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Title: De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)
Author: Benavente, Jacinto
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)" ***

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Libraries)



  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.



                             De sobremesa

                               CRÓNICAS

                             Tercera Serie



                           Jacinto Benavente


                             De sobremesa


                               CRÓNICAS


                             TERCERA SERIE


                                MADRID
                       PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
                         SUCESORES DE HERNANDO
                    Arenal, 11 y Quintana, 31 y 33
                                 1912



                  ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS

         Artes Gráficas MATEU.--Paseo del Prado, 30.--Madrid.



[Ilustración]



De sobremesa



I


Si la propaganda cunde, pueden regocijarse los padres, los maridos y
todos los paganos de lujos femeninos, cualquiera que sea su grado de
aproximación masculina. Las damas de los Estados Unidos patrocinan,
protegen y alientan una huelga de modistas. Tendría que ver, ¡ya
lo creo!, que un exceso de civilización volviera á las refinadas
norteamericanas al primitivo atavío de la hoja de parra, y que, por
evitar la desnudez de las obreras, llegasen sus distinguidas clientes
á la suya propia. No podía perdirse mayor altruísmo. Pero si contra
toda moda, con procurar siempre el mejor parecer de la mayoría, hay
siempre resistencias y rebeldías por parte de las no agraciadas con
ella, ¡figúrense ustedes si vestidura tan difícil para las feas y las
mal formadas, como el natural físico, no ha de encontrar protestas!

De temer es que la huelga, alentada en público por las damas, sea
contrarrestada en privado por ellas mismas, como aquella famosa huelga
de _Lysistrata_, tan graciosamente dramatizada por Aristófanes. Es
también un peligro que esta huelga modistil traiga otras muchas
huelgas de mayor transcendencia. Huelga de señoras: porque ¿en qué
han de ocuparse muchas de ellas si no se ocupan en andar de modista
en modista y de tienda en tienda, eligiendo, revolviendo y comprando
trapos y moños? Huelga de maridos y de amantes: porque ¿parecerán lo
mismo muchas mujeres sin los encantos artificiales de la _toilette_?
Huelga de autores dramáticos: porque si las actrices dan en vestir con
sencillez, ¿qué defensa tendrán muchas comedias? Sabido es que cuando
en el teatro se llega á la desnudez, sobra toda literatura, con un
poco de baile basta. Cuando hay mucho que ver, el oído no está para
nada y el entendimiento mucho menos. Huelga general, en fin, con cierre
y quiebra de balnearios, hoteles, playas á la moda, teatros, iglesias,
etc., etc.: porque si las señoras no podían lucir trajes en todos estos
sitios, sostenidos por ellas, ¿para qué habían de asistir á ninguno de
ellos?

Véase cómo una sencilla huelga de modistas, que en su origen puede
parecer cosa de broma, podría ser el principio de una revolución social.

       *       *       *       *       *

El comienzo de año nos llena siempre de melancolía. ¿Un año más? ¿Un
año menos? Depende del estado de ánimo. De cualquier modo, es otro año;
y lo que nos entristece es que, con ser otro, será lo mismo. Los días
nacen unos de otros, y el nuevo día no amanece nunca. Los que no se
resignan á vivir sin esperanza la ponen más allá del sol, más allá de
la vida. Su año nuevo, no es vida nueva; es otra vida.

¡No pensemos en qué nos traerás, año nuevo; ya nos contentaremos con
que no te lleves algo!

El año pasado nos trajo algunas glorias, ¡bien pagadas con muchas
inquietudes y tristezas! Se despidió con inundaciones, lo mismo que el
partido conservador. Bien puede ser generosidad, para que luzca más el
sol del año nuevo. Hay calamidades fertilizadoras.

       *       *       *       *       *

Los autores noveles protestan contra la precipitación, reserva y
sorpresa con que se ha declarado cerrado el concurso de sainetes
para el teatro Español. Prueba de ello es el escaso número de obras
presentadas, cuando en cualquier otro concurso, anunciado con la
necesaria publicidad, se cuentan por millares. ¡Díganmelo á mí, que
llegué á leerme, en algunos de ellos, «noventa y cuatro comedias»!

Lo mejor que puede hacerse es ampliar el plazo y no dar ocasión, de
ningún modo, á que nadie pueda sospechar que hubo mala fe en lo que
sólo pudo haber ligereza. Considérese que estos concursos, con todas
sus deficiencias, son la esperanza de muchos autores inéditos y la
mayor probabilidad de verse atendidos y juzgados imparcialmente. Si
la atención y la justicia de los que han de juzgar se bambolean ó se
tuercen en ocasiones, culpa es de los propios concursantes, que suelen
mover una de recomendaciones, influencias y hasta intriguillas á las
que sólo con gran energía, y á riesgo de enemistarse con muchos, puede
uno sustraerse. Esto de la recomendación para todo es achaque muy
nacional. El donoso escritor que en peligro de muerte, al ir uno de sus
allegados á pedir los últimos Sacramentos, le recomendaba: «Di que son
para mí; que los traigan buenos», satirizaba esta arraigada costumbre
española de creer que la recomendación alcanza para todo, hasta en lo
divino. ¿No es este el país en que más se reza y se pide á una multitud
de vírgenes, santos, abogados y abogadas celestiales, que á Dios, uno
y trino; en que se cree necesario pedir por favor lo que es más de
justicia; en que hasta para comprar en una tienda, por su dinero, se
cree uno en el caso de decir: «Vengo aquí recomendado por don Fulano,
que le compra á usted mucho»; en que hasta para morirse le confortan
á uno con lo que se llama «recomendación del alma»?... Y no digamos,
después de muertos, la de recomendaciones que son precisas para que le
entierren á uno en buen sitio y lo más arreglado posible.

Por todo esto, yo me permito recomendar que se atienda la justa queja
de los autores. En cambio, me comprometo á no recomendar á ninguno en
particular.



II


Parece ser que ahora va de veras: Madrid será agrandado y...
¿embellecido? Como en las casas cursis, tendremos sala y gabinete
decentemente amueblados, y lo demás ¿qué importa? Lo demás es para
vivir. Gran tocado y chico recado. Si la nueva Gran Vía y cuanto se
mejore y ensanche ha de verse tan mal barrido, tan mal pavimentado, tan
puerco como lo que ahora tenemos, más valiera dejarlo todo como está.
¿Pasan ustedes alguna vez por la calle del Barquillo? ¿Y por la de...?
¿Para qué enumerar? ¿Andan ustedes por esas calles? En las aceras no
hay losa en su sitio; el arroyo lo es de polvo y papeles y todo género
de suciedades; ir en coche es ir botando como pelota; ir á pie es ir
votando como ciudadano. El sistema de barrer las calles es para optar á
un premio en cualquier Exposición de higiene. ¡Y qué admirable orden
en la circulación! Carromatos con siete mulas de reata interceptan el
tránsito á cada paso. ¡Pobres traficantes, no es cosa de molestarles
con ordenanzas que fijen horas á propósito para sus acarreos! La
molestia libre en el Estado libre.

Bien está que aplaudamos todas las grandes iniciativas del alcalde y
del Municipio, pero entretanto tuvieran algunas pequeñas iniciativas...
Verdad es que la mayor parte de la gente vive tan á gusto. Las malas
casas les han acostumbrado á las malas calles. ¡Digo! Si las calles
fueran agradables... Como son, hay quien se pasa la vida trotando por
ellas, sólo por no estar en su casa.

       *       *       *       *       *

No puede creerse en la indignación de Rostand al ver destripado su
gallo por las indiscreciones del _Secolo_, cuando, por indiscreciones
parciales, muchos sabíamos ya el argumento y aun los chistes y
cantables que tiene la obra. Aparte de esto, poco tiene que perder una
obra que todo lo ha perdido con la publicación de su asunto. ¡Pobre de
nuestro _Don Juan Tenorio_ entonces! ¿Quién iría á verlo, si la novedad
de su trama fuera su único atractivo? En el mismo París, tan novelero
en apariencia, sostienen mejor su cartel muchas obras clásicas de
Corneille, Racine y Molière, que algunas flamantes comedias, más viejas
al nacer que las otras antiguas. _Chantecler_ ha logrado ya categoría
de obra clásica, en que el asunto es lo de menos. Muchos que ahora
asistirán al estreno, tal vez como críticos, no habían nacido cuando
empezó á hablarse de _Chantecler_.

De las actrices y actores que estrenaron anteriores obras de Rostand,
sólo por Sarah inmortal, no han pasado los años. ¡Hagan las Musas que
tan esperada obra interese por tanto tiempo á la posteridad, como á
la anterioridad ha interesado! Después de todo, la gloria anticipada
es la más segura, y la cera que va delante es la que alumbra. Y en
este particular de la luz, parece ser que para el gallo de Rostand
amaneció hace mucho tiempo. Tal vez ya no quedaba más resquicio por
donde percibirla que esas indemnizaciones exigidas á los periódicos
indiscretos. De este modo sí que el gallo no puede ser nunca un albur.
Todo va copado. ¡Que al estrenarse no le cambien una letra! ¡Pobre
gallo entonces!

       *       *       *       *       *

No hay nada más peligroso que un incensario en manos indiscretas.
Representación de algo divino ó humano, los golpes más peligrosos para
los ídolos son los de sus fervorosos adoradores. Cuando todo el mundo
dice: «Está bien», ¿para qué empeñarse en que todos digan: «Está mejor
que bien». El deber cumplido tiene en sí mismo la mejor recompensa, y
cuando el deber es tan propio del cargo y por lo elevado de la posición
trae consigo el conocimiento y la admiración de todos, ¿qué se le añade
con una recompensa que, por estar tan al alcance de la mano de quien
ha de obtenerla, pierde todo su valor en este caso? El reconocimiento
oficial nada añade al reconocimiento nacional. Sería, como dijo
Shakespeare: «Pintar al lirio, dorar el oro, endulzar lo dulce.»



III


El periódico de Buenos Aires _Caras y Caretas_, en circular dirigida
á personas significadas, solicita un pensamiento con motivo del
centenario de la Independencia argentina. La circular viene en francés.
Ya sabemos que por ser el idioma usual en relaciones diplomáticas
universales, puede serlo también en las literarias. Pero en este caso,
y tratándose de una República en que nuestro idioma es y será por mucho
tiempo el oficial, el literario y el vulgar, ¿no hubiera estado mejor
en castellano la circular dirigida á España? Yo, por mí, sé decir que
nunca entendí peor un idioma extranjero, y no sabré contestar á lo que
se me pregunta.

No ya consolarnos, enorgullecernos debemos de la independencia de todas
las Repúblicas americanas que fueron colonias españolas, mientras en
ellas impere nuestra lengua, y con ella mucho de nuestro espíritu.
Comunicarnos en lenguaje extraño, más que independencia nos dice
desvío. Nuestras relaciones deben ser más que diplomáticas; y esa
circular en francés tiene toda la frialdad de una nota de Estado. ¿Le
agradaría al simpático semanario porteño que saludáramos en francés la
conmemoración de la Independencia argentina?

       *       *       *       *       *

Los sucesos culminantes de estos días entran en la clasificación de
podencos, tan respetados por el escarmentado loco de que nos habla
Cervantes. ¡Guarda, que es podenco! No entremos ni salgamos en pláticas
de familia, aunque la familia nos sea muy allegada, que siempre
llevaremos la de perder, mientras no caigamos en la cuenta de que,
civiles ó militares, todos llevamos el mismo uniforme: el de ciudadanos
españoles, y á todos nos interesa por igual el respectivo prestigio de
unos y otros. Malo es dividirse en castas. Todos hemos de ser paisanos,
en el amplio sentido de compatriotas; todos hemos de ser soldados,
en paz y en guerra, cada uno en su puesto, para responder siempre al
¿quién vive? de todo ¡alerta!: ¡España!

       *       *       *       *       *

¡Oh, admirable público nuestro! Se acostumbra á lo malo; tolera
indefinidamente lo mediano, y sólo ante lo bueno se cansa su admiración
y hasta se irrita si alguien se obstina en pretender sostenerla. Este
es el caso de Titta Ruffo en la actual temporada. Nada en la voz ni
en el arte del gran barítono justifica un cambio de actitud en el
público. El artista es el mismo, y eso es lo que parece sentir el
público, obligado á seguir admirándole todavía. ¡Oh, niño caprichoso, á
quien hay que retirarle las golosinas antes del enfado y los juguetes
antes del destrozo! ¡Pocos poseen, como el Guerra, el difícil arte de
retirarse á tiempo, único recurso del artista que no quiera sentir tus
rigores!

En ningún público, como en el nuestro, se advierte esa actitud
defensiva contra la admiración; esos gestos malhumorados al
soportarla. En cualquier espectáculo parece como si el público fuera
violentado, por fuerza mayor y no por gusto, á distraerse un rato.
El autor es como un enemigo personal; el artista, como un acreedor
molesto. En ninguna parte puede hablarse con tanta razón de «batallas»
al tratarse de arte.

       *       *       *       *       *

Por mucho que moralistas y sociólogos prediquen contra el suicidio,
mientras el ridículo no se atreva con él, por respetos que siempre
impone la muerte, seguirá siendo poético final de muchas historias
vulgares. El solo basta para dar grandeza trágica en un momento al más
chocarrero sainete. ¿Cuántos no habrán reído al ver pasar en vida el
idilio amoroso del viejo cojo y la niña lozana? Y aquella unión, que
en vida acaso sólo en el interés tenía explicación para las gentes,
con la muerte es algo inexplicable, con todos los prestigios del amor
y de la muerte; deidades poderosas á inmortalizar á sus elegidos,
como los dioses paganos á sus amadas mortales. Los vulgares amantes,
que en vida tal vez dieron que reir á las gentes, hoy van en la divina
poética teoría inmortal de Hero y Leandro, Píramo y Tisbe, Romeo y
Julieta, Francesca y Paolo, Isabel y Marsilla; sin olvidar á aquellos
otros amantes madrileños que inmortalizaron la frase suprema: ¡Que los
entierren juntos! ¡Hallen todos un Ovidio, un Dante, un Shakespeare! Y
á no poder ser otra cosa, un buen romance de plazuela. Hay que poetizar
la muerte por amor todo lo posible. Es el mejor medio de evitar muchos
matrimonios desgraciados.

       *       *       *       *       *

Los empresarios de _music-halls_ están consternados. Ante la amenaza de
la subida de la carne, algunas artistas han pedido aumento de sueldo.
Lo que dirían ellas, si conocieran la célebre canción de _La camisa_,
de Hood--pero ¿cómo han de conocerla, si las pobres hasta habrán
olvidado que hay camisas?:--¡Que la carne de vaca sea tan cara y la
carne humana tan barata!

Por fortuna para los empresarios y traficantes en carne humana, la
carestía de la primera trae por la mano la baratura de la segunda.

A poca costa podríamos traer buena carne de América cuando aquí nos
faltara. Preferimos enviar allá carne humana. Dentro de poco sólo
quedarán aquí los que puedan pagar el solomillo. ¡Qué agradable será
no ver más que gente bien alimentada por esas calles! ¡Cómo van á
dulcificarse las relaciones sociales, y sobre todo las políticas!



IV


Para los espíritus abatidos, propensos al decaimiento, como nuestro
espíritu nacional, no importa tanto saber si hay causa para tanta
alegría como saber que el efecto fué el de una alegría verdadera.
Cuando hay tales tristezas sin motivo, ¿por qué no entregarnos sin
discusión á una alegría, que, desde hace mucho tiempo, con ningún
pretexto hubiéramos podido justificar? En otros tiempos, tan ricos
éramos en glorias, que, acaso éstas de ahora nos hubieran parecido
mezquinas. Hoy... bien venidas sean, y mejor si sabemos apreciarlas
con serenidad y más que de envanecimiento nos sirven de estímulo para
glorias mayores. De tremenda crisis triunfó el espíritu nacional
en los principios de la campaña. Por el mundo no faltó quien se
apresurara á cantar nuestros funerales. El Ejército español ha sabido
extendernos nueva fe de vida ante el mundo. Tal vez pocas veces fué
tan depositario del honor y la vida de España como en esta ocasión. No
quede todo en aclamaciones de entusiasmo. No olvidemos nuestro deber
en la paz, si queremos tener el derecho de exigirle todo su deber en
la guerra. Es triste cosa resignarse á tener mártires cuando se puede
tener héroes. Hoy sustituyamos el grito de ¡Viva España!, que puede
parecer un deseo, con este otro más afirmativo: ¡Vive España!

       *       *       *       *       *

Por dichosa casualidad, al mismo tiempo que nuestras armas victoriosas,
llega de la República Argentina, en la persona de Belisario Roldán,
mucho de nuestro espíritu triunfante á decirnos cuánto queda en América
todavía de nuestro Verbo glorioso. Siempre leal amigo de España, no
puede considerarse ni ser considerado en ella como extranjero. La
fogosa elocuencia de nuestros grandes oradores, la que fué admiración
de todo el mundo español, alienta vigorosa en el joven orador
argentino.

En los oradores de casa, tal vez nos pareciera demasiado vehemente.
¡Hemos bajado tanto el diapasón para todo! El grito, el rugido, el
apóstrofe nos asustan. Amamos la discreción sobre todas las cosas en
política, en arte, en el trato social, ¡La discreción! Triste cosa es
un pueblo que no tiene mayores glorias que las de sus locuras.

       *       *       *       *       *

Amable lectora, la que en discretísima carta me consulta sobre el
mejor sistema de educar á los hijos; sin duda sabe que nadie los
educa mejor que los que nunca los hemos tenido. ¿Severidad? ¿Dulzura?
¿Proporcionarles toda la alegría posible ó prepararles con privaciones
á soportar las tristezas futuras? Hoy... son los padres; pero los
padres no viven siempre. Mañana... son los extraños sin cariño, ó con
otro cariño que nada se parece al de los padres... Pero, ¿no será, por
lo mismo, crueldad en los padres anticipar tristeza á la tristeza?
¿Y si el hijo muriera antes? Mañana es la vida, pero también es la
muerte. Los juguetes comprados serán entonces recuerdo triste; pero
los juguetes que el niño deseó y que le negamos serán un remordimiento
constante... ¡Oh, sí; dulzura, dulzura para vuestros hijos, que la
vida es madrastra terrible, como las de los cuentos de hadas; esas
madrastras que encierran en torres á las princesas delicadas ó las
envían al bosque á guardar gansos. Peor la vida, que suele traerlas,
no á guardarlos, sino á casarse con alguno de ellos. Pero, ¿y si
acostumbrados al mucho mimo no hay fuerza en ellos después para
conllevar las contrariedades?

La vida es la mejor educadora, y ella sola se basta para enmendar
errores de educación en los padres... Todos, menos la falta de besos,
de caricias, de juguetes en los primeros años... La vida puede ser
madrastra, puede ser maestra, pero no es madre...

En los primeros años del mundo, cuando Adán y Eva, arrojados del
Paraíso, luchaban contra los rigores de la naturaleza primitiva, Eva
lloraba por sus hijos, al verlos muchas veces heridos por las fieras,
desgarradas sus carnes por las asperezas de los troncos y de las
piedras... ¡Mis hijos! ¡Qué horrible vida! Para ellos no ha habido un
Paraíso terrenal, como para nosotros... Ellos no sabrán nunca de sus
delicias... ¡Nosotros hemos sido más felices!

--Sí--dijo el primer hombre.--Ellos no han tenido, como yo, un Paraíso;
pero, ¡yo no he tenido una madre, como ellos! Y al verlos acariciados
por la madre, en su amor paternal había algo de envidia. ¡Y era el
hombre que había sido formado por Dios mismo!



V


El mes de Enero suele ser fecundo en calamidades. Para que sepamos á
qué atenernos durante todo el año. Es un modo de anunciarse. Queda
la duda, en estas primeras calamidades del año, de si pertenecen al
año entrante ó serán saldo del anterior, que no quiso marcharse sin
soltarlas. Lo cierto es que la Naturaleza, como una gata cualquiera,
anda fuera de sí y desatinada en este primer mes del año. Tempestades,
inundaciones, lluvias torrenciales de gracias, condecoraciones y
entorchados, y el cometa apocalíptico, y _Chantecler_ en puerta. ¡Vaya
un añito!

La inundación de París retrasa una vez más el acontecimiento que sólo
pudiera consolarnos: el estreno de _Chantecler_, antes retrasado por la
discusión que pudiéramos llamar del huevo de Mme. Simone. Se comprende
en una actriz recién divorciada y recién vuelta á casarse el escrúpulo
en poner un huevo, sobre cuya pertenencia pudiera haber dudas.

Por fortuna, el poeta no peleó por el huevo ni por el fuero, y la
postura se supondrá entre bastidores, lugar más conveniente para
posturas difíciles, en la vida como en el teatro.

       *       *       *       *       *

Luego diremos que aquí no hay libertades y que el clericalismo nos
domina. En Inglaterra, la nación traída siempre á cuento, cuando de
libertades se trata, no pudo representarse, hasta ahora, la ópera de
Saint-Saens _Sansón y Dalila_ porque su asunto bíblico escandalizaba
los sentimientos religiosos. Sobre la _Salomé_, de Strauss y de Wilde,
creo que todavía pesa la prohibición. Los ingleses sólo han consentido
en ver la danza de _Salomé_ separada del texto y de la partitura.
¡Parecen tontos! ¿Verdad?

Aquí, donde nos quejamos á todas horas de la presión clerical, triunfa
_La corte de Faraón_, opereta del todo bíblica, sin protestas de
nadie. Yo he visto en primera fila á muchos graves señores de los que
suelen ser ornato de cofradías y procesiones. En Inglaterra se enseña
ahora á los niños la Historia por medio de representaciones teatrales.
¿Por qué no ha de enseñarse la Biblia por el mismo sistema? No hay en
_La corte de Faraón_ mayores atrevimientos que en el Sagrado libro.
Los autores han estado muy hábiles en quitar crudezas. A las artistas
nadie les agradecería que ocultaran las suyas. ¡Admiremos al Señor en
sus obras! No será tan difícil hallar un sentido místico á la canción
babilónica, que pronto oiremos en labios de muchos senadores; como al
_Cantar de los cantares_ y á otros pasajes no menos escabrosos.

Lo malo es que la Iglesia católica haya perdido aquel buen humor y
aquel sentido artístico que fueron todo el espíritu del Renacimiento.
¡Ah, el bribón de Lutero, que la obligó á volver á tomar en serio su
divino papel, que ya empezaba á ser humano!

Ahora llueven imprecaciones y anatemas sobre el Arte y sobre los
artistas. Los tiempos son difíciles. La competencia comercial es muy
dura. No hay bastante público para todos. ¡Y el Teatro y la Iglesia son
espectáculos tan caros! Por fuerza tienen que perjudicarse mutuamente.

       *       *       *       *       *

Pérez Galdós, el maestro glorioso, consagrado por el monumento inmortal
de toda su obra, y Ricardo León, escritor joven, con razón estimado
entre los buenos, coinciden, no en lo exterior, sí en lo interno, en
sus dos últimas novelas: _El caballero encantado_ y _Alcalá de los
Zegríes_. Novelas de símbolo, de alegorías, que nos hablan de España,
de sus glorias pasadas y de su futura gloria posible. Quizás ¡señales
de los tiempos! con mayor fe en la del viejo maestro que en la del
poeta joven.

Son los dos libros precioso documento para el estudio de nuestra
psicología nacional.

Limítome al acuse de recibo y á mi particular aplauso, sin invadir
la sección «Revista literaria», en la que escritor de toda mi
consideración y respeto sabe, con admirable acierto y con respeto á
las personas, que cada vez va siendo más raro, distribuir elogios y
censuras.

       *       *       *       *       *

De la excelente acogida al Teatro para los niños y del interés con que
un público, si no tan numeroso como fuera de desear, todo lo selecto
que puede pedirse, sigue sus representaciones, nada me satisface tanto
como el buen éxito obtenido por las lecturas de poesías. ¡Versos,
poesía! Eran una especie de coco para las empresas teatrales. Hoy
ya empieza á creerse en ellos, y todo hace presumir un glorioso
renacimiento de la poesía en el teatro.

¿Por qué en el teatro Español, en el de la Princesa, que cuentan con
admirables intérpretes de los poetas, no inaugurar una serie de veladas
poéticas, que seguramente tendrían su público?

Oímos muchas veces quejarse á unos y á otros de que el público no está
educado; esto sirve de pretexto para rechazar muchas obras de indudable
mérito. Corriente, el público no está educado; pero ¡si nadie se toma
el trabajo de educarle! Es mucho más cómodo y provechoso llevarle el
humor y no luchar con él. Pero los que pueden permitirse ese lujo con
menos riesgo están más obligado á ello. A todos nos toca un pedacito
del mundo en que podemos hacer algo útil y provechoso, y no es desde un
escenario donde menos puede hacerse por la cultura y la educación, que
es hacer por la Patria.



VI


Mariano de Cávia me propone un Teatro para los viejos, que vendría á
ser, no contraposición, sino complemento del Teatro para los niños. Los
extremos se tocan, y acaso viniera á suceder, por el humano y natural
prurito de aniñarse en los ancianos y de hombrear en los infantes, que
el Teatro dedicado á los primeros fuera el favorito de los segundos,
y viceversa. Pero ¡ay! ¿es tan necesario el teatro para los viejos?
¿Llenaríamos con él algún vacío, ni siquiera el del teatro mismo? Si el
teatro pretendía ser educativo, ya en el más amplio sentido moral ó en
el puramente artístico, ¿qué provechosa enmienda podría esperarse en
nuestros venerables? Ninguna. Ya dice la vulgar sabiduría que el árbol
ha de enderezarse desde pequeñito, y ¿quién es capaz de enderezar, en
todo ó en parte, á los que ya se rinden al peso de los años? Ni _La
corte de Faraón_ ni el «Royal Kursaal», con esas admirables artistas,
cuyo mejor anuncio es el de la pérdida de su equipaje, podrían realizar
el milagro.

¿Teatro de puro entretenimiento? Basta asistir á los antes citados
y á otros del mismo género para comprender que nuestros viejos no
necesitan de un teatro especial en donde solazarse. No de los viejos,
de los decrépitos, pudieran llamarse esos teatros en que reverdece el
chiste de Instituto y de café estudiantil, para regocijo de viejos
más verdes que los chistes. Y no os engañen algunas caras juveniles
de los espectadores; no está en la cara la edad, sino en el espíritu,
y por esos teatros, como por los meetings clericales de estos días,
no busquéis jóvenes de espíritu; el de aspecto más infantil lleva por
dentro la vetustez de diez siglos.

Grave error es clasificar por edades en jóvenes y viejos. Niños seremos
tú y yo, querido Mariano, aunque muchos niños viejos ya nos echen del
corro; porque siempre será para nosotros la vida un buen campo de
recreo en que saltar, brincar y jugar á todo, por pura expansión de
nuestro espíritu, sin ninguna utilidad práctica. Jugando y saltando no
se llega á parte alguna; si bien puede servirnos de consuelo que hay
partes á las que más conviene no llegar nunca. Para llegar á muchas
de ellas, suprema ambición de todo hombre serio, ya sabemos que,
en España, no hay medio mejor que ser viejo ó aparentar serlo. Con
nuestros doctores Faustos, aquí, Mefistófeles obraría la transformación
contraria. Hay quien le vendería el alma por transformarse en viejo,
no en joven. Y en vez de cantar: ¡A mí la juventud, á mí los delirios
del primer amor!, cantaría: ¡A mí las prebendas y á mí los cargos
oficiales; á mí las Academias y la respetabilidad, y... llévese el
demonio mi alma y mi alegría!

Dejemos, pues, á los viejos, que para nada necesitan teatros, cuando
todo el mundo es teatro, de moda y lucimiento para ellos. Pensemos en
los niños, en los verdaderos niños, hijos de padres verdaderos jóvenes,
que sólo de ellos puede esperarse la nueva vida por la nueva escuela.
¿Religiosa? ¿Laica? Allá unos y otros. El Arte es religión neutral.
¿No es en el Vaticano donde se guardan las más bellas reliquias del
Paganismo? ¡Quién sabe si no será en un templo pagano de Arte donde se
guardará lo más bello del Arte cristiano! Nunca fueron las ideas viejas
tan respetuosas con las nuevas, como las nuevas lo serán siempre de las
viejas. Y ¡vive Dios! que hay entre nosotros vejestorios, en todos los
órdenes de la vida, que no son dignos de ningún respeto.

       *       *       *       *       *

Fué Balbina Valverde una actriz de la más pura cepa española, y si la
vanidad regional no temiera empequeñecer su castizo arte, diríamos
mejor de la más pura cepa madrileña. A la falsa luz de las candilejas,
en el falseado ambiente de muchas comedias mediocres, nadie supo dar
tan artística realidad, tan humano aire al tipo de la mujer española
de nuestra clase media, que viene á ser el tipo medio de la mujer
española, con su sentido práctico, sanchopancesco, sus vanidades, sus
ambiciones, su vulgar sentimentalismo... Llegó á tanto la verdad en
su arte, que llegamos á verlo copiado en la vida. ¡Cuántas veces no
habremos dicho: Esta señora es una Balbina Valverde! Para los yernos,
este nombre era como una amenaza joco-seria.

Su dicción era del más puro castellano; inimitable su arte de subrayar;
única en producir efecto cómico con la sola enunciación de una palabra
insignificante, que en su boca adquiría el valor de un chiste. ¿Quién
no recuerda cualquier ¡Mi yerno!, pronunciado por ella? Era el presagio
de una tormenta familiar.

Fué con todo esto de un amor por su arte, de un celo en el cumplimiento
de sus deberes artísticos, que ha de recordársela siempre, no sólo como
ejemplo para las de su profesión, sino como gloria del sexo femenino,
al que muchos suponen incapacitado para toda profesión seria. ¡Si en
otras esferas de actividad hubieran cumplido muchos hombres con sus
deberes como Balbina Valverde cumplió siempre los de su profesión!

Gravemente enferma, durante una temporada en Bilbao, se hizo llevar una
cama al teatro, y en el cuarto del teatro vivía, levantándose de la
cama para salir á representar las comedias.

Casi á la fuerza tuvo que obligarla la empresa á regresar á Madrid.

¡Descanse en paz la inolvidable artista! Madrid pierde con ella una de
las más sanas y castizas notas de su risa.

A este público, que tanto la quiso y al que ella amaba tanto, le ha
hecho llorar por vez primera. ¿No es esto una envidiable gloria?



VII


La carambola no ha sido mala. Esperemos, sin desconfiar de la
intención, que, por los efectos, no venga á ser de retroceso.

Malo es no salir de nuestro paso, pero... ¡tomar carrerilla tan de
pronto! No es que dudemos de las energías y buena voluntad de los
corredores, sino de la firmeza y seguridad del camino. Aun no hace
mucho tiempo hubo que desandarlo, y no sabemos que se haya trabajado en
él después lo bastante para conseguir ahora lo que entonces apenas pudo
intentarse.

El mal camino andarlo pronto, pensará acaso alguien interesado en
echar por el atajo, para volver pronto al verdadero camino real. Miren
bien, los que por el atajo andan, de no levantar un pie sin haber
afirmado antes el otro; no avancen un solo paso sin haberle desbrozado
cuidadosa, cautelosamente. ¡Cuidado con los tropezones! Considerad
que tal vez se espera el primero para gritar: ¡Veis cómo ese camino es
imposible! ¡Nada de prisas, nada de impaciencias! Estábamos dispuestos
á esperar un quinquenio en el estanque. ¿No podremos esperar otro tanto
en el agua corriente, por suave que sea su curso?

       *       *       *       *       *

Sí; _Chantecler_ es todo un símbolo. Es el gallo francés, el mismísimo
gallo de las Galias que, como el protagonista del poema de Rostand,
cree orgulloso al lanzar su ¡quiquiriquí! á cada aurora que el Sol
sale á iluminar al mundo entero, obediente á su evocación. Y no es lo
malo que él lo cree; son muchos los pobres animales que aun juzgan los
_quiquiriquíes_ del gallo francés prestigioso encanto, sin el cual el
Sol no alumbraría la Tierra.

Bien cantó el gallo francés, no hay duda, y si no llega á su poder
á que el Sol le obedezca, sí llegó muchas veces á despertar á la
Humanidad con sus gloriosos cantos de libertad, de justicia, de arte...
No nos trajo el Sol, pero nos avisó siempre de su salida. Por todo
ello le debemos gratitud y cariño; pero sin olvidar al Sol, que es
antes que el gallo... y sin despreciar á los humildes gallitos de
nuestros corrales, que, á su modo, también saben anunciar la aurora.

       *       *       *       *       *

¡Qué brutos somos, ¿verdad?, podrán decir, como el personaje del
_Patinillo_, los millonarios _yankis_, acostumbrados á que por
bárbaros los tenga la culta y refinada Europa! Es verdad que alguna
vez _apedrean_ con su dinerazo y otras veces insultan; pero... ¡ay!
ya quisiéramos por aquí, en justas proporciones, millonarios de esos
que fundan Universidades y Escuelas y Museos, y como éstos que ahora
acaban de construir un magnífico teatro en Nueva York. ¡Un teatro!
¡Habrá empecatados! ¡Si hubiera sido una iglesia ó un convento? Pues,
sí, señores; un teatro modelo, un verdadero templo, inaugurado con la
representación de una obra de Shakespeare: _Antonio y Cleopatra_. ¡Qué
brutos son! ¿Verdad?

Aquí, alguna vez, se ha reunido gente de dinero para empresas
teatrales, y el resultado ha sido... un baile de máscaras, un
espectáculo de _varietés_ indecentes; algo por el estilo en fantasía
y en Arte. ¿Se figuran ustedes á nuestros millonarios edificando el
Teatro Nacional ó un teatro para la música española? ¿Cómo han de
comprender que el Arte puede ser una religión los que han hecho de la
religión un arte?

       *       *       *       *       *

La empresa del teatro Real está tratando á Wágner, en esta temporada,
poco más ó menos, como por la vecindad están tratando al partido
liberal: así como si quisieran quitársele de delante lo más pronto
posible. Todos los cuidados son para el repertorio antiguo; para él
Titta Ruffo, Anselmi... A Wágner que lo parta un gallo.

Todo se relaciona: naturalmente, la resurrección de _Lucía_ había
de traer por consecuencia una crisis del mismo tiempo y á la misma
usanza. A viejas óperas, _divos_ jóvenes. Todo el arte de Anselmi no ha
bastado á dar apariencias de vida á la momia de Lammermoor. Veremos si
el otro joven _divo_ tiene mejor fortuna en la vieja ópera de nuestra
política, tan necesitada de nuevo repertorio como de nuevos cantantes.
España Brunilda espera á su Sigfredo. Los admiradores de Wágner también
le esperan. No se dé pretexto á que nadie dude de la buena fe de las
respectivas empresas. Puede que no haya para el repertorio moderno;
pero el público no quiere _Lucias_ ni con Anselmi... ¡Qué disparate!
¿No iba á decir ni con Maura?...



VIII


Es la ópera de Strauss, _Salomé_, portentosa obra de arte musical.
Ahora, pensemos en todo lo que ha sido necesario para que pueda serlo.
Primeramente, el gran talento de Strauss, no hay duda; después, un
público que, extrañado ó aburrido, tal vez, en las primeras audiciones,
prefiere desconfiar de su propia impresión á echar por el camino
fácil de la chacota y el desprecio y enterrar la obra entre flores de
ingenio, sin posible apelación. Después, empresas decididas á imponer
la obra; después, una crítica capaz de hacer también obra creadora,
inventando... lo que acaso el autor no puso en ella; formando de este
modo una conciencia de lo inconsciente, que siempre anima en toda obra
de arte. Después... el Ejército alemán con su formidable poderío.

Ya dijo D. Juan Valera, con su inteligente, supremo humorismo, cómo
las flotas de la Gran Bretaña habían podido contribuir á la gloria
de Shakespeare. No hay idea de lo que puede influir el Ejército y la
Marina, lo mismo para vender agua de Colonia en el Paraguay, que para
imponer á la admiración de las más recónditas tierras el nombre de un
poeta.

He aquí por qué vuestra hija es muda, como dice el falso doctor de _El
médico á palos_ al afligido padre. He aquí por qué nuestros músicos no
cantan por el mundo. ¿Se figura nadie á _Salomé_ nacida entre nosotros?
¿Cuál hubiera sido su vida? ¿Quién la hubiera impuesto al respeto?
¿Quién la hubiera salvado de morir á chistes?

Pero nos la envían dos grandes potencias: el genio de su autor... y
Alemania. Los que menos la entienden procuran irse enterando; los que
más se aburren, se aburren con respeto. ¡Ah! ¡Si fuera de alguien de
casa!

Nuestro indisciplinado individualismo no comprenderá nunca que la obra
de arte es obra de todos, y que su inmortalidad más depende de todos
que de la obra misma.

En España, cada uno quisiéramos ser el único grande hombre de un país
de imbéciles; el único honrado entre una caterva de pillos. ¿Qué buena
planta puede arraigar en terreno donde las moléculas de la tierra se
disgregan al recibirla? Ya dice el Evangelio: «¡Ay de la casa desunida!»

       *       *       *       *       *

Nunca mejor ocasión de mostrarnos unidos, con solidaridad de la grande,
que en el próximo Centenario de Cervantes. Acabamos de dar lucida fe
de vida en guerra. Nada valen las funciones bélicas, por gloriosas que
sean, si no las consolidan inmediatamente fiestas de paz. En recientes
cuchipandas hispanoamericanas hemos traído y llevado el Verbo y...
¡ay, también el adjetivo de la raza y de la lengua! ¡Vamos á verlo!,
como dicen los taurófilos, mejor dicho, los _torerófilos_, sobre todo
al llegar la hora llamada de la _verdad_. ¿Podrá ser esa hora la del
Centenario de Cervantes?

¡Oh, mi gran D. Mariano, tenéis razón!, inútil es dirigirse á los
políticos, porque en tal solicitud, empezada á redactar en lunes,
habrá que raspar cinco nombres antes de llegar á entregarla el
sábado. Pero si los Gobiernos pasan, otras cosas quedan. El Ejército
y los artistas españoles deben bastarse, y por derecho propio, á
monopolizar para sí toda la gloria de unas fiestas nunca igualadas. Es
preciso borrar el recuerdo de aquellas lastimosas del Centenario del
_Quijote_; es preciso... resignarnos á que nos llamen _lateros_, hasta
conseguir levantar los espíritus. Contad, D. Mariano, con mi humilde
cooperación para organizar funciones teatrales, para lo que de mi
negociado dependa. Tiempo hay sobrado; pero el tiempo español vuela.
Naturalmente: el tiempo nos gobierna y pasa... como nuestros Gobiernos.

       *       *       *       *       *

El maestro D. José Serrano solicita opiniones en el pleito entablado
por la Sociedad de Autores sobre el libre aprovechamiento de obras
extranjeras no garantizadas por tratados internacionales. Voto con
el maestro Serrano. Por lo mismo que la ley no las ampara, razón de
más para respetarlas. ¿Con qué razón podremos quejarnos de algunos
empresarios y editores americanos, si nosotros justificamos su conducta
con nuestro ejemplo?

Bien está preocuparse por los intereses materiales y saber de sumar
y multiplicar, y que letras y números no anden divorciados; pero la
Sociedad de Autores, por honor de su nombre, debe comprender que
hay también intereses morales que también tienen su valor en una
suma total. Verdad es que una Sociedad de Autores en donde el dinero
decide de las votaciones... Claro es que el dinero representa trabajo.
¿Representa siempre arte? Pero hay quien prefiere ser considerado como
artista á la hora de estrenar y como negociante á la hora de cobrar...
¡Véase, cómo en estos tiempos del sufragio universal y del voto
obligatorio, adónde demonios ha ido á refugiarse el voto restringido y
el triunfo de la plutocracia!

       *       *       *       *       *

El buen gusto del público de París no se avenía con la presentación
escénica de _Chantecler_, ridícula y poco artística, digan lo que
quieran los reclamos. El afán de realidad en la presentación de una
obra poética y fantástica ha llevado, como suele suceder, á falsedades
que una fantasía de artista hubiera evitado. ¡Qué diferencia de esta
_mise en scene_ á la de _El pájaro azul_, de Maeterlink, representado
en Londres! Pero la amable crítica francesa para todo tiene remedio,
hasta para los fracasos menos disimulables. Alguien ha encontrado
el medio de idealizar, mejor dicho, de _realizar_ las falsedades de
presentación en _Chantecler_ y las desproporciones evidentes entre lo
representado y su representación. Mirar al escenario por el revés de
los gemelos. De este modo, empequeñecidos personajes y decoraciones,
todo parece la verdad misma. El gran Guitry parece todo lo más un
gallo cochinchino; Simone, una faisana al natural, y Coquelin hijo, un
perrillo de buen tamaño.

Achicándolo todo por este procedimiento, la obra quizás se agrande.

Lo contrario de lo que nos sucede aquí con nuestros políticos: ellos
nos parecen muy grandes, y la obra cada vez más pequeña.



IX


Siempre es peligroso ir contra las corrientes populares. En el programa
del nuevo Gobierno figura, para ser ley muy pronto, el servicio
obligatorio. Indiscutible en teoría, dentro de esa igualdad que las
leyes nos reconocen á todos como ciudadanos, aunque la Naturaleza la
desmienta á cada paso; más atenta que á la igualdad, á la armonía,
que no es lo mismo; pues á ella contribuyen, como en música bien
compuesta, tanto como los acordes, las discordancias; ¿es tan
indiscutible en la práctica? Por acercamos al ideal bruscamente, ¿no
tropezaremos con duras realidades, cuyo choque, no sólo destruye el
ideal, sino realidades positivas que debemos alejar de todo peligro
cuidadosamente? No basta mejorar los cuarteles; no son cuerpos mortales
solamente los que han de alojarse en ellos y han de acomodarse á
su disciplina; son espíritus también, que no se disponen tan pronto
ni tan fielmente como los materiales: alojamientos y provisiones.
La Religión y la Milicia: «Religión de hombres honrados», que dijo
Calderón de la Barca, no pueden existir sin una fe ciega, cuyo más
sólido fundamento sólo puede hallarse en una humilde ignorancia ó en
una superior filosofía, aparte los casos de predestinada vocación.
Pero entre las humildes inteligencias y los entendimientos superiores
capaces de crear objetividades de su propia subjetividad, existen en
gran mayoría esas inteligencias medias que han dejado de ignorar y no
han llegado á saber. Estas serían las dominantes en el Ejército con el
servicio obligatorio; éstas las que llevarían á él todos los fermentos
de una cultura mal reforzada. En ella abunda la moderna generación
intelectual, y de ello se resiente todo el organismo social. ¿Tendría
virtud el servicio obligatorio para disciplinar á esa masa, ó no sería
ella la que llegaría á contaminar el sano organismo del Ejército?

La ejemplar conducta de distinguidos voluntarios en la última guerra
de Melilla ha influído, sin duda, en la opinión y en los gobernantes
para confiar en la virtud del servicio obligatorio. ¡Hermosa es la
fraternidad de todas las clases sociales en defensa de la Patria y
en los peligros de una guerra! Pero no son los tiempos de guerra
norma para presumir las ventajas ó los inconvenientes del servicio
obligatorio. Lleva la guerra en sus peligros y en sus actividades,
virtud moralizadora con la que no puede contarse en tiempos de paz.

No olvidemos tampoco, en el país de las recomendaciones y las
influencias, que la desigualdad, más sensible que palpable de hoy,
sería la desigualdad que salta á la vista á todas horas, y es más
irritante.

¿El ejemplo de otras naciones? ¡Ay, si la voz de algunos sabios
sociólogos lograra sobreponerse á la voz, más clamorosa, de los
halagadores de muchedumbres!

Preguntadles á los primeros, preguntad á las estadísticas las ventajas
comerciales, industriales, sociales, en fin, que ha conseguido
Francia con el servicio obligatorio. Enteraos, ¡oh bien intencionados
legisladores!, cómo leyes tan democráticas, tan generosas, tan
animadas de nobles propósitos, como la del servicio obligatorio y la de
reglamentación del trabajo de los menores, han desatado sobre París y
otras ciudades de Francia esas bandas de _apaches_, que no son signo,
ciertamente, de civilización ni de progreso.

No hay nada más peligroso en la realidad que el noble juego de los
ideales.

Bueno es atender á la opinión popular, para satisfacerla en lo
justo; pero sobresalga sobre ella la opinión de los contempladores
desinteresados. Cuando todos crean llegada la hora, ellos sólo sabrán
decir: «Aun no es tiempo».

       *       *       *       *       *

Admiremos la dificultad vencida por la señora Bellincioni en su danza
de Salomé. Es todo lo que puede danzarse ante nuestro público, cuando
ese público asiste á nuestro Teatro Real. Admirado el arte de la señora
Bellincioni, convengamos en que si Salomé no danzó de otro modo ante el
Tetrarca, ó éste era hombre de buen contentar, ó tenía más ganas de
perder de vista la cabeza del Precursor que Salomé de conseguir la del
uno y trastornar la del otro.

Me figuro á Pastora Imperio bailando por instinto lo que la señora
Bellincioni baila por arte. ¿No son nuestro vulgarizado tango y nuestro
popular garrotín, más propia evocación de lo que debió ser la danza de
Salomé? ¡Lástima que haya perdido toda nobleza con el roce plebeyo!
Hay que confesar, ¡oh amplitud de los escenarios populares!, que _La
Corte de Faraón_, con su garrotín, está más cerca de la verdad bíblica
que la _Salomé_, de Strauss, con su danza de los siete velos. Y ¡los
«entradones» que se ha perdido la empresa! _Salomé_, con su buen
garrotín hubiera llevado á todo el público de Eslava, sin perder el del
Teatro Real por eso. El pudor de nuestro público está siempre dispuesto
á dejarse violar. Pero, ¡vale la pena tan pocas veces! Y luego, que uno
también tiene su pudor y no tan violable.



X


Francisco de Curel, uno de los pocos autores dramáticos franceses sin
ribetes de negociante, aseguraba, en reciente indagatoria sobre la
llamada «crisis» del teatro, que el teatro, en fuerza de tanto querer
ser negocio, va dejando de serlo, y acabará por arruinar á cuantos
empresarios sean ó fueren.

Ya no basta para satisfacer las exigencias del negocio teatral con
la obra razonable, la obra razonablemente aplaudida y celebrada; es
preciso la «gran atracción», como en número de circo; la obra que
avive todas las curiosidades, como crimen misterioso; la obra de «gran
público», público que pueda llenar durante cien representaciones un
teatro.

¿Fueron así las tragedias de Esquilo y de Sófloques? ¿Las obras de
Shakespeare? ¿Las de Lope y Calderón, obligados á una fecundidad sólo
disculpable por la efímera vida de cada obra en su tiempo? ¿Es posible
hacer obra de arte sincera, sentida, «nueva», con esa preocupación
comercial del gran número de representaciones, consecuencia de no
reparar en los medios de llamar la atención? Mujer y obra de arte que
andan por el mundo á llamar la atención, ¿no merecen el mismo nombre?

¡Cuánta noble idea de comedia malograda por la consideración: «No
será obra de público, no dará dinero... No será obra simpática!...
¿Adónde voy yo con esta obra?» ¡Oh, autores noveles! ¡Envidiáis á
los que vosotros llamáis consagrados! Vosotros, por lo mismo que las
empresas no confían en vosotros, podéis atreveros á todo. Si alguna
obra os admiten, tened por seguro que la empresa ensayará otra al mismo
tiempo, para sustituir á la vuestra en el caso probable de un fracaso.
No gastará en ponerla, ni las actrices encargarán á París trajes y
sombreros, ni los actores esperarán revelarse en la creación de sus
papeles... Para los autores consagrados, ¡qué enorme responsabilidad
la suya! ¡La obra de las esperanzas, de las ilusiones, la clave
fundamental de una temporada, ó por lo menos de gran parte de la
temporada!... La equivocación de un autor consagrado es la ruina para
una empresa, la desilusión de actrices y actores, el descrédito de
un modisto, la zozobra en muchos humildes hogares de tramoyistas,
acomodadores, etcétera. ¡Legión pavorosa de espectros, presente al
concebir la obra, al planearla, al escribirla!... ¿Esa frase?... no; es
peligrosa. ¿Ese chiste?... ¡tremendo! ¿Ese final?... ¡de poco efecto!
¡Eso es atrevido! ¡Eso no está garantizado por el aplauso! ¡Oh, la
gloriosa inconsciencia de las primeras obras, las que un empresario
recibía con displicente desconfianza!...--Tenemos ahí una obra de
un chico que empieza... Una cosita; no está mal... Allá veremos...
Mientras llega la obra de...--aquí un gran nombre.--¡La obra de la
temporada!

¿Comprendéis el lucido papel que podía hacerse cuando, por azares de
la fortuna, la «cosita» sin importancia pasaba á ser la obra de la
temporada? ¿Comprendéis la grave responsabilidad cuando la obra de la
temporada es... una cosa de mucha importancia, que no le importa al
público? ¿Sabéis de la tristeza de las cumbres, cuando se mira á un
lado ó al otro y todo es cuesta abajo?

¡Juventud, divino tesoro!, más divino porque puede ser derrochado
pródigamente, porque es sólo nuestro... En la vejez, nuestro dinero,
nuestro arte, nuestra vida, todo, ya no es sólo nuestro; hay quien
puede pedirnos cuenta de todo ello... ¿Es posible un artista con
consejo de administración? ¿Comprendéis que, por no soportarlo, pueda
romperse la pluma á lo mejor de la vida, como dirán muchos de los que,
unos por admirar, por envidiar otros, no supieron nunca compadecer al
que vieron en alto?

       *       *       *       *       *

¡Oh, maestro! Leí vuestra carta, en la que adivino toda vuestra
tristeza. Es la tristeza de Jesús, cuando al aconsejar al joven
neófito que repartiera toda su hacienda entre los pobres, si pretendía
seguirle, vió cómo el joven le volvía la espalda, incapaz del
sacrificio. Así visteis llegar á muchos presuntos discípulos; grandes
admiradores, á los que abrísteis el raudal de vuestro corazón y de
vuestra inteligencia... Y los visteis después alejarse desdeñosos,
malcontentos, murmuradores, porque en vuestra bondad, ellos sólo
buscaban un elogio, un «bombito» en forma de prólogo ó juicio crítico;
de vuestro entendimiento, que se hiciera traición para celebrar
sus errores y sus tonterías, y le ayudáseis al «buen parecer», que
basta para andar entre las gentes... Ellos, como Esaú, vendieron su
primogenitura por un plato de lentejas...

¡Cada vez más solo, maestro¡ ¡Es verdad! ¿Quién no ha sentido esa gran
tristeza de ofrecer lo que mucho valía, y ver cómo ellos preferían lo
de ningún valor?

Ofrece uno toda la vida, y ellos sólo piden una recomendación, un
elogio--algo del momento--. Ofrece uno la verdad de su corazón: ellos
sólo querían una mentira.

       *       *       *       *       *

Próximo el primer aniversario de la muerte del maestro Chapí, no es
de temer que empresarios, artistas, la Sociedad de Autores, España
entera, en fin, necesiten de mejor estímulo que la proximidad de
esa fecha para conmemorarla de un modo digno. La deuda es grande.
Suspendida quedó, por la muerte, la función proyectada en honor del
maestro; contratiempos de todo género impidieron las representaciones
en esta temporada de _Margarita la Tornera_... Es empeño de honra
vencer á tanta fatalidad, á la misma inexorable de la muerte, que sólo
el amor vence... cuando el olvido no es segunda muerte. Pero ¿habremos
olvidado tan pronto? O ¿será la envidia la única que recuerde? Cosa
sería entonces de admirarla como una virtud, si ella sola logra vencer
á la admiración y al cariño de cuantos decían admirar y querer al gran
artista, al hombre honrado, al que, en tierra de bien nacidos, no es
posible que hubiera dejado una sombra de odio ni de envidia.



XI


Pasó Marta Regnier con su compañía y su ligero repertorio, por el
escenario de la Comedia, sin dejarnos honda emoción de arte ni de
belleza. Nos sentimos un poco orgullosos, porque ni actores ni autores
españoles podíamos temer la comparación. Sólo envidiamos lo selecto
de la concurrencia y sus manifestaciones de agrado, no tan fáciles de
obtener para los de casa.

Marta Regnier es... un bonito artículo de París; de esos que entre
directores de teatro, autores y críticos suelen fabricar allí para
admiración de provincianos y de extranjeros. Además, en París les
parece joven, y lo es, comparada con Sarah, la Bartet, la Rèjane, la
Hayding y demás grandes estrellas del Teatro francés, admirable museo
de antigüedades.

Los actores franceses tienen el defecto general de ser demasiado
actores. Todo es estudio y composición en ellos. No os sorprenderán
nunca con una incorrección, con un desentono. En las actrices es
también defecto empachoso que siempre han de parecer _cocottes_. Sólo
Mme. Bartet y Mlle. Reichenberg han tenido aires de gran señora y de
señorita en la escena. Algo también la Brandés, y en la extraordinaria
Sarah, el arte supremo lo idealiza todo, dándonos la sensación, como
dijo Lemaitre, de una mujer extranjera en todas partes, una mujer
de raro exotismo, que viene nadie sabe de dónde y vuelve á otra
región que ignoramos. Las demás, la _cocotte_, la eterna _cocotte_,
creación artificial de una literatura dramática que necesita para sus
combinaciones, figuras femeninas convencionales, como lo fueron la
cortesana del teatro latino y la dama de nuestras comedias del teatro
antiguo.

Al mismo género pertenecen la _jeune fille_ de los ingenuos descocos,
la casadita de los peligrosos _flirts_, la divorciada andariega y la
viudita joven y experimentada de casi todas las comedias francesas
modernas. Triste idea darían de una sociedad, si no supiéramos que el
teatro fué siempre, en arte, la última y más irreductible trinchera de
lo falso y lo convencional. Ni Francia, ni París mismo, ni su sociedad,
ni sus mujeres, ni sus maridos, son eso ni pudieran serlo.

Consolémonos, con la imagen falseada que sus escritores nos ofrecen, de
la que suelen presentar de nosotros. No es extraño que se equivoquen al
hablar de lo ajeno, los que se equivocan al hablar de lo propio.

       *       *       *       *       *

Más que nuestros actores y nuestros autores de los extranjeros,
tendría que aprender nuestro público en cuanto á consideración y
respeto al espectáculo y á los espectadores. En una de las últimas
representaciones de _El oro del Rhin_ era materialmente imposible
enterarse de la obra, salvo en la parte visible. ¡Y habrá quien diga
que la música de Wágner es estruendosa! Sí, sí: ¡ya pueden echar los
compositores trompas, timbales, bombos y platillos á competir con la
graciosa cháchara de los abonados! ¡Y se tendrán por muy distinguidos!
No saben que lo más distinguido es... tener educación y que si entre
todo el numeroso público hubiera un solo espectador, uno sólo, que
hubiera pagado por oir la ópera y no por contribuir á la general
algazara, ese solo espectador merece el silencio de todo el público;
no hablo ya de los artistas y de la obra. Pero ¡sí!, este es el país
de: «Para eso hemos pagado, para estar como nos convenga.» Váyase
la poca educación de los que charlan, por la exagerada de los que,
habiendo pagado para oir la ópera, no protestan ruidosamente y en
cualquier forma de la mala educación de los charladores. A descortesía,
descortesía y media. Nunca estaría más justificada. En ningún teatro
del mundo se toleraría cosa semejante. ¡Y esa es la gente que viaja
por el extranjero! Verdad es que cuando viaja va á los circos, á los
_music-halls_. ¡Lástima de dinero, que estaría tan bien empleado en los
que no se atreven ni á respirar, allá en el paraíso!

       *       *       *       *       *

En _Juventud de príncipe_, traducción de la comedia alemana _Alte
Heidelberg_, hay algo que desconcierta al espectador y, sobre todo, á
la espectadora, en nuestro público: las relaciones del príncipe y de
Catalina, camarera de una cervecería.

Cuestión de latitud y de razas. Un público latino ¡el latino es pillín!
no comprende ese buen amor que tiene tanto de buena amistad. Aquella
muchacha sencilla quiere y se deja querer sin hablar de matrimonio, ni
de honra... ni siquiera de dinero. ¿Qué especie de mujer es ésta?--se
diría más de una espectadora.--¿Es buena? ¿Es mala? Es tonta, por de
contado. Grave defecto en una mujer. Nuestras mujeres no temen nada
tanto como pasar por tontas. ¡Así es tan raro que las engañe nadie!
A buen seguro que un príncipe latino, ¡qué un príncipe!, cualquier
muchacho de regular posición, no encontraría una ganga como la moza de
Heidelberg. Una muchacha joven, bonita, que ni ama demasiado hasta el
punto de destrozar el corazón al príncipe, ni de estorbarle siquiera
en sus estudios, ni le explota hábilmente, haciéndose señalar una
pensión vitalicia. ¡Un buen camarada de bromas y de excursiones!
Mujer... cuando es preciso y nada más... ¡Lo ideal para todo hombre de
ocupaciones! Con mujeres así, no es extraño que los alemanes progresen
tanto. Los pobres latinos, en cuanto tropiezan con una mujer en su
camino ¡hombres perdidos! Por eso _Juventud de príncipe_ fué más
celebrada en su estreno por los espectadores que por las espectadoras.

Por nuestra vida y por nuestras comedias sólo se comprende el amor
causando estragos. Y sólo así convence á nuestras mujeres.



XII


Un distinguido escritor, al patrocinar también el debido homenaje al
maestro Chapí, lleva su escepticismo hasta dudar de la sinceridad de
mi admiración por el insigne músico; todo porque olvidé que en esta
temporada se había representado, por fin, _Margarita la Tornera_ en el
Teatro Real. Cuatro representaciones, después de tantos aplazamientos
y suspensiones, no son muchas, y nada tiene de particular que puedan
pasar inadvertidas para cualquiera, á poco preocupado ó distraído que
ande uno con sus particulares asuntos.

No soy yo tampoco muy amigo de asistir á representaciones de las
obras que admiro. Las representaciones son siempre peligrosas para la
admiración, y si esas representaciones son de óperas españolas y en
nuestro teatro Real, doblemente. Claro es que una obra musical no puede
ser admirada en su integridad, como una obra literaria, sin pasar
por la interpretación, más ó menos edificante. Pero, en este caso, es
preferible admirar y creer... por fe, ó, si la fe nos falta, aceptando
como buena la autoridad de los competentes. Después de todo, por fe ó
por autoridad, creemos en muchas cosas de más importancia: en materias
de Religión, de Ciencia, etc., etc.

Yo no me permitiría jamás dudar de la ciencia de un Ramón y Cajal,
aunque nunca haya asistido á sus experimentos. Me basta con que
personas de gran autoridad científica los den por buenos. ¿Estimaríamos
muchas cosas en el mundo si á cada una hubiéramos de aplicar la propia,
casi siempre ignorante, y muchas veces impertinente, investigación? El
propio juicio ¡es tan falible! y ¡tan variable! Cualquier alteración en
los humores, en la temperatura, en el bolsillo, basta á trastornarle.
¿De qué viven las grandes instituciones sociales más que de este
abandono del criterio individual al criterio social, única suma que
nunca es resultado de los sumandos?

Si la admiración nacional fuera la suma de admiraciones individuales,
¿habría español que fuera admirado? Si el catolicismo dependiera del
número de verdaderos católicos, ¿sería España el país católico por
excelencia? Aunque sea el país en que haya más _excelencias_ por
católicos.

       *       *       *       *       *

Del criterio y de los gustos artísticos de nuestros empresarios puede
dar idea el que, obras como _Aguila de blasón_ y _Romance de lobos_,
las admirables tragedias bárbaras de Valle-Inclán, no hayan encontrado
todavía escenario en que puedan ser, no más admiradas, pero sí
admiradas por más, como debieran serlo.

Ahora, á fines de temporada--de lo bueno poco,--se nos ofrece _Cuento
de Abril_. Gentil ofrecimiento de la gentil actriz Matilde Moreno, que
nunca empleó mejor su estudio y su talento como en esta buena obra de
purificar el ambiente teatral con aires de poesía.

Es _Cuento de Abril_ todo poesía y arte verdaderos, no de esas
sobredoradas imitaciones que andan por ahí desacreditando el género.

Me aseguran que _Cuento de Abril_ pasó por otros teatros, en donde sólo
halló indiferencia ó extrañeza. Extrañeza lo comprendo, por lo raro
del caso. La indiferencia, ya es menos explicable. No hay razón para
lamentarse de la falta de obras y de autores, cuando se deja marchar
una obra como _Cuento de Abril_ y _Aguila de blasón_ y _Romance de
lobos_, ésta sin representarse.

       *       *       *       *       *

¡Eterno vaivén de las cosas del mundo! El rompecabezas, el arrinconado
juguete de los tiempos de nuestra infancia, es ahora el juguete á la
moda, y no para niños, sino para mayores, y muy mayores, y en tertulias
de gran señorío y respetabilidad. Verdad es que el juguete viene ahora
de Inglaterra con el nombre de _Puzzles_.

Yo no sé si será muy divertido, ni de qué otra diversión podrá ser
pretexto; porque yo no me fío de estos juegos de sociedad, casi
siempre de carambola y por tabla. Parece que se divierten con una cosa
y es con otra.

Lo que sí sabré decir es que, este juego del rompecabezas, es de un
gran simbolismo. ¿Es otra la tarea de nuestra vida, que ésta de ir
juntando, para componer algo, los pedazos de nuestro corazón, de
nuestra inteligencia?

Los antiguos rompecabezas llevaban el modelo para facilitar la
composición; estos de ahora son imprevistos. Y hasta en eso se ve
cómo procuran simbolizar la vida moderna. Va uno juntando pedazos y
pedazos, sin saber si será una marina ó un paisaje, un apacible cuadro
de familia ó una terrible batalla, lo que al fin resulte. La sorpresa
es el mayor encanto. Así vivimos: juntando pedacitos de nuestra vida,
sin saber lo que será el cuadro de nuestra vida; sin modelo que pueda
orientarnos. Rompecabezas es el juguete: si ponemos en él toda nuestra
ilusión, bien pudiera llamarse ¡rompecorazones!



XIII


Somos los españoles como nuestros vinos: ganamos transportados.
El que aquí malgasta lo mejor de sus energías en luchar contra el
medio ambiente, fuera de aquí, aun contra las dificultades que á
todo extranjero se oponen en todas partes, logra vencer y afirmar su
personalidad. Por eso fuimos pueblo de conquistadores, y si perdimos
todas nuestras conquistas, no fué por no haber sabido hacer nuestras
las tierras conquistadas, sino tal vez por haberlas hecho demasiado
nuestras. Parece paradoja, pero es lo cierto que América dejó de
pertenecer á España por haberla hecho demasiado española. Somos gente
poco de casa. Cuando no aspiramos á conquistar el mundo, aspiramos
á ganar el cielo. De nosotros pude decirse, como en aquella antigua
canción tan nuestra:

    «Fuí al mar,
    vine del mar...
    Mis telitas sin hilar.»

Buen ejemplo de este nuestro espíritu conquistador y buena compensación
de otras conquistas materiales, hoy más difíciles de emprender,
tenemos en Pepe Lasalle, quien salió de España, hará unos diez años,
diciendo: «Seré director de orquesta», y ha realizado su propósito
tan cumplidamente que, al saludarle de nuevo por esta su tierra, á su
nombre y su cargo añadimos, por aclamación, todos los adjetivos que su
modestia callaba al despedirse, pero á los que, sin duda, pretendía en
su noble ambición de artista. Gran director de una gran orquesta. No
puede cumplirse mejor el propio vaticinio. Desde los tiempos del Gran
Emperador, no se unieron Alemania y España en más gloriosa empresa.

Ahora bien, ó, ahora mal, mejor dicho: con el mismo talento, con la
misma energía, con todo lo personal, en fin; si entre nosotros se
hubiera propuesto Pepe Lasalle realizar su propósito, ¿hubiera llegado
á conseguirlo? Contesten tantos verdaderos artistas músicos como andan
por ahí desperdigados por cafés y orquestas de teatrillo; responda
nuestro público aristocrático, llenando los palcos del Circo en los
días de moda y dejando poner en la taquilla de billetes para los
conciertos: «Sólo quedan palcos y butacas»; hablen el Cuarteto Francés
y el Cuarteto Vela, luchando contra la indiferencia del público,
sólo sostenidos por el aplauso de algunos inteligentes que ¡ay! son
justamente los que van de gorra, y aun hay que agradecérselo. Por
eso, bien esta que aplaudamos con el mayor entusiasmo á los de fuera,
y mucho más cuando los dirige uno tan nuestro y que tan alto pone el
nombre de España en el mundo del Arte; pero estimemos en cuanto merecen
á los de casa, que, sobre las dificultades de su arte, han de vencer
las del medio, hostil ó indiferente. El Arte, que es todo simpatía,
sólo en ambiente de simpatía florece.

       *       *       *       *       *

¿Quién se atreverá á poner en duda el desinterés de nuestros
escritores? Cada dos ó tres años, el ministerio de Instrucción pública,
cuidadoso tutor y curador de los menores y pródigos, que son nuestros
literatos, ha de conceder graciosamente ampliación del plazo para
inscribir obras en el Registro de la Propiedad. ¿Es desinterés,
ignorancia de estas formalidades legales ó triste convencimiento de
que, para lo poco que ha de producir, no vale la pena de tomarse
molestia alguna? En los dos últimos casos sería muy triste; en el
primero sería muy laudable, si ese desprendimiento no redundara
siempre en beneficio de algún editor _vivo_, siempre dispuesto á
levantar muertos al amparo de una ley que, por fortuna, no se cumple
con inexorable rigor. Para todos los efectos de responsabilidad, la
condición de escritor debiera equipararse en nuestros Códigos á la de
los menores ó incapacitados. ¿Por qué han de estar tan reñidos números
y letras que, hasta cuando la realidad de los números se impone al
escritor, ha de venir en letras... de cambio, aceptadas por él con la
más divina inconsciencia de números y de fechas?

       *       *       *       *       *

El descubrimiento del doctor Doyen, prometiéndonos más larga vida,
no dejará de regocijar á cuantos van á gusto en el machito; para
ellos lujoso carruaje ó automóvil. A los de á pie nos es indiferente.
¡Alargar la vida!

¡Como no sea por la ilusioncilla de ver terminadas las obras de la Gran
Vía; ó por ver si los aeroplanos llegan á establecerse con servicio
regular, como los transatlánticos; ó por saber del estreno de una obra
nueva de Rostand; ó por ver las calles de Madrid sin pordioseros!...
Aunque es de temer que la virtud del descubrimiento del doctor Doyen
no alcance á la realización de todas estas esperanzas. Entonces, para
seguir con la misma historia de la vida, «Este cuento de la vida, dos
veces contado», como dijo Shakespeare, ó «contado por un idiota», que
dijo el mismo... El descubrimiento del buen doctor no vale lo que una
botella de buen vino, un poco de morfina, un buen cigarro, una buena
música ó una buena mentira; de esas mentiras dulces, que parecen amor ó
gloria... Todo lo que es olvido de esa implacable verdad, cuyo nombre
más cierto es muerte.



XIV


Son las próximas elecciones la mayor preocupación en estos días.
No--esto es lo triste--por el gran interés que inspiren, en cuanto
pudieran influir en los destinos futuros de España, sino por los muchos
pequeños intereses que en ellas se fundan y contra el interés general
conspiran.

Líbrenos la diosa Democracia de hablar mal del sufragio universal, ni
del voto obligatorio, preciadas conquistas suyas. Antes era posible que
un Gobierno regalara, lo que se dice regalar, un distrito á cualquiera
de sus patrocinados; pero, por lo mismo que se trataba de un regalo,
los Gobiernos cuidaban, para no dar que murmurar demasiado, que el
candidato fuera persona de merecimiento. Ahora, como todo el apoyo y la
protección oficiales no bastan á librar al protegido de ciertos gastos
indispensables, es preciso buscar ante todo gente de dinero ó que sepa
sacarlo de donde lo haya. Antes solía decirse: «A Fulano le apoya el
Gobierno», ó «Cuenta con la protección de éste ó del otro, mayores ó
menores caciques.» Ahora, las protecciones no significan nada. La única
probabilidad de triunfo es decir: «Fulano piensa gastarse tanto en la
elección; Menganito se gastará cuanto.»

Las gentes sencillas, tan incapaces de grandes abnegaciones patrióticas
como de ambiciosas vanidades, no hayan compensación en el cargo de
diputado á tan crecidos sacrificios pecuniarios, y con la natural
desconfianza que despiertan siempre las acciones heroicas, cuando
su móvil no tiene equivalente, por lo menos «potencial», en nuestro
espíritu, dan á recelar, con esa suspicacia propia de las gentes
sencillas, que en lo de ser diputado ha de haber algunas ventajillas
más que la de sacrificarse por la patria, la de chupar caramelos, la
franquicia postal y la misma inmunidad parlamentaria.

Esa desconfianza hace que, obligadas al voto, las gentes sencillas
vayan á la votación con la misma indiferencia con que antes se
quedaban en casa. Al «qué más da votar que no votar» ha sustituido
el «qué más da votar á unos que á otros». La consecuencia en uno y
otro caso es la misma: no triunfa el que triunfa por importarle á
muchos, sino por no importarle á nadie. Así podemos vanagloriarnos de
constituir unas Cámaras que no representan la opinión del país, como en
otros países, sino su falta de opinión.

       *       *       *       *       *

A consecuencia de una polémica entre autores y críticos, se ha
discutido en París, entre autores, críticos y actores, sobre la
eficacia de la crítica, sobre sus derechos y deberes y hasta sobre la
conveniencia de su desaparición. Los autores y los actores artistas han
opinado, como era natural, que la supresión de la crítica literaria
sería tanto como relegar el teatro al terreno puramente industrial de
especulación. Pero ¿es otra cosa el teatro moderno? ¿No es fantasear
á costa de la realidad--fantasía muy cara--considerarle de otro
modo? A no ser en teatros subvencionados con esplendidez, donde los
directores puedan permitirse el lujo de ofrecer verdaderas obras de
arte, ¿qué empresario ni qué autor pueden aceptar la responsabilidad
de comprometer intereses respetables por entregarse á nobles juegos de
arte?

Hoy se le da al teatro una importancia comercial que nunca tuvo.
Exigencias del público, de la crítica, de autores y actores--no
hablemos de los propietarios,--han convertido en negocio
arriesgadísimo, más propio de capitalistas que de verdaderos
aficionados al arte, la explotación de un teatro. En estas condiciones,
¿puede depender del criterio artístico, de la crítica, el éxito de una
obra? Dejémonos de vanidades. El teatro moderno tiene muy poco que ver
con el arte. No se interponga ninguna consideración artística entre el
público y la taquilla, como no se interpone entre el comprador y el
comerciante una crítica del escaparate. ¿Que esto será el fin de la
literatura dramática? No, al contrario; quedarán mejor deslindados los
campos. A un lado el arte y la literatura; al otro lado el teatro. Un
teatro que sólo aspira al dinero no debe tener más sanción penal que la
falta de dinero. La crítica literaria es demasiado honor para él. La
mejor crítica de muchas obras es haber llenado el teatro durante 200
noches, y que el autor, para curarse de toda vanidad, llegara á conocer
personalmente á los 200.000 espectadores que le han aplaudido, ¡Ay del
artista que, cuando más clamoroso oye el aplauso de todos, no sabe
percibir la voz de la propia censura!

       *       *       *       *       *

En Berlín se ha fundado una Sociedad, llamada de Calderón, con el
objeto de representar obras de nuestro autor y algunas de otros
autores, no menos admirables, nunca representadas en los teatros
ordinarios. En dicha Sociedad figuran ilustres personajes, y en la
primera función, con el concurso de los mejores actores de los teatros
berlineses, se representará _La devoción de la Cruz_.

Esto en Berlín, donde todos los años se representa mayor número de
obras de Calderón y de Lope de Vega que en nuestros teatros. En cambio,
nosotros no dejaremos de representar opereta alemana, ni austriaca, en
justa correspondencia. Schiller y Goethe y el moderno Hauptman bien
están en su casa. Y que se lleven á Calderón y á Lope. ¡Para lo que
van á divertirse con ellos! Mejor sería proponerles, ya que en tan
buena disposición se hallan, que se encargaran de celebrar en Berlín el
centenario de Cervantes. ¡Fuera cuidados! De aquí les mandaríamos una
lucida Comisión y todos los toreros que hicieran falta para una buena
corrida de toros.



XV


¡A cualquier hora nos la dan á nosotros de primos! Nos hemos dislocado
de risa con una porción de _vaudevilles_ sin gracia y sin fantasía; nos
hemos extasiado ante unos cuantos melodramas policíacos sin novedad y
sin interés; hemos acogido como armonías celestiales la organillesca
musiquilla de cuantas operetas vienesas han querido ofrecernos...
Todo ello por venir de fuera y venir consagrado. Pero esto no podía
continuar. ¿Qué se diría? ¿Qué éramos público para contentarnos con
cualquier cosa? Nada, nada de dejarse sugestionar... A la primera
ocasión... Y la primera ocasión ha sido _Chantecler_. Diríase que,
á falta de mayores solemnidades, habíamos querido conmemorar en él
la fecha próxima del Dos de Mayo. Lo que no consiguieron bombos y
reclamos previos, acabará por conseguirlo la desconsideración de
algunos públicos con una obra de noble y elevado arte: imponerla, por
fin, á la admiración de todos. ¡Ya quisiéramos que gallos como ese nos
cantaran todos los días en nuestros corrales! ¡Para una vez que nos
hemos sentido carabineros del arte... de las pocas veces que no venía
contrabando!

       *       *       *       *       *

La palabra de Dios es el silencio, y, si alguna vez comprendemos en
toda su grandeza esa divina palabra del silencio, es cuando una mujer
linda y graciosa nos dice ó nos canta tonterías desde un escenario.
Para admirar una linda hechura de Dios, ¿qué necesidad hay de
molestarnos con idioteces? ¿No bastaría con una bien compuesta danza
para mostrarnos la gracia de las actitudes? ¿No bastaría con pasar y
sonreir? ¿Es preciso más para que una mujer bella enamore? Y, si algo
ha de decirnos, sea en una lengua extraña, sólo comprensible como
una música... No quiebre el ritmo de una bella armonía el desentono
de las palabras chabacanas. No es la belleza la que ha de acercarse
á nosotros; somos nosotros los que hemos de acercarnos á ella,
alejándonos de la realidad... Y no es el mejor puente la letra de algún
_couplet_ que, sólo se salva de lo canallesco, para caer en lo insulso.

       *       *       *       *       *

Hasta ahora estuvo considerado el grajo como una de las aves
beneméritas de la agricultura, por la gran cantidad de insectos y
de alimañas, perjudiciales á los campos, de que se alimentaba. Pero
¡no somos nadie! Ni los estómagos, ni las conciencias, ni ¡ay! los
bolsillos--gran estómago de los racionales civilizados--resisten á
un minucioso examen. Después de registrado el buche de unos cuantos
grajos--los bastantes para dar autoridad á la estadística,--el
implacable análisis viene en exonerar á toda la casta de sus
preeminencias y consideración sociales como protectora de la
agricultura. La cantidad de animalitos dañosos engullidos por el grajo
no guarda proporción con la gran cantidad de semillas y de granos
que devora. Por lo tanto, no hay para qué respetarle, y, en adelante,
pasará á la triste categoría de los perseguidos y cazados sin tregua.

Aplicado este mismo análisis estomacal á muchos grandes personajes
y respetables Corporaciones, hasta ahora considerados y respetadas
como de utilidad social, ¿no tendríamos el mismo resultado? Lo que
protegen por una parte, ¿estará compensado por lo que dañan de otra?
¿No tragarán más grano provechoso que animalillos perjudiciales?
¡Cuánto grajo no estará viviendo por esos campos, de un respeto mal
fundamentado! Se impone la autopsia de unos cuantos, á la hora plácida
de la digestión, para saber á qué atenernos.

       *       *       *       *       *

Como siempre que se proyectan grandes festejos, de lo proyectado á lo
realizado va... la distancia que hay de las necesidades de Madrid á los
cuidados de su Ayuntamiento. No; aquí ni comemos ni nos reímos. Como
festejo extraordinario, ya nos contentaríamos con que nos lavaran un
poco.

El problema de la mendicidad--grandes problemas son siempre aquellos
para cuya resolución hace falta mucho dinero: el problema de la
vida, el problema de las subsistencias, el problema de la enseñanza,
etc...--sigue en estudio. Textos en que estudiarle no faltan. Dentro de
poco, para poder andar tranquilamente por Madrid, habrá que vestirse
de harapos. Será el único modo de que le dejen á uno tranquilo. Añadan
ustedes en estos días, á los mendigos de siempre, los electorales:
¡El voto, por amor de Dios! ¡Esta candidatura, que no he comido en
todo el año! Ya no sabe uno á quién dice: ¡Perdón, hermano, ó: Estoy
comprometido con los socialistas.

¡Grandes días estos para disponer de un aeroplano! ¡Feliz el conde
de Romanones, único español á quien no le preocupan los asuntos
electorales!



XVI


Salvo el género de tropelías, mudanza que los siglos van trayendo, pudo
compararse al difunto rey Eduardo VII con aquel otro rey de Inglaterra,
Enrique V, héroe de la batalla de Argincourt, protagonista en varios
dramas historiales de Shakespeare. Como el alegre y despreocupado amigo
de Falstaf y Pistol, supo ser, como rey en su día, muy otro que como
príncipe de Gales.

No podría decirse de él que fué el príncipe que todo lo aprendió en
los libros. Mucho aprendió en la vida, y no fué desaprovechada la
enseñanza. Una buena Prensa le prodiga elogios, que no le regateará
la Historia. Estímanse las virtudes de los grandes, y es justo que
así sea, por comparación con sus iguales; así no es de extrañar que,
con las cualidades que apenas librarían á un señor particular, en la
hora de su muerte, del piadoso comentario de alguna buena amiga: ¡Qué
descansada se habrá quedado la familia!, la Historia se dé por contenta
para proclamar: ¡Era un gran rey!

       *       *       *       *       *

Si en la satisfacción del triunfo cabe siempre una gota de amargura,
¿habrá dejado de saborear su provechosa medicina el gran D. Benito
Pérez Galdós? ¿Cómo puede escapar á su observación lo fácil de una
carrera política y lo difícil de una carrera literaria? La primera
serie de sus _Episodios Nacionales_ y muchas de sus admirables novelas
llevaba publicadas don Benito y no podía contar con el número de
lectores con que, sólo en dos años de republicano, ha podido contar de
electores.

De lectores á electores hay una sola letra de diferencia; pero ¡qué
gran diferencia en números!

Y ¿cómo comparar el mérito de la labor literaria de toda una vida con
los merecimientos de dos años de republicano, aunque contemos como
literatura y como republicanismo el sinnúmero de cartas de adhesión á
todas las paellas tricolores, en torno á las cuales se haya reunido
siquiera media docena de republicanos?

¡Cuarenta mil votos! Una duda: de la primera novela que publique,
¿venderá tan fácilmente D. Benito 40.000 ejemplares?

       *       *       *       *       *

Siempre que un Gobierno sale malparado de unas elecciones, le queda
el consuelo que á las mujeres feas y pobres: atribuir á su honradez
toda su desgracia. ¡Si yo hubiera sido como otras! ¡Esto me pasa á mí
por ser honrada! Ninguna dice: ¡Esto me pasa á mí por ser fea! Que
era el caso de la candidatura monárquica en Madrid. Claro es que ser
diputado por Madrid significa poco; aquí no hay mangoneo ni caciqueo.
Las grandes figuras de la política prefieren sus feudos provincianos.
Para Madrid quedan unos cuantos señores de buena voluntad y mejor fe,
dispuestos á gastarse muy buenos cuartos. Pero ¡ay! Madrid tiene otras
teclas que tocar que los distritos rurales. Aquí se fuma y se bebe todo
el año y no se le asusta á nadie con un apremio, ni con un recibo...
¿Será verdad que los electores monárquicos hayan andado despegadillos?
Como entre ellos hay gente de dinero y muchos tienen automóvil y el día
estaba bueno... Por eso, no será malo, para otra vez, confiar menos en
los electores y algo más en los elegibles.

       *       *       *       *       *

Muchas personas de viso, de esas que se abstendrían, por comodidad ó
por abandono, de votar la candidatura monárquica, han andado en estos
días poco menos que á media asta con motivo del fallecimiento del rey
de Inglaterra. Bueno está vestir á la inglesa y vivir á la inglesa y
pagar á la inglesa, pero ¡entristecerse á la inglesa también! Mucho se
había divertido el noble difunto, pero no hasta el extremo de que tanta
y tan buena gente le llore como á un padre.

Los actores franceses son los que han tenido una ocasión más de
exhibirse. No hay uno que no haya sido gran amigo del rey Eduardo y no
tenga que contarnos alguna chispeante anécdota. A Febvre, ex socio de
la Comedia Francesa, le regaló un bastón; á Réjane, una sortija; Sarah
¡oh, Sarah! le reprendió una vez severamente porque se acercó á ella
sin quitarse el sombrero. Siempre fué el teatro la mejor escuela de
buena crianza. Pero todos están inconsolables. Le querían mucho.

Menos mal. Ya dijo Hamlet, príncipe muy aficionado al teatro, que más
nos valiera tener un mal epitafio que una mala reputación entre los
comediantes.



XVII


Ya nos ha salido el susto del cuerpo. Es posible que á muchos, sobre
todo á muchas, de las que más se regocijaran en la noche de la temida
fin del mundo, no les haya salido todavía ó les salga de aquí á unos
meses, á mayor gloria y perpetuidad de este pícaro mundo.

Si es cierto lo que asegura Renán en su _Abadesa de Juarre_, que, ante
la muerte próxima, el amor se envalentona y se deja de miramientos
hasta decir ¡Fuera cuidados!, esperemos que el cometa Halley, en vez de
acabar con el mundo y sus habitantes, nos habrá dado cuerda para mucho
tiempo.

La verdad es que, para lo atrasadillos que andamos, según dicen,
no hemos sido de los que más se han puesto en ridículo por esos
mundos. ¡Estamos tan hechos á pronósticos de nuestro fin! Y siempre
es preferible que el mundo se acabe para todos á acabarse uno para
el mundo. Mundo tenemos en general, y ojalá tuviéramos vida en
particular hasta la llegada de otro cometa, y aun es posible que
hasta la terminación de la Gran Vía, y, exagerando un poco, hasta
el advenimiento de la República. Las revoluciones, lo mismo en las
celestiales que en las terrenales esferas, nunca las traen cometas
andariegos y revoltosos, por mucha cola que aparenten. Es preciso algún
astro de primera magnitud, y por ahora... todo es vía láctea en las
celestiales y en las terrenales esferas.

       *       *       *       *       *

Para los que se pagan de nombres--República, Monarquía,--ahí tienen á
la República Argentina y á su Gobierno viéndose obligados, en plena
apoteosis de su engrandecimiento y prosperidad, á declarar el estado
de guerra; medida que, con el interés de los más, acaso baste á
conseguir una tregua de fiestas patrióticas. Pero el problema queda
en pie. Y el problema allí es del mundo entero. Digan unos: Patria;
otros: Humanidad, siempre sientan bien estos nombres sonoros y nobles.
En realidad, riqueza de un lado, miseria de otro. Más peligroso es
el conflicto en esos pueblos jóvenes, adonde llegan todos los días
miles de conquistadores de todas las razas y de todos los pueblos. Y
conquistadores sin bandera, desarraigados de su patria, á luchar por
sí, á enriquecerse, si es posible, en provecho propio... ¿Cómo exigir
á tanto egoísmo humano el sacrificio por una idea nacional? No bastan
los intereses materiales, opuestos de clase á clase, cuando no de
individuo á individuo, á unir voluntades y sentimientos en ese algo
inexplicable que se llama ideal nacional. Es ley fatal humana que, en
las causas de nuestra grandeza, esté el mayor peligro de nuestra ruina.
El talento, el valor, la riqueza, la hermosura tienen en sí mismos su
mayor enemigo. La República Argentina es inmensamente rica y generosa.
Pero si todos quieren ser inmensamente ricos en ella, ¿bastará toda
su generosidad? ¿No tendrá á cada paso un conflicto entro su interés
nacional y tantos intereses de tantos, por desligados de su patria,
más desligados de una patria extranjera? He aquí el peligro y he aquí
el problema de la República Argentina. ¿Lo que hoy es un gran pueblo,
llegará á ser una gran nación? ¿Llegarán á sumarse tantos intereses
egoístas en un solo egoísmo ideal? Gran cosa es que en un pueblo todos
procuren ser ricos, á condición de que todos también estén dispuestos á
morirse de hambre en un día. Con la primera cualidad, dominante en la
República Argentina, y la segunda, dominante en España... ¡gran nación!

       *       *       *       *       *

Millones de flores, que representan millones de pesetas, cubrirán la
tumba del rey Eduardo de Inglaterra. Los economistas republicanos, que
hallan sus mejores argumentos contra la Monarquía en publicar lo que
cuesta el sostenimiento diario de unas caballerizas reales, no dejarán
de filosofar ante ese derroche de flores. No pensarán lo mismo las
floristas ni los floricultores. Y siempre que un señor de esos que,
por alardear de modestia, deja dispuesto en su última voluntad que no
se deposite coronas ni flores sobre su cadáver y que se le entierre con
la mayor sencillez, pienso en la oración fúnebre que han de dedicarle
los empresarios de pompas fúnebres y los fabricantes de coronas: ¡Vaya
con el hombre, á qué hora ha ido á acordarse de ser modesto! Yo creo
que la mayor modestia es no disponer nada y dejar á los ricos que
hagan su gusto y su voluntad y á los funerarios su negocio. El que uno
se muera no es razón para que no vivan los demás. A mí me parece muy
bien todas esas flores y ese dinero que se gastan los ingleses. Las
flores nunca son caras. Además, los vivos son lo bastante vivos para no
dedicar flores al muerto; las flores son á los que quedan.

Recuerdo que á un gran personaje se le murió un sobrinito, y la casa
se llenó de coronas y de flores y el entierro llevó el más lucido y
numeroso acompañamiento, y decían los familiares de la casa: Si esto
es por el sobrino, ¡cuando el señor muera! Pero el señor, al morir,
no dejaba familia de importancia, ni, de ella, nadie que pudiera
dar destinos ni dispensar favores, y al entierro... dos peseteros y
los precisos operarios. Señores muertos: nada de consideración con
los vivos; admitan ustedes coronas y flores, y á la familia dejarle
encargado el entierro de primera y con mucho clero: que vivan todos.
Siempre hace bien ver caras alegres en un entierro.



XVIII


Todo Gobierno, al emitir su respectivo discurso de la Corona, bien
puede disculparse, como el aldeano de Molière:--Si digo siempre lo
mismo, es porque siempre es lo mismo; que si no fuera siempre lo mismo,
no diría siempre lo mismo.

Si los anteriores Gobiernos hubieran realizado todas las bellas y
grandes cosas prometidas en sus sendos discursos, nada quedaría por
realizar, ni siquiera por prometer, y holgaría un nuevo discurso de
discursos (revista de revistas).

Si de la vida dijo Shakespeare que era fastidiosa como un cuento oído
dos veces, ¿qué serán estos discursos tantas veces oídos? Así nos hemos
acostumbrado á oírlos con el más consecuente escepticismo, reflejo tal
vez del escepticismo que suele dictarlos.

En fin, como el escepticismo es puerta entornada, ¿por qué no hemos
de conceder á estos discursos siquiera la confianza que ponemos en la
lotería? Alguna vez puede tocar. No aspiremos al premio gordo.--El
programa ideal. ¿No es eso?--¡Si tocara una aproximación!

En lo que no cabe por esta vez escepticismo es en lo del «vigoroso
llamamiento al crédito». Esa es la eterna subida del vino: que nunca
mejora de calidad, aunque suba de precio.

Por si no bastaba con un discurso, hemos tenido dos: el de la Corona
y el de la coronilla, á cargo del jefe del partido conservador, muy
empeñado en llevar vela en este entierro, que bien puede serlo si no
hay á tiempo un capirotazo enérgico que apague esas velas y cirios que
ya han «deslucido» bastante.

Entre los dos discursos nos quedamos... con el Mensaje de la Asamblea
agrícola; de menor resonancia, pero de más sólida y aplicable doctrina.

       *       *       *       *       *

Próximas á terminar las representaciones de Novelli en Lara, cerrados
muchos teatros de invierno--algunos más propios de verano por la
frescura de obras y artistas,--no queda en Madrid más espectáculo
atractivo que las sesiones del Congreso y alguna cómica, especial,
del Senado, que cuenta para el género con eminentes y acreditados
característicos.

Las distinguidas aficionadas al Parlamento, en todas sus
manifestaciones, particulares y públicas, ya tienen dónde pasar la
tarde y en dónde distraerse hasta el veraneo, retrasado, como siempre
por los deberes políticos de los maridos, padres, etc.

El elemento femenino ha de interesarse mucho en la actual legislatura.
Hay que evitar la condenación de más de cuatro amigos arriesgados en
alguna votación peligrosa. ¡Sería una lástima no poder encontrarse con
ellos en celestiales moradas, como ahora en las más elegantes casas,
por culpa de un proyecto de ley! Hay liberales muy simpáticos, y hasta
con dinero; el partido conservador no tiene monopolizadas estas dos
bellas cualidades para brillar en sociedad.

Yo sé que á estas horas hay quien eleva plegarias y hace ofrecimientos
por la salvación de algunos ministeriales. No teman las distinguidas
intercesoras; llegado el caso, todos han de salvarse, más que por
vuestra intercesión, por propia iniciativa, al grito dispersador de:
«¡Sálvese el que pueda!» No roguéis por ellos; rogad por vosotras y
por vuestros hijos, diremos parafraseando palabras de Jesús. Porque
si pudierais ver, como El, en lo venidero, veríais lo que mejor os
estaba y les estaba á todos para evitar mayores males. Verdad es que si
vosotras tuvierais inteligencia y cultura para comprender estas cosas,
hace mucho tiempo que estarían resueltos muchos problemas por sí solos.

       *       *       *       *       *

El orgullo nacional de los franceses, irreductible, sobre todo
tratándose de su arte, se halla muy resignado con ver su París invadido
por toda clase de espectáculos extranjeros. Opera italiana, comedia
belga, baile ruso; sin contar innumerables artistas, autores y músicos
de diferentes nacionalidades repartidos por diferentes teatros.

A mal tiempo amable sonrisa, y ellos venden por generosa hospitalidad
lo que á regañadientes soportan. Claro es que los comediantes belgas
son una pobre gente sin pizca de _chic_, aunque sean más espontáneos
y naturales que los amaneradísimos actores franceses, apestantes á
Conservatorio y á Comedie Française; que Caruso no puede compararse
con los admirables tenores de la Gran Opera, con sus voces de gato
pisado... Sólo ante los bailarines rusos humillan su superioridad,
y eso porque, según ellos, todo su arte es de la más pura tradición
francesa.

Como espectáculo propio no han ofrecido, autores y actores franceses,
en estos últimos tiempos, nada más interesante que la pelotera entre
Bataille--el nombre obliga, y él se encarga de justificarlo--y la gran
Sarah, sólo comparable á la guardia napoleónica en lo de dar que hablar
hasta sucumbir.

En París, como en todas partes, se perecen por estos chismes teatrales.
Hasta que los Tribunales dieron la razón á Bataille, todo el mundo
estaba de su parte; en cuanto tuvo á la justicia por suya, consideraron
que ya tenía bastante, y todo el mundo se puso de parte de Sarah.
Cuando se atrevió á embargarla sus muebles y los ingresos de su
teatro... ¡no se diga! Los mayores enemigos de la actriz se aprestaron
á defenderla contra el autor. Se llegó á decir que Bataille había
insultado á Francia en la persona de Sarah.

Aquí, por fortuna, no se llevan á punta de embargo estas cosas de
teatro, que no valen la pena. Sólo sabemos de un empresario capaz de
embargar á sus autores; pero con el mayor cariño y sin dejar por eso
de representarles sus obras, para mejor garantía del embargo... Los
demás, todos buenas personas. Nos peleamos, hacemos las paces, nos
odiamos, volvemos á querernos; pero todo con la mayor modestia, sin
indemnizaciones y sin reclamos.



XIX


Las mujeres son, por lo general, conservadoras, muy respetuosas
con lo tradicional y establecido; pero cuando una mujer da en
revolucionaria... Nada menos que todo el sistema planetario nos ha
trastornado una distinguida dama, miss Craig, en interesantísima
conferencia dada en el Ateneo.

No era la flor que más se había presentado hasta ahora, en el ramo
de la sabiduría femenina, ésta de la astronomía. Bueno es que la
mujer se vaya poniendo en comunicación con el cielo de mejor modo que
con importunas plegarias petitorias. La aparición, mejor dicho, la
desaparición, y para nosotros ¡ay! despedida, sin beneficio, del cometa
de Halley, á más de su cola natural, se ha traído otra muy larga de
discusiones entre los astrónomos. A consecuencia de todas ellas, se
inicia el descrédito de algunas verdades, que ya habían durado lo
bastante, para obtener, sin que nadie pueda molestarse, su jubilación y
pase á la escala de reserva. Todo nuestro respeto para estas mentiras
de hoy, que fueron las verdades de ayer, y aprendamos por ellas á
respetar las mentiras de hoy, que tal vez sean las verdades de mañana.

Los estudios de miss Craig son muy serios y no deben tomarse á broma.
Sin llegar á las atrevidas afirmaciones de la conferenciante, otros
astrónomos de gran renombre han coincidido recientemente en negar
las teorías de Newton sobre las leyes de gravitación y de atracción
universales.

Por mi parte, celebraría mucho que se salieran con la suya; porque, con
todo el respeto á Newton, eso de que cuando uno cae, cae por atracción,
me pareció siempre una tontería. Es para escamarse el que á Newton se
le ocurriera viendo caer una manzana; desde los primeros días del mundo
la manzana fué siempre fruta ocasionada á funestas equivocaciones.

En este caso nada se ha perdido; todo es que los pobres muchachos
estudiantes del bachillerato tengan que aprenderse una nueva teoría...
hasta otra. Los licenciados y doctores pueden seguir sirviéndose de la
que estudiaron en sus libros. Más se ha adelantado en otras materias,
de aplicación más inmediata, y hay quien se anda en el Fuero Juzgo y
sus equivalentes.

Entre las afirmaciones de miss Craig, la más alarmante es la de que el
sol nos ha estado engañando miserablemente. La luz que nos alumbra no
es cosa suya. Yo no se cómo no habíamos caído antes en ello, cuando
en el Génesis se habla de la creación del sol y de las estrellas,
por una parte, y por otra se dice que la luz fué hecha. Con la nueva
explicación no hay, pues, que temer un nuevo conflicto entre la
Religión y la Ciencia. Más vale así; que bastantes hemos tenido, sin
contar con los que esperan al Gobierno con la Nunciatura. Quedan, en
cambio, inservibles todos los embustes y ponderaciones:--¡Tan verdad
como el sol que nos alumbra!--Inservibles también una porción de odas y
de comparaciones. Pero ya verán ustedes cómo el sol continúa viviendo
del crédito durante mucho tiempo. Hasta en eso va á parecernos más
español: en vivir de las apariencias.

       *       *       *       *       *

Ríanse ustedes de imperiales cortejos en Roma, triunfos carnavalescos
de los Médicis en Florencia, tramoyas del Buen Retiro y pastorales de
Versalles. Todo es pobretería en parangón con la admirable _carrozada_
que nos han presentado. Menos mal que sólo estábamos la familia y los
amigos, como en función casera, y apenas había entre los espectadores
quien no tuviera en la cabalgata un pedazo de su corazón ó una prenda
de su guardatrapos.

¿Qué mal aficionado á representar comedias no habrá saludado con
emoción aquellas trusas y aquellas pelucas? La intención era buena;
pero ya sabemos que de buenas intenciones está pavimentado el infierno
y de peores debe estarlo Madrid, según el aspecto de sus calles.

Organizar una cabalgata, presentable á plena luz del día, es cosa
que requiere mucho dinero y mucho arte. Otro hubiera sido el efecto
amparándose de las sombras protectoras de la noche y al favorable
engaño de antorchas y bengalas. Sin contar con que las fiestas
nocturnas son más agradecidas; como que en ellas sí que puede
decirse que el espectáculo está en el espectador, mejor dicho, en la
espectadora, y lo que se ve es lo de menos. Hay función de fuegos
artificiales que no se olvida nunca, y bien sabe Dios que no es por
los cohetes. En todo festejo popular hay que atender á estas emociones
reconcentradas, por si fallan las exteriorizables.

       *       *       *       *       *

Con excepciones muy contadas, es tan general como deplorable la afición
de los buenos actores á representar malas comedias. ¡Lo que ellos gozan
entregándose en cuerpo y alma á la ingrata tarea de levantar muertos!
¡La de esperpentos dramáticos que gozan honores de obras inmortales
gracias á la interpretación de algún gran comediante!

Buena prueba es el repertorio que se ha traído Novelli, como para
examinar de paciencia á sus muchos admiradores. No hay idea de lo
satisfechos que se quedan algunos actores cuando el público sale del
teatro diciendo:--Todo muy malo, todo; pero ¡él! ¡El solo! ¡Sólo él!
El peligro de este inmoderado afán solitario está en que el público
se canse de decir:--¡El solo! ¡El solo!, y se decida á ponerlo en
práctica, dejándole solo en efecto. No merece otra cosa la vanidad de
algunos comediantes que llegan á creerse que ellos solos son una obra y
un teatro.

       *       *       *       *       *

Para tranquilizar á los cortadores de cupones, los más alarmados al
menor síntoma republicano--¡si habrá confianza en la cuadrilla!,--se
apresta D. Jaime á estrenar un caprichoso uniforme, regalo de sus
esperanzados creyentes. Es de suponer que al regalito acompañe su buen
paquete de alcanfor ó su naftalina. De airearse el uniforme habría
que convenir en que se habían apolillado otras muchas cosas. Que
hay polvareda es indudable. Confiemos en que el Sr. Canalejas sabrá
servirse del plumero propio y en ningún modo de los zorros que alguien
pueda ofrecerle; considere que la opinión está con la escoba levantada
y en alguna parte tal vez la tengan pajas arriba y detrás de la puerta,
como se usa entre supersticiosos para despedir visitas molestas.



XX


Me preguntan algunos amigos si no diré nada del discurso de D.
Alejandro Pidal, en contestación al discurso de D. Leopoldo Cano, de
todas mis simpatías, como autor y como persona. ¿Para qué decir nada?
Toda la elocuente diatriba contra el teatro moderno, sin demostrar otra
cosa que no haberse tomado el trabajo de conocerlo, ¿no es la misma con
que ilustres correligionarios de D. Alejandro Pidal, y quizás él mismo,
anatematizaron el teatro de Echegaray, el de Sellés y el de Cano? El
de este último con mayor ensañamiento. ¿Quién no recuerda la crítica
de _La Pasionaria_, escrita por el buen D. Manuel Cañete, cabeza
parlante del grupo ultramontano de la Academia Española? ¿Cómo habían
de perdonarle aquello:

      «Y muertos en la trinchera,
    resucitan en Madrid?»

Y aquello otro (cito de memoria; pero no es muy mala, á Dios gracias):

      «... Son rezadores maestros
    que, devotos y contritos,
    andan comprando delitos
    á cuenta de Padresnuestros.»

Así como así, D. Leopoldo Cano, cuando otros méritos no tuviera, y
téngole en muy alto concepto, fué, y esperamos que siga siéndolo, de
los autores más valientes y más sinceros de la escena española.

Así lo ha reconocido D. Alejandro Pidal, con todas las cualidades
que en otro tiempo parecieran graves defectos. ¡Oh! La Academia no
es rencorosa. Basta con dejar de escribir por algún tiempo para que
los atrevimientos parezcan moralidades, el «verismo», idealidad y la
cáscara amarga hueso dulce. ¿No sabemos todos que á la Academia no
llevan las obras que se han escrito, sino las que se han dejado de
escribir?

       *       *       *       *       *

Con tantas graves y grandes preocupaciones, no es de extrañar que á lo
mejor pase inadvertida alguna pequeña enormidad, como la de declarar
contrabando un encendedor automático, sin más razón ni fundamento que
el perjuicio á un monopolio del Estado. Ya sabíamos que todo monopolio,
los hay de muchas formas y clases, era siempre un obstáculo á todo
progreso; pero nunca se había declarado tan descaradamente. Según eso,
cada vez que encienda usted su cigarro á una llama que no sea la legal
de la cerilla monopolizada es usted más contrabandista que los de
_Carmen_. Los encendedores eléctricos de los Casinos y otros Círculos,
los mismos aparatos denunciados que, en otra forma, se usan para
encender los cigarros de sobremesa, contrabando también; cuando pide
usted lumbre á un transeunte, aparte la impertinencia, incurre usted en
delito... Con la misma razón pudo declararse contrabando el gas cuando
vino á sustituir al aceite y al petróleo, y la luz eléctrica después...
Y las empresas de ferrocarriles debieran declarar contrabando el
automóvil, porque mucha gente lo prefiere al tren para viajar, con
perjuicio de las Compañías... Y, por este sistema, también pueden tener
razón los protestantes, aunque les moleste el nombre, contra la ley
de los signos exteriores, que también ellos venían disfrutando de un
monopolio tan respetable como el de las cerillas.

No sabemos si habrán protestado los fabricantes y expendedores del
aparatito en cuestión; pero no sólo ellos, todo el mundo debiera
protestar contra esa pequeña enormidad, expresiva muestra de otras
enormidades cometidas en nombre de _trusts y_ monopolios...

       *       *       *       *       *

Nuestro Ayuntamiento, con miras más altas que las aceras y arroyos,
se propone limpiar los rótulos anunciadores de toda incorrección
gramatical. Por lo pronto, ha ido á fijarse en lo de «carnecería»,
que les parece anticuado. ¿Anticuado? ¿Por qué? El movimiento se
demuestra andando, y el mismo uso constante demuestra que no hay tal
antigüedad. Ya sé yo que suena más fino carnicería, sólo que es otra
cosa. Ya basta, para los que venden la carne en malas condiciones,
hacer carnicería en nuestro estómago, sin anunciarlo por adelantado.
Bien está lo de carnecería cuando de vender carne se trata, y déjese
la carnicería para luchas de fieras, campos de batalla, operaciones
quirúrgicas y otros destrozos en carne viva ó muerta. ¿Qué opina el
_Chico del Instituto_, á cuya autoridad me someto por adelantado?

En cuanto al uso del infinitivo por el imperativo, sí es cosa fea;
pero yo, que siempre prefiero lo ordinario á lo cursi y creo que el
vulgo tiene siempre razón al hablar, estoy por decir que hasta cuando
dice «haiga», hallo el imperativo tan redicho y con un sabor á mandato
de rey de teatro: «¡Salid! ¡Llegad! ¡Teneos!», que estoy por preferir
el infinitivo, incorrecto y todo. Lo de «Llevar la izquierda», ya
sabemos todos que es un modo abreviado de decir: «Hay que llevar la
izquierda». No es tan grave falta que no llegue á entenderse lo que
se quiere decir. Escritores de muchas letras, y académico alguno, ha
escrito: «No reírse, no asustarse». Y, en efecto, nadie se ha reído y
nadie se ha asustado. Bien están la corrección y limpieza del idioma
por esas calles, mientras llega la limpieza de las calles mismas; pero
no vayamos á ponernos tan finos como aquella damisela que, por no usar
términos vulgares, solía decir: «Mamá, haga usted la vista gruesa».



XXI


Saludemos á dos autores noveles, no desconocidos: los Sres. Godoy y
Alberti, triunfadores en el concurso de obras dramáticas abierto, con
excelente acuerdo, por el Ayuntamiento y por la empresa del teatro
Español. El nombre de los autores, vigoroso poeta el uno, literato de
gran cultura el otro, tanto como el nombre de los jurados, garantiza
el acierto. Razón hay para esperar la más favorable confirmación por
parte del público; aunque un público del que han de formar parte
muchos de los concursantes no favorecidos, no es para deseársele á
nadie. El teatro Español, por su carácter oficial, por disfrutar de
una subvención, es el que menos puede excusarse de admitir obras de
autores noveles. Quédese para los empresarios industriales el creer que
sólo conviene á su negocio representar obras de autores consagrados,
que, á veces, en una sola equivocación perjudican más que favorecieron
con diez aciertos. Hay que convenir en que el público, rutinario
siempre, es cómplice de las empresas en esto de no interesarse más
que por las obras de un limitado número de autores. Si el público
mostrara mayor interés por conocer obras nuevas de nuevos autores,
yo creo que las empresas procurarían complacerle. Tanto, pues, como
vencer la resistencia de las empresas y de los autores monopolizadores,
importa vencer la desconfianza del público. Esto sólo ha de lograrse
en fuerza de grandes aciertos. Pero es preciso dar facilidades para
que sean posibles. Según las mejores referencias, á la obra premiada
hay que añadir otras muy estimables entre las presentadas al concurso.
Las empresas de los diferentes teatros, en justa proporción, deben
admitirlas para su representación en la temporada próxima. Conveniente
sería establecer por costumbre, ya que sobre ello fuera algo tiránico
legislar, que un mismo autor no pudiera estrenar más de una obra
por temporada en el mismo teatro. Nadie iría perdiendo. El público
hallaría mayor novedad, los actores evitarían el amaneramiento que
trae, sin darse cuenta, el representar obras del mismo corte, y los
autores más admirados el peligro de fatigar la admiración, lo más
fatigable que existe.

       *       *       *       *       *

Siempre que asisto que á un banquete, sea de homenaje, sea de
confraternidad, aparte la lubina á la mayonesa, que, por lo inmutable,
representa el elemento filosófico, la figura más interesante para mi
atención es la del camarero. El camarero también es filosófico. ¡Han
pasado tantas lubinas patrióticas, políticas y artísticas por sus
manos! El camarero y la lubina no tienen convicciones. Saben que hay
un mismo _menu_ de homenaje para todos. ¡Qué indiferencia la suya ante
las lubinas oratorias, á la hora del Champagne, que tampoco tiene
secretos para él! La cocina y las atenciones del servicio, como los
bastidores del escenario á los tramoyistas, le han quitado toda ilusión
sobre lo que se come y lo que se representa. Suenan magníficas las
grandes frases de los discursos, y el camarero, mientras pregunta con
voz discreta por su jurisdicción: ¿Cognac ó Chartreuse?, percibe el
comentario malicioso de los comensales, que es como el _pizzicato_
burlón que acompaña en sordina la frase apasionada en la serenata del
_Don Juan_, de Mozart.--¡Qué gran batata!--oye el camarero.--¿Decía
usted?--¡Ah! Nada... No es á ti... Chartreuse. Y suena un ¡bravo!
y no suenan las risitas, ahogadas en un sorbo del licor estomacal.
Pero el camarero piensa:--¿A quién se engaña aquí?--No; no es á él,
ciertamente, simbólico y significativo en aquel momento; representación
de todos los que no tienen puesto en esos banquetes, en donde la
más brillante representación de las llamadas clases directoras, sin
engañarse ellos mismos, creen haber convencido á los demás.

       *       *       *       *       *

No hace muchos días indicaba que el ídolo de oro acaso tenía los pies
de barro.

El viajero superficial suele deslumbrarse con las brillantes
apariencias. Dura y tenaz ha de ser la lucha de los Gobiernos en
la República Argentina para vencer al anarquismo; acaso más de una
vez peligren en ella sus instituciones democráticas y su generoso
humanitarismo. Días de prueba aguardan al ilustre hombre que marcha
á presidir los destinos de un pueblo joven, por transfusión de tanta
vieja sangre, acaso envejecido antes de tiempo. Salaverría, en su
admirable libro _Tierra argentina_--tan justo de observación y tan
artísticamente desapasionado,--celebra y admira la fuerte dignidad
del trabajador de allá en los más humildes oficios, tan opuestos á su
servilismo, rastrero en ocasiones, de nuestras viejas tierras. Bien
estaría esa dignidad si no tocara en desabrimiento. Yo no he conocido
nada más desagradable que la gente--mal puede llamarse humilde--de
Buenos Aires. Muy impuestos en sus derechos, eso sí; ni toleran una
reprensión destemplada ni agradecen tampoco una atención cariñosa. Con
lo que se les debe les basta. Pero, como dice Bernardo Shaw, ¿qué
sería del mundo si todos nos diéramos á hacer lo justo?

Con esa violenta disposición de espíritu en los de abajo, causa ó
efecto de violenta disposición en los de arriba, las ideas anarquistas
prenden con facilidad y se propagan con rapidez. ¡Cómo andará ello, que
muchas familias distinguidas de Buenos Aires habían decidido quitar
casa y hacer vida de hotel por serles imposible tolerar las exigencias
de los criados! Durante los treinta ó cuarenta días que permanecí en
un hotel conocí veinte criados distintos sólo en en el servicio de mi
habitación. En el comedor todos los días veíamos caras nuevas. Un día
hubo huelga general; no quedó un solo criado en el hotel; en todos
sucedía lo mismo. En uno de ellos no se contentaron con abandonar el
servicio, sino que, para causar mayor trastorno, antes de despedirse
deshicieron las camas, desarreglaron las habitaciones y estropearon la
comida preparada. Todo en uso de su perfecto derecho. Las huelgas de
los diferentes gremios no pueden contarse. Ahora empiezan las bombas. A
la violencia responderá la violencia... Ya verán los que murmuran de
las Monarquías lo que hace una República cuando llega el caso. Creo que
el espectáculo y la lección han de ser interesantes, aunque tal vez no
sean provechosos ni aprovechables.

       *       *       *       *       *

--¿Ha visto usted el sombrero de las mil pesetas?--Aquí no puede
decirse del ala, suponemos que entrará todo en el precio.

--¿Mil pesetas un sombrero? Será una tiara.

Aquí sólo algunas señoras de esas que andan ahora tan ajetreadas y todo
el año tan trajeadas, puede gastarlos parecidos. Los célebres sombreros
de la Maison Virot--hoy dividida en dos razones sociales,--una monada
de sombreros, se han cotizado siempre entre los 300 y 500 francos. De
esto sé yo una barbaridad; si supiera tanto de otras cosas, hubiera
llegado á ser algo. Con el tamaño sobrenatural de los de ahora, no es
extraño que suban el precio. Sólo de plumas hay sombrero que se lleva
en el adorno un avestruz entero. De modo que, para pagarlo, hay que
desplumar por lo menos otro ó poner á contribución toda una manada: á
este una pluma, al de más allá otra... Pero ¡si estaremos desquiciados!
El otro día, mientras dos señoras iban hablando por la calle, muy
acaloradas, de las cuestiones políticas y religiosas de actualidad,
pasaron dos curas, y ¿de qué creen ustedes que iban tratando? Del
sombrero de Ursula López. ¿Se convencen ustedes, señoras mías, de que
no peligra nada fundamental?



XXII


No es cualidad española el proselitismo. Nos damos tan mala maña al
sostener nuestras ideas y doctrinas, que sólo sabemos exponer lo
esquinado con toda su hiriente dureza, en vez de suavizar las aristas
con blandas redondeces. Más prontos al brusco ataque que á la serena
defensa, aún no hemos llamado con nuestra voz cuando ya hemos espantado
con nuestros gritos. Hablamos para los nuestros, que son los que menos
necesitan oírnos. No es á los que piensan como nosotros á los que
importa convencer, sino á los que piensan del modo contrario.

Tuvo su mayor enemigo el socialismo en la vulgar opinión obstinada en
confundirle con el anarquismo. Empezaba á desvanecerse la confusión;
los más temerosos iban perdiendo el miedo; se presentaba la ocasión
para no dejar sombra de esos infundados temores. Al socialismo podrá
faltarle en mucho tiempo, para ser realidad posible, la base de bondad
humana que presupone su soñada organización social. Esta es su mayor
equivocación: suponer que una nueva organización social pueda ser causa
de una nueva condición humana, cuando sin duda es todo lo contrario.
Sin mejorar al hombre, ¿cómo es posible mejorar la sociedad? Ni las
instituciones ni las leyes son varas mágicas de virtudes. Pero, en
fin, cuando los hombres sean mejores, por selección natural ó por
cultura artificial y científica, el socialismo se impondrá por sí
solo, que es el modo mejor de imponerse sin imposición. Entretanto,
y hay tiempo para ello, más conviene que crean en nuestra bondad que
en la bondad de la idea. El guía de los socialistas en España, al
sentarse por primera vez en el Congreso, debió procurar ante todo que
el enemigo, el contrario, esto es, el buen burgués, acabara de perder
el miedo, tranquilizándose, en comunicación directa con el fantasma,
que no es cosa del otro mundo, aunque puede serlo de otro mundo...
Porque, si el buen burgués no se convence, ¿qué piensan hacer con
él los socialistas en el día del triunfo? ¿Aniquilarle? ¿Someterle
como á siervo ó esclavo? Siempre vendríamos á parar entonces en que
media humanidad seguiría fastidiada por la otra media; y el ideal
socialista es la felicidad para todos, que lo de ser unos felices y
otros desgraciados, y cada uno á ratos, es ya cosa resuelta desde que
se organizó la primera tribu. Al socialismo hemos de ir todos sin
violencia, por inclinación natural; su doctrina ha de ser de amor, y
no de odio; atrayente, y no repulsiva. Bien está descubrir nuestras
humanas debilidades ante los amigos y los convencidos. Para algo son
amigos y están convencidos. Pero ante los contrarios hay que mostrarse
en la más divina apariencia; de otro modo, más vale seguir oculto entre
nubes. El socialismo iba ya pareciendo al medroso burgués cosa distinta
del anarquismo. ¿No ha sido una imprudencia volver á la confusión y
al equívoco? Mal predicador el que sólo consigue hacerse oir de los
creyentes; á los descreídos, á los descreídos es á los que hay que
llamar y convencer. Pero ¡ay!, ya lo dije, el proselitismo no es
cualidad española.

       *       *       *       *       *

Un nuevo libro del doctor Gustavo Le Bon--_La Psicología política y
la Defensa social_--es libro que todos los políticos debieran leer
con detenimiento. De muy provechosa enseñanza y de más provechosa
meditación.

«La psicología política--dice Le Bon--enseña á resolver los problemas
planteados diariamente, á discernir cuándo se debe ceder y cuándo
oponerse á las exigencias populares. Los hombres de estado, por lo
general, ceden ó resisten según su temperamento.» Detestable proceder.
Es preciso resistir ó ceder según las circunstancias. No hay nada más
difícil ni de más graves consecuencias en la psicología política.

Y más adelante: «¿Es más fácil transformar una sociedad que cualquier
otro organismo viviente?» La respuesta afirmativa á esta pregunta
ha dirigido toda nuestra política desde hace un siglo y continúa
dirigiéndola. La posibilidad de rehacer las sociedades por medio de
nuevas instituciones fué siempre evidente para los revolucionarios de
todos los tiempos, para los de nuestra gran revolución sobre todo;
lo es también para los socialistas. Todos aspiran á reconstruir
la sociedad según planos trazados por la razón pura. Cuanto más
progresa la ciencia, más contradice esta doctrina. Apoyándose en la
biología, en la psicología y en la historia, nos dice «que nuestros
límites de acción sobre la sociedad son muy restringidos; que ninguna
transformación profunda se realiza jamás sin la acción del tiempo;
que las instituciones son la envoltura exterior de un alma interior,
y toda institución, lejos de ser el punto de partida de una evolución
política, es solamente el término. La debilidad de los pueblos latinos
consiste en creer, como dogma, que basta con cambiar las instituciones
para modificar el espíritu de un pueblo».

Todo ello, y mucho más que trae el libro, no será de gran novedad, y
de puro sabido, lo tendrán olvidado nuestros políticos y gobernantes;
pero no vendrá mal un repasillo; el buen doctor Le Bon tiene para
todos, porque la Ciencia no se casa con nadie, y la Verdad nunca fué
de una sola pieza: hoy es monárquica, mañana republicana, puede ser
socialista, puede ser individualista... Por eso los hombres de ciencia,
son siempre de cuidado en un partido político. Ya se convencerá el
doctor Salillas, digo, ya le convencerán sus correligionarios, si no
procura ir olvidando en sus futuros discursos que es hombre de ciencia
antes que republicano.

       *       *       *       *       *

Hay crímenes que, en su misma monstruosidad inexplicable, llevan quizás
la única posible atenuación... No obstante, todos han querido arrojar
su piedra sobre la madre enloquecida que arrojó á su hijo recién nacido
por el balcón. ¡Horrible! ¡horrible! Pero todas esas buenas vecinas
que, llenas de noble indignación, hubieran llegado á arrastrarla al
salir, después de haber matado á su hijo, ¿están seguras de no haberla
atormentado con burlas y rechiflas si, unos días después, la hubieran
visto salir con él en brazos? ¿Saben ellas lo que pudo pesar en la
infeliz deshonrada, á la hora del delito, la imagen de esas buenas
vecinas, pequeño mundo, pero ¡un mundo en fin! murmurador y maldiciente.

¡La honra de las mujeres! ¡Pobre honra, que puede olvidarse en el beso
de un amante y no puede olvidarse con el beso de un hijo!



XXIII


Han surgido algunas dificultades para la reedificación del teatro de
la Zarzuela. Por una vez--una vez no hace costumbre--quiere llevarse á
punta de lanza lo ordenado sobre construcción de teatros. Aparte de que
en este caso sólo se trata de reconstruir, reciente está la edificación
del teatro Lírico, hoy Gran Teatro, sin ajustarse á las rigurosas
Ordenanzas. No hablemos del sin fin de teatrillos que, á sombra y entre
sombras, de estar destinados á exhibiciones cinematográficas, donde,
entre paréntesis, son mayores los riesgos de incendio, han venido á
parar, por exigencias del negocio, en verdaderos teatros, sin más
condiciones de seguridad que falta de concurrencia.

Como decía un empresario de un teatro provinciano al gobernador,
que le ordenaba toda clase de reformas en el teatro, según
oficio, «para evitar todo peligro ocasionado por las grandes
aglomeraciones...»:--¡Ay, señor gobernador; deme vuecencia primero esas
grandes aglomeraciones, y yo haré las reformas!--En efecto, la marcha
de los negocios teatrales no da para pedir muchas gollerías. Exigir que
un teatro presente sus cuatro fachadas libres de toda vecindad es tanto
como prohibir que se edifique ningún nuevo teatro en sitio céntrico de
las grandes poblaciones. Al precio que están los terrenos, sólo más
allá de la Ciudad Lineal puede levantarse un teatro con ese requisito.

No son los teatros los únicos locales peligrosos, para que con ellos
se extremen las precauciones. Su mayor peligro está en la aglomeración
de que antes hablábamos; peligro, para desgracia de los empresarios,
tan poco frecuente. Y, dados la aglomeración y el peligro, sin la
serenidad y cordura del público todas las seguridades y precauciones
son inútiles. Alocado por un peligro, real ó imaginario, el público,
tanto vale una puerta como dos docenas, si todos quieren escapar por la
misma.

Un teatro como la Zarzuela, reedificado con materiales modernos,
puede ofrecer la suficiente seguridad, en lo humano, sin la condición
dificultosa de las cuatro fachadas. Con una buena, y con vistas al
verdadero Arte nacional, podemos contentarnos. Cuatro tiene el teatro
Real, propiedad del Estado, y de ellas, tres dan á Italia, una á
Alemania... y la ópera española en el sotabanco.

       *       *       *       *       *

Si los _trompis_ entre el boxeador negro y el blanco, con el triunfo
del colosal negrazo por remate, no tuvieran su significación simbólica,
sería para reir ó para indignarse, según temperamentos ó estado de
fondos, la agitación promovida en los Estados Unidos á consecuencia de
la interesante lucha. Pero ¡ay! que esa lucha entre dos campeones de
las distintas razas puede ser mañana sangrienta lucha general de las
dos razas. Es natural que el anticipo triunfal del negrazo les haya
sentado tan mal á los blancos. Malo, si los negros dan en civilizarse;
peor, si dan en dedicarse á brutos. Cultivando la inteligencia, aun
podían tardar algunos años en igualarse con los blancos; pero si
sólo cultivan los puños, pueden adelantarse en muy poco tiempo. Y si
continúan pagándoles tan bien los puñetazos, reunirán muy pronto dos
grandes fuerzas: los puños y el dinero. Confiemos en que algún gran
banquero ó negociante de los Estados Unidos se dé buena maña para
estafar al negro vencedor el dineral premio de su hazaña, y podremos
afirmar todavía orgullosos la superioridad de la raza blanca.

       *       *       *       *       *

En esto de las barbaridades nacionales sucede como con los vicios y
las ridiculeces: las peores son las de los otros. Para el aficionado
á toros no hay nada tan estúpidamente cruel como una riña de gallos,
y viceversa; nosotros nos escandalizamos ante los boxeadores, y por
ahí se espantan de nuestras corridas de toros. De esa diferencia de
apreciaciones viven los moralistas, mientras el mundo vive de la
precisa moral que le basta para no concluirse, que es á lo que se
tira, y vamos viviendo. Los artistas han convenido en que lo más
pintoresco y característico de cada pueblo es la roña, sea material ó
espiritual. Extasis ante unas piedras viejas, transporte místico ante
una capa parda, deliquio supremo ante una salvajada con mucho carácter.
Que tienen mucho carácter suele decirse de los que lo tienen malo.
En los pueblos es lo mismo que en las personas. ¿Un pueblo de mucho
carácter? Ya saben ustedes lo que les espera: comer mal, dormir peor y
alguna pedrada. ¡Oh! ¡Pero cómo perdería carácter si la civilización
descolorida y niveladora llegara hasta allí!...

Por fortuna, hay carácter para mucho tiempo en todas partes, y no somos
nosotros de los menos favorecidos.

       *       *       *       *       *

Esta eterna lucha entre un Arte que prefiere para su inspiración lo
característico tradicional, como si quisiera perpetuarlo, á despecho
de la misma vida, con un Arte, por más atento á nueva luz quizás mas
desorientado, sostiene y sostendrá por mucho tiempo en interesante
actualidad la llamada «cuestión Zuloaga». Sobre ella, como toda
gran obra de Arte, camino de esa eterna actualidad que se llama
inmortalidad, está la obra del pintor insigne, cuya gloria nada puede
temer de las discusiones. Pero entre el Arte que nos dice: «Esto ha
sido», y aun el que nos dice: «Esto es», y el Arte que nos dice,
visionario y profético: «Esto será», si los dos pueden ser igualmente
admirables como Arte, como obra social, ¿cuál será preferible? Sí; aun
hay otro más admirable y fecundo: el Arte todo voluntad, todo acción,
de la voz creadora, como voz de Dios, la que sabe y puede decir:
«¡Sea!»



XXIV


Ha sido un brillante torneo oratorio, más cañas que lanzas, la
contestación al Mensaje de la Corona. Como sucede tantas veces en estas
discusiones, los árboles no han dejado ver el bosque y las frondas y
floreos oratorios no han dejado oir la contestación al Mensaje, que,
siendo de lo que debía tratarse, es de lo que menos se ha tratado.

El Gobierno ha podido decir en esta ocasión: «A salvo está el que
repica». Los tiros más certeros han pasado sobre su cabeza para ir á
caer sobre los conservadores. Sólo algún ligero achuchón ha menoscabado
su flor de azahar. Si los obispos, los rifeños y los huelguistas no se
alborotan demasiado durante las vacaciones, tenemos virginidad hasta la
reapertura del Parlamento.

       *       *       *       *       *

Un corresponsal en Madrid del periódico parisiense _Comedia_, á
propósito de una velada musical celebrada en el Ateneo, en que,
según parece, se aplaudió mucho la música española y no tanto la
francesa, se lamenta de la creciente _galofobia_ de los españoles. Una
distinguida dama francesa me escribe quejándose de lo mismo; dice que
ha ido coleccionando en estos últimos tiempos infinidad de textos de
escritores españoles, patente muestra de nuestra animadversión hacia
los franceses. Tal vez sea muy voluminosa esa colección de recortes
_galófobos_; pero; ¡vamos! que si algún español se hubiera entretenido
en anotar y recortar textos franceses en que se nos ridiculiza, zahiere
y calumnia... sí que hubiera levantado un buen proceso.

La imaginación de los franceses ve enemigos y espías por todas partes.

No es para tanto nuestra supuesta _galofobia_. De esos mismos
escritores, citados por mi quejosa dama, podría yo recordar grandes
elogios y ditirambos de admiración por Francia y por los franceses.
Yo mismo he defendido el _Chantecler_, como verdadera obra de arte,
del injusto desprecio con que fué tratado por el público madrileño. Y
hay que convenir en que las más violentas y despreciativas críticas
vinieron de París. En más de una ocasión he defendido también á la
mujer francesa en general, y á la parisiense en particular, de las
calumnias de sus mismos novelistas y autores dramáticos. ¿Son también
_galófobos_? Sabido es que el batallador Brieux escribió _La francesa_
para protestar contra esa falsa atmósfera creada á la mujer por una
literatura más literaria que verdadera.

Cierto es que las censuras del extraño molestan más que las del
compatriota, pero no se dirá que aquí hemos llegado nunca á la
intervención enojosa ni á la invención sin fundamento.

Por mucho que digamos, cronistas y escritores de costumbres, de los
extranjeros, más decimos de nosotros mismos. No podrá acusársenos
de parcialidad ni apasionamiento. Tal vez pequemos de exagerar
nuestros defectos y debilidades, y acaso demos con ello lugar á que
el extranjero los agrande y divulgue, por aquello de: «¡Cuando
ellos lo dicen!...» Por lo demás, censuremos á propios ó á extraños,
loca vanidad sería la del escritor que creyera en la eficacia de sus
censuras. Como dice Regnard--ya ve usted cómo conozco y admiro á sus
clásicos:

      En vain contre les moeurs la raison vous irrite;
    Par quatre mechants vers, peut-etre déja dits,
    Croyer vous changer l'homme et redresser Paris?

Y quien dice París, dice el mundo entero.

       *       *       *       *       *

Todos los años, al terminar el concurso para adjudicación de premios
en el Conservatorio de París, vuelve á plantearse la discusión sobre
las reformas necesarias, tanto en el sistema de enseñanza como en el
de concursos. Y de nuestro Conservatorio, ¿no podía decirse algo?
Nada entiendo de música y no seré tan atrevido para despeñarme por el
disparate libre, en cuanto á la enseñanza musical se refiere. Doctores,
licenciados, y aun bachilleres, tiene la Iglesia que sabrán solfear y
armonizar donde hiciere falta.

Pero la enseñanza de la mal llamada--es decir, por desgracia, bien
llamada--declamación, no puede ser más deficiente. A gritos, más ó
menos declamatorios, está pidiendo una reforma. Cualquiera es buena;
desde la radical de la supresión, por inútil, hasta una nueva y
completa organización, con vistas á la utilidad y mejor aprovechamiento
del dinero; supongo que poco, pero hasta ahora mucho, por mal empleado.

Bien sabemos que un Conservatorio, como ningún Centro docente, por
sabia que sea su organización, no es incubadora de genios, si falta
la primera materia en la calidad del huevo. Pero como el genio es ave
rara y él solo se basta para «levantarse, crecer, tocar las nubes»,
hay que pensar--aparte de que al genio tampoco le sienta mal un poco
de disciplina y artificial cultura--en los talentos modestos, en las
medianías discretas, que de ser bien dirigidas á no serlo ó á serlo
viciosamente, puede ir la diferencia de la absoluta nulidad á una
perfecta imitación del mismo genio, con la ventaja de ser su talento
más reposado y consciente; condiciones de gran importancia en un arte
de interpretación como el arte escénico.

¡El genio es tan peligroso en el teatro que yo me atrevería decir que
es temible! De los genios me libre Dios, que de los malos cómicos me
libraré yo.

Ante todo, se impone la selección física. Por espiritualistas que
seamos, hay que atender á la belleza corporal. Nada de piernas cortas
y cabezas gordas, por mucha luz intelectual que las ilumine. Nada de
voces chillonas y gangosas, por mucho que prometan «hacernos de reir»
en grotescas farsas. Después, cultura general; más que cátedras,
conferencias variadas de literatura nacional y extranjera, de pintura,
escultura, elegancia social, etc. Después, práctica, práctica y
práctica. Nada de maestros actores, que sólo enseñan sus defectos y
amaneramientos; un buen director de escena, persona competente, de
buen gusto, y á estudiar y á representar obras. El teatro Español
como teatro de ensayo, donde los alumnos, en funciones populares, de
convite ó con rebaja de precios, representen obras del teatro antiguo y
moderno.

Al estudio de nuestro teatro antiguo debe concedérsele la mayor
importancia. Nunca se estudiará bastante. Da grima ver que la mayor
parte de nuestros modernos actores no saben decir un verso con sentido
del ritmo; y como el ritmo es todo, en arte, en verso, en prosa, en
lo espiritual y en lo físico, sólo son capaces de decir chuladas y
vulgaridades.

Ya sé que el ministro de Instrucción pública tiene asuntos más
importantes á que atender; pero yo sé que el Arte tiene en él un
enamorado. Si la política le permite algún descanso en este verano...
acuérdese de sus amores.



XXV


De plañideras y de Casandras de pan llevar han motejado conspicuos
conservadores á los espíritus compasivos que se permitieron llorar por
los muertos de la última campaña. Y no habían terminado de fulminar su
indignación contra los compasivos, cuando, á propósito del atentado de
que ha sido víctima su ilustre jefe, ¡ríanse ustedes de Casandra, de
Jeremías y de cuantos lloraron calamidades y profetizaron desdichas!
Esto demuestra que todos somos plañideros á nuestra hora y cuando
nos duele, y nada más fácil que hacer de héroe impasible cuando los
almendrazos no son en nuestro barrio.

       *       *       *       *       *

El Estado sólo tiene un nombre terrible y amenazador para estos
pueblos: el Fisco. Faltan carreteras y caminos vecinales, faltan
escuelas, falta higiene, falta policía; pero el Estado exige siempre:
es la quinta, es la contribución con sus apremios y sus embargos y la
miseria y la ruina...

Llega el Fisco implacable á coronar el trabajo de la penosa
recolección. El que nada dejó, se lo lleva todo. ¿Llamaremos también
á estas madres, llorosas por el pan de sus hijos, Casandras de pan
llevar? Por fortuna, aquí no amenazan... todavía. Pagan, como trabajan
y como viven, resignados. Hasta la fuerza necesaria para cobrar lo
debido le es barata al Estado.

       *       *       *       *       *

Nos asustamos una vez al año de lo que sucede siempre sin que nadie se
asuste ni lo advierta. Los buenos burgueses disfrutan de su veraneo
protegidos por los mausers. Los fusiles protectores y la protesta
amenazadora están ahora á la vista y frente á frente. Pero ¿es nunca
otra cosa? Ese el estado natural y permanente de esta sociedad humana.
Por suerte de los buenos burgueses, la carlanca basta para que unos
cuantos lobos desconozcan á sus semejantes y se crean perros al
servicio del amo. ¿Qué piden los huelguistas? Gollerías, de seguro;
puede que hasta quieran veranear.

El Estado permanece neutral, no cruzado de brazos, sino armas al brazo,
que es una neutralidad especial. Su papel no es muy airoso. Me recuerda
á un filosófico sereno que, presenciando á altas horas de la noche una
acalorada disputa entre una Venus y un Marte, por no sé qué tratos y
contratos amorosos, sólo les aconsejaba paternalmente á la luz del
farol colgante de su chuzo: «¡Arreglarsus, chicos, arreglarsus!»

       *       *       *       *       *

Emilio del Villar, desde las columnas de _Nuevo Mundo_ clama una vez
más--esperemos que no siempre sea en vano--contra lo que pudiéramos
llamar obstáculos tradicionales de nuestra Biblioteca Nacional.
Defendida como fortaleza contra los naturales ataques del ansia de
cultura y el deseo de ilustración, el denodado asaltante es tratado
como enemigo, sin consideración alguna. Hay que terminar de una vez con
tanta rutina y tanta corruptela. ¿Qué significa eso, en pleno siglo
XX, de dividir las obras en obras de estudio y en obras literarias? ¿Y
el ocultar los índices, como nefando secreto, y las malas caras y los
peores modales?...

Ahí tiene ancho y fácil campo donde laborar el ministro de Instrucción
pública, con aplauso de todos y sin gravar el presupuesto. Las buenas
maneras van baratas. Y ahora que una Sociedad bienhechora nos abarata
la luz, ¿no será hora de que la Biblioteca esté abierta por la noche?
Más se conseguiría con esto, en bien de la cultura y de las costumbres,
que con la creación del Teatro Nacional, por ejemplo. Pero modernícese
esa Biblioteca; sea un verdadero salón de lectura á la moderna: con
periódicos, revistas; todo asequible, todo fácil...

¿Falta personal y al existente sería injusto pedirle más horas de
trabajo? Yo sé de muchos señoritos, tan intelectuales como desocupados
y aburridos, que con mucho gusto prestarían servicio voluntario, con
el mayor gusto y no menor inteligencia. No es menos glorioso ser
soldado de un ejército de paz y de cultura, que serlo en el campo de
batalla.

Son tantos los jóvenes de todas las clases sociales á los que oigo
lamentarse de continuo: «¡Si la Biblioteca estuviera abierta por las
noches!» ¿Será más difícil que abrir un nuevo _cine_?

       *       *       *       *       *

Estamos de una castidad escandalosa. ¡Si todo fuera virtud y no falta
de dinero! Nada menos que ola hay quien llama á la docena de novelas,
algo subidas de tono, que se publica por término medio un año con otro.
No es para tanto, y hay que confesar que, hasta ahora, la ciénaga
es muy vadeable. Como sucede siempre, los mejores propagandistas
del género son los escandalizados, que vienen á ser los verdaderos
escandalizadores. Lo malo es que hay quien no distingue y confunde las
obras esencialmente pornográficas con otras muy estimables en que la
pornografía es sólo un accidente artístico y necesario.

Con la reputación de las novelas modernas es imposible acompañarse de
ellas para lectura de viaje, de playa ó balneario. Y es lástima; porque
no hay nada como un libro para iniciar una conversación, y con una de
estas novelas siempre hay tema indicado.

Las preferencias literarias, cuando son sinceras, y cuando no lo
son, doblemente, nos abren de par en par á nuestro interlocutor ó
interlocutora. Con una viajera que haya leído ciertos libros, se puede
hablar de todo. Si ha leído los de Felipe Trigo... pues no hay más que
hablar. Si ha leído á Gabriel D'Annunzio... más vale callarse; ella se
lo dirá todo. Desconfiad de las señoritas que leen la «Biblioteca Rosa»
en público; son las mismas que tienen empezada una labor desde hace
cinco años y sólo dan puntada cuando hay visita de novio probable.

¡Ah! Cuando regaléis un libro á una joven, que sea un libro que pueda
interesar á su mamá ó á su institutriz.



XXVI


El espíritu público es infantilmente novelero; agradece cuanto le
divierte, le conmueve, le apasiona y hasta le atemoriza por unos días;
pero no conviene pretender usufructuar su atención durante mucho
tiempo. Hay que evitar la frase desdeñosa, muestra inequívoca de su
desvío: «¡Ya es una lata!» Todo esfuerzo para reconquistar después la
atención es en vano. Aun los espíritus que se juzgan más inquietos
tienden á la quietud y, más que los accidentes que alteran la monotonía
de su vida, agradecen esa misma monotonía, que justifica mejor sus
lamentaciones, por verse obligados á soportar una vida sin accidentes y
sin inquietudes.

Los huelguistas de Bilbao no han tenido en cuenta, al ejercitar su
propia resistencia, la escasa resistencia de la atención pública.
¿Es que no se iba á hablar de otra cosa durante el verano? Es mucha
pretensión. Por el pudor de los contrastes, teníamos olvidada á la
mejor sociedad que veranea y luce por esas playas sin otra esperanza de
mejor recompensa que nuestra envidiosa admiración. Dejen, dejen ya los
huelguistas su triste papel de aguafiestas ó acabarán por perder hasta
la simpatía de los más sentimentales. Las bellas y elegantes damas
ya no dirán: «¡Pobre gente!», los gobernantes empezarán á juzgaros
como perturbadores, el honrado comercio os culpará de sus pérdidas,
molestaréis á los buenos aficionados á toros. Recordad la frase de
Shakespeare: «¡Qué hermoso es tener las fuerzas de un coloso y no usar
de ellas!» Vosotros diréis que, por ahora, son los patronos los que
tienen esa fuerza y ellos son los que mejor pueden aplicarse la frase.

       *       *       *       *       *

El verano es la estación de los milagros financieros más sorprendentes,
por venir después de los milagros del invierno, ya bastante
incomprensibles. No es extraño que viaje mucha gente; pero ¡alguna!,
¡tanta! ¿No podrían hacer el favor de comunicarnos el secreto, como
esos filántropos que ofrecen un remedio maravilloso con sólo enviar un
sello para la contestación? ¿De dónde saca el dinero mucha gente? El
viajar cuesta cada día más caro; los multimillonarios americanos, al
desperdigarse por este viejo mundo, han vuelto locos á los hosteleros,
alquiladores de coches, sastres, modistas, joyeros y toda clase de
comerciantes en frivolidades. Regiones tranquilas, como la pastoral
Suiza, famosa antes por sus razonables precios, se han puesto, con
la invasión de los _dollars_, por las cumbres de sus montañas. De
Francia, de Inglaterra, de Bélgica, no hablemos. En los hoteles todo
es extraordinario; en los trenes, lo mismo; en los espectáculos, no se
diga; en cualquier barraca más ó menos decorada con los sonoros títulos
de _Kursaal_, _Music-Hall_, _Luna-Park_, etcétera, cuesta la entrada
tanto como costaba en otros tiempos oir á la Patti ó la Lind; eso la
entrada, que, después, entre guardarropa, programa, propina por aquí
y socaliñas por todas partes, con sacar dinero durante el espectáculo
no hay tiempo ni manos para aplaudir, por mucho que nos complazca. Y
donde no han llegado los americanos, los presienten. Han llegado los
automovilistas, que es lo mismo para los efectos de ir soltando dinero
con bocina. ¿Dónde están ya aquellas Arcadias veraniegas que hicieron
las delicias de nuestros abuelos y adonde llegaban los aldeanos,
como los pastorcillos de Belén, á ofrecer al forastero toda clase de
caza y pesca, huevos y laticinios, frutas y hortalizas, por lo que
tuvieran voluntad ó algo menos? Verdad es que entonces sólo veraneaban
las gentes en mediana posición. Los ricos se recogían en sus fincas
de campo ó casas solariegas... Pero ahora los que viajan y corretean
por el mundo son los que no tienen mucho dinero y los que no tienen
dos pesetas, que, naturalmente, son los que dan menos importancia al
dinero. Así lo han puesto todo imposible para las personas modestas.
Ya es triste vivir; pero viajar sólo con lo preciso, es verdaderamente
vergonzoso. ¡Eche usted lujo! Menos mal que, si por cada dos familias
hay una que se arruina, por cada tres hay algún miembro dedicado á la
usura, que, después, por combinaciones de herencias ó de matrimonios,
vuelve á hacer la felicidad de dos familias. En el mundo no se pierde
nada. Donde se hunde una casa suele levantarse una manzana. Es toda la
amable filosofía de muchos veraneos incomprensibles.



XXVII


Nunca ha justificado una Exposición su nombre como la de Bruselas.
¡Vaya si ha sido exposición! Era lo único que necesitaban las
Exposiciones para acabar de desacreditarse. Los que de cualquier suceso
casual deducen rotundas afirmaciones, no dejarán de categorizar toda
Exposición entre los grandes peligros. ¡No más Exposiciones! Siempre
nos sucede lo mismo, ahora que andamos en Madrid preparando una, al
cabo de los años. Los mayores progresos son atrasos cuando llegan á
nosotros. ¡Es mucho sino! Implantamos instituciones, leyes y reformas
cuando están desacreditadas por esos mundos. Venimos á ser las Américas
de Europa--en el mal sentido de la palabra Américas.--Verán ustedes;
ahora que hemos dado en irreligiosos, es cuando la religión está más á
la moda en todas partes. En los Estados Unidos se hace gran consumo;
en algo se ha de conocer el dinero. Con eso y con que el mejor día
empiecen á encargar Comunidades desde el Japón como antes encargaban
acorazados... Y es que no debe desecharse nada; todo debe conservarse,
como los sombreros de copa; las modas vuelven cuando menos se piensa.
¿Creen ustedes que no volveremos á ver miriñaques?

Algo significativo es que el incendio de Bruselas haya respetado la
instalación de España. El fuego no es rencoroso. ¡Buena ocasión para
haberse vengado de las muchas hogueras por nosotros encendidas en
Flandes! Hogueras con las que pretendimos prolongar el ocaso del sol,
que se ocultaba ya para España en aquellos dominios... En Flandes se ha
puesto el sol. ¿No es verdad, amigo Marquina? Pero antes ¡cómo pusimos
nosotros á Flandes!

Ahora ha sido la electricidad el Felipe II. La civilización es también
un gran tirano. Ello es que los buenos flamencos, por no perderlo todo,
se aprestan á reedificar lo destruído; y, si no les fuera posible, ya
ponderan como gran atractivo la contemplación de las ruinas. Acaso
tengan razón. ¡De tantas cosas, lo mejor es las ruinas! Sólo que las
ruinas de los edificios modernos suelen llamarse escombros. Para ser
admirado como ruina hay que haber tenido vida durante mucho tiempo.
Esta consideración es de mucho consuelo para algunas naciones y para
muchas señoras.

       *       *       *       *       *

Entre los chismes teatrales, precursores de toda temporada cómica,
el más sabroso es, sin duda alguna, el referente á la rescisión del
contrato del teatro Español, solicitada por varios concejales y fundada
en supuesto incumplimiento de algunas bases. Muy loable es el celo del
Municipio en esta ocasión, y no me atrevo á calificarlo de excepcional
porque supongo le aplicará con el mismo rigor á todos sus contratistas.
Pero en este asunto del teatro Español no parece que las raspaduras
al contrato hayan sido de tanta monta en la temporada última como en
otras de mangas y capirotes, con mensaje final de gracias y todo, de
parte del Ayuntamiento complacido. ¿Qué puede decirse? ¿Que las obras
del teatro antiguo no fueron presentadas tal y como se escribieron?
¿Tanta prisa corre desacreditarlas? ¿Que no todas las obras clásicas
representadas fueron precedidas de una conferencia, como se había
ofrecido? Y ¿para qué vamos á engañarnos? Eso de las conferencias es
molestar á los vivos sin honrar gran cosa á los muertos. Lo cierto es
que la temporada, contra los pronósticos de muchos, fué provechosa
y brillante. Téngase en cuenta que el teatro fué adjudicado con
sólo un mes de anticipación á su apertura; cualquier falta sería
muy disculpable en esas condiciones. Fueron estrenadas obras muy
estimables, decorosamente presentadas; entre ellas, _Casandra_, con
la que no se hubiera atrevido ninguna otra empresa de las de abono
aristocrático. Bueno fuera que, después del gran servicio prestado á la
causa democrática con las representaciones de dicha obra, pudiera decir
la empresa, con un Ayuntamiento tan republicano y tan socialista, que
así paga el diablo á quien bien le sirve. Fueron también representadas
obras de autores jóvenes, como López Pinillos y los hermanos Cuevas;
Borras obtuvo grandes triunfos en obras de muy distintos géneros. ¿Qué
más puede pedirse? Mi opinión no puede ser más apasionada. Ni allí
estrené obras, ni he de estrenarlas en esta temporada, ni la compañía
cuenta con muchas obras mías en su repertorio. Pero bien está San
Pedro en Roma--con Merry y todo,--y bien están la Cobeña y Oliver en
el Español mientras más desapasionada. Ni allí estrené obras, ni he
de estrenarlas esta temporada, ni la empresario dispuesto á realizar
maravillas de arte, dígase con franqueza y rómpase el contrato, sin
buscar más pretexto ni fundamento que la municipalísima gana. Pero si
no es así, y cuando apenas falta un mes para comenzar la temporada,
deben moderarse los impacientes y templarse los rigurosos.

Y aunque en algo se hubiera faltado al contrato, recuerde el Municipio,
al tratar con sus contratistas, las sentidas palabras que pronuncian
los reyes en el indulto del Viernes Santo, y digan parafraseándolos:
«¡Los perdono para que Madrid me perdone!»

       *       *       *       *       *

El correo nuestro de cada día nos trae ruegos y peticiones--diríase el
conde de Casa Valencia en el Senado.--Diga usted esto, hable usted lo
otro, proponga usted lo de más allá... No, mis amables sugeridores;
es muy desagradable el papel de soplón y «acusica», y no es cosa
tampoco de que el cronista ande hecho siempre un guardia de policía
urbana. En España todo se espera y para todo se confía en el Gobierno
y en la Prensa, sin perjuicio de achacar á uno y otra, según sopla
el viento, la culpa de todos los males. Con el sufragio universal
y el voto obligatorio, todos tenemos nuestros diputados y nuestros
ediles á quien dirigir peticiones y quejas. Sin contar con que todos
tenemos en la lengua un rotativo de tirada ilimitada. Esto de servir de
libro de reclamaciones sólo ocasiona disgustos y antipatías. Además,
cuando cree uno haber complacido á la generalidad, haciéndose eco
de sus pretensiones, como estamos en época de espíritus originales y
hay que distinguirse á todo trance, saltan en seguida los ofendidos
en su originalidad. Quéjanse unos vecinos de que en su calle hay un
charco, foco de infecciones; y cuando se consigue llamar la atención á
quien corresponde para que desaparezca el charco, no falta un vecino
que salga protestando; porque, miren ustedes por dónde, aquel charco
era todo su encanto y, como dice la copla, el espejito en que él se
miraba. Y en todo, por este orden. Ya ven ustedes: ahora resulta que
la Biblioteca Nacional era un modelo de organización y es gana de
chinchorrear el proponer mejoras. Por mi parte todo está bien. Así como
así, entre personas, animales y cosas, harán docena y media las que
me interesan particularmente. ¡Y comparándome con la mayoría de las
gentes, me tengo por altruísta!



XXVIII


Es peligroso entregar juguetes á los hombres. Los chicos se contentan
con destrozar el juguete, manifestándose como grandes protectores de
la industria y del comercio. Pero los hombres sólo gozan pensando en
lo que podrán destrozar con el nuevo juguete.--Ahí tenéis un nuevo
explosivo--se les dice--para que voléis montañas que separan á unos
pueblos de otros y podáis comunicaros y relacionaros con ellos más
fácilmente... Y para volar edificios y pueblos enteros--responden y
piensan.--Ahí tenéis el automóvil: utilidad, ilustración, higiene
y recreo. Y emocionante peligro y satisfacción de la vanidad y
atropellos, y caiga el que caiga.--Ahí tenéis el aeroplano, el más
glorioso triunfo del hombre sobre la materia. ¡Qué servicios puede
prestar á la civilización y al progreso! ¡Y sobre todo en la guerra!
¡Podremos aniquilar ejércitos enteros; seremos invencibles!

Si, ante la armoniosa serenidad de la Naturaleza, pensaba el poeta
Wordsworth tristemente en lo que el hombre ha hecho del hombre, con
más razón puede pensarse ante cada una de estas conquistas de su
inteligencia, que debieran significar amor y significan odio. Las
aclamaciones de Francia á la gloria de sus aeronautas no son un saludo
á la Humanidad, ofrecimiento de la buena nueva; son un reto á Alemania.
Para satisfacción del orgullo de raza no les basta con la revancha
espiritual; es preciso la material revancha. Nada vale el aeroplano
si no es símbolo del águila imperial, invencible y amenazadora, sobre
los aires. Los alemanes pondrán toda su inteligencia en lograr nuevas
perfecciones en los aeroplanos. El odio también es fecundo. Y, por el
afán de conquistar la tierra, llegaremos á la conquista definitiva del
cielo. ¿No es esta toda la historia de la Humanidad?

       *       *       *       *       *

Cristóbal de Castro se lamenta y nos culpa porque entre tantos
escritores españoles como hemos visitado la República Argentina
no hallamos logrado obtener lo que monsieur Clemenceau en una sola
visita: un tratado de propiedad literaria con aquella República. Supone
Cristóbal de Castro que hemos sido unos egoístas, más atentos al
lucimiento y al provecho propios que á la general conveniencia. Conste
que sólo me creo aludido por haber estado en Buenos Aires, no por
alturas de dramaturgo que el Sr. Castro compara con las del Himalaya.
No; por mi parte, Cerrillo de los Angeles, y gracias. Nuestra pobre
tierra no consiente mayores alturas; y si alguien pretendiera locamente
levantarse hasta ellas, no tardarían en hacerle polvo; y como, al fin,
en eso hemos de parar todos--_Pulvis eris_, etcétera,--¿qué más da un
poco antes que un poco después?

No tiene en cuenta Cristóbal de Castro que nuestra misma condición
de interesados nos obliga á no parecerlo. Monsieur Clemenceau, que
podrá ser escritor insignificante, pero que tiene gran significación
política--y no todo ha de ser literatura en el mundo,--podía con mayor
desinterés particular entablar esas negociaciones. Además, todos
sabemos, aunque nos pese, que un político goza de mayor prestigio
entre los políticos que un escritor, por grande que sea. Yo de mí
sé decir que ni saludé al presidente de la República, ni traté con
ministros, ni lo procuré tampoco. Fuí de viajero, no todo lo ignorado
que yo hubiera querido para volver ignorando menos. Así y todo, vi lo
bastante para no quedar muy ilusionado con las ventajas de un tratado
de propiedad literaria. No es aquello la mina inexplotada que muchos
creen. Poco se lee en España, pero allí se lee menos. Existe, como en
todas partes, el núcleo intelectual al corriente de lo más «nuevo», no
siempre lo más interesante, que se publica. Hay afán--no es lo mismo
que amor--por la cultura. Una cultura sin agrado, por aquello de «hay
que saber»; no porque gocemos con saber. Pero público, lo que se llama
público de lectores... En primer lugar, hay poca gente desocupada,
desde las señoras y señoritas que leen novelas francesas, inglesas:
las inglesas para imponerse en el idioma; las francesas porque...
¡cómo ha de ser! son más entretenidas para el que lee por distraerse
que ningunas otras. De lo español se lee... lo que debe leerse, ni
más ni menos. Hay que convenir en que libros muy interesantes para
nosotros, á pesar de su mérito no pueden interesar allí en absoluto. No
es culpa de los autores; es culpa del ambiente. En cuanto á ediciones
de libros españoles publicados allí, se ha exagerado mucho. Saldrían
más caros. Con decir que la mayor parte de los autores argentinos
edita sus libros en París ó en Madrid... Algo más podía venderse,
desde luego, con una activa propaganda por parte de nuestros editores;
pero con tratados ó sin ellos, sería lo mismo. Por lo que al teatro
se refiere... ¡ay! tampoco es la tierra de promisión. Alguna obra de
género chico llega á un crecido número de representaciones--nunca
tanto como en Madrid.--En cuanto á las obras grandes, con excepción
de alguna de autor nacional, como las de Laferrere, con su media
docena de representaciones van muy bien servidas. El Odeón, en donde
representan María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, vive del abono
aristocrático en los días de moda. En los días quebrados hay sus
medias entradas y sus vacíos, como en cualquier teatro de por acá.
Los demás teatros están á precios reducidos: tres pesos, dos pesos la
butaca. Y como el peso, aunque suene á duro, representa allí lo que
nuestra peseta, resulta que el teatro es allí más barato que en España.
Todos conocemos á los empresarios y actores que se han hecho ricos
por aquellas tierras. La compañía de Serrador representa todas las
obras extranjeras, sobre todo francesas, estrenadas. Es la compañía de
más extenso repertorio. Las traducciones se pagan á tanto alzado, y,
naturalmente, no se pagan derechos de traducción. Con el tratado con
Francia... no se representarán tantas obras francesas, y eso iremos
ganando... espiritualmente. Bien estaría el tratado... por decoro suyo,
más que para provecho nuestro. A los políticos corresponde negociarlo.
A los escritores nos sienta muy bien el desprendimiento de los bienes
terrenales.

       *       *       *       *       *

Del veraneo.--En el Casino:

--Oye: ¿tú sabes quien es esa rubia que va todas las noches con ese
extranjero?

--No sé; pero me la encuentro en todas partes. El año pasado, en Niza,
con un ruso; después, en París, con un americano; luego, en Ostende,
con un turco. En Biarritz con un inglés, y aquí con este que parece
alemán... Debe ser mujer de historia.

--Y de Geografía, por lo visto.

       *       *       *       *       *

En la sala de recreo.--Entre dos amigos:

--Toda la noche estoy perdiendo. No acierto una. (Galante.) Voy á hacer
el juego de esta señorita, que tiene mucha suerte.

El amigo (aparte).--Se va á enfadar el señor de enfrente.

--¿Por qué?

--Porque el verdadero juego de esta señorita es... «timarse» con él
toda la noche.



XXIX


Si en la mesa y en el juego es donde mejor se conoce, según dicen, la
educación de las personas, en las calamidades es donde mejor se revela
la cultura de un pueblo. Los aldeanos de Rusia y de Italia que, ante la
invasión del cólera, renuevan episodios de las más terribles pestes de
la Edad Media, con sus terrores, sus supersticiones, su desconfianza en
la ciencia y su fe en cualquier brujería, nos dicen claramente que hay
en las naciones modernas, aunque los salven trenes y automóviles, menos
kilómetros de distancia de la civilización á la barbarie que siglos
en la historia de la humanidad. Unas horas de camino valen por muchos
libros de historia. Sin andar mucho, no es difícil encontrarse todavía
con el hombre de las cavernas. Cuando el cantor de la civilización
está más ilusionado, creyendo que ya sólo es cuestión de expulsar á
los frailes y, dos ó tres pasitos más por este orden, para llegar á
la reconquista del Paraíso terrenal... ¡cataplum! por donde menos se
piensa, un retroceso al salvajismo, que si no destruye de golpe, deja
por lo menos tambaleándose lo mejor de nuestras ilusiones.

Y es que estas epidemias, como tienen su origen en regiones
incivilizadas, no sólo se traen para acá el microbio de la enfermedad,
sino el de la barbarie, que aun prende más pronto. Aquí bien puede
decirse: «Bien vengas mal si vienes solo.» Mejor será que no venga ni
solo ni acompañado; pero, si como es de temer, aunque no sea más que
por molestar al Gobierno, como epidemia reaccionaria, nos desfavorece
con su visita, ¿qué se traerá esta vez por lo de asiático, á más de lo
que se traiga por lo de morbo?

¿Cómo saldremos del examen? Porque algo de examinador tiene el señor
cólera. El llega á un punto, se asoma con cierta respetuosa timidez
primero; pregunta: «¿Cómo están ustedes de higiene, cultura, valor
cívico y doméstico, etc., etc?... ¿Medianamente? ¡Vaya! Como en mi
última visita; no han adelantado ustedes nada. Habrá que darles otro
repasito. La letra con sangre entra...» La verdad es que lo mejor
que tenemos en material de sanidad á él hay que agradecérselo y á la
solicitud de sus visitas. El día en que, al asomarse por Europa y al
enunciar su preguntita, le respondan de todas partes la cultura, la
higiene, la confianza de todos con un: «Vea usted, amigo, si hemos
aprovechado sus lecciones», habrán terminado sus visitas.

       *       *       *       *       *

Al Emperador de Alemania le ha aprovechado por poco tiempo la última y
sonada reprimenda de su canciller, por irse de la lengua con deplorable
facilidad. Otra vez ha vuelto á ponerse la imperial corona por montera,
y terciadita á lo jaque, para decir á sus asombrados súbditos que á
nadie tiene que agradecerle nada, más que á Dios, que, en sus altos
designios, le ciñó la corona. De suerte que no le vengan con leyes
constitucionales, discusiones parlamentarias, ni oposición á sus
proyectos; que él ha de seguir impertérrito la senda trazada por la
Providencia, toda de cañones y fusiles. Bien está ¡oh, sir!; pero el
último de nuestros súbditos tiene también su montera que ponerse por
corona y las mismas razones para creer en su misión providencial.

¿Es que sólo los emperadores traen misión á este mundo? Como le decía
el labriego del Toboso á Don Quijote, cuando éste le preguntaba por la
princesa de aquel lugar: «Yo no sé de ninguna princesa; señoras sí hay,
y muy principales, que cada una puede ser princesa en su casa». ¿Quién
no puede ser emperador en la suya? Y si cada uno diera en sentirse
inspirado por la Providencia para obrar como le conviniere, ¡malo iba
á ser el gobernar con tantas misiones providenciales! Además, como los
teólogos están conformes en admitir que hay voces del diablo que pueden
tomarse por voz de Dios, en la duda bueno es atenerse á las leyes
humanas; que, por mucho que el demonio quiera enredar en ellas, nunca
enredará tanto como en la voluntad soberana de un emperador, por muy
providencial que sea. ¡Dios sobre todo, pero la Constitución al quite!

       *       *       *       *       *

Mauricio Maeterlink, en el prólogo de unos _Cuentos y leyendas_ de su
amigo Jorge Maurevert, asegura la bondad del libro por haberlo sometido
á la «prueba del jardín». Esta prueba consiste en leer á pleno sol y en
pleno aire; «á la implacable luz de una espléndida primavera», dice M.
Maeterlink. Y añade: «Esta prueba es siempre decisiva para un libro, y
muchas veces más dolorosa y desconcertadora que las pruebas del agua
y del fuego de los antiguos torturadores. Pocos libros la resisten,
y yo no me atrevo á someter á ella más que los versos ó la prosa que
desde las primeras líneas me han inspirado confianza. ¿Para qué hacer
padecer á un pobre libro que, aun con no ser muy bueno, es siempre una
obra de buena voluntad?» ¡Ay, y qué bien dice M. Maeterlink! La prueba
del jardín es terrible. ¿Ha probado M. Maeterlink con sus obras?
Yo sí: con su _Aglavanne y Selysette_. Y el jardín no era un jardín
urbanamente cultivado; era un jardín rústico, rodeado de un campo de
trabajo y de pena. La prueba se agravaba. Como en una Exposición de
pinturas basta la proximidad de una planta cualquiera para destruir el
efecto del paisaje mejor pintado, pocas obras literarias resisten el
contacto directo con la Naturaleza. Son obras cerebrales y necesitan
ir de cerebro á cerebro, sin airearse al pasar, como plantas delicadas
de invernadero. Libros que en la ciudad, en aquella vida artificiosa,
parecen la misma vida, en el campo no son más que flores de trapo. ¡La
vida es tan sencilla! Lo que ella pone es lo que no envejece nunca en
la obra de arte... Lo demás... es literatura, como dijo Verlaine. Yo
no aconsejaría á M. Maeterlink que sometiera sus obras á la prueba del
jardín, excelente para las obras de los amigos.

       *       *       *       *       *

Estamos á primeros de Septiembre y nada se sabe del arrendamiento del
teatro Español. Y siempre lo mismo. La temporada debe dar comienzo
en Octubre. En tan poco tiempo, ¿cómo puede formarse una compañía
aceptable, ni cómo preparar obras ni organizar un plan de trabajo?
¿Qué razón tendrá después para quejarse el Ayuntamiento si el contrato
no se cumple como es debido? ¿No habrá llegado la hora ó de cedérselo
al Estado para ensayar el Teatro Nacional, ó de arrendarlo buenamente
como un teatro cualquiera, donde la empresa, con pagar puntualmente
su arrendamiento, puede hacer lo que mejor le acomode? Por muchas
vueltas que quieran darle, por lo menos hasta la fundación de un Teatro
Nacional, el verdadero teatro Español será, por ahora, el teatro de
la Princesa, y donde estén María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza
estará la cabecera. Del teatro Español podía hacerse un teatro popular,
con una compañía modesta y bien dirigida, que permitiera baratura en
los precios; un teatro de ensayo para autores y actores jóvenes. Lo que
no puede ser es adjudicarle de prisa y corriendo quince días antes de
la apertura y pedir que sea una Comedia Francesa. En esas condiciones
en la temporada pasada se hicieron milagros, y ya hemos visto cómo han
sido agradecidos. Tan agradecidos por parte del Ayuntamiento como ésta
y otras defensas por parte de la empresa. ¡Son tan interesadas, que no
hay para qué agradecerlas!



XXX


No sería malo que en los dramas de la vida, como en los del teatro,
pudiera alguno de los actores dirigirse al público, como era uso y
costumbre, para suplicarle que reservara su juicio hasta el final de la
obra. Con la diferencia de que la vida, en sus dramas y en sus novelas,
lo primero que nos ofrece es el desenlace, y, al contrario que en el
teatro y en los folletines, el interés no está en saber cómo acabará
aquello, sino en cómo habrá empezado. La solución es el principio del
problema. Los antecedentes es lo que importa. Pero si el que más y
el que menos, uno por uno, somos todo curvas, en cuanto nos reunimos
como espectadores no entendemos más que de rectas. Para bueno ó para
malo, el público sólo comprende los caracteres de una pieza, como suele
decirse, que respondan á una lógica teatral y novelesca. Pero ¡ay!
que la lógica de la vida, en su aparente complicación, es mucho más
sencilla. Los locos y los héroes saben solamente de líneas rectas.
Los demás vamos serpenteando por caminos de luz unas veces, de sombra
otras; el que parecía más obscurecido, resplandece de pronto; el que
iba como vestido de sol, se pierde en la sombra. Y todo sin pizca de
lógica. Esa lógica que necesitamos para explicarnos satisfactoriamente
las acciones... de los demás. Pero ¡ay tantas lógicas! Los maridos
calderonianos matan, celosos de su honor. Seguros de la virtud de su
esposa, les basta con que alguien pueda poner sospecha en ella, para
condenarla á muerte. A Otelo, más humano, nada le importaría que todos
sus soldados hubieran compartido el lecho de Desdémona, con tal de no
saberlo. Es celoso por amor, y por amor mata. Hoy comprendemos mejor al
moro de Venecia que al médico de su honra. La solidaridad del honor en
el matrimonio y en la familia ha pasado á la historia, si es que alguna
vez pasó de la poesía.

En aquella misma época, los escritores satíricos, más inspirados
siempre en la realidad, nos muestran claramente que no todos los
maridos eran médicos de su honra. Hoy nadie pone en duda que se pueda
ser un perfecto caballero aunque se haya tenido la desgracia de casarse
con una loca. Queda sólo la pasión de los celos como justificante
de cualquier arrebato sanguinario. Y en esto el buen público es
intransigente: pide unos celos... de _una vez_, sin blanduras, sin
desfallecimientos, sin vacilaciones. No sabe comprender que el corazón
se subleva en una hora contra lo que toleró muchos años; que se mata,
se perdona, que se insulta y se besa... ¡Pobre corazón humano, sometido
á esa lógica de espectador de teatro!

Ya se sabe que el público sólo juzga por sentimiento. Ni sería el más
noble el de la ociosa curiosidad, si no llevara envuelto, aunque en
menor grado, el de la justicia. Pero á éste, único respetable, sólo
la justicia puede dar satisfacción cumplida. ¿Será mucho pedir al
respetable público que suspenda su fallo hasta que la justicia dé el
suyo?

Los supersticiosos no dejarán de apuntarse un tanto á su favor. Tres
lidiadores del mismo nombre han sucumbido en las plazas; dos de ellos
en circunstancias muy parecidas. Extraño es que la gente de coleta,
que por más insignificantes agüeros suele preocuparse, no haya temido
la fatalidad de ese nombre: Pepete. Verdad es que por si solo ya es
un cartel. El torero que quiera llenar las plazas, no tiene más que
atreverse nuevamente con el nombre fatídico. Un Pepete y seis Miuras,
y á robar el dinero. Piénsenlo bien los postergados. Aunque más de uno
ya lo habrá pensado á estas horas, recordando la filosófica sentencia:
«Más cornadas da el hambre». Añádase á esto la emoción de quebrar
juego, tan saboreada por los jugadores. Si es verdad que á la tercera
va la vencida, ese nombre puede ser una seguridad. ¡A él, valientes!
Ya veis lo que dicen los buenos aficionados. La corrida de Murcia se
recordará siempre como un acontecimiento. Corridas así son las que
sostienen el fuego sagrado de la afición durante muchos años. Harán
bien las señoras católicas en no protestar contra ese espectáculo,
como contra la política del actual Gobierno. El clericalismo, los
toros, tienen intereses comunes. Vienen de lo mismo.

       *       *       *       *       *

Escritores distinguidos lamentan, con sentidas razones, la decadencia
de la literatura en el periodismo. ¿En el periodismo? Y en todas
partes. La literatura está llamada á desaparecer, si Apolo (no el
teatro) no lo remedia. El público tiene sus buenos dientes, y hasta
sus colmillos bien retorcidos, y no necesita para nada de masticadores
artificiales, que es lo que venimos á ser los literatos en resumidas
cuentas. Ni siquiera nos consiente como cocineros, para aliñarle la
realidad con un poco de fantasía. El se lo guisa y él se lo come, como
Juan Palomo. Ha aprendido, se lo figura, por lo menos, á pensar por
sí mismo, y no tolera que nadie se le imponga. Así, en el periódico,
sólo quiere hechos, hechos como aquel maestro de Dickens. Informaciones
escuetas, sin comentarios; noticias, telegramas... Ya lo comentará
todo en el café ó en casa. Aceptemos la realidad, seamos modestos y
agradezcamos todavía que nos consientan ir viviendo. Por mí sé decir
que me avergüenza el dinero que cobro de la literatura. Quisiera ser
muy rico algún día, para descargar mi conciencia devolviéndolo todo
religiosamente. Sólo vale dinero lo que produce, á su vez, algún
dinero. Y ¿qué produce la literatura? El periódico no se vende más
por ella. El periódico... es él, es su nombre, sus informaciones, sus
noticias, sus anuncios. ¿Qué supone para su venta y su ganancia una
firma más ó menos? Es la firma la que goza del prestigio del periódico,
no al contrario. Pruebe el escritor que se juzgue más leído á cambiar
de sitio.

Lo mismo en el teatro: el teatro es la noche, el abono, las actrices
bellas y bien vestidas, los actores favoritos del público. ¿Qué
significa la obra? Un poco más ó un poco menos de literatura. Pruebe
también el autor que se crea más estimado por sí propio á cambiar de
teatro. En la Princesa, por ejemplo, todas las obras son lo mismo.
¿Qué más da una que otra? Hay que salir un poco de los Círculos
literarios, en donde á fuerza de despellejarnos parece que tenemos
alguna importancia, para comprender lo poco que significamos. No hay
vanidad que resista á una de estas enérgicas curaciones al aire libre.
La vida moderna funciona por una poderosa maquinaria para la que
cualquier obrero es bueno. Vamos al socialismo más de prisa de lo que
parece. El mundo será una gran máquina productora de felicidad social.
¡Hermosa máquina!

Andará sola. Los hombres se habrán muerto todos de hambre ó de
fastidio.



XXXI


Cuando el doctor Lombroso, en los buenos tiempos de su escuela
antropológica, se propuso demostrar que todo hombre de talento--de
genio decía él--tenía sus buenas puntas y collar de loco, no había
detalle insignificante en la vida de un hombre célebre que no fuera
para el buen doctor señal evidente de chifladura. Yo creo que, aplicado
el mismo sistema á cualquier individuo, tan locos parecerían los tontos
como los hombres de talento, salvo el talento.

Del mismo modo es peligroso investigar en preocupaciones de escuela,
cuando de averiguar culpabilidades se trata. ¿Qué vida de santo
resistiría la implacable investigación de algunos infatigables
averiguadores, obstinados en que han de ser tijeretas? Que si los
padres, que si su abuelo, que si allá por el año 58... Y es que á
lo mejor, nos creemos asomados á nuestro buen balcón con vistas á
Europa, y resulta que es al corredor de un patio de vecindad. ¡Tenemos
tan pocas cosas serias en qué ocuparnos! Pero ¿quién podrá decir que
tiene una vida privada? Como en danza de la muerte, no hay quien
escape de hacer su mudanza al son de la moderna publicidad, que cual
la muerte á todas partes llega y á nadie olvida. ¡Desgraciados de
los primos segundos de nuestros cuñados si algún día tenemos nuestra
hora de notoriedad! Desnudados se verán en público para regocijo de
las gentes. Y no hay que culpar demasiado á los que, en apariencia,
pudieran parecer los únicos culpables. No puede una enfermedad tan
fácilmente con un organismo sano. La publicidad tal vez abusa; pero hay
que confesar con cuánta complacencia nos prestamos al abuso...--Por
Dios, no diga usted nada de esto... Y lo decimos todo...--No quiero
que me retraten ustedes. Y llevamos estudiada la postura en que ha de
sorprendernos el objetivo. Padecemos todos de «exhibicionismo», y quizá
no andamos descaminados. No hay nada que desarme tanto la indignación
como la curiosidad satisfecha. Conviene, además, cultivar la amable
flor de la tolerancia mutua, sin la cual no habría vida de relación
posible. Hoy me escandalizas tú, mañana te escandalizaré yo; bueno será
que no nos escandalicemos demasiado.

Por todo esto, no opinaré como los graves señores que ahora una vez
más van clamando: «¡Qué indignidad! ¿Han visto ustedes á lo que
hemos llegado?» Sí, señores míos; y la lástima será no ver adónde
llegarán los que nos sigan, porque no todos son malos. Nunca hubo
tiempos mejores que los presentes, y es de presumir que aún han de
aventajarlos los futuros. Siempre habrá más seguridades en estos
procesos de plaza pública, á la luz y al aire, que en las tenebrosas
actuaciones inquisitoriales entre negras paredes y bajo obscuras
bóvedas. No haya miedo, aunque entre el clamoreo de las gentes parezca
zozobrar la verdad, que pueda anegarse la justicia. Hay una rectitud
en la conciencia de las multitudes que no le impide rectificar sus
juicios. No tiene que velar por los prestigios de Cuerpo, como otros
Tribunales, que alguna vez también se equivocan, pero no pueden
confesar nunca que se han equivocado.

       *       *       *       *       *

La lógica de los tablajeros es admirable. Como son muchos y tocan
á poco, han decidido subir el precio de la carne. Es una lógica
carnicera. No vamos á devorarnos unos á otros: es preferible devorar al
consumidor.

«¡Quién pudiera también subir los precios!» Así decía una expendedora
del mismo enemigo del alma, aunque en otro ramo, donde también es mucha
la competencia.

Para resolver el conflicto, el Ayuntamiento debe ponerse al habla con
los patronos de Bilbao, y aun con los de otras partes, por si puede
aplicarse á la carne animal el sistema por ellos empleado para abaratar
la carne humana. «¡Oh Dios!--decía Tomás Hood en su Canción de la
camisa.--¡Que la carne de vaca valga tanto y la de hombre tan poco!»

Sólo nos queda el consuelo de los tontos: lo universal del malestar.
¿Quién podrá vivir al precio á que se va poniendo la vida? ¡Admirable
modo! donde, como en la isla encantada de Próspero, con todo lo
necesario para la vida no hay modo de vivir.

       *       *       *       *       *

De la pintoresca galería de veraneantes, el más digno de nuestra
gratitud es el veraneante Robinsón, el descubridor de rincones
ignorados que tendrán en él propagandista infatigable. ¡Un Paraíso! ¡La
Suiza de España!

La última ilusión que perderemos será esta de los paisajes. Es
incalculable el número de Suizas que tenemos en España. Con unos
peñascos, dos docenas de pinos y un chorro de agua, ya está una
Suiza. Lo malo es que aquí no sabemos explotarlas. Nuestra tierra es
un Paraíso. Pero ¡somos tan adanes! Desengáñense los admiradores de
nuestras bellezas naturales: no hay paisaje posible sin una buena
fonda.

El viajar no es un apostolado. Bellezas naturales y bellezas artísticas
son un buen pretexto para pasarlo bien en confortables hoteles, entre
gentes adineradas y con toda clase de diversiones, por si los paisajes
y las catedrales fallan. Y no fallan nunca cuando los contemplamos
después de bien comidos y bien dormidos. En cambio, échese usted por
malos caminos; llegue usted á una posada, donde toda incomodidad tiene
su asiento y todo asiento su incomodidad, y tírese usted después su
buen repechito para ver salir el sol por donde acostumbra ó suba
usted y baje del coro al campanario, y viceversa, para extasiarse
ante los santos desnarigados de la gótica catedral, y regresará usted
para que no vuelvan á mentarle paisajes ni catedrales, como no sea en
cinematógrafo ó en postales, único modo de admirar bellezas sin fatigas
y sin desilusiones.

El Robinsón dirá que somos criaturas artificiales, que tenemos
atrofiado el sentido de la Naturaleza... No tome usted muy en serio á
los robinsones, que, á lo mejor van á descubrir bellezas naturales muy
bien acompañados de alguna belleza urbana, y..., naturalmente, ¿qué les
importa el duro lecho, ni la mala comida, ni las bellezas naturales
tampoco? Pero el que de buena fe cae en el lazo de la propaganda,
volverá renegando y creyendo para toda su vida que las mejores
creaciones de la Naturaleza y del Arte son obra de los fondistas y
hosteleros, y que en España no tendremos paisajes y catedrales mientras
no tengamos buenos hoteles y lujosos casinos y... amables bellezas, en
que se armonicen la Naturaleza y el Arte.

Preguntad á los habituales y acaudalados concurrentes á Niza, Ostende,
Biarritz, San Sebastián mismo, por las bellezas naturales de los
respectivos puntos. «Se pasa muy bien», es lo que sabrán deciros.



XXXII


Para justificar el actual estado de las calles de Madrid, el alcalde
ha exhibido unas fotografías de las principales vías de París para
que en nada tengamos que envidiarles. En efecto; allí, con motivo
de las obras del metropolitano, han padecido, como nosotros, las
inevitables molestias que la civilización trae consigo, y allí, como
aquí, levantamientos y excavaciones en calles y plazas han sido tema
inagotable de chistes, caricaturas, escenas de revistas, coplillas
de café-concierto y demás desahogos inofensivos. No tiene por qué
preocuparse el señor alcalde. A todo lo que podemos aspirar en este
bajo mundo es á hacer algo bueno; pero á que parezca bien, es loca
aspiración. Como aquí, por cada uno que hace algo, aunque no sea más
que jugar al billar ó al tresillo, hay cien mirones, en algo han de
entretenerse.

Quisiéramos tener una Gran Vía por arte de magia y que la baratura de
la luz eléctrica no costara la más pequeña molestia. Queremos que todo
nos lo den hecho; tan hecho... que no haya que hacerlo antes. Pero,
amigo, como no hay medio de hacer tortillas sin romper huevos, como
dicen en Francia, y tampoco nos gustan los huevos pasados por agua,
hay que resignarse con nuestra triste suerte y dejar que los mismos
que en París habrán admirado los trabajos del metropolitano, como
obra de progreso, al regresar ahora de su excursión otoñal renieguen
aquí de todo y por todo. En casa somos de un sibaritismo oriental: no
toleramos ninguna incomodidad. Verdad es que la mayor parte de las
viviendas son inhabitables, unas por culpa de los caseros y otras por
culpa de los mismos vecinos y de sus apreciables familias. ¡Si tampoco
podemos vivir en la calle! Individuos hay para quien levantarles las
losas de una acera equivale á un desahucio del propio domicilio. ¿En
dónde despacharán ahora sus asuntos y recibirán sus visitas? Pueden
consolarse admirando los planos de la futura gran plaza de España.
Ellos se encargarán de justificar su nombre, paseando por ella sus
desocupaciones, perturbadas ahora por una falta de consideración
imperdonable. En cambio, un respetable jefe de familia, que por
obsequiar á los suyos con las delicias de un veraneo aristocrático tuvo
que acudir á la bondad de esa noble institución de los prestamistas,
decía con gran filosofía, contemplando el estado de nuestras
calles:--Así como así, yo tendré ahora que andar por los tejados.

       *       *       *       *       *

Su Santidad ha recomendado encarecidamente á los prelados y sacerdotes
la más activa predicación contra las actuales modas femeninas, por
deshonestas y provocativas á deshonestidad, que es lo peor de todo. No
confiamos mucho en la eficacia de esas predicaciones; que no es tan
fácil hallar docilidad y obediencia en la grey femenil cuando se trata
de cosas que le importan particular y directamente, como cuando se
trata de cosas que en realidad le tienen sin cuidado. No es tan fácil
derribar una moda como un Gobierno liberal. Sin contar con que, en
esto de manifestarse contra los Gobiernos liberales, entra por mucho
también la moda. ¿No son las más á la última trabadas las que más se
destraban de pies y de lengua cuando hay que bullir y danzar en juntas,
protestas y manifestaciones? Pero ¡ay! en cuestión de modas, como ellas
se encuentren á su gusto...

Poco conoce á las mujeres el que se las figure dominadas por las
predicaciones del clero. ¡Buenas son ellas para dejarse dominar por
nadie! ¡Pobre clero! El sí que, en la mayoría de los casos, es el
dominado, el zarandeado y el molestado por el indiscreto fervor de las
devotas. Cuando á ellas les conviene, lo mismo se entran por el ritual,
que por los cánones, que por la Suma Teológica, atropellándolo todo.
¡Hay cada papisa Juana y cada antipapa Luna entre ellas!

Yo sé de cierta junta de señoras, reunida en cierto palacio episcopal,
bajo la presidencia del señor obispo; y como el buen prelado, con muy
buenas razones, procuraba convencerlas de la imposibilidad de algo que
ellas pretendían, en la ordenación de una festividad religiosa, una de
las más voceadoras no sabía más que repetir: «Pues perdone S. I., pero
siempre se ha hecho así, siempre se ha hecho así.» A lo que el prelado,
bondadoso, replicó todavía: «En efecto, era un abuso tolerado; pero
ahora Su Santidad ha dispuesto que no se permita.» «Pues que me perdone
Su Santidad, pero á mí me parece un disparate»--fué la contestación. El
buen obispo se quedó haciéndose cruces; por fortuna, las cruces de los
obispos son de oro y piedras finas y suelen ser regalo de las mismas
señoras que tanto les desazonan. Claro es que ellas lo pagan, pero como
se abonan al teatro, para que las comedias no las molesten. Sí, ¡qué
van ellas á pagar para oir cosas desagradables!

Por todo esto y otras cosas, verán ustedes cómo por muchos anatemas que
caigan sobre la moda, como ellas se encuentren á su gusto, sobre sus
monumentales sombreros se pondrán todavía la cúpula de San Pedro en
Roma, por montera.

       *       *       *       *       *

¡El 606! Parece el número del premio gordo en la Lotería de Navidad.
No se habla de otra cosa. Hasta los niños han dejado sus charlas sobre
el adulterio y otros sucesos de actualidad, para hacer toda clase de
preguntas indiscretas sobre el numerito. Ahora nos enteramos de que hay
más gente interesada en el descubrimiento de la que podía suponerse.
El reuma que don Fulano, los dolorcillos de don Zutano y hasta el
fueguecillo de doña Perengana, todas personas muy respetables. ¡Que el
606 ó el 909, según se lea por arriba ó por abajo, os sea propicio! Los
médicos son el demonio: un castigo menos para contener á la Humanidad
en sus depravaciones. Con el 606 y cualquier otro numerito por el
estilo, esto va á ser el desate.

Admiremos á la clase médica, única en el mundo que trabaja en contra
de sus intereses, suprimiendo padecimientos. ¡Si muchas otras
clases sociales encontraran su 606, que nos hiciera innecesarios, ó
simplificara, por lo menos, sus servicios!



XXXIII


Esto de las embajadas de moros parece la procesión del niño perdido;
llegan unas detrás de otras, y ni el niño parece ni la madre del
cordero, que este es el toque de la diplomacia morisca: que no parezca
nunca nada de lo que se ha perdido. De modo que es muy posible que
haya que ir á buscarlo, y allá iremos con nuestro duro á recuperar la
peseta. Ante el peligro de posibles y desagradables discrepancias,
llegado el caso, se invoca, para «hacer opinión», como suele decirse,
el patriotismo de cuantos pueden influir sobre ella. Bien está si
ello no puede ser por menos y se quiere que en su día sean muchos
á repartirse las glorias ó las responsabilidades. No es como hacer
propaganda de una Exposición ó de un viaje de recreo, cosa en que á
todos se favorece y á nadie se perjudica.

Pero... pero en esta ocasión el que sinceramente y honradamente no
crea en la necesidad ó en la conveniencia de nuevas demostraciones
bélicas, mal haría en pactar con su conciencia por consideraciones
dudosas. ¡Cualquiera sabe dónde está el verdadero patriotismo en estos
tiempos! Eso sí; tampoco vale guardarse la malilla para salir después,
si el asunto se tuerce, con aquello de: «¡Ya lo sabía yo! ¡A mí siempre
me pareció mal; pero cualquiera va contra la opinión general!» Sobre
que nunca hay opinión general y sobre que muchas veces la opinión y los
que influyen en ella se engañan mutuamente por mutuo desconocimiento, y
luego tenemos aquello de: «Yo hablé así porque creí que era la opinión
de ustedes» y «Yo creí deber opinar así porque ustedes lo decían».

Sólo hablando cada uno con arreglo á su conciencia puede formarse la
verdadera conciencia nacional; nacional, sin vistas á humanitarismos
«inter» ó supernacionales. Nosotros no podemos permitirnos aún esos
lujos. Eso, como los dramas de Ibsen, según Ramiro de Maeztu, es para
los que ya tienen resuelto el problema de la mantenencia. Nosotros
estamos en el caso de ir á buscarlo donde lo haya.

       *       *       *       *       *

El chiste, la humorada, la ironía, la paradoja, la amenidad, todo
lo que indigna á muchos graves varones al encontrarlo en artículos
periodísticos, pueden hallarlo ahora nada menos que en un documento
oficial; que como documento oficial puede considerarse la medalla
acuñada para conmemorar el centenario de las Cortes de Cádiz.

Ustedes verán si no es humorismo el de la medallita. Por una cara
ostenta las consabidas figuras alegóricas en toda su clásica desnudez,
un par de mundos, que de entonces acá han venido á quedar en uno, y
alguna otra friolera decorativa. Por esta cara nada de particular.
Pero por la otra... ¿á quién sino á un gran humorista pudo ocurrírsele
esculpir y grabar la dulce efigie de Fernando VII en un recuerdo
de aquellas Cortes y de aquella Constitución que tuvieron en él su
más encarnizado enemigo? ¿Qué puede hacer en esta galería aquel
tan deseado antes como después aborrecido, sino dar que reir al
discreto contemplador? Al que ni supo antes defender su trono ni
después agradecerlo; al que volvió á llamar á los franceses para
sacudirse de Constituciones y libertades; á uno de los más siniestros
mamarrachos que han visto los siglos coronado, y abundan en la serie,
¿qué Shakespeare de la ironía ha sabido clavarle en la picota de
esta medalla conmemorativa? No queremos sospechar en ello la menor
sombra de adulación monárquica. Hay adulaciones ofensivas para la
discreción de los que están demasiado altos, para no estar sobre tan
burdas adulaciones. Preferimos atenernos al humorismo, tan desusado
en gubernamentales esferas, donde toda seriedad y todo empaque tienen
asiento. Pero el espíritu de aquel gran socarrón no habrá dejado
de apreciar la ironía de este «trágala» póstumo. «Al que no quiere
caldo, la taza llena». Al que que odió la Constitución, medallitas
conmemorativas. La idea ha sido genial y merece el más sincero aplauso.

Terminó el preciso veraneo de los que no disponen de tiempo ni de
fondos para mayores ausencias. Quede la otoñada para los que de todo
disponen en abundancia y todo es veranear para ellos.

Vuelven tonificados por los baños de mar, de luz... y de ilusiones.
El veraneo nos eleva siempre unos grados sobre nuestra ordinaria
condición social. Las playas, los Casinos, los vestidillos claros y de
telas ligeras son niveladores. Las amistades y los amores son fáciles,
aunque ligeros como los vestidos. No suelen llegar al invierno. En
Madrid vuelve cada uno á estar en su sitio. Ofrecimientos de amistad y
juramentos de amor se olvidan apenas llegamos. ¡Felices los que logran
conservar á la marquesa entre sus relaciones y la que no suelta al
empleado con 3.000 pesetas de sueldo, que en San Sebastián parecían
20.000 de renta! Verdad es que allí también papá parecía un accionista
del Banco. ¡Oh, sueños de una temporada de verano! Nunca muy costosos,
que nunca se paga bastante un poco de ilusión y el hallar á la vuelta
más sabroso el familiar cocido.

El Teatro Nacional va camino adelante. Ya sólo falta teatro, compañía
y suponemos que no faltará dinero en el momento oportuno. Ahora, con
toda seriedad. Dadas las condiciones del teatro en España, ¿conviene
hacer del Teatro Nacional un teatro museo, sólo para la representación
de obras consagradas, ó un teatro de ensayo, un teatro juvenil, para
estrenar obras de autores noveles ó desconocidos? ¿Conviene formar una
compañía de eminentes, ó una modesta, estudiosa compañía de conjunto?
¿Conviene que el teatro sea aristocrático, literario ó popular? Yo
creo que todo es compatible y para todo hay días y para todo debe
haber autores y actores. Ni debe prescindirse de la aristocracia, ni
de la intelectualidad, ni del pueblo. Pongan unos el dinero, otros la
orientación, otros el entusiasmo. Condición primordial: la baratura. No
es solo cuestión de arte, es cuestión de higiene. No es en el terreno
artístico, es en el terreno económico en el que hay que combatir contra
la chabacanería y la suciedad de un teatro que mancha las bocas y las
almas de los niños y de las mujeres. Es preciso que «la órdiga» y
«el pálpala» no sean ingeniosidades de salón y bailar el garrotín una
gracia infantil. Y es preciso que las mismas señoras que en el Español,
en la Princesa ó en la Comedia se asustan por muy poco, no vayan
después con sus hijos á la sección vespertina de cualquier teatrillo
con el pretexto de que los niños se divierten viendo las decoraciones
y lo demás... Ellos no lo entienden, los pobrecitos. ¡Ni á ustedes
tampoco hay quien las entienda, señoras mías!



XXXIV


Ante el triunfo de la República en Portugal, yo no pienso en si será
el camino más corto para apresurar la vuelta del dictador Juan Franco,
ni en la suerte del rey joven, víctima del sino fatal de una familia
condenada á ser eterno Tántalo de tronos y coronas. ¡Triste rey! Con
las mejores intenciones y deseos, sin duda; pero al que nunca llegó
la luz ni el aire de la calle, como á tantos reyes, sino al través de
aduladores, de ambiciosos y de intrigantes. A los reyes modernos no
les faltan bufones á su alrededor; pero entre sus cascabeles no suena
el cascabel de oro de la verdad, como solía en los antiguos hombres de
placer sonar atrevido sobre los donaires y las chocarrerías. Pero, ya
digo, en nada de esto pienso: sólo pienso en la alegría de un poeta.
¡Qué feliz será á estas horas Guerra Junqueiro! Altísimo poeta, que has
logrado lo que pocos poetas logran: ver realizado en la vida alguno
de sus sueños; ¡que la realidad de esa República se inspire en tu
poesía, oración á la luz, al pan, á los humildes de la tierra, al amor
y á la Humanidad! Pero ¡ay, poeta! ¿No será la realidad el principio
de la desilusión? Los hombres no se juntan para obras de belleza tan
dócilmente como las rimas. Verdad es que cuando las rimas son bellas,
es porque obedecen á un gran poeta, que es un dictador de genio.

       *       *       *       *       *

Enrique Becque, el autor de _La parisienne_ y de _Los cuervos_ y
de esos _Polichinelas_ tan traídos y tan llevados en estos días,
como _Chantecler_ en los suyos, pasa por ser uno de los autores más
desgraciados en su vida y sus obras. No lo creo yo así; antes me parece
que ha habido pocos tan bien afortunados. Después de algunas obras
insignificantes--un _Miguel Pauper_, que es un mal melodrama,--estrena
_La parisienne_, que fué, en su estreno, lo que allí llaman un _four_
y por acá un fracaso. Pero había que molestar á Sardou, á Dumas hijo,
á los autores por entonces señores del teatro, y _La parisienne_ fué
obra de lucha, alrededor de la cual se agruparon todos los autores
fracasados y todos los que ni fracasar habían conseguido. No había
autor silbado que no se condoliera diciendo: «¡También fracasó _La
parisienne_!» No había aspirante á autor que, al serle rechazada
una obra, no pensara: «¡Es claro: como fracasó _La parisienne_, las
empresas no se atreven con una verdadera obra de arte!» Llegó á
imponerse una reaparición de _La parisienne_. Los actores que habían
estrenado la obra no habían acertado con el carácter del personaje;
ahora es cuando se iba á ver la obra. En efecto; la representaron la
Réjane, después la Després, después ¡qué sé yo! _La parisienne_ llegó
á ser obra de concurso. La crítica ya no la discutía; daba por sentado
que se trataba de una obra maestra, una obra clásica; el público se
aburría siempre y las entradas no eran cosa mayor. En efecto; _La
parisienne_, cuyo título ya es una calumnia que debiera ofender á las
mujeres de París, no pasa de ser un buñuelo inflado; un asunto y unos
personajes de comedianta, tratados con una prosopopeya y un empaque
como quien dice: «Esto es ahondar en el corazón». Y toda la hondura es
que una señora tiene tranquilamente un marido y dos amantes; para lo
cual no hace falta ser _la parisienne_. En cualquier villorrio las hay
más frescas y todavía dan menos importancia á esas alternativas.

Con _Los cuervos_, dos cuartos de lo mismo. Otra obra maestra para
los juramentados y otra tabarra para el público. Los intérpretes
siempre de víctimas, porque siempre consiste en ellos que las pícaras
obras no acaben de entrar y de imponerse á la admiración. ¡Digo, á la
admiración! ¡Obras más admiradas! Dígase ahora si autor que con ese
bagaje consigue ser indiscutible, tener estatua, que todos los años
le representen las dos joyas--y ¿qué será el día en que, hartos los
empresarios de probaturas, renuncien á representarlas y sólo por fe se
le admire? ¡Qué Molière, ni que Racine!--puede llamarse desgraciado.
Yo no conozco suerte literaria como la suya. Para que nada le falte,
es casi seguro que, por fin, no se representa _Los polichinelass_. Con
lo que todos irán ganando: los empresarios, el público y la gloria del
autor.

       *       *       *       *       *

Apuntando, apuntando, como los de Lumbiaque templaban, á unas
Asociaciones, el Gobierno ha disparado sobre otras. Mientras de una
parte todo son mitins, _aplechs_, procesiones y rogativas--no sabemos
por qué motivos, pues los más impacientes por determinadas medidas
bien pueden decir, como el personaje de la comedia: «¿Dónde me han
besado, que no lo he sentido?»,--sin ruidos y sin amenazas previas,
todo el rigor ha venido á caer sobre las Asociaciones que pudiéramos
llamar pecaminosas. Quedan disueltas las comunidades femeninas. Desde
ahora cada mochuelo á su olivo y un solo mochuelo en cada olivo. Pero
¿habrá en Madrid bastantes cuartos desalquilados? Si agrupándose, para
mayor facilidad de la existencia, ya no eran palacios las ordinarias
viviendas de esas cofradías, ¿dónde irán á refugiarse ahora por
sus pecados? Mal está el vicio en planta baja; pero mucho peor en
guardillas y sotabancos. ¡Pobres mujeres! Se pretende librarlas de un
mal y se las entrega, indefensas, á otros peligros.

El matonismo, el robo, hasta el asesinato, hallarán ahora más
facilidades para hacer sus víctimas entre esas desventuradas. Se invoca
el ejemplo de otras grandes capitales. Pero en otras grandes capitales
esas mujeres gozan de cierta consideración social. Aquí, gracias que
muchas juntas pudieran defenderse. Aquí, donde no se respeta á las
mujeres honradas, ¿qué será con esas infelices? El chulo, lo mismo que
el señorito, tienen por gracia maltratarlas, burlarse de ellas; la
autoridad siempre está en contra suya. ¡Valor necesita aquí la mujer
para ser mala! La asociación era para ellas necesaria. Sin contar con
que la virtud, como la inteligencia, á sí mismas se bastan; pero los
malos y los tontos son los que necesitan agruparse. ¡Consuela tanto ver
otros peores y otros más tontos!



XXXV


Todas las huelgas mayores ó menores, tan menudeadas en estos últimos
tiempos por todo el mundo, no son más que ensayos parciales de la
huelga general que tendremos más tarde ó más temprano y quizás cuando
menos se piense. Es difícil saberse poseedores de una fuerza y resistir
al deseo de ejercitarla y de probar hasta dónde alcanza. Unase á esto
la infantil curiosidad, poderoso móvil de tantas acciones humanas; el
«¿A ver qué pasa?», capaz por sí solo á desafiar y arrostrar todos
los peligros que puedan amenazarnos y todos los males que puedan
sobrevenirnos.

Los síntomas son de que, tanto los amenazadores como los amenazados,
unos por hacer alarde de su fuerza y otros de su resistencia, están
deseando saber lo que pasa si la huelga general se declara. Tanto harán
unos y otros que por fin se saldrán con la suya, y no tardaremos en
enterarnos. ¡Triste tarea la de los gobernantes modernos, edificando
sobre terreno movedizo, haciendo cuentas sin contar con lo imprevisto,
previsores de guerras exteriores y sorprendidos por la guerra íntima!
Y no hay duda: las huelgas son las guerras modernas, y de ellas deben
preocuparse los Gobiernos más que de las dudosas conflagraciones
internacionales. Las luchas futuras serán de clase, no de naciones.
Un obrero chino será más compatriota de un obrero alemán que de un
capitalista ó de un letrado de su nación. Un hombre de ciencia francés
estará más cerca de un sabio japonés que de cualquier espíritu grosero
entre sus compatriotas. Los espíritus se saludan por afinidades
espirituales, no por la proximidad material. Como el beso de la dolora
de Campoamor, injusticias y males repercuten muy lejos y unen en el
mismo sentimiento de agravio y de dolor á los más distantes. Por eso
los que aun crean que hay algo que defender, contra los que creen que
todo hay que destruirlo, deben unirse espiritual y materialmente sobre
naciones y fronteras; porque el enemigo está en todas partes. La idea
de patria es valor que caduca, y pronto será tan anacrónico como el
valor de las ideas religiosas. Razones sentimentales los sostendrán
todavía sin virtud y sin eficacia. ¡Ay de los que no comprendan á
tiempo la necesidad de sustituir esos valores por otros más eficaces
para la defensa social! Suponiendo que la defensa social tenga valor
alguno.

       *       *       *       *       *

De las discusiones, protestas, querellas y disgustos promovidos
por la distribución de premios en la Exposición de Bellas Artes,
sólo puede deducirse una consecuencia: que las obras de arte no
son para calificadas y premiadas como niños de colegio.--Por de
contado que los niños tampoco debieran serlo como los cuadros en las
Exposiciones.--¿Hay nada más ridículo? Fulanito, el primero; Menganito,
el segundo de los primeros; después el segundo, el segundo de los
segundos... ¿Hay quien crea que las obras de arte pueden calificarse
tan rotundamente? ¿Se figuran ustedes el Museo del Prado sometido á una
distribución de premios por el estilo? Y no vale argumentar con que
el mérito extraordinario de casi todos los cuadros haría difícil la
calificación; porque si es difícil calificar entre iguales por alto,
tan difícil es calificar entre iguales por bajo. ¡Y no digamos entre
medianos!

Se dirá que sin esa formalidad de los premios sería difícil conseguir
el objeto principal de las Exposiciones, que es el de señalar al Estado
los cuadros que debe adquirir, si la protección á los artistas ha de
ser efectiva. Yo creo que con las manifestaciones del público y de la
crítica bastarían para una razonable orientación. En todo caso, sería
preferible el sorteo; todo menos eso de los primeros, los segundos de
los primeros y el primero de los segundos. Ya sé que es muy humano y
satisface mucho á los entendimientos mediocres eso de que nos lo den
todo numerado por orden de mérito. Hay quien pregunta: «¿Qué obra de
Shakespeare es la mejor? ¿Cuál es el mejor cuadro de Velázquez?» Y
¿qué pensarían ustedes del que se atreviera á señalar una sola obra de
Shakespeare, un solo cuadro de Velázquez como superior en absoluto?

De cualquier modo, y aun aceptando como mal menor ó necesario la
calificación y numeración por un Jurado inteligente, probo y sincero,
como lo son todos los Jurados hasta el día, de la adjudicación de
premios, bueno sería que los jueces se atuvieran al mérito de las
obras, dejando fuera de juicio las tendencias, el procedimiento y los
medios de ejecución de las mismas. ¡Bueno fuera que en un concurso
de obras dramáticas, por ejemplo, entre una mala obra realista y una
excelentísima obra romántica ó imitación de nuestro teatro clásico, se
premiara la mala obra por parecer más de nuestro tiempo ó por antipatía
de escuela! Si la emoción y el sentimiento que inspiran al artista
son sinceros, ¿ha de censurársele porque aun pretenda espiritualizar
su obra, desligándola del tiempo y del espacio? ¿Es tan pronto para
renegar de una tendencia artística que es la mitad del arte moderno?
Mæterlink, Ibsen mismo, en la dramática; D'Annunzio y Anatole France,
en la novela; Puvis de Chavannes y los prerrafaelistas ingleses, en la
pintura... ¿Y en música? Debussy va á inspirarse en la música griega, y
ya no hay música bastante antigua que pueda servir de refugio á los que
reniegan de la música moderna.

       *       *       *       *       *

El Ayuntamiento, como el corazón, según los franceses, tiene razones
que la razón no explica. Entre tres proposiciones para la concesión del
teatro Español, ha votado por la que menos esperaba todo el mundo. El
espectáculo ha sido edificante; solicitado el teatro por el Estado, el
Ayuntamiento desestima su pretensión, le trata de tramposo y declara
que no se fía de él para nada. «Dijo la sartén al cazo...» ¡Qué buen
efecto producirán en el país pagano esta armonía de relaciones y esta
confianza mutua entre el Estado y el Ayuntamiento! Si el Ayuntamiento
desconfía del Estado, ¿qué haremos los demás mortales? El que quiere
honra, que la gane. ¿No es eso? Aparte esta pequeña desconsideración al
Estado y á las buenas intenciones del ministro de Instrucción pública,
sabemos que el teatro Español está en buenas manos. Se trata de una
empresa artística con orientaciones modernas, abierta á la juventud;
como debe estarlo el teatro Español, de donde debemos alejarnos los
autores viejos y cansados para dejar paso franco á los que llegan.



XXXVI


Quede á salvo la buena intención del Congreso contra la trata de
blancas. Pero ¿qué podrá una sola institución social para reprimir lo
que tantas otras instituciones sociales son á fomentar? Medicinaremos
lo sintomático y la enfermedad esencial continuará consumiendo el
organismo.

Para combatir la llamada trata de blancas hay que afrontar cara á cara
la trata de negras, que es la trata de la mujer en general, por todas
las leyes, instituciones y costumbres sociales. Quizás la trata de
blancas sea la más dulce y favorable de todas ellas. ¿Qué ofrecemos
á la mujer que mejor sea? ¿Trabajo? Que emancipe á la mujer de toda
esclavitud económica, único medio de lograr su emancipación moral, sólo
hay uno: el trabajo artístico, y para esto es preciso ¡ahí es nada! un
gran talento y una gran voluntad. Aun así, ¿estamos seguros de que
nuestro respeto y nuestra admiración acompañen siempre al triunfo del
talento femenino? Sólo las grandes artistas del teatro consiguen ser
admiradas por completo; y ¡cuántas veces la admiración á la belleza nos
hace ser injustos con el talento! ¿No suelen estar mejor pagadas una
cara bonita y unas lindas piernas que una clara inteligencia y un gran
corazón?

En las demás profesiones, en la misma profesión artística, cuando
un poderoso talento no basta á imponerse por sí mismo, ¿qué llega
á conseguir la mujer por sí sola, sin el favor y la protección del
hombre, no siempre generoso, más bien tacaño, al remunerar con una
colocación, á costa ajena, lo que hubiera debido pagar á su propia
costa? ¿Cuántas serán las mujeres que hayan llegado á la independencia
de una profesión lucrativa sin haber tenido que pagar servidumbre al
antojo de un hombre?

¿El matrimonio? Pero ¿quién dirá que se trata de un Sacramento de
la Iglesia, instituído por Dios, cuando en sociedades que se dicen
cristianas le vemos perseguido por todos los medios, como un vicio ó
como un delito?

A él se oponen leyes militares, prohibiendo el matrimonio de millares
de hombres en lo mejor de su vida, en nombre de conveniencias sociales;
á él se oponen leyes económicas, que mantienen en pobreza ó en escasez
á los jóvenes en la edad más conveniente para el matrimonio; á él se
oponen todos los egoísmos individuales engendrados por el gran egoísmo
colectivo. Y salvadas estas dificultades, ¿qué es la mujer, con raras
excepciones para cuentos y comedias morales, en el matrimonio? Animal
de lujo en las clases altas; animal de cría en la clase media; animal
de cría, de trabajo y de carga en la clase baja.

¿Y quieren ustedes oponerse á la trata de blancas?

¿En nombre de qué? ¿Qué ofrecen ustedes en cambio? La máquina de coser,
la aguja y la plancha.

--Gracias--dirán las favorecidas.

¿El matrimonio con el empleado con 1.500 pesetas ó el jornalero con
tres pesetas?

--Muchísimas gracias--volverán á decir.

Lo mejor que pueden ustedes ofrecerlas es un convento, como Hamlet á
Ofelia.

Y estos pícaros Gobiernos democráticos, con eso del «candado», no se
preocupan más que de cerrar puertas sin abrir otras para dar salida á
las pobres mujeres. Lo que dirá alguna, parodiando la altiva divisa de
las Rohan: «Casada no puedo; trabajar no quiero... «blanca» me quedo.»
Pero se están poniendo las cosas de un modo, que ni ese recurso les va
á quedar á las pobrecillas.

       *       *       *       *       *

El Ayuntamiento de Valencia ha desairado á los poetas, oponiéndose
á la celebración del Congreso de la Poesía. ¡Gran injusticia! Pues
no sabemos que ese Congreso reuniera menos condiciones de inutilidad
que cualquiera otro de tantos Congresos como se reunen, á todas horas
por esos mundos. Y ¿no es la inutilidad la primera y más estimable
condición de estas juntas?

¡Quién sabe si de éste hubiera salido algo práctico, por andar todo
al revés en estos tiempos! ¡Tantos Congresos, de los que se esperaban
grandes resultados prácticos, han venido á diluirse en la más vaporosa
poesía!

Pero bien empleado os está ¡oh, poetas! ¿Quién os manda poneros al
habla con Corporaciones oficiales de ninguna clase? Y ¿qué íbais á
hacer en Valencia, después de los cortesanos? ¿No sabéis que por donde
ellos pasan ya no quedan flores, ni halagos, ni atenciones para los
poetas? ¿Sabéis guiar un automóvil? No; porque ni habéis tenido nunca
dinero para comprar uno, ni tenéis amigos que los posean. La gente
adinerada no se trata con los poetas. Entonces... ¿qué íbais á pintar
en Valencia? Ya iréis cuando tengáis más dinero. Para eso, dejaros por
algún tiempo de hacer versos; haced algo más, como los poetas de...
otras partes.



XXXVII


A la mayor parte de nuestras Juntas benéficas, ya sean de damas ó de
caballeros, les sucede lo que al devoto del cuento en sus méritos
para con Dios: lo que ganan por delante lo pierden por detrás. ¿Por
qué reglamento rigorista ha de ser la Inclusa barrera infranqueable
entre las madres y los hijos? ¿No debiera ser más bien lazo de unión,
apartado de las miradas del mundo? No el alejamiento, la proximidad de
las madres debiera solicitarse. El abandono del hijo es alguna vez,
por monstruosa sequedad del corazón, cerrado á un instinto que hasta
en los animales parece con delicadezas de sentimiento espiritual.
Pero ¡cuántas veces es miseria, vergüenza, miedo!... Y ¿no debe ser
la sociedad entonces, y las Juntas de damas benéficas sobre todo, las
que, en vez de apartar á la madre como indigna, porque cedió á esas
consideraciones sociales, procuren ser piadosos intermediarios, no
como secuestradores, sino como guardianes de los pobres niños, que no
serían entonces abandonados del todo y para siempre por sus madres?
En vez de decirles: «Aquí dejas á tu hijo; no vuelvas á acordarte de
él», decid: «Aquí tienes á tu hijo; acuérdate siempre; ven cuando
quieras; defiende tu vida como puedas, nosotras defendemos la de tu
hijo.» Sea la caridad nodriza, educadora; pero no pretenda ser madre
mientras la verdadera madre no haya renunciado á serlo por monstruosa
perversidad. No digáis á los pobres niños: «Vuestras madres fueron
tan malas mujeres, que no supieron ser madres.» Decidles: «Vuestras
madres eran tan pobres, que no podían teneros á su lado; compadecedlas
mucho, como nosotras las compadecimos.» ¿Creéis que no sería mayor su
gratitud y que no podrán fundarse mayores virtudes si ellos ven que,
no sólo los guardasteis la vida, sino el amor de la madre? Reformad
esos reglamentos, nobles señoras; un reglamento de un asilo benéfico
no debe ser como un Código penal, en que siempre se mira al hombre
como un presunto delincuente. No todas las madres que dejan sus hijos
en la Inclusa son malas madres; muchas son madres pobres, y, en la
duda, todas son ¡pobres madres! Tan difícil como hacer leyes desde
los salones de un ministerio es difícil hacer reglamentos desde
gabinetes perfumados. Sobre todo, leyes y reglamentos para los pobres y
miserables de la tierra, por los que nunca supieron de pobrezas ni de
miserias.

       *       *       *       *       *

Las obras de la Gran Vía adelantan hasta el punto de permitirnos á
los que nacimos á mediados del siglo pasado la esperanza de verlas
terminadas. Pero he aquí que, al comienzo, surge el primer obstáculo.
Entre los derribos yérguese altiva, desafiadora y elocuente como un
símbolo nacional, una pequeña iglesia: la conocida vulgarmente por
el nombre de Niñas de Leganés. No hay quien pueda con esas niñas. La
piqueta derriba casas y casas, y el campanario de la iglesia cada vez
más insolente y fanfarrón. Parece ser que no hay persona apta para
tomar el dinero precio de la expropiación. ¡Por vida del inconveniente!
Que se tratara de alguna manda ó donación, y veríamos si había personas
aptas para embolsarse los cuartos. ¿Para qué están los señores jueces,
más que para ser depositarios de los dineros dudosos? ¿Van á detenerse
las obras por ese monumento nacional? A bien que se queda Madrid sin
iglesias. Nuestros ricachones, por no imitar á los norteamericanos,
que suelen dejar cuantiosas herencias á Universidades y escuelas, no
saben cosa mejor que legarnos iglesias. A ninguno se le ocurre dejar
unos cuantos millones para fundar un buen periódico de la buena Prensa,
atendiendo las exhortaciones del señor obispo de Jaca, que sabe muy
bien dónde le aprieta la mitra y que á Dios rogando y con el rotativo
dando. Además, el mayor número de iglesias no contribuye en nada á la
conversión de incrédulos; mientras que un buen periódico que diera
buenos sueldos á los redactores, contribuiría grandemente. Ya sabemos
que aquí nadie tiene sueldo por tener estas ideas ó las otras; pero
¡ideas por tener un sueldo!...

       *       *       *       *       *

El arte moderno se desvive por la originalidad; la acusación más
ofensiva para un artista es la de plagiario: _Il nous faut du nouveau
n'en fut il plus au monde_. Y, sin embargo, las novedades apenas llaman
un día la atención y las obras que se perpetúan son menos que plagios:
plagios de plagios, imitación de imitaciones. La humanidad, como los
niños, prefiere el cuento cien veces oído. Las obras inmortales son
aquellas en que sus autores acertaron á contar del mejor modo las dos
docenas de cuentos que interesan á todos. ¿Es otro secreto de la gloria
de Shakespeare? Cuentos sabidos, de una sencillez de asunto y de una
psicología primitivas. Obras que pueden representarse ante el auditorio
más ignorante como ante el más docto.

Y nuestro _Don Juan Tenorio_, el de Zorrilla, que acertó á contar
el cuento al gusto español y popular, ¿no es el mejor ejemplo y la
mejor lección para los originales y noveleros? Hoy tememos demasiado
á tocar esos asuntos universales vulgarizados, y renunciamos tal vez
á escribir las mejores obras. ¿Quién se atreve á escribir otro _Don
Juan_, otro _Fausto_, otro _Romeo y Julieta_? Verdad es que la crítica,
interponiéndose á cada paso del arte entre el artista y el público,
opone la terrible acusación de plagio ó de osadía. Pero hay que tener
todas las osadías, la del plagio en primer lugar, y la de pasar por
encima de la crítica, para llegar directamente al alma del público.
Esta fué la mayor hazaña de _Don Juan Tenorio_; por ella le vemos todos
los años en escena triunfar de muchas novedades originales, y, cuando
todas ellas hayan caído en el olvido, _Don Juan Tenorio_, plagio de
plagios, imitación de imitaciones, sobrevivirá como uno de los pocos
cuentos interesantes que un gran poeta se atrevió á contar nuevamente
sin el temor de parecer plagiario.



XXXVIII


Es sabido que, á la entrada de todos los inviernos, las señoras hablan
de los vestidos que han de encargarse; los empresarios de teatros,
de las obras con que cuentan, y los gobernadores de Madrid, de la
extinción de la mendicidad. De todos estos programas, el único que
suele cumplirse, y con creces, es el de la indumentaria femenina, dicho
sea en honor de la mayor constancia del sexo débil en sus propósitos
y determinaciones. Los empresarios estrenan lo que pueden, que no es
siempre lo que quisieran; en cuanto á la extinción de la mendicidad...
no pasa de conversación en que luce el ingenio de unos cuantos
arbitristas, verdaderos ángeles de la caridad... con el dinero ajeno.
Y he aquí la primera dificultad en estas andanzas benéficas: que todos
piensan el mejor modo de sacar los cuartos á los demás y nadie quiere
sacar un céntimo de su bolsillo. Por lo pronto, el señor gobernador
había pensado en añadir un nuevo impuesto sobre las localidades de los
teatros, por ser cosa de lujo y nada necesaria, en opinión de dicha
autoridad. En efecto, así como indispensables para la vida... Pero
si argumentamos en lo necesario, ¿son tantas las cosas, en verdad,
necesarias? Tal vez no lleguen á la media docena, y tal vez no estén
entre ellas los gobernadores civiles. Considerando el teatro por la
parte del público, sí que es un lujo bien innecesario, como tantas
otras industrias, si sólo atendemos á los que se gastan el dinero en
disfrutar de los productos y no á los que se ganan la vida trabajando
para producirlos. De un lado está el lujo; de otro la necesidad...
¡Habría que ver los apuros del señor gobernador si en un día todos los
empresarios de Madrid acordaran suprimir ese lujo, cerrando todos los
teatros! No serían las damas elegantes ni los caballeros distinguidos,
ciertamente, los que irían en manifestación lujosa á pedirle solución
al conflicto; la gente adinerada es la que mejor puede pasarse sin
teatros. La sorpresa del señor gobernador sería muy grande al ver
miles de hombres y mujeres humildes clamando por el pan de sus hijos.
Es achaque de los grandes hacendistas que nos gobiernan creer que los
impuestos sobre los artículos de lujo los pagan los ricos. «Aquí, que
no peco», se dicen... Los impuestos los paga siempre el que trabaja y
produce. No es al que gasta y emplea su dinero en lujos ó en caprichos
al que habéis de castigar con nuevas contribuciones; que esos, al fin,
dan de comer á mucha gente y hacen circular el dinero, sino á los que
guardan y atesoran dinero, improductivo y cobarde; dinero antisocial y
antipatriótico; dinero de vagos, que deben ser tan perseguidos como los
otros vagos de la mendicidad callejera.

       *       *       *       *       *

La familia y los admiradores de Tolstoi no ganan para sustos. ¡La
guerra que dan estos apóstoles! Tantos disgustos trae á las familias
la extremada virtud de uno de sus miembros, como el vicio más
desordenado. Cierto que es de mucho gusto para los descendientes
contar con un santo de la familia en el calendario; pero los infelices
parientes contemporáneos pasan el sino. Vean ustedes este venerable
conde de Tolstoi, que acaba su vida como la empezó aquel perdulario de
Verlaine, escapándose con un amigo. Claro es que los motivos son muy
diferentes; pero el disgusto para la familia es el mismo. ¡La pobre
condesa! Ya le decía ella á cierto escritor inglés que fué á visitar
al conde con intención de escribir un estudio sobre su persona y sus
obras: «¿Quiere usted saber lo que piensa mi marido? Pues ya tiene
usted trabajo, porque cada día piensa una cosa.» Y la posteridad será
tan injusta que acaso cuente en el número de los santos al conde y se
olvide de la pobre condesa.

       *       *       *       *       *

Ni el triunfo de una obra de cierto género supone el triunfo de todas
las obras del mismo género, ni mucho menos el fracaso de todas las
obras de un género contrario. El Arte es furiosamente individualista,
y en él sí cada palo aguanta su vela. Hoy ríe el público con una
obra cómica y mañana llorará con un drama. Lo de «El público lo que
quiere es reir ó lo que quiere es llorar, ó quiere obras de tesis,
ó quiere obras ligeras, ó que no quiere el verso, etc., etc.», son
otras tantas vulgaridades. El público quiere obras de todas clases,
cuando le divierten ó le emocionan. Ni es una novedad que alternen
obras serias con obras regocijadas en los carteles. El teatro de la
Comedia fué siempre de los más eclécticos. Allí se estrenaron los más
caricaturescos _vaudevilles_ franceses y las obras de Dumas y Sardou,
última palabra, en sus tiempos, del teatro «serio». Después hemos
alternado en la mejor armonía autores de las más opuestas tendencias,
y el público nunca tuvo preferencia por géneros ni por autores, sino
por obras. Es de esperar que todo seguirá lo mismo. El público aplaude
y ríe con _Genio y figura_ porque la obra lo merece, y volverá á
aplaudir y á reírse cuantas veces acierten los autores cómicos, como
bostezará ó se estará en casa cuando no acierten á interesarle los
autores serios. Los fracasados son los que creen que cuando su obra
ha fracasado ha fracasado todo un género... Nada de eso; en Arte no
hay solidaridad que valga. Cada uno es cada uno. El público no sabe
de nombres genéricos; sólo sabe de nombres propios. No hay, pues, por
qué gritar: «¡Al arma, al arma!», y dejen los bien intencionados de
meter cizaña entre los autores; haga cada cual lo que sepa y pueda, sin
preocuparse de lo que hace el vecino. El verdadero vecino de enfrente
es el público. En la Comedia francesa, el teatro más serio del mundo,
después de una grave tragedia de Corneille, se representa el _Monsieur
de Pourcegnag_, de Molière, la más grotesca farsa que puede darse, con
sus boticarios jeringa en ristre corriendo por el patio de las butacas,
y nadie se alarma y todo está bien, y ni Corneille ni Molière ni la
seriedad de la Comedia francesa desmerecen por ello.



XXXIX


Discusión digna de los mejores tiempos de Bizancio ha sido la originada
por el aumento del impuesto sobre legados á favor del propio testador;
sobre todo, si son en provecho de su alma; que si algo deja para
vanidades corporales, como embalsamamiento, entierro de lujo, mausoleo
ó erección de cuanto cabe erigírsele á un difunto, allá el demonio ó la
Hacienda con ello, que eso importa poco; al fin, todo será economizar
un poco en estas materialidades póstumas. Pero si se trata de misas,
oraciones y preces, ¡qué terrible responsabilidad la del señor ministro
de Hacienda si, por disminuir con el impuesto la cantidad que debió
aplicarse á los sufragios, el alma de algún difunto se ve privada del
descanso eterno! Nadie mejor que el interesado puede saber el número
de misas y de responsos que necesita, y es gran maldad entrometerse
en esta administración que sólo corresponde á lo eclesiástico; que
por algo cuando se deja á un moribundo bien dispuesto para el último
trance, suele decirse que le han administrado. Y ahora cuántas almas,
como la de Garibay famosa, vagarán sin reposo á falta de ese dinerillo
interceptado por el Fisco. ¡Ay del señor ministro de Hacienda si dan en
aparecérsele y en atormentarle tantas almas en pena! Ya, por lo pronto,
anticipándose á los muertos, claman los vivos, precisos intermediarios
en estas operaciones de salvamento de almas. Es triste cosa que todo
negociado espiritual haya de traducirse en algo material y palpable.
Por eso el señor ministro de Hacienda debe tranquilizar su conciencia,
pensando que todo es cosa de almas, y que el alma de España, ese alma
tan cantada en discursos y poesías, también tiene sus necesidades y
que su espiritualidad sólo puede mostrarse por medio de organismos
materiales que cuesta mucho dinero sostener. Y ¿de dónde sacarlo que
menos duela que de las almas pecadoras? ¿Qué son unos años más de
purgatorio ante la eternidad? Sobre que en muchos casos, al cobrar la
Hacienda el impuesto de estos muertos piadosos, acaso no hará más que
reparar un olvido de restitución y todo será para bien de las almas. En
cuanto á los intermediarios, si tanto se preocupan por la salvación del
difunto, no tienen más que rebajar los precios; después de todo, las
oraciones no cuestan tanto trabajo. Todo menos que los muertos anden
por el ministerio de Hacienda; porque los hay que, muertos y todo,
harían inútiles las habilidades financieras del señor ministro para
sacarles los cuartos.

       *       *       *       *       *

Una frase poco meditada, de una obra teatral, ha indignado á los
estudiantes de Medicina. La frase mortificante era injusta sobremanera,
y los autores han sido los primeros en declararlo lealmente,
apresurándose á retirarla de la obra en cuestión. Es de esas frases que
sólo tienen disculpa en el natural deseo en todo autor de halagar al
auditorio á quien se dirige. Cierto que más debían meditarse cuando es
menos ilustrado y menos puede pesar el pro y el contra. Justamente la
clase médica es la más altruísta y desinteresada. En ninguna profesión
se prodiga tanto la asistencia gratuita, y no hay médico, alto ni
bajo, que al cabo del año no haya asistido á mayor número de enfermos,
por amor á la humanidad, sin estipendio alguno, que á ricos clientes,
buenos pagadores. Esto sin contar á los médicos de partido, verdadero
apostolado de la Ciencia, indignamente retribuído. De modo que esos
cadáveres destrozados no aprovechan solamente á los ricos, ni ¡qué
mejor empleo puede tener un cuerpo muerto que servir al estudio y á los
progresos de la Ciencia! Poco tiempo hace que un ilustre profesor de la
Facultad, con admiración de todos, legó su cuerpo para tan altos fines.

Ahora, que los estudiantes, una vez retirada la frase, no debieron
extremar su protesta. La frase era poco razonada; bastaba protestar
contra ella con razones. No es conveniente sentar precedentes para
otras protestas, que harían imposible toda crítica social en el teatro,
en el libro y en el periódico. Ello ha sido que el incidente ha venido
á parar en recordarnos uno de los más graciosos lances de Don Quijote:
los autores arremetían contra los estudiantes, los estudiantes contra
la Policía, y el señor Méndez Alanís contra el Gobierno. Por fortuna,
no hemos llegado á la conflagración europea.

       *       *       *       *       *

En estos tiempos de mal entendida democracia, en que á duras penas
se tolera que nadie se distinga, ni sobresalga, ni tenga iniciativa
propia, y todos pedimos esa modestia que es el uniforme gris de los
que no pueden ir mejor vestidos, nadie sabe el valor que supone la
decisión de los hermanos Quintero al proponerse por su cuenta, á costa
de su trabajo y sin otra cooperación que la del público, levantar un
monumento al poeta de la Juventud y del Amor; que, por ser el poeta de
una edad que es de todas las vidas, ha de ser un poeta de todas las
edades del mundo.

Los que alguna vez hemos proyectado alguna idea generosa y pronto
nos arrepentimos de ella como de una falta, desalentados ante la
hostilidad de los unos, la indiferencia de los otros, el comentario
burlón ó malicioso, que no dejan de suponer miras interesadas ó, por
lo menos, afán de notoriedad--¡gran pecado para los que no pueden
significarse á no ser en clase de mosquitos ó cualquier otro insecto
molesto!,--sabemos lo que supone la ilusión, la valentía de los
hermanos Quintero en su noble empresa.

El público ha respondido y responderá generosamente en todas partes.
Alguna lamentable abstención pudiera notarse; esperemos que se
enmendará á tiempo.

Sólo deseo á los aplaudidos autores que esa fe y esas ilusiones de su
juventud no les falten nunca y no lleguen á sentir jamás, ante las
ruindades de tantos tristes del bien ajeno, la tristeza incurable, por
ser más noble, que produce en los espíritus generosos el mal ajeno.



XL


La conferencia de Ramiro de Maeztu, en el Ateneo, ha sido, y será por
muchos días, tema preferente de discusiones. Inequívoca señal de su
mérito y de su importancia. Vibrante síntesis de nuestra vida nacional
fué la conferencia; tal vez con más apasionamiento que serenidad; pero
¡dice tan bien un noble apasionamiento cuando de algo que mucho nos
importa se trata! Quede la plena serenidad intelectual para cuando
hayamos de ser árbitros ó jueces en extraños asuntos; pero ¿cómo no
poner calor del corazón en asunto tan propio?

Fueron las palabras de Maeztu el mejor espoleo para los espíritus
dormidos, tardos ó cobardes: el mejor lazo para unir á los que,
despiertos y fuertes, malogran, no obstante, sus alientos en el
soberbio individualismo solitario. A los españoles, más que á nadie,
conviene tener presente aquel apólogo oriental en que un padre muestra
á sus hijos cómo un haz de mimbres apretado no puede romperse y qué
fácilmente se quiebra cada mimbre, separado del haz, uno por uno.

Aunque á ratos pudiera dolernos y aunque algo en el fondo de nuestra
conciencia protestara, bien hizo Ramiro de Maeztu en cargar la mano
sobre los intelectuales, ya que á ellos se dirigía desde la tribuna del
Ateneo. Hubiera sido flaqueza impropia de su espíritu independiente y
concesión que no hubiera admitido su auditorio, incurrir en la fácil
complacencia de esos predicadores que truenan contra los vicios del
siglo; pero tienen la dulce oportunidad de tronar contra los pobres en
iglesia de ricos, y al contrario. Ellos no faltan á la verdad en ningún
sitio; pero les falta la verdad del sitio, que es un modo de faltar á
la verdad como si se mintiera.

Los intelectuales oyeron sus verdades, y muy duras verdades. Algo puede
decirse, y alguien lo dirá, en descargo suyo. Ahora, justo es también
que los obreros oigan las suyas, y las mujeres, y la aristocracia, y
que las palabras de verdad no sean perdidas; porque palabras nos vienen
de todas partes, pero ¿de dónde vendrá el ejemplo? ¿Qué serían los
Evangelios sin Pasión y sin Muerte? Oratoria, poesía... bellas palabras.

       *       *       *       *       *

El Manzanares es digno río de la capital de España. Como la vida
española, no tiene término medio: ó no se le siente vivir, ó da fe de
vida turbulenta. Los Gobiernos pueden aprender en los ríos el mejor
modo de gobernar á los pueblos. Canalizar es la mejor política. En lo
espiritual y en lo material, tan dañosa es la sequía, por infecunda,
como la inundación, por destructora. La inundación siquiera, como las
revoluciones, si destruye al pronto, tal vez fecundiza para más tarde.
Pero ¡pobres tierras las que todo lo esperan de la inundación ó de las
revoluciones! ¡Dichosas las que ven regar sus campos regularmente por
encauzadas y tranquilas aguas!

       *       *       *       *       *

Me parece muy bien que algunos críticos, fervientes devotos de la
amable bagatela, dediquen columnas de encomiástica prosa á la tiple de
sus simpatías y al garrotín de sus aspiraciones. Pero no me parecería
mal, porque no creyéramos tan pronto que el instinto del pudor había
desaparecido aunque haya venido muy á menos, que á la representación de
_La vida es sueño_, en el teatro Español, se le concediera un poco de
atención entretanto.

Se protesta, con la boca chica, contra la invasión de la ola verde y la
ola que pasa de castaño oscuro, y de si aquí no se hace arte como se
debe, y de si acá se debe porque se hizo arte; y, para una vez que se
presenta ocasión de celebrar una noble tentativa artística, silencio ó
discreción con sordina parecida al silencio.

_La vida es sueño_, no representada en el teatro Español con frecuencia
desde los tiempos de Rafael Calvo, ha sido ahora muy decorosamente
presentada, revelando una cuidadosa dirección escénica. Ricardo Calvo
es el mejor Segismundo que hemos visto, después del inolvidable Rafael
Calvo, el actor de nuestra juventud y de nuestros entusiasmos. Los
demás actores componen un excelente y armónico conjunto. La obra... no
es para morirse de risa; pero puede oirse todavía. Algunas de antes
de ayer están más viejas. En fin, que por mucho menos, pero muchísimo
menos, hemos leído sartas de elogios que siempre quisiéramos ver más
justificados que la parquedad de ellos en esta ocasión.

       *       *       *       *       *

Nos extrañaba que las calles de Madrid estuvieran tan sucias. Ahora
nos extrañará verlas alguna vez medio limpias. Nos hemos enterado de
que, para poner remedio á la suciedad, cuenta el Ayuntamiento con 80
barrenderos... para todo Madrid. ¡Eso es lujo! ¡Vaya, que si no se
puede comer sopas en esas calles!... ¿Para cuándo esa subvención á la
capital? ¿Cuándo se convencerán los Gobiernos de que con calles limpias
y carreteras bien cuidadas y bonitos paseos, estaríamos tan á gusto,
aunque nos suprimieran las garantías constitucionales, que no son de
uso tan constante y necesario?

¡Estas calles de Madrid!... Créalo el Gobierno: hoy por hoy, es la
única oposición seria con que cuenta. Una vez arregladas y limpias
¡ríase el Sr. Canalejas de los quinquenios conservadores!



XLI


Cuenta Gracián en su _Criticón_--perdone _Azorín_ que me entre por sus
dominios--que, cuando españoles, portugueses, ingleses y holandeses
descubrían y se posesionaban de vastos territorios en el Nuevo Mundo,
acudió Francia en queja al supremo tribunal de la justicia divina,
lamentándose de haber sido olvidada en el reparto. Y el alto tribunal
contestó á la querella: «¿Y qué necesidad tienes, ¡oh, Francia! de unas
Indias? ¿No tienes ya bastantes Indias con España? Toda su riqueza y
la de sus Indias viene, al fin, á ser tuya; que los españoles te la
ofrecen gustosos, á cambio de tus baratijas.»

Aparte de que Francia no se halla hoy tan desprovista de territorios
coloniales, nuestra situación tributaria no ha cambiado mucho, y aun
somos unas ricas Indias para nuestra buena vecina y no tan buena
aliada. Hasta el premio «gordo» de Navidad aprendió el camino, y este
año se pasó á los franceses. ¡Hay para armar otro Dos de Mayo! Tal vez
más justificado que el otro, que, al fin, entre unos buenos millones
y unos infantes simples no hay comparación posible. ¡De salud sirvan!
_¡Bon profit, messieurs!_ Y á ver si alguna de nuestras Oteros de
exportación es la alcaldesa de Mostóles de esos milloncejos, y algún
_maquereau_ de casa, que también los exportamos excelentes, se encarga
de reintegrarnos, en todo ó en parte, de ese renegado premio. Pero ya
verán ustedes como lo único que nos llega, en compensación, es algún
artículo de costumbres españolas poniéndonos de vuelta y media por la
inmoralidad de nuestra lotería.

       *       *       *       *       *

Nadie más obligado que los tradicionalistas á celebrar las fiestas
tradicionales, y así la minoría parlamentaria, representante de las
viejas ideas, no ha querido que se suspendieran las sesiones de Cortes
sin hacer la Pascua y sin dar su inocentada. La sesión permanente ha
tenido de una cosa y de otra. Por fortuna, los señores diputados son
gente de buen humor y se han divertido en la sesión nocturna más que
un hortera en baile de máscaras. Chirigotas, cuchipanda, amiguitas
en la tribuna; no han faltado más que las serpentinas. Y los de la
obstrucción, ¡Jesús, qué graciosos! De público, muy bien: todo el
de las últimas secciones de los _cines_. Con sesiones nocturnas
tan divertidas se acababa con la inmoralidad de esos espectáculos,
corruptores de la ancianidad y que tantas falsas alarmas pueden
producir en algunos apacibles tálamos. Los de fuera, que en este caso
es el público que paga, pensando, aunque la ley del «candado» sea muy
conveniente, que tal vez no fuera malo una ampliación aplicable á
ciertas agrupaciones y á algunos oradores.

       *       *       *       *       *

A propósito de inmoralidad y de candados. Distinguidas señoras
pretenden que los Poderes públicos intervengan en la moralización
del teatro. ¡Ay, señoras mías! Y ¿quién tiene la culpa de eso que
ustedes llaman licencia y escándalo? Pues la educación que dan ustedes
á sus hijos. ¡Cómo!--exclamarán ustedes, indignadas.--¡Una educación
cristiana, en colegio de Padres religiosos! ¿A eso llama usted mala
educación? ¿Esa puede ser la causa de que una señora decente no pueda
siquiera leer los anuncios de la sección de espectáculos? Sí, señoras
mías, nobles y honestas damas: la Iglesia, que en otro tiempo tuvo
manga muy ancha con el Arte y era maestra y depositaria de buena
literatura, hoy más que nunca, asustadiza de la funesta manía de
pensar, no educa el gusto ni el sentimiento artístico de los jóvenes
encomendados á sus enseñanzas; anatematiza todo arte, toda literatura
que no sea de propaganda en favor de sus ideas, cada vez menos amplias,
más intransigentes. En sus clases de literatura se habla más del Padre
Coloma que de Cervantes; no se inspira afición y respeto, sino horror
y desconfianza á los nombres más ilustres y gloriosos. Mientras la
sujeción y la tutela de los maestros dura... menos mal: no leen á
Pérez Galdós; pero tampoco van á recrearse con una de esas empecatadas
obrillas de título equívoco y de inequívoco mal gusto. Pero al verse
libres, ¿qué tendrá mayor atracción para ellos? ¿Una obra de verdadero
arte, que no sabrán apreciar porque no les educaron el gusto para ello,
ó el espectáculo grosero, el de los chistes á su alcance, del que nadie
les apartó con energía porque una blanda absolución les tranquilizó
antes por este pecadillo que por la lectura de una obra enemiga?
¿Qué importa que la carne se turbe si no se turba el pensamiento? Lo
que los buenos Padres quieren son almas y pensamientos... lo demás
¿qué importa? Lo demás se lava y se plancha y queda como nuevo para
un matrimonio ventajoso, para un alto cargo y, sobre todo, para un
ejemplar testamento con especiales mandas y legados piadosos.

Hay una juventud incapaz de sentir emociones de arte, porque no la
educaron en el sentimiento de sus delicadezas. No os quejéis á los
Poderes públicos, señoras mías: tenéis los hijos que os merecéis,
y vuestros hijos tienen los espectáculos que se merecen. El Arte en
general, el teatro en particular, no son causa de nada; son el efecto
natural de muchas causas.

¡Ah! El año pasado tuve, con el concurso de otros autores, el costoso
capricho de iniciar un teatro para niños. No solicitamos licencia del
ordinario, ni pedimos el visto bueno de ninguna cofradía, porque no hay
conciencia, por enlodada que estuviera al roce de las miserias humanas,
que no sepa por sí misma, bien claramente, el respeto que se debe al
alma de un niño. Acudieron madres y niños de la clase media y de las
clases populares... A la sociedad elegante no tuve el gusto de verla
por allí. Sus automóviles y sus coches lujosos estaban á la puerta de
otros teatros de garrotín y desvergüenza. Se comprende que acudan á que
la autoridad les moralice el teatro los que no saben contenerse en su
curiosidad por las inmoralidades.



XLII


Si por bohemia se entiende independencia de nuestro espíritu, amplitud
de nuestra vida, nunca subordinada á un solo medio social; personalidad
tan enérgica que pueda comprender mil distintas personalidades, sin
que nuestra propia personalidad se pierda hasta desaparecer entre
todas ellas; simpatía por cuanto existe, sin resignación á que todo
siga existiendo lo mismo, si la bohemia es lucha y rebeldía y fuerza
y vida... cierto es su encanto. Pero si la bohemia es sólo necesidad
hecha vicio, que nunca de la necesidad se pudo hacer virtud; si es
limitación de nuestra vida á un solo medio miserable, desordenadamente
ordenado en la monotonía de vagar por los mismos lugares, entre las
mismas gentes; si es flojedad y desmayo y sumisión y abdicaciones y
miseria, en fin, espiritual y física, no habrá quien nos persuada de
sus encantos, ni en prosa, ni en verso, ni con música.

Si la realidad es pobreza y fealdad, no es de alma artista someterse
á ella. Los artistas están obligados á la lucha, á influir sobre la
realidad hasta transformarla, infundiendo en ella el espíritu de sus
ideales. Deber es del artista conquistar la riqueza. La vida sólo
será lo que debe ser cuando la riqueza sea de los poetas. La poesía
será entonces acción y vida y entonará sus estrofas en ciudades de
arte, limpias, sanas, alegres, risueñas; en jardines de encanto, en
monumentos de gloria, con bellas criaturas de selección espiritual y
física. No despreciéis la riqueza ¡oh, artistas!, que harto tiempo ha
sido de los bárbaros, muy satisfechos con que vosotros ponderéis los
encantos de la bohemia mientras ellos gozan de todo, sin compartir sus
goces más que con unos cuantos artistas domesticados, que se complacen
en enseñar á sus amigos para darse tono de protectores del Arte. Y
mientras vosotros no tengáis palacios, ni deis fiestas en ellos, ¿cómo
vais á convencer á nadie de que no son ellos los que no quieren
recibiros á vosotros, sino vosotros los que no os dignáis recibirlos á
ellos?

       *       *       *       *       *

No recuerdo si lo soñé ó me lo contaron. Fué un escritor, muy discutido
en sus comienzos, que, por lo mismo, tuvo muchos admiradores: unos,
jóvenes animosos como él; otros... esos que hallan en lo infructuoso
de una labor combatida el mejor pretexto para no hacer ellos nada;
otros, los muchos fracasados, que pretenden justificar con el fracaso
de una obra ajena el fracaso de toda su obra. Todos estos admiradores
admiraban más al escritor cuanto más combatido era. Cuando, por
su trabajo y su constancia, llegó á tener verdadero público, los
admiradores se desilusionaron: ¡Cómo! ¿Es posible? ¿Le gusta al
público? ¡Qué indignidad! Es que ha caído en la bajeza de hacerle
concesiones; ya no es el mismo. Y los admiradores le increparon por
haberles hecho traición. Si era para todos, ya no podían ellos presumir
de superiores al admirarlo. Ya no tuvo admiradores fieles más que
en sus fracasos; cuando no hacía concesiones al público. Si alguna
vez, por descanso ó por capricho ó por necesidad, escribía una obra,
sin más pretensiones que la de ganar algún dinero, aunque en ella no
ofendiera gravemente su sentimiento del arte, los fieles admiradores
no podían consentirlo y eran los primeros en protestar iracundos: ¡Qué
indignidad! ¡Viene á buscar dinero! Y ellos, con sus protestas, eran
los primeros en impedir que tan natural propósito, y por tan inocente
medio, se lograra. Así, tuvo que resignarse á no tener dinero en su
vida, para satisfacción de sus admiradores. ¿Buscarlo por otros medios?
Menos aún; sus admiradores no lo consentirían: su deber era hacer
Arte, Arte puro... Cuando murió... los admiradores acordaron costearle
un monumento; se reunió poco dinero, y los admiradores acordaron que
aquello era una indignidad. Para hacer mal las cosas, más valía no
hacerlas. El monumento había de ser magnífico, ó no sería... Y no fué,
en efecto. Los admiradores velaban fielmente su gloria póstuma como la
velaron en vida.

No sé si lo soñé ó me lo contaron; pero siempre que recibo alguna carta
firmada por «Un admirador», me echo á temblar recordando la historia de
aquella víctima de sus admiradores. Todas las cartas así firmadas son
de alguien que pretende administrarnos la hacienda, la moral, el buen
humor, lo que ellos llaman nuestros prestigios, nuestra vida pública
y nuestra vida privada... No ¡por Dios!, señores; yo no quiero ser
admirado á todas horas ni en todos los actos de mi vida; que descanse
vuestra admiración y que me deje descansar. No me escriban ustedes
cartas; porque desde ahora no leeré ninguna que traiga por firma el
consabido «Un admirador» como no incluya un billete de 1.000 pesetas;
única prueba de verdadera admiración que me ofrece alguna garantía y
justa compensación del dinero que me habrán ustedes impedido ganar por
admirarme demasiado.

       *       *       *       *       *

Cuando creemos haber hecho todo lo posible por remediar las mayores
miserias, siempre nos queda el desconsuelo de no haber remediado una:
la ingratitud. Los bienhechores deben contar con ella y compadecer
doblemente al ingrato. ¡Qué horrible debe ser la pobreza, cuando así
llega á entumecer el corazón!



XLIII


La regia munificencia ha dado una oportuna lección á la Real Academia
Española. Arbitro, administradora y dispensadora de premios, padece la
ilustre Corporación, como vieja tacaña, la manía de hacer comiditas
con las cantidades confiadas por gentes respetuosas de los prestigios
oficiales, á los buenos oficios y mejor voluntad, de la sabia y la
docta del esplendor, el brillo y la fijeza.

¡Dos mil pesetas para un solo escritor!--habrá pensado la vieja
rica.--¿Para qué necesita tanto dinero un hombre solo? Y ¡literato y
poeta! Para que se acostumbre mal ó lo eche en vicios, como adquisición
de libros, viajes ó cualquier otra perturbación de la inteligencia.
Nada, nada; con 1.000 pesetitas á cada uno, podemos hacer á dos
felices. Y mucho es que no han repartido la cantidad en bonos de
á peseta para dar un día feliz á toda la bohemia literaria. Bien
está que, entre los académicos, haya quien disfrute, por diferentes
conceptos y prebendas, pingües beneficios, sin pensar en repartir de
ellos; pero esos otros escritores de la calle... ¿para qué quieren
el dinero? El dinero embota el entendimiento; lo saben bien muchos
académicos. La necesidad sirve de espuela al ingenio; el dinero, tal
vez sólo de albarda.

Recuerda _Parmeno_ en el _Heraldo_ que los académicos están encargados
también de conceder algunos premios á las mejores obras dramáticas
escritas ó publicadas cada año, y que este premio no se ha concedido
desde muy larga fecha. ¿Por qué? La suspicacia de _Parmeno_ señala los
motivos probables. Fuera ridículo no recoger la alusión á mi persona,
por la modestia de no aceptar un adjetivo laudatorio. Pero yo creo
que _Parmeno_ está equivocado. Para optar á esos premios es condición
precisa que el autor, por sí mismo ó por otra persona, la presente y
someta al juicio de la Academia. Ni por mí, ni por persona autorizada
por mí, he presentado yo nunca una obra mía á ese concurso. Primero,
porque no tuve nunca la presunción de que una obra mía fuera la mejor
de las representadas en temporada alguna. Después, porque al día
siguiente de obtener el premio, la obra valdría lo mismo. Ya sabemos
que los premios oficiales, con muy buen acuerdo, han de atender sobre
todo á la ortodoxia de la obra. Esos premios han de ser siempre para
los poetas--como dijo Heine,--que no tienen de poetas más que el ser
virtuosos. Claro es que se puede ser virtuoso y ser buen poeta; pero
también se puede lo contrario; porque yo creo que la virtud del poeta
es... ser poeta. De otro modo, borraríamos de la lista á Cervantes,
á Lope, á Shakespeare, á Byron, á Shelley--dejo á otros, y no de los
peores,--todos gente poco disciplinada en su vida y en sus opiniones,
difíciles de encasillar en partidos políticos, que pueden hacer gloria
de su fama.

El artista que campa por sus respetos no espera nunca protección
oficial. Con ese no pueden atarse dos cuartos de cominos--piensa el
dispensador de mercedes.--Los cintajos y las distinciones son para el
sometido. ¿Fulano?--dicen.--Sí, gran talento. ¡Si sentara la cabeza!
Fulano tal vez sienta la cabeza, y aquel día quizás deja de tener
talento, que el talento no es para sentado.

Cuenta Plutarco, de no sé qué general griego ó romano, quien, viendo
combatir con furioso denuedo á uno de sus soldados, acercósele al
terminar de la batalla y, admirado de su valor, quiso informarse
de quién era. Supo entonces que aquel valiente era el hombre más
desgraciado del mundo, por carecer de todo, y, que tan desesperada era
su vida, que sólo buscaba la muerte. Concedióle el general riqueza y
galardones, dióle mando y honores; y en otra batalla, á pocos días,
vió cómo, en cobarde fuga, arrojaba las armas y corría á esconderse
en lugar seguro. Acudió el general á reprenderle por su cobardía, y
él entonces: ¿Qué te admira?--le dijo.--Ayer estaba desesperado; nada
tenía que perder, nada me importaba la vida... Hoy soy feliz, soy
rico... La muerte me asusta.

Y es que todo combatiente, soldado ó poeta, bien está sin premio. El
valor y la inteligencia han de ser indomables, y las golosinas son
grandes domesticadoras.

       *       *       *       *       *

A despecho de los verdaderos aficionados á la buena música, el
intérprete se sobrepondrá siempre á la obra, y S. M. el Divo se alzará
sobre Wagner en alas de Pussini. Mejor dicho, Puccini se alzará sobre
Wagner en alas del divo. Ni estos falsos dioses tendrán nunca su
ocaso, mientras vayan unidos, ni el Ocaso hallará nunca sus dioses
mientras divas y divos prefieran la gloria personal á la pura gloria de
someterse á no brillar como astros teatrales.

¿Por qué esa afición de los grandes actores y de los grandes cantantes
á las malas comedias y á las malas óperas? ¿Es que su vanidad queda más
satisfecha no consintiendo que la obra se sobreponga al intérprete?
¿No será posible hallar un gran artista que se resigne á interpretar
verdadero arte? Mientras Wagner padece su ocaso, el tenor Anselmi
impone á la admiración la _Tosca_ y _Romeo y Julieta_. Las abonadas
sueñan con Mario Cavaradossi, con Romeo, con Des Grieux. Algunas sueñan
con que Anselmi cante el dúo de los besos de _El conde de Luxemburgo_.
Pueden pedirle que lo cante en la noche de su beneficio. El beneficio
del tenor, naturalmente.

       *       *       *       *       *

Una historieta que refiere un periódico francés. Un padre acaudalado
satisfacía con esplendidez todos los gastos de su primogénito; pero
sorprendíale que, sobre la cantidad entregada mensualmente, el mozo le
pidiera siempre un importante suplemento.

--¿No lo tienes todo pagado? ¿Qué significa esto?

--Esto significa, papá, que hay gastos... gastos, en fin, cuya
justificación no debo detallarte, aunque tú debes comprenderla.

--Sí, lo comprendo; pero mira, para saber á qué atenerme, me pides lo
que necesitas y, para justificarlo, me dices: «Gastos de caza, tanto»,
y no hay más que hablar.

--Convenido.

La partida quedó desde luego asentada en esta forma mensualmente. El
respeto quedaba á salvo.

Con gran sorpresa observó el padre que la partida dejó de figurar en
cuenta durante dos ó tres meses.

--Vaya--pensó.--¿Dónde cazará ahora mi hijo, que no me cuesta nada?

Pero cuál no sería su desencanto al leer, al cabo de cierto tiempo,
esta nota de gastos suplementarios: «Al armero, 2.000 pesetas».



XLIV


Un niño, por travesura ó por desgracia, cae en la fuente de una
plaza pública y muere ahogado, bajo muy poca agua, en presencia de
numerosos curiosos y de dos agentes de la autoridad, representación,
no por modesta menos respetable, del Estado tutelar y protector. Sobre
los dos infelices guardas han caído todo el rigor de los superiores
y todas las recriminaciones de la opinión. El señor presidente
del Consejo dijo muy bien que no debieran ser sólo los guardias
los castigados. Pero aunque para el Código penal sean delitos las
omisiones tanto como las acciones, ¿qué medio hay en la ley para
hacer efectiva la responsabilidad de una multitud indiferente? Y si
miramos á nuestra conciencia, ¿no hallaremos en la impune omisión de
los curiosos, lo mismo que en la punible de los guardias, síntomas
de un estado de conciencia social del que todos participamos? ¡Era
tan poca el agua! El niño, sin duda, podría levantarse y salir por
sí solo. Tal vez si alguien se hubiera precipitado á socorrerle los
curiosos se hubieran reído al verle chapotear en el agua; el regocijo
hubiera subido de punto si era uno de los guardias. ¡Qué escena de
película cinematográfica! ¡Estamos tan hechos á reímos de los agentes
de la autoridad en sainetes y revistas llenas de gracia! Como el
salvamento se hubiera logrado á poca costa, ¡cuánto nos hubiéramos
burlado del salvador, si hubiera pretendido hacer valer su pobre
hazaña! ¡Salvamento de náufragos en el pilón de una fuente! Chistes,
caricaturas, ingenio... Las tragedias son así: necesitan un final
trágico para que parezcan tragedias. Cuando se empieza á morir, hay
que morirse; de otro modo, ¿quién cree que era tanto el peligro? No
culpemos demasiado á los espectadores y á los guardias, más temerosos
del ridículo que de un remojón insignificante, ¡Los pantalones de
la autoridad enfangados! ¡El uniforme prestigioso chorreando! ¿No
tendremos todos en nuestra vida alguna culpable omisión de que
acusarnos? ¿No habremos dejado también que alguna criatura, tal vez
indiferente, tal vez querida, se haya ahogado ante nosotros, en muy
poca agua, sin que nuestra mano se tendiera protectora, sin que
diéramos el paso que corre á sostener, sin que de nuestros labios
saliera la palabra precisa de compasión ó de esperanza? Agua ó llanto
¡parecían tan poco! Cuando el agua ó el llanto ahogaron, ya era tarde.
El heroísmo pide grandes empresas: mares embravecidos, batallas,
dolores trágicos. Ante el peligro de la fuente, ¿no es ridículo el
gesto heroico? ¡El agua era tan poca! ¡Las fuerzas del niño eran menos!
¿Cuántas almas de niño no habremos dejado así ahogar, en muy poca agua,
por no afrontar el heroísmo del ridículo? ¡Si diéramos siempre el paso
que debemos dar! ¡Si dijéramos siempre la palabra que debemos decir!

       *       *       *       *       *

La Academia de la Poesía se dispone á festejar el centenario de
Cervantes, sin olvidar el de Shakespeare; pues tampoco los ingleses,
según noticias, se olvidarán de nuestro manco, que no lo era para poder
muy bien andar de mano con su contemporáneo glorioso. Aquí no puede
decirse que baza mayor quita menor, y nunca estuvo tan en su punto lo
de «región de los iguales».

Si atendemos al calendario parecerá que se toma con tiempo y que, del
1911 al 16, hay días sobrados. Pero el tiempo español, entre lo perdido
y lo matado, y lo que se echa á perder y á morir, entre discusiones y
discurseos, pasa sin enterarnos. La Academia cuenta con el apoyo de
los Gobiernos. Digo de los Gobiernos, porque de aquí al 1916--perdone
el Sr. Canalejas la desconfianza, que no es por él precisamente--¡sabe
Dios cuántos Gobiernos se habrán sucedido! Es de esperar, no obstante,
que todos se muestren por igual bien dispuestos á celebrar con todo
esplendor y esplendidez tan señalada fecha. No es cosa de que se haga
cuestión política, ni de que unos pretendan ensalzar á Cervantes por
reaccionario y otros por liberal, y unos miren á Shakespeare como
católico romano y otros le consideren como protestante. Nos gobiernen
para entonces el Sr. Maura ó el Sr. Canalejas, creemos que, honras
fúnebres más ó menos, con sermón del Padre Calpena ó del obispo de Sión
ó del Padre Maestre ó del doctor Zacarías, lo demás todo será como
esté proyectado, sin que haya un Sr. Rodríguez Sampedro que procure
escatimar gasto alguno.

Desde luego ha de procurarse que el festejo sea de todos y para todos.
Bien están los actos académicos, las ceremonias oficiales; pero sol,
aire y plaza pública, sobre todo. Cabalgatas espléndidas, en que tomen
parte nobleza, Ejército, artistas, sin temor al pícaro ridículo del
disfraz ni de la exhibición. Representaciones callejeras de algunos
entremeses de Cervantes, representación entre las frondas de la
Moncloa ó de Aranjuez de alguna comedia de Shakespeare: _El sueño de
una noche de verano_ ó _Como gustéis_. ¡Tanto puede hacerse con buen
gusto y con arte! Debe pensarse que, cuanto mejor sea todo ello, será
más productivo. En estas cosas la tacañería es lo más ruinoso. ¡A
fantasear, poetas! Y sea la primera fantasía ver cómo se saca el dinero
á los que lo tienen. No os detengáis ante ningún ditirambo adulador.
Cervantes y Shakespeare eran los que eran y, ¡ay!, también adularon á
los poderosos.



XLV


Los primeros pantalones femeninos, en su aspecto callejero y visible,
han tenido un ruidoso fracaso; pero los modistos y modistas franceses,
como si obedecieran á un alto mandato de la Divinidad, insisten en
que nada podrá oponerse al triunfo definitivo de los calzones. Peores
principios tuvieron otras modas, al fin universalmente aceptadas.
Los primeros miriñaques, los primeros sombreros de copa, no lograron
mejor éxito en sus comienzos. No podrá decirse que esta moda es señal
de los tiempos modernos, ni uso impuesto por la vida en los pueblos
civilizados; pues más que un avance hacia lo porvenir, trae á nuestra
imaginación el recuerdo de Turquía y de Marruecos, y, ya más cerca
de nosotros, la evocación teatral de _La conquista de Madrid_ y
_El tributo de las cien doncellas_, memorias de los buenos tiempos
zarzueleros, que no son ¡ay! para rejuvenecer á nadie.

Todo será que la vista se acostumbre. La caricatura y el teatro,
pretendiendo ridiculizar la nueva moda, serán sus mejores
propagandistas. Después las pastorales de algunos obispos y las
predicaciones anatematizadoras, acabarán por decidir el éxito. En
cuanto las mujeres crean que la moda es invención del demonio, no
dudarán en aceptarla, seguras de que el demonio es muy inteligente en
tentaciones.

En realidad, la moda nada tiene de impúdica. El aire y la lluvia
pierden su imperio sobre ella; acabaron los graciosos efectos de falda
recogida. Es una moda que, por su nombre, pantalones, promete más
que cumple. Es más; que ha de dejar muchas promesas incumplidas, por
dificultades de tiempo y de ocasión. A no ser, por lo que tiene de
ley la moda, que pueda también decirse de ella: «Hecha la ley, hecha
la trampa». Pero, hasta ahora, la trampa no parece por ninguna parte.
Los modelos lucidos hasta hoy son de tanta seguridad como una caja
de caudales. Quizás sea ésta la más clara señal de su modernidad. O
acaso estén próximos los días, pronosticados por San Pablo, en que
los hombres se subirán á los árboles por huir de las mujeres; y si
ellas dan en trepar para perseguirlos, claro está que el pantalón es
necesario.

Los sastres también pretenden, por su parte, dar algún golpe de
efecto en la indumentaria masculina. Unos vuelven los ojos al año 30,
otros reniegan de toda tradición y abren concursos entre dibujantes
para hallar algo nuevo. Pero lo nuevo no parece; es casi seguro que
volveremos á las modas del año 30; por lo menos, en los trajes de
sociedad. Para los trajines de la vida diaria, el automóvil, la caza,
el aeroplano, impondrán la moda con sus necesidades. Seremos de un
siglo por el día y de otro por la noche. ¿No es así toda la vida
moderna? ¿En quién de nosotros no vive, no piensa, no se agita la vida
de cien generaciones futuras, que nos dice sin cesar: «¡Adelante,
adelante!»? ¿Sobre quién no pesa la muerte de otras tantas generaciones
pasadas, que nos dicen: «¿Por qué luchar, por qué inquietarse?» Por
fortuna, la acción contradice á cada paso á nuestro pensamiento y
nuestro pensamiento es constante contradicción de nuestras acciones.

       *       *       *       *       *

El doctor Decref ha informado, con gran conocimiento de causa, en
la Sociedad de Higiene, sobre la higiene en el teatro. Si grandes
deficiencias puede advertirse en los teatros mejor acondicionados, en
la parte destinada al público, que, al fin, es el que paga y puede
gritar, aunque no grite lo que debiera, ¿qué no será en la parte
destinada á los artistas y dependencias, que nada pagan y si gritaran
no cobrarían? De éstos principalmente se ha cuidado el doctor Decref en
su información, y bien pueden estarle agradecidos los interesados.

Ahora que, si la intención es buena, nunca la mala práctica puede
oponerse con mayor razón á la generosa teoría. Los teatros por dentro
son lugares en que toda infección debe tener su natural microbio; pero
sin duda los que, por necesidad ó por gusto, pasamos lo mejor de
nuestra vida en ellos, hemos logrado, por el mismo procedimiento, la
inmunidad que logró Mitridates contra los venenos.

Casos de longevidad extraordinaria, muy frecuentes entre los actores
dramáticos, son un verdadero escarnio contra todos los preceptos
higiénicos. Y en cuanto á conservación y buen parecer, ¿en qué
otra profesión puede llegarse á nada parecido? No ya entre mujeres
del pueblo, envejecidas á los treinta años, aun entre damas de la
aristocracia, muy cuidadas y muy bien prendidas, no se observa lo que
es natural y corriente entre las actrices: una apariencia de juventud
que llega á confundirse con la juventud misma. Hay actrices que le
hacen á uno dudar de su fe de bautismo. Y ¡cómo se complacen y se
recrean en humillarnos, con su invencible naturaleza y un poco de
colorete por cómplices! Cuantos más años vienen sobre ellas, más los
desafían invulnerables. Con un vestido blanco de lo más vaporoso y una
pamelita de paja ornada de capullos de rosa, triscando por la escena,
con la boquita fruncida y los ojos entornados, ¡cómo saben conmovernos
llorando sus amores contrariados! ¡Papá! ¡Mamá! ¡Primito! ¡Tiíta!

¿Y los galanes? ¿No es también admirable su estado de conservación?

Sólo en el teatro y en la política se es joven á los cincuenta años.
Lo que prueba que nada significa el aire que se respira y el ambiente
en que se vive. Acaso unos teatros muy higienizados y una atmósfera
política muy purificada no permitieran esas perpetuas juventudes que
son gala de tantos escenarios y de tantos Gobiernos.


FIN





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)" ***

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