tierra toda era isla, dieron
en un cabo ó punta de la tierra firme que despues y agora nombramos
Yucatán; aquel cabo llamaron los nuestros el cabo de Cotoche, por
cierto vocablo ó vocablos que oyeron á los indios y que ellos
corruptamente pronunciaron. Aquí vieron mucha gente bien ataviada y
vestida, cubiertas todas sus carnes con camisetas, y mantas pintadas de
colores, de tela de algodon; traian plumajes de muchas colores, joyas
de oro y plata, como zarcillos, en las orejas, y otras de diversas
hechuras y no poco polidas. De allí pasaron á una ensenada ó puerto
muy grande que hace la mar, donde queda en seco la ribera cerca de
una legua, bajándose la mar, lo que no se ha visto hasta hoy en toda
la mar que llamamos del Norte, que es la destas islas y tierra firme
que se mira con la de España, sin pasar por la tierra dentro de la
tierra firme á la mar que nombramos del Sur, por respecto de la ya
dicha del Norte. Llegaron pues á la ensenada ó puerto muy grande, y
anclaron, y salió el Capitan con la gente que le pareció en tierra,
al pueblo que estaba en la ribera, pueblo grande y de multitud de
gente, llamado Campéche, la penúltima sílaba luenga, al cual puso
el Capitan nombre, pueblo y puerto de Lázaro, porque entraron en él
domingo de Lázaro. Los indios vecinos dél salieron todos á recibir los
españoles con curiosidad, admirados de ver los navíos y las barcas ó
bateles dellos, los españoles con grandes barbas y de color blancos,
y de los vestidos y de las espadas y ballestas y lanzas que traian.
Llegábanles las manos á las barbas, tocábanles la ropa, miraban las
espadas y todo lo que consigo traian, finalmente, con amor y admiracion
como cosa nunca vista ni pensada ver, y de que al cabo mostraban
placer, los tractaban, principalmente el Rey ó señor del pueblo ó de
la tierra mostró con verlos gran contentamiento; mandóles traer de
comer, trujéronles mucho de su pan de maíz, mucha carne de venados,
muchas liebres, perdices, tórtolas, gallinas muchas de las de papada,
no ménos y quizá más excelentes que pavos, frutas y otras cosas de
las que ellos tenian y podian traer para en todo agradalles. Trujeron
muchas piezas y joyas de oro, que por cuentas, y espejos, y tijeras, y
cuchillos, y cascabeles, y otras bujerías de las que solemos darles,
rescataron ó conmutaron. En este pueblo vieron una torre, ó como torre,
cuadrada, de cantería hecha, y blanqueada, con sus gradas; debia ser
su templo por lo que despues se ha visto en toda la Nueva España y
Guatemala. Estaba en lo alto della un ídolo grande con dos leones
ó tigres que parecia comerlo por los ijares, y una sierpe ó animal
que tenia sobre cuarenta piés en largo, y como un grueso buey que
tragaba un fiero leon; todo de piedra muy bien labrado. Estaba todo
asaz ensangrentado de sangre de los hombres que allí ó justiciaban ó
sacrificaban, como arriba de la isla de Cozumel hablamos. Estuvieron
aquí los españoles tres dias holgándose, tan espantados de ver los
edificios de piedra y de las cosas que vian, como los indios de vellos
barbados, vestidos y blancos, y no poco alegres los nuestros con ver
las buenas muestras de oro que hallaban, y de lo mucho que la esperanza
les prometia y multiplicaba. Hiciéronse á la vela el miércoles en la
tarde, ó el jueves de mañana, ántes de la Semana Santa, dejando á los
indios de Campéche muy contentos y ellos saliendo bien pagados; fueron
de allí la costa abajo, 10 ó 12 leguas, á otro puerto y pueblo muy
grande, llamado Champoton, la última luenga, muy adornado de casas
de piedra, con sus mármoles della misma, bien señalados, como podian
ser en España. Saltó el capitan Francisco Hernandez en tierra con la
más gente que llevaba, y entónces vinieron á ellos muchos indios con
sus armas y con ciertas hachas de metal, conque debian estar en sus
rozas y haciendas trabajando; preguntáronles por señas qué querian:
respondieron los nuestros que buscaban agua. Los indios les señalaron
que se fuesen hácia el pueblo, y que por el camino hallarian un rio
y se hartarian de agua. Fueron como les dijeron, y hallaron un pozo
muy bien empedrado en un gran llano, que llamamos, por vocablo de los
indios de esta isla Española, çabana; durmieron allí aquella noche sin
pasar adelante, porque vieron desde allí una gran labranza con una
casa y muchas gallinas de las de papada. Otro dia de mañana, estando
áun los españoles en el dicho campo llano ó çabana, vinieron á ellos
ciertos indios, entre los cuales vino uno que traia un collar de
cuentas de oro, que debia ser ó el Rey ó señor principal. El Capitan
le dijo por señas, si se lo queria vender ó trocar, ó como acá usamos
decir, rescatar, mostrándole ciertas sartas de cuentas de vidrios de
colores, que poco y nada le agradaron, y así se fué con los otros.
Desde á poco rato vinieron á los españoles, segun les pareció, hasta
1.000 indios, por ventura considerando que habiendo bebido y tomado
agua, que era por lo que preguntaron, no se querian ir de su tierra, y
parecia que se hacian reacios, y como á gente nueva, extraña y feroz,
barbada, y que venia en aquellos navíos grandes, (y tambien porque
habian visto y oido tirar lombardas de fuego, que les parecia echar
truenos del cielo, y turbar los elementos, no vian la hora que de sí y
de sus tierras, como peligrosa vencidad, apartallos), con una trompeta
sonando, y dando gran grita, con sus arcos y flechas y tablachinas de
las de medias lunas, de oro, y con muchos cascabeles, vinieron con
ímpetu y ferocidad á echallos. Los españoles que no saben sufrir en
tales tiempos grita de indios, por mucho que las voces alcen, como los
conozcan desnudos y al cabo llevar lo peor por la mayor parte, y en
especial que el capitan Francisco Hernandez era, como arriba dijimos,
muy suelto y de buen ánimo, sálenles al encuentro, y asiéronse todos,
los unos y los otros, y con grande ánimo pelearon cuatro horas, cayendo
de los indios en tierra, muertos, muchos, cuantos podian desjarretar
y desbarrigar con las espadas y alancear con las lanzas, y á saetadas
con algunas ballestas que llevaban. Los indios no por eso desmayaban,
sino con sus arcos y flechas clavan los españoles, y luégo dieron un
flechazo á uno, que iba sin rodela, por la barriga, del cual luégo
allí murió; adelantóse otro español algo de los otros, por señalarse,
al cual tambien mataron, y hirieron á todos los demas. Viéndose los
españoles todos, ó los más, heridos y mal, comenzáronse á retraer hácia
las barcas, lo cual fuera mejor hacer al principio, cuando vieron
venir los indios determinados á echallos de sus tierras, pues ya les
habian consentido tomar ó beber su agua, por la que preguntaban, y
no era sino tomar achaque para entrar en tierra y señorío ajeno, y
los indios no les hacian injuria alguna en no consentir que más en su
tierra tardasen, pero porque no iban á hacer bien alguno, sino á lo que
arriba queda bien probado, (y éstas fueron siempre sus obras, entrar
y estar y tomar las haciendas, y las personas y la libertad dellas,
y los señoríos que nunca les pertenecieron, á pesar de sus dueños),
haciáseles de mal dejar el cebo del oro que vian, y quisieran dello
cargar, y por eso se aventuraron, confiando en los estragos que en
estas islas habian perpetrado; así que, retrayéndose los españoles,
todos ó los más heridos, hácia las barcas, y los indios con gran ímpetu
y vigor tras ellos, hiriéndolos cada paso, como en la playa hobiese
mucho cieno y las barcas estuviesen poco ménos que atolladas, y los
heridos fuesen muy lastimados, detuviéronse algo en embarcar, porque
los marineros no se daban á manos á metellos á cuestas en las barcas;
finalmente mataron allí 20 de los españoles, y el Capitan con los que
escaparon quedaron más muertos que vivos, y ninguno quedara con vida
si un poco más se tardaran. Creo que el Capitan quedó con treinta y
tantas heridas, muy lastimado, segun él me lo escribió á mí, estando
yo en la corte que á la sazon estaba en Zaragoza de Aragon entre
otras cosas. Tornados á los navíos, y allí como pudieron curados,
desarmaron y quemaron el bergantin porque hacia mucha agua, y porque
no estaba la gente para trabajar mucho en agotallo por la mar, que no
es chico trabajo. Con los dos navíos se volvieron á la isla de Cuba,
y entraron en el puerto de Carenas, que es el de la Habana, de donde
ultimadamente habian salido, y allí, no pudiendo sostener los ambos
navíos por la mucha agua que hacian, dieron con ellos al través,
desamparándolos, donde se anegaron; de allí se fueron á la villa de
Santiago donde Diego Velazquez estaba, y Francisco Hernandez bien tarde
por no sanar tan presto de sus muchas heridas, como viniese dellas
muy lastimado. Diego Velazquez, aunque rescibió pesar de la muerte
de tantos españoles, y de las heridas de los demas, pero las nuevas
de ser la tierra tan rica y grande, y de tanta infinidad de gentes,
y con edificios de cal y canto (lo que nunca se habia visto ántes),
lo cual todo le ofrecia inestimable esperanza, con alegría inmensa el
pesar le recompensaron. Comenzó luégo de tractar de hacer otra mayor
armada, y enviar en ella por Capitan general, un hidalgo, natural de
Cuéllar, patria tambien propia del mismo Diego Velazquez, llamado Juan
de Grijalva, mancebo cuerdo y de buenas costumbres, al cual tractaba
como deudo, puesto que no se creia serlo ni tocarle por ningun grado
en sangre. Deste nombramiento pesó mucho á Francisco Hernandez, y
rescibiólo por grande injusticia y agravio que Diego Velazquez le
hacia, porque como él habia con sus dineros, si suyos eran, hecho el
armada con la parte que los otros dos, Cristóbal Morante y Lope Ochoa,
pusieron, y habiéndolo él descubierto y puéstose á tantos peligros de
mar y de tierra, y al cabo saliendo tan mal herido, tenia por suya la
dicha empresa y fuera dél pertenecer á nadie; por lo cual, determinó
de irse á quejar al Rey de Diego Velazquez, y así lo escribió á mí,
estando yo, como dije, en Zaragoza, porque me tenia por amigo, diciendo
que Diego Velazquez se le habia tiránicamente alzado con sus trabajos,
y que no tardaria más de cuanto estuviese bien sano de sus heridas y
allegase algunos dineros para gastar, rogándome que yo informase al
Rey, entre tanto, de su agravio. Pero él puso de ir á España, y Dios
dispuso llevarlo al otro mundo, á que le diese cuenta de otros mayores
agravios que él hizo á los indios de Cuba, de quien se servia y chupaba
la sangre, y con ella iba á saltear los inocentes que estaban seguros
en sus casas, y lo que más que todo lo dicho fué grave, y que no hay
que dudar sino que delante el juicio de Dios él sintió por más áspero,
la cuenta, conviene á saber, que en muriendo se le pidió de aquel tan
grande escándalo que dejó sembrado en aquella tierra de Yucatán, y
los muchos indios que mató y lanzó en los fuegos infernales, que con
salirse de la tierra ajena, pues sus dueños no querian que estuviese en
ella, pudiera todo excusallo. ¿Qué olor de paz, de bondad, de caridad,
de justicia y de doméstica y amable y deseable vecindad dejó Francisco
Hernandez en aquella provincia nueva de Yucatán? ¿Qué fama, qué
opinion, qué estima pudieron aquellas gentes concebir de la religion
cristiana, entendiendo que los que se llamaban cristianos, porque no
los consentian estar en su tierra, como á gente sospechosa y peligrosa,
y de quien razonablemente podian temer que de su estada les viniese
gran daño, como siempre vino á donde quiera que españoles llegaron,
pudiéndose retraer hicieron en ellos tan gran estrago? Finalmente,
con esta inocencia, como otros muchos, murió nuestro amigo Francisco
Hernandez.



                            CAPÍTULO XCIX.


Prosiguiendo el hilo de este año de 17, conviene decir el discurso de
las cosas que al clérigo Bartolomé de las Casas, despues que habló al
Cardenal en la villa de Aranda de Duero, sucedieron; el cual, visto
que el Cardenal estaba muy enfermo y que de negociar con él se podia
sacar poco fruto, deliberó de irse á Valladolid, y porque la fama de la
venida del Rey D. Cárlos era frecuentísima, esperar allí el Setiembre
si el Rey venia, y si nó tomar el camino de Flandes y dar cuenta de
todo lo pasado y presente destas Indias al Rey. Ofrecióse á ir con
él un padre llamado fray Reginaldo Montesino, de la órden de Sancto
Domingo, persona de letras, y predicacion, y autoridad, hermano del
padre fray Anton Montesino, de quien habemos hablado arriba muchas
veces, que fué el primero que predicó en esta isla, desengañando á
los españoles della contra esta execrable tiranía. Este padre fray
Reginaldo, con celo de virtud y de la verdad, viendo al clérigo Casas
sólo y clérigo, y metido tanto de veras y con tanta constancia en
negocios tan árduos y tan pios, parecióle que era cosa de virtud
de asistir con él y hacelle espaldas, acompañándole y ayudándole,
para que el negocio, tan digno de sí, cobrase mayor autoridad, y así
determinó de acompañalle hasta Flandes, y ser con él en todo, adverso
y próspero, que se le ofreciese, lo cual aceptó con mucho placer y
gozo el padre Clérigo, y ofreció todo lo que tenia para lo gastar en
la espensa de ambos á dos. Esto así determinado, envió luégo el padre
fray Reginaldo por licencia á su Provincial, que era el del Andalucía,
la cual luégo le envió con su voluntad y beneplácito, entendiendo el
fin á que su camino enderezaba. Venidos á Valladolid, suena luégo la
nueva que el Rey era en Villaviciosa desembarcado, de lo cual el
padre fray Reginaldo y el padre Clérigo fueron alegres mucho, por la
venida del Rey que en aquellos reinos era bien deseada, y porque su
camino tan lejano se les habia excusado. Y porque hablando una vez
con uno de los principales del Consejo que habian entendido en las
cosas de estas Indias, el padre fray Reginaldo, como mal informado
de los españoles y por ventura interesal, y por consiguiente no bien
aficionado al bien de los indios, le dijo que los indios eran incapaces
de la fe, respondiendo el Padre, como letrado le dijo, que aquello era
herejía, lo cual, no le fué muy sabroso y quedó muy enojado; por esta
causa escribió el dicho padre fray Reginaldo á Salamanca, al Prior
de Santistéban, que á la sazon era el padre fray Juan Hurtado, uno
de los ilustres religiosos que por aquel tiempo habia en la Órden,
no sólo en letras, porque era maestro en teología, pero en prudencia
y mucho más en santidad de vida y fama, que aquel error pernicioso
que los indios eran incapaces de la fe se osaba por la corte afirmar,
por tanto que juntase los doctores teólogos de aquella Universidad,
y tractasen aquella materia y la determinasen, y la resolucion se la
enviase firmada y autorizada. No puso en olvido el padre maestro fray
Juan Hurtado, lo que el padre fray Reginaldo le encomendaba; juntó,
creo que fueron, trece maestros en teología, y pienso que más entre
catedráticos y no catedráticos, entre eclesiásticos y frailes, los
cuales, propuesta y disputada y determinada la cuestion, enviaron
cuatro ó cinco conclusiones con sus corolarios y probanzas, la
postrera de las cuales fué, que contra los que aquel error tuviesen y
con pertinacia lo defendiesen, se debia proceder con muerte de fuego
como contra herejes. Todas vinieron firmadas y autorizadas de los
susodichos trece maestros, y yo las vide y trasladé, y pusiéralas aquí
á la letra, sino que con otras escripturas en cierto camino me las
hurtaron, y así se me perdieron. Tornando á la felice venida del rey
D. Cárlos, en breves dias, desde el puerto donde desembarcó, llegó
á Tordesillas á besar las manos y rescibir la bendicion de la reina
doña Juana, su madre. Sonábase cada hora que el Rey y el Cardenal,
en el abadía de Balbuena que dista de Valladolid seis ó siete leguas,
y es de la órden de Sant Bernardo, se vian; sonóse luégo tambien que
el Cardenal era muerto, y fué así. Vínose luégo el Rey á Valladolid,
trujo consigo un docto hombre en derechos, flamenco, por Chanciller
mayor, que segun el uso de flamencos llaman Gran Chanciller, cuyo
oficio es ser cabeza y presidente de todos los Consejos; éste era varon
excelentísimo, prudentísimo, capacísimo para negocios, y de grande
autoridad, y persona que parecia uno de los que imaginamos Senadores
de Roma, y, á lo que yo siempre entendí, rectísimo. En éste puso el
Rey toda la justicia y gobernacion de Castilla y de las Indias, y
no habia necesidad de negociar con el Rey cosa ninguna ni con otra
persona, sino con el Gran Chanciller. Trujo tambien consigo el Rey á
su Ayo y Camarero mayor, que llamaron Mosior de Xevres, tambien de muy
autorizada persona y dotado de gran prudencia, de quien confió todo lo
que al estado concernia, y las mercedes y todo lo demas que no tocase
á justicia. Entre los privados, el que más acepto al Rey era, fué un
Mosior de Laxao, que tenia oficio, segun la costumbre de la casa de
Borgoña, de Sumiller, que es Camarero inmediato y propinquísimo al
Rey, y que su cama se ponia junto á la del Rey, la del Rey cubierta
de seda carmesí y brocado, y la de Mosior de Laxao de damasco negro.
Cognoscido, pues, por el clérigo Casas, que los negocios el Rey tenia
puestos en las manos y prudencia del Gran Chanciller, comenzó á tratar
de informalle, y dióle algunas cartas de las que traia de crédito
de los religiosos Dominicos y Franciscos, entre las cuales vinieron
algunas en latin de los frailes de Picardia, que arriba dijimos
haber llegado á esta isla, poco ántes que el Clérigo se partiese
para Castilla, y como no sabian hablar en castellano escribieron en
latin. Acaeció venir firmada la carta de los Franciscos de algunos de
aquellos de Picardia, que el Gran Chanciller conocia, de que recibió
mucho placer, y comenzó á ir de buena voluntad á dar crédito al Clérigo
en lo que le decia. El Clérigo, por muchas y diversas veces, le hizo
larga relacion de la perdicion destas gentes, despoblacion destas
islas, y estragos y matanzas crueles que se habian en ellas hecho y
cada dia se hacian; informábale tambien de los intereses que los del
Consejo del Rey acá habian tenido y áun tenian, de la ceguedad del
obispo de Búrgos, principalmente, y de la mala gobernacion que en
estas Indias habia puesto ó habia consentido poner y permanecer, pues
tan innumerables gentes por ella habian perecido; y afirmábale que el
Obispo y el secretario Conchillos, por las dichas causas, destruian
las Indias, porque aunque no se debe creer que tuviesen intencion mala
en la provision y gobierno dellas, y que no les pesase que pereciesen
los indios como perecian, pero al ménos debieran de caer, como eran
obligados, en la causa que los consumia, que era estar repartidos,
y mudar tan tiránico gobierno en otra manera razonable y humana de
regidos, á la consideracion y efecto de lo cual se pudo presumir que su
propio interes los impedia. Cuando el padre fray Reginaldo, vido que
iba bien de negocios al padre Clérigo, dejóle y fuese á su provincia y
casa, que creo que á la sazon moraba en Sancta Cruz, de Granada, ó en
otro convento del Andalucía.



                              CAPÍTULO C.


En estos dias, como el Rey era tan nuevo, no sólo en su venida, pero
tambien en la edad, item, asimismo en la nacion, y habia cometido todo
el gobierno de aquellos reinos á los flamencos susodichos, y ellos no
cognosciesen las personas grandes y chicas, y oyesen y entendiesen los
negocios con mucho tiento y tardasen en los despachos, por temor de
no errar, y no se confiaban de ninguna persona temiendo ser engañados
con falsas informaciones, (y tenian mucha razon, porque las relaciones
que oian de muchos eran diversas), por todas éstas razones estaban
todos los oficios y las cosas de aquellos reinos suspensas, y mucho
más las cosas tocantes á estas Indias, como más distantes y ménos
cognoscidas. Sola la noticia que el Clérigo daba al Gran Chanciller
dellas prevalecia, el cual no curaba de negociar ni informar al
Rey ni á el Mosior de Xevres ni vellos, sino solamente con el Gran
Chanciller y á él miraba y acompañaba, y con él hablaba todas las
veces que convenia, porque, la verdad, de negociar con otro ninguna
necesidad tenia por la razon dicha. Los españoles que á la sazon en
la corte habia, procuradores destas islas y tambien de tierra firme,
y otros particulares que de allá habian por sus negocios venido, de
que vian el Clérigo allegado al Gran Chanciller, y, á lo que juzgaban
y era verdad, favorecido, ningun sabor bueno rescibian dello, porque
bien creian que, para sus cudicias y manutenencia de los indios en
su tiranía, ningun fructo podia dello venilles, y por tanto, con
más priesa y solicitud todos acudian como de ántes al Obispo, y al
secretario Conchillos; aunque sin fructo alguno, porque, como se dijo,
el Gran Chanciller tenia suspendidos los oficios ó la expedicion de
los negocios, y no podian despachar cosa de lo que pedian. No del
todo confesaban el Obispo y Conchillos la falta de su poder, sino
que disimulaban y cumplian con todo cuanto podian. Ciertos criados
del Obispo, idos destas islas, ó de sí propios, fingido ó quizá por
órden del Obispo ó de Conchillos, usaron desta industria, que se
juntasen todos los españoles que allá estaban destas Indias, y fuesen
y aguardasen al Rey una y muchas veces, cuando verlo pudiesen, porque
raro salia, y le suplicasen importuna y quejosamente que ordenase
como fuesen oidos en sus negocios y expedidos, alegando que estaban
gastados y que se querian tornar á sus casas que tenian en las Indias.
Esta industria inventaron para que el Rey, de importunado, mandase
al Obispo y á Conchillos, que prosiguiesen sus oficios y despachasen
los negocios de las Indias, como personas que tantos años habia que
en las manos las tenian. Aguardaron algunas veces que saliese el
Rey, y hicieron lo que habian determinado, pidiendo y suplicándole
mandase oir y despachar sus negocios, y lo demas que se les ofrecia
para provocallo; pero aprovechábales poco, porque el Rey remitia al
Gran Chanciller, y él disimulaba por estar del Clérigo bien avisado.
Eran todos sus negocios no otros sino los que siempre, desde que
éstas Indias se descubrieron, hasta este año de 1560, pretendieron
por cuantas vías pudieron imaginar, durmiendo y velando y soñando,
conviene á saber, tener los indios en aquella horrible y mortífera
servidumbre donde todos han perecido, y perecen hoy los que restan, y
que en ella se los confirmasen y los tuviesen perpétuos, como si con
la vida que les daban fuera posible mucho durarles, segun por lo mucho
que arriba dicho queda se muestra claro. Desque vieron que por esta
vía no aprovechaban, acuerda el Obispo y el secretario Conchillos,
despachar algunos negocios de aquellos que los deseaban, y entre sí,
llamado alguno ó algunos de los del Consejo Real, y de aquellos que
solia llamar y con quien, desde los principios, destas Indias las cosas
comunicaba, como á escondidas ó disimuladamente determinallos, y yendo
un dia el secretario Conchillos, con una libranza de muchas Cédulas y
provisiones á comunicallas al Gran Chanciller, y para que las firmase,
alteróse mucho el Gran Chanciller, y muy indignado díjole: «Andá, ios
de aquí, que vos habeis destruido las Indias», y, si no me he olvidado,
creo que dijo: «vos y el Obispo, habeis destruido las Indias.» Oido
ésto, el secretario Conchillos salióse tristísimo, y, viendo que todo
el gran favor que con el Rey Católico tuvo, se le habia del todo
acabado, acordó de para siempre dejar la corte y se ir á Toledo, donde
tenia su casa; y porque tenia muchas rentas en las Indias, sin los
indios, como eran escribanías, y creo que la fundicion y marcacion del
oro de alguna de estas partes, ó las escobillas, donde tenia mucho
interese, y su mujer doña María Niño era persona valerosa, determinó
á la corte envialla, para que negociase con el Rey la confirmacion de
aquellos oficios, y, creo yo, tambien para sí pudiese alcanzar que le
tornasen los repartimientos de los indios, que en cada una destas islas
tenia, que se le habian quitado. Francisco de los Cobos, que habia
sido su oficial y criado, y que muerto el Rey Católico se habia ido
á Flandes, á si pudiese alcanzar estar en servicio del Rey en algun
oficio, y alcanzó que le rescibiesen por secretario, entre muchos que
lo mismo allá alcanzaron, (pero excedió su fortuna á todos los demas
en que Mosior de Xevres se aficionó más á él que á otro, porque, en la
verdad, tenia más partes que otro por ser muy bien dispuesto de gesto
y cuerpo, y en su aspecto mostraba ser prudente y asosegado, era eso
mismo en la voz y habla suave, y así era amable, y ayudóle tambien la
noticia y experiencia que tenia de todos los negocios del reino, como
quien de muchos años atras en la expedicion dellos se habia criado),
éste vino con el Rey, y, como dije, á Mosior de Xevres tan allegado,
que ninguna cosa con otro sino con él despachaba, mayormente de las
tocantes al Real Estado; con parecer deste Francisco de los Cobos, se
salió de la corte Lope Conchillos, y creo que pidió luégo á Mosior de
Xevres y al Gran Chanciller el oficio de secretario de las Indias,
ó para servillo en lugar de Conchillos, hasta que otra cosa el Rey
determinase, y bien sabia él que no le habia de salir de las manos, ó
quizá desde luégo se lo dieron como á propietario, finalmente, siempre
lo tuvo y sirvió por muchos años, hasta que lo dió y traspasó ó suplicó
al Rey que hiciese merced dél á Juan de Samano, de quien abajo, si
Dios quisiere, se tractará. En aqueste tiempo de las subrecticias ó
irregulares provisiones, como el obispo de Búrgos y Conchillos amaban y
favorecian muy de hecho á Diego Velazquez, porque él en Cuba procuraba
sus haciendas y negocios, asignándoles repartimientos de indios los
más provechosos y más cercanos de las minas, donde al cabo sus criados
y hacedores los mataban con excesivos trabajos (y áun díjose que el
obispo de Búrgos queria casar con una sobrina suya á Diego Velazquez),
y por el contrario, en cuanto podian, segun se creia, desfavorecian
las cosas y estado del Almirante, despacháronse ciertas Cédulas y
provisiones del Rey para Diego Velazquez, intitulándole: «Al nuestro
Gobernador de la isla de Cuba, Diego Velazquez», siendo teniente del
Almirante, y enviándole él á ella por lo honrar y levantar, como á
criado de su tio, D. Bartolomé Colon, ó de su padre. Fué público y
notorio, al ménos fué así la fama, que el mismo Diego Velazquez, usando
de ingratitud contra el Almirante, lo pidió al Obispo y á Conchillos
que le hiciesen Gobernador, inmediato del Rey, de aquella isla, y
éste descomedimiento de Diego Velazquez fué despues, como parecerá,
harto celebrado. De aquí parece la grande injusticia que el Obispo
y Conchillos cometian contra el Almirante, usurpándole su estado y
mercedes concedidas, y que tan legítimamente y con tantos sudores,
trabajos y peligros, habia ganado su padre. No faltó quien vido la
Provision en el escritorio de Conchillos, y avisó al Almirante que
á la sazon estaba en la corte, y avisado quejóse al Rey y al Gran
Chanciller, y por aquella vez fué remediado, aunque despues, como
tornó el Obispo á proseguir el oficio de Presidente del Consejo de las
Indias, como se dirá, no sé si le dieron Provision para que aunque el
Almirante quisiese no le pudiese quitar el cargo. Desque los españoles
que destas islas y de la tierra firme, conviene á saber, del Darien,
donde presidia Pedrárias, estaban en la corte rabiando por negociar
que sus tiranías se confirmasen por el Rey nuevo, vieron que sus
industrias se les deshacian y que el obispo de Búrgos y Conchillos
no podian nada, y que el Clérigo prevalecia con el favor del Gran
Chanciller, acordaron de darle peticiones, dellos sin decir mal del
Clérigo ni quejándose de lo que contra ellos negociaba, sino solamente
pedir las cosas que les tocaban; otros quejándose del Clérigo que
los destruia, y diciendo contra los indios lo que se les antojaba,
las cuales todas y las cartas que para el Rey venian de las Indias
daba el Gran Chanciller al Clérigo ó se las enviaba: el Clérigo tenia
éste aviso, que al gran Chanciller mucho agradaba, que ponia en latin
fielmente toda la sustancia de lo que la peticion ó capítulo de la
carta decia, ó notificaba, ó queja que daban, y luégo abajo, de la
misma manera, en latin, decia el Clérigo su parecer en contra ó en
favor de lo que pedian ó suplicaban. Por este modo desengañó en muchas
cosas al Gran Chanciller, que le pedian é con falsedad le informaban,
y dió claridad de mucho de lo tocante á estas partes; llegó á tanto el
crédito que el Gran Chanciller dió al Clérigo, que hizo relacion al Rey
larga dél, encareciendo su experiencia y habilidad, y cognoscimiento de
las cosas destas Indias, y es de creer que tambien lo alabó de bondad
y rectitud de su intencion y buenos deseos; de donde sucedió que el
Rey mandó al Gran Chanciller que juntase consigo al Clérigo y ambos á
dos reformasen y pusiesen remedio á los males y daños destas Indias.
Por lo cual, un dia que se debia de haber tractado ante el Rey de la
misma informacion, y cometido el Rey al Gran Chanciller lo susodicho,
yéndose á comer y el Clérigo con los demas acompañándole, mandó á un
lacayo que fuese adelante y dijese al Clérigo que se detuviese, que
le queria hablar; detúvose luégo el Clérigo, y díjole en latin: _Rex
dominus noster jubet quod vos et ego apponamus remedia Indis, faciatis
vestra memorialia_. El Rey, nuestro señor, manda que vos y yo pongamos
remedio á los indios, haced vuestros memoriales. Respondió el Clérigo:
_Paratissimus sum et libentissime faciam quæ Rex et vestra dominatio
jubet_. Aparejado estoy é de muy buena voluntad haré lo que el Rey
y vuestra señoría me mandan. Esta fué la segunda vez que parecia
poner Dios en manos del Clérigo el remedio y libertad y salud de los
indios, sino que luégo, por una vía ó por otra, todo se desbarataba,
como adelante, asaz claro y digno de lamentacion, parecerá; por cuyos
pecados lo permitiese Dios desbaratar, ó de los indios ó de los
españoles, para que se cumpliese por ellos lo que está escripto en el
Apocalipsi, _qui nocet noceat adhuc_, ó por los de ambos á dos géneros
de hombres, el dia del juicio se nos mostrará.



                             CAPÍTULO CI.


En estos dias, el Almirante de Flandes, que habia venido con el Rey,
gran señor y de gran estado, inducido por algunos españoles de los
que habian ido de acá, y que por cobrar la benevolencia y favor de
los flamencos andaban solícitos en dalles avisos harto culpables,
suplicó al Rey le hiciese merced de aquella tierra ó isla grande que se
habia descubierto, que llamaban Yucatán (y ésta era toda la que agora
llamamos Nueva España), porque él la queria ir ó enviar á poblar de
gente flamenca, de su tierra, y se la diese en feudo, recognosciendo
siempre á Su Alteza, como vasallo á su señor, y para que mejor la
pudiese poblar y proveer de lo que conviniese, le diese la gobernacion
de la isla de Cuba; de donde pareció que el que le dió el aviso habia
ido de Cuba, y sabia bien lo que avisaba. El Rey, libremente, como si
le hiciera merced de alguna dehesa para meter en ella su ganado, se la
otorgó, por no saber Mosior de Xevres, que era el consultor principal
de las mercedes, lo que estas Indias eran y lo que al Rey importaban,
mayormente tierra nuevamente descubierta, que debiera considerar poder
ser alguna cosa grande, y de que despues de la haber concedido podia
mucho al Rey pesarle; como es cierto que le pesara, si por la industria
del Clérigo no se estorbara, y fué desta manera: que como ya entre
los flamencos el Clérigo sonaba y comenzaba á tener autoridad, por
ser clérigo y por su demanda, aconsejaron los caballeros flamencos al
dicho Almirante de Flandes, que hiciese buscar al Clérigo, y de su
parte le rogasen que fuese á comer con él (que era manera y uso de
flamencos cuando querian negociar), y que dél sabria lo que valia y
era la merced que el Rey le habia hecho de la tierra de Yucatán, y
cómo para la enviar á poblar de flamencos y para todo lo que á ésto
perteneciese debia guiarse. Fué al llamado del Almirante convidado el
Clérigo, y dél rescibido con grande alegría y humanidad y á la mesa
se le hizo gran fiesta, y la cortesía y favor que suelen hacer por
aquella tierra de Flandes, cuando dicen, «yo bebo á vos, moyseñor», á
los amados convidados, le hizo el mismo Almirante; y alzada la mesa,
quísose mucho informar del Clérigo de lo arriba citado. El Clérigo
le declaró y encareció con verdad qué cosa eran las Indias, y en
especial lo que de aquella tierra nuevamente descubierta se esperaba
de riquezas, segun la muestra que habia dado, y cuán necesaria era la
gobernacion de la isla de Cuba para quien aquella tierra hobiese de
tratar y señorear, con todo lo demas que para el fin que el Almirante
pretendia, con verdad, debia declarársele. Quedó contentísimo y
gozosísimo el Almirante de Flandes de la relacion tan particular que le
hizo el clérigo Casas, y por ella el Almirante quedóle muy obligado;
y como si le hobiera hecho merced el Rey de alguna viña, que de su
casa estuviera un tiro de ballesta, y en la plaza los cavadores para
cultivalla, con la misma facilidad despachó á Flandes, y dentro de
cuatro ó cinco meses vinieron, creo que, cinco navíos al puerto de Sant
Lúcar de Barrameda, cargados de gente labradora para venir á poblar la
dicha tierra. Entre tanto, como el Clérigo vido la merced hecha tan á
ciegas, y en violacion de la justicia que al Almirante de las Indias
pertenecia por sus privilegios, segun los cuales, no sólo en la tierra
destas Indias descubierta, pero en las por descubrir pretendia, y
justamente, derecho, mayormente en lo que no habia duda ninguna, como
era la isla de Cuba, que su padre personalmente habia descubierto el
año de 1494, como pareció en el libro I, cuya gobernacion actualmente
poseia, denunció la dicha merced al Almirante de las Indias el Clérigo,
doliéndose de aquella manifiesta injusticia. Reclamó luégo el Almirante
de las Indias al Rey, y á Mosior de Xevres, y al Gran Chanciller, el
cual iba ya entendiendo los servicios que el Almirante viejo, su padre,
en el descubrimiento deste orbe á los reyes de Castilla habia hecho,
y los agravios grandes que habia rescibido, y viendo la justicia, que
era manifiesta, suspendióse luégo la merced al Almirante de Flandes
hecha, cumpliendo con él diciéndole: que hasta que se determinase el
pleito que el Almirante de las Indias traia con el Fiscal real, sobre
pretender derecho por sus privilegios á todas las tierras que en el
mar Océano se descubriesen, no podia el Rey hacer merced semejante de
ninguna dellas; cuanto más que habia sido informado que la isla de
Cuba, de que ninguna duda se tenia pertenecerle la gobernacion della, y
cuya posesion pacífica ya tenia, no pudo concederla á otro sin su gran
perjuicio. Y así se quedó el señor Almirante de Flandes sin Yucatán y
la Nueva España, que por ventura, si el clérigo Casas no avisara con
tiempo y ayudara lo que con el Gran Chanciller ayudó, hoy la tuviera
y el Rey lo ménos della poseyera. Venidos sus cuatro ó cinco navíos,
cargados de labradores flamencos, á Sant Lúcar, y desbaratado todo su
fundamento, hallándose burlados, ó de enojo y angustia desto, ó que los
probó la tierra, murieron mucha parte dellos, y los que escaparon con
la vida volviéronse á su tierra perdidos; y en ésto pararon los avisos
que los españoles que á la sazon estaban en la corte, destas Indias,
por buscar favor contra el Clérigo, daban y dieron al Almirante de
Flandes y á los otros flamencos. Por este tiempo, en Valladolid, vino
huyendo de Portugal, ó escondidamente por cierta queja que del Rey
tenia, un hombre marinero, ó al ménos sabia mucho de la mar, llamado
Hernando de Magallanes, que en portugués se decia, Magalhāes, y con
él un bachiller, ó que se decia bachiller, que tenia por nombre Rui
Faleiro, á lo que mostraba ser, grande astrólogo, pero los portugueses
afirmaban tener un demonio familiar y que de astrología no sabia nada.
Estos se ofrecieron á mostrar que las islas de Maluco y las demas, de
que los portugueses llevan á Portugal la especería, caian ó estaban
dentro de la demarcacion ó particion que se habia comenzado, aunque
no acabado, entre los reyes de Castilla, católicos, y el rey D. Juan
de Portugal, el segundo, de las partes australes y occidentales, y
que descubririan camino para ir á ellas fuera del camino que llevaban
los portugueses, y éste sería por cierto estrecho de mar que sabian.
Vinieron con esta novedad, primero, al obispo de Búrgos, como sabian
que hasta allí habia gobernado las Indias, aunque por entónces estaba
como galera desarmada, y el Obispo los llevó al Gran Chanciller, y el
Gran Chanciller habló al Rey y á Mosior de Xevres. Traia el Magallanes
un globo bien pintado, en que toda la tierra estaba, y allí señaló el
camino que habia de llevar, salvo que el estrecho dejó, de industria,
en blanco, porque alguno no se lo saltease; y yo me hallé aquel dia
y hora en la cámara del Gran Chanciller, cuando lo trujo el Obispo y
mostró al Gran Chanciller el viaje que habia de llevar, y hablando yo
con el Magallanes, diciéndole qué camino pensaba llevar, respondióme
que habia de ir á tomar el cabo de Sancta María, que nombramos el Rio
de la Plata, y de allí seguir por la costa arriba, y así pensaba topar
el estrecho. Díjele más, «¿y si nó hallais estrecho por dónde habeis
de pasar á la otra mar?» Respondióme que cuando no lo hallase irse ia
por el camino que los portugueses llevaban. Pero, segun escribió en una
epístola un caballero italiano, llamado Pigafetta, Vicentin, que fué á
aquel descubrimiento con Magallanes, cierto iba Magallanes de hallar el
estrecho, porque, diz que, habia visto en una carta de marear, hecha
por un Martin de Bohemia, gran piloto ó cosmógrafo, que estaba en la
Tesorería del rey de Portugal, el estrecho pintado de la manera que lo
halló, y porque el dicho estrecho estaba en la costa de mar y tierra,
dentro de los límites de los reyes de Castilla, debió moverse á venir
é ofrecerse al rey de Castilla, de descubrir camino nuevo para las
dichas islas de Maluco y las demas. Este Hernando de Magallanes debia
de ser hombre de ánimo y valeroso en sus pensamientos, y para emprender
cosas grandes, aunque la persona no la tenia de mucha autoridad, porque
era pequeño de cuerpo, y en sí no mostraba ser para mucho, puesto que
tampoco daba á entender ser falto de prudencia, y que quien quiera le
pudiese fácilmente supeditar, porque parecia ser recatado y de coraje.
Cuéntase dél, en una historia portuguesa, que partiendo dos naos de la
India para el reino de Portugal, en una de las cuales Magallanes iba,
dieron ambas en unos bajos y se perdieron, pero salvóse toda la gente
y muchos de los mantenimientos en los bateles, yéndose á una isleta
que estaba cerca de allí; acordaron que en los bateles se fuesen á
cierto puerto de la India, que distaba algunas leguas, y porque no
cabian todos en ellos, ni podian ir de una barcada, hobo gran contienda
sobre quién iria en el primer barcaje; los capitanes y fidalgos y
personas principales querian ir primero, los marineros y gente baja,
decian que nó, sino ellos. Visto por Magallanes el peligro y porfía
peligrosa en que estaban, dijo: «Váyanse los capitanes y fidalgos, y
yo me quedaré con los marineros y los demas, con tanto que nos jureis
y deis la palabra de enviar luégo, en llegando, por nosotros.» Dijeron
los marineros y gente baja, que si con ellos quedaba Magallanes que les
placia quedar, y en ésto Magallanes estaba en uno de los bateles; ya
que se queria partir, díjole un marinero de los que quedaban, creyendo
que disimulaba para irse: «Señor, ¿no nos prometísteis de quedar con
nosotros?» Respondió él: «Sí,» y diciendo y haciendo salta del batel
en tierra, y dice: «Véisme aquí.» Y así se quedó con ellos, y mostró
ser hombre de verdad y de esfuerzo, y tambien parece que debia de ser
hombre de calidad, pues holgaron de quedarse con él toda la gente baja,
y se apaciguaron y excusó las pendencias, en que todos peligraran. Lo
que demás deste Magallanes hay que decir, se dirá, placiendo Dios,
abajo.



                             CAPÍTULO CII.


Tornando á proseguir lo que arriba en el cap. 100 contábamos, que
el Gran Chanciller, de parte del Rey, mandó al clérigo Casas; lo
primero que hizo fué ir á los monasterios y dar parte á las personas
religiosas, Priores y Guardianes, que ya tenian noticia de lo que
negociaba, del estado en que Dios parecia que ponia su negocio, cuya
prosperidad todos tambien deseaban, y rogalles suplicasen á nuestro
Señor le alumbrase á en todo lo que dijese ó escribiese para bien de
aquestas gentes cumplir su voluntad. Comenzó y acabó sus memoriales y
dá la traza y órden que habian llevado los frailes de San Hierónimo,
añidiendo algunas otras cosas para el bien y la vivienda de los
españoles, y para que los consiguiesen su total libertad, que le
parecieron haber en aquella faltado; y entre otras dió aviso como
aquesta isla Española, principalmente, y despues las demas, se poblasen
de labradores, pues ya estaba de sus infinitos vecinos naturales
asolada. La órden de la poblacion della hizo desta manera: que el Rey
diese á cada labrador que quisiese venir á poblar en ella, desde que
partiese de su pueblo hasta Sevilla, de comer, para lo cual se señaló
á cada persona, chico con grande, medio real cada dia, y en Sevilla se
les diese posada en la casa de la Contratacion, y 11 ó 13 maravedís
para comer cada dia, de manera que tanto se daba al niño de teta como
á sus padres; de allí, pasaje y matalolaje hasta ésta isla, y en ella
un año de comer, hasta que ellos lo tuviesen de suyo, y si la tierra
los probase tanto, que no estuviesen para trabajar más tiempo de un
año, que lo que demas de un año el Rey les diese, fuese prestado para
que se lo pagasen cuando pudiesen; y porque el Rey tenia ciertas
granjas, que acá llamamos estancias, donde habia indios y algunos
negros, aunque pocos negros, para sus granjerías, que se les diesen á
los labradores donde se fuesen á aposentar, con todo lo que en ellas
de valor habia, salvo los indios que se habian de poner en libertad,
con que sustentasen los indios las dichas labores, ó granjerías algunos
dias; dábanseles tambien rejas y azadas las que hobiesen menester,
y de las tierras cuantas y cuan largas las quisiesen. Habíanlos de
curar y dar las medicinas á costa del Rey, si adolesciesen; item, que
los beneficios de los pueblos que poblasen fuesen patrimoniales, para
que los hijos dellos se opusiesen y los llevasen por méritos como
en el obispado de Valencia. Otras muchas y diversas mercedes se les
prometieron, harto provocativas, á venir á poblar estas tierras, de
los que las oian; y porque algunos de los españoles desta isla dijeron
al clérigo Casas, viendo lo que pretendia y que los religiosos de
Sancto Domingo no querian absolver á los que tenian indios, si no los
dejaban, que si les traia licencia del Rey para que pudiesen traer
de Castilla una docena de negros esclavos, que abririan mano de los
indios, acordándose desto el Clérigo dijo en sus memoriales, que le
hiciese merced á los españoles vecinos dellas de darles licencia para
traer de España una docena, más ó ménos, de esclavos negros, porque
con ellos se sustentarian en la tierra y dejarian libres los indios.
Este aviso, de que se diese licencia para traer esclavos negros á estas
tierras, dió primero el clérigo Casas, no advirtiendo la injusticia
con que los portugueses los toman y hacen esclavos, el cual, despues
de que cayó en ello, no lo diera por cuanto habia en el mundo, porque
siempre los tuvo por injusta y tiránicamente hechos esclavos, porque la
misma razon es dellos que de los indios. Todos los avisos y medios que
dió el clérigo Casas para que en estas tierras viviesen los españoles
sin tener indios, de donde se seguia ponerlos luégo en libertad,
pluguieron y fueron gratos mucho al Gran Chanciller y al cardenal de
Tortosa, Adriano, que despues fué Papa, porque de todo se les daba
parte, y á todos los demas flamencos que dello supieron. Preguntóse al
Clérigo qué tanto número le parecia que sería bien traer á estas islas
de esclavos negros: respondió que no sabia, por lo cual se despachó
Cédula del Rey para los oficiales de la Contratacion de Sevilla, que
se juntasen y tractasen del número que les parecia; respondieron que
para estas cuatro islas, Española, Sant Juan, Cuba y Jamáica, era su
parecer que al presente bastarian 4.000 esclavos negros. Así como vino
esta respuesta no faltó quien, de los españoles, por ganar gracias, dió
el aviso al gobernador de Bressa, que era un caballero flamenco, segun
creo, muy principal, que el Rey habia traido consigo y que era de su
Consejo, que pidiese aquellas licencias por merced; pidióla, y el Rey
luégo se la dió, y luégo ginoveses se la compraron por 25.000 ducados,
y con condicion que por ocho años no diese otra licencia el Rey alguna.
Fué muy dañosa esta merced para el bien de la poblacion destas islas,
porque aquel aviso que de los negros el Clérigo habia dado era para el
bien comun de los españoles, que todos estaban pobres, y convenia que
aquello se les diese de gracia y de balde, y como despues los ginoveses
les vendieron las licencias y los negros por muchos castellanos ó
ducados, que se creyó que ganaron en ello más de 280 y áun 300.000
ducados, todo aquello se sacó dellos, y para los indios ningun fructo
dello salió, habiendo sido para su bien y libertad ordenado, porque al
fin se quedaron en su captiverio hasta que no hobo más que matar. Habló
el Clérigo al Rey afirmándole que Su Alteza debia de hacer merced al
dicho gobernador de Bressa de los 25.000 ducados de su Cámara, porque
les sería muy más barato, segun el daño y deservicio que habia de
rescibir en no asentar la poblacion destas islas, que por entónces se
comenzaba, de lo cual necesariamente habian de suceder otros muchos
inconvenientes y daños; pero como él tenia por entónces poco dinero,
y no se le podia por entónces dar todo á entender, no aprovechó nada.
Dió tambien aviso y modo cómo se comenzase á tractar y saber las gentes
y cosas que habia en toda la tierra firme que por entónces se sabia,
haciendo en las costas ó riberas de la mar della fortalezas, de
trecho á trecho, y que estuviesen hasta 30 hombres en ellas con muchos
rescates y cosas de Castilla para trocar por oro y plata y perlas y
piedras preciosas, y en cada una ciertos religiosos que tractaran de
la predicacion del Evangelio, con lo cual se hobiera todo cuanto oro
y cosas de valor los indios tuvieran, y cobraran con ellos amor y
amistad, y ganaran las voluntades, y á sus tiempos hicieran fortalezas
dentro de la tierra, y desta manera se supieran todos los secretos
della, y con la industria y diligencia y obras de los religiosos las
gentes se fueran convirtiendo, y, por consiguiente, confirmando en el
amistad de los españoles, y de allí haber cognoscimiento de la bondad
y justicia del Rey, y fácilmente se pudieran ganar y atraer á que de
su popria voluntad se le subyectaran y dieran, sabiendo lo que hacian,
la obediencia. No se podrá encarecer cuántos tesoros temporales por
esta vía se hobieran, y, lo que más es, cuán fácil fuera la conversion
de todas aquellas inmensas naciones, sin que una ni ninguna fuera
injustamente muerta, y cuán felice hoy y siempre España fuera; pero
no fuimos dignos de tan precioso é inestimable bien. La causa desta
indignidad fué, y siempre ha sido, algunos tiempos mayor y otros menor,
la ceguedad é insensibilidad, y no sé si les será imputada en el juicio
terrible de Dios, del Consejo del Rey, por señalada é inícua maldad
en no haber tenido por hito y blanco, como fin principal á que todas
sus obras y ordenaciones, leyes y mandamientos, y determinaciones se
habian de ordenar y enderezar, la conversion y utilidad espiritual y
temporal de aquellas gentes, y no en adquirir hacienda para el Rey
é para sí ó para sus parientes y amigos. Y pluguiera á Dios que con
verdad procuraran el provecho y allegamientos de la hacienda real,
pero ni áun ésta procuraron sino de voz y de palabra, permitiendo Dios
que, pues no procuraban por su honra y predicacion de su ley y por la
salud de las ánimas, que así se gastasen, que no cayesen en la forma y
sustancia de la buena gobernacion que en estas Indias eran obligados á
poner, ni en cosa á ella conveniente acertasen, y ésta no era otra más
sustancial que enviar verdaderos pobladores, conviene á saber, gente
labradora, que viviese de cultivar tierras tan felices como éstas,
las cuales de su propia voluntad concedieran los mismos naturales
pobladores y dueños dellas, que eran los indios, y los unos se casaran
con los otros, y de ambas se hiciera una de las mejores repúblicas, y
quizá más cristiana y pacífica del mundo, y no enviar indiferentemente
de todo género de personas desalmadas, que las robaron, escandalizaron,
destruyeron y asolaron y echaron en los infiernos, con increible
infamia de la fe y vituperios inespiables del nombre y honor de Dios. Y
destos estragos y ofensas gravísimas de Dios, y jactura, y disminucion
tan nunca oida del linaje humano, no tiene ninguna excusa el Consejo,
ante Dios, porque no se hicieron en un dia, ni en un año, ni en diez,
ni en veinte, sino en sesenta y más años, y que cada dia lo sabian
por cartas y por relacion presencial de muchos religiosos y personas
graves que les informaban, y por las residencias y otros jurídicos y
autorizados testimonios, y nunca por eso lo remediaron; y, así permitió
Dios, como dije, que no acertasen en cosa de provecho de los reyes de
Castilla, habiendo mil vías y cosas en que pudieran ser, sin daño de
las Reales conciencias, riquísimos, y los más felices Reyes y señores
del mundo, lo que no han sido sino los más necesitados de dineros que
hobo jamás Reyes, habiendo entrado en su poder más de 200 millones
de ducados en oro y plata y perlas y piedras preciosas, lo cual todo
se les ha consumido, como si fuera humo ó una poca de estopa que se
quemara; lo cual, todo, no sólo no les bastó para salir de las grandes
y diuturnas guerras y angustias en que se vieron, pero los reinos de
Castilla y Leon, ó todos los vendieron ó los empeñaron, y así se les ha
parecido, la buena gobernacion que su Consejo puso en las Indias, en
la capa. De todos éstos daños, y pérdidas, y pobreza, y angustia que
á los Reyes y á sus reinos han venido, y otros mayores, que yo tengo
por cierto, que han de venir sobre España, son reos y culpables sólo
los del Consejo que el rey y reyes de Castilla tuvieron, que las cosas
de las Indias tractasen; y puédese afirmar, sin ofensa de la verdad,
segun las reglas de la prudencia, que por las cosas pasadas conjetura
muchas verdades, que nunca Rey del mundo fué tan ofendido ni dañificado
de los que daba de comer, y constituyéndolos por de su Consejo,
ensalzaba, como lo han sido de los suyos los reyes de España. Tornando
al propósito de la historia, en estos dias se comenzó á sonar que el
obispo de Búrgos, y su hermano, Antonio Fonseca, que era Contador mayor
de Castilla, dieron dineros ó al Rey ó á Mosior de Xevres, porque los
oficios que tenian se los confirmasen, y díjose que dieron 16.000
ducados; y no careció de sospecha, porque al cabo con ellos y en ellos
quedaron, como, de lo que abajo se refiriere, parecerá.



                            CAPÍTULO CIII.


En este año de 17 salió el Rey de Valladolid para ir á tomar posesion
de los reinos de Aragon, y de camino, en Aranda de Duero, se comenzó
á tratar de los medios que el Clérigo habia dado; y como cosa
señaladamente importante y necesaria para poner los indios en libertad,
que era el fin del Clérigo, porque cesase la muerte de los indios que
cada dia en estas islas se celebraba, trabajó que lo primero en que
se entendiese fuese la poblacion de los labradores. Allí, en Aranda,
se comenzó á hallar en el negocio el obispo de Búrgos, ó porque los
oficios habia comprado, si fué verdad, ó porque Mosior de Xevres y
el Gran Chanciller, por su autoridad y como quien tantos años habia
estas Indias gobernado, aunque muy mal gobernado, quisieron á los
negocios llamarle, y, tractándose, cuanto podia resistia el Obispo al
Clérigo, aunque moderadamente; en especial resistia la poblacion de los
labradores, diciendo que habia él trabajado á los principios de enviar
labradores á esta isla, y fueron estas sus palabras: «Ahora veinte años
quise yo enviar labradores y no hallé 20 que allá pasasen.» El Clérigo
afirmaba que él llevaria 3.000 labradores, cumpliendo el Rey con ellos
lo que se habia propuesto de su parte se les habia de notificar, y
daba la razon el clérigo Casas, que cuando el Obispo queria enviar
labradores á esta isla, que era sola la tierra destas partes donde
habia españoles, la mayor pena que á algun malhechor delincuente, fuera
de la muerte, se podia dar, era desterrallo de Castilla para acá,
como en el primer libro relatamos que los Reyes habian mandado que se
desterrasen para esta isla los condenados; pero despues, el tiempo
adelante, el mayor tormento que á los españoles, sacada la muerte, se
daba, y, cierto, los atormentaba más que otro, por grande que fuese
el dolor ó el trabajo, era desterrallos desta isla para España: y ésto
en el segundo libro, hablando de la gobernacion del Comendador Mayor
de Alcántara, lo declaramos. Aquí, en Aranda de Duero, cayó enfermo
el Clérigo, y así cesó de tratarse de los negocios de las Indias en
los dias pocos que el Rey allí estuvo, y estando el Clérigo en la
cama enviólo á visitar el Gran Chanchiller con un capellan suyo,
flamenco, persona de virtud, y con él una peticion que le habian dado
en perjuicio del Almirante, llena de muy gran falsedad, rogándole
que la viese y le enviase su parecer; la cual vista, y doliéndose de
la malicia que por ella el dador significaba, puesto que con gran
calentura, se asentó en la cama y escribió en latin la sustancia que
contenia, y desengañó al Gran Chanciller declarándole lo que del caso
sabia, segun la verdad. Fuese luégo el Rey de Aranda para Zaragoza,
y muchas veces por el camino hablaba el Gran Chanciller del Clérigo,
mostrando mucho pesar de su enfermedad, y, como que lo hallase ménos,
decia: «¡Oh! ¿qué tal estará micer Bartolomé?» Porque micer llaman los
flamencos á los clérigos, y así comunmente todos los flamencos, y el
Rey mismo, lo nombraban. Tuvo por bien Dios de darle salud en breves
dias, y, como el Rey iba despacio, ántes de Zaragoza lo alcanzó, y
subiendo al aposento del Gran Chanciller, en cierto lugar, fué muy
grande el alegría que de vello rescibió, y el favor que rescibiéndolo
le hizo; y cuando el Clérigo subia descendia D. García de Padilla,
del Consejo del Rey, persona muy eminente, letrado y caballero, y del
Rey muy estimado, y díjole: «Subí, subí, padre, y consolá al Gran
Chanciller, porque, por vuestra vida, que os tiene ya llorado,» todo
ésto era señal de la estima que del Clérigo se tenia, y cuán de gana el
Gran Chanciller habia tomado los remedios destas Indias en las manos,
con la confianza que de la industria y avisos del Clérigo rescibido
habia. Llegado el Rey á Zaragoza y asentada la corte, quisiera luégo
el Gran Chanciller proseguir en el negocio, hasta acabarlo, destas
Indias, pero cayó enfermo el obispo de Búrgos, que lo impidió, porque,
segun pareció, debian tener determinado que el Obispo se hallase en
los Consejos y expedicion de los negocios destas Indias, ó por los
dineros que él y su hermano dieron, ó por sola la autoridad de sus
personas, que siempre fué mucha en aquel reino, y así dilató el Gran
Chanciller la prosecucion de las cosas comenzadas para la reformacion
destas Indias, hasta que el Obispo sanase y pudiese hallarse en ellas.
Entre tanto recibió una carta el Clérigo, de Sevilla, del padre fray
Reginaldo, de quien arriba en el cap. 99 hicimos mencion, haciéndole
saber cómo habia llegado allí de la tierra firme un religioso de Sant
Francisco, llamado fray Francisco de Sant Roman, que afirmaba por
sus ojos haber visto meter á espada y echar á perros bravos sobre
40.000 ánimas de indios, y ésto fué lo que arriba referimos en el cap.
72. Esta carta mostró el Clérigo al Gran Chanciller, de que quedó
maravillado, y díjole que fuese al Obispo y lo visitase de su parte, y
le mostrase aquella carta, como si le quisiera enviar á decir que se
avergonzase y conociese su culpa, pues tan mala gobernacion en estas
tierras habia puesto, y parecia que la intencion del Gran Chanciller
era, enviando al Clérigo á visitar de su parte al Obispo, darle ocasion
para que no lo aborreciese, porque dos veces habia sido causa que le
quitasen del Consejo, una en tiempo del Cardenal y otra en este tiempo,
á fin, todo, que en los Ayuntamientos, tractando los medios y avisos
que habia dado, no le contradijese. Finalmente, lo visitó el Clérigo
y leyóle la carta, y respondió el Obispo: «Decidle á su señoría que
le beso las manos, y que ya yo le he dicho que será bien que echemos
aquel hombre de allí;» éste era Pedrárias, que asoló sobre 300 leguas
y más de aquella tierra. En estos dias llegó doña María Niño, mujer
del secretario Conchillos, á Zaragoza, y descendiendo de hablar al
Gran Chanciller subia el Clérigo, y, como lo vido, cognosciólo,
aunque pocas veces lo habia visto, y díjole: «¡Ay, padre, Dios os lo
perdone, que así habeis echado al hospital mis hijos!» El Clérigo
no paró sino subiendo y diciendo: «Señora, la sangre dellos venga
sobre mí y sobre los mios.» No sentia la noble dueña cuántos padres,
y madres, y hijos, y áun muchos linajes juntos, habian perecido de
hambre y trabajos por enviarle oro los tiranos que acá tenia, con que
ella triunfaba y allegaba más dineros de los que ella tenia para sus
hijos, y lloraba y tenia por gran pecado que el Clérigo cometia, en
procurar que se le quitasen los desventurados indios cuya sangre ella
y su casa bebian. Convalecido ya el Obispo, despues de veinticinco
dias, y estando para juntarse con el Gran Chanciller y los demas, que
eran los que el Gran Chanciller mandaba llamar, y uno era D. García
de Padilla, de quien arriba se dijo, mañana ú otro dia, un viérnes en
la noche, haciendo colacion, estando el Clérigo con él, le dijeron
como era muerto un pajecillo que debia ser sobrino suyo, que tenia en
casa malo, el cual, como lo oyó, se paró en gran manera triste, y otro
dia, sábado, se sintió mal dispuesto y no fué á Palacio, y lo mismo
hizo el domingo y el lúnes con alguna señal de calentura. El lúnes se
paró á la ventana de su posada con buena disposicion, pero luégo se le
agravió el mal, como era hombre de muchas carnes y abundaba en sangre,
y no lo sangraron con tiempo, y así la sangre le ahogó, y el miércoles
lo enterraron. Muerto el Gran Chanciller, cierto, murió por entónces
todo el bien y esperanza del remedio de los indios; y ésta fué la vez
segunda que pareciendo estar muy propincua la salud de aquestas gentes,
por los juicios de Dios secretos, se les deshizo de tal manera que
pareció del todo ser la esperanza perdida. Prevaleció luégo el Obispo,
y pareció subir hasta los cielos, y cayó el Clérigo en los abismos,
porque como no habia hablado ni informado á Mosior de Xevres ni á otro
de los que estaban cabe el Rey, porque no tuvo necesidad dello, segun
está dicho, muerto el Gran Chanciller quedó de todo favor destituido.
Nombró el Rey á un flamenco, que era Dean de Bizancio, que despues fué,
segun creo, arzobispo de Mecina, que tuviese cargo de ser Chanciller
entre tanto que otro venia, pero era tan pesado y flemático, que se
dormia en los Consejos, y aunque el Clérigo lo informaba y áun lo
molia, y tanto que lo traia acosado, pero no por eso se enojaba, por
la abundancia de su flema, y viendo un dia la solicitud del Clérigo,
que no lo dejaba las mañanas ni las noches, díjole riendo: _Commendamus
in Domino, domine Bartholomee, vestram diligentiam_, que no le fué al
Clérigo chico motivo de reir, aunque por otra parte regañaba y lloraba
la falta que habia en la gobernacion, y, cierto, cuando concurren en
los negocios, agendo y paciendo, un colérico como el Clérigo lo era,
y un flemático, mayormente con exceso, como aquel buen Dean tenia el
ser, no es para ambos chico tormento, puesto que ni áun por eso se
turbaba ni mataba el Dean, tanta era su flemática paciencia. Todavía
aprovechaba seguirle algo, para templar la entereza del obispo de
Búrgos para con el Clérigo, de quien tantos sinsabores habia rescibido.
El Clérigo no desmayó por la muerte del Gran Chanciller, y por todos
los disfavores que despues della le sucedieron, puesto que le crecieron
nuevos trabajos, y así no dejó de proseguir lo comenzado, dando
peticiones en el Consejo que el obispo de Búrgos ayuntaba, á su pesar,
aunque el Gran Chanciller le faltaba, pero como no lo admitian en él,
ni tenia dentro quien le ayudase ó defendiese, no efectuaba nada, sino
eran cosas que de justicia y áun de vergüenza no podian negar. Entraban
en el Consejo de las Indias el Obispo, y Hernando de Vega, Comendador
mayor de Castilla, y don García de Padilla y el licenciado Zapata, y
en estos dias negoció Pedro Mártir que lo hiciesen del Consejo mismo
de las Indias, y ansí lo alcanzó y lo fué, y con ellos el secretario
Francisco de los Cobos, que cada dia crescia en favor y autoridad. Este
amaba mucho al Obispo y á su hermano, Antonio de Fonseca, y como no se
apartaba de Mosior de Xevres, y Mosior de Xevres no tenia otra lumbre
que en los negocios del reino lo guiase, ni de otro así se fiaba, fué
todo favor y ayuda al obispo de Búrgos; y como no tuvo torcedor alguno
que tuviese con Mosior de Xevres autoridad, todo cuanto el Obispo decia
y queria, en cosas de las Indias, se le aprobaba. Y con estas fuerzas,
se tuvo por cierto que el Obispo pretendió, y lo alcanzó, que hobiese
Consejo por sí de las Indias, y entrasen en él los que en él entraron,
al ménos Hernando de Vega, que tenia por estas islas harto interese, y
el licenciado Zapata que se habia hallado en todos los hierros pasados,
quedando el señor Obispo por Presidente y cabeza, como siempre lo habia
sido, en la gobernacion, y mejor diré desgobierno destas Indias; y de
aquí parece que se entabló ser por sí el Consejo de las Indias, y dura
hasta el año de 1560, y no sabemos hasta cuando durará. En ésto llegó
el padre Hierónimo, que enviaron los otros padres, sus compañeros,
contra el Clérigo el cual, como halló el mundo mudado y al obispo de
Búrgos en tanta cumbre, que era el mayor contrario que ellos tenian por
hacer aquella provision el Cardenal, con tanto disfavor suyo, segun
arriba pareció, no lo quisieron en el Consejo sino mal oir, donde el
Obispo, que no solia callar cosa, le daba recias reprensiones, tanto
que aquel Padre blasfemaba dél y dellos, y no tenia otro consuelo
sino cuando topaba con el Clérigo quejarse dellos á él, y habia sido
enviado contra él. El cual, viendo cuán mal le iba, sin hablarles,
como despechado fuese á su monasterio. Lo primero que el Obispo hizo,
ó entre las cosas primeras, fué despachar Cédula del Rey, mandando ó
diciendo todos los dichos padres Hierónimos que luégo para aquellos
reinos se partiesen, y así lo hicieron.



                             CAPÍTULO CIV.


Yendo los negocios por éste paso, comenzó Dios á proveer al Clérigo
de favor nuevo, desta manera: que como entre los caballeros flamencos
que servian al Rey se tuviese noticia del Clérigo y de los negocios
que pretendia, y despues de la muerte del Gran Chanciller no viesen
que sonaba, hobo hombre dellos, movido por sola virtud y con celo de
lo que oia decir, que el Clérigo procuraba la libertad y remedio de
las gentes, que lo deseaba ver y cognoscer y saber dél á la larga
lo que sus negocios contenian, y así lo andaba á buscar, y rogaba á
otras personas que si lo viesen le rogasen de su parte se dejase ver
y cognoscer dél, porque habia dias que lo deseaba; finalmente, un dia
en Palacio se toparon. Quiso el caballero ser informado del fin que
pretendia el Clérigo, y de las causas dél, y lo demas que tocaba á
estas Indias; dióle larga relacion de todo. Quedó espantado de tanta
maldad y crueldades y disminucion de tantas gentes, y pluguiera á Dios
que no fueran más y peores las que despues sucedieron; quedó asimismo
obligado á lo favorecer con cuantas fuerzas tuviese. Cundió toda la
corte aquesta junta de ambos, cuanto á la gente flamenca que es más
blanda y más humana que nosotros, porque aquel caballero era discreto,
pio y buen cristiano, y estimado del Rey y de toda su Casa real, y
luégo derramó por muchos la causa. Fué de aquí adelante el Clérigo
cognoscido de muchos más, y, aunque no visto, loado y amado. Este
caballero se llamaba Mosior de La Mure, sobrino de Mosior de Laxao,
Sumiller del Rey, muy querido, y más que otro ninguno su privado;
púsole con su tio, Mosior de Laxao. Hablóle al Clérigo largo, quedó
tambien de su informacion, como su sobrino, prendado y dispuesto para
le ayudar y favorecer y resistir á los contrarios. Y es aquí de
saber, que cognoscida la causa de los negocios y trabajos del Clérigo,
y la sinceridad con que los negociaba, sin pretender interese suyo
particular, y que al cabo de todos ellos, grandísimo y inestimable
servicio y provecho del Rey resultaba, era tanta la estima y el amor
que todos los flamencos le tenian, que no les parecia sino que en
estar el Clérigo en la corte y negociar lo que procuraba, consistia
la salud del Rey y todo el ser y conservacion de todo su Real estado,
y ésto parecerá más adelante; y no tenia menor opinion del Clérigo el
Cardenal que despues fué Papa, VI Adriano. Aquí en Zaragoza prosiguió
Hernando de Magallanes su demanda, y porque vino un embajador de
Portugal á tractar del casamiento de Madama Leonor, hermana del Rey,
con el rey don Manuel de Portugal, díjose que andaban por matar á él
y al bachiller Rui Faleiro los de la parte del dicho Embajador, y así
andaban ambos á sombra de tejado, y por ésto el Obispo de Búrgos,
cuando se tardaban en el negociar con él despues del sol puesto,
enviaba gente de su casa, que hasta su posada los acompañasen. Aquí,
hablando el Clérigo con el Obispo, delante de algunos á quien tocaban,
refiriendo las tiranías y estragos que en estas Islas se habian
perpetrado, por venir acaso la plática, como siempre le pesaba oillas,
ó cognoscer que en vituperio de su mala gobernacion todo resultaba, ó
porque su insensibilidad le impedia que no las sintiese ni se doliese
dellas ni las remediase, dijo con mucha ira, y para que el Clérigo se
afrentase delante aquellos, y ellos se holgasen. «Pues vos estábades
en las mismas tiranías y pecados;» lo cual, decia porque habia tenido
indios el Clérigo repartidos, como arriba queda declarado, y él no lo
negaba; respondió el Clérigo, no con ménos cólera y coraje; «sí, yo
los imité ó seguí en aquellas maldades, haga vuestra señoría que me
sigan ellos á mí en salir de los robos y homicidios y crueldades en que
perseveran, y cada dia hacen.» Desta respuesta no quedó el Obispo, ni
los presentes, que con lo que habia dicho al Clérigo, por ultrajalle,
se habian gozado, quedaron muy favorecidos ni pagados. No dejaba por
estos disfavores el Clérigo de dar peticiones cuantas queria en aquel
Consejo, aunque al Obispo pesaba, sobre que se prosiguiese lo que en
tiempo del Gran Chanciller se habia comenzado. Proveyeron que fuese
á tomar residencia á los Oidores de la Audiencia de Sancto Domingo,
y á los jueces del Almirante, á un licenciado Rodrigo de Figueroa, y
para que la tomase al Teniente del Almirante de la isla de Sant Juan,
y á Diego Velazquez en la isla de Cuba, á un doctor de la Gama, y
por Gobernador de tierra firme, y que tomase residencia á Pedrárias,
un caballero de Córdoba llamado Lope de Sosa; y porque los españoles
que allí estaban destas islas, habian infamado contra la verdad á los
vecinos naturales de la isla de la Trinidad, que comian carne humana,
y determinaba el Consejo que les hiciesen guerra y los que tomasen
fuesen esclavos, el Clérigo resistió, afirmando que no era verdad, por
lo cual mandaron que se pusiese en la Instruccion real que llevó el
licenciado Figueroa, como el clérigo Bartolomé de las Casas afirmaba,
que los indios naturales vecinos de la isla de la Trinidad no eran
caribes, conviene á saber, no eran comedores de carne humana; que
le mandaba que con toda diligencia, en llegando á esta isla, tomase
sobre ellos informacion y examinase la verdad, el cual así lo hizo con
muchos marineros, y otros de los mismos que la saltearon algunas veces,
y halló que no eran caribes, sino muy modestos y ajenos de aquellos
males, y el mismo licenciado Figueroa me lo afirmó á mí cuando yo torné
de Castilla á esta isla Española. Y viene aquí bien referir lo que,
despues que el clérigo Casas se partió desta isla contra los religiosos
Hierónimos, se hizo en la dicha isla de la Trinidad: fué un navío desta
isla Española á saltear como solian en la tierra firme de Paria, con la
ocasion de ir á rescatar perlas, que por allí habia entónces hartas,
y llegaron á la isla de la Trinidad, y como los indios della vieron
el navío, salieron á la ribera á resistirles la entrada, como habian
quedado tan ofendidos y lastimados de Juan Bono en el año pasado, como
en el cap. 91 queda referido, y porque debieran creer que era el
mismo Juan Bono, daban voces «Juan Bono, malo, Juan Bono, malo,» ó si
creian que eran otros sin Juan Bono, quejándose de Juan Bono, malo,
que tan mala obra les habia hecho, rescibiendo dellos tan buen abrigo
y hospedaje. Respondieron los españoles desde las barcas que no eran
ellos Juan Bono ni venia con ellos, porque aquel era malo, y tenian
razon de decir que era malo, y que por aquella traicion que les habia
hecho, en Sancto Domingo lo habian ya ahorcado, y que porque ellos eran
buenos, y no como Juan Bono, malos, venian á denunciárselo y á holgarse
con ellos y traelles cosas de Castilla, porque los tenian por hermanos;
con todas las otras palabras, mentirosas y fingidas que pudieron
decirles para aplacarlos. Los tristes, con su innata simplicidad y
mansedumbre, creyeron que decian verdad, aunque cuanto á la malicia del
mundo y la experiencia que de nuestra iniquidad y costumbres ya tenian,
era su simplicidad y mansedumbre culpable, y su creencia ó credulidad
fácil y liviana, porque no habian ellos de creer aquellas palabras,
sino presumir que eran peores que Juan Bono, y más sin verdad tiranos,
no teniendo más certidumbre y seguridad que su parla. Creyéronlos,
y rescibiéronlos, y sirviéronlos con todo cuanto tenian y podian,
y despues de algunos dias en que no les predicaban otro Evangelio
sino que Juan Bono era muerto, y que era malo, y ellos buenos, para
los engañar y asegurar, y cuando vieron tiempo y los sintieron más
descuidados, sacan sus espadas y arremeten á las casas, y muertos y
acuchillados, los que quisieron ó pudieron, prendieron cuantos les fué
posible maniatar, y métenlos en el navío y viénense con su presa, con
tan buena guerra ganada, á este puerto y ciudad. Otro dia sácanlos á
vender con pregonero por la plaza, y delante de los padres Hierónimos,
por esclavos, á quién dá más. Sabido por el padre fray Pedro de
Córdoba tan gran maldad y desvergüenza ó insensibilidad de los mismos
Hierónimos, que, teniendo cargo de remediar estas gentes, consentian
venderse en su presencia los inocentes, sabiendo ya las obras de
nuestros hermanos, sin lo impedir ni castigar, fué á hablalles
y castigalles la obra de aquellos y omision suya tan culpable y
execrable; hechos confusos y avergonzados de la culpa, que no pudieron
negar, mandaron que los quitasen de allí é los llevasen á las posadas
de los tiranos, los cuales, despues, no con pregonero, sino callando,
y los frailes Hierónimos disimulando, se cree que los vendieron, y al
cabo en aquella tiranía se acabaron: estos remedios pusieron á estas
gentes los Padres. Luégo el padre fray Pedro de Córdoba escribió al
Clérigo á la corte esta egrégia hazaña cometida en la isla de la
Trinidad, y áun contra la Santísima Trinidad, y en esta ciudad por
los padres Hierónimos confirmada, y, entre otras, le escribió estas
palabras: «Cierto, las cosas veo ir por tales caminos, que yo tengo
de ser forzado á decir lo que siento: _quicquid inde veniat_.» Quiso
decir, como él era prudentísimo y moderatísimo, que los Hierónimos eran
tan infructuosos y ponian tan ningun remedio á la perdicion destas
gentes, que habia de ser constreñido á predicar contra ellos, y como
via que con aquellas tales obras que los españoles obraban en la isla
de la Trinidad, vecina de la tierra donde él tenia los religiosos
predicando á los indios, y que los escándalos y daños cada hora los
esperaba ver por allí, mayormente por el concurso de los navíos que
iban á las perlas, escribió tambien al Clérigo confiando del gran favor
que tenia entendido por las cartas que el Rey y Gran Chanciller le
daba, no creyendo que las cosas eran mudadas, que trabajase de traer
cien leguas en aquella tierra firme, con el pueblo de Cumaná, prohibido
por el Rey y con graves penas, que ningun español osase en ellas entrar
ni conversar, sino que las dejasen para donde predicasen sólos los
frailes Franciscos y Dominicos, porque las obras y escándalos de los
españoles no los estorbasen. Dijo más: que si cien leguas no pudiese
alcanzar, alcanzase 10 solas, y si 10 no pudiese, que negociase unas
isletas que están 15 ó 20 leguas dentro en la mar, apartadas de la
misma tierra firme, que se llamaban entónces las isletas de Alonso,
para que pasaran los religiosos á ellas, y allí entendia de recoger
los indios que huyesen de las persecuciones y vejaciones de los
españoles, y al ménos de aquellos instruirian y salvarian las ánimas;
y en caso que ninguna destas cosas pudiese alcanzar, él determinaba
de revocar todos los frailes suyos á esta isla, y desmamparar del
todo la tierra firme, pues no tenia remedio de impedir los escándalos
y turbaciones que los españoles cada dia causaban en los indios, por
los cuales ningun fructo podian hacer ni sacar de sus trabajos, pues
de todo lo que predicaban á los indios vian los indios hacer á los
que se llamaban cristianos todo lo contrario. Vista esta carta, el
Clérigo se angustió mucho en sentir los impedimentos que ponian á los
siervos de Dios, que con tanto peligro y trabajo allí á los que tanta
necesidad tenian predicaban, y mayor tristeza le sobrevino temiendo que
el padre fray Pedro de Córdoba, que era el Prelado mayor, trayendo los
frailes de allí, toda aquella tierra firme quedase desmamparada, porque
en ninguna parte destas Indias habia persona, que á indios algunos
de todas ellas, dijese cognosce á Dios, ni cosa de la fe y religion
cristiana enseñase, ni tuviese tal cuidado; y segun el deseo que Dios
al Clérigo habia dado, rescibia grande consuelo que allí, por aquellos
Padres, Cristo se predicase, y áun pensaba de se ir allí á trabajar
con ellos y ayudalles en aquella obra, perseverando en su mismo hábito
clerical ó eclesiástico. Habló sobre ello al Obispo y á los del
Consejo, dándoles noticia de la dicha carta, de los estorbos que los
españoles ponian á la predicacion de aquellos Padres y á la salvacion
de las ánimas, y el peligro y daño que habia si los religiosos aquella
tierra desmamparaban, y cuánto en ello se ofenderia Dios, y cuánto
la conciencia del Rey quedaria cargada; por tanto, que les suplicaba
señalasen y interdijesen las cien leguas de tierra que el padre fray
Pedro pedia, que no entrasen españoles que les estorbasen, de donde
procederian grandes bienes y se impedirian muchos males, y el Rey y
ellos cumplirian con la obligacion que tenian de procurar que aquellas
gentes se convirtiesen y salvasen. Respondió el señor Obispo lo que no
respondiera, por ventura, un Contador muy celoso de la hacienda del
Rey y cudicioso de aumentársela: «Bien librado estaria el Rey dar
cien leguas que sin provecho alguno suyo las tuviesen ocupadas los
frailes.» Estas fueron sus palabras, y aún más descaradas; sentencia
harto indigna de sucesor de los Apóstoles que pusieron las vidas por
cumplir lo que á él se le demandaba, y que concedello con estrecho
precepto divino, y so pena de eternal dañacion era obligado; y es la
verdad, que de aquellas cien leguas y de otras 8.000 no ha llevado
el Rey algo, en cuarenta y más años que esto há, sino en habérselas
destruido, robado y asolado, y de aquí se colegirá cuál podia ser la
gobernacion del Obispo, que con tan profunda insensibilidad, en el
fin y fundamento de todo el título y manutenencia del señorío de los
reyes de Castilla sobre aquellas Indias, erraba. Oido ésto, el Clérigo
quedó como pasmado, y aunque no dejó de revolvérsela al Obispo, pero
aprovechó nada, porque no era el señor Obispo tan de fácil tornable,
y entendido el fin que el Obispo pretendia, que sólo era el interese
temporal, y de la conversion de aquellas gentes no se daba un cuarto,
intentó el Clérigo cierta vía para conseguir el fin que los religiosos
y él deseaban y procuraban, para poder decir al Obispo: _pecunia tua
tecum vadat in perditionem_, de la cual sucedieron al señor Obispo
muchas malas cenas é peores tártagos. Esta vía, en los capítulos de más
abajo, si pluguiere á Dios, se relatará.



                             CAPÍTULO CV.


Prosiguió el Clérigo en que se concluyese la poblacion de las islas,
de labradores, que se habia comenzado en tiempo del Gran Chanciller,
y, aunque á pesar del Obispo, lo llegó al cabo, porque el cardenal
Adriano estaba muy bien en ello y los flamencos de calidad, y que eran
cercanos al Rey, por lo cual el Obispo no pudo estorballo. Hiciéronse
muchas cartas y provisiones, cuantas el Clérigo pidió, y diósele
todo el favor y autoridad y personas que lo acompañasen, y de quien
se ayudase, y Cédula de aposento por todo el reino, á las cuales dió
salario el Rey. Llevó cartas comendaticias y preceptivas para todos
los corregidores, asistentes y justicias del reino, y para todos los
arzobispos, obispos y abades, priores, guardianes y todo género de
personas de autoridad, exhortando y encargando á unos, y mandando á
otros, diesen al Clérigo crédito y favor, y le ayudasen, cada uno segun
su oficio y dignidad, á que se moviesen los más labradores que pudiesen
allegarse para venir á poblar estas islas y gozar de las mercedes que
tenia por bien de concederles. Diéronle provisiones las que habia
menester para los oficiales de la casa de Sevilla, que los labradores
que el Clérigo enviase de cualquiera parte del reino los rescibiesen
con gracia y benignidad, y los aposentasen, y mantuviesen en la dicha
casa, y aparejasen los navíos en que habian de navegar; item, para
todos los gobernadores y oficiales destas islas, que los rescibiesen,
y abrigasen, y aposentasen y entregasen las dichas haciendas y
estancias del Rey, y curasen si cayesen enfermos. Finalmente, fueron
muy cumplidos los despachos que pidió, y se le dieron, y entre otras
personas que escogió el Clérigo para que le acompañasen y ayudasen, fué
un escudero, hombre honrado, que parecia persona de bien, porque se
lo rogó el que habia sido maestro del Rey, y que despues fué obispo de
Palencia. Este escudero, llamado Berrio, criado en Italia (y ésto le
bastaba), no tenia tanta simplicidad, ni tuvo tanto agradecimiento como
tuvo el Clérigo, que le nombró y hizo que el Rey le diese salario y de
comer, lo cual él no tenia de propio suyo. A éste, por más honrallo,
quiso que cuando le enviase á algun pueblo á hacer apregonar las
provisiones del Rey, no pareciese que era enviado por el Clérigo sino
como que lo enviaba el Rey, para lo cual le dió aparte provisiones por
sí é hizo que le pusiesen en ella nombre de Capitan del Rey, y éstas,
solamente cuanto á lo que tocaba á publicar las mercedes que hacia el
Rey á los labradores que quisiesen venir á poblar estas islas, y no las
demas que hablaban con los oficiales de Sevilla y á los destas islas,
porque éstas detuvo siempre en sí el Clérigo hasta llegar el número
conveniente de labradores y despachallos á su tiempo. Con todo, para
tener sujeto al dicho escudero, hizo poner en la Cédula de su salario,
que eran 450 maravedís cada dia, por causa dél, «para que vais con
Bartolomé de las Casas, nuestro capellan, á donde le enviamos y hagais
en todo lo que él os dijere.» Aqueste sabia muy bien la poca ó ninguna
afeccion que el Obispo tenia al Clérigo, y cuán contra su voluntad, y
con cuánto pesar suyo el Clérigo negociaba y habia negociado siempre,
y mayormente aquello de los labradores, y porque despachado del todo
el Clérigo, se detuvo tres ó cuatro dias, disponiendo secretamente los
ánimos de los caballeros flamencos, dándoles á entender la vía que
queria proponer, que resultaria en gran provecho del Rey para cuando
del recogimiento de los labradores volviese; váse, no con falta de gran
malicia, el bueno del escudero, á la posada del Obispo á mostrarse
como que se andaba paseando por no se haber querido partir el Clérigo.
El Obispo, como lo vido, díjole, «¿qué haceis aquí? ¿por qué no os
partís?» Respondió Berrio, escudero, «señor, no se parte ó no se quiere
partir el Clérigo con quien el Rey me manda ir»; y como el Obispo,
que fácilmente se alteraba, porque no le sobraba la mansedumbre y
estaba con el Clérigo tan bien, díjole, «andá, ios vos sólo y haced lo
que con él habíades de hacer.» Respondió, «señor, no puedo hacer nada
sin él, porque la Cédula que tengo, reza que vaya con él y que haga
lo que él me dijere.» Manda luégo el Obispo que se raye la Cédula, y
que donde decia, «hagais lo que él os dijere,» se pusiese, «hagais
lo que os pareciere.» El fructo que Dios y el Rey hobo de hacer esta
falsedad en aquella Cédula, por lo que abajo se refiriere parecerá,
y aunque en otras materias, por ser el Obispo Presidente de aquel
Consejo, podia quizá mandar mudar en Cédulas firmadas del Rey, sin
parecer de todo el Consejo, algunas palabras sin cometer falsedad, y
áun en todos los casos hay harta duda podello hacer, al ménos en éste,
porque se hacia con enojo del Clérigo y con malicia no muy menor que
grande y contra voluntad del Rey, y contra lo muy bien ordenado, y
platicado y determinado, como cosa muy provechosa para los reinos de
Castilla y destos, y en perjuicio de todo el bien de acá, no lo pudo
hacer el Obispo sin muy culpada falsedad. De la mudanza y raedura y
subrescripcion y falsedad de la dicha Cédula, el Clérigo, por entónces,
no supo nada. Partióse, finalmente, y con él Berrio, el escudero, y
los demas; saliendo de Zaragoza para Castilla y llegando á algunos
lugares, hacia juntar la gente dellos en las iglesias, donde les
denunciaba, lo primero, la intencion del Rey, que era poblar aquestas
tierras; lo segundo, la felicidad, fertilidad, sanidad y riqueza
dellas; lo tercero, las mercedes que el Rey les hacia, con las cuales
podian ser con verdad, cuanto á los bienes temporales desta vida, sin
cuasi trabajo, bien aventurados; con lo cual, los corazones de todas
las gentes levantaba, porque, lo uno, todo lo que afirmaba, decia, y,
con verdad que lo sabia por vista de ojos y por muchos años lo habia
experimentado, lo segundo, porque tenia en el hablar gran eficacia.
Despues de avisados é informados, poco tardaban en venirse á escribir
para ir á poblar á las Indias, y en breves dias allegó gran número de
gente, mayormente de Berlanga, que sin entrar en ella, teniendo la
villa 200 vecinos, se escribieron más de los 70 dellos, y, para se
escribir, entraron en Cabildo secretamente, por miedo del Condestable,
y enviaron cuatro regidores que lo buscasen por los pueblos donde
andaba, y le rogasen de partes de la villa se acercasen más á ella,
viniéndose una legua de allí, á donde venian todos disimuladamente
para ser de la demanda que traia informados; y entre los que vinieron
fueron cuatro, los cuales los subieron á un pajar, en lo más alto de
la casa donde posaban, cuasi temiendo que las paredes lo habian de
decir al Condestable, y le dijeron: «Señor, cada uno de nosotros no
quiere ir á las Indias por falta que tenga acá, porque cada uno tenemos
100.000 maravedís de hacienda y aún más (lo cual para entónces, y en
aquella tierra, era mucho caudal), sino vamos por dejar nuestros hijos
en tierra libre y real.» No lo hicieron tan secreto que lo ignorase
el Condestable; despacha luégo un escudero, y otro á rogar al Clérigo
que se saliese de su tierra; el Clérigo hacíase reacio, diciendo que
él iria luégo á besarle las manos, y así fué, y hallóle á la salida
de Berlanga, que iba á despedir al obispo de Osma, que con él habia
pascuado; pasaron muchas pláticas, alegando el Condestable que rescibia
grande agravio, y que le rogaba que se fuese á sacar labradores de
otra parte. El Clérigo dijo que así lo haria, por serville, pero que
queria entrar en Berlanga á hacer apregonar las provisiones. Dijo él:
«Si quereis entrar como amigo yo me holgaré mucho dello, y haceros
hé todo buen tractamiento.» Finalmente, se despidió dél, llevando la
Memoria escrita de los que se habian asentado. Mandó luégo apregonar
el Condestable que cualquiera que comprase la hacienda de los que se
habian escripto para las Indias la tuviese perdida, lo cual no mucho
de tiranía distaba. Anduvo el Clérigo por aquellos lugares de señorío,
y cuasi todos se movian á la jornada, y en un lugar del conde de
Coruña, llamado Rello, que era de 30 casas, se escribieron 29 personas,
y entre ellas dos vecinos, hermanos, viejos de setenta años, con 17
hijos; diciendo el Clérigo al más viejo: «Vos, padre, ¿á qué quereis
ir á las Indias siendo tan viejo y tan cansado?» respondió el buen
viejo: «A la mi fe, señor, dice él, á morirme luégo y dejar mis hijos
en tierra libre y bienaventurada.» Un poco ántes desto, andando por
aquellos lugares, el bueno de Berrio pidió muchas veces licencia al
Clérigo para se ir al Andalucía, donde era casado; el Clérigo decíale
que no se la podia dar, porque aquel era el negocio por que el Rey le
daba salario, y por entónces andaban por aquella tierra donde hallaban
gente propia para estas partes, que, cumplido por aquella tierra lo
que el Rey mandaba, tiempo vernia cuando fuesen de los puertos abajo,
porque, en fin, todo se habia de andar. El cual, como vido que pedir
licencia al Clérigo era por damas, vino un dia con las botas calzadas
á despedirse del Clérigo, diciendo que viese lo que le queria mandar,
porque queria ir á la Andalucía, y que allá haria él lo que el Rey
mandaba. El Clérigo, de su insolencia quedó admirado, y no le quiso
hablar, pensando luégo quitalle el salario, creyendo que la Cédula
donde se lo señalaba estaba vírgen como se la habia dado; fuese
algunos pasos con él un escudero cuerdo, llamado Francisco de Soto,
de los que con el Clérigo tambien andaban, y diciéndole que cómo se
iba sin licencia del padre Casas, pues sabia que le podia quitar el
salario diciendo la Cédula dél que lo acompañase y hiciese lo que él
le dijese, respondió: Por eso vengo yo bien proveido, que donde decia
«hagais lo que él os dijere», se puso «hagais lo que os pareciere»,
donde le constó ésto y creo que lo más. Tornó luégo el Francisco de
Soto al Clérigo, diciéndole: «Señor, no os quejeis de Berrio, sino
del obispo de Búrgos y de los demas que son vuestros enemigos, que
os trabajan desbaratar cuanto sudais y trabajais.» Váse Berrio al
Andalucía y estáse de reposo en su tierra comiendo á costa del Rey,
é cuando le pareció váse á Antequera y allega 200 personas, los más
taberneros, y algunos rufianes y vagabundos y gente holgazana, y
los ménos labradores, y dá con ellos en Sevilla y en la Casa de la
Contratacion. Los oficiales de la Casa, como no tenian Cédula ni mando
del Rey, porque el Clérigo no la habia enviado por no ser tiempo ni
sazon, segun la órden que llevaba, viendo tanta gente no sabian qué
se hacer, y al fin acordaron, porque allí no se desbaratasen, porque
ya sabian en general la poblacion que el Rey hacer mandaba, por otras
cartas, con esperanza que el Clérigo enviaria las Cédulas, embarcallos
en unos navíos que para partir estaban y enviallos. Llegaron á esta
isla y ciudad de Sancto Domingo, donde tuvieron mayores peligros y
trabajos, porque como los oficiales del rey no habian rescibido Cédula
tampoco alguna del Rey, ni mandado, porque el Clérigo no la habia
enviado por la razon dicha, ningun remedio se les dió ni lo tuvieron
sino morirse muchos dellos y henchir los hospitales de los demas, y
de los que escapaban y sanaban hiciéronse taberneros, como quizá lo
eran ántes, y otros vaqueros, y otros irse hian á robar indios á otras
partes. Súpose tarde: el Clérigo dió voces al Rey y al Chanciller,
que era venido ya, notificándoles y afeándoles el mal recaudo que el
Obispo habia causado; mandólo luégo remediar el Rey, puesto que fué
en balde, y este remedio fué que mandó envialles 3.000 arrobas de
harina y 1.500 de vino, pero cuando acá llegaron, ya no habia hombre
dellos á quien se diese ni dello se aprovechase. Aqueste fructo salió
de haber falseado la Cédula real, despues de firmada, por contradecir
el Obispo al Clérigo por su propia pasion en negocios que al mismo
Obispo incumbian, y por ellos debiera mucho amallo. Desque vido el
Clérigo la mucha gente labradora que se movia, y que los Grandes dello
se agraviaban, y tambien que Berrio se le habia alzado, acordó de no
mover más de los movidos y se tornar á la corte para que el Rey en lo
uno y en lo otro pusiese remedio, como en cosa que tanto le importaba,
y que solo él convenia poner la mano. Dejó toda la gente movida por
los lugares, con buena esperanza que volveria presto y que iba por
recaudo para sacallos. Llegado á Zaragoza, lo primero que hizo fué ir
al mismo Obispo, por convencello como que queria, dándole buenas nuevas
del buen suceso del negocio primero que á otro, alcanzar su gracia, y
diciéndole: «Señor, no sólo 3.000 labradores, á que yo me ofrezco, pero
10.000 podrá vuestra señoría enviar, si quiere, á poblar las Indias,
que irán de muy buena gana; la muestra dello traigo, que son 200
vecinos y personas escripias, y á ir obligadas, y no traigo más por
no escandalizar los Grandes, hasta dello dar al Rey parte.» Respondió
el Obispo (Dios sabe con qué ánimo): «¿Cierto, cierto?» «Si señor,
cierto, cierto.» «Por Dios, dijo él, que es gran cosa, cosa grande es.»
Besadas las manos, y á lo que parecia ya de lo pasado aplacando, fuese
el Clérigo al cardenal Adriano, que solia mucho gustar de la poblacion
y la favorecia y loaba, y hecha la relacion de lo que dejaba comenzado,
respondió en latin, porque con personas que lo entendiesen siempre lo
hablaba: _vere vos tribuitis aliud regnum regi_, y áun bien pudiera con
verdad decir que no sólo reino, pero reinos daba y más que reinos al
Rey. Pero no mereció el mundo que gustasen dello ni lo entendiesen los
que lo debieran entender; mas el Cardenal, como no pretendia interese
y era de ánimo sincero, íbalo entendiendo como quien carecia de
impedimentos; y porque ya estaba el Rey de camino y la corte mudándose
para Cataluña y Barcelona, y vacaron los negocios por algunos dias, por
tanto quédese lo relatado así, hasta que demos la vuelta sobre ello y
prosigamos lo mucho que miéntras el Rey estuvo en Barcelona sucedió. En
este año de 18, en Zaragoza, hizo el Rey á Diego Velazquez Adelantado
y Gobernador de toda la tierra de Yucatán y de la Nueva España, que
habian descubierto Francisco Hernandez y Juan de Grijalba, como abajo
parecerá.



                             CAPÍTULO CVI.


Entre tanto que el Rey llega y se asienta la corte en Barcelona,
tornemos á enhilar las cosas que acaecieron en estas Indias por este
tiempo, que ya era el año de 1518; y contando primero lo de la tierra
firme, converná que nos acordemos dónde cesamos de hablar en ella, y
ésto parece arriba, en el cap. 76, donde referimos la justa muerte de
Vasco Nuñez, no por lo que lo justiciaron, porque no pareció á todos
que la causa que le levantaron era verisímile, sino por juicio de Dios,
que tenia bien contadas las muertes injustas é innumerables que él
habia perpetrado en los inocentes indios; y en el cap. 77, con ciertas
y extrañas crueldades cometidas por los nuestros en los indios, aquella
relacion concluimos. Degollado, pues, Vasco Nuñez, fuese de la villa
de Acla, Pedrárias, al Darien, donde halló una carta de los padres de
Sant Hierónimo, en que de parte del Rey le mandaban que no determinase
por sí sólo cosa alguna, sin parecer del Cabildo del Darien, por haber
sabido algunas de sus tiranías y como aquella tierra destruia. Pero
harto poco remedio enviaban los Padres para excusar la destruccion
della, pues eran tan grandes tiranos como él, y quizá más crueles los
del Cabildo; mandáronle asimismo que restituyese todo el oro que habia
robado al Rey y señor Pariba ó Paris, segun se dijo. Debian tener ya
los padres Hierónimos noticia del robo que Badajoz habia hecho al dicho
Cacique, y, por ventura, los avisaron dello Diego Albitez, de quien
habemos hablado harto arriba, ó un Francisco Hernandez, que era Capitan
de la guardia de Pedrárias, que tambien hizo cortar la cabeza como se
dirá, que vinieron á esta ciudad de Sancto Domingo. Así que, al Darien
llegado Pedrárias y vista la carta y mandado de los Padres, ó porque
la gente toda pedia con instancia que les señalase por Capitan general
el licenciado Espinosa, su Alcalde mayor, porque robaba mejor y les
daba para sus crueldades más larga licencia, y Pedrárias no queria que
tanto amor al dicho Espinosa tuviesen, porque no le viniese algun mal
ó inobediencia dello, y cognoscia que los del Cabildo habian de dalle
parecer para que Espinosa fuese elegido, ó porque para todas las cosas
que pensaba hacer sentia que los del Cabildo no habian de seguille,
llamólos á todos á su casa la noche que llegó, y quitóles las varas
y oficios. No por eso dejó la gente de importunar á Pedrárias que
señalase al licenciado Espinosa, en su ausencia, por Capitan general;
finalmente, se lo hobo de conceder, aunque no de alegre voluntad.
Amaban todos la capitanía del Espinosa más que las de los otros, porque
cuando iban con otros capitanes y traian indios captivados, como él
era letrado y Alcalde mayor, unas veces los daba por libres, diciendo
que por no les haber hecho el acostumbrado requerimiento no podian ser
esclavos, otras veces porque habian sido amigos, y así no le faltaban
achaques para dar por libres todas las cabalgadas que los otros traian,
pero en las suyas no se mostraba tan sancto, ántes ninguno que tomasen
á vida les salia, no vendible á su placer, de las manos, y con ésto
era Espinosa muy amado. Que tuviese aquesta industria para traer todos
aquellos siervos de Dios á su amor, porque le siguiesen y ayudasen á
ser bien aventurado, ya en la otra vida, donde al presente muchos dias
há que mora, estará determinado. En este tiempo, acordó el obispo don
fray Juan Cabedo, primer obispo del Darien, irse á Castilla, no supe
con qué fin ó por qué causa; partióse tambien con él, ó por aquellos
dias, Gonzalo Hernandez de Oviedo, Veedor del Rey en aquella tierra
firme, y que via todos aquellos estragos que se hacian en que no tenia,
como arriba parece, chica ni poca parte. Vínose por la isla de Cuba
el obispo don fray Juan Cabedo, donde algunos dias estuvo, y como ya
en aquella isla se sabia lo que pretendia el clérigo Casas, que era
poner los indios en libertad, Diego Velazquez y los demas comenzaron á
dar quejas y blasfemar del clérigo Casas, que los destruia, al señor
Obispo, que áun de sus errores no estaba alumbrado. Díjose que se
ofreció al Diego Velazquez y á los que presentes algun dia de aquellos
estaban, de hacer echar al Clérigo de la corte. Tambien le dió cargo
Diego Velazquez, ó él á ello lo provocó, de negociarle que el Rey le
diese la gobernacion de tierra firme, y que se obligaba á poner buena
órden por aquella tierra en indios y en cristianos, en lo cual, de
su propia hacienda, gastaria 15.000 castellanos. Bien se creyó que
Diego Velazquez, untó al señor Obispo las manos. Tornando á Pedrárias,
nombrando por su Capitan general, á importunacion de la gente, al
licenciado Espinosa, tornóse luégo á la villa de Acla, con intencion
de hacer un pueblo en la mar del Sur, y mandó al licenciado Espinosa
que con cierta gente que estaba en Pocorosa, se fuese hácia Panamá,
donde por ser lo más angosto y estrecho de la tierra, de la una á la
otra mar, deseaba poblar por aquella comarca. El se fué á entrar en
los navíos, y navegó hasta la isla de Taboga, con cierta cautela,
diciendo que fuesen á buscar las riquezas de aquella mar del Sur, y
era por cansar la gente, para que de cansados, viéndose sin provecho
alguno de lo que deseaban, deseasen asentar y poblar por allí, puesto
que como aquella costa de Panamá es sombría de arboledas y algunas
ciénagas teníanla todos aborrecida. A la sazon llegó Espinosa con
la gente que traia, cuando Pedrárias tornó de la isla de Taboga, y
juntos en tierra, los unos y los otros, Pedrárias tornó á tractar de
que por allí se poblase, mayormente que un Bartolomé fulano dijo que
habia visto por aquella costa un buen puerto, grande y seguro, que con
la menguante queda en seco cuasi media legua; donde al fin metieron
seguramente los navíos, de que no poco Pedrárias fué alegre. No pudo
entónces con la gente acabarlo, porque dellos se holgaban de andar
salteando pueblos, robando el oro que hallaban, y haciendo las gentes
que prendian esclavos, dellos, quizá, porque recogerse á pueblos les
era como si se metieran en religion y debajo de reglas graves, porque
tenian más licencia para cada uno vivir segun queria andando como
andaban. Acordó de los despartir y cansar, dándoles lo que deseaban,
y mandó á Espinosa que tomase 150 hombres, y con ellos, en un navío
de aquellos y en las canoas que allí tenian, se embarcasen y fuesen
á cobrar el resto del oro que á Badajoz habian los indios tomado.
Fueron de buena gana, y, saltando en tierra, entraron en las canoas,
subiendo por el rio de Pariba ó de Paris, de que arriba hemos hablado,
y metiéronse en una espesura de monte, y cuando esclarecia dieron en
el pueblo, y matando y captivando los que hallaban llegaron á la casa
del rey é Cacique, llamado Cutara, que estaba muerto, y al rededor de
él habia puesto, en piezas de diversa hechura, más de 30.000 pesos
de oro que tenian aparejado para enterrallo con él, dello de lo que
habia perdido Badajoz, y dello de lo suyo, y aquí cesó la tentacion
y ánsia que Pedrárias y todos tenian de recobrar el resto de aquella
gran pérdida que todos lloraban, y no ménos el obispo de Búrgos, haber
Badajoz causado á Castilla, perdiendo por su culpa ó indiscrecion,
segun ellos decian, el oro que con tan execrables pecados, robado á
sus propios y legítimos dueños y poseedores, habia. Recogióse luégo
Espinosa y sus compañeros á las canoas y volviéronse á la boca del rio,
donde quedó esperándolos el navío. Desde allí envió Espinosa de los
indios que llevaba captivos, á llamar al sucesor del Cacique muerto,
que era un muchacho, el cual, de miedo vino y trujo un presente de oro,
rogando que le diese su gente, que le llevaba presa, y así dijeron que
lo hizo; no supe si el número de los presos íntegro restituyó, que
habia captivado. Con esta victoria, y que por felicidad y buena ventura
tuvieron, alzó sus velas y fueron á cargar de maíz y bastimentos el
navío á la tierra del rey Paraqueta, y de allí dió la vuelta á la
tierra de Panamá, donde Pedrárias con los demas estaba, el cual con
grande alegría y triunfo fué rescibido. Mandó Pedrárias enterrar el
oro allí, con intento de hacer algun ademan á la gente, de los que
solia; tornó á persuadirlos que convenia poblar por allí, y todos,
como de ántes, resistian. El, movido á ira, dijo, «pues no quereis,
desentiérrese todo ese oro, y restitúyase á su dueño que es el Cacique
y gente de Pariba ó de Paris, porque así me lo mandan los padres
Hierónimos, y vámonos todos á Castilla que á mí no me faltará de comer
allá.» Como tocó aquí, como si les lastimara en la lumbre, blandearon,
y el mismo licenciado Espinosa tambien, y dijéronle que poblarian en
ciertas partes la costa abajo, cerca de allí, donde habia mejor aparejo
de çabanas herbazales para pasto de cualesquiera ganados, y otras cosas
para edificar pueblos necesarias; concedióselo Pedrárias por entónces,
fingidamente, y díjoles: «Pero, entre tanto que se nos ofrece más
comodidad, depositemos el pueblo, que á donde decís habemos de hacer,
sobre este puerto, pues poco aventuramos cuando nos hobiéremos de mudar
en dejar las casas de paja.» Concedido ésto por todos, llamó Pedrárias
á un escribano que asentase por escrito como allí depositaba una villa
que se llamase Panamá, en nombre de Dios y de la reina doña Juana y de
D. Cárlos, su hijo, y protestaba de la defender en el dicho nombre á
cualesquiera contrarios, la cual, quedó siempre allí desde aquel año,
que fué de 1519, hasta hoy que se cuenta, y durará cuanto Dios tuviere
por bien de castigar á todos los que, á robar las tierras ajenas, y
oprimir y captivar las personas que en sus tierras y reinos pacíficos
vivian, por allí pasan al Perú y á las otras partes de aquel Ultramar;
porque en obra de veinticinco ó veintiocho años, más son muertos de
40.000 hombres idos de España, de malas enfermedades, por ser la tierra
calidísima y humidísima, en ella y en la villa del Nombre de Dios por
la misma causa; y es cosa digna de considerar que haya sido tanta la
ceguedad de los del Consejo del Rey y de todos los que allí envian
á gobernar, que nunca hayan tractado de mudar aquellas de aquellos
lugares, habiendo muchas partes en aquellas dos costas de mar y
puertos buenos en ella, cognosciendo manifiestamente ser ambos lugares
pestilenciales. Pero por los pecados dellos y de toda España, que van
por allí á cometer, no permite Dios que vean ni adviertan lo que tanto
daño hace á España. Repartió Pedrárias todos los pueblos de indios
entre los españoles que allí se avecindaron, que era y fué siempre el
fin de su felicidad.



                            CAPÍTULO CVII.


Y porque hablando en una historia, Tobilla, que presumió hacer (tan
ciego como los otros), desta poblacion de Panamá, dice, que esta
costumbre de repartir y encomendar aquellas gentes á los españoles
que las conquistaron, nació de cierta relacion que el almirante D.
Cristóbal Colon dió al rey D. Hernando, diciéndole que los indios que
en la Española habia hallado eran incapaces para toda doctrina, y que
para ser instruidos en la fe de Cristo habian menester cada pueblo
por preceptor un cristiano, por cuya carta el Católico Rey, con celo
sancto, pidió licencia al Papa Alejandro VI para ello, la cual por él
le fué concedida, que los encomenderos les mostrasen las cosas á la
fe debidas. Estas son palabras formales de Tobilla. Es aquí razon de
desengañar á los que aquel pobre hombre tan falsa y perniciosamente
quiso dejar engañados, con gran perjuicio de su ánima, levantando al
Almirante D. Cristóbal Colon tan gran testimonio, que hobiese tan
malamente de incapaces á los indios infamado, de lo cual se verá claro
el contrario en el discurso del primer libro desta Historia y en el
segundo; y mucha mayor blasfemia osó imponer al Papa que hobiese dado
licencia para que los pueblos y ciudades populatísimos se hobiesen
de deshacer, y repartirse tanta multitud de gentes, como si fueran
ganados, entre personas seglares, idiotas, y comunmente viciosas, para
les enseñar las cosas de la fe que ellos no saben. Como si el Papa
ignorara ser tal repartimiento, y por tal causa, contra toda razon y en
deshonor y derogacion de la fe y religion cristiana, y en perjuicio de
tan inmenso número de ánimas. Y que todo ésto que escribió sea falso,
y de toda verdad contrario, parecerse há por evidencia clara en la
Bula de la concesion destas tierras á los reyes de Castilla, que hizo
el mismo papa Alejandro, donde, refiriendo en su Bula el descubrimiento
destas Indias, que el dicho Almirante habia referido á los Reyes
Católicos, y los Reyes Católicos al Papa, dice estas palabras: _In
quibus quamplurimæ gentes pacifice viventes, et ut asseritur nudi
incedentes, nec carnibus vescentes, inhabitant, et ut præfati nuncii
vestri possunt opinari, gentes ipsæ, insulis et terris prædictis
habitantes, credunt unum Deum creatorem in cælis esse, ac ad fidem
catholicam amplexandum et bonis moribus imbuendum satis apti videntur;
spesque habetur quod si erudirentur, nomen salvatoris Domini nostri
Jesu-Christi in terris et insulis prædictis facile induceretur_. Quiere
decir, para los que no entienden, que en aquellas islas y tierras
que el almirante D. Cristóbal Colon habia descubierto, habitaban muy
muchas gentes que vivian pacíficamente, y andaban desnudas, y que no
comian carne, y, que, segun el Almirante y los que con él á descubrir
fueron pudieron entender, las dichas gentes creian un Dios criador
estar en los cielos, y que para rescibir nuestra fe católica y ser
enseñadas en buenas costumbres parecian ser bien aparejadas, y que
se tenia esperanza que si fuesen instruidas y predicadas, fácilmente
el nombre de nuestro Salvador Jesucristo en ellas se arraigaria.
Manifiesta cosa es que, diciendo el Papa estas palabras á los católicos
Reyes, respondia segun la relacion que los Reyes le habian destas
gentes enviado, y ésta no la hobieron sino del Almirante que las habia
descubierto; luégo no es verdad lo que Tobilla dijo que el Almirante
habia dicho al Rey é á los Reyes, que las gentes que habia hallado
eran incapaces para toda doctrina, y, por consiguiente, falsísimo
es y sacrílego decir que, á suplicacion de los Reyes, habia el Papa
dado licencia para que á cada pueblo se pusiese un preceptor seglar
ignorante, ó, por mejor decir, un tirano. Confírmase lo dicho contra
Tobilla, por las cláusulas y preceptos que el Papa puso á los Reyes
sobre la conversion de aquestas gentes, que las enviase á convertir por
varones buenos, temerosos de Dios, doctos, sabios, espertos, y éstos
no son los comenderos, que cada uno há menester 20 predicadores para
metellos en razon y convertillos, sino los ministros del Evangelio, que
son los prelados, los clérigos y frailes, teólogos y siervos de Dios, y
que otra cosa ninguna temporal pretendian sino dar á estas gentes y á
cualesquiera infieles cognoscimiento del verdadero Dios, y enseñarles
lo que dél han de creer y cómo le han de reverenciar y amar, cumpliendo
y guardando sus mandamientos. La una cláusula comienza: _Hortamur vos
in Domino_..... _populos in hujusmodi insulis et terris_..... _ad
christianam religionem suscipiendum inducere velitis et debeatis_,
etc. Y la otra comienza: _Et insuper mandamus vobis in virtute sanctæ
obedientiæ_..... _ad terras firmas et insulas prædictas viros probos
et Deum timentes, doctos, peritos, et expertos, ad instruendum incolas
et habitatores præfatos in fide catholica et bonis moribus imbuendum,
destinare_..... _omnem debitam diligentiam in premisis adhibentes_. Y
así, queda averiguada la perniciosa falsedad de Tobilla en decir que
el repartimiento de los indios á los españoles habia sido inventado
con autoridad y licencia del Papa, por el Rey Católico informado
y procurado. No fué inventado sino por Satanás y sus ministros y
oficiales, para echar á los infiernos á los españoles y destruicion
de toda España, como cada dia se va su destruicion poco á poco, y
áun mucho á mucho, entablando. El modo y principio que este tiránico
y execrable repartimiento tuvo, en el libro II, cap. 11, y en los
siguientes de esta Historia se hablará; y así, queden desengañados y
cognoscan su mal estado los que tienen indios repartidos, y, como ellos
dicen, en encomienda, y no sólo los que los tienen, pero los que los
procuran, y no sólo quien los procura, pero tambien los que los desean
están en pecado mortal. Y sola esta razon baste, porque tienen á sus
prójimos, que son libres, en captiverio, privados de toda su libertad,
de donde se sigue privar los señores y Reyes naturales de sus vasallos
y señoríos, contra justicia y ley natural, con otras mil desórdenes que
á esta tiranía se allegan innaturales; y ésto ni procurarse puede ni
desearse sin pecado mortal. Así que, desengáñesen los tales, s¡ quizá
hobieren leido la historia de Tobilla, y en ella esta nefanda falsedad,
y por leella creian quedar seguros en sus consciencias robando y
oprimiendo sus prójimos desconsolados, aunque los opresores muy más
malaventurados.



                            CAPÍTULO CVIII.


Como Pedrárias supo que estaba ya nombrado Lope de Sosa por Gobernador
de aquella tierra firme, y á él se lo quitaban, y que por consiguiente
le habian de tomar residencia, y él habia hecho tales obras que no
podia ganar por ella nada, ántes, si justicia hobiera, debiera ser
hecho tajadas, temiendo lo que le podia venir, siempre tuvo fin á
salir de la tierra con la mejor color que pudiese, porque Lope de
Sosa en ella no le hallase. Por lo cual, desque hobo asentado la
villa ó pueblo de Panamá, propuso á todos los que allí estaban que
sería cosa conveniente á todos enviar procuradores á Castilla, para
dar noticia al Rey de los servicios que en aquella tierra firme le
habian hecho, y cómo se la tenian sojuzgada, y pedirle las mercedes
que á tales y á tantas obras fuesen proporcionadas. Y veis aquí de la
manera que los tiranos que han destruido estas Indias han tenido á los
Reyes de Castilla encantados, vendiéndoles por servicios ofensas, y
pérdidas, y daños, nunca por súbditos á sus Reyes cometidas, despues
que el mundo fué criado, tales ni tan execrables. Así que, tractando
de quién nombrarian por procuradores, (y lo que se presumió, que
Pedrárias deberia de haber negociado), al cabo se concluyó por todos
que Pedrárias fuese por procurador. Alcanzado lo que deseaba, porque
de una manera ó de otra siempre se hace lo que quieren los que mandan,
mayormente siendo tiranos, acordó de se ir al Darien para disponer su
viaje; mandó al licenciado Espinosa que con la mitad de la gente que
allí estaba fuese descubriendo y robando la tierra, por el Poniente
abajo; púsoles condicion que, de todo el oro y cosas de valor que
robasen, y esclavos que á vida tomasen, partiesen con los vecinos que
quedaban en Panamá y con 30 hombres que iban con él á acompañalle.
Llegado al Darien, luégo escribió al Rey que le diese licencia para
pasar la ciudad del Darien á Panamá y la iglesia catedral, diciendo
que aquel lugar y sitio del Darien era muy mal sano, y que moria y
enfermaba mucha gente, y que los niños no se criaban, como si fuera
mejor y no tan malo el sitio de Panamá. Descubrió Pedrárias su
eleccion de procurador para Castilla al pueblo y á los oficiales del
Rey, diciendo que toda la villa de Panamá y gente de guerra que con
él andaba le habian nombrado que fuese por procurador de todo aquel
reino á Castilla, para que informase al Rey de sus grandes servicios y
trabajos, y que él, por aprovechallos y hacerles todo bien, lo habia
de buena voluntad aceptado. Pidieron tiempo para hablar entre sí y
respondelle: platicaron entre sí algunos dias y volvieron, alcaldes
y regidores, y los oficiales del Rey, é los principales del pueblo,
y un Martin Astete, que habia dejado por su teniente, respondiendo
por todos díjole: «Que él y todos los presentes, y todo aquel pueblo,
le besaban las manos y tenian en gran merced en querer acometer tan
grandes trabajos y peligros, como eran los que se ofrecian en la ida
de Castilla por ellos; pero que habiendo pensado y conferido entre sí
cerca de su camino, hallaban muchos inconvenientes que se recrecerian
por su absencia, y uno era la falta que haria en la conquista y
subyecion, que ellos llamaban y llaman hoy pacificacion, de los indios
de aquellas tierras: otro era no ménos principal, conviene á saber, que
probablemente ido él se seguirian disensiones y pendencias en ellos,
mayormente quedando el licenciado Espinosa, como quedaba, en la mar
del Sur con mucha guerra, de quien se presumia que querria mandallos
á todos con mayor imperio y austeridad que solia, y que aquello no lo
habian de sufrir, y, por consiguiente, habian de seguirse los daños que
por semejantes causas se solian en todas partes suceder, y que ya via
cuántos deservicios se hacian á Sus Altezas.» Respondióles Pedrárias
«que todas eran buenas consideraciones, como de personas prudentes,
pero que él dejaria en ello tan buena órden, que con el ayuda de
Dios no sucediesen inconvenientes, de aquella manera, algunos, y por
tanto que tuviesen por bien su partida, porque, segun lo que entendia
serles á ellos y á todo aquel reino provechosa, por ninguna cosa la
dejaria.» Ellos le replicaron, que le suplicaban no se pusiese en
querer salir de la tierra, porque le hacian saber que por creer y áun
tener por cierto, que en su determinacion deservia al Rey en dejar la
tierra en tanto peligro, que por ningun caso no se lo consentirian.
Tornando á afirmar que convenia é que así lo habia de hacer, cada uno
de los del pueblo, como eran muchos, decia su decidero con libertad,
entre los cuales un Regidor de la ciudad le dijo, más libremente que
él quizá quisiera: «Que aunque él era el menor de los de aquel pueblo,
que él bastaba sólo para si porfiase á irse detenello con echalle unos
grillos, pues el Rey lo habia enviado allí para que los gobernase, y
en su nombre aquella tierra tuviese y defendiese.» Pedrárias, desque
vido que cuasi todos se le atrevian, disimuló con su intento y al cabo
díjoles: «Que pues no consentian en su ida, que por provecho suyo y
de la tierra hacerla proponia, que á su culpa imputasen lo que por
no le dejar ir perderian;» y así cesó por entónces el ansia que de
salir de la tierra cuando viniese Lope de Sosa tenia. Antes que desta
hecha Pedrárias viniese al Darien, de Panamá, los oficiales del Rey
dieron licencia á Diego Albitez para que fuese á hacer un pueblo con
ciertos españoles á la tierra de Veragua, ó porque debian tener poder
del Rey, ó quizá que los padres Hierónimos se lo habian dado cuando á
Pedrárias se lo limitaron, como arriba desto se dijo algo; sabido por
Pedrárias cuando llegó, rescibió grande alteracion, y quisiera luégo
ir á castigar al Diego Albitez, sino que como era muy sagaz y viejo
experimentado, sufrióse y disimuló por entónces por no impedirle la
ida de Castilla, que él tanto deseaba. Salió, pues, Diego Albitez y su
compañía del puerto del Darien con un bergantin y una carabela, y llegó
á la isla de los Bastimentos, que muchas veces los indios della habian
á los españoles hartado la hambre, salió luégo el Cacique y señor
della, con su gente á rescibillos, mostrándoles haber placer con su
venida, puesto que más de creer es que no quisieran más vellos que ver
al diablo. Habidos los bastimentos que allí pudo dalles, partiéronse
para Veragua, y saltando en tierra, de noche, fueron á dar, sin ser
sentidos, sobre el pueblo de un Cacique y señor, llamado Quezbore,
que dormia seguro con su gente, descuidado, sin tal pensamiento;
sintiendo los enemigos, salió con los suyos que pudieron tomar sus
armas, ántes que fuesen desbarrigados de las espadas ó heridos, y
comenzaron á pelear, segun pudieron, los cuales, al cabo, fueron,
como suelen, fácilmente desbaratados, y el Cacique, con muchos de los
suyos y mujeres y hijos, captivos. Viéndose el señor preso y todos los
que bien queria, entendiendo que todo el fin último de los españoles
era robar oro y tener en más lo más fino, dijo al Diego Albitez que
los soltase á él y á los suyos, y los dejase en su tierra, pues no le
habian ofendido, y dalle hia todo cuanto oro tenia; oidas estas nuevas,
sabrosas para Diego Albitez y á los que con él venian, comenzóle á
predicar el Evangelio que predicar solia, y díjole: «Sabé, señor y
hermano Cacique, que sobre el sol y la luna está el gran Dios que nos
hizo á todos y da la vida, el cual á los reyes de España, que son los
señores de los cristianos que acá venimos, ha dado todos estos reinos
y tierras vuestras, y para que os digamos que seais sus vasallos y
os sometais á su Real dominio acá nos envian.» Oido el sonido destas
palabras, el Cacique, porque ni entendia qué queria decir Dios, ni Rey,
ni cristianos, más que todo se resolvia entender que pedia oro, dióle
3.000 pesos de oro y 30 indios por esclavos, porque tambien sabia que
aquel, eso mismo, era su fin y su granjería, y como hasta llegar á ésto
duraba su predicacion, dejó al Cacique y á los suyos algo contentos,
aunque no bien pagados, y tornó á embarcarse y fuese la costa abajo, y
entró en el puerto que Diego de Nicuesa puso puerto del Nombre de Dios,
donde lo hallaron los del Darien, cuando lo fueron á buscar y llamar
para que los gobernase, como á la larga en el libro II, cap. 66 dejamos
escrito, allí hallaron que el navío de hacer mucha agua, sin podella
vencer, se les iba á fondo; forzados desto se tornaron á la dicha isla
de los Bastimentos, donde luégo se les hundió. El señor, Cacique de la
dicha isla, llamado Paruráca (la penúltima luenga, segun creo), los
pasó con su gente en canoas á la tierra firme (que pudiera ó en su
tierra achocallos ó en la mar ahogallos), y desembarcólos en derecho
de la tierra del Cacique llamado Capíra, ó señor de la tierra llamada
Capíra, la penúltima luenga. Este, viéndose corrido y angustiado de los
españoles, que estaban en Panamá y costa del Sur, y que por la otra
parte de la costa del Norte sobrevenian otros españoles, de quien no
esperaba ménos malas obras, constriñóle la necesidad de venirse á poner
en manos de Diego Albitez y sufrir sus tiranías, esperando que, por
venir á dársele por amigo y traerle algun presente (que es costumbre
universal de todos los indios nunca venir las manos vacías), se las
mitigaria. De allí, hechos algunos saltos é insultos contra las gentes
que por allí cercanas habia, tornóse hácia el Nombre de Dios; llegados
allí, acordó el Diego Albitez de asentar en aquel lugar un pueblo, y
púsole por nombre el que Diego de Nicuesa de ántes habia puesto al
puerto que allí hay, conviene á saber, Nombre de Dios, el cual, por
estar cercado de lugares muy bajos y montuosos, y el mismo asiento dél
y todos por allí humidísimos, no tienen número la gente española que de
enfermedades han perecido y mueren cada dia, segun arriba quedó dicho.
Háse allí sustentado por ser buen puerto para los navíos, aunque,
como arriba tambien dijimos, la cudicia y ansia de las riquezas no ha
dejado abrir los ojos á pasar la contratacion la costa abajo, donde con
ménos daños y mucho ménos trabajo se hallara donde poblar, y de donde
se pasara á la mar del Sur. En el suelo deste pueblo, Nombre de Dios,
hay una hierba verde, de hasta un geme de altura, con ciertas ramitas
arpadas, menudas, muy lindas, de una parte y de otra, de hechura de
una pluma de pájaro, la cual, si le tocamos con un palo ó con otra
cualquier cosa, ningun movimiento hace, pero si con el dedo, luégo
todas sus ramitas ó arpaduras y toda ella se encoje, como si fuese una
cosa sensible, viva. Comenzóse á poblar este dicho pueblo, que ya tiene
nombre de ciudad, al principio del año 1520, y porque hay mucho que
decir de las otras partes destas Indias, desde el año de 1518 hasta el
de 20, paremos aquí en la historia de tierra firme, hasta que, cumplido
con lo demas, volvamos á ella.



                             CAPÍTULO CIX.


Lo que al presente conviene aquí proseguir es el descubrimiento que
Diego Velazquez prosiguió de la tierra de Yucatán, que Francisco
Hernandez de Córdoba, de la manera que en el cap. 96 y los siguientes
referimos, descubrió; y en fin del cap. 98 comenzamos á referir
cómo Diego Velazquez, que la isla de Cuba gobernaba, cognoscido el
descubrimiento que habia hecho Francisco Hernandez y las muestras que
habian visto y traido de la riqueza que la tierra de Yucatán tener en
sí mostraba, determinó de hacer otra armada y constituir por Capitan
della á un Juan de Grijalva; y así, llegado Francisco Hernandez á
la ciudad de Santiago, en canoas de indios, y de sus heridas bien
lastimado, informándose dél y de algunos indios que de allá trujo bien
á la larga de todo lo que de la tierra y gente della sentia, con lo
que por allí habia pasado, hizo aparejar tres navíos y un bergantin
con todo lo al viaje necesario, y con muchos rescates y cosas de
Castilla para los trocar por oro, de que habia cierta esperanza. Halló
voluntarios y bien dispuestos para tornar, y de los que no habian ido
ántes, hasta 200 hombres, pocos ménos ó pocos más. Envió por piloto
mayor de la armada al mismo Anton de Alaminos, que habia descubierto
la tierra con Francisco Hernandez; fueron por capitanes de los tres
navíos un Francisco de Avila, mancebo de bien, sobrino de Gil Gonzalez
de Avila, de quien hay que decir adelante, y Pedro de Alvarado, tambien
mancebo, de quien hay que decir mucho más, y un Francisco de Montejo,
que al cabo fué el que descubrió á la dicha tierra y reino de Yucatán.
Entre otras provisiones que aquesta armada (y todas las destas islas se
hacian de una á otra cuando las iban á sojuzgar) llevaba, era llevar
muchos indios de los naturales para servicio de los españoles, los
cuales al cabo perecian que no fué la más chica jactura dellos y plaga.
Dió su instruccion Diego Velazquez al capitan general Juan de Grijalva,
que por ninguna manera poblase en parte alguna de la tierra descubierta
por Francisco Hernandez, ni en la que más descubriese, sino solamente
que rescatase y dejase las gentes por donde anduviese pacíficas y en
amor de los cristianos. Despachados, pues, y bien proveidos los cuatro
navíos, segun que para semejantes caminos se acostumbraba, salieron
del puerto de Santiago al principio del año de 1518, y fueron á parar
por la costa del Norte al puerto de Matanzas, que está 20 leguas ántes
del de Carenas, puesto que todo es la provincia de la Habana. Tomaron
allí caçabí é puercos y otras cosas de bastimentos de las estancias de
algunos vecinos españoles que allí moraban, y partidos de aquel puerto
y de Carenas, donde tambien por tomar más bastimentos entraron, fueron
á dar en la isla de Cozumel, que está pegada, como arriba se vido, á
la tierra firme de Yucatán, dia de la Invencion de la Sancta Cruz que
cae á tres dias de Mayo. Vinieron ciertos indios á los navíos en sus
canoas, y trujeron unas calabazas de miel, que presentaron al Capitan,
y él dióles de las cosas de Castilla; traia Grijalva un indio, por
lengua, de los que de aquella tierra habia llevado consigo á la isla
de Cuba Francisco Hernandez, con el cual se entendian en preguntas y
respuestas algo, y porque por aquella parte no parecia pueblo alguno,
alzaron velas y fueron costeando la isla, de donde vieron muchas casas
de piedra y edificios de cal y canto, altos y señalados, los cuales,
segun despues se entendió, eran los templos de sus dioses á quien
servian y honoraban. Entre los demas estaba un templo grande, muy bien
labrado, junto á la mar, que parecia una gran fortaleza; surgieron
allí en derecho dél, y no pudieron salir en tierra, como deseaban,
por ser ya tarde. Luégo de mañana vino una canoa llena de indios á
los navíos, y el capitan Juan de Grijalva díjoles, por la lengua que
traia, que deseaba salir en tierra y ver el pueblo, y hablar con el
señor dél y comunicalle, si no le pesase. Respondieron, «que no
pesaria que se desembarcasen,» lo cual hicieron en sus cuatro barcas
los que pudieron en ellas caber. Llegados al templo, que estaba junto
al agua, consideraron los edificios dél, que eran admirables, donde
Grijalva hizo decir misa delante los indios á un clérigo que llevaba;
harto indiscretamente, porque no convenia, por entónces, en lugar donde
tantos sacrilegios se cometian ofreciendo sacrificios al demonio, y
se habian de ofrecer adelante, celebrar el verdadero sacrificio sin
primero espiallo, y bendecillo, y sanctificallo. Tampoco fué decente
que delante de los indios infieles celebrase, pues no adoraban ni daban
el honor debido al Criador de todos que allí se consagraba. Delante
dellos vino un indio viejo, y, á lo que parecia, hombre de autoridad,
y debia ser sacerdote de los ídolos, acompañado con otros, no supe
cuántos, y puso un braserico de barro, bien hecho, lleno de brasa, y
puso cierta cosa aromática, como incienso, de que salió humo odorífero,
con el cual incensó ó perfumó á ciertos ídolos ó bultos de hombres
que allí estaban. Luégo los indios trujeron al Capitan un presente de
gallinas grandes, que llamamos de papada, y algunas calabazas de miel
de abejas. El Capitan les dió de las cosas de Castilla, como cuentas,
cascabeles, peines, espejos y otras bujerías; preguntóles por la lengua
si tenian oro, y que se lo comprarian ó trocarian por de aquellas
cosas, y éste fué, como siempre, el principio de su Evangelio, que los
españoles acostumbraron, y el tema de sus sermones. Mirad qué artículo
de la fe primero, conviene á saber, que habia en el cielo un Señor y
Criador de todos, que se llamaba Dios, les mostraban; pero no fué jamás
otro que si tenian oro, para que los indios entendiesen que aquel era
el fin y último deseo suyo y causa de su venida á estas tierras, de
su viaje y trabajos. Los indios trujeron ciertas piezas de oro bajo,
de las que se ponian en las orejas, por gallardía y adorno de sus
personas, en unos agujeros que de industria se hacen en ellas y en las
narices. Allí mandó apregonar el Capitan que ninguno rescatase oro ni
otra cosa de los indios, sino que lo trujese ante él cuando alguno
viesen que queria rescatar. Preguntaron por el señor del pueblo, y
respondieron que no estaba presente, porque habia ido á cierta tierra
ó pueblo á negociar; bien se pudo creer que presente estaba, porque
costumbre es de los Caciques y señores de los indios mandar á toda
su gente que no digan, cuando viene gente nueva, mayormente desque
cognoscieron los españoles, que están presentes, y ándanse entre sus
vasallos y populares, disimulados, como uno dellos, viendo y oyendo
todo lo que pasa. Como vido, pues, Grijalva que por allí no habia oro
en abundancia, como él y su compañía deseaban, determinó de se volver y
embarcar en sus navíos y pasar adelante, costeando la isla, é correr á
la tierra de Yucatán que se parecia, y que tambien juzgaban ser isla,
y más grande que la dicha Cozumel. Fuéles el viento contrario, que no
podian resistir ni andar adelante, por lo cual acordaron de se tornar
al lugar de donde habian salido, junto al susodicho pueblo; desque los
indios vieron que se volvian y tornaron á surgir é anclar los navíos,
temiendo quizá que no se hobiesen arrepentido los españoles, por no
haber saqueado el pueblo, y que tornaban á lo hacer, no quedó persona
en el pueblo que no huyese, llevando consigo todo lo que pudieron de
sus alhajuelas llevar. Saltaron en tierra los nuestros y hallaron el
pueblo todo vacío, aunque con algun maíz y frutas, que no les supieron
mal, y, tomado lo que dallo quisieron, tornáronse á hacer á la vela y
proseguir la costa adelante, y, dejada la isla Cozumel, comenzaron á
costear la ribera de la tierra de Yucatán, y llegaron á ella el dia de
la Ascension del Señor, que en aquel año cayó á trece dias del mes de
Mayo, y van en demanda del cacique Lázaro, señor del pueblo llamado
Campéche, á quien Francisco Hernandez habia puesto Lázaro, como arriba
se dijo, por haber llegado á aquel puerto Domingo de Lázaro, de quien
rescibieron buen hospedaje y amigable conversacion; y por el camino
vian grandes y hermosos edificios de cal y canto, blanqueados todos, y
torres altas, y éstas eran los templos de sus dioses.



                             CAPÍTULO CX.


Y porque el piloto mayor de la armada no tuvo buena memoria de la
tierra que él habia descubierto con Francisco Hernandez, el año pasado,
y no recognosció el sitio donde el pueblo del cacique Lázaro estaba, y
así anduvo errado, creyendo que lo habian pasado y quedaba atras, y al
cabo de vueltas y revueltas vido su yerro, por tanto lo que aquí agora
se dirá, más creo que les acaeció en el pueblo de Champoton, donde mal
hirieron á Francisco Hernandez y mataron los 20 españoles, que en el
pueblo de Lázaro, aunque algunos dijeron el contrario. Llegaron, pues,
al dicho pueblo (que, como dije, creo que fué Champoton, y no el de
Lázaro), y surgieron con sus cuatro navíos, cuanto más cerca pudieron
anclar, una tarde. Los indios, como vieron los navíos, salieron
infinitos á la playa, y como de la brega que tuvieron con Francisco
Hernandez quedaron lastimados y escarmentados, aunque ellos tambien
le hicieron no chico daño, segun quedó arriba declarado, toda aquella
noche se velaron, haciendo grandes estruendos con sus trompetas y
atabales, y muchos instrumentos que sonaban; Grijalva, con su gente,
acordaron de saltar en tierra é ir al pueblo con color de coger agua,
ó con verdad si tenia necesidad, que fué tambien el tema de Francisco
Hernandez, y para más seguramente salir, aunque no con discrecion, para
que fuese sin escándalo y ménos turbacion de los indios que estaban en
su tierra y casas pacíficos, lo que debieran mucho mirar, saltaron en
tierra ántes que amaneciese. Manifiesto es que los indios se habian
de turbar, y tener vehemente sospecha que aquella gente nueva les
venia á hacer mal, en especial habiendo padecido los daños pasados que
Francisco Hernandez les hizo, si este pueblo era Champoton, y si era
el de Lázaro bastaba tener noticia que sus vecinos habian rescibido
aquellas malas obras para se alterar y recatar, mayormente, saltando
en su tierra y pueblo, sin su licencia, y de noche. Salieron, pues,
á tierra y pusieron junto del pueblo, ciertos tiros de artillería, y
como los indios, que velaban el pueblo y andaban junto á la playa, los
vieron, vánse para ellos con sus armas, arcos, y flechas, y lanzas,
y rodelas, diciéndoles por sus meneos y señas que se fuesen de su
tierra, y haciendo acometimientos, como amenazas que querian dar en
ellos; entónces el capitan Grijalva comenzó ante los españoles á hacer
protestaciones y justificar su hecho, diciendo que fuesen testigos,
como no venia él ni ellos á hacer mal á aquellas gentes, sino á tomar
agua de que tenian necesidad y pagársela, y otras palabras, harto
propíncuas al viento, y de ningun efecto para excusar los daños y
males que despues sucedieron. Mirad á quién ponia por testigos de sus
protestamientos, y qué aprovechaban no entendiéndolos los indios que
estaban en sus casas, quietos, viniendo gente tan extraña y belicosa,
y que tanto daño les habia hecho el año pasado, y no entrando, como
dicen, por la puerta, pues no les pidieron licencia para entrar en
su tierra; demás de haber entrado de noche, la cual entrada era
manifiesto que habian de engendrar en los ánimos de aquellos justo y
razonable temor y sospecha. Hace decir al indio que traian consigo
de la isla de Cozumel, Grijalva, que no les queria hacer mal alguno,
sino tomar agua y salirse de su tierra, ellos les mostraron un pozo,
que estaba del pueblo un tiro de piedra, diciendo que la tomasen de
allí y se fuesen luégo; van los marineros y grumetes con las pipas,
jorrándolas, y hinchen las otras vasijas que tenian; pareciéndoles que
se tardaban mucho, ó juzgando que se hacian reacios, dábanles, con
amenazas y acometiendo como que les querian tirar las flechas, priesa
que se fuesen, y porfiando mucho los indios en ésto, y los españoles
no yéndose, salieron dos indios de su escuadron y fueron hácia los
españoles, uno de los cuales llevó una cosa como hacha encendida, y
púsola encima de una piedra, hablando en su lengua, como poniendo
término, segun despues pareció, dentro del cual sino se fuesen les
darian guerra; el término fué hasta que se apagase ó se acabase la
lumbre, y como apagada ó acabada la lumbre no se fuesen, dan luégo con
grande alarido los indios en ellos. Los españoles, que no se durmieron,
disparan primero el artillería, y tras ella, con el ímpetu que suelen,
mayormente contra gente desnuda, como son éstos, con las escopetas, que
llevaban algunas, y ballestas, y luégo con las espadas, que son las que
hacen al caso, que los cuerpos desnudos parten por medio, mataron todos
cuantos pudieron. Recogiéronse los indios dentro de un albarrada de
piedra y madera, de un estado en alto, que tenian por cierta parte del
pueblo, y así no tuvieron tanto lugar los españoles de hacelles tanto
mal como les hicieran, y tambien porque el mismo capitan Grijalva, que
de su naturaleza no era cruel, ántes blando, y de condicion buena,
prohibió á los españoles que los persiguiesen. Los indios mataron con
una flecha, en aquel ímpetu, un español y muchos hirieron, entre los
cuales salió tambien Juan de Grijalva herido, quebrado un diente y
otro del todo perdido, y áun lastimada la lengua de un flechazo que
le dieron; despues vinieron algunos indios como á pedir treguas ó paz
y que mostraban querer ser amigos de los españoles, segun parecia, y
convidaban que fuesen algunos españoles con ellos, como si les dijeran
que fuesen á tratar la paz con su señor, segun juzgaban los nuestros.
Envió Grijalva dos ó tres, y llegaron hasta las albarradas, y allí les
dieron una máscara ó carátula de palo, cubierta de hoja de oro delgada,
que en señal de paz enviaba al Capitan el Cacique; iban y venian muchos
indios desarmados á ver los españoles, aunque no se osaban llegar á
ellos. Recogieron su agua y sus tiros de artillería los españoles,
y embarcáronse en las barcas, y así fuéronse á los navíos, dejando
su amor entrañado en aquellas gentes, ó por verdad decir su temor
horrible, de la manera dicha.



                             CAPÍTULO CXI.


Partieron de allí de Champoton, segun yo creo, puesto que algunos
dijeron que de Lázaro y Campéche, como ya dije, la costa abajo en
demanda de algun puerto, porque habia muchos dias que no lo habian
topado en todo lo que habian navegado por la costa de la isla de
Cozumel, ni de la de Yucatán, por adobar uno de los navíos que les
hacia mucha agua, y á las 10 leguas de Champoton hallaron un puerto,
al cual llamaron, por la razon dicha, Puerto Deseado. Aquí adobaron el
navío, y viniendo una canoa con cuatro indios á hacer sus negocios de
pescar, ó de mercadercillos, los mandó tomar Grijalva, con color de que
aprendiesen la lengua nuestra para servirse dellos por lenguas, harto
inícuamente, no mirando que los hacian esclavos sin se lo merecer, y
los privaban de sus mujeres, y hijos, y á los hijos y á los padres
constituian en angustia y tristeza, y no chica calamidad. Desde aqueste
Puerto Deseado, parecia la gran tierra de la Nueva España, que volvia
á la mano derecha, como hácia el Norte; creyó el piloto Alaminos que
fuese otra isla distinta de Yucatán, estimando tambien que Yucatán
fuese isla. Preguntados los indios que tomaron, qué tierra era la
que parecia, respondieron que era Coluá, la última sílaba aguda; y
esta es la que despues llamamos Nueva España, y como á isla ó tierra
distinta, indució al Capitan que fuesen á ella y tomasen della la
posesion, como si no bastaran mil posesiones que se habian tomado por
los reyes de Castilla en todo este orbe. Salieron, pues, del Puerto
Deseado, por la costa abajo, que corria al Poniente, y vánse mirando
la tierra, y llegáronse á un rio grande, que creo llamaron de Sant
Pedro y Sant Pablo, al ménos agora así se llama, 25 leguas del Puerto
Deseado; por las riberas dél y costa de la mar vieron muchas gentes
que estaban pasmados, mirando los navíos, cosa nunca dellos vista
ántes. Dan luégo á cinco leguas más adelante en otro mayor, cuyo ímpetu
echaba el agua dulce dos leguas y tres en la mar; este rio baptizó
Grijalva de su nombre, y así se llama hoy el rio de Grijalva, el cual,
ó el pueblo, ó la misma tierra, se llamaba por los vecinos naturales
della, Tabasco; es tierra felicísima y abundantísima del cacao, que son
las almendras de que usan por suave bebida, y por moneda en toda la
Nueva España, y en más de 800 leguas, como se dirá, y por ésto estaba
aquella tierra poblatísima y plenísima de mortales. Así que, entraron
por el rio arriba, hasta media ó cerca de una legua, donde estaba el
pueblo principal, donde lanzaron sus anclas y pararon, y como la gente
indiana vido los navíos, todos asombrados de ver barcos tan grandes, y
gente barbada y vestida, y todo de tan nueva manera y diferente arte,
salieron á defenderles la salida en su tierra y pueblo, hasta 6.000
hombres, á lo que se juzgaba, con sus armas, arcos y flechas, y lanzas
de palos, las puntas tostadas, y rodelas de ciertas mimbres ó varillas
delgadas, todas ó la mayor parte cubiertas con unas chapas de oro
fino, de plumas de diversas colores adornadas, y, porque era tarde,
aquella noche toda se pasó en velarse ambas partes. En esclareciendo,
vienen sobre cien canoas llenas de hombres armados á ponerse cerca de
los navíos, y de entre ellas sale una, y acércase más á los navíos,
para que se pudiese oir más su habla; levántase en ella un hombre de
autoridad, que debia de ser Capitan ó principal entre ellos, y pregunta
qué querian ó qué buscaban en tierras y señoríos agenos; esta lengua no
entendia el indio que traian de Cuba, pero entendíanla los cuatro que
habian preso en la canoa, en el Puerto Deseado, y el de Cuba entendió á
éstos, y éstos entendieron á los de Tabasco; y así respondió Grijalva
que él y los cristianos no venian á hacerles mal alguno, sino á buscar
oro, y que traian para pagárselo. Vuelve con la respuesta el Capitan
de la canoa, y da nuevas á su Rey y señor, y á los que las esperaban,
y dice parécele buena gente los cristianos; torna otra vez, y llégase
al navío del capitan Grijalva, sin temor, y dice que á su señor place,
y á todos su súbditos, tener con él y con los cristianos amistad, y
dalles del oro que tenia y rescibir de lo que traian de su patria; el
cual trujo una máscara de palo grande dorada muy hermosa, y ciertas
cosas de pluma de diversas colores y bien vistosas, diciendo que su
señor vernia otro dia á ver los cristianos. Grijalva le dió unas sartas
de cuentas verdes de vidrio, y unas tijeras, y cuchillos, y un bonete
de frisa colorado, y unos alpargates; las tijeras y los cuchillos
fué lo que hizo al caso, porque con aquello pensó el intervenidor de
la paz y amistad que iba bienaventurado. Acordó el Cacique y señor
de la tierra ir á verse con los cristianos, y entra en una canoa,
esquifada de gente, sin armas, y entra en el navío del capitan
Grijalva, tan seguro como si fuera de su propio hermano. Grijalva era
gentil mancebo, de hasta veintiocho años; estaba vestido de un sayon
de un carmesí-pelo, con lo demas que al sayon respondió, cosas ricas.
Entrado y rescibido por Grijalva el Cacique con mucho acatamiento, y
abrazándose, y sentados, comenzóse la plática, de la cual muy poco
el uno del otro entendian, más que por señas y algunos vocablos que
declaraban los indios que habian tomado en el Puerto Deseado, que los
decian al indio que traian de Cuba; todo se creyó que iba á parar
en que se holgaba de su venida y que queria ser su amigo, y despues
de hablado un rato, mandó el Cacique á uno de los que con él habian
venido, que sacase lo que dentro de una que llamamos petaca, segun la
lengua de Méjico, que es como arca, hecha de palma y cubierta de cuero
de venado, traia. Comienza á sacar piezas de oro, y algunas de palo
cubiertas de hoja de oro, como si las hobiera hecho para Grijalva y
á su medida, y el Cacique, por sus mismas manos, comiénzalo de armar
desde los piés hasta la cabeza, quitando unas si no venian bien, y
poniendo otras que con las demas convenian, y así lo armó todo de
piezas de oro fino, como si lo armara de un arnés cumplido de acero
hecho en Milan. Sin el armadura le dió muchas otras joyas de oro y de
pluma, de las cuales algunas abajo se referirán. Cosa digna de ver la
hermosura que entónces Grijalva tenia, y mucho más digna y encarecible
considerar la liberalidad y humanidad de aquel infiel Cacique. Grijalva
se lo agradeció cuanto le fué posible, y recompensó desta manera:
hace sacar una muy rica camisa y vístesela, despues della desnúdase
el sayon de carmesí é vísteselo, é pónele una gorra de terciopelo muy
buena, y hácele calzar zapatos de cuero nuevos, y, finalmente, lo
vistió y adornó lo mejor que él pudo, y dióles muchas otras cosas de
los rescates de Castilla á todos los que con él habian venido. Valdria
el sayon de carmesí, entre los españoles en aquel lugar, obra de 60
ó 70 ducados ó pesos de oro, cuando más, y las otras cosas que dió
al Cacique y á los suyos otros 12 ó 15, pero lo que el Cacique dió á
Grijalva subiria de más de 2 ó 3.000 castellanos ó pesos de oro; entre
las piezas y armaduras que le dió, fué un casquete de palo cubierto
de hoja de oro delgada, tres ó cuatro máscaras de palo, parte dellas
cubiertas de piedras turquesas, que son madre de las esmeraldas,
puestas á manera de obra mosáica, por muy lindo artificio, y parte
cubiertas de hoja de oro y otras del todo cubiertas de oro, ciertas
patenas para armar los pechos, dellas todas de oro, y otras de palo
cubiertas de oro, y otras de oro, y piedras sembradas muy bien puestas,
que las hacian más hermosas; muchas armaduras para las rodillas, dellas
de oro puro, dellas de palo, dellas de corteza de ciertos árboles,
cubiertas todas de hoja de oro; seis ó siete collares de hoja de oro,
puestas sobre otras tiras de cuero de venado; ciertas ajorcas de oro de
tres dedos en ancho, ciertos zarcillos de oro para las orejas, ciertos
rosarios de cuentas de barro cubiertas de oro, y otras sartas de oro
puro huecas; una rodela cubierta de pluma de diversas colores, muy
graciosa; una ropa de pluma y penachos della, vistosa, y otras muchas
cosas cuya postura y artificio era maravilloso, y que, donde quiera,
solas las manos y hechura costara mucho. Díjose que de ciertos indios
que habia tomado Grijalva, cuando comenzó á costear las riberas ó
costa de Yucatán, dejando la de la isla de Cozumel, vido en el navío
este Cacique uno y que lo pidió á Grijalva, y que daria por su rescate
tanto peso de oro cuanto el indio pesase, y que no quiso Grijalva
dárselo por pensar quizá de haber por él más; pero ésto yo no lo creo,
lo uno, porque no hervia tan poco la cudicia en él ni en los de su
compañía que por un indio que hallaron y tomaron con otros en una canoa
pescando, que probablemente se podia creer no ser señor, ni tener más
calidad y hacienda que los otros, dejase seis ó siete arrobas de oro
que podria pesar; lo otro, porque no parece que Grijalva cumpliera con
el comedimiento que con él tuvo el Cacique, no concediéndole lo que le
rogaba, mayormente si fué verdad que le ofrecia el rescate. Finalmente,
como quiera que haya sido, el Cacique quedó contento y los españoles
tambien lo quedaron, y en tanto grado, que de aquí comenzó el ansia de
querer poblar, quedándose en aquella tierra, como vieron tan buenas
señales de su riqueza, y de murmurar de Grijalva porque no lo aceptaba,
como se dirá.



                            CAPÍTULO CXII.


Saliéronse de aquel rio de Tabasco, que llamaron desde allí el rio de
Grijalva, y fueron costeando lo más cerca de tierra que podian, de
donde vian toda la costa llena de poblaciones y de gentes que salian
á mirar los navíos, que nunca otros habian visto. Yendo su camino con
las barcas, tomaron ciertos indios por fuerza, que iban en una ó en
dos canoas, que no podian causar poco escándalo ni dejaban de ofender
á Dios, trayéndolos contra su voluntad; luégo les preguntaron, por
señas, si habia oro por aquella tierra y respondieron que habia mucho.
Hizo soltar á algunos dellos, diciéndoles que trujesen oro, y que les
pagarian en las bujerías que les mostraron de Castilla. Ya tornaba la
costa de la mar, del Poniente á la parte del Norte, y siguiendo su
camino fueron á surgir con sus cuatro navíos junto á una isleta, que
hoy llamamos Sant Juan de Ulúa, donde agora es el puerto de toda la
Nueva España; ellos le pusieron entónces Sant Juan, y despues, como se
entendió que los indios llamaban á toda aquella tierra Ulúa, añidióse
á Sant Juan, Ulúa, y así se llama el puerto y la isleta, Sant Juan de
Ulúa; el acento tiene la ú segunda. Habia en ella edificios de cal y
canto, y en especial uno muy alto, que debia de ser templo, donde habia
un ídolo y muchas cabezas de hombres, y otros cuerpos muertos, de lo
cual cognoscieron que debian de ofrecer hombres al ídolo, y por esta
causa pusieron nombre á la isla, la Isla de los Sacrificios. Otro dia
parecieron en la costa de la mar muchos indios con unas banderas, y
hacian señas á los españoles que saliesen á tierra; envió el Capitan
á un Francisco de Montejo, con cierta gente, en una barca, para que
supiese de qué arte estaban, si de paz ó de guerra, y qué querian ó
pretendian llamándolos. Llegó á la playa, y vinieron los indios á él
con mucha alegría, mostrándole señales de paz, y como que holgaban de
su venida, y luégo le presentaron muchas mantas de algodon, pintadas
de diversas colores, muy hermosas; pregúntoles por señas, mostrándoles
cosas de oro, si lo habia por aquella tierra, respondiéronle que sí,
é que otro dia tornarian con ello. Tornaron como habian dicho, y
con unas banderas blancas hacian señales y meneos, llamándolos que
saliesen á tierra; salió Grijalva con alguna de su gente, y hallaron
hechas unas ramadas de ramos de árboles, muy frescas, y hojas por el
suelo, donde los españoles se metiesen, por el sol, y en el mismo
suelo estaba la mesa, que era una manta muy hermosa, y sobre ella
ciertos vasos de barro, bien hechos, á manera de escudillas hondas,
llenas de aves, cortadas por menudo, con su caldo oloroso, como hecho
potaje en cazuela; tenian puesto abundancia de pan de maíz, mezclado
con masa de frísoles, que son atramuces, como ellos lo suelen hacer, y
frutas diversas. Ofreciéronles unas mantas de algodon de colores, todo
con grande placer y alegría, como si fueran sus propios hermanos, y
entre otros regalos, que suelen hacer á los huéspedes como ya tenemos
experiencia, dieron á cada español un cañuto encendido, lleno de cosas
aromáticas, muy odoríferas, á la manera de unos mosquetes hechos de
papel, de los cuales traen hácia sí el humo con el resuello, y sáleles
por las narices. Diéronles algunas sartas de cuentas de colores, y dos
bonetes y unos peines, y otras cosillas por ello. Otro dia vinieron
cierta cuadrilla de indios, y dos entre ellos principales, uno viejo
y el otro mozo, que parecian señores, padre y hijo; éstos, ántes que
llegasen al Capitan, pusieron las manos en el suelo y besáronlas,
que debia ser ceremonia significativa de paz y amistad y de buen
hospedamiento, y, ésto hecho, abrazáronle, mostrando grande alegría de
vello, como si fuera su deudo que hobiera muchos dias que no lo habia
visto. Hablaban en su lengua muchas palabras, y el Capitan en la suya,
sin entenderse, pero todo resultaba é iba á parar en mostrar mucho
amor y alegría los indios con su venida, y no menor era el placer de
Grijalva y de los suyos en hallar gente tan buena y benigna, por la
esperanza que de ser ricos de allí se les recrecia. Mandó luégo aquel
señor viejo á sus indios que trujesen luégo ramos y hojas verdes
y frescas, para hacer ramadas, donde los españoles se metiesen, y
en mandar á los indios el viejo y el mozo mostraban, como señores,
autoridad é imperio. Hizo señas el viejo al Capitan que se asentase y
á los otros españoles, y lo primero dió al Capitan y á los españoles,
que bastó, cada sendos cañutos de olores de los sobredichos; iban y
venian muchos indios, todos sin armas, simplicísimamente, que parece
que se convidaban unos á otros á que viniesen á ver á los españoles, y
todos mostraban grande alegría y conversaban con ellos, como si fueran
sus muy propíncuos deudos ó muy amigos vecinos; y lo que más hacia al
caso y deseo de los españoles, fué que comenzaron, por mandado del
señor viejo, á traer muchas y diversas joyas de coral, muy hermosas y
de maravilloso artificio, un collar de doce piezas de oro con muchos
pinjantes, y ciertas sartas de cuentas redondas, de barro, doradas, que
parecian todas oro, y otras de menudas, muy bien doradas; otras piezas
de zarcillos para las orejas, dos máscaras, de obra mosáica, de piedras
turquesas, con algunas puntas de oro, un moscador muy rico de plumas de
diversos colores, como algunas cositas de hoja de oro y otras cosas.
Dióseles por ésto ciertas sartas de cuentas verdes y otras pintadas
que llamamos margaritas, y un espejo y un par de servillas para mujer.
Los indios particulares andaban trocando sus pedacitos de oro y
joyuelas, con los españoles, cada uno segun tenia que conmutar; aquel
dia se pasó en ésto con mucho regocijo de los unos y de los otros, y
abrazando el Cacique al Capitan, rogándole por señas, que otro dia
tornase al mismo lugar y que ternia traido allí mucho más oro. Luégo,
en amaneciendo, el dia siguiente, pareció en la playa mucha gente con
ciertas banderas blancas, que debian ser señales de paz y amistad, los
cuales, un tiro de piedra dentro en la tierra, y apartado de la mar,
tenian ciertas ramadas de árboles y hojas grandes, de las que arriba
dijimos, y desherbado todo alrededor, todo muy fresco y gracioso, para
donde se metiesen los españoles á comer y recrearse. Salió el capitan
Grijalva en tierra, con buen número de españoles, y así como el Cacique
ó señor lo vido, váse á él y pone las manos en el suelo y bésalas, y
luégo abrazó al Capitan con rostro muy alegre, y tómalo por el brazo y
llévalo á las ramadas, y llegados y sentados sobre las hierbas y hojas,
dá de los mosquetes encendidos, llenos de sahumerios, al Capitan y á
los españoles que á par dél estaban, uno á cada uno. Mandó el Capitan
hacer allí un altar, y que dijese misa el capellan que llevaban, y
como el Cacique vido que aquello era señal de religion y ceremonias
del divino culto, mandó traer ciertos brasericos con ascuas y poner
dellos debajo del altar, y otros por allí alrededor ó cercanos del
altar, y echar en ellos incienso y de las cosas aromáticas que solian
ellos á sus ídolos incensar y sahumar, porque las gentes de aquella
Nueva España fueron de las más religiosas que hobo jamás entre todas
las naciones que no tuvieron conocimiento del verdadero Dios. Estuvo
pasmado, y los indios que con él estaban, clavados los ojos, mirando
las ceremonias de la misa, como en los indios siempre se halla tener
grandísima atencion notando los actos y obras que hacer nos ven. Así
que, acabada la misa, mandó el señor traer de comer, y luégo trujeron
ciertos altabaques ó cestillos de pan de maíz, de diversas maneras
hecho y cocido; trujeron frutas de la tierra y muchos platos hondos de
barro, y quizá eran de las calabazas que llaman jícaras, muy pintadas
por de fuera, llenas de potaje de carne bien guisada, que no supieron
qué carne era, y no podia ser sino de aves, las gallinas que llamamos
de papada, ó de venados. Comieron los guisados de buena gana, y dijeron
que les supieron muy bien, y que les parecia que fuesen guisados con
especias. Acabada la comida, mandó traer el Cacique algunas joyas de
oro en granos grandes, aunque parecia estar fundido; algunos zarcillos
para las orejas y narices, ciertas sartas de cuentas gruesas y
menudas, que debian ser la sustancia de madera, pero muy bien doradas;
otras 15 ó 20 cuentas grandes, doradas, y al cabo una rana de oro muy
sutilmente labrada; un ajorca de oro, muy rica, de cuatro dedos en
ancho; otra sarta de cuentas doradas, con una cabeza de leon de puro
oro, y otras sartas con muchas cuentas, y alguna que tenia 70 y más
dellas doradas, y al cabo una rana de oro al propio hecha; un rostro de
piedra, creo que verde, guarnecida de oro, con una corona de oro muy
rica, y encima una cresta de oro y dos pinjantes de oro; un ídolo ó
hombre de oro, pequeño, y con un moscador de oro en la mano, con unas
joyas de oro en las orejas, y en la cabeza unos cuernos de oro, y en la
barriga una piedra que debia de ser turquesa, muy linda, engastonada
en oro. Entre estas joyas, aquí ó en otras partes deste viaje, se dijo
haber rescatado una esmeralda ó piedra preciosa que valia ó que valió
2.000 ducados. Otras muchas cosas les dió, no tan principales, pero
estas fueron las de más valor y más hermosas. Valia todo el oro que
dieron mas de 1.000 ducados, sin el valor de la hechura de algunas
cosas dellas, que pudiera valer más que el oro que tenian. El Capitan
le dió, en pago del presente rescibido, no con qué saliese de laceria,
y fueron las joyas siguientes: un sayo, una caperuza de frisa colorada,
y en ella una medalla, no de oro, sino de las falsas; una camisa de
presilla, con algunas gayas ó labores, de hilo y no de seda; un paño de
tocar; un cinto de cuero, con su bolsa; un cuchillo, y unas tijeras,
y unos alpargates; unas servillas de mujer, unos zaragüelles, dos
espejos, dos peines y algunas sartas de cuentas de vidrio de diversos
colores, todo lo cual valdria en Castilla tres ó cuatro ducados.
Aquel señor Cacique y su gente, estimándose por muy ricos con lo que
Grijalva les habia dado, y áun quizá creyendo que habian engañado á
los españoles en más de la mitad del justo precio, volvieron otro dia
con más ricas joyas para los tornar á engañar. Trujeron seis granos
de oro fundido, grandes, no supe cuánto pesaron; siete collares muy
ricos de oro puro, y otros cuatro collares pequeños de oro, los dos
con sus arracadas y pinjantes de oro, y tres sartas de cuentas doradas,
y nueve cuentas de oro: y un cabo, como patron, tambien de oro; otra
sarta de cuentas de piedras, que ellos tienen por preciosas, y una
ajorca de oro: ésto lo principal. Dióseles por retorno un sayo azul y
colorado de frisa ó paño basto, un bonete de lo mismo, una camisa de
lienzo, un cuchillo y unas tijeras, un espejo y un par de alpargates,
y algunas sartas de cuentas de vidrio. Otro dia tornaron á su rescate
y contratacion, y dió el Cacique á Juan de Grijalva dos granos de oro
que pesaron 12 ó 15 castellanos, un collar de oro de piezas hermosas de
ver, ciertas sartas de cuentas doradas, y nueve cuentas, todas de oro
pero huecas, muy bien artificiadas, con un cabo de oro más grueso; una
máscara de pedrerías, como las que arriba dijimos: pagóle Grijalva con
obra de 4 á 5 reales de valor, conviene á saber, un par de alpargates,
un cinto de cuero con su bolsa, un paño de cabeza, unas servillas de
mujer y dos ó tres sartas de cuentas de vidrio, que llamamos margaritas
por ser de diversas colores, y cada sarta podia ser de 50 cuentas,
como acá vienen comunmente y así las solíamos con los indios tratar y
conmutar.



                            CAPÍTULO CXIII.


Visto por los españoles ser todos aquestos rescates y conmutaciones
señales de haber en aquella tierra mucha cantidad de oro, y la gente
della tan pacífica, franca y liberal, y por consiguiente, haber grande
aparejo para henchir las bolsas y ser ricos señores á tan poca costa,
comenzaron á renovar el clamor que en la tierra de Yucatán habian
comenzado diciendo á su capitan Grijalva, con gran importunidad y
murmurio, que pues Dios les mostraba tierra tan rica y gente tan bien
acondicionada, donde fuesen bienaventurados, tuviese por bien de que
allí poblasen, y en un navío de aquellos cuatro hiciesen saber á Diego
Velazquez su bienandanza, enviándole todo el oro y joyas que habian
rescatado, para que les enviase más gente y rescates, y armas, y otras
cosas, para su poblacion necesarias; ofreciéndose todos á que lo ternia
por bueno Diego Velazquez, no embargante que por la instruccion que le
habia dado trujese prohibido que no poblase, sino que descubriese y
rescatase. Juan de Grijalva, era de tal condicion de su natural, que no
hiciera, cuanto á la obediencia y aún cuanto á humildad y otras buenas
propiedades, mal fraile, y por esta causa, si se juntaran todos los
del mundo, no quebrantara por su voluntad de un punto ni una letra de
lo que por la instruccion se le mandaba, aunque supiera que lo habian
de hacer tajadas. Yo lo cognoscí é conversé harto, y entendí siempre
dél ser á virtud y obediencia y buenas costumbres inclinado, y muy
subjeto á lo que los mayores le mandasen. Así que, por más ruegos,
requirimientos, y razones importunas que le hicieron y representaron,
no pudieron con él que poblase, alegando que lo traia prohibido por el
que le habia enviado, y que no para más de descubrir é rescatar tenia
poder ni mando, y que con cumplir la Instruccion que se le dió haria
pago. Vista su determinacion, todos comenzaron á blasfemar dél, y á
tenello en poco, y fué maravilla no perderle la vergüenza, y salirse
todos en tierra y poblar, dejándolo ó enviándolo en un navío á Diego
Velazquez; y por que un navío de aquellos hacia mucha agua, y tenia
necesidad de se adobar, acordó Grijalva de lo enviar á la isla de Cuba,
con la gente que andaba indispuesta, y que llevase las buenas nuevas
de la buena tierra rica, y gente pacífica, y el oro y joyas que habian
rescatado. Con esta embajada envió á Pedro de Alvarado, que debia ser
el Capitan del mismo navío que tenia necesidad de ser adobado, el cual
al cabo de ciertos dias llegó á la isla, y dada cuenta de la riqueza
que habian hallado, y dando quejas todos los que en el navío habian
ido de Grijalva, porque pidiendóselo todos, no quiso poblar ni dejar
poblar tan felice y rica tierra, movióse á ira contra Grijalva Diego
Velazquez, porque no lo habia hecho habiéndolo él mandado y dado por
instruccion que por ninguna manera poblase. Pero era Diego Velazquez
de aquella condicion, y terrible para los que le servian y ayudaban,
y fácilmente se indignaba contra aquellos de quien le decian mal,
por ser más crédulo de lo que debia. Finalmente, indignado contra
Grijalva, porque no habia poblado contra su mandado, determinó, ántes
que Grijalva viniese, de hacer otra armada, y enviar otro Capitan,
y hobo al cabo de dar en quien no le obedeció tan fielmente como
Grijalva, que la hacienda y la honra, y que lo que desde allí vivió
viviese amarga y triste vida, y al fin la perdiese, y el alma sabe
Dios por aquella causa en qué paró. Y dejado aparte que habia muchas
razones por las cuales Dios le castigase, por haberse hecho rico de
la sangre de aquellas gentes de la isla de Cuba, y de las matanzas
que ayudó á hacer en esta Española, en especial la de la provincia de
Xaraguá, como en el capítulo 9.º, del libro II, pareció, pero parece
que quiso nuestro Señor afligille en pago de no agradecer á Grijalva
la obediencia que le guardaba, cumpliendo estrechamente su mandado,
en no poblar, de donde al mismo Grijalva le fuera muy mejor, y así
permitió Dios que enviase á quien áun ántes que partiese se la negó,
como parecerá. Partido Pedro de Alvarado para Cuba, Grijalva, con los
tres navíos, fuese la costa abajo, descubriendo por ella muchas leguas,
y llegó hasta cerca de la provincia de Panuco, y visto que toda era
una tierra, y estimaban ser tierra firme, acordaron tornarse por el
camino donde habia venido, y enderezar su viaje para la isla de Cuba
á dar cuenta á Diego Velazquez de la prosperidad de su descubrimiento
y camino. A la vuelta, en cierta parte de aquella costa de mar, como
siempre venian cerca de tierra, salieron al encuentro ciertas canoas
ó barquillos de los indios, llenas dellos, armados con sus arcos y
flechas, y comenzaron á tirar á la gente de los navíos, pero como los
españoles no se solian dormir, sueltan algunos tiros de artillería y
escopetas, y á saetadas, muertos y heridos algunos de los indios, los
hicieron huir. Siguieron los navíos la costa arriba, hácia el Levante,
y llegaron á cierto rio que tenia un razonable puerto, que nombraron
puerto y rio de Sant Anton, 25 leguas del rio de Grijalva, donde el
señor de allí armó á Grijalva todo el cuerpo de oro, como dijimos en el
capítulo 111. Allí vinieron ciertos indios y trujeron ciertas hachuelas
de oro bajo, y por ellas se les dieron algunas sartas de cuentas y
otras cosillas de rescates de Castilla, y porque tuvieron necesidad de
reparar allí el uno ó los dos navíos, acordaron de saltar toda la gente
dellos en tierra, y estando en ésto, vinieron ciertos indios de la
otra banda del rio en sus canoas, y trujeron á los cristianos 30 ó más
hachuelas de oro, que pesaron 1.800 pesos de oro, pocos tomines ménos,
y una taza labrada, muy hermosa, de oro, que pesó veinte y tantos pesos
de oro, y algunas mantas de algodon y otras joyas, sin pedir nada por
ello. Vista la liberalidad destos indios, tornaron los españoles á
murmurar contra Grijalva, porque no queria en tan rica tierra poblar,
pues les daba tan buena ventura en las manos, donde podian ser ricos
y bien aventurados, pero no por eso Grijalva se movia, diciendo que
no tenia tal comision de Diego Velazquez, por lo cual hizo apregonar,
poniendo penas, que nadie de poblar tractase ni hablase. Aquí vinieron
en una canoa ciertos indios, con un señor que parecia mandalles, y
presentaron ciertas gallinas, y frutas de la tierra, muy buenas, como
son las que llamamos piñas, porque por de fuera tienen la forma de
piñas, puesto que no hay melon fino ni otra fruta de las nuestras que
se le iguale, y otras que llaman zapotes, fruta digna de presentarse
á los Reyes; dijeron por señas que traerian oro. Dióseles un sayo de
frisa, hecho de colores, y una camisa y otras cosillas de rescates, por
convidallos á que bien lo pagasen, como mostraban hacello; vinieron
despues otros y presentaron al Capitan dos hachas de oro, que pesaron
150 pesos, dos, ó tres, ó cuatro ménos, y ciento y tantas cuentas
huecas de oro, muy bien hechas, y docena y media de cuentas de plata ó
de estaño, y otras piezas de oro menudas; la recompensa que se les dió
valia hasta 8 ó 10 reales, en cuentas verdes y cuchillos y tijeras.
Unos marineros que habian ido á pescar, el rio abajo ó arriba, toparon
á ciertos indios, los cuales les dieron ciertas águilas de oro, y una
cabeza de no sé qué figura, y un cascabel muy lindo, con unas alas,
y una hacha, que pesaria todo hasta 70 castellanos. Aquí dijeron que
habian visto ciertos indios muertos de fresco, metidos en un hoyo;
entendieron que debian ser indios á los ídolos sacrificados. De aquí
enderezó su camino y viaje Grijalva para la isla de Cuba; quiso venirse
por Yucatán, que entónces llamaban la Isla Rica, por no saber que era
parte de la tierra firme, y llegar al pueblo de Champoton, donde al
principio hirieron y mataron la gente á Francisco Hernandez de Córdoba,
primero que todos de aquella tierra descubridor, como en el cap. 98 se
declaró, y vengar, diz que, aquellas muertes; pero llegados á la costa
de la mar de Champoton, vieron tan bien apercibidos á los indios y
tan denodados para los resistir, que habidas algunas refriegas, ántes
que desembarcasen sobre una isleta que estaba cerca del pueblo, en
la mar, acordó Grijalba de no se detener á pelear, sino irse en paz
su camino. Llegados á Campéche, 10 ó 12 leguas de allí, que arriba
dijimos haberle puesto nombre Francisco Hernandez, el pueblo de Lázaro,
y donde tan humano y alegre rescibimiento les hicieron, y hospedaje,
quisieron tomar agua, y saliendo en tierra con sus tiros de pólvora
y aparejados, donde vieron alguna gente de los indios desarmada,
preguntándolos dónde podian coger agua, díjose que les señalaron con el
dedo que hácia tal parte, y llegados allí, señalábanles más adelante,
y remando más adelante, señalábanles más adelante, donde, diz que,
hallaron cierta celada de hombres armados con sus arcos y flechas, las
cuales contra ellos desarmaron; pero los nuestros, con los tiros de
pólvora y con salir el Capitan con toda la gente de los navíos desque
los vido revueltos, aunque les pesó, tomaron toda el agua que quisieron
en abundancia. Esto es de maravillar, que habiendo tratado tan bien
los de aquel pueblo y tierra á Francisco Hernandez y á su gente al
principio, como se refirió en el cap. 98, que agora les quisiesen hacer
mal, y si quizá no es lo que arriba dijimos en el cap. 110, que por
yerro del piloto lo que acaeció en Champoton creyeron haber acaecido
en el pueblo de Lázaro, no es verdad debió de suceder aquesta mudanza,
porque como vecinos y pariente de Champoton, y quizá vasallos de un
señor, viendo que Francisco Hernandez y su compaña dejaron hecho tan
grande estrago y muertos tantos, se doliesen, como era cosa natural,
y, por consiguiente, juzgasen á los españoles por injustos y crueles,
y á los de Champoton por agraviados, acordaron de no los recibir, mas
ántes, si pudiesen, á todos matallos. Finalmente, tomaron toda el agua
que quisieron, á pesar de los indios, porque como gente sin armas ni
defensa siempre han de caer debajo; desde allí Grijalva y sus navíos
toman su camino para la isla de Cuba, y despues de muchos y gravísimos
trabajos, por vientos, y mar, y corrientes contrarias, aportaron á Cuba
en el puerto que llamábamos de Matanzas, que está cerca del pueblo que
agora se diz de la Habana, por otro nombre Sant Cristóbal, donde halló
Grijalva una carta de Diego Velazquez, en la cual decia que se diese
la priesa que más pudiese para llegar á Santiago, la ciudad donde él
estaba, y hiciese saber á toda la gente que con él venia, que los que
quisiesen allí, en la Habana, esperar, para tornar á poblar á la dicha
tierra é Isla Rica de Yucatán, y la demas tornasen, porque él aparejaba
para enviar gente á poblallo; mandando que á los tales se les diese
todo lo que hobiesen menester, en una hacienda como granjería, que él
por allí tenia, que llamaban Estancia.



                            CAPÍTULO CXIV.


Grijalva se dió la mayor priesa que pudo darse para llegar á la ciudad
de Santiago, donde Diego Velazquez estaba entendiendo en aparejar
muchos navíos y gente, para enviar á poblar la tierra que Francisco
Hernandez y Grijalva descubierto habian, que llamaban la Isla Rica,
por Yucatán y aquella costa abajo, hasta Tabasco, que es el rio que
dijeron de Grijalva; llegado Grijalva á la ciudad, y pareciendo ante
Diego Velazquez, dióle pocas gracias por lo que habia trabajado, y oro
que con Alvarado le habia enviado y por lo que tambien él le traia,
ántes riñó mucho con él, afrentándolo de palabra, porque así era su
condicion, porque no habia quebrantado su instruccion y mandamiento
en poblar en la tierra, pues toda la gente que llevaba se lo pedia,
reprension harto digna de otra mayor, reñir á un criado, pariente fiel
y tan obediente, que no quiso quebrantar un punto de lo que llevaba
mandado, especialmente que á él le fuera muy provechoso más que á
nadie, así en riquezas y estado, como en excusar la indignacion que
toda la gente que llevó contra él tuvo por no haber poblado. Todo
ésto me refirió á mí el mismo Grijalva en la ciudad de Sancto Domingo
el año de 1523, viniendo perdido y con harta necesidad, y partido de
mí en aquella ciudad, se fué para tierra firme, donde gobernaba, ó
mejor diré, desgobernaba Pedrárias, al cual envió á la provincia de
Nicaragua, y estando en el valle de Ulanche, sojuzgando y guerreando á
los indios de aquel valle, lo mataron los mismos indios á él y á otros
ciertos españoles; donde pagó Grijalva los males que allí hacia y el
servicio que debia á los indios de la isla de Cuba, y si algunos hizo
en aquel descubrimiento, puesto que siempre le cognoscí para con los
indios piadoso y moderado. Y como por la venida de Alvarado, y nuevas
de la riqueza de la tierra y gran muestra de oro que envió Grijalva,
Diego Velazquez comenzase otra armada, llegado Grijalva, é informado
de todo el viaje, y descubrimiento, y gente, y tierras, y abundancia
dellas, Diego Velazquez dióse mucha más priesa en despacharla y llegó,
á lo que yo tuve entendido, nueve piezas de navíos, con bergantines y
naves; y para llevar su poblacion y armada más y mejor fundada, envió
á esta isla Española á un hidalgo llamado Juan de Saucedo, para que
pidiese licencia, que enviase á poblar aquella tierra y hacer lo á
ésto necesario, á los padres de Sant Hierónimo, que á la sazon aquí
estaban, creyendo que tenian poder de gobernadores; pero no vinieron
á gobernar, sino á poner las Indias en libertad, como arriba se hizo
mencion. Envió luégo Diego Velazquez, con las nuevas del descubrimiento
y riquezas de la tierra, con ciertas piezas ricas de oro de las que
habia traido Alvarado, á un clérigo llamado Benito Martin, á la corte,
que áun estaba en Barcelona el rey D. Cárlos; el cual pidió que le
hiciesen merced del abadía de aquella tierra que parecia adelante, y no
era ménos que toda la Nueva España, como se dirá. Tornemos al armada ó
flota que comenzó á hacer Diego Velazquez, donde gastó, de los muchos
millares de pesos de oro que tenia mal ganados, habidos de los sudores
y angustias de los indios, gran parte; y porque habia de proveer de
Capitan, pensó de nombrar un hidalgo llamado Baltasar Bermudez, que,
segun yo creo, era de su misma tierra, Cuéllar, y así le encargó que lo
aceptase, lo cual hacia por honralle, porque lo queria bien, y ésto yo
lo sé porque lo ví muchas veces, mucho, muy bien tratalle. El Baltasar
Bermudez tenia los pensamientos altos, y parecia tener de sí demasiada
confianza; representándole el cargo de Capitan, por Diego Velazquez,
díjose que le habia pedido tales condiciones, que á Diego Velazquez
desagradaron, y como era muy libre y sacudido, enojóse con él y echóle
de sí, quizá como solia con desmandadas palabras. Discurriendo despues
por las personas que habia que pudiese nombrar por Capitan, puso
sus ojos, y segun se creyó inducido, como luégo se dirá, en Hernando
Cortés, que habia sido su criado y secretario, y habia tenido para lo
ahorcar, como arriba se dijo, cap. 27, porque conocia dél ser hábil é
entendido, y como le habia dado muchos indios y habia hecho Alcalde de
la misma ciudad de Santiago, y lo favorecia mucho, confiando que le
obedeceria, siéndole agradecido, y guardaria toda fidelidad. Estaba
por Contador del Rey de aquella isla, á la sazon, un burgalés llamado
Amador de Lares, hombre astutísimo, y que habia gastado, yo le oí,
veintidos años en Italia, y llegó á ser Maestresala del Gran Capitan,
que es argumento de no ser de entendimiento tardo, pues el Gran Capitan
se servia dél de Maestresala, siendo aún de cuerpo harto bajo, y sin
saber leer ni escribir, pero la prudencia y astucia suya suplia las
otras faltas. Solia yo decir á Diego Velazquez, por sentir lo que
de Amador de Lares yo sentia: «Señor, guardaos de veintidos años de
Italia.» Con éste trabajó Hernando Cortés tener grande amistad, que no
era ménos astuto que él muchos quilates, y díjose, y áun creyóse, que
se habian confederado ambos en tanto grado, que partirian la hacienda
y riquezas que Cortés adquiriese y robase yendo aquel viaje; y como
Diego Velazquez comunicaba con Amador de Lares, como Contador y oficial
del Rey, las cosas del armada, y las demas que á la gobernacion de
la isla tocaban, creyóse que le indució que constituyese al Cortés
por Capitan de aquella demanda. Diego Velazquez, siempre, como le
conocia, vivia con el Cortés recatado; pero guárdeos Dios cuando los
que aconsejan tienen crédito ante los aconsejados, y con ésto pretenden
interese propio, porque una vez que otra han de guiar la resolucion de
los negocios al fin que les toca, como la saeta se dirige al blanco.
Finalmente, Diego Velazquez nombró á Hernando Cortés por Capitan de
su armada, y nombrado, como era orgulloso y alegre, y sabia tratar
á todos, á cada uno segun le cognoscia inclinado, para lo cual ser
Alcalde no le desayudaba, súpose dar maña á contentar la gente que para
el viaje y poblacion se allegaba, la cual era toda voluntaria por
la cudicia del mucho oro que haber esperaban; y de 2.000 castellanos
que le habian sacado los indios que le habia dado Diego Velazquez, de
las minas, con inmensos sudores, hambres y duros trabajos, comenzó á
adornarse y gastar largo en se proveer de lo necesario para el viaje,
tractándose como Capitan de 500 hombres que se allegaron y que iban
donde todos esperaban henchir las manos. Cerca desta ida de Cortés por
Capitan deste viaje, dice el clérigo Gomara, en su Historia, muchas
y grandes falsedades, como hombre que ni vido ni oyó cosa della, mas
de lo que el mismo Hernando Cortés le dijo y dió por escripto siendo
su capellan y criado despues de Marqués, cuando volvió la postrera
vez á España; el cual dice que Diego Velazquez habló á Cortés para
que armasen ambos á medias, porque tenia 2.000 castellanos de oro en
compañía de Andrés de Duero, mercader, y que le rogó que fuese con la
flota, y que Cortés aceptó la compañía, etc. ¡Mirad qué hacian 2.000
castellanos á quien gastaba 20.000 y más en el despacho della! No era
Diego Velazquez tan humilde ni tan gracioso, que rogase á Cortés que
fuese por Capitan de su flota, habiendo muchos en la isla á quien
mandallo pudiera, y que lo rescibieran por muy gran merced y mucha
honra, é ya que algunos le prestaran dineros no se abatiera á hacer
compañía con alguno, como fuese señor de todo, y estuviese en su mano,
como Gobernador, hacer lo uno ó lo otro. Y dice más Gomara, que desque
llegó Grijalva hubo mudanza en Diego Velazquez y que no quiso gastar
más en la flota que armaba Cortés, ni quisiera que la acabara de
armar, por se querer Diego Velazquez quedar con ella y enviar á solas.
Todo ésto es salido de las mañas de Cortés, su amo, y manifiestas
falsedades. Mirad quién le podia impedir á Diego Velazquez que no
hiciera lo que de la flota quisiera, y de enviar ó estorbar que no
fuera en ella el que le pluguiera, y en especial Cortés, que no osaba
boquear ante él, y que no sabia, al ménos en lo exterior, qué placer y
servicio hacelle; y del mismo jaez de falsedad, por lo dicho, parece
lo que más añide Gomara: «Que Diego Velazquez envió al Amador de
Lares á que indujese á Cortés que se dejase de la ida y que le pagaria
lo gastado, pero que Cortés, entendiendo los pensamientos de Diego
Velazquez, respondió que no la dejaria, ni apartaria compañía, siquiera
por la vergüenza.» Todo ésto es absurdísimo, y que ni sustancia ni
color de verdad contiene ante los ojos y consideracion de los que
conocimos á Diego Velazquez y á Cortés; parecerá tambien claro por
el suceso que hobo el negocio y lo que adelante se dijere. Dice otra
insolencia y superba falsedad, que no le pudo Diego Velazquez impedir
la ida, y que si se pusiera en ello con rigor, hobiera revuelta en
la ciudad, y áun muertes, y que como no era parte, disimuló; propia
arrogancia de Hernando Cortés y astucia con que tiene hasta hoy
engañado el mundo, y los historiadores que escribieron sus hechos en
lengua española, porque dél y dellos era sólo un fin, y éste no otro
sino hacerse ricos de la sangre de aquestas míseras, y humildes, y
pacíficas gentes, como hombres insensibles de los males que loan y
favorecen; todo lo que escribieron no va enderezado sino á excusar
las tiranías y abominaciones de Cortés, como de los demas, y en
abatimiento y condenacion de los tristes y desamparados indios. Mirad
si siendo Gobernador y teniendo la justicia toda en sí de la isla,
Diego Velazquez, y que era adorado y obedecido de todos, por el bien ó
el mal que podia hacerles, dándoles ó quitándoles los repartimientos de
indios, con que los hacia pobres ó ricos, y estando favorecido del Rey
é de los que gobernaban por aquel tiempo á Castilla, pudiera impedir á
Cortés, que era un pobrecillo escudero, criado suyo, y que no comiera
si Diego Velazquez no se lo diera dándole indios, y que estaba en su
mano quitárselos y áun la vida, si quisiera, buscándole achaques,
aunque fuera haciéndole injusticia, que no fuera en su flota ó armada
que como Gobernador del Rey á su costa hacia, sin que hobiera alboroto
en la ciudad ni muertes, y sí el contrario desto que dice Gomara, su
historiador, es verosímil.



                             CAPÍTULO CXV.


Agora veamos cómo se despachó de la isla de Cuba Hernando Cortés y con
cuán justo principio, para que lo dicho mejor se averigüe. Persuadido,
pues, Diego Velazquez, por Amador de Lares, ó por sí mismo, que
nombrase á Cortés por Capitan general, y nombrado, como es dicho,
entendíase por Diego Velazquez con mucha priesa en el despacho de
Cortés, y el Cortés tampoco se dormia. Iba cada dia Diego Velazquez
al puerto á caballo, aunque estaba junto, y Cortés y toda la ciudad
con él, á ver los navíos y dar priesa en todo lo que se debia hacer;
fué entre las otras una vez, y un truhan que Diego Velazquez tenia,
llamado Francisquillo, iba delante diciendo gracias, porque las solia
decir, y entre otras, volvió la cara á Diego Velazquez, y díjole:
«¡Ah, Diego!» responde Diego Velazquez: «¿Qué quieres, loco?» Añide:
«Mirá lo que haceis, no hayamos de ir á montear á Cortés.» Diego
Velazquez da luégo gritos de risa, y dice á Cortés, que iba á su mano
derecha por ser Alcalde de la ciudad y ya Capitan elegido: «Compadre
(que así lo llamaba) mirad qué dice aquel bellaco de Francisquillo.»
Respondió Cortés, aunque lo habia oido, sino que disimuló ir hablando
con otro que iba cabe él: «¿Qué, señor?» dice Diego Velazquez: «Que si
os hemos de ir á montear;» respondió Cortés: «Déjelo vuestra merced
que es un bellaco loco; yo te digo loco, que si te tomo, que te haga
y acontezca,» dijo Cortés á Francisquillo. Todo ésto pasó, todos
burlándose y riéndose. Andando en este despacho Diego Velazquez á
priesa, ó porque le escarbó el alma la locura, ó por mejor decir la
sentencia discreta y profecía del loco Francisquillo, ó porque sus
amigos y deudos que allí habia, le hablaron de veras, porque hasta
entónces no habian mirado así en ello, y dijeron que como no advertia
el hierro grande que hacia en fiar de Cortés á quien él mejor que otro
conocia, empresa de tan gran importancia y en que tanto á su honra
y hacienda iba, y que era cosa probable y áun cierta que Cortés se
le habia de alzar y quebrar la fe y obediencia que le debia, segun
sus astucias y mañas, y que se acordase de lo que en Baracóa le
urdia y otras cosas cuántas pudieron hallar para persuadille; Diego
Velazquez, tornando sobre sí é viendo que le decian y aconsejaban
lo que, probablemente y segun reglas de prudencia, de Cortés se
podia presumir, determinó de quitalle el cargo y no poner su honra y
hacienda en aquel peligro. Y porque, como queda dicho, Diego Velazquez
comunicaba las cosas de la gobernacion y de aquellas armadas con
los oficiales del Rey, mayormente con el contador Amador de Lares,
no se le guardó la fidelidad que se le debia, y, á lo que se creyó,
el Amador de Lares lo debió á Cortés de descubrir, é, si fué verdad
la compañía y confederacion que de entrambos se dijo, por su propio
interese avisarlo no es cosa de gran maravilla. Finalmente, por una
ó por otra, ó por alguna vía, Cortés lo alcanzó á saber, y no habia
menester más para entendello de mirar el gesto á Diego Velazquez,
segun su astuta viveza y mundana sabiduría; el cual, luégo, la primera
noche que lo alcanzó á entender, despues de acostado Diego Velazquez
y todos del palacio idos, que le hacian en todo el silencio de la
noche más profundo, va Cortés á despertar con suma diligencia á los
más sus amigos, diciéndoles que luégo convenia embarcarse. Y tomada
dellos la compañía que le pareció para defensa de su persona, va de
allí, luégo, á la carnecería, y, aunque pesó al que por obligacion
habia de dar carne á toda la ciudad, tómala toda sin dejar cosa de
vacas y puercos y carneros, y hácelo llevar á los navíos, reclamando,
aunque no á voces, porque si las diera quizá le costara la vida, que
le llevarian la pena por no dar carne al pueblo, quitóse luégo Cortés
una cadenilla de oro que traia al cuello, y diósela al obligado ó
carnicero; y ésto el mismo Cortés á mí me lo dijo. Váse luégo Cortés
á embarcar con toda la gente que pudo despertar, sin estruendo, á los
navíos; ya estaba embarcada mucha de la que con él habia de ir y que
fué. Él ido, ó por los carniceros ó por otras personas que sintieron
su ida, fué avisado Diego Velazquez como Cortés era ido, y estaba ya
embarcado en los navíos; levántase Diego Velazquez y cabalga, y toda
la ciudad espantada, con él, van á la playa de la mar en amaneciendo
el dia; desque Cortés los vido hace aparejar un batel con artillería
y escopetas ó arcabuces, ballestas y las armas que le convenian, y la
gente de quien más confiaba, y con su vara de Alcalde, llégase á tiro
de ballesta de tierra, y parando allí, dícele Diego Velazquez: «¿Cómo,
compadre, así os vais? ¿es buena manera ésta de despediros de mí?»
respondió Cortés: «Señor, perdone vuestra merced, porque éstas cosas
y las semejantes, ántes han de ser hechas que pensadas, vea vuestra
merced qué me manda;» no tuvo Diego Velazquez qué responder, viendo
su infidelidad y desvergüenza. Manda tornar la barca y vuélvese á los
navíos, y, á mucha priesa, manda alzar las velas á 18 de Noviembre, año
de 1518, con muy pocos bastimentos porque áun no estaban los navíos
cargados; fuese de allí á un puerto llamado Macáca, la media sílaba
luenga, 15 leguas, donde el Rey tenia cierta hacienda, y está ocho dias
en los cuales mandó hacer todo el pan caçabí que pudieron hacer todos
los indios é indias del pueblo grande que de indios allí habia, que
sería más de 300 cargas de pan, cada una de las cuales tiene de peso
dos arrobas, con las cuales tiene una persona suficientemente que comer
un mes; tomó los puercos y aves que pudo y todo el más bastimento que
habia deste jaez, diciendo que aquello lo tomaba prestado ó comprado
para lo pagar al Rey, y si el estanciero ó mayordomo no se lo quisiera
dar, bien se puede adivinar cómo le fuera. Dice aquí Gomara, criado y
capellan é historiador de Cortés, que de las causas que movian á Diego
Velazquez, una fué pensar que Cortés se le alzaria como él se alzó
al almirante D. Diego, é oir y creer á Bermudez y á sus deudos, los
Velazquez, que le decian que no se fiase dél, que era estremeño, mañoso
y altivo, amador de honras, y hombre que se vengaria en aquello de lo
pasado. Cuanto á lo primero, bien parece, y parecerá más, que ni él ni
los que aconsejaban estaban engañados, pero en lo que toca á alzarse
Diego Velazquez al Almirante, no compara el alzamiento de ambos bien,
y así habla con ignominia de Diego Velazquez, porque, puesto que Diego
Velazquez fué descomedido con el Almirante y desagradecido, procurando
que la gobernacion que tenia, como Teniente dél, se la diese el Rey
de su mano, para que el Almirante no se la pudiese quitar, lo cual
fué desagradecimiento harto culpable, pero muy diferente alzamiento
fué alzársele Cortés con su flota, hacienda y gastos que habia hecho
tan grandes, y usurparle la jurisdiccion y mando, y, sin tenella,
ahorcar á los que no consintieron en su alzamiento, lo que es propio
de tiranos, y finalmente, quitalle la honra y ser causa que gastase
toda la hacienda que le quedaba, y al cabo hacelle perder la vida y que
muriese con amargura en pobreza, como todo abajo parecerá; cierto, muy
diferente fué el alzamiento contra Diego Velazquez, del que tuvo Diego
Velazquez en perjuicio del Almirante. Aquí parece que debemos notar
cómo se pudieron excusar de no ser partícipes desta rebelion de Cortés,
Alonso Hernandez Puerto-Carrero, Francisco de Montejo, Alonso de Avila,
Pedro de Alvarado, Juan Velazquez y Diego de Ordas, que Diego Velazquez
habia señalado por capitanes de los otros navíos, pues no parece que
pudieron ignorar embarcarse Cortés sin licencia de Diego Velazquez y
de la manera que lo hizo, porque si ellos no estaban embarcados, ¿cómo
se embarcaron de noche sin despedirse de Diego Velazquez? si estaban
embarcados, ¿cómo sufrieron que Cortés alzase las velas y ellos las
alzaron y le siguieron, habiendo Cortés salídose de la ciudad de la
manera dicha, la cual no pudo ser á toda la flota sino clara? No pude
averiguallo, ni parece los tales capitanes poderse excusar de ser
conscios de esta iniquidad, si no fué algun embuste que con su astucia
pudo Cortés inventar; alguna presuncion se puede tener de algunos
dellos, por ser de la misma tierra de Cortés, haber sabido algo del
ensaye.



                            CAPÍTULO CXVI.


Hecho el robo que Cortés hizo de la hacienda del Rey, en la estancia ó
granja de Macáca, y metido el caçabí é puercos y maíz en los navíos,
hízose á la vela para ir por la costa de Cuba abajo, y por apañar
lo que en los pueblos y puertos que habia por allí pudiese haber de
bastimento, que era lo que más él habia menester y su compaña, como por
ser hurtar ántes de tiempo no se hobiesen podido los mantenimientos
meter en las naos. En saliendo que salió, vido venir un navío, que
venia de la isla de Jamáica, cargado de puercos, y tocino, y caçabí,
para vendello en la isla de Cuba en las minas, porque como allí eran
recientes las minas, y ricas, y el ansia de coger oro hervia en las
ánimas de aquellos que por la isla moraban, toda la más de la gente de
indios que habia en ella ocupaban en sacar oro, donde los mataban, y
así no los dejaban labrar ni hacer comida, y, por consiguiente, tenian
necesidad de pan y de bastimentos; y sabido ésto en Jamáica, llevábanlo
de allí, donde habia mucha abundancia. Visto el navío, va luégo Cortés
á él y tómalo á su dueño, dello por ruegos y promesas, dello por
amenazas y por mal; llevólo, en fin, consigo, aunque pesó al dueño que
lo llevaba. Llegó Cortés con su usurpada flota á la villa de españoles
que llamaban de la Trinidad, que estaba en aquella costa del Sur 200
leguas y más de la ciudad y puerto de Santiago; allí tuvo noticia que
pasaba cerca de allí otro navío cargado de pan caçabí, de tocinos, y
maíz é otros bastimentos, para las minas de la provincia de Xagua, que
eran muy ricas y de fino oro; envió luégo una carabela, y con ella á
Diego de Ordas, que la tomase y la llevase á la punta de la isla ó
cabo de Sant Anton, y allí lo esperasen. Así lo hizo Ordas, y aunque
mal pesó al mercader cúya era, la llevó al cabo de la isla, como
Cortés habia mandado. Todo ésto me dijo el mismo Cortés con otras cosas
cerca dello, despues de Marqués, en la villa de Monzon, estando allí
celebrando Córtes el Emperador, año de 1542, riendo y mofando, y con
estas formales palabras: «A la mi fe, anduve por allí como un gentil
corsario.» Dije yo, tambien riendo, pero entre mí: «Oigan vuestros
oidos lo que dice vuestra boca.» Puesto que otras veces hablando con él
en Méjico en conversacion, diciéndole yo con qué justicia y conciencia
habia preso aquel tan gran rey Moteczuma y usurpádole sus reinos, me
concedió al cabo todo, y dijo: _Qui non intrat per ostium fur est et
latro_. Entónces le dije á la clara, con palabras formales: «Oigan
vuestros oidos lo que dice vuestra boca», y despues todo se pasó en
risa, aunque yo lo lloraba dentro de mí, viendo su insensibilidad,
teniéndole por malaventurado. Allí, en la villa de la Trinidad, tomó
por fuerza ó por grado el caçabí, é maíz é puercos, y algunos caballos,
y á todos los dueños apaciguaba con hacerles cognoscimientos y darles
cédulas que se lo pagaria en tanto precio y tantos castellanos; recibió
allí más de cien españoles de los que habian venido con Grijalva, que,
como Diego Velazquez habia escrito, estaban la flota esperando. Todos
los indios que pudo meter y los españoles que allí iban hurtados y
involuntarios, y no sé si algunos voluntarios, para servirse dellos,
era escala franca donde todos, al cabo, con los trabajos, en breve
perecieron. De allí fué á la villa de Sant Cristóbal, que á la sazon
estaba en aquella costa del Sur, la cual, despues se pasó á la del
Norte, donde agora llaman la Habana, y allí cargó de todas las cosas
que pudo, al precio que en los otros lugares lo habia tomado. En este
tiempo llegaron mensajeros de Diego Velazquez, avisando que iba Cortés
alzado, que lo trabajasen de prender; ésto escribió á Diego de Ordas,
que era su criado, y valiente hombre, y á los que tenia por amigos en
la dicha villa de Sant Cristóbal; escribió tambien Diego Velazquez,
rogándole que lo esperase, porque tenia que comunicar con él para el
bien de aquel su viaje. Nunca vide tan poco saber en Diego Velazquez
como en esta carta, ¡que le pasase por pensamiento que le habia Cortés
de esperar, habiéndole hecho la burla y afrenta presente y pasada!
Quisiérale convidar Diego de Ordas á Cortés al navío de que venia por
Capitan, por allí apañallo, pero tan ignorante fué Diego de Ordas como
Diego Velazquez, creyendo que se habia de él confiar; finalmente, allí
se mostró Cortés como gran señor, y como si naciera en brocados, y
con tanta autoridad que no se osaba ninguno menear que no le mostrase
amor, y contentamiento de que él reinase. Partióse de allí con toda la
flota, mediado el mes de Febrero de 1519 años; iban en ella 550 hombres
con marineros y todos, 200 ó 300 indios é indias, ciertos negros que
tenian por esclavos, y 12 ó 15 yeguas y caballos; gobernaba toda la
flota, en lo que tocaba á las cosas de mar, como piloto mayor, Anton de
Alaminos, el que indució á Francisco Hernandez de Córdoba que enviase
por licencia para descubrir á Diego Velazquez cuando iban á saltear
indios de los Lucayos y de otras islas, y, finalmente, el que se
halló por piloto en el primer descubrimiento de la tierra de Yucatán,
como se dijo en el cap. 96, y despues fué y anduvo descubriendo con
Grijalva. Llegada la flota en el cabo de la isla de Cuba, llamado de
Sant Anton, y comenzando á atravesar el golfete que hay, é dura 50
leguas, desde el cabo dicho de Cuba á la punta ó cabo que llaman de
Cotoche, primera tierra de Yucatán, para de allí volver sobre la isla
de Cozumel, que fué lo primero que vido y trató Francisco Hernandez, y
lo primero tambien donde fué á parar Juan de Grijalva, dióles aquella
noche un terrible temporal, como los suele por aquel golfo y costa de
Yucatán hacer, que desbarató á todos los navíos, y cuando amaneció se
halló cada uno sólo. Pero porque Cortés habia dado á todos órden que
les siguiesen hasta la isla de Cozumel, cada uno, desque abonanzó el
tiempo, tuvo cargo de guiarse á la isla, donde unos hoy y otros mañana
todos llegaron, aunque algunos con más peligro que otros, excepto uno
que no pareció por muchos dias. En especial un navío, donde iba por
Capitan uno llamado Francisco de Morla, criado y camarero de Diego
Velazquez; dióle un golpe de mar que le hizo despedir el gobernario,
que es uno de los mayores peligros que hay en la mar, é anduvieron gran
parte de la noche sin él, perdida cuasi la esperanza de se salvar;
pero, siendo de dia, plugo á Dios que lo vieron andar sobre el agua, y
visto, el mismo capitan Francisco de Morla, por ser gran nadador, se
lanzó á la mar, atado con cierto cabo ó soga, y trújolo arrastrando
al navío, donde tornaron á remediarse. Como los indios de un pueblo
grande, que cerca de la costa de la mar estaba, vieron tantos navíos
juntos, como no hobiesen visto ántes sino tres ó cuatro, que fueron los
tres de Francisco Hernandez, y los cuatro de Grijalva, pensaron que
venia sobre ellos algun diluvio de gente que los anegase, mayormente
habiendo oido la matanza que Francisco Hernandez en Champoton y el
denuedo de guerra que Grijalva despues dél habian hecho. Huyó toda la
vecindad del pueblo á los montes, de miedo, alzado cada uno su hatillo.
Envió ciertos españoles Cortés al pueblo, y, hallándolo vacío, todavía
trujeron alguna ropa de algodon y algunas joyuelas de oro. Mandó
Cortés sacar los caballos para que se recreasen, que venian fatigados
y habia muy buenos pastos, y, toda la gente y él en tierra, envió
cierta cuadrilla dellos á buscar gente ó algunas personas de quien
pudiesen tomar lengua. Hallaron unas mujeres con unos niños, y una que
parecia principal, en un monte metidas, las cuales trujeron á Cortés,
llorando ellas y sus niños; Cortés las consoló lo mejor que pudo, y
halagó á los niños, diciendo por señas, que no hobiesen miedo y dióles
cosillas de Castilla. Vinieron ciertos á los españoles, que debian
ser maridos de las mujeres, rogando que les diesen aquellas mujeres,
y quizá entre ellos debia venir el principal, marido de aquella que
lo parecia, ó enviados por él; Cortés los aseguró y dió cosas de
Castilla, rogándoles por señas que trujesen al marido de aquella, y
que de su parte le diesen ciertas dellas, que aparte les dió. Él vino
el siguiente dia, ó por ventura envió otro, diciendo que aquel era
el señor y marido; porque ésto es muy comun entre los indios, no se
mostrar luégo los señores á los españoles, sino fingir que es aquel
que envian, como saben que los primeros que los españoles procuran de
prender, y atormentar, y matarlos, son los señores, y por ésto no tan
presto se fian. Finalmente, vino el otro por él, acompañado de muchos,
y trujeron sus presentes de gallinas, pan de maíz, y mucha miel y
frutas, porque nunca jamás los indios vienen á los españoles manvacíos,
y es costumbre tambien muy antigua entre sí. Rescibiólos Cortés, y
los españoles, graciosamente, mandóles dar de los rescates y cosas de
Castilla, induciéndolos, por señas, que se viniesen los vecinos cada
uno á su casa y que no rescibirian daño alguno; ellos lo hicieron. El
señor del pueblo donde estaban ó de la isla, ó el que se fingió ser
señor, era de los bien hechos y más gentiles hombres de gesto y de
cuerpo que se habia visto en todas las Indias, y así tenia la gracia
en las obras y conversacion que con todos tenia, y servicio que á los
españoles hacia; sólo parecia rescibir pena en no entenderlos, por la
diversidad de la lengua. Tuvo una industria para nos entender, harto
provechosa para Cortés y para todos los que con él iban, y fué ésta:
que envió á la tierra firme de Yucatán, que dista de la isla un golfo
de cuatro ó cinco leguas, ciertos mensajeros, á un señor de aquella
provincia que tenia un español captivo, y rogóle que se lo prestase ó
se lo vendiese, porque habian venido muchos hombres extraños y fuertes,
barbados como aquel, que le tenian señoreado su tierra, y, para tractar
y conversar con ellos, no los entendia, y con aquel sabria cómo se
debia de haber con ellos. Díjose tambien, que aquel señor descubrió á
Cortés que en Yucatán habia dos hombres barbados como él, y Cortés les
escribió una carta diciéndoles como venia á poblar en aquella tierra,
y que si podian que trabajasen de venirse; y que los indios que fueron
por aquel mandó pasar á la otra banda de Yucatán, en un bergantin, é
aquellos llevaron la carta fácilmente, aunque con gran dificultad les
dió el cristiano captivo.



                            CAPÍTULO CXVII.


Y porque ya Cortés tenia reformados todos los navíos de la tormenta
pasada, y proveídolos de bastimentos que le dieron en abundancia los
indios, por mandado del señor de la isla, y recogidos los caballos y
la gente, y en buena amistad con el señor y vecinos della, se hizo á
la vela para correr la costa de la tierra firme, y llegó á la punta
de las Mujeres, que Francisco Hernandez ó Grijalva habia por nombre
puesto, que es la primera tierra de Yucatán, obra de 10 leguas de la
isla, y surgió allí toda la flota. De allí tornó á alzar las velas
para seguir su camino hácia el cabo de Cotoche, y navegando aquel dia,
descubrióse un agua en uno de los navíos que no podian con dos bombas
agotalla; hizo señal de tener necesidad, tirando un tiro de pólvora,
acudió Cortés con su nao y todos á socorrelle, y viendo que crescia
el agua y que no tenia remedio sino entraba en algun buen puerto, y
por allí no lo habia, determinó Cortés de tornarse al puerto de la
isla de donde habian salido. Salieron todos los indios de la isla con
gran regocijo á rescibillos y servillos; adobaron allí el navío, é,
ya que querian tornarse á embarcar, revolvióse la mar de manera que
no pudieron el sábado; y el domingo, que era el primero de cuaresma,
díjose y oyeron misa. Estando comiendo, vieron venir una canoa que
atravesaba de Yucatán á la isla, y mandó Cortés á un Andrés de Tapia,
mancebo bien suelto, y á otros compañeros, que fuesen escondidos á la
parte de la isla donde iba la canoa dirigida, y salteasen los indios
y se los trujesen, lo cual así se hizo. Eran cuatro desnudos en
cueros, cubiertas las partes secretas, los que en la canoa venian, y
el uno tenia largas barbas. Salió Andrés de Tapia y sus compañeros,
de súbito, de unas matas de monte, y arremetieron á ellos, que no fué
chica turbacion para los tres, y queriéndose huir para el agua y tomar
su canoa, habló el barbado en la lengua de los indios que no se huyesen
ni hobiesen miedo, y luégo vuelve la cara á los españoles, y dice en
la lengua de Castilla: «Señores, ¿sois cristianos?» Respondieron:
«Cristianos somos.» Hincó luégo las rodillas en el suelo, y llorando
de alegría, comienza á dar gracias á Dios que le habia sacado de entre
infieles y captiverio, y dejalle ver cristianos con libertad; todos se
holgaron de velle, y le ayudaron á dar á nuestro Señor muchas gracias.
Trujéronlo á Cortés que lo rescibió con grande alegría, y todos en
grande manera se regocijaron, espantados de velle desnudo como indio
y del sol el cuerpo quemado, que si no fuera por las barbas, ninguna
diferencia se cognoscia de ser indio ó cristiano. Preguntó luégo si era
miércoles, dijeron que no, sino domingo, el cual, aunque tenia unas
horas de rezar, habia en la cuenta de los dias errado; dijo llamarse
Jerónimo de Aguilar, natural de Écija. Comenzó á contar su pérdida y
captiverio, é dijo, que salido del Darien con Valdivia, enviado por
Vasco Nuñez de Balboa á esta isla Española, él y otros con él, en una
carabela, se perdieron en los bajos y peñas de Jamáica, que llaman las
Víboras, que fué lo que en el cap. 42 tocamos; metiéronse 20 hombres en
el batel, sin agua y ninguna cosa de bastimento, muriéronse los 10 ó 12
de hambre y sed en el camino, y echólos la corriente á cabo de quince
dias en la costa de Yucatán, y aportaron al señorío de cierto señor ó
Cacique, que segun Gomara dice que habia dicho, que algunos sacrificó
dellos á sus ídolos, y los comió, y otros guardó para los sacrificar,
pero que se huyeron y aportaron á tierra y señorío de otro señor que
los guardó y conservó sin hacelles mal alguno, ántes siempre los tractó
bien sirviéndose dellos humanamente. Esto de sacrificar hombres y
comerlos, como dice Gomara, yo creo que no es verdad, porque siempre
oí que en aquel reino de Yucatán ni hobo sacrificios de hombres, ni
se supo qué cosa era comer carne humana, y decirlo Gomara, como ni lo
vido ni lo oyó sino de boca de Cortés, su amo, y que le daba de comer,
tiene poca autoridad, como sea en su favor y en excusa de sus maldades,
sino que ésto es lenguaje de los españoles y de los que escriben sus
horribles hazañas, infamar todas estas universas naciones para excusar
las violencias, crueldades, robos y matanzas que les han hecho, y
cada dia y hoy les hacen; y por ésto Gomara dice en su Historia, que
la guerra y la gente con armas es el camino verdadero para quitar los
ídolos y los sacrificios, y otros pecados á los indios, y con ésto,
dice él, más fácilmente, y más presto, y mejor, resciben, y oyen, y
creen á los predicadores y toman el Evangelio y el baptismo de su
propio grado y voluntad. Harto poco sabe Gomara de la predicacion del
Evangelio, y del fructo que en estas partes han hecho las tiranías y
estragos con armas, las cuales han obrado en estas gentes tanto, que
sino son los que Dios ha querido dellas, contra todo poder y saber
humano, por la predicacion de los buenos religiosos alumbrar, los
demas no estiman de nuestro verdadero Dios, sino que es malo, injusto
y abominable, pues tan inícuos hombres envia á que los aflijan y
destruyan con tan nunca oidos otros tales daños y males. De como esta
predicacion se debe hacer sin armas, véase, por quien quisiere verlo,
en nuestro libro en latin, en los capítulos postreros, 5.º, 6.º y 7.º,
con muchos párrafos, cuyo título es, _De unico vocationis modo omnium
gentium ad veran religionem_, donde cognoscerán el estado de dañacion
eterna en que están los que procuraren, mandaren ó aconsejaren lo
que dice Gomara, que la predicacion destas naciones se deba de hacer
con guerra y con armas. Dice aquí más Gomara, que Cortés determinó
de quitar los ídolos de aquel pueblo y poner cruces en aquella isla,
despues que vino Jerónimo de Aguilar; pero ésto es uno de los errores
y disparates que muchos han tenido y hecho en estas partes, porque,
sin primero por mucho tiempo haber á los indios y á cualquiera nacion
idólatra doctrinado, es gran desvarío quitarles los ídolos, lo cual
nunca se hace por voluntad, sino contra de los idólatras, porque
ninguno puede dejar por su voluntad y de buena gana aquello que tiene
de muchos años por Dios, y en la leche mamado, y autorizado por sus
mayores, sin que primero tenga entendido que aquello que les dan ó en
que les conmutan su Dios, sea verdadero Dios. ¡Mirad qué doctrina les
podian dar en dos, ó en tres, ó en cuatro, ó en diez dias que allí
estuvieron, (y que más estuvieran), del verdadero Dios, y tampoco les
supieran dar para desarraigalles la opinion errónea de sus dioses, que
en yéndose, que se fueron, no tornasen á idolatrar! Primero se han
de raer de los corazones los ídolos, conviene á saber, el concepto y
estima que tienen de ser aquellos Dios los idólatras, por diuturna y
diligente y contina doctrina, y pintalles en ellos el concepto y verdad
del verdadero Dios, y despues ellos mismos, viendo su engaño y error,
han de derrocar y destruir con sus mismas manos y de toda su voluntad
los ídolos que veneraban por Dios ó por dioses; y así lo enseña Sant
Agustin en el sermon _De puero Centurionis de verbis domini_. Pero no
fué aqueste el postrero disparate que en estas Indias, cerca desta
materia se ha hecho; poner cruces, induciendo á los indios á la
reverencia dellas, si hay tiempo para ello, con significacion alguna
del fructo que pueden sacar dello si se lo pueden dar á entender,
parece ser bien hacerse, pero no habiendo tiempo ni lengua, ni sazon,
cosa supérflua é inútil parece, porque pueden pensar los indios que les
dan algun ídolo de aquella figura, que tienen por Dios los cristianos,
y así los harán idolatrar, adorando por Dios aquel palo; la más cierta
y conveniente regla y doctrina que por estas tierras y otras de
infieles, semejantes á éstos, los cristianos deben dar y tener, cuando
van de pasada como estos iban, y cuando tambien quisieren morar entre
ellas, es dalles muy buen ejemplo de obras virtuosas y cristianas,
para que, como dice nuestro Redentor, viéndolas alaben y den gloria al
Dios y padre de los cristianos, y por ellas juzguen que quien tales
cultores tiene no puede ser sino bueno y verdadero Dios, como Sant
Crisóstomo, sobre las mismas palabras de nuestro Salvador, dice. De la
religion, y ritos, é ídolos que en ella tenian las gentes desta isla de
Cozumel, largamente dijimos en nuestra Apologética Historia.



                           CAPÍTULO CXVIII.


Antes que vamos más adelante, conviene aquí referir tres cosas, que
cuasi han perdido ya su lugar porque un poco atrás parece que debieran
ser referidas. La una es, que sabidas las nuevas en Castilla de que
Francisco Hernandez habia descubierto la isla de Cozumel, donde dejamos
agora á Hernando Cortés y á su compañía (y éstas vinieron á Valladolid
estando el rey D. Cárlos para Aragon de partida), luégo el obispo
de Búrgos, D. Juan Rodriguez de Fonseca, procuró, aunque andaba ya
cerca de las cosas destas Indias un poco caido, pero muerto el Gran
Chanciller comenzó un poco á revivir, que se nombrase por Obispo de
la dicha isla de Cozumel un religioso de Sancto Domingo, llamado fray
Julian Garcés confesor suyo, maestro en teología y notable predicador,
y señaladamente muy latino, tanto, que se dijo el maestro Antonio
de Lebrija, viendo su habilidad y pericia en la lengua latina, _me
oportet minui hunc aut crescere_: creyóse luégo, descubierta la dicha
isla, en haber hallado edificios de cantería, que debia ser alguna
gran cosa, especialmente por estar junto á la tierra de Yucatán, que
cuasi ambas se pensaban ser una isla. La segunda es, que como llevó
el clérigo Benito Martinez, que envió Diego Velazquez, las nuevas del
mucho oro que Juan de Grijalva de rescate habia descubierto y traido,
de lo cual llevó por muestra ciertas piezas para el Rey, muy ricas,
como tocamos en el cap. 114, y llevó tambien relacion de la tierra que
habia descubierto adelante de Culuá, estimando tambien que era isla,
pidió al Rey por merced que le diesen el abadía della, que no salió
ménos que ser toda la Nueva España, que los indios Culuá llamaban y
llaman, la que nosotros estimábamos, ó al ménos el clérigo Benito
Martin, que era isla, y como despues salió ser cosa tan grande, y la
isla de Cozumel tan chica, hallóse burlado el padre maestro fray Julian
Garcés en haber sido hecho de cosa tan poca Obispo, y el padre Benito
Martin con mucho más de lo que habia pensado y pedido. Anduvo despues
sobre ésto mucha controversia; moderóse de cierta manera, que el padre
maestro fray Julian fuese primero obispo de Tascala, y al clérigo
Benito Martin se le hizo cierta recompensa, no me acuerdo en qué, mas
de que, tornando á la Nueva España por la mar, murió en el camino. Lo
tercero que aquí conviene decir es, que como se sonó el descubrimiento
y riqueza de la tierra que Juan de Grijalva habia corrido, Francisco
de Garay, que gobernaba la isla de Jamáica, por el almirante D. Diego,
de quien hobimos hablado en el primer libro, y que halló el grano
grande de oro, que pesó 3.600 pesos de oro, en compañía de Miguel
Diaz, determinó de enviar á un hidalgo, llamado Diego de Camargo, á
descubrir é continuar el descubrimiento que Grijalva habia hecho, con
uno ó con dos navíos; el cual descubrió la provincia de Panuco, ó, por
mejor decir, comenzó de allí donde Grijalva se habia tornado, que fué
desde Panuco, y anduvo navegando por la costa cien leguas hácia la
Florida, y, finalmente, atribuyó á su descubrimiento desde la provincia
y rio de Panuco, y, tornado Diego de Camargo á Jamáica, Francisco de
Garay envió á Castilla suplicando al Rey que le hiciese merced de
aquella gobernacion, y que á su costa conquistaria y poblaria aquellas
provincias. Pidió que le diese título de Adelantado y ciertas leguas
de tierra, con jurisdiccion ó sin ella, y otras mercedes; el Rey se
las concedió el año de 519, estando en Barcelona, electo ya Emperador,
para ir á rescibir las primeras coronas de partida. Este Francisco de
Garay fué de los primeros que con el almirante D. Cristóbal Colon,
que descubrió estas Indias, por criado suyo vino; siempre fué persona
honrada y siempre tuvo muchos indios que le servian, y así llegó muchas
riquezas, ó las que por entónces por muchas se tenian. Tuvo muchas
granjerías, y en especial de ganados, y estos eran puercos, que por
aquel tiempo eran de mucho provecho; decíase que Francisco de Garay
tenia ocupados en guardar puercos 5.000 indios; llegó á tener muchos
dineros. Fué á Castilla por Procurador desta isla Española para que
les concediese el repartimiento de los indios perpétuos, y alcanzóse
por tres vidas, puesto que á la media de la primera los tenian todos
muertos, como en el libro II se dijo. Desta ida vino, ó con voluntad
del Almirante segundo, D. Diego, ó contra ella, como Diego Velazquez,
por Teniente de gobernador de Jamáica, donde hizo muchas haciendas, con
indios hechas y de muchas granjerías, y así se hizo muy rico; y porque
habia de pagar, en este mundo ó en el otro, haber sido uno de los
principales que destruyeron las gentes desta isla, permitió Dios que se
metiese en descubrir é querer poblar (lo que más con verdad se puede y
debe decir no ir á poblar, sino á despoblar, como la perdicion de tan
grandes tierras es asaz testigo), á donde gastase toda su hacienda y
riqueza, y perdiese, como parecerá, la vida. Estos ofrecimientos, que
ofrecian al Rey, de ir á descubrir conquistar y poblar las tierras y
provincias destas Indias á su costa, desque se comenzaron, han sido
causa de grandes despoblaciones, y perdicion de grandísima parte
dellas, y de haber los Reyes de Castilla inmensos tesoros perdido, y la
conciencia, por ventura, puéstoles en grande peligro; y ésto causó la
ceguedad y error que siempre tuvo el Consejo de las Indias, estimando
que, porque el Papa las concediese á los Reyes para hacer predicar
el Evangelio y convertir las gentes dellas, que luégo les era lícito
enviar gente armada y tomar la posesion dellas por guerra, como si
fuera Túnez, ó Argel, ó Fez, ó otra tierra de la Berbería; é ignorar
la diferencia desto no tiene alguna excusa ni ante Dios ni ante el
mundo, porque no les daba el Rey de comer por más gentiles hombres,
ni por más esforzados para la guerra, sino por letrados juristas, y
por eso, ignorar el derecho, sin gran culpa suya, no les convenia,
y así son reos, cuanto á Dios y cuanto al Rey, de todos los males y
daños espirituales y temporales, y perdicion de tan infinitas ánimas,
y de infinitos tesoros, que los Reyes tuvieran si ellos hobieran la
verdad del derecho, como eran obligados, sabido. Pluguiera á Dios que
á los Reyes hubiera costado cualquiera descubrimiento y poblacion, en
cualquiera parte destas Indias, tantos dineros, que hobieran de ayunar
sus personas reales muchos dias, y no admitido á los que á su costa
descubrir é poblarlas se ofrecian, porque otro pelo tuvieran sus reinos
del que tienen y que quizá ternán hasta el dia del juicio. Ofrecíase
un tirano de aquellos, y aún se ofrece hoy, á gastar 20 y 30.000
ducados en el descubrimiento y poblacion, y áun solian claramente
decir en la conquista, de algun reino ó provincia, los cuales no eran
de las viñas y olivares que sus padres le habian dejado por herencia,
sino robados, y de la destruccion que habian ayudado á hacer en otras
tierras dellas adquiridos, y sabiendo ésto los del Consejo, y teniendo
manifiesta probabilidad, y áun ciencia experimental, que no lo pedian
sino para robar y hacerse ricos, y que para conseguir aquel fin habian
de asolar, y destruir, y despoblar, con gran infamia é injuria de Dios
verdadero, y en impedimento eficacísimo de la fe, y que no habian de
guardar ni cumplir ley, ni razon, ni limitacion, ni órden que les
pusiesen, dejándose á sabiendas cegar, les daban cuanto pedian; y,
dejados aparte los pecados que contra Dios cometian, y la infamia de
su fe y de su nombre, y los daños irreparables que á estas gentes en
cuerpos y en ánimas hacian, pero áun los deservicios que á los Reyes
hicieron el matalles tantos cuentos de gentes (que á maravedí que
les dieran de servicio, los privaron de las mayores y más ciertas
riquezas que Reyes ni Príncipes jamás en el mundo poseyeron); y lo
que más agravia el pecado y ceguedad y gravedad de los que para robar
y matar, licencia y autoridad pedian, y de los que se la concedian,
aunque en las instrucciones que les daban les pintaban por cumplimiento
que trabajasen de los tener de paz, por bien, etc., pero parece, y es
cosa de escarnio y barbarísima, que las matanzas y destrucciones que
hacian los tiranos representaban ante el Consejo por servicios hechos
al Rey, y el Consejo por tales los admitia, y daban armas, insignias y
privilegios de bien servidos. ¿Qué mayor insensibilidad pudo ser otra
que aquesta, no sentir que dándoles insignias, y armas, y privilegios
por las muertes violentas, robos, estragos y tiranías que cometian, las
aprobaban, y, por consiguiente, las hacian propias suyas, como si ellos
mismos las cometieran? Entre otras mercedes que se les hacian, era
comunmente hacellos Adelantados, y porque se adelantaban en hacer males
y daños tan gravísimos á gentes pacíficas, que ni los habian ofendido,
ni algo les debian con los mismos Adelantamientos que procuraron
hallaban y hallaron su muerte, como la gallina escarbando el cuchillo.



                            CAPÍTULO CXIX.


Tornemos al viaje de Cortés y de su sancta compañía, el cual, saliendo
de la isla de Cozumel con Jerónimo de Aguilar, muy contento por tener
persona que supiese alguna lengua para entenderse con aquellas gentes,
navegó hácia la tierra de Yucatán y pegado á ella, mandando á los
bergantines que se llegasen más á tierra por si ver hallasen el navío
que no parecia; finalmente, lo hallaron en un puerto metido, de que
los unos y los otros rescibieron grande alegría, porque ambas á dos
partes creian que la otra era perdida. Contaron cierta cosa de notar
los del navío, y fué, que vieron en llegando un perro andar por la
playa ladrando y escarbando en la tierra, cuasi llamándolos; saltaron
en tierra y vínose luégo á ellos haciéndoles con la cola mil halagos,
como si fuera una persona de razon, y, ésto hecho, váse corriendo al
monte y trae una ó dos liebres ó conejos, cuasi hospedando bien á los
huéspedes: no supe si lo recogieron y llevaron al navío, ni quién allí
le habia dejado de los descubridores de aquella tierra. Recogido su
navío, vánse todos al rio de Grijalva y provincia ó pueblo de Tabasco,
donde habia el Cacique vestido desde los piés á la cabeza de piezas de
oro á Grijalva, segun se dijo arriba en el cap. 111; surgieron echando
anclas á la boca del rio, porque la entrada es muy baja y combate el
agua de la mar con la del rio: por eso es muy peligrosa, donde yo tuve
alguna vez harto peligro. Dejó Cortés los navíos grandes á la boca del
rio, y entróse para ir á tierra con toda la más de la gente en los
bergantines y bateles, proveidos de armas y de artillería; desque los
indios de la tierra vieron los muchos navíos y que iba tanta gente á
saltar en tierra, salieron de un pueblo grande que allí tenian con
sus armas, arcos y flechas, para ver quién eran y lo que querian;
llegando en derecho del pueblo vieron que estaba cercado de una cerca
de madera muy alta y muy recia; los indios entran en sus canoas con
sus armas, saliéndoles al camino para impedilles que no saltasen en
tierra. Cortés les hace señal de paz y hace al Aguilar que les hable en
la lengua de Yucatán, que él sabia; no sabemos si aquella de Tabasco
era diversa, y creemos que no la entendia. Los indios les requerian
que no se llegasen á su pueblo, con sus meneos; Cortés con los suyos,
pedia de comer y agua; ellos mostrábanles el rio, que la tomasen, que
subiesen por ella un poco más arriba, donde era dulce; tornaron los
indios al pueblo y trujéronles ciertas canoas ó barquillos cargadas de
maíz, é pan, y frutas, y gallinas y de lo que más tenian; dice Cortés
que aquello no les bastaba, que les trujesen mucho más, porque traia
mucha gente. Los indios, desque vieron que ponian denuedo los españoles
á querer entrar en el pueblo, dijéronles que esperasen hasta otro dia,
porque ya era tarde, y que volverian con más comida; Cortés saltó con
su gente en una isleta que hacia el rio, donde aquella noche estuvieron
hasta que fué de dia. Los indios, temiendo que los españoles habian
de entrarles por fuerza en el pueblo, y que padecerian peligro, toda
aquella noche gastaron en poner en cobro sus alhajas, y mujeres, y
hijos, y aparejarse para resistilles. Cortés tampoco dormia toda la
noche, ántes mandó salir toda la gente de los navíos y envió algunos
que fuesen rio arriba á ver si hallaban vado; halláronlo no léjos de
allí, proveen que vaya gente y pase de la otra banda, y que se ponga
celada en los montes, cuan cerca del pueblo allegarse pudiesen, y
así lo hicieron. Tornaron los indios en amaneciendo y trujeron más
comida, diciendo que no tenian más ni podian darles más, porque la
gente del pueblo, de miedo dellos, se habia huido, y que tomasen
aquello y se fuesen con Dios de su tierra, ó con quien quisiesen,
porque se escandalizaba toda la tierra en vellos. Y es placer lo que
Gomara dice aquí para justificar las obras que Cortés en aquel pueblo
hizo; dice que respondió Cortés por Aguilar, la lengua, que si le
escuchasen la causa ó razon de su venida verian cuánto bien y provecho
se les seguiria, como, en la verdad, ni entendian ellos ni Aguilar,
como el mismo Gomara en el cap. 4.º de allí abajo dice, que muchas
cosas entre los nuestros y aquellos indios pasaron, que, como no se
entendian eran mucho para reir. Estas son sus palabras, y arriba, que
hablaba Cortés y decíales con Aguilar, la lengua, ésto y ésto. Dice más
Gomara: «Que replicaron los indios que no querian consejo de gente que
no cognoscian, ni ménos acogerlos en sus casas, porque les parecian
hombres terribles y mandones (mirad qué mal decian si ésto que dice
Gomara es verdad, pero yo creo que ni ésto ni lo demas entendian, como
él mismo dice allí), demás, que si querian agua, que la cogiesen del
rio, ó hiciesen pozos en tierra, que así hacian ellos cuando la habian
menester»; y que viendo Cortés que era por demas palabras, díjoles:
«Que en ninguna manera podia dejar de entrar en su pueblo y ver aquella
tierra, para tomar y dar relacion della al mayor señor del mundo que
allí le enviaba; por eso que lo tuviesen por bueno, pues él lo deseaba
hacer por bien, y sino que le encomendaria á su Dios, y á sus manos,
y á las de sus compañeros.» Los indios no decian más de que se fuesen
y no curasen de bravear en tierra ajena, porque en ninguna manera lo
consentirian salir á ella ni entrar en su pueblo, ántes le avisaban,
que si luégo no se iban de allí que le matarian á él y á cuantos con
él iban. Todo esto dice así formalmente Gomara en la Historia de su
amo Cortés. ¿Qué mayor insipiencia y disparates que dice aquí Gomara,
y áun qué más claras mentiras? Que sean claras mentiras y compostura
de Gomara parece, porque tantas pláticas y tan largas y particulares
no podian pasar entre gentes que no se entendian, como él confiesa
no entenderse, segun queda dicho; que sea gran insipiencia la suya,
tambien se muestra, querer fingir en para justificacion de la tiranía
é injusticia de Cortés, que hizo á aquellas gentes de aquel pueblo
y provincia. Justísimas causas y perentorias razones en favor de la
justicia, de los indios, y del derecho que tenian para los matar por
echallos de su tierra, que otra cosa no era sino defender y guardar
su república de gente tan nueva y que con tanta osadía decia que habia
de entrar en ella, y tomar relacion para dar á un gran señor del
mundo á su desplacer, ¿con qué milagros y mansedumbre y santa vida, y
de mucho tiempo experimentada, les probaba Cortés que tenia derecho
de entrar en tierra tan ajena dellos, y tomar relacion, y darla al
mayor señor del mundo? Y tambien que lo queria hacer y él venia para
su bien; ¿qué nacion del mundo oyera tales palabras, que con mucha
razon y justicia no trabajara y debiera trabajar de hacellos pedazos?
Luégo insipiencia grande fué la de Gomara fingir razones para excusar
y justificar las tiranías de Cortés, que las condenan y abominan á la
clara y que todas las naciones del mundo para contra él las admitirán
y aprobarán, como sean fundadas en la ley natural; pero, como dije,
todas son falsas é imprudentemente inventadas, sólo es, y parece ser
verdad, que los indios le requiriesen muchas veces que se fuesen de su
tierra y los dejasen en paz, porque de gente tan fiera y tan armada, y
que así porfiaba entrar en su pueblo por fuerza, contra su voluntad,
podian presumir é sospechar y áun tener por muy cierto que bien ninguno
les podia venir, sino muy mucho mal. Dice más Gomara, que no quiso
Cortés no hacer con aquellos bárbaros todo cumplimiento, segun razon y
conforme á lo que los reyes de Castilla mandan en sus instrucciones,
que es requerir una y dos y muchas veces con la paz á los indios, ántes
de hacelles guerra, ni entrar por fuerzas en sus tierras y lugares,
é así les tornó, dice él, á requerir con la paz y buena amistad,
prometiéndoles buen tratamiento y libertad, y ofreciéndoles la noticia
de cosas tan provechosas para sus cuerpos y almas, que se ternian
por bien aventurados despues de sabidas, y que si todavía porfiaban
en no le acoger ni admitir, que los apercibia y emplazaba para la
tarde, ántes del sol puesto, porque pensaba, con ayuda de su Dios,
dormir en el pueblo aquella noche, á pesar y daño de los moradores que
rehusaban su buena amistad, y conversacion, y la paz, etc... Todo ésto
dice Gomara, y todo es compuesto y falsedad; véase la justificacion
razonable que tuvieron aquellos requerimientos, y, por mejor decir, la
insipiencia é insensibilidad de los del Consejo del Rey, que ordenaron
que se hiciesen requerimientos á los indios, que rescibiesen á los
españoles, y si no que les pudiesen guerrear, en el cap. 57 y los
siguientes deste tercer libro, donde asaz largo queda declarado. Del
buen tratamiento y libertad, y paz y buena conversacion, que Cortés
y los otros apóstoles á él semejantes prometian y prometieron, ó
fingieron prometer, esta isla Española y las otras islas, y cuatro y
cinco mil leguas de tierra firme, que hasta hoy han despoblado, asolado
y destruido, como todo el mundo sabe y clama, son lamentables testigos.
La verdad de toda esta violenta invasion y tirano acometimiento de
Cortés en aquella poblacion grande de Tabasco, que Gomara quiere
justificar, es que sin dilacion, cuanto él más presto pudo, visto que
los indios por señas y meneos les decian que se fuesen de su tierra,
y que no querian que en su pueblo entrasen, pues les habian dado la
comida que les pidieron, combatió el pueblo con sus tiros de pólvora,
que nunca los indios habian oido ni visto, y así, de miedo, cayeron en
tierra, creyendo que venia fuego del cielo, pero no por eso dejaron
de pelear con mucho ánimo, con aquellas sus flechas harto débiles;
entráronlos por fuerza, como al cabo estubiesen desnudos, y con las
espadas desbarrigaron inmensos. Salen del monte los españoles que
estaban en celada y dan por las espaldas en ellos, y todos juntos, los
españoles, fueron muy pocos los que huyeron, que no quedaron muertos de
los que se hallaron en defensa del pueblo. Muertos y huidos todos los
indios, andan los españoles á su placer á deshollinar y robar las casas
y lo que en ellas habia, halláronlas llenas de maíz é gallinas y otros
bastimentos; oro, ninguno, de lo que ellos no rescibieron mucho placer,
pero quedaron quietos señores del pueblo.



                             CAPÍTULO CXX.


De los indios que prendieron envió Cortés algunos para que fuesen á
decir al Cacique, señor dél, y á la otra gente, que fuesen amigos
y que no tuviesen miedo de allí adelante, que les harian mal, sino
buen tractamiento, y que el señor viniese á él porque le queria decir
muchas cosas de su provecho, y otros disparates y promesas frívolas
que les quisiera persuadir, é que á cualquiera prudente pudieran mover
á mayor odio é ira contra él y ellos, de quien tan grandes injurias é
injusticias y daños habian rescibido. ¡Mirad qué fianzas daban ó qué
seguridad y satisfaccion ofrecian, para que de los daños padecidos
fuesen recompensados y de los que les podian hacer pudiesen ser
seguros, habiéndoles así lastimado y atribulado tan sin culpa, y ofensa
que les hobiesen hecho ni cometido!; pero el señor y sus capitanes y
gente de guerra, ó por mejor decir guerrilla, como es toda guerra de
indios, trabajaron de apedillar toda la tierra y venir sobre ellos, y
no dejar, si pudiesen, hombre dellos á vida, pero para entretener á los
españoles hasta que se hobiesen allegado todos los que habian maherido,
envió el señor ciertos mensajeros á tratar de paz ó de treguas, y
rogándoles que se contentasen con el mal que les habian hecho, y que
no le quemasen el pueblo; respondió Cortés así lo haria, pero que les
trujesen comida. Vinieron otro dia con ella, disculpándose que no
traian más por estar la gente desparcida y huida; envió Cortés tres ó
cuatro cuadrillas de españoles por los montes á buscar bastimentos y
gente, y si pudiesen haber al señor ó Cacique. La una llegó á un pueblo
donde hallaron mucha gente de guerra, que debian estar esperando que
se allegase la demas para ir sobre ellos. Vistos los unos á los otros,
comenzaron á pelear, y los indios con tan gran esfuerzo y denuedo, que
hirieron, con sus armas y flechas, y lanzas de palos con las puntas
tostadas, y algunas con algunos huesos de pescado por casquillos,
muchos de los españoles, hasta que los encerraron en cierta casa, donde
los españoles se defendieron una buena pieza del dia, temiendo que no
les prendiesen fuego que los pudieran quemar vivos; y como la grita
que dan los indios cuando son muchos, que es cosa de grima, se sonase
por los montes, oyéronla los de las otras cuadrillas, ocurrieron al
sonido, y llegaron á tiempo, cuando ya los apretados tenian perdida la
esperanza de vida; llegados, descercáronlos, y juntos todos, dan muy
fieramente en los indios, pero los indios aunque vieron el socorro de
fresco venir sobre ellos, que serian por todos, los españoles, cerca de
200, no dejaron de pelear validísimamente aunque morian muchos dellos.
Estando los primeros españoles en la casa metidos, y en el estrecho que
está dicho, ciertos indios de la isla de Cuba, que con ellos habian
ido, fueron á hacer mandado á Cortés de lo que habian visto; Cortés,
oidas tales nuevas, tomó cierta gente de la que tenia, y llevó algunos
tiros de artillería, y partióse á mucha priesa, porque no era hombre
que se dormia. Cuando llegó venian todos los españoles retrayéndose, y
los indios dando como leones en ellos, de los cuales muchos herian con
las flechas, pero en llegando hizo soltar algunos tiros de pólvora, y
por temor dellos los indios se retrujeron; Cortés no curó de seguillos,
porque andaban los españoles muy cansados, y muchos dellos mal heridos.
Volviéronse todos al pueblo, no muy alegres; proveyó Cortés que los
españoles heridos se fuesen á los navíos, y mandó sacar los caballos y
la gente que pudo sacarse dellos y toda su artillería; caminó Cortés
con más de 400 españoles y 12 caballos y su artillería hácia donde
habian peleado el dia pasado, y toparon á infinitos indios, que,
como habian sentido la ventaja que habian llevado aquel dia, venian
muy ufanos en busca dellos. Era toda la tierra llena de acéquias y
arroyuelos, por ser toda de cacaguatales, que son heredades entre todas
aquellas provincias muy preciosas, que son las almendras de que usan
por bebida y por moneda, que han menester cada hora regarse. Fué á los
españoles gran impedimento para de los caballos ayudarse, y por ésto
los indios pudieron hacer mucho daño á los españoles, y no rescibillo
como entónces lo rescibieran, puesto que desque vieron los caballos y
caballeros fué grande su espanto, creyendo que hombre y caballo era
todo una cosa, y la lanza no ménos, pero no por eso dejaron de pelear
contra ellos aunque se vian morir á sus piés; y aunque no mataban á los
españoles por ser sus armas tan débiles, hirieron muchos y pusiéronlos
en tanto estrecho que pensaron perecer. Salieron en fin á ciertos
llanos, sin tantos arroyos y acéquias, donde los de caballo pudieron
hacelles daño, los cuales alancearon innumerables, y díjose que habian
muerto en esta entrada sobre 30.000 ánimas; y ésta fué la primera
predicacion del Evangelio que Cortés introdujo en la Nueva España. Y
por los merecimientos suyos y de su compaña, dice Gomara, su criado,
que les apareció Sant Pedro, ó Santiago, encima de un caballo que hizo
en los indios aquel gran estrago; y, lo que más digno es de confusion
inmortal y eterno escarnio, dice Gomara, que Cortés hizo soltar algunos
indios de los presos que fuesen á decir al señor de la tierra y á todos
los demas, que le pesaba del daño hecho en entrambas partes, por culpa
y dureza dellos, que de su inocencia y comedimiento Dios le era buen
testigo, mas, no obstante todo ésto, él los perdonaba de su error, si
venian luégo ó dentro de dos dias á dar justo descargo y satisfacion
de su malicia, y tratar con él de paz y amistad, y los otros misterios
que les queria declarar, apercibiéndolos que, si dentro de aquel plazo
no viniesen, de entrar por su tierra dentro, destruyéndola, quemándola,
talándola, y matando cuantos hombres topase, chicos y grandes, armados
y sin armas. Estas son sus formales palabras. Veis aquí conqué tiene
Cortés engañado á todo el mundo, y no sin culpa de muchos de los que
lean su falsa historia, no considerando que aquellos estaban quietos
en sus casas, sin ofensa nuestra ni de nadie, y que no eran moros ni
turcos que nos infestan y maltratan, no mirando más del sonido, que
mató y que venció, y, como ellos dicen, conquistó tantas naciones, y
robó para sí é envió tanto oro á España, y llegó á ser Marqués del
Valle; y desta culpa los lectores della no son inmunes, al ménos los
que son letrados. Los desventurados indios, viéndose así tan disipados
y apocados de tanto estrago, todos fueron de parecer que, porque
aquellos hombres eran tan fuertes, y traian tan terribles armas, y
sobre todo aquellos animales que tanto corrian y alcanzaban, y sobre
ellos tan mal los trataban y los acabarian de asolar, el señor acordó
de les enviar ciertos indios viejos, que debian ser principales, á
tratar de paz y seguridad. Dice Gomara, que vinieron á pedir perdon de
lo pasado, como si de grandes agravios que les hobieran hecho, porque
veais la insensibilidad de Gomara, ó por mejor decir, el escarnio
que de la justicia y de la verdad hace. Rescibiólos bien Cortés, y
dióles cosillas de rescates de Castilla, diciéndoles por señas, como
se podia declarar, que tornasen á hablar á su señor y lo induciesen á
que viniese á verse con él, y que no tuviese miedo que no rescibiria
mal alguno, y otras señas semejantes; y para más mostrarles seguridad,
soltó á todos los indios que habian preso en la batalla y hizo curar
los que de heridas estaban maltratados. Fué, á lo que se juzgaba, el
señor y muchos principales á ver á Cortés, con mucha compañía, y á los
españoles, con harto dolor de su corazon, mostrando mucha tristeza y
no ménos con temor no los burlasen; dije, á lo que se juzgaba fué el
señor, porque cuasi siempre los señores de los indios no se muestran
ni van á los españoles cuando no están primero muy seguros, sino que
envian un indio que tenga persona de autoridad, y fingen que aquel es
el señor. Trujeron un buen presente de muchas gallinas, de las grandes
de papada, y pan, y frutas, y cacao, y ciertas joyas de oro, que
pesarian más de 300 castellanos, y 15 ó 20 mujeres, para que guisasen
de comer y hiciesen pan de maíz, que es lo más trabajoso de hacer, y
que sin mujeres no se puede amasar sino mal y con gran dificultad, para
los aplacar, porque no los acabasen de destruir. Rescibiólos Cortés
con mucha alegría y abrazó al que se decia ser señor, mostrándole
haber mucho placer con su venida, y ofreciéndoles seguridad y amistad
desde adelante todo por señas; porque ninguna cosa se entendian.
Preguntáronle si de aquel oro habia mucho y si se cogia por aquella
tierra; respondieron que no se cogia por allí, sino en otras partes,
señalando con los meneos, que léjos. Dice aquí Gomara, que quebraron
los ídolos por la doctrina que Cortés les predicó, enseñándoles los
misterios que contenia y se celebraron en la cruz, y lo que en ella el
hijo de Dios padeció, y que por estas exhortaciones la adoraron, puesta
en un templo de sus dioses; añade Gomara, que dieron la obediencia
y vasallaje al rey de España, en manos de Hernando Cortés, y se
declararon por amigos de españoles, y que aquestos fueron los primeros
vasallos que el Emperador tuvo en la Nueva España. Todas éstas son
falsedades y cosas inventadas por Cortés, ó fingidas por Gomara, su
criado, para lisonjear y vender su tiranía por servicio grande al Rey
y engañar al mundo, como lo tienen muchos dias há engañado, porque ni
los indios los entendian, ni ellos á los indios, como ya queda probado,
y ya que los entendieran, en siete ú ocho dias que allí estuvieron,
¿cómo les podian dar á entender los misterios de la Fe, de la Santísima
Trinidad y de la Pasion del Hijo de Dios, que todo se contiene en el
misterio de la Cruz, para que los indios sus ídolos derrocasen? Porque
no son los indios tan fáciles de dejar sus ídolos, cuya religion,
reverencia, devocion y culto, tienen de tantos años atrás en los
corazones arraigado, por diez palabras que Cortés les dijese mascadas
y mal pronunciadas, mayormente, aborreciendo á él y á ellos como á
capitales enemigos de quien habian ayer rescibido tan irreparables
daños, y temiendo que del todo no los acabasen. Y de aquí se puede
inferir la otra falsedad que Gomara dice, que dieron la obediencia y
vasallaje al rey de España en manos de Cortés; falsísimo es y gran
maldad, y ésta es la justicia y título y derecho con que Cortés hizo
la primera guerra y celebró su apostólica entrada en la Nueva España:
y argumento y testimonio claro, de que luégo, en llegando á Tabasco,
Cortés y su compañía sancta, hicieron tales obras de que los indios se
resabiaron, es que pocos meses habia que allí rescibieron á Grijalva
y á los españoles, con tanta gracia, liberalidad y humano hospedaje,
que lo vistieron y cubrieron de oro desde los piés hasta la cabeza,
como queda en el cap. 109, asaz declarado. Y ésto debe bastar, para que
quien lo leyere no dude haber Cortés entrado en aquellos reinos como
muy señalado tirano, puesto que por el discurso desta Historia, quedará
esta verdad muy más y mejor averiguada.



                            CAPÍTULO CXXI.


Dejado Tabasco de la dicha manera lastimado, aunque por fuerza y por
miedo reconciliado, partióse Cortés con su armada la costa de la mar
adelante, hácia el Poniente ó parte occidental, y fué á parar á la
isla del Sacrificio, que puso nombre Grijalva, donde halló un abrigo
de puerto, no muy bueno, y tampoco muy malo, el que agora se llama
el puerto de la Vera Cruz, y la isleta Sant Juan de Ulúa; y porque
parecia mucha gente por toda la costa, y no tenga puerta, y ser brava
y peligrosa, hizo Cortés allí echar todas las anclas. Los indios,
como Grijalva los habia dejado de paz y contentos, por los rescates
y conmutaciones que con ellos tuvo, dándoles agujas, y alfileres, y
cascabeles, y cuentas por oro, luégo vinieron dos canoas llenas de
gente á ver qué querian ó qué gente era, Cortés los rescibió con gran
placer, y todos los españoles hicieron gran regocijo, y por señas,
porque ninguna cosa los unos de los otros entendian, mostráronles
oro, dándoles á entender que lo amaban, y que si lo trujesen que se
lo trocarian. Tornáronse á tierra, segun parecia, muy alegres, y otro
dia vinieron muchas canoas con gente y cargadas de bastimentos, pan y
gallinas, y frutas, en especial potajes guisados de aves y venados, y
otras cosas que los nuestros no cognoscian mas de hallallas sabrosas,
que sin escrúpulo ni temor las comian. Trujeron muchas piezas de
oro, moscadores y rodelas, y otras cosas muy ricas de pluma, que
rescataron por de las de Castilla, y por la comida les recompensaron
con cascabeles, cuentas de diversas colores, agujas, alfileres,
espejuelos, cuchillos y tijeras, con que se reputaban haber engañado á
los españoles y quedar muy ricos. Tornados muy alegres á sus pueblos,
daban nuevas de haber venido cierta gente como la pasada, de quien
por poco precio, como era el oro, les daban de aquellas cosas tan
ricas, y así acudia infinita gente, porque á cuatro y cinco leguas,
y diez, de la costa de la mar, habia grandes y muy grandes pueblos;
pero aún no habia llegado la nueva de las obras que dejaban hechas
en Tabasco los nuestros, porque si lo hobieran oido, de creer es
que más se recataran éstos dellos. Visto Cortés bullir tanta gente,
y las muestras del oro que traian prometer grandes riquezas, como
en la verdad las habia, entendió presto la felicidad, y grandeza, y
poblacion de la tierra; determinóse á no pasar de allí, sino sacar
todo su poder á tierra y penetrar lo que en ella habia. Desembarcó
toda el artillería, los caballos y armas, y todo cuanto habia en los
navíos, y en el mejor lugar que le pareció hizo allí cerca de la mar
su asiento, luégo los indios que llevó de la isla de Cuba, y los pocos
negros, hacen de palos, y varas, y hierbas, las chozas que para el Real
fueron menester. Tenia el Rey de la ciudad de Méjico, que Moteczuma
se llamaba, por aquella tierra guarniciones y gente de guerra, y un
Gobernador ó Capitan general sobre toda ella: éste vino con mucha
gente acompañado, y muchos principales entre ellos, todos los más
bien vestidos de ciertas mantas de algodon, pintadas de colores, unas
mejores que otras, segun la dignidad de las personas; trujo muchos
indios cargados de comida, pan y carne de venado, y pescado, y frutas.
Dió el capitan á Cortés muchas joyas de diversa hechura, de oro, con
maravillosas cosas hechas de pluma. Cortés le hizo grandes gracias
por señas y meneos, y le dió en reagradecimiento una camisa labrada y
muchas sartas de cuentas, como collares, bien hechas, y otras muchas
cosillas de Castilla de las dichas. Mandó aquel Gobernador venir luégo
de los pueblos cercanos muchas mujeres con su aderezo para hacer pan de
maíz, que son unas piedras, y dejó más de 1.000 hombres, que hicieron
allí cerca sus chozas, para servir á los españoles, y otros, más de
1.000, que los proveyesen de los pueblos comarcanos de bastimentos, y
así estuvo el Real de Cortés más y mejor bastecido que si fueran en sus
casas, que tenian en Cuba. Hizo Cortés hacer alarde y escaramuzar los
de á caballo y tirar los tiros, de que los indios quedaron asombrados y
como atónitos de vello. Luégo, muchos oficiales pintores, por mandado
de aquel Gobernador, pintaron á los españoles y á los caballos, y á
los tiros de pólvora y ballestas, y á las espadas y lanzas, y todas
las otras armas, y no ménos á los navíos, al propio, como si toda su
vida lo hobieran hecho, y contaron el número cuántos eran, sin que los
españoles lo sintiesen, y despachó el Gobernador sus postas de indios
corriendo á la ciudad de Méjico, que desde allí hay 70 leguas, á dar
relacion al rey Moteczuma de todo lo que habian visto; el cual, dentro
de veinticuatro horas, tuvo noticia de todo ello, y así la tenia de
todas la cosas que los españoles hicieron. Hallóse una india, que
despues se llamó Marina, y los indios la llamaban Malinche, de las
20 que presentaron á Cortés en la provincia de Tabasco, que sabia la
lengua mejicana, porque habia sido, segun dijo ella, hurtada de su
tierra de hácia Xalisco, de esa parte de Méjico que es al Poniente,
y vendida de mano en mano hasta Tabasco; ésta sabia ya la lengua de
Tabasco, y aunque aquella lengua era diversa de la de Yucatán, donde
Aguilar habia estado, todavía entendia algunos vocablos. Visto Cortés
que la india entendia los mejicanos, dióla á Aguilar, que comunicase
mucho con ella, tratando de hablar y aprender vocablos para que se
entendiesen y pudiese por medio della entender los secretos de la
tierra, y poder dar noticia á los indios de lo que deseaba. Con
esta india comenzó á hablar con el Gobernador de aquella provincia;
Cortés hablaba á Aguilar, y Aguilar decia á la india, segun él podia
declarar por algunos vocablos, puesto que con mucha falta, dello por
palabras, dello por señas y meneos, con que los indios mucho más que
otras generaciones se entienden y se dan á entender, por tener muy
vivos los sentidos exteriores y tambien los interiores, mayormente
que es admirable su imaginacion. Finalmente, bien ó mal, díjole: «Que
él y aquellos cristianos venian del otro mundo, muy léjos, dese cabo
de la mar y que lo enviaba un gran Rey, su señor, para ver aquellas
tierras y á buscar de aquel metal que relucia, y á dalles de sus cosas
de Castilla, que eran muy preciosas.» Y, á lo que yo creo, poco se
pudieron entender por entónces del señorío, que algunos dicen que
Cortés dijo y encareció al Gobernador, de los reyes de Castilla, ni
del que pudo el Gobernador engrandecer de su señor y rey Moteczuma,
sino aquello que por señas bien se podia entender, como era el ansia
que mostraban de haber oro. Algunas ficciones pone por aquí Gomara,
que parecen desvaríos, como decir «que le enviaba el Emperador, mayor
señor del mundo, para visitarlo de su parte y decirle algunas cosas en
secreto que traia por escrito, y que él y sus compañeros tenian mal
de corazon, y que el oro era la medicina para lo curar, que enviase á
decir al rey Moteczuma les enviase dello.» Todas estas son ficciones
que ellas mismas se manifiestan ser lo que son, y la verdad que
contienen, con lo demas cuanto se atraviesa decir en favor de Cortés,
y excusa de lo que obró, porque ni lo entendian ni podian entender,
sino cuando mucho dos palabras, _daca_ y _toma_, y lo más era por
señas, mostrándoles oro y las cosas de Castilla que les ofrecian por
ello dar, y bastaba la aficion que manifestaban tener al oro. Luégo
que Moteczuma vido las pinturas que le llevaron los mensajeros, y oido
lo que habian visto que le dijeron, quedaron admirados de los caballos
y tiros de pólvora, y las armas y lo demas, y temiendo que de gente
tan proveida y feroz no le podia suceder sino mal, cognoscido que su
venida era por oro, luégo á mucha priesa mandó sacar de sus riquezas y
tesoros (grandes cierto y nunca otros se cree ántes de éstos haberse
visto ni oido), un presente de cosas tan ricas y por tal artificio
hechas y labradas, que parecia ser sueño y no artificiadas por manos
de hombres. Estas fueron diversidad de camisetas, y unas telas de
algodon delicadísimas y de muchas colores, para vestiduras de las que
ellos usaban vestirse, entregeridas con plumas de aves muy delicadas
y de diversas colores; un casquete, creo que de madera, muy sotil,
cubierto de granos de oro por fundir; un capacete de planchas de oro y
campanillas colgadas, y por encima unas piedras como esmeraldas; muchas
rodelas hechas de ciertas varas delgadas muy blancas, entregeridas
con plumas y con unas patenas de oro, y de plata otras, y algunas
perlas menudas, como aljófar, que no se puede expresar por escrito su
artificio, ni su lindeza, riqueza y hermosura; ciertos penachos de
diversas plumas y colores, grandes, con los cabos de argentería, de
oro, colgando; amoscadores de plumas muy ricas, con mil lindezas de
oro y plata, y por maravilloso artificio hechos; brazaletes y otras
armaduras de oro y plata, que debian usar en sus guerras, de tal
manera, con sus plumas verdes y amarillas, entrepuestas y cueros de
venados muy adobados y colorados, que no se puede bien su hechura y
hermosura expresar; alpargates de cueros de venado muy adobado, cosidos
con hilo de oro, y por suelas una piedra blanca y azul, cosa preciosa,
muy delgada, sobre suela muy delicada de algodon; espejos hechos de
margasita, que es un metal hermosísimo como plata muy resplandeciente,
y éstos, grandes como un puño, redondos, como una pelota, engastonados
en oro, que dejado el valor del oro, sólo la hechura y hermosura suya
se pudiera vender muy cara, los cuales se pudieran á cualquier señor
y Rey grande por cosa digna presentar; muchas mantas y cortinas para
camas, delgadísimas, de algodon, que parecia ser más ricas que si
fueran de seda, y de diversas colores; muchas piezas de oro y plata;
un collar de oro, que tenia más de cien esmeraldas, y muchos más
rubíes, ó que lo parecian, colgaban muchas campanillas de oro; otro con
muchas esmeraldas y ciertas perlas ricas y la hechura admirable; otras
piececitas de oro, como ranas y animalicos, y joyas, como medallas,
chicas y grandes, que solas las manos, como dicen, ó el primor del
artificio dellas valian más que el oro y plata, y mucho más; muchos
granos de oro por fundir, como se saca de las minas, como garbanzos y
mayores. Sobre todo ésto, envióle dos ruedas, la una de oro, esculpida
en ella la figura del sol, con sus rayos y follajes, y ciertos animales
allí señalados, creo que pesaba mas de cien marcos; la otra era de
plata, con la figura de la luna, de la misma manera que el sol
labrada, de cincuenta y tantos marcos, ternia de gordor como un toston
de á 4 reales, macizas todas, muy poco ménos tenian en redondo que una
rueda de carreta cada una. Estas ruedas eran, cierto, cosas de ver,
yo las vide con todo lo demas, el año de 520, en Valladolid, el dia
que las vido el Emperador, porque entónces llegaron allí enviadas por
Cortés, como abajo, placiendo á Dios, se verá; quedaron todos los que
vieron aquestas cosas tan ricas y tan bien artificiadas y hermosísimas,
como de cosas nunca vistas y oidas, mayormente no habiéndose hasta
entónces visto en estas Indias, en gran manera como suspensos y
admirados. Dijeron los indios que aqueste presente y dones enviaba
Moteczuma á los que allí habian venido los dias pasados, que eran Juan
de Grijalva y su compañía, sino que cuando llegaron con ello á la mar
eran ya partidos. Valdria el oro y la plata que allí habia 20 ó 25.000
castellanos, pero la hermosura dellas y la hechura, mucho más valia
de otro tanto. Dióse priesa Moteczuma en enviar respuesta y aquellos
dones á los españoles; mandó á su Gobernador que les dijese que se
fuesen, creyendo que eran niños que fácilmente se contentaban, porque
se tornasen á su tierra y saliesen de la suya, y teníalo mal pensado,
porque cuanto más oro les enviara, como despues les envió siempre
diciéndoles que se fuesen, fuera como fué mayor cebo para que fueran,
como fueron, á sacárselo de las entrañas. Desta priesa de echarlos era
la causa porque tenia por cierto, segun sus profetas ó agoreros le
habian certificado, que su estado, y riquezas, y prosperidad habia de
perecer dentro de pocos años, por cierta gente que habia de venir en
sus dias, que de su felicidad lo derrocase, y por ésto vivia siempre
con temor, y en tristeza, y sobresaltado, y así lo significaba su
nombre, porque Moteczuma quiere decir, en aquella lengua, hombre triste
y enojado. Tambien significa hombre grave y de grande autoridad, y que
es temido, todo lo cual en él se hallaba.



                            CAPÍTULO CXXII.


Dado el presente de las cosas susodichas por el Gobernador, en nombre
del rey Moteczuma, su señor, con las más ofertas que pudo ofrecerles de
comida y bastimentos para su tornaviaje, díjoles por señas y palabras,
que lo podian entender, que se volviesen á su tierra en buena hora,
pues ya para tornarse no les faltaba nada, y en todo este tiempo nunca
les faltó abundancia de comida de venados, y pescado, pan, y frutas,
y maíz, y hierba para los caballos, y gente hombres y mujeres que
los sirviesen, tanto que ellos todos estaban admirados. Pero Cortés,
cuyos pensamientos, cudicia y ambicion iban más adelante, dióle á
entender que deseaba mucho ir á ver al rey Moteczuma, y hablalle, y
dióle ciertas cosas de vestir, como camisas bien labradas, y un sayo
de seda, y gorra, y calzas, y collares hechos de cuentas de diversas
colores, y otras cosas de las mejores que llevaba para que le enviase.
El Gobernador las rescibió, aunque no con mucho placer, porque todo
aquello era estiércol para quien tanta magestad y señorío tenia, y de
todas las riquezas que se podian en el mundo, por hombre que carecia de
cognoscimiento de Dios, desear, tanta abundancia. Envió aquella ropa
el Gobernador á Moteczuma no de muy buena gana, por las malas nuevas
que le enviaba, de que Cortés y su gente no querian tornarse sino
pasar adelante. A cabo de seis ó siete dias, tornaron los mensajeros
que habian llevado el sayo y lo demas, y vinieron cargados de muchas
mantas muy ricas, de algodon y de pluma, y algunas joyas de oro y de
plata, para que las diesen á Cortés, pues tanta ánsia tenia de aquellos
metales, mandando al Gobernador que con toda diligencia les dijese que
se fuesen de su tierra y que bastase el buen acogimiento que le habia
hecho, y provisiones que con tanta abundancia les habia mandado dar,
y que si no se fuesen que no les diese más y los dejase. Lo cual dijo
por palabras y señas el Gobernador á Cortés, á la clara, despues que el
presente le hobo dado, conviene saber: «Que decia su señor Moteczuma,
que si otra cosa queria más de las que le habia dado, que, teniéndola,
se la daria, pero que luégo se fuesen él y su compaña.» Cortés le dió
á entender, que todavía queria ir á verlo, el Gobernador respondió:
«Que no lo habia de hacer, porque su señor así lo mandaba.» Quedando
así desconcertados, el Gobernador se fué y dejó mandado que toda la
gente de indios, hombres y mujeres, que allí estaban sirviendo á ellos
y á sus caballos, y trayéndoles la comida con tanta suficiencia que
sobraba, en viniendo la noche se fuesen y ninguno quedase. Hiciéronlo
así, é á la mañana halláronse todos los muchos ranchos que allí
habian hecho los indios, donde se cogian en tanto que aquel servicio
y proveimiento duraba, despoblados. Visto ésto, Cortés comenzó á
proveer su quedada por otra arte; despachó un navío de los pequeños,
la costa abajo, para que buscase algun mejor puerto, porque parecia
estar en peligro allí los navíos sí viniese algun temporal, y tambien
algun buen asiento para donde poblasen; y porque temió por la huida
de los indios, que les proveian que quizá vernian sobre ellos algun
ejército de Moteczuma, haciéndoles guerra para de la tierra echallos,
mandó meter todos los bastimentos y cosas que no eran para pelear en
los navíos, porque con la priesa no se perdiese algo. Volvió el navío
sin hallar puerto más de un peñon que entraba en la mar algo, donde
podia haber para los navíos algun abrigo ó mamparo, que estaba de allí
hasta siete ú ocho leguas; mandó ir allá todos los navíos, y él con 400
hombres y los 15 caballos acordó ir á la tierra dentro, y descubrir
si habia gente de guerra, y los pueblos que por ella hallase, y, como
no se meneaba que no tuviese mil espías, sintiendo los pueblos que se
movia para entrar por la tierra, todos huyeron, dejando todas sus casas
desmamparadas, llevando á cuestas lo que podian y con priesa llevar.
Llegó á un pueblo que hallaron vacío de gente, pero harto lleno de
bastimentos y ropas de algodon, y cosas hechas de pluma, muy hermosas,
y algun oro y plata; las casas eran parte de piedra y parte de adobes,
y cubiertas de paja, pero muy buenos aposentos. Cortés mandó á todos
sus compañeros que ninguno tomase cosa de lo que allí habia, porque la
gente no se agraviase y escandalizase, y no los pusiesen en mayor odio
del que parecia que á tenerles comenzaban por no tornarse por donde
habian venido. Lo mismo hallaron en otros pueblos que en torno de cinco
ó seis leguas hallaron, conviene á saber, vacíos de gente y llenos
de comida y alhajas, y, sin tocar en ellos, se tornaron por la misma
causa; y porque luégo, á cabo de dos ó tres dias, y mayormente de diez
ó doce, que en ésto tardó Cortés despues de llegado, por toda la tierra
se supo su llegada, y áun de seis horas, porque los indios con tales
novedades, y en especial, ésta de dar aviso no se tardan, el Rey de la
ciudad de Cempoal, que de allí por siete ú ocho leguas distaba, envió
ciertas espías disimuladas, hasta 15 ó 16 hombres muy bien dispuestos,
para ver qué gente era y que viesen su manera y sus tractos, y quizá
si eran los dioses que muchos dias habia que sus profetas y adivinos
ó hechiceros les habian denunciado haber de venir de hácia donde el
sol sale. Díjose que Cortés barruntó, ó por ventura lo fingió, porque
segun su astucia bien lo podia fingir, aunque poco le podia excusar su
tiranía, que aquellos indios le dijeron que Moteczuma, rey de Méjico,
habia hecho tributario al Rey de aquella ciudad, Cempoal, de donde
aquellos habian venido, por violencia y tiranía, y que por aquella vía
tenia subjetos otros muchos señores y señoríos, y le tributaban. Y
dice Gomara cerca deste punto muchas vanidades y algunas falsedades,
para colorar las obras que por aquellas tierras hizo su amo Cortés,
como siempre hizo, como decir que con Marina ó Malinche les preguntó
por los señores que por aquella tierra habia, y otras muchas cosas que
por no experto intérprete y que apénas sabia hablar en vocablos de
aquella lengua comunes, como _daca pan_, _daca de comer_, y _toma ésto
por ello_, y todo lo demas por señas, no se sufria; y dice asimismo,
que Cortés se holgó de hallar en aquella tierra unos señores enemigos
de otros, para poder efectuar mejor su propósito y pensamientos. Que
fingiese aquesto, conviene á saber, que habia señores enemigos de
otros, ó que verdad fuese, pensamientos y deseos y fin de propio tirano
eran, porque fingia ó hallaba oportunidad en las discordias de aquellos
para mejor poder subjuzgar los unos y los otros tiránicamente, como lo
hizo. Ser tirano, y con mala consciencia desear y poner por obra lo
dicho, parece manifiestamente, porque todo tirano, como carezcan de
razon, de derecho y de justicia, segun el Filósofo en el libro V de la
Política, cap. 11, huélganse de las discordias, si las tienen los que
quieren tiranizar, y si no las tienen procuran que las tengan, porque
estén divididos, y así más fácilmente subjuzguen los unos y los otros;
saben que si todos fuesen juntos y conformes, con más dificultad, y á
las veces nunca, podrian subjetar ni tiranizar á ningunos, y si por
algun tiempo pudiesen prevalescer no duraria tanto su tiránico señorío.
Por aquesta misma vía Pompeyo, aquel Capitan romano, siendo enviado por
el pueblo romano contra Tigrano, rey de Armenia, Oscauro, gobernador
de Siria, como entendiese que habia bandos y disensiones entre dos
parcialidades, cuyas cabezas eran Aristobulo y Hircano, hermanos,
pretendiendo cada uno sólo reinar en Hierusalem, cognosció ser tiempo
aparejado para invadir la ciudad, y por fuerza de armas entralla y
tiránicamente subjetalla y hacella tributaria del Imperio romano, y
así lo hizo, y desde entónces, y por aquella vía injusta y tiránica,
Judea y sus habitadores, los judios, perdieron su libertad: _Pompejus
missus á Romanis, contra Tygratem regem Armeniæ et Iscaurum miserunt
præsidem Syriæ; qui, cum audisset dissenssiones fratrum in Judea, ratus
tempus esse quo de facili Judæam poneret sub tributo, in manu valida
fines intravit Judeæ_. Así lo testifican Josepho, en el libro de las
Antigüedades judáicas, Paulo Orosio, libro VI, cap. 6.º _De Ormesta
mundi_, y Pedro Comestor en la Historia Escolástica, en el libro II,
de los Machabeos, cap. 7.º, y otros historiadores. Desta manera y por
esta causa, Cortés se holgó mucho de que hobiese bandos y disensiones
entre los señores de aquella tierra, para tener color de engañar al
mundo, diciendo que ayudaba á los unos contra los otros, como si
hobiera oido á las partes, siendo juez competente, y determinara quién
tenia la justicia en juicio contradictorio, y no pecara mortalmente
ayudando á cualquiera de las partes, sin saber primero si tenia
justicia la parte á quien ayudaba, porque claro está que podian y
pudieron mentir los indios de Cempoal, diciendo que Moteczuma los
tenia por fuerza de armas, subjuzgados y hechos tributarios, y que
justamente pudo tenellos por súbditos y vasallos; luégo ayudando á la
una parte, poníase en peligro de dañificar contra justicia á la otra
parte; luégo duda ninguna hay en que pecase mortalmente Cortés y los
suyos, y fuesen obligados á restitucion de todos los daños que rescibia
la parte agraviada, y si acaso ayudaba á la que tenia justicia, no
por eso al ménos evitaba el pecado. Todo ésto cometió el Cortés y los
que le acompañaron en la provincia de Tlascala, como aparecerá cuando
della hablaremos, pero, en la verdad, destos escrupulos Cortés poco
curaba, con que hallase caminos y ayudas y colores para conseguir lo
que por fin buscaba, que era subjuzgar y tiranizar y robar unos y
otros, chicos y grandes, justos é injustos, si algunos habia injustos
poseedores, de lo cual él no era juez ni podia _de jure_ ni _de facto_
determinallo, ántes era obligado á presumir que cada uno de aquellos
señores era justo dueño y señor de la posesion en que los hallaba,
pues el derecho y la razon lo presume; y aunque alguno se quejase del
otro, no por eso luégo le habia de creer que tuviese de su querella
justa causa. Aun si Cortés hiciera con los de Cempoal, si con verdad
fueran del rey Moteczuma contra justicia subjuzgados y opresos, y
ésto le constara por legítima probanza de que no debiera dudar, lo
que Tito Quincio, Capitan del pueblo romano, con los de Corinthio y
otros pueblos y ciudades de Grecia, que teniéndolas Philipo, rey
de Macedonia, fatigadas y opresas, vencido por Tito, Philipo y sus
macedones, creyendo aquellos pueblos de Grecia que habian de vivir en
servidumbre de los romanos, mandó Tito apregonar, estando gran multitud
de gente presente, que el pueblo romano, y Tito en su nombre, otorgaba
libertad, como de ántes la tenian, á lo Corinthios, Locros, Phocenses,
Euboicos, Acheos, Phthiotas, Magnesios, Thesalos y Perthrebos, el cual
pregon oido y entendido, va la multitud corriendo á besar las manos y
dar gracias á Tito, clamando y diciendo, «Tito es hoy el salvador y
defensor de Grecia»; y fué tan grande el estruendo de placer, y voz
tan sonorosa de la multitud y fuerte el alharido, que como si fuera
saeta rompió el aire, y los cuervos que volaban por él cayeron sobre
ellos y en tierra faltándoles sobre que estribar. Desta manera lo
cuenta Plutarco en la vida del mismo Tito; y si así lo hiciera Cortés
con los cempoalenses, y si fuera verdad estar injustamente á Moteczuma
subjetos, perdida su libertad, pudiéransele deber con razon las gracias
y nombre de salvador y defensor dellos, pero hízolo por el contrario,
privando á los de Cempoal y tambien al gran Rey y señor dellos y de
otros muchos, Moteczuma, de todos sus señoríos, de todo su honor, de
las vidas, y no sólo de su libertad, como dello se gloría y escribe
Gomara, su criado y su historiador y todo el mundo sabe: y que de aquí
se siga debérsele nombre de puro tirano y usurpador de reinos ajenos,
y matador y destruidor de innumerables naciones, júzguelo cualquiera
hombre prudente, mayormente si es cristiano, y esta historia con verdad
lo irá más declarando. Llegó finalmente Cortés con su gente cerca de
la ciudad de Cempoal, muy grande, de más de 20 ó 30.000 vecinos, toda
de grandes edificios de cal y canto, y en cada casa su huerta, con su
agua de pié, que toda ella era un vergel y un Paraíso terrenal. Envió
tres ó cuatro de á caballo, á boca de noche que viesen la ciudad, y
porque los suelos de los patios hacen los indios de argamasa teñidos
con almagra y broñidos, que parecen como una taza de plata, y con los
rayos de las estrellas lucian y relumbraban, creyeron que los suelos
estaban cubiertos de chapas de oro ó de plata, y vuelven corriendo á
Cortés, afirmando que toda la ciudad era oro y plata. Entran en ella;
sale el mundo de gente á rescibillos, y ciertos señores ó personas
principales, que metieron al Cortés y cristianos por la ciudad, hasta
llegar á los palacios reales, á donde salió el Rey muy acompañado
de viejos, personas de autoridad, y habláronse el uno al otro sin
entenderse palabra; mandólos aposentar en unos aposentos muy grandes,
donde todos cupieron, y fueron bastecidos y servidos de muchas gentes
que dello tenian cargo, como si cada uno fuera su padre. Estuvieron
allí quince dias, muy á su descanso, dentro de los cuales dice Gomara
que se quejó á Cortés del rey Moteczuma que lo tenia tiranizado, pero
como está dicho, todo se ha de tener por artificio de Cortés y gran
maldad, y que el mismo Cortés los debia de alborotar y meter cizañas, y
decir que no acudiesen con los tributos á Moteczuma, y ellos, por miedo
de los tiros de pólvora y de los caballos, no osaban hacer cosa en
contrario, habiendo entendido los estragos que habian hecho en Tabasco.
¿Y con qué consciencia pudo Cortés persuadir y áun mandar que los
tributos á Moteczuma no se pagasen? ¿habia examinado la causa, y era
juez competente para lo averiguar y sentenciar? ¡pero como á ésto sólo
fué el triste obligado!



                           CAPÍTULO CXXIII.


Conociendo, pues, Cortés la grandeza, y riqueza, y señorío que lo que
hasta entónces habia visto de aquella tierra le prometia, y como todo
en lo que ponia la mano se le hacia segun su deseo, acordó de asegurar
el estado usurpado, en que tan infielmente contra su señor, Diego
Velazquez, se habia puesto, y proseguir sus intentos comenzados por
aquel camino que más seguro estimaba, segun via serle posible. Antes
que se alzase con él armada y saliese de la isla de Cuba, tenia ganados
algunos amigos, despues de salido, en los puertos y lugares donde
surgia con la flota, hasta llegado aquí donde le tenemos referido, fué
ganando de secreto muchos más cada dia, y con los de quien más se fiaba
trató un muy desvergonzado artificio, aunque su ambicion y cudicia
no le dejó ver cuán claramente y no por ambajes su maldad descubria;
ésto fué, que negoció con aquellos que persuadiesen á los demas que
lo eligiesen todos por Gobernador de aquella, renunciando él primero
en sus manos dellos el cargo de Capitan que traia, para que del todo
se desobligasen de acudir á Diego Velazquez ni rescibir mandato ni
cosa suya, lo cual forjó por esta vía: que él, como Capitan general,
nombraria Cabildo de una villa que allí poblasen, alcaldes y regidores
y otros oficiales que para regimiento della nombrar conviniese; despues
de señalados los alcaldes y Cabildo, como en personas ya públicas, y
que estaban por el Rey, él renunciaria la Capitanía, y ellos, todos
de comun consentimiento, por Gobernador lo eligiesen en nombre del
rey de Castilla, etc. Hízose así, como lo tuviese bien mañeado y
estuviese seguro que lo habian de elegir. Nombró por alcaldes á un
Alonso Puerto Carrero, de su misma tierra, que era Medellin, é á un
Francisco de Montejo, natural de Salamanca, ambos de un jaez con
él y no de mucho peso; constituyó regidores, escribano y los demas
oficios. ¡Mirad qué jurisdiccion tenia, viniendo alzado con el armada
y contra voluntad de cúya era, y que se la queria quitar sino se
alzara con ella, y qué jurisdiccion pudo dar á los alcaldes y los
alcaldes tener, y qué autoridad al escribano para que diese fe, y qué
valor y entidad pudieron tener todos los actos y obras que hacen los
verdaderos tiranos! Así que, constituidos todos los oficiales como
dicho es, y puesto nombre á la villa, que fué la Villa Rica de la Vera
Cruz, hace luégo delante los alcaldes y ante el escribano dejacion
del oficio de Capitan, diciendo: que por cuanto él habia venido con
poder de Diego Velazquez, teniente del Almirante en la isla de Cuba y
de los frailes Hierónimos que en esta isla Española gobernaban, para
descubrir por aquella costa y en busca de Juan de Grijalva, y que de
los dichos ninguno en aquella tierra tenia jurisdiccion, renunciaba
aquel oficio en sus manos como en manos y ante la justicia Real, y
pidiólo por testimonio. Rescibieron su renunciacion los alcaldes y
diósele por testimonio, como lo pidió, y luégo entran en su Cabildo y
tractan de nombrallo y elegillo por Capitan general, Alcalde mayor y
Gobernador en nombre del Rey, hasta tanto que el Rey proveyese otra
cosa. Determinado, como ya de dias lo habian platicado y definido con
él, de lo nombrar y elegir para los oficios dichos, llámanlo al Cabildo
y hacen una plática larga que contenia lo mucho que iba á Dios y al Rey
en que hobiese una persona superior que gobernase con todos aquellos
hidalgos, así en la paz como en la guerra, y que entre todos les habia
parecido que él lo haria mejor; por tanto, que le rogaban, y áun le
mandaban, que aceptase los oficios de Justicia mayor y Capitan general
para la conquista que en aquellas tierras esperaban de hacer, para
lo cual le daban toda jurisdiccion y autoridad en nombre del rey de
Castilla. Porque se vea qué y cuánta fué la autoridad y jurisdiccion
que Cortés tuvo, para todo lo que en aquella tierra ejercitó. Él lo
aceptó de buena voluntad, y se ofreció á servirlos á todos, y no tuvo
vergüenza Gomara, su criado é historiador, de decir en su Historia que
á pocos ruegos lo aceptó, porque no deseaba otra cosa por entónces.
Estas son sus palabras. Pudiera tambien decir que no habia procurado y
mañeado más otra cosa hasta entónces. De esta eleccion tan maliciosa
y absurda blasfemaron mucho muchos de los que allí estaban, en
especial Diego de Ordas, que habia sido mayordomo de Diego Velazquez,
y Francisco de Morla, su camarero, y otros principales, y todo género
de personas, y un Juan Escudero, y otros criados y amigos suyos,
afirmando ser traicion la que contra Diego Velazquez se cometia, y
horrenda maldad y fealdad detestable. Cortés acudió luégo y prendió á
los dichos y á otros muchos, y hízolos llevar al navío más principal, y
allí aherrojallos y tenellos á buen recaudo. Despues de algunos dias,
por ruegos de amigos que aquellos tenian, hobo Cortés de soltallos;
pero algunos dellos, perseverando en el cognoscimiento de la maldad que
se hacia contra Diego Velazquez, y contra la virtud y la justicia, en
aqueste artículo acordaron de hurtar uno de los bergantines y huirse
para la isla de Cuba, y avisar de todo lo que habia pasado y pasaba á
Diego Velazquez; no faltó algun falsario que lo descubriese. Sabido por
Cortés, hizo prender á muchos, y á unos ahorcó, y á otros azotó, y á
otros afrentó, y el Juan Escudero fué uno de los ahorcados; á muchos
escarmentó que no osaron boquear ni menearse por miedo del tirano.
Bien creo que parece claro ser aquestas obras, con las de hasta aquí,
propias de averiguado tirano. Los demas, que eran hombres de calidad,
y parecian hombres de bien, disimularon y al cabo se hicieron con él,
no sé si de infidelidad y descognoscimiento de lo que eran obligados á
hacer para con Diego Velazquez, pudieron ser excusados; y creo que no
segun lo que sucedió despues. Y porque, como astutísimo, Cortés ninguna
cosa dejaba de pensar y de hacer que le pareciese convenirle para se
sustentar en el estado que con sus mañas y astucias usurpó, porque
no le iba ménos que ser ahorcado por Diego Velazquez y por mandado
del Rey desque supiese la verdad, ó muerto por los indios, y ésto en
breve se le podia rodear huyéndose de su tiranía en los navíos alguna
gente de los que no fueron, mas resistieron, en su eleccion, proveyó
de que todos los navíos se echasen á fondo, no dejando más de uno en
que fuesen los procuradores que á Castilla envió; urdiólo desta manera
para que no le resistiesen, porque si se supiera ninguna duda hobiera
que la gente, amigos y enemigos, no se lo consistieran hacer. Llamó en
secreto á los maestres de los navíos, de quien tuvo más confianza, y
á los contramaestres ó marineros, si de los maestres no se fiaba, y,
ofreciéndoles promesas y dádivas que los haria bienaventurados, rogóles
muy encarecidamente que barrenasen los navíos por tantas y por tales
partes, que por ninguna vía tuviesen sin hundirse remedio, y despues
de hecho viniesen á él, cuando estuviese mucha gente con él junta, y
le denunciasen como no podian vencer el agua de los navíos que no se
fuesen á fondo. Hízose como lo mandó, y mostró cuando se lo dijeron
mucho sentimiento Cortés, porque sabia bien hacer fingimientos cuando
le era provechoso, y respondióles que mirasen bien en ello, y que sino
estaban para navegar, que diesen gracias á Dios por ello, y, pues
no se podia hacer más, mandó que sacasen todo lo que de provecho en
ellos hobiese, y lo demas que lo comiese la mar; al cabo lo hobieron
de sentir la gente, y aína se le amotinaron muchos, y éste fué uno
de los peligros que pasaron por Cortés de muchos que para matallo de
los mismos españoles tuvo, pero súpolos aplacar consolándolos con
la esperanza que de hacellos ricos y bienaventurados les propuso.
Proveyó luégo enviar á Castilla procuradores, que fueron, á los dichos
Alonso Puerto Carrero, de Medellin, tierra de Cortés, y á Francisco de
Montejo, natural de Salamanca, como dije, los cuales llevasen aquel
presente arriba dicho, y diesen noticia al Rey de aquella tierra,
gentes y riquezas della, en la cual, por su servicio, habian trabajado
y esperaban trabajar muy mucho y subjetalle aquel gran Rey y señor muy
rico della, de que tenian noticia estar la tierra adentro, suplicándole
que confirmase por gobernador á Cortés, al cual, ellos en su real
nombre, habian elegido por ser persona de mucho esfuerzo y valor, y
que habia gastado en aquella armada toda su hacienda, y quejándose de
Diego Velazquez y aniquilándole cuanto pudieron, negando ó callando
haber él hecho la dicha armada, fingiendo mil cautelas y afirmando
muchas otras falsedades y mentiras, y áun dando á entender, que si otro
alguno enviase á gobernallos no lo rescibirian; grande aunque confitada
desvergüenza. Esta carta no vido el Emperador, porque, si la viera, no
les sucederia ni á Cortés ni á sus consortes el negocio tan favorable
como abajo se parecerá. Partiéronse en aquella nao que de los barrenos
se escapó, del puerto del Peñon, que llamaron la Villa Rica, por el
mes de Julio, el año de 1519; llegaron á Sevilla, creo, por Octubre,
y como allí estuviese el clérigo Benito Martin de vuelta para Cuba,
hecho Abad de aquella tierra, como se dijo arriba, entendió luégo que
Cortés se habia alzado á Diego Velazquez, por lo cual los oficiales de
la Contratacion de Sevilla tomáronles todo el oro que traian, sin lo
del presente, que era 3.000 castellanos para su gasto, y otros 3.000
que Cortés enviaba para su padre. Los oficiales de la dicha casa de
la Contratacion enviaron el presente á Valladolid, para que allí lo
viese el Rey que venia camino de Barcelona para se ir á la Coruña,
ya electo Emperador, á embarcar para Flandes. Avisó luégo el clérigo
Benito Martin y los oficiales de Sevilla al obispo de Búrgos D. Juan de
Fonseca, que estaba en la Coruña haciendo el armada para en que el Rey
pasase, el cual escribió luégo una carta al Rey á Barcelona, agraviando
el alzamiento de Cortés contra Diego Velazquez, y diciendo que debia
de ahorcar á los procuradores, y que era traidor Cortés y otras cosas
semejantes; los dichos procuradores y el piloto Alaminos que habia sido
piloto en todos los dichos tres descubrimientos de Francisco Hernandez,
Grijalva y Cortés, fueron á Medellin y tomaron á Martin Cortés, padre
de Cortés, y todos con harta pobreza, porque los oficiales no les
dieron sino pocos dineros para su gasto, fuéronse hácia Barcelona, y,
sabiendo en el camino que el Rey era partido, viniéronse con la corte
hasta llegar á la Coruña, y en este camino los cognoscí yo.


                         FIN DEL TOMO CUARTO.



                                ÍNDICE.


                                                               Páginas.


  ADVERTENCIA PRELIMINAR                                              V

  LIBRO TERCERO.--Capítulo XXV                                        1

  Cap. XXVI                                                           5

  Cap. XXVII                                                         10

  Cap. XXVIII                                                        15

  Cap. XXIX                                                          19

  Cap. XXX                                                           26

  Cap. XXXI                                                          30

  Cap. XXXII                                                         36

  Cap. XXXIII                                                        40

  Cap. XXXIV                                                         45

  Cap. XXXV                                                          49

  Cap. XXXVI                                                         54

  Cap. XXXVII.--En el cual se contiene cómo se hobo el repartidor
    Alburquerque en el repartimiento que hizo.--Como se dijo que
    habia vendido los repartimientos.--Los clamores y quejas que
    dieron dél.--Cómo rezaba la Cédula de la encomienda, y lo que
    proveyó el Rey sobre las quejas que dél á Castilla fueron.       57

  Cap. XXXVIII                                                       63

  Cap. XXXIX                                                         66

  Cap. XL                                                            72

  Cap. XLI                                                           76

  Cap. XLII                                                          80

  Cap. XLIII                                                         84

  Cap. XLIV                                                          89

  Cap. XLV                                                           95

  Cap. XLVI                                                         100

  Cap. XLVII                                                        104

  Cap. XLVIII                                                       109

  Cap. XLIX                                                         114

  Cap. L                                                            119

  Cap. LI                                                           125

  Cap. LII                                                          131

  Cap. LIII                                                         135

  Cap. LIV.--En el cual se contiene la Instruccion que el Rey
    mandó dar á Pedrárias, cómo se habia de haber con los indios,
    atrayéndolos por bien á la fe, y no consintiendo que se les
    hiciese mal alguno.                                             139

  Cap. LV                                                           143

  Cap. LVI                                                          148

  Cap. LVII                                                         154

  Cap. LVIII                                                        158

  Cap. LIX                                                          164

  Cap. LX                                                           169

  Cap. LXI                                                          172

  Cap. LXII                                                         175

  Cap. LXIII                                                        180

  Cap. LXIV                                                         185

  Cap. LXV                                                          188

  Cap. LXVI                                                         192

  Cap. LXVII                                                        198

  Cap. LXVIII                                                       203

  Cap. LXIX                                                         207

  Cap. LXX                                                          211

  Cap. LXXI                                                         216

  Cap. LXXII                                                        220

  Cap. LXXIII                                                       226

  Cap. LXXIV                                                        230

  Cap. LXXV                                                         235

  Cap. LXXVI                                                        240

  Cap. LXXVII                                                       245

  Cap. LXXVIII                                                      249

  Cap. LXXIX                                                        253

  Cap. LXXX                                                         258

  Cap. LXXXI                                                        262

  Cap. LXXXII                                                       268

  Cap. LXXXIII                                                      272

  Cap. LXXXIV                                                       277

  Cap. LXXXV                                                        281

  Cap. LXXXVI                                                       285

  Cap. LXXXVII                                                      291

  Cap. LXXXVIII.--En el cual se contiene la Instruccion que
    llevaron los frailes Hierónimos, cerca de lo que habian de
    hacer para poner en libertad los indios, y primero se puso
    cierto preámbulo.                                               296

  Cap. LXXXIX                                                       309

  Cap. XC                                                           316

  Cap. XCI                                                          321

  Cap. XCII                                                         326

  Cap. XCIII                                                        332

  Cap. XCIV                                                         336

  Cap. XCV                                                          343

  Cap. XCVI                                                         348

  Cap. XCVII                                                        354

  Cap. XCVIII                                                       358

  Cap. XCIX                                                         364

  Cap. C                                                            368

  Cap. CI                                                           374

  Cap. CII                                                          379

  Cap. CIII                                                         385

  Cap. CIV                                                          391

  Cap. CV                                                           398

  Cap. CVI                                                          405

  Cap. CVII                                                         411

  Cap. CVIII                                                        415

  Cap. CIX                                                          421

  Cap. CX                                                           425

  Cap. CXI                                                          428

  Cap. CXII                                                         433

  Cap. CXIII                                                        439

  Cap. CXIV                                                         445

  Cap. CXV                                                          450

  Cap. CXVI                                                         455

  Cap. CXVII                                                        460

  Cap. CXVIII                                                       465

  Cap. CXIX                                                         470

  Cap. CXX                                                          475

  Cap. CXXI                                                         481

  Cap. CXXII                                                        487

  Cap. CXXIII                                                       494





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