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Title: Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I
Author: Rubio, Juan Ortega
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I" ***

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                               HISTORIA
                                  DE
                                AMÉRICA

                     DESDE SUS TIEMPOS MÁS REMOTOS
                          HASTA NUESTROS DÍAS

                                  POR

                         D. JUAN ORTEGA RUBIO

                CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL.


                                TOMO I.


                                MADRID
                 LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
                       CALLE DEL ARENAL, NÚM. 11
                                 1917



PRÓLOGO


    I. POLÍTICA DE ESPAÑA EN LAS INDIAS.

   II. PLAN DE LA OBRA.

  III. FUENTES DE CONOCIMIENTO.

   IV. EXPOSICIÓN DE PROPÓSITOS.

    V. DESCRIPCIÓN GEOGRÁFICA DE AMÉRICA.



I

POLÍTICA DE ESPAÑA EN LAS INDIAS.


Cuando no conservamos un palmo de terreno en América, cuando los
hermosos restos de nuestro inmenso poder colonial han adquirido
recientemente su independencia, tomamos la pluma para escribir
la historia de aquella parte del mundo. Hace tiempo que venimos
acariciando esta idea; pero circunstancias especiales nos han impedido
realizarla. Bajo el peso de larga enfermedad y en los últimos años
de la vida, ¿tendremos tiempo para reseñar los muchos y variados
acontecimientos que se han sucedido en el Nuevo Mundo? ¿Tendremos
fuerzas intelectuales y físicas para tamaña empresa? Sea de ello lo
que fuere, ponemos manos a la obra, creyendo firmemente que hacemos un
bien a España, y también--aunque sólo sea por el cariño con que hemos
de referir acontecimientos pasados--a las antiguas colonias americanas.
No para atraernos las simpatías de los pueblos del Nuevo Mundo, sino
porque así lo sentimos de todo corazón, comenzaremos afirmando que
nuestra vieja y querida España no quiere, ni puede, ni debe pensar en
ejercer hegemonía alguna sobre los pueblos ibero-americanos. Queremos y
aspiramos solamente a una comunión fraternal, y no seremos exigentes si
les recordamos que la mayor parte de los pueblos americanos pertenecen
a nuestra raza, hablan nuestro idioma, piensan como nosotros y llevan
nuestros apellidos.

Españoles y americanos de raza ibera, olvidando antiguos agravios,
sólo pensarán en adelante vivir la vida de la cultura y del progreso.
Españoles y americanos de raza ibera, inspirados en generosos
sentimientos, condenarán el poder de la fuerza y olvidarán en lo
sucesivo que unos fueron vencedores y otros vencidos, que unos fueron
conquistadores y otros conquistados.

Al mismo tiempo que rogamos a los hijos de aquellas Repúblicas de
nuestra raza, que no se olviden de España y que honren la memoria
de los descubridores y colonizadores de las Indias, también les
diremos que somos admiradores de los valerosos paladines que en los
comienzos del siglo XIX proclamaron su independencia y libertad. Con
la realización de tales acontecimientos, creemos que se cumplía una
ley histórica, la cual consiste en que las colonias, cuando llegan
a la mayor edad, esto es, a cierto grado de civilización y cultura,
se separan de la Metrópoli. Aquellas posesiones coloniales, 26 veces
mayores--como escriben Baralt (Rafael María) y Díaz (Ramón)--que el
propio territorio de la Metrópoli, eran mole inmensa que los hombres
debilitados por la edad y los achaques de España no podían sostener
por mucho tiempo[1]. Lo que llama la atención y causa extrañeza es
el largo tiempo en que España, sin ejército ni marina, sin frutos
ni manufacturas para cambiar sus productos, dominase tan extensos
territorios. Lo que impidió por siglos revolución reformadora en
América fué, según los citados Baralt y Díaz, «la despoblación,
efecto de una industria escasa y del comercio exclusivo; la falta
de comunicaciones interiores que aisla las comarcas; la ignorancia
que las embrutece y amolda para el yugo perpetuo; la división del
pueblo en clases que diversifican las costumbres y los intereses; el
hábito morboso de la servidumbre, cimentado en la ignorancia y en
la superstición religiosa, auxiliares indispensables y fieles del
despotismo; la cátedra del Evangelio y los confesionarios convertidos
en tribunas de doctrinas serviles; los peninsulares revestidos con los
primeros y los más importantes cargos de la República; los americanos
excluídos de ellos, no por las leyes, sino por la política mezquina del
Gobierno[2]. Vamos a escribir vuestras hazañas, pueblos americanos.
Nosotros, siguiendo a lord Macaulay, profesamos el principio de que la
política leal y honrada es la mejor de todas, y la única que conviene
así a los individuos aislados como a las colectividades, a los hombres
como a los pueblos[3]. Colocados en el alto tribunal de la historia,
mostraremos una y cien veces que no tenemos prejuicios de ninguna clase
y narraremos con la misma imparcialidad los hechos realizados por los
españoles que por los americanos de raza ibera o de raza anglo-sajona».
De Polibio es la siguiente máxima: «El que toma oficio de historiador,
algunas veces debe enaltecer a los enemigos, cuando sus hechos lo
merecen, y otras reprender a los amigos, cuando sus errores son dignos
de vituperio»[4]. Nosotros no tenemos enemigos; son todos amigos.

       [1] _Resumen de la Historia de Venezuela_, tomo I, pág. 1.ª

       [2] Ibidem.

       [3] _Estudios históricos_, pág. 126.

       [4] _Historia de los romanos_, lib. I.

También queremos que termine nuestra leyenda histórica. Bastante
tiempo hemos hecho y aun estamos haciendo una novela de la historia.
Impórtanos poco que España tenga mayor o menor antigüedad; no afirmamos
que el suelo de nuestra nación es el mejor de Europa, ni paramos
mientes en las hazañas realizadas por los cristianos durante los
tiempos medioevales, ni consideramos a Isabel la Católica como tipo de
la mujer perfecta, ni creemos en el cesarismo de Carlos V, ni en la
prudencia de Felipe II, ni decimos orgullosos que nuestros abuelos se
cubrieron de laureles peleando con los franceses en los comienzos del
siglo XIX, ni tenemos frecuentemente en nuestros labios los nombres de
Sagunto y de Numancia, de San Quintín y Lepanto, de Zaragoza y Gerona.

No son nuestros escritores los primeros de la historia de la
literatura, como tampoco son nuestros artistas los más inspirados, ni
nuestros industriales los más dignos de fama.

En nuestra larga historia encontramos pocos políticos ilustres.

Guerreros y marinos no son superiores a los de otras naciones.
Cuentan sesudos cronistas que nuestros triunfos en los Tiempos
Medios fueron debidos a la intervención de Santiago o de San Isidro;
refieren competentes historiadores que nuestros desastres en la edad
contemporánea fueron gloriosos. Lo primero y lo segundo pertenecen al
mundo de la fábula. Ni los santos intervinieron en aquellas batallas,
ni la fortuna acompañó siempre a nuestras banderas. Nuestros cronistas
creyeron en los milagros y nuestros poetas no dudaron de que la
valentía iba siempre unida al español. Dejemos también descansar las
cenizas del Cid.

Si tiempo adelante (últimos años del siglo XV y gran parte del XVI)
el Sol no se ponía en los dominios españoles y los soldados del Gran
Capitán y de Alejandro Farnesio, de Hernán Cortés y de Francisco
Pizarro se coronaban de laureles, lo mismo en Europa que en las Indias,
luego, peleando con Francia e Inglaterra, sufrieron grandes reveses y
no pocas desventuras.

Escritores extranjeros y españoles son injustos con nuestra nación.
«España--dice ilustre historiador desde una cátedra de la Sorbona--nada
ha hecho por la civilización y el progreso»; y famoso político de la
Gran Bretaña ha dicho en popular discurso que «España se halla entre
las naciones moribundas.» «No tiene pulso el pueblo español», repetía
Silvela en su pesimismo político. «¿Posee España--escribe Macías
Picavea--la patria amada, alientos para seguir viviendo entre los
pueblos vivos de la historia? ¿Es mortal, por el contrario, su agonía,
y al fin hemos tocado en la víspera de su desaparición como nación
independiente? ¿Cual Polonia y Turquía va a ser repartida y devorada
en forma de despojos por sus poderosos vecinos? Y si hemos de vivir,
¿a qué precio y con cuáles remedios? Y, si tenemos de morir, ¿por qué
hemos venido a dar en este trance de muerte?»[5].

       [5] _El problema nacional_, Prólogo, pág. VII.

Somos de opinión que no es tan grande nuestra decadencia, ni se
encuentra tampoco tan gastada y pobre la nacionalidad española. Cierto
es que adelantamos poco en el camino del progreso y que el miedo, el
apocamiento y el egoísmo, como en las épocas de verdadera crisis,
se halla en la mayoría de nuestros compatriotas. Apenas encontramos
hombres de carácter. Aquellos que creíamos espíritus fuertes, se
han convertido en aduladores cortesanos. Hasta los sabios y los
artistas rinden culto al que la fortuna, caprichosa de suyo, levanta
sobre el pavés. «La inteligencia--tales eran las palabras de Colbert
refiriéndose a los sabios de su tiempo--rindió respeto y vasallaje al
monarca (Luis XIV). Las clases ricas, más vanidosas que prudentes, se
cruzan de brazos, cuidándose poco de la prosperidad o decaimiento de
España. La clase obrera, especialmente en las grandes poblaciones,
si ama el trabajo, gusta más de los placeres. Los establecimientos
de enseñanza, lo mismo los pertenecientes al elemento civil que al
militar, piden reformas a voz en grito. Maestros y discípulos andan
desorientados, los primeros, sin vocación alguna, y los segundos, sin
entusiasmo por la ciencia. Si de política se trata, hemos de decir que
en los Cuerpos Colegisladores (Senado y Congreso) abundan los audaces,
no los más conocedores de la política o de la administración pública.
Los gobiernos que se suceden de algún tiempo a esta parte marchan casi
siempre a la ventura y carecen frecuentemente de ideales. No aparece
un hombre de Estado ni un verdadero orador». Estudiando la situación
política de Francia, escribía Timón lo siguiente: «Lo confesaré, aunque
haya de ofender la vanidad de mis más ilustres contemporáneos: nunca
conocí a un hombre, a uno sólo, que me pareciese enteramente digno de
dirigir el gobierno de mi país, ya por falta de talento, ya, sobre
todo, por falta de virtud»[6]. Más adelante, añade: «¡Cuántos oradores
se asemejan a esas luciérnagas o gusanos de luz que centellean en la
hierba como la estrella en los cielos! Pero acérquese a ellos una
luz, y veráse cuán fácilmente pierden su fosforescencia y brillo»[7].
¿Seríamos justos si dijésemos de nuestros actuales políticos y oradores
lo que el crítico francés decía de los de su tiempo y de su nación?

       [6] _Libro de los oradores_, tomo I, Advertencia, pág. VII.

       [7] Ibidem, pág. 40.

Sin embargo de nuestro decaimiento presente, España debe ocupar
puesto importante entre las naciones europeas; pero no oigamos
impasibles las quejas de nuestro pobre pueblo, ni permanezcamos con
los brazos cruzados ante las desgracias de esta bendita tierra, donde
descansan las cenizas de nuestros mayores y donde descansarán las de
nuestros hijos, ni cerremos los ojos para no ver que estamos cerca
de un precipicio. Sería cobardía llorar sobre las ruinas de nuestras
ciudades, como el profeta Jeremías lloraba sobre los restos de
Jerusalén. Sería propio de mujeres llorar por la pérdida de Granada,
como el infortunado Boabdil. ¿Nos hallamos amenazados de grandes males?
No lo sabemos. Nos asaltan tremendas dudas.

En estos momentos, cuando nuestro espíritu se encuentra confuso, un
rayo de esperanza cruza por nuestra mente. Si llegase la hora tremenda
anunciada por muchos, volvamos la vista a las Indias, a esas Indias
descubiertas por nuestros antepasados. A vosotros, hijos del Nuevo
Mundo, pediremos entonces albergue en vuestras populosas ciudades o en
vuestros ricos y productivos terrenos. Nada esperamos ni queremos de
las egoístas naciones de Europa; tenemos toda nuestra confianza en los
generosos pueblos americanos. No deis crédito a ciegos defensores de
los indios, a la cabeza de los cuales se hallan Ercilla, autor de _La
Araucana_, y el P. Las Casas, Obispo de Chiapas. Uno y otro, Ercilla y
Las Casas, llegaron a olvidar frecuentemente que la imparcialidad es
una de las cualidades principales y más necesarias del historiador.
Lejos de mostrarse imparciales en sus juicios, se convirtieron--y
sentimos tener que decirlo--en plañideras asalariadas de los indígenas
y en acres censores de los españoles.

No deis crédito a D. Jorge Juan y a D. Antonio Ulloa. Sin poner en
duda los méritos de los insignes marinos, conviene no olvidar el
espíritu generoso que les animaba al dirigir censuras tan amargas a
las autoridades de las Indias. Según ellos, la misma conducta que los
antiguos cartagineses y romanos observaron en España, los españoles
del siglo XVI observaron en el Nuevo Mundo. Aquéllos fueron fieros
conquistadores y codiciosos comerciantes; nosotros no les fuimos en
zaga cuando de exacciones y rapiñas se trataba. Si en el fondo hay
bastante verdad en el relato, no se olvide la época y el modo de hacer
la información. El P. Las Casas fué el maestro, mejor dicho, el oráculo
de todos los escritores de las Indias, los cuales mostraron empeño
en exagerar las doctrinas del piadoso prelado. Hermoso es el cuadro
que pintaron nuestros sabios marinos, no sin que se note a primera
vista demasiado colorido y alguna que otra incorrección en el dibujo.
Buscaron el efecto de la pintura, la expresión vigorosa y enérgica,
movidos exclusivamente por el corazón, por los sentimientos generosos
de la época (Apéndice A).

No deis crédito a los muchos autores extranjeros que repiten a toda
hora que el aventurero castellano llegó al Nuevo Mundo llevando en una
mano la espada y en la otra incendiaria tea, como si se propusiese
conmover y aterrar a los mismos indígenas salvajes.

Menos crédito debéis dar a juicios apasionados de famoso escritor
francés, el cual, con más deseo de causar efecto que de decir verdad,
ha escrito lo que copiamos a continuación: «España--tales son sus
palabras--pone la primera el pie en América; pero esta nación devota no
sabe ya pensar ni trabajar; no sabe más que asolar, destruir y rezar su
rosario; mata, saquea, pasea la cruz y la hoguera a través de México,
y deja allí, para bienvenida, la inquisición y la esclavitud»[8].

       [8] Pelletan, _Profesión de fe del siglo XIX_, pág. 355. Tr.

Si hubo exageración en la pintura de Ercilla y del P. Las Casas, de
D. Jorge Juan y de D. Antonio Ulloa; si apenas tiene parecido con el
original lo escrito por el autor de la _Profesión de fe del siglo XIX_,
no por eso habremos de negar que algunos o muchos descubridores y
conquistadores ni fueron prudentes, ni buenos, ni justos.

Pero, sea más o menos censurable la conducta de aquellos españoles del
siglo XVI, prometemos que en la centuria XX nuestras armas serán la
azada, el arado, el pico, la sierra, el martillo y el yunque. En el
siglo XVI fuimos en busca del misterioso Bellocino y a pediros que nos
llenaseis una habitación de rico metal; pero en el XX iremos a labrar
el suelo, a edificar la casa, a variar el curso de los ríos, a guiar
las aguas del manantial, a derribar el árbol, a tallar el mueble, a
cultivar el tabaco, el café, la caña de azúcar y el algodón, a coger el
cacao, a buscar la esmeralda; en una palabra, a compartir con vosotros
el trabajo y a tomar parte en vuestras alegrías y en vuestras penas. En
el siglo XX, en cambio de vuestra protección y ayuda, os recordaremos
el _Quijote_, la condenación más enérgica de nuestras antiguas locuras,
y _La vida es sueño_, el cántico más hermoso de la libertad; y os
llevaremos _Las nacionalidades_, aspiración nueva del pueblo español, y
los _Episodios nacionales_, gallarda y simpática relación de nuestros
usos y costumbres.

Las dos manos que vemos en la bandera argentina, no son las dos de
aquel país, sino una es la de América y la otra es la de España. Si
la obra de nuestros antepasados en el Nuevo Mundo fué de guerra,
la nuestra será de paz. Si los españoles que pasaron a las Indias
eran--como dice Platón de los espartanos del tiempo de Licurgo--_más
que ciudadanos, soldados acampados bajo tiendas_, a la sazón tenemos
presente el precepto pedagógico americano que dice: «Si la antorcha de
la libertad ha de iluminar el mundo, es preciso que sea con la luz del
entendimiento.» La obra que queremos realizar, no sólo será de paz,
sino también política, pues pretenderemos fomentar la unión de las
Repúblicas latinas entre sí y luego la unión de dichas Repúblicas con
la madre Patria. Nada importa que sea grande el espacio que separa
a España de América; nada importa el largo tiempo en que han estado
separados españoles y americanos. Unos y otros jamás olvidarán una
fecha memorable: el 12 de Octubre de 1492.

Buena prueba de ello es la noticia que copiamos a continuación. El
Secretario de Estado o de Relaciones Exteriores de la República
dominicana, en carta fechada el 20 de Noviembre de 1912, y dirigida a
sus colegas de las otras naciones de origen ibero en aquel Continente,
recomienda la celebración del día 12 de Octubre, aniversario del
descubrimiento de América, como fiesta nacional en todos los Estados
ibero-americanos.

He aquí el párrafo de la carta de que queda hecha referencia, que atañe
al asunto que nos ocupa:

  «Cree asimismo la República Dominicana que las naciones del Nuevo
  Continente deben perpetuar de un modo que revista mayor gratitud
  y amor el día inmortal del descubrimiento de América. No sólo con
  el objeto de honrar de una manera solemne y general el nombre del
  esclarecido nauta genovés Cristóbal Colón, sino con el laudable
  propósito de que todas las naciones americanas tengan un día de
  fiesta común, el Gobierno de la República Dominicana se permite
  proponer igualmente al de V. E., que ese día, con la denominación
  que se considere oportuna, sea declarado de fiesta nacional en
  vuestro país.

  Ya mi Gobierno lo ha declarado de fiesta oficial con la
  denominación de «Día de Colón», a reserva de hacer que las Cámaras,
  tan pronto termine el receso en que se encuentran, lo declaren día
  de fiesta nacional»[9].

       [9] _Unión Ibero-Americana_, núm. 4, págs. 6 y 7.

  «La Asamblea Nacional Legislativa de la República de El Salvador,

  _Considerando_: que el 12 de Octubre, aniversario del
  descubrimiento de América, es una fecha digna de ser conmemorada
  por todas las naciones de este Continente;

  Que varias de estas naciones han decretado día de fiesta nacional
  esa magna fecha histórica, insinuando la idea de que todos los
  países americanos tributen en este día recuerdo de gratitud y
  admiración al descubridor del Nuevo Mundo, Cristóbal Colón,


                                DECRETA

  Artículo único. Declárase el 12 de Octubre día de Fiesta Nacional.

  Dado en el Salón de Sesiones del Poder Legislativo. Palacio
  Nacional: San Salvador a 11 de Junio de 1915.

  _Francisco G. de Machón_, Presidente.--_Rafael A. Orellana_, primer
  Secretario.--_J. H. Villacorta_, segundo Secretario.

  Palacio Nacional: San Salvador, 12 de Junio de 1915.

  Publíquese.--_C. Meléndez._--El Ministro de Gobernación, _Cecilio
  Bustamante_.»

Igual conducta que Santo Domingo y El Salvador han seguido las
Repúblicas de Cuba, Chile, Argentina, Uruguay, Honduras, Paraguay,
Brasil, Panamá, Guatemala y Colombia.

Trasladaremos aquí lo que acerca de la política española en las Indias
dicen D. Francisco Pi y Margall y D. Jacinto Benavente:

  «Las naciones cultas (de América), escribe el ilustre historiador
  Pi y Margall, no vacilo en afirmar que, fuera de la religión y de
  la guerra, tenían mejores costumbres que las de Europa. El Perú,
  hasta dentro de la guerra, ya que la hacía con más respeto que
  nosotros a la persona y los bienes de los enemigos. Con nuestro
  contacto depraváronse todas, en común sentir de los primitivos
  historiadores de Indias. Bajo la antigua tiranía eran dóciles,
  trabajadoras, poco propensas a litigios, modeladas en el uso
  de sensuales deleites; bajo la nuestra, con ser mucho peor,
  contamináronse de todos nuestros vicios y se hicieron rebeldes,
  inactivas, pendencieras, lujuriosas.

  De las tribus salvajes no me atrevo a formular juicio general de
  ningún género. Las había rayanas de los brutos y las había que en
  el sentimiento de la dignidad propia y la ajena igualaban cuando no
  aventajaban a los pueblos cultos»[10].

       [10] _Historia general de América_, tom. I. vol. II. págs.
       1.903 y 1.904.

Del gran dramaturgo Benavente son las siguientes palabras:

  «... Y de nuestra política colonial en las Indias, ¿qué no se
  habrá dicho? No sería tan tiránica, tan destructora, cuando de
  ellas surgieron pueblos grandes y libres, orgullo de nuestra
  raza. Una política tiránica, opresora, destruye toda posibilidad
  de emancipación. No habríamos oprimido tanto, cuando de igual a
  igual, fuertes y triunfantes, pudieron combatirnos y proclamar su
  independencia.

  Yo he visitado alguna parte de la América española, y, con orgullo
  puedo decirlo, lo mejor que hallé en ella es lo que de español
  queda allí, pese al cosmopolitismo invasor. Las virtudes de la
  familia española, esa discreción de la mujer no contaminada
  de feminismo, que más bien debiera llamarse masculinismo, la
  generosidad hidalga en los hombres, el trato afable y llano con los
  iguales, con los inferiores, todas esas virtudes de nuestra raza,
  la más democrática del mundo, contrastando con la sequedad de los
  hombres de presa que allí acuden de todas partes, hacen de aquellas
  hermosas ciudades, que nos recuerdan a las españolas, cuando en los
  hogares donde aún alienta el espíritu de España se penetra como
  amigo, ciudades a la americana, cuando después, por sus calles,
  entre empujones y codazos, ve uno a los otros, a los extranjeros
  de todos los puntos del mundo, brutales, febriles, codiciosos de
  bienes materiales...[11]»

       [11] Discurso leído en los _Juegos florales_ de El Escorial el
       29 de Agosto de 1915.

Sin embargo del respeto y admiración que sentimos por Pi y Margall y
por Benavente, habremos de manifestar que no estamos conformes con la
opinión del uno ni con la del otro.

Reconoce el autor de _Las nacionalidades_ que las tribus americanas,
lo mismo cultas que salvajes tenían los vicios de la embriaguez, de
la lujuria, de la prostitución y del juego. Por nuestra parte diremos
que no debe olvidarse cómo el canibalismo se hallaba extendido por
toda América de la manera más brutal y fiera, hasta el punto que
muchos pueblos del Amazonas declaraban que «preferían ser comidos por
sus parientes antes que por los gusanos[12]». Asimismo sabemos con
toda certeza que unas tribus se contentaban con beberse la sangre
del cautivo, otras se repartían en menudos pedazos las carnes del
difunto, llegando el refinamiento de la crueldad al extremo de que
si no alcanzaba el reparto para todos, cocían algún trozo en agua,
distribuyendo luego el líquido con el objeto de que todos pudiesen
decir que habían probado en mayor o menor cantidad la carne del enemigo.

       [12] Markham, List. of Tribes etc. (Fourk, Anthrop. Inst.
       1895, pág. 233).

También no parece ocioso advertir que la esclavitud era en las Indias
más bárbara y repugnante que en los pueblos de Europa.

No negaremos que numerosas tribus indias que poblaban algunos de
aquellos dilatados países, ya tuviesen establecida su morada en las
heladas regiones de Groenlandia, ya en las riberas de los caudalosos
Mississipí y Amazonas, o en los elevados picos de los Andes, aunque no
tenían gobierno organizado ni leyes escritas y creían en dioses feroces
que se alimentaban de sangre humana, eran dulces, pacíficas y buenas.
No negaremos la pureza de costumbres, la sobriedad y el respeto al
extranjero de aquellas tribus bárbaras que habitaban en el Gran Chaco
o en la Patagonia. Pero habremos de añadir que muchos indígenas fueron
taimados y perversos. Ellos pagaron con traiciones los beneficios que
recibían de sus patronos, al mismo tiempo que se postraban ante los
españoles, que les maltrataban o envilecían. Fueron desleales con los
castellanos, que les trataban como hombres; obedientes y cariñosos con
los que veían en ellos seres irracionales. No hacían distinción entre
sus bienhechores y sus tiranos.

Si llevamos a América--contestaremos a Benavente--nuestra política y
administración, nuestra religión católica, nuestro régimen económico,
nuestras ideas sobre la hacienda pública, nuestro sistema municipal
democrático, nuestras instituciones benéficas, nuestros consulados,
nuestras Audiencias y nuestras Universidades, también les llevamos
modos, usos y costumbres, ruines pasiones y no pocos vicios. Cierto es
que los frailes por un lado y la Compañía de Jesús por otro, cubrieron
el suelo de iglesias y de hospitales, los misioneros llevaron la
civilización a los países más lejanos e incultos, los artistas de la
Metrópoli instruyeron en las Bellas Artes a aquellos numerosos pueblos
y los colonos españoles crearon muchas industrias y enseñaron a los
indígenas la apertura de caminos y el cultivo de los campos; pero
frailes, misioneros, artistas y colonos abusaron de la ignorancia de
los indios y les engañaron en los tratos que con ellos hicieron.

Si el gran poeta Quintana, recordando nuestras culpas pasadas, creía
vindicar a su patria diciendo:

            _Crimen fueron del tiempo, no de España_,

el historiador, aunque con profundo sentimiento, se ve obligado a decir
otra cosa. De los primeros españoles descubridores y conquistadores
de América, habremos de afirmar que, hombres de poca cultura y, como
tales, de hábitos un tanto groseros, cometieron con harta frecuencia
desórdenes y tropelías, robos y muertes. (Apéndice B).

Los soldados de Cortés y Pizarro no tenían la disciplina de aquellos
que mandaba el Gran Capitán, Antonio de Leiva y el marqués de
Pescara, ni aun la de los tercios de Flandes, ni siquiera la de los
que conquistaron Portugal bajo las órdenes del duque de Alba. Los
aventureros que desde Andalucía, especialmente de Sevilla, iban a
América, eran hombres más dados a la vagancia que al trabajo. Servían
unos de espadachines escuderos a elevadas damas o influyentes galanes;
descendían otros a rufianes de la más ínfima clase de cortesanas;
dedicábanse muchos a cobrar el barato en las casas de juego o se
agregaban a las compañías de comediantes o faranduleros, con el sólo
objeto de aplaudir en los corrales a damas y a galanes. En busca de
aventuras se dirigían también al Nuevo Mundo castellanos, extremeños,
catalanes y manchegos, gente ruda, altiva y áspera en sus costumbres.

Aquéllos y éstos, unos y otros eran asistentes diarios a las farsas que
imitaban perfectamente o con exactitud las palizas, las lidias de toros
y los autos de fe que celebraba la Inquisición.

Recordaremos a este propósito al hidalgo de Extremadura, que «viéndose
tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio
a que otros muchos perdidos en aquella ciudad (Sevilla) se acogen, que
es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de
España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala
y cubierta de los jugadores (a quien llaman diestros los peritos en
el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y
remedio particular de pocos»[13].

       [13] Cervantes, _El Celoso Extremeño_, pág. 5.

Y Prescott escribió que los conquistadores del Nuevo Mundo fueron
«soldados de fortuna, aventureros desesperados que entraron en la
empresa como en un juego, proponiéndose jugar sin el menor escrúpulo y
con el único objeto de ganar de cualquier modo que fuese»[14].

       [14] _Historia del Perú_, tom. II, pág. 215.

Creían que por el derecho de conquista podían, no sólo repartirse las
cosas, sino también las personas; pero no debemos olvidar--pues el
asunto tiene transcendental importancia--que la gente que iba de España
se veía obligada frecuentemente a subir altas y fragosas montañas, a
recorrer estrechas y pedregosas veredas o valles donde nunca llegaba
la luz del sol, a atravesar caudalosos ríos, terribles precipicios y
profundas simas, a subir escarpadas rocas y montes cubiertos de verdor
y cuyas cimas, coronadas de nieve, se ocultaban en las nubes, a bajar
cordilleras, a arrostrar riesgos y trabajos, a luchar de noche y de
día en las ciudades y en los campos. Para conquistar aquel país, donde
se encontraban hombres sencillos y feroces, civilizados y salvajes,
hospitalarios y antropófagos, necesitaba la Metrópoli, y no lo tenía,
poderoso, obediente y disciplinado ejército.

Conviene recordar que las distracciones del español estaban reducidas
a fugaces amoríos con alguna india cautiva, a escuchar picaresco
cuento y a veces legendarias hazañas referidas en largas noches de
invierno por algún soldado poeta. Otra hubiese sido la conducta de los
conquistadores de las Indias al tener en su compañía mujeres de la
misma raza y del mismo país, pues ellas, con sus amores y caricias, con
sus alegrías y bondades, habrían transformado por completo el carácter
de aquellos rudos soldados.

Tampoco habremos de negar que algunos de los primeros conquistadores,
con la excusa de la civilización, olvidándose de la Moral cristiana,
hollaron las instituciones, sentimientos, usos y costumbres de las
razas americanas. Con la excusa de la civilización, algunos de los
primeros conquistadores arrebataron a los indios sus mujeres y sus
hijas, sus casas y sus tierras. Con la excusa de la civilización,
algunos de los primeros conquistadores arrojaron de su pedestal
aquellos ídolos que habían sido el consuelo de infinitas generaciones,
en tanto que el miedo y el terror, cuando no la desesperación, se
pintaba en el rostro de los indígenas. Tuvieron a dicha no pocos
religiosos españoles derribar templos, romper ídolos y recorrer
extensas comarcas imponiendo por la fuerza la doctrina del Crucificado.

En otro orden de cosas, también se cometieron abusos sin cuento. No
negaremos lo que dice--y que copiamos a continuación--el provisor
Morales. «Es general el vicio de amancebamiento con indias, y algunos
tienen cantidad de ellas como en serrallo»[15]. El citado cronista, más
dado a la leyenda que a la historia, se atrevió a escribir que algunos
españoles se entretenían, tiempo después de la conquista, en cazar
indios con perros de caza[16], añadiendo otros autores que hubo entre
los nuestros quienes llegaron a creer que los indígenas no pertenecían
a la especie humana, y que valían, por tanto, lo mismo que un mono o un
caballo. Sólo se nos ocurre contestar--y esta es la única observación o
comentario a la noticia--que no habían de faltar compatriotas nuestros,
ya que careciesen de toda clase de cultura, ya que por instinto fuesen
crueles y feroces.

       [15] _Relación dada por el provisor Morales sobre cosas que
       convenían probarse en el Perú._ M. S.

       [16] Ibidem.

Tristísima era la vida del indio entre algunos españoles. El, sin
mujer que le consuele, sin hijos que le ayuden en sus trabajos y sin
familia que se compadezca de sus infortunios, condenado a vivir--si
vida puede llamarse--en el fondo de las minas para extraer el oro y
la plata que los reyes de España gastaban en guerras y los cortesanos
en orgías; agricultor y recolector de los frutos de la tierra para
que se alimentasen sus despiadados amos; esclavo de hombres que se
llamaban religiosos cuando la religión enseña que ambos eran hijos de
un mismo Dios; el indio, repetimos, hastiado de la vida, buscaba en el
suicidio, enfermedad de todas las sociedades caducas y desesperadas,
el término de sus penas y dolores. Preferían la muerte a la pérdida de
su libertad, a la servidumbre, a la esclavitud. Los incultos indígenas
se creían más felices que los civilizados españoles. Indiferentes los
indios a los goces de la cultura, vivían alegres y satisfechos en sus
montañas y bosques. Lo que Dozy decía de los beduínos del tiempo de
Mahoma, decimos nosotros de los indios del siglo XVI. «Guiados (los
beduínos)--tales son las palabras del historiador francés--no por
principios filosóficos, sino por una especie de instinto, han realizado
de buenas a primeras la noble divisa de la revolución francesa: la
libertad, la igualdad y la fraternidad»[17].

       [17] _Historia de los musulmanes españoles_, tomo I, pág. 36.
       Tr.

Severos censores hemos sido al juzgar la conducta de los conquistadores
españoles en las Indias, y sin miramientos de ninguna clase diremos
después lo bueno y lo malo que hicieron; pero colocándonos en el alto
tribunal de la historia, añadiremos que no todos son negruras en el
descubrimiento, conquista y gobierno de España en el Nuevo Mundo, como
no todo son negruras--aunque otra cosa digan apasionados cronistas--lo
realizado en la colonización inglesa y portuguesa de las Indias
Orientales. La imparcialidad no ha sido norma de los historiadores
antiguos y modernos. A pesar de los juicios poco favorables que
escritores europeos y americanos han emitido acerca de la política de
los gobiernos de Madrid, Londres y Lisboa, a pesar de la ingratitud
de algunas naciones de América--no todas, por fortuna--con España,
Inglaterra y Portugal, nadie podrá negar, o mejor dicho, conviene no
olvidar que un ilustre hijo de la república de Génova, al servicio
de los Reyes Católicos D. Fernando y Doña Isabel, descubrió el Nuevo
Mundo, y que ingleses, portugueses y españoles llevaron a aquellas
lejanas tierras su respectiva civilización y cultura.

Al ocuparnos en las conquistas de unos pueblos sobre otros, tentados
estamos para decir que, lo mismo en aquella época que antes y después,
lo mismo si se trata de España que de otras naciones, dichas conquistas
han ido casi siempre acompañadas de abusos y alevosías. Si pecaron
los españoles, también pecaron ingleses, franceses, dinamarqueses y
holandeses. Si no fué generosa ni aun prudente la política seguida
por nuestros compatriotas, tampoco lo fué la de otras naciones.
Recuérdense los Gobiernos de lord Clive y de Warren Hastings en la
India. Del primero, gobernador general de las posesiones inglesas
de Bengala, dice lord Macaulay lo siguiente: «Se sabe que antes de
salir de la India remesó a su patria más de ciento ochenta mil libras
esterlinas por conducto de la Compañía Holandesa, y más de cuarenta
mil por la Inglesa, aparte de otras considerables sumas enviadas por
casas particulares. Además, poseía joyas de gran precio, medio muy
generalizado entonces de traer valores a Europa, y en la India era
dueño de propiedades cuyas rentas estimaba él mismo en veintisiete
mil libras; de modo, que sus ingresos anuales, cuando menos, según la
opinión de John Malcolm, pasaban de cuarenta mil libras esterlinas
(3.800.000 reales), rentas en aquella época tan pingües y raras como lo
son en la nuestra las de cien mil libras. Así, que podemos afirmar, sin
temor de incurrir en exageración, que ningún inglés que comenzara la
vida sin bienes de fortuna ha llegado, como Clive, a encontrarse a los
treinta y tres años poseedor de tan inmensas riquezas»[18]. Respecto a
la administración de Warren Hastings, gobernador de Bengala, añade el
citado historiador, que «es imposible desconocer que hacen contrapeso
a los grandes crímenes que la mancharon, los grandes servicios que
prestó al Estado»[19]. En efecto, muchos y graves fueron los atropellos
cometidos por Hastings y contados por Burke en la Cámara de los
Lores. Tampoco pasaremos en silencio las crueldades que el francés
D'Esnambuc cometió con los naturales de la Martinica en el año 1635,
ni la conducta torpe, torpísima de los dinamarqueses en la costa de
Coromandel y de los holandeses en la citada India.

       [18] _Estudios históricos_, pág. 140. Tr.

       [19] Ibidem, pág. 285.

Allá en la antigüedad, la historia enseña que Virgilio daba idea clara
del destino y de la política exterior de Roma en los siguientes versos:

    _Tu regere imperio populos, Romane, memento_:

    ..................................................

    _Parcere subjectis, et debellare superbos_[20].

       [20] _Eneida_, lib. VI, versos 851 y 853.

Y las Doce Tablas consagraron aquel terrible principio que dice:

    _Adversas hostes æterna auctoritas esto._

Cartago, gobernada por egoísta aristocracia, sólo quería aumentar el
producto de su tráfico, importándole poco las ideas de patria, de
justicia, de honor y de cultura.

Los germanos se apoderaron de la mejor y mayor parte de la tierra de
los vencidos, y algunos de aquéllos, los anglo-sajones, por ejemplo, se
hicieron dueños de todo en la Bretaña. Tristísima fué la condición de
los vencidos.

Cuando los musulmanes lograron la victoria en la Laguna de Janda,
los ibero-romanos sufrieron toda clase de vejaciones, y cuando los
cristianos tomaron a Granada hicieron objeto de su odio a los hijos del
Profeta.

En nuestros días, ingleses, alemanes, franceses, italianos, rusos y
portugueses, guiados únicamente por la idea del lucro, ven en sus
colonias ancho campo donde extender y desarrollar sus respectivas
industrias.

En suma: el _Væ victis_ de Breno, fué y será, no la ley horrible del
derecho de gentes en la época romana, sino el dogma político de todos
los tiempos y de todos los pueblos.

De Sir Russell Wallace, son las siguientes palabras: «¡Qué
colonizadores y conquistadores tan maravillosos estos españoles y
portugueses! En los territorios colonizados por ellos, trazaron cambios
mucho más rápidos que todos los demás pueblos modernos, y semejantes
a los romanos, poseen sus grandes facultades para imponer su lengua,
cultura y religión a pueblos bárbaros y salvajes.»

Cariñoso por demás se muestra con nosotros Sir Russell Wallace. Si
no creemos que España tenga justos títulos para pedir, como nación
colonizadora, lugar preeminente en la Historia, tampoco admitimos que
la pérdida de las colonias de la América del Sur, sea prueba palmaria
de su incapacidad para gobernar las extensas posesiones adquiridas
en aquellos lejanos territorios. La Gran Bretaña no pudo sofocar la
rebelión y perdió las colonias de América del Norte, y a España le
sucedió lo mismo. Una y otra nación perdieron sus respectivas colonias
porque debían perderlas, porque no era posible tener en perpetua tutela
pueblos poderosos y cultos.

No olvidemos, no, que las Leyes de Indias son monumento glorioso de la
legislación española, y la Casa de la Contratación mereció alabanzas,
lo mismo de nacionales que de extranjeros. Y dígase lo que se quiera en
contrario, digna de encomio fué muchas veces la conducta de nuestros
Reyes. Ellos, en no pocos casos, recomendaron con gran solicitud a sus
infelices indios.

Isabel la Católica decía en su testamento lo siguiente:

  «Cuando nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las
  Islas y Tierra Firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir,
  nuestra principal intención fué al tiempo que lo suplicamos al Papa
  Alejandro VI, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión,
  de procurar inducir y traer los pueblos de ellas, y los convertir
  a nuestra Santa Fe Católica y enviar a las dichas islas y Tierra
  Firme, prelado y religiosos, clérigos y otras personas doctas y
  temerosas de Dios, para instruir los vecinos y moradores de ellas
  a la fe católica y los doctrinar, y enseñar buenas costumbres y
  poner en ello la diligencia debida, según más largamente en las
  letras de la dicha concesión se contiene. Suplico al Rey, mi señor,
  muy afectuosamente, y encargo y mando a la Princesa, mi hija, y al
  Príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su
  principal fin y en ello pongan mucha diligencia y no consientan
  ni den lugar a que los indios vecinos y moradores de las dichas
  islas y Tierra Firme, ganados y por ganar, reciban agravio alguno
  en sus personas y bienes...» Igual conducta--como se muestra por
  diferentes Reales Cédulas--, observaron Carlos I, Felipe II, Felipe
  III y Carlos II. Gloria inmortal merece el Emperador Carlos V por
  la Cédula que dió el 15 de Abril de 1540 en favor de los negros de
  la provincia de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro (Apéndice
  C). No se olvide que Felipe II, al recibir en su palacio al
  visitador Muñoz (1568), que ejerció sangrienta dictadura en México,
  le dijo con severidad: «Te mandé a las Indias a gobernar, y no a
  destruir», contándose también que, como casi al mismo tiempo se
  le presentara el Virrey del Perú, D. Francisco de Toledo, matador
  del inca Sairi Tupac, le dirigió en tono amenazador las siguientes
  palabras: «Idos a vuestra casa, que yo no os mandé al Perú para
  matar Reyes.» Felipe III miró con singular cariño a los infelices
  indios. Y en la _Recopilación de las Leyes de Indias_, Felipe IV
  escribió por su real mano la hermosa cláusula que copiamos: «Quiero
  que me déis satisfacción a mí y al mundo, del modo de tratar esos
  mis vasallos, y de no hacerlo, con que en respuesta de esta carta
  vea yo ejecutados ejemplares castigos en los que hubieren excedido
  en esta parte. Mandamos a los Virreyes, Presidentes, Audiencias
  y Justicias, que visto y considerado lo que Su Majestad fué
  servido de mandar y todo cuanto se contiene en las Leyes de esta
  Recopilación, dadas en favor de los indios, lo guarden y cumplan
  con tal especial cuidado, que no den motivo a nuestra indignación,
  y para todos sea cargo de residencia.» Habremos de referir, por
  último, que al confirmar Carlos II la concesión pontifical, lo hizo
  con las siguientes palabras: «Y por que nuestra voluntad es que los
  indios sean tratados con toda suavidad, blandura y caricia, y de
  ninguna persona eclesiástica o secular ofendidos: Mando que sean
  bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo
  remedien, y provean de manera que no se exceda cosa alguna lo que
  por las letras apostólicas de la dicha concesión nos es inyungido y
  mandado.»

La misma simpática conducta siguieron con bastante frecuencia los
Reyes de la Casa de Borbón. Ilustre historiador contemporáneo ha dicho
lo siguiente: «En lo que se refiere a los indios, hay que repetir
que los monarcas multiplicaban los medios de proteger sus personas e
intereses. Sometidos los naturales por la conquista a un poder extraño,
intimidados ante la superioridad de los europeos, a quienes tenían
que obedecer, era muy justo que la Corte de Madrid les dispensara
consideraciones, para hacer simpático el nuevo régimen a los que tanto
necesitaban de paternal auxilio y de cariñoso apoyo; la justicia
debía mostrar mayor solicitud respecto de los débiles, que habían
perdido sus sagrados derechos como pueblo independiente y soberano; y
los delegados del Rey en las Indias tenían especial recomendación de
favorecer de todos modos a los aborígenes»[21]. Alejandro Humboldt,
cuya autoridad nadie se atreverá a poner en duda, ha escrito que la
condición social del indio español era mejor que la de los aldeanos
de una gran parte del Norte de Europa[22]. También el argentino D.
Vicente G. Quesada, aunque a veces ha juzgado con severidad el gobierno
español en América, reconoce que no están en lo cierto los escritores
que afirman que la organización colonial fué un centralismo pernicioso,
a la cual atribuyen todos los errores y males de las nuevas naciones
hispano-americanas[23].

       [21] Gómez Carrillo, _Historia de la América Central_, tomo
       III, págs. 27 y 28.--Continuación de Milla.

       [22] _Ensayo político_, lib. IV, cap. IX.

       [23] _La Sociedad hispano-americana bajo la dominación
       española._

En tanto que los Monarcas austriacos y los Reyes de la casa de Borbón
daban pruebas de su amor a la justicia y del cariño que sentían por
los indios, también eran dignos de fama y renombre no pocos Virreyes,
Gobernadores, Presidentes, Corregidores, Arzobispos y Obispos. No
todos, ni aun una gran mayoría, como fuera nuestro deseo; pero muchos
fueron tolerantes y buenos, como lo confirman antiguos cronistas y
modernos historiadores.

Nadie--por exigente que sea--escatimaría aplausos a Antonio de Mendoza
y a Luis de Velasco, virreyes de México; a Manuel de Guirior, virrey
del Perú; a José Antonio Manso de Velasco, Gobernador de Chile; a
Miguel de Ibarra, Presidente del Ecuador, y a Andrés Venero de Leyva,
Presidente de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá. Entre los prelados,
justo será recordar los nombres insignes de Santo Toribio de Mogrovejo,
Arzobispo de Lima, y de Fr. Juan de Zumárraga, Arzobispo de México.
Protectoras incansables las autoridades españolas de la religión y de
las órdenes religiosas, la religión fué desde la cuna hasta la muerte
el sentimiento general lo mismo del español que del indio. Tanto las
autoridades civiles como las eclesiásticas se desvelaron por extender
la civilización, abrir escuelas, establecer imprentas y llevar a todas
partes el mejoramiento y el bienestar. Que en el esplendoroso cuadro de
los Gobiernos españoles hubo algunas y, si se quiere muchas manchas,
nada importa, pues toda obra humana las tiene en más o menos cantidad,
con mayor o menor fuerza señaladas. No hemos de negar que no siempre
estuvieron acertados los Reyes y los Gobiernos en el nombramiento de
las autoridades, lo mismo civiles que militares, para las colonias. Con
mucha frecuencia se impuso el favoritismo y ocuparon elevados puestos
hombres aduladores, necios e intrigantes, cuando no avaros, codiciosos
y crueles.

Para terminar esta materia permítasenos recordar algunos hechos
y dirigir una pregunta. No olvidéis que a últimos del siglo XV
desconocíais la escritura alfabética, los progresos de las ciencias y
las bellezas de las artes, ni teníais arados para cultivar vuestras
tierras, ni utensilios de hierro para todas las necesidades de la
vida, ni carros en que transportar vuestras mercancías, ni buques de
alto bordo para recorrer los mares, ni moneda de ley para el cambio de
vuestros productos. No olvidéis que a últimos del siglo XV ni siquiera
teníais noticia de los animales domésticos, ni sabíais nada del cultivo
de los cereales. No olvidéis que durante largo lapso de tiempo, unidas
España y América han marchado por tierras y mares realizando su vida,
a veces con gran trabajo, a veces con facilidad extrema; pero siempre
con fe y entusiasmo. ¡Americanos! En uno de los platillos de sensible
balanza colocad lo bueno que habéis recibido de los españoles, y en el
otro platillo colocad lo malo. ¿Qué pesa más?

«¡América para los americanos! Tal es la consigna adoptada--escribe
Reclus--por las repúblicas del Nuevo Mundo para oponerse a las
tentativas de intervención de las potencias europeas en los asuntos
interiores del continente occidental. Bajo el punto de vista político,
no cabe duda que los Estados americanos no han de temer ya los
ataques de ningún adversario, y no se sabe si tolerarán mucho tiempo
en aquellas regiones la existencia de colonias dependientes de un
Gobierno extranjero. Si oficialmente posee todavía la Gran Bretaña
la cuarta parte de la superficie del Nuevo Mundo, casi la totalidad
de aquel inmenso espacio está desierto, y las provincias habitadas,
constituyen, por decirlo así, una república independiente, en la que
el poder real sólo está representado en el nombre, y por todo ejército
tiene un regimiento acampado en una punta de tierra en el sitio más
inmediato a Europa, como si estuviese aguardando órdenes para regresar
a la Metrópoli. Los pueblos del Nuevo Mundo tienen, pues, asegurada
su autonomía política contra toda mira ambiciosa del extranjero; pero
bajo el aspecto social, América dista mucho de ser de los americanos;
es de todos los colonos del antiguo mundo que a ella acuden y en ella
encuentran nueva patria, aportando sus usos y costumbres hereditarias,
al par que sus ambiciones, sus esperanzas y la necesaria fuerza para
acomodarse a un nuevo modo de ser. Los que por distinguirse de los
hombres civilizados del resto del mundo se llaman _americanos_, son
también hijos o nietos de europeos; el número de estos americanos
aumenta en más de un millón cada año por el excedente de los nacidos
sobre los muertos; además, aumenta en más de otro millón con los
colonos recién llegados, que a su vez se llaman pronto americanos, y a
veces miran como intrusos a los compatriotas que llegan tras ellos. El
mundo trasatlántico es un campo experimental para la vieja Europa, y
como en el antiguo mundo, se prepara allí la solución de los problemas
políticos y sociales en bien de la humanidad»[24].

       [24] _Geografía universal, América septentrional_, págs. 83 y
       84.

Viene al caso recordar que allá en el año 1824, el Congreso de
Panamá, siguiendo las inspiraciones de Bolívar, entre otros asuntos,
procuró establecer un pacto de unión y de liga perpetua contra España
o contra cualquier otro poder que procurase dominar la América,
impidiendo además toda colonización europea en el nuevo continente,
toda intervención extranjera en los negocios del Nuevo Mundo[25].
Los temores de Bolívar tenían su razón de ser después de pelear en
_Ayacucho_ con ejércitos de Europa. Añade con acierto J. B. Alberdi,
lo siguiente: «Si Bolívar viviera hoy día, como hombre de alto
espíritu, se guardaría bien de tener las ideas de 1824 respecto a
Europa. Viendo que Isabel II nos ha reconocido la independencia de
esa América que nos dió Isabel I hace tres siglos, lejos de temer a
la España como a la enemiga de América, buscaría en ella su aliada
natural, como lo es, en efecto, por otros intereses supremos que han
sucedido a los de una dominación concluida por la fuerza de las cosas.
Los peligros para las Repúblicas no están en Europa. Están en América:
son el Brasil, de un lado, y los Estados Unidos, del otro»[26].

       [25] Véase _Simón Bolívar_, págs. 179 y 180.

       [26] _Simón Bolívar_, pág. 180. Madrid, 1914.

Algunos escritores americanos tienen a gala el denostar a España.
Rechazan indignados la idea de que se les atribuyan las cualidades
de nuestra raza. No quieren llevar en sus venas sangre española. El
argentino Domingo F. Sarmiento, autor de la excelente obra _Facundo o
Civilización y barbarie_, tuvo el mal gusto de censurar con acritud las
costumbres españolas en su libro _Viajes por América, Europa y Africa_.
Contra Sarmiento escribió nuestro Martínez Villergas el folleto
titulado _Sarmenticidio_, al cual sirve de preliminar composición
poética que el inspirado vate había publicado en París el año 1853. En
ella se lee lo siguiente:

    _Quemó Erostrato el templo de Diana,_
    _Y usted, por vanagloria,_
    _Maldice de su raza la memoria:_
    ....................................

La misma animosidad contra España ha manifestado recientemente Fernando
Ortiz, catedrático de la Universidad de la Habana, en su libro _La
Reconquista de América_. Otros no les han seguido por el mismo camino
en su enconada ojeriza a la madre Patria.

Por fortuna, creemos que no están en mayoría los escritores que piensan
como Sarmiento y Ortiz. No pocos--aunque nosotros quisiéramos que fuese
mayor el número--aprovechan cuantas ocasiones se les presentan para
manifestar su cariño a España. Con singular complacencia hemos leído
varias veces el siguiente párrafo del Sr. Riva Palacio, ministro de
México en Madrid:

  «No se conserva memoria--dice--de otro pueblo que, como el
  español, sin desmembrar su territorio patrimonial y sin perder la
  existencia social y política, haya formado directamente diez y
  seis nacionalidades enteramente nuevas sobre la faz de la tierra,
  hoy ya emancipadas, y a la que legó sus costumbres, su idioma,
  su literatura, su altivez, su indomable patriotismo y el celo
  exagerado por su autonomía. Diez y seis nacionalidades que marchan
  todas por el camino del progreso, y que, reconociendo con su
  origen todas esas identidades, procuran estrechar cada día más sus
  relaciones, creando una virtud cívica hasta hoy desconocida, el
  patriotismo continental, que hace de cada americano como un hijo
  cualquiera de las otras Repúblicas; y quizá algún día la España,
  hija del antiguo mundo, podrá decir delante de esas diez y seis
  nacionalidades, como Cornelia la romana: «Tengo más orgullo en ser
  la madre de los Gracos, que la hija de Escipión el Africano»[27].

       [27] Discurso leído por el general Riva Palacio en el Ateneo
       de Madrid el 18 de Enero de 1892, pág. 9.

Entre los papeles de Manuel Araujo, electo presidente de la República
de San Salvador en el año 1911, y fallecido en 1914, hallamos uno, en
el cual se consigna este hermoso pensamiento:

  «La obra afanosa de mi agitada vida va cumpliéndose. Bajo la égida
  protectora de Dios, mis flores, mis ensueños de progreso para la
  patria antigua y de libertad para mi pueblo amado, van siendo una
  hermosa realidad»[28].

       [28] Véase _Libro Araujo_.--San Salvador, Imprenta Nacional,
       1914.

Merece trasladarse también aquí lo que Alejandro Alvarado Quirós ha
escrito al visitar el sepulcro de Colón en Sevilla. Dice así:

  «Los pueblos de América deberían visitarlo en cruzadas como el más
  sagrado de sus cultos; tuvo para nosotros un resplandor celeste,
  una palabra profundamente religiosa, superior a las que el espíritu
  del gran guerrero, del artista y del santo nos dijeron al oído, y
  que sólo podría ser superada por la armonía inefable de nuestras
  creencias, evocadas ante la piedra tumular y el sepulcro abierto y
  luminoso de Jerusalén»[29].

       [29] _Bric-Brac._--San José de Costa Rica.--Alsina, 1914.

En _La Nota_, periódico de Buenos Aires, ha publicado últimamente
José Enrique Rodó un artículo donde, entre otras cosas dignas de
nuestra gratitud, se lee este párrafo: «Cualesquiera que sean las
modificaciones profundas que al núcleo de civilización heredado ha
impuesto nuestra fuerza de asimilación y de progreso; cualesquiera que
hayan de ser en el porvenir los desenvolvimientos originales de nuestra
cultura, es indudable que nunca podríamos dejar de reconocer y confesar
nuestra vinculación con aquel núcleo primero, sin perder la conciencia
de una continuidad histórica y de un abolengo que no da solaz y linaje
conocido en las tradiciones de la humanidad civilizada.»

De Blanco Fombona son las palabras que copiamos de la revista
_Renacimiento_, de la Habana: «La holgazanería española, que es una de
las frases hechas más injustas, labora minas en Bilbao, cultiva viñedos
en la Mancha y Aragón, cría ganados en Andalucía y ejerce toda suerte
de industrias en Cataluña y Valencia. En un momento de holgazanería
española, echaron nuestros abuelos a los moros de la Península,
descubrieron, conquistaron y colonizaron a América, y abriendo los
brazos en Europa, con gesto heroico y magnífico, pusieron una mano
sobre Flandes y sobre Nápoles la otra.»

A José Ingenieros, crítico argentino y autor, entre otras obras, de
las intituladas _Simulación en la lucha por la vida_ y _Al margen de
la ciencia_, le colocamos entre los defensores de España, aunque otra
cosa digan críticos suspicaces. De la _Revista de Filosofía_, de Buenos
Aires, correspondiente al año de 1916, copiamos el siguiente párrafo de
largo artículo:

  ... «Mi anhelo de español sería que en los libros de los niños de
  hoy--los españoles de mañana--se enseñara a venerar la memoria de
  un Isidoro, de un Lulio, de un Vives y de un Servet, en vez de
  seguir mintiendo las aventuras del Cid--que vivió mucho tiempo
  con dinero de los moros--, las glorias de Carlos «Quinto» de
  Alemania--que nadie conoce por Carlos «Primero» de España--, ni la
  fastuosa magnificencia de los siguientes Hapsburgos--que por la
  indigencia en que vivieron no fuéronle en zaga a ningún estudiante
  de novela picaresca.

  Constituída una nueva moral, poniendo como ejemplo la tradición de
  sus pensadores y de sus filósofos, a España le sobrarán fuerzas
  para renacer; las hay en cada provincia o región; muchas de ellas
  pujan ya en vuestra Cataluña intensa y expansiva.»

Entre los inspirados vates que mas han amado a España, ataremos a Rubén
Darío. Recordamos aquellos versos:

      _No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo_
    _ni entre momias y piedras reina que habita el sepulcro_
    _la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,_
    _que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas;_

o aquellos de Chocano:

      _Y así América dice: ¡Oh madre España!_
    _Toma mi vida entera;_
    _que yo te he dado el sol de mi montaña_
    _y tú me has dado el sol de tu bandera,_

o aquellos otros de Gómez Jaime;

      _Y a España, madre egregia que fecundó tu historia,_
    _le ofrecerás tu sangre, le rendirás tu gloria;_
    _y el triunfo de la raza le ofrendarás también;_

o los de Andrade Coello:

      _Erguido quedará siempre,_
    _porque su cumbre tremola_
    _mi altiva ensena española_
    _que tu raza no arriará;_

o, en fin, otros muchos inspirados en el mismo sentimiento hacia España.

Al querer--como poco antes se dijo--la unión de los pueblos
hispano-europeos con los hispano-americanos, no deseamos de ningún modo
la enemiga con los de raza anglo-sajona. Pruebas habremos de dar en
el curso de nuestra obra, no sólo del respeto, sino de la admiración
que sentimos por la gran República de los Estados Unidos del Norte de
América.

Algunas veces hemos llegado a creer--y de ello estamos
arrepentidos--que, para contrarrestar el imperialismo de los Estados
Unidos, debieran confederarse todos los pueblos de raza española del
Nuevo Continente y con ellos el lusitano americano, bajo la suprema
dirección de los más poderosos (el Brasil, la Argentina, Chile, etc.)

De un artículo de Castelar copiamos lo siguiente: «Pero cuando la
raza anglo-sajona pretende negar nuestra influencia en América,
hacer suyo todo aquel mundo, turbar la paz de nuestras Repúblicas,
acrecentar su poderío, a costa de nuestro mismo territorio, contar
entre sus estrellas a Cuba; cuando esto suceda, fuerza es que todos
los que de españoles nos preciamos, unamos nuestras inteligencias y
nuestras fuerzas para no consentir tamaña degradación y estar fuertes
y apercibidos en el día de los grandes peligros, de las amenazadoras
desventuras»[30].

       [30] _La unión de España y América._

Aunque llegó el día tan temido, no se unieron nuestras inteligencias
ni nuestras fuerzas, o mejor dicho, nuestras inteligencias y nuestras
fuerzas fueron vencidas por el inmenso poder de los Estados Unidos. Con
pena habremos de confesar que lo mismo América que Europa se alegraron
para sus adentros de las desgracias de España.

Trasladaremos también a este lugar lo que ha escrito el académico Sr.
Beltrán y Rózpide, recordando seguramente la destrucción de nuestras
escuadras en Santiago de Cuba y en Cavite. «Si hoy los historiadores,
dice, encuentran las raíces de la decadencia de España en los mismos
días de Carlos I y de Felipe II, en los tiempos de Mac Kinley y
Roosevelt habrán de investigar los historiadores del porvenir el remoto
origen o causa primera de la disolución y ruina de los Estados Unidos
del Norte de América»[31].

       [31] _Los pueblos hispano-americanos en el siglo XX_, pág.
       296. Madrid, 1904.

Ni paramos mientes, ni damos valor alguno a juicios más apasionados que
justos de ilustrado escritor, cuyo libro ha sido publicado en estos
mismos días. El autor es el agustino P. Teodoro Rodríguez, Rector de
la Universidad de El Escorial, y el libro se intitula _La civilización
moderna_.

«No vamos a estudiar--dice--aunque bien pudiéramos hacerlo, ciertos
actos de carácter internacional, y por todos conocidos, suficientes
para colocar a quien los realiza, sea persona individual o colectiva,
entre los profesionales del bandidaje y de la piratería; nos referimos
a la usurpación de España por los Estados Unidos de sus colonias
Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Tampoco queremos estudiar, la Historia
dará sobre ello su veredicto, la intervención _extraoficial_ en las
cuestiones de México y en la actual gran guerra europea, que para
algunos pone en entredicho su honorabilidad como nación»[32].

       [32] Págs. 153 y 154.

Cuando los hijos de Cuba, Puerto Rico y Filipinas no se hallen
contentos con su estado actual, cuando echen de menos el Gobierno de la
antigua Metrópoli y cuando el progreso se haya interrumpido o cortado
en aquellos países, entonces y sólo entonces estaremos conformes con el
sabio agustino.

Nada importa que España haya perdido una provincia, dos o veinte. Lo
que importa es que la guerra no destruya aquellas ciudades, ni se
hiera ni se mate en aquellas tierras. Lo que importa es que al ruido
de la pólvora haya sucedido el reino de la paz y del amor. Entretanto
que geógrafos y religiosos condenan a los hijos de Wáshington y de
Franklin, nosotros bendecimos a Dios y entonamos un cántico a la
libertad e independencia de los pueblos. ¡Bendita sea la hora en que la
fuerza fué vencida por el derecho!

Triste, muy triste es que España, la primera nación que tuvo la
fortuna de llegar a América y la única que fué dueña de más extensos
territorios, nada posea en nuestros días. La culpa es nuestra. Pero
olvidándolo todo, casi me atrevería a rogar al geógrafo Beltrán y
Rózpide y al teólogo P. Martínez que me acompañaran a rezar una oración
ante las tumbas de españoles y de americanos, pues las de aquéllos y
las de éstos se hallan bajo las flores del mismo cementerio. (Apéndice
D.)

Grande es el amor que tenemos a España; grande es también el amor que
tenemos a nuestras antiguas colonias. Pero no dejamos de reconocer que
en esta vieja Europa los hombres sólo piensan en matarse unos a otros
y las naciones en destruirse; en esa joven América, salvo algunas
excepciones, los hombres son laboriosos, emprendedores, y las ciudades
poseen inmensas fábricas dedicadas a la industria y al comercio. Aunque
dichas naciones, lo mismo las europeas que las americanas, sufren
terribles enfermedades sociales, la historia enseña que las primeras
salen de sus crisis maltrechas y debilitadas, al paso que las segundas
continúan prósperas y poderosas.

Si allá en los primeros tiempos de la historia, el progreso, después
de cumplir su misión en Egipto, pasó a Caldea, China e India, luego
a Grecia y Roma y tiempo adelante a los pueblos todos de Europa, en
nuestros días ¿emprenderá su marcha al Nuevo Mundo? De Africa pasó al
Asia, y de Asia a Europa; ¿pasará al presente de Europa a América?
¿Buscará otro campo de acción en las orillas del San Lorenzo, del
Mississipí, del Amazonas o del Plata? Cuando haya pasado la crisis
terrible porque atraviesa Europa, contestaremos, ya tranquilo nuestro
espíritu, que el Antiguo y Nuevo Mundo seguirán su marcha progresiva
y realizarán, cada vez con mayor entusiasmo, la ley del amor y de la
justicia.



II

PLAN DE LA OBRA.


Por lo que respecta al plan de la obra, nos proponemos reseñar la
vida de los pueblos americanos de una manera clara y ordenada. En
cinco partes dividiremos la HISTORIA DE AMÉRICA: trataremos en la
primera de la América antes de Colón, o sea, de las primitivas razas
que poblaron el Nuevo Mundo; en la segunda del descubrimiento de las
Indias Occidentales y de los descubrimientos anteriores y posteriores
al del insigne genovés; en la tercera de las conquistas realizadas
por los españoles y otros pueblos de Europa; en la cuarta de los
diferentes Gobiernos establecidos en aquellos países o de los Gobiernos
coloniales, y en la quinta de la guerra de la independencia y de los
sucesos acaecidos en aquellos pueblos hasta nuestros días.

Estas cinco partes o épocas se estudiarán en tres tomos; las dos
primeras, o sea América precolombina y los descubrimientos serán
materia del tomo primero; la conquista del país y los Gobiernos
coloniales se expondrán en el tomo segundo, y la independencia de todos
los Estados hasta nuestros días formarán la historia del tomo tercero.

Veamos más detalladamente los asuntos que se incluirán en cada una
de las cinco partes. Después del Prólogo damos algunas noticias
geográficas del Nuevo Mundo, pasando luego a tratar de la Prehistoria
y de la aparición del hombre en el continente americano, procurando
resolver la cuestión de si es o no es autóctono; y en caso contrario,
cuál es su procedencia y el camino que siguió para llegar a América.
En seguida tratamos de las razas y tribus que habitaron el suelo
americano antes del descubrimiento. Si vaga y corta es la historia de
los pueblos que llamamos civilizados, casi nula es la de los pueblos
bárbaros. Algunas noticias daremos acerca del estado social de los
indios, de su lengua, de sus conocimientos científicos y artísticos.
Después se estudiará el estado de España durante el reinado de los
Reyes Católicos, y luego los importantes descubrimientos geográficos
anteriores al del Nuevo Mundo.

Así como poetas y santos presentían la invasión de los germanos y la
muerte de Roma, y así como sabios y Papas anunciaban la llegada de
los turcos y la destrucción de Constantinopla, de la misma manera los
isleños de la Española tenían como cosa cierta que de lejanas tierras
vendrían unos guerreros a derrocar los altares de sus dioses, a
derramar la sangre de sus hijos y a reducir a eterna esclavitud a todos
los habitantes del país; los sacerdotes del Yucatán profetizaron que
había llegado el fin de los vanos dioses, que ciertas señales indicaban
próximos y terribles castigos, que estaban cerca los hombres encargados
de traer la buena nueva, que aborreciesen a los dioses indígenas y
adoraran al Dios de la verdad, y, por último, que se vislumbraba
ya la señal de nueva vida, la cruz que había iluminado al mundo; y
Huayna Capac, el último Emperador del Perú, cuando comprendió que se
aproximaba el último momento de su vida, llamó a sus dignatarios y les
anunció la ruina del imperio por extranjeros blancos y barbudos, según
habían pronosticado los oráculos, ordenándoles no hiciesen resistencia,
antes por el contrario, se sometiesen de buen grado. Al mismo tiempo
cometas cruzaban los cielos llenando de terror a los peruanos, la
luna apareció teniendo a su alrededor círculos de fuego de diferentes
colores, un rayo cayó en uno de los reales palacios destruyéndolo
completamente, los terremotos se sucedían unos tras otros y una águila
perseguida por varios alcones vino a caer herida en la plaza del Cuzco;
hecho que presenciaron aterrados muchos nobles incas, quienes creyeron
que era aquello triste agüero de su propia muerte. Del mismo modo que
aquel Dios Pan, tan alegre y risueño, que se precipitó, allá en los
tiempos antiguos, como dice Castelar, en las ondas del Mediterráneo
buscando la muerte[33], y cuyos tristes quejidos oían de noche los
navegantes que surcaban los mares helénicos, otros dioses, en el siglo
XVI, exhalaban su último suspiro cerca de las playas americanas--según
cuentan los sacerdotes indios--y eran reemplazados por el Dios de la
verdad, de la justicia y de la misericordia.

       [33] _La civilización de los cinco primeros siglos del
       Cristianismo_, tomo I, pág. 352.

Con todo detenimiento será objeto de nuestro estudio la vida de
Cristóbal Colón y los cuatro viajes que hizo al Nuevo Continente.

Ultimamente nos fijaremos en los descubrimientos y expediciones de
Alonso de Ojeda, Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís, Vasco Núñez
de Balboa, Juan Ponce de León, Juan de Ampués, Rodrigo de Bastidas y
Francisco Orellana.

El tomo segundo está dedicado a la conquista del territorio y a los
Gobiernos de los diferentes Estados. Lo primero que se presenta a
nuestro estudio es la América septentrional, esto es, la Groenlandia,
el Canadá y las colonias inglesas. Seguirá a la conquista de México, la
de la América Central (Guatemala, Honduras, San Salvador, Nicaragua y
Costa Rica); también las Antillas, y, por último, la América Meridional
(Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Patagonia, Colombia, Venezuela,
Ecuador, Las Guayanas, Paraguay, Uruguay y Brasil).

Libre España de la guerra con los hijos del Profeta, dos rumbos
diferentes tomaron nuestros guerreros: unos marcharon a Italia sin
otra mira que conquistar laureles en los campos de batalla, dirigidos
por aquel ilustre político y valeroso soldado, a quien la Historia
designa con el nombre de _El Gran Capitán_; otros, tomaron camino de
Occidente buscando aventuras, o más bien guiados por la idea del lucro
o por la codicia de oro y piedras preciosas, oro y piedras preciosas
que abundantes se hallaban en la nueva tierra de promisión. «En las
guerras del Nuevo Mundo, escribe lord Macaulay, en las cuales el arte
estratégico vulgar no podía ser bastante, como tampoco la ordinaria
disciplina en el soldado; allí, donde se hacía necesario desbaratar y
vencer cada día por medio de alguna nueva estratagema la instable y
caprichosa táctica de un bárbaro enemigo, demostraron los aventureros
españoles, salidos del seno del pueblo, una fecundidad de recursos y
un talento para negociar y hacerse obedecer de que apenas daría otros
ejemplos la Historia»[34].

       [34] _Estudios históricos_, pág. 5.

Inmediatamente será objeto de examen el Gobierno de los franceses e
ingleses en el Canadá, deteniéndonos en las guerras intercoloniales.
No deja de ser interesante la política seguida por ingleses, franceses
y españoles en los Estados Unidos. Después de exponer los hechos de
la Capitanía general de Guatemala (San Salvador, Nicaragua, Honduras y
Costa Rica), daremos ligera idea de las luchas religiosas en la América
española, pasando inmediatamente a hacer ligera reseña de los sucesos
acaecidos en el Gobierno de las islas Mayores y Menores, Virreinato
del Perú, Capitanía general de Chile, Gobierno y luego Virreinato de
Buenos Aires, Gobierno de Colombia y luego Virreinato de Nueva Granada,
Gobiernos de Quito, Panamá, Venezuela, Paraguay, Uruguay y Brasil.

Seguirá el estudio de la organización interior de los Estados, ya de
raza anglo-sajona, ya de raza ibera. Allí veremos que franceses e
ingleses defendieron y engrandecieron el territorio. Igual conducta
siguieron las autoridades españolas en nuestras colonias. Del mismo
modo en el tomo citado daremos exacta noticia de las Audiencias,
Consulados, Cabildos y otros tribunales menos importantes, como también
de la Inquisición y de la esclavitud. Además de las Encomiendas,
procuraremos fijarnos muy especialmente en la Casa de la Contratación
de Sevilla, en el Real y Supremo Consejo, y en las Leyes de Indias. Con
algunas consideraciones acerca de la instrucción pública, de la cultura
literaria, artística e industrial, terminaremos la materia del tomo
segundo.

Asunto del tomo tercero y último será la independencia de las colonias,
ya de raza inglesa, ya de raza española. Antes diremos algo de la cuasi
independencia del Canadá en los últimos años. Tres nombres gloriosos
aparecen iluminando los primeros tiempos de la independencia de los
Estados Unidos: los americanos Franklin y Washington y el francés
Lafayette. Respecto a las colonias de la América española, creemos
indispensable y aun de importancia suma dar a conocer el estado en que
se hallaban al comenzar la guerra; esto es, reseñaremos los movimientos
precursores de la mencionada guerra, el carácter diferente que tuvo
en cada uno de los países, las noticias que nuestros gobernantes de
allá comunicaban de los sucesos y el efecto que dichas noticias hacían
en la metrópoli, las medidas o resoluciones que tomaba el gobierno
de Madrid, las instrucciones que se dieron a los comisionados para
la pacificación y los resultados que produjeron, no olvidando las
relaciones interesadas de algunas potencias con los insurgentes. Nótase
a primera vista una diferencia entre los Estados Unidos y las colonias
españolas; los Estados Unidos son--y permítasenos la palabra--un pueblo
trasplantado desde el Antiguo al Nuevo Mundo, y nuestras colonias se
hallan formadas por razas americanas injertas en españoles; sólo el
Brasil es hijo de Portugal.

Cuando se vió que los destinos públicos principales se proveían
casi siempre en hijos de España y no en americanos[35], cuando las
Reducciones[36], Repartimientos[37] y Encomiendas[38] levantaron una
muralla entre conquistadores y conquistados, y cuando se agotó la
paciencia de los indios, entonces se notaron los primeros síntomas de
la revolución por la independencia.

       [35] De 170 virreyes que hubo en América, sólo cuatro fueron
       de dicho país y los cuatro hijos de empleados: de 602
       capitanes generales de provincia, 14 fueron originarios del
       Nuevo Mundo, y de 706 obispos, 105 únicamente nacieron en
       aquellas lejanas tierras.

       [36] Pueblos de indios convertidos a la religión católica.

       [37] Familias indígenas repartidas a los colonos.

       [38] Distritos con sus respectivos habitantes distribuídos a
       conquistadores y colonos.

Ya los franceses habían realizado los hechos más brillantes de su
gloriosa historia, y los americanos de los Estados Unidos habían
mostrado al mundo el heroísmo que alentaba sus espíritus; ya la tabla
de los derechos del hombre, como nuevo Evangelio, se había grabado con
letras de fuego en el corazón de aquellas gentes.

Escondidos en las asperezas de los montes y al abrigo de los espesos
bosques, en los hondos valles y estrechos desfiladeros, buscaron su
salvación aquellos pobres indios, ya de pura raza, ya mestizos (hijos
de españoles e indias), y ya mulatos (hijos de españoles y negras).
Otros formaban parte de las sociedades secretas, ramas de la masonería,
extendidas por todos los Virreinatos y Gobiernos de América. Aquéllos
y éstos se disponían a librar a la patria del dominio español. Algunos
se agitaban en el mismo sentido; pero más al descubierto, sin temor a
nada ni a nadie. Publicábanse muchos folletos subversivos y canciones
revolucionarias; se urdían diabólicos proyectos y conjuraciones. A
veces, fingiéndose decididos partidarios de Fernando VII, nombraban
Juntas, las cuales, después de muchas protestas de fidelidad, acababan
por proclamar la República. El fuego de la insurrección se extendió
pronto por Venezuela, El Ecuador, Bolivia, Perú y Colombia.

Después estudiaremos las citadas Repúblicas, desde la muerte de
Bolívar, procurando no olvidar los acontecimientos de más bulto
acaecidos en dichos pueblos. Seguirá inmediatamente la narración de
los hechos, ya del Paraguay y Uruguay antes de la independencia, ya
de la independencia de Chile y Buenos Aires. Se darán también algunas
noticias acerca del Chaco y de la Patagonia, desde los últimos años del
siglo XVIII, para entrar de lleno en el estudio de la independencia de
México, Paraguay, Uruguay, de toda la América Central (Guatemala, San
Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa-Rica). En todas partes apenas
era obedecida la autoridad de nuestros Virreyes. Donde se conservaba
la dominación española, era a fuerza de gastar hombres y dinero, sin
comprender que un poco antes o un poco después, el resultado debía ser
el mismo, porque la hora de la independencia había sonado en el reloj
de las colonias españolas.

Registraremos inmediatamente el hecho de la independencia del Brasil,
Santo Domingo, Haití, Cuba, Puerto Rico y Panamá. Los últimos capítulos
se refieren a Jamaica, las Guayanas y las pequeñas Antillas, de todo
lo cual nos ocuparemos con poca extensión. «Un mundo entero--como dice
Lafuente--que se levanta resuelto a sacudir la esclavitud y la opresión
en que se le ha tenido, no puede ser subyugado por la fuerza»[39].

       [39] _Historia de España_, tomo XXVII, págs. 66 y 67.

Entre los valerosos revolucionarios, cuyos nombres guardará eternamente
la historia, se hallan Hidalgo y Morelos, en México; O'Higgins, en
Chile; San Martín y Belgrano, en la Argentina; Sucre, en el Perú, y
Bolívar en el Ecuador, Bolivia, Perú, Venezuela y Colombia. Simón
Bolívar es superior, muy superior a todos. Paladín tan esforzado
ocupa--como expondremos en diferentes capítulos de esta obra--el primer
lugar en la historia de las Indias. Tentados estamos a decir que le
consideramos superior a Washington y Napoleón. Los dos últimos tuvieron
a su lado hombres, que con sus luces les alentaron en sus empresas, y
pueblos unidos que les siguieron entusiasmados a todas partes; pero
Bolívar, ni halló hombres que tuvieran conocimientos prácticos de
gobierno, ni encontró pueblos que comprendiesen sus altas cualidades.
Sólo él pudo decir en una de sus proclamas: «El mundo de Colón ha
dejado de ser español.»

Creeríamos dejar incompleta nuestra obra si no estudiásemos las
Ciencias, Letras, Bellas Artes, Industria y Comercio, en el Canadá,
Estados Unidos y Estados Hispano-americanos. Con singular cariño
recordaremos los nombres de los prosistas y poetas, porque unos y otros
han inculcado en el pueblo americano el profundo sentimiento de la
patria. Objeto será de especial estudio, la fauna, flora y gea de aquel
hermoso continente.

Para terminar, sólo nos resta decir, que al fin de cada tomo
colocaremos los Apéndices correspondientes.



III

FUENTES DE CONOCIMIENTO.


Consideremos las fuentes de conocimiento. Para que nuestro estudio
sea lo más completo posible, conviene recordar: 1.º Los monumentos
históricos precolombinos que se han encontrado en aquellas antiguas
tribus. 2.º Las obras históricas que tratan del descubrimiento,
conquista, colonización, gobierno e independencia de las diferentes
colonias españolas en las Indias.

De los mayas (tribus que se hallaban en México y en la América Central)
se conservan los llamados libros del _Chilan Balam_ (ciencia de los
sacerdotes). Cada uno de estos libros se distingue por el nombre del
pueblo en que se encontró; así se intitulan libro de _Chilan Balam de
Nabula_, de _Chumayel_, de _Mani_, de _Oxkatzcab_ y otros. Brinton cita
hasta 16, y en ellos se registran curiosas e interesantes noticias.
Hállanse algunos adornados con diferentes signos y aun con retratos más
o menos perfectos.

De los quichés de Guatemala, se admira el _Popol Vuch_ (libro
nacional). Encontróse en el pueblo de Santo Tomás de Chichicastessango,
y fué traducido al castellano por el Padre Francisco Ximénez, a
principios del pasado siglo. En el año 1861 el abate Brasseur de
Bourbourg lo vertió al frances, haciendo notar que los dos primeros
libros eran una traducción del Tevamoxtli de los toltecas. «De las
cuatro partes que contiene, las dos primeras se refieren a las ciencias
poseídas por los sabios quichés, y las dos últimas a las tradiciones y
anales de aquellas gentes hasta la conquista por los españoles»[40].

       [40] Sentenach, _Ensayo sobre la América Precolombina_, pág.
       73. Se ignora el nombre del autor del _Popol Vuch_; pero
       se cree que fué escrito quince o veinte años después de la
       conquista, por algún individuo de la familia real de quiché.

Además del Popol-Vuch, se encuentra otro documento, traducido por el
citado Brasseur con el título de _Memorial de Tepan-Atilan_, que es un
manuscrito en lengua cakchiquel[41].

       [41] Estaba (año 1845) en los Archivos del Gobierno
       eclesiástico de Guatemala, y la versión se hizo en 1855.

Pasando por alto el drama titulado _Rabinal Achi_ de los quichés,
la comedia del _Güegüence_ o del _viejo ratón_ (Nicaragua) y el
drama _Ollanta_ de los incas, se pueden considerar los tres códices
quichés-mayas que llevan los nombres de _Dresde_ (porque se conserva
en la Biblioteca Real de dicha ciudad), _Troano_ y _Cortesiano_
(fragmentos de un tercero) que se hallan en el Museo Arqueológico
Nacional[42], y el _Pereziano_, existente en la Biblioteca Nacional de
París[43].

       [42] Llámase _Troano_ porque perteneció a D. Juan de Tró,
       quien lo vendió al Estado.

       [43] Se denomina _Pereziano_ porque su primitivo poseedor fué
       un español de apellido Pérez.

[Ilustración: Página del _Códice Cortesiano_.]

Semejantes Códices los encontró el madrileño Gonzalo Fernández de
Oviedo, en Nicaragua, y de ellos hizo la siguiente descripción en
su _Historia natural y general de las Indias, Islas y Tierra Firme
del mar Océano_[44]: «Tenían (los de Nicaragua) libros de pergamino
que hacían de cueros de venados, tan anchos como una mano o más, e
tan luengos como diez o doce passos, e más e menos, que se encogían
e doblaban e resumían en el tamaño e grandeza de una mano por sus
dobleces uno contra otro (a manera de reclamo), y en éstos tenían
pintados sus caracteres o figuras de tinta roja o negra, de tal
manera que _aunque no eran lectura ni escriptura_, significaban e se
entendían por ellos todo lo que querían muy claramente, y en los tales
libros tenían pintados sus términos y heredamientos, e lo que más les
parecía que debía estar figurado, así como los caminos, los ríos, los
montes e boscages e lo demás, para los tiempos de contienda o pleyto
determinarlos por allí, con parecer de los viejos o _güegües_ (que
tanto quiere decir _güegüe_ como viejo).»

       [44] Libro XLII, cap. I.--Sevilla, 1535.

En la región del Anahuac debieron existir muchos Códices como los
citados, siendo en mayor número y más notables los de los acolhuas,
cuya corte era Tezcuco. Entre los llamados mejicanos, los hay más
bien de procedencia acolhua que azteca, pudiendo servir como ejemplo
los denominados _Borjiano_, _Vaticano_, de _Viena_, de _Bolonia_,
_Fejervary_, de _Berlín_, _Mixteco_ y _Cuicateca_ o de Porfirio Díaz
(existentes los dos últimos en el Museo Nacional de México).

Los Códices aztecas, ya anteriores, ya posteriores a la conquista,
merecen especial estudio. Citaremos los _Bodleianos_ (son tres), los
llamados _Libros de Tributos_, el _Mendozino_, el _Vaticano_ y el
_Teleriano Renensis_.

Consideremos los cronistas de Indias. El insigne Alfonso X dispuso,
mediante una ley de las Partidas, que mientras él estuviera comiendo
se leyesen los grandes hechos de algunos hombres notables, debiendo
también de oir la lectura sus buenos caballeros.

Abolida tal costumbre, poco tiempo después Alfonso XI estableció el
empleo de historiógrafo real, al cual dicho Monarca le impuso la
obligación de escribir los hechos de su antecesor en el trono.

Adquirió importancia el cargo cuando su misión se extendió a narrar los
sucesos acaecidos en el Nuevo Mundo, instituyendo entonces Carlos I un
_primer cronista de las Indias_.

Nombrado Gonzalo Fernández de Oviedo veedor en Tierra Firme y miembro
en el Consejo del Gobernador del Darién, cuando sus ocupaciones se
lo permitían, consignaba los hechos de que él era actor o testigo,
y arreglaba los datos que recibía de varios puntos del continente.
Habiendo atravesado seis veces el Atlántico, y luego, habiendo
desempeñado la gobernación de Cartagena de Indias y la alcaldía de
la fortaleza de Santo Domingo, pudo en sus viajes y en sus destinos
recoger preciosas noticias acerca de los indígenas y de los
conquistadores, como también de los animales, de las plantas y de todo
lo interesante. En uno de los viajes de Oviedo a España (1525), y
hallándose la corte en Toledo, Carlos V dispuso la publicación de los
trabajos de aquel laborioso escritor. La obra se intituló _Sumario de
la natural y general historia de las Indias_, etc. y fué publicada en
Toledo, a expensas del Tesoro Real, por el año de 1526. Dicho libro
valió a Oviedo el nombramiento de _Cronista Mayor de las Indias_,
con que le honró el Emperador por Real Cédula de 25 de Octubre de
1533. Aunque Oviedo carecía de conocimientos científicos de Historia
natural, su espíritu observador, su constancia y su imparcialidad se
manifestaron en la _Historia general y natural de Indias_, dada a la
estampa en Sevilla el 1535. Prosiguió sus trabajos el cronista por
instancias de Carlos V «hasta completar la historia del descubrimiento
y conquista del Nuevo Mundo que ha servido de fundamento en la parte
antigua para la _Historia Sud-Americana_, con algunas rectificaciones,
obra del estudio, del tiempo, de la habilidad de más modernos
cronistas, como Herrera.»[45]. Murió Oviedo en Valladolid el año 1557,
quedando muchos de sus manuscritos relegados al olvido en algunas
bibliotecas, hasta que la Academia de la Historia de Madrid, con
excelente acuerdo, los dió a la estampa en el año 1851.

       [45] Libro XLII, cap. I, pág. 141.--Sevilla, 1535.

Sucedió a Oviedo en el cargo de cronista Juan Cristóbal Calvete de la
Estrada, que escribió de cosas de América cuatro tomos de _Historia
latina de Indias_, no publicados y de poco valor, según opinan los
inteligentes que vieron los manuscritos.

Tercer cronista de América fué nombrado el 1571 Juan López de Velasco
por Felipe II. El Consejo de Indias, mediante Real Cédula dada en San
Lorenzo el 16 de Agosto de 1572, ordenó a la Audiencia de Santa Fe
que se recopilasen y mandasen a España, para entregarlas a Velasco
«las historias, comentarios o relaciones de los descubrimientos,
conquistas, entradas, guerras o facciones de paz o de guerra que en
aquellas provincias hubiera habido desde su descubrimiento hasta la
época.» Viniesen o no los datos pedidos, lo cierto es que el cronista
nada hizo, y de ello nos felicitamos porque él «pensaba que ésta era
una ciencia acomodaticia que podía ajustarse a las miras políticas del
Soberano, disfrazando los hechos para hacerlos servir a la conveniencia
del que manda.»

Acertado estuvo Felipe II al nombrar en 1596 _cronista de Castilla_ a
Antonio de Herrera, ventajosamente conocido por varios y excelentes
trabajos históricos. Reunió muchos datos y también pudo aprovechar
la _Historia general de las Indias_, guardada en el Colegio de San
Gregorio de Valladolid y compuesta e inédita por Juan Ginés de
Sepúlveda. Del mismo modo tuvo a su disposición otros importantes
escritos de algunos autores que trataron de asuntos de América.

En el año 1599 terminó los cuatro primeros tomos de la _Historia
general de los hechos de los castellanos en las Indias y Tierra Firme
del mar Océano_, publicados en Madrid el 1601. En el mismo año dió a
luz los dos primeros tomos de la _Historia general del mundo en el
tiempo del Rey Felipe II_. Corriendo el 1615 terminó otros cuatro tomos
de la historia de las Indias, los cuales comprenden los hechos desde
1531 hasta 1554, dedicando el último tomo a la descripción geográfica
de América.

En el cargo de cronista, por muerte de Herrera, sucedió Luis Tribaldos
de Toledo, cuya labor se redujo a una sucinta historia de Chile
referente al comienzo de su conquista: murió en 1634.

Mereció ser nombrado cronista el Dr. Tomás Tamayo de Vargas, quien
dedicó toda su actividad a reunir datos para escribir una historia
general de la iglesia en Indias: sorprendióle la muerte el 2 de
septiembre de 1641.

Gil González Dávila sucedió a Tamayo de Vargas. Escribió el _Teatro
eclesiástico de las Iglesias en América_, en dos tomos y en los años de
1649 y 1656. Si la obra es deficiente a veces y aun errónea, no carece
de alguna buena cualidad: murió Gil González Dávila el año 1658.

El nuevo cronista, Antonio de León Pinelo, natural de Lima, según unos,
y de Córdova de Tucumán, según otros, fué nombrado cuando ya era viejo
y se hallaba además enfermo. Dejó inédita--y a esto se reduce toda su
labor--parte de una _Historia Americana_.

Antonio de Solís escribió la _Historia de la conquista de México_, obra
notable por lo castizo y elegante del estilo, por la sensatez de los
juicios y por la profundidad de las sentencias políticas y religiosas:
murió en Madrid el 19 de Abril de 1686, habiéndose publicado su obra
dos años antes.

Nombrado cronista por Carlos II el Dr. en Teología Pedro Fernández
de Pulgar, se creyó que la historia de América, dada la erudición
del mencionado Pulgar, adelantaría mucho; pero no fué así. Pulgar,
siguiendo al pie de la letra a Herrera, dejó a su muerte cuatro
obras de valor escaso, a juicio de sus contemporáneos, intituladas:
una, _Historia de las Indias_; otra, de _México_; la tercera, de la
_Florida_, y la cuarta, de _América Eclesiástica_.

Sucedió a Pulgar en el cargo de cronista Miguel Herrera de Ezpeleta.
Nombróle en 1735 Felipe V, y nada publicó en los quince años de su
empleo.

Aunque por Real Cédula de 25 de Septiembre de 1744 se dispuso que la
_Academia de la Historia_ se encargase de la crónica de Indias, cuando
por la muerte de Ezpeleta debía aquélla entrar en funciones, el Rey
nombró cronista a Fray Martín Sarmiento, cargo que desempeñó unos cinco
años.

Nombróse en el 1755 una comisión encargada de revisar los documentos
históricos de América reunidos hasta entonces, para llevar los que
fuesen útiles a una _Biblioteca Americana_; mas todo quedó en proyecto.

En los últimos años del siglo XVIII sentíase deseo y aun necesidad de
conocer la Historia de América. Carlos III, desde El Pardo (27 de Marzo
de 1781) hubo de decir que habiendo dado el encargo a su cosmógrafo
de Indias, D. Juan Bautista Muñoz para que escribiera una Historia
general y completa de América, mandaba que se le franqueasen a dicho
Muñoz los Archivos y Secretarías de la corte, como también los que se
hallaren fuera de Madrid[46]. Aunque Muñoz era hombre de tanta cultura
como laboriosidad, encontró tenaz y ruda oposición en la Academia de
la Historia. Logró, sin embargo, formar una colección considerable de
copias correspondientes a los siglos XV, XVI y XVII, y dió a la estampa
en el año 1793 el primer tomo de su _Historia del Nuevo Mundo_[47].

       [46] Arch. Hist. Nac.--_Cedulario índico_, tomo XLI, núm. 221,
       págs. 275 vº y 276.

       [47] Biblioteca Nacional, signatura 3/14.753

A la muerte del mencionado historiador, ocurrida en el mes de julio del
año 1799, se encontró, entre otros varios manuscritos, el del primer
libro del segundo tomo de su citada _Historia del Nuevo Mundo_, que
publicó Navarrete casi íntegramente en la introducción a su tomo III de
la _Colección de viajes de los españoles_.

Además de los cronistas citados, a la cabeza de todos los escritores
de Indias, colocaremos a dos que redactaron sus obras durante la vida
del Almirante. Llamábanse Andrés Bernáldez, cura de los Palacios, y
Pedro Mártir de Anglería. El primero escribió una _Crónica_, que es
fuente de muchas noticias, y el segundo, además de curiosas _Cartas_,
la importante obra que lleva por título _De orbe novo Decadas octo_.

Conocieron personalmente a Cristóbal Colón, pero escribieron después
de su muerte, el citado Fernández de Oviedo, Fernando Colón y Fray
Bartolomé de Las Casas. Del Padre Las Casas ya dijimos en este mismo
Prólogo que fué en extremo impresionable y algo injusto, aunque
hombre de buena voluntad y de no poca cultura. Añadiremos ahora que
tiene no escaso mérito su _Historia general de las Indias desde el
año 1497 hasta el 1520_. La terminó el 1561. También en los comienzos
del párrafo III dimos nuestra opinión acerca de Fernández de Oviedo
(Apéndice E).

Respecto a Fernando Colón, hijo del Almirante D. Cristóbal y de Doña
Beatriz Enríquez, merece lugar señalado entre los escritores de Indias.
Cultivó brillantemente las ciencias y las letras, especialmente las
que se relacionaban con la náutica, y adquirió sólida y extensa
cultura visitando las principales ciudades, lo mismo de España que de
otras naciones. Fernando logró inmortalizarse, no solamente con su
_Historia del Almirante_, sino con otros trabajos científicos. No puede
negarse, sin embargo, por lo que respecta a la obra citada, que alguna
vez desfiguró u omitió hechos importantes, lanzando tan violentas
como injustas censuras contra todos los que eran o él creía que eran
enemigos de su padre. Así lo ha probado el Sr. Altolaguirre. «Hemos
tratado de probar--escribe el distinguido académico historiador--que
el hijo del Almirante (Cristóbal Colón) no reparó en los medios para
llevar al ánimo de sus lectores el convencimiento de que los hechos
habían ocurrido tal y como a sus pasiones o a sus intereses convenía
presentarlos, y de consiguiente, que sus relatos y juicios deben ser
acogidos con gran reserva, sobre todo si redundan en provecho del
Almirante o en desprestigio de españoles o portugueses»[48]. Del Sr.
Fernández Duro son las siguientes palabras: «Quiso escribir la vida
y hechos de su progenitor, empapado en la lectura de los clásicos
antiguos, y puso los cimientos al edificio romancesco y legendario que
tan grandes proporciones tiene ahora, levantando a la par la neblina
que le envuelve. No tuvo la resolución, que su tiempo haría penosa,
de confesar que fueron los Colombos tejedores de lana, si pobres y
mecánicos, honrados. Inventó el cuento de las joyas de la Reina Isabel,
que aún anda en boga; usó de las arengas y adornos semejantes de
Salustio y Cornelio Nepote; omitió mucho de lo que quisiéramos saber,
creyendo cumplir deberes filiales, no extendidos a la que le dió la
vida; no la nombró siquiera. ¡Le avergonzaba la bastardía, debilidad
común, pero sensible en varón tan señalado!»[49].

       [48] _Cristóbal Colón_ y _Pablo del Pozzo Toscanelli_, pág.
       362. Madrid, 1903.

       [49] Conferencia leída en el Ateneo de Madrid el 14 de Enero
       de 1892, págs. 20 y 21.

Respecto a los otros trabajos de que hicimos especial mención,
consignaremos aquí que por Real cédula, dada en 20 de Mayo de 1518,
se le mandó hacer una carta de marear para Indias[50]; y en la de
6 de Octubre del mismo año se expidió otra Real cédula acerca del
mismo asunto[51]. Es de notar--y esto indica sus vastos conocimientos
cosmográficos--que Carlos V le escogió para presidir una Comisión de
geógrafos y pilotos encargada de corregir los errores de los mapas
marinos dibujados bajo la dirección de Américo Vespucci[52].

       [50] Academia de la Historia.--_Indice del Consejo de Indias_,
       fol. 60.

       [51] Ibidem.

       [52] Roselly de Lorgues, _Cristóbal Colón_, tomo II, pág. 140.

Se autorizó a D. Fernando Colón--ignoramos la fecha--para levantar
planos cosmográficos de la Península. La autorización es cierta, por
cuanto el 13 de Junio, por Real disposición dada en Valladolid, se
ordenó que no se hiciere dicha descripción y cosmografía[53].

       [53] Este documento se halla en el Archivo Municipal de la
       ciudad de Córdoba.

Por si hubiese alguna duda sobre el particular, en la Biblioteca
Colombina hay un manuscrito, intitulado _Itinerario de Don Fernando
Colón_, escritas con letra del hijo del Almirante las 62 hojas primeras
y las restantes por dos amanuenses. El título o epígrafe, puesto por
D. Fernando, es como sigue: «Lunes 3 de agosto de 1517 comencé el
_Itinerario_. La primera descripción corresponde a Zaragoza, y la
última a la Membrilla, villa de la Mancha»[54].

       [54] Véase _Documento inédito del siglo XVI, referente
       a D. Fernando Colón_, por el Dr. Rodolfo del Castillo
       Quartiellerz.--Madrid, 1898.

Por el año 1524, el César, en la cuestión suscitada entre Castilla y
Portugal con motivo de la posesión de las Molucas, encargó a Fernando
Colón que examinase los puntos de litigio. Fernando, no ateniéndose
a sus propios conocimientos, consultó con otros sabios cosmógrafos,
quienes aprobaron sus conclusiones. Al fin fueron cedidas al rey de
Portugal, escribiendo D. Fernando con tal objeto el _Apuntamiento sobre
la demarcación del Maluco y sus Indias_, firmado en el año 1529 por los
seis jueces que intervinieron en el asunto.

Estando en Sevilla, por ausencia del célebre Sebastián Caboto, fué
nombrado presidente (1527) del Tribunal de exámenes de pilotos. «Se
ordenó que... el examen y desputas se hiciesen en presencia de don
Hernando Colón y en su casa, y que no pudiesen dar el grado sin su
aprobación, hallándose en la ciudad de Sevilla»[55].

       [55] Herrera, _Historia general de las Indias Occidentales_,
       década IV. lib. II, cap. V.

En la citada ciudad andaluza fundó un _Colegio Imperial_ para el
estudio de la ciencia de navegación, dotándolo de rica Biblioteca, la
cual llegó a contener más de 20.000 volúmenes[56].

       [56] «Y en ella con licencia del Emperador deseó establecer
       una Academia y Colegio de las ciencias mathemáticas,
       importantissimas a la navegación.» Herrera. Ibidem, libro XIV,
       fol 496.

Al retirarse D. Fernando del bullicio de la corte de Carlos V se
estableció definitivamente en Sevilla, donde, a orillas del río,
hizo fabricar cómoda morada con su jardín, en que aclimataba plantas
exóticas, y allí, rodeado de unos cuantos amigos, con la lectura de sus
libros y con el cultivo de las flores, vivió sus últimos años.

Consideremos como implacable censor del P. Las Casas al dominico
Fray Toribio de Benavente o Metolinía, quien, en 24 de Febrero de
1541, dedicó al conde de Benavente su _Historia de los indios de
Nueva España_, libro que tienen en estima los doctos por las curiosas
noticias que en él se hallan. Del mismo autor se ha conocido, en estos
últimos tiempos, un _Tratado sobre el planeta Venus_, en el cual se
encuentra la clave para poder comprender el Calendario azteca.

Censor del P. Las Casas, como Fray Toribio de Metolinía, fué el R. P.
Fr. Vicente Palatino de Corzula, de la nación Dalmata, Theologo de la
orden de los Predicadores, que escribió (1559) _Tratado del derecho
y justicia de la guerra que tienen los Reyes de España contra las
Naciones de la India Occidental_, en el cual se intenta probar que los
Reyes de España, en virtud de la donación del Papa, pueden ocupar las
Indias con las armas, a fin de propagar la religión[57].

       [57] Véase _Archivo de la Dirección general de navegación y
       pesca marítima_.--Papeles varios, tom. IV, C. 3.ª, págs. 58-73.

Digno es de alabanza Martín Fernández de Enciso, alguacil mayor de
Castilla del Oro, que publicó el año 1519 la _Suma de Geografía_, libro
que contiene noticias interesantes de América. También merece señalada
distinción Hernán Cortés, que en sus _Cartas de Relación_ historió los
hechos que él mismo llevó a cabo. Francisco López de Gomara, secretario
de Hernán Cortés y a quien acompañó a la expedición de Argel, escribió
_Historia general de Indias_ y la _Crónica de la conquista de Nueva
España_, obra que se distingue por la sencillez y facilidad en las
narraciones y pinturas: apareció por el año de 1552. «Habiendo
compuesto uno (libro) titulado _Historia de las Indias y conquista de
México_, que se hallaba impreso, el clérigo Francisco López de Gomara,
y conviniendo no se vendiese, leyese, ni imprimiese más, y que los que
lo estuviesen, se recogiesen y enviasen al Consejo de ellas. Mandó S.
M. a todos los Jueces y Justicias lo cumpliesen, e impuso a los que le
imprimiesen o vendiesen la pena de 200.000 mrs. para la Cámara y Fisco,
y 10.000 al que le tuviese en su casa o leyese. Céd. de 7 de Agosto de
1566. Vid. tomo 36 de ellas, fol. 36, núm. 28[58].»

       [58] Archivo histórico nacional.--_Cedulario índico_ de Ayala,
       letra L, núm. 18.

No debemos pasar en silencio el nombre del franciscano P. Bernardino
de Sahagún, quien llegó a Nueva España el 1529 y escribió la _Historia
Universal de las cosas de España_[59].

       [59] Se imprimió en castellano y en la ciudad de México el año
       1829.

No es inferior la _Relación y Genealogía de los señores de Nueva
España_, escrita por Fr. Bernardino de México, el 1532, según Chavero,
a ruego de D. Juan Cano.

De las obras del P. Landa se sacó en 1566 la _Relación de las cosas del
Yucatán_, existente en la Academia de la Historia y publicada por el
Sr. Rada y Delgado.

Nos proporcionan datos muy curiosos de la región Colombiana Fr. Pedro
Simón, autor de las _Noticias historiales de las conquistas de Tierra
Firme_, obra impresa en Cuenca el 1626, y el poeta Juan de Castellanos,
que escribió _Elegías de varones ilustres de Indias_ e _Historia del
Nuevo Reino de Granada_.

Entre los mejores escritores de América se halla Bernal Díaz del
Castillo, compañero de Cortés y autor de la _Historia verdadera de la
conquista de la Nueva España_, impresa el 1632.

El reino de Quito (hoy Ecuador) tuvo su cronista en el P. Juan de
Velasco, que escribió la _Historia del reino de Quito_.

Pedro Cieza de León dió a luz la _Crónica del Perú_, terminada el 1550,
«la más concienzuda y más completa que se ha escrito de las regiones
sur americanas», según el Sr. Jiménez de la Espada. D. Pedro de la
Gasca, pacificador del Perú, nombró a Cieza cronista de las Indias.
Imprimióse la _Primera parte de la Chronica del Perú_ en Sevilla el año
1553.

Citaremos también al P. Gregorio García, Alvar Núñez Cabeza de Vaca,
Francisco de Xeres, Agustín de Zárate, el inca Garcilaso de la Vega y
algunos otros.

No sería justo pasar en silencio el nombre del capitán y poeta Alonso
de Ercilla (1533-1594), autor de _La Araucana_, poema impreso por
completo el 1578. Ercilla se ajustó en un todo a la verdad histórica,
aunque a veces--como se dijo al principio del Prólogo--trató con
demasiada benevolencia a los indios. No tiene tanto mérito la _Primera
parte del Arauco Domado_, de Pedro de Oña, edición de 1596.

A tal punto llegaba la desconfianza de nuestros Reyes, cuando de
asuntos de América se trataba, que Felipe II desde el bosque de Segovia
encargó (24 Julio 1566) a los herederos del inquisidor Andrés Gaseo
que buscasen, entre los papeles del citado inquisidor, una Crónica que
hizo y ordenó Pedro de Aica de las cosas de las Indias, y hallada, la
remitiesen al Consejo de las Indias[60].

       [60] _Cedulario índico_, tomo XXXVI, núm. 26, págs. 34 v.ª y
       35.

Si desde el mismo bosque de Segovia mandó recoger--según hemos
dicho--los ejemplares de la _Historia de las Indias y conquista de
México_, de López de Gomara[61], por el contrario, algunos años
después, hallándose en El Pardo (2 Febrero 1579) se dirigió al capitán
Adriano de Padilla para decirle que, «teniendo noticia que el citado
Capitán había escrito un libro de historia intitulado _La Perla
Occidental_, obra de mucha curiosidad, le daba autorización para que
pudiese imprimirla y venderla...»[62].

       [61] Véase _Cedulario índico_, tomo XXXVI, núm 28, págs. 30 y
       36 v.ª

       [62] _Cedulario índico_, tomo XXXVI, núm. 60, págs. 83 y 84.

Felipe III, desde San Lorenzo (4 de Noviembre de 1617) autorizó al
licenciado Antonio de Robees Cornejo para que pudiese imprimir su libro
«necesario para la salud universal», que lleva el título de _Simples
Medicinas Indianas_[63].

       [63] _Cedulario índico_, tomo XXXVII, núm. 40, págs. 75 y 76.

Las _Noticias secretas de América_ de D. Jorge Juan y D. Antonio de
Ulloa, escritas según las instrucciones del Marqués de la Ensenada y
presentadas en informe secreto a Fernando VI, deben estudiarse con
mucho detenimiento. Dicha obra se publicó en Londres por D. David Barry
corriendo el año 1826.

Cerramos la larga lista de los escritores españoles de Indias con los
nombres del laborioso D. Martín Fernández de Navarrete y D. Cesereo
Fernández Duro. La obra de Navarrete se intitula _Colección de viajes
y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del
siglo XV_. Los cinco volúmenes de que consta fueron apareciendo desde
1825 a 1837, y en ellos se encuentran muchos documentos hasta entonces
inéditos, los cuales fueron rica fuente en la que bebieron ilustres
escritores, como el norteamericano Washington Irving (1783-1859), y
el alemán Federico Alejandro, barón de Humboldt (1769-1859). Humboldt
llegó a Madrid en compañía de Bonpland el 1799, siendo recibido con
toda clase de consideraciones. Dióle permiso Carlos IV para viajar
por todas las comarcas españolas de América, pasando a la vuelta por
las Marianas y Filipinas. Partieron ambos sabios de Madrid el mes de
mayo de dicho año. El 5 de junio se embarcaron en La Coruña a bordo
del _Pizarro_, llegando al puerto de Cumaná, capital de la Nueva
Andalucía. Pasaron cinco años recorriendo la América Meridional; luego
fueron a México, a la Habana y a los Estados Unidos. Abandonaron a
América el 9 de julio de 1804 y llegaron a Burdeos. Humboldt fijó
su residencia en París, marchando a su patria el año 1827. Publicó
preciosos estudios geográficos, etnográficos y políticos del Nuevo
Continente. La primera obra que dió a la estampa se intitula _Essai
Politique sur le Royaume de la Nouvelle Espagne_, dedicada a Carlos IV.
París, 1808. La segunda _Voyages aux regiones equinoxiales du nouveau
continent_. París, 1809-1828; tres volúmenes. La tercera _Vue des
Cordilleres et monuments des peuples indigenes de l'Amerique_. París,
1816: dos volúmenes. El autor del _Cosmos_ también dió a luz un _Ensayo
político sobre la isla de Cuba_ (publicado el 1826).--El filósofo Paz y
Caballero consideró al sabio alemán como _un segundo descubridor de la
Isla_. Sin embargo, la obra más importante de Humboldt lleva por título
_Examen critique de l'histoire de la geographie du Nouveau Continent et
des progrés de la astronomie nautique du XV et XVI siècle_ (publicada
en París de 1836 a 1839). Todas las obras del barón de Humboldt deben
consultarse con detenimiento por los que se dedican a la historia de
América.

Respecto al Sr. Fernández Duro, curioso investigador de la vida y
hechos del primer Almirante, nadie podrá negar, por exigente que sea,
los méritos de _Colón y Pinzón_ (1883), _Colón y la Historia póstuma_
(1885) y _Nebulosa de Colón_ (1890), además del prólogo a la edición de
los _Pleytos de Colón_, sin contar con multitud de artículos acerca de
asuntos relacionados con el descubrimiento de América.

Entre los escritores extranjeros figura en primer término el escocés
Guillermo Robertson (1721-1793), que publicó en Edimburgo una _Historia
de América_, cuyos primeros ejemplares llegaron a España en Agosto
de 1777. Si nada tiene de extraño--como anteriormente hemos podido
notar--que el suspicaz Felipe II llegara a prohibir que se vendiese el
excelente libro intitulado _Historia de las Indias_, de D. Francisco
López de Gomara, llama la atención que Carlos III, el Rey que arrojó de
España a los hijos de Loyola, hiciera objeto de su odio la _Historia
de América_ del citado Robertson. «Por justos motivos prohibió S. M.
se introdujese en España, Indias y Filipinas el (libro) de la Historia
del descubrimiento de la América, escrito y publicado en idioma inglés,
o en otro qualquiera, por el Dr. Guillermo Robertson, Rector de la
Universidad de Edimburgo y chronista de Escocia, y mandó que en caso de
aver algunos exemplares de esta obra en los puertos de ambos dominios,
o introducidos ya tierra adentro, se embargasen a disposición del
Ministro de su cargo. Ord. de 23 de Diciembre de 1778. Vid. tom. 31 del
Ced., fol. 191, núm. 180»[64].

       [64] Archivo histórico nacional.--_Cedulario índico_ de Ayala,
       letra L, núm. 18.

Al lado del inglés William Robertson colocamos a Guillermo Prescott
(1796-1859), historiador americano y meritísimo autor de los libros
que llevan por título _Historia de México_ e _Historia del Perú_,
publicados a mediados del siglo XIX. Durante esta última centuria y en
lo que va de la veinte, lo mismo en el Antiguo que en el Nuevo Mundo,
se han escrito y publicado muchas obras, ya de la Historia general de
América, ya de los diferentes pueblos en que se divide aquella parte
del continente.

No dejaremos de citar entre los modernos panegiristas de Colón el
nombre del conde Roselly de Lorgues, quien, en el año 1856, publicó
una obra, en tres tomos, con el título de _Cristophe Colomb_. Intentó
Roselly de Lorgues elevar a los altares al descubridor del Nuevo Mundo;
pero, como dice Menéndez Pelayo, el libro estaba escrito «al gusto de
las beatas mundanas y los caballeros andantes del legitimismo francés.»
Si en un principio despertó en la opinión pública gran entusiasmo,
decayó pronto entre la gente docta, hallándose al presente casi
relegada al olvido.

Más justa notoriedad adquirió la obra del abogado norteamericano
Harrisse, cuyo título es _Ferdinand Colomb, sa vie, ses oeuvres_,
dada a la luz en 1872. Continuó su labor Harrisse publicando
artículos y folletos; luego otras dos obras así llamadas: _L'Histoire
de Christophe Colomb atribuée a son fils_, etc., París, 1883, y
_Christophe Colomb devant l'histoire_, París, 1892.

Hemos registrado también con algún detenimiento, aunque tal vez con
escaso fruto, otras crónicas antiguas y obras modernas, papeles
interesantes del _Archivo de Indias_ (Sevilla), del de _Simancas_
(cerca de Valladolid), del _Histórico Nacional_, del de la _Academia
de la Historia_, del de _Navegación y pesca marítima_ y de otros menos
conocidos. Hemos estudiado curiosos manuscritos que se encuentran en
la _Biblioteca del Real Palacio_, en la de _San Isidro_ y en la de la
_Universidad_.

En la obra que vamos a publicar se halla algo que merece toda clase
de alabanzas. Después de impresos los dos primeros volúmenes de la
_Historia de América_ del Sr. Pi y Margall, el sabio autor puso varias
notas a determinados pasajes de ella, notas manuscritas e inéditas que
nosotros hemos copiado y publicaremos en su lugar respectivo. Creemos,
no con toda certeza, pero sí con más o menos fundamento, que pensando
Pi y Margall en la publicación de otra edición, comenzó a corregir su
citada obra, cuyas correcciones, trasladadas a nuestra HISTORIA DE
AMÉRICA con toda exactitud y cuidado, serán leídas con gusto por todos
los admiradores del insigne autor de _Las Nacionalidades_.

Hemos seguido algunas veces casi al pie de la letra obras impresas en
castellano y documentos manuscritos. También habremos de declarar que
se han traducido largos párrafos de libros ingleses. Si no aparecen en
nuestra obra las citas correspondientes a tales copias o versiones,
será por olvido, nunca con intención. Confesamos esto, no porque
temamos las censuras del público--que siempre ha sido con nosotros
bondadoso é indulgente--sino para tranquilidad de nuestra conciencia.

Pasando a otro asunto, diremos que entre los que generosamente nos
han prestado libros, papeles impresos y manuscritos, se hallan D.
Antonio Graiño, D. Antonio Balbín de Unquera y D. Antonio Ballesteros;
otros han guardado, como el avaro guarda rico tesoro, sus documentos
históricos. Si nos consideramos obligados a declarar el agradecimiento
que debemos a los primeros, guardaremos silencio acerca de los
segundos; pero haciendo constar que la conducta de los últimos no debe
ser imitada. Hemos solicitado el auxilio de nuestros compañeros de
profesorado y de otros muchos hombres de letras; hemos rogado que nos
ayuden en la empresa los que a las ciencias históricas se dedican. No
hemos podido hacer más.

Haremos, por último, especial mención de D. Carlos Navarro Lamarca,
quien generosamente nos ha autorizado para reproducir en nuestra obra
algunos grabados que adornan su _Compendio de La Historia general de
América_.



IV

EXPOSICIÓN DE PROPÓSITOS.


Creemos--y bien sabe Dios que son ciertas nuestras palabras--que no
tiene mérito alguno nuestra HISTORIA DE AMÉRICA. Materia tan extensa,
compleja y complicada debía ser escrita por pluma mejor cortada que la
nuestra. Por esto varias veces, en el transcurso de la publicación,
del mismo modo que Sir Walter Raleigh, dudando de la existencia de la
verdad, arrojó al fuego el segundo volumen de su historia, nosotros,
poco seguros de nuestra competencia, hemos querido arrojar a las llamas
los manuscritos de la obra que ofrecemos al público. Pero si algún
valor tuviese, y si además el público la recibiese con benevolencia,
sería debido a los manuscritos inéditos o no inéditos que han llegado
a nosotros, a los diferentes libros consultados, a las noticias
adquiridas en los Archivos nacionales y particulares.

Con ruda franqueza diremos a nuestros lectores que algo bueno
encontrarán en el plan y método de la obra, como también, dada la
extensión de ella, no dejarán de ser tratadas las materias más
importantes. ¿Seremos imparciales? No lo sabemos; pero a sabiendas no
hemos de faltar a la verdad.

Altamente censurable juzgamos la conducta de cierto escritor antiguo,
quien escribió dos historias: Una _pública_ y otra _secreta_. En la
primera, Procopio--pues este es el nombre del historiador--fué débil,
faltando a lo que le dictaban la sinceridad de sus convicciones; en
la segunda fué parcial, exagerado hasta rayar en calumnioso. El se
disculpaba diciendo que carecía de libertad; nosotros no podríamos
disculparnos, porque la tenemos en absoluto.

Sabemos que la adulación ha dado siempre sus frutos, aun usada por
los mejores historiadores; no ignoramos que los Reyes y los Gobiernos
se declaran protectores de quienes les sirven o engañan, en tanto que
no atienden a los que se atreven a decirles la verdad; tenemos como
cosa cierta que también los pueblos, engañados o aturdidos por los
que más gritan, arrojan incienso a ídolos, los cuales sólo merecen
el desprecio. Nosotros nos proponemos--y lo mismo nos dirigimos a
los americanos que a nuestros compatriotas--decir la verdad o lo que
creemos ser verdad, amar la justicia o lo que creemos ser justo,
enseñar los derechos o más bien los deberes, para que unos y otros,
vencidos y vencedores, puedan comprender que todos pecaron, olvidándose
de que hay un Dios en el cielo y una sanción en la tierra.

Del mismo modo habremos de consignar que, sin apoyo de nadie, sin
Mecenas que nos protejan y casi sin amigos que nos ayuden, comenzamos
nuestra obra. Enemigos de la adulación y de la hipocresía, en
desacuerdo con ilustres escritores de aquende y allende los mares,
emprendemos confiados únicamente en nuestras débiles fuerzas, tarea
harto difícil y comprometida. Difícil, sí, y comprometida porque hemos
de censurar obedeciendo a generosos móviles de justicia, a algunos de
nuestros Reyes, a muchos de nuestros políticos y generales, y aun a no
pocos de nuestros sacerdotes. Difícil y comprometida, porque nuestras
censuras han de alcanzar a los indios que, a veces, suspicaces y
traidores, pagaron con deslealtad manifiesta las generosas acciones de
algunos buenos españoles. Difícil y comprometida, porque tenemos con
harta frecuencia que separarnos de la verdad oficial, negando muchas
veces algunos hechos que pasan como verdaderos.

Comenzaremos, pues, la historia de la parte más hermosa del globo,
donde el suelo es tan rico, el cielo tan bello, la naturaleza tan
exuberante, las naciones tan poderosas, los hombres tan dignos de
gloria y la vida toda tan intensa y magnífica. Comenzaremos la historia
de tantos hechos gloriosos, de tantos héroes, y muy especialmente de la
generosa raza que, a la sombra del frondoso árbol de la libertad, vive
y progresa en el mundo descubierto por el genio inmortal de Cristóbal
Colón.

De ilustre historiador contemporáneo son las siguientes palabras: «El
descubrimiento del Nuevo Mundo es un suceso en el dintel de la Historia
Moderna, que ha influído poderosamente en el curso de ella, pues, de
una parte, nuevos horizontes se ofrecían a la acción de las naciones
aventureras, y la colonización conducía a una serie sin fin de nuevos
territorios; de otra parte, el crecimiento del poder naval alteraba
profundamente las condiciones en que se fundaba la grandeza nacional,
la comunicación con pueblos desconocidos ofrecía inesperados problemas,
el comercio se trasformaba gradualmente y se presentaron cuestiones
económicas de la mayor complejidad»[65].

       [65] La Historia Moderna según el Reverendísimo Mandel
       Creighton D. D. Obispo que fué de Londres.--De _The Cambridge
       Modern History_, 1907.



V

DESCRIPCIÓN GEOGRÁFICA DE AMÉRICA.


América confina, por el N. con el Océano Glacial Artico; por el E. con
el Atlántico, que la separa de Europa y de Africa; por el O. con el
Pacífico, que la divide de Asia, y por el S. con el Océano Austral o
con las confusas aguas de los dos Océanos (Atlántico y Pacífico).

América se pierde al N. en las heladas regiones del Polo, y baja tanto
al S., que su distancia del Círculo Antártico es poco más de 11 grados.
La acercan al Asia el Estrecho de Behring y la corva cadena de las
islas Aleutianas, que va de la península de Alaska a la de Kamchatha, y
la aproxima a Europa la Groenlandia, que está de la Islandia unos 615
kilómetros. Por el cabo de San Roque (Brasil) se adelanta como en busca
del cabo Rojo, el más al Poniente de las riberas de Africa[66].

       [66] Véase Pi y Margall, _Historia de América_, primer tomo y
       cuaderno, páginas XXIX y XXX.

Cruza las tres Américas, desde la península de Alaska hasta el Estrecho
de Magallanes, una cadena de montañas, que toman los nombres de
_Roquizas_ o _Peñascosas_ en el Canadá y Estados Unidos, de _Sierra
Verde_ y _Sierra Madre_ en México, de _Sierra de Guatimolienos_ en la
América Central, y de _Andes_ (ya Colombianos, ya Peruanos o Chilenos)
en la América Meridional. Además de la citada cordillera, en el Canadá
se halla el monte de _San Elías_, en los Estados Unidos los _Apalaches_
y en el Brasil los cuatro siguientes: _Serra do Mar_, _Espinaso_,
_Gamastra_ y _Vertientes_.

Por lo que respecta al _clima_, se disfrutan en América desde los fríos
más intensos hasta los calores más excesivos, debido a su diferencia de
latitud. Sin embargo, no son insoportables los calores, ni aun en el
Ecuador, donde creían los antiguos que allí no podía vivir el hombre.
Las eternas nieves de los montes, la altura de las mesetas y las
muchas aguas corrientes templan los ardorosos rayos del sol, reinando
en las elevadas llanuras perpetua primavera. Sólo en las cumbres de los
Andes se sienten los grandes fríos, así como en las llanuras bajas los
grandes calores.

De Septentrión a Mediodía la distancia es de 14.000 kilómetros, y su
superficie tiene más de 40 millones de kilómetros cuadrados.

Divídese América en tres grandes regiones: Septentrional, Central y
Meridional; la Central y Meridional se hallan unidas por el istmo de
Panamá o de Darién.

La América Septentrional tiene 21 millones de kilómetros cuadrados
y más de 100 millones de habitantes; la Central, 465.500 kilómetros
cuadrados y cerca de 10 millones de habitantes, y la Meridional,
17.850.000 kilómetros cuadrados y cerca de 40 millones de habitantes.


                        AMÉRICA SEPTENTRIONAL.
Groenlandia, Archipiélago Polar, Dominio del Canadá
(Nueva Bretaña), Tierra del Labrador, Terranova, Estados
Unidos y México.


                           AMÉRICA CENTRAL.

Guatemala, San Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. También
pertenecen a la América Central las grandes Antillas (Cuba, Puerto
Rico, Haití, Santo Domingo y Jamaica), las Islas Vírgenes y Santa
Cruz, las de Bahama o Lucayas, las Bermudas y las pequeñas Antillas
(Martinica, Santa Lucía, San Vicente y otras).


                          AMÉRICA MERIDIONAL.

Venezuela, Nueva Granada o Colombia, Panamá, Ecuador, Guayanas
(inglesa, holandesa y francesa), Perú, Bolivia (Alto Perú), Chile,
República Argentina o Estados Unidos de la Plata, Uruguay, Paraguay,
Brasil y Patagonia.


La superficie probable de Groenlandia, según Behm y Wagner,
es de 2.169.750 kilómetros cuadrados. Tiene un habitante por
500 kilómetros cuadrados en la parte del litoral explorado. La
Groenlandia dinamarquesa se divide en provincias del Sur y del
Norte, subdividiéndose a su vez en distritos, correspondiendo a la
primera: Julianaab, Frederikshaab, Godthaab (capital), Sukkertoppen y
Holstenborg; y a la segunda: Egedesminde, Kristianshaab, Jacobshavn,
Godhavn (capital), Ritenbenk, Umanak y Upernivik. La Groenlandia
Oriental y la del Norte, no anexionadas a Dinamarca, carecen de
circunscripciones administrativas.

En el archipiélago polar (parte del mar polar poblado de islas)
encontramos la isla mayor, denominada tierra de Baffin y limitada al
Oeste por los mares de Groenlandia, entre el Estrecho de Lancaster y
el de Hudson. Los esquimales del Archipiélago no reconocen ninguna
autoridad. Tampoco pueden tener ciudades ni aldeas propiamente dichas,
sino campamentos, ya permanentes, ya temporales.

El extremo Noroeste de la América del Norte, llamado Alaska, perteneció
hasta el 1867 al imperio ruso, en cuyo año fué vendido a los Estados
Unidos. Según el censo de 1880 tenía 33.620 habitantes y la mayor parte
eran esquimales. La población más populosa de Alaska es _Juneau-city_ y
contiene unos 3.000 habitantes; _Sitka_ es un caserío de 300 habitantes
y son inferiores respecto al número de habitantes y a la actividad
comercial, Wrangell y Fort-Tungas. El comercio de exportación de Alaska
llegó en 1888 a 16 millones de francos.

El Canadá se divide en Alto y Bajo, Ontario y Quebec. Del Canadá
pueden considerarse como fracciones la Tierra del Labrador y la isla
de Terranova. «¿Por qué extraña ironía--como dice Reclus--[67] pudo
llamarse así (Tierra del Labrador) un suelo ingrato y helado, por
donde jamás pasó el arado del agricultor, y en donde no vió Jacques
Cartier la cantidad de tierra que podía caber en una cesta?» Hállanse
en la tierra del Labrador poblaciones míseras y errantes de indios y
de esquimales, los primeros en la parte meridional, y los segundos en
las costas orientales y septentrionales de la península; lo mismo los
indios que habitan en los bosques que los situados a orillas de los
lagos, pertenecen a la familia de los cris.

       [67] _América Boreal_, tomo 1, pág. 579.

Puede admitirse como cosa probada que el Labrador ha sido la parte
menos explorada, desconociéndose por completo la configuración del
interior. Aunque el Labrador se halla en casi toda su extensión
situado a latitudes más lejanas del polo que Groenlandia, es, sin
embargo, más frío, lo cual se explica porque la costa de aquella tierra
está enteramente expuesta al Nordeste, es decir, a la parte donde
sopla el viento polar; «y además en que las bancas de hielo que bajan
al Sur arrastradas por la corriente del mar de Baffin se encuentran
con las que salen por el Estrecho de Hudson, y el mar las echa todas
sobre las costas del Labrador»[68]. El conjunto de la población del
Labrador, al Norte de las tierras altas, no pasa probablemente de
10.000 individuos[69]. Los esquimales del Labrador difieren poco de los
de Groenlandia y de los del Archipiélago Polar[70]. En la segunda mitad
del siglo XVIII y en la primera del siglo XIX los misioneros moravos
establecieron algunas estaciones, cuya población en 1876, según Behm y
Wagner, era:

                    Hebrón          214 habitantes.
                    Hoffenthal      283   ----
                    Nain            270   ----
                    Okak            349   ----
                    Rama             28   ----
                    Zoar            128   ----  [71]

       [68] Reclus, _América Boreal_, pág. 587.

       [69] Ibidem, pág. 590.

       [70] Ibidem, pág. 591.

       [71] Ibidem, pág. 592, nota.

La Compañía de Hudson, formada poco después de la fundación de Montreal
(1642), estableció algunos puertos para comerciar con los esquimales y
para pescar la ballena.

Terranova es importante colonia británica. La tierra que se descubrió
tal vez por el año 1000 o poco después--según diremos en capítulos
posteriores--por Erik el Rojo o uno de sus hijos, que la denominaron
_Helluland_ o _Mark-land_, la encontramos tiempo adelante visitada por
portugueses, vascos, franceses e ingleses. Terranova, por tanto, es
entre todas las tierras americanas la que tiene con menos motivo el
nombre que ostenta. Todavía no había terminado el siglo XV y ya Juan
Cabot o Gaboto siguió la costa de la gran isla. De Reclus copiamos la
siguiente descripción: «La isla presenta al mar casi por todos lados
una costa abrupta y formidable; en pocas comarcas ofrece el litoral
más asombrosa sucesión de cuadros grandiosos; acantilados a pico o
peñascos voladizos que amenazan desplomarse sobre el mar; profundas
bóvedas donde se precipitan las olas; paredes inclinadas por las que
suben finas capas de agua; respidares que despiden umbelas de espuma;
cabos de avanzados picos cercados de rompientes; valles angostos
en cuyo fondo se columbran los plateados hilos de las cascadas. En
invierno y primavera cierran la entrada de los puertos témpanos de
hielo, y las nieblas impiden frecuentemente su acceso. Aun por tierra
son imposibles los viajes, salvo por los senderos que han abierto los
rengíferos, a pesar de no elevarse en el interior montañas de gran
altura: los furdos de la costa, los lagos, las charcas innumerables de
los valles detienen por do quiera al viajero; no son menos difíciles
de salvar las espesuras enmarañadas de arbustos, que los tremedales
henchidos de húmedo musgo; y durante el verano, estación de los viajes,
arremolínanse en la atmósfera nubes de mosquitos que caen sobre el
desgraciado peatón, ensangrentándole la cara»[72]. Tanto la fauna como
la flora de Terranova se parecen bastante a la del Canadá, con la
diferencia que las especies son menos abundantes en la primera.

       [72] Reclus, _América Boreal_, pág. 598.

En los comienzos del siglo pasado, la población total se elevaba a unos
20.000 habitantes; en 1815 llegaba a 70.000, y hace pocos años aumentó
a más de 200.000. La superficie es de 110.670 kilómetros cuadrados.

La producción anual de las pesquerías de bacalao de Terranova por
buques ingleses, franceses y americanos era de 185.000 toneladas, cuyo
valor consistía en 75.000.000 de francos[73].

       [73] Ibidem, pág. 616.

La capital y la ciudad más populosa de Terranova es Saint-John's;
también son importantes Havre-de-Grâce, Bonavista, Carbonear y algunas
otras. Saint-John's tenía en el año 1886 unos 31.000 habitantes[74].

       [74] Ibidem, pág. 620.

Los indios aborígenes o los beothuk han desaparecido. Cuando llegaron
los blancos aún era numerosa aquella tribu de algonquines; pero los
extranjeros sólo vieron en los indígenas una especie más de caza[75].
Cuando la escopeta de los cazadores, las enfermedades, la miseria
y el hambre habían destruído la raza, cuando no quedaba un beothuk
en Terranova, se constituyó el 1828 en _Saint-John's_ una _Beothuk
Society_ para proteger a los infelices indios. Si existen algunas, muy
pocas familias de indios en Terranova, pertenecen a la raza de los
mic-mac. La población blanca, en su mayor parte, es de origen francés e
inglés.

       [75] Ibidem, pág. 610.

Todos saben que los franceses disputaron por mucho tiempo y con empeño
a los ingleses la posesión de dicho país. Todavía es Terranova la
famosa _tierra de los bacalaos_, y muy especialmente un islote de la
costa oriental llamado _Bacalieu island_. La población de Terranova y
del Labrador terranovense de 1886, clasificada bajo el punto de vista
religioso, era la siguiente:

                   Anglicanos y wesleyanos.   120.411
                   Católicos.                  74.651
                   Otros.                       2.290
                                            ------------
                                            197.352 [76]
                                            ------------

       [76] Reclus, _América Boreal_, pág 611.

América Central, esto es, la región de los istmos (sin Chiapas,
perteneciente a México, y sin Panamá, Estado independiente a la sazón),
ha constituído por mucho tiempo un solo cuerpo político. Rota la unidad
política, dividióse en 1838 en cinco Estados independientes. La verdad
es que los altos de Guatemala, las llanuras del Salvador, los valles
de Honduras, las depresiones de Nicaragua y la elevada meseta de
Costa-Rica, son otros tantos centros de vida independiente.

Pasamos a dar ligerísima idea de los Estados de la América Meridional,
sin citar las muchas islas correspondientes a Centro América.
Unicamente haremos notar que los ingleses designan las Antillas
septentrionales, incluso las islas Vírgenes y hasta la Dominica, con
el nombre de islas de Sotavento (_Leeward-islands_), y las Antillas
Meridionales, desde la Martinica hasta la Trinidad, bajo el nombre
de Islas de Barlovento (_Windward-islands_); denominaciones--como
haremos notar más adelante--que si tienen valor administrativo, carecen
de sentido geográfico, puesto que todas las islas colocadas en la
divisoria exterior del mar de las Antillas se hallan expuestas a la
acción de los vientos alisios[77].

       [77] Reclus, _América Central_, págs. 779 y 780.

La naturaleza ha dividido a la América del Sur en dos partes:
occidental y oriental. La división política corresponde, sin mucha
diferencia, a la establecida por la naturaleza; las tres Repúblicas de
la antigua Colombia (Venezuela, Colombia o Nueva Granada y Ecuador)
con Perú, Bolivia y Chile, pertenecen a la región de los Andes; y la
Guyana, el Brasil y las Repúblicas de la cuenca del Plata ocupan los
llanos[78].

       [78] Véase Reclus, _América del Sur_, pág. 23.

En la América del Norte (Canadá) uno de los ríos principales tiene el
nombre de _Makenzie_, y se forma de la reunión del de la Paz y del
Athabasca, ambos procedentes de las montañas rocosas. El Athabasca
entra en el lago de su nombre, y después de la salida, recibe el río
de la Paz. La corriente así formada se llama río de los Esclavos
hasta el gran lago de este nombre, del cual sale con la denominación
definitiva de río Makenzie. Corre al mar en dirección Noroeste, regando
unos 1.200 kilómetros del territorio de los esquimales. El _Nelson_
(Canadá), reunión de otros dos ríos, que se denominan Saskatchavan del
Norte y Saskatchavan del Sur, procedentes de los montes peñascosos,
atraviesa el lago Winnipeg, cruza el distrito de Keewatin y desagua en
la bahía de Hudson. El _San Lorenzo_, que puede decirse que comienza en
los lagos al Sudoeste de la cordillera Central, pone en comunicación
el Lago Superior, el Michigan, el Hurón, el Erié y el Ontario, baja
primero entre el Alto Canadá y Nueva York, y después por el Bajo
Canadá. Tiene de largo desde el Lago Superior, 3.350 kilómetros, y
desde Ontario, 1.000; de ancho de 800 a 3.000 metros; y de profundo,
bastará decir que es navegable hasta Quebek por navíos de línea y hasta
Montreal por buques de 600 toneladas. Entre sus afluentes se halla el
_Ottava_, que nace en el lago de Tomiscánning, separa los dos Canadás y
recorre 900 kilómetros.

El _Oregón_ o _Columbia_, en los Estados Unidos, sale de las montañas
rocosas, entra en el Pacífico y su longitud es de 2.000 kilómetros.
El _Colorado_, en los mismos Estados Unidos, nace en dichas montañas
rocosas, atraviesa la llanura árida del Arizona y desagua en el golfo
de California, después de recorrer 1.300 kilómetros. Del mismo nombre
hay otro río en los Estados Unidos (Tejas) que desagua en el golfo de
México, y tiene de largo 1.150 kilómetros. El _Delaware_, también en
los mismos Estados, riega Filadelfia y desagua en la bahía de Delaware,
habiendo recorrido unos 580 kilómetros.

El _Bravo_, que baña el límite oriental de México, desciende de las
faldas de Sierra Blanca y recorre 2.200 kilómetros. Más de 7.000
baña la tierra el _Mississipí_, llamado por los natchez _Meschacebé_
(marcha de las aguas). Cruza de Norte a Sud todos los Estados Unidos;
recibe al Este el _Wisconsin_, el _Illinois_ y el _Ohio_, y al Oeste
el _Missouri_, el _Arkansas_ y el _Río Rojo_. El Missouri es famoso
por la anchura de su cauce, por su profundidad en ciertos puntos, por
la rapidez de sus aguas y por lo imponente de sus cataratas. Tiene
el Mississipí sus fuentes en el lago Itasca, baja por la pintoresca
cascada de San Antonio al llano, y a más de 2.000 kilómetros une sus
claras aguas a las turbias del Missouri; mide ordinariamente de ribera
a ribera de 800 a 1.000 metros, y a su entrada en el golfo de México se
divide en muchos brazos.

Antes de terminar la descripción de los ríos de la América
Septentrional, recordaremos un estudio muy curioso que se intitula
«Extracto de los acontecimientos y operaciones de la 1.ª División de
bergantines destinada a perfeccionar la Hidrografía de las islas de
la América Septentrional, bajo el mando del Capitán de fragata D.
Cosme Damián de Churruca.» Salió de Cádiz el 15 de Junio de 1792, y
después de describir perfectamente la situación, magnitud y figura
de las islas, volvió al puerto de Cádiz, donde a bordo del navío
_Conquistador_, el 18 de Octubre de 1795, firmó Churruca el mencionado
documento[79].

       [79] Archivo de la Dirección de Navegación y pesca
       marítima.--_Noticias hidrográficas de la América
       Septentrional_, tomo II, págs. 188-199.

En la América Central abundan los ríos, si bien no son tan caudalosos.

De la América del Sur son el _Magdalena_, el _Orinoco_, el _Amazonas_
o _Marañón_, el _Tocantines_, el _Paranayba_, el _San Francisco_,
el _Plata_ y el _Río Negro_. El _Magdalena_, que recibe al Este el
_Bogotá_ y el _Sogamoco_, al Oeste el _Cauca_, sale del lago Pampas con
dirección al Norte, atraviesa casi todo el territorio de Nueva Granada,
y, después de recorrer 1.320 kilómetros, penetra en el mar por muchas
bocas. El _Orinoco_ nace en las vertientes occidentales de la sierra
de Parima, corre al Septentrión aumentando su caudal de aguas mediante
el tributo de muchos ríos, tuerce hacia Levante desde su confluencia
con el Apure y se divide en cincuenta brazos antes de llegar al Océano.
Es navegable en su mayor parte. Se admiran espantosas cataratas cerca
de Atures; parece un lago en su embocadura y cuenta de extensión
2.500 kilómetros. El _Amazonas_ es el río mayor del mundo, mayor
que el Mississipí, que el Ganges y que el Nilo. Nace en el lago de
Lauricocha, cruza de Oeste a Este casi todo el continente, recibiendo
en las fronteras meridionales del Ecuador por su margen derecha al
_Huallaga_ y al _Ucayale_, a que afluyen, entre otros, el _Apurimac_ y
el _Vilcamayo_; y, por su izquierda, al _Napo_, que baja del Cotopaxi
(ya habiendo recibido el Curaray y el Aguarico) y al _Putamayo_, que
se forma en otra cumbre de los Andes. A Mediodía del Brasil recoge
al _Jurua_, al _Purús_, al _Madera_, al _Topayos_ y al _Xingú_; al
Norte al _Caqueta_ y al _Río Negro_. La longitud del Amazonas es
de 5.000 kilómetros y desemboca en el Atlántico, como también el
_Tocantines_, _Paranayba_, _San Francisco_, el _Plata_ y el _Negro_.
El río _Paranayba_ en el Brasil da sus aguas al Atlántico después
de recorrer 860 kilómetros. El _Plata_, que puede compararse con el
Amazonas por su anchura, comienza en la isla de Martín García, donde
recibe al _Uruguay_, y luego al _Paraná_, _Paraguay_ y _Pilcomayo_. El
río _Negro_, que separa la Patagonia de la República Argentina, es muy
ancho en su boca y cuenta su longitud por centenares de kilómetros.

Los lagos de la América del Norte son el de los _Osos_, junto al
Círculo Artico o en el mismo círculo; más al Sur los dos del _Esclavo_,
el _Athabasca_, el _Winnipeg_ y otros; luego el _Superior_, _Michigán_,
_Hurón_, _Erié_ y _Ontario_, cruzados por el río San Lorenzo, que
forma entre los lagos Erié y Ontario la célebre catarata del Niágara.
En México está el _Chapala_. En la América Central los de _Managua_ y
_Nicaragua_. En la América del Sur, en Venezuela, el _Maracaibo_; entre
el Perú y Bolivia el _Titicaca_; en el Brasil, no lejos del Uruguay, el
de los _Patos_, y en la Patagonia los de _Coluguape_ y _Viedma_.

Veamos las altitudes de algunas sierras de América. En los Estados
Unidos, el _Monte de San Elías_, que tiene 5.440 metros; el de
_Hooker_, con 5.100; el _Murchison_, con 4.877; el de _Santa Elena_,
con 4.724; el _Fainweather_, con 4.483 y el _Fremont_, con 4.135;
los seis se hallan en las sierras pedregosas. En los mismos Estados
Unidos y en Alleghany están el monte de _Washington_ y el _Mountais_,
el primero con 1.959 metros y el segundo con 1.900. En México tenemos
_Sierra Nevada_, _Cerro de Azusco_ y _Orizaba_, con 4.625, 3.673 y
5.450 metros respectivamente. En California está el _Monte Gigante_,
con 1.400 metros. En Guatemala citaremos el _Amilpas_ y el _Agua_,
el primero tiene 4.010 metros y el segundo, 4.570. De Honduras debe
nombrarse el _Pico Congrehay_, con 2.271 metros. En Cuba se encuentra
la _Sierra del Cobre_, que tiene 2.100 metros. Citaremos en El
Ecuador el _Chimborazo_, con 6.530 metros, el _Covambó_, con 5.956,
el _Pasto_, con 4.100 y el _Cotopaxi_, con 5.750. En el Perú se
admira el _Parinacota_, con 6.714 metros y el _Arequipa_, con 5.755.
Se ven en Bolivia el _Nevado de Sorata_, el _Nevado de Ilmane_, el
_Chuquibamba_ y el _Cerro de Potosí_, con 6.488, 6.446, 6.400 y 4.923,
respectivamente. En Colombia tenemos el _Puracé_, con 5.185 metros.
De Chile podemos citar el _Aconcagua_, el _Maypú_ y el _Tupungate_;
el primero con 7.288 metros; el segundo, con 5.380, y el tercero, con
4.600. Son de Venezuela la _Sierra de Santa Marta_ y el _Pichincha_,
con 5.791 y 4.855, respectivamente. En la Guayana está el _Roraima_,
con 2.271; en Buenos Aires, el _Sierra Ventana_, con 1.067; en el
Brasil, los de _Ilambo_ é _Ilacolumi_, con 1.817 metros el primero y
1.777 el segundo, y en Patagonia el _Corcobado_, con 2.290 metros.

Entre los volcanes citaremos el de _San Elías_, en los Estados
Unidos; los de _Popocatepetl_ y _Orizaba_ en México; el del _Agua_,
el del _Fuego_ y otros en la América Central; los de _Chimborazo_,
_Cotopaxi_, _Pichincha_ y _Antisana_, en El Ecuador; los de _Aconcagua_
y _Copiapó_, en Chile, y el de _Arequipa_ en el Perú.

En la parte Norte de América encontramos la península de _Melville_, la
del _Labrador_, entre el Océano Glacial Artico y el Océano Atlántico,
y _Nueva Escocia_ o _Acadia_, pertenecientes a Nueva Bretaña; la de
_Florida_, en los Estados Unidos, y se halla entre el Océano Atlántico
y golfo de México; la de _Alaska_, en los Estados Unidos, entre el
Océano Glacial y el Pacífico; la del _Yucatán_, en México, está entre
el golfo de este nombre y el mar de las Antillas; la _Baja California_,
en México, se encuentra entre el golfo de California y el Océano
Pacífico; la de _Goajira_ y la de _Paraguana_ forman la entrada del
golfo de Maracaybo, en el mar de las Antillas, entre Venezuela y
Colombia, y la de _Brunswick_, sobre el Estrecho de Magallanes, en la
Patagonia.

Los cabos más importantes bañados por el Océano Glacial Artico son el
_Farewell_ (Groenlandia) y el de _Carlos_ (Labrador); el de _Cod_, el
de _Hateras_, el de _Sable_ y el de _Mendocino_ (Estados Unidos) se
hallan bañados los dos primeros por el Atlántico, el tercero por el
golfo de México y el cuarto por el Pacífico; el de _Catoche_ (México),
por dicho golfo; el de _Gracias a Dios_ (América Central), por el
mar de las Antillas; _Gallinas_ (Colombia), el más septentrional de
la América del Sur, también por el mar de las Antillas; _San Roque_
(Brasil), _San Antonio_ (Argentina), _Blanco_ (Patagonia) y _Hornos_
(Tierra del Fuego), por el Atlántico. El _Blanco_ (Perú), _San Lorenzo_
y _San Francisco_ (El Ecuador), por el Pacífico.

Acerca del reino _mineral_ inmensas riquezas se han extraido de las
entrañas y de los cerros de aquel continente. El oro y la plata parecen
allí inagotables. Abunda también el hierro y no escasea el platino y el
cobre. Existen minas de diamantes, esmeraldas, topacios, amatistas y
otras piedras preciosas. En el mar de los Caribes se pescaron por mucho
tiempo claras y gruesas perlas.

La _vegetación_ es admirable. Las tierras llanas están cubiertas de
inmensos bosques poblados de árboles gigantescos. Soberbios pinos,
aromáticas magnolias y otros árboles despliegan en la zona templada
todo su vigor y lozanía. Bajo los trópicos nace el cocotero, el banano,
la ceiba, el sauce, la higuera y el anacardo. Encontramos árboles de
madera tan rica como la caoba y tan fuerte como la corbana, la jagua
y el espino. En el fondo de los bosques crece el cedro y el árbol de
la canela. Trepan por los viejos troncos la vainilla, los pothos y los
bejucos. Las cañas y los helechos adquieren extraordinaria altura.
Americano es el árbol de la quina y plantas americanas son la jalapa,
la zarzaparrilla, el bálsamo de copaiba y la ipecacuana. Por último,
también son americanas el cacao, el maíz, la patata, el tabaco, el
algodón, el campeche y otras varias.

Bellos y de vivos colores son muchos de los _animales_ que se
encuentran en América. No hay en ninguna parte del mundo pájaros de
más bello plumaje (colibrí, pájaro mosca y guacamayo), ni insectos
más caprichosamente pintados, ni reptiles (culebras y lagartos), de
más vistosos colores. Entre los pájaros se halla el condor, entre
los lagartos el caimán, y entre las culebras la boa. Si el león no
es tan grande ni bravo como el de Africa, habita en cambio el jaguar
en los bosques de los trópicos; el lobo, la zorra y otros dañinos
en las selvas del Norte. Abundan manadas de rengíferos y ovibos en
las regiones septentrionales: más abajo el bisonte, y en los países
calientes vive el llama y todas sus especies. Nada diremos del castor,
la marta y otros buscados hoy por sus riquísimas pieles. Llama la
atención la existencia de no pocos animales, pues son abundantes los
rebaños de bisontes y de llamas y numerosas las bandadas de pájaros.
«En el mes de Marzo--escribe Gonzalo Fernández de Oviedo--he visto
algunos años por espacio de quince o veinte días, y otros años más,
ir el cielo de la mañana a la noche cubierto de infinitas aves, unas
tan altas que se las perdía de vista, otras más bajas, pero siempre
muy por encima de las cumbres de los montes, que iban continuamente de
Septentrión a Mediodía»[80].

       [80] _Sumario de la natural historia de las Indias_, cap.
       LXVIII.

Consignaremos del mismo modo que no en todas las regiones del Nuevo
Mundo se hallan minerales ricos, vegetales y árboles tan estimados,
animales tan útiles y hermosos. Al Oeste de la cadena perpetua de los
Andes, en las costas del mar del Sur--dice Humboldt--también he pasado
semanas enteras atravesando desiertos sin agua. Las mesetas de México,
los llanos de Venezuela, las pampas de Buenos Aires y otras regiones
son, en efecto, desiertos tristes y desconsoladores.


                   DIVISION POLITICA DEL NUEVO MUNDO


                   América Septentrional y Central.

                        ESTADOS INDEPENDIENTES

           Estados Unidos.                 Costa Rica.
           México.                         Panamá.
           Guatemala.                      Cuba.
           Salvador.                       Haití.
           Honduras.                       Santo Domingo.
           Nicaragua.


                          América Meridional.

                        ESTADOS INDEPENDIENTES

           Venezuela.                     Chile.
           Colombia.                      Argentina.
           Ecuador.                       Paraguay.
           Perú.                          Uruguay.
           Bolivia.                       Brasil.

                          POSESIONES INGLESAS

           Guayana inglesa.               Islas Falkland.

                         POSESIONES FRANCESAS

                           Guayana francesa.

                         POSESIONES HOLANDESAS

           Guayana holandesa.             Saint-Eustache.
           Aruba.                         Saba.
           Saint-Martín[81].

                          POSESIONES DANESAS

           Groenlandia.
           Sainte-Croix é islas adyacentes[82].
           Saint-Thomas é islas adyacentes.
           Saint-John.

                        POSESIONES VENEZOLANAS

               Islas del Este y del Viento.

                      POSESIONES NORTEAMERICANAS

           Puerto Rico.                   Carlobacou.
           Trinidad.                      Santa Lucía.
           Tabago.                        San Vicente.
           Granada.                       Granadina del Norte.

                         POSESIONES FRANCESAS

           Saint-Pierre y Miquelon.       Marie Galante.
           Guadalupe.                     Saint-Barthelemy.
           Désirade.                      Saint-Martín.
           Les Saintes y Petite-Terre.    Martinica.

                         POSESIONES HOLANDESAS

           Curaçao.                       Buen Aire.

                          POSESIONES INGLESAS

           Canadá.                        Anguila.
           Terranova.                     Antigua.
           Labrador.                      Barbada.
           Islas Bermudas.                Dominica.
           Honduras Británica.            Monserrat.
           Islas Bahamas.                 Redonda.
           Barbada.                       Nevis.
           Jamaica.                       San Cristóbal.
           Islas Turcas y Caicos.         Islas Vírgenes.
           Islas Caimanes.

       [81] Saint-Martín es la única de las Antillas dividida
       políticamente en dos partes: la del Norte es de Francia y la
       del Sur pertenece a Holanda. En el año 1648 y en la cima de
       un monte (Montaña de los acuerdos), se hizo el tratado de
       repartición.

       [82] París 14 julio 1916, 4 tarde.--Según la _Gaceta de
       Lausanne_, la venta de las Antillas danesas a los Estados
       Unidos está virtualmente terminada. Dinamarca cede todos sus
       derechos sobre el archipiélago de las Vírgenes mediante la
       entrega por los Estados Unidos de la suma de 125 millones
       de francos. Este archipiélago, con sus tres islas (Santa
       Cruz, Santo Tomás, San Juan), sus 360 kilómetros cuadrados
       y sus 40.000 habitantes, sólo representa un modesto dominio
       colonial; pero la vecindad del Canal de Panamá le da una
       importancia especial. Por esto desde hace algunos años
       Alemania había multiplicado sus esfuerzos para decidir a
       Dinamarca, bien a cederle el archipiélago entero, bien a
       permitirle establecer en Santo Tomás un depósito de carbón y
       un punto de escala para sus barcos, lo que produjo objeciones
       por parte del Gobierno de Washington en nombre de la doctrina
       de Monroe. (_A B C._ Sábado 15 de julio de 1916).

Conclusión. Tal es la tierra que descubrió aquel varón esclarecido sin
saber que la había descubierto; tal es la tierra que vieron Cristóbal
Colón y los suyos a las dos de la madrugada del 12 de Octubre de 1492.



PRIMERA ÉPOCA

AMERICA PRECOLOMBINA



CAPÍTULO I

  UNIDAD Y VARIEDAD DE LA ESPECIE HUMANA.--EL EVOLUCIONISMO. LA
  SELECCIÓN.--EL PITHECANTHROPUS.--PROTOHISTORIA AMERICANA.--EL
  SALVAJISMO.--ANTIGÜEDAD DE LOS INDIOS.--RAZAS MIXTAS.--EL «HOMO
  ASIATICUS» Y EL «HOMO AMERICANUS». DIFERENCIAS Y SEMEJANZAS ENTRE
  UNO Y OTRO.--ALGUNOS POBLADORES DE AMÉRICA SON AUTÓCTONOS.--RAZAS
  CULTAS Y SALVAJES.


El naturalista Quatrefages (1810-1892) sostuvo la teoría de la
unidad de la especie humana o del _monogenismo_. El hombre, según el
sabio francés, debió ser creado por una voluntad superior o por la
intervención de una fuerza desconocida por nosotros, siendo de notar
que las diferencias que se observan entre las razas se deben únicamente
a condiciones distintas del medio físico.

Otro naturalista, el suizo Luis Agassiz (1807-1873), al mismo tiempo
que admitía una acción suprema, dijo que las especies nacieron
independientes en ocho puntos distintos del globo.

La teoría biológica del evolucionismo intentó explicar el origen de los
diversos seres vivos por derivaciones sucesivas de unos a otros, de tal
manera que cada especie era únicamente la transformación de un tipo
común, que, a través de la evolución del tiempo, había ido generando
las múltiples formas conocidas. Explicó dicha teoría el francés
Lamarck (1744-1829), quien fué atacado por Quatrefages, Agassiz,
Cuvier y otros. No huelga decir que semejante doctrina tuvo no pocos
precursores, mereciendo entre los primeros señalado lugar Aristóteles.
Casi se hallaban olvidadas las obras de Lamarck (_Sistema de los
invertebrados_ y _Filosofía zoológica_) cuando apareció el eminente
naturalista inglés Carlos Roberto Darwin (1809-1882): su obra _Del
origen de las especies_, publicada en 1859, y cuya base es la evolución
universal, vino a hacer una revolución en la ciencia. Doctrina tan
peregrina consistía en afirmar que la lucha por la existencia y la
selección natural eran las dos leyes que regían la multiplicación y
perfeccionamiento de las especies. El estado de guerra que Hobbes
señalaba, solamente entre los hombres primitivos (_Homo homini lupus_)
era, según Darwin, la ley universal de la vida animal. «Vemos--dice--la
naturaleza resplandeciente de hermosura y observamos en ella
abundantemente todo lo que puede servir para alimento de los seres;
pero no miramos u olvidamos que las aves que cantan con tanta dulzura
alrededor de nosotros viven sobre todo de insectos y de otras aves o
se ocupan siempre de destruir. No recordamos que los huevos y nidos de
dichas aves cantoras son destruídos por animales feroces o por aves de
rapiña; no tenemos presente que el alimento que les está destinado y
que hoy es abundante, no lo es en todas las estaciones. Cuando se dice
que los seres luchan para vivir, es preciso entender esta palabra en
el sentido más amplio y más metafórico, comprendiendo las dependencias
mutuas de los seres, y lo que tiene más importancia, las dificultades
que se oponen a su propagación. En tiempos de hambre puede decirse
que los carnívoros están en lucha unos con otros para proporcionarse
el sustento. La planta arrojada a la orilla del desierto lucha para
vivir contra la sequía. Un arbusto que produce anualmente un millar de
granos, lucha en realidad contra las plantas de la misma especie o de
especies diferentes que ya cubren el suelo.»

Respecto de la cría de los animales, se ha verificado hace un siglo
largo el comienzo de una doctrina que se llama _selección_. Según
ella, el individuo que se dedica a dicha cría, cuando sorprende en un
ser cualquiera un carácter especial, le sigue en una familia y escoge
con cuidado los reproductores que pueden transmitirle, obteniendo,
mediante largos esfuerzos, una nueva variedad, una raza. La naturaleza,
dice Darwin, no hace otra cosa; del mismo modo que el hombre forma
razas artificiales, la naturaleza crea razas naturales. La naturaleza
abandona desapiadadamente o arroja todo lo que es débil, impotente y
enfermizo; da vida, en cambio, a los más fuertes, poderosos y sanos. La
variedad, asegurando más y más su preeminencia, se eleva a la categoría
de especie, así como el boceto viene luego a ser cuadro. La nueva
especie vivirá largo tiempo; pero cuando cambien el medio físico y el
medio orgánico, los cambios o variaciones formarán otras especies, que,
a su vez, acabarán con las citadas anteriormente. La naturaleza, pues,
mediante la selección, renovará la faz de la tierra; renovación que
sólo necesita el tiempo, que no tiene límites. En tal estado el asunto,
falta explicar la aparición de las primeras formas orgánicas. ¿Había
en el seno de la naturaleza inorgánica fuerzas dormidas que en ciertas
circunstancias pudieron crear una planta o un animal, de igual manera
que se forma un cristal en virtud de ciertas afinidades químicas? Tal
es la doctrina de la generación espontánea.

Darwin, en su libro intitulado _Descendencia del hombre_, y que
vió la luz en el año 1871, aplicó rigurosamente sus teorías a la
especie humana. Según Darwin y sus discípulos, el hombre, siguiendo
las leyes de la selección natural, desciende de un grupo de seres
antropomórficos, al cual pertenecen el orangután, el gorila y el
chimpancé. El eslabón que une a aquél con los últimos debió existir en
el período terciario, y fué el _pithecanthropus_ del alemán Haeckel o
el _anthropopythecus_ de Mortillet[83]. Los restos encontrados en las
formaciones sedimentarias de Java[84], parecen indicar la existencia
de un ser superior a los antropóides e inferior al hombre. No se da un
salto, pues, del orangután al hombre. _Natura non facit saltum._ El
precursor del hombre debió ser el pithecanthropus.

       [83] Deuxiéme session de _L'Asociation francaise pour
       l'avancement des sciences_.--Lyon, Aout, 1872. (_Revue
       Scientif_, 2.ª ser., 3.^{er} an., núms. 9, 10 y 11).

       [84] Isla en el archipiélago de la Sonda (Oceanía Occidental).

Hovelacque dice por su parte: «La única facultad que distingue al
hombre de los animales es la palabra, y por mucho que retrocedamos en
el pasado, el ser que encontramos provisto del lenguaje articulado es
ciertamente el hombre, mas no lo es el que carezca de esta facultad.
No podemos pensar que el lenguaje le fuera dado al hombre de repente,
sin causa, _ex nihilo_, sino más bien que fué el fruto de su desarrollo
progresivo, el producto de su perfeccionamiento orgánico. Y siendo
esto así, antes del ser caracterizado por la facultad del lenguaje
articulado hubo otro que estaba en camino de adquirirla, de llegar a
ser hombre, y este ser es el que debió tallar los silex de Thenay»[85].

       [85] _Lettre sur l'homme préhistorique du type le plus
       ancien_, etc. París, 1876.

En resumen: el mineral, mediante una serie de transformaciones
sucesivas más o menos largas, pudo llegar y ha llegado a ser planta, la
planta a ser animal y el animal a ser hombre.

Ya en este punto de la investigación científica, la discusión entre
monogenistas y poligenistas carece de todo interés: se reduce a
averiguar si el hombre apareció en diferentes puntos de la tierra,
como creen unos, o en una sola parte, como piensan otros. Mientras
Darwin escribía que «los naturalistas que admiten el principio de
la evolución, no vacilarán en reconocer que todas las razas humanas
descienden de un solo tronco primitivo», el alemán Goethe (1749-1832),
afirmaba, por el contrario--tales son sus palabras--, que «la
naturaleza se muestra siempre generosa y hasta pródiga, estando más
conforme con su espíritu admitiendo que ha hecho aparecer a los hombres
por docenas y aun por centenares, más bien que suponiendo que los ha
hecho aparecer pobremente de una sola y única pareja. Cuando la tierra
hubo llegado a cierto grado de madurez, cuando las aguas se fueron
encauzando y los terrenos secos se cubrieron de verdura, apareció el
hombre en todos los lugares en que la tierra lo permitía.»

De Fritsch son las palabras que copiamos: «Es evidentemente absurdo que
estas condiciones favorables (refiriéndose a las necesarias para la
aparición del hombre), sólo se han presentado en una sola localidad;
que un lugar de la tierra haya sido el preferido para la aparición del
hombre, y, por último, que una sola pareja haya tenido la dicha, para
asombro de la posteridad, de ser la originaria del género humano.»
Humboldt, Gumplowitz y otros sabios, niegan del mismo modo que todos
los hombres se deriven de una pareja única.

Después de la teoría general que acabamos de reseñar, procede que nos
ocupemos de la aparición del hombre en América. Aunque se anunció como
cosa cierta y positiva que los Sres. Witney y Blaque, ingenieros de
los Estados Unidos, habían descubierto un cráneo que se hallaba debajo
de materiales volcánicos, edad terciaria y período plioceno[86], se
supo luego que aquellos naturalistas habían sido engañados por mineros
de poca conciencia. Aun admitiendo que dicho cráneo fuese auténtico
y no moderno, con señales bien hechas, nos asaltaría la duda de si
el terreno es terciario, pues todo indica que pertenece a la edad
cuaternaria.

       [86] Desor, _L'homme pliocene de la California_. Nice, 1879.

Mayor importancia--como escribe D. Juan Vilanova--revisten los huesos
humanos descubiertos recientemente en el sitio, no lejos de México,
llamado el _Peñón de los Baños_. Bárcena y Castilla, profesores de
Geología, dicen «que, por los caracteres que ostentan los huesos, el
esqueleto pertenece a la raza indígena pura de Anahuac, añadiendo, por
último, que lo consideran como prehistórico, o sea muy anterior a las
noticias que sobre dicha raza presentan la tradición y la historia,
señalándole como antigüedad menor la de 800 años, y como horizonte
geológico, la división superior de la era cuaternaria»[87]. En la
cuenca del río Delaware, no lejos de la ciudad de Trenton (Estados
Unidos), en una formación glacial, halló el Dr. Abbott «más de un
cráneo humano que, si son contemporáneos de los instrumentos tallados
descubiertos en la misma localidad, deben ser tan antiguos como éstos,
que representan por su forma y por lo tosco de su labor el período
europeo de Chelles y Taubach»[88]. Llamó la atención que algunos de
los cráneos fuesen braquicéfalos y no dolicocéfalos, esto es, que
correspondiesen a una raza superior, como superior se considera la
braquicefalia a la dolicocefalia.

       [87] _Protohistoria Americana_, Conferencia de D. Juan
       Vilanova en el Ateneo de Madrid el 21 de Abril de 1891, págs.
       30 y 31.

       [88] Ibidem.

Hace notar el Marqués de Nadaillac a propósito de los cráneos
americanos, que no se halla probado que predominen los braquicéfalos o
los dolicocéfalos, habiendo verdadera mezcla de unos y otros, si bien
debe notarse que en todos está muy reducida la cavidad cefálica, sin
querer esto decir que signifique tal condición inferioridad intelectual
en aquellas gentes. Encierra verdadera importancia el siguiente hecho.
Los cráneos encontrados cerca de Merom (Indiana), los de Chicago, el
procedente del Stimpson's-Mound y los del Kennicott-Mound ofrecen
caracteres de inferioridad, hasta el punto que la depresión frontal
es casi igual a la del chimpancé. De la misma manera son de escasa
capacidad cefálica los cráneos encontrados en los paraderos del litoral
de California y del Oregón, como también los de la isla de Santa
Catalina, donde con los restos humanos aparecieron pequeñas vasijas de
esteatita, objetos de silex y de hueso, y alguna esculturita de piedra
dura.

No pasaremos en silencio «la indicación de la singular forma que
ofrece la tibia de muchos esqueletos, a la que se aplica el nombre de
platignemia, común en muchos monos, así como el agujero natural que
ofrece la cavidad olecraniana del húmero, rasgos que los transformistas
invocan en pro de la descendencia simia del hombre.»[89]. Casi
idénticos caracteres se ven en los huesos encontrados en diferentes
puntos (Buenos Aires, Patagonia, Venezuela, Florida, etc.). Por cierto
que discurriendo el Sr. Tenkate, escritor distinguido, acerca de los
caracteres generales de las razas humanas encontradas en América,
ha venido a sostener que dichas razas corresponden a las llamadas
mogolas o amarillas. Haremos notar en este lugar que es un hecho el
predominio de la raza braquicéfala o de cráneo redondo en el Norte, así
como el de la dolicocéfala o de cráneo elíptico en el Sur; y siendo
inferiores--como generalmente se cree--las razas de cráneo largo,
debió poblarse el continente americano de Sur a Norte, y no--según la
opinión corriente--de Norte a Sur. En Europa los hombres más antiguos
son los dolicocéfalos, y en América--si damos crédito a investigaciones
recientes--los braquicéfalos.

       [89] Vilanova, ob. cit., pág. 32.

[Ilustración: Cráneo neolítico (California).]

Sintetizando la doctrina que acabamos de exponer, diremos que algunos
cráneos hallados en América tienen más parecido al del chimpancé que al
del hombre de nuestros días, siendo también objeto de estudio la forma
de ciertas partes de los esqueletos que son como un paso del mono al
hombre.

Manifiéstase con toda claridad que los caracteres de otros esqueletos,
tal vez más modernos que los anteriormente citados, revelan el
salvajismo, pudiéndose sostener que ciertas señales acreditan la
antropofagia. ¿Indica más salvajismo el hombre primitivo de América
que el encontrado en el valle del Neckar, cerca de Suttgard, y que
Quatrefages y Hamy han hecho del citado ejemplar el tipo de la
raza más antigua que habitó el continente europeo en los tiempos
cuaternarios, distinguiéndola con el nombre de Canstadt? Creemos poder
afirmar que el continente americano ha pasado por los mismos cambios
y mudanzas que el Mundo Antiguo (Asia, Africa y Europa); ha seguido
las mismas vicisitudes y en él se ha desarrollado la vida del mismo
modo. Muéstrase la antigüedad de los indios con sólo atender, entre
otras cosas, al número considerable de lenguas y la perfección en que
éstas se hallaban al descubrir Cristóbal Colón el Nuevo Mundo. De
igual manera se manifiesta la antigüedad considerando los edificios
esparcidos por todo el continente americano. Opina el historiador
Bernal Díaz del Castillo que el templo de Huitzilipuctli se edificó mil
años antes de la llegada de los españoles a América.

No obstante lo dicho, Bacón de Verulamio sostuvo que los indios eran
gente más nueva que los habitantes del Antiguo Mundo, y Herrera
entendía que nuestro hemisferio se hallaba habitado cuando comenzaron
a poblarse las Indias[90]. Cuenta Lescarbot que Noé llegó en un navío
al Estrecho de Gibraltar, pasando al Canadá y Brasil, y últimamente a
Paria y a otras tierras[91]. Algunos tienen como cosa cierta, que Tubal
envió gentes a poblar las Indias[92], y Acosta se contenta con decir
que se poblaron antes de Abraham[93]. Fulero consideró a los hijos de
Cus como los primeros que se establecieron en las Indias; Vasconcelos
supuso que los indios procedían de los dispersos al tiempo de la
confusión de las lenguas, o de los hijos de dichos dispersos; Hornio y
Laet creían que se pobló América al mismo tiempo que Africa y Europa,
y Torquemada sostuvo que la población se verificó cerca del tiempo del
diluvio[94].

       [90] Fr. Gregorio García, Ob. cit., libro IV, párrafo XV,
       págs. 312 y 313.

       [91] Pág. 308.

       [92] Pág. 308.

       [93] Pág. 309.

       [94] Págs. 309 y 310.

Mostrado está que los americanos constituyen un grupo de razas mixtas,
como escriben Molina y D'Orbing. Dice el primero: «Las naciones
americanas son tan diferentes unas de otras como lo son las diversas
naciones de Europa: un chileno no se diferencia menos de un araucano,
que un italiano de un tudesco»; y el segundo añade: «Un peruano es más
diferente de un patagón, y un patagón de un guaraní, que un griego
de un etiope o de un mogol». Por el contrario, nuestro Herrera se
expresa del siguiente modo: «Es cosa notable que todas las gentes de
las Indias, del Norte y del Mediodía, son de una misma inclinación
y calidad, porque, según la mejor opinión, procedieron de una misma
parte; y asímismo los de las islas, a las cuales pasaron de la tierra
firme de Florida»; y Ulloa (Antonio) escribe lo que copiamos a
continuación: «Visto un indio de cualquier región se puede decir que
se han visto todos»[95]. Del mismo modo han opinado Robertson, Herder,
Blumenbach, Humboldt y otros.

       [95] _Noticias americanas._--Entretenimiento XXII, pág.
       253.--1792.

El _homo asiaticus_, que comprende las poblaciones extendidas desde
el Caspio y el Eufrates hasta el mar Amarillo y el Japón, y desde la
Manchuria a Siam tiene por caracteres físicos «la cabeza de forma
prolongada y relativamente corta, braquicefálica, cuneiforme sobre
todo, y platicefálica; la faz en relación, la estatura variable,
el color de la piel amarillento como los chinos o atezado como los
japoneses; escaso o pobremente velludo, de barbas ralas y menguadas y
rígidos cabellos negros. Los ojos muestran inclinación oblícua hacia
el ángulo interno, mientras que el externo está levantado; la nariz
es corta y deprimida, los pómulos abultados y salientes, la faz en su
totalidad aplastada y los ojos obscuros»[96].

       [96] G. Sergui, _La evolución humana individual y social_,
       tomo I, pág. 65.--Barcelona, 1905.

Los caracteres principales del _homo americanus_ son los siguientes:
«una frente chica y baja; hundidos, pequeños y obscuros los ojos;
grande la boca; dilatada la nariz por las ventanas y honda en su raíz;
largo, laso, grueso y negro el cabello; escasa la barba y depilada
la piel; la color, obscura con variedad de tonos, las más veces como
la del membrillo cocido; la contextura física, robusta y fuerte;
el temperamento bilioso y sobrio; y en la constitución social, la
costumbre es el régimen ordinario»[97].

       [97] Antón, Ob. cit., pág. 11.

Las diferencias, pues, entre el _homo asiaticus_ y el _homo americanus_
no son radicales; antes por el contrario, la semejanza es manifiesta.

Lo mismo pudiéramos decir de las costumbres y creencias. Los mejicanos,
como los mongoles, quemaban los cadáveres, recogían las cenizas y
las encerraban en urnas con una piedra preciosa. Los peruanos, como
los judíos, guardaban a sus muertos y los enterraban, ya en pie, ya
sentados, con parte de los utensilios, y a veces con los tesoros
que tuvieron en vida. Los peruanos, como los chinos, daban capital
importancia a la agricultura y conservaban los hechos históricos en
anudadas cuerdecillas. Por sus creencias, los americanos, como los
asiáticos, reconocían la existencia de un Espíritu, creador del Mundo,
para el cual no había representación posible ni era bastante ancho el
recinto de un templo. Unos y otros tenían noticia por tradición del
diluvio, y afirmaban que muy pocos se habían salvado de la catástrofe.
Los mejicanos suponían fabricada su pirámide de Cholula por unos
gigantes que habían intentado elevarla hasta las nubes, atrayéndose por
su insensato orgullo la cólera celeste: los hebreos decían lo mismo de
su torre de Babel. Tenían su Eva los indígenas en la diosa Cioacoatl,
la primera mujer que pecó, parió y legó a su sexo los dolores del
parto. Por ella instituyeron el Bautismo, que empleaban, como los
cristianos, para limpiar a los recién nacidos del pecado original
y traerlos a nueva vida. Muy parecida era también la organización
religiosa. En América y en Oriente el sacerdocio gozaba de grandes
prestigios y de mucho poder; en uno y en otro punto se celebraban
suntuosas fiestas y sangrientos sacrificios. No es, pues, de extrañar
que Guignes y Paravez, por los años de 1844, como también Humboldt,
Preschel y otros, intentasen probar que la cultura peruana procedía del
Asia.

Consideremos las principales tribus americanas. Según Molina, los
boroanos, en las provincias de Chile, «son blancos y tan bien formados
como los europeos del Norte»; cree Quatrefages que los koluchos,
habitantes en la parte Norte de la costa del Pacífico, pertenecen a
la raza blanca; Bartram considera algunas jóvenes de los cherokises
«tan blancas y bellas como las jóvenes de Europa»; y Humboldt escribe
que también tienen el mismo color blanco los guanariboes, guanaros,
guayacas y maquiritarés, que él vió en las orillas del alto Orinoco.
Si en general es ralo y escaso el pelo del cuerpo y de la barba en los
americanos, los yuracarés, si damos crédito a D'Orbigny, tienen la
barba cerrada como los europeos; Laperouse, y también Molina dicen que
en algunos chilenos no es menos espesa la barba que en los españoles.
Acerca de la estatura, si son altos los patagones, algunos pieles-rojas
y los muscogíes, en cambio los peruanos son bajos, y más bajos todavía
los esquimales. Por lo que respecta a las proporciones de la cabeza, si
la forma del cráneo es en general la braquicéfala, también se encuentra
la dolicocefalia.

Dejando otros caracteres físicos menos importantes que los anteriores,
pasamos a estudiar los intelectuales. Se ha discutido si la raza
americana es inferior para la civilización y cultura que las otras
razas del Antiguo Mundo, cuestión que no tiene valor alguno. Si en
la época del descubrimiento, algunos pueblos del nuevo continente
(mexicanos y peruanos) presentaban todas las formas sociales conocidas
en el Antiguo Mundo, no llegaron, sin embargo, al principio de la
civilización en toda su fuerza. Acostúmbrase a decir que en América se
hallaba el hombre en los estados siguientes: salvaje, bárbaro, nómada o
sedentario y civilizado. A la llegada de Cortés y Pizarro, el primero
a México y el segundo al Perú, encontraron Gobiernos regulares, artes,
industria y agricultura.

Debemos fijar nuestra atención en las opiniones principales acerca
del origen de los primeros pobladores de las Indias. Creen algunos
escritores que los primeros habitantes han nacido en el mismo suelo
americano, esto es, que son _autóctonos_; según otros, proceden del
Africa; algunos dicen que de Europa, y muchos, tal vez la mayor parte,
les hacen venir del Asia. El primero que sostuvo, allá por el año
1520, que los americanos eran autóctonos, fué el naturalista suizo
Teofrasto Paracelso, el cual hubo de negarles clara y terminantemente
la descendencia de Adán, anticipándose con esto muchos años a la
escuela de antropólogos americanos. En un anónimo publicado en Londres,
en 1695, y que se intitula _Two essays, sent in a letter from Oxford
to a nobleman in London, by L. P. M. A._, se sostiene el autoctonismo
americano. Morton, profesor de Filadelfia y fundador de la citada
escuela de antropólogos, intentó probar, con razones de bastante peso,
el origen genuínamente americano de los indios, raza distinta de todas
las conocidas en el Viejo Mundo. Nott y Glidon, discípulos de Morton,
popularizaron en los Estados Unidos de Norte América la doctrina del
maestro. _The native americans are possessed of certain physical
traits that serve to identify them in localities the most remote from
each other: nor to they as a general rule assimilate less in their
moral character and usages._ Dicha doctrina tiene al presente no pocos
defensores.

La mucha antigüedad del hombre en América se halla mostrada por
recientes descubrimientos. Lo mismo del Norte que del Sur, se han
extraído de terrenos cuaternarios armas y utensilios de piedra al
lado de restos de animales cuya especie se extinguió hace siglos.
«En California, en el condado de Tuolumne, en las galerías mineras
de Table Mountain, a trescientos cuarenta pies de profundidad, de
los cuales más de ciento eran de lava, se encontró el año 1862 con
huesos fósiles de mastodonte y otros paquidermos, un almirez de
granito, un adorno de pizarra silícea, puntas de lanza de pedernal y
una cuchara de esteatita. Han ocurrido después análogos y no menos
interesantes hallazgos en distintos lugares, sitos entre los Grandes
Lagos y el Golfo de México»[98]. En la América meridional, según Lund,
que reconoció el Brasil, se han encontrado muchas cuevas donde se
hallaban cráneos y aun esqueletos humanos confundidos con osamentas
de animales de razas muertas. No es de extrañar que se afirme la
existencia del hombre en América durante el período _diluvial_, cuando
los ventisqueros desprendidos del Polo transformaron completamente la
superficie del planeta. Como consecuencia de todo ello, tampoco es de
extrañar que no pocas tribus americanas se considerasen autóctonas.
Sostenían los navajos que todas las tribus habían salido del fondo de
sus cavernas; los peruanos afirmaban que los Incas tuvieron su cuna en
el lago de Titicaca; los iowas se creían descendientes del hombre y de
la mujer creados por el Grande Espíritu; los quichés se consideraban
originarios del Oriente de América.

       [98] Pi y Margall, _Historia general de América_, tomo I, vol.
       II, pág. 1.158.

Dado que en ninguna de las tribus americanas se recordaba el nombre
de pueblo ni de comarca del Antiguo Mundo; ni se conocía el arado, ni
el cultivo de la vid y el trigo, ni el uso del hierro, ni el carro de
guerra, ni el transporte, ni otras embarcaciones que el haz de juncos
y la canoa; ni en ninguna se había llegado a la escritura fonética,
considerando todo eso, deducía Pi y Margall que si el hombre americano
no había tenido su origen en el Nuevo Mundo, debía ser, por lo menos,
tan antiguo en él como el europeo en Europa, y hubo de vivir siglos
y siglos en el mayor aislamiento[99]. Creemos como cosa cierta que
no procedían del antiguo continente ni los _mound builders_, ni las
razas que unas después de otras invadieron el Anahuac, ni las que
se encaminaron desde el istmo de Tehuantepec al de Panamá, ni las
que civilizaron el Perú mucho antes que los Incas, ni los autores de
ninguna de las revoluciones porque debió pasar la América durante
tantos siglos. Tales razas debieron ser americanas y lejos de dejarse
dominar por extrañas gentes, ellas dominaron a los que desembarcaron en
sus costas. A los autores que no se explican cómo de una sola especie
se hayan derivado la multitud de gentes que encontramos establecidas
desde el Océano Glacial del Norte al Cabo de Hornos, les contestaremos
que tampoco debieran explicarse cómo nacieron de la sola especie
indo-europea tantas nacionalidades situadas entre el Estrecho de
Gibraltar y las orillas del Ganges.

       [99] Ob. cit., vol. II, pág. 1.159.

Las revoluciones de que antes hicimos mención no fueron realizadas por
las razas salvajes, sino por las cultas. La raza de los nahuas fué la
que más hubo de contribuir a la civilización de la América del Norte,
y a ella pertenecían los olmecas, xicalancas, toltecas, chichimecas y
aztecas. Por quererse imponer unas tribus sobre otras engendraron las
revoluciones a que sirvió de teatro el valle de México. Considérase
como otra raza civilizadora la de los mayas, extendida por Chiapas,
Guatemala, Yucatán y Honduras. Además de los verdaderos mayas, existían
tribus con los mismos rasgos característicos, y todos formaron un
imperio; imperio que tiempo adelante se dividió en tres Estados. Además
de nahuas y mayas había otras razas civilizadoras. Entre ellas se
encuentran los zapotecas, que no hablaban ni el maya ni el nahuatl;
pero que tenían culto propio y levantaban monumentos como los de
Mitla. Lo mismo decimos de los pueblos de Palenque y de los autores de
los templos de Copán. En la América del Sur deben mirarse como razas
civilizadoras la de los muiscas o chibchas, la de los quechuas, y tal
vez la de los chimus. Los quechuas, chimus y aymarás, constituían
principalmente a la llegada de los españoles el imperio de los Incas.

Cuando los españoles llegaron a América, ¿habían desaparecido algunas
de las razas cultas? Muchos autores creen que sí y citan en su apoyo
los monumentos cuyo origen desconocían los indígenas del tiempo de
la conquista. Hasta el año 1576 en que las descubrió D. Diego García
de Palacio, oidor de la Audiencia de Guatemala, se desconocieron las
ruinas de Copán; y hasta el 1746, en que las vió D. Antonio de Solís,
cura de Tumbalá, nada se sabía de las ruinas de Palenque. Y por lo que
al Perú respecta, nadie sabía quiénes habían sido los artistas del
templo de Pachacamac, los del mirador de Huanuco el Viejo, ni los de
los monolitos de Tiahuanaco.

En la América del Norte se han descubierto extensos recintos de
cascajo y piedra e innumerables túmulos en el valle del Mississipí, a
los cuales, por ignorarse el nombre de las razas que los levantaron,
se les llama _mound-builders_. En las costas de los dos Océanos y en
las riberas de algunos ríos se encuentran inmensos bancos de conchas
de moluscos, llamados por los dinamarqueses _Kjökkenmoddings_, y por
los habitantes de los Estados Unidos _shell-heaps_ o _shell-mounds_,
que cubren 30 y hasta 60 hectáreas de terreno, y tienen de altura de
10 a 12 metros, hallándose en todos ellos utensilios y armas. ¿Qué
significan aquellas obras y estos utensilios y armas? Los indígenas
contestaban que ya existían cuando sus padres se establecieron en el
país.

Por lo que a las razas salvajes se refiere, su historia queda reducida
a las creencias, usos y costumbres que las distinguían, como también
por las luchas que han debido tener con las civilizadoras para sostener
su independencia. A la sazón, los hombres cultos, unos las compadecen,
otros las envidian y algunos las odian. Las compadecen aquellos que
las ven privadas del beneficio de la civilización, las envidian los
que consideran los vicios de la sociedad culta, y las odian los que
las creen incapaces de progreso. Nosotros, ni las compadecemos,
ni las envidiamos, ni las odiamos. Diremos, sí, que preferimos la
civilización, sin embargo de los males que corroen la sociedad presente
y aun de las locuras de las naciones más civilizadas en este momento
histórico. Catlin opina que es más excelente la vida salvaje que la
culta; Bancroft deplora el paso de los europeos por las comarcas del
Pacífico, y algunos discípulos de Augusto Comte no quieren que a los
pacíficos y felices salvajes se les lleve al infierno en que viven
los pueblos europeos. No estamos--repetimos--conformes con semejante
teoría, aunque reconocemos que los vicios de los indios procedían
más bien de ignorancia y fiereza que de perversidad y malicia. En lo
sucesivo abrigamos la esperanza que las sociedades cultas se atraerán
los restos de las razas salvajes, no por la fuerza, sino por el cariño;
no destruyendo, sino civilizando.



CAPÍTULO II

  COMUNICACIÓN DE AMÉRICA CON ASIA.--COMUNICACIÓN DE AMÉRICA
  CON AFRICA.--CONSIDERACIONES ACERCA DE LA DOCTRINA DE PLATÓN,
  TEOPOMPO DE QUIO, ARISTÓTELES, DIODORO SÍCULO, Y SÉNECA.--LOS
  INDIOS NO AUCTÓCTONOS, ¿DE DÓNDE PROCEDEN?--LOS EGIPCIOS.--LOS
  GRIEGOS.--LOS FENICIOS.--LOS CARTAGINESES.--LOS RELIGIOSOS
  BUDHISTAS.--SIGNIFICADO Y SITUACIÓN DE OPHIR.--LOS HEBREOS.--OTRAS
  OPINIONES RESPECTO AL ORIGEN DE LOS INDIOS: LOS ROMANOS, LOS
  ETIOPES CRISTIANOS, LOS TROYANOS, LOS SCYTHAS Y TÁRTAROS.--ORIGEN
  DE LOS INDIOS SEGÚN FR. GARCÍA, EL DR. PATRÓN. HUMBOLDT Y RIAÑO.


Estimamos como cuestión resuelta la comunicación de América con el
Asia por el Estrecho de Behring. Si no hubiese otros hechos que lo
confirmasen, bastaría tener presente que los esquimales, no solamente
se hallan situados en la Groenlandia, en las orillas del Labrador y en
la estrecha faja de la costa Norte, prolongada del uno al otro Océano,
sino también, del otro lado del Estrecho, y pueblan la extremidad
oriental del Asia, desde la bahía Kolintchin, hasta el Golfo de Anadyr.
La existencia, desde tiempos muy remotos, de la raza esquimal, en
determinada parte del Mundo Nuevo y del Antiguo, prueba la comunicación
de América con Asia; además de la raza, lo confirma la lingüística,
pues Maury cree que los dialectos esquimales «pueden ser considerados
como haciendo la soldadura entre los idiomas del extremo Oriente de la
Siberia y los de la parte boreal del Nuevo Mundo».

Acerca del paso de los indios asiáticos al Nuevo Mundo, opinan algunos
escritores que fueron por mar, añadiendo otros, no sólo que fueron por
mar, sino llevados por las tormentas y contra su voluntad. Entre los
escritores que afirman que los primeros pobladores de América pasaron
por lo que después se convirtió en Estrecho de Behring, se halla el
insigne naturalista inglés Wallace (n. en Vsk el 1822). Dice que, a
fines de la edad terciaria, o en el período plioceno, cuando ya pudo
existir el hombre, había comunicación no interrumpida entre Asia y
América, porque el citado Estrecho era de la época cuaternaria. Si
América se halla aislada del resto del globo, no deja de estar unida
por la naturaleza al Antiguo Mundo. La aproximan al Asia el Estrecho de
Behring y la cadena de las islas Aleutianas, y la acerca a Europa la
Groenlandia, que está de la Islandia 615 kilómetros.

El filósofo e historiador alemán Herder (1744-1803), en su _Filosofía
de la Historia de la Humanidad_, no duda en afirmar que los esquimales
de la Groenlandia proceden del Asia, añadiendo también--y en esto se
halla conforme con la doctrina expuesta por el dominico P. Gregorio
García (1560-1627)--, que pueblos de todas las partes del mundo, y en
diferentes épocas, pasaron a América[100].

       [100] Véase ob. cit., tomo I, págs. 291-301.

Sobre materia tan interesante, dice el insigne geógrafo francés Eliseo
Reclus (1830-1905), en su _Geografía Universal_: «Históricamente--tales
son sus palabras--América es, cuando menos, en gran parte, continuación
del Asia, y, por lo tanto, debe considerarse como tierra oriental. Los
asiáticos no han necesitado descubrir la América, o los americanos
descubrir el Asia, puesto que desde el uno y el otro continente se
veían las respectivas tierras. Aun sin la flotilla de kayacs[101] que
los transportase, podían los indígenas de las dos regiones alcanzar
las costas opuestas. Al Sur del Estrecho, hasta el Oregón, se abrían
numerosos golfos a los barcos asiáticos: se ha dicho que el continente
americano vuelve la espalda al Asia; y esto, en lo que toca a la parte
septentrional del Nuevo Mundo, no es cierto. Es opinión de muchos
antropólogos--opinión muy combatida por Morton, Rink y otros sabios--,
que las tribus hiperbóreas de América descienden de las emigraciones
del Asia, y en las dos orillas del Estrecho de Behring, la semejanza
de tipos, de costumbres y de lenguaje, es tal, que no admite duda la
identidad de raza de aquellos habitantes[102]. Para los que aceptan
el parentesco de los esquimales con los mogoles siberianos, toda la
mitad de la América del Norte, debió poblarse con gentes de origen
occidental. Por otra parte, se nota la influencia polinesia en las
construcciones, en los trajes y en los adornos de los insulares de
América del Noroeste, desde Alaska al Oregón; y la _corriente negra_
que atraviesa el Pacífico boreal, frecuentemente ha llevado objetos
japoneses: desde comienzos del siglo décimo séptimo, se pueden citar
más de sesenta ejemplos de este hecho[103]. A veces, como en 1875, la
corriente arrastró bajeles que habían naufragado en la otra parte del
mundo, y, según muchos historiadores y arqueólogos[104], la propaganda
budhista y, por consiguiente, la civilización del Asia, durante los
primeros siglos de la Era cristiana, debió influir directamente en
los habitantes de México y de la América Central. En las esculturas de
Copán y de Palenque, se han encontrado imágenes sagradas absolutamente
semejantes a las del Asia oriental y, en particular, el _taiki_,
símbolo muy venerado por los chinos, que representa--dice Hamy--, _la
combinación de la fuerza y de la materia, de la actividad y de la
pasividad, del macho y de la hembra_. Sea o no aceptable la hipótesis
relativa a la influencia budhista, no cabe duda que al Asia, es decir,
al Oeste de los continentes americanos, se refieren las más antiguas
relaciones transoceánicas»[105].

       [101] Barco de pesca de Groenlandia, hecho con piel de foca.

       [102] A. de Chemisso--Waitz.--Oscar
       Peschel,--Petitot.--Whymper.

       [103] Brooks, _Comptes rendus de la Société de Geographie_ (2
       julio 1886).

       [104] De Guignes, _Les navigations des Chinois_, 1761.--M. de
       Humboldt, _Vues des cordilléres et des monuments des peuples
       indigenes de l'Amerique_.--Kohl, _Geschichte, der Entdecung
       Amerika's_. Neumann.--De Quatrefages.--Hamy.--Hervey de Saint
       Denis.--Désiré Charnay.

       [105] _Geografía Universal._--_América boreal_, etc., págs. 5
       y 6.

Consideremos las opiniones de algunos sabios acerca de la comunicación
de América con Africa, debiendo fijarnos principalmente en lo que dicen
los libros de Platón, Teopompo de Quio, Aristóteles, Diodoro Sículo y
Séneca.

Platón, después de exponer en su famoso tratado de la _República_ el
plan para organizar un Estado de la mejor forma posible, escribió
«comentarios de aquellas mismas ideas y desarrollo de otras más o menos
conexas con ellas?»[106].

       [106] Eduardo Saavedra, _Conferencia pronunciada en el Ateneo
       de Madrid el 17 de febrero de 1891_, pág. 7.

En el _Timeo_, otro de los libros del filósofo griego, se lee lo
que a continuación copiamos: «Entonces era el mar navegable en esos
parajes, puesto que existía una isla enfrente de la embocadura, que
designamos con el nombre de Columnas de Hércules, y esta isla era mayor
que la Libia y el Asia juntas, y desde ella pasaban a otras islas en
sus viajes los hombres de ese tiempo y desde estas islas al extenso
continente directamente opuesto, que está limitado por el verdadero
mar. El mar, que se halla dentro de la embocadura de que hemos hablado,
es aparentemente un puerto con la entrada estrecha: pero el otro que
está más allá es en realidad un mar, y la tierra que le rodea debía,
con mayor corrección y con absoluta verdad, llamarse continente.»

Mayor importancia tiene para nuestro objeto el libro intitulado
_Critias_. Refiere Critias lo que un ascendiente suyo había oído a
Solón, quien a su vez lo aprendió en Egipto de cierto sacerdote de
Sais, conocedor de los libros históricos guardados en un templo de
la misma ciudad. La doctrina desenvuelta por el sabio legislador en
un poema, iba dirigida a demostrar que nueve mil años antes de aquel
tiempo, el pueblo ateniense, organizado casi igual al plan expuesto
en los libros de la República, llegó a la mayor grandeza, lo mismo
por sus virtudes cívicas que por sus triunfos militares. La misma
ventura--pues las circunstancias eran las mismas--logró la Atlántida;
pero allí y aquí la corrupción de costumbres atrajo el castigo del
cielo y mientras en Grecia grandes inundaciones asolaron la tierra,
dejando apenas rudos montañeses, ignorantes de las leyes y de los
hechos heroicos de sus antepasados, la Atlántida, castigada por
terribles terremotos, se sumergió en el fondo del mar. Tales sucesos--y
por eso pudo decir con razón el sacerdote de Sais que los griegos eran
siempre niños--sólo encontraron cabida en los libros sagrados de los
egipcios. Luego trata Critias del origen de los atenienses, del clima y
gobierno del Atica, como igualmente de los atlantes, según la relación
egipcia. Prescindiendo de sucesos un tanto legendarios, dice que se
encontraba en la isla, entre los metales, el _oricalco_, muy abundante
y después del oro el más precioso. Añade que abundaban los animales
domésticos y salvajes, en particular los elefantes, siendo de notar que
había alimento de sobra lo mismo para los que pastaban en los montes
y llanuras, que para los que vivían en los mares, pantanos y lagunas.
Cultivábanse allí los árboles frutales, las flores y toda clase de
hierbas y de plantas. Causaba admiración el grandioso alcázar de los
Reyes, los puentes y los canales. Por último, eran sumamente curiosas
ciertas leyes y ceremonias de los atlantes.

Al hablar Platón de la Atlántida sólo se propuso que sus conciudadanos
viesen que el sistema político por él presentado tenía honrosos
antecedentes en antiquísimos tiempos. «Metido--como dice Saavedra--en
esa vía, no es de extrañar que fantaseara imperios, naciones, guerras y
cataclismos, pues no escribía historia, sino pura filosofía política.»
Pero, ¿qué hay de verdad en el relato de Critias? Creemos que el fondo
es verdadero, como así lo han mostrado los sabios franceses Gaffarel,
Luis Germain y otros.

Geógrafos e historiadores han estudiado en estos últimos años la
situación que debió ocupar la Atlántida. Ya Fernández de Oviedo hubo
de decir que la isla a que se refería el sacerdote egipcio era el
continente americano, y ya el sueco Olof Rudveck (1630-1702) la situó
en Suecia. Bailly la colocó más al Septentrión, y supuso que estuvo
en las actuales tierras de Groenlandia, Islandia, Spitzberg y Nueva
Zembla. Bael llevó el emplazamiento a la Palestina. Más acertados
estuvieron los que situaron la Atlántida en el mar _Tenebroso_ (Océano
Atlántico), allende del Estrecho de Gibraltar, o sea en la región
oriental del Atlántico, comprendida entre las islas de Cabo Verde, la
de la Madera, las Canarias y las Azores[107].

       [107] Véase artículo de D. Vicente Vera, publicado en la
       Crónica científica de _El Imparcial_, correspondiente al 10
       febrero de 1913.

El citado continente atlántico debió estar unido a América, quedando
allí como resíduos las Antillas, las Bahamas y la península de la
Florida. Que la Atlántida se hundiese bajo las aguas a consecuencia
de violentas conmociones del planeta, no en los últimos tiempos
del período terciario, como afirman algunos escritores, sino en el
cuaternario, o tal vez posteriormente; que los cataclismos fueran dos
mediando bastante tiempo del uno al otro, los sabios no se han puesto
de acuerdo, si bien se hallan conformes en que dichos cataclismos han
dejado como señales aquellas tierras atlántidas, y como huella de la
terrible sacudida volcánica, el humeante pico de Teide en la isla
canaria de Tenerife.

Sostienen algunos, entre ellos Berlioux, Profesor de _Geografía
Histórica_ en Marsella, y Fernández y González, Profesor de _Estética_
en la Universidad de Madrid, que los primitivos libios pertenecían a la
raza atlantea, siendo de igual modo cierto que de dicha raza procede el
bereber, bereber que pasando del Africa a España tomó luego el nombre
de ibero. Fijándonos en las Indias no dudamos de la comunicación de
atlantes y tal vez de europeos con los americanos. Estudios recientes
de geólogos, zoólogos y botánicos han venido, no a resolver, pero sí a
dar luz a cuestión que al presente despierta tanto interés.

Los geólogos que han estudiado los fondos de la región oriental del
Océano atlántico consideran como muy posible que en ella estuviese
situada la Atlántida. Entre ellos citaremos a M. P. Termier, Director
del servicio de la Carta geológica de Francia. Comienza diciendo que
durante el verano de 1898 se hallaba un buque empleado en el tendido
de un cable submarino entre Brest (ciudad de Francia, departamento del
Finisterre) y el Cabo Cod, sobre el Atlántico (Estado de Massachusetts
en los Estados Unidos), y como se rompiese el cable, se trató de
encontrar por medio de garfios.

Verificóse la operación entre los 47° de latitud Norte y 29° 40
longitud Oeste de París, a unas 500 millas al Norte de las Azores.
En aquellos sitios la profundidad media del mar era de unos 3.100
metros. Hallóse el cable; pero no sin grandes dificultades y después de
recorrer con los garfios el fondo marino. Pudo apreciarse entonces que
dicho fondo presentaba los caracteres de un país montañoso con altas
cúspides, pendientes escarpadas y valles profundos, llamando también
la atención las pequeñas porciones minerales con fracturas recientes
que sacaron los garfios entre las uñas. Dichos minerales son partes
de una lava vítrea que tiene la composición química de los basaltos,
llamada _taquilita_ por los petrógrafos. Del estudio de ciertos
vidrios basálticos de las islas Hawai o Sandwich que se hallan en el
archipiélago de Polinesia u Oceanía Oriental, y de las observaciones de
M. Lacroix acerca de las lavas del Monte Pelado, en la Martinica (una
de las Antillas meñores francesas) se deduce--según el Sr. Vera--«que
las lavas encontradas en el fondo del Atlántico, en los parajes
indicados, se hallaban recubriendo el suelo cuando éste no estaba aún
sumergido. Este terreno se hundió después, descendiendo unos 3.000
metros, y como la superficie de las rocas ha conservado la disposición
escabrosa, las rudas asperezas y las aristas vivas correspondientes a
erupciones lávicas muy recientes, es preciso admitir que el hundimiento
fué muy brusco y se verificó muy poco después de la emisión de las
lavas; de no ser así, la erosión atmosférica y la acción de las olas
hubieran suavizado las asperezas, nivelado las desigualdades y allanado
en gran parte la superficie del suelo.

Así, pues, según los datos que suministra la Geología, se advierte una
extrema movilidad en la región atlántica, sobre todo en la porción
correspondiente al encuentro de la depresión mediterránea con la gran
zona volcánica de tres mil kilómetros de anchura que corre de Norte a
Sur en la mitad oriental del Atlántico. Se tiene, asimismo, la certeza
de haber ocurrido en dicha zona grandes hundimientos de terreno, en
los que islas y aun continentes han desaparecido. Se puede asegurar,
además, que estos hundimientos han sido muy rápidos y algunos de
ellos acaecidos en la época cuaternaria, habiendo, por lo tanto,
posibilidad de que el hombre haya sido testigo de ellos. Geológicamente
hablando, resulta, por consiguiente, que la historia de la Atlántida es
perfectamente verosímil, refiriéndose a un país situado en la región
atlántica a que se viene haciendo referencia.

Veamos ahora lo que dicen zoólogos y botánicos: M. L. Germain,
naturalista francés, habiendo examinado detenidamente la fauna y la
flora actuales de las islas Azores, Canarias, Madera y Cabo Verde,
deduce que necesariamente los cuatro archipiélagos citados han estado
unidos al continente africano hasta una época muy próxima a la
nuestra, por lo menos hasta el fin del terciario. Añade también que
el continente que abrazaba los cuatro archipiélagos nombrados estuvo
unido a la Península Ibérica hasta los tiempos pliocenos, cortándose la
comunicación en el transcurso de dichos tiempos pliocénicos.

Es verdaderamente singular que los moluscos pulmonados llamados
pleacinidos sólo se encuentran en las citadas islas y en la América
Central.

Bien merece que traslademos a este lugar la última parte del artículo
del Sr. Vera. «Finalmente, deben ser citados otros dos hechos,
relativos a los animales marinos, que no pueden explicarse sino por
la persistencia hasta tiempos muy próximos a los actuales de una
costa marítima que corriese desde las Antillas al Senegal y que
uniera la Florida, las Bermudas y el Golfo de Guinea. Estos hechos
son los siguientes. Existen quince especies de moluscos marinos que
viven tanto en las Antillas como en las costas del Senegal, y estas
quince especies no se encuentran en ninguna otra parte del mundo, no
pudiéndose explicar su existencia en regiones tan distantes como las
referidas por el transporte de los embriones. Por otra parte, la fauna
madrepórica de la isla de Santo Tomé comprende seis especies, una de
ellas, fuera de Santo Tomé, no se encuentra más que en la Florida, y
cuatro de las restantes no se hallan más que en las Bermudas. Como la
vida pelágica de las larvas de las madréporas dura solamente muy pocos
días, es imposible atribuir a la acción de las corrientes marinas esta
distribución geográfica tan extraordinaria.»

Teniendo todos estos hechos en cuenta, M. Germain se ve inducido a
admitir la existencia de un continente atlántico que estuvo unido a la
Península Ibérica y a la Mauritania y que se prolongaba a considerable
distancia hasta el Sur, de modo que podía contener algunas regiones
correspondientes al clima de los desiertos que hoy se presentan en
el continente africano. En la época miocena, este continente llegaba
hasta las Antillas. Partióse después, primeramente por el lado de las
referidas Antillas; luego, hacia el Sur, dejando una costa que iba
hasta el Senegal y hasta el fondo del Golfo de Guinea, y, por último,
fragmentándose por el Este, durante la época pliocénica, a lo largo de
la costa de Africa. El último resto de este gran continente, sumergido
finalmente y no dejando más vestigios que los cuatro archipiélagos de
las Canarias, Madera, Cabo Verde y Azores, pudo ser la Atlántida de
Platón.

«Todos estos hechos son interesantísimos, y prueban indudablemente
las grandes variaciones geográficas que ha debido experimentar la
superficie del planeta en la vasta región hoy ocupada por el Océano
Atlántico. Pero muy bien pueden haber ocurrido todas estas variaciones
sin que a ellas se refiera lo que Platón relata con respecto a la
Atlántida. Esta cuestión tiene otro aspecto que los geógrafos hasta
ahora y naturalistas actuales no han estudiado, y que puede variar por
completo el aspecto del problema.»

Sobre el particular creemos importantes las siguientes observaciones
de D. Lucas Fernández Navarro, Catedrático de la Universidad Central.
Al decir Platón que la Atlántida estaba enfrente de las Columnas
de Hércules, «sólo a Madera o las Azores puede referirse. Las
Canarias eran bien conocidas de los griegos, y si a ellas hubiera
querido aludir, no habría dejado de señalar su situación mucho más
meridional»[108]. Más adelante añade: ... lo cierto es que los rasgos
topográficos parecen acusar para las Azores origen distinto del de los
demás Archipiélagos. Aquél, emplazado sobre la línea mediana de altos
fondos parece verdadera y originariamente atlántico, mientras que
los otros se relacionan con el continente europeo (Madera) o con el
africano (Salvajes, Canarias, Cabo Verde)[109].

       [108] _Estado actual del problema de la
       Atlantis._--_Conferencia leída en sesión pública de la Real
       Sociedad Geográfica el 3 de abril de 1916_, pág. 32.

       [109] _Estado actual del problema de la
       Atlantis._--_Conferencia leída en sesión pública de la Real
       Sociedad Geográfica el 3 de abril de 1916_, pág. 33.

Terminaremos asunto de tanto interés con esta pregunta: La existencia
de la Atlántida, ¿pertenece a la novela o a la historia? La autoridad
del _divino_ Platón por una parte, el recuerdo de otros antiguos
relatos análogos, y los estudios recientes de naturalistas y geólogos,
hacen sospechar--no a sostener como si lo viésemos--que la verdad
resplandece en el fondo poético de la narración contada por Critias.

Del mismo modo, antes de pasar a otra materia, haremos constar que, si
el filósofo más grande de la antigüedad se ocupó de la Atlántida en sus
_Diálogos_, el inspiradísimo vate catalán, Mosén Jacinto Verdaguer (n.
en Folgarolas, cerca de Vich, el 1845 y m. en Barcelona el 1902) tomó
también la Atlántida como tema de su inmortal epopeya.

Poco antes o después que Platón, otro escritor griego, Teopompo de
Quío, hubo de citar una tierra llamada _Merópida_, más allá de las
Columnas de Hércules, que se sumergió en tiempos remotos bajo las
aguas. Aunque nada dice Teopompo de los poderosos Reyes ni de las
victorias con que el filósofo de la Academia adornó su poema, afirma,
sin embargo, que poblaban la isla animales corpulentos, los cuales
morían siempre por herida de piedra o golpe de maza, pues los hombres
de aquellas tierras no conocían el uso del hierro, disfrutando, en
cambio, del oro y de la plata. Los que dictaron la narración de
Teopompo, debieron visitar, según Saavedra, «una isla cuaternaria con
sus grandes mamíferos, con sus hombres armados de hachas de piedra
y mazas de madera, forjadores del oro y la plata y desconocedores
del hierro y del bronce. Las familias salvadas del naufragio de la
grande isla y las de las tierras inmediatas que lo presenciaron,
transmitieron, a mi ver, la memoria del suceso de padres a hijos,
de tribu a tribu, de nación a nación; y así llegó a oídos de los
sacerdotes egipcios, y tal vez por algún otro conducto a noticia de los
rapsodas atenienses, quedando fundada una tradición mítica cuyo sólido
cimiento pone al descubierto la ciencia moderna»[110].

       [110] Ibidem, pág. 12.

Aristóteles, en su libro _De Mirabilibus_, se expresa de esta manera:
«Se refiere que en el mar que hay más allá de las Columnas de Hércules
descubrieron los cartagineses una isla desierta, distante muchos días
de navegación, la cual contenía toda clase de árboles, ríos navegables,
y era notable por la diversidad de frutos. Los cartagineses acudían
allí las más de las veces con motivo de tales recursos, yendo y
estableciéndose en ella; por cuya causa, el Senado cartaginés prohibió
semejantes viajes bajo pena de muerte, y desterró a los que se habían
establecido allí, de miedo de que, informándose del hecho, otros se
preparasen a luchar contra ellos por la posesión de la isla y decayera
la prosperidad de los cartagineses.»[111]

       [111] _Aristotelis Stagiritæ Opera_, págs.
       1640-1656.--Lugdvni, MDXLII.

Diodoro de Sicilia, en el cap. II del libro 3.º, refiere lo siguiente:
«Después de haber tratado de las islas que caen al Oriente, dentro de
esta parte de las Columnas de Hércules, nos lanzaremos a la sazón al
gran Océano para ocuparnos de aquéllas situadas más allá de él; porque
enfrente de Africa existe una isla muy grande en el vasto Océano, de
muchos días de navegación, desde la Libia, en dirección a Occidente.
Es allí el terreno muy fructífero, aun cuando sea montañoso en gran
parte; pero muy parecido a tierra de vega, que es lo más placentero
y agradable de todo lo demás; porque está regado por varios ríos
navegables, embellecido con muchos y alegres jardines, plantado con
diferentes clases de árboles y abundancia de frutales, todo ello
atravesado de corrientes de agua dulce. Los pueblos están decorados
con majestuosos edificios, pabellones para celebrar banquetes aquí
y allí, agradablemente situados en sus jardines y huertas. En ellos
se recrean durante la estación de verano como en lugares a propósito
para el placer y la alegría. La parte montañosa del país está formada
por muchos y grandes bosques, y por toda clase de frutales, y para
mayor deleite y diversión de los que habitan en estas montañas,
resulta que siempre, y a cortas distancias, se abren los bosques en
valles placenteros, regados con frescas fuentes y manantiales. Y,
verdaderamente, toda la isla abunda de nacimientos de agua dulce;
de donde los pobladores, no sólo reciben gusto y alegría, sino que
mejoran de salud y de fuerzas corporales. Allí encontraréis caza mayor
abundante de toda clase de animales silvestres, de los cuales hay
tantos que nunca faltan en sus suntuosas y alegres fiestas. El mar
inmediato los provee de mucha pesca, porque el Océano abunda allí en
toda clase de pescado. El aire y clima de esta isla son templados y
saludables, hasta el punto que los árboles producen frutos (y se hallan
también frescas y hermosas otras producciones de aquella tierra) la
mayor parte del año, de manera que dicha isla, por su magnificencia en
todas las cosas, parece más bien la residencia de alguno de los dioses,
que de los hombres...»

Creen algunos autores que Séneca, en su tragedia _Medea_, anuncia o
predice el descubrimiento del Nuevo Mundo[112]. Tales son sus palabras:

                  _Venient annis_
    _Sæcula seris, quibus Oceanus_
    _Vincula rerum laxet; et ingens_
    _Pateat tellus, Tiphysque novos_
    _Detegat orbes, nec sit terris_
    _Ultima Thule._

       [112] Acto II, versos 375 a 379 y final del coro.

«Día vendrá, en el curso de los siglos, en que el Océano cortará los
lazos con que aprisiona al mundo, la tierra inmensa se abrirá para
todos, el mar pondrá de manifiesto nuevos mundos, y Thula no será ya la
última región de la tierra.»

No es absurdo suponer que en los albores de la edad cuaternaria
llegasen, por un lado, las razas braquicéfalas del Oriente de Asia, y,
por otro, las razas dolicocéfalas del Occidente de Europa, encerradas
en el continente americano, cuando se formó el Estrecho de Behring y
cuando se sumergieron las tierras que se extendían de Africa a América.
Confundiéronse entonces las razas braquicéfalas y dolicocéfalas,
y formaron toda esa variedad de razas mixtas, predominando los
occidentales en los patagones e iroqueses, por ejemplo, razas
dolicocéfalas y de elevada estatura, y los orientales en los peruanos y
pueblenses, razas braquicéfalas, de talla menos que mediana[113].

       [113] Véase Antón, Conferencia pronunciada el 19 de mayo de
       1891 en el Ateneo de Madrid acerca de la _Antropología de los
       pueblos de América anteriores al descubrimiento_, págs. 46 y
       47.

Los indios no autóctonos, ¿de dónde proceden? No ha faltado quien
sostenga que los egipcios de Africa, valiéndose de la Atlántida,
llegaron y poblaron a América. Dice Castelnau que los matrimonios entre
hermanos, la poligamia real, la adoración al Sol, la creencia en la
transmigración de las almas y en la vida futura, las ruinas de los
monumentos, etc., señales son que indican la fraternidad de egipcios
y peruanos. Egipcios e indios--según ha podido observarse--tenían
igualmente grueso y duro el casco de la cabeza. Además de esta calidad
exterior entre los dos pueblos, no tiene menos importancia otra
interior, la cual consiste en que unos y otros son vivos e inteligentes
cuando son mozos, y necios y torpes conforme van entrando en años. Otra
de las razones consiste en que los mejicanos, los de Yucatán y otros
indios dividían el año casi lo mismo que los egipcios. En la escritura
tampoco se diferenciaban mucho indios y egipcios. Los primeros usaban
figuras de animales, hierbas e instrumentos de diferentes clases, y
los últimos de geroglíficos. Por lo que a la arquitectura respecta,
las pirámides de Egipto tenían mucha semejanza a las de los indios.
Egipcios e indios eran supersticiosos e idólatras; unos y otros
adoraban al Sol, a la Luna, a las estrellas y a los animales. Tanto
los egipcios como los indios se casaban con sus hermanas; entre los
últimos citaremos el Inca: también debemos notar que los Monarcas de
una y otra parte tenían muchas mujeres; aquéllos y éstos guardaban
profundo respeto a los viejos; los primeros y los segundos usaban mucho
los baños. De modo que los egipcios, de todos los pueblos del Mundo
Antiguo, son los más parecidos a los indios, pudiéndose afirmar que los
pueblos americanos descienden del antiguo Egipto[114].

       [114] Véase Fr. Gregorio García, ob. cit., lib. IV. párrafo I,
       págs. 218-234.

Sostienen algunos autores que los indios proceden de los griegos; estos
griegos debieron ir a las Indias antes del florecimiento de Cartago
y antes que los poderosos cartagineses cerrasen el Estrecho a sus
enemigos del mediodía de Europa. Semejante opinión puede fundarse en
lo siguiente: dice el dominico Fr. Gregorio García, que hallándose él
en el Perú oyó decir a un español, que cerca de las minas de Zamora,
entre Zambieta y Paracuza, en una peña alta estaban esculpidos cuatro
renglones, cada uno de vara y media de largo, cuyas letras parecían
griegas. Del mismo modo, junto a la ciudad de Guamanga, a la orilla
del río Vinaque--según refiere Cieza--se encontró una losa, en la que
se destacaban ciertas letras que parecían también griegas. Hace notar,
por último, el P. García, que un mestizo de Nueva España le refirió que
en la provincia de Chiapas había algunos pueblos y en ellos edificios
labrados de cal y canto, con sus correspondientes pilares, en los
cuales estaba un letrero, que a dicho mestizo le pareció escrito en
griego. Además, si los muchachos, como dice Platón, solían en Grecia
contar las historias de cosas antiguas, en Nueva España, escribe el
Padre Acosta, los ancianos enseñaban a los mozos, para que éstos los
aprendiesen de memoria, los discursos de los oradores y muchos cantos
de los poetas más favoritos. Como observa San Isidoro, era costumbre de
los griegos llevar oradadas las orejas y con pendientes las mujeres,
y los indios, especialmente los incas del Perú, solían, en señal de
nobleza, agujerearse también las orejas.

Debe, además, tenerse en cuenta que los atenienses en sus guerras
con los de la Isla Atlántida adquirirían noticias de las Islas de
Barlovento y de la Tierra Firme de las Indias. Aparte de otras razones,
ciertas analogías entre la lengua griega con las de Nueva España y el
Perú, indican claramente las relaciones entre dicho pueblo europeo y
los mencionados de las Indias.

Por último, en Nueva España, los de la provincia de Chiapas, conocían
las tres personas de la Santísima Trinidad y denominaban al Padre
_Hicona_, palabra griega que quiere decir _Imagen_. En algunas
provincias llamaban a Dios _Theos_, debiéndose advertir que muchos
vocablos de la lengua mejicana se componen del dicho nombre, como
_Theotopile_, alguacil de Dios; _Theuxiuitl_, fiesta de Dios, etc.[115].

       [115] Véase ob. cit., libro IV, cap. XXI, págs. 189-192.

¿Proceden los indios de los fenicios? Refiere Aristóteles en un libro
que escribió _De las cosas maravillosas_ existentes en la naturaleza,
que unos fenicios habitantes de Cádiz navegaron cuatro días hacia el
Occidente, con el viento _appelliotes_ (solano o levante), llegando
a unos lugares incultos, ya descubiertos o ya cubiertos por el mar.
Cuando el mar los dejaba en seco se veían muchos atunes de mayor tamaño
que los que se encuentran en nuestros mares. Los fenicios, después
de salar los atunes, los trajeron para venderlos. Como estos peces
se hallan a la sazón en la isla de Madera, y también en la llamada
Fayal o de la Nueva Flandia, que es una de las Azores. En la noticia
dada por el filósofo griego se han fundado algunos escritores, entre
ellos Vanegas, para sostener que los americanos eran originarios de
los fenicios. Es de creer que los fenicios, luego que descubrieron la
citada Fayal, continuarían navegando hacia las demás de las Azores; no
se olvide que desde la primera, pues tan corta es la distancia, se ven
las últimas. Además, la curiosidad, tan natural en el hombre, les haría
llegar a las islas llamadas de Barlovento, y acaso a la Tierra Firme.
Sirven de fundamento a algunos escritores para sostener la citada
tesis las inscripciones fenicias--pues la invención de las letras fué
posterior--descubiertas en Guatemala, Venezuela y Brasil. Igualmente
se cita a este propósito que el fenicio Melkart y el Inca Manco-Capac
fundaron muchas ciudades y dieron a sus respectivos pueblos la unidad
política de que antes carecían. Unos y otros, fenicios e indios, hacían
dioses a los héroes de sus respectivos pueblos. También ambos pueblos
se entregaron y dieron crédito a agüeros, supersticiones y hechicerías.

Han dicho otros escritores que los indios proceden de los cartagineses.
Los cartagineses, aprovechando las noticias que recibieron de sus
progenitores los fenicios, emigraron a América. Varias son las
analogías que hay entre cartagineses y americanos: ambos usaban
geroglíficos en lugar de letras, empleaban el mismo sistema en sus
construcciones, se horadaban las orejas, tenían el mismo vicio de la
bebida, eran iguales las prácticas antes de hacer la guerra y adoraban
al Sol y a la Luna, ofreciéndoles análogos sacrificios[116]. Moraes
y Bocharto suponen que llegaron primero al Brasil, en tanto que el
maestro Vanegas afirma que fueron a la Isla Española, marchando
después a la de Cuba y a las demás islas de aquellos lugares, y de allí
hasta la Tierra Firme (Nombre de Dios, Panamá, Nueva España y Perú) y
finalmente hasta la parte de Oriente, donde están las islas de Java
Mayor y Menor[117].

       [116] Juan de Torquemada, _Monarquía Indiana_, tomo I, libro
       1, cap. X.

       [117] Fr. Gregorio García, ob. cit., libro II, cap. I, pág. 42.

Refiere el historiador chino Li-yu-tcheu--y la noticia la reputamos
sólo como probable--que en el año 458 de nuestra Era, cinco religiosos
budhistas salieron de Samarkanda con la idea de difundir la doctrina de
Budha o Sakya-muni, la cual llevaron hasta el país de Fu-sang. Hánse
suscitado cuestiones acerca de si Fu-sang es tierra americana; los que
tal afirman no carecen de algún fundamento.

Léese en la Sagrada Escritura que Salomón recibió de Hirán, Rey de
Tiro, pilotos y maestros muy diestros en la mar, y que con ellos y sus
criados envió la flota, que había hecho en Asiongaber, a Ophir. Según
el historiador Josefo, Ophir era cierta región que en su tiempo se
llamaba _Terra Aurea_, palabras que traducidas al romance quieren decir
_Tierra del Oro_. ¿Qué se entendía por Ophir? Según la interpretación
de Vatablo, la Isla Española, y según Genebrardo y Arias Montano, con
otros autores, el Perú[118]. En el _Paralipomenon_ se dice que Salomón
cubrió el templo con láminas de oro muy fino, _Aurum Paruaim_, oro del
Perú. Téngase en cuenta que la terminación _aim_ es número dual en la
gramática hebrea, y conviene a las dos regiones Perú y Nueva España; de
modo que sería oro procedente de las citadas ambas regiones[119]. Todo
lo cual no tiene valor alguno, hallándose fuera de duda--como mostraron
varios escritores, entre ellos, el P. Acosta--que Ophir se refería a
las Indias Orientales.

       [118] Véase Fr. Gregorio García, _Origen de los indios
       del Nuevo Mundo_, libro I, cap. II, párrafo III, págs.
       15-17.--Madrid, 1729.

       [119] Véase Fr. Gregorio García, ob. cit., lib. IV, párrafo
       III, pág. 140.

Y en este lugar cabe preguntar: ¿Proceden los indios de las diez tribus
israelitas que Salmanasar IV (Sargoún), rey de Asiria, llevó cautivas
a Nínive con su rey Oseas? Consideremos ante todo las semejanzas que
hay entre hebreos é indios. En el libro cuarto de Esdras se lee lo
siguiente[120]: «Y porque la viste que recogía así otra muchedumbre
pacífica, sabrás, que estas son las diez tribus que fueron llevadas en
cautiverio, en tiempo del rey Oseas, al cual llevó cautivo Salmanasar,
rey de los asirios, y a estos los pasó a la otra parte del río, y
fueron trasladados a otra tierra. Ellos tuvieron entre sí acuerdo
y determinación de dejar la multitud de los gentiles, y de pasarse
a otra región más apartada, donde nunca habitó el género humano,
para guardar siquiera allí su ley, la cual no habían guardado en su
tierra. Entraron, pues, por unas entradas angostas del río Eufrates,
porque hizo el Altísimo entonces con ellos sus maravillas, y detuvo
las corrientes del río hasta que pasasen, porque por aquella región
era el camino muy largo de año y medio, y llámase aquella región
Arsareth. Entonces habitaron allí hasta el último tiempo; y ahora,
cuando comenzaren a venir, tornará el Altísimo a detener las corrientes
del río para que puedan pasar. Por esto viste aquella muchedumbre con
paz.» Del anterior texto sacan algunos autores que las diez tribus
fueron a Nueva España y al Perú, extendiéndose luego por los lugares
comarcanos, lo mismo por Tierra Firme que por las islas, _donde hasta
entonces no había habitado el género humano_. El Padre Gregorio García,
después de preguntar cómo podrían aquellas tribus llegar a las Indias
Occidentales, teniendo que pasar tanta inmensidad de agua y tanta
infinidad de tierra, contesta diciendo que pudieron ir poco a poco
por tierra a la gran Tartaria y luego a Mongul, en seguida pasar el
Estrecho «e ir al reino de Aunian, que es ya tierra firme de Nueva
España, aunque desierta, y parte de ella muy frígida, porque está en 75
grados de latitud al Norte. Desde este reino se pudieron venir hacia el
de Quivira y poblar la Nueva España, Panamá y las demás provincias y
reinos de las Indias Occidentales.» Cree Genebrardo que tal vez pasaran
al Nuevo Mundo por otros caminos semejantes al anterior, opinión
robustecida por la muy respetable y autorizada del P. Maluenda. Acaso
emprenderían otro camino las diez tribus y fué ir a la China, pasando
por mar a la tierra de Nueva España, cuya navegación no es muy larga.
Pudiera objetarse que cualquiera de los caminos que siguiesen las diez
tribus, tuvieron que recorrer mucha tierra, siendo de extrañar que no
hiciesen asiento en viaje tan largo o fueran muertos por gentes de
diferentes leyes, usos y costumbres.

       [120] Debe advertirse que hay cuatro libros con el nombre de
       Esdras; pero los dos últimos se consideran como apócrifos o no
       son reconocidos por canónicos en la Iglesia Latina.

Surge otra dificultad que consiste en que la Glosa Ordinaria y algunos
Doctores dicen terminantemente que las diez tribus trasladadas a
la Media _perseveraron siempre allí y perseveran hoy día_. A esto
se contestará que probado se halla por la misma Escritura que los
sacerdotes y levitas que había en las diez tribus, dejando a Jeroboán,
se pasaron a la tribu de Judá. Entre otras autoridades que se hallan
conformes con lo anteriormente expuesto, citaremos la del _Tostado_,
quien afirma que no todos los israelitas de las diez tribus fueron
trasladados a Asiria, sino que algunos marcharon a la tierra de Judá,
en particular de las tribus de Efrain, Manasés, Zabulón y Neftalín. De
modo que gente de las diez tribus, no las diez tribus, pudieron salir
de la Media y marchar a un país _donde nunca habitó el género humano_.
Además, téngase presente que muchos años antes había dicho Dios al
pueblo israelita las palabras que copiamos: _Derramarte ha el Señor por
todos los pueblos desde el principio de la tierra hasta sus términos
y fines_, dándose a entender con ello que no sólo habían de dirigirse
al Asia, al Africa y a Europa, sino también a las Indias. La profecía
no deja rincón del Mundo Viejo y Nuevo que no comprenda. Respecto a
la semejanza de los hebreos con los indios, consignaremos que los dos
pueblos son tímidos, medrosos, ceremoniáticos, agudos, mentirosos e
inclinados a la idolatría. Pruébase todo ello con ejemplos sacados
de la Sagrada Escritura. De igual manera se parecen los judíos y los
indios en muchas de sus costumbres, como también en sus leyes, ritos y
ceremonias. Por último, guardaban los indios las leyes del Decálogo,
habiendo no pocas analogías entre la lengua de los hebreos y la de los
mejicanos y peruanos[121].

       [121] Véase Fr. Gregorio García, ob. cit., libro III, págs.
       80-128.

Antes que dar por terminado asunto de tanto valor histórico, no huelga
exponer o relatar otras opiniones acerca de los orígenes de los
indios. Tal vez carecen de fundamento alguno, tal vez no tienen valor
científico; pero no deben ser relegadas al olvido o desconocidas.

La primera de dichas opiniones se refiere a si los romanos pueden
ser progenitores de los americanos, y los argumentos empleados para
confirmarla son los siguientes: Es tanta la semejanza entre el quechua
y el latín, que uno de los primeros obispos de la Orden de los
predicadores que vino al Perú, pudo componer una gramática quechua,
valiéndose de las raíces de la lengua del Lacio. Indios y antiguos
romanos tenían la costumbre de teñirse el rostro con bermellón. También
son pruebas de alguna importancia la existencia de los hechiceros, de
los sacrificios, de las casas religiosas de doncellas, etc. «No pasaré
en silencio--dice Marineo Sículo--en este lugar una cosa, que es muy
memorable y digna de que se sepa, mayormente por haber sido, según
pienso, pasada por alto de otros que han escrito. En cierta parte, que
se dice ser de la Tierra Firme de América, de do era obispo Fr. Juan
Quevedo, de la Orden de San Francisco, hallaron unos hombres mineros,
estando cavando y desmontando una mina de oro, una moneda con la imagen
y nombre de César Augusto; la cual, habiendo venido a manos de D. Juan
Rufo, arzobispo Consentino, fué enviada, como cosa admirable, al Sumo
Pontífice. Cosa es ésta que quitó la gloria y honra a los que navegan
en nuestro tiempo, los cuales se gloriaban haber ido al Nuevo Mundo
primero que otros, pues con el argumento de esta moneda parece claro
que fueron a las Indias mucho tiempo ha los romanos»[122]. Dicen, por
último, algunos escritores que debieron ser romanos los que aportaron
a Chile, por cuanto se han hallado en la imperial ciudad del reino
citado, águilas con dos cabezas, águilas que fueron siempre insignias
de los ejércitos del Lacio.

       [122] _Rex. Hispan._, lib. 19. cap. 16--Fr. Gregorio García,
       ob. cit., lib. IV, cap. XIX, pág. 174.

Asegura Hugo Grocio en sus _Disertaciones del origen de los Indios_,
que éstos descienden de los etiopes cristianos. En algún viaje por
la mar, dejándose gobernar por la furia de los vientos, llegaron
casualmente a Yucatán. Acompañaban sus mujeres a los etiopes, como
era costumbre entre aquellas gentes, no siendo tampoco de extrañar
que llevasen abundantes víveres, temiendo sucesos desagradables, tan
frecuentes en los viajes marítimos. Si las costumbres de los indios del
Yucatán eran iguales o parecidas a las de los etiopes cristianos, como
escribe Grocio, o eran diferentes y aun opuestas, como dice Laet, la
cuestión se halla sin resolver.

Dícese también que los troyanos, _más ilustres por su ruina que por
la majestad de su imperio_, pasaron a las Indias. Del P. Simón de
Vasconcelos son las siguientes palabras: «Otros dijeron que estos
primeros pobladores (de las Indias) fueron de nación troyanos y
compañeros de Eneas, porque después de desbaratados éstos por los
griegos en la famosa destrucción de Troya, se dividieron entre sí,
buscando nuevas tierras en que habitasen, como hombres avergonzados
del mundo y del suceso de las armas, algunos de los cuales dicen se
engolfaron en el largo Océano y pasaron a las partes de América.» Y
prosigue: «Que según esta opinión, los moradores de esta tierra pasaron
a ella por los años de 2806 de la Creación, 1156 antes del nacimiento
de Christo S.N.»[123].

       [123] Fr. Gregorio García, lib. IV. párrafo VIII, págs.
       263-265.

Los scythas, pueblos situados entre el Don y el Danubio, o sus
descendientes, pasaron a las Indias Occidentales, si damos crédito
a algunos escritores. Sostiene el P. Fr. Gregorio García que las
costumbres de los indios, cotejadas con las de los tártaros y otras
naciones scythicas, parecen las mismas, y aun las desemejantes, si
se estudian con detenimiento, se ve que son hijas de las que usaron
primeramente. El citado historiador refiere que los sacerdotes egipcios
tenían cierto parecido a los de los tártaros y turcos, añadiendo lo que
sigue: «Y últimamente, las ceremonias de Christianos, que se hallaron
desfiguradas entre los Indios, no es difícil las llevasen los Tártaros,
si, como se ha dicho, predicó en Tartaria Santo Tomás, antes que el
malvado Mahoma compusiese de retazos del Judaísmo y Nestorianismo, su
Alcorán; pues se ha de entender que los Tártaros y Scythas pasaron
antes que infamase el género humano Mahoma; porque si no fuera así,
se conservara entre los Indios la abominable memoria de su secta, la
cual ignoraron los indios, aunque en el Río de la Plata hay unos que,
por dichas causas, tuvieron su nombre, de que hace mención Barco:
_Mahomas_, _Epuaes_ y _Galchines_, etc.[124]. Es de notar que los
tártaros e indios sacrificaban hombres para celebrar sus victorias; que
los scythas e indios se sangraban de las orejas, y tanto los primeros
como los segundos fueron hechiceros; que los hunos eran inconstantes,
infieles, vengativos, furiosos y ligeros, igualmente que los indios;
que los lapones creían en sueños y se caracterizaban por su melancolía,
lo mismo que los indios; que los tártaros comenzaban el año en febrero
y contaban por lunas, igualmente que los de Nueva España y otros; que
los tibarenos y los cinguis, que habitaban lo último de Tartaria, se
metían en la cama cuando parían sus mujeres, como se cuenta de los
caribes, de los brasileños y de otros pueblos de las Indias; que la
medicina entre los scythas y tártaros apenas se diferenciaba de la de
los indios; que los turcos y tártaros mataban a los malhechores en
un palo, lo mismo que los indígenas de la Española y de la Florida.
Prescindiendo de otras semejanzas menos importantes, recordaremos que
los entierros entre los scythas o entre los mejicanos y peruanos tenían
mucho parecido, y las sepulturas del Chim de los tártaros y las del
Inca estaban formadas de la misma manera. Hugo Grocio tiene como cosa
cierta que ni los hunos, tártaros, turcos, ni otros scythas pudieron
pasar a las Indias, porque no hay noticia de que tuviesen navíos, ni de
que navegasen en la antigüedad por el Ponto Euxino, Mar Caspio ni por
la laguna Meotis. Niega, del mismo modo, que las trazas y costumbres de
los indios correspondiesen a las de los scythas, hunos y demás naciones
referidas...[125]. No tienen, pues, el mismo origen. Dado que tuviesen
algunas semejanzas, dice, nada importa, porque en todas las naciones
bárbaras e idólatras se manifiestan ciertas cualidades comunes.

       [124] Fr. Gregorio García, lib. IV, párrafo XII, págs. 300 y
       301.

       [125] Ibidem, libro IV, párrafo XIII. págs. 303 y 304.

El padre Fr. Gregorio García, tantas veces citado en esta obra, creyó
resolver cuestión tan complicada, diciendo que los indios que hay en
las Indias Occidentales y Nuevo Mundo no proceden de la misma nación y
gente, ni los del Viejo Mundo fueron de una sola vez, ni los primeros
pobladores caminaron o navegaron por el mismo camino y viaje, ni en un
mismo tiempo, ni de una misma manera, sino que realmente proceden de
diversas naciones, viniendo unos por mar y arrojados por las tormentas,
otros navegando tranquilamente y buscando aquellas tierras de que
tenían alguna noticia. Unos caminaron por tierra, otros compelidos por
el hambre o huyendo de enemigos circunvecinos.

Acerca de la procedencia de la gente que llegó al Nuevo Mundo, unos son
originarios de los cartagineses; otros de las diez tribus israelitas,
que fueron llevadas cautivas a Nínive; algunos de la gente que pobló o
mandó poblar Ophir (hijo de Iectan y nieto de Heber) en México y Perú;
no pocos de los que vivieron en la isla Atlántida, y los habitantes
de las islas de Barlovento, proceden de España, pasando antes por la
citada Atlántida. No faltan autores que les consideren originarios de
los fenicios o de los griegos o de los romanos. Tampoco dejaremos de
nombrar a los que sostienen, con mayor o menor fundamento, que proceden
de religiosos budhistas, de chinos, de tártaros o de otros pueblos.
En una palabra, la raza indígena de América es resultado de la unión
de todos los elementos étnicos dichos, pudiéndose citar, entre otras
razones, la diversidad de lenguas, de leyes, de ceremonias, de ritos,
de costumbres y de trajes, ya de cartagineses, hebreos, atlánticos,
españoles, fenicios, griegos, romanos, indios, chinos y tártaros.

En aquellos remotos tiempos debió suceder lo que al presente acontece
en nuestras Indias, donde hay españoles (castellanos, gallegos,
vizcaínos, catalanes, valencianos, etc.), portugueses, franceses,
italianos, ingleses y griegos, judíos y moriscos, gitanos y negros;
todos los cuales, viviendo en unas mismas provincias, naturalmente se
han de mezclar mediante casamientos, o mediante ilícita conjunción o
cópula[126].

       [126] Véase _Origen de los indios del Nuevo Mundo_, lib. IV,
       cap XXV, págs. 314-316.

Merecen atención profunda los estudios que ha hecho el Dr. Pablo
Patrón. Sostiene con razones de algún peso que los americanos proceden
de la Mesopotamia y que la lengua súmera tiene raíces que explican
el origen y significado de muchas voces de los varios idiomas que se
hablan en las dos Américas.

De una de las obras del insigne alemán barón de Humboldt copiamos
el siguiente e importante párrafo: «La comunicación entre los dos
mundos se manifiesta de una manera indudable en las cosmogonías,
los monumentos, los geroglíficos y las instituciones de los pueblos
de América y del Asia... Algunos sabios han creído reconocer en
estos extraños civilizadores de la América a náufragos europeos o
descendientes de los escandinavos, que después del siglo XI visitaron
la Groenlandia, Tierra Nova y puede ser que hasta la misma Nueva
Escocia; pero poco a poco que se reflexione sobre la época de las
primeras emigraciones toltecas, sobre las instituciones monásticas,
los símbolos del culto, el Calendario y la forma de los monumentos
de Cholula, Sogamoso y del Cuzco, se comprenderá que no es del Norte
de la Europa de donde Quetzalcoatl, Bochica y Manco-Capac han tomado
sus Códigos y sus leyes. Todo nos hace mirar hacia el Asia Oriental,
hacia los pueblos que han estado en contacto con los thibetanos, los
tártaros, schamanitas y los ainos barbudos de las islas de Jesso y de
Sachalín»[127].

       [127] _Vistas de las cordilleras y de los monumentos indígenas
       de América_, tomo I.

Con razones más o menos poderosas, no pocos autores escriben que otros
pueblos, además de los citados, pasaron a las Indias y se establecieron
en aquel país.

Después de ocuparse D. Juan Facundo Riaño de las semejanzas artísticas
entre el Nuevo y Viejo Continente, añade lo que a continuación
copiamos: «Demuestran fácilmente las anteriores observaciones, que
hubo en algún tiempo comunicación y relaciones entre la América y
los antiguos pueblos del Mediterráneo y del Oriente; pero se aducen
argumentos en contra que tienen importancia, hasta el punto de que hay
alguno que no encuentro manera de rebatir, dado el estado rudimentario
en que se encuentran todavía esta clase de estudios. Serán, si se
quiere, cuestiones de menor transcendencia; pero el pro y el contra se
debe estimar en toda discusión de buena fe; y así entiendo que merece
consignarse el principal argumento en contrario, que es el siguiente:
los americanos, a la llegada de los españoles, desconocían el uso
del hierro, la escritura alfabética, los animales domésticos y los
cereales; todo lo cual era perfectamente conocido de los pueblos que
les comunican las formas arquitectónicas que dejo indicadas. ¿Cómo
se justifica la deficiencia? Ya he significado que no encuentro hoy
medio de hacerlo, aunque posible será que el día menos pensado se
aclare la duda; mientras tanto, no pueden perder fuerza ninguna los
argumentos favorables a la importación de formas monumentales en aquel
país, porque se prueba con hechos tangibles, y porque el campo de los
testimonios auténticos se ensancha al compás de los estudios»[128].

       [128] _Discurso pronunciado en el Ateneo de Madrid_ el 26 de
       mayo de 1891, págs. 14 y 15.



CAPÍTULO III

  RELACIONES ENTRE AMÉRICA Y EUROPA DURANTE LA EDAD MEDIA.--LOS
  VASCOS ESPAÑOLES Y FRANCESES.--LOS INGLESES O IRLANDESES.--LA
  ISLANDIA.--ESCRITORES MODERNOS.--LOS SAGAS.--LAS CRÓNICAS.--EL
  IRLANDÉS GUNNBJORN.--ERICO EL ROJO EN GROENLANDIA.--BIARNE EN
  GROENLANDIA.--LEIF EN HELLULAND, MARKLAND Y VIRLAND.--THORWALL:
  SUS EXPEDICIONES; SU MUERTE.--EXPEDICIÓN DE THORSTEIN Y
  THORFINN.--THORFINNSBUDI.--LUCHA ENTRE GROENLANDESES Y
  ESQUIMALES.--¿ERAN LAS MISMAS REGIONES LAS VISITADAS POR LEIF Y
  THORFINN?--GUDRID EN ROMA.--EXPEDICIÓN DE FREYDISA EL 1011.--OTRAS
  EXPEDICIONES.--AUTENTICIDAD DE LOS SAGAS.--LA RELIGIÓN CATÓLICA
  EN EL NUEVO MUNDO.--LOS OBISPOS.--LOS DIEZMOS DE LOS COLONOS
  DE VINLANDIA.--LAS COLONIAS.--INTERRUPCIÓN DE LAS RELACIONES
  ENTRE NORMANDOS Y AMERICANOS: SUS CAUSAS.--CORRESPONDENCIA
  DE LUGARES ANTIGUOS CON LOS MODERNOS.--ESTATUA ERIGIDA EN
  BOSTON A LEIF.--TRABAJOS ARQUEOLÓGICOS.--CASAS DESCUBIERTAS EN
  CAMBRIDGE.--LEIF Y COLÓN, SEGÚN FASTENRATH.


Dáse en nuestros días como cosa cierta la comunicación de América con
Europa durante los Tiempos Medios. Cuéntase que los vascos españoles
y franceses, persiguiendo a la ballena en los mares del Norte,
descubrieron las islas y costas de la América Septentrional. Creen
Gaffarel y Marmette que la nomenclatura castellana de _Labrador_ y
_Tierra de labor_, patentiza su hallazgo por vascos españoles, y
respecto a Terranova, muchos nombres geográficos de dicha isla acusan
origen éuskaro. _Rognouse_ se asemeja a Orrongne, villa situada cerca
de San Juan de Luz; _Cabo Raye_, quizás proceda del vocablo arráico;
_Cabo Bretón_, es el nombre de un pueblo inmediato a Bayona; la
palabra _Gratz_ (promontorio), se deriva de la voz Grata. _Vlicillo_,
_ophoportu_, _portuchna_ y otras revelan su origen vascongado. Las
muchas denominaciones geográficas de procedencia vasca que se conservan
en Terranova y en la región francesa del Canadá, algunos determinados
rasgos de sus moradores, la circunstancia, por demás importante, del
largo tiempo que en los citados países se habló la lengua vascongada,
y cierta simpatía entre los colonos franceses de aquellas comarcas y
los españoles, hacen sospechar, con fundamento, si pescadores vascos y
franceses, allá en tiempos lejanos, visitaron y poblaron alguna parte
de la América Septentrional[129].

       [129] Véase _Precedentes del descubrimiento de América en
       la Edad Media_, por D. Manuel María del Valle, Conferencia
       pronunciada en el Ateneo de Madrid el 11 de marzo de 1891.
       págs. 72-76.

Los ingleses o los irlandeses, ¿poblaron las Indias del Norte?
Dice Hornio que los ingleses, a causa de las guerras civiles en la
Inglaterra Occidental, abandonaron el país (por el año 1170, o por el
1190), y llegaron al Canadá. En otra parte, el mismo Hornio refiere
que los ingleses, cuando los sajones se apoderaron del territorio en
que ellos vivían, pasaron a las Indias y las poblaron. También han
presumido algunos autores que los indios descienden de irlandeses.
Cotejando las lenguas y costumbres de algunos pueblos del Norte de
América con las de los ingleses e irlandeses, se ha venido a deducir
que las diferencias no son muchas ni importantes[130]. Fijándonos
en los irlandeses, nada tendría de particular que fueran al Nuevo
Mundo, no sólos, sino después de su estancia más o menos larga en
Islandia, y formando parte de las expediciones de los irlandeses.
Las islas británicas, y en particular Irlanda, la verde _Erin_,
gozaron siempre fama de pueblos aventureros y marítimos. Las costas
de _Hvitramannaland_, que algunos llaman _Irland-it Mikla_, fueron
pobladas--según algunos autores--por irlandeses. Dicho lugar está
colocado al poniente de Irlanda e Islandia, esto es, en dirección de
América. Rafn, en sus _Antiquitates americanæ_, escribe: _Hanc putant
esse Hvitramannaland (Terra Hominum alborum) sive Irlandiam Magnam_.
Al paso que Rafn colocaba a Irland-it-Mikla en la parte meridional
de los Estados Unidos, tal vez en la Florida, Beauvois declara, sin
duda alguna con más acierto, que la verdadera posición de dicho país
se halla mucho más al Norte, ya en la isla de Terranova, ya sobre la
orilla de San Lorenzo.

       [130] Véase Fr. Gregorio García, _Origen de los indios_, etc.,
       libro 4.º, párrafo 6.º, págs. 260-262.

Comenzaremos haciendo notar, pues es asunto importante, que, ya
monjes de la iglesia anglo-latina e hijos de San Patricio de Irlanda,
ya religiosos de la iglesia cristiana fundada por San Colomba de
Escocia, llegaron (siglos VII y VIII) a las islas bañadas por el
Atlántico y conocidas con los nombres de Hébridas[131], Oreadas[132],
Shetland[133], Feroe[134] e Islandia[135]. Todo esto debe ser cierto,
por cuanto parece probado que los normandos, antes de colonizar a
Islandia, vieron allí hombres que llamaban _Papas_, tal vez cristianos,
los cuales vinieron por el mar de las comarcas de Occidente. Los
citados normandos, al llegar a Islandia, encontraron libros irlandeses,
campanas, cruces y otros muchos objetos, pudiendo deducirse que eran
_vestmannos_, esto es, hombres occidentales[136].

       [131] Archipiélago inglés al Oeste de Escocia.

       [132] Archipiélago inglés al Norte de Escocia.

       [133] Archipiélago inglés al Norte de Escocia.

       [134] Archipiélago dinamarqués al Norte de Escocia.

       [135] Isla dinamarquesa. La antigua Tule, según algunos
       autores, que se halla a los 13° y 50' de longitud, y 65° 4' de
       latitud.

       [136] _Antiquitates americanæ_, pág. 202.

[Ilustración: La Islandia de Olaus Magnus (1539)]

Algunos autores, después de estudiar la proximidad de Islandia
(grande isla dinamarquesa de Europa, en el Océano Glacial Ártico) con
Groenlandia (vasta comarca insular al Norte de América), han creído
que en los tiempos cuaternarios se comunicaban el Antiguo y el Nuevo
Mundo, por la parte de Occidente. Nosotros tenemos como cosa probada,
que Europa estuvo en relaciones con América durante el siglo X y
comienzos del XI. Si el doctor D. Diego Andrés Rocha, oidor de la Real
Audiencia de Lima, escribió, en el año 1681, curioso libro, afirmando
que entre los nombres indígenas del Perú antiguo y los de varios
pueblos de Europa, existían muchas y notables semejanzas, en nuestros
días se han escrito obras de reconocido mérito que tratan de la misma
materia. A Francia se debe la de Mr. Beauvois, intitulada _Decouvertes
de Scandinaves en Amérique du X^e au XIII^e siècle_, 1859; la de Mr.
Gravier, _Decouverte de l'Amérique par les Normands au X^e siècle_,
1874, y la de Mr. Gaffarel, profesor de la Facultad de Letras de Dijon,
y cuyo título es _Histoire de la decouverte de l'Amérique, depuis les
origenes jusq'a la mort de Cristophe Colomb_, 1892. Llaman la atención,
entre los norteamericanos, Eben Norton Horsford, _Discovery of América
by Northmen_, 1888, y _The problem of the Northmen_; B. F. de Costa,
_Decouverte de l'Amérique avant C. Colomb par les hommes du Nord_,
1869, y _The Icelandic Discoverers of América_, 1888.

En la Edad Media--según unos escritores en el siglo XII y según otros
en el XIII--se escribieron los Sagas[137], relaciones históricas y a
veces legendarias de la antigua Escandinavia (hoy Dinamarca, Suecia
y Noruega), que los poetas y cantores recitaban en las reuniones
públicas y en el seno de las familias. Recordaremos que en la segunda
mitad del siglo IX, cuando el terrible Haroldo Haarfager, después
de vencer en la famosa batalla de Hafursfiord, reunió bajo su cetro
la Noruega, muchos nobles y distinguidas familias se retiraron a
Islandia (Isla del hielo), buscando una libertad que no encontraban en
su desgraciado país. Organizóse en Islandia un gobierno republicano
dotado de instituciones religiosas y políticas, análogas a las de la
metrópoli. Respecto a la cultura no huelga decir que la lengua danesa
alcanzó extraordinario desarrollo, la poesía se cultivó con entusiasmo,
las letras y las artes llegaron a un verdadero estado de perfección.
Adoptaron, como era natural, los mismos usos y costumbres que habían
existido en su antigua patria antes de la tiránica dominación de
Haroldo.

       [137] El citado escritor Eben Norton Horsford, sostiene, en
       uno de los apéndices de su libro, que los _Sagas_ fueron
       redactados entre 1387 y 1395.

Del mismo modo que los normandos visitaron a Islandia,--isla que,
por su posición geográfica, es más americana que europea,--también,
en pequeños barquichuelos, recorrieron las costas occidentales y
meridionales de Europa, no sin decir orgullosos en sus cantos que el
huracán estaba a su servicio y los arrojaría donde ellos quisiesen
hacer rumbo.

Con la emigración de Noruega a Islandia aumentó en este último país la
afición a las tradiciones maravillosas. Los islandeses, recorriendo
anualmente las costas del Báltico y de Noruega, ora para recoger en su
antigua patria una herencia, ora por gusto de visitar a sus parientes o
amigos, renovaban la memoria de sus tradiciones. A su vez, el mercader
noruego iba a Islandia a vender los productos de su suelo natal y a
comprar las lanas y el pescado de los mares islandeses. Llegaba en el
otoño y no se volvía hasta la nueva estación. Durante su estancia era
acogido en una cabaña (_bar_) islandesa, y allí, durante las largas
noches de invierno, refería sus viajes y peligros en los mares, y
también las hazañas de los héroes noruegos. Por su parte, el islandés
que salía de su patria, después de recorrer dilatados países, regresaba
a su ahumada choza, donde, rodeado de sus compatriotas, contaba lo
que había visto y admirado. También, cuando llegaba un barco, acudían
todos, deseosos de saber noticias de Noruega, o de Dinamarca y Suecia.
«De modo que las tradiciones de toda la Escandinavia se depositaban
todos los años, como en un archivo de familia, revistiéndose de
aquella vaguedad e idealismo que les comunicaba la distancia, y
conservando, aun con mucha posterioridad, aquel carácter primitivo,
que se hallaba alterado en el continente por el roce con los pueblos
alemanes»[138].

       [138] C. Cantú, _Hist. universal_, tomo III, pág. 451.

Dichas tradiciones dieron origen a otros sagas o canciones históricas,
recogidas por cantores de país en país, ya en la choza del pescador y
ya en la tienda del guerrero, ora en la casa del magnate y ora en el
palacio del príncipe. Tales cantores, aunque no gozaron de la fama de
los bardos[139], se les acogía, sin embargo, cariñosamente en todas
partes. Los sagas, sencillos en la forma y en el fondo, transmitidos
de padres a hijos o de vecino a vecino, son--según Torfeo--187. Pueden
considerarse como el libro de las familias. El islandés, a la luz de la
lámpara alimentada por la grasa de la ballena, y rodeado de su familia
y criados, leía los Sagas, acompañando la lectura con explicaciones
y comentarios. La joven lechera los leía durante el invierno en los
establos, y cuando asomaba la primavera en las dehesas. Las paredes de
las casas, las entalladuras en madera o en acero, y los bordados de los
tapices, reproducían escenas de los _Sagas_[140]. Refiere Marmier, que
hallándose estudiando en Reykiavit el _Saga_, de Nial, le sorprendió
la hija de un pescador, la cual le dijo: «Ah, yo conozco ese libro que
he leído muchas veces cuando era niña», y al punto dió noticia de los
pasajes más bellos de la obra. Tiene razón Marmier al exclamar: «¿Sería
posible encontrar una artesana de París que conociese, por ejemplo,
la crónica de Saint Denis?» Prueba todo esto que los islandeses
conservaron sus tradiciones y las transmitieron oralmente, hasta que
las escribieron y emplearon con ellas los caracteres romanos.

       [139] Eran los bardos poetas nacionales de raza céltica.
       Acompañándose con la lira, celebraban la gloria de los dioses
       y de los héroes en las fiestas religiosas, como también
       excitaban los guerreros al combate. Fueron los más famosos
       Fingal y su hijo Osián.

       [140] El año 1261 Islandia volvió a unirse a Noruega. Entonces
       conocieron los islandeses la literatura alemana en tiempo del
       Grande Interregno (1250-1273) y de la primera, época de la
       Casa de Habsburgo.

Nosotros, después de haber leído los libros modernos que tratan del
asunto, como también las crónicas de Adam de Bremen (1043-1072), Ari
Thorgilson (m. 1148), el _Ladnama_ y Nicolás de Thingeyre, somos de
opinión que los normandos islandeses fueron los primeros europeos que
visitaron la América.

Por el año 920, el islandés Gunnbjorn descubrió unas islas situadas
entre Islandia y Groenlandia, las cuales tomaron el nombre de su
descubridor y que desaparecieron en 1456 a causa de erupciones
volcánicas. En el mapa de Ruysch (1508), se lee la siguiente leyenda:
«_Insula hec in anno Domini 1456 fuit totaliter combusta_»[141]. Erico
el Rojo, desterrado de Islandia por haber cometido un homicidio, se
lanzó, por el año 985 o 986, a descubrir tierras, siguiendo los pasos
de Gunnbjorn: logró percibir la costa oriental de Groenlandia en el
grado 64 de latitud septentrional, continuó su viaje por el Sur,
dobló el cabo que los antiguos islandeses denominaban Hvarf, y hoy
llamamos Farewell, viniendo, por último, a fijar su residencia sobre
la costa occidental, en el _fiord_[142] de Igaliskko, que denominó,
para perpetuar el nombre de su persona, _Eriksfiord_. Allí comenzó
la construción de vasto edificio, adosado a una roca, y que llamó
_Brattahlida_. Volvió Erico el Rojo a Islandia con objeto de estimular
a sus compatriotas que le siguiesen hacia el país que él denominaba
_Tierra Verde_, que no otra cosa significa Groenlandia[143]. En el
mismo año que Erico regresaba a Brattahlida, 35 navíos islandeses
se dirigían a Groenlandia, llegando a su destino sólo 14, pues los
restantes se habían perdido a causa de las tempestades y borrascas
del Océano. Con los islandeses que lograron salvarse fundó Erico una
colonia, la cual, dos siglos después, contaba con 8.400 individuos, y
según otros, con 10.000, distribuídos en 280 establecimientos.

       [141] Véase Nordenskiol, _Facsimile-Atlas_, tom. XXXII.

       [142] Fiord, quiere decir sitio o paraje.

       [143] En nuestros tiempos, el marino Davis le dió el nombre de
       _Tierra de desolación_.

Por el año 986--cuentan los Sagas del Códice Flateyense el intrépido
joven Biarne, hijo de Heriulf, salió de Noruega en busca de su padre,
que moraba en Islandia. Cuando al llegar a Islandia recibió la
noticia de que su padre había marchado con Erik hacia las regiones
occidentales, sin descargar la nave, emprendió el mismo camino,
encontrando al poco tiempo una tierra donde se levantaban pequeñas
colinas y se hallaban bastantes selvas. A las veinticuatro horas de
navegación divisó una llanura poblada de árboles, pasados tres días
pudo distinguir una isla cubierta de nieve y grandes masas de hielo, y,
últimamente, a los cuatro días, tuvo la dicha de llegar a Groenlandia,
siendo recibido con grandes muestras de cariño por su padre y por Erik.

Regresó Biarne a Noruega, y si damos crédito a modernos escritores,
especialmente a Yeclercq, las comarcas recorridas por el famoso marino
debieron ser las de Nantuket, Nueva Escocia y Terranova. Gravier afirma
que fueron las cuatro comarcas de Nueva Inglaterra, Nueva Escocia,
Terranova y golfo de Maine; y Geffroy, no sólo declara que llegó a
las costas de América, sino que descubrió el río San Lorenzo. Parece
verosímil que el continente encontrado por Biarne y sus compañeros
fuese, ya las costas del Labrador, ya las de los modernos Estados
Unidos, y por lo que respecta a la isla, podría corresponder, según
la autorizada opinión de Gaffarel, a Terranova o a cualquiera de las
situadas en los Estrechos de Davis y de Hudson. Dedúcese todo esto
por el probable derrotero del viaje, y también por la posición y
caracteres de las tierras indicadas[144]. Llegase o no Biarne a las
costas americanas o del Nuevo Mundo, su nombre figurará siempre entre
los intrépidos navegantes.

       [144] Véase Valle, ob. cit. págs. 33 y 34.

El nunca bastante alabado Leif Erikson, hijo de Erico el Rojo y
que vivió en la corte de Olaf u Olaw I de Noruega (996-1000) fué
el continuador de la obra de Biarne. Cuando la mayor parte de las
naciones o pueblos de Europa se hallaban sobrecogidos de espanto y
de terror porque se aproximaba el año 1000, tristísimo año 1000, que
llevaba consigo el fin o acabamiento del mundo y, por consiguiente,
la muerte de la humanidad; cuando el rey Olaf, recién convertido al
cristianismo, hacía difundir su religión por todos sus Estados, el
marino Leif acometió la empresa desde las regiones más septentrionales
de Europa, de buscar, surcando el Atlántico, los países que sus
predecesores Gunnbiorn, Erico el Rojo y Biarne habían descubierto,
pero no explorado. Leif, en un barco que compró y seguido de 35
hombres, se lanzó al Océano, y después de grandes trabajos, llegó a
una región llana, pedregosa, desolada y cubierta en muchas partes por
montañas de nieve, a las cuales dió el nombre de _Helluland_ (Tierra
pedregosa) y habiendo encontrado luego inmensas y dilatadas selvas,
llamó aquella tierra _Markland_ (Tierra de los bosques). A los dos
días de navegación llegaron los normandos a una isla, separada del
continente por peligroso estrecho. Descubríanse en la parte continental
corrientes aguas, saliendo de tranquilo lago. Decididos a permanecer en
aquellos lugares durante el invierno, levantaron barracas de madera,
a las que dieron el nombre de _Leifsbudir_ (Casas de Leif). El clima
era dulce, la tierra se hallaba alfombrada de hierba, y en el río y
el lago abundaban salmones. Cuando terminaron los modestos trabajos
de edificación, los inmigrantes se dedicaron a reconocer el país,
con cuyo objeto salían en grupos, no sin que el jefe les ordenara la
vuelta al acercarse la noche. Tardó un día más de lo justo uno de los
expedicionarios, alemán de origen, llamado Tyrker, amigo desde la
niñez de Leif. Como el citado jefe reprendiese su tardanza, contestó
Tyrker lo que sigue: «No me fuí tan lejos como suponéis; en cambio os
traigo algo nuevo, porque he encontrado viñas cargadas de uvas.» Por
esta razón Leif puso al país el nombre de _Vinland_ (Tierra del vino).
Llegada la primavera, Leif determinó regresar a su patria, cargando
la nave de pieles, maderas y uvas. Todos sus compatriotas alababan el
valor y la fortuna de Leif[145].

       [145] De _La Tribuna_, periódico de Madrid del 24 de Octubre
       de 1912, copiamos lo siguiente:

         «Un sabio americano, en el «American Museum of Natural
         History», trae una gran cantidad de datos acerca de una
         tribu de raza blanca que vive hace siglos en la isla
         Victoria, separada del resto del mundo. Estos blancos son
         cerca de 2.000 y los descendientes de una expedición mandada
         por Leif Erickson. Con motivo de su existencia, se trata
         ampliamente en dicho artículo de la cuestión precolombiana,
         y se afirma que América fué descubierta por los noruegos y
         escandinavos en el siglo X, es decir, cerca de cinco siglos
         antes que Colón condujese sus naves a aquellas tierras. La
         ciencia está conforme en que los escandinavos y noruegos la
         habían descubierto; pero también lo está en que no sabían de
         qué se trataba, y que estos pensaban, como pensó Colón, que
         eran las costas de Asia.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE--MADRID.

LEIF ERIKSON.]

Cuando corría el año de 1002, Thorwald, otro de los hijos de Erico,
aceptando los consejos de su valeroso hermano Leif, acompañado de 30
hombres, se lanzó a la mar y llegó a las barracas de Leifsbudir, donde
pasó el invierno. Durante la primavera se dedicó a recorrer la parte
meridional de Vislandia, encontrando pequeñas y pintorescas islas,
siendo la mayor de todas la que a la sazón llamamos _Longisland_.
Durante el otoño regresaron a Leifsbudir. En el verano siguiente
Thorwald y algunos de los suyos emprendieron la exploración de las
costas septentrionales. En la costa y sobre la arena hallaron tres
canoas de mimbres y en cada una de ellas tres hombres, los cuales
ocho perecieron a manos de los normandos, logrando sólo escapar uno.
Irritados los esquimales con semejante crueldad, cayeron sobre Thorwald
y los suyos, teniendo el jefe de los normandos la desgracia de morir
de un flechazo, habiendo antes encargado a sus compañeros que le
enterrasen en aquel sitio y pusiesen dos cruces sobre su tumba; en lo
futuro el cabo se llamaría _Krossanes_ (Promontorio de las cruces).
Thorwald fué el primer europeo que murió a manos de los americanos.

Los compañeros de Thorwald, temiendo mayores venganzas de los
esquimales, y habiendo cumplido las órdenes que les había dado el
difunto jefe, abandonaron, en el año 1005, aquellos lugares, y,
cargando el barco de productos del país, volvieron a la patria, donde
contaron los sucesos que les habían ocurrido, y muy especialmente la
muerte del valeroso caudillo.

Poco después un hermano de Thorwald, llamado Thorstein, acompañado de
su mujer, la inteligente Gudrid, y de 25 marinos, organizó la tercera
expedición, que fué más desgraciada que las anteriores. Contrarios
vientos les desviaron de su camino, y hasta la entrada del invierno
no pudieron arribar a Lysufiord, donde los recibió con generosa
hospitalidad un cierto Svart, en cuya casa cayó enfermo y murió
Thorstein, siendo sus cenizas trasladadas en el buque por la viuda y
Svart hasta Eriksfiord: allí tuvieron cristiana sepultura.

Por entonces (1002) llegó a Groenlandia rico noruego, descendiente de
reyes, que se llamaba Thorfinn o Karlsefn--pues con ambos nombres se le
conoce--el cual, con beneplácito de Leif, se hospedó en Brattahlida,
y por cierto, que habiéndose enamorado de Gudrid, contrajo con ella
matrimonio. Thorfinn hizo armar una flotilla de tres naves, dotadas de
160 individuos, algunos de ellos mujeres, varios animales domésticos
y abundantes provisiones. En la primavera del año 1007 partieron de
Eriksfiord, y, ayudados por favorables vientos, lograron divisar a las
veinticuatro horas de navegación los picos de Helluland, llegando a
_Markland_, país de exuberante vegetación; recorrieron en vano varios
sitios buscando la tumba de Thorwald, pasaron el cabo Kialarnés,
encontrando luego dilatada extensión de dunas, vastos desiertos y
estrechas riberas, a cuyas playas llamaron _Jurdustrandir_ (Playas
maravillosas)[146]. Luego que Thorfinn tuvo la satisfacción de que dos
de sus compañeros que habían salido a recorrer las costas volviesen con
grandes racimos de uvas y espigas de trigo silvestre, penetró en una
bahía grande y en seguida en una isla abundante de plumas y huevos de
_eiders_ (ánades), que llamó _Straumey_ (Isla de las corrientes). En la
citada bahía, que denominaron _Staumfiord_ (Bahía de las corrientes),
fundaron una colonia. Cuando llegó la primavera se dedicaron a cultivar
los campos, a la pesca y muy especialmente a la construcción de
barracas que les sirvieran de alojamiento.

       [146] Tal vez dieron dicho nombre por la frecuencia con que
       allí se observa el fenómeno del espejismo.

[Ilustración: Tipo esquimal (Estrecho de Behring).]

Grave contrariedad fué que les sorprendiese el invierno desprovistos de
caza y de pesca; pero la dificultad mayor consistió en el disentimiento
y enemiga entre el marino Thorhall, piloto de una de las embarcaciones,
y Thorfinn. Cada uno tomó diferente camino. Thorhall, deseando volver
a su patria, tomó rumbo hacia Europa, arribando a las costas de
Irlanda, donde--según dicen--murió en esclavitud. Thorfinn continuó sus
exploraciones, en busca siempre de Leifsbudir, llegando, no sin muchos
trabajos y estableciéndose enfrente de la colonia de Leif, con cuyo
objeto levantaron diferentes casas, que por el nombre de su fundador
recibieron el de _Thorfinnsbudir_.

A los quince días de establecerse en aquel país, apareció la bahía
cubierta de botes tripulados por esquimales. Dichos esquimales
bajaron a la costa y luego que contemplaron a los hombres blancos, se
retiraron. Volvieron en la primavera de 1008 y eran tantos los que
tripulaban las muchas canoas, que la bahía parecía hallarse cubierta de
carbón. Groenlandeses y esquimales entablaron relaciones de comercio;
los primeros dieron a los segundos vistosas telas encarnadas y vasos de
leche, en cambio de pieles, cestas de mimbre y otras cosas. Pronto--por
causas que desconocemos--la guerra sucedió a la paz. Ya Thorfinn había
tenido un hijo de Gudrid y ya los normandos vivían tranquilos en sus
posesiones de Vinlandia. Entonces, los skrelings, se lanzaron a la
lucha, y aunque al principio lograron algunas ventajas, fueron al fin
vencidos y se retiraron de Vinlandia.

Enojosa iba siendo a Thorfinn y los suyos la estancia en Vinlandia.
El deseo de volver a la patria, las cuestiones surgidas entre los
mismos normandos y la oposición de los naturales del país, obligaron
a Thorfinn a dar la vuelta a Groenlandia, no sin que en la travesía
explorase nuevos países y cogiera dos muchachos al pasar por las costas
de Markland. Dijeron los jóvenes skrelings, que más allá del sitio en
que fueron cogidos, había un país habitado por hombres que vestían
túnicas blancas y acostumbraban llevar pedazos de tela fijos en largas
varas. Estos pedazos de tela, según algunos críticos, eran estandartes
o banderas. Se sospecha con algún fundamento que tales noticias debían
referirse al territorio del _Hvitramannaland_.

En este estado nuestra narración, antes de pasar adelante, preguntamos:
pero, las regiones visitadas por los ilustres viajeros Leif y Thorfinn,
¿eran las mismas? Dúdanlo con más o menos razones algunos escritores.
Recordaremos, a este propósito, que el francés Nicolás Denys,
lugarteniente por Inglaterra de Nueva Escocia a mediados de la centuria
XVII, dió exacta noticia de la riqueza forestal del país, añadiendo
que las uvas eran tan grandes como nueces moscadas y algo ácidas,
porque crecían silvestres. Opinaba que si se tuviese más cuidado en la
elaboración del vino, éste sería de mejor calidad o de mayor gusto.
De la misma manera el trigo nacía espontáneamente en la parte sur de
Escocia y también era susceptible de mejoramiento.

No tenemos duda en que lo mismo Leif que Thorfinn encontraron uvas en
aquellas lejanas tierras; pero el trigo silvestre, que el segundo de
aquellos navegantes halló, no debió ser tal trigo, sino arroz indiano
(_Tizania aquatica_), producto mencionado por los viajeros que se
ocupan de las plantas de la tierra de la Nueva Escocia. También puede
afirmarse que Leif no vió indígenas, y Thorfinn tuvo que luchar con
los skrelings, que, como antes se dijo, pertenecían al grupo esquimal.

Conviene no olvidar que de las tres naves que en 1007 hizo armar
Thorffinn, y que salieron de Eriksfiord, pronto quedaron dos: una de
ellas, bajo el mando de Biarne, hubo de naufragar, logrando salvarse
pequeña parte de la tripulación en las costas de Irlanda[147]. En la
otra nave, después de tantos trabajos, Thorffinn y su familia pudieron
arribar a Groenlandia en el año 1011, trasladándose al poco tiempo a su
patria, «llevando consigo tan considerable número de objetos, traídos
de Vinlandia, que, según creencia de aquellos tiempos, jamás apareció
en las costas escandinavas embarcación mejor provista y cargada»[148].

       [147] Biarne sacrificó su vida por salvar la de sus compañeros.

       [148] Valle, Discurso leído en el Ateneo de Madrid el 11 de
       Marzo de 1891, págs. 43 y 44.

La noble Gudrid, al contraer matrimonio su hijo Snorre, matrimonio
que le llenó de alegría, salió de Islandia y se dirigió a Roma, donde
seguramente hubo de dar noticia de los descubrimientos de los normandos
en las regiones ultraoceánicas. La corte Pontificia oyó con interés las
curiosas e importantes narraciones de Gudrid, tal vez para aprovecharse
de ellas tiempo adelante. Al regresar a Islandia la buena viuda de
Thorffinn, formó el propósito de consagrar a la religión los últimos
días de su vida, retirándose con este objeto a un monasterio que su
hijo Snorre había hecho construir.

En el año de 1011, la célebre Freydisa, hermana de Leif, deseosa de
riqueza más que de gloria, después de convencer a su débil marido
Thorvard, organizó una expedición, saliendo de Groenlandia con una nave
de su propiedad y las de dos ricos islandeses, en busca de las tierras
que se proponían visitar. Desdichada fué la expedición, como lo fueron
otras de europeos hacia las playas americanas, llamando la atención
el silencio que guardan de ellas los _Sagas_ islandeses. Probado se
halla que un tal Hervador, a mediados del siglo XI, salió de Vinlandia
para trasladarse a las tierras de Hvitramannaland, «y queriendo--como
escribe Valle--invernar en ellas, remontó un río, deteniéndose luego
al pie de espumosas cascadas, que denominó _Hridsoerk_; paraje que,
según algunos, permite asegurar que los normandos prolongaron sus
exploraciones bastante al Sur de la América Septentrional, hasta
descubrir la bahía de Chesapeake, los ríos que allí desembocan y los
naturales despeñaderos de aguas que se observan en Potomac, por encima
de Washington»[149].

       [149] Ibidem, pág. 45.

No cabe duda alguna que en el año 1135 tres groenlandeses, apasionados
de aventuras atrevidas y peligrosas, se internaron en los Estrechos
que a la sazón llamamos de Davis y de Baffin, llegando a la isla
_Kingiktorsoak_ o de las Mujeres, en la latitud boreal de 72° 55',
en cuyo punto grabaron sobre una piedra la noticia de su estancia.
Refieren los _Sagas_ que por el año 1266 tres sacerdotes de la
diócesis de Gardar, llamado uno de ellos Halldor, siguiendo la
misma dirección que los anteriores, fueron sorprendidos por furiosa
tempestad, consiguiendo arribar a un punto donde el sol, en el 25 de
julio y día de Santiago, no se ocultaba en el horizonte, permaneciendo
muy alto durante la noche y muy bajo en las horas correspondientes
al día. Dichos navegantes, ¿alcanzarían el paralelo 75° 46' un poco
al Norte del Estrecho de Barrow, como han pensado algunos sabios de
nuestros días? Halldor y sus compañeros, ¿habrán precedido a Parry,
Ross, Franklin y demás viajeros de las regiones boreales? Casi a
los veinte años (1285), dos sacerdotes islandeses, Adalbrando y
Thorwald Helgason, se embarcaron para Markland, llegando a un país que
llamaron _Nyja Land_ o _Terranova_, nombre que tiene a la sazón. Tan
naturales y corrientes debieron ser esta clase de viajes, que habiendo
recibido Ivar Bardson en 1347 el encargo de visitar y describir los
establecimientos de los normandos en América, publicó su obra, y como
cosa corriente y sabida dió noticia de aquellas regiones. Dicha obra,
de inestimable valor, la publicó, primero Rafn en sus _Antiquitates
americanæ_[150], y después Major en el año 1873[151]. Por último,
viene a confirmar con toda claridad lo que decimos el siguiente hecho:
también en el año 1347 llegó a Islandia una nave, con 18 hombres,
procedente del país de Markland, no llamando a nadie la atención las
noticias que dieron del citado país, pues eran harto conocidas y
sabidas de todos.

       [150] Páginas 302-318.

       [151] Véase Gaffarel, ob. cit.

Creemos que nadie puede poner en duda los viajes de los normandos desde
últimos del siglo X o comienzos del XI en las regiones septentrionales
de América. Si algunos escritores, con poco sentido histórico, han
llegado a decir que los _Sagas_ son monumentos únicamente legendarios
o poéticos, les contestaremos que la crítica moderna los considera
documentos de inestimable valor, lo mismo por su fondo, casi siempre
verdadero, como por su sencillez y claridad.

No deja de tener también no poca fuerza, que sabios como Humboldt,
Rafn, Magnussen, Kohl, Horsford, Costa, Brown, Schmidt, Loffler,
Beauvois, Gravier, Gaffarel y otros, hayan declarado la autoridad
histórica de los Sagas, siguiendo el mismo camino la _Sociedad Real
de Anticuarios del Norte_, y, últimamente, el Congreso de Copenhague,
celebrado el 1883.

Acerca de si los establecimientos normandos fueron o no verdaderas
colonias, nada habremos de decir, como tampoco hace al caso discutir
sobre el fruto de las citadas expediciones; pero lo cierto es que
Europa se estuvo comunicando con América durante más de tres siglos.

Como si todos los datos expuestos fueran poco, debe consignarse que
la Iglesia Romana no olvidó a aquellos lejanos países, sobre los
cuales extendió la luz del Evangelio. Ora porque la famosa Gudrid
diese a conocer en la corte pontificia la existencia de los citados
territorios, ora porque los Papas desearan progresar y difundir la
Religión cristiana en países que conocían por otros medios, lo cierto
es que, desde mediados de la centuria XI, los obispos de Noruega e
Islandia, y poco después el establecido en Gardar, capital de la
Groenlandia, consideraron las posesiones del Vinland como una parroquia
alejada de su diócesis, que frecuentemente iban a visitar.

No habremos de pasar en silencio que el obispo Jon (Juan), en el
año 1059, habiendo ido desde Islandia a los territorios americanos
a predicar el Evangelio, los infieles le hicieron sufrir cruel
martirio. Corría el año 1121, cuando el islandés Erico Vpsi, al
considerar la situación religiosa de Vinlandia, renunció a la silla
de Gardar, dedicándose por completo a fortalecer a sus nuevos fieles
en la doctrina de Cristo. Tal vez con este asunto tenga relación la
demanda que en 1124 hicieron los colonos groenlandeses reunidos en
Asamblea general para que se hiciese el nombramiento de Obispo de
Gardar a favor de un cierto Arnaldo[152]. Desconocemos el resultado de
las predicaciones del Obispo Erico en Vinlandia; tal vez--como dice
Gaffarel--tengan su origen en las ceremonias religiosas de aquellos
tiempos ciertas costumbres que persisten en algunos puntos de la
América del Norte.

       [152] Gobernaron la diócesis de Vinlandia, desde el Obispo
       Erico Vpsi, en 1121, hasta Vincentius, que la regía en 1537,
       esto es, cuarenta y cinco años después del descubrimiento
       de Colón, 29 Obispos. Torfaeus publicó en la Historia
       Groenlandia, como también Gravier y otros, los nombres y las
       fechas correspondientes a los citados Prelados.

Del mismo modo, a nadie debe extrañar que la Iglesia procurara
proporcionarse recursos, lo mismo en las próximas que lejanas diócesis,
para el mantenimiento de las necesidades del culto y del clero. Es
cierto que allá por el año 1276, el arzobispo Jon, con la autoridad
del Santo Padre, delegaba sus funciones en tercera persona, la que
había de recoger el producto de los diezmos; y el Papa Nicolás III
(1277-1280), en carta escrita en Roma el 31 de enero de 1279, ratificó
los plenos poderes conferidos por el Arzobispo al mencionado anónimo
colector[153]. Pasados tres años, el mandatario llegó a Noruega con
los diezmos de los colonos de Vinlandia, que consistían, no en metales
preciosos como hubiera deseado la corte pontificia, sino en pieles,
dientes de morsa y barbas de ballena. Habiendo el Arzobispo consultado
al Papa lo que debía hacerse con tales cosas, contestó Martín IV
(1280-1285) que se enajenasen.

       [153] Dice D. Manuel del Valle que el producto de los diezmos
       estaba «destinado a la cruzada que entonces se predicó por
       toda Europa»; pero efeto nos parece poco exacto, pues las
       cruzadas generales habían pasado hacía bastante tiempo y
       también las de Luis IX de Francia, apenas se recordaban, sin
       embargo, de que la última dirigida contra Túnez, al frente
       de cuya ciudad murió de peste el Santo Rey, se verificó el
       1273. También habremos de observar que no fué Nicolás II el
       que escribió la citada carta, según afirma el Sr. Valle, sino
       Nicolás III.

Veinticinco años después, los tributos eclesiásticos de Vinlandia
figuraban en la suma de las collectas y se vendieron en 1315 al
flamenco Juan de Pré.

Pasamos a estudiar la organización de los normandos en Vinlandia.
Hallábanse constituídos en _colonias_, según la respetabilísima
opinión de Humboldt, de Gravier, de Eben Norton Horsford y de E.
Reclus. Formaban los citados establecimientos normandos una especie
de república, bajo la protección nominal de los reyes de Noruega; los
colonos mantenían con la metrópoli, especialmente con Groenlandia
e Islandia, relaciones frecuentes. Cambiaban las riquezas del país
(maderas finas, pieles de animales, dientes de morsa y aceite o barbas
de ballena), por el hierro y las armas que necesitaban; dedicábanse
también la mayor parte del tiempo--pues era para ellos el medio de vida
principal--a las ocupaciones de la pesca.

Desde el siglo XIV llegaron a interrumpirse o se interrumpieron del
todo las relaciones entre los normandos y americanos. Contribuyeron
a ello, sin duda, además de otras causas, los frecuentes ataques de
los esquimales, refractarios a la civilización europea, quienes se
atrevieron a atacar a los normandos en sus mismas fortificaciones.
Adquirió carácter tan cruel la lucha en el siglo XV, y tantas fueron
las lamentaciones de los colonos, que Nicolás V hubo de dirigir
famosa Bula--en el año 1448--a los obispos islandeses para que
ellos proveyesen a las necesidades de los cristianos perseguidos en
Groenlandia. Señalan también los historiadores otra causa, y fué la
peste negra que por entonces, habiendo ya causado numerosas víctimas
en Asia y en Europa, se extendió por América y despobló a Groenlandia
e Islandia, no siendo de extrañar que las últimas posesiones dejasen
de enviar expedicionarios o colonos a Markland y Vinland[154]. Por
último, no faltaron escritores que sostuvieron haberse interrumpido las
comunicaciones marítimas entre los países septentrionales de Europa y
los de América, por la formación de inmensos témpanos de hielo en la
parte superior del Atlántico.

       [154] No sabemos a qué peste negra se refieren los
       historiadores y que causó tantas víctimas en el siglo XV.
       Conocemos la que se desarrolló en el siglo XIV y que dejó
       desierto el país de Groenlandia y, más adelante, la que
       comenzó en los Estados de Flandes, penetró en España por
       Santander e hizo tantas víctimas en el año 1599. No tuvo
       menos importancia la que ocasionó a mediados del siglo XVII
       desgracias sin cuento en Nápoles y en casi toda la Italia.

Pero dejando estos asuntos que carecen de valor histórico, diremos
las dos opiniones principales acerca de lo que es hoy la antigua
Helluland. Beauvois, Gravier, d'Avezac, Horsford y Gaffarel sostienen
su correspondencia con la isla de Terranova; pero Humboldt, Loffler
y Reclus estiman preferible referir el Helluland a la tierra de
Labrador[155]. Markland fué considerada idéntica a la moderna Acadia,
que los anglo-sajones pusieron el nombre de Nueva Escocia; participan
de esta opinión d'Avezac, Rafn, Beauvois, Gravier, Loffler, Gaffarel y
otros. De la misma manera geógrafos e historiadores asimilaron el suelo
de Vinlandia a determinadas porciones del de Massachusetts (Estados
Unidos); pero por lo que respecta a este particular, modernamente
Loffler ha sostenido que sería más conveniente referirla a la actual
Virginia. Más o menos acertadas tales correspondencias de lugares, lo
único que puede afirmarse de cierto es que en la bahía de Massachusetts
hicieron prolongado asiento Leif, Torwald y Thorffinn. Las casas
edificadas por Leif debieron estar, según Rafn, en la desembocadura
del Pocasset-River; pero el escritor contemporáneo Gaffarel las supone
en el mismo sitio donde hoy se levanta la capital Nueva York. La isla
descubierta por Torwald debe ser, si aceptamos la opinión de Gravier,
la que llamamos Long-Island; las playas que se observaron hacia el
Sur deben ser las de New-Jersey, Dellaware, Maryland y tal vez las de
Virginia y Carolina. Torwald reconoció dos promontorios: el _Kialarnés_
y el _Krossanes_ o el de las Cruces; el primero corresponde al Cabo
Cod, o Nauset de los indios, y el segundo al que lleva hoy, según
Gaffarel, el nombre de Sable en la extremidad meridional de Nueva
Escocia, o más bien, como afirma Gravier, el Cabo de Gurnet. Las playas
maravillosas que encontró Thorffinn en su expedición, deben estar
colocadas--pues esta es la opinión de Rafn y Gravier--al Sur del citado
Cabo Cod, si bien afirma Gaffarel que se hallan en las costas de Nueva
Escocia, donde abundan fenómenos de espejismo, como los que admiraron a
los antiguos normandos; la bahía circular, famosa por sus corrientes,
debe ser la de Buzzard; la isla tan abundante de huevos de _liders_,
también pudiera ser la de Marta's Vineyard; y las casas que bajo la
dirección de Thorffinn se levantaron enfrente de las de Leif, debieron
estar en el sitio que los indios llamaron Mount-Haup, cerca de Taunton
River. Nada, pues, tiene de particular que en Boston, ciudad próxima
a los parajes citados, se haya erigido, a últimos del siglo XIX, una
estatua que recuerda la memoria del ilustre Leif. Debe consignarse que
Eben Norton Horsford, uno de los más decididos propagandistas para que
se levantase un monumento a Leif, dijo a este propósito que «no por
ello se amengua en nada la gloria de Colón, que trató de resolver el
problema de la redondez de la tierra», y añadiendo «que la misma ciudad
de Boston patrocinará con gusto la idea de levantarle una estatua en
1892.»

       [155] Afirmase a la sazón que hubo dos Helluland: el mayor o
       Labrador y el menor o Terranova.

Por lo que se refiere a la antigua _Marklandia_, en el mapa del
cosmógrafo Martín Waldseemüller, cerca de la _Illaverde_ (Groenlandia,
según Storm), aparece una isla pequeña casi circular, que supone el
mismo Storm sea la citada Marklandia. Por tanto, al Sur de Groenlandia
se halla Hellulandia, después Marklandia y en seguida Vinlandia; las
dos últimas se hallan separadas por el mar.

No contentos historiadores y críticos con las pruebas aducidas para
mostrar las relaciones entre noruegos e irlandeses con americanos,
pretendieron robustecer dicha teoría con demostraciones arqueológicas.
En el estado de Massachusets, condado de Bristol, a la orilla oriental
del Taunton-River, se levanta una roca de color rojo de 4 metros
de base y 1,70 de altura, llamada _Dighton Writing Rock_, en cuya
superficie se distinguen toscas figuras e inscripciones con caracteres
misteriosos. Después de interpretaciones varias, los anticuarios
daneses Rafn y Magnussen, como también Lelewell y Gravier, pretendieron
descubrir caracteres rúnicos, llegando a sostener que las figuras
representaban a Thorffinn, a su mujer Gudrid y al niño Snorre, que
había rasgos de un navío defendiéndose del viento, un escudo blanco y
marineros luchando con enemigos (skrelings). Gravier llegó a decir que
los trozos escritos decían lo siguiente: «131 hombres han ocupado este
país con Thorffinn.» Al paso que Gaffarel opinó que el grabado y los
caracteres eran indescifrables, Horsford declaró que la crítica rechaza
dicho testimonio. Lo mismo puede decirse de las ruinas de Newport,
las cuales indican un edificio en forma de rotonda, hecho con piedras
de granito, unidas por argamasa, y que consta de diferentes arcos,
descansando sobre ocho columnas. El edificio de Newport, descubierto en
Rhode-Island, se ha dicho que era de procedencia normanda, sin tener en
cuenta que Benito Arnoldo, uno de los primeros colonos que vinieron,
desde 1638 a 1678, mencionó en su testamento dicho edificio con las
siguientes palabras: «El molino de piedra _que he construído_.» Por
último, Horsford cree haber hallado vestigios arqueológicos de los
noruegos en América (en Cambridge, población de Massachusets), los
cuales consistían en restos de dos grandes casas con cinco chozas a
dichas casas unidas; las primeras estaban destinadas al jefe y personas
de su familia, y las segundas a los criados.

Recordaremos, pues, las siguientes palabras de Mr. Vivien de Saint
Martin: «Es indudable que desde el siglo XI, cerca de quinientos
años antes de Colón y de Cabot, los colonos noruegos de Islandia y
de Groenlandia conocieron algunas partes de las costas del NE. de
América»[156].

       [156] _Histoire de la Geographie_, pág. 387.

No habremos de terminar este capítulo sin trasladar aquí la opinión de
Reclus: «Aun en la misma patria de Cristóbal Colón y de Amerigo Vespuci
no hay quien ponga en duda que fueron los normandos los descubridores
de la América del Norte»[157].

       [157] _Nueva Geografía Universal_, América Boreal, pág. 9.

Dice que a fines del año 1000 descubrió Leif el _Virland_ o País del
vino. «Sea lo que fuere--añade--los escandinavos fundaron en tierra
firme del Nuevo Mundo colonias regulares en un período que, según la
tradición, abarca de ciento veinte a ciento treinta años. Después de
haber tomado posesión del país y encendido grandes hogueras, cuyo
resplandor llevara a lo lejos la noticia de su llegada, marcaron con
signos los árboles y las rocas, clavaron sus lanzas en los promontorios
y construyeron cabañas y recintos fortificados. Los _sagas_ hablan
del nacimiento de niños en aquellas colonias y refieren asimismo
combates, en los que sucumbieron guerreros. Entre ruinas de antiguas
construcciones atribuídas a los escandinavos, se han encontrado
sepulcros. Los piratas normandos, como los invasores de todas las
naciones de Europa que les sucedieron, asesinaron a los indígenas y
lo hicieron por el sólo gusto de verter sangre: la obra de exterminio
comenzó a la llegada de los blancos»[158].

       [158] Ibidem, págs. 12 y 13.

Citaremos, por último, el siguiente párrafo del sabio geógrafo: «En
vista de los descubrimientos hechos por las gentes del Norte en
aquellas latitudes, los navegantes de la Europa meridional debieron
buscar nuevas tierras hacia las regiones templadas y cálidas del otro
lado del mar. Además, nunca llegó a perderse del todo el recuerdo
de las primeras expediciones, o mejor, confundíase este recuerdo
con tradiciones diversas. Lo mismo que los galos y los islandeses,
los árabes relatan la historia de sus heróicos navegantes, los ocho
_almagrurim_ o «hermanos errantes» que salieron del puerto de Lisboa
en el año 1170, jurando no regresar sin haber desembarcado en las
lejanas islas de Ultramar: otros «hermanos» o compañeros, los frisones,
que embarcados en Brema, llegaron hasta la Groenlandia; después, a
fines del siglo XIV, dos venecianos visitaron las mismas tierras,
por ellos llamadas _Engroneland_, y los detalles que dan, así como
ciertas indicaciones hechas en sus cuadernos de navegación, dejan pocas
dudas acerca de la realidad de este viaje. En fin, un polaco, Juan de
Izkolno, en el año 1476, fué directamente enviado a la Groenlandia
con el objeto de restablecer las comunicaciones, desde largo tiempo
interrumpidas»[159].

       [159] _Nueva Geografía Universal_, América Boreal, págs. 13 y
       14.

La comunicación entre Escandinavia y las Indias durante la Edad Media,
y entre España y dichas Indias en los comienzos de la Edad Moderna,
recuérdanos las siguientes palabras de D. Juan Fastenrath, literato e
hispanófilo alemán: «Dios ha dado Leif a la raza escandinava; pero dió
Colón a la raza latina y a la humanidad entera. ¡Apreciemos y admiremos
a los dos, a Leif y a Colón»[160].

       [160] _El Centenario_, tomo IV, pág. 391.



CAPÍTULO IV

  AMÉRICA MERIDIONAL: TRIBUS DEL OCÉANO ATLÁNTICO Y DEL OCÉANO
  PACÍFICO.--REGIÓN AMAZÓNICA: SU SITUACIÓN.--LOS TUPÍES Y
  GUARANÍES.--LOS OMAGUAS, COCAMAS Y CHIRIGUANOS.--LOS TAPUYAS.--LOS
  PAYAGÜAES, AGACES, SUBAYAES Y OTRAS TRIBUS.--TRIBUS QUE HABITABAN
  EN EL URUGUAY: CONFEDERACIÓN URUGUAYA: LOS CHARRÚAS.--LOS CHANÁS
  Y OTRAS TRIBUS. LOS ARAWAK.--LOS CARIBES.--TRIBUS DEL ALTO
  ORINOCO Y DEL ALTO AMAZONAS.--TRIBUS DE LAS MESETAS DE BOLIVIA:
  LOS CHIQUITOS.--REGIÓN PAMPEANA: TRIBUS DEL GRAN CHACO Y DE LAS
  PAMPAS.--LOS ARAUCANOS O MAPUCHES.--TRIBUS PATAGÓNICAS.--LOS
  CALCHAQUÍES.


Daremos comienzo a la reseña histórica de las diferentes tribus que
poblaron el Nuevo Mundo antes del descubrimiento de Cristóbal Colón,
no sin decir antes que sólo serán objeto de estudio las que sean más
interesantes o de ellas tengamos más noticias. Consideraremos primero
las de la América Meridional, después las de la Central, y, por último,
las de la Septentrional.

[Ilustración: La primera representación gráfica conocida de los
Aborígenes americanos (Augsburgo 1497 a 1503)]

Las tribus de la América del Sur--según los autores--pueden dividirse
en dos grandes grupos: las del _Océano Atlántico_ y las del _Pacífico_.
El filólogo Brinton distingue en el grupo del Atlántico dos regiones:
la _amazónica_ y la _pampeana_; y en el grupo del Pacífico otras dos:
la _colombiana_ y la _peruana_[161].

       [161] Véase Navarro Lamarca, _Historia general de América_,
       tomo I, pág. 283 y síguientes.

Comprende la región amazónica los territorios regados por el Amazonas,
el Orinoco y todos sus afluentes, incluyendo los estados de Santa Cruz
y Beni (Bolivia), casi todos los del Brasil, Venezuela y Guayanas;
también las grandes y pequeñas Antillas. De entre las familias
lingüísticas más conocidas de la región amazónica, citaremos la
_tupí-guaraní_, la _tapuya_, la _arawak_ y la _caribe_.

Los tupíes, guaraníes, carios, etc., que habitaban desde las Guayanas
al Paraguay y desde las mesetas del Brasil a las costas de Bolivia,
hablaban una de las lenguas más dulces de América. Dicen unos
historiadores que los guaraníes eran una especie de los tupíes, y otros
sostienen, por el contrario, que los tupíes eran una especie de los
guaraníes; pero todos se hallan conformes en que tupíes y guaraníes
constituyen una sola familia. Según una leyenda, muy corriente en
América, el primer hombre, llamado Tapaicuá, nació en el fondo de un
lago, de donde proviene, según parece, el nombre de Ipacaray, que
quiere decir _hombre de lago_. Tapaicuá tuvo dos hijos, que fueron
Tupí y Guaraní, los cuales, acompañados de sus respectivas familias,
llegaron al Brasil. Otros cronistas sostienen que su primitivo asiento
estuvo en las Antillas y bajaron de Norte a Mediodía.

Tupíes y guaraníes creían en Dios y en el Diablo (_Tupá_ y _Añang_). No
tuvieron sacerdotes, sino médicos y hechiceros. Creían en otra vida,
si bien no admitían la existencia del infierno. Decían que todas las
almas iban al cielo. La tradición que conservaban respecto al diluvio
era que por consejo del profeta Tamandaré algunas familias de tupíes
y guaraníes se refugiaron en elevadas palmeras cargadas de dátiles,
con cuyo fruto se alimentaron hasta la retirada de las aguas. Tiempo
adelante, una disputa entre las mujeres de Tupí y Guaraní hizo que
éstos interviniesen. Decidieron separarse para cortar la cuestión,
quedando Tupí con sus descendientes en el Brasil, y Guaraní con su
dilatada familia en el Paraguay. Luego los guaraníes se extendieron por
extensas regiones, pues se encuentran en el Uruguay, en las provincias
argentinas de Corrientes y Entrerríos, en el Brasil, en las Guayanas y
algo en Bolivia.

Tenían los tupíes cabeza cuadrada, rostro lleno y oval, nariz corta
y achatada, ojos pequeños, barba poca y color desde el rojo hasta el
amarillo; eran robustos, de manos y pies pequeños. Distinguíanse los
guaraníes por su color cetrino, cabello lacio, ojos negros, dientes muy
blancas, buena estatura y facciones finas.

Ni tupíes ni guaraníes reconocieron gobierno alguno. Pacíficos
por naturaleza, no estaban sujetos a fuertes pasiones. Existía la
poligamia, en particular entre la gente rica. Educaban a sus hijos
enseñándoles el manejo del arco y otros rudos ejercicios; obligaban
a las mujeres, no sólo a ocuparse en los trabajos domésticos, sino
en los agrícolas. Vivían, generalmente, en rancherías de 50 a 100
familias, gobernadas por un cacique, autoridad inferior a la asamblea
de padres de familia. Acostumbraban reunirse al anochecer, y sentados
en el suelo deliberaban sobre los asuntos de la ranchería. Sólo en
caso de guerra elegían un caudillo; sus armas eran las flechas y la
macana. Al dios Tupá no le construían templos. Los sacerdotes, médicos
y hechiceros curaban las enfermedades, chupando la parte enferma y
arrojando luego de su boca, según decían, el germen del mal. Escritura,
geroglíficos, quippus, medios objetivos de transmitir los pensamientos,
no los conocían. Apenas tenían vagas noticias de cronología. Los
ranchos o chozas eran de madera y paja; varios ranchos o chozas
formaban aldeas (_tabas_). Con madera y paja fabricaban sus únicos
muebles. Por lo que a agricultura respecta, cultivaban bastante bien el
maíz, la mandioca, el algodón y el tabaco, que fumaban en pipa.

Los _omaguas_ y _cocamas_ trabajaron los metales y enseñaron a
los europeos el uso del _caout-chout_, del que hacían vestidos,
zapatos, etc. Las demás tribus de la familia tupí-guaraní, aunque
completamente bárbaras, se distinguieron por sus excelentes trabajos
de alfarería. Por lo que atañe a su organización social, el jefe
militar (_morubixaba_) tenía absoluta autoridad en tiempo de guerra,
hallándose limitada en época de paz por las disposiciones del Consejo
(_nheemougaba_). Eran antropófagos y polígamos. Construían fuertes
canoas y enterraban sus provisiones en _silos hondos_ o _cuevas_.
Reconocían un poder superior y muchos espíritus activos y malignos.
Andaban desnudos, siendo aficionados a los adornos, a las músicas, a
las danzas y muy especialmente a la embriaguez. Los _chiriguanos_ se
distinguían sobre todos por su fiereza y salvajismo.

Habitaban los _tapuyas_ (_enemigos_) desde los 5° a los 20° de latitud
sur, y desde el Océano Atlántico al río Xingú. Se les llamaba también
_Crens_ o _Guerens_ (antiguos), pues se creía que antes de los tupíes
fueron ellos dueños de la costa del Atlántico. Los _botocudos_,
tribus de la familia de los tapuyas, acostumbraban a adornar su labio
inferior con _botoques_ o pedazos de piedra o madera. Los tapuyas y sus
tribus eran salvajes, andaban desnudos, habitaban en los bosques y no
practicaron industria alguna. Fueron cazadores habilísimos. De si eran
o no antropófagos bastará decir que vivos todavía los prisioneros, les
cortaban pedazos de carne y se la comían. El tipo de los tapuyas estaba
en los _aymorés_ (hoy botocudos), y tapuyas eran los _potentues_, los
_guaytacaes_, los _guaramomíes_, los _goaregoares_, los _yecarusues_
y los _amanipaques_. Constituían los tapuyas una familia especial y
su lengua era diferente a la de los tupíes. Por cama tenían el suelo
cubierto con hojas de árboles, por techumbre, el cielo; por armas, el
arco y la flecha. Atravesaban los ríos, ya a nado, ya a pie, por los
sitios donde la profundidad era poca.

Refieren algunos escritores que, en la época del descubrimiento,
dominaban casi toda la costa del Brasil los tupíes o guaraníes, los
cuales habían vencido a los tapuyas, apoderándose del territorio. Los
tupíes hablaban una misma lengua, al paso que los tapuyas hablaban
lenguas diferentes; los primeros eran menos bárbaros que los segundos;
aquéllos tenían organización social más perfecta que los últimos; ambos
eran antropófagos, distinguiéndose en que entre los tupíes era sólo
tratándose de prisioneros de guerra, y entre los tapuyas era general.
Si los tapuyas, cuando llegaron los tupíes, se dividían en 76 tribus,
los tupíes, cuando llegaron los portugueses, formaban 16 naciones, las
cuales conservaban como radical de su nombre el del tronco común, y así
decían tupi-nambás, tupi-niquinos y tupi-aes.

Muy poco, pues, se sabe de la historia primitiva del Paraguay. No se
han hallado en aquellas regiones vestigios que revelasen la existencia
de muy remotas civilizaciones, como se encontraron en México y Perú.
Son, sin embargo, datos curiosos la gruta del cerro de Santo Tomás en
Paraguarí, y la gran losa de Yariguaá, sobre la que se ven geroglíficos
y caracteres grabados a cincel y no descifrados todavía. Además de los
tupíes y guaraníes, existían a orillas del Paraguay los _payagüaes_ y
los _agaces_. En la parte Norte del Pilcomayo vivían los _subayaes_,
y en las fronteras del Brasil otras tribus que todavía no han sido
clasificadas. De las citadas tribus, unas fueron destruidas por los
conquistadores españoles, y otras existen aún en estado salvaje[162].

       [162] Véase Pereira, _Geografía e Historia del Paraguay_.

Pasamos a considerar las razas que habitaron en el Uruguay. Cuando
Juan Díaz de Solís descubrió, en 1512, las costas del Uruguay, se
encontró con una raza no aborigen, pues antes habían habitado razas
más atrasadas, cuyos groseros monumentos denunciaban su prioridad.
Exploraciones verificadas en los territorios de San Luis, departamento
de Rocha, dieron por resultado el hallazgo de construcciones, cuya
altura es de 8 a 10 metros y el diámetro de 15 a 25. «La capa
superficial de los pocos montículos excavados hasta ahora, es de
tierra dura y compacta, generalmente cubierta de talas, coronillas
o palmeras, siguiéndose luego el relleno de tierra negra en polvo,
con interpolaciones de tierra roja quemada, a manera de ladrillos o
adobes. Entre el relleno y la capa exterior hay una zona, que podrá
llamarse de esqueletos, de donde se han extraído varios, íntegramente
conservados: estaban en cuclillas y tenían a su alrededor restos
de armas y alimentos, como también fragmentos de una cerámica muy
primitiva. Mientras esto acontecía hacia el Este, algo análogo ha
revelado en el Oeste una excavación accidental. Sobre la costa del río
Negro, a veinte cuadras[163] del pueblo de Soriano, se extrajo del
montículo denominado _Cerrito_, un esqueleto sepultado boca arriba,
con los brazos en cruz y rodeado de sus armas de combate. El _Cerrito_
estaba cubierto de una capa de tierra plomiza, luego otra de escamas,
al parecer de pescado, y entre esta última y el esqueleto extraído,
existía una tercera de conchas marinas. Al contrario de lo que
aconteció en _San Luis_, los fósiles del _Cerrito_ se pulverizaron al
contacto del aire»[164].

       [163] Medida itineraria de 100 metros o de 100 o 150 varas,
       según los países.

       [164] Francisco Bauzá, _Historia de la dominación española en
       el Uruguay_, tomo I, páginas 133 y 134.

Es evidente que anterior a la civilización que encontraron los
conquistadores españoles, hubo otra u otras. Acerca de donde procedían
los primitivos habitantes, es asunto no resuelto todavía. Lo que parece
hallarse fuera de duda, pues en ello están conformes los cronistas,
es que las tribus asentadas en el territorio uruguayo formaban una
confederación que se extendía desde las riberas del Atlántico hasta
donde se reunen los ríos Uruguay y Panamá, derramándose por las costas
de ambos ríos. No encontraron los españoles un gobierno central, sino
tribus con sus jefes respectivos que se unían en tiempo de guerra,
separándose en época de paz. Dichas tribus eran felices y dóciles,
siempre que no se quisiera sujetarlas por las amenazas o por la
violencia. Del mismo modo que se dió el nombre de Confederación del
Río de la Plata a todos los países bañados por el mencionado río,
así del nombre del río Uruguay se llamó aquella tierra Uruguay.
Trasladábanse las tribus de un punto a otro buscando alimento que les
proporcionaba la caza o los árboles frutales. Hablaban un idioma cuya
matriz era el guaraní mezclado con voces extrañas; pero un guaraní
bastante rudo. Prescindían de locuciones poéticas que otros empleaban
en cantares y fiestas, a las cuales ellos nunca se entregaban. Las
armas que usaban eran arrojadizas (dardo y flecha) y de esgrima (chuzo
y maza). La cerámica era pobre. Los colores más usados eran el rojo,
el azul y el amarillo. La casa la constituían cuatro estacas y la
techumbre cueros curtidos. Obtenían el fuego frotando dos maderos.
El hombre andaba generalmente desnudo, y la mujer se cubría desde la
cintura a las rodillas. No adoraban ídolos ni ofrecían sacrificios
humanos. Fabricaban manteca con la grasa del pescado, y hacían licores
fermentando con agua la miel de las abejas silvestres. El gobierno se
remontaba al sistema patriarcal. Los jefes de las familias constituían
la asamblea de la tribu.

La tierra era fértil, las aguas abundantes y el arbolado escaso,
pues sólo se encontraban algunas especies de frutales, tintóreas y
maderables. No se conocían caballos, ni vacas, ni otra clase de
ganado. La caza estaba reducida al avestrúz, al venado y al apereá,
como también a la perdiz, al pavo del monte, a la nutria, al carpincho,
al zorro, al lagarto y a la mulita. Había carniceros, como el tigre y
el puma, y reptiles venenosos, como varias clases de víboras. Los ríos
y arroyos tenían abundancia de peces y de moluscos.

La tribu más importante que habitó el país fué la _charrúa_, cuyo
asiento principal estaba en el litoral que bañan el Océano, el Plata
y el Uruguay, extendiéndose de allí hacia el interior del país. Eran
los charrúas altos, bien conformados los cuerpos, cabello negro, color
moreno tirando a rojo, negros y brillantes los ojos, blancos y fuertes
los dientes. De voz débil y parcos en palabras, sólo daban grandes
voces cuando entraban en batalla. Tenían vista y oído excelentes.
Sufrían el hambre y la sed; eran ágiles, astutos y emprendedores.
Gustábanles los lances caballerescos. Guerrear y cazar, a esto se
hallaba reducida la vida del charrúa. Era feliz en esa vida libre,
independiente, sin relaciones y sin oposición alguna. Habitaban bajo
toldos, los que mudaban a las costas en invierno, a los montes y
frescos valles en verano. No cultivaban la tierra, ni labraban el
barro, ni tejían, ni hilaban. Tampoco navegaban. Eran tan graves y
taciturnos que no conocían el baile, ni el canto, ni ninguna clase de
juegos. Ni en la guerra tenían jefes, ni en la paz obedecían a gobierno
alguno. La condición de las mujeres era la misma en todos los pueblos
bárbaros. Criaban los hijos, cuidaban al marido, guisaban, armaban
y desarmaban los toldos, servían de bestias de carga. Los charrúas
tal vez no profesaban religión determinada, aunque es indudable que
no conocían ni ídolos ni templos. Creían en la vida futura, según
ciertos ritos que observaban en los entierros. Enterraban a los
muertos con sus armas y con los objetos que más usaban en su vida. No
fueron antropófagos, antes por el contrario, se distinguían por su
hospitalidad. Si algunos escritores dicen que existió la antropofagia,
no están en lo cierto.

Los hombres traían el cabello atado y las mujeres suelto,
distinguiéndose también los primeros en que llevaban el labio inferior
atravesado de parte a parte. En señal de duelo las esposas, hijas o
hermanas del difunto se cortaban una articulación de algunos de los
dedos; empleaban, además, ayunos y mortificaciones. La poligamia era
permitida, aunque no tan extendida como en otros pueblos, y por lo
que respecta a los divorcios eran raros si los matrimonios tenían
hijos. Castigaban el adulterio descargando algunas bofetadas sobre los
cómplices.

Aunque no tan extendido en el país como en la tribu de los charrúas,
no carecía de prestigio la de los _chanás_, que residía en las
islas del _Vizcaíno_, sobre el río _Hum_ (negro); gozaban de menos
consideración la de los _yaros_, hacia San Salvador, sobre las orillas
del Uruguay, la de los _bohanes_ y la de los _chayos_. La tribu
_guenoa_, que no sabemos si era la misma de los charrúas, apareció
la última en el territorio uruguayo. Bien será hacer presente que
los indígenas brasileños, cuyo idioma era también el _guaraní_, se
distinguían por su fiereza, hipocresía, falsedad, y lo que era peor,
por su afición a comer carne humana. Puede del mismo modo afirmarse
que el indígena del Uruguay, cuando los españoles llegaron al país,
estaba en la época que la geología denomina _neolítica_ o _de la piedra
pulimentada_. «Todos los datos concurren, escribe Bauzá, a confirmar
esta aseveración; las armas de que se servían, los utensilios con que
las trabajaban, los talleres donde esos trabajos se llevaban a cabo,
son indicios seguros de que habían entrado ya al segundo período de
la Edad de piedra, en la cual los rudimentos de una industria menos
grosera, comenzó a abrir horizontes más vastos al espíritu humano.
Sin embargo, sea por el aumento de las necesidades, sea por el hecho
fatal de que la civilización se cimenta con sangre, la época en que
entraban los indígenas era la verdadera época de la guerra universal.
Así la han designado con mucha propiedad algunos maestros de la ciencia
geológica»[165].

       [165] Ob. cit., tomo I, págs. 185 y 186.

Los _arawak_ o _maipures_ que ocupaban el alto Paraguay y las mesetas
de Bolivia, llegando hasta las grandes y pequeñas Antillas y también
las Lucayas o de Bahama, fueron--según opinan algunos cronistas--los
primeros aborígenes americanos conocidos por los españoles. Las
palabras indias que oyeron Colón y sus compañeros en Haití, Cuba,
etcétera, pertenecían a la familia lingüística de los arawak. Eran
más cultos los arawak que los tupíes y tapuyas; sabían labrar el
oro, tallaban ídolos y construían canoas; hacían finos paños de
algodón y pulimentaban sus armas de piedra; cultivaban el maíz, la
mandioca y el tabaco. Algunas tribus habitaban en casas de regular
construcción, provistas de hamacas, esteras y objetos de alfarería;
tenían ritos religiosos definidos y destinaban para cementerio sitio
determinado. Las tribus _antis_ o _campas_ (ríos Ucayali, Pachitea,
etc.) domesticaban monos, cotorras y otros animales, y los _guanas_
(alto Paraguay) eran inteligentes y pacíficos; había otras tribus menos
importantes.

Por último, los _caribes_ o _karinas_, tal vez de la familia
tupi-guaraní, pasaron desde las Guayanas a las Antillas y Lucayas,
siendo de notar que en la época del descubrimiento de Colón se
hablaban los dialectos de aquellas gentes en las citadas islas y
en el continente, desde la boca del río Esequibo hasta el golfo de
Maracaibo. Tenían los caribes alguna cultura, pues supieron tejer
hamacas de algodón o pita, fabricaron objetos de alfarería, cultivaron
la tierra e hicieron grandes y marineras canoas. Respetaban a sus magos
(_piayes_) y _fetiches_. Alimentábanse de la caza; también del pescado,
de los plátanos y del cazabe. Acostumbraban a pintarse el cuerpo y se
horadaban las orejas y ternillas de la nariz. Distinguían los meses por
las lunas, y eran muy aficionados a la música y al canto.

[Ilustración: Caribe (Guayanas).]

Los caribes sólo consideraban hombres a los de su raza, y creían que
todos los demás debían ser reducidos a la servidumbre. Decían con
arrogancia: sólo nosotros somos gente (_Ana cariná rote_) y todas las
demás gentes son nuestros esclavos (_Amucon papororo itoto nantó_).
En cambio, los demás pueblos odiaban a los caribes. «Allá en lejanos
tiempos--tales son las palabras de los salivas--infestaba las regiones
del Orinoco horrible serpiente que todo lo destruía: hombres y cosas.
Bajó del cielo para matarla el hijo de Puru, y muerta la dejó sobre la
tierra. Grande fué el regocijo de todos los pueblos, regocijo que se
convirtió pronto en duelo. Pudrióse la serpiente, y de cada gusano que
en ella se formó salieron una hembra y un varón caribes.» Los achaguas
afirmaban que los caribes eran hijos de los tigres, y les llamaban por
esta razón _chavinavies_. Lo mismo después que antes de la conquista,
los caribes mostraron siempre feroces instintos. A la crueldad,
añadían la doblez y la perfidia. «Sentían las mujeres todas--escribe
Pi y Margall--que se les cayeran los pechos, y para evitarlo eran con
harta frecuencia madres sin entrañas. De ahí que provocaran, como las
de otros tantos pueblos, el aborto y sepultaran recién nacidos a sus
propios hijos, sobre todo si eran gemelos. Livianas, querían y buscaban
el placer: vanidosas, temían los efectos que produce, y almas sin
moralidad, ahogaban los más dulces sentimientos de la naturaleza»[166].
Acerca de las bronchas de oro usadas por las hijas de los caciques para
levantar sus pechos, escribe Gonzalo Fernández de Oviedo, capítulo X
del sumario de la _Natural Historia de las Indias_ lo siguiente: «Las
mujeres principales a quienes se va cayendo las tetas, las levantan con
una barra de oro, de palmo y medio de luengo, y bien labrada. Pesan
algunas (las barras) más de doscientos castellanos. Están horadadas
en los cabos y por allí atados sendos cordones de algodón. El un cabo
va sobre el hombro y el otro debajo del sobaco, donde lo añudan en
ambas partes.» Por su parte los caciques solían viajar tendidos en
hamacas que llevaban en hombros los esclavos o criados. La mujer,
como inferior al hombre, según ellos, cuidaba del hogar, labraba los
campos y recogía las cosechas. Iba a la guerra para rematar a los
enemigos. En suma, los caribes eran valerosos, intrépidos, navegantes,
invasores, vengativos, crueles, amigos de su libertad y antropófagos.
Supone Washington Irving que no eran tan antropófagos como se les creía
y Humboldt dice que fueron quizá los menos antropófagos del Nuevo
Continente.

       [166] _Hist. general de América_, tomo y volumen I. pág. 697.

Entre las tribus del Alto Orinoco y del Alto Amazonas citaremos
los _guahibos_ (de Casanare), los _otomacos_ (del río Meta) y los
_cashibos_ (del Aguaitía). Eran nómadas los _guahibos_; andaban de
una parte a otra, no parando en parte alguna más de dos noches. Aquí
cazaban, allí pescaban, en tanto que sus mujeres cavaban la tierra y
desenterraban raíces que les servían de alimento. Lo mismo cazaban y
devoraban a los tigres que a los venados. La guerra era para ellos la
ocupación principal. Los _otomacos_ era tribu numerosa y de no poca
importancia. Antes de rayar el alba conmovían el aire con tristes
alaridos. Se bañaban en seguida en el río o en el arroyo más próximo.
A la salida del Sol acudían a las puertas de su respectivo jefe, el
cual, según la época, les mandaba cazar jabalíes, coger tortugas o
pescar en canoa, como también desbrozar los campos o sembrarlos o segar
la cosecha. Como no todos los otomacos habían de estar diariamente
sujetos al trabajo, los ociosos iban al trinquete a jugar a la pelota.
Tanto los jugadores como los espectadores se dividían en dos bandos.
La destreza de los primeros era grande. También las mujeres tomaban
parte en el mencionado juego[167]. Sólo hacían una comida y ésta al
ponerse el sol; algunos se permitían durante las veinticuatro horas
comer algunas frutas y también algún puñado de arcilla, que digerían,
según algunos autores, gracias a la mucha grasa de tortuga o caimán que
tomaban, ya sola, ya con maíz y yuca. Después de la comida comenzaba
el baile, que duraba hasta media noche. Los varones, cogidos de las
manos, formaban un corro; otro las mujeres alrededor de los hombres;
y un tercero de los pequeños alrededor de las mujeres. El maestro o
director de la fiesta daba el tono, comenzando a la vez el canto y la
danza. Apenas dormían. Los vigorosos otomacos rechazaron siempre a los
caribes, con los cuales pelearon a menudo cuerpo a cuerpo. «Cuenta--se
decían a sí mismos--que si no eres valiente, comerte han los caribes.»
Eran monógamos. De ordinario, los mancebos se casaban con las viudas y
los viudos con las doncellas. Entregábanse a la embriaguez, como las
demás tribus bárbaras. Hicieron notables adelantos en la agricultura
y en la pesca. Ya se ha dicho que eran alfareros, añadiendo ahora que
sólo tenían esta industria y la fabricación de armas. Existía el
comercio, pues cambiaban sus artefactos con los de los pueblos vecinos.
Respecto a los _cashibos_, menos conocidos que los otomacos y guahibos,
tenemos pocas noticias. Sin embargo, puede afirmarse que eran más
bárbaros que los anteriores.

       [167] De este asunto nos ocuparemos con más extensión en el
       capítulo XV.

Pasando a estudiar las tribus de las mesetas de Bolivia, se presentan
a nuestra consideración y estudio los _chiquitos_, incluyendo en ellos
sus afines. El territorio donde habitaban estas tribus confinaba al
Norte con las tierras de Matto Grosso y las orillas del Iténes, al
Este por el Paraguay, al Sur por el Gran Chaco y al Oeste por las
orillas del Río Grande y las del Parapiti. «El gobierno y subdelegación
de chiquitos ocupa un espacioso terreno de doscientas leguas de
largo Norte Sur a la parte oriental de la provincia de Santa Cruz,
limitándose por el Oriente con el río Paraguay que lo divide de la
provincia de este nombre, y al Oeste por el Guapay o Grande que le
separa del de Santa Cruz. Los pueblos que ocupan este extenso país se
llaman de chiquitos, porque cuando la primera vez se llegaron a él los
españoles observaron que las puertas de las chozas de los indios eran
muy bajas, y no viendo a los naturales que se habían huído y escondido
en los bosques, los creyeron de reducida estatura y le dieron el
predicho nombre que conservan hasta el día...»[168]. A la llegada de
los españoles, ya no eran nómadas los chiquitos. Vivían a la sombra
del bosque o en la falda de la sierra donde habitaron sus antepasados.
Eran poco aficionados a la guerra; pero, si la hacían, se portaban
valerosamente. Por naturaleza eran dóciles, joviales, amigos de fiestas
y banquetes. Nada encontraban tan grato como beber su vino de maíz
con varios convidados. A sus huéspedes guardaban las atenciones más
delicadas. No eran rencorosos ni vengativos. Dicen algunos cronistas
que los chiquitos no profesaban religión alguna; creían, sin embargo,
en la otra vida. Cada tribu reconocía un caudillo, elegido generalmente
por los ancianos. Gustaban varones y hembras de las galas, adornándose
con esmeraldas y rubíes el cuello y piernas, con plumas la cabeza y la
cintura. Aborrecían a las hechiceras y creían en los sortilegios. Del
canto del ave, del aullido de la fiera, del ruido del viento, de la
espuma de los torrentes, etc., inferían los sucesos futuros. No creían
en Dios, aunque es posible que creyesen en el Diablo. Sólo tenían una
mujer, exceptuando los caciques que reunían hasta tres: tener más de
tres, era cosa rara. No descuidaban la agricultura y cuando recogían la
cosecha del maíz, marchaban a los bosques donde pasaban meses enteros
dedicados a la caza. Asegura D'Orbigny que la lengua de los chiquitos
era de las más perfectas y ricas de América. También en la provincia
boliviana de chiquitos vivían los _etilinas_.

       [168] _Arch. de la Direc. de Navegación y pesca marítima,
       Perú, Chile y Buenos Aires_, tomo V, b 4.ª

Pasamos a estudiar la región _pampeana_, cuyos límites son al Este el
Océano Atlántico y al Oeste la cordillera de los Andes. Comprende los
territorios del _Gran Chaco_, las Pampas, desde el río Salado al río
Negro, los desiertos de Patagonia y las soledades antárticas[169].

       [169] Del Gran Chaco nos ocuparemos detenidamente en el tomo
       III.

Dáse el nombre de _Gran Chaco_, a la región que se extiende del río
Salado hacia el Norte, hasta los 18°, próximamente, de latitud Sur;
confina al Este con los ríos Paraguay y Panamá, y al Oeste por la
cordillera de los Andes. El Gran Chaco es un país de grandes llanuras y
espesos bosques, regado por tres grandes ríos (el Pilcomayo, el Salado
y el Vermejo), que lo dividen de Noroeste a Suroeste, en tres fajas
casi paralelas (Chaco Boreal, Central y Austral). Lo dulce de su clima,
la fertilidad de su suelo, la abundancia de caza de sus selvas y la
sabrosa pesca de sus ríos y lagos, hicieron agradable la vida de las
numerosas tribus indígenas que lo poblaron. Los _matacos_, situados
en las riberas del Vermejo, eran algo flojos, salvajes y refractarios
a toda civilización. Hoy, reducidos a corto número, prefieren la vida
nómada a la sedentaria. Los _lules_, que habitaban en las márgenes del
Salado y el Tabiriri, se encerraron en sus bosques cuando llegaron los
misioneros. A la numerosa familia de los _guaycurus_, pertenecían,
entre otras tribus, los _abipones_, los _tobas_, los _vilelas_ y
los _querandíes_. Prescindiendo de los _payaguás_ (río Paraguay),
tribus marineras, los indígenas del Chaco fueron excelentes ginetes.
Habiéndose propagado seguidamente el caballo en América, ellos,
caballeros en briosos corceles y armados con sus lanzas, se defendieron
un día y otro día del europeo. No salieron del estado de salvajes los
indios del _Gran Chaco_. Eran fetichistas y obedecían ciegamente a sus
magos y hechiceros.

Hacia los 35° de latitud y al Sur del Gran Chaco, comienza la región
llamada de las _pampas_. Encantan aquellas llanuras tan extensas,
aquella riqueza de pastos y aquellos sitios tan pintorescos. Sólo la
familia lingüística _auca_ o _aucaniana_ encontramos en las pampas. A
dicha familia pertenecían los _pampas_, propiamente tales (_guarpes_,
_moluches_, etcétera) de la República Argentina, y también los
_araucanos_ o _mapuches_ del Sur de Chile. Refractarios los pampas a
toda cultura, ladrones y borrachos, servíales el caballo ya para ir
de una parte a otra, ya como elemento de guerra. Prestaban obediencia
a sus caciques, a sus hechiceros y brujos; de todas las tribus de
los pampas únicamente los _moluches_ o manzaneros (río Limay, etc.),
fueron sedentarios y agricultores. Conservaron su independencia y
ferocidad los pampas hasta últimos del siglo XIX. «Las últimas huestes
salvajes..., acosadas en sus propios aduares..., hanse visto obligadas
a clavar en tierra la tradicional lanza y presentarse sumisos al
gobierno», decía el General Winter (9 Febrero 1885), al comunicar al
gobierno argentino la sumisión del famoso cacique Saihueque.

Los _indomables araucanos_, como los llamó Ercilla, ocupaban en la
centuria XVI la comarca llamada al presente _Araucania_ (Chile),
situada entre los Andes y el Océano. «Los araucanos del Norte de
Maule--escribe Reclus--se llamaban _picun-chen_; los del Centro eran
los _pehuenche_ o gente de la tierra de los _pehuen_, es decir, de
las araucarias, aventajados a los demás en número, y antepasados de
los araucanos de hoy; los _huilli-che_ moraban al Sur, ocupando el
resto de la parte continental de Chile; los _puel-che_ (de allende
las montañas). También en Chile había araucanos, a los que llamaban
_cunchos_ y _payos_, nombre que sus descendientes, después de
mezclada la raza con la de los españoles, han cambiado por el de
_chilotas_»[170]. Otras tribus situadas en el citado territorio de la
República no tuvieron la importancia de la de los araucanos. «El tipo
araucano, dice un escritor moderno, es el siguiente: estatura mediana y
miembros bien proporcionados; cabeza abultada; cara redonda con frente
estrecha y ojos pequeños, comúnmente negros; nariz corta y achatada;
boca grande con labios gruesos y dientes blancos; barba rala y escasa;
pómulos pronunciados y orejas regulares; y completando el conjunto, un
aire grave, sombrío y a veces desconfiado; pero que impone respeto. Su
color ha variado del mulato al blanco; pero ordinariamente es cobrizo».
Suave, armoniosa y flexible la lengua araucana, se habla al presente
por cerca de 100.000 individuos de raza indígena pura, que habitan en
Arauco. Adquirieron los _mapuches_ o araucanos fama inmortal por sus
luchas con los conquistadores incásicos (Huayna Capac, Tupac-Yupanqui,
etc.), y después por sus épicas hazañas con los españoles. Vivían los
mapuches cerca de la orilla de los ríos y arroyos, en chozas (_rucas_)
de madera o paja, formando aldeas (_lov_). Cultivaban las mujeres la
tierra, y de ella cogían, entre otras cosas, maíz y patatas, fabricaban
ollas, hacían cestos y tejían mantas, en tanto que sus maridos, hijos y
hermanos cazaban, pescaban o se preparaban para la guerra. Lo mismo en
la paz que en la guerra tenían los araucanos sus jefes, cuya autoridad
estaba limitada por el Consejo. Además, eran consultados con harta
frecuencia los brujos y los curanderos. Creían un deber religioso
sacrificar hombres y animales a los manes u a otros espíritus. Tenían
mucha afición a toda clase de fiestas y de juegos, como también se
hallaban dominados por la embriaguez y otros repugnantes vicios.

       [170] Nueva Geografía Universal, tomo III. _América del Sur_,
       págs. 688 y 689.

En lo militar habían hecho sus mayores adelantos. Maravilla lo bien
que escogían el sitio para sus combates, la facilidad con que abrían
fosos, levantaban muros y trincheras. Estaban sujetos a rigurosa
disciplina y rivalizaban en bravura porque sólo a fuerza de valor se
ganaban los altos puestos. Marchaban al son de atabales y trompetas,
llevando delante exploradores y detrás sus mujeres e hijos. Aunque los
araucanos hacían la guerra con crueldad, no sacrificaban al prisionero,
contentándose sólo con reducirlo a cautiverio y canjeándole después.
Desde niños se acostumbraban a la vida de los campamentos, teniendo
a gala arrostrar las privaciones y las fatigas. Luchaban por ser los
primeros en llegar a la cima de escarpado monte o en bajar hasta el
fondo de pedregoso valle. Procuraban, pues, no sólo ser sufridos, sino
ágiles. A la guerra iban al son de atabales y trompetas; llevaban
banderas en las que se veía una estrella.

En religión, Ercilla supone que eran ateos; lo cierto es que no
rendían a Dios culto alguno. No se encontraron en el país ni templos
ni ídolos; jamás se les vió hacer sacrificios al Creador del Universo.
Representaban al diablo, a quien daban diversas formas y nombres:
llamaban _Pillan_ al autor del rayo; _Epuhamun_, al espíritu del mal
que consultaban antes de dar una batalla; _Huecuvu_ estaba considerado
como la causa de las enfermedades y la muerte, e _Ivunche_ era un
oráculo, por cuya boca hablaba el mismo diablo. Aun para el diablo
las ofrendas eran pocas y sin importancia. Creían en la inmortalidad
del alma y hablaban de un diluvio universal. Estaban atrasadísimos
en las ciencias, letras, artes e industria. Orgullosos, consideraban
inferiores a los demás hombres; ni aun reconocieron superioridad en los
europeos, a los cuales combatieron hasta conseguir su independencia.

En las costas patagónicas del Océano Pacífico vivían las tribus de
los _chonos_ o _concones_, enemigos mortales de sus vecinos los
_huiliches_, y en las inmediaciones del Estrecho de Magallanes
estaban los _patagones_, _chonek_ o _inaken_ (hombres) célebres por
su alta estatura (1,73 metros a 1,83). Se alimentaban principalmente
de mariscos y de la grasa que sacaban de los lobos marinos y de las
toninas. Fabricaban canoas. Andaban desnudos o cubiertos con pieles no
curtidas. Respetaban a sus magos. Tenían una lengua áspera. Preferían
perder la vida a vivir en la servidumbre. En esto se parecían a los
araucanos, de quienes sólo les separaban los Andes. Como todos los
pueblos salvajes, tenían verdadera pasión por la guerra. Más crueles
que los araucanos, no dejaban con vida a sus prisioneros. Cuando no se
ocupaban de la guerra se dedicaban a la caza. Llama la atención que
si bien el patagón poseía dilatadas costas, no sabía construir ni una
canoa ni una balsa.

Haremos del mismo modo notar que el patagón era poco dado a la
embriaguez, hecho verdaderamente singular, pues apenas había pueblo
bárbaro que no hubiese encontrado en el fruto o en las raíces de algún
árbol medio de procurarse bebidas más o menos alcohólicas.

Creían los patagones en una divinidad, origen a la vez del bien y del
mal. No rendían a esa divinidad culto alguno. Como los araucanos,
carecían de templos y de ídolos. Eran supersticiosos y sacaban agüeros
del ave que cruzaba el espacio, del agua que corría, del viento que
soplaba y del humo que salía por el techo de su toldo. Por lo que
atañe a su cultura, los patagones se hallaban más atrasados que los
araucanos. Todas las tribus que habitaban en las inhospitalarias costas
de la Tierra del Fuego tenían los mismos caracteres y costumbres que
los patagones.

Terminaremos este capítulo dando a conocer la civilización _calchaqui_,
anterior a la incásica y propia de la Argentina. Vivían los calchaquíes
en los territorios actuales de Catamarca, Tucumán y Salta. Supieron
tejer finas telas y fabricaban bonitas cerámicas. Construyeron murallas
de piedra e hicieron casas cómodas y bien acondicionadas. Adornábanse
con plumas de diferentes colores. Casi nada sabemos del estado social
de las tribus calchaquíes. Por último, aceptaron a mediados de centuria
XV la dominación incásica, resistiendo después valerosamente a los
españoles hasta que trasladados los últimos restos de las mencionadas
tribus al actual _Quilmes_ (1670), allí se extinguieron poco a poco.



CAPÍTULO V

  AMÉRICA MERIDIONAL (_Continuación_).--REGIÓN COLOMBIANA: TRIBUS
  DEL ISTMO: LOS CUNAS Y OTRAS.--TRIBUS CHIBCHAS O MUISCAS: REYES
  DE TUNJA Y DE BOGOTÁ: CONSIDERACIONES SOBRE LOS CHIBCHAS.--TRIBUS
  DE LA PROVINCIA DE CHIRIQUI.--LOS PANCHES Y OTRAS TRIBUS.--REGIÓN
  PERUANA: TRIBUS PRINCIPALES.--EL PERÚ ANTES DEL IMPERIO DE
  LOS INCAS: OBSCURIDAD DE ESTOS TIEMPOS.--LOS INCAS ¿SON
  INDÍGENAS?--MANCO CAPAC Y MAMA OCLLO.--MANCO CAPAC ES PROCLAMADO
  INCA: SU POLÍTICA.--ZINCHI LLOCA: SU GOBIERNO.--LLOCE YUPANQUI: SU
  CARÁCTER MILITAR.--MAYTA CAPAC: SU PASIÓN POR LA GUERRA.--CAPAC
  YUPANQUI: SUS CONQUISTAS.--INCA YOCCA: SUS VICTORIAS.--YAHUAR
  HUACAC: SU COBARDÍA.--HUIRACOCHA: SUS TRIUNFOS.--URCO: SU
  DESTRONAMIENTO.--TITU-MANCO-CAPAC: SU CULTURA.--YUPANQUI:
  SUS GUERRAS: CONCILIO EN EL CUZCO.--TUPAC YUPANQUI: SU PODER
  MILITAR.--HUAYNA CAPAC: SU CRUELDAD.--HUASCAR Y ATAHUALPA:
  GUERRA CIVIL.--EL INCA.--LOS INCAS, CURACAS Y AMANTAS.--LOS
  VIRREYES.--LOS GOBERNADORES.--EL EJÉRCITO.--LA RELIGIÓN.--LA
  CULTURA.--LA POESÍA.--LAS COMEDIAS Y TRAGEDIAS.--LA MÚSICA Y EL
  BAILE.--LA LENGUA.--LA INDUSTRIA.--VÍAS DE COMUNICACIÓN: CAMINOS Y
  CORREOS.--PUENTES.--ACUEDUCTOS.--LAS COLONIAS.--COLONIAS MILITARES.


Las tribus de la América del Sur (sección del Pacífico) forman dos
regiones, como se dijo en el capítulo IV de este tomo, que son la
_Colombiana_ y la _Peruana_. Dividiremos la Colombiana en tres grupos
geográficos: 1.º, Tribus _del Istmo y costas adyacentes_; 2.º, Tribus
_Chibchas_; 3.º, Tribus _Sud-Colombianas y Ecuatorianas_. Entre el mar
de las Antillas y el Océano Pacífico se hallaban establecidas en la
época del descubrimiento varias tribus más o menos importantes, las
cuales tenían lenguas que pertenecían a diversas familias. Citaremos
como las principales tribus, la de los _cunas_ (del Panamá), la de
los _dorasques_ (inmediaciones del Chiriqui), la de los _onotos_ o
_señores de la laguna_, y la de los _merigotes_ o _timotes_ (distritos
de Mérida y del lago Valencia). Todas las citadas tribus--según los
objetos encontrados en las tumbas de sus individuos--no salieron de la
barbarie.

Extendíanse los _chibchas_, _muiscas_ o _muicas_ desde el istmo de
Panamá hasta Costa Rica y Colombia, y tanto la lengua chibcha como sus
dialectos, se hablaban durante la centuria XVI en el reino de Nueva
Granada (hoy Colombia). Se halla Colombia entre el Atlántico al Norte
y el Pacífico al Este, siendo muy corta la distancia que separa a
los dos mares por algunos sitios. Existía allí despótica y electiva
monarquía: el _zipa_ (Rey) y los _azaques_ (nobles) gozaban de grandes
privilegios. Considerábase como sagrada la persona del Rey, el cual
vivía en suntuosos palacios, lo mismo que los soberanos de México y del
Perú.

Había dos Reyes, que residían, uno en Tunja, y el otro en Bogotá.
Desconocemos los comienzos del reino de Tunja; sabemos, sí, que se
formó posteriormente el reino de Bogotá. Por mucho tiempo, ya en paz,
ya en guerra, los monarcas de Bogotá debieron estar bajo el poder de
los de Tunja. ¿Cuándo se separaron y lograron su independencia? No lo
sabemos. En lo espiritual dirigía a los Reyes de Tunja y de Bogotá el
gran pontífice de Iraca o Sogundomuxo, que habitaba cerca de Suamoz
(hoy Sogamoso), cuyo templo fué, tiempo adelante, incendiado por los
españoles.

Acerca del origen de ambos poderes, el de los reyes, a quienes
heredaban, no sus hijos, sino los hijos de sus hermanas, y el del
Pontificado de Sogamoso, que era electivo, veamos lo que refiere la
tradición. «Allá en apartados siglos--se decía--cuando no alumbraba
aún la Luna la tierra, vino a estas regiones un extranjero llamado por
unos _Bochica_, por otros _Zuhé_ y por algunos _Nemquetheba_. Llevaba
prendido el cabello, la barba hasta la cintura, los pies descalzos y el
cuerpo cubierto por un manto que por las puntas anudaba en el hombro.
Predicaba la virtud y condenaba el vicio, enseñaba la agricultura y las
artes, predecía los buenos y los malos tiempos y era el oráculo de la
comarca. Llegó también por aquel tiempo una mujer de singular hermosura
que, unos llamaban _Huythaca_, otros _Chia_ y algunos _Yubecayguaya_.
Enseñaba doctrinas opuestas a las de Bochica, halagaba los instintos
sensuales y llevaba tras sí las gentes; era mágica y de perversas
intenciones. Un día hizo crecer el río Funzha hasta hacerlo salir
de madre, e inundó la llanura de Bogotá, obligando a los habitantes
a recogerse en las cumbres de los vecinos montes. Afortunadamente,
Bochica acudió a remediar el daño. Fué a Bogotá, golpeó con su báculo
en una de las montañas del Mediodía, abrió paso a las aguas dando
nacimiento al salto de Tequendama y dejó seco el valle. No pudiendo
sufrir por más tiempo las maldades de Huythaca, la transformó en Luna y
la envió al cielo a que fuese mujer del Sol y alumbrase de noche.

Bochica entonces arraigó en los muiscas sus ideas religiosas: la
existencia de un Ser Supremo, la inmortalidad del alma, el juicio final
y la resurrección de la carne. Concluída su predicación, se retiró a
_Iraca_, hoy Sogamoso, viviendo dos mil años. A su muerte fundó el
pontificado, instituyendo también al señor de la tierra y fijando la
manera de elegir a sus sucesores.

Andando el tiempo, un sucesor de Bochica quiso poner fin a las
continuas guerras que se hacían los caciques. Los reunió a todos, les
hizo ver las ventajas de la paz y los indujo a nombrar un Rey a quien
todos obedeciesen. Recayó la elección en _Hunzahúa_, a quien dieron
desde luego el título de _Zaque_; y de aquí el origen del reino de
Tunja, que abrazó toda Cundinimarca.» Bochica y Huythaca son, pues, la
personificación del bien y del mal, de la virtud y del vicio, de Dios y
del Demonio. Son, además, signos cosmogónicos: él es el representante
del Sol, el día, el calor que seca la inundada tierra; y ella es la
representación de la Luna, la noche, la que cubrió la meseta de Bogotá
con las aguas del Funzha.

A Hunzahúa, que vivió muchos años, no sabemos quién sucedió, pues a
_Fomagata_ o _Thomagata_ se le considera muy posterior. Dícese que era
casi tan santo como Bochica. Sucedió a Fomagata su hermano _Tuzuhua_, y
se guarda silencio sobre los demás reyes de Tunja hasta Michua.

Respecto a los Reyes de Bogotá, si damos crédito a las tradiciones,
el primero fué Saguanmachica, que no subió al trono hasta el 1470,
veintidós años antes de la llegada de los españoles. Saguanmachica
tuvo mucho poder. Venció a todos los caciques vecinos, atreviéndose
luego a arrostrar las iras de Michua, Rey de Tunja. Cierto es, que los
de Bogotá llegaron a tener más fuerza que los de Tunja; pero a los
últimos favorecía lo áspero del terreno, la antigüedad de su origen
y el apoyo del gran sacerdote de Sogamoso. Llegaron a las manos en
Chocontá, siendo encarnizada la pelea, hasta el punto que los dos Reyes
perecieron después de derramar mucha sangre.

_Quimuinchatecha_ sucedió a Michua y _Nemequene_ a Saguanmachica.
Aunque la victoria había sido de Saguanmachica, su sobrino Nemequene,
valeroso como ninguno, peleó con los caciques vecinos y también con
los lejanos, apoderándose de muchas tierras. El pontífice de Sogamoso,
que se llamaba _Nompanim_, más por miedo que por cariño, asistió a
Quimuinchatecha con 12.000 hombres. Quimuinchatecha reunió en Tunja
con la ayuda de Nompanim unos 60.000 hombres. En lo que hoy se llama
_Arroyo de las vueltas_, se dió la terrible batalla. Cuando los
bogotaes iban a cantar victoria, cayó Nemequene mortalmente herido,
cambiándose al punto la faz de las cosas. Quimuinchatecha, noticioso de
lo ocurrido, se dirigió con gran ímpetu sobre sus contrarios, logrando
señalado triunfo. _Thysquesuzha_, sobrino y heredero de Nemequene,
queriendo vengar la derrota anterior de los bogotaes, al frente de
70.000 hombres marchó contra Tunja, donde Quimuinchatecha se dispuso
a resistirle. El pontífice de Sogamoso, neutral a la sazón, predicó
la paz, que se hizo, mediante una buena cantidad de oro que el Rey de
Tunja entregó al de Bogotá. En esas treguas hallaron los españoles
a los muiscas. Los Reyes de Bogotá y Tunja no tuvieron fuerzas para
resistir a los conquistadores extranjeros.

Entre los muiscas las leyes penales eran muy severas, y las civiles
apenas las conocemos. Sabemos que el matrimonio era una especie de
compra de la mujer por el marido. Cuidaban mucho de los enfermos y
respetaban exageradamente a los muertos, cuyas cenizas, si eran de
capitanes valientes, las llevaban a la guerra para animarse con su
vista y conseguir la victoria. Por lo demás, no se distinguían por su
arrojo y valentía.

Para obtener del Cielo algún beneficio, o el fin de alguna calamidad,
celebraban grandes y suntuosas procesiones. En ellas--según las
crónicas--y como es natural, figuraba en primera línea el sacerdocio.
Los sacerdotes permanecían célibes, y de su castidad y prudencia
se hacen lenguas los cronistas. Los sacrificios humanos no eran
tan frecuentes como en México y en otros puntos. En honor de sus
dioses principales, que eran el Sol y la Luna, quemaban substancias
aromáticas. Veneraban a Bochica como hijo del Sol. Consideraban a los
ídolos que adoraban en sus santuarios como intercesores de los citados
brillantes astros. Las almas cuando salían de los cuerpos iban a
lejanas tierras, distinguiéndose las buenas de las malas, en que las
primeras hallaban allí descanso, y las malas, fatiga.

Los muiscas, con ser tan cultos, no tuvieron escritura de ninguna
clase. En las ciencias tenían un sistema de numeración parecido al de
los aztecas; también un calendario. Pobre era su arquitectura y Herrera
dice que conocían la escultura y la pintura. La lengua chibcha murió
hace más de un siglo, conservándose únicamente en las gramáticas.
Había entre los chibchas artífices prácticos y hábiles en trabajar el
oro, con el cual fabricaban figurillas de hombres, collares, zarcillos
y otros adornos. Fueron buenos tejedores, como lo indicaban algunas
telas de algodón con dibujos de vivos colores. Fabricaban sus casas de
arcilla y madera, cubiertas con techos de forma cónica. Los muebles se
distinguían por su sencillez; pero los que se hallaban en los templos y
en los palacios de los reyes y sacerdotes eran lujosos y trabajados con
esmero. Hallábase muy adelantada la agricultura; cultivaban el maíz,
la patata y el cazabe. Los caminos eran excelentes, no careciendo
de importancia los puentes colgantes sobre los ríos y barrancos.
«Los muiscas usaban el oro en el comercio en concepto de moneda,
fundiéndolo para hacer unas ruedecitas con que pagaban las mercancías,
lo que apenas hay ejemplo que hiciera ninguna otra nación del Nuevo
Mundo»[171].

       [171] Reclus, _Nueva Geografía Universal_.--_América del Sur_,
       pág. 278.

Las tribus de la provincia de _Chiriqui_ (costa del Pacífico), que
deben incluirse en la numerosa familia de los chibchas, pulimentaban
la piedra, eran buenos alfareros y trabajaban el oro, cobre y estaño,
haciendo con ellos aleaciones diversas.

Los _panches_, _muzos_, _colimas_ y otras tribus, que ocupaban tierras
próximas a los chibchas y que acaso formaban parte de una misma familia
lingüística, si moraban en casas permanentes y tejían con fibras de
maguey mantas y esterillas, tenían fama--pues así lo dicen antiguos
cronistas--de «gente bestial y de mucha salvajía».

Los panches eran, sin duda, los bárbaros más importantes en el reino
de Bogotá. Tenían sus viviendas en las ásperas montañas que miran al
río de la Magdalena, a unas nueve leguas de Santa Fe. Fama gozaban de
belicosos y de crueles con sus enemigos. Sacrificaban y comían a los
prisioneros. Eran apasionados por la guerra. Vivían de la caza y de la
pesca, abundante la primera en los montes y la última en los ríos. Muy
aficionados a la bebida, hacían vino del maíz, de la yuca, de la batata
y de la piña. También se entregaban locamente al baile. Es posible que
no conocieran forma alguna de gobierno; pero en religión parece ser
que adoraban a la Luna, pues el Sol les abrasaba y no le creían digno
de culto. Iban desnudos, si bien se colocaban zarcillos en narices y
orejas, se teñían de negro los dientes y de otros colores los brazos
y piernas; los que se habían distinguido por sus hechos de armas, se
taladraban el labio y adornaban sus sienes de brillantes plumas. Añaden
los cronistas que los panches midieron frecuentemente sus armas con los
muiscas y algunas veces con ventajas. Dicen también--y esto no deja de
llamar la atención--que no casaban con mujer de su pueblo, y mataban
mientras no tuviesen hijo varón a cuantas hembras les nacían[172].

       [172] Véase Pi y Margall, _Historia general de América_, tom.
       I, vol. I, pág. 293.

Los muzos y los colimas estaban situados entre el Sogamoso y el
Magdalena. Propiamente hablando, no tenían dioses, si bien llamaban
padre al Sol y madre a la Luna; pero ni al astro del día ni al de
la noche tributaron culto ni erigieron adoratorios. No creyeron en
la inmortalidad del alma y recurrían con frecuencia al suicidio. No
conocían gobierno de ninguna clase, como tampoco leyes. Colimas y
muzos eran polígamos. Mostraron su valor y arrojo, ya peleando con las
tribus vecinas, ya en lucha luego con los españoles. Se cree que fueron
antropófagos. Si alguna de las mujeres de los colimas o muzos caía en
adulterio, el marido se suicidaba o manifestaba su cólera rompiendo el
ajuar de la casa. Si acontecía lo primero, la adúltera había de ayunar
tres días, bebiendo sólo algún vaso de chicha; además, en el citado
tiempo tenía que sostener en sus rodillas el cadáver de su marido.
Después se retiraba a lo más oculto de un cerro o valle, sembraba maíz
y allí vivía entregada a sus remordimientos, hasta que parientes de
ella y del difunto iban a recogerla. Cuando el marido únicamente rompía
las vasijas de la casa, debía huir al monte, levantar una choza y comer
lo que espontáneamente le daba la tierra, hasta que la mujer, repuesta
la vajilla, le buscaba y le hacía volver al hogar. En este caso, bien
puede asegurarse que el marido buscaba, no castigar el crimen, sino
consentirlo, cubriendo las apariencias.

Las tribus indígenas que habitaban en los actuales Estados de Cauca,
Antioquía, Tolima, etc., no debían de carecer de alguna cultura, según
los restos que todavía se conservan.

Los _guanucos_ o _coconucos_, que vivían en Popayán y en los valles
de la sierra, adoraban al Sol con no poco entusiasmo y fe ciega. Es
posible que desciendan de ellos los _moquxes_ o _guanabianos_, los
cuales vivían a la sazón en la vertiente occidental de la cordillera,
ocupados en sus faenas de agricultura. Los _andaquis_ se asentaban en
la parte más escarpada de la cordillera oriental, hacia las fuentes
del río Fragua; créese que ellos fueron los constructores de edificios
ciclópeos y de templos subterráneos.

Los _cañaris_ y otras muchas tribus que habitaban los territorios que
rodean el golfo de Guayaquil y que debieron ser subyugados por los
_incas_ (siglo XV), no carecían de regular cultura, como puede verse en
sus delicados trabajos de oro y en sus hachas de cobre.

Consideremos el territorio peruano. Las ruinas monumentales
existentes en la región del lago Titicaca--muy especialmente las de
Tiahuanaco--indican su carácter megalítico. Creemos que el inmenso
cuadro de grandes piedras sin labrar, dividido en dos secciones
desiguales por una quinta hilera de pedruscos, que se halla en
Tiahuanaco, al pie de la colina o terraplén de Acapana, era recinto
sagrado. Los citados monumentos megalíticos eran raros en América.
En la región comprendida en la parte Sur de lo que es a la sazón
departamento de La Paz, principalmente en la sección que limita con el
lago Titicaca, se encuentra el país conocido con el nombre de _aymará_,
tal vez cuna de la raza de dicho nombre, cuya gente está considerada
como los autores de las obras más colosales de la antigua arquitectura
del continente sudamericano.

Dícese que las regiones que ahora componen el territorio boliviano
fueron ocupadas por razas prehistóricas, llegando a pensar algunos
escritores que Bolivia fué el verdadero lugar del nacimiento de la
especie humana, pues no pocos etnólogos (como ya se dijo) sostienen que
la emigración no se realizó del Asia a América, sino de América a Asia,
opinión aceptada desde la expedición organizada por Morris K. Fessup,
Presidente del Museo Americano de Historia Natural.

Tiene exacto parecido la mitología de aymará con la de Oriente. En el
principio del mundo el dios Khunu (palabra que significa _nieve_),
Creador de todas las cosas, para castigar los vicios de la Humanidad
mandó una gran sequía, convirtiendo las regiones fértiles en desiertos.
Pachacamac, el Espíritu Supremo del Universo, compadecido y bueno,
dió a la Humanidad nueva vida. Por segunda vez se enojó Khunu y
mandó un diluvio y tinieblas sobre la tierra. Las pocas personas que
se salvaron imploraron al Cielo, apareciendo entonces el gran dios
Viracocha, nombre que significa _espuma de mar_, sobre las aguas del
lago Titicaca. Viracocha creó el Sol, la Luna y las estrellas; y
Tiahuanaco--según el profesor Max Uhle--fué edificado como un templo a
la citada deidad.

No pocos escritores consideran a los _collas_, _umasuyas_, _yungas_ y
otras tribus como ramas del tronco aymará; pero sí puede asegurarse
que todas esas tribus fueron nativas de Bolivia. Perteneciesen o no
los collas o charcas al mismo tronco de los aymarás, y de origen
mongólico o no los primeros, es lo cierto que cuando aparecieron los
incas, ya los collasuyos se entregaban a destructoras guerras y luchas
fratricidas. «Es muy presumible--escribe el historiador D. José María
Camacho--que para haber alcanzado los aymarás el grado de prosperidad
que revelan sus monumentos, así como para haber llegado al estado de
decadencia en que fueron encontrados por los _quichuas_, hubiesen
experimentado en una larga sucesión de siglos, grandes acontecimientos
sociales y las irrupciones devastadoras de otros pueblos.» Ignoramos
las semejanzas y diferencias entre las religiones de los aymarás y
quichuas, ni cuándo aparecieron unos y otros. Parece cosa cierta que
ambas razas han sido rivales desde tiempo inmemorial; pero llegaron a
sobreponerse los segundos a los primeros. También llama la atención
que mientras los aymarás aparecen siempre confinados a la meseta
del Titicaca, los quichuas se extiendan por los departamentos de
Cochabamba, Chuquisaca, Potosí y Oruro. La aparición del primer
Inca--según el poético y legendario relato del historiador inca
Garcilaso de la Vega--fué del siguiente modo. Dice en sus _Comentarios
Reales_ que el Sol, dios que vivifica el Universo, deseando redimir al
género humano, envió del Cielo a sus hijos Manco Capac y Mama Ocllo,
los cuales aparecieron en la isla de Inti-karka, después del gran
diluvio, inundación con que el dios Khunu castigó a la Humanidad.

Hállase probado que en los accidentados territorios del Perú vivieron
tribus populosas que supieron formar pueblos, levantar templos,
cultivar las tierras, ejercer la industria, llegando a un grado de
cultura material digno de todo encomio. Creemos poder afirmar, sin
género de duda, que las tribus de la costa peruana y las de los valles
interandinos, desde Quito y la línea ecuatorial hasta el desierto de
Acama, pertenecían a las familias lingüísticas aymará, quechua, yunca o
mochica, puquina y atacameña.

[Ilustración: Indio peruano. (Región de los bosques).]

Los _collas_, que ocupaban la meseta del Titicaca y valles inmediatos,
como también otras tribus establecidas en las vertientes y mesetas
occidentales de los Andes, cuencas del desaguadero y lago Aullaga, eran
fuertes, audaces y vivían en chozas cónicas de piedra cubiertas con la
paja de la _puna_. Las chozas agrupadas formaban pueblecillos. Daban
culto a los espíritus de la naturaleza (_animismo_) y a los mares.
Las ruinas de Tiahuanaco representan la arquitectura más poderosa del
continente americano. Aquellas estátuas colosales, aquellas fábricas
ciclópeas y aquellos enigmáticos relieves son hoy mismo la admiración
de los que las contemplan. Parece ser que todos los templos que hubo
en el país estuvieron consagrados a Viracocha, dios de los aymarás,
cuyo culto tuvo tanta importancia como el del Sol. Los collas cuidaban
de sus rebaños de alpacas y llamas, obteniendo lana para defender
sus cuerpos del intenso frío de los parajes altos; cogían patatas,
ocas, etc., en las tierras que estaban al abrigo de los collados,
pesca abundante en la laguna Titicaca, caza de patos y perdices en
las orillas de dicho lago, y de guanacos y vicuñas en las montañas.
Otras tribus, entre ellas las de los _Urus_, permanecían en el ángulo
Sudoeste del lago Titicaca y hablaban la lengua _paquina_.

Los _yuncas_ (_yunca-cuna_, moradores de tierra caliente) habitaban
los valles de la costa del Pacífico desde el Callao a la serranía de
Amotape, hablaban la lengua _yunca_ o _mochica_ y predominaba entre
ellos el patriarcado. Hacían sus casas de columnas de adobe, tejían
telas de muchos colores y de complicada trama y eran excelentes
alfareros. Gozaron de justa fama los acueductos que construían para
regar sus campos, campos muy fértiles por el abono del _guano_, que
extraían de las islas. Navegaban en canoas hechas de cuero de lobo
marino y en balsas de madera con vela, timón y quilla.

Los _chimus_, que dominaron desde Tumbez a Ancón y el valle de Huarcu
(Cañete), construyeron los palacios del _Gran Chimu_, de fábrica
análoga a la de sus magníficas necrópolis y de los depósitos y canales
de Chicama y de Nepeña.

Los _huancas_ (valle de Jauja y sus cercanías), los _quechuas_ (la
zona del Apurimac hasta las Pampas), los _caras_ (entre el Cuzco y
lago Titicaca), los _quitos_ (alrededores de Quito) y otras tribus,
hablaban la lengua quechua o kechua. Aunque eran bárbaros, estaban
organizados perfectamente--si damos crédito a los cronistas--en
clases o linajes (ayllus), gobernados por jefes tribales (curacas) y
dedicados a la horticultura y pastoreo. Vivían los huancas en casas
parecidas a torreones cilíndricos de bastante altura y considerable
diámetro, dispuestas en hilera y unidas por estrechos pasadizos. Los
quechuas tuvieron más importancia y dieron nombre a la lengua general
del país. De los caras se cuenta que habían venido en balsas, hacía
unos doscientos años, no se sabe de qué lejanas tierras. A la sazón
obedecían los caras al valiente e intrépido Caran Scyri, quien, cuando
se creyó con fuerzas para disputar a los indígenas las comarcas que
a él le parecieron mejor, se dirigió al Norte y llegó hasta los
dominios del rey Quito. Comenzó la guerra, en la cual murió Quito. Los
sucesores de Caran Scyri, que según probables cálculos fueron quince,
sin contar a los incas, llevaron sus armas al Norte y se apoderaron
de extensos territorios. A la larga caras y puruaes formaron un
pueblo; pero no por la fuerza, sino a gusto de unos y otros. Los caras
adoraban únicamente al Sol y a la Luna, siendo de notar que miraban
con horror los sacrificios humanos e hicieron por desterrarlos. Como
veremos más adelante, ellos tenían el mismo alfabeto, el mismo sistema
de numeración, el mismo calendario, la misma religión, las mismas
actitudes para el cultivo de las ciencias y artes, y casi vestían el
mismo traje que los incas. ¿Tendrían los incas, como muchos pretenden,
el mismo origen que los caras? Es posible, y algunas señales lo indican
con bastante elocuencia. Más que los caras se hallaban civilizados los
quitos. Respecto a la industria, los quitos tallaban mejor que los
muiscas las esmeraldas: las hacían esféricas, cónicas, cilíndricas
y prismáticas. Labraban de oro collares, ajorcas, pendientes e
ídolos. Construían hachas de cobre. En la cerámica estaban todavía
más adelantados, y en los vasos, ya hechos de barro colorado, ya
negruzco, representaban ídolos, hombres, fieras, pájaros, reptiles
y peces. Tejían admirablemente el algodón y la lana. En las bellas
artes nada hicieron. Creemos que no levantaron puentes de piedra; pero
sí de madera, de bejuco y de cuerda. Conocieron los acueductos, ora
superficiales, ora subterráneos. Las fortalezas fueron muy toscas, como
fueron muy toscos sus palacios y sus templos.

Poco sabemos de la historia de Tahuantinsuyo o Perú antes del
imperio de los incas, pues las noticias son obscuras, incompletas y
aun contradictorias. Ciertas señales indican la existencia remota
de centros de cultura, debidos tal vez a gente autóctona, siendo
de notar que a la decadencia o ruina de dichos centros comenzó la
civilización incásica. Para algunos escritores es cosa probada que
de los legendarios _piruas_, de los misteriosos _Hatun-Runa_ o gente
antigua, adoradores del _Con-Illá-Tici-Viracocha_, surgió el poderío
y engrandecimiento de los incas. No sería extraño--añaden--que los
primeros pobladores de Tahuantinsuyo tuvieran idea de un Ser Supremo,
creador de todo lo existente, y de un espíritu maligno o _Supay_,
como tampoco niegan que creyesen en la inmortalidad del alma y en la
resurrección del cuerpo.

Dejando estas cuestiones para los que se ocupan solamente de la
historia particular del Perú, pasamos a tratar de los incas[173].
Lo primero que se presenta a nuestro espíritu, es la pregunta que
copiamos a continuación. Los incas, ¿son indígenas o proceden del
Mogol? Sebastián Lorente y algunos más afirman lo primero[174]; Juan
Ranking y otros sostienen lo segundo. Puede, sí, asegurarse--y conviene
no olvidarlo--que los incas--_señores_--nunca creyeron haber tenido
el Asia por cuna. Diremos, para gloria de ellos, que supieron reunir
en vasta y poderosa nacionalidad tanto las cultas como las incultas
tribus, que se odiaban y hacían la guerra. Veamos lo que dice la
tradición, primera y casi única base de la historia de los incas, no
olvidando que muchos cronistas atribuyen un mismo hecho a distintos
incas, como también se da el caso que algunos hacen a Manco Capac autor
de instituciones que otros creen nacidas muy posteriormente.

       [173] Los historiadores suelen dividir la Historia del Perú en
       las siguientes épocas: _Preincáica_, _Incáica_, _Conquista_,
       _Virreinato_ e _Independencia_.

       [174] _Historia antigua del Perú_, libro III, capítulo II.

En el siglo XIII apareció en el Perú un hombre verdaderamente superior,
llamado Manco Capac. Su reinado--con arreglo a las noticias más
exactas--comenzó el año 1221 y terminó el 1262. Tenía por mujer a su
hermana Mama Ocllo. Según Balboa, habían salido de Pacaritambo con tres
hermanos y tres hermanas[175]; opinan otros que salieron de una isla
del lago de Titicaca; pero lo que parece probado es que eran hijos
de un curaca o cacique de Pacaritambo. Se presentó Manco Capac y Mama
Ocllo, hermano y hermana, esposo y esposa, llevando un cetro en forma
de una barra de oro, el cual, al dar con él en el suelo de Cuzco, se
enterró, hecho que llevaba consigo que allí tendría asiento la capital
Inca. Dice Pedro Knamer, en su _Historia de Bolivia_, que Manco Capac
debió ser jefe o sacerdote aymará, de superior talento, que dejó su
país, en compañía de su hermana, huyendo de las guerras civiles.
Manco Capac se presentó diciendo que su padre el Sol le mandaba para
dirigir y educar a los hombres. Las gentes del Cuzco, comprendiendo que
los citados viajeros eran superiores a los habitantes del país, les
prestaron obediencia. Ellos fundaron la ciudad llamada _Cuzco_, «el
centro del Universo», y después otras varias poblaciones, bien que las
mayores no excedían entonces de 100 casas. Mientras que él enseñaba
a los hombres el culto del Sol, a edificar sus casas y a cultivar
la tierra, Mama Ocllo adiestraba a las mujeres en el hilado, en la
confección de vestidos y en otros ejercicios domésticos.

       [175] _Historia del Perú_, capítulo I, tomo XV de la Colección
       de Ternaux-Compans.

Tanta llegó a ser la influencia de Manco Capac, que consiguió ser
proclamado Inca, esto es, señor de la tierra o soberano del país.
También los descendientes de sangre real se llamaron incas. La mujer
legítima del Soberano o Rey, se denominó _Coya_, tomando el mismo
nombre las hijas del real matrimonio. A las concubinas que eran de la
familia real y, en general, a todas las mujeres de dicha familia, se
las conocía con el nombre de _Palla_; a las demás concubinas con el de
_Mamacuna_ o mujer que tiene obligación de hacer oficio de madre. No
deja de llamar la atención la industria del primer Inca para atraer a
la vida de la civilización a unas gentes tan rústicas y bárbaras. En el
Cuzco hizo construir magníficos edificios, sobresaliendo entre todos el
soberbio templo dedicado al Sol, el cual era visitado por multitud de
peregrinos que acudían de todo el Imperio.

Estableció Manco Capac una _Monarquía despótica absoluta_. Heredaría
el trono el primogénito tenido en la _Coya_. El Emperador debía
casarse con una de sus hermanas, pues de este modo había seguridad
de que el príncipe heredero era de sangre real. Los hijos habidos en
las concubinas formaban la nobleza que componía la corte, y a quienes
daban el nombre de _Orejones_. Dividió la tierra en tres partes: la
del Rey, la de los sacerdotes y la del pueblo. Tuvo en cuenta al hacer
la última división el número de individuos que componían la familia,
la posición y las necesidades de cada uno. Los ganados los repartió
entre los sacerdotes y el pueblo. Organizó la sociedad bajo el punto de
vista político, religioso, administrativo y civil. Cuando Manco Capac
sintió cercana su muerte, llamó a su hijo primogénito Zinchi Lloca, y
le recomendó que no alterase el régimen del Gobierno que él dejaba
establecido.

Zinchi Lloca (1262-1281) siguió los consejos de su padre. Casó con su
hermana Mama Cora, y de ella tuvo a Lloce Yupanqui. El nuevo Rey era
valiente y arrojado; pero no tuvo necesidad de lanzarse a la guerra,
logrando por la persuasión extender los límites de su Imperio.

Lloce Yupanqui (1281-1300) al frente de un ejército, redujo a la
obediencia a diferentes tribus. Su imperio se extendía de Este a Oeste,
desde el Paucartampu a la sierra, y de Norte a Sur, desde el Cuzco al
fin del río Desaguadero. En la capital ya había templo para el Sol,
alcázares para los Emperadores y calzadas que después habían de unir
las cuatro estrellas de la monarquía.

Mayta Capac (1300-1320), continuó la conquista de sus mayores,
apoderándose de varios territorios y venciendo a muchas tribus. Penetró
en Collasuyo, venció a sus habitantes, y tanto le impresionaron las
colosales ruinas del Tiahuanaco, que pensó hacer del citado lugar la
capital de su imperio. El Inca Garcilaso de la Vega le coloca entre
los monarcas más batalladores y afortunados; pero Balboa dice que no
emprendió guerra alguna[176], y Montesinos, añade, que nada notable se
conoce de su reinado[177].

       [176] _Historia del Perú_, cap. II.

       [177] _Memorias Históricas del Perú_, cap. XIX.

Capac Yupanqui (1320-1340), hijo mayor de Mayta y de Mama Cuca, hizo
matar a su hermano Putano Uman y a otros que intentaban destronarle.
En seguida se hizo dueño de toda la tierra de Yanahuara, situada al
Occidente del Cuzco; ganó también las comarcas de Cota-pampa, Cotanera
y Huemampallpa, habitadas por los quichuas; extendió su poder por las
costas del Pacífico, por las cordilleras de los Andes, por la provincia
de Charca y por el Norte. De Norte a Sur tenía ya el imperio unas 190
leguas, y de Este a Oeste 70.

Inca-Yocca (1340-1360), hijo de Capac y de Mama Curi-Illpay, siguió
las huellas de su padre, no siendo menos afortunado en las empresas.
Castigó duramente a los soberbios chancas, acompañándole también la
victoria en otras expediciones. Dió leyes importantes y protegió la
cultura.

Yahuar Huacac (1360-1380) se entregó, según Balboa, a los placeres
sensuales[178]. Montesinos dice que fué prudente y pacífico, no
recurriendo a la fuerza ni aun para aplacar desórdenes y tumultos[179].
Conforme con Montesinos está Garcilaso. El hecho más notable de
este reinado fué que los feroces chancas, después de matar a sus
gobernadores incas, cayeron sobre el Cuzco en número de 40.000. Yahuar
Huacac abandonó la capital y se retiró a la angostura de Muyna, cinco
leguas al Mediodía. Cuando lo supo su hijo primogénito Huiracocha, se
dirigió a su padre y delante de varios incas le dijo lo siguiente:
«¡Cómo! ¿Al solo anuncio de que se ha rebelado una pequeña parte del
imperio abandonáis el Cuzco? ¿Siendo hijo del Sol entregáis a los
bárbaros el templo para que lo pisen y a las vírgenes de vuestro padre
para que las violen? ¿Y todo por salvar la vida? No quiero la vida si
no la he de llevar con honra. Iré más allá del Cuzco, é interpondré mi
cuerpo entre los bárbaros y la ciudad sagrada.»

       [178] Capítulo II.

       [179] Capítulo XXII.

Por este sólo hecho pasó la corona de Yahuar Huacac a Huiracocha.
Huiracocha (1380-1390) consiguió gran victoria peleando con los
chancas en una llanura al Norte de Cuzco. Cruel con los vencidos, como
escriben unos historiadores, o magnánimo con los prisioneros, como
refieren otros, lo cierto es que el triunfo del nuevo Rey fué de mucha
importancia. Por el Poniente Huiracocha llegó hasta la entrada de
Tucumán, y por el Norte sometió muchas tribus.

Urco, sucesor de Huiracocha, se entregó a toda clase de vicios y fué
destronado por los grandes.

Elegido Titu Manco Capac (que tomó el nombre de Pachacutec), hermano
del anterior, empleó tres años en dotar de buenas leyes el imperio y
otros tres en visitarlo y corregir los abusos. Prosiguió las conquistas
de su padre Huiracocha, no por sí mismo, sino valiéndose de su hermano
Capac Yupanqui. Ganó muchas tierras por medio de la guerra, aunque más
mediante la persuasión. En los últimos años de su reinado se ocupó
en asegurar sus conquistas, estableciendo en las comarcas recién
sometidas colonias, abriendo canales, convirtiendo en fructíferas las
tierras hasta entonces incultas, levantando suntuosos monumentos y
abriendo caminos. Excelente legislador, dió muchas leyes civiles y
penales. Suyas son las siguientes máximas: «La envidia es carcoma que
roe y consume las entrañas del envidioso. Envidiar y ser envidiado es
doble tormento. Mejor es que otros te envidien por bueno, que no los
envidies tú por malo. La embriaguez, la ira y la locura son hermanas:
no difieren sino en que aquéllas son voluntarias y mudables, y ésta
involuntaria y perpetua. Los adúlteros hurtan la honra y la paz de
sus semejantes: merecen igual pena que los ladrones. Al varón noble
y animoso se le conoce en la adversa suerte. La impaciencia es de
almas viles. El que no sepa gobernar su casa, menos sabrá gobernar
la República. Gran necedad es contar las estrellas cuando no se sabe
contar los nudos de los quipus.» Murió Pachacutec el año 1400.

Yupanqui (1400-1439) fué conquistador[180]. Venció a los chunchus;
después a los fieros moxos, situados al otro lado de la rama oriental
de los Andes; en seguida la emprendió con los chiriguanas, que vivían
al Sudoeste de Chuquisaca; y, últimamente, dió una batalla a los
purumancas que duró tres días y dejó indecisa la victoria. Según
Balboa, así como Pachacutec dió a su pueblo la unidad de idioma,
Yupanqui reunió una especie de concilio en el Cuzco y, después de
largos debates, se convino en que el Sol merecía en primer término la
adoración de los hombres, puesto que a él se debían el verano y el
invierno, la noche y el día, la fecundidad de los campos y la madurez
de los frutos; en segundo lugar eran dignos de culto el trueno, la
tierra y las principales constelaciones, entre ellas la Cruz del Sud y
las Pléyades. Cuando todos estaban conformes en las dichas creencias,
Yupanqui hizo notar que no el Sol, sino el que le obliga a eterno
movimiento era el creador del mundo, acordando entonces todos llamar a
ese dios desconocido Ticci Huiracocha Pachacamac[181].

       [180] Lorente y otros historiadores opinan que Pachacutec y
       Yupanqui son los nombres de un mismo inca.

       [181] Balboa, cap. V.

Tupac Yupanqui (1439-1480), a la cabeza de un ejército de 40.000
soldados se dirigió al Norte, peleando con los huacrachucus, a quienes
desbarató completamente, obligándoles a pedir la paz. Al siguiente
año peleó con los chachapoyas, situados al Levante de Caxamarca, que
le opusieron tenaz resistencia. También sometió a los muyupampas y a
los cascayuncas. La emprendió tiempo adelante contra los habitantes
de Huancapampa (hoy Huancabamba), los cuales se rindieron y aceptaron
las condiciones impuestas por el Inca. Tocó el turno a Huanuco, cuyos
habitantes, como los de Huancapampa, se sometieron fácilmente. Todavía
continuó peleando y todavía continuó llevando la civilización por todo
el país.

Huayna Capac (1480-1525), hijo del anterior, comenzó peleando contra
los caranguis, que fueron pasados a cuchillo, salvándose sólo los
niños. Dícese que la matanza fué tan grande, que llegó a enrojecer las
aguas de Yahuarcocha. Si Huayna Capac no extendió su imperio al Norte
hasta los límites que a la sazón separan la república del Ecuador de
la de Colombia, sí es cierto que ganó desde Chimo (hoy Trujillo) a
Puerto viejo. Sometió también a los chachapoyas, y con ellos se mostró
generoso. Tuvo dos hijos, Huascar, su primogénito, habido en su primera
mujer, llamada Rava Ocllo, y Atahualpa, que tuvo después de otra de sus
mujeres. Dispuso que a su fallecimiento se le arrancara el corazón y se
guardara dentro de un vaso de oro en el templo de Quito, que su cuerpo
embalsamado se llevara al Cuzco, y que Huascar se sentara en el trono
de los incas y Atahualpa en el de los antiguos scyris.

Cuando Huayna Capac recorría y admiraba sus templos y palacios en el
sagrado lago, un rayo derribó uno de sus palacios y se sucedieron
unos terremotos después de otros; pero la noticia que sobrecogió a
todos de espanto, fué que en el Pacífico navegaban en casas de madera
hombres blancos y barbudos, cuya venida había anunciado el inca Ripac.
Inmediatamente Huayna Capac abandonó Collasuyo y se retiró a Quito,
buscando el consuelo de su favorita Pacha, madre de Atahualpa, su hijo
más querido.

Huascar heredó el trono del Perú y Atahualpa el de Quito. Al poco
tiempo de morir Huayna Capac (1530), sus citados hijos comenzaron
desastrosa guerra. Huascar en Cuzco ambicionaba también el reino de
Quito, y Atahualpa a su vez no se contentaba con Quito, sino que quería
conquistar el Cuzco. Atahualpa organizó poderoso ejército bajo el mando
de su primogénito Hualpa Capac y de los generales Quizquiz, Calicuchina
y otros. Logró salir victorioso en varios combates, y se preparó a una
guerra cruel, cuando supo que su hermano Huascar salía del Cuzco al
frente de muchas tropas, habiendo jurado antes por el Sol y por todos
los dioses que había de cortar la cabeza al rey de Quito, la cual
convertiría en un vaso recamado de oro para sus festines.

Contra Huascar se dirigieron los generales Quizquiz y Calicuchina.
La batalla fué sangrienta y duró todo un día. Prisionero Huascar, no
mereció compasión del vencedor, quien resolvió apoderarse de todo
el imperio y ceñir la borla de los incas. El Cuzco cayó en poder
de Atahualpa el año 1532. No negaremos que Atahualpa merecía el
calificativo de cruel; pero no le censuraremos por haber declarado
la guerra a su hermano. Si Huascar vencedor se había de apoderar del
reino de Quito, de esperar era que, vencedor Atahualpa, se apoderase
del imperio del Cuzco. Pero a la sazón los españoles, mandados por
Francisco Pizarro, habían llegado a Tumbez y procede que suspendamos
esta crónica de los incas, para tratar de las instituciones y cultura
del Perú.

Como hemos podido observar, el Inca, Soberano o Rey, era a la vez
Pontífice y padre de los pueblos. Lograron con verdadera constancia
que todas las tribus tuviesen la misma religión, el culto del Sol, y
hablasen la misma lengua, la quechua. Consiguieron imponer las mismas
leyes, los mismos usos y costumbres a pueblos tan diferentes en su
origen y en sus inclinaciones. El Inca, según Velasco, podía tener
tres o cuatro mujeres legítimas, y según Garcilaso, solamente una.
Podía tener las concubinas que quisiera. Tanto el Inca como la Coya
eran objeto de veneración de parte del pueblo. Los nobles estaban
divididos en _incas, uracas_ y _amantas_. Los incas se diferenciaban
de los demás nobles porque llevaban engarzados en las orejas grandes
rodetes. Como estos rodetes hacían muy anchas las orejas, los españoles
designaron a los incas--como antes se dijo--con el nombre de _orejones_.

Hallábase dividido el imperio en cuatro regiones, y al frente de
cada una había un virrey asistido de comisiones de guerra, justicia
y hacienda. Los cuatro virreyes formaban el Consejo de Estado del
Inca. La región se subdividía en provincias y estaba dirigida por
un gobernador o prefecto. La acción del gobernador se hallaba
frecuentemente limitada por la de los curacas. El ejército tenía
severa organización, como también la administración de justicia. Ya
se ha dicho que la religión del Imperio consistía en adorar al Sol:
Huiracocha era hijo del Sol; Catequil y Pachacamac permanecían en los
santuarios eclipsados ante aquel cuya luz y calor eran la fuente de
la vida. Consideraban al hombre formado de cuerpo y alma. Suponían
al alma inmortal y afirmaban que si en esta vida era buena, gozaría
luego de bienestar y reposo; si era mala sufriría eternamente dolores
y trabajos. Creían en la resurrección de los muertos. Más bien que
creyentes, eran supersticiosos.

Acerca de su cultura diremos que la Filosofía estaba reducida a algunos
apólogos morales, la Jurisprudencia a un corto número de leyes, la
Medicina y la Cirugía a reglas y principios empíricos y las Matemáticas
apenas eran conocidas. En la poesía se distinguieron un poco. Cantaban
en verso sus amores, las hazañas de sus reyes y de sus héroes, y
componían en verso comedias y tragedias. Para los cantos de amor tenían
su música y entre aquéllos daremos a conocer los siguientes: «En las
solitarias pampas solíamos ver a los pájaros yendo a su nido. Lloraban
lastimeramente por sus compañeros. Así, al irte tú, lloraré yo,
amado mío.» Otro decía: «Mientras me dure la vida--seguiré tu sombra
errante--aunque a mi amor se oponga:--agua, fuego, tierra y aire.»

Las comedias enaltecían las virtudes domésticas y las tragedias los
grandes hechos de la historia. Hasta nosotros sólo ha llegado una
tragedia intitulada _Ollanta_; pero afirma Markham que es posterior
a los incas, pudiéndose asegurar que la compuso el doctor Valdés,
cura de Sicuani, bien que aprovechando antiguos cantos. Sin embargo,
convienen los cronistas en que eran aficionados a las representaciones
dramáticas, las cuales tenían por objeto exponer doctrinas religiosas
o conmemorar triunfos guerreros. La música tenía cierto desarrollo, y
los instrumentos, además de la trompeta, eran el tambor, el _huancar_,
las sonajas y los cascabeles. Del mismo modo amaban con pasión el
baile. Acerca de la lengua, podemos dar como cosa cierta que la
_quichua_ era una de las mejores de América, la cual contaba entre sus
principales dialectos el de los _quitos_ y el de los _aymarás_. No
faltan escritores que consideren el aymará como lengua y la quichua
como dialecto. No descuidaron la agricultura y la ganadería. Supieron
aprovechar hasta los páramos, si no para la agricultura, para la
ganadería. Condujeron el agua por canales subterráneos de piedra, los
cuales llegaron a tener hasta 400 o 500 millas. «Entre estas obras las
había verdaderamente admirables, como que venían atravesando ríos,
rodeando montañas, perforando a veces las mismas peñas y salvando
abismos. Son indecibles el tiempo y el trabajo que debieron de costar
en tiempos donde se carecía, no ya tan sólo de los medios mecánicos de
que hoy se dispone, sino también de herramientas. Era aún más de notar
el sistema que para los riegos se había adoptado. No se distinguía
del que acá en España plantearon los árabes...»[182]. De la minería
hicieron poco caso. En las artes útiles se distinguieron como plateros,
tejedores y alfareros. Los metales que usaban eran el oro, plata y
cobre.

       [182] Pi y Margall, ob. cit., tomo I, volumen I, págs. 422 y
       423.

Los caminos en el Perú, hechos casi lo mismo que en México, llamaron
profundamente la atención de los españoles, en particular el que corría
por la costa y el que iba por las mesetas y cumbres de los Andes. Cieza
dudaba de que el emperador Carlos V, sin embargo de sus grandes medios,
pudiera hacer en aquellos sitios otro tanto. En los lugares cenagosos,
parte de los caminos eran calzadas sostenidas por recios y fuertes
muros. El citado Cieza vió dos: una en el camino de Xaquixaguana al
Cuzco, y otra desde el Cuzco a Mohina. El camino principal partía del
Cuzco y llegaba a Quito, uniendo ambos reinos. Dice el ilustre Humboldt
lo siguiente: «El gran camino del Inca es una de aquellas obras más
útiles y más gigantescas que los hombres han podido ejecutar.» Este
camino, y otros de menos importancia, contribuyeron a la prosperidad
del Perú. Estableciéronse los correos, muy parecidos a los de los
nahuas mejicanos. Los puentes en el citado país eran generalmente de
bejuco o de maguey. Hemos dicho generalmente, porque los había de
cierta paja correosa y suave llamada _ichu_. Cuando los bejucos o las
pajas no eran tan largas como ancho el río, se levantaban dos pilares,
uno en cada orilla. Si damos crédito al historiador Garcilaso, el
primer puente de esta clase se construyó sobre el río Apurimac, en
tiempo de Mayta Capac. Tenía de longitud unos 200 pasos, y era tan
fuerte que, en tiempo de la conquista, lo pasaban sin apearse y sin
temor alguno los ginetes españoles. Encontrábanse--y así lo afirma
Velasco--puentes artificiales de piedra en el Perú, a los cuales se
daba el nombre de _rumichaca_. Nosotros creemos que tales puentes, sin
embargo de la respetable opinión de Velasco, debían ser naturales. Los
acueductos indicaban del mismo modo el adelanto de los peruanos.

En relación con los medios de comunicación estaba la costumbre de
trasladar _colonias_ de una parte a otra del imperio, lo cual favorecía
el intercambio de productos. Los valles de Tacna y Moquegua, entre
otros territorios, se colonizaron con _mitimaes_ (_colonos_) de las
aldeas próximas al Cuzco. También se establecieron en las fronteras
colonias _militares_, lográndose con ello, además de otras cosas, dar
ocupación al sobrante de la población agrícola. Huelga decir que la
disciplina en lo militar era mucho más estrecha que en lo civil.



CAPÍTULO VI

  AMÉRICA CENTRAL: PRIMEROS HABITANTES DEL PAÍS.--LOS MAYAS.--LOS
  QUICHÉS Y CAKCHIQUELES.--FUNDACIÓN DE LA MONARQUÍA QUICHÉ.--LUCHA
  ENTRE LOS QUICHÉS Y CAKCHIQUELES: BATALLA DE QUANHTEMALAN.--LUCHA
  ENTRE LOS CAKCHIQUELES Y OTROS PUEBLOS VECINOS.--ESTADO INTERIOR
  DE GUATEMALA Y RELACIONES EXTERIORES.--PEDRO DE ALVARADO EN
  EL PAÍS.--NOTICIA DEL SALVADOR, HONDURAS, NICARAGUA Y COSTA
  RICA.--ESTADO SOCIAL DE LOS QUICHÉS.--CULTURA DE LOS HABITANTES
  DE HONDURAS, NICARAGUA, PANAMÁ Y COSTA RICA.--LAS ANTILLAS, EN
  PARTICULAR HAYTÍ Y CUBA: ARTES E INDUSTRIAS.


[Ilustración: Tipos mayas (actuales).]

Antes de reseñar algunos hechos de las tribus que vivían en la América
Central y muy especialmente en el territorio de la actual Guatemala,
diremos que la familia de los mayas se dividía en mayas propiamente
dichos y en mayas-quichés. Según antiguas tradiciones, llegó a las
costas de Tabasco (México) donde hubo de desembarcar, un personaje
llamado _Votan_, quien fundó una ciudad denominada Nacham (ruinas
de Palenque), población luego muy importante y hoy departamento del
Estado de Chiapas (México). Cuando Votan efectuó su desembarco, el
territorio estaba poblado de tribus salvajes. Numerosas fueron las
tribus que habitaron desde el Istmo de Panamá hasta las orillas del río
Colombia en el Estado de Oregón (Estados Unidos), y desde las costas
del Océano Pacífico hasta el golfo de México. Han venido a mostrar
modernas investigaciones que así como los mayas ocupaban gran parte de
los actuales estados del Yucatán, Campeche y algo del de Chiapas, los
quichés y cakchiqueles se extendieron por el país donde al presente
se hallan las Repúblicas de Guatemala, Salvador, Honduras, Nicaragua,
Panamá y Costa Rica. Unas y otras tribus alcanzaron alguna cultura.

Eran los mayas de color cobrizo, cráneo achatado, baja estatura y muy
fuertes. Vivían principalmente de sus cosechas de maíz; también de la
miel y de la cera de sus abejas. Gozaban fama de hábiles tejedores
y teñían admirablemente lo mismo sus vestiduras de algodón que sus
preciosas plamas. Refieren antiguos cronistas que con sus canoas
llegaron a la isla de Cuba y mantuvieron continuo tráfico con las
tribus meridionales de las costas del golfo. Cultivaban el cacao, el
maguey o aloe, el algodón, la pimienta, las judías y varios árboles
frutales.

Los quichés, según _Popal-Vuch_[183], procedían de un lugar que se
llamaba Tulan-Zuiva. De este lugar, que tenía siete grutas o cuevas,
añade Sahagún, se extendieron por varios puntos, antes que los toltecas
y los pueblos que les acompañaban llegasen a Tulanzingo[184]. Es
de sospechar que los quichés eran uno de los pueblos citados y que
entraron en tierra de Guatemala antes de la fundación de Tula. Entre la
fundación de dicha ciudad y su destrucción tuvieron tiempo de realizar
los hechos que el Popal-Vuch les atribuye.

       [183] Véase el Prólogo de este tomo.

       [184] _Historia Universal de las cosas de Nueva-España_,
       Prólogo y lib. X, cap. XXIII, párrafo 11.

El fundador de la monarquía de los quichés debió ser Balan Quitzé,
al cual sucedió en el trono su hijo Qocabib. El tercer rey se llamó
Balan-Conaché, el cuarto, Cotuha Zttayub, y el quinto, Gucumatz-Cotuha.
En tiempo de Gucumatz estallaron graves discordias entre las
principales familias que tenían asiento en el territorio. El sexto
monarca debió ser Tepepal y el séptimo Caquicab.

Entre los quichés y los cakchiqueles se originó tiempo adelante guerra
sangrienta. En ella llevaron la mejor parte los cakchiqueles, pues lo
mismo el pueblo que los Reyes eran arrojados y belicosos. La batalla
de _Quanhtemalan_ fué timbre de gloria para los cakchiqueles. «Desde
que la aurora--dice el cronista cakchiquel--comenzó a aparecer en el
horizonte y a iluminar las cumbres de las montañas, empezaron a oirse
los gritos de guerra; las banderas se desplegaron, resonaron los
tambores y caracoles, y en medio de este confuso estruendo, se vió
descender a los quichés, cuyas largas filas se movían con asombrosa
velocidad, bajando en todas direcciones de la montaña.» Llegaron a la
orilla del río que corría cerca de la ciudad, y ocuparon algunas casas
y se formaron en batalla, bajo el mando de los reyes Tepepul e Ixtayul.
«El encuentro--añade el mencionado cronista--fué terrible y espantoso.
Los gritos de guerra y el ruido de los instrumentos bélicos aturdían a
los combatientes, y los héroes de uno y otro ejército _hacían uso de
todos sus encantos_.» Fácilmente fueron vencidos los quichés, hasta
el punto que unos huyeron y otros murieron en el campo de batalla.
Entre los primeros se hallaban los reyes Tepepul e Iztayul y muchos
más, que fueron pasados al filo de la espada. «Tales fueron--así
termina el cronista--los hechos heróicos con que los reyes Oxlahuhtzi y
Cablahuh-Tihax, como también Roimox y Rokelbatzin hicieron para siempre
famosa la montaña de Iximché.»

Desde la batalla de Quanhtemalan el poder de los quichés pasó a los
cakchiqueles, quienes orgullosos con su victoria, aspiraron a dominar
todo el territorio. Alarmados entonces los Estados vecinos, formaron
una liga para defender su independencia; mas fueron también vencidos
por los soberanos cakchiqueles. «Tal era la situación de estos países
en los últimos años del siglo XV y cuando ya Cristóbal Colón había
abordado a las playas del Nuevo Mundo»[185].

       [185] Milla, _Hist. de la América Central_, tom. I, pág. XXII.

En el interior del reino estalló, año de 1497, una insurrección. A
la cabeza de los tukuchés, de la misma familia de los cakchiqueles,
se puso Cay-Hunahpú, príncipe tan rico como ambicioso, quien se
propuso arrojar del trono a Oxlahuhtzi y Cablahuh-Tihax. Dióse un
combate, siendo vencidos los tukuchés, y Cay-Hunahpú pagó con la vida
sus instintos revolucionarios. Sin embargo, el fraccionamiento del
reino fué mayor cada día y la tribu de los zacatepequez consiguió
nombrar Rey a uno de los suyos, estableciendo la capital del reino en
Yampuk. Trece años después, esto es, el 1510, murió el rey cakchiquel
Oxlahuhtzi, y el 1511 el príncipe Cablahuh-Tihax, que gobernaba con
aquél; sucediéronles sus hijos Hunig y Lahuh-Noh. En el primer año
del reinado de éstos, vino numerosa embajada mejicana que mandó,
según unos autores, Moctezuma, y según otros, Ahuizotl, octavo rey de
México. Visitaron los embajadores a los reyes quichés, cakchiqueles y
algún otro; pero volvieron a su país sin haber adelantado nada. Es de
advertir que en el año 1512 Colón había realizado sus cuatro viajes,
la Isla Española estaba sometida, Puerto Rico y Cuba conquistadas, el
Golfo de Honduras y otras tierras exploradas por Yáñez Pinzón y Díaz
de Solís, Cartagena y países más lejanos habían sido reconocidos por
Ojeda, Enciso, Núñez de Balboa y otros expedicionarios. ¿La embajada
de Moctezuma tuvo por objeto la celebración de tratados para oponerse
a los españoles? No lo sabemos, aunque es posible. Discuten también
los historiadores modernos Fuentes, Juarros y Milla, si el reino de
Guatemala estuvo sujeto alguna vez al imperio mejicano. Niéganlo con
razones más o menos poderosas.

Sin detenernos en asunto tan poco interesante, haremos notar que,
sin embargo de noticias o presentimientos acerca de llegada de los
españoles, quichés y cakchiqueles volvieron a pelear entre sí en el año
1513. Aunque la guerra fué favorable como antes a los cakchiqueles,
la naturaleza les castigaba mandándoles toda clase de calamidades:
langostas, incendios y pestes, de la que murieron Hunig y Lahuh-Noh,
sucediéndoles Belché-Qat y Cahí-Imox, quienes, al saber que los
extranjeros se habían apoderado de México, les pidieron auxilio, según
una carta de Cortés a Carlos V, fecha en México el 15 de Octubre de
1524[186]. Continuó la guerra civil en la América Central hasta que
llegó Pedro de Alvarado.

       [186] Véase Milla, Ob. cit. tomo I. pág. XXIX, nota.

Respecto a los primeros pobladores establecidos en lo restante de la
América Central sólo hay vagas noticias y a veces contradictorias. Lo
mismo decimos de los habitantes de las islas de Haití, Puerto Rico,
Cuba, Jamaica, Lucayas y otras. Además de los mayas de Guatemala, el
país que al presente es la República del Salvador, estaba poblado
por los _chontales_ y por los _pipiles_, siendo su ciudad principal
Cuscatlán. Estuvo el Salvador unido a Guatemala durante los siglos
XVI, XVII y XVIII. Honduras estuvo habitada por los _chortises_,
pertenecientes a la familia de los mayas, y por los _lencas_
(chontales). Cuando los nicaraguatecas fueron conquistados por los
españoles se hallaban divididos en cuatro grupos principales: los
_niquiranos_, que habitaban desde el golfo de Fonseca al de Nicoya;
los _chorotegas_, que vivían al Sur del lago de Managua y al Noroeste
del de Nicaragua; los _chontales_, que ocupaban las vertientes de la
cordillera central y se corrían a Honduras; y los _caribisis_, tal vez
aborígenes de aquella parte de América, bajaban desde el pie de la
citada cordillera hasta las playas del Atlántico. Fieros los indios
_chorotegas_, _cotos_ y _güetares_ de Costa Rica, vivían en contínuas
guerras.

Pasamos a estudiar el estado social de las tribus que habitaban los
territorios de Guatemala y el Salvador, de Honduras, de Nicaragua,
Panamá, Costa Rica y Antillas, fijándonos particularmente en la de los
quichés.

Acerca de la creación del Universo, la doctrina del _Popal-Vuch_
de los quichés, tiene--según la opinión de algunos autores--mucha
analogía con la del _Génesis_ de los hebreos. También el _Tepan Atilan_
de los cakchiqueles conviene substancialmente con el Popal-Vuch.
Adoraban los quichés a sus dioses y celebraban solemnes festividades,
no sin sacrificar seres humanos, que eran regularmente esclavos,
hechos en la guerra. Los dioses tenían santuarios, santuarios que
estaban servidos por sacerdotes y sacrificadores. Dícese con algún
fundamento que existía la confesión entre los quichés. La monarquía
quiché era hereditaria y la corte estaba formada de las familias
reales. La justicia se hallaba administrada por jueces y tribunales
pertenecientes a la aristocracia. Las leyes eran severas para los
criminales contra el Rey y la República. Los que atentaban contra el
Monarca sufrían la muerte; y los plebeyos o nobles que se pasaban
al enemigo o descubrían los secretos de la guerra, eran condenados
a muerte, y sus mujeres e hijos reducidos a la esclavitud, pasando
también al fisco sus bienes. Al ladrón de objetos sagrados, si éstos
eran de valía, se le condenaba a muerte; si tenían poco valor, se le
hacía esclavo. Los delitos contra la propiedad se castigaban con multas
y devolución de lo robado; aun al ladrón de oficio no se le ahorcaba,
si algún deudo suyo satisfacía el importe de la condena. De los delitos
contra la honestidad, se castigaba con la muerte la violencia consumada
y la frustrada nada más que con la servidumbre. El simple estupro no
llevaba consigo pena aflictiva, como no reclamasen por la mujer sus
padres o hermanos, en cuyo caso se declaraba esclavo al delincuente
y alguna vez se le condenaba a muerte. No consideraban delito la
prostitución. La mujer casada, mediando justo motivo, podía abandonar
la casa conyugal, quedando disuelto el matrimonio. Mujer y marido
en este caso tenían derecho a contraer con quien quisieran segundo
matrimonio. Era costumbre, muerto el marido, que la viuda casara con el
cuñado o con el más próximo deudo del marido.

Después de ocuparse detenidamente Pi y Margall del idioma de los
quichés y del cual eran dialectos el cakchiquel y el tzutuhil,
de la literatura y en particular de un drama-baile de los que se
representaban en el patio de los templos o en la plaza pública, de la
arquitectura y de la numeración aritmética igual o parecida a la de los
mejicanos, escribe lo siguiente: «Algo más podría decir de los quichés;
pero muy aventuradamente. Harto a la ventura voy en mucho de lo que
escribo»[187].

       [187] _Historia general de América_, tomo y cuaderno primeros,
       pág. 257.

Fijándonos en Honduras o Cerquín, que linda con tierras de Yucatán y
Guatemala, sus habitantes distaban mucho de tener la civilización de
los quichés y yucatecas. Los hombres iban ordinariamente desnudos; en
la guerra a veces usaban _maxtles_ y mantas. Las mujeres llevaban unos
pañuelos que les cubrían pecho y espalda; también unas enaguas que les
llegaba al tobillo. No se ataban el cabello; siempre le tenían suelto y
tendido. Comían todo género de animales, hasta los más inmundos; bebían
aguamiel en gran cantidad. En todo manifestaban su barbarie y vivían
en continua guerra. Peleaban a veces cubiertos con pieles de león y de
tigre. Adoraban el _Sol_, la _Luna_ y las _Estrellas_; rendían culto a
muchos ídolos. Los sacrificios eran frecuentes, los ayunos muchos, y en
sus grandes fiestas bailaban, al mismo tiempo que referían cantando
sus triunfos y derrotas. Consultaban a sus sacerdotes, no sólo en
materias religiosas, sino en asuntos belicosos. Sabemos que en la época
de la conquista, entre sus ídolos, tenían en mucha estima al gran Dios
y la gran Madre, tal vez personificación del Sol y de la Luna. Creían
en agoreros, en adivinos y en magos. Estaban reducidos sus templos
a unas casillas largas y estrechas: sus ídolos tenían espantable
rostro. Eran muy lujuriosos. Aunque se casaban solamente con una mujer
legítima, tenían además mancebas. Apenas cuidaban de sus mujeres y
de sus hijos; no hacían caso alguno de los enfermos. Sus ocupaciones
principales eran la caza y la pesca. Cazaban cercando primero y
quemando después grandes extensiones de monte: mataban a palos las
despavoridas reses. Pescaban atajando con rama y tierra los arroyos
y poniendo en la salida, siempre pequeña, zarzos de caña. Estaban
atrasadísimos en la industria y más en las bellas artes. Removían la
tierra con altas pértigas armadas de un garfio: apoyaban el brazo en la
parte superior del palo y la planta en la parte de abajo a donde iba
el garfio. Fabricaban mantas de cuatro hilos. Hacían el comercio de
plumas. Entre las tribus o gentes que se hallaban establecidos en el
país prevalecían los _chontales_.

No dejaba de ser curiosa la vida de los habitantes de Honduras desde su
nacimiento hasta la muerte. Cuando las madres sentían los dolores del
parto, marchaban al campo y allí daban a luz. Al recién nacido se le
bañaba en el río más próximo y se le criaba con bollos de yuca. Antes
de cumplir el año les llevaban sus padres al templo, donde pasaban
una noche velados por sus parientes. De los sueños del que se dormía
sacaban el horóscopo. La única instrucción que recibían era la de las
armas. Los primogénitos, muertos sus padres, entraban de lleno en todo
el patrimonio; si eran señores, en el señorío. No partían en ningún
caso los bienes con sus hermanos. Cuando iban a casarse con mujer
legítima practicaban algunas ceremonias parecidas a las que se usaban
en México. Un anciano, llevando obsequios de mayor o menor valor, se
presentaba en la casa de la novia y la pedía. Si aceptaba la petición,
se celebraba un gran banquete y era recibida envuelta en una manta
de brillantes colores. Uno la conducía en hombros a casa del novio,
acompañada de deudos y amigos que cantaban y bailaban. De cuando en
cuando se paraba la comitiva y repetía sus cánticos y bailes. La novia
llevaba cubierto el rostro. Inmediatamente que llegaban a la casa
del novio, las amigas descubrían el rostro de la novia, y después de
bañarla en agua de flores, la encerraban en una habitación en tanto
que seguían las fiestas y diversiones. A los tres días pasaba a poder
del novio. Terminaba completamente el matrimonio luego que dormían
tres noches en la casa del novio y otras tres en la casa de la novia,
repitiéndose siempre la bulla y los banquetes. Como puede imaginarse,
semejantes bodas eran de la gente rica o noble; las de la plebe, si
pobres y humildes, venían a ser en el fondo lo mismo. Constituían los
casados--añade el citado historiador--hogar y tenían hacienda propia.
La hacienda a la verdad era bien pobre. Estaba generalmente reducida a
unas malas sementeras de maíz y unos cuadros de legumbres; a una azuela
para rozar y unos palos para arar la tierra; al metate en que molían el
grano, la artesa en que hacían el pan y las calabazas en que bebían;
a unos molinillos de mano y unas cestas forradas de cuero que servían
de cofres; a una cama de estera sobre cuatro estacas en que había por
almohada, ya un palo, ya una piedra. Con estos bienes y este ajuar
encontraron los españoles a los habitantes de aquella comarca[188].

       [188] Ob. cit. pág. 281.

Las tintas negras del cuadro casi se convierten en blancas si
pasamos de Honduras a Nicaragua. En Nicaragua se veían reflejos de
la civilización mejicana. Se hablaba por muchos moradores de aquella
tierra la lengua nahuatl y se tenía noticia del tiempo. Se escribían
libros cuyas hojas eran tiras de cuero de venado, en los cuales se
pintaban las heredades, los caminos, los montes, los ríos, los bosques
y las costas, anotándose también los ritos, las ceremonias, las leyes,
los trastornos de la naturaleza, los cambios y mudanzas de los pueblos.
Usaban la tinta, ya negra, ya roja. Doblábanse los libros de igual
manera que entre los aztecas.

Había cierta semejanza lo mismo en los templos que en las creencias
religiosas de los nicaraguatecas y los mejicanos. Unos y otros creían
que los dioses gustaban de la sangre y del corazón de los prisioneros
de guerra, siendo de advertir que hasta los nombres de algunas
divinidades de Nicaragua eran mejicanos. Existían también semejanzas
entre los nicaraguatecas y los yucatecas. Ambos se sajaban el cuerpo
con cuchillos de pedernal y se echaban polvos de carbón en todo el
trayecto de la herida, teniendo para estas labores oficiales diestros y
entendidos. Unos y otros, al decir de Oviedo, usaban en la escritura,
no sólo de imágenes, sino de caracteres, y leían en sus libros como
nosotros en los nuestros.

No vaya a creerse por todo lo dicho que los nicaraguatecas carecían
de fisonomía especial, de propias instituciones y costumbres. La
cultura estaba reducida, si cultura puede llamarse, a la que tenían los
pueblos que habitaban entre el Pacífico y los lagos, esto es, a los
_niquiranos_ y _chorotegas_. Chontales y caribises no eran tan bárbaros
como los que poblaban a Honduras. Los chorotegas, que se dividían
en _nagrandanos_ y _dirianes_, y los niquiranos en _orotinatecas_
y _cholucatecas_, debieron tener cierto parentesco con las razas
pobladoras del Anahuac. Chorotegas y niquiranos iban vestidos, usando
hombres y mujeres pendientes en las orejas. Se distinguían por su
hermosura las mujeres de Nicoya. Diferenciábanse mucho físicamente
los hombres y las mujeres de Nicaragua. El hombre trabajaba en la
agricultura y en la industria, y era cazador y pescador; la mujer
vendía lo que el hombre ganaba. El hombre barría la casa y encendía
la lumbre; pero el comercio estaba reservado a la mujer. Guardaba el
hombre pocas consideraciones a su compañera; no le permitía ir al
templo, ni asistir a ningún acto religioso. Con harta frecuencia la
despreciaba y envilecía. Conducta semejante debió influir para que
la mujer se prostituyese, siendo considerable el número de rameras,
las cuales vendían sus gracias por diez almendras de cacao. Había
burdeles públicos y al lado de las rameras no faltaban los rufianes.
La poligamia se practicaba por los señores y por todos los ricos; la
monogamia existía para los pobres. La sodomía estaba tolerada por los
Gobiernos.

Respecto al carácter de los Gobiernos, unos pueblos estaban regidos
monárquicamente o por señores o caciques; otros democráticamente o por
consejos de ancianos. Los primeros eran hereditarios, y los segundos
electivos. Donde gobernaban señores, había Asambleas (_monexicos_),
que deliberaban sobre todos los asuntos árduos del país. Estos árduos
asuntos, lo mismo en las monarquías que en las repúblicas, fueron
las guerras. Preparaba y dirigía la guerra un general que gozaba de
extraordinarias facultades, imponiéndose a veces a los caciques, a los
monexicos y a los consejos de ancianos. Pero el poder de los caciques
era en todo tiempo absoluto, y más que absoluto, tirano.

Si de las bellas artes se trata, cabe suponer que la arquitectura no
careció de belleza. Algunas industrias, como el tejido de algodón y
la loza, estuvieron muy adelantadas. El comercio, tanto interior como
exterior, tuvo tanta o más importancia que la industria. En las plazas
tenían sus mercados, sirviéndoles el cacao de moneda.

Consideremos la religión entre los nicaraguatecas. Parece ser que
hacían derivar todos los seres de _Tamagastad_ y de _Cipattoval_, varón
el primero y hembra la segunda, que habitaban en el Cielo. A ellos se
les invocaba en caso de guerra y en ellos tenían los nicaraguatecas
toda su confianza. Habían otros muchos dioses: _Quiateot_ era el Dios
de la lluvia, y _Mixcoa_ el de los mercaderes. Tenían igualmente dioses
para el amor, para la caza y la pesca, etc. Creía el nicaraguateco
que el bueno en la tierra, a su muerte, subía al cielo, y el malo,
por el contrario, descendía a un lugar profundo; el primero era
recibido por los dioses Tamagastad y Cipattoval, el segundo por
el dios _Miqtanteot_. Entre los nicaraguatecas existía también la
confesión y el confesor era un viejo célibe; los pecados consistían
en haber hablado mal de los dioses o en haber quebrantado las fiestas
religiosas. La penitencia consistía en deponer en los altares de los
dioses ofrendas, barrer o llevar leña al templo y otras de la misma
clase. Para todos los dioses había templos y oratorios, y en honor de
ellos celebraban los nicaraguatecos alegres y brillantes fiestas, como
también ofrecían sacrificios humanos, cuya carne comían sacerdotes y
caciques. Acerca del diluvio tenían ideas determinadas. Creían que todo
ser viviente había perecido. Después vinieron a la tierra Tamagastad y
Cipattoval y crearon todos los animales: hombres, pájaros y reptiles.
Nada quedó de las primitivas razas. El castigo fué terrible; pero
merecido. La humanidad, viciosa, pecadora y corrompida, había incurrido
en la ira de los dioses.

Manifestaban singular atraso en algunas cosas. Apenas nacían sus
hijos, los padres deformaban la cabeza deprimiéndoles el hueso coronal
y abollándoles los parietales. La potestad de los padres sobre los
hijos era casi absoluta, pues, en caso de necesidad, hasta podían
venderlos como esclavos. Habremos de recordar el siguiente hecho: era
costumbre que la mujer durmiese la primera noche de su casamiento con
el sacerdote mayor. Por cierto, que con dicho sacerdote mayor confesaba
sus pecados, los cuales él sólo podía perdonarlos.

Del siguiente modo describe y diseña Oviedo la morada del cacique de
Tecoatega, a quien visitó en Enero de 1528. Así podremos conocer la
vida de aquel cacique y de aquel pueblo. Dice el laborioso escritor en
su _Historia General y Natural de las Indias_, que vivía el gran señor
de Tecoaga en una gran plaza cuadrilonga rodeada de frondosos árboles.
Allí tenía casa, donde moraban sus mujeres y sus hijos; pórtico, donde
él pasaba las horas más calurosas del día acompañado de sus fieles
capitanes; lugar destinado a la fabricación del pan y hasta cementerio
para su familia. Allí, como señal de su poder y bravura, tenía puestas
en altas cañas las cabezas de los ciervos muertos por su mano. El
cacique estaba recostado de día en una cama a tres pies del suelo, alta
la cabeza, casi desnudas o mal cubiertas las carnes por una manta de
blanco algodón; sus capitanes se hallaban también sobre esteras que
cubrían el pavimento. Si llamaba el señor, se levantaba uno o varios
de los capitanes y ejecutaban las órdenes de aquél recibidas. Do noche
dichos jefes velaban el sueño del cacique y guardaban la plaza.

Las casas eran grandes chozas terminadas en ángulo agudo, de cuyo
vértice bajaba el tejado hasta casi dar con los aleros en el suelo;
los pórticos consistían en tinglados sostenidos por troncos de árboles
y cubiertos con ramas, y las camas se componían de zarzos de gruesas
cañas, por colchón esteras y por almohada banquillos de madera. El
bambú, el bejuco, la madera y la paja, constituían los materiales de
esos edificios.

Vagas y de segunda mano son las noticias que tenemos de los pueblos
que hoy constituyen las Repúblicas de Panamá y de Costa Rica. Dice
Torquemada que no había idólatras en los citados pueblos. Adoraban a
un solo Dios o _Chicuhna_, que moraba en el cielo. Chicuhna significa
principio de todas las cosas. A dicho Dios dirigían sus plegarias y
hacían sus sacrificios. Los europeos, cuando llegaron al país, no
encontraron imágenes de Chicuhna ni de otros dioses. Herrera, por el
contrario, sostiene que en Panamá rendían culto a una divinidad que
llamaban _Tabira_, y cuya imagen estaba hecha de oro. Algunos, no
todos, creían en la vida futura, y por esta razón enterraban con el
cadáver todo aquello que había sido más de su agrado durante la vida.
Los habitantes de Panamá, añade Herrera, tenían mucho parecido a los de
las islas de Santo Domingo y Cuba. Distinguíanse, en particular, como
pintores y entalladores.

Por último, afirma Torquemada que del Darién a Nicaragua sólo existía
el gobierno monárquico, y al Rey heredaba el hermano, y a falta de
hermanos sucedían los sobrinos. Los sobrinos debían de ser, no por
línea de varón, sino de hembra.

Pasando ya a otro asunto, habremos de notar que desde Panamá hasta
México, incluyendo también las islas de Santo Domingo y Cuba, se
parecían los habitantes en usos y costumbres; también tenían cierto
parecido o semejanza sus instituciones políticas y administrativas.

Nada nuevo añadiremos al decir que las numerosas tribus que ocupaban
la mayor parte de las islas de Haití o Santo Domingo (Isla Española),
Cuba, Puerto Rico, Jamáica, las islas Lucayas y otras, diferían mucho
de los caribes, lo mismo física que moralmente. Si físicamente eran
de buena talla, de color más claro, de hermosas facciones, esbeltos
y bien formados, bajo el punto de vista moral se distinguían por su
dulzura, candidez y generosos sentimientos. Aunque se conoce poco de
la vida social de los habitantes de aquellas islas, se sabe que hasta
la veneración llevaban el respeto a sus caciques. Sobresalieron en
la industria agrícola, labraban la madera y trabajaban hábilmente el
barro. Hacían joyas de oro, estátuas, etc. Estaban muy atrasados en
las ciencias. Creían en la otra vida; adoraban el _Sol_, la _Luna_
y otros dioses. Se permitía la poligamia y el repudio. No eran más
humanos con los enfermos que los patagones y los tapuyas. Tenían tanto
miedo a los caribes, que, cuando se les hablaba de ellos, se ponían
trémulos. Colón se los atraía sólo con decirles que había ido allí
para librarlos de enemigos tan fieros. Los caribes, como los tupíes,
se hallaban interpolados con otros muchos pueblos[189]. Caribes y
tupíes debían tener casi las mismas cualidades. «Iban--escribe Pi y
Margall--sin temor de isla en isla, y de las islas a Tierra Firme.
Hacían tan aventuradas expediciones con el sólo fin de asaltar pueblos
y procurarse cautivas. Bravos, no temían la lucha en campo abierto;
pero la evitaban siempre que podían, cayendo de noche sobre las plazas
objeto de su codicia o su venganza, tomándolas sigilosamente las
salidas, atacándolas de rebato, incendiándolas y para mayor confusión
aturdiéndolas con espantosos alaridos. Como los demás bárbaros, no
dejaban con vida sino a los niños y las mujeres; mataban y aun comían
a los adultos, y eran el terror de las gentes. Aterradas tenían a
todas las naciones de la cuenca del Orinoco, si se exceptúa la de los
cabres, aterradas las costas, aterradas las Antillas, y verdaderamente
aterrados tuvieron después a los mismos europeos»[190]. Untaban sus
flechas con veneno. Desde Pedro Mártir de Anglería, hasta el último de
los cronistas que, como testigos presenciales, escribieron, ora de las
Antillas, ora de Tierra Firme, los presentan comiéndose a sus enemigos
en repugnantes banquetes.

       [189] Recuérdese lo que se dijo de los tupíes y caribes en el
       capítulo IV.

       [190] _Historia general de América_, tomo y volumen I, págs.
       695 y 696.

Pondremos remate a nuestras consideraciones y por lo que a Cuba se
refiere, considerando que en estos últimos años (1909-1910). D.
Federico Rasco, coronel de la Guardia Rural, ha encontrado objetos
precolombinos en una cueva en Jauco, término de Bayamo (provincia
de Oriente), que tienen verdadero valor histórico. Consisten dichos
objetos en un dujo o asiento indio, de madera y de una sola pieza, con
dibujos en tallado, dos ídolos de piedra, tres hachas de piedra dorita
pulimentadas, varias figuras o mascarillas de arcilla endurecidas al
sol y que formaban parte de las vasijas de los indios, etc. Además,
se hallaron dos cráneos, uno de un hombre y otro de una mujer, y por
ciertas señales debieron ser de caribes. Indícanos el estudio de los
objetos citados que la civilización de los primeros habitantes de Cuba
no fué nula, pero inferior, bastante inferior a la del Yucatán, México
y América Central.



CAPÍTULO VII

  AMÉRICA SEPTENTRIONAL.--OBSCURIDAD DE LA HISTORIA DE MÉXICO EN
  SUS PRIMEROS TIEMPOS.--LOS QUINAMETZIN.--LOS QUINAMÉS.--LOS
  NAHUAS, XICALANCAS Y OLMECAS: SU ORIGEN.--LOS CHICHIMECAS Y
  FUNDACIÓN DE SU IMPERIO.--LOS TOLTECAS: SU PEREGRINACIÓN; SU
  ASIENTO EN TULA.--TRIBUS MENOS IMPORTANTES.--RELACIONES ENTRE
  CHICHIMECAS Y TOLTECAS.--MONARQUÍA TOLTECA EN TULA.--LAS TRES
  MONARQUÍAS: SUS REYES.--QUETZALCOATL: SU DOCTRINA.--TETACATLIPOCA
  Y NAUHYOT.--XIUHTLATLZIN.--MATLACCOATL Y TLILCOATZIN.--HUEMAC
  Y TOPILTZIN.--LOS CHICHIMECAS SE APODERAN DE TULA.--REYES
  TOLTECAS DE TULA.--CULTURA DE LOS TOLTECAS.--LOS CHICHIMECAS: SU
  SITUACIÓN: SU VIDA.--GOBIERNO DE XOLOTT.--EL FEUDALISMO.--GUERRAS
  DE XOLOTT.--TRIBUS QUE INVADEN EL IMPERIO.--NOPALTZIN Y
  HUETZIN.--EL REINO DE TEZCUCO.--LOS AZTECAS: SU PROCEDENCIA.--LAS
  CASAS GRANDES DE GILA.--LOS AZTECAS ANTES DE ESTABLECERSE EN
  MÉXICO Y EN TLATELOLCO.--QUINANTZIN Y TECHOTLALAZIM.--LAS
  75 PROVINCIAS.--IXTLILXOCHITL: GUERRA CIVIL.--RIVALIDAD
  ENTRE TEZCUCO Y MÉXICO.--NETZAHUALCOYOTL.--LOS REINOS
  CONFEDERADOS.--GUERRA CIVIL.--LOS ESPAÑOLES EN TABASCO.--MOCTEZUMA
  II: SU GRANDEZA.--LA RELIGIÓN Y LA GUERRA.--EL JEFE DE CLAN, EL
  CALPULLI Y EL TLACALECUHLI.--LAS FRATIAS Y LA TRIBU.--CONSEJO
  TRIBAL.--LA INDUSTRIA.--EL CALENDARIO.--OBRAS PÚBLICAS.--LA
  ESCRITURA.--CREENCIAS RELIGIOSAS.


Consideremos el comienzo de la historia de México. El punto es obscuro
y nada puede asegurarse con certeza. Según recientes estudios, apareció
el hombre en el suelo mejicano al principio de la época cuaternaria.
Dícese del mismo modo que el habitante más antiguo pertenecía a la
raza negra. Dejando la cuestión de si era o no autóctono, sabemos
tradicionalmente que las primeras gentes fueron los _quinametzin_,
hombres de elevada estatura, establecidos en las orillas del Atoyac,
río que corre entre Cholula y Puebla; descendían, como todos los
invasores de América--y así lo dice Veytia--de siete familias que
vinieron de Tartaria. ¿Los quinametzin y quinamés son el mismo pueblo?

La raza que contribuyó más que ninguna a la civilización de la América
del Norte fué la de los nahuas[191]. Estos nahuas, ya xicalancas, ya
olmecas, si estuvieron primeramente subyugados por los quinamés, luego
convidaron a sus señores a un banquete, y después de embriagarles, los
mataron. Dueños del país, lo poseyeron pacíficamente. Acerca de la
procedencia de olmecas y xicalancas, se cree que bajaron del Oriente
en canoas y llegaron primero al río Pánuco, desembarcando después en
las costas y ocupando toda la península del Yucatán con la fracción de
Chiapas y Tabasco.

       [191] Los nahuas y los mayas, ¿son razas diferentes? Sostienen
       algunos autores que tuvieron el mismo origen y vivieron unidas
       mucho tiempo. Puede, sí, asegurarse que los unen grandes
       semejanzas y los separan notables diferencias.

Decían los mejicanos del tiempo de la conquista que el mundo había
pasado por cuatro edades: en la segunda ponían a los quinamés, y en
la tercera a los xicalancas y olmecas. En la cuarta hacían venir del
Occidente a los _chichimecas_, conjunto de tribus pertenecientes
al mismo tronco que los xicalancas y olmecas, aunque de diferente
carácter. Estos nahuas acamparon en la parte más septentrional de
México, en las riberas del Gila o del río Colorado. Afirmase que
echaron los cimientos de la ciudad de Huehuetlapallan, y la hicieron
capital de su imperio. Andaban casi desnudos o cubiertos con pieles de
fieras, se alimentaban de la caza y de frutas silvestres, vivían en
cuevas naturales o abiertas en los montes. Aunque tenían su monarca y
organización, dichas tribus gozaban de cierta autonomía y obedecían
a su cacique. Los chichimecas eran monógamos. No se casaban sin el
consentimiento de los padres de la novia; luego, por ligeros motivos,
repudiaban a sus mujeres y contraían otras nupcias. Trataban, sin
embargo, muy bien lo mismo a sus mujeres que a sus hijos. No consentían
los enlaces entre padres é hijos, ni entre hermanos y hermanas; pero sí
entre cercanos deudos.

Entre las tribus chichimecas había una que tenía mayor cultura y
costumbres más suaves, algunos conocimientos de astrología, de
artes y de agricultura. Era la de los _toltecas_, la cual pronto se
declaró independiente de los emperadores de Huehuetlapallan e hizo de
Tlachicatzin la capital de su república. Se ignora el tiempo que los
toltecas permanecieron en Tlachicatzin, como también si gozaron de
completa independencia. Parece probado que andando el tiempo pelearon
con las demás tribus, siendo vencidos y arrojados de su patria.
Emprendieron a últimos del siglo VI de Jesucristo, larga peregrinación
que duró cien años, llevando consigo, según cuentan muchos
historiadores, sus mujeres e hijos, siete capitanes por jefes, un
sacerdote por guía y consejero. Andaban unos días y descansaban otros.
Hacían largas estaciones, dejando en ellas cuando marchaban cierto
número de familias. No se dirigían a punto fijo; unas veces iban por
la costa del mar y otras veces se separaban de ella, ora se dirigían
a Levante y ora a Poniente, ya avanzaban y ya retrocedían[192]. Hacia
el año 697--según cálculos de Veytia--debieron llegar los toltecas
a Tulcantzingo (hoy Tulanzingo), recordando entonces que hacía dos
ciclos, esto es, ciento cuatro años, que habían salido de su país. No
agradándoles su nueva patria, a los diez y seis años, el 713, volvieron
a ponerse en camino con dirección a Occidente. Convidados por la
dulzura del clima y la fertilidad de la tierra, acamparon cerca del
pueblo de Xocotitlan, en las riberas de humilde río, donde fundaron
la ciudad de Tullan (hoy Tula). Decididos a no mudar de asiento,
edificaron sus casas de lodo y piedra, y desde Tula se derramaron por
el valle de México, tal vez teniendo que luchar con varias tribus que
aún quedaban en aquella tierra.

       [192] Veytia, _Historia Antigua de México_, caps. XXI y XXII.

¿Se hallaban entre estas tribus los _tarascos_ y _otomíes_, los
_totonecas_, _zapotecas_ y _mixtecas_? De los tarascos de Michoacán
diremos que eran pueblos sedentarios, cuyas casas hacían de piedra y
barro, distinguiéndose en la fabricación de sus objetos de orfebrería,
en sus trabajos de pluma y en sus excelentes armaduras, rodelas, etc.
La lengua de los tarascos tenía cierta armonía, y en ella abundaban las
vocales. Manifestaban cierta obscuridad en sus ritos y ceremonias.

Los otomíes, vecinos de los anteriores, no se distinguían por su
cultura. Cultivaban sus feraces tierras y eran aficionados a la música
y al canto. Apenas había mujeres célibes, pues los padres o los tutores
les buscaban con empeño maridos. Cuando la mujer otomí se hallaba en
cinta se cargaba de amuletos y talismanes; procuraba no encontrarse
con seres o cosas maléficas, como la vista de perros negros. Si el que
nacía era varón, se le colocaba en la frente una pluma, en los hombros
un arco y una aljaba, y en el pecho una herramienta cualquiera; si era
hembra, en la mano derecha un uso, en la izquierda una poca lana y en
el corazón una flor.

Los otomíes, como todas las tribus del Norte, usaban el pulque, la
más estimada bebida alcohólica; el maíz era cultivado generalmente y
formaban con él sabrosas tortas. Debemos hacer notar que los otomíes
eran uno de los pocos pueblos que veían en la muerte la completa
aniquilación del hombre. Volveremos a recordar en este lugar que si las
tribus del Mediodía manifestaban sentimientos religiosos, en cambio,
las del Norte estimaban poco o apenas hacían caso de las relaciones
entre el hombre y Dios.

Los totonecas de Veracruz, tributarios también de los aztecas, aunque
más cultos, debieron ser los constructores de las pirámides y templos
de Teotihuacán. Los antiguos cronistas, al ocuparse de _Cempoalla_, la
principal población de los totonecas, dicen--tal vez con exageración
manifiesta--que parecía un paraíso terrenal.

No tenían menos cultura los zapotecas de Oaxaca y sus vecinos los
mixtecas de la costa del Pacífico. Afirmaban los zapotecas que las
ruinas de Mitla, llamadas en su lengua _Ryo-Ba_ o entrada a la tumba,
con sus soberbios palacios de grandes salones, fueron sepulcro de
sus antepasados. La lengua zapoteca se llamó en el país _tichaza_
(lengua de los nobles). Entre los zapotecas existía la monogamia. Con
frecuencia se unían mancebos de catorce años con doncellas de doce.
Dominaban los hombres a las mujeres; pero no por la fuerza, sino por el
cariño y la dulzura. Si gustaban de los placeres carnales, no llevaban
sus relaciones amorosas hasta la lujuria.

De los mixtecas se dice que perpetuaron en jeroglíficos la memoria de
sus mitológicas leyendas. Cuéntase de ellos que tenían en cada pueblo
personas anualmente elegidas para que todos los días señalasen trabajo
a sus convecinos. Al amanecer, las citadas personas, desde lo alto de
sus casas, llamaban a los convecinos y les señalaban tarea. Aquellos
que no cumplían el encargo, porque perezosos no realizaron la obra o
la hicieron mal, sufrían severo castigo. Tales hechos hacen pensar con
algún fundamento si los mixtecas se hallaban regidos bajo principios
comunistas.

Dejando ya el estudio de las últimas tribus, cuya importancia es
escasa, recordaremos que durante la peregrinación de los de Tula, los
chichimecas invadieron el Anahuac[193], que tomaron por la fuerza.

       [193] Unos autores entienden que el antiguo Anahuac comprendía
       toda la tierra que se halla entre los dos Océanos, y otros
       dicen que sólo abrazaba lo que denominamos hoy Nueva España.
       Nosotros entendemos por Anahuac el territorio ocupado al
       presente por los Estados de Querétaro, México, Veracruz,
       Tlaxcala y Puebla.

Los toltecas, residentes en Tula, deseosos de reconciliarse con los
chichimecas, abandonaron el gobierno de los siete capitanes, que
los mandaban alternativamente, eligieron un Rey y establecieron
la monarquía hereditaria. El primer Rey--según Veytia--era
hijo de Icauhtzin, emperador de los chichimecas, y se llamaba
Chalchiuthlanetzin. Las leyes de sucesión disponían que ninguno pudiera
ser Rey más de un ciclo; el que viviera más, entregaría la corona
a su heredero, y el que muriese antes se encargarían de ella los
ancianos. La monarquía había gozado gran ventura, engrandeciéndose por
la influencia de la civilización más que por las armas. Brasseur de
Bourbourg, apoyándose en nuevos códices, sostiene que Nauhyotzin fué el
primer Rey de los toltecas y que no hubo las citadas leyes de sucesión;
añade que pasó toda su vida en lucha con las tribus extranjeras o
indígenas establecidas en aquel suelo.

Por entonces se fundaron tres monarquías: una en Colhuacan, cuyo primer
Rey fué Nauhyotzin; otra en Guauhtitlan, dirigida por Chicon-Tonatiuh;
y la tercera en Tula, de la cual Mixcohuatl Mazatzin fué a la vez Rey
y Pontífice. Prestábanse apoyo las tres monarquías y los tres Reyes en
sus respectivos Estados emplearon sus armas, en el interior, contra
la aristocracia que se negaba a reconocerlos, y en el exterior contra
las tribus que venían del Norte. Los caudillos más bravos fueron
considerados luego como dioses, lo cual indicaba que todavía se hallaba
América en los tiempos heróicos y no en los históricos.

A tal punto llegó la unión de las tres monarquías, que a la muerte de
Nauhyotzin en Colhuacan le sucedió Mixcohuatl Camaxtli, hijo del Rey de
Tula, y al morir Mixcohuatl Mazatzin en Tula, ocupó el trono Huetzin,
cuyo origen se desconoce. Según el _Códice Chimalpopoca_, la monarquía
menos venturosa fué la de Quanhtitlan, cuyo segundo Rey, llamado
Xiuhel, acabó sus días de muerte airada: tal vez hubiera perecido
este reino, si no se hubiese nombrado Rey a Huactli, joven de valor
y simpático. En su apoyo llegaron de Chapala número considerable de
chichimecas.

El Rey de Colhuacan, Mixcohuatl Camaxtli, tomó a Cuitlahuac, ciudad
donde se estrelló su padre, y se dirigió al Mediodía de Popocatepetl y
al territorio de Tlaxcala y Huexotzingo, ciudades que él fundó, según
algunos escritores. Los nobles, enemigos de la monarquía, mataron a
Camaxtli, teniendo que bajar Huetzin desde Tula, el cual impidió la
disolución del reino. Ocurrió entonces un suceso que no acertamos a
explicar, y fué que Huetzin pasó a ser Rey de Colhuacan, quedando como
monarca de Tula un tal Ihuitimal.

Por aquellos tiempos, esto es, en el año 856, se confederaron
los monarcas de Tula, de Colhuacan y de Otompan, reino el último
cuya situación se desconoce, y que tal vez--como opina algún
historiador--sus dominios constituyeron después el de Tezcuco. Dícese
que Reyes y ancianos de las tres monarquías, reunidos en asamblea,
acordaron dar al soberano de Colhuacan el título de _Tiatocat-Achcauh_,
que quiere decir Emperador o el primero de los Reyes. Cada Rey
continuaría siendo, lo mismo en lo religioso que en lo civil, la
autoridad suprema de su Estado. Las leyes de sucesión habían de ser
iguales en los tres pueblos: el primer sucesor sería el primogénito,
el segundo el segundogénito, el tercero el hijo del primogénito y el
cuarto el hijo del segundogénito, y así sucesivamente. El heredero
de la corona, cuando llegaba a la mayor edad, ejercía el cargo de
generalísimo; pero, si lo desempeñaba mal, no podía subir al trono. En
los intereses comunes a los tres Estados, deliberaban los tres Reyes,
resolviéndose todos los asuntos por mayoría.

A la sazón--y seguimos al pie de la letra el Códice
Chimalpopoca--apareció un hombre extraordinario: llamábase Quetzalcoatl
o Quetzalcohuatl. Debió pertenecer a la tribu tolteca, si bien algunos
escritores le consideran olmeca o xicalanca. Ven en él, unos, al
mismo apóstol Santo Tomás, que apareció en América (siglo primero
de la Iglesia); otros dicen que era Dios; quién le hace Santo,
Pontífice o Rey; quién hechicero o un hombre cualquiera. Convienen
casi todos en que era un ser superior, digno de eterna fama en la
historia del Nuevo Mundo. «Quetzalcoatl, se dice unánimemente, les
enseñó a mejorar el cultivo de la tierra, fundir el oro y la plata,
tallar las piedras preciosas, tejer el algodón y la pluma, curtir y
adobar las pieles, construir puentes y calzadas, y levantar los más
suntuosos monumentos; los exhortó a moderar las pasiones, domar la
carne por el ayuno, purificarse por la penitencia y hacerse propicia
la divinidad por la oración y el sacrificio de la propia sangre; los
apartó de inmolar a Dios víctimas humanas, y los inclinó a no darle
en ofrenda sino perfumes, flores, frutos, pan de maíz, mariposas, y,
cuando más, serpientes y gamos; les ablandó, por fin, el corazón y
les suavizó las costumbres»[194]. Es de advertir que en la mitología
tolteca había un Quetzalcoatl, dios de los vientos; también se llamaba
Quetzalcoatl el sacerdote de aquella divinidad. ¿Contribuiría esto a
las contradicciones de los cronistas?

       [194] Pi y Margall, _Hist. gral. de América_, tom. y vol. I,
       pág. 27.

Cuentan algunos historiadores que había en Tula una virgen llamada
Chimalman, que tenía dos hermanos de nombre Tzochitlique y Conatlique.
Hallándose los tres solos en su casa, se les apareció de repente un
enviado del Cielo. Tzochitlique y Conatlique, murieron de terror,
oyendo entonces Chimalman de boca del ángel, que concibiría un hijo sin
obra de varón. Aquel hijo fué Quetzalcoatl.

De diferente manera refiere el caso el _Códice Chimalpopoca_. Según
él, Chimalman fué una princesa que defendió valerosamente sus Estados
contra Mixcohuatl Camaxtli, Rey de Colhuacan, el mismo que murió
en Cuitlahuac a manos de los nobles. Vencida Chimalman, casó con
el vencedor, y tuvo a Quetzalcoatl. De muy joven, añade el Códice,
acompañó Quetzalcoatl a su padre en todas las expediciones belicosas.
Cuando Quetzalcoatl supo que el autor de sus días había sido asesinado,
reunió a sus parciales, se dirigió a Cuitlahuac y la tomó, llevando a
cabo terrible venganza. Desapareció luego, ignorándose donde estuvo.
A los quince años, el 870, apareció en Pánuco, rodeado de brillante
pléyade de sabios y artistas. El vengativo guerrero se había convertido
en profeta. Aquel hombre, de negros y largos cabellos, blanco rostro
y buenas facciones, de espesa barba y gallarda estatura, vestido con
una túnica y calzando sandalias, se atrajo y cautivó a las gentes.
Ganoso de extender la civilización por el país, comenzó su apostolado
en Tulanzingo. Pasó a Teotihuacan, de cuya ciudad salió irritadísimo
porque allí se levantaban los templos del Sol y la Luna, y allí se
inmolaban cautivos y criminales en el altar de los dioses. Recomendaba
que cada uno vertiera su sangre punzándose con espinas el cuerpo,
y él mismo se lo picaba con agujas de esmeralda después de haberse
bañado a media noche en las fuentes de Atecpan Amocheo. A la muerte
de Ihuitimal, fué proclamado Rey. Lo primero que hizo fué abolir los
cruentos ritos de los chichimecas y ordenar que se purificasen los
templos, medidas que le atrajeron el odio de los sacerdotes. Arreció
la enemiga contra él cuando introdujo las siguientes reformas: el
bautismo, el ayuno, la confesión, la castidad para los Ministros
de Dios, y la fundación de colegios sacerdotales sujetos a severa
disciplina. En cambio, se ganó el corazón de la muchedumbre por la
santidad de sus actos, el esplendor del culto, el fausto de la corte,
la grandeza de los monumentos que hizo levantar en Tula, la protección
que dispensó a la industria y a las artes, los caminos con que enlazó
los tres reinos. Como tuviese noticia que secretamente se inmolaban
cautivos en aras de los dioses, castigó sin piedad a los que tales
cosas hacían. Tetzcatlipoca, individuo de una familia que se creía con
derechos a la corona, al frente de algunos partidarios de la antigua
religión, y con la ayuda de los reyes de Colhuacan y de Otompan,
encendió la guerra contra Quetzalcoatl, quien, no queriendo derramar
sangre, abandonó el trono y partió de la ciudad, seguido de muchos de
los suyos. Dejaba el trono el 895. Hacía veinticinco años que llegó a
Pánuco y veintidós que era Rey.

Veamos cómo dicen los historiadores que Quetzalcoatl hizo el viaje a
Cholula. Delante van los músicos tañendo la flauta, al lado pajes que
le cubren la cabeza con el parasol de plumas, detrás los ciudadanos
más distinguidos y por los aires pájaros de brillantes colores que
abandonan la población rebelde. Si vuelve los ojos y llora al ver a
Tula, sus lágrimas horadan los peñascos; si pone las manos en una roca,
en ella se señalan las huellas; si tira una piedra a un árbol, las
señales duran siglos; si se sienta en la loma de una sierra, el monte
se hunde. Escondió en el lecho de un río las joyas que no ocultó antes
de salir de Tula, y a instancias de sus antiguos vasallos, dejó en el
reino los maestros de las artes y las herramientas[195].

       [195] Véase Sahagún. lib. III, caps. XII, XIII y XIV.
       Torquemada, lib. VI, cap. XIV.

Inmensa alegría causó su presencia en Cholula, donde continuó la obra
que había realizado en Tula. Enseñó a los hombres la moral y las artes;
extendió la civilización y cultura a toda la comarca. Convirtió a
Cholula en hermosa ciudad, pues antes sólo era pobre villa. Se atrajo
a los olmecas, que se hallaban situados al Este y Sur de Popocatepetl,
formando con ellos un segundo reino. Fundó ciudades, levantó templos,
abrió caminos, estableció colegios de sacerdotes y comunidades
religiosas de mujeres.

Tetzcatlipoca, bajo el nombre de Huemac, logró ceñir la corona de Tula,
y luego, temiendo el ascendiente del reino de Cholula, al frente de
poderoso ejército, cayó sobre los dominios de Quetzalcoatl, quien,
como en Tula, se negó a pelear, aunque sus súbditos le manifestaron
su decisión de combatir hasta derramar la última gota de su sangre.
No lo consintió Quetzalcoatl, y, después de darles algunos sanos
consejos y esperanzas, abandonó la ciudad, acompañado sólo de cuatro
distinguidos jóvenes, emprendiendo su tercera retirada. Cuando llegó a
la embocadura del Guazacoalco, despidió a sus compañeros, anunciándoles
que en los futuros tiempos vendrían a dominar el país unos hombres de
Oriente, como él blancos y de espesas barbas. Dirigióse en seguida por
las aguas del río, ignorándose el camino que tomó, ni dónde acabó sus
días. Por mucho tiempo recordaron aquellas tribus el nombre inmortal de
Quetzalcoatl.

Posteriormente el tirano Tetzcatlipoca, fué castigado como merecía.
Creíase invencible, cuando Nauyotl, por cuyas venas corría sangre
de los chichimecas, se sublevó en Tula, derrotó completamente a
Tetzcatlipoca y se apoderó del reino. El nuevo monarca, si permaneció
fiel a las antiguas creencias, no persiguió el nuevo culto. Tula fué
el centro de la religión tradicional y Cholula la ciudad santa de las
doctrinas de Quetzalcoatl. Nauyotl hizo construir en Tula magnífico
y soberbio templo. Aunque continuaron los sacrificios humanos y el
horrible culto de Tlaloc, no decayó el cultivo de las ciencias, de las
artes y de la industria. Si Tula había sido en tiempo de Quetzalcoatl y
aun durante el reinado de Tetzcatlipoca la capital del Imperio, Nauhyot
hizo a Coluhacan la verdadera metrópoli. Perdió Tula la superioridad
política, ganando en cambio la cultura científica, pues en ella se
crearon escuelas, y ella fué la morada de sabios y de artistas. Muerto
Nauhyot, en 945, su mujer Xiuhtlatlzin, querida de los súbditos, ciñó,
contra las leyes de sucesión del reino, la corona de Tula. A los
cuatro años murió reina tan excelente, dejando por heredero a su hijo
Matlaccoatl, de quien nada sabemos. Tampoco tenemos noticia alguna de
Tlilcoatzin, que comenzó su reinado el 973.

Al llegar al año 994 se ve que Huemac Atecpanecatl, de la familia
de los reyes de Colhuacan, fué elegido rey de Tula[196]. Enamorado
de una mujer bellísima, la cual hubo de conocer porque se presentó
ofreciéndole miel o vino de maguey, tuvo de ella un hijo; y cuando
falleció su esposa, elevó al trono a la adúltera y designó por sucesor
a Topiltzin Acxitl, fruto de su adulterio. La nobleza y el pueblo
tomaron muy a mal lo hecho por Huemac Atecpanecatl. Venían a hacer más
difícil la situación del Rey las amenazas de los chichimecas, bárbaros
del Norte. Hallábanse en las fronteras del Anahuac, decididos a caer
sobre el reino de Tula.

       [196] Veytia designa a este Rey con el nombre de
       Tecpancaltzin. _Hist. antigua de México_, capítulo XXIX.

Viéndose perdido Huemac, no encontró otro medio para salir de su
apuro que abdicar en favor de su hijo Topiltzin Acxitl. Comenzó
bien Topiltzin; luego se entregó a las liviandades más repugnantes,
siguiéndole en su conducta depravada sacerdotes y sacerdotisas.
Cuéntase que Hueman, sacerdote que dirigió a los toltecas en larga
peregrinación, profetizó que perecería el reino cuando ocupase el
trono un hombre de cabello erguido, y naciesen conejos con cuernos y
colibríes con espolones. Creyó Topiltzin reconocer estos prodigios en
un conejo y en un colibrí que había cazado en sus jardines, cambiando
entonces, lleno de terror, de costumbres y ordenando sacrificios a
los dioses. Sin embargo, los dioses, irritados contra el monarca y su
pueblo, hicieron que las aguas inundasen el país y lo devastaran, que
los huracanes derribaran edificios y árboles; sucediéronse grandes
sequías, secándose las fuentes y arroyos; luego sofocante calor; en
seguida horrorosos fríos que helaban hasta los magueyes; después plaga
de gusanos que roían las plantas en los campos, y de gorgojos que
comían el trigo en los graneros; últimamente, un hambre que diezmaba
las poblaciones. Como consecuencia del hambre, por todas partes había
cuadrillas de ladrones e incendiarios. Tal estado de cosas, llegó hasta
los mismos tiempos de Hernán Cortés[197].

       [197] Esta hambre--según Kinsborough--puso fin entre los
       mejicanos a la cuarta edad del mundo. _Antiquities of Mexico_,
       vol. VI, pág. 175.

No estalló la guerra entre Topiltzin y los príncipes rebeldes del
Norte; pero aquél no pudo resistir la acometida de los chichimecas,
los cuales se extendieron por los valles de México. Es de advertir que
los reyes de Colhuacan y de Otompan no ayudaron en esta ocasión al
de Tula. Los chichimecas saquearon a Otompan y Tezcuco, como también
a Colhuacan. En la corte de Tula se prepararon a la lucha hasta los
ancianos padres de Topiltzin y hasta las mujeres acaudilladas por la
Reina madre. La victoria fué de los chichimecas; la madre de Topiltzin
murió en un combate y Tula cayó en poder de Huehuetzin, uno de los
jefes de las tribus victoriosas. Cuando Huemac, padre de Topiltzin,
perdió toda esperanza, se encerró en una gruta y se colgó. Así terminó
el imperio de los toltecas, que se extendía de mar a mar, entre los
grados 16 y 21 de latitud Norte. Brasseur dice que concluyó del 1060 al
1070; Veytia, el 1116, y Ixtlilxochitl, el 958.

Los Reyes de Tula, según Brasseur, fueron:

   1. Mixcohuatl-Mazatzin, Rey en 752.
   2. Huetzin, en 817.
   3. Ihuitimal, en 845.
   4. Quetzalcoatl, en 873.
   5. Tetzcatlipoca-Huemac, en 895.
   6. Nauhyotl, en 930.
   7. Hiuhtlaltzin, en 945.
   8. Matlalccoatl, en 949.
   9. Tlilcoatzin, en 973.
  10. Huemac II, en 994.
  11. Topiltzin Acxitl, en 1029.
  12. Huemac III, en 1062.

Según Veytia:

  1. Chalchiuhtlanetzin, Rey en 719.
  2. Ixtlilcucchanac, en 771.
  3. Huetzin, en 823.
  4. Totepeuh, en 875.
  5. Naxacoc, en 927.
  6. Mitl-Nauhyotl, en 979.
  7. Xiuhtlatzin, Reina, en 1035.
  8. Tecpancaltzin, en 1039.
  9. Topiltzin, en 1091.

Según Ixtlilxochitl:

  1. Chalchiuhtlanetzin subió al trono en 510.
  2. Ixtliquechanac, en 572.
  3. Huetzin, en 613.
  4. Topeuh, en 664.
  5. Xiuquentzin, Reina, en 826.
  6. Iztacquanhtzin, en 830.
  7. Topiltzin, en 882.

Los Reyes de Colhuacan, según Brasseur, fueron:

  1. Nauhyotl, Rey en 717.
  2. Nonohualcatl, en 767.
  3. Yohuallatonac, en 815.
  4. Quetzalacxoyatl, en 904.
  5. Chalchin-Tlatonac, en 953.
  6. Totepeuh, en 985.
  7. Nauhyotl, en 1026.

Físicamente considerados, los toltecas eran de alta estatura, de bellas
formas, más blancos y de barba más espesa que los demás chichimecas.
Llevaban sombreros de paja o de hojas de palmera, se cubrían con
mantas y se calzaban con sandalias. Para ir a la guerra se ponían en
la cabeza vistosos penachos, se colocaban una banda de plumas, se
pintaban el cuerpo y se adornaban con sus mejores joyas. Los soldados,
en general, iban desnudos; sólo usaban el maxtle, para ocultar lo que
el pudor exige. La única arma de defensa que tenían era el escudo. Unos
empleaban el arco y llevaban las flechas en la aljaba; otros la honda y
guardaban las piedras en bolsas colgadas del cinto; estos blandían la
javalina o la maza con puntas de pedernal. Los jefes usaban el casco de
oro o de cobre y la cota de algodón. Los toltecas eran ágiles y aptos
para el trabajo. Beneficiaron las minas, construyeron varios monumentos
y eran inteligentes en varias industrias. Labraban el oro, la plata, el
cobre y el ámbar. Hacían toda clase de alhajas. Trabajaban con mucha
destreza y habilidad el barro. Por lo que a la cultura intelectual
respecta, conocían los jeroglíficos y mediante ellos transmitían a
sus sucesores los hechos más importantes. Poseían en dicha clase de
escritura el _Teo-Amoxtli_, compuesto, según se cree, por el sacerdote
Huemar en los primeros años del reino de Tula, y era como una síntesis
de las ciencias, instituciones y vida nacional del pueblo tolteca.
Cuando los españoles se apoderaron del país, ya no existía el citado
libro. También perpetuaban los hechos en unos poemas, que en sus
grandes festividades cantaban al son de la música. Cultivaban la
Medicina y la Astrología con algún aprovechamiento. Eran morales y
tenían establecida la monogamia. Rendían ferviente culto a sus dioses.
Las cuestiones religiosas y las luchas interiores, contribuyeron a la
decadencia y ruina de los toltecas.

Los chichimecas suceden a los toltecas. Hallábanse aquellos
establecidos en las márgenes del Gila y bajaban por el mediodía hasta
las fronteras del reino de Tula. Estaban gobernados por consejos de
ancianos y por sacerdotes que les recordaban sus deberes. Vivían en
casas de mampostería, que tenían hasta cuatro pisos. Hilaban y tejían,
adobaban las pieles, eran hábiles alfareros, cultivaban la tierra y
recogían mucha cantidad de maíz. Hombres y mujeres iban vestidos; sólo
las solteras no podían cubrirse ni aun en los más rigurosos fríos.
La mujer, dedicada en absoluto a los negocios domésticos, era muy
considerada del marido. Los hombres se distinguían por su laboriosidad.
Miraban la Cruz como un símbolo de paz. Las tribus chichimecas bajaron
al Anahuac, empujándose las unas a las otras, como sucedió en el siglo
V en Europa con los bárbaros del Norte. Debieron venir los chichimecas
huyendo de los _teyas_, _querechos_, _apaches_ y otros.

La caza era la ocupación principal de los chichimecas. Siempre llevaban
un arco y un carcaj. Comían y se vestían con lo que cazaban; en efectos
de caza pagaban sus tributos, y la res o pieza que primeramente cogían
la sacrificaban al Sol. Además de la caza, se alimentaban con los
frutos de la tierra. Poseían conocimientos de medicina, y no ignoraban
las virtudes curativas de muchas hierbas; pero si los remedios eran
ineficaces, lo mismo a los enfermos graves que a los viejos los mataban
introduciendo una flecha por la garganta. Hombres y mujeres iban
vestidos de pieles; sólo el Emperador podía usar la piel del león.
El hombre y la mujer casados se guardaban fidelidad hasta la muerte.
Juntos iban a las fiestas y a la guerra. Juntos pasaban toda la vida.
Creían en un Dios creador del universo. Sólo rendían culto al _Sol_ y a
la _Luna_.

En política vivían bajo el inmediato poder de sus nobles, si bien
reconociendo en el Emperador la autoridad suprema. Xolotl, hermano del
emperador Achcauhtzin, conquistó el Anahuac; luego fundó a Tanayocan
(Tenayuca) en la margen occidental del lago de México, siendo desde
entonces residencia de la corte. Todo lo que constituyó el imperio
tolteca, pasó a formar parte del chichimeca. El gobierno de Xolotl fué
justo; dispuso que se dejase a los toltecas en posesión de sus ciudades
y villas, siempre que le reconociesen como señor y le pagasen tributo.
Llegó hasta permitirles que se gobernaran por sus antiguas leyes y
costumbres.

El engrandecimiento de los toltecas llegó a inspirar recelos a los
chichimecas. Nauhyotl se declaró rey de Colhuacan, se negó a pagar el
feudo a Xolotl, y se dispuso a la guerra. Vencido y muerto Nauhyotl
en una batalla que se dió en las orillas de los lagos, habría podido
Xolotl acabar con el nuevo reino. Lejos de ello, continuó su política
de atracción, hasta el punto que, vacante el trono de Colhuacan--pues
sólo tres hijas del último Rey eran las herederas--el citado Xolotl
casó a su hijo Nopaltzin con una de ellas.

A la sazón, de las opuestas playas del golfo de California vinieron
otras tribus, muy parecidas a los toltecas por el idioma y la cultura.
Adoraban a un dios que llamaban Cocopitl, y tenían conocimientos
de la agricultura y de otras industrias. Capitaneaba Tzortecomatl
a los _aculhuas_, Chiconquauhtli a los _otomíes_ y Aculhua a los
_tecpanecas_. Bien acogidos por Xolotl, se establecieron los primeros
en Coatlichan, los segundos en Xalcotan y los terceros en Azcapotzalco.
Mediante matrimonios de Tzortecomatl con una hija del tolteca
Chalchinhlatonac, cacique de la provincia de Chalco, y de los otros dos
jefes con dos hijas de Xolotl, se aseguraron las relaciones entre las
nuevas y antiguas tribus. Xolotl repartió tierras a los maridos de sus
hijas y luego a sus nietos; también a seis capitanes que habían venido
del Norte. Los nuevos jefes tenían la obligación de acudir con sus
soldados a defender al Emperador en tiempo de guerra, y a pagar ciertos
tributos para el sostenimiento del imperio. Feudal fué la constitución
de aquella vasta monarquía, pues de ninguna otra manera hubieran podido
vivir juntas tantas y tan extrañas gentes. Xolotl y sus chichimecas
se penetraron de las ideas de los toltecas y de los aculhuas, antes
sus enemigos, y levantaron un templo al _Sol_; conocieron la pintura
jeroglífica e hicieron palacios y jardines.

Sin embargo, no son para olvidadas ciertas desavenencias y guerras
entre las nuevas tribus y aun contra el mismo Xolotl. Unidos toltecas y
otras tribus, decidieron deshacerse del Emperador del modo siguiente:
Tenía costumbre de dormir la siesta a la sombra de unos grandes
árboles de sus jardines. De repente inundarían con una gran cantidad
de agua el lugar donde dormía el Emperador. Sabido esto por Xolotl,
en el día destinado a su muerte, subióse a dormir a lo más alto de
una colina. De muerte natural acabó Xolotl sus días al poco tiempo.
Reinó--según Veytia--ciento quince años; según Ixtlilxochitl, ciento
doce. ¿Sería--como pretende Brasseur--no un nombre, sino un título,
confundiéndose por esta razón en un Emperador dos o más príncipes?
Hállase averiguado que en la historia antigua de América es cosa
corriente hallar personajes que su vida excedía en mucho a la ordinaria
del hombre. Veytia dice que vivió del año 1117 al 1232, Ixtlilxochitl
del 964 al 1075 y Brasseur del 1064 al 1160.

Nopaltzin sucedió a Xolotl, reinando pacíficamente, si hacemos caso de
Veytia y de Ixtlilxochitl, y en completa anarquía, si damos crédito a
Brasseur. Conformes nosotros con los dos primeros, afirmamos, además,
que bajo su gobierno continuó la civilización de los chichimecas.

A Nopaltzin sucedió su hijo Tlotzin-Pochotl, conocido también con el
nombre de Huetzin, el cual era chichimeca por su padre y tolteca por
su madre. Continuó la obra civilizadora de sus antepasados y fomentó
de un modo extraordinario la agricultura. Progresaron también las
artes. Tenían grandes y hermosas ciudades. Dentro del imperio se
hallaban siete Estados grandes y muchos pequeños; los grandes eran:
_Coatlichan_, _Azcapotzalco_, _Xaltocan_, _Quauhtitlan_, _Colhuacan_ y
_Xuexotla_. Bajo el imperio de Tlotzin tuvo origen el reino de Tezcuco;
también tuvieron comienzo los señoríos de Tlaxcala y de Huexotzingo.

Pasamos a estudiar el imperio de los aztecas, que, como los toltecas,
pertenecían a la raza de los nahuas. Llamamos tribus aztecas, nahuatl
o mexicanas las de la familia utoazteca, que hablaban la lengua
nahuatl[198]. Hallábanse establecidas en la cuenca del Océano Pacífico
y regiones montañosas próximas, desde el río del Fuerte, en Sinaloa
(26° lat. Norte), a las actuales fronteras de Guatemala, exceptuando
pequeña parte del istmo de Tehuantepec. La mayor y más granada parte de
la citada familia formó poderoso reino en la meseta del Anahuac.

       [198] «En esta tierra de la Nueva España hay tres maneras
       o linajes de gentes, que son chichimecas, los de Chulhúa e
       mexicanos: todos estos están mezclados, emparentados por
       casamientos; desde muchos años acá, antes que fuese México se
       emparentaron los dos primeros linajes, que son los chichimecas
       e los de Chulhúa, en los terceros se emparentaron después
       de encomenzado México, que ellos edificaron e fundaron de
       principio...» Pomar y Zurita, _Nueva colección de documentos
       para la historia de México_, tom. III, págs. 283 y 284.

Los aztecas que se sitúan en el Anahuac y fundan poderoso imperio,
¿de dónde proceden? Dícese que de una tierra llamada Aztlan; pero se
ignora su situación. Según Ixtlilxochitl procedían de Xalisco y eran
descendientes de aquellos toltecas que fueron arrojados de Chapultepec
después de la ruina de Tula; Aubín cree que de la península de
California; Veytia sostiene que de más allá de Cinaloa y la Sonora;
Brasseur opina que del territorio comprendido entre las orillas del
Colorado y las del Yaqui.

Los aztecas aventajaban en cultura a los chichimecas de las márgenes
del Gila y a los toltecas. Eran pueblos agrícolas, industriales y
artistas. Ellos fueron los constructores de las dos _Casas Grandes_ que
se admiran en las riberas del Gila; y más abajo, en Chihuahua, entre el
río del Norte y los montes donde nace el Yaqui, se hallan otras, con la
misma denominación de _Casas Grandes_, fábrica también de las citadas
tribus[199]. Lo mismo unas casas que otras están situadas cerca de un
río, en lugar ameno y no lejos de ciudades. Tanto las primeras como las
segundas son cuadrilongas y se encuentran a los cuatro vientos. De las
Casas Grandes del Gila diremos que estaban defendidas por una muralla
en cuyos ángulos había una especie de torres o baluartes. Las citadas
dos casas tenían tres pisos y además un sótano; las paredes eran de
tapia, gruesas y fuertes, sin más abertura, fuera de las de entrada,
que dos agujeros redondos bastante pequeños. Invasores del Norte a Sur
debieron construirlas, los cuales debían ser excelentes arquitectos
y hábiles alfareros. En efecto, excelentes arquitectos y hábiles
alfareros fueron los pueblos de más allá del Gila. Citamos la industria
de alfarería porque en los alrededores de aquellos palacios se hallaron
multitud de ollas y jarras, de diferentes formas y de varios colores
(blancas, encarnadas y azules). El Aztlan, pues, de donde se supone
vinieron los aztecas, debió estar más allá del Gila, como lo creía
Veytia y lo afirmaba el cardenal Lorenzana en sus _Comentarios a las
Cartas de Hernán Cortés_. Salieron de Aztlan en la segunda mitad del
siglo XI, y siguiendo la conducta de los toltecas, comenzaron larga
peregrinación que duró más de doscientos años[200]. Iban buscando
siempre mejores y más productivas tierras. El que les guió por más
tiempo fué un hombre prestigioso llamado Huitziton, tal vez muerto
a mano airada en las riberas del lago de Patzcuaro. Los sacerdotes
dijeron al pueblo que Huitziton era Dios, siendo desde entonces
adorado bajo el nombre de Huitzilopochtli. Los huesos del nuevo Dios,
guardados en una cesta de junco, fueron conducidos en hombros de
cuatro ancianos. Los aztecas no emprendieron ningún negocio sin ser
consultado con el Dios, encargándose de la consulta los sacerdotes.
De esta manera vinieron a ser regidos por el sacerdocio. Recorrieron
diferentes lugares hasta que llegaron a Zumpango, cuyo señor se llamaba
Techpanecatl.

       [199] Véase Pi y Margall, _Historia general de América_, tom.
       I, volúmen I. págs. 64 y 65.

       [200] Recuérdese lo que en este mismo capítulo se dijo del
       viaje de los toltecas.

De tal modo quedó prendado Techpanecatl de sus huéspedes, que les pidió
mujer para su hijo Ilhuicatl, les dió una de sus hijas para que casara
con un azteca y les facilitó toda clase de auxilios. Tan grande fué su
amistad que consintió en que se llevasen a su hijo Ilhuicatl cuando
acordaron continuar el viaje.

Ilhuicatl tuvo un hijo llamado Huitzilihuitl, a quien se considera como
el primer rey de los mexicanos. Persiguió la desgracia después y por
algún tiempo a los aztecas, hasta que llegaron a Chapultepec, donde se
repusieron de sus quebrantos. Luego, muerto Huitzilihuitl, se unieron
con unos pueblos vecinos o con otros; pero siempre como conquistadores
o señores del país. Se establecieron últimamente, la mayor parte, en
lo que es hoy la ciudad de México, y la menor parte, en Tlatelolco.
Creían los aztecas, por su dios Huitzilopochtli, que no debían poner
término a su viaje hasta que viesen sobre un nogal un águila devorando
una culebra. Los que, impacientes, no quisieron esperar que tal hecho
sucediese, ocuparon la pequeña isla de Tlatelolco; los que continuaron
su camino y creyeron haber visto la profecía divina, hicieron asiento
en México.

En seguida se dispusieron a tomar parte activa en las guerras de las
tribus vecinas, ayudando con extremado valor a Quinantzin, emperador
de los chichimecas. Por ello, con la benevolencia de Quinantzin,
se dedicaron a edificar, además de la ciudad de _Tlatelolco_, la
de _Tenochtitlan_ (por ser Tenuhczin o Tenuhc el caudillo de sus
fundadores), o _México_ (por llamarse mexicas los aztecas)[201].
Quinantzin dejó por sucesor en el Imperio a su hijo menor Techotlalazin
o Techotlala, excelente político. Procuró la fusión de chichimecas
y de toltecas, montó su palacio y su corte a la costumbre tolteca,
desplegó magnificencia y lujo extraordinarios, subordinó la nobleza
y dividió el Imperio en 75 provincias, al frente de las cuales puso
otros tantos gobernadores. Al mismo tiempo había 73 señoríos, que el
Emperador no suprimió, pues eran sólo de nombre. Los reyes vecinos,
unos se engrandecieron durante el largo imperio de Techotlalatzin,
y otros decayeron y aun vinieron a la ruina; en el primer caso, se
encuentran los de Azcapotzalco, y en el segundo, los de Colhuacan.
Techotlalatzin, hombre verdaderamente superior, en su afán de fusionar
más los pueblos, hubo de consentir en sus dominios la idolatría.
Sin embargo, no permitió que entrase en su palacio, ni que en los
templos se vertiera sangre humana. «Para mí--decía--no hay sino un
Dios que todas las mañanas saludo en el Sol que nace. Como no es
cuerpo, me parecen innecesarias las ofrendas. Ni puedo convencerme
de que, habiendo creado los animales, se complazca en verlos impía
y estérilmente sacrificados. Menos he de creer aún que le agrade el
holocausto del hombre, horror de la naturaleza.» Techotlalatzin no se
dejó arrastrar al vicio. Ni tuvo amores ilícitos, ni solicitó más de
una mujer, ni se entregó a los placeres de la mesa, ni al lujo de su
persona. Como monarca trató con el mismo cariño a sus subordinados
y procuró establecer la igualdad en los tributos. Exigió exacto
cumplimiento de las leyes y castigó severamente los delitos.

       [201] Tenochtitlan se fundó, según Brasseur, en 1325: según
       Veytia, en 1327, y según Torquemada, en 1341.

A Techotlalatzin sucedió en el imperio su hijo Ixtlilxochitl. De las
manos robustas del gran Emperador pasa el país a las menos fuertes de
su hijo.

A la sazón, los aztecas se hallaban encariñados con Tezozomoc, rey
de Azcapotzalco. Tezozomoc, con la ayuda de ellos, se decidió a
pelear con Ixtlilxochitl, pues éste se había atrevido a repudiar
una hija del mismo rey de Azcapotzalco. Además, el citado Emperador
era un libertino. Procuró Tezozomoc atraerse a todos los príncipes
que recibían algún agravio de Ixtlilxochitl. Cuando lo consiguió,
los convocó secretamente a una junta, exponiéndoles la necesidad de
recobrar la independencia--porque de otro modo no era posible--mediante
las armas. Obtuvo el general asentimiento de sus camaradas, buscando
desde entonces ocasión propicia para la rebelión. Noticioso de todo el
Emperador, se contentó con reconvenir a Tezozomoc.

Comenzó la lucha entre el rey de Azcapotzalco y otros contra
Ixtlilxochitl. La fortuna acompañó al Emperador en todas ocasiones,
llegando por último a la misma corte de Tezozomoc. Cuando la capital
iba a rendirse por hambre, presentáronse embajadores a Ixtlilxochitl,
pidiéndole la paz y ofreciéndole que Tezozomoc sería en adelante fiel
vasallo. El Emperador accedió a los ruegos del enemigo, y se obligó a
restituir lo que le había quitado en lucha tan larga. Poco después, el
rey de Azcapotzalco, ingrato a los beneficios recibidos, y olvidándose
de sus promesas, volvió a buscar el apoyo de los descontentos, y al
frente de poderosas fuerzas se dirigió contra el Emperador, quien hubo
de abandonar a Tezcuco, y algún tiempo más adelante, sólo con unos
pocos hombres, luchó como un león hasta que perdió la vida. Tezozomoc
se dispuso, en unión de sus aliados, a apoderarse del Imperio, sin
hacer caso de Netzahualcoyotl, hijo de Ixtlilxochitl, y joven de
unos diez y seis años. Convencido Tezozomoc de la impotencia de
Netzahualcoyotl, le permitió vivir en México y después en Tezcuco. En
los comienzos del año 1427 murió el rey de Azcapotzalco, dejando por
heredero, no a su primogénito Maxtla, pues hubo de decir: «No quiero en
el trono un carácter orgulloso y áspero.» Le sucedió Teyauhzin, su hijo
segundo.

Tiempo adelante, Netzahualcoyotl, poniéndose a la cabeza de muchos
y valerosos partidarios, peleó con constancia un día y otro día,
recuperó el trono de sus mayores y cayó sobre Azcapotzalco deseoso
de castigar a Maxtla, quien no sólo se había apoderado del trono,
sino que había dado muerte a su hermano Teyauhzin. Netzahualcoyotl
entregó la ciudad al saqueo, arrasó los templos y las principales
casas, mató a los habitantes sin respetar edad ni sexo, y habiendo
encontrado a Maxtla escondido en un baño, le hizo llevar a la plaza
pública, donde sufrió cruel muerte (junio de 1428). Sin darse punto
de reposo, tomó a Cuyoacan y Tlacopan, residencia de los fugitivos,
luego a Tenayocan, y dirigiéndose al Norte, llegó hasta Xaltocan,
de cuya ciudad también se hizo dueño (diciembre del citado año). Se
retiró a México a descansar de guerra tan desastrosa. Celebráronse
toda clase de fiestas y se sacrificaron muchos prisioneros en los
altares de Huitzilopochtli. Justo será consignar que Netzahualcoyotl
aborrecía los sacrificios de seres racionales, si bien no tuvo valor
para oponerse a la religión de sus aliados. Las creencias religiosas
de soberano tan ilustre estaban reducidas a adorar a un Dios creador
de todo el universo. En Tenochtitlan no levantó templos; pero sí un
palacio, un parque y obras de utilidad pública. A él se atribuyen las
albercas de Chapultepec y la elevada atarjea por donde corren las
aguas de la ciudad citada a México. En la primavera de 1429 volvió a
ponerse sobre las armas, ayudándole en esta empresa sus veteranos y los
Reyes y tropas de los aztecas. Se puso sobre Tezcuco que cayó bajo su
poder después de tenaz resistencia, y en seguida Xuexotla, Coatlichan,
Quauhtepec e Iztapalocan, no siguiendo adelante por el cansancio que
creyó notar en los aztecas. Retiróse a México y en el citado año
redujo la ciudad de Xochimilco, situada en la misma margen del lago.
Volvió a emprender nueva campaña en el año 1430, logrando la sumisión
de Cuitlahuac, de Acolman (hoy Oculma) y de otras ciudades. Había
conquistado Netzahualcoyotl la mayor y mejor parte del imperio de los
chichimecas, pudiendo ceñirse con orgullo la corona de sus mayores.
Entonces, cuando había llegado a la cima de la gloria, se hizo jurar
Emperador en Tenochtitlan (México); pero compartiendo generosamente el
imperio con Totoquiyauhtin, señor de Tlacopan, y con Itzcohuatl, Rey
del citado México. Se concibe que Netzahualcoyotl hubiese compartido
el poder con Itzcohuatl, a quien debía en gran parte la conquista de
Azcapotzalco y la sumisión de los rebeldes al Occidente de las lagunas;
mas, ¿qué debía a Totoquiyauhtin? Del siguiente modo lo explica el
historiador Veytia: «Entre las muchas concubinas que tenía el príncipe
Netzahualcoyotl, había una de singular hermosura, cuyo nombre no nos
dicen, sino sólo que era hija de Totoquiyauhtin, señor de Tlacopan,
que corrupta la voz por los españoles, llaman hoy Tacuba. Esta, pues,
juntaba al buen parecer la destreza y el artificio para hacerse amar
del Príncipe, cuyo afecto poseía en más alto grado que todas las otras,
y quien tenía ya en ella varios hijos. Su privanza, su alta nobleza
y su natural ambicioso, le hicieron concebir el deseo de exaltar
su casa... y logró hacer entrar al Príncipe en su proyecto, que se
reducía, no sólo a que no se despojase a su padre de los estados de
Tlacopan, sino a que se le aumentasen... y lo que es más, se le diese
en el gobierno del Imperio igual parte que al Rey de México, de suerte
que fuese éste un triunvirato de que dependiese el gobierno de todo el
Imperio»[202].

       [202] Torquemada y Clavigero afirman que la hija del señor
       de México se llamaba Matlatzihuatzin y era, no querida, sino
       mujer legítima de Netzahualcoyotl.

Sin embargo de que Itzcohuatl, de México, por su edad y experiencia
se creía con derecho a ser el jefe del triunvirato o de la liga o
confederación azteca (conocida después con el nombre de Imperio de
Moctezuma o mexicano), Netzahualcoyotl procuró desarmarle con blandas
razones, y cuando se convenció que nada adelantaba con ello, le hizo
la guerra y le venció completamente. Determinóse la nueva constitución
política. Se deslindaron ante todo los límites de los citados tres
reinos. El asiento del Gobierno o la capital de la Confederación estaba
en México, población situada en el centro de uno de los lagos (Tezcuco)
del valle de México, lagos que rodean las elevadas y volcánicas cumbres
del Popocatepetl (montaña que arroja humo) y de Ixtaccihuatl (mujer
que duerme). La Confederación había de conocer de todos los asuntos
comunes a los tres reinos, y cada Rey confederado de los propios de sus
pueblos. En las guerras se hallaban obligados a ayudarse mutuamente,
repartiéndose el botín del siguiente modo: de cinco partes, dos serían
para el de México, dos para el de Tezcuco y una para el de Tlacopan.
Se dispuso, después de largas discusiones, el restablecimiento de los
feudos, acordándose restablecer hasta 30; 14 en el de Tezcuco, 9 en el
de México y 7 en el de Tlacopan. Debería exigirse a los nuevos señores
que prestaran homenaje a los tres Reyes y sirviesen, además, con tropas
en tiempo de guerra. Tanta importancia se dió a la declaración de
guerra, que no bastaba el acuerdo de los triunviros, sino la reunión
de los pro-hombres de las tres monarquías. Netzahualcoyotl, por su
parte, hermoseó la ciudad de Tezcuco con soberbios edificios, y para
sí hizo magnífico alcázar, que era la admiración de todos. Organizó la
administración y justicia, protegió las ciencias y artes y promulgó
numerosas leyes civiles, políticas, penales y militares. Ocupáronle
mucho las guerras, ya sólo, ya con los reyes de México y de Tlacopan.
Refieren los cronistas que en los ratos de ocio Netzahualcoyotl
escribía versos, conservándose todavía algunos de sus cantos. Sin
embargo del idealismo que se nota en sus poesías, acostumbraba a decir
lo siguiente: «Ya que son pasajeros los bienes del mundo, apresurémonos
a disfrutar del bien que pasa; anhelemos y busquemos los del Cielo,
sin menospreciar los de la Tierra.» Con harta frecuencia sus acciones
no estaban en relación con sus ideas. Si quemaba templos en odio a la
idolatría y aborrecía los sacrificios humanos, levantó otros templos
y consintió que se pusiera la piedra destinada a recibir las víctimas
consagradas a los dioses Tlaloc y Huitzilopochtli, pues de este modo,
según algunos, transigía con las preocupaciones de su pueblo.

Respecto al reino de México, a la muerte de Itzcohuatl, ocupó el
trono el general Moctezuma I, ya conocido por sus hechos militares. A
Moctezuma I sucedió Axayacatl.

Llegó también la última hora a Netzahualcoyotl, rey de Tezcuco, que
sólo dejó un hijo legítimo de corta edad. El día de su fallecimiento,
llamó a los presidentes de los cuatro consejos y les habló de este
modo: «Aquí tenéis a vuestro Rey y señor; aunque niño es cuerdo y
prudente, y hará que reinen entre vosotros la concordia y la justicia.
Si le obedecéis como leales vasallos, os conservará los señoríos y las
dignidades. Siento cercano mi fin. Cuando muera, en vez de tristes
lamentos, entonad cánticos de alegría, para que déis muestras de
gran corazón, y lejos de consideraros abatidos, crean las naciones
que sometí que el último de vosotros es capaz de mantenerlas bajo
el yugo.» Volviéndose al príncipe Acapioltz, uno de sus más fieles
amigos, añadió: «Acapioltz, sé desde este momento el padre de este
niño. Enséñale a vivir y procura que por tus consejos gobierne bien el
imperio. Sé su guía mientras no esté en edad de marchar por sí mismo.»
Era el año 1470.

Comenzó verdadera rivalidad entre Tezcuco y México. Axayacatl, rey
de México, se apoderó de extensos territorios a costa de los grandes
señores sus vecinos. En tanto, Netzahuilpilli se encargó del gobierno
de Tezcuco, dando señaladas muestras de prudencia. En seguida se
preparó a la guerra y se dirigió hacia el Oriente, volviendo cargado de
laureles. Mostró después que, como su padre, era aficionado al fausto y
a la magnificencia. Hizo construir un palacio de más bella arquitectura
que el del autor de sus días y dió a su corte un esplendor nunca visto.
No se durmió, sin embargo, en los brazos del deleite. Mientras que
por muerte de Axayacatl de México, ocupaba el trono su hermano Tizoc,
Netzahuilpilli reunió un ejército y marchó sobre Nauhtla, situada en
las playas del Golfo, al Nordeste de Tezcuco, logrando en poco tiempo
someter toda la provincia hasta la desembocadura del Pánuco.

A la sazón murió Tizoc, sucediéndole su hermano Ahuitzotl, hombre
enérgico, de duro corazón y aficionado a la guerra. Inmediatamente
que se encargó del gobierno, excitó a los otros dos Reyes a atrevidas
expediciones; unidos los tres dominaron el país de Tlappan, las dos
Mixtecas, el Tapotecapan, y avanzando al Sur, llegaron hasta Chiapas
y Xoconuchco. El imperio recobraba--según los citados hechos--sus
antiguos términos.

Netzahuilpilli no dejó las armas de la mano. Castigó la provincia de
Tizauhcoac, que se había rebelado contra el imperio y luego cayó sobre
Atlixco, a cuyo independiente señor le castigó con dureza. Lo mismo
hizo con el señor de Huexotzingo.

De un acontecimiento verdaderamente singular vamos a dar noticia.
Ahuitzotl de México iba a inaugurar el templo o templos que acababa de
terminar. Asistieron al acto los reyes de Tlacopan y de Tezcuco, como
también los grandes del imperio. Unos cuarenta templos, rodeados de
un alto muro, se consagraron a todos los dioses del Olimpo mexicano.
Cada templo tenía su colegio de sacerdotes, sus braseros donde debía
arder perpetuamente el fuego sagrado y su piedra para los sacrificios.
En estos cuarenta templos fueron sacrificados miles de prisioneros de
guerra durante los cuatro días de fiestas (1486).

A la muerte de Chimalpopoca, rey de Tlacopan, le sucedió
Totoquilinatzin, segundo de este nombre. Unidos los tres Reyes,
pelearon un día y otro día con las tribus vecinas, consiguiendo grandes
triunfos. Por su parte, Netzahuilpilli peleó después por su cuenta,
llevando aún más allá sus guerras y conquistas.

Por lo que respecta al gobierno interior de Netzahuilpilli, era severo,
severísimo en el cumplimiento de las leyes. Porque un día su hijo
primogénito Huexotzincatl se atrevió a requebrar, o, según algunos, a
tener relaciones con una de las favoritas imperiales, Netzahuilpilli,
respetando la sentencia de los jueces, le hizo condenar a muerte.
A muerte hizo condenar, por causas más pequeñas, a otros dos hijos
y a una hija. A una de sus esposas, cogida en adulterio, la hizo
estrangular en la plaza pública, y no solamente a ella, sino a sus
amantes y cómplices. En cambio, a él se deben reformas que enaltecen
su nombre. Los hijos de los esclavos que había en el imperio, seguían,
como en la vieja Europa, la condición de los padres. Netzahuilpilli
dispuso que en lo futuro gozasen de la libertad que les concedía
naturaleza. Regularizó los procedimientos judiciales, estableciendo
que los negocios más graves sólo pudiesen durar ochenta días. Castigó
severamente las faltas de los jueces. Era tan bueno para los pobres,
huérfanos, ancianos y enfermos, como duro para los criminales.
Cultivó la poesía, y pasaba mucho tiempo contemplando el curso de los
astros. En religión creía en un sólo Dios creador del Universo, mas
no se atrevió a negar los dioses de los aztecas. Como se acercasen
los tiempos de la llegada de los españoles al Anahuac, recordaremos
que poco antes, esto es, en los primeros meses del 1500, nació a
Netzahuilpilli un hijo, llamado Ixtlixochitl, que será uno de los
primeros amigos de Hernán Cortés y del cual predijeron los astrólogos
que, partidario de un pueblo extraño y enemigo del suyo, sería la ruina
de su patria. Los augurios eran cada vez mayores y más constantes al
paso que los españoles se aproximaban al golfo de México.

Sentábase en el trono de México a la sazón Moctezuma II, sucesor de
Alhuitzotl, é hijo de Axayacatl. No era Moctezuma II el mayor de sus
hermanos; pero había dado pruebas de valor y de arrojo. Siguiendo la
costumbre de sus antecesores, salió a campaña y venció. Generoso con
los hijos del pueblo, fué duro con los aristócratas. Debían hablarle
con la frente inclinada y los ojos bajos. Los súbditos habían de
postrarse cuando le veían en la calle. Era extraordinario el lujo de su
palacio, como era extraordinario el número de sus concubinas. Acerca
de la industria, se labraban los metales (oro, plata, plomo, latón,
estaño y cobre), y se hacían primorosos objetos de piedra, barro, hueso
y conchas de mar. Se trabajaba admirablemente la madera; se construían,
vidriaban y pintaban vasijas de exquisito gusto; se tejían finas
telas de algodón, y se curtían pieles y se las teñía de mil colores.
Calzadas y acueductos, palacios y casas particulares, todo era digno
de admiración y de alabanza. Moctezuma, con la eficaz ayuda de los
reyes de Tezcuco y Tlacopan, intentó acabar con la independencia de
Tlaxcala. La lucha fué tenaz, larga y sangrienta, resultando, al fin,
que los tres Reyes fueron vencidos y rotos sus ejércitos. Entonces se
resignaron a tener enclavada en el corazón del Imperio una república
libre e independiente. Refieren algunos autores que Moctezuma, con
la intención de quebrantar las fuerzas de Tezcuco, insistió tiempo
adelante con sus colegas a llevar de nuevo la guerra contra Tlaxcala.
Netzahualpilli fué el primero en reunir la flor de sus ejércitos que
mandó a la frontera bajo las órdenes de dos de sus hijos. Acudió
también Moctezuma; pero avisando secretamente a los tlaxcaltecas de
la marcha de los de Tezcuco y comprometiéndose a no tomar parte en la
contienda. En efecto, cayeron los tlaxcaltecas sobre los de Tezcuco,
derrotándolos completamente y matando a los hijos de Netzahualpilli.
Moctezuma presenció la matanza desde las faldas de Xacoltepetl. Lo
cierto es que, durante el reinado de Moctezuma, adquirió México no poca
preponderancia sobre Tezcuco. Debemos también referir que terrible
hambre afligió el imperio durante los años 1504 y 1505. Los tres Reyes
continuaron peleando con sus enemigos en los años sucesivos, llegando
por Chiapas y Guatemala, y no parando hasta los confines de la América
del Mediodía. Ganaron a Honduras por la fuerza y a Nicaragua por la
astucia. «No pudo ya el Imperio--escribe Pi y Margall--llevar más allá
sus armas. Sonó pronto para él la hora, no ya de conquistar, sino de
ser conquistado. Hace ya veinte años que los españoles pisan el suelo
de América, y en este momento acaban de descubrir la Florida. Están ya
en una de las extremidades del Anahuac los hombres barbudos y blancos,
de quienes dijo Quetzalcoatl que vendrían de Levante. No tardarán en
salir de Cuba para explorar el Occidente del golfo y penetrar por las
márgenes del Tabasco en tierra de México... Para colmo de mal, muere
a poco Netzahualpilli sin dejar elegido sucesor, y entra la discordia
en el palacio de los aculhuas. Ha llegado el imperio a la cumbre de la
grandeza, sólo para que fuese mayor su caída»[203].

       [203] Vol. I, pág. 132.

Cuando los españoles llegaron a México, tendría de extensión el imperio
de _Moctezuma II_ como la tercera parte de la actual República. Debía
ocupar, además del distrito federal de México, los Estados de Veracruz,
Tabasco, Chiapas, Oajaca, Guerrero, Puebla y Querétaro. Dentro de la
citada superficie había ciudades y aun provincias independientes:
lo era Cholula, Huexotzingo, Tlaxcala, Acatapec, Acapulco y otras.
La población del imperio era bastante numerosa. Los demás reinos y
señoríos casi debían su independencia a complacencias del Emperador.
Murió por entonces el rey de Tezcuco, a cuya corona se creían con
derecho tres de sus hijos, llamados Coanacochtzin, Ixtlixochitl y
Cacamatzin. Aunque logró ser proclamado Cacamatzin, con la ayuda de
Moctezuma, al fin se vino a un acuerdo, dividiéndose el reino en tres
partes y quedando para Cacamatzin y Coanacochtzin las provincias del
Mediodía y para Ixtlixochitl las del Norte. Cacamatzin conservó el
título, nada más que el título. Moctezuma era el verdadero dueño del
país, y en el Anahuac, a la llegada de los españoles, sólo sonaba el
Emperador de México.

Habremos de repetir--si de religión se trata--que el _Sol_, la
_Luna_ y las _estrellas_ fueron adorados por los habitantes del
Anahuac, a quienes les levantaron templos. Además eran adorados otros
muchos dioses. Se decía que todos eran descendientes de Citlatonac
y Citlalycue. Quetzalcoatl, Huitzilopochtli y otros formaban el
Olimpo azteca. La religión del Imperio era, no sólo bárbara en los
sacrificios, sino en la manera de presentar a sus dioses. Pintábase
a los dioses de diferentes colores y se les cubría de joyas y
adornos, no faltando las plumas de papagayo; resultaban verdaderos
monstruos. No pocos dioses velaban por la agricultura. La fiesta que
se celebraba el primer día del cuarto mes del año estaba consagrada a
_Tzinteotl_, el dios de los maizares, y a _Chicomecoatl_, la diosa de
los mantenimientos. También hacían fiestas a los hermanos _Tlaloc_,
los dioses de las lluvias; a _Quetzalcoatl_, el dios de los vientos;
a _Xiuhtecutli_, el dios del fuego; a _Izquitecatl_ y sus compañeros,
los dioses del vino, y _Macuilxochitl_, el dios de las flores. Aunque
los mexicanos gustaban de la vida sedentaria, su ocupación principal
no era la agricultura, sino la guerra. Como otros pueblos americanos,
no tenían ejércitos permanentes. Desde la niñez se les educaba para
la guerra, y guerreros eran todos los hombres hábiles de la tribu.
Entre los jefes había categorías y grados, pues podían ser modestos
jefes de clan o linaje, o jefes distinguidos de las cuatro secciones
(_calpulli_) en que estaba dividido México. Sobre todos estos jefes
estaba el _tlacalecuhli_ o _jefe de hombres_, llamado Emperador o
Rey por los cronistas españoles. Su autoridad estaba limitada por
el _Consejo Supremo_ (Tlacopan) y por el _jefe civil_ superior
(_Cihuacohuautl_), que con él alternaba en el mando. El cargo era
electivo dentro de determinado clan o linaje y vitalicio; además
ejercía el poder supremo sacerdotal. Podía ser relevado del cargo.
Tanto el tlacalecuhli como el cihuacohuatl, podían llevar aquellas
«calaveras de plumería con sus penachos verdes y rodelas de lo mismo» y
aquellas «ajorcas y pulseras de oro y plumas en la nariz, los brazos y
los tobillos», de que nos dan idea los relieves de la llamada _Cruz de
Palenque_.

Hacíase la guerra con cualquier pretexto, casi siempre _para adquirir
subsistencias_ y, a veces, para _conseguir víctimas humanas_ y
satisfacer las exigencias del culto. Las armas se guardaban en
almacenes públicos (_tlacochalco_), próximos al templo principal
(_teo-calli_), y pertenecían a la comunidad, repartiéndose cuando
lo ordenaba el Consejo. Por el Consejo se decidían las campañas y
se proclamaba la declaración de guerra en los _teo-callis_ al son
del tañido de grandes atambores. Repartíanse armas y provisiones,
dirigiéndose hacia el territorio enemigo lanzando gritos de guerra.
Si los enemigos eran derrotados, los mexicanos entraban a sangre y
fuego en sus aldeas, hasta que aquéllos pedían la paz y pagaban un
tributo. Consistían los tributos, generalmente, en _maíz_; también eran
a veces objetos de alfarería, tejidos, esclavos, mujeres, etc. En los
comienzos del siglo XVI, el pueblo de México estaba dividido en cuatro
barrios o partes, en los que vivían los individuos de cada clase,
linaje o grupo de parientes (_calpulli_), con derecho de usufructo del
territorio que ocupaban (_calpullalli_). Los calpullallis se hallaban
divididos en parcelas cultivables (_tlalmilli_), que se repartían por
las autoridades del clan o _calpulli_ a los jefes de familia del mismo
(_patriarcado_), para que los cultivasen en beneficio de los suyos.
Si dejaban de cultivarlos dos años seguidos, o si la familia que lo
usufructuaba moría o salía del _calpulli_, se daba la parcela a otra
familia del linaje. Cuando moría el jefe de la familia, heredaba la
parcela el mayor de sus hijos, y a falta de éste el hermano que le
seguía en edad o los tíos del muerto. El mayorazgo estaba obligado
a cultivar la parcela heredada y sostener a sus hermanos y hermanas
hasta que contraían matrimonio, obteniendo a su vez los varones otra
porción de tierra cultivable. Si alguno de los hijos estaba inválido,
el _calpulli_ cuidaba de su subsistencia, y si alguna de las hijas
permanecía soltera a causa de su vocación religiosa, era mantenida por
el templo. Es de advertir que la sociedad mexicana fué una especie
de democracia militar. Los _calpullis_ o los veinte linajes formaban
cuatro _fratrias_ y las cuatro fratrias la _tribu_, cuyo gobierno
supremo residía en el _Consejo Tribal_ (_tlatocan_), compuesto de
varios individuos, uno por cada _calpulli_. Reuníase este Consejo--el
cual tenía facultades absolutas--cada diez días, o antes en casos
extraordinarios. De cuando en cuando se reunía el Consejo en sesión
magna y pública (juntas tribales extraordinarias), concurriendo a
ella los veinte _hermanos mayores de los calpulli_, los jerarcas
sacerdotales, los capitanes de las fratrias, etc.; en estas juntas
podía pedirse la reforma o derogación de anteriores disposiciones del
Consejo Tribal.

Existió la esclavitud entre los mexicanos, aunque en estado
rudimentario. Eran esclavos los que dejaban dos años sin cultivar
la parcela de tierra que les había sido asignada, como también los
arrojados de los _calpullis_ por su mala conducta. Si el esclavo
persistía en su poco amor al trabajo o no enmendaba su conducta, era
castigado con penas infamantes. Si continuaba lo mismo, a pesar del
castigo, era entregado a los sacerdotes para los sacrificios.

La _familia_ azteca tenía su fundamento en el patriarcado. Los
_calpullis_ observaban la ley de exogamia. La mujer, aunque estaba
considerada como propiedad individual y exclusiva del marido, era
tenida en más estima. El _calpulli_ arreglaba los matrimonios y
castigaba severamente a los adúlteros, quienes se convertían en
esclavos. Como las leyes sociales del _calpulli_ disponían el
matrimonio de todos sus individuos, los que se negaban a cumplirlas,
salvo votos religiosos, tenían la misma pena que los adúlteros. Esto
no impidió impedir el concubinato, ni modificar en las tribus aztecas
los repugnantes vicios contra natura[204]. Por lo que respecta al
comercio--del cual se tratará más extensamente en el capítulo décimo
cuarto--haremos notar que en las poblaciones principales los mercados
se celebraban cada cinco días, siendo muy activo el tráfico de granos,
cacao, alimentos, bebidas, vestidos, armas, alfarerías y demás objetos
necesarios para la vida material y para el adorno del indígena. No se
usaban en los mercados pesas ni medidas. Consistían las transacciones
en permutas y en compras, haciendo el papel de moneda los _zontlis_ y
_xiquipiles_ de cacao, los cañutillos de ansarones llenos de granitos
de oro y los pedacitos de estaño o cobre en forma de T[205]. También,
de cuando en cuando, había ferias.

       [204] Bernal Díaz del Castillo, _Conq. Nueva Esp._, cap.
       CCVIII, pág. 309.

       [205] Véase Bernal Díaz del Castillo, ob. cit. pág. 89.

Cuando penetraron los españoles en el país, encontraron la agricultura
y otras industrias muy adelantadas. Producía la tierra toda clase de
legumbres. No dejó de llamar la atención la inteligencia que mostraban
en acueductos, canales, acequias, etc. De muy lejos, y por sitios
escabrosos, se traían a veces las aguas. Se talaban los bosques y se
allanaba la tierra. Para el fomento de la agricultura no se perdonaba
medio. En general, los cultivos más estimados eran el maíz, el maguey,
el cacao, el plátano, la vainilla, el algodón. Con mucho esmero se
cultivaban las flores, pues de ellas eran aficionados los mexicanos.

Por lo que respecta al calendario mejicano, se consideraba el año de
trescientos sesenta y cinco días, dividido en diez y ocho meses de
veinte días cada mes, y los cinco días restantes se añadían al fin del
año para igualar el curso del Sol. En estos cinco días se daban todos
los mejicanos a la ociosidad, como preparándose a entrar en las tareas
del año siguiente. Las semanas tenían trece días y los siglos cuatro
semanas de años.

Los puentes eran de diferentes clases. Consistía una clase en levantar
fronteros dos pilares: uno en cada orilla. De pilar a pilar se ataba
gruesa cuerda de cuero, de la cual pendía un aro del que se colgaba un
banasto. De este banasto caían dos cuerdas que se ataban por sus cabos
a las dos riberas. Metíase en el banasto el hombre o bestia que había
de pasar el río y se le llevaba de una orilla a la otra tirando de la
respectiva cuerda. También se hacían puentes de paja, enea y juncia.
Del mismo modo los mejicanos construían puentes de madera. Así eran
todos los de la capital, que, como sabemos, ocupaba el centro de un
lago. A la ciudad se llegaba por cuatro calzadas, las cuales estaban
defendidas por torres y fosos cubiertos de vigas. Por puentes de vigas
construídos de trecho en trecho se comunicaban también las casas de las
dos aceras. Estos puentes, levadizos todos, tenían vigas grandes y bien
labradas, y era tanta la anchura de ellos que podían pasar de frente
diez caballos. Creemos que de cantería no los hubo en México; pero
cerca de Palenque y en el Perú se encuentran algunos. Caminos había en
México, en el Perú y aun en los pueblos salvajes.

Tampoco faltaban acueductos en diferentes puntos, especialmente en el
país de los aztecas; la mayor parte de las calles de México estaban
surcadas de canales, sobre los cuales, a trechos, había puentes de
madera. Procedía el agua de Chapultepec. Acequias para el riego de los
campos se encontraban en la mayor parte de los pueblos de América.

Si estudiamos la _escritura_, no sería aventurado decir que los aztecas
no pasaron del sistema de escritura _jeroglífica_; los mayas, quichés y
cakchiquels, en sus pictografías simbólicas se aproximaron al sistema
de escritura _fonética_. Unas y otras pictografías, lo mismo las
nahuatl que las mayas-quichés, eran de colores brillantes y se hacían
en pieles preparadas para ello, en telas de algodón, en fibras de áloe
y en las columnas, muros, etc. Es de sentir que el tiempo, las guerras,
y muy especialmente la ignorancia del clero de pasados siglos, hayan
destruído casi todos los ejemplares pictográficos.

De las creencias religioso-mágicas de los _uto-aztecas_ y _mayas_,
nada añadiremos a lo que hemos dicho sobre la materia al estudiar
otras tribus aborígenes. Hombres superiores (Quetzatcoatl, entre los
aztecas, y Votan, entre los mayas), no consiguieron moderar la crueldad
de aquellos sacerdotes y de aquellas muchedumbres que sacrificaban
tantas víctimas en las aras de sus divinidades guerreras. Y ya que
de la religión nos ocupamos, deberemos consignar que los sacerdotes
se sobrepusieron en México a los guerreros, logrando adquirir tal
influencia, que una especie de anatema pareció caer sobre los aztecas
y mayas. El vulgo, alentado a veces por el sacerdocio, era crédulo
y supersticioso. Sacaban presagios del aullido de las fieras, del
canto de la lechuza, del repentino encuentro de una raposa o de una
sabandija. Con mucho acierto escribe Pi y Margall lo que a continuación
copiamos: «¿Se deberá por esto considerar escasa la cultura del
Imperio? Conviene recordar que durante los siglos XV y XVI no privaban
menos en Europa que en América los agoreros y los astrólogos. Importa
poco que los adivinos de aquí pretendiesen leer lo futuro en el
firmamento, y los de allí en meros signos del calendario: tan mudos
estaban los cielos como los signos, y tan injustificados eran, por
consiguiente, unos como otros pronósticos»[206].

       [206] _Hist. general de América_, vol. I, pág. 167.

Sería injusto negar que la civilización del Imperio mexicano tenía un
carácter de originalidad que la distinguía de todas. Era una mezcla de
cultura y barbarie, de pequeñez y grandeza, de fiereza y dulzura de
sentimientos. Hernán Cortés se fijó, principalmente, en que aquellos
indios se comían a los prisioneros; eran caníbales. Sólo por esta
costumbre habían de parecer bárbaros a los ojos de los europeos.



CAPÍTULO VIII

  AMÉRICA SEPTENTRIONAL (_Continuación_).--TRIBUS MEJICANAS: LOS
  SHOSHONEAMUS.--LOS COMANCHES: SUS COSTUMBRES; SU CULTURA.--TRIBUS
  SONORAS: LOS PIMAS, LOS ÓPATAS Y LOS TARAHUMARES; SUS COSTUMBRES;
  SU CULTURA.--TRIBUS IROQUESAS: SU SITUACIÓN Y SU DESARROLLO
  SOCIAL.--CONFEDERACIÓN IROQUESA: RELIGIÓN E INDUSTRIA.--LOS
  ESQUIMALES: SU SITUACIÓN; SU CARÁCTER Y COSTUMBRES; SU
  RELIGIÓN.--ORGANIZACIÓN SOCIAL.--LOS ALGONQUINOS Y LOS ATHABASCOS:
  SU SITUACIÓN.--LOS NAVAJOS Y LOS APACHES.--CULTURA DE LOS NAVAJOS,
  APACHES Y ATHABASCOS: RELIGIÓN Y LENGUA.--LOS ALGONQUINOS: SUS
  COSTUMBRES; SU INDUSTRIA; SU RELIGIÓN.--LOS SIOUX O DAKOTAS:
  SU SITUACIÓN; SUS COSTUMBRES; SU CULTURA.--LOS MUSKOKIS: SU
  SITUACIÓN.--LIGA MUSKOKA.--LOS CREEKS.--YUCHIS, TIMAQUANOS Y
  NATCHEZ.--LOS CALIFORNIOS: SU SITUACIÓN; SU INDUSTRIA; SU RELIGIÓN
  Y LENGUA.--LOS TLINKITS.--LOS PIELES-ROJAS.--REGIÓN DE LOS
  PUEBLOS.--LOS CHINUKS: SITUACIÓN, CULTURA, INDUSTRIA Y COSTUMBRES
  DE ESTAS TRIBUS.


Los _shoshoneamus_ ocupaban hasta el siglo pasado el territorio que
se extiende desde el río Columbia u Oregón (Estados Unidos) hasta el
Estado de Durango (México). A ellos pertenecen los _comanches_, gente
de alguna cultura y de suaves costumbres[207]. Cuenta la historia que
se distinguían los comanches por el lujo de los vestidos. Los hombres
calzaban mocasines que les subían a las corbas y se ponían delantales
que les bajaban a las rodillas. Al paso que algunos se cubrían el
cuerpo con camisetas de piel de ciervo, otros usaban largos mantos de
búfalo, que se prendían en los hombros. También las mujeres usaban
mocasines y del cuello a las piernas se ceñían especie de vestido de
piel de gamo. Aquéllos y éstas gustaban mucho de adornos, de los cuales
abusaban en sus fiestas civiles y religiosas.

       [207] Pi y Margall, que no se separa de la doctrina de
       Bancroft en este punto, dice que los comanches formaban parte
       de los apaches, primera familia de los nuevo-mejicanos.
       _Historia general de América_, vol. II. pág. 1082.--Luego,
       los comanches, empujados desde el N. por los apaches, fueron
       nómadas al N. de Tejas y por Nuevo México.

Las viviendas de los comanches en verano consistían en galerías y en
ellas solo se podía estar sentado o tendido. Hincaban paralelamente
en tierra ramas de sauce, las doblaban de dos en dos por los vértices
y las cubrían con esteras de junco. Dejaban puertas a Or. y Oc., y
ventanas a N. y S. Diestros cazadores, perseguían a los búfalos, que
al acercarse el invierno invadían el país. Lograban matarlos con solo
el arco y la flecha; a veces únicamente con la lanza. Bebían caliente
la sangre de los que mataban y comían con sumo gusto el hígado.
Importábales poco comer cruda la carne, y cuando querían asarla, la
colocaban en puntas de palo inclinados al fuego. La que no comían
después de muerto el animal, para que no se corrompiese, la cortaban en
delgadas lonjas, la secaban al sol y la molían. Con esta harina, echada
en agua hirviendo, se alimentaban perfectamente. También les servía de
comida las plantas silvestres. No se dedicaban a la agricultura y sólo
las tribus que moraban en las riberas de los ríos se nutrían de pescado.

Antes de realizar sus bárbaras excursiones, más propias de bandidos que
de guerreros, llevaban a sus mujeres e hijos a lugares inaccesibles,
para que no cayesen en poder de los enemigos. Eran muy belicosos,
considerando el valor como la principal virtud y la suerte de la guerra
como la mayor fortuna. Desde niños se habituaban al ejercicio del arco
y de la javalina. Celebraban su danza de guerra antes de salir a sus
expediciones. A los prisioneros respetaban generalmente la vida, y a
pocos les daban muerte. Violaban las mujeres y trataban con cariño
a los niños. Hacían la paz, no sin celebrar la ceremonia de fumar
los guerreros en una sola pipa. Sentían poca afición por el comercio
y nunca empleaban el fraude. De todas las tribus pertenecientes a
la familia de los nuevos mexicanos, sólo los comanches vivían bajo
verdaderas instituciones políticas. Convocaban periódicamente los
comanches asambleas, donde se deliberaban todos los asuntos de
interés para la tribu, y lo dispuesto en aquéllas se cumplía con toda
fidelidad. Creían en un _Ser Supremo_ y adoraban también al _Sol_ y la
_Tierra_. Reconocían la existencia de espíritus malignos, a los que
atribuían sus enfermedades y todas sus desventuras. Honraban, como
pocos pueblos bárbaros, la memoria de sus héroes; hombres y mujeres,
especialmente las mujeres, daban rienda suelta a su dolor. Después de
sepultados, no cesaban de llorarlos durante treinta días, y con harta
frecuencia prorrumpían en lamentos y alaridos. Cortábanse en señal de
luto el cabello, y además se laceraban las carnes. Se tatuaban la piel
en distintos sitios, especialmente en la cara o pecho.

En los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX se confió a
los comanches meridionales, errantes por el _Bolsón de Mapimi_,
el exterminio de los apaches, sus enemigos hereditarios[208].
Estos apaches, que vivían en el espacio comprendido entre el río
_Grande_[209] y la vertiente oriental de _Sierra Madre_, fueron
castigados sin compasión y casi destruídos completamente. «Los que
quedan, dice Reclus, se han hecho pastores, boyeros, chalanes y
hasta guardas de estación en los ferrocarriles que atraviesan ahora
sus antiguos territorios de correrías y de pillaje»[210]. Añade
Reclus que casi todos los indios que habitan la región Noroeste de
México, desde la frontera de Arizona hasta los montes que dominan
el río Lerma, pertenecen a una misma familia de tribus, cercana a
los aztecas por el lenguaje. Dos de sus grupos más considerables se
les conoce con el nombre de los _pimas_ (Norte de la Sonora)[211] y
de los _ópatas_ (Sierra Madre, en los valles altos del río Sonora y
del río Yaqui). Unos y otros se han puesto siempre al lado de los
blancos en las guerras de razas: los autores mejicanos ensalzan su
valor, su sobriedad, su consecuencia, habiéndoles dado el nombre de
_espartanos de América_. Sus poblaciones agrícolas se hallan casi
españolizadas[212].

       [208] Reclus, _Nueva Geografia Universal: América_, tomo II,
       página 122.

       [209] Durante parte de su curso separa a México de los Estados
       Unidos.

       [210] Ibidem.

       [211] _El Estado de Sonora_ (México) se halla frontero a
       la parte septentrional de la Península. Entre las ciudades
       sonoreñas, la más próxima a la frontera de los Estados Unidos
       es Magdalena o Santa Magdalena, Pi y Margall, siguiendo a
       Bancroft, comprende en la segunda familia de los nuevos
       mejicanos a los _pueblos_, los _moquis_, los _pimas_, los
       _maricopas_, los _pápagos_ y otras tribus. _Historia general
       de América_, tomo I, volumen II, página 1.096.

       [212] _Nueva Geografía Universal_: América Central, tomo II,
       páginas 116 y 117.

Los pimas levantaban, para pasar el invierno, chozas de planta circular
o elíptica y forma de cúpula, altas de cinco a siete pies, y de
diámetro o eje de 20 a 50. Sus aberturas estaban reducidas a una puerta
de entrada y a un agujero en el techo, por donde penetrase la luz y
el aire. En los estíos vivían en sus maizales al abrigo de ligeros
sombrajos, desde los cuales vigilaban sus cosechas. Supieron regar
sus campos. Aunque eran poco aficionados a la caza y a la pesca, no
por eso dejaban de comer carne de gamo, de liebre o de conejo, como
también los peces de sus ríos. Gustaban con verdadero deleite de las
bebidas alcohólicas. Eran pacíficos; pero si se les obligaba a hacer
la guerra, la hacían con coraje y aun con crueldad. No perdonaban edad
ni sexo en el calor del combate. Después de la victoria mataban a
los prisioneros varones y guardaban a los niños y a las hembras para
venderlos. Vencedores, entraban por sus pueblos en medio de coros y
danzas; vencidos, se retiraban silenciosos y sólo oían gritos de muerte.

Nótanse muchas analogías entre los pimas y otra tribu--de la cual
habremos de ocuparnos en este mismo capítulo--conocida con el nombre de
los _pueblos_. Tenían los pimas escasa cultura. Ignoraban la escritura
de los jeroglíficos, ni hilaban, ni tejían. En sus construcciones
tampoco usaban la piedra ni el adobe. Como otras tribus vecinas,
celebraban fiestas, señalándose en particular la danza de las flechas,
la del búfalo, la de la tortuga, la del maíz verde y algunas otras.
Casi en todas las fiestas cantaban e iban marcando el compás algunos de
los concurrentes, y en casi todas se tocaba el tambor, la flauta y las
sonajas.

Estimaban de igual manera los ejercicios de fuerza, como el juego de
pelota, el salto, la carrera y el golpear de los escudos. Explicaban
la creación del siguiente modo. La tierra, decían, había sido creada
por Ckiowotmahke. Era al principio como una telaraña que se extendía
por el espacio, mas luego tomó consistencia hasta ser tan sólida como
la vemos. La recorrió Ckiowotmahke volando en forma de mariposa, y,
cuando creyó conveniente, se detuvo y formó al hombre. Tomó arcilla
en sus manos, la amasó con el sudor de su cuerpo y la dió un soplo,
mediante el cual, llena de vida, se movió y convirtió en un hombre y
en una mujer. Hallábase ya bastante poblado el mundo, cuando ocurrió
el siguiente hecho. Vivían en el valle del Gila un gran profeta,
y Szeukha, hijo de Ckiowotmahke. Cierta noche apareció un águila
de gigantescas alas a la puerta del profeta, quien se despertó
sobresaltado al ruido del animal. Levántate--le dijo el águila--tú
que curas a los enfermos y ves lo futuro, porque está muy cerca el
diluvio que ha de inundar la tierra. Sordo el profeta al anuncio del
agorero pájaro, volvió a dormirse. Por segunda vez el águila le anunció
la catástrofe y por segunda vez no hizo caso el profeta. Por última
y tercera vez fué despreciada la reina de las aves, sin embargo de
anunciar que iba a ser invadido y sumergido el valle. Lo fué en efecto
y en el tiempo que dura el aleteo de un pájaro, después de varios
truenos, sonó horrible estallido y en seguida se levantó en la llanura
un monte de agua que, cayendo sobre el valle con pavoroso estruendo,
anegó la choza del profeta, salvándose sólo el hijo de Ckiowotmahke,
que flotaba sobre una pelota de resina. Cuando descendieron las aguas,
desembarcó Szeukha, con todas sus herramientas y utensilios, en la
cima de un cerro contiguo a la embocadura del río Salt. Inmediatamente
se dirigió a vengarse del águila y con este objeto hizo una escala de
cuerda de las fibras de un árbol, subió al nido y mató al fiero animal.
En la cueva o nido encontró una mujer y un niño, la esposa y el hijo
del aborrecido pájaro.

Dejando el mundo de la fábula y entrando en el campo de la historia,
bien será decir que una de las páginas más brillantes de la Compañía
de Jesús en América es la evangelización de las aldeas de los pimas
(Pimería alta y baja) por el P. Kino.

Los _tarahumares_, _ópatas_ (en los Estados de Chihuahua [213] y
Durango[214]) y otras muchas tribus eran sedentarios y laboriosos.
Bancroft sólo habla de las principales tribus establecidas, no sólo en
el citado Estado, sino en los próximos. Seguros de no ser desmentidos,
podemos afirmar que estos nuevos mejicanos del Norte conservan hasta
el presente las creencias, ritos y costumbres que estudiaron como
propias de ellos los misioneros de las centurias XVII y XVIII. Por lo
común dichos mexicanos eran altos, erguidos y de agradable rostro; unos
tenían color moreno claro, otros color moreno obscuro y muchos color
de cobre; todos tenían negro y fuerte cabello. Las mujeres llamaban la
atención por su hermosura y airoso porte. El traje no podía ser más
sencillo y pobre.

       [213] Ciudad del Norte mejicano en la vertiente oriental de
       _Sierra Madre_.

       [214] Abraza por el Oeste las cadenas paralelas de _Sierra
       Madre_.

Tenían decidida afición por los adornos, los cuales se ponían en la
nariz, en las orejas, en la garganta, en los brazos, en las muñecas y
hasta en los tobillos. Pintábanse de diferentes colores, ya la cara,
ya el pecho, ya todo el cuerpo. En el cabello, tanto los hombres como
las mujeres, se colocaban plumas y a veces perlas. Si los ópatas vivían
en casas de adobes y vigas, los tarahumares buscaban abrigo en las
cuevas de las montañas pedregosas. Eran cazadores y pescadores; pero
en particular se alimentaban de frutas, semillas y raíces que daba
espontáneamente la naturaleza. Se dedicaban poco a la agricultura y los
ópatas tejían el algodón y la pita. En la guerra, harto frecuente entre
aquellas tribus, usaban los soldados el arco, la flecha y la clava, y
los jefes pequeña lanza y rodela o escudo. Unos y otros llevaban un
cuchillo de pedernal. Los infelices prisioneros, después de sufrir
las más terribles torturas, eran sacrificados de una manera cruel y
bárbara. A veces, algunas tribus los cocían y comían. Al volver de la
expedición, si era venturosa, salía todo el pueblo a recibir a los
combatientes. Las mujeres bailaban en corro, cantaban, jesticulaban
y prorrumpían en grandes alaridos. El botín se distribuía siempre a
los ancianos y a las mujeres. Malas, muy malas eran las instituciones
sociales. La poligamia dominaba generalmente en todas aquellas tribus
y se hacían grandes fiestas en honor de la mujer que se consagraba
al celibato o a la prostitución. La sodomía se hallaba extendida de
un modo considerable. Después del nacimiento de un hijo, el padre no
salía de la cama, ni comía pescado ni carne en seis o más días. Rara
costumbre que era común en varios pueblos de América. En casi todas
sus fiestas, la embriaguez y la obscenidad no tenían límites. Sin
embargo, entre los ópatas eran, no ya decentes, sino decorosas, la
fiesta de primero de año y la conocida con el nombre de _torom raquí_.
Consistía la primera en meter en el suelo por un extremo parte de un
palo de bastante altura y del cual colgaban cintas de cuero de varios
colores. Jóvenes bellas vestidas caprichosamente tomaban cada una del
cabo determinada cinta y danzaban alrededor del palo, formando varias y
caprichosas figuras. En la segunda, cuyo objeto era implorar la lluvia
para que la cosecha próxima fuera abundante, bailaban alegremente
cuatro grupos de jóvenes desde el amanecer hasta la noche.

La industria apenas existía y las bellas artes se hallaban por completo
desconocidas. Si algunas tribus fabricaron casas, y si los españoles
vieron pinturas en las paredes, ni las primeras revelaban conocimientos
arquitectónicos, ni las segundas sentimiento estético. La ciencia
estaba reducida a observar atentamente los astros y los cambios de
la atmósfera. Fueron de los más crédulos y supersticiosos de toda la
América. Si para los habitantes de la Sonora vagaban los espíritus de
los muertos por las rocas de los precipicios y sus voces constituían
los ecos, para los de Nayarit había diferentes cielos, a los cuales se
iba según la edad y según la clase de muerte: un cielo estaba destinado
a los niños y a los adultos que muriesen buena y pacíficamente; otro,
situado en la región de los aires, donde pasaban a ser brillantes
estrellas, los que perecían luchando con los extranjeros; y un tercero
que se hallaba en la misma tierra, y tenía el nombre de _mucchita_,
destinado al vulgo, y, por lo tanto, a la mayor parte de las almas. De
la mucchita pudieron salir y aun volverse a encarnar en sus antiguos
cuerpos, hasta que lo hizo imposible un hombre imprudente. Este hombre
hizo un pequeño viaje, dejando la casa al cuidado de su mujer. A su
vuelta desapareció su consorte, penetrando en la mucchita. Allí fué
el desconsolado marido, logrando conmover con sus lágrimas y suspiros
el corazón del guarda de aquella región de las sombras. «Mira, le
dijo el guarda, ven aquí de noche, busca con los ojos a la que fué tu
compañera, y cuando la veas danzando, dispárala una de tus flechas. Te
reconocerá y volverá a tu casa; pero guárdate bien de prorrumpir en
gritos ni alaridos, porque si tal haces, la perderás para siempre y
tú serás entonces la causa de su muerte.» Hizo el hombre lo que se le
dijo. Al verse con su mujer, quiso celebrar tanta ventura y dió gran
fiesta llamando a músicos y cantores. Loco de alegría, olvidando por
un momento el aviso del guarda, exhaló un grito. Inmediatamente cayó
cadáver su compañera y entró de nuevo en la mucchita. Desde entonces no
volvió alma alguna a unirse con su cuerpo. Pudieron, sí, como pudieron
antes, convertirse de día en mariposas, salir en busca de alimentos y
andar entre los vivos. De noche recobraban sus naturales formas y la
pasaban danzando.

En nuestros días, los _tarahumares_, en número de unos cuarenta mil,
viven exclusivamente en los valles de _Sierra Madre_, en las dos
vertientes del Atlántico y del Pacífico. Hállanse esparcidas sus
aldeas en las montañas de los tres Estados de _Chihuahua_, _Sonora_ y
_Sinaloa_, y aun, según Pimentel, penetran en Durango. Todavía algunas
familias pasan su vida en grutas, y se ven muchas cuevas que estuvieron
habitadas antiguamente. Los tarahumares que viven en las ciudades de
los blancos, hablan la lengua de los conquistadores; los habitantes
de la sierra conservan su antiguo idioma y no pocas de sus costumbres
primitivas. Practican, según se dice, su antigua religión. Se les
supone tristes; pero a veces manifiestan su alegría y _bailan con sus
dioses_. Son aficionados a las justas y a la carrera[215].

       [215] Reclus, _Geografía Universal: América_, tom. II, págs.
       118 y 119.

Entre las tribus que habitaban al Sur del Canadá (América
Septentrional), se hallan las _iroquesas_. Dichas tribus deben
estudiarse con algún detenimiento, y es de justicia que figuren a la
cabeza de las del Norte americano. Si en la cultura general no se
diferenciaban mucho de sus vecinos, en su desarrollo social podían
compararse a las tribus de la familia _Uto-Azteca_. Ocupaban muy
especialmente las orillas del río San Lorenzo y el actual Estado de
Nueva York, las llamadas _Cinco Naciones_ (Mohawk, Onondaga, Oneida,
Cayuga y Séneca). Suma importancia tuvo, en los comienzos del siglo
XV, la _Confederación_ o _Liga_ que para hechos defensivos y ofensivos
formaron los iroqueses.

Esta Confederación desempeñó papel importante en la conquista y
colonización de la América del Norte. Fué formada por las cinco tribus
o naciones citadas, a las que se unió corriendo el año 1715 la de los
tuscaroras; el fundador, según la tradición, fué Hiawata, ayudado del
jefe de los onandagas. En asuntos de gobierno interior cada nación
permaneció autónoma, delegando toda su autoridad en un _Consejo
Federal_ o _Senado de Sachems_, elegido por las seis tribus, cuando
asuntos de interés general lo reclamaban o exigían. Además existía el
_Consejo Tribal_, de autoridad absoluta en los asuntos peculiares de la
tribu. El Consejo Federal sólo podía convocarse a instancia de alguno
de los Consejos Tribales y las decisiones de aquél habían de ser por
unanimidad, en cuyo caso se cumplían sin discusión. La Confederación no
tenía jefe o poder ejecutivo. En las guerras contra las tribus vecinas
o contra el europeo, el Consejo Federal nombraba dos jefes militares,
que habían de ser ayudados por los jefes secundarios de cada tribu.
Sólo el Consejo Federal tenía atribuciones para firmar tratados de paz.

Como dice perfectamente un historiador contemporáneo «los iroqueses,
arrojados por los algonquinos de las márgenes del San Lorenzo,
consiguieron paulatinamente vencer a sus enemigos del Norte y Sur,
convirtiéndose, merced a su confederación, en dueños virtuales del
territorio comprendido entre la bahía de Hudson y la Carolina del
Norte»[216]. En religión se notaba--como en las demás tribus del
Norte de América--la influencia de los shamanes y hechiceros y los
sacrificios humanos. El canibalismo se hallaba también entre las
bárbaras costumbres de los iroqueses. Los mitos de los iroqueses
personificaban siempre de una manera o de otra la lucha constante entre
la luz y las tinieblas.

       [216] Navarro Lamarca, ob. cit., tom. I, pág. 219

Por lo que a la industria respecta, fabricaban alfarerías, cultivaban
entre otras cosas, el maíz y el tabaco, fortificaban sus aldeas
levantando en las calles empalizadas y otras defensas, construían
buenas canoas y sepultaban a sus muertos en grandes montículos
(_mounds_). Los iroqueses actuales (con excepción de los cherokees)
reducidos a unos 12.000, habitan en el Canadá y en las reservas indias
de Nueva York, Wisconsin y Ontario; los _cherokees_ forman parte de las
tribus civilizadas de los _Indian Territories_ (territorios indios) de
los Estados Unidos del Norte América.

Los _esquimales_, tribus situadas alrededor del polo, se extendían
por la Groenlandia y por la región comprendida entre la bahía Hudson
y el Estrecho de Behring. Es probable que algunos de sus grupos
llegaran y hasta cruzasen en épocas remotas el Estrecho citado. Algunos
etnógrafos, dando como cierto lo que nosotros juzgamos probable,
consideran como esquimales a los chukchas de la Siberia.

Ignoramos el origen del nombre esquimal. Charlevoix cree posible que
proceda de la voz abenaqui _esquimantsic_, comedor de carne cruda; pero
lo cierto es que no se llamaban a sí mismo esquimales, sino _innuits_,
palabra que significa el _pueblo_, de _inuk_, hombre.

[Ilustración: Mujer esquimal.]

Digna de estudio, por muchos conceptos, es la raza esquimal.
Confundíanse a primera vista las mujeres con los hombres, no sólo
porque el traje era igual, sino por la fisonomía. Tenían sucia y
desgreñada cabellera, grandes ojos, ancho rostro, negruzco color y
feo aspecto. Comían toda clase de carne y pescado, muy especialmente
la grasa de la foca, de la ballena y del manatí. Las viviendas
consistían, durante el verano, en poner de punta en el suelo tres o
más palos, los cuales cubrían por la parte superior con pieles de foca
o de chivo. En el invierno construían chozas a la manera de tinnehs,
esto es, cuevas debajo de tierra con agujeros en la techumbre para la
luz y el humo. La ocupación principal de los esquimales consistía en
la caza y la pesca. Las armas eran el arco, la flecha, el dardo, la
lanza, el hacha y la honda. Llamaba la atención en aquellas gentes
sus grandes canoas, los trineos y los patines. De los trineos tiraban
perros dóciles y fuertes. Encendían fuego por el frote de las maderas.
Desconocían en absoluto los conocimientos científicos y su literatura
estaba reducida a algunas lamentaciones fúnebres.

Eran sumamente aficionados a los banquetes, al canto y al baile. Los
danzarines, al son del tamboril y el coro, remedaban mediante gestos a
muchos animales.

Por lo que a la religión respecta, los esquimales profesaban el
_animismo_. Creían no sólo que el hombre tenía alma, sino también
los demás animales. Los sacerdotes (_angakoks_) eran legisladores,
jueces y médicos, hallándose dotados además de cualidades superiores.
Se les respetaba principalmente porque se les creía en relación con
los espíritus. Se comunicaban con Tornarsuk, ser supremo y fuente de
toda ciencia. Los hechiceros, que usaban los mismos procedimientos que
nuestras brujas, ejercían ministerios mágicos y no pocas veces se les
atribuía todas las calamidades que afligían al pueblo, en particular
las pestes.

En lo tocante a la organización social de los esquimales puede
asegurarse que se basaba en la familia y no en el clan. También se
halla fuera de duda que entre ellos predominaba el patriarcado y
la monogamia. La propiedad era comunal o cuando más familiar; la
individual sólo existía al referirse a bienes muebles. Aun en nuestros
días los esquimales viven en aldeas pequeñas (de 10 a 20 chozas),
separadas por grandes distancias, siendo de notar, que apenas difieren
en el lenguaje unas tribus de otras. A causa de la poca fecundidad de
las mujeres y de la mucha mortandad de los niños, las tribus esquimales
tienden a extinguirse.

«En las vastísimas comarcas donde esos hombres vivían, mar y tierra
están lo más del año cubiertas de espesas capas de hielo, que no se
derriten nunca en las cumbres de los altos montes. Huyen las aves a
más templados climas, busca la res abrigo en las cavernas o en los
apartados bosques, y reinan en toda la naturaleza la soledad y el
silencio. Escasea tanto la vegetación, que en muchas partes no hay
leña con que encender lumbre. Para colmo de mal, abandona el sol el
horizonte y no vuelve a brillar sobre tan árido suelo hasta después
de tres meses de noche y seis de crepúsculo. No interrumpe de vez en
cuando tan largas tinieblas sino la aurora boreal con sus ya tenues,
ya fúlgidos resplandores, que no parece sino que al extinguirse
aumentan la obscuridad del espacio. Sólo entre mayo y agosto brilla
sin interrupción la luz del día; libres de hielos las aguas, bajan al
Océano con alegre estruendo; se cubren de musgo las rocas y de hierba y
flores los espaciosos llanos. Sólo entonces pueblan el aire numerosas
bandadas de pájaros que volvieron del Mediodía en busca de sus antiguos
nidos; salen de sus cuevas o vienen de las lejanas selvas multitud
de rangíferos, de ciervos-mosas, de almirílados ovibos, y con ellos
inmensas greyes de búfalos. Durante el triste y prolongado invierno,
sólo en el crepúsculo que precede al día resuena a lo largo de las
playas el ladrar de las focas y el resoplar de las ballenas.»[217].

       [217] Pi y Margall, _Historia de América_, volumen 1.º página
       921.

En suma: los esquimales «moraban y moran todavía, en número de 4.000,
en el litoral Artico, desde el Labrador hasta el mar de Berhing; pero
nunca penetraron en el interior del Continente»[218].

       [218] _Enciclopedia Universal Ilustrada_, tomo X, pág. 1.353.

Al Sur de los esquimales, el Canadá se dividía entre dos grandes
razas, a saber, la de los _algonquinos_ y la de los _athabascos_.
Constituían la dilatada familia de los algonquinos muchos pueblos, y se
extendían--según la autorizada opinión de Bancroff--desde el golfo de
San Lorenzo hasta las montañas rocosas. Cuando los europeos llegaron al
país, el principal asiento de dicho grupo eran las tierras al Norte del
San Lorenzo. Otros autores dicen que ocupaban la costa del Norte del
Atlántico, desde el mar de Hudson al cabo Hatteras, exceptuando sólo
los territorios de los dakotas o sioux.

Los athabascos poblaron las regiones comprendidas entre el mar Artico
y las fronteras de Durango (México), desde la bahía de Hudson al mar
Pacífico. A la familia de los athabascos pertenecen, entre otros, los
salvajes _navajos_ y _apaches_[219].

       [219] El grupo de nuevo-mexicanos se divide--según
       Bancroff--en cuatro grandes familias: los _apaches_, los
       _pueblos_, los _indios de la península de California_, y
       los _del septentrión de México_. Los apaches se subdividen
       en las siguientes naciones: 1.ª, la de los _comanches_;
       2.ª, la de los _apaches_ o _shies_; 3.ª, la de los
       _navajos_ o _tenuayos_; 4.ª, la de los _mojaves_; 5.ª, la
       de los _hualapayos_; 6.ª, la de los _yumas_; 7.ª, la de
       los _kosninos_; 8.ª, la de los _yampayos_; 9.ª, la de los
       _yalchedunes_; 10, la de los _yamajabes_; 11, la de los
       _cochis_; 12, la de los _cruzados_, y 13, la de los _nijoras_.

Adquirieron los navajos fama de hábiles plateros y tejedores; pero se
cree, con algún fundamento, que dichas industrias se debían a tribus
más cultas sujetas a dichos navajos. Los telares en que tejían el
algodón consistían en dos vigas, una sujeta al suelo y otra que colgaba
del techo, en las cuales se extendía perpendicularmente la urdimbre;
además dos tablillas de pizarra que la mantenían en doble cruz y
abrían paso a la lanzadera; ésta consistía en un palo corto a que
arrollaban el hilo.

[Ilustración: Apache.]

Mostrábanse atrasadísimos en la construcción de sus viviendas los
apaches, lo cual no es de extrañar, puesto que eran nómadas y vivían
del pillaje, no pasando a veces ocho días sin cambiar de asiento.
Levantaban postes, ya vertical, ya oblicua, ya semicircularmente,
cubriendo el espacio formado por dichos postes con pieles, broza,
hierbas o piedras. Daban de anchura a las casas de 12 a 18 pies, y
de altura de cuatro a ocho. Sin embargo de su vida errante, labraban
la tierra casi todas las tribus apaches, y cultivaban el maíz y
algunas legumbres. Apenas comían la carne y tampoco eran aficionados
al pescado. Adelantaron más en la construcción de armas que en
herramientas para cultivar el campo, pues disponían de arcos y flechas,
de lanzas, de hondas, de escudos y de macanas. Tenaces y crueles
bandidos, casi hasta nuestros días, no han cesado de causar grandes
daños a los norteamericanos y mexicanos. Al presente, el único resto de
los apaches es el de los _janos_ o _janeros_ de Chihuahua (México).

Predominaba el matriarcado entre los navajos y apaches. Distinguiéronse
los navajos porque cultivaron la tierra con fruto y no debemos pasar
en silencio que cuando por primera vez (1541) se encontraron a los
españoles, vivían en chozas fijas, construían graneros, eran labradores
y regaban con acequias sus campos.

Menos cultos los athabascos que sus vecinos los esquimales, eran
también más desconfiados, taciturnos y astutos. La religión de los
athabascos era animista, con no pocas supersticiones mágicas. Los
shamanes y hechiceros, que gozaban de mucha estima, presidían los
Consejos Tribales. Caracterizábanse sus muchos dialectos por su dureza
y dificultad.

Afirman algunos escritores que los algonquinos representaban el
verdadero tipo del indio norteamericano. Distinguíanse por su alta
talla, buenas formas, labios finos, manos y pies pequeños, color
cobrizo, pelo negro y recio, gran fortaleza y bastante longevidad.
Dominaban entre ellos el matriarcado y el _totemismo_. Vivían en chozas
redondas cubiertas con hojas de maíz y cercadas de empalizadas. Sus
jefes, lo mismo en tiempo de paz que de guerra, se elegían de un clan
determinado. Cultivaban el maíz, tabaco, etc.; curtían pieles, hacían
ollas y fabricaban objetos de cobre (no por medio de la fundición,
sino a golpe). Activos comerciantes, llevaron sus industrias a grandes
distancias, llegando hasta las costas del mar Atlántico. Adoraban al
Sol, al fuego, a los cuatro vientos como productores de lluvias, a los
espíritus y a ciertos animales.

El _Michabo_ o _Manibozho_, dios y héroe de los algonquinos, redentor y
maestro de las tribus, inauguró la edad de oro de la obscura historia
de los citados indios. Aunque horticultoras las tribus algonquinas, se
alimentaban de la caza, de la pesca y de las abundantes cosechas de
arroz silvestre. Los individuos de la de los _lennapés_, situada en las
orillas del río Delaware (riega a Filadelfia), se llamaban ellos mismos
los _genuinos_ (progenitores de la raza), y así eran considerados por
las demás tribus. El dialecto de los lennapés era relativamente dulce
y armonioso. Merecen especial mención por su energía y habilidad en
la lucha con sus dominadores, los algonquinos Pontiac, King-Philip y
Tecumseh.

Los restos de las tribus algonquinas o de la familia _álgica_ (unos
40.000) se encuentran repartidos a la sazón en algunas provincias del
Canadá (Manitoba y otras), y en pequeña región de los Estados Unidos
(Estado de Wisconsin).

Después de los iroqueses, esquimales, athabascos y algonquinos,
se presentan los _sioux_ o _dakotas_, los cuales--según los
etnólogos--eran ejemplares típicos de la raza india. Vivían al Oeste
del Mississipí, desde el río Saskatchewan, en el Norte, al Arkansas,
en el Sur, extendiéndose hasta Virginia y tal vez hasta el golfo de
México. Estaban divididos en varios grupos, subdivididos en bandas
y sub-bandas locales. El Gobierno era casi patriarcal. Los jefes
eran electivos, y tenían su autoridad limitada por los Consejos
de las bandas o sub-bandas. Si en tiempos de paz gozaban de gran
respeto los ancianos, durante la guerra sólo eran respetados los
jefes militares. Prevalecía entre ellos la poligamia. Los sioux
ajustaron su vida en absoluto a la _caza del bisonte_, ocupación que
aumentó considerablemente con la llegada del caballo en la época del
descubrimiento de América. Antes de conocer el caballo, se valían los
sioux del perro en sus expediciones de caza; también se servían de él
para su alimento, arrastres, etc. Curtían pieles de bisonte, trabajaban
rudamente la alfarería y fabricaban armas y útiles de piedra, madera,
cuerno y hueso. La casa del sioux, igual a la de los comanches, etc.,
era la movible tienda (_tipi_) formada sobre postes colocados en filas
paralelas o circularmente y cubiertos dichos postes con pieles de
bisonte, etc. Las tribus _mandanes_, pertenecientes a la familia de
los dakotas, fueron las constructoras de las casas comunales en forma
circular (_circular-house_) rodeadas de empalizadas.

Para estudiar algunos puntos relativos a la evolución del arte
americano no carecen de interés las pictografías de los sioux, en
pieles de bisonte, sus pipas de arcilla roja y tubo largo adornado de
plumas y sus abigarradas aljabas. Predominaban los cultos de carácter
mágico, mereciendo especial mención las fiestas anuales de invocación
al Sol (_sun-dance_).

Varias veces los sioux han hecho frente a los ejércitos
norteamericanos, y, últimamente, en el año 1862, llevaron a cabo la
sublevación de Minnesota, dirigida por el cruel _Little Crow_, en la
cual perdieron la vida más de 100 soldados y 700 colonos. A la sazón
los sioux o dakotas viven sin lazo alguno que les una en varios puntos
de los Estados Unidos, llegando su número en el año 1904 a 29.000, si
bien tienden poco a poco a extinguirse.

Estaban situados los _muskokis_ en los valles que se extienden desde
las estribaciones de las montañas Apalaches hasta el golfo de México,
y desde las márgenes del Mississipí hasta el Océano Atlántico[220].
Otros escritores sólo dicen que lindaban con la Florida por el Norte y
Oeste[221]. Entre los muskokis se distinguían por su valor las tribus
_creeks_. Vivían los muskokis en aldeas o poblados, y cada linaje tenía
su propio territorio y su montículo (_mound_) para depositar los restos
de sus muertos.

       [220] Navarro Lamarca, ob. cit., tomo I, pág. 222.

       [221] Pi y Margall, ob. cit., tomo y volúmen I, pág. 730.

Aunque predominaba el matriarcado, la posición de la mujer, lo mismo
en la familia que en el clan, era inferior a la que tenía entre los
iroqueses. Los jefes civiles eran vitalicios y a veces hereditarios;
los militares se nombraban de acuerdo con los Consejos de las tribus.
Rodeados de enemigos por todas partes, colmaron de distinciones a
sus guerreros. No carecían de importancia sus Casas del Consejo
(Casa Grande) y muy especialmente la formación de una liga (_Creek
Confederacy_), parecida a la de los iroqueses, aunque solamente
defensiva. Los creeks y sus desmembraciones los _seminolas_ (Florida)
hicieron tenaz resistencia (1830-1842) a las tropas de los Estados
Unidos, siendo al fin trasladados a los _Territorios Indios_, donde
viven al presente con cierta independencia y aun prosperidad. Creían
que el Cielo era sólido y semicircular; que el Sol, la Luna y algunos
planetas giraban alrededor del mundo, entendiendo que los demás astros
estaban inmóviles y suspendidos del firmamento. Suponían la tierra
plana y fija en medio de vastos mares. Eran supersticiosos en medicina
y sólo en la aritmética conocían un sistema de numeración bastante
regular. No conocieron ningún género de escritura, ni ninguna de las
bellas artes. Cultivaban extensos campos, extraían el oro de las arenas
de sus ríos y se hallaban adelantados en la alfarería.

Los _yuchis_, _timaguanos_ y _natchez_, tribus que habitaban en el
territorio de los muskokis, tenían lenguas y dialectos completamente
diferentes. Los yuchis (Río Savanah) se llamaban ellos mismos _hijos
del Sol_. Profesaban gran estima a las mujeres. Debemos notar que
cuando Hernando de Soto les vió por primera vez «la cacica, señora
de aquella tierra... moza y de buen gusto» le recibió con señaladas
muestras de alegría y le festejó (1540). Los timaguanos, que ocupan
las orillas del río San Juan (Florida) y la costa del Océano Atlántico
hasta el río Santa María, se extinguieron completamente hace más de
una centuria. Los natchez estaban situados en la orilla izquierda del
Mississipí, debajo de la confluencia del Yazoo. Créese que procedían
del Sudoeste. Emigraron de la primitiva patria y se fijaron en el
Anahuac. «Nuestros antepasados--decían--favorecieron a Cortés en la
guerra con Moctezuma, y sólo cuando se convencieron de la tiranía
de los españoles, levantaron de nuevo el campo y vinieron a estas
llanuras: quinientos soles habían ya reinado entonces sobre nosotros.»
Consideraban a sus caciques como hijos del Sol y adoraban a dicho
astro, sacrificándole cautivos. Los natchez eran muy sensuales, dándose
el caso que la mujer más prostituta gozaba de más estimación. Los
templos se distinguían por su humildad. Construían con habilidad suma
toda clase de objetos de alfarería y llegaron a la perfección en los
tejidos que hacían con fibras vegetales.

Los _californios_ habitaban de Norte a Sur desde los montes Umpqua
hasta la boca del río Colorado, y de Oeste a Este desde las costas
del Pacífico hasta las sierras que limitan a Poniente la gran cuenca
(_the Great Bássin_). Divídense, según Bancroft, en californios del
Norte (desde las márgenes del río Rogue hasta las del Eel (Anguila)),
del Centro (desde las del Eel hasta cerca de las del Guyamas) y del
Mediodía (desde las del Guyamas hasta las islas Montague y Goree,
que se hallan en el interior del golfo de California. Vivían y viven
los californios del Norte en tierras algo productivas a causa de sus
muchos lagos, ríos, arroyos y bosques. Eran los californios de gallarda
presencia, y algunas mujeres estaban dotadas de singular belleza.
Hombres y mujeres apenas se cubrían algunas partes de su cuerpo. Vivían
en casas formadas por toscos maderos que descansaban en pies derechos,
cubiertas con esteras, helechos o ramaje. Alimentábanse de caza y
pesca, de raíces y de semillas; tenían pan que hacían de bellotas.
Sobresalían en el curtido de las pieles y fabricaban con no mucha
destreza las canoas. Justo será recordar la habilidad en trenzar las
raíces de sauce, con las cuales hacían sombreros, esteras, cestas y
cintas de colores para recogerse la cabellera. También de juncos y de
mimbres construían platos, fuentes, tazas, calderos y hasta los sacos
que acostumbraban a llevar las mujeres cuando iban en busca de bulbos
y bayas. Acerca de sus armas, estaban reducidas al arco y la flecha.
Declaraban la guerra, a veces encarnizada y sangrienta, a otras tribus,
ya por el rapto de mujeres, ya por motivos supersticiosos, ya para
obligarlas a pagar tributo. Pero lo verdaderamente repugnante era la
costumbre de cazar con trampa a los hombres como si fuesen fieras.
Hacían de la mujer objeto de venta y eran polígamos sólo los ricos.
Existía la esclavitud entre aquellas tribus. Divertían sus penas en
danzas y fiestas. Creían en un _Supremo Espíritu_, autor de lo creado,
en muchos diablos y en la vida futura.

Por lo que respecta a los californios del Centro y del Sur, ni unos ni
otros diferían mucho de los del Norte. Réstanos decir que las muchas
lenguas habladas entre los californios eran generalmente dulces y
sonoras; pero las que se hablaban en las márgenes del río Smith y
unas 40 millas a lo largo de la costa se distinguían por lo duras y
guturales.

Los _tlinkits_ (Alaska y costas adyacentes), los _haydahs_ y similares
(Islas _Queencharlotte_, Columbia Británica, etc.), y los _yumas_
(península de California hasta los valles del río Colorado, colindantes
con el Estado de Arizona y el Norte de México), se diferenciaban de
las tribus de las costas del mar Atlántico. Procede recordar que
los tlinkits tenían ideas exactas acerca del _derecho de propiedad
privada_, desconocido en la mayor parte de las tribus salvajes. Tanto
estimaban la propiedad privada, que los más ricos eran los designados
para ocupar los puestos más elevados, completando esta plutocracia el
matriarcado y los linajes exogámicos. Los haidahs estimaban como los
tlinkits la riqueza individual, la que consideraban como fin único de
la vida.

Prevalecía entre ellos el patriarcado y honraban a las mujeres por
su castidad e industria. Vivían en casas sólidas de madera, en cuyas
puertas levantaban altos postes cuajados de esculturas totémicas.
Fabricaban adornos de plata y cobre, lámparas, morteros y utensilios
de piedra, como también excelentes canoas de cedro rojo. Los primeros
navegantes que los visitaron (1741), dicen que tenían cuchillos de
hierro, adquiridos tal vez en sus expediciones al Sur. Eran activos
comerciantes y compraban esclavos a las tribus vecinas. Servíanse de
las conchas como moneda. Los _yumas_ fueron tribus salvajes, si bien
algunas de ellas debieron dedicarse a la horticultura y construyeron
sólidos edificios de adobe y piedra.

Debajo de los esquimales, en el dilatado territorio que desde el Yukón
y la bahía de Hudson se alarga hasta la punta de la Florida y el Río
Grande de México, y desde el Atlántico se ensancha hasta el Pacífico,
permanecen, ya en estado nómada, ya algo sedentario, numerosas tribus
conocidas con el nombre de _pieles-rojas_, señalándose entre ellas
dos tipos bien distintos, uno dolicocéfalo y otro braquicéfalo. Estas
pieles-rojas descienden de varias tribus, entre ellas de la de los
comanches.

[Ilustración: Indio del Río San Juan (Región Pueblos).]

Consideremos, por último, los indios _pueblos_. Llamáronles así
nuestros capitanes del siglo XVI porque los encontraron distribuídos
en pueblos formados por una sola casa. Estos pueblos o casas estaban
construídos a la manera de las celdas de una colmena. Extendíase la
comarca o región de los indios pueblos desde los límites occidentales
del Estado de Tejas hasta California, y desde el centro del Estado de
Utah hasta el de Zacatecas (México). A mediados del siglo XVI poblaban
el territorio los _hopis_, _zuñis_, _querés_ y _tehuas_, quienes cada
uno de ellos hablaba lengua diferente. Vivían en 65 aldeas que distaban
entre sí de 30 a 100 kilómetros; las casas de dichas aldeas eran de
la misma forma y tenían tres o cuatro pisos, habiendo algunas de
siete, las cuales servían de fortalezas y tenían sus correspondientes
troneras y saeteras para defenderse en caso de ataque. Dichas casas
estaban construídas de una manera original. Una sola casa a veces
constituía un pueblo, componiéndose aquélla de un cuerpo central y
dos alas, que comúnmente enlazaba y cerraba un muro de piedra. Otras
veces el cuerpo central y las alas se hallaban separados por estrechas
calles; pero aun en este caso parecían formar una sola casa, dado que
todos estos cuerpos de obra estaban unidos por puentes o los acercaban
grandes voladizos. Variaba la forma de las casas, hallándose algunas
completamente circulares. En los patios había siempre estufas y en la
parte superior azoteas. Tenían un sólo piso, aunque las había también
de dos, tres o cuatro. En todas se entraba por la chimenea y a todas
se descendía por escaleras. Estaban situadas dichas casas en las
cumbres de empinados cerros o en los bordes de espantosos precipicios;
algunas, pero en escaso número, en mesetas, en estrechos valles o en
las orillas de los arroyos. Véase cómo describe Castañeda la situación
de Acuco, hoy Acoma. «Está Acuco--dice--en la cima de una roca a que
con dificultad llegarían las balas de nuestros arcabuces. Para llegar
a lo alto hay trescientos escalones cortados en la peña; doscientos de
bastante anchura, ciento mucho más angostos. Concluída la escalera, hay
que ganar tres toesas de altura, poniendo en un agujero la punta del
pie y en otro los dedos de la mano.» No sería aventurado decir en vista
de semejantes construcciones, que los pueblos no carecían de ciertos
conocimientos de arquitectura, indicándolo también las fuertes murallas
con sus correspondientes aspilleras, las profundas cisternas y las
largas acequias que utilizaban para el riego de sus tierras.

Las mujeres trabajaban lo mismo que los hombres, siendo obligación
exclusiva de ellas la fábrica de aquellas ollas, y, en general, de
aquellos objetos de loza, vidriados, de diferentes hechuras y de
delicadas labores, que tanto llamaron la atención a los conquistadores
españoles y que dieron tanta fama a las alfarerías de la región de
los pueblos. Los habitantes de los pueblos eran monogamos y sólo
contraían matrimonio cuando lo disponía el Consejo de ancianos. Los
hijos pertenecían al clan o linaje de la madre (matriarcado). Los
linajes no estaban reunidos por tribus, sino por aldeas. En cada una
de dichas aldeas había un jefe de paz, que se asesoraba del Consejo de
ancianos, y un jefe militar, elevado a tan alto cargo por sus valerosos
hechos. No se conocía la propiedad privada de la tierra, si bien era
muy respetada la ocupación que por determinado tiempo tenían individuos
o familias de terrenos cultivables. Dedicábanse al cultivo del maíz,
de las judías, del algodón, del tabaco, etc., y regaban los campos
con acequias perfectamente construídas. Los sacerdotes y hechiceros
estaban muy estimados por aquellas tribus excesivamente religiosas, y
tenían a su cargo la celebración de los largos y complicados cultos.
Las ceremonias religiosas constaban de dos partes: una secreta y otra
pública. Terminaba la última exhibiendo los juglares sus habilidades
dramáticas y lanzando a veces frases intencionadas y maliciosas. El
principal y casi único objeto de todos los ritos religiosos consistía
en _atraer la lluvia_ para obtener buenas cosechas. En aquellas
tierras pobres y áridas la lluvia era la vida o muerte de estas tribus
pacíficas y laboriosas, que no estaban manchadas del canibalismo.

Al presente, las tribus de los Pueblos, reducidas a 10.000 habitantes,
viven en el mismo territorio, repartidas en 27 aldeas, de las cuales
únicamente Acoma y algunas hopis ocupan los mismos sitios que antes de
la época de la conquista.

Los _chinuks_ vivían al occidente de las orillas del río Columbia y
los montes Umpqua. El clima era dulce, la tierra fecunda, la caza
abundante en sus bosques, siendo también abundante la pesca en su mar
y en sus ríos. Distinguiéronse los chinuks por su pequeña estatura y
por su fealdad. Los hombres iban casi desnudos y las mujeres llevaban
una falda que apenas les alcanzaba a las rodillas. Vivían en casas
construídas sobre seis postes, cuatro en los ángulos y dos en el
centro de los dos extremos del cuadrilátero; lo mismo las paredes
que los techos estaban formados de tablas. Es de notar que no tenían
ventanas ni chimeneas, pues cuando les ahogaba el humo, levantaban
una de las tablas del techo. En la caza y en la pesca--salmones,
esturiones--encontraban sus principales elementos de vida. No dejaban
de ser industriosos los chinuks: fabricaban esteras de juncos o
espadañas, cestas de hierba o de fibras de cedro, artesas de cedro
o de otras maderas, cucharas de cuerno, agujas de ala de grulla,
canoas de varias clases y también de varias clases armas. Los chinuks
consideraban la tierra como propiedad de la tribu y no individual.
Existía la esclavitud que tenía origen, como en otros pueblos, en la
guerra y en el robo. Aunque se permitía la poligamia, pocos hacían uso
de ella. Hembras y varones pasaban gran parte del tiempo en fiestas
(banquetes y bailes), y en juegos de azar, habilidad o fuerza. En
religión creían que _Ikánam_ había creado el Universo; pero antes
o después de él vino a la tierra Itapalapas, creador del hombre.
Afirmaban que el hombre creado por _Itapalapas_ tenía los ojos y los
oídos cerrados, las manos y los pies sin movimiento. Ikánam abrió
al hombre los ojos y oídos haciéndole también incisiones en manos
y pies. Mostró todavía su generosidad el dios Ikánam enseñándole a
fabricar todo género de utensilios. Parece ser que los chinuks tenían
un espíritu del Bien que llamaban _Econé_, y un espíritu del Mal
denominado _Ecutoch_. Debían rendir culto a los dioses citados y tal
vez a algunos más. Hacíanles sacrificios humanos. Guardaban profundo
respeto a los muertos y miraban como el mayor de los sacrilegios la
violación de los sepulcros. Los cadáveres, envueltos en ricas mantas,
eran llevados a lugar tranquilo y apartado. Al dejarlos allí rompían
en tristes lamentos, y en señal de luto los parientes se cortaban la
cabellera y algunos se desgarraban el cuerpo.

Nada diremos de los indios que vivían más adentro del Columbia, pues
todas estas tribus presentan casi los mismos caracteres.



CAPÍTULO IX

  ESTADO SOCIAL DE LOS INDIOS.--LA ANTROPOFAGIA.--EL EMPERADOR
  EN MÉXICO Y EN EL PERÚ: ABSOLUTISMO DE LOS EMPERADORES.--LOS
  CACIQUES.--LA POLICÍA.--LOS MERCADOS.--LA HACIENDA.--LA
  ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA.--LOS TRIBUTOS.--INCAS, CURACAS Y
  AMANTAS.--EL INTERREGNO.--EL CLAN, EL SACHEM Y EL CONSEJO.--NOMEN
  Y TOTEM.--LA TRIBU.--CONFEDERACIONES TRIBALES.--EL MATRIMONIO:
  MONOGAMIA Y POLIGAMIA.--ADULTERIO.--DIVORCIO.--LOS HIJOS.--LOS
  ANCIANOS.--LAS VIVIENDAS.--INSTITUCIONES CIVILES EN AMÉRICA: LA
  PROPIEDAD EN MÉXICO Y EN EL PERÚ.--LA SUCESIÓN.--TUTELA, CURATELA Y
  ADOPCIÓN.--ESCLAVITUD.--LEYES PENALES Y DE PROCEDIMIENTOS.--LEYES
  SOCIALES Y ADMINISTRATIVAS.--LAS POSTAS ENTRE LOS NAHUAS Y ENTRE
  LOS PERUANOS.


Acerca del estado social de los indios, podemos afirmar que todos,
aun los mejicanos y peruanos, no llegaron al estado completo de
civilización. Si la antropofagia se hallaba extendida por toda América,
justo es reconocer que no fué tan general en los imperios de México y
Perú, como en el Río de la Plata o a orillas del Mississipí, en las
Antillas e islas Caribes. Los pueblos del Pacífico, donde existía
población numerosa, rica y dedicada a la agricultura y a las artes, no
debían tener por objeto principal la guerra y la antropofagia, como
los citados del Río de la Plata y todos los que ocupaban los extensos
territorios con vertientes hacia el Océano Atlántico.

México y el Perú se hallaban organizados casi feudalmente, estando al
frente de ellos, más bien que un Emperador o Rey, un gran sacerdote,
el cual se hacía temer por los grandes castigos que imponía, y entre
ellos los sacrificios humanos que mandaba hacer en los adoratorios,
adoratorios que tiempo adelante hubo de destruir la espada de Hernán
Cortés y de Francisco Pizarro.

Tanto en México como en el Perú se consideraban sagradas las personas
de los monarcas Moctezuma y Atahualpa.

Fijándonos en el Emperador mejicano, diremos que todos los señores de
Estados particulares tenían su casa en México y eran fieles servidores
de Moctezuma. Demás de estos grandes señores, que constituían la
grandeza, servían a Moctezuma los soberanos de Estados enclavados en
el imperio. Los emperadores de México habitaban en magníficos palacios
y disponían de rica y numerosa servidumbre; tenían suntuosos aposentos
para los monarcas de Tezcuco y Tacuba; pasaban sus ocios en parques
de caza o en hermosos jardines; salían a la calle en andas, con gran
séquito, y a su presencia se postraban los súbditos. Con todo, no
eran tan absolutos como a primera vista pudiera creerse, pues en el
Anahuac había tierras de la corona, beneficiarias y feudales. De las
de la corona disponían directamente en sus respectivos estados los
reyes de Michoacán, la república de Tlaxoala, el cacicazgo de Xalixco
y algunos más; tanto las tierras beneficiarias como las feudales,
quedaban reducidas a feudos vitalicios o sólo a feudos. Otras causas,
también de importancia, moderaban el absolutismo del poder imperial.
No era la menor los diferentes reinos en que el país estaba dividido.
Los caciques, especie de señores feudales, ejercían jurisdicción, que
tiempo adelante consagraron las Leyes de Indias, con la mira de que
conservasen la autoridad para mantener a todos en la obediencia de la
metrópoli. Hallábase organizada numerosa policía en todos los reinos,
cacicazgos o señoríos del imperio y muy especialmente en México. En las
grandes ciudades había diariamente mercados, donde abundaban todas las
cosas; mientras se celebraban, se constituía un Tribunal compuesto de
10 o 12 magistrados. En las poblaciones menos populosas los alguaciles
o encargados de mantener el orden, llevaban las varas levantadas.
Las cuestiones entre vendedores y compradores se resolvían en juicio
verbal con bastante justicia. La hacienda descansaba en principios
algo parecidos a los nuestros. Había verdaderos derechos de consumos.
Estaba organizada la administración de justicia, como también la
administración pública. Los plebeyos, mediante la guerra, llegaban a
las más altas dignidades del Estado.

Y por lo que a los emperadores del Perú se refiere, tomaban el nombre
de hijos del Sol, y en efecto, así lo parecían, pues en público sólo
salían con vestiduras de fina lana recamadas de oro y pedrería, anchos
discos de oro engarzados en los pulpejos de las orejas, una borla de
color carmesí en la frente y una guirnalda de colores en la cabeza.
Habitaban grandiosos palacios, en los cuales hasta los grandes señores
entraban descalzos, baja la cerviz y con ligera carga en los hombros.
Cuando salían de Palacio, ya para asistir a funciones religiosas dentro
de la ciudad, ya para recorrer el Imperio, iban en andas guarnecidas
de oro y esmeraldas, entre escogida guardia, llevando delante numerosa
hueste de honderos y detrás de lanceros, con heraldos anunciadores y
criados que limpiaban el camino. Presentábanse en todas partes no
como hombres, sino como dioses. Habían logrado captarse el amor de
sus pueblos, con razón seguramente, porque consiguieron desterrar de
su territorio el hambre, unciendo al yugo del trabajo hasta los más
indóciles.

El Imperio se hallaba dividido en cuatro grandes regiones (_Antisuyu_,
_Chinchasuyu_, _Contisuyu_ y _Collasuyu_), unidas al Cuzco por cuatro
grandes caminos. Mandaba cada región un Señor (Cápac), llamado virey
por los españoles. Los cuatro Señores constituían el Consejo de
Estado del Inca, y ellos tenían bajo sus órdenes tres Juntas: la de
Guerra, la de Hacienda y la de Justicia. Las regiones se subdividían
en provincias mandadas por Gobernadores (_hunnus_), los cuales no
podían intervenir en los asuntos de los _curacas_ (antiguos caciques
de tribus o de comarcas independientes antes del Imperio). Los curacas
solamente estaban obligados a adorar al Sol, hablar la lengua del
Cuzco, asistir a la Corte por sí o por sus hijos y pagar tributo en
hombres y cosas. El cargo de Gobernador lo desempeñaban personas de
sangre real. En las capitales de provincia había, además, empleados que
llevaban la cuenta de lo que se recogía por impuestos y se invertía en
gastos públicos; también anotaban los nacimientos y defunciones; en los
primeros días del año llevaban los oficiales sus notas al Cuzco, donde
otros empleados se ocupaban de la estadística del Imperio. Refiere
Garcilaso que en los pueblos las familias estaban divididas en grupos
de 10, de 50, de 100, de 500 y de 1.000, bajo la autoridad de Jefes de
menor a mayor graduación. La misma organización servía seguramente para
la administración de justicia; los delitos eran castigados--según la
menor o mayor gravedad--por los Jefes que acabamos de citar. Para los
pleitos había otros jueces: uno en cada pueblo, otro en cada provincia
y un tercero en cada virreinato. Tanto la organización política como
la económica eran sumamente complicadas. Las minas eran del Inca o
de los _curacas_. Los tributos no pesaban de un modo oneroso sobre
el contingente, pues se tenía en cuenta la riqueza o pobreza de los
pueblos.

Formaban los _incas_--como se dijo en el capítulo V--la primera clase
de la nobleza, los _curacas_ la segunda y los _amantas_ (sabios,
sacerdotes y hábiles artífices) la tercera. Superior, muy superior era
la clase de los incas; incas eran casi siempre los primeros empleados
civiles e incas eran los primeros capitanes.

Entre el fallecimiento de cada Inca (Emperador) y la coronación del
que había de sucederle, esto es, durante el _interregno_, gobernaba
un hombre de gran autoridad y prestigio, perteneciente también a la
primera clase de la nobleza.

El _clan_ o linaje (_gens_) era el factor más importante de las
rudimentarias sociedades indias. El clan, esto es, grupo de parientes
más o menos próximos, paternos o maternos, vivían en lugar determinado,
con obligación de ayudarse mutuamente. El indio se debía al clan antes
que a su propia e íntima familia. Entre el interés de sus próximos
deudos y el del clan, debía preferirse el último. El clan elegía y
destituía sus jefes, los cuales eran civiles (_sachems_) o militares
(_caciques_, _etc._)

En tiempo de guerra, los jefes militares tenían absoluta autoridad
en la tribu. Durante la paz todos quedaban sometidos al _Sachem_, o
lo que es lo mismo, los jefes civiles dirimían las contiendas entre
los individuos del clan o linaje. Cuando no podían resolverlas, las
elevaban al _Consejo_, tribunal superior que también tenía la misión
de resolver las cuestiones de interés general. Estaba formado dicho
Consejo por los principales jefes o delegados de los clanes.

«Las tribus criks o muscogis se hallaban divididas en nueve clanes:
el del _Tigre_, el del _Viento_, el del _Oso_, el de la _Zorra_, el
del _Lobo_, el de la _Raíz_, el del _Pájaro_, el del _Ciervo_ y el del
_Cocodrilo_; las iowas, en ocho: el del _Aguila_, el de la _Paloma_,
el del _Lobo_, el del _Alce_, el del _Oso_, el del _Castor_, el del
_Búfalo_ y el de la _Serpiente_; las iroquesas, en tres: el del _Lobo_,
el de la _Tortuga_ y el del _Oso_; las huronas, en otras tres: el de la
_Cuerda_, el del _Oso_ y el de la _Roca_...»[222].

       [222] Pi y Margall, _Historia de América_, segundo volumen,
       página 1.248.

Más adelante añade: «Tenía generalmente cada uno de los clanes por
_nomen_ el del animal o el de la fuerza que miraba como su origen o
como el _nahual_ o el nombre del fundador de la estirpe: por _totem_,
la representación gráfica de ese mismo animal o de esa misma fuerza.
Sólo entre los iowas el totem estaba en la manera de llevar el
cabello.»[223]

       [223] Ibidem.

La unión, pues, de varios clanes formaba la tribu. La nota
característica de la tribu, según todas las señales, consistía
principalmente en tener la misma lengua o dialecto. En general, las
tribus no tenían jefe supremo, sino el Consejo antes citado. A veces,
tribus afines, ante el temor de agresiones de tribus extrañas, se
unían para su protección y defensa. Tal fué seguramente el origen de
las _Confederaciones Tribales_, institución propia y característica de
los aborígenes de América. Las Confederaciones más conocidas fueron la
_azteca_ y la _iroquesa_; también las de los _mokis_ y de los _dakotas_.

El matrimonio entre los indios se celebraba por medio de ciertas
ceremonias religiosas; se consignaba por escrito la dote que aportaba
la mujer. Consideraciones económicas influían en la forma del
matrimonio, pudiendo afirmarse que en los países en que la vida era
ruda y difícil, el indio se contentaba con una sola mujer; en los
climas cálidos y tierras fértiles existía la poligamia. En la América
Septentrional predominaba la monogamia y en la Meridional la poligamia,
siendo de notar que lo mismo en la primera que en la segunda dependía
la duración del matrimonio de la voluntad o del capricho de los
contrayentes. Habremos de advertir que en algunos pueblos predominaba
la monogamia por la escasez de mujeres; admitíase en otros la poligamia
por la abundancia de aquéllas. El esquimal llegó a recurrir a la
poliandria en las grandes carestías de hembras. Lo predominante en
América era la poligamia. El varón solía tomar las mujeres o concubinas
que le consentían sus riquezas o que le exigía el apetito. En general,
la mujer gozaba de alguna estimación en las tribus en que predominaba
la monogamia y el matriarcado, siendo considerada como esclava en
aquellas tribus en que se hallaba establecida la poligamia, como
también entre los salvajes. Lo mismo en los pueblos agricultores, que
en los cazadores y que en los nómadas, la mujer era la bestia de carga
de la familia. Se le hacía trabajar continuamente, y gracias podía
dar si no era objeto de malos tratamientos. El marido la despreciaba,
y con harta frecuencia la ofrecía a sus huéspedes. Gozaba de más
consideración en las razas cultas, aunque no de menos trabajo. Lo mismo
en México que en el Perú, ella hilaba y tejía la lana o el algodón,
ella iba al mercado y cambiaba por las cosas necesarias a la vida los
productos del trabajo de su marido.

Castigábase el adulterio casi en todas las tribus, si bien con más
rigor en unas que en otras. En las razas cultas--y en ello están
conformes todos los escritores--lo mismo entre los aztecas que entre
los incas, no reinaba la blandura ni la justicia. Lo que no se
consentía en modo alguno ni en uno ni en otro pueblo era que el marido
se tomase la justicia por su mano. Aunque cogiese a la adúltera en
flagrante delito, estaba obligado a llevarla ante los tribunales.
Blandos con los adúlteros fueron los hurones, patagones, charrúas, los
pueblos de los llanos del Orinoco y los nicaraguatecas. Los hurones,
partidarios del amor libre, nada les importaba la infidelidad; los
patagones devolvían la mujer adúltera o la vendían al amante; los
charrúas sólo maltrataban a los criminales de palabra; los indígenas
de los Llanos buscaban la venganza en pagar ofensa con ofensa, y el
nicaraguateca despedía a la culpable y la condenaba a viudez perpétua;
pero entregándole el dote. Los divorcios eran frecuentes. En casi
todas las razas salvajes, no sólo el adulterio se consideraba motivo
de divorcio, sino la diferencia de caracteres, el capricho. Entre las
razas cultas existía también, aunque no con tanta frecuencia. Acerca
de los hijos puede asegurarse que la lactancia era larga. Cuando el
niño llegaba a la pubertad recibía su nombre, hecho que tenía no poca
importancia. Declarado adulto, si en unas tribus seguía el padre
gozando de autoridad absoluta, en otras recobraba el hijo completa
libertad de sus acciones, hasta el punto que nada tenía que ver desde
entonces con sus progenitores.

Los ancianos (exceptuando los _shamanes_, adivinos, etc.), que no
servían para la guerra ni para la caza, eran mirados por su tribu como
pesada carga, siendo muertos con frecuencia violentamente.

Respecto a las viviendas no conocieron algunas tribus más abrigo que
el de los bosques. Otras tribus se contentaban con cubrir la tierra
con verde follaje. Se defendían del sol colocándose a la sombra de
los árboles, de los barrancos y de las rocas, y del viento levantando
parapetos de piedra o de brozas, y también en reductos de fagina.
Cuando arreciaba el frío, se metían en cuevas o en hoyos; si estaban
enfermos, en bajas y miserables chozas. Otros salvajes hacían de paja
sus viviendas; algunos doblaban unas pocas ramas, las cuales metían en
el suelo por los dos cabos y encima de ellas echaban pieles; no pocos
metían en el suelo y a corta distancia palos, sobre los cuales tendían
pieles de huanaco.

Constituían verdadero adelanto otras viviendas. Con gruesos postes o
troncos de árbol se formaban _buhíos_ poliédricos, hasta el arranque
del techo; desde el arranque del techo hasta el remate eran cónicos.
Hallábase formada la armadura del techo por varas o palos delgados que
partían de las soleras de los troncos y convergían a un largo madero
hincado en el centro de la casa, cubriéndose los intersticios por
cañas sobre las que se extendían luengas pajas, hojas de palmera o
de bihao. También algunos buhíos eran cuadrilongos y tenían modestos
zaguanes. Había pocas puertas sin jambas, y ninguna sin dintel. Tribus
más adelantadas labraban los postes de sus paredes y las vigas de sus
techos; entre las vigas y entre los postes colocaban tablas de cedro
que podían levantar y bajar a su capricho. Era cosa corriente que
algunas tribus tuviesen sus viviendas en alto y otras bajo tierra o
subterráneas. Lo que verdaderamente llamó la atención de los europeos,
fué las casas de hielo de los esquimales, de forma semi-esférica.
Muros, ventanas, puerta, muebles, todo era de hielo. Maravilla más
todavía la fábrica de las casas-pueblos, casas de dos, tres, cuatro y
hasta más pisos, cuya elevación no bajaba de 40 pies, de longitud 300
y de anchura 120; muchas con grandes voladizos, y todas, en particular
en los pisos inferiores, tenían una especie de galerías o azoteas, que
cerradas por pretiles, servían de miradores en la paz y de baluarte en
la guerra. Componíanse dichas casas, ya de piedra y barro, ya de adobes
y ya de argamasa, que era una mezcla de carbón, ceniza, junco y tomillo
con tierra y agua[224].

       [224] Véase lo que en el capítulo VII se dijo sobre las casas
       grandes de Gila.

En México, las casas de la plebe estaban hechas de barro y piedra,
de árboles, de cañas, cubiertas por heno, por hojas del maguey o del
áloe. Las de los hombres principales estaban hechas de piedra y cal y
las techumbres de madera de cedro, ciprés, abeto o pino; en general
se hallaban formadas dichas casas de dos pisos, y en los dos había
jardines; también zaguán, patio, azotea, granero, baño, oratorio,
aposento para las mujeres, aposento para los hombres y una o dos
entradas formadas por un cancel de cañas, pues puertas no se colocaba
ninguna. En el Perú eran de piedra bien labrada las del Cuzco y las de
los pueblos de la serranía; de adobes, las de los Llanos; en general,
sólo tenían un piso y el techo de estera o paja. Muchas habitaciones,
únicamente se encontraban en las casas de les curacas y de los incas.
Sin embargo de la pobreza, las viviendas de muchas razas salvajes
presentaban pintoresco conjunto. Estaba casi siempre el hogar en medio
de la casa, debajo del agujero que se dejaba en el techo para la salida
del humo; alrededor de las paredes corrían las camas, que consistían
en sencillos petates o en zarzos y tarimas. Colgaban del techo carne
o pescado hechos cecina o mazorcas de maíz; de los muros, aquí armas,
allí adornos o galas de hombres y mujeres; en el sitio más visible
de la casa cabezas de ciervos o de búfalos. La suciedad más grande,
lo mismo en las personas que en las cosas, era frecuente en el hogar
salvaje.

Tiene excepcional importancia el estudio de las _instituciones civiles_
en América antes de la conquista. Comenzando por la propiedad,
consignaremos que los individuos de las tribus, lo mismo de las
salvajes que de las cultas, tenían dominio sobre las cosas muebles;
pero no sobre los bienes raíces, con la sola excepción de las chozas
que habitaban. La propiedad no era individual, sino de la tribu o de
la nación. La propiedad colectiva gozaba de absoluta importancia,
siendo, no obstante, raro el verdadero comunismo. Parécenos exagerada
la pintura que hace Pedro Mártir de Anglería acerca del comunismo
en Cuba: «Todas las mañanas--escribe el autor citado--mientras a la
sombra de los árboles deliberaban los ancianos sobre los negocios de
la República, iban los mozos, según los tiempos, a sembrar, escardar
o segar los campos. Todo pertenecía a todos, nada a nadie, y se vivía
en paz y ventura sin cercados, leyes, tribunales ni suplicios.» No
negaremos que, tanto en las razas salvajes como en las cultas, latía
el comunismo en el fondo de las instituciones civiles. Recuérdese a
este propósito que cuando los trabajadores tenían noticia de la vuelta
de sus compañeros del campo, o del regreso de los cazadores, o de la
llegada de las barcas pescadoras, se encaminaban a las puertas de sus
jefes, donde recibían la parte de cereales, caza o pescado, en relación
con el número de los hijos que cada cual tuviera. Entre los nahuas, ni
la nobleza, ni el sacerdocio, ni el pueblo podían enajenar sus tierras;
eran más bien usufructuarios que propietarios. Llama la atención que
sólo los barones podían, a par de los Reyes, ceder sus campos y montes
a quien quisieran. En las tierras de la comunidad cada familia tenía
un lote que transmitía a sus herederos; pero si dejaba de cultivarlo
o cambiaba de domicilio, lo perdía. Los lotes vacantes servían para
la dotación de nuevas familias o para la mejora de otros lotes poco
fecundos o escasos. El jefe del barrio o _calpulli_ tenía en todos
los casos no pocos derechos y deberes. Entre los mayas debía haber,
no verdadera propiedad, sino mera posesión, que duraba mientras no se
dejase de cultivar la tierra, pudiéndose, sin embargo, transmitir por
herencia. Respecto al trabajo sí pudiera asegurarse que hubo comunismo.
Landa escribe lo siguiente: «En tiempo de sus sementeras, los que no
tienen gente suya para las hacer, júntanse de veinte en veinte, o más
o menos, y hacen todos juntos por su medida o tasa la labor de todos,
sin dejarla mientras no la cumplan.» El mismo carácter que entre los
mayas tuvo la propiedad entre los quichés y los cakchiqueles. Respecto
a los nicaraguatecas, es de notar que no podían vender su propiedad,
que pasaba a sus próximos deudos, y si no los había, al varón o al
municipio. Si de los peruanos se trata, la tierra entre ellos estaba
dividida en tres partes: una para el Sol o el Sacerdocio, otra para
el Inca o el Estado, y la tercera para el Pueblo o el Municipio. El
Municipio repartía anualmente a cada familia sin hijos dos _tupus_
(unas tres fanegas de sembradura): uno para maíz y otro para legumbres.
A cada familia con hijos solteros se le daba dos _tupus_ más por
varón y uno más por hembra. De modo que las familias eran simples
usufructuarias de la tierra, no pudiendo cederla ni a título oneroso,
ni a título gratuíto. Las tierras del Sol y las del Inca aumentaban o
disminuían, según las necesidades de los Municipios. Los labradores
de la comarca cultivaban unas y otras tierras en determinada época.
Las tierras de las viudas, de los huérfanos, de los enfermos y de los
ausentes por causa de la República, se cuidaban por los agricultores
del Municipio respectivo. Del mismo modo que había comunidad en el
trabajo, había también en determinados bienes. Eran comunes la sal, los
peces de los ríos, los arroyos y los árboles silvestres. Considerábanse
como propiedad del Inca los ganados y las minas; disponían de
llamas, de objetos de oro y plata caciques nobles y aun plebeyos.
Semejante organización de la propiedad produjo en el Perú excelentes
frutos. «Vinculadas las tierras de los nobles--escribe Fernando de
Santillán--repartidas año por año las de los plebeyos, señor de casi
todo el país el Estado, la generalidad del pueblo en una medianía
rayana de la pobreza, no podía la sucesión tener en el Perú mucha
importancia.» Afirma el mismo Santillán que, cuando moría un cacique,
el sucesor se hacía dueño de las fincas y bienes, y con el producto
de ellos, subvenía a las necesidades de la mujer y de los hijos del
difunto.

Por lo que a la _caza_ respecta, pertenecía al que la mataba. En
algunos pueblos al que hiriera las reses y aun al que las ojeara se les
reconocía el derecho a la piel y a cierta porción de carne. Si formaban
partida los cazadores, las piezas que se cogían se repartían entre
todos.

De la _tutela_ y _curatela_ habremos de decir que existía en el Perú
y en algunas otras tribus. La _adopción_ adquirió caracter principal
entre los algonquinos e iroqueses. Los primeros sólo adoptaban
prisioneros de guerra, y los segundos a toda clase de hombres, amigos o
enemigos.

La _esclavitud_ existía en América, pues sólo en el Perú, entre
los esquimales, dacotas y shushwaps no se hallaba establecida.
Nacía principalmente de la guerra, y según Pi y Margall--con cuya
opinión no estamos conformes--no era tan dura como en Europa. «No
mediaban--dice--allí tampoco entre los esclavos y los señores los
abismos que aquí en Europa. Acontecía más de una vez que tomase el
señor a una de sus esclavas por esposa y admitiese la señora a uno de
sus esclavos por marido; más de una vez también que niños esclavos se
sentasen a la mesa de sus dueños. Llegaban a establecerse entre las
dos clases hasta vínculos de cariño; viendo pobres a sus antiguos amos
trabajaban con ahinco por socorrerlos esclavos que ya no lo eran o
estaban en otras manos. Que ya no lo eran, digo, porque allí como en
Roma cabía emanciparlos y con frecuencia se los emancipaba. Lo que no
podía nunca el esclavo era obtener cargos públicos.»[225].

       [225] _Historia de América_, vol. 2.º, pág. 1.353.

Poco numerosas eran las _leyes penales_ entre las razas cultas,
escasas en las razas salvajes. Los salvajes no se contentaban con
aplicar la pena del talión (vida por vida, honra por honra y propiedad
por propiedad), sino que llevaban el castigo más allá del agravio.
En algunas razas el marido burlado tenía derecho a cohabitar con la
mujer o hermana del adúltero: en otras se destruía casa por casa, se
devastaba campo por campo y se arrasaba maizal por maizal. Para algunos
delitos no había pena alguna. No se castigaba ni al que mataba en
duelo ni al sodomita. Tampoco casi se castigaban los delitos contra la
honestidad, a excepción del adulterio, pues en general los adúlteros
sufrían la pena de muerte. Así sucedía entre los caribes, los criks,
los musos y los colimas. Se imponía la pena de muerte a los homicidas;
sólo los californios del Norte se limitaban a exigir precio por
cada muerte, y pedían por la de una mujer la mitad de la que por un
hombre. Se imponía la pena de muerte a los homicidas, debiéndose de
contar que, entre los tupinaes, si huía el matador, se extrangulaba a
cualquiera de sus hijos; si no los tenía, a cualquiera de sus hermanos,
y si tampoco los tenía, se obligaba a su pariente más próximo a ponerse
bajo la servidumbre del más próximo de la víctima.

Los nahuas, entre las razas cultas, eran los que tenían más leyes
penales (Apéndice F). A los sediciosos, a los homicidas, a los
calumniadores, a los testigos falsos, a los adúlteros, a los sodomitas
y a los alcahuetes los condenaban a grandes penas o los mataban.
Castigaban con la muerte al hijo que levantaba la mano contra su padre
o su madre, y privaban de la herencia de sus abuelos a los hijos del
delincuente. No eran menos duros con los que se embriagaban y más
todavía con los imprudentes que se atrevían a dirigir palabras amorosas
a algunas de las concubinas del monarca. No se distinguían por su
blandura los castigos que imponían a los que no respetaban la propiedad
inmueble o mueble. El que entraba por las huertas y maizales robando
frutas o mazorcas, o el que arrancaba el maíz antes que granara, era
condenado a muerte; pero el viajero que pasaba por las orillas de los
bancales, si tenía hambre o sed, se le permitía coger algunas mazorcas.
Por lo que toca a los bienes muebles, aplastaban con la clava a los que
salían a robar en los caminos reales y mataban a palos al que hurtaba
la cosa más pequeña en los mercados públicos. También era largo, aunque
no tanto, el código penal de los mayas. Eran condenados a muerte los
traidores, los que se negaban a pagar los tributos, los homicidas y
los hechiceros. También los que provocaban alzamientos o los que de
algún modo ponían en peligro la salud del Estado. Contra los delitos
sensuales había diferentes penas, lo mismo respecto a los adúlteros
que a los seductores. Si en Guatemala y el Salvador, el raptor era
castigado con la muerte, en Nicaragua sólo tenía que pagar una
indemnización a los padres o parientes de la robada. Blandura extremada
había contra el adulterio en Guatemala, Nicaragua y Vera Paz. Acerca de
los delitos contra la propiedad, los mayas no fueron tan severos como
los nahuas. Los mayas únicamente mataban a los ladrones incorregibles.
Las pocas leyes penales que conocemos de los muiscas pueden calificarse
de muy severas. El código de los peruanos medía con la misma vara al
inca que al hombre del pueblo. Imponía la muerte al que mataba al Rey,
a la Reina o al Príncipe, al ministro del Rey, sacerdote o virgen
consagrada al astro del día y al cacique: también al que se pasaba al
enemigo en la guerra. Hacía cuartos al parricida, despeñaba o apedreaba
al matador de niños, ahorcaba o descuartizaba al marido que matase
a la mujer, como no fuera por causa de adulterio. Azotaba y ponía a
la vergüenza al estuprador y estuprada; de igual modo castigaba el
incesto entre sobrinos y tíos, primos de segundo grado y afines de
primero; con lapidación u horca el coito entre hermanos germanos; con
lapidación entre hermanos de padre; con despeñamiento entre padres e
hijos. Adúltero y adúltera pagaban con la vida su delito. Los reos
de sodomía eran arrastrados, ahorcados y quemados; a los alcahuetes
favorecedores de incestos o estupros se les ahorcaba. Los delitos
contra la propiedad dieron origen a pocas leyes. El hombre laborioso
que hurtase para satisfacer el hambre o adquirir vestido para él, su
mujer o sus hijos, no era castigado; pero lo era el jefe, que, debiendo
proveerle de víveres para satisfacer el hambre o de lana o de algodón
para vestidos, no lo había hecho. El que por haragán o vicioso hurtase
más de cierta cuantía, si era hijo de señor se le degollaba en la
cárcel, y si plebeyo, se le ahorcaba.

No había _leyes de procedimientos_ en las razas salvajes. Donde más un
consejo de ancianos fallaba, procediendo en seguida a la ejecución de
la sentencia. Ni siquiera había cárceles donde encerrar a los reos.
Tampoco verdugos de oficio, pues de dar muerte a los reos se encargaba
el pueblo todo. En las razas cultas, lo mismo entre los peruanos que
entre los mayas y nahuas, sí había leyes de procedimientos. En estas
tribus los procedimientos eran verbales. Se sabe que tuvieron cárceles,
pudiéndose citar una del Cuzco, que estaba llena de osos, tigres,
culebras y víboras; era--según Cieza--como un lugar de prueba, donde
las fieras devoraban a los culpables y respetaban a los inocentes.
Debieron haber Jueces, tal vez Abogados, Procuradores y Amanuenses o
Notarios. Los juicios eran rápidos.

En diferentes pueblos de América, y especialmente en el Perú, se
encuentran leyes, ya del _orden social_, ya del _administrativo_, no
faltando notables disposiciones acerca de la _agricultura_. No carecen
de curiosidad ciertos usos y costumbres de los incas (Apéndice G).

Opinan algunos cronistas que las postas sólo se hallaban establecidas
entre los nahuas y los peruanos. Como ni unos ni otros disponían de
caballos ni de otra clase de animales que los supliese, empleaban
peatones (_chasquis_) que corrían con velocidad pasmosa[226]. Entre
los nahuas había postas de seis en seis millas, y entre los peruanos
de cinco millas era la mayor distancia[227]. Los despachos de los
nahuas eran verbales o escritos en jeroglíficos; los de los peruanos
en forma oral o por escrito (_quipus_). Los chasquis, vestidos de un
traje particular, partían a la carrera para transmitir las noticias
o entregar los objetos que llevasen para la Corte a la posta
siguiente, y así a las restantes hasta llegar a su término. «Es muy
notable--escribe Prescott--que esta importante institución fuese
conocida en México y en el Perú al mismo tiempo, sin que hubiese
comunicación entre ambos países y que se haya encontrado establecida en
dos naciones bárbaras del Nuevo Mundo antes que se adoptase entre las
naciones civilizadas de Europa.»[228]. Lo mismo en México que el Perú
gozaban dichos peatones de mucha consideración, hasta el punto de que
nadie podía inferirles la menor ofensa sin incurrir en pena de muerte.
Las casas de postas se hallaban siempre en alto, y las unas a la vista
de las otras. Es de advertir que los chasquis estaban únicamente
al servicio del Estado; pero a veces transportaban objetos para el
servicio de la Corte, y aun cosas de comer para el consumo de la Casa
Real. Por este medio la Corte recibía pescado del distante Océano,
caza de lejanos montes y frutas de las cálidas regiones de la costa.
Con semejante sistema de correos se tenía en seguida noticia en la
capital, ya de la insurrección de una provincia, ya de la invasión de
extranjeros enemigos por la frontera más remota. «Tan admirables eran
las disposiciones adoptadas por los déspotas americanos para mantener
la tranquilidad en toda la extensión de sus dominios. Esto nos recuerda
las instituciones análogas de la antigua Roma, cuando bajo el imperio
de los Césares eran señores de medio mundo.»[229].

       [226] Dice Garcilaso que chasquis significaba _uno que hace un
       cambio_. _Com. Real_, parte I, libro VI, cap. VIII.

       [227] Respecto al Perú casi todos los autores dicen que no
       pasaba de _tres cuartos de legua_.

       [228] _Historia del descubrimiento y conquista del Perú_, tomo
       I, pág. 82.

       [229] Prescott, Ibidem, pág. 83.

Por último, terminaremos con las mismas palabras con que Herder dió fin
al capítulo que intituló _Organización de los americanos_[230]. ¿Qué
puede deducirse--preguntaba el filósofo alemán--de todo lo expuesto?

       [230] _Philosophie de L' Histoire de L' humanité_, tom. I,
       págs. 300 y 301.

Primero: que no se debe hablar de una manera general de los pueblos
de un continente que está enclavado en todas las zonas. El que dice:
América es cálida, sana, húmeda, baja, fértil, tiene razón; el que diga
lo contrario, también tiene razón, si considera estaciones y lugares
diferentes. La misma observación se aplica a las naciones, pues se
encuentran hombres de un hemisferio bajo todas las zonas. Al Norte y
al Sur hay enanos, y al lado de ellos se hallan gigantes. En el centro
se ven hombres de talla regular, más o menos bien formados, pacíficos,
belicosos, perezosos y vivos, en una palabra, todos los géneros de vida
y todos los caracteres.

En segundo lugar, nada, sin embargo, prueba que tantas ramificaciones
no procedan de la misma raíz, y que la unidad de origen se manifieste
también por la semejanza de los frutos. Eso es lo que oímos decir
del carácter dominante, lo mismo en la figura que en la organización
física de los americanos. Ulloa observa en las comarcas centrales, que
los individuos tienen la frente pequeña cubierta de cabellos, naríz
afilada que se encorba hacia el labio superior, ancha cara, grandes
orejas, piernas bien formadas, pies pequeños y cuerpo rechoncho; y sus
caracteres se encuentran más allá de México. Pinto añade que la naríz
es algo chata, la cara redonda, los ojos negros o castaños, obscuros,
pequeños y vivos y las orejas un poco separadas de la cabeza: esto
mismo se halla en los pueblos degenerados que viven lejos de aquéllos.
Esta fisonomía general, que se transforma más o menos, según los
pueblos o los climas, parece como un rasgo de familia y se reconoce en
pueblos diversos, atestiguando perfectamente la unidad de origen. Si
fuese cierto que pueblos de todas las partes del mundo, en diferentes
épocas se habían fijado en América, ya mezclados o ya separados, la
diferencia con los anteriormente citados debía ser mayor. Los cabellos
blondos y los ojos azules no se ven en las gentes de esta parte del
mundo: los cessers de los ojos azules de Chile, y los akansas de la
Florida han desaparecido recientemente.

En tercer lugar, ¿se puede, después de todo ello, señalar a los
americanos un carácter general? Parece que sí, y éste es una bondad
e inocencia casi infantil, de las que se encuentran señales en todas
sus formas, aptitudes y poca astucia y, sobre todo, por la manera como
ellos han recibido a los primeros europeos. Nacidos en un país bárbaro,
sin ninguna ayuda del mundo civilizado, realizaron los progresos por sí
solos, y por esa razón, presentan en sus comienzos un aspecto rico e
instructivo de la humanidad».



CAPÍTULO X

  INSTITUCIONES MILITARES.--EL ARCO Y LA FLECHA.--LA LANZA, LOS
  DARDOS, LAS JABALINAS, LAS HONDAS Y OTRAS ARMAS.--LAS ARMAS
  DEFENSIVAS: EL ESCUDO, EL PETO, LA COTA Y EL CASCO.--DIFERENCIA
  ENTRE LAS ARMAS DE LAS RAZAS CULTAS Y DE LAS SALVAJES.--LAS
  FORTIFICACIONES.--BANDERAS O ESTANDARTES.--LA MÚSICA
  MILITAR.--ORGANIZACIÓN DE LA FUERZA ARMADA.--LA GUERRA: SU
  DECLARACIÓN; SUS PREPARATIVOS.--LOS TAMBOS O CUARTELES-PÓSITOS.--LA
  TÁCTICA Y LA ESTRATEGIA.--CRUELDAD EN LA GUERRA.--PREMIOS Y
  CASTIGOS.--LEYES MILITARES.--MODO DE AFIANZAR LAS CONQUISTAS.--LA
  PAZ EN LOS PUEBLOS SALVAJES Y EN LOS CULTOS.


Nos vamos a ocupar de las instituciones militares. Dividíanse las armas
de los indios en ofensivas y defensivas. Ofensivas más importantes eran
el _arco_ y la _flecha_. Los pueblos del Norte solían hacer el arco de
madera de cedro, roble, sauce, pino o tejo; los del Sur, de madera de
palma. Las cuerdas consistían en nervios de animales o tiras de cuero.
Las flechas que usaban los habitantes de la América septentrional
eran de pedernal o cobre; los de la América meridional eran astillas
de caña o de madera y huesos. Las puntas de las flechas, labradas
cuidadosamente, tenían la figura de lengüeta, de cono o de triángulo.
Muchos pueblos envenenaban sus flechas, valiéndose de diferentes
substancias, siendo la principal el _curare_, que se extraía de cierto
bejuco del género _strychnos_, muy abundante en la riberas del Orinoco,
del río Negro y del Amazonas.

Después del arco y la flecha, el arma de más uso era la _lanza_:
blandíanla en la América del Norte los apaches, los californios del
Centro, los shoshonis, los haidahs, los tlinkits, los aleutas, los
koniagas, los chinuks y los esquimales; y en la América del Sur, los
araucanos, los aucas, los puelches, los charrúas, los albayas, los
panches, los pueblos de los Llanos y los omaguas[231]. Variaba lo largo
de las lanzas, ya en unos, ya en otros pueblos.

       [231] Véase Pi y Margall, _Hist. general de América_, tomo I,
       cuaderno II, págs. 1.294 y 1.295.

También usaban los _dardos_, las _jabalinas_, las _hondas_, las
_macanas_ y las _clavas_. Usaban del dardo, entre otros, el dacota;
de la jabalina, el iroqués; de la honda, el patagón y el apache; de
la macana (verdadera espada de dura madera), el chiquito y otros, y
de la clava, arma bastante parecida a la macana, el caribe. Otras
armas conocieron algunos pueblos, como los _sables_, las _hachas_, los
_cuchillos_, las _bolas_ o los _lazos_.

En Cuba, en la Jamaica, en las islas de Bahama y en la parte
septentrional de Haytí no tenían los indios arcos y flechas, aunque sí
el arma conocida con el nombre de _azagaya_, la cual terminaba en punta
por uno de sus extremos; a veces esta punta se hallaba formada por una
espina de pescado.

Las armas defensivas consistían en escudos, rodelas y máscaras. Los
escudos eran de diferentes formas. Algunos indios llevaban simples
rodelas de cuero, de madera, de piel o de corteza de árbol. Escudos
y rodelas variaban, no sólo de forma y de materia, sino también de
tamaño. Defendíanse, además, con el _peto_, la _cota_ y el _casco_.

Casi iguales eran las armas de las razas cultas y salvajes,
diferenciándose únicamente en la mayor perfección de las primeras
sobre las segundas. Hasta tal punto mostraron su inventiva las
razas salvajes, que llegaron a emplear las flechas incendiarias;
las emplearon los habitantes de la Florida, y entre los tupíes, los
tupinambaes. Como los materiales de que estaban formadas las viviendas
ardían con suma facilidad, los que usaban tales flechas conseguían por
este medio su objeto.

Si los toltecas, al establecerse en el valle del Anahuac no conocieron
más instrumentos belicosos que el arco, la flecha y la cerbatana, los
aztecas, además de las citadas, usaron lanzas de mucha altura, dardos
de tres puntas, espadas de guayacán o de otras maderas, y algunas más.
Los hierros de las lanzas eran de cobre o de obsidiana; los dardos, o
todos de madera endurecida al fuego o de cobre; las espadas no tenían
menos filo que nuestras cuchillas.

Los nobles, como era natural, solían llevar armas más ricas; los
capacetes eran de oro o plata, o, por lo menos, cubiertos de aquellos
metales; las corazas estaban hechas de láminas de plata u oro; las
cotas adornadas con brillantes plumas, distinguiéndose por su finura
los guanteletes y por su riqueza los brazales. La armadura de los reyes
era todavía mejor, pues además de emplear el oro y la plata con mayor
profusión que los nobles, adornaban con plumas de _guetzalli_ sus
yelmos, cascos y rodelas.

En la América Central las armas ofensivas y defensivas tenían exacto
parecido a las usadas en México y en el Perú.

Pasando a estudiar las _fortificaciones_, diremos, como regla general,
que las razas salvajes, y aun las cultas, buscaban la defensa de sus
pueblos en la naturaleza, así que solían situarlos en lugares altos
y escabrosos o en las márgenes de los ríos. Muchas razas protegían
sus poblaciones con sencillas empalizadas y fosos. Los guaraníes del
Paraguay tenían fortificado el pueblo de Lampere con foso y doble
cerco. Aún eran más fuertes no pocas poblaciones de Guatemala. Lo
mismo podemos decir de muchas poblaciones de Nicaragua y del Ecuador.
En el Perú abundaban los castillos, siendo de notar que muchos de
ellos se comunicaban por galerías subterráneas; el del Cuzco y el de
Pisac, entre otros, eran célebres por su imponente grandeza. Lo mismo
interior que exteriormente, llaman la atención las fortificaciones de
la ciudad de México y las que se encuentran en las opuestas provincias
de Veracruz y Oajaca. Recordamos en la provincia de Veracruz la de
Centla, que está próxima a Huatusco, y la de Tlacotepec, a cuatro
leguas de Folutla. En la provincia de Oajaca, donde las fortificaciones
demuestran mayores adelantos que en ninguna parte, se halla, a tres
cuartos de legua al Oeste de Mitla, una ciudadela sobre escarpada roca,
que bien puede figurar al lado de ciudadelas de Europa posteriores en
siglos. «Tenía esta ciudadela un muro de piedra, grueso de 21 pies,
alto de 18 y largo casi de una legua. Corría el muro por todo el
borde superior de la roca y formaba multitud de ángulos entrantes y
salientes. Unido a él había al Este otro lienzo de muralla curvilíneo
y ondulante, de no menos espesor y de más altura. Las dos entradas de
tan regular fortificación eran oblícuas. Estaban las dos al Oriente; la
una en el primero y la otra en el segundo lienzo. Al Occidente, casi en
la misma línea de la segunda entrada, había una como puerta de salida o
de socorro; en medio de la plaza, grandes edificios, acaso cuarteles y
depósitos de efectos de boca y guerra»[232].

       [232] Pi y Margall, Ob., tomo y cuad. citados, pág. 1.307.

Hállanse fortificaciones, más o menos sólidas, en otros puntos de
América, llamando la atención algunas por su semejanza con nuestros
castillos de la Edad Media.

Respecto a _banderas_ o _estandartes_, carecían de ellos las razas
salvajes; sólo de los araucanos se cuenta que usaban estandartes, y
en ellos pintada una estrella. Tenían banderas casi todos los pueblos
cultos. Dice Bernal Díaz del Castillo, que en la costa de Campeche
(Estado de México), vió escuadrones de indígenas con banderas tendidas.
En el imperio de Moctezuma--según el Oficial Anónimo--cada compañía
de cuatrocientos hombros llevaba su estandarte. En el Peón--añade
Jérez--los soldados estaban repartidos por escuadras y banderas. Los
aztecas los hacían de plumas que unían con hilos o cintas de oro o
plata, los peruanos los fabricaban de lana y los tlaxcaltecas los
componían de plumas de colores.

¿Fueron siempre signo de guerra las banderas? Escribe Cortés que, en
su segunda expedición a México, salieron de Tezcuco cuatro indios con
una bandera en una vara de oro, lo que indicaba que venían de paz,
añadiendo Bernal Díaz, que en señal de paz abajaron, humillaron y
entregaron dicha bandera[233].

       [233] Pi y Margall, ob., tomo y cuad. citados, pág. 1.312.

Por lo que a instrumentos de _música militar_ se refiere, la diferencia
entre algunas razas salvajes y cultas era poca, y decimos algunas,
porque la mayor parte de ellas se enardecían en los combates dando sólo
voces y gritos. El instrumento principal usado por las cultas y algunas
salvajes era el tambor, construído con troncos huecos de árboles y
cubiertos los extremos de dichos troncos con piel de venado o de cabra
montés. De muy diferentes clases y tamaños eran los tambores, ya en
unos, ya en otros pueblos. Cítanse de igual manera los cuernos de caza,
los cuernos marinos y los silbatos. También debía ser instrumento de
guerra la flauta o _fututo_ que usaban los indígenas de la América
Meridional.

No estaba organizada la guerra armada en las razas salvajes. Se servían
del arco y de la flecha lo mismo en sus guerras que en sus cacerías.
Cuando iba a comenzar la guerra, se nombraba el jefe. Entre los
araucanos, los tupíes y algunos más, el servicio debió ser obligatorio;
entre todos era obligatorio en las guerras defensivas, no en las
ofensivas.

Respecto a la _organización del ejército_ entre los araucanos, se
sabe que estaba dividido en batallones de mil plazas y compañías de
ciento. Mandábalo un _thoqui_ o general en jefe, y bajo sus órdenes
había un _vicethoqui_ o lugarteniente; debajo de los dos, capitanes
de diferente graduación. Los aztecas habían dividido sus ejércitos en
batallones de 400 hombres y cuerpos de 8.000 o _xiquipillis_. Unos
batallones se distinguían por el color de las plumas de que llevaban
cubiertos jubón y calzas; otros--según el Oficial Anónimo--por las
plumas bermejas y blancas; algunos por las amarillas y azules; varios
por otra clase de colores. Unos iban provistos de arcos, otros de
hondas, algunos de espadas. Cada batallón tenía su capitán, y cada
ejército su _tlacochcalcatl_ o general en jefe. Los peruanos dividían
su ejército en grupos de diez, cincuenta, ciento, mil, cinco mil y
diez mil hombres; todos estos grupos se hallaban mandados por jefes de
diferente categoría. Un grupo manejaba la honda, otro el arco, aquél
la porra o el hacha y éste el lanzón o la pica. Existía, además, en el
Perú un cuerpo de dos mil incas destinado a la guardia y defensa de los
emperadores. Distinguíanse de todos los demás soldados porque llevaban
engarzados en las orejas rodetes de oro.

La _guerra_ era casi el estado habitual de los pueblos americanos.
La hacían los cultos y los salvajes. Si guiaba a los primeros de vez
en cuando algún fin noble o humanitario, los segundos la promovían
por espíritu de venganza, por adquirir cautivas, por codicia, por
cuestiones de límites, por feroz canibalismo. Procede decir que los
cultos aztecas no sólo peleaban por engrandecer el Imperio y castigar
a sus enemigos, sino también con el deseo de coger prisioneros y
sacrificarlos a sus dioses. Sentimientos más nobles tenían los chibchas
y peruanos: los primeros no emprendían guerra alguna sin consultar al
Pontífice de Sogamoso, y los incas se proponían un fin civilizador,
cual era apartar a los salvajes de todo culto sangriento e instruirlos
en las artes industriales y en la agricultura.

Decretaban la guerra, en los pueblos salvajes, los caciques poderosos,
las Juntas de jefes de familia o las Asambleas de guerreros. Los incas
tampoco declaraban formalmente la guerra, sino cuando contaban con
probabilidades del triunfo. Antes de lanzarse a la lucha, tomaban
posiciones y se guarecían tras estacadas en altos cerros, procurando
cortar el paso a los que pudiesen socorrer al enemigo. Más formalidades
guardaban los mejicanos, quienes enviaban embajadores a la capital
enemiga, esperando algunos días la respuesta. No se contentaban con una
embajada, sino repetían dichas embajadas antes de comenzar la guerra.

Eran diferentes los _preparativos de guerra_ entre las razas salvajes
y las cultas. Lo primero que hacían los salvajes era buscar soldados,
y para ello se reunían los hombres más valerosos en banquetes y daban
cuenta de sus proyectos belicosos. Si encontraban acogida los tales
proyectos, se abría la campaña; en caso contrario, se desistía de ella.
Antes se celebraban ciertas fiestas, ya religiosas ya profanas. Los
dacotas acostumbraban a elegir por caudillo un sacerdote o un guerrero.
Al paso que algunos pueblos se preparaban a la guerra mediante
ridículos procedimientos, otros, aunque tan rudos como aquéllos, se
disponían más convenientemente. Tanto los pimas como los salvajes de
algunos puntos de México, buscaban el apoyo de los pueblos vecinos para
lanzarse a la lucha. También antes habían adquirido armas, víveres,
tiendas y todo lo que necesitaban en tales circunstancias. Tenían del
mismo modo sus exploradores.

Los preparativos en las razas cultas eran diferentes. Los reyes aztecas
encargaban a gente sagaz y entendida que examinase la naturaleza del
terreno enemigo y la condición de los pobladores. No abrían la campaña
sino después de conocer los pasos fáciles y los peligrosos, el lado
vulnerable de las fortalezas, las armas, el número de los enemigos.
Discutido todo en consejo de guerra, se llamaba a los capitanes de
mayor categoría y se les decía el camino que habían de seguir, las
jornadas que debían hacer y el sitio más a propósito para lograr la
victoria. Mandaban a la vez que los demás jefes de las provincias se
incorporasen con tropas al ejército, y también que otras autoridades
aprestasen armas, víveres, mantas y tiendas de campaña. Los incas
tenían dichos abastecimientos en _tambas_ o cuarteles-pósitos; los
últimos se hallaban en determinados puntos de los caminos que de Norte
a Mediodía y de Oriente a Occidente cruzaban el imperio. Allí en los
citados _tambos_ podían las tropas alojarse, surtirse de víveres, de
armas y de vestidos.

Eran casi nulas la _táctica_ y la _estrategia_. No las tenían las razas
salvajes; apenas las cultas. Empezada la refriega, los combatientes,
sin orden o en tumulto, y dando feroces alaridos, avanzaban disparando
flechas, hasta llegar a las manos con el enemigo. Peleaban cuerpo a
cuerpo, y abandonaban el campo si perdían al jefe o veían muertos
a muchos de sus hombres. La estrategia estaba reducida a partir
secretamente, escoger ocultas veredas, llegar de noche al campamento
enemigo, emboscarse, y al romper del alba caer y lograr la victoria.

Los araucanos se distinguían por su _estrategia_. Eran diestros para
organizar en secreto expediciones, caer de improviso y de noche sobre
el enemigo, fingir falsas retiradas, simular ataques, triunfar por el
engaño. Metidos en las asperezas de los montes, eran invencibles. Los
mismos españoles tiempo adelante se vieron muchas veces engañados y
sorprendidos en las diferentes guerras que con ellos sostuvieron. Bien
puede asegurarse que los indios, en general, eran traidores en las
guerras. Combates en el mar no los había; pero sí en los lagos y en los
ríos.

Los aztecas y los incas mostraron algunas veces ligeros conocimientos
de táctica y de estrategia, en particular los segundos: «Marchaban
los ejércitos peruanos divididos en vanguardia, centro y retaguardia.
Iban en la vanguardia los honderos con sus hondas y rodelas; en la
retaguardia, los piqueros con sus picas de treinta palmos, y en el
centro los soldados de las demás armas con el Inca o el general en jefe
y la guardia del imperio.

       *       *       *       *       *

Sabían los peruanos atacar de frente y de flanco, fingir retiradas y
también emboscar gentes que en lugar y momento oportunos decidiesen el
combate.

       *       *       *       *       *

Cuéntase, además, de los peruanos que llevaban en sus expediciones
rebaños de carneros para la manutención de las tropas en país enemigo,
el material necesario para las tiendas de sus campamentos y oficiales
que tomaran razón de los salvados, heridos y muertos»[234].

       [234] Pi y Margall, ob. cit., tomo I y cuaderno II, pág. 1.327.

_Crueles_ en las batallas eran las razas de América, como crueles
eran también las naciones europeas. Matar, destruir y llevarlo todo
a sangre y fuego será siempre el fin de la guerra. En diferentes
puntos de América, ya del Norte, ya del Sur, se mataba y se comía a
los prisioneros. Varias tribus se contentaban con reducirlos a la
servidumbre. Tanta crueldad mostraron los aztecas con los prisioneros
como las razas salvajes. Les colocaban en sus templos sobre la piedra
de los sacrificios, les abrían el pecho, les arrancaban el corazón y
rociaban con la sangre el rostro de sus ídolos. A otros prisioneros
les daban otro género de muerte. Los peruanos eran humanos, hasta el
punto de ponerlos en libertad luego que la guerra terminaba. A veces
los desterraban del hogar en que habían nacido; pero permitiéndoles
llevar consigo la familia. Procuraban economizar la agena y la propia
sangre, llegando su humanidad a no extremar el ataque ni la defensa,
aun sabiendo que con semejante conducta prolongaban la guerra. «No
aniquiléis ni destruyáis lo que habéis de vencer y adquirir mañana»,
solían decir los jefes a sus ejércitos. Digna de alabanza fué, por
muchos conceptos, la conducta que seguían los peruanos y que hubiera
debido servir de ejemplo a las naciones más civilizadas de Europa.

En las razas salvajes y en las cultas se premiaba a los valientes y
se castigaba a los cobardes. Para los hombres de reconocida bravura
había ciertas insignias en muchas razas salvajes. Pintarse los brazos,
el pecho o del ojo a la oreja era señal de cierto número de combates;
llevar prendidas en sus cabellos plumas de águila indicaba el valor del
guerrero, pues el número de plumas era igual al de enemigos a quienes
había dado muerte.

También entre los aztecas era insignia de valor las plumas. Sólo podía
usarlas el que hubiese hecho por su mano cinco prisioneros. Semejante
guerrero tenía derecho a llevar vistosos penachos sujetos por hilos de
plata y mantos de diferentes colores o con ricas orlas.

El pueblo más valeroso entre los americanos debió ser el azteca. Nadie
hacía caso del noble si era cobarde, y el soldado más humilde, si
tenía valor, se elevaba a los primeros puestos. Sólo dos cargos se
reservaban a determinadas clases: a la familia del Rey el de Capitán
general de los ejércitos; a la alta nobleza el de General de división
o _de xiquipilli_. Las insignias militares eran muchas. Ordenes de
caballería había una o varias, y para entrar en ella o en ellas debían
hacerse ceremonias graves y solemnes. Del mismo modo en el Perú hubo
una especie de orden de caballería, donde entraban los incas de diez y
seis años que resistieran determinadas pruebas. Alguna semejanza tenía
esta orden con la de los aztecas; en ambos pueblos compartían el ayuno
los deudos del neófito y en ambos pueblos era común el taladro, allí
de las narices y aquí de las orejas. Respecto a las demás ceremonias,
notábase a primera vista la diferencia; dominaba entre los aztecas
el sentimiento religioso sobre el militarismo, y entre los incas el
militarismo sobre la religión; eran aquéllas más fantásticas que
prácticas, y éstas más positivas que ideales.

No dejan de ser curiosas y de no poco interés las _leyes militares_ de
los aztecas, que a continuación copiaremos:

  I. Todo General u Oficial que salga con el Rey a campaña y le
  abandone o le deje en poder del enemigo, faltando a la obligación
  que tiene de traerlo vivo o muerto, será decapitado.

  II. Todo Oficial que forme parte de la guardia del Príncipe y
  abandone su puesto de confianza, será decapitado.

  III. Todo soldado que desobedezca a su jefe inmediato, o deje su
  puesto, o vuelva la espalda al enemigo, o de cualquier modo le
  auxilie, será decapitado.

  IV. Todo Oficial o soldado que usurpe, que robe el cautivo o el
  botín de otro, o ceda a otro el prisionero que por su mano hizo,
  sufrirá pena de horca.

  V. Todo soldado que en guerra dañe al enemigo sin la venia de su
  Jefe, o le ataque sin haberse dado la señal de combate, o abandone
  la bandera, o deserte del campamento, o quebrante o viole las
  órdenes del Capitán de su compañía, será decapitado.

  VI. Todo traidor que revele al enemigo los secretos del ejército
  o las órdenes encaminadas para llevarle a la victoria, será
  descuartizado. Se le confiscarán los bienes y se reducirán sus
  hijos y deudos a perpetua servidumbre.

  VII. Toda persona que en tiempo de guerra oculte o proteja al
  enemigo, noble o plebeyo, será descuartizada en medio de la plaza
  pública. Se arrojarán sus miembros a la muchedumbre para que los
  haga objeto de escarnio.

  VIII. Todo noble o toda persona de distinción que en acciones de
  guerra, en danzas o en otras fiestas ostente insignias de los
  reyes de México, Tezcuco o Tamba, sufrirá pena de muerte y serán
  confiscados sus bienes.

  IX. Todo noble que habiendo caído prisionero en poder del enemigo,
  se escape y vuelva al país, será decapitado. Se dejará, por lo
  contrario, libre y se premiará como bravo al que vuelva después
  de haber vencido en la piedra gladiatorial a siete adversarios.
  Si el que huyera de la cárcel del enemigo fuese simple soldado y
  volviese al país, será bien recibido.

  X. Todo embajador que en cumplimiento de su mensaje no se atenga a
  las órdenes é instrucciones que haya recibido o vuelva falseando la
  contestación, será decapitado.

       *       *       *       *       *

Con el objeto de _afianzar las conquistas_, los vencedores dejaban a
la cabeza de las tribus sometidas, al jefe vencido o a su sucesor,
exigiéndole únicamente ciertos tributos y determinadas obligaciones.
De todos los monarcas de América, los de Perú mostraron más deseos
que ningún otro de civilizar a los pueblos conquistados, ya mediante
la persuasión, ya por la fuerza. A los jefes les regalaban hermosas
mujeres y joyas de oro; a los demás, lana y algodón para que se
vistieran, ganados para criarlos, maíz y legumbres para que comiesen.
A veces les instruían en la agricultura y les abrían acequias para el
riego de los campos.

Respecto a la _paz_, solicitábanla lo mismo los pueblos salvajes que
los cultos por medio de embajadores. Entre los salvajes, el símbolo
de la paz era la pipa; en una pipa generalmente esculpida o pintada,
fumaban los embajadores o los jefes de los pueblos que ponían fin a
sus discordias. Si los embajadores se presentaban al Rey, lo primero
que hacían era ofrecerle una pipa. Luego cada uno de aquéllos encendía
la suya y fumaban todos, echando la primera bocanada de humo al Sol,
la segunda a la tierra y la tercera al horizonte. En seguida pasaban
sus pipas a la comitiva regia, y exponían su mensaje. Expuesto y
contestado, el Rey usaba de la pipa, significando de este modo paz y
concordia. Hacía encender una pipa y la circulaba a los mensajeros; con
esto terminaba la embajada.

Los embajadores aztecas llevaban una especie de dalmática verde, de
cuyos extremos pendían borlas de colores, manta finísima revuelta al
cuerpo y recogida por dos de sus puntas en los hombros, ricas plumas en
el cabello, una flecha con la punta al suelo en una mano y un escudo en
la otra; pendiente del brazo una red con víveres para el camino. Acerca
de los incas, ellos enviaron pocas o ninguna embajadas; pero recibieron
muchas de las naciones fronterizas.



CAPÍTULO XI

LENGUAS AMERICANAS: SU NÚMERO.--LENGUA DE LOS HABITANTES EN LA TIERRA
DEL FUEGO: EL YAHGAN.--LENGUAS QUE SE HABLABAN EN LAS PAMPAS Y EN EL
GRAN CHACO.--LA LENGUA CHARRÚA.--LENGUAS DE LA AMÉRICA MERIDIONAL:
GRUPO ATLÁNTICO Y GRUPO ANDINO.--EL GOAGIRO ARAWAK.--EL TAPUYA,
EL TUPÍ Y GUARANÍ.--LENGUA CHIQUITA.--EL CHIBCHA, EL QUICHUA Y EL
AIMARÁ.--OTRAS LENGUAS.--LENGUAS DE LA AMÉRICA CENTRAL.--EL MAYA
QUICHÉ Y EL NAHUATL O AZTECA.--EL OTOMÍ Y EL PAMA.--LENGUAS DE LA
AMÉRICA SEPTENTRIONAL: EL CAHITA TA Y OTROS.--EL ÓPATA Y EL DACOTA.--EL
CHIGLET Y OTROS.--PARTES DE LA ORACIÓN EN LAS LENGUAS AMERICANAS.--LA
ESCRITURA.--EL LENGUAJE DE LOS GESTOS.


Hase dado en nuestros días suma importancia al estudio de las lenguas,
pretendiéndose obtener, mediante ellas, el origen y parentesco de los
pueblos. Que el estudio es interesante no cabe duda alguna, si bien, a
veces, la filología no ha estado conforme con la antropología[235].

       [235] Para escribir este capítulo hemos tenido presente, y a
       veces hemos seguido al pié de la letra, las obras siguientes:

         Fernández y González, _Los lenguajes hablados por los
         indígenas del Norte y Centro de América_, Conferencia dada
         en el Ateneo de Madrid el 29 de febrero de 1892.

         Fernández y González, _Los lenguajes hablados por los
         indígenas de la América Meridional_, Conferencia dada en el
         Ateneo de Madrid el 16 de mayo de 1892.

         Sentenach, _Ensayo sobre la América Precolombina_.

         Conde de la Viñaza, _Bibliografía española de las lenguas
         indígenas de América_.

Considerable es el número de lenguas y dialectos que se hablaron en
América. Bastará decir que el P. Kircher, aprovechando en su obra
_Sobre la Torre de Babel_ los datos que le comunicaron los Padres
Jesuítas de las misiones de América, al celebrarse una Congregación en
Roma el 1676, hubo de elevar a quinientos el número de tales idiomas.
En el siglo décimo octavo, D. Juan Francisco López sostuvo con algún
fundamento que se hablaban en las Indias Occidentales no menos de
mil quinientos[236]. En nuestros días, Brinton, ilustre profesor de
Arqueología y de Lingüística americana, menciona unos ochocientos
cincuenta y cuatro lenguajes entre idiomas y dialectos[237]. Por
nuestra parte, sólo habremos de citar algunos idiomas, y siguiendo
el método del inmortal Hervás y Panduro, comenzaremos estudiando las
lenguas del Sur de América hasta remontarnos a las del Norte. En tres
partes dividiremos el asunto, las cuales serán las siguientes: _Lenguas
de la América Meridional_, _Lenguas de la América Central_ y _Lenguas
de la América Septentrional_. Trataremos cada una de dichas partes
sin sujetarnos al orden observado por Hervás. Al Sur de la Patagonia,
que es el país más meridional de América, se halla la Tierra del
Fuego, cuyos habitantes hablan el _yahgan_, lengua sumamente pobre
y rústica[238]. Afirman otros autores, entre ellos el Sr. Fernández
y González, que el yahgan es lenguaje bastante culto, y de él se
consideran dialectos el _oua_, hablado al Noroeste en ambas costas del
Estrecho de Magallanes, y el _aliculuf_ de los fuegueños al Noroeste.
Del yahgan ha hecho L. Adam detenido estudio en la _Revista de la
Lingüística_[239].

       [236] Hervás, _Catálogo_, etc., vol. I, pág. 115.--Fernández y
       González, Ibidem.

       [237] _The American Race_, New York, 1891.

       [238] En la Tierra del Fuego--según la opinión de von Martins
       y del Dr. Deniker, de París--se encuentran los moradores más
       antiguos de América.

       [239] _Revue de la Linguistique_, XVII y XVIII

Las lenguas de las pampas manifiestan del mismo modo rudeza
extraordinaria. La región de las pampas comprende tres vastos
territorios, que son al Norte el Gran Chaco, en el Centro las pampas
propiamente dichas y al Sur la Patagonia. Entre las principales
familias lingüísticas del Gran Chaco se encuentran el _guaycuru_,
el _payagua_, el _chunupe_, el _lule_, el _vilelo_ y el _mataco_;
todos estos idiomas, al parecer, carecen de numerales, lo cual indica
el estado de ignorancia de los pueblos que hablaban tales lenguas.
Afirma Pelleschi--uno de los más sabios investigadores de los usos y
costumbres de los indios--que caudillos estimados como inteligentes en
la religión citada, no saben contar los dedos de las manos, llegando
su ignorancia a expresar los dos numerales primeros por palabras
compuestas y sin forma fija. Nada tendría de particular que todos los
indios que hablan el guaycuru en el Chaco (lengua distinta de la de
los indios de California, llamada con el mismo nombre) procedan del
Paraguay.

Del mismo modo se tiene por cierto que los _charrúas_, pueblo casi
salvaje, ocupaban la margen oriental del Uruguay; respecto a su idioma
apenas tenemos más noticias filológicas que las suministradas por
Hervás y Panduro. Haremos observar que, según Azara, la citada lengua
charrúa era completamente nasal y gutural.

Pasamos a estudiar lenguas y pueblos más importantes y también más
conocidos de la misma América Meridional. Estas lenguas pueden
dividirse en dos grandes grupos: el atlántico, representado
principalmente por el _goajiro_, _caribe_ y sus dialectos, con los
idiomas _tupí_ o _guaraní_, y el _chiquito_ de Bolivia, más pobre que
los otros de la citada América Meridional; el otro grupo es el andino,
occidental, que llega hasta el _araucano_.

En rigor de verdad, el primero de los dos grupos, que consta de muchas
lenguas, genuinamente americanas, presenta, además de perfecta unidad
en la formación, admirable pureza de raíces. Parece probado que el
_goajiro arawak_ es la primera lengua que oyeron los españoles en el
Nuevo Mundo, extendida en aquellos tiempos por todas las Antillas.
Considérase por muchos como hermana del caribe y se presenta como
aglutinante en superior grado. Su vocabulario es rico y su numeración
es decimal. Las mismas particularidades se encuentran en las demás
lenguas de la citada región, notándose que pierden su riqueza y
organismo gramatical conforme se van acercando hacia el Sur, como
sucede con el _tapuya_ o _brasileño_ y el _tupí_ o _guaraní_, más
pobres en formas conjugables y con numeración solamente quinaria. Los
tupíes o guaranís (provincia de Corrientes en la Argentina y República
del Uruguay)[240] forman la declinación de su lengua por medio de
posposiciones, que son las mismas para singular y plural. Dialecto
muy interesante de la lengua guaraní es el de los _omaguas_, los más
occidentales de la raza.

       [240] La mayor parte de la población de la provincia de
       Corrientes está formada por los descendientes de los indios
       guaraníes; y un noventa por ciento de la población del Uruguay
       tiene sangre guaraní en sus venas.

La región de los chiquitos, que se extendía entre los afluentes del
alto Paraguay y la cima de la cordillera de los Andes, al Norte
hasta la tierra de los moxos, al Sur el Gran Chaco y al Oeste hasta
los quichuas, comprendía cuatro tribus principales: los taos, los
pinocos, los penoquíes y los manacicas. Situados los últimos cerca
del lago Xavay y hacia las fuentes del Paraguay, constituían el grupo
más importante y civilizado. Sumamente curiosas son las noticias
que acerca de la lengua chiquita ha dado el profesor de _Estética_
de la Universidad de Madrid: «Como en iroqués y en otros idiomas de
Asia y Africa, dice, se señalan en chiquito dos modos de hablar, en
tercera persona principalmente, el de los hombres y el de las mujeres,
con la particularidad de que éstas no pueden usar el modo varonil,
mientras los hombres emplean ambos; de forma que, cuando se trata de
seres que se representan en figura de varón, emplean la masculina, y
cuando hablan de otras (mujeres, brutos, seres inanimados, etc.), o
refieren conversación de alguna mujer, usan la femenina. El lenguaje
de la mujer se distingue a las veces por palabras diferentes, y en lo
común por aféresis y síncopas, como el género femenino de los idiomas
semíticos se diferencia por formas pronominales y verbales que le son
privativas»[241].

       [241] Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 16 de
       Mayo de 1892, pág. 62.

Y más abajo añade el mismo escritor: «Por suponerse relaciones con
el chiquito, de parte de idiomas mal conocidos todavía, los cuales
conforman con él en alguna palabra, se han atribuído a su misma familia
los de poblaciones vecinas al Oeste, es a saber: de los yurucares,
tacanas y mosetanas, así como también los de los ites, movimas y
canichanas al Norte, y el de los samucos al Mediodía, en los confines
septentrionales del Chaco. Por lo que toca a los tacanas, es evidente
la mayor analogía de su lenguaje con el aimará, con el quichua de los
peruanos y con otros idiomas del alto Amazonas»[242].

       [242] Ibidem, págs. 65 y 66.

La lengua _chibcha_ o muysca no deja de tener algunas formas, en
particular en los verbos, semejantes a los del sanscrito, a los del
griego y a los del latín. Llama la atención el gran número de raíces
y temas comunes al chibcha con los idiomas arios. «Extinguido--dice
Fernández y González--el idioma chibcha en Bogotá desde 1765, así como
sus dialectos, el _chimila_ y el _deut_, duran de ellos, al parecer,
al Sur del istmo, el _aravaco_ en Sierra Nevada de Santa Marta, y
el _siquisique_ en el Estado de Lara»[243]. Añade después que son
dialectos del chibcha el _guaymi istmiano_ de Veragua, hablado al Norte
por los valientes, el _siquisique_ de Venezuela y tal vez el extinguido
_chimila_, el _oroaco_ y el _coggaba_[244].

       [243] Ibidem, pág. 9.

       [244] Ibidem, págs. 16 y 17.

En la cuenca del Pacífico, pero en la región peruviana que comprende
los territorios de las actuales repúblicas del Ecuador, Perú, algo de
Bolivia y bastante de Chile, se hallan en primer término el _quichua_
y el _aimará_; ambos idiomas, o idioma el uno y dialecto el otro, como
opinan algunos autores, tienen organismo gramatical muy completo, con
ricas formas en declinaciones y conjugaciones. Si la declinación en
quichua recuerda en parte la declinación vasca, la ugrofinnesa y alguna
otra, la conjugación procede con la misma sencillez que la semítica.

Aparecen en la misma región el _yunca_ (al norte de Trujillo)[245], el
_puquina_ (en las islas y esteros del Lago Tiquitaca) y el _atacameño_
(en el valle del río Loa), lenguajes todos los citados--según la
opinión de varios filólogos--completamente rudos y primitivos, tal vez
restos de pueblos anteriores a la dominación incásica. El _quichua_,
el _aimará_, el _yunca_, el _puquina_ y el _atacameño_ o _calchaqui_
son, pues, los cinco idiomas expuestos por el misionero Alonso de
la Bárcena en su obra, hoy perdida, _Lexica et Præcepta en quinque
Indorum linguis_, dada a conocer en Lima el 1590. Desde el grado 2
al 35, sur de la América Meridional, predominó el idioma quichua, el
cual se generalizó por las conquistas de los incas. Estiman algunos
autores, aunque sin fundamento alguno, que el yunca, hablado al norte
de Truxillo, pertenece a la raza quichua.

       [245] Aunque el yunca ha sido estimado como de raza quichua,
       no lo es, como tampoco lo es el puquina, ni el atacameño. Los
       atacameños, en opinión de Techudi, son una rama desprendida
       de los calchaquis de Tucumán, que huyendo de los españoles se
       refugiaron en los oasis de las costas del Pacífico.

En la América Central, entre los dos istmos, figura en primer término
el idioma _maya_, o, como se dice colectivamente, el _maya-quiché_,
asociándole una de las ramas más importantes de su familia. El
ascendiente que el maya consiguió por Oriente y Mediodía, logró el
_nahuatl_ o _azteca_ en el norte de la América Central. Ambos idiomas
se extendieron por Tabasco, Chiapas, Yucatán, isla de Cozumel,
Guatemala, Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, y parecen ser
los más cultivados y perfectos de América.

Gran interés ha despertado desde los tiempos del descubrimiento el
estudio del nahuatl o azteca. Lengua rica, flexible y cultivada,
ofrece en su gramática y vocabulario, no sólo influencias semíticas y
turanio-euskaras, sino también elementos arios, en particular griegos,
galeses y noruegos.

Desde que Fr. Francisco Gabriel de San Buenaventura, en el año 1560,
publicó su _Arte del idioma maya_, se han hecho curiosos e importantes
trabajos acerca de dicha lengua, llamando la atención entre todos
el _Gran Diccionario_, que Fr. Antonio de Ciudad Real dió a luz en
los comienzos del siglo XVII, no interrumpiéndose dichos estudios
hasta nuestros días. El Sr. Rada y Delgado ha reproducido la obra
del P. Landa intitulada _Relación de las cosas del Yucatán_ y que
el sabio franciscano escribió a mediados del siglo XVI; en ella se
encuentra un alfabeto del que se servían los mayas cuando querían
consignar sus pensamientos. Lo mismo Landa que otros de nuestros
primitivos escritores pudieron darnos el silabario y aun la traducción
de manuscritos mayas; pero «so pretexto de que los citados códices
mantenían la superstición y retardaban los progresos del cristianismo,
mandó Zumárraga, primer obispo de México, quemarlos, en vez de procurar
que se los estudiase y descifrase, y se hizo con esto un daño que no
podrán nunca perdonar ni la ciencia ni la historia. Contribuyó ese
mismo Landa a tan salvaje quema»[246].

       [246] Pi y Margall, _Historia de América_, vol. II, pág. 1.728.

En letra manuscrita escribió después el mismo Pi y Margall: «El Sr.
Icabalceta ha publicado recientemente (año 1881) un libro, _Don
Fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de Méjico_, donde
pretende probar, no sólo que no partió de este prelado la orden, sino
que también fueron pocas las pinturas aztecas entregadas al fuego.
En sus curiosas investigaciones es muy de notar que hace caso omiso
de Diego de Landa, franciscano como Zumárraga, que pisó la tierra
de Yucatán cuando aún vivía el arzobispo. Ese mismo testigo, que es
de toda excepción, dice textualmente: Hallámosles grande número de
libros de estas sus letras, y, porque no tenían cosa en que no uviese
superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo qual
a maravilla sentían y les dava pena. Se quiso borrar hasta la memoria
de lo que habían sido los aztecas antes de la conquista. Tampoco debe
olvidarse que por Real cédula de 22 de Abril de 1577 se mandó recoger
la obra de Bernardino de Sahagún y se previno a las autoridades de
México que en manera alguna consintiesen que nadie escribiera en
ninguna lengua de cosas que tocasen a las supersticiones y a la manera
de vivir de aquellos indios, pues así convenía al servicio de Dios
nuestro señor y al nuestro. El mismo Sr. Icabalceta ha publicado esta
Real cédula en otro libro posterior (1883), intitulado _Nueva colección
de documentos para la Historia de México_.»

Prueba todo esto la importancia que se ha dado al lenguaje de las
gentes más civilizadas del Nuevo Mundo, debiéndose advertir que las
bellezas que se muestran en su sonido y mecanismo alcanzan a su conexo
el _quiché_, con sus varios dialectos: el _trotzil_, el _chol_, el
_totomaco_ y otros. No pocas afinidades ofrece este grupo con las
lenguas asiáticas jaféticas, «hasta el punto de poderlas asimilar
en ciertos momentos a los idiomas llamados indo-germánicos, como el
_chiapanec_, apenas aglutinante, y el _tarasco_, con un verbo casi
greco-sanscrito o zendo, sin que por esto falten entre ellos dicciones
semíticas y hasta vascas, adquiridas por contacto con las aborígenes,
como haríamos patentes a poder entrar en su estudio detallado»[247].

       [247] Sentenach, ob. cit., pág. 52.

Con el _tarasco_ manifiestan cierto parentesco el _otomí_ y el _pame_,
como otros que corresponden a los pueblos que tuvieron asiento en la
parte más meridional de América. Al lado del azteca o mejicano, en
los Estados de San Luis de Potosí, en alguna parte de Querétaro, en
mucha de Guanajuato, Mechoacán, Veracruz, Puebla y en otros lugares
de Nueva España, se habló el _otomí_, uno de los idiomas más usados
en la América Central, y que tenía muchas analogías con varios de
la América Meridional. Al Nordeste de los países en que se hablaba
el otomí, dominó el _pame_, idioma propio de los chichimecas, y que
guarda no pocas analogías con el otomí. En el fondo el idioma de los
_zapotecas_ (situados en el Estado de Oaxaca y en las costas del Océano
Pacífico) se asemeja mucho al pame y al otomí, si bien hay en él, como
en el egipcio antiguo, procedimientos y raíces que lo mismo guardan
conexión con los idiomas semíticos que con los arios. Semejantes a
estos idiomas debieron ser los hablados por varios pueblos primitivos
al Norte de México, según la autorizada opinión de Brinton y otros
modernos, apareciendo el ya conocido _nahuatl_, hablado por los
aztecas en su última época. Tardó mucho tiempo la formación de dicha
lengua en el Anahuac, y cultivo tan largo le dió más flexibilidad y
riqueza, a costa, seguramente, de su pureza y carácter castizo, pues
se advierten en seguida las influencias más extrañas, lo cual no
debe llamar la atención, por los muchos pueblos que pasaron por el
territorio mexicano antes que los aztecas se hiciesen dueños absolutos
del país. El _mixteca_, hablado todavía en el Estado de Oaxaca y en
parte del de Puebla y Guerrero, es bastante perfecto, como también el
_zapoteca_, que se halla del mismo modo en dicho Estado de Oaxaca y en
las costas del Pacífico. En el fondo el zapoteca se asemeja al pame y
al otomí, siendo de notar que hay en él, como en el egipcio antiguo,
procedimientos y raíces que lo mismo guardan conexión con los idiomas
semíticos, que con los arios. Al Mediodía de los zapotecas viven indios
procedentes de remotas costas de la parte del Sur, que no ofrecen en
su lenguaje nada de extraño; no así los que están situados al Norte de
dicho territorio.

Los últimos dos pueblos, el chinanteco y el mazateco, difieren
notablemente de sus vecinos, y en particular de los nahuas, mixtecas
y zapotecas. El chinanteco tiene por capital a Chinantla, llegando
dicho Estado a confinar con el de Veracruz, y el mazateco está situado
al Norte de los mencionados mazatecos. El _chiapanec_, afine con el
mazateco, se hablaba en Chiapas, y, en la época de la conquista, los
naturales ocupaban las orillas del lago de Managua y de la bahía de
Fonseca en Nicaragua. Parece ser que el chinanteco tenía lengua bronca,
compuesta de sonidos guturales, al contrario del mazateco y chiapanec,
que era eufónico y armonioso.

De Guatemala mencionaremos el _chanabal_, el _chol_, el _cacchí_, el
_poconchí_, el _pocoman_, el _guasteco_, el _zutugil_ y el _xinca_;
de Honduras el _lenca_ y el _xicaque_; de Nicaragua el _chontal_ y el
_subtiaba_; de la costa de los Mosquitos el _rama_ y el _guatuso_; de
Costa Rica el _viceita_, y otros menos importantes en toda la América
Central.

Recordaremos en este lugar que tienen la misma lengua--según ha
mostrado el excelente filólogo Joh. Card. Ed. Buschman--todas las
tribus de la familia Uto-Azteca[248].

       [248] Como dato curioso conviene saber que en el año
       1880--si damos crédito a los censos norteamericanos y
       mexicanos--vivían en los dos territorios, unos 2.000.000 de
       indios pertenecientes a la familia lingüística Uto-Azteca.

Procede ya que tratemos de las lenguas principales que se hablan en
la América Septentrional. Conforme avanzamos de la América Central
a la del Norte, las lenguas presentan caracteres diferentes. En la
parte Oeste de México merecen consideración especial el _cahita_, el
_tara-humara_, el _tepehuano_ y el _cora_, hablados todavía en los
Estados mejicanos e influidos de antiguo por el azteca, en particular
el último.

Asentados los cahitas en la parte Norte de Sinaloa, cerca de los ceris,
ópatas y pimas, su lenguaje, que se extiende por el territorio de
Sonora, comprende los dialectos siguientes: el _mayo_, el _yaqui_ y el
_tehuepo_. El _tara-humara_ se halla en Chihualuca, Sonora y Durango;
el _tepehuauo_ en Cohuaila y Sonora; y el _cora_ en Jalisco. Al Sur
de Colombia se encuentra la California a lo largo de las costas del
Pacífico, y en las márgenes del Oregón, del Pitt, del de la Trinidad y
del Salmón se hablan varios idiomas y dialectos. En el valle Potter se
habla el _tahtú_, que comprende el _pomo-yuca_, del cual es principal
dialecto el _kunalapo_, que se usa cerca del lago Clear. Según Bancroft
el kunalapo tiene alguna analogía con el malayo, añadiendo el citado
escritor que los idiomas de los habitantes situados en el nacimiento
del río Eel guardan mucha semejanza con el chino y el japonés. Entre
los idiomas dominantes en los pueblos de la Baja California y Nuevo
México no deben ser olvidados el de los _teguas_, _cuñies_, _guaymíes_
y _guaicuris_. El _guaicuri_ tiene más importancia que los anteriores.

Nos creemos obligados a decir que el _pima_, idioma hablado al Sur del
río Gila, en Sonora y en algunas partes de la Sinaloa septentrional,
es un lenguaje armonioso cuyas dicciones todas terminan en sonidos
vocales. Entre el pima alto y bajo se habla el _ópata_. Al Este de
los lugares donde se habla el pima bajo y el ópata, en las regiones
del Golfo de California y en la isla del Tiburón, se usa el idioma de
los _ceris_ o de los _seris_, y a la parte oriental de las Montañas
Roquizas, en el valle del Misouri, el de los _dakotas_; pero no se
debe olvidar que dichos idiomas, como sus respectivos dialectos, han
merecido profunda atención por algunos escritores, quienes han llegado
a decir que los ceris y los dakotas hablaban lenguajes idénticos a
los de los europeos. No huelga referir que confinan con dakotas y
esquimales los _algonquinos_ e _iroqueses_ cuyos lenguajes han sido
estudiados con bastante detenimiento.

De los esquimales comenzaremos diciendo que se hallan en América y
en Asia, o en ambos lados del Estrecho de Behering. Recordaremos
aquí que Brinton, guiado por tradiciones orales de los indígenas que
pudieran remontarse a dos mil años, no tiene inconveniente en afirmar
que los esquimales asiáticos proceden o son originarios de América,
llegando a creer que la familia de ellos es la misma que la de los
de Groenlandia, tierra que debió estar unida a la de Baffin y a la
Escandinavia[249], allá por la edad cuaternaria. Filólogos de bastante
reputación reducen a tres los dialectos principales de la lengua
esquimal, y son el de _Groenlandia y el Labrador_, el _chiglet_, o
de las costas del mar Artico, y el de Alaska. No carecen de interés
los estudios modernos que se han hecho acerca del chiglet (idioma
de los esquimales del río Makencie), y del _alascano_. El _athka_,
dialecto hablado en las islas occidentales aleutienas, se diferencia
poco del alascano. Al mediodía de la región occidental ocupada por
los esquimales, se hallan los tlinkits o koloss, y más al Este los
_tinnas_ (chepeweyanos y athabascanos). Resulta, después de estudiar
las costumbres de los tlinkits, que no dejaban de mostrar cierta
disposición como comerciantes y marinos, habiéndose hallado entre ellos
cuchillos y sierras de hierro, como también objetos para labrar la
plata y el cobre. Practicaban el comercio de esclavos. De su lengua
dicen los americanistas que era dura y áspera.

       [249] La idea de un territorio a manera de puente que sirviera
       de barrera o valla a los Océanos Atlántico y del Norte hasta
       el período glacial, ha sido expuesta por M. A. J. Jules-Browne
       en su obra _The Buildings of the British Isles_, impresa en
       Londres el año 1888.

Al mediodía de los tlinkits, en el territorio llamado colonia inglesa,
y que comprende comarcas occidentales de los Estados Unidos, entre
los grados 55 y 43 de latitud Norte, habitan los kaidahs o kaigames,
que hablan un idioma pobre, sucediendo lo mismo a los indios nass,
sebasas y hailtzas, situados alrededor del río Nass. En el interior
de la Colombia Británica se habla el _nitlacapamuch_, o lengua del
río Tompson, y no lejos, pero más al interior y cerca de las Montañas
Roquizas, el idioma _salish_ de los indios llamados _flatheads_. No
carecen de interés los idiomas de la familia de los _sahaptines_,
idiomas que se hablan a lo largo de los ríos Lewis y de la Culebra,
hasta la falda de las Montañas Roquizas. En cierto sentido pudieran
referirse al _sahaptin_ el lenguaje de los calapoyoc, que habitan al
Sur de los valles de Villameta, el de los indios watlalas y el de los
chinuks.

Acerca de las partes de la oración en las lenguas americanas, procede
notar:

  1.º Que el artículo, en las lenguas cultas, sólo existe en el maya,
  y en las incultas entre los algonquines y otomíes.

  2.º El nombre suele llevar un pronombre posesivo en muchas lenguas.
  Si en unas no cambian los nombres de singular a plural, y se les
  pluraliza mediante numerales o adjetivos, en otras las formas
  plurales son varias y más o menos numerosas. El dual sólo existe,
  entre todas las lenguas de la América del Sur y del Centro, en
  la chilena; pero sí en algunas de la América del Norte. Respecto
  a géneros masculino y femenino, no los hay--según no pocos
  gramáticos--en las lenguas americanas. Casi lo mismo pudiéramos
  decir de las declinaciones y los casos.

  3.º No abundan los verdaderos adjetivos en las lenguas americanas,
  y se duda si los tienen las algonquinas.

  4.º El pronombre es parte importante de la oración en muchos de
  aquellos idiomas.

  5.º El verbo se incorpora, no sólo los pronombres, sino los nombres
  que rige, los adverbios y hasta las conjunciones y preposiciones.
  Tiene, además, muchas conjugaciones, voces y modos. Débese recordar
  que falta el verbo sustantivo en lenguas bárbaras y en lenguas
  cultas, y lo hay lo mismo en unas que en otras lenguas.

  6.º El adverbio se incorpora en muchas lenguas al verbo. En otras
  es muy frecuente adverbiar los verbos o los adjetivos.

  7.º La preposición abunda en algunos idiomas de la América del Sur,
  del Centro y del Norte. En la mayor parte de las lenguas americanas
  las preposiciones deberían denominarse postposiciones; sobre todo
  cuando rigen pronombres, suelen ir, no sólo pospuestas, sino
  también prefijas o sufijas[250].

         [250] Véase Pi y Margall, ob. cit., pág. 1.693.

  8.º Del mismo modo la conjunción va sufija o cuando menos pospuesta
  en muchos de dichos idiomas. Tal vez la lengua más rica en
  conjunciones sea la maya y la más pobre la lule.

  9.º La interjección se halla en todas las lenguas. Advertiremos
  que en las americanas, si algunas veces son, como en las nuestras,
  gritos arrancados al hombre por movimientos del alma, otras veces
  difieren completamente. Otra particularidad debemos tener en
  cuenta, y es que en algunas lenguas las interjecciones usadas por
  los hombres son diferentes a las que usan las mujeres.

Escasas noticias se tienen de la Sintaxis, Ortografía, Prosodia y
Lexicología.

Respecto a la escritura se desconocía la fonética. Cuando llegó Pizarro
al Perú se encontró con otro medio gráfico sumamente curioso, y éste
era el _quipu_. «Consistía el quipu en un cordón de lana, generalmente
de más de un metro, al que se prendía y del que se colgaba a manera
de rapacejos cordoncillos de diversos colores. Constituía el color en
esta singular escritura el primer orden de signos ideológicos; así que
con frecuencia cambiaba, no sólo en cada uno de los cordoncillos, sino
también en cada uno de los hilos de que se componían. A lo largo de
los cordoncillos se hacían nudos; y éstos constituían el segundo orden
de signos. Variaban de significación los nudos, según estuviesen más
o menos lejanos del cordón-tronco, según formasen o dejasen de formar
grupo, según el puesto que en el grupo ocupasen y tal vez, según la
forma que se les diese»[251]. Afirman algunos, en nuestro sentir sin
fundamento, que mediante los quipus, conocían los peruanos su historia,
sus leyes, su dogma, su culto, su ciencia y hasta su poesía. Creemos sí
que servían los quipus para todo lo que se relacionase con los números
y cuentas; pero nada más.

       [251] Pi y Margall, ob. cit. pág. 1.719.

Más común fué en toda América la _pintura simbólica_. Abundan las
rocas donde se encuentran grabadas curvas, círculos concéntricos,
figuras fantásticas, representaciones del Sol y la Luna, cabezas
humanas, monstruosas imágenes y verdaderas inscripciones. Escritura tan
rara es todavía objeto de largos estudios. Muchos pueblos tenían sus
jeroglíficos, unos pintados sobre papel y otros pintados o esculpidos
en sus monumentos. Aunque no han sido descifrados todavía, abrigamos
alguna esperanza de que se rasgará el velo que los cubre, y entonces
tendrán explicación hechos que hoy parecen absurdos o contradictorios.

Además de las lenguas o idiomas, los indios transmitían sus ideas
mediante _gestos_. En particular el indio del Norte de América usó con
perfección y bastante ingenio el lenguaje de los gestos, pues con los
gestos llegó a expresar nombres propios y comunes, también verbos,
pronombres, etc., y hasta pudo construir discursos.

El número considerable de lenguas contribuyó al mayor desarrollo de
este lenguaje de gestos, medio de comunicación general y a veces único
entre distintas tribus. El lenguaje de los gestos sólo tiene carácter
general en América, pues en las demás partes del mundo es únicamente
auxiliar del lenguaje hablado.



CAPÍTULO XII

  LAS CIENCIAS Y LETRAS ENTRE LOS INDIOS.--LAS MATEMÁTICAS, LA
  GEOGRAFÍA Y LA ASTRONOMÍA.--LA MEDICINA.--LA RELIGIÓN: EL DIOS
  DE LOS INDIOS.--LOS SACERDOTES Y HECHICEROS.--EL DIABLO.--LAS
  PLEGARIAS.--LAS OFRENDAS.--LOS SACRIFICIOS.--LA PENITENCIA.--EL
  CUERPO HUMANO.--EL ALMA.--LA INMORTALIDAD.--LOS SUEÑOS: SU
  IMPORTANCIA.--LA VIDA FUTURA.--LAS SEPULTURAS.--LOS DUELOS.--EL
  DILUVIO.--LAS LETRAS, LA ORATORIA.--LA POESÍA: EL DRAMA «OLLANTA» Y
  EL BAILE-DRAMA «RABINAL-ACHI.»


Acerca del estado de la ciencia entre los indios, los sabios o maestros
enseñaban los ritos religiosos, la historia de los Emperadores, la
enseñanza del quechua y la descifración del quipus (escritura); pero
la instrucción se daba únicamente a los descendientes de la familia
real, pues al pueblo, para mejor gobernarlo, se le mantenía en la
ignorancia. Algo sabían de Matemáticas, de Geografía y de Astronomía;
algo sabían de otras ciencias, en especial los mejicanos y peruanos. El
sistema decimal llegó a su completo desarrollo en algunos pueblos, al
paso que en otros prevaleció el sistema vigesimal. Ambos sistemas, lo
mismo el decimal que el vigesimal, parecen indicar el conocimiento de
operaciones aritméticas. Sin temor de equivocarnos, se puede afirmar
que el primero, esto es, el decimal, llegó a su completo desarrollo en
la América Meridional, especialmente entre los peruanos y chilenos.
Además, los peruanos no desconocían los números ordinales. Entre los
pueblos que prevaleció el sistema vigesimal, citaremos los nahuas,
los mayas, los quichés y también--si damos crédito a Duquesne--los
muiscas. Revelaban lo mismo el sistema de los decimales como el de los
vigesimales el conocimiento de operaciones aritméticas.

Atrasadísimos vivían los pueblos americanos en ciencias cosmológicas.
Creían plana e inmóvil la tierra. Al paso que unos decían que era un
ser viviente, otros afirmaban que estaba sostenida por gigantescos
pilares, y algunos la consideraban como una isla en medio de un mar sin
límites. Suponían que el cielo estaba formado de una masa sólida, no
faltando quien dijese que estaba sostenido por dioses. No distinguían
los astros fijos de los errantes, y todos tenían a los cometas como
apariciones de mal agüero. Rindieron culto al Sol y a la Luna,
considerando al primero como fuente de luz, de calor y de vida. Por el
Sol distinguieron el día de la noche y un día de otro día, y mediante
la Luna se elevaron a la noción de mes. Contaron por lunaciones durante
siglos, y algunos, sin embargo de conocer el año solar, no acertaron
a eliminarlas por completo de sus sistemas cronológicos. Bien puede
asegurarse que hasta que los españoles conquistaron el Nuevo Mundo, no
llegó ningún pueblo salvaje a fijarse en el año solar[252].

       [252] Véase Pi y Margall, _Hist. general de América_, tomo I,
       cuad. II, págs. 1.758 y 1.759.

Entre los medios naturales más usados por la medicina en América
encontramos el baño ruso. No sólo se empleaba el baño ruso en la mayor
parte de la América septentrional, lo mismo hacia el Atlántico que
hacia el Pacífico, sino el sudatorio público se hallaba establecido
en muchos lugares. No cabe duda que en las poblaciones de México, las
familias más acomodadas tenían sudatorio en sus casas. Consistía en
una pequeña habitación, baja de techo y puerta angosta, con un agujero
muy pequeño en dicho techo. Después de muy caliente la habitación, se
retiraba el fuego, se hacía entrar desnudo al enfermo y se le colocaba
sobre una estera. Cerrada la puerta, se rociaba de agua el pavimento y
paredes. Cuando apenas podía respirar el doliente, a causa de la masa
de vapor que se producía, se le sacaba del sudatorio sumergiéndole de
improviso en agua fría. Unas veces, mientras permanecía en el sudatorio
se le daba con un manojo de hojas de maíz en todo el cuerpo o sólo en
la parte lesionada; otras veces, después del baño de agua fría, se le
frotaba las carnes, y con harta frecuencia se le conducía del sudatorio
a la cama. Para muchas enfermedades se empleaban los baños rusos. En
Nuevo México y California del Norte los sudatorios públicos estaban
situados generalmente en las orillas de los arroyos. Más al Norte
consistía el sudatorio en calentar piedras, rociarlas, y cuando con el
vapor promovido por dicho medio se hallaba bañado de sudor el enfermo,
era llevado al próximo mar o al próximo río, prefiriendo siempre el
agua muy helada.

También producíase el calor de otro modo. Los californios del Centro
abrían una zanja en la arena y la calentaban con lumbre; en seguida
tendían al enfermo y lo cubrían con arena también caliente. En el
momento que sudaba a mares, le bañaban en agua fría.

Muchas de las tribus de la América central usaban baños de agua
caliente.

Además de los baños, no pocos pueblos de América usaban la sangría,
considerándola como medio curativo en el Perú, itsmo de Panamá,
Honduras, Guatemala, México, Florida, etc. En el Perú se la empleaba
contra los dolores de cabeza y se hacía en la junta de las cejas,
encima de las narices. La lanceta consistía en una punta de pedernal
engastada en un palo. En el istmo de Panamá la sangría era remedio
contra la fiebre. En Honduras, Guatemala, México y Florida se usaba la
sangría como medio curativo de diferentes enfermedades; unas veces se
sangraba en la frente, otras en los hombros o en los brazos, no pocas
en los muslos o en las piernas.

Hacían uso diferentes pueblos de purgantes y eméticos. En el Perú
consistían los purgantes en ciertas raíces que se tomaban, ya contra
los empachos, ya contra los dolores de estómago. En México se usaba
como purgantes, la jalapa, los piñones tostados y las raíces; como
eméticos, el _neixcotlapatli_ y las hojas del _mexóchitl_. Curaban
la sífilis con los purgantes y con comidas cortas y sobrias. Además,
en las costas del Perú los enfermos apuraban uno tras otro jarros
de zarzaparrilla, y en las riberas del mar de los Caribes tomaban
cocimiento de guayacán o de palo santo por doce o quince días. Con
el mismo cocimiento se lavaban las úlceras, dado que las tuviera el
enfermo, hasta que se curasen; la curación tardaba unos noventa días.
La gonorrea la curaban los californios del Mediodía con la canchalagua,
las llagas con el cauterio, las mordeduras de las serpientes con las
hojas y las raíces del guaco, las heridas con orines calientes, las
ronqueras bebiendo miel de abejas y así otras muchas enfermedades.

De los médicos diremos que los había en México y Perú; también había
médicas. Lo mismo en México que en el Perú, médicos y médicas curaban
o intentaban curar toda clase de enfermedades. Parece ser que ellas y
ellos eran muy dados a la superchería y a la magia.

Entre los salvajes, la medicina iba unida al cacicazgo, al sacerdocio
o al mago. Con frecuencia fué peligrosa la profesión de médico. No
pocas veces el que la ejercía era castigado, si no curaba al paciente.
Por esta razón comenzó a decirse que la muerte del enfermo era debida,
ya a la cólera de Dios o del Diablo, ya a los conjuros y a las malas
artes de tribus enemigas. Motivo fué lo último, esto es, la creencia en
las citadas malas artes, para que peleasen con saña dos o más tribus.
Refieren las crónicas que a veces se presentaba el médico o hechicero
llevando la cara y cuerpo cubiertos con una piel de oso, adornada con
objetos ridículos, en la mano izquierda un lanzón y en la derecha un
tambor... Con trajes tan raros y con danzas y contorsiones, cantos,
conjuros y rugidos, untos y brujerías, creían que se marchaban las
enfermedades. Si la credulidad del indígena no tenía límites, tampoco
tenía límites la habilidad del médico o hechicero. Afirman los autores
que los medios extranaturales se hallaban más usados en la América del
Norte y en la Central que en la del Sur. Los secretos medicinales
pasaban de los padres a los hijos. Los médicos eran a la vez sacerdotes
y hechiceros.

Los indios, ya cultos, ya incultos, llevaban amuletos, a los cuales
atribuían virtudes sobrenaturales.

Por lo que a la religión respecta, el indio adoró a un Dios que tenía
alguna semejanza con el panteísta de los pueblos orientales. Mediante
ruegos y plegarias, el salvaje procuraba constantemente aplacar
la supuesta cólera de sus dioses. ¿Era general la idea de Dios en
América? En este punto no se hallan conformes los cronistas. Al paso
que algunos sostienen que no se consideraba general ni mucho menos,
otros dicen que todas las tribus, aun las más salvajes, adoraban a sus
dioses. Se ha dicho con algún fundamento que las religiones americanas
fueron principalmente astrolátricas. Lo fueron las de las tribus más
adelantadas; así la de los aztecas y otras adoraban al Sol como origen
de todo bien, y los incas prestaban culto al Sol, a la Luna y a las
Estrellas. Otras muchas tribus adoraban a los elementos. Los mismos
mejicanos e incas consideraban el fuego como sagrado, los chibchas
creían que era sagrada el agua de los ríos y lagos, y los iroqueses
adoraban a los vientos. El salvaje veía a su dios en todas partes, en
la luz, en las tinieblas, en la tempestad y en el Océano. El murmullo
del viento entre las hojas, el crugir de las ramas y el ruido de los
troncos, fueron considerados por el indio como voces misteriosas del
espíritu que moraba en los árboles. Los árboles grandes y solitarios
inspiraban veneración profunda. También el culto de la piedra fué
practicado por los americanos. Los dakotas pintaban de rojo las piedras
que consideraban sagradas y les ofrecían sacrificios y, en general,
el indio, de cualquier tribu que fuese, conservaba con veneración
piedras de formas, colores o propiedades para él extrañas. Tales
piedras fueron convertidas por el indio en _fetiches_ o en prodigiosas
medicinas para determinadas dolencias. Objeto de especial devoción
eran ciertos animales, siendo la culebra el animal que, entre todos
los sagrados, recibía universal homenaje. El fetiche era para el indio
verdadero ídolo; de modo que, en la Historia de los americanos no cabía
distinguir la idolatría del fetichismo. El Diablo fué adorado o temido
en la mayor parte de los pueblos. Afirmaban algunos que se les había
aparecido bajo horrible aspecto y hablándoles con ronca voz. Creían
muchos--de igual modo que los hebreos--que el Diablo entraba en el
cuerpo del hombre. Así explicaban ciertas enfermedades, y por esto,
unos le invocaban y otros le conjuraban. No se presentaba el Diablo de
igual manera ni bajo la misma forma en todas partes. Decían unos que se
presentaba en figura de serpiente, otros de tigre, algunos de hombre,
no pocos de zumaya o de halcón, murciélago, etc. Del mismo modo la
creencia en el dualismo y en el antagonismo de Dios y el Diablo era
frecuente en América.

Según la tradición iroquesa, la humanidad bajó del Cielo a la Tierra.
Dos mellizos, hallándose todavía en el claustro materno, bajaron al
mundo. Eran enemigos, lo mismo en el vientre de la madre que en la
tierra. Llamábase el primero _Enigorio_ y el segundo _Eningonhahetgea_;
aquél representaba el espíritu del Bien y éste el del Mal. Representaba
Enigorio la bondad y Eningonhahetgea la maldad. Enigorio creó el Sol
y la Luna; llenó la tierra de arroyos y de ríos; pobló de mansos
animales el suelo, el aire y las aguas; formó de barro al hombre
y la mujer, infundiéndoles vida y alma, dándoles por sustento los
frutos de la naturaleza. Eningonhahetgea, en tanto, erizó la tierra
de rocas y de barrancos, despeñó las aguas, esparció por todas partes
tigres, serpientes y lagartos; quiso sacar del barro dos seres a su
semejanza y sólo sacó dos monos; para crear hombres, tuvo que pedir
a Enigorio que les dotara de alma. Continuó la lucha entre los dos
hermanos, acordando al fin acabar de una vez mediante un duelo. Dos
días seguidos pelearon, cayendo al cabo de ellos vencido y casi muerto
Eningonhahetgea. Desaparecieron de la tierra los dos rivales; pero
continuaron siendo, el uno, el genio del bien y el otro el genio del
mal. Semejante doctrina tiene más semejanza con la persa que con la
hebrea. Enigorio y Eningonhahetgea de los iroqueses no son el Dios y
el Diablo, ni los ángeles y los demonios de la Biblia, sino el Ormuz
y el Ahrimán de Zoroastro. No es esto decir que fuese la misma la
doctrina americana que la contenida en el Zendavesta. La lucha entre
Ormuz y Ahrimán, entre la luz y las tinieblas, debía terminar con la
victoria del primero: pero entre el Dios y el Diablo de muchas razas
salvajes del Nuevo Mundo, no acabaría nunca, o la guerra entre los
dos sería eterna. Dichas razas--y la doctrina no deja de tener cierto
gusto positivista--rendían preferente culto al Espíritu del Mal,
fundándose en que el del Bien siempre era propicio a los hombres. Los
indios querían tener contento al que podía hacerles daño e importábales
poco o nada el que por su naturaleza tenía que hacerles beneficios.
Aztecas, peruanos, quichés y otros pueblos dirigían plegarias a los
dioses, pidiéndoles protección y amparo, salud y ventura, ayuda contra
los enemigos, agua para regar los campos, alimento para los inocentes
niños que no andan y están en sus cunas, consuelo a los hombres, a los
brutos y a las aves que habitan en la tierra. El dacota se contentaba
con decir cuando iba de caza: _Espíritu de los bosques, compadeceos de
mí y enseñadme dónde encontraré el búfalo y el ciervo. Espíritu de los
vientos_--repetía al entrar en un lago--_dejad que cruce sano y salvo
estas profundas aguas_.

Acerca de la actitud en que oraban los mejicanos, era, unas veces
arrodillados, otras en cuclillas, algunas, vuelta la faz a Oriente, y
también, en solemnes fiestas, postrados a los pies de sus ídolos. Los
peruanos se ponían en cuclillas, las manos altas y dando besos al aire.
Los quichés se contentaban con levantar el rostro al cielo.

Respecto a las ofrendas estaban en relación con las riquezas del que
las daba. Aztecas e incas ofrecían a sus dioses ricas joyas de oro
y de plata; los quichés deponían en los altares de sus divinidades
provisiones de boca o mercancías. El pobre, en todos los pueblos
citados, se contentaba con dar modesta torta o sencilla flor. Entre las
razas salvajes, el dacota, por ejemplo, se limitaba a dirigir al cielo
la primera bocanada de humo que salía de su pipa.

La ofrenda de los seres vivos debió ser general en América. Brutos y
aves se ofrecían por las razas cultas y por las salvajes. La codorniz
era en México la víctima predilecta; ovejas y carneros en el Perú;
lobos, ciervos, perros y otros en las razas salvajes.

De igual modo los aztecas sacrificaban hembras y varones, adultos
y niños; los peruanos apenas hicieron tales sacrificios; la
misma costumbre observaron los indios de la América Central y de
la Meridional. Los prisioneros de guerra y los esclavos fueron
principalmente las víctimas propiciatorias.

La penitencia se hallaba establecida de un modo o de otro, y consistía
en el ayuno, la abstinencia de algunas comidas, el apartamiento de les
placeres sensuales y el martirio del cuerpo. Dícese que algunos pueblos
conocieron la confesión, la comunión y la circuncisión.

El cuerpo humano--según el indio--era sólo envoltura de otro ser dotado
de facultades misteriosas. Creía el indio que todo el mundo material
tenía inteligencia y sensibilidad; los animales todos oían los ruegos
de los hombres. Confundían a menudo la inteligencia y sensibilidad con
la vida. Pensaban que el hombre, al nacer, recibía del aire el aliento,
la existencia; aliento o existencia que perdía poco a poco hasta morir.

Casi todas las tribus de América admitían en el hombre un ser
interior que le daba vida e inteligencia. No sabemos si lo suponían
inmortal, afirmando por lo menos que sobrevivía al cuerpo. Dícese
que los otomíes y los miwocos de la América del Norte veían en la
muerte el completo acabamiento del hombre, y lo mismo se piensa de
algunas tribus del valle del Sacramento. También se afirma que lo
mismo pensaban algunas tribus de Sinaloa, varias de los columbios de
tierra adentro y otras de los hiperbóreos. Sostenían los acagchemenes
que el hombre, al tiempo de nacer, recibía del aire el aliento, la
respiración, la existencia; todo esto lo iba perdiendo a medida que
envejecía, y al morir los dejaba confundidos en aquel vasto mar de
la vida. No carece de originalidad teoría tan peregrina. Sospéchase
de igual manera que en la América Central se hallaban tribus que no
creían en el alma. El alma, a los ojos de los americanos, era el aire,
el viento, la respiración, la sombra, la imagen, el corazón, la vida
y la inteligencia. Acerca del sitio donde residía, según unos, en
el corazón; según otros, en la cabeza; había pueblos que decían que
estaba en los ojos, y algunos afirmaban, por último, que residía en los
huesos. Después de la muerte--decían algunos pueblos--salía del cuerpo
y corría a nuevas regiones; según otros, se convertía en ángel de los
que amó o en demonio de los que aborreció; sostenían muchas gentes que
las almas transmigraban, no sólo a cuerpos de hombres, sino a cuerpos
de otros seres. La del que había muerto en batalla, se convertía--así
lo contaban los aztecas--en pájaro de rico plumaje que libaba las
flores de los vergeles del cielo o venía a sustentarse con las de
los jardines de la tierra. En vistosas aves y también en estrellas
se transformaban--según creencia de los tlaxcaltecas--las de noble
alcurnia, y en escarabajos u otros insectos las de la obscura plebe. En
serpientes de cascabel suponían los apaches encarnadas las almas de los
réprobos, convirtiéndose igualmente--según dichos salvajes--en osos,
lechuzas y otros animales. Del mismo modo se creía por la generalidad
que las almas, después de morir el cuerpo, iban a regiones más o menos
felices.

Dichas regiones las suponían muchos pueblos en la misma tierra, ya
al Oriente, ya al Occidente, ora en lugares subterráneos, ora en el
cielo. No faltaron pueblos que para los justos concibieron un paraíso y
para los pecadores un infierno. Con el inca Garcilaso diremos que los
peruanos daban a las buenas almas el cielo y a las malas el centro de
la tierra.

La creencia en la inmortalidad del alma originó la costumbre de
enterrar los cadáveres con sus armas, vestidos, etc., y a veces con
sus caballos y hasta con sus esclavos y mujeres, para que el muerto
pudiera presentarse en el otro mundo con la misma dignidad que gozó en
la tierra.

Sin embargo de todo lo expuesto acerca del alma humana, trasladaremos
aquí la siguiente nota manuscrita de Pi y Margall y con la cual
terminaba el capítulo LXXXVI: «Verdadera noción del espíritu no la
tenía pueblo alguno de América»[253].

       [253] _Historia de América_, vol. II. pág. 1.371.

Tuvieron verdadera y transcendental importancia entre los americanos
los _sueños_ (naturales o provocados). Mediante los sueños se ponían
en comunicación directa con los dioses, según pensaban los indios. Esto
dió un carácter especial a la vida del salvaje, carácter que podemos
calificar de irreal y absurdo.

Creían en la vida futura, considerando la muerte como tránsito a otra
vida. Moría el cuerpo; pero lo que constituía la individualidad pasaba
a otro mundo astral.

Las sepulturas tenían varias formas. Se colocaban los cadáveres en
cisternas, en sepulcros, en grutas y en cavernas, bajo montículos,
entre las ramas de los árboles, en elevadas plataformas, etc. Algunos
pueblos quemaban a sus muertos.

Manifestaban los parientes o amigos su dolor con gritos, quejas,
lastimándose el cuerpo, etc., y hacían esto para aplacar la cólera
del alma vagabunda. Infundían los muertos, más que respeto, temor.
Frecuentes eran también las ofrendas. Se acostumbraba poner víveres
junto a los muertos, como igualmente armas y herramientas; a veces
joyas. «Por estos valles del Perú--escribe Cieza--se usa mucho enterrar
con el muerto sus riquezas y cosas preciadas, y en los pasados tiempos
hasta se le abría la sepultura para renovarle la comida y la ropa.
Mucha cantidad de oro y plata sacaron de estas huacas los españoles
luego que ganaron este reino; y, al decir de los indígenas, lo que
entonces y después sacaron es para lo que continúa oculto, lo que para
una gran medida de maíz un puñado y para una gran vasija de agua una
simple gota». Lo mismo que en el Perú halló Cieza, mucho más al Norte,
en los sepulcros esta abundancia de riquezas. Hállanse hoy los museos
de Berlín, de París, de Lima, de otros pueblos de América y de Europa
llenos de objetos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de otras
substancias de las vastas necrópolis de Ancón, Chancay y Pachacamac.
Se han descubierto en ellas vasos y brazaletes de oro, de plata, de
bronce; sortijas y collares de plata e imitaciones de hojas de coca en
oro; alfileres y depiladores de plata; pedazos de plata y de bronce;
hachas y flechas; flautas y pájaros de hueso; muchos objetos de barro,
etc. En la isla de Hayti solíase encerrar con los difuntos, además de
cazabe y un cántaro de agua, joyas y armas. En América del Norte los
pueblos establecidos hacia el Atlántico observaban la citada costumbre.

Hemos de registrar del mismo modo, que como en la otra vida los reyes
y los señores podían echar de menos el cariño de sus mujeres y el
servicio de sus criados, se hizo indispensable que mujeres y criados
muriesen al mismo tiempo que dichos reyes y señores. Si en las tribus
de la América del Norte casi estaban reducidos los duelos a cantos,
lloros y alaridos, llama la atención que en Michoacán (Estado de
México), después de quemar el cadáver del monarca, se daba un banquete
a todos los que le habían llevado a la hoguera y un paño de algodón
para limpiarse el rostro. Cinco días habían de permanecer sentados, la
cabeza baja y en absoluto silencio. Si de la penitencia se exceptuaban
los grandes, en cambio tenían que velar y llorar de noche en la tumba.
En los citados cinco días los hogares estaban tristes y las calles
desiertas.

Entre algunas tribus salvajes de la Carolina, cuando alguien moría, se
reunía la familia y los individuos invitados, para oir una especie de
oración fúnebre. A los soldados muertos en batalla se les tributaba
mayores honras. Cuando moría un cacique se cortaban la cabellera todos
los vasallos, varones y hembras, y guardaban tres días de abstinencia y
luto.

Entre los algonquines consistía el luto en abstenerse de concurrir
a los banquetes y fiestas y en no cortarse el cabello. Daban otros
pueblos mayores muestras de dolor, debiendo citarse los tacully, en
cuyo pueblo la viuda había de llevar, durante dos años, en un saco,
las cenizas y los huesos no quemados de su marido, teniendo que ir
también vestida de andrajos. Por último, entre los natextetanos de la
América del Norte, se hallaba la familia de los tinnehs, cuyas mujeres
se mutilaban la falange de un dedo cuando moría cualquiera de sus
parientes. No se cortaban los hombres los dedos; pero se rapaban la
cabeza y se herían el cuerpo con pedernales.

En la América Central, al morir un jefe o cualquiera de su familia,
era llorado cuatro días por los súbditos, quienes de día estaban
silenciosos y de noche daban grandes alaridos. El gran sacerdote, al
amanecer el quinto día, les ordenaba que no continuasen en sus tristes
demostraciones o lamentos, asegurándoles que el alma del muerto estaba
ya con los dioses. En Guatemala el viudo se pintaba de amarillo el
cuerpo, y entre los mozquitos todos los individuos de la familia se
cortaban el cabello cuando fallecía uno de sus deudos; sólo se dejaban
una tira de la nuca a la frente. La viuda, entre los mozquitos, daba
con su rostro en el suelo hasta chorrear sangre.

Acerca de la América del Sur, dejando de contar los duelos en el Perú y
en otros puntos, los cuales quedaban reducidos a llantos y a muestras
de sentimiento parecidas a las ya dichas, citaremos los duelos con
sangre, tan comunes en toda América, lo mismo en la del Norte, que
en la Central y en la del Sur. Entre los charrúas de la América del
Mediodía, la viuda por el marido, la hija por el padre y la hermana por
el hermano, se cortaban la falange de uno de sus dedos y se clavaban
varias veces en brazos, pechos o costados la lanza o el cuchillo del
muerto.

De un diluvio o general inundación tuvieron noticias más o menos vagas
muchas tribus, como ya indicamos en algunos capítulos de este tomo.

Terminaremos esta breve reseña de las ciencias y religión de los
antiguos americanos, no sin decir antes que nos asaltan dudas acerca
de ciertos asuntos. ¿Habremos dicho la verdad? No lo sabemos. ¡Es tan
obscura la historia de América antes de la conquista de los españoles!

No quedan grandes vestigios de la vida literaria de los indios. No
obstante, por la tradición oral sabemos que se distinguieron bajo el
punto de vista de la oratoria los araucanos al Sur y los iroqueses al
Norte. Unos y otros daban y dan aún brillante colorido a sus arengas;
tenían y tienen todavía mucho cuidado porque su lenguaje sea puro y su
estilo enérgico. Como muestra, trasladaremos aquí el siguiente párrafo
del discurso que el jefe de los onondagas dirigió en 1684 al enviado de
Dorgan, pues anteriores a la conquista nada conocemos.

«Corlear[254]: Ononthio[255], me adoptó por hijo, como hijo me trató
en Montreal y como hijo me dió el traje que visto. Juntos plantamos
allí el árbol de la paz, y juntos lo pusimos en Onondaga, a donde envía
siempre sus mensajeros. Hacían ya otro tanto sus antecesores, y ni a
ellos ni a nosotros nos pesa. Tengo dos brazos: extiendo el uno sobre
Montreal para sostener el árbol que allí plantamos, el otro sobre la
cabeza de Corlear, que es, hace tiempo, mi hermano. Corlear es mi
hermano, y Ononthio mi padre; pero sólo porque quiero. Ni el uno ni
el otro son mis señores, y del Creador del mundo recibí la tierra que
ocupo. Soy libre. Respeto a los dos, si bien no reconozco en ninguno
el derecho de mandarme. No lo tiene tampoco ninguno de los dos para
quejarse de que yo procure por todos los medios posibles evitar la
guerra. Tomóse mi padre (Ononthio) el trabajo de venir a mi puerta
y siempre me hizo proposiciones razonables. Voy a verle: no puedo
diferirlo más tiempo»[256].

       [254] Corlear era súbdito inglés.

       [255] Ononthio era natural de Francia.

       [256] Véase Pi y Margall, Ob. cit., tomo I, cuaderno II, pág.
       1.730.

Notables son también algunas leyendas y baladas y cantos de amor, lo
mismo de los pueblos cultos que de los salvajes. Netzahualcóyotl, rey
de Tezcuco, fué gran poeta y compuso hermosos cantos. Así comienza uno
de ellos: «Son las caducas pompas del mundo como los verdes sauces,
que por mucho que quieran durar perecen, porque los consume inesperado
fuego, o los destroza el hacha, o los derriba el cierzo o los agobian
los años. Como las rosas es la púrpura por su color y su suerte; son
bellas ínterin sus castos botones recogen y guardan avaros el rocío que
cuaja en ricas perlas la aurora; se marchitan, pierden su hermosura,
su lozanía y el encendido color con que agradablemente se ufanaban,
luego que les dirige el padre de los vivientes el más ligero de sus
rayos...»[257].

       [257] Pi y Margall, ob., t. y cuad. citados, pág. 1.743.

En el Perú floreció la poesía lírica y también la dramática. De
la última puede servir de ejemplo el drama que lleva el título de
_Ollanta_[258]. El protagonista del drama se llama _Ollanta_, famoso
guerrero, que se había enamorado de Kusi-Khóyllur, hija del inca
Pachacútij[259]. Encontramos las siguientes frases pronunciadas por
Ollanta: «Sería más fácil hacer brotar agua de una roca y arrancar
lágrimas a la arena que hacerme abandonar a mi Kusi-Khóyllur, la
estrella de mi ventura.»

       [258] _Ollantay_ escriben otros.

       [259] O Cusi Coyllur, hija de Pachacutec.

El drama, escrito en el quechua, fué traducido al francés por el señor
Pacheco Zegarra. Acerca del autor del drama nos asaltan algunas dudas.
¿Se escribió antes o después de la conquista? ¿Se halla probado que el
autor pertenecía a la raza indígena o lo escribió D. Antonio Valdez,
cura de Tinta, quien lo hizo representar en la corte del desgraciado
Tupac-Amaru? Sólo afirmamos que el autor, sea el que quiera, conocía
perfectamente el lenguaje; tal vez fuese algún misionero versado en el
quechua, pudiéndose sospechar con fundamento que se escribió después
de la conquista. El inca Garcilaso en sus _Comentarios Reales_ afirma
que no era raro que religiosos españoles, principalmente jesuítas,
compusieran comedias en quechua y aimará.

De la citada composición dramática escribe Pi y Margall lo que sigue:

«Ollanta, según la tradición, era uno de los más poderosos caciques
de Tahuantinsuyu. Vivía en la ciudad de su mismo nombre, a no gran
distancia del Cuzco, al abrigo de una vetusta fortaleza construída en
la cumbre de un áspero y empinado cerro. Enamoróse de Cusi Khóyllur,
hija de Pachacutec, y fué, para desgracia de ambos, correspondido.
Al advertirlo el Inca, trató con gran rigor a la hija y la encerró,
quién dice que en un calabozo, quién que en el monasterio de vírgenes
consagradas al Sol. Ciego el cacique Ollanta de amor y cólera, concibió
nada menos que la idea de ganar a Khóyllur por la fuerza de las armas.
Se sublevó contra su soberano, y alcanzó al principio brillantes
triunfos. Derrotado después, se hizo fuerte en su castillo, verdadero
nido de águilas. Sostúvose allí algún tiempo, desplegando un valor y
una estrategia que no se esperaba de sus años, siendo al fin vencido y
preso por uno de los mejores generales del Imperio. Estaba ya entonces
sentado en el trono de Cuzco Inca Yupanqui. Inca Yupanqui, no sólo le
perdonó, sino que también le dió la mano de Cusi Khóyllur, su infeliz
hermana»[260].

       [260] Véase Pi y Margall, Ob. cit., tomo I, vol. I, pág. 401.

No hay en él--escribe el citado historiador--reminiscencias católicas,
y habría sido difícil que en una composición literaria se hubiese
dejado de escapar una que otra de la pluma de un español de aquel
tiempo. Retrátase en él, por lo contrario, con fidelidad pasmosa y
verdadero cariño las creencias, el culto y aun las supersticiones de
los antiguos peruanos; y esto, sobradamente lo comprenderá el lector,
habría sido todavía más difícil para nuestros hombres. El lenguaje es,
además, puro y clásico: ¿qué extranjero había de conocer tan a fondo
aquél idioma? ¿Con qué objeto lo habría estudiado?[261].

       [261] Ob. cit., vol. II, pág. 1.749.

Después de decir el autor de la _Historia general de América_ que si
los versos parecen castellanos por el número de sílabas, no lo son por
sus condiciones prosódicas, y si hay frases que parecen acusar manos
españolas, como también un gracioso bastante parecido al de nuestras
antiguas comedias, esto no es bastante motivo para creer la obra ni
extranjera, ni posterior a la conquista. Pudo sí ocurrir que la obra
con posterioridad a la conquista sufriese enmiendas y correcciones,
cosa no sólo posible, sino también probable.

Es de advertir que la afición a los espectáculos teatrales no era
exclusiva de los peruanos; la tenían los mayas, los nahuas y otros[262].

       [262] Ibidem, págs. 1.749 y 1.750.

De los bailes-dramas, tan estimados entre algunos pueblos americanos,
citaremos el _Rabinat-Achi_, que recogió Brasseur de boca de los
indígenas y publicó en su _Colección de documentos_, volumen segundo.
El Rabinat-Achi es un documento interesante y se halla escrito en
lengua quiché. Su argumento, sumamente sencillo, consiste en que
Rabinat-Achi, valeroso guerrero, consiguió poner preso a Queche-Achi,
enemigo de su pueblo. Llevado Queche-Achi a la presencia del rey
Hobtoh, cuando se convence que ha de morir, pide, entre otras gracias,
que se le conceda trece veces veinte días y trece veces veinte noches
para ir a despedirse de sus montañas y de sus valles. Obtuvo el permiso
y cumplió valerosamente lo que había ofrecido. Los bailes-dramas
fueron generales en toda la América Central antes de la conquista y
continuaron después de ella con el mismo entusiasmo. De unos y de otros
se conservan ligeras noticias.

Respecto de las razas salvajes casi nada sabemos, pero llegamos a
creer que sólo tuvieron el baile pantomímico. No pudieron tener otra
cosa[263].

       [263] Ibidem, pág. 1.752.



CAPÍTULO XIII

  LAS BELLAS ARTES ENTRE LOS INDIOS.--CARÁCTER DE LAS BELLAS
  ARTES EN MÉXICO Y EN EL PERÚ.--MATERIALES EMPLEADOS EN LOS
  MONUMENTOS.--LAS PIRÁMIDES.--RELACIONES ENTRE LOS MONUMENTOS DE
  AMÉRICA Y LOS DEL ANTIGUO MUNDO.--LOS TEMPLOS: EL DE MÉXICO.--LOS
  PALACIOS.--MONUMENTOS DE MITLA.--RUINAS DE PALENQUE.--ORATORIOS
  DE OCOTZINGO.--ESTATUAS DE PALENQUE.--PIRÁMIDES DE
  AKÉ.--OTROS MONUMENTOS.--LOS MONUMENTOS DE YUCATÁN Y DE
  HONDURAS.--CONSIDERACIONES SOBRE LOS TEOCALLIS.--SU SEMEJANZA CON
  OTROS DEL ASIA.--LA FALSA BÓVEDA EN AMÉRICA.--LA ARQUITECTURA EN
  EL PERÚ: MONUMENTOS PRE-INCÁSICOS Y DE LOS INCAS.--EL TEMPLO DEL
  CUZCO.--OTROS EDIFICIOS.--LA ARQUITECTURA PERUANA Y LA DEL VIEJO
  CONTINENTE.--LA ESCULTURA.--EL DIBUJO Y LA PINTURA.--LA MÚSICA EN
  MÉXICO Y EN EL PERÚ.--LAS BELLAS ARTES EN BOLIVIA Y EN LA AMÉRICA
  CENTRAL.--EL CANTO: EL AREITO.


Antes de fijar nuestra atención en las construcciones arquitectónicas,
recordaremos que en las tres Américas (Meridional, Central y
Septentrional), se hallan cuevas más o menos profundas que fueron un
día, unas albergue de vivos, otras tumba de muertos y algunas templo de
dioses.

También en varios puntos de América se ven puentes naturales, ya
formados por árboles seculares, ya por grandes rocas. Consisten los
primeros en que un árbol, nacido en la margen de un río o torrente,
cae sobre la opuesta ribera y forma un puente sobre el cual pasa el
indígena. Pero no son esos los puentes que llaman más la atención en
las Indias: lo son los dos de roca viva de Icononzo, tendidos sobre el
profundísimo valle de Pandi y por el cual corre el torrente de Suma
Paz. Comunícanse los dos puentes: el uno está a más de 97 metros sobre
el nivel de las aguas y forma un arco que mide 14-1/2 de longitud, 12
con 7 decímetros de anchura, 2 con 4 de espesor en su centro; el otro
puente se halla sobre el torrente a unos 78 metros y se compone de tres
masas de rocas, haciendo oficio de clave la del medio. Tales puentes
deben ser obra de la naturaleza, como obra de la naturaleza son los
montes y los valles.

Pasando a estudiar la arquitectura propiamente dicha, haremos notar
primeramente la poca o ninguna relación artística que ha mediado
entre México y el Perú, dada la distancia tan corta que los separa.
Diferente es el camino que siguió el arte en México y en el Perú. Si
atendiésemos a imperiosas necesidades de la localidad, al clima, por
ejemplo, resultaría que debieran hallarse en México muchos edificios
del Perú, y en el Perú muchos de México. Ya sabemos que en sus
orígenes, las construcciones son, ya de piedra, ya de madera o ya de
ambas cosas. Pues bien, en ciertas localidades se comprende el empleo
de la piedra y la madera o el sistema mixto; pero no--y esto sucede
frecuentemente--que unos edificios sean sólo de piedra y otros de
madera.

Tal vez pueda explicarse todo esto no olvidando que Manco Capac, en el
Perú, y Quetzalcoatl en México, fundadores el primero de aquel Imperio
y el segundo del último, son extranjeros. Ellos y su gente importaron
la cultura de su primitivo país a sus nuevos Estados, y no teniendo en
cuenta las condiciones de las ciudades peruanas y mejicanas, levantaron
edificios como los que habían dejado en su antigua patria. Peruanos
y mejicanos dieron a sus obras formas artísticas diferentes, que,
mediante transiciones y modificaciones, llegaron al estado de relativa
perfección.

Los materiales empleados en los monumentos eran los mismos que los
usados en Europa, esto es, la tierra, la arcilla, la madera, la cal,
la arena, el betún y la piedra; el adobe y el ladrillo; la argamasa,
el cemento y el estuco. Usábase también de los mismos aparejos: el
tapial, el hormigón y la mampostería; el sillar paralelepípedo, el
ciclópeo y el almohadillado; la sillería de juntas en cruz y la de
juntas verticales; los revoques y los enlucidos[264]. No huelga decir
que tales construcciones no se hallan en los pueblos salvajes. Si
encontramos la columna en muchos edificios de los pueblos cultos, el
arco no fué conocido en ningún pueblo. En frisos y cornisas vemos
riqueza considerable, y, por lo que respecta a los huecos, sólo por las
puertas recibían la luz la mayor parte de los edificios. Las puertas
eran rectangulares y algunas cuadradas, y las ventanas, donde las
había, presentaban la misma forma que las puertas. Como los grandes
edificios, especialmente los templos, se edificaban en sitios elevados,
para subir a ellos se recurría a la rampa o a la escalera. Los tramos
eran, generalmente, rectos, las escaleras angostas y los escalones
altos. Los pasamanos, como los escalones, estaban construídos de piedra.

       [264] Véase Pi y Margall, Ob. cit., vol II. págs. 1.801 y
       1.802.

Abundaban las pirámides y, entre otras, llamaban la atención la del
Sol y la de la Luna en Teotihuacán, la de Cholula, la de Teopantepec
y la de Huatusco. Acusan marcado adelanto las de Huatusco, Papantla,
Xochicalco y Tusapán. La de Tusapán es perfecta. «Sólo éstas--dice
el historiador citado--merecen el nombre de pirámides. Las demás
no tienen ni siquiera oblicuas las aristas de los diversos altos
que las componen. Son todas, no secciones piramidales, sino
paralelepípedos-rectángulos, de abajo arriba, el uno menor que el otro.

Escaseaba en Egipto este género de construcciones; abundaba en la
cuenca del Tigris y del Eufrates, en los antiguos reinos de Asiria
y Babilonia. Herodoto vió el templo de la ciudad de este nombre y
lo describió en el párrafo 181 del libro primero de su Historia. El
templo, según él, era cuadrado en su base, y medía en cada uno de sus
frentes dos estadios, 370 metros. En medio de esta base se alzaba una
torre maciza de un estadio de longitud y otro de anchura; sobre ésta,
otra; sobre ésta, otra; y así sucesivamente, hasta el número de ocho.
Alrededor de todas había una rampa, y como a la mitad un relleno con
asientos para descanso de los que subían. En la última torre estaba el
santuario. A juzgar por las ruinas que aún existen, debió de ser esta
forma de construcción, tan general y típica en aquella parte del Asia
como en América. Lo hubo de ser hasta en la Pérsida. Nos lo revela el
sepulcro de Ciro que cabe aún ver en lo que fué ciudad de Pasárgada.
Véase el tomo II de la obra _Histoire de l'Art dans l'Antiquite_,
principalmente el capítulo II y el IV»[265].

       [265] Nota de Pi y Margall, escrita por él mismo en su
       _Historia de América_, volumen segundo página 1.825.

Al oeste de Puebla de los Angeles se encuentra la citada pirámide de
Cholula. Antes de pasar adelante, consignaremos que las pirámides
de Teotihuacán son de tierra, arcilla, argamasa y guijarros; la de
Cholula, de adobes; la de Huatusco, está revestida de piedra, y la de
Xochicalco, es de sillería.

Respecto a templos, tal admiración causó a Hernán Cortés el mayor
de México, que suyas son las siguientes palabras: «al es--decía el
insigne capitán--su grandeza, que no lo sabría explicar lengua humana:
dentro de su circuito se podría muy bien facer una villa de quinientos
vecinos. Hay bien cuarenta torres muy altas, la mayor más alta que
la de la catedral de Sevilla. Son todas de tal labor, así en lo de
piedra como en lo de madera, que no pueden estar en parte alguna mejor
labradas ni hechas.»Comenzóse su fábrica por Tizoc, el año 1483, y fué
inaugurado por Almitzotl, el 1487. Dentro de vasta cerca, coronada
de almenas, había 33 templos, siete casas para otros tantos colegios
de sacerdotes, seis oratorios, una hospedería, cuatro albercas, dos
juegos de pelota y otras habitaciones, sin contar los muchos patios,
alguno tan grande que medía más de 130 metros en cuadro. Otro palacio
no menos digno de memoria describe Cortés. En él dice que tenía
Moctezuma un jardín con miradores que del suelo al techo eran de jaspe.
En dicho jardín había diez albercas y en ellas se mantenían muchas aves
acuáticas. Los leones, tigres, lobos y otras fieras, como también las
aves de rapiña, tenían sus correspondientes albergues. Otros palacios
con sus jardines se levantaban en Tezcuco, en Toxcutzingo y en la
Quemada. En el Estado de Oajaca, en el fondo de un valle, y en medio
de un semicírculo de agudos picachos, se hallan los monumentos de
Mitla. Estas antiguas necrópolis consisten en cuatro grandes fábricas,
llamadas comúnmente palacios, y dos pirámides que se consideran como
altares o templos. «Examinados en conjunto--dice Pi y Margall--los
cuatro monumentos, asombra a la verdad su rigor geométrico, la pureza
y la energía de sus líneas, la precisión de sus ángulos, la simetría
y harmónica disposición de sus partes, el corte y las juntas de sus
piedras que hicieron inútil la argamasa, las combinaciones de sus
mosáicos, también sujetos a medida. No cabe regularidad mayor que la de
esas singulares construcciones»[266]. Las dos pirámides, la una está
situada al Oeste de la primera necrópolis, y la segunda al Sur de la
última; aquélla consta de cuatro pisos y ésta de tres.

       [266] _Historia general de América_, vol. II, pág. 1.839.

Pasamos a estudiar las ruinas de Palenque, restos de antigua ciudad
llamada Nacham, y que--según Dupaix--tenía de extensión unos doce
kilómetros. A la sazón--si damos crédito a Waldeck--apenas llega a
cinco. Se hallan en territorio de Chiapas, orillas del Otolúm, de 11 o
12 kilómetros al Sudoeste de Santo Domingo, en las colinas de un valle
y a la entrada de una serranía de la que bajan abundantes arroyos.
Cinco son los principales y ruinosos monumentos: el Palacio, el templo
de la Cruz, el del Sol, el del Relieve y el de los Tableros.

Hay, además, muros aislados, arranques de edificios, sillares sueltos
y dos pirámides. Al Norte está el Palacio; al Sur, y casi en la línea
del Palacio, el templo del Relieve: al Sudeste, los del Sol y la Cruz;
al Sudoeste, el de los Tableros, y a unos 3.500 pasos al Mediodía de
la última casa Nordeste de Santo Domingo, las dos pirámides. Levántase
el Palacio casi a la margen del Otolúm, sobre una mole piramidal de
78 por 86 metros de base y 11 o 12 de altura; el Palacio mide de alto
8 metros y de base 50 por 35. En sus cuatro frentes lleva 40 huecos,
distinguiéndose las puertas sólo por la mayor anchura. Las talladas
losas, numerosas tumbas y gigantescas estatuas, han hecho que algunos
arqueólogos hayan creído que el citado lugar fuera sagrado, donde se
congregaba un pueblo de devotos y residía el alto sacerdocio de los
mayas[267].

       [267] Véase Navarro Lamarca, ob. cit., págs. 273 y 274.

En Ocotzingo, allá en la vertiente de pequeño cerro, al que se sube por
espaciosa y casi desmoronada gradería, se levantan tres adoratorios,
dos pequeños y uno mayor central; y en segundo término, la arquitectura
de los mencionados oratorios es del mismo gusto que la de Palenque.

Dentro del territorio de Yucatán, que es donde se descubren más restos
de edificios antiguos, se ven muchos monumentos que afectan la forma
piramidal.

Las dos estatuas de Palenque, según algunos críticos, hubieran podido
también aparecer en Egipto sin llamar la atención de los arqueólogos.
¿Serán casuales las semejanzas entre los monumentos del Antiguo y
del Nuevo Continente? Es evidente que en los comienzos de la cultura
primitiva, la humanidad ha debido desplegar sus energías del mismo
modo, siempre que se haya encontrado en condiciones semejantes,
por cuya razón no causa extrañeza la semejanza entre los edificios
americanos y los del Antiguo Mundo. Cuando el arte ha llegado a su
completo desarrollo, entonces no existen ciertas analogías, pues--como
dice Riaño--«nunca se da el caso en la historia del arte de que
aparezcan en distintas localidades, debido a la casualidad, formas y
pormenores que representan las más veces muchos siglos de cultura»[268].

       [268] _El arte monumental americano._ Conferencia pronunciada
       en el Ateneo de Madrid el 26 de mayo de 1891, pág. 13.

Como a 40 kilómetros al Este de Mérida, en un lugar llamado Aké,
se encuentran 15 o 20 pirámides de diferentes tamaños, las cuales
sostuvieron palacios hoy completamente derruídos. También en Izamal se
admiraban varias pirámides, llamando particularmente la atención la de
Kinichkakmó, que tenía dos pisos, veinte escalones, ancha plataforma y
detrás una plazoleta con otro cerro o pirámide que sostenía un templo.
Era redonda por su parte posterior y toda de cantería. Cada escalón
tenía de largo 28 metros y de alto cinco decímetros. Al ocuparse
Charnay de los restos de un camino a la isla de Cozumel, y de otro a
Mérida, dice del último, que era de siete a ocho metros de anchura y
se componía de grandes piedras cubiertas de hormigón y de una capa
de cemento. De cemento era también el camino a la isla de Cozumel.
En Mayapán se admira otro monumento, el cual manifiesta los mismos
caracteres que los anteriores. Las ruinas de Chichén-Itzá ocupan un
rectángulo de 835 metros de largo y 556 de ancho: al Norte está el
templo y, según otros, gimnasio o circo; al Este el Pórtico, y entre
el templo y Pórtico el castillo; al Sur el Acabtzib y la Casa de
las Monjas, más al Norte el Caracol, y al Oeste el Chichanchob o la
Casa Roja. El más antiguo de todos estos edificios y a la vez el más
humilde, es el Acabtzib; y el más moderno y también el más bello, es la
Casa de las Monjas. Debe fijarse la vista en las numerosas e imponentes
ruinas que se descubren en Uxmal, la Atenas de los mayas. Preséntanse
a nuestros ojos, al Norte, el Palacio o Casa de las Monjas, la Casa de
los Pájaros y el cerro del Enano o del Adivino; a Mediodía Las Culebras
o juego de Pelota; más al Sur la magnífica Casa del Gobernador y la
de las Tortugas; al Sudeste la Casa de la Vieja y al Sudoeste la Casa
de las Palomas. Son por más de un concepto notables los monumentos de
Kabah, la Casa Grande de Zayi, los edificios de Labnah, los de Kewick,
y en las costas del Oriente los de Tuloom. El apogeo del arte americano
se encuentra en Yucatán. Algunos autores creen que la arquitectura tuvo
su comienzo en Aké y su fin en Zayi. Al Sur de la Península yucateca se
hallan las ruinas de Tikal. En la margen izquierda del Usumacinta se
ven las ruinas de Lorillard, y en una de las islas del lago Yaxhaa,
aparece especie de torre de cinco altos. En la margen oriental del río
Copán (límites o confines de Guatemala y Honduras), se admiran grandes
ruinas, como también en Quirigua, mucho más al Norte. Las ruinas de
Tenampua, situadas al Sur, tienen bastante parecido a las de Copán.

[Ilustración: Teocalli en Palenque.]

Continuando el estudio de los templos o casas de Dios (Teocallis),
diremos que los encontramos dentro de los valles del río Usumacinta,
que desagua en la bahía de Campeche (golfo de México). Ya sabemos que
de la misma clase hay muchos en México, no siendo tampoco extraño, sino
bastante frecuente, que haya varios en una misma localidad. Todos los
mencionados Teocallis manifiestan la misma forma de pirámide, truncada
en su último tercio, con el fin de dejar una explanada para levantar un
adoratorio, donde estuviesen encerradas las imágenes. Se ascendía al
pequeño santuario por medio de escaleras, las cuales eran diferentes,
manifestándose las mayores variedades en su estructura. Como ejemplos
de tales monumentos dimos a conocer diferentes pirámides, siendo
de notar que es una cuestión todavía no resuelta por los críticos
acerca de si tienen o no cierto parecido o semejanza los Teocallis de
México con las pirámides de Egipto. Creen algunos--y en ello estamos
conformes--que, además de las grandes diferencias en la forma, los
Teocallis son templos y las pirámides son tumbas. Afirma el señor Riaño
que los Teocallis tienen bastante parecido con edificios de la misma
forma levantados en el Thibet, Cambodia y en toda la parte fronteriza
entre la India y la China, como igualmente en otras localidades de
varias regiones del Oriente. Nadie negará--por ejemplo--que los
Teocallis de Tehuantepec y de Xochicalco manifiestan en su estructura y
pormenores verdaderas identidades con los templos en forma de pirámide
de Sukú y de Boso Budhor (isla de Java).

Encontramos otra clase de monumentos antiguos en México, adornados con
trabajos de escultura y pintura, pudiendo servir de ejemplo, entre
otros, los ya citados de Mitla.

No hubo arcos, como sabemos, en la arquitectura americana; pero
en Palenque y Yucatán se abovedaban puertas y salas. Recientes
descubrimientos han corregido la idea que hasta aquí se tuvo sobre el
origen de la bóveda. Atribuíaselo a los Etruscos, y hoy es indiscutible
que la hubo en Egipto, Caldea. Asiria, tierra de Israel, Fenicia y en
las costas de Cerdeña.

Se ha encontrado en casi todo el Occidente de Asia la verdadera y la
falsa bóveda: así la de dovelas como la de piedras horizontales, de la
que acabo de hacer mérito. Ofrece Abydos un ejemplar de la primera en
un sepulcro, y de la segunda en una capilla. En Egipto, sin embargo,
la falsa bóveda era perfectamente semicircular, tanto que algunos la
suponen coetánea y aun posterior a la verdadera. Verdadera o falsa,
aparecía principalmente en los monumentos de ladrillo, en los de los
Ptolomeos y en los de los Faraones.

La falsa bóveda de América se la ve mejor que en parte alguna en la
isla de Cerdeña, en un pasadizo de la unragha de zuri. La bóveda es
allí de cantería, y tiene por cerramiento una serie de lajors. Notable
es también en este género una bóveda de la necrópolis asiria de
Mugheir, bien que de adobes y con los muros que la sostienen inclinados
hacia dentro.

Empleaban la verdadera bóveda los pueblos occidentales de Asia, sobre
todo en los canales y demás obras subterráneas. En ninguno constituía
uno de los elementos comunes de la Arquitectura[269].

       [269] Nota manuscrita de Pi y Margall, etc., pág. 1.805.

Por último, entre otras antigüedades mejicanas, citaremos la _Máscara
del Sol_, el _Calendario_ y dos _ídolos_.

Pasando a estudiar la arquitectura del Perú, dividiremos los monumentos
en dos clases: pre-incásicos y de los incas. Entre los primeros
se hallan los de Tiahuanaco, donde deben admirarse las puertas
monolíticas, que son muestra curiosa e importante de la primitiva
historia del arte. ¿Qué objeto podrían tener cuando no servían de
paso y eran por sí solos monumentos? No lo sabemos. También anterior
a los incas debió ser otro edificio de Tiahuanaco y del cual solo
vió Cieza un muro bien labrado. Anteriores debieron ser del mismo
modo dos ídolos que dicho autor calificó de gigantescos. Se admiran
monumentales puertas de sólida sillería y de forma piramidal, en una
meseta de los Andes, a la que se sube desde el valle de Colpa y donde
se halla Huánuco el Viejo. Recuerdan el arte egipcio por la tendencia a
la pirámide, y el arte griego por el esmerado corte y buen asiento de
las piedras, la acertada contraposición de las juntas y la pureza de
las líneas y la sobriedad de adornos. Merece atento exámen en Huánuco
un terraplén que lo mismo pudo ser mirador que fortaleza. Puertas y
terraplén formaban parte de un vasto sistema de construcciones. A unos
ocho kilómetros del puerto de Huanchaco (valle de Trujillo), al Sur,
se ven los monumentos del Gran Chimu. En un área de cuatro kilómetros
vivía--según todas las señales--un pueblo que tenía ricos palacios y
extensos jardines, laberintos, templos, sepulcros, plazas, calles de
humildes viviendas y un estanque que recibía las aguas del río Moche
por larga y bien construída acequia. No lejos de las citadas ruinas,
a unos cuatro kilómetros de la ciudad de Trujillo al Este, hay una
fábrica que llaman Templo del Sol y que consiste en una pirámide
rectangular de tres pisos, toda de adobes; tiene de altura de 25 a 31
metros, en su base 125 por 130 y en la plataforma 104 de anchura. Un
poco más abajo se halla otro edificio, también de adobes, que mide 90
metros en cuadro y está rodeado de un muro grueso de 33 decímetros.

Por lo que se refiere a los monumentos de los incas, comenzaremos
trasladando aquí la siguiente observación de Humboldt: «Imposible es
examinar con atención un solo edificio del tiempo de los incas, sin
reconocer el mismo tipo en todos los demás que existen en la superficie
de los Andes, en una extensión de más de 450 leguas, desde 1.000 hasta
4.000 metros de elevación sobre el nivel del Océano. Parece que un
solo arquitecto ha construído este gran número de monumentos»[270].
La arquitectura peruana se distingue por la rica variedad de sus
materiales y sus aparejos. Empleaba generalmente el pórfido, el
granito, y a menudo, el adobe o ladrillo; también el barro, el cascajo,
la piedra en bruto y labrada, la arenisca y pizarra; por morteros o
argamasa, ya una mezcla de yeso y arena, ya una mezcla de betún y
cal, y ya cierta arcilla soluble y pegajosa. Usaba el hormigón, la
mampostería, la sillería común y la almohadillada, y, con no poca
frecuencia, el aparejo denominado _ciclópeo_, que consiste en grandes
piedras sin cemento o argamasa que las una, sólo empleado por los
pueblos de Europa en los monumentos militares. Lo encontramos en las
murallas de Tarragona (España). En el Perú vemos sus manifestaciones
más legítimas en las fortalezas del Cuzco y de Ollantaitambo, no sin
que notemos diferencias entre unas y otras, pues allí las piedras se
hallan separadas por intersticios, y en Ollantaitambo están unidas casi
perfectamente. Otro aparejo ciclópeo--si cabe darle este nombre--se
distingue considerando la arquitectura de los incas, y consiste en
no guardar riguroso orden ni en la colocación de los sillares ni en
la formación de las hiladas, como puede verse si contemplamos la
fachada Norte del palacio de Titicaca, el frente septentrional de un
palacio de Cajamarca y otros muchos edificios. Los demás aparejos son
excepcionales y únicamente se hallan en determinadas construcciones; o
son mezcla de hormigón y pedruscos, o consisten en el empleo de adobes,
hechos de barro y paja. Por todas partes se admiran templos, palacios,
monasterios de las vírgenes del Sol, estaciones militares o tambos,
coptas (depósitos de armas, de cereales, de tejidos, etc.), casas de
baños y casas de juego. El templo del Cuzco tenía de circuito más de
560 metros y estaba cercado por una muralla. La puerta se hallaba al
Oriente. Consistía su decoración en una cenefa de oro que llevaba por
su parte más elevada y a todo su alrededor; la puerta estaba cubierta
por una lámina de oro. En su parte interior el oro constituía todo el
ornato, todo el adorno del templo; de oro y pedrería era el Sol del
testero del fondo. El pavimento estaba embaldosado de mármoles y el
techo de paja le ocultaban finos tejidos de algodón bordados de vivos
colores. Contiguo al templo había un patio, por cuyas paredes corría
un friso de oro; dentro del patio se encontraban santuarios erigidos
a la Luna, a las Estrellas, al Trueno y al Arco Iris. La imagen de la
Luna era de plata, y de plata estaban revestidos los muros y la puerta
del santuario. El segundo santuario tenía aforrada de oro la puerta y
recamado de estrellas el velo tendido debajo del techo.

       [270] _Vues des Cordilléres_, págs. 107.

Es de advertir que en los monumentos del Perú no se conocía la columna.
Las puertas de las casas tenían las jambas oblícuas y resultaban más
estrechas en el dintel que en la base. Triangulares había algunas,
y también rectangulares. Umbral no tenía puerta alguna y batientes,
pocas. Las ventanas, que apenas las había, presentaban ordinariamente
la forma de las puertas. Los escalones eran casi siempre de piedra
como también los pasamanos. Los adornos de los monumentos tenían el
mismo carácter que en México. Extraordinario--repetimos--fué el lujo
desplegado en el templo del Cuzco; por dentro y por fuera abundaba el
oro con toda esplendidez. Exteriormente una cenefa de oro, según Cieza,
ancha de dos palmos y gruesa de dos dedos, corría alrededor de todo el
templo; interiormente las puertas y las paredes se hallaban cubiertas
de planchas de oro. No andan descaminados los que dicen que el gran
templo del Sol era el edificio más magnífico del Nuevo Mundo y tal vez
en el Antiguo no hubiere otro que pudiera comparársele en la riqueza de
sus adornos.

Para terminar el estudio de los monumentos del Perú, añadiremos los
siguientes: el palacio de Manco Capac, que se levanta en una de las
islas del gran lago; la casa de las monjas o vírgenes dedicadas al
culto del Sol; las tumbas que se encuentran en el camino que va del
Cuzco a Sinca, y las murallas ciclópeas del mencionado Cuzco[271].
Los citados edificios están hechos de piedra y nada tienen de madera,
siendo de notar la absoluta carencia de ornamentación. No es esto
decir que en el imperio de los incas se desconociera el adorno, pues
rica decoración se manifiesta en las ruinas del palacio de Chimu,
en las de Hatuncolla y en otras, hallándose también muchos objetos
profusamente decorados; pero en el citado palacio de Manco Capac y
demás monumentales, la sobriedad de líneas no puede ser mayor. Tales
construcciones guardan completa semejanza y aun pudiéramos decir
igualdad con las griegas arcaicas y etruscas, hechas seis siglos antes
de la era cristiana.

       [271] También debemos mencionar las ruinas del palacio de
       Mamacuna en Pachacamac, el palacio del inca Rocca y las
       fortalezas de Ollantaytambo y Tiahuanuco.

Las murallas del Cuzco pertenecen al mismo sistema de construcción
que las de Mycena, Cremona, Tarragona y otras fundadas por etruscos y
griegos. Aquéllas y éstas se hicieron con grandes bloques de piedra de
forma irregular, colocadas en hileras de desigual altura, y con los
huecos llenos de piedras pequeñas, para igualar, aunque con poco arte,
los planos del muro. A semejante construcción se llama poligonal, por
los muchos lados que presentan los bloques, los cuales se usaban como
salían de las canteras. Generalmente, esta clase de obra se empleaba en
la base del edificio, continuando sobre ella la fábrica con sillares
labrados, «aunque desiguales también en longitud y altura, y no falta
alguno que otro ejemplo en que los sillares afectan ya la forma
rectangular, colocados en hiladas iguales, con las uniones verticales
dispuestas de manera que caigan en los centros de los rectángulos, o
sea, adoptando el perfecto sistema de este género de obras, el _opus
quadratum_ de los romanos, que no ha variado después»[272].

       [272] Riaño, Conferencia pronunciada el 26 de mayo de 1891 en
       el Ateneo de Madrid, pág. 10.

Lo mismo en puertas, ventanas y otras perforaciones de los muros de
muchos edificios, se emplea la forma de trapecio, de igual manera que
aparece en los antiguos restos de Etruria.

Si en algunos edificios del Nuevo y del Viejo Mundo hay semejanzas
arquitectónicas, existen otros en el Perú, donde brillan en todo su
esplendor la originalidad y fantasía de aquellas gentes, como son los
del lago de Umaya, los de Cacha, de Palca, de Chimu, de Hervai, de
Cajamarquilla y de Quisque.

Ocurre preguntar: ¿Cómo bloques tan grandes, no siendo conocida la
mecánica, se pudieron traer de distancias tan considerables? ¿Cómo
no fueron labradas las piedras, si se conocían los instrumentos
indispensables para dicho trabajo? ¿Por qué se les dió tanta
consistencia, si las armas en aquellos tiempos eran únicamente flechas?
Había piedras en el castillo de Cuzco que tenían de anchura 16 pies
y altas más de 13. Las había de 36 de altura por 24 de anchura. Las
había anchas de 6 pies, altas de 22 y largas de 50. Debieron llevarse
arrastrando a través de cerros y ríos, y en las pendientes rápidas
emplearían muchos hombres, ya para empujarlas, ya para impedir que se
desprendiesen al fondo de los barrancos. Dicha fortaleza tenía tres
murallas por la parte del campo y una por la de la ciudad, la cual se
hallaba construída--según Garcilaso que la vió--con piedras labradas y
regulares como las del templo de la misma ciudad de Cuzco. Por lo que
respecta a la consistencia extraordinaria de sus fortalezas cuando sólo
se conocían las flechas, no acertamos a dar satisfactoria explicación.

Consérvanse en el _Museo Antropológico de Madrid_ algunas curiosas
antigüedades peruanas.

En Bolivia, las primitivas bellas artes de los indios aymeraes estaban
reducidas a las _chullpa_ (casita pequeña de piedra) y a las _pucanas_
(montecillo fortificado con varias zonas de gruesas piedras); sobre
ellas estaba una _chaca_ o un templete construído con muros de piedra
cubiertos con grandes losas.

En Guatemala, Nicaragua y en algunos otros países de América se
cultivaron las bellas artes. Afirman algunos escritores que en Yucatán
estuvo el apogeo del arte americano, y añaden que allí la tendencia al
arco era manifiesta.

Por lo que a escultura y pintura respecta, siempre encontramos--como
escribe Navarro Lamarca--la misma rigidez de líneas, la misma tosquedad
de factura, el mismo afán de imitación grosera, la misma falta de
espontaneidad e idealismo[273].

       [273] _Compendio de Historia general de América_, tomo I, pág.
       150.

Fijándonos en la escultura no deja de observarse, aun en las mejores
obras que decoran los templos, que el sentimiento de la naturaleza era
todo. La idea de Dios no inspiraba al artista americano. Sin género de
duda podemos afirmar que el arte escultural en las Indias hizo pocos,
muy pocos adelantos. En Tiahuanaco se han encontrado una estatua de
granito y una cabeza de pórfido, resultando las dos paralelepípedos y
prevaleciendo en las dos la línea recta. Cerca de Cajabamba se halló
otra escultura de granito que representaba un hombre en cuclillas y
en actitud de orar; pero aunque sea como las de Tiahuanaco, se nota
que el artista hizo esfuerzos para redondear las formas de la cara, lo
cual ya es un progreso digno de alabanza. Superior es, sin duda, el
arte escultórico entre los muiscas, como se muestra por las estatuas
y relieves hallados en el fondo de un bosque, cerca de Timana, donde
comienza el valle del río Magdalena.

[Ilustración: Escultura en las ruinas de Copán.]

En Nicaragua la escultura reprodujo mejor al bruto que al hombre, y
del hombre, lo mejor la cabeza. En Copán (Honduras) participó el arte
escultórico del de los muiscas y del de Nicaragua. Los monumentos
de Quisigua son inferiores a los de Copán. Los de Yucatán recuerdan
a Tiahuanaco en las máscaras que adornan el frontis de uno de los
edificios de la casa de las Monjas, a Nicaragua en las fauces de fiera
que sirven como de tocado a ciertas figuras de Nohpat, y a los muiscas
en el remedo de las facciones humanas. Los relieves escultóricos
del gimnasio o juego de pelota de Chichén-Itzá (Yucatán), son más
artísticos que los de Copán y Tiahuanaco. La influencia de la bárbara
religión azteca en la escultura de México, produjo monstruos y no
estatuas. Otros relieves que encontramos en diferentes puntos de México
son inferiores a los del gimnasio de Chichén-Itzá. Llegó la escultura
en Palenque del mismo modo que la arquitectura a un relativo apogeo.
No labró muchas estatuas; pero sí figuras de relieve, las cuales hizo
de piedra o de estuco. Los relieves del palacio de la gran pirámide
consisten en figuras de granito, casi todas de mujer, altas de tres
metros, unas de pie y otras de rodillas, desnudas de la cintura
arriba, y de la cintura abajo con faldas o con un _maxtli_ suelto.
Estas figuras, tal vez copias de una raza que ha desaparecido, tienen
deprimida la frente, corva y grande la nariz, salientes y gruesos
los labios. Lo mejor modelado de ellas es la cabeza; pero de todos
modos son inferiores a las de estuco. Es evidente que los artistas
de Palenque no sabían hacer en piedra lo que en estuco. En el templo
de la Cruz se hallan relieves en piedra mejores que los anteriores,
aunque tal vez inferiores a los del Sol. La figura que ha dado nombre
al templo del Relieve es sumamente bella. Así la describe Pi y Margall.
«En almohadón riquísimo--dice--puesto sobre un banco a que sirve de
pies y brazos un monstruo de dos cabezas, está gallardamente sentada
una graciosa joven, vueltos a un lado los ojos, alzada la mano zurda,
con la diestra señalando, el pie izquierdo en la almohada y el otro
caído sin que apenas roce con el banco la punta de los dedos. Ciñe esta
joven un casco parecido al gorro frigio, del que sobresalen revueltas
plumas, viste una camiseta que no le cubre la mitad del pecho, y luce
un medallón suspendido de un collar de finas perlas; tiene prendida
al cinto una corta falda y una sobrefalda que cae sobre el almohadón
en airosos pliegues; ostenta en los brazos anchas ajorcas y calza
no menos elegantes sandalias que las de la otra figura»[274]. Esta
es--añade dicho escritor--la obra maestra de la escultura en América.
Por último, entre los zapotecas, mixtecas y tarascos la escultura sólo
creó monstruos, aunque de excelente ejecución, tales como la cabeza del
dios Ocelotl de Mitla, el vaso cinerario de Tlacolula y la urna Ocelotl
de Xochixtlahuaca.

       [274] _Historia general de América_, volumen II, pág. 1.898.

Por lo que a la pintura se refiere, era ésta polícroma. También es
cierto que los mejicanos y peruanos hacían uso de la pintura mural.
El historiador Cieza vió brutos y aves pintados en las paredes de las
fortalezas de Huarco y Paramanga, y Charnay descubrió en Tula una casa
tolteca, en cuyas paredes pintadas de blanco y rojo sobre fondo negro
halló caprichosas figuras. Por espacio de muchos años se han podido
contemplar en los muros del Juego de Pelota de Chichén-Itzá pinturas de
costumbres de los mayas en diferentes colores (rojo, amarillo, verde y
azul).

En algunos códices se ven pinturas de varios colores, siendo las más
perfectas las de los códices Borjiano y Vaticano; pero estéticamente
consideradas, lo que se llama verdadera pintura, no la hubo en América.
Se sabía dibujar, no pintar. Refiere Garcilaso--no sabemos con qué
fundamento--que el inca Viracocha hizo pintar en lo más elevado de alta
peña dos condores: el uno, abiertas las alas y mirando al Cuzco; el
otro, recogidas las alas y baja la cabeza.

[Ilustración: Dibujo propiciatorio. (Pueblos).]

Por tanto, puede afirmarse en el terreno de la estética que ni los
arquitectos, ni los escultores, ni los pintores dieron señales de gusto
y de conocimientos de la belleza. Dígase lo que se quiera por los
apasionados defensores de las bellas artes americanas, aun las de los
pueblos más adelantados, carecían de la hermosura, gracia e inspiración
de las griegas, romanas y cristianas.

Cultivóse la música con algún entusiasmo entre algunos pueblos de
América, distinguiéndose especialmente los mejicanos y peruanos. Sin
embargo, sólo sirvió como auxiliar del canto y del baile. Respecto a
la música de los haravies del Perú, dominaba en ella--según anónimo
escritor--melancólica monotonía que nacía de su vaga tonalidad y de
su constante terminación en notas bajas. La música azteca--escribe
el señor Chavero--revelaba el carácter belicoso del pueblo y en los
cantares de la muerte parecía a veces lluvia de lágrimas.

Los instrumentos musicales que principalmente usaba el indio eran
el atambor, tamboretes, sonajeros y chirimías, silbatos de hueso o
madera y flautas de caña. En el Perú encontramos la _linya_, especie
de guitarra de cinco a siete cuerdas. El canto se usaba con frecuencia
en las funciones religiosas. Del mismo modo las danzas eran elemento
principal de las citadas funciones, no careciendo tampoco de interés
las llamadas guerreras. Aquéllas, unas tenían por actores a hombres
y otras a mujeres, usándose en todas máscaras grotescas y trajes
ridículos de colores.

El himno religioso, el canto de guerra y las canciones romancescas
tuvieron escaso valor. «Pocas muestras de cantos y salmodias
religiosas nos han dejado las primitivas razas americanas; pero
podemos asegurar que las endechas funerarias han prevalecido entre
todas ellas, llegando a obtener en alguna la forma de verdaderas
recitaciones poéticas. En el _Libro de los ritos de los Iroqueses_ se
encuentran ejemplares de éstas»[275]. El canto más extendido entre las
gentes aborígenes es el que nos dió a conocer Fernández de Oviedo con
el nombre de _areito_ (del verbo aranak, recitar). El citado canto, tan
parecido a los infantiles nuestros, coreados en rueda que repite el
verso dictado por el que lleva la voz cantante, fué sumamente estimado.
«Los cantos de Dakota recogidos por Riggs, los de Chippeway de los
californios, y tantos otros, son verdaderas especies de areitos, al
igual de los oídos por Oviedo en la isla española»[276].

       [275] Sentenach, Ob. cit., pág. 58.

       [276] Ibidem.



CAPÍTULO XIV

  LA INDUSTRIA.--LA METALURGIA.--LA MINERÍA.--LOS CURTIDOS.--LOS
  TEJIDOS.--LA CERÁMICA.--LOS COLORES.--OTRAS INDUSTRIAS.--LA
  AGRICULTURA.--LA GANADERÍA.--EL COMERCIO.--LA MONEDA.


Hubo industria en América, lo mismo entre las razas cultas que entre
las incultas. En las primeras, como es natural, más perfecta que en
las segundas. Muy frecuente era el uso de los metales en la América
del Sur; poco común en la del Norte. Fundían el oro, plata y cobre
aztecas e incas; también los caribes, haitianos y otros. No dejan de
sorprendernos algunos productos del arte metalúrgico, considerando las
pocas e imperfectas herramientas que tuvieron a mano. Desconocían el
fuelle, el yunque, el martillo con mango, las tenazas, los clavos, la
sierra, la barrena, el cepillo, el buril, las tijeras y la aguja. El
oro era el metal más estimado y con él imitaban formas animales. Lo
mismo sucedía en obras de madera y el carpintero apenas podía disponer
más que del hacha y de la azuela.

El cacique Guaynacapa--si damos crédito al historiador Gomara--«tenía
de oro todo el servicio de su casa, adornaba además con estatuas de
oro, de tamaño real, de cuantos animales, aves, árboles y hierbas
produce la tierra, y cuantos peces cría la mar y agua sus reinos.»
Otros caciques chapeaban las paredes de sus palacios y templos con el
rico metal. «La metalurgia americana precolombina juega un gran papel
entre las antiguas industrias humanas, tanto por la abundantísima e
inmejorable riqueza de sus productos, como por el exquisito arte y
estética que imprimieron en ellos»[277]. Causa admiración los muchos
y preciosos objetos que hacían de oro y de plata; no los harían más
perfectos los mejores artífices de Europa. Se conservan ajorcas y
collares de delicadas y caprichosas labores, siendo de notar que en
dichas joyas estaba mezclado el oro con el estaño y antimonio. En uno
de los cintos que el cacique Guacanagarí regaló a Colón, había una
carátula que tenía de oro las orejas, los ojos, la nariz y la lengua.
Admirábanse objetos de oro, plata y pedrería en los palacios de
Moctezuma y de Atahualpa. En los jardines del emperador de México se
dice que había figuras de oro y plata que tenían movimiento, pues se
habla de pájaros y otros animales que meneaban la cabeza, la lengua,
las alas y los pies, añadiéndose que llamaba la atención un mono que
hilaba y se ponía en cómicas actitudes. Sacudía una zumacaya la cabeza,
daba una gaviota con el pico en una tabla, se picoteaban dos perdices
y en una de las fiestas de los koniagas cuatro pájaros artificiales
ejecutaban especie de pantomima.

       [277] Sentenach, Ob. cit., págs. 135 y 136.

No sólo trabajaban los americanos las piedras preciosas, sino toda
clase de piedra, haciendo con ellas la mayor parte de sus instrumentos
y utensilios. De piedra hacían la punta de sus lanzas, los almireces,
los metates, las pipas, los espejos, las estatuas y los relieves. No
se limitaban a todo esto; también cincelaban la piedra, la pulían y
le daban formas elegantes. Se distinguían en estos trabajos aztecas y
peruanos.

La industria _minera_ se estimaba mucho. Se beneficiaba especialmente
el oro, la plata, el cobre, el estaño y el plomo. Se dice que sólo
los aztecas aplicaron el plomo a la industria. Conocían los indios
el azogue, aunque no la virtud que posee de separar el metal de la
escoria. Había hierro en el país; pero ignoraban los indígenas sus
infinitas aplicaciones. Buscábase generalmente el oro en el lecho
de los ríos. Los nahuas mejicanos y los peruanos lo tenían en la
superficie de la tierra; los primeros en las provincias del Mediodía,
y los segundos en casi todas ellas. Unos y otros para adquirirlo,
¿abrieron galerías subterráneas? No lo sabemos. La plata y el estaño
lo extraían los nahuas de las minas de Taxco y de Tzompanco; el cobre,
de Michoacán y de otras partes. Ignoramos de dónde lo extrajesen los
peruanos.

Respecto a la industria de curtir las pieles de los animales, animales
que cazaban o pescaban muchas tribus, mostraron rara habilidad los
indios. Los conquistadores españoles quedaron asombrados al ver cómo
las tundían y adobaban. Los aztecas, no sólo las curtían perfectamente,
sino las teñían de vivos colores. Más torpes los peruanos, se
contentaban con meterlas dentro de grandes vasijas llenas de orines,
zurrándolas después. En dicha industria aventajaban a los peruanos
algunas tribus salvajes que se extendían desde el golfo de México al
Océano Glacial del Norte. Las tribus de la Florida hacían finos mantos
para sus caciques con las pieles de martas cebellinas. Los californios,
los columbios, los hurones y otros, las curtían de diferentes modos.
Los del Gila curtían las del alce, del ciervo, del oso y de la
zorra; los esquimales, además de las de los animales dichos, las del
rengífero, el lobo, la liebre, la ardilla, la foca y la ballena.

La industria _plumaria_ adquirió mucha importancia. Las plumas de los
pájaros se las mezclaba con el algodón en los tejidos y se hacían
mosqueadores y abanicos. Con las plumas se adornaban los escudos de los
guerreros y con ellas se reproducían los seres todos de la naturaleza:
hombres, bestias, aves, reptiles, árboles, flores y hojas. Recogíanse
las de los brillantes pájaros de los trópicos, entre los que figuraban
el colibrí, el papagayo y el guainambi. Estas obras de pluma--si
damos crédito a los historiadores de las Indias--podían competir con
los cuadros más perfectos de los artistas europeos. De pluma estaban
compuestos los mantos de los reyes y las vestiduras de los sacerdotes,
los tapices que cubrían las paredes de los palacios y los templos, los
quitasoles y las colchas de las camas. Eran muy estimados en México
los artífices de estas obras de pluma, y porque vivían en el barrio
denominado Amantla, se dió a ellos el nombre de _amantecas_.

Asimismo se estimaba mucho la industria de tejidos de lana, alpaca,
vicuña, llama y huanaco. La lana de vicuña la hilaban y tejían las
vírgenes del Sol para los incas y los sacerdotes. Se desconocen
los procedimientos de industria tan adelantada. Mantos de pelo le
parecieron a Hernán Cortés de seda, lo mismo por la suavidad que por
el brillo. Hilaban y tejían el algodón muchas tribus, distinguiéndose
sobre todas los aztecas y peruanos, cuyos tejedores hacían toda clase
de telas, lo mismo finas que bastas. A veces mezclaban el algodón y las
plumas; a veces el algodón y el pelo de conejo.

No sólo del reino animal, sino también del vegetal, sacaron todas
aquellas razas muchos elementos para su industria. Los pobres mejicanos
se vestían con telas hechas de las fibras del maguey y de ciertas
palmas. Otros pueblos tejían telas con determinadas substancias; así
los hurones hilaban el cáñamo silvestre, los guaicurues el hilo de
ciertos cardos, los achaguas y los otomacos el de las palmeras, los
tlinkits el de las algas marinas y los haidahs el de la corteza de
cedro, de pino o de sauce. El juracaré se cubría con la corteza de los
árboles, la cual pintaba, no la deshilaba. Con los vegetales se servían
para la fabricación de cuerdas, esteras, cestas y otras clases de
utensilios.

De igual modo, muchas tribus trabajaban hábilmente la madera. Los
aztecas y los mayas, que tuvieron su escritura geroglífica, usaron
de hojas delgadas de palmera, y más frecuentemente de las fibras del
maguey. Además de la fabricación del papel, ya se ha dicho que el
maguey se empleaba para hacer telas, esteras y sogas; también como
substancia alimenticia. Añadiremos a todo esto que de las espinas
hicieron los aztecas agujas, y de las raíces los peruanos cierto
jaboncillo, con el cual las mujeres se pintaban las pecas de la cara y
se lavaban el cabello.

La industria más extendida fué la _cerámica_. Quizá se desarrolló
más rápidamente en América que en Europa. Los productos cerámicos
eran numerosos y diferentes entre los pueblos americanos. Llegaron
algunos a trabajar perfectamente el barro, revelándolo así los objetos
encontrados en antiguos sepulcros del Perú, Chiriqui y Costa Rica.
Entre las vasijas de los _mound-builders_ ya las había de largo cuello
y de iguales formas que en la industria española. Mucho mejor que los
_mound-builders_ trabajaron el barro los nahuas, los cuales hacían
platos, fuentes, copas, jarros, calderos, pebeteros, urnas sepulcrales,
instrumentos de música y otros muchos objetos. Puédese citar como
ejemplos la urna de México, descubierta en la plaza de Tlatelulco,
el vaso de Tula y el ídolo de Culhuacán. Del mismo modo los mayas
trabajaron con toda perfección el barro, hasta el punto que los vasos
de Yarumela son tan bellos como la citada urna de Tlatelulco entre los
nahuas. Por lo que se refiere al Perú, también la cerámica era muy
rica en formas. Brutos, aves y peces estaban reproducidos en los vasos
de arcilla. Lo estaban el hombre y la mujer en sus diferentes edades,
a veces en caricatura o en el acto de cumplir deseos carnales. Estas
imágenes, ya daban la forma al vaso, ya sólo le servían de adorno.
Vasos había que eran la cabeza o el pie de hombres o de monstruos.
No encontramos en ningún pueblo vasos construídos con más ingenio.
Algunos, por el movimiento del agua de que estaban llenos, reproducían
la voz de hombre o el grito del animal que representaban: uno imitaba
perfectamente el gemido lastimero de una anciana, como el que se halla
en el _Museo Arqueológico de Madrid_; otro el gorjeo de un pájaro,
un tercero el silbido de una culebra. Constan generalmente de dos
botellas que se comunican y llevan el cuello de la una abierto, el de
la otra sólo con agujeros que permiten el paso del aire. El aire que
el agua desaloja al moverse es el que, pasando por los orificios o
estrechos agujeros, produce el fenómeno. Ciertas vasijas redondas se
llenaban por el asiento; ya llenas podía volvérselas sin derramar el
líquido. Había, además, vasos que podríamos llamar _lacrimatorios_,
los cuales representaban caras tristes y por los poros salía el agua
y se deslizaba por las mejillas. «La variedad de los vasos del Perú
era infinita. Se les descubre todos los días de nuevas formas en las
excavaciones de los sepulcros. No parece sino que repugnaba a los
alfareros la reproducción de los tipos que inventaban. Los hay de
doble cuello y hasta de cuatro recipientes unidos por tubos huecos.
En riqueza de formas no es comparable con la cerámica peruana ni aun
la fenicia, que tenía también vasos de cuello doble y aun de tres
recipientes»[278]. Añade el mismo historiador que en el siglo XV casi
todos los pueblos americanos fabricaron el barro, siendo de notar que
ni cultos ni salvajes conocieron la rueda del alfarero. Se cree que
empleaban algún procedimiento para que la arcilla no se abollase ni
resultara desigual el espesor de las paredes de los vasos. Tampoco
se sabe si cocieron las vasijas en hornos. Los hubo en el valle del
Mississipí, según dicen Squier y Davis; pero se ignora cuándo y quiénes
los hicieron.

       [278] Nota manuscrita de Pi y Margall en su _Historia de
       América_, volumen 2.º, pág. 1.236.

Si se trata de los _colores_, los sacaron de los tres reinos de la
naturaleza. Recurrieron a los vegetales casi todas las tribus. Aztecas
y peruanos se sirvieron para sus tintes lo mismo de los minerales que
de los vegetales.

Del reino animal utilizaron la cochinilla y ciertas ostras. De la
primera sacaron el color carmesí y de las segundas el de púrpura. Los
mayas y nahuas se servían de la cochinilla, y los nicaraguatecas de las
ostras. No sólo servían los vegetales para los tejidos; también para
la fabricación de cestos, canastos, esteras, cuerdas, sogas y otros
objetos. En los textiles, diferentes en las formas, usos, colores y
trama, los había sencillos como los de los iroqueses y algonquinos,
artísticos como los de los aztecas, peruanos y otras tribus del Sur de
América. Se sabe que las razas que vivían cerca del mar de los caribes
usaban la palmera y el cabuya o henequén para hacer toda clase de
cuerdas; los tobas se servían de la bromelia; los muscogis empleaban
retorcidas cortezas de árboles o hierbas parecidas al lino, y los
iroqueses tenían como substancia principal los filamentos del sauce
o del cedro. Los californios del Norte hacían esteras de raíces de
sauce, los nutkas de fibras de cortezas de cedro, y multitud de pueblos
de mimbre, junco o bambú. Iroqueses, hurones, tacullis y colombios
de tierra adentro, hacían sus vasijas, platos y copas de cortezas
de varios árboles; los shoshonis y otros, de mimbre o de hierbas
trenzadas; los apaches, de varetas de sauce; los yaquis, los ceris y
los nicaraguatecas, de calabaza. De la vajilla de los haitianos se
hacen lenguas algunos cronistas.

Respecto a objetos de madera sobresalían los aztecas y los mayas,
superiores a los peruanos, y entre las razas salvajes los chinuks, los
esquimales, los koniagas y los tinneks.

Pocos progresos hizo la _agricultura_, industria que presupone el
empleo de bestias de tiro y el uso del arado. Los aztecas se servían
para romper la tierra, ya de una especie de pala de roble, ya de una
herramienta de cobre y madera; los incas usaban una como laya. Araban,
pues, la tierra con una estaca o pértiga terminada en punta, de cuatro
dedos de ancha, larga como de una braza, llana por delante y redonda
por detrás, que llevaba a una media vara de su remate sólido y firme
travesaño. Clavábase la estaca en la tierra y saltando el labrador
sobre el estribo la hincaba cuanto podía. Seis o siete hombres,
apalancándola al mismo tiempo y tirando con toda su fuerza, levantaban
grandes terrones. Las mujeres, que asistían a la faena, ora rompían los
terrones con sus rastrillos, ora volvían las tierras de abajo arriba,
para que, puestas al aire y al sol, las malas raíces se secaran pronto
o muriesen. Fatigoso y pesado era el procedimiento; pero con él se
conseguía suplir la falta de yuntas, como también el uso del arado y de
otros instrumentos de agricultura.

Hacíase la siembra agujereando el suelo con agudas estacas y echando la
semilla en los agujeros, los cuales tapaban con tierra, sirviéndose del
pie o de la mano. A su tiempo se escardaba o se limpiaba de hierbas y
broza. Cuando la mies estaba en sazón, en el mismo terruño o en próximo
paraje, se levantaba una especie de barraca de madera y cañas, donde
muchachos con piedras y a gritos ahuyentaban las aves y toda clase de
animales dañinos. Contribuía al atraso de la agricultura la falta de
instrumentos de toda clase. Los americanos desconocían el molino y el
cedazo: el maíz lo molían sobre una piedra plana con otra en forma
de media luna, que cogían con las dos manos. A fuerza de repetidos
golpes y de batirlo una y otra vez, lo reducían a tosca harina. Luego
extendían la harina sobre mantas de algodón, pegándose la flor y
quedando suelto el salvado. Con la harina formaban tortillas que las
tostaban en los hornos. De otros varios modos preparaban el maíz, pues
con él hasta hacían un licor, dejando fermentar el agua en que había
cocido aquella planta.

Los abonos eran conocidos y aun estimados por muchos pueblos; pero
principalmente consistían en la ceniza. En unas partes se pegaba fuego
al rastrojo y en otras a los arbustos o matas: la ceniza se extendía
por las tierras destinadas al cultivo. Los peruanos, además de la
ceniza, abonaban las tierras, ya por medio de excrementos humanos, ya
por medio de excrementos del ganado, y muy especialmente por el que
dejaban los numerosos pájaros marinos de las islas Chinchas. También
servía de abono los peces muertos que el mar arrojaba a la playa.
Refieren los cronistas, que desde Arequipa a Tarapaca era tan estimado
por los agricultores el estiércol de las aves marinas, que se castigaba
con la pena capital al matador de ellas e igualmente al que entraba en
las islas durante la cría de dichos pájaros.

Los mayas de la América Central, lo mismo que los aztecas mejicanos y
los incas peruanos, hicieron algunos progresos en la agricultura. Entre
los pueblos de la América Central se distinguieron los habitantes de
Nicaragua. Los nicaragüenses para el riego de las tierras conducían el
agua a veces de ásperas y lejanas distancias, por medio de acequias y
acueductos. Tales obras causan a la sazón no poca sorpresa a nuestros
ingenieros. No dejó de aprovecharse ni un solo pedazo de tierra
cultivable. En las costas más bajas, como en las montañas más altas, se
cogían abundantes cosechas de maíz, patatas, algodón, coco, etcétera.
También practicaron con mucho acierto y dieron bastante desarrollo a la
_horticultura_.

Cultivábase el maíz por numerosas tribus, y aunque no tanto, la
mandioca, las judías, las patatas o papas, el pimiento (_chile o axi_),
la calabaza, el _maní_ (cacahuete), el tabaco, el maguey, el cacao,
el algodón y el plátano; en el Perú, muy especialmente, la coca y la
quinua. Indígena del Perú, o importada de Chile, la patata constituía
en algunas partes el principal alimento de los indios: dicha planta
era desconocida en México, lo cual prueba que peruanos y mexicanos
ignoraban recíprocamente su existencia. Por lo que al tabaco se
refiere, conviene no olvidar que el uso que de él hacían los peruanos,
era diferente del de otros pueblos donde era conocido, pues allí sólo
lo empleaban como medicina en forma de rapé[279]. Del maíz sólo diremos
que era el principal alimento, lo mismo entre los pueblos del Norte que
entre los del Sur del continente americano; después de su exportación
al Antiguo Mundo, también aquí se extendió rápidamente.

       [279] Garcilaso, _Com. Real._, parte I, lib. II, cap. XXV.

El pan llamado _cazabe_ se hacía de la yuca o mandioca. Conocían muchas
de las excelentes cualidades del maguey (_agave americano_) y del
_maní_.

Los árboles que producían el cacao sólo se cultivaban en las tierras
calientes de México, y en las que median entre los dos istmos, y se
plantaban por hileras, distantes uno de otro sobre cuatro varas, cerca
del agua, para que fuera fácil el riego y a la sombra de árboles más
altos y frondosos, para que a causa de los ardores del sol no cuajara
el fruto.

Fué muy estimada en algunos puntos la _ganadería_. No se conocía el
caballo, si bien la paleontología muestra que lo hubo en los primitivos
tiempos. Recorrían numerosos bisontes las praderas. Pacían en los Andes
del Perú cuatro especies de carneros: el llama, el huanaco, la alpaca
y la vicuña. Consiguieron los incas domesticar el llama, sirviéndose
de él para los transportes. El huanaco, la alpaca y la vicuña pacían
salvajes por los páramos de los citados montes. No se consentía al
campesino peruano que cazase estos animales silvestres. Cada año se
celebraba una cacería, ya presidida por el Emperador, ya por sus
representantes. No se repetían las cacerías en la misma parte del país,
sino cada cuatro años, pues de este modo podían reponerse fácilmente
los animales.

Los indios trasquilaban y recogían excelentes lanas de los animales
muertos; de igual manera se aprovechaban del vellón de los llamas
que destinaban al acarreo. Tanto los llamas como los otros animales
de la misma familia, casi sólo eran estimados por su lana. La lana de
la vicuña, dice Walton, era mucho más apreciada que el pelo fino del
castor del Canadá y que la lana de la _brébis des Calmoucks_ o de la
cabra de Siria[280]. Además del animal doméstico llama, Garcilaso de
la Vega cita gansos en el Perú, Hernán Cortés refiere que gallinas,
ánsares y perros castrados había en México, no cabe duda que el
pavo y otras aves se criaban en los pueblos mayas, y--según ciertos
autores--el conejo, la liebre y la abeja. El P. Las Casas habla de
colmenas, y Gomara dice que las abejas eran pequeñas y la miel un poco
amarga. Convienen los historiadores que en los estanques de uno de los
palacios de Moctezuma se mantenían varias aves acuáticas.

       [280] _Relación histórica y descriptiva del camero peruano_,
       pág. 115. Londres, 1811.

Numerosas tribus de América no conocían la agricultura. Los patagones,
los charrúas y otras muchas tribus vivían exclusivamente de la caza,
la pesca y los frutos silvestres. Lo mismo hacían las que en el Norte
habitaban más allá de los Grandes Lagos. Aun en la América Central
se encontraban tribus que desconocían los trabajos agrícolas más
rudimentarios.

Pocas razas salvajes se dedicaban al _comercio_. Había, sí, cambio
de productos de hogar a hogar y aun de tribu a tribu. Los españoles
daban a los indios fruslerías por artículos de utilidad. «En la isla
de Guanahaní--dice Cristóbal Colón--nos daban los indígenas por
cuentecillas de vidrio y cascabeles, papagayos, ovillos de algodón,
azagayas y otras muchas cosas. Hasta diez y seis ovillos que pesarían
más de una arroba ví dar por tres centis de Portugal, que equivalen a
una blanca de Castilla». Entre las razas salvajes sólo podemos decir
que se dedicaban al comercio antes de la conquista los haidahs, los
nutkas, los chinuks, los columbios y los mojaves; pero los verdaderos
comerciantes de América fueron los nahuas y los mayas, que tuvieron
sus mercados, sus ferias, sus expediciones mercantiles y algo que
suplía la moneda. Desde la remota época de los xicalancas venían los
nahuas ejerciendo el comercio en Veracruz, Oajaca y Tabasco. Durante
la dominación de los toltecas adquirieron importancia comercial Tula y
Cholula, bajo los chichimecas Tlaxcala y bajo los aztecas Tlatelulco,
alcanzando en esta última época su apogeo. Los mercaderes de Tlatelulco
llegaron a rivalizar con la nobleza, se regían por Cónsules y
Tribunales propios y formaban uno de los Consejos de la corona. A los
pueblos del Mediodía cambiaban artículos de algodón, pieles, objetos de
oro, piedras preciosas y esclavos por aromas, plumas, productos de mar
y muy especialmente ámbar, una de las materias más estimadas por los
nobles de México.

Era aún más considerable entre los nahuas el comercio interior. Todos
los días celebraban mercado y semanalmente una feria en Tlatelulco,
Tlaxcala, Tezcuco y otros pueblos. La plaza que para los mercados y
ferias había en Tlatelulco se hallaba rodeada de portales; en ella se
vendían toda clase de mercancías; pero en su correspondiente calle o
compartimiento. Aquí, se vendía la caza; allí, la hortaliza; más allá,
las frutas; en ésta, las telas; en aquélla la porcelana. Vendíase en
este compartimiento la plata, el oro y la pedrería, y en aquél, la
piedra, los adobes y el ladrillo; en otros muchos, los diferentes
productos de la naturaleza y del arte. Dentro de la misma plaza había
un edificio (_teopancalli_) donde estaban sentados 10 o 12 jueces
que regulaban los precios, dirimían toda clase de cuestiones entre
vendedores y compradores y castigaban a los delincuentes. Refiere
Hernán Cortés que unas piezas de estaño hacían oficio de moneda en
varias provincias; Ixtlilxochitl cita cierta moneda de cobre, larga
de dos dedos, ancha de uno y gruesa como un real, que habían usado
los indígenas de Tutupec; y Bernal Díaz del Castillo habla de unos
cañutillos de pluma blancos y transparentes, llenos de granos de oro
que, según los gruesos y largos, se les daba determinado valor. Pero
lo que pasaba en todas partes por moneda corriente eran almendras de
cacao, las cuales se podían emplear sueltas y también reunidas en
_xiquipillis_ (8.000) y en sacos (24.000). La moneda, pues, en México
era el cacao; las monedas de estaño de que habla Cortés y las de cobre
de Ixtlilxochitl debieron ser puramente locales. En todos los mercados
se vendía por cuenta y medida, no por peso. «Fasta agora no se ha
visto vender cosa alguna por peso», escribe Hernán Cortés, después de
recorrer el mercado de Tlatelulco. Refiere Oviedo que en Nicaragua
se compraba por diez almendras de cacao un conejo, por otras diez se
gozaba una prostituta y se adquiría por ciento un esclavo.

También entre los mayas tenía suma importancia el comercio. Del mismo
modo, allí los comerciantes constituían clase privilegiada; había
mercados y ferias, y un empleado regulaba los precios y castigaba a los
infractores de las leyes comerciales. El comercio exterior se hacía por
grandes caravanas.

En suma, nahuas y mayas eran comerciantes; pero a causa de ser
imperfectísima la moneda, prevalecía tanto en los primeros como en los
segundos el cambio directo de las cosas.

«La sarta de conchas--escribe Pi y Margall--se dice hoy que haría
el oficio de moneda en todas las tribus que ocupaban el territorio
del Canadá, los Estados Unidos y las dos Californias. Aun entre los
yucatecas se cree que sirvieron de moneda las conchas»[281].

       [281] Nota manuscrista en la pág. 1.244 de la citada obra y
       volumen.



CAPÍTULO XV

  ALIMENTACIÓN DEL INDIO.--EL CANIBALISMO.--BEBIDAS EMBRIAGADORAS
  DE LOS INDIOS.--EL FUEGO: MODO DE OBTENERLO.--LA LUZ.--LAS
  LÁMPARAS.--LAS CASAS DE LOS INDIOS.--LAS ALDEAS.--LAS VIVIENDAS
  DEL SALVAJE.--EL VESTIDO.--LOS ADORNOS.--LA CAZA Y LA PESCA.--LAS
  CANOAS O PIRAGUAS.--LOS JUEGOS DE AZAR.--EL JUEGO DE PELOTA.


La alimentación del indio era abundante tanto de vegetales como
de substancias animales en los países cálidos y fértiles. Por el
contrario, en los fríos y estériles, la alimentación se conseguía con
grandes trabajos y a veces consistía en arañas, gusanos, lagartijas,
culebras, etc.

Entre los alimentos _vegetales_, además de aquellos que la naturaleza
producía espontáneamente (plátano, los frutos de la pita o agave, el
ajo, el puerro y otros), los que necesitaban cultivos elementales
(maíz, patata, arroz salvaje, mandioca, yuca, etc.) Ponen algunos
escritores en la lista de las subsistencias vegetales la coca y
el tabaco. De la coca hacían uso los peruanos, los habitantes
de Venezuela, de Nicaragua y tal vez los tlinkits de la América
Septentrional. Seguramente que el tabaco carece de las virtudes de la
coca. Cuando los españoles comenzaron la conquista, el cultivo y el
uso del tabaco estaba limitado a parte de las Antillas, Venezuela,
México y algunos pueblos situados entre el golfo mejicano y el de San
Lorenzo. El uso del tabaco en la isla de Santo Domingo--según refiere
Oviedo--estaba reducido a quemar las hojas en un plato, y luego aspirar
el humo por las narices mediante un tubo en forma de Y griega o
mediante dos canutos de caña. El efecto que producía era caer el que lo
usaba en profundo letargo. Los mexicanos aprendieron de los dominicanos
y se acostumbraron al mismo vicio.

La alimentación _animal_ variaba desde el walrus, lobo marino,
ciervo, antílope o bisonte, propia de los indígenas del Norte, hasta
la delicada pesca de los ríos de la América del Sur y los sabrosos
mariscos de sus costas é islas, que sostenían a muchas tribus
ribereñas. Entre los alimentos animales uno de los más estimados eran
perros castrados que los indígenas alimentaban y engordaban. Huelga
decir que comían venados, liebres, conejos, patos y gallinas. Estimaban
mucho los huevos.

El reino _mineral_ proporcionaba la sal y algunas tribus comían una
especie de tierra o caolín, ya sola, ya mezclada con algunas raíces.

De los aztecas diremos que aventajaban en alimentos a las demás razas.
No conocían el trigo, ni el centeno, ni la avena, ni el mijo; todo lo
cual suplían con las tortas que hacían del maíz, como hoy sucede en
algunas comarcas de España. Hacían pasteles de aves y empanadas de
pescado; conocían la olla podrida. Cortés afirma que la miel, lo mismo
de maíz que de maguey, era mejor que el arrope. Estaban adelantados
en la cocina y llevaron el sibaritismo hasta servir todo lo caliente
en platos con braserillo: así se hacía en los palacios de los reyes.
Los pueblos de la América Central se parecían a los aztecas, si bien
preferían el pescado y las frutas a la carne. Los nicaraguatecas se
lavaban las manos antes de comer y la boca después de la comida. En
el imperio de los incas, cuyos adelantos competían con los de los
aztecas, se estimaba el maguey más que en ninguna parte; de él sacaban
miel, vino y vinagre; de él, mezclándolo con maíz, arroz o pepitas de
mulli, fortísimo brebaje. Pan y vino hacían también del maíz, el cual
molían en anchas losas. Lo comían crudo, asado, cocido, en gachas; lo
convertían en agradable licor desliendo la harina en agua. Disponían
igualmente de la _quinua_, que era una especie de arroz; lo usaban
como comida y como bebida. Completaban sus alimentos con la carne de
sus carneros, de ordinario hecha cecina, con peces, con frutas, con
legumbres y con raíces.

Entre las muchas razas salvajes que comían el maíz, podemos citar
las siguientes: al Norte de México, los pimas, los _pueblos_ y los
californios del Mediodía; al Sur del Perú, los araucanos; al Oriente
de los Andes, los chiquitos y otros; en la cuenca del Orinoco, los
otomacos, y hacia el Atlántico, los caquesios y algunos más. Otras
razas salvajes suplían la mandioca por el maíz, como sucedía con muchos
pueblos de los Llanos. No pocas tribus de Barlovento usaban el pan de
_ajes_; los californios del Norte, los del Centro y los del Sur, el pan
de bellotas.

Tostaban el maíz, arroz, etc., dentro de habitaciones a propósito,
moliéndolos luego en morteros con mazas o en piedras planas con
rodillos.

Consideramos también como uno de los alimentos de muchos pueblos indios
el hombre. No cabe duda alguna que lo mismo en el Norte que en el Sur
y en el Centro de América, existió la antropofagia o canibalismo,
llegando a ser conocidas algunas tribus con el nombre de _comedores de
hombres_. Por comedores de hombres la nación española consintió que sus
capitanes o conquistadores persiguieran, hicieran esclavos y vendieran
a los indígenas. ¿Eran caníbales por glotonería, por odio o por sed
de venganza? No podemos dar respuesta satisfactoria; pero sí de que
eran comedores de hombres, los cuales hallamos lo mismo entre las
razas cultas que entre las salvajes. Afirma Hernán Cortés que durante
el sitio de México los tlaxcaltecas, los otomíes, los naturales de
Tezcuco, los de Chalco y los de Xochimilco se comían alegremente los
cadáveres de los enemigos en sus cenas y almuerzos. Añade que a los
soldados de Matlanzingo se les cogió muchas cargas de maíz y de _niños
asados_. Termina diciendo que en su expedición al Golfo de Honduras
mandó matar a un mexicano porque se le encontró comiendo carne de un
indio. Extendióse el canibalismo a los pueblos mayas. No cabe duda que
desde el istmo de Tehuantepec al de Panamá se comían a los hombres
sacrificados en los altares de los dioses. Que existió el canibalismo
en Guatemala lo dice el P. Las Casas; en Yucatán, Pedro Martir de
Anglería, y en Nicaragua, Gonzalo Fernández de Oviedo. No es dudoso que
lo hubiera entre los caribes, en Santo Domingo y en toda la América.
Llegaron algunas tribus a cebar a los prisioneros para hacerlos más
sabrosos.

En general no sentían el hambre ni los indios de la América del Norte,
ni los de la Central, ni los del Sur. Sufrían hambres pasajeras los
pueblos cultos y los salvajes, lo cual no debe causar extrañeza,
considerando que hoy mismo en la culta Europa no puede impedirse,
aunque de tarde en tarde, el azote del hambre.

Lo extraño es que pueblos adelantados como los aztecas, y que no
ignoraban algunos guisos de verdadero gusto, comiesen en el suelo,
emplearan no sillas, sino toscas banquetas o almohadones. Usaban
por manteles vistosas esteras de palma. ¿Desconocieron el uso de
las servilletas? No lo sabemos. De los yucatecas se dice que tenían
manteles y servilletas, añadiendo los cronistas que se desvivían por
conservarlos limpios.

Era muy común la embriaguez entre los indios. Bebidas embriagadoras, ya
por fermentación sólo del maíz, ya por fermentación del maíz con otras
substancias, eran muy estimadas en las tribus que sabían obtenerlas.
Citaremos el _pulque_ entre los mejicanos y la _chicha_ entre los
indígenas de Chile y de Guatemala. También las mujeres del harem de
Atahualpa sirvieron la chicha en grandes vasos de oro a Hernando
Pizarro y a Soto[282]. Unos pueblos preparaban la chicha de una manera
y otros de otra. Un escritor antiguo dice que la preparaban poniendo
a fermentar en agua, cebada, maíz tostado, piña y panocha, añadiendo
también especias y azúcar. Del mismo modo el _aca_ era usado entre los
peruanos y el _cajuni_ entre los brasileños. Embriagábanse por otros
medios las tribus que no sabían obtener las bebidas dichas, pudiéndose
citar, entre otras, los _otomaques_ (Orinoco) que tomaban como rapé los
polvos de una semilla (_yuapa_) mezclada con otras substancias. Además,
no pocas tribus usaron bebidas no fermentadas, como el _mate_ (planta
parecida al acebo, cuyas hojas se cuecen como el té) y algunas otras.

       [282] Prescott, _Hist. del descubrimiento y conquista del
       Perú_, tomo I, pág. 373.--Madrid, 1858.

Por lo que respecta al fuego, conocido entre los aborígenes americanos,
se producía por _fricción_ (esto es, barrenando con un trozo cilíndrico
de aguzada punta y madera dura otro pedazo de madera más blanda); por
_percusión_ (golpeando pedernales con piritas u otras piedras que
contuviesen hierro); y mediante _reflexión_ «con un brazalete grande
(chipaba), del que colgaba un vaso cóncavo como media naranja, muy
bruñido, poníanlo contra el sol y a un cierto punto donde los rayos que
del vaso salían, daban en junto, ponían un poco de algodón carmenado,
el cual se encendía en breve espacio.»[283]. Servíales el fuego para
calentarse y alumbrarse. La _hoguera_ fué principal elemento de
vida del indígena. Si en un principio algunas tribus iluminaban sus
chozas con gusanos de luz o de otros modos primitivos, descubierto el
fuego, la luz contribuyó de un modo extraordinario al progreso de la
humanidad. Tuvo origen entonces la industria de alfarería por lo que se
refiere a las _lámparas_, siendo los esquimales los primeros que las
conocieron. Al mismo tiempo se fabricaron las primeras vasijas de barro
(_ollas_) y de arcilla. Es de creer, pues, que al ladrillo de adobe,
sucedió la lámpara del esquimal y luego las restantes alfarerías.

       [283] Garcilaso de la Vega, _Com. Reales_, I, 13, 198, cap.
       XXII.

En capítulos anteriores hemos dicho que las habitaciones o viviendas
indígenas, fijas o movibles, variaban desde la casa del esquimal,
hecha con bloques de nieve, hasta los palacios de los aztecas y de
los incas, fábricas de piedras no pulimentadas. Bueno será advertir
que algunas tribus no conocieron más abrigo que el de los bosques.
Se defendían del sol a la sombra de los árboles, de las rocas o de
los barrancos; del viento, con parapetos de piedras o de broza.
En cuevas se metían cuando arreciaba el frío. Los salvajes que ya
tenían casas, las construían de diferentes formas y maneras. Unas las
cubrían de paja, barro o corteza de árbol, otras eran altas o bajas
y se fabricaban en llanuras, en elevaciones o debajo de la tierra.
Constituían un adelanto los _buhíos_ de Haití y de otras islas del mar
de los caribes. Eran generalmente poliédricos hasta el arranque del
techo y cónicos hasta el remate. A veces estos buhíos tenían la forma
rectangular. Cerraban cada uno de los lados por postes o troncos de
árbol, y entre poste y poste colocaban cañas unidas por bejucos. La
armadura del techo se formaba con varas que partían de las soleras de
los troncos y se unían a un alto madero hincado en el centro de la
casa: los intersticios se cubrían por cañas, pajas, hojas de bihao
o de palmera. Todas las puertas tenían su correspondiente dintel y
casi todas tenían jambas. Las casas que se hacían donde la madera era
abundante, ésta predominaba en los materiales de construcción; donde
no existía el arbolado, predominaba la piedra, el barro o el adobe.
Al contemplar la regularidad y armonía de los edificios de México y
el Perú, casi no se explica que el arquitecto indio no conociese el
_compás_ ni la _plomada_, ni la _escuadra_, como tampoco tuviera idea
del _arco_, elemento esencial de la arquitectura. La reunión de las
cabañas o tiendas formaban _aldeas_ (rancherías, tabas, etc.), más o
menos grandes, más o menos sólidas. Las casas de los jefes, templos,
etc., se rodeaban generalmente de empalizadas para su protección.

Tales villorrios se hallaban frecuentemente esparcidos a lo largo de
las costas de los mares, de los ríos y de los lagos, lo cual fué causa
de las relaciones exageradas que del número de indígenas dieron los
conquistadores europeos, quienes llegaron a suponer que también estaban
habitadas las zonas mediterráneas.

La miseria en el hogar salvaje no podía ser mayor. Las camas eran
bastas y pobres tarimas enclavadas en la pared. Colgaban del techo
carne o pescado hechos cecina, mazorcas de maíz y a veces el trineo
o la canoa; de las paredes colgaban las armas y cabezas de búfalo o
ciervo; no lejos de la puerta se hallaban los trofeos del dueño de la
casa. Unos hincaban la lanza delante de su toldo, otros en altas cañas
las cabezas de las reses muertas por su mano y algunos sobre viejas
aljabas las cabelleras de sus enemigos. Humosas teas iluminaban de
noche la habitación o choza del salvaje, y sólo en las viviendas de los
esquimales o en los subterráneos de la isla de Fox, ardían lámparas
de piedra alimentadas por aceite de ballena o de foca. Ni los mismos
mexicanos y peruanos dispusieron de mejor luz. También el señor feudal
europeo colgaba en sus desabrigados salones las lanzas, alabardas y
ferradas mazas, y en las puertas de su castillo cabezas de jabalíes o
de lobos; también el vasallo vivía en casas de barro y se alumbraba con
resinosas teas.

Lo mismo en las casas de los indios cultos, que en las de los salvajes,
vivían hacinados viejos y jóvenes, hombres y mujeres. Las casas de los
pobres sólo tenían un aposento. Si las de las razas cultas o de los
indios algo acomodados tenían más de una pieza, el dormitorio era uno.
Ellos hacían públicamente actos que la moral y el pudor quieren que
sean secretos. Unicamente entre los reyes y los nobles parecía existir
cierta honestidad.

Acerca del uso del _vestido_, halló Colón, en su primer descubrimiento,
desnudos a hombres y mujeres, presentándose todos sin muestra alguna
de sonrojo. En algunas partes vió el Almirante que las hembras se
ponían unas _cosas_ de algodón que apenas _les cobijaban la natura_.
Afirma el P. Gumilla que las mujeres del Orinoco se avergonzaban, no
de andar desnudas, sino de cubrirse las carnes. Es, pues, evidente
que en casi toda América iban desnudos hombres y mujeres, siendo una
excepción los que iban vestidos. En los países comprendidos entre los
dos trópicos se cubrían con pieles; pero era cuando arreciaba el frío o
les molestaba la lluvia.

En muchas partes las mujeres usaban faldas con las cuales se cubrían
desde la cintura a las corvas; en otras, pequeños delantales que
flotaban a merced del viento; y en algunas, cortas sayas hechas con
fibras de cortezas de árbol. En las costas meridionales del mar de los
Caribes, las mujeres se ponían un simple hilo, y los hombres llevaban
recogido el miembro o metido en cañutos de metal, en tubos de madera o
cuellos de calabaza.

Algunas tribus pegaban a su piel varias plumas y las pegaban con un
barniz resinoso.

Costumbre fué también que el salvaje (esquimal, botocudo, etc.),
perforase con dijes, joyeles, piedras, etc., la nariz, labios, orejas o
mejillas.

No sabemos cuándo y cómo comenzaron a usar _vestido_ los americanos.
Tanto la forma como la materia variaban de un modo extraordinario.
Llamaba la atención la piel finísima de algunos vestidos, siendo muy
común abrigarse con pieles de búfalo, ciervo, lobo marino, etc.

Entre los aztecas, las mujeres vestían el _huipil_ o camisa sin mangas
o con medias mangas que del cuello bajaba a las rodillas y el _cucilt_
o especie de faldellín que las cubría de la cintura abajo; llevaban
también sandalias. Mejor vestida iba la mujer en el imperio de los
incas. Llevaba en la cabeza vistosa cinta, del cuello a los talones
una bata que se ajustaba a las caderas con ancho cinto, de los hombros
a los tobillos fino manto sujeto por alfileres de oro o plata que
llamaba _topus_, y en los pies, abarcas hechas de fibras de cabuya.
Era bastante parecido el traje del varón. En las sienes llevaba una
guirnalda; de la garganta a las rodillas camiseta sin mangas ni cuello;
encima, una manta de lana en las tierras frías y de algodón en las
calientes; en los pies, albarcas.

Más bellos eran los trajes de los iroqueses y algonquines. Diferían
muy poco los de la mujer y el hombre. La túnica era ceñida, la manta
estaba compuesta de pieles de castor, y casi siempre salpicada de
vivos colores, y las polainas y zapatos se hacían de pieles de ciervo.
La diferencia más notable entre el traje de la mujer y del hombre
consistía en que la túnica de la primera era ancha y flotante.

El _tatuaje_ (imprimir en el cuerpo dibujos hechos con una aguja y una
materia colorante) fué general entre los americanos y se consideró como
un adorno, siendo los colores más usados el rojo, amarillo, blanco y
negro, que fabricaban con ocres, cal, carbón y jugos de diferentes
plantas. Del mismo modo pintábanse casi todas las razas, y lo hacían
casi siempre para embellecerse. Unas se pintaban la nariz, la barba o
los dientes, otras todo el rostro, algunas el pecho y muchas todo el
cuerpo.

Los caquesios se pintaban el brazo si en duelo o en batalla habían
dado muerte a uno de sus enemigos, el pecho si habían vencido en dos
combates, y del ojo a la oreja si victoriosos por nuevos triunfos
habían entrado en la corte de sus caciques. Los guaycurues cuando
eran niños se pintaban de negro las carnes, ya mozos de encarnado,
ya ancianos o jefes de varios colores. En algunas razas era el más
estimado aquel que se presentaba con colores más brillantes; esto
sucedía entre los salivas y los cumaneses.

Numerosos adornos usaban, lo mismo las razas cultas que las salvajes.
Aunque los caciques de Haití iban desnudos, llevaban coronas, placas
en el pecho y cintos con carátulas de oro. Los reyes de México, aunque
se presentaban casi desnudos, llevaban durante determinadas fiestas
joyas en las orejas, nariz, labios y garganta; encima de los codos,
brazaletes, de los cuales salían brillantes plumas; en los brazos,
ajorcas de oro; en las muñecas, pulseras de perfumado cuero con sendas
esmeraldas; de la rodilla abajo, grebas de luciente oro; en los pies,
sandalias de piel de tigre con suela de piel de ciervo; la espalda
estaba adornada con vistoso plumaje; en la cabeza llevaban un pájaro
disecado de vivos colores, y en las sienes dos borlas de finísimo
plumión, que bajaban de lo alto de la cabellera. Otros adornos, más o
menos ricos, usaban, no sólo los monarcas aztecas, sino los cortesanos
y los poderosos magnates del imperio.

La mayor parte de las razas no se cortaban el cabello. Unas lo llevaban
suelto y a la espalda (apaches, etc.), otras distribuído en trenzas,
algunas como formando una corona alrededor de la cabeza, y no pocas a
manera de asas. Entre las razas que se rapaban la cabeza, citaremos los
tarascos. Los nicaraguatecas se dejaban un mechón en la coronilla, y
las mujeres, entre los albayas, una cresta que iba del cerviguillo a
la frente; los yucatecas se quemaban el cabello en la coronilla; los
tupinambaes lo llevaban como nuestros monjes, etc.

La _caza_ y la _pesca_ fueron entre los indios cultos y salvajes
ocupación principal. Si los primeros la consideraron como ejercicio de
recreo, los segundos se entregaron a ella por necesidad. El cazador y
el pescador indio conocían todos los medios para apoderarse y destruir
los animales. Lo mismo usaban las trampas o lazos que las armas
arrojadizas, valiéndose de una manera o de otra para cazar ciervos,
antas, liebres, conejos y toda clase de pájaros.

Veamos cómo se verificaban las grandes cacerías en México y en el Perú.
Cientos y cientos de hombres formaban un gran círculo, el cual iban
poco a poco reduciendo o haciéndolo más pequeño. Conseguían de este
modo que todas las reses se fueran cobijando en un lugar del bosque
donde había muchas trampas y redes. Esto hacían los aztecas. Los incas,
en número también considerable de hombres, provistos de lanzas y palos,
corrían en opuestas direcciones, llevando la caza a determinado sitio.
Mataban, desde luego, todas las alimañas y muchos venados; de ningún
modo a los huanacos y vicuñas. Es de notar que este sistema de caza lo
empleaban de igual manera los pueblos salvajes. Lo practicaban, entre
otros, los patagones, los mosquitos de Honduras y los guajiros de
Orinoco. Los últimos se distribuían en forma de media luna y cerraban
el círculo cuando veían reunidas gran número de reses. En México había
parques y sotos reservados a los reyes, incurriendo en pena de muerte
los cazadores que se atrevían a penetrar en aquéllos; en el Perú, fuera
de las cacerías anuales ordenadas por los incas, no se permitía matar
huanacos ni vicuñas.

Dedicábanse principalmente a la _pesca_ los pueblos que vivían en las
orillas de los ríos y en las costas del mar. Eran aficionados a la
pesca lo mismo las tribus cultas que las salvajes. Pescaban los indios
ballenas, focas, nutrias, salmones, tortugas, manatíes, caimanes y toda
clase de peces. Unas veces los indígenas se metían en el agua y cogían
los peces; otras los mataban, ya disparando flechas desde sus piraguas,
ya desde las costas o riberas; con mucha frecuencia los atufaban con
el jugo de algunas plantas; algunos atajaban la corriente con banastos
para cogerlos fácilmente. Conocían los indios las redes y los anzuelos.
Había anzuelos de hueso, de madera, de cuero y de conchas de almeja.
Tenían fisgas y arpones. Usaban el dardo, la lanza y otros aparejos de
pesca. Los pescadores más arrojados y valientes eran los esquimales
y todos los del Norte; tal vez fuesen más diestros y audaces los
pescadores del Orinoco y algunos de la América del Sur, en particular
los que se dedicaban a la pesca del manatí dentro del río citado. Más
intrepidez se necesitaba todavía para pescar el caimán y la tortuga.
Cuando los otomacos veían que caimanes y tortugas saltaban al Orinoco,
se arrojaban sobre los primeros o sobre las segundas, y caballeros en
unas o en otras, bajaban al fondo del río, donde se apoderaban de los
caimanes con lazos de nudo corredizo y de las tortugas volviéndolas
de espaldas. Seguramente que este procedimiento era bastante más
peligroso que el usado contra el caimán por las tribus de la Florida,
pues allí los pescadores lo cogían introduciéndole en las fauces larga
y nudosa rama de árbol.

Por lo que a la navegación respecta, los indios sólo conocieron la
balsa, la canoa y el haz de juncos para recorrer únicamente sus ríos,
sus lagos y las costas de sus mares. Los aztecas usaron la balsa y la
canoa; los peruanos recorrieron sus ríos, el lago Titicaca y las costas
del Pacífico, valiéndose también de balsas o de haces de enea. Los
mayas se hallaban tan atrasados como los peruanos.

Puede asegurarse que eran más navegantes muchas razas salvajes.
Lo eran los habitantes de la tierra del Fuego, los payagüaes, los
guarapayos, y muy especialmente los intrépidos tupíes, que corrían
ciento o doscientas leguas por las costas del Atlántico. Entre los
tupíes descollaban por su audacia los caribes, que navegaban de isla en
isla, de las islas a Tierra Firme; y allá en el Orinoco atravesaban--no
sabemos cómo--los raudales y los saltos del Caroní y el Caura. Los
antillanos y los esquimales desafiaban con sus canoas las tempestades
y borrascas. Las piraguas o canoas de los habitantes de Santo Domingo,
Cuba, etc., eran de bastante tamaño y de no poca fortaleza. Dícese que
sólo los esquimales conocieron el _remo_, pues las restantes tribus
manejaron las embarcaciones con _palas_.

La canoa, la balsa, el haz de enea, o de bambúes o de juncos, servían
de medios de navegación y también de transporte. Ya sabemos que en
América no había otra bestia de carga que el llama, ni otra de tiro que
los perros del Norte. Los trineos, de los cuales tiraban los perros, lo
usaban sólo los esquimales y los tinnehs.

Probado se halla que los americanos desconocían la brújula y el
astrolabio. Tenían mucha afición a los juegos de azar, hasta el punto
que jugaban frecuentemente sus vestidos, sus adornos, sus armas, su
libertad personal y hasta sus mujeres. Si unos juegos eran del agrado
de determinadas tribus y otros juegos de otras, el _juego de pelota_
era común a casi todas. Ejercitábanse en determinadas tribus los
guerreros y hasta las mujeres en carreras a pie, logrando con ello
fortaleza y destreza de sus miembros.

Entre las razas salvajes del Norte se jugaba del siguiente modo.
Tomaban parte en la contienda dos tribus o dos pueblos. Se ponía la
pelota entre dos metas equidistantes y las tribus se colocaban en
opuestas direcciones. Consistía el juego en que la tribu del norte, por
ejemplo, lograra llevar la pelota más allá de la meta del mediodía y
la tribu del mediodía más allá de la meta del norte; esto era difícil
porque eran muchos los jugadores de una y otra parte, y porque las dos
metas, la una de la otra estaban a larga distancia. Unas tribus usaban
pelotas de roble, otras de barro cubiertas de piel de ciervo. Arrojaban
la pelota sirviéndose de un palo, en cuya punta retorcida se colocaba
pequeña red de tiras de cuero o nervios de búfalo. Asistía al juego
mucha gente: unos apostaban en favor de un bando y otros del otro.
Gritaban a los jugadores lo mismo el público que llevaba la mejor parte
como el que llevaba la peor; gritaban también los que se disputaban la
victoria. Los haitianos jugaban igualmente en el campo, entre dos metas
o rayas, logrando el triunfo los que conseguían llevar la pelota fuera
de la linde de sus contendientes. Las pelotas eran de caucho, y las
recibían o rechazaban, no con la mano, sino con la cabeza, el hombro,
la cadera o la rodilla. También recibían y despedían las pelotas, los
chiquitos con la cabeza y los otomacos con el hombro derecho. Los
aztecas jugaban muy bien y tenían a gala ser los primeros: se cuenta
que, vencido el rey de Tlatelolco, dispuso que se estrangulase al
vencedor que era el señor de Xochimilco. Llegó el juego de pelota a
toda su perfección entre los mayas y los nahuas. Se consideraba entre
estas tribus como fiesta nacional, como la más importante, casi como la
única. Los pueblos más pequeños tenían un trinquete, que consistía en
habitaciones rectangulares, de 25 a 55 metros de largo, de 12 a 22 de
ancho. Dividíanse los jugadores en dos bandos. Recibían y despedían la
pelota con la parte del cuerpo que de antemano se hubiese convenido,
generalmente con las rodillas o las asentaderas. Duraba la lucha de sol
a sol. Los espectadores hacían apuestas en favor de uno o de otro de
los jugadores. El que lograba meter la pelota por el ojo de uno de los
dos anillos que se hallaban en una de las paredes, se le consideraba
como el héroe de la fiesta y se le agasajaba con muchos y valiosos
regalos. Jugaban con pala, bote y argolla. Desconocemos lo que fuese el
bote y la argolla. Si se suscitaban cuestiones o discordias, ora entre
jugadores, otra entre espectadores, allí estaban jueces nombrados por
los caciques con el objeto de dirimirlas. También las mujeres, después
de fabricar artículos de alfarería y de tejer con el hilo que sacaban
del muriche esteras, canastas, etcétera, se dirigían al trinquete,
cogían la pala (del ancho de una tercia de bordo a bordo y de astil
grueso y largo para cogerlo con las dos manos) y tiraban la pelota (que
era de caucho y de gran circunferencia) con tal fuerza que los hombres
no se atrevían a recibirla en el hombro. A veces, hombres y mujeres,
para evitarse tabardillos, se sajaban brazos, muslos y piernas durante
los citados juegos, y para restañar las heridas se arrojaban al río. Si
esto no era bastante, las cubrían de arena o barro.



SEGUNDA ÉPOCA

DESCUBRIMIENTOS



CAPÍTULO XVI

  REYES DE CASTILLA A FINES DE LA EDAD MEDIA: ENRIQUE II, JUAN I,
  ENRIQUE III, JUAN II Y ENRIQUE IV.--REYES CATÓLICOS.--CULTURA
  LITERARIA EN AQUELLOS TIEMPOS.--CRISTÓBAL COLÓN EN ESPAÑA.


Veamos lo que dice el insigne historiador Mariana de los últimos reyes
de la dinastía de Trastamara y de los Reyes Católicos: «Tuvo, dice,
el Rey D. Enrique (II), tronco y principio deste linaje, el natural
muy vivo y el ánimo tan grande que suplía la falta del nacimiento.
Don Juan (I), su hijo, fué persona de menos ventura y de industria y
ánimo no tan grande ni valeroso. Don Enrique (III), su nieto, tuvo el
entendimiento encendido y altos pensamientos, el corazón capaz del
cielo y de la tierra; la falta de salud y lo poco que vivió no le
dejaron mostrar mucho tiempo el valor que su aventajado natural y su
virtud prometían. El ingenio de D. Juan, el segundo de este nombre, era
más a propósito para letras y erudición que para el gobierno.» De su
hijo D. Enrique IV, escribe el jesuíta historiador lo siguiente: «Lo
que importa más, las costumbres no se mejoraron en nada, en especial
era grande la disolución de los eclesiásticos; a la verdad se habla
que por este tiempo Don Rodrigo de Luna, arzobispo de Santiago, de las
mismas bodas y fiestas arrebató una moza que se velaba, para usar della
mal...»[284]. En Don Enrique, añade después el P. Mariana, «desfalleció
de todo punto la grandeza y loa de sus antepasados, y todo lo afeó
con su poco orden y traza; ocasión para que la industria y virtud se
abriese por otra parte camino para el reino de Castilla, y aun casi
de toda España, con que entró en ella una nueva sucesión y línea de
grandes y señalados príncipes»[285].

       [284] _Historia de España_, tomo II, libro XXII, cap. XX.
       ¿Es verdad o leyenda lo que dice el Padre Mariana acerca
       de D. Rodrigo de Luna, arzobispo de Santiago y sobrino del
       condestable don Alvaro? ¿Se trata de un cuento forjado,
       después de la muerte de D. Alvaro, para desacreditar a la
       familia de los Lunas? Así lo cree--y razones poderosas tiene
       para ello--D. Antonio López Ferreiro en su estudio histórico
       intitulado _Don Rodrigo de Luna_, impreso en Santiago el 1884.

       [285] _Historia general de España_, tomo II, libro XXIV, cap.
       IV.

Don Modesto Lafuente se halla conforme con el P. Mariana. «En poco más
de un siglo--tales son sus palabras--que ocupó el trono de Castilla
la línea varonil de la familia de Trastamara, vióse a aquellos
príncipes ir degenerando desde la energía al apocamiento, y desde la
audacia hasta la pusilanimidad. El prestigio de la majestad desciende
hasta el menosprecio y el vilipendio, y la arrogancia de la nobleza
sube hasta la insolencia y el desacato. La licencia invade el hogar
doméstico, la corte se convierte en lupanar y el regio tálamo se
mancilla de impureza, o por lo menos se cuestionaba de público la
legitimidad de la sucesión. La justicia y la fe pública gemían bajo
la violación y el escarnio. La opulencia de los grandes o el boato
de un valido insultaban la miseria del pueblo y escarnecían las
escaseces del que aún conservaba el nombre de soberano. Mientras los
nobles devoraban tesoros en opíparos banquetes, Enrique III encontraba
exhausto su palacio y sus arcas, y su despensero no hallaba quien
quisiera fiarle. Juan II procuraba olvidar entre los placeres de las
musas las calamidades del reino, y se entretenía con las _Querellas
del amor_, o con los versos del _Laberinto_, teniendo siempre sobre
la mesa las poesías de sus cortesanos al lado del libro de las
oraciones. Este príncipe tuvo la candidez de confesar en el lecho
mortuorio, que hubiera valido más para fraile del Abrojo que para rey
de Castilla[286]. «Los bienes de la corona se disipaban en personales
placeres, o se dispendiaban en mercedes prodigadas para grangearse la
adhesión de un partido que sostuviera el vacilante trono»[287]. «La
degradación del trono--añade después--, la impureza de la privanza,
la insolencia de los grandes, la relajación del clero, el estrago de
la moral pública, el encono de los bandos y el desbordamiento de las
pasiones, llegan al más alto punto en el reinado del cuarto Enrique
de Castilla. Los castillos de los grandes se convierten en cuevas
de ladrones; los indefensos pasajeros son robados en los caminos, y
el fruto de las rapiñas se vende impunemente en las plazas públicas
de las ciudades; un arzobispo capitanea una tropa de rebeldes para
derribar al monarca y sentar al infante D. Alfonso en el solio. En
el campo de Avila se hace un burlesco y extravagante simulacro de
destronamiento, ignominioso espectáculo y ceremonia cómica, en que un
prelado turbulento y altivo, a la cabeza de unos nobles ambiciosos
y soberbios, se entretienen en despojar de las insignias reales la
estatua de su soberano, y en arrojar al suelo, entre los gritos de la
multitud, cetro, diadema, manto y espada, y en poner el pie sobre la
imagen misma del que había tenido la imprudente debilidad de colmarlos
de mercedes»[288].

       [286] El convento del Abrojo se fundó en 1415, a las márgenes
       del Duero, cerca de Valladolid, por el venerable Fray Pedro de
       Villacreces y San Pedro Regalado. Cuentan algunos escritores,
       copiándolo del supuesto Bachiller de Cibdareal, que Juan II,
       poco antes de morir, le dijo: _Bachiller, naciera yo fijo de
       un mecánico, e hobiera sido frayle del Abrojo, e no Rey de
       Castilla_.

       [287] _Historia de España_, tomo I. _Discurso preliminar_,
       páginas 100 y 101.

       [288] Ibidem, págs. 102 y 103.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID.

ISABEL LA CATÓLICA.]

Pasamos a reseñar el reinado de Doña Isabel y D. Fernando. Después de
decir el P. Mariana que la reina falleció en la villa de Medina del
Campo, añade: «su muerte fué tan llorada y endechada cuanto su vida lo
merecía, y su valor y prudencia y las demás virtudes tan aventajadas,
que la menor de sus alabanzas es haber sido la más excelente y valerosa
princesa que el mundo tuvo, no sólo en sus tiempos, sino muchos siglos
antes»[289]. A Fernando el Católico así le juzga: «Príncipe el más
señalado en valor y justicia y prudencia que en muchos siglos España
tuvo. Tachas a nadie pueden faltar, sea por la fragilidad propia, o
por la malicia y envidia ajena, que combate principalmente los altos
lugares. Espejo, sin duda, por sus grandes virtudes en que todos los
príncipes de España se deben mirar»[290].

       [289] _Historia general de España_, tomo II, lib. XXVIII, cap.
       XI.

       [290] Ibidem, tom. II, lib. XXX, cap. XXVII.

Por su parte, D. Modesto Lafuente, lleno de entusiasmo por los Reyes
Católicos, escribe: «Gran príncipe el monarca aragonés, sin dejar de
serlo, lo parece menos al lado de la reina de Castilla. Asociados en
la gobernación de los reinos como en la vida doméstica, sus firmas
van unidas como sus voluntades; _Tanto monta_, es la empresa de sus
banderas. Son dos planetas que iluminan a un tiempo el horizonte
español; pero el mayor brillo del uno modera sin eclipsarla la luz
del otro. La magnanimidad y la virtud, la devoción y el espíritu
caballeresco de la Reina, descuellan sobre la política fría y
calculada, reservada y astuta del Rey. El Rey es grande, la Reina
eminente. Tendrá España príncipes que igualen o excedan a Fernando;
vendrá su nieto rodeado de gloria y asombrando al mundo; pasarán
generaciones, dinastías y siglos, antes que aparezca otra Isabel»[291].

       [291] _Historia general de España_, tomo I. _Discurso
       preliminar_, págs. 118 y 119.

Sentimos no estar conformes con la opinión de historiadores tan
ilustres. En nuestro humilde juicio, no son tan negras las tintas
del cuadro de los reyes de la casa de Trastamara, ni tan claras ni
brillantes las que se destacan del de Doña Isabel y D. Fernando.
Creemos que los reinados de Enrique II, Juan I, Enrique III, Juan II y
Enrique IV, prepararon el de los Reyes Católicos. Si de la reconquista
se trata, ellos continuaron la obra comenzada por sus antepasados, en
particular por los dos últimos.

Enrique II el de las _Mercedes_, sin embargo de su bastardía, se captó
el amor de sus súbditos. Venció a todos sus enemigos, a unos con su
talento y a otros con su espada. Aunque anhelaba vivamente la paz con
los moros, tuvo a veces que pelear, no sin mostrar brío y pujanza.
Juan I vivió en paz con los muslimes, a los que era aficionado. Gozaba
fama de bondadoso. En sus guerras con Portugal, la fortuna le fué
adversa en la batalla de Aljubarrota. Enfermo de cuerpo, Enrique III
no lo estuvo de alma, pues contuvo a los nobles, se aficionó a los
muslimes granadinos y procuró con gran interés llenar las arcas vacías
del erario público. Admitimos con Mariana que Juan II _no tenía mucha
capacidad_; pero afirmamos que no le faltaban excelentes cualidades.
Honró durante todo su reinado a los hombres de talento, y mostró su
generosidad lo mismo con sus amigos que con sus enemigos. Ejercitábase
en las ciencias, en las letras y en las artes. Cultivó la lengua
latina, en la cual--según el cronista Pérez de Guzmán--fué _asaz
docto_[292]; también en la filosofía, poesía y música, no faltándole
ingenio para las dos últimas. Dice el cronista que _tañía e cantaba e
trovaba e danzaba muy bien_. Puede asegurarse que bajo su protección se
elevó a un grado hasta entonces desconocido la cultura intelectual en
Castilla.

       [292] _Crón._, pág. 576.

«La ciega afición de D. Juan a su favorito--dice Prescott--es la clave
para juzgar de todas las turbulencias que agitaron al país durante
los últimos treinta años del aquel reinado»[293]. Creemos nosotros
que los disturbios hubiesen sido los mismos con o sin la privanza de
D. Alvaro de Luna. Los revoltosos D. Juan y D. Enrique, infantes de
Aragón, confederados con los grandes de Castilla, dividieron el reino
en banderías, mantuvieron siempre viva la llama de la guerra civil,
trayendo conmovidos los pueblos, acobardando al rey y perturbando la
monarquía. Al favorito nadie podrá negarle su fidelidad al Monarca y
su valor en los combates. Era, además, conocedor de la política de su
tiempo, dotado de penetración para descubrir las intenciones ajenas
y de serenidad para ocultar las suyas, infatigable en el trabajo y
perseverante en sus propósitos.

       [293] _Historia de los Reyes Católicos_, tomo I, pág. 114.

Si Juan II se mostró siempre apático, si no supo contener los tumultos
y rebeliones que se sucedieron unos después de otros, si no castigó
con mano de hierro a los revoltosos magnates--siguiendo en esto la
misma conducta del insigne y nunca bastante alabado Alfonso X, _el
Sabio_--debe ser justamente censurado; pero no se olvide que durante
su menor edad, el almirante Alonso Enríquez destrozó la escuadra de
Marruecos, y D. Fernando de Antequera tomó a Zahara, venció en la
batalla de las Yeguas y conquistó a Antequera. No se olvide tampoco que
tiempo adelante el privado D. Alvaro de Luna llegó cerca de Granada y
ganó la importante batalla de la Higueruela o de Sierra Elvira, que
el primer marqués de Santillana se apoderó de Huelma en las fronteras
de Jaén, y que Alfonso Fajardo, gobernador de Lorca, obtuvo señalado
triunfo peleando con las tropas de Osmin, Rey de Granada.

Por lo que respecta a Enrique IV, los historiadores le han juzgado con
una parcialidad como no hay ejemplo, llegando a decir que lo único
bueno que hizo fué morirse. Reconocen algunos que se distinguía por su
carácter benigno y por una bondad, que podía llamarse familiaridad,
con los inferiores. Su generosidad no tuvo límites, hasta el punto
que le mereció el renombre de _el Liberal_. «La vida de un hombre no
tiene precio--decía--y no se debe en manera alguna consentir que la
aventure en las batallas.» Lafuente, que sigue al pie de la letra los
relatos y juicios de Prescott, añade que cuando el emir de Granada
tuvo noticia de la máxima monacal del Rey cristiano, hubo de decir:
«que en el principio lo hubiera dado todo, inclusos sus hijos, por
conservar la paz en su reino, pero que después no daría nada.» Dijera
o no dijera tales palabras el granadino--cosa que no tiene importancia
alguna--opinamos que no merecen censura las dictadas por el generoso y
noble espíritu de Enrique IV. No negaremos que era débil de carácter y
que grandes y prelados vilipendiaron el trono. También repetiremos una
vez más que era pródigo en mercedes, generoso y en la clemencia--como
escribe Mariana--fué demasiado. De su amor a las bellas artes son
prueba las fábricas que hizo levantar en Madrid y Segovia. Nosotros
recordaremos que corriendo los años 1455, 1456 y 1457, realizó tres
expediciones a Andalucía, logrando que el granadino se le ofreciese
por vasallo y se comprometiera a enviarle anualmente diez mil doblas
y seiscientos cristianos cautivos. Pasado algún tiempo y rotas las
paces entre cristianos y moros, Enrique IV tomó posesión de Gibraltar
ganado por los suyos y entró a saco por tierras granadinas; pero le
salió al encuentro el Sultán y se reanudaron las paces. Sin embargo
de la enemiga de los orgullosos magnates, de la insurrección de su
hermano Alfonso y de los disgustos que le dió su hermana Isabel,
«contribuyó más de lo que se cree--como escribe Fernández y González--a
debilitar el reino de Granada, dejando una rica herencia para lo
porvenir a sus inmediatos sucesores»[294]. ¿Por qué le censuraron
con tanto encono los escritores contemporáneos? No negaremos que la
conducta del cuarto Enrique se prestaba a censuras, y de su impureza
de costumbres dió hartas pruebas. No le perdonaron aquellos autores la
afición que tuvo a las inclinaciones de los muslimes, y aun pudiéramos
decir a las creencias musulmanas. Nada nuevo añadiremos al notar que
si Enrique IV tenía aficiones a los musulmanes, no era él sólo, sino
toda aquella sociedad. La civilización árabe venía desde tiempos
anteriores infiltrándose poco a poco en la vida y costumbres de los
cristianos. Jóvenes españoles estudiaban la lengua árabe, asistían a
las escuelas de los moros, no dejaban de la mano los libros publicados
o traducidos por los hijos del Profeta. A las fiestas y torneos que se
celebraban en el reino de Granada acudían caballeros cristianos, los
cuales correspondían galantemente con otras invitaciones. Cristianos
amaban a moras y moros a cristianas. Poetas cristianos cantaban la
belleza de la hija de algún cadí y trovadores musulmanes dedicaban
sus versos a la hermosa compañera de algún magnate español. Jóvenes
andaluces acompañaban a las castellanas en los paseos, en las corridas
de caballos o de toros, y a veces llegaban a esperarlas a la salida de
las iglesias; a su vez los cristianos no miraban con malos ojos, cuando
de cosas de amor se trataba, el que las jóvenes moras leyesen con mayor
o menor fervor el libro del Profeta.

       [294] _Los Mudéjares de Castilla_, págs. 195 y 196.

Además--y cumplimos un deber diciendo lo que creemos
verdadero--aduladores cronistas, olvidándose de la elevada misión del
historiador, quisieron congraciarse con los Reyes Católicos maltratando
a Enrique IV.

Debemos detenernos un poco en el reinado de los Reyes Católicos. Cierto
es que la unión de las coronas de Aragón y Castilla contribuyó al
esplendor y grandeza de la monarquía, cuyo timbre de gloria más grande
será haber puesto un freno a las demasías de los nobles, robusteciendo,
por tanto, el poder real. En las cortes de Madrigal de 1476,
convocadas--según dice muy acertadamente Hernando del Pulgar--para
dar orden en aquellos robos e guerras que en el reino se facían, se
reglamentó la Santa Hermandad y se reorganizó la administración de
justicia, logrando la reina, como escribe el laborioso escritor,
«hacer que el labrador y el oficial no estuviesen sojuzgados por el
caballero, y que la sentencia de un par de jueces fuese más respetada
que un ejército»[295]. Más importantes, no sólo que las cortes de
Madrigal, sino que todas las celebradas por D. Fernando y D.ª Isabel,
fueron las de Toledo del año 1480, en las cuales afirma con mucha
razón Galindez de Carvajal «se hicieron las leyes y las declaratorias,
todo tan bien mirado y ordenado que parecía obra divina para remedio y
ordenación de las desórdenes pasadas»[296]. Consiguióse en poco tiempo
que la justicia imperara en las grandes y pequeñas poblaciones, en
las ciudades y en los campos. Mejoraron la administración pública y la
hacienda, procurando poner orden y paz en el país.

       [295] Colmenares, en su _Historia de Segovia_, al exponer la
       primera aplicación de la Santa Hermandad, dice lo siguiente:
       «Uno de sus primeros efectos fué en nuestra ciudad; porque
       llegando alguna gente de mala sospecha y peor traza, con
       algunos moros, que dezían ser criados del Rey a hospedarle en
       Zamarramala, arrabal (como hemos dicho), de nuestra ciudad,
       pidiendo aposento como soldados, les fué respondido como
       tenían privilegio de pechos y aposentos, por la vela que
       hacían en los alcázares, que todo permanece hoy. La gente era
       inquieta, los vecinos briosos; vinieron a las manos; hubo
       heridos y muertos. Súpose en la ciudad la revuelta; la _Santa
       Hermandad_ despachó ministros, que prendiendo a algunos,
       averiguada con verdad la causa, los asaltaron, con que se
       temía más y se robaba menos.» Págs. 386 y 387.

       [296] _Anales breves_ en la _Colección de documentos
       inéditos_, tomo XVIII, 267.

Por lo que atañe a la inquisición, publicada la Bula (día 1.º de
noviembre de 1478), por Sixto IV, concediendo facultad a D. Fernando
y D.ª Isabel para elegir tres prelados u otros eclesiásticos doctores
o licenciados, de buena vida y costumbres, para que inquiriesen y
procediesen contra herejes y apóstatas de sus reinos, los mencionados
monarcas, hallándose en Medina del Campo, nombraron (17 de septiembre
de 1480) primeros inquisidores a los dominicos Fr. Miguel Morillo y
Fray Juan de San Martín, juntamente con otros dos eclesiásticos, como
asesor el uno y como fiscal el otro, facultándoles para establecer la
inquisición en Sevilla. Comenzó en seguida el nuevo tribunal a ejercer
sus funciones, adquiriendo suma importancia cuando el Papa expidió un
breve nombrando (2 de agosto de 1483) inquisidor general de la corona
de Castilla a Fray Tomás de Torquemada, prior del convento de dominicos
de Segovia, cuyo nombramiento hizo extensivo después (17 de octubre de
dicho año) a la corona de Aragón.

¿Por qué la reina Católica se fijó en Fray Tomás de Torquemada para
el cargo de inquisidor general y no en Talavera, González de Mendoza
o Cisneros? Era el primero--como dice Lafuente--, «el representante
del fanatismo más furioso e implacable»[297]. Eran los segundos, «tres
grandes lumbreras que sobraban por sí solas para derramar copiosa luz
por el vasto horizonte de un siglo»[298].

       [297] _Hist. de España_, tomo IX, pág. 511.

       [298] Ibidem, pág. 518.

Dígase lo que se quiera en contrario, los Reyes Católicos, con una
irreflexión o torpeza como no hay ejemplo--pues nada importa que la
opinión general del pueblo español estuviese conforme con ello o que el
espíritu del siglo fuese la intolerancia y la persecución--, crearon el
tribunal más terrible que registra la historia y nombraron Inquisidor
general al hombre más cruel de todos los tiempos.

Bernáldez, cura de los Palacios, historiador coetáneo, dice que
desde 1482 a 1489, hubo en Sevilla más de 700 quemados y más de
5.000 penitenciados, sin designar el número de los castigados en
estatua[299]. Zurita, añade, que «en sola la Inquisición de Sevilla,
desde que pasaron los términos de la gracia hasta el año de 1520, se
quemaron más de 4.000 personas y se reconciliaron más de 30.000.»
«Hállase (continúa) memoria de autor, en esta parte muy diligente,
que afirma que esta parte que aquí se señala es muy defectuosa, y que
se ha de tener por cierto y averiguado que sólo en el arzobispado
de Sevilla, entre vivos y muertos y absentes, fueron condenados por
herejes que judaizaban más de 100.000 personas, con los reconciliados
al gremio de la iglesia»[300]. Mariana escribe: «Publicó el dicho
inquisidor (Torquemada) edictos en que ofrecía perdón a todos los
que de su voluntad se presentasen: con esta esperanza dicen se
reconciliaron hasta 17.000 personas entre hombres y mujeres de todas
edades y estados; 2.000 personas fueron quemadas, sin otro mayor número
de los que se huyeron a las provincias comarcanas»[301]. No se olvide
que en el año 1489, además del de Sevilla, había otros tribunales del
Santo Oficio en Córdoba, Jaén, Villarreal (que se trasladó a Toledo),
Valladolid, Calahorra, Murcia, Cuenca, Zaragoza, Valencia, Barcelona,
Mallorca y los tres de Extremadura; y en cada uno de ellos solían
celebrarse autos de fe cuatro veces al año.

       [299] _Reyes Católicos_, caps., XLIII y XLIV.

       [300] _Anal. de Aragón_, lib. XX, cap. XLIX.

       [301] _Hist. de España_, lib. XXIV, cap. XVII.

Pasando a otro punto no habremos de negar que Isabel y Fernando
realizaron prudente política, publicando las _Ordenanzas Reales_ de
Montalvo, incorporando a la Corona los Maestrazgos de las órdenes
militares, reformando los tributos, fomentando la marina mercante,
organizando el ejército y tomando a Granada (2 enero 1492). Señales
eran todas de la radical transformación que se operaba en la nación
española.

En el citado año, cuando todo anunciaba bienes sin cuento, un hecho
de transcendencia suma vino a nublar el horizonte de España: los
Reyes Católicos--no el terrible inquisidor Torquemada, como dicen los
cronistas--publicaron el cruel edicto del 31 de marzo de 1492 arrojando
a los hebreos de los dominios españoles. ¿Qué número de judíos
salieron de España? El cronista Bernáldez dice que unos 170 a 180.000
individuos[302], y Mariana los hace subir a 800.000[303]. El número
mayor o menor importa poco; lo que importa consignar es que los Reyes
Católicos faltaron a las leyes de la humanidad con la publicación del
mencionado edicto.

       [302] _Reyes Católicos_, cap. CX.

       [303] _Historia de España_, lib. XXVI, cap. I.

Posteriormente pelearon nuestros monarcas con una tenacidad rayana a
la imprudencia en Italia, sacando de allí, el Gran Capitán, gloria
inmarcesible, y los españoles afición a la lengua, a la poesía y a
todas las artes italianas.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID.

FERNANDO EL CATÓLICO.]

Dejando a poetas y cronistas que forjen toda clase de novelas alrededor
de Isabel la Católica, pues si para los primeros era tanta su virtud

    _que hacía se apartara de su lado_
    _hasta la sombra misma del pecado,_

acerca de los segundos recordaremos que el cura de los Palacios la
compara a Santa Helena, madre de Constantino, y el venerable D. Juan
de Palafox, obispo de Osma, a Santa Teresa. Entre los historiadores
modernos, el conde de Montalembert dice que era «la más noble criatura
que jamás haya reinado sobre los hombres», y Cánovas del Castillo
la llama _veneranda princesa, excelsa Reina y la mujer más grande
de la historia_[304]. Dejando exagerados relatos, nosotros, aunque
sin autoridad alguna, queremos consignar que la reina Isabel no fué
superior a otras reinas de España.

       [304] _Conferencia inaugural con motivo del cuarto Centenario
       del descubrimiento de América, pronunciada en el Ateneo de
       Madrid el 11 de febrero de 1891_, pág. 17.

Cierto es que nadie podrá negar que tanto Isabel como Fernando
realizaron hechos, unos dignos de alabanza y otros censurables. Merecen
alabanzas la organización de la Santa Hermandad, la incorporación a
la corona de los maestrazgos de las Ordenes militares y la conquista
de Granada; y merecen censura el establecimiento del Tribunal de la
Inquisición y la expulsión de los israelitas. Tampoco aprobamos la
conducta que siguió Isabel con su hermano Enrique IV ni con su sobrina
Juana. Ni Isabel ni Fernando estuvieron acertados en el nombramiento
de inquisidores; no fueron generosos ni con Gonzalo de Córdova, ni
con Colón, ni con Jiménez de Cisneros; no se valieron, por último, de
buenos y justos medios para arrojar de España a Boabdil, quien vivía
contento en sus tierras de las Alpujarras.

Sobre la política de los Reyes Católicos en el Nuevo Mundo, no seríamos
imparciales si pasáramos en silencio dos cargos: uno, la poca clemencia
tenida con los indios; otro, el funesto sistema de administración
colonial. La reina Isabel--como mostraremos en su lugar--no tuvo reparo
en autorizar la venta de sus infelices indios, como tampoco se opuso a
que los hijos de Canarias se vendiesen en las plazas de las ciudades de
Andalucía.

Creyendo los españoles que la mayor riqueza de un país consistía en la
mayor abundancia de oro, buscaban el precioso metal en las entrañas de
la tierra y olvidaban la riqueza que tenían en la superficie de dicha
tierra.

Y como un error engendra otro error, prohibieron la exportación del
oro y el comercio de los productos indígenas, logrando que el valor
de aquel metal disminuyese, y el valor de las mercancías aumentara.
De aquí que el laborioso pueblo español se transformara en un pueblo
indolente, poco trabajador y vicioso.

Respecto a la pureza de costumbres y moralidad, dice Fernández de
Oviedo que «ansí tenían hijos los frailes y monjas como si no fuesen
religiosos»[305]. Consideramos como cuento aquello de que la reina
Isabel vestía de camisas hiladas por su mano, y el rey Fernando
renovaba más de una vez las gastadas mangas de un mismo jubón[306].

       [305] _Epílogo real, imperial y pontifical._

       [306] Véase Lafuente, _Hist. de España_, tom. XI, pág. 55.

Del aspecto moral y político pasaremos a la cultura y al movimiento
intelectual. No se olvide que D. Pedro López de Ayala fué cronista de
Pedro el _Cruel_, de Enrique II, de Juan I y de Enrique III. No se
olvide que poetas y prosistas brillaron en la corte de los reyes de
la dinastía de Trastamara. Recordaremos que Juan II formó una corte
poética que se componía de lo más granado de la nobleza castellana.
A la cabeza de aquellos poetas y escritores, figuraba D. Enrique de
Villena, pariente de Juan II de Castilla y de Fernando I de Aragón, el
cual no se limitó al estudio de la poesía y de la amena literatura,
sino que también cultivó la filosofía, las matemáticas y la astrología,
ciencias, en especial la última, que le valieron la fama de mágico y
de nigromántico[307]. La más estimada de todas sus obras en prosa, es
la intitulada _Libro de los doce trabajos de Hércules_. Don Enrique
tuvo un doncel llamado Macías el _Enamorado_: su amor a una mujer
casada fué la causa de su muerte. El marqués de Santillana, a quien
se llamó «gloria y delicias de la corte de Castilla», figura a la
cabeza de los poetas más inspirados y de los prosistas más famosos.
Entre sus obras doctrinales e históricas, citaremos los _Proverbios_;
entre las de recreación, _Preguntas y respuestas de Juan de Mena y
el marqués de Santillana_; entre las de devoción, la canonización de
los bienaventurados santos Vicente Ferrer, predicador, y Pedro de
Villacreces, frayre menor; y entre las amorosas, _El sueño, Querella de
amor_ y las _Serranillas_. Además, escribió obras en prosa y _Refranes
que dicen las viejas tras el fuego_. No encontramos nada más dulce y
flúido que algunas estrofas de las canciones tituladas _Serranillas_.
Así comienza la serranilla III:


I

      Después que nascí,
    non vi tal serrana
    como esta mañana.


II

      Allá a la vegüela,
    a Mata el Espino,
    en esse camino
    que va a Lozoyuela,
    de guissa la vi
    que me fizo gana
    la fructa temprana.
    ...................

       [307] No fué marqués de Villena, aunque Pellicer y otros
       autores lo llaman así. Lo fué su abuelo D. Alfonso; pero no su
       hijo D. Pedro, ni su nieto D. Enrique, de quien nos ocupamos.

De la serranilla VI copiaremos lo siguiente:


I

      Moza tan fermosa
    non ví en la frontera,
    como una vaquera
    de la Finojosa.


II

      Faciendo la via
    del Calatraveño
    a Sancta Maria,
    vencido del sueño
    por tierra fragosa
    perdí la carrera,
      do ví la vaquera
    de la Finojosa.


III

      En un verde prado
    de rosas é flores,
    guardando ganado
    con otros pastores,
    la ví tan graciosa
    que apenas creyera
    que fuesse vaquera
    de la Finojosa.
    ..................[308]

       [308] Amador de los Ríos, _Obras del Marqués de Santillana_,
       págs. 467 y siguientes.

Al lado de D. Enrique de Villena y del marqués de Santillana, podemos
colocar al cordobés Juan de Mena, autor, entre otras composiciones, del
_Laberynto_, llamada también _Las trescientas_, por ser éste el número
de las coplas de obra tan excelente. Propúsose Juan de Mena en la
citada obra imitar al Dante, y así como el autor de la _Divina Comedia_
se deja conducir por Beatriz, el poeta español se deja llevar por la
Providencia bajo la forma de hermosa doncella.

Pertenece igualmente al reinado de Juan II el judío converso Juan
Alfonso de Baena, natural de la villa que le dió su nombre, en la
provincia de Córdoba, y autor del _Cancionero_. En el mismo reinado
floreció Antón de Montoro, que empleó principalmente su musa en la
sátira.

Del tiempo de Enrique IV son los hermanos Gómez y Rodrigo Manrique,
sobrinos del marqués de Santillana. Don Gómez logró justa y merecida
fama, ya por su obra _Prosecución de los vicios y virtudes_, ya por su
poema _A la muerte del marqués de Santillana_. Pero el que aventajó
a todos, por la ternura de sentimiento y por la natural fluidez, fué
Jorge Manrique, hijo de D. Rodrigo y el último vástago de familia tan
esclarecida. La muerte de su padre, acaecida dos años después de la de
Enrique IV, es la más bella y delicada de sus composiciones; elegía
que, con el nombre de _Coplas de Jorge Manrique_, goza de reputación
universal. Por las siguientes estancias, que transcribimos de dichas
_Coplas_, puede juzgarse su inestimable valor:

      Recuerde el alma adormida,
    avive el seso y despierte
          contemplando
    cómo se pasa la vida,
    cómo se viene la muerte
          tan callando.

    Cuán presto se va el placer,
    cómo después de acordado
          da dolor;

    Cómo a nuestro parecer
    cualquiera tiempo pasado
          fué mejor.

    .............................
      Nuestras vidas son los ríos
    que van a dar en la mar,
    que es el morir;
    allí van los señoríos
    derechos a se acabar
    y consumir.

Otro poeta de tanta fama, aunque no de tanto mérito, como Jorge
Manrique, floreció en aquellos tiempos: llamábase Juan Alvarez Gato. De
él dijo D. Gómez Manrique que _fablaba perlas y plata_.

No sería justo pasar en silencio las célebres coplas de _Mingo
Revulgo_, cuya paternidad se atribuye a Rodrigo de Cota y que
circularon por Castilla profusamente en las postrimerías del reinado de
Enrique IV.

Por lo que a la historia se refiere, aunque fueron varios ingenios
los que trabajaron en la Crónica de Juan II, tales como Alvar García
de Santa María, Juan de Mena, Diego de Valera, y tal vez algún otro,
no hay duda de que su ordenación se debió al insigne Fernan Pérez de
Guzmán, quien, como escribe Galíndez de Carvajal, «cogió de cada uno
lo que le pareció más probable, y abrevió algunas cosas, tomando la
substancia de ellas.» No fueron menos notables los cronistas de Enrique
IV, Enríquez del Castillo y Alonso de Palencia, partidario aquél y
adversario el último del desgraciado monarca.

Recordaremos, por último, el nombre de Alvar García de Santa María,
judío converso y autor de una de las crónicas de D. Alvaro de Luna; el
de D. Alfonso de Madrigal, Obispo de Avila, conocido por el _Abulense_,
y más todavía con el nombre vulgar de el _Tostado_, «persona
esclarecida--dice el P. Mariana--por lo mucho que dejó escrito y por
el conocimiento de la antigüedad, y su varia erudición que parecía
milagro»[309].

       [309] _Hist. de España_, tomo II, libro XXI, cap. XVIII.

Acerca de la cultura literaria en tiempo de los Reyes Católicos,
nuestras primeras palabras serán para decir que en el mismo año que
ciñó la corona Isabel, se introdujo en España la imprenta, invención
que debía hacer social revolución en el mundo. Cultiváronse las letras,
aunque no realizaron los progresos que era de esperar, dado el impulso
iniciado en Italia y en Alemania, y dado el espíritu innovador del
Renacimiento. No negaremos que los doctos varones que vinieron de
Italia, como los hermanos Geraldino, Pedro Mártir de Anglería y Lucio
Marineo Sículo, hicieron adelantar aquellos estudios, que estaban
más atrasados en España. La cultura clásica de la Reina; la sólida
educación que daba a su hijo, el príncipe D. Juan y a sus hijas; el
cultivo que de la lengua latina hicieron Doña Beatriz de Galindo (la
_Latina_), Doña Francisca de Lebrija, Doña Lucía de Medrano, Doña María
Pacheco y la marquesa de Monteagudo (hijas las dos últimas del Conde
de Tendilla y la primera mujer de Juan de Padilla) y otras, merecen
alabanzas. Cierto es que las Universidades, Estudios generales y
Academias se hallaban concurridos por una juventud aplicada y deseosa
de saber. De Gonzalo Fernández de Oviedo, autor de la _Historia
general y natural de las Indias_ y de algunos más escritores, poco
podremos decir en su elogio. Ni la jurisprudencia, a pesar de Díaz de
Montalvo, ni ninguna de las ciencias se colocó a gran altura, ni aun
las mismas sagradas y eclesiásticas. Poetas y trovadores no faltaban
en la corte, bien que ninguno de aquéllos podía compararse con Juan
de Mena, ni con el marqués de Santillana, astros brillantes del
reinado de Juan II. Si se echaron los cimientos del teatro, justo será
recordar que ya en Italia habían adquirido carta de naturaleza las
comedias, siendo de advertir que las del extremeño Bartolomé Torres
Naharro fueron representadas en dicha nación y no en España. De Italia
también vinieron por entonces los primeros maestros de las Bellas Artes
(arquitectura, escultura, pintura y música).

Dejando el relato de todos estos hechos para la historia política y
para la historia de la literatura de España, recordemos con alegría
que procedentes del vecino reino de Portugal, no sabemos si por mar
o por tierra, llegaron a España dos extranjeros, de edad madura el
uno y niño el otro. Debió de acaecer todo esto entre fines de 1484 y
comienzos de 1485. El primero, o sea el hombre de edad madura, venía
decidido a ofrecer a los Reyes Católicos el imperio que poco antes
había rehusado Juan II, rey de Portugal. Y nos encontramos ante Colón y
el descubrimiento del Nuevo Mundo. Había sonado la hora fijada por la
Providencia para que todo el Mundo Nuevo, no parte de él, se comunicara
con Asia, Africa y Europa. Jamás la fortuna se mostró más propicia con
ningún Rey.



CAPÍTULO XVII

  DESCUBRIMIENTOS ANTERIORES AL DEL NUEVO MUNDO.--EL PRESTE
  JUAN.--VIAJE DE MARCO POLO.--«DE IMAGINE MUNDI» DE PEDRO DE
  AILLY.--SUPUESTAS CARTAS DE TOSCANELLI A COLÓN.--EXPEDICIONES DE
  ENRIQUE EL «NAVEGANTE».--IMPORTANCIA DE ESTAS EXPEDICIONES.--VIAJES
  DE DIEGO GÓMEZ.--LOS CONOCIMIENTOS GEOGRÁFICOS EN AQUELLOS
  TIEMPOS.--LA ASTRONOMÍA.--VIAJES DE DIEGO CAO.--EL COSMÓGRAFO
  BEHAIM: SU FAMOSO GLOBO.--EXPEDICIÓN DE BARTOLOMÉ DÍAZ.--VIAJES DE
  COVILHAM Y PAIVA.


Somos de opinión que tiene interés en una Historia de América este
capítulo, pues sin el estudio de ciertas noticias y determinados
viajes, no podríamos explicar hechos relacionados, más o menos
directamente, con el descubrimiento realizado por el insigne genovés.

Entre las noticias más peregrinas que corrieron por Europa en el
siglo XIII, se halla la de un personaje misterioso, conocido con
el nombre de _Preste Juan_ o _Rey sacerdote_. Decíase que reinaba
sobre un pueblo cristiano. La primera noticia del Preste Juan la
encontramos en los escritos del historiador alemán Otón de Freising,
hermano político del emperador Conrado III, de Alemania[310]. Escribe
el mencionado historiador que, habiendo encontrado en el año 1145
en Viterbo (Italia), al obispo de Gabula (hoy Jibal, en el Norte de
Siria), le había dicho, no sin derramar algunas lágrimas, los peligros
que amenazaban allí a la Iglesia cristiana desde la caída de Edesa.
Hacía pocos años, según dicho prelado, que en el lejano Oriente, más
allá de la Armenia y de la Persia, apareció un tal Juan, sacerdote y
monarca al mismo tiempo, que reinaba sobre un pueblo nestoriano. Juan,
después de conquistar a Ecbatana, capital de la Media, venció en una
batalla de tres días a los hermanos sandyardos (Mohamed y Sandyar),
que tiranizaban a Persia y Media, y avanzando más al Oeste para llevar
auxilio a la oprimida iglesia de Jerusalén, tuvo que retroceder por no
poder pasar el caudaloso río Tigris.

       [310] Véase Dr. Sophus Ruge, _Hist. de la época de los
       descubrimientos geográficos_, págs. 15 y siguientes.--_Hist.
       Universal_, de Oncken, tom. III.

¿Quién era el Preste Juan? Los cronistas han buscado en vano al famoso
monarca presbítero; Marco Polo (1254-1323) lo confunde, unas veces con
Ungchan, rey de los Keraitas, y otras con Jeliutache, primo del último
soberano de Catay y fundador de un imperio al Oeste del río Lop-nor.
En el siglo XIV se creyó haberlo encontrado en la persona del rey
cristiano de Abisinia; en los comienzos del XV, Enrique el _Navegante_
lo buscó en el mencionado país y a fines de la misma centuria, y aun
en la siguiente, los reyes de Portugal enviaban embajadas, deseosos de
hallarle.

Marco Polo, ya con su padre Nicolás, ya con su tío, de nombre también
Marco, realizó muchos viajes aumentando los conocimientos geográficos
del Oriente en Europa, teniendo la gloria de ser el viajero más
conocido de los tiempos medios. Las noticias del célebre veneciano
constituyeron durante mucho tiempo en Europa lo fundamental de la
Geografía y Cartografía del Oriente. «Resumamos, dice Sophus Ruge,
los resultados del famoso viaje de Marco Polo, que duró veinticuatro
años, desde el 1271 hasta el 1295. Marco Polo fué el primer viajero
que atravesó toda el Asia, de un extremo a otro, y que describió los
diferentes países, los desiertos de la Persia, las altas mesetas con
sus verdes pastos y las barrancas espantosas de Badajchan, los ríos que
llevan lapiz-lázuli del Turkestán Oriental, los páramos inhospitalarios
de la Mongolia, la ostentosa corte imperial de Pekín y los innumerables
habitantes de la China. Refirió lo que supo del Japón, con sus palacios
cubiertos de oro, y de Birmania, con sus pagodas del mismo metal, y fué
también el primero que descubrió las islas deliciosas de la Sonda con
sus especias y aromas, las islas lejanas de Java y Sumatra, con sus
muchos reinos, sus preciosos productos y sus habitantes caníbales. Vió
a Ceilán con sus montañas sagradas; visitó muchos puertos de la India y
estudió la extensión y las riquezas de este país, tan fabuloso entonces
para los europeos. El fué el primero que publicó una relación clara del
reino cristiano de Abisinia, que adquirió noticias por un lado hasta de
Madagascar, y por otro del extremo Norte del Asia, de la Siberia, el
país, según dice, de las tinieblas, en que no brillan ni sol, ni luna,
ni estrellas, donde domina un crepúsculo eterno, y donde se viaja en
trineos tirados por perros o a caballo sobre rengíferos, un país detrás
del cual se extiende el Océano helado»[311].

       [311] Ibidem, pág. 27.

La relación primitiva de obra tan interesante fué escrita en francés
antiguo, siendo traducida y refundida tiempo adelante en latín y en
italiano. Muchos años después se tradujo al alemán con el siguiente
título: «Este es el noble caballero Marco Polo de Venecia, el gran
viajero terrestre que nos describe las grandes maravillas del mundo,
desde donde sale el sol hasta donde se pone, cosas que no se han oído
nunca. Esto ha impreso Friczs Creussner, en Nuremberg, el año del
nacimiento de Cristo 1477.»

Gozó también de mucha popularidad, y se leyó con no poco entusiasmo el
tratado conocido con el nombre _De imagine mundi_, escrito por Pedro de
Ailly (en latín, Petrus de Alliaco), cardenal de Cambray[312]. Venía
a ser dicho tratado una compilación, medianamente hecha, de obras
escolásticas anteriores (ex _pluribus auctoribus recollecta_): de
autores griegos (Aristóteles, Ptolomeo, Hegesipo y Juan Damasceno), de
autores latinos (Séneca, Plinio, Solino, Orosio, San Agustín, Isidoro
de Sevilla y Beda), y de autores árabes (Alfragani y Albategni).
De la obra de Ailly sacó Colón la mayor parte de sus conocimientos
cosmográficos y en particular sus ideas, ya sobre la magnitud de la
tierra y poca anchura del Océano, ya sobre la situación y naturaleza
del paraíso, ya también, por último, del próximo fin del mundo.

       [312] Pedro de Ailly (n. en 1350 en Copiegne, y m. en Avignon
       en 1420 o 1425), escribió muchas obras. El tratado _De Imagine
       Mundi_, y otros, se compilaron en Basilea el MCCCCXVIII. Véase
       Bellarmino, _De scriptoribus ecclesiasticis_, tomus septimus,
       pág. 509.

Ciega fe tenía Colón en la obra _De Imagine Mundi_. En el capítulo VIII
se trata de la magnitud de la Tierra, y tanto crédito dió el Almirante
a la doctrina del Cardenal que, en la carta escrita en su tercer viaje
desde Haití en 1498, copió un gran trozo de aquél capítulo; en él se
afirmaba que para saber la superficie habitable de la tierra debían
tenerse en cuenta el clima y la parte del globo ocupada por el agua.
Dice Ailly en el capítulo XII que la zona tórrida estaba habitada por
monstruos humanos, lo cual también había dicho San Agustín. Conforme
Colón con la misma idea, en el Diario de su primer viaje se muestra
admirado de no haber encontrado todavía los monstruos. En el capítulo
XLIX se ocupa de la diversidad de las aguas, y particularmente del
Océano, haciendo notar que lo mismo Aristóteles que su comentador
Averroes, sostienen que la distancia entre la costa occidental del
Africa y la oriental de la India (entiéndase Asia) no puede ser muy
grande, porque en ambos países se encuentran elefantes, bien que nadie
le ha medido en nuestro tiempo ni se tiene noticia de ello en los
autores antiguos. Añade en el capítulo LI que la extensión de la tierra
habitada desde España hacia el Oriente o la India, es mucho mayor que
la media circunferencia de dicha tierra. Sostiene el Cardenal Ailly en
el capítulo LV, que el paraíso terrenal está situado--según los datos
de Isidoro, Juan Damasceno, Beda y otros--en el lugar más delicioso
del Oriente, lejos de nuestra región habitada, en un sitio tan elevado
que casi toca con la Luna, donde no pudo llegar el diluvio universal.
Antes, en el capítulo VII, dijo que a pesar de hallarle el paraíso
junto al Ecuador, tenía un clima muy templado a causa de su gran
elevación.

No hemos de pasar en silencio otra proposición del citado cardenal.
Encuéntrase en su tratado que lleva por título _Vigintiloquium de
concordantia astronomicæ veritatis cum theología_[313], página 181,
referente a la edad de la tierra y a la época del juicio final.
«Calcula siguiendo a Beda--escribe el Dr. Ruge--que desde la creación
hasta el nacimiento de Jesucristo habían pasado 5.199 años; de suerte
que en 1501 de nuestra era iban transcurridos 6.700; y como el juicio
final debía ocurrir 7.000 después de la creación, resultaba próximo
el fin del mundo. Colón entretegió también esta idea en su proyecto,
aunque difirió algo en el cómputo»[314].

       [313] Véase Bellarmino, _Descritoribus ecclesiasticis_, tomus
       septimus, pág. 509.

       [314] _Hist. de la época de los descubrimientos geográficos_,
       págs. 15 y siguientes.

¿Llegaron a Colón noticias del Preste Juan? Posible es que nada
supiera del famoso personaje. ¿Tuvo noticia de los viajes de Marco
Polo? En ninguna parte menciona al ilustre veneciano. Acerca de la
correspondencia que--según Don Fernando Colón--tuvo el Almirante con el
médico florentino Pablo Toscanelli, no cabe duda que es apócrifa, como
ha probado el Sr. Altolaguirre[315]. Sin embargo de ello, trasladaremos
aquí las supuestas cartas del sabio italiano.

       [315] _Cristóbal Colón y Pablo del Pozzo Toscanelli_, págs.
       363-397.

«A Cristóbal Columbo, Paulo, físico, salud: Yo veo el magnífico y
grande tu deseo para haber de pasar a donde nace la especiería, y por
respuesta de tu carta te envío el traslado de otra carta que ha días
yo escribí a un amigo y familiar del Serenísimo Rey de Portugal[316],
antes de las guerras de Castilla, a respuesta de otra que por comisión
de S. A. me escribió sobre el dicho caso, y te invio otra tal carta de
marear como es la que yo le invié[317], por la cual serás satisfecho de
tus demandas, cuyo traslado es el que sigue.» Copia en seguida la carta
escrita a Martins y cierra con la data Florencia 25 de junio de 1574.

       [316] Hernán Martins, canónigo de Lisboa. Esta correspondencia
       es auténtica.

       [317] Desgraciadamente, la carta de marear mandada a Martins
       se ha perdido.

Don Fernando insertó después la segunda carta que copiamos: «A
Cristóbal Colón, Paulo, físico, salud: Yo rescibí tus cartas con las
cosas que me enviaste, y con ellas rescibí gran merced. Yo veo el tu
deseo magnifico y grande a navegar en las partes de Levante por las
de Poniente, como por la carta que yo te invio se amuestra, la cual
se amostrará mejor en forma de esfera redonda; pláceme mucho sea bien
entendida, y que es el dicho viaje no solamente posible, mas que es
verdadero y cierto e de honra e ganancia inestimable y de grandisima
fama entre todos los cristianos. Mas vos no lo podreis bien conocer
perfectamente, salvo con la experiencia o con la platica, como yo la
he tenido copiosisima, e buena, e verdadera informacion de hombres
magnificos y de grande saber que son venidos de las dichas partidas
aquí en corte de Roma y de otros mercaderes que han tractado mucho
tiempo en aquellas partes, hombres de mucha autoridad. Así que cuando
se hará el dicho viaje será a reinos poderosos e ciudades e provincias
nobilisimas, riquisimas de todas maneras de cosas en grande abundancia
y a nosotros mucho necesarias, ansi como de todas maneras de especiería
en gran suma y de joyas en grandisima abundancia. Tambien se irá a los
dichos Reyes y Principes que están muy ganosos, más que nos, de haber
tracto e lengua con cristianos de estas nuestras partes, porque grande
parte dellos son cristianos y tambien por haber lengua y tracto con los
hombres sabios y de ingenio de acá, ansi en la religión como en todas
las otras ciencias, por la gran fama de los imperios y regimientos
que han destas nuestras partes; por las cuales cosas todas y otras
muchas que se podrían decir, no me maravillo que tu, que eres de
grande corazon, y toda la nacion de portugueses, que han seido siempre
hombres generosos en todas grandes empresas, te vea con el corazon
encendido y gran deseo de poner en obra el dicho viaje.» «Puede, pues,
afirmarse--dice Altolaguirre--que la correspondencia de Toscanelli
con Martins fué en 1474, que hasta dos años después no llegó Colón a
Portugal, y como acto seguido emprendió el viaje a Thule, parece lo
cierto que hasta después de 1478, cuando ya los portugueses habían
desechado y probablemente olvidado el proyecto de Toscanelli, no tuvo
de él conocimiento Cristóbal Colón»[318]. Se propuso Don Fernando
con tales patrañas «recabar para su padre la gloria de haber sido
el iniciador del pensamiento de que navegando desde Europa o Africa
directamente al Oeste, era posible arribar a la costa Oriental de
Asia»[319].

       [318] _Cristóbal Colón y Pablo del Pozzo Toscanelli_, pág. 369.

       [319] Ibidem, pág. 397.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID.

ENRIQUE EL NAVEGANTE.]

Entrando ya en el estudio de los descubrimientos geográficos, colocamos
a la cabeza de los grandes viajeros al infante D. Enrique, llamado el
_Navegante_, quinto hijo del rey Juan I de Portugal (nació el 4 de
marzo de 1394). Habremos de comenzar recordando que Portugal, pobre
rincón de tierra separado de España, si sufrió en el siglo VIII, como
toda la Península Ibérica, la dominación musulmana, pronto logró
expulsar a los moros del territorio lusitano, penetrando luego en
Marruecos y extendiendo su poder en aquellas tierras. Cerca de medio
siglo llevaba el reino de Portugal buscando ocasión de extenderse
allende los mares. A la sazón el representante del espíritu aventurero
de la época fué, sin duda alguna, el citado infante D. Enrique.
Todavía muy joven se dió a conocer por su espíritu belicoso. Juan
I de Portugal arrebató a los sultanes marinitas de Marruecos--año
de 1415--la ciudad de Ceuta, en la costa meridional del Estrecho de
Gibraltar, siguiéndose a dicha conquista la de Tánger, Tetuán y otras
plazas vecinas del Estrecho. En un combate sangriento contra los
moros de la citada Ceuta, el infante D. Enrique ganó las espuelas de
caballero. Cuéntase que tanto se distinguió en la acción, que Martín
V, Segismundo de Alemania y otros soberanos le hicieron proposiciones
para confiarle el mando de sus ejércitos. El Papa deseaba enviarle
contra los turcos y el Emperador en el Concilio de Constanza hizo sus
proposiciones al embajador de Portugal, quien debía trasladarlas al
valeroso infante. No hizo caso D. Enrique de tales invitaciones porque
otras ideas bullían en su mente. Subiendo a los muros de la plaza de
Ceuta

    ... con sola su rodela
    y una espada, enarboló
    las quinas en sus almenas.

Desde lo alto de las almenas de la ciudad, para la realización de
sus atrevidos proyectos, pudo contemplar, por un lado, el mar, y por
otro, las tierras que esconde el Atlas. Tiempo adelante, el Rey, su
padre, le concedió el ducado de Vizeu y le nombró _Gran Maestre de la
orden de Cristo_, pudiendo ya contar con rentas propias para realizar
sus vastos proyectos. Sin embargo de que la Orden de Cristo había
sido fundada para combatir a los musulmanes, enemigos de la ley de
Jesucristo, se creyó en el deber de atraerse a los hijos del Profeta
por medios más humanos y justos. No quería seguir la política de los
reyes sus antecesores. Volvió de Ceuta con el pensamiento de conquistar
Marruecos por la fuerza de las ideas y de recorrer el mar por el valor
y audacia de sus marinos. Era un hombre enérgico, valeroso y tenaz.
Embargábale la idea de llegar hasta la Guinea (parte Oeste de Africa,
que se extiende desde la Senagambia al Congo), conocida entonces con el
nombre de Guanaja o Ganaja, y de la cual sólo se tenían vagas noticias,
pues no se conocía europeo alguno que hubiese visitado aquellas lejanas
tierras. Decíase, sin embargo--no sabemos con qué fundamento--que el
oro abundaba en aquellos países; noticia que dió mayores alientos al
infante D. Enrique, deseoso de que Portugal fuese la única potencia de
Europa que comerciara con los pueblos de la Guinea.

Del mismo modo se proponía descubrir--y esto era para él cuestión
de no poca importancia--en qué consistía el poder de los moros, los
enemigos mortales de su nación. Había notado que en todas las guerras
con la morisma aquéllos luchaban solos, dándose el caso que nunca rey
alguno del interior de Africa acudió a prestarles auxilio. Este hecho
y algunos otros, aunque de menos valor, hicieron sospechar al infante
portugués que al Sur de los territorios musulmanes había quizás pueblos
cristianos, en cuyo caso, contando con la ayuda de los últimos, los
hijos de Mahoma estaban perdidos cuando se les atacase simultáneamente
por el Norte y el Mediodía. Anhelaba de igual manera llevar la luz del
Evangelio a regiones desconocidas. Por último, influía su horóscopo,
que le declaraba destinado a hacer grandes descubrimientos.

El antiguo cronista Azurara considera que influyeron en el ánimo de
D. Enrique los cinco motivos siguientes: 1.º, saber lo que había más
allá del cabo Bojador; 2.º, entrar en relaciones comerciales con los
cristianos que hubiese en aquellas tierras; 3.º, tener noticia exacta
del poderío de los moros de aquella parte de Africa; 4.º, descubrir si
en aquellos países existían príncipes que le ayudasen contra los moros,
y 5.º, acrecentar o extender la religión católica[320].

       [320] Véase _Chronica do descobrimento e conquista de Guiné_.

Contando D. Enrique con el beneplácito del Rey, estableció--en el
promontorio de Sagres en el Algarbe, de cuya provincia era gobernador
vitalicio--su Palacio, el primer Observatorio astronómico de Portugal,
el Arsenal marítimo y la Escuela de Cosmografía. Sagres viene a ser
una peña llana, de unos 70 metros de altura, que penetra en el mar más
de un kilómetro, y termina, no en punta, sino en una especie de maza.
Allí, en el puerto de Sagres, cerca del cabo de San Vicente, rodeado de
algunos doctos, ya lusitanos, ya de Marruecos y de Fez, olvidándose de
la Tierra Firme, dirigió toda su atención al vasto Océano. La población
que tocaba con el promontorio recibió el nombre de _Villa del Infante_.
Dispuso D. Enrique que sus naves se abrigasen en el próximo puerto de
Lagos. Adquirió noticias del Sudán y de las caravanas que traficaban
entre Marruecos, el Senegal y Tombuctu, enviando después sus buques a
descubrir el gran río Senegal (llamado _Samaya_ por los portugueses, y
_Ovedech_ por los indígenas).

Entre las expediciones más importantes organizadas por el infante D.
Enrique citaremos las siguientes: En 1416 envió a Gonzalo Velho a
pasar más allá de las Canarias, y en 1431 descubrió las primeras islas
del grupo de las Azores. El año 1434 Gil Eannes, paje del Infante,
arriesgó su vida para doblar el cabo Bojador, y su sucesor Alfonso
González Baldaya llegó hasta el río de Oro, o sea, hasta el límite
septentrional de la zona tórrida. Llegó Nuño Tristán en 1441 al Cabo
Blanco, y dos años después a la bahía de Arguim. Destinóse la isla de
Arguim como centro de operaciones y relaciones mercantiles, fundándose
allí la primera colonia portuguesa permanente en Africa, que adquirió
pronto importancia, hasta el punto que a los pocos años, una Sociedad
mercantil de Lagos (puerto de la villa del Infante) pudo enviar una
flotilla de seis buques. Los portugueses llevaban tejidos (pañuelos
de color y mantas de lana), sillas de montar y estribos, trigo, miel,
especias, plata, coral rojo y barreños, que cambiaban por esclavos
negros de Guinea, oro de Tombuctu, camellos, vacas, cabras, pieles de
búfalo y de martas zibelinas, huevos de avestruz y goma arábiga. En
el año 1445 el intrépido marino Dionís Díaz (ascendiente de Bartolomé
Díaz, que veintiséis años después de la muerte del Infante dobló el
Cabo de Buena Esperanza) pasó por delante de la embocadura del Senegal
que separa la raza negra de la blanca, llegando hasta el Cabo Verde.
Consistía la importancia de la expedición en que se había llegado a
la verdadera tierra de los negros y en que las teorías de Aristóteles
y de Ptolomeo acerca de la inhabitabilidad de la zona tórrida eran
falsas. «Esta teoría antigua, que había prevalecido tantos siglos,
se estrelló contra el Cabo Verde, cabiendo este honor al infante
D. Enrique, cuyo lema _Talent de bien faire_ celebró allí su mayor
victoria, porque desde entonces se abrió para la ciencia geográfica
un horizonte enteramente nuevo, y el mundo europeo aprendió a fiarse
más de las observaciones directas que de la autoridad de los filósofos
griegos»[321]. Vino a completar este descubrimiento el veneciano Luis
de Mosto, a cuya disposición puso D. Enrique, pocos años más adelante,
una carabela de 90 toneladas a las órdenes de Vicente Díaz, los cuales
llegaron hasta el río Gambia. Relación minuciosa del viaje publicó
Mosto y de ella copiamos la siguiente descripción del Cabo Verde:
«El Cabo Verde--dice--trae su nombre de los árboles verdes que allí
crecen y que conservan su color casi todo el año. Lo descubrieron los
portugueses un año antes de mi llegada, y le dieron este nombre por
la razón indicada, conforme llamaron el Cabo Blanco así por el color
de la arena que lo forma; pero el Cabo Verde es elevado y halaga la
vista. Está entre dos montañas y penetra en el mar con muchas chozas
y viviendas de negros. Hay que notar que al otro lado del Cabo Verde
forma la costa una bahía con playas llanas y cubiertas como toda la
costa de multitud de bellísimos y grandísimos árboles verdes, porque
allí no caen las hojas viejas hasta que salen las nuevas. Desde lejos
parecen estar a orillas del agua, aunque en realidad están distantes
un tiro de ballesta. Es una costa bellísima. He viajado hacia Levante
y Poniente y he visto muchos países, mas ninguno más hermoso que éste,
bañado por muchos ríos grandes y pequeños»[322]. La descripción debió
interesar vivamente a D. Enrique, puesto que organizó desde Arguim un
sistema completo de exploración. Juan Fernández penetró en el desierto
de Sahara, permaneciendo siete meses entre las tribus salvajes del
interior, al cabo de cuyo tiempo volvió a Sagres a dar cuenta al
Infante, su señor, de lo que había visto en aquellas tierras. En el año
siguiente de la expedición de Díaz, Nuño Tristán llegó hasta el río
Gambia y Alvaro Fernández casi hasta Sierra Leona. Las tribus próximas
al Gambia eran más numerosas y valientes que las del Sahara, las cuales
se opusieron al desembarque, logrando con sus flechas envenenadas matar
a la mayor parte de los portugueses sin exceptuar al jefe. Por último,
Diego Gómez, en el año 1457, con otros intrépidos navegantes subió río
Gambia arriba hasta la ciudad de Cantos. Esta fué la última expedición
importante que ordenó D. Enrique.

       [321] Dr. Sophus Ruge, _Historia de la época de los
       descubrimientos_, pág. 37.--_Historia Universal_, de Oncken,
       tomo VII.

       [322] Ibidem, pág. 37.

Murió navegante tan ilustre en Sagres (13 noviembre 1460), cuando
ya contaba sesenta y seis años. En sus geográficas empresas había
gastado más de sus recursos, pues en 1449 era en deber a su pariente
Fernando de Braganza la suma enorme de 19.394 coronas de oro[323]. Todo
este dinero lo había empleado en hacer de Portugal una gran potencia
marítima.

       [323] La corona de oro en aquel tiempo valía unas 20 pesetas
       de nuestra moneda.

Aunque a la muerte del Infante disminuyó el entusiasmo por los
descubrimientos, sin embargo, en la corte de Portugal se hallaban los
pilotos más inteligentes y los constructores de barcos más hábiles; se
vendían las mejores obras de astronomía, los planisferios, los mapa
mundis y las cartas marítimas más exactas. Lisboa, pues, continuó
siendo el centro de los estudios geográficos. Por entonces descubrió
Diego Gómez, en compañía del genovés Antonio de Noli, las islas de Cabo
Verde.

Antes de proseguir el estudio de los descubrimientos marítimos,
recordaremos los conocimientos geográficos generales de aquel tiempo.
En la _Margarita philosophica_ del prior cartujo alemán Gregorio
Reisch, publicada en el año 1496 y reimpresa muchas veces durante el
siglo XVI, se lee lo siguiente: «El agua cubrió al principio toda la
superficie de la tierra como una niebla fina que se elevaba hasta las
altas regiones. A la orden del Creador, el firmamento separó las aguas
superiores de las inferiores, reuniéndose éstas últimas en un sólo
punto más profundo y dejando descubierta la tierra firme para los seres
vivientes. De toda la substancia de la tierra y del agua se formó un
solo cuerpo esférico, al cual atribuyeron los eruditos dos centros,
uno de gravedad y otro de volumen. Este último es el que está situado
en el punto medio del eje de toda la esfera formada de la tierra y del
agua, y de consiguiente, en el centro del mundo. Fuera de este centro
está el de gravedad, que es el centro del eje de la tierra sólida,
mayor necesariamente que el radio de la esfera formada de la tierra y
del agua, porque, a no ser así, caería el centro del mundo fuera de la
tierra, suposición que sería la más necia que pudiera imaginarse en
física y en astronomía. La admisión de centros distintos es ineludible,
porque la parte seca de la superficie terrestre es más ligera que la
cubierta de agua. La tierra seca es más ligera que la empapada del
agua, y por esta razón no puede ser el centro de gravedad idéntico al
de volumen, sino que el primero se halla más hacia la periferia del
lado del agua que el segundo, y hacia aquella parte se reunirán también
las aguas de la tierra, porque así se aproximan más al centro del
mundo.»

El primero que intentó la representación del lado del agua de la
esfera terrestre fué Toscanelli de Florencia, allá por el año 1474.
Ya por entonces se había introducido nuevo e importante factor que
trajo radical reforma en las teorías dominantes en aquella época.
Este nuevo e importante factor era el libro de Claudio Ptolomeo
(geógrafo y astrónomo egipcio que floreció en Alejandría por los
años de 125 a 135 antes de Cristo), intitulado _Almagesto_, obra de
la cual trató el cardenal Pedro de Ailly en su citado tratado _De
imagine Mundi_[324]. Entre los astrónomos más sabios de aquella época
sobresale Regiomontano (1436-1476). Para facilitar las observaciones
astronómicas a la orientación y determinación de las situaciones
geográficas, calculó Regiomontano en 1473 las efemérides (tablas que
indican día por día la posición de los planetas en el Zodiaco) para un
período de treinta y dos años. También el sabio astrónomo inventó un
instrumento (llamado _balestilla_ por los portugueses y _ballestilla_,
_flecha_ o _báculo de Jacob_ por los españoles), para medir la
altura del polo de un astro. El último instrumento lo introdujo en
Portugal Martín Behaim, discípulo del inventor. Durante el reinado de
Alfonso V el _Africano_ (1438-1481)[325], tío del infante D. Enrique,
continuaron las expediciones marítimas. Juan II (1481-1495) parecía
heredero del espíritu de Enrique el _Navegante_. En su tiempo Diego
Cao se hizo a la vela (1484) con dos buques de su propiedad, llevando
en calidad de cosmógrafo a Martín Behaim. Pasaron el Cabo de Santa
Catalina y descubrieron el Congo, el río más caudaloso de Africa. Se
atrajo Cao a algunos habitantes con la idea de que aprendiesen el
portugués y servirse luego de ellos en sus relaciones con el rey del
Congo. Cao continuó todavía hacia el Sur unas 200 leguas, llegando
al Norte del Cabo Negro (1485). Behaim, a la vuelta del viaje, fué
nombrado por el Rey caballero de la Orden de Cristo. Cosmógrafo tan
insigne, después de su larga residencia en Portugal, y después de
haber desempeñado importantes comisiones científicas, se retiró a su
patria, a Nuremberg (1492), en cuyo año construyó--antes de que Colón
regresara de su primer viaje--el globo terrestre, que ha inmortalizado
su nombre. Debemos advertir que dicho globo, guardado, como precioso
depósito, en Nuremberg, es--como Mr. Davezac sostuvo en el Congreso
Geográfico de Amberes de 1871, y cuya proposición aprobó la sabia
Corporación--una reproducción, en la parte que al Extremo Oriente se
refiere, de la carta de navegar de Toscanelli. En el globo de Martín
de Behaim se ven indicadas ya las longitudes y las latitudes, siendo
de notar los grandes errores cometidos en las últimas. En cambio, las
inscripciones que hay en él son muy interesantes. Léese lo siguiente
en uno de sus ángulos: «Sépase como esta figura del globo representa
toda la extensión de la tierra, tanto en longitud como en latitud,
medida geométricamente, parte, según lo que Ptolomeo dice en su libro
titulado _Cosmografía_; el resto, según el caballero Marco Polo, que
desde Venecia viajó por el Oriente el año de 1250, y también según lo
que el respetable, docto y caballero Juan de Mandeville dijo, en 1322,
de los países orientales desconocidos de Ptolomeo, con todas las islas
pertenecientes a aquel continente, de donde nos vienen las especias
y las piedras preciosas. Mas el ilustre D. Juan, rey de Portugal,
ha hecho visitar por sus naves, en 1485, todo el resto de la parte
del globo, hacia el Mediodía, que Ptolomeo no conoció, en el cual
descubrimiento he tomado yo parte...»

       [324] Ptolomeo es también autor de una _Geografía_ y de otras
       obras.

       [325] A Juan I (1385-1433) sucedió Eduardo I (1433-1438).

En el golfo de Benin, junto a las islas Príncipe, Santo Tomás y San
Martín, se halla el siguiente letrero: «Estas islas fueron descubiertas
por las naves que el rey de Portugal envió a estos puertos del país de
los moros el año de 1484...» La inscripción puesta encima del cabo de
Nueva Esperanza contiene la relación del viaje que hizo Martín Behaim
con Diego Cao. Dice así: «El año 1484 del nacimiento del Señor, el
ilustre D. Juan, rey de Portugal, hizo equipar dos naves, llamadas
carabelas, provistas de hombres con armas y víveres para tres años,
ordenando a la tripulación navegar al otro lado de las columnas de
Hércules, en Africa, siempre hacia el Mediodía y los lugares donde el
sol sale, tan lejos como les fuese posible... Así equipados, salimos
del puerto de la ciudad de Lisboa con rumbo a la isla de la Madera,
donde crece el azúcar de Portugal... Llegamos al país llamado reino de
Gambia, donde crece la malagueta (especie de pimienta), y el cual dista
de Portugal 800 leguas alemanas; después, pasamos al país del rey de
Furfur, que está a 1.200 leguas o millas y donde crece la pimienta que
se llama de Portugal. Más lejos aún, hay un país donde hallamos la
corteza de la canela; pero encontrándonos de Portugal a 2.800 leguas,
volvimos sobre nuestros pasos y a los diez y nueve meses estuvimos de
vuelta ante nuestro Rey».

En el año de 1486 Bartolomé Díaz con tres embarcaciones, una mandada
por él, otra por Juan Infante, y la tercera destinada a provisiones
por su hermano Pedro, se hizo a la vela, con el ánimo de continuar
las exploraciones de las costas africanas, desde el punto que Diego
Cao dejó las que hubo de realizar en compañía del cosmógrafo Martín
Behaim. Se propuso obscurecer las glorias de sus parientes Juan Díaz
y Dionís Díaz. Bartolomé hizo que mujeres negras que conducía a bordo
desembarcasen en varios puntos de la costa del Congo y más allá hacia
el extremo Sur de Africa, las cuales debían dar a los indígenas
noticias del poderío de los portugueses, no sin manifestarles también
que iban en busca del país del Preste Juan. Creyeron que las nuevas
de la expedición llegarían de boca en boca y de país en país a oídos
del fabuloso personaje, quien, al saberlas, tal vez enviase mensajeros
para recibir a los portugueses con el objeto de entrar con ellos en
relaciones.

Bartolomé Díaz levantó el primer padrón de piedra cerca de la Sierra
Parda, al Norte de la bahía de la Ballena (_Angra das Voltas_), no
lejos de la desembocadura del río Orange. Desde el Golfo de Santa Elena
emprendió de nuevo su rumbo, llegando, después de grandes trabajos,
a una ensenada llamada de los Vaqueros (_Angra dos Vaqueiros_)[326],
donde los hotentotes que allí guardaban sus rebaños, al ver los barcos,
huyeron espantados hacia el interior. Dirigiéndose más al Este llegó
a la bahía de San Bras[327], donde hizo provisión de agua dulce, lo
cual dió motivo a un choque con los indígenas, pasando, por último, a
la pequeña isla de Santa Cruz (Golfo de Algoa), y plantando en ella
el último padrón. Pidieron los tripulantes al jefe no seguir adelante
y emprender el viaje de regreso; pero Díaz les suplicó que le dejasen
continuar avanzando dos o tres días más hasta ver la costa hacia el
Norte, porque él creía firmemente haber doblado el extremo Sur del
Africa, y en este caso, con poco trabajo, se lograría llegar a la
India, que eran todos sus deseos. Continuaron navegando dos días más,
hasta llegar a un gran río que Díaz denominó _do Infante_, porque un
compañero, el Capitán de este apellido, fué el primero que saltó a
tierra. Aunque a disgusto suyo, Díaz hubo de dar la vuelta, teniendo
entonces la dicha de contemplar el imponente promontorio que forma la
punta austral del Africa. Terrible tempestad que puso en gran peligro
las embarcaciones, estuvo a punto de cambiar en día de luto los
anteriores momentos de alegría. En recuerdo de la furiosa tormenta,
Díaz dió al citado promontorio el nombre de _Cabo de las Tormentas_,
y que Juan II, influído por otros sentimientos, le sustituyó por el
que hoy lleva. «Ese Cabo nos abre el camino del Asia, dijo, se llamará
_Cabo de Buena Esperanza_.» Bartolomé Díaz, después de una ausencia de
diez y seis meses y diez y siete días, y de haber explorado 350 leguas
de costa, llegó a Lisboa en diciembre de 1487.

       [326] Hoy lleva el nombre inglés de _Flesh-bai_ (Bahía de la
       carne).

       [327] Hoy Moselbai.

Consideremos los últimos viajes realizados durante el reinado de Juan
II. Antes del regreso de Bartolomé Díaz, el Rey había mandado a Pedro
de Covilham y a Alfonso de Paiva para explorar el reino de Abisinia
y las condiciones de comercio y de comunicación en el Océano Indico.
Antes intentaron lo mismo, por orden de Juan II, el Padre Antonio de
Lisboa y Pedro de Montorryo; mas la expedición no dió resultado alguno.
En cambio, no careció de interés la de Covilham y Paiva, quienes se
pusieron en camino el 7 de mayo de 1487. Penetraron en Egipto, después
de pasar por Rodas, llegando a Alejandría y al Cairo; embarcándose en
el Mar Rojo fueron hasta Aden, donde se separaron, designando como
punto de reunión otra vez el Cairo. Covilham, que se embarcó para la
costa del Malabar, visitó a Cananor, Calcuta y Goa, regresando a la
costa oriental del Africa, la cual siguió hasta el extremo meridional
del rico país de Sofala, donde adquirió noticias sobre la isla de
Madagascar.

Cuando Covilham regresó al Cairo, se encontró con la noticia de que
Paiva había muerto; halló sí dos nuevos emisarios del rey Juan, que
eran los rabinos Abraham de Beja y José de Lamego. En tanto que el
judío José marchó a Lisboa con las noticias que adquirió Covilham,
éste último, acompañado del hebreo Abraham, visitó la ciudad de Ormuz,
tomando en seguida diferente rumbo, pues Abraham de Beja, con una
caravana se dirigió por Bagdad y Haleb a Siria, mientras él marchó a
Abisinia y se estableció en su capital Choa, con gran complacencia del
monarca del país. Covilham se casó en Abisinia, y allí murió pasados
algunos años.

Cuando se realizaban tales hechos, el genovés Cristóbal Colón se
disponía a marchar a las Indias. Procede estudiar ya el descubrimiento
del Nuevo Mundo.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID.

COLÓN.]



CAPÍTULO XVIII

  CRISTÓBAL COLÓN: SU PATRIA Y FAMILIA.--COLÓN EN PORTUGAL:
  SU MATRIMONIO.--LA FAMILIA DE SU MUJER.--ALONSO SÁNCHEZ DE
  HUELVA.--CULTURA DE COLÓN.--LA ESFERICIDAD DE LA TIERRA.--LA
  ACADEMIA DE TOLEDO.--ROGERIO BACON Y RAIMUNDO LULIO.--PROVECTO DE
  COLÓN DE IR DIRECTAMENTE A LA INDIA POR OCCIDENTE.--LA LIBRERÍA DE
  COLÓN.--JUNTA CONVOCADA POR JUAN II Y PRESIDIDA POR EL OBISPO DE
  CEUTA: OPINIÓN DEL CONDE DE VILLARREAL.


Cristóbal Colón, según Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios[328],
gran amigo del futuro Almirante y depositario de todos sus papeles,
debió nacer hacia el año 1435[329]. Afirma Washington Irving que se
verificó la época de su nacimiento allá por los años de 1434 a 1436.

       [328] Los Palacios es una población próxima a Sevilla.

       [329] _Historia de los Reyes Católicos D. Fernando y Doña
       Isabel_, Sevilla, 1870.

Respecto a la patria de Colón, creemos que no cabe duda alguna, puesto
que él mismo lo declara en la fundación de su mayorazgo (22 febrero
1498)[330] terminantemente dice que ha nacido en Génova. Copiamos a
continuación sus mismas palabras: «Siendo yo nacido en Génova, vine a
servir aquí, en Castilla.» Además, encontramos la siguiente cláusula:
«Item: mando al dicho D. Diego, mi hijo, o a la persona que heredare
el dicho Mayorazgo que tenga y sostenga siempre en la ciudad de Génova
una persona de nuestro linaje que tenga allí casa e mujer, e le ordene
renta con que pueda vivir honestamente como persona tan llegada a
nuestro linaje, y haga pie y raíz en la dicha ciudad como natural
della, porque podrá haber de la dicha ciudad ayuda e favor en las
cosas del menester suyo, pues que della salí y en ella nací.» En otra
cláusula manifiesta también Colón el afecto que tiene lo mismo a Génova
que a España, lo mismo a su país natal que a su nueva patria. He aquí
sus palabras: «Item: mando al dicho D. Diego, o a quien poseyere el
dicho Mayorazgo, que procure y trabaje siempre por la honra y bien y
acrecentamiento de la ciudad de Génova, y ponga todas sus fuerzas e
bienes en defender y aumentar el bien e honra de la república della, no
yendo contra el servicio de la Iglesia de Dios y alto Estado del Rey
o de la Reina, nuestros señores, e de sus sucesores.» No hay dudas,
pues, acerca de la patria da Colón; él mismo dice varias veces que era
de Génova. «Sólo demostrando--como escribe Sánchez Moguel--que Colón
no dijo que había nacido en la ciudad de Génova, o probando que mintió
al decirlo, es como cabe abandonar fundadamente la causa de Génova,
para abrazar la de Saona o de cualquiera otra de las innumerables
poblaciones que pretenden haber dado nacimiento al descubridor del
Nuevo Mundo»[331]. No ha conseguido Génova encontrar la calle y casa en
que nació; pero el municipio de la ciudad compró en el año 1887, por
la cantidad de 31.500 pesetas, una casa en la que se cree con algún
fundamento que Cristóbal Colón pasó su infancia y juventud hasta la
edad de catorce años[332].

       [330] Procede recordar aquí que durante la monarquía
       castellano-leonesa de Doña Urraca (1109-1126), mujer de
       Alfonso I de Aragón, D. Diego Gelmínez, obispo de Compostela,
       dió comienzo a la organización de fuerzas navales para
       resistir a las piraterías de los moros, los cuales asolaban
       toda la costa, desde Sevilla hasta Coimbra, _ab Hispali usque
       ad Cohimbram_, según se lee en la _Historia Compostelana_. El
       prelado de Compostela contrató genoveses, porque los italianos
       ejercían a la sazón el papel que los griegos, y en particular
       los fenicios habían tenido en los tiempos antiguos. Eran
       los genoveses los hombres de mar, los mejores constructores
       navales y los más expertos marineros que recorrían el
       Mediterráneo: eran, como dice la Crónica, _optimi navium
       artifices, nautæque peritissimi_. «No puedo prescindir, dice
       Charlevoix, de hacer de paso una observación. Es muy glorioso
       para Italia que las tres potencias entre las cuales está
       repartida actualmente casi toda la América, deban a italianos
       sus primitivos descubrimientos. España, a Colón, genovés:
       Inglaterra, a Juan Cabot y sus hijos, venecianos: y Francia a
       Verrazani, ciudadano de Florencia.» _Viajes_, etc., en 1720.

       [331] _España y América_, pág. 100. Del cura de Los
       Palacios son las siguientes palabras: «En el nombre de Dios
       Todopoderoso, ovo un hombre de tierra de Génova, mercader de
       libros de estampa, que trataba en esta tierra de Andalucía...»
       _Historia de los Reyes Católicos_, tomo I, capítulo CXVIII.

       [332] Víctor Balaguer, _Cristóbal Colón_, pág. 159.


Veamos ahora lo que sobre el particular ha publicado el historiador
Juan Solari[333], no sin dar a conocer antes la opinión de Muratori y
de Casoni. Muratori dijo: «Colombo es natural de Génova, o por mejor
decir, de un pueblo vecino de Génova». Casoni escribió (_Annali Genova
1708_), lo siguiente: «Los antepasados de Cristóbal--como consta por
escrituras públicas--habitaban Terrarossa, poco distante de Nervi,
atrás de las faldas del Monte Fasce, situada al lado de Maconesi en
Fontanabuona, que dá el nombre a dicho valle. Su abuelo se llamaba
Juan. Su padre era Domingo, ciudadano de Génova, y su madre se
apellidaba Susana Fontanarrosa»[334].

       [333] _La cuna del descubridor de América, Cristóbal Colón._
       Homenaje al centenario de la República Argentina, 25 mayo 1910.

       [334] Ibidem, pág. 50.

Cristóbal Colón--dice Solari--nació en Terrarossa, valle de
Fontanabuona, provincia de Génova, y su nacimiento se verificó en el
año 1436[335]. Compónese Terrarossa de un grupo de casas situadas sobre
un collado a flor del valle de Fontanabuona, a cien pasos de Entella.
Su distancia de Maconesi es media milla, dos de Cicagna, tres de Oreso,
ocho de Chiavari, y otro tanto o algo más de Génova, en línea recta.
Decimos en línea recta, porque este camino es poco frecuentado por ser
montuoso y de difícil acceso, lo que hace que la distancia parezca más
larga de lo que es en realidad. La casa de Colón se encuentra entre las
primeras que dan al río[336]. A la sazón se halla reconstruída en su
mayor parte. A poca distancia de la casa existen rastros de la fábrica
de Domingo Colombo y no lejos una tierra denominada _Pian Colombino_,
nombre que hace suponer fuera propiedad de la familia de Colombo[337].

       [335] Harrise lo fijó en el 1445.

       [336] Ob. cit., págs. 68 y 69.

       [337] Ibidem, pág. 70.

Hállase probado--y seguimos la relación de Solari--que el padre del
descubridor del Nuevo Mundo, en una escritura de venta de un terreno,
año de 1445, a Bartolomeo de Maconesi, se firma Domenico Colombo di
Terrarossa. Tampoco cabe duda que la madre del Almirante se llamaba
Susana y era hija de Santiago Fontanarrosa. Bartolomé, hermano del
Almirante, en una carta geográfica trazada en Londres, firmaba
Colombo di Terrarossa; y Fernando, hijo de dicho Almirante, afirma
que su padre, antes de descubrir el Nuevo Mundo, firmaba Colombo de
Terrarossa[338]. Además de la escritura citada, correspondiente al
año 1445, se encuentran otros documentos públicos en que al lado de
Domenico Colombo de Terrarossa se hallan los nombres de Simón de
Maconesi, Benedicto de Monleone, Antonio Leverone de Fontanabuona y
otros.

       [338] Ibidem, págs. 50 y 51.

Parece cosa probada que los tres hermanos llamados Juan, Mateo y
Amighetto--según documentos del año 1496--eran hijos de Antonio Colombo
de Maconesi, hermano de Domingo, padre del descubridor del Nuevo Mundo.
Juan, Mateo y Amighetto comparecieron ante escribano y celebraron un
contrato a los efectos siguientes: Juan iría a España en busca de su
primo carnal Cristóbal, Almirante al servicio de los Reyes Católicos,
para tomar parte en las empresas marítimas o descubrimientos en el
Nuevo Mundo. Los tres hermanos deberían contribuir por iguales partes
a los gastos, así como también los productos se repartirían del mismo
modo[339].

       [339] Ibidem, pág. 52. En el cuarto viaje acompañó al
       Almirante un hijo de Génova llamado Juan Antonio Colombo.

Añade Solari que en el año 1500, por deuda pendiente, se entabló
demanda en Savona contra la sucesión de Domingo, padre de Cristóbal. En
el juicio se hizo constar que los hermanos Cristóbal, Bartolomé y Diego
se hallaban en España.

Resulta de todo lo expuesto, que Cristóbal Colón pudo llamarse
ciudadano de Génova, puesto que el valle de Fontanabuona y, por
consiguiente, Terrarossa, dependían de la ciudad citada; pero el lugar
de su nacimiento fué el caserío de Terrarossa. Por tanto, es evidente
que Domingo Colombo tuvo en el valle de Fontanabuona la fabricación
de paños, estableciendo luego pequeños depósitos, para aumentar la
venta, primero en Quinto y después en Génova y Savona[340]. Los
depósitos citados, por el solo hecho de estar a su nombre, implicaban
el domicilio de Domingo, aunque no se hallase presente; mas dicho
domicilio, lo mismo en Quinto que en Génova y Savona eran transitorios,
pues únicamente tenía fijeza el de Fontanabuona.

       [340] Ibidem, págs. 53 y 54. La casa de Savona sólo estuvo
       abierta el año 1470.

Haremos notar que el activo tráfico entre los caseríos o aldeas de
Fontanabuona con Génova, era mucho, teniendo aquellos comerciantes--por
falta de escribanos en la región--que recurrir a Génova para celebrar
sus actos públicos. Por esto no debe causar extrañeza que los testigos
y demás personas que intervenían en los contratos, se llamasen
Antonio Colombo de Maconesi, Antonio Leverone de Cicagna, Nicolás de
Fontanabuona, Juan de Monleone, etc.; y decimos que no debe causar
extrañeza, porque Domingo, cuando salía de Terrarossa, o iba acompañado
de testigos, o los buscaba en Savona o Génova, donde se encontraban
accidentalmente[341].

       [341] Ibidem, pág. 72.

Consideremos, por último, las principales poblaciones que con mayores o
menores títulos y con más o menos entusiasmo se disputan la gloria de
haber sido cuna del descubridor del Nuevo Mundo[342]. En Cogoletto--que
otros llaman Cugureo--se ve humilde casita sobre cuya puerta se halla
el escudo de armas de Colón, y debajo el siguiente letrero:

         _¡Hospes, siste gradum! Fuit hic lux prima Columbo._
             _Orbe viro majori hæ nimis arcta domus._[343]

       [342] Véase Víctor Balaguer, _Cristóbal Colón_, págs. 149-198.

       [343]

         ¡Extranjero, detente! Aquí vió Colón la luz primera.
      El hombre más ilustre del mundo vivió ea esta pequeña casa.

Mayor es el número de los que afirman que la patria del descubridor del
Nuevo Mundo fué Saona. D. Francisco de Uhagón, después de estudiar los
archivos de las Ordenes militares, y en ellos el Códice intitulado:
_Indice de los caballeros que han vestido el hábito de Santiago con
sus genealogías correspondientes_, sostuvo en el libro intitulado _La
Patria de Colón, según los documentos de las Ordenes militares_, que
Colón era de Saona, añadiendo lo siguiente: «La materia está agotada,
el problema histórico resuelto, y no debe discutirse más en este
asunto». En la genealogía de D. Diego Colón, nieto del descubridor, con
el proceso de información que hubo de abrirse para su toma de hábito,
se hallan las tres declaraciones que a continuación copiamos. El
testigo Pedro de Arana, solamente afirma haber oído decir que Cristóbal
Colón era _genovés, pero que no sabe dondes natural_. El licenciado
Rodrigo Barreda, dice, sólo por _haberlo oído decir_, que D. Cristóbal
Colón _era de la señoría de Génova, de la cibdad de Saona_. Por último,
Diego Méndez, compañero que fué del gran Almirante, depone que D.
Cristóbal Colón _era natural de la Saona, ques una villa cerca de
Génova_. Antes del descubrimiento del Sr. Uhagón, ya se había escrito
sobre una puerta de modesta casa, el siguiente letrero:

                   _Lunghi anni_
                    _Meditando_
                _L'ardito concetto_
                  _In questa casa_
        _Già posseduta da Domenico Colombo_
    _Abitó l'inmortale scopritor dell' America,_
                       _Che_
       _Fra i perigli della gloriosa impresa_
              _A ricordo della Patria_
             _Impose il nome di Saona_
       _Ad un' insola dell' Atlantico._[344]

       [344] «Largos años--meditando--su atrevida empresa--en esta
       casa--ya de antiguo poseída por Domingo Colombo--habitó el
       inmortal descubridor de la América--que en medio de las
       grandes penalidades de su gloriosa empresa--en recuerdo de la
       Patria--dió el nombra de Saona a una isla del Atlántico.»

Preséntase Calvi, en Córcega, a pedir el título de cuna de Cristóbal
Colón. Ya en 1886 hizo colocar en su calle del Filo una lápida con la
siguiente inscripción:

                    _Ici est ne en 1441_
                    _Christophe Colomb,_
      _Immortalisé par la découverte du Nouveau-Monde_
    _Alors que Calvi était sous la domination Génoise._
         _Mort a Valladolid, le 20 mai 1506._[345]

       [345] Aquí nació en 1441 Cristóbal Colón, inmortalizado por el
       descubrimiento del Nuevo Mundo, mientras que Calvi se hallaba
       bajo la dominación genovesa. Murió en Valladolid el 20 de mayo
       de 1506.

El capellán Casanova y el Padre J. Perreti no abrigan duda alguna de
que el gran Almirante nació en Calvi. Digno por todos conceptos de
alabanza es el libro del citado D. Martín Casanova intitulado _La
verité sur la patrie et l'origene de Cristophe Colomb_. Reconocemos el
mérito del trabajo, ora por las razones que aduce y ora por los datos
que aporta, ya por los testimonios que invoca y ya por las noticias
que comunica. Partiendo de que Calvi fué la patria de Colón, el P.
Perreti le considera francés y Casanova español, fundándose el primero
en que Francia es al presente poseedora de la isla y el segundo en que
Córcega, cuando nació Colón, formaba parte de la Corona aragonesa.
Córcega, desde que Bonifacio VIII la cedió a los reyes de Aragón en
1297, pertenecía de _derecho_, aunque no de _hecho_, toda ella a
la Corona aragonesa. Y decimos que no de hecho, porque Calvi, por
ejemplo, reconocía la dominación genovesa, sosteniendo guerras con los
aragoneses y catalanes, los cuales se apoderaron de ella y la perdieron
varias veces. Conviene no olvidar que Colón nació por el año 1436[346],
y Alfonso V el _Magnánimo_ comenzó su reinado el año 1416, muriendo el
1458.

       [346] Avezac, _Année véritable de la naissance de Christophe
       Columbe_ (_Boletín de la Sociedad de Geografia de Francia_,
       París, 1872), dice que nació en 1446.

Antes que el capellán Martín Casanova y el P. J. Perreti, sostuvieron
otros la tesis de que Cristóbal Colón era natural de Calvi. Del
siglo XVII existe una composición (que algunos atribuyen al mismo
Colón) intitulada _Chistophorus Columbus ad Corsicam_, y en ella
se declara el gran Almirante hijo de Córcega, y por consiguiente
de Calvi, lamentándose de la enemiga que le tiene Génova. «Oh
Córcega--exclama--por haberme visto tú nacer, es por lo que Génova, mi
fiera madrastra, origen de mis males, ha sido para mí un puñal!» Más
adelante añade: «En vano desarrollé mi plan ante los Padres Conscriptos
de Génova. De todas partes partieron voces desdeñosas murmurando:
¡sería de ver que fuese de Córcega de donde nos llegase un profeta!».
Dicha composición comienza de este modo:

      _Corsica non solum, ser cor et sica vocaris_
    _Cum te membratim, Corsica, considero..._

y termina con estos versos:

      _Corsica, cor, sicam nostris oppone tyrannis:_
    _Hanc mihi vindictam, si dabis, ultus ero!_

Del mismo siglo XVII y también de poeta anónimo es otra poesía, cuyos
primeros versos los trasladaremos aquí:

      _¡Madre, ó Corsica, sei di grande Eroí!_
    _Ma infelice fur sempre i figli tuoi._
    ...........................................

Otro poeta de la misma centuria, Simón Fabiani, escribió otra
composición y en ella dice:

      _O fortunata terra_
    _Della nostra Balagna_[347]
    _Di monti coronata e che il mar bagna,_
    _Quante memorie serra_
    _Il tuo grembo gentil? Da te partia_
    _L'intrepido nocchier che un mondo apria._[348]

       [347] Balagna se llama la comarca de que Calvi es cabeza.

       [348] «¡Oh tierra afortunada de nuestra Balagna, coronada
       de montes y bañada por el mar, cuántas memorias guarda tu
       gentil seno! De tí partió el intrépido navegante que abrió las
       puertas de un mundo.»

A últimos de la centuria décimo octava, Alejandro Franceschi publicó
otros versos dirigidos a Colón y en ellos le consideraba como hijo de
Córcega. Dice así:

      _Cerchiato tu di bronzo il forte petto,_
    _corresti ignoti mari, e coronato_
    _fu, contra ogni speranza, il gran progetto._
    _Cirno[349] ti segue con il cor di madre_
    _e infiora di tua gloria il suo bel cisne._[350]

       [349] Cirno es el nombre poético que los griegos dieron a la
       isla de Córcega.

       [350] «Cercado el pecho por la coraza, fuiste a cruzar mares
       desconocidos, y coronado fué por el éxito, contra lo que todos
       esperaban, tu gran proyecto. Cirno te sigue con su corazón de
       madre y con los rayos de tu gloria ciñe su frente.»

Mayor autoridad tiene el insigne escritor alemán Fernando Gregorovius,
y de su _Córsica_ copiamos el siguiente párrafo: «Génova y Calvi están
en desacuerdo. Los de Calvi sostienen que Cristóbal Colón nació en su
seno, de familia genovesa allí hace tiempo establecida, suscitándose
con este motivo empeñada contienda, que recuerda el antiguo debate
entre las siete villas de Grecia, atribuyéndose el honor de haber
sido cuna de Homero. Se supone que Génova se apoderó del archivo de
la familia Colón y que mudó el nombre de la _Vía Colombo_ de dicha
ciudad por el de _Vía del Filo_. Parece además que los calvenses fueron
los primeros corsos que pasaron a América, y que todavía existen en
Calvi varios que llevan el nombre de Colombo. Los escritores corsos
consideran como su compatriota al gran navegante, y Napoleón, durante
su permanencia en la isla de Elba, dió órdenes para que se hiciesen
investigaciones sobre el particular... El mundo tendría motivos de
estar celoso si la suerte hubiese hecho nacer también en ese pequeño
país de Córcega al Almirante del Océano, hombre extraordinario, más
grande que Napoleón.» El famoso e ilustre general Paoli hablaba de
Colón como de un compatriota. En las luchas de Córcega con Génova,
cuando Paoli se veía obligado a sitiar a Calvi, ciudad donde se
mantenían firmes los genoveses, decía con frecuencia: _La culla di
Colombo e dirazzata_[351]. Entre otros muchos que sostienen que la
patria de Colón fué Calvi, citaremos al príncipe Pedro Bonaparte, quien
afirma que en Santo Domingo se encontró una piedra con un letrero en
español, perteneciente a la época del descubrimiento de dicha isla,
y cuyo letrero decía: _Maldito sea el corso que me trajo aquí_. Se
supone que el autor de la inscripción formaba parte de la pequeña
guarnición que Colón dejó en el fuerte de la _Española_ antes de su
primera vuelta a España. Arrigo Arrighi, historiador y consejero del
tribunal de Bastia, en su _Historia de Sampiero_, después de hacer
notar que tuvo a la vista documentos guardados por individuos de su
familia, con referencia a dichos papeles, dijo lo que copiamos aquí:
«La partida de bautismo del gran navegante, cuya autenticidad es ya
incontestable, prueba que nació en Calvi, de una familia corsa, cuando
los presidios de esta ciudad se hallaban bajo la dominación genovesa.»
Se ha perdido dicha partida, tal vez a causa de la ruina que sufrieron
los archivos de Calvi durante la guerra con los ingleses. Además de
Arrighi, otros escritores afirman la existencia del documento, y alguno
asegura haberlo tenido en sus manos. El notario Octavio Colonna-Cecaldi
dió fe de que muchos testigos se presentaron ante él para declarar
bajo juramento que sus padres o sus abuelos habían visto y leído la
mencionada partida de bautismo. Lo que parece hallarse probado es que
en la _calle del Hilo_ (_caruggio del Filo_) hubo una casa, antes de
existir Colón, perteneciente a una familia llamada Colombo, y, después
de la muerte del descubridor del Nuevo Mundo, la calle tomó el nombre
de _calle de Colón_ (_caruggio Colombo_). «Esto (dice el notario
Colonna-Cecaldi, en el acta que levantó) está en la tradición, en los
registros, en el plano de esta villa y en la carta de los ingenieros
militares.» En la casa a que antes hemos hecho referencia se ha
colocado dicha lápida.

       [351] La cuna de Colón ha degenerado.

Hace algunos años que se planteó la tesis de que el Almirante era
descendiente de hebreos, suponiéndole extremeño, de la familia del
converso D. Pablo de Santa María, obispo de Cartagena. Don Vicente
Barrantes, con su autoridad de historiador y extremeño, refutó con
acierto en el año 1892 la opinión de que Colón era hijo de Extremadura.
Reprodújose la cuestión en 1903 por D. Vicente Paredes, en su estudio
que bajo el título de _Colón Extremeño_ se publicó en la _Revista de
Extremadura_.

Otras poblaciones, entre ellas Cúccaro, Nervi, Prudello, Oneglia,
Finale, Quinto, Palestrella, Albizoli o Albizola y Cosseria, reclaman
la gloria de ser patria de Colón.

En estos últimos tiempos, D. Celso García de la Riega, con tanta
convicción como entusiasmo, ha sostenido que Cristóbal Colón había
nacido en Pontevedra. Comienza haciendo notar el laborioso escritor
que ninguno de los documentos redactados por Colón, y que han llegado
a nosotros, lo están en lengua italiana: «Memoriales, instrucciones,
cartas y papeles íntimos, notas marginales en sus libros de estudio,
todos se hallan escritos en castellano o en latín»[352]. Hasta tal
punto llegó el insigne navegante a olvidar el italiano, que la carta
que dirigió a la Señoría de Génova no está escrita en dicha lengua.
Bien merece consignarse que al exponer a los Reyes Católicos el objeto
de su empresa, diga[353] que en el Catay domina un príncipe llamado el
Gran Kan, _que en nuestro romance_ significa rey de los reyes. ¿Por qué
Colón llama suya a la lengua castellana? Refiere Fernando Colón que
cuando su padre, desahuciado en sus pretensiones, volvió a la Rábida
decidido a dirigirse al Gobierno de otra nación, ante los ruegos de
Fr. Juan Pérez, desistió de su propósito porque su mayor deseo era que
«España lograse la empresa que proponía teniéndose por natural de estos
reinos». ¿Qué fuerza íntima--pregunta García de la Riega--le impulsaba
a tales demostraciones de afecto hacia España? Téngase en cuenta
que en la correspondencia de Colón, año 1474, con el sabio italiano
Pablo Toscanelli, ni aquél para atraerse las simpatías del segundo le
manifiesta ser su compatriota, ni el famoso cosmógrafo tiene noticia
exacta de la patria del decidido navegante, pues le considera hijo de
Portugal. No deja de llamar también la atención que Lorenzo Giraldo,
italiano, residente en Lisboa, al poner en relaciones a Colón con
Toscanelli no indicara el título de compatriota del futuro descubridor
del Nuevo Mundo[354].

       [352] Conferencia del Sr. García de la Riega en sesión pública
       celebrada por la Sociedad geográfica de Madrid en 20 de
       diciembre de 1898, pág. 11, _Boletín_ de dicha Sociedad, tomo
       XL, números 10, 11 y 12.

       [353] Preámbulo de su _Diario de navegación_.

       [354] Recuérdese lo dicho sobre este particular en el capítulo
       XVII.

Desde que Colón se presentó en la Rábida el año 1474 comenzó a correr
en cartas, recomendaciones y gestiones de toda clase que la patria
de aquel personaje era Génova. No se olvide que en aquellos tiempos
genoveses y venecianos monopolizaban el comercio del Asia y del
Mediterráneo; no se olvide que los genoveses gozaban en España, desde
mucho tiempo antes, fama de excelentes navegantes, y cerca de los reyes
de Castilla de no poca consideración. ¿Se propuso Colón--exclama García
de la Riega--aprovechar el dictado de genovés para el buen éxito de su
empresa y para ocultar a la vez su modesto origen?[355].

       [355] Ob. cit., págs 13 y 14.

Pasando a otra clase de consideraciones, habremos de manifestar la
poca luz que arrojan los libros de la época respecto a su infancia
y juventud. Todos los escritores se vieron obligados a consignar lo
que se decía de público acerca de la patria del futuro Almirante.
Pedro Mártir de Anglería, italiano, relacionado con los cortesanos
y nobles, se contenta en sus Epístolas con llamar a su amigo _vir
ligur_, el de la Liguria. Escritor tan minucioso y detallista nada
más dijo, guardando absoluto silencio del nacimiento, de la vida
y de la familia de un compatriota que había realizado hechos tan
sorprendentes. El bachiller Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios,
en cuya casa estuvo aposentado Colón a su paso por Andalucía en el
año 1496, dice que era mercader de estampas, y por lo que a la patria
del Almirante se refiere, si en el primero de los capítulos de su
_Crónica de los Reyes Católicos_ le llama «hombre de Génova», al dar
noticia de su fallecimiento en Valladolid, dice terminantemente que
era de la provincia de Milán. Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista
oficial de Indias, que trató a Colón y a los que intervinieron en
aquellos sucesos, sólo pudo enterarse de que «unos dicen que Colón
nació en Nervi, otros en Saona y otros en Cugureo, _lo que más cierto
se tiene_». El Padre Las Casas se contenta con decir que era de
nacionalidad genovesa, cualquiera que fuese el pueblo perteneciente a
la Señoría donde vió la luz primera. De modo que los cuatro escritores
que se honraron con la amistad del descubridor del Nuevo Mundo no
puntualizan hecho tan interesante.

Galíndez de Carvajal, por su parte, afirma que era de Saona. Medina
Nuncibay, autor de una crónica que se halla en la colección de Vargas
Ponce, sostiene que el Almirante era natural de los confines del
Genovesado y Lombardía, en los Estados de Milán, añadiendo que se
escribieron algunos tratadillos «dando prisa a llamarle genovés». En el
archivo de Indias se encontró Navarrete con dos documentos oficiales
escritos en los comienzos del siglo XVI: léese en uno que nació en
Cugureo, y el otro señala por lugar de su nacimiento Cugureo o Nervi.
De Fernando Colón, historiador de su padre, son textualmente las
siguientes palabras: «de modo que cuanto fué su persona a propósito
y adornada de todo aquello que convenía para tan gran hecho, _tanto
menos conocido y cierto quiso que fuese su origen y patria_; y así,
algunos que de cierta manera quieren obscurecer su fama, dicen que
fué de Nervi, otros de Cugureo, otros de Boggiasco; otros que quieren
exaltarle más, dicen era de Saona y otros _genovés_, y algunos también,
saltando más sobre el viento, le hacen natural de Placencia». No
acertamos a explicar cómo Fernando Colón, su hijo, ignora la patria
del descubridor del Nuevo Mundo. ¿Quiso ocultar el humilde origen del
Almirante?

Al estudiar otros puntos obscuros de la vida de Colón, lo primero
que salta a la vista es que confiesa, en su postrera disposición
testamentaria, la existencia de un cargo «que pesa mucho para su
ánima» con relación a D.ª Beatriz Enríquez, añadiendo que «la razón
dello non es lícito decilla». Si en esta confesión alude al hecho de
no haberse casado con la cordobesa, preguntamos nosotros: ¿Por qué no
realizó el matrimonio? ¿Por qué no descargó oportunamente su conciencia
de aquel peso a fin de que la muerte no le sorprendiera en semejante
estado? Nada de particular tendría que, ya por la universal notoriedad
que había adquirido, ya por lo altivo de su carácter, hubiera creído
que, ni aun en el trance de la muerte, debía casarse en secreto ni en
condiciones que pudieran menoscabar su fama o desconceptuarle. ¿Cabe
presumir que _la razón que no era lícito decilla_ consistió en ocultar
sus antecedentes? ¿Acaso su hermano Bartolomé se encontró en situación
semejante, y por ello falleció sin casarse y dejando un hijo natural?

Si los escritores españoles apenas aportan datos acerca del nacimiento
y de la vida de Colón antes de presentarse en Castilla, el historiador
italiano Giustiniani se contenta con noticiar que los hermanos
Cristóbal y Bartolomé habían sido cardadores de lana; y Allegretti,
en sus _Anales de Siena_ del año 1493, añade escuetamente que las
noticias del descubrimiento llegaron a Génova. «Las nuevas de ese
maravilloso descubrimiento realizado por un genovés»--escribe García de
la Riega--debieron ocasionar en Génova justificado orgullo y vivísima
curiosidad en las autoridades, en los parientes de Colón, en el clero
de la iglesia en que se bautizó, en los amigos, conocidos y vecinos de
sus padres, así como en la mayor parte de los ciudadanos. En este caso,
hubieran sido espontáneamente recordados los antecedentes del glorioso
hijo de Génova, su infancia y juventud, su educación, sus estudios, sus
prendas personales; y de todo este naturalísimo movimiento se hubieran
hecho eco los escritores contemporáneos y hubieran pasado a la historia
y llegado a nuestros tiempos datos diversos relativos a la vida y
a la familia de Colón. No ha sucedido así y semejante indiferencia
sólo puede explicarse, a mi juicio, por el hecho de que el inmortal
navegante no era hijo de Génova, ni tenía en ella parientes»[356].
Añade la leyenda que los dos hermanos tejedores, en sus ratos de ocio,
adquirieron variados conocimientos científicos, cuando no emprendían
viajes marítimos a diferentes puntos. Ya en el camino de la fábula,
documentos encontrados en los archivos, hacen a Colón y a su padre,
no cardadores, como escribe Giustiniani, sino tejedores. Cree García
de la Riega que el Almirante no fué en sus primeros años ni cardador
ni tejedor; pero los escritores coetáneos, al aceptar la nacionalidad
genovesa, procuraron confirmarla con la existencia en dicha ciudad de
familias Colombo dedicadas a cardar lana y emparentando con ellas al
inmortal navegante.

       [356] Conferencia citada, págs. 21 y 22.

Pasando a estudiar los documentos que se guardan en la casa municipal,
destinados a corroborar el nacimiento de Colón en la capital de
Liguria, los escritores presentan los cuatro siguientes: una carta de
Cristóbal al magnífico Oficio de San Jorge, la minuta de contestación
a esta carta, un dibujo de la apoteosis del ilustre nauta y el llamado
codicilo militar. La carta atribuída a Colón comienza con la frase
siguiente: «Bien que el cuerpo ande por acá, el corazón está allí de
continuo.» En seguida participa a los señores del Oficio de Génova que
manda a su hijo D. Diego destine el diezmo de la renta de cada año a
disminuir el impuesto que satisfacían los comestibles a su entrada
en la citada ciudad. El extraño donativo no guarda conformidad con
otros hechos. Cristóbal Colón, antes de emprender su cuarto viaje,
dejó a su primogénito un memorial de encargos que D. Diego incluyó
en su testamento, figurando entre aquéllos el relativo a un diezmo
de la renta; mas no lo destinó al pago de los consumos de Génova, ni
a favor de pueblo alguno de Italia, sino al de los pobres. Causa no
poca extrañeza que el Almirante, tal vez pensando no regresar con
vida de aquel cuarto viaje, manifieste su amor a Dios, a la caridad,
a los reyes, a doña Beatriz y hasta al orden doméstico, no dedicando
ni una sola palabra a la ciudad de Génova. Y téngase en cuenta que la
fecha de la carta es del 2 de abril de 1502, y la del memorial fué
escrito por aquellos mismos días. Semejante contradicción no debe pasar
desapercibida, como tampoco la circunstancia de no constar que las
autoridades se hayan preocupado ni entonces ni nunca de la generosa
concesión. En la misma famosa carta se encuentra la frase de que «los
reyes me quieren honrar más que nunca.» En efecto, en aquella época
le negaban Fernando e Isabel los títulos de Virrey y Gobernador y
el ejercicio de estos cargos. El segundo documento o la minuta de
contestación a la anterior carta da lugar a una cosa rara. El mismo
gobierno que llama a Colón «clarissime amantissimeque concivis»,
pocos años después haya dado a la comarca de Saona la denominación de
«Jurisdizione di Colombo», indicando con ello que no le consideraba
hijo de Génova[357]. El tercer documento es un dibujo representando la
apoteosis de Colón, hecho por su propia mano. Conócese a primera vista
que es una grosera falsificación: vocablos castellanos, franceses e
italianos explican las diversas figuras, entre las cuales, por cierto,
no se halla la reina Isabel; pero sí, en lugar preferente, a la cabeza
y en el centro del dibujo la palabra Génova. El cuarto documento, o sea
el codicilo militar, ha sido declarado sin protesta de nadie documento
apócrifo.

       [357] Véase García de la Riega, Ob. cit., pág. 25.

De otros documentos que pudiéramos llamar auxiliares--y seguimos la
narración de García de la Riega--, vamos a ocuparnos, con los cuales
se han querido reforzar los argumentos para sostener que Génova era la
patria del Almirante. Correspondientes al período comprendido entre
los años 1456 y 1459, se han hallado en el Archivo del Monasterio de
San Esteban de la Vía Mulcento, de Génova, papeles con los nombres de
Dominico Colombo y de Susana Fontarossa o Fontanarossa, y de los hijos
Cristóbal, Bartolomé y Diego. No tuvo en cuenta el falsificador de los
documentos que Diego nació el 1463 o 1464, como tampoco hubo de fijarse
que Juan, segundo o tercer hermano de Colón, y Blanca, hermana de dicho
Almirante, vivían por los citados años de 1456 a 1459. Otro documento
que han encontrado los comisionados de la Academia genovesa, encargados
de informar acerca de la patria del descubridor, ha sido un antiguo
manuscrito, en cuya margen un notario escribió que Colón había sido
bautizado en la iglesia de San Esteban de la Vía Mulcento. ¿De dónde
sacaría la noticia el buen notario? Y cuando todo el mundo se ocupaba
del descubrimiento, y el nombre de Colón adquiría la inmortalidad,
sólo pasaba inadvertido para los religiosos de San Esteban, los cuales
necesitaron que un notario, tiempo adelante, estampase la noticia.
Otra de las pruebas consiste en la presentación de dos papeles, uno
en 1470 y otro en 1472: dice en el primero, Christophorus de Columbo,
filius Dominici, _mayor de diez y nueve años_; y en el segundo,
Christophorus Columbus, lanerius de Januua lex Letoriæ egressus, esto
es, _mayor de veinticinco_. De modo que, en dos años pasó de diez y
nueve a veinticinco; en el primer papel es _Columbo_, y en el segundo
_Columbus_, llamando todavía más la atención lo de _lanerius_, de
Génova. Posible es que en el año 1472 Colón marchase a Italia con
objeto de visitar a sus padres; pero el que se iba a casar con una
joven distinguida, el que abrigaba ideas tan elevadas y era ya conocido
como excelente marino, seguramente no firmaría, como tejedor de lanas,
en documentos notariales. Además, no se olvide que en aquella región
de Italia, y por entonces, se encontraban varios Dominicos Colombo,
pudiéndose afirmar que eran tan vulgares como Juan García o José
Fernández en España. Prescindimos de otros documentos todavía más
absurdos, y pasamos a otro asunto de más interés.

El apellido del descubridor del Nuevo Mundo, ¿era Colombo o Colón?
Ante todo conviene saber que muchos apellidos italianos y españoles
se derivan de la lengua latina, de modo que Colombo, lo mismo en los
dos idiomas modernos, procede de Columbus. En los reinos de León y de
Galicia se hallan pueblos y parroquias con la denominación de Santa
Colomba, y familias que tienen el apellido de Coloma. A la pregunta
anteriormente hecha responderemos que el apellido del Almirante
era Colón. Probado está, por la carta del rey D. Juan invitándole
a volver a Lisboa, que en Portugal usó el apellido Colón; en las
estipulaciones de Santa Fe se estampó también Colón; indudablemente con
el beneplácito del gran navegante; y Pedro Mártir, en carta que dirigió
al conde Borromeo, con fecha 14 de mayo de 1493, dijo: «Christophorus
Colonus.» «Fernando Colón--escribe García de la Riega--, al tratar
esta materia en la historia de su padre y al comentar alegóricamente
ambos apellidos, asegura que _si queremos reducirle a la pronunciación
latina, es Christophorus Colonus_; y no sólo insiste en afirmarlo,
sino que también añade la singularísima indicación de que el Almirante
_volvió a renovar_ el de Colón.» Nos explicamos de la siguiente manera
la renovación del apellido Colón. Es posible que nuestro célebre
descubridor, en los tiempos en que navegaba por el Mediterráneo,
seducido por la fama de los almirantes Colombo _el Viejo_ y Colombo _el
Mozo_, o también porque Nicolo, Zorzi, Giovanni y otros distinguidos
marinos usufructuaron tal sobrenombre, él lo llevó algún tiempo,
arrepintiéndose pronto y volviendo a llamarse Colón.

Antes de manifestar la existencia de los apellidos Colón y Fonterosa,
durante los siglos XV y XVI, en la citada provincia gallega,
recordaremos «la importancia marítima que Pontevedra tenía en el mismo
siglo XV, ya como puerto de Galicia, ya como uno de los principales
astilleros de Castilla en aquella época. Patria es de los almirantes
Payo Gómez, Alvar Páez de Sotomayor y Jofre Tenorio, en la Edad Media;
del ilustre marino al servicio de Portugal, Juan da Nava, descubridor
de las islas de la Concepción y de Santa Elena, en el entonces recién
hallado camino de la India por el Cabo de Buena Esperanza; de Bartolomé
y Gonzalo Nodal, descubridor éste último del Estrecho que injustamente
lleva el nombre de Lemaire; de Pedro Sarmiento, a quien publicistas de
Inglaterra llaman el primer navegante del siglo XVI; de los almirantes
Matos, que brillaron en el XVII, y de otros distinguidos marinos, entre
los cuales descuella en nuestros tiempos el ilustre Méndez-Núñez»[358].

       [358] García de la Riega, Ob. cit., pág. 33.

Veamos ahora los documentos más importantes:

  1.º Escritura de carta de pago dada a Inés de Mereles por Constanza
  Correa, mujer de Esteban de _Fonterosa_, fecha 22 de junio de 1528.

  2.º Escritura de aforamiento por el Concejo de Pontevedra a
  Bartolomé de Sueiro, y a su mujer María _Fonterosa_, fecha 6 de
  noviembre de 1525.

  3.º Ejecutoria de sentencia del pleito, ante la Audiencia de la
  Coruña, entre el Monasterio del Poyo y Don Melchor de Figueroa,
  vecino y alcalde de Pontevedra, sobre foro de la heredad de
  Andurique, en cuyo texto se incluye por copia la escritura de
  aforamiento de dicha heredad, hecho por el expresado Monasterio a
  Juan de Colón, mareante de aquella villa, y a su mujer Constanza de
  _Colón_, en 13 de octubre de 1519.

  4.º Escritura de aforamiento por el Concejo de Pontevedra a María
  Alonso, de un terreno cercano a la Puerta de Santa María, señalando
  como uno de sus límites la heredad de _Cristobo (xp.º) de Colón_,
  en 14 de octubre de 1496.--Folio 20 vuelto.

  5.º Acuerdo del Concejo de Pontevedra, nombrando fieles cogedores
  de las rentas del mismo año (1454), entre otros, a _Jacob
  Fonterosa_. Folio 66 del libro que comienza en 1437 y termina en
  1463.

  6.º Acuerdo del Concejo de Pontevedra, nombrando fieles cogedores
  de las rentas de la villa en dicho año (1444), entre otros, a
  _Benjamín Fonterosa_.--Folio 48 del citado libro.

  7.º Minutario notarial de 1440, folio 4 vuelto. Escritura de
  censo a favor de Juan Osorio, picapedrero, y de su mujer María de
  _Colón_, fecha 4 de agosto del citado año.

  8.º Acuerdo del Concejo (Pedro Falcón, juez; Lorenzo Yáñez,
  alcalde, y Fernán Pérez, jurado), mandando pagar a _Domingos de
  Colón_ y _Benjamín Fonterosa_ 24 maravedís viejos, por el alquiler
  de dos acémilas que llevaron con pescado al arzobispo de Santiago:
  su fecha, 29 de julio de 1437.--Folio 26 del mencionado libro.

  9.º Minutario notarial de 1436. Escritura de aforamiento, en la
  cual se halla el nombre de _Jacob Fonterosa el Viejo_: fecha, el 21
  de marzo de dicho año.

  10. Minutario notarial que comienza el 28 de diciembre de 1433 y
  termina el 20 de marzo de 1435. Escritura del 29 de septiembre de
  1434 de compra de casa y terreno hasta la casa de _Domingos de
  Colón el Viejo_, etc.--Folio 85 vuelto.

  11. Minutario anterior. Escritura de venta (11 de agosto de 1434)
  de la mitad de un terreno que fué casa en la rua de las Ovejas,
  por María Eans a Juan de Viana _el Viejo_ y a su mujer María de
  _Colón_, moradores en Pontevedra.--Folio 80.

  12. Minutario notarial de 1434 y 1435. Dos escrituras correlativas,
  en que el abad del monasterio de Poyo se obliga a pagar
  respectivamente 274 maravedís de moneda vieja a Blanca Soutelo,
  heredera de _Blanca Colón_, difunta, mujer que fué de Alonso de
  Soutelo, y 550 maravedís de la misma moneda a Juan García, heredero
  de dichos Alonso de Soutelo y su mujer _Blanca Colón_: su fecha, 19
  de enero de 1434.--Folios 6 vuelto y 7.

Fijándonos en el documento señalado con el número 8, cabe pensar si el
Domingos de Colón casó con una Fonterosa y de cuyo matrimonio naciese
el descubridor del Nuevo Mundo. Resulta del mencionado acuerdo que el
Domingos de Colón era alquilador de acémilas: ¿sería absurdo suponer
que las preocupaciones sociales de aquellos tiempos obligaron al
Almirante a ocultar su origen y patria?

A todo esto debe añadirse que la madre de Colón se llamaba Susana
Fonterosa, familia hebrea, sin duda, o por lo menos de cristianos
nuevos: ¿tendría interés Colón de no revelar tales antecedentes, dado
el odio a dicha raza en todas las naciones, y muy especialmente por
los Reyes Católicos?--«¿No merecería examen en este caso--escribe
García de la Riega--la inclinación de Colón a las citas del
Antiguo Testamento?»[359]. Es de notar su estilo y sus fantásticas
descripciones, sus metáforas y sus invocaciones, donde aparecen nombres
bíblicos (Israel, Judá, David, Jerusalén, etc.).

       [359] Ob. cit., pág. 27.

De una carta de Colón escrita en Jamaica y dirigida a los Reyes
Católicos, con fecha 7 de julio de 1503, son los siguientes párrafos.
Hallábase sólo en brava costa y con fuerte fiebre, y habiéndose
adormecido oyó una voz piadosa que le decía:

«¡O estulto y tardo a creer y a servir a sus Dios, Dios de todos!
¿Qué hizo él más por Moisés o por David, su siervo? Desque naciste,
siempre él tuvo de tí muy grande cargo. Cuando te vido en edad de
que él fué contento, maravillosamente hizo sonar tu nombre en la
tierra. Las Indias, que son parte del mundo, tan ricas, te las dió
por tuyas; tú las repartiste a donde te plugo, y te dió poder para
ello. De los atamientos de la mar océana, que estaban cerrados con
cadenas tan fuertes, te dió las llaves; y fuiste obedecido en tantas
tierras, y de los cristianos cobraste tan honrada fama. ¿Qué hizo el
más alto pueblo de Israel cuando le sacó de Egipto? ¿Ni de David, que
de pastor hizo Rey en Judea? Tórnate a él y conoce ya tu yerro: su
misericordia es infinita; tu vejez no impedirá a toda cosa grande;
muchas heredades tiene él grandísimas. Abraham pasaba de cien años
cuando engendró a Isaac, ¿ni Sara era moza? Tú llamas por socorro
incierto: responde, ¿quién te ha afligido tanto y tantas veces, Dios
o el mundo? Los privilegios y promesas que da Dios, no las quebranta,
ni dice después de haber recibido el servicio, que su intención no era
ésta, y que se entiende de otra manera, ni da martirios por dar color
a la fuerza; él va al pie de la letra; todo lo que él promete cumple
con acrescentamiento, ¿esto es uso? Dicho tengo lo que tu Criador ha
fecho por tí y hace con todos. Ahora medio muestra el galardón de estos
afanes y peligros que has pasado sirviendo a otros.

Yo así amortecido vi todo; mas no tuve yo respuesta a palabras tan
ciertas, salvó llorar por mis yerros. Acabó él de fablar, quien quiera
que fuese, diciendo: «No temas, confía: todas estas tribulaciones están
escritas en piedra mármol y no sin causa»[360].

       [360] Hernández de Navarrete, _Colec. de los viajes y
       descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines
       del siglo XV_, tom. I, págs. 303 y 304.

También indica el origen semítico de Colón el retrato que hacen
de él los historiadores de aquellos tiempos, según puede verse
considerando el famoso regateo de Colón con los Reyes Católicos en las
capitulaciones de Santa Fe.

Pasando a otro asunto diremos que la huerta de Andurique--añade el
historiador de Pontevedra--aforada por el monasterio de Poyo a Juan de
Colón, y situada a medio kilómetro de dicha población, linda con otras
heredades de la pequeña ensenada de Portosanto, lugar de marineros
en la parroquia de San Salvador. Cristóbal Colón bautizó a las dos
islas que halló en su primer viaje con los nombres de _San Salvador_
(Guanahaní) y la _Concepción_, dando con ellos pruebas de sus creencias
religiosas. En seguida descubrió tres islas, a las cuales llamó
_Fernandina_, _Isabela_ (Saometo) y _Juana_ (Cuba), en demostración
de su gratitud a D. Fernando, a Doña Isabel y al príncipe D. Juan,
primogénito de los reyes. Continuó su camino y llegó a un río y puerto
que llamó de _San Salvador_, recorrió otras tierras, puso una cruz
en la entrada de un puerto, que llamó _Portosanto_ (hoy de Baracoa).
Tiempo adelante visitó la isla Española (Haití). Todo esto lo hace
notar García de la Riega en su erudita _Conferencia_[361]. A los que
escriben que el Almirante dió el nombre de Portosanto en memoria de que
su suegro había sido gobernador de la isla portuguesa así llamada, no
recuerdan seguramente que el inmortal navegante tenía hijos, hermanos,
su amada Doña Beatriz, etc. Si Colón hubiese nacido en Pontevedra, nada
tendría de particular que repitiese la denominación de San Salvador y
de Portosanto, parroquia y lugar donde quizás fué bautizado y tuvo su
cuna. En su segundo viaje Colón bautizó a una isla con el nombre de
_La Gallega_. ¿Quiso unir en el nombre La Gallega dos recuerdos: el de
la carabela _Santa María_ o _La Gallega_ y el de Galicia?[362].

       [361] Pág. 37.

       [362] «_La Capitana_--escribe Gonzalo Fernández de Oviedo--era
       _La Gallega_, que había sido un buque de carga destinado al
       transporte de mercancías. Se llamó _La Gallega_, dedicada
       a Santa María, y nombre que se repite muchas veces.» Y el
       elocuentísimo Castelar añade «que la nao _La Gallega_ fué
       rebautizada en el Puerto de Palos con el nombre _Santa
       María_.» Del Padre Sarmiento, benedictino, son las siguientes
       palabras: «La nao _La Gallega_ se construyó en Pontevedra, y
       fue dedicada a _Santa María la Grande_, parroquia de todos los
       marineros de aquellos lugares.»

En el tercer viaje denominó _Trinidad_ a la primera isla que descubrió,
y Cabo de la _Galea_ (hoy Cabo Galeote) al primer promontorio. Recuerda
a este propósito el citado escritor un documento que contiene la compra
de una casa por Payo Gómez de Sotomayor (rico hombre de Galicia,
Mariscal de Castilla, Caballero de la Banda y Embajador en Persia de
Enrique III), y su mujer D.ª Mayor de Mendoza (sobrina del arzobispo
de Santiago), en cuya escritura se menciona, como parte del contrato,
el terreno hasta la casa de Domingo de Colón el Viejo, con salida al
_eirado_ de la puerta de la Galea. El dicho eirado, inmediato al lugar
que ocupaba la puerta y torre de la Galea, es una plaza o espacio
irregular entre varios edificios, tapias y muelle al fondeadero llamado
de la Puente. Nada de particular tendría el nombre de Cabo de la Galea,
si Colón hubiese jugado en su niñez en aquel eirado, vecino a la casa
de un pariente muy cercano.

No limitándose el historiador gallego a estudiar los documentos
referentes a las familias de Colón y Fonterosa, cuyos dos apellidos
eran los del Almirante de las Indias, estudia otro que arroja potentes
rayos de luz en el obscuro campo de la Historia. Tal es la cédula
del arzobispo de Santiago, fechada el 15 de marzo de 1413, dirigida
al Concejo, Juez, Alcaldes, Jurados y hombres buenos de su villa de
Pontevedra, mandándoles entregar _cogidos y recabdados_, quince mil
maravedís de moneda vieja a maese Nicolao Oderigo de Génova. Casi un
siglo después, otro Nicolao Oderigo, a quien el Almirante le confió
en 1502 las copias de sus títulos, despachos y escrituras--lo cual
indica la estrecha amistad que había entre ambos--había sido legado
del Gobierno genovés cerca de los Reyes Católicos. ¿Sería el segundo
Oderico descendiente del primero? Si aquél fué mercader de telas de
seda y de otros géneros de la industria italiana, y el último desempeñó
el cargo de legado en la Corte de Castilla, ¿sería aventurado presumir
que la amistad de Colón con el mencionado legado tenía antigua fecha en
su familia, y provenía de la protección del Oderigo a que se refiere
la cédula del Prelado compostelano? Si los padres del Almirante fueron
individuos de las familias Colón y Fonterosa, residentes en Pontevedra
y emigrados luego a Italia, puede aceptarse que tuvieron relaciones
más o menos directas con los Oderigos. ¿Conocía el legado Nicolao
Oderigo la verdadera patria de su amigo el Almirante, como parece
deducirse del hecho de haber retenido las copias que se le confiaron,
y que no fueron entregadas a las autoridades de Génova hasta cerca
de dos siglos después por Lorenzo Oderigo? Cree el Sr. García de la
Riega que el matrimonio Colón-Fonterosa, residente en Pontevedra,
emigró a Italia a consecuencia de las perturbaciones ocurridas, o por
otras causas, hacia los años 1444 al 1450, aprovechando las relaciones
comerciales existentes entre ambos países. Llevó en su compañía a sus
dos hijos mayores--pues los demás nacieron posteriormente--, utilizando
para establecerse en Génova, en Saona o en otras poblaciones cercanas,
recomendaciones para el arzobispo de Pisa, que a la sazón era clérigo
_sine cura_ de la iglesia de Santa María la Grande, de Pontevedra, y
cobraba un quiñón de sardina a los mareantes de dicha población; o tal
vez se valiese de relaciones directas o indirectas con la familia de
Oderigo. Allí adquirió Cristóbal algunos conocimientos y se dedicó a
la profesión de marino. Navegó durante veintitrés años, y cambiando su
apellido por el de Colombo se puso quizás bajo las órdenes de Colombo
el _Viejo_ o de Colombo el _Mozo_, famosos corsarios de aquellos
tiempos. Antes de dirigirse a Portugal, donde los descubrimientos y
viajes de los portugueses habían inmortalizado aquel reino, Colón vivió
en la isla de la Madera, adquiriendo por entonces relaciones con Alonso
Sánchez, de Huelva, y trasladándose luego a Lisboa. En la capital de
Portugal concibió el proyecto de surcar el Atlántico en dirección al
Oeste. Desechado su plan por el gobierno de Portugal, se presentó al
de España fingiéndose genovés, ya para encubrir su humilde origen, ya
para ocultar otra condición de raza de su familia materna. Cuando se
vió en el apogeo de la gloria, tanto él como sus hermanos y sus hijos
siguieron ocultando patria y origen. «¡Quién sabe--exclama García de la
Riega--si aquel hebreo que moraba a la puerta de la judería de Lisboa,
para el cual dejó una manda en su testamento y _cuyo nombre reservó_,
era pariente materno del eximio navegante!»[363]. Nada de particular
tendría que Cristóbal Colón, en alguno de sus viajes a los mares del
Norte, hiciese escala en Pontevedra, y convencido de que en aquella
población nadie conservaba recuerdo de sus padres y de su familia, se
decidió a fingirse hijo de Génova, lo cual, a falta de pruebas con
respecto al lugar verdadero de su cuna, aceptó la historia. Después de
relatar, aunque sucintamente, la conferencia de García de la Riega,
recibimos de dicho señor la siguiente noticia:

       [363] Ob. cit., pág. 42.

«Recientemente, derribado un viejo altar en la parroquial de Santa
María de esta ciudad, apareció un hueco en forma de arco y en su pared
una inscripción de principios del siglo XVI, grabada en piedra con
letra gótica alemana (de aquella época), relativa a un Juan de Colón
(mareante de Pontevedra), que era sin duda el que figura con el mismo
nombre en el tercer viaje del gran descubridor; además, los varios
documentos del siglo XV hallados aquí, exhiben desde 1428 el mismo
apellido precedido con la partícula _de_. Ahora bien, en una cláusula
del testamento e institución de mayorazgo, documento que Colón y su
heredero reservaron y que tiene la fecha de febrero de 1498, aquél
consignó que «_su verdadero linaje_ es el de los llamados _de_ Colón».
Y ¿quién califica de _verdadero_ a su linaje sino en presencia de uno
ficticio o supuesto, el de los Colombo italianos? Por consiguiente,
en esa cláusula Colón desvirtúa su declaración _heráldica_ de haber
nacido en Génova. Y esto hay que enlazarlo con el hecho de que en
las famosas estipulaciones de Santa Fe (1492) el futuro Almirante,
Virrey, etc., estampó el apellido _Colón_, que anteriormente _se le
daba en Portugal_, y no el de Colombo. Acaso temió dificultades y
peligros para el porvenir si no consignaba su verdadero apellido en tan
solemne y transcendental documento, pues era hombre sumamente cauto y
receloso»[364]. Hemos terminado la larga relación del Sr. García de la
Riega (Apéndice H).

       [364] Parte de una carta de D. Celso G. de la Riega, escrita
       al autor de esta obra desde Pontevedra y con fecha 3 de
       noviembre de 1912.

Añadiremos por nuestra parte que mientras los israelitas del Antiguo y
del Nuevo Mundo, inspirados por el sentimiento de raza, se enorgullecen
con tener entre sus antepasados a Colón; y mientras que en el Antiguo
y Nuevo Mundo hombres ilustres proclaman el origen español del
descubridor de América, nosotros esperamos más datos y más noticias
para resolver cuestiones tan complicadas. Aunque mucho nos halagaría
poder decir que Colón era español, sin embargo, no dejaremos de copiar
los dos versos que se hallan escritos en las paredes del convento de la
Rábida, firmados con las iniciales F. G. F.:

      ¡Al nauta genovés, honor y gloria!
    ¡Bendecid, españoles, su memoria!

Y tentados estamos para hacer nuestra la siguiente octava del poeta
Foxá, escrita cuando Génova erigía a Colón magnífico monumento:

      «A tu memoria el genovés levanta
    gigante estatua que respeta el viento;
    de noble aspecto y de riqueza tanta,
    cuanta puede crear el pensamiento.

      --Pero la patria que tu nombre canta
    y te consagra eterno monumento,
    ¿qué parte tuvo en tu inmortal hazaña?
    ¡Toda tu gloria pertenece a España!»

De la familia de Cristóbal Colón sólo diremos que es cierto que su
padre se llamaba Domenico y su madre Susana Fontanarrosa; que, además
de Bartolomé y Diego, tuvo otro hermano que se llamó Juan Peregrín, el
cual murió joven, y que su hermana Blanquineta casó con el industrial
Santiago Rayarello[365].

       [365] Blanquineta y Santiago tuvieron un hijo de nombre
       Pantaleón.

Procede ya referir los sucesos acaecidos al futuro descubridor del
Nuevo Mundo en Portugal. Colón, acompañado de su hermano Bartolomé,
llegó a Lisboa, a últimos del año 1476[366]. Habitaba cerca del
Monasterio de _Todos los Santos_, en cuya iglesia debió conocer a la
joven Felipa Muñiz. Prendóse de ella y la obtuvo en matrimonio. La
primera noticia del nombre de la mujer del futuro Almirante, aparece en
el testamento de su hijo Diego, quien la llama Felipa Muñiz. Bastantes
años después, Fernando Colón añadió segundo apellido, y la dió el
nombre de Felipa Muñiz Perestrello[367]. Felipa era hija--según todas
las señales--de Bartolomé Perestrello, genovés naturalizado en Portugal
y distinguido navegante de la casa del nunca bastante alabado infante
D. Enrique[368]. Cristóbal Colón vino a Portugal, como otros muchos, en
busca de fortuna, arrastrado, seguramente, por las noticias que corrían
acerca de los navegantes y descubrimientos portugueses, pues a la
sazón era Lisboa un centro náutico de gran importancia. Además no debe
olvidarse que en la capital del reino lusitano se hallaban establecidos
muchos italianos, en particular genoveses. Ya en Portugal, un poco
antes o un poco después, emprendió un viaje a Thule[369] e hizo otros a
diferentes puntos. Parece probado que Porto-Santo, isla descubierta por
exploraciones dirigidas bajo la dirección del infante D. Enrique, se
entregó en feudo a la familia de los Perestrellos.

       [366] Otros dicen que llegó entre el año 1470 y 1472. Lo único
       que puede asegurarse es--pues lo dice él mismo--que en febrero
       de 1477 estaba en Lisboa.

       [367] Algunos dicen Palestrello.

       [368] Felipa, siguiendo la costumbre de aquellos tiempos, pudo
       usar el apellido materno antes que el paterno, y llamarse
       Muñiz Perestrello.

       [369] P. Las Casas, _Hist. general_, lib. I.

De lo que no cabe duda es que, Pedro Correa, casado con una hermana
de Felipa, tuvo el mando superior de Porto Santo, a la muerte de su
suegro y de su suegra. Y afírmase por algunos que Miguel de Muliarte,
de Huelva, era marido de Violante Muñíz, hermana también de Felipa[370].

       [370] Pero Miguel de Muliarte y Violante Muñíz, ¿eran
       realmente cuñados de Colón, como afirma Fernández Duro, en la
       _Nebulosa de Colón_, págs. 18-29? Es de advertir que tiempo
       adelante, según cartas que se conservan, Muliarte trataba
       con mucho respeto a su protector Cristóbal Colón, hasta el
       punto que en dicha correspondencia no aparece señal alguna de
       familiaridad o parentesco.

Cuando murió Bartolomé Perestrello, Colón pudo adquirir los mapas,
diarios y notas de viajes de su suegro. También su cuñado Correa le
dió algunas noticias, decidiéndose entonces Cristóbal Colón a ir a las
famosas Indias, no por el Oriente, que era la idea de los portugueses,
sino por el Occidente, por el Atlántico, mar que siempre había sido
mirado con temor supersticioso. Del mismo modo, Colón, a la muerte de
su cuñado, debió de hacerse dueño de los documentos y cartas de éste.
No abrigamos duda alguna de que Colón se decidió entonces a realizar su
viaje.

El que reveló a Colón las tierras trasantlánticas fué--según la opinión
de algunos cronistas--Alonso Sánchez de Huelva. Véase lo que dice sobre
el particular Oviedo: «Quieren decir algunos que una carabela que desde
España passaba para Inglaterra cargada de mercadurías é bastimentos,
assi como vinos é otras cosas que para aquella isla se suelen cargar
(de que ella caresçe é tiene falta), acaesçió que le sobrevinieron
tales é tan forçosos tiempos é tan contrarios, que ovo neçessidad de
correr al poniente tantos días, que reconosçió una ó más de las islas
destas partes é Indias; é salió en tierra é vido gente desnuda de
la manera que acá la hay, y que cessados los vientos (que contra su
voluntad acá la trajeron), tomó agua y leña para volver a su primero
camino. Dicen mas: que la mayor parte de la carga que este navío traía
eran bastimentos é cosas de comer é vinos, y que assi tuvieron con qué
se sostener en tan largo viaje é trabajo, é que despues le hizo tiempo
a su propósito y tornó a dar la vuelta, é tan favorable navegacion
le suçedió, que volvió a Europa é fué a Portugal. Pero como el viaje
fuesse tan largo y enojoso, y en especial a los que con tanto temor é
peligro forçados le hicieron, por presta que fuesse su navegacion, les
duraría cuatro ó cinco meses (ó por ventura más) en venir acá é volver
a donde he dicho. Y en este tiempo se murió quasi toda la gente del
navío é no salieron de Portugal sino el piloto, con tres ó cuatro ó
alguno más de los marineros, é todos ellos tan dolientes, que en breves
días después de llegados murieron.

»Diçese junto con esto que este piloto era muy íntimo amigo de
Chripstóbal Colom, y que entendía alguna cosa de las alturas, y marcó
aquella tierra que halló de la forma que es dicho, y en mucho secreto
dió parte de ello a Colom, é le rogó que le fiçiesse una carta y
assentase en ella aquella tierra que había visto. Diçese que él le
recogió en su casa como amigo, y le hizo curar, porque tambien venía
muy enfermo; pero que tambien se murió como los otros; é que assi
quedó informado Colom de la tierra é navegación destas partes, y en él
solo se resumió este secreto. Unos diçen que este maestre ó piloto era
andaluz, otros le hacen portugués, otros vizcaino; otros diçen quel
Colom estaba entonces en la isla Madera, é otros quieren deçir que en
la de Cabo Verde, y que allí aportó la carabela que he dicho, y él ovo
por esta forma notiçia desta tierra. Que esto passase así ó no, ninguno
con verdad lo puede afirmar; pero aquesta novela ansí anda por el mundo
entre la vulgar gente de la manera que es dicho. Para mí yo lo tengo
por falso, é como dice el agustino: _Melius est dubitare de ocultis,
quam litigare de incertis_. Mejor es dubdar de lo que no sabemos, que
porfiar lo que no está determinado»[371].

       [371] _Historia general y natural de las Indias_, lib. II,
       cap. II, pág. 13.

Añade el inca Garcilaso de la Vega que cerca del año 1484, un piloto
natural de la villa de Huelva (condado de Niebla), llamado Alonso
Sánchez de Huelva, tenía un navío pequeño, en el cual llevaba de España
a las Canarias algunas mercaderías y allí las vendía; y de las Canarias
cargaba frutos que transportaba a la isla de la Madera, volviéndose a
España con azúcar y conservas. En cierta ocasión, atravesando de las
Canarias a la isla de la Madera, dejóse llevar de recio y tempestuoso
temporal. Al cabo de veintiocho o veintinueve días, sin saber por
dónde ni a dónde iba, se encontró cerca de una isla, tal vez Santo
Domingo, según todas las señales. El piloto saltó a tierra, tomó la
altura y escribió todo lo que vió. A la vuelta le faltó el agua y el
bastimento, comenzando a enfermar y morir de tal manera la tripulación,
que de 17 hombres que salieron de España no llegaron a la Tercera más
de cinco, entre ellos el piloto Alonso Sánchez de Huelva. Fueron a
parar a casa de Cristóbal Colón, genovés, porque supieron que era gran
piloto y cosmógrafo, y que hacía cartas de marear. Recibiólos Colón con
mucho cariño; pero iban tan enfermos que murieron todos en su casa,
«dexándole en herencia los trabajos que les causaron la muerte[372]:
los quales aceptó el gran Colón con tanto ánimo y esfuerzo, que
habiendo sufrido otros tan grandes y aun mayores, pues duraron más
tiempo, salió con la empresa de dar el Nuevo Mundo y sus riquezas a
España, como lo puso por blasón en sus armas, diciendo: _a Castilla y a
León, Nuevo Mundo dió Colón_»[373].

       [372] Documentos y mapas importantes.

       [373] _Historia general del Perú_ o _Comentarios Reales de los
       Incas_, tomo I, págs. 11-15.[smudge or '--'?]--Madrid, 1800.

Lo mismo que Oviedo y el inca Garcilaso refieren López de Gomara,
Acosta y algunos más. Lope de Vega, en su comedia _El Nuevo Mundo
descubierto por Christobal Colón_, escrita en el año 1604, el piloto
Sánchez de Huelva dice al insigne genovés lo siguiente:

      «La misma tormenta fiera
    que allí me llevó sin alas,
    casi por el mismo curso
    dió conmigo vuelta a España.
    No se vengó solamente
    en los árboles y jarcias,
    sino en mi vida, de suerte
    que ya, como ves, se acaba.
    Toma esas cartas, y mira
    si a tales empresas bastas,
    que si Dios te da ventura,
    segura tienes la fama.»

Sobre este particular añade el Sr. Fernández Duro: «Los que la tachan
de invención despreciable, no se han fijado, al parecer, en que el
más interesado, el Almirante mismo, consignó en sus Memorias[374]
que un marinero tuerto, en el Puerto de Santa María, y un piloto, en
Murcia, le aseguraron haber corrido con temporal hasta lejanas costas
de Occidente, donde tomaron agua y leña para regresar. Los nombres no
comunicó, ni dijo hasta qué punto las confidencias se extendieron; mas
la declaración confirma plenamente, en lo esencial, aquello que entre
la gente de mar corría por válido. Que el piloto muriese en su casa
y le legara los papeles, adorno añadido puede muy bien ser; que el
piloto existió y de su boca supo cómo había ido y vuelto de las tierras
incógnitas, confirmado por él está»[375].

       [374] El P. Las Casas, _Historia de Indias_, libro I, capítulo
       XIII.

       [375] _La tradición de Alonso Sánchez de Huelva._--_Boletín de
       la Real Academia de la Historia_, tomo XXI, página 45.

Más adelante escribe: «Con las indicaciones vulgares se vislumbra ya,
desde luego, que hubo más de una expedición o aventura desgraciada, y
que vascos, andaluces y portugueses intentaron la empresa que Cristóbal
Colón llevó a cabo»[376].

       [376] Ibidem, pág. 46.

       *       *       *       *       *

Pero ¿puede acaso llamarse descubridores de América, ni lo son, cuantos
columbraron la existencia de aquellos Continentes, o los que se admita
o algún día llegue a probarse que de hecho aportaron a las playas
americanas, ora queriendo, o bien llevados allá por no poder resistir
el empuje de los vientos o a las corrientes del Océano?[377].

       [377] Ibidem, pág. 51.

Por nuestra parte, se nos ocurre preguntar: Si--como dice la narración
de Oviedo y de otros--Colón es el único depositario del secreto,
¿quién, cómo y cuándo lo ha revelado? En asunto de tanta importancia,
añadiremos que, aun admitiendo que por el año 1000 de nuestra Era--como
se dijo en el capítulo III de este tomo--valientes marinos normandos de
Islandia llegaron a las costas de Groenlandia, de Labrador, de la Nueva
Inglaterra, y acaso hasta donde hoy está Nueva York; aun admitiendo lo
que de Alonso Sánchez de Huelva se refiere, y aun admitiendo otras
expediciones, descubrimientos y noticias, nada importa para la gloria
del inmortal nauta.

Con respecto a la ciencia del futuro descubridor del Nuevo Mundo, él
mismo, en carta a los Reyes Católicos, escribe lo que a continuación
copiamos: «En la marinería me hizo Dios abundoso; de astrología me
dió lo que abastaba y ansí de geometría y aritmética; y engenio en
el anima y manos para dibujar esfera, y en ella las cibdades, ríos
y montañas, islas y puertos, todo en su propio sitio. Yo he visto y
puesto estudio en ver de todas escrituras, cosmografía, historia,
coronicas y filosofía y de otras artes, ansí que me abrió Nuestro
Señor el entendimiento con mano palpable a que era hacedero navegar de
aquí a las Indias, y me abrió la voluntad para la ejecucion de ello».
Probado se halla--aunque otra cosa diga Fernando Colón en su historia
del Almirante--que el descubridor del Nuevo Mundo no estudió ni poco
ni mucho tiempo en la renombrada Universidad de Pavía. Debió pasar su
infancia al lado de su padre y de sus hermanos. A los catorce años,
o tal vez de más tierna edad, se lanzó al mar, adonde le llamaban
sus constantes inclinaciones y ardientes deseos. Sirviese o no Colón
bajo las órdenes de los corsarios Colombos, el asunto carece de toda
importancia[378]. «De muy pequeña edad--dice Cristóbal Colón en carta
a los Reyes Católicos escrita en 1501--entré en la mar navegando e lo
he continuado fasta hoy. La mesma arte inclina a quien le prosigue, a
desear de saber los secretos de este mundo. Ya pasan de cuarenta años
que yo voy en este uso. Todo lo que fasta hoy se navega, todo lo he
andado». En otro lugar se lee: «El año de 1477, por febrero, navegué
más allá de Tile cien leguas, cuya parte austral dista de la equinocial
73 grados y no 63 como dicen algunos... Veintitrés años he andado por
el mar sin salir de él, por tiempo que deba descontarse--dice en otro
sitio--ví todo el Levante y el Poniente, y al Norte de Inglaterra. He
navegado a Guinea; pero en ninguna parte he visto tan buenos puertos
como estos de la tierra de las Indias»[379].

       [378] El conde Roselly de Lorgues cree que eran dos corsarios:
       el _Archipirata_, verdadero Duguay-Tronin de la Liguria, y
       su sobrino _Colombo el Mozo_. _Historia de Cristóbal Colón_,
       tomo I, página 63. Barcelona, 1892. Añade D. Juan Solari
       que no están en lo cierto los escritores que hacen a Colón
       pariente de los citados corsarios y le consideran al servicio
       de Colombo el _Mozo_. Hace también observar que los tales
       corsarios no eran genoveses, ni aun italianos, sino gazcones;
       y sus apellidos eran Cazeneuve y de sobrenombre Coullon,
       que historiadores complacientes han traducido por Columbus
       y Colombo.--_La cuna del descubridor de América Cristóbal
       Colón._ Homenaje al centenario de la República Argentina. 25
       de mayo de 1910.

       [379] Fernando Colón, _Historia del Almirante_, tom. I. cap.
       IV.

Se ha creído por algunos que sólo Colón y otros pocos sabios
contemporáneos creían en la forma esférica de la tierra. Ignoran que
ya lo dijeron muchos, entre ellos Aristóteles (384-321), Arquímedes
(287-212), los filósofos de la Escuela de Alejandría, Plinio (siglo I
de la Era Cristiana), San Basilio (siglo IV), el venerable Beda (siglo
VIII), el patriarca Focio (siglo IX), el presbítero Honorio (siglo
XII); y entre los árabes Mazoudi, Edrisí y Aboulfeda. La Academia de
Toledo, fundada en 1258 por Alfonso X, seguía el sistema de Ptolomeo,
profesando, por tanto, la teoría de la forma redonda de la tierra.
Mientras que en Toledo se discutía el movimiento de los astros, dos
hombres superiores, fundándose en la esfericidad de nuestro globo,
deducían la existencia de otro Continente: eran estos Rogerio Bacon
(1214-1294) y Raimundo Lulio (1235-1315)[380]. Como dice el ilustre
Gaffarel, es imposible señalar mejor que Bacon lo hizo la posición de
América. Anunció muchas de las grandes leyes con que después se han
enriquecido las ciencias físicas y naturales. Expuso en términos claros
y precisos la doctrina de que al Occidente de Europa debían existir
tierras, siendo posible, por tanto, la comunicación de aquella parte
del mundo con las citadas tierras. ¿Conocía Bacon el viaje del islandés
Erik Rauda (Erico el Rojo)? ¿Conocía alguna de las expediciones
islandesas o normandas que poco después se llevaron a feliz término? ¿O
adivinó el descubrimiento que en 1492 hizo el genovés Cristóbal Colón?

       [380] Rogerio Bacon nació en Inglaterra e hizo sus estudios en
       Oxford y en París. Escribió su magnífica obra intitulada _Opus
       Majus_.

Háse dicho, del mismo modo, que el mallorquín Raimundo Lulio, el
sublime autor de _Arte Magna_ (_Ars Magna_), se había ocupado de la
existencia de un continente al Occidente de Europa, quedando reservado
a Colón la gloria de encontrarlo. En la edición de Maguncia del año
MDCCXXIX, forman las obras del beato Raimundo Lulio (_Operum Beati
Raymundi Lulli_), diez tomos en folio, hallándose en el cuarto el
libro intitulado _Questiones per Artem Demonstrativam solubiles_. En
la cuestión 154 (CLIV), folios 151 y 152, al proponer la dificultad
del flujo y reflujo en el mar de Inglaterra (_¿quâ naturâ Mare Anglicæ
fluat et refluat?_), el _Doctor Iluminado_ la explica con todo
detenimiento. La traducción del texto, hecha libremente al castellano,
dice así: «Toda la principal causa del flujo y reflujo del Mar grande o
de Inglaterra, es el arco del agua del mar, que en el Poniente estriba
en una tierra opuesta a las costas de Inglaterra, Francia, España
y toda la confinante de Africa, en las que ven los ojos el flujo y
reflujo de las aguas, porque el arco que forma el agua como cuerpo
esférico, es preciso que tenga estribos opuestos en que se afiance,
pues de otro modo no pudiera sostenerse; y, por consiguiente, así como
a esta parte estriba en nuestro continente, que vemos y conocemos, _en
la parte opuesta del Poniente estriba en otro continente que no vemos
ni conocemos desde acá_; pero la verdadera filosofía, que conoce y
observa por los sentidos la esfericidad del agua y su medido flujo y
reflujo, que necesariamente pide dos opuestas vallas que contengan
el agua tan movediza y sean pedestales de su arco, infiere que
necesariamente en la parte que nos es occidental _hay continente_ en
que tope el agua movida, así como topa en nuestra parte respectivamente
oriental». Después de leer el citado pasaje, podemos repetir con un
estudioso jesuíta: «La existencia de un continente al Occidente de
Europa, estuvo científicamente probada por Raimundo Lulio dos siglos
antes que Colón lo hallara. Que este continente fuera precisamente la
América, ni Lulio, ni Colón, ni nadie lo dijo: _Suum cuique_.» Somos de
opinión que Cristóbal Colón no conoció las obras científicas de Bacon,
ni de Lulio. Según un autor coetáneo del beato mallorquín, éste visitó
varias veces la ciudad de Génova, dejando allí algunas de sus obras en
poder de un amigo suyo.

Además, casi todos los escritores cristianos coetáneos y posteriores
a la Academia Toledana, admitían la redondez de la Tierra: Alberto el
Grande, Vicente de Beauvois y nuestro D. Enrique de Villena o de Aragón
(a quien muchos llaman, sin serlo, marqués de Villena), se encuentran
entre ellos. El de Villena, en su _Tratado de Astrología_[381], dando
por verdad sabida la redondez del planeta, estudió la fuerza de
atracción de la tierra. Alonso de Córdoba, Pedro Ciruelo, Antonio de
Nebrija, Fernando de Córdoba, Abraham Zacut, afirmaron la esfericidad
del globo. De modo, que en tiempo de Colón no indicaba sabiduría, ni
aun era peregrina la creencia de que nuestro planeta tenía la forma
esférica.

       [381] Terminó dicho libro el 20 de Abril del año 1428.

Debieron contribuir a que Colón formase su proyecto de ir directamente
a la India por Occidente, no la correspondencia, que ha resultado
apócrifa, con Toscanelli, ni las enseñanzas de las obras científicas
de los sabios que acabamos de citar, sino las noticias de los marinos
y por los mapas de navegación que las confirmaban. Debió tener
conocimiento de los viajes de los venecianos Polo, del _Almanaque
Perpetuo_ de Zacut, y muy especialmente de la obra _De imagine Mundi_,
del cardenal Pedro de Ailly.

Procede en este lugar que demos cuenta de los libros que tuvo en su
librería Colón, y que han llegado hasta nosotros[382]. Estos son los
siguientes: _Historia rerum ubique gestarum_, escrita por Eneas Silvio
Piccolomini (después Papa con el nombre de Pío II), impresa en Venecia
el año 1477; _De imagine Mundi_, del cardenal Pedro Alliaco o d'Ailly,
impreso en Lovaina, en la oficina de Juan de Wesfalia, entre los
años de 1480 a 1483; _De consuetudinibus et conditionibus orientalium
regionum_, obra de Marco Polo, impresa tal vez en Amberes por el año
1485; _Historia naturalle_, de C. Plinio, impresa en Venecia el 1489;
_Vidas de los ilustres varones_, de Plutarco, traducidas al castellano
por Alfonso de Palencia e impresas en Sevilla el 1491; _Almanak
perpetuum_, compuesto por Abraham Zacut, impreso en Leirea el 1496;
_Concordantiæ Biblia Cardinales_, S. P., manuscrito del siglo XV, y el
titulado _Libro de las Profecías_, manuscrito posterior a 1504. También
se cree que le pertenecieron: _Sumula confessionis_, de San Antonino
de Florencia, impreso en Venecia el 1476; _Filosofía natural_, de
Alberto Magno, edición de Venecia de 1466, y _Tragedias_, de Séneca,
palimpsesto en folio, del siglo XV[383].

       [382] _Libros y autógrafos de D. Cristóbal Colón_, por D.
       Simón de la Rosa y López. Sevilla, 1891.

       [383] Respecto a los numerosos extractos y a las pocas notas
       que se hallan en las márgenes de estos códices, especialmente
       en las obras de Pío II y de Alliaco, se ignora quién fué
       el autor, atribuyéndolos, unos al mismo Almirante, otros a
       Bartolomé y algunos a un tercero desconocido; pero se puede
       afirmar que tanto los extractos, como las notas, son obra de
       un hombre poco versado en la ciencia cosmográfica.

Resuelto ya Colón a llevar a cabo su idea, se decidió a pedir
ayuda--según refieren algunos historiadores--, primero al Senado de
Génova y después a la república de Venecia. Habiendo rehusado las
dos poderosas repúblicas el ofrecimiento, dirigióse--y esto se halla
completamente probado--a Juan II de Portugal. Una Junta, presidida
por don Diego Ortiz de Calzadilla, obispo de Ceuta, opinó contra la
propuesta del marino genovés, no sin que la defendiese con tanto
entusiasmo como energía el conde de Villarreal. Merece el conde de
Villarreal que se le señale el primer puesto entre los defensores de
Colón.

Juan II, no sabiendo decidirse entre la opinión de la Junta y la del
conde de Villarreal, tomó--según refiere la leyenda colombina--un
término medio, cual fué mandar, con pretexto de ir a las islas de Cabo
Verde, un buque, cuyo capitán, llevando los mapas y papeles que Colón
había entregado sin desconfianza alguna, navegase hacia los lugares
indicados en los dichos mapas y papeles. Cuentan que después de algún
tiempo, la tripulación, sobrecogida de espanto, volvió a Lisboa,
considerando como locura el pensamiento del insigne navegante. Creemos
que todo esto--como acabamos de notar--pertenece a la novela.



CAPÍTULO XIX

  CRISTÓBAL COLÓN EN PALOS Y EN LA RÁBIDA.--COLÓN EN SEVILLA.--EL
  DUQUE DE MEDINASIDONIA Y EL DUQUE DE MEDINACELI.--COLÓN EN CÓRDOBA:
  SE PRESENTA A LOS REYES.--RETRATO MORAL Y FÍSICO DE COLÓN.--AMIGOS
  Y ENEMIGOS DEL GENOVÉS.--POLÍTICA EXTERIOR E INTERIOR.--JUNTA DE
  CÓRDOBA.--JUNTA DE SALAMANCA.--COLÓN ANTE LOS REYES EN ALCALÁ
  DE HENARES.--DOÑA BEATRIZ ENRÍQUEZ DE ARANA.--PROPOSICIONES
  PRESENTADAS POR COLÓN A LOS REYES CATÓLICOS.--COLÓN EN LA
  RÁBIDA.--LOS CONSEJEROS DE COLÓN.--JUAN PÉREZ ANTE DOÑA
  ISABEL.--TRATADO ENTRE LOS REYES CATÓLICOS Y COLÓN.--EL ALMIRANTE
  EN LA RÁBIDA.--MARTÍN ALONSO PINZÓN.--«SANTA MARÍA», LA «NIÑA» Y LA
  «PINTA».--CONVENIO ENTRE COLÓN Y PINZÓN.


Habiendo fallecido la mujer de Colón (1484)[384], el audaz genovés
abandonó a Portugal y llegó a la corte de Castilla, Estado a la
sazón poderoso, engrandecido por la política de los Reyes Católicos.
Debió de hacer el viaje por mar y no por tierra. Si realizó el viaje
embarcado--como muchos creen[385]--es probable que hiciese escala en
Huelva para ver a su cuñado o amigo Muliarte.

       [384] Fué enterrada en la _capilla de la Piedad_ del convento
       del Carmen en Lisboa, siendo de notar que Colón se ocupó en
       sus escritos muy poco de ella, lo cual hace sospechar que la
       dicha y felicidad del matrimonio no fueron completas.

       [385] Herrera, _Década_ 1.ª, lib. I, cap. VII.

Tomó después el camino de Córdoba, donde a la sazón se hallaban los
reyes; pero hubo de tocar de arribada en el puerto de Palos[386]. Es
de creer que no habiendo encontrado en Palos seguro asilo donde poder
descansar y recuperar sus gastadas fuerzas, vió allá lejos y en una
altura un convento, y hacia él dirigió sus pasos para gloria suya y de
España.

       [386] No se halla probado si desembarcó en Palos o en el
       Puerto de Santa María, en Sanlúcar de Barrameda o en la
       Higuera.

Aunque el convento de _Santa María de la Rábida_ o de _Nuestra Señora
de los Remedios_ no se hallaba en el camino de población alguna
importante, Cristóbal Colón fué allí, como otros muchos pobres
caminantes acudían a las puertas de dichas casas religiosas. Del
convento de la Rábida dijo el duque de Rivas en uno de sus romances lo
siguiente:

      «A media legua de Palos
    sobre una mansa colina,
    que dominando los mares
    está de pinos vestida,
    de la Rábida el convento
    fundación de orden francisca,
    descuella desierto, sólo,
    desmantelado, en ruinas.»

Daremos algunas noticias del convento en aquella época. Componíase de
dos cláustros interiores y de tres pequeños cuerpos anejos al edificio
principal. La iglesia de Santa María estaba rodeada de un cercado, cuyo
espacio formaba un patio interior. Dicho templo, construído en forma de
cruz, tenía tres capillas. Exteriormente, y por encima del altar mayor
se levantaba esférica cúpula, rodeada de un borde de mampostería. Dicha
parte del tejado, dispuesta a manera de azotea, parecía destinada a
Observatorio. La cúpula, revocada de blanca cal, servía de señal a los
buques costaneros. El convento, rodeado de espeso bosque de pinos, no
se descubría por la parte de tierra; únicamente por la parte del mar.

Si era pobre la obra arquitectónica, lo era más todavía por la falta de
estatuas, cuadros y lámparas de oro y plata. El convento sólo contenía
habitación para el prior, doce celdas y biblioteca; el refectorio y la
cocina ocupaban pequeño edificio rectangular, adosado a la izquierda
del principal edificio.

Gruesa pared, construída tal vez para defenderse de los moros de España
y de los merodeadores de Portugal, encerraba la escarpada colina que
sirve de pedestal al convento y al pie de la cual crecían magníficos
aloes y altas palmeras. Subíase por gradas formadas de piedras,
viéndose a un lado y a otro frondosas higueras y arrastrándose por
todas partes alcaparros y sarmientos. Al jardín, regado por máquina
hidráulica alimentada mediante el río Tinto, le daba sombra frondoso
parral y algunos limoneros.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID.

SANTA MARÍA DE LA RÁBIDA ANTES DE SU RESTAURACIÓN.]

A medida que los habitantes de Palos se han ido trasladando a Moguer,
los religiosos, convencidos que ya no eran útiles a la población harto
alejada, también se fueron retirando poco a poco. En tiempo de la
revolución francesa estaban allí unos cuatro o cinco y se cuenta que
el convento fué saqueado y el archivo destruído. El año 1825 había
cuatro frailes; el edificio se hallaba casi olvidado. La revolución
religiosa de 1835 suprimió los conventos, y aunque el de la Rábida
fué clasificado y numerado como propiedad nacional, sin embargo, los
habitantes ribereños devastaron el edificio y el jardín. En el año 1854
el duque de Montpensier inició una suscripción para restaurar aquella
joya histórica. En efecto, se restableció la celda del P. Juan Pérez y
se restauró la iglesia, inaugurándose la restauración el 15 de abril
de 1855, con asistencia de los duques de Montpensier, acompañados de
los duques de Nemours[387].

       [387] Véase la _Historia de Cristóbal Colón_, tom. I, págs.
       123-126 del conde Roselly de Lorgues.

A la sazón--como dice Becerro de Bengoa--el histórico monumento,
completamente blanqueado, es «sencillo en sus líneas, breve en su
contorno y humilde en su total apariencia». «En su aspecto--añade--nada
puede darse más reducido, en su arte exterior nada más pobre, en sus
alrededores nada más mustio y desolado, y realmente en su interior nada
más diminuto y vulgar, según está ahora. Añadid a esto el abandono,
el silencio, la soledad, el aparente apartamiento del mundo en que
aquello yace, y tendréis idea de la desilusión de que os hablo, y que,
en efecto, allí se siente»[388]. En aquella modesta mansión se trataron
los asuntos más transcendentales del siglo XV y aun de la historia.

       [388] _Conferencia pronunciada el 21 de diciembre de 1891 en
       el Ateneo de Madrid_, pág. 10.

Desde Portugal venía Colón acompañado de su hijo Diego. Hallábase a
la vista de Santa María de la Rábida. Vencido por el cansancio y la
fatiga, descansó a la sombra de carcomida palmera--si damos crédito
a la tradición--; palmera conservada hoy entre un macizo de flores y
con el largo tronco apuntalado, distante cien metros del convento.
Frente al cenobio o explanada que dá acceso al interior de dicha casa
religiosa, se levanta cruz de hierro sobre pilar de tosca mampostería,
en cuyas gradas hubo de sentarse el futuro descubridor del Nuevo Mundo.
Al poco tiempo--según refieren antiguas relaciones--Cristóbal Colón
llamó a la puerta de la casa franciscana para pedir un pedazo de pan y
una poca agua con que saciar el hambre y apagar la sed de su hijo Diego.

¿Llego Colón el año 1484, como tradicionalmente han escrito los
historiadores, o el año 1491, según parece desprenderse de una
relación de Garci Hernández, médico de Palos, en el famoso pleito de
los Pinzones?[389]. Con mucha razón dice el marqués de Hoyos, que «si
las palabras del físico de Palos se refiriesen a 1491, era totalmente
impropio el calificativo de _niñico_ dado por éste al hijo de Colón,
al que también Las Casas llama niño chiquito, siendo así que en esa
época debía tener ya más de quince años, mientras que a su llegada
a España (1484), tendría ocho, edad en que le cuadraban las citadas
expresiones»[390].

       [389] No falta quien diga que llegó el 20 de enero de 1485.

       [390] _Conferencia en el Ateneo de Madrid acerca de Colón y
       los Reyes Católicos_ (24 de marzo de 1891). Debió nacer Diego
       en el año 1476.

Los franciscanos de Nuestra Señora de los Remedios, y en particular,
el P. Fr. Juan Pérez--a quien algunos llaman guardián del
convento--acogieron a Colón con gran afecto y cariño. Justo será
recordar entre los religiosos el nombre de Fr. Antonio de Marchena
«buen astrólogo», como decían los Reyes Católicos.

En el convento de Santa María de la Rábida encontró el futuro Almirante
el apoyo que buscaba. Los frailes dieron pan y agua al hijo de Colón.
Aquel pedazo de pan que sirvió de alimento, y aquella poca agua que
apagó la sed del _niñico_ Diego, fueron pagados con el descubrimiento
del Nuevo Mundo. El convento de Santa María de la Rábida respondió a
su tradición protegiendo al insigne genovés. Aquel Fray Juan Pérez y
aquel Fr. Antonio de Marchena, eran discípulos de San Francisco de
Asís, del bondadoso San Buenaventura, del sabio Rogerio Bacon y del
_Doctor Iluminado_ Raimundo Lulio. Si San Francisco enseñó a sus hijos
la caridad y fraternidad humanas, y San Buenaventura pasó toda su
vida queriendo armonizar las dos tendencias religiosas representadas
en San Antonio y en Elías de Cortona, Rogerio Bacon, el inventor de
la pólvora, predijo gran parte de los descubrimientos modernos; y
Raimundo Lulio, cerca del año 1287, en filosófico discurso, dijo (como
ya en el anterior capítulo hicimos notar), que «la parte opuesta del
Poniente estriba en otro continente que no vemos ni conocemos desde
acá». De caritativos y sabios podemos calificar a los fundadores de la
Orden de San Francisco. Correspondióles Colón con el mismo cariño. Por
eso, a la hora de su muerte en Valladolid, un fraile franciscano le
leía la _Comendación_ del alma, franciscanos acompañaron su cuerpo a
_Santa María la Antigua_, franciscanos celebraron en dicho templo sus
exequias, y franciscanos, por último, condujeron sus restos mortales a
las tumbas del convento de los mencionados Padres.

Conocedores Fr. Juan Pérez, Fr. Antonio de Marchena y el físico Garci
Hernández de los proyectos del futuro Almirante, no ignorando que
pensaba dirigirse a Francia en busca de protección, y comprendiendo al
mismo tiempo que por entonces andaban empeñados los Reyes Católicos en
la guerra de Granada, aconsejaron a Colón que se dirigiera en demanda
de apoyo al duque de Medinasidonia, dueño entonces de la mayor parte
de la actual provincia de Huelva y de muchos pueblos y tierras de las
de Cádiz y Sevilla, con espléndida corte en la última de las citadas
ciudades y en la de Sanlúcar de Barrameda. Los productos mayores de la
casa de Medinasidonia procedían de su privilegio de las almadrabas de
Sanlúcar, para cuya industria tenían importante flota. En solicitud
de algunas naves se dirigió Colón camino de Sevilla, llevando cartas
de recomendación del guardián de la Rábida dirigidas al duque de
Medinasidonia. En Sevilla encontró nuestro extranjero navegante a
algunos genoveses, banqueros por lo general, y entre ellos a Juan
Berardi, hombre rico y en cuya casa estaba empleado Américo Vespucio,
tan famoso luego en la historia del Nuevo Mundo[391].

       [391] Vespucio nació su Florencia el año 1455.

No habiendo encontrado protección en el de Medinasidonia, se presentó,
con iguales recomendaciones, al duque de Medinaceli, señor no menos
poderoso que el anterior y que en su ciudad del Puerto de Santa María
no le faltaban elementos marítimos para una empresa tan arriesgada como
gloriosa.

Bien será poner en este lugar la carta que el de Medinaceli escribió
al cardenal González de Mendoza, y que Navarrete colocó entre sus
documentos. Dice así:

  «Al Reverendísimo señor, el Sr. Cardenal de España, Arzobispo de
  Toledo, etc.

  Reverendísimo señor: no sé si sabe vuestra Señoria como yo tuve en
  mi casa mucho tiempo a Cristobal Colomo, que se venia de Portugal y
  se queria ir al Rey de Francia para que emprendiese de ir a buscar
  las Indias con su favor y ayuda, e yo lo quisiere probar e enviar
  desde el Puerto que tenia buen aparejo con tres o cuatro carabelas,
  que no demandaba mas; pero como vi que era esta empresa para la
  Reina nuestra señora, escribilo a su Alteza desde Rota[392], y
  respondiome que ge lo enviase; yo ge lo envié entonces, y supliqué
  a su Alteza, pues yo no lo quise tentar y lo aderezaba para su
  servicio, que me mandase hacer merced y parte en ella, y que el
  cargo y descargo de este negocio fuese en el Puerto. Su Alteza
  lo recibió y le dió encargo a Alonso de Quintanilla, el cual me
  escribió de su parte, que no tenia este negocio por muy cierto;
  pero que si se acertase, que su Alteza me haria merced y daria
  parte en ello: y después de haberle bien examinado, acordó de
  enviarle a buscar las Indias. Puede haber ocho meses que partió, y
  agora es él venido de vuelta a Lisbona, y ha hallado todo lo que
  buscaba y muy cumplidamente, lo cual luego yo supe, y por facer
  saber tan buena nueva a su Alteza, ge lo escribo con Xuarez, y le
  envío a suplicar me haga merced que yo pueda enviar en cada año
  allá algunas carabelas mias. Suplico a vuestra Señoria me quiera
  ayudar en ello, y ge lo suplique de mi parte, pues a mi cabsa, e
  por yo detenerle en mi casa dos años, y averle enderezado a su
  servicio, se ha hallado tan grande cosa como esta. Y porque de todo
  informará mas largo Xuarez a vuestra Señoria, suplicole le crea.
  Guarde Nuestro Señor vuestra Reverendisima persona como vuestra
  Señoria desea. De la villa de Cogolludo a 19 de marzo.

  Las manos de vuestra Señoria besamos.--_El Duque._»

       [392] La carta escrita desde Rota debió serlo a últimos del
       año 1485 o comienzos del 1486.

En la ciudad de Córdoba se presentó Cristóbal Colón el 20 de enero de
1486, en cuya fecha se hallaban los reyes en Madrid. Hasta el 28 de
abril no llegaron D. Fernando y D.ª Isabel a la ciudad andaluza, de
la cual salió el Rey en el mes de mayo de dicho año para la conquista
de Loja. De modo que la primera entrevista entre los reyes y Colón
debió verificarse en el lapso de tiempo que media desde el 28 de abril
y últimos días de mayo. El tiempo que estuvo el futuro Almirante
esperando la llegada de los reyes, debió pasarlo buscando amigos y
protectores que le ayudaran en su empresa y tal vez sufriendo las
burlas de cortesanos y gente del pueblo.

Veamos el retrato tanto moral como físico que hacen antiguos
historiadores del ilustre genovés. El Almirante era--según
Herrera--«alto de cuerpo, el rostro luengo y autorizado, la nariz
aguileña, los ojos garzos, la color blanca, que tiraba a rojo
encendido; la barba y cabellos, cuando era mozo, rubios, puesto que
muy presto, con los trabajos, se le tornaron canos: y era gracioso y
alegre, bien hablado y elocuente; era grave con moderación, con los
extraños afable, con los de su casa suave y placentero, con moderada
gravedad y discreta conversación, y así provocaba fácilmente a los que
le veían, a su amor; representaba presencia y aspecto de venerable
persona, y de gran estado y autoridad y digna de toda reverencia; era
sobrio y moderado en el comer y beber, vestir y calzar...»[393]. Por su
parte, Gomara le retrata del siguiente modo: «Hombre de buena estatura
y membrudo, cariluengo, bermejo, pecoso y enojadizo y crudo y que
sufría mucho los trabajos...»[394]. Garibay escribe que era «de recia y
dura condición» y Benzoni añade: _iracundiæ tamen pronus_[395].

       [393] _Década_ 1.ª, lib. VI, capítulo XV.

       [394] _Historia de las Indias_ en la Biblioteca de Autores
       españoles, tomo XII, pág. 172.

       [395] _Historia Indiæ Occ._, libro I, cap. XIV.

Amaba de tal modo a la naturaleza que la contemplaba con entusiasmo
durante el día y la observaba por los astros en las noches serenas.
Navegando cerca de las costas, aspiraba los aromas balsámicos
procedentes de la orilla, y en medio de los mares los efluvios de las
olas. Complacíase contemplando pájaros y flores. Gustaba de impregnar
del aroma de rosas o acacias o de flores de azahar sus vestidos, su
camarote y muy especialmente su papel para cartas. Era frugal y sobrio
en las comidas, noble en todos los actos de la vida y cristiano en sus
obras.

En la poderosa corte de los Reyes Católicos el primero que se puso
al lado de Colón fué Alonso de Quintanilla, Contador mayor del reino
(cargo parecido al actual Ministro de Hacienda). Quintanilla le
recomendó a D. Pedro González de Mendoza, gran Cardenal de España,
apellidado por el cronista contemporáneo Mártir de Anglería: _Tertius
Hispaniæ Rex_, tercer Rey de España. Colón «fué conosçido del
reverendíssimo é ilustre Cardenal de España, Arçobispo de Toledo, D.
Pedro Gonçalez de Mendoça, el qual començó a dar audiencia a Colon, é
conosçió dél que era sabio é bien hablado, y que daba buena raçon de
lo que decia. Y túvole por hombre de ingenio é de grande habilidad;
é conçebido esto, tomóle en buena reputacion é quísole favoresçer. Y
como era tanta parte para ello, por medio del Cardenal y de Alonso de
Quintanilla fué oydo del Rey e de la Reyna; é luego se prinçipió a dar
algun crédito a sus memoriales y peticiones é vino a concluirse el
negoçio.»

En mala, en muy mala ocasión hubo de presentarse Cristóbal Colón a los
Reyes Católicos. Cuando Doña Isabel y D. Fernando se hallaban ocupados
en arrojar de nuestro suelo y para siempre a los musulmanes, cuando la
Santa Hermandad castigaba con mano de hierro a los revoltosos magnates
y la Inquisición echaba al fuego a los herejes, cuando se publicaban
sabias Ordenanzas y se reunían célebres Cortes, y cuando en la corte
brillaban aquellos personajes que se llamaban Talavera, González de
Mendoza, Cisneros y Gonzalo de Córdova, un hombre obscuro, extranjero,
sin otra recomendación que la de un pobre fraile franciscano y sin
otros recursos que vender libros de estampa o hacer cartas de marear,
fundándose en que la tierra era esférica, solicitaba apoyo de los reyes
para ir por el Occidente a las costas de la India (Asia). No es extraño
que las gentes le llamasen iluso o loco.

Antes de continuar nuestra relación, consideremos el estado de la
política entre España y Francia, entre los Reyes Católicos y Carlos
VIII. En los primeros días del mes de enero de 1484 se encontraban D.
Fernando y D.ª Isabel en la ciudad de Vitoria. Allí recibieron una
embajada que tenía el encargo de notificarles la muerte de Luis XI y la
sucesión de su hijo Carlos VIII. Nuestros monarcas acordaron también
mandar a Francia su correspondiente embajada, con la indicación de que
Carlos VIII devolviese a España el Rosellón y la Cerdaña, condados que
retenía contra la voluntad de su padre, quien había dispuesto antes
de morir que se entregaran a los Reyes Católicos. La embajada, que se
envió en abril del mismo año, sólo obtuvo cariñosas promesas. Fernando
entonces pensó declarar la guerra a Francia; Isabel quería ocuparse
únicamente de la guerra con los moros. Las razones en que se apoyaba
el Rey Católico las expone admirablemente el cronista Pulgar. «El voto
del Rey, dice, era que primero se debían recobrar los condados del
Ruissellón y de Cerdaina que los tenía injustamente ocupados el rey de
Francia: e que la guerra con los moros se podía por agora suspender,
pues era voluntaria e para ganar lo ageno, y la guerra con Francia non
se debía escusar, pues era necesaria e para recobrar lo suyo. E que si
aquella era guerra sancta, estotra guerra era justa, e muy conveniente
a su honra. Porque si la guerra de los moros por agora no se
persiguiese, no les sería imputada mengua, e si estotra no se ficiese,
allende de recibir daño e pérdida, incurrían en deshonra por dexar a
otro Rey poseer por fuerza lo suyo, sin tener a ello título ni razon
alguna. Decía ansimesmo que el Rey de Francia era mozo, e su persona e
reino andaban en tutorías e gobernacion agena; las cuales cosas daban
la oportunidad pare facer la defensa de los franceses más flaca, e
la demanda de restitucion más fuerte. E que por si agora se dexase,
era de esperar que cresciéndole la cobdicia con la edad, sería más
dificile de recobrar e sacar de su poder aquella tierra. Otrosí decía
que cuanto más tiempo dexase de mover esta guerra, tanto mayor posesión
ganaba el Rey de Francia de aquellos Condados: e los moradores dellos
que cada hora esperaban ser tornados a su señorío, veyendo pasar el
tiempo sin dar obra a los recobrar, perderían la esperanza que tenían
de ser reducidos al señorío primero: e que el tiempo faría asentar sus
ánimos en ser súbditos del Rey de Francia e perderían la aficion que
tenían al señorío real de los Reyes de Aragon. La cual aficion decía él
que no era pequeña ayuda para los recobrar prestamente. Otrosí decía
que no podía buenamente sufrir los clamores de algunos caballeros e
cibdadanos de aquellos condados, que por servicio del Rey su padre e
suyo, han estado tanto tiempo desterrados de sus casas y heredamientos,
e reclamaban toda hora solicitando que se diese obra a la reducción de
aquella tierra por tornar a sus casas e bienes.»

Triunfó la opinión de la Reina y se continuó la campaña contra Granada,
a gusto también del Rey, convencido de las grandes dificultades que
tenía la guerra con Francia.

Desde que los castellanos asolaron la vega granadina (1484) hasta que
Boabdil entregó las llaves de la ciudad (2 enero 1492), no dejaron de
agitarse los amigos y enemigos de Colón, o mejor dicho, los partidarios
o no partidarios de los proyectos del genovés insigne. Al frente
del partido contrario al de Colón se puso Fr. Hernando de Talavera,
prior de Nuestra Señora de Prado (Valladolid), y después arzobispo de
Granada. Algunos escritores han tratado con severidad al prior de Prado
por las dificultades que puso _al más noble solicitante del universo_,
como le llama el conde Roselly de Lorgues[396]. No tienen razón. Fr.
Fernando ni era envidioso de la gloria ajena, ni sistemáticamente se
opuso a los proyectos del genovés. Creía de buena fe lo que afirmaba.
Aunque versado en las letras y en la ciencia teológica, apenas tenía
noción alguna de las matemáticas y de la cosmografía. Nadie ponía en
duda su clara inteligencia, ni sus muchas virtudes. «Varón tenido
por santo», escribe Vasconcellos; pero él que se había propuesto,
como regla de conducta, no influir en recomendación alguna, creyó que
debía oponerse a los deseos del extranjero. Justificada encontramos
la oposición de Talavera. «¿Qué proponía Colón?--pregunta con mucho
acierto el P. Ricardo Cappa--. Hallar por Occidente un camino más
breve del que por Oriente intentaban los portugueses al Asia. Asunto,
a la verdad, digno de consideración y acción; pero ¿qué podía valer
para los españoles la Cipango del Gran Khan en comparación del reino
de Granada?... ¿Podía un religioso, un prelado que fué el alma de esa
guerra, podía Talavera permitir que se debilitara en algo empleando los
recursos nacionales en lo que no fuese derrocar de una vez para siempre
a la media luna de las muslímicas torres de Granada? La empresa de
Colón era de un orden secundario por la ocasión en que se presentó, por
lo dudoso de la ejecución, por lo problemático del resultado»[397].

       [396] Obra citada, tom. I, pág. 135.

       [397] _Colón y los españoles_, pág. 2.


Comenzó entonces para Cristóbal Colón lucha continua y tenaz, con unos
porque no le entendían, y con otros porque no le querían entender.

Decidieron los reyes someter el asunto a una Junta de letrados que se
reunió en Córdoba y presidió Talavera, resultando de ella, como era
de esperar--dado que sus individuos fueron nombrados por el prior de
Prado--que las promesas y ofertas del genovés fueron juzgadas «por
imposibles y vanas y de toda repulsa dignas», según la expresión del
P. Las Casas. Comunicóse a Colón el resultado de la Junta, y para no
quitarle toda esperanza, se le prometió «volver a la materia cuando
más desocupadas sus Altezas se vieran». Cumplióse poco después lo
prometido. «Nueva Junta se celebró en Salamanca a fines del año
1486, al mismo tiempo que los reyes, de regreso de su expedición a
Galicia, residían en la ciudad[398]. Si el alma de la Junta de Córdoba
fué Talavera, ocupado a la sazón en visitar su diócesis como obispo
de Avila, el principal papel de la de Salamanca lo desempeñó el
dominico Fray Diego de Deza, maestro del príncipe D. Juan y protector
decidido de Colón[399]. De Fray Diego de Deza había de decir el mismo
Colón tiempo adelante, lo que sigue: «El señor obispo de Palencia,
siempre, desde que yo vine a Castilla, me ha favorecido y deseado mi
honra»[400]. Un mes después decía que el obispo de Palencia «fué causa
que sus Altezas hobiesen las Indias, y que yo quedase en Castilla, que
ya estaba yo de camino para fuera»[401].

       [398] Washington-Irving, Prescott, Humboldt, Navarrete y
       otros suponen erróneamente que sólo se celebró una Junta en
       Salamanca.

       [399] Obtuvo después altas dignidades: fué sucesivamente
       obispo de Zamora, Salamanca, Palencia y Jaén; arzobispo de
       Sevilla y electo de Toledo; canciller mayor de Castilla,
       capellán mayor y del Consejo Real, inquisidor general de
       España y confesor del Rey Católico.

       [400] Carta de Colón a su hijo Diego, fechada en Sevilla el 21
       de noviembre de 1504.

       [401] Carta al mismo D. Diego del 21 de diciembre de 1504.
       Esto que dice de Fray Diego de Deza, lo aplica en otras
       ocasiones a Fr. Juan Pérez, a Luis de Santángel y a otros.

Albergóse Cristóbal Colón en el convento de San Esteban. En dicho
convento se hallaba el colegio de estudios superiores, que dirigían
los mismos religiosos dominicos; colegio de estudios superiores que
sobresalía entre todos los demás establecimientos de instrucción
de Salamanca. Colón fué acogido benévolamente, lo mismo por el
citado Padre Deza, profesor de Teología en el colegio, que por el
prior Magdaleno. Los Padres dominicos, para poder examinar con todo
detenimiento y tranquilidad el proyecto de Colón, se retiraron a
la _granja de Valcuevo_, distante unos 10 kilómetros Oeste de la
ciudad[402]. Allí pudo el hijo ilustre de Génova exponer sus doctrinas,
atrayéndose la mayor y más granada parte de los individuos de la
sabia Junta, a pesar de ruda y tenaz oposición que le hicieron los
partidarios de Talavera[403]. Certificó la Asamblea de lo «seguro e
importante del asunto», y Fr. Diego de Deza, con otros religiosos,
acompañaron a Colón desde Salamanca a Alcalá de Henares, adonde se
había trasladado la corte, para comunicar a los monarcas el dictamen
favorable de los religiosos y maestros del convento de dominicos de
San Esteban. El cardenal González de Mendoza los introdujo ante la
presencia de Sus Altezas, dando los reyes a Colón «esperanzas ciertas»
de que se resolvería el asunto acabada la conquista de Granada. «Desde
entonces--dice Bernáldez--le miraron los reyes con agrado»[404]. En
efecto, le admitieron a su servicio, en el que estuvo durante la
campaña con los musulmanes. En las cuentas del tesorero real Francisco
González de Sevilla, se lee con fecha 5 de mayo de 1487 lo siguiente:
«pagado a Cristóbal Colón, extranjero, tres mil maravedís por cosas
cumplideras al servicio de Sus Altezas»[405].

       [402] Asistieron a las discusiones Monseñor Bartolomé
       Scandiano, nuncio apostólico, y Pablo Olivieri, secretario de
       la nunciatura; Monseñor Antonio Geraldini, ex nuncio, y su
       hermano Alejandro; Lucio Marineo y otros sabios.

       [403] Todavía el P. Manovel, catedrático de Derecho Canónico
       de la Universidad de Salamanca (m. el 4 de junio de 1893),
       alcanzó a ver--según decía--las figuras que Cristóbal
       Colón trazó en las paredes de Valcuevo para explicar
       sus teorías. Conviene no olvidar lo que el Sr. Berrueta
       escribió en su librito _El Padre Manovel_, librito que forma
       parte de la Biblioteca Salmantina. «Pasóse Manovel años y
       años--dice--rotulando puertas y paredes del convento de San
       Esteban: por aquí pasó el desvalido Colón, aquí estuvo sentado
       el desgraciado Colón, por aquí entró Colón, por aquí salió
       Colón, y la verdad es que ni Manovel ni nadie sabe todas esas
       cosas.»

       [404] _Historia de los Reyes Católicos_, capítulo CXVIII. Ms.

       [405] _Docum. Diplom._, número XI.--Simancas. Más adelante se
       le dieron otras cantidades.

No es cierto, pues, lo que Vivien de Saint-Martín y otros muchos
han escrito acerca de las conferencias de Salamanca. «Toda la
ignorancia--dice el citado geógrafo--, todos los prejuicios, todo
el dogmatismo intolerante, todas las objeciones pueriles contra las
verdades físicas conquistadas ya por la ciencia antigua, en una
palabra, todo lo que habían acumulado doce siglos de decadencia
intelectual y científica, las argucias escolásticas y monacales y
la citada interpretación de los textos de la Escritura, todo tuvo
que oirlo y soportarlo Colón»[406]. También, con sobrada injusticia,
escribe el italiano Bossi lo que sigue: «El proyecto fué entregado
al examen de hombres inexpertos, que, ignorando los principios de la
cosmografía y de la náutica, juzgaron impracticable la empresa.

       [406] _Historia de la Geografía_, tomo II, pág. 40.

«¡Los mejores cosmógrafos del reino! ¡Y qué cosmógrafos!

«Una de sus principales objeciones era que si una nave se engolfaba
demasiado hacia el Poniente, como pretendía Colón, sería arrastrada por
efecto de la redondez del globo, no pudiendo, por lo tanto, regresar a
España.» Durante el siglo XV, lo mismo en España que en otras naciones,
no era extraño que hombres tenidos por doctos dudasen de la posibilidad
de que siendo la tierra esférica pudiera navegar un barco siempre en
la misma dirección sin caer en la inmensidad del espacio. A nadie por
entonces le era permitido aceptar cualquiera novedad en las ciencias
físicas y naturales que pudiese aparecer como falsa interpretación
de la Biblia. Por entonces debió recibir carta del Rey D. Juan de
Portugal. (Apéndice I).

Hallándose Colón en Córdoba, conoció a Beatriz Enríquez de Arana, joven
de familia muy humilde, tan humilde, que--según Arellano--tal vez fuera
moza de algún mesón donde se hubiese alojado el futuro descubridor de
América. Las relaciones íntimas de Colón con la cordobesa, dieron por
resultado el nacimiento de un hijo (15 agosto 1488) a quien se dió el
nombre de Hernando.

Iba a llegar el momento tan deseado por Colón. Cuando Fernando e Isabel
se hallaban en el Real de Santa Fe y cercana la rendición de Granada,
el genovés llegó a dicho campamento, no sabemos si por propio impulso
o por orden de los reyes o llamado por sus amigos y protectores.
Inmediatamente formuló sus proposiciones, las cuales debieron ser
casi las mismas que--como después veremos--presentó la segunda vez.
«Pareció, dice, cosa dura concederlas, pues saliendo con la empresa
parecía mucho, y malográndose, ligereza.» Ocasión propicia se ofreció
a los enemigos de Colón para desacreditarle ante los reyes, poniéndose
al frente de aquellos D. Fernando de Talavera, ya indicado para
arzobispo de Granada. En efecto, D. Fernando y Doña Isabel rechazaron
las proposiciones.

Volvió Colón a la Rábida, donde Fray Juan Pérez y el físico Garci
Hernández le convencieron de que debía permanecer en España por
entonces. Es de advertir que en aquellos tiempos los físicos, no sólo
estudiaban el arte de curar, sino las ciencias naturales, la geografía
y la astrología. Tal vez por ello los franciscanos Fr. Juan Pérez y Fr.
Antonio de Marchena echaron mano de Garci Hernández para que plantease
y resolviese los árduos y difíciles problemas que acariciaba el marino
de Génova. Convencido Fray Juan Pérez, escribió una carta a la Reina.
Llevó dicha carta Sebastián Rodríguez, piloto de Lepe. Garci Hernández,
físico de Palos, testigo presencial de los sucesos, en las _Probanzas_
del pleito que D. Diego Colón suscitó a la Corona declaró lo que sigue:

«Que sabe que el dicho myn alonso pinçón en la dicha pregunta tenya en
esta villa lo que le hacya menester, é que sabe que el dicho almirante
don Xobal colon venyendo a la Rabida con su hijo don diego, que es
agora almyrante, a pie se byno a la Rabida, ques monesterio de frayles
en esta villa, el qual demandó a la porterya que le diesen para aquel
nyñyco, que hera nyño, pan y agua que bebiese, e que estando ally
ende este testigo con un frayle que se llamaba frey juan perez, que
es ya defunto, quyso ablar con el dicho don Xobal colon, e vyendole
despusicion de otra trra o reyno ageno en su lengua le pregunto que
quyen hera e donde venya, e que el Xobal colon le dixo que venya de la
corte de su alteza e le quiso dar parte de su embaxada, a que fué a la
corte e como venya, e que dixo el dicho Xobal colon al dicho frey juan
perez como abya puesto en platyca en descobryr ante su alteza e que se
obligaba a dar la trra firme, queriendole ayudad su alteza con nabyos
e las cosas pertenecientes para el dicho viage e que convenyesen, e
que muchos de los caballeros e otras personas que ay se hallaron al
dicho razonamiento le bolaron su palabra e que no fué acoxida, mas que
antes hazian burla de su razon, desiendo que tantos tiempos aca se
abian probado e puesto nabyos en la busca e que todo hera un poco de
ayre e que no abya razon dello; que el dicho Xobal colon, vyendo ser
su rason desyelta en tan poco conoscimiento de lo que se ofresia de
haced e complyr, el se vino de la corte e se yba derecho desta villa
a la villa de Huelva, para fablar e verse con un su cuñado casado con
hermana de su muger e que a la sazon estaba e que habia nombre muliar,
e que vyendo el dicho freyle su rason, envyó a llamer a este testigo,
con el cual tenya mucha conversacion de amor e porque alguna cosa sabya
del arte astronómica, para hablarse con el dicho Xobal colon e byese
razon sobre este caso del descobryr, y que este dicho testigo vyno
luego e hablaron todos tres sobre el dicho caso, e que de aquy lygeron
luego un hombre para que llevase una carta a la Reyna doña Isabel, que
aya santa gloria, del dicho frey juan perez, que hera su confesor, el
qual portador de la dicha carta fue sebastian Rodriguez, un piloto de
Lepe, e que detubieron al dicho Xobal colon en el monesterio fasta
sabed la respuesta de la dicha carta de su alteza para ver lo que por
ella proveyan e asy se hyso, e dende a catorce dias la Reina, nuestra
señora, escribió al dicho Fray Juan Perez, agradeciéndole mucho su
buen propósito e que le rogaba e mandaba que luego, vista la presente,
pareciese en la corte ante S. A. y que dejase al dicho Xobal colon en
seguridad de esperanza fasta que S. A. le escribiese e vista la dicha
carta e su disposicion, secretamente se marchó antes de media noche el
dicho fraile del monasterio, e cabalgó en un mulo e cumplió el mandato
de S. A.; e pareció en la corte e de allí consultaron que se diesen al
dicho Xobal colon tres navíos para que fuese a descubrir e facer verdad
su palabra dada, e que la Reina nuestra señora, concedido esto, envió
2.000 maravedises en florines, los cuales trujo Diego Prieto, vecino
de esta villa, e los dió con una carta a este testigo, para que los
diese a Xobal colon para que se vistiese honestamente y mercase una
vestezuela e pareciese ante S. A., e que el dicho Xobal colon recibió
los dichos 2.000 maravedises e partió ante Su Alteza como dicho es a
consultar todo lo susodicho, e de ally vyno proveydo con lycencia para
tomar los dichos nabios quel señalase que conbenyan para seguyr el
dicho viaje, e desta hecha fué el concierto e compañya que tomó con
myn alonso pinçon e vicente yañez, porque heran personas suficientes
e sabydos en las cosas del mar, los quales, allende de su saber e del
dicho Xobal colon ellos le abyaron e pusieron en muchas cosas, las
quales fueron en probecho del dicho viaje»[407].

       [407] _Archivo general de Indias de Sevilla.--Información de
       Palos_, 1.º de octubre de 1515.--Piexa 23, fol. 58 (Colec. del
       Patronato, estante 1.º, caja 1.ª. leg. 5/12).

Por entonces contrajo relaciones Colón con Martín Alonso Pinzón,
hombre que tenía posición desahogada, numerosos parientes, armador en
Palos, experto marino y conocedor de los mares por donde a la sazón
se navegaba desde nuestras costas, esto es, en el Mediterráneo hasta
Italia y en el Atlántico hasta las Canarias. A la vuelta de un viaje
que hizo a Roma, inmediatamente que Colón supo que había desembarcado
en Palos, fué a verle, entendiéndose en seguida, pues había un punto,
el más importante, en que los dos estaban conformes, cual era que
navegando al Occidente hallarían ricas tierras. ¿Qué tierras eran
éstas? Según Colón las partes orientales del Asia llamadas _Manghi,
athay_ y _Cipango_; según Pinzón las islas del Atlántico conocidas
con los nombres de _San Barandán_, _Antila_ o _Siete Ciudades_ y _Max
Satanaxia_.

Reanudáronse las negociaciones entre Colón y los Reyes Católicos,
merced al citado Fray Juan Pérez, y tal vez influyesen en el mismo
sentido la marquesa de Moya, Fr. Diego de Deza, el P. Marchena,
Cabrero, Gutiérrez de Cárdenas, Dr. Chanca, P. Gorricio y otros amigos
de Colón; pero la firmeza de carácter y aun inflexibilidad del insigne
navegante hicieron que por segunda vez se rompiesen los tratos. Púsose
en camino; mas convencidos Fernando e Isabel de los razonamientos
de Luis Santángel, escribano de raciones de Aragón, dispusieron que
un alguacil de corte fuese en su busca, alcanzándole a dos leguas
de Granada, en la Puente de Pinos. La Reina ya no dudaba de que el
proyecto de Colón podía realizarse, pues de ello le habían convencido
los razonamientos del citado Santángel y los de otros servidores.
Cuéntase que como algunos hiciesen notar que el Tesoro estaba exhausto
después de tantas guerras, Isabel indicó que todo se arreglaría
«buscando sobre sus joyas el dinero necesario para la Armada»[408], o
«yo torné por bien que sobre joyas de mi recámara se busquen prestados
los dineros que para hacer la Armada pide Colón»[409]. Esta tradición
pertenece a la leyenda, pues--como dice perfectamente Fernández
Duro--«no se la encuentra en los cronistas de la época, ni en los
abundantes cancioneros que subsisten de entonces, ni en los elogios,
biografías, relaciones y epistolarios de los personajes más allegados
a los reyes o que directamente intervinieron en las pretensiones de
Cristóbal Colón y en la expedición de las naves que hallaron el Nuevo
Mundo»[410]. El primero que la estampó fué Fernando Colón, que era muy
niño a la sazón y se hallaba lejos del lugar; de él la transcribió Fr.
Bartolomé de las Casas, en su _Historia de las Indias_. Como las dos
obras quedaron sin imprimirse, Antonio de Herrera nada dijo de las
joyas en sus _Décadas_. Comenzó a difundirse la especie en los albores
de la centuria décimo séptima, cuando se conoció la obra publicada
por el hijo del descubridor del Nuevo Mundo. Desde entonces, en todos
los libros en que se trata del famoso descubrimiento, se relata y
amplifica el hecho, creyendo de este modo ensalzar el nombre de Isabel
la Católica. Afirmamos que la Reina no dijo tales palabras, aunque
sí es cierto que estaba decidida a prestar todo su apoyo al gran
navegante italiano. ¿Forjó la leyenda Fernando Colón? No; la forjó la
fantasía popular, la forjaron todos los españoles, porque éste era el
sentimiento de la nación.

       [408] Fernando Colón, _Vida del Almirante_, cap. XIV.

       [409] Las Casas, _Hist. general de las Indias_, cap. XXXII.

       [410] _Tradiciones infundadas_, págs. 359-383.--Madrid, 1888.

El 17 de abril de 1492, en Santa Fe, se firmaron las Capitulaciones
entre los Reyes Católicos y Cristóbal Colón, redactadas por el aragonés
Juan Coloma; el 30 de dicho mes se le despachó, y el 12 de mayo partió
el Almirante para Palos. Bajo las siguientes bases se redactaron las
mencionadas Capitulaciones:

  _Capitulaciones entre los señores Reyes Católicos y Cristóbal
  Colon_, abril 17 de 1492[411].

  Las cosas suplicadas é que Vuestras Altezas dan y otorgan a don
  Cristóbal Colon, en alguna satisfaccion de lo que ha de descubrir
  en las mares Océanas, y del viage que agora, con el ayuda de Dios,
  ha de hacer por ellas en servicio de Vuestras Altezas, son las que
  siguen:

  Primeramente: que Vuestras Altezas, como señores que son de las
  dichas mares Océanas, fagan desde agora al dicho D. Cristóbal Colon
  su Almirante en todas aquellas islas é tierras-firmes, que por su
  mano ó industria se descobrieren ó ganaren en las dichas mares
  Océanas para despues dél muerto a sus herederos é sus sucesores
  de uno en otro perpetuamente, con todas aquellas preeminencias
  é prerogativas pertenecientes al tal oficio, é segund que D.
  Alonso Henriquez Vuestro Almirante Mayor de Castilla é los otros
  predecesores en el dicho oficio lo tenian en sus distritos.

                           _Place a sus Altezas._==Juan de Coloma.


  Otrosi: que Vuestras Altezas facen al dicho D. Cristóbal Colon,
  su Visorey y Gobernador General en todas las dichas islas y
  tierras-firmes, que como dicho es, él descubriere ó ganare en las
  dichas mares; é que para el regimiento de cada una y cualquier
  dellas, faga él, eleccion de tres personas para cada oficio; é que
  Vuestras Altezas tomen y escojan uno, el que mas fuere su servicio,
  é así serán mejor regidas las tierras que nuestro Señor le dejará
  fallar é ganar a servicio de Vuestras Altezas.

                           _Place a sus Altezas._==Juan de Coloma.


  Item: que todas é cualesquier mercadurias, siquier sean perlas,
  piedras preciosas, oro, plata, especieria é otras cualesquier cosas
  é mercadurias de cualquier especie, nombre é manera que sean, que
  se compraren, trocaren, fallaren, ganaren é obieren dentro de los
  límites del dicho Almirantazgo, que dende agora Vuestras Altezas
  facen merced al dicho D. Cristóbal y quieren que haga y lleve para
  sí, la decena parte de todo ello, quitadas las costas todas que se
  ficieren en ello. Por manera, que de lo que quedare limpio é libre
  haga é tome la decena parte para si mismo, é faga de ella a su
  voluntad, quedando las otras nueve partes para Vuestras Altezas.

                           _Place a sus Altezas._==Juan de Coloma.


  Otrosi: que si a causa de las mercadurias que él traerá de las
  dichas islas y tierras, que así como dicho es, se ganaren é
  descubrieren, ó de las que en trueque de aquellas se tomaran acá de
  otros mercaderes, naciere pleito alguno en el logar donde el dicho
  comercio é trato se terná é fará: que si por la preeminencia de su
  oficio de Almirante le pertenecerá cognoscer de tal pleito: plega a
  Vuestras Altezas que él ó su Teniente, y no otro Juez, cognosca de
  tal pleito: é así lo provean dende agora.

  _Place a sus Altezas, si pertenece al dicho oficio de Almirante,
  segun que lo tenia el dicho Almirante D. Alonso Henriquez y los
  otros sus antecesores en sus distritos, y siendo justo._==Juan de
  Coloma.


  Item: que en todos los navíos que se armaren para el dicho trato é
  negociacion, cada y cuando é cuantas veces se armaren, que pueda el
  dicho D. Cristóbal Colon, si quisiere, contribuir é pagar la ochena
  parte de todo lo que se gastare en el armazon, é que tambien haya
  é lleve del provecho la ochena parte de lo que resultare de la tal
  armada.

                           _Place a sus Altezas._==Juan de Coloma.

       [411] _Archivo de los Duques de Veragua._--_Colec. de doc.
       ined._, _etc._, tomo XVII. págs. 572-574.

Es evidente--como han dicho no pocos escritores--que las Capitulaciones
de Colón con los Reyes Católicos no podían llevarse a cabo. No pudieron
ejecutarse en vida de Colón y mucho menos en tiempo de sus sucesores.
Si los descendientes del genovés tenían derecho a que se les cumpliese
todo lo ofrecido, el Estado, por su parte, no debía renunciar su
soberanía sobre los territorios descubiertos. De modo que tiene clara
explicación el pleito de la familia de Colón con el Estado y también
con los Pinzones.

Hecho el convenio citado, encaminóse el nuevo Almirante por tercera vez
a Palos y a la Rábida, pudiendo contar con la ayuda de Martín Alonso
Pinzón, _persona esforzada y de buen ingenio_, al decir del mismo
Colón[412]. El nombre de Martín Alonso Pinzón merece el más alto lugar
entre los compañeros del descubridor del Nuevo Mundo.

       [412] Se ha dicho que la alegría de Colón vino a turbarse
       cuando supo, al llegar a Palos, que patronos y marineros se
       negaban a acompañarle. Añade la leyenda, que en situación tan
       crítica apareció Martín Alonso Pinzón, logrando levantar el
       espíritu de los apocados o miedosos. Por lo que respecta a los
       navíos _Santa María_, la _Pinta_ y la _Niña_, declaró Colón
       «que eran muy aptos para semejante fecho.»

Distribuyéronse los cargos de la manera siguiente: mandaría la carabela
_Santa María_, que era la de mayor calado, el Almirante, desempeñando
el cargo de Maestre Juan de la Cosa; Martín Alonso Pinzón fué nombrado
Capitán de la _Pinta_, que era la más velera, llevando de Maestre a su
hermano Francisco; y otro hermano de Martín, Vicente Yáñez, dirigiría
la _Niña_, y sería Maestre su propietario Juan Niño. En el espacio de
un mes estuvo la flota en disposición de partir.

¿Cuáles fueron las condiciones del convenio entre Colón y Martín Alonso
Pinzón? Arias Pérez declaró que «enseñando Cristóbal Colón a Martín
Alonso las mercedes que sus Altezas le facían descubriendo la tierra
y vistas, dixo e le prometió de partir con él la mytad»[413]. Alonso
Gallego puso en labios de Colón lo que sigue: «Señor Martín Alonso,
vamos este viaje, que si salimos con él y Dios nos descubre la tierra,
yo os prometo por la corona real de partir con vos como buen hermano
mio»[414].

       [413] Información de Palos, 15 de octubre de 1515. Pieza 23,
       folio 71. Archivo general de Sevilla.

       [414] Información de Sevilla, 15 de diciembre de 1535. Pieza
       5.ª, folio, 119.

Francisco Medel dijo que el Almirante ofreció a Martín Alonso «cuanto
pidiese e quisiese»[415]. Diego Hernández Colmenero manifestó que
«el dicho Almirante le prometió la mitad de todo el interés e de la
honra e provecho que dello se hobiese...»[416]. Somos de opinión que
la mitad ofrecida no se refiere a todas los mercedes, como títulos,
etc., conferido por los reyes a Colón, sino a las utilidades que se
recogiesen en la expedición. No creemos que sea mucho esta mitad,
considerando que Pinzón puso medio cuento de maravedís, o sea la mitad
de lo que pusieron los reyes; puso, de acuerdo con sus condueños,
la nao _Pinta_, y contrató las otras dos, y, por último, puso las
tripulaciones, esto es, todo el personal.

       [415] Información de Sevilla, 15 de diciembre de 1535. Pieza
       5.ª

       [416] Información de Sevilla, 15 de diciembre de 1535. Pieza
       5.ª



CAPÍTULO XX

  PRIMER VIAJE DE COLÓN.--INCIDENTES MÁS IMPORTANTES QUE OCURRIERON
  DURANTE EL VIAJE.--DISGUSTO DE ALGUNOS MARINEROS.--EL 11 DE
  OCTUBRE DE 1492.--RODRÍGUEZ BERMEJO ES EL PRIMERO QUE GRITA
  ¡TIERRA!--GUANAHANÍ (SAN SALVADOR), SANTA MARÍA DE LA CONCEPCIÓN,
  FERNANDINA, ISABELA (SAOMETO), CUBA (JUANA) Y ESPAÑOLA (HAITÍ).--EL
  CACIQUE GUACANAGARI.--FUERTE DE NAVIDAD.--VUELTA DE COLÓN A
  ESPAÑA.--COLÓN EN LISBOA Y EN PALOS.--COLÓN EN SEVILLA Y EN
  BARCELONA.--BREVES DE ALEJANDRO VI.--CASTILLA Y ARAGÓN EN EL
  DESCUBRIMIENTO.


Consideremos la primera expedición de Cristóbal Colón. En la mañana
del 3 de agosto de 1492, después de oir misa en la iglesia de Palos,
se dirigieron los expedicionarios a las naves, acompañados de sus
familias y de los religiosos de la Rábida, y seguidos de muchos vecinos
del pueblo, como también de Moguer y de Huelva. La bandera de la
Santa María llevaba la imagen de Nuestro Señor Jesucristo clavado en
la cruz[417]. En el nombre de Jesús mandó Cristóbal Colón desplegar
las velas de sus naves[418]. Cuando levaron anclas[419] y las tres
carabelas comenzaron a alejarse, no pocos de los que quedaban en el
puerto se mofaban del futuro Almirante de las Indias y pensaban que
ni él ni ninguno de los expedicionarios regresarían del viaje. Era
aquél un cortejo de luto más bien que una reunión de alegres personas
que despedían a sus deudos y amigos para feliz viaje. Las madres, las
esposas, las hijas y las hermanas de los marineros maldecían en voz
baja a ese funesto extranjero que había engañado con sus palabras a
los reyes. Todo lo que se adelanta a la humanidad, lleva consigo la
reprobación de los contemporáneos[420].

       [417] _Una banniera nella quale era figurato il Nostro
       Signore Jesucristo en croce._ Giov. Battista Ramussio, _Della
       navigatione e viaggi, raccolta_, vol. III, fol. I.

       [418] Véase Oviedo, _Historia natural y general de las
       Indias_, lib. II, cap. V, fol. C.

       [419] Al pie del convento se halla la parte de playa (estero
       de Domingo Rubio), de donde zarparon las tres carabelas.

       [420] «Al tiempo quel dicho D. Cristóbal Colon aderezaba para
       yr a descobryr las dchas yndias, declara Alonso Pardo, este
       testigo vido que todos andaban haciendo burla del dcho D.
       Cristobal Colon e lo tenían por muerto, a él e a todos los que
       yvan con él, e que no había de venyr nynguno.» (Información de
       Moguer, 12 de febrero de 1515. Pieza 3.ª)

Sin embargo de las importantes expediciones que se habían hecho en el
siglo XVI y muy especialmente los viajes de Enrique el _Navegante_,
todavía del mar Tenebroso, como de antiguo se llamó al Atlántico,
circulaban en aquella centuria preocupaciones, consejas y patrañas,
capaces de infundir terror en gentes supersticiosas e incultas.

Los tripulantes de la _Santa María_ eran 70, los de la _Pinta_ 30 y los
de la _Niña_ 24[421]. Además de Cristóbal Colón, Almirante, que montaba
la _Santa María_; de Martín Alonso Pinzón, natural de Palos, capitán de
la _Pinta_, y de Vicente Yáñez Pinzón, de Palos, que mandaba la _Niña_,
se hallaban de la familia de los Pinzones los siguientes:

       [421] _Relación hecha por D. Nicolás Tenerio con motivo del
       cuarto centenario del descubrimiento de América._ Consta dicha
       relación de 72 expedicionarios. Los restantes, hasta el número
       124, unos se encuentran entre los 54 que murieron en el fuerte
       de Navidad, y otros todavía ignoramos sus nombres.

  Diego Martín Pinzón, el viejo, de Palos.

  Bartolomé Martín Pinzón, de Palos.

  Francisco Martín Pinzón, de Palos.

  Arias Martín Pinzón, de Palos.

  Juan Niño, natural de Moguer, dueño y maestre de la carabela _Niña_.

  Pero Alonso Niño, de Moguer, hermano de Juan y piloto de dicha
  carabela.

  Alonso Niño, de Moguer, hijo de Juan y maestre de la misma carabela.

  Andrés Niño, de Moguer.

  Francisco Niño, de Moguer.

  Cristóbal Niño, de Moguer.

  Bartolomé Pérez Niño, de Moguer.

  Alonso Pérez Niño, de Moguer.

  Diego de Arana, natural de Córdoba, alguacil mayor de la Armada.

  Rodrigo de Escobedo, natural de Segovia, escribano de la Armada.

  Pero Gutiérrez, repostero de estrados de los Reyes Católicos.

  Alonso, de Moguer, físico.

  Luis de Torres, intérprete de la expedición, que había vivido con
  el Adelantado de Murcia y era judío converso, conocedor del hebreo,
  caldeo, árabe y de otras lenguas.

  Jacome el Rico, genovés.

  Juan de la Cosa, de Santoña, maestre de la _Santa María_.

  Gomes Rascón y

  Cristóbal Quintero, ambos de Palos y dueños de la carabela _Pinta_.

  García Hernandez, de Palos, físico.

  Juan de Umbría y

  Cristóbal García Xalmiento, ambos de Palos y pilotos de la _Pinta_.

  García Hernández, de Huelva, despensero de dicha carabela.

  Juan Rodríguez Bermejo, vecino de Molinos en tierra de Sevilla.

  Rodrigo de Triana.

  Juan Quintero, de Palos, llamado el _plateador_, piloto.

  Juan Pérez Vizcaíno, de Palos, calafate.

  Diego Rodríguez, de Palos.

  Pedro de Soria, de Palos.

  Francisco de Huelva.

  Andrés de Huelva.

  López, calafate.

  Diego Lorenzo, de Huelva.

  Pedro de Lepe, vecino de Redondela.

  Domingo de Lequeitio.

  Juan de Lequeitio.

  Martín de Urtubia, vizcaíno.

  Alonso de Morales, de Moguer.

  Francisco García Vallejo, de Moguer.

  Rodrigo Sánchez, de Segovia.

  Maestre Diego.

  Rodrigo de Xerez, de Ayamonte.

  Alonso Pérez Roldán, piloto de Palos.

  Pedro Terreros, maestresala del Almirante.

  Pedro de Saucedo, paje de Colón.

  Gil Pérez.

  Pero Bermúdez, de Palos.

  Rodrigo Monge, de Palos.

  Hernán Pérez, de Palos.

  Bartolomé Pérez, piloto de Palos.

  Bartolomé Colín, de Palos.

  Alonso Gutiérrez Querido, de Palos.

  Juan Ortiz, de Huelva.

  Sancho Ruiz, piloto de Palos.

  Pedro de Villa, del Puerto de Santa María.

  Bartolomé García, de Palos.

  Vicente Eguía.

  García Alonso, de Palos.

  Pedro de Arcos, de Palos.

  Juan de Xerez, de Palos.

  Juan de Sevilla.

  Francisco García Gallegos, de Palos.

  Alonso Medel, de Palos.

  Juan Bermúdez, de Moguer.

  Juan de Triana, de Moguer.

  Juan de Moguer.

  Pedro Arráez.

  Fernández.

El primer día, impelidas las carabelas por favorable ventolina, tenían
la proa Sudoeste cuarto sud.

El día siguiente, sábado, todo continuó bien.

El domingo, 5 de Agosto, anduvieron 40 leguas.

El lunes, 6 de Agosto, zarparon de la isla de Hierro, la más occidental
de las Canarias[422]. El viaje fué feliz. El mar estaba tranquilo, el
cielo sereno y los vientos del Oeste empujaban las naves. Sin embargo,
no habían transcurrido tres días desde que Cristóbal Colón salió de
Palos, y ya desencajóse el gobernalle de la carabela _Pinta_, que era
de Cristóbal Quintero y de Gómez Rascón, _porque les pesaba ir aquel
viaje_, obligando a retrasar la expedición para poder adobar el timón
en la Gomera. Después de reparar dicha carabela y de cambiar por velas
cuadradas el velamen triangular de la _Niña_; después de renovar la
provisión de agua y leña, y de tomar víveres frescos, continuaron su
marcha el jueves, 6 de septiembre; pero una calma chicha les hizo
estacionarse en las aguas de la Gomera. Situación tan triste duró desde
el jueves por la mañana hasta el crepúsculo del sábado, 8 de dicho mes.
Desde el día 9 de septiembre dispuso el Almirante contar menos leguas
de las que andaba, para que la gente no se espantase ni desmayase,
teniendo que reñir muchas veces a los marineros _porque gobernaban mal_.

       [422] «De haber continuado Colón la ruta dispuesta por él
       desde que zarpara de la Isla de Hierro, topa su nave con
       el territorio llamado la Florida hoy, es decir, con el
       Continente; a lo menos con isla de grandor casi continental,
       como Cuba; pero en la desviación propuesta por los Pinzones,
       y admitida por él a última hora, estaba llamada a dar con un
       islote muy hermoso de aspecto, pero diminuto y baladí si lo
       parangonamos con el inmenso mundo en cuyos mares navegaban
       ya.» Castelar, _Hist. del descubrimiento de América_, tomo II,
       pág. 38.

Consideremos los incidentes más notables que ocurrieron a la
expedición. El primero fué la llegada al mar de las Hierbas o de
Sargaso; pero la turbación de los tripulantes se desvaneció fácilmente
por las explicaciones dadas por los jefes. El segundo ocurrió a primera
noche del 13 de septiembre y consistió en que habiendo apuntado la
brújula hasta entonces al Noreste, declinó de cinco a seis grados
al Noroeste, cuya declinación aumentó la mañana del día siguiente
y los días sucesivos. Aunque esto asustó a los pilotos, Colón les
hizo notar que «al tomar la altura de la estrella polar era preciso
tener en cuenta su movimiento horario, y que la brújula se dirigía
a mi _punto invisible_, al Oeste del polo del mundo.» Colón, pues,
había descubierto la declinación occidental de la aguja. Desde el
comienzo del viaje, aquella fué la primera vez que se hizo semejante
observación. Pronto el temor se iba a convertir en alegría.

El 14 de septiembre dijeron los de la carabela _Niña_ que habían
visto un _garjao_ y un _rabo de junco_; el 16 también pudieron ver
bastante porción de hierba, porción de hierba que aumentó el 17, y
en la cual encontró un cangrejo vivo, diciendo entonces el Almirante
que aquellas señales eran del Poniente, «donde espero en aquel alto
Dios, en cuyas manos están todas las victorias, que muy pronto nos
dará tierra.» En aquella misma mañana vió un _rabo de junco_, ave que
no suele dormir en la mar. El 18, Martín Alonso desde la _Pinta_, que
era gran velera dijo a Colón que había visto muchas aves dirigirse al
Poniente, esperando aquella noche ver tierra. El 19 vino a la nao un
_alcatraz_ o _pelícano_, y por la tarde los marineros vieron otro; el
20 vinieron a la nao cuatro _alcatraces_, un _garjao_ y dos o tres
_pajaritos de tierra_; el 21 vieron un _alcatraz_ y una _ballena_. El
22 de septiembre distinguieron otras aves. Dice el Almirante: «Mucho
me fué necesario este viento contrario, porque mi gente andaban muy
estimulados que pensaban que no ventaban estos mares vientos para
volver a España.»

Registremos el incidente más importante que ocurrió durante la
travesía, y sobre el cual no están acordes los historiadores. El 23 de
septiembre la gente continuó murmurando del largo viaje, y murmurando
continuó diez y siete días más; pero el Almirante dióles buenas
esperanzas de los provechos que podrían haber. El mismo Colón escribió
con fecha 14 de febrero de 1493, esto es, a su regreso, «que había
tenido que sufrir mucho a la ida a causa de su gente, porque todos a
una voz estaban determinados de se volver y alzarse contra él haciendo
protestaciones»[423]. Pedro Mártir de Anglería, en su obra _De rebus
Oceanis_, dice lo que a continuación copiamos: «Los españoles de la
expedición empezaron a comunicarse su descontento en secreto, y luego
se congregaron públicamente, amenazando arrojar al mar a su jefe,
porque el genovés los había engañado y conducido a su perdición.»

       [423] Véase _Diario del primer viaje de Colón_, publicado
       por Las Casas y reproducido por Fernández Navarrete en su
       _Colección diplomática_, tom. I, págs. 1 a 197.

Washington Irving, el conde Roselly de Lorgues y otros, refieren que
una sublevación de los marinos contra Colón estuvo a punto de echar por
tierra el descubrimiento del Nuevo Mundo. Dicen que, contagiados del
miedo, los Pinzones amenazaron con la muerte al Almirante si no volvía
las proas de los barcos hacia Castilla. Los tres hermanos, el mayor
sobre todo, le habían tratado con cierta rudeza y aun altanería. Pero
el _Diario de Colón_, relato oficial de cuantos sucesos ocurrían, no
refiere así los hechos. Entre las declaraciones relacionadas con el
famoso motín de las tripulaciones, encontramos la de García Vallejo,
que se hallaba en la carabela de Martín Alonso. «Capitanes, dijo el
Almirante, ¿qué faremos que mi gente muestra mucha queja? ¿que vos
parece, señores, que fagamos? Y que entonces dijo Vicente Yáñez:
Andemos, señor, fasta dos mil leguas, e si aquí non falláremos lo que
vamos a buscar, de allí podremos dar buelta.» Y entonces respondió
Martín Alonso Pinzón, que iba por capitán así principal: «Cómo, señor:
¿agora partimos de la villa de Palos y ya vuesa merced se va enojando?
Avante, señor, que Dios nos dará victoria que descubramos tierra, que
nunca Dios querrá que con tal vergüenza volvamos.» Entonces respondió
el dicho Almirante Don Cristóbal: «Bienaventurados seáis.» Nosotros
creemos que la rebelión se redujo a murmurar y pretender el regreso
algunos expedicionarios, siendo disuadidos fácilmente por Colón y los
Pinzones. La rebelión, pues, careció de importancia[424].

       [424] Véase _Colón y Pinzón_.--Memorias de la Real Academia de
       la Historia, tomo X.--Madrid. 1885.

¿Por qué murmuraron contra Cristóbal Colón los tripulantes de la _Santa
María_? ¿Por qué no murmuraron los marineros de las otras dos naos? Las
causas quedan reducidas a dos: la primera, que Colón era extranjero;
la segunda, que los marineros habían emprendido el viaje, no por la
confianza que les inspiraba Colón, sino por la consideración y afecto
que tenían a los Pinzones. Pudo también influir en que el Almirante
era altivo y orgulloso o «de recia y dura condición,» como escribe
Garibay, lo cual le llevó a tratar con despego y aun con desdén a sus
subordinados, pues nunca supo conquistarse el cariño de la gente de mar
española.

El viernes, 5 de octubre, aparecieron señales de la proximidad de la
tierra. «A Dios muchas gracias sean dadas», exclamó el Almirante.
Cada vez se agitaban en el aire mayor número de aves. Continuaba
siendo fácil la navegación y corrían presurosas las tres carabelas.
El domingo, día 7, se creyó haber descubierto tierra. El lunes, día
8, dice Colón: «Gracias a Dios: los aires muy dulces como en abril a
Sevilla, qué placer estar a ellos, tan olorosos son.» El martes, día
9, cambió algo el viento, siendo preciso mudar varias veces de rumbo.
El miércoles, día 10 de octubre, la escuadrilla andaba diez millas
por hora, e hizo 59 leguas durante el día y la noche. Continuaban
vientos favorables; pero cuando menos se pensaba, se alborotó el
mar y se levantaron oleadas inmensas que impelían con fuerza las
carabelas. Anunció Colón la proximidad de la tierra, aunque su vista
nada descubría a la sazón. «Aquí--según el extracto hecho por Las
Casas del _Diario_ del primer viaje--la gente ya no lo podía sufrir:
quejábase del largo viaje; pero el Almirante los esforzó lo mejor que
pudo dándoles buena esperanza de los provechos que podían haber.» Y
terminaba así: «que por demás era quejarse, pues que él había venido a
las Indias y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con ayuda de
nuestro Señor.»

Las esperanzas dadas por Cristóbal Colón a su gente se vieron
realizadas en la noche del jueves, 11 de octubre de 1492. Ibase a
descubrir el Nuevo Mundo, convirtiéndose en realidad los sueños del
intrépido italiano (Apéndice J). Cuando el reló de la _Santa María_
marcaba las dos de la madrugada, salió de la carabela _Pinta_ el grito
mágico de ¡Tierra! dado seguramente por el afortunado marinero Juan
Rodríguez Bermejo, según las declaraciones de varios testigos[425].
Sin embargo--escribe Sales y Ferré--se adjudicó Colón la pensión
vitalicia de diez mil maravedís que se había ofrecido como premio al
primero que viese tierra, y que pertenecía de derecho a Juan Rodríguez
Bermejo[426]. Nuevo y triste testimonio de lo mucho que podía la sed
de oro en el ánimo de Colón[427]. Dejamos al Sr. Sales y Ferré la
responsabilidad de sus últimas palabras, de las cuales huelga decir que
no estamos conformes. Washington Irving ha dicho--también en nuestro
sentir con poco acierto--que no era digno y noble para Colón «el
haber disputado la recompensa a un pobre marinero»[428]. Despechado
Juan Rodríguez Bermejo--según se cuenta--de que la renta de diez mil
maravedís se hubiese adjudicado a Colón, pasó al Africa, donde se hizo
musulmán, creyendo encontrar más justicia entre los hijos del Profeta
que entre los cristianos[429].

       [425] «Esta tierra vido primero un marinero que se decía
       Rodrigo de Triana: puesto que el Almirante a las diez de la
       noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque
       fué cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra;
       pero llamó a Pero Gutierrez, repostero destrados del Rey, é
       díjole, que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y
       vídola: díjolo también a Rodrigo Sanchez de Segovia, quel Rey
       y la Reina enviaban en el armada por veedor, el cual no vido
       nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver. Después
       quel Almirante lo dijo, se vido una vez ó dos, y era como una
       candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos
       pareciera ser indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por
       cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dijeron
       la _Salve_, que la acostumbraban decir é cantar a su manera
       todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestólos el
       Almirante que hiciesen buena guarda al castillo de proa, y
       mirasen bien por la tierra, y que al que le dijese primero que
       via tierra, le daría luego un jubon de seda, sin las otras
       mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil
       maravedís de juro a quien primero la viese. A las dos horas,
       después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían
       dos leguas.» _Diario del primer viaje de Colón_, etc., tomo I,
       págs. 19 y 20.

       «... e qual cuarto de la prima, rendido el dicho Colon,
       mandó hacer guardias en las proas de los navíos, e que yendo
       navegando, al otro cuarto vido la tierra un Juan Bermejo de
       Sevilla, e que la prima tierra fué la ysla de Guadahany.»
       (Inf. de Lepe. 19 de septiembre de 1515. Pieza 23, folio 37).
       _Declaración del testigo Manuel de Valdovinos._

       «Que oyó decir a los mismos que venían del dicho viaje, e
       que del navío del dicho Martín Alonso, un marinero que se
       decía Juan Bermejo, vido la tierra de Guahanani primero que
       otra persona, e que pidió albricias al capitán Martín Alonso
       Pinzón, que ansi descubrió la tierra primero, e esto es
       público e notorio.» (Inf. de Palos, 1.º de octubre de 1515.
       Pieza 23). _Declaración del testigo Diego Hernández Colmenero._

       [426] Cree el Sr. Sales y Ferré que Juan Rodriguez Bermejo y
       Rodrigo de Triana son una misma persona.

       [427] _El Descubriente de América_, págs. 176 y 177.

       [428] _Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón_, tomo
       I, lib. V, cap. VII.

       [429] Conde Roselly de Lorgues, _Historia de Cristóbal Colón_,
       tomo I, pág. 299.

En nuestros días se ha publicado un impreso sumamente curioso acerca
del particular[430]. D. F. Rivas Puigcerver, de México, cuenta que
Rodrigo de Triana era judío converso y fué el primero que en lengua
hebrea, dijo: _¡tierra! ¡tierra!_, en la noche del 11 de octubre de
1492. Con Colón iban no pocos judíos y moriscos, forzados por los
decretos de expulsión de los Reyes Católicos. Añade el Sr. Rivas que
Rodrigo de Triana, cuando se adjudicó a Colón la pensión ofrecida al
que primero viera tierra, pasó el Estrecho renunciando religión y
patria[431].

       [430] Intitúlase _Los judios en el Nuevo Mundo_. México. Impr.
       del Sagrado Corazón de Jesús, 1891, en 8.º, dos hojas.

       [431] _Boletín de la R. Academia de la Historia_, tomo XIX,
       págs. 361-365.--Madrid, 1891.

Continuando nuestra interrumpida narración, afirmaremos que la alegría
que sintieron los marineros después de sesenta y nueve días de
navegación, fué inmensa. No es de extrañar que los tripulantes de la
_Pinta_ (que era la carabela más velera y siempre llevaba la delantera
a las otras dos), contemplaran, cuantos iban sobre cubierta, el
encantador panorama de Guanahani, isla que llamó Colón _San Salvador_,
distante quince leguas de la que los ingleses llaman _Cat_ (o del
_Gato_) y una de las que forman el archipiélago de las Lucayas. D. Juan
Bautista Muñoz en el derrotero de las Antillas, publicado en Madrid,
año de 1890, dijo lo siguiente (pág. 805): «La isla Watling o San
Salvador, que reúne las mayores probabilidades de ser la primera tierra
que pisó Colón en el Nuevo Mundo...»

En la carta de Juan de la Cosa, hábil piloto que hizo con Cristóbal
Colón los dos primeros viajes, y del cual hablaremos varias veces en
esta obra, se ve claramente que la isla de Guanahani es al presente la
de Watling. Es, pues, evidente, que la isla Guanahani, San Salvador y
Watling es una misma; pero no todos han opinado lo mismo. Washington
Irving creyó que San Salvador era la isla Cat (o del Gato)[432] y
siguen su opinión el alemán Humboldt, el cubano D. José María de la
Torre y otros. Nuestro sabio marino Navarrete[433], quiso que Colón
hubiera ido a parar nada menos que a una de las Turcas. De Varnhagen,
que censuró a Navarrete por su equivocación, sostuvo[434] que San
Salvador era la conocida posteriormente con el nombre de _Mayaguana_,
y hoy con el de _Mariguana_. Mr. G. V. Fox dijo[435], que Guanahani
debió ser la isla _Samaná_ o Cayo Atwood.

       [432] En el año 1828.

       [433] En 1825.

       [434] En 1864.

       [435] En 1881.

Por el rumbo que llevaba el Almirante, debió fondear cerca de la punta
Suroeste de ella. Y antes de pasar adelante trasladaremos aquí las
palabras que Francisco López de Gomara dijo al emperador Carlos V.

«La mayor cosa, después de la creación del mundo, sacando la
Encarnación y Muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las
Indias.» (Apéndice L).

Respecto a la descripción de la citada isla, habremos de manifestar
que a corta distancia de la espuma de las olas se extendían en forma
de gradería hasta las alturas de la isla muchos y majestuosos bosques
de árboles. Trechos sin árboles dejaban penetrar la luz en los
citados bosques, viéndose allí habitaciones diseminadas que parecían
grandes colmenas por su forma cilíndrica y por sus techos de hojas
secas: las chimeneas asomaban por encima del arbolado y en distintos
puntos. Grupos de hombres, de mujeres y de niños aparecían medio
desnudos entre los troncos de los árboles más próximos a la costa,
adelantándose un poco, retirándose después, y expresando siempre con
sus gestos y actitudes más admiración y curiosidad que temor y miedo.
Colón se dirigió con una chalupa hacia la playa, tomando posesión de
la isla en nombre de los Reyes Católicos. Sobrecogidos los indígenas
al ver hombres con trajes de brocado y con armas que reverberaban la
luz, habían concluído por acercarse, como si secreta fascinación les
empujara hacia ellos. Los españoles, a su vez, quedaban sorprendidos
al no encontrar en los americanos ninguno de los caracteres físicos de
las razas europeas, africanas y asiáticas. Su tinte cobrizo, su fina
cabellera que se extendía sobre sus hombros, sus ojos apagados, sus
femeniles miembros, su rostro confiado y sin expresión, su desnudez y
los dibujos que adornaban su piel, denunciaban una raza distinta de
las esparcidas por el Viejo Mundo, la cual conservaba aún la sencillez
y la dulzura de la infancia. Persuadido Colón que aquella isla era un
apéndice del mar de las Indias, hacia las cuales creía navegar, llamó a
sus habitantes indios[436].

       [436] Véase Lamartine, _Biografia de Cristóbal Colón_, págs.
       86-92. Tr.

En el _Diario_ de Colón, fuente única de la cual proceden todas las
opiniones acerca de las primeras tierras descubiertas en el Nuevo
Mundo, encontramos la siguiente noticia: «... Pusiéronse a la corda
(al pairo), temporizando hasta el viernes, que llegaron a una isleta
de los lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahani... está
Lesteoueste con la isla de Hierro... Esta isla es bien grande y muy
llana y de árboles muy verdes y muchas aguas, y una laguna en medio muy
grande» (sábado 13 de octubre).

El día 14 de octubre por la noche salió el Almirante de Guanahaní,
llegando el 15 a las islas de _Santa María de la Concepción_ (hoy
_Concepción_ y _Cayo Rum_). El 16 de octubre, ya cerca del mediodía,
dejó el Almirante la isla de la Concepción y fué a fondear cerca de
la punta SE. de la isla Fernandina, que es la Cat de los ingleses.
El miércoles 17 salió Colón costeando la isla Fernandina y fondeó al
obscurecer del 18 en la punta del SE. (Punta de Colón). El viernes
19, al amanecer, levantó anclas y a las tres horas de navegación vió
la isla llamada _Saometo_ por los indios y que él puso el nombre de
_Isabela_. También a la Isabela se le dió el nombre de _Larga_. Desde
el 20 de octubre que fondeó en dicha isla, hasta el 24, se ocupó en
reconocerla. Refiere el mismo Colón que el 21 salió con sus capitanes
a ver la isla; «que si las otras ya vistas--dice--son muy fermosas
y verdes y fértiles, ésta es mucho más y de grandes arboledas y muy
verdes. Aquí es unas grandes lagunas, y sobre ellas y a la rueda es
el arbolado en maravilla, y aquí y en toda la isla son todos verdes
y las yerbas como en el Abril en el Andalucía; y el cantar de los
pajaritos que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí, y
las manadas de los papagayos que obscurecen el sol; y aves y pajaritos
de tantas maneras y tan diversas de las nuestras, que es maravilla...»
Más adelante añade: «También andando en busca de muy buena agua fuimos
a una población aquí cerca, adonde estoy surto media legua; y la gente
della, como nos sintieron dieron todos a fugir, y dejaron las casas
y escondieron su ropa y lo que tenían por el monte; yo no dejé tomar
nada ni la valía de un alfiler. Después se llegaron a nos unos hombres
dellos y uno se llegó del todo aquí: yo di unos cascabeles y unas
cuentecillas de vidrio, y quedó muy contento y muy alegre, y porque la
amistad creciese más y los requiriese algo le hice pedir agua, y ellos,
después que fui en la nao, vinieron luego a la playa con sus calabazas
llenas, y folgaron mucho de dárnosla, y yo les mandé dar otro remalejo
de cuentecillas de vidrio, y dijeron que de mañana venían acá.» Después
de adquirir noticias de los isleños, los cuales le dijeron que hacia el
Sudoeste encontraría una isla muy grande que se llamaba _Cuba_[437],
en la cual abundaba el _oro y especerías y naos grandes y mercaderes_,
levantó las anclas. Desde la media noche del 24 hasta la tarde del
25 se mantuvo Colón a la vela, huyendo de los peligros y costeando
los bajos, que son muchos en aquellos lugares. El 27 del dicho mes de
octubre dirigió sus naves al Sudoeste y vió tierra al anochecer del
mismo día, entrando el 28 por la mañana en _un río muy hermoso y muy
sin peligro de bajas ni de otros inconvenientes_, y recalando--según
todas las señales--en el puerto de Gibara (Cuba)[438]. Permaneció
algunos días y recorrió varios puntos de la isla de Cuba, a la que
él dió el nombre de _Juana_, por honor--como se dijo en el capítulo
XVIII--al príncipe D. Juan, primogénito de los reyes.

       [437] Colón creía que la isla llamada Cuba por los indios, era
       la verdadera _Cipango_.

       [438] De Varnhagen son las siguientes palabras: «No titubeamos
       ya en suponer que la recalada de Colón tuvo lugar en el puerto
       de Gibara, y de nuestra opinión son varios pilotos prácticos
       de la costa, a quienes hemos leído los pasajes respectivos del
       derrotero».

El día 5 de diciembre llegó a la isla Haití, que él denominó la
Española y que también lleva el nombre de Santo Domingo. El 14 de
diciembre salió del Puerto de la Concepción y llegó a la Isla de la
Tortuga que--según Colón--«es tierra muy alta, pero no montañosa, y
es muy hermosa y muy poblada de gente como la de la Isla Española, y
la tierra así toda labrada, que parecía ser la campiña de Córdoba».
Refiriéndose a la Isla Española escribe Colón lo siguiente: «Era
cosa de maravilla ver aquellos valles y los rios y buenas aguas, y
las tierras para pan, para ganado de toda suerte...» Cariñoso fué
el recibimiento que el cacique Guacanagari, que mandaba en aquellas
costas, hizo a Colón. Envióle Guacanagari una grande canoa llena de
gente, y en ella un principal criado suyo a rogar al Almirante que
fuese con los navíos a su tierra y que le daría cuanto tuviese. Más
adelante Cristóbal Colón se dirigía a los Reyes Católicos en esta
forma: «Crean vuestras Altezas que en el mundo todo no puede haber
mejor gente, ni más mansa; deben tomar vuestras Altezas grande alegría
porque luego los harán cristianos, y los habrán enseñado buenas
costumbres de sus reinos, que más mejor gente ni tierra puede ser, y
la gente y la tierra en tanta cantidad que yo no sé cómo lo escriba;
porque yo he hablado en superlativo grado la gente y la tierra de la
_Juana_, a que ellos llaman _Cuba_; mas hay tanta diferencia dellos y
della a esta en todo como del día a la noche; ni creo que otro ninguno
que esto hoviese visto hoviese hecho ni dijese menos de lo que yo tengo
dicho, y digo que es verdad que es maravilla las cosas de acá y los
pueblos grandes de esta isla Española, la que así la llamé, y ellos la
llaman _Bohío_, y todos de muy singularísimo tracto amoroso y habla
dulce, no como los otros que parece cuando hablan que amenazan, y de
buena estatura hombres y mujeres, y no negros. Verdad es que todos se
tiñen, algunos de negro y otros de otro color, y los más de colorado.
He sabido que lo hacen por el sol, que no les haga tanto mal, y las
casas y lugares tan hermosos, y con señorío en todos, como Juez o señor
dellos, y todos le obedecen que es maravilla, y todos estos señores son
de pocas palabras y muy lindas costumbres, y su mando es lo más con
hacer señas por la mano, y luego es entendido que es maravilla.»

Cuando el Almirante se disponía a dirigirse a un lugar de la isla
donde encontraría oro en abundancia, por negligencia o ignorancia de
un grumete se encalló (noche del 24 de diciembre o mañana del 25) la
carabela, salvándose toda la gente por el oportuno auxilio de la Niña
y de las canoas de los indígenas. «El (Cacique) con todo el pueblo
lloraban tanto--dice el Almirante--: son gente de amor y sin cudicia,
y convenibles para toda cosa, que certifico a vuestras Altezas que en
el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra; ellos aman a sus
prójimos como a sí mismos, y tienen un habla la más dulce del mundo,
y mansa, y siempre con risa. Ellos andan desnudos, hombres y mujeres,
como sus madres los parieron. Mas crean vuestras Altezas que entre sí
tienen costumbres muy buenas, y el Rey muy maravilloso estado, de una
cierta manera tan continente ques placer de verlo todo, y la memoria
que tienen, y todo quieren ver, y preguntan qué es y para qué.» También
el Cacique, además del socorro que prestó a Colón con sus canoas, le
dió algún oro. El Almirante, al encontrarse solo con la _Niña_--pues
la _Pinta_ se había alejado con Alonso Pinzón--, se decidió a dar la
vuelta a España[439].

       [439] Ignóranse los motivos que tuvo Alonso Pinzón para
       separarse del Almirante. La reconciliación se verificó poco
       después en el puerto que de este suceso se llamó de _Gracia_.

¡Qué contraste--exclama Lamartine--entre el estado en que se hallaban
estos pueblos en el momento en que los europeos les trajeron el
espíritu y el genio del Viejo Mundo y el estado a que llegaron años
después de haber conocido a sus pretendidos civilizadores! «¿Por qué
misterio la Providencia envió a Colón a ese nuevo hemisferio, que creía
favorecer con la virtud y la vida, y no sembró en él más que la tiranía
y la muerte?»[440]. Decidido Colón a dar la vuelta a España, dejó en
la Isla Española parte de sus marineros. Contaba con la buena amistad
del cacique Guacanagari, cuyos súbditos le ayudaron a hacer pequeña
fortaleza de tierra y madera, sirviéndose del tablaje y poniendo los
cañones del buque _Santa María_. El fuerte se llamó de _Navidad_.
Encargóles Colón que fuesen buenos cristianos, obedeciesen a su
capitán, respetaran a Guacanagari y no hicieran violencia a hombre ni
mujer. También les encargó que no mostrasen codicia y que aprendieran
la lengua de los indígenas[441]. Su amigo Arana, deudo de la cordobesa
Beatriz, recibió la jefatura de la improvisada fortaleza.

       [440] Ob. cit., pág. 105.

       [441] Véase Herrera, Década 1.ª, lib. I, cap. XX.

Despidióse del cacique Guacanagari y se dispuso a volver a España. Se
habían desvanecido las ilusiones de muchos tripulantes, que soñaban
con encontrar una tierra rica, la famosa tierra de Marco Polo, cuajada
de oro y sembrada de piedras preciosas. Hallaron, sí, montañas
tapizadas de verdura, extensos bosques con árboles gigantescos, huertas
con plantas de varias clases y pájaros de vivos colores. En lugar de
grandes ciudades, encontraron miserables aldeas; en lugar de grandes
casas, pequeñas chozas; en lugar de grandiosos templos, _piedras
propias para la construcción de Iglesias_. Según el mismo Almirante, en
lugar de poderosos sacerdotes, groseros fetiches; en lugar de gentes
civilizadas, tribus desnudas y salvajes, y, lo que fué peor, en lugar
de oro y piedras preciosas, pelotas de algodón hilado y azagayas y
papagayos domesticados. Después de recorrer varias islas, encontraron
algo, muy poco oro; ninguna piedra preciosa. Cansados de recorrer
diferentes pueblos cosechando desengaño tras desengaño, pues el oro no
parecía por ninguna parte, se decidieron a abandonar las Indias.

El 16 de enero de 1493 emprendió Colón la vuelta a España sin incidente
alguno notable. El mar se hallaba tranquilo, el viento era excelente
y la temperatura suave. El 21 de enero el viento refrescó mucho, y
luego el cielo perdió su transparencia. Las provisiones disminuían, no
quedando ya más que patatas, galleta y vino. El viernes, 25 de enero,
sobrevino gran calma. En este día los marineros lograron coger un
atún y un tiburón. El 4 de febrero se puso lluvioso y frío el tiempo:
el Almirante mandó gobernar al Este. El 8 de dicho mes se cambió de
rumbo, tomando al Sudeste cuarto al Este. El 12 de febrero el Almirante
comenzó a tener grande mar y tormenta, aumentando el 13 el peligro. El
14 por la noche, cuando ya se hallaba cerca de las costas de Europa,
creció el viento y se desencadenó furioso temporal, que separó a las
dos carabelas. La _Pinta_ fué a fondear en Bayona de Galicia y la
_Niña_ arribó a Santa María, la isla meridional de las Azores. El 4 de
marzo llegó a Lisboa, después de nuevas tormentas. Escribió al rey de
Portugal, quien se hallaba nueve leguas de allí, diciéndole que los
reyes de Castilla le habían mandado que no dejase de entrar en los
puertos lusitanos y pedir, mediante sus dineros, lo que necesitase,
añadiendo que solicitaba permiso para ir con la carabela a Lisboa, pues
temía que algunos, creyendo que traía mucho oro, estando en puerto
despoblado, intentasen robarle, como también para que se supiera que no
venía de Guinea, sino de las Indias. El 8 de marzo recibió Colón carta
del rey de Portugal invitándole a que se llegase adonde él estaba, y
daba órdenes para que se diese generosamente al Almirante todo lo que
necesitara. Colón, el 9 de dicho mes, salió de Sacanbeu, teniendo la
señalada honra de presentarse ante el Monarca, que se encontraba en el
valle del Paraíso, por la noche de aquel día. El 11 se despidió del Rey
y marchó a Villafranca con el objeto de ver a la Reina, que permanecía
en el monasterio de San Antonio. En seguida volvió a emprender su
camino y se fué a dormir a Llandra. El 12, estando para salir de
Llandra, recibió la visita de un escudero del Rey, quien le ofreció,
en nombre de su Monarca, toda clase de medios, dado que prefiriera ir
a Castilla por tierra. Cristóbal Colón desde Lisboa, y Pinzón desde
Bayona, cinglaron (13 de marzo) a Palos, entrando los dos el día 15,
el Almirante por la mañana y Martín Alonso por la tarde. Pinzón no
llegó a entrar en la villa y se trasladó a una casa de campo, en donde
se agravó su enfermedad, siendo llevado al convento de la Rábida y
falleciendo a los pocos días. «Y porque en breves días murió--escribe
el P. Las Casas--no me ocurrió más que de él pudiera decir.»

Por el contrario, la fortuna se mostró propicia con el Almirante, como
lo indicaba entusiástica carta que desde Lisboa, con fecha 13 de marzo
de 1493, escribió al magnífico Sr. Rafael Sánchez, tesorero de los
Reyes Católicos. (Apéndice M). El día 15 del mismo mes entró en Palos.

_Carta de los Sres. Reyes Católicos a D. Cristóbal Colón,
complaciéndose del buen suceso de su primer viaje; encargándole
que acelere su ida a la corte, y que deje dadas las disposiciones
convenientes para volver luego a las tierras que había
descubierto[442]._

       [442] _Archivo de los duques de Veragua. Colec. de doc. inéd._
       etc., tomo XIX, págs. 470 y 471.

                                                  Marzo 30 de 1493.

  El Rey e la Reyna: D. Cristóbal Colón. Nuestro Almirante del
  Mar Océano, e Visorrey y Gobernador de las islas que se han
  descubierto en las Indias: Vimos vuestras letras y hobimos mucho
  placer en saber lo que por ellas nos escribisteis y de haberos
  dado Dios tan buen fin en vuestro trabajo, y encaminado bien
  en lo que comenzaste, en que El será mucho servido, y Nosotros
  asimismo y Nuestros Reinos recibir tanto provecho. Placera a Dios
  que demás de lo que en esto le servides, por ello recibiréis
  de Nos muchas mercedes, las cuales creed que se vos harán como
  vuestros servicios e trabajos lo merecen: y porque queremos que
  lo que habeis comenzado con el ayuda de Dios se continúe y lleve
  adelante, y deseamos que vuestra venida fuese luego; por ende
  por servicio Nuestro, que dedes la mayor priesa que pudieredes
  en vuestra venida, porque con tiempo se provea todo lo que es
  menester, y porque como vedes el verano es entrado, y no se pase
  el tiempo para la ida allá, ved si algo se puede aderezar en
  Sevilla o en otras partes para vuestra tornada a la tierra que
  habeis hallado; y escribidnos luego con ese correo que ha de volver
  presto, porque luego se provea como se haga, en tanto que acá vos
  venís y tornais; de manera que cuando volvieredes de acá, esté
  todo aparejado. De Barcelona a treinta días de marzo de noventa y
  tres.==_Yo el Rey._==_Yo la Reina._==Por mandado del Rey e de la
  Reina, _Fernando Alvarez_.==En el sobrescrito decía: _Por el Rey e
  la Reina_.==_A D. Cristóbal Colón, su Almirante del Mar Océano, e
  Visorrey e Gobernador de las islas que se han descubierto en las
  Indias._

Acerca del recibimiento de Colón en Sevilla y Barcelona, Andrés
Bernáldez, que alojó en su casa al Almirante, refiere lo que a
continuación copiamos: «Descubierta la tierra, se vino Colón a
Castilla... entró en Sevilla con mucha honra a 31 de marzo, Domingo de
Ramos, donde le fué hecho buen recibimiento; trajo diez indios, de los
cuales dejó en Sevilla cuatro, y llevó a Barcelona a enseñar a la Reina
y al Rey seis, donde fué muy bien recibido, y el Rey y la Reina le
dieron gran crédito y le mandaron aderezar otra armada mayor y volver
con ella».

Cuéntase que cierto día en que fué invitado a la mesa de los reyes,
uno de los convidados, envidioso de los honores que se tributaban a
modesto extranjero, le hubo de preguntar que si él (Colón) no hubiese
nacido, ¿hubiera algún otro descubierto el nuevo hemisferio? El
Almirante no le respondió; pero cogiendo un huevo entre sus manos se
dirigió a todos los comensales invitándoles a que colocasen el huevo de
modo que el punto de contacto fuera el extremo exterior del diámetro
más largo. Ninguno pudo conseguirlo. Entonces Colón lo rompió por uno
de sus extremos, y haciendo que se mantuviera recto sobre la mesa
probó a los envidiosos de su gloria, que no existía mérito alguno en
realizar una idea; pero el que la realizaba antes que los demás podía
reclamar para él los derechos de la primacía. Este apólogo ha sido
desde entonces la respuesta que los inventores y descubridores han dado
a sus semejantes. Ellos no habrán sido los más grandes; pero fueron
los más favorecidos por la inspiración[443]. El banquete fué--según
otros escritores--ofrecido a Cristóbal Colón por Don Pedro González
de Mendoza, gran cardenal de España. A la divulgación del imaginario
banquete ha contribuído seguramente y no poco la conocida estampa de
Teodoro Bry, y respecto a lo que se llama _El huevo de Colón_, ha
probado Navarrete que es una leyenda más entre las muchas que adornan
el descubrimiento de las Indias.

       [443] Lamartine. Ob. cit. págs. 119 y 120.

Como se creyese por todos que las tierras descubiertas eran como
una parte del continente asiático, se les dió el nombre de _Indias
Occidentales_, para distinguirlas de las _Orientales_, y se llamó
indios a los naturales del Nuevo Mundo.

Quisieron los Reyes Católicos, _aunque para esto no tuviesen
necesidad_, como dice Oviedo, fortalecer su derecho con la sanción
pontificia[444]. En su virtud, después del primer viaje de Cristóbal
Colón, se apresuraron a obtener el beneplácito de Alejandro VI para los
descubrimientos hechos y los sucesivos, pensando, ya en la propagación
del cristianismo, ya con el objeto de precaver las pretensiones y
reclamaciones de los reyes de Portugal, a los cuales los Papas,
mediante diferentes Breves, les habían concedido el monopolio de todas
las tierras descubiertas y por descubrir lo mismo en Africa que en
la India[445]. Los dos Breves de Alejandro VI llevan la fecha del 3
y 4 de mayo de 1493, y comienzan designando como objeto principal
y obra agradable a Dios la predicación de la doctrina cristiana
entre los indios. Dice en seguida en el primer Breve: «Como Colón
ha descubierto ciertas islas y continentes lejanos y que hasta hoy
eran ignorados[446], concedemos de nuestro libre impulso, sin ser
solicitados por vos[447], ni por otra persona alguna, de nuestra propia
autoridad apostólica, a vos y a todos vuestros sucesores todas estas
islas y tierras firmes recientemente descubiertas y por descubrir,
en cuanto no pertenezcan ya a algún otro rey cristiano, y prohibimos
a todos los demás, bajo pena de excomunión, ir a aquellas tierras y
traficar allí sin vuestro permiso.» (Apéndice N).

       [444] _Hist. de Indias_, lib. I. cap. VIII.

       [445] Véase Dr. Sophus Ruge, _Hist. de la época de los
       descubrimientos geográficos_, págs. 105, 106 y 107, en la
       Hist. Universal de Oncken, tomo VII.

       [446] Colón, como se dijo en una nota de este capítulo, creía
       que la isla de Cuba era la verdadera Cipango.

       [447] Doña Isabel y Don Fernando.

Considerando el Pontífice que los términos en que se hallaba redactado
el citado Breve eran demasiado generales, publicó otro al día
siguiente, señalando las regiones respectivas, donde España y Portugal,
sin temor de exponerse a colisiones, podían hacer sus descubrimientos.
En el Breve, pues, del día 4, se fijó una línea de demarcación «que
a la distancia de 100 leguas al Oeste de las Azores y de las islas
de Cabo Verde pasaba por los dos polos como meridianos y dividía
el planeta en dos mitades.» El hemisferio occidental pertenecía a
España, y el oriental a Portugal. Al trazar dicha línea de demarcación
Alejandro VI, debió tener presente las ideas manifestadas por el
Almirante, quien todavía en el año 1498 consignaba lo siguiente: «Me
acuerdo que cuantas veces fui a la India cambió la temperatura a 100
leguas al Oeste de las Azores, y esto sucedía en todos los puntos desde
Norte a Sur.» Añade más adelante: «Cuando navegaba de España a las
Indias, encontré, tan pronto como había pasado 100 leguas al Oeste de
las Azores, un grandísimo cambio en el cielo y en los astros, en el
ambiente y en el agua del mar, y estos fenómenos los tengo observados
con gran cuidado. Noté, cuando había pasado las citadas 100 leguas más
allá de las mencionadas islas, tanto en el Norte como en el Sur, que
las agujas de marear, que hasta allí declinaban hacia Nordeste, giraban
todo un cuarto de viento (igual a 11° y cuarto de la brújula) hacia
Noroeste, y esto acontecía desde el instante que llegaba a aquella
línea. Al propio tiempo se presentaba otro fenómeno, como si en aquel
punto fuese más elevada la superficie de la tierra, porque encontré el
mar cubierto completamente de yerbas semejantes a ramas de abeto y con
frutos parecidos a los del alfónsigo, siendo estas yerbas tan espesas
que en mi primer viaje creí que allí había bajíos que harían encallar
los buques. Tan pronto como llegamos a aquella línea a nuestro regreso,
no se encontró rama alguna. También observé que el mar estaba en este
punto tranquilo y unido, y casi nunca agitado por vientos, y que desde
aquella línea al Oeste era la temperatura muy suave, distinguiéndose
muy poco verano e invierno»[448].

       [448] Para comprender mejor todo esto estúdiese la colección
       de Navarrete.

«Este pasaje--dice el barón de Humboldt en su _Cosmos_--contiene las
ideas de Cristóbal Colón y sus observaciones sobre la Geografía física;
la influencia de las longitudes, la declinación de la aguja magnética,
la inflexión de las líneas isotérmicas entre las costas occidentales
del Mundo Antiguo y las orientales del Nuevo, la situación del gran
banco de Sargazos o plantas ficoideas en el Atlántico, y sobre las
relaciones que existen entre esta parte del mar y su atmósfera. Los
pocos conocimientos matemáticos de Cristóbal Colón y sus observaciones
equivocadas del movimiento de la estrella polar cerca de las islas
Azores, indujeron a este descubridor a admitir una irregularidad en la
forma esférica de la tierra. Creía que el hemisferio occidental era más
elevado, más _hinchado_ que el otro; que los buques al llegar a esta
parte donde la aguja magnética señala el Norte verdadero, estaban más
próximos al cielo; y que esta elevación era la causa de la temperatura
más fresca. Si a esto se agrega que Colón de regreso de su primer
viaje tuvo la idea de ir a Roma para referir personalmente al Papa
todo cuanto había descubierto (se entiende en cuanto se relacionaba
con la religión, la mayor proximidad del cielo, etc.); si, por otra
parte, se tiene presente la importancia que se daba en tiempo de Colón
al descubrimiento de una línea nueva magnética, en la cual la aguja
se mantiene constante, se me dará razón cuando el primero sostuve que
el Almirante en los momentos de mayor favor en la corte, trabajó para
transformar la línea divisoria física que había encontrado en la línea
divisoria política.»

En el Breve del día 4 se fijó la línea de demarcación a 100 leguas al
Oeste de _cualquiera_ (_qualibet_), isla de las Azores o de las de Cabo
Verde, sin fijar ninguna isla determinada, ni a un grupo de ellas,
ignorando que la más occidental de Cabo Verde se halla casi 6° más al
Este que la más occidental de las Azores. Explícase esta ignorancia
porque los cosmógrafos en aquellos tiempos no podían, por falta de
medios, determinar exactamente las longitudes.

También por entonces (28 mayo 1493) se concedió a Colón un escudo de
armas, en el cual figuraban, además de las suyas o de familia, las de
Castilla y León en campo verde, y unas islas doradas en ondas de mar
(Apéndice O).

En el correr de los tiempos se colocó en su sepulcro un letrero que
decía:

    _A Castilla y a León._
    _Nuevo Mundo dió Colón._

Los detractores del Almirante y defensores de Pinzón transformaron el
dístico en la siguiente forma:

    _A Castilla y a León_
    _Nuevo Mundo dió Pinzón._

Pareciéndoles después que habían cometido una injusticia, creyeron
arreglarlo todo diciendo:

    _Por Castilla, con Pinzón,_
    _Nuevo Mundo halló Colón._

Con espíritu más levantado vinieron otros que admitieron el mote de
esta manera:

    _Por Castilla y Aragón_
    _Nuevo Mundo halló Colón._

Desde la cátedra del Ateneo de Madrid propuso D. Víctor Balaguer que si
algún día se intentaba variar el dístico, debía ser del siguiente modo:

    _Por la española nación_
    _Nuevo Mando halló Colón._

El ilustre escritor norteamericano Charles F. Lummis, en su pequeño
libro intitulado _Los exploradores españoles del siglo XVI_, ha dicho
lo siguiente: «A una nación le cupo en realidad la gloria de descubrir
y explorar la América, de cambiar las nociones geográficas del mundo
y de acaparar los conocimientos y los negocios por espacio de siglo y
medio. Y esa nación fué España.»

Un genovés, es cierto, fué el descubridor de América; pero vino en
calidad de español; vino de España por obra de la fe y del dinero de
españoles; en buques españoles y con marineros españoles, y de las
tierras descubiertas tomó posesión en nombre de España»[449].

       [449] Pág. 59.

Colocada en este punto la cuestión que nosotros resolveríamos con
Balaguer y Lummis, no queremos, sin embargo, pasar en silencio las
atinadas observaciones del Sr. Sánchez Moguel. Tales son las palabras
del Catedrático de la Universidad de Madrid: «El conquistador de
Granada, en su testamento, otorgado el 20 de enero de 1516, al
instituir heredera de sus reinos de la corona de Aragón a su hija doña
Juana, no comprende entre ellos en modo alguno las islas y tierra firme
del mar Océano, esto es, el Nuevo Mundo». Sin duda, no pertenecía, ni
en todo ni en parte, a su corona aragonesa, cuando no lo menciona. No
cabe atribuirlo a olvido, porque no los hay de tanta monta, ni menos
aún en documentos de esta clase. En cambio, su egregia esposa, la
magnánima Reina de Castilla, en su testamento, fechado en Medina del
Campo el 12 de octubre de 1504, habla de las islas y tierra firme del
mar Océano como parte integrante de sus reinos de Castilla. Y ¿por
qué? Sea la gloriosa Reina quien nos responda: «_Por quanto... fueron
descubiertas e conquistadas a costa destos Reynos e con sus naturales
dellos_»[450].

       [450] _España y América_, págs. 34 y 35.

No creemos que la cuestión tenga mucha importancia. Sin embargo,
colocados en la obligación de dar nuestra opinión, diremos que la
parte que tomó Castilla en el descubrimiento del Nuevo Mundo fué
mayor, como mayor fué el apoyo que prestó a Colón la reina Isabel.
Conviene no olvidar lo que dice Guicciardini, Embajador de la Señoría
de Florencia en la Corte del Rey Católico: «los negocios pertenecientes
a Castilla se gobernaban, principalmente, por su mediación y autoridad
(de Isabel)». Se ha dicho también que D. Fernando mandó librar de
la Tesorería de Aragón--y esto lo afirman los defensores de D.
Fernando--la cantidad necesaria para la empresa del descubrimiento,
a causa de la pobreza del Erario castellano, disponiendo después
que del primer oro que viniese de las tierras descubiertas se diera
parte a Aragón, que se empleó, por cierto, en dorar el artesonado de
la Aljafería de Zaragoza; pero el catalán Bofarull no halló entre
los papeles de la citada Tesorería orden ni registro de semejante
libramiento, y el aragonés Nougués y Secall ha mostrado que el dorado
de la Sala mayor de la Aljafería es anterior a la vuelta de Colón de
su primer viaje. Si pudiese haber todavía alguna duda, habremos de
recordar que Alejandro VI concedió las tierras descubiertas a los reyes
de Castilla y sólo a los reyes de Castilla.



CAPÍTULO XXI

  SEGUNDO VIAJE DE COLÓN.--PRISA DE LOS REYES EN QUE SE
  REALIZASE.--JUNTA DE TORDESILLAS.--PERSONAS NOTABLES QUE
  ACOMPAÑARON AL ALMIRANTE.--DESCUBRIMIENTOS: LA DOMINICA Y
  OTRAS ISLAS.--EL FUERTE DE NAVIDAD.--LA ISABELA.--INSURRECCIÓN
  GENERAL.--EL COMISARIO REGIO JUAN DE AGUADO.--COLÓN EN
  ESPAÑA.--PRESÉNTASE A LOS REYES EN BURGOS.--EL COMERCIANTE JOYERO
  MOSÉN JAIME FERRER EN BURGOS.


Prisa tenían los Reyes Católicos de que Cristóbal Colón realizase la
segunda expedición. Desde Barcelona, con fecha 23 de mayo de 1493,
escribieron Doña Isabel y Don Fernando al florentino Juan Berardi,
mercader y asentista para los negocios de las Indias, ordenándole que
comprase una nao de 100 a 150, hasta 200 toneles, y la pertrechase para
cuando fuera a recibirla el Almirante, el cual (añadían) iría presto
y le satisfaría el costo que hubiese tenido; le encargaban también la
provisión de 2.000 o 3.000 quintales de bizcocho.

Empeño tenían Doña Isabel y D. Fernando en que el médico o físico
Alvarez Chanca fuese a las Indias, como indica la carta que copiamos.
«El Rey o la Reina: Doctor Chanca: Nos habemos sabido que vos, con el
deseo que teneis de Nos servir, habeis voluntad de ir a las Indias,
e porque en lo hacer nos servireis, e aprovechareis mucho a la salud
de los que por nuestro mandado allá van, por servicio nuestro que
lo pongais en obra, e vayais con el nuestro Almirante de las dichas
Indias, el cual vos hablará en lo que toca a vuestro asiento para allá,
y en lo de acá Nos vos enviamos una carta para que vos sea librado el
salario e racion que de Nos teneis en tanto que allá estuvieredes.--De
Barcelona, veinte y tres de mayo de noventa y tres»[451].

       [451] Navarrete, _Colección de los viajes y descubrimientos_,
       etc., tomo II. pág. 54.

Al Doctor sevillano Alvarez Chanca, debemos la relación del segundo
viaje.

Salió Cristóbal Colón de Barcelona el día 30 del mismo mes de mayo, con
encargo especial de apresurar su salida. El 1.º de junio volvieron a
escribir los reyes una carta a Berardi y otra a Gómez Tello, alguacil
de la Inquisición, sobre la provisión del bizcocho[452].

       [452] Tan a satisfacción desempeñó Berardi el encargo,
       que en 4 de agosto del mismo año le dieron los monarcas
       las gracias por lo que había hecho, encargándole la
       continuación.--_Archivo de Indias de Sevilla._--Extractos
       hechos por Muñoz, de varios libros y documentos.

El deseo de los reyes de que Colón realizase su viaje, era cada vez
mayor. Veámoslo: «El Rey e la Reina: D. Juan de Fonseca, del nuestro
Consejo: Nos escribimos al Almirante de las Indias, encargándole que
dé mucha priesa en su partida; vos por servicio nuestro, dad toda
la priesa que pudiéredes en ello, y ya sabeis como vos mandamos que
después de partido, vos quedásedes ende en esa costa de la de la mar y
en Sevilla, para que si hobiese que facer otra armada para ir en pos
del Almirante, la ficiéredes e la enviáredes. Por servicio nuestro que
así lo fagais, y vos informad mucho de los navíos que podreis haber
en esas partes, que son para enviar este viaje, y en cuantos días se
podrán aderezar para que partan, y el bizcocho que fuere menester,
sabed en que tiempo se puede haber, y que dinero será menester para
todo esto, y escribídnoslo luego para que cuando mandáremos entender
en ello, se provea todo con tiempo. En Barcelona, a veinti y cinco de
julio de noventa y tres»[453].

       [453] Ob. cit.

La actitud poco franca de Portugal tenía en mucho cuidado a Doña Isabel
y a Don Fernando. Terminantemente así lo manifiestan en la siguiente e
interesante carta, dirigida al Almirante, y escrita dos días después
que la anterior.

«El Rey é la Reina: Don Cristobal Colon, nuestro Almirante de las Islas
é Tierra del mar Océano a la parte de las Indias: vimos vuestra letra
que escribisteis desde Córdoba, y ya con un correo que este otro día
partió de aquí vos escribimos la respuesta que el Rey de Portugal nos
envió con Herrera: despues acá no son venidos los mensajeros que nos
escribió que nos enviaba, ni sabemos cosa dello; verdad es que nos han
dicho que eran partidos de Portugal para acá por la mar, puede ser que
con tiempo contrario no sean venidos: y cuanto a lo que decís que puede
ser que se haya detenido de partir el armada de Portugal, esperando
a partir despues que seais partido, es posible que sea así; aunque
nosotros dudamos dello según lo que el Rey de Portugal nos escribió;
pero como quiera que sea, no se faga mudanza en lo de los Capitanes y
carabelas: y asimismo ya sabeis que, cuando de aquí partisteis y Don
Juan de Fonseca, mandamos al dicho Don Juan que despues de vos en buena
hora partido, se quedase él en buen hora en Sevilla y en su costa, para
saber de continuo si armaron en Portugal, y que sabiéndolo él ficiese
otra armada para enviar a vos, que fuese el doble de los navíos que
supiese que en Portugal armasen. Esto mismo le mandamos agora, como
lo vereis por la carta que le escribimos. Por servicio nuestro que
en tanto que ende estuviéredes vos procureis de saber todo lo que se
ficiere en Portugal, y de continuo nos lo faced saber, porque si fuese
menester cualquier provision de acá, se envíe luego. En lo que toca a
Alonso Martínez de Angulo quisiéramos que tuviera disposición para ir
este viaje, porque conoscemos que es tal cual cumple al negocio; pero,
pues si su indisposicion no le dá lugar para ello, quédese que en otras
cosas nos servirá, y vaya Melchor como aquí vos lo fablamos. Dad mucha
priesa en vuestra partida por servicio nuestro, é facednos saber para
cuando será queriendo Dios. De Barcelona a veinti y siete de julio de
noventa y tres»[454].

       [454] Ob. cit.

No pasaron muchos días y también los reyes, desde Barcelona, pensando
en la actitud de Portugal, escribieron (cinco de septiembre del mismo
año) a Fonseca, dándole prisa para que inmediatamente se realizase el
viaje. Decíanle lo siguiente: «... é Nos vos damos é encargamos, si
servicio nos deseais facer, que dedes mucha priesa en todo lo que se
ha de facer, de manera quel dicho Almirante no se detenga una hora de
partir, porque de cualquier dilacion que hobiese en su partida seriamos
mucho deservidos...»[455].

       [455] Archivo de Indias en Sevilla.--Conde Roselly de Lorgues,
       _Cristóbal Colón_, tomo II, páginas 909 y 910.

¿Por qué las relaciones entre Castilla y Portugal no eran cordiales?
El rey Juan II, inmediatamente que hubo despedido a Colón[456], se
dirigió al gobierno de España recordándole los Breves pontificios que
sancionaban su derecho de monopolizar los descubrimientos y tráfico
en determinados mares. Ni la embajada que Fernando e Isabel enviaron
a Lisboa y que tan prudentemente desempeñó Lope de Herrera, ni la
que mandó a Castilla el rey de Portugal, compuesta de Pedro Díaz y
de Ruy de Pina, dieron resultado alguno favorable. No siendo posible
el fijar la línea de demarcación propuesta por el Papa[457], obligó
a los gobiernos de España y Portugal a entrar en negociaciones para
resolver todas las cuestiones que pudieran suscitarse. Acordóse al fin
el nombramiento de dos comisiones, una de parte de Portugal y otra
de parte de Castilla. Nombrados por ambas naciones sus respectivos
representantes, reuniéronse en Tordesillas, población situada junto al
río Duero, al Sudoeste de Valladolid, y después de varias conferencias,
se firmó el convenio (7 junio 1494).

       [456] Véase el capítulo XX.

       [457] Ibidem.

Por dicho convenio España reconoció a Portugal todos los derechos
sobre la Guinea y otros territorios; también, en atención a que los
portugueses se quejaban de que la línea trazada por el Papa reducía sus
empresas a muy estrechos límites, accedió a que en vez de tirarse a
las 100 leguas al Occidente de Cabo Verde y las Azores, como dispuso
Alejandro VI, se extendiese a las 370; pero tomando esta vez por punto
de partida la isla más Occidental de Cabo Verde, sin hablar para nada
de las Azores. «De lo cual resultó, según nuestros conocimientos
geográficos actuales, que la concesión hecha a España quedó reducida,
por lo menos, en 90 leguas, diferencia entre la isla extrema Occidental
de las Azores y la extrema de Cabo Verde, es decir, que España, en
realidad, no obtuvo 270 leguas a más de las 100 fijadas por el Papa,
sino solamente unas 180 leguas»[458]. Así--dice Vasconcellos--esta gran
cuestión, la mayor que se agitó jamás entre las dos Coronas, porque era
la partición de un Nuevo Mundo, tuvo amistoso fin por la prudencia de
los dos monarcas más políticos que empuñaron nunca el cetro.» Prescott
añade la observación siguiente: «No pasaron muchos años sin que las
dos naciones, rodeando el globo por distintos caminos, vinieran a
encontrarse en la parte opuesta; caso, según parece, no previsto por el
tratado de Tordesillas. Sin embargo, las pretensiones de ambas partes
se fundaron en los artículos de aquel tratado, que no era más, como
es sabido, que un suplemento a la bula primitiva de demarcación de
Alejandro VI. Así, aquel arrogante ejercicio de autoridad pontificia,
tantas veces ridiculizado como quimérico y absurdo, en cierto modo
llegó a justificarse por el suceso, porque estableció, en efecto, los
principios según los cuales quedó definitivamente entre dos pequeños
estados de Europa la vasta extensión de imperios vacantes en Oriente y
Occidente»[459].

       [458] Dr. Sophus Ruge, Ob. cit., pág. 106.

       [459] _Reyes Católicos_, cap. 18.

Dentro del plazo de diez meses, cada nación había de mandar a la Gran
Canaria una comisión compuesta de pilotos y astrónomos, para fijar la
línea de demarcación. De la Gran Canaria pasarían a las islas de Cabo
Verde, navegando luego 370 leguas al Oeste y señalando del modo que se
acordase la citada línea de demarcación. La expedición no se realizó y
tiempo adelante renacieron nuevas disensiones y divergencias. (Apéndice
P).

Al fin el 25 de septiembre de 1493 salió Colón del puerto de Cádiz
con rumbo a las Canarias. Se componía la flota de 14 carabelas y tres
buques grandes de transporte. Fueron embarcados unos 1.200 hombres de
armas con su correspondiente caballería, bastantes animales domésticos,
varios cereales, legumbres de toda clase y vides para aclimatarlas en
las nuevas tierras descubiertas.

Si en el primer viaje nadie quería embarcarse, en el segundo «allí
estaba--escribe Washington Irving--el hidalgo de elevados sentimientos
que iba en pos de aventuradas empresas; el altivo navegante que
deseaba coger laureles en aquellos mares desconocidos; el vago
aventurero que todo se lo promete de un cambio de lugar y de distancia;
el especulador ladino, ansioso de aprovecharse de la ignorancia de
las tribus salvajes; el pálido misionero de los claustros consagrado
al servicio de la iglesia, y devotamente celoso por la propagación de
la fe; todos animados y llenos de vivas esperanzas...»[460]. La clase
noble estaba representada por Alonso de Ojeda, Juan Ponce de León,
que descubrió tiempo adelante la Florida, Diego Velázquez y Juan de
Esquivel, después gobernadores, respectivamente, de Cuba y de Jamaica,
y otros, atraídos por el deseo de grandes riquezas y de novelescas
aventuras.

       [460] _Vida y viajes de Cristóbal Colón_, libro VI, cap. I.

En una carta de los Reyes Católicos a Cristóbal Colón, escrita
desde Barcelona, cuando se andaba en los preparativos de la citada
expedición, se lee lo que de ella copiamos: «Nos parece que sería bien
llevásedes con vos un buen astrólogo, y nos parecía que sería bueno
para esto Fray Antonio de Marchena, porque es buen astrólogo y siempre
nos pareció que se conformaba con vuestro parecer.» Además de Fray
Antonio de Marchena, llevó Colón un Vicario apostólico, el benedictino
Bernardo Boil o Buil, personalidad de bastante relieve en los últimos
años del siglo XV[461].

       [461] Caresmar dice que Fray Boil nació en Tarragona cerca del
       año 1445 (_Boletín de la Real Academia de la Historia_, tomo
       XIX, pág. 280). Otros afirman que fué aragonés y algunos que
       nació en el reino de Valencia.

En las instrucciones de los Reyes Católicos a Colón, dadas el 29 de
mayo de 1493, se le dice que había de llevar al Padre Buil con otros
religiosos para catequizar a los indios, _tratándolos muy bien y
amorosamente, sin que les fagan enojo alguno_[462]. Los religiosos
siguieron al pie de la letra los consejos de D.ª Isabel y D. Fernando,
y sin descanso alguno predicaron la ley de Dios, donde todo es amor y
caridad.

       [462] Archivo de Indias en Sevilla.

A ruego de los Reyes Católicos, Alejandro VI, por Bula de 7 de julio
de 1493, concedió omnímoda potestad eclesiástica a Fr. Bernardo Buil y
a sus delegados para bautizar, confirmar y administrar toda clase de
sacramentos, consagrar iglesias, absolver de pecados reservados a la
Santa Sede, etc.[463].

       [463] El P. Buil pertenecía a la orden de benedictinos y fué
       abad del convento de Montserrat, pasando luego a la de los
       Mínimos, fundada por San Francisco de Paula.

El 2 de octubre llegó la flota a la Gran Canaria, donde hubo de
recalar; también el 5 en la Gomera porque uno de los barcos hacía agua.
Después de comprar algunos animales para que se aclimatasen en las
nuevas tierras, continuó su marcha y el 13, favorecida la escuadra por
buena ventolina del Este, perdió de vista la isla de Hierro. El 26 de
dicho mes sobrevino brusca tempestad, cuya violencia duró cuatro horas,
llegando al otro lado del Atlántico, habiendo seguido un derrotero más
meridional que la expedición primera.

El 3 de noviembre, cerca del alba--según escribe el Dr. Chanca--dijo
un piloto de la nave capitana: _albricias que tenemos tierra_. La
gente, fatigada de tanto navegar, recibió la noticia con suma alegría.
Los tripulantes, habiendo desembarcado y recorrido más de una legua
de costa, notaron que toda la isla era montañosa y cubierta de verdes
praderas: el Almirante la llamó _Dominica_, por ser domingo aquel
día. Pasaron luego a otra, distante cuatro o cinco leguas, la cual
era tierra llana, y les pareció que estaba despoblada, denominándola
_Marigalante_, del nombre de la nao de Colón. Navegaron siete u ocho
leguas y encontraron una tercera isla que nombraron _Guadalupe_, en
cumplimiento de una promesa hecha a los religiosos del célebre convento
de dicho título en Extremadura. Vista la isla desde el mar ofrecía
grandioso espectáculo, contribuyendo a ello magnífica cascada que
se precipitaba desde elevada sierra a la llanura. Desembarcaron los
españoles en un sitio donde había chozas abandonadas, en las que se
encontraron comestibles, algodón en rama y alguno elaborado, indicando
los huesos humanos que vieron en las citadas cabañas que los habitantes
eran antropófagos o caribes. En las relaciones con estos salvajes
sirvieron a Colón como intérpretes dos de los siete indios que se había
llevado en su primer viaje, pues los cinco restantes habían muerto.

Costeando al Nor-Oeste de la isla Guadalupe fué poniendo nombre a
las islas del hermoso archipiélago según se le presentaban, como
_Monserrate_, _Santa María la Redonda_, _Santa María la Antigua_, _San
Martín_, _Santa Cruz_ y otras. Sostuvieron los españoles un combate con
una canoa de feroces indios, llamándoles la atención que las mujeres
peleaban lo mismo que los hombres. Mandó Colón algunos de los suyos en
una carabela hacia unas islas que de lejos se veían, y como aquéllos a
su vuelta le dijesen que eran más de 50, Colón, a la mayor del grupo,
le puso _Santa Ursula_, y a las otras _Las once mil vírgenes_. Continuó
su rumbo hasta llegar a una isla grande, de rica vegetación y con
buenos pastos, a la que los naturales llamaban Burenquen, él denominó
_San Juan Bautista_ y hoy se la conoce con el nombre de _Puerto Rico_.
Detúvose en un puerto de dicha isla dos días[464], dándose a la vela
la escuadra, hasta que el 22 de noviembre arribó a otra isla, que
reconoció ser el extremo Oriental de Haití o la Española. Continuó
su rumbo y al pasar por la provincia llamada Xamaná dos indios se
metieron en una canoa pequeña y llegaron a la nao del Almirante, a
quien dijeron que los mandaba su Rey para rogarle que bajase a tierra
y le darían oro y comida; negóse Colón, y continuó su camino hasta
llegar al puerto de _Monte Cristi_, donde estuvo dos días. Bajaron a
tierra algunos españoles y vieron un gran río (el de Santiago), en
cuyas márgenes encontraron dos hombres muertos y al día siguiente otros
dos, pudiéndose notar que uno de ellos tenía muchas barbas. Aunque el
puerto de Monte Cristi se halla distante del de Natividad unas siete
leguas, comenzaron a presentir malas nuevas de la colonia que en su
primer viaje dejara el Almirante. Al anochecer del día 27 llegó Colón
al fuerte de Natividad y mandó tirar dos tiros de lombarda. No tuvieron
contestación, porque los 43 españoles habían muerto a manos de los
caciques Caonabó y Mayrení, seguramente--como se probó después--con
gran contento del famoso Guacanagari[465]. Varios indios y entre ellos
un primo de Guacanagari se presentaron al Almirante.

       [464] Ensenada de Mayagüez.

       [465] Lista de las personas que Cristóbal Colón dejó en la
       Isla Española en su primer viaje y halló muertas por los
       indios cuando volvió el 1493:

          Diego de Arana, Gobernador. Pedro Gutiérrez,
          Teniente-Gobernador. Rodrigo de Escobedo,
          Teniente-Gobernador Alonso Velez de Mendoza, de Sevilla.
          Alvar Pérez Osorio, de Castrojeriz. Antonio de Jaén,
          de Jaén. El bachiller Bernardino de Tapia, de Ledesma.
          Cristóbal del Alamo, del Condado de Niebla. Castillo,
          platero, de Sevilla. Diego García, de Jerez. Diego de
          Tordoya, de Cabeza de Vaca. Diego de Capilla, de Almadén.
          Diego de Torpa. Diego de Mambles, de Mambles. Diego de
          Mendoza, de Guadalajara. Diego de Montalbán, de Jaén.
          Domingo de Bermeo. Francisco Fernández. Francisco de Godoy,
          de Sevilla. Francisco de Vergara, de Sevilla. Francisco de
          Aranda, de Aranda. Francisco de Henao, de Avila. Francisco
          Jiménez, de Sevilla. Gabriel Baraona, de Belmonte. Gonzalo
          Fernández de Segovia, de León. Gonzalo Fernández, de
          Segovia. Guillermo Ires, de Galney (Irlanda). Hernando de
          Porcuna. Jorge González, de Trigueros. Juan de Urniga.
          Juan Morcillo, de Villanueva de la Serena. Juan de Cueva,
          de Castuera. Juan Patiño, de la Serena. Juan del Barco,
          del Barco de Avila. Juan de Villar, del Villar. Juan de
          Mendoza. Martín de Logrosán, cerca de Guadalupe. Pedro
          Corbacho, de Cáceres. Pedro de Talavera. Pedro de Foronda.
          Sebastián de Mayorga, de Mayorga. Tallarte de Lajes,
          inglés. Tristán de San Jorge[465a].

             [465a] Arch. de Indias en Sevilla, _Papeles de
             Contratación_.

Dijeron los indígenas a Colón que el cacique Guacanagari no podía ir
en persona porque tenía pasado un muslo, herida que recibió luchando
con los caciques Caonabó y Mayrení por defender a los españoles. A
reconocer el sitio del fuerte fué el Almirante con algunos de los
suyos, encontrado aquél quemado y algunos cadáveres de cristianos,
cubiertos ya de la hierba que había crecido sobre ellos. Aunque los
indios decían que Caonabó y Mayrení habían sido los autores de las
muertes, «con todo eso asomaban queja que los cristianos uno tenía tres
mujeres, otro cuatro, donde creemos que el mal que les vino fué de
celos»[466]. Varios españoles saltaron a tierra, encaminándose a ver a
Guacanagari, «el cual fallaron en su casa echado faciendo del doliente
ferido»[467]. Como le preguntasen por los cristianos, repitió que
Caonabó y Mayrení los habían muerto, y que él por defenderlos sufrió
una herida en un muslo. Mostró deseo de ver al Almirante. En efecto,
Colón se dirigió a la casa de Guacanagari, a quien encontró tendido en
una hamaca y mostrando mucho sentimiento con lágrimas en los ojos por
la muerte de los cristianos. Dijo que unos murieron de dolencia, otros
que habían ido a tierras de Caonabó en busca de una mina de oro y allí
fueron muertos, y algunos sufrieron la muerte en su misma fortaleza.
Queriendo atraerse la voluntad del insigne genovés, Guacanagari le hizo
algunos regalos de oro y pedrería. «Estábamos presentes yo--escribe el
Dr. Chanca--y un zurugiano de armada; entonces dijo el Almirante al
dicho Guacamari[468] que nosotros éramos sabios de las enfermedades
de los hombres que nos quisiese mostrar la herida: él respondió que
le placía, para lo cual yo dije que sería necesario, si pudiese, que
saliese fuera de casa, porque con la mucha gente estaba escura e no
se podía ver bien; lo cual él fizo luego, creo más de empacho que
de gana: arrimándose a él salió fuera. Después de asentado llegó el
zurugiano a él e comenzó de desligarle; entonces dijo al Almirante que
era ferida fecha con _ciba_[469], que quiere decir con piedra. Después
que fué desatada, llegamos a tentarle. Es cierto que no tenía más mal
en aquella que en la otra, aunque él hacía del raposo que le dolía
mucho.» Todos se convencieron que Guacanagari era cómplice. Aunque
otros indicios vinieron a confirmar lo mismo, se procuró disimular para
no romper tan pronto con los naturales de la isla. Muchos españoles
hubieran deseado fuerte e inmediato castigo, negándose a ello el
Almirante, quien no quiso malquistarse con un aliado todavía poderoso
en el país y del que había recibido en el primer viaje señaladas
pruebas de amistad[470]. También creemos--y la imparcialidad nos obliga
a decirlo--que los españoles del fuerte de Natividad, menospreciando
la autoridad de Diego de Arana, únicamente pensaron en satisfacer su
avaricia y sensualidad.

       [466] _Carta del Dr. Chanca._--Véase Roselly de Lorgues, Ob.
       cit., tom. III, pág. 150.

       [467] Ibidem.

       [468] Así lo escribe el Dr. Chanca.

       [469] Ibidem, págs. 217 y 218.

       [470] El P. Boil aconsejaba que se prendiese a Guacanagari.

Oviedo emite, con respecto a los marinos, una opinión, tal vez algo
exagerada é injusta. Dice así: «Pero en realidad de verdad, sin
perjuicio de algunos marineros que son hombres de bien, atentos y
virtuosos, soy de opinión de que en la mayoría de los que ejercen el
arte de marinos, hay una gran falta de juicio para las cosas de tierra;
porque además de que la mayor parte de ellos son de baja condición y
mal instruídos, son también ambiciosos y dados a otros vicios, como a
la golosina, lujuria, robo, etc., que no se podría tolerar»[471]. Lo
cierto es que no siguieron los consejos de Colón, y que abusaron de los
indios, atrayéndose por ello la cólera de Caonabó, Mayrení y del mismo
Guacanagari.

       [471] _Historia general y natural de las Indias_, lib. II,
       cap. XII.

Siguió después el Almirante explorando toda la costa, no sin luchar
con vientos contrarios y grandes borrascas, hasta que llegó, al cabo
de tres meses, a un sitio, a 10 leguas al Este de Monte Cristi, donde
determinó fundar en aquella isla una ciudad que fuese como capital de
la colonia. Levantáronse casas de piedra, madera y otros materiales, se
erigió un templo y se hicieron almacenes, quedando, al fin, edificada
la primera población cristiana del Nuevo Mundo. El Almirante le dió el
nombre de _Isabela_, en honra de la Reina Católica.

De los naturales del país dice lo siguiente el Dr. Chanca: «Si
pudiésemos hablar y entendernos con esta gente, me parece que sería
fácil convertirlos, porque todo lo imitan, en hincar las rodillas ante
los altares, é al Ave María, é a las otras devociones é santiguar;
todos dicen que quieren ser cristianos, puesto que verdaderamente
son idólatras, porque en sus casas hay figuras (ídolos) de muchas
maneras...»[472].

       [472] Ibidem, pág. 154.

En aquella tierra hay árboles que producen lana y harto fina; otros
llevan cera en color, en sabor e en arder tan buena como la de abejas,
y varios que fluyen trementina. Encuéntranse árboles cuyo fruto es la
nuez moscada. También se halla la raíz de gengibre, la planta de áloe,
el árbol de la canela y otros árboles y plantas. Fabrican el pan con
raíces de una hierba. La noticia más grata que recibieron los españoles
fué de que a 25 o 30 leguas de la costa, en unas comarcas conocidas,
la una con el nombre de Cibao y la otra con el de Nití, había mucho
oro en ríos y arroyos, creyéndose que cavando se hallaría en mayores
pedazos. A Cibao se encaminó Alonso de Ojeda con 15 compañeros por
el mes de enero de 1494, habiendo sido recibido en todas partes muy
bien, y regresando a los pocos días con arenas auríferas de los
arroyos del interior de la isla. Conocedor el Almirante de nuevas tan
satisfactorias, con numerosa fuerza de españoles se encaminó al país
del oro, esto es, a Cibao, dando pronto la vuelta, convencido de haber
descubierto el famoso país de Ofir de Salomón. Hasta el nombre del Rey
de aquel país era de buen agüero, pues se llamaba Caonabó, es decir,
_señor de la Casa de Oro_. Antes de dar la vuelta, quiso levantar una
fortaleza que protegiera las comunicaciones entre las montañas de Cibao
y el puerto de Isabel. Escogió para ello un sitio ventajoso e improvisó
allí un fuerte, que denominó de _Santo Tomás_, en el cual dejó 56
hombres y algunos caballos, al mando de Pedro Margarit, caballero de
Santiago. El doctor Chanca confirma la gran cantidad de oro encontrada
con las siguientes palabras: «Ansí que de cierto los Reyes nuestros
señores desde agora se pueden tener por los más prósperos é más ricos
Príncipes del mundo, porque tal cosa hasta agora no se ha visto ni
leído de ninguno en el mundo, porque verdaderamente a otro camino que
los navíos vuelvan, pueden llevar tanta cantidad de oro que se puedan
maravillar cualesquiera que lo supiesen. Aquí me parece será bien cesar
el cuento: creo los que no me conocen que oyesen estas cosas, me ternán
por prolijo é por hombre que ha alargado algo; pero Dios es testigo que
yo no he traspasado una jota los términos de la verdad»[473].

       [473] Ob. cit., pág. 155.

Todavía se hallaba Colón descansando de su viaje cuando recibió un
enviado de Margarit anunciándole que Caonabó, señor de la Casa de Oro,
se disponía a tomar el fuerte de Santo Tomás. El Almirante envió un
refuerzo de 70 hombres con sus correspondientes víveres. En seguida se
ocupó en activar la terminación de Isabel.

De la mente de Colón no se separaba la idea de ir a China. Dejó en la
Isabela de Gobernador a su hermano Diego, y él con los buques _Niña_,
_San Juan_ y _Cardera_, zarpó el 24 de abril, llegando a la isla de
la Tortuga, luego al cabo de San Nicolás, en seguida a Cuba, poco
después a Jamaica y, por último, a Puerto Nuevo, dando la vuelta a
Cuba, siempre pensando que la última isla formaba parte del continente
asiático. En la isla de Pinos, que llamó _Evangelista_, ordenó (12
junio 1494) al escribano Fernán Pérez de Luna, que redactase un acta;
en ella se declaraba que la tierra que tenían delante era el continente
asiático, esto es, Manci o la China Meridional.

Firmado el documento, Colón se hizo a la vela con rumbo al Oriente,
teniendo el disgusto de que la _Niña_ varase en la playa (6 de julio)
y si se consiguió ponerla a flote, tuvo que entrar en la ensenada
inmediata al cabo de Santa Cruz para recomponerla. El 8 de julio dobló
la expedición el citado cabo y el 20 pasó a la Jamaica, llegando el
19 de agosto al cabo Morante. Presentóse el 20 a la vista del cabo
Tiburón (Haití), llamado por Colón cabo de San Miguel. Después de
recorrer algunos días los mares, no sin luchar con las olas y las
tormentas, el 29 de septiembre dió fondo a la colonia Isabela. En esta
expedición quedaron descubiertas las cuatro grandes Antillas.

La fortuna iba a comenzar volviendo la espalda a Cristóbal Colón. La
codicia y la tiranía de algunos españoles, en particular de Pedro de
Margarit y del P. Boil, produjo insurrección general de los rudos e
infelices indios. Dice Herrera que Margarit, al frente de 400 hombres,
se retiró a la Vega Real, diez leguas de la Isabela, donde aquella
gente, alojada en varias poblaciones, sin regla, ni disciplina, cometía
toda clase de excesos y violencias. Dicho capitán Margarit, después
de conducta tan insensata, temiendo ser castigado por el Almirante,
decidió, en compañía del Padre Boil y de otros de su bando, volver a
Castilla.

Las relaciones entre el fraile y Colón no fueron tan cordiales como era
de esperar, dado el carácter de ambos personajes. Parece cosa probada
que el Almirante hubo de extralimitarse en lo referente a severos
castigos impuestos a los españoles, y que el vicario apostólico--como
escribía el cronista Fernández de Oviedo--_ybale a la mano_, queriendo
contenerle. Hasta tal punto llegaron las cosas, que el Padre Buil llegó
a poner entredicho e hizo cesar el oficio divino, vengándose entonces
el Almirante con negar a los frailes los mantenimientos. Comprendiendo
el P. Buil que no podía luchar con enemigo tan poderoso, acordó marchar
a España--según puede verse en su correspondencia con los Reyes
Católicos--; pero, alegando su falta de salud y no el verdadero motivo.
En efecto, regresó a España, donde vió recompensados sus servicios por
Doña Isabel y D. Fernando.

¿Quién era el causante de aquel estado de cosas? Si Colón no era buen
gobernante, Margarit había olvidado sus deberes de militar y el P.
Buil no hizo caso de la obediencia que a sus hijos dictara el fundador
de la orden benedictina. Margarit y el P. Buil se pusieron al frente
de la facción enemiga de los Colones. En su afán de ensalzar a Colón
llega a decir el conde Roselly de Lorgues que D. Fernando propuso al
Papa el nombramiento del benedictino P. Bernardo Buil; pero «el jefe
de la Iglesia, sabiendo la adhesión de Cristóbal Colón a la Orden
Seráfica, la participación de los franciscanos en el descubrimiento,
reservaba esta honra a la humildad de un discípulo de San Francisco;
y nombró espontáneamente por Breve del 7 de julio de 1493, como
vicario apostólico de las Indias al padre _Bernardo Boyli_, provincial
de los franciscanos en España»[474]. Creyó el Rey--según afirma
nuestro apasionado historiador--que el Papa se había equivocado en
la designación de la persona, a causa de la semejanza del nombre, y
fundándose en ello, pudo D. Fernando el _Católico_, teniendo en cuenta
la premura del negocio, sustituir al nombrado por el Papa, con el
benedictino P. Buil.

       [474] _Cristóbal Colón_, tom. I, pág. 365.

En tanto que el P. Fray Bernardo Boil y el capitán D. Pedro Margarit se
presentaban en la corte e informaban que en las Indias no había oro,
añadiendo que todo cuanto decía el Almirante era burla y embeleco, allá
en la Española los soldados, cuando se vieron sin el citado capitán, se
esparcieron por la tierra, viviendo como gente sin cabeza[475]. Logró
el Almirante, no sin grandes trabajos, restablecer la tranquilidad,
castigando severamente a los causantes de la insurrección, enviando
algunos a España y mandando fusilar a otros. En seguida sujetó a
los insulares, ya enemigos mortales de todo lo que era español. Por
último, quiso--y esto le perjudicó grandemente--que todos los colonos
trabajasen, incluso los hidalgos. Desde entonces, lo mismo los que
quedaban en la Española, que los que habían venido castigados a España,
le pintaban como hombre cruel y tirano; decían que sólo miraba a su
provecho, no al de su nación. No se percataban de decir en todos los
tonos y en todas partes que la codicia de Colón no tenía límites.
Tantas cosas dijeron en contra suya, quizá con algún fundamento,
aunque siempre con exageración manifiesta, que los Reyes Católicos
hubieron de mandar con el carácter de comisario regio a Juan de Aguado.
«Margarit--escribe Muñoz en su _Historia del Nuevo Mundo_--había
sembrado entre los nuestros la peste de la discordia, y entre los
indios odio mortal a todo lo que era español, manteniendo su gente
constantemente en la Vega Real, la comarca más cultivada y más rica del
país donde la soldadesca se entregó a todos los vicios y se permitió
todos los abusos, hasta que despertó a los naturales de su letargo e
hizo que los caciques más poderosos y más notables se unieran en una
alianza para arrojar a los extranjeros de la isla. El alma de esta
conspiración fué Caonabó»[476].

       [475] Herrera, _Historia de los viajes y conquistas de los
       castellanos en las Indias occidentales_, década 1.ª, lib. II,
       cap. XVI.

       [476] Véase Dr. Shopus Ruge, Ob. cit., pág 110.

A castigar al cacique Caonabó se dispuso el valiente y arrojado Alonso
de Ojeda. A la cabeza Ojeda de algunos hombres decididos, fué en
busca del cacique, a quien hizo creer que era distinción especial de
príncipes, llevar esposas relucientes adornadas de campanillas, de
campanillas que tanto gustaban a los indios. En semejante estado le
hizo montar en su caballo y, metiendo espuelas al brioso corcel, a todo
escape y seguido de los suyos, se dirigió, en tanto que los indios
atónitos no comprendían el suceso, a la costa, entregando a Caonabó
al gobernador del castillo de la Isabela. Continuó el cacique en la
fortaleza, de la cual salió para acompañar a Colón a España.

El comisario regio Juan de Aguado llegó al Nuevo Mundo. Comenzó
intimando a los jefes de servicio para que se le presentasen y le
dieran cuentas, reprendió a otros y dispuso encarcelar a muchos. Trató
con altanería a Bartolomé Colón y apenas hizo caso del Almirante.
Luego «se propasó a palabras descomedidas hasta amenazarle con el
castigo de la corte»[477]. Por el contrario, Colón se mostró cada
vez más respetuoso con el comisario regio. Cuando Aguado entregó su
credencial, recibióla el Almirante, hizo repetir su lectura y dijo
que estaba dispuesto a cumplir lo que se le mandase de parte de
sus soberanos. Intentó Aguado provocar la ira del descubridor del
Nuevo Mundo; mas Colón «sufrió su insolencia (de Aguado) con grande
modestia»[478]. El comisario regio estaba decidido a perder no sólo
a Colón, sino a todos los partidarios del Almirante. Comprendiéndolo
así, y no queriendo someterse a un proceso, salió Colón de Haití con
dos buques, 225 españoles y 32 indios el día 10 de marzo de 1496. Entre
los últimos se hallaba Caonabó, que murió en el camino, un hermano,
un hijo y un sobrino del mismo cacique[479]. El viaje fué muy penoso,
llegando a Cádiz el 11 de junio. También había salido de la Española
Aguado y se había encaminado a España llevando el proceso para perder
a Colón. Malos vientos corrían en la Corte contra el genovés. Además
de las informaciones de Aguado, la Reina había escuchado varias veces
las quejas del Padre Boil, de Pedro Margarit y de otros servidores de
la Real Casa, en quienes tenía ella gran confianza. Sin embargo, las
graves acusaciones formuladas por aquéllos fueron olvidadas cuando
Colón se presentó en Burgos a Don Fernando y a Doña Isabel. Expuso
con exactitud la situación de la colonia y dijo que había dejado de
gobernador de la Isla Española, con el título de _Adelantado_, a su
hermano Bartolomé. Diéronle a entender los reyes que hubiera convenido
proceder con menos severidad[480]. Lo mismo Isabel que Fernando se
mostraron contentos y satisfechos al recibir los presentes que trajo
el Almirante y que consistían en oro, papagayos y otras cosas. Le
ofrecieron una vez más su apoyo y protección. Colmáronle públicamente
de honores, puesto que le confirmaron los privilegios concedidos en la
capitulación de la vega de Granada[481]; le dieron licencia para que,
bajo ciertas y determinadas condiciones, hiciese el repartimiento
de las tierras de Indias[482]; nombraron a su hermano Bartolomé
_Adelantado_ de Indias[483] y a sus hijos Diego y Fernando pajes
de la Reina[484]; también le dieron facultad para fundar uno o más
mayorazgos[485].

       [477] Muñoz, _Hist. del Nuevo Mundo_, lib. V, párrafo 35.

       [478] Herrera, _Década 1.ª_, lib. II, cap. XVIII.

       [479] Muñoz, Ob. cit., lib. V, párrafo 38. El hermano de
       Caonabó falleció también pocos días después.

       [480] Véase Herrera, _Década 1.ª_, lib. III, capítulo I.

       [481] Real cédula dada en Burgos el 23 de abril de 1497.

       [482] Carta patente, dada en Medina del Campo, el 22 de julio
       de 1497.

       [483] Con la misma fecha.

       [484] Albalaes de 18 y 19 de febrero de 1497, en Alcalá de
       Henares.

       [485] En Alcalá a 23 de abril de 1497.

Al mismo tiempo Fernando e Isabel disponían tercera expedición, siendo
de advertir que así como antes se disputaban muchos el afán de ir al
Nuevo Mundo, ahora apenas se encontraba quien quisiera acompañar a
Colón en el tercer viaje proyectado. Tampoco los reyes prestaban la
atención necesaria, ya porque estaban en guerra con Francia, a la que
deseaban arrebatar el reino de Nápoles, ya también porque estaban
ocupados en asuntos de familia, pues trataban de casar a sus hijos, el
infante Don Juan y la infanta Doña Juana, con los hijos del emperador
Maximiliano, la princesa Margarita de Austria y el archiduque Felipe.
Retardóse después la expedición por la muerte imprevista del infante
Don Juan, acaecida el 4 de octubre de 1497.

En la ciudad de Burgos contrajo Cristóbal Colón relaciones amistosas
con un hombre muy estimado por los reyes y que el gran Cardenal
de España le honraba llamándole amigo. Era éste Jaime Ferrer de
Blanes[486], a quien comunmente se le designaba con el nombre de
_Mosén_. Tenía en Burgos un comercio de joyería y sucursales en otros
puntos. Sus relaciones con hombres ilustres de otros países, su manera
fina de tratar las personas y los negocios, su honradez y su modestia
le granjeaban simpatías en todas partes. Podía recomendársele también
como políglota, matemático, astrónomo, cosmógrafo, metalurgista,
erudito, filósofo y poeta. Era grande la cultura que había adquirido
en sus contínuos viajes, y le servía de lustre su parentesco con su
homónimo Jaime Ferrer, el antiguo cosmógrafo. Sus negocios mercantiles
le llevaron a Génova y Venecia (Italia), a El Cairo (Egipto), a
Palestina, Damasco y Alepo (Siria) y a otras poblaciones asiáticas.

       [486] Blanes, pueblo de la provincia de Gerona.

El simpático lapidario, además de buscar las esmeraldas, topacios,
zafiros y otras piedras preciosas del Oriente, estudiaba las obras del
autor de la Divina Comedia, y publicaba el libro intitulado _Sentencias
católicas del divino poeta Dante_. Habiendo frecuentado el trato con
los indios, persas, musulmanes, cismáticos, griegos, etc., conocía
sus doctrinas religiosas, las cuales consideraba muy inferiores a las
católicas.

Como sabía cuán atrasadas estaban las ciencias geográficas y náuticas,
llamaba al descubrimiento de Colón «más bien divina que humana
peregrinación.»

No estando terminada la cuestión, al cabo de más de un año, y a pesar
del Tratado de Tordesillas, entre Portugal y España, Jaime Ferrer,
que estaba al corriente de todo--pues así se lo había ordenado el
gran Cardenal de España--escribió a la Reina (27 enero 1495) dándole
su opinión acerca de los medios geográficos que había para allanar la
disputa. Isabel contestó al lapidario (28 de febrero del citado año)
dándole gracias por su carta y le invitaba a que fuera a la corte en
el mes de mayo siguiente[487]. En la carta que el lapidario burgalés
escribió a la Reina, le decía que la Divina Providencia había escogido
a Colón como su mandatario para esta empresa (Descubrimiento del Nuevo
Mundo). Cuando Ferrer se presentó en la corte fué objeto de muchas
consideraciones y agasajos. A su vuelta a Burgos escribió (5 agosto
1495) respetuosa carta al descubridor de las Indias. En ella le decía,
entre otras cosas, lo que sigue: «La divina e infalible Providencia
mandó al gran Tomás, de Occidente a Oriente, para manifestar en India
nuestra sancta y católica ley; y a vos, Señor, mandó por opuesta parte,
de Oriente a Poniente, a fin de que por la Divina Voluntad llegárais
hasta el Oriente, etc.»[488]. Y más adelante añade: «Después de esas
proezas gloriosas, cuando repase en su imaginación los resultados de
vuestro glorioso ministerio, debe arrodillarse como el profeta y cantar
en alta voz, al son de su arpa: _Non nobis, Domine, non nobis, sed
nomini tuo da gloriam_»[489].

       [487] _Colección diplomática_, docum. núm. LXVIII. También
       Conde Roselly de Lorgues, ob. cit., tomo I, pág. 403.

       [488] _Colección diplomática._--Documentos.--Apéndice al
       número LXIII.--También Conde Roselly de Lorgues, ob. cit.,
       tomo I, pág. 404.

       [489] _Colección diplomática._--Documentos.--Apéndice al
       número LXIII.--También Conde Roselly de Lorgues, ob. cit.,
       tomo I, pág. 405.



CAPÍTULO XXII

  TERCER VIAJE DE COLÓN.--RELACIÓN DE ESTE VIAJE HECHA POR EL
  MISMO ALMIRANTE.--¿SUPO COLÓN QUE HABÍA HALLADO UN NUEVO
  CONTINENTE?--COLÓN EN HAITÍ: ANARQUÍA EN LA COLONIA: LOS
  REPARTIMIENTOS.--ENEMIGA AL ALMIRANTE EN LA ESPAÑOLA Y EN LA
  CORTE.--EL COMISARIO REGIO BOBADILLA EN SANTO DOMINGO.--PROCESO
  CONTRA COLÓN.--CARÁCTER Y CUALIDADES DEL ALMIRANTE.--COLÓN ES PRESO
  Y CARGADO DE CADENAS.--INGRATITUD GENERAL CON COLÓN.--PRESÉNTASE A
  LOS REYES EN GRANADA.--NICOLÁS DE OVANDO, GOBERNADOR DE LA ESPAÑOLA.


Aunque tantos y tan graves asuntos traían de contínuo ocupados a los
Reyes Católicos, no por eso apartaban su vista de los descubrimientos
geográficos. Si el florentino Juanoto Berardi fué el encargado de
realizar los preparativos del segundo viaje de Colón, a la muerte de
aquél en diciembre de 1495, nombraron a Américo Vespucio, quien dispuso
todas las cosas necesarias para la tercera expedición[490].

       [490] Ya se dijo en el capítulo XIX que Américo Vespucio debía
       ser empleado, y ahora añadimos que tal vez socio de la casa
       comercial de Berardi. Después, en capítulos sucesivos nos
       ocuparemos también de este famoso personaje.

Las ideas contenidas en la famosa carta de Mosén Jaime Ferrer a Colón--y
de la cual tratamos al terminar el capítulo anterior--contribuyeron
a las conclusiones cosmográficas que se hallan en la relación del tercer
viaje, escrita por el mismo Colón y que afortunadamente se ha
conservado. Dice que en nombre de la Santísima Trinidad salió del puerto
de Sanlúcar (30 mayo de 1498)[491], dirigiéndose por camino no
acostumbrado a la isla de