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Title: El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2)
Author: Balmes, Jaime Luciano
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2)" ***

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                           EL PROTESTANTISMO
                             COMPARADO CON
                            EL CATOLICISMO



                 Obras del Dr. D. Jaime Balmes, Pbro.


                           EL PROTESTANTISMO
                             COMPARADO CON
                            EL CATOLICISMO


                         EN SUS RELACIONES CON
                        LA CIVILIZACIÓN EUROPEA


                            DÉCIMA EDICIÓN


                             TOMO PRIMERO


                               BARCELONA
                  IMPRENTA DEL «DIARIO DE BARCELONA»
                    CALLE DE LA LIBRETERÍA, N.º 22
                                 1921



                                                           ES PROPIEDAD



PRÓLOGO


Entre los muchos y gravísimos males que han sido el necesario resultado
de las hondas revoluciones modernas, figura un bien sumamente precioso
para la ciencia, y que probablemente no será estéril para el linaje
humano: la _afición á los estudios que tienen por objeto al hombre y
la sociedad_. Tan recios han sido los sacudimientos, que la tierra,
por decirlo así, se ha entreabierto bajo nuestras plantas; y la
inteligencia humana, que poco antes marchaba altiva y desvanecida
sobre una carroza triunfal, no oyendo más que vítores y aplausos, y
como abrumada de laureles, se ha estremecido también, se ha detenido
en su carrera, y, absorta en un pensamiento grave, y dominada por un
sentimiento profundo, se ha dicho á sí misma: «_¿Quién soy? ¿de dónde
salí? ¿cuál es mi destino?_» De aquí es que han vuelto á recobrar su
alta importancia las cuestiones religiosas: por manera que, mientras
se las creía disipadas por el soplo del indiferentismo, ó reducidas á
muy pequeño espacio por el sorprendente desarrollo de los intereses
materiales, por el progreso de las ciencias naturales y exactas,
y por la pujanza siempre creciente de los debates políticos, se ha
visto que, lejos de estar ahogadas bajo la inmensa balumba que parecía
oprimirlas, se han presentado de nuevo con todo su grandor, con su
forma gigantesca, sentadas en la cúspide de la sociedad, con la cabeza
en el cielo y los pies en el abismo.

En esta disposición de los espíritus, era natural que llamase su
atención la revolución religiosa del siglo XVI; y que se preguntase
qué es lo que había hecho esa revolución en pro de la causa de
la humanidad. Desgraciadamente se han padecido en esta parte
equivocaciones de cuantía; ó bien por mirarse los hechos al través del
prisma de las preocupaciones de secta, ó por considerarlos tan sólo por
lo que presentaban en su superficie: y así se ha llegado á asegurar
que los reformadores del siglo XVI contribuyeron al desarrollo de las
ciencias, de las artes, de la libertad de los pueblos, y de todo cuanto
se encierra en la palabra _civilización_, y que así dispensaron á las
sociedades europeas un señalado beneficio.

¿Qué dice sobre esto la historia? ¿qué enseña la filosofía? Bajo el
aspecto religioso, bajo el social, bajo el político y el literario,
¿qué es lo que deben á la reforma del siglo XVI el individuo y la
sociedad? ¿Marchaba bien la Europa bajo la sola influencia del
Catolicismo? ¿Éste embargaba en nada el movimiento de la civilización?
He aquí lo que me he propuesto examinar en esta obra. Cada época tiene
sus necesidades; y fuera de desear que todos los escritores católicos
se convenciesen de que una de las más imperiosas en la actualidad,
es el analizar á fondo ese linaje de cuestiones: Belarmino y Bossuet
trataron las materias conforme á las necesidades de su tiempo; nosotros
debemos tratarlas cual lo exigen las necesidades del nuestro. Conozco
la inmensa amplitud de las cuestiones que arriba he indicado; y así no
me lisonjeo de poder dilucidarlas cual ellas demandan: como quiera,
emprendo mi camino con el aliento que inspira el amor á la verdad;
cuando mis fuerzas se acaben, me sentaré tranquilo, aguardando que otro
que las tenga mayores, dé cumplida cima á tan importante tarea.



CAPITULO PRIMERO


Existe en medio de las naciones civilizadas un hecho muy grave, por
la naturaleza de las materias sobre que versa; muy transcendental,
por la muchedumbre, variedad é importancia de las relaciones
que abarca; interesante en extremo, por estar enlazado con los
principales acontecimientos de la historia moderna: este hecho es el
_Protestantismo_.

Ruidoso en su origen, llamó desde luego la atención de la Europa
entera, sembrando en unas partes la alarma, y excitando en otras las
más vivas simpatías; rápido en su desarrollo, no dió lugar siquiera
á que sus adversarios pudiesen ahogarle en su cuna; y, al contar
muy poco tiempo desde su aparición, ya dejaba apenas esperanza de
que pudiera ser atajado en su incremento, ni detenido en su marcha.
Engreído con las consideraciones y miramientos, tomaba bríos su osadía
y se acrecentaba su pujanza; exasperado con las medidas coercitivas,
ó las resistía abiertamente, ó se replegaba y reconcentraba para
empezar de nuevo sus ataques con más furiosa violencia; y de la
misma discusión, de las mismas investigaciones críticas, de todo
aquel aparato erudito y científico que se desplegó para defenderle
ó combatirle, de todo se servía como de vehículo para propagar su
espíritu y difundir sus máximas. Creando nuevos y pingües intereses,
se halló escudado por protectores poderosos; mientras, convidando
con los más vivos alicientes todo linaje de pasiones, las levantaba
en su favor, poniéndolas en la combustión más espantosa. Echaba mano
alternativamente de la astucia ó de la fuerza, de la seducción ó
de la violencia, según á ello se brindaban las varias ocasiones ó
circunstancias; y, empeñado en abrirse paso en todas direcciones, ó
rompiendo las barreras ó salvándolas, no paraba hasta alcanzar en los
países que iba ocupando, el arraigo que necesitaba para asegurarse
estabilidad y duración. Logrólo así, en efecto; y, á más de los vastos
establecimientos que adquirió y conserva todavía en Europa, fué llevado
en seguida á otras partes del mundo, é inoculado en las venas de
pueblos sencillos é incautos.

Para apreciar en su justo valor un hecho, para abarcar cumplidamente
sus relaciones, deslindándolas como sea menester, señalando á cada
una su lugar, é indicando su mayor ó menor importancia, es necesario
examinar si sería dable descubrir el principio constitutivo del hecho;
ó, al menos, si se puede notar algún rasgo característico, que, pintado
por decirlo así en su fisonomía, nos revele su íntima naturaleza.
Difícil tarea, por cierto, al tratar de hechos de tal género y
tamaño como es el que nos ocupa; ya por la variedad de los aspectos
que se ofrecen, ya por la muchedumbre de relaciones que se cruzan y
enmarañan. En tales materias, amontónanse con el tiempo un gran número
de opiniones, que, como es natural, han buscado todas sus argumentos
para apoyarse; y así se encuentra el observador con tantos y tan varios
objetos, que se ofusca, se abruma y se confunde: y, si se empeña en
mudar de lugar, por colocarse en un punto de vista más á propósito,
halla esparcidos por el suelo tanta abundancia de materiales, que le
obstruyen el paso, ó, cubriendo el verdadero camino, le extravían en su
marcha.

Con sólo dar una mirada al Protestantismo, ora se le considere en su
estado actual, ora en las varias fases de su historia, siéntese desde
luego la suma dificultad de encontrar en él nada de constante, nada que
pueda señalarse como su principio constitutivo: porque, incierto en
sus creencias, las modifica de continuo, y las varía de mil maneras;
vago en sus miras, y fluctuante en sus deseos, ensaya todas las formas,
tantea todos los caminos; y, sin que alcance jamás una existencia
bien determinada, sigue siempre con paso mal seguro nuevos rumbos, no
logrando otro resultado que enredarse en más intrincados laberintos.

Los controversistas católicos le han perseguido y acosado en todas
direcciones; pero, si les preguntáis con qué resultado, os dirán
que han tenido que habérselas con un nuevo Proteo, que, próximo á
recibir un golpe, le eludía, cambiando de forma. Y en efecto, si se
quiere atacar al Protestantismo en sus doctrinas, no se sabe á dónde
dirigirse; porque no se sabe nunca cuáles son éstas, y aun él propio
lo ignora; pudiendo decirse que bajo este aspecto el Protestantismo es
invulnerable, porque invulnerable es lo que carece de cuerpo. Ésta es
la razón de no haberse encontrado arma más á propósito para combatirle
que la empleada por el ilustre obispo de Meaux: _Tú varías, y lo que
varía no es verdad_. Arma muy temida por el Protestantismo, y, por
cierto, digna de serlo; pues que todas las transformaciones que se
empleen para eludir su golpe, sólo sirven para hacerle más certero
y más recio. ¡Qué pensamiento tan cabal el de ese grande hombre! El
solo título de la obra debió hacer temblar á los protestantes: es la
_Historia de las variaciones_; y una historia de _variaciones_ es la
historia del _error_.[1]

Esta variedad, que no debe mirarse como extraña en el Protestantismo,
antes sí como natural y muy propia, al paso que nos indica que él no
está en posesión de la verdad, nos revela también que el principio
que le mueve y le agita, no es un principio de vida, sino un elemento
disolvente. Hasta ahora siempre se le ha pedido en vano que asentase en
alguna parte el pie, y presentase un cuerpo uniforme y compacto; y en
vano será también pedírselo en adelante, porque vano es pedir asiento
fijo á lo que está fluctuando en la vaguedad de los aires; y mal puede
formarse un cuerpo compacto por medio de un elemento, que tiende de
continuo á separar las partes, disminuyendo siempre su afinidad, y
comunicándoles nuevas fuerzas para repelerse y rechazarse. Bien se
deja entender que estoy hablando del _examen privado en materias de
fe_; ya sea que para el fallo se cuente con la sola luz de la razón,
ó con particulares inspiraciones del cielo. Si algo puede encontrarse
de constante en el Protestantismo, es este espíritu de examen; es el
substituir á la autoridad pública y legítima, el dictamen privado: esto
se encuentra siempre junto al Protestantismo, mejor diremos, en lo más
íntimo de su seno; éste es el único punto de contacto de todos los
protestantes, el fundamento de su semejanza; y es bien notable que se
verifica todo esto á veces sin su designio, á veces contra su expresa
voluntad.

Pésimo y funesto como es semejante principio, sí al menos los corifeos
del Protestantismo le hubieran proclamado como seña de combate,
apoyándole, empero, siempre con su doctrina, y sosteniéndole con su
conducta, hubieran sido consecuentes en el error, y, al verles caer
de precipicio en precipicio, se habría conocido que era efecto de un
mal sistema, pero que, bueno ó malo, era al menos un sistema. Pero ni
esto siquiera: y, examinando las palabras y hechos de los primeros
novadores, se nota que, si bien echaron mano de ese funesto principio,
fué para resistir á la autoridad que los estrechaba; pero, por lo
demás, nunca pensaron en establecerle completamente. Trataron, sí, de
derribar la autoridad legítima, pero con el fin de usurpar ellos el
mando; es decir, que siguieron la conducta de los revolucionarios
de todas clases, tiempos y países: quieren echar al suelo el poder
existente, para colocarse ellos en su lugar. Nadie ignora hasta qué
punto llevaba Lutero su frenética intolerancia; no pudiendo sufrir, ni
en sus discípulos, ni en los demás, la menor contradicción á cuanto le
pluguiese á él establecer, sin entregarse á los más locos arrebatos,
sin permitirse los más soeces dicterios. Enrique VIII, el fundador en
Inglaterra de lo que se llama _independencia del pensamiento_, enviaba
al cadalso á cuantos no pensaban como él; y á instancias de Calvino fué
quemado vivo en Ginebra Miguel Servet.

Llamo tan particularmente la atención sobre este punto, porque me
parece muy importante el hacerlo: el hombre es muy orgulloso, y, al oir
que se deja como sentado que los novadores del siglo XVI proclamaron
la _independencia del pensamiento_, sería posible que algunos incautos
tomaran por aquellos corifeos un secreto interés, mirando sus violentas
peroratas como la expresión de un arranque generoso, y contemplando
sus esfuerzos como dirigidos á la vindicación de los derechos del
entendimiento. Sépase, pues, para no olvidarse jamás, que aquellos
hombres proclamaban el principio del _libre examen_, sólo para
escudarse contra la legítima autoridad; pero que en seguida trataban de
imponer á los demás el yugo de las doctrinas que ellos habían forjado.
Se proponían destruir la autoridad emanada de Dios, y sobre las ruinas
de ella establecer la suya propia. Doloroso es el verse precisado á
presentar las pruebas de esta aserción: no porque no se ofrezcan en
abundancia, sino porque, si se quiere echar mano de las más seguras é
incontestables, hay que recordar palabras y hechos que, si bien cubren
de oprobio á los fundadores del Protestantismo, tampoco es grato el
traerlos á la memoria; porque al pronunciar tales cargos la frente
se ruboriza, y al consignarlos en un escrito parece que el papel se
mancha.[2]

Mirado en globo el Protestantismo, sólo se descubre en él un informe
conjunto de innumerables sectas, todas discordes entre sí, y acordes
sólo en un punto: _en protestar contra la autoridad de la Iglesia_.
Ésta es la causa de que sólo se oigan entre ellas nombres particulares
y exclusivos, por lo común sólo derivados del fundador de la secta;
y que, por más esfuerzos que hayan hecho, no han alcanzado jamás
á darse un nombre general, expresivo al mismo tiempo de una idea
positiva; de suerte que hasta ahora sólo se denominan á la manera
de las sectas filosóficas. Luteranos, calvinistas, zuinglianos,
anglicanos, socinianos, arminianos, anabaptistas, y la interminable
cadena que podría recordar, son nombres que muestran plenamente la
estrechez y mezquindad del círculo en que se encierran sus sectas; y
basta pronunciarlos para notar que no hay en ellos nada de general,
nada de grande. Á quien conozca medianamente la religión cristiana,
parece que esto debería bastarle para convencerse de que estas sectas
no son verdaderamente cristianas; pero lo singular, lo más notable,
es lo que ha sucedido con respecto á encontrar un nombre general.
Recorred su historia, y veréis que tantea varios, pero ninguno le
cuadra, en encerrándose en ellos algo de positivo, algo de cristiano;
pero, al ensayar uno como recogido al acaso en la Dieta de Espira, uno
que en sí propio lleva su condenación, porque repugna al origen, al
espíritu, á las máximas, á la historia entera de la religión cristiana;
un nombre que nada expresa de unidad, ni de unión; es decir, nada de
aquello que es inseparable del nombre cristiano; un nombre que no
envuelve ninguna idea positiva, que nada explica, nada determina; al
ensayar éste, se le ha ajustado perfectamente, todo el mundo se lo ha
adjudicado por unanimidad, por aclamación; y es porque era el suyo:
_Protestantismo_.[3]

En el vago espacio señalado por este nombre, todas las sectas se
acomodan, todos los errores tienen cabida: negad con los luteranos el
libre albedrío, renovad con los arminianos los errores de Pelagio,
admitid la presencia real con unos, desechadla luego con los
zuinglianos y calvinistas; si queréis, negad con los socinianos la
divinidad de Jesucristo, adheríos á los episcopales ó á los puritanos,
daos si os viniera en gana á las extravagancias de los cuáqueros, todo
esto nada importa: no dejáis por ello de ser protestantes, porque
todavía _protestáis_ contra la autoridad de la Iglesia. Es ése un
espacio tan anchuroso, del que apenas podréis salir, por grandes que
sean vuestros extravíos: es todo el vasto terreno que descubrís en
saliendo fuera de las puertas de la Ciudad Santa.[4]



CAPITULO II


Pero, ¿cuáles fueron las causas de que apareciese en Europa el
Protestantismo, y de que tomase tanta extensión é incremento? Digna
es, por cierto, tal cuestión de ser examinada con mucho detenimiento,
ya por la importancia que encierra en sí propia, ya también porque,
llamándonos á investigar el origen de semejante plaga, nos guía al
lugar más á propósito para que podamos formarnos una idea más cabal
de la naturaleza y relaciones de ese fenómeno, tan observado como mal
definido.

Cuando á efecto de la naturaleza y tamaño del Protestantismo se
trata de señalarle sus causas, es poco conforme á razón el recurrir
á hechos de poca importancia; ya porque lo sean de suyo, ó porque
estén limitados á determinados lugares y circunstancias. Es un error
el suponer que de causas muy pequeñas pudiesen resultar efectos muy
grandes; pues que, si bien es verdad que las cosas grandes tienen á
veces su principio en las pequeñas, también lo es que no es lo mismo
principio que causa, y que el principiar una cosa por otra, y el ser
causada por ella, son expresiones de significado muy diferente. Una
leve chispa produce tal vez un espantoso incendio; pero es porque
encuentra abundancia de materias inflamables. Lo que es general,
ha de tener causas generales; lo que es muy duradero y arraigado,
causas muy duraderas y profundas. Ésta es una ley constante, así en
el orden moral como en el físico, pero ley cuyas aplicaciones son muy
difíciles, particularmente en el orden moral; pues en él á veces están
las cosas grandes encubiertas con velos tan modestos, está cada efecto
enlazado con tantas causas, y por medio de tan delicadas hebras y tan
complicada contextura, que al ojo más atento y perspicaz, ó se le
escapa enteramente, ó se le pasa como cosa liviana y de poco resultado,
lo que tenía tal vez la mayor importancia é influjo; y, al contrario,
andan las cosas pequeñas tan cubiertas de oropel, tan adornadas y
relumbrantes, tan acompañadas de ruidoso cortejo, que es muy fácil
que engañen al hombre, ya muy propenso de suyo á juzgar por meras
apariencias.

Insistiendo en los principios que acabo de asentar, no puedo inclinarme
á dar mucha importancia, ni á la rivalidad excitada por la predicación
de las indulgencias, ni á las demasías que pudieran cometer en esta
materia algunos subalternos; pudo todo esto ser una ocasión, un
pretexto, una señal de combate, pero en sí era muy poca cosa para poner
en conflagración el mundo. Aunque tal vez sea más plausible, no es,
sin embargo, más puesto en razón, el buscar las causas del nacimiento
y extensión del Protestantismo en el carácter y circunstancias de
los primeros novadores. Pondérase con énfasis la fogosa violencia de
los escritos y palabras de Lutero; y hácese notar cuán á propósito
eran para inflamar el ánimo de los pueblos, arrastrarlos en pos de
los nuevos errores, é inspirarles encarnizado odio contra la Iglesia
romana; encarécense no menos la sofística astucia, el estilo metódico,
la expresión elegante de Calvino, calidades muy adaptadas para dar
alguna aparente regularidad á la informe masa de errores que enseñaban
los nuevos sectarios, poniéndola más en estado de ser abrazada por
personas de más fino gusto: y á este tenor se van trazando cuadros
más ó menos verídicos de los talentos y demás calidades de otros
hombres: ni á Lutero, ni á Calvino, ni á ninguno de los principales
fundadores del Protestantismo, trato de disputarles los títulos con que
adquirieron su triste celebridad; pero me parece que el insistir mucho
sobre las calidades personales, y el atribuir á éstas la principal
influencia en el desarrollo del mal, es no conocerle en toda su
extensión, es no evaluar toda su gravedad, y es, además, olvidar lo que
nos ha enseñado la historia de todos los tiempos.

En efecto: si miramos con imparcialidad á aquellos hombres, nada
encontraremos en ellos de tan singular que no se halle con igualdad,
ó con exceso, en casi todas las cabezas de secta. Sus talentos, su
erudición, su saber, todo ha pasado ya por el crisol de la crítica;
y, ni entre los católicos ni entre los protestantes, se halla ya
nadie instruído é imparcial que no tenga por exageraciones de partido
las desmedidas alabanzas que les habían tributado. Bajo todos
aspectos, ya se los considera sólo en la clase de aquellos hombres
turbulentos, que reunen las circunstancias necesarias para provocar
trastornos. Desgraciadamente, la historia de todos tiempos y países
y la experiencia de cada día nos enseñan que esos hombres son cosa
muy común, y que aparecen dondequiera que una funesta combinación de
circunstancias ofrezca ocasión oportuna.

Cuando se ha querido buscar otras causas, que por su extensión é
importancia estuvieran más en proporción con el Protestantismo, se
han señalado comunmente dos: _la necesidad de una reforma_, y el
_espíritu de libertad_. «Había muchos abusos, han dicho algunos; se
descuidó la reforma legítima, y este descuido provocó la revolución.»
«El entendimiento humano estaba en cadenas, han dicho otros; quiso
quebrantarlas; y el Protestantismo no fué otra cosa _que un esfuerzo
extraordinario en nombre de la libertad, un vuelo atrevido del
pensamiento humano_.» Por cierto que á esas opiniones no puede
tachárselas de que señalen causas pequeñas, y cuya influencia se
circunscriba á espacio breve; y hasta en ambas se encuentra algo
que es muy á propósito para atraerles prosélitos. Ponderando la una
la necesidad de una reforma, abre anchuroso campo para reprender la
inobservancia de las leyes y la relajación de las costumbres, y esto
excita siempre simpatías en el corazón del hombre, indulgente cuando se
trata de los deslices propios, pero severo é inexorable con los ajenos;
y, pronunciando la otra las deslumbradoras palabras de _libertad_, de
_vuelo atrevido del espíritu_, puede estar siempre segura de hallar
dilatado eco, pues que éste no falta jamás á la palabra que lisonjea el
orgullo.

No trato yo de negar la necesidad que á la sazón había de una reforma;
convengo en que era necesaria; bastándome para esto el dar una ojeada
á la historia, el escuchar los sentidos lamentos de grandes hombres,
mirados por la Iglesia como hijos muy predilectos, y sobre todo me
basta leer en el primer decreto del Concilio de Trento que uno de los
objetos del Concilio era la _reforma del clero y del pueblo cristiano_;
me basta oir de boca del Papa Pío IV, en la confirmación del mismo
Concilio, que uno de los objetos para que se había celebrado, era la
_corrección de las costumbres y el restablecimiento de la disciplina_.
Sin embargo, y á pesar de todo esto, no puedo inclinarme á dar á los
abusos tanta influencia en el nacimiento del Protestantismo como le
han atribuído muchos; y, á decir verdad, me parece muy mal resuelta
la cuestión, siempre que, para señalar la verdadera causa del mal,
se insiste mucho sobre los funestos resultados que habían de traer
consigo los abusos; así como, por otra parte, no me satisfacen las
palabras de _libertad_ y de _atrevido vuelo del pensamiento_. Lo diré
paladinamente: por más respeto que se merezcan algunos de los hombres
que han dado tanta importancia á los abusos; por más consideraciones
que tenga á los talentos de otros que han apelado al espíritu de
libertad, ni en unos ni en otros encuentro aquel análisis, filosófico é
histórico á la par, que no se aparta del terreno de los hechos, sino
que los examina y alumbra, mostrando la íntima naturaleza de cada uno,
sin descuidar su enlace y encadenamiento.

Se ha divagado tanto en la definición del Protestantismo y en el
señalamiento de sus causas, por no haberse advertido que no es más
que un hecho común á todos los siglos de la historia de la Iglesia,
pero que tomó su _importancia y peculiares caracteres de la época en
que nació_. Con esta sola consideración, fundada en el testimonio
constante de la historia, y confirmada por la razón y la experiencia,
todo se allana, todo se aclara y explica; nada hemos de buscar en
sus doctrinas, ni en sus fundadores, de extraordinario ni singular;
porque todo lo que tiene de característico, todo proviene de que nació
en _Europa, y en el siglo_ XVI. Desenvolveré este pensamiento, no
echando mano de raciocinios aéreos, que sólo estriben en suposiciones
gratuitas, sino apelando á hechos que nadie podrá contestar.

Es innegable que el principio de sumisión á la autoridad en materias
de fe, ha encontrado siempre mucha resistencia por parte del espíritu
humano. No es éste el lugar de señalar las causas de esta resistencia,
causas que en el curso de esta obra me propongo analizar; me basta
por ahora consignar el hecho, y recordar á quien lo pusiere en duda,
que la historia de la Iglesia va siempre acompañada de la historia de
las herejías. Conforme á la variedad de tiempos y países, el hecho ha
presentado diferentes fases: ora haciendo entrar en torpe mezcolanza
el judaísmo y el cristianismo, ora combinando con la doctrina de
Jesucristo los sueños de los orientales, ora alterando la pureza del
dogma católico con las cavilaciones y sutilezas del sofista griego;
es decir, presentando diferentes aspectos, según ha sido diferente el
estado del espíritu humano. No ha dejado, empero, este hecho de tener
dos caracteres generales, que han manifestado bien á las claras que
el origen es el mismo, á pesar de ser tan vario el resultado en su
naturaleza y objeto. Estos caracteres son: _el odio á la autoridad de
la Iglesia y el espíritu de secta_.

Bien claro es que, si en cada siglo se había visto nacer alguna secta
que se oponía á la autoridad de la Iglesia, y erigía en dogmas las
opiniones de sus fundadores, no era regular que dejase de acontecer lo
mismo en el siglo XVI; y, atendido el carácter del espíritu humano,
me parece que, si el siglo XVI hubiera sido una excepción de la regla
general, tendríamos actualmente una cuestión bien difícil de resolver,
y sería: ¿cómo fué posible que no apareciese en aquel siglo ninguna
secta? Pues bien: una vez nacido en el siglo XVI un error cualquiera,
sea cual fuere su origen, su ocasión y pretexto; luego que se haya
reunido en torno de la nueva enseña una porción de prosélitos, veo ya
al Protestantismo en toda su extensión, en toda su transcendencia, con
todas sus divisiones y subdivisiones, con toda su audacia y energía
para desplegar un ataque general contra cuantos puntos de dogma y de
disciplina se enseñen y observen en la Iglesia. En vez de Lutero,
de Zuinglio, de Calvino, poned, si os place, á Arrio, á Nestorio, á
Pelagio; en lugar de los errores de aquéllos, enseñad, si queréis, los
de éstos: todo será indiferente, porque todo tendrá un mismo resultado.
El error excitará desde luego simpatías, encontrará defensores,
acalorará entusiastas, se extenderá, se propagará con la rapidez de
un incendio, se dividirá luego, y tomarán sus chispas direcciones muy
diferentes; todo se defenderá con aparato de erudición y de saber,
variarán de continuo las creencias, se formularán mil profesiones de
fe, se cambiará ó anonadará la liturgia, y haránse mil trozos los
lazos de disciplina: es decir, tendréis el _Protestantismo_. ¿Y cómo
es que en el siglo XVI haya de tomar el mal tanta gravedad, tanta
extensión y transcendencia? Porque la sociedad de entonces es muy
diferente de todas las anteriores, y lo que en otras épocas pudiera
causar un incendio parcial, había de acarrear en ésta una conflagración
espantosa. Componíase la Europa de un conjunto de sociedades inmensas
que, como formadas en una misma matriz, tenían mucha semejanza en
ideas, costumbres, leyes é instituciones; habíase entablado, por
consiguiente, entre ellas una viva comunicación, ora excitada por
rivalidades, ora por comunidad de intereses; en la generalidad de la
lengua latina existía un medio que facilitaba la circulación de toda
clase de conocimientos; y, sobre todo, acababa de generalizarse un
rápido vehículo, un medio de explotación, de multiplicación y expresión
de todos los pensamientos y afectos; un medio que poco antes saliera
de la cabeza de un hombre, como un resplandor milagroso preñado de
colosales destinos: _la imprenta_.

Tal es el espíritu humano, tal su volubilidad, tanto el apego que cobra
fácilmente á toda clase de innovaciones, tal el placer que siente en
abandonar los antiguos rumbos para seguir otros nuevos, que, una vez
levantada la enseña del error, era imposible que no se agrupasen muchos
en torno de ella. Sacudido el yugo de la autoridad en países donde
era tan vasta, tan activa la investigación, donde fermentaban tantas
discusiones, donde bullían tantas ideas, donde germinaban todas las
ciencias, ya no era dable que el vago espíritu del hombre se mantuviera
fijo en ningún punto, y debía por precisión pulular un hormiguero de
sectas, marchando cada una por su camino, á merced de sus ilusiones
y caprichos. Aquí no hay medio: las naciones civilizadas, ó serán
católicas, ó recorrerán todas las fases del error; ó se mantendrán
aferradas al áncora de la autoridad, ó desplegarán un ataque general
contra ella, combatiéndola en sí misma, y en cuanto enseña ó prescribe.
El hombre cuyo entendimiento está despejado y claro, ó vive tranquilo
en las apacibles regiones de la verdad, ó la busca desasosegado é
inquieto; y como, estribando en principios falsos, siente que no está
firme el terreno, que está mal segura y vacilante su planta, cambia
continuamente de lugar, saltando de error en error, de abismo en
abismo. El vivir en medio de errores, y estar satisfecho de ellos, y
transmitirlos de generación en generación, sin hacer modificación ni
mudanza, es propio de aquellos pueblos que vegetan en la ignorancia y
envilecimiento: allí el espíritu no se mueve, porque duerme.

Colocado el observador en este punto de vista, descubre el
Protestantismo tal cual es en sí; y, como domina completamente la
posición, ve cada cosa en su lugar, y puede, por tanto, apreciar su
verdadero tamaño, descubrir sus relaciones, estimar su influencia, y
explicar sus anomalías. Entonces, situados los hombres en su lugar, y
comparados con el vasto conjunto de los hechos, aparecen en el cuadro
como figuras muy pequeñas, que podrían muy bien ser substituídas por
otras, que nada importa que estuvieran un poco más acá, ó un poco más
allá; que era indiferente que tuviesen esta ó aquella forma, este ó
aquel colorido; y entonces salta á los ojos que el entretenerse mucho
en ponderar la energía de carácter, la fogosidad y audacia de Lutero,
la literatura de Melanchton, el talento sofístico de Calvino, y otras
cosas semejantes, es desperdiciar el tiempo y no explicar nada. Y,
en efecto: ¿qué eran todos esos hombres y otros corifeos? ¿tenían,
acaso, algo de extraordinario? ¿no eran, por ventura, tales como se
los encuentra con frecuencia en todas partes? Algunos de ellos ni
excedieron siquiera de la raya de medianos; y de casi todos puede
asegurarse que, si no hubieran tenido celebridad funesta, la hubieran
tenido muy escasa. Pues ¿por qué hicieron tanto? Porque encontraron un
montón de combustible y le pegaron fuego: ya veis que esto no es muy
difícil; y, sin embargo, ahí está todo el misterio. Cuando veo á Lutero
loco de orgullo, precipitarse en aquellos delirios y extravagancias
que tanto lamentaban sus propios amigos; cuando le veo insultar
groseramente á cuantos le contradicen, indignarse contra todo lo que no
se humilla en su presencia; cuando le oigo vomitar aquel torrente de
dicterios soeces, de palabras inmundas, apenas me causa otra impresión
que la de lástima: este hombre, que tiene la singular ocurrencia de
llamarse _Notharius Dei_, desvaría, tiene medio perdido el juicio, y
no es extraño, porque ha soplado, y con su soplo se ha manifestado un
terrible incendio; es que había un almacén de pólvora, y su soplo le ha
aproximado una chispa, y el insensato que en su ceguera no lo advierte,
dice en su delirio: _muy poderoso soy; mirad: mi soplo es abrasador:
pone en conflagración al mundo_.

Y los abusos ¿qué influencia tuvieron? Si no abandonamos el mismo punto
de vista en que nos hemos colocado, veremos que dieron tal vez alguna
ocasión, que suministraron algún pábulo, pero que están muy lejos de
haber ejercido la influencia que se les ha atribuído, y no es porque
trate ni de negarlos, ni de excusarlos; no es porque no haga el debido
caso de los lamentos de grandes hombres; pero no es lo mismo llorar un
mal, que señalar y analizar su influencia. El varón justo que levanta
su voz contra el vicio, el ministro del santuario devorado por el celo
de la Casa del Señor, se expresan con acento tan alto y tan sentido,
que no siempre sus quejas y gemidos pueden servir de dato seguro para
estimar el justo valor de los hechos. Ellos sueltan una palabra que
sale del fondo de su corazón; sale abrasada, porque arde en sus pechos
el amor, y el celo de la justicia; y viene en pos de ellos la mala fe,
interpreta á su maligno talante las expresiones, y todo lo exagera y
desfigura.

Sea lo que fuere de todo esto, bien claro es que, ateniéndonos á lo
que dejamos firmemente asentado con respecto al origen y naturaleza
del Protestantismo, no pueden señalarse como principal causa de él los
abusos; y que, cuando más, pueden indicarse como ocasiones y pretextos.
Si así no fuere, sería menester decir que en la Iglesia, ya desde
su origen, aun en el tiempo de su primitivo fervor, y de su pureza
proverbial, tan ponderada por los adversarios, ya había muchos abusos:
porque también entonces pululaban de continuo sectas, que protestaban
contra sus dogmas, que sacudían su autoridad, y se apellidaban la
verdadera Iglesia. Esto no tiene réplica; el caso es el mismo; y si se
alegare la extensión que ha tenido el Protestantismo, y su propagación
rápida, recordaré que esto se verificó también con respecto á otras
sectas; reproduciré lo que decía San Jerónimo de los estragos del
arrianismo: _Gimió el orbe entero y asombróse de verse arriano_. Que,
si algo más se quiere citar con respecto al Protestantismo, bastante se
lleva evidenciado que lo que tiene de característico, todo lo debe, no
á los abusos, sino á la _época en que nació_.

Lo dicho hasta aquí es bastante para que pueda formarse concepto de
la influencia que los abusos pudieron ejercer: pero, como este asunto
ha dado tanto que hablar, y prestado origen á muchas equivocaciones,
será bien, antes de pasar más adelante, detenerse todavía más en esta
importante materia, fijando, en cuanto cabe, las ideas, y separando
lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo incierto. Que en los siglos
medios se habían introducido abusos deplorables, que la corrupción
de costumbres era mucha, y que, por consiguiente, era necesaria una
reforma, es cierto, indudable. Por lo que toca á los siglos XI y
XII, tenemos de esta triste verdad testigos tan intachables como
San Pedro Damián, San Gregorio VII y San Bernardo. Algunos siglos
después, si bien se habían corregido mucho los abusos, todavía eran
de consideración, bastando para convencernos de esta verdad los
lamentos de los varones respetables que anhelaban por la reforma;
distinguiéndose muy particularmente el cardenal Julián en las terribles
palabras con que se dirigía al Papa Eugenio IV, representándole los
desórdenes del clero, principalmente del de Alemania. Confesada
paladinamente la verdad, pues no creo que la causa del Catolicismo
necesite para su defensa del embozo y de la mentira, resolveré en pocas
palabras algunas cuestiones importantes.

¿Quién tenía la culpa de que se hubiesen introducido tamaños
desórdenes? ¿Era la Corte de Roma? ¿Eran los obispos? Creo que sólo
se la debe achacar á la calamidad de los tiempos. Para un hombre
sensato bastará recordar que en Europa se habían consumado los hechos
siguientes: la disolución del viejo y corrompido imperio romano; la
irrupción é inundación de los bárbaros del Norte; la fluctuación y las
guerras de éstos entre sí y con los demás pueblos por espacio de largos
siglos; el establecimiento y el predominio del feudalismo con todas sus
turbulencias y desastres; la invasión de los sarracenos, y su ocupación
de una parte considerable de Europa. La ignorancia, la corrupción,
la relajación de la disciplina, ¿no debían ser el resultado natural,
necesario, de tanto trastorno? La sociedad eclesiástica ¿podía menos de
resentirse profundamente de esa disolución, de ese aniquilamiento de la
sociedad civil? ¿podía no participar de los males de ese horroroso caos
en que se hallaba envuelta la Europa?

¿Faltó nunca en la Iglesia, el espíritu, el deseo, el anhelo de la
reforma de los abusos? Se puede demostrar que no. Pasaré por alto los
santos varones, que en todos aquellos calamitosos tiempos no dejó de
abrigar en su seno; la historia nos los cuenta en número considerable,
y de virtudes tan acendradas, que, al paso que contrastaban con la
corrupción que les rodeaba, mostraban que no se había apagado en
el seno de la Iglesia católica el divino fuego de las _lenguas del
Cenáculo_. Este solo hecho prueba ya mucho; pero prescindiré de
él, para llamar la atención sobre otro más notable, menos sujeto á
cuestiones, menos tachable de exageración, y que no puede decirse
limitado á este ó á aquel individuo, sino que es la verdadera expresión
del espíritu que animaba al cuerpo de la Iglesia. Hablo de la incesante
reunión de concilios en que se reprobaban y condenaban los abusos, y se
inculcaba la santidad de costumbres, y la observancia de la disciplina.
Afortunadamente este hecho consolador está fuera de toda duda; está
patente á los ojos de todo el mundo, bastando, para convencerse de él,
el haber abierto una vez siquiera algún libro de historia eclesiástica,
ó alguna colección de concilios. Es sobremanera digno este hecho de
llamar la atención, y aun puede añadirse que quizá no se ha advertido
toda la importancia que encierra. En efecto: si observamos las otras
sociedades, repararemos que, á medida que las ideas ó las costumbres
cambian, van modificando rápidamente las leyes; y, si éstas le son muy
contrarias, en poco tiempo las hacen callar, las arrollan, las echan
por el suelo. Pero en la Iglesia no sucedió así: la corrupción se había
extendido por todas partes de una manera lamentable: los ministros de
la religión se dejaban arrastrar de la corriente, y se olvidaban de
la santidad de su ministerio; pero el fuego santo ardía siempre en
el santuario: allí se proclamaba, se inculcaba sin cesar la ley; y
aquellos mismos hombres ¡cosa admirable!, aquellos mismos hombres que
la quebrantaban, se reunían con frecuencia para condenarse á sí mismos,
para afear su propia conducta, haciendo de esta manera más sensible,
más público el contraste entre su enseñanza y sus obras. La simonía
y la incontinencia eran los dos vicios dominantes; pues bien, abrid
las colecciones de los concilios, y por dondequiera los encontraréis
anatematizados. Jamás se vió tan prolongada, tan constante, tan tenaz
lucha del derecho contra el hecho; jamás, como entonces, se vió por
espacio de largos siglos á la ley colocada cara á cara contra las
pasiones desencadenadas; y mantenerse allí firme, inmóvil, sin dar un
paso atrás, sin permitirles tregua ni descanso hasta haberlas sojuzgado.

Y no fué inútil esa constancia, esa santa tenacidad: y así es que á
principios del siglo XVI, es decir, á la época del nacimiento del
Protestantismo, vemos que los abusos eran incomparablemente menores,
que las costumbres se habían mejorado mucho, que la disciplina había
adquirido vigor, y que se la observaba con bastante regularidad. El
tiempo de las declamaciones de Lutero no era el tiempo calamitoso
llorado por San Pedro Damián y por San Bernardo: el caos se había
desembrollado mucho; la luz, el orden y la regularidad se iban
difundiendo rápidamente; y, por prueba incontestable de que no yacía
en tanta ignorancia y corrupción como se quería ponderar, podía la
Iglesia ofrecer una exquisita muestra de hombres tan distinguidos en
santidad como brillaron en aquel mismo siglo, y tan eminentes en
sabiduría como resplandecieron en el Concilio de Trento. Es menester
no olvidar la situación en que se había encontrado la Iglesia; es
necesario no perder de vista que las grandes reformas exigen largo
tiempo; que estas reformas encontraban resistencia en los eclesiásticos
y en los seglares, y que, por haberlas querido emprender con firmeza
y constancia Gregorio VII, se ha llegado á tacharle de temerario. No
juzguemos á los hombres fuera de su lugar y tiempo; no pretendamos
que todo se ajuste á los mezquinos tipos que nos forjamos en nuestra
imaginación: los siglos ruedan en una órbita inmensa, y la variedad
de circunstancias produce situaciones tan extrañas y complicadas, que
apenas alcanzamos á concebirlas.

Bossuet, en su _Historia de las variaciones_, después de haber hecho
una clasificación del diferente espíritu que guiaba á los hombres que
habían intentado una reforma antes del siglo XVI, y después de citar
las amenazadoras palabras del cardenal Julián, dice: «Así es como, en
el siglo XV, ese cardenal, el hombre más grande de su tiempo, deploraba
los males, previendo sus funestas consecuencias; de manera que parece
haber pronosticado los que Lutero iba á causar á toda la cristiandad,
empezando por la Alemania; y no se engañó al creer que el _no haber
cuidado de la reforma_, y el aumento del odio contra el clero, iba á
producir una secta más temible para la Iglesia que la de los bohemios.»
De estas palabras se infiere que el ilustre obispo de Meaux encontraba
una de las principales causas del Protestantismo en no haberse hecho á
tiempo la reforma legítima. No se crea, por esto, que Bossuet excuse
en lo más mínimo á los corifeos del Protestantismo, ni que trate de
poner en salvo las intenciones de los novadores; antes al contrario,
los coloca en la clase de los reformadores turbulentos, que, lejos
de favorecer la verdadera reforma deseada por los hombres sabios y
prudentes, sólo servían para hacerla más difícil, introduciendo con sus
malas doctrinas el espíritu de desobediencia, de cisma y de herejía.

Á pesar de la autoridad de Bossuet, no puedo inclinarme á dar tanta
importancia á los abusos, que los mire como una de las principales
causas del Protestantismo, y no es necesario repetir lo que en apoyo de
mi opinión he dicho antes. Pero no será fuera del caso advertir que mal
pueden apoyarse en la autoridad de Bossuet los que intenten sincerar
las intenciones de los primeros reformadores; pues que el ilustre
prelado es el primero en suponerlos altamente culpables, y en reconocer
que, si bien existían los abusos, nunca tuvieron los novadores la
intención de corregirlos, antes sí de valerse de este pretexto para
apartarse de la fe de la Iglesia, substraerse al yugo de la legítima
autoridad, quebrantar todos los lazos de la disciplina, é introducir de
esta suerte el desorden y la licencia.

Y á la verdad, ¿cómo sería posible atribuir á los primeros reformadores
el espíritu de una verdadera reforma, cuando casi todos cuidaron
de desmentirlo con su vergonzosa conducta? Si al menos se hubieran
entregado á un riguroso ascetismo, si con la austeridad de sus
costumbres hubiesen condenado la relajación de que se lamentaban,
entonces podríamos sospechar si sus mismos extravíos fueron efecto de
un celo exagerado, si fueron arrebatados al mal por un exceso de amor
al bien; pero ¿sucedió algo de semejante? Oigamos lo que dice sobre el
particular un testigo de vista, un hombre que por cierto no puede ser
tildado de fanático, un hombre que guardó con los primeros corifeos
del Protestantismo tantas consideraciones y miramientos, que no pocos
los han calificado de culpables: es Erasmo, que, hablando con su
acostumbrada gracia y malignidad, dice así: «Según parece, la reforma
viene á parar á la secularización de algunos frailes, y al casamiento
de algunos sacerdotes: y esa gran tragedia se termina, al fin, por un
suceso muy cómico, pues que todo se desenlaza, como en las comedias,
por un casamiento.»

Esto manifiesta hasta la evidencia cuál era el verdadero espíritu de
los novadores del siglo XVI, y que, lejos de intentar la enmienda de
los abusos, se proponían más bien agravarlos. En esta parte, la simple
consideración de los hechos ha guiado á M. Guizot por el camino de la
verdad, cuando no admite la opinión de aquellos que pretenden que «la
reforma había sido una tentativa concebida y ejecutada con el solo
designio de reconstituir una Iglesia pura, la Iglesia primitiva; ni una
simple mira de mejora religiosa, ni el fruto de una utopia de humanidad
y de verdad.» (_Historia general de la civilización europea, lección
12._)

Tampoco será difícil ahora el apreciar en su justo valor el mérito de
la explicación que ha dado de este fenómeno el escritor que acabo de
citar. «La reforma, dice M. Guizot, fué un esfuerzo extraordinario en
nombre de la libertad, una insurrección de la inteligencia humana.»

Este esfuerzo nació, según el mismo autor, de la _vivísima actividad_
que desplegaba el espíritu humano, y del estado de _inercia_ en que
había caído la Iglesia romana: de que á la sazón caminaba el espíritu
humano con fuerte é impetuoso movimiento, y la Iglesia se hallaba
_estacionaria_. Ésta es una de aquellas explicaciones que son muy á
propósito para granjearse admiradores y prosélitos; porque, colocados
los pensamientos en terreno tan general y elevado, no pueden ser
examinados de cerca por la mayor parte de los lectores, y, presentados
con el velo de una imagen brillante, deslumbran los ojos, y preocupan
el juicio.

Como lo que coarta la libertad de pensar, tal como la entiende aquí
M. Guizot, y como la entienden los protestantes, es la _autoridad_ en
materias de fe, infiérese que el levantamiento de la inteligencia debió
ser seguramente contra esa _autoridad_; es decir, que aconteció la
sublevación del entendimiento, porque él marchaba, y la Iglesia no se
movía de sus dogmas; ó, por valerme de la expresión de M. Guizot: «la
Iglesia se hallaba _estacionaria_.»

Sea cual fuere la disposición de ánimo de M. Guizot con respecto á los
dogmas de la Iglesia católica, al menos como filósofo debió advertir
que andaba muy desacertado en señalar, como particular de una época, lo
que para la Iglesia era un carácter de que ella se había glorificado
en todos tiempos. En efecto: van ya más de 18 siglos que á la Iglesia
se la puede llamar _estacionaria_ en sus dogmas; y ésta es una prueba
inequívoca de que ella sola está en posesión de la verdad: porque la
verdad es _invariable_, por ser _una_.

Si, pues, el levantamiento de la inteligencia se hizo por esta causa,
nada tuvo la Iglesia en aquel siglo que no tuviera en todos los
anteriores, y no lo haya conservado en los siguientes; nada hubo de
particular, nada de característico; nada, por consiguiente, se ha
adelantado en la explicación de las causas del fenómeno; y si por
esta razón la compara M. Guizot á los gobiernos _viejos_, ésta es
una _vejez_ que la tuvo la Iglesia desde su cuna. Como si M. Guizot
hubiese sentido él propio la flaqueza de sus raciocinios, presenta
los pensamientos en grupo, en tropel; hace desfilar á los ojos del
lector diferentes órdenes de ideas, sin cuidar de clasificaciones, ni
deslindes, para que la variedad distraiga y la mezcla confunda. En
efecto: á juzgar por el contexto de su discurso, no parece que entienda
aplicar á la Iglesia los epítetos de _inerte_, ni _estacionaria_ con
respecto á los dogmas, sino que más bien se deja conjeturar que trata
de referirlo á pretensiones bajo el aspecto político y económico; pues,
por lo que toca á la _tiranía é intolerancia_ que han achacado algunos
á la Corte de Roma, lo rechaza M. Guizot como una calumnia.

Supuesto que en esta parte presenta una incoherencia de ideas que
parece no debíamos esperar de su claro entendimiento, incoherencia
que á muchos se les haría recio de creer, me es indispensable copiar
literalmente sus propias palabras, y en ellas aprenderemos que nada
hay más incoherente que los grandes talentos, una vez colocados en una
posición falsa.

«Había caído la Iglesia, dice M. Guizot, en un estado de inercia,
se hallaba estacionaria: el crédito político de la Corte de Roma se
había disminuído mucho: la dirección de la sociedad europea ya no le
pertenecía, puesto que había pasado al gobierno civil. Con todo, tenía
el poder espiritual las mismas pretensiones que antes; conservaba
aún toda su pompa, toda su importancia exterior: sucedíale lo que ha
acontecido, más de una vez á los gobiernos viejos y que han perdido
su influencia: se dirigían de continuo quejas contra ella, y la mayor
parte eran fundadas.» ¿Cómo es posible que M. Guizot no advirtiese
que nada señalaba aquí que tuviese relación con la libertad del
pensamiento, nada que no fuera de un orden muy diferente? El haberse
disminuído el influjo político de la Corte de Roma, y el conservar
aún sus pretensiones; el no pertenecerle ya la dirección de la
sociedad europea, y el conservar ella su pompa é importancia exterior,
¿significa acaso otra cosa que las rivalidades que pudieron existir
con respecto á asuntos políticos? ¿Y cómo pudo olvidar M. Guizot que
poco antes había dicho que el señalar como causa del Protestantismo la
_rivalidad de los soberanos con el poder eclesiástico_, no le parecía
_fundado_, ni muy _filosófico_, ni en correspondiente _proporción con
la extensión é importancia de este suceso_?

Si algunos creyesen que, aun cuando todo esto no tuviera relación
directa con la libertad del pensamiento, no obstante, se provocó la
sublevación intelectual con la intolerancia que manifestaba á la sazón
la Corte de Roma: «No es verdad, les responderá M. Guizot, que en el
siglo XVI la Corte de Roma fuese muy tiránica; no es verdad que los
abusos, propiamente dichos, fuesen entonces más numerosos y más graves
de lo que hasta aquella época habían sido. _Al contrario, nunca quizás_
el gobierno eclesiástico se había mostrado más _condescendiente y
tolerante_, más dispuesto á dejar marchar todas las cosas mientras
no se cuestionase sobre su poder, mientras se le reconociesen, aun
dejándolos sin ejercicio, los derechos que tenía: mientras se le
asegurase la misma existencia, se le pagasen los mismos tributos. De
este modo el gobierno eclesiástico hubiera dejado tranquilo al espíritu
humano, si el espíritu humano hubiese querido hacer otro tanto con
respecto á él.» Es decir, que no parece sino que M. Guizot se olvidó
completamente de que asentaba todos esos antecedentes para manifestar
que la reforma protestante había sido un _grande esfuerzo en nombre
de la libertad, un levantamiento de la inteligencia humana_; pues que
nada nos alega, nada recuerda que se opusiese á esta libertad; y aun
si algo pudiera provocar el _levantamiento_, como habría sido _la
intolerancia_, _la crueldad_, el no dejar tranquilo al espíritu humano,
ya nos ha dicho M. Guizot que el gobierno eclesiástico en el siglo XVI
no era tiránico, antes bien era _condescendiente_, _tolerante_, y que
de su parte hubiera _dejado tranquilo al espíritu humano_.

Á la vista de tales datos, es evidente que el _esfuerzo extraordinario
en nombre de la libertad de pensar_, es, en boca de M. Guizot, una
palabra vaga, indefinible; y, al proferirla, parece que se propuso
cubrir con brillante velo la cuna del Protestantismo, aun á expensas
de la consecuencia en sus propias opiniones. Desechó las rivalidades
políticas y apela luego á ellas; no da importancia á la influencia de
los abusos, no los juzga por verdadera causa, y se olvida que en la
lección antecedente había asentado que, si se hubiera hecho á tiempo
una reforma legal _tan oportuna y necesaria_, tal vez se hubiera
evitado la revolución religiosa: traza un cuadro en que se propone
presentar puntos de contraste con esta libertad, quiere alzarse á
consideraciones generales, elevadas, que abarquen la posición y las
relaciones de la inteligencia, y se detiene en _la pompa y aparato
exterior_, recuerda las _rivalidades políticas_, y, abatiendo su vuelo,
hasta desciende al terreno de los _tributos_.

Esa incoherencia de ideas, esa debilidad de raciocinio, ese olvido
de los propios asertos, sólo podrá parecer extraño á quien esté más
acostumbrado á admirar el vuelo de los grandes talentos que á estudiar
la historia de sus aberraciones. Cabalmente M. Guizot se hallaba en
tal posición, que es muy difícil no equivocarse y deslumbrarse; porque,
si es verdad que el caminar rastreramente sobre los hechos individuales
trae el inconveniente de circunscribir la vista, y de conducir al
observador á la colección de una serie de hechos aislados, más bien
que á la formación de un cuerpo de ciencia, también es cierto que,
divagando el espíritu por un inmenso espacio donde haya de abarcar
muchos y muy variados hechos en todos sus aspectos y relaciones, corre
peligro de alucinarse á cada paso; también es cierto que la demasiada
generalidad suele rayar en hipotética y fantástica; que no pocas veces,
alzándose con inmoderado vuelo el entendimiento para descubrir mejor el
conjunto de los objetos, llega á no verlos como son en sí, quizás hasta
los pierda enteramente de vista; y por eso es menester que los más
elevados observadores recuerden con frecuencia el dicho de Bacón: «_no
alas, sino plomo_».

M. Guizot tenía demasiada imparcialidad para que no pudiese menos de
confesar la exageración con que habían sido abultados los abusos;
además, tenía mucha filosofía para desconocer que no eran causa
suficiente para producir un efecto tamaño; y hasta el sentimiento de
su propia dignidad y decoro no le permitió mezclarse con esa turba
bulliciosa y descomedida, que clama sin cesar contra la crueldad y la
intolerancia; y así es que en esta parte hizo un esfuerzo para hacer
justicia á la Iglesia romana. Pero desgraciadamente sus prevenciones
contra la Iglesia no le permitieron ver las cosas como son en sí:
columbró que el origen del Protestantismo debía buscarse en el mismo
espíritu humano; pero, conocedor del siglo en que vive, y, sobre todo,
de la época en que hablaba, presintió que, para ser bien acogidos sus
discursos, era menester lisonjear al auditorio apellidando _libertad_;
templó con algunas palabras suaves la amargura de los cargos contra
la Iglesia, mas procurando luego que todo lo bello, todo lo grande
y generoso, estuviera de parte del pensamiento engendrador de la
reforma, y que recayesen sobre la Iglesia todas las sombras que habían
de obscurecer el cuadro.

Á no ser así, hubiera visto, sin duda, que, si bien la principal
causa del Protestantismo se halla en el espíritu humano, no era
necesario recurrir á parangones injustos; no hubiera caído en la
incoherencia que acabamos de ver; hubiera encontrado la raíz del hecho
en el propio carácter del espíritu humano, y hubiera explicado su
gravedad y transcendencia, con sólo recordar la naturaleza, posición
y circunstancias de las sociedades en cuyo centro apareció. Habría
notado que no hubo allí un _esfuerzo extraordinario, sino una simple
repetición de lo acontecido en cada siglo; un fenómeno común, que
tomó un carácter especial, á causa de la particular disposición de la
atmósfera que le rodeaba_.

Este modo de considerar el Protestantismo como un hecho común,
agrandado, empero, y extendido á causa de las circunstancias de la
sociedad en que nació, me parece tan filosófico como poco reparado:
y así presentaré otra proposición, que nos suministrará juntamente
razones y ejemplos. Tal es el estado de las sociedades modernas,
de tres siglos á esta parte, que todos los hechos que en ellas se
verifiquen, han de tomar un carácter de generalidad, y, por tanto, de
gravedad, que los ha de distinguir de los mismos hechos, verificados,
empero, en otras épocas en que era diferente el estado de las
sociedades. Dando una ojeada á la historia antigua, observaremos que
todos los hechos tenían cierto aislamiento, por el cual ni eran tan
provechosos cuando eran buenos, ni tan nocivos cuando eran malos.
Cartago, Roma, Lacedemonia, Atenas, y todos esos pueblos antiguos,
más ó menos adelantados en la carrera de la civilización, siguen cada
cual su camino; pero siempre de una manera particular: las ideas, las
costumbres, las formas políticas se sucedían unas á otras; pero no se
descubre esa influencia de las ideas de un pueblo sobre las ideas de
otro pueblo, de las costumbres del uno sobre las costumbres del otro;
ese espíritu propagador que tiende á confundirlos á todos en un mismo
centro: por manera que, excepto el caso de violenta conmixtión, se
conoce muy bien que podrían los pueblos antiguos estar largo tiempo muy
cercanos, conservando íntegramente cada uno sus propias fisonomías, sin
experimentar á causa del contacto considerables mudanzas.

Observad, empero, cuán de otra manera sucede en Europa: una revolución
en un país afecta todos los otros; una idea salida de una escuela pone
en agitación á los pueblos, y en alarma á los gobiernos: nada hay
aislado; todo se generaliza, todo se propaga, tomando con la misma
expansión una fuerza terrible. He aquí por qué no es posible estudiar
la historia de un pueblo, sin que se presenten en la escena todos los
pueblos; no es posible estudiar la historia de una ciencia, de un arte,
sin que se compliquen desde luego cien relaciones con otros objetos que
no son ni científicos, ni artísticos: y es porque todos los pueblos se
asimilan, todos los objetos se enlazan, todas las relaciones se abarcan
y se cruzan; he aquí por qué no hay un asunto en un país en que no
tomen interés, y aun parte si es posible, todos los demás; y he aquí
por qué, concretándonos á la política, es y será siempre una idea sin
aplicaciones la de _no intervención_; pues no se ha visto jamás que
cada cual no procure intervenir en todos los negocios que le interesan.

Estos ejemplos, tomados de los órdenes políticos, literarios y
artísticos, me parecen muy á propósito para dar á entender mi idea
sobre lo que ha sucedido con respecto al orden religioso; y, si bien
despojan al Protestantismo de ese manto filosófico con que se le ha
querido cubrir aun en su cuna; si le quitan todo derecho á suponerse
como un pensamiento que, lleno de previsión y de proyectos grandiosos,
encerraba grandes destinos, tampoco rebajan en nada su gravedad y su
extensión, en nada limitan el hecho; antes sí indican la verdadera
causa de que se haya presentado con aspecto tan imponente.

Desde el punto de vista que acabo de señalar, todo se descubre en
su verdadero tamaño: los hombres apenas figuran, casi desaparecen;
los abusos se ofrecen como son: ocasiones y pretextos; los planes
vastos, las ideas altas y generosas, los esfuerzos de independencia se
reducen á suposiciones arbitrarias; el cebo de las depredaciones, la
ambición, las rivalidades de los soberanos, juegan como causas más ó
menos influyentes, pero siempre en un orden secundario: ninguna causa
se excluye; sólo que se las coloca á todas en su lugar, no se permite
la exageración en su influencia, y, señalándose una principal, no
deja de mirarse el hecho como de tal naturaleza, que en su nacimiento
y desarrollo debieron de obrar un sinnúmero de agentes. Y, cuando se
llega á una cuestión capital en la materia; cuando se pregunta la causa
del odio, de la exasperación, que han manifestado los sectarios contra
Roma; cuando se pregunta si esto no revela algunos grandes abusos
de su parte, si no hace sospechar su sinrazón, se puede responder
tranquilamente: que siempre se ha visto que las olas en la tormenta
braman furiosas contra la roca inmóvil que las resiste.

Tan lejos estoy de atribuir á los abusos la influencia que muchos
les han asignado con respecto al nacimiento y desarrollo del
Protestantismo, que estoy convencido de que, por más reformas legales
que se hubieran hecho, por más condescendiente que se hubiera
manifestado la autoridad eclesiástica en acceder á demandas y
exigencias de todas clases, hubiera acontecido, poco más ó menos, la
misma desgracia.

Es necesario haber reparado bien poco en la extrema inconstancia y
movilidad del espíritu humano, y haber estudiado muy poco su historia,
para desconocer que era ésta una de aquellas grandes calamidades que
sólo Dios, por providencia especial, es bastante á evitarlas.[5]



CAPITULO III


La proposición sentada al fin del capítulo anterior me sugiere un
corolario, que, si no me engaño, ofrece una nueva demostración de la
divinidad de la Iglesia católica.

Se ha observado como cosa muy admirable la duración de la Iglesia
católica por espacio de 18 siglos, y eso á pesar de tantos y tan
poderosos adversarios; pero quizá no se ha notado bastante que,
atendida la índole del espíritu humano, uno de los grandes prodigios
que presenta sin cesar la Iglesia, es la unidad de doctrina en medio
de toda clase de enseñanza, y abrigando siempre en su seno un número
considerable de sabios.

Llamo muy particularmente sobre este punto la atención de todos los
hombres pensadores; y estoy seguro de que, aun cuando yo no acierte
á desenvolver cual merece este pensamiento, encontrarán ellos aquí
un germen de muy graves reflexiones. Tal vez se acomodará también
este modo de mirar la Iglesia, al gusto de ciertos lectores, pues
prescindiré enteramente de los caracteres que se rocen con la
revelación, y consideraré el Catolicismo, no como religión divina, sino
como escuela filosófica.

Nadie que haya saludado la historia de las letras, me podrá negar que,
en todos tiempos, haya tenido la Iglesia en su seno hombres ilustres
por su sabiduría. En los primeros siglos, la historia de los Padres de
la Iglesia es la historia de los sabios de primer orden, en Europa, en
África y en Asia; después de la irrupción de los bárbaros, el catálogo
de los hombres que conservaron algo del antiguo saber, no es más que un
catálogo de eclesiásticos; y, por lo que toca á los tiempos modernos,
no es dable señalar un solo ramo de los conocimientos humanos, en que
no figuren en primera línea un número considerable de católicos. Es
decir, que, de 18 siglos á esta parte, hay una serie no interrumpida
de sabios, que son católicos, ó que están acordes en un cuerpo de
doctrina formado de la reunión de las verdades enseñadas por la Iglesia
católica. Prescindiendo ahora de los caracteres de divinidad que la
distinguen, y considerándola únicamente como una escuela, ó una secta
cualquiera, puede asegurarse que presenta en el hecho que acabo de
consignar, un fenómeno tan extraordinario, que, ni es posible hallarle
semejante en otra parte, ni es dable explicarle como comprendido en el
orden regular de las cosas.

Seguramente que no es nuevo en la historia del espíritu humano, el que
una doctrina, más ó menos razonable, haya sido profesada algún tiempo
por un cierto número de hombres ilustrados y sabios: este espectáculo
lo hemos presenciado en las sectas filosóficas antiguas y modernas;
pero que una doctrina se haya sostenido por espacio de muchos siglos,
conservando adictos á ella á sabios de todos tiempos y países, y
sabios, por otra parte, muy discordes en sus opiniones particulares,
muy diferentes en costumbres, muy opuestos tal vez en intereses y muy
divididos por sus rivalidades, este fenómeno es nuevo, es único, sólo
se encuentra en la Iglesia católica. Exigir fe, unidad en la doctrina,
y fomentar de continuo la enseñanza, y provocar la discusión sobre
toda clase de materias; incitar y estimular el examen de los mismos
cimientos en que estriba la fe, preguntando para ello á las lenguas
antiguas, á los monumentos de los tiempos más remotos, á los documentos
de la historia, á los descubrimientos de las ciencias observadoras, á
las lecciones de las más elevadas y analíticas; presentarse siempre con
generosa confianza en medio de esos grandes liceos donde una sociedad,
rica de talentos y de saber, reune como en focos de luz todo cuanto
le han legado los tiempos anteriores, y lo demás que ella ha podido
reunir con sus trabajos, he aquí lo que ha hecho siempre, y está
haciendo todavía, la Iglesia; y, sin embargo, la vemos perseverar firme
en su fe, en su unidad de doctrina, rodeada de hombres ilustres, cuyas
frentes, ceñidas de los laureles literarios ganados en cien palestras,
se le humillan serenas y tranquilas, sin que lo tengan á mengua, sin
que crean que deslustren las brillantes aureolas que resplandecen sobre
sus cabezas.

Los que miran el Catolicismo como una de tantas sectas que han
aparecido sobre la tierra, será menester que busquen algún hecho que
se parezca á éste; será menester que nos expliquen cómo la Iglesia
puede de continuo presentarnos ese fenómeno, que tan en oposición
se encuentra con la innata volubilidad del espíritu humano; será
necesario que nos digan cómo la Iglesia romana ha podido realizar este
prodigio, y qué imán secreto tiene en sus manos el Sumo Pontífice para
que él pueda hacer lo que no ha podido otro hombre. Los que inclinan
respetuosamente sus frentes al oir la palabra salida del Vaticano;
los que abandonan su propio parecer para sujetarse á lo que les dicta
un hombre que se apellida _Papa_, no son tan sólo los sencillos é
ignorantes: miradlos bien: en sus frentes altivas descubriréis el
sentimiento de sus propias fuerzas, y en sus ojos vivos y penetrantes
veréis que se trasluce la llama del genio que oscila en su mente. En
ellos reconoceréis á los mismos que han ocupado los primeros puestos
de las academias europeas, que han llenado el mundo con la fama de
sus nombres: nombres transmitidos á las generaciones venideras entre
corrientes de oro. Recorred la historia de todos los tiempos, viajad
por todos los países del orbe, y, si encontráis en ninguna parte un
conjunto tan extraordinario, el saber unido con la fe, el genio sumiso
á la autoridad, la discusión hermanada con la unidad, presentadle:
habréis hecho un descubrimiento importante; habréis ofrecido á la
ciencia un nuevo fenómeno que explicar: ¡ah! esto os será imposible,
bien lo sabéis; y por esto apelaréis á nuevos efugios, por esto
procuraréis obscurecer con cavilaciones la luz de una observación que
sugiere á una razón imparcial, y hasta al sentido común, la legítima
consecuencia de que en la Iglesia católica hay algo que no se encuentra
en otra parte.

«Estos hechos, dirán los adversarios, son ciertos; las reflexiones que
sobre ellos se han emitido no dejan de ser deslumbradoras; pero, bien
analizada la materia, desaparecerán todas las dificultades que pueden
presentarse por la extrañeza que causa el haberse verificado en la
Iglesia un hecho que no se ha verificado en ninguna secta. Si bien se
mira, cuanto hasta aquí se lleva alegado, sólo prueba que en la Iglesia
ha habido siempre un sistema determinado, que, apoyado en un punto
fijo, ha podido ser realizado con uniforme regularidad. En la Iglesia
se ha conocido que el origen de la fuerza está en la unión, que para
esta unión era necesario establecer _unidad_ en la doctrina, y que para
conservar esta _unidad_ era necesaria la sumisión á la autoridad. Esto
una vez conocido, se ha establecido el principio de sumisión, y se le
ha conservado invariablemente: he aquí explicado el fenómeno; en esto
no negaremos que haya sabiduría profunda, que haya un plan vasto, un
sistema singular; pero nada podréis inferir en pro de la divinidad del
Catolicismo.»

Esto es lo que se responderá, porque es lo único que se puede
responder; pero fácil es de notar que, á pesar de esa respuesta, queda
la dificultad en todo su vigor. Resulta siempre en claro que hay una
sociedad sobre la tierra, que por espacio de 18 siglos ha sido siempre
dirigida por un principio constante, fijo; una sociedad que ha logrado
que se adhiriesen á este principio hombres eminentes de todos tiempos
y países, y, por tanto, permanece siempre en pie todo el embarazo que
ofrecen á los adversarios las siguientes preguntas: ¿Cómo es que sólo
la Iglesia ha tenido este principio? ¿cómo es que á sólo ella se le
haya ocurrido tal pensamiento? ¿cómo es que, si ha ocurrido á otra
secta, ninguna lo haya podido poner en planta? ¿cómo es que todas
las sectas filosóficas hayan desaparecido unas en pos de otras, y la
Iglesia no? ¿cómo es que las otras religiones, si han querido conservar
alguna unidad, han tenido siempre que huir de la luz, y esquivar la
discusión, y envolverse en negras sombras; y la Iglesia haya siempre
conservado su _unidad_, buscando la luz, y no ocultando sus libros,
no escaseando la enseñanza, sino fundando por todas partes colegios,
universidades y demás establecimientos, donde pudiesen reunirse y
concentrarse todos los resplandores de la erudición y del saber?

No basta decir que hay un sistema, un plan: la dificultad está en la
misma existencia de ese sistema, de ese plan; la dificultad está en
explicar cómo se han podido concebir y ejecutar. Si se tratase de pocos
hombres reunidos en ciertas circunstancias, en determinados tiempos y
países, para la ejecución de un proyecto limitado á breve espacio, no
habría aquí nada de particular; pero se trata de 18 siglos, se trata de
todos los países, de las circunstancias más variadas, más diferentes,
más opuestas; se trata de hombres que no han podido avenirse, ni
concertarse. ¿Cómo se explica todo esto? Si no es más que un sistema,
un plan humano, ¿qué hay de misterioso en esa ciudad de Roma, que
así reune en torno suyo á tantos hombres ilustres de todos tiempos y
países? Si el Pontífice de Roma no es más que el jefe de una secta,
¿cómo es que de tal modo alcanza á fascinar el mundo? ¿se habría visto
jamás un mago que ejecutase extrañeza más estupenda? ¿No hace ya mucho
tiempo que se declama contra su _despotismo religioso_? ¿por qué, pues,
no ha habido otro hombre que le haya arrebatado el cetro? ¿por qué no
se ha erigido otra cátedra que disputase á la suya la preeminencia,
y se mantuviese en igual esplendor y poderío? ¿Es acaso por su poder
material? Es muy limitado, y no podría medir sus armas con ninguna
potencia de Europa. ¿Es por el carácter particular, por la ciencia,
por las virtudes de los hombres que han ocupado el solio pontificio?
Pero, ¿cómo es posible que en el espacio de 18 siglos no hayan tenido
infinita variedad los caracteres de los Papas, y muy diferentes
graduaciones su ciencia y sus virtudes? Á quien no sea católico, á
quien no viere en el Pontífice romano al Vicario de Jesucristo, aquella
_piedra_ sobre la cual edificó Jesucristo la Iglesia, la duración de su
autoridad ha de parecerle el más extraordinario de los fenómenos, ha de
ofrecérsele como una de las cuestiones más dignas de proponerse á la
ciencia que se ocupa en la historia del espíritu humano la siguiente:
¿cómo es posible que por espacio de tantos siglos haya podido existir
una serie no interrumpida de sabios, que no se hayan apartado de la
doctrina de la Cátedra de Roma?

Al comparar M. Guizot el Protestantismo con la Iglesia romana, parece
que la fuerza de esta verdad conmovía algún tanto su entendimiento,
y que los rayos de esta luz introducían el desconcierto en sus
observaciones. Oigámosle de nuevo; oigamos á ese escritor cuyos
talentos y nombradía habrán deslumbrado en estas materias á aquellos
lectores que ni examinan siquiera la solidez de las pruebas, mientras
vengan envueltas en hermosas imágenes; á aquellos que aplauden toda
clase de pensamientos, mientras desfilen ante sus ojos en un torrente
de elocuencia encantadora; que, llenos de entusiasmo por el mérito de
un hombre, le escuchan como infalible oráculo, y, mientras blasonan de
independencia intelectual, subscriben sin examen á las decisiones de su
director, escuchan con sumisión sus fallos, y no se atreven á levantar
la frente para pedirle los títulos del predominio. En las palabras de
M. Guizot notaremos que sintió, como todos los grandes hombres del
Protestantismo, el vacío inmenso que hay en estas sectas, y la fuerza
y robustez que entraña la Religión católica; notaremos que no pudo
eximirse de la regla general de los grandes ingenios, regla de que
son prueba los más explícitos testimonios consignados en los escritos
de los hombres más eminentes que ha tenido la reforma protestante.
Después de haber notado M. Guizot la inconsecuencia con que precedió
el Protestantismo, y su falta de buena organización en la sociedad
intelectual, continúa: «No se ha sabido hermanar todos los derechos y
necesidades _de la tradición_ con las pretensiones de la libertad. Y
eso proviene, sin duda, de que la _reforma no ha plenamente comprendido
y aceptado, ni sus principios, ni sus efectos_.» ¿Qué religión será
ésa que _ni comprende ni acepta plenamente sus principios, y sus
efectos_? ¿Salió jamás de boca humana condenación más terminante de la
reforma? ¿Cómo podrá pretender el derecho de dirigir ni al hombre ni á
la sociedad? ¿Pudo decirse jamás otro tanto de las sectas filosóficas
antiguas y modernas? «De ahí ese aire de inconsecuencia, continúa M.
Guizot, que ha tenido la reforma, y el _espíritu limitado_ que ha
manifestado, circunstancias que han prestado armas y ventajas á sus
adversarios. Sabían éstos bien lo que deseaban y lo que hacían; partían
de principios fijos, y marchaban hasta sus últimas consecuencias.
Nunca ha habido un gobierno más consecuente y sistemático que el
de la Iglesia romana.» ¿Y de dónde trae su origen ese sistema tan
consecuente? Cuando es tanta la inconstancia y la volubilidad del
espíritu del hombre, ¿este sistema, esta consecuencia, estos principios
fijos, nada dicen á la filosofía y al buen sentido?

Al reparar en esos terribles elementos de disolución que tienen su
origen en el espíritu del hombre, y que tanta fuerza han adquirido en
las sociedades modernas; al notar cómo destrozan y pulverizan todas las
escuelas filosóficas, todas las instituciones religiosas, sociales y
políticas, pero sin alcanzar á abrir una brecha en las doctrinas del
Catolicismo, sin alterar ese sistema tan fijo y consecuente, ¿nada
se inferirá en favor de la Religión católica? Decir que la Iglesia
ha hecho lo que no han podido hacer jamás ninguna escuela, ningún
gobierno, ninguna sociedad, ninguna religión, ¿no es confesar que es
más sabia que la humanidad entera? Y esto ¿no prueba que no debe su
origen al pensamiento del hombre, y que ha bajado del mismo seno
del Criador del universo? En una sociedad formada de hombres, en un
gobierno manejado por hombres, que cuenta 18 siglos de duración, que se
extiende á todos los países, que se dirige al salvaje en sus bosques,
al bárbaro en su tienda, al hombre civilizado en medio de las ciudades
más populosas; que cuenta entre sus hijos al pastor que se cubre con
el pellico, al rústico labrador, al poderoso magnate; que hace resonar
igualmente su palabra al oído del hombre sencillo ocupado en sus
mecánicas tareas, como al del sabio que, encerrado en su gabinete, está
absorto en trabajos profundos; un gobierno como éste, tener, como ha
dicho M. Guizot, _siempre una idea fija, una voluntad entera, y guardar
una conducta regular y coherente_, ¿no es su apología más victoriosa,
no es su panegírico más elocuente, no es una prueba de que encierra en
su seno algo de misterioso?

Mil veces he contemplado con asombro ese estupendo prodigio; mil veces
he fijado mis ojos sobre este árbol inmenso que extiende sus ramas
desde el Oriente al Occidente, desde el Aquilón al Mediodía: véole
cobijando con su sombra á tantos y tan diferentes pueblos, y encuentro
descansando tranquilamente debajo de ella la inquieta frente del genio.

En Oriente, en los primeros siglos de haber aparecido sobre la tierra
esa religión divina, en medio de la disolución que se había apoderado
de todas las sectas, veo que se agolpan para escuchar su palabra los
filósofos más ilustres; y en Grecia, en Asia, en los márgenes del
Nilo, en todos esos países donde hormigueaba poco antes un sinnúmero
de sectas, veo que se levanta de repente una generación de hombres
grandes, ricos de erudición, de saber y de elocuencia, y todos acordes
en la _unidad_ de la doctrina católica. En Occidente, cuando se va
á precipitar sobre el caduco imperio una muchedumbre de bárbaros,
que se presentan á lo lejos como una negra nube que asoma en el
horizonte preñada de calamidades y desastres, en medio de un pueblo
sumergido en la corrupción de costumbres y olvidado completamente de
su antigua grandeza, veo á los únicos hombres que pueden apellidarse
dignos herederos del nombre romano, buscar un asilo á su austeridad
de costumbres en el retiro de los templos, y pedir á la religión
sus inspiraciones para conservar el antiguo saber y enriquecerle y
agrandarle. Lléname de admiración y asombro el encontrar al talento
sublime, al digno heredero del genio de Platón, que, después de haber
preguntado por la verdad á todas las escuelas y sectas, después de
haber recorrido todos los errores con briosa osadía y con indomable
independencia, se siente al fin dominado por la autoridad de la
Iglesia, y el filósofo libre se transforma en el grande obispo de
Hipona. En los tiempos modernos desfila delante de mis ojos esa serie
de hombres grandes que brillaron en los siglos de León X y de Luis XIV;
veo perpetuarse esa ilustre raza á través del calamitoso siglo XVIII;
y en el siglo XIX veo que se levantan también nuevos atletas, que,
después de haber acosado al error en todas direcciones, van á colgar
sus trofeos en la puerta de la Iglesia católica.

¡Qué prodigio es éste! ¡dónde se ha visto jamás una escuela, una
secta, una religión semejante! Todo lo estudian, de todo disputan,
á todo responden, todo lo saben, pero siempre acordes en la unidad
de doctrina, siempre sumisos á la autoridad, siempre inclinando
respetuosamente sus frentes, siempre humillándolas en obsequio de
la fe; esas frentes donde brilla el saber, donde imprime sus rasgos
un sentimiento de noble independencia, de donde salen tan generosos
arranques. ¿No os parece descubrir un nuevo mundo planetario, donde
globos luminosos ruedan en vastas órbitas por la inmensidad del
espacio, pero atraídos por una misteriosa fuerza hacia el centro
del sistema? Fuerza que no les permite el extravío, sin quitarles,
empero, nada, ni de la magnitud de su mole, ni de la grandiosidad de
su movimiento, antes inundándolos de luz, y dando á su marcha una
regularidad majestuosa.[6]



CAPITULO IV


Esa idea fija, esa voluntad entera, ese plan tan sabio y constante, ese
sistema tan trabado, esa conducta tan regular y coherente, ese marchar
siempre con seguro paso hacia objeto y fin determinado, ese admirable
conjunto reconocido y confesado por M. Guizot, y que tanto honra á
la Iglesia católica, mostrando su profunda sabiduría y revelando la
altura de su origen, no ha sido nunca imitado por el Protestantismo,
ni en bien, ni en mal; porque, según llevo ya demostrado, no puede
presentar un solo pensamiento del que tenga derecho á decir: _esto es
mío_. Se ha querido apropiar el principio de examen privado en materias
de fe, y algunos de sus adversarios tal vez no se han resistido mucho
á adjudicárselo, por no reconocer en él otro elemento que pudiera
llamarse constitutivo; y, además, por reparar que, si de haber
engendrado tal principio quisiera gloriarse, sería semejante á aquellos
padres insensatos que labran su propia ignominia, haciendo gala de
tener hijos de pésima índole, y, díscolos en conducta. Es falso,
sin embargo, que tal principio sea hijo suyo; antes al contrario,
más bien podría decirse que el principio de examen ha engendrado el
Protestantismo, pues que este principio se halla ya en el seno de
todas las sectas, y se le reconoce como germen de todos los errores:
por manera que, al proclamar los protestantes el examen privado, no
hicieron más que ceder á la necesidad que es común á todas las sectas
separadas de la Iglesia.

Nada hubo en esto de plan, nada de previsión, nada de sistema: la
simple resistencia á la autoridad de la Iglesia envolvía la necesidad
de un examen privado sin límites, la erección del entendimiento en
juez único; y así fué desde un principio enteramente inútil toda la
oposición que á las consecuencias y aplicaciones de tal examen hicieron
los corifeos protestantes: roto el dique, no es posible contener las
aguas.

«El derecho de examinar lo que debe creerse, dice una famosa dama
protestante (De l'Allemagne, par Mad. Staël, 4.^e partie, chap. 2), es
el principio fundamental del Protestantismo. _No lo entienden así los
primeros reformadores; creían poder fijar las columnas del espíritu
humano_ en los términos de sus propias luces; pero mal podían esperar
que sus decisiones fuesen recibidas como infalibles, cuando ellos
negaban este género de autoridad á la Religión católica.» Semejante
resistencia por parte de ellos sólo sirvió á manifestar que no
abrigaban ninguna de aquellas ideas que, si extravían el entendimiento,
muestran al menos en cierto modo la generosidad y nobleza del corazón;
y de ellos no podrá decir el entendimiento humano que le descaminasen
con la mira de hacerle andar con mayor libertad. «La revolución
religiosa del siglo XVI, dice M. Guizot, _no conoció los verdaderos
principios de la libertad intelectual_; emancipaba el pensamiento, y
todavía se empeñaba en gobernarlo por medio de la ley.»

Pero en vano lucha el hombre contra la fuerza entrañada por la misma
naturaleza de las cosas; en vano fué que el Protestantismo quisiera
poner límites á la extensión del principio de examen, y que á veces
levantase tan alto la voz, y aun descargase su brazo con tal fuerza,
que no parecía sino que trataba de aniquilarle. El espíritu de examen
privado estaba en su mismo seno, allí perseveraba, allí se desenvolvía,
allí obraba, aun á pesar suyo: no tenía medio el Protestantismo: ó
echarse en brazos de la autoridad, es decir, reconocer su extravío,
ó dejar al principio disolvente que ejerciera su acción, haciendo
desaparecer de entre las sectas separadas hasta la sombra de la
religion de Jesucristo, y viniendo á poner el Cristianismo en la clase
de las escuelas filosóficas. Dado una vez el grito de resistencia á la
autoridad de la Iglesia, pudiéronse muy bien calcular los funestos
resultados: fué desde luego muy fácil prever que, desenvuelto, el
maligno germen traía consigo la ruina de todas las verdades cristianas.
¿Y cómo era posible que no se desenvolviese rápidamente ese germen, en
un suelo donde era tan viva la fermentación? Señalaron á voz en grito
los católicos la gravedad é inminencia del riesgo; y en obsequio de la
verdad es menester confesar que tampoco se ocultó á la previsión de
algunos protestantes. ¿Quién ignora las explícitas confesiones que se
oyeron ya desde un principio, y se han oído después, de boca de sus
hombres más distinguidos? Los grandes talentos nunca se han hallado
bien con el Protestantismo; siempre han encontrado en él un inmenso
vacío: y por esta causa se los ha visto propender, ó á la irreligión, ó
á la unidad católica.

El tiempo, ese gran juez de todas las opiniones, ha venido á confirmar
el acierto de tan tristes pronósticos: y actualmente han llegado ya
las cosas á tal extremo, que es necesario, ó estar muy escaso de
instrucción, ó tener muy limitados alcances, para no conocer que la
Religión cristiana, tal como la explican los protestantes, es una
opinión, y no más; es un sistema formado de mil partes incoherentes, y
que pone el Cristianismo al nivel de las escuelas filosóficas. Y nadie
debe extrañar que parezca aventajarse algún tanto á ellas, y conserve
ciertos rasgos que dan á su fisonomía algo que no se encuentra en lo
que es puramente excogitado por el entendimiento del hombre; ¿sabéis
de dónde nace todo esto? Nace de aquella sublimidad de la doctrina, de
aquella santidad de moral, que, más ó menos desfiguradas, resplandecen
siempre en todo cuanto conserva algún vestigio de la palabra de
Jesucristo. Pero el endeble resplandor que queda luchando con las
sombras después que ha desaparecido del horizonte el astro luminoso, no
puede compararse con la luz del día; las sombras avanzan, se extienden,
y, ahogando el débil reflejo, acaban por sumir la tierra en obscuridad
tenebrosa.

Tal es la doctrina del Cristianismo entre los protestantes: con sólo
dar una ojeada á sus sectas se conoce que ni son meramente filosóficas,
ni tienen los caracteres de religión verdadera: el Cristianismo
está entre ellas sin una autoridad, y por esto parece un viviente
separado de su elemento, un árbol secado en su raíz; por esto presenta
la fisonomía pálida y desfigurada de un semblante que no está ya
animado por el soplo de vida. Habla el Protestantismo de la fe, y
su principio fundamental la hiere de muerte; ensalza el Evangelio,
y el mismo principio hace vacilar su autoridad, pues que le deja
abandonado al discernimiento del hombre; y, si pondera la santidad y
pureza de Jesucristo, ocurre desde luego que en algunas de las sectas
disidentes se le despoja de su divinidad, y que todas podrían hacerlo
muy bien, sin faltar al único principio que les sirve de punto de
apoyo. Y, una vez negada, ó puesta en duda, la divinidad de Jesucristo,
queda, cuando más, colocado en la clase de los grandes filósofos y
legisladores, pierde la autoridad necesaria para dar á sus leyes
aquella augusta sanción que tan respetables las hace á los mortales,
no puede imprimirles aquel sello que tanto las eleva sobre todos
los pensamientos humanos, y no se ofrecen ya sus consejos sublimes
como otras tantas lecciones que fluyen de los labios de la sabiduría
increada.

Quitando al espíritu humano el punto de apoyo de una autoridad, ¿en
qué podrá afianzarse? ¿no queda abandonado á merced de sus sueños y
delirios? ¿no se le abre de nuevo la tenebrosa é intrincada senda de
interminables disputas que condujo á un caos á los filósofos de las
antiguas escuelas? Aquí no hay réplica, y en esto andan acordes la
razón y la experiencia: substituído á la autoridad de la Iglesia el
examen privado de los protestantes, todas las grandes cuestiones sobre
la divinidad y el hombre quedan sin resolver; todas las dificultades
permanecen en pie; y, flotando entre sombras el entendimiento humano,
sin divisar una luz que pueda servirle de guía segura, abrumado por
la gritería de cien escuelas que disputan de continuo sin aclarar
nada, cae en aquel desaliento y postración en que le había encontrado
el Cristianismo, y del que le había levantado á costa de grandes
esfuerzos. La duda, el pirronismo, la indiferencia, serán entonces el
patrimonio de los talentos más aventajados; las teorías vanas, los
sistemas hipotéticos, los sueños, formarán el entretenimiento de los
sabios comunes; la superstición y las monstruosidades serán el pábulo
de los ignorantes.

Y entonces, ¿qué habría adelantado la humanidad? ¿qué habría hecho el
Cristianismo sobre la tierra? Afortunadamente para el humano linaje,
no ha quedado la Religión cristiana abandonada al torbellino de las
sectas protestantes; y en la autoridad de la Iglesia católica ha
tenido siempre anchurosa base donde ha encontrado firme asiento para
resistir á los embates de las cavilaciones y errores. Si así no fuera,
¿á dónde habría ya parado? La sublimidad de sus dogmas, la sabiduría
de sus preceptos, la unción de sus consejos, ¿serían acaso más que
bellos sueños contados en lenguaje encantador por un sabio filósofo?
Sí, es preciso repetirlo: sin la autoridad de la Iglesia nada queda de
seguro en la fe, es dudosa la divinidad de Jesucristo, es disputable su
misión, es decir, que desaparece completamente la Religión cristiana;
porque, en no pudiendo ella ofrecernos sus títulos celestiales, en no
pudiendo darnos completa certeza de que ha bajado del seno del Eterno,
que sus palabras son palabras del mismo Dios, que se dignó aparecer
sobre la tierra para la salud de los hombres, ya no tiene derecho
á exigirnos acatamiento. Colocada en la serie de los pensamientos
puramente humanos, deberá someterse á nuestro fallo como las demás
opiniones de los hombres; en el tribunal de la filosofía podrá sostener
sus doctrinas como más ó menos razonables, pero siempre tendrá la
desventaja de habernos querido engañar, de habérsenos presentado como
divina, cuando no era más que humana; y al empezarse la discusión sobre
la verdad de su sistema de doctrinas, siempre tendrá en contra de sí
una terrible presunción, cual es, el que, con respecto á su origen,
habrá sido una impostora.

Gloríanse los protestantes de la independencia de su entendimiento, y
achacan á la Religión católica el que viola los derechos más sagrados,
pues que, exigiendo sumisión, ultraja la dignidad del hombre. Cuando
se declama en este sentido, vienen muy á propósito las exageraciones
sobre las fuerzas de nuestro entendimiento, y no se necesita más que
echar mano de algunas imágenes seductoras, pronunciando las palabras de
_atrevido vuelo_, de _hermosas alas_, y otras semejantes, para dejar
completamente alucinados á los lectores vulgares.

Goce enhorabuena de sus derechos el espíritu del hombre, gloríese de
poseer la centella divina que apellidamos entendimiento, recorra ufano
la naturaleza, y, observando los demás seres que le rodean, note con
complacencia la inmensa altura á que sobre todos ellos se encuentra
elevado; colóquese en el centro de las obras con que ha embellecido
su morada, y señale como muestras de su grandeza y poder las
transformaciones que se ejecutan dondequiera que estampare su huella,
llegando, á fuerza de inteligencia y de gallarda osadía, á dirigir y
señorear la naturaleza; mas, por reconocer la dignidad y elevación
de nuestro espíritu mostrándonos agradecidos al beneficio que nos ha
dispensado el Criador, ¿deberemos llegar hasta el extremo de olvidar
nuestros defectos y debilidad? ¿Á qué engañarnos á nosotros mismos,
queriendo persuadirnos de que sabemos lo que en realidad ignoramos? ¿Á
qué olvidar la inconstancia y volubilidad de nuestro espíritu? ¿Á qué
disimularnos que en muchas materias, aun de aquellas que son objeto de
las ciencias humanas, se abruma y confunde nuestro entendimiento, y
que hay mucho de ilusión en nuestro saber, mucho de hiperbólico en la
ponderación de los adelantos de nuestros conocimientos? ¿No viene un
día á desmentir lo que asentamos otro día? ¿no viene de continuo el
curso de los tiempos burlando todas nuestras previsiones, deshaciendo
nuestros planes, y manifestando lo aéreo de nuestros proyectos?

¿Qué nos han dicho en todos tiempos aquellos genios privilegiados
á quienes fué concedido descender hasta los cimientos de nuestras
creencias, alzarse con brioso vuelo hasta la región de las más sublimes
inspiraciones, y tocar, por decirlo así, los confines del espacio que
puede recorrer el entendimiento humano? Sí, los grandes sabios de todos
tiempos, después de haber tanteado los senderos más ocultos de la
ciencia, después de haberse arrojado á seguir los rumbos más atrevidos,
que en el orden moral y físico se presentaban á su actividad y osadía
en el anchuroso mar de las investigaciones, todos vuelven de sus
viajes llevando en su fisonomía aquella expresión de desagrado, fruto
natural de muy vivos desengaños; todos nos dicen que se ha deshojado
á su vista una bella ilusión, que se ha desvanecido como una sombra
la hermosa imagen que tanto los hechizaba; todos refieren que en el
momento en que se figuraban que iban á entrar en un cielo inundado de
luz, han descubierto con espanto una región de tinieblas, han conocido
con asombro que se hallaban en una nueva ignorancia. Y por esta causa
todos á una miran con tanta desconfianza las fuerzas del entendimiento,
ellos que tienen un sentimiento íntimo que no les deja dudar de que las
fuerzas del suyo exceden á las de los otros hombres. «Las ciencias,
dice profundamente Pascal, tienen dos extremos que se tocan: el primero
es la pura ignorancia natural, en que se encuentran los hombres al
nacer; el otro es aquel en que se hallan las grandes almas, que,
habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber, encuentran que
_no saben nada_.»

El Catolicismo dice al hombre: «Tu entendimiento es muy flaco, y en
muchas cosas necesita un apoyo y una guía»; y el Protestantismo le
dice: «La luz te rodea, marcha por do quieras, no hay para ti mejor
guía que tú mismo». ¿Cuál de las dos religiones está de acuerdo con las
lecciones de la más alta filosofía?

Ya no debe, pues, parecer extraño que los talentos más grandes que
ha tenido el Protestantismo, todos hayan sentido cierta propensión á
la Religión católica, y que no haya podido ocultárseles la profunda
sabiduría que se encierra en el pensamiento de sujetar en algunas
materias el entendimiento humano al fallo de una autoridad irrecusable.
Y en efecto: mientras se encuentre una autoridad que en su origen, en
su establecimiento, en su conservación, en su doctrina y conducta,
reuna todos los títulos que puedan acreditarla de divina, ¿qué adelanta
el entendimiento con no querer sujetarse á ella? ¿qué alcanza divagando
á merced de sus ilusiones, en gravísimas materias, siguiendo caminos
donde no encuentra otra cosa que recuerdos de extravíos, escarmientos y
desengaños?

Si tiene el espíritu del hombre un concepto demasiado alto de sí mismo,
estudie su propia historia, y en ella verá, palpará, que, abandonado
á sus solas fuerzas, tiene muy poca garantía de acierto. Fecundo
en sistemas, inagotable en cavilaciones, tan rápido en conseguir
un pensamiento como poco á propósito para madurarle; semillero de
ideas que nacen, hormiguean y se destruyen unas á otras, como los
insectos que rebullen en un lago; alzándose tal vez en alas de sublime
inspiración, y arrastrándose luego como el reptil que surca el polvo
con su pecho; tan hábil é impetuoso para destruir las obras ajenas como
incapaz de dar á las suyas una construcción sólida y duradera; empujado
por la violencia de las pasiones, desvanecido por el orgullo, abrumado
y confundido por tanta variedad de objetos como se le presentan en
todas direcciones, deslumbrado por tantas luces falsas, y engañosas
apariencias; abandonado enteramente á sí mismo, el corazón humano
presenta la imagen de una centella inquieta y vivaz, que recorre sin
rumbo fijo la inmensidad de los cielos, traza en su vario y rápido
curso mil extrañas figuras, siembra en el rastro de su huella mil
chispas relumbrantes, encanta un momento la vista con su resplandor,
su agilidad y sus caprichos, y desaparece luego en la obscuridad,
sin dejar en la inmensa extensión de su camino una ráfaga de luz para
esclarecer las tinieblas de la noche.

Ahí está la historia de nuestros conocimientos: en ese inmenso depósito
donde se hallan en confusa mezcla las verdades y los errores, la
sabiduría y la necedad, el juicio y la locura; ahí se encontrarán
abundantes pruebas de lo que acabo de afirmar: ellas saldrán en mi
abono, si se quisiera tacharme de haber recargado el cuadro.[7]



CAPITULO V


Tanta verdad es lo que acabo de decir sobre la debilidad del humano
entendimiento, que, aun prescindiendo del aspecto religioso, es muy
notable que la próvida mano del Criador ha depositado en el fondo de
nuestra alma un preservativo contra la excesiva volubilidad de nuestro
espíritu; y preservativo tal, que, sin él, hubiéranse pulverizado
todas las instituciones sociales, ó, más bien, no se hubieran jamás
planteado; sin él, las ciencias no hubieran dado jamás un paso; y, si
llegase jamás á desaparecer del corazón del hombre, el individuo y la
sociedad quedarían sumergidos en el caos. Hablo de cierta inclinación á
deferir á la autoridad; del _instinto de fe_, digámoslo así; instinto
que merece ser examinado con mucha detención, si se quiere conocer
algún tanto el espíritu del hombre, estudiar con provecho la historia
de su desarrollo y progresos, encontrar las causas de muchos fenómenos
extraños, descubrir hermosísimos puntos de vista que ofrece bajo este
aspecto la Religión católica, y palpar, en fin, lo limitado y poco
filosófico del pensamiento que dirige al Protestantismo.

Ya se ha observado muchas veces que no es posible acudir á las
primeras necesidades, ni dar curso á los negocios más comunes, sin
la deferencia á la autoridad de la palabra de otros, sin la fe; y
fácilmente se echa de ver que, sin esa fe, desaparecería todo el caudal
de la historia y de la experiencia; es decir, que se hundiría el
fundamento de todo saber.

Importantes como son estas observaciones, y muy á propósito para
demostrar lo infundado del cargo que se hace á la Religión católica
por sólo exigir fe, no son ellas, sin embargo, las que llaman ahora
mi atención, tratando como trato de presentar la materia bajo otro
aspecto, de colocar la cuestión en otro terreno, donde ganará la verdad
en amplitud é interés, sin perder nada de su inalterable firmeza.

Recorriendo la historia de los conocimientos humanos, y echando
una ojeada sobre las opiniones de nuestros contemporáneos, nótase
constantemente que, aun aquellos hombres que más se precian de espíritu
de examen, y de libertad de pensar, apenas son otra cosa que el eco
de opiniones ajenas. Si se examina atentamente ese grande aparato,
que tanto ruido mete en el mundo con el nombre de ciencia, se notará
que, en el fondo, encierra una gran parte de autoridad; y al momento
que en él se introdujera un espíritu de examen enteramente libre, aun
con respecto á aquellos puntos que sólo pertenecen al raciocinio,
hundiríase en su mayor parte el edificio científico, y serían muy
pocos los que quedarían en posesión de sus misterios. Ningún ramo de
conocimientos se exceptúa de esta regla general, por mucha que sea la
claridad y exactitud de que se gloríe. Ricas como son en evidencia de
principios, rigurosas en sus deducciones, abundantes en observaciones
y experimentos, las ciencias naturales y exactas, ¿no descansan,
acaso, muchas de sus verdades en otras verdades más altas, para cuyo
conocimiento ha sido necesaria aquella delicadeza de observación,
aquella sublimidad de cálculo, aquella ojeada perspicaz y penetrante, á
que alcanza tan sólo un número de hombres muy reducido?

Cuando Newton arrojó en medio del mundo científico el fruto de sus
combinaciones profundas, ¿cuántos eran entre sus discípulos los que
pudieran lisonjearse de estribar en convicciones propias, aun hablando
de aquellos que, á fuerza de mucho trabajo, habían llegado á comprender
algún tanto al grande hombre? Habían seguido al matemático en sus
cálculos, se habían enterado del caudal de datos y experimentos que
exponía á sus consideraciones el naturalista, y habían escuchado las
reflexiones con que apoyaba sus aserciones y conjeturas el filósofo:
creían de esta manera hallarse plenamente convencidos, y no deber
en su asenso nada á la autoridad, sino únicamente á la fuerza de la
evidencia y de las razones: ¿sí? Pues haced que desaparezca entonces
el nombre de Newton, haced que el ánimo se despoje de aquella honda
impresión causada por la palabra de un hombre que se presenta con un
descubrimiento extraordinario, y que para apoyarle despliega un tesoro
de saber que revela un genio prodigioso; quitad, repito, la sombra
de Newton, y veréis que en la mente de su discípulo los principios
vacilan, los razonamientos pierden mucho de su encadenamiento y
exactitud, las observaciones no se ajustan tan bien con los hechos; y
el hombre que se creyera tal vez un examinador completamente imparcial,
un pensador del todo independiente, conocerá, sentirá cuán sojuzgado se
hallaba por la fuerza de la autoridad, por el ascendiente del genio;
conocerá, sentirá que en muchos puntos tenía asenso, mas no convicción,
y que, en vez de ser un filósofo enteramente libre, era un discípulo
dócil y aprovechado.

Apélese confiadamente al testimonio, no de los ignorantes, no de
aquellos que han desflorado ligeramente los estudios científicos, sino
de los verdaderos sabios, de los que han consagrado largas vigilias á
los varios ramos del saber: invíteselos á que se concentren dentro de
sí mismos, á que examinen de nuevo lo que apellidan sus convicciones
científicas; y que se pregunten con entera calma y desprendimiento si,
aun en aquellas materias en que se conceptúan más aventajados, no
sienten repetidas veces sojuzgado su entendimiento por el ascendiente
de algún autor de primer orden, y no han de confesar que, si á
muchas cuestiones de las que tienen más estudiadas les aplicasen con
rigor el método de Descartes, se hallarían con más _creencias_ que
_convicciones_.

Así ha sucedido siempre, y siempre sucederá así: esto tiene raíces
profundas en la íntima naturaleza de nuestro espíritu, y, por lo mismo,
no tiene remedio. Ni tal vez conviene que lo tenga; tal vez entra en
esto mucho de aquel instinto de conservación que Dios con admirable
sabiduría ha esparcido sobre la sociedad; tal vez sirve de fuerte
correctivo á tantos elementos de disolución como ésta abriga en su seno.

Malo es, en verdad, muchas veces, malo es, y muy malo, que el hombre
vaya en pos de la huella de otro hombre; no es raro el que se vean por
esta causa lamentables extravíos; pero peor fuera aún que el hombre
estuviera siempre en actitud de resistencia contra todo otro hombre
para que no le pudiese engañar, y que se generalizase por el mundo la
filosófica manía de querer sujetarlo todo á riguroso examen: ¡pobre
sociedad entonces! ¡pobre hombre! ¡pobres ciencias, si cundiese á todos
los ramos el espíritu de riguroso, de escrupuloso, de independiente
examen!

Admiro el genio de Descartes, reconozco los grandes beneficios que
ha dispensado á las ciencias; pero he pensado más de una vez que, si
por algún tiempo pudiera generalizarse su método de duda, se hundiría
de repente la sociedad; y aun entre los sabios, entre los filósofos
imparciales, me parece que causaría grandes estragos; por lo menos es
cierto que en el mundo científico se aumentaría considerablemente el
número de los orates.

Afortunadamente no hay peligro de que así suceda; y, si el hombre tiene
cierta tendencia á la locura, más ó menos graduada, también posee
un fondo de buen sentido de que no le es posible desprenderse; y la
sociedad, cuando se presentan algunos individuos de cabeza volcánica
que se proponen convertirla en delirante, ó les contesta con burlona
sonrisa, ó, si se deja extraviar por un momento, vuelve luego en sí, y
rechaza con indignación á aquellos que la habían descaminado.

Para quien conozca á fondo el espíritu humano, serán siempre
despreciables vulgaridades esas fogosas declamaciones contra las
preocupaciones del vulgo; contra esa docilidad en seguir á otro hombre,
contra esa facilidad en creerlo todo sin haber examinado nada. Como
si en esto de preocupaciones, en esto de asentir á todo sin examen,
hubiera muchos hombres que no fueran vulgo; como si las ciencias no
estuvieran llenas de suposiciones gratuitas; como si en ellas no
hubiera puntos flaquísimos sobre los cuales estribamos buenamente, cual
en firmísimo é inalterable apoyo.

El derecho de posesión y de prescripción es otra de las singularidades
que ofrecen las ciencias, y es bien digno de notarse que, sin haber
tenido jamás esos nombres, haya sido reconocido este derecho, con
tácito, pero unánime, consentimiento. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo?
Estudiad la historia de las ciencias, y encontraréis á cada paso
confirmada esta verdad. En medio de las eternas disputas que han
dividido á los filósofos, ¿cuál es la causa de que una doctrina antigua
haya opuesto tanta resistencia á una doctrina nueva, y diferido por
mucho tiempo y tal vez impedido completamente su establecimiento?
Es porque la antigua estaba ya en posesión, es porque se hallaba
robustecida por un derecho de prescripción: no importa que no se
usaran esos nombres: el resultado era el mismo; y por esta razón los
inventores se han visto muchas veces menospreciados ó contrariados,
cuando no perseguidos.

Es preciso confesarlo, por más que á ello se resista nuestro orgullo,
y por más que se hayan de escandalizar algunos sencillos admiradores
de los progresos de las ciencias: muchos han sido esos progresos,
anchuroso es el campo por donde se ha espaciado el entendimiento
humano, vastas las órbitas que ha recorrido, y admirables las obras
con que ha dado una prueba de sus fuerzas; pero en todas estas cosas
hay siempre una buena parte de exageración, hay mucho que cercenar,
sobre todo cuando el nombre de ciencia se refiere á las relaciones
morales. De semejantes ponderaciones nada puede deducirse para probar
que nuestro entendimiento sea capaz de marchar con entera agilidad
y desembarazo por toda clase de caminos; nada puede deducirse que
contradiga el hecho que hemos establecido de que el entendimiento
del hombre está sometido casi siempre, aunque sin advertirlo, á la
autoridad de otro hombre.

En cada época se presentan algunos pocos, poquísimos entendimientos
privilegiados, que, alzando su vuelo sobre todos los demás, les
sirven de guía en las diferentes carreras; precipítase tras ellos una
numerosa turba que se apellida sabia, y con los ojos fijos en la enseña
enarbolada va siguiendo afanosa los pasos del aventajado caudillo. Y
¡cosa singular! todos claman por la independencia en la marcha, todos
se precian de seguir aquel rumbo nuevo, como si ellos le hubieran
descubierto, como si avanzaran en él, guiados únicamente por su propia
luz é inspiraciones. Las necesidades, la afición ú otras circunstancias
nos conducen á dedicarnos á este ó aquel ramo de conocimientos;
nuestra debilidad nos está diciendo de continuo que no nos es dada la
fuerza creatriz; y, ya que no podemos ofrecer nada propio, ya que nos
sea imposible abrir un nuevo camino, nos lisonjeamos de que nos cabe
una parte de gloria siguiendo la enseña de algún ilustre caudillo;
y, en medio de tales sueños, llegamos tal vez á persuadirnos de que
no militamos bajo la bandera de nadie, que sólo rendimos homenaje á
nuestras convicciones, cuando en realidad no somos más que prosélitos
de doctrinas ajenas.

En esta parte el sentido común es más cuerdo que nuestra enfermiza
razón; y así es que el lenguaje (esta misteriosa expresión de las
cosas, donde se encuentra tanto fondo de verdad y exactitud sin saber
quién se lo ha comunicado) nos hace una severa reconvención por tan
orgulloso desvanecimiento; y á pesar nuestro llama las cosas por sus
nombres, clasificándonos á nosotros, y á nuestras opiniones, del
modo que corresponde, según el autor á quien hemos seguido por guía.
La historia de las ciencias ¿es acaso más que la historia de los
combates de una escasa porción de aventajados caudillos? Recórranse los
tiempos antiguos y modernos, extiéndase la vista á los varios ramos
de nuestros conocimientos, y se verá un cierto número de escuelas,
planteadas por algún sabio de primer orden, dirigidas luego por otro
que por sus talentos haya sido digno de sucederle; y durando así, hasta
que, cambiadas las circunstancias, falta de espíritu de vida, muere
naturalmente la escuela, ó presentándose algún hombre audaz, animado
de indomable espíritu de independencia, la ataca, y la destruye, para
asentar sobre sus ruinas la nueva cátedra del modo que á él le viniera
en talante.

Cuando Descartes destronó á Aristóteles ¿no se colocó por de pronto
en su lugar? La turba de filósofos que blasonaban de independientes,
pero cuya independencia era desmentida por el título que llevaban de
_Cartesianos_, eran semejantes á los pueblos que en tiempo de revueltas
aclaman libertad, y destronan al antiguo monarca, para someterse
después al hombre bastante osado que recoge el cetro y la diadema que
yacen abandonados al pie del antiguo solio.

Créese en nuestro siglo, como se creyó en el anterior, que marcha el
entendimiento humano con entera independencia; y á fuerza de declamar
contra la autoridad en materias científicas, á fuerza de ensalzar la
libertad del pensamiento, se ha llegado á formar la opinión de que
pasaron ya los tiempos en que la autoridad de un hombre valía algo,
y que ahora ya no obedece cada sabio sino á sus propias é íntimas
convicciones. Allégase á todo esto que, desacreditados los sistemas y
las hipótesis, se ha desplegado grande afición al examen y análisis de
los hechos, y esto ha contribuído á que se figuren muchos que, no sólo
ha desaparecido completamente la autoridad en las ciencias, sino que
hasta ha llegado á hacerse imposible.

Á primera vista, bien pudiera esto parecer verdad; pero, si damos en
torno de nosotros una atenta mirada, notaremos que no se ha logrado
otra cosa sino aumentar algún tanto el número de los jefes, y reducir
la duración de su mando. Éste es verdadero tiempo de revueltas, y tal
vez de revolución literaria y científica, semejante en un todo á la
política, en que se imaginan los pueblos que disfrutan más libertad,
sólo porque ven el mando distribuído en mayor número de manos, y porque
tienen más anchura para deshacerse con frecuencia de los gobernantes,
haciendo pedazos como á tiranos á los que antes apellidaran padres y
libertadores; bien que, después de su primer arrebato, dejan el campo
libre para que se presenten otros hombres á ponerles un freno, tal vez
un poco más brillante, pero no menos recio y molesto. Á más de los
ejemplos que nos ofrecería en abundancia la historia de las letras de
un siglo á esta parte, ¿no vemos ahora mismo unos nombres substituídos
á otros nombres, unos directores del entendimiento humano substituídos
á otros directores?

En el terreno de la política, donde al parecer más debiera campear
el espíritu de libertad, ¿no son contados los hombres que marchan al
frente? ¿no los distinguimos tan claro como á los generales de ejército
en campaña? En la arena parlamentaria ¿vemos acaso otra cosa que dos ó
tres cuerpos de combatientes que hacen sus evoluciones á las órdenes
del respectivo caudillo con la mayor regularidad y disciplina? ¡Oh!
¡cuán bien comprenderán estas verdades aquellos que se hallan elevados
á tal altura! Ellos que conocen nuestra flaqueza, ellos que saben que
para engañar á los hombres bastan por lo común las palabras, ellos
habrán sentido mil veces asomar en sus labios la sonrisa, cuando,
al contemplar engreídos el campo de sus triunfos, al verse rodeados
de una turba preciada de inteligente que los admiraba y aclamaba con
entusiasmo, habrán oído á algunos de sus más fervientes y más devotos
prosélitos cuál blasonaban de ilimitada libertad de pensar, de completa
independencia en las opiniones y en los votos.

Tal es el hombre; tal nos le muestran la historia y la experiencia de
cada día. La inspiración del genio, esa fuerza sublime que eleva el
entendimiento de algunos seres privilegiados, ejercerá siempre, no sólo
sobre los sencillos é ignorantes, sino también sobre el común de los
sabios, una acción fascinadora. ¿Dónde está, pues, el ultraje que hace
á la razón humana la Religión católica, cuando, al propio tiempo que le
presenta los títulos que prueban su divinidad, le exige la fe? ¿Esa fe
que el hombre dispensa tan fácilmente á otro hombre, en todas materias,
aun en aquellas en que más presume de sabio, no podrá prestarla sin
mengua de su dignidad á la Iglesia católica? ¿Será un insulto hecho
á su razón el señalarle una norma fija, que le asegure con respecto
á los puntos que más le importan, dejándole, por otra parte, amplia
libertad de pensar lo que más le agrade sobre aquel mundo que Dios
ha entregado á las disputas de los hombres? Con esto ¿hace acaso más
la Iglesia que andar muy de acuerdo con las lecciones de la más alta
filosofía, manifestar un profundo conocimiento del espíritu humano, y
librarle de tantos males como le acarrea su volubilidad é inconstancia,
su veleidoso orgullo, combinados de un modo extraño con esa facilidad
increíble de deferir á la palabra de otro hombre? ¿Quién no ve que con
ese sistema de la Religión católica se pone un dique al espíritu de
_proselitismo_ que tantos daños ha causado á la sociedad? Ya que el
hombre tiene esa irresistible tendencia á seguir los pasos de otro, ¿no
hace un gran beneficio á la humanidad la Iglesia católica, señalándole
de un modo seguro el camino por donde debe andar, si quiere seguir las
pisadas de un Hombre-Dios? ¿No pone de esta manera muy á cubierto la
dignidad humana, librando, al propio tiempo, de terrible naufragio los
conocimientos más necesarios al individuo y á la sociedad?[8]



CAPITULO VI


En contra de la autoridad que trata de ejercer su jurisdicción sobre el
entendimiento, se alegará, sin duda, el adelanto de las sociedades; y
el alto grado de civilización y cultura á que han llegado las naciones
modernas se producirá como un título de justicia para lo que se
apellida emancipación del entendimiento. Á mi juicio, está tan distante
esta réplica de tener algo de sólido, está tan mal cimentada sobre el
hecho en que pretende apoyarse, que, antes bien, del mayor adelanto de
la sociedad debiera inferirse la necesidad más urgente de una regla
viva, tal como lo juzgan indispensable los católicos.

Decir que las sociedades en su infancia y adolescencia hayan podido
necesitar esa autoridad como un freno saludable, pero que este freno se
ha hecho inútil y degradante cuando el entendimiento humano ha llegado
á mayor desarrollo, es desconocer completamente la relación que tienen
con los diferentes estados de nuestro entendimiento, los objetos sobre
que versa semejante autoridad.

La verdadera idea de Dios, el origen, el destino y la norma de conducta
del hombre, y todo el conjunto de medios que Dios le ha proporcionado
para llegar á su alto fin, he aquí los objetos sobre que versa la
fe, y sobre los cuales pretenden los católicos la necesidad de una
regla infalible; sosteniendo que, á no ser así, no fuera dable evitar
los más lamentables extravíos, ni poner la verdad á cubierto de las
cavilaciones humanas.

Esta sencilla consideración bastará para convencer de que el examen
privado sería mucho menos peligroso en pueblos poco adelantados en la
carrera de la civilización, que no en otros que hayan ya adelantado
mucho en ella. En un pueblo cercano á su infancia hay naturalmente un
gran fondo de candor y sencillez, disposiciones muy favorables para
que recibiera con docilidad las lecciones esparcidas en el Sagrado
Texto, saboreándose en las de fácil comprensión, y humillando su frente
ante la sublime obscuridad de aquellos lugares que Dios ha querido
encubrir con el velo del misterio. Hasta su misma posición crearía en
cierto modo una autoridad; pues, como no estuviera aún afectado por
el orgullo y la manía del saber, se habría reducido á muy pocos el
examinar el sentido de las revelaciones hechas por Dios al hombre, y
esto produciría naturalmente un punto céntrico de donde dimanara la
enseñanza.

Pero sucede muy de otra manera en un pueblo adelantado en la carrera
del saber; porque la extensión de los conocimientos á mayor número
de individuos, aumentando el orgullo y la volubilidad, multiplica y
subdivide las sectas en infinitas fracciones, y acaba por trastornar
todas las ideas, y por corromper las tradiciones más puras. El pueblo,
cercano á su infancia, como está exento de la vanidad científica,
entregado á sus ocupaciones sencillas, y apegado á sus antiguas
costumbres, escucha con docilidad y respeto al anciano venerable que,
rodeado de sus hijos y nietos, refiere con tierna emoción la historia y
los consejos que él á su vez había recibido de sus antepasados; pero,
cuando la sociedad ha llegado á mucho desarrollo; cuando, debilitado
el respeto á los padres de familia, se ha perdido la veneración á
las canas; cuando nombres pomposos, aparatos científicos, grandes
bibliotecas, hacen formar al hombre un gran concepto de la fuerza
de su entendimiento; cuando la multiplicación y actividad de las
comunicaciones esparcen á grandes distancias las ideas, y haciéndolas
fermentar por medio del calor que adquieren con el movimiento, les dan
aquella fuerza mágica que señorea los espíritus; entonces es precisa,
indispensable, una autoridad, que, siempre viva, siempre presente,
siempre en disposición de acudir á donde lo exija la necesidad, cubra
con robusta égida el sagrado depósito de las verdades independientes
de tiempos y climas, sin cuyo conocimiento flota eternamente el hombre
á merced de sus errores y caprichos, y marcha con vacilante paso desde
la cuna al sepulcro; aquellas verdades sobre las cuales está sentada
la sociedad como sobre firmísimo cimiento; cimiento que, una vez
conmovido, pierde su aplomo el edificio, oscila, se desmorona, y se cae
á pedazos. La historia literaria y política de Europa de tres siglos
á esta parte nos ofrece demasiadas pruebas de lo que acabo de decir,
siendo de lamentar que cabalmente estalló la revolución religiosa
en el momento en que debía ser más fatal: porque, encontrando á las
sociedades agitadas por la actividad que desplegaba el espíritu humano,
quebrantó el dique, cuando era necesario robustecerle.

Por cierto que no es saludable apocar en demasía á nuestro espíritu,
achacándole defectos que no tenga, ó exagerando aquellos de que en
realidad adolece; pero tampoco es conveniente engreirle sobradamente,
ponderando más de lo que es justo el alcance de sus fuerzas: esto, á
más de serle muy dañoso en diferentes sentidos, es muy poco favorable á
su mismo adelanto; y aun, si bien se mira, es poco conforme al carácter
grave y circunspecto, que ha de ser uno de los distintivos de la
verdadera ciencia. Que la ciencia, si ha de ser digna de este nombre,
no ha de ser tan pueril, que se muestre ufana y vanidosa por aquello
que en realidad no le pertenece como propiedad suya: es menester que
no desconozca los límites que la circunscriben, y que tenga bastante
generosidad y candidez para confesar su flaqueza.

Un hecho hay en la historia de las ciencias, que, al propio tiempo
que revela la intrínseca debilidad del entendimiento, hace palpar lo
mucho que entra de lisonja en los desmedidos elogios que á veces se
le prodigan; infiriéndose de aquí cuán arriesgado sea el abandonarle
del todo á sí mismo, sin ningún género de guía. Consiste este hecho
en las sombras que se van encontrando á medida que nos acercamos á la
investigación de los secretos que rodean los primeros principios de
las ciencias: por manera que, aun hablando de las que más nombradía
tienen por su verdad, evidencia y exactitud, en llegando á profundizar
hasta sus cimientos, parece que se encuentra un terreno poco firme,
resbaladizo, en términos que el entendimiento, sintiéndose poco seguro
y vacilante, retrocede, temeroso de descubrir alguna cosa que lanzara
la incertidumbre y la duda sobre aquellas verdades, en cuya evidencia
se había complacido.

No participo yo del mal humor de Hobbes contra las matemáticas, y,
entusiasta como soy de sus adelantos y profundamente convencido como
estoy de las ventajas que su estudio acarrea á las demás ciencias y
á la sociedad, mal pudiera tratar, ni de disminuir su mérito, ni de
disputarles ninguno de los títulos que las ennoblecen; pero, ¿quién
diría que ni ellas se exceptúan de la regla general? ¿faltan acaso en
ellas puntos débiles, senderos tenebrosos?

Por cierto que, al exponerse los primeros principios de estas ciencias,
consideradas en toda su abstracción, y al deducir las proposiciones
más elementales, camina el entendimiento por un terreno llano,
desembarazado, donde ni se ofrece siquiera la idea de que pueda ocurrir
el más ligero tropiezo. Prescindiré ahora de las sombras que hasta
sobre este camino podrían esparcir la ideología y la metafísica, si se
presentasen á disputar sobre algunos puntos, aun buscando su apoyo en
los escritos de filósofos aventajados; pero, ciñéndonos al círculo en
que naturalmente se encierran las matemáticas, ¿quién de los versados
en ellas ignora que, avanzando en sus teorías, se encuentran ciertos
puntos donde el entendimiento tropieza con una sombra; donde, á
pesar de tener á la vista la demostración, y de haberla empleado en
todas sus partes, se halla como fluctuante, sintiendo un no sé qué de
incertidumbre, de que apenas acierta á darse cuenta á sí propio? ¿Quién
no ha experimentado que, á veces, después de dilatados raciocinios,
al divisar la verdad, se halla uno como si hubiera descubierto la luz
del día, pero después de haber andado largo trecho á obscuras, por un
camino cubierto? Fijando entonces vivamente la atención sobre aquellos
pensamientos que divagan por la mente como exhalaciones momentáneas,
sobre aquellos movimientos casi imperceptibles que en tales casos nacen
y mueren de continuo en nuestra alma, se nota que el entendimiento, en
medio de sus fluctuaciones, extiende la mano sin advertirlo al áncora
que le ofrece la autoridad ajena, y que, para asegurarse, hace desfilar
delante de sus ojos la sombra de algunos matemáticos ilustres, y el
corazón como que se alegra de que aquello esté ya enteramente fuera
de duda, por haberlo visto de una misma manera una serie de hombres
grandes. ¿Y qué? ¿se sublevarán tal vez la ignorancia y el orgullo
contra semejantes reflexiones? Estudiad esas ciencias, ó, cuando menos,
leed su historia, y os convenceréis de que también se encuentran en
ellas abundantes pruebas de la debilidad del entendimiento del hombre.

La portentosa invención de Newton y Leibnitz ¿no encontró en Europa
numerosos adversarios? ¿no necesitó para solidarse bien, el que
pasara algún tiempo, y que la piedra de toque de las aplicaciones
viniese á manifestar la verdad de los principios y la exactitud de los
raciocinios? ¿y creéis, por ventura, que si ahora se presentara de
nuevo esa invención en el campo de las ciencias, hasta suponiéndola
pertrechada de todas las pruebas con que se la ha robustecido, y
rodeada de aquella luz con que la han bañado tantas aclaraciones;
creéis, por ventura, repito, que no necesitaría también de algún
tiempo, para que, afirmada, digámoslo así, con el derecho de
prescripción, alcanzase en sus dominios la tranquilidad y sosiego de
que actualmente disfruta?

Bien se deja sospechar que no les ha de caber á las demás ciencias
escasa parte de esa incertidumbre, que trae su origen de la misma
flaqueza del espíritu humano; y, como quiera que en cuanto á ellas
apenas me parece posible que haya quien trate de contradecirlo, pasaré
á presentar algunas consideraciones sobre el carácter peculiar de las
ciencias morales.

Tal vez no se ha reparado bastante que no hay estudio más engañoso que
el de las verdades morales; y le llamo engañoso, porque, brindando al
investigador con una facilidad aparente, le empeña en pasos en que
apenas se encuentra salida. Son como aquellas aguas tranquilas que
manifiestan poca profundidad, un fondo falso, pero que encierran un
insondable abismo. Familiarizados nosotros con su lenguaje desde la más
tierna infancia; viendo en rededor nuestro sus continuas aplicaciones;
sintiendo que se nos presentan como de bulto, y hallándonos con
cierta facilidad de hablar de repente sobre muchos de sus puntos,
persuadímonos con ligereza de que tampoco nos ha de ser difícil un
estudio profundo de sus más altos principios, y de sus relaciones
más delicadas; y ¡cosa admirable! apenas salimos de la esfera del
sentido común, apenas tratamos de desviarnos de aquellas expresiones
sencillas, las mismas que balbucientes pronunciábamos en el regazo de
nuestra madre, nos hallamos en el más confuso laberinto. Entonces,
si el entendimiento se abandona á sus cavilaciones; si no escucha la
voz del corazón, que le habla con tanta sencillez como elocuencia;
si no templa aquella fogosidad que le comunica el orgullo; si con
loco desvanecimiento no atiende á lo que le prescribe el cuerdo buen
sentido, llega hasta el exceso de despreciar el depósito de aquellas
tan saludables como necesarias verdades que conserva la sociedad para
irlas transmitiendo de generación en generación; y, marchando solo, á
tientas, en medio de las más densas tinieblas, acaba por derrumbarse en
aquellos precipicios de extravagancias y delirios de que la historia
de las ciencias nos ofrece tan repetidos y lamentables ejemplos.

Si bien se observa, se nota una cosa semejante en todas las ciencias;
porque el Criador ha querido que no nos faltaran aquellos conocimientos
que nos eran necesarios para el uso de la vida, y para llegar á
nuestro destino; pero no ha querido complacer nuestra curiosidad,
descubriéndonos verdades que para nada nos eran necesarias. Sin
embargo, en algunas materias ha comunicado al entendimiento cierta
facilidad que le hace capaz de enriquecer de continuo sus dominios;
pero, en orden á las verdades morales, le ha dejado en una esterilidad
completa: lo que necesitaba saber, ó se lo ha grabado con caracteres
muy sencillos é inteligibles en el fondo de su corazón, ó se lo ha
consignado de un modo muy expreso y terminante en el Sagrado Texto,
mostrándole una regla fija en la autoridad de la Iglesia, á donde podía
acudir para aclarar sus dudas; pero, por lo demás, le ha dejado de
manera que, si se trata de cavilar y espaciarse á su capricho, recorre
de continuo un mismo camino, lo hace y deshace mil veces; encontrando
en un extremo el _escepticismo_, en el otro la _verdad pura_.

Algunos ideólogos modernos reclamarán, tal vez, contra reflexiones
semejantes, y mostrarán en contra de esta aserción el fruto de sus
trabajos analíticos. «Cuando no se había descendido al análisis de los
hechos, dirán ellos; cuando se divagaba entre sistemas aéreos, y se
recibían palabras sin examen ni discernimiento, entonces pudiera ser
verdad todo esto; pero ahora, cuando las ideas de bien y mal moral las
hemos aclarado nosotros tan completamente, que hemos deslindado lo
que había en ellas de preocupación y de filosofía; que hemos asentado
todo el sistema de moral sobre principios tan sencillos, como son el
placer y el dolor; que hemos dado en estas materias ideas tan claras,
como son las _varias sensaciones que nos causa una naranja_; ahora,
decir todo esto, es ser ingrato con las ciencias; es desconocer el
fruto de nuestros sudores.» Ni me son desconocidos los trabajos de
algunos nuevos ideólogo-moralistas, ni la engañosa sencillez con que
desenvuelven sus teorías, dando á las más difíciles materias un aspecto
de facilidad y llaneza, que, al parecer, debe de estar todo al alcance
de las inteligencias más limitadas: no es éste el lugar á propósito
para examinar esas teorías, esas investigaciones analíticas; observaré,
no obstante, que, á pesar de tanta sencillez, no parece que se vaya
en pos de ellos ni la sociedad, ni la ciencia; y que sus opiniones,
sin embargo de ser recientes, son ya viejas. Y no es extraño, porque
fácilmente se había de ocurrir que, á pesar de su positivismo, si puedo
valerme de esta palabra, son tan hipotéticos esos ideólogos, como
muchos de los antecesores á quienes ellos motejan y desprecian. Escuela
pequeña y de espíritu limitado, que, sin estar en posesión de la
verdad, no tiene siquiera aquella belleza con que hermosean á otras los
brillantes sueños de grandes hombres; escuela orgullosa y alucinada,
que cree profundizar un hecho, cuando le obscurece, y afianzarle, sólo
porque le asevera; y que, en tratándose de relaciones morales, se
figura que analiza el corazón, sólo porque le descompone y diseca.

Si tal es nuestro entendimiento, si tanta es su flaqueza con respecto
á todas las ciencias, si tanta es su esterilidad en los conocimientos
morales, que no ha podido adelantar un ápice sobre lo que le ha
enseñado la bondadosa Providencia, ¿qué beneficio ha hecho el
Protestantismo á las sociedades modernas, quebrantando la fuerza de la
autoridad, única capaz de poner un dique á lamentables extravíos?[9]



CAPITULO VII


Rechazada por el Protestantismo la autoridad de la Iglesia, y
estribando sobre este principio como único cimiento, ha debido buscar
en el hombre todo su apoyo; y, desconocido hasta tal punto el espíritu
humano, y su verdadero carácter, y sus relaciones con las verdades
religiosas y morales, le ha dejado ancho campo para precipitarse, según
la variedad de las situaciones, en dos extremos tan opuestos como son
el _fanatismo_ y la _indiferencia_.

Extraño parecerá quizás enlace semejante, y que extravíos tan opuestos
puedan dimanar de un mismo origen, y, sin embargo, nada hay más cierto;
viniendo en esta parte los ejemplos de la historia á confirmar las
lecciones de la filosofía. Apelando el Protestantismo al solo hombre
en las materias religiosas, no le quedaban sino dos medios de hacerlo:
ó suponerle inspirado del cielo para el descubrimiento de la verdad, ó
sujetar todas las verdades religiosas al examen de la razón; es decir,
ó la _inspiración_ ó la _filosofía_. El someter las verdades religiosas
al fallo de la razón debía acarrear tarde ó temprano la indiferencia,
así como la inspiración particular, ó el espíritu privado, había de
engendrar el fanatismo.

Hay en la historia del espíritu humano un hecho universal y constante,
y es su vehemente inclinación á imaginar sistemas que, prescindiendo
completamente de la realidad de las cosas, ofrezcan tan sólo la
obra de un ingenio, que se ha propuesto apartarse del camino común,
y abandonarse libremente al impulso de sus propias inspiraciones.
La historia de la filosofía apenas presenta otros cuadros que la
repetición perenne de este fenómeno; y, en cuanto cabe en las otras
materias, no ha dejado de reproducirse, bajo una ú otra forma.
Concebida una idea singular, mírala el entendimiento con aquella
predilección exclusiva y ciega, con que suele un padre distinguir á sus
hijos; y, desenvolviéndola con esta preocupación, amolda en ella todos
los hechos, y le ajusta todas las reflexiones. Lo que en un principio
no era más que un pensamiento ingenioso y extravagante, pasa luego á
ser un germen, del cual nacen vastos cuerpos de doctrina; y, si es
ardiente la cabeza donde ha brotado ese pensamiento, si está señoreada
por un corazón lleno de fuego, el calor provoca la fermentación, y ésta
el fanatismo, propagador de todos los delirios.

Acreciéntase singularmente el peligro cuando el nuevo sistema versa
sobre materias religiosas, ó se roza con ellas por relaciones muy
inmediatas: entonces las extravagancias del espíritu alucinado se
transforman en inspiraciones del cielo; la fermentación del delirio,
en una llama divina, y la manía de singularizarse en vocación
extraordinaria. El orgullo, no pudiendo sufrir oposición, se desboca
furioso contra todo lo que encuentra establecido; é insultando la
autoridad, atacando todas las instituciones, y despreciando las
personas, disfraza la más grosera violencia con el manto del celo,
y encubre la ambición con el nombre del apostolado. Más alucinado á
veces que seductor, el miserable maniático llega quizás á persuadirse
profundamente de que son verdaderas sus doctrinas, y de que ha oído la
palabra del cielo; y, presentando en el fogoso lenguaje de la demencia
algo de singular y extraordinario, transmite á sus oyentes una parte de
su locura, y adquiere en breve un considerable número de prosélitos. No
son, á la verdad, muchos los capaces de representar el primer papel en
esa escena de locura; pero, desgraciadamente, los hombres son demasiado
insensatos para dejarse arrastrar por el primero que se arroje atrevido
á acometer la empresa: pues que la historia y la experiencia harto nos
tienen enseñado que, para fascinar un gran número de hombres, basta una
palabra, y que, para formar un partido, por malvado, por extravagante,
por ridículo que sea, no se necesita más que levantar una bandera.

Ahora que se ofrece la oportunidad, quiero dejar consignado aquí un
hecho, que no sé que nadie le haya observado: y es, que la Iglesia
en sus combates con la herejía ha prestado un eminente servicio á la
ciencia que se ocupa en conocer el verdadero carácter, las tendencias
y el alcance del espíritu humano. Celosa depositaria de todas las
grandes verdades, ha procurado siempre conservarlas intactas, y,
conociendo á fondo la debilidad del humano entendimiento, y su
extremada propensión á las locuras y extravagancias, le ha seguido
siempre de cerca los pasos, le ha observado en todos sus movimientos,
rechazando con energía sus impotentes tentativas, cuando él ha tratado
de corromper el purísimo manantial de que era poseedora. En las fuertes
y dilatadas luchas que contra él ha sostenido, ha logrado poner de
manifiesto su incurable locura, ha desenvuelto todos sus pliegues, y
le ha mostrado en todas sus fases: recogiendo en la historia de las
herejías un riquísimo caudal de hechos, un cuadro muy interesante donde
se halla retratado el espíritu humano en sus verdaderas dimensiones,
en su fisonomía característica, en su propio colorido: cuadro de que
se aprovechará, sin duda, el genio á quien esté reservada la grande
obra que está todavía por hacer: _la verdadera historia del espíritu
humano_.[10]

Tocante á extravagancias y delirios del fanatismo, por cierto que no
está nada escasa la historia de Europa de tres siglos á esta parte:
monumentos quedan todavía existentes, y por dondequiera que dirijamos
nuestros pasos, encontraremos que las sectas fanáticas nacidas en el
seno del Protestantismo, y originadas de su principio fundamental, han
dejado impresa una huella de sangre. Nada pudieron contra el torrente
devastador, ni la violencia de carácter de Lutero, ni los furibundos
esfuerzos con que se oponía á cuantos enseñaban doctrinas diferentes
de las suyas: á unas impiedades sucedieron presto otras impiedades;
á unas extravagancias, otras extravagancias; á un fanatismo, otro
fanatismo; quedando luego la falsa reforma fraccionada en tantas
sectas, todas á cual más violentas, cuantas fueron las cabezas que á
la triste fecundidad de engendrar un sistema reunieron un carácter
bastante resuelto para enarbolar una bandera. Ni era posible que de
otro modo sucediese, porque, cabalmente, á más del riesgo que traía
consigo el dejar solo al espíritu humano encarado con todas las
cuestiones religiosas, había una circunstancia que debía acarrear
resultados funestísimos: hablo de la interpretación de los Libros
Santos encomendada al espíritu privado.

Manifestóse entonces con toda evidencia que el mayor abuso es el que se
hace de lo mejor; y que ese libro inefable, donde se halla derramada
tanta luz para el entendimiento, tantos consuelos para el corazón,
es altamente dañoso al espíritu soberbio, que á la terca resolución
de resistir á toda autoridad en materias de fe, añada la ilusoria
persuasión de que la Escritura Sagrada es un libro claro en todas sus
partes, de que no le faltará en todo caso la inspiración del cielo
para la disipación de las dudas que pudieran ofrecerse, ó que recorra
sus páginas con el prurito de encontrar algún texto, que, más ó menos
violentado, pueda prestar apoyo á sutilezas, cavilaciones, ó proyectos
insensatos.

No cabe mayor desacierto que el cometido por los corifeos del
Protestantismo, al poner la Biblia en manos de todo el mundo,
procurando, al mismo tiempo, acreditar la ilusión de que cualquier
cristiano era capaz de interpretarla; no cabe olvido más completo de
lo que es la Sagrada Escritura. Bien es verdad que no quedaba otro
medio al Protestantismo, y que todos los obstáculos que oponía á la
entera libertad en la interpretación del Sagrado Texto eran para él
una inconsecuencia chocante, una apostasía de sus propios principios,
un desconocimiento de su origen; pero esto es su más terminante
condenación; porque, ¿cuáles son los títulos, ni de verdad, ni de
santidad, que podrá presentarnos una religión, que en su principio
fundamental envuelve el germen de las sectas más fanáticas y más
dañosas á la sociedad?

Difícil fuera reunir en breve espacio tantos hechos, tantas
reflexiones, tan convincentes pruebas en contra de ese error
capital del Protestantismo, como ha reunido un mismo protestante.
Es O'Callaghan: y no dudo que el lector me quedará agradecido de
que transcriba aquí sus palabras; dice así: «Llevados los primeros
reformadores de su espíritu de oposición á la Iglesia romana,
reclamaron á voz en grito el derecho de interpretar las Escrituras
conforme al juicio particular de cada uno....; pero, afanados por
emancipar al pueblo de la autoridad del Pontífice romano, proclamaron
este derecho sin explicación ni restricciones, y las consecuencias
fueron _terribles_. Impacientes por minar la base de la jurisdicción
papal, sostuvieron sin limitación alguna que cada individuo tiene
indisputable derecho á interpretar la Sagrada Escritura por sí mismo;
y, como este principio, tomado en toda su extensión, era insostenible,
fué menester, para afirmarle, darle el apoyo de otro principio, cual
es, que la Biblia es un libro fácil, al alcance de todos los espíritus;
que el carácter más inseparable de la revelación divina es una gran
claridad: principios ambos, que, ora se les considere aislados, ora
unidos, son incapaces de sufrir un ataque serio.

»El juicio privado de Munzer descubrió en la Escritura que los títulos
de nobleza y las grandes propiedades son una usurpación impía,
contraria á la natural igualdad de los fieles, é invitó á sus secuaces
á examinar si no era ésta la verdad del hecho: examinaron los sectarios
la cosa, alabaron á Dios, y procedieron en seguida, por medio del
hierro y del fuego, á la extirpación de los impíos, y á apoderarse de
sus propiedades. El juicio privado creyó también haber descubierto en
la Biblia que las leyes establecidas eran una permanente restricción
de la libertad cristiana; y heos aquí que Juan de Leyde tira los
instrumentos de su oficio, se pone á la cabeza de un populacho
fanático, sorprende la ciudad de Múnster, se proclama á sí mismo rey
de Sión, toma catorce mujeres á la vez, asegurando que la poligamia
era una de las libertades cristianas, y el privilegio de los Santos.
Pero, si la criminal locura de los paisanos extranjeros aflige á los
amigos de la humanidad y de una piedad razonable, por cierto que no
es á propósito para consolarlos la historia de Inglaterra, durante un
largo espacio del siglo XVII. En ese período de tiempo, levantáronse
una innumerable muchedumbre de fanáticos, ora juntos, ora unos en pos
de otros, embriagados de doctrinas extravagantes y de pasiones dañinas,
desde el feroz dominio de Fox hasta la metódica locura de Barclay,
desde el formidable fanatismo de Cromwell hasta la necia impiedad de
_Praise-God-Barebones_. La piedad, la razón y el buen sentido parecían
desterrados del mundo, y se habían puesto en su lugar una extravagante
algarabía, un frenesí religioso, un celo insensato: todos citaban la
Escritura, todos pretendían haber tenido inspiraciones, visiones,
arrobos de espíritu; y, á la verdad, con tanto fundamento lo pretendían
unos como otros.

»Sosteníase con mucho rigor que era conveniente abolir el sacerdocio
y la dignidad Real; pues que los sacerdotes eran los servidores de
Satanás, y los reyes eran los delegados de la Prostituta de Babilonia,
y que la existencia de unos y otros era incompatible con el reino del
Redentor. Esos fanáticos condenaban la ciencia como invención pagana,
y las universidades como seminarios de la impiedad anticristiana.
Ni la santidad de sus funciones protegía al obispo, ni la majestad
del trono al rey; uno y otro eran objetos de desprecio y de odio, y
degollados sin compasión por aquellos fanáticos, cuyo único libro era
la Biblia, sin notas ni comentarios. Á la sazón estaba en su mayor
auge el entusiasmo por la oración, la predicación y la lectura de los
Libros Santos; todos oraban, todos predicaban, todos leían, pero nadie
escuchaba. Las mayores atrocidades se las justificaba por la Sagrada
Escritura; en las transacciones más ordinarias de la vida se usaba
el lenguaje de la Sagrada Escritura; de los negocios interiores de
la nación, de sus relaciones exteriores, se trataba con frases de la
Escritura; con la Escritura se tramaban conspiraciones, traiciones,
proscripciones; y todo era, no sólo justificado, sino también
consagrado con citas de la Sagrada Escritura. Estos hechos históricos
han asombrado con frecuencia á los hombres de bien, y consternado á
las almas piadosas; _pero, demasiado embebido el lector en sus propios
sentimientos, olvida la lección encerrada en esta terrible experiencia,
á saber: que la Biblia, sin explicación, ni comentarios, no es para
leída por hombres groseros é ignorantes_.

»La masa del linaje humano ha de contentarse con recibir de _otro_
sus instrucciones, y no le es dado acercarse á los manantiales de la
ciencia. Las verdades más importantes en medicina, en jurisprudencia,
en física, en matemáticas, ha de recibirlas de aquellos que las beben
en los primeros manantiales: y, por lo que toca al Cristianismo, en
general se ha constantemente seguido el mismo método, y siempre que se
le ha dejado hasta cierto punto, _la sociedad se ha conmovido hasta sus
cimientos_.»

No necesitan comentarios esas palabras de O'Callaghan; y por cierto
que no se las podrá tachar ni de hiperbólicas, ni de declamatorias,
no siendo más que una sencilla y verídica narración de hechos harto
sabidos. El solo recuerdo de ellos debería ser bastante para convencer
de los peligros que consigo trae el poner la Sagrada Escritura
sin notas ni comentarios en manos de cualquiera, como lo hace el
Protestantismo, acreditando en cuanto puede el error de que para la
inteligencia del Sagrado Texto es inútil la autoridad de la Iglesia,
y que no necesita más todo cristiano que escuchar lo que le dictarán
con frecuencia sus pasiones y sus delirios. Cuando el Protestantismo
no hubiera cometido otro yerro que éste, bastaría ya para que se
reprobase, se condenase á sí propio, pues que no hace otra cosa una
religión que asienta un principio que la disuelve á ella misma.

Para apreciar en esta parte el desacierto con que procede el
Protestantismo, y la posición falsa y arriesgada en que se ha colocado
con respecto al espíritu humano, no es necesario ser teólogo, ni
católico; basta haber leído la Escritura, aun cuando sea únicamente
con ojos de literato y filósofo. Un libro que, encerrando en breve
cuadro el extenso espacio de cuatro mil años, y adelantándose hasta
las profundidades del más lejano porvenir, comprende el origen
y destinos del hombre y del universo; un libro que, tejiendo la
historia particular de un pueblo escogido, abarca en sus narraciones
y profecías las revoluciones de los grandes imperios; un libro en que
los magníficos retratos donde se presentan la pujanza y el lujoso
esplendor de los monarcas de Oriente, se encuentran al lado de la
fácil pincelada que nos describe la sencillez de las costumbres
domésticas, ó el candor é inocencia de un pueblo en la infancia; un
libro donde narra el historiador, vierte tranquilamente el sabio sus
sentencias, predica el apóstol, enseña y disputa el doctor; un libro
donde un profeta, señoreado por el espíritu divino, truena contra la
corrupción y extravío de un pueblo, anuncia las terribles venganzas
del Dios de Sinaí, llora inconsolable el cautiverio de sus hermanos y
la devastación y soledad de su patria, cuenta en lenguaje peregrino y
sublime los magníficos espectáculos que se desplegaron á sus ojos en
momentos de arrobo, en que, al través de velos sombríos, de figuras
misteriosas, de emblemas obscuros, de apariciones enigmáticas, viera
desfilar ante su vista los grandes sucesos de la sociedad y las
catástrofes de la naturaleza; un libro, ó más bien un conjunto de
libros, donde reinan todos los estilos y campean los más variados
tonos, donde se hallan derramadas y entremezcladas la majestad épica
y la sencillez pastoril, el fuego lírico y la templanza didáctica,
la marcha grave y sosegada de la narración histórica y la rapidez y
viveza del drama; un conjunto de libros escritos en diferentes épocas
y países, en varias lenguas, en circunstancias las más singulares y
extraordinarias, ¿cómo podrá menos de trastrocar la cabeza orgullosa
que recorre á tientas sus páginas, ignorando los climas, los tiempos,
las leyes, los usos y costumbres; abrumada de alusiones que la
confunden, de imágenes que la sorprenden, de idiotismos que la
obscurecen; oyendo hablar en idioma moderno al hebreo ó al griego que
escribieron allá en siglos muy remotos? ¿Qué efectos ha de producir ese
conjunto de circunstancias, creyendo el lector que la Sagrada Escritura
es un libro muy fácil, que se brinda de buen grado á la inteligencia
de cualquiera, y que, en todo caso, si se ofreciere alguna dificultad,
no necesita el que lee de la instrucción de nadie, sino que le bastan
sus propias reflexiones, ó concentrarse dentro de sí mismo para prestar
atento oído á la celeste inspiración que levantará el velo que encubre
los más altos misterios? ¿Quién extrañará que se hayan visto entre los
protestantes tan ridículos visionarios, tan furibundos fanáticos?[11]



CAPITULO VIII


Injusticia fuera tachar una religión de falsa, sólo porque en su seno
hubieran aparecido fanáticos: esto equivaldría á desecharlas todas;
pues que no sería dable encontrar una que estuviese exenta de semejante
plaga. No está el mal en que se presenten fanáticos en medio de una
religión, sino en que ella los forme, en que los incite al fanatismo,
ó les abra para él anchurosa puerta. Si bien se mira, en el fondo del
corazón humano hay un germen abundante de fanatismo, y la historia
del hombre nos ofrece de ello tan abundantes pruebas, que apenas se
encontrará hecho que deba ser reconocido como más indudable. Fingid
una ilusión cualquiera, contad la visión más extravagante, forjad el
sistema más desvariado; pero tened cuidado de bañarlo todo con un tinte
religioso, y estad seguros de que no os faltarán prosélitos entusiastas
que tomarán á pecho el sostener vuestros dogmas, el propagarlos, y
que se entregarán á vuestra causa con una mente ciega y un corazón de
fuego; es decir, tendréis bajo vuestra bandera una porción de fanáticos.

Algunos filósofos han gastado largas páginas en declamar contra el
fanatismo, y como que se han empeñado en desterrarle del mundo, ora
dando á los hombres empalagosas lecciones filosóficas, ora empleando
contra el _monstruo_ toda la fuerza de una oratoria fulminante. Bien
es verdad que á la palabra _fanatismo_ le han señalado una extensión
tan lata, que han comprendido bajo esta denominación toda clase de
religiones; pero yo creo, sin embargo, que, aun cuando se hubieran
ceñido á combatir el verdadero fanatismo, habrían hecho harto mejor si,
no fatigándose tanto, hubiesen gastado algún tiempo en examinar esta
materia con espíritu analítico, tratándola, después de atento examen,
sin preocupación, con madurez y templanza.

Por lo mismo que veían que éste era un achaque del espíritu humano,
escasas esperanzas podían tener, si es que fueran filósofos cuerdos y
sesudos, de que con razones y elocuencia alcanzaran á desterrar del
mundo al malhadado _monstruo_; pues que, hasta ahora, no sé yo que
la filosofía haya sido parte á remediar ninguna de aquellas graves
enfermedades que son como el patrimonio del humano linaje. Entre tantos
yerros como ha tenido la filosofía del siglo XVIII, ha sido uno de los
más capitales la manía de los tipos: de la naturaleza del hombre, de
la sociedad, de todo se ha imaginado un tipo allá en su mente; todo ha
debido acomodarse á aquel tipo, y cuanto no ha podido doblegarse para
ajustarse al molde, todo ha sufrido tal descarga filosófica, que, al
menos, no ha quedado impune por su poca flexibilidad.

¿Pues qué? ¿podrá negarse que haya fanatismo en el mundo? Y mucho.
¿Podrá negarse que sea un mal? Y muy grave. ¿Cómo se podría extirpar?
De ninguna manera. ¿Cómo se podrá disminuir su extensión, atenuar su
fuerza, refrenar su violencia? Dirigiendo bien al hombre. Entonces, ¿no
será con la filosofía? Ahora lo veremos.

¿Cuál es el origen del fanatismo? Antes es necesario fijar el verdadero
sentido de esta palabra. Entiéndese por fanatismo, tomado en su
acepción más lata, una viva exaltación del ánimo fuertemente señoreado
por alguna opinión, ó falsa, ó exagerada. Si la opinión es verdadera,
encerrada en sus justos límites, entonces no cabe el fanatismo; y, si
alguna vez lo hubiere, será con respecto á los medios que se emplean
en defenderla; pero, entonces ya existirá también un juicio errado, en
cuanto se cree que la opinión verdadera autoriza para aquellos medios;
es decir, que habrá error, ó exageración. Pero, si la opinión fuere
verdadera, los medios de defenderla, legítimos, y la ocasión, oportuna,
entonces no hay fanatismo, por grande que sea la exaltación del ánimo,
por viva que sea la efervescencia, por vigorosos que sean los esfuerzos
que se hagan, por costosos que sean los sacrificios que se arrostren;
entonces habrá entusiasmo en el ánimo y heroísmo en la acción, pero
fanatismo no: de otra manera los héroes de todos tiempos y países
quedarían afeados con la mancha de fanáticos.

Tomado el fanatismo con toda esta generalidad, se extiende á cuantos
objetos ocupan al espíritu humano; y así hay fanáticos en religión, en
política, y hasta en ciencias y literatura; no obstante, el significado
más propio de la palabra _fanatismo_, no sólo atendiendo á su valor
etimológico, sino también usual, es cuando se aplica á materias
religiosas; y, por esta causa, el solo nombre de fanático, sin ninguna
añadidura, expresa un _fanático_ en religión; cuando, al contrario, si
se le aplica con respecto á otras materias, debe andar acompañado del
apuesto que las califique; así se dice: fanáticos políticos, fanáticos
en literatura, y otras expresiones por este tenor.

No cabe duda de que, en tratándose de materias religiosas, tiene el
hombre una propensión muy notable á dejarse dominar de una idea, á
exaltarse de ánimo en favor de ella, á transmitirla á cuantos le
rodean, á propagarla luego por todas partes, llegando con frecuencia
á empeñarse en comunicarla á los otros, aunque sea con las mayores
violencias.

Hasta cierto punto se verifica también el mismo hecho en las materias
no religiosas; pero es innegable que en las religiosas adquiere el
fenómeno un carácter que le distingue de cuanto acontece en esfera
diferente. En cosas de religión adquiere el alma del hombre una nueva
fuerza; una energía terrible, una expansión sin límites; para él no hay
dificultades, no hay obstáculos, no hay embarazos de ninguna clase; los
intereses materiales desaparecen enteramente, los mayores padecimientos
se hacen lisonjeros, los tormentos son nada, la muerte misma es una
ilusión agradable.

El hecho es vario, según lo es la persona en quien se verifica, según
lo son las ideas y costumbres del pueblo en medio del cual se realiza;
pero, en el fondo, es el mismo: examinada la cosa en su raíz, se halla
que tienen un mismo origen las violencias de los sectarios de Mahoma,
que las extravagancias de los discípulos de Fox.

Acontece en esta pasión lo propio que en las demás, que, si producen
los mayores males, es sólo porque se extravían de su objeto legítimo, ó
se dirigen á él por medios que no están de acuerdo con lo que dictan la
razón y la prudencia; pues que, bien observado, el fanatismo no es más
que el _sentimiento religioso extraviado_; sentimiento que el hombre
lleva consigo desde la cuna hasta el sepulcro, y que se encuentra como
esparcido por la sociedad, en todos los períodos de su existencia.
Hasta ahora ha sido siempre vano el empeño de hacer irreligioso al
hombre: uno que otro individuo se ha entregado á los desvaríos de una
irreligión completa; pero el linaje humano protesta sin cesar contra
ese individuo, que ahoga en su corazón el sentimiento religioso. Como
este sentimiento es tan fuerte, tan vivo, tan poderoso á ejercer sobre
el hombre una influencia sin límites, apenas se aparta de su objeto
legítimo, apenas se desvía del sendero debido, cuando ya produce
resultados funestos; pues que se combinan desde luego dos causas muy á
propósito para los mayores desastres, como son: _absoluta ceguera del
entendimiento, y una irresistible energía en la voluntad_.

Cuando se ha declamado contra el fanatismo, buena parte de los
protestantes y filósofos no se han olvidado de prodigar ese apodo á
la Iglesia católica; y por cierto que debieran andar en ello con más
tiento, cuando menos en obsequio de la buena filosofía. Sin duda que
la Iglesia no se gloriará de que haya podido curar todas las locuras
de los hombres, y, por tanto, no pretenderá tampoco que de entre sus
hijos haya podido desterrar de tal manera el fanatismo, que, de vez en
cuando, no haya visto en su seno algunos fanáticos; pero sí que puede
gloriarse de que jamás religión alguna ha dado mejor en el blanco para
curar, en cuanto cabe, este achaque del espíritu humano; pudiendo,
además, asegurarse que tiene de tal manera tomadas sus medidas, que,
en naciendo el fanatismo, le cerca desde luego con un vallado, en
que podrá delirar por algún tiempo, pero no producirá efectos de
consecuencias desastrosas.

Esos extravíos de la mente, esos sueños de delirio que, nutridos
y avivados, con el tiempo arrastran al hombre á las mayores
extravagancias, y hasta á los más horrorosos crímenes, apáganse por
lo común en su mismo origen, cuando existe en el fondo del alma el
saludable convencimiento de la propia debilidad, y el respeto y
sumisión á una autoridad infalible; y, ya que á veces no se logre
sofocar el delirio en su nacimiento, quédase al menos aislado,
circunscrito á una porción de hechos más ó menos verosímiles, pero
dejando intacto el depósito de la verdadera doctrina, y sin quebrantar
aquellos lazos que unen y estrechan á todos los fieles como miembros de
un mismo cuerpo. ¿Se trata de revelaciones, de visiones, de profecías,
de éxtasis? Mientras todo esto tenga un carácter privado, y no se
extienda á las verdades de fe, la Iglesia, por lo común, disimula,
tolera, se abstiene de entrometerse, calla, dejando á los críticos la
discusión de los hechos, y al común de los fieles amplia libertad para
pensar lo que más les agrade. Pero, si toman las cosas un carácter más
grave, si el visionario entra en explicaciones sobre algunos puntos
de doctrina, veréis, desde luego, que se despliega el espíritu de
vigilancia; la Iglesia aplica atentamente el oído para ver si se mezcla
por allí alguna voz que se aparte de lo enseñado por el divino Maestro;
fija una mirada observadora sobre el nuevo predicador, por si hay algo
que manifieste, ó al hombre alucinado y errante en materias de dogma, ó
al lobo cubierto con piel de oveja; y, en tal caso, levanta desde luego
el grito, advierte á todos los fieles, ó del error, ó del peligro, y
llama con la voz de pastor á la oveja descarriada. Si ésta no escucha,
si no quiere seguir más que sus caprichos, entonces la separa del
rebaño, la declara como lobo, y, de allí en adelante, el error y el
fanatismo ya no se hallan en ninguno que desee perseverar en el seno de
la Iglesia.

Por cierto que no dejarán los protestantes de echar en cara á los
católicos la muchedumbre de visionarios que ha tenido la Iglesia,
recordando las revelaciones y visiones de los muchos Santos que
veneramos sobre los altares; echaránnos también en cara el fanatismo:
fanatismo que dirán no haberse limitado á estrecho círculo, pues que
ha sido bastante á producir los resultados más notables. «Los solos
fundadores de las órdenes religiosas, dirán ellos, ¿no ofrecen acaso
el espectáculo de una serie de fanáticos que, alucinados ellos mismos,
ejercían sobre los demás, con su palabra y ejemplo, la influencia más
fascinadora que jamás se haya visto?» Como no es éste el lugar de
tratar por extenso el punto de las comunidades religiosas, cosa que me
propongo hacer en otra parte de esta obra, me contentaré con observar
que, aun dando por supuesto que todas las visiones y revelaciones
de nuestros Santos y las inspiraciones del cielo con que se creían
favorecidos los fundadores de las órdenes religiosas, no pasaran de
pura ilusión, nada tendrían adelantado los adversarios para achacar á
la Iglesia católica la nota de fanatismo. Por de pronto, ya se echa
de ver que, en lo tocante á visiones de un particular, mientras se
circunscriban á la esfera individual, podrá haber allí ilusión, y,
si se quiere, fanatismo; pero no será el fanatismo dañoso á nadie, y
nunca alcanzará á acarrear trastornos á la sociedad. Que una pobre
mujer se crea favorecida con particulares beneficios del cielo, que se
figure oir con frecuencia la palabra de la Virgen, que se imagine que
confabula con los ángeles, que le traen mensajes de parte de Dios; todo
esto podrá excitar la credulidad de unos y la mordacidad de otros; pero
á buen seguro que no costará á la sociedad ni una gota de sangre, ni
una sola lágrima.

Y los fundadores de las órdenes religiosas ¿qué muestras nos dan de
fanatismo? Aun cuando prescindiéramos del profundo respeto que se
merecen sus virtudes, y de la gratitud con que debe corresponderles
la humanidad por los beneficios inestimables que han dispensado;
aun cuando diéramos por supuesto que se engañaron en todas sus
inspiraciones, podríamos apellidarlos _ilusos_, más no _fanáticos_. En
efecto: nada encontramos en ellos, ni de frenesí, ni de violencia; son
hombres que desconfían de sí mismos; que, á pesar de creerse llamados
por el cielo para algún grande objeto, no se atreven á poner manos
á la obra sin haberse postrado antes á los pies del Sumo Pontífice,
sometiendo á su juicio las reglas en que pensaban cimentar la nueva
orden, pidiéndole sus luces, sujetándose dócilmente á su fallo, y no
realizando nada sin haber obtenido su licencia. ¿Qué semejanza hay,
pues, de los fundadores de las órdenes religiosas con esos fanáticos
que arrastran en pos de sí una muchedumbre de furibundos, que matan,
destruyen por todas partes, dejando por doquiera regueros de sangre
y de ceniza? En los fundadores de las órdenes religiosas vemos á un
hombre que, dominado fuertemente por una idea, se empeña en llevarla á
cabo, aun á costa de los mayores sacrificios; pero vemos siempre una
idea fija, desenvuelta en un plan ordenado, teniendo á la vista algún
objeto altamente religioso y social; y, sobre todo, vemos ese plan
sometido al juicio de una autoridad, examinado con madura discusión, y
enmendado, ó retocado, según parece más conforme á la prudencia. Para
un filósofo imparcial, sean cuales fueren sus opiniones religiosas,
podrá haber en todo esto más ó menos ilusión, más ó menos preocupación,
más ó menos prudencia y acierto; pero, fanatismo, no, de ninguna
manera, porque nada hay aquí que presente semejante carácter.[12]



CAPITULO IX


El fanatismo de secta, nutrido y avivado en Europa por la _inspiración
privada_ del Protestantismo, es ciertamente una llaga muy profunda y
de mucha gravedad; pero no tiene, sin embargo, un carácter tan maligno
y alarmante como la incredulidad y la indiferencia religiosa: males
funestos que las sociedades modernas tienen que agradecer en buena
parte á la pretendida reforma. Radicados en el mismo principio que es
la base del Protestantismo; ocasionados y provocados por el escándalo
de tantas y tan extravagantes sectas que se apellidan cristianas,
empezaron á manifestarse con síntomas de gravedad ya en el mismo siglo
XVI. Andando el tiempo, llegaron á extenderse de un modo terrible,
filtrándose en todos los ramos científicos y literarios, comunicando
su expresión y sabor á los idiomas, y poniendo en peligro todas las
conquistas que en pro de la civilización y cultura había hecho por
espacio de muchos siglos el linaje humano.

En el mismo siglo XVI, en el mismo calor de las disputas y guerras
religiosas encendidas por el Protestantismo, cundía la incredulidad
de un modo alarmante; y es probable que sería más común de lo que
aparentaba, pues que no era fácil quitarse de repente la máscara,
cuando, poco antes, estaban tan profundamente arraigadas las creencias
religiosas. Es muy verosímil que andaría disfrazada la incredulidad con
el manto de la reforma; y que, ora alistándose bajo la bandera de una
secta, ora pasando á la de otra, trataría de enflaquecerlas á todas
para levantar su trono sobre la ruina universal de las creencias.

No es necesario ser muy lógico para pasar del Protestantismo al
Deísmo, y de éste al Ateísmo no hay más que un paso; y es imposible
que, al tiempo de la aparición de los nuevos errores, no hubiese
muchos hombres reflexivos que desenvolviesen el sistema hasta sus
últimas consecuencias. La religión cristiana, tal como la conciben
los protestantes, es una especie de sistema filosófico más ó menos
razonable; pues que, examinada á fondo, pierde el carácter de divina;
y, en tal caso, ¿cómo podrá señorear un ánimo que á la reflexión y á
las meditaciones reuna espíritu de independencia? Y, á decir verdad,
una sola ojeada sobre el comienzo del Protestantismo debía de arrojar
hasta el escepticismo religioso á todos los hombres que, no siendo
fanáticos, no estaban, por otra parte, aferrados con el áncora de la
autoridad de la Iglesia; porque tal es el lenguaje y la conducta de
los corifeos de las sectas, que brota naturalmente en el ánimo una
vehemente sospecha de que aquellos hombres se burlaban completamente de
todas las creencias cristianas; que encubrían su ateísmo ó indiferencia
asentando doctrinas extrañas que pudieran servir de enseña para
reunir prosélitos; que extendían sus escritos con la más insigne mala
fe, encubriendo el pérfido intento de alimentar en el ánimo de sus
secuaces el fanatismo de secta.

Esto es lo que dictaba al padre del célebre Montagne el simple buen
sentido, pues, aunque sólo alcanzó los primeros principios de la
reforma, sabemos que decía: «este principio de enfermedad degenerará en
un execrable ateísmo»; testimonio notable, cuya conservación debemos
á un escritor que, por cierto, no era apocado ni fanático: á su hijo
Montagne. (_Ensayos_, de Montagne, 1. 2, c. 12.) Tal vez no presagiaría
ese hombre, que con tanta cordura juzgaba la verdadera tendencia del
Protestantismo, que fuese su hijo una confirmación de sus predicciones;
porque es bien sabido que Montagne fué uno de los primeros escépticos,
que figuraron con gran nombradía en Europa. Por aquellos tiempos era
menester andar con cuidado en manifestarse ateo ó indiferente, aun
entre los mismos protestantes; pero, aun cuando sea fácil sospechar
que no todos los incrédulos tendrían el atrevimiento de Gruet, por
cierto que no ha de costar trabajo el dar crédito al célebre toledano
Chacón, cuando, al empezar el último tercio del siglo XVII, decía que
la «herejía de los ateístas, de los que nada creen, andaba muy válida
en Francia y en otras partes».

Seguían ocupando la atención de todos los sabios de Europa las
controversias religiosas, y, entre tanto, la gangrena de la
incredulidad avanzaba de un modo espantoso; por manera que, al
promediar el siglo XVI, se conoce que el mal se presentaba bajo un
aspecto alarmante. ¿Quién no ha leído con asombro los profundos
pensamientos de Pascal sobre la indiferencia en materias de religión?
¿quién no ha percibido en ellos aquel acento conmovido, que nace de la
viva impresión causada en el ánimo por la presencia de un mal terrible?

Se conoce que á la sazón estaban ya muy adelantadas las cosas, y que
la incredulidad se hallaba ya muy cercana á poder presentarse como
una escuela que se colocara al lado de las demás que se disputaban la
preferencia en Europa. Con más ó menos disfraz habíase ya presentado
desde mucho tiempo en el socinianismo; pero esto no era bastante,
porque el socinianismo llevaba al menos el nombre de una secta
religiosa, y la religión empezaba á sentirse demasiado fuerte para que
no pudiera apellidarse ya con su propio nombre.

El último tercio del siglo XVII nos presenta una crisis muy notable con
respecto á la religión: crisis que tal vez no ha sido bien reparada,
pero que se dió á conocer por hechos muy palpables. Esta crisis fué
un cansancio de las disputas religiosas marcada en dos tendencias
diametralmente opuestas, y, sin embargo, muy naturales: _la una hacia
el Catolicismo, la otra hacia el Ateísmo_.

Bien sabido es cuánto se había disputado hasta aquella época sobre
la religión: las controversias religiosas eran el gusto dominante,
bastando decir que no formaban solamente la ocupación favorita de los
escolásticos, así católicos como protestantes, sino también de los
sabios seculares; habiendo penetrado esa afición hasta en los palacios
de los príncipes y reyes. Tanta controversia debía naturalmente
descubrir el vicio radical del Protestantismo; y, no pudiendo
mantenerse firme el entendimiento en un terreno tan resbaladizo, había
de esforzarse en salir de él, ó bien llamando en su apoyo el principio
de autoridad, ó bien abandonándose al ateísmo ó á una completa
indiferencia. Estas dos tendencias se hicieron sentir de una manera
nada equívoca; y así es que, mientras Bayle creía la Europa bastante
preparada para que pudiera abrirse ya en medio de ella una cátedra de
incredulidad y de escepticismo, se había entablado seria y animada
correspondencia para la reunión de los disidentes de Alemania al gremio
de la Iglesia católica.

Conocidas son de todos los eruditos las contestaciones que mediaron
entre el luterano Molano, abate de Lockum, y Cristóbal, obispo de
Tyna, y después de Neustad; y para que no faltase un monumento del
carácter grave que habían tomado las negociaciones, se conserva aún la
correspondencia motivada por este asunto, entre dos hombres de los
más insignes que se contaban en Europa en ambas comuniones: Bossuet
y Leibnitz. No había llegado aún el feliz momento, y consideraciones
políticas que debieran desaparecer á la vista de tamaños intereses,
ejercieron maligna influencia sobre la grande alma de Leibnitz, para
que no conservara en el curso de la discusión y de las negociaciones
aquella sinceridad y buena fe y aquella elevación de miras con que al
parecer había comenzado. Aunque no surtiese buen efecto la negociación,
el sólo haberse entablado indica ya bastante que era muy grande el
vacío descubierto en el Protestantismo, cuando los dos hombres más
célebres de su comunión, Molano y Leibnitz, se atrevían ya á dar
pasos tan adelantados: y sin duda debían de ver en la sociedad que
los rodeaba abundantes disposiciones para la reunión al gremio de
la Iglesia, pues no de otra manera se hubieran comprometido en una
negociación de tanta importancia.

Alléguese á todo esto la declaración de la universidad luterana de
Helmstad en favor de la religión católica, y las nuevas tentativas
hechas á favor de la reunión por un príncipe protestante que se dirigió
al Papa Clemente XI, y tendremos vehementes indicios de que la reforma
se sentía ya herida de muerte; y que, si obra tan grande hubiese Dios
querido que tuviera alguna apariencia de depender en algo de la mano
del hombre, tal vez no fuera ya entonces imposible que, á fuerza de la
convicción que de lo ruinoso del sistema protestante se habían formado
sus sabios más ilustres, se adelantase no poco para cicatrizar las
llagas abiertas á la unidad religiosa por los perturbadores del siglo
XVI.

Pero el Eterno, en la altura de sus designios, lo tenía destinado de
otra manera; y, permitiendo que la corriente de los espíritus tomase
la dirección más extraviada y perversa, quiso castigar al hombre con
el fruto de su orgullo. No fué la propensión á la unidad la que dominó
en el siglo inmediato, sino el gusto por una filosofía escéptica,
indiferente con respecto á todas las religiones, pero muy enemiga
en particular de la católica. Cabalmente á la sazón se combinaban
influencias muy funestas para que la tendencia hacia la unidad pudiese
alcanzar su objeto; eran ya innumerables las fracciones en que se
habían dividido y subdividido las sectas protestantes: y esto, si bien
es verdad que debilitaba al Protestantismo, sin embargo, estando él
como estaba difundido por la mayor parte de Europa, había inoculado
el germen de la duda religiosa en la sociedad europea; y, como no
quedaba ya verdad que no hubiera sufrido ataques, ni cabía imaginar
error ni desvarío que no tuviera sus apóstoles y prosélitos, era muy
peligroso que cundiera en los ánimos aquel cansancio y desaliento,
que viene siempre en pos de los grandes esfuerzos hechos inútilmente
para la consecución de un objeto, y aquel fastidio que se engendra con
interminables disputas y chocantes escándalos.

Para colmo de infortunio, para llevar al más alto punto el cansancio y
fastidio, sobrevino una nueva desgracia, que produjo los más funestos
resultados. Combatían con gran denuedo y con notable ventaja los
adalides del Catolicismo contra las innovaciones religiosas de los
protestantes: las lenguas, la historia, la crítica, la filosofía, todo
cuanto tiene de más precioso, de más rico y brillante el humano saber,
todo se había desplegado con el mayor aparato en esa gran palestra; y
los grandes hombres que por doquiera se veían figurar en los puestos
más avanzados de los defensores de la Iglesia católica, parecían
consolarla algún tanto de las lamentables pérdidas que le habían hecho
sufrir las turbulencias del siglo XVI, cuando he aquí que, mientras
estrechaba en sus brazos á tantos hijos predilectos que se gloriaban
de este nombre, notó con pasmosa sorpresa que algunos de éstos se
le presentaban en ademán hostil, bien que solapado: y al través de
palabras mal encubiertas, y de una conducta mal disfrazada, no le
fué difícil reparar que trataban de herirla con herida de muerte.
Protestando siempre la sumisión y la obediencia, pero sin someterse
ni obedecer jamás; resistiendo siempre á la autoridad de la Iglesia,
ensalzando, empero, de continuo esa misma autoridad de origen divino;
encubriendo sagazmente el odio á todas las leyes é instituciones
existentes, con la apariencia del celo por el restablecimiento de la
antigua doctrina; zapando los cimientos de la moral, al paso que se
mostraban entusiastas encarecedores de su pureza; disfrazando con falsa
humildad y afectada modestia la hipocresía y el orgullo, llamando
firmeza á la obstinación, y entereza de conciencia á la ceguedad
refractaria, presentaban esos rebeldes el aspecto más peligroso que
jamás había presentado herejía alguna; y sus palabras de miel, su
estudiado candor, el gusto por la antigüedad, el brillo de erudición
y de saber, hubieran sido parte á deslumbrar á los más avisados, si
desde un principio no se hubiesen distinguido ya los novadores con
el carácter eterno é infalible de toda secta de error: _el odio á la
autoridad_.

Luchaban, empero, de vez en cuando, con los enemigos declarados de
la Iglesia, defendían con mucho aparato de doctrina la verdad de los
sagrados dogmas, citaban con respeto y deferencia los escritos de
los Santos Padres, manifestaban acatar las tradiciones y venerar las
decisiones conciliares y pontificias; y, teniendo siempre la extraña
pretensión de apellidarse católicos, por más que lo desmintieran con
sus palabras y conducta; no abandonando jamás la peregrina ocurrencia,
que tuvieron desde su principio, de negar la existencia de su secta,
ofrecían á los incautos el funesto escándalo de una disensión
dogmática, que parecía estar en el mismo seno del Catolicismo.
Declarábalos herejes la Cabeza de la Iglesia, todos los verdaderos
católicos acataban profundamente la decisión del Vicario de Jesucristo,
y de todos los ángulos del orbe católico se levantaba unánimemente un
grito que pronunciaba anatemas contra quien no escuchara al sucesor de
Pedro; pero ellos, empeñados en negarlo todo, en eludirlo todo, en
tergiversarlo todo, mostrábanse siempre como una porción de católicos
oprimidos por el espíritu de _relajación, de abusos y de intriga_.

Faltaba ese nuevo escándalo para que acabasen de extraviarse los
ánimos, y para que la gangrena fatal que iba cundiendo por la sociedad
europea, se desarrollase con la mayor rapidez, presentando los
síntomas más terribles y alarmantes. Tanto disputar sobre la religión,
tanta muchedumbre y variedad de sectas, tanta animosidad entre los
adversarios que figuraban en la arena, debieron por fin disgustar de
la religión misma á aquellos que no estaban aferrados en el áncora de
la autoridad; y, para que la indiferencia pudiera erigirse en sistema,
el ateísmo en dogma y la impiedad en moda, sólo faltaba un hombre
bastante laborioso para recoger, reunir y presentar en cuerpo los
infinitos materiales que andaban dispersos en tantas obras; que supiera
bañarlos con un tinte filosófico acomodado al gusto que empezaba á
cundir entonces, comunicando al sofisma y á la declamación aquella
fisonomía seductora, aquel giro engañoso, aquel brillo deslumbrador,
que aun en medio de los mayores extravíos se encuentran siempre en las
producciones del genio. Este hombre se presentó: era Bayle; y el ruido
que metió en el mundo su célebre _Diccionario_, y el curso que tuvo
desde luego, manifestaron bien á las claras que el autor había sabido
comprender toda la oportunidad del momento.

El _Diccionario_ de Bayle es una de aquellas obras que, aun
prescindiendo de su mayor ó menor mérito científico y literario,
forman, no obstante, muy notable época; porque se recoge en ellas el
fruto de lo pasado y se desenvuelven con toda claridad los pliegues
de un extenso porvenir. En tales casos no figura el autor tanto por
su mérito, como por haberse sabido colocar en el verdadero puesto
para ser el representante de ideas que de antemano estaban ya muy
esparcidas en la sociedad, por más que anduvieran fluctuantes, sin
dirección fija, como marchando al acaso. El solo nombre del autor
recuerda entonces una vasta historia, porque él es la personificación
de ellas. La publicación de la obra de Bayle puede mirarse como la
inauguración solemne de la cátedra de incredulidad en medio de Europa.
Los sofistas del siglo XVIII tuvieron á la mano un abundante repertorio
para proveerse de toda clase de hechos y argumentos; y, para que
nada faltase, para que pudieran rehabilitar los cuadros envejecidos,
avivarse los colores anublados, y esparcirse por doquiera los encantos
de la imaginación y las agudezas del ingenio; para que no faltara á la
sociedad un director que la condujera por un sendero cubierto de flores
hasta el borde del abismo, apenas había descendido Bayle al sepulcro,
ya brillaba sobre el horizonte literario un mancebo cuyos grandes
talentos competían con su malignidad y osadía: era Voltaire.

Necesario ha sido conducir al lector hasta la época que acabo de
apuntar, porque tal vez no se hubiera imaginado la influencia que tuvo
el Protestantismo en engendrar y arraigar en Europa la irreligión,
el ateísmo, y esa indiferencia fatal que tantos daños acarrea á las
sociedades modernas. No es mi ánimo el tachar de impíos á todos
los protestantes: y reconozco gustoso la entereza y tesón con que
algunos de sus sabios más ilustres se han opuesto al progreso de la
impiedad. No ignoro que los hombres adoptan á veces un principio
cuyas consecuencias rechazan, y que entonces sería una injusticia el
colocarlos en la misma clase de aquellos que defienden á las claras
esas mismas consecuencias; pero también sé que, por más que se resistan
los protestantes á confesar que su sistema conduzca al ateísmo, no deja
por ello de ser muy cierto: pueden exigirme que yo no culpe en este
punto sus intenciones, mas no quejarse de que haya desenvuelto hasta
las últimas consecuencias su principio fundamental, no desviándome
nunca de lo que nos enseñan acordes la filosofía y la historia.

Bosquejar, ni siquiera rápidamente, lo que sucedió en Europa desde
la época de la aparición de Voltaire, sería trabajo por cierto bien
inútil, pues que son tan recientes los hechos y andan tan vulgares
los escritos sobre esa materia, que, si quisiera entrar en ella,
difícilmente podría evitar la nota de copiante. Llenaré, pues, más
cumplidamente mi objeto presentando algunas reflexiones sobre el estado
actual de la religión en los dominios de la pretendida reforma.

En medio de tantos sacudimientos y trastornos, en el vértigo comunicado
á tantas cabezas, cuando han vacilado los cimientos de todas las
sociedades, cuando se han arrancado de cuajo las más robustas y
arraigadas instituciones, cuando la misma verdad católica sólo
ha podido sostenerse con el manifiesto auxilio de la diestra del
Omnipotente, fácil es calcular cuán malparado debe de estar el flaco
edificio del Protestantismo, expuesto, como todo lo demás, á tan recios
y duros ataques.

Nadie ignora las innumerables sectas que hormiguean en toda la
extensión de la Gran Bretaña, la situación deplorable de las creencias
entre los protestantes de Suiza, aun con respecto á los puntos más
capitales; y, para que no quedase ninguna duda sobre el verdadero
estado de la religión protestante en Alemania, es decir, en su país
natal, en aquel país donde se había establecido como en su patrimonio
más predilecto, el ministro protestante barón de Starch ha tenido
cuidado de decirnos que _en Alemania no hay ni un solo punto de la fe
cristiana que no se vea atacado abiertamente por los mismos ministros
protestantes_. Por manera que el verdadero estado del Protestantismo
me parece viva y exactamente retratado en la peregrina ocurrencia de
J. Heyer, ministro protestante: publicó J. Heyer en 1818 una obra que
se titula _Ojeada sobre las confesiones de fe_, y, no sabiendo cómo
desentenderse de los embarazos que para los protestantes presenta la
adopción de un símbolo, propone un expediente muy sencillo, que, por
cierto, allana todas las dificultades, y es: _desecharlos todos_.

El único medio que tiene de conservarse el Protestantismo, es falsear,
en cuanto le sea posible, su principio fundamental; es decir, apartar
á los pueblos de la vía del examen, haciendo que permanezcan adheridos
á las creencias que se les han transmitido con la educación, y no
dejándoles que adviertan la inconsecuencia en que caen, cuando se
someten á la autoridad de un simple particular, mientras resisten á la
autoridad de la Iglesia católica. Pero no es éste cabalmente el camino
que llevan las cosas, y, por más que tal vez se propusieran seguirle
algunos de los protestantes, las solas sociedades bíblicas que con
un ardor digno de mejor causa trabajan para extender entre todas las
clases la lectura de la Biblia, son un poderoso obstáculo para que
pueda adormecerse el ánimo de los pueblos. Esta difusión de la Biblia
es una perenne apelación al examen particular, al espíritu privado;
ella acabará de disolver lo que resta del Protestantismo, bien que,
al propio tiempo, prepara tal vez á las sociedades días de luto y de
llanto. No se ha ocultado todo esto á los protestantes, y algunos de
los más notables entre ellos han levantado ya la voz, y advertido del
peligro.[13]



CAPITULO X


Quedando demostrada hasta la evidencia la intrínseca debilidad del
Protestantismo, ocurre naturalmente una cuestión: ¿cómo es que,
siendo tan flaco por el vicio radical de su constitución misma, no
haya desaparecido completamente? Llevando un germen de muerte en su
propio seno, ¿cómo ha podido resistir á dos adversarios tan poderosos
como la religión católica, por una parte, y la irreligión y el
ateísmo, por otra? Para satisfacer cumplidamente á esta pregunta, es
necesario considerar el Protestantismo bajo dos aspectos: ó bien en
cuanto significa una creencia determinada, ó bien en cuanto expresa
un conjunto de sectas, que, teniendo la mayor diferencia entre sí,
están acordes en apellidarse cristianas, conservar alguna sombra de
cristianismo, desechando, empero, la autoridad de la Iglesia. Es
menester considerarle bajo estos dos aspectos, ya que es bien sabido
que sus fundadores, no sólo se empeñaron en destruir la autoridad y
los dogmas de la Iglesia romana, sino que procuraron también formar
un sistema de doctrina que pudiera servir como de símbolo á sus
prosélitos. Por lo que toca al primer aspecto, el Protestantismo
ha desaparecido ya casi enteramente, ó, mejor diremos, desapareció
al nacer, si es que pueda decirse que llegase ni á formarse. Harto
queda evidenciada esta verdad con lo que llevo expuesto sobre sus
variaciones, y su estado actual en los varios países de Europa;
viniendo el tiempo á confirmar cuán equivocados anduvieron los
pretendidos reformadores, cuando se _imaginaron poder fijar las
columnas de Hércules del espíritu humano_, según la expresión de una
escritora protestante: Madama de Staël.

Y, en efecto, las doctrinas de Lutero y de Calvino, ¿quién las defiende
ahora? ¿quién respeta los lindes que ellos prefijaron? Entre todas las
Iglesias protestantes, ¿hay alguna que se dé á conocer por su celo
ardiente en la conservación de estos ó de aquellos dogmas? ¿cuál es
el protestante que no se ría de la _divina_ misión de Lutero, y que
crea que el Papa es el Anticristo? ¿Quién entre ellos vela por la
pureza de la doctrina? ¿quién califica los errores? ¿quién se opone
al torrente de las sectas? ¿El robusto acento de la convicción, el
celo de la verdad, se deja percibir ya, ni en sus escritos, ni en sus
púlpitos? ¡Qué diferencia tan notable cuando se comparan las Iglesias
protestantes con la Iglesia católica! Preguntadla sobre sus creencias,
y oiréis de la boca del Sucesor de San Pedro, de Gregorio XVI, lo mismo
que oyó Lutero de la boca de León X; y cotejad la doctrina de León X
con la de sus antecesores, y os hallaréis conducidos por vía recta,
siempre por un mismo camino, hasta los Apóstoles, hasta Jesucristo.
¿Intentáis impugnar un dogma? ¿enturbiáis la pureza de la moral? La
voz de los antiguos Padres tronará contra vuestros extravíos; y,
estando en el siglo XIX, creeréis que se han alzado de sus tumbas
los antiguos Leones y Gregorios. Si es flaca vuestra voluntad,
encontraréis indulgencia; si es grande vuestro mérito, se os prodigarán
consideraciones; si es elevada vuestra posición social, se os tratará
con miramiento; pero, si abusando de vuestros talentos queréis
introducir alguna novedad en la doctrina, si valiéndoos de vuestro
poderío queréis exigir alguna capitulación en materias de dogma, si
para evitar disturbios, prevenir escisiones, conciliar los ánimos,
demandáis una transacción, ó, al menos, una explicación ambigua: _eso
no, jamás_, os responderá el Sucesor de San Pedro; _eso no, jamás: la
fe es un depósito sagrado que nosotros no podemos alterar; la verdad
es inmutable, es una_; y á la voz del Vicario de Jesucristo, que
desvanecerá todas vuestras esperanzas, se unirán las voces de nuevos
Atanasios, Naciancenos, Ambrosios, Jerónimos y Agustinos. Siempre
la misma firmeza en la misma fe, siempre la misma invariabilidad,
siempre la misma energía para conservar intacto el depósito sagrado,
para defenderle contra los ataques del error, para enseñarle en
toda su pureza á los fieles, para transmitirle sin mancha á las
generaciones venideras. ¿Será eso obstinación, ceguera, fanatismo?
¡Ah! El transcurso de 18 siglos, las revoluciones de los imperios, los
trastornos más espantosos, la mayor variedad de ideas y costumbres,
las persecuciones de las potestades de la tierra, las tinieblas de
la ignorancia, los embates de las pasiones, las luces de la ciencia,
¿nada hubiera sido bastante para alumbrar esa ceguera, ablandar esa
terquedad, enfriar ese fanatismo? Sin duda que un protestante pensador,
uno de aquellos que sepan elevarse sobre las preocupaciones de la
educación, al fijar la vista en ese cotejo, cuya variedad y exactitud
no podrá menos de reconocer, si es que tenga instrucción sobre la
materia, sentirá vehementes dudas sobre la verdad de la enseñanza
que ha recibido; y que deseará, cuando menos, examinar de cerca ese
prodigio que tan de bulto se presenta en la Iglesia católica. Pero
volvamos al intento.

Á pesar de la disolución que ha cundido de un modo tan espantoso entre
las sectas protestantes, á pesar de que en adelante irá cundiendo
todavía más, no obstante, hasta que llegue el momento de reunirse los
disidentes á la Iglesia católica, nada extraño es que no desaparezca
enteramente el Protestantismo, mirado como un conjunto de sectas
que conservan el nombre y algún rastro de cristianas. Para que esto
no sucediera así, sería menester, ó que los pueblos protestantes se
hundiesen completamente en la irreligión y en el ateísmo, ó bien que
ganase terreno entre ellos alguna otra religión de las que se hallan
establecidas en otras partes de la tierra. Uno y otro extremo es
imposible, y he aquí la causa por que se conserva, y se conservará bajo
una ú otra forma, el falso cristianismo de los protestantes, hasta que
vuelvan al redil de la Iglesia.

Desenvolvamos con alguna extensión estos pensamientos. ¿Por qué los
pueblos protestantes no se hundirán enteramente en la irreligión y en
el ateísmo, ó en la indiferencia? Porque todo esto puede suceder con
respecto á un individuo, mas no con respecto á un pueblo. Á fuerza
de lecturas corrompidas, de meditaciones extravagantes, de esfuerzos
continuados, puede uno que otro individuo sofocar los más vivos
sentimientos de su corazón, acallar los clamores de su conciencia, y
desentenderse de las preciosas amonestaciones del sentido común; pero,
un pueblo, no: un pueblo conserva siempre un gran fondo de candor y
docilidad, que, en medio de los más funestos extravíos, y aun de los
crímenes más atroces, le hace prestar atento oído á las inspiraciones
de la naturaleza. Por más corrompidos que sean los hombres en sus
costumbres, son siempre pocos los que de propósito han luchado mucho
consigo mismos para arrancar de sus corazones aquel abundante germen de
buenos sentimientos, aquel precioso semillero de buenas ideas, con que
la mano próvida del Criador ha cuidado de enriquecer nuestras almas.
La expansión del fuego de las pasiones produce, es verdad, lamentables
desvanecimientos, tal vez explosiones terribles; pero, pasado el calor,
el hombre vuelve á entrar en sí mismo, y deja de nuevo accesible su
alma, á los acentos de la razón y de la virtud. Estudiando con atención
á la sociedad, se nota que, por fortuna, es poco abundante aquella
casta de hombres que se hallan como pertrechados contra los asaltos
de la verdad y del bien; que responden con una frívola cavilación á
las reconvenciones del buen sentido; que oponen un frío estoicismo
á las más dulces y generosas inspiraciones de la naturaleza, y que
ostentan, como modelo de filosofía, de firmeza y de elevación de alma,
la ignorancia, la obstinación y la aridez de un corazón helado. El
común de los hombres es más sencillo, más cándido, más natural; y, por
tanto, mal puede avenirse con un sistema de ateísmo ó de indiferencia.
Podrá semejante sistema señorearse del orgulloso ánimo de algún
sabio soñador, podrá cundir como una convicción muy cómoda en las
disposiciones de la mocedad; en tiempos muy revueltos, podrá extenderse
á un cierto círculo de cabezas volcánicas; pero, establecerse
tranquilamente en medio de una sociedad, formar su estado normal, eso
no sucederá jamás.

No, mil veces no: un individuo puede ser irreligioso; la familia y
la sociedad no lo serán jamás. Sin una base donde pueda encontrar su
asiento el edificio social, sin una idea grande, matriz, de donde
nazcan las de razón, virtud, justicia, obligación, derecho, ideas
todas tan necesarias á la existencia y conservación de la sociedad
como la sangre y el nutrimiento á la vida del individuo, la sociedad
desaparecería; y sin los dulcísimos lazos con que traban á los miembros
de la familia las ideas religiosas, sin la celeste harmonía que
esparcen sobre todo el conjunto de sus relaciones, la familia deja de
existir, ó, cuando más, es un nudo grosero, momentáneo, semejante en
un todo á la comunicación de los brutos. Afortunadamente ha favorecido
Dios á todos los seres con un maravilloso instinto de conservación,
y, guiadas por ese instinto, la familia y la sociedad rechazan
indignadas aquellas ideas degradantes, que, secando con su maligno
aliento todo jugo de vida, quebrantando todos los lazos y trastornando
toda economía, las harían retrogradar de golpe hasta la más abyecta
barbarie, y acabarían por dispersar sus miembros, como al impulso del
viento se dispersan los granos de arena, por no tener entre sí ni apego
ni enlace.

Ya que no la consideración del hombre y de la sociedad, al menos las
repetidas lecciones de la experiencia debieran haber desengañado
á ciertos filósofos de que las ideas y sentimientos grabados en
el corazón por el dedo del Autor de la naturaleza, no son para
desarraigados con declamaciones y sofismas; y, si algunos efímeros
triunfos han podido alguna vez engreirlos, dándoles exageradas
esperanzas sobre el resultado de sus esfuerzos, el curso de las ideas
y de los sucesos ha venido luego á manifestarles que, cuando cantaban
alborozados su triunfo, se parecían al insensato que se lisonjeara de
haber desterrado del mundo el amor maternal, porque hubiese llegado á
desnaturalizar el corazón de algunas madres.

La sociedad, y cuenta que no digo el pueblo ni la plebe; la sociedad,
si no es religiosa, será supersticiosa; si no cree cosas razonables,
las creerá extravagantes; si no tiene una religión bajada del cielo,
la tendrá forjada por los hombres; pretender lo contrario, es un
delirio; luchar contra esa tendencia, es luchar contra una ley eterna;
esforzarse en contenerla, es interponer una débil mano para detener el
curso de un cuerpo que corre con fuerza inmensa: la mano desaparece y
el cuerpo sigue su curso. Llámesela superstición, fanatismo, seducción,
todo podrá ser bueno para desahogar el despecho de verse burlado; pero
no es más que amontonar nombres, y azotar el viento.

Siendo, como es, la religión una verdadera necesidad, tenemos ya
la explicación de un fenómeno que nos ofrecen la historia y la
experiencia, y es que la religión nunca desaparece enteramente; y que,
en llegando el caso de una mudanza, las dos religiones rivales luchan
más ó menos tiempo sobre el mismo terreno, ocupando progresivamente
la una los dominios que va conquistando de la otra. De aquí sacaremos
también que, para desaparecer enteramente el Protestantismo, sería
necesario que se pusiese en su lugar alguna otra religión; y que, no
siendo esto posible durante la civilización actual, á menos que no sea
la católica, irán siguiendo las sectas protestantes ocupando con más ó
menos variaciones el país que han conquistado.

Y, en efecto, en el estado actual de la civilización de las sociedades
protestantes, ¿es acaso posible que ganen terreno entre ellas, ni las
necedades del Alcorán, ni las groserías de la idolatría?

Derramado como está el espíritu del Cristianismo por las venas de
las sociedades modernas, impreso su sello en todas las partes de la
legislación, esparcidas sus luces sobre todo linaje de conocimientos,
mezclado su lenguaje con todos los idiomas, reguladas por sus
preceptos las costumbres, marcada su fisonomía hasta en los hábitos
y modales, rebosando de sus inspiraciones todos los monumentos del
genio, comunicado su gusto á todas las bellas artes; en una palabra,
filtrado, por decirlo así, el Cristianismo en todas las partes de esa
civilización tan grande, tan variada y fecunda de que se glorían las
sociedades modernas, ¿cómo era posible que desapareciese hasta el
nombre de una religión, que á su venerable antigüedad reune tantos
títulos de gratitud, tantos lazos, tantos recuerdos? ¿Cómo era posible
que encontrara acogida en medio de las sociedades cristianas ninguna de
esas otras religiones, que á primera vista muestran, desde luego, el
dedo del hombre; que á primera vista manifiestan como distintivo un
sello grosero, donde está escrito _degradación_ y _envilecimiento_? Aun
cuando el principio fundamental del Protestantismo zape los cimientos
de la religión cristiana, por más que desfigure su belleza, y rebaje
su majestad sublime; sin embargo, con tal que se conserven algunos
vestigios de Cristianismo, con tal que se conserve la idea que éste nos
da de Dios, y algunas máximas de su moral, estos vestigios valen más,
se elevan á mucha mayor altura, que todos los sistemas filosóficos, que
todas las otras religiones de la tierra.

He aquí por qué ha conservado el Protestantismo alguna sombra de
religión cristiana: no es otra la causa, sino que era imposible
que desapareciese del todo el nombre cristiano, atendido el estado
de las naciones que tomaron parte en el cisma; y he aquí cómo no
debemos buscar la razón en ningún principio de vida entrañado por la
pretendida reforma. Añádanse á todo esto los esfuerzos de la política,
el natural apego de los ministros á sus propios intereses, el ensanche
con que lisonjea al orgullo la falta de toda autoridad, los restos
de preocupaciones antiguas, el poder de la educación, y otras causas
semejantes, y se tendrá completamente resuelta la cuestión; y no
parecerá nada extraño que vaya siguiendo el Protestantismo ocupando
muchos de los países en que, por fatales combinaciones, alcanzó
establecimiento y arraigo.



CAPITULO XI


No hay mejor prueba de la profunda debilidad entrañada por el
Protestantismo, considerado como cuerpo de doctrina, que la escasa
influencia que ha ejercido sobre la civilización europea, por medio de
sus doctrinas positivas. Llamo doctrinas positivas aquellas en que ha
procurado establecer un dogma propio, y de esta manera las distingo
de las demás, que podríamos llamar negativas, porque no consisten en
otra cosa que en la negación de la autoridad. Estas últimas, como muy
conformes á la inconstancia y volubilidad del espíritu humano, han
encontrado acogida; pero, las demás, no; todo ha desaparecido con sus
autores, todo se ha sepultado en el olvido. Si algo se ha conservado de
cristianismo entre los protestantes, ha sido solamente aquello que era
indispensable para que la civilización europea no perdiera eternamente
su naturaleza y carácter; por manera que aquellas doctrinas que tenían
una tendencia demasiado directa á desnaturalizar completamente esa
civilización, la civilización las ha rechazado; mejor diremos, las ha
despreciado.

Hay en esta parte un hecho muy digno de llamar la atención, y en
que, sin embargo, quizás no se haya reparado, y es lo acontecido con
respecto á la doctrina de los primeros novadores relativa á la libertad
humana. Bien sabido es que uno de los primeros y más capitales errores
de Lutero y Calvino consistía en negar el libre albedrío, hallándose
consignado esta su funesta enseñanza en las obras que de ellos nos
han quedado. Esta doctrina parece que debía conservarse con crédito
entre los protestantes, y que debía ser sostenida con tesón, pues que
regularmente así acontece cuando se trata de aquellos errores que han
servido como de primer núcleo para la formación de una secta. Parece,
además, que, habiendo alcanzado el Protestantismo tanta extensión y
arraigo en varias naciones de Europa, esa doctrina fatalista debía
también influir mucho en la legislación de las naciones protestantes;
y ¡cosa admirable! nada de esto ha sucedido; y las costumbres europeas
la han despreciado, la legislación no la ha tomado por base, y la
sociedad no se ha dejado dominar ni dirigir por un principio que zapaba
todos los cimientos de la moral, y que, si hubiese sido aplicado á las
costumbres y á la legislación, hubiera reemplazado la civilización y
dignidad europeas con la barbarie y abyección musulmana.

Sin duda que no han faltado individuos corrompidos por tan funesta
doctrina; sin duda que no han faltado sectas más ó menos numerosas
que la han reproducido; y no puede negarse tampoco que sean de mucha
consideración las llagas abiertas por ella á la moralidad de algunos
pueblos. Pero es cierto también que, en la generalidad de la gran
familia europea, los gobiernos, los tribunales, la administración, la
legislación, las ciencias, las costumbres, no han dado oídos á esa
horrible enseñanza de Lutero, en que se despoja al hombre de su libre
albedrío, en que se hace á Dios autor del pecado, en que se descarga
sobre el Criador toda la responsabilidad de los delitos de la criatura
humana, en que se le presenta como un tirano, pues que se afirma que
sus preceptos son imposibles, en que se confunden monstruosamente
las ideas de bien y de mal, y se embota el estímulo de toda virtud,
asegurando que basta la fe para salvarse, que todas las obras de los
justos son pecados.

La razón pública, el buen sentido, las costumbres, se pusieron en este
punto de parte del Catolicismo; y los mismos pueblos que abrazaron en
teoría religiosa esas funestas doctrinas, las desecharon por lo común
en la práctica; porque era demasiado profunda la impresión que en
esos puntos capitales les había dejado la enseñanza católica, porque
era demasiado vivo el instinto de civilización que de las doctrinas
católicas se había comunicado á la sociedad europea. Así fué como la
Iglesia católica, rechazando esos funestos errores difundidos por
el Protestantismo, preservaba á la sociedad del envilecimiento que
consigo traen las máximas fatalistas; se constituía en barrera contra
el despotismo, que se entroniza siempre en medio de los pueblos que
han perdido el sentimiento de su dignidad; era un dique contra la
desmoralización, que cunde necesariamente cuando el hombre se cree
arrastrado por la ciega fatalidad, como por una cadena de hierro; así
libertaba al espíritu de aquel abatimiento en que se postra cuando se
ve privado de dirigir su propia conducta, y de influir en el curso
de los acontecimientos. Así fué como el Papa, condenando esos errores
de Lutero que formaban el núcleo del naciente Protestantismo, dió un
grito de alarma contra una irrupción de barbarie en el orden de las
ideas, salvando de esta manera la moral, las leyes, el orden público,
la sociedad; así fué como el Vaticano conservó la dignidad del hombre,
asegurándole el noble sentimiento de la libertad en el santuario de la
conciencia; así fué como la cátedra de Roma, luchando con las ideas
protestantes, y defendiendo el sagrado depósito que le confiara el
Divino Maestro, era, al propio tiempo, el numen tutelar del porvenir de
la civilización.

Reflexionad sobre esas grandes verdades, entendedlas bien vosotros que
habláis de las _disputas religiosas_ con esa fría indiferencia, con
esos visos de burla y de compasión, como si nunca se tratase de otra
cosa que de frivolidades de escuela. Los pueblos _no viven de sólo
pan_; viven también de ideas, de máximas que, convertidas en jugo, ó
les comunican grandeza, vigor y lozanía, ó los debilitan, los postran,
los condenan á la nulidad y al embrutecimiento. Tended la vista por la
faz del globo, recorred los períodos de la historia de la humanidad,
comparad tiempos con tiempos, naciones con naciones, y veréis que,
dando la Iglesia católica tan alta importancia á la conservación de la
verdad en las materias más transcendentales, y no transigiendo nunca en
punto á ella, ha comprendido y realizado mejor que nadie la elevada y
saludable máxima de que la verdad debe ser la reina del mundo, de que
del orden de las ideas depende el orden de los hechos y de que, cuando
se agitan cuestiones sobre las grandes verdades, se interesan en esas
cuestiones los destinos de la humanidad.

Resumamos lo dicho: el principio esencial del Protestantismo es un
principio disolvente: ahí está la causa de sus variaciones incesantes,
ahí está la causa de su disolución y aniquilamiento. Como religión
particular ya no existe porque no tiene ningún dogma propio, ningún
carácter positivo, ninguna economía, nada de cuanto se necesita para
formar un ser: es una verdadera negación. Todo lo que se encuentra en
él que pueda apellidarse positivo, no es más que vestigios, ruinas;
todo está sin fuerza, sin acción, sin espíritu de vida. No puede
mostrar un edificio que haya levantado por su mano, no puede colocarse
en medio de esas obras inmensas entre las cuales puede situarse con
tanta gloria el Catolicismo, y decir: _esto es mío_. El Protestantismo
puede sólo sentarse en medio de espantosas ruinas; y de ellas sí que
puede decir con toda verdad: _yo las he amontonado_.

Mientras pudo durar el fanatismo de esta secta, mientras ardía la
llamarada encendida por fogosas declamaciones y avivada por funestas
circunstancias, desplegó cierta fuerza que, si bien no manifestaba
la verdadera robustez, mostraba al menos la convulsiva energía del
delirio. Pero su época pasó, la acción del tiempo ha dispersado
los elementos que daban pábulo al incendio; y, por más que se haya
trabajado por acreditar la reforma como obra de Dios, no se ha podido
encubrir lo que era en realidad: obra de las pasiones del hombre. No
deben causarnos ilusión esos esfuerzos que actualmente parece hacer de
nuevo: quien obra en ello, no es el Protestantismo en vida; es la falsa
filosofía, tal vez la política, quizás el mezquino interés, que toman
su nombre, se disfrazan con su manto; y, sabiendo cuán á propósito es
para excitar disturbios, provocar escisiones y disolver las sociedades,
van recogiendo el agua de los charcos que han quedado manchados con
su huella impura, seguros de que será un violento veneno para dar la
muerte al pueblo incauto, que llegue á beber de la dorada copa con que
pérfidamente se le brinda.

Pero en vano se esfuerza el débil mortal en luchar contra la diestra
del Omnipotente. Dios no abandonará su obra; y, por más que el hombre
forceje, por más que se empeñe en remedar la obra del Altísimo, no
podrá borrar los caracteres eternos que distinguen el error de la
verdad. La verdad es de suyo fuerte, robusta: y, como es el conjunto de
las mismas relaciones de los seres, enlázase, trábase fuertemente con
ellos, y no son parte á desasirla, ni los esfuerzos de los hombres, ni
los trastornos de los tiempos. El error, mentida imagen de los grandes
lazos que vinculan la completa masa del universo, tiéndese sobre sus
usurpados dominios como un informe conjunto de ramos mal trabados que
no reciben jamás el jugo de la tierra, que tampoco le comunican verdor
y frescura, y sólo sirven de red engañosa tendida á los pasos del
caminante.

¡Pueblos incautos! No os seduzcan ni aparatos brillantes, ni palabras
pomposas, ni una actividad mentida: la verdad es cándida, modesta y
confiada, porque es pura y fuerte; el error es hipócrita y ostentoso,
porque es falso y débil. La verdad es una mujer hermosa que desprecia
el afectado aliño porque conoce su belleza; el error se atavía, se
pinta, violenta su talle porque es feo, descolorido, sin expresión de
vida en su semblante, sin gracia ni dignidad en sus formas. ¿Admiráis
tal vez su actividad y sus trabajos? Sabed que sólo es fuerte cuando
es el núcleo de una facción, ó la bandera de un partido; sabed que
entonces es rápido en su acción, violento en sus medios; es un meteoro
funesto que fulgura, truena y desaparece, dejando en pos de sí la
obscuridad, la destrucción y la muerte; la verdad es el astro del día
despidiendo tranquilamente su luz vivísima y saludable, fecundando con
suave calor la naturaleza, y derramando por todas partes, vida, alegría
y hermosura.



CAPITULO XII


Para apreciar en su justo valor el efecto que pueden producir sobre la
sociedad española las doctrinas protestantes, será bien dar una ojeada
al actual estado de las ideas religiosas en Europa. Á pesar del vértigo
intelectual, que es uno de los caracteres dominantes de la época, es
un hecho indudable que el espíritu de incredulidad y de irreligión ha
perdido mucho de su fuerza; y que, en la parte que desgraciadamente le
queda de existencia, es más bien transformado en indiferentismo, que
no conservando aquella índole sistemática de que se hallaba revestido
en el pasado siglo. Con el tiempo se gastan todas las declamaciones,
los apodos fastidian, las continuas repeticiones fatigan; irrítase el
ánimo con la intolerancia y la mala fe de los partidos, descúbrense el
vacío de los sistemas, la falsedad de las opiniones, lo precipitado de
los juicios, lo inexacto de los raciocinios; andando el tiempo, van
publicándose datos que ponen de manifiesto las solapadas intenciones,
lo engañoso de las palabras, la mezquindad de las miras, lo maligno
y criminal de los proyectos; y al fin restablécese en su imperio la
verdad, recobran las cosas sus propios nombres, toma otra dirección el
espíritu público; y lo que antes se encontraba inocente y generoso,
preséntase como culpable y villano; y, rasgados los fementidos
disfraces, muéstrase la mentira, rodeada de aquel descrédito que
debiera haber sido siempre su único patrimonio.

Las ideas irreligiosas, como todas aquellas que pululan en sociedades
muy adelantadas, no quisieron, ni pudieron mantenerse en el recinto de
la especulación, é invadiendo los dominios de la práctica, quisieron
señorear todos los ramos de administración y de política. El trastorno
que debían producir en la sociedad, debía serles fatal á ellas mismas:
porque no hay cosa que ponga más de manifiesto los defectos y vicios
de un sistema, y sobre todo que más desengañe á los hombres, que la
piedra de toque de la experiencia. Yo no sé qué facilidad tiene nuestro
entendimiento para concebir un objeto bajo muchos aspectos, y qué
fecundidad funesta para apoyar con un sinnúmero de sofismas las mayores
extravagancias; pues que, en tratándose de apelar á la disputa, apenas
puede la razón desentenderse de las cavilaciones del sofisma. Pero, en
llegando á la experiencia, todo se cambia: el ingenio enmudece, sólo
hablan los hechos; y si la experiencia se ha verificado en grande, y
sobre objetos de mucho interés ó de alta importancia, difícil es que
pueda ofuscarse con especiosas razones la convincente elocuencia de
los resultados. Y de aquí es que observamos á cada paso que un hombre
que haya adquirido grande experiencia, llega á poseer cierto tacto tan
delicado y seguro, que, á la sola exposición de un sistema, señala con
el dedo todos sus inconvenientes: la inexperiencia, fogosa y confiada,
apela á las razones, al aparato de doctrinas; pero el buen sentido,
el precioso, el raro, el inapreciable buen sentido, menea cuerdamente
la cabeza, encoge tranquilamente los hombros, y, dejando escapar una
ligera sonrisa, abandona seguro sus predicciones á la prueba del tiempo.

No es necesario ponderar ahora los resultados que han tenido en la
práctica aquellas doctrinas, cuya divisa era la incredulidad; tanto se
ha dicho ya sobre esto, que quien emprenda el tocarlo de nuevo, corre
mucho riesgo de pasar plaza de insulso declamador. Bastará decir que
aun aquellos hombres que por principios, por intereses, recuerdos ú
otras causas, como que pertenecen aún al siglo pasado, se han visto
precisados á modificar sus doctrinas, á limitar los principios, á
paliar las proposiciones, á retocar los sistemas, á templar el calor y
el arrebato de las invectivas; queriendo dar una muestra de su aprecio
y veneración á aquellos escritores que formaron las delicias de su
juventud, dicen con indulgente tono: «que aquellos hombres eran grandes
sabios, pero que eran sabios de gabinete»; como si, en tratándose de
hechos y de práctica, lo que se llama sabiduría de mero gabinete, no
fuese una peligrosa ignorancia.

Como quiera, lo cierto es que de estos ensayos ha resultado el provecho
de desacreditarse la irreligión como sistema; y que los pueblos la
miran, si no con horror, al menos con desvío y con desconfianza. Los
trabajos científicos provocados en todos ramos por la irreligión, que
con locas esperanzas había creído que los cielos dejarían de cantar
la gloria del Señor, que la tierra desconocería á Aquel que le dió su
cimiento, y que la naturaleza toda levantaría su testimonio contra
Dios, que le dió el ser y la animó con la vida, han hecho desaparecer
el divorcio que, con escándalo, se iba introduciendo entre la religión
y las ciencias, y los acentos del antiguo hombre de la tierra de Hus
se ha visto que podían resonar sin desdoro del saber en la boca de los
sabios del siglo XIX. ¿Y qué diremos del triunfo de la religión en todo
lo que existe de bello, de tierno y de sublime sobre la tierra? ¡Cuán
grande se ha manifestado en este triunfo la acción de la Providencia!
¡Cosa admirable! En todas las grandes crisis de la sociedad, esa mano
misteriosa que rige los destinos del universo, tiene como en reserva
á un hombre extraordinario; llega el momento, el hombre se presenta,
marcha, el mismo no sabe á dónde, pero marcha con paso firme á cumplir
el alto destino que el Eterno le ha señalado en la frente.

El ateísmo anegaba á la Francia en un piélago de sangre y de lágrimas,
y un hombre desconocido atraviesa en silencio los mares; mientras el
soplo de la tempestad despedaza las velas de su navío, él escucha
absorto el bramar del huracán, y contempla abismado la majestad del
firmamento. Extraviado por las soledades de América, pregunta á las
maravillas de la creación el nombre de su autor; y el trueno le
contesta en el confín del desierto, las selvas le responden con sordo
mugido, y la bella naturaleza, con cánticos de amor y de harmonía.
La vista de una cruz solitaria le revela misteriosos secretos, la
huella de un misionero desconocido le excita grandes recuerdos que
enlazan el nuevo mundo con el mundo antiguo; un monumento arruinado,
una choza salvaje, le inspiran aquellos sublimes pensamientos que
penetran hasta el fondo de la sociedad y del corazón del hombre.
Embriagado con los sentimientos que le ha sugerido la grandeza de
tales espectáculos, llena su mente de conceptos elevados, y rebosando
su pecho de la dulzura que han producido en él los encantos de tanta
belleza, pisa de nuevo el suelo de su patria. ¿Y qué encuentra allí?
La huella ensangrentada del ateísmo, las ruinas y cenizas de los
antiguos templos, ó devorados por el fuego, ó desplomados á los golpes
de bárbaro martillo; sepulcros numerosos que encierran los restos
de tantas víctimas inocentes, y que poco antes ofrecieran en su
lobreguez un asilo oculto al cristiano perseguido. Nota, sin embargo,
un movimiento: ve que la religión quiere descender de nuevo sobre la
Francia, como un pensamiento de consuelo, para aliviar un infortunio,
como un soplo de vida para reanimar un cadáver; desde entonces oye
por todas partes un concierto de célica harmonía; se agitan, rebullen
en su grande alma las inspiraciones de la meditación y de la soledad,
y enajenado y extático canta con lengua de fuego las bellezas de la
religión, revela las delicadas y hermosas relaciones que tiene con la
naturaleza, y, hablando un lenguaje superior y divino, muestra á los
hombres asombrados la misteriosa cadena de oro que une el cielo con la
tierra: era Chateaubriand.

Sin embargo, es preciso confesarlo: un vértigo como se ha introducido
en las ideas no se remedia en poco tiempo; y no es fácil que
desaparezca sin grandes trabajos la huella profunda que ha debido dejar
la irreligión con sus estragos. Los ánimos, es verdad, van cansados del
sistema de irreligión; una desazón profunda agita la sociedad; ella
ha perdido su equilibrio; la familia ha sentido aflojar sus lazos,
y el individuo suspira por un rayo de luz, por una gota de consuelo
y esperanza. Pero, ¿dónde hallará el mundo el apoyo que le falta?
¿Seguirá el buen camino, el único, cual es entrar de nuevo en el redil
de la Iglesia católica? ¡Ah! Sólo Dios es el dueño de los secretos
del porvenir; sólo él mira desplegados con toda claridad delante de
sus ojos, los grandes acontecimientos que se preparan sin duda á la
humanidad; sólo él sabe cuál será el resultado de esa actividad y
energía que vuelve á apoderarse de los espíritus en el examen de
las grandes cuestiones sociales y religiosas; sólo él sabe cuál será
el fruto que recogerán las generaciones venideras de los triunfos
conseguidos por la religión, en las ciencias, en la política, en todos
los ramos por donde se explaya el humano entendimiento.

Nosotros, débiles mortales, que, arrastrados rápidamente por el
precipitado curso de las revoluciones y trastornos, tenemos apenas
el tiempo necesario para dar una fugaz mirada al caos en que está
envuelto el país que atravesamos, ¿qué podremos decir que tenga alguna
prenda de acierto? Sólo podemos asegurar que la presente es una
época de inquietud, de agitación, de transición; que multiplicados
escarmientos y repetidos desengaños, fruto de espantosos trastornos y
de inauditas catástrofes, han difundido por todas partes el descrédito
de las doctrinas irreligiosas y desorganizadoras, sin que por esto
haya tomado en su lugar el debido ascendiente la verdadera religión;
que el corazón, fatigado de tantos infortunios, se abre de buen grado
á la esperanza, sin que el entendimiento deje de contemplar en grande
incertidumbre el porvenir, y de columbrar tal vez una nueva cadena de
calamidades. Merced á las revoluciones, al vuelo de la industria, á la
actividad y extensión del comercio, al adelanto y expansión prodigiosa
de la imprenta, á los progresos científicos, á la facilidad, rapidez y
amplitud de las comunicaciones, al gusto por los viajes, á la acción
disolvente del Protestantismo, de la incredulidad y del escepticismo,
presenta en la actualidad el espíritu humano una de aquellas fases
singulares, que forman época en su historia.

El entendimiento, la fantasía, el corazón, se hallan en estado de
grande agitación, de movilidad, de desarrollo, presentando, al
propio tiempo, los contrastes más singulares, las extravagancias más
ridículas, y hasta las contradicciones más absurdas.

Observad las ciencias, y, sin notar en su estudio aquellos trabajos
prolijos, aquella paciencia incansable, aquella marcha pausada y
detenida que caracterizan los estudios de otras épocas, descúbrese,
sin embargo, un espíritu de observación, un prurito de generalizar, de
alzar las cuestiones á un punto de vista elevado y transcendente, y,
sobre todo, un afán de tratar todas las ciencias bajo aquel aspecto en
que se divisan los puntos de contacto que entre sí tienen, los lazos
que las hermanan, y los canales por donde se comunican recíprocamente
la luz.

Las cuestiones de religión, de política, de moral, de legislación, de
economía, todas van enlazadas, marchan de frente, dándose al horizonte
científico un grandor, una inmensidad, que no había jamás alcanzado.
Este adelanto, este abuso, ó este caos, si se quiere, es un dato que no
debe despreciarse cuando se estudia el espíritu de la época, cuando se
examina su situación religiosa; pues que no es la obra de ningún hombre
aislado, no es un efecto casual: es el resultado de un sinnúmero de
causas que han conducido la sociedad á este punto; es un grande hecho,
fruto de otros hechos; es una expresión del estado intelectual en la
actualidad; es un síntoma de fuerzas y de enfermedades, un anuncio de
transición y de mudanza, tal vez una señal consoladora, tal vez un
funesto presagio. Y ¿quién no ha notado el vuelo que va tomando la
fantasía, y la prodigiosa expansión del corazón, en esa literatura tan
varia, tan irregular, tan fluctuante, pero, al propio tiempo, tan rica
de hermosísimos cuadros, rebosante de sentimientos delicadísimos, y
embutida de pensamientos atrevidos y generosos? Dígase lo que se quiera
del abatimiento de las ciencias, del decaimiento de los estudios;
nómbrense con tono mofador _las luces del siglo_, vuélvase la vista
dolorida hacia tiempos más estudiosos, más sabios, más eruditos; en
esto habrá sus verdades, sus falsedades, sus exageraciones, como
acontece siempre en declamaciones semejantes; pero no podrá negarse
que, sea lo que fuere de la utilidad de sus trabajos, tal vez nunca
había desplegado el espíritu humano semejante actividad y energía, tal
vez nunca se le había visto agitado con un movimiento tan vivo, tan
general, tan variado: tal vez nunca como ahora se habrá deseado, con
tan excusable curiosidad é impaciencia, el levantar una punta del velo
que encubre un inmenso porvenir.

¿Quién dominará tan opuestos y poderosos elementos? ¿Quién podrá
restablecer el sosiego en ese piélago combatido por tantas borrascas?
¿Quién podrá dar unión, enlace, consistencia, para formar un todo
compacto, capaz de resistir á la acción de los tiempos? ¿Quién podrá
darlo á esos elementos que se rechazan con tanta fuerza, que luchan sin
cesar, estallando con detonaciones horrorosas? ¿Será el Protestantismo,
con su principio fundamental? ¿Será sentando, difundiendo, acreditando
el principio disolvente del espíritu privado en materias religiosas, y
realizando este pensamiento con derramar á manos llenas entre todas las
clases de la sociedad los ejemplares de la Biblia?

Sociedades inmensas, orgullosas con su poderío, engreídas de su
saber, disipadas por los placeres, refinadas con el lujo, expuestas
de continuo á la poderosa acción de la imprenta, disponiendo de unos
medios de comunicación que hubieran parecido fabulosos á nuestros
mayores; donde todas las grandes pasiones encuentran su objeto, todas
las intrigas una sombra, toda corrupción un velo, todo crimen un
título, todo error un intérprete, todo interés un pábulo; trocados
los nombres, socavados los cimientos, cargadas de escarmientos y
desengaños, flotando entre la verdad y la mentira con horrorosa
incertidumbre, dando de vez en cuando una mirada á la antorcha
celestial para seguir sus resplandores, y contentándose luego con
fugaces vislumbres, haciendo un esfuerzo para dominar la tormenta, y
abandonándose luego á merced de los vientos y de las ondas, presentan
las sociedades modernas un cuadro tan extraordinario como interesante,
donde pueden campear con toda amplitud y libertad las esperanzas
y temores, los pronósticos y conjeturas, pero sin que sea dable
lisonjearse de acierto, sin que el hombre sensato pueda tomar más
cuerdo partido que esperar en silencio el desenlace que está señalado
en los arcanos del Señor, á cuyos ojos están desplegados con toda
claridad los sucesos de todos los tiempos, y los futuros destinos de
los pueblos.

Pero sí que se alcanza fácilmente que, siendo, como es, el
Protestantismo disolvente por su propia naturaleza, nada puede producir
en el orden moral y religioso que sea en pro de la felicidad de los
pueblos; ya que esta felicidad no es dable que exista estando en
continua guerra los entendimientos con respecto á las más altas é
importantes cuestiones que ofrecerse puedan al espíritu humano.

Cuando en medio de ese tenebroso caos, donde vagan tantos elementos,
tan diferentes, tan opuestos y tan poderosos, que, luchando de
continuo, se chocan, se pulverizan y se confunden, busca el observador
un punto luminoso de donde pueda venir una ráfaga que alumbre al
mundo, una idea robusta que, enfrenando tanto desorden y anarquía, se
enseñoree de los entendimientos, y los vuelva al camino de la verdad,
ocurre, desde luego, el Catolicismo como el único manantial de tantos
bienes; y al ver cuál se sostiene aún con brillantez y pujanza, á
pesar de los inauditos esfuerzos que se están haciendo todos los días
para aniquilarle, llénase de consuelo el corazón, y, brotando en él
la esperanza, parece que le convida á saludar á esa religión divina,
felicitándola por el nuevo triunfo que va á adquirir sobre la tierra.

Hubo un tiempo en que, inundada la Europa por una nube de bárbaros,
vió desplomarse de un golpe todos los monumentos de la antigua
civilización y cultura: los legisladores con sus leyes, el imperio con
su brillo y poderío, los sabios con las ciencias, las artes con sus
monumentos, todo se hundió; y esas inmensas regiones donde florecían
poco antes toda la civilización y cultura que habían adquirido los
pueblos por espacio de muchos siglos, viéronse sumidas de repente en
la ignorancia y en la barbarie. Pero la brillante centella de luz
arrojada sobre el mundo desde la Palestina, continuaba fulgurando aún
en medio del caos; en vano se levantó la espesa polvareda que amagaba
envolverla en las tinieblas; alimentada por el soplo del Eterno,
continuaba resplandeciendo; pasaron los siglos, fué extendiendo su
órbita brillante, y los pueblos, que tal vez no pensaban que pudiera
servirles de más que de una guía para marchar sin tropiezo por entre la
obscuridad, viéronla presentarse como sol resplandeciente, esparciendo
por todas partes la luz y la vida.

¿Y quién sabe si en los arcanos del Eterno no le está reservado otro
triunfo más difícil, y no menos saludable y brillante? Instruyendo la
ignorancia, civilizando la barbarie, puliendo la rudeza, amansando
la ferocidad, preservó á la sociedad de ser víctima, tal vez para
siempre, de la brutalidad más atroz, y de la estupidez más degradante;
pero, ¿qué timbre más glorioso para ella, si, rectificando las ideas,
centralizando y purificando los sentimientos, asentando los eternos
principios de toda sociedad, enfrenando las pasiones, templando los
enconos, cercenando las demasías, y señoreando todos los entendimientos
y voluntades, pudiera levantarse como una reguladora universal, que,
estimulando todo linaje de conocimientos y adelantos, inspirara la
debida templanza á esta sociedad agitada con tanta furia por tan
poderosos elementos, que, privados de un punto céntrico y atrayente, la
están de continuo amenazando con la disolución y el caos?

No es dado al hombre penetrar en el porvenir; pero el mundo físico
se disolvería con espantosa catástrofe, si faltase por un momento el
principio fundamental que da unidad, orden y concierto á los variados
movimientos de todos los sistemas; y, si la sociedad, llena como está
de movimiento, de comunicación y de vida, no entra bajo la dirección de
un principio regulador, universal y constante, al fijar la vista sobre
la suerte de las generaciones venideras, el corazón tiembla, y la mente
se anubla.

Hay, empero, un hecho sumamente consolador, y es el admirable progreso
que hace el Catolicismo en varios países. En Francia, en Bélgica se
robustece; en el Norte de Europa parece que se le teme, cuando de tal
manera se le combate; en Inglaterra, es tanto lo que ha ganado en
menos de medio siglo, que sería increíble, si no constara en datos
irrecusables; y en sus misiones vuelve á manifestarse tan emprendedor y
fecundo, que nos recuerda los tiempos de su mayor ascendiente y poderío.

Y cuando los otros pueblos tienden á la unidad, ¿podría prevalecer el
desbarro de que nosotros nos encamináramos al cisma? Cuando los demás
pueblos se alegrarían infinito de que subsistiera entre ellos algún
principio vital que pudiese restablecerles las fuerzas que les ha
quitado la incredulidad, España, que conserva el Catolicismo, y todavía
solo, todavía poderoso, ¿admitiría en su seno ese germen de muerte que
la imposibilitaría de recobrarse de sus dolencias, que aseguraría, á
no dudarlo, su completa ruina? En esa regeneración moral á que aspiran
los pueblos, anhelantes por salir de la posición angustiosa en que
los colocaron las doctrinas irreligiosas, ¿será posible que no se
quiera parar la atención en la inmensa ventaja que la España lleva á
muchos de ellos, por ser uno de los menos tocados de la gangrena de la
irreligión, y por conservar todavía la unidad religiosa, inestimable
herencia de una larga serie de siglos? ¿Será posible que no se advierta
lo que puede ser esa unidad, si la aprovechamos cual merece; esa
unidad, que se enlaza con todas nuestras glorias, que despierta tan
bellos recuerdos, y tan admirablemente podría servir para elemento de
regeneración en el orden social?

Si se pregunta lo que pienso sobre la proximidad del peligro, y si las
tentativas que están haciendo los protestantes para este efecto, tienen
alguna probabilidad de resultado, responderé con alguna distinción.
El Protestantismo es profundamente débil, ya por su naturaleza, y,
además, por ser viejo y caduco; tratando de introducirse en España,
ha de luchar con un adversario lleno de vida y robustez, y que está
muy arraigado en el país; y por esta causa, y bajo este aspecto, no
puede ser temible su acción. Pero, ¿quién impide que, si llegase á
establecerse en nuestro suelo, por más reducido que fuera su dominio,
no causara terribles males?

Por de pronto, salta á la vista que tendríamos otra manzana de
discordia, y no es difícil columbrar las colisiones que ocasionaría
á cada paso. Como el Protestantismo en España, á más de su debilidad
intrínseca, tendría la que le causara el nuevo clima en que se hallaría
tan falto de su elemento, viérase forzado á buscar sostén arrimándose
á cuanto le alargase la mano; entonces es bien claro que serviría como
un punto de reunión para los descontentos; y, ya que se apartase de su
objeto, fuera cuando menos un núcleo de nuevas facciones, una bandera
de pandillas. Escándalos, rencores, desmoralización, disturbios, y
quizás catástrofes, he aquí el resultado inmediato, infalible, de
introducirse entre nosotros el Protestantismo: apelo á la buena fe de
todo hombre que conozca medianamente al pueblo español.

Pero no está todo aquí; la cuestión se ensancha y adquiere una
importancia incalculable, si se la mira en sus relaciones con la
política extranjera. ¿Qué palanca tendría entonces para causar en
nuestra desgraciada patria toda clase de sacudimientos? ¡Oh! ¡y
cómo se asiría ávidamente de ella! ¡cómo trabaja quizás para buscar
un punto de apoyo! Hay en Europa una nación temible por su inmenso
poderío, respetable por su mucho adelantamiento en las ciencias y
artes, y que, teniendo á la mano grandes medios de acción por todo el
ámbito de la tierra, sabe desplegarlos con una sagacidad y astucia
verdaderamente admirables. Habiendo sido la primera de las naciones
modernas en recorrer todas las fases de una revolución religiosa y
política, y que en medio de terribles trastornos contemplara las
pasiones en toda su desnudez, y el crimen en todas sus formas, se
aventaja á las otras en el conocimiento de toda clase de resortes; al
paso que, fastidiada de vanos nombres, con que en esas épocas suelen
encubrirse las pasiones más viles y los intereses más mezquinos, tiene
sobrado embotada su sensibilidad para que puedan fácilmente excitarse
en su seno las tormentas que á otros países los inundan de sangre y de
lágrimas. No se altera su paz interior en medio de la agitación y del
acaloramiento de las discusiones; y, aunque no deje de columbrar en
un porvenir más ó menos lejano las espinosas situaciones que podrían
acarrearle gravísimos apuros, disfruta entre tanto de aquella calma
que le aseguran su constitución, sus hábitos, sus riquezas, y sobre
todo el Océano que la ciñe. Colocada en posición tan ventajosa, acecha
la marcha de los otros pueblos, para uncirlos á su carro con doradas
cadenas, si tienen candor bastante para escuchar sus halagüeñas
palabras; ó al menos procura embarazar su marcha y atajar sus
progresos, en caso de que con noble independencia traten de emanciparse
de su influjo. Atenta siempre á engrandecerse por medio de las artes
y comercio, con una política mercantil en grado eminente, cubre, no
obstante, la materialidad de los intereses con todo linaje de velos;
y si bien, cuando se trata de los demás pueblos, es indiferente del
todo á la religión é ideas políticas, sin embargo, se vale diestramente
de tan poderosas armas para procurarse amigos, desbaratar á sus
adversarios, y envolvernos á todos en la red mercantil que tiene de
continuo tendida sobre los cuatro ángulos de la tierra.

No es posible que se escape á su sagacidad lo mucho que tendría
adelantado para contar á España en el número de sus colonias, si
pudiese lograr que fraternizase con ella en ideas religiosas; no tanto
por la buena correspondencia que semejante fraternidad promovería
entre ambos pueblos, como porque sería éste el medio más seguro para
que el español perdiese del todo ese carácter singular, esa fisonomía
austera que le distingue de todos los otros pueblos, olvidando la
única idea nacional y regeneradora que ha permanecido en pie en medio
de tan espantosos trastornos; quedando así susceptible de toda clase
de impresiones ajenas, y dúctil y flexible en todos los sentidos que
pudiera convenir á las interesadas miras de los solapados protectores.

No lo olvidemos: no hay nación en Europa que conciba sus planes con
tanta previsión, que los prepare con tanta astucia, que los ejecute
con tanta destreza, ni que los lleve á cabo con igual tenacidad.
Como, después de las profundas revoluciones que la trabajaron, ha
permanecido en un estado regular desde el último tercio del siglo XVII,
y enteramente extraña á los trastornos sufridos en este período por
los demás pueblos de Europa, ha podido seguir un sistema de política
concertado, así en lo interior como en lo exterior; y de esta manera
sus hombres de gobierno han podido formarse más plenamente, heredando
los datos y las miras que guiaron á los antecesores. Conocen sus
gobernantes cuán precioso es estar de antemano apercibidos para todo
evento; y así no descuidan de escudriñar á fondo qué es lo que hay
en cada nación que los pueda ayudar ó contrastar; saliendo de la
órbita política, penetran en el corazón de la sociedad sobre la cual
se proponen influir; y rastrean allí cuáles son las condiciones de
su existencia, cuál es su principio vital, cuáles las causas de su
fuerza y energía. Era en el otoño de 1805, y daba Pitt una comida de
campo, á la que asistían varios de sus amigos. Llególe entre tanto
un pliego en que se le anunciaba la rendición de Mack en Ulma con
cuarenta mil hombres, y la marcha de Napoleón sobre Viena. Comunicó
la funesta noticia á sus amigos, quienes, al oirla, exclamaron:
«Todo está perdido, ya no hay remedio contra Napoleón.» «Todavía hay
remedio, replicó Pitt; todavía hay remedio si consigo levantar una
guerra nacional en Europa, y esta guerra ha de comenzar en España.»
«Sí, señores, añadió después, la España será el primer pueblo donde se
encenderá esa guerra patriótica, la sola que puede libertar la Europa.»

Tanta era la importancia que daba ese profundo estadista á la fuerza
de una idea nacional, tanto era lo que de ella esperaba; nada menos
que hacer lo que no podían todos los esfuerzos de todos los gabinetes
europeos: derrocar á Napoleón, libertar la Europa. No es raro que la
marcha de las cosas traiga combinaciones tales, que las mismas ideas
nacionales que un día sirvieron de poderoso auxiliar á las miras
de un gabinete, le salgan otro día al paso, y le sean un poderoso
obstáculo: y entonces, lejos de fomentarlas y avivarlas, lo que le
interesa es sofocarlas. Lo que puede salvar á una nación libertándola
de interesadas tutelas, y asegurándole su verdadera independencia, son
ideas grandes y generosas, arraigadas profundamente entre los pueblos;
son los sentimientos grabados en el corazón por la acción del tiempo,
por la influencia de instituciones robustas, por la antigüedad de los
hábitos y de las costumbres; es la unidad de pensamiento religioso,
que hace de un pueblo un solo hombre. Entonces lo pasado se enlaza con
lo presente, y lo presente se extiende á lo porvenir; entonces brotan
á porfía en el pecho aquellos arranques de entusiasmo, manantial de
acciones grandes; entonces hay desprendimiento, energía, constancia;
porque hay en las ideas fijeza y elevación, porque hay en los corazones
generosidad y grandeza.

No fuera imposible que en algunos de los vaivenes que trabajan á esta
nación desventurada, tuviéramos la desgracia de que se levantasen
hombres bastante ciegos para ensayar la insensata tentativa de
introducir en nuestra patria la religión protestante. Estamos demasiado
escarmentados para dormir tranquilos, y no se han olvidado sucesos
que indican á las claras hasta dónde se hubiera ya llegado algunas
veces, si no se hubiese reprimido la audacia de ciertos hombres con el
imponente desagrado de la inmensa mayoría de la nación. Y no es que se
conciban siquiera posibles las violencias del reinado de Enrique VIII;
pero sí que podría suceder que, aprovechándose de una fuerte ruptura
con la Santa Sede, de la terquedad y ambición de algunos eclesiásticos,
del pretexto de aclimatar en nuestro suelo el espíritu de tolerancia,
ó de otros motivos semejantes, se tantease con este ó aquel nombre,
que eso poco importa, el introducir entre nosotros las doctrinas
protestantes.

Y no sería por cierto la tolerancia lo que se nos importaría del
extranjero, pues que ésta ya existe de hecho, y tan amplia, que
seguramente nadie recela el ser perseguido, ni aun molestado, por
sus opiniones religiosas; lo que se nos traería y se trabajaría por
plantear, fuera un nuevo sistema religioso, pertrechándole de todo lo
necesario para alcanzar predominio, y para debilitar, ó destruir, si
fuera posible, el Catolicismo. Y mucho me engaño, si en la ceguedad y
rencor que han manifestado algunos de nuestros hombres que se dicen
de gobierno, no encontrase en ellos decidida protección el nuevo
sistema religioso, una vez le hubiéramos admitido. Cuando se trataría
de admitirle, se nos presentaría quizás el nuevo sistema en ademán
modesto, reclamando tan sólo habitación, en nombre de la tolerancia y
de la hospitalidad; pero bien pronto le viéramos acrecentar su osadía,
reclamar derechos, extender sus pretensiones, y disputar á palmos el
terreno de la religión católica. Resonaran entonces con más y más vigor
aquellas rencorosas y virulentas declamaciones que tan fatigados nos
traen por espacio de algunos años; esos ecos de una escuela que delira
porque está por expirar. El desvío con que mirarían los pueblos á la
pretendida reforma, sería, á no dudarlo, culpado de rebeldía; las
pastorales de los obispos serían calificadas de insidiosas sugestiones;
el celo fervoroso de los sacerdotes católicos, acusado de provocación
sediciosa, y el concierto de los fieles para preservarse de la
infección, sería denunciado como una conjuración diabólica, urdida por
la intolerancia y el espíritu de partido, y confiada en su ejecución á
la ignorancia y al fanatismo.

En medio de los esfuerzos de los unos y de la resistencia de los
otros, viéramos más ó menos parodiadas escenas de tiempos que pasaron
ya, y, si bien el espíritu de templanza, que es uno de los caracteres
del siglo, impediría que se repitiesen los excesos que mancharon de
sangre los fastos de otras naciones, no dejarían, sin embargo, de ser
imitados. Porque es menester no olvidar que, en tratándose de religión,
no puede contarse en España con la frialdad é indiferencia que, en
caso de un conflicto, manifestarían en la actualidad otros pueblos:
en éstos han perdido los sentimientos religiosos mucho de su fuerza,
pero en España son todavía muy hondos, muy vivos, muy enérgicos: y
el día que se les combatiera de frente, abordando las cuestiones sin
rebozo, sentiríase un sacudimiento tan universal como recio. Hasta
ahora, si bien es verdad que en objetos religiosos se han presenciado
lamentables escándalos, y hasta horrorosas catástrofes, no ha faltado
nunca un disfraz que, más ó menos transparente, encubría, empero, algún
tanto la perversidad de las intenciones. Unas veces ha sido el ataque
contra esta ó aquella persona, á quien se han achacado maquinaciones
políticas; otras contra determinadas clases, acusadas de crímenes
imaginarios; tal vez se ha desbordado la revolución, y se ha dicho que
era imposible contenerla, y que los atropellamientos, los insultos, los
escarnios de que ha sido objeto lo más sagrado que hay en la tierra
y en el cielo, eran sucesos inevitables, tratándose de un populacho
desenfrenado: aquí mediaba al menos un disfraz, y un disfraz, poco ó
mucho, siempre cubre; pero, cuando se viesen atacados de propósito,
á sangre fría, todos los dogmas del Catolicismo, despreciados los
puntos más capitales de la disciplina, ridiculizados los misterios más
augustos, escarnecidas las ceremonias más sagradas; cuando se viera
levantar un templo contra otro templo, una cátedra contra otra cátedra,
¿qué sucedería? Es innegable que se exasperarían los ánimos hasta
el extremo, y, si no resultaban, como fuera de temer, estrepitosas
explosiones, tomarían al menos las controversias religiosas un
carácter tan violento, que nos creeríamos trasladados al siglo XVI.

Siendo tan frecuente entre nosotros que los principios dominantes en
el orden político sean enteramente contrarios á los dominantes en la
sociedad, sucedería á menudo que el principio religioso, rechazado
por la sociedad, encontraría su apoyo en los hombres influyentes en
el orden político; reproduciéndose con circunstancias agravantes el
triste fenómeno, que tantos años ha estamos presenciando, de querer
los gobernantes torcer á viva fuerza el curso de la sociedad. Ésta es
una de las diferencias más capitales entre nuestra revolución y la de
otros países; ésta es la clave para explicar chocantes anomalías: allí
las ideas de revolución se apoderaron de la sociedad, y se arrojaron
en seguida sobre la esfera política; aquí se apoderaron primero de la
esfera política, y trataron en seguida de bajar á la esfera social;
la sociedad estaba muy distante de hallarse preparada para semejantes
innovaciones, y por esto han sido indispensables tan rudos y repetidos
choques.

De esta falta de harmonía ha resultado que el gobierno en España ejerce
sobre los pueblos muy escasa influencia, entendiendo por influencia
aquel ascendiente moral que no necesita andar acompañado de la idea de
la fuerza. No hay duda que esto es un mal, porque tiende á debilitar el
poder, necesidad imprescindible para toda sociedad; pero no han faltado
ocasiones en que ha sido un gran bien: porque no es poca fortuna,
cuando un gobierno es liviano é insensato, el que se encuentre con una
sociedad mesurada y cuerda, que, mientras aquél corre á precipitarse
desatentado, vaya ésta marchando con paso sosegado y majestuoso. Mucho
hay que esperar del buen instinto de la nación española, mucho hay
que prometerse de su proverbial gravedad, aumentada además con tanto
infortunio; mucho hay que prometerse de ese tino que le hace distinguir
también el verdadero camino de su felicidad, y que la vuelve sorda á
las insidiosas sugestiones con que se ha tratado de extraviarla. Si
van ya muchos años que por una funesta combinación de circunstancias,
y por la falta de harmonía entre el orden político y el social, no
acierta á darse un gobierno que sea su verdadera expresión, que adivine
sus instintos, que siga sus tendencias, que la conduzca por el camino
de la prosperidad, esperanza alimentamos de que ese día vendrá, y de
que brotarán del seno de esa sociedad, rica de vida y de porvenir,
esa misma harmonía que le falta, ese equilibrio que ha perdido. Entre
tanto, es altamente importante que todos los hombres que sientan
latir en su pecho un corazón español, que no se complazcan en ver
desgarradas las entrañas de su patria, se reunan, se pongan de acuerdo,
obren concertados para impedir el que prevalezca el genio del mal,
alcanzando á esparcir en nuestro suelo una semilla de eterna discordia,
añadiendo esa otra calamidad á tantas otras calamidades, y ahogando los
preciosos gérmenes de donde puede rebrotar lozana y brillante nuestra
civilización remozada, alzándose del abatimiento y postración en que la
sumieran circunstancias aciagas.

¡Ah! oprímese el alma con angustiosa pesadumbre, al solo pensamiento
de que pudiera venir un día en que desapareciese de entre nosotros esa
unidad religiosa, que se identifica con nuestros hábitos, nuestros
usos, nuestras costumbres, nuestras leyes; que guarda la cuna de
nuestra monarquía en la cueva de Covadonga, que es la enseña de nuestro
estandarte en una lucha de ocho siglos con el formidable poder de la
Media Luna, que desenvuelve lozanamente nuestra civilización en medio
de tiempos tan trabajosos, que acompañaba á nuestros terribles tercios
cuando imponían silencio á la Europa, que conduce á nuestros marinos
al descubrimiento de nuevos mundos, á dar los primeros la vuelta á
la redondez del globo; que alienta á nuestros guerreros al llevar á
cabo conquistas heroicas, y que en tiempos más recientes sella el
cúmulo de tantas y tan grandiosas hazañas derrocando á Napoleón.
Vosotros que con precipitación tan liviana condenáis las obras de los
siglos, que con tanta avilantez insultáis á la nación española, que
tiznáis de barbarie y obscurantismo el principio que presidió nuestra
civilización, ¿sabéis á quién insultáis? ¿sabéis quién inspiró el
genio del gran Gonzalo, de Hernán Cortés, de Pizarro, del Vencedor de
Lepanto? Las sombras de Garcilaso, de Herrera, de Ercilla, de Fray
Luis de León, de Cervantes, de Lope de Vega, ¿no os infunden respeto?
¿Osaréis, pues, quebrantar el lazo que á ellos nos une, y hacernos
indigna prole de tan esclarecidos varones? ¿Quisierais separar por
un abismo nuestras creencias de sus creencias, nuestras costumbres
de sus costumbres, rompiendo así con todas nuestras tradiciones,
olvidando los más embelesantes y gloriosos recuerdos, y haciendo que
los grandiosos y augustos monumentos que nos legó la religiosidad de
nuestros antepasados, sólo permanecieran entre nosotros, como una
reprensión la más elocuente y severa? ¿Consentiríais que se cegasen los
ricos manantiales á donde podemos acudir para resucitar la literatura,
vigorizar la ciencia, reorganizar la legislación, restablecer el
espíritu de nacionalidad, restaurar nuestra gloria, y colocar de nuevo
á esta nación desventurada en el alto rango que sus virtudes merecen,
dándole la prosperidad y la dicha que tan afanosa busca, y que en su
corazón augura?



CAPITULO XIII


Parangonados ya bajo el aspecto religioso el Catolicismo y el
Protestantismo en el cuadro que acabo de trazar, y evidenciada la
superioridad de aquél sobre éste, no sólo en lo concerniente á certeza,
sino también en todo lo relativo á los instintos, á los sentimientos,
á las ideas, al carácter del espíritu humano, será bien entrar
ahora en otra cuestión, no más importante por cierto, pero sí menos
dilucidada, y en que será preciso luchar con fuertes antipatías, y
disipar considerable número de prevenciones y errores. En medio de
las dificultades de que está erizada la empresa que voy á acometer,
aliéntame una poderosa esperanza, y es que lo interesante de la
materia, y el ser muy del gusto científico del siglo, convidará quizás
á leer, obviándose de esta manera el peligro que suele amenazar á los
que escriben en favor de la religión católica: son juzgados sin ser
oídos. He aquí, pues, la cuestión en sus precisos términos: _Comparados
el Catolicismo y el Protestantismo, ¿cuál de los dos es más conducente
para la verdadera libertad, para el verdadero adelanto de los pueblos,
para la causa de la civilización?_

_Libertad_: ésta es una de aquellas palabras tan generalmente usadas
como poco entendidas; palabras que, por envolver cierta idea vaga muy
fácil de percibir, presentan la engañosa apariencia de una entera
claridad, mientras que, por la muchedumbre y variedad de objetos á que
se aplican, son susceptibles de una infinidad de sentidos, haciéndose
su comprensión sumamente difícil. ¿Y quién podrá reducir á guarismo
las aplicaciones que se hacen de la palabra _libertad_? Salvándose en
todas ellas una idea que podríamos apellidar radical, son infinitas las
modificaciones y graduaciones á que se la sujeta. Circula el aire con
libertad; se despejan los alrededores de una planta para que crezca y
se extienda con libertad; se mondan los conductos de un regadío para
que el agua corra con libertad; al pez cogido en la red, al avecilla
enjaulada se los suelta, y se les da libertad; se trata á un amigo
con libertad; hay modales libres, pensamientos libres, expresiones
libres, herencias libres, voluntad libre, acciones libres; no tiene
libertad el encarcelado, carece de libertad el hijo de familia, tiene
poca libertad una doncella, una persona casada ya no es libre, un
hombre en tierra extraña se porta con más libertad, el soldado no tiene
libertad; hay hombres libres de quintas, libres de contribuciones;
hay votaciones libres; dictámenes libres, interpretación libre,
versificación libre, libertad de comercio, libertad de enseñanza,
libertad de imprenta, libertad de conciencia, libertad civil, libertad
política, libertad justa, injusta, racional, irracional, moderada,
excesiva, comedida, licenciosa, oportuna, inoportuna; mas, ¿á qué
fatigarse en la enumeración, cuando es poco menos que imposible el dar
cima á tan enfadosa tarea? Pero menester parecía detenerse algún tanto
en ella, aun á riesgo de fastidiar al lector; quizás el recuerdo de
este fastidio podrá contribuir á grabar profundamente en el ánimo la
saludable verdad de que, cuando en la conversación, en los escritos,
en las discusiones públicas, en las leyes, se usa tan á menudo esta
palabra, aplicándola á objetos de mayor importancia, es necesario
reflexionar maduramente sobre el número y naturaleza de ideas que en
el respectivo caso abarca, sobre el sentido que la materia consiente,
sobre las modificaciones que las circunstancias demandan, sobre las
precauciones y tino que las aplicaciones exigen.

Sea cual fuere la acepción en que se tome la palabra libertad, échase
de ver que siempre entraña en su significado _ausencia de causa que
impida ó coarte el ejercicio de alguna libertad_: infiriéndose de aquí
que, para fijar en cada caso el verdadero sentido de esta palabra, es
indispensable atender á la naturaleza y circunstancias de la facultad
cuyo uso se quiere impedir ó limitar, sin perder de vista los varios
objetos sobre que versa, las condiciones de su ejercicio, como y
también el carácter, la eficacia y extensión de la causa que al efecto
se empleare. Para aclarar la materia, propongámonos formar juicio de
esta proposición: el hombre ha de tener libertad de pensar. Aquí se
afirma que al hombre no se le ha de coartar el pensamiento. Ahora bien:
¿habláis de coartación física ejercida inmediatamente sobre el mismo
pensamiento? Pues entonces es de todo punto inútil la proposición;
porque, como semejante coartación es imposible, vano es decir que no
se la debe emplear. ¿Entendéis que no se debe coartar la expresión
del pensamiento, es decir, que no se ha de impedir ni restringir
la libertad de manifestar cada cual lo que piensa? Entonces habéis
dado un salto inmenso, habéis colocado la cuestión en muy diferente
terreno; y, si no queréis significar que todo hombre, á todas horas,
en todo lugar, pueda decir sobre cualquier materia cuanto le viniere á
la mente, y del modo que más le agradare, deberéis distinguir cosas,
personas, lugares, tiempos, modos, condiciones, en una palabra, atender
á mil y mil circunstancias, impedir del todo en unos casos, limitar
en otros, ampliar en éstos, restringir en aquéllos, y así tomaros tan
largo trabajo que de nada os sirva el haber sentado, en favor de la
libertad del pensamiento, aquella proposición tan general, con toda su
apariencia de sencillez y claridad.

Aun penetrando en el mismo santuario del pensamiento, en aquella región
donde no alcanzan las miradas de otro hombre, y que sólo está patente
á los ojos de Dios, ¿qué significa la libertad de pensar? ¿Es acaso
que el pensamiento no tenga sus leyes, á las que ha de sujetarse por
precisión, si no quiere sumirse en el caos? ¿Puede despreciar la norma
de una sana razón? ¿Puede desoir los consejos del buen sentido? ¿Puede
olvidar que su objeto es la verdad? ¿Puede desentenderse de los eternos
principios de la moral?

He aquí cómo, examinando lo que significa la palabra libertad, aun
aplicándola á lo que seguramente hay de más libre en el hombre, como
es el pensamiento, nos encontramos con tal muchedumbre y variedad de
sentidos, que nos obligan á un sinnúmero de distinciones, y nos llevan
por necesidad á restringir la proposición general, si algo queremos
expresar que no esté en contradicción con lo que dictan la razón y el
buen sentido, con lo que prescriben las leyes eternas de la moral, con
lo que demandan los mismos intereses del individuo, con lo que reclaman
el buen orden y la conservación de la sociedad. ¿Y qué no podría
decirse de tantas otras libertades como se invocan de continuo, con
nombres indeterminados y vagos, cubiertos á propósito con el equívoco y
las tinieblas?

Pongo estos ejemplos, sólo para que no se confundan las ideas; porque,
defendiendo como defiendo la causa del Catolicismo, no necesito abogar
por la opresión, ni invocar sobre los hombres una mano de hierro, ni
aplaudir que se huellen sus derechos sagrados. Sagrados, sí; porque,
según la enseñanza de la augusta religión de Jesucristo, sagrado es
un hombre á los ojos de otro hombre, por su alto origen y destino,
por la imagen de Dios que en él resplandece, por haber sido redimido
con inefable dignación y amor por el mismo Hijo del Eterno; sagrados
declara esa religión divina los derechos del hombre, cuando su augusto
Fundador amenaza con eterno suplicio, no tan sólo á quien le matare, no
tan sólo á quien le mutilare, no tan sólo á quien le robare, sino ¡cosa
admirable! hasta á quien se propasare á ofenderle con solas palabras.
«Quien llamare á su hermano _fatuo_, será reo del fuego del infierno.»
(Mat., c. 5, v. 22.) Así hablaba el Divino Maestro.

Levántase el pecho con generosa indignación, al oir que se achaca á
la religión de Jesucristo tendencia á esclavizar. Cierto es que, si
se confunde el espíritu de verdadera libertad con el espíritu de los
demagogos, no se le encuentra en el Catolicismo; pero, si no se quieren
trastrocar monstruosamente los nombres, si se da á la palabra libertad
su acepción más razonable, más justa, más provechosa, más dulce,
entonces la religión católica puede reclamar la gratitud del humano
linaje: _ella ha civilizado las naciones que la han profesado; y la
civilización es la verdadera libertad_.

Es un hecho ya generalmente reconocido y paladinamente confesado, que
el Cristianismo ha ejercido muy poderosa influencia en el desarrollo
de la civilización europea; pero á este hecho no se le da todavía por
algunos la importancia que merece, á causa de no ser bastante bien
apreciado. Con respecto á la civilización, distínguese á veces el
influjo del Cristianismo del influjo del Catolicismo, ponderando las
excelencias de aquél y escaseando los encomios á éste; sin reparar
que, cuando se trata de la civilización europea, puede el Catolicismo
demandar una consideración siempre principal, y, por lo tocante á
mucho tiempo, hasta exclusiva, pues que se halló por largos siglos
enteramente solo en el trabajo de esa grande obra. No se ha querido
ver que, al presentarse el Protestantismo en Europa, estaba ya la obra
por concluir; y que con una injusticia é ingratitud que no acierta uno
á calificar, se ha tachado al Catolicismo de espíritu de barbarie, de
obscurantismo, de opresión, mientras se hacía ostentosa gala de la rica
civilización, de las luces y de la libertad que á él principalmente son
debidas.

Si no se tenía gana de profundizar las íntimas relaciones del
Catolicismo con la civilización europea; si faltaba la paciencia que
es menester en las prolijas investigaciones á que tal examen conduce,
al menos parecía del caso dar una mirada al estado de los países donde
en siglos trabajosos no ejerció la religión católica todo su influjo,
y compararlos con aquellos otros en que fué el principio dominante.
El Oriente y el Occidente, ambos sujetos á grandes trastornos, ambos
profesando el Cristianismo, pero de manera que el principio católico se
halló débil y vacilante allí, mientras estuvo robusto y profundamente
arraigado entre los occidentales, hubieran ofrecido dos puntos de
comparación muy á propósito para estimar lo que vale el Cristianismo
sin el Catolicismo, cuando se trata de salvar la civilización y
la existencia de las naciones. En Occidente los trastornos fueron
repetidos y espantosos, el caos llegó á su complemento, y, sin embargo,
del caos han brotado la luz y la vida. Ni la barbarie de los pueblos
que inundaron estas regiones y que adquirieron en ellas asiento, ni las
furiosas arremetidas del islamismo, aun cuando estaba en su mayor brío
y pujanza, bastaron para que se ahogase el germen de una civilización
rica y fecunda: en Oriente todo iba envejeciendo y caducando, nada
se remozaba, y á los embates del ariete que nada había podido contra
nosotros, todo cayó. Ese poder espiritual de Roma, esa influencia en
los negocios temporales, dieron por cierto frutos muy diferentes de los
que produjeron en semejantes circunstancias sus rencorosos rivales.

Si un día estuviese destinada la Europa á sufrir de nuevo algún
espantoso y general trastorno, ó por un desborde universal de las ideas
revolucionarias, ó por alguna violenta irrupción del pauperismo sobre
los poderes sociales y sobre la propiedad; si ese coloso que se levanta
en el Norte en un trono asentado entre eternas nieves, teniendo en su
cabeza la inteligencia y en su mano la fuerza ciega, que dispone á
la vez de los medios de la civilización y de la barbarie, cuyos ojos
van recorriendo de continuo el Oriente, el Mediodía y el Occidente,
con aquella mirada codiciosa y astuta, señal característica que nos
presenta la historia en todos los imperios invasores; si, acechando el
momento oportuno, se arrojase á una tentativa sobre la independencia
de la Europa, entonces quizás se vería una prueba de lo que vale en
los grandes apuros el principio católico; entonces se palparía el
poder de esa _unidad_ proclamada y sostenida por el Catolicismo;
entonces, recordando los siglos medios, se vería una de las causas de
la debilidad del Oriente y de la robustez del Occidente; entonces se
recordaría un hecho que, aunque es de ayer, empieza ya á olvidarse,
y es que el pueblo contra cuyo denodado brío se estrelló el poder de
Napoleón, era el pueblo proverbialmente católico. Y ¿quién sabe si en
los atentados cometidos en Rusia contra el Catolicismo, atentados que
ha deplorado en sentido lenguaje el Vicario de Jesucristo; quién sabe
si influye el secreto presentimiento, ó quizás la previsión, de la
necesidad de debilitar aquel sublime poder, que, en tratándose de la
causa de la humanidad, ha sido en todas épocas el núcleo de los grandes
esfuerzos? Pero volvamos al intento.

No puede negarse que desde el siglo XVI se ha mostrado la civilización
europea muy lozana y brillante, pero es un error atribuir este fenómeno
al Protestantismo. Para examinar la influencia y eficacia de un hecho,
no se han de mirar tan sólo los sucesos que han venido después de él;
se ha de considerar si estos sucesos estaban ya preparados, si son
algo más que un resultado necesario de hechos anteriores: conviene
no hacer aquel raciocinio que tachan de sofístico los dialécticos:
_después de esto, luego por esto; post hoc, ergo propter hoc_. Sin el
Protestantismo, y antes del Protestantismo, estaba ya muy adelantada
la civilización europea por los trabajos é influencia de la religión
católica; y la grandeza y esplendor que sobrevinieron después, no se
desplegaron á causa del Protestantismo, sino á pesar del Protestantismo.

Al extravío de ideas en esta materia ha contribuído no poco el estudio
poco profundo que se ha hecho del Cristianismo, el haberse contentado
no pocas veces con una mirada superficial sobre los principios de
fraternidad que él tanto recomienda, sin entrar en el debido examen de
la historia de la Iglesia. Para comprender á fondo una institución, no
basta pararse en sus ideas más capitales; es necesario seguirle también
los pasos, ver cómo va realizando esas ideas, cómo triunfa de los
obstáculos que le salen al encuentro. Nunca se formará concepto cabal
sobre un hecho histórico, si no se estudia detenidamente su historia;
y el estudio de la historia de la Iglesia católica en sus relaciones
con la civilización deja todavía mucho que desear. Y no es que sobre la
historia de la Iglesia no se hayan hecho estudios profundos; sino que,
desde que se ha desplegado el espíritu de análisis social, no ha sido
todavía objeto de aquellos trabajos admirables que tanto la ilustraron
bajo el aspecto dogmático y crítico.

Otro embarazo media para que pueda dilucidarse cual conviene esta
materia, y es el dar sobrada importancia á las intenciones de los
hombres, distrayéndose de considerar la marcha grave y majestuosa de
las cosas. Se mide la magnitud y se califica la naturaleza de los
acontecimientos por los motivos inmediatos que los determinaron, y por
los fines que se proponían los hombres que en ellos intervinieron; y
esto es un error muy grave: la vista se ha de extender á mayor espacio
y se ha de observar el sucesivo desarrollo de las ideas, el influjo
que anduvieron ejerciendo en los sucesos, las instituciones que de
ellas iban brotando, pero considerándolo todo como es en sí, es decir,
en un cuadro grande, inmenso, sin pararse en hechos particulares,
contemplados en su aislamiento y pequeñez. Que es menester grabar
profundamente en el ánimo la importante verdad de que, cuando se
desenvuelve alguno de esos grandes hechos que cambian la suerte de
una parte considerable del humano linaje, rara vez lo comprenden los
mismos hombres que en ello intervienen, y que como poderosos agentes
figuran: la marcha de la humanidad es un gran drama, los papeles se
distribuyen entre los individuos que pasan y desaparecen: el hombre es
muy pequeño, sólo Dios es grande. Ni los actores de las escenas de los
antiguos imperios de Oriente, ni Alejandro arrojándose sobre el Asia y
avasallando innumerables naciones, ni los romanos sojuzgando el mundo,
ni los bárbaros derrocando y destrozando el imperio romano, ni los
musulmanes dominando el Asia y el África y amenazando la idependencia
de Europa, pensaron, ni pensar podían en que sirviesen de instrumento
para realizar los destinos cuya ejecución nosotros admiramos.

Quiero indicar con esto que, cuando se trata de civilización cristiana,
cuando se van notando y analizando los hechos que señalan su marcha, no
es necesario, y muchas veces ni conveniente, el suponer que los hombres
que á ella han contribuído de una manera muy principal, conocieran en
toda su extensión el resultado de su propia obra; bástale á la gloria
de un hombre, el que se le señale como escogido instrumento de la
Providencia, sin que sea menester atribuir demasiado á su conocimiento
particular, á sus intenciones personales. Basta reconocer que un
rayo de luz ha bajado del cielo y ha iluminado su frente; pero no
hay necesidad de que él mismo previera que ese rayo reflejando se
desparramara en inmensas madejas sobre las generaciones venideras. Los
hombres pequeños son comunmente más pequeños de lo que piensan; pero
los hombres grandes son á veces más grandes de lo que creen; y es que
no conocen todo su grandor, por no saber que son instrumentos de altos
designios de la Providencia.

Otra observación debe tenerse presente en el estudio de esos grandes
hechos, y es que no se debe buscar un sistema cuya trabazón y harmonía
se descubran á la primera ojeada. Preciso es resignarse á sufrir la
vista de algunas irregularidades y algunos objetos poco agradables; es
menester precaverse contra la pueril impaciencia de querer adelantarnos
al tiempo; es indispensable despojarse de aquel deseo, que, más ó
menos vivo, nunca nos abandona, de encontrarlo todo amoldado conforme
á nuestras ideas, de verlo marchar todo de la manera que más nos
agrada. ¿No veis esa naturaleza tan grande, tan variada, tan rica,
cómo prodiga en cierto desorden sus productos ocultando inestimables
piedras y preciosísimos veneros entre montones de tierra ruda, cuál
despliega inmensas cordilleras, riscos inaccesibles, horrendas
fragosidades, que contrastan con amenas y espaciosas llanuras? ¿no veis
ese aparente desorden, esa prodigalidad, en medio de las cuales están
trabajando en secreto concierto innumerables agentes para producir el
admirable conjunto que encanta nuestros ojos y admira al naturalista?
Pues he aquí la sociedad: los hechos andan dispersos, desparramados
acá y acullá, sin ofrecer muchas veces visos de orden ni concierto;
los acontecimientos se suceden, se empujan, sin que se descubra un
designio; los hombres se aúnan, se separan, se auxilian, se chocan;
pero va pasando el tiempo, ese agente indispensable para la producción
de las grandes obras, y va todo caminando al destino señalado en los
arcanos del Eterno.

He aquí cómo se concibe la marcha de la humanidad, he aquí la norma
del estudio filosófico de la historia, he aquí el modo de comprender
el influjo de esas ideas fecundas, de esas instituciones poderosas que
aparecen de vez en cuando entre los hombres para cambiar la faz de la
tierra. En semejante estudio, y cuando se descubre obrando en el fondo
de las cosas una idea fecunda, una institución poderosa, lejos de
asustarse el ánimo por encontrar alguna irregularidad, se complace y se
alienta; porque es excelente señal de que la idea está llena de verdad,
de que la institución rebosa de vida, cuando se las ve atravesar
el caos de los siglos y salir enteras de entre los más horrorosos
sacudimientos. Que estos ó aquellos hombres no se hayan regido por la
idea, que no hayan correspondido al objeto de la institución, nada
importa, si la institución ha sobrevivido á los trastornos, si la idea
ha sobrenadado en el borrascoso piélago de las pasiones. Entonces
el mentar las flaquezas, las miserias, la culpa, los crímenes de
los hombres, es hacer la más elocuente apología de la idea y de la
institución.

Mirados los hombres de esta manera, no se los saca de su lugar
propio, ni se exige de ellos lo que racionalmente no se puede exigir.
Encajonados, por decirlo así, en el hondo cauce del gran torrente
de los sucesos, no se atribuye á su inteligencia ni voluntad, mayor
esfera de la que les corresponde: y, sin dejar, por eso, de apreciar
debidamente la magnitud y naturaleza de las obras en que tomaron
parte, no se da exagerada importancia á sus personas, honrándolas con
encomios que no merezcan ó achacándoles cargos injustos. Entonces no se
confunden monstruosamente tiempos y circunstancias; el observador mira
con sosiego y templanza los acontecimientos que se van desplegando ante
sus ojos; no habla del imperio de Carlomagno como hablar pudiera del
imperio de Napoleón, ni se desata en agrias invectivas contra Gregorio
VII, porque no siguió en su política la misma línea de conducta que
Gregorio XVI.

Y cuenta que no exijo del historiador filósofo una impasible
indiferencia por el bien y por el mal, por lo justo y lo injusto;
cuenta que no reclamo indulgencia para el vicio, ni pretendo que
se escaseen los elogios á la virtud; no simpatizo con esa escuela
histórica fatalista, que ha vuelto á presentar sobre el mundo
el Destino de los antiguos; escuela que, si extendiera mucho su
influencia, malograría la más hermosa parte de los trabajos históricos,
y ahogaría los destellos de las inspiraciones más generosas. En la
marcha de la sociedad veo un plan, veo un concierto, mas no ciega
necesidad; no creo que los sucesos se revuelvan y barajen en confusa
mezcolanza en la obscura urna del destino, ni que los hados tengan
ceñido el mundo con un arco de hierro.

Veo sí una cadena maravillosa tendida sobre el curso de los siglos;
pero es cadena que no embarga el movimiento de los individuos ni de las
naciones; que, ondeando suavemente, se aviene con el flujo y reflujo
demandado por la misma naturaleza de las cosas; que con su contacto
hace brotar de la cabeza de los hombres pensamientos grandiosos: cadena
de oro que está pendiente de la mano del Hacedor Supremo, labrada con
infinita inteligencia y regida con inefable amor.



CAPITULO XIV


¿En qué estado encontró al mundo el Cristianismo? Pregunta es ésta
en que debemos fijar mucho nuestra atención, si queremos apreciar
debidamente los beneficios dispensados por esa religión divina al
individuo y á la sociedad; si deseamos conocer el verdadero carácter de
la civilización cristiana.

Sombrío cuadro, por cierto, presentaba la sociedad en cuyo centro
nació el Cristianismo. Cubierta de bellas apariencias, y herida en su
corazón con enfermedad de muerte, ofrecía la imagen de la corrupción
más asquerosa, velada con el brillante ropaje de la ostentación y de
la opulencia. La moral sin base, las costumbres sin pudor, sin freno
las pasiones, las leyes sin sanción, la religión sin Dios, flotaban
las ideas á merced de las preocupaciones, del fanatismo religioso,
y de las cavilaciones filosóficas. Era el hombre un hondo misterio
para sí mismo, y ni sabía estimar su dignidad, pues que consentía
que se le rebajase al nivel de los brutos; ni, cuando se empeñaba en
ponderarla, acertaba á contenerse en los lindes señalados por la razón
y la naturaleza: siendo á este propósito bien notable que, mientras una
gran parte del humano linaje gemía en la más abyecta esclavitud, se
exaltasen con tanta facilidad los héroes, y hasta los más detestables
monstruos, sobre las aras de los dioses.

Con semejantes elementos debía cundir tarde ó temprano la disolución
social; y, aun cuando no hubiera sobrevenido la violenta arremetida
de los bárbaros, más ó menos tarde aquella sociedad se hubiera
trastornado: porque no había en ella ni una idea fecunda, ni un
pensamiento consolador, ni una vislumbre de esperanza que pudiese
preservarla de la ruina.

La idolatría había perdido su fuerza: resorte gastado con el tiempo y
por el uso grosero que de él habían hecho las pasiones; expuesta su
frágil contextura al disolvente fuego de la observación filosófica,
estaba en extremo desacreditada; y, si, por efecto de arraigados
hábitos, ejercía sobre el ánimo de los pueblos algún influjo maquinal,
no era éste capaz ni de restablecer la harmonía de la sociedad, ni
de producir aquel fogoso entusiasmo inspirador de grandes acciones:
entusiasmo que, en tratándose de corazones vírgenes, puede ser excitado
hasta por la superstición más irracional y absurda. Á juzgar por
la relajación de costumbres, por la flojedad de los ánimos, por la
afeminación y el lujo, por el completo abandono á las más repugnantes
diversiones y asquerosos placeres, se ve claro que las ideas religiosas
nada conservaban de aquella majestad que notamos en los tiempos
heroicos; y que, faltas de eficacia, ejercían sobre el ánimo de los
pueblos escaso ascendiente, mientras servían de un modo lamentable
como instrumentos de disolución. Ni era posible que sucediese de otra
manera: pueblos que se habían levantado al alto grado de cultura de
que pueden gloriarse griegos y romanos; que habían oído disputar á
sus sabios sobre las grandes cuestiones acerca de la Divinidad y el
hombre, no era regular que permaneciesen en aquella candidez que era
necesaria para creer de buena fe los intolerables absurdos de que
rebosa el paganismo: y, sea cual fuere la disposición de ánimo de la
parte más ignorante del pueblo, á buen seguro que lo creyeran cuantos
se levantaban un poco sobre el nivel regular, ellos que acababan de oir
filósofos tan cuerdos como Cicerón, y que se estaban saboreando en las
maliciosas agudezas de sus poetas satíricos.

Si la religión era impotente, quedaba, al parecer, otro recurso: la
_ciencia_. Antes de entrar en el examen de lo que podía esperarse de
ella, es necesario observar que jamás la ciencia fundó una sociedad,
ni jamás fué bastante á restituirle el equilibrio perdido. Revuélvase
la historia de los tiempos antiguos: hallaránse al frente de algunos
pueblos hombres eminentes que, ejerciendo un mágico influjo sobre el
corazón de sus semejantes, dictan leyes, reprimen abusos, rectifican
las ideas, enderezan las costumbres, y asientan sobre sabias
instituciones un gobierno, labrando más ó menos cumplidamente la dicha
y la prosperidad de los pueblos que se entregaron á su dirección y
cuidado. Pero muy errado anduviera quien se figurase que esos hombres
procedieron á consecuencia de lo que nosotros llamamos combinaciones
científicas: sencillos por lo común, y hasta rudos y groseros, obraban
á impulsos de su buen corazón, y guiados por aquel buen sentido, por
aquella sesuda cordura que dirigen al padre de familia en el manejo de
los negocios domésticos; mas nunca tuvieron por norma esas miserables
cavilaciones que nosotros apellidamos teorías, ese fárrago indigesto
de ideas que nosotros disfrazamos con el pomposo nombre de ciencia. ¿Y
qué? ¿fueron acaso los mejores tiempos de la Grecia aquellos en que
florecieron los Platones y los Aristóteles? Aquellos fieros romanos que
sojuzgaron el mundo, no poseían, por cierto, la extensión y variedad de
conocimientos que admiramos en el siglo de Augusto: y ¿quién trocara,
sin embargo, unos tiempos con otros tiempos, unos hombres con otros
hombres?

Los siglos modernos podrían también suministrarnos abundantes pruebas
de la esterilidad de la ciencia en las instituciones sociales; cosa
tanto más fácil de notar, cuando son tan patentes los resultados
prácticos que han dimanado de las ciencias naturales. En éstas diríase
que se ha concedido al hombre lo que en aquéllas le fué negado; si bien
que, mirada á fondo la cosa, no es tanta la diferencia como á primera
vista pudiera parecer. Cuando el hombre trata de hacer aplicación de
los conocimientos que ha adquirido sobre la naturaleza, se ve forzado
á respetarla; y como, aunque quisiese, no alcanzara con su débil
mano á causarle considerable trastorno, se limita en sus ensayos á
tentativas de poca monta, excitándole el mismo deseo del acierto, á
obrar conforme á las leyes á que están sujetos los cuerpos sobre los
cuales se ejercita. En las aplicaciones de las ciencias sociales sucede
muy de otra manera: el hombre puede obrar directa á inmediatamente
sobre la misma sociedad; con su mano puede trastornarla, no se ve
por precisión limitado á practicar sus ensayos en objetos de poca
entidad y respetando las eternas leyes de las sociedades, sino que
puede imaginarlas á su gusto, proceder conforme á sus cavilaciones,
y acarrear desastres de que se lamente la humanidad. Recuérdense las
extravagancias que sobre la naturaleza han corrido muy válidas en las
escuelas filosóficas antiguas y modernas, y véase lo que hubiera sido
de la admirable máquina del universo, si los filósofos la hubieran
podido manejar á su arbitrio. Por desgracia, no sucede así en la
sociedad: los ensayos se hacen sobre ella misma, sobre sus eternas
bases, y entonces resultan gravísimos males, pero males que evidencian
la debilidad de la ciencia del hombre. Es menester no olvidarlo:
la ciencia, propiamente dicha, vale poco para la organización de
las sociedades; y en los tiempos modernos, en que tan orgullosa se
manifiesta por su pretendida fecundidad, será bien recordarle que
atribuye á sus trabajos lo que es fruto del transcurso de los siglos,
del sano instinto de los pueblos, y á veces de las inspiraciones de un
genio: y ni el instinto de los pueblos, ni el genio, tienen nada de
parecido á la ciencia.

Pero, dando de mano á esas consideraciones generales, siempre muy
útiles, como que son tan conducentes para el conocimiento del hombre,
¿qué podía esperarse de la falsa vislumbre de ciencia que se conservaba
sobre las ruinas de las antiguas escuelas, á la época de que hablamos?
Escasos como eran en semejantes materias los conocimientos de los
filósofos antiguos, aun de los más aventajados, no puede menos de
confesarse que los nombres de Sócrates, de Platón, de Aristóteles,
recuerdan algo de respetable; y que, en medio de desaciertos y
aberraciones, ofrecen conceptos dignos de la elevación de sus genios.
Pero, cuando apareció el Cristianismo, estaban sofocados los gérmenes
del saber esparcidos por aquellos grandes hombres: los sueños habían
ocupado el lugar de los pensamientos altos y fecundos; el prurito de
disputar reemplazaba el amor de la sabiduría, y los sofismas y las
cavilaciones se habían substituído á la madurez del juicio y á la
severidad del raciocinio. Derribadas las antiguas escuelas, formadas
de sus escombros otras, tan estériles como extrañas, brotaba por todas
partes cuantioso número de sofistas, como aquellos insectos inmundos
que anuncian la corrupción de un cadáver. La Iglesia nos ha conservado
un dato preciosísimo para juzgar de la ciencia de aquellos tiempos: la
historia de las primeras herejías. Si prescindimos de lo que en ellas
indigna, cual es su profunda inmoralidad, ¿puede darse cosa más vacía,
más insulsa, más digna de lástima?[14]

La legislación romana, tan recomendable por la justicia y equidad que
entraña y por el tino y sabiduría con que resplandece, si bien puede
contarse como uno de los más preciosos esmaltes de la civilización
antigua, no era parte, sin embargo, á prevenir la disolución de
que estaba amenazada la sociedad. Nunca debió ésta su salvación á
jurisconsultos; porque obra tamaña no está en la esfera del influjo de
la jurisprudencia. Que sean las leyes tan perfectas como se quiera, que
la jurisprudencia se haya levantado al más alto punto de esplendor, que
los jurisconsultos estén animados de los sentimientos más puros, que
vayan guiados por las miras más rectas, ¿de qué servirá todo esto, si
el corazón de la sociedad está corrompido, si los principios morales
han perdido su fuerza, si las costumbres están en perpetua lucha con
las leyes?

Ahí están los cuadros que de las costumbres romanas nos han dejado sus
mismos historiadores, y véase si en ellos se encuentran retratadas la
equidad, la justicia, el buen sentido, que han merecido á las leyes
romanas el honroso dictado de _razón escrita_.

Como una prueba de imparcialidad, omito de propósito el notar
los lunares de que no carece el derecho romano; no fuera que se
me achacase que trato de rebajar todo aquello que no es obra del
Cristianismo. No debe, sin embargo, pasarse por alto que no es verdad
que al Cristianismo no le cupiese ninguna parte en la perfección de
la jurisprudencia romana; no sólo con respecto al período de los
emperadores cristianos, lo que no admite duda, sino también hablando
de los anteriores. Es cierto que algún tiempo antes de la venida de
Jesucristo era muy crecido el número de las leyes romanas, y que su
estudio y arreglo llamaba la atención de los hombres más ilustres.
Sabemos por Suetonio (in _Caesa._, c. 44) que Julio César se había
propuesto la utilísima tarea de reducir á pocos libros lo más selecto y
necesario que andaba desparramado en la inmensa abundancia de leyes;
un pensamiento semejante había ocurrido á Cicerón, quien escribió un
libro sobre la redacción metódica del derecho civil (_De iure civili in
arte dirigendo_), como atestigua Gellio (_Noct. Att._, l. 1, c. 22);
y, según nos dice Tácito (_Ann._, l. 3, c. 28), este trabajo había
también ocupado la atención del emperador Augusto. Esos proyectos
revelan ciertamente que la legislación no estaba en su infancia; pero
no deja por ello de ser verdad que el derecho romano, tal como le
tenemos, es casi todo un producto de siglos posteriores. Varios de los
jurisconsultos más afamados, y cuyas sentencias forman una buena parte
del derecho, vivían largo tiempo después de la venida de Jesucristo;
y las constituciones de los emperadores llevan en su propio nombre el
recuerdo de su época.

Asentados estos hechos, observaré que, por ser paganos los emperadores
y los jurisconsultos, no se infiere que las ideas cristianas dejasen
de ejercer influencia sobre sus obras. El número de los cristianos
era inmenso por todas partes; la misma crueldad con que se los había
perseguido, la heroica fortaleza con que arrostraban los tormentos y
la muerte, debían de haber llamado la atención de todo el mundo; y es
imposible que entre los hombres pensadores no se excitara la curiosidad
de examinar cuál era la enseñanza que la religión nueva comunicaba á
sus prosélitos. La lectura de las apologías del Cristianismo, escritas
ya en los primeros siglos con tanta fuerza de raciocinio y elocuencia,
las obras de varias clases publicadas por los primeros Padres, las
homilías de los obispos dirigidas á los pueblos, encierran un caudal
tan grande de sabiduría, respiran tanto amor á la verdad y á la
justicia, proclaman tan altamente los eternos principios de la moral,
que no podía menos de hacerse sentir su influencia aun entre aquellos
que condenaban la religión del Crucificado.

Cuando van extendiéndose doctrinas que tengan por objeto aquellas
grandes cuestiones que más interesan al hombre, si estas doctrinas
son propagadas con fervoroso celo, aceptadas con ardor por un crecido
número de discípulos, y sustentadas con el talento y el saber de
hombres ilustres, dejan en todas direcciones hondos surcos, y afectan
aun á aquellos mismos que las combaten con acaloramiento. Su influencia
en tales casos es imperceptible, pero no deja de ser muy real y
verdadera; se asemejan á aquellas exhalaciones de que se impregna la
atmósfera: con el aire que respiramos absorbemos á veces la muerte, á
veces un aroma saludable que nos purifica y conforta.

No podía menos de verificarse el mismo fenómeno con respecto á una
doctrina predicada de un modo tan extraordinario, propagada con tanta
rapidez, sellada su verdad con torrentes de sangre, y defendida por
escritores tan ilustres como Justino, Clemente de Alejandría, Ireneo
y Tertuliano. La profunda sabiduría, la embelesante belleza de las
doctrinas explanadas por los doctores cristianos, debían de llamar
la atención hacia los manantiales donde las bebían; y es regular
que esa picante curiosidad pondría en manos de muchos filósofos y
jurisconsultos los libros de la Sagrada Escritura. ¿Qué tuviera de
extraño que Epicteto se hubiese saboreado largos ratos en la lectura
del _sermón sobre la montaña_; ni que los oráculos de la jurisprudencia
recibiesen sin pensarlo las inspiraciones de una religión que,
creciendo de un modo admirable en extensión y pujanza, andaba
apoderándose de todos los rangos de la sociedad? El ardiente amor á
la verdad y á la justicia, el espíritu de fraternidad, las grandiosas
ideas sobre la dignidad del hombre, temas perpetuos de la enseñanza
cristiana, no eran para quedar circunscritos al solo ámbito de los
hijos de la Iglesia. Con más ó menos lentitud, íbanse filtrando por
todas las clases; y cuando con la conversión de Constantino adquirieron
influencia política y predominio público, no se hizo otra cosa que
repetir el fenómeno de que, en siendo un sistema muy poderoso en el
orden social, pasa á ejercer un señorío, ó al menos su influencia, en
el orden político. Con entera confianza abandono estas reflexiones al
juicio de los hombres pensadores, seguro de que, si no las adoptan, al
menos no las juzgarán desatendibles. Vivimos en una época fecunda en
acontecimientos, y en que se han realizado revoluciones profundas: y
por eso estamos más en proporción de comprender los inmensos efectos
de las influencias indirectas y lentas, el poderoso ascendiente de las
ideas, y la fuerza irresistible con que se abren paso las doctrinas.

Á esa falta de principios vitales para regenerar la sociedad, á tan
poderosos elementos de disolución como abrigaba en su seno, allegábase
otro mal, y no de poca cuantía, en lo vicioso de la organización
política. Doblegada la cerviz del mundo bajo el yugo de Roma, veíanse
cien y cien pueblos, muy diferentes en usos y costumbres, amontonados
en desorden como el botín de un campo de batalla, forzados á formar un
cuerpo facticio, como trofeos ensartados en el astil de una lanza.

La unidad en el gobierno no podía ser provechosa, porque era violenta;
y añadiéndose que esta unidad era despótica, desde la silla del imperio
hasta los últimos mandarines, no podía traer otro resultado que el
abatimiento y la degradación de los pueblos; siéndoles imposible
desplegar aquella elevación y energía de ánimo, frutos preciosos del
sentimiento de la propia dignidad, y el amor á la independencia de la
patria. Si al menos Roma hubiese conservado sus antiguas costumbres,
si abrigara en su seno aquellos guerreros tan célebres por la fama de
sus victorias como por la sencillez y austeridad de sus costumbres,
pudiérase concebir la esperanza de que emanara á los pueblos vencidos
algo de las prendas de los vencedores, como un corazón joven y
robusto reanima con su vigor un cuerpo extenuado con las más rebeldes
dolencias. Pero desgraciadamente no era así: los Fabios, los Camilos,
los Escipiones, no hubieran conocido su indigna prole; y Roma, la
señora del mundo, yacía esclava bajo los pies de unos monstruos,
que ascendían al trono por el soborno y la violencia, manchaban el
cetro con su corrupción y crueldad, y acababan la vida en manos de un
asesino. La autoridad del Senado y la del pueblo habían desaparecido:
quedaban tan sólo algunos vanos simulacros, _vestigia morientis
libertatis_, como los apellida Tácito; vestigios de la libertad
expirante; y aquel pueblo rey, _que antes distribuía el imperio, las
fasces, las legiones, y todo, á la sazón ansiaba tan sólo dos cosas:
pan y juegos_.

    Qui dabat olim
    Imperiun, fasces, legiones, omnia, nunc se
    Continet, atque duas tantum res anxius optat:
    Panem et circenses.

                          (JUVENAL, SATYR. 10.)

Vino, por fin, la plenitud de los tiempos: el Cristianismo apareció, y
sin proclamar ninguna alteración en las formas políticas, sin atentar
contra ningún gobierno, sin ingerirse en nada que fuese mundanal y
terreno, llevó á los hombres una doble salud, llamándolos al camino
de una felicidad eterna, al paso que iba derramando á manos llenas
el único preservativo contra la disolución social, el germen de una
regeneración lenta y pacífica, pero grande, inmensa, duradera, á la
prueba de los trastornos de los siglos. Y ese preservativo contra
la disolución social, y ese germen de inestimables mejoras, era una
enseñanza elevada y pura, derramada sobre todos los hombres, sin
excepción de edades, de sexos, de condiciones, como una lluvia benéfica
que se desata en suavísimos raudales sobre una campiña mustia y
agostada.

No hay religión que se haya igualado al Cristianismo, ni en conocer el
secreto de dirigir al hombre, ni cuya conducta en esa dirección sea un
testimonio más solemne del reconocimiento de la alta dignidad humana.
El Cristianismo ha partido siempre del principio de que el primer paso
para apoderarse de todo el hombre es apoderarse de su entendimiento;
que, cuando se trata de extirpar un mal, ó de producir un bien, es
necesario tomar por blanco principal las ideas, dando de esta manera un
golpe mortal á los sistemas de violencia, que tanto dominan dondequiera
que él no existe, y proclamando la saludable verdad de que, cuando se
trata de dirigir á los hombres, el medio más indigno y más débil es la
fuerza. Verdad benéfica y fecunda, que abría á la humanidad un nuevo y
venturoso porvenir.

Sólo desde el Cristianismo se encuentran, por decirlo así, cátedras de
la más sublime filosofía, abiertas á todas horas, en todos lugares,
para todas las clases del pueblo: las más altas verdades sobre Dios
y el hombre, las reglas de la moral más pura, no se limitan ya á ser
comunicadas á un número escogido de discípulos en lecciones ocultas
y misteriosas: la sublime filosofía del Cristianismo ha sido más
resuelta, se ha atrevido á decir á los hombres la verdad entera y
desnuda, y eso en público, en alta voz, con aquella generosa osadía,
compañera inseparable de la verdad.

«Lo que os digo de noche, decidlo á la luz del día, y lo que os digo
al oído, predicadlo desde los terrados.» Así hablaba Jesucristo á sus
discípulos. (Mat., c. 10, v. 27.)

Luego que se hallaron encarados el Cristianismo y el paganismo, hízose
palpable la superioridad de aquél, no tan sólo por el contenido de las
doctrinas, sino también por el modo de propagarlas: púdose conocer
desde luego que una religión cuya enseñanza era tan sabia y tan pura,
y que, para difundirla, se encaminaba sin rodeos, en derechura, al
entendimiento y al corazón, había de desalojar bien pronto de sus
usurpados dominios á otra religión de impostura y mentira. Y, en
efecto, ¿qué hacía el paganismo para el bien de los hombres? ¿cuál
era su enseñanza sobre las verdades morales? ¿qué diques oponía á la
corrupción de costumbres? «Por lo que toca á las costumbres, dice á
este propósito San Agustín, ¿cómo no cuidaron los dioses de que sus
adoradores no las tuvieran tan depravadas? El verdadero Dios, á quien
no adoraban, los desechó, y con razón; pero los dioses, cuyo culto se
quejan que se les prohiba esos hombres ingratos, esos dioses, ¿por qué
á sus adoradores no les ayudaron con ley alguna para vivir? Ya que
los hombres cuidaban del culto, justo era que los dioses no olvidasen
el cuidado de la vida y costumbres. Se me dirá que nadie es malo sino
por su voluntad; ¿quién lo niega? Pero cargo era de los dioses, no
ocultar á los pueblos sus adoradores los preceptos de la moral, sino
predicárselos á las claras, reconvenir y reprender por medio de los
vates á los pecadores, amenazar públicamente con la pena á los que
obraban mal, y prometer premios á los que obraban bien. En los templos
de los dioses, ¿cuándo resonó una voz alta y vigorosa que á tamaño
objeto se dirigiese?» (_De Civit. Dei_, l. 2, c. 4.) Traza en seguida
el Santo Doctor un negro cuadro de las torpezas y abominaciones que se
cometían en los espectáculos y juegos sagrados celebrados en obsequio
de los dioses, á que él mismo dice que había asistido en su juventud, y
luego continúa: «Infiérese de esto que no se curaban aquellos dioses de
la vida y costumbres de las ciudades y naciones que les rendían culto,
dejándolas que se abandonasen á tan horrendos y detestables males, no
dañando tan sólo á sus campos y viñedos, no á su casa y hacienda, no al
cuerpo sujeto á la mente, sino permitiéndoles, sin ninguna prohibición
imponente, que abrevasen de maldad á la directora del cuerpo, á su
misma alma. Y, si se pretende que vedaban tales maldades, que se nos
manifieste, que se nos pruebe. Jáctanse de no sé qué susurros que
sonaban á los oídos de muy pocos, en que, bajo un velo misterioso, se
enseñaban los preceptos de una vida honrada y pura; pero muéstrennos
los lugares señalados para semejantes reuniones, no los lugares donde
los farsantes ejecutaban los juegos con voces y acciones obscenas, no
donde se celebraban las fiestas fugales con la más estragada licencia,
sino donde oyesen los pueblos los preceptos de los dioses, sobre
reprimir la codicia, quebrantan la ambición, y refrenar los placeres;
donde aprendiesen esos infelices aquella enseñanza que con severo
lenguaje les recomendaba Persio (_Satyr._ 3) cuando decía: «Aprended,
oh miserables, á conocer las causas de las cosas, lo que somos, á
qué nacimos, cuál debe ser nuestra conducta, cuán deleznable es el
término de nuestra carrera, cuál es la razonable templanza en el amor
del dinero, cuál su utilidad verdadera, cuál la norma de nuestra
liberalidad con nuestros deudos y nuestra patria, á dónde te ha llamado
Dios y cuál es el lugar que ocupas entre los hombres.» Dígasenos en qué
lugares solían recitarse de parte de los dioses semejantes preceptos,
dónde pudiesen oirlos con frecuencia los pueblos sus adoradores;
muéstrensenos estos lugares, así como nosotros mostramos iglesias
instituídas para este objeto, dondequiera que se ha difundido la
religión cristiana.» (_De Civit. Dei_, l. 2, c. 6.)

Esta religión divina, profunda conocedora del hombre, no ha olvidado
jamás la debilidad é inconstancia que le caracterizan; y por esta
causa ha tenido siempre por invariable regla de conducta, inculcarle
sin cesar, con incansable constancia, con paciencia inalterable,
las saludables verdades de que dependen su bienestar temporal y
su felicidad eterna. En tratándose de verdades morales, el hombre
olvida fácilmente lo que no resuena de continuo á sus oídos; y, si se
conservan las buenas máximas en su entendimiento, quedan como semilla
estéril, sin fecundar el corazón. Bueno es y muy saludable que los
padres comuniquen esta enseñanza á sus hijos: bueno es y muy saludable
que sea éste un objeto preferente en la educación privada; pero es
necesario, además, que haya un ministerio público que no le pierda
nunca de vista, que se extienda á todas las clases y á todas las
edades, que supla el descuido de las familias, que avive los recuerdos
y las impresiones que las pasiones y el tiempo van de continuo
borrando.

Es tan importante para la instrucción y moralidad de los pueblos
ese sistema de continua predicación y enseñanza practicado en
todas épocas y lugares por la Iglesia católica, que debe juzgarse
como un gran bien el que, en medio del prurito que atormentó á los
primeros protestantes, de desechar todas las prácticas de la Iglesia,
conservasen, sin embargo, la de la predicación. Y no es necesario
por eso el desconocer los daños que en ciertas épocas han traído las
violentas declamaciones de algunos ministros, ó insidiosos ó fanáticos;
sino que, en el supuesto de haberse roto la unidad, en el supuesto de
haberse arrojado á los pueblos por el azaroso camino del cisma, habrá
influído no poco en la conservación de las ideas más capitales sobre
Dios y el hombre, y de las máximas fundamentales de la moral, el oir
los pueblos con frecuencia explicadas semejantes verdades por quien
las había estudiado de antemano en la Sagrada Escritura. Sin duda que
el golpe mortal dado á las jerarquías por el sistema protestante, y
la consiguiente degradación del sacerdocio, hace que la cátedra de
la predicación no tenga entre los disidentes el sagrado carácter de
cátedra del Espíritu Santo; sin duda que es un grande obstáculo, para
que la predicación pueda dar fruto, el que un ministro protestante no
pueda ya presentarse como un ungido del Señor, sino que, como ha dicho
un escritor de talento, sólo sea _un hombre vestido de negro que sube
al púlpito todos los domingos para hablar de cosas razonables_; pero
al menos oyen los pueblos algunos trozos de las excelentes pláticas
morales que se encuentran en el Sagrado Texto; tienen con frecuencia
á su vista los edificantes ejemplos esparcidos en el viejo y nuevo
Testamento; y, sobre todo, se les refieren á menudo los pasos de la
vida de Jesucristo, de esa vida admirable, modelo de toda perfección;
y que, aun mirada con ojos humanos, es, en confesión de todo el mundo,
la pura santidad por excelencia, el más hermoso conjunto moral que se
viera jamás, la realización de un bello ideal que bajo la forma humana
jamás concibió la filosofía en sus altos pensamientos, jamás retrató
la poesía en sus sueños más brillantes. Esto es muy útil, altamente
saludable; porque siempre lo es el nutrir el ánimo de los pueblos con
el jugoso alimento de las verdades morales, y el excitarlos á la virtud
con el estímulo de tan altos ejemplos.



CAPITULO XV


Por grande que fuese la importancia dada por la Iglesia á la
propagación de la verdad, y por más convencida que estuviera de que,
para disipar esa informe masa de inmoralidad y degradación que se
ofrecía á su vista, el primer cuidado había de dirigirse á exponer el
error al disolvente fuego de las doctrinas verdaderas, no se limitó á
esto; sino que, descendiendo al terreno de los hechos, y siguiendo un
sistema lleno de sabiduría y cordura, hizo de manera que la humanidad
pudiese gustar el precioso fruto, que hasta en las cosas terrenas
dan las doctrinas de Jesucristo. No fué la Iglesia sólo una _escuela
grande y fecunda, fué una asociación regeneradora_; no esparció sus
doctrinas generales arrojándolas como al acaso, con la esperanza de
que fructificaran con el tiempo, sino que las desenvolvió en todas
sus relaciones, las aplicó á todos los objetos, procuró inculcarlas
á las costumbres y á las leyes, y realizarlas en instituciones que
sirviesen de silenciosa, pero elocuente, enseñanza á las generaciones
venideras. Veíase desconocida la dignidad del hombre, reinando por
doquiera la esclavitud; degradada la mujer, ajándola la corrupción
de costumbres y abatiéndola la tiranía del varón; adulteradas las
relaciones de familia, concediendo la ley al padre unas facultades
que jamás le dió la naturaleza; despreciados los sentimientos de
humanidad en el abandono de la infancia, en el desamparo del pobre y
del enfermo; llevadas al más alto punto la barbarie y la crueldad en
el derecho atroz que regulaba los procedimientos de la guerra; veíase,
por fin, coronando el edificio social, rodeada de satélites y cubierta
de hierro, la odiosa tiranía, mirando con despreciador desdén á los
infelices pueblos que yacían á sus plantas, amarrados con remachadas
cadenas.

En tamaño conflicto no era pequeña empresa la de desterrar el error,
reformar y suavizar las costumbres, abolir la esclavitud, corregir los
vicios de la legislación, enfrenar el poder y harmonizarle con los
intereses públicos, dar nueva vida al individuo, reorganizar la familia
y la sociedad; y, sin embargo, esto, y nada menos que esto, ejecutó la
Iglesia.

Empecemos por la esclavitud. Ésta es una materia que conviene
profundizar, dado que encierra una de las cuestiones que más pueden
excitar la curiosidad de la ciencia, é interesar los sentimientos del
corazón. ¿Quién ha abolido entre los pueblos cristianos la esclavitud?
¿Fué el Cristianismo? ¿y fué él solo, con sus ideas grandiosas sobre
la dignidad del hombre, con sus máximas y espíritu de fraternidad y
caridad, y, además, con su conducta prudente, suave y benéfica? Me
lisonjeo de poder manifestar que sí.

Ya no se encuentra quien ponga en duda que la Iglesia católica ha
tenido una poderosa influencia en la abolición de la esclavitud; es
una verdad demasiado clara, salta á los ojos con sobrada evidencia,
para que sea posible combatirla. M. Guizot, reconociendo el empeño
y la eficacia con que trabajó la Iglesia para la mejora del estado
social, dice: «Nadie ignora con cuánta obstinación combatió los vicios
de aquel estado, la esclavitud por ejemplo.» Pero á renglón seguido, y
como si le pesase de asentar sin ninguna limitación un hecho que por
necesidad había de excitar á favor de la Iglesia católica las simpatías
de la humanidad entera, continúa: «Mil veces se ha dicho y repetido
que la abolición de la esclavitud en los tiempos modernos, es debida
enteramente á las máximas del Cristianismo. Esto es, á mi entender,
adelantar demasiado: mucho tiempo subsistió la esclavitud en medio
de la sociedad cristiana, sin que semejante estado la confundiese ó
irritase mucho.» Muy errado anda M. Guizot, queriendo probar que no es
debida exclusivamente al Cristianismo la abolición de la esclavitud,
porque subsistiese tal estado por mucho tiempo en medio de la sociedad
cristiana. Si se quería proceder con buena lógica, era necesario mirar
antes si la abolición repentina de la esclavitud era posible; y si el
espíritu de orden y de paz que anima á la Iglesia, podía permitir que
se arrojase á una empresa, con la que hubiera trastornado el mundo,
sin alcanzar el objeto que se proponía. El número de los esclavos era
inmenso; la esclavitud estaba profundamente arraigada en las ideas, en
las costumbres, en las leyes, en los intereses individuales y sociales:
sistema funesto, sin duda, pero que era una temeridad pretender
arrancarle de un golpe, pues que sus raíces penetraban muy hondo, se
extendían á largo trecho debajo de las entrañas de la tierra.

Contáronse en un censo de Atenas veinte mil ciudadanos y cuarenta mil
esclavos; en la guerra del Peloponeso se les pasaron á los enemigos
nada menos que veinte mil, según refiere Tucídides. El mismo autor nos
dice que en Chío era crecidísimo el número de los esclavos, y que la
defección de éstos, pasándose á los atenienses, puso en apuros á sus
dueños; y, en general, era tan grande su número en todas partes, que
no pocas veces estaba en peligro por ellos la tranquilidad pública.
Por esta causa era necesario tomar precauciones para que no pudieran
concertarse. «Es muy conveniente, dice Platón (_Diál. 6. De las
leyes_), que los esclavos no sean de un mismo país, y que, en cuanto
fuere posible, sean discordes sus costumbres y voluntades, pues que
repetidas experiencias han enseñado en las frecuentes defecciones que
se han visto entre los mesenios, y en las demás ciudades que tienen
muchos esclavos de una misma lengua, cuántos daños suelen de esto
resultar.»

Aristóteles en su _Economía_ (1. 1, c. 5) da varias reglas sobre el
modo con que deben tratarse los esclavos, y es notable que coincide
con Platón, advirtiendo expresamente: «que no se han de tener muchos
esclavos de un mismo país». En su _Política_ (l. 2, c. 7) nos dice
que los tesalios se vieron en graves apuros por la muchedumbre de
sus penestas, especie de esclavos; aconteciendo lo propio á los
lacedemonios, de parte de los ilotas. «Con frecuencia ha sucedido,
dice, que los penestas se han sublevado en Tesalia; y los lacedemonios,
siempre que han sufrido alguna calamidad, se han visto amenazados por
las conspiraciones de los ilotas.» Ésta era una dificultad que llamaba
seriamente la atención de los políticos, y no sabían cómo salvar los
inconvenientes que consigo traía esa inmensa muchedumbre de esclavos.
Laméntase Aristóteles de cuán difícil era acertar en el verdadero modo
de tratarlos, y se conoce que era ésta una materia que daba mucho
cuidado. Transcribiré sus propias palabras: «Á la verdad, que el modo
con que se debe tratar á esa clase de hombres es tarea trabajosa y
llena de cuidados: porque, si se usa de blandura, se hacen petulantes
y quieren igualarse con los dueños: y, si se los trata con dureza,
conciben odio y maquinan asechanzas.»

En Roma era tal la multitud de esclavos, que, habiéndose propuesto el
darles un traje distintivo, se opuso á esta medida el Senado, temeroso
de que, si ellos llegaban á conocer su número, peligrase el orden
público: y á buen seguro que no eran vanos semejantes temores, pues que
ya de mucho antes habían los esclavos causado considerables trastornos
en Italia. Platón, para apoyar el consejo arriba citado, recuerda
que «los esclavos repetidas veces habían devastado la Italia con la
piratería y el latrocinio»; y en tiempos más recientes, Espartaco, á la
cabeza de un ejército de esclavos, fué por algún tiempo el terror de
Italia, y dió mucho que entender á distinguidos generales romanos.

Había llegado á tal exceso en Roma el número de los esclavos, que
muchos dueños los tenían á centenares. Cuando fué asesinado el prefecto
de Roma Pedanio Secundo, fueron sentenciados á muerte 400 esclavos
suyos (Tácit., _Ann._, l. 14); y Pudentila, mujer de Apuleyo, los tenía
en tal abundancia, que dió á sus hijos nada menos que 400. Esto había
llegado á ser un objeto de lujo, y á competencia se esforzaban los
romanos en distinguirse por el número de sus esclavos. Querían que, al
hacerse la pregunta de _Quot pascit servos_, cuántos esclavos mantiene,
según expresión de Juvenal (_Satyr._ 3, v. 140), pudiesen ostentarlos
en grande abundancia; llegando la cosa á tal extremo, que, según nos
asegura Plinio, más bien que al séquito de una familia, se parecían á
un verdadero ejército.

No era solamente en Grecia é Italia donde era tan crecido el número de
los esclavos; en Tiro se sublevaron contra sus dueños, y, favorecidos
por su inmenso número, lo hicieron con tal resultado, que los
degollaron á todos. Pasando á pueblos bárbaros, y prescindiendo de
otros más conocidos, nos refiere Herodoto (lib. 3) que, volviendo de la
Media, los escitas se encontraron con los esclavos sublevados, viéndose
forzados los dueños á cederles el terreno, abandonando su patria; y
César en sus comentarios (_De Bello Gall._, lib. 6) nos atestigua lo
abundantes que eran los esclavos en la Galia.

Siendo tan crecido en todas partes el número de esclavos, ya se ve que
era del todo imposible predicar su libertad, sin poner en conflagración
el mundo. Desgraciadamente, queda todavía en los tiempos modernos un
punto de comparación, que, si bien en una escala muy inferior, no deja
de cumplir á nuestro propósito. En una colonia donde los esclavos
negros sean muy numerosos, ¿quién se arroja de golpe á ponerlos en
libertad? ¿Y cuánto se agrandan las dificultades, qué dimensión tan
colosal adquiere el peligro, tratándose, no de una colonia, sino del
universo? El estado intelectual y moral de los esclavos los hacía
incapaces de disfrutar de un tal beneficio en provecho suyo y de la
sociedad; y en su embrutecimiento, aguijoneados por el rencor y por el
deseo de venganza nutridos en sus pechos con el mal tratamiento que
se les daba, hubieran reproducido en grande las sangrientas escenas
con que dejaran ya manchadas en tiempos anteriores las páginas de
la historia. ¿Y qué hubiera acontecido entonces? Que, amenazada la
sociedad por tan horroroso peligro, se hubiera puesto en vela contra
los principios favorecedores de la libertad, hubiéralos en adelante
mirado con prevención y suspicaz desconfianza, y, lejos de aflojar
las cadenas de los esclavos, se las habría remachado con más ahinco y
tenacidad. De aquella inmensa masa de hombres brutales y furibundos,
puestos sin preparación en libertad y movimiento, era imposible que
brotase una organización social: porque una organización social no se
improvisa, y mucho menos con semejantes elementos; y, en tal caso,
habiéndose de optar entre la esclavitud y el aniquilamiento del
orden social, el instinto de conservación que anima á la sociedad,
como á todos los seres, hubiera acarreado indudablemente la duración
de la esclavitud allí donde hubiese permanecido todavía, y su
restablecimiento allí donde se la hubiese destruído.

Los que se han quejado de que el Cristianismo no anduviera más pronto
en la abolición de la esclavitud, debían recordar que, aun cuando
supongamos posible una emancipación repentina ó muy rápida, aun cuando
queramos prescindir de los sangrientos trastornos que por necesidad
habrían resultado, la sola fuerza de las cosas, saliendo al paso con
sus obstáculos insuperables, hubiera inutilizado semejante medida.
Demos de mano á todas las consideraciones sociales y políticas, y
fijémonos únicamente en las económicas. Por de pronto era necesario
alterar todas las relaciones de la propiedad: porque, figurando en ella
los esclavos como una parte principal, cultivando ellos las tierras,
ejerciendo los oficios mecánicos, en una palabra, estando distribuído
entre ellos lo que se llama trabajo, y hecha esta distribución en
el supuesto de la esclavitud, quitada esta base se acarreaba una
dislocación tal, que la mente no alcanza á comprender sus últimas
consecuencias.

Quiero suponer que se hubiese procedido á despojos violentos, que
se hubiese intentado un reparto, una nivelación de propiedades; que
se hubiesen distribuído tierras á los emancipados, y que á los más
opulentos señores se les hubiese forzado á manejar el azadón y el
arado; quiero suponer realizados todos estos absurdos, todos esos
sueños de un delirante: ni aun así, se habría salido del paso: porque
es menester no olvidar que la producción de los medios de subsistencia
ha de estar en proporción con las necesidades de los que han de
subsistir; y esto era imposible, supuesta la emancipación de los
esclavos. La producción estaba regulada, no suponiendo precisamente el
número de individuos que á la sazón existían, sino también que la mayor
parte de éstos eran esclavos; y las necesidades de un hombre libre son
alguna cosa más que las necesidades de un esclavo.

Si ahora, después de diez y ocho siglos, rectificadas las ideas,
suavizadas las costumbres, mejoradas las leyes, amaestrados los pueblos
y los gobiernos, fundados tantos establecimientos públicos para el
socorro de la indigencia, ensayados tantos sistemas para la buena
distribución del trabajo, repartidas de un modo más equitativo las
riquezas, hay todavía tantas dificultades para que un número inmenso
de hombres no sucumba víctima de horrorosa miseria; si es éste el mal
terrible que atormenta á la sociedad, y que pesa sobre su porvenir como
un sueño funesto, ¿qué hubiera sucedido con la emancipación universal
al principio del Cristianismo, cuando los esclavos no eran reconocidos
en el derecho como _personas_, sino como _cosas_; cuando su unión
conyugal no era juzgada como matrimonio, cuando la pertenencia de los
frutos de esa unión era declarada por las mismas reglas que rigen con
respecto á los brutos, cuando el infeliz esclavo era maltratado,
atormentado, vendido, y aun muerto, conforme á los caprichos de su
dueño? ¿No salta á los ojos que el curar males semejantes era obra de
siglos? ¿No es esto lo que nos están enseñando las consideraciones de
humanidad, de política y de economía?

Si se hubiesen hecho insensatas tentativas, á no tardar mucho, los
mismos esclavos habrían protestado contra ellas, reclamando una
esclavitud que al menos les aseguraba pan y abrigo, y despreciando
una libertad incompatible con su existencia. Éste es el orden de la
naturaleza: el hombre necesita ante todo tener para vivir, y si le
faltan los medios de subsistencia, no le halaga la misma libertad. No
es necesario recorrer á ejemplos de particulares, que se nos ofrecieran
con abundancia; en pueblos enteros se ha visto una prueba patente de
esta verdad. Cuando la miseria es excesiva, difícil es que no traiga
consigo el envilecimiento, sofocando los sentimientos más generosos,
desvirtuando los encantos que ejercen sobre nuestro corazón las
palabras de independencia y libertad. «La plebe, dice César, hablando
de los galos (_Bello Gallico_, lib. 6), está casi en el lugar de los
esclavos, y de sí misma ni se atreve á nada, ni es contado su voto para
nada; y muchos hay que, agobiados de deudas y de tributos, ú oprimidos
por los poderosos, _se entregan á los nobles en esclavitud_: habiendo
sobre éstos así entregados, todos los mismos derechos que sobre los
esclavos.» En los tiempos modernos no faltan tampoco semejantes
ejemplos; porque sabido es que entre los chinos abundan en gran manera
los esclavos, cuya esclavitud no reconoce otro origen, sino que ellos ó
sus padres no se vieron capaces de proveer á su subsistencia.

Estas reflexiones, apoyadas en datos que nadie me podrá contestar,
manifiestan hasta la evidencia la profunda sabiduría del Cristianismo
en proceder con tanto miramiento en la abolición de la esclavitud.
Hízose todo lo que era posible en favor de la libertad del hombre; no
se adelantó más rápidamente en la obra, porque no podía ejecutarse sin
malograr la empresa, sin poner gravísimos obstáculos á la deseada
emancipación. He aquí el resultado que, al fin, vienen á dar siempre
los cargos que se hacen á algún procedimiento de la Iglesia: se le
examina á la luz de la razón, se le coteja con los hechos, viniéndose
á parar á que el procedimiento de que se la culpa, está muy conforme
con lo que dicta la más alta sabiduría, y con los consejos de la más
exquisita prudencia.

¿Qué quiere decirnos, pues, M. Guizot cuando, después de haber
confesado que el Cristianismo trabajó con ahinco en la abolición de
la esclavitud, le echa en cara el que consintiese por largo tiempo su
duración? ¿Con qué lógica pretende de aquí inferir que no es verdad
que sea debido exclusivamente al Cristianismo ese inmenso beneficio
dispensado á la humanidad? Duró siglos la esclavitud en medio del
Cristianismo, es cierto; pero anduvo siempre en decadencia, y su
duración fué sólo la necesaria para que el beneficio se realizase sin
violencias, sin trastornos, asegurando su universalidad y su perpetua
conservación. Y de estos siglos en que duró, débese todavía cercenar
una parte muy considerable, á causa de que, en los tres primeros, se
halló la Iglesia proscripta á menudo, mirada siempre con aversión, y
enteramente privada de ejercer influjo directo sobre la organización
social. Débese también descontar mucho de los siglos posteriores,
porque había transcurrido todavía muy poco tiempo desde que la Iglesia
ejercía su influencia directa y pública, cuando sobrevino la irrupción
de los bárbaros del Norte, que, combinada con la disolución de que se
hallaba atacado el imperio, y que cundía de un modo espantoso, acarreó
un trastorno tal, una mezcolanza tan informe de lenguas, de usos, de
costumbres y de leyes, que no era casi posible ejercer con mucho fruto
una acción reguladora. Si en tiempos más cercanos ha costado tanto
trabajo el destruir el feudalismo, si después de siglos de combates
quedan todavía en pie muchas de sus reliquias, si el tráfico de los
negros, á pesar de ser limitado á determinados países, á peculiares
circunstancias, está todavía resistiendo al grito universal de
reprobación que contra semejante infamia se levanta de los cuatro
ángulos del mundo, ¿cómo hay quien se atreva á manifestar extrañeza,
é inculpar al Cristianismo, porque la esclavitud duró algunos siglos,
después de proclamadas la fraternidad entre todos los hombres, y su
igualdad ante Dios?



CAPITULO XVI


Afortunadamente la Iglesia católica fué más sabia que los filósofos,
y supo dispensar á la humanidad el beneficio de la emancipación, sin
injusticias y trastornos: ella regenera las sociedades, pero no lo hace
en baños de sangre. Veamos, pues, cuál fué su conducta en la abolición
de la esclavitud.

Mucho se ha encarecido ya el espíritu de amor y fraternidad que anima
al Cristianismo; y esto basta para convencer de que debió de ser grande
la influencia que tuvo en la grande obra de que estamos hablando.
Pero quizás no se ha explorado bastante todavía cuáles son los medios
positivos, prácticos, digámoslo así, de que echó mano para conseguir su
objeto. Al través de la obscuridad de los siglos, en tanta complicación
y variedad de circunstancias, ¿será posible rastrear algunos hechos que
sean como las huellas que indiquen el camino seguido por la Iglesia
católica para libertar á una inmensa porción del linaje humano de la
esclavitud en que gemía? ¿Será posible decir algo más que algunos
encomios generales de la caridad cristiana? ¿Será posible señalar un
plan, un sistema, y probar su existencia y desarrollo, apoyándose,
no precisamente en expresiones sueltas, en pensamientos altos, en
sentimientos generosos, en acciones aisladas de algunos hombres
ilustres, sino en hechos positivos, en documentos históricos, que
manifiesten cuál era el espíritu y la tendencia del mismo cuerpo de la
Iglesia? Creo que sí: y no dudo que me sacará airoso en la empresa lo
que puede haber de más convincente y decisivo en la materia, á saber:
los monumentos de la legislación eclesiástica.

Y ante todo no será fuera del caso recordar lo que se lleva ya indicado
anteriormente: que, cuando se trata de conducta, de designios, de
tendencias, con respecto á la Iglesia, no es necesario suponer que
esos designios cupieran en toda su extensión en la mente de ningún
individuo en particular, ni que todo el mérito y efecto de semejante
conducta fuesen bien comprendidos por ninguno de los que en ella
intervenían: y aun puede decirse que no es necesario suponer que los
primeros cristianos conociesen toda la fuerza de las tendencias del
Cristianismo con respecto á la abolición de la esclavitud. Lo que
conviene manifestar es que se obtuvo el resultado por las doctrinas y
la conducta de la Iglesia; pues que entre los católicos, si bien se
estiman los méritos y el grandor de los individuos en lo que valen, no
obstante, cuando se habla de la Iglesia, desaparecen los individuos;
sus pensamientos y su voluntad son nada, porque el espíritu que anima,
que vivifica y dirige á la Iglesia, no es el espíritu del hombre,
sino el Espíritu del mismo Dios. Los que no pertenezcan á nuestra
creencia, echarán mano de otros nombres; pero estaremos conformes,
cuando menos, en que, mirados los hechos de esta manera, elevados
sobre el pensamiento y voluntad del individuo, conservan mucho mejor
sus verdaderas dimensiones, y no se quebranta en el estudio de la
historia la inmensa cadena de los sucesos. Dígase que la conducta de la
Iglesia fué inspirada y dirigida por Dios, ó bien que fué hija de un
_instinto_, que fué el _desarrollo de una te tendencia entrañada por
sus doctrinas_; empléense estas ó aquellas expresiones, hablando como
católico ó como filósofo: en esto no es menester detenerse ahora; que
lo que conviene manifestar es que ese instinto fué generoso y atinado,
que esa tendencia se dirigía á un grande objeto y que lo alcanzó.

Lo primero que hizo el Cristianismo con respecto á los esclavos,
fué disipar los errores que se oponían, no sólo á su emancipación
universal, sino hasta á la mejora de su estado; es decir, que la
primera fuerza que desplegó en el ataque fué, según tiene de costumbre,
_la fuerza de las ideas_. Era este primer paso tanto más necesario
para curar el mal, cuanto acontecía en él lo que suele suceder en
todos los males, que andan siempre acompañados de algún error, que, ó
los produce, ó los fomenta. Había no sólo la opresión, la degradación
de una gran parte de la humanidad; sino que estaba muy acreditada una
opinión errónea, que procuraba humillar más y más á esa parte de la
humanidad. La raza de los esclavos era, según dicha opinión, una raza
vil, que no se levantaba ni de mucho al nivel de la de los hombres
libres: era una raza degradada por el mismo Júpiter, marcada con un
sello humillante por la naturaleza misma, destinada ya de antemano á
ese estado de abyección y vileza. Doctrina ruin sin duda, desmentida
por la naturaleza humana, por la historia, por la experiencia, pero
que no dejaba por esto de contar distinguidos defensores, y que, con
ultraje de la humanidad y escándalo de la razón, la vemos proclamar por
largos siglos, hasta que el Cristianismo vino á disiparla, tomando á su
cargo la vindicación de los derechos del hombre.

Homero nos dice (_Odis._, 17) que «Júpiter quitó la mitad de la mente
á los esclavos». En Platón encontramos el rastro de la misma doctrina,
pues que, si bien en boca de otros, como acostumbra, no deja, sin
embargo, de aventurar lo siguiente: «Se dice que en el ánimo de los
esclavos nada hay de sano ni entero, y que un hombre prudente no debe
fiarse de esa casta de hombres, cosa que atestigua también el más sabio
de nuestros poetas; citando en seguida el pasaje de Homero, arriba
indicado (_Plat._, _l. de las Leyes._) Pero donde se encuentra esa
degradante doctrina en toda su negrura y desnudez, es en la _Política_
de Aristóteles. No ha faltado quien ha querido defenderle, pero en
vano; porque sus propias palabras le condenan sin remedio. Explicando
en el primer capítulo de su obra la constitución de la familia, y
proponiéndose fijar las relaciones entre el marido y la mujer, y entre
el señor y el esclavo, asienta que, así como la hembra es naturalmente
diferente del varón, así el esclavo es diferente del dueño; he aquí sus
palabras: «_y así la hembra y el esclavo son distinguidos por la misma
naturaleza_.» Esta expresión no se le escapó al filósofo, sino que la
dijo con pleno conocimiento, y no es otra cosa que el compendio de su
teoría. En el capítulo 3 continúa analizando los elementos que componen
la familia y, después de asentar que «una familia perfecta consta de
libres y de esclavos», se fija en particular sobre los últimos, y
empieza combatiendo una opinión que parecía favorecerles demasiado.
«Hay algunos, dice, que piensan que la esclavitud es cosa fuera del
orden de la naturaleza; pues que sólo viene de la ley el ser éste
esclavo y aquél libre, ya que por la naturaleza en nada se distinguen.»
Antes de rebatir esta opinión, explica las relaciones del dueño y del
esclavo, valiéndose de la semejanza del artífice y del instrumento, y
también del alma y del cuerpo, y continúa: «Si se comparan el macho
y la hembra, aquél es superior y por esto manda, ésta inferior y por
esto obedece, y lo propio ha de suceder en todos los hombres; y _así
aquellos que son tan inferiores cuanto lo es el cuerpo respecto del
alma, y el bruto respecto del hombre, y cuyas facultades consisten
principalmente en el uso del cuerpo, siendo este uso el mayor provecho
que de ellos se saca, éstos son esclavos por naturaleza_. Á primera
vista podría parecer que el filósofo habla solamente de los fatuos,
pues así parecen indicarlo sus palabras; pero veremos en seguida por el
contexto que no es tal su intención. Salta á la vista que, si hablara
de los fatuos, nada probaría contra la opinión que se propone impugnar,
siendo el número de éstos tan escaso, que es nada en comparación de
la generalidad de los hombres: además que, si á los fatuos quisiera
ceñirse, ¿de qué sirviera su teoría, fundada únicamente en una
excepción monstruosa y muy rara?

Pero no necesitamos andarnos en conjeturas sobre la verdadera mente
del filósofo; él mismo cuida de explicárnosla, revelándonos, al propio
tiempo, el por qué se había valido de expresiones tan fuertes, que
parecían sacar la cuestión de su quicio. Nada menos se propone que
atribuir á la naturaleza el expreso designio de producir hombres de
dos clases: unos nacidos para la libertad, otros para la esclavitud.
El pasaje es demasiado importante y curioso para que podamos dejar de
copiarle. Dice así: «_Bien quiere la naturaleza procrear diferentes
los cuerpos de los libres y los de los esclavos: de manera que los
de éstos sean robustos, y á propósito para los usos necesarios, y
los de aquéllos bien formados, inútiles sí para trabajos serviles,
pero acomodados para la vida civil, que consiste en el manejo de
los negocios de la guerra y de la paz_; pero muchas veces sucede lo
contrario, y á unos les cabe cuerpo de esclavo y á otros alma de libre.
No hay duda que, si en el cuerpo se aventajasen tanto algunos como las
imágenes de los dioses, todo el mundo sería de parecer que debieran
servirlos aquellos que no hubiesen alcanzado tanta gallardía. Si esto
es verdad hablando del cuerpo, mucho más lo es hablando del alma; bien
que no es tan fácil ver la hermosura de ésta como la de aquél; y así
no puede dudarse que hay algunos hombres nacidos para la libertad, así
como hay otros nacidos para la esclavitud: esclavitud que, á más de ser
útil á los mismos esclavos, es también _justa_.»

¡Miserable filosofía! que para sostener un estado degradante necesitaba
apelar á tamañas cavilaciones, achacando á la naturaleza la intención
de procrear diferentes castas, nacidas las unas para dominar, las
otras para servir: ¡filosofía cruel! la que así procuraba quebrantar
los lazos de fraternidad con que el Autor de la naturaleza ha querido
vincular al humano linaje, que así se empeñaba en levantar una
barrera entre hombre y hombre, que así ideaba teorías para sostener
la desigualdad; y no aquella desigualdad que resulta necesariamente
de toda organización social, sino una desigualdad tan terrible y
degradante cual es la de la esclavitud.

Levanta el Cristianismo la voz, y en las primeras palabras que
pronuncia sobre los esclavos los declara iguales en dignidad de
naturaleza á los demás hombres: iguales también en la participación
de las gracias que el Espíritu Divino va á derramar sobre la tierra.
Es notable el cuidado con que insiste sobre este punto el apóstol San
Pablo: no parece sino que tenía á la vista las degradantes diferencias
que por un funesto olvido de la dignidad del hombre se querían señalar:
nunca se olvida de inculcar la nulidad de la diferencia del esclavo y
del libre. «Todos hemos sido bautizados en un espíritu, para formar un
mismo cuerpo, judíos ó gentiles, _esclavos ó libres_.» (I ad Cor., c.
12, v. 13.) «Todos sois hijos de Dios por la fe que es Cristo Jesús.
Cualesquiera que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido
de Cristo: no hay judío ni griego, no hay _esclavo ni libre_, no hay
macho ni hembra: pues todos sois uno en Jesucristo.» (Ad Gal., c. 3, v.
26, 27, 28.) «Donde no hay gentil ni judío, circunciso é incircunciso,
bárbaro y escita, _esclavo y libre_, sino todo y en todos Cristo.» (_Ad
Coloss._, c. 3, v. 11.)

Parece que el corazón se ensancha al oir proclamar en alta voz esos
grandes principios de fraternidad y de santa igualdad; cuando acabamos
de oir á los oráculos del paganismo ideando doctrinas para abatir
más y más á los desgraciados esclavos, parece que despertamos de un
sueño angustioso, y nos encontramos con la luz del día, en medio de
una realidad halagüeña. La imaginación se complace en mirar á tantos
millones de hombres que, encorvados bajo el peso de la degradación y
de la ignominia, levantan sus ojos al cielo, y exhalan un suspiro de
esperanza.

Aconteció con esta enseñanza del Cristianismo lo que acontece con
todas las doctrinas generosas y fecundas: penetran hasta el corazón
de la sociedad, quedan allí depositadas como un germen precioso y,
desenvueltas con el tiempo, producen un árbol inmenso que cobija bajo
su sombra las familias y las naciones. Como esparcidas entre hombres,
no pudieron tampoco librarse de que se las interpretase mal, y se las
exagerase; y no faltaron algunos que pretendieron que la libertad
cristiana era la proclamación de la libertad universal. Al resonar á
los oídos de los esclavos las dulces palabras del Cristianismo, al oir
que se los declaraba hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, al ver que
no se hacía distinción alguna entre ellos y sus amos, ni aun los más
poderosos señores de la tierra, no ha de parecer tampoco muy extraño
que hombres acostumbrados solamente á las cadenas, al trabajo y á
todo linaje de pena y envilecimiento, exagerasen los principios de la
doctrina cristiana, é hiciesen de ella aplicaciones, que ni eran en sí
justas, ni tampoco capaces de ser reducidas á la práctica.

Sabemos por San Jerónimo que muchos, oyendo que se los llamaba á la
libertad cristiana, pensaron que con ésta se les daba la libertad; y
quizás el Apóstol aludía á este error, cuando en su primera carta á
Timoteo (c. 6, v. 1) decía: «Todos los que están bajo el yugo de la
esclavitud, que honren con todo respeto á sus dueños para que el nombre
y la doctrina del Señor no sean blasfemados.» Este error había tenido
tal eco, que después de tres siglos andaba todavía muy válido, viéndose
obligado el concilio de Gangres, celebrado por los años de 324, á
excomulgar á aquellos que, bajo pretexto de piedad, enseñaban que los
esclavos debían dejar á sus amos, y retirarse de su servicio. No era
esto lo que enseñaba el Cristianismo; y, además, queda ya bastante
evidenciado que no hubiera sido éste el verdadero camino para llegar á
la emancipación universal.

Así es que el mismo Apóstol, á quien hemos oído hablar á favor de
los esclavos un lenguaje tan generoso, les inculca repetidas veces
la obediencia á sus dueños; pero es notable que, mientras cumple con
este deber impuesto por el espíritu de paz y de justicia que anima al
Cristianismo, explica de tal manera los motivos en que se ha de fundar
la obediencia de los esclavos, recuerda con tan sentidas y vigorosas
palabras las obligaciones que pesan sobre los dueños, y asienta tan
expresa y terminantemente la igualdad de todos los hombres ante Dios,
que bien se conoce cuál era su compasión para con esa parte desgraciada
de la humanidad, y cuán diferentes eran sobre este particular sus ideas
de las de un mundo endurecido y ciego.

Albérgase en el corazón del hombre un sentimiento de noble
independencia, que no le consiente sujetarse á la voluntad de otro
hombre, á no ser que se le manifiesten títulos legítimos en que
fundarse puedan las pretensiones del mando. Si estos títulos andan
acompañados de razón y de justicia, y, sobre todo, si están radicados
en altos objetos que el hombre acata y ama, la razón se convence, el
corazón se ablanda, y el hombre cede. Pero, si la razón del mando es
sólo la voluntad de otro hombre, si se hallan encarados, por decirlo
así, hombre con hombre, entonces bullen en la mente los pensamientos
de igualdad, arde en el corazón el sentimiento de la independencia,
la frente se pone altanera y las pasiones braman. Por esta causa, en
tratándose de alcanzar obediencia voluntaria y duradera, es menester
que el que manda se oculte, desaparezca el hombre, y sólo se vea el
representante de un poder superior, ó la personificación de los motivos
que manifiestan al súbdito la justicia y la utilidad de la sumisión: de
esta manera no se obedece á la voluntad ajena por lo que es en sí, sino
porque representa un poder superior, ó porque es el intérprete de la
razón y de la justicia; y así no mira el hombre ultrajada su dignidad,
y se le hace la obediencia suave y llevadera.

No es menester decir si eran tales los títulos en que se fundaba la
obediencia de los esclavos antes del Cristianismo: las costumbres los
equiparaban á los brutos, y las leyes venían, si cabe, á recargar la
mano, usando de un lenguaje que no puede leerse sin indignación.
El dueño mandaba porque tal era su voluntad, y el esclavo se veía
precisado á obedecer, no en fuerza de motivos superiores, ni de
obligaciones morales, sino porque era una propiedad del que mandaba,
era un caballo regido por el freno, era una máquina que había de
corresponder al impulso del manubrio. ¿Qué extraño, pues, si aquellos
infelices, abrevados de infortunio y de ignominia, abrigaban en su
pecho aquel hondo y concentrado rencor, aquella virulenta saña, aquella
terrible sed de venganza, que á la primera oportunidad reventaba
con explosión espantosa? El horroroso degüello de Tiro, ejemplo y
terror del universo, según la expresión de Justino, las repetidas
sublevaciones de los penestas en Tesalia, de los ilotas en Lacedemonia,
las defecciones de los de Chío y Atenas, la insurrección acaudillada
por Herdonio, y el terror causado por ella á todas las familias de
Roma, las sangrientas escenas, la tenaz y desesperada resistencia de
las huestes de Espartaco, ¿qué eran sino el resultado natural del
sistema de violencia, de ultraje y desprecio con que se trataba á los
esclavos? ¿No es esto lo mismo que hemos visto reproducido en tiempos
recientes, en las catástrofes de los negros de las colonias? Tal es la
naturaleza del hombre: quien siembra desprecio y ultraje, recoge furor
y venganza.

Estas verdades no se ocultaron al Cristianismo, y así es que, si
predicó la obediencia, procuró fundarla en títulos divinos; si
conservó á los dueños sus derechos, también les enseñó altamente sus
obligaciones; y allí donde prevalecieron las doctrinas cristianas,
pudieron los esclavos decir: «Somos infelices, es verdad; á la desdicha
nos han condenado, ó el nacimiento, ó la pobreza, ó los reveses de
la guerra; pero al fin se nos reconoce por hombres, por hermanos; y
entre nosotros y nuestros dueños hay una reciprocidad de obligaciones
y de derechos.» Oigamos, ó si no, lo que dice el Apóstol: «Esclavos,
obedeced á los señores carnales con temor y temblor, con sencillez
de corazón como á Cristo, _no sirviendo con puntualidad para agradar
á los hombres_, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la
voluntad de Dios, sirviendo de buena voluntad, _como al Señor, y no
como á los hombres_; sabiendo que cada uno recibirá del Señor el bien
que hiciere, sea _esclavo_, sea _libre_. Y vosotros, señores, haced lo
mismo con vuestros esclavos, aflojando en vuestras amenazas; sabiendo
que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos; y _delante de él no
hay acepción de personas_.» (_Ad Ephes._, c. 6, v. 5, 6, 7, 8, 9.)

En la carta á los colosenses (c. 3) vuelve á inculcar la misma
doctrina de la obediencia, fundándola en los mismos motivos; y, como
consolando á los infelices esclavos, les dice: «Del Señor recibiréis
la retribución de la heredad. Servid á Cristo Señor. Pues, quien
hace injuria, recibirá su condigno castigo: y no hay delante de Dios
acepción de personas.» Y más abajo (c. 4, v. 1), dirigiéndose á
los señores, añade: «Señores, dad á los esclavos lo que es justo y
equitativo; sabiendo que vosotros también tenéis un Señor en el cielo.»

Esparcidas doctrinas tan benéficas, ya se ve que había de mejorarse
en gran manera la condición de los esclavos, siendo el resultado más
inmediato el templarse aquel rigor tan excesivo, aquella crueldad que
nos sería increíble, si no nos constara en testimonios irrecusables.
Sabido es que el dueño tenía el derecho de vida y de muerte, y que se
abusaba de esta facultad hasta matar á un esclavo por un capricho,
como lo hizo Quinto Flaminio en medio de un convite; y hasta arrojar
á las murenas á uno de esos infelices, por haber tenido la desgracia
de quebrar un vaso, como se nos refiere de Vedio Polión. Y no se
limitaba tamaña crueldad al círculo de algunas familias que tuviesen un
dueño sin entrañas, no, sino que estaba erigida en sistema; resultado
funesto, pero necesario, del extravío de las ideas sobre este punto,
del olvido de los sentimientos de humanidad: sistema violento que sólo
se sostenía teniendo hincado sin cesar el pie sobre la cerviz del
esclavo, que sólo se interrumpía cuando, pudiendo éste prevalecer, se
arrojaba sobre su dueño y lo hacía pedazos. Era antiguo proverbio:
«tantos enemigos, cuantos esclavos.»

Ya hemos visto los estragos que hacían esos hombres furiosos y
abrasados de sed de venganza, siempre que podían quebrantar las
cadenas que los oprimían; pero, á buen seguro que no les iban en zaga
los dueños, cuando se trataba de inspirarles terror. En Lacedemonia,
temiéndose un día de la mala voluntad de los ilotas, los reunieron á
todos cerca del templo de Júpiter, y los pasaron á cuchillo (_Tucy._,
l. 4); y en Roma había la bárbara costumbre de que, siempre que fuese
asesinado algún dueño, fueran condenados á muerte todos sus esclavos.
Congoja da el leer en Tácito (_Ann._, l. 14, 43) la horrorosa escena
ocurrida después de haber sido asesinado por uno de sus esclavos
el prefecto de la ciudad, Pedanio Secundo. Eran nada menos que 400
los esclavos del difunto, y, según la antigua costumbre, debían ser
conducidos todos al suplicio. Espectáculo tan cruel y lastimoso en que
se iba á dar la muerte á tantos inocentes, movió á compasión al pueblo,
que llegó al extremo de amotinarse para impedir tamaña carnicería.
Perplejo el Senado, deliberaba sobre el negocio, cuando, tomando la
palabra un orador llamado Casio, sostuvo con energía la necesidad de
llevar á cabo la sangrienta ejecución, no sólo á causa de prescribirlo
así la antigua costumbre, sino también por no ser posible de otra
manera el preservarse de la mala voluntad de los esclavos. En sus
palabras sólo hablan la injusticia y la tiranía; ve por todas partes
peligros y asechanzas; no sabe excogitar otros preservativos que la
fuerza y el terror; siendo notable en particular la siguiente cláusula,
porque en breve espacio nos retrata las ideas y costumbres de los
antiguos sobre este punto: «Sospechosa fué siempre á nuestros mayores
la índole de los esclavos, aun de aquellos que, por haberles nacido
en sus propias posesiones y casas, podían desde la cuna haber cobrado
afición á los dueños; pero, después que tenemos esclavos de naciones
extrañas, de diferentes usos y de diversa religión, para contener á
esa canalla no hay otro medio que el terror.» La crueldad prevaleció:
se reprimió la osadía del pueblo, se cubrió de soldados la carrera, y
los 400 desgraciados fueron conducidos al patíbulo.

Suavizar ese trato cruel, desterrar esas horrendas atrocidades, era
el primer fruto que debían dar las doctrinas cristianas; y puede
asegurarse que la Iglesia no perdió jamás de vista tan importante
objeto, procurando que la condición de los esclavos se mejorase en
cuanto era posible; que en materia de castigo se substituyese la
indulgencia á la crueldad; y, lo que más importaba, se esforzó en
que ocupase la razón el lugar del capricho, que á la impetuosidad
de los dueños sucediese la calma de los tribunales: es decir, que
se anduvieran aproximando los esclavos á los libres, rigiendo, con
respecto á ellos, no el hecho, sino el derecho.

La Iglesia no ha olvidado jamás la hermosa lección que le dió el
Apóstol cuando, escribiendo á Filemón, intercedía por un esclavo, y
esclavo fugitivo, llamado Onésimo, y hablaba en su favor un lenguaje
que no se había oído nunca en favor de esa clase desgraciada. «Te
ruego, le decía, por mi hijo Onésimo; ahí te lo he remitido, recíbelo
como mis entrañas, no como á esclavo, sino como á hermano cristiano;
si me amas, recíbelo como á mí; si en algo te ha dañado, ó te debe,
yo quedo responsable.» (_Ep. ad Philem._) No, la Iglesia no olvidó
esta lección de fraternidad y de amor, y el suavizar la suerte de los
esclavos fué una de sus atenciones más predilectas.

El concilio de Elvira, celebrado á principios del siglo IV, sujeta á
penitencia á la mujer que haya golpeado con daño grave á su esclava. El
de Orleans, celebrado en 549 (can. 22), prescribe que, si se refugiare
en la iglesia algún esclavo que hubiere cometido algunas faltas, se le
vuelva á su amo, pero haciéndole antes prestar juramento de que, al
salir, no le hará daño ninguno; mas que, si le maltratare quebrantando
el juramento, sea separado de la comunión y de la mesa de los
católicos. Este canon nos revela dos cosas: la crueldad acostumbrada
de los amos, y el celo de la Iglesia por suavizar el trato de los
esclavos. Para poner freno á la crueldad, nada menos se necesitaba
que exigir un juramento; y la Iglesia, aunque de suyo tan delicada en
materia de juramentos, juzgaba, sin embarco, el negocio de bastante
importancia para que pudiera y debiera emplearse en él el augusto
nombre de Dios.

El favor y protección que la Iglesia dispensaba á los esclavos, se iba
extendiendo rápidamente: y, á lo que parece, debía de introducirse en
algunos lugares la costumbre de exigir juramento, no tan sólo de que el
esclavo refugiado en la iglesia no sería maltratado en su persona, pero
que ni aun se le impondría trabajo extraordinario, ni se le señalaría
con ningún distintivo que le diera á conocer. De esta costumbre,
procedente sin duda del celo por el bien de la humanidad, pero que
quizás hubiera traído inconvenientes aflojando con demasiada prontitud
los lazos de la obediencia, y dando lugar á excesos de parte de los
esclavos, encuéntranse los indicios en una disposición del concilio de
Epaona (hoy, según algunos, Abbón), celebrado por los años de 517, en
que se procura atajar el mal, prescribiendo una prudente moderación,
sin levantar por eso la mano de la protección comenzada. En el canon
39 ordena que, si un esclavo reo de algún delito atroz se retrae á la
iglesia, sólo se le libre de las penas corporales; sin obligar al dueño
á prestar juramento de que no le impondrá trabajo extraordinario, ó que
no le cortará el pelo para que no sea conocido. Y nótese bien que, si
se pone esa limitación, es cuando el esclavo haya cometido un delito
atroz, y que, en tal caso, la facultad que se le deja al amo, es la de
imponerle trabajo extraordinario, ó de distinguirle cortándole el pelo.

Quizás no faltará quien tizne de excesiva semejante indulgencia; pero
es menester advertir que, cuando los abusos son grandes y arraigados,
el empuje para arrancarlos ha de ser fuerte; y que á veces, si bien
parece á primera vista que se traspasan los límites de la prudencia,
este exceso aparente no es más que aquella oscilación indispensable
que sufren las cosas antes de alcanzar su verdadero aplomo. Aquí no
trataba la Iglesia de proteger el crimen, no reclamaba indulgencia
para el que no la mereciese; lo que se proponía era poner coto á la
violencia y al capricho de los amos; no quería consentir que un hombre
sufriese los tormentos y la muerte, porque tal fuese la voluntad de
otro hombre. El establecimiento de leyes justas, y la legítima acción
de los tribunales, son cosas á que jamás se ha opuesto la Iglesia; pero
la violencia de los particulares no ha podido consentirla nunca.

De este espíritu de oposición al ejercicio de la fuerza privada,
espíritu que entraña nada menos que la organización social, encontramos
una muestra muy á propósito en el canon 15 del concilio de Mérida,
celebrado en el año 666. Sabido es, y lo llevo ya indicado, que los
esclavos eran una parte principal de la propiedad, y que, estando
arreglada la distribución del trabajo conforme á esa base, no le era
posible prescindir de tener esclavos á quien tuviese propiedades,
sobre todo si eran algo considerables. La Iglesia se hallaba en este
caso; y, como no estaba en su mano el cambiar de golpe la organización
social, tuvo que acomodarse á esta necesidad, y tenerlos también. Si
con respecto á éstos quería introducir mejoras, bueno era que empezase
ella misma á dar el ejemplo; y este ejemplo se halla en el canon del
concilio que acabo de citar. En él, después de haber prohibido á los
obispos y á los sacerdotes el maltratar á los sirvientes de la Iglesia
mutilándolos, dispone el concilio que, si cometen algún delito, se los
entregue á los jueces seglares, pero de manera que los obispos moderen
la pena á que sean condenados. Es digno de notarse que, según se deduce
de este canon, estaba todavía en uso el derecho de mutilación, hecha
por el dueño particular, y que quizás se conservaba aún muy arraigado,
cuando vemos que el concilio se limita á prohibir esta pena á los
eclesiásticos, y nada dice con respecto á los legos.

En esta prohibición influía, sin duda, la mira de que, derramando
sangre humana, no se hicieran incapaces los eclesiásticos de ejercer
aquel elevado ministerio, cuyo acto principal es el augusto sacrificio
en que se ofrece una víctima de paz y de amor; pero esto nada quita de
su mérito, ni disminuye su influencia en la mejora de la suerte de los
esclavos: siempre era reemplazar la vindicta particular con la vindicta
pública; era una nueva proclamación de la igualdad de los esclavos con
los libres cuando se trataba de efusión de sangre; era declarar que las
manos que derramasen la de un esclavo, quedaban con la misma mancha que
si hubiesen vertido la de un hombre libre. Y era necesario inculcar de
todos modos esas verdades saludables, ya que estaban en tan abierta
contradicción con las ideas y costumbres antiguas; era necesario
trabajar asiduamente en que desapareciesen las expresiones vergonzosas
y crueles, que mantenían privados á la mayor parte de los hombres de la
participación de los derechos de la humanidad.

En el canon que acabo de citar hay una circunstancia notable, que
manifiesta la solicitud de la Iglesia para restituir á los esclavos la
dignidad y consideración de que se hallaban privados. El rapamiento de
los cabellos era entre los godos una pena muy afrentosa, y que, según
nos dice Lucas de Tuy, casi les era más sensible que la muerte. Ya se
deja entender que, cualquiera que fuese la preocupación sobre este
punto, podía la Iglesia permitir el rapamiento, sin incurrir en la
nota que consigo lleva el derramamiento de sangre; pero, sin embargo,
no quiso hacerlo; y esto indica que procuraba borrar las marcas de
humillación, estampadas en la frente del esclavo. Después de haber
prevenido á los sacerdotes y obispos, que entreguen al juez á los que
sean culpables, dispone que «no toleren que se los rape con ignominia».

Ningún cuidado estaba de más en esta materia: era necesario
acechar todas las ocasiones favorables, procurando que anduviesen
desapareciendo las odiosas excepciones que afligían á los esclavos.
Esta necesidad se manifiesta bien á las claras en el modo de expresarse
el concilio undécimo de Toledo, celebrado en el año 675. En su canon
6.º prohibe á los obispos el juzgar por sí los delitos dignos de
muerte, y el mandar la mutilación de los miembros; pero véase cómo
juzgó necesario advertir que no consentía excepción, añadiendo: «ni aun
contra los siervos de su Iglesia». El mal era grave, y no podía ser
curado sino con solicitud muy asidua; por manera que, aun limitándonos
al derecho más cruel de todos, cual es el de vida y muerte, vemos
que cuesta largo trabajo el extirparle. Á principios del siglo VI no
faltaban ejemplos de tamaño exceso, pues que el concilio de Epaona en
su canon 34 dispone «que sea privado por dos años de la comunión de la
Iglesia el amo que por su _propia autoridad_ haga quitar la vida á un
esclavo». Había promediado ya el siglo IX, y todavía nos encontramos
con atentados semejantes; atentados que procuraba reprimir el concilio
de Wormes, celebrado en el año 868, sujetando á dos años de penitencia
al amo que con su _autoridad privada_ hubiese dado muerte á su esclavo.



CAPITULO XVII


Mientras se suavizaba el trato de los esclavos, y se los aproximaba en
cuanto era posible á los hombres libres, era necesario no descuidar
la obra de la emancipación universal; pues que no bastaba mejorar
ese estado, sino que, además, convenía abolirle. La sola fuerza de
las doctrinas cristianas, y el espíritu de caridad que, al par con
ellas, se iba difundiendo por toda la tierra, atacaban tan vivamente
la esclavitud, que, tarde ó temprano, debían llevar á cabo su completa
abolición; porque es imposible que la sociedad permanezca por largo
tiempo en un orden de cosas que esté en oposición con las ideas de que
está imbuída. Según las doctrinas cristianas, todos los hombres tienen
un mismo origen y un mismo destino, todos son hermanos en Jesucristo,
todos están obligados á amarse de todo corazón, á socorrerse en
las necesidades, á no ofenderse ni siquiera de palabra; todos son
iguales ante Dios, pues que serán juzgados sin acepción de personas;
el Cristianismo se iba extendiendo, arraigando por todas partes,
apoderándose de todas las clases, de todos los ramos de la sociedad:
¿cómo era posible, pues, que continuase la esclavitud, ese estado
degradante en que el hombre es propiedad de otro, en que es vendido
como un bruto, en que se le priva de los dulcísimos lazos de familia,
en que no participa de ninguna de las ventajas de la sociedad? Cosas
tan contrapuestas, ¿podían vivir juntas?

Las leyes estaban en favor de la esclavitud, es verdad, y aun puede
añadirse más, y es que el Cristianismo no desplegó un ataque directo
contra esas leyes; pero, en cambio, ¿qué hizo? Procuró apoderarse de
las ideas y costumbres, les comunicó un nuevo impulso, les dió una
dirección diferente, y, en tal caso, ¿qué pueden las leyes? Se afloja
su rigor, se descuida su observancia, se empieza á sospechar de su
equidad, se disputa sobre su conveniencia, se notan sus malos efectos,
van caducando poco á poco, de manera que, á veces, ni es necesario
darles un golpe para destruirlas; se las arrumba por inútiles, ó, si
merecen pena de una abolición expresa, es por mera ceremonia: son como
un cadáver que se entierra con honor.

Mas no se infiera de lo que acabo de decir, que, por dar tanta
importancia á las ideas y costumbres cristianas, pretenda que se
abandonó el buen éxito á esa sola fuerza, sin que, al propio tiempo,
cuidara la Iglesia de tomar las medidas conducentes, demandadas por los
tiempos y circunstancias: nada de eso; antes, como llevo indicado ya,
la Iglesia echó mano de varios medios, los más á propósito para surtir
el efecto deseado.

Si se quería asegurar la obra de emancipación, era muy conveniente,
en primer lugar, poner á cubierto de todo ataque la libertad de los
manumitidos: libertad que, desgraciadamente, no dejaba de verse
combatida con frecuencia, y de correr graves peligros. De este triste
fenómeno no es difícil encontrar las causas en los restos de las ideas
y costumbres antiguas, en la codicia de los poderosos, en el sistema
de violencia generalizado con la irrupción de los bárbaros, y en la
pobreza, desvalimiento y completa falta de educación y moralidad,
en que debían de encontrarse los infelices que iban saliendo de la
esclavitud; porque es de suponer que muchos no conocerían todo el valor
de la libertad, que no siempre se portarían en el nuevo estado conforme
dicta la razón y exige la justicia, y que, entrando de nuevo en la
posesión de los derechos de hombre libre, no sabrían cumplir con sus
nuevas obligaciones. Pero, todos estos inconvenientes, inseparables de
la naturaleza de las cosas, no debían impedir la consumación de una
obra reclamada por la religión y la humanidad; era necesario resignarse
á sufrirlos, considerando que en la parte de culpa que caber pudiera
á los manumitidos, había muchos motivos de excusa, á causa de que
el estado de que acababan de salir, embargaba el desarrollo de las
facultades intelectuales y morales.

Poníase á cubierto de los ataques de la injusticia, y quedaba, en
cierto modo, revestida de una inviolabilidad sagrada la libertad de
los nuevos emancipados, si su emancipación se enlazaba con aquellos
objetos que á la sazón ejercían más poderoso ascendiente. Hallábase
en este caso la Iglesia, y cuanto era de su pertenencia; y por lo
mismo fué, sin duda, muy conducente que se introdujese la costumbre de
manumitir en los templos. Este acto, al paso que reemplazaba los usos
antiguos, y los hacía olvidar, venía á ser como una declaración tácita
de lo muy agradable que era á Dios la libertad de los hombres; una
proclamación práctica de su igualdad ante Dios, ya que allí mismo se
ejecutaba la manumisión, donde se leía con frecuencia que delante de
Dios no hay acepción de personas, en el mismo lugar donde desaparecían
todas las distinciones mundanas, donde quedaban confundidos todos los
hombres, unidos con suaves lazos de fraternidad y de amor. Verificada
de este modo la manumisión, la Iglesia tenía un derecho más expedito
para defender la libertad del manumitido; pues que, habiendo sido
ella testigo del acto, podía dar fe de su espontaneidad y demás
circunstancias para asegurar la validez; y aun podía también reclamar
su observancia, apoyándose en que faltar á ella era, en cierto modo,
una profanación del lugar sagrado, era no cumplir lo prometido delante
del mismo Dios.

No se olvidaba la Iglesia de aprovechar en favor de los manumitidos,
semejantes circunstancias; y así vemos que el primer concilio de
Orange, celebrado en 441, dispone en su canon 7 que es menester
reprimir con censuras eclesiásticas á los que quieren someter á algún
género de servidumbre á los esclavos á quienes se haya dado libertad
en la Iglesia; y un siglo después encontramos repetida la misma
prohibición en el canon 7 del 5.º concilio de Orleans, celebrado en el
año 549.

La protección dispensada por la Iglesia á los esclavos manumitidos
era tan manifiesta y conocida de todos, que se introdujo la costumbre
de recomendárselos muy particularmente. Hacíase esta recomendación á
veces en testamento, como nos lo indica el concilio de Orange poco ha
citado; ordenando que, por medio de las censuras eclesiásticas, se
impida que sean sometidos á género alguno de servidumbre los esclavos
manumitidos, recomendados en testamento á la Iglesia. No siempre se
hacía por testamento esa recomendación, según se infiere del canon 6
del concilio de Toledo, celebrado en 589, donde se dispone que, cuando
sean recomendados á la Iglesia algunos manumitidos, no se los prive
ni á ellos ni á sus hijos de la protección de la misma. Aquí se habla
en general, sin limitarse al caso de mediar testamento. Lo mismo
puede verse en otro concilio de Toledo, celebrado en el año 633, donde
se dice que la Iglesia recibirá únicamente bajo su protección á los
libertos de los particulares que se los hayan recomendado.

Aun cuando la manumisión no se hubiese hecho en el templo, ni hubiese
mediado recomendación particular, no obstante, la Iglesia no dejaba de
tomar parte en la defensa de los manumitidos, en viendo que peligraba
su libertad. Quien estime en algo la dignidad del hombre, quien abrigue
en su pecho algún sentimiento de humanidad, seguramente no llevará á
mal que la Iglesia se entrometiese en esa clase de negocios, aunque
no consideráramos otros títulos que los que da al hombre generoso la
protección del desvalido; no le desagradará el encontrar mandado en el
canon 29 del concilio de Agde en Languedoc, celebrado en 506, que la
Iglesia, en caso necesario, tome la defensa de aquellos á quienes sus
amos han dado legítimamente libertad.

En la grande obra de la abolición de la esclavitud, ha tenido no
escasa parte el celo que en todos tiempos y lugares ha desplegado la
Iglesia por la redención de los cautivos. Sabido es que una porción
considerable de esclavos debía esta suerte á los reveses de la guerra.
Á los antiguos les hubiera parecido fabulosa la índole suave de las
guerras modernas; ¡ay de los vencidos! podíase exclamar con toda
verdad; no había medio entre la muerte y la esclavitud. Agravábase el
mal con una preocupación funesta que se había introducido contra la
redención de los cautivos; preocupación que tenía su apoyo en un rasgo
de asombroso heroísmo. Admirable es sin duda la fortaleza de Régulo;
erízanse los cabellos al leer las valientes pinceladas con que le
retrata Horacio (L. 3, od. 5); y el libro se cae de las manos al llegar
el terrible lance en que:

    Fertur pudicae confugis osculum
    Parvosque natos, ut capitis minor,
    A se removisse, et virilem
    Torvus humi possuisse vultum.

Pero, sobreponiéndonos á la profunda impresión que nos causa tanto
heroísmo, y al entusiasmo que excita en nuestro pecho todo cuanto
revela una grande alma, no podremos menos de confesar que aquella
virtud rayaba en feroz; y que en el terrible discurso que sale de los
labios de Régulo, hay una política cruel contra la que se levantarían
vigorosamente los sentimientos de humanidad, si no estuviera embargada
y como aterrada nuestra alma, á la vista del sublime desprendimiento
del hombre que habla.

El Cristianismo no podía avenirse con semejantes doctrinas: no quiso
que se sostuviese la máxima de que, para hacer á los hombres valientes
en la guerra, era necesario dejarlos sin esperanza; y los admirables
rasgos de valor, las asombrosas escenas de inalterable fortaleza y
constancia, que esmaltan por doquiera las páginas de la historia de
las naciones modernas, son un elocuente testimonio del acierto de la
religión cristiana, al proclamar que la suavidad de costumbres no
estaba reñida con el heroísmo. Los antiguos rayaban siempre en uno de
dos extremos: la molicie ó la ferocidad; entre estos extremos hay un
medio, y este medio lo ha enseñado la religión cristiana.

Consecuente, pues, el Cristianismo en sus principios de fraternidad
y de amor, tuvo por uno de los objetos más dignos de su caritativo
celo el rescate de los cautivos; y ora miremos los hermosos rasgos de
acciones particulares que nos ha conservado la historia, ora atendamos
al espíritu que ha dirigido la conducta de la Iglesia, encontraremos
un nuevo y bellísimo título para granjear á la religión cristiana la
gratitud de la humanidad.

Un célebre escritor moderno, M. de Chateaubriand, nos ha presentado en
los bosques de los francos á un sacerdote cristiano esclavo, y esclavo
voluntario, por haberse entregado él mismo á la esclavitud en rescate
de un soldado cristiano que gemía en el cautiverio, y que había dejado
su esposa en el desconsuelo, y á tres hijos en la orfandad y en la
pobreza. El sublime espectáculo que nos ofrece Zacarías, sufriendo
con serena calma la esclavitud por el amor de Jesucristo y de aquel
infeliz á quien había libertado, no es una mera ficción del poeta; en
los primeros siglos de la Iglesia viéronse en abundancia semejantes
ejemplos, y el que haya llorado al ver el heroico desprendimiento y
la inefable caridad de Zacarías, puede estar seguro de que con sus
lágrimas ha pagado un tributo á la verdad. «Á muchos de los nuestros
hemos conocido, dice el Papa San Clemente, que se entregaron ellos
mismos al cautiverio para rescatar á otros.» (Carta 1 á los Corin., c.
55.)

Era la redención de los cautivos un objeto tan privilegiado, que estaba
prevenido por antiquísimos cánones que, si esta atención lo exigía, se
vendiesen las alhajas de las iglesias, hasta sus vasos sagrados: en
tratándose de los infelices cautivos, no tenía límites la caridad; el
celo saltaba todas las barreras, hasta llegar al caso de mandarse que,
por malparados que se hallasen los negocios de una iglesia, primero que
á su reparación, debía atenderse á la redención de los cautivos. (Cuas.
12, q. 2.) Al través de los trastornos que consigo trajo la irrupción
de los bárbaros, vemos que la Iglesia, siempre constante en su
propósito, no desmiente la generosa conducta con que había principiado.
No cayeron en olvido ni en desuso las disposiciones benéficas de los
antiguos cánones, y las generosas palabras del santo obispo de Milán en
favor de los cautivos, encontraron un eco, que nunca se interrumpió, á
pesar del caos de los tiempos. (V. S. Ambros., de off. L. 2, c. 15.)
Por el canon 5 del concilio de Macón, celebrado en 585, vemos que los
sacerdotes se ocupaban en el rescate de los cautivos, empleando para
ello los bienes eclesiásticos; el de Reims, celebrado en el año 625,
impone la pena de suspensión de sus funciones al obispo que deshaga
los vasos sagrados; añadiendo, empero, generosamente: «_por cualquier
otro motivo que no sea el de redimir cautivos_»; y mucho tiempo después
hallamos en el canon 12 del de Verneuil, celebrado en el año 844, que
los bienes de la Iglesia servían para la redención de cautivos.

Restituído á la libertad el cautivo, no le dejaba sin protección la
Iglesia, antes se la continuaba con solicitud, librándole cartas
de recomendación; seguramente con el doble objeto de guardarle de
nuevas tropelías en su viaje, y de que no le faltasen los medios para
repararse de los quebrantos sufridos en el cautiverio. De este nuevo
género de protección tenemos un testimonio en el canon 2 del concilio
de Lión, celebrado en 583, donde se dispone: que los obispos deben
poner en las cartas de recomendación que dan á los cautivos, la fecha,
y el precio del rescate.

De tal manera se desplegó en la Iglesia el celo por la redención de
los cautivos, que hasta se llegaron á cometer imprudencias, que se
vió en la necesidad de reprimirlas la autoridad eclesiástica. Pero
estos mismos excesos nos indican hasta qué punto llegaba el celo, pues
que por su impaciencia caía en extravíos. Sabemos por un concilio
celebrado en Irlanda, llamado de San Patricio, y que tuvo lugar por
los años de 451 ó 456, que algunos clérigos se ocupaban en procurar
la libertad de los cautivos haciéndoles huir; exceso que reprime
con mucha prudencia el concilio en su canon 32, disponiendo que el
eclesiástico que quiera redimir cautivos, lo haga con su dinero, pues
que el robarlos para hacerles huir, daba ocasión á que los clérigos
fuesen mirados como ladrones, y redundaba en deshonra de la Iglesia.
Documento notable, que, si bien nos manifiesta el espíritu de orden
y de equidad que dirige á la Iglesia, no deja, al propio tiempo, de
indicarnos cuán profundamente estaba grabado en los ánimos lo santo, lo
meritorio, lo generoso que era el dar libertad á los cautivos, pues que
algunos llegaban al exceso de persuadirse de que la bondad de la obra
autorizaba la violencia.

Es también muy loable el desprendimiento de la Iglesia en este punto:
una vez invertidos sus bienes en la redención de un cautivo, no quería
que se la recompensase en nada, aun cuando alcanzasen á hacerlo las
facultades del redimido. De esto tenemos un claro testimonio en las
cartas del Papa San Gregorio, donde vemos que, estando recelosas
algunas personas, libradas del cautiverio con la plata de la Iglesia,
de si con el tiempo podría venir caso en que se les pidiera la cantidad
expendida, les asegura el Papa que no, y manda que nadie se atreva á
molestarles ni á ellos ni á sus herederos, en ningún tiempo, atendido
que los sagrados cánones permiten invertir los bienes eclesiásticos en
la redención de los cautivos. (L. 7, ep. 14.)

Este celo de la Iglesia por tan santa obra debió de contribuir
sobremanera á disminuir el número de los esclavos; y fué mucho más
saludable su influencia por haberse desplegado cabalmente en las épocas
de más necesidad; es decir, cuando, por la disolución del imperio
romano, por la irrupción de los bárbaros, por la fluctuación de los
pueblos, que fué el estado de Europa durante muchos siglos, y por la
ferocidad de las naciones invasoras, eran tan frecuentes las guerras,
y tan repetidos los trastornos, y tan familiar se había hecho por
doquiera el reinado de la fuerza. Á no haber mediado la acción benéfica
y libertadora del Cristianismo, lejos de disminuirse el inmenso número
de los esclavos legado por la sociedad vieja á la sociedad nueva, se
habría acrecentado más y más: porque dondequiera que prevalece el
derecho brutal de la fuerza, si no le sale al paso para contenerla y
suavizarla algún poderoso elemento, el humano linaje camina rápidamente
al envilecimiento, resultando, por necesidad, el que la esclavitud gane
terreno.

Ese lamentable estado de fluctuación y de violencia, era de suyo muy
á propósito para inutilizar los esfuerzos que hacía la Iglesia en la
abolición de la esclavitud; y no le costaba escaso trabajo el impedir
que se malograse por una parte lo que ella procuraba remediar por
otra. La falta de un poder central, la complicación de las relaciones
sociales, pocas bien deslindadas, muchas violentas, y todas sin prenda
de estabilidad, hacía que estuviesen mal seguras las propiedades y
las personas, y que, así como eran invadidas aquéllas, fueran éstas
privadas de su libertad. Por manera que era menester evitar que hiciese
ahora la violencia de los particulares, lo que antes hacían las
costumbres y la legislación. Así vemos que en el canon 3 del concilio
de Lión, celebrado por los años de 566, se excomulga á los que retienen
injustamente en la esclavitud á personas libres; en el canon 17 del de
Reims, celebrado en el año 625, se prohibe bajo pena de excomunión el
perseguir á personas libres para reducirlas á esclavitud; en el canon
27 del de Londres, celebrado en el año 1102, se prohibe la bárbara
costumbre de hacer comercio de hombres cual si fueran brutos animales;
y en el capítulo 7 del concilio de Coblenza, celebrado en el año 922,
se declara reo de homicidio al que seduce á un cristiano para venderlo.
Declaración notable, en que la libertad es tenida en tanto precio, que
se la equipara con la vida.

Otro de los medios de que se valió la Iglesia para ir aboliendo la
esclavitud, fué el dejar á los infelices que por su pobreza hubiesen
caído en ese estado, camino abierto para salir de él. Ya he notado más
arriba que la indigencia era una de las fuentes de la esclavitud; y
hemos visto el pasaje de Julio César, en que nos dice cuán general era
esto entre los galos. Sabido es también que, por el derecho antiguo,
el que había caído en la esclavitud, no podía recuperar su libertad
sino conforme á la voluntad de su amo; pues que, siendo el esclavo una
verdadera propiedad, nadie podía disponer de ella sin consentimiento
del dueño, y mucho menos el mismo esclavo. Este derecho era muy
corriente, supuestas las doctrinas paganas; pero el Cristianismo miraba
la cosa con otros ojos; y, si el esclavo era una propiedad, no dejaba
por esto de ser hombre. Así fué que la Iglesia no quiso seguir en este
punto las estrictas reglas de las otras propiedades; y, en mediando
alguna duda, ó en ofreciéndose alguna oportunidad, siempre se ponía
de parte del esclavo. Previas estas consideraciones, se comprenderá
todo el mérito de un nuevo derecho que introdujo la Iglesia, cual es,
que las personas libres que hubiesen sido vendidas ó empeñadas por
necesidad, tornasen á su estado primitivo, en devolviendo el precio que
hubiesen recibido.

Este derecho, que se halla expresamente consignado en un concilio de
Francia, celebrado por los años 616, según se cree en Boneuil, abría
anchurosa puerta para recobrar la libertad: pues que, á más de dejar
en el corazón del esclavo la esperanza, con la que podía discurrir y
practicar medios para obtener el rescate, hacía la libertad dependiente
de la voluntad de cualquiera, que, compadecido de la suerte de un
desgraciado, quisiera pagar ó adelantar la cantidad necesaria.
Recuérdese ahora lo que se ha notado sobre el ardiente celo despertado
en tantos corazones para esa clase de obras, y que los bienes de la
Iglesia se daban por muy bien empleados, siempre que podían acudir
al socorro de un infeliz, y se verá la influencia incalculable que
había de tener la disposición que se acaba de mentar; se verá que
esto equivalía á cegar uno de los más abundantes manantiales de la
esclavitud, y abrir á la libertad un anchuroso camino.



CAPITULO XVIII


No dejó también de contribuir á la abolición de la esclavitud la
conducta de la Iglesia con respecto á los judíos. Ese pueblo singular,
que lleva en su frente la marca de un proscripto, que anda disperso
entre todas las naciones, sin confundirse con ellas, como nadan enteras
en un líquido las porciones de una materia insoluble, procura mitigar
su infortunio acumulando tesoros, y parece que se venga del desdeñoso
aislamiento en que le dejan los otros pueblos, chupándoles la sangre
con crecidas usuras. En tiempos de grandes trastornos y calamidades,
que por necesidad debían de acarrear la miseria, podía campear á sus
anchuras el detestable vicio de una codicia desapiadada; y, recientes
como eran la dureza y crueldad de las antiguas leyes y costumbres sobre
la suerte de los deudores, no estimado aún en su justa medida todo el
valor de la libertad, no faltando ejemplos de algunos que la vendían
para salir de un apuro, era urgente evitar el riesgo y no consentir que
tomase sobrado incremento el poderío de las riquezas de los judíos, en
perjuicio de la libertad de los cristianos.

Que no era imaginario el peligro, demuéstralo el mal nombre que desde
muy antiguo llevan los judíos en la materia; y lo confirman los hechos
que todavía se están presenciando en nuestros tiempos. El célebre
Herder, en su _Adrastea_, se atreve á pronosticar que los hijos de
Israel llegarán con el tiempo, á fuerza de su conducta sistemática
y calculada, á reducir á los cristianos á no ser más que esclavos
suyos: si, pues, en circunstancias infinitamente menos favorables á
los judíos, cabe que hombres distinguidos abriguen semejantes temores,
¿qué no debía recelarse de la codicia inexorable de los judíos en los
desgraciados tiempos á que nos referimos?

Por estas consideraciones, un observador imparcial, un observador
que no esté dominado del miserable prurito de salir abogando por una
secta cualquiera, con tal que pueda tener la complacencia de inculpar
á la Iglesia católica, aun cuando sea en contra de los intereses de
la humanidad; un observador que no pertenezca á la clase de aquellos
que no se alarmarían tanto de una irrupción de cafres como de una
disposición en que la potestad eclesiástica parezca extender algún
tanto el círculo de sus atribuciones; un observador que no sea tan
rencoroso, tan pequeño, tan miserable, verá, no con escándalo, sino con
mucho gusto, que la Iglesia seguía con prudente vigilancia los pasos de
los judíos, aprovechando las ocasiones que se ofrecían, para favorecer
á los esclavos cristianos, y llegando al fin á madurar el negocio
hasta prohibirles el tenerlos.

El tercer concilio de Orleans, celebrado en el año 538, en su canon
13 prohibe á los judíos el obligar á los esclavos cristianos á cosas
opuestas á la religión de Jesucristo. Esta disposición, que aseguraba
al esclavo la libertad en el santuario de su conciencia, le hacía
respetable á los ojos de su propio dueño, y era una proclamación
solemne de la dignidad del hombre, en que se declaraba que la
esclavitud no podía extender sus dominios á la sagrada región del
espíritu. Esto, sin embargo, no bastaba, sino que era conveniente
facilitar á los esclavos de los judíos el recobro de la libertad.
Sólo habían pasado tres años cuando se celebró el cuarto concilio
de Orleans, y es notable lo que se adelantó en éste con respecto al
anterior: pues que en su canon 30 permite rescatar á los esclavos
cristianos que huyan á la iglesia, con tal que se pague á los dueños
judíos el precio correspondiente. Si bien se mira, una disposición
semejante debía producir abundantes resultados en favor de la libertad,
dando asa á los esclavos cristianos para que huyesen á la iglesia,
é implorando desde allí la caridad de sus hermanos, lograsen más
fácilmente que se les socorriera con el precio del rescate.

El mismo concilio, en su canon 31, dispone que el judío que pervierta
á un esclavo cristiano, sea condenado á perder todos sus esclavos.
Nueva sanción á la seguridad de la conciencia del esclavo, nuevo camino
abierto por donde pudiera entrar la libertad.

Iba la Iglesia avanzando con aquella unidad de plan, con aquella
constancia admirable que han reconocido en ella sus mismos enemigos,
y en el breve espacio que media entre la época indicada y el último
tercio del mismo siglo, se deja notar el adelanto, pues se encuentra en
las disposiciones canónicas mayor empresa, y, si podemos expresarnos
así, mayor osadía. En el concilio de Macón, celebrado en el año 581
ó 582, en su canon 16 llega á prohibir expresamente á los judíos el
tener esclavos cristianos: y á los existentes permite rescatarlos,
pagando 12 sueldos. La misma prohibición encontramos en el canon 14
del concilio de Toledo, celebrado en el año 589; por manera que, á
esta época, manifestaba la Iglesia sin rebozo cuál era su voluntad: no
quería absolutamente que un cristiano fuese esclavo de un judío.

Constante en su propósito, atajaba el mal por todos los medios
posibles, limitando, si era menester, la facultad de vender los
esclavos, en ocurriendo peligro de que pudieran caer en manos de los
judíos. Así vemos que en el canon 9 del concilio de Châlons, celebrado
en el año 650, se prohibe el vender esclavos cristianos fuera del reino
de Clodoveo, con la mira de que no caigan en poder de los judíos.
No todos comprendían el espíritu de la Iglesia en este punto, ni
secundaban debidamente sus miras; pero ella no se cansaba de repetirlas
y de inculcarlas. Á mediados del siglo VII se nota que en España no
faltaban seglares y aun clérigos cristianos que vendieran sus esclavos
á los judíos; pero acude desde luego á reprimir este abuso el concilio
10 de Toledo, tenido en el año 656, prohibiendo en su canon 7 que
los cristianos, y principalmente los clérigos, vendan sus esclavos á
judíos; «porque, añade bellamente el concilio, no se puede ignorar que
estos esclavos fueron redimidos con la sangre de Jesucristo, por cuyo
motivo antes se los debe comprar que venderlos.»

Esa inefable dignación de un Dios hecho hombre, vertiendo la sangre
por la redención de todos los hombres, era el más poderoso motivo que
inducía á la Iglesia á interesarse con tanto celo en la manumisión
de los esclavos; y, en efecto, no se necesitaba más para concebir
aversión á desigualdad tan afrentosa, que pensar cómo aquellos mismos
hombres, abatidos hasta el nivel de los brutos, habían sido objeto
de las miradas bondadosas del Altísimo, lo mismo que sus dueños, lo
mismo que los monarcas más poderosos de la tierra. «Ya que nuestro
Redentor, decía el Papa San Gregorio, y Criador de todas las cosas,
se dignó propicio tomar carne humana, para que, roto con la gracia de
su divinidad el vínculo de la servidumbre que nos tenía en cautiverio,
nos restituyese á la libertad primitiva, es obra saludable el restituir
por la manumisión su nativa libertad á los hombres, pues que en
su principio á todos los crió libres la naturaleza, y sólo fueron
sometidos al yugo de la servidumbre por el derecho de gentes.» (Lib. 5,
ep. 12.)

Siempre juzgó la Iglesia muy necesario el limitar todo lo posible la
enajenación de sus bienes; y puede asegurarse que, en general, fué
regla de su conducta, en esta materia, confiar poco en la discreción
de ninguno de los ministros, tomados en particular. Obrando de esta
manera, se proponía evitar las dilapidaciones, que de otra suerte
hubieran sido frecuentes, estando esos bienes desparramados por todas
partes, y encontrándose á cargo de ministros escogidos de todas
las clases del pueblo, y expuestos á la diversidad de influencias
que consigo llevan las relaciones de parentesco, de amistad, y mil
y mil otras circunstancias, efecto de la variedad de índole, de
conocimientos, de prudencia, y aun de tiempos, climas y lugares: por
esto se mostró recelosa la Iglesia en punto á conceder la facultad
de enajenar; y, si venía el caso, sabía desplegar saludable rigor
contra los ministros que olvidasen sus deberes, dilapidando los bienes
que tenían encomendados. Á pesar de todo esto, ya hemos visto que
no reparaba en semejantes consideraciones cuando se trataba de la
redención de cautivos: y se puede también manifestar que, en lo tocante
á la propiedad que consistía en esclavos, miraba la cosa con otros
ojos, y trocaba su rigor en indulgencia.

Bastaba que los esclavos hubiesen servido bien á la Iglesia, para
que los obispos pudiesen concederles la libertad, donándoles también
alguna cosa para su manutención. Este juicio sobre el mérito de los
esclavos se encomendaba, según parece, á la discreción del obispo; y
ya se ve que semejante disposición abría ancha puerta á la caridad
de los prelados, así como, por otra parte, estimulaba á los esclavos
á observar un comportamiento que les mereciese tan precioso galardón.
Como podía ocurrir que el obispo sucesor, levantando dudas sobre la
suficiencia de los motivos que habían inducido al antecesor á dar
libertad á un esclavo, quisiese disputársela, estaba mandado que los
obispos respetasen en esta parte las disposiciones de sus antecesores;
no tan sólo dejando en libertad á los manumitidos, sino también no
quitándoles lo que el obispo les hubiera señalado, fuese en _tierras_,
_viñas_, ó _habitación_. Así lo encontramos ordenado en el canon 7 del
concilio de Agde, en Languedoc, celebrado en el año 506. Ni obsta el
que en otros lugares se prohiba la manumisión, pues que en ellos se
habla en general, y no concretándose al caso en que los esclavos fuesen
beneméritos.

Las enajenaciones ó empeños de los bienes eclesiásticos hechos por un
obispo que no dejase nada al morir, debían revocarse; y ya se echa de
ver que la misma disposición está indicando que se trata de aquellos
casos en que el obispo hubiese obrado con infracción de los cánones;
mas, á pesar de esto, si sucedía que el obispo hubiese dado libertad á
algunos esclavos, encontramos que se templaba el rigor, previniéndose
que los manumitidos continuasen gozando de su libertad. Así lo ordenó
el concilio de Orleans, celebrado en el año 541, en su canon 9; dejando
tan sólo á los manumitidos el cargo de prestar sus servicios á la
Iglesia: servicios que, como es claro, no serían otros que los de los
libertos, y que, por otra parte, eran también recompensados con la
protección que á los de esta clase dispensaba la Iglesia.

Como un nuevo indicio de la indulgencia en punto á los esclavos, puede
también citarse el canon 10 del concilio de Celchite (Celichytense)
en Inglaterra, celebrado en el año 816, canon de que nada menos
resultaba, sino quedar libres en pocos años todos los siervos ingleses
de las iglesias en los países donde se observase; pues que disponía
que á la muerte de un obispo se diese libertad á todos sus siervos
ingleses, añadiendo que cada uno de los demás obispos y abades debía
manumitir tres siervos, dándoles á cada uno tres sueldos. Semejantes
disposiciones iban allanando el camino para adelantar más y más lo
comenzado, y preparando las cosas y los ánimos de manera que, pasado
algún tiempo, pudieran presentarse escenas tan generosas como la
del concilio de Armach, en 1171, en que se dió libertad á todos los
ingleses que se hallaban esclavos en Irlanda.

Estas condiciones ventajosas de que disfrutaban los esclavos de la
Iglesia, eran de mucho más valor, á causa de una disciplina que se
había introducido que se las hacía inadmisibles. Si los esclavos de
la Iglesia hubieran podido pasar á manos de otros dueños, venido este
caso, se habrían hallado sin derecho á los beneficios que recibían
los que continuaban bajo su poder; pero felizmente estaba permitido
el permutar esos esclavos por otros, y, si salían del poder de la
Iglesia, era quedando en libertad. De esta disciplina tenemos un
expreso testimonio en las Decretales de Gregorio IX (l. 3, t. 19, c. 3
y 4); y es notable que en el documento que allí se cita, son tenidos
los esclavos de la Iglesia como consagrados á Dios, fundándose en esto
la disposición de que no puedan pasar á otras manos, y que no salgan
de la Iglesia, á no ser para la libertad. Se ve también allí mismo que
los fieles, en remedio de su alma, solían ofrecer los esclavos á Dios
y á sus santos; y, pasando así al poder de la Iglesia, quedaban fuera
del comercio común, sin que pudiesen volver á servidumbre profana. El
saludable efecto que debían producir esas ideas y costumbres, en que
se enlazaba la religión con la causa de la humanidad, no es menester
ponderarlo: basta observar que el espíritu de la época era altamente
religioso, y que todo cuanto se asía del áncora de la religión estaba
seguro de salir á puerto.

La fuerza de las ideas religiosas que se andaban desenvolviendo
cada día, dirigiendo su acción á todos los ramos, se enderezaba muy
particularmente á substraer por todos los medios posibles al hombre
del yugo de la esclavitud. Á este propósito, es muy digna de notarse
una disposición canónica del tiempo de San Gregorio el Grande. En
un concilio de Roma, celebrado en el año 597, y presidido por este
Papa, se abrió á los esclavos una nueva puerta para salir de su
abyecto estado, concediéndoles que recobrasen la libertad aquellos
que quisiesen abrazar la vida monástica. Son dignas de notarse las
palabras del Santo Papa, pues que en ellas se descubre el ascendiente
de los motivos religiosos, y cómo iban prevaleciendo sobre todas las
consideraciones é intereses mundanos. Este importante documento se
encuentra entre las epístolas de San Gregorio, y se hallará en las
notas al fin de este tomo.

Sería desconocer el espíritu de aquellas épocas el figurarse que
semejantes disposiciones quedasen estériles; no era así, sino que
causaban los mayores efectos. Puédenos dar de ello una idea lo que
leemos en el decreto de Graciano (Distin. 54, c. 12), donde se ve que
rayaba la cosa en escándalo; pues que fué menester reprimir severamente
el abuso de que los esclavos huían de sus amos ó se iban con pretexto
de religión á los monasterios; lo que daba motivo á que se levantasen
por todas partes quejas y clamores. Como quiera, y aun prescindiendo de
lo que nos indican esos abusos, no es difícil conjeturar que no dejaría
de cogerse abundante fruto, ya por procurarse la libertad de muchos
esclavos; ya también porque los realzaría en gran manera á los ojos del
mundo, el verlos pasar á un estado, que luego fué tornando creces, y
adquiriendo inmenso prestigio y poderosa influencia.

Contribuirá no poco á darnos una idea del profundo cambio que por
esos medios se iba obrando en la organización social, el pararnos un
momento á considerar lo que acontecía con respecto á la ordenación de
los esclavos. La disciplina de la Iglesia sobre este punto era muy
consecuente con sus doctrinas. El esclavo era un hombre como los
demás, y por esta parte podía ser ordenado lo mismo que el primer
magnate; pero, mientras estaba sujeto á la potestad de su dueño,
carecía de la independencia necesaria á la dignidad del augusto
ministerio, y por esta razón se exigía que el esclavo no pudiese ser
ordenado, sin ser antes puesto en libertad. Nada más razonable, más
justo ni más prudente que esta limitación en una disciplina que, por
otra parte, era tan noble y generosa; en esa disciplina que por sí sola
era una protesta elocuente en favor de la dignidad del hombre, una
solemne declaración de que, por tener la desgracia de estar sufriendo
la esclavitud, no quedaba rebajado del nivel de los demás hombres, pues
que la Iglesia no tenía á mengua el escoger sus ministros entre los que
habían estado sujetos á la servidumbre; disciplina altamente humana y
generosa, pues que, colocando en esfera tan respetable á los que habían
sido esclavos, tendía á disipar las preocupaciones contra los que se
hallaban en dicho estado, y labraba relaciones fuertes y fecundas,
entre los que á él pertenecían, y la más acatada clase de los hombres
libres.

En esta parte llama sobremanera la atención el abuso que se había
introducido de ordenar á los esclavos sin consentimiento de sus dueños:
abuso muy contrario, en verdad, á los sagrados cánones, y que fué
reprimido con laudable celo por la Iglesia, pero que, sin embargo,
no deja de ser muy útil al observador para apreciar debidamente el
profundo efecto que andaban produciendo las ideas é instituciones
religiosas. Sin pretender disculpar en nada lo que en eso hubiera de
culpable, bien se puede hacer también méritos del mismo abuso; pues
que los abusos muchas veces no son más que exageraciones de un buen
principio. Las ideas religiosas estaban mal avenidas con la esclavitud,
ésta se hallaba sostenida por las leyes, y de aquí esa lucha incesante
que se presentaba bajo diferentes formas, pero siempre encaminada al
mismo blanco, á la emancipación universal. Con mucha confianza se
pueden emplear en la actualidad ese linaje de argumentos, ya que los
más horrendos atentados de las revoluciones los hemos visto excusar con
la mayor indulgencia, sólo en gracia de los principios de que estaban
imbuídos los revolucionarios, y de los fines que llevaba la revolución,
que eran el cambiar enteramente la organización social.

Curiosa es la lectura de los documentos que sobre este abuso nos han
quedado, y que pueden leerse por extenso al fin de este volumen,
sacados del Decreto de Graciano. (Dist. 54, c. 9, 10, 11, 12.)
Examinándolos con detenimiento se echa de ver: 1.º Que el número de
esclavos que por este medio alcanzaban libertad era muy numeroso, pues
que las quejas y los clamores que en contra se levantan son generales.
2.º Que los obispos estaban por lo común á favor de los esclavos, que
llevaban muy lejos su protección, y que procuraban realizar de todos
modos las doctrinas de igualdad, pues que se afirma allí mismo que casi
ningún obispo estaba exento de caer en esa reprensible condescendencia.
3.º Que los esclavos, conociendo ese espíritu de protección, se
apresuraban á deshacerse de las cadenas, y arrojarse en brazos de la
Iglesia. 4.º Que ese conjunto de circunstancias debía de producir en
los ánimos un movimiento muy favorable á la libertad, y que, entablada
tan afectuosa correspondencia entre los esclavos y la Iglesia, á la
sazón tan poderosa é influyente, debió de resultar que la esclavitud se
debilitase rápidamente, caminando los pueblos á esa libertad que siglos
adelante vemos llevada á complemento.

La Iglesia de España, á cuyo influjo civilizador han tributado tantos
elogios hombres por cierto poco adictos al Catolicismo, manifestó
también en esta parte la altura de sus miras y su consumada prudencia.
Siendo tan grande como hemos visto el celo caritativo á favor de
los esclavos, y tan decidida la tendencia á elevarlos al sagrado
ministerio, era conveniente dejar un desahogo á ese impulso generoso,
conciliándole, en cuanto era dable, con lo que demandaba la santidad
del ministerio. Á este doble objeto se encaminaba sin duda la
disciplina que se introdujo en España de permitir la ordenación de
los esclavos de la Iglesia, manumitiéndolos antes, como lo dispone el
canon 74 del 4.º concilio de Toledo, celebrado en el año 633, y como
se deduce también del canon 11 del 9.º concilio también de Toledo,
celebrado en el año 655, donde se manda que los obispos no puedan
introducir en el clero á los siervos de la Iglesia sin haberles dado
antes libertad.

Es notable que esta disposición se ensanchó en el canon 18 del concilio
de Mérida, celebrado en el año 666, donde se concede, hasta á los
curas párrocos, el escoger para sí clérigos entre los siervos de su
iglesia, con la obligación, empero, de mantenerlos según sus rentas.
Con esta disciplina sin cometer ninguna injusticia se salvaban todos
los inconvenientes que podía traer consigo la ordenación de los
esclavos; y, además, se conseguían muy benéficos resultados por una vía
más suave: porque, ordenándose siervos de la misma iglesia, era más
fácil que se los pudiera escoger con tino, echando mano de aquellos
que más lo merecieran por sus dotes intelectuales y morales: se abría
también ancha puerta para que pudiese la Iglesia emancipar sus siervos,
haciéndolo por un conducto tan honroso, cual era el de inscribirlos
en el número de sus ministros, y, finalmente, dábase á los legos un
ejemplo muy saludable, pues que, si la Iglesia se desprendía tan
generosamente de sus esclavos, y era en este punto tan indulgente, que,
sin limitarse á los obispos, extendía la facultad hasta á los curas
párrocos, no debía tampoco ser tan doloroso á los seglares el hacer
algún sacrificio de sus intereses en pro de la libertad de aquellos que
pareciesen llamados á tan santo ministerio.



CAPITULO XIX


Así andaba la Iglesia deshaciendo, por mil y mil medios, la cadena de
la servidumbre, sin salirse, empero, nunca de los límites señalados
por la justicia y la prudencia: así procuraba que desapareciese de
entre los cristianos ese estado degradante, que de tal modo repugnaba
á sus grandiosas ideas sobre la dignidad del hombre, á sus generosos
sentimientos de fraternidad y de amor. Dondequiera que se introduzca
el Cristianismo, las cadenas de hierro se trocarán en suaves lazos, y
los hombres abatidos podrán levantar con nobleza su frente. Agradable
es sobremanera el leer lo que pensaba sobre este punto uno de los
más grandes hombres del Cristianismo: San Agustín. (_De Civit. Dei_,
1. 19, c. 14, 15, 16.) Después de haber sentado en pocas palabras la
obligación del que manda, sea padre, marido ó señor, de mirar por el
bien de aquel á quien manda, encontrando así uno de los cimientos de
la obediencia en la misma utilidad del que obedece; después de haber
dicho que los justos no mandan por prurito ni soberbia, sino por el
deseo de hacer bien á sus súbditos: «_neque enim dominandi cupiditate
imperant, sed officia consulendi, nec principandi superbia, sed
providendi misericordia_»; después de haber proscripto con tan nobles
doctrinas toda opinión que se encaminara á la tiranía, ó que fundase la
obediencia en motivos de envilecimiento; como si temiese alguna réplica
contra la dignidad del hombre, enardécese de repente su grande alma,
aborda de frente la cuestión, la eleva á su altura más encumbrada, y,
desatando sin rebozo los nobles pensamientos que hervían en su frente,
invoca en su favor el orden de la naturaleza, y la voluntad del mismo
Dios, exclamando: «Así lo prescribe el orden natural, así crió Dios
al hombre; díjole que dominara á los peces del mar, á las aves del
cielo, y á los reptiles que se arrastran sobre la tierra. _La criatura
racional, hecha á su semejanza, no quiso que dominase sino á los
irracionales, no el hombre al hombre, sino el hombre al bruto._»

Este pasaje de San Agustín es uno de aquellos briosos rasgos que se
encuentran en los escritores de genio, cuando, atormentados por la
vista de un objeto angustioso, sueltan la rienda á la generosidad
de sus ideas y pensamientos, expresándose con osada valentía. El
lector, asombrado con la fuerza de la expresión, busca, suspenso y sin
aliento, lo que está escrito en las líneas que siguen, como abrigando
un recelo de que el autor se haya extraviado, seducido por la nobleza
de su corazón y arrastrado por la fuerza de su genio; pero se siente
un placer inexplicable cuando se descubre que no se ha apartado del
camino de la sana doctrina, sino que únicamente ha salido, cual
gallardo atleta, á defender la causa de la razón, de la justicia y de
la humanidad. Tal se nos presenta aquí San Agustín: la vista de tantos
desgraciados como gemían en la esclavitud, víctimas de la violencia y
caprichos de los amos, atormentaba su alma generosa; mirando al hombre
á la luz de la razón y de las doctrinas cristianas, no encontraba
motivo por que hubiese de vivir en tanto envilecimiento una porción
tan considerable del humano linaje; y por eso, mientras proclama las
doctrinas que acabo de indicar, lucha por encontrar el origen de tamaña
ignominia, y, no hallándola en la naturaleza del hombre, la busca en el
pecado, en la maldición. «Los primeros justos, dice, fueron más bien
constituídos pastores de ganados que no reyes de hombres, dándonos
Dios á entender con esto lo que pedía el orden de las criaturas, y lo
que exigía la pena del pecado: pues que la condición de la servidumbre
fué con razón impuesta al pecador; y por esto no encontramos en las
Escrituras la palabra _sirvió_ hasta que el justo Noé la arrojó como
un castigo sobre su hijo culpable. De lo que se sigue que este nombre
vino de la culpa, no de la naturaleza.»

Este modo de mirar la esclavitud como hija del pecado, como un fruto de
la maldición de Dios, era de la mayor importancia; pues que, dejando
salva la dignidad de la naturaleza del hombre, atajaba de raíz todas
las preocupaciones de superioridad natural que en su desvanecimiento
pudieran atribuirse los libres. Quedaba también despejada la esclavitud
del valor que podía darle el ser mirada como un pensamiento político,
ó medio de gobierno; pues sólo se debía considerarla como una de
tantas plagas arrojadas sobre la humanidad por la cólera del Altísimo.
En tal caso, los esclavos tenían un motivo de resignación; pero la
arbitrariedad de los amos encontraba un freno, y la compasión de todos
los libres, un estímulo; pues que, habiendo nacido todos en culpa,
todos hubieran podido hallarse en igual estado; y, si se envanecían por
no haber caído en él, no tenían más razón que quien se gloriase, en
medio de una epidemia, de haberse conservado sano, y se creyese por eso
con derecho de insultar á los infelices enfermos. En una palabra, el
estado de la esclavitud era una plaga, y nada más; era como la peste,
la guerra, el hambre ú otras semejantes; y por esta causa era deber de
todos los hombres el procurar, por de pronto, aliviarla, y el trabajar
para abolirla.

Semejantes doctrinas no quedaban estériles; proclamadas á la faz
del mundo, resonaban vigorosamente por los cuatro ángulos del orbe
católico: y, á más de ser puestas en práctica como lo acabamos de ver
en ejemplos innumerables, eran conservadas, como una teoría preciosa
al través del caos de los tiempos. Habían pasado ocho siglos, y las
vemos reproducidas por otra de las lumbreras más resplandecientes de
la Iglesia católica: Santo Tomás de Aquino. (1 p, q. 96, art. 4.) En
la esclavitud no ve tampoco ese grande hombre, ni diferencia de razas,
ni la inferioridad imaginaria, ni medios de gobierno; no acierta á
explicársela de otro modo que considerándola como una plaga acarreada á
la humanidad por el pecado del primer hombre.

Tanta es la repugnancia con que ha sido mirada entre los cristianos la
esclavitud, tan falso es lo que asienta M. Guizot de que «á la sociedad
cristiana no la confundiese ni irritase ese estado». Por cierto que
no hubo aquella confusión é irritación ciegas, que, salvando todas
las barreras, y no reparando en lo que dicta la justicia y aconseja
la prudencia, se arrojan sin tino á borrar la marca de abatimiento é
ignominia; pero, si se habla de aquella confusión é irritación que
resultan de ver oprimido y ultrajado al hombre, que no están, empero,
reñidas con una santa resignación y longanimidad, y que, sin dar
treguas á la acción de un celo caritativo, no quieren, sin embargo,
precipitar los sucesos, antes los preparan maduramente para alcanzar
efecto más cumplido; si hablamos de esta santa confusión é irritación,
¿cabe mejor prueba de ella, que los hechos que he citado, que las
doctrinas que he recordado? ¿cabe protesta más elocuente contra la
duración de la esclavitud que la doctrina de los dos insignes doctores,
que, como acabamos de ver, la declaran un fruto de maldición, un
castigo de la prevaricación del humano linaje; que no la pueden
concebir sino poniéndola en la misma línea de las grandes plagas que
afligen á la humanidad?

Las profundas razones que mediaron para que la Iglesia recomendase á
los esclavos la obediencia, bastante las llevo evidenciadas, y no puede
haber nadie imparcial que se lo achaque á olvido de los derechos del
hombre. Ni se crea por eso que faltase en la sociedad cristiana la
firmeza necesaria para decir la verdad toda entera, con tal que fuera
verdad saludable. Tenemos de ello una prueba en lo que sucedió con
respecto al matrimonio de los esclavos: sabido es que no era reputado
como tal, y que ni aun podían contraerle sin el consentimiento de sus
amos, so pena de considerarse como nulo. Había en esto una usurpación,
que luchaba abiertamente con la razón y la justicia: ¿qué hizo, pues,
la Iglesia? Rechazó sin rodeos tamaña usurpación. Oigamos, ó si no,
lo que decía el Papa Adriano I. «Según las palabras del Apóstol, así
como en Cristo Jesús no se ha de remover de los sacramentos de la
Iglesia ni al libre ni al esclavo, así tampoco entre los esclavos no
deben de ninguna manera prohibirse los matrimonios; y, si los hubieren
_contraído contradiciéndolo y repugnándolo los amos, de ninguna manera
se deben por eso disolver_.» (_De Coniu. serv._, l. 4., t. 9, c. 1.)
Esta disposición, que aseguraba la libertad de los esclavos en uno
de los puntos más importantes, no debe ser tenida como limitada á
determinadas circunstancias; era algo más, era una proclamación de
su libertad en esta materia, era que la Iglesia no quería consentir
que los hombres estuviesen al nivel de los brutos, viéndose forzados
á obedecer al capricho ó al interés de otro hombre, sin consultar
siquiera los sentimientos del corazón. Así lo entendía Santo Tomás,
pues que sostiene abiertamente que, en punto á contraer matrimonio, _no
deben los esclavos obedecer á sus dueños_. (2.ª 2.^{ae}, q. 104, art.
5.)

En el rápido bosquejo que acabo de trazar, he cumplido, según creo,
con lo que al principio insinué: de que no adelantaría una proposición
que no la apoyara en irrecusables documentos, sin dejarme extraviar
por el entusiasmo á favor del Catolicismo, hasta atribuirle lo que
no le pertenezca. Velozmente, á la verdad, hemos atravesado el caos
de los siglos: pero se nos han presentando, en diversísimos tiempos
y lugares, pruebas convincentes de que el Catolicismo es quien ha
abolido la esclavitud, á pesar de las ideas, de las costumbres, de los
intereses, de las leyes que formaban un reparo, al parecer invencible;
y todo sin injusticias, sin violencias, sin trastornos, y todo con la
más exquisita prudencia, con la más admirable templanza. Hemos visto
á la Iglesia católica desplegar contra la esclavitud un ataque tan
vasto, tan variado, tan eficaz, que, para quebrantarse la ominosa
cadena, no se ha necesitado siquiera un golpe violento; sino que,
expuesta á la acción de poderosísimos agentes, se ha ido aflojando,
deshaciendo, hasta caerse á pedazos. Primero se enseñan en alta voz
las verdaderas doctrinas sobre la dignidad del hombre, se marcan las
obligaciones de los amos y de los esclavos, se los declara iguales
ante Dios, reduciéndose á polvo las teorías degradantes que manchan
los escritos de los mayores filósofos de la antigüedad; luego se
empieza la aplicación de las doctrinas, procurando suavizar el trato
de los esclavos; se lucha con el derecho atroz de vida y muerte, se
les abren por asilo los templos, no se permite que á la salida sean
maltratados, y se trabaja por substituir á la vindicta privada la
acción de los tribunales; al propio tiempo se garantiza la libertad de
los manumitidos enlazándola con motivos religiosos, se defiende con
tesón y solicitud la de los ingenuos, se procura cegar las fuentes
de la esclavitud, ora desplegando vivísimo celo por la redención de
los cautivos, ora saliendo al paso á la codicia de los judíos, ora
abriendo expeditos senderos por donde los vendidos pudiesen recobrar
la libertad; se da en la Iglesia el ejemplo de la suavidad y del
desprendimiento, se facilita la emancipación admitiendo á los esclavos
á los monasterios y al estado eclesiástico, y por otros medios que iba
sugiriendo la caridad: y así, á pesar del hondo arraigo que tenía la
esclavitud en la sociedad antigua, á pesar del trastorno traído por la
irrupción de los bárbaros, á pesar de tantas guerras y calamidades de
todos géneros, con que se inutilizaba en gran parte el efecto de toda
acción reguladora y benéfica, se vió, no obstante, que la esclavitud,
esa lepra que afeaba á las civilizaciones antiguas, fué disminuyéndose
rápidamente en las naciones cristianas, hasta que al fin desapareció.

No se descubre, por cierto, un plan concebido y concertado por los
hombres; mas, por lo mismo que sin ese plan se nota tanta unidad de
tendencias, tanta identidad de miras, tanta semejanza en los medios,
hay una prueba evidente del espíritu civilizador y libertador entrañado
por el Catolicismo; y los verdaderos observadores se complacerán, sin
duda, en ver en el cuadro que acabo de presentar, cuál concuerdan
admirablemente en dirigirse al mismo blanco, los tiempos del imperio,
los de la irrupción de los bárbaros, y los de la época del feudalismo;
y, más que en aquella mezquina regularidad que distingue lo que es
obra exclusiva del hombre, se complacerán, repito, los verdaderos
observadores, en andar recogiendo los hechos desparramados en aparente
desorden, desde los bosques de la Germania hasta las campiñas de la
Bética, desde las orillas del Támesis hasta las márgenes del Tiber.

Estos hechos yo no los he fingido; anotadas van las épocas, citados
los concilios; al fin de este volumen encontrará el lector, originales
y por extenso, los textos que aquí he extractado y resumido, y allí
podrá cerciorarse plenamente de que no le he engañado. Que, si tal
hubiera sido mi intención, á buen seguro que no hubiera descendido al
terreno de los hechos: entonces habría divagado por las regiones de
las teorías; habría pronunciado palabras pomposas y seductoras; habría
echado mano de los medios más á propósito para encantar la fantasía
y excitar los sentimientos; me habría colocado en una de aquellas
posiciones, en que puede un escritor suponer á su talante cosas que
jamás han existido, y lucir, con harto escaso trabajo, las galas de la
imaginación y la fecundidad del ingenio. Me he impuesto una tarea algo
más penosa, quizás no tan brillante, pero ciertamente más fecunda.

Y ahora podremos preguntar á M. Guizot, cuáles han sido las _otras
causas_, las _otras ideas_, los _otros principios_ de _civilización_,
cuyo completo desarrollo, según nos dice, ha sido necesario _para que
triunfase al fin la razón, de la más vergonzosa de las iniquidades_.
Esas causas, esas ideas, esos principios de civilización que, según
él, ayudaron á la Iglesia en la abolición de la esclavitud, menester
era explicarlos, indicarlos cuando menos; que así el lector hubiera
podido evitarse el trabajo de buscarlos como quien adivina. Si no
brotaron del seno de la Iglesia, ¿dónde estaban? ¿Estaban en los
restos de la civilización antigua? Pero los restos de una civilización
destrozada, y casi aniquilada, ¿podrían hacer lo que no hizo ni
pensó hacer jamás esa misma civilización cuando se hallaba en todo
su vigor, pujanza y lozanía? ¿Estaban quizás en el individualismo de
los bárbaros, cuando este individualismo era inseparable compañero de
la violencia, y, por consiguiente, debía ser una fuente de opresión
y esclavitud? ¿Estaban quizás en el patronazgo militar, introducido,
según Guizot, por los mismos bárbaros, que puso los cimientos de esa
organización aristocrática, convertida más tarde en feudalismo? Pero,
¿qué tenía que ver ese patronazgo con la abolición de la esclavitud,
cuando era lo más á propósito para perpetuarla en los indígenas de
los países conquistados, y extenderla á una porción considerable
de los mismos conquistadores? ¿Dónde está, pues, una idea, una
costumbre, una institución que, sin ser hija del Cristianismo, haya
contribuído á la abolición de la esclavitud? Señálese la época de su
nacimiento, el tiempo de su desarrollo; muéstresenos que no tuvo su
origen en el Cristianismo, y entonces confesaremos que él no puede
pretender exclusivamente el honroso título de haber abolido estado
tan degradante; y no dejaremos por eso de aplaudir y ensalzar aquella
idea, costumbre ó institución que haya tomado una parte en la bella y
grandiosa empresa de libertar á la humanidad.

Y ahora, bien se puede preguntar á las Iglesias protestantes, á esas
hijas ingratas que, después de haberse separado del seno de su madre,
se empeñan en calumniarla y afearla: ¿dónde estabais vosotras cuando la
Iglesia católica iba ejecutando la inmensa obra de la abolición de la
esclavitud? ¿Cómo podréis achacarle que simpatiza con la servidumbre,
que trata de envilecer al hombre, de usurparle sus derechos? ¿Podréis
vosotras presentar un título, que así os merezca la gratitud del
linaje humano? ¿Qué parte podéis pretender en esa grande obra, que es
el primer cimiento que debía echarse para el desarrollo y grandor de
la civilización europea? Solo, sin vuestra ayuda, la llevó á cabo el
Catolicismo; y solo hubiera conducido á la Europa á sus altos destinos,
si vosotras no hubierais venido á torcer la majestuosa marcha de esas
grandes naciones, arrojándolas desatentadamente por un camino sembrado
de precipicios: camino cuyo término está cubierto con densas sombras,
en medio de las cuales sólo Dios sabe lo que hay.[15]



NOTAS


       [1] Pág. 11.--_La historia de las variaciones de los
       protestantes_, de Bossuet, es una de aquellas obras que
       agotan su objeto; que ni dejan réplica, ni consienten
       añadidura. Leída con reflexión esta obra inmortal, la causa
       del Protestantismo está fallada bajo un aspecto dogmático; no
       queda medio alguno entre el Catolicismo y la incredulidad.
       Gibbon la había leído en su juventud, y se había hecho
       católico, abandonando la religión protestante, en que había
       sido educado. Después volvió á separarse de la Iglesia
       católica, pero no fué protestante, sino incrédulo. Quizás no
       disgustará á los lectores el oir de la boca de este célebre
       escritor el juicio que formaba de la obra de Bossuet, y la
       relación del efecto que le produjo su lectura; dice así:
       «En la _Historia de las variaciones_, ataque tan vigoroso
       como bien dirigido, desenvuelve, con felicísima mezcla de
       raciocinio y de narración, las faltas, los extravíos, las
       incertidumbres y las contradicciones de nuestros primeros
       reformadores, cuyas variaciones, como él sostiene hábilmente,
       llevan el carácter del error, mientras que la no _interrumpida
       unidad de la Iglesia católica es la señal y testimonio de la
       infalible verdad_: leí, aprobé, creí.» (_Gibbon, Memorias._)

       [2] Pág. 13.--Lutero, á quien se empeñan todavía algunos
       en presentárnoslo como un hombre de altos conceptos, de
       pecho noble y generoso, de vindicador de los derechos de la
       humanidad, nos ha dejado en sus escritos el más seguro y
       evidente testimonio de su carácter violento, de su extremada
       grosería y de la más feroz intolerancia. Enrique VIII, Rey
       de Inglaterra, había refutado el libro de Lutero llamado
       _de Captivitate Babilonica_, y, enojado este por semejante
       atrevimiento, escribe al Rey, llamándole _sacrílego_, _loco_,
       _insensato_, _el más grosero de todos los puercos y de todos
       los asnos_. Si la majestad real no inspiraba á Lutero respeto
       ni miramiento, tampoco tenía ninguna consideración al mérito.
       Erasmo, quizás el hombre más sabio de su siglo, ó al menos
       el más erudito, más literato y brillante, y que, por cierto,
       no escaseó la indulgencia con Lutero y sus secuaces, fué, no
       obstante, tratado con tanta virulencia por el fogoso corifeo,
       así que éste vió que no podía traerle á la nueva secta, que,
       lamentándose de ello Erasmo, decía: «que en su vejez se veía
       obligado á pelear con una bestia feroz, ó con un furioso
       jabalí». No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba
       á los hechos: y bien sabido es que por instigación suya fué
       desterrado Carlostadio de los estados del duque de Sajonia,
       hallándose, por efecto de la persecución, reducido á tal
       miseria, que se veía precisado á ganarse el sustento llevando
       leña, y haciendo otros oficios muy ajenos á su estado. En
       sus ruidosas disputas con los zuinglianos, no desmintió
       Lutero su carácter, llamándolos hombres _condenados_,
       _insensatos_, _blasfemos_. Cuando así trataba á sus compañeros
       disidentes, nada extraño es que llamase á los doctores
       de Lovaina _verdaderas bestias_, _puercos_, _paganos_,
       _epicúreos_, _ateos_; que prorrumpiese en otras expresiones
       que la decencia no permite copiar, y que, desenfrenándose
       contra el Papa, dijese, «que era un lobo rabioso, que todo
       el mundo debía armarse contra él, sin esperar orden alguna
       de los magistrados; que en este punto sólo podía caber
       arrepentimiento por no haberle pasado el pecho con la espada;
       y que todos aquellos que le seguían, debían ser perseguidos
       como los soldados de un capitán de bandoleros, aunque fueran
       reyes ó emperadores». Este es el espíritu de tolerancia y
       libertad de que estaba animado Lutero: y cuenta que nos sería
       fácil aducir muchas otras pruebas.

       No se crea que tal intolerancia fuese exclusivamente propia
       de Lutero; extendíase á todo el partido, y se hacían sentir
       sus efectos de un modo cruel. Afortunadamente tenemos de esta
       verdad un testigo irrefragable. Es Melanchton, el discípulo
       querido de Lutero, uno de los hombres más distinguidos que ha
       tenido el Protestantismo. «Me hallo en tal esclavitud (decía,
       escribiendo á su amigo Camerario) como si estuviera en la
       cueva de los cíclopes; por manera que apenas me es posible
       explicarte mis penas, viniéndome á cada paso tentaciones de
       escaparme.» «Son gente ignorante (decía en otra carta) que
       no conoce piedad ni disciplina; mirad á los que mandan, y
       veréis que estoy como Daniel en la cueva de los leones.» ¡Y
       se dirá todavía que presidía á tamaña empresa un pensamiento
       generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento humano!
       La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues, á más
       de quedar consignada en el hecho indicado en el texto, se
       manifiesta á cada paso en sus obras, por el tratamiento que
       da á sus adversarios. _Malvados_, _tunantes_, _borrachos_,
       _locos_, _furiosos_, _rabiosos_, _bestias_, _toros_,
       _puercos_, _asnos_, _perros_, _viles esclavos de Satanás_: he
       aquí las lindezas que se hallan á cada paso en los escritos
       del célebre reformador. ¡Cuánto y cuánto de semejante podría
       añadir, si no temiese fastidiar á los lectores!

       [3] Pág. 14.--En la dieta de Espira se había hecho un decreto
       que contenía varias disposiciones relativas al cambio de
       religión: catorce ciudades del imperio no quisieron someterse
       á este decreto y presentaron una _protesta_; de aquí vino
       que los disidentes empezaron á llamarse _protestantes_. Como
       este nombre es la condenación de las Iglesias separadas,
       han tratado algunas veces de apropiarse otros; pero siempre
       en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre
       falso no dura. ¿Qué pretendían significar cuando se
       llamaban evangélicos? ¿acaso el que se atenían únicamente
       al Evangelio? En tal caso mejor debían llamarse, bíblicos,
       pues que no pretendían precisamente atenerse al Evangelio,
       sino á la _Biblia_. Llámanse también á veces _reformados_, y
       algunos suelen apellidar al Protestantismo _Reforma_; pero
       basta pronunciar este nombre para descubrir su impropiedad.
       _Revolución religiosa_ le cuadraría mucho mejor.

       [4] Pág. 15.--El conde de Maistre, en su obra _Del Papa_,
       ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera
       inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy
       atinada, cual es, que sólo la Iglesia católica tiene un nombre
       _positivo_ y propio, con que se llama ella á sí misma, y hace
       que la llamen los otros. Las Iglesias separadas han excogitado
       varios, pero no han podido apropiárselos. «Si cada uno, dice,
       es libre de darse el nombre que le agrada, la misma Lais en
       persona podría escribir sobre la puerta de su casa: _Palacio
       de Artemisa_. La dificultad está en obligar á los demás á
       darnos el nombre que nosotros escogemos.»

       No se crea que sea el conde de Maistre el inventor de ese
       argumento de los nombres: habíanlo empleado de antemano San
       Jerónimo y San Agustín: «Si oyeres, dice San Jerónimo, que se
       llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no
       son la Iglesia de Cristo, sino la Sinagoga del Anticristo.»
       _Si audieris nuncupari marcionistas, valentinianos,
       montanenses, scito non Ecclesiam Christi, sed Antichristi
       esse Sinagogam._ (_Hieron., lib. adversus Luciferanios._)
       «Tiéneme en la Iglesia, dice San Agustín, el mismo nombre de
       católica, pues que no sin causa, y entre tantas sectas, le
       obtuvo ella sola, y de tal manera, que, queriéndose llamar
       católicos todos los herejes, sin embargo, si un peregrino
       les pregunta por el templo católico, ninguno de los herejes
       se atreve á mostrarle su basílica ó su casa.» «_Tenet me in
       Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine causa inter
       tam multas haereses, sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes
       haeretici se catholicos dici velint, quaerenti tamen peregrino
       alicui, ubi ad catholicam conveniatur, nullus haereticorum,
       vel basilicam suam, vel domum audcat ostendere._» (_S. Aug._)
       Esto que observaba San Agustín en su tiempo, se ha verificado
       también con respecto á los protestantes, y pueden dar de ello
       testimonio los que han visitado aquellos países en que hay
       diferentes comuniones. Un ilustre español del siglo XVII y
       que había pasado mucho tiempo en Alemania, nos dice: «Todos
       quieren llamarse católicos y apostólicos, pero los demás los
       llaman luteranos y calvinistas. _Singuli volunt dici catholici
       et apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc praetenso illis
       nomine, sed luterani potius aut calviniani nominantur._»
       (_Caramuel._) «He habitado, continúa el mismo, en ciudades
       de herejes, y vi con mis ojos y oí con mis oídos, una cosa
       que debieran pesar los heterodoxos: esto es, _que á excepción
       del predicador protestante, y de algunos pocos que pretenden
       saber más de lo que conviene, todo el vulgo de los herejes
       llama católicos á los romanos_.» (_Habitavi in haereticorum
       civitatibus; et hoc propriis oculis vidi, propriis auditi
       auribus, quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter
       praedicantem, et pauculos qui plus sapiunt quam oportet
       sapere, totum haereticorum vulgus catholicos vocat romanos._)
       Tanta es la fuerza de la verdad. Los ideólogos saben muy bien
       que semejantes fenómenos proceden de causas profundas, y que
       estos argumentos son algo más que sutilezas.

       [5] Pág 36.--Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se ha
       exagerado su influencia en los desastres que en los últimos
       siglos han afligido á la Iglesia, teniéndose cuidado, al
       propio tiempo, de ensalzar con hipócritas encomios la pureza
       de las costumbres y la rigidez de la disciplina de los
       primeros siglos, que algunos han llegado á imaginarse una
       línea divisoria entre unos tiempos y otros; no concibiendo en
       los primeros más que verdad y santidad, y no atribuyendo á los
       segundos otra cosa que corrupción y mentira; como si en los
       primeros siglos de la Iglesia todos los miembros hubiesen sido
       ángeles, como si en todas épocas no hubiese tenido la Iglesia
       que corregir errores y enfrenar pasiones. Con la historia
       en la mano sería fácil reducir á su justo valor estas ideas
       exageradas; exageración de que se hizo cargo el mismo Erasmo,
       por cierto poco inclinado á disculpar á sus contemporáneos. En
       un cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia,
       hace ver hasta la evidencia, cuán infundado y pueril era el
       prurito que entonces cundía de ensalzar todo lo antiguo para
       deprimir lo presente. Un fragmento de este objeto se halla
       entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre las
       historia de Fleury.

       Curioso fuera también hacer una reseña de las disposiciones
       tomadas por la Iglesia para refrenar toda clase de abusos.
       Las colecciones de los concilios podrían suministrarnos tan
       copiosa materia para comprobar este aserto, que no sería
       fácil encerrarla en pocos volúmenes; ó, más bien, las mismas
       colecciones, con toda su mole asombradora, no son otra cosa,
       de un extremo á otro, que una prueba evidente de estas dos
       verdades: primera, que en todos tiempos ha habido muchos
       abusos que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad
       y la corrupción humanas; segunda, que en todas épocas la
       Iglesia ha procurado corregirlos, pudiendo, desde luego,
       asegurarse que no es posible señalar uno, sin que se ofrezca
       también la correspondiente disposición canónica que lo reprime
       ó castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que
       el Protestantismo no tuvo su principal origen en los abusos,
       sino que era una de aquellas grandes calamidades que, atendida
       la volubilidad del espíritu humano y el estado en que se
       encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables.
       En el mismo sentido que dijo Jesucristo que era _necesario
       que hubiese escándalos_, no porque nadie se halle forzado á
       darlos, sino porque tal es la corrupción del corazón humano,
       que, siguiendo las cosas el orden regular, no puede menos de
       haberlos.

       [6] Pág. 45.--Ese concierto, esa unidad, que se descubren en
       el Catolicismo, deben llenar de admiración y asombro á todo
       hombre juicioso, sean cuales fueren sus ideas religiosas.
       Si no suponemos que _hay aquí el dedo de Dios_, ¿cómo será
       posible explicar ni concebir la duración del centro de la
       unidad, que es la Cátedra de Roma? Tanto se ha dicho ya
       sobre la supremacía del Papa, que es muy difícil añadir nada
       nuevo; pero quizás no desagradará á los lectores el que les
       presente un interesante trozo de San Francisco de Sales, en
       que reunió los varios y notables títulos que ha dado á los
       Sumos Pontífices, y á su silla, la antigüedad eclesiástica.
       Este trabajo del santo Obispo es interesante, no tan sólo por
       lo que pica la curiosidad, sino también porque da margen á
       gravísimas reflexiones, que el lector hará, sin duda, por sí
       mismo. Helo aquí:

                    NOMBRES QUE SE HAN DADO AL PAPA

    El muy santo Obispo de la Iglesia   } En el concilio de Soissons de
    Católica.                           } 300 Obispos.

    El muy santo y muy feliz Patriarca. } Ibíd., tomo 7. Concil.

    El muy feliz Señor.                 } S. Agustín., Ep. 95.

    El Patriarca universal.             } S. León P, Ep. 62.

    El Jefe de la Iglesia del mundo.    } Innoc. ad PP. Concili.
                                        } Milevit.

    El Obispo elevado á la cumbre       } S. Cipr., Ep. 3 et 12.
    apostólica.                         }

    El Padre de los Padres.             } Concil. de Calced., ses. 3.

    El Soberano Pontífice de los        } Ibíd. in praef.
    Obispos.                            }

    El Soberano Sacerdote.              } Concil. de Calced., ses. 16.

    El Príncipe de los Sacerdotes.      } Esteban Ob. de Cartago.

    El Prefecto de la Casa de Dios,     } Concil. de Cartago, Ep. ad
    y el Custodio y Guarda de la        } Damasum.
    viña del Señor.                     }

    El Vicario de Jesucristo, y el      } S. Jerón., praef. in Evang.
    Confirmador de la fe de los         } ad Damasum.
    cristianos.                         }

    El Sumo Sacerdote.                  } Valentiniano y toda la
                                        } antigüedad.

    El Soberano Pontífice.              } Concil. de Calced., in Ep. ad
                                        } Theod. Imper.

    El Príncipe de los Obispos.         } Ibíd.

    El Heredero de los apóstoles.       } S. Bern., lib. de Consid.

    Abrahán por el Patriarcado.         } S. Ambros., in 1 ad Tim., 3.

    Melquisedech por el orden.          } Concil. de Calced., Epist. ad
                                        } Leonem.

    Moisés por la autoridad.            } S. Bern., Epist. 190

    Samuel por la jurisdicción.         } Ibíd. et in lib. de Consid.

    Pedro por el poder.                 } Ibíd.

    Cristo por la unción.               } Ibíd.

    El Pastor del aprisco de            } Ibíd., lib. 2, Consid.
    Jesucristo.                         }

    El Llavero de la Casa de Dios.      } Idem idem, cap. 8.

    El Pastor de todos los pastores.    } Ibíd.

    El Pontífice llamado á la plenitud  } Ibíd.
    del poder.

    San Pedro fué la boca de            } S. Crisóst., Homil. 2, in
    Jesucristo.                         } divers. serm.

    La Boca y el Jefe del apostolado.   } Orig., Hom. 55, in Matth.

    La Cátedra y la Iglesia principal.  } S. Cipr., Ep. 55, ad Corn.

    El Origen de la unidad sacerdotal.  } S. Cipr., Epist. 3,2

    El Lazo de la unidad.               } Idem ibíd., 4,2.

    La Iglesia donde reside el poder    } Idem ibíd., 3,8.
    principal.

    La Iglesia Raíz y Matriz de todas   } S. Anaclet. Pap., Epist. ad
    las demás Iglesias.                 } om. Episc. et fidel.

    La Sede sobre la cual ha construído } S. Dámas., Ep., ad univ.
    el Señor la Iglesia universal.      } Episc.

    El Punto Cardinal y el Jefe de      } S. Marcelin., Pap., Epist. ad
    todas las Iglesias.                 } Episc. Antioc.

    El Refugio de los Obispos.          } Conc. de Alex., Ep. ad Felic.
                                        } P.

    La Suprema Sede Apostólica.         } S. Atanas.

    La Iglesia presidente.              } Imp. Justin., in 1, 8, Cod. de
                                        } SS. Trinit.

    La Sede Suprema que no puede        } S. León, in nat. SS. Apost.
    ser juzgada por otra.               }

    La Iglesia antepuesta á todas las   } Víctor de Utica, in lib. de
    demás Iglesias.                     } perfect.

    La primera de todas las Sedes.      } S. Próspero, lib. de Ingrat.

    La Fuente apostólica.               } S. Ignat., Ep. ad Rom, in
                                        } Suscript.

    El Puerto segurísimo de toda la     } Concil. Rom. por S. Gelasio.
    Comunión Católica.                  }

       [7] Pág. 54.--He dicho que los más distinguidos protestantes
       sintieron el vacío que encerraban todas las sectas separadas
       de la Iglesia católica: voy á presentar las pruebas de esta
       aserción, que quizás algunos juzgarían aventurada. Oigamos
       al mismo Lutero, que, escribiendo á Zuinglio, decía: «Si
       dura mucho el mundo, será de nuevo necesario, á causa de las
       varias interpretaciones de la Escritura que ahora circulan,
       para conservar la unidad de la fe, recibir los decretos de
       los concilios y refugiarnos en ellos.» (_Si diutius steterit
       mundus, iterum erit necessarium, propter diversas Scripturae
       interpretationes quae nunc sunt, ad conservandam fidei
       unitatem, ut conciliorum decreta recipiamus, adque ad ea
       confugiamus._)

       Melanchton, lamentándose de las funestas consecuencias de
       la falta de jurisdicción espiritual, decía: «resultará una
       libertad de ningún provecho á la posteridad»; y en otra
       parte dice estas notabilísimas palabras: «En la Iglesia se
       necesitan inspectores para conservar el orden, observar
       atentamente á los que son llamados al ministerio eclesiástico,
       velar sobre la doctrina de los sacerdotes, y ejercer los
       juicios eclesiásticos; por manera que, si no hubiera obispos,
       sería menester crearlos. _La monarquía del Papa serviría
       también mucho para conservar entre tan diversas naciones la
       uniformidad de la doctrina._»

       Oigamos á Calvino: «Colocó Dios la silla de su culto en el
       centro de la tierra, poniendo allí un Pontífice, único, á
       quien miraran todos para conservarse mejor en la unidad.»
       (Cultus sui sedem in medio terrae collocavit illi _unum_
       Antistitem praefecit, quem omnes respicerent, quo melius in
       _unitate_ continerentur.)» (Calv., inst. 6, §. 11.)

       «Atormentáronme también á mí mucho y por largo tiempo, dice
       Beza, esos mismos pensamientos que tú me pintas: veo á los
       nuestros divagando á merced de todo viento de doctrina, y,
       levantados en alto, caerse ahora á una parte, después á otra.
       Lo que piensan hoy de la religión quizá podría saberlo; lo que
       pensarán mañana, no. Las Iglesias que han declarado la guerra
       al Romano Pontífice, _¿en qué punto de la religión convienen?
       Recórrelo todo desde el principio al fin, y apenas encontrarás
       cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro
       como impía._» Exercuerunt me diu et multum illae, ipsae
       quas describis cogitationes: video nostros palantes omni
       doctrinae vento et, in altum sublatos, modo ad hanc, modo
       ad illam partem deferri. Horum quae sit hodie de Religione
       sententia scire fortasse possis; sed quae eras de eadem futura
       sit opinio, neque tu certo affirmare queas. In quo tandem
       religionis capite, congruunt inter se Ecclesiae, quae Romano
       Pontifici bellum indixerunt? A capite ad calcem si percurras
       omnia, nihil propemodum reperias, ab uno affirmari, quod
       alter statim non impium esse clamitet. (Th. Epist. ad Andream
       Duditium.)

       Grocio, uno de los hombres más sabios que haya tenido el
       Protestantismo, conoció también la flaqueza de los cimientos
       en que estriban las sectas separadas. No son pocos los que
       han creído que había muerto católico. Los protestantes le
       acusaron de que intentaba convertirse al Catolicismo, y los
       católicos que le habían tratado en París, pensaban de la
       misma manera. No diré que sea verdad lo que se cuenta del
       insigne P. Petau, amigo de Grocio, de que, habiendo sabido su
       muerte, había celebrado misa por él; pero lo cierto es que
       Grocio en su obra titulada _De Antichristo_ no piensa como
       los protestantes que el Anticristo sea el Papa; lo cierto es
       que en otra obra publicada, _Votum pro pace Ecclesiae_, dice
       redondamente que «sin el primado del Papa no es posible dar
       fin á las disputas, como acontece entre los protestantes»;
       lo cierto es que en su obra póstuma, _Rivetiani apologetici
       discussio_, asienta abiertamente el principio fundamental del
       Catolicismo, á saber, que «los dogmas de la fe deben decidirse
       por la tradición y la autoridad de la Iglesia, y no por la
       sola Sagrada Escritura.»

       La ruidosa conversión del célebre protestante Papín es otra
       prueba de lo mismo que estamos demostrando. Meditaba Papín
       sobre el principio fundamental del Protestantismo, y la
       contradicción en que estaba con este principio la intolerancia
       de los protestantes, pues que, estribando en el examen
       privado, apelaban para conservarse á la vía de la autoridad,
       y argumentaba de esta manera: «Si la vía de la autoridad de
       que pretenden asirse es inocente y legítima, ella condena su
       origen, en el que no quisieron sujetarse á la autoridad de
       la Iglesia católica; mas, si la vía del examen que en sus
       principios abrazaron fué recta y conforme, resulta entonces
       condenada la vía de autoridad que ellos han ideado para evitar
       excesos: quedando así abierto y allanado el camino á los
       mayores desórdenes de la impiedad.»

       Puffendorf, que por cierto no puede ser notado de frialdad
       cuando se trata de atacar al Catolicismo, no pudo menos de
       tributar su obsequio á la verdad, estampando una confesión
       que le agradecerán todos los católicos. «La supresión de la
       autoridad del Papa ha sembrado en el mundo infinitas semillas
       de discordia; pues, no habiendo ya ninguna autoridad soberana
       para terminar las disputas que se suscitaban en todas
       partes, se ha visto á los protestantes dividirse entre si
       mismos, y _despedazarse las entrañas con sus propias manos_.»
       (Puffendorf, de Monarch. Pont. Rom.)

       Leibnitz, ese grande hombre que, según la expresión de
       Fontenelle, conducía de frente todas las ciencias, reconoció
       también la debilidad del Protestantismo, y la firmeza de
       organización de la Iglesia católica. Sabido es que, lejos
       de participar del furor de los protestantes contra el Papa,
       miraba su supremacía religiosa con las mayores simpatías.
       Confesaba paladinamente la superioridad de las misiones
       católicas sobre las protestantes; y las mismas comunidades
       religiosas, objeto para muchos de tanta aversión, eran para
       él altamente respetables. Cuando tales antecedentes se
       tenían sobre las ideas religiosas de ese grande hombre, vino
       á confirmarlos más y más una obra suya póstuma, publicada
       en París por primera vez en 1819. Quizás no disgustará á
       los lectores una breve noticia sobre acontecimiento tan
       singular. En el citado año dióse á luz en París la _Exposición
       de la doctrina de Leibnitz sobre la religión, seguida de
       pensamientos extraídos de las obras del mismo autor, por M.
       Emery, antiguo superior general de San Sulpicio_. En esta obra
       de M. Emery está contenida la póstuma de Leibnitz, y cuyo
       título en el manuscrito original es: _Sistema teológico_. El
       principio de la obra es notable por su gravedad y sencillez,
       dignas ciertamente de la grande alma de Leibnitz. Hele aquí:
       «Después de largo y profundo estudio sobre las controversias
       en materia de religión, implorada la asistencia divina, y
       depuesto, al menos en cuanto es posible al hombre, todo
       espíritu de partido, me he considerado como un neófito venido
       del Nuevo Mundo, y que todavía no hubiese abrazado ninguna
       opinión; y he aquí dónde al fin me he detenido, y, entre
       todos los dictámenes que he examinado, lo que me parece que
       debe ser reconocido por todo hombre exento de preocupaciones,
       como lo más conforme á la Escritura Santa, á la respetable
       antigüedad, y hasta á la recta razón y á los hechos históricos
       más ciertos.»

       Leibnitz establece en seguida la existencia de Dios, la
       Encarnación, la Trinidad, y los otros dogmas del Cristianismo;
       adopta con candor y defiende con mucha ciencia la doctrina
       de la Iglesia católica sobre la tradición, los sacramentos,
       el sacrificio de la misa, el culto de las reliquias y de las
       santas imágenes, la jerarquía eclesiástica, y el primado del
       Romano Pontífice. «En todos los casos, dice, que no permiten
       los retardos de un concilio general, ó que no merecen ser
       tratados en él, es preciso admitir que el primero de los
       obispos, ó el Soberano Pontífice, tiene el mismo poder que la
       Iglesia entera.»

       [8] Pág. 63.--Quizás algunos podrían creer que lo dicho sobre
       la vanidad de las ciencias humanas, y sobre la debilidad de
       nuestro entendimiento, es con la sola mira de realzar la
       necesidad de una regla en materias de fe. Muy fácil fuera
       aducir larga serie de textos sacados de los escritos de los
       hombres más sabios, antiguos y modernos; pero me contento con
       insertar un excelente trozo de un ilustre español, de uno de
       los hombres más grandes del siglo XVI. Es Luis Vives.

       «_Iam mens ipsa, suprema animi et celsissima pars, videbit
       quantopere sit tum natura sua tarda ac praepedita, tum
       tenebris peccati caeca, et a doctrina, usu, ac solertia
       imperita et rudis, ut ne ea quidem quae videt, quaeque manibus
       contrectat, cuiusmodi sint, aut qui fiant assequatur, nedum ut
       in abdito illa naturae arcana possit penetrare; sapienterque
       ab Aristotele illa est posita sententia: Mentem nostram ad
       manifestissima naturae non aliter habere se, quam noctuae
       oculum ad lumen solis_: ea omnia, quae universum hominum
       genus novit, quota sunt pars eorum quae ignoramus! nec solum
       id in universitate artium est verum, sed in singulis earum,
       in quarum nulla tantum, est humanum ingenium progressum, ut
       ad medium pervenerit, etiam in infimis illis ac vilissimis:
       ut nihil existimetur verius esse dictum ab Academicis, quam:
       _scire nihil_.» (_Ludovicus Vives, De Concordia et Discordia.
       Lib. 4, cap. 3._)

       Así pensaba este grande hombre, que, á más de estar muy
       versado en toda clase de erudición, así sagrada como profana,
       había meditado profundamente sobre el mismo entendimiento
       humano; que había seguido con ojo observador la marcha de las
       ciencias, y que, como lo acreditan sus escritos, se había
       propuesto regenerarlas. Sensible es que no se puedan copiar
       por extenso sus palabras, así del lugar citado, como de su
       obra inmortal sobre las causas de la decadencia de las artes y
       ciencias y el modo de enseñarlas.

       Como quiera, á quien se manifestase descontento porque se
       han dicho algunas verdades sobre la debilidad de nuestros
       alcances, y tuviese recelos de que esto dañara al progreso
       de las ciencias, porque así se apoca el entendimiento, será
       bien recordarle que el mejor modo de hacer progresar á
       nuestro espíritu es el que se conozca á sí mismo; pudiendo
       á este propósito citarse la profunda sentencia de Séneca:
       «Pienso que muchos hubieran podido alcanzar la sabiduría, si
       no hubiesen presumido que la habían ya alcanzado.» «_Puto
       multos ad sapientiam potuisse pervenire, nisi se iam crederent
       pervenisse._»

       [9] Pág. 70.--Es cierto que, al acercarse á los primeros
       principios de las ciencias, se encuentra el entendimiento
       rodeado de espesas sombras. He dicho que de esta regla general
       no se exceptúan las mismas matemáticas, cuya certeza y
       evidencia se han hecho proverbiales. El cálculo infinitesimal,
       que en el estado actual de la ciencia puede decirse que la
       domina, estriba, sin embargo, en algunas ideas sobre los
       _límites_, ideas que hasta ahora nadie ha podido aclarar bien.
       Y no es que trate de poner en duda su certeza y verdad; solo
       me propongo hacer notar que, si se quisiera llamar á examen
       en el tribunal de la metafísica las ideas que son como los
       elementos de ese cálculo, no dejarían de poder esparcirse
       sobre ellas algunas sombras. Aun concretándonos á la parte
       elemental de la ciencia, se podrían también descubrir algunos
       puntos que no sufrirían sin algún daño un detenido análisis
       metafísico é ideológico; cosa que sería muy fácil manifestar,
       si lo consintiese el género de esta obra. Entre tanto puede
       recomendarse á los lectores la preciosa carta dirigida por
       el distinguido jesuíta español _Eximeno_ á su amigo _Juan
       Andrés_, donde se hallan observaciones muy oportunas sobre la
       materia, hechas por un hombre á quien de seguro no se puede
       recusar por incompetente. Esta carta está en latín, y su
       título es: _Epistola ad clarissimum virum Ioannem Andresium_.

       Por lo que toca á las otras ciencias, no es necesario insistir
       en manifestar cuánta obscuridad se encuentra al acercarse
       á sus primeros principios; pudiéndose asegurar que los
       brillantes sueños de los hombres más ilustres han reconocido
       este origen. Impulsados por el sentimiento de sus propias
       fuerzas, penetraban hasta los abismos en busca de la verdad;
       allí la _antorcha se apagaba en sus manos_, por valerme de la
       expresión de un ilustre poeta contemporáneo, y extraviados por
       un obscuro laberinto se entregaban á merced de su fantasía y
       de sus inspiraciones, tomando por la realidad los hermosos
       sueños de su genio.

       [10] Pág. 73.--Para ver con toda claridad, para sentir con
       viveza la innata debilidad del espíritu humano, no hay cosa
       más á propósito que recorrer la historia de las herejías,
       historia que debemos á la Iglesia por el sumo cuidado que ha
       tenido en definirlas y clasificarlas. Desde Simón Mago, que
       se apellidaba el _legislador de los judíos_, _el reparador
       del mundo_, _el Paracleto_, mientras tributaba á su querida
       Elena culto de latría bajo el nombre de Minerva, hasta Hermán,
       predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados
       del mundo, y asegurando que él era el verdadero Hijo de Dios,
       puede un observador contemplar ese vasto cuadro, que, si bien
       es muy desagradable, cuando no por otras causas, al menos por
       su extravagancia, no deja, sin embargo, de sugerir graves y
       profundas reflexiones sobre el verdadero carácter del espíritu
       humano, manifestando la sabiduría del Catolicismo, cuando en
       ciertas materias se empeña en sujetarle á una regla.

       [11] Pág 79.--Quizás no todos se persuadirán fácilmente de
       que las ilusiones y el fanatismo estén, como en su elemento,
       en medio de los protestantes; y por esto será preciso traer
       aquí el irrecusable testimonio de los hechos. Podrían
       escribirse sobre el particular crecidos volúmenes, pero habré
       de contentarme con una rapidísima reseña, empezando desde
       Lutero. Yo no sé si puede llevarse más allá el delirio, que el
       pretender haber sido enseñado por el diablo, y gloriarse de
       ello, y sostener con tamaña autoridad las nuevas doctrinas.
       Y, sin embargo, el fundador del Protestantismo, el mismo
       Lutero, es quien así delira, dejándonos consignado en sus
       obras el testimonio de su entrevista con Satanás. ¿Puede
       darse mayor desvarío? Ya fuese real la aparición, ya fuese un
       sueño de cabeza calenturienta, ¿puede llegarse más allá en la
       línea del fanatismo que jactarse de haber tenido tal maestro?
       Varios fueron los coloquios que, según nos dice él mismo, tuvo
       con el diablo; pero es digna de referirse la visión, en que,
       según nos cuenta con toda seriedad, le obligó Satanás con sus
       argumentos á prohibir la misa privada. La descripción que del
       caso nos hace es muy viva. Despierta Lutero á media noche,
       se le aparece Satanás, Lutero se horroriza, suda, tiembla,
       y el corazón le palpita de un modo horrible. Entáblase, no
       obstante, la disputa; el diablo, á fuer de buen dialéctico,
       le estrecha con sus argumentos de tal manera, que no le queda
       respuesta. Lutero queda vencido; y no es extraño, porque
       la lógica del diablo dice que andaba acompañada con una
       voz tan horrorosa que helaba la sangre. «Entonces entendí,
       dice este miserable, lo que sucede á menudo, de que mueren
       repentinamente muchos al amanecer, y es que el demonio puede
       matar ó ahogar á los hombres; y hasta sin esto, los pone con
       sus disputas en tales apuros, que puede causar la muerte de
       esta manera, como muchas veces lo he experimentado yo.» El
       pasaje es peregrino. El fantasma de Zuinglio, fundador del
       Protestantismo en Suiza, no deja también de presentar un
       ejemplo de ridícula extravagancia. Quería este heresiarca
       negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía,
       pretendiendo que lo que hay debajo de las especies consagradas
       no es más que un signo. Como en la Sagrada Escritura se
       expresa tan claramente lo contrario, se hallaba embarazado con
       la autoridad del sagrado texto; cuando he aquí que, mientras
       se imaginaba que estaba disputando con el Secretario de la
       Ciudad, se le aparece un fantasma _blanco ó negro_, como nos
       dice él mismo, y le señala una salida que le deja libre del
       apuro. Este gracioso cuento lo sabemos por el mismo Zuinglio.

       ¿Quién no se aflige al ver á un hombre como Melanchton
       entregado á las preocupaciones y manías de la superstición más
       ridícula, al verle neciamente crédulo en materia de sueños, de
       fenómenos raros, de pronósticos astrológicos? Y, sin embargo,
       nada hay más cierto; léanse sus cartas y se tropezará á cada
       paso con semejantes miserias. Al tiempo de celebrarse la
       dieta de Augsburgo, parecíanle presagios muy favorables al
       nuevo _Evangelio_, una inundación del Tiber, el que en Roma
       una mula hubiese dado á luz un monstruo con un pie de grulla,
       y el haber nacido en el territorio de Augsburgo un becerro
       con dos cabezas. Estos acontecimientos eran para él anuncios
       indudables de un cambio en el universo, y singularmente de la
       próxima ruina de Roma por el cisma. Así escribía seriamente
       á Lutero. Forma él mismo el horóscopo de su hija, pero está
       temblando por ella á causa de que Marte presenta un aspecto
       horrible, asustándole no menos la pavorosa llama de un cometa
       muy septentrional. Los astrólogos habían pronosticado que
       por el otoño serían los astros más favorables á las disputas
       eclesiásticas, y ese pronóstico basta para consolar á nuestro
       buen hombre de que las conferencias de Augsburgo sobre
       religión vayan tan lentamente; y se ve además que sus amigos,
       es decir, los jefes del partido, se dejan dominar también por
       tan poderosas razones. Como si no tuviera bastantes penas,
       se le pronostica que había de padecer un naufragio en el
       Báltico y él se guardara de surcar aquellas aguas fatales.
       Cierto franciscano había tenido la humorada de profetizar que
       el poder del Papa iba á debilitarse y en seguida á caer para
       siempre, como y también que en el año 1600 el turco dominaría
       la Italia y la Alemania; y el bueno de Melanchton se gloría
       de tener en su poder la profecía original, además que los
       terremotos que suceden le confirman en su creencia.

       Apenas acababa de erigirse en juez único el espíritu privado,
       ya la Alemania estaba inundada de sangre por las atrocidades
       del más furioso fanatismo. Matías Harlem, anabaptista, puesto
       á la cabeza de una turba feroz, manda saquear las iglesias,
       destrozar sus ornamentos y quemar todos los libros como impíos
       ó inútiles, exceptuando sólo la Biblia. Situado en Múnster,
       que él llama _La Montaña de Sión_, hace llevar á sus pies todo
       el oro y plata y joyas preciosas que poseen los habitantes,
       lo deposita en un tesoro común, y nombra diáconos para la
       distribución. Obliga á todos sus discípulos á comer en común,
       á vivir en perfecta igualdad y á prepararse para la guerra
       que habían de emprender, saliendo de la _Montaña de Sión_,
       _para someter_, según decía, _á su poder todas las naciones
       de la tierra_; y mueren por fin en un arrojo temerario, en
       que se prometía que, _cual nuevo Gedeón_, exterminaría con
       un puñado de hombres el _ejército de los impíos_. No faltó á
       Matías un heredero de fanatismo, presentándose luego Becold,
       quizás más conocido bajo el nombre de Juan de Leyde. Este
       fanático, sastre de profesión, echó á correr desnudo por las
       calles de Múnster gritando: _El rey de Sión viene_. Entró en
       su casa, se encerró allí por tres días, y, cuando el pueblo
       se presentó preguntando por el, aparentó que no podía hablar.
       Como otro Zacarías, pidió por señas recado de escribir, y
       escribió que Dios le había revelado que el pueblo había de
       ser regido por jueces, á imitación del pueblo de Israel.
       Nombró doce jueces, escogiendo aquellos que le eran más
       adictos, y hasta que la autoridad de los nuevos magistrados
       fué reconocida, tuvo él la precaución de no dejarse ver de
       nadie. Estaba ya asegurada en cierto modo la autoridad del
       nuevo profeta, pero no se contentó con el mando efectivo, sino
       que le ambicionó rodeado de toda pompa y majestad; propúsose
       nada menos que proclamarse _rey_. En tan lastimoso vértigo
       estaban los fanáticos sectarios, que no le fué difícil salir
       á cabo con su loca empresa: no se necesitaba más que jugar
       una grosera farsa. Un platero, que estaba en inteligencia con
       el aspirante á rey, y que también se hallaba iniciado en el
       arte de profetizar, se presenta á los _jueces de Israel_ y les
       habla de esta manera: _He aquí lo que dice el Señor Dios, el
       Eterno: como en otro tiempo yo establecí á Saúl sobre Israel,
       y después de él á David, no siendo más que un simple pastor,
       así establezco hoy á Becold, mi profeta, rey de Sión_. Los
       jueces no podían determinarse á renunciar; pero Becold aseguró
       que también había tenido él la misma revelación, que la había
       callado por humildad, pero que, habiendo Dios hablado á otro
       profeta, era menester resignarse á subir al trono, _para
       cumplir las órdenes del Altísimo_. Los jueces insistieron
       en que se convocase al pueblo, que en efecto se reunió en
       la plaza del mercado; y allí, habiéndosele presentado por
       un _profeta_ de parte de Dios una espada desnuda _en señal
       de quedar constituído justiciero sobre toda la tierra para
       extender el imperio de Sión por los cuatro ángulos del
       mundo_, fué proclamado rey con ruidosa alegría, y coronado
       solemnemente en 24 de junio de 1534. Como se había casado con
       la esposa de su predecesor, la elevó también á la dignidad
       real; pero, si bien á ésta sola la miró como reina, no dejó de
       tener hasta diez y siete mujeres; todo conforme á la _santa_
       libertad que en esta materia había proclamado. Las orgías, los
       asesinatos, las atrocidades y delirios de todas clases que se
       siguieron, no hay por qué referirlo: pudiendo asegurarse que
       los 16 meses del reinado de este frenético no fueron más que
       una cadena de crímenes. Clamaron los católicos contra tamaños
       excesos; clamaron también, es verdad, los protestantes; pero
       ¿quién tenía la culpa? ¿no eran aquellos que habían proclamado
       la resistencia á la autoridad de la Iglesia, y que habían
       arrojado la Biblia en medio de aquellos miserables, para que
       con la interpretación individual se les trastornase la cabeza,
       y se arrojaran á proyectos tan criminales como insensatos?
       Así lo conocieron los mismos anabaptistas, y así es que se
       indignaron sobremanera contra Lutero, que con sus escritos
       los condenaba. Y, en efecto: quien había sentado el principio
       ¿qué derecho tenía para atajar las consecuencias? Si Lutero
       encontraba en la Biblia que el Papa era el Anticristo, y de
       su propia autoridad se arrojaba á destruir el reino del Papa,
       exhortando á todo el mundo á conjurarse contra él; ¿por qué no
       podían también los anabaptistas decir: _que habían hablado con
       Dios, y que habían recibido el mandato de exterminar á todos
       los impíos, y de constituir un nuevo mundo en que vivieran
       solamente los pios é inocentes, siendo dueños de todas las
       cosas_?

       Hermán predicando la _matanza de todos los sacerdotes y
       magistrados del mundo_; David Jorge proclamando que sólo
       su doctrina era perfecta, que _la del antiguo y nuevo
       Testamento era imperfecta, y que él era el verdadero Hijo de
       Dios_; Nicolás desechando la fe y el culto como inútiles,
       despreciando los preceptos fundamentales de la moral, y
       enseñando que _era bueno perseverar en el pecado para que
       la gracia pudiese abundar_; Macket pretendiendo que había
       descendido sobre el el espíritu del Mesías, enviando á dos
       de sus discípulos, Arthington y Coppinger, á vocear por las
       calles de Londres _que el Cristo venía allí con su vaso en
       la mano_, y clamando él mismo á la vista del cadalso y en el
       trance del suplicio: «_¡Jehovah! ¡Jehovah! ¿no veis que los
       cielos se abren, y á Jesucristo que viene á libertarme?_» Esos
       deplorables espectáculos, y cien y cien otros que podríamos
       recordar, son pruebas harto evidentes del terrible fanatismo
       nutrido y avivado por el sistema protestante. Venner, Fox,
       William Sympson, J. Naylor, el conde Tinzendorf, Wesley, el
       barón de Sweedenborg, y otros nombres semejantes, bastan
       para recordar un conjunto de sectas tan locas, y una serie
       de extravagancias y crímenes tales, que darían materia para
       formar gruesos volúmenes donde se presentarían los cuadros más
       ridículos y más negros, las mayores miserias y extravíos del
       espíritu humano. Eso no es fingir, no es exagerar; ábrase la
       historia, consúltense los autores, no precisamente católicos,
       sino protestantes, ó sean cuales fueren; por dondequiera se
       encontrarán abundancia de testigos que deponen de la verdad de
       esos hechos; hechos ruidosos, sucedidos á la luz del día, en
       medio de grandes capitales, en tiempos que casi tocan á los
       nuestros. Y no se crea que se haya agotado con el transcurso
       del tiempo ese manantial de ilusión y de fanatismo; á lo que
       parece, no lleva camino de cegarse, y la Europa está condenada
       todavía á escuchar la relación de otras visiones como la
       acaecida en la fonda de Londres al barón de Sweedenborg, y á
       ver pasaportes de tres sellos como los que despacha para el
       cielo Juana Soutchote.

       [12] Pág. 86.--Nada más palpable que la diferencia que media
       en este punto entre los protestantes y los católicos. En ambas
       partes hay personas que se pretenden favorecidas con visiones
       celestiales; pero con las visiones los protestantes se vuelven
       orgullosos, turbulentos, frenéticos, mientras los católicos
       ganan en humildad, y en espíritu de paz y de amor. En el mismo
       siglo XVI, cuando el fanatismo de los protestantes llevaba
       revuelta la Europa entera, y la inundaba de sangre, había en
       España una mujer que, á juicio de los protestantes y de los
       incrédulos, debe de ser una de las que más han adolecido de
       achaque de ilusión y fanatismo; pero el pretendido fanatismo
       de esa mujer, ¿hizo derramar acaso, ni una gota de sangre, ni
       una sola lágrima? Y sus visiones ¿eran acaso órdenes del cielo
       para exterminar á los hombres como desgraciadamente sucedía
       entre les protestantes? Después que en la nota anterior se
       habrá horrorizado el lector con las visiones de los sectarios,
       quizás no le desagradará tener á la vista un cuadro tan bello
       como apacible.

       Es Santa Teresa, que, escribiendo su propia vida, por motivos
       de pura obediencia, nos refiere sus visiones con un candor
       angelical, con una dulzura inefable. «Quiso el Señor que
       viese aquí algunas veces esta visión, veía un ángel cabe mí,
       hacia el lado izquierdo, en forma corporal; lo que no suelo
       ver, sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan
       ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada, que dije
       primero. En esta visión quiso el Señor le viese ansí, no era
       grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido,
       que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se
       abrasan: deben ser los que llaman serafines; que los nombres
       no me los dicen; mas, bien veo que en el cielo hay tanta
       diferencia de unos ángeles á otros, y de otros á otros, que no
       lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y
       al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me
       parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba á
       las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me
       dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.» (_Vida de Santa
       Teresa_, capítulo 29, n.º 11.)

       He aquí otra muestra: «Estando en esto, veo sobre mi cabeza
       una paloma bien diferente de las de acá, porque no tenía estas
       plumas, sino las de unas conchitas, que echaban de sí gran
       resplandor. Era grande más que paloma, paréceme que oía el
       ruido que hacia con las alas. Estaría aleando por espacio de
       una Avemaría. Ya el alma estaba de tal suerte, que perdiéndose
       á sí de sí la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con tan
       buen huésped, que, según mi parecer, la merced tan maravillosa
       le debía de desasosegar y espantar, y como comenzó á gozarla,
       quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando
       en arrobamiento.» (_Vida_, cap. 28, n.º 7.)

       Difícil será encontrar algo de tan bello, expresado con tan
       vivo colorido, y con tan amable sencillez.

       No será inoportuno el copiar otros dos trozos de distinto
       género, que, al paso que harán sensible lo que nos proponemos
       evidenciar, podrán contribuir á despertar la afición hacia
       cierta clase de escritores castellanos que van cayendo en
       olvido entre nosotros, mientras los extranjeros los buscan con
       afán, y hacen de ellos lujosas ediciones.

       »Estando una vez en las horas con todas, de presto se recogió
       mi alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber
       espaldas, ni lado, ni alto, ni bajo, que no estuviese toda
       clara, y en el centro de ella se me representó Cristo Nuestro
       Señor como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi
       alma, le veía claro como en un espejo, y también este espejo
       (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el mismo Señor,
       por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa. Sé
       que me fué esta visión de gran provecho, cada vez que se me
       acuerda, en especial cuando acabo de comulgar. Dióseme á
       entender que estar una alma en pecado mortal, es cubrirse este
       espejo de gran niebla, y quedar muy negro, y ansí no se puede
       representar, ni ver este Señor, aunque esté siempre presente
       dándonos el ser, y que los herejes, es como si el espejo fuese
       quebrado, que es muy peor que obscurecido. Es muy diferente
       el cómo se ve, á decirse, porque se puede mal dar á entender.
       Mas hame hecho mucho provecho y gran lástima de las veces que,
       con mis culpas, obscurecí mi alma, para no ver este Señor.»
       (_Vida_, capítulo 40, número 4.)

       En otro lugar explica un modo de ver las cosas en Dios, y
       presenta su idea bajo una imagen tan brillante y grandiosa,
       que nos parece que leemos á Malebranche explanando su famoso
       sistema.

       «Digamos ser la Divinidad como un claro diamante muy mayor
       que todo el mundo, ó espejo, á manera de lo que dije del alma
       en otra visión, salvo que es por tan sublime manera que yo no
       lo sabré encarecer, y que todo lo que hacemos se ve en este
       diamante, siendo de manera que él encierra todo en sí, porque
       no hay nada que salga fuera de esta grandeza. Cosa espantosa
       me fué en tan breve espacio ver tantas cosas juntas aquí
       en este claro diamante, y lastimosísima cada vez que se me
       acuerda ver que cosas tan feas se me representan en aquella
       limpieza de claridad, como eran mis pecados.» (_Vida_, cap.
       40, número 7.)

       Supongamos ahora con los protestantes que todas esas visiones
       no sean más que pura ilusión; pues es evidente que ni
       extravían las ideas, ni corrompen las costumbres, ni perturban
       el orden público; y ciertamente que, aun cuando no hubieran
       servido más que para inspirar tan hermosas páginas, no habría
       por qué dolernos de la ilusión. Y he aquí confirmado lo que he
       dicho sobre los saludables efectos que produce en las almas
       el principio católico, no dejándolas cegar por el orgullo,
       ni andar por caminos peligrosos, antes limitándolas á un
       círculo, desde el cual no pueden dañar á nadie, si es que sus
       favores del cielo no sean más que ilusión, y no perdiendo nada
       de su fuerza y energía para hacer el bien, dado caso que su
       inspiración sea una realidad.

       Mil y mil otros ejemplos podría citar; pero, en obsequio de
       la brevedad, me he limitado á uno solo, escogiendo á Santa
       Teresa, ya por ser una de las que más se han distinguido en la
       materia, ya por ser contemporánea de las grandes aberraciones
       de los protestantes, ya también por ser española; aprovechando
       esta oportunidad de recordarla á los españoles que empiezan á
       olvidarla.

       [13] Pág. 96.--He indicado las sospechas que inspiraban
       algunos de los corifeos de la reforma, de que, procediendo de
       mala fe, no dando asenso á lo mismo que predicaban, tratasen
       únicamente de alucinar á sus prosélitos. No quiero que se diga
       que he andado con ligereza en achacarles ese cargo, y así
       produciré algunas pruebas que garanticen mi aserción.

       Oigamos al mismo Lutero. «Muchas veces pienso á mis solas
       que casi no sé dónde estoy, ni si enseño la verdad ó no.»
       «Saepe sic mecum cogito: propemodum nescio quo loco sim, et
       utrum veritatem doceam, necne.» (Luther, colloquio. Isleb. de
       Christo.) Y éste es el mismo hombre que decía: «Es cierto que
       yo he recibido mis dogmas del cielo: no permitiré que juzguéis
       de mi doctrina, ni vosotros, ni los mismos ángeles del cielo.»
       «Certum est dogmata mea habere me de coelo. Non sinam vel vos
       vel ipsos angelos de coelo de mea doctrina iudicare.» (Luth.
       Contra Reg. Ang.) Juan Metthei, que publicó algunos escritos
       sobre la vida de Lutero, y que se deshace en alabanzas del
       heresiarca, nos ha conservado una anécdota curiosa sobre las
       convicciones de Lutero; dice así: «Un predicante llamado Juan
       Musa me contó que cierta vez se había lamentado con Lutero,
       de que no podía resolverse á creer lo que predicaba á los
       otros. _Bendito sea Dios_, respondió Lutero, _pues que sucede
       á los demás lo mismo que á mí: antes creía yo que sólo á mí me
       sucedía_.» (Ioannes Matthesius, condone 12.)

       Las doctrinas de la incredulidad no se hicieron esperar mucho,
       y quizás no se figurarían algunos lectores que se hallen
       consignadas expresamente en varios lugares de las obras de
       Lutero. «Es verosímil, dice, que, excepto pocos, todos duermen
       insensibles.» «Soy de parecer que los muertos están sepultados
       en tan inefable y admirable sueño, que sienten ó ven menos que
       los que duermen con sueño común.» «Las almas de los muertos no
       entran ni en el purgatorio ni en el infierno.» «El alma humana
       duerme embargados todos los sentidos.» «En la mansión de los
       muertos no hay tormentos.» «Verisimile est, exceptis paucis,
       omnes dormire insensibiles.» «Ego puto mortuos sic ineffabili,
       et miro somno sopitos, ut minus sentiant aut videant, quam
       hi qui alias dormiunt.» «Animae mortuorum non ingrediuntur
       in purgatorium nec infernum.» «Anima humana dormit omnibus
       sensibus sepultis.» «Mortuorum locus cruciatus nullus habet.»
       (Tom. 2, Epist Latin Isleb. fol. 44. Tom. 6, Lat. Wittemberg,
       in cap. 2, cap. 23, cap. 25, cap. 42, et cap. 49. Genes. et
       Tom. 4, Lat Wittemberg, fol. 109.) No faltaba quien recogiese
       semejantes doctrinas, y los estragos que tal enseñanza andaba
       haciendo eran tales, que el luterano Brentzen, discípulo y
       sucesor de Lutero, no dudaba en decir lo siguiente: «_Aunque
       no exista entre nosotros ninguna profesión pública de que el
       alma perezca con el cuerpo, y que no haya resurrección de
       muertos, sin embargo, la vida impurísirna y profanísima que
       la mayor parte lleva, indica bien á las claras que no creen
       que haya otra vida. Y á algunos se les escapan ya semejantes
       expresiones, no sólo entre el calor de los brindis, sí que
       también en la templanza de las conversaciones familiares._»
       Etsi inter nos nulla sit publica professio, quod anima simul
       cum corpore intereat, et quod non sit mortuorum resurrectio:
       tamen impurissima et profanissima illa vita, quam maxima
       pars hominum sectatur, perspicue indicat quod non sentiat
       vitam post hanc. Nonnullis etiam tales voces, tam ebriis inter
       pocula excidunt, quam sobriis in familiaribus colloquiis.
       (_Brentius, hom. 35, in cap. 20, Luc._)

       En el mismo siglo XVI no faltaron algunos que, sin curarse de
       dar su nombre á esta ó aquella secta, profesaban sin rebozo la
       incredulidad y escepticismo. Sabido es que al famoso Gruet le
       costó la cabeza su atrevimiento en este punto; y no fueron los
       católicos los que se la hicieron cortar, sino los calvinistas,
       que llevaban á mal el que este desgraciado se hubiese tomado
       la libertad de pintar con sus verdaderos colores el carácter
       y la conducta de Calvino, y de fijar en Ginebra algunos
       pasquines en que acusaba de inconsecuencia á los pretendidos
       reformados, por la tiranía que querían ejercer sobre las
       conciencias, después de haber sacudido ellos mismos el yugo
       de la autoridad. Todo esto sucedía no mucho después de haber
       nacido el Protestantismo, pues que la sentencia de Gruet fué
       ejecutada en el año 1549.

       Montaigne, á quien he señalado como uno de los primeros
       escépticos que alcanzaron mucha nombradía, llevaba la cosa
       tan allá, que ni siquiera admite ley natural. «Graciosos
       están, dice, cuando, para dar alguna certeza á las leyes,
       asientan que hay algunas, firmes, perpetuas é inmutables, que
       ellos llaman naturales, grabadas en el linaje humano por la
       condición de su propia esencia.» «_Ils sont plaisants quand,
       pour donner quelque certitude aux lois, ils disent qu'il y en
       a aucunes, fermes, perpétuelles et immuables, qu'ils nomment
       naturelles, qui sont empreintes en l'humain genre par la
       condition de leur propre essence, etc._» (_Montaigne Es. Tom.
       2, cap. 12._)

       Ya hemos visto lo que pensaba Lutero sobre la muerte, ó al
       menos las expresiones que sobre este particular se le habían
       escapado; no es extraño, pues, que Montaigne pretendiese morir
       como verdadero incrédulo, y que hablando de este terrible
       trance dijera: «Estúpidamente, y con la cabeza baja, me
       sumerjo en la muerte, sin considerarla ni reconocerla, como
       en una profundidad silenciosa y obscura que me traga de un
       golpe, y me ahoga en un instante, en un hondo sueño lleno
       de insensibilidad y de indolencia.» «_Je me plonge, la tête
       baissée, stupidement dans la mort, sans la considérer et
       reconnaître, comme dans une profondeur muette et obscure,
       qui m'engloutit d'un saut, et m'étouffe en un instant d'un
       puissant sommeil plein d'insipidité et d'indolence._»
       (_Montaigne Livr. 3, chap. 9._)

       Pero este hombre, que deseaba que la muerte le sorprendiese
       plantando sus hortalizas, y sin curarse de ella (_Je veux que
       la mort me trouve plantant mes choux, mais sans me soucier
       d'elle_), no lo pensó así en sus últimos momentos; pues que,
       estando para expirar, quiso que se celebrara en su mismo
       aposento el santo sacrificio de la misa, y expiró en el mismo
       instante en que acababa de hacer un esfuerzo para levantarse
       sobre su cama en el acto de la adoración de la Sagrada Hostia.
       Bien se ve que no había quedado estéril en su corazón aquel
       pensamiento con que hablando de la religión cristiana decía:
       «El orgullo es lo que aparta al hombre de los caminos comunes,
       que le hace abrazar novedades, prefiriendo ser jefe de una
       tribu errante y descaminada, enseñando el error y la mentira,
       á ser discípulo de la escuela de la verdad.» Acordaríase
       también de lo que había dicho en otro lugar, condenando de un
       rasgo todas las sectas disidentes: «En materia de religión es
       preciso atenerse á los que son establecidos jefes de doctrina
       y que tienen una autoridad legítima, y no á los más sabios y á
       los más hábiles.» «_En matière de religion il faut s'attacher
       à ceux qui sont établis juges de la doctrine, et qui ont
       une autorité légitime, non pas aux plus savants et aux plus
       habiles._»

       Por lo que acabo de decir, se echa de ver con cuánta razón
       he culpado al Protestantismo de haber sido una de las
       principales causas de la incredulidad en Europa. Repito aquí
       lo que he dicho en el texto: que no es mi ánimo desconocer
       los esfuerzos que hicieron algunos protestantes para oponerse
       á la incredulidad; pues lo que ataco no son las personas,
       sino las cosas, y respeto el mérito dondequiera que se
       encuentre. Añadiré también que, si en el siglo XVII se notó
       que no pocos protestantes tendían hacia el Catolicismo, debió
       de ser á causa de que veían los progresos que iba haciendo
       la incredulidad; progresos que no era posible atajar, sino
       asiéndose del áncora de la autoridad que les ofrecía la
       Iglesia Católica.

       No me es posible, sin salir de los límites que me he
       prefijado, dar noticias circunstanciadas sobre la
       correspondencia entre Molano y el obispo de Tyna, y entre
       Leibnitz y Bossuet; pero los lectores que quieran instruirse á
       fondo en la materia, podrán verlo, parte en las mismas obras
       de Bossuet, parte en la interesante obra del abate Bausset,
       que precede á la edición de las obras de Bossuet, hecha en
       París en 1814.

       [14] Pág. 143.--Para formarse idea del estado de la _ciencia_
       al tiempo de la aparición del Cristianismo, y convencerse
       de lo que podía esperarse del espíritu humano, abandonado
       á sus propias luces, basta recordar las monstruosas sectas
       que pululaban por doquiera, en los primeros siglos de la
       Iglesia, y que reunían en sus doctrinas la mezcolanza más
       informe, más extravagante é inmoral, que concebirse pueda.
       Cerinto, Menandro, Ebión, Saturnino, Basílides, Nicolao,
       Carpocrates, Valentino, Marción, Montano y otros, son nombres
       que recuerdan sectas donde el delirio andaba hermanado con
       la inmoralidad. Echando una ojeada sobre aquellas sectas
       filosófico-religiosas, se conoce que ni eran capaces de
       concebir un sistema filosófico un poco concertado, ni de idear
       un conjunto de doctrinas y prácticas, que pudiese merecer el
       nombre de religión. Todo lo trastornan, todo lo mezclan y
       confunden; el judaísmo, el Cristianismo, los recuerdos de las
       antiguas escuelas, todo se amalgama en sus delirantes cabezas;
       no olvidándose, empero, de soltar la rienda á todo linaje de
       corrupción y obscenidad.

       Abundante campo ofrecen aquellos siglos á la verdadera
       filosofía para conjeturar lo que hubiera sido del humano
       saber, si el Cristianismo no hubiese alumbrado el mundo con
       sus doctrinas celestiales; si no hubiese venido esa religión
       divina á confundir el desatentado orgullo del hombre,
       mostrándole cuán vanos é insensatos eran sus pensamientos,
       y cuán descarriado andaba del camino de la verdad. ¡Cosa
       notable! ¡Y esos mismos hombres cuyas aberraciones hacen
       estremecer, se apellidaban á sí mismos _Gnósticos_, por el
       superior conocimiento de que se imaginaban dotados! Está
       visto: el hombre en todos los siglos es el mismo.

       [15] Pág 205.--He creído que no dejaría de ser útil copiar
       aquí literalmente los cánones á que hice referencia en el
       texto. Así podrán los lectores enterarse por sí mismos de su
       contenido, y no podrá caber sospecha de que, extrayendo la
       especie del canon, se le haya atribuído un sentido de que
       carecía.


       Cánones y otros documentos que manifiestan la solicitud de la
       Iglesia en aliviar la suerte de los esclavos, y los diferentes
       medios de que se valió para llevar á cabo la abolición de la
       esclavitud.


       § I


       (Concilium Eliberitanum, anno 305.)

       Se impone penitencia á la señora que maltrata á su esclava.

       «Si qua domina furore zeli accensa flagris verberaverit
       ancillam suam, ita ut in tertium diem animam cum cruciatu
       effundat; eo quod incertum sit, voluntate an casu occiderit;
       si voluntate, post septem annos, si casu, post quinquenii
       tempora, acta legitima poenitentia, ad communionem placuit
       admiti. Quod si infra tempora constituta fuerit infirmata,
       accipiat communionem.» (Canon 5.)

       Nótese que la palabra _ancillam_ expresa una esclava
       propiamente tal, no una sirvienta cualquiera, como se entiende
       de aquellas otras palabras _flagris verberaverit_, que era el
       castigo propio de los esclavos.


       (Concilium Epaonense, anno 517.)

       Se excomulga al dueño que por autoridad propia mata á su
       esclavo.

       «Si quis servum proprium sine conscientia iudicis occiderit,
       excommunicatione biennii effusionem sanguinis expiabit.»
       (Canon 34.)

       Esta misma disposición se halla repetida en el canon 15 del
       concilio 17 de Toledo, celebrado en el año 694, copiándose el
       mismo canon del concilio de Epaona, con muy ligera variación.

       (Ibíd.) El esclavo reo de un delito atroz, se libra de
       suplicios corporales, refugiándose en la iglesia.

       «Servus reatu atrociore culpabilis si ad ecclesiam confugerit,
       a corporalibus tantum suppliciis excusetur. De capillis vero,
       vel quocumque opere, placuit a dominis iuramenta non exigi.»
       (Canon 39.)


       (Concilium Aurelianense quintum, anno 549.)

       Precauciones muy notables para que los amos no maltratasen á
       los esclavos que se habían refugiado en las iglesias.

       «De servis vero, qui pro qualibet culpa ad ecclesiae septa
       confugerint, id statuimus observandum, ut sicut in antiquis
       constitutionibus tenetur scriptum, pro concessa culpa datis a
       domino sacramentis, quisquis ille fuerit, expediatur de venia
       iam securus. Enim vero si immemor fidei dominus trascendisse
       convincitur quod iuravit, ut is qui veniam acceperat, probetur
       postmodum pro ea culpa qualicumque supplicio cruciatus,
       dominus ille qui immemor fuit datae fidei, sit ab omnium
       communione suspensus. Iterum si servus de promissione veniae
       datis sacramentis a domino iam securus exire noluerit, ne
       sub tali contumacia requirens locum fugae, domino fortasse
       dispereat, egredi nolentem a domino eum liceat occupari,
       ut nullam, quasi pro retentatione servi, quibuslibet modis
       molestiam, aut calumniara patiatur ecclesia: fidem tamen
       dominus, quam pro concessa venia dedit, nulla temeritate
       trascendat. Quod si aut gentilis dominus fuerit, aut alterius
       sectae, qui a conventu ecclesiae probatur extraneus, is qui
       servum repetit, personas requirat bonae fidei chistianas,
       ut ipsi in persona domini servo praebeant sacramenta: quia
       ipsi possunt servare quod sacrum est, qui pro transgressione
       ecclesiasticam metuunt disciplinam.» (Can. 22.)

       Difícil es llevar más allá la solicitud para mejorar la suerte
       de los esclavos, de lo que se deduce del curioso documento que
       se acaba de copiar.


       (Concilium Emeritense, anno 666.)

       Se prohibe á los obispos la mutilación de sus esclavos, y se
       ordena que su castigo se encargue el juez de la ciudad, pero
       sin raparlos torpemente.

       «Si regalis pietas pro salute omnium suarum legum dignata est
       ponere decreta, cur religio sancta per sancti concilii ordinem
       non habeat instituta, quae omnino debent esse cavenda? Ideoque
       placuit huic sancto concilio, ut omnis potestas episcopalis
       modum suae ponat irae; nec pro quolibet excessu cuilibet ex
       familia ecclesiae aliquod corporis membrorum sua ordinatione
       praesumat extirpare, aut auferre. Quod si talis emerserit
       culpa advocato iudice civitatis, ad examen eius deducatur quod
       factum fuisse asseritur. Et quia omnino iustum est ut pontifex
       saevissimam non impendant vindictam; quidquid coram iudice
       verius patuerit, per disciplinae severitatem absque turpi
       decalvatione maneat emendatum.» (Can 15.)


       (Concilium Teletanum undecimum, anno 675.)

       Se prohibe á los sacerdotes la mutilación de los esclavos.

       «His a quibus domini sacramenta tractanda sunt, iudicium
       sanguinis agitare non licet: et ideo magnopere talium
       excessibus prohibendum est; ne indiscretae praesumptionis
       motibus agitati, aut quod morte plectendum est, sententia
       propriae iudicare praesumant, aut truncationes quaslibet
       membrorum quibuslibet personis aut per se inferant, aut
       inferendas praecipiant. Quod si quisquam horum immemor
       praeceptorum, aut ecclesiae, suae familiis, aut in quibuslibet
       personis tale quid fecerit, et concessi ordinis honore
       privatus, et loco suo, perpetuo damnationis teneatur religatus
       ergastulo: cui tamen communio exeunti ex hac vita non neganda
       est, propter domini misericordiam, _qui non vult peccatoris
       mortem, sed ut convertatur et vivat_.» (Can. 6.)

       Es de notar que, cuando en los dos cánones últimamente
       citados se usa de la palabra _familia_, se deben entender los
       esclavos. Que ésta es la verdadera acepción de la palabra se
       deduce claramente del canon 74 del concilio 4.º de Toledo,
       celebrado en el año 633, donde se lee: De _familiis_ ecclesiae
       constituere presbiteros et diaconos per parochias liceat.....
       ea tamen ratione ut _antea manumissi libertatem status sui
       percipiant_.» Lo mismo se deduce del sentido en que emplea
       esta palabra el Papa San Gregorio, en su epístola 44, 1. 4.


       (Concilium Wormatiense, anno 868.)

       Se impone penitencia al amo que por autoridad propia mata á su
       esclavo.

       «Si quis servum proprium sine conscientia iudicum qui
       tale quid commisserit, quod morte sit dignum, occiderit,
       excommunicatione vel poenitentia biennii, reatum sanguinis
       emendabit.» (Can. 38)

       «Si qua femina furore zeli accensa, flagris verberaverit
       ancillam suam, ita ut intra tertium diem animam suam cum
       cruciata efiundat, eo quod incertum sit voluntate, an casu
       occiderit; si voluntate, septem annos, si casu, per quinque
       annorum tempora legitimam peragat poenitentiam.» (Can. 39.)


       (Concilium Arausicanum primum, anno 441.)

       Se reprime la violencia de los que se vengaban del asilo
       dispensado á los esclavos, apoderándose de los de la Iglesia.

       «Si quis autem mancipia clericorum pro suis mancipiis ad
       ecclesiam fugientibus crediderit occupanda, per omnes
       ecclesias districtissima damnatione feriatur.» (Can. 6.)


       § II

       (Ibíd) Se reprime á los que atentan en cualquier sentido
       contra la libertad de los manumitidos en la Iglesia, ó que le
       hayan sido recomendados por testamento.

       «In ecclesia manumissos, vel per testamentum ecclesiae
       commendatos, si quis in servitutem, vel obsequium, vel ad
       colonariam conditionem imprimere tentaverit, animadversione
       ecclesiastica coerceatur.» (Can. 7.)


       (Concilium quintum Aurelianense, anno 549.)

       Se asegura la libertad de los manumitidos en las iglesias;
       y se prescribe que éstas se encarguen de la defensa de los
       libertos.

       «Et quia plurimorum suggestione comperimus, eos qui in
       ecclesiis iuxta patrioticam consuetudinem a servitiis fuerunt
       absoluti, pro libito quorumcumque iterum ad servitium
       revocari, impium esse tractavimus, ut quod in ecclesia Dei
       consideratione a vinculo servitutis absolvitur, irritum
       habeatur. Ideo pietatis causa communi concilio placuit
       observandum, ut quaecumque mancipia ab ingenuis dominis
       servitute laxantur, in ea libertate maneant, quam tunc a
       dominis perceperunt. Huiusmodi quoque libertas si a quocumque
       pulsata fuerit, cum iustitia ab ecclesiis defendatur, praeter
       eas culpas, pro quibus leges collatas servis revocare
       iusserunt libertates.» (Can. 7.)


       (Concilium Masticonense secundum, anno 585.)

       Se prescribe que la Iglesia defienda á los libertos, ora hayan
       sido manumitidos en el templo, ora hayan pasado largo tiempo
       disfrutando la libertad. Se reprime la arbitrariedad de los
       jueces que atropellaban á esos desgraciados, y se dispone que
       los obispos conozcan de estas causas.

       «Quae dum postea universo coetui secundum consuetudinem
       recitata innotescerent, Praetextatus et Pappulus viri
       beatissimi dixerunt: Decernat itaque, et de miseris libertis
       vestrae auctoritatis vigor insignis, qui ideo plus a iudicibus
       affliguntur, quia sacris sunt commendati ecclesiis; ut
       si quas quispiam dixerit contra eos actiones habere, non
       audeat eos magistratus contradere; sed in episcopi tantum
       iudicio, in cuius praesentia litem contestans quae sunt
       iustitiae ac veritatis audiat. Indignum est enim, ut hi qui
       in sacrosancta ecclesia iure noscuntur legitimo manumissi aut
       per epistolam, aut per testamentum aut per longinquitatem
       temporis libertatis iure fruuntur, a quolibet iniustissime
       inquietentur Universa sacerdotalis Congregatio dixit: Iustum
       est, ut contra calumniatorum omnium versutias defendantur, qui
       patrocinium immortalis ecclesiae concupiscunt. Et quicumque a
       nobis de libertis latum decretum; superbiae ausu praevaricare
       tentaverit, irreparabili damnationis suae sententia feriatur.
       Sed si placuerit episcopu ordinarium iudicem, aut quemlibet
       alium saecularem, in audientiam eorum accerseri, cum libuerit
       fiat, et nullus alius audeat causas pertractare libertorum
       nisi episcopus cuius interest, aut is cui idem audiendum
       tradiderit.» (Can. 7.)


       (Concilium Parisiense quintum, anno 614.)

       Se encarga á los sacerdotes la defensa de los manumitidos.

       «Liberti quorumcumque ingenuorum a sacerdotibus defensentur,
       nec ad publicum ulterius revocentur. Quod si quis ausu
       temerario eos imprimere voluerit, aut ad publicum revocare, et
       admonitus per pontificem ad audientiam venire neglexerit, aut
       emendare quod perpetravit distulerit, communione privetur.»
       (Can. 5.)


       (Concilium Toletanum tertium, anno 589.)

       Se prescribe que los manumitidos recomendados á las iglesias
       sean protegidos por los obispos.

       «De libertis autem id Dei praecipiunt sacerdotes, ut si qui
       ab episcopis facti sunt secundum modum quo canones antiqui
       dant licentiam, sint liberi; et tantum a patrocinio ecclesiae
       tam ipsi quam ab eis progeniti non recedant. Ab aliis quoque
       libertati traditi, et ecclesiis commendati, patrocinio
       episcopali tegantur, a principe hoc episcopus postulet.» (Can.
       6.)


       (Concilium Toletanum quartum, anno 633.)

       Se manda que la Iglesia se encargue de defender la libertad y
       el peculio de los manumitidos recomendados á ella.

       «Liberti qui a quibuscumque manumissi sunt, atque ecclesiae
       patrocinio commendati existunt, sicut regulae antiquorum
       patrum constituerunt, sacerdotali defensione a cuiuslibet
       insolentia protegantur; sive in statu libertatis eorum, seu in
       peculio quod habere noscuntur.» (Can. 72.)


       (Concilium Agathense, anno 506.)

       Se dispone que la Iglesia defienda á los manumitidos; y
       se habla en general, prescindiendo de que le hayan sido
       recomendados ó no.

       «Libertos legitime a dominis suis factos ecclesia, si
       necessitas exigerit, tueatur quos si quis ante audientiam,
       aut pervadere aut expoliare praesumpserit, ab ecclesia
       repellatur.» (Can. 29.)


       § III

       Se dispone que se atienda á la redención de los cautivos; y
       que á este objeto se pospongan los intereses de la Iglesia,
       por desolada que se halle.

       «Sicut omnino grave est, frustra ecclesiastica ministeria
       venundare, sic iterum culpa est, imminente huiusmodi
       necessitate, res maxime desolatae Ecclesiae captivis suis
       praeponere, et in eorum redemptione cessare.» (Caus. 12. Q 2.ª
       Can. 16.)

       Notables palabras de San Ambrosio sobre la redención de los
       cautivos. Para atender á tan piadoso objeto, el santo obispo
       quebranta y vende los vasos sagrados.


       (S. Ambrosius, de Off. L. 2, cap. 15.)

       (§ 70) «Summa etiam liberalitas captos redimere, eripere ex
       hostium manibus, subtrahere neci homines, et maxime faeminas
       turpidini, reddere parentibus liberos, parentes liberis, cives
       patriae restituere. Nota sunt haec nimis Illiriae vastitate et
       Thraciae: quanti ubique venales erant captivi orbe.....»

       Ibíd. (§ 71.) «Praecipua est igitur liberalitas, redimere
       captivos et maxime ab hoste barbaro, qui nihil deferat
       humanitatis ad misericordiam, nisi quod avaritia reservaverit
       ad redemptionem.»

       Ib. L. 2. C. 2. (§ 13.) «_Ut nos aliquando in invidiam
       incidimus, quod confregerimus vasa mistica, ut captivos
       redimeremus_, quod arrianis displicere potuerat, nec
       tam factum displicerit, quam ut esset quod in nobis
       reprehenderetur.»

       Estos nobles y caritativos sentimientos no eran sólo de San
       Ambrosio; sus palabras son la expresión de los sentimientos
       de toda la Iglesia. A más de diferentes pruebas que podría
       traer aquí, y de lo que se deduce de los cánones que insertaré
       á continuación, es digna de notarse la sentida carta de San
       Cipriano, de la cual copiaré algunos trozos, en los cuales
       están compendiados los motivos que impulsaban á la Iglesia en
       tan piadosa tarea, y vivamente pintados el celo y la caridad
       con que la ejercía:

       «Cyprianus, Ianuario, Maximo, Proculo, Victori, Modiano,
       Nemesiano, Nampulo et Honorato fratribus salutem. Cum
       maximo animi nostri gemitu et non sine lacrymis legimus
       litteras vestras, fratres carissimi, quas ad nos pro
       dilectionis vestrae sollicitudine de fratrum nostrorum
       et sororum captivitate fecistis. Quis enim non doleat in
       eiusmodi casibus, ut quis non dolorem fratris sui suum
       proprium computet, cum loquatur apostolus Paulus et dicat:
       _Si patitur unum membrum, compatiuntur et caetera membra;
       si laetatur membrum unum, collaetantur et caetera membra?_
       (1 ad Cor., 12.) Et alio loco: _Quis infirmatur inquit et
       non ego infirmor?_ (2 ad Cor., 11.) Quare nunc et nobis
       captivitas fratrum nostra captivitas computanda est; et
       periclitantium dolor pro nostro dolore numerandus est, cum
       sit scilicet adunationis nostrae corpus unum, et non tantum
       dilectio instigare nos debeat et conferare ad fratrum membra
       redimenda. Nam cum denuo apostolus Paulus dicat: _Nescitis
       quia templum Dei estis, et Spiritus Dei habitat in vobis?_
       (1 ad Cor., 3) etiamsi charitas nos minus adigeret ad opem
       fratribus ferendam, considerandum tamen hoc in loco fuit, Dei
       templum esse quae capta sunt, nec pati non longa cessatione
       et neglecto dolore debere, ut diu Dei templa captiva sint;
       sed quibus possumus viribus elaborare et velociter gerere
       ut Christum iudicem et Dominum et Deum nostum promereamur
       absequiis nostris. Nam cum dicat Paulus apostolus, _Quotquot
       in Christo baptizati estis, Christum induistis_ (Ad Gal.,
       3), in captivis fratribus nostris contemplandus est Christus
       et redimendus de periculo captivitatis, qui nos de diaboli
       faucibus exuit, nunc ipse qui manet et habitat in nobis de
       barbarorum manibus exuatur, et redimatur nummaria quantitate
       qui nos cruce redemit et sanguine...

       Quantus vero communis omnibus nobis moeror atque cruciatus
       est de periculo virginum quae illic tenentur; pro quibus
       non tantum libertatis, sed et pudoris iactura plangenda
       est, nec tam vincula barbarorum quam lenonum et lupanarium
       stupra deflenda sunt, ne membra Christo dicata et in aeternum
       continentiae honorem pudica virtute devota, insultantium
       libidine et contagione foedentur? Quae omnia istic secundum
       litteras vestras fraternitas nostra cogitans et dolenter
       examinans; prompte omnes et libenter ac largiter subsidia
       nummaria fratribus contulerunt...

       Missimus autem sextertia centum millia nummorum, quae istic in
       ecclesia cui de Domini indulgentia praesumus, cleri et plebis
       apud nos consistentis collatione, collecta sunt, quae vos
       illic pro vestra diligentia dispensabitis...

       Si tamen ad explorandam nostri animi charitatem, et examinandi
       nostri pectoris fidem tale aliquid acciderit, nolite cunctari
       nuntiare haec nobis litteris vestris, pro certo habentes
       ecclesiam nostram et fraternitatem istic universam, ne haec
       ultra fiant precibus orare, si facta fuerint, libenter et
       largiter, subsidia praestare.» (Epist. 60)...

       Véase, pues, cómo el celo de la Iglesia por la redención
       de los cautivos, que tan vivo se desplegó siglos después,
       había comenzado ya en los primeros tiempos; y se fundaba en
       los grandes y elevados motivos que divinizan en cierto modo
       la obra, asegurando, además, á quien la ejerce, una corona
       inmarcesible.

       En las obras de San Gregorio se hallarán también importantes
       noticias sobre este punto (V. L. 3, ep. 16; L. 4, ep. 17; L.
       6, ep. 35; L. 7, ep. 26, 28 y 38; L. 9, ep. 17.)


       (Concilium Masticonense secundum, anno 585.)

       Los bienes de la Iglesia se empleaban en la redención de los
       cautivos.

       «Unde statuimus ac decernimus, ut nos antiquus a fidelibus
       reparetur; et decimas ecclesiasticis famulantibus ceremoniis
       populus omnis inferat, quas sacerdotes aut in pauperum
       usum, _aut in captivorum redemptionem praerogantes_, suis
       orationibus pacem populo ac salutem impetrent: si quis autem
       contumax nostris statutis saluberrimis fuerit, a membris
       ecclesiae omni tempore separetur.» (Can. 5.)


       (Concilium Rhemense, anno 625 vel 630.)

       Se permite quebrar los vasos sagrados para expenderlos en la
       redención de cautivos.

       «Si quis episcopus, excepto si evenerit ardua necessitas
       pro redemptione captivorum, ministeria sancta frangere pro
       qualicumque conditione praesumpserit, ab officio cessabit
       ecclesiae.» (Can. 22.)


       (Concilium Lugdunense tertium, anno 683.)

       Se ve, por el siguiente canon, que los obispos daban á los
       cautivos cartas de recomendación; y se prescribe en él que se
       pongan en ellas la fecha y el precio del rescate; y que se
       expresen también las necesidades de los cautivos.

       «Id etiam de epistolis placuit captivorum, ut ita sint sancti
       pontifices cauti, ut in servitio pontificibus consistentibus,
       qui eorum manu vel subscriptione agnoscat epistolae aut
       quaelibet insinuationum litterae dari debeant, quatenus de
       subscriptionibus nulla ratione possit Deo propitio dubitare:
       et epistola commendationis pro necessitate cuiuslibet
       promulgata dies datarum et pretia constituta, vel necessitates
       captivorum quos cum epistolis dirigunt, ibidem inserantur.»
       (Can. 2.)


       (Synodus S. Patricii Auxilii et Isernini Episcoporum in
       Hibernia celebrata, circa annum Christi 450, vel 456.)

       Excesos á que eran llevados algunos eclesiásticos por un celo
       indiscreto á favor de los cautivos.

       «Si quis clericorum voluerit iuvare captivo com suo pretio
       illi subveniat, nam si per furtum illum inviolaberit,
       blasphemantur multi clerici per unum latronem, qui sic fecerit
       excommunionis sit.» (Can. 32.)


       (Ex epistolis S. Gregorii.)

       La Iglesia gastaba sus bienes en el rescate de los cautivos,
       y, aun cuando con el tiempo tuvieran facultades para
       reintegrarla de la cantidad adelantada, ella no quería
       semejante reintegro: les condonaba generosamente el precio del
       rescate.

       «Sacrorum canonum statuta et legalis permitit auctoritas,
       licite res ecclessiasticas in redemptionem captivorum impendi.
       Et ideo, quia edocti a vobis sumus, ante annos fere 18
       reverendissimum quemdam Fabium, Episcopum Ecclesia Firmanae,
       libras 11 argenti de eadem ecclesia pro redemptione vestra, ac
       patris vestri Passivi, fratris et coepiscopi nostri, tunc vero
       clerici, necnon matris vestrae, hostibus impedisse, atque ex
       hoc quamdam formidinem vos habere, ne hoc quod datum est, a
       vobis quolibet tempore repetatur, huius praecepti auctoritate
       suspicionem vestram praevidimus auferendam; constituentes,
       nullam vos exinde, haeredesque vestros quolibet tempore
       repetitionis molestiam sustinere, nec a quoquam vobis aliquam
       obiici quaestionem.» (Libro 8, ep. 14, et hab. Caus. 12, Q. 2,
       C. 15.)


       (Concilium Vernense secundum, anno 884.)

       Los bienes de la Iglesia servían para el rescate de los
       cautivos.

       «Ecclessiae facultates quas reges et reliqui christiani
       Deo voverunt, ad alimentum servorum Dei et pauperum, ad
       exceptionem hospitum, _redemptionis captivorum_, atque
       templorum. Dei instaurationem, nunc in usu saecularium
       detinentur. Hinc multi servi Dei pecuniam cibi et potus ac
       vestimentorum patiuntur, pauperes consuetam eleemosynam non
       accipiunt, negliguntur hospites, _fraudantur captivi_, et fama
       omnium meritu laceratur.» (Can. 12.)

       Es digno de notarse en el canon anterior el uso que hacía
       la Iglesia de sus bienes; pues que vemos que, á más de la
       manutención de los clérigos y los gastos del culto, servían
       para el socorro de pobres, de peregrinos, y para el rescate de
       los cautivos. Hago aquí esta observación, porque se ofrece la
       oportunidad; y no porque sea el canon citado el único texto en
       que pueda fundarse la prueba del buen uso que hacía la Iglesia
       de sus bienes. Muchos son los cánones que podrían citarse,
       empezando desde los llamados apostólicos; siendo de notar
       la expresión de que se valen á veces para afear la maldad
       de los que se apoderaban de los bienes eclesiásticos, ó los
       administraban mal. _Pauperum necatores, matadores de pobres_,
       se los llama, para dar á entender que uno de los principales
       objetos de esos bienes era el socorro de los necesitados.


       § IV


       (Concilium Lugdunense secundum, anno 566.)

       Se excomulga á los que atentan contra la libertad de la
       personas.

       «Et quia peccatis facientibus multi in perniciem animae suae
       ita conati sunt, aut conantur assurgere, ut animas longa
       temporis quiete sine ulla status sui competitione viventes,
       nunc improba proditione atque traditione, aut captivaverint
       aut captivare conentur, si iuxta praeceptum domini regis
       emendare distulerint, quosque hos quos obduxerunt, in loco
       in quo longum tempus quiete vixerint, restaurare debeant,
       ecclesiae communione priventur.» (Can. 3.)

       Del canon que acabo de citar se infiere que era muy general el
       abuso de apelar los particulares á la violencia para reducir
       á esclavitud á personas libres. Tal era en aquella época
       la situación de Europa, á causa de las irrupciones de los
       bárbaros, que el poder público era débil en extremo, ó, mejor
       podríamos decir, que no existía. Por esto es muy bello el ver
       á la Iglesia salir en apoyo del orden público, y en defensa de
       la libertad, excomulgando á los que atacaban y menospreciaban
       así el precepto del rey: _praeceptum domini regis_.


       (Concilium Rhemense, anno 625 vel 630.)

       Se reprime el mismo abuso que en el canon anterior.

       «Si quis ingenuum aut liberum ad servitium inclinare voluerit,
       an fortasse iam fecit, et commonitus ab episcopo se de
       inquietudine eius revocare neglexerit, aut emendare noluerit,
       tanquam calumniae reum placuit sequestrari.» (Can. 17.)


       (Concilium Confluentium, anno 922.)

       Se declara reo de homicidio al que seduce á un cristiano y lo
       vende.

       «Item interrogatum est, quid de eo faciendum sit qui
       christianum hominem seduxerit, et sic vendiderit; responsumque
       est ab omnibus, homicidii reatum, ipsum hominem sibi
       contrahere.» (Can. 7.)


       (Concilium Londinense, anno 1102.)

       Se prohibe el comercio de hombres que se hacía en Inglaterra,
       vendiéndolos como brutos animales.

       «Nequis illud _nefarium negotium_ quo hactenus in Anglia
       solebant homines sicut bruta animalia venundari, deinceps
       ullatenus facere praesumat.»

       Echase de ver, por el canon que acabo de citar, cuánto se
       adelantaba la Iglesia en todo lo perteneciente á la verdadera
       civilización. Estamos en el siglo XIX, y se mira como un
       notable paso dado por la civilización moderna, el que las
       grandes naciones europeas firmen tratados para reprimir el
       tráfico de los negros; y por el canon citado se ve que, á
       principios del siglo XI, cabalmente en la misma ciudad de
       Londres, donde se ha firmado últimamente el famoso convenio,
       se prohibía el tráfico de hombres, calificándole cual merece.
       _Nefarium negorium: detestable negocio_, le apellida el
       concilio; _tráfico infame_, le llame la civilización moderna,
       heredando, sin advertirlo, sus pensamientos y hasta sus
       palabras de aquellos hombres á quienes se apellida _bárbaros_,
       de aquellos obispos á quienes se ha calumniado, pintándolos
       poco menos que como una turba de conjurados contra la libertad
       y la dicha del género humano.


       (Synodus incerti loci, circa annum 616.)

       Se manda que las personas que se hubiesen vendido ó empeñado,
       vuelvan _sin dilación_ al estado de libertad, así que
       devuelvan el precio; y se dispone que no se les pueda exigir
       más de lo que hubiesen recibido.

       «De ingenuis qui se pro pecunia aut alia re vendiderint, vel
       oppignoraverint, placuit ut quandoquidem pretium, quantum
       pro ipsis datum est, invenire potuerunt, absque dilatione
       ad statum suae conditionis reddito pretio reformentur, nec
       amplius quam pro eis datum est requiratur. Et interim,
       si vir ex ipsis, uxorem ingenuam habuerit, aut mulier
       ingenuum habuerit maritum filii qui ex ipsis nati fuerint in
       ingenuitate permaneant.» (Can. 14.)

       Es tan importante el canon del concilio que acabo de citar,
       celebrado, según opinan algunos, en Boneuil, que bien merece
       que se hagan sobre él algunas reflexiones. Cabalmente esta
       disposición tan benéfica en que se concedía al vendido el
       volver á la libertad, una vez satisfecho el precio que había
       recibido en la venta, atajaba un mal que debía de estar muy
       arraigado en las Galias, pues que databa de muy antiguo;
       supuesto que sabemos por César, citado ya en el texto, que
       muchos, acosados por la necesidad, se vendían para salir de
       situaciones apuradas.

       Es también muy digno de notarse lo que se dispone en el mismo
       canon con respecto á los hijos de la persona vendida; pues,
       ora sea el padre, ora la madre, se prescribe que, en ambos
       casos, los hijos sean libres; derogándose aquí la tan sabida
       regla del derecho civil: _partus sequitur ventrem_.


       § V


       (Concilium Aurelianense tertium, anno 538.)

       Se prohibe el devolver á los judíos los esclavos refugiados
       en las iglesias, si hubieren buscado este asilo, ó bien
       por obligarlos los amos á cosas contrarias á la religión
       cristiana, bien por haber sido maltratados después de haberlos
       sacado antes del asilo de la iglesia.

       «De mancipiis christianis, quae in iudaeorum servitio
       detinentur, si eis quod christiana religio vetat, a dominis
       imponitur, aut si eos quos de ecclesia excusatos tollent,
       pro culpa quae remissa est, affligere aut caedere fortasse
       praesumpserint, et ad ecclesiam iterato confugerint,
       nullatenus a sacerdote reddantur, nisi pretium offeratur
       ac detur, quod mancipia ipsa valere pronuntiaverit iusta
       taxatio.» (Can. 13.)


       (Concilium Aurelianense quartum, anno 541.)

       Se manda observar lo mandado en el precedente concilio del
       mismo nombre, en el canon arriba citado.

       «Cum prioribus canonibus iam fuerit definitum, ut de mancipiis
       christianis, quae apud iudaeos sunt, si ad ecclesiam
       confugerint, et redimi se postulaverint, etiam ad quoscumque
       christianos refugerint, et servire iudaeis noluerint,
       taxato et oblato a fidelibus iusto pretio, ab eorum dominio
       liberentur, ideo statuimus, ut tam iusta constitutio ab
       omnibus catholicis conservetur.» (Can. 30.)

       (Ibíd.) Se castiga con la pérdida de todos los esclavos al
       judío que pervierte á un esclavo cristiano.

       «Hoc etiam decernimus observandum, ut quicumque iudaeus.
       proselytum, qui advena dicitur, iudaeum facere praesumpserit,
       aut christianum factum ad iudaicam superstitionem adducere;
       vel si iudaeus christianam ancillam suam sibi crediderit
       sociandum; vel si de parentibus christianis natum, iudaeum
       sub promissione fecerit libertatis, mancipiorum amissione
       multetur.» (Can. 31.)


       (Concilium Masticonense primum, anno 581.)

       Se prohibe á los judíos el tener en adelante esclavos
       cristianos, y con respecto á los existentes, se permite á
       cualquier cristiano el rescatarlos, pagando al dueño judío 12
       sueldos.

       «Et liceat quid de christianis qui aut de captivitatis
       incursu, aut fratribus iudaeorum servitio implicantur,
       debeat observari, non solum canonicis statutis, sed et
       legum beneficio pridem fuerit constitutum; tamen quia
       nunc item quorundam querela exorta est, quosdam iudaeos,
       per civitates aut municipia consistentes, in tantam
       insolentiam et proterviam prorrupisse, ut nec reclamantes
       christianos liceat vel pretio de eorum servitute absolvi;
       idcirco praesenti concilio, Deo auctore, sancimus ut nullus
       christianus iudaeos deinceps debeat deservire; sed datis pro
       quolibet bono mancipio 12 solidis, ipsum mancipium quicumque
       christianus, seu ad ingenuitatem, seu ad servitium, licentiam
       habeat redimendi: quia nefas est, ut quos Christus dominus
       sanguinis sui effusione redemit, persecutorum vinculis maneant
       irretiti. Quod si acquiescere his quae statuimus quicumque
       iudaeus noluerit, quamdiu ad pecuniam constitutam venire
       distulerit, liceat mancipio ipsi cum christianis ubicumque
       voluerit habitare. Illud etiam specialiter sancientes, quod
       si qui iudaeus christianum mancipium ad errorem iudaicum
       convictus fuerit suassisse, ut ipse mancipio careat et legandi
       damnatione plectatur.» (Can. 16.)

       El canon que antecede, equivale á poco menos que un decreto
       de entera emancipación de los esclavos cristianos; porque,
       si los judíos quedaban inhibidos de adquirir nuevos esclavos
       cristianos, y los que tenían, podían ser rescatados por
       cualquier cristiano, claro es que la puerta quedaba abierta
       de tal suerte á la caridad de los fieles, que por necesidad
       hubo de disminuirse en gran manera el número de los esclavos
       cristianos que gemían en poder de los judíos. Y no es esto
       decir que estas disposiciones canónicas surtiesen desde luego
       todo el efecto que se proponía la Iglesia; pero sí que,
       siendo éste el único poder que á la sazón permanecía en pie,
       y que ejercía influencia sobre los pueblos, debían de ser sus
       disposiciones sumamente provechosas á aquellos en cuyo favor
       se establecían.


       (Concilium Toletanum tertium, anno 589.)

       Se prohibe á los judíos el adquirir esclavos cristianos. Si un
       judío induce al judaísmo, ó circuncida á un esclavo cristiano,
       éste queda libre, sin que haya de pagarse nada al dueño.

       «Suggerente concilio, id gloriosissimus dominus noster,
       canonibus inserendum praecipit, ut iudaeis non liceat
       christianas habere uxores, _neque mancipia comparare in usus
       proprios_.»

       «Si qui vero christiani ab eis iudaico ritu sunt maculati,
       vel etiam circumcissi, non reddito pretio ad libertatem et
       religionem redeant christianam.» (Can. 14.)

       Es notable este canon, ya porque defendía la conciencia
       del esclavo, ya porque imponía al dueño una pena favorable
       á la libertad. De esta clase de penas para reprimir la
       arbitrariedad de los amos que violentaban la conciencia de
       los esclavos, encontramos un ejemplo muy curioso en el siglo
       siguiente, en una colección de leyes de Ina, rey de los
       sajones occidentales. Helo aquí:


       (Leges Inae Regis Saxonum Occidiorum, anno 692.)

       Si un amo hace trabajar á su esclavo en domingo, el esclavo
       queda libre.

       «Si servus operatur die dominica per praeceptura domini sui,
       sit liber.» (Leg. 3.)


       OTRO EJEMPLO

  (Concilium Berghamstedae anno 5.º Withredi Regis Cantii, id est
  Christi 697: sub Bertualdo Cantuariensi archiepiscopo celebratum.
  Haec sunt iudicia Withredi Regis Cantuariorum.)

Si un amo da de comer carne á un esclavo en día de ayuno, éste queda
libre.

«Si quis servo suo carnem in ieiunio dediderit comedendam, servus liber
exeat.» (Can. 15.)


(Concilium Toletanum quartum, anno 633.)

Se prohibe enteramente á los judíos el tener esclavos cristianos;
disponiéndose que, si algún judío contraviene á lo mandado aquí, se le
quiten los esclavos y éstos alcancen del príncipe la libertad.

«Ex decreto gloriosissimi principis hoc sanctum elegit concilium, ut
iudaeis non liceat christianos servos habere, nec christiana mancipia
emere, nec cuiusquam consequi largitate: nefas est enim ut membra
Christi serviant Antichristi ministris. Quod si deinceps servos
christianos, vel ancillas iudaei habere praesumpserint, sublati ab
eorum dominatu libertatem a principe consequantur.» (Can. 66.)


(Concilium Rhemense, anno 625.)

Se prohibe vender esclavos cristianos á los gentiles ó judíos; y se
anulan esas ventas si se hicieren.

«Ut christiani iudaeis vel gentilibus non vendantur; et si quis
christianorum necessitate cogente mancipia sua christiana elegerit
venundanda, non aliis nisi tantum christianis expendat. Nam si
paganis aut iudaeis vendiderit, communione privetur, et emptio careat
firmitate.» (Can. 11.)

Ninguna precaución era excesiva en aquellos calamitosos tiempos. A
primera vista podría parecer que semejantes disposiciones eran efecto
de la intolerancia de la Iglesia con respecto á los judíos y á los
gentiles; y, sin embargo, era en realidad un dique contra la barbarie
que lo iba invadiendo todo; una garantía de los derechos más sagrados
del hombre: garantía tanto más necesaria cuanto puede decirse que todas
las otras habían desaparecido. Léase, ó si no el documento que sigue
á continuación, donde se ve que algunos llegaban hasta el horrible
extremo de vender sus esclavos á los gentiles para sacrificarlos.


(Gregorius Papa III, ep. I ad Bonifacium Archiepiscoporum; anno 731.)

«Hoc quoque inter alia crimina agi in partibus illis dixisti, quod
quidam ex fidelibus ad _immolandum_ paganis sua venundent mancipia.
Quod ut magnopere corrigere debeas fratres commonemus, nec sinas fieri
ultra; scelus est enim et impietas. Eis ergo qui haec perpetraverunt,
similem homicidiae indices poenitentiam.»

Estos excesos debían de llamar en gran manera la atención, pues que
vemos que el concilio de Ciptines, celebrado en el año 743, vuelve
á insistir en lo mismo, prohibiendo que los esclavos cristianos se
entreguen á gentiles.

«Et ut mancipia christiana paganis non tradantur.» (Can. 7.)


(Concilium Cabilonense, anno 650.)

Se prohibe vender un esclavo cristiano fuera del territorio comprendido
en el reino de Clodoveo.

«Pietatis est maxime et religionis intuitus, ut captivitatis vinculum
omnino a christianis redimatur. Unde Sancta Synodus noscitur censuisse,
ut nullus mancipium extra fines vel terminos, qui ob regnum domini
Clodovei regis pertinent, debeat venundare, ne quod obsit, per tale
commercium, aut captivitatis vinculo, vel quod peius est, iudaica
servitute mancipia christiana teneantur implicita.» (Can. 9.)

El antecedente canon en que se prohibe la venta de los esclavos
cristianos fuera del territorio del reino de Clodoveo, por temor de
que caiga el esclava en poder de paganos, ó de judíos; y el otro del
concilio de Reims copiado más arriba en que se encuentra una especie
semejante, son notables bajo dos aspectos: 1.º En cuanto manifiestan
el sumo respeto que se ha de tener al alma del hombre, aunque sea
esclavo; pues que se prohibe el venderlo allí donde pueda hallarse en
un compromiso la conciencia de vendido; respeto que era muy importante
sostener, así para desarraigar las erradas doctrinas antiguas sobre
este punto, como por ser el primer paso que debía darse para llegar á
la emancipación. 2.º Limitándose la facultad de vender, se entrometía
la ley en esa clase de propiedad, distinguiéndola de las demás, y
colocándola en una categoría diferente, y más elevada: esto era un paso
muy adelantado para declarar guerra abierta á esa misma propiedad,
pasando á abolirla por medios legítimos.


(Concilium decimum Toletanum, anno 656.)

Se reprende severamente á los clérigos que vendían sus esclavos á
judíos y se les conmina con penas terribles.

«Septimae collationis immane satis et infandum operationis studium
nunc sanctum nostrum adiit concilium; quo plerique ex sacerdotibus
et Levitis, qui pro sacris ministeriis, et pietatis studio,
gubernationisque augmento sanctae ecclesiae deputati sunt officio,
malunt imitari turbam malorum, potius quam sanctorum patrum insistere
mandatis: ut ipsi etiam qui redimere debuerunt, venditiones facere
intendant, quos Christi sanguine praesciunt esse redemptos; ita
dumtaxat ut eorum dominio qui sunt empti in rito Iudaismi convertantur
opressi, et fit execrabile commercium ubi nitente Deo iustum et sanctum
adesse conventum; quia maiorum canones vetuerunt ut nullus iudaeorum
coniugia vel servitia habere praesumat de christanorum coetu.»

Sigue reprendiendo elocuentemente á los culpables, y luego continúa:
«Si quis enim post hanc definitionem talia agere tentaverit, noverit se
extra ecclesiam fieri, et praesenti, et futuro iudicio cum Iuda simili
poena percelli, dummodo Dominum denuo proditionis pretio malunt ad
iracundiam provocare.» (Can. 7.)


§ VI

Manumisión que hace el Papa San Gregorio I de dos esclavos de la
Iglesia romana; texto notable en que explica el Papa los motivos que
inductan á los cristianos á manumitir sus esclavos.

«Cum Redemptor noster totius conditor creaturae ad hoc propitiatus
humanam voluerit carnem assumere, ut divinitatis suae gratia, diruto
quo tenebamur captivi vinculo servitutis, pristinae nos restitueret
libertati; salubriter agitur, si homines quos ab initio natura creavit
liberos et protulit, et ius gentium iugo substituit servitutis, in
ea natura in qua nati fuerant, manumitentis beneficio, libertati
reddantur. Atque ideo pietatis intuitu, et huius rei consideratione
permoti, vos Montanam atque Thomam famulos Sanctae Romanae Ecclesiae,
cui Deo adiutore deservimus, liberos ex hac die civesque Romanos
efficimus, omneque vestrum vobis relaxamus servitutis peculium.» (S.
Greg., L. 5, ep. 12.)


(Concilium Agathense, anno 506.)

Se manda que los obispos respeten la libertad de los manumitidos por
sus predecesores. Se indica la facultad que tenían los obispos de
manumitar á los esclavos beneméritos, y se fija la cantidad que podían
donarles para su subsistencia.

«Sane si quos de servis ecclesiae benemeritos sibi episcopus libertate
donaverit collatam libertatem a successoribus placuit custodiri cum
ho quod eis manumissor in libertate contulerit, quod tamen iubemus
viginti solidorum numerum, et modum in terrula, vineola, vel hospitiola
tenere. Quod amplius datum fuerit, post manumissoris mortem ecclesia
revocabit.» (Can. 7.)


(Concilium Aurelianense quartum, anno 541.)

Se manda devolver á la Iglesia lo empeñado ó enajenado por el obispo,
que nada le haya dejado de bienes propios; pero se exceptúan de esta
regla los esclavos manumitidos, quienes deberán quedar en libertad.

«Ut episcopus qui de facultate propria ecclesiae nihil relinquit,
de ecclesiae facultate si quid aliter quam canones eloquuntur
obligaverit, vendiderit, aut distraxerit, ad ecclesiam revocetur.
Sane si de servis ecclesiae libertos fecerit numero competenti, in
ingenuitate permaneant, ita ut ab officio ecclesiae non recedant.»
(Can. 9.)


(Synodus Celichytensis, anno 816.)

Se ordena que á la muerte de cada obispo se dé libertad á todos sus
esclavos ingleses. Se dispone la solemnidad que ha de haber en las
exequias del difunto, previniéndose que, al fin de ellas, cada obispo
y abad habían de manumitir tres esclavos, dándoles á cada uno tres
sueldos.

«Decimo iubetur, et hoc firmiter statuimus asservandum, tam in nostris
diebus, quamque etiam futuris temporibus, omnibus successoribus
nostris qui post nos illis sedibus ordinentur quibus ordinati sumus:
ut quandocumque aliquis ex numero episcoporum migraverit de saeculo,
hoc pro anima illius praecipimus, ex substantia uniuscumque rei
decimam partem dividere, ad distribuere pauperibus in eleemosynam,
sive in pecoribus, et armentis, scu de ovibus et porcis, vel etiam in
cellariis, _necnon omnem hominem Anglicum liberare, qui in diebus suis
sit servituti subiectus_, ut per illud sui proprii laboris fructum
retributionis percipere mereatur, et indulgentiam peccatorum. Nec
ullatenus ab aliqua persona huic capitulo contradicatur, sed magis,
prout condecet, a successoribus augeatur, et eius memoria semper in
posterum per universas ecclesias nostrae ditioni subiectas cum Dei
laudibus habeatur et honoretur. Prorsus orationes et eleemosynas
quae inter nos specialiter condictam habemus, id est, ut statim per
singulas parochias in singulis quibusque ecclesiis, pulsato signo,
omnis famulorum Dei coetus ad basilicam conveniant, ibique pariter XXX
psalmos pro defuncti animae decantent. Et postea unusquisque antistes
et abbas sexcentos psalmos, et centum viginti missas celebrare faciat,
_et tres homines liberet, et eorum cuilibet tres solidos distribuat_.»
(Can. 10.)


(Concilium Ardamachiense in Hibernia celebratum anno 1171:)

(Ex Giraldo Cambrensi, cap. 28 Hiberniae expugnatae.)

Curioso documento en que se refiere la generosa resolución tomada en
el concilio de Armach en Irlanda, de dar libertad á todos los esclavos
ingleses.

«His completis convocatos apud Ardamachiam totius Hiberniae clero, et
super advenarum in insulam adventu tractato diutius et deliberato,
tandem communis omnium in hoc sententia resedit; propter peccata
scilicet populi sui, eoque praecipue quod Anglos olim, tam a
mercatoribus, quam praedonibus atque piratis, emere passim, et in
servitutem redigere consueverant, divinae, censura vindictae hoc eis
incomodum accidisse, ut et ipsi quoque ab eadem gente in servitutem
vice reciproca iam redigantur. Anglorum namque populus adhuc integro
eorum regno, communi gentis vitio liberos suos venales exponere, et
priusquam inopiam ullam aut inediam sustinerent, filios proprios et
cognatos in Hiberniam vendere consueverant. Unde et probabiliter credi
potest, sicut venditores olim, ita emptores, tam enormi delicto iuga
servitutis iam meruisse. Decretum est itaque in praedicto concilio,
et cum universitatis consensu publice statutum, ut Angli ubique
per insulam, servitutis vinculo mancipati, in pristinam revocentur
libertatem.»

En el documento que se acaba de leer, es digno sobremanera de notarse
cómo influían las ideas religiosas en amansar las feroces costumbres
de los pueblos. Sobreviene una calamidad pública, y he aquí que
desde luego se encuentra la causa de ella en la indignación divina,
ocasionada por el tráfico que hacían los irlandeses comprando esclavos
ingleses á los mercaderes, y á los bandoleros y piratas.

No deja también de ser curioso el ver que por aquellos tiempos eran
los ingleses tan bárbaros, que vendían á sus hijos y parientes, á
la manera de los africanos de nuestros tiempos. Y esto debía de ser
bastante general, pues que leemos en el lugar arriba copiado: que esto
era _común vicio de aquellos pueblos_; _communi gentis vitio_. Así se
concibe mejor cuán necesaria era la disposición insertada más arriba,
del concilio de Londres, celebrado en 1102, en que se prohibe ese
infame tráfico de hombres.


(Ex concilio apud Silvanectum, anno 864.)

Los esclavos de la Iglesia no deben permutarse con otros; á no ser que
por la permuta se les dé libertad.

«Mancipia ecclesiastica, nisi ad libertatem, non convenit commutari;
videlicet ut mancipia, quae pro eclesiastico homine dabuntur, in
Ecclesiae servitute permaneant, et ecclesiasticus homo, qui commutatur,
fruatur perpetua libertate. Quod enim semel Deo consecratum est, ad
humanus usus transferri non decet.» (V. Decret. Greg. IX. L. 3, Tit.
19, cap. 3.)


(Ex eodem, anno 864.)

Contiene la misma especie que el anterior; y además se deduce de el que
los fieles, en remedio de sus almas, acostumbraban ofrecer sus esclavos
á Dios y á los santos.

«Iniustum videtur et impium, ut mancipia, quae fideles Deo, et
Sanctis eius pro remedio animae suae consecrarunt, cuiuscumque
muneris mancipio, vel commutationis commercio iterum in servitutem
saecularium redigantur, cum canonica auctoritas servos tantummodo
permittat distrahi fugitivos. Et ideo ecclaesiarum Rectores summopere
caveant, ne eleemosyna unius, alterius peccatum fiat. Et est absurdum
ut ab ecclesiastica dignitate servus discedens, humanae sit obnoxius
servituti. (Ibíd., cap. 4.)


(Concilium Romanum sub S. Gregorio I, anno 597.)

Se ordena que se dé libertad á los esclavos que quieran abrazar la vida
monástica, previas las precauciones que pudiesen probar la verdad de la
vocación.

«Multos de ecclesiastica seu saeculari familia, novimus ad omnipotentis
Dei servitium festinare ut ab humana servitute liberi in divino
servitio valeant familiarius in monasteriis conservari, quos si passim
dimittimus, omnibus fugiendi ecclesiastici iuris dominium occasionem
praebemus: si vero festinantes ad omnipotentis Dei servitium, incaute
retinemus, illi invenimur negare quaedam qui dedit omnia. Unde necesse
est, ut quisquis ex iuris ecclesiastici vel saecularis militiae
servitute ad Dei servitium converti desiderat, probetur prius in laico
habitu constitutus: et si mores eius atque conversatio bona desiderio
eius testimonium ferunt, absque retractatione servire in monasterio
omnipotenti Domino permittatur, ut ab humano servitio liber recedat qui
in divino obsequio districtiorem appetit servitutem.» (S. Greg., Epist.
44., Lib. 4.)


(Ex epistolis Gelasii Papae.)

Se reprime el abuso que iba cundiendo de ordenar á los esclavos sin
consentimiento de sus dueños.

«Ex antiquis regulis et novella synodali explanatione comprehensum est,
personas obnoxias servituti, cingulo coelestis militiae non praecingi.
Sed nescio utrum ignorantia an voluntate rapiamini, _ita ut ex hac
causa nullus pene Episcoporum videatur extorris_. Ita enim nos frequens
et plurimorum querela nos circumstrepit, ut ex hac parte nihil penitus
potetur constitutum.» (Distin. 54, c. 9.)

«_Frequens equidem, et assidua nos querela circumstrepit_ de his
pontificibus, qui nec antiquas regulas nec decreta nostra noviter
directa cogitantes, obnoxias possesionibus obligatasque personas,
venientes ad clericalis officii cingulum non recusant.» (Ibíd., c. 10.)

«Actores siquidem filiae nostrae illustris et magnificae feminae,
Maximae petitori nobis insinuatione conquesti sunt, Sylvestrum atque
Candidum, originarios suos, contra constitutiones quae supradictae
sunt, et contradictione praeeunte a Lucerino Pontifice Diaconos
ordinatos.» (Ibíd, c. 11.)

«_Generalis etiam querelae vitanda praesumptio est, qua propemodum
causantur universi_, passim servos et originarios, dominorum iura,
possesionumque fugientes, sub religiosae conversationis obtentu,
vel ad monasteria sese conferre, vel ad ecclesiasticum famulatum,
conniventibus quippe praesulibus, indifferenter admitti. Quae modis
omnibus est amovenda pernicies, ne per christiani nominis institutum
aut aliena pervadi, aut publica videatur disciplina subverti.» (Ibíd.,
c. 12.)


(Concilium Emeritense, anno 666.)

Se permite á los párrocos el escoger de entre los siervos de la Iglesia
algunos para clérigos.

«Quidquid unanimiter digne disponitur in sancta Dei ecclesia,
necessarium est ut a parochitanis presbyteris custoditum maneat. Sunt
enim nonnulli qui ecclessiarum suarum res ad plenitudinem habent et
sollicitudo illis nulla est habendi clericos cum quibus omnipotenti
Deo laudum debita persolvant officia. Proinde instituit haec sancta
synodus ut omnes parochitani presbyteri, iuxta ut in rebus sibi a Deo
creditis sentiunt habere virtutem, de ecclesiae suae familia clericos
sibi faciant; quos per bonam voluntatem ita nutriant, ut et officium
sanctum digne peragant, et ad servitium suum aptos eos habeat. Hi etiam
victum et vestitum dispensatione presbyteri merebuntur, et domino et
presbytero suo, atque utilitati ecclesiae fideles esse debent. Quod
si inutiles apparuerint, ut culpa patuerit, correptione disciplinae
feriantur: si quis presbyterorum hanc sententiam minime custodierit et
non adimpleverit, ab episcopo suo corrigatur: ut plenissime custodiat,
quod digne iubetur.» (Can. 18.)


(Concilium Toletanum nonum, anno 655.)

Se dispone que los obispos den libertad á los esclavos de la Iglesia
que hayan de ser admitidos en el clero.

«Qui ex familiis ecclesiae servituri devocantur in clerum ab Episcopis
suis, necesse est, ut libertatis percipiant donum: et si honestae vitae
claruerint meritis, tunc demum maioribus fungantur officiis.» (Can. 11.)


(Concilium quartum Toletanum, anno 633.)

Se permite ordenar á los esclavos de la Iglesia dándoles antes libertad.

«De familiis ecclesiae constituere presbyteros et diaconos per
parochias liceat; quos tamen vitae rectitudo et probitas morum
comendat: ea tamen ratione, _ut antea manumissi libertatem status sui
percipiant_, et denuo ad ecclesiasticos honores succedant; irreligiosum
est enim obligatos existere servituti, qui sacri ordinis suscipiunt
dignitatem.» (Can. 74.)


§VII

Visto ya cuál fué la conducta de la Iglesia con respecto á la
esclavitud en Europa, excitase, naturalmente, el deseo de saber cómo se
ha portado en tiempos más recientes con relación á los esclavos de las
otras partes del mundo. Afortunadamente puedo ofrecer á mis lectores
un documento, que, al paso que manifiesta cuáles son en este punto las
ideas y los sentimientos del actual pontífice Gregorio XVI, contiene,
en pocas palabras, una interesante historia de la solicitud de la Sede
Romana, en favor de los esclavos de todo el universo. Hablo de unas
letras apostólicas contra el tráfico de negros, publicadas en Roma en
el día 3 de noviembre de 1839. Recomiendo encarecidamente su lectura,
porque ellas son una confirmación auténtica y decisiva, de que la
Iglesia ha manifestado siempre y manifiesta todavía, en este gravísimo
negocio de la esclavitud, el más acendrado espíritu de caridad, sin
herir en lo más mínimo la justicia, ni desviarse de lo que aconseja la
prudencia.


Gregorio PP. XVI ad futuram rei memoriam.

«Elevado al grado supremo de dignidad apostólica, y siendo, aunque sin
merecerlo, en la tierra vicario de Jesucristo Hijo de Dios, que por su
caridad excesiva se dignó hacerse hombre y morir para redimir al género
humano, hemos creído que corresponde á nuestra pastoral solicitud hacer
todos los esfuerzos para apartar á los cristianos del tráfico que están
haciendo con los negros y con otros hombres, sean de la especie que
fueren. Tan luego como comenzaron á esparcirse las luces del Evangelio,
los desventurados que caían en la más dura esclavitud, y en medio de
las infinitas guerras de aquella época, vieron mejorarse su situación
porque los apóstoles, inspirados por el espíritu de Dios, inculcaban
á los esclavos la máxima de obedecer á sus señores temporales como al
mismo Jesucristo, y á resignarse con todo su corazón á la voluntad
de Dios; pero, al mismo tiempo, imponían á los dueños el precepto de
mostrarse humanos con sus esclavos, concederles cuanto fuese justo y
equitativo, y no maltratarlos, sabiendo que el Señor de unos y otros
está en los cielos, y que para El no hay acepción de personas.

»La Ley Evangélica, al establecer de una manera universal y fundamental
la caridad sincera para con todos, y el Señor declarando que miraría
como hechos ó negados á sí mismo, todos los actos de beneficencia y de
misericordia hechos ó negados á las pobres y á los débiles, produjo,
naturalmente, el que los cristianos, no sólo mirasen como hermanos á
sus esclavos sobre todo cuando se habían convertido al Cristianismo,
sino que se mostrasen inclinados á dar la libertad á aquellos que por
su conducta se hacían acreedores á ella, lo cual acostumbraban hacer,
particularmente en las fiestas solemnes de Pascuas, según refiere San
Gregorio de Nicea. Todavía hubo quienes inflamados de la caridad más
ardiente, cargaron ellos mismos con las cadenas para rescatar á sus
hermanos, y un hombre apostólico, nuestro predecesor el Papa Clemente
I, de santa memoria, atestigua haber conocido á muchos que hicieron
esta obra de misericordia; y ésta es la razón por que, habiéndose
disipado con el tiempo las supersticiones de los paganos, y habiéndose
dulcificado las costumbres de los pueblos más bárbaros, gracias á los
beneficios de la fe, movida por la caridad, las cosas han llegado al
punto de que hace muchos siglos no hay esclavos en la mayor parte de
las naciones cristianas.

»Sin embargo, y lo decimos con el dolor más profundo, todavía se
vieron hombres, aun entre cristianos, que, vergonzosamente cegados
por el deseo de una ganancia sórdida, no vacilaron en reducir á la
esclavitud en tierras remotas á los indios, á los negros, y á otras
desventuradas razas, ó ayudar en tan indigna maldad, ínstituyendo y
organizando el tráfico de estos desventurados, á quienes otros habían
cargado de cadenas. Muchos pontífices romanos, nuestros predecesores,
de gloriosa memoria, no se olvidaron, en cuanto estuvo de su parte,
de poner un coto á la conducta de semejantes hombres, como contraria
á su salvación, y degradante para el nombre cristiano; porque ellos
veían bien que ésta era una de las causas que más influyen para que las
naciones infieles mantengan un odio constante á la verdadera religión.

»A este fin se dirigen las letras apostólicas de Paulo III de 20 de
mayo de 1537, remitidas al cardenal arzobispo de Toledo, selladas con
el sello del Pescador, y otras letras mucho más amplias de Urbano
VIII de 22 de abril de 1639 dirigidas al colector de los derechos de
la Cámara apostólica en Portugal; letras en las cuales se contienen
las más serias y fuertes reconvenciones contra los que se atreven á
reducir á la esclavitud á los habitantes de la India occidental ó
meridional, venderlos, comprarlos, cambiarlos, regalarlos, separarlos
de sus mujeres y de sus hijos, despojarlos de sus bienes, llevarlos
ó enviarlos á reinos extranjeros, y privarlos de cualquier modo de
su libertad, retenerlos en la servidumbre, ó bien prestar auxilio y
favor á los que tales cosas hacen, bajo cualquier causa ó pretexto,
ó predicar ó enseñar que esto es lícito, y por último cooperar á
ello de cualquier modo. Benedicto XIV confirmó después y renovó
estas prescripciones de los Papas ya mencionados, por nuevas letras
apostólicas á los obispos del Brasil y de algunas otras regiones en
20 de diciembre de 1741, en las que excita con el mismo objeto la
solicitud de dichos obispos.

»Mucho antes, otro de nuestros predecesores más antiguos, Pío II, en
cuyo pontificado se extendió el dominio de los portugueses en la
Guinea y en el país de los negros, dirigió sus letras apostólicas en 7
de octubre de 1482 al obispo de Ruvo, cuando iba á partir para aquellas
regiones, en las que no se limitaba únicamente á dar á dicho prelado
los poderes convenientes para ejercer en ellas el santo ministerio
con el mayor fruto, sino que tomó de aquí ocasión para censurar
severamente la conducta de los cristianos que reducían á los neófitos
á la esclavitud. En fin, Pío VII en nuestros días, animado del mismo
espíritu de caridad y de religión que sus antecesores, interpuso con
celo sus buenos oficios cerca de los hombres poderosos, para hacer
que cesase enteramente el tráfico de los negros entre los cristianos.
Semejantes prescripciones y solicitud de nuestros antecesores nos han
servido, con la ayuda de Dios, para defender á los indios y otros
pueblos arriba dichos, de la barbarie, de las conquistas y de la
codicia de los mercaderes cristianos; mas es preciso que la Santa
Sede tenga por qué regocijarse del completo éxito de sus esfuerzos y
de su celo, puesto que, si el tráfico de los negros ha sido abolido
en parte, todavía se ejerce por un gran número de cristianos. Por
esta causa, deseando borrar semejante oprobio de todas las comarcas
cristianas, después de haber conferenciado con todo detenimiento con
muchos de nuestros venerables hermanos, los cardenales de la Santa
Iglesia romana, reunidos en consistorio, y siguiendo las huellas de
nuestros predecesores, en virtud de la autoridad apostólica, advertimos
y amonestamos con la fuerza del Señor á todos los cristianos, de
cualquiera clase y condición que fuesen, y les prohibimos que ninguno
sea osado en adelante á molestar injustamente á los indios, á los
negros ó á otros hombres, sean los que fueren, despojarlos de sus
bienes ó reducirlos á la esclavitud, ni á prestar ayuda ó favor á
los que se dedican á semejantes excesos, ó á ejercer un tráfico tan
inhumano, por el cual los negros, como si no fuesen hombres, sino
verdaderos impuros animales, reducidos cual ellos á la servidumbre
sin ninguna distinción, y contra las leyes de la justicia y de la
humanidad, son comprados, vendidos y dedicados á los trabajos más
duros, con cuyo motivo se excitan desavenencias, y se fomentan
continuas guerras en aquellos pueblos por el cebo de la ganancia
propuesta á los raptores de negros.

»Por esta razón, y en virtud de la autoridad apostólica, reprobamos
todas las dichas cosas como absolutamente indignas del nombre
cristiano; y en virtud de la propia autoridad, prohibimos enteramente,
y prevenimos á todos los eclesiásticos y legos el que se atrevan á
sostener como cosa permitida el tráfico de negros, bajo ningún pretexto
ni causa, ó bien predicar y enseñar en público ni en secreto, ninguna
cosa que sea contraria á lo que se previene en estas letras apostólicas.

»Y con el fin de que dichas letras lleguen á conocimiento de todos,
y que ninguno pueda alegar ignorancia, decretamos y ordenamos que se
publiquen y fijen según costumbre, por uno de nuestros oficiales,
en las puertas de la Basílica del Príncipe de los Apóstoles de la
Cancillería Apostólica, del Palacio de Justicia, del monte Citorio, y
en el campo de Flora.

»Dado en Roma en Santa María la Mayor, sellado con el sello
del Pescador á 3 de noviembre de 1839, y el 9.º de nuestro
pontificado.--Aloisio, cardenal Lambruschini.»

Llamo particularmente la atención sobre el interesante documento que
acabo de insertar, y que puede decirse que corona magníficamente el
conjunto de los esfuerzos hechos por la Iglesia para la abolición de
la esclavitud. Y como en la actualidad sea la abolición del tráfico de
los negros uno de los negocios que más absorben la atención de Europa,
siendo el objeto de un tratado concluído recientemente entre las
grandes potencias, será bien detenernos algunos momentos á reflexionar
sobre el contenido de las letras apostólicas del Papa Gregorio XVI.

Es digno de notarse, en primer lugar, que ya en 1482 el Papa Pío II
dirigió sus letras apostólicas al obispo de Ruvo cuando iba á partir
para aquellas regiones, letras en que no se limitaba únicamente á dar
á dicho prelado los poderes convenientes para ejercer en ellas el
santo ministerio con el mayor fruto, sino que tomó de aquí ocasión
para censurar severamente la conducta de los cristianos que reducían á
los neófitos á la esclavitud. Cabalmente á fines del siglo XV, cuando
puede decirse que tocaban á su término los trabajos de la Iglesia
para desembrollar el caos en que se había sumergido la Europa á causa
de la irrupción de los bárbaros, cuando las instituciones sociales y
políticas iban desarrollándose cada día más, formando ya á la sazón un
cuerpo algo regular y coherente, empieza la Iglesia á luchar con otra
barbarie que se reproduce en países lejanos, por el abuso que hacían
los conquistadores de la superioridad de fuerzas y de inteligencia con
respecto á los pueblos conquistados.

Este solo hecho nos indica que para la verdadera libertad y bienestar
de los pueblos, para que el derecho prevalezca sobre el hecho y no se
entronice el mando brutal de la fuerza, no bastan las luces, no basta
la cultura de los pueblos, sino que es necesaria la religión. Allá
en tiempos antiguos vemos pueblos extremadamente cultos que ejercen
las más inauditas atrocidades; y en tiempos modernos, los europeos,
ufanos de su saber y de sus adelantos, llevaron la esclavitud á
los desgraciados pueblos que cayeron bajo su dominio. ¿Y quién fué
el primero que levantó la voz contra tamaña injusticia, contra tan
horrenda barbarie? No fué la política, que quizás no lo llevaba á mal
para que así se asegurasen las conquistas; no fué el comercio, que veía
en ese tráfico infame un medio expedito para sórdidas pero pingües
ganancias; no fué la filosofía, que, ocupada en comentar las doctrinas
de Platón y Aristóteles, no se hubiera quizás resistido mucho á que
renaciese para los países conquistados la degradante teoría de las
_razas nacidas para la esclavitud_; fué la religión católica, hablando
por boca del Vicario de Jesucristo.

Es ciertamente un espectáculo consolador para los católicos el que
ofrece un pontífice romano condenando, hace ya cerca de cuatro siglos,
lo que la Europa, con toda su civilización y cultura, viene á condenar
ahora; y con tanto trabajo, y todavía con algunas sospechas de miras
interesadas por parte de alguno de los promovedores. Sin duda que
no alcanzó el pontífice á producir todo el bien que deseaba; pero
las doctrinas no quedan estériles, cuando salen de un punto desde el
cual pueden derramarse á grandes distancias, y sobre personas que las
reciben con acatamiento, aun cuando no sea sino por respeto á aquel
que las enseña. Los pueblos conquistadores eran á la sazón cristianos,
y cristianos sinceros; y así es indudable que las amonestaciones del
Papa, transmitidas por boca de los obispos y demás sacerdotes, no
dejarían de producir muy saludables efectos. En tales casos, cuando
vemos una providencia dirigida contra un mal, y notamos que el mal
ha continuado, solemos equivocarnos, pensando que ha sido inútil, y
que quien la ha tomado no ha producido ningún bien. No es lo mismo
extirpar un mal que disminuirle; y no cabe duda en que, si las bulas
de los Papas no surtían todo el efecto que ellos deseaban, debían
de contribuir al menos á atenuar el daño, haciendo que no fuese tan
desastrosa la suerte de los infelices pueblos conquistados. El mal que
se previene y evita no se ve, porque no llega á existir, á causa del
preservativo; pero se palpa el mal existente, éste nos afecta, éste nos
arranca quejas, y olvidamos con frecuencia la gratitud debida á quien
nos ha preservado de otros más graves. Así suele acontecer con respecto
á la religión. Cura mucho, pero todavía precave más que no cura,
porque, apoderándose del corazón del hombre, ahoga muchos males en su
misma raíz.

Figurémonos á los europeos del siglo XV, invadiendo las Indias
orientales y occidentales, sin ningún freno, entregados únicamente á
las instigaciones de la codicia, á los caprichos de la arbitrariedad,
con todo el orgullo de conquistadores, y con todo el desprecio
que debían de inspirarles los indios, por la inferioridad de sus
conocimientos, y por el atraso de su civilización y cultura; ¿qué
hubiera sucedido? Si es tanto lo que han tenido que sufrir los pueblos
conquistados, á pesar de los gritos incesantes de la religión, á pesar
de su influencia en las leyes y en las costumbres, ¿no hubiera llegado
el mal á un extremo intolerable, á no mediar esas poderosas causas que
le salían sin cesar al encuentro, ora previniéndole ora atenuándole? En
masa hubieran sido reducidos á la esclavitud los pueblos conquistados,
en masa se los hubiera condenado á una degradación perpetua, en masa se
los hubiera privado para siempre, hasta de la esperanza de entrar un
día en la carrera de la civilización.

Deplorable es, por cierto, lo que han hecho los europeos con los
hombres de las otras razas; deplorable es, por cierto, lo que todavía
están haciendo algunos de ellos; pero al menos no puede decirse que la
religión católica no se haya opuesto con todas sus fuerzas á tamaños
excesos, al menos no puede decirse que la Cabeza de la Iglesia haya
dejado pasar ninguno de esos males, sin levantar contra ellos la voz,
sin recordar los derechos del hombre, sin condenar la injusticia y sin
execrar la crueldad, sin abogar por la causa del linaje humano, no
distinguiendo razas, climas ni colores.

¡De dónde le viene á Europa ese pensamiento elevado, ese sentimiento
generoso, que la impulsan á declararse tan terminantemente contra
el tráfico de hombres, que la conducen á la completa abolición de
la esclavitud en las colonias! Cuando la posteridad recuerde esos
hechos tan gloriosos para la Europa, cuando los señale para fijar una
nueva época en los anales de la civilización del mundo, cuando busque
y analice las causas que fueron conduciendo la legislación y las
costumbres europeas hasta esa altura; cuando elevándose sobre causas
pequeñas y pasajeras, sobre circunstancias de poca entidad, sobre
agentes muy secundados, quiera buscar el principio vital que impulsaba
á la civilización europea hacia término tan glorioso, encontrará que
ese principio era el Cristianismo. Y cuando trate de profundizar más y
más en la materia, cuando investigue si fué el Cristianismo bajo una
forma general y vaga, el Cristianismo sin autoridad, el Cristianismo si
el Catolicismo, he aquí lo que le enseñará la historia. El Catolicismo
dominando solo, exclusivo, en Europa, abolió la esclavitud en las
razas europeas; el Catolicismo, pues, introdujo en la civilización
europea el principio de la abolición de la esclavitud; manifestando
con la práctica que no era necesaria en la sociedad como se había
creído antiguamente, y que para desarrollarse una civilización grande y
saludable era necesario empezar por la santa obra de la emancipación.
El Catolicismo inoculó, pues, en la civilización europea el principio
de la abolición de la esclavitud; á él se debe, pues, si, dondequiera
que esta civilización ha existido junto con esclavos, ha sentido
siempre un profundo malestar que indicaba bien á las claras que había
en el fondo de las cosas dos principios opuestos dos elementos en
lucha, que habían de combatir sin cesar hasta que prevaleciendo el
más poderoso, el más noble y fecundo, pudiese sobreponerse al otro,
logrando primero sojuzgarle, y no parando hasta aniquilarle del todo.
Todavía más: cuando se investigue si en la realidad vienen los hechos
á confirmar esa influencia del Catolicismo, no sólo por lo que toca á
la civilización de Europa, sino también de los países conquistados por
los europeos en los tiempos modernos, así en Oriente como en Occidente,
ocurrirá desde luego la influencia que han ejercido los prelados y
sacerdotes católicos en suavizar la suerte de los esclavos en las
colonias, se recordará lo que se debe á las misiones católicas, y se
producirán, en fin, las letras apostólicas de Pío II, expedidas en
1482, y mencionadas más arriba, las de Paulo III en 1537, las de Urbano
VIII en 1639, las de Benedicto XIV en 1741 y las de Gregorio XVI en
1839.

En esas letras se encontrará, ya enseñado y definido, todo cuanto se ha
dicho y decirse puede en este punto en favor de la humanidad; en ellas
se encontrará reprendido, condenado, castigado, lo que la civilización
europea se ha resuelto al fin á condenar y castigar; y cuando se
recuerde que fué también un Papa, Pío VII, quien en el presente siglo
_interpuso con celo su mediación y sus buenos oficios con los hombres
poderosos, para hacer que cesase enteramente el tráfico de negros entre
los cristianos_, no podrá menos de reconocerse y confesarse que el
Catolicismo ha tenido la principal parte en esa grandiosa obra, dado
que él es quien ha fundado el principio en que ella se funda, quien ha
establecido los precedentes que la guían, quien ha proclamado sin cesar
las doctrinas que la inspiran, quien ha condenado siempre las que se
le oponían, quien se ha declarado en todos tiempos en guerra abierta
con la crueldad y la codicia, que venían en apoyo y fomento de la
injusticia y de la inhumanidad.

El Catolicismo, pues, ha cumplido perfectamente su misión de paz y de
amor, quebrantando sin injusticias ni catástrofes las cadenas en que
gemía una parte del humano linaje; y las quebrantaría del todo en las
cuatro partes del mundo, si pudiese dominar por algún tiempo en Asia
y en África, haciendo desaparecer la abominación y el envilecimiento,
introducidos y arraigados en aquellos infortunados países por el
mahometismo y la idolatría.

Doloroso es, á la verdad, que el Cristianismo no haya ejercido todavía
sobre aquellos desgraciados países toda la influencia que hubiera sido
menester para mejorar la condición social y política de sus habitantes,
por medio de un cambio en las ideas y costumbres; pero, si se buscan
las causas de tan sensible retardo, no se encontrarán, por cierto,
en la conducta del Catolicismo. No es éste el lugar de señalarlas;
pero, reservándome hacerlo después, indicaré entre tanto que no cabe
escasa responsabilidad al Protestantismo por los obstáculos que, como
demostraré á su tiempo, ha puesto á la influencia universal y eficaz
del Cristianismo sobre los pueblos infieles.

En otro lugar de esta obra me propongo examinar detenidamente tan
importante materia, lo que hace que me contente aquí con esta ligera
indicación.


                           FIN DE LAS NOTAS



                  ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS Y MATERIAS
                                  DEL
                             TOMO PRIMERO


                                                                    PÁG.

  Prólogo. Objeto de la obra.                                          5

  Capítulo I. Naturaleza y nombre del Protestantismo.                  9

  Cap. II. Investigación de las causas del Protestantismo. Examen
  de la influencia de sus fundadores. Varias causas que
  se le han señalado. Equivocaciones que se han padecido en
  este punto. Opiniones de Guizot y de Bossuet. Se designa la
  verdadera causa del hecho, fundada en el mismo estado social
  de los pueblos europeos.                                            15

  Cap. III. Nueva demostración de la divinidad de la Iglesia
  católica sacada de sus relaciones con el espíritu humano.
  Fenómeno extraordinario que se presenta en la Cátedra de
  Roma. Superioridad del Catolicismo sobre el Protestantismo.
  Confesión notable de Guizot; sus consecuencias.                     37

  Cap. IV. El Protestantismo lleva en su seno un principio
  disolvente. Tiende de suyo al aniquilamiento de todas las
  creencias. Peligrosa dirección que da al entendimiento.
  Descripción del espíritu humano.                                    46

  Cap. V. _Instinto de fe._ Se extiende hasta á las ciencias.
  Newton. Descartes. Observaciones sobre la historia de la
  filosofía. Proselitismo. Actual situación del entendimiento.        54

  Cap. VI. Diferentes necesidades religiosas de los pueblos, en
  relación á los varios estados de su civilización. Sombras
  que se encuentran al acercarse á los primeros principios de
  las ciencias. Ciencias matemáticas. Carácter particular de
  las ciencias morales. Ilustración de algunos ideólogos
  modernos. Error cometido por el Protestantismo en la dirección
  religiosa del espíritu humano.                                      63

  Cap. VII. Indiferencia y fanatismo: dos extremos opuestos
  acarreados á la Europa por el Protestantismo. Origen del
  fanatismo. Servicio importante prestado por la Iglesia á la
  _historia del espíritu humano_. La Biblia abandonada al examen
  privado, sistema errado y funesto del Protestantismo. Texto
  notable de O'Callaghan. Descripción de la Biblia.                   71

  Cap. VIII. El fanatismo. Su definición. Sus relaciones con el
  _sentimiento religioso_. Imposibilidad de destruirle. Medios de
  atenuarle. El Catolicismo ha puesto en práctica esos medios,
  muy acertadamente. Observaciones sobre los pretendidos
  fanáticos católicos. Verdadero carácter de la exaltación
  religiosa de los fundadores de órdenes religiosas.                  79

  Cap. IX. La incredulidad y la indiferencia religiosa, acarreadas
  á la Europa por el Protestantismo. Síntomas fatales que
  se manifestaron desde luego. Notable crisis religiosa ocurrida
  en el último tercio del siglo XVII. Bossuet y Leibnitz.
  Los jansenistas: su influencia. Diccionario de Bayle:
  observaciones sobre la época de su publicación. Deplorable
  estado de las creencias entre los protestantes.                     86

  Cap. X. Se resuelve una importante cuestión sobre la duración
  del Protestantismo. Relaciones del individuo y de la
  sociedad con el indiferentismo religioso. Las sociedades
  europeas con respecto al mahometismo y al paganismo. Cotejo
  del Catolicismo y Protestantismo en la defensa de la
  verdad. Íntimo enlace del Cristianismo con la civilización
  europea.                                                            96

  Cap. XI. Doctrinas del Protestantismo. Su clasificación en
  positivas y negativas. Fenómeno muy singular: la civilización
  europea ha rechazado uno de los dogmas más principales
  de los fundadores del Protestantismo. Servicio importante
  prestado á la civilización europea por el Catolicismo, con
  la defensa del libre albedrío. Carácter del error. Carácter de
  la verdad.                                                         103

  Cap. XII. Examen de los efectos que produciría en España el
  Protestantismo. Estado actual de las ideas religiosas. Triunfos
  de la religión. Estado actual de la ciencia y de la literatura.
  Situación de las sociedades modernas. Conjeturas sobre
  su porvenir, y sobre la futura influencia del Catolicismo.
  Sobre las probabilidades de la introducción del Protestantismo
  en España. La Inglaterra. Sus relaciones con España.
  Pitt: Carácter de las ideas religiosas en España. Situación
  de España. Sus elementos de regeneración.                          108

  Cap. XIII. Empieza el cotejo del Protestantismo con el Catolicismo
  en sus relaciones con el adelanto social de los pueblos.
  _Libertad._ Vago sentido de esta palabra. La civilización
  europea se debe principalmente al Catolicismo. Comparación
  del Oriente con el Occidente. Conjeturas sobre los destinos
  del Catolicismo en las catástrofes que pueden amenazar
  á la Europa. Observaciones sobre los estudios
  filosófico-históricos. Fatalismo de cierta escuela histórica
  moderna.                                                           127

  Cap. XIV. Estado religioso, social y científico del mundo á la
  época de la aparición del Cristianismo. Derecho romano.
  Conjeturas sobre la influencia ejercida por las ideas
  cristianas sobre el derecho romano. Vicios de la organización
  política del imperio. Sistema del Cristianismo para regenerar
  la sociedad: su primer paso se dirigió al cambio de las ideas.
  Comparación del Cristianismo con el paganismo en la enseñanza
  de las buenas doctrinas. Observaciones sobre el púlpito
  de los protestantes.                                               138

  Cap. XV. La Iglesia no fué tan sólo una _escuela grande y
  fecunda, sino también una asociación regeneradora_. Objetos que
  tuvo que llenar. Dificultades que tuvo que vencer. _La
  esclavitud._ Quién abolió la esclavitud. Opinión de Guizot.
  Número inmenso de esclavos. Con qué tino debía procederse en la
  abolición de la esclavitud. La abolición repentina era
  imposible. Impúgnase la opinión de Guizot.                         152

  Cap. XVI. La Iglesia católica empleó para la abolición de la
  esclavitud, no sólo un sistema de doctrinas, y sus máximas
  y espíritu de claridad, sino también un conjunto de medios
  prácticos. Punto de vista desde el cual debe mirarse este
  hecho histórico. Ideas erradas de los antiguos sobre la
  esclavitud. Homero, Platón, Aristóteles. El Cristianismo se
  ocupó desde luego en combatir esos errores. Doctrinas
  cristianas sobre las relaciones entre esclavos y señores. La
  Iglesia se ocupa en suavizar el trato cruel que se daba á los
  esclavos.                                                          161

  Cap. XVII. La Iglesia defiende con celo la libertad de los
  manumitidos. Manumisión en las iglesias. Saludables efectos
  de esta práctica. Redención de cautivos. Celo de la Iglesia
  en practicar y promover esta obra. Preocupación de los romanos
  sobre este punto. Influencia que tuvo en la abolición de la
  esclavitud el celo de la Iglesia por la redención de los
  cautivos. La Iglesia protege la libertad de los ingenuos.          176

  Cap. XVIII. Sistema seguido por la Iglesia con respecto á los
  esclavos de los judíos. Motivos que impulsaban á la Iglesia
  á la manumisión de sus esclavos. Su indulgencia en este
  punto. Su generosidad para con sus libertos. Los esclavos
  de la Iglesia eran considerados como consagrados á Dios.
  Saludables efectos de esta consideración. Se concede libertad
  á los esclavos que querían abrazar la vida monástica.
  Efectos de esta práctica. Conducta de la Iglesia en la
  ordenación de los esclavos. Represión de abusos que en esta
  parte se introdujeron. Disciplina de la Iglesia de España sobre
  este particular.                                                   186

  Cap. XIX. Doctrinas de San Agustín sobre la esclavitud.
  Importancia de estas doctrinas para acarrear su abolición. Se
  impugna á Guizot. Doctrinas de Santo Tomás sobre la misma
  materia. Matrimonio de los esclavos. Disposición del derecho
  canónico sobre este matrimonio. Doctrina de Santo
  Tomás sobre este punto. Resumen de los medios empleados
  por la Iglesia para la abolición de la esclavitud. Impúgnase
  á Guizot. Se manifiesta que la abolición de la esclavitud es
  debida exclusivamente al Catolicismo. Ninguna parte tuvo
  en esta grande obra el Protestantismo.                             197



ÍNDICE DE LAS NOTAS


                                                                    PÁG.

   (1) Gibbon, y la Historia de las variaciones de los
      protestantes, de Bossuet.                                      207

   (2) Intolerancia de Lutero y demás corifeos del
       Protestantismo.                                               207

   (3) _Protestantismo_: origen de este nombre.                      209

   (4) Observaciones sobre los nombres.                              209

   (5) Abuso.                                                        210

   (6) Unidad y concierto del Catolicismo. Feliz pensamiento de
       San Francisco de Sales.                                       211

   (7) Confesiones de los más distinguidos protestantes sobre la
       debilidad del Protestantismo. Lutero, Melanchton,
       Calvino, Reza, Grocio, Papín, Puffendorf, Leibnitz.
       Descubrimiento importante de una obra póstuma de Leibnitz
       sobre la religión.                                            213

   (8) Ciencias humanas. Luis Vives.                                 215

   (9) Ciencias matemáticas. Eximeno, jesuíta español.               216

  (10) Herejías de los primeros siglos. Su carácter.                 217

  (11) Superstición y fanatismo de los protestantes. El diablo de
       Lutero. La fantasma de Zuinglio. Los pronósticos de
       Melanchton. Matías Harlem. El sastre de Leyde, rey de
       Sión. Hermán, Nicolás, Hacket, y otros visionarios y
       fanáticos.                                                    217

  (12) Sobre las visiones de los católicos. Santa Teresa. Las
       visiones de esta Santa.                                       221

  (13) Mala fe de los fundadores del Protestantismo. Textos
       notables que la manifiestan. Estragos que hizo desde luego
       la incredulidad. Gruet. Pasajes notables de Montaigne.        223

  (14) Las extravagancias de las primeras herejías como muestra
       del estado de la _ciencia_ en aquellos tiempos.               226

  (15) Cánones y otros documentos que manifiestan la solicitud
       de la Iglesia en aliviar la suerte de los esclavos, y los
       diferentes medios de que se valió para llevar á cabo la
       abolición de la esclavitud.                                   227

  (§1) Cánones dirigidos á suavizar el trato de los esclavos.        228

  (§2) Cánones dirigidos á la defensa de la libertad de los
       manumitidos, y á la protección de los libertos
       recomendados á la Iglesia.                                    230

  (§3) Cánones y otros documentos con respecto á la redención de
       cautivos.                                                     232

  (§4) Cánones relativos á la defensa de la libertad de los
       ingenuos. (Al principiar el canon del Concilium Lugdunense
       secundum, anno 566).                                          236

  (§5) Cánones sobre los esclavos de los judíos.                     238

  (§6) Cánones sobre las manumisiones que hacía la Iglesia de
       sus esclavos.                                                 243

  (§7) Letras apostólicas del Papa Gregorio XVI sobre el tráfico
       de negros. Doctrinas, conducta é influencia del Catolicismo
       sobre la abolición de este tráfico, y de la esclavitud
       en las colonias.                                              248



                           EL PROTESTANTISMO
                             COMPARADO CON
                            EL CATOLICISMO


                             TOMO SEGUNDO



CAPITULO XX


El más bello timbre de la civilización europea, la conquista más
preciosa en favor de la humanidad, cual es la abolición de la
esclavitud, ya hemos visto á quién se debe: á la Iglesia católica: por
medio de sus doctrinas tan benéficas como elevadas, y de un sistema
tan eficaz como prudente, con su generosidad sin límites, su celo
incansable, su firmeza invencible, abolió la esclavitud en Europa;
es decir, dió el primer paso que debía darse en la regeneración de
la humanidad, sentó la primera piedra que debía sentarse en el hondo
y anchuroso cimiento de la civilización europea: _la emancipación de
los esclavos, la abolición para siempre de este estado tan degradante:
la libertad universal_. Sin levantar antes al hombre de ese abyecto
estado, sin alzarle sobre el nivel de los brutos, no era posible crear
ni organizar una civilización llena de grandor y dignidad; porque,
dondequiera que se ve á un hombre acurrucado á los pies de otro hombre,
esperando con ojo inquieto las órdenes de su amo, ó temblando medroso
al solo movimiento de un látigo; dondequiera que el hombre es vendido
como un bruto, estimadas todas sus facultades, y hasta su vida, por
algunas monedas, allí la civilización no se desenvolverá jamás cual
conviene: siempre será flaca, enfermiza, falseada, porque, donde esto
se verifica, la humanidad lleva en su frente una marca de ignominia.

Probado, pues, que fué el Catolicismo quien quitó de en medio ese
obstáculo á todo adelanto social, limpiando, por decirlo así, á la
Europa de esa repugnante lepra que la infestaba de pies á cabeza,
entremos ahora en la investigación de lo que hizo el Catolicismo
para levantar el grandioso edificio de la civilización europea; que,
si reflexionamos seriamente cuanto ella entraña de vital y fecundo,
encontraremos nuevos y poderosos títulos que merecen á la Iglesia
católica la gratitud de los pueblos. Y ante todo será bien echar
una ojeada sobre el vasto é interesante cuadro que nos presenta la
civilización europea, resumiendo en pocas palabras sus principales
perfecciones; pues que de esta manera podremos más fácilmente darnos
razón á nosotros mismos de la admiración que nos causa, y del
entusiasmo que nos inspira. El individuo, con un vivo sentimiento de su
dignidad, con un gran caudal de laboriosidad, de acción y energía, y
con un desarrollo simultáneo de todas sus facultades; la mujer, elevada
al rango de compañera del hombre, y compensado, por decirlo así, el
deber de la sujeción con las respetuosas consideraciones de que se la
rodea; la blandura y firmeza de los lazos de familia, con poderosas
garantías de buen orden y de justicia; una admirable conciencia
pública, rica de sublimes máximas morales, de reglas de justicia y
de equidad, y de sentimientos de pundonor y decoro, conciencia que
sobrevive al naufragio de la moral privada, y que no consiente que
el descaro de la corrupción llegue al exceso de los antiguos; cierta
suavidad general de costumbres, que en tiempo de guerra evita grandes
catástrofes, y en medio de la paz hace la vida más dulce y apacible; un
profundo respeto al hombre y á su propiedad, que hace tan raras las
violencias particulares, y sirve de saludable freno á los gobernantes
en toda clase de formas políticas: un vivo anhelo de perfección en
todos ramos; una irresistible tendencia, errada á veces, pero siempre
viva, á mejorar el estado de las clases numerosas; un secreto impulso
á proteger la debilidad, á socorrer el infortunio, impulso que á veces
se desenvuelve con generoso celo, y, cuando no, permanece siempre
en el corazón de la sociedad causándole el malestar y la desazón de
un remordimiento; un espíritu de universalidad, de propagación, de
cosmopolitismo; un inagotable fondo de recursos para remozarse sin
perecer, para salvarse en las mayores crisis; una generosa inquietud
que se empeña en adelantarse al porvenir, y de que resultan una
agitación y un movimiento incesantes, algo peligrosos á veces, pero
que son comunmente el germen de grandes bienes, y señal de un poderoso
principio de vida: he aquí los grandes caracteres que distinguen á la
civilización europea, he aquí los rasgos que la colocan en un puesto
inmensamente superior á todas las demás civilizaciones antiguas y
modernas.

Leed la historia, desparramad vuestras miradas por todo el orbe, y
dondequiera que no reina el Cristianismo, si no prevalece la vida
bárbara ó la salvaje, hallaréis, por lo menos, una civilización que en
nada se parece á la nuestra, que ni aun remotamente puede comparársele.
Veréis algunas de esas civilizaciones con cierta regularidad, con
señales de firmeza, pues que duran al través de largos siglos; pero,
¿cómo duran? Sin caminar, sin moverse, porque carecen de vida, porque
su regularidad y duración son la de una estatua de mármol, que
inmóvil ve pasar ante sí numerosas generaciones. Pueblos hubo también
con una civilización que rebosaba de actividad y movimiento; pero,
¿qué actividad? ¿qué movimiento? Unos, dominados por el espíritu
mercantil, no aciertan á fundar sobre sólida base su felicidad
interior, sólo saben abordar á nuevas playas que ofrezcan cebo á su
codicia, desembarazándose del excedente de la población por medio
de las colonias, y estableciendo en el nuevo país crecido número de
factorías; otros, disputando y combatiendo eternamente por la mayor
ó menor latitud de la libertad política, olvidan su organización
social, no cuidan de su libertad civil, y, revolviéndose turbulentos en
estrechísimo círculo de espacio y de tiempo, no serían dignos siquiera
de que la posteridad conservara sus nombres, si no brillara entre ellos
con indecible encanto el genio de lo bello, si en los monumentos de su
saber no reflejaran, como en un claro espejo, algunos hermosos rayos
de la ciencia tradicional del Oriente; otros, grandiosos y terribles á
la verdad, pero trabajados sin cesar por las disensiones intestinas,
llevan esculpido en su frente el formidable destino de la conquista,
le cumplen avasallando el mundo, y caminan desde luego á su ruina
por un rapidísimo declive, en que nada los puede contener; otros,
por fin, exaltados por un violento fanatismo, se levantan como las
olas azotadas por el huracán, se arrojan sobre los demás pueblos como
inundación devastadora, y amenazan arrastrar en su fragosa corriente
á la misma civilización cristiana; pero es en vano su esfuerzo, se
estrellan sus oleadas contra una resistencia invencible; redoblan sus
acometidas, pero siempre forzadas á retroceder, y á tenderse de nuevo
sobre su lecho con un sordo bramido. Y ahora, vedlos allá al Oriente,
cual parecen un turbio charco que los ardores del sol acaban de secar;
vedlos allá los hijos y sucesores de Mahoma y de Omar, vedlos allá de
rodillas á las plantas del poderío europeo, mendigando una protección
que por ciertas miras se les dispensa, pero con desdeñoso desprecio.

Éste es el cuadro que nos ofrecen todas las civilizaciones antiguas y
modernas, excepto la europea, es decir, la cristiana. Sólo ella abarca
á la vez todo lo grande y lo bello que se encuentra en las demás;
sólo ella atraviesa las más profundas revoluciones, sin perecer; sólo
ella se extiende á todas las razas, se acomoda á todos los climas,
se aviene con las más variadas formas políticas; sólo ella se enlaza
amigablemente con todo linaje de instituciones, mientras pueda circular
por su corazón cual fecundante savia, produciendo gratos y saludables
frutos para bien de la humanidad.

¿Y de dónde habrá recibido la civilización europea su inmensa
superioridad sobre todas las otras? ¿De dónde ha salido tan gallarda,
tan rica, tan variada y fecunda, con ese sello de dignidad, de nobleza
y elevación, sin castas, sin esclavos, sin eunucos, sin esas miserias
que cual asquerosa lepra encontramos en los demás pueblos antiguos y
modernos? ¡Ah! los europeos nos lamentamos á menudo, y tan sentidamente
cual hacerlo pudo ningún pueblo; y no reflexionamos que somos los hijos
mimados de la Providencia, y que, si es verdad que sufrimos males,
patrimonio inseparable de la humanidad, son, empero, muy ligeros,
nulos, en comparación de los que sufrieron y sufren los demás pueblos.
Por lo mismo que es grande nuestra dicha, somos más descontentadizos,
y, por decirlo así, más melindrosos; sucediéndonos lo que á un hombre
de distinguida clase, acostumbrado á vivir rodeado de consideración
y respeto en medio de las comodidades y regalos: una leve palabra le
indigna, la más pequeña molestia le mortifica y desazona; sin reparar
que hay tantos hombres desnudos, y transidos de miseria, que no pueden
cubrir su desnudez sino con algunos harapos, ni apagar su hambre sino
con algunos mendrugos, todo recogido al través de mil repulsas y
bochornos.

Al contemplar la civilización europea, hieren el ánimo tantas y tan
varias impresiones, agólpase tal tropel de objetos como demandando
consideración y preferencia, que, si bien la imaginación se recrea con
la magnificencia y hermosura del cuadro, el entendimiento se abruma,
no atinando fácilmente por dónde se deba empezar el examen. El mejor
recurso, en tales casos, es la simplificación, descomponiendo el
objeto complexo, y reduciéndolo todo á sus elementos más simples.
_El individuo_, _la familia_, _la sociedad_: he aquí lo que debemos
examinar á fondo, he aquí lo que ha de ser el blanco de nuestras
investigaciones; que, si llegamos á comprenderlo bien, tal como es en
sí y prescindiendo de ligeras variaciones que no afectan su esencia, la
civilización europea, con todas sus riquezas, con todos sus secretos,
se desenvolverá á nuestros ojos, como sale de entre las sombras una
campiña abundante y amena al bañarla los rayos de la aurora.

Debe la civilización europea todo cuanto es y todo cuanto tiene, á la
posesión en que está de las principales verdades sobre el individuo,
sobre la familia y sobre la sociedad; se han comprendido en Europa
mejor que en ninguna otra parte la verdadera naturaleza, las verdaderas
relaciones, el verdadero fin de estos objetos; se tienen sobre ellos
ideas, sentimientos, miras de que se careció en otras civilizaciones; y
estas ideas y sentimientos están grabados fuertemente en la fisonomía
de los pueblos europeos, inoculados en sus leyes, en sus costumbres,
en sus instituciones, en su lenguaje; se respiran con el aire, porque
traen impregnada nuestra atmósfera como un aroma vivificante. Y es
porque de largos siglos abriga en su seno la Europa un principio
robusto que los conserva, propaga y aplica; es porque en las épocas más
trabajosas en que disuelta la sociedad tuvo que formarse de nuevo, fué
cabalmente cuando este principio regenerador disfrutó de más influjo
y prepotencia. Pasaron los tiempos, sobrevinieron grandes mudanzas,
el Catolicismo sufrió alternativas en su poder é influencia sobre la
Europa; pero la civilización, que era su obra, era demasiado sólida
para ser fácilmente destruída; el impulso era sobrado fuerte y certero
para que se perdiera fácilmente el rumbo; la Europa era un joven en
la flor de sus años, dotado de complexión robusta, y en cuyas venas
circula en abundancia la salud y la vida; los excesos del trabajo y de
la disipación le postran por algún tiempo, le hacen palidecer; pero
bien pronto recobra su rostro la lozanía y los colores, bien pronto
recobran sus miembros la agilidad y la fuerza.



CAPITULO XXI


El _individuo_: he aquí el elemento más simple de la sociedad; he aquí
lo primero que debe estar bien constituído, por decirlo así; he aquí lo
que, en siendo mal comprendido y apreciado, será un eterno obstáculo
á la medra de la verdadera civilización. Ante todo es necesario
advertir que aquí se trata sólo del individuo, del hombre tal como
es en sí, y prescindiendo de las numerosas relaciones que le rodean,
luego que se pasa á considerarlo como miembro de una sociedad. Mas
no se crea, por esto, que voy á considerar al hombre en un completo
aislamiento, llevándole al desierto, reduciéndole al estado salvaje,
y analizando el individualismo tal como nos le ofrecen algunas hordas
errantes, excepción monstruosa que sólo ha podido resultar de la
degradación de la naturaleza humana. Esto equivaldría á resucitar el
método de Rousseau, método puramente utópico, que sólo puede conducir
al error y á la extravagancia. Las piezas de una máquina pueden ser
examinadas aparte, aisladamente, con la mira de comprender mejor su
construcción peculiar; pero nunca deben olvidarse los usos á que se
las destina, nunca debe perderse de vista el todo á que pertenecen; de
otra suerte; el juicio que sobre ellas se forme, no podrá menos de ser
equivocado. El cuadro más sublime y sorprendente no sería más que una
ridícula monstruosidad, si se examinaran en completo aislamiento, ó
en combinaciones arbitrarias, los grupos y las figuras: con semejante
método podrían convertirse en sueños de un delirante los prodigios de
Miguel Ángel y Rafael.

Pero, sin olvidar que el hombre no está solo en el mundo, y que no
ha nacido para vivir solo; sin olvidar que, á más de lo que es en
sí, forma también parte del gran sistema del universo, y que, á más
de los destinos que le corresponden como comprendido en el vasto
plan de la creación, está elevado por la bondad del Criador á otra
esfera más alta, superior á todo pensamiento terreno; sin prescindir
de nada de esto, como en buena filosofía no se puede prescindir,
queda todavía lugar al estudio del individuo, y del individualismo;
en la consideración del hombre puédese todavía abstraer la calidad
del ciudadano, abstracción que, lejos de conducirnos á extravagantes
paradojas, es muy á propósito para comprender á fondo cierta
particularidad notable que se observa en la civilización europea,
cierto distintivo que por sí solo no la dejaría confundir con las otras.

Que deba hacerse una distinción entre el hombre y el ciudadano, que
estos dos aspectos den lugar á consideraciones muy diferentes, nadie
habrá que no lo perciba fácilmente; pero es tarea algo difícil el
deslindar hasta dónde se extiendan los resultados de esa distinción,
hasta qué punto sea conveniente el sentimiento de la independencia
personal, cuál sea la esfera que deba señalarse al desarrollo puramente
individual, qué es lo que sobre este particular se encuentra en nuestra
civilización que no se halle en las otras; es tarea harto difícil
apreciar debidamente esta diferencia, señalar su origen y objeto, y
pesar atinadamente cuál ha sido su verdadero influjo en la marcha de
la civilización. Tarea, repito, muy difícil, porque se encierran aquí
varias cuestiones, bellas é importantes en verdad, pero delicadas,
profundas, donde es muy fácil equivocarse, porque es casi imposible
fijar certeramente la mirada, á causa de que los objetos tienen algo
de vago, de indeterminado, de aéreo, andan como fluctuando, sólo
vinculados entre sí por relaciones imperceptibles.

Tropezamos aquí con el famoso _individualismo_, que, según Guizot,
fué importado por los bárbaros del Norte y representó un papel tan
descollante, que debe se reconocido como uno de los primeros y más
fecundos principios de la civilización europea. Analizando el célebre
publicista los elementos de esta civilización, señalando la parte que
en su juicio cupo al imperio romano y á la Iglesia, pretende hallar
algo de singular y muy fecundo en el sentimiento de individualismo
que traían los germanos consigo, y que inocularon en las costumbres
europeas.

No será inútil dar razón aquí de la opinión de M. Guizot sobre esta
importante y delicada materia, porque, al paso que se logrará fijar
mejor el estado de la cuestión, cosa harto difícil en objetos de suyo
tan vagos, se disipará la grave equivocación que padecen algunos en
este punto, debida á la autoridad del citado escritor, que, con los
recursos de su ingenio y los encantos de su elocuencia, ha hecho
verosímil y plausible lo que, examinado á fondo, no es más que una
paradoja.

Como al combatir las opiniones de un escritor debe tenerse el primer
cuidado en no alterárselas, atribuyéndole lo que en realidad no ha
dicho, y estando, por otra parte, la materia que nos ocupa tan sujeta á
equivocaciones, será bien copiar por entero las palabras de M. Guizot.
«El estado general de la sociedad entre los bárbaros es lo que nos
importa conocer; y esto cabalmente es muy difícil. Comprendemos sin
mucho trabajo el sistema municipal romano, y la Iglesia cristiana; su
influencia se ha perpetuado hasta nuestros días; encontramos su huella
en muchas instituciones, en hechos que tenemos á la vista, y esto nos
facilita mil medios de reconocerlos y explicarlos. Nada, empero, ha
quedado de las costumbres y del estado social de los bárbaros; vémonos
obligados á adivinar, ora apelando á remotísimos monumentos históricos,
ora supliendo la falta de esos monumentos con un atrevido esfuerzo de
imaginación.»

No negaré ser muy poco lo que nos ha quedado de las costumbres de los
bárbaros, ni disputaré con M. Guizot sobre lo que pueda valer una
observación que versa sobre hechos en que sea menester _suplir con
esfuerzos de imaginación lo mucho que de ellos nos falta_, en que
nos _veamos obligados_ á entrar en la peligrosa y resbaladiza senda
de _adivinar_; no desconozco lo que son estas materias, y en las
reflexiones que acabo de hacer sobre la cuestión que nos ocupa, y en
los términos con que la he calificado, bien se alcanza que no juzgo
posible andar con la regla y el compás; pero sí que puede servir esto
para prevenir á los lectores contra la ilusión que pudiera causarles
una doctrina que, bien profundizada, no es más, repito, que una
brillante paradoja.

«Hay un sentimiento, un hecho, continúa M. Guizot, que es preciso
analizar y comprender para pintar con rasgos verídicos á un bárbaro:
tal es el placer de la independencia individual: el placer de lanzarse
con su fuerza y su libertad en medio de las vicisitudes del mundo y
de la vida; los goces de una actividad sin trabajo, la inclinación á
una vida aventurera, llena de imprevisión, de desigualdad, de peligro.
Éste era el sentimiento dominante del estado bravío, la necesidad
moral que ponía en perpetuo movimiento aquellas masas de hombres.
Viviendo nosotros en medio de una sociedad tan regular, tan uniforme,
nos es sobremanera difícil representarnos ese sentimiento con todo el
imperio, con toda la violencia que ejercía sobre los bárbaros de los
siglos IV y V. Una sola obra he visto en la cual se halla perfectamente
retratado ese carácter de la barbarie: la Historia de la conquista
de Inglaterra por los normandos, de M. Thierry, es el solo libro
en que se ven reproducidos con una exactitud, con una naturalidad
verdaderamente homéricas, los motivos, las inclinaciones, los impulsos
que mueven y agitan á los hombres en un estado social próximo á la
barbarie. En ninguna parte he comprendido, he sentido mejor lo que
es un bárbaro, lo que es la vida de un bárbaro. Algo semejante se
encuentra en las novelas de Cooper sobre los salvajes de América, si
bien, á mi entender, en un grado muy inferior, de una manera menos
simple, menos verdadera. Vese en la vida de los salvajes americanos,
en las relaciones que los unen, en los sentimientos que abrigan en
medio de sus bosques, algún reflejo, alguna analogía que recuerda hasta
cierto punto la vida y las costumbres de los primitivos germanos.
Estos cuadros son ciertamente un poco ideales, tienen algo de poético;
la parte repugnante de las costumbres y de la vida de los bárbaros
no se presenta en ellos con toda su crudeza; y no hablo solamente de
los males acarreados por esas costumbres al estado social, sino de la
situación interior, individual del mismo bárbaro. En esta necesidad
imperiosa de independencia personal había algo de más material, algo de
más grosero de lo que se desprende y pudiera deducirse de la obra de M.
Thierry: dominaba en los bárbaros del Norte cierto grado de brutalidad,
de embriaguez, de apatía, que no siempre se ven fielmente representadas
en aquellas narraciones. No obstante, profundizando más y más las
cosas, á pesar de esa confusa mezcla de brutalidad, de materialismo,
de egoísmo estúpido, se conoce que aquella pasión por la independencia
individual es un sentimiento noble, cuyo poder deriva todo de la parte
superior, de la naturaleza moral del mismo hombre: es el placer de
sentirse hombre, el sentimiento de la personalidad, de la espontaneidad
humana en su libre desarrollo.

»Á los bárbaros germanos, señores, debe la moderna civilización ese
sentimiento desconocido enteramente de los romanos, de la Iglesia, de
casi todas la civilizaciones antiguas. Cuando en éstas hace algún papel
la libertad, es la libertad política, la libertad del ciudadano; ésta
era la que le movía, la que le entusiasmaba; no su libertad personal:
pertenecía á una asociación, se hallaba consagrado á una asociación,
y por una asociación estaba pronto á sacrificarse. Lo mismo sucedía
en la Iglesia cristiana: reinaba entre los fieles un vivo apego á la
corporación cristiana, un rendido acatamiento, un entero abandono á
sus leyes, un fuerte empeño de extender su imperio: otras veces el
sentimiento religioso conducía al hombre á una reacción sobre sí
mismo, sobre su alma, á una lucha interior, para sojuzgar su libre
albedrío y someterlo á las inspiraciones de su fe. El sentimiento,
empero, de independencia personal, ese anhelo de libertad que se
desarrolla sin otro fin ni objeto que el de complacerse, este
sentimiento, repito, era desconocido á los romanos y á la sociedad
cristiana. Los bárbaros le llevaron consigo y le depositaron en la
cuna de la civilización europea. Tan descollante papel ha en ella
representado, tan hermosos resultados ha producido, que es imposible
dejar de reconocerle como uno de sus elementos principales.» (_Historia
de la civilización europea. Lección II._)

El sentimiento de la independencia personal atribuído exclusivamente á
un pueblo, ese sentimiento vago, indefinible, con una extraña mezcla de
noble y de brutal, de bárbaro y de civilizador, tiene algo de poético,
muy propio para seducir la fantasía; pero, como el contraste mismo con
que se procura aumentar el efecto de las pinceladas lleva en sí algo de
extraordinario y hasta contradictorio, la severa razón sospecha algún
error oculto, y se pone en cautelosa guarda.

Si es verdad que tal fenómeno haya existido, ¿de dónde pudo dimanar?
¿fué quizás un resultado del clima? Pero ¿cómo es concebible que
abrigaran los hielos del Norte lo que no abrigaban los ardores del
Mediodía? ¿cómo es que, desenvolviéndose con tanta fuerza en los países
meridionales de Europa el sentimiento de la independencia política,
cabalmente no se encontrara en ellos el sentimiento de la independencia
personal? ¿no fuera una extrañeza, mejor diré, un absurdo, que los
climas se hubiesen repartido como patrimonios los sentimientos de las
dos clases de libertad?

Diráse quizás que procedía este sentimiento del estado social; pero, en
tal caso, no era menester atribuirle como característico á un pueblo;
bastaba asentar, en general, que ese sentimiento era propio de los
pueblos que se hallasen en el estado social de los germanos. Además
que, si era un efecto del estado social, ¿cómo pudo ser un germen, un
principio fecundo de civilización, lo que era propio de la barbarie?
Este sentimiento debiera haberse borrado por la civilización, no
conservarse en medio de ella, no contribuir á su desarrollo; y, si bajo
alguna forma debía permanecer, ¿por qué no sucedió lo mismo en otras
civilizaciones, ya que no fueron, por cierto, los germanos el único
pueblo que haya pasado de la barbarie á la civilización?

No se pretende, por eso, decir que los bárbaros del Norte no ofrecieran
bajo este aspecto alguna particularidad notable, ni tampoco que no se
encuentre en la civilización europea un sentimiento de personalidad,
por decirlo así, que no se halla en las demás civilizaciones; pero sí
que para explicar el individualismo de los germanos es poco filosófico
valerse de misterios y enigmas, sí que para señalar la razón de la
superioridad que tiene en esta parte la civilización europea, no es
necesario acudir á la barbarie de los germanos. Si queremos formarnos
idea cabal de esta cuestión tan complexa é importante, conviene ante
todo fijar en cuanto cabe la verdadera naturaleza del individualismo
de los bárbaros. En un opúsculo que di á luz hace algún tiempo, cuyo
título era: _Observaciones sociales, políticas y económicas sobre
los bienes del clero_, traté por incidencia de ese individualismo,
y me esforcé en aclarar sobre este punto las ideas, y, como desde
entonces no he variado de opinión, antes me he confirmado más en ella,
trasladaré á continuación lo que allí decía: «¿Qué venía á ser este
sentimiento? ¿era peculiar de aquellos pueblos, era un resultado de
las influencias del clima, de una situación social? ¿era tal vez un
sentimiento, que se halle en todos lugares y tiempos, pero modificado á
la sazón por circunstancias particulares? ¿Cuál era su fuerza, cuál su
tendencia, qué encerraba de justo ó de injusto, de noble ó degradante,
de provechoso ó nocivo? ¿qué bienes llevó á la sociedad, qué males?
y éstos ¿cómo se combatieron, por quién, y por qué medios, con qué
resultado? Muchas cuestiones hay encerradas aquí; pero no traen,
sin embargo, la complicación que pudiera parecer; aclarada una idea
fundamental, las demás se desenvolverán muy fácilmente; y, simplificada
la teoría, vendrá luego la historia en su confirmación y apoyo.

»Hay en el fondo del corazón del hombre un sentimiento fuerte,
vivo, indeleble, que le inclina á conservarse, á evitarse males, y
á procurarse bienestar y dicha. Llámesele amor propio, instinto de
conservación, deseo de la felicidad, anhelo de perfección, egoísmo,
individualismo, llámesele como se quiera, el sentimiento existe: aquí
dentro le tenemos, no podemos dudar de él; él nos acompaña en todos
nuestros pasos, en todas nuestras acciones, desde que abrimos los
ojos á la luz hasta que descendemos al sepulcro. Este sentimiento,
si bien se le observa en su origen, naturaleza y objeto, no es más
que una gran ley de todos los seres, aplicada al hombre; ley que,
siendo una garantía de la conservación y perfección de los individuos,
contribuye de un modo admirable á la harmonía del universo. Bien claro
es que semejante sentimiento nos ha de llevar naturalmente á aborrecer
la opresión, y á experimentar un desagrado por cuanto tiende á
embarazarnos, ó á coartarnos el uso de nuestras facultades: la razón es
obvia; todo esto nos causa un malestar, y á semejante estado se opone
nuestra naturaleza; hasta el niño más tierno sufre ya de mala gana la
ligadura que le embarga el libre movimiento: se enfada, forceja, llora.

»Además, si por una ú otra causa no carece totalmente el individuo
del conocimiento de sí mismo; si, por poco que sea, han podido
desarrollarse algún tanto sus facultades intelectuales, brotará en
el fondo de su alma otro sentimiento que nada tiene de común con el
instinto de conservación que impele á todos los seres, otro sentimiento
que pertenece exclusivamente á la inteligencia: hablo del sentimiento
de dignidad, del aprecio, de la estimación de nosotros mismos, de ese
fuego que brota en el corazón de nuestra más tierna infancia, y que,
nutrido, extendido y avivado con el pábulo que va suministrando el
tiempo, es capaz de aquella fuerza prodigiosa, de aquella expansión que
tan inquietos, tan activos, tan agitados nos trae en todos los períodos
de nuestra vida. La sujeción de un hombre á otro hombre envuelve algo
que hiere este sentimiento de dignidad; porque, aun suponiendo esta
sujeción conciliada con toda la libertad y suavidad posibles, con
todos los respetos á la persona sujeta, revela al menos á ésta alguna
flaqueza ó necesidad que la obliga á dejarse cercenar algún tanto del
libre uso de sus facultades: y he aquí otro origen del sentimiento de
independencia personal.

»Infiérese de lo que acabo de exponer, que el hombre lleva siempre
consigo el amor á la independencia, que este sentimiento es común á
todos los tiempos y países, y que no puede ser de otra manera, pues que
hemos encontrado su raíz en dos sentimientos tan naturales al hombre,
como son: _el deseo de bienestar, y el sentimiento de su dignidad_.

»Es evidente que en la infinidad de situaciones, física y moralmente
diversas, en que puede encontrarse el individuo, las modificaciones de
tales sentimientos podrán también variarse hasta lo infinito; y que
éstos, sin salir del círculo que les traza su esencia, tienen mucha
latitud para que sean susceptibles de muy diferentes graduaciones
en su energía ó debilidad, y para que sean morales ó inmorales,
justos ó injustos, nobles ó innobles, provechosos ó nocivos, y, por
consiguiente, para que puedan comunicar al individuo á quien afectan
mucha diversidad de inclinaciones, de hábitos y costumbres, dando así
á la fisonomía de los pueblos rasgos muy diferentes, según sea el modo
particular y característico con que se hallan afectados los individuos.
Aclaradas ya estas nociones, sin haber dejado nunca de la mano el
corazón del hombre, queda también manifestado cómo deben resolverse
todas las cuestiones generales que se habían ofrecido con relación
al sentimiento de individualismo; echándose de ver también que no es
menester recurrir á palabras misteriosas, ni á explicaciones poéticas;
porque nada hay aquí que no pueda sujetarse á riguroso análisis.

»Las ideas que el hombre se forme de su bienestar y dignidad, y los
medios de que disponga para alcanzar aquél, y conservar ésta, he
aquí lo que graduará la fuerza, determinará la naturaleza, fijará
el carácter, señalará la tendencia de todos estos sentimientos;
es decir, que todo dependerá del estado físico y moral en que se
hallen la sociedad y el individuo. Y, aun en igualdad de las demás
circunstancias, dad al hombre las verdaderas ideas de su bienestar y
dignidad, tales como las enseñan la razón y, sobre todo, la religión
cristiana, y formaréis un buen ciudadano; dádselas equivocadas,
exageradas, absurdas, tales como las explican escuelas perversas y como
las propalan los tribunos de todos los tiempos y países, y sembraréis
abundante semilla de turbulencias y desastres.

»Falta ahora hacer una aplicación de esta doctrina, para que,
concretándonos al objeto que nos ocupa, podamos manifestar con toda
claridad el punto principal que nos hemos propuesto.

»Si fijamos nuestra atención sobre los pueblos que invadieron y
derribaron el imperio romano, ateniéndonos á los rasgos que sobre
ellos nos ha conservado la historia, á lo que de sí arrojan las mismas
circunstancias en que se encontraban, y á lo que en esta materia
ha podido enseñar á la ciencia moderna la inmediata observación de
algunos pueblos de América, no nos será imposible formarnos idea de
cuál era entre los bárbaros invasores el estado de la sociedad y del
individuo. Situados los bárbaros en su país natal, en medio de sus
montes y bosques cubiertos de nieve y de escarcha, tenían también
sus lazos de familia, sus relaciones de parentesco, su religión, sus
tradiciones, sus hábitos, sus costumbres, su apego al propio suelo, su
amor á la independencia de la patria, su entusiasmo por las hazañas
de sus mayores, su amor á la gloria adquirida en el combate, su anhelo
de perpetuar en sus hijos una raza robusta, valiente y libre, sus
distinciones de familias, sus divisiones en tribus, sus sacerdotes, sus
caudillos, su gobierno. Sin que sea menester entrar ahora en cuestiones
sobre el carácter que entre ellos tenían las formas de gobierno, y
dando de mano á cuanto pudiera decirse sobre su monarquía, asambleas
públicas y otros puntos semejantes, cuestiones todas que, á más de ser
ajenas de este lugar, llevan siempre consigo mucho de imaginario é
hipotético, me contentaré con observar lo que para todos los lectores
será incontestable, y es, que la organización de la sociedad era entre
ellos cual debía esperarse de ideas rudas y supersticiosas, usos
groseros y costumbres feroces; es decir, que su estado social no se
elevaba sobre aquel nivel que naturalmente debían de haberle señalado
tan imperiosas necesidades, como son, el que no se convirtieran en
absoluto caos sus bosques, y que á la hora del combate no marcharan sin
alguna cabeza y guía confusos pelotones.

»Nacidos aquellos pueblos en climas destemplados y rigurosos,
embarazándose y estrechándose unos á otros por su asombrosa
multiplicación, escasos, por lo mismo, de medios de subsistencia, y
teniendo á la vista la abundancia y comodidades con que les brindaban
espaciosas y cultivadas comarcas, sentíanse á la vez acosados de
grandes necesidades, y estimulados vivamente por la presencia y
cercanía de la presa; y, como que no veían otro dique que las flacas
legiones de una civilización muelle y caduca, sintiéndose ellos
robustos de cuerpo, esforzados y briosos de ánimo, y alentados por
su misma muchedumbre, despegábanse fácilmente de su país natal,
desenvolvíase en su pecho el espíritu emprendedor, y se precipitaban
impetuosos sobre el imperio, como un torrente que se despeña de un alto
risco, inundando las llanuras vecinas.

»Por imperfecto que fuera su estado social, por groseros que fueran
los lazos de que estaba formado, bastábales, sin embargo, á ellos
en su país natal, y en sus costumbres primitivas; y, si los bárbaros
hubiesen permanecido en sus bosques, habría continuado aquella forma de
gobierno llenando á su modo su objeto, como nacida que era de la misma
necesidad, adaptada á las circunstancias, arraigada con el hábito,
sancionada por la antigüedad, y enlazada con todo linaje de tradiciones
y recuerdos.

»Pero eran sobrado débiles estos lazos sociales para que pudieran ser
trasladados sin quebrantarse; y aquellas formas de gobierno eran,
como se echa de ver, tan acomodadas al estado de barbarie, y, por
consiguiente, tan circunscriptas y limitadas, que mal podían aplicarse
á la nueva situación en que casi de repente se encontraron aquellos
pueblos.

»Figuraos ahora á los bravos hijos de las selvas arrojados sobre el
Mediodía, como un león sobre su presa, precedidos de sus feroces
caudillos, seguidos del enjambre de sus mujeres é hijos, llevando
consigo sus rebaños y sus groseros arreos, destrozando de paso
numerosas legiones, saltando trincheras, salvando fosos, escalando
baluartes y murallas, talando campiñas, arrasando bosques, incendiando
populosas ciudades, arrastrando grandes pelotones de esclavos recogidos
en el camino, arrollando cuanto se les opone, y llevando delante de
sí numerosas bandadas de fugitivos, corriendo pavorosas y azoradas
por escapar del hierro y del fuego; figuráoslos un momento después,
engreídos por la victoria, ufanos con tantos despojos, encrudecidos
con tantos combates, incendios, saqueos y matanzas; trasladados
como por encanto á un nuevo clima, bajo otro cielo, nadando en la
abundancia, en los placeres, en nuevos goces de todas clases; con una
confusa mezcla de idolatría y de Cristianismo, de mentira y de verdad,
muertos en los combates los principales caudillos, confundidas con el
desorden las familias, mezcladas las razas, alterados y perdidos los
antiguos hábitos y costumbres, y desparramados, por fin, los pueblos
en países inmensos, en medio de otros pueblos de diversas lenguas, de
otras ideas, de distintos usos y costumbres; figuraos, si podéis, ese
desorden, esa confusión, ese caos; y decidme si no veis quebrantados,
hechos mil trozos todos los lazos que formaban la sociedad de esos
pueblos, y si no veis desaparecer de repente la sociedad civilizada con
la sociedad bárbara, aniquilarse todo lo antiguo, antes que pudiera
reemplazarlo nada nuevo.

»Y entonces, si fijáis vuestra vista sobre el adusto hijo del aquilón,
al sentir que se relajan de repente todos los vínculos que le unían
con su sociedad, que se quebrantan todas las trabas que contenían su
fiereza, al encontrarse solo, aislado, en posición tan nueva, tan
singular y extraordinaria, conservando un obscuro recuerdo de su país,
sin haberse aficionado todavía al recién ocupado, sin respeto á una
ley, sin temor á un hombre, sin apego á una costumbre, ¿no le veis,
arrastrado de su impetuosa ferocidad, arrojarse sin freno á dondequiera
que le conducen sus hábitos de violencia, de vagancia, de pillaje y
matanzas; y, confiado siempre en su nervudo brazo, en su planta ligera,
guiado por las inspiraciones de un corazón lleno de brío y de fuego, y
por una fantasía exaltada con la vista de tantos, tan nuevos y variados
países, por los azares de tantos viajes y combates, no le veis acometer
temerario todas las empresas, rechazar toda sujeción, sacudir todo
freno, y saborearse en los peligros de nuevas luchas y aventuras? ¿Y
no encontráis aquí el misterioso individualismo, el sentimiento de
independencia personal, con toda su realidad filosófica y con toda su
verdad histórica?

»Este individualismo brutal, este feroz sentimiento de independencia,
que ni podía conciliarse con el bienestar del individuo, ni con su
verdadera dignidad; que, entrañando un principio de guerra eterna, y de
vida errante, debía acarrear necesariamente la degradación del hombre
y la completa disolución de la sociedad, tan lejos estaba de encerrar
un germen de civilización, que antes bien era lo más á propósito para
conducir la Europa al estado salvaje, ahogando en su misma cuna toda
sociedad, desbaratando todas las tentativas encaminadas á organizarla
y acabando de aniquilar cuantos restos hubiesen quedado de la
civilización antigua.»

Las reflexiones que se acaban de presentar serán más ó menos felices,
pero al menos no adolecen de la inconcebible incoherencia, por no
decir contradicción, de hermanar la barbarie y la brutalidad con
la civilización y la cultura; por lo menos no se llama principio
descollante, fecundo en la civilización europea, á lo mismo que un
poco más allá se señala como uno de los obstáculos más poderosos que
salían al paso á las tentativas de organización social. Como en este
punto coincide M. Guizot con la opinión que acabo de manifestar, y
hace resaltar notablemente la incoherencia de su doctrina, el lector
no llevará á mal que se lo haga oir de su propia boca: «Es claro
que, si los hombres carecen de ideas que se extiendan más allá de su
propia existencia; si su horizonte intelectual no alcanza más allá del
individualismo; si se dejan arrastrar por la fuerza de sus pasiones é
intereses; si no poseen un cierto número de nociones y de sentimientos
comunes que sirvan como de lazo entre todos los asociados; es claro,
digo, que será imposible entre ellos toda idea de sociedad, que cada
individuo será en la sociedad á que pertenezca, un principio de
trastorno y de disolución.

»Dondequiera que domine casi absolutamente el individualismo;
dondequiera que el hombre no se considere más que á sí propio, que
sus ideas no se extiendan más allá de sí mismo, no obedezca más que
á su pasión, la sociedad (hablo de una sociedad un poco dilatada y
permanente) llega á ser poco menos que imposible. Tal era en el tiempo
de que hablamos el estado moral de los conquistadores de Europa.
Hice ya notar en la última reunión que debíamos á los germanos el
sentimiento enérgico de la libertad particular y del individualismo
humano. Pues bien: cuando el hombre se halla en un estado de extrema
rusticidad y de ignorancia, entonces ese sentimiento es el egoísmo
con toda su brutalidad, con toda su insociabilidad, y en este estado
se encontraba entre los germanos desde el siglo V hasta el VIII.
Sin hallarse acostumbrados á más que á cuidar de su propio interés,
á satisfacer sus pasiones, á dar cumplimiento á su voluntad, ¿cómo
habrían podido acomodarse á un estado un poco organizado? Habíase
intentado varias veces hacerlos entrar en él, ellos mismos lo deseaban;
mas, burlaban siempre esos deseos, y hacían inútil toda tentativa,
la brutalidad, la ignorancia, la imprevisión. Á cada instante se ve
levantarse un embrión de sociedad, y á cada instante se ve esa misma
sociedad desmembrarse, arruinarse, por faltar en los hombres ideas
morales y comunes, elementos tan necesarios é indispensables.

»Tales eran, señores, las dos verdaderas causas que prolongaron el
estado de la barbarie: mientras existieron, ella también duró.»
(_Historia general de la civilización europea. Lección III._)

Á M. Guizot sucedióle con su _individualismo_ lo que suele acontecer
á los grandes talentos: un fenómeno singular los hiere vivamente,
inspírales un ardiente deseo de averiguar la causa, y tropiezan á
menudo, caen en error, arrastrados por una secreta inclinación á
señalar un origen nuevo, inesperado, sorprendente. Para extraviarle,
mediaba todavía otra causa. En su mirada vasta y penetrante sobre la
civilización europea, en el cotejo que de ella hizo con las más famosas
civilizaciones antiguas, descubrió una diferencia muy notable entre el
individuo de la primera y el individuo de las otras; vió, sintió en el
hombre europeo algo de más noble, de más independiente que no hallaba
ni en el griego ni en el romano; era menester señalar el origen de esta
diferencia, y no era poco trabajosa la tarea para la posición en que se
encontraba el historiador filósofo. Ya al echar una ojeada sobre los
varios elementos de la civilización europea, se le había presentado la
Iglesia como uno de los más poderosos, como uno de los más influyentes
en la organización social, y en el impulso que hizo marchar el
mundo hacia un porvenir grande y venturoso; ya lo había reconocido
expresamente así, y tributado un testimonio á la verdad, con aquellos
rasgos magníficos que trazar sabe su elocuente pluma; ¿y queríase ahora
que, para explicar el fenómeno que llamaba su atención, recurriese
también al Cristianismo, á la Iglesia? Eso hubiera sido dejarla
sola en la grande obra de la civilización, y M. Guizot á toda costa
quería señalarle coadjutores; por esta causa fija sus miradas sobre
las hordas bárbaras; y en la frente adusta, en la fisonomía feroz,
en el mirar inquieto y fulminante del hijo de las selvas, pretende
descubrir el tipo, algo tosco sí, pero no menos verdadero, de la noble
independencia, de la elevación y dignidad, que lleva rasgueadas en su
frente el individuo europeo.

Aclarada ya la naturaleza del misterioso individualismo de los
germanos, y demostrado también que, lejos de ser un elemento de
civilización, lo era de desorden y barbarie, falta ahora examinar cuál
es la diferencia que media entre la civilización europea y las demás
con respecto al sentimiento de dignidad é independencia que anima al
individuo; falta determinar á punto fijo cuáles son las modificaciones
que en Europa ha tomado un sentimiento, el cual, como vimos ya, mirado
en sí, es común á todos los hombres.

En primer lugar, carece de fundamento lo que afirma M. Guizot: que
_el sentimiento de independencia personal, ese anhelo de libertad que
agita los corazones sin otro fin ni objeto que el de complacerse, fuese
característico de los bárbaros, y desconocido entre los romanos_.
Claro es que, al entablarse semejante comparación, no puede entenderse
del sentimiento en su estado de bravura y ferocidad, pues que esto
equivaldría á decirnos que los pueblos civilizados no podían tener el
carácter distintivo de la barbarie; pero, si le despojamos de esta
circunstancia, hallábase, y muy vivo, no sólo entre los romanos, sino
también entre los pueblos más famosos de la antigüedad.

«Cuando en las civilizaciones antiguas, dice M. Guizot, hace algún
papel la libertad, debe entenderse de la libertad política, de
la libertad del ciudadano; ésta era la que le movía, la que le
entusiasmaba, no su libertad personal; pertenecía á una asociación, y
por una asociación estaba pronto á sacrificarse.» Sin que sea menester
negar que había ese espíritu de consagrarse á una asociación, y con
algunas particularidades notables, que más abajo me propongo explicar,
puédese afirmar, no obstante, que el deseo de _la libertad personal,
con el solo fin y objeto de complacerse_, quizás era entre ellos
más vivo que entre nosotros; si no, ¿qué buscaban los fenicios, los
griegos isleños y asiáticos, y los cartagineses, cuando emprendían
sus navegaciones, que, para el atraso de aquellos tiempos, eran tan
osadas y peligrosas como las de nuestros más intrépidos marinos?
¿Era acaso por _sacrificarse á una asociación_, cuando sólo ansiaban
descubrir nuevas playas donde pudiesen amontonar plata y oro, y
todo linaje de preciosidades? ¿No los guiaba el anhelo de adquirir,
de _complacerse_? ¿Dónde está la asociación? ¿Dónde se la divisa?
¿Vemos acaso otra cosa que el individuo con sus pasiones, con sus
gustos, con su afán de satisfacerlos? Y los griegos, esos griegos
tan muelles, tan voluptuosos, tan sedientos de placer, ¿no tenían
vivísimo el sentimiento de su _libertad personal_, de poder vivir con
amplia libertad, con el _solo fin y objeto de complacerse_? Sus poetas
cantando el néctar y los amores, sus libres cortesanas recibiendo los
obsequios de los hombres más famosos, y haciendo olvidar á los sabios
la mesura y gravedad filosóficas, y el pueblo celebrando sus fiestas
en medio de la disolución más espantosa, ¿era todo esto un sacrificio
que se hacía en las aras de la asociación? ¿Tampoco había aquí el
individualismo, el afán de _complacerse_?

Por lo que toca á los romanos, si se hablase de lo que se llama bellos
tiempos de la república, no fuera quizás tan fácil ofrecer pruebas de
lo que estamos manifestando; pero cabalmente se trata de los romanos
del imperio, de los romanos que vivían en la época de la irrupción
de los bárbaros; de esos romanos tan sedientos de _complacerse_, y
tan devorados de esa fiebre de que tan negros cuadros nos conserva la
historia. Sus soberbios palacios, sus magníficas quintas, sus regalados
baños, sus espléndidos cenáculos, sus mesas opíparas, sus lujosos
trajes, su disipación voluptuosa, ¿no muestran acaso al individuo,
que, sin pensar en la asociación á que pertenece, trata tan sólo de
lisonjear sus pasiones y caprichos, viviendo con la mayor comodidad,
regalo y esplendor posibles; que no cuida de otra cosa que de solazarse
con sus amigos, de mecerse blandamente en los brazos del placer, de
satisfacer todos sus caprichos, de saciar todas sus pasiones, que todo
lo ha olvidado, que en nada piensa, sino en que tiene un corazón que
ansía por complacerse y gozar?

No es fácil tampoco atinar por qué M. Guizot atribuye exclusivamente
á los bárbaros _el placer de sentirse hombre, el sentimiento de su
personalidad, de la espontaneidad humana en su libre desarrollo_. ¿Y
podemos creer que de tales sentimientos carecieran los vencedores
de Maratón y de Platea, los pueblos que tantos monumentos nos han
legado que inmortalizan sus nombres? Cuando en las bellas artes, en
las ciencias, en la oratoria, en la poesía, brillaban por doquiera
hermosísimos rasgos de genio, ¿no existía el _placer de sentirse
hombre_, no se tenía _el sentimiento y poder del libre desarrollo en
todas las facultades_? Y en una sociedad donde tan apasionadamente
se amaba la gloria, como sucedía entre los romanos, que puede
presentarnos hombres como Cicerón y Virgilio; en una sociedad donde
pudieron escribirse las valientes plumadas de Tácito, esas plumadas
que á la distancia de diez y nueve siglos hacen retemblar todavía los
corazones generosos; ¿allí no había el _placer de sentirse hombre, no
había el orgullo de comprender su dignidad, no había el sentimiento
de la espontaneidad humana en su libre desarrollo_? ¿Cómo es posible
concebir que en esta parte se aventajasen los bárbaros del Norte á los
griegos y romanos?

¿Á qué semejantes paradojas? ¿Á qué semejante trastorno y confusión de
ideas? ¿Qué valen las palabras, por brillantes que sean, cuando nada
significan? ¿Qué valen las observaciones, por delicadas que parezcan,
cuando el entendimiento á la primera ojeada descubre en ellas la
inexactitud y la vaguedad, y, examinándolas á fondo, las encuentra
llenas de incoherencias y de absurdos?



CAPITULO XXII


Si profundizamos la cuestión que se agita, si no nos dejamos llevar
hasta el error y la extravagancia por la manía de pasar plaza de
pensadores profundos y de observadores muy delicados, si hacemos uso
de una recta y templada filosofía, fundada en los hechos que nos
suministra la historia, echaremos de ver que la diferencia capital
entre nuestra civilización y las antiguas, con respecto al individuo,
consistía en que el _hombre, como hombre_, no era estimado en lo que
vale. No faltaban ni el _sentimiento de independencia personal_, ni
el anhelo de _complacerse y gozar, ni cierto orgullo de sentirse
hombre_: el defecto no estaba en el corazón, sino en la cabeza. Lo que
faltaba, sí, era la comprensión de toda la dignidad del hombre, era el
alto concepto que de nosotros mismos nos ha dado el Cristianismo, al
paso que con admirable sabiduría nos ha manifestado también nuestras
flaquezas; lo que faltaba, sí, á las sociedades antiguas, lo que ha
faltado y faltará á todas en las que no reine el Cristianismo, era
ese respeto, esa consideración de que entre nosotros está rodeado
un individuo, un _hombre sólo por ser hombre_. Entre los griegos el
griego lo es todo; los extranjeros, los bárbaros, no son nada; en
Roma el título de ciudadano romano hace al hombre; quien carece de
ese título, es nada. En los países cristianos, si nace una criatura
deforme ó privada de algún miembro, excita la compasión, es objeto
de más tierna solicitud, bástale para ello el ser hombre, y, sobre
todo, hombre desgraciado; entre los antiguos era mirada una criatura
así como cosa inútil, despreciable, y, en ciertas ciudades, como por
ejemplo en Lacedemonia, estaba prohibido alimentarla, y por orden de
los magistrados encargados de la policía de los nacimientos ¡horror
causa decirlo! era arrojada á una sima. Era un hombre; pero esto ¿qué
importaba? Era un hombre que para nada podía servir, y una sociedad
sin entrañas no quería imponerse la carga de mantenerle. Léase á
Platón (_Lib. 5 de Rep._), á Aristóteles (_Pol._, lib. 7, c. 15 y
16), y se verá los medios crueles que sabían excogitar esos filósofos
para precaver el excesivo progreso que ha hecho la sociedad bajo la
influencia del Cristianismo, en todo lo que dice relación al hombre.

Los juegos públicos, esas horrendas escenas en que morían á centenares
los hombres, para divertir á un concurso desnaturalizado, ¿no son un
elocuente testimonio de cuán en poco era tenido el hombre, pues que tan
bárbaramente se le sacrificaba por motivos los más livianos?

El derecho del más fuerte estaba terriblemente practicado por los
antiguos, y ésta es una de las causas á que debe atribuirse esa
absorción, por decirlo así, en que vemos al individuo con respecto á
la sociedad. La sociedad era fuerte, el individuo era débil; y así la
sociedad absorbía al individuo, se arrogaba sobre él cuantos derechos
puedan imaginarse; y, si alguna vez servía de embarazo, podía estar
seguro de ser aplastado con mano de hierro. Al leer el modo con que
explica M. Guizot esta particularidad de las civilizaciones antiguas,
no parece sino que en ellas había un patriotismo desconocido, entre
nosotros, patriotismo que, llevado hasta la exageración, y no andando
acompañado del sentimiento de independencia personal, producía esa
especie de absorción individual, ese anonadamiento del individuo
en presencia de la sociedad. Si hubiese reflexionado más á fondo
sobre esta materia, habría alcanzado fácilmente que no estribaba la
diferencia en que unos hombres tuvieran unos sentimientos de que
carezcan los otros, sino en que se ha verificado una revolución inmensa
en las ideas, en que el individuo, el hombre, es tenido en mucho,
cuando entonces era tenido en nada; y de aquí no era difícil inferir
que las mismas diferencias que se notasen en los sentimientos, debían
tener su origen en la diferencia de las ideas.

En efecto, no es extraño que, viendo el individuo cuán en poco era
tenido por sí mismo, viendo el poder ilimitado que sobre él se arrogaba
la sociedad, y que sirviendo de estorbo era pulverizado, nada extraño
es que él mismo se formase de la sociedad y del poder público una
idea exagerada, que se anonadase en su corazón ante ese coloso que le
infundía miedo, y que, lejos de mirarse como miembro de una asociación,
cuyo objeto era la seguridad y la felicidad de todos los individuos, y
para cuyo logro era indispensable por parte de éstos el resignarse á
algunos sacrificios, se considerase antes bien como una cosa consagrada
á esta asociación, y en cuyas aras debía ofrecerse en holocausto sin
reparos de ninguna clase. Ésta es la condición del hombre: cuando un
poder obra sobre él por mucho tiempo en acción ilimitada, ó se indigna
contra este poder y le rechaza con violencia, ó bien se humilla, se
abate, se anonada ante aquella fuerza cuya acción prepotente le doblega
y aterra. Véase si es éste el contraste que sin cesar nos ofrecen las
sociedades antiguas: la más ciega sumisión, el anonadamiento, de una
parte, y, de otra, el espíritu de insubordinación, de resistencia,
manifestado en explosiones terribles. Así, y sólo así, es posible
comprender cómo unas sociedades en que la agitación y las turbulencias
eran, por decirlo así, el estado normal, nos presentan ejemplos tan
asombrosos como Leónidas pereciendo con sus trescientos lacedemonios en
el paso de las Termópilas, Scévola con la mano en el brasero, Régulo
volviéndose á Cartago para padecer y morir, y Marco Curcio arrojándose
armado en la insondable sima abierta en medio de Roma.

Todo esto, que á primera vista pudiera parecer inconcebible, se aclara
perfectamente cotejándolo con lo acontecido en las revoluciones de
los tiempos modernos. Trastornos terribles han desquiciado algunas
naciones; la lucha de las ideas é intereses, trayendo consigo el calor
de las pasiones, acarreó por algunos intervalos, más ó menos duraderos,
el olvido de las verdaderas relaciones sociales: ¿y qué sucedió? Que,
al paso que se proclamaba una libertad sin límites, y se ponderaban sin
cesar los derechos del individuo, levantábase en medio de la sociedad
un poder terrible, que, concentrando en su mano toda la fuerza pública,
la descargaba del modo más inhumano sobre el individuo. En esas épocas
resucitaba en toda su fuerza la formidable máxima del _salus populi_
de los antiguos, pretexto de tantos y tan horrendos atentados; y, por
otra parte, se veía renacer aquel patriotismo frenético y feroz, que
los hombres superficiales admiran en los ciudadanos de las antiguas
repúblicas.

¡Cosa notable! Algunos escritores habían prodigado desmedidos elogios
á los antiguos, y sobre todo á los romanos; parece que tenían vivos
deseos de que la civilización moderna se amoldase á la antigua;
hiciéronse locas tentativas, se atacó con inaudita violencia la
organización social existente, procuróse con ahinco que perecieran,
ó al menos se sofocaran, las ideas cristianas sobre el individuo y
la sociedad, se pidieron inspiraciones á las sombras de los antiguos
romanos, y en el brevísimo plazo que duró el ensayo, viéronse también,
cual en la antigua Roma, rasgos admirables de fortaleza, de valor,
de patriotismo, contrastando de un modo horroroso con inauditas
crueldades, con horrendos crímenes; y en medio de una nación grande y
generosa, viéronse aparecer de nuevo con espanto de la humanidad los
sangrientos espectros de Mario y Sila. Tanta verdad es que el hombre
es el mismo por todas partes, y que un mismo orden de ideas viene, al
fin, á engendrar un mismo orden de hechos. Que desaparezcan la ideas
cristianas, que las ideas antiguas recobren su fuerza, y veréis que el
mundo nuevo se parecerá al mundo viejo.

Felizmente para la humanidad, esto es imposible; todos los ensayos
hechos hasta ahora para lograr tan funesto efecto han sido y debido
ser poco duraderos; lo propio sucederá en adelante; pero la página
ensangrentada que dejan en la historia de la humanidad tan criminales
tentativas, ofrece un rico caudal de reflexiones al observador filósofo
para conocer á fondo las delicadas é íntimas relaciones de las ideas
con los hechos, para contemplar en su desnudez la vasta trama de
la organización social, y apreciar en su justo valor la influencia
benéfica ó nociva de las varias religiones y sistemas filosóficos.

Las épocas de revolución, es decir, aquellas épocas tempestuosas en
que se hunden los gobiernos unos tras otros, como edificios cimentados
sobre un terreno volcanizado, llevan todas ese carácter que las
distingue: _el predominio de los intereses del poder público sobre
todos los intereses privados_. Nunca es más flaco ese poder, nunca es
menos duradero; pero nunca es más violento, más frenético; todo lo
sacrifica á su seguridad ó á su venganza; la sombra de sus enemigos
le persigue y le hace estremecer á todas horas; su propia conciencia
le atormenta y no le deja descanso; la debilidad de su organización y
la movilidad de su asiento le advierten á cada paso de la proximidad
de su caída, y en su impotente desesperación se agita y se revuelve
convulsivo, como un moribundo que expira entre padecimientos atroces.
¿Qué es entonces á sus ojos la vida de los ciudadanos, si esta vida
puede inspirarle la más leve, la más remota sospecha? Si con la sangre
de millares de víctimas puede alcanzar algunos momentos de seguridad,
si puede prolongar por algunos días más su existencia: «perezcan, dice,
perezcan mis enemigos; así lo exige la seguridad del Estado; es decir,
la mía.»

¿Y de dónde tanto frenesí? ¿de dónde tanta crueldad? ¿Sabéis de dónde?
La causa está en que, derribado el gobierno antiguo por medio de la
fuerza, y entronizado otro en su lugar, apoyado sólo en la fuerza, la
idea del derecho ha desaparecido de la región del poder, la legitimidad
no le escuda, su misma novedad le muestra como de poco valer, y le
augura escasa duración; y, falto de razón y de justicia, y viéndose
precisado á invocarlas para sostenerse, las busca en la misma necesidad
de un poder, en esa necesidad social que está siempre patente; proclama
que la salud del pueblo es la suprema ley, y entonces la propiedad, la
vida del individuo son nada, se aniquilan completamente á la vista de
un espectro sangriento, que se levanta en el centro de la sociedad, y
que, armado con la fuerza, y rodeado de satélites y de cadalsos dice:
«yo soy el poder público, á mí me está confiada la salud del pueblo, yo
soy el que vela por los intereses de la sociedad.»

¿Y sabéis lo que acontece entonces con esa falta absoluta de respeto
al individuo, con ese completo aniquilamiento del hombre ante el poder
aterrador que se pretende representante de la sociedad? Sucede que
renace el sentimiento de asociación en diferentes sentidos; pero no un
sentimiento dirigido por la razón y por miras benéficas y previsoras,
sino un sentimiento ciego, instintivo, que lleva á los hombres á no
quedarse solos, sin defensa, en medio del campo de batalla y asechanzas
en que se ha convertido la sociedad; que los conduce á unirse, ó para
sostener al poder, si, arrastrados por el torbellino de la revolución,
se han identificado con él y le miran como su único resguardo y
defensa contra los enemigos que les amenazan, ó para derribarle, si,
arrojados por una ú otra causa á las filas contrarias, le contemplan
como su enemigo más capital, y la fuerza de que dispone, como una
espada levantada de continuo sobre sus cabezas. Entonces se verifica
que los hombres pertenecen á una asociación, están consagrados á
una asociación, y por esta asociación están prontos á sacrificarse;
porque no pueden vivir solos, porque conocen, ó sienten al menos
instintivamente, que el individuo es nada, porque, rotos todos los
diques que mantenían el orden social, no le queda al individuo aquella
esfera tranquila donde podía vivir sosegado, independiente, seguro de
que un poder, fundado en la legitimidad y guiado por la razón y la
justicia, velaba por la conservación del orden público y por el respeto
de los derechos del individuo. Entonces los medrosos tiemblan y se
humillan, y empiezan á representar la primera escena de la esclavitud,
donde el oprimido besa la mano opresora, donde la víctima adora al
verdugo; los más audaces, ó se resisten y pelean, ó se buscan y reunen
en las sombras, preparando explosiones terribles; nadie pertenece
á sí mismo; el individuo se siente absorbido por todas partes, ó
por la fuerza que oprime, ó por la fuerza que conspira; porque sólo
la justicia es el numen tutelar de los individuos; y, cuando ella
desaparece, no son más que imperceptibles granos de arena arrebatados
por el huracán, gotas de agua confundidas en las oleadas de una
tormenta.

Concebid sociedades donde no reine ese frenesí que nunca puede ser
duradero, pero que, sin embargo, no posean las verdaderas ideas sobre
los derechos y deberes del individuo y del poder público; sociedades
donde se encuentren como divagando al acaso algunas nociones sobre esos
puntos cardinales, pero inciertas, obscuras, imperfectas, ahogadas en
la atmósfera de mil preocupaciones y errores, donde bajo esa influencia
se haya organizado un poder público, con estas ó aquellas formas, pero
que al fin haya llegado á solidarse por la fuerza del hábito, y por
falta de otro mejor que satisfaga las necesidades más urgentes de la
sociedad; y entonces habréis concebido las sociedades antiguas, mejor
diremos, las sociedades sin el Cristianismo; entonces concebiréis
el anonadamiento del individuo ante la fuerza del poder público, sea
bajo el despotismo asiático, sea bajo la turbulenta democracia de las
antiguas repúblicas. Es lo mismo que habréis podido observar en las
sociedades modernas en las épocas de revolución; sólo que en estas
sociedades es pasajero y estrepitoso ese mal, cual los estragos de
una tempestad; pero en las antiguas era su estado normal, como una
atmósfera viciada, que afecta y daña sin cesar á los que viven en ella.

Si examinamos la causa de dos fenómenos tan encontrados, como son,
la exaltación patriótica de los antiguos griegos y romanos, y la
postración y abatimiento político en que yacían otros pueblos, y en que
yacen todavía aquellos donde no domina el Cristianismo; si buscamos
la raíz de esa abnegación individual que se descubre en el fondo de
dos sentimientos tan opuestos; si investigamos cuál es la causa de que
no se encuentre ni en unos ni en otros ese desarrollo individual que
se observa en Europa, acompañado de un patriotismo razonable, pero
que no sofoca el sentimiento de una legítima independencia personal;
encontraremos una muy poderosa en que el hombre no se conocía á sí
mismo, no sabía bien lo que era; y que sus verdaderas relaciones con la
sociedad eran miradas al través de mil preocupaciones y errores, y, por
consiguiente, mal comprendidas.

Á la luz de estas observaciones se echa de ver que la admiración por el
patriótico desprendimiento, por la heroica abnegación de los antiguos,
se ha llevado quizás demasiado lejos; y que tanto distan esas calidades
de revelar en ellos una mayor perfección individual, una elevación de
alma superior á la de los hombres de los tiempos modernos, que antes
bien podrían indicar ideas menos altas que las nuestras, sentimientos
menos independientes que los nuestros. Y qué, ¿no conciben, acaso,
algunos ciegos admiradores de los antiguos cómo pueden sostenerse
tan extrañas aserciones? Entonces les diré que admiren también á las
mujeres de la India al arrojarse tranquilas á la hoguera después de
la muerte de sus maridos; que admiren al esclavo que se da la muerte
porque no puede sobrevivir á su dueño; y entonces notarán que la
abnegación personal no es siempre señal infalible de elevación de alma,
sino que á veces puede ser el resultado de no conocer toda la dignidad
propia, de imaginarse consagrado á otro ser, absorbido por él, de mirar
la propia existencia como una cosa secundaria, sin más objeto que el de
servir á otra existencia.

Y no queremos, no, rebajar en nada el mérito que á los antiguos
legítimamente pertenezca; no queremos, no, deprimir su heroísmo en
lo que tenga de justo y de laudable; no queremos, no, atribuir á los
modernos un individualismo egoísta que les impida el sacrificarse
individualmente por su patria: tratamos únicamente de señalar á cada
cosa su justo lugar, disipando preocupaciones hasta cierto punto
excusables, pero que no dejan de falsear lastimosamente los principales
puntos de vista de la historia antigua y moderna.

Á ese anonadamiento del individuo, que notamos en los antiguos,
contribuían también la escasez y la imperfección de su desarrollo
moral, la falta de reglas en que se hallaba con respecto á su dirección
propia, por cuyo motivo la sociedad se entrometía en todas sus cosas,
como si la razón pública hubiese querido suplir el defecto de la razón
privada. Si bien se observa, se notará que, aun en los países en que
metía más ruido la libertad política, era harto desconocida la libertad
civil; de manera que, mientras los ciudadanos se lisonjeaban de ser
muy libres porque podían tomar parte en las deliberaciones de la plaza
pública, eran privados de aquella libertad que más de cerca interesa
al hombre, cual es, la que ahora se denomina civil. Podemos formar
concepto de las ideas y costumbres de los antiguos sobre este punto,
leyendo á uno de sus más célebres escritores políticos: Aristóteles.
Nótase en los escritos de este filósofo que apenas acertaba á ver otro
título que hiciera digno del nombre de ciudadano que el tomar parte en
el gobierno de la república; y estas ideas, que pudieran parecer muy
democráticas, muy á propósito para extender los derechos de la clase
más numerosa, y que quizás algunos creerían dimanadas de la exageración
de la dignidad del hombre, se hermanaban muy bien en su mente con un
profundo desprecio del mismo hombre, con el sistema de vincular en
un reducido número todos los honores y consideraciones, condenando
al abatimiento y á la nulidad, nada menos que todos los labradores,
artesanos y mercaderes. (_Pol._ L. 7, c. 9 y 12. L. 8, c. 1 y 2, L.
3, c. 1.) Ya se ve que esto suponía ideas muy peregrinas sobre el
individuo y la sociedad, y confirma más y más lo que he dicho arriba
sobre el origen de las extrañezas, por no decir monstruosidades, que
nos admiran en las repúblicas antiguas. Lo repetiré, porque conviene
mucho no olvidarlo: una de las principales raíces del mal, era la
falta de conocimiento del hombre, era el poco aprecio de su dignidad
en cuanto hombre, era que el individuo estaba escaso de reglas para
dirigirse á sí mismo y para conciliarse la estimación; en una palabra,
era que faltaban las luces cristianas que debían esclarecer el caos.

Tan profundamente se ha grabado en el corazón de las sociedades
modernas ese sentimiento de la dignidad del hombre, con tales
caracteres se halla escrita por doquiera la verdad de que el hombre,
ya por solo este título, es muy respetable, muy digno de alta
consideración, que aquellas escuelas que se han propuesto realzar al
individuo, aunque sea con inminente riesgo de un espantoso trastorno
en la sociedad, toman siempre por tema de su enseñanza, esa dignidad,
esa nobleza, distinguiéndose sobremanera de los antiguos demócratas,
en que éstos se agitaban en un círculo reducido, mezquino, sin pasar
más allá de un cierto orden de cosas, sin extender su vista fuera de
los límites del propio país; cuando en el espíritu de los demócratas
modernos se nota un anhelo de invasión en todos los ramos, un ardor de
provocación que abarca todo el mundo: nunca invocan nombres pequeños;
_el hombre, su razón, sus derechos imprescriptibles_: he aquí sus
temas. Preguntadles qué quieren, y os dirán que quieren pasar el nivel
sobre todas las cabezas, para defender la santa causa de la humanidad.
Esta exageración de ideas, motivo y pretexto de tantos trastornos
y crímenes, nos revela un hecho precioso, cual es, el progreso
inmenso que á las ideas sobre la dignidad de nuestra naturaleza ha
comunicado el Cristianismo, pues que en las sociedades que le deben su
civilización, cuando se trata de extraviarlas, no se encuentra medio
más á propósito que el invocar esa dignidad.

Como la religión cristiana es altamente enemiga de todo lo criminal,
y no podía consentir que, á nombre de defender y realzar la dignidad
humana, se trastornase la sociedad, muchos de los más ardientes
demócratas se han desatado en injurias y sarcasmos contra la religión;
pero, como también la historia está diciendo muy alto que todo cuanto
se sabe y se siente de verdadero, de justo y de razonable sobre este
punto, es debido á la religión cristiana, se ha tanteado últimamente
si se podría hacer una monstruosa alianza entre las ideas cristianas y
lo más extravagante de las democráticas: un hombre demasiado célebre
se ha encargado del proyecto; pero el verdadero Cristianismo, es
decir, el Catolicismo, rechaza esas monstruosas alianzas, y no conoce
á sus más insignes apologistas, así que llegan á desviarse del camino
señalado por la eterna verdad. El abate de Lamennais vaga ahora por las
tinieblas del error abrazado con una mentida sombra de Cristianismo;
y el supremo Pastor de la Iglesia ha levantado ya su augusta voz para
prevenir á los fieles contra las ilusiones con que podría deslumbrarnos
un nombre por tantos títulos ilustre.



CAPITULO XXIII


Si, entendiendo el individualismo en un sentido justo y razonable; si,
tomando el sentimiento de la independencia personal en una acepción,
que ni repugne á la perfección del individuo, ni esté en lucha con los
principios constitutivos de toda sociedad, queremos hallar otras causas
que hayan influído en el desarrollo de ese sentimiento, aun pasando
por alto una de las principales, señalada ya más arriba, cual es, la
verdadera idea del hombre y de sus relaciones con sus semejantes,
encontraremos todavía en las mismas entrañas del Catolicismo, algunas
sobremanera dignas de llamar la atención. M. Guizot se ha equivocado
grandemente cuando ha pretendido equiparar á los fieles con los
antiguos romanos en punto á falta del sentimiento de independencia
personal; nos pinta al individuo fiel como absorbido por la asociación
de la Iglesia, como enteramente consagrado á ella, como pronto á
sacrificarse por ella; de manera que lo que hacía obrar al fiel, eran
los intereses de la asociación. En esto hay un error; pero, como lo que
ha dado quizás ocasión á este error, es una verdad, menester se hace
deslindar los objetos con mucho cuidado.

Es indudable que desde la cuna del Cristianismo fueron los fieles
sumamente adictos á la Iglesia, y que siempre se entendió que dejaba de
ser contado en el número de los verdaderos discípulos de Jesucristo el
que se apartase de la comunión de la Iglesia. Es indudable también que
«tenían los fieles, como dice M. Guizot, un vivo apego á la Iglesia,
un rendido acatamiento á sus leyes, un fuerte empeño de extender su
imperio»; pero no es verdad que obrase en el fondo de todos estos
sentimientos, como causa de ellos, el solo espíritu de asociación, y
que esto excluyese el desarrollo del verdadero individualismo. El fiel
pertenecía á una asociación, pero esta asociación él la miraba como
un medio de alcanzar su felicidad eterna, como una nave en que andaba
embarcado entre las borrascas de este mundo para llegar salvo al puerto
de la eternidad; y, si bien creía imposible el salvarse fuera de ella,
no se entendía consagrado á ella, sino á Dios. El romano estaba pronto
á sacrificarse por su patria; el fiel, por su fe; cuando el romano
moría, moría por su patria; pero, cuando el fiel moría, no moría por
la Iglesia, sino que moría por su Dios. Ábranse los monumentos de la
Historia eclesiástica, léanse las actas de los mártires, y véase lo que
sucedía en aquel lance terrible, en que el Cristianismo manifestaba
todo lo que era; en que, á la vista de los potros, de las hogueras y
de los más horrendos suplicios, se manifestaba en toda su verdad el
resorte que obraba en el corazón del fiel. Les pregunta el juez su
nombre; lo declaran, y manifiestan que son cristianos: se les invita
á que sacrifiquen á los dioses: «nosotros no sacrificamos sino á un
solo Dios, criador del cielo y de la tierra»; se les echa en cara como
ignominioso el seguir á un hombre que fué clavado en cruz; ellos tienen
á mucha honra la ignominia de la cruz, y proclaman altamente que el
crucificado es su Salvador y su Dios: se les amenaza con los tormentos;
los desprecian porque son pasajeros, y se regocijan de que puedan
sufrir algo por Jesucristo: la cruz del suplicio está ya aparejada,
ó la hoguera arde á su vista, ó el verdugo tiene levantada el hacha
fatal que ha de cortarles la cabeza; nada les importa, esto es un
instante, y en pos viene una nueva vida, una felicidad inefable, y sin
fin. Échase de ver en todo esto que lo que movía el corazón del fiel,
eran el amor de su Dios y el interés de la felicidad eterna; y que,
por consiguiente, es falso y muy falso que el fiel se pareciese á los
antiguos republicanos, anonadando su individuo ante la asociación á que
pertenecía, y dejando que en ella se absorbiese á su persona como una
gota de agua en la inmensidad del Océano. El individuo fiel pertenecía
á una asociación que le daba la pauta de su creencia y la norma de
su conducta: á esta asociación la miraba como fundada y dirigida por
el mismo Dios; pero su mente y su corazón se elevaban hasta el mismo
Dios, y, cuando escuchaba la voz de la Iglesia, creía también hacer su
negocio propio, individual, nada menos que el de su felicidad eterna.

El deslinde que se acaba de hacer era muy necesario en esta materia,
donde son tan varias y delicadas las relaciones, que la más ligera
confusión puede conducir á errores de monta, haciendo, de otra parte,
perder de vista un hecho recóndito y preciosísimo, que arroja mucha
luz para estimar debidamente las causas del desarrollo y perfección
del individuo en la civilización cristiana. Necesario como es un orden
social al que esté sometido el individuo, conviene, sin embargo, que
éste no sea de tal modo absorbido por aquél, de manera que sólo se le
conciba como parte de la sociedad, sin que tenga una esfera de acción
que pueda considerársele como propia. Á no ser así, no se desarrollará
jamás de un modo cabal la verdadera civilización, la que, consistiendo
en la perfección simultánea del individuo y de la sociedad, no puede
existir á no ser que tanto ésta como aquél tengan sus órbitas de tal
manera arregladas, que el movimiento que se hace en la una, no embargue
ni embarace el de la otra.

Previas esas reflexiones, sobre las que llamo muy particularmente la
atención de todos los hombres pensadores, observaré lo que quizás no se
ha observado todavía, y es, que el Cristianismo contribuyó sobremanera
á crear esa esfera individual en que el hombre, sin quebrantar los
lazos que le unen á la sociedad, desenvuelve todas sus facultades.
De la boca de un apóstol salieron aquellas generosas palabras que
encierran nada menos que una severa limitación del poder político,
que proclaman nada menos que este poder no debe ser reconocido por el
individuo, cuando se propasa á exigirle lo que éste cree contrario á su
conciencia: _Obedire oportet Deo magis quam hominibus_. (_Act._, c.
5, v. 29.) _Primero se ha de obedecer á Dios que á los hombres._ Los
cristianos fueron los primeros que dieron el grandioso ejemplo de que
individuos de todos países, edades, sexos y condiciones, arrostrasen
toda la cólera del poder y todo el furor de las pasiones populares,
antes de pronunciar una palabra que los manifestase desviados de los
principios que profesaban en el santuario de su conciencia: y esto no
con las armas en la mano, no en conmociones populares donde pudiesen
despertarse las pasiones fogosas que comunican al alma una energía
pasajera; sino en medio de la soledad y lobreguez de los calabozos, en
la aterradora calma de los tribunales, es decir, en aquella situación
en que el hombre se encuentra solo, aislado, y en que el mostrar
fortaleza y dignidad revela la acción de las ideas, la nobleza de los
sentimientos, la firmeza de una conciencia inalterable, el grandor del
alma.

El Cristianismo fué quien grabó fuertemente en el corazón del hombre,
que el individuo tiene sus deberes que cumplir, aun cuando se
levante contra él el mundo entero; que el individuo tiene un destino
inmenso que llenar, y que es para él un negocio propio, enteramente
propio, y cuya responsabilidad pesa sobre su libre albedrío. Esta
importante verdad, sin cesar inculcada por el Cristianismo á todas las
edades, sexos y condiciones, ha debido de contribuir poderosamente
á despertar en el hombre un sentimiento vivo de su personalidad, en
toda su magnitud, en todo su interés, y combinándose con las demás
inspiraciones del Cristianismo, llenas todas de grandor y dignidad,
ha levantado el alma humana del polvo en que la tenían sumida la
ignorancia, las más groseras supersticiones, y los sistemas de
violencia que la oprimían por todas partes. Como extrañas y asombrosas
sonarían sin duda á los oídos de los paganos las valientes palabras de
Justino, que expresaban nada menos que la disposición de ánimo de la
generalidad de los fieles, cuando en su Apología dirigida á Antonio Pío
decía: «Como no tenemos puestas las esperanzas en las cosas presentes,
despreciamos á los matadores, mayormente siendo la muerte una cosa que
tampoco se puede evitar.»

Esa admirable entereza, ese heroico desprecio de la muerte, esa
presencia de ánimo en el hombre, que, apoyado en el testimonio de su
conciencia, desafía todos los poderes de la tierra, debía de influir
tanto más en el engrandecimiento del alma, cuanto no dimanaba de
aquella fría impasibilidad estoica, que, sin contar con ningún motivo
sólido, se empeñaba en luchar con la misma naturaleza de las cosas;
sino que tenía su origen en un sublime desprendimiento de todo lo
terreno, en la profunda convicción de lo sagrado del deber, y de que
el hombre, sin cuidar de los obstáculos que le oponga el mundo, debe
marchar con firme paso al destino que le ha señalado el Criador. Ese
conjunto de ideas y sentimientos comunicaba al alma un temple fuerte
y vigoroso, que, sin rayar en aquella dureza feroz de los antiguos,
dejaba al hombre en toda su dignidad, en toda su nobleza y elevación. Y
conviene notar que esos preciosos efectos no se limitaban á un reducido
número de individuos privilegiados, sino que, conforme al genio de
la religión cristiana, se extendían á todas las clases: porque la
expansión ilimitada de todo lo bueno, el no conocer ninguna acepción
de personas, el procurar que resuene su voz hasta en los más obscuros
lugares, es uno de los más bellos distintivos de esa religión divina.
No se dirigía tan sólo á las clases elevadas, ni á los filósofos, sino
á la generalidad de los fieles, la lumbrera del África, San Cipriano,
cuando compendiaba en pocas palabras la grandeza del hombre, y
rasgueaba con osada mano el alto temple en que debe mantenerse nuestra
alma, sin aflojar jamás. «Nunca, decía, nunca admirará las obras
humanas quien se conociere hijo de Dios. _Despéñase de la cumbre de su
nobleza quien puede admirar algo que no sea Dios._» (_De Spectaculis._)
Sublimes palabras que hacen levantar la frente con dignidad, que hacen
latir el corazón con generoso brío, que, derramándose sobre todas las
clases como un calor fecundo, hacían que el último de los hombres
pudiese decir lo que antes pareciera exclusivamente propio del ímpetu
de un vate:

    Os homini sublime dedit, coelumque tueri
    Iussit, et erectos ad sidera tullere vultus.

El desarrollo de la vida moral, de la vida interior, de esa vida en que
el hombre se acostumbra á concentrarse sobre sí mismo, dándose razón
circunstanciada de todas sus acciones, de los motivos que las dirigen,
de la bondad ó malicia que encierran, y del fin á que le conducen, es
debido principalmente al Cristianismo, á su influjo incesante sobre
el hombre en todos los estados, en todas las situaciones, en todos
los momentos de su existencia. Con un desarrollo semejante de la
vida individual, en todo lo que tiene de más íntimo, de más vivo é
interesante para el corazón del hombre, era incompatible esa absorción
del individuo en la sociedad, esa abnegación ciega en que el hombre se
olvidaba de sí mismo para no pensar en otra cosa que en la asociación
á que pertenecía. Esa vida moral, interior, faltaba á los antiguos,
porque carecían de principios donde fundarla, de reglas para dirigirla,
de inspiraciones con que fomentarla y nutrirla; y así observamos que en
Roma, tan pronto como el elemento político fué perdiendo su ascendiente
sobre las almas, gastándose el entusiasmo con las disensiones
intestinas, y sofocándose todo sentimiento generoso con el insoportable
despotismo que sucedió á las últimas turbulencias de la república, se
desenvuelven rápidamente la corrupción y la molicie más espantosas;
pues que la actividad del alma, consumida poco antes en los debates del
foro, y en las gloriosas hazañas de la guerra, no encontrando pábulo
en que cebarse, se abandona lastimosamente á los goces materiales, con
un desenfreno tal, que nosotros apenas acertamos á concebir, á pesar
de la relajación de costumbres de que con razón nos lamentamos. Por
manera que entre los antiguos sólo vemos dos extremos: ó un patriotismo
llevado al más alto punto de exaltación, ó una postración completa
de las facultades de una alma, que se abandona sin tasa á cuanto le
sugieren sus pasiones desordenadas: el hombre era siempre esclavo, ó de
sus propias pasiones, ó de otro hombre, ó de la sociedad.

Merced al enflaquecimiento de las creencias, acarreado por el
individualismo intelectual en materias religiosas proclamado por el
Protestantismo; merced al quebrantamiento del lazo moral con que reunía
á los hombres la unidad católica, podemos observar en la civilización
europea algunas muestras de lo que debía de ser entre los antiguos el
hombre, falto como estaba de los verdaderos conocimientos sobre sí
mismo, y sobre su origen y destino. Pero, dejando para más adelante
el señalar los puntos de semejanza que se descubren entre la sociedad
antigua y la moderna en aquellas partes donde se ha debilitado la
influencia de las ideas cristianas, bástame por ahora observar que,
si la Europa llegase á perder completamente el Cristianismo, como
lo han deseado algunos insensatos, no pasaría una generación, sin
que renaciesen entre nosotros el individuo y la sociedad tales como
estaban entre los antiguos, salvo, empero, las modificaciones que trae
necesariamente consigo el diferente estado material de ambos pueblos.

La libertad de albedrío, altamente proclamada por el Catolicismo, y tan
vigorosamente por él sostenida, no sólo contra la antigua enseñanza
pagana, sino y muy particularmente contra los sectarios de todos
tiempos, y en especial contra los fundadores de la llamada Reforma,
ha sido también un poderoso resorte que ha contribuído más de lo que
se cree al desarrollo y perfección del individuo, y á realzar sus
sentimientos de independencia, su nobleza y su dignidad. Cuando el
hombre llega á considerarse arrastrado por la irresistible fuerza
del destino, sujeto á una cadena de acontecimientos en cuyo curso él
no puede influir; cuando llega á figurarse que las operaciones del
alma, que parecen darle un vivo testimonio de su libertad, no son
más que una vana ilusión, desde entonces el hombre se anonada, se
siente asimilado á los brutos, no es ya el príncipe de los vivientes,
el dominador de la tierra; es una rueda colocada en su lugar, y que
mal de su grado ha de continuar ejerciendo sus funciones en la gran
máquina del universo. Entonces el orden moral no existe; el mérito
y el demérito, la alabanza y el vituperio, el premio y la pena son
palabras sin sentido; el hombre goza ó sufre, sí, pero á la manera del
arbusto, que, ora es mecido por el blando céfiro, ora azotado por el
furioso aquilón. Muy al contrario sucede cuando se cree libre: él es
el dueño de su destino; y el bien y el mal, la vida y la muerte están
ante sus ojos; puede escoger, y nada es capaz de violentarle en el
santuario de su conciencia. El alma tiene allí su trono, donde está
sentada con dignidad, y el mundo entero bramando contra ella, y el orbe
desplomándose sobre su frágil cuerpo, no pueden forzarla á querer ó á
no querer. El orden moral en todo su grandor, en toda su belleza, se
despliega á nuestros ojos, y el bien se presenta con toda su hermosura,
el mal con toda su fealdad, el deseo de merecer nos estimula, el de
desmerecer nos detiene, y la vista del galardón que puede ser alcanzado
con libre voluntad, y que está como suspendido al extremo de los
senderos de la virtud, hace estos senderos más gratos y apacibles, y
comunica al alma actividad y energía. Si el hombre es libre, conserva
un no sé qué de más grandioso y terrible, hasta en medio de su crimen,
hasta en medio de su castigo, hasta en medio de la desesperación del
infierno. ¿Qué es un hombre que ha carecido de libertad, y que, sin
embargo, es castigado? ¿qué significa ese absurdo, dogma capital de
los fundadores del Protestantismo? Es una víctima miserable, débil,
en cuyos tormentos se complace una omnipotencia cruel, un Dios que ha
querido criar para ver sufrir, un tirano con infinito poder, es decir,
el más horrendo de los monstruos. Pero, si el hombre es libre, cuando
sufre, sufre porque lo ha merecido: y, si le contemplamos en medio
de la desesperación, sumido en un piélago de horrores, lleva en su
frente la señal del rayo con que justamente le ha herido el Eterno; y
parécenos oirle todavía con su ademán altanero, con su mirada soberbia,
cuál pronuncia aquellas terribles palabras: _non serviam, no serviré_.

En el hombre, como en el universo, todo está enlazado maravillosamente,
todas las facultades tienen sus relaciones, que, por delicadas, no
dejan de ser íntimas, y el movimiento de una cuerda hace retemblar
todas las otras. Necesario es llamar la atención sobre esa mutua
dependencia de nuestras facultades para prevenir la respuesta que
quizás darían algunos, de que sólo se ha probado que el Catolicismo
ha debido de contribuir á desenvolver al individuo en un sentido
místico: no, no; las reflexiones que acabo de presentar, prueban algo
más: prueban que al Catolicismo es debida la clara idea, el vivo
sentimiento del orden moral en toda su grandeza y hermosura; prueban
que al Catolicismo es debido lo que se llama conciencia propiamente
tal; prueban que al Catolicismo es debido el que el hombre se crea con
un destino inmenso cuyo negocio le es enteramente propio, y destino que
está puesto en manos de su libre albedrío; prueban que al Catolicismo
es debido el verdadero conocimiento del hombre, el aprecio de su
dignidad, la estimación, el respeto que se le dispensan por el mero
título de hombre; prueban que el Catolicismo ha desenvuelto en nuestra
alma los gérmenes de los sentimientos más nobles y generosos, puesto
que ha levantado la mente con los más altos conceptos, y ha ensanchado
y elevado nuestro corazón, asegurándole una libertad que nadie le puede
arrebatar, brindándole con un galardón de eternal ventura, pero dejando
en su mano la vida y la muerte, haciéndole en cierto modo árbitro de su
destino. Algo más que un mero misticismo es todo esto: es nada menos
que el verdadero individualismo, el único individualismo noble, justo,
razonable; es nada menos que un conjunto de poderosos impulsos para
llevar al individuo á su perfección en todos sentidos; es nada menos
que el primero, el más indispensable, el más fecundo elemento de la
verdadera civilización.[1]



CAPITULO XXIV


Hemos visto lo que debe al Catolicismo el individuo; veamos ahora
lo que le debe la familia. Claro es que, si el Catolicismo es quien
ha perfeccionado al individuo, siendo éste el primer elemento de la
familia, la perfección de ella deberá ser también mirada como obra
del Catolicismo; pero sin insistir en esta ilación, quiero considerar
el mismo lazo de familia, y para esto es menester llamar la atención
sobre la mujer. No recordaré lo que era la mujer entre los antiguos,
ni lo que es todavía en los pueblos que no son cristianos; la
historia, y aun más la literatura de Grecia y Roma, nos darían de ello
testimonios tristes, ó más bien vergonzosos; y todos los pueblos de
la tierra nos ofrecerían abundantes pruebas de la verdad y exactitud
de la observación de Buchanan, de que, dondequiera que no reine el
Cristianismo, hay una tendencia á la degradación de la mujer.

Quizás el Protestantismo no quiera en esta parte ceder terreno al
Catolicismo, pretendiendo que, por lo que toca á la mujer, en nada ha
perjudicado la Reforma á la civilización europea. Pero, prescindiendo,
por de pronto, de si el Protestantismo acarreó en este punto algunos
males, cuestión que se ventilará más adelante, no puede al menos
ponerse en duda que, cuando él apareció, tenía ya la religión católica
concluída su obra por lo tocante á la mujer: pues que nadie ignora
que el respeto y consideración que se dispensa á las mujeres, y la
influencia que ejercen sobre la sociedad, datan de mucho antes que del
primer tercio del siglo XVI. De lo que se deduce que el Catolicismo no
tuvo ni pudo tener al Protestantismo por colaborador, y que obró solo,
enteramente solo, en uno de los puntos más cardinales de toda verdadera
civilización; y que, al confesarse generalmente que el Cristianismo ha
colocado á la mujer en el rango que le corresponde, y que más conviene
para el bien de la familia y de la sociedad, tributándose este elogio
al Cristianismo se le tributa al Catolicismo; pues que, cuando se
levantaba á la mujer de la abyección, cuando se la alzaba al grado
de digna compañera del hombre, no existían esas sectas disidentes,
que también se apellidan cristianas; no había más Cristianismo que la
Iglesia católica.

Como el lector habrá notado ya que en el decurso de esta obra no
se atribuyen al Catolicismo blasones y timbres, echando mano de
generalidades, sino que para fundarlos se desciende al pormenor de los
hechos, estará naturalmente esperando que se haga lo mismo aquí, y que
se indique cuáles son los medios de que se ha valido el Catolicismo
para dar á la mujer consideración y dignidad: no quedará el lector
defraudado en su esperanza.

Por de pronto, y antes de bajar á pormenores, es menester observar que
á mejorar el estado de la mujer debieron de contribuir sobremanera
las grandiosas ideas del Cristianismo sobre la humanidad; ideas que,
comprendiendo al varón como á la hembra, sin diferencia ninguna,
protestaban vigorosamente contra el estado de envilecimiento en que
se tenía á esa preciosa mitad del linaje humano. Con la doctrina
cristiana quedaban desvanecidas para siempre las preocupaciones contra
la mujer; é igualada con el varón en la unidad de origen y destino y en
la participación de los dones celestiales, admitida en la fraternidad
universal de los hombres entre sí y con Jesucristo, considerada
también como hija de Dios y coheredera de Jesucristo, como compañera
del hombre, no como esclava, ni como vil instrumento de placer, debía
callar aquella filosofía que se había empeñado en degradarla; y aquella
literatura procaz que con tanta insolencia se desmandaba contra las
mujeres, hallaba un freno en los preceptos cristianos, y una reprensión
elocuente en el modo lleno de dignidad con que, á ejemplo de la
Escritura, hablaban de ella todos los autores eclesiásticos.

Pero, á pesar del benéfico influjo que por sí mismas habían de
ejercer las doctrinas cristianas, no se hubiera logrado cumplidamente
el objeto, si la Iglesia no tomara tan á pecho el llevar á cabo la
obra más necesaria, más imprescindible para la buena organización
de la familia y de la sociedad: hablo de la reforma del matrimonio.
La doctrina cristiana es en esta parte muy sencilla: _uno con una,
y para siempre_; pero la doctrina no era bastante, á no encargarse
de su realización la Iglesia, á no sostener esa realización con
firmeza inalterable; porque las pasiones, y sobre todo las del varón,
braman contra semejante doctrina, y la hubieran pisoteado sin duda,
á no estrellarse contra el insalvable valladar que no les ha dejado
vislumbrar ni la más remota esperanza de victoria. ¿Y querrá también
gloriarse de haber formado parte del valladar el Protestantismo, que
aplaudió con insensata algazara el escándalo de Enrique VIII, que se
doblegó tan villanamente á las exigencias de la voluptuosidad del
landgrave de Hesse-Cassel? ¡Qué diferencia tan notable! Por espacio
de muchos siglos, en medio de las más varias y muchas veces terribles
circunstancias, lucha impávida la Iglesia católica con las pasiones de
los potentados, para sostener sin mancilla la santidad del matrimonio:
ni los halagos ni las amenazas nada pueden recabar de Roma que sea
contrario á la enseñanza del Divino Maestro, y el Protestantismo, al
primer choque, ó, mejor diré, al asomo del más ligero compromiso, al
solo temor de malquistarse con un príncipe, y no muy poderoso, cede, se
humilla, consiente la poligamia, hace traición á su propia conciencia,
abre ancha puerta á las pasiones para que puedan destruir la santidad
del matrimonio, esa santidad que es la más segura prenda del bien de
las familias, la primera piedra sobre que debe cimentarse la verdadera
civilización.

Más cuerda en este punto la sociedad protestante que los falsos
reformadores, empeñados en dirigirla, rechazó con admirable buen
sentido las consecuencias de semejante conducta; y ya que no conservase
las doctrinas del Catolicismo, siguió al menos la saludable tendencia
que él le había comunicado, y la poligamia no se estableció en Europa.
Pero la historia conservará los hechos que muestran la debilidad de
la llamada Reforma, y la fuerza vivificante del Catolicismo: ella
dirá á quién se debe que en medio de los siglos bárbaros, en medio
de la más asquerosa corrupción, en medio de la violencia y ferocidad
por doquiera dominantes, tanto en el período de la fluctuación de los
pueblos invasores, como en el del feudalismo, como en el tiempo en que
descollaba ya prepotente el poderío de los reyes, ella dirá, repito, á
quién se debe que el matrimonio, el verdadero paladión de la sociedad,
no fuera doblegado, torcido, hecho trizas, y que el desenfreno de la
voluptuosidad no campease con todo su ímpetu, con todos sus caprichos,
llevando en pos de sí la desorganización más profunda, adulterando el
carácter de la civilización europea, y lanzándola en la honda sima en
que yacen desde muchos siglos los pueblos del Asia.

Los escritores parciales pueden registrar los anales de la historia
eclesiástica para encontrar desavenencias entre papas y príncipes, y
echar en cara á la Corte de Roma su espíritu de _terca intolerancia_
con respecto á la santidad del matrimonio; pero, si no los cegara el
espíritu de partido, comprenderían que, si esa _terca intolerancia_
hubiera aflojado un instante, si el Pontífice de Roma hubiese
retrocedido ante la impetuosidad de las pasiones un solo paso, una vez
dado el primero, encontrábase una rápida pendiente, y al fin de ésta,
un abismo; comprenderían el espíritu de verdad, la honda convicción, la
viva fe de que está animada esa augusta Cátedra, ya que nunca pudieron
consideraciones ni temores de ninguna clase hacerla enmudecer, cuando
se ha tratado de recordar á todo el mundo, y muy en particular á
los potentados y á los reyes: _serán dos en una carne; lo que Dios
unió, no lo separe el hombre_; comprenderían que, si los papas se han
mostrado inflexibles en este punto, aun á riesgo de los desmanes de
los reyes, además de cumplir con el sagrado deber que les imponía el
augusto carácter de jefes del Cristianismo, hicieron una obra maestra
en política, contribuyeron grandemente al sosiego y bienestar de los
pueblos: «porque los casamientos de los príncipes, dice Voltaire,
forman en Europa el destino de los pueblos, y nunca se ha visto una
corte libremente entregada á la prostitución, sin que hayan resultado
revoluciones y sediciones.» (_Ensayo sobre la historia gener., tom. 3,
cap. 101._)

Esta observación tan exacta de Voltaire bastaría para vindicar á los
papas, y con ellos al Catolicismo, de las calumnias de miserables
detractores; pero, si esa reflexión no se concreta al orden político
y se la extiende al orden social, crece todavía en valor, y adquiere
una importancia inmensa. La imaginación se asombra al pensar en lo que
hubiera acontecido, si esos reyes bárbaros en quienes el esplendor de
la púrpura no bastaba á encubrir al hijo de las selvas, si esos fieros
señores encastillados en sus fortalezas, cubiertos de hierro y rodeados
de humildes vasallos, no hubieran encontrado un dique en la autoridad
de la Iglesia; si al echar á alguna belleza una mirada de fuego, si al
sentir con el nuevo ardor que se engendraba en su pecho el fastidio
por su legítima esposa, no hubiesen tropezado con el recuerdo de una
autoridad inflexible. Podían, es verdad, cometer una tropelía contra
el obispo, ó hacer que enmudeciese con el temor ó los halagos; podían
violentar los votos de un concilio particular, ó hacerse un partido
con amenazas, ó con la intriga y el soborno; pero allá, en obscura
lontananza, divisaban la cúpula del Vaticano, la sombra del Sumo
Pontífice se les aparecía como una visión aterradora; allí perdían la
esperanza, era inútil combatir: el más encarnizado combate no podía
dar por resultado la victoria; las intrigas más mañosas, los ruegos
más humildes, no recabarán otra respuesta que: _uno con una, y para
siempre_.

La simple lectura de la historia de la Edad Media, aquella escena
de violencias, donde se retrata con toda viveza el hombre bárbaro
forcejando por quebrantar los lazos que pretende imponerle la
civilización; con sólo recordar que la Iglesia debía estar siempre
en vigilante guarda, no tan sólo para que no se hiciesen pedazos los
vínculos del matrimonio, sino también para que no fuesen víctimas de
raptos y tropelías las doncellas, aun las consagradas al Señor; salta á
los ojos que, si la Iglesia católica no se hubiese opuesto como un muro
de bronce al desbordamiento de la voluptuosidad, los palacios de los
príncipes y castillos de los señores se habrían visto con su serrallo y
harén, y siguiendo por la misma corriente las demás clases, quedara la
mujer europea en el mismo abatimiento en que se encuentra la musulmana.
Y, ya que acabo de mentar á los sectarios de Mahoma, recordaré aquí á
los que pretenden explicar la monogamia y poligamia sólo por razones de
clima, que los cristianos y mahometanos se hallaron por largo tiempo
en los mismos climas, y que con las vicisitudes de ambos pueblos se
han establecido las respectivas religiones, ora en climas más rígidos,
ora en más templados y suaves; y, sin embargo, no se ha visto que las
religiones se acomodasen al clima, sino que antes bien el clima ha
tenido, por decirlo así, que doblegarse á las religiones.

Gratitud eterna deben los pueblos europeos al Catolicismo, por
haberles conservado la monogamia, que á no dudarlo ha sido una de las
causas que más han contribuído á la buena organización de la familia
y al realce de la mujer. ¿Cuál sería ahora la situación de Europa,
qué consideración disfrutaría la mujer, si Lutero, el fundador del
Protestantismo, hubiese alcanzado á inspirar á la sociedad la misma
indiferencia en este punto que él manifiesta en su _Comentario sobre
el Génesis_? «Por lo que toca á saber, dice Lutero, si se pueden tener
muchas mujeres, la autoridad de los patriarcas nos deja en completa
libertad»; y añade después que _esto no se halla ni permitido, ni
prohibido, y que él por sí no decide nada_. ¡Desgraciada Europa, si
semejantes palabras, salidas nada menos que de la boca de un hombre que
arrastró en pos de su secta tantos pueblos, se hubiesen pronunciado
algunos siglos antes, cuando la civilización no había recibido
todavía bastante impulso para que, á pesar de las malas doctrinas,
pudiese seguir en los puntos más capitales una dirección certera!
¡Desgraciada Europa, si á la sazón en que escribía Lutero, no se
hallaran ya muy formadas las costumbres, y si la buena organización
dada á la familia por el Catolicismo, no tuviera ya raíces demasiado
profundas para ser arrancadas por la mano del hombre! El escándalo
del landgrave de Hesse-Cassel, á buen seguro que no fuera un ejemplo
aislado, y la culpable condescendencia de los doctores luteranos habría
tenido resultados bien amargos. ¿De qué sirvieran, para contener la
impetuosidad feroz de los pueblos bárbaros y corrompidos, aquella fe
vacilante, aquella incertidumbre, aquella cobarde flojedad con que se
amilanaba la Iglesia protestante, á la sola exigencia de un príncipe
como el landgrave? ¿Cómo sostuviera una lucha de siglos, la que al
primer amago del combate ya se rinde, la que antes del choque ya se
quebranta?

Al lado de la monogamia, puede decirse que figura por su alta
importancia la indisolubilidad del matrimonio. Aquellos que se apartan
de la doctrina de la Iglesia opinando que es útil en ciertos casos
permitir el divorcio, de tal manera que se considere, como suele
decirse, disuelto el vínculo, y que cada uno de los consortes pueda
pasar á segundas nupcias, no me podrán negar que miran el divorcio como
un remedio, y remedio peligroso, de que el legislador echa mano á duras
penas, sólo en consideración á la malicia ó á la flaqueza; no me podrán
negar que el multiplicarse mucho los divorcios acarrearía males de
gravísima cuenta, y que, para prevenirlos en aquellos países donde las
leyes civiles consienten este abuso, es menester rodear la permisión
de todas las precauciones imaginables; y, por consiguiente, tampoco me
podrán disputar que el establecer la indisolubilidad como principio
moral, el cimentarla sobre motivos que ejercen poderoso ascendiente
sobre el corazón, el seguir la marcha de las pasiones, teniéndolas de
la mano para que no se desvíen por tan resbaladiza pendiente, es un
eficaz preservativo contra la corrupción de costumbres, es una garantía
de tranquilidad para las familias, es un firme reparo contra gravísimos
males que vendrían á inundar la sociedad; y, por tanto, que obra
semejante es la más propia, la más digna de ser objeto de los cuidados
y del celo de la verdadera religión. ¿Y qué religión ha cumplido con
este deber, sino la católica? ¿Cuál ha desempeñado más cumplidamente
tan penosa y saludable tarea? ¿Ha sido el Protestantismo, que ni
alcanzó á penetrar la profundidad de las razones que guiaban en este
particular la conducta de la Iglesia católica?

Los protestantes, arrastrados por su odio á la Iglesia romana, y
llevados del prurito de innovarlo todo, creyeron hacer una gran reforma
secularizando, por decirlo así, el matrimonio, y declamando contra
la doctrina católica, que le miraba como un verdadero sacramento. No
cumpliría á mi objeto el entrar aquí en una controversia dogmática
sobre esta cuestión; bástame hacer notar que fué grave desacuerdo
despojar el matrimonio del augusto sello de un sacramento, y que con
semejante paso se manifestó el Protestantismo muy escaso conocedor del
corazón humano. El considerar el matrimonio, no como un mero contrato
civil, sino como un verdadero sacramento, era ponerle bajo la augusta
sombra de la religión, y elevarle sobre la turbulenta atmósfera de las
pasiones: ¿quién puede dudar que todo esto se necesita cuando se trata
de poner freno á la pasión más viva, más caprichosa, más terrible del
corazón del hombre? ¿Quién duda que para producir este efecto no son
bastante las leyes civiles, y que son menester motivos que, arrancando
de más alto origen, ejerzan más eficaz influencia?

Con la doctrina protestante se echaba por tierra la potestad de la
Iglesia en asuntos matrimoniales, quedando exclusivamente en manos de
la potestad civil. Quizás no faltará quien piense que este ensanche
dado á la potestad secular no podía menos de ser altamente provechoso
á la causa de la civilización, y que el arrojar de este terreno á
la autoridad eclesiástica fué un magnífico triunfo sobre añejas
preocupaciones, una utilísima conquista sobre usurpaciones injustas.
¡Miserables! Si se albergaran en vuestra mente elevados conceptos,
si vibraran en vuestros pechos aquellas harmoniosas cuerdas, que
dan un conocimiento delicado y exacto de las pasiones del hombre, y
que inspiran los medios más á propósito para dirigirlas, vierais,
sintierais que el poner el matrimonio bajo el manto de la religión,
substrayéndolo, en cuanto cabe, de la intervención profana, era
purificarle, era embellecerle, era rodearle de hermosísimo encanto,
porque se colocaba bajo inviolable salvaguardia aquel precioso tesoro,
que con sólo una mirada se aja, que con un levísimo aliento se empaña.
¿Tan mal os parece un denso velo corrido á la entrada del tálamo
nupcial, y la religión guardando sus umbrales con ademán severo?



CAPITULO XXV


Pero, se nos dirá á los católicos: ¿no encontráis vuestras doctrinas
sobrado duras, demasiado rigurosas? ¿no advertís que esas doctrinas
prescinden de la flaqueza y volubilidad del corazón humano, que
le exigen sacrificios superiores á sus fuerzas? ¿no conocéis que
es inhumano sujetar á la rigidez de un principio las afecciones
más tiernas, los sentimientos más delicados, las inspiraciones más
livianas? ¿Concebís toda la dureza que entraña una doctrina que se
empeña en mantener unidos, amarrados con el lazo fatal, á dos seres que
ya no se aman, que ya se causan mutuo fastidio, que quizá se aborrecen
con un odio profundo? Á estos seres que suspiran por su separación,
que antes quisieran la muerte que permanecer unidos, responderles con
un _jamás_, con un _eterno jamás_, mostrándoles, al propio tiempo,
el sello divino, que se grabó en su lazo en el momento solemne de
recibir el sacramento del matrimonio, ¿no es olvidar todas las reglas
de la prudencia, no es un proceder desesperante? ¿No vale algo más la
indulgencia del Protestantismo, que, acomodándose á la flaqueza humana,
se presta más fácilmente á lo que exige, á veces nuestro capricho, á
veces nuestra debilidad?

Es necesario contestar á esta réplica, disipar la ilusión que pueden
causar ese linaje de argumentos, muy á propósito para inducir á un
errado juicio, seduciendo de antemano el corazón. En primer lugar,
es exagerado el decir que, con el sistema católico, se reduzca á un
extremo desesperante á los esposos desgraciados. Casos hay en que
la prudencia demanda que los consortes se separen, y entonces no
se oponen á la separación, ni las doctrinas ni las prácticas de la
Iglesia católica. Verdad es que no se disuelve por eso el vínculo
del matrimonio, ni ninguno de los consortes queda libre para pasar á
segundas nupcias; pero hay ya lo bastante para que no se pueda suponer
tiranizados á ninguno de los dos; no se les obliga á vivir juntos, y,
de consiguiente, no sufren ya el tormento, á la verdad intolerable, de
permanecer siempre reunidas dos personas que se aborrecen.

«Pero bien, se nos dirá, una vez separados los consortes, no se
les atormenta con la cohabitación, que les era tan penosa, pero se
les priva de pasar á segundas nupcias, y, por tanto, se les veda
el satisfacer otra pasión que pueden abrigar en su pecho, y que
quizá fué la causa del fastidio ó aborrecimiento, de que resultaron
la discordia y la desdicha en el primer matrimonio. ¿Por qué no se
considera entonces este matrimonio como disuelto del todo, quedando
enteramente libres ambos consortes? ¿Por qué no se les permite seguir
las afecciones de su corazón, que, fijado ya sobre otro objeto, les
augura días más felices?» Aquí, donde la salida parece más difícil,
donde la fuerza de la dificultad se presenta más apremiadora, aquí es
donde puede alcanzar el Catolicismo un triunfo más señalado, aquí es
donde puede mostrar más claramente cuán profundo es su conocimiento del
corazón del hombre, cuán sabias son en este punto sus doctrinas, cuán
previsora y atinada su conducta. Lo que parece rigor excesivo, no es
más que una severidad necesaria; y que, tanto dista de merecer la tacha
de cruel, que antes bien es para el hombre una prenda de sosiego y
bienestar. Á primera vista no se concibe cómo puede ser así, y, por lo
mismo, será menester desentrañar este asunto, descendiendo, en cuanto
posible sea, á un profundo examen de los principios que justifican á la
luz de la razón la conducta observada por el Catolicismo, no sólo por
lo tocante al matrimonio, sino también en todo lo relativo al corazón
humano.

Cuando se trata de dirigir las pasiones, se ofrecen dos sistemas de
conducta. Consiste el uno en condescender, el otro en resistir. En el
primero se retrocede delante de ellas á medida que avanzan; nunca se
les opone un obstáculo invencible, nunca se las deja sin esperanza; se
les señala en verdad una línea para que no pasen de ciertos límites,
pero se les deja conocer que, si se empeñan en pisarla, esta línea
se retirará un poco más; por manera que la condescendencia está en
proporción con la energía y con la obstinación de quien la exige. En
el segundo, también se marca á las pasiones una línea, de la que no
pueden pasar; pero esta línea es fija, inmóvil, resguardada en toda su
extensión por un muro de bronce. En vano lucharían para salvarla; no
les queda ni una sombra de esperanza; el principio que las resiste no
se alterará jamás; no consentirá transacciones de ninguna clase. No les
queda recurso de ninguna especie, á no ser que quieran pasar adelante
por el único camino que nunca puede cerrarse á la libertad humana:
el de la maldad. En el primer sistema, se permite el desahogo para
prevenir la explosión; en el segundo, no se consiente que principie
el incendio, para no verse obligado á contener su progreso; en aquél,
se temen las pasiones cuando están en su nacimiento, y se confía
limitarlas cuando hayan crecido; en éste, se conceptúa que, si no es
fácil contenerlas cuando son pequeñas, lo será mucho menos cuando sean
grandes; en el uno, se procede en el supuesto de que las pasiones
con el desahogo se disipan y se debilitan; en el otro, se cree que
satisfaciéndose no se sacían, y que antes bien se hacen más sedientas.

Generalmente hablando, puede decirse que el Catolicismo sigue el
segundo sistema; es decir, que, en tratando con las pasiones, su regla
constante es atajarlas en los primeros pasos; dejarlas, en cuanto
cabe, sin esperanza; ahogarlas, si es posible, en la misma cuna. Y es
necesario advertir que hablamos aquí de la severidad con las pasiones,
no con el hombre que las tiene; que es muy compatible no transigir con
la pasión, y ser indulgente con la persona apasionada; ser inexorable
con la culpa, y sufrir benignamente al culpable. Por lo tocante al
matrimonio, ha seguido este sistema con una firmeza que asombra; el
Protestantismo ha tomado el camino opuesto; ambos convienen en que
el divorcio que llevare consigo la disolución del vínculo, es un mal
gravísimo; pero la diferencia está en que, según el sistema católico,
no se deja entrever ni siquiera la esperanza de que pueda venir el
caso de esa disolución, pues se la veda absolutamente, sin restricción
alguna, se la declara imposible, cuando en el sistema protestante se la
puede consentir en ciertos casos; el Protestantismo no tiene para el
matrimonio un sello divino que garantice su perpetuidad, que lo haga
inviolable y sagrado; el Catolicismo tiene este sello, le imprime en
el misterioso lazo, y en adelante queda el matrimonio bajo la guarda de
un símbolo augusto.

¿Cuál de las dos religiones es más sabia en este punto? ¿cuál procede
con más acierto? Para resolver esta cuestión, prescindiendo, como
prescindimos aquí, de las razones dogmáticas, y de la moralidad
intrínseca de los actos humanos que forman el objeto de las leyes cuyo
examen nos ocupa, es necesario determinar cuál de los dos sistemas
arriba descritos es más á propósito para el manejo y dirección de
las pasiones. Meditando sobre la naturaleza del corazón del hombre y
ateniéndonos á lo que nos enseña la experiencia de cada día, puede
asegurarse que el medio más adaptado para enfrenar una pasión es
dejarla sin esperanza; y que el condescender con ella, el permitirle
continuos desahogos, es incitarla más y más, es juguetear con el fuego
al rededor del combustible, dejarle que prenda en él una y otra vez,
con la vana confianza de que siempre será fácil apagar el incendio.

Demos una rápida ojeada sobre las pasiones más violentas, y observemos
cuál es su curso ordinario, según el sistema que con ellas se practica.
Ved al jugador, á ese hombre dominado por un desasosiego indefinible,
que abriga al mismo tiempo una codicia insaciable y una prodigalidad
sin límites, que ni se contenta con la más inmensa fortuna, ni vacila
en aventurarla á un azar de un momento, que en medio del mayor
infortunio sueña todavía en grandes tesoros, que corre afanoso y
sediento en pos de un objeto, que parece el oro, y que, sin embargo,
no lo es, pues que su posesión no le satisface; ved á ese hombre, cuyo
corazón inquieto sólo puede vivir en medio de la incertidumbre, del
riesgo, suspenso entre el temor y la esperanza, y que, al parecer,
se complace en esa rápida sucesión de vivas sensaciones que de
continuo le sacuden y atormentan: ¿cuál es el remedio para curarle
de esa enfermedad, de esa fiebre devoradora? Aconsejadle un sistema
de condescendencia, decidle que juegue, pero que se limite á cierta
cantidad, á ciertas horas, á ciertos lugares; ¿qué lograréis? Nada,
absolutamente nada. Si estos medios pudieran servir de algo, no habría
jugador en el mundo que no se hubiese curado de su pasión; porque
ninguno hay que no se haya fijado mil veces á sí mismo esos límites,
que no se haya dicho mil veces: «jugarás no más que hasta tal hora,
no más que en este ó aquel lugar, no más que sobre tal cantidad.» Con
estos paliativos, con estas precauciones impotentes, ¿qué le sucede
al desgraciado jugador? Que se engaña miserablemente, que la pasión
transige para cobrar fuerzas y asegurar mejor la victoria, que va
ganando terreno, que va ensanchando el círculo prefijado, y que vuelve
á los primeros excesos, si no á otros mayores. ¿Queréis curarle de
raíz? Si algún remedio queda, será, no lo dudéis, abstenerse desde
luego completamente. Esto, á primera vista, será más doloroso, pero
en la práctica será más fácil; desde que la pasión vea cerrada toda
esperanza, empezará á debilitarse, y al fin desaparecerá. No creo que
ninguna persona experimentada tenga la menor duda sobre la exactitud de
lo que acabo de decir; y que no convenga conmigo en que el mejor medio
de ahogar esa formidable pasión es quitarle de una vez todo pábulo,
dejarla sin esperanza.

Vamos á otro ejemplo más allegado al objeto que principalmente me
propongo dilucidar. Supongamos á un hombre señoreado por el amor;
¿creéis que, para curarle de su mal, será conveniente consentirle un
desahogo, concediéndole ocasiones, bien que menos frecuentes, de ver
á la persona amada? ¿Paréceos si podrá serle saludable el permitirle
la continuación, vedándole, empero, la frecuencia? ¿Se apagará, se
amortiguará siquiera con esa precaución, la llama que arde en su
pecho? Es cierto que no: la misma compresión de esta llama acarreará
su aumento, y multiplicará su fuerza; y como, por otra parte, se le va
dando algún pábulo, si bien más escaso, y se le deja un respiradero por
donde puede desahogarse, irá ensanchando cada día ese respiradero,
hasta que, al fin, alcance á desembarazarse del obstáculo que la
resiste. Pero quitad á esa pasión la esperanza; empeñad al amante
en un largo viaje, ó poned de por medio algunos impedimentos que no
dejen entrever como probable, ni siquiera posible, el logro del fin
deseado; y entonces, salvas algunas rarísimas excepciones, conseguiréis
primero la distracción, y en seguida el olvido. ¿No es esto lo que
está enseñando á cada paso la experiencia? ¿No es éste el remedio que
la misma necesidad sugiere todos los días á los padres de familia? Las
pasiones son como el fuego: se apaga si se le echa agua en abundancia;
pero se enardece con más viveza, si el agua es poca é insuficiente.

Pero elevemos nuestra consideración, coloquémonos en un horizonte más
vasto, y observemos las pasiones obrando en un campo más extenso,
y en regiones de mayor altura. ¿Cuál es la causa de que, en épocas
tormentosas, se exciten tantas y tan enérgicas pasiones? Es que todas
conciben esperanzas de satisfacerse; es que, volcadas las clases más
elevadas, y destruídas las instituciones más antiguas y colosales,
y reemplazadas por otras que antes eran imperceptibles, todas las
pasiones ven abierto el camino para medrar en medio de la confusión
y de la borrasca. Ya no existen las barreras que antes parecían
insalvables, y cuya sola vista, ó no dejaba nacer la pasión, ó la
ahogaba en su misma cuna; todo ha quedado abierto, sin defensa; sólo se
necesita valor y constancia para saltar intrépido por en medio de los
escombros y ruinas que se han amontonado con el derribo de lo antiguo.

Considerada la cosa en abstracto, no hay absurdo más palpable que la
monarquía hereditaria, que la sucesión en la corona asegurada á una
familia donde á cada paso puede encontrarse sentado en el solio, ó
un niño, ó un imbécil, ó un malvado; y, sin embargo, en la práctica
nada hay más sabio, más prudente, más previsor. Así lo ha enseñado la
experiencia de largos siglos, así con esa enseñanza lo conoce bien
claro la razón, así lo han aprendido con tristes escarmientos los
desgraciados pueblos que han tenido la monarquía electiva. Y esto,
¿por qué? Por la misma razón que estamos ponderando: porque con la
monarquía hereditaria se cierra toda puerta á la esperanza de una
ambición desmesurada; porque, de otra suerte, abriga la sociedad un
eterno germen de agitación y revueltas, promovidas por todos los que
pueden concebir alguna esperanza de empuñar un día el mando supremo.
En tiempos sosegados, y en una monarquía hereditaria, llegar á ser
rey un particular, por rico, por noble, por sabio, por valiente, por
distinguido que sea de cualquier modo, es un pensamiento insensato,
que ni siquiera asoma en la mente del hombre; pero cambiad las
circunstancias, introducid la probabilidad, tan sólo una remota
posibilidad, y veréis como no faltan luego fervientes candidatos.

Fácil sería desenvolver más semejante doctrina, haciendo de ella
aplicación á todas las pasiones del hombre; pero estas indicaciones
bastan para convencer que, cuando se trata de sojuzgar una pasión, lo
primero que debe hacerse es oponerle una valla insuperable, que no le
deje esperanza alguna de pasar adelante; entonces la pasión se agita
por algunos momentos, se levanta contra el obstáculo que la resiste;
pero, encontrándole inmóvil, retrocede, se abate, y cual las olas del
mar se acomoda murmurando al nivel que se le ha señalado.

Hay en el corazón humano una pasión formidable que ejerce poderosa
influencia sobre los destinos de la vida, y que con sus ilusiones
engañosas y seductoras labra no pocas veces una larga cadena de dolor
y de infortunio. Teniendo un objeto necesario para la conservación del
humano linaje, y encontrándose en cierto modo en todos los vivientes
de la naturaleza, revístese, sin embargo, de un carácter particular,
con sólo abrigarse en el alma de un ser inteligente. En los brutos
animales, el instinto la guía de un modo admirable, limitándola á lo
necesario para la conservación de las especies; pero, en el hombre,
el instinto se eleva á pasión; y esta pasión, nutrida y avivada por el
fuego de la fantasía, refinada con los recursos de la inteligencia,
y veleidosa é inconstante por estar bajo la dirección de un libre
albedrío, que puede entregarse á tantos caprichos cuantas son las
impresionas que reciben los sentidos y el corazón, se convierte en un
sentimiento vago, voluble, descontentadizo, insaciable; parecido al
malestar de un enfermo calenturiento, al frenesí de un delirante, que
ora divaga por un ambiente embalsamado de purísimos aromas, ora se
agita convulsivo con las ansias de la agonía.

¿Quién es capaz de contar la variedad de formas bajo las cuales se
presenta esa pasión engañosa, y la muchedumbre de lazos que tiende á
los pies del desgraciado mortal? Observadla en su nacimiento, seguidla
en su carrera, hasta el fin de ella, cuando toca á su término y se
extingue como una lámpara moribunda. Asoma apenas el leve bozo en el
rostro del varón, dorando graciosamente una faz tierna y sonrosada,
y ya brota en su pecho como un sentimiento misterioso, le inquieta y
desasosiega, sin que él mismo conozca la causa. Una dulce melancolía
se desliza en su corazón, pensamientos desconocidos divagan por su
mente, sombras seductoras revolotean por su fantasía, un imán secreto
obra sobre su alma, una seriedad precoz se pinta en su semblante,
todas sus inclinaciones toman otro rumbo; ya no le agradan los juegos
de la infancia, todo le hace augurar una vida nueva, menos inocente,
menos tranquila; la tormenta no ruge aún, el cielo no se ha encapotado
todavía, pero los rojos celajes que le matizan son un triste presagio
de lo que ha de venir. Llega, entre tanto, la adolescencia, y lo que
antes era un sentimiento vago, misterioso, incomprensible al mismo
que le abrigaba, es, desde entonces, más pronunciado, los objetos se
esclarecen y se presentan como son en sí, la pasión los ve, y á ellos
se encamina. Pero no creáis que por esto la pasión sea constante; es
tan vana, tan voluble y caprichosa, como los objetos que se le van
presentando; corre sin cesar en pos de ilusiones, persiguiendo sombras,
buscando una satisfacción que nunca encuentra, esperando una dicha que
jamás llega. Exaltada la fantasía, hirviendo el corazón, arrebatada el
alma entera, sojuzgada en todas sus facultades, rodéase el ardiente
joven de las más brillantes ilusiones, comunícalas á cuanto le
circunda, presta á la luz del cielo un fulgor más esplendente, reviste
la faz de la tierra de un verdor más lozano, de colores más vivos,
esparciendo por doquiera el reflejo de su propio encanto.

En la edad viril, cuando el pensamiento es más grave y más fijo,
cuando el corazón ha perdido de su inconstancia, cuando la voluntad
es más firme y los propósitos más duraderos, cuando la conducta que
debe regir los destinos de la vida está ya sujeta á una norma, y como
encerrada en un carril, todavía se agita en el corazón del hombre
esa pasión misteriosa, todavía le atormenta con inquietud incesante.
Sólo que entonces, con el mayor desarrollo de la organización física,
la pasión es más robusta y más enérgica; sólo que entonces, con el
mayor orgullo que inspiran al hombre la independencia de la vida, el
sentimiento de mayores fuerzas, y la mayor abundancia de medios, la
pasión es más decidida, más osada, más violenta; así como, á fuerza
de los desengaños y escarmientos que le ha dado la experiencia, se ha
hecho más cautelosa, más previsora, más astuta; no anda acompañada de
la candidez de los primeros años, sino que sabe aliarse con el cálculo,
sabe marchar á su fin por caminos más encubiertos, sabe echar mano de
medios más acertados. ¡Ay del hombre que no se precave á tiempo contra
semejante enemigo! Consumirá su existencia en una agitación febril; y
de inquietud en inquietud, de tormenta en tormenta, si no acaba con la
vida en la flor de sus años, llegará á la vejez dominado todavía por
su pasión funesta; ella le acompañará hasta el sepulcro, con aquellas
formas asquerosas y repugnantes con que se pinta en un rostro surcado
por los años, en unos ojos velados que auguran la muerte ya cercana.

Ahora bien: ¿cuál es el sistema que conviene seguir para enfrenar esa
pasión y encerrarla en sus justos límites, para impedir que acarree al
individuo la desdicha, á las familias el desorden, á las sociedades el
caos? La regla invariable del Catolicismo, así en la moral que predica,
como en las instituciones que plantea, es la _represión_. Ni siquiera
el deseo le consiente; y declara culpable á los ojos de Dios á quien
mirare á una mujer con pensamiento impuro. Y esto ¿por qué? Porque, á
más de la moralidad intrínseca que se encierra en la prohibición, hay
una mira profunda en ahogar el mal en su origen; siendo muy cierto que
es más fácil impedir al hombre el que se complazca en malos deseos, que
no el que se abstenga de satisfacerlos, después de haberles dado cabida
en su abrasado corazón; porque hay una razón muy profunda en procurar
de esta suerte la tranquilidad del alma, no permitiéndole que, cual
sediento Tántalo, sufra con la vista del agua que huye de sus labios.
_Quid vis videre quod non licet habere?_ _¿Para qué quieres ver lo
que no puedes obtener?_ dice sabiamente el autor del admirable libro
_De la imitación de Jesucristo_, compendiando así, en pocas palabras,
la sabiduría que se encierra en la santa severidad de la doctrina
cristiana.

Los lazos del matrimonio, señalando á la pasión un objeto legítimo,
no ciegan, sin embargo, el manantial de agitación y de caprichosa
inquietud que se alberga en el corazón. La posesión empalaga y
fastidia, la hermosura se marchita y se aja, las ilusiones se disipan,
el hechizo desaparece, y, encontrando el hombre una realidad que está
muy lejos de alcanzar á los bellos sueños á que se entregara allá en
sus delirios una imaginación fogosa, siente brotar en su pecho nuevos
deseos; y, cansado del objeto poseído, alimenta nuevas ilusiones,
buscando en otra parte aquella dicha ideal que se imaginaba haber
encontrado, y huyendo de la triste realidad, que así burla sus más
bellas esperanzas.

Dad entonces rienda suelta á las pasiones del hombre, dejadle que
de un modo ú otro pueda alimentar la ilusión de hacerse feliz con
otros enlaces, que no se crea ligado para siempre y sin remedio á la
compañera de sus días, y veréis como el fastidio llegará más pronto,
como la discordia será más viva y ruidosa; veréis como los lazos
se aflojan luego de formados, como se gastan con poco tiempo, como
se rompen al primer impulso. Al contrario, proclamad la ley que no
exceptúe ni á pobres ni á ricos, ni á débiles ni á potentados, ni
á vasallos ni á reyes; que no atienda á diferencias de situación,
de índole, de salud, ni á tantos otros motivos, que en manos de las
pasiones, y sobre todo entre los poderosos, fácilmente se convierten
en pretextos; proclamad esa ley como bajada del cielo, mostrad el lazo
del matrimonio como sellado con un sello divino; y á las pasiones que
murmuran, decidles en alta voz que si quieren satisfacerse no tienen
otro camino que el de la inmoralidad; pero que la autoridad encargada
de la guarda de esa ley divina, jamás se doblegará á condescendencias
culpables, que jamás consentirá que se cubra con el velo de la dispensa
la infracción del precepto divino, que jamás dejará á la culpa sin
el remordimiento, y entonces veréis que las pasiones se abaten y se
resignan, que la ley se extiende, se afirma, y se arraiga hondamente
en las costumbres, y habréis asegurado para siempre el buen orden y
la tranquilidad de las familias; y la sociedad os deberá un beneficio
inmenso. Y he aquí cabalmente lo que ha hecho el Catolicismo,
trabajando para ello largos siglos; y he aquí lo que venía á deshacer
el Protestantismo, si se hubiesen seguido generalmente en Europa sus
doctrinas y sus ejemplos; si los pueblos dirigidos no hubiesen tenido
más cordura que sus directores.

Los protestantes y los falsos filósofos, examinando las doctrinas y las
instituciones de la Iglesia católica al través de sus preocupaciones
rencorosas, no han acertado á concebir á qué servían los dos grandes
caracteres que distinguen siempre por doquiera los pensamientos y las
obras del Catolicismo: _unidad y fijeza_: _unidad_ en las doctrinas,
_fijeza_ en la conducta, señalando un objeto y marchando hacia él, sin
desviarse jamás. Esto los ha escandalizado; y, después de declamar
contra la _unidad_ de la doctrina, han declamado también contra la
_fijeza_ en la conducta. Si meditaran sobre el hombre, conocieran que
esta fijeza es el secreto de dirigirle, de dominarle, de enfrenar sus
pasiones cuando convenga, de exaltar su alma cuando sea menester,
haciéndola capaz de los mayores sacrificios, de las acciones más
heroicas. Nada hay peor para el hombre que la _incertidumbre_, que
la _indecisión_; nada que tanto le debilite y esterilice. Lo que es
el escepticismo al entendimiento, es la indecisión á la voluntad.
Prescribidle al hombre un objeto fijo, y haced que se dirija hacia él:
á él se dirigirá y le alcanzará. Dejadle vacilando entre varios, que no
tenga para su conducta una norma fija, que no sepa cuál es su porvenir,
que marche sin saber á dónde va, y veréis que su energía se relaja,
sus fuerzas se enflaquecen, hasta que se abate y se para. ¿Sabéis el
secreto con que los grandes caracteres dominan el mundo? ¿Sabéis cómo
son capaces ellos mismos de acciones heroicas, y cómo hacen capaces
de ellas á cuantos los rodean? Porque tienen un objeto fijo para sí,
y para los demás: porque le ven con claridad, le quieren con firmeza,
y se encaminan hacia él, sin dudas, sin rodeos, con esperanza firme,
con fe viva, sin consentir la vacilación, ni en sí mismos ni en los
otros. Alejandro, César, Napoleón, y los demás héroes antiguos y
modernos, ejercían sin duda con el ascendiente de su genio una acción
fascinadora; pero el secreto de su predominio, de su pujanza, de su
impulso que todo lo arrollaba, era la unidad de pensamiento, la fijeza
del plan, que engendraban un carácter firme, aterrador, dándoles sobre
los demás hombres una superioridad inmensa. Así pasaba Alejandro el
Gránico, y empezaba, y llevaba á cabo su prodigiosa conquista del
Asia; así pasaba César el Rubicón, y ahuyentaba á Pompeyo, y vencía
en Farsalia, y se hacía señor del mundo; así dispersaba Napoleón á los
habladores que estaban disertando sobre la suerte de Francia, vencía en
Marengo, se ceñía la diadema de Carlomagno, y aterraba y asombraba el
mundo con los triunfos de Austerlitz y de Jena.

Sin _unidad_ no hay orden, sin _fijeza_ no hay estabilidad; y en
el mundo moral como en el físico, nada puede prosperar que no
sea ordenado y estable. Así el Protestantismo, que ha pretendido
hacer progresar al individuo y á la sociedad destruyendo la unidad
religiosa, é introduciendo en las creencias y en las instituciones la
_multiplicidad_ y _movilidad_ del pensamiento privado, ha acarreado
por doquiera la confusión y el desorden, y ha desnaturalizado la
civilización europea, inoculando en sus venas un elemento desastroso,
que le ha causado y le causará todavía gravísimos males. Y no puede
inferirse de esto que el Catolicismo esté reñido con el adelanto de los
pueblos, por la _unidad_ de sus doctrinas y la _fijeza_ de las reglas
de su conducta; pues también cabe que marche lo que es _uno_, también
cabe movimiento en un sistema que tenga _fijos_ algunos de sus puntos.
Este universo que nos asombra con su grandor, que nos admira con sus
prodigios, que nos encanta con su variedad y belleza, está sujeto á la
_unidad_, y está regido por leyes fijas y constantes.

Ved ahí algunas de las razones que justifican la severidad del
Catolicismo; ved ahí por qué no ha podido mostrarse condescendiente con
esa pasión que, una vez desenfrenada, no respeta linde ni barrera, que
introduce la turbación en los corazones y el desorden en las familias,
que gangrena la sociedad, quitando á las costumbres todo decoro, ajando
el pudor de las mujeres y rebajándolas del nivel de dignas compañeras
del hombre. En esta parte el Catolicismo es severo, es verdad; pero
esta severidad no podía renunciarla, sin renunciar al propio tiempo sus
altas funciones de depositario de la sana moral, de vigilante atalaya
por los destinos de la humanidad.[2]



CAPITULO XXVI


Ese anhelo del Catolicismo para cubrir con tupido velo los secretos
del pudor, y por rodear de moralidad y de recato la pasión más procaz,
manifiéstase en sumo grado en la importancia que ha dado á la virtud
contraria, hasta coronando con brillante aureola la entera abstinencia
de placeres sensuales: la _virginidad_. Cuanto haya contribuído
con esto el Catolicismo á realzar á la mujer, no lo comprenderán
ciertamente los entendimientos frívolos, mayormente si andan guiados
por las inspiraciones de un corazón voluptuoso; pero no se ocultará
á los que sean capaces de conocer que todo cuanto tiende á llevar al
más alto punto de delicadeza el sentimiento del pudor, todo cuanto
fortifica la moralidad, todo cuanto se encamina á presentar á una parte
considerable del bello sexo como un dechado de la virtud más heroica,
todo esto se endereza también á levantar á la mujer sobre la turbia
atmósfera de las pasiones groseras, todo esto contribuye á que no se
presente á los ojos del hombre como un mero instrumento de placer,
todo esto sirve maravillosamente á que, sin disminuirse ninguno de los
atractivos con que la ha dotado la naturaleza, no pase rápidamente de
triste víctima del libertinaje á objeto de menosprecio y fastidio.

La Iglesia católica había conocido profundamente esas verdades; y así,
mientras celaba por la santidad de las relaciones conyugales, mientras
creaba en el seno de las familias la bella dignidad de una matrona,
cubría con misterioso velo la faz de la virgen cristiana, y las esposas
del Señor eran guardadas como un depósito sagrado en la augusta
obscuridad de las sombras del santuario. Reservado estaba á Lutero,
al grosero profanador de Catalina de Boré, el desconocer también en
este punto la profunda y delicada sabiduría de la religión católica;
digna empresa del fraile apóstata, que después de haber hecho pedazos
el augusto sello religioso del tálamo nupcial, se arrojase también á
desgarrar con impúdica mano el sagrado velo de las vírgenes consagradas
al Señor; digna empresa de las duras entrañas del perturbador violento
el azuzar la codicia de los príncipes, para que se lanzasen sobre
los bienes de doncellas desvalidas, y las expulsaran de sus moradas,
atizando luego la voluptuosidad, y quebrantando todas las barreras
de la moral, para que, cual bandadas de palomas sin abrigo, cayesen
en las garras del libertinaje. ¿Y qué? ¿también así se aumentaba el
respeto debido al bello sexo? ¿también así se acendraba el sentimiento
del pudor? ¿también así progresaba la humanidad? ¿también así daba
Lutero robusto impulso á las generaciones venideras, brío al espíritu
humano, medra y lozanía á la cultura y civilización? ¿Quién que sienta
latir en su pecho un corazón sensible, podrá soportar las desenvueltas
peroratas de Lutero, mayormente si ha leído las bellísimas páginas de
los Ciprianos, de los Ambrosios, de los Jerónimos y demás lumbreras de
la Iglesia católica, sobre los altos timbres de una virgen cristiana?
En medio de siglos donde campeaba sin freno la barbarie más feroz,
¿quién llevará á mal encontrarse con aquellas solitarias moradas, donde
se albergan las esposas del Señor, preservando sus corazones de la
corrupción del mundo, y ocupadas perennemente en levantar sus manos al
cielo para atraer hacia la tierra el rocío de la divina misericordia?
Y en tiempos y países más civilizados, ¿tan mal contrasta un asilo de
la virtud más pura y acendrada, con un inmenso piélago de disipación
y libertinaje? ¿También eran aquellas moradas un legado funesto de la
ignorancia, un monumento de fanatismo, en cuya destrucción se ocupaban
dignamente los corifeos de la Reforma protestante? ¡Ah! si así fuere,
protestemos contra todo lo interesante y bello, ahoguemos en nuestro
corazón todo entusiasmo por la virtud, no conozcamos otro mundo que el
que se encierra en el círculo de las sensaciones más groseras, que tire
el pintor su pincel y el poeta su lira, y, desconociendo todo nuestro
grandor y dignidad, digamos embrutecidos: _comamos y bebamos, que
mañana moriremos_.

No, la verdadera civilización no puede perdonarle jamás al
Protestantismo esa obra inmoral é impía; la verdadera civilización
no puede perdonarle jamás el haber violado el santuario del pudor
y de la inocencia, el haber procurado con todas sus fuerzas que
desapareciese todo respeto á la virginidad, pisando, de esta suerte, un
dogma profesado por todo el humano linaje; el no haber acatado lo que
acataron los griegos en sus sacerdotisas de Ceres, los romanos en sus
vestales, los galos en sus druidesas, los germanos en sus adivinas; el
haber llevado más allá la procacidad de lo que no hicieron jamás los
disolutos pueblos del Asia, y los bárbaros del nuevo continente. Mengua
es, por cierto, que se haya atacado en Europa lo que se ha respetado
en todas las partes del mundo; que se haya tachado de preocupación
despreciable, una creencia universal del género humano, sancionada,
además, por el Cristianismo. ¿Dónde se ha visto una irrupción de
bárbaros que compararse pudiera al desbordamiento del Protestantismo
contra lo más inviolable que debe haber entre los hombres? ¿Quién dió
el funesto ejemplo á los perpetradores de semejantes crímenes en las
revoluciones modernas?

Que, en medio de furores de una guerra, se atreva la barbarie de los
vencedores á soltar el brutal desenfreno de la soldadesca sobre las
moradas de las vírgenes consagradas al Señor, esto se concibe muy
bien; pero, el perseguir por sistema estos santos establecimientos,
concitando contra ellos las pasiones del populacho, y atacando
groseramente la institución en su origen y en su objeto, esto es más
que inhumano y brutal, esto carece de nombre cuando lo hacen los mismos
que se precian de reformadores, de amantes del Evangelio puro, y que
se proclaman discípulos de Aquel que en sus sublimes consejos señaló la
_virginidad_ como una de las virtudes más hermosas que pueden esmaltar
la aureola de un cristiano. ¿Y quién ignora que ésta fué una de las
obras con más ardor emprendidas por el Protestantismo?

La mujer sin pudor ofrecerá un cebo á la voluptuosidad, pero no
arrastrará jamás el alma con el misterioso sentimiento que se apellida
amor. ¡Cosa notable! El deseo más imperioso que se abriga en el corazón
de una mujer, es el de agradar, y tan luego como se olvida del pudor,
desagrada, ofende; así está sabiamente ordenado que sea el castigo de
su falta, lo que hiere más vivamente su corazón. Por esta causa, todo
cuanto contribuye á realzar en las mujeres ese delicado sentimiento,
las realza á ellas mismas, las embellece, les asegura mayor predominio
sobre el corazón de los hombres, les señala un lugar más distinguido,
así en el orden doméstico como en el social. Estas verdades no las
comprendió el Protestantismo, cuando condenó la _virginidad_. Sin duda
que esta virtud no es condición necesaria para el pudor; pero es su
bello ideal, su tipo de perfección; y por cierto que el desterrar de la
tierra ese modelo, el negar su belleza, el condenarle como perjudicial,
no era nada á propósito para conservar un sentimiento que está en
continua lucha con la pasión más poderosa del corazón humano, y que
difícilmente se conserva en toda su pureza si no anda acompañado de las
precauciones más exquisitas. Delicadísima flor, de hermosos colores
y suavísimo aroma, puede apenas sufrir el leve oreo del aura más
apacible; su belleza se marchita con extremada facilidad, sus olores se
disipan como exhalación pasajera.

Pero, combatiendo la virginidad, se me hablará quizás de los
perjuicios que acarrea á la población, contándose como defraudadas á
la multiplicación del humano linaje las ofrendas que se hacen en las
aras de aquella virtud. Afortunadamente, las observaciones de los más
distinguidos economistas han venido á disipar este error proclamado
por el Protestantismo, y reproducido por la filosofía incrédula del
siglo XVIII. Los hechos han demostrado, de una manera convincente, dos
verdades, á cual más importantes, para vindicar las doctrinas y las
instituciones católicas: 1.ª Que la felicidad de los pueblos no está
en proporción necesaria con el aumento de su población. 2.ª Que tanto
ese aumento como la disminución dependen del concurso de tantas otras
causas, que el celibato religioso, si es que en algo figure entre
ellas, debe considerarse como de una influencia insignificante.

Una religión mentida y una filosofía bastarda y egoísta se empeñaron
en equiparar los secretos de la multiplicación humana con la de los
otros vivientes. Prescindieron de todas las relaciones religiosas, no
vieron en la humanidad más que un vasto plantel, en que no convenía
dejar nada estéril. Así se allanó el camino para considerar también al
individuo como una máquina de que debían sacarse todos los productos
posibles; para nada se pensó en la caridad, en la sublime enseñanza
de la religión sobre la dignidad y los destinos del hombre; y así la
industria se ha hecho cruel, y la organización del trabajo, planteada
sobre bases puramente materiales, aumenta el bienestar presente de los
ricos, pero amenaza terriblemente su porvenir.

¡Hondos designios de la Providencia! La nación que ha llevado más
allá estos principios funestos, encuéntrase en la actualidad agobiada
de hombres y de productos. Espantosa miseria devora sus clases más
numerosas, y toda la habilidad de los hombres que la dirigen no será
parte á desviarla de los escollos á que se encamina, impelida por la
fuerza de los elementos á que se entregó sin reserva. Los distinguidos
profesores de la universidad de Oxford, que, al parecer, van conociendo
los vicios radicales del Protestantismo, encontrarían aquí abundante
objeto de meditación para investigar hasta qué punto contribuyeron
los pretendidos reformadores del siglo XVI á preparar la situación
crítica, en que, á pesar de sus inmensos adelantos, se encuentra la
Inglaterra.

En el mundo físico, todo está dispuesto con _número, peso y medida_;
las leyes del universo muestran, por decirlo así, un cálculo infinito,
una geometría infinita; pero guardémonos de imaginarnos que todo
podemos expresarlo por nuestros mezquinos signos, que todo podemos
encerrarlo en nuestras reducidas combinaciones. Guardémonos, sobre
todo, de la insensata pretensión de semejar demasiado el mundo moral al
mundo físico, de aplicar sin distinción á aquél lo que sólo es propio
de éste, y de trastornar con nuestro orgullo la misteriosa harmonía
de la creación. El hombre no ha nacido tan sólo para _procrear_, no
es sólo una rueda colocada en su puesto para funcionar en la gran
máquina del mundo. Es un ser á imagen y semejanza de Dios, un ser
que tiene su destino superior á cuanto le rodea sobre la tierra. No
rebajéis su altura, no inclinéis su frente al suelo inspirándole tan
sólo pensamientos terrenos; no estrechéis su corazón privándole de
sentimientos virtuosos y elevados, no dejándole otro gusto que el de
los goces materiales. Si sus pensamientos religiosos le llevan á una
vida austera, si se apodera de su alma el generoso empeño de sacrificar
en las aras de su Dios los placeres de esta vida, ¿por qué se lo habéis
de impedir? ¿con qué derecho le insultáis, despreciando un sentimiento
que exige, por cierto, más alto temple de alma que el entregarse
livianamente al goce de los placeres?

Estas consideraciones, comunes á ambos sexos, adquieren todavía mayor
importancia cuando se aplican á la mujer. Con su fantasía exaltada,
su corazón apasionado y su espíritu ligero, necesita, aun más que el
varón, de inspiraciones severas, de pensamientos serios, graves, que
contrapesen, en cuanto sea posible, aquella volubilidad con que recorre
todos los objetos, recibiendo con facilidad extrema las impresiones
de cuanto toca, y comunicándolas á su vez, como un agente magnético,
á cuantos la rodean. Dejad, pues, que una parte del bello sexo se
entregue á una vida de contemplación y austeridad, dejad que las
doncellas y las matronas tengan siempre á la vista un modelo de todas
las virtudes, un sublime tipo de su más bello adorno, que es el pudor;
esto no será inútil por cierto: esas vírgenes no son defraudadas, ni á
la familia ni á la sociedad; una y otra recobrarán con usura lo que os
imaginabais que habían perdido.

En efecto: ¿quién alcanza á medir la saludable influencia que deben
de haber ejercido sobre las costumbres de la mujer, las augustas
ceremonias con que la Iglesia católica solemniza la consagración de
una virgen á Dios? ¿Quién puede calcular los santos pensamientos, las
castas inspiraciones que habrán salido de esas silenciosas moradas del
pudor, que ora se elevan en lugares retirados, ora en medio de ciudades
populosas? ¿Creéis que la doncella en cuyo pecho se agitara una pasión
ardorosa, que la matrona que diera cabida en su corazón á inclinaciones
livianas, no habrán encontrado mil veces un freno á su pasión, en el
solo recuerdo de la hermana, de la parienta, de la amiga, que allá en
silencioso albergue levantaba al cielo un corazón puro, ofreciendo en
holocausto al Hijo de la Virgen, todos los encantos de la juventud y de
la hermosura? Esto no se calcula, es verdad; pero es cierto á lo menos
que de allí no sale un pensamiento liviano, que allí no se inspira una
inclinación voluptuosa; esto no se calcula, es verdad; pero tampoco se
calcula la saludable influencia que ejerce sobre las plantas el rocío
de la mañana, tampoco se calcula la acción vivificante de la luz sobre
la naturaleza, tampoco se calcula cómo el agua que se filtra en las
entrañas de la tierra, la fecunda y fertiliza, haciendo brotar de su
seno vistosas flores y regalados frutos.

Son tantas las causas cuya existencia y eficacia son indudables, y
que, sin embargo, no pueden sujetarse á un cálculo riguroso, que, si
buscamos la razón de la impotencia que caracteriza toda obra hija
exclusiva del pensamiento del hombre, la encontraremos en que él no
es capaz de abarcar el conjunto de relaciones que se complican en esa
clase de objetos, y no puede apreciar debidamente las influencias
indirectas, á veces ocultas, á veces imperceptibles, de puro delicadas.
Por eso viene el tiempo á disipar tantas ilusiones, á desmentir tantos
pronósticos, á manifestar la debilidad de lo que se creía fuerte, y
la fuerza de lo que se creía débil; y es que con el tiempo se van
desenvolviendo mil relaciones cuya existencia no se sospechaba,
se ponen en acción mil causas que no se conocían, ó quizás se
despreciaban; los efectos van creciendo, se van presentando de bulto,
hasta que, al fin, se crea una situación nueva, donde no es posible
cerrar los ojos á la evidencia de los hechos, donde no es dado resistir
á la fuerza de las cosas.

Y he aquí una de las sinrazones que más chocan en los argumentos de
los enemigos del Catolicismo. No aciertan á mirar los objetos sino por
un aspecto, no comprenden otra dirección de una fuerza que en línea
recta; no ven que, así el mundo moral como el físico, es un conjunto de
relaciones infinitamente variadas, de influencias indirectas, que obran
á veces con más eficacia que las directas; que todo forma un sistema de
correspondencia y harmonía, donde no conviene aislar las partes sino
lo necesario para conocer mejor los lazos ocultos y delicados que las
unen con el todo; donde es necesario dejar que obre el tiempo, elemento
indispensable de todo desarrollo cumplido, de toda obra duradera.

Permítaseme esa breve digresión para inculcar verdades que nunca se
tendrá demasiado presentes, cuando se trate de examinar las grandes
instituciones fundadas por el Catolicismo. La filosofía tiene en la
actualidad que devorar amargos desengaños; vese precisada á retractar
proposiciones avanzadas con demasiada ligereza, á modificar principios
establecidos con sobrada generalidad; y todo este trabajo se hubiera
podido ahorrar, siendo un poco más circunspecta en sus fallos, andando
con mayor mesura en el curso de sus investigaciones. Coligada con el
Protestantismo, declaró guerra á muerte á las grandes instituciones
católicas, clamó por la excentralización moral y religiosa, y un
grito unánime se levanta de los cuatro ángulos del mundo civilizado
invocando un principio de unidad. El instinto de los pueblos le busca,
los filósofos ahondan en los secretos de la ciencia con la mira de
descubrirle; ¡vanos esfuerzos! _Nadie puede poner otro fundamento que
el que está puesto ya_; su duración responde de su solidez.



CAPITULO XXVII


Un celo incansable por la santidad del matrimonio, y un sumo cuidado
para llevar el sentimiento del pudor al más alto punto de delicadeza,
son los dos polos de la conducta del Catolicismo para realzar á la
mujer. Éstos son los grandes medios de que echó mano para lograr su
objeto; de ahí procede el poder y la importancia de las mujeres en
Europa; y es muy falso lo que dice M. Guizot (Lec. 4) de «que esta
particularidad de la civilización europea haya venido del seno del
feudalismo». No disputaré sobre la mayor ó menor influencia que pudo
ejercer en el desarrollo de las costumbres domésticas; no negaré que
el estado de aislamiento en que vivía el señor feudal, el «encontrar
siempre en su castillo á su mujer, á sus hijos y á nadie más que á
ellos, el ser ellos siempre su compañía permanente, el participar ellos
solos de sus placeres y penas, el compartir sus intereses y destinos,
no hubiese de contribuir á desenvolver las costumbres domésticas, y
á que éstas tomasen un grande y poderoso ascendiente sobre el jefe
de familia». Pero ¿quién hizo que, al volver el señor á su castillo,
encontrase tan sólo á una mujer, y no á muchas? ¿Quién le contuvo para
que no abusase de su poderío, convirtiendo su casa en harén? ¿Quién
le enfrenó para que no soltase la rienda á sus pasiones, y de ellas no
hiciese víctimas á las más hermosas doncellas que veía en las familias
de sus rendidos vasallos? Nadie negará que quien esto hizo fueron las
doctrinas y las costumbres introducidas y arraigadas en Europa por la
Iglesia católica, y las leyes severas con que opuso un firme valladar
al desbordamiento de las pasiones; y, por consiguiente, aun dado que el
feudalismo hubiera hecho el bien que se supone, sería este bien debido
á la Iglesia católica.

Ha dado ocasión, sin duda, á que se exagerase la influencia del
feudalismo en dar importancia á las mujeres, un hecho de aquella
época que se presenta muy de bulto, y que efectivamente á primera
vista no deja de deslumbrar. Este hecho consiste en el gallardo
espíritu de caballería, que, brotando en el seno del feudalismo, y
extendiéndose rápidamente, produjo las acciones más heroicas, dió
origen á una literatura rica de imaginación y sentimiento, y contribuyó
no poco á amansar y suavizar las feroces costumbres de los señores
feudales. Distinguíase principalmente aquella época por su espíritu de
galantería; mas no la galantería común cual se forma dondequiera con
las tiernas relaciones de los dos sexos, sino una galantería llevada
á la mayor exageración por parte del hombre, combinada de un modo
singular con el valor más heroico, con el desprendimiento más sublime,
con la fe más viva y la religiosidad más ardiente. _Dios y su dama_:
he aquí el eterno pensamiento del caballero; lo que embarga todas
sus facultades, lo que ocupa todos sus instantes, lo que llena toda
su existencia. Con tal que pueda alcanzar un triunfo sobre la hueste
infiel, con tal que le aliente la esperanza de ofrecer á los pies de
su señora los trofeos de la victoria, no hay sacrificio que le sea
costoso, no hay viaje que le canse, no hay peligro que le arredre, no
hay empresa que le desanime; su imaginación exaltada le traslada á un
mundo fantástico, su corazón arde como una fragua, todo lo acomete, á
todo da cima; y aquel mismo hombre que poco antes peleaba como un león,
en los campos de la Bética ó de la Palestina, se ablanda como una cera
al solo nombre del ídolo de su corazón, vuelve sus amorosos ojos hacia
su patria, y se embelesa con el solo pensamiento de que, suspirando un
día al pie del castillo de su señora, podrá recabar quizás una seña
amorosa, ó una mirada fugitiva. ¡Ay del temerario que osare disputarle
su tesoro! ¡Ay del indiscreto que fijare sus ojos en las almenas de
donde espera el caballero una seña misteriosa! No es tan terrible la
leona á la que han arrebatado sus cachorros; y el bosque azotado por el
aquilón no se agita como el corazón del fiero amante; nada será capaz
de detener su venganza; ó dar la muerte á su rival, ó recibirla.

Examinando esta informe mezcla de blandura y de fiereza, de religión y
de pasiones, mezcla que, sin duda, habrán exagerado un poco el capricho
de los cronistas y la imaginación de los trovadores, pero que no deja
de tener su tipo muy real y verdadero, nótase que era muy natural en
su época, y que nada entraña de la contradicción que á primera vista
pudiera presentar. En efecto: nada más natural que el ser muy violentas
las pasiones de unos hombres, cuyos progenitores poco lejanos habían
venido de las selvas del Norte á plantar su tienda ensangrentada sobre
las ruinas de las ciudades que habían destruído; nada más natural
que el no conocer otro juez que el de su brazo unos hombres que no
ejercían otra profesión que la guerra, y que, además, vivían en una
sociedad que, estando todavía en embrión, carecía de un poder público
bastante fuerte para tener á raya las pasiones particulares; y nada,
por fin, más natural en esos mismos hombres que el ser tan vivo el
sentimiento religioso, pues que la religión era el único poder por
ellos reconocido, la religión había encantado su fantasía con el
esplendor y magnificencia de los templos y la majestad y pompa del
culto, la religión los había llenado de asombro presentando á sus ojos
el espectáculo de las virtudes más sublimes y haciendo resonar á sus
oídos un lenguaje tan elevado, como dulce y penetrante: lenguaje que,
si bien no era por ellos bien comprendido, no dejaba de convencerlos de
la santidad y divinidad de los misterios y preceptos de la religión,
arrancándoles una admiración y acatamiento, que, obrando sobre almas de
tan vigoroso temple, engendraba el entusiasmo y producía el heroísmo.
En lo que se echa de ver que todo cuanto había de bueno en aquella
exaltación de sentimientos, todo dimanaba de la religión; y que, si de
ella se prescinde, sólo vemos al bárbaro que no conoce otra ley que su
lanza, ni otra guía en su conducta que las inspiraciones de un corazón
lleno de fuego.

Calando más y más en el espíritu de la caballería, y parándose
particularmente en el carácter de los sentimientos que entrañaba con
respecto á la mujer, parece que, lejos de realzarla, la supone ya
realzada, ya rodeada de consideración; no le da un nuevo lugar, la
encuentra ocupándolo ya. Y, á la verdad, á no ser así, ¿cómo es posible
concebir tan exagerada, tan fantástica galantería? Pero imaginaos
la belleza de la virgen cubierta con el velo del pudor cristiano, y
aumentándose así la ilusión y el encanto; entonces concebiréis el
delirio del caballero; imaginaos á la virtuosa matrona, á la compañera
del hombre, á la madre de familia, á la mujer única en quien se
concentran todas las afecciones del marido y de los hijos, á la esposa
cristiana, y entonces concebiréis también por qué el caballero se
embriaga con el solo pensamiento de alcanzar tanta dicha, y por qué
el amor es algo más que un arrebato voluptuoso, es un respeto, una
veneración, un culto.

No han faltado algunos que han pretendido encontrar el origen de esa
especie de culto, en las costumbres de los germanos, y, refiriéndose
á ciertas expresiones de Tácito, han querido explicar la mejora
social de las mujeres como dimanada del respeto con que las miraban
aquellos bárbaros. M. Guizot desecha esta aserción, y la combate
muy atinadamente, haciendo observar «que lo que nos dice Tácito de
los germanos, no era característico de aquellos pueblos, pues que
expresiones iguales á las de Tácito, los mismos sentimientos, los
mismos usos de los germanos se descubren en las relaciones que hacen
una multitud de historiadores de otros pueblos salvajes». Todavía
después de la observación de M. Guizot, se ha sostenido la misma
opinión, y así es menester combatirla de nuevo.

He aquí el pasaje de Tácito: «Inesse quin etiam sanctum aliquid et
providum putant: nec aut consilia earum aspernantur, aut responsa
negligunt. Vidimus sub divo Vespasiano, Velledam diu apud plerosque
numinis loco habitam.» (_De mor. Germ._) «Hasta llegan á creer que
hay en las mujeres algo de santo y de profético, y ni desprecian sus
consejos, ni desoyen sus pronósticos. En tiempo del divino Vespasiano,
vimos que por largo espacio Velleda fué tenida por muchos como diosa.»
Á mi juicio, se entiende muy mal ese pasaje de Tácito, cuando se le
quiere dar extensión á las costumbres domésticas, cuando se le quiere
tomar como un rasgo que retrata las relaciones conyugales. Si se fija
debidamente la atención en las palabras del historiador, se echará de
ver que esto distaba mucho de su mente; pues que sus palabras sólo
se refieren á la superstición de considerar á algunas mujeres como
profetisas. Confírmase la verdad y exactitud de esta observación con
el mismo ejemplo que aduce de Velleda, la cual dice era reputada por
muchos como diosa. En otro lugar de sus obras (_Histor._, lib. 4),
explica Tácito su pensamiento, pues hablando de la misma Velleda nos
dice «que esta doncella de la nación de los Bructeros tenía gran
dominio, á causa de la antigua costumbre de los germanos, con que
miraban á muchas mujeres como profetisas, y, andando en aumento la
superstición, llegaban hasta á tenerlas por diosas.» «Ea virgo nationis
Bructerae late imperitabat: vetere apud germanos more, quo plerasque
faeminarum, fatidicas, e augescente superstitione, arbitrantur deas.»
El texto que se acaba de citar prueba hasta la evidencia que Tácito
habla de la superstición, no del orden doméstico, cosas muy diferentes,
pues no media inconveniente alguno en que algunas mujeres sean tenidas
como semidiosas, y, entre tanto, la generalidad de ellas no ocupen en
la sociedad el puesto que les corresponde. En Atenas se daba grande
importancia á las sacerdotisas de Ceres; en Roma á las vestales; y las
Pitonisas, y la historia de las famosas Sibilas, manifiestan que el
tener por fatídicas á las mujeres, no era exclusivamente propio de los
germanos. No debo ahora explicar la causa de estos hechos, me basta
consignarlos; tal vez la fisiología podría en esta parte suministrar
luces á la filosofía de la historia.

Que el orden de la superstición y el de la familia eran muy diferentes,
es fácil notarlo en la misma obra de Tácito, cuando describe la
severidad de costumbres de los germanos con respecto al matrimonio.
Nada hay allí de aquel _sanctum et providum_; sólo sí una austeridad
que conservaba á cada cual en la línea de sus deberes, y lejos de
ser la mujer tenida como diosa, si caía en la infidelidad, quedaba
encomendado al marido el castigo de su falta. Es curioso el pasaje,
pues indica que entre los germanos no debían tampoco de ser escasas las
facultades del hombre sobre la mujer. «Accisis crinibus, dice, nudatam
coram propinquis expellit domo maritus, ac per omnem vicum verbere
agit.» «Rapado el cabello, échala de casa el marido en presencia de
los parientes, y desnuda la anda azotando por todo el lugar.» Este
castigo da, sin duda, una idea de la ignominia que entre los germanos
acompañaba al adulterio; pero no es muy favorable á la estimación
pública de la mujer: ésta hubiera ganado mucho con la pena del
apedreamiento.

Cuando Tácito nos describe el estado social de los germanos, es
preciso no olvidar que quizás algunos rasgos de costumbres son de
propósito realzados algún tanto, pues que nada es más natural en un
escritor del temple de Tácito, viviendo acongojado y exasperado
por la espantosa corrupción de costumbres que á la sazón dominaba
entre los romanos. Píntanos con magníficas plumadas la santidad
del matrimonio de los germanos, es verdad; pero ¿quién no ve que,
mientras escribe, tiene á la vista aquellas matronas que, como dice
Séneca, debían contar los años, no por la sucesión de los cónsules,
sino por el cambio de maridos? ¿aquellas damas sin rastro de pudor,
entregadas á la disolución más asquerosa? Poco trabajo cuesta el
concebir dónde se fijaba la ceñuda mirada de Tácito, cuando arroja sus
concisas reflexiones como flechas: «Nemo, enim, illic vitia ridet, nec
corrumpere et corrumpi saeculum vocatur.» «Allí el vicio no hace reir,
ni la corrupción se apellida moda.» Rasgo vigoroso que retrata todo
un siglo, y que nos hace entender el secreto gusto que tendría Tácito
en echar en cara á la corrompida cultura de los romanos la pureza de
costumbres de los bárbaros. Lo mismo que aguzaba el festivo ingenio de
Juvenal y envenenaba su punzante sátira, excitaba la indignación de
Tácito, y arrancaba á su grave filosofía reprensiones severas.

Que sus cuadros tenían algo de exagerado en favor de los germanos, y
que entre ellos no eran las costumbres tan puras cual se nos quiere
persuadir, indícanlo otras noticias que tenemos sobre aquellos
bárbaros. Posible es que fueran muy delicados en punto al matrimonio,
pero lo cierto es que no era desconocida en sus costumbres la
poligamia. César, testigo ocular, refiere que el rey germano Ariovisto
tenía dos mujeres (_De bello gall._, L. 1); y esto no era un ejemplo
aislado, pues que el mismo Tácito nos dice que había algunos pocos que
tenían á un tiempo varias mujeres, no por liviandad, sino por nobleza:
«exceptis admodum paucis, qui non libidine, sed ob nobilitatem pluribus
nuptiis ambiuntur.» No deja de hacer gracia aquello de _non libidine,
sed ob nobilitatem_; pero, al fin, resulta que los reyes y los nobles,
bajo uno ú otro pretexto, se tomaban alguna mayor libertad de la que
hubiera querido el austero historiador.

¿Quién sabe cómo estaría la moralidad en medio de aquellas selvas? Si
discurriendo con analogía quisiéramos aventurar algunas conjeturas
fundándonos en las semejanzas que es regular tuviesen entre sí los
diferentes pueblos del Norte, ¿qué no podríamos sospechar por aquella
costumbre de los bretones, quienes, de diez en diez ó de doce en doce,
tenían las mujeres comunes, y mayormente hermanos con hermanos, y
padres con hijos, de suerte que, para distinguir las familias, tenían
que andar á tientas, atribuyendo los hijos al primero que había tomado
la doncella? César, testigo de vista, es quien lo refiere: «Uxores
habent (Britanni) deni duodenique inter se communes, et maxime fratres
cum fratribus et parentes cum liberis; sed si qui sunt ex his nati,
eorum habentur liberi, a quibus primum virgines quaeque ductae sunt.»
(_De bell. gall._, L. 4.)

Sea de esto lo que fuere, es cierto, al menos, que el principio de la
monogamia no era tan respetado entre los germanos como se ha querido
suponer; había una excepción en favor de los nobles, es decir, de los
poderosos, y esto bastaba para desvirtuarle y preparar su ruina. En
estas materias, limitar la ley con excepciones en favor del poderoso
es poco menos que abrogarla. Se dirá que al poderoso nunca le faltan
medios para quebrantar la ley; pero no es lo mismo que él la quebrante
ó que ella misma se retire para dejarle el camino libre: en el primer
caso, el empleo de la fuerza no anonada la ley, el mismo choque con que
se la rompe hace sentir su existencia, y pone de manifiesto la sinrazón
y la injusticia; en el segundo, la misma ley se prostituye, por decirlo
así: las pasiones no necesitan de la violencia para abrirse paso, ella
les franquea villanamente la puerta. Desde entonces queda envilecida
y degradada, hace vacilar el mismo principio moral que le sirve de
fundamento; y, como en pena de su complicidad inicua, se convierte en
objeto de animadversión de aquellos que se encuentran forzados todavía
á rendirle homenaje.

Así que, una vez reconocido entre los germanos el privilegio
de poligamia en favor de los poderosos, debía, con el tiempo,
generalizarse esta costumbre á las demás clases del pueblo; y es muy
probable que así se hubiera verificado luego que la ocupación de nuevos
países más templados y feraces, y algún adelanto en su estado social,
les hubiesen proporcionado en mayor abundancia los medios de satisfacer
las necesidades más urgentes. Sólo puede prevenirse tan grave mal, con
la inflexible severidad de la Iglesia católica. Los nobles y los reyes
conservaban todavía fuerte inclinación al privilegio de que hemos visto
que disfrutaran sus antecesores antes de abrazar la religión cristiana,
y de aquí es que, en los primeros siglos después de la irrupción, vemos
que la Iglesia alcanza á duras penas á contenerlos en sus inclinaciones
violentas. Los que se han empeñado en descubrir entre los germanos
tantos elementos de la civilización moderna, ¿no hubieran quizás andado
más acertados en encontrar en las costumbres que se han indicado más
arriba, una de las causas que ocasionaron tan frecuentes choques entre
los príncipes seculares y la Iglesia?

No alcanzo por qué se ha de buscar en los bosques de los bárbaros
el origen de una de las más bellas cualidades que honran nuestra
civilización, ni por qué se les han de atribuir virtudes de que, por
cierto, no se mostraron muy provistos, tan pronto como se arrojaron
sobre el Mediodía. Sin monumentos, sin historia, con escasísimos
indicios sobre el estado social de aquellos pueblos, difícil es, por
no decir imposible, asentar nada fijo sobre sus costumbres; pero ¿qué
había de ser de la moralidad en medio de tanta ignorancia, tanta
superstición y barbarie?

Lo poco que sabemos de aquellos tiempos hemos tenido que tomarlo de
los historiadores romanos, y, desgraciadamente, no es éste uno de
los mejores manantiales para beber el agua bien pura. Sucede, casi
siempre, que los observadores, mayormente cuando son guerreros que van
á conquistar, sólo pueden dar alguna cuenta del estado político de
los pueblos poco conocidos á quienes observan, andando escasos en lo
tocante al social y de familia. Y es que, para formarse idea de esto
último, es necesario mezclarse é intimarse con los pueblos observados,
cosa que no suele consentir el diferente estado de la civilización, y
mucho menos cuando entre observadores y observados reinan encarnizados
odios, hijos de largas temporadas de guerra á muerte. Añádase á esto
que, en tales casos, lo que llama más particularmente la atención es lo
que puede favorecer ó contrariar los designios de los conquistadores,
quienes, por lo común, no dan mucha importancia á las relaciones
morales, y se verá por qué los pueblos que son objeto de observación
quedan conocidos sólo en la corteza, y cuánto debe desconfiarse
entonces de todas las narraciones relativas á religión y costumbres.

Juzgue el lector si esto es aplicable cuando se trata de apreciar
debidamente el valor de lo que sobre los bárbaros nos cuentan los
romanos; basta fijar la vista en aquellas escenas de sangre y horrores
prolongadas por siglos, en las que se veía, de una parte, la ambición
de Roma, que, no contenta con el dominio del orbe conocido, quería
extender su mando hasta lo más recóndito y escabroso de las selvas del
Norte, y, de otra, resaltaba el indomable espíritu de independencia de
los bárbaros, que rompían y hacían pedazos las cadenas que se pretendía
imponerles, y destruían con briosas acometidas las vallas con que se
esforzaba en encerrarlos en los bosques la estrategia de los generales
romanos.

Como quiera, siempre es muy arriesgado buscar en la barbarie el origen
de uno de los más bellos florones de la civilización, y explicar por
sentimientos supersticiosos y vagos, lo que por espacio de muchos
siglos forma el estado normal de un gran conjunto de pueblos, los más
adelantados que se vieron jamás en los fastos del mundo. Si estos
nobles sentimientos que se nos quieren presentar como dimanados de los
bárbaros, existían realmente entre ellos, ¿cómo es que no perecieron
en medio de las transmigraciones y trastornos? Si nada ha quedado de
aquel estado social, ¿serán cabalmente estos sentimientos lo único
que se habrá conservado, y no como quiera, sino despojados de la
superstición y grosería, purificados, ennoblecidos, transformados en
un sentimiento racional, justo, saludable, caballeresco, digno de
pueblos civilizados? Tamañas aserciones presentan á la primera ojeada
el carácter de atrevidas paradojas. Por cierto que, cuando se ofrece
explicar grandes fenómenos en el orden social, es algo más filosófico
buscar su origen en ideas que hayan ejercido por largo tiempo vigorosa
influencia sobre la sociedad, en las costumbres é instituciones que
hayan emanado de esas ideas, en leyes que hayan sido reconocidas y
acatadas durante muchos siglos, como establecidas por un poder divino.

¿Á qué, pues, para explicar la consideración de que disfrutan las
mujeres europeas, recurrir á la veneración supersticiosa tributada por
pueblos bárbaros, allá en sus salvajes guaridas, á Velleda, á Aurinia ó
á Gauna? La razón, el simple buen sentido, nos están diciendo que no es
éste el verdadero origen del admirable fenómeno que vamos examinando;
que es necesario buscar en otra parte el conjunto de causas que han
concurrido á producirle. La historia nos revela estas causas, mejor
diremos, nos las hace palpables, ofreciéndonos en abundancia los hechos
que no dejan la menor duda sobre el principio del cual ha dimanado tan
saludable y transcendental influencia. Antes del Cristianismo, la mujer
estaba oprimida bajo la tiranía del varón, pero elevada sobre el rango
de esclava: como débil que era, veíase condenada á ser la víctima del
fuerte. Vino la religión cristiana, y con sus doctrinas de fraternidad
en Jesucristo, y de igualdad ante Dios, sin distinción de condiciones
ni sexos, destruyó el mal en su raíz, enseñando al hombre que la
mujer no debía de ser su esclava, sino su compañera. Desde entonces
la mejora de la condición de la mujer se hizo sentir en todas partes
donde iba difundiéndose el Cristianismo; y en cuanto era posible,
atendido el arraigo de las costumbres antiguas, la mujer recogió bien
pronto el fruto de una enseñanza que venía á cambiar completamente
su posición, dándole, por decirlo así, una nueva existencia. He aquí
una de las primeras causas de la mejora de la condición de la mujer:
causa sensible, patente, cuyo señalamiento no pide ninguna suposición
gratuita, que no se funda en conjeturas, que salta á los ojos con sólo
dar una mirada á los hechos más conocidos de la historia.

Además, el Catolicismo, con la severidad de su moral, con la alta
protección dispensada al delicado sentimiento del pudor, corrigió y
purificó las costumbres; así realzó considerablemente á la mujer,
cuya dignidad es incompatible con la corrupción y la licencia. Por
fin: el mismo Catolicismo, ó la Iglesia católica, y nótese bien que
no decimos el Cristianismo, con su firmeza en establecer y conservar
la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio, puso un freno á los
caprichos del varón, y concentró sus sentimientos hacia su esposa,
única é inseparable. Así con este conjunto de causas pasó la mujer del
estado de esclava al rango de compañera del hombre; así se convirtió
el instrumento de placer en digna madre de familia rodeada de la
consideración y respeto de los hijos y dependientes; así se creó en
las familias la identidad de intereses, se garantizó la educación de
los hijos, resultando esa intimidad en que se hermanan marido y mujer,
padres é hijos, sin el derecho atroz de vida y muerte, sin facultad
siquiera para castigos demasiado graves: y todo vinculado por lazos
robustos, pero blandos, afianzados en los principios de la sana moral;
sostenidos por las costumbres, afirmados y vigilados por las leyes,
apoyados en la reciprocidad de intereses, asegurados con el sello de la
perpetuidad y endulzados por el amor. He aquí descifrado el misterio,
he aquí explicado á satisfacción el origen del realce y de la dignidad
de la mujer europea, he aquí de donde nos ha venido esa admirable
organización de la familia que los europeos poseemos sin apreciarla,
sin conocerla bastante, sin procurar, cual debiéramos, su conservación.

Al ventilar esta importante materia, he distinguido de propósito
entre el Cristianismo y el Catolicismo, para evitar la confusión de
palabras, que nos habría llevado á la confusión de las cosas. En la
realidad, el verdadero, el único Cristianismo es el Catolicismo; pero
hay ahora la triste necesidad de no poder emplear indistintamente
estas palabras: y esto no sólo á causa de los protestantes, sino por
razón de esa monstruosa nomenclatura filosófico-cristiana que no se
olvida jamás de mezclar el Cristianismo entre las sectas filosóficas;
ni más ni menos que si esa religión divina no fuera otra cosa que un
sistema imaginado por el pensamiento del hombre. Como el principio de
la caridad descuella en todas partes donde se encuentra la religión
de Jesucristo, y se hace visible hasta á los ojos de los incrédulos,
aquellos filósofos que han querido permanecer en la incredulidad, sin
incurrir, empero, en la nota de volterianos, se han apoderado de las
palabras de fraternidad y de humanidad, para hacerlas servir de tema
á su enseñanza, atribuyendo principalmente al Cristianismo el origen
de esas ideas sublimes y de los generosos sentimientos que de ellas
emanan. Así aparentan que no rompen con toda la historia de lo pasado,
como lo hiciera allá en sus sueños la filosofía del siglo anterior,
sino que pretenden acomodarlo á lo presente, y preparar el camino á más
grande y dichoso porvenir.

Pero no creáis que el Cristianismo de esos filósofos sea una religión
divina; nada de eso: es una idea feliz, grandiosa, fecunda en grandes
resultados, pero no es más que una idea puramente humana. Es un
producto de largos y penosos trabajos de la humanidad. El politeísmo,
el judaísmo, la filosofía de Oriente, la de Egipto, de Grecia, todo era
una especie de trabajo preparatorio para la grande obra. Jesucristo,
según ellos, no hizo más que formular ese pensamiento que en embrión
se removía y se agitaba en el seno de la humanidad: él fijó la idea,
la desenvolvió, y, haciéndola bajar al terreno de la práctica, hizo
dar al linaje humano un paso de inmensa importancia en el camino de la
perfección á que se dirige. Pero, en todo caso, Jesucristo no es más, á
los ojos de esos filósofos, que un filósofo en Judea, como un Sócrates
en Grecia, ó un Séneca en Roma:[.?] Y no es poca fortuna si le conceden
todavía esa existencia de hombre, y no les place transformarle en un
ser mitológico, convirtiendo la narración del Evangelio en una pura
alegoría.

Así es de la mayor importancia en la época actual el distinguir entre
el Cristianismo y el Catolicismo, siempre que se trata de poner en
claro y de presentar á la gratitud de los pueblos los inefables
beneficios de que son deudores á la religión cristiana. Conviene
demostrar que lo que ha regenerado al mundo no ha sido una idea lanzada
como al acaso en medio de tantas otras que se disputaban la preferencia
y el predominio; sino un conjunto de verdades y de preceptos bajados
del cielo, transmitidos al género humano por un Hombre-Dios por medio
de una sociedad formada y autorizada por él mismo, para continuar hasta
la consumación de los siglos la obra que él estableció con su palabra,
sancionó con sus milagros y selló con su sangre. Conviene, por tanto,
mostrar á esa sociedad, que es la Iglesia católica, realizando en sus
leyes y en sus instituciones las inspiraciones y la enseñanza del
Divino Maestro, y cumpliendo al mismo tiempo el alto destino de guiar
á los hombres hacia la felicidad eterna, y el de mejorar su condición
y consolar y disminuir sus males en esta tierra de infortunio. De esta
suerte se concreta, por decirlo así, el Cristianismo, ó mejor diremos,
se le muestra tal cual es, no cual lo finge el vano pensamiento del
hombre.

Y cuenta que no debemos temer jamás por la suerte de la verdad á causa
de un examen detallado y profundo de los hechos históricos: que, si
en el vasto campo á que nos conducen semejantes investigaciones
encontramos de vez en cuando la obscuridad, andando largos trechos
por caminos abovedados donde no penetran los rayos del sol, donde
sonoroso el terreno que pisamos amenaza con abismos á nuestra planta,
marchemos todavía con más aliento y brío; á la vuelta de la sinuosidad
más medrosa descubriremos en lontananza la luz que alumbra la
extremidad del camino, y la verdad sentada á sus umbrales, sonriéndose
apaciblemente de nuestros temores y sobresaltos.

Entre tanto es necesario decirlo á esos filósofos, como á los
protestantes: el Cristianismo, sin estar realizado en una sociedad
visible que esté en continuo contacto con los hombres, y autorizada,
además, para enseñarlos y dirigirlos, no sería más que una teoría
semejante á tantas otras como se han visto y se ven sobre la tierra;
y, por consiguiente, fuera también, si no del todo estéril, á lo menos
impotente para levantar ninguna de esas obras que atraviesan intactas
el curso de los siglos. Y es una de éstas, sin duda, el matrimonio
cristiano, la organización de la familia, que ha sido su inmediata
consecuencia. En vano se hubieran difundido ideas favorables á la
dignidad de la mujer, y encaminadas á la mejora de su condición, si
la santidad del matrimonio no se hubiese hallado escudada por un
poder generalmente reconocido y acatado. Las pasiones, que á pesar de
encontrarse con este poder forcejaban, no obstante, por abrirse camino,
¿qué hubieran hecho en el caso de no hallar otro obstáculo que el de
una teoría filosófica, ó de una idea religiosa no realizada en ninguna
sociedad que exigiese sumisión y obediencia?

No tenemos, pues, necesidad de acudir á esa filosofía extravagante que
anda buscando la luz en medio de las tinieblas, y que, al ver que el
orden ha sucedido al caos, tiene la peregrina ocurrencia de afirmar que
el orden fué producido por el caos. Supuesto que encontramos en las
doctrinas, en las leyes de la Iglesia católica el origen de la santidad
del matrimonio y de la dignidad de la mujer, ¿por qué lo buscaríamos
en las costumbres brutales de unos bárbaros que tenían apenas un velo
para el pudor, y para los secretos del tálamo nupcial? Hablando César
de las costumbres de los germanos de no conocer á las mujeres hasta
cierta edad, dice: «Y en esto no cabe ocultación ninguna, pues que
en los ríos se bañan mezclados y sólo usan de unas pieles ó pequeños
zamarros, dejando desnuda gran parte del cuerpo»; «_cuius res nulla est
ocultatio. quod et promiscui in fluminibus perluuntur, et pellibus aut
rhenonum tegumentis utuntur magna corporis parte nuda_.» (César, _De
bel. gall._, L. 6.)

Heme visto obligado á contestar á textos con textos, disipando los
castillos aéreos levantados por el prurito de cavilar y de andar en
busca de causas extrañas en la explicación de fenómenos cuyo origen se
encuentra fácilmente, apelando con sinceridad y buena fe á lo que nos
enseñan de consuno la filosofía y la historia. Así era menester, dado
que se trataba de esclarecer uno de los puntos más delicados de la
historia del linaje humano, de buscar la procedencia de uno de los más
fecundos elementos de la civilización europea: se trataba nada menos
que de comprender la organización de la familia, es decir, de fijar uno
de los polos sobre que gira el eje de la sociedad.

Gloríese enhorabuena el Protestantismo de haber introducido el
divorcio, de haber despojado el matrimonio del bello y sublime carácter
de sacramento, de haber substraído del cuidado y de la protección de
la Iglesia el acto más importante de la vida del hombre; gócese en
las destrucciones de los sagrados asilos de las vírgenes consagradas
al Señor, y en sus declamaciones contra la virtud más angelical y más
heroica: nosotros, después de haber defendido la doctrina y la conducta
de la Iglesia católica en el tribunal de la filosofía y de la historia,
concluiremos invocando el fallo, no precisamente de la alta filosofía,
sino del simple buen sentido, de las inspiraciones del corazón.[3]



CAPITULO XXVIII


Al enumerar en el capítulo XX los principales caracteres que distinguen
la civilización europea, señalé, como uno de ellos, «_una admirable
conciencia pública, rica de sublimes máximas morales, de reglas de
justicia y equidad, y de sentimientos de pundonor y decoro, conciencia
que sobrevive al naufragio de la moral privada, y que no consiente
que el descaro de la corrupción llegue al exceso de los antiguos_».
Ahora es menester explicar con alguna extensión en qué consiste esa
conciencia pública, cuál es su origen, y cuáles sus resultados,
indagando al propio tiempo la parte que en formularla ha cabido, así
al Protestantismo como al Catolicismo. Cuestión importante y delicada,
y que, sin embargo, me atrevería á decir que está intacta; pues que
no sé que nadie se haya ocupado en ella. Se habla continuamente de
la excelencia de la moral cristiana, y en este punto están acordes
los hombres de todas las sectas y escuelas de Europa; pero no se
fija bastante la atención en el modo con que esa moral ha llegado á
dominarlo todo, desalojando primero la corrupción del paganismo, y
manteniéndose después, á pesar de los estragos de la incredulidad,
formando una admirable conciencia pública, cuyos beneficios disfrutamos
todos, sin apreciarlos debidamente, sin advertirlos siquiera.

Profundizaremos mejor la materia si ante todo nos formamos una idea
bien clara de lo que se entiende por conciencia. La conciencia, tomando
esta palabra en su sentido general ó más bien ideológico, significa
el conocimiento que tiene cada cual de sus propios actos. Así se dice
que el alma tiene conciencia de sus pensamientos, de los actos de su
voluntad, de sus sensaciones; por manera que, tomada en esta acepción
la palabra conciencia, expresa una percepción de lo que estamos
haciendo ó padeciendo.

Trasladada esta palabra al orden moral, significa el juicio que
formamos de nuestras acciones, en cuanto son buenas ó malas. Así,
antes de ejercer una acción, la conciencia nos la señala como buena ó
mala, y, de consiguiente, como lícita ó ilícita, dirigiendo de este
modo nuestra conducta; así, después de haberla ejercido, nos dice la
conciencia si hemos obrado bien ó mal, excusándonos ó condenándonos,
premiándonos con la tranquilidad del corazón ó atormentándonos con el
remordimiento.

Previas estas aclaraciones, no será difícil concebir la que debe
entenderse por conciencia pública; la cual no es otra cosa que el
juicio que forma sobre las acciones la generalidad de los hombres;
resultando de esto que, así como la conciencia privada puede ser recta
ó errónea, ajustada ó lata, lo propio sucede con la pública; y que
entre la generalidad de los hombres de distintas sociedades ha de
mediar una diferencia semejante á la que se nota en este punto entre
los individuos. Es decir, que, así como en una misma sociedad se
encuentran hombres de una conciencia más ó menos recta, más ó menos
errónea, más ó menos ajustada, más ó menos lata, deben encontrarse
también sociedades que aventajan á otras en formar el juicio más ó
menos acertado sobre la moralidad de las acciones, y que sean en este
punto más ó menos delicadas.

Si bien se observa, la conciencia del individuo es el resultado de
varias causas muy diferentes. Es un error el creer que la conciencia
esté sólo en el entendimiento; tiene raíces en el corazón. La
conciencia es un juicio, es verdad; pero juzgamos de las cosas de
una manera muy diferente, según el modo con que las sentimos, y si á
esto se añade que, en tratándose de ideas y acciones morales, tienen
muchísima influencia los sentimientos, resulta que la conciencia
se forma bajo el influjo de todas las causas que obran con alguna
eficacia sobre nuestro corazón. Comunicad á los niños los mismos
principios morales, dándoles la enseñanza por un mismo libro y por un
mismo maestro; pero suponed que el uno vea en su propia familia la
aplicación continua de la instrucción que recibe, cuando el otro no
observa más en la suya que tibieza ó distracción. Suponed, además,
que estos dos niños entran en la adolescencia con la misma convicción
religiosa y moral, de suerte que, por lo tocante á su entendimiento, no
se descubra entre los dos la menor diferencia. ¿Creéis, sin embargo,
que su juicio será idéntico sobre la moralidad de las acciones que se
les vaya ofreciendo? Es cierto que no. Y esto, ¿por qué? Porque el uno
no tiene más que convicciones, el otro tiene, además, los sentimientos;
en el uno la doctrina ilustraba la mente, en el otro venía el ejemplo
continuo á grabar la doctrina en el corazón. Así es que lo que aquél
mirará con indiferencia, éste lo contemplará con horror; lo que el
primero practicará con descuido, el segundo lo practicará con mucho
cuidado; lo que para el uno será objeto de mediano interés, será para
el otro de alta importancia.

La conciencia pública, que en último resultado viene á ser en cierto
modo la suma de las conciencias privadas, está sujeta á las mismas
influencias á que lo están éstas: por manera que tampoco le basta la
enseñanza, sino que le es necesario, además, el concurso de otras
causas que pueden, no sólo instruir el entendimiento, sino formar el
corazón. Comparando la sociedad cristiana con la pagana, échase de ver
al instante que en esta parte debe aquélla encontrarse muy superior á
ésta, no sólo por la pureza de su moral y la fuerza de los principios
y motivos con que la sanciona, sino también porque sigue el sabio
sistema de inculcar de continuo esa moral, consiguiendo de esta suerte
grabarla más vivamente en el ánimo de los que la aprendan y recordarla
incesantemente para que no pueda olvidarse.

Con esta continua repetición de las mismas verdades consigue el
Cristianismo lo que no pueden alcanzar las demás religiones, de las
cuales ninguna ha podido acertar en la organización y ejercicio de
un sistema tan importante. Pero, como quiera que sobre este punto me
extendí bastante en el primer tomo de esta obra (cap. XIV), no repetiré
aquí lo que dije allí, y pasaré á consideraciones particulares sobre la
conciencia pública europea.

Es innegable que en esta conciencia dominan, generalmente hablando, la
razón y la justicia. Revolved los códigos, observad los hechos, y, ni
en las leyes, ni en las costumbres, descubriréis aquellas chocantes
injusticias, aquellas repugnantes inmoralidades que encontraréis en
otros pueblos. Hay males, por cierto, y muy graves; pero al menos nadie
los desconoce, y se los llama con su nombre. No se apellida bien al
mal y mal al bien; es decir, que está en ciertas materias la sociedad
como aquellos individuos de buenos principios y de malas costumbres,
que son los primeros en reconocer que su conducta es errada, que hay
contradicción entre sus doctrinas y sus obras.

Lamentámonos con frecuencia de la corrupción de costumbres, del
libertinaje de nuestras capitales; pero, ¿qué son la corrupción y el
libertinaje de las sociedades modernas, si se los compara al desenfreno
de las sociedades antiguas? No puede negarse que hay en algunas
capitales de Europa una corrupción espantosa. En los registros de la
policía figuran un asombroso número de mujeres perdidas; en los de las
casas de beneficencia, el de los niños expósitos; y en las casas más
acomodadas hacen dolorosos estragos la infidelidad conyugal y todo
linaje de disipación y desorden. Sin embargo, los excesos no llegan
ni de mucho al extremo en que los vemos entre los pueblos más cultos
de la antigüedad, como son los griegos y romanos. Por manera que
nuestra sociedad, tal como nosotros la vemos con harta pena, hubiérales
parecido á ellas un modelo de pudor y de decoro. ¿Será menester
recordar los nefandos vicios, tan comunes y tan públicos entonces,
y que ahora apenas se nombran entre nosotros, ó por cometerse muy
raras veces, ó porque, temiendo la mirada de la conciencia pública,
se ocultan en las más densas sombras, como debajo de las entrañas de
la tierra? ¿Será necesario traer á la memoria las infamias de que
están mancillados los escritos de los antiguos cuando nos retratan
las costumbres de su tiempo? Nombres ilustres, así en las ciencias
como en las armas, han pasado á la posteridad con manchas tan negras,
que, no sin dificultad, se estampan ahora en un escrito; y esto nos
revela la profunda corrupción en que yacerían sumidas todas las
clases, cuando se sabía, ó al menos se sospechaba, que hasta tal punto
se habían degradado los hombres que por su elevada posición y demás
circunstancias eran las lumbreras que guiaban la sociedad en su marcha.

¿Habláis de la codicia, de esa sed de oro que todo lo invade y
marchita? Pues mirad á esos usureros que chupaban la sangre del
pueblo por todas partes: leed los poetas satíricos, y allí veréis
lo que eran en este punto las costumbres; consultad los anales de
la Iglesia, y veréis sus trabajos para atenuar las males de ese
vicio. Leed los monumentos de la historia romana, y encontraréis
la _maldita sed de oro_, y los desapiadados pretores robando sin
pudor, llevando á Roma en triunfo el fruto de sus rapiñas, para vivir
allí con escandaloso fausto y comprar los sufragios que habían de
levantarlos á nuevos mandos. No, en la civilización europea, entre
pueblos educados por el Cristianismo, no se tolerarían por tanto tiempo
tamaños males; supóngase el desgobierno, la tiranía, la corrupción de
costumbres, hasta el punto que se quiera; pero la conciencia pública
levantará su voz, dará una mirada ceñuda á los opresores; si bien
podrán cometerse tropelías parciales, jamás la rapiña se erigirá
en un sistema seguido sin rebozo, como una pauta de gobierno. Esas
palabras de _justicia_, de _moralidad_, de _humanidad_, que sin cesar
resuenan entre nosotros, y no como palabras vanas, sino produciendo
efectos inmensos, y evitando grandes males, están como impregnando
nuestra atmósfera, las respiramos, detienen mil y mil veces la mano
del culpable, y, resistiendo con increíble fuerza á las doctrinas
materialistas y utilitarias, continúan ejerciendo en la sociedad un
efecto incalculable. Hay un sentimiento de moralidad que todo lo
suaviza y domina, sentimiento cuya fuerza es tanta, que obliga al vicio
á conservar las apariencias de la virtud, á encubrirse con cien velos,
si no quiere ser el objeto de la execración pública.

La sociedad moderna parece que debió heredar la corrupción de la
antigua, supuesto que se formó de los fragmentos de ella, y esto en la
época en que la disolución de costumbres había llegado al mayor exceso.
Es notable, además, que la irrupción de los bárbaros estuvo tan lejos
de mejorar la situación, que, antes bien, contribuyó á empeorarla. Y
esto, no sólo por la corrupción propia de sus costumbres brutales y
feroces, sino también por el desorden que introdujeron en los pueblos
invadidos, quebrantando la fuerza de las leyes, convirtiendo en un caos
los usos y costumbres, y aniquilando toda autoridad.

De lo que resulta que es tanto más singular la mejora de la conciencia
pública que distingue á los pueblos europeos, y que no puede atribuirse
á otra causa que á la influencia del vital y poderoso principio que
obró en el seno de Europa por largos siglos.

Es sobremanera digna de observarse la conducta seguida en este punto
por la Iglesia, siendo quizá uno de los hechos más importantes que
se encuentran en la historia de la Edad media. Colocaos en un siglo
cualquiera, en un siglo en que la corrupción y la injusticia levanten
más erguida la frente, y siempre observaréis que, por más repugnante,
por más impuro que sea el hecho, la ley es siempre pura: es decir,
que la razón y la justicia tenían siempre quien las proclamaba, aun
cuando pareciese que por nadie debían ser escuchadas. Las tinieblas
de la ignorancia eran densas en extremo, las pasiones desenfrenadas
no reconocían dique que alcanzase á contenerlas; pero la enseñanza,
las amonestaciones de la Iglesia no faltaban jamás, como en una
noche tenebrosa brilla á lo lejos el faro que indica á los perdidos
navegantes la esperanza de salvamento.

Al leer la historia de la Iglesia, cuando se ven por todas partes
reuniones de concilios proclamando los principios de la moral
evangélica, mientras se tropieza á cada paso con hechos los más
escandalosos; cuando se oye sin cesar inculcado el derecho tan
quebrantado y pisoteado por el hecho, pregúntase uno naturalmente:
¿de qué sirve todo esto? ¿de qué sirven las palabras cuando están en
completa discordancia con las cosas? No creáis, sin embargo, que esta
proclamación sea inútil, no os desaliente el tener que esperar siglos
para recoger el fruto de esa palabra.

Cuando por espacio de mucho tiempo se proclama en medio de una sociedad
un principio, al cabo este principio llega á ejercer su influencia;
y, si es verdadero, y entraña, por consiguiente, un elemento de vida,
al fin prevalece sobre los demás que se le oponen y se hace dueño
de cuanto le rodea. Dejad, pues, á la verdad que hable, dejadla
que proteste, y que proteste sin cesar; esto impedirá que el vicio
prescriba, esto le dejará siempre con su nombre propio, esto impedirá
al hombre insensato de divinizar sus pasiones, de colocarlas sobre los
altares, después de haberlas adorado en su corazón.

No lo dudéis: esa protesta no será inútil; la verdad saldrá, al fin,
victoriosa y triunfante: que la protesta de la verdad es la voz del
mismo Dios, que condena las usurpaciones de su criatura.

Así sucedió, en efecto: la moral cristiana, en lucha primero con las
disolutas costumbres del imperio y después con la brutalidad de los
bárbaros, tuvo que atravesar muchos siglos sufriendo rudas pruebas;
pero, al fin, triunfó de todo y llegó á dominar la legislación y las
costumbres públicas. Y no es esto decir que ni á aquélla ni á éstas
pudiera elevarlas al grado de perfección que reclama la pureza de la
moral evangélica; pero sí que hizo desaparecer las injusticias más
chocantes, desterró los usos más feroces, enfrenó la procacidad de
las costumbres más desenvueltas, y logró, por fin, que el vicio fuera
llamado en todas partes por su nombre, que no se le disfrazase con
mentidos colores, que no se le divinizase con la impudencia intolerable
con que se hacía entre los antiguos.

En los tiempos modernos, tiene que luchar con la escuela que proclama
el interés privado como único principio de moral; y, si bien es verdad
que no alcanza á evitar que esta funesta enseñanza acarree grandes
males, no deja, sin embargo, de disminuirlos. ¡Ay del mundo, el día en
que pudiera decirse sin rebozo: _mi virtud es mi utilidad, mi honor
es mi utilidad; todo es bueno ó malo, según que me proporciona una
sensación grata ó ingrata_! ¡Ay del mundo, el día en que la conciencia
pública no rechazase con indignación tan impudente lenguaje!

La oportunidad que se brinda, y el deseo de aclarar más y más tan
importante materia, me inducen á presentar algunas observaciones sobre
una opinión de Montesquieu relativa á los censores de Grecia y Roma. Si
hay digresión, no será inoportuna.



CAPITULO XXIX


Montesquieu ha dicho que las repúblicas se conservan por la virtud y
las monarquías por el honor: observando, además, que este honor hace
que no sean necesarios entre nosotros los _censores_, como lo eran
entre los antiguos. Es muy cierto que en las sociedades modernas no
existen esos _censores_ encargados de velar por la conservación de las
buenas costumbres; pero no lo es que la causa de esta diferencia sea la
señalada por el ilustre publicista. Las sociedades cristianas tienen
en los ministros de la religión los _censores natos_ de las costumbres.
La plenitud de esta magistratura la posee la Iglesia, con la diferencia
de que el poder censorio de los antiguos era una autoridad puramente
civil, y el de la Iglesia, un poder religioso, que tiene su origen y su
sanción en la autoridad divina.

La religión de Grecia y Roma no ejercía ni podía ejercer sobre las
costumbres ese poder censorio, bastando para convencerse de esta verdad
el notable pasaje de San Agustín que llevo copiado en el capítulo
XIV, pasaje tan interesante en esta materia, que me atreveré á pedir
la repetición de su lectura. He aquí la razón de que se encuentren en
Grecia y Roma los censores, que no se vieron después en los pueblos
cristianos. Esos censores eran un suplemento de la religión pagana y
mostraban á las claras su impotencia; pues que, siendo dueña de toda la
sociedad, no alcanzaba á cumplir una de las primeras misiones de toda
religión, que es el vigilar sobre las costumbres. Tanta verdad es lo
que acabo de observar, que así que han menguado en los pueblos modernos
la influencia de la religión y el ascendiente de sus ministros, han
aparecido de nuevo en cierto modo los antiguos _censores_ en la
institución que llamamos _policía_: cuando faltan los medios morales,
es indispensable echar mano de los físicos; á la persuasión se
substituye la violencia; y, en vez del misionero caritativo y celoso,
encuentra el culpable al encargado de la fuerza pública.

Mucho se ha escrito ya sobre el sistema de Montesquieu con respecto á
los principios que sirven de base á las diferentes formas de gobierno,
pero quizás no se ha reparado todavía en el fenómeno que, observado
por el publicista, contribuyó á deslumbrarle. Como esto se enlaza
íntimamente con el punto que acabo de tocar sobre las causas de la
existencia de los censores, desenvolveré con alguna extensión las
indicaciones que acabo de presentar.

En tiempo de Montesquieu no era la religión cristiana tan
profundamente conocida como lo es ahora con respecto á su importancia
social, y, si bien en este punto le tributó el autor del _Espíritu de
las leyes_ un cumplido elogio, es menester no olvidar cuáles habían
sido en los años de su juventud sus preocupaciones anticristianas;
y hasta conviene tener presente que en su _Espíritu de las leyes_
dista mucho de hacer á la verdadera religión la justicia que le es
debida. Estaban á la sazón en su ascendiente las ideas de la filosofía
irreligiosa que años después arrastró á tantos malogrados ingenios;
y Montesquieu no tuvo bastante fuerza para sobreponerse del todo al
espíritu que tanto cundía, y que amenazaba invadirlo y dominarlo todo.

Combinábase con esta causa, otra que, aunque en sí distinta, reconocía,
sin embargo, el mismo origen, y era: la prevención favorable por
todo lo antiguo, una admiración ciega por todo lo que era griego ó
romano. Parecíales á los filósofos de dicha época que la perfección
social y política había llegado al más alto punto entre aquellos
pueblos; que poco ó nada se les podía añadir ni quitar; y que hasta
en religión eran mil veces preferibles sus fábulas y sus fiestas, á
los dogmas y al culto de la religión cristiana. Á los ojos de los
nuevos filósofos, el cielo del Apocalipsis no podía sufrir parangón
con el cielo de los Campos Elíseos; la majestad de Jehová era inferior
á la de Júpiter; todas las más altas instituciones cristianas eran
un legado de la ignorancia y del fanatismo; los establecimientos más
santos y benéficos eran obra de miras torcidas, la expresión y el
vehículo de sórdidos intereses; el poder público no era más que atroz
tiranía; sólo eran bellas, sólo eran justas, sólo eran saludables las
instituciones paganas: allí todo era sabio, todo abrigaba designios
profundos, altamente provechosos á la sociedad; sólo los antiguos
habían disfrutado de las ventajas sociales, sólo ellos habían acertado
á organizar un poder público con garantías para la libertad de los
ciudadanos. Los pueblos modernos debían llorar con lágrimas de amargura
por no poder disfrutar del bullicio del foro. por no oir oradores como
Demóstenes y Cicerón, por carecer de los juegos olímpicos, por no poder
asistir al pugilato de los atletas, por no serles dado profesar una
religión que, si bien llena de ilusiones y mentiras, daba, sin embargo,
á la naturaleza toda un interés dramático, animando sus fuentes, sus
ríos, sus cascadas y sus mares, poblando de hermosas ninfas los campos,
las praderas y los bosques, dando al hombre dioses compañeros del hogar
doméstico, y, sobre todo, haciendo la vida más llevadera y agradable
con soltar la rienda á las pasiones, supuesto que las divinizaba bajo
las formas más hechiceras.

Al través de semejantes preocupaciones, ¿cómo era posible comprender
las instituciones de la Europa moderna? Todo se trastornaba de un modo
deplorable; todo lo existente se condenaba sin apelación, y quien
saliera á su defensa, era reputado por hombre ó de pocos alcances, ó de
mala fe, y que no podía contar con otro apoyo que el que le dispensaban
los gobiernos todavía preocupados en favor de una religión y de unas
instituciones que, según todas las probabilidades, habían de perecer á
no lardar. ¡Lamentables aberraciones del espíritu humano! ¿Qué dirían
aquellos escritores si ahora se levantasen de la tumba? ¡Y todavía
no ha pasado un siglo desde la época en que empezó á ser influyente
su escuela! ¡Y sus discípulos han sido por largo tiempo dueños de
arreglar el mundo como bien les ha parecido! ¡Y no han hecho más que
hacer derramar torrentes de sangre, amontonando nuevos escarmientos y
desengaños en la historia de la humanidad!

Pero volvamos á Montesquieu. Este publicista, que tanto se resintió
de la atmósfera que le rodeaba, y que también no dejó de tener alguna
parte en malearla, advirtió los hechos que de bulto se presentan á los
ojos del observador, y cuáles son los efectos de la conciencia pública
creada entre los pueblos europeos por la influencia cristiana; pero,
notando los efectos, no se remontó á la verdadera causa, y así se
empeñó en ajustarlos de todos modos al sistema que había imaginado.
Comparando la sociedad antigua con la moderna, descubrió una notable
diferencia en la conducta de los hombres, observando que entre nosotros
se ejercen las acciones más heroicas y más bellas y se evitan, por una
parte, muchos vicios que contaminaban á los antiguos; cuando, por otra
parte, se echa de ver que los hombres de nuestras sociedades no siempre
tienen aquel alto temple moral que debiera de ser la causa regular de
esta conducta. La codicia, la ambición, el amor de los placeres y demás
pasiones, reinan todavía en el mundo, bastando dar una mirada en torno,
para descubrirlas por doquiera; y, sin embargo, estas pasiones no se
desmandan hasta tal punto que se entreguen á los excesos que lamentamos
en los antiguos: hay un freno misterioso que las contiene; antes de
arrojarse sobre el cebo que las brinda, dan siempre al rededor de sí
una cautelosa mirada; no se atreven á ciertos excesos, á no ser que
puedan contar de seguro con un velo que las encubra. Temen de un modo
particular la vista de los hombres: no pueden vivir sino en la soledad
y en las tinieblas. ¿Cuál es la causa de este fenómeno? se preguntaba
á sí mismo el autor del _Espíritu de las leyes_. «Los hombres, diría,
obran muchas veces, no por virtud moral, sino por consideración al
juicio que de las acciones formarán los demás: esto es obrar por
honor; éste es un hecho que se observa en Francia y en las demás
monarquías de Europa: éste será, pues, un carácter distintivo de los
gobiernos monárquicos; ésta será la base de esa forma política; ésta la
diferencia de la república y del despotismo.»

Oigamos al mismo autor: «¿En qué clase de gobierno son necesarios
los censores? En una república donde el principio del gobierno es la
virtud. No son solamente los crímenes lo que destruye la virtud, sino
también las negligencias, las faltas, cierta tibieza en el amor de la
patria, los ejemplos peligrosos, las semillas de corrupción, lo que sin
chocar con las leyes las elude, y sin destruirlas las enflaquece. Todo
esto debe ser corregido por los censores.

»En las monarquías no son necesarios por estar fundadas en el
honor, y la naturaleza de éste es el tener _por censor á todo el
universo_. Cualquiera que falte al honor, se encuentra expuesto á las
reconvenciones de los mismos que carecen de él.» (_Espíritu de las
leyes_, lib. V, cap. XIX). He aquí lo que pensaba este publicista. Sin
embargo, reflexionando sobre la materia, se echa de ver que padeció una
equivocación trasladando al orden político, y explicando por causas
meramente políticas, un hecho puramente social. Montesquieu señala
como característico de las monarquías lo que es general á todas las
sociedades modernas, y parece que no comprendió la verdadera causa de
que en éstas no haya sido necesaria la institución de censores, así
como no alcanzó el verdadero motivo de esta necesidad en las repúblicas
antiguas.

Las formas monárquicas no han dominado exclusivamente en Europa. Se
han visto en ella poderosas repúblicas, y se encuentra todavía alguna
nada despreciable. La misma monarquía ha sufrido muchas modificaciones,
aliándose, ora con la democracia, ora con la aristocracia, ora
ejerciendo un poder sin límites, ora obrando en círculos más ó menos
dilatados; y, sin embargo, se encuentra por todas partes ese freno de
que habla Montesquieu, y que apellida _honor_; es decir, un poderoso
estímulo para hacer buenas acciones y un robusto dique para evitar las
malas, por consideración al juicio que de nosotros formarán los demás.

«En las monarquías, dice Montesquieu, no se necesitan censores; ellas
están fundadas sobre el honor, y es de la naturaleza del honor el tener
por censor á todo el universo»; palabras notables que nos revelan todo
el pensamiento del escritor, y que, al propio tiempo, nos indican el
origen de su equivocación. Estas mismas palabras nos servirán de clave
para descifrar el enigma. Para hacerlo cual conviene á la importancia
de la materia, y con la claridad que se necesita en un objeto que
por las complicadas relaciones que abarca ofrece alguna confusión,
procuraré presentar las ideas con la mayor precisión posible.

El respeto al juicio de los demás es innato en el hombre: y, de
consiguiente, está en su misma naturaleza el que haga ó evite muchas
cosas, por consideración á este juicio. Esto se funda en un hecho
tan sencillo como es el amor de nuestra buena reputación, el deseo
de parecer bien ó el temor de parecer mal á los ojos de nuestros
semejantes. Esto, de puro claro y sencillo, no necesita ni aun
consiente pruebas ni comentarios.

El honor es un estímulo más ó menos vivo, ó un freno más ó menos
poderoso, según la mayor ó menor severidad de juicio que supongamos
en los demás. Por esta causa, entre personas generosas hace el tacaño
un esfuerzo por parecer liberal; así como el pródigo se limita, si se
halla entre compañeros amantes de la economía. En una reunión donde
la generalidad de los concurrentes sea morigerada, se mantienen en la
línea del deber aun los libertinos; cuando en otra donde campee la
licencia, llegan á permitirse cierta libertad hasta los habitualmente
severos de costumbres.

La sociedad en que vivimos es una gran reunión: si sabemos que dominan
en ella principios severos, si oímos proclamadas por todas partes
las reglas de la sana moral, si conceptuamos que la generalidad de
los hombres con quienes vivimos llama á cada acción con su verdadero
nombre, sin que falsee su juicio el desarreglo que tal vez pueda haber
en su conducta, entonces nos veremos rodeados por todas partes de
testigos y de jueces, á cuya corrupción no podemos alcanzar: y esto
nos detendrá á cada paso en los deseos de obrar mal, nos impulsará de
continuo á portarnos bien.

Muy de otra suerte sucederá si nos prometemos indulgencia en la
sociedad que nos rodea: entonces, aun suponiéndonos con las mismas
convicciones, el vicio no nos parecerá tan feo, ni el crimen tan
detestable, la corrupción tan asquerosa; serán muy diferentes nuestros
pensamientos con respecto á la moralidad de nuestra conducta, y,
andando el tiempo, llegarán á resentirse nuestras acciones de la
influencia funesta de la atmósfera en que vivimos.

De esto se infiere que, para formar en nuestro corazón el sentimiento
del honor, de manera que sea bastante eficaz para evitar el mal y
producir el bien, conviene que dominen en la sociedad sanos principios
de moral, de suerte que sean una creencia generalmente arraigada. Si
esto se consigue, se llegará á formar ciertos hábitos sociales, que
moralizarán las costumbres, y que, aun cuando no alcancen á prevenir
la corrupción de muchos individuos, serán bastantes, sin embargo, á
obligar al vicio á cubrirse con ciertas formas, que, por más hipócritas
que sean, no dejarán de contribuir al decoro de las costumbres.

Los saludables efectos de estos hábitos durarán todavía después de
debilitadas considerablemente las creencias que servían de base á los
principios morales; y la sociedad recogerá en abundancia beneficiosos
frutos del mismo árbol que desprecia ó descuida. Ésta es la historia de
la moralidad de las sociedades modernas, que, si bien corrompidas de
un modo lamentable, no lo son tanto, sin embargo, como las antiguas, y
conservan en su legislación y en sus costumbres un fondo de moralidad
y decoro que no han podido destruir los estragos de las ideas
irreligiosas.

Consérvase todavía la conciencia pública: ella censura todos los
días al vicio y encarece la hermosura y las ventajas de la virtud;
reina sobre los gobiernos y sobre los pueblos, y ejerce el poderoso
ascendiente de un elemento esparcido por todas partes, como
desparramado en la atmósfera que respiramos.

«Á más del Areópago, dice Montesquieu, había en Atenas guardianes de
las costumbres, y guardianes de las leyes; en Lacedemonia todos los
ancianos eran censores; en Roma tenían este encargo los magistrados
particulares; así como el Senado vigila sobre el pueblo, es menester
que haya censores que á su vez vigilen así al pueblo como al Senado:
ellos deben restablecer en la república todo lo que se ha corrompido,
notar la tibieza, juzgar las negligencias y corregir las faltas, como
las leyes castigan los crímenes.» (_Espíritu de las leyes_, lib. V,
cap. VII.) No parece sino que el autor del _Espíritu de las leyes_ se
propone retratar las funciones de un poder religioso, describiéndonos
las atribuciones de los censores antiguos. Alcanzar á donde no llegan
las leyes civiles, corregir y castigar á su modo lo que éstas dejan
impune, ejercer sobre la sociedad una influencia más delicada, más
minuciosa, de la que pertenece al legislador: he aquí el objeto de
los censores. ¿Y quién no ve que este poder está muy bien reemplazado
por el poder religioso, y que, si aquél no ha sido necesario en las
sociedades modernas, debe atribuirse, ó á la presencia de éste, ó al
resultado de su acción ejercida por largos siglos?

Que este poder religioso obró por largo tiempo sobre todos los
entendimientos y los corazones con un ascendiente decisivo, es un hecho
consignado en todas las páginas de la historia de Europa; y cuál haya
sido el resultado de esa influencia saludable, tan calumniada y tan
mal comprendida, lo estamos palpando nosotros, que vemos dominantes
todavía en el pensamiento, en la conciencia pública, los principios de
justicia y de sana moral, á pesar de los estragos que han causado en la
conciencia particular las doctrinas irreligiosas é inmorales.

Para dar mejor á comprender el poderoso influjo de esa conciencia,
será bien hacerlo sensible con algún ejemplo. Supóngase que el
magnate más opulento, que el monarca más poderoso, se entregue á los
abominables excesos á que se abandonaron los Tiberios, los Nerones,
y otros monstruos que mancharon el solio del imperio. ¿Qué sucederá?
No lo sabemos; pero lo cierto es que nos parece ver levantado tan
alto el grito de reprobación y de horror universal, parécenos ver al
monstruo tan abrumado bajo el peso de la execración pública, que se nos
hace hasta imposible que este monstruo pueda existir. Nos parece un
anacronismo, un absurdo de la época, y no porque no pensemos que haya
algunos hombres bastante inmorales para semejantes infamias, bastante
pervertidos de entendimiento y de corazón para ofrecer ese espectáculo
de ignominia, sino porque vemos que eso choca, se estrella contra las
costumbres universales, y que un escándalo semejante no podría durar un
momento á los ojos de la conciencia pública.

Infinitos contrastes podría presentar, pero me contentaré con otro que,
recordando un bello pasaje de la historia antigua, y pintándonos la
virtud de un héroe, nos retrata las costumbres de una época, y el mal
estado de la conciencia pública. Supóngase que un general de nuestra
Europa moderna toma por asalto una plaza, donde una señora distinguida,
esposa de uno de los principales caudillos del ejército enemigo, cae en
manos de la soldadesca. Presentada al general la hermosa prisionera,
¿cuál debe ser la conducta del vencedor? Claro es que nadie vacilará un
momento en afirmar que la señora debe ser tratada con el miramiento más
delicado, que debe dejársela desde luego libre, permitiéndole que vaya
á reunirse con su esposo, si ésta fuera su voluntad. Esta conducta la
encontramos nosotros tan obligatoria, tan en el orden regular de las
cosas, tan conforme á todas nuestras ideas y sentimientos, que á buen
seguro no haríamos un mérito particular por ella á quien la hubiese
observado. Diríamos que el general vencedor cumplió con un deber
riguroso, sagrado, de que le era imposible prescindir, si no quería
cubrirse de baldón y de ignominia. Por cierto que no encomendaríamos
á la historia el cuidado de inmortalizar un hecho semejante; lo
dejaríamos pasar desapercibido en el curso regular de los sucesos
comunes. Pues bien: esto hizo Escipión en la toma de Cartagena con la
mujer de Mardonio; y la historia antigua nos recuerda esta generosidad
como un eterno monumento de las virtudes del héroe. Este parangón
explica mejor que todo comentario el inmenso progreso de las costumbres
y de la conciencia pública bajo la influencia cristiana.

Y esta conducta, que entre nosotros es considerada como muy regular y
como estrictamente obligatoria, no trae su origen del honor monárquico,
como pretendería Montesquieu; sino de la mayor elevación de ideas sobre
la dignidad del hombre, de un conocimiento más claro de las verdaderas
relaciones sociales, de una moral más pura, más fuerte, porque está
sentada sobre cimientos eternos. Esto que se encuentra en todas partes,
que se hace sentir por doquiera, que ejerce su predominio sobre los
buenos, y que impone respeto aun á los malos, sería el poderoso
obstáculo que se atravesara á los pasos del hombre inmoral que en casos
semejantes se empeñase en dar rienda suelta á su crueldad, ó á otras
pasiones.

El claro entendimiento del autor del _Espíritu de las leyes_ hubiera
reparado, sin duda, en estas verdades, á no estar preocupado por su
distinción favorita, que, establecida desde el comienzo de su obra,
la sujeta toda á un sistema inflexible. Y bien sabido es lo que son
los sistemas, cuando, concebidos de antemano, sirven como de matriz
á una obra. Son el verdadero lecho de tormento de las ideas y de los
sucesos; de buen ó de mal grado, todo se ha de acomodar al sistema: lo
que sobra, se trunca; lo que falta, se añade. Así vemos que la razón de
la tutela de las mujeres romanas la encuentra también Montesquieu en
motivos políticos fundados en la forma republicana; y el derecho atroz
concedido á los padres sobre los hijos, la potestad patria, que tan
ilimitada establecían las leyes romanas, pretende que dimanaba también
de razones políticas. Como si no fuera evidente que el origen de una y
otra de estas disposiciones del antiguo derecho romano, debe referirse
á razones puramente domésticas y sociales, del todo independientes de
la forma de gobierno.[4]



CAPITULO XXX


Definida la naturaleza de la conciencia pública, señalado su origen,
é indicados sus efectos, fáltanos ahora preguntar si se pretenderá
también que el Protestantismo haya tenido parte en formarla,
atribuyéndole de esta suerte la gloria de haber servido también en este
punto á perfeccionar la civilización europea.

Se ha demostrado ya que el origen de la conciencia pública se hallaba
en el Cristianismo. Éste puede considerarse bajo dos aspectos: ó
como una doctrina, ó como una institución para realizar la doctrina;
es decir, que la moral cristiana podemos mirarla, ó en sí misma, ó
en cuanto es enseñada ó inculcada por la Iglesia. Para formar la
conciencia pública, haciendo prevalecer en ella la moral cristiana,
no era bastante la aparición de esa doctrina; sino que era precisa
la existencia de una sociedad que, no sólo la conservase en toda su
pureza para irla transmitiendo de generación en generación, sino que
la predicase sin cesar á los hombres, haciendo de ella aplicaciones
continuas á todos los actos de la vida. Conviene observar que, por
más poderosa que sea la fuerza de las ideas, tienen, sin embargo, una
existencia precaria hasta que han llegado á realizarse, haciéndose
sensibles, por decirlo así, en alguna institución, que, al paso que
reciba de ellas la vida y la dirección de su movimiento, les sirva á
su vez de resguardo contra los ataques de otras ideas ó intereses. El
hombre está formado de cuerpo y alma, el mundo entero es un complexo
de seres espirituales y corporales, un conjunto de relaciones morales
y físicas; y así es que una idea, aun la más grande y elevada, si
no tiene una expresión sensible, un órgano por donde hacerse oir y
respetar, comienza por ser olvidada, queda confundida y ahogada en
medio del estrépito del mundo, y, al cabo, viene á desaparecer del
todo. Por esta causa, toda idea que quiere obrar sobre la sociedad,
que pretende asegurar un porvenir, tiende, por necesidad, á crear
una institución que la represente, que sea su personificación; no
se contenta con dirigirse á los entendimientos, descendiendo así al
terreno de la práctica sólo por medios indirectos, sino que se empeña,
además, en pedir á la materia sus formas, para estar de bulto á los
ojos de la humanidad.

Estas reflexiones, que someto con entera confianza al juicio de
los hombres pensadores y sensatos, son la condenación del sistema
protestante; manifestando que, tan lejos está la pretendida Reforma
de poderse atribuir ninguna parte en el saludable fenómeno cuya
explicación nos ocupa, que, antes bien, debe decirse que por sus
principios y conducta le hubiera impedido, si afortunadamente en el
siglo XVI la Europa no se hubiese hallado en edad adulta, y, por
consiguiente, poco menos que incapaz de perder las doctrinas, los
sentimientos, los hábitos, las tendencias, que le había comunicado la
Iglesia católica con una educación continuada por espacio de tantos
siglos.

En efecto: lo primero que hizo el Protestantismo fué atacar á la
autoridad; y no como un simple acto de resistencia, sino proclamando
esta resistencia como un verdadero derecho, erigiendo en dogmas el
examen particular y el espíritu privado. Con este solo paso quedaba la
moral cristiana sin apoyo; porque no había una sociedad que pudiera
pretender derecho á explicarla, ni á enseñarla; es decir, que esa
moral quedaba relegada al orden de aquellas ideas que, no estando
representadas y sostenidas por ninguna institución, no teniendo órganos
autorizados para hacerse oir, carecen de medios directos para obrar
sobre la sociedad, ni saben dónde guarecerse, en el caso de hallarse
combatidas.

Pero, se me dirá, el Protestantismo ha conservado también esa
institución que realiza la idea, conservando sus ministros, su culto,
su predicación, en una palabra, todo lo necesario para que la verdad
tuviese medios para llegar hasta el hombre, y de estar con él en
comunicación continua. No negaré lo que haya aquí de verdad, y hasta
recordaré que en el capítulo XIV de esta obra no tuve reparo en afirmar
«que debía juzgarse como un gran bien el que, en medio del prurito que
atormentó á los primeros protestantes de desechar todas las prácticas
de la Iglesia, conservasen, sin embargo, la de la predicación». Añadí
también en el mismo lugar «que, sin desconocer los daños que en ciertas
épocas han traído las declamaciones de algunos ministros, ó insidiosos,
ó fanáticos, sin embargo, en el supuesto de haberse roto la unidad,
en el supuesto de haber arrojado á los pueblos por el azaroso camino
del cisma, habrá influído no poco en la conservación de las ideas
más capitales sobre Dios y el hombre, y de las máximas fundamentales
de la moral, el oir con frecuencia los pueblos explicadas semejantes
verdades por quien las había estudiado de antemano en la Sagrada
Escritura». Repito aquí lo mismo que allí dije: que el haber conservado
los protestantes la predicación debía de haber producido considerables
bienes. Pero, con esto no se dice otra cosa sino que el Protestantismo,
á pesar del mucho mal que hizo, no lo llevó al extremo que era de
temer, atendidos sus principios. Parecióse en esta parte á los hombres
de malas doctrinas, quienes no son tan malos como debieran ser, si su
corazón estuviera de acuerdo con su entendimiento. Tienen la fortuna de
ser inconsecuentes. El Protestantismo había proclamado la abolición de
la autoridad, el derecho de examen sin límites; había erigido en regla
de fe y de conducta la inspiración privada; pero, en la práctica, se
apartó algún tanto de estas doctrinas. Así es que se entregó con ardor
á lo que él llamaba la predicación evangélica, y sus ministros fueron
llamados evangélicos. De suerte que, mientras se acababa de establecer
que cada individuo tenía el derecho ilimitado de examen, y que, sin
prestar oídos á ninguna autoridad externa, sólo debía escuchar los
consejos, ó de su razón, ó de su inspiración privada, se difundían por
todas partes ministros protestantes, que se pretendían los órganos
legítimos para comunicar á los pueblos la divina palabra.

Se verá todavía más lo extraño de semejante conducta, si se recuerda
la doctrina de Lutero con respecto al sacerdocio. Bien sabido es
que, embarazado el heresiarca por las jerarquías que constituyen el
ministerio de la Iglesia, pretendió derribarlas todas de una vez,
sosteniendo que todos los cristianos eran sacerdotes, sin que se
necesitase más para ejercer el sagrado ministerio que una simple
presentación; nada añadía de esencial ni característico á la calidad
de sacerdote, pues que ésta era patrimonio de todos los fieles.
Infiérese de esta doctrina que el predicador protestante carece de
misión, no tiene carácter que le distinga de los demás cristianos,
no puede ejercer, por consiguiente, sobre ellos autoridad alguna, no
puede hablar imitando á Jesucristo _quasi potestatem habens_; y, por
tanto, no es más que un orador que toma la palabra en presencia de
un auditorio, sin más derecho que el que le dan su instrucción, su
facundia, ó su elocuencia.

Esta predicación sin autoridad, predicación que, en el fondo, y por los
propios principios del predicador mismo, no era más que humana, á pesar
de que por una chocante inconsecuencia se pretendiese divina, si bien
podía contribuir algún tanto á la conservación de los buenos principios
morales que hallaba ya establecidos por todas partes, hubiera sido
impotente para plantearlos en una sociedad donde hubiesen sido
desconocidos; mayormente teniendo que luchar con otros diametralmente
opuestos, sostenidos, además, por preocupaciones envejecidas,
por pasiones arraigadas, por intereses robustos. Hubiera sido
impotente para introducir sus principios en una sociedad semejante,
y conservarlos después intactos al través de las revoluciones más
espantosas y de los trastornos más inauditos; hubiera sido impotente
para comunicarlos á pueblos bárbaros que, ufanos de sus triunfos, no
escuchaban otra voz que el instinto de su ferocidad, guiado por el
sentimiento de la fuerza; hubiera sido impotente para hacer doblegar
ante esos principios así á los vencedores como á los vencidos,
refundiéndolos en un solo pueblo, imprimiendo un mismo sello á las
leyes, á las instituciones, á las costumbres, para formar esa admirable
sociedad, ese conjunto de naciones, ó, mejor diremos, esa gran nación,
que se apellida Europa. Es decir, que el Protestantismo, por su misma
constitución, hubiera sido incapaz de realizar lo que realizó la
Iglesia católica.

Todavía más: este simulacro de predicación que ha conservado el
Protestantismo, es, en el fondo, un esfuerzo para imitar á la Iglesia,
para no quedarse desarmado en presencia de un adversario á quien tanto
temía. Érale preciso conservar un medio de influencia sobre el pueblo,
un conducto abierto para comunicarle las varias interpretaciones de la
Biblia que á los usurpadores de la autoridad les pluguiese adoptar; y
por esto conservaba la preciosa práctica de la Iglesia romana, á pesar
de las furibundas declamaciones contra todo lo emanado de la Cátedra de
San Pedro.

Pero, donde se hace notar la inferioridad del Protestantismo con
respecto al conocimiento y comprensión de los medios más á propósito
para extender y cimentar la moralidad, haciéndola dominar sobre todos
los actos de la vida, es en haber interrumpido toda comunicación de la
conciencia del fiel con la dirección del sacerdote, en no haber dejado
á éste otra cosa que una dirección general, la que, por lo mismo que se
extiende de una vez sobre todos, no se ejerce eficazmente sobre nadie.
Aun cuando no consideremos más que bajo este aspecto la abolición del
sacramento de la Penitencia entre los protestantes, puede asegurarse
que desconocieron uno de los medios más legítimos, más poderosos y
suaves, para dar á la vida del hombre una dirección conforme á los
principios de la sana moral. Acción legítima, porque legítima es la
comunicación directa, íntima, de la conciencia que debe ser juzgada
por Dios, con la conciencia de aquel que hace las veces de Dios en la
tierra. Acción poderosa, porque, establecida la íntima comunicación de
hombre á hombre, de alma con alma, se identifican, por decirlo así, los
pensamientos y los afectos, y, ausente todo testigo que no sea el mismo
Dios, las amonestaciones tienen más fuerza, los mandatos más autoridad,
y los mismos consejos penetran mejor hasta el fondo del alma, con
más unción y más dulzura. Acción suave, porque supone la espontánea
manifestación de la conciencia que se trata de dirigir, manifestación
que trae su origen de un precepto, pero que no puede ser arrancada por
la violencia, supuesto que sólo Dios puede ser el juez competente de su
sinceridad; suave, repito, porque, obligado el ministro al más estricto
secreto, y tomadas por la Iglesia todas las precauciones imaginables
para precaver la revelación, puede el hombre descansar tranquilo,
con la seguridad de que serán fielmente guardados los arcanos de su
conciencia.

Pero, se nos dirá, ¿creéis acaso que todo esto sea necesario para
establecer y conservar una buena moralidad? Si esta moralidad ha de
ser algo más que una probidad mundana, expuesta á quebrantarse al
primer encuentro con un interés, ó dejarse arrastrar por el seductor
halago de las pasiones engañosas; si ha de ser una moralidad delicada,
severa, profunda, que se extienda á todos los actos de la vida, que
la dirija, que la domine, haciendo del corazón humano ese bello ideal
que admiramos en los católicos dedicados á la verdadera observancia y
á las prácticas de su religión; si se habla de esta moralidad, repito,
es necesario que esté bajo la inspección del poder religioso, y que
reciba la dirección y las inspiraciones de un ministro del santuario en
esa abertura íntima, sincera, de todos los más recónditos pliegues del
corazón, y de los deslices á que nos conduce á cada paso la debilidad
de nuestra naturaleza. Esto es lo que enseña la religión católica, y
yo añado que esto es lo que muestra la experiencia, y lo que enseña la
filosofía. No quiero decir con esto que sólo entre los católicos sea
posible practicar acciones virtuosas; sería una exageración desmentida
por la experiencia de cada día: hablo únicamente de la eficacia con que
obra una institución católica despreciada por los protestantes; hablo
de su alta importancia para arraigar y conservar una moralidad firme,
íntima, que se extienda á todos los actos de nuestra alma.

No hay duda que hay en el hombre una monstruosa mezcla de bien y de
mal, y que no le es dado en esta vida alcanzar aquella perfección
inefable que, consintiendo en la conformidad perfecta con la verdad
y con la santidad divinas, no puede concebirse siquiera, sino para
cuando el hombre, despojado del cuerpo mortal, tendrá su espíritu
sumido en un piélago purísimo de luz y de amor. Pero no cabe duda
tampoco que, aun en esta morada terrestre, en esta mansión de miserias
y tinieblas, puede el hombre llegar á poseer esa moralidad universal,
profunda y delicada que se ha descrito más arriba: y sea cual fuere
la corrupción del mundo de que con razón nos lamentamos, es menester
confesar que se encuentran todavía en él un número considerable de
honrosas excepciones, en personas que ajustan su conducta, su voluntad,
hasta sus más íntimos pensamientos y afecciones, á la severa regla
de la moral evangélica. Para llegar á este punto de moralidad, y
cuenta que aun no decimos de perfección evangélica, sino de moralidad,
es necesario que el principio religioso esté presente con viveza á
los ojos del alma, que obre de continuo sobre ella, alentándola ó
reprimiéndola en la infinita variedad de encuentros que en el concurso
de la vida se ofrecen para apartarnos del camino del deber. La vida del
hombre es una cadena de actos infinitos en número, por decirlo así, y
que no pueden andar acordes siempre con la razón y con la ley eterna, á
no estar incesantemente bajo un regulador universal y fijo.

Y no se diga que una moralidad semejante es un bello ideal, que, aun
cuando existiera, traería consigo una tal confusión en los actos del
alma, y, por consiguiente, tal complicación en la vida entera, que ésta
llegaría á hacerse insoportable. No, no es meramente un bello ideal
lo que existe en la realidad, lo que se ofrece á menudo á nuestros
ojos, no tan sólo en el retiro de los claustros y en las sombras del
santuario, sino también en medio del bullicio y de las distracciones
del mundo. No acarrea tampoco confusión á los actos del alma ni
complica los negocios de la vida, lo que establece una regla fija. Al
contrario: lejos de confundir, aclara y distingue; lejos de complicar,
ordena y simplifica. Asentad esta regla y tendréis la unidad, y, en pos
de la unidad, el orden en todo.

El Catolicismo se ha distinguido siempre por su exquisita vigilancia
sobre la moral, y por su cuidado en arreglar todos los actos de
la vida, y hasta los más secretos movimientos del corazón. Los
observadores superficiales han declamado contra la abundancia de
moralistas, contra el estudio detenido y prolijo que se ha hecho de
los actos humanos, considerados bajo el aspecto moral; pero debían
haber observado que, si el Catolicismo es la religión en cuyo seno han
aparecido mayor número de moralistas, y donde se han examinado más
minuciosamente todas las acciones humanas, es porque esta religión
tiene por objeto moralizar al hombre todo entero, por decirlo así,
en todos sentidos, en sus relaciones con Dios, con sus semejantes y
consigo mismo. Claro es que semejante tarea trae necesariamente un
examen más profundo y detenido del que sería menester, si se tratase
únicamente de dar al hombre una moralidad incompleta, y que, no pasando
de la superficie de sus actos, no se filtrase hasta lo íntimo del
corazón.

Ya que se ha tocado el punto de los moralistas católicos, y sin
que pretenda excusar las demasías á que se hayan entregado algunos
de ellos, ora por un refinamiento de sutileza, ora por espíritu de
partidos y disputas, demasías que nunca pueden ser imputadas á la
Iglesia católica, la que, cuando no las ha reprobado expresamente,
al menos les ha hecho sentir su desagrado, obsérvase, no obstante,
que esta abundancia, este lujo, si se quiere, de estudios morales, ha
contribuído quizá más de lo que se cree á dirigir los entendimientos al
estudio del hombre, ofreciendo abundancia de datos y de observaciones
á los que se han querido dedicar posteriormente á esta ciencia
importante, que es, sin duda, uno de los objetos más dignos y más
útiles que pueden ofrecerse á nuestros trabajos. En otro lugar de
esta obra me propongo desenvolver las relaciones del Catolicismo con
el progreso de las ciencias y de las letras, y así me hallo precisado
á contentarme por ahora con las indicaciones que acabo de hacer.
Permítaseme, sin embargo, observar que el desarrollo del espíritu
humano en Europa fué principalmente teológico; y que así en el punto de
que tratamos, como en otros muchos, deben los filósofos á los teólogos
mucho más de lo que, según parece, ellos se figuran.

Volviendo á la comparación de la influencia protestante con la
influencia católica, relativamente á la formación y conservación
de una sana conciencia pública, queda demostrado que, habiendo el
Catolicismo sostenido siempre el principio de autoridad combatido por
el Protestantismo, dió á las ideas morales una fuerza, una acción, que
no hubiera podido darles su adversario, quien, por su naturaleza, por
sus mismos principios fundamentales, las ha dejado sin más apoyo que el
que tienen las ideas de una escuela filosófica.

«Pues bien, se me dirá, ¿desconocéis acaso la fuerza de las ideas,
fuerza propia, entrañada en su misma naturaleza, que tan á menudo
cambia la faz de la humanidad, decidiendo de sus destinos? ¿No sabéis
que las ideas se abren paso al través de todos los obstáculos, á pesar
de todas las resistencias? ¿Habéis olvidado lo que nos enseña la
historia entera? ¿Pretendéis despojar el pensamiento del hombre de su
fuerza vital, creadora, que le hace superior á todo cuanto le rodea?»
Tal suele ser el panegírico que se hace de la fuerza de las ideas; así
las oímos presentar á cada paso como si tuvieran en la mano la varita
mágica para cambiarlo y transformarlo todo, á merced de sus caprichos.
Respetando como el que más el pensamiento del hombre, y confesando que
en realidad hay mucho de verdadero en lo que se llama la fuerza de una
idea, me permitirán, sin embargo, los entusiastas de esta fuerza, hacer
algunas observaciones, no para combatir de frente su opinión, sino para
modificarla en lo que fuere necesario.

En primer lugar, las ideas con respecto al punto de vista desde el
cual las miramos aquí, deben distinguirse en dos órdenes: unas que
lisonjean nuestras pasiones, otras que las reprimen. Las primeras no
puede negarse que tienen una fuerza expansiva, inmensa. Circulando con
movimiento propio, obran por todas partes, ejercen una acción rápida y
violenta, no parece sino que están rebosando de actividad y de vida;
las segundas tienen la mayor dificultad en abrirse paso, progresan
lentamente, necesitan apoyarse en alguna institución que les asegure
estabilidad. Y esto ¿por qué? Porque lo que obra en el primer caso
no son las ideas, sino las pasiones que formando un cortejo toman su
nombre, encubriendo de esta suerte lo que á primera vista se ofrecería
como demasiado repugnante; en el segundo es la verdad la que habla; y
la verdad en esta tierra de infortunio es escuchada muy difícilmente;
porque la verdad conduce al bien, y el _corazón del hombre_, según
expresión del sagrado texto, _está inclinado al mal desde la
adolescencia_.

Los que tanto nos encarecen la fuerza íntima de las ideas, debieran
señalarnos en la historia antigua y moderna una idea, una sola idea,
que, encerrada en su propio círculo, es decir, en el orden puramente
filosófico, merezca la gloria de haber contribuído notablemente á la
mejora del individuo ni de la sociedad.

Suele decirse á menudo que la fuerza de las ideas es inmensa, que
una vez sembradas entre los hombres fructifican tarde ó temprano,
que una vez depositadas en el seno de la humanidad se conservan como
un legado precioso que, transmitido de generación en generación,
contribuye maravillosamente á la mejora del mundo, á la perfección á
que se encamina el humano linaje. No hay duda que en estas aserciones
se encierra una parte de verdad; porque, siendo el hombre un ser
inteligente, todo lo que afecta inmediatamente su inteligencia, no
puede menos de influir en su destino. Así es que no se hacen grandes
mudanzas en la sociedad, si no se verifican primero en el orden de las
ideas; y es endeble y de escasa duración todo cuanto se establece, ó
contra ellas, ó sin ellas. Pero de aquí á suponer que toda idea útil
encierre tanta fuerza conservadora de sí propia, que por lo mismo no
necesite de una institución que le sirva de apoyo y defensa, mayormente
si ha de atravesar épocas muy turbulentas, hay una distancia inmensa,
que no se puede salvar, so pena de ponernos en desacuerdo con la
historia entera.

No, la humanidad, considerada por sí sola, entregada á sus propias
fuerzas, como la consideran los filósofos, no es una depositaria tan
segura como se ha querido suponer. Desgraciadamente tenemos de esa
verdad bien tristes pruebas; pues que, lejos de parecerse el humano
linaje á un depositario fiel, ha imitado más bien la conducta de un
dilapidador insensato. En la cuna del género humano encontramos las
grandes ideas sobre la unidad de Dios, sobre el hombre, sobre sus
relaciones con Dios y sus semejantes: estas ideas eran, sin duda,
verdaderas, saludables, fecundas; pues bien, ¿qué hizo de ellas
el género humano? ¿no las perdió, modificándolas, mutilándolas,
estropeándolas, de un modo lastimoso? ¿Dónde estaban esas ideas cuando
vino Jesucristo al mundo? ¿Qué había hecho de ellas la humanidad? Un
pueblo, un solo pueblo las conserva, pero ¿cómo? Fijad la atención
sobre el pueblo escogido, sobre el pueblo judío, y veréis que existe en
él una lucha continua entre la verdad y el error; veréis que con una
ceguera inconcebible se inclina sin cesar á la idolatría, á substituir
á la ley sublime del Sinaí las abominaciones de los gentiles. ¿Y sabéis
cómo se conserva la verdad en aquel pueblo? Notadlo bien: apoyada en
instituciones las más robustas que imaginarse puedan, pertrechada con
todos los medios de defensa de que la rodeó el legislador inspirado
por Dios. Se dirá que aquél era un pueblo de _dura cerviz_, como dice
el sagrado texto; desgraciadamente, desde la caída de nuestro primer
padre, esta dureza de cerviz es un patrimonio de la humanidad; _el
corazón del hombre está inclinado al mal desde su adolescencia_, y
siglos antes de que existiese el pueblo judío, abrió Dios sobre el
mundo las cataratas del cielo, y borró al hombre de la faz de la
tierra, _porque toda carne había corrompido su camino_.

Infiérese de aquí la necesidad de instituciones robustas para la
conservación de las grandes ideas morales; y se ve con evidencia que no
deben abandonarse á la volubilidad del espíritu humano, so pena de ser
desfiguradas y aun perdidas.

Además, las instituciones son necesarias, no precisamente para enseñar,
sino también para aplicar. Las ideas morales, mayormente las que
están en oposición muy abierta con las pasiones, no llegan jamás al
terreno de la práctica sino por medio de grandes esfuerzos; y para
esos esfuerzos no bastan las ideas en sí mismas, son menester medios
de acción con que pueda enlazarse el orden de las ideas con el orden
de los hechos. Y he aquí una de las razones de la importancia de las
escuelas filosóficas cuando se trata de edificar. Son no pocas veces
poderosas para destruir, porque para destruir basta la acción de un
momento, y esta acción puede ser comunicada fácilmente en un acceso
de entusiasmo; pero, cuando quieren edificar poniendo en planta sus
concepciones, se encuentran faltas de acción, y, no teniendo otros
medios de ejercerla que lo que se llama la fuerza de las ideas, como
que éstas varían ó se modifican incesantemente, dando de ello el
primer ejemplo las mismas escuelas, queda reducido á objeto de pura
curiosidad lo que poco antes se propalara como la causa infalible del
progreso del linaje humano.

Con estas últimas reflexiones prevengo la objeción que se me podría
hacer, fundándose en la mucha fuerza adquirida por las ideas por medio
de la prensa. Ésta propaga, es verdad, y por lo mismo multiplica
extraordinariamente la fuerza de las ideas; pero, tan lejos está
de conservar, que antes bien es el mejor disolvente de todas las
opiniones. Obsérvese la inmensa órbita recorrida por el espíritu del
hombre desde la época de ese importante descubrimiento, y se echará
de ver que el consumo (permítaseme la expresión), que el consumo de
las opiniones ha crecido en una proporción asombrosa. Sobre todo desde
que la prensa se ha hecho periódica, la historia del espíritu humano
parece la representación de un drama rapidísimo, donde unas escenas
suceden á otras, sin dejar apenas tiempo al espectador para oir de boca
de los actores una palabra fugitiva. No estamos todavía á la mitad del
presente, y, sin embargo, no parece sino que han transcurrido muchos
siglos. ¡Tantas son las escuelas que han nacido y muerto, tantas las
reputaciones que se han encumbrado muy alto, hundiéndose luego en el
olvido!

Esta rápida sucesión de ideas, lejos de contribuir al aumento de la
fuerza de las mismas, acarrea necesariamente su flaqueza y esterilidad.
El orden natural en la vida de las ideas es: primero aparecer, en
seguida difundirse, luego realizarse en alguna institución que las
represente, y, por fin, ejercer su influencia sobre los hechos, obrando
por medio de la institución en que se han personificado. En todas
estas transformaciones que por necesidad reclaman algún tiempo, es
necesario que las ideas conserven su crédito, si es que han de producir
algún resultado provechoso. Este tiempo falta, cuando se suceden
unas á otras con demasiada rapidez, pues que las nuevas trabajan en
desacreditar las que las han precedido, y de esta suerte las utilizan.
Por cuya causa quizás nunca, como ahora, ha sido más legítima una
profunda desconfianza en la fuerza de las ideas, ó sea en la filosofía,
para producir nada de consistente en el orden moral; y bajo este
aspecto es muy controvertible el bien que ha hecho la imprenta á las
sociedades modernas. Se concibe más, pero se madura menos: lo que
gana el entendimiento en extensión, lo pierde en profundidad, y la
brillantez teórica contrasta lastimosamente con la impotencia práctica.
¿Qué importa que nuestros antecesores no fuesen tan diestros como
nosotros para improvisar una discusión sobre las más altas cuestiones
sociales y políticas, si alcanzaron á fundar y organizar instituciones
admirables? Los arquitectos que levantaron los sorprendentes monumentos
de los siglos que apellidamos bárbaros, por cierto que no serían ni
tan eruditos ni tan cultos como los de nuestra época; y, sin embargo,
¿quién tendría aliento para comenzar siquiera lo que ellos consumaron?
He aquí la imagen más cabal de lo que está sucediendo en el orden
social ó político. Es necesario no olvidarlo: los grandes pensamientos
nacen más bien de la intuición que del discurso; el acierto en la
práctica depende más de la calidad inestimable, llamada tino, que de
una reflexión ilustrada; y la experiencia enseña á menudo que quien
_conoce mucho, ve poco_. El genio de Platón no hubiera sido el mejor
consejero del genio de Solón y de Licurgo; y toda la ciencia de Cicerón
no hubiera alcanzado á lo que alcanzaron el tacto y el buen sentido de
los hombres rudos, como Rómulo y Numa.[5]



CAPITULO XXXI


_Cierta suavidad general de costumbres, que en tiempo de guerra evita
grandes catástrofes y en medio de la paz hace la vida más dulce y
apacible_, es otra de las calidades preciosas que llevo señaladas como
características de la civilización europea. Éste es un hecho que no
necesita de prueba; se le ve, se le siente por todas partes, al dar en
torno de nosotros una mirada: resalta vivamente abriendo las páginas
de la historia, y comparando nuestros tiempos con otros tiempos, sean
los que fueren. ¿En qué consiste esta suavidad de costumbres? ¿cuál
es su origen? ¿quién la ha favorecido? ¿quién la ha contrariado? He
aquí unas cuestiones á cual más interesantes, y que se enlazan de un
modo particular con el objeto que nos ocupa: porque en pos de ellas
se ofrecen desde luego al ánimo estas preguntas: ¿el Catolicismo ha
influído en algo en crear esta suavidad de costumbres? ¿le ha puesto
algún obstáculo ó le ha causado algún retardo? ¿al Protestantismo le ha
cabido alguna parte en esta obra, en bien ó en mal?

Conviene ante todo fijar en qué consiste la suavidad de costumbres;
porque, aun cuando ésta sea una de aquellas ideas que todo el mundo
conoce, ó más bien siente; no obstante, cuando se trata de esclarecerla
y analizarla, es necesario dar de ella una definición cabal y exacta,
en cuanto sea posible. La suavidad de costumbres consiste en la
_ausencia de la fuerza_, de modo que serán _más ó menos_ suaves en
cuanto se emplee _menos ó más_ la fuerza. Así, costumbres suaves
no es lo mismo que costumbres benéficas: éstas incluyen el bien,
aquéllas excluyen la fuerza; costumbres suaves tampoco es lo mismo
que costumbres conformes á la razón y á la justicia: no pocas veces
la inmoralidad es también suave, porque anda hermanada, no con la
fuerza, sino con la seducción y la astucia. Así es que la suavidad de
costumbres consiste en dirigir el espíritu del hombre, no por medio de
la violencia hecha al cuerpo, sino por medio de razones enderezadas á
su entendimiento, ó de cebos ofrecidos á sus pasiones; y por esto la
suavidad de costumbres no es siempre el reinado de la razón, pero es
siempre el reinado de los espíritus, por más que éstos sean no pocas
veces esclavos de las pasiones con las cadenas de oro que ellos mismos
se labran.

Supuesto que la suavidad de costumbres proviene de que en el trato
de los hombres sólo se emplean la _convicción_, la _persuasión_ ó la
_seducción_, claro es que las sociedades más adelantadas, es decir,
aquellas donde la inteligencia ha llegado á gran desarrollo, deben
participar más ó menos de esta suavidad. En ellas la inteligencia
domina porque es fuerte, así como la fuerza material desaparece porque
el cuerpo se enerva. Además: en sociedades muy adelantadas, que por
precisión acarrean mayor número de relaciones y mayor complicación en
los intereses, son necesarios aquellos medios que obran de un modo
universal y duradero, siendo, además, aplicables á todos los pormenores
de la vida. Estos medios son sin disputa los intelectuales y morales:
la inteligencia obra sin destruir, la fuerza se estrella contra el
obstáculo: ó le remueve ó se hace pedazos ella misma; y he aquí un
eterno manantial de perturbación que no puede existir en una sociedad
de relaciones numerosas y complicadas, so pena de convertirse ésta en
un caos, y perecer.

En la infancia de las sociedades encontramos siempre un lastimoso abuso
de la fuerza. Nada más natural: las pasiones se alían con ella porque
se le asemejan: son enérgicas como la violencia, rudas como el choque.
Cuando las sociedades han llegado á mucho desarrollo, las pasiones se
divorcian de la fuerza y se enlazan con la inteligencia; dejan de ser
violentas y se hacen astutas. En el primer caso, si son los pueblos
los que luchan, se hacen la guerra, se combaten y se destruyen; en
el segundo, pelean con las armas de la industria, del comercio, del
contrabando: si son los gobiernos, se atacan, en el primer caso con
ejércitos, con invasiones; en el segundo con notas: en una época los
guerreros lo son todo; en la otra no son nada: su papel no puede ser de
mucha importancia, cuando en vez de pelear se negocia.

Echando una ojeada sobre la civilización antigua, se nota desde luego
una diferencia singular entre nuestra suavidad de costumbres y la
suya; ni griegos ni romanos alcanzaron jamás esta preciosa calidad en
el grado que distingue la civilización europea. Aquellos pueblos más
bien se enervaron, que no se suavizaron; sus costumbres pueden llamarse
muelles, pero no suaves: porque hacían uso de la fuerza siempre que
este uso no demandaba energía en el ánimo ni vigor en el cuerpo.

Es sobremanera digna de notarse esa particularidad de la civilización
antigua, sobre todo de la romana; y este fenómeno, que á primera vista
parece muy extraño, no deja de tener causas profundas. Á más de la
principal, que es la falta de un elemento suavizador, cual es el que
han tenido los pueblos modernos, _la caridad cristiana_, descendiendo á
algunos pormenores encontraremos las razones de que no pudiese llegar á
establecerse entre los antiguos la verdadera suavidad de costumbres.

La esclavitud, que era uno de los elementos constitutivos de su
organización doméstica y social, era un eterno obstáculo para
introducirse en aquellos pueblos esa preciosa calidad. El hombre
puede arrojar á otro hombre á las murenas, castigando así con la
muerte el haber quebrado un vaso; el que puede por un mero capricho
quitar la vida á uno de sus semejantes en medio de la algazara de un
festín; quien puede acostarse en un blando lecho con los halagos de la
voluptuosidad y el esplendor de la más suntuosa magnificencia, sabiendo
que centenares de hombres están encerrados y amontonados en obscuros
subterráneos por su interés y por sus placeres; quien puede escuchar
el gemido de tantos desgraciados que demandan un bocado de pan para
atravesar una noche cruel que enlazará las fatigas y los sudores del
día siguiente con los sudores y fatigas del día que pasó, ese tal podrá
tener costumbres muelles, pero no suaves; su corazón podrá ser cobarde,
pero no dejará de ser cruel. Y tal era cabalmente la situación del
hombre libre en la sociedad antigua: esta organización era considerada
como indispensable; otro orden de cosas no se concebía siquiera como
posible.

¿Quién removió este obstáculo? ¿No fué la Iglesia católica aboliendo la
esclavitud, después de haber suavizado el trato cruel que se daba á los
esclavos? Véanse los capítulos XV, XVI, XVII, XVIII y XIX de esta obra
con las notas que á ellos se refieren, donde se halla demostrada esta
verdad con razones y documentos incontestables.

El derecho de vida y muerte, concedido por las leyes á la potestad
patria, introducía también en la familia un elemento de dureza, que
debía de producir resultados muy dañosos. Afortunadamente, el corazón
del padre estaba en lucha continua con la facultad otorgada por la
ley; pero, si esto no pudo impedir algunos hechos, cuya lectura nos
estremece, ¿no hemos de pensar también que en el curso ordinario de
la vida pasarían de continuo escenas crueles que recordarían á los
miembros de la familia ese derecho atroz de que estaba investido
su jefe? Quien sabe que puede matar impunemente, ¿no se dejará
llevar repetidas veces al ejercicio de un despotismo cruel, y á la
aplicación de castigos inhumanos? Esa tiránica extensión de la potestad
patria á derechos que no concedió la naturaleza, fué desapareciendo
sucesivamente por la fuerza de las costumbres y de las leyes,
secundadas también en buena parte por la influencia del Cristianismo.
(V. cap. XIV.) Á esta causa puede agregarse otra, que tiene con ella
mucha analogía: el despotismo que el varón ejercía sobre la mujer, y
la escasa consideración que ésta disfrutaba.

Los juegos públicos eran también entre los romanos otro elemento de
dureza y crueldad. ¿Qué puede esperarse de un pueblo cuya principal
diversión es asistir fríamente á un espectáculo de homicidios, que se
complace en mirar cómo perecen en la arena á centenares los hombres, ó
luchando entre sí, ó en las garras de las bestias?

Siendo español, no puedo menos de intercalar un párrafo para decir dos
palabras en contestación á una dificultad, que no dejará de ocurrírsele
al lector cuando vea lo que acabo de escribir sobre los combates
de hombres con fieras. ¿Y los toros en España? se me preguntará
naturalmente; ¿no es un país cristiano católico donde se ha conservado
la costumbre de lidiar los hombres con las fieras? Apremiadora
parece la objeción, pero no lo es tanto, que no deje una salida
satisfactoria. Y ante todo, y para prevenir toda mala inteligencia,
declaro que esa diversión popular es, á mi juicio, bárbara, digna,
si posible fuese, de ser extirpada completamente. Pero, toda vez
que acabo de consignar esta declaración tan explícita y terminante,
permítaseme hacer algunas observaciones para dejar en buen puesto
el nombre de mi patria. En primer lugar, debe notarse que hay en el
corazón del hombre cierto gusto secreto por los azares y peligros. Si
una aventura ha de ser interesante, el héroe ha de verse rodeado de
riesgos graves y multiplicados; si una historia ha de excitar vivamente
nuestra curiosidad, no puede ser una cadena no interrumpida de
sucesos regulares y felices. Pedimos encontrarnos á menudo con hechos
extraordinarios y sorprendentes; y, por más que nos cueste decirlo,
nuestro corazón, al mismo tiempo que abriga la compasión más tierna por
el infortunio, parece que se fastidia si tarda largo tiempo en hallar
escenas de dolor, cuadros salpicados de sangre. De aquí el gusto por la
tragedia, de aquí la afición á aquellos espectáculos donde los actores
corran, ó en la apariencia ó en la realidad, algún grave peligro.

No explicaré yo el origen de este fenómeno; bástame consignarlo aquí,
para hacer notar á los extranjeros que nos acusan de bárbaros, que la
afición del pueblo español á la diversión de los toros no es más que la
aplicación á un caso particular de un gusto cuyo germen se encuentra
en el corazón del hombre. Los que tanta humanidad afectan cuando se
trata de la costumbre del pueblo español, deberían decirnos también:
¿de dónde nace que se vea acudir un concurso inmenso á todo espectáculo
que por una ú otra causa sea peligroso á los actores; de dónde nace
que todos asistirían con gusto á una batalla por más sangrienta que
fuese, si era dable asistir sin peligro; de dónde nace que en todas
partes acude un numeroso gentío á presenciar la agonía y las últimas
convulsiones del criminal en el patíbulo; de dónde nace, finalmente,
que los extranjeros cuando se hallan en Madrid se hacen cómplices
también de la barbarie española asistiendo á la plaza de toros?

Digo todo esto, no para excusar en lo más mínimo una costumbre que me
parece indigna de un pueblo civilizado, sino para hacer sentir que en
esto, como casi en todo lo que tiene relación con el pueblo español,
hay exageraciones que es necesario reducir á límites razonables. Á más
de esto, hay que añadir una reflexión importante, que es una excusa muy
poderosa de esa reprensible diversión.

No se debe fijar la atención en la diversión misma, sino en los males
que acarrea. Ahora bien: ¿cuántos son los hombres que mueren en España
lidiando con los toros? Un número escasísimo, insignificante, en
proporción á las innumerables veces que se repiten las funciones; de
manera que, si se formara un estado comparativo entre las desgracias
ocurridas en esta diversión y las que acaecen en otras clases de
juegos, como las corridas de caballos y otras semejantes, quizás el
resultado manifestaría que la costumbre de los toros, bárbara como
es en sí misma, no lo es tanto, sin embargo, que merezca atraer
esa abundancia de afectados anatemas con que han tenido á bien
favorecernos los extranjeros.

Y, volviendo al objeto principal, ¿cómo puede compararse una diversión
donde pasan quizás muchos años sin perecer un solo hombre, con aquellos
juegos horribles donde la muerte era una condición necesaria al placer
de los espectadores? Después del triunfo de Trajano sobre los dacios,
duraron los juegos ciento veintitrés días, pereciendo en ellos el
espantoso número de diez mil gladiadores. Tales eran los juegos que
formaban la diversión, no sólo del populacho romano, sino también de
las clases elevadas; en esa repugnante carnicería se gozaba aquel
pueblo corrompido, que hermanaba con la voluptuosidad más refinada, la
crueldad más atroz. Y he aquí la prueba convincente de lo dicho más
arriba, á saber: que las costumbres pueden ser muelles sin ser suaves;
antes se aviene muy bien la brutalidad de una molicie desenfrenada con
el instinto feroz del derramamiento de sangre.

En los pueblos modernos, por corrompidas que sean las costumbres, no
es posible que se toleren jamás espectáculos semejantes. El principio
de la caridad ha extendido demasiado sus dominios, para que puedan
repetirse tamaños excesos. Verdad es que no recaba de los hombres que
se hagan recíprocamente todo el bien que deberían; pero al menos impide
que se hagan tan fríamente el mal, que puedan asistir tranquilos á la
muerte de sus semejantes, cuando no les impele á ello otro motivo que
el placer causado por una sensación pasajera. Ya desde la aparición
del Cristianismo comenzaron á echarse las semillas de esta aversión á
presenciar el homicidio. Sabida es la repugnancia de los cristianos
á los espectáculos de los gentiles, repugnancia que prescribían y
avivaban las santas amonestaciones de los primeros pastores de la
Iglesia. Era cosa reconocida que la caridad cristiana era incompatible
con la asistencia á unos juegos donde se presenciaba el homicidio bajo
las formas más crueles y refinadas. «Nosotros, decía bellamente uno de
los apologistas de los primeros siglos, hacemos poca diferencia entre
matar á un hombre ó ver que se le mata.»[6]



CAPITULO XXXII


La sociedad moderna debía, al parecer, distinguirse por la dureza
y crueldad de sus costumbres, pues que, siendo un resultado de la
sociedad de los romanos, y de la de los bárbaros, debió heredar de
ambas esa dureza y crueldad. En efecto, ¿quién ignora la ferocidad de
costumbres de los bárbaros del Norte? Los historiadores de aquella
época nos han dejado narraciones horrorosas cuya lectura nos hace
estremecer. Llegóse á pensar que estaba cercano el fin del mundo, y á
la verdad que los que hacían semejante presagio eran bien excusables
de creer que estaba muy próxima la mayor de las catástrofes, cuando
eran tantas las que abrumaban á la triste humanidad. La imaginación no
alcanza á figurarse lo que hubiera sido del mundo en aquella crisis, si
el Cristianismo no hubiese existido; y, aun suponiendo que se hubiese
llegado á organizar de nuevo la sociedad bajo una ú otra forma, no
hay duda en que las relaciones, así privadas como públicas, habrían
quedado en un estado deplorable, tomando, además, la legislación un
sesgo injusto é inhumano. Por esta razón fué un beneficio inestimable
la influencia de la Iglesia en la legislación civil; y la misma
prepotencia temporal del clero fué una de las primeras salvaguardias de
los más altos intereses de la sociedad.

Mucho se ha dicho contra este poder temporal del clero, y contra este
influjo de la Iglesia en los negocios temporales; pero ante todo
era menester hacerse cargo de que ese poder y ese influjo fueron
traídos por la misma naturaleza de las cosas; es decir, que fueron
_naturales_, y, por consiguiente, el hablar contra ellos es un estéril
desahogo contra la fuerza de acontecimientos cuya realización no era
dado al hombre impedir. Eran, además, _legítimos_: porque, cuando la
sociedad se hunde, es muy legítimo que la salve quien pueda, y en la
época á que nos referimos, sólo podía salvarla la Iglesia. Ésta, como
que no es un ser abstracto, sino una sociedad real y sensible, debía
obrar sobre la civil por medios también reales y sensibles. Supuesto
que se trataba los intereses materiales de la sociedad, los ministros
de la Iglesia debían tomar parte, de una ú otra suerte, en la dirección
de estos negocios. Estas reflexiones son tan obvias y sencillas, que
para convencerse de su verdad y exactitud basta el simple buen sentido.
En la actualidad están generalmente acordes sobre este punto cuantos
entienden algo en historia; y, si no supiésemos cuánto trabajo suele
costar al entendimiento del hombre el entrar en el verdadero camino, y,
sobre todo, cuánta mala fe se ha mezclado en esa clase de cuestiones,
difícil fuera explicar cómo se ha tardado tanto en ponerse todo el
mundo de acuerdo sobre una cosa que salta á los ojos, con la simple
lectura de la historia. Pero volvamos al intento.

Esa informe mezcla de la crueldad de un pueblo culto, pero corrompido,
con la ferocidad atroz de un pueblo bárbaro, orgulloso, además, de sus
triunfos, y abrevado de sangre vertida en tantas guerras continuadas
por tan largo tiempo, dejó en la sociedad europea un germen de dureza y
crueldad, que se hizo sentir por largos siglos y cuyo rastro ha llegado
hasta épocas recientes. El precepto de la caridad cristiana estaba
en las cabezas, pero la crueldad de los romanos, combinada con la
ferocidad de los bárbaros, dominaba todavía el corazón; las ideas eran
puras, benéficas, como emanadas de una religión de amor; pero hallaban
una resistencia terrible en los hábitos, en las costumbres, en las
instituciones, en las leyes; porque todo llevaba el sello más ó menos
desfigurado de los dos principios que se acaban de señalar.

Reparando en la lucha continua, tenaz, que se traba entre la Iglesia
católica y los elementos que le resisten, se conoce con toda evidencia
que las ideas cristianas no hubieran alcanzado á dominar la legislación
y las costumbres, si el Cristianismo no hubiese sido más que una idea
religiosa abandonada al capricho del individuo, tal como la conciben
los protestantes; si no se hubiese realizado en una institución
robusta, en una sociedad fuertemente constituída, cual es la Iglesia
católica. Para que se forme concepto de los esfuerzos hechos por la
Iglesia, indicaré algunas de las disposiciones tomadas con el objeto de
suavizar las costumbres.

Las enemistades particulares tenían á la sazón un carácter violento; el
derecho se decidía por el hecho, y el mundo estaba amenazado de no ser
otra cosa que el patrimonio del más fuerte. El poder público, que, ó no
existía, ó andaba como confundido en el torbellino de las violencias y
desastres que su mano endeble no alcanzaba á evitar ni á reprimir, era
impotente para dar á las costumbres una dirección pacífica, haciendo
que los hombres se sujetasen á la razón y á la justicia. Así vemos que
la Iglesia, á más de la enseñanza y de las amonestaciones generales,
inseparables de su augusto ministerio, adoptaba en aquella época
ciertas medidas para oponerse al torrente devastador de la violencia,
que todo lo asolaba y destruía.

El concilio de Arles, celebrado á mediados del siglo V, por los años de
443 á 452, dispone en su canon 50 que no se debe permitir la asistencia
á la iglesia á los que tienen enemistades públicas, hasta que se hayan
reconciliado con sus enemigos.

El concilio de Angers, celebrado en el año 453, prohibe en su canon 3.º
las violencias y mutilaciones.

El concilio de Agde, en Languedoc, celebrado en el año 506, ordena en
su canon 31 que los enemigos que no quieran reconciliarse, sean desde
luego amonestados por los sacerdotes, y, si no siguieren los consejos
de éstos, sean excomulgados.

En aquella época tenían los galos la costumbre de andar siempre
armados, y con sus armas entraban en la iglesia. Alcánzase fácilmente
que una costumbre semejante debía de traer graves inconvenientes,
haciendo no pocas veces de la casa de oración arena de venganzas y de
sangre. Á mediados del siglo VII vemos que el concilio de Châlons,
en su canon 17, señala la pena de excomunión contra todos los legos
que promuevan tumultos ó saquen la espada para herir á alguno en las
iglesias ó en sus recintos. Esto nos indica la prudencia y la previsión
con que había sido dictado el canon 29 del tercer concilio de Orleans,
celebrado en el año 538, donde se manda que nadie asista con armas á
misa ni á vísperas.

Es curioso observar la uniformidad de plan y la identidad de miras con
que marchaba la Iglesia. En países muy distantes, y en época en que no
podía ser frecuente la comunicación, hallamos disposiciones análogas
á las que se acaban de apuntar. El concilio de Lérida, celebrado en
el año 546, ordena en el canon 7.º que el que haga juramento de no
reconciliarse con su enemigo, sea privado de la comunión del cuerpo y
sangre de Jesucristo hasta haber hecho penitencia de su juramento, y
haberse reconciliado.

Pasaban los siglos, continuaban las violencias, y el precepto de
caridad fraternal que nos obliga al amor de nuestros propios enemigos,
encontraba abierta resistencia en el carácter duro y en las pasiones
feroces de los descendientes de los bárbaros; pero la Iglesia no
se cansaba de insistir en la predicación del precepto divino,
inculcándolo á cada paso y procurando hacerlo eficaz por medio de penas
espirituales. Habían transcurrido más de 400 años desde la celebración
del concilio de Arles, en que hemos visto privados de asistir á la
iglesia á los que tenían enemistades públicas, y encontramos que el
concilio de Worsmes, celebrado en el año 868, prescribe en su canon 41
que se excomulgue á los enemistados que no quieran reconciliarse.

Basta tener noticia del desorden de aquellos siglos para figurarse si
durante ese largo espacio se habían podido remediar las enemistades
encarnizadas y violentas; parece que debiera de haberse cansado la
Iglesia de inculcar un precepto que tan desatendido estaba, á causa
de funestas circunstancias; sin embargo, ella habla hoy como había
hablado ayer, como siglos antes, no desconfiando nunca de que sus
palabras producirían algún bien en la actualidad y serían fecundas en
el porvenir.

Éste es su sistema; no parece sino que oye de continuo aquellas
palabras _clama y no ceses, levanta tu voz como una trompeta_. Así
alcanza el triunfo sobre todas las resistencias; así, cuando no puede
ejercer predominio sobre la voluntad de un pueblo, hace resonar de
continuo su voz en las sombras del santuario; allí reune _siete mil
que no doblaron la rodilla ante Baal_, y al paso que los afirma en
la fe y en las buenas obras, protesta en nombre de Dios contra los
que _resisten al Espíritu Santo_. Tal vez durante la disipación y
las orgías de una ciudad populosa, penetramos en un sagrado recinto
donde reinan la gravedad y la meditación en medio del silencio y
de las sombras. Un ministro del santuario, rodeado de un número
escogido de fieles, hace resonar de vez en cuando algunas palabras
austeras y solemnes: he aquí la personificación de la Iglesia en
épocas desastrosas por el enflaquecimiento de la fe ó la corrupción de
costumbres.

Una de las reglas de conducta de la Iglesia católica ha sido el no
doblegarse jamás ante el poderoso. Cuando ha proclamado una ley, la ha
proclamado para todos, sin distinción de clases. En las épocas de la
prepotencia de los pequeños tiranos que bajo distintos nombres vejaban
los pueblos, esta conducta contribuyó sobremanera á hacer populares
las leyes eclesiásticas; porque nada más propio para hacer llevadera
al pueblo una carga, que ver sujeto á ella al noble y hasta al mismo
rey. En el tiempo á que nos referimos, prohibíanse severamente las
enemistades y las violencias entre los plebeyos; pero la misma ley se
extendía también á los grandes y á los mismos reyes. No había mucho que
el Cristianismo se hallaba establecido en Inglaterra, y encontramos
sobre este particular un ejemplo curioso. Nada menos que tres príncipes
excomulgados en un mismo año, y en una misma ciudad, y obligados á
hacer penitencia de los delitos cometidos. En la ciudad de Landaff,
en el país de Gales, en Inglaterra, en la metrópoli de Cantorbery, se
celebraron en el año 560 tres concilios. En el primero fué excomulgado
Monrico, rey de Clamargon, por haber dado muerte al rey Cineiba, á
pesar de la paz que se habían jurado sobre las santas reliquias; en
el segundo se excomulga al rey Morcante, que había quitado la vida
á Friaco su tío, después de haberle jurado igualmente la paz; en el
tercero se excomulgó al rey Guidnerto por haber dado muerte á su
hermano, que le disputaba la corona.

No deja de ser interesante ver á los jefes de los bárbaros, que
convertidos en reyes se asesinaban tan fácil y atrozmente, obligados á
reconocer la autoridad de un poder superior que los precisaba á hacer
penitencia de haber manchado sus manos con la sangre de sus parientes,
y haber quebrantado la santidad de sus pactos, y échase de ver los
saludables efectos que de esto debían seguirse para suavizar las
costumbres.

«Fácil era, dirán los enemigos de la Iglesia, los que se empeñan en
rebajar el mérito de todos sus actos, fácil era, dirán, predicar la
suavidad de costumbres exigiendo la observancia de los preceptos
divinos á jefes de tan escaso poder y que no tenían de rey más que el
nombre. Fácil era habérselas con reyezuelos bárbaros que, fanatizados
por una religión que no comprendían, inclinaban humildemente la cabeza
ante el primer sacerdote que se presentaba á intimidarlos de parte de
Dios. Pero ¿qué significa esto? ¿qué influencia pudo tener en el curso
de los grandes acontecimientos? La historia de la civilización europea
ofrece un teatro inmenso, donde los hechos deben estudiarse en mayor
escala, donde las escenas han de ser grandiosas, si es que han de
ejercer influencia sobre el ánimo de los pueblos.»

Despreciemos lo que hay de fútil en un razonamiento semejante; pero, ya
que se quieran escenas grandes, que hayan debido influir en desterrar
el empleo brutal de la fuerza, sin suavizar las costumbres, abramos
la historia de los primeros siglos de la Iglesia, y no tardaremos en
encontrar una página sublime, eterno honor del Catolicismo.

Reinaba sobre todo el mundo conocido un emperador cuyo nombre era
acatado en los cuatro ángulos de la tierra, y cuya memoria es respetada
por la posteridad. En una ciudad importante el pueblo amotinado
degüella al comandante de la guarnición, y el emperador en su cólera
manda que el pueblo sea exterminado. Al volver en sí el emperador
revoca la orden fatal; pero ya era tarde: la orden estaba ejecutada,
y millares de víctimas habían sucumbido en una carnicería horrorosa.
Al esparcirse la noticia de tan atroz catástrofe, un santo obispo se
retira de la corte del emperador y le escribe desde la campaña estas
graves palabras: «Yo no me atrevo á ofrecer el sacrificio, si vos
pretendéis asistir á él: si el derramamiento de la sangre de un solo
inocente bastaría á vedármelo, ¡cuánto más siendo tantas las muertes
inocentes!» El emperador, confiado en su poder, no se detiene por esta
carta y se dirige á la iglesia. Llegado al pórtico, se le presenta
un hombre venerable, que con ademán grave y severo le detiene y le
prohibe entrar. «Has imitado, le dice, á David en el crimen; imítale
en la penitencia.» El emperador cede, se humilla, se somete á las
disposiciones del santo prelado; y la religión y la humanidad quedan
triunfantes. La ciudad desgraciada se llama Tesalónica, el emperador
era Teodosio el Grande, y el prelado era San Ambrosio, arzobispo de
Milán.

En este acto sublime se ven personificadas de un modo admirable, y
encontrándose cara á cara, la justicia y la fuerza. La justicia triunfa
de la fuerza, pero ¿por qué? Porque el que representa la justicia
la representa en nombre del cielo, porque los vestidos sagrados, la
actitud imponente del hombre que detiene al emperador, recuerdan á
éste la misión divina del santo obispo y el ministerio que ejerce en
la sagrada jerarquía de la Iglesia. Poned en lugar del obispo á un
filósofo y decidle que vaya á detener al emperador, amonestándole que
haga penitencia de su crimen, y veréis si la sabiduría humana alcanza
á tanto como el sacerdocio hablando en nombre de Dios; poned, si os
place, á un obispo de una Iglesia que haya reconocido la supremacía
espiritual en el poder civil, y veréis si en su boca tienen fuerza las
palabras para alcanzar tan señalado triunfo.

El espíritu de la Iglesia era el mismo en todas épocas, sus tendencias
eran siempre hacia el mismo objeto; su lenguaje igualmente severo,
igualmente fuerte, ora hablase á un plebeyo romano, ora á un bárbaro,
sea que dirigiese sus amonestaciones á un patricio del imperio ó á
un noble germano: no le amedrentaba ni la púrpura de los Césares, ni
la mirada fulminante de los reyes _de la larga cabellera_. El poder
de que se halló investida en la Edad media no dimanó únicamente de
ser ella la sola que había conservado alguna luz de las ciencias y el
conocimiento de principios de gobierno, sino también de esa firmeza
inalterable que ninguna resistencia, ningún ataque, eran bastantes á
desconcertar. ¿Qué hubiera hecho á la sazón el Protestantismo para
dominar circunstancias tan difíciles y azarosas? Falto de autoridad,
sin un centro de acción, sin seguridad en su propia fe, sin confianza
en sus medios, ¿qué recursos hubiera empleado para contener el ímpetu
de la fuerza que señoreada del mundo acababa de hacer pedazos los
restos de la civilización antigua, y oponía un obstáculo poco menos que
insuperable á toda tentativa de organización social? El Catolicismo,
con su fe ardiente, su autoridad robusta, su unidad indivisible, su
trabazón jerárquica, pudo acometer la alta empresa de suavizar las
costumbres con aquella confianza que inspira el sentimiento de las
propias fuerzas, con aquel brío que alienta el corazón cuando se abriga
en él la seguridad del triunfo.

No se crea, sin embargo, que la manera con que suavizó las costumbres
la Iglesia católica fuese siempre un rudo choque contra la fuerza;
vémosla emplear medios indirectos, contentarse con prescribir lo que
era asequible, exigir lo menos para allanar el camino al logro de lo
más.

En una capitular de Carlomagno formada en Aix-la-Chapelle en el año
813, que consta de 26 artículos, que no son otra cosa que una especie
de confirmación y resumen de cinco concilios celebrados poco antes
en las Galias, encontramos dos artículos añadidos, de los cuales el
segundo prescribe que se proceda contra los que, con pretexto del
derecho llamado _Fayda_, excitan ruidos y tumultos en los domingos y
fiestas, y también en los días de trabajo. Ya hemos visto más arriba
emplear las sagradas reliquias para hacer más respetable el juramento
de paz y amistad que se prestaban los reyes: acto augusto en que se
hacía intervenir el cielo para evitar la fusión de sangre y traer la
paz á la tierra; ahora vemos que el respeto á los domingos y demás
fiestas se utiliza también para preparar la abolición de la bárbara
costumbre de que los parientes de un hombre muerto pudiesen vengar la
muerte, dándola al matador.

El lamentable estado de la sociedad europea en aquella época se retrata
vivamente en los mismos medios que el poder eclesiástico se veía
obligado á emplear para disminuir algún tanto los desastres ocasionados
por las violencias de las costumbres. El no acometer á nadie para
maltratarle, el no recurrir á la fuerza para obtener una reparación, ó
desahogar la venganza, nos parece á nosotros tan justo, tan conforme
á razón, tan natural, que apenas concebimos posible que puedan las
cosas andar de otra manera. Si en la actualidad se promulgase una ley
que prohibiese el atacar á su enemigo en este ó en aquel día, en esta
ó en aquella hora, nos parecería el colmo de la ridiculez y de la
extravagancia. No lo parecía, sin embargo, en aquellos tiempos; y una
prohibición semejante se hacía á cada paso, no en obscuras aldeas, sino
en las grandes ciudades, en asambleas numerosísimas, donde se contaban
á centenares los obispos, donde acudían los condes, los duques, los
príncipes y reyes. Esa ley que á nosotros nos parecería tan extraña,
y por la que se ve que la autoridad se tenía por dichosa si podía
alcanzar que los principios de justicia fuesen respetados al menos
algunos días, particularmente en las mayores solemnidades, esa ley fué
por largo tiempo uno de los puntos capitales del derecho público y
privado de Europa.

Ya se habrá conocido que estoy hablando de la _Tregua de Dios_. Muy
necesaria debía ser á la sazón una ley semejante, cuando la vemos
repetida tantas veces en países muy distantes unos de otros. Entre lo
mucho que se podría recordar sobre esta materia, me contentaré con
apuntar algunas decisiones conciliares de aquella época.

El concilio de Tubuza, en la diócesis de Elna, en el Rosellón,
celebrado por Guifredo, arzobispo de Narbona, en el año 1041, establece
la _Tregua de Dios_, mandando que, desde la tarde del miércoles hasta
la mañana del lunes, nadie tomase cosa alguna por fuerza, ni se vengase
de ninguna injuria, ni exigiese prendas de fiador. Quien contraviniese
á este decreto, debía pagar la composición de las leyes, como merecedor
de muerte, ó ser excomulgado y desterrado del país.

Considerábase tan beneficiosa la práctica de esta disposición, que, en
el mismo año, se tuvieron en Francia otros muchos concilios sobre el
mismo asunto. Teníase también el cuidado de recordar con frecuencia
esta obligación, como lo vemos en el concilio de Saint-Gilles, en
Languedoc, celebrado en el año 1042, y en el de Narbona, celebrado en
1045.

Á pesar de insistirse tanto sobre lo mismo, no se alcanzaba todo
el fruto deseado, como lo indica la fluctuación que sufrían las
disposiciones de la ley. Así vemos que, en el año 1047, la _Tregua de
Dios_ se limitaba á un tiempo menor del que tenía en 1041, pues que el
concilio de Telugis, de la diócesis de Elna, celebrado en 1047, dispone
que en todo el condado del Rosellón nadie acometa á su enemigo desde la
hora nona del sábado hasta la hora de prima del lunes; por manera que
la ley era entonces mucho más lata que en 1041, donde hemos visto que
la _Tregua de Dios_ comprendía desde la tarde del miércoles hasta la
mañana del lunes.

En el mismo concilio que acabo de citar, se encuentra una disposición
notable, pues que se manda que nadie pueda acometer á un hombre que va
á la iglesia, ó vuelve de ella, ó que _acompaña mujeres_.

En el año 1054, la _Tregua de Dios_ iba ganando terreno, pues, no sólo
vuelve á comprender desde el miércoles por la tarde hasta el lunes por
la mañana después de la salida del sol, sino que se extiende á largas
temporadas. Así vemos que el concilio de Narbona, celebrado por el
arzobispo Guifredo en dicho año, á más de señalar comprendido en la
_Tregua de Dios_ desde el miércoles por la tarde hasta el lunes por la
mañana, la declara obligatoria para el tiempo y días siguientes: desde
el primer domingo de Adviento hasta la octava de la Epifanía, desde el
domingo de la Quincuagésima hasta la octava de Pascua, desde el domingo
que precede la Ascensión hasta la octava de Pentecostés, en los días
de las fiestas de Nuestra Señora, de San Pedro, de San Lorenzo, de San
Miguel, de Todos los Santos, de San Martín, de Santos Justo y Pastor,
titulares de la Iglesia de Narbona, y todos los días de ayuno; y esto,
so pena de anatema y de destierro perpetuo.

En el mismo concilio se encuentran otras disposiciones tan bellas, que
no es posible dejar de recordarlas, dado que se trata de manifestar
y hacer sentir la influencia de la Iglesia católica en suavizar las
costumbres. En el canon 9.º se prohibe cortar los olivos, señalándose
una razón, que, si á los ojos de los juristas no parecerá bastante
general y adecuada, es á los de la filosofía de la historia un hermoso
símbolo de las ideas religiosas, ejerciendo sobre la sociedad su
benéfica influencia. La razón que señala el concilio, es que los
_olivos suministran la materia del santo Crisma y del alumbrado de las
iglesias_. Una razón semejante producía, sin duda, más efecto que todas
las que pudieran sacarse de Ulpiano y Justiniano.

En el canon 10 se manda que, en todo tiempo y lugar, gocen de la
seguridad de la _Tregua_ los pastores y sus ovejas, disponiéndose lo
mismo en el canon 11 con respecto á las casas situadas á treinta pasos
al rededor de las iglesias. En el canon 18 se prohibe á los que tienen
pleito usar de procedimientos de hecho ó cometer alguna violencia,
antes que la causa haya sido juzgada en presencia del obispo y del
señor del lugar. En los demás cánones se prohibe robar á los mercaderes
y peregrinos, y hacer daño á nadie, bajo la pena de ser separados de
la Iglesia los perpetradores de este delito, si lo hubiesen cometido
durante la _Tregua_.

Á medida que iba adelantando el siglo XI, notamos que se inculca más y
más la saludable práctica de la _Tregua de Dios_, interviniendo en este
negocio la autoridad de los Papas.

En el concilio de Gerona, celebrado por el cardenal Hugo el Blanco
en 1068, se confirmó la _Tregua de Dios_ por autoridad de Alejandro
II, so pena de excomunión; y en 1080, el concilio de Lilebona, en
Normandía, supone establecida ya muy generalmente esta _Tregua_, pues
que manda en su canon primero que los obispos y los señores cuiden de
su observancia, aplicando á los prevaricadores censuras y otras penas.

En el año 1093, el concilio de Troya, en la Pulla, celebrado por Urbano
II, confirma también la _Tregua de Dios_; siendo notable el ensanche
que debía ir tomando esa disposición eclesiástica, pues que á dicho
concilio asistían setenta y cinco obispos. Mucho mayor era el número
en el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado por el mismo Urbano
II en el año 1095, pues que contaba nada menos que trece arzobispos,
doscientos veinte obispos y muchos abades. En su canon 1.º confirma la
_Tregua_ con respecto al jueves, viernes, sábado y domingo; pero quiere
que se observe todos los días de la semana con respecto á los monjes,
clérigos y mujeres.

En los cánones 29 y 30 se dispone que, si alguno, perseguido por su
enemigo, se refugia junto á una cruz, debe estar allí tan seguro
como si hubiese buscado asilo en la iglesia. Esta enseña sublime de
redención, después de haber dado salud al linaje humano, empapándose
en la cima del Calvario con la sangre del Hijo de Dios, servía ya de
amparo á los que, en el asalto de Roma, se refugiaban á ella, huyendo
del furor de los bárbaros; y siglos después encontramos que, levantada
en los caminos, salvaba todavía al desgraciado que se abrazaba con
ella, huyendo de un enemigo sediento de venganza.

El concilio de Ruán, celebrado en el año 1096, extiende todavía más
el dominio de la _Tregua_, mandando observarla desde el domingo antes
del miércoles de Ceniza hasta la segunda feria después de la octava de
Pentecostés, desde la puesta del sol en el miércoles antes del Adviento
hasta la octava de la Epifanía, y en cada semana, desde el miércoles
puesto el sol hasta su salida del lunes siguiente; y, por fin, en todas
las fiestas y vigilias de la Virgen y de los Apóstoles.

En el canon 2.º se ordena que gocen de una paz perpetua todos los
clérigos, monjas y religiosas, _mujeres_, _peregrinos_, _mercaderes_
y sus criados, _los bueyes y caballos de arado_, _los carreteros_,
_los labradores_ y todas las tierras que pertenecen á los santos,
prohibiendo acometerlos, robarlos, ó ejercer en ellos alguna violencia.

En aquella época se conoce que la ley se sentía más fuerte, y que
podía exigir la obediencia en tono más severo; pues vemos que en el
canon 3.º del mismo concilio se prescribe que todos los varones que
hayan cumplido doce años, presten juramento de observar la _Tregua_;
y en el canon 4.º se excomulga á los que se resistan á prestarle; así
como algunos años después, á saber, en 1115, la _Tregua_ empieza á
comprender, no ya algunas temporadas, sino años enteros: el concilio
de Troya, en la Pulla, celebrado en dicho año por el papa Pascual,
establece la _Tregua_ por tres años.

Los papas continuaban con ahinco la obra comenzada, sancionando con
el peso de su autoridad, y difundiendo con su influencia, entonces
universal y poderosa en toda la Europa, la observancia de la _Tregua_.
Ésta, aunque en la apariencia no fuese otra cosa que un acatamiento á
la religión por parte de las pasiones violentas, que por respeto á ella
suspendían sus hostilidades, era, en el fondo, el triunfo del derecho
sobre el hecho, y uno de los más admirables artificios que se han visto
empleados jamás para suavizar las costumbres de un pueblo bárbaro.
Quien se veía precisado á no poder echar mano de la fuerza en cuatro
días de la semana, y largas temporadas del año, claro es que debía de
inclinarse á costumbres más suaves, no empleándola nunca. Lo que cuesta
trabajo, no es convencer al hombre de que obra mal, sino hacerle perder
el hábito de obrar mal; y sabido es que todo hábito se engendra por la
repetición de los actos, y se pierde cuando se logra que éstos cesen
por algún tiempo.

Así, es sumamente satisfactorio el ver que los papas procuraban
sostener y propagar esa _Tregua_ renovando el mandamiento de su
observancia en concilios numerosos, y, por tanto, de una influencia
más eficaz y universal. En el concilio de Reims, abierto por el mismo
pontífice Calixto II en 1119, se expidió un decreto en confirmación
de la misma _Tregua_. Asistieron á este concilio trece arzobispos,
más de doscientos obispos y un gran número de abades y eclesiásticos
distinguidos en dignidad. Inculcóse la misma observancia en el concilio
de Letrán IX, general, celebrado en 1123, congregado por Calixto II.
Eran más de trescientos los prelados entre arzobispos y obispos, y el
número de los abades pasaba de seiscientos. En 1130 se insiste sobre lo
mismo en el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado por Inocencio
II, renovándose los reglamentos pertenecientes á la observancia de la
_Tregua_; y en el concilio de Aviñón en 1209, celebrado por Hugo,
obispo de Riez, y Milón, notario del papa Inocencio III, ambos legados
de la Santa Sede, se confirman las leyes anteriormente establecidas
para la observancia de la _paz_ y de la _Tregua_, condenándose á los
revoltosos que la perturbaban. En el concilio de Montpeller, celebrado
en 1215, juntado por Roberto de Corceón, y presidido por el cardenal de
Benevento como legado que era en la provincia, se renueva y confirma
todo cuanto en distintos tiempos se había arreglado para la seguridad
pública, y más recientemente para la subsistencia de la paz entre señor
y señor, y entre los pueblos.

Á los que han mirado la intervención de la sociedad eclesiástica en
los negocios civiles como una usurpación de las atribuciones del poder
público, podríase preguntarles si puede ser usurpado lo que no existe,
y si un poder incapacitado para ejercer sus atribuciones propias, se
quejaría con razón de que las ejerciese otro que tuviese para ello la
inteligencia y la fuerza necesarias. No se quejaba entonces el poder
político de esas pretendidas usurpaciones, y así los gobiernos como los
pueblos las miraban como muy justas y legítimas, porque, como se ha
dicho más arriba, eran naturales, necesarias, traídas por la fuerza de
los acontecimientos, dimanadas de la situación de las cosas. Por cierto
que sería ahora curioso ver que los obispos se ocupasen en la seguridad
de los caminos, que publicasen edictos contra los incendiarios, los
ladrones, los que cortasen los olivos ó causasen otros estragos
semejantes; pero en aquellos tiempos se consideraba este proceder como
muy natural y muy necesario. Merced á estos cuidados de la Iglesia, á
este solícito desvelo, que después se ha culpado con tanta ligereza,
pudieron echarse los cimientos de este edificio social cuyos bienes
disfrutamos, y llevarse á cabo una reorganización que hubiera sido
imposible sin la influencia religiosa y sin la acción de la potestad
eclesiástica.

¿Queréis saber el concepto que debe formarse de un hecho, descubriendo
si es hijo de la naturaleza misma de las cosas, ó efecto de
combinaciones astutas? Reparad el modo con que se presenta, los
lugares en que nace, los tiempos en que se verifica; y cuando le veáis
reproducido en épocas muy distintas, en lugares muy lejanos, entre
hombres que no han podido concertarse, estad seguros que lo que obra
allí no es el plan del hombre, sino la fuerza misma de las cosas.
Estas condiciones se verifican de un modo palpable en la acción de la
potestad eclesiástica sobre los negocios públicos. Abrid los concilios
de aquellas épocas y por doquiera os ocurrirán los mismos hechos; así,
por ejemplo, el concilio de Palencia, en el reino de León, celebrado
en 1129, ordena en su canon 12 que se destierre ó se recluya en un
monasterio á los que acometan á los clérigos, monjes, mercaderes,
peregrinos y mujeres. Pasad á Francia y encontraréis el concilio de
Clermont, en Auvernia, celebrado en 1130, que en su canon 13 excomulga
á los incendiarios. En 1157 os ocurrirá el concilio de Reims, mandando
en su canon 3.º que durante la guerra no se toque la persona de los
clérigos, monjes, mujeres, viajantes, labradores y viñeros. Pasad á
Italia y encontraréis el concilio de Letrán IX, general, convocado
en 1179, que prohibe, en su canon 22, maltratar é inquietar á los
monjes, clérigos, peregrinos, mercaderes, aldeanos que van de viaje,
ó están ocupados en la agricultura, y á los animales empleados en
ella. En el canon 24 se excomulga á los que apresen ó despojen á los
cristianos que naveguen para su comercio ú otras causas legítimas y á
los que roben á los náufragos, si no restituyen lo robado. Pasando á
Inglaterra, encontramos el concilio de Oxford, celebrado en 1222 por
Esteban Langton, arzobispo de Cantorbery, prohibiendo en el canon 20
que nadie pueda tener ladrones para su servicio. En Suecia el concilio
de Arbogen, celebrado en 1396 por Enrique, arzobispo de Upsal, dispone
en su canon 5.º que no se conceda sepultura eclesiástica á los piratas,
raptores, incendiarios, ladrones de caminos reales, opresores de pobres
y otros malhechores. Por manera que, en todas partes, y en todos
tiempos, se encuentra el mismo hecho: la Iglesia luchando contra la
injusticia, contra la violencia, y esforzándose por reemplazarlas con
el reinado de la justicia y de la ley.

Yo no sé con qué espíritu han leído algunos la historia eclesiástica,
que no hayan sentido la belleza del cuadro que se ofrece en las
repetidas disposiciones que no he hecho más que apuntar, todas
dirigidas á proteger al débil contra el fuerte. Si al clérigo y al
monje, como débiles que son por pertenecer á una profesión pacífica, se
les protege de una manera particular en los cánones citados, notamos
que se dispensa la misma protección á las mujeres, á los peregrinos,
á los mercaderes, á los aldeanos que van de viaje y se ocupan en los
trabajos del campo, á los animales de cultivo, en una palabra, á todo
lo débil. Y cuenta que esta protección no es un mero arranque de
generosidad pasajera: es un sistema seguido en lugares muy diferentes,
continuado por espacio de siglos, desenvuelto y aplicado por los
medios que la caridad sugiere, inagotable en recursos y artificios
cuando se trata de hacer el bien y de evitar el mal. Y por cierto que
aquí no puede decirse que la Iglesia obrase por miras interesadas,
porque, ¿cuál era el provecho material que podía resultarle de impedir
el despojo de un obscuro viajante, el atropellamiento de un pobre
labrador, ó el insulto hecho á una desvalida mujer? El espíritu que la
animaba entonces, á pesar de los abusos que consigo traía la calamidad
de los tiempos; el espíritu que la animaba entonces, como ahora, era el
Espíritu de Dios; ese Espíritu que le comunica sin cesar una decidida
inclinación á lo bueno, á lo justo, y que la impele de continuo á
buscar los medios más á propósito para realizarlo.

Juzgue ahora el lector imparcial si esfuerzos tan continuados por
parte de la Iglesia para desterrar de la sociedad el dominio de la
fuerza debieron ó no contribuir á suavizar las costumbres. Esto aun
limitándonos al tiempo de paz; pues, por lo que toca al de guerra, no
es necesario siquiera detenerse en probarlo. El _vae victis_ de los
antiguos ha desaparecido en la historia moderna, merced á la religión
divina que ha inspirado á los hombres otras ideas y sentimientos;
merced á la Iglesia católica, que con su celo por la redención de
los cautivos ha suavizado las máximas feroces de los romanos, que
conceptuaban necesario, para hacer á los hombres valientes, no dejarles
esperanza de salir de la esclavitud, en caso de que á ella los
condujesen los azares de la guerra. Si el lector quiere tomarse la pena
de leer el capítulo XVII de esta obra con el § III de la nota primera,
donde se hallan algunos de los muchos documentos que se podrían citar
sobre este punto, formará cabal concepto de la gratitud que se merece
la Iglesia católica por su caridad, su desprendimiento, su celo
incansable en favor de los infelices que, privados de libertad, gemían
en poder de los enemigos. Á esto debe añadirse también la consideración
de que, abolida la esclavitud, había de suavizarse por necesidad el
sistema de la guerra. Porque, si al enemigo no era lícito matarle, una
vez rendido, ni tampoco retenerle en esclavitud, todo se reducía á
retenerle el tiempo necesario para que no pudiese hacer daño, ó hasta
que se recibiese por él la compensación correspondiente. He aquí el
sistema moderno, que consiste en retener los prisioneros hasta que se
haya terminado la guerra ó verificado un canje.

Bien que, según lo dicho más arriba, la suavidad de costumbres
consiste, propiamente hablando, en la _exclusión de la fuerza_, no
obstante, como en este mundo todo se enlaza, no debe mirarse esta
exclusión de un modo abstracto, considerando posible que exista por la
sola fuerza del desarrollo de la inteligencia. Una de las condiciones
necesarias para una verdadera suavidad de costumbres, es que, no sólo
se eviten en cuanto sea posible los medios violentos, sino que, además,
se empleen los _benéficos_. Si esto no se verifica, las costumbres
serán más bien enervadas que suaves, y el uso de la fuerza no será
desterrado de la sociedad, sino que andará en ella disfrazado con
artificio. Por estas razones conviene echar una ojeada sobre el
principio de donde ha sacado la civilización europea el espíritu de
beneficencia que la distingue; pues que así se acabará de manifestar
que al Catolicismo es debida principalmente nuestra suavidad de
costumbres. Además, que, aun prescindiendo del enlace que con esto
tiene la beneficencia, ella por sí sola entraña demasiada importancia,
para que sea posible desentenderse de consagrarle algunas páginas,
cuando se hace una reseña analítica de los elementos de nuestra
civilización.[7]



CAPITULO XXXIII


Las costumbres no serán jamás suaves, si no existe la beneficencia
pública. De suerte que la suavidad y esta beneficencia, si bien no
se confunden, no obstante, se hermanan. La beneficencia pública,
propiamente tal, era desconocida entre los antiguos. El individuo
podía ser benéfico una que otra vez; la sociedad no tenía entrañas.
Así es que la fundación de establecimientos públicos de beneficencia
no entró jamás en su sistema de administración. ¿Qué hacían, pues, de
los desgraciados? se nos dirá; y nosotros responderemos á esta pregunta
con el autor del _Genio del Cristianismo_: «Tenían dos conductos para
deshacerse de ellos: el infanticidio y la esclavitud.»

Dominaba ya el Cristianismo en todas partes, y vemos todavía que los
rastros de costumbres atroces daban mucho que entender á la autoridad
eclesiástica. El concilio de Vaisón, celebrado en el año 442, al
establecer un reglamento sobre pertenencia legítima de los expósitos,
manda castigar con censura eclesiástica á los que perturbaban con
reclamaciones importunas á las personas caritativas que habían recogido
un niño; lo que hacía el concilio con la mira de no apartar de esta
costumbre benéfica, porque, en el caso contrario, según añade, _estaban
expuestos á ser comidos por los perros_. No dejaban, todavía, de
encontrarse algunos, padres desnaturalizados que mataban á sus hijos;
pues que un concilio de Lérida, celebrado en el año 546, impone siete
años de penitencia á los que cometan semejante crimen; y el de Toledo,
celebrado en 589, dispone en su canon 17 que se impida que los padres y
madres quiten la vida á sus hijos.

No estaba, sin embargo, la dificultad en corregir estos excesos,
que por su misma oposición á las primeras ideas de moral, y por su
repugnancia á los sentimientos más naturales, se prestaban á ser
desarraigados y extirpados. La dificultad consistía en encontrar
los medios para organizar un vasto sistema de beneficencia, donde
estuviesen siempre á la mano los socorros, no sólo para los niños,
sino también para los viejos inválidos, para los enfermos, para los
pobres que no pudiesen vivir de su trabajo; en una palabra, para todas
las necesidades. Como nosotros vemos esto planteado ya, y nos hemos
familiarizado con su existencia, nos parece una cosa tan natural y
sencilla, que apenas acertamos á distinguir una mínima parte del mérito
que encierra. Supóngase, empero, por un instante que no existiesen
semejantes establecimientos; trasladémonos con la imaginación á aquella
época en que no se tenía de ellos ni idea siquiera; ¿qué esfuerzos tan
continuados no supone el plantearlos y organizarlos?

Es claro que, extendida por el mundo la caridad cristiana, debían ser
socorridas todas las necesidades con más frecuencia y eficacia que
no lo eran anteriormente, aun suponiendo que el ejercicio de ella se
hubiese limitado á medios puramente individuales: porque nunca habría
faltado un número considerable de fieles que hubieran recordado las
doctrinas y el ejemplo de Jesucristo, quien, mientras nos enseñaba
la obligación de amar á los demás hombres como á nosotros mismos, y
esto no con un afecto estéril, sino dando de comer al hambriento, de
beber al que tiene sed, vistiendo al desnudo y visitando al enfermo
y al encarcelado, nos ofrecía en su propia conducta un modelo de la
práctica de esa virtud. De mil maneras podía ostentar el infinito
poder que tenía sobre el cielo y la tierra: al imperio de su voz se
hubieran humillado dóciles todos los elementos, los astros se hubieran
detenido en su carrera, y la naturaleza toda hubiera suspendido sus
leyes; pero es de notar que se complace en manifestar su omnipotencia,
en atestiguar su divinidad, haciendo milagros que servían de remedio ó
consuelo de los desgraciados. Su vida está compendiada en la sencillez
sublime de aquellas dos palabras del sagrado texto: _Pertransiit
benefaciendo._ _Pasó haciendo bien._

Sin embargo, por más que pudiese esperarse de la caridad cristiana
entregada á sus propias inspiraciones, y obrando en la esfera meramente
individual, no era conveniente dejarla en semejante estado, sino que
era menester realizarla en instituciones permanentes, por medio de
las cuales se evitase que el socorro de las necesidades estuviese
sujeto á las contingencias inseparables de todo lo que depende de la
voluntad del hombre y de circunstancias de momento. Por este motivo,
fué sumamente cuerdo y previsor el pensamiento de plantear un gran
número de establecimientos de beneficencia. La Iglesia fué quien lo
concibió y lo realizó; y en esto no hizo otra cosa que aplicar á un
caso particular la regla general de su conducta: no dejar nunca á la
voluntad del individuo lo que puede vincularse en una institución. Y
es digno de notarse que ésta es una de las razones de la robustez que
tiene todo cuanto pertenece al Catolicismo: de manera que, así como el
principio de la autoridad en materias de dogma le conserva la unidad
y la firmeza en la fe, así la regla de reducirlo todo á instituciones
asegura la solidez y duración á todas sus obras. Estos dos principios
tienen entre sí una correspondencia íntima; porque, si bien se mira, el
uno supone la desconfianza en el entendimiento del hombre, el otro en
su voluntad y en sus medios Individuales. El uno supone que el hombre
no se basta á sí mismo para el conocimiento de muchas verdades, el otro
que es demasiado veleidoso y débil para que el hacer el bien pueda
quedar encomendado á su inconstancia y flaqueza. Y ni uno ni otro hacen
injuria al hombre, ni uno ni otro rebajan su dignidad; no hacen más
que decirle lo que en realidad es, sujeto al error, inclinado al mal,
variable en sus propósitos y escaso en sus recursos. Verdades tristes,
pero atestiguadas por la experiencia de cada día, y cuya explicación
nos ofrece la religión cristiana, asentando como dogma fundamental la
caída del humano linaje en la prevaricación del primer padre.

El Protestantismo, siguiendo principios diametralmente opuestos, aplica
también á la voluntad el espíritu de individualismo que predica para
el entendimiento, y así es que de suyo es enemigo de instituciones.
Concretándonos al objeto que nos ocupa, vemos que su primer paso, en
el momento de su aparición, fué destruir lo existente, sin pensar
cómo podría reemplazarse. Increíble parecerá que Montesquieu haya
llegado al extremo de aplaudir esa obra de destrucción, y ésta es
otra prueba de la maligna influencia ejercida sobre los espíritus
por la pestilente atmósfera del siglo pasado. «Enrique VIII, dice
el citado autor, queriendo reformar la Inglaterra, destruyó los
frailes; gente perezosa que fomentaba la pereza de los demás, porque,
practicando la _hospitalidad_, hacía que una infinidad de personas
ociosas, nobles y de la clase del pueblo, pasasen su vida corriendo
de convento en convento. _Quitó también los hospitales, donde el
pueblo bajo encontraba su subsistencia_, como los nobles la suya en
los monasterios. Desde aquella época se estableció en Inglaterra
el espíritu de industria y de comercio.» (_Espíritu de las leyes._
Lib. 23, cap. 29.) Que Montesquieu hubiese encomiado la conducta de
Enrique VIII en destruir los conventos apoyándose en la miserable
razón de que, faltando la hospitalidad que en ellos se encontraba,
se quitaría á los ociosos este recurso, es cosa que no fuera de
extrañar, supuesto que semejantes vulgaridades eran del gusto de la
filosofía que empezaba á cundir á la sazón. En todo lo que estaba en
oposición con las instituciones del Catolicismo se pretendía encontrar
profundas razones de economía y de política; cosa muy fácil, porque
un ánimo preocupado encuentra en los libros, como en los hechos, todo
lo que quiere. Podíase, sin embargo, preguntar á Montesquieu cuál
había sido el paradero de los bienes de los conventos; y, como de
esos pingües despojos cupo una buena parte á esos mismos nobles que
antes encontraban allí la hospitalidad, quizás podría reconvenirse al
autor del _Espíritu de las leyes_, por haber pretendido disminuir la
ociosidad de éstos por un medio tan singular como era darles los bienes
de aquellos que los hospedaban. Por cierto que, teniendo los nobles
en su casa los mismos bienes que sufragaban para darles hospitalidad,
se les ahorraba el trabajo de _correr de convento en convento_. Pero
lo que no puede tolerarse, es que presente como un golpe maestro en
economía política «_el haber quitado los hospitales, donde el pueblo
bajo encontraba su subsistencia_.» ¡Qué! ¿Á tan poco alcanza vuestra
vista, tan desapiadada es vuestra filosofía, que creáis conducente para
el fomento de la industria y comercio la destrucción de los asilos del
infortunio?

Y es lo peor que, seducido Montesquieu por el prurito de hacer lo que
se llama observaciones nuevas y picantes, llega al extremo de negar la
utilidad de los hospitales, pretendiendo que en Roma ésta es la causa
de que viva en comodidad todo el mundo, excepto los que trabajan. Si
las naciones son pobres, no quiere hospitales; si son ricas, tampoco;
y para sostener esa paradoja inhumana se apoya en las razones que verá
el lector en las siguientes palabras. «Cuando la nación es pobre, dice,
la pobreza particular dimana de la miseria general; y no es más, por
decirlo así, que la misma miseria general. Todos los hospitales no
sirven entonces para remediar esa pobreza particular; _al contrario, el
espíritu de pereza que ellos inspiran aumenta la pobreza general, y,
por consiguiente, la particular_.» He aquí los hospitales presentados
como dañosos á las naciones pobres, y, por tanto, condenados. Oigámosle
ahora por lo tocante á las ricas. «He dicho que las naciones ricas
necesitaban hospitales, porque en ellas está sujeta la fortuna á
mil accidentes; pero _échase de ver que socorros pasajeros valdrían
mucho más que establecimientos perpetuos_. El mal es _momentáneo_; de
consiguiente, es menester que _los socorros sean de una misma clase_, y
aplicables al accidente particular.» (_Espíritu de las leyes._ Lib. 23,
cap. 29.) Difícil es encontrar nada más vacío y más falso que lo que
se acaba de citar; de cierto que, si por semejante muestra se hubiese
de juzgar esa obra, cuyo mérito se ha exagerado tanto, merecería una
calificación aun más severa de la que le da M. Bonald cuando la llama
«_la más profunda de las obras superficiales_».

Afortunadamente para los pobres, y para el buen orden de la sociedad,
la Europa en general no ha adoptado esas máximas; y en este punto, como
en muchos otros, se han dejado aparte las preocupaciones contra el
Catolicismo, y se ha seguido con más ó menos modificaciones el sistema
que él había enseñado. En la misma Inglaterra existen en considerable
número los establecimientos de beneficencia, sin que se crea que para
aguijonear la diligencia del pobre sea menester exponerle al peligro
de perecer de hambre. Conviene, sin embargo, observar que ese sistema
de establecimientos públicos de beneficencia, generalizado en la
actualidad por toda Europa, no hubiera existido sin el Catolicismo; y
puede asegurarse que, si el cisma religioso protestante hubiese tenido
lugar antes de que se plantease y organizase el indicado sistema, no
disfrutaría actualmente la sociedad europea de unos establecimientos
que tanto le honran, y que, además, son un precioso elemento de buena
policía y de tranquilidad pública.

No es lo mismo fundar y sostener un establecimiento de esta clase,
cuando ya existen muchos otros del mismo género, cuando los gobiernos
tienen á la mano inmensos recursos, y disponen de la fuerza necesaria
para proteger todos los intereses, que plantear un gran número de ellos
cuando no hay tipos á que referirse, cuando se han de improvisar los
recursos de mil maneras diferentes, cuando el poder público no tiene
ni prestigio ni fuerza para mantener á raya las pasiones violentas
que se esfuerzan en apoderarse de todo lo que les ofrece algún cebo.
Lo primero se ha hecho en los tiempos modernos desde la existencia
del Protestantismo; lo segundo lo había hecho siglos antes la Iglesia
católica.

Y nótese bien que lo que se ha realizado en los países protestantes
á favor de la beneficencia, no ha sido más que actos administrativos
del gobierno, actos que necesariamente debía inspirarle la vista de
los buenos resultados que hasta entonces habían producido semejantes
establecimientos. Pero el Protestantismo en sí, y considerado como
Iglesia separada, nada ha hecho. Ni tampoco podía hacer, pues que allí
donde conserva algo de organización jerárquica, es un puro instrumento
del poder civil, y, por tanto, no puede obrar por inspiración propia.
Para acabar de esterilizarse en este punto, tiene, además del vicio de
su constitución, sus preocupaciones contra los institutos religiosos,
tanto de hombres como de mujeres; y así está privado de uno de los
poderosos medios que tiene el Catolicismo para llevar á cabo las obras
de caridad más arduas y penosas. Para los grandes actos de caridad es
necesario el desprendimiento de todas las cosas, y hasta de sí mismo; y
esto es lo que se encuentra eminentemente en las personas consagradas
á la beneficencia en un instituto religioso; allí se empieza por el
desprendimiento raíz de todos los demás: el de la propia voluntad.

La Iglesia católica, lejos de proceder en esta parte por inspiraciones
del poder civil, ha considerado como objeto propio el cuidar del
socorro de todas las necesidades; y los obispos han sido considerados
como los protectores y los inspectores natos de los establecimientos
de beneficencia. Y de aquí es que por derecho común los hospitales
estaban sujetos á los obispos, y en la legislación canónica ha
ocupado siempre un lugar muy principal el ramo de establecimientos de
beneficencia.

Es antiquísimo en la Iglesia legislar sobre esos establecimientos, y
así vemos que el concilio de Calcedonia, al prescribir que esté bajo la
autoridad del obispo de la ciudad el clérigo constituído _in ptochiis_,
esto es, según explicación de Zonaras, «en unos establecimientos
destinados al alimento y cuidado de los pobres, como son aquellos
donde se reciben y mantienen los pupilos, los viejos y enfermos», usa
la siguiente expresión: _según la tradición de los Santos Padres_;
indicando con esto que existían ya disposiciones antiguas de la Iglesia
sobre tales objetos, pues que ya entonces se apelaba á la tradición,
en tratándose de arreglar algún punto á ellos concerniente. Son
conocidas también de los eruditos las antiguas _Diaconías_, lugares de
beneficencia donde se recogían viudas pobres, huérfanos, viejos y otras
personas miserables.

Cuando con la irrupción de los bárbaros se introdujo por todas partes
el dominio de la fuerza, los bienes que habían adquirido, ó que en lo
sucesivo adquiriesen, los hospitales, estaban muy mal seguros, pues que
de suyo ofrecían un cebo muy estimulante. No faltó, empero, la Iglesia
á cubrirlos con su protección. La prohibición de apoderarse de ellos
se hacía de un modo muy severo, y los perpetradores de este atentado
eran castigados como _homicidas de pobres_. El concilio de Orleans,
celebrado en el año 549, prohibe en su canon 13 el apoderarse de los
bienes de hospitales; y en el canon 15, confirmando la fundación de un
hospital hecho en León por el rey Childeberto y la reina Ultragotha,
encargando la seguridad y la buena administración de sus bienes, impone
á los contraventores la pena de anatema como reos de _homicidio de
pobres_.

Ciertas disposiciones sobre los pobres, que son á un tiempo de
beneficencia y de policia, y adoptadas en la actualidad en varios
países, las encontramos en antiquísimos concilios; como el formar una
lista de los pobres de la parroquia, el obligar á ésta á mantenerlos, y
otras semejantes. Así, el concilio de Tours, celebrado por los años de
566 ó 567, ordena en su canon 5.º que cada ciudad mantenga sus pobres,
y que los sacerdotes rurales y sus feligreses alimenten los suyos, para
evitar que los mendigos anden vagabundos por las ciudades y provincias.
Por lo que toca á los leprosos, el canon 21 del concilio de Orleans,
poco ha citado, prescribe que los obispos cuiden particularmente de
los pobres leprosos de sus diócesis, suministrándoles del fondo de la
Iglesia alimento y vestido; y el concilio de León, celebrado en el
año 583, manda en su canon 6.º que los leprosos de cada ciudad y su
territorio sean mantenidos á expensas de la Iglesia, cuidando de esto
el obispo.

Teníase en la Iglesia una matrícula de los pobres, para distribuirles
una parte de los bienes, y estaba expresamente prohibido el recibir
nada de ellos por inscribirlos en la misma. En el concilio de Reims,
celebrado en el año 874, se prohibe en el 2.º de sus cinco artículos
el recibir nada de los pobres que se matriculaban, y esto so pena de
deposición.

La solicitud por la mejora de la suerte de los presos, que tanto se
ha desplegado en los tiempos modernos, es antiquísima en la Iglesia,
y es de notar que ya en el siglo sexto había en ellas un visitador
de cárceles. El arcediano, ó el prepósito de la iglesia, tenía la
obligación de visitar los presos todos los domingos. No se exceptuaba
de esta solicitud ninguna clase de criminales; y el arcediano debía
enterarse de sus necesidades y suministrarles el alimento y lo demás
que necesitasen, por medio de una persona recomendable elegida por el
obispo. Así consta del canon 20 del concilio de Orleans, celebrado en
el año 549.

Larga sería la tarea de enumerar ni aun una pequeña parte de las
disposiciones que atestiguan el celo desplegado por la Iglesia en el
consuelo y alivio de todos los desgraciados; ni esto fuera propio de
este lugar, dado que sólo me he propuesto comparar el espíritu del
Protestantismo con el del Catolicismo con respecto á las obras de
beneficencia. Pero, ya que el mismo desarrollo de la cuestión me ha
llevado como de la mano á algunas indicaciones históricas, no puedo
menos de recordar el capítulo 141 del concilio de Aix-la-Chapelle,
donde se ordena que los prelados, siguiendo los ejemplos de sus
predecesores, funden un hospital para recibir tantos pobres cuantos
alcancen á mantener las rentas de la iglesia. Los canónigos habían
de dar al hospital el diezmo de sus frutos, y uno de ellos debía
ser nombrado para recibir á los pobres extranjeros, y para la
administración del hospital. Esto en la regla para los canónigos. En la
regla para las canonesas dispone el mismo concilio que se establezca
un hospital cerca del monasterio, y que dentro del mismo haya un sitio
destinado para recibir á las mujeres pobres. De esta práctica resultó
que, muchos siglos después, se veían en varias partes hospitales junto
á la iglesia de los canónigos.

Llegando á tiempos más cercanos, son en muy crecido número los
institutos que se fundaron con objetos de beneficencia; siendo de
admirar la fecundidad con que brotaban por dondequiera los medios
de socorrer las necesidades que se iban ofreciendo. No es dado
calcular á punto fijo lo que hubiera sucedido sin la aparición del
Protestantismo; pero, discurriendo por analogía, se puede conjeturar
que, si el desarrollo de la civilización europea se hubiese llevado
á su complemento bajo el principio de la unidad religiosa, y sin
las revoluciones y reacciones incesantes en que se halló sumida la
Europa, merced á la pretendida reforma, no habría dejado de nacer del
seno de la religión católica algún sistema general de beneficencia
que, organizado con una grande escala y conforme á lo que han ido
exigiendo los nuevos progresos de la sociedad, quizás hubiera prevenido
ó remediado esa plaga del pauperismo, que es el cáncer de los
pueblos modernos. ¿Qué no podía esperarse de los esfuerzos de toda la
inteligencia y de todos los recursos de Europa, obrando de concierto
para lograr este objeto? Desgraciadamente se rompió la unidad de la
fe, se desconoció la autoridad que debía ser el centro en adelante,
como lo había sido hasta allí, y, desde entonces, la Europa, que
estaba destinada á ser en breve un pueblo de hermanos, se convirtió en
un campo de batalla donde se peleó con inaudito encarnizamiento. El
rencor, engendrado por la diferencia de religión, no permitió que se
aunasen los esfuerzos para salir al paso de las nuevas complicaciones
y necesidades que iban á brotar de la organización social y política
alcanzada por la Europa á costa de los trabajos de tantos siglos; en
lugar de esto, se aclimataron entre nosotros las disputas rencorosas,
la insurrección y la guerra.

Es menester no olvidar que con el cisma de los protestantes, no sólo se
ha impedido la reunión de todos los esfuerzos de Europa para alcanzar
el fin indicado, sino que se ha causado, además, otro mal muy grave,
cual es: que el Catolicismo no ha podido obrar de una manera regular,
aun en los países donde se ha conservado con predominio, ó principal,
ó exclusivo. Casi siempre ha tenido que mantenerse en actitud de
defensa, y así se ha visto precisado á gastar una gran parte de sus
recursos en procurarse medios de salvar su existencia propia. Resulta
de esto ser muy probable que el orden actual de cosas en Europa es del
todo diferente del que hubiera sido en la suposición contraria, y que
tal vez, en este último caso, no hubiera sido necesario fatigarse en
esfuerzos impotentes contra un mal que, según todas las apariencias, si
no se imaginan otros medios que los conocidos hasta aquí, es poco menos
que incurable.

Se me dirá que, en tal caso, la Iglesia hubiera conservado una
autoridad excesiva sobre todo el ramo de beneficencia, lo que habría
sido una limitación injusta de las facultades del poder civil; pero
esto es un error. Porque es falso que la Iglesia pretendiese nada
que no estuviese muy de acuerdo con lo que exige el mismo carácter de
protectora de todos los desgraciados, de que se halla tan dignamente
revestida. Verdad es que en ciertos siglos apenas se oye otra voz,
ni se ve otra acción que la suya, en todo lo tocante al ramo de
beneficencia; pero es menester observar que en aquellos siglos estaba
muy lejos el poder civil de poseer una administración ordenada y
vigorosa, con que pudiese auxiliar como corresponde á la Iglesia. Tanto
dista de haber mediado en esto ninguna ambición por parte de ella, que,
antes bien, llevada por su celo sin límites, había cargado sobre sus
hombros todo el cuidado, así de lo espiritual como de lo temporal, sin
reparar en ninguna clase de sacrificios y dispendios.

Tres siglos han pasado desde el funesto acontecimiento que lamentamos,
y la Europa, que durante este tiempo ha estado sujeta en buena parte
á la influencia del Protestantismo, no ha dado un solo paso más allá
de lo que estaba ya hecho antes de aquella época. No puedo creer que,
si estos tres siglos hubiesen corrido bajo la influencia exclusiva
del Catolicismo, no hubiese brotado de su seno alguna invención
caritativa, que hubiese elevado los sistemas de beneficencia á toda la
altura reclamada por la complicación de los nuevos intereses. Echando
una ojeada sobre los varios sistemas que fermentan en el espíritu de
los que se ocupan en esta cuestión gravísima, figura la _asociación_
bajo una ú otra forma. Cabalmente éste ha sido uno de los principales
favoritos del Catolicismo, el cual, así como proclama la _unidad_ en
la fe, así proclama la _unión_ en todo. Pero hay la diferencia de que
muchas de las asociaciones que se conciben y plantean, no son más que
_aglomeración_ de intereses, faltándoles la _unión_ de voluntades,
la _unidad_ de fin, circunstancias que no se encuentran sino por
medio de la caridad cristiana; y, no obstante, son necesarias estas
circunstancias para llevar á cabo las grandes obras de beneficencia, si
en ella se ha de encontrar algo más que una medida de administración
pública. Esta administración de poco sirve cuando no es vigorosa; y,
desgraciadamente, cuando alcanza este vigor, su acción se resiente un
poco de la dureza y tirantez de los resortes. Por esto se necesita
la caridad cristiana, que, filtrándose por todas partes á manera de
bálsamo, suavice lo que tenga de duro la acción del hombre.

¡Ay de los desgraciados que no reciben el socorro en sus necesidades,
sino por medio de la administración civil, sin intervención de la
caridad cristiana! En las relaciones que se darán al público, la
_filantropía_ exagerará los cuidados que prodiga al infortunio,
pero en la realidad las cosas pasarán de otra manera. El amor de
nuestros hermanos, si no está fundado en principios religiosos, es
tan abundante de palabras como escaso de obras. La vista del pobre,
del enfermo, del anciano desvalido, es demasiado desagradable para
que podamos soportarla por mucho tiempo, cuando no nos obligan á
ello muy poderosos motivos. ¿Cuánto menos se puede esperar que los
cuidados penosos, humillantes, de todas horas, que reclama el socorro
de esos infelices, puedan ser sostenidos cual conviene por un vago
sentimiento de humanidad? No: donde falte la caridad cristiana, podrá
haber puntualidad, exactitud, todo lo que se quiera, por parte de los
asalariados para servir, si el establecimiento está sujeto á una buena
administración; pero faltará una cosa que con nada se suple, que no se
paga, _el amor_. Mas, se nos dirá, ¿no tenéis fe en la filantropía? No;
porque, como ha dicho Chateaubriand, la filantropía es la moneda falsa
de la caridad.

Muy razonable era, pues, que la Iglesia tuviese una intervención
directa en todos los ramos de beneficencia, pues que ella era quien
debía saber mejor que nadie el modo de hacer obrar la caridad
cristiana, aplicándola á todo linaje de necesidades y miserias. No
era esto satisfacer la ambición, sino dar pábulo al celo; no era
reclamar un privilegio, sino hacer valer un derecho. Por lo demás, si
os empeñareis en apellidar ambición este deseo, al menos no podréis
negarnos que es una ambición de nueva clase, una ambición muy digna de
gloria y prez, la de reclamar el privilegio de socorrer y consolar el
infortunio.[8]



CAPITULO XXXIV


La cuestión sobre la suavidad de costumbres, tratada en los capítulos
anteriores, me conduce naturalmente á otra, harto difícil ya de suyo,
y que, además, ha llegado á ser en extremo espinosa, á causa de las
muchas preocupaciones que la rodean. Hablo de la tolerancia en materias
religiosas. Para ciertos hombres la palabra Catolicismo es sinónima de
intolerancia; y es tal el embrollo de ideas en este punto, que es tarea
trabajosa el empeño de aclarárselas. Basta pronunciar el nombre de
intolerancia, para que el ánimo de algunas personas se sienta asaltado
de toda clase de ideas tétricas y horrorosas. La legislación, las
instituciones, los hombres de los tiempos pasados, todo es condenado
sin apelación, al menor asomo que se descubre de intolerancia. Las
causas que á esto contribuyen son varias; pero, si se quiere señalar la
principal, se podría repetir la profunda sentencia de Catón, cuando,
acusado, á la edad de 86 años, de no sé qué delitos de su vida, en
épocas muy anteriores, dijo: «Difícil es dar cuenta de la propia
conducta á hombres de otro siglo del en que uno ha vivido.»

Cosas hay sobre las que no es posible formar juicio acertado, sin
poseer no sólo el conocimiento, sino un sentimiento vivo de la época en
que se realizaron. ¿Y cuántos son los hombres capaces de llegar á este
punto? Pocos son los que consiguen poner su entendimiento á cubierto
del influjo de la atmósfera que los circunda; pero todavía son menos
los que lo alcanzan con respecto al corazón. Cabalmente el siglo en
que vivimos es el reverso de los siglos de la intolerancia, y he aquí
la primera dificultad que ocurre en la discusión de esta clase de
cuestiones.

El acaloramiento y la mala fe de algunos que las examinaron, han tenido
también no escasa parte en el extravío de la opinión. Nada existe en el
mundo que no pueda desacreditarse si no se mira más que por un lado;
porque las cosas, miradas así, son falsas, ó, en otros términos, no son
ellas mismas. Todo cuerpo tiene tres dimensiones: quien no atienda más
que á una, no se forma idea del cuerpo, sino de una cantidad que es muy
diferente de él. Tomad una institución cualquiera, la más justa, la
más útil que podáis imaginar; proponeos examinarla bajo el aspecto de
los males é inconvenientes que haya acarreado, cuidando de agrupar en
pocas páginas lo que en realidad está desparramado en muchos siglos.
Su historia resultará repugnante, negra, digna de execración. Dejad
que un amante de la democracia os pinte en breve cuadro, y con hechos
históricos, los males é inconvenientes de la monarquía, y los vicios y
los crímenes de los monarcas; ¿qué parece entonces la monarquía? Pero,
á un amante de ésta, dejadle que á su vez pueda retrataros también con
hechos históricos, la democracia y los demagogos; ¿qué resulta entonces
la democracia? Reunid en un cuadro los males acarreados por el mucho
adelanto de los pueblos; la civilización y la cultura os parecerán
detestables. Andando en busca de hechos en los fastos del espíritu
humano, se puede hacer de la historia de la ciencia, la historia de
la locura y hasta del crimen. Acumulando los accidentes funestos
ocasionados por los profesores del arte de curar, se puede presentar
esta profesión benéfica, como la carrera del homicidio. En una
palabra: todo se puede falsear procediendo de esta suerte. Dios mismo
se nos ofrecerá como un monstruo de crueldad y tiranía, si, haciendo
abstracción de su bondad, de su sabiduría, de su justicia, no atendemos
á otra cosa que á los males que presenciamos en un mundo creado por su
poder y sujeto á su providencia.

Apliquemos estos principios. Si, dejando aparte el espíritu de los
tiempos, de circunstancias particulares de un orden de cosas del todo
diferente, se nos hace la historia de la intolerancia religiosa de los
católicos, cuidando de que los rigores de Fernando é Isabel, de Felipe
II, de la reina María de Inglaterra, de Luis XIV, y todo lo acontecido
en el espacio de tres siglos, se vean reducidos en pocas páginas, y
con los colores tan recargados como posible sea; el lector que recibe
en pocos momentos la impresión de sucesos que se anduvieron realizando
en trescientos años, el lector que, viviendo en una sociedad donde las
cárceles se van convirtiendo en casas de recreo, y donde es vivamente
combatida la pena de muerte, ve delante de sus ojos tanto lóbrego
calabozo, aparatos de tormento, sambenitos y hogueras, siente latir
vivamente su corazón, llora sobre el infortunio de los desgraciados
que perecen, y se indigna contra los autores de lo que él apellida
horrendas atrocidades. Nada se le ha dicho al cándido lector de los
principios y de la conducta de los protestantes en la misma época,
nada se le ha recordado de la crueldad de Enrique VIII y de Isabel de
Inglaterra, y así todo su odio se concentra sobre los católicos, y
se acostumbra á mirar el Catolicismo como una religión de tiranía y
de sangre. Pero el juicio que de ahí se forme, ¿será recto? ¿será un
fallo dado con pleno conocimiento de causa? Veamos lo que haríamos al
encontrar un negro cuadro, tal como se ha indicado más arriba, sobre
la monarquía, sobre la democracia, sobre la civilización, sobre la
ciencia, sobre las profesiones más benéficas. Lo que haríamos, ó al
menos lo que ciertamente debiéramos hacer, sería extender más allá
nuestra vista, volver el objeto mirándole en sus diferentes caras,
atender á los bienes después de habernos hecho cargo de los males;
disminuir la impresión que éstos nos han causado y considerarlos
como fueron en sí, es decir, distribuídos á grandes distancias en
el curso de los siglos; en una palabra, procuraríamos ser justos
tomando en nuestras manos la balanza para pesar el bien y el mal,
para compararlos, como debe hacerse siempre que se trate de apreciar
debidamente las cosas en la historia de la humanidad. Lo propio se
habría de ejecutar en el caso en cuestión, para precaverse contra
el error á que conducen las falsas relaciones, y la exageración de
ciertos hombres, cuyo objeto evidente ha sido falsear los hechos, no
presentándolos sino por un lado. Ahora no existe la Inquisición y por
cierto que no hay probabilidades de que se restablezca; no existen
tampoco las leyes severas que sobre este particular regían en otros
tiempos: ó están abrogadas, ó han caído en desuso; y así nadie puede
tener un interés en que se las mire desde un punto de vista falso.
Concíbese que para algunos existiese ese interés, mientras se trató de
hacerles la guerra con la mira de destruirlas; pero, una vez logrado el
objeto, la Inquisición y esas leyes son un hecho histórico que conviene
examinar con detenimiento é imparcialidad.

Aquí hay dos cuestiones: la del principio, y la de su aplicación; ó
bien, de la intolerancia, y del modo de ejercerla. Es menester no
confundir estas dos cosas, que, por más enlazadas que se hallen, son,
sin embargo, muy diferentes. Empezaré por examinar la primera.

En la actualidad se proclama como un principio la tolerancia universal,
y se condena sin restricción todo linaje de intolerancia. ¿Quién cuida
de examinar el verdadero sentido de esas palabras? ¿Quién analiza á
la luz de la razón las ideas que encierran? ¿Quién, para aclararlas,
echa mano de la historia y de la experiencia? Muy pocos. Se pronuncian
maquinalmente, se emplean á cada paso para establecer proposiciones
de la mayor transcendencia, sin recelo siquiera de que en ellas se
envuelva un orden de ideas, de cuya buena ó mala inteligencia y
aplicación está pendiente la sociedad. Pocos se paran en que hay aquí
cuestiones de derecho tan profundas como delicadas, que hay una gran
parte de la historia en que, según como se resuelvan los problemas
sobre la tolerancia, se condena todo lo pasado, se derriba todo lo
presente, y no se deja, para edificar en el porvenir, más que un
movedizo cimiento de arena. Por cierto que lo más cómodo en semejantes
casos, es recibir y emplear las palabras tales como circulan, de la
misma suerte que se toma y da una moneda corriente, sin pararse en
examinar si es ó no es de buena ley. Pero lo más cómodo no es siempre
lo más útil; y así como, en tratándose de monedas de algún valor, nos
tomamos la molestia de examinarlas para evitar el engaño, es menester
observar la misma conducta con respecto á palabras cuyo significado sea
muy transcendental.

_Tolerancia_: ¿que significa esa palabra? Propiamente hablando,
significa el sufrimiento de una cosa que se conceptúa mala, pero que
se cree conveniente dejarla sin castigo. Así se toleran cierta clase
de escándalos, se toleran las mujeres públicas, se toleran estos ó
aquellos abusos; de manera que la idea de tolerancia anda siempre
acompañada de la idea del mal. Tolerar lo bueno, tolerar la virtud,
serían expresiones monstruosas. Cuando la tolerancia es en el orden de
las ideas, supone también un mal del entendimiento: el error. Nadie
dirá jamás que _tolera la verdad_.

En contra de esto último puede hacerse una observación, fundada en
el uso generalmente introducido de decir: _tolerar las opiniones_;
y opinión es muy diferente de error. Á primera vista, la dificultad
parece no tener solución; pero, bien mirada la cosa, es muy difícil
encontrársela. Cuando decimos que toleramos una opinión, hablamos
siempre de opinión contraria á la nuestra. En este caso, la opinión
ajena es en nuestro juicio un error; pues que no es posible que
tengamos una opinión sobre un punto, es decir, que pensemos que una
cosa es ó no es, ó es de esta manera ó de la otra, sin que al propio
tiempo juzguemos que los que no piensan como nosotros, yerran. Si
nuestra opinión no pasa de tal, es decir, si el juicio, bien que
afianzado en razones que nos parecen buenas, no ha llegado á una
completa seguridad, entonces nuestro juicio sobre el error de los
otros será también una mera opinión; pero, si llega la convicción á
tal punto, que se afirme y consolide del todo, esto es, si llegamos á
la certeza, entonces estaremos también ciertos de que los que forman
un juicio opuesto, yerran. De donde se infiere que en la palabra
tolerancia referida á opiniones, se envuelve siempre la significación
de tolerancia de errores. Quien está por el _sí_, tiene por falso el
_no_; y quien está por el _no_, tiene por falso el _sí_. Esto no es más
que una simple aplicación de aquel famoso principio: _es imposible que
una cosa sea y no sea al mismo tiempo_.

Pero, entonces, se me dirá, ¿qué significamos cuando decimos _respetar
las opiniones_? ¿Se sobrentenderá también que respetamos errores? No.
El _respetar las opiniones_ puede tener dos sentidos muy razonables.
El primero se funda en la misma flaqueza de convicción de la persona
que respeta; porque, cuando sobre un punto no hemos llegado á más que
á formar opinión, se entiende que no hemos llegado á certeza; y, por
tanto, en nuestra mente hay el conocimiento de que existen razones
por la parte opuesta. Bajo este concepto podemos muy bien decir que
respetamos la opinión ajena; con lo que expresamos la convicción de que
podemos engañarnos, y de que quizás no está la verdad de nuestra parte.
Segundo: respetar las opiniones significa á veces respetar las personas
que las profesan, respetar su buena fe, respetar sus intenciones. Así
se dice á veces _respetar las preocupaciones_, y claro es que no se
habla entonces de un verdadero respeto que á ellas se profese.

De donde se ve que la expresión _respetar las opiniones ajenas_ tiene
significado muy diferente, según que la persona que las respeta tiene ó
no convicciones ciertas en sentido contrario.

Comprenderemos mejor lo que es la tolerancia, cuál su origen y cuáles
sus efectos, si, antes de examinarla en la sociedad, la analizamos de
suerte que el objeto de nuestra observación se reduzca á su elemento
más simple: la tolerancia considerada en el individuo. Se llama
tolerante un individuo, cuando está habitualmente en tal disposición de
ánimo, que soporta sin enojarse ni alterarse las opiniones contrarias á
la suya. Esta tolerancia tendrá distintos nombres, según las diferentes
materias sobre que verse. En materias religiosas, la tolerancia, así
como la intolerancia, pueden encontrarse en quien tenga religión y en
quien no la tenga; de suerte que ni una ni otra de estas dos últimas
situaciones envuelve por necesidad el ser tolerante ni intolerante.
Algunos se imaginan que la tolerancia es propia de los incrédulos y la
intolerancia de los hombres religiosos; pero esto es un error: ¿quién
más tolerante que San Francisco de Sales? ¿y quién más intolerante que
Voltaire?

La tolerancia en un hombre religioso, aquella tolerancia que no dimana
de la flojedad en las creencias, y que se enlaza muy bien con un
ardiente celo por la conservación y la propagación de la fe, nace de
dos principios: la caridad y la humanidad: la caridad, que nos hace
amar á todos los hombres, aun á nuestros mayores enemigos; que nos
inspira la compasión de sus faltas y errores; que nos obliga á mirarlos
como hermanos, y á emplear los medios que estén en nuestro alcance
para sacarlos de su mal estado, sin que nos sea lícito considerarlos
privados de esperanza de salvación, mientras viven sobre la tierra.
Rousseau ha dicho que «es imposible vivir en paz con gentes á quienes
se cree condenadas»; nosotros no creemos ni podemos creer condenado
á nadie, mientras vive; pues que, por grande que sea su iniquidad,
todavía son mayores la misericordia de Dios y el precio de la sangre de
Jesucristo; y tan lejos estamos de pensar lo que dice el filósofo de
Ginebra que «amar á esos tales sería aborrecer á Dios», que antes bien
dejaría de pertenecer á nuestra creencia quien sostuviese semejante
doctrina. La humildad cristiana es la otra fuente de la tolerancia;
la humildad, que nos inspira un profundo conocimiento de nuestra
flaqueza, que nos hace mirar cuanto tenemos como venido de Dios, que
no nos deja ver nuestras ventajas sobre nuestros prójimos, sino como
mayores títulos de agradecimiento á la liberal mano de la Providencia;
la humildad, que, no limitándose á la esfera individual, sino abrazando
la humanidad entera, nos hace considerar como miembros de la gran
familia del linaje humano, caído de su primitiva dignidad por el
pecado del primer padre, con malas inclinaciones en el corazón, con
tinieblas en el entendimiento, y, por consiguiente, digno de lástima é
indulgencia en sus faltas y extravíos; esa virtud sublime en su mismo
anonadamiento, y que, como ha dicho admirablemente Santa Teresa, agrada
tanto á Dios, porque la _humildad es la verdad_, esa virtud nos hace
indulgentes con todo el mundo, porque no nos deja olvidar un momento
que nosotros, más tal vez que nadie, necesitamos también de indulgencia.

No bastará, sin embargo, para que un hombre religioso sea tolerante
en toda la extensión de la palabra, el que sea caritativo y humilde:
la experiencia nos lo enseña así y la razón nos indica las causas.
Con la mira de aclarar perfectamente un punto cuya mala inteligencia
embrolla casi siempre esta clase de cuestiones, presentaré un paralelo
de dos hombres religiosos cuyos principios serán los mismos, pero
cuya conducta será muy diferente. Supónganse dos sacerdotes, ambos
distinguidos en ciencia y eminentes en virtud; pero de manera que el
uno haya pasado su vida en el retiro, rodeado de personas piadosas, y
no tratando sino con católicos, mientras el otro, empleado en misiones
en diferentes países donde se hallan establecidas diversas religiones,
se ha visto precisado á conversar con hombres de distintas creencias, á
vivir entre ellos, y á sufrir el altar de una religión falsa levantado
á poca distancia del de la religión verdadera. Los principios de la
caridad cristiana serán los mismos en ambos, uno y otro mirarán como
un don de Dios la fe que recibieron y conservan; pero, á pesar de
todo esto, su conducta será muy diferente, si se encuentran con un
hombre que, ó tenga otras creencias, ó no profese ninguna. El primero,
que jamás ha tratado sino con fieles, que siempre ha oído hablar con
respeto de la religión, se estremecerá, se indignará, á la primera
palabra que oiga contra la fe ó las ceremonias de la Iglesia, siéndole
poco menos que imposible sostener con serenidad la conversación ó
la disputa que sobre la materia se entable; mientras el segundo,
acostumbrado á oir cosas semejantes, á ver contrariada su creencia, á
discutir con hombres que la tenían diferente, se mantendrá sosegado y
calmoso, entrando reposadamente en la cuestión, si necesario fuere, ó
esquivándola hábilmente, si así lo dictare la prudencia. ¿De dónde esta
variedad? No es difícil conocerlo: es que este último, con el trato, la
experiencia, las contradicciones, ha llegado á poseer un conocimiento
claro de la verdadera situación del mundo, se ha hecho cargo de la
funesta combinación de circunstancias que han conducido ó mantienen
á muchos desgraciados en el error, sabe en cierto modo colocarse en
el lugar en que ellos se encuentran, y así siente con más viveza el
beneficio que él debe á la Providencia, y es para con los otros más
benigno é indulgente. Enhorabuena que el otro sea tan virtuoso, tan
caritativo, tan humilde cuanto se quiera; pero, ¿cómo se puede exigir
de él que no se conmueva profundamente, que no deje traslucir las
señales de su indignación, cuando oye negar por la primera vez lo
que él ha creído siempre con la fe más viva, sin que haya encontrado
otra oposición que los argumentos propuestos en algunos libros? No
le faltaba, por cierto, la noticia de la existencia de herejes é
incrédulos, pero le faltaba el haberse encontrado con ellos á menudo,
el haber oído la exposición de cien sistemas diferentes, el haber visto
extraviadas personas de distintas clases, de diversas índoles, de
variada disposición de ánimo; la susceptibilidad de su espíritu, como
que nunca había sufrido, no había podido embotarse; y así, con las
mismas virtudes, y si se quiere con los mismos conocimientos, que el
otro, no había alcanzado aquella viveza, por decirlo así, con que un
entendimiento claro, y además ejercitado con la práctica, entra en el
espíritu de aquellos con quienes habla, y ve las razones ó los motivos
ó las pasiones que los ciegan para que no lleguen al conocimiento de la
verdad.

Por donde se echa de ver que la tolerancia en un individuo que tenga
religión, supone cierta blandura de ánimo, que, nacida del trato
y de los hábitos que éste engendra, se hermana, no obstante, con
las convicciones religiosas más profundas, y con el celo más puro
y ardiente por la propagación de la verdad. En lo moral como en lo
físico, el roce afina, el uso gasta, y no es posible que nada se
sostenga por largo tiempo en actitud violenta. El hombre se indignará
una, dos, cien veces al oir que se impugna su manera de pensar; pero
no es posible que continúe indignándose siempre, y así al cabo vendrá
á resignarse á la oposición, se acostumbrará á sufrirla con templanza,
y por más sagradas que conceptúe sus creencias, se contentará con
defenderlas y propagarlas cuando le sea posible, y, cuando no, tratará
de guardarlas en el fondo de su alma como un precioso depósito,
procurando reservarlas del viento disipador que oye soplar en sus
alrededores.

La tolerancia, pues, no supone en el individuo nuevos principios,
sino más bien una calidad adquirida con la práctica, una disposición
de ánimo que se va adquiriendo insensiblemente, un hábito de sufrir
formado con la repetición del sufrimiento.

Pasando ahora á considerar la tolerancia en el hombre no religioso,
observaremos que éste puede serlo de dos maneras. Los hay que, no sólo
no tienen religión, sino que le profesan odio, ora por un funesto
extravío de ideas, ora por mirarla como un obstáculo á sus pasiones ó
á sus particulares designios. Éstos son en extremo intolerantes; y su
intolerancia es la peor, porque no va acompañada de ningún principio
moral que pueda enfrenarla. El hombre en semejantes circunstancias
siéntese, por decirlo así, en guerra consigo mismo, y con el linaje
humano: consigo mismo, porque tiene que sofocar los gritos de su
conciencia propia; con el linaje humano, que protesta contra la
doctrina insensata empeñada en desterrar de la tierra el culto de Dios.
Por esta causa se encuentra en los hombres de esta clase un fondo
excesivo de rencor y despecho; por esto sus palabras destilan hiel; por
esto echan mano de la burla, del insulto, de la calumnia.

Hay, empero, otra clase de hombres, que, si bien carecen de religión,
no tienen en contra de ella una opinión determinada; viven en una
especie de escepticismo, á que han sido conducidos, ó por la lectura de
malos libros, ó por reflexiones de una filosofía superficial y ligera;
no están adheridos á la religión, pero tampoco están enemistados con
ella. Muchos conocen su alta importancia para el bien de la sociedad;
y aun algunos abrigan cierto deseo de volver á poseerla: allá en
momentos de recogimiento y meditación recuerdan con gusto los días
en que ofrecían á Dios un entendimiento fiel y un corazón puro, y al
ver cómo se precipitan los momentos de la vida, quizás conservan aún
la vaga esperanza de reconciliarse con el Dios de sus padres, antes
de bajar al sepulcro. Estos hombres son tolerantes; pero, si bien se
mira, la tolerancia no es en ellos ni un principio, ni una virtud: es
una simple necesidad que resulta de su posición. Mal puede indignarse
contra las doctrinas ajenas quien no tiene ninguna, y, por tanto, no
encuentra oposición en ninguna; mal puede indignarse contra la religión
quien la considera como una cosa necesaria al bienestar de la sociedad;
mal puede abrigar contra ella rencorosos sentimientos quien la echa de
menos en el fondo de su alma, quien la mira tal vez como un rayo de
esperanza al fijar sus ojos en un pavoroso porvenir. La tolerancia,
en tal caso, nada tiene de extraño, es natural, necesaria; y lo que
fuera inconcebible, lo que fuera extravagante, y que indicaría un mal
corazón, sería la intolerancia.

Elevando del individuo á la sociedad las consideraciones que se
acaban de presentar, debe observarse que la tolerancia, así como la
intolerancia, puede mirarse, ó en el gobierno, ó en la sociedad:
porque sucede á veces que no andan acordes, y que mientras el gobierno
sostiene un principio, predomina en la sociedad otra directamente
opuesto. Como el gobierno está formado de un corto número de
individuos, es aplicable á él todo cuanto se ha dicho de la tolerancia,
considerada en la esfera puramente individual: bien que debe tenerse en
cuenta que los hombres colocados en el gobierno no pueden abandonarse
sin tasa al impulso de sus opiniones y sentimientos, y á menudo se
ven precisados á sacrificarlos en las aras de la opinión pública. Por
algún tiempo, y favorecidos por circunstancias excepcionales, podrán
contrariarla ó falsearla; pero bien pronto la fuerza de las cosas les
sale al paso, obligándolos á cambiar de rumbo.

Limitándonos, pues, á considerar la tolerancia en la sociedad, pues que
al fin, tarde ó temprano, el gobierno llega á ser la expresión de las
ideas y sentimientos de esta misma sociedad, podemos notar que sigue
los mismos trámites que en el individuo. No es efecto de un principio,
sino de un hábito. Cuando en una misma sociedad viven por largo tiempo
hombres de diferentes creencias religiosas, al fin llegan á sufrirse
unos á otros, á tolerarse, porque á esto los conduce el cansancio de
repetidos choques, y el deseo de un tenor de vida más tranquilo y
apacible; pero en el comienzo de esta discordancia de creencias, cuando
se encuentran cara á cara por primera vez los hombres que las tienen
distintas, el choque más ó menos rudo es siempre inevitable. Las causas
de esto se encuentran en la misma naturaleza del hombre, y vano es
luchar contra ella.

Algunos filósofos modernos han creído que la sociedad actual les
es deudora del espíritu de tolerancia que en ella domina; pero no
han advertido que esa tolerancia es más bien un hecho que se ha
consumado lentamente por la fuerza misma de las cosas, que el fruto
de la doctrina por ellos predicada. En efecto: ¿qué es lo que han
dicho por nuevo? Han recomendado la fraternidad universal; pero esta
fraternidad es una de las doctrinas del Cristianismo. Han exhortado á
vivir en paz á los hombres de todas religiones; pero, antes que ellos
empezasen á decírselo, los hombres comenzaban ya á tomar ese partido
en muchos países de Europa, pues que desgraciadamente eran tantas
y tan diferentes las religiones, que ya no era posible que ninguna
alcanzase un predominio exclusivo. Tienen, es verdad, ciertos filósofos
incrédulos un triste título á sus pretensiones sobre la extensión de
la tolerancia, y es que, habiendo llegado á sembrar la incredulidad y
el escepticismo, han generalizado, así en los gobiernos como en los
pueblos, aquella falsa tolerancia, que no es ninguna virtud, sino la
indiferencia por todas las religiones.

Y en verdad, ¿por qué es tan general la tolerancia en nuestro siglo?;
ó, mejor diremos, ¿en qué consiste esta tolerancia? Observadla bien,
y veréis que no es más que el resultado de una situación social, en
un todo conforme á la descrita más arriba con respecto al individuo
que carece de creencias, pero que no las rechaza porque las considera
como muy útiles al bien público, y hasta alimenta una vaga esperanza
de volver á ellas algún día. En lo que hay en esto de bueno ninguna
parte han tenido los filósofos incrédulos, es más bien una protesta
contra ellos; que ellos, mientras eran impotentes para apoderarse del
mando, prodigaban la calumnia y el sarcasmo á todo lo más sagrado que
hay en el cielo y en la tierra, y así que pudieron levantarse al poder,
derribaron con furor indecible todo lo existente, é hicieron perecer
millones de víctimas en el destierro y en los cadalsos.

La multitud de religiones, la incredulidad, el indiferentismo, la
suavidad de costumbres, el cansancio dejado por las guerras, la
organización industrial y mercantil que han ido adquiriendo las
sociedades, la mayor comunicación de las personas por medio de los
viajes, y la de las ideas por la prensa: he aquí las causas que han
producido en Europa esa tolerancia universal que lo ha ido invadiendo
todo, estableciéndose de hecho donde no ha podido establecerse de
derecho. Esas causas, como es fácil de notar, son de diferentes
órdenes; ninguna doctrina puede pretender en ellas una parte
exclusiva; son un resultado de mil influencias diversas que han obrado
simultáneamente en el desarrollo de la civilización.



CAPITULO XXXV


En el siglo anterior se declamó mucho contra la intolerancia; pero una
filosofía menos ligera que la entonces dominante, hubiera reflexionado
algo más sobre un hecho que, sea cual fuere el juicio que de él se
forme, no puede, sin embargo, negarse haber sido general á todos los
países y á todos los tiempos. En Grecia, Sócrates muere bebiendo la
cicuta; Roma, cuya tolerancia se ha encomiado, no tolera sino aquellos
dioses extranjeros que lo son sólo por nombre, pues que, formando parte
de aquella especie de panteísmo que era el fondo de su religión, sólo
necesitan, para ser declarados dioses de Roma, una mera formalidad;
que se les libre, por decirlo así, el título de ciudadanos. Pero no
consiente los dioses de los egipcios, ni tampoco la religión de los
judíos ni de los cristianos, de quienes tenía ideas muy equivocadas,
en verdad, pero bastantes para entender que esas religiones eran muy
diferentes de la suya. La historia de los emperadores gentiles es la
historia de la persecución de la Iglesia; y así que los emperadores
se hicieron cristianos, empieza una legislación penal contra los
que siguen una religión diferente de la que domina en el Estado.
En los siglos posteriores la intolerancia continuó en diferentes
formas, y también ha continuado hasta nosotros, que no estamos de
ellas tan libres como se quisiera hacernos creer. La emancipación de
los católicos en Inglaterra es de fecha muy reciente; las ruidosas
desavenencias del gobierno de Prusia con el Sumo Pontífice, por causa
de las arbitrariedades de aquél con respecto á la religión católica,
son de ayer; la cuestión de Argovia en Suiza está pendiente aún; y
la persecución del gobierno ruso contra el Catolicismo sigue tan
escandalosa como nunca. Esto, en cuanto á los hombres de las sectas
disidentes; pues, por lo que toca á la tolerancia de los _humanos_
filósofos del siglo XVIII, menester es confesar que hubiera sido muy
amable, á no recibir su digna sanción de la mano de Robespierre.

Todo gobierno que profesa una religión es más ó menos intolerante con
las otras; y esta intolerancia sólo disminuye, ó cesa, cuando los que
profesan la religión odiada se hacen temer por ser muy fuertes, ó
despreciar por muy débiles. Aplicad á todos los tiempos y países la
regla que se acaba de establecer; por todas partes la encontraréis
exacta; es un compendio de la historia de los gobiernos con respecto á
las religiones. El gobierno inglés ha sido siempre intolerante con los
católicos, y continuará siéndolo más ó menos según las circunstancias;
los gobiernos de Prusia y de Rusia seguirán como hasta aquí, bien que
con las modificaciones que exigirá la variedad de los tiempos; así como
en los países donde predomine el principio católico se pondrán trabas
más ó menos fuertes al ejercicio del culto protestante. Se me citará
como prueba de lo contrario el ejemplo de la Francia, donde, á pesar
de ser el Catolicismo la religión de la inmensa mayoría, son tolerados
los demás cultos, sin que se trasluzca la menor señal de reprimirlos
ni molestarlos. Esto se atribuirá quizás al espíritu público; pero yo
creo que dimana del estado de aquella sociedad, en la cual ha dejado
profundas huellas la filosofía del siglo pasado y también de que en
las regiones del poder de aquel país no prevalece ningún principio
fijo; no siendo más toda su política interior y exterior que una
continua transacción para salir del paso, del mejor modo, que se pueda.
Esto dicen los hechos, esto expresan las bien conocidas opiniones del
reducido número de hombres que de algunos años á esta parte disponen de
los destinos de la Francia.

Se ha pretendido establecer como un principio la tolerancia universal,
negando á los gobiernos el derecho de violentar las conciencias en
materias religiosas;, sin embargo, y á pesar de cuanto se ha dicho, los
filósofos no han podido poner su aserción bien en claro, y mucho menos
hacerla adoptar generalmente como sistema de gobierno. Para demostrar
que la cosa no es tan sencilla como se ha querido suponer, me han de
permitir esos pretendidos filósofos que les dirija algunas preguntas.

Si viene á establecerse en vuestro país una religión cuyo culto
demande sacrificios humanos, ¿la toleraréis?--No.--Y ¿por qué?--Porque
no podemos tolerar un crimen semejante.--Pero entonces seréis
intolerantes, violentaréis las conciencias ajenas, prohibiendo como
un crimen lo que á los ojos de estos hombres es un obsequio á la
Divinidad. Así lo pensaron muchos pueblos antiguos, así lo piensan
todavía algunos en nuestros tiempos; ¿con qué derecho, pues, queréis
que vuestra conciencia prevalezca sobre la suya?--No importa,
seremos intolerantes, pero nuestra intolerancia será en pro de la
humanidad.--Aplaudo vuestra conducta; pero no podéis negarme que se ha
ofrecido un caso en que la intolerancia de una religión os ha parecido
un derecho y un deber.

Pero, si proscribís el ejercicio de ese culto atroz, ¿al menos
permitiréis enseñar la doctrina donde se encarezca como santa y
saludable la práctica de los sacrificios humanos?--No, porque esto
equivaldría á permitir la enseñanza del asesinato.--Enhorabuena; pero
reconoced al mismo tiempo que se os ha presentado una doctrina, con la
cual os habéis creído con derecho y obligación de ser intolerantes.

Prosigamos la tarea comenzada. Vosotros no ignoráis, por cierto,
los sacrificios ofrecidos en la antigüedad á la diosa del amor, y
el nefando culto que se le tributaba en los templos de Babilonia
y Corinto; si un culto semejante renaciese entre vosotros,
¿le toleraríais?--No, por contrario á las sagradas leyes del
pudor.--¿Toleraríais que se enseñara al menos la doctrina que le
apoyase?--No, por la misma razón.--Entonces encontramos otro caso
en que os creéis con derecho y obligación de ser intolerantes, de
violentar la conciencia ajena, y no podéis alegar otra razón, sino que
á esto os obliga vuestra conciencia propia.

Todavía más: supongamos que con la lectura de la Biblia vuelven á
calentarse algunas cabezas, y tratan de fundar un nuevo cristianismo á
imitación de Matías Harlem ó Juan de Leyde; que empiezan los sectarios
á difundir sus doctrinas, á reunir conciliábulos, y que con sus
peroratas fanáticas arrastran una parte del pueblo; ¿toleraréis esa
nueva religión?--No, porque esos hombres podrían renovar en nuestros
tiempos las sangrientas escenas de Alemania en el siglo XVI, cuando en
nombre de Dios, y para cumplir, según decían, las órdenes del Altísimo,
los anabaptistas atacaban la propiedad, destruían todo poder existente,
y sembraban por todas partes la desolación y el exterminio.--Obraréis
con tanta justicia como prudencia, pero al fin tampoco podéis negar
que ejerceréis un acto de intolerancia. ¿Qué se ha hecho, pues, de la
tolerancia universal, de ese principio tan claro, tan cierto, si á cada
paso os encontráis vosotros mismos con la necesidad de restringirle,
mejor diré, de arrumbarle y de obrar en sentido diametralmente opuesto?
Diréis que la seguridad del Estado, el buen orden de la sociedad, la
moral pública, os obligan á obrar así; pero entonces ¿qué viene á
ser un principio que en ciertos casos se halla en oposición con los
intereses de la moral pública, del bien social y la seguridad del
Estado? ¿Y creéis, por ventura, que aquellos contra quienes declamáis,
no pensaban también poner á cubierto esos intereses, cuando eran
intolerantes?

En todos tiempos y países, se ha reconocido como un principio
indisputable que el poder público tiene el derecho, en algunos casos,
de prohibir ciertos actos, no obstante la mayor ó menor violencia que
con esto se haga á la conciencia de los individuos que los ejercían
ó pretendían ejercerlos. Si no bastaba el constante testimonio de la
historia, debiera ser suficiente á convencernos de esta verdad el
breve diálogo que se acaba de leer; donde se ha visto que los más
ardientes encomiadores de la tolerancia podían verse obligados á
ser intolerantes. Ellos se veían precisados á serlo en nombre de la
humanidad, en nombre del pudor, en nombre del orden público; luego
la tolerancia universal de doctrinas y religiones proclamada como un
deber de todo gobierno es un error, una regla sin aplicación; pues
que hemos demostrado hasta la evidencia que la intolerancia ha sido
siempre, y es todavía, un principio reconocido por todo gobierno y cuya
aplicación, más ó menos severa ó indulgente, depende de la diversidad
de circunstancias, y, sobre todo, del punto de vista desde el cual mira
las cosas el gobierno que la ha de ejercer.

Surge aquí una gravísima cuestión de derecho, cuestión que á primera
vista parece conducir á la condenación de toda intolerancia relativa
á doctrinas y á los actos que á consecuencia de ellas se practican.
Sin embargo, mirada la cosa á fondo, no es así; y aun dado que el
entendimiento no alcanzara á disipar completamente la dificultad
por medio de razones directas, con todo, indirectamente, y con la
argumentación que llaman _ad absurdum_, se llega á conocer la verdad,
al menos hasta aquel punto que es necesario para servir de guía á la
incierta prudencia humana. He aquí la cuestión: «¿Con qué derecho puede
prohibirse á un hombre que profese una doctrina, y que obre conforme
á ella, si él está convencido de que aquella doctrina es verdadera,
y que cumple con su obligación ó ejerce un derecho, cuando obra
conforme á lo que la misma le prescribe? Si la prohibición no ha de
ser ridícula, ha de llevar la sanción de la pena; y, cuando apliquéis
esa pena, castigaréis á un hombre que en su conciencia es inocente. La
justicia supone el culpable; y nadie es culpable, si primero no lo es
en su conciencia. La culpabilidad radica en la misma conciencia, y sólo
podemos ser responsables de la infracción de una ley cuando esta ley ha
hablado por el órgano de nuestra conciencia. Si ella nos dice que una
acción es mala, no podemos ejecutarla, por más que nos la prescriba la
ley, y si nos dicta que tal acción es un deber, no podemos omitirla,
por más que esté prohibida por la ley.» He aquí presentado en pocas
palabras, y con la mayor fuerza posible, todo cuanto puede alegarse
contra la intolerancia de las doctrinas y de los actos que de ellas
emanan; veamos ahora cuál es el verdadero peso de estas reflexiones,
que á primera vista parecen tan concluyentes.

Por de pronto salta á la vista que la admisión de este sistema haría
imposible todo castigo de los crímenes políticos. Bruto clavando el
puñal en el pecho de César, Jacobo Clement asesinando á Enrique III,
obraban, sin duda, á impulsos de una exaltación de ánimo que les
hacía mirar su atentado como un acto de heroísmo; y, sin embargo,
si uno y otro hubiesen sido conducidos á un tribunal, ¿os parecería
razonable exigir que se libertasen de la pena, el uno alegando su
amor de la patria, el otro su celo por la religión? La mayor parte de
los crímenes políticos se cometen con la convicción de que se obra
bien, aun prescindiendo de las épocas turbulentas, donde los hombres
de los diferentes bandos están íntimamente persuadidos de tener cada
cual la razón de su parte. Las mismas conspiraciones que se traman
contra un gobierno en épocas pacíficas, son, por lo común, obra de
algunos individuos que tienen por ilegítimo ó por tiránico el poder; y
trabajando para derribarle, obran conforme á sus principios. El juez
los castiga justamente aplicándoles la ley impuesta por el legislador;
y, sin embargo, ni el legislador al señalar la pena, ni el juez al
aplicarla, ignoran, ni ignorar pueden, la disposición de ánimo en que
debía de hallarse el delincuente cuando la infringía.

Se dirá que, atendiendo á la fuerza de estas razones, se va aumentando
cada día la compasión y la indulgencia por los crímenes políticos;
pero yo replicaré que, si establecemos el principio de que la justicia
humana no tiene derecho á castigar cuando el delincuente ha obrado
en fuerza de sus principios, no sólo deberían endulzarse esas penas,
sino abolirse. En tal caso, la pena capital sería un verdadero
asesinato; la pecuniaria, un robo, y las demás, un atropellamiento.
Y advertiré de paso que no es verdad que tanto se disminuya el rigor
contra los crímenes políticos; la historia de Europa en los últimos
años nos suministraría algunas pruebas de lo contrario. No se ven en
la actualidad aquellos castigos atroces que estaban en uso en otras
épocas; pero esto no dimana de que se atienda á la conciencia del que
ha cometido el crimen, sino de la suavidad y dulzura de costumbres
que va difundiéndose por todas partes, y que no ha podido menos de
afectar la legislación criminal. Lo que es extraño es la severidad
que les queda á las leyes relativas á los crímenes políticos, cuando
tantos y tantos de los mismos legisladores, en las diferentes naciones
de Europa, sabían muy bien que ellos á su tiempo habían cometido el
mismo crimen. No serán pocos seguramente los que, al votarse una ley
penal, habrán opinado con indulgencia, porque presentían ó preveían que
aquella misma ley habría de pesar un día sobre sus propias cabezas.

La impunidad de los crímenes políticos traería consigo la subversión
del orden social, porque haría imposible todo gobierno. Pero, aun
dejando aparte ese mal gravísimo, que, como acabamos de ver, dimana
naturalmente de la doctrina que pretende dejar impune al criminal
cuando ha obrado á impulsos de su conciencia, nótase, por otra parte,
que no son únicamente los crímenes políticos los que vendrían á quedar
sin castigo, sino también los delitos comunes. Los atentados contra
la propiedad pertenecen á este género, y, sin embargo, es bien sabido
que no han faltado en otras épocas, y desgraciadamente no faltan en la
nuestra, muchos hombres que miran la propiedad como una usurpación,
como una injusticia. Los atentados contra la santidad del matrimonio
son también delitos comunes, y, no obstante, se han visto sectas que
le declaraban ilícito, y otras han opinado y opinan por la comunidad
de mujeres. Las santas leyes del pudor y el respeto á la inocencia
han sido también consideradas por algunas sectas como una injusta
limitación de la libertad del hombre, y su atropellamiento como una
obra meritoria. ¿Y qué? Aun cuando no se pudiese dudar del extravío de
ideas, del ciego fanatismo de esos hombres que han profesado semejantes
doctrinas, ¿quién se atrevería á negar la justicia del castigo que se
les impusiese, cuando á consecuencia de ellas perpetrasen un crimen, ó
cuando se empeñasen en difundir por la sociedad su funesta enseñanza?

Si injusto fuese el castigo que se impone cuando el criminal obra
conforme á su conciencia, libres serían de cometer todos los crímenes
que se les antojasen los ateos, los fatalistas, los partidarios de la
doctrina del interés privado, porque, destruyendo como destruyen la
base de toda moralidad, no obrarían jamás contra su conciencia, pues
que no tienen ninguna. Si hubiese de tener fuerza el argumento que se
ha querido hacer valer, ¿cuántas y cuántas veces podría echarse en
cara á los tribunales de nuestros tiempos, la injusticia que cometen
cuando aplican el castigo á esa clase de hombres? Entonces podríamos
decirles: «¿Con qué derecho castigáis á ese hombre que, no admitiendo
la existencia de Dios, no puede reconocerse culpable á sus ojos, y, por
tanto, ni á los vuestros? Vosotros habíais hecho la ley en cuya fuerza
le castigáis, pero esa ley ningún valor tenía en su conciencia, porque
vosotros sois sus iguales, y él no reconoce la existencia de ningún ser
superior que haya podido concederos el derecho de coartar la libertad.
¿Con qué justicia castigáis á ese otro que está convencido de que todas
sus acciones son efecto de causas necesarias, que el libre albedrío es
una quimera, y que, cuando se arroja á cometer la acción que vosotros
tacháis de criminal, no piensa ser más libre para dejar de obrar, que
el bruto al precipitarse sobre el alimento que tiene á la vista, ó
sobre otro bruto que le ha enfurecido? ¿Con qué justicia castigáis á
quien está persuadido de que la moral es una mentira, que no hay otra
que el interés privado, que el bien y el mal no son otra cosa que ese
mismo interés bien ó mal entendido? Si le hacéis sufrir una pena, será,
no porque sea culpable según su conciencia, sino porque ha errado un
cálculo, porque se ha equivocado en las probabilidades del resultado
que su acción le había de acarrear.» He aquí las consecuencias
necesarias, inevitables, de la doctrina que niega al poder público la
facultad de castigar los crímenes que se cometen á consecuencia de un
error de entendimiento.

Pero se dirá que el derecho de castigar se entiende con respecto á las
acciones, no á las doctrinas; que las primeras deben sujetarse á la
ley, las segundas deben campear con ilimitada libertad. Si se habla
de las doctrinas en cuanto están únicamente en el entendimiento sin
manifestarse en lo exterior, claro es que, no sólo no hay derecho,
pero ni siquiera posibilidad de castigarlas, porque sólo Dios puede
conocer los secretos del espíritu del hombre; pero, si se trata de las
doctrinas manifestadas, entonces es falso el principio, y acabamos de
demostrar que ni los mismos que le sostienen en teoría pueden atenerse
á él en la práctica. Por fin, se nos podrá replicar que, aun cuando la
doctrina que impugnamos conduce á grandes absurdos, sin embargo, no
deja de permanecer en pie la dificultad capital, que consiste en la
incompatibilidad de la justicia del castigo con la acción dictada ó
permitida por la conciencia de quien la comete. ¿Cómo se suelta esa
dificultad? ¿Cómo se salva tamaño inconveniente? ¿Podrá ser lícito en
ningún caso tratar como culpable á quien no lo es en el tribunal de su
propia conciencia?

Al parecer, los hombres de todas opiniones y religiones deben estar de
acuerdo en los puntos principales sobre que gira la presente cuestión;
y, sin embargo, no es así; y entre los católicos, de una parte, y los
incrédulos y protestantes, de otra, media una diferencia profunda.
Los primeros tienen por principio inconcuso que hay _errores de
entendimiento que son culpables_; los segundos piensan, al contrario,
que todos _los errores de entendimiento son inocentes_. Los católicos
miran como una de las primeras ofensas que puede el hombre hacer á
Dios, el error acerca de las importantes verdades religiosas y morales;
sus adversarios excusan esa clase de errores con la mayor indulgencia,
y no pueden conducirse de otro modo, so pena de ser inconsecuentes.
Los católicos admiten la posibilidad de la ignorancia invencible de
algunas verdades muy graves, pero esta posibilidad la limitan á ciertas
circunstancias, fuera de las cuales declaran al hombre culpable; pero
sus adversarios, ponderando de continuo la libertad del pensar, no
poniéndole más trabas que las que sean del gusto de cada individuo,
afirmando sin cesar que cada cual es libre de tener las opiniones que
más le agraden, han llegado á inspirar á todos sus partidarios la
convicción de que no hay opiniones culpables ni errores culpables,
que no tiene el hombre la obligación de escudriñar cuidadosamente el
fondo de su alma para examinar si hay algunas causas secretas que le
impelen á apartarse de la verdad; han llegado, por fin, á confundir
monstruosamente la libertad física del entendimiento con la libertad
moral; han desterrado del orden de las opiniones las ideas de _lícito_
ó _ilícito_; han dado á entender que estas ideas no tenían aplicación
cuando se trataba del pensamiento. Es decir, que en el orden de las
ideas han confundido el derecho con el hecho, han declarado inútiles é
incompetentes todas las leyes divinas y humanas. ¡Insensatos! ¡Cómo
si fuera posible que lo que hay más alto y más noble en la humana
naturaleza, no estuviera sujeto á ninguna regla; cómo si fuera posible
que lo que hace al hombre rey de la creación, no debiese concurrir á la
inefable harmonía de las partes del universo entre sí, y del todo con
Dios; cómo si esta harmonía pudiese ni subsistir ni concebirse siquiera
en el hombre, no declarando como la primera de sus obligaciones la de
mantenerse adherido á la verdad!

He aquí una razón profunda que justifica á la Iglesia católica, cuando
considera el pecado de herejía como uno de los mayores que el hombre
puede cometer. ¡Qué! Vosotros que os sonreís de lástima y desprecio al
sólo mentar el nombre de pecado de herejía; vosotros que le consideráis
como una invención sacerdotal para dominar las conciencias y escatimar
la libertad del pensamiento, ¿con qué derecho os arrogáis la facultad
de condenar las herejías que se oponen á vuestra ortodoxia? ¿Con qué
derecho condenáis esas sociedades donde se enseñan máximas atentatorias
á la propiedad, al orden público, á la existencia del poder? Si el
pensamiento es libre, si quien pretende coartarle en lo más mínimo
viola derechos sagrados, si la conciencia no debe estar sujeta á
ninguna traba, si es un absurdo, un contrasentido el pretender obligar
á obrar contra ella ó á desobedecer sus inspiraciones, ¿por qué no
dejáis hacer á esos hombres que quieren destruir todo el orden social
existente, á esas asociaciones subterráneas que de vez en cuando
envían algunos de sus miembros á disparar el plomo homicida contra el
pecho de los reyes? Sabed que si, para declarar injusta y cruel la
intolerancia que se ha tenido en ciertas épocas con vuestros errores,
invocáis vosotros vuestras convicciones, ellos también pueden invocar
las suyas. Vosotros decíais que las doctrinas de la Iglesia eran
invenciones humanas, ellos dicen que las doctrinas reinantes en la
sociedad son también invenciones humanas; vosotros decíais que el orden
social antiguo era un monopolio, ellos dicen que es un monopolio el
orden actual; vosotros decíais que los poderes antiguos eran tiránicos,
y ellos dicen que los poderes actuales tiránicos son; vosotros
decíais que queríais destruir lo existente para fundar instituciones
nuevas que harían la dicha de la humanidad, ellos dicen que quieren
derribar todo lo existente para plantear también otras instituciones
que labrarán la dicha del humano linaje; vosotros declarabais santa
la guerra que se hacía al poder antiguo, y ellos declaran santa
la guerra que se hace al poder actual; vosotros apelasteis á los
medios de que podíais disponer y los pretendisteis legitimados por
la necesidad, ellos declaran también legítimo el único medio que
tienen, que consiste en concertarse, en prepararse para el momento
oportuno, procurando acelerarle asesinando personas augustas. Habéis
pretendido hacer respetar todas vuestras opiniones hasta el ateísmo,
y habéis enseñado que nadie tenía el derecho de impediros el obrar
conforme á vuestros principios: pues bien, principios tienen también,
y principios horribles, los fanáticos de quienes estamos hablando;
convicciones tienen también, y convicciones horribles. ¿Qué prueba más
convincente de que existe entre ellos esa convicción espantosa, que
verlos, en medio de la alegría y de las fiestas públicas, deslizarse
pálidos y sombríos entre la alborozada muchedumbre, escoger el puesto
oportuno y aguardar imperturbables el momento fatal, para sumergir
en la desolación una augusta familia, y cubrir de luto una nación,
con la seguridad de atraer sobre la propia cabeza la execración
pública y acabar la vida en un cadalso? Pero, nos dirán nuestros
adversarios, estas convicciones no tienen escusa; bien la tendrían,
si tenerla hubieran podido las vuestras; con la diferencia de que
vosotros labrasteis vuestros funestos y ambiciosos sistemas en medio
de la comodidad y de los regalos, quizás en medio de la opulencia y á
la sombra del poder, y ellos se formaron sus abominables doctrinas,
en medio de la obscuridad, de la pobreza, de la miseria, de la
desesperación.

En verdad que la inconsecuencia de ciertos hombres es en extremo
chocante. El burlarse de todas las religiones, el negar la
espiritualidad é inmortalidad del alma, la existencia de Dios, el
derribar toda la moral y socavar sus más profundos cimientos, todo ha
sido para ellos una cosa muy excusable, y hasta, si se quiere, digna
de alabanza. Los escritores que desempeñaron tan funesta tarea, son
todavía dignos de apoteosis; es menester lanzar la Divinidad de los
templos para colocar en ellos los nombres y las imágenes de los jefes
de aquellas escuelas: debajo de las bóvedas de la magnífica basílica,
en los lugares destinados al reposo de las cenizas del cristiano
que espera la resurrección, es necesario levantar los sepulcros de
Voltaire y de Rousseau, para que las generaciones venideras desciendan
á recogerse algunos momentos en aquellas mansiones silenciosas y
sombrías, y á recibir las inspiraciones de aquellos genios. Entonces,
¿cómo es posible quejarse con razón de que se ataque la propiedad, la
familia, el orden social? La propiedad es sagrada, pero ¿es acaso más
sagrada que Dios? Por más transcendentales que quieran suponerse las
verdades relativas á la familia y á la sociedad, ¿son, por ventura,
de un orden superior á los eternos principios de la moral? ó, por
mejor decir, ¿son, acaso, otra cosa que la aplicación de esos eternos
principios?

Pero volvamos al hilo del discurso. Una vez sentado el principio de que
hay errores culpables, principio que, si no en la teoría, al menos en
la práctica todo el mundo debe admitir, pero principio que en teoría
sólo el Catolicismo sostiene cumplidamente, resulta bien clara la
razón de la justicia con que el poder humano castiga la propalación y
la enseñanza de ciertas doctrinas, y los actos que á consecuencia de
ellas se cometen, sin pararse en la convicción que pudiera abrigar el
delincuente. La ley conviene en que existió ó pudo existir ese error
de entendimiento; pero en tal caso declara culpable ese mismo error; y
cuando el hombre invoca el testimonio de la propia conciencia, la ley
le recuerda el deber que tenía de rectificarla. He aquí el fundamento
de la justicia de una legislación que parecía tan injusta; fundamento
que era necesario encontrar, si no se quería dejar una gran parte de
las leyes humanas con la mancha más negra; porque negra mancha fuera
la de arrogarse el derecho de castigar á quien no fuera verdaderamente
culpable: derecho absurdo, que tan lejos está de pertenecer á la
justicia humana, que no compete al mismo Dios. La misma justicia
infinita dejaría de ser lo que es, si pudiese castigar al inocente.

Podríase señalar quizás otro origen al derecho que tienen los gobiernos
de castigar la propagación de ciertas doctrinas, y las acciones que á
consecuencia de ellas se cometen, aun en el caso en que la convicción
de los criminales sea la más profunda. Podríase decir que los gobiernos
obran en nombre de la sociedad, la cual, como todo ser, tiene un
derecho á su propia defensa. Hay doctrinas que amenazan la existencia
misma de la sociedad, y, por tanto, ésta se halla en la necesidad y en
el derecho de combatir á sus autores. Por más plausible que parezca
una razón semejante, adolece, sin embargo, de un inconveniente muy
grave, y es que hace desaparecer de un golpe la idea de castigo y de
justicia. Quien se defiende, cuando hiere al invasor, no le castiga,
sino que le rechaza; y, si se mira la sociedad desde este punto de
vista, el criminal conducido al patíbulo no será un verdadero criminal:
no será más que un desgraciado que sucumbe en una lucha desigual en
que temerariamente se empeñó. La voz del juez que le condena no será
la augusta voz de la justicia; su fallo no representará otra cosa que
la acción de la sociedad, vengándose de quien ha osado atacarla. La
palabra _pena_ tiene entonces un sentido muy diferente: y la graduación
de ella sólo depende del cálculo, no de un principio de justicia. Es
menester no olvidarlo: en suponiéndose que la sociedad, por derecho de
defensa, impone castigo al que ella, por otra parte, considera como
del todo inocente, la sociedad no juzga, no castiga, sino que lucha.
Esto asienta muy bien, tratándose de sociedad con sociedad; pero, muy
mal, tratándose de sociedad con individuo. Parécenos entonces ver la
lucha desigual de un desmesurado gigante con un pequeñísimo pigmeo. El
gigante le toma en sus manos y le aplasta contra una roca.

Con la doctrina que acabo de exponer se ve con toda evidencia lo
que vale el tan ponderado principio de la tolerancia universal:
demostrado está que es tan impracticable en la región de los hechos
como insostenible en teoría; y, por tanto, vienen al suelo todas las
acusaciones que se han hecho al Catolicismo por su intolerancia. En
claro queda que la intolerancia es, en cierto modo, un derecho de todo
poder público; que así se ha reconocido siempre; que así se reconoce
ahora todavía; á pesar de que, generalmente hablando, se han elevado
á las regiones del poder los filósofos partidarios de la tolerancia.
Sin duda que los gobiernos han abusado mil veces de este principio;
sin duda que en su nombre se ha perseguido también á la verdad; pero,
¿de qué no abusan los hombres? Lo que debía hacerse, pues, en buena
filosofía, no era establecer proposiciones insostenibles, y además
altamente peligrosas; no era declamar hasta el fastidio contra los
hombres y las instituciones de los siglos que nos han precedido, sino
procurar la propagación de sentimientos suaves é indulgentes, y,
sobre todo, no combatir las altas verdades, sin las cuales no puede
sostenerse la sociedad, y cuya desaparición dejaría el mundo entregado
á la fuerza, y, por consiguiente, á la arbitrariedad y á la tiranía.

Se han atacado los dogmas, pero no se ha reflexionado bastante que con
ellos estaba ligada íntimamente la moral, y que esa moral misma es un
dogma. Con la proclamación de una libertad de pensar ilimitada, se ha
concedido al entendimiento la impecabilidad; el error ha dejado de
figurar entre las faltas de que puede el hombre hacerse culpable. Se ha
olvidado que para _querer_, es necesario _conocer_, y que para _querer
bien_, es indispensable _conocer bien_. Si se examinan la mayor parte
de los extravíos de nuestro corazón, se encontrará que tienen su origen
en un concepto errado; ¿cómo es posible, pues, que no sea para el
hombre un deber el preservar su entendimiento de error? Pero, desde que
se ha dicho que las opiniones importaban poco, que el hombre era libre
de escoger las que quisiese, sin ningún género de trabas, aun cuando
perteneciesen á la religión y á la moral, la verdad ha perdido de su
estimación y no disfruta á los ojos del hombre aquella alta importancia
que antes tenía por sí misma, por su valor intrínseco; y muchos son los
que no se creen obligados á ningún esfuerzo para alcanzarla. Lamentable
situación de los espíritus y que encierra uno de los más terribles
males que afligen á la sociedad.[9]



CAPITULO XXXVI


Hállome naturalmente conducido á decir cuatro palabras sobre la
intolerancia de algunos príncipes católicos, sobre la Inquisición,
y particularmente la de España; á examinar brevemente qué es lo que
puede echarse en cara al Catolicismo por la conducta que ha seguido en
los últimos siglos. Los calabozos y las hogueras de la Inquisición,
y la intolerancia de algunos príncipes católicos, ha sido uno de
los argumentos de que más se han servido los enemigos de la Iglesia
para desacreditarla, y hacerla objeto de animadversión y de odio. Y
menester es confesar que, en esta especie de ataque, tenían de su
parte muchas ventajas que les daban gran probabilidad de triunfo. En
efecto, y como ya llevo indicado más arriba, para el común de los
lectores que no cuidan de examinar á fondo las cosas, que se dejan
llevar candorosamente á donde quiera el sagaz autor, que abrigan un
corazón sensible y dispuesto á interesarse por el infortunio, ¿qué
medio más á propósito para excitar la indignación, que presentar á su
vista negros calabozos, caballetes, sambenitos y hogueras? En medio de
nuestra tolerancia, de nuestra suavidad de costumbres, de la benignidad
de los códigos criminales, ¿qué efecto no debe producir el resucitar de
golpe otros siglos con su rigor, con su dureza, y todo exagerado, todo
agrupado, presentando en un solo cuadro las desagradables escenas que
anduvieron ocurriendo en diferentes lugares, y en el espacio de largo
tiempo? Entonces, teniendo el arte de recordar que todo esto se hacía
en nombre de un Dios de paz y de amor, se ofrece más vivo el contraste,
la imaginación se exalta, el corazón se indigna; y resulta que el
clero, los magistrados, los reyes, los papas de aquellos tiempos son
considerados como una tropa de verdugos que se complacen en atormentar
y desolar á la humanidad. Los escritores que así han procedido, no
se han acreditado, por cierto, de muy concienzudos; porque es regla
que no deben perder nunca de vista ni el orador ni el escritor, que
no es legítimo el movimiento que excitan en el ánimo, si antes no le
convencen ó no le suponen convencido; y, además, es una especie de mala
fe el tratar únicamente con argumentos de sentimiento materias que, por
su misma naturaleza, sólo pueden examinarse cual conviene, mirándolas
á la luz de la fría razón. En tales casos no debe empezarse moviendo,
sino convenciendo: lo contrario es engañar al lector.

No es mi ánimo hacer aquí la historia de la Inquisición, ni del sistema
que en diferentes países se ha seguido en punto de intolerancia en
materias religiosas; esto me fuera imposible, atendidos los estrechos
límites á que me hallo circunscrito; y sería, además, inconducente
para el objeto de esta obra. De la Inquisición en general, de la de
España en particular, y de la legislación más ó menos intolerante
que ha regido en varios países, ¿puede resultar un cargo contra el
Catolicismo? Bajo este respecto, ¿puede sufrir un parangón con el
Protestantismo? Éstas son las cuestiones que yo debo examinar.

Tres cosas se presentan desde luego á la consideración del observador:
la legislación é instituciones de intolerancia; el uso que de ellas
se ha hecho, y, finalmente, los actos de intolerancia que se han
cometido fuera del orden de dichas leyes é instituciones. Por lo que
á esto último corresponde, diré, en primer lugar, que nada tiene que
ver con el objeto que nos ocupa. La matanza de San Bartolomé, y las
demás atrocidades que se hayan cometido en nombre de la religión, en
nada deben embarazar á los apologistas de la misma; porque la religion
no puede hacerse responsable de todo lo que se hace en su nombre, si
no se quiere proceder con la más evidente injusticia. El hombre tiene
un sentimiento tan fuerte y tan vivo de la excelencia de la virtud,
que aun los mayores crímenes procura disfrazarlos con su manto; ¿y
sería razonable el desterrar por esto la virtud de la tierra? Hay en
la historia de la humanidad épocas terribles en que se apodera de
las cabezas un vértigo funesto; el furor encendido por la discordia,
ciega los entendimientos y desnaturaliza los corazones; llámase bien
al mal, y mal al bien; y los más horrendos atentados se cometen
invocando nombres augustos. En encontrándose en semejantes épocas, el
historiador y el filósofo tienen señalada bien claramente la conducta
que han de seguir: veracidad rigurosa en la narración de los hechos,
pero guardarse de juzgar, por ellos, ni las ideas ni las instituciones
dominantes. Están entonces las sociedades como un hombre en un acceso
de delirio; y mal se juzgaría, ni de las ideas, ni de la índole, ni de
la conducta del delirante, por lo que dice y hace mientras se halla en
ese lamentable estado.

En tiempos tan calamitosos ¿qué bando puede gloriarse de no haber
cometido grandes crímenes? Ateniéndonos á la misma época que acabamos
de nombrar, ¿no vemos los caudillos de ambos partidos, asesinados de
una manera alevosa? El almirante Coligny muere á manos de los asesinos
que comienzan el degüello de los hugonotes, pero el duque de Guisa
había sido también asesinado por Poltrot delante de Orleans; Enrique
III muere asesinado por Jacobo Clement, pero éste es el mismo Enrique
que había hecho asesinar traidoramente al otro duque de Guisa en los
corredores de palacio, y al cardenal hermano del duque en la torre de
Moulins; y que, además, había tenido parte también en el degüello de
San Bartolomé. Entre los católicos se cometieron atrocidades; pero, ¿no
las cometieron también sus adversarios? Échese, pues, un velo sobre
esas catástrofes, sobre estos aflictivos monumentos de la miseria y
perversidad del corazón del hombre.

El tribunal de la Inquisición, considerado en sí, no es más que la
aplicación á un caso particular de la doctrina de intolerancia,
que, con más ó menos extensión, es la doctrina de todos los poderes
existentes. Así es que sólo nos resta examinar el carácter de esa
aplicación, y ver si con justicia se le pueden hacer los cargos que le
han hecho sus enemigos. En primer lugar, es necesario advertir que los
encomiadores de todo lo antiguo falsean lastimosamente la historia, si
pretenden que esa intolerancia soló se vió en los tiempos en que, según
ellos, la Iglesia había degenerado de su pureza. Yo lo que veo es que,
desde los siglos en que empezó la Iglesia á tener influencia pública,
comienza la herejía á figurar en los códigos como delito; y hasta ahora
no he podido encontrar una época de completa tolerancia.

Hay también que hacer otra observación importante, que indica una de
las causas del rigor desplegado en los siglos posteriores. Cabalmente
la Inquisición tuvo que empezar sus procedimientos contra herejes
maniqueos; es decir, contra los sectarios que en todos tiempos habían
sido tratados con más dureza. En el siglo XI, cuando no se aplicaba
todavía á los herejes la pena de fuego, eran exceptuados de la regla
general los maniqueos; y hasta en tiempo de los emperadores gentiles
eran tratados esos sectarios con mucho rigor; pues que Diocleciano y
Maximiano publicaron en el año 296 un edicto que condenaba á diferentes
penas á los maniqueos que no abjurasen sus dogmas, y á los jefes de
la secta á la pena de fuego. Esos sectarios han sido mirados siempre
como grandes criminales; su castigo se ha considerado necesario, no
sólo por lo que toca á la religión, sino también por lo relativo á
las costumbres, y al buen orden de la sociedad. Ésta fué una de las
causas del rigor que se introdujo en esta materia; y, añadiéndose al
carácter turbulento que presentaron las sectas que bajo varios nombres
aparecieron en los siglos XI, XII y XIII, se atinará en otro de los
motivos que produjeron escenas que á nosotros nos parecen inconcebibles.

Estudiando la historia de aquellos siglos, y fijando la atención sobre
las turbulencias y desastres que asolaron el mediodía de la Francia,
se ve con toda claridad que, no sólo se disputaba sobre este ó aquel
punto de dogma, sino que todo el orden social existente se hallaba en
peligro. Los sectarios de aquellos tiempos eran los precursores de los
del siglo XVI, mediando, empero, la diferencia de que estos últimos
eran en general menos democráticos, menos aficionados á dirigirse á
las masas, si se exceptúan los frenéticos anabaptistas. En la dureza
de costumbres de aquellos tiempos, cuando, á causa de largos siglos
de trastornos y violencias, la fuerza había llegado á obtener una
preponderancia excesiva, ¿qué podía esperarse de los poderes que se
veían amenazados de un peligro semejante? Claro es que las leyes y su
aplicación habían de resentirse del espíritu de la época.

En cuanto á la Inquisición de España, la cual no fué más que una
extensión de la misma que se había establecido en otras partes, es
necesario dividir su duración en tres grandes épocas, aun dejando
aparte el tiempo de su existencia en el reino de Aragón, anteriormente
á su importación en Castilla. La primera comprende el tiempo en que
se dirigió principalmente contra los judaizantes y los moros, desde
su instalación en tiempo de los Reyes Católicos hasta muy entrado el
reinado de Carlos V; la segunda abraza desde que comenzó á dirigir
todos sus esfuerzos para impedir la introducción del Protestantismo en
España, hasta que cesó este peligro, la que contiene desde mediados
del reinado de Carlos V hasta el advenimiento de los Borbones; y,
finalmente, la última encierra la temporada en que se ciñó á reprimir
vicios nefandos, y á cerrar el paso á la filosofía de Voltaire, hasta
su desaparición en el primer tercio del presente siglo. Claro es que,
siendo en dichas épocas una misma la institución, pero que se andaba
modificando según las circunstancias, no pueden deslindarse á punto
fijo, ni el principio de la una, ni el fin de la otra. Pero no deja,
por esto, de ser verdad que estas tres épocas existen en la historia de
la Inquisición, y que presentan caracteres muy diferentes.

Nadie ignora las circunstancias particulares en que fué establecida la
Inquisición en tiempo de los Reyes Católicos; pero bueno será hacer
notar que quien solicitó del Papa la bula para el establecimiento de
la Inquisición, fué la Reina Isabel, es decir, uno de los monarcas que
rayan más alto en nuestra historia, y que todavía conserva, después
de tres siglos, el respeto y la veneración de todos los españoles.
Tan lejos anduvo la Reina de ponerse con esta medida en contradicción
con la voluntad del pueblo, que antes bien no hacía más que realizar
uno de sus deseos. La Inquisición se establecía principalmente contra
los judíos; la bula del Papa había sido expedida en 1478; y antes que
la Inquisición publicase su primer edicto en Sevilla en 1481, las
Cortes de Toledo de 1480 cargaban reciamente la mano en el negocio,
disponiendo que, para impedir el daño que el comercio de judíos con
cristianos podía acarrear á la fe católica estuviesen obligados los
judíos no bautizados á llevar un signo distintivo, á vivir en barrios
separados, que tenían el nombre de _juderías_, y á retirarse antes de
la noche. Se renovaban los antiguos reglamentos contra los judíos, y
se les prohibía ejercer las profesiones de médico, cirujano, mercader,
barbero y tabernero. Por ahí se ve que, á la sazón, la intolerancia era
popular; y que, si queda justificada á los ojos de los monárquicos por
haber sido conforme á la voluntad de los Reyes, no debiera quedarlo
menos delante de los amigos de la soberanía del pueblo.

Sin duda que el corazón se contrista al leer el destemplado rigor con
que á la sazón se perseguía á los judíos; pero menester es confesar que
debieron de mediar algunas causas gravísimas para provocarlo. Se ha
señalado como la principal, el peligro de la monarquía española, aun
no bien afianzada, si dejaba que obrasen con libertad los judíos, á la
sazón muy poderosos por sus riquezas y por sus enlaces con las familias
más influyentes. La alianza de éstos con los moros y contra los
cristianos era muy de temer, pues que estaba fundada en la respectiva
posición de los tres pueblos; y así es que consideró necesario
quebrantar un poder que podía comprometer de nuevo la independencia
de los cristianos. También es necesario advertir que, al establecerse
la Inquisición, no estaba finalizada todavía la guerra de ocho siglos
contra los moros. La Inquisición se proyecta antes de 1478, y no se
plantea hasta 1480; y la conquista de Granada no se verifica hasta
1492. En el momento, pues, de establecerse la Inquisición, estaba la
obstinada lucha en su tiempo crítico, decisivo; faltaba saber todavía
si los cristianos habían de quedar dueños de toda la Península, ó
si los moros conservarían la posesión de una de las provincias más
hermosas y más feraces, si continuarían establecidos allí, en una
situación excelente para sus comunicaciones con África, y sirviendo de
núcleo y de punto de apoyo para todas las tentativas que en adelante
pudiese ensayar contra nuestra independencia el poder de la Media
Luna. Poder que á la sazón estaba todavía tan pujante, como lo dieron
á entender en los tiempos siguientes sus atrevidas empresas sobre el
resto de Europa. En crisis semejantes, después de siglos de combates,
en los momentos que han de decidir de la victoria para siempre, ¿cuándo
se ha visto que los contendientes se porten con moderación y dulzura?

No puede negarse que en el sistema represivo que se siguió contra los
judíos y los moros, pudo influir mucho el instinto de conservación
propia; y que quizás los Reyes Católicos tendrían presente este motivo,
cuando se decidieron á pedir para sus dominios el establecimiento de la
Inquisición. El peligro no era imaginario, sino muy positivo; y, para
formarse idea del estado á que hubieran podido llegar las cosas, si no
se hubiesen adoptado algunas precauciones, basta recordar lo mucho que
dieron que entender en los tiempos sucesivos las insurrecciones de los
restos de los moros.

Sin embargo, conviene no atribuirlo todo á la política de los Reyes,
y guardarse del prurito de realzar la previsión y los planes de
los hombres, más de lo que corresponde. Por mi parte, me inclino á
creer que Fernando é Isabel siguieron naturalmente el impulso de la
generalidad de la nación, la cual miraba con odio á los judíos que
permanecían en su secta, y con suspicaz desconfianza á los que habían
abrazado la religión cristiana. Esto traía su origen de dos causas: la
exaltación de los sentimientos religiosos, general á la sazón en toda
Europa y muy particularmente en España, y la conducta de los mismos
judíos, que habían atraído sobre sí la indignación pública.

Databa de muy antiguo en España la necesidad de enfrenar la codicia de
los judíos para que no resultase en opresión de los cristianos: las
antiguas asambleas de Toledo tuvieron ya que poner en esto la mano
repetidas veces. En los siglos siguientes llegó el mal á su colmo: gran
parte de las riquezas de la Península habían pasado á manos de los
judíos; y casi todos los cristianos habían llegado á ser sus deudores.
De aquí resultó el odio del pueblo contra ellos; de aquí los tumultos
frecuentes en muchas poblaciones de la Península, tumultos que fueron
más de una vez funestos á los judíos, pues que se derramó su sangre
en abundancia. Difícil era, en efecto, que un pueblo acostumbrado por
espacio de largos siglos á librar su fortuna en la suerte de las armas,
se resignase tranquilo y pacífico á la suerte que le iban deparando las
artes y las exacciones de una raza extranjera, que llevaba, además, en
su propio nombre el recuerdo de una maldición terrible.

En los tiempos siguientes se convirtió á la religión cristiana un
inmenso número de judíos; pero, ni por esto se disipó la desconfianza,
ni se extinguió el odio del pueblo. Y, á la verdad, es muy probable
que muchas de esas conversiones no serían demasiado sinceras, dado que
eran en parte motivadas por la triste situación en que se encontraban,
permaneciendo en el judaísmo. Cuando la razón no nos llevara á
conjeturarlo así, bastante fuera para indicárnoslo el crecido número
de judaizantes que se encontraron luego que se investigó con cuidado
cuáles eran los reos de ese delito. Como quiera, lo cierto es que se
introdujo la distinción de _cristianos nuevos_ y _cristianos viejos_,
siendo esta denominación un título de honor, y la primera una tacha de
ignominia; y que los judíos convertidos eran llamados por desprecio
_marranos_.

Con más ó menos fundamento se les acusaba también de crímenes
horrendos. Decíase que en sus tenebrosos conciliábulos perpetraban
atrocidades que debe uno creer difícilmente, siquiera para honor de
la humanidad; como, por ejemplo, que en desprecio de la religión y en
venganza de los cristianos, crucificaban niños de éstos, escogiendo
para el sacrificio los días más señalados de las festividades
cristianas. Sabida es la historia que se contaba del caballero de la
familia de Guzmán, que, enamorado de una doncella judía, estuvo una
noche oculto en la familia de ésta, y vió con sus ojos cómo los judíos
cometían el crimen de crucificar un niño cristiano, en el mismo tiempo
en que los cristianos celebraban la institución del sacramento de la
Eucaristía.

Á más de los infanticidios, se les imputaban sacrilegios,
envenenamientos, conspiraciones y otros crímenes; y que estos rumores
andaban muy acreditados, lo prueban las leyes que les prohibían las
profesiones de médico, cirujano, barbero y tabernero, donde se trasluce
la desconfianza que se tenía de su moralidad.

No es menester detenerse en examinar el mayor ó menor fundamento que
tenían semejantes acusaciones; ya sabemos á cuánto llega la credulidad
pública, sobre todo cuando está dominada por un sentimiento exaltado
que le hace ver todas las cosas de un mismo color; bástanos que
estos rumores circulasen, que fuesen acreditados, para concebir á
cuán alto punto se elevaría la indignación contra los judíos, y, por
consiguiente, cuán natural era que el poder, siguiendo el impulso del
espíritu público, se inclinase á tratarlos con mucho rigor.

Que los judíos procurarían concertarse para hacer frente á los
cristianos, ya se deja entender por la misma situación en que se
encontraban; y lo que hicieron cuando la muerte de San Pedro de Arbués,
indica lo que practicarían en otras ocasiones. Los fondos necesarios
para la perpetración del asesinato, pago de los asesinos y demás
gastos que consigo llevaba la trama, se reunieron por medio de una
contribución voluntaria impuesta sobre todos los aragoneses de la raza
judía. Esto indica una organización muy avanzada, y que, en efecto,
podía ser fatal, si no se la hubiese vigilado.

Á propósito de la muerte de San Pedro de Arbués, haré una observación
sobre lo que se ha dicho para probar la impopularidad del
establecimiento de la Inquisición en España, fundándose en este trágico
acontecimiento. ¿Qué señal más evidente de esta verdad, se nos dirá,
que la muerte dada al inquisidor? ¿No es un claro indicio de que la
indignación del pueblo había llegado á su colmo, y de que no quería
en ninguna manera la Inquisición, cuando, para deshacerse de ella, se
arrojaba á tamaños excesos? No negaré que, si por pueblo entendemos los
judíos y sus descendientes, llevaban muy á mal el establecimiento de
la Inquisición; pero no era así con respecto á lo restante del pueblo.
Cabalmente, el mismo asesinato de que hablamos dió lugar á un suceso
que prueba todo lo contrario de lo que pretenden los adversarios.
Difundida por la ciudad la muerte del inquisidor, se levantó el pueblo
con tumulto espantoso para vengar el asesinato. Los sublevados se
habían esparcido por la ciudad, y, distribuídos en grupos, andaban
persiguiendo á los _cristianos nuevos_; de suerte que hubiera ocurrido
una catástrofe sangrienta, si el joven arzobispo de Zaragoza, Alfonso
de Aragón, no se hubiese resuelto á montar á caballo, y presentarse
al pueblo para calmarle, con la promesa de que caería sobre los
culpables del asesinato todo el rigor de la ley. Esto no indica que
la Inquisición fuese tan impopular como se ha querido suponer, ni que
los enemigos de ella tuviesen la mayoría numérica; mucho más si se
considera que ese tumulto popular no pudo prevenirse, á pesar de las
precauciones que para el efecto debieron emplear los conjurados, á la
sazón muy poderosos por sus riquezas é influencia.

Durante la temporada del mayor rigor desplegado contra los judaizantes,
obsérvase un hecho digno de llamar la atención. Los encausados por la
Inquisición, ó que temen serlo, procuran de todas maneras substraerse
á la acción de este tribunal, huyen de España, y se van á Roma. Quizá
no pensarían que así sucediese los que se imaginan que Roma ha sido
siempre el foco de la intolerancia y el incentivo de la persecución;
y, sin embargo, nada hay más cierto. Son innumerables las causas
formadas en la Inquisición, que de España se avocaron á Roma, en el
primer medio siglo de la existencia de este tribunal; siendo de notar,
además, que Roma se inclinaba siempre al partido de la indulgencia.
No sé que pueda citarse un solo reo de aquella época que, habiendo
acudido á Roma, no mejorara su situación. En la historia de la
Inquisición de aquel tiempo ocupan una buena parte las contestaciones
de los reyes con los papas, donde se descubre siempre, por parte
de éstos, el deseo de limitar la Inquisición á los términos de la
justicia y de la humanidad. No siempre se siguió cual convenía la
línea de conducta prescrita por los Sumos Pontífices. Así vemos que
éstos se vieron obligados á recibir un sinnúmero de apelaciones, y á
endulzar la suerte que hubiera cabido á los reos si su causa se hubiese
fallado definitivamente en España. Vemos también que, solicitado el
Papa por los Reyes Católicos, que deseaban que las causas se fallasen
definitivamente en España, nombra un juez de apelación, siendo el
primero D. Iñigo Manrique, arzobispo de Sevilla. Tales eran, sin
embargo, aquellos tiempos, y tan urgente la necesidad de impedir que
la exaltación de ánimo llevase á cometer injusticias, ó se arrojase á
medidas de una severidad destemplada, que el mismo Papa, y al cabo de
muy poco tiempo, decía, en otra bula expedida en 2 de agosto de 1483,
que había continuado recibiendo las apelaciones de muchos españoles de
Sevilla que no habían osado presentarse al juez de apelación por temor
de ser presos. Añadía el Papa que unos habían recibido ya la absolución
de la Penitenciaría apostólica, y otros se disponían á recibirla;
continuaba quejándose de que en Sevilla no se hiciese el debido caso de
las gracias recientemente concedidas á varios reos, y, por fin, después
de varias prevenciones, hacía notar á los Reyes Fernando é Isabel que
la misericordia para con los culpables era más agradable á Dios que
el rigor de que se quería usar, como lo prueba el ejemplo del Buen
Pastor corriendo tras la oveja descarriada; y concluía exhortando á los
Reyes á que tratasen benignamente á aquellos que hiciesen confesiones
voluntarias, permitiéndoles residir en Sevilla, ó donde quisiesen;
dejándoles el goce de todos sus bienes, como si jamás hubiesen cometido
el crimen de herejía.

Y no se crea que en las apelaciones admitidas en Roma, y en que se
suavizaba la suerte de los encausados, se descubriesen siempre vicios
en la formación de la causa en primera instancia, ó injusticias en la
aplicación de la pena; los reos no siempre acudían á Roma para pedir
reparación de una injusticia, sino porque estaban seguros de que allí
encontrarían indulgencia. Buena prueba tenemos de esto en el número
considerable de refugiados españoles, á quienes se les probó que habían
recaído en el judaísmo. Nada menos que 250 resultaron de una sola vez
convictos de reincidencia; pero no se hizo una sola ejecución capital;
se les impusieron algunas penitencias, y, cuando fueron absueltos,
pudieron volverse á sus casas sin ninguna nota de ignominia. Este hecho
ocurrió en Roma en el año 1498.

Es cosa verdaderamente singular lo que se ha visto en la Inquisición de
Roma, de que no haya llegado jamás á la ejecución de una pena capital,
á pesar de que durante este tiempo han ocupado la Silla Apostólica
papas muy rígidos y muy severos en todo lo tocante á la administración
civil. En todos los puntos de Europa se encuentran levantados cadalsos
por asuntos de religión; en todas partes se presencian escenas que
angustian el alma; y Roma es una excepción de esa regla general;
Roma, que se nos ha querido pintar como un monstruo de intolerancia
y de crueldad. Verdad es que los papas no han predicado como los
protestantes y los filósofos la tolerancia universal; pero los hechos
están diciendo lo que va de unos á otros: los papas, con un tribunal
de intolerancia, no derramaron una gota de sangre, y los protestantes
y los filósofos la hicieron verter á torrentes. ¿Qué les importa á
las víctimas el oir que sus verdugos proclaman la tolerancia? Esto es
acibarar la pena con el sarcasmo.

La conducta de Roma, en el uso que ha hecho del tribunal de la
Inquisición, es la mejor apología del Catolicismo contra los que
se empeñan en tildarle de bárbaro y sanguinario; y, á la verdad,
¿qué tiene que ver el Catolicismo con la severidad destemplada que
pudo desplegarse en este ó aquel lugar, á impulsos de la situación
extraordinaria de razas rivales, de los peligros que amenazaban á una
de ellas, ó del interés que pudieron tener los reyes en consolidar la
tranquilidad de sus Estados y poner fuera de riesgo sus conquistas?
No entraré en el examen detallado de la Inquisición de España con
respecto á los judaizantes; y estoy muy lejos de pensar que su rigor
contra ellos sea preferible á la benignidad empleada y recomendada
por los papas; lo que deseo consignar aquí, es que aquel rigor fué
un resultado de circunstancias extraordinarias, del espíritu de los
pueblos, de la dureza de costumbres todavía muy general en Europa en
aquella época, y que nada puede echarse en cara al Catolicismo por
los excesos que pudieron cometerse. Aun hay más: atendido el espíritu
que domina en todas las providencias de los papas relativas á la
Inquisición, y la inclinación manifiesta á ponerse siempre del lado
que podía templar el rigor, y á borrar las marcas de ignominia de los
reos y de sus familias, puede conjeturarse que, si no hubiesen temido
los papas indisponerse demasiado con los reyes, y provocar escisiones
que hubieran podido ser funestas, habrían llevado mucho más allá sus
medidas. Para convencerse de esto, recuérdense las negociaciones sobre
el ruidoso asunto de las reclamaciones de las Cortes de Aragón, y véase
á qué lado se inclinaba la Corte de Roma.

Dado que estamos hablando de la intolerancia contra los judaizantes,
bueno será recordar la disposición de ánimo de Lutero con respecto
á los judíos. Bien parece que el pretendido reformador, el fundador
de la independencia del pensamiento, el fogoso declamador contra
la opresión y tiranía de los papas, debía de estar animado de los
sentimientos más benignos hacia los judíos; y así deben de pensarlo sin
duda los encomiadores del corifeo del Protestantismo. Desgraciadamente
para ellos, la historia no lo atestigua así; y, según todas las
apariencias, si el fraile apóstata se hubiese encontrado en la posición
de Torquemada, no hubieran salido mejor parados los judaizantes. He
aquí cuál era el sistema aconsejado por Lutero, según refiere su mismo
apologista Seckendorff: «Hubiérase debido arrasar sus sinagogas,
destruir sus casas, quitarles los libros de oraciones, el Talmud, y
hasta los libros del viejo Testamento, prohibir á los rabinos que
enseñasen, y obligarlos á ganarse la vida por medio de trabajos
penosos.» Al menos la Inquisición de España procedía, no contra los
judíos, sino contra los judaizantes, es decir, contra aquellos que,
habiéndose convertido al Cristianismo, reincidían en sus errores,
y unían á su apostasía el sacrilegio, profesando exteriormente una
creencia que detestaban en secreto, y que profanaban, además, con el
ejercicio de su religión antigua. Pero Lutero extendía su rigor á los
mismos judíos; de suerte que, según sus doctrinas, nada podía echarse
en cara á los reyes de España cuando los expulsaron de sus dominios.

Los moros y moriscos ocuparon también mucho por aquellos tiempos la
Inquisición de España; á ellos puede aplicarse con pocas modificaciones
cuanto se ha dicho sobre los judíos. También era una raza aborrecida,
una raza con la que se había combatido por espacio de ocho siglos, y
que, permaneciendo en su religión, excitaba el odio, y, abjurándola,
no inspiraba confianza. También se interesaron por ellos los papas
de un modo muy particular, siendo notable á este propósito una bula
expedida en 1530, donde se habla en su favor un lenguaje evangélico,
diciéndose en ella que la ignorancia de aquellos desgraciados era una
de las principales causas de sus faltas y errores, y que, para hacer
sus conversiones sinceras y sólidas, debía, primeramente, procurarse
ilustrar sus entendimientos con la luz de la sana doctrina.

Se dirá que el Papa otorgó á Carlos V la bula en que le relegaba del
juramento prestado en las Cortes de Zaragoza de 1519, de no alterar
nada en punto á los moros, y que así pudo el Emperador llevar á cabo
la medida de expulsión; pero conviene también advertir que el Papa se
resistió por largo tiempo á esta concesión, y que, si condescendió con
la voluntad del monarca, fué porque éste juzgaba que la expulsión era
indispensable para asegurar la tranquilidad en sus reinos. Si esto era
así en la realidad ó no, el Emperador era quien debía saberlo, no el
Papa, colocado á mucha distancia y sin conocimiento detallado de la
verdadera situación de las cosas. Por lo demás, no era sólo el monarca
español quien opinaba así: cuéntase que, estando prisionero en Madrid
Francisco I, Rey de Francia, dijo un día á Carlos V que la tranquilidad
no se solidaría nunca en España basta que se expeliesen los moros y
moriscos.



CAPITULO XXXVII


Se ha dicho que Felipe II fundó en España una nueva Inquisición,
más terrible que la del tiempo de los Reyes Católicos, y aun se ha
dispensado á la de éstos cierta indulgencia, que no se ha concedido á
la de aquél. Por de pronto, resalta aquí una inexactitud histórica muy
grande; porque Felipe II no fundó una nueva Inquisición: sostuvo la que
le habían legado los Reyes Católicos, y recomendado muy particularmente
en testamento su padre y antecesor Carlos V. La comisión de las Cortes
de Cádiz, en el proyecto de abolición de dicho tribunal, al paso que
excusa la conducta de los Reyes Católicos, vitupera severamente la de
Felipe II, y procura que recaigan sobre este príncipe toda la odiosidad
y toda la culpa. Un ilustre escritor francés que ha tratado poco ha
esta cuestión importante, se ha dejado llevar de las mismas ideas con
aquel candor que es no pocas veces el patrimonio del genio. «Hubo en
la Inquisición de España, dice el ilustre Lacordaire, dos momentos
solemnes, que es preciso no confundir: uno al fin del siglo XV, bajo
Fernando é Isabel, antes que los moros fuesen echados de Granada, su
último asilo; otro á mediados del siglo XVI bajo Felipe II, cuando el
Protestantismo amenazaba introducirse en España, La comisión de las
Cortes distinguió perfectamente estas dos épocas, marcando de ignominia
la Inquisición de Felipe II, y expresándose con mucha moderación con
respecto á la de Isabel y de Fernando.» Cita en seguida un texto donde
se afirma que Felipe II fué el verdadero fundador de la Inquisición, y
que, si ésta se elevó en seguida á tan alto poder, todo fué debido á
la refinada política de aquel príncipe, añadiendo un poco más abajo el
citado escritor que Felipe II fué el inventor de los autos de fe para
aterrorizar la herejía, y que el primero se celebró en Sevilla en 1559.
(_Memoria para el restablecimiento en Francia del orden de los Frailes
Predicadores, por el abate Lacordaire._ Capítulo 6.)

Dejemos aparte la inexactitud histórica sobre la invención de los
autos de fe, pues es bien sabido que ni los sambenitos ni las hogueras
fueron invención de Felipe II. Estas inexactitudes se le escapan
fácilmente á todo escritor, mayormente cuando no recuerda un hecho
sino por incidencia; y así es que ni siquiera debemos detenernos en
eso; pero enciérrase en dichas palabras una acusación á un monarca, á
quien ya de muy antiguo no se le hace la justicia que merece. Felipe
II continuó la obra empezada por sus antecesores; y si á éstos no se
les culpa, tampoco se le debe culpar á él. Fernando é Isabel emplearon
la Inquisición contra los judíos apóstatas; ¿por qué no pudo emplearla
Felipe II contra los protestantes? Se dirá, empero, que abusó de su
derecho y que llevó su rigor hasta el exceso; mas á buen seguro que no
se anduvo muy abundante de indulgencia en tiempo de Fernando é Isabel.
¿Se han olvidado, acaso, las numerosas ejecuciones de Sevilla y otros
puntos? ¿Se ha olvidado lo que dice en su historia el Padre Mariana?
¿Se han olvidado las medidas que tomaron los papas para poner coto á
ese rigor excesivo?

Las palabras citadas contra Felipe son sacadas de la obra _La
Inquisición sin máscara_, que se publicó en España en 1811; pero se
calculará fácilmente el peso de autoridad semejante, en sabiéndose
que su autor se ha distinguido hasta su muerte por un odio profundo
contra los reyes de España. La portada de la obra llevaba el nombre de
Natanael Jomtob, pero el verdadero autor es un español bien conocido,
que en los escritos publicados al fin de su vida no parece sino que
se propuso vindicar con su desmedida exageración, y sus furibundas
invectivas, todo lo que anteriormente había atacado: tan insoportable
es su lenguaje contra todo cuanto se le ofrece al paso. Religión,
reyes, patria, clases, individuos, aun los de su mismo partido y
opiniones, todo lo insulta, todo lo desgarra, como atacado de un exceso
de rabia.

No es extraño, pues, que mirase á Felipe II como han acostumbrado
mirarle los protestantes y los filósofos; es decir, como un príncipe
arrojado sobre la tierra para oprobio y tormento de la humanidad, como
un monstruo de maquiavelismo que esparcía las tinieblas para cebarse á
mansalva en la crueldad y tiranía.

No seré yo quien me encargue de justificar en todas sus partes la
política de Felipe II, ni negaré que haya alguna exageración en los
elogios que le han tributado algunos escritores españoles; pero tampoco
puede ponerse en duda que los protestantes, y los enemigos políticos
de este monarca, han tenido un constante empeño en desacreditarle.
¿Y sabéis por qué los protestantes le han profesado á Felipe II tan
mala voluntad? Porque él fué quien impidió que penetrara en España
el Protestantismo, él fué quien sostuvo la causa de la Iglesia
católica en aquel agitado siglo. Dejemos aparte los acontecimientos
transcendentales al resto de Europa, de los cuales cada uno juzgará
como mejor le agradare; pero, ciñéndonos á España, puede asegurarse que
la introducción del Protestantismo era inminente, inevitable, sin el
sistema seguido por aquel monarca. Si en este ó aquel caso hizo servir
la Inquisición á su política, éste es otro punto que no nos toca
examinar aquí; pero reconózcase al menos que la Inquisición no era un
mero instrumento de miras ambiciosas, sino una institución sostenida en
vista de un peligro inminente.

De los procesos formados por la Inquisición en aquella época, resulta
con toda evidencia que el Protestantismo andaba cundiendo en España de
una manera increíble. Eclesiásticos distinguidos, religiosos, monjas,
seglares de categoría, en una palabra, individuos de las clases más
influyentes, se hallaron contagiados de los nuevos errores; bien se
echa de ver que no eran infructuosos los esfuerzos de los protestantes
para introducir en España sus doctrinas, cuando procuraban de todos
modos llevarnos los libros que las contenían, hasta valiéndose de la
singular estratagema de encerrarlos en botas de vino de Champaña y
Borgoña, con tal arte, que los aduaneros no podían alcanzar á descubrir
el fraude, como escribía á la sazón el embajador de España en París.

Una atenta observación del estado de los espíritus en España en aquella
época, haría conjeturar el peligro, aun cuando hechos incontestables
no hubieran venido á manifestarle. Los protestantes tuvieron buen
cuidado de declamar contra los abusos, presentándose como reformadores,
y trabajando por atraer á su partido á cuantos estaban animados de
un vivo deseo de reforma. Este deseo existía en la Iglesia de mucho
antes; y si bien es verdad que en unos el espíritu de reforma era
inspirado por malas intenciones, ó, en otros términos, disfrazaban con
este nombre su verdadero proyecto, que era de destrucción, también es
cierto que en muchos católicos sinceros había un deseo tan vivo de
ella, que llegaba á celo imprudente y rayaba en ardor destemplado. Es
probable que este mismo celo llevado hasta la exaltación se convertiría
en algunos en acrimonia; y que así prestarían más fácilmente oídos
á las insidiosas sugestiones de los enemigos de la Iglesia. Quizás
no fueron pocos los que empezaron por un celo indiscreto, cayeron
en la exageración, pasaron en seguida á la animosidad, y al fin se
precipitaron en la herejía. No faltaba en España esta disposición de
espíritu, que, desenvuelta con el curso de los acontecimientos, hubiera
dado frutos amargos, por poco que el Protestantismo hubiese podido
tomar pie. Sabido es que en el concilio de Trento se distinguieron
los españoles por su celo reformador y por la firmeza en expresar sus
opiniones: y es necesario advertir que, una vez introducida en un país
la discordia religiosa, los ánimos se exaltan con las disputas, se
irritan con el choque continuo, y á veces hombres respetables llegan
á precipitarse en excesos, de que poco antes ellos mismos se habrían
horrorizado. Difícil es decir á punto fijo lo que hubiera sucedido por
poco que en este punto se hubiese aflojado; lo cierto es que, cuando
uno lee ciertos pasajes de Luis Vives, de Arias Montano, de Carranza,
de la consulta de Melchor Cano, parece que está sintiendo en aquellos
espíritus cierta inquietud y agitación, como aquellos sordos mugidos
que anuncian en lontananza el comienzo de la tempestad.

La famosa causa del arzobispo de Toledo fray Bartolomé de Carranza
es uno de los hechos que se han citado más á menudo en prueba de la
arbitrariedad con que procedía la Inquisición de España. Ciertamente
es mucho el interés que excita el ver sumido de repente en estrecha
prisión, y continuando en ella largos años, uno de los hombres más
sabios de Europa, arzobispo de Toledo, honrado con la íntima confianza
de Felipe II y de la reina de Inglaterra, ligado en amistad con los
hombres más distinguidos de la época, y conocido en toda la cristiandad
por el brillante papel que había representado en el concilio de
Trento. Diez y siete años duró la causa, y á pesar de haber sido
avocada á Roma, donde no faltarían al arzobispo protectores poderosos,
todavía no pudo recabarse que en el fallo se declarase su inocencia.
Prescindiendo de lo que podía arrojar de sí una causa tan extensa y
complicada, y de los mayores ó menores motivos que pudieron dar las
palabras y los escritos de Carranza para hacer sospechar de su fe,
yo tengo por cierto que en su conciencia, delante de Dios, era del
todo inocente. Hay de esto una prueba que lo deja fuera de toda duda:
hela aquí. Habiendo caído enfermo al cabo de poco de fallada la causa,
se conoció luego que su enfermedad era mortal y se le administraron
los santos sacramentos. En el acto de recibir el Sagrado Viático,
en presencia de un numeroso concurso, declaró del modo más solemne
que jamás se había apartado de la fe de la Iglesia católica, que de
nada le remordía la conciencia de todo cuanto se le había acusado, y
confirmó su dicho poniendo por testigo á aquel mismo Dios que tenía
en su presencia, á quien iba á recibir bajo las sagradas especies,
y á cuyo tremendo tribunal debía en breve comparecer. Acto patético
que hizo derramar lágrimas á todos los circunstantes, que disipó de
un soplo las sospechas que contra él se habían podido concebir, y
aumentó las simpatías excitadas ya durante la larga temporada de su
angustioso infortunio. El Sumo Pontífice no dudó de la sinceridad de la
declaración, como lo indica el que se puso sobre su tumba un magnífico
epitafio, que por cierto no se hubiera permitido, á quedar alguna
sospecha de la verdad de sus palabras. Y de seguro que fuera temeridad
no dar fe á tan explícita declaración, salida de la boca de un hombre
como Carranza, y moribundo, y en presencia del mismo Jesucristo.

Pagado este tributo al saber, á las virtudes y al infortunio de
Carranza, resta ahora examinar si, por más pura que estuviese su
conciencia, puede decirse con razón que su causa no fué más que una
traidora intriga tramada por la enemistad y la envidia. Ya se deja
entender que no se trata aquí de examinar el inmenso proceso de aquella
causa; pero así como suele pasarse ligeramente sobre ella, echando
un borrón sobre Felipe II y sobre los adversarios de Carranza, séame
permitido también hacer algunas observaciones sobre la misma para
llevar las cosas á su verdadero punto de vista. En primer lugar, salta
á los ojos que es bien singular la duración tan extremada de una causa
destituída de todo fundamento, ó al menos que no hubiese tenido en
su favor algunas apariencias. Además, si la causa hubiese continuado
siempre en España, no fuera tan de extrañar su prolongación; pero no
fué así, sino que estuvo pendiente muchos años también en Roma. ¿Tan
ciegos eran los jueces ó tan malos, que, ó no viesen la calumnia, ó no
la desechasen, si esta calumnia era tan clara, tan evidente, como se ha
querido suponer?

Se puede responder á esto que las intrigas de Felipe II, empeñado en
perder al arzobispo, impedían que se aclarase la verdad, como lo prueba
la morosidad que hubo en remitir á Roma al ilustre preso, á pesar de
las reclamaciones del Papa, hasta verse, según dicen, obligado Pío V
á amenazar con la excomunión á Felipe II, si no se enviaba á Roma á
Carranza. No negaré que Felipe II haya tenido empeño en agravar la
situación del arzobispo, y deseos de que la causa diera un resultado
poco favorable al reo; sin embargo, para saber si la conducta del
rey era criminal ó no, falta averiguar si el motivo que le impelía
á obrar así, era de resentimiento personal, ó si en realidad era la
convicción, ó la sospecha, de que el arzobispo fuese luterano. Antes de
su desgracia era Carranza muy favorecido y honrado de Felipe: dióle de
ello abundantes pruebas con las comisiones que le confió en Inglaterra,
y, finalmente, nombrándole para la primera dignidad eclesiástica de
España; y así es que no podemos presumir que tanta benevolencia se
cambiase de repente en un odio personal, á no ser que la historia
nos suministre algún dato donde fundar esta conjetura. Este dato es
el que yo no encuentro en la historia, ni sé que hasta ahora se haya
encontrado. Siendo esto así, resulta que, si en efecto se declaró
Felipe II tan contrario del arzobispo, fué porque creía, ó al menos
sospechaba fuertemente, que Carranza era hereje. En tal caso pudo ser
Felipe II imprudente, temerario, todo lo que se quiera; pero nunca se
podrá decir que persiguiese por espíritu de venganza, ni por miras
personales.

También se han culpado otros hombres de aquella época, entre los
cuales figura el insigne Melchor Cano. Según parece, el mismo Carranza
desconfió de él; y aun llegó á estar muy quejoso por haber sabido
que Cano se había atrevido á decir que el arzobispo era tan hereje
como Lutero. Pero Salazar de Mendoza, refiriendo el hecho en la
_Vida de Carranza_, asegura que, sabedor Cano de esto, lo desmintió
abiertamente, afirmando que jamás había salido de su boca expresión
semejante. Y á la verdad, el ánimo se inclina fácilmente á dar crédito
á la negativa; hombres de un espíritu tan privilegiado como Melchor
Cano, llevan en su propia dignidad un preservativo demasiado poderoso
contra toda bajeza, para que sea permitido sospechar que descendiera al
infame papel de calumniador.

Yo no creo que las causas del infortunio de Carranza sea menester
buscarlas en rencores ni envidias particulares, sino que se las
encuentra en las circunstancias críticas de la época y en el mismo
natural de este hombre ilustre. Los gravísimos síntomas que se
observaban en España de que el luteranismo estaba haciendo prosélitos;
los esfuerzos de los protestantes para introducir en ella sus libros
y emisarios, y la experiencia de lo que estaba sucediendo en otros
países, y, en particular, en el fronterizo reino de Francia, tenía
tan alarmados los ánimos y los traía tan asustadizos y suspicaces,
que el menor indicio de error, sobre todo en personas constituídas en
dignidad, ó señaladas por su sabiduría, causaba inquietud y sobresalto.
Conocido es el ruidoso negocio de Arias Montano sobre la Poliglota de
Amberes, como y también los padecimientos del insigne fray Luis de León
y de otros hombres ilustres de aquellos tiempos. Para llevar las cosas
al extremo, mezclábase en esto la situación política de España con
respecto al extranjero; pues que, teniendo la monarquía española tantos
enemigos y rivales, temíase con fundamento que éstos se valdrían de
la herejía para introducir en nuestra patria la discordia religiosa,
y, por consiguiente, la guerra civil. Esto hacía naturalmente que
Felipe II se mostrase desconfiado y suspicaz, y que, combinándose en su
espíritu el odio á la herejía y el deseo de la propia conservación, se
manifestase severo é inexorable con todo lo que pudiese alterar en sus
dominios la pureza de la fe católica.

Por otra parte, menester es confesar que el natural de Carranza no era
el más á propósito para vivir en tiempos tan críticos sin dar algún
grave tropiezo. Al leer sus _Comentarios sobre el Catecismo_, conócese
que era hombre de entendimiento muy despejado, de erudición vasta, de
ciencia profunda, de un carácter severo y de un corazón generoso y
franco. Lo que piensa lo dice con pocos rodeos, sin pararse mucho en el
desagrado que en estas ó aquellas personas podían excitar sus palabras.
Donde cree descubrir un abuso, lo señala con el dedo y le condena
abiertamente, de suerte que no son pocos los puntos de semejanza que
tiene con su supuesto antagonista Melchor Cano. En el proceso se le
hicieron cargos, no sólo por lo que resultaba de sus escritos, sino
también por algunos sermones y conversaciones. No sé hasta qué punto
pudiera haberse excedido; pero desde luego no tengo reparo en afirmar
que quien escribía con el tono que él lo hace, debía expresarse de
palabra con mucha fuerza, y quizás con demasiada osadía.

Además, es necesario también añadir, en obsequio de la verdad, que en
sus _Comentarios sobre el Catecismo_, tratando de la justificación,
no se explica con aquella claridad y limpieza que era de desear, y
que reclamaban las calamitosas circunstancias de aquella época. Los
versados en estas materias saben cuán delicados son ciertos puntos,
que cabalmente eran entonces el objeto de los errores de Alemania; y
fácilmente se concibe cuánto debían de llamar la atención las palabras
de un hombre como Carranza, por poca ambigüedad que ofreciesen. Lo
cierto es que en Roma no salió absuelto de los cargos, que se le obligó
á abjurar una serie de proposiciones, de las cuales se le consideró
sospechoso, y que se le impusieron por ello algunas penitencias.
Carranza en el lecho de la muerte protestó de su inocencia, pero tuvo
el cuidado de declarar que no por esto tenía por injusta la sentencia
del Papa. Esto explica el enigma; pues no siempre la inocencia del
corazón anda acompañada de la prudencia en los labios.

Heme detenido algún tanto en esta causa célebre, porque se brinda
á consideraciones que hacen sentir el espíritu de aquella época;
consideraciones que sirven, además, para restablecer en su puesto la
verdad, y para que no se explique todo por la miserable clave de la
perversidad de de los hombres. Desgraciadamente hay una tendencia á
explicarlo todo así, y por cierto que no es escaso el fundamento que
muchas veces dan los hombres para ello; pero, mientras no haya una
evidente necesidad de hacerlo, deberíamos abstenernos de acriminar. El
cuadro de la historia de la humanidad es de suyo demasiado sombrío,
para que podamos tener gusto en obscurecerle, echándole nuevas manchas;
y es menester pensar que á veces acusamos de crimen lo que no fué más
que ignorancia. El hombre está inclinado al mal, pero no está menos
sujeto al error; y el error no siempre es culpable.

Yo creo que pueden darse las gracias á los protestantes del rigor y
de la suspicacia que desplegó en aquellos tiempos la Inquisición de
España. Los protestantes promovieron una revolución religiosa; y es una
ley constante que toda revolución, ó destruye el poder atacado, ó le
hace más severo y duro. Lo que antes se hubiera juzgado indiferente,
se considera como sospechoso, y lo que en otras circunstancias sólo se
hubiera tenido por una falta, es mirado entonces como un crimen. Se
está con un temor continuo de que la libertad se convierta en licencia;
y como las revoluciones destruyen, invocando la reforma, quien se
atreva á hablar de ella corre peligro de ser culpado de perturbador. La
misma prudencia en la conducta será tildada de precaución hipócrita;
un lenguaje franco y sincero, calificado de insolencia y de sugestión
peligrosa; la reserva lo será de mañosa reticencia; y hasta el mismo
silencio será tenido por significativo, por disimulo alarmante. En
nuestros tiempos hemos presenciado tantas cosas, que estamos en
excelente posición para comprender fácilmente todas las fases de la
historia de la humanidad.

Es un hecho indudable la reacción que produjo en España el
Protestantismo: sus errores y excesos hicieron que, así el poder
eclesiástico como el civil, concediesen en todo lo tocante á religión
mucha menor latitud de la que antes se permitía. La España se preservó
de las doctrinas protestantes, cuando todas las probabilidades
estaban indicando que al fin se nos llegarían á comunicar de un modo
ú otro: y claro es que este resultado no pudo obtenerse sin esfuerzos
extraordinarios. Era aquello una plaza sitiada, con un poderoso enemigo
á la vista, donde los jefes andan vigilantes de continuo, en guarda
contra los ataques de afuera y en vela contra las traiciones de adentro.

En confirmación de estas observaciones aduciré un ejemplo, que servirá
por muchos otros: quiero hablar de lo que sucedió con respecto á las
Biblias en lengua vulgar, pues que esto nos dará una idea de lo que
anduvo sucediendo en lo demás, por el mismo curso natural de las
cosas. Cabalmente tengo á la mano un testimonio tan respetable como
interesante: el mismo Carranza, de quien acabo de hablar. Oigamos
lo que dice en el prólogo que precede á sus _Comentarios sobre el
Catecismo Cristiano_. «Antes que las herejías de Lutero saliesen del
infierno á esta luz del mundo, no sé yo que estuviese vedada la Sagrada
Escritura en lenguas vulgares entre ningunas gentes. En España, había
Biblias trasladadas en vulgar por mandato de reyes católicos, en
tiempo que se consentían vivir entre cristianos los moros y judíos en
sus leyes. Después que los judíos fueron echados de España, hallaron
los jueces de la religión que algunos de los que se convirtieron á
nuestra santa fe, instruían á sus hijos en el judaísmo, enseñándoles
las ceremonias de la ley de Moisés, por aquellas Biblias vulgares; las
cuales ellos imprimieron después en Italia, en la ciudad de Ferrara.
Por esta causa tan justa se vedaron las Biblias vulgares en España;
pero siempre se tuvo miramiento á los colegios y monasterios, y á las
personas nobles que estaban fuera de sospecha, y se les daba licencia
que las tuviesen y leyesen.» Continúa Carranza haciendo en pocas
palabras la historia de estas prohibiciones en Alemania, Francia y
otras partes, y después prosigue: «En España, que estaba y está limpia
de la cizaña, por merced y gracia de Nuestro Señor, proveyeron en
vedar generalmente todas las traslaciones vulgares de la Escritura,
por quitar la ocasión á los extranjeros de tratar de sus diferencias
con personas simples y sin letras. _Y también porque tenían y tienen
experiencia de casos particulares y errores que comenzaban á nacer
en España, y hallaban que la raíz era haber leído algunas partes de
la Escritura sin las entender._ Esto que he dicho aquí es historia
verdadera de lo que ha pasado. Y por este fundamento se ha prohibido la
Biblia en lengua vulgar.»

Este curioso pasaje de Carranza nos explica en pocas palabras el
curso que anduvieron siguiendo las cosas. Primero no existe ninguna
prohibición, pero el abuso de los judíos la provoca; bien que
dejándose, como se ve por el mismo texto, alguna latitud. Vienen en
seguida los protestantes, perturban la Europa con sus Biblias, amenaza
el peligro de introducirse los nuevos errores en España, se descubre
que algunos extraviados lo han sido por mala inteligencia de algún
pasaje de la Biblia, lo que obliga á quitar esta arma á los extranjeros
que intentasen seducir á las personas sencillas, y así la prohibición
se hace general y rigurosa.

Volviendo á Felipe II, no conviene perder de vista que este monarca
fué uno de los más firmes defensores de la Iglesia católica, que fué
la personificación de la política de los siglos fieles en medio del
vértigo que á impulsos del Protestantismo se había apoderado de la
política europea. Á él se debió en gran parte que al través de tantos
trastornos pudiese la Iglesia contar con la poderosa protección de los
príncipes de la tierra. La época de Felipe II fué crítica y decisiva
en Europa; y, si bien es verdad que no fué afortunado en Flandes,
también lo es que su poder y su habilidad formaron un contrapeso á la
política protestante, á la que no permitió señorearse de Europa como
ella hubiera deseado. Aun cuando supusiéramos que entonces no se hizo
más que ganar tiempo, quebrantándose el primer ímpetu de la política
protestante, no fué poco beneficio para la religión católica, por
tantos lados combatida. ¿Qué hubiera sido de la Europa, si en España
se hubiese introducido el Protestantismo como en Francia, si los
hugonotes hubiesen podido contar con el apoyo de la Península? Y si el
poder de Felipe II no hubiese infundido respeto, ¿qué no hubiera podido
suceder en Italia? Los sectarios de Alemania ¿no hubieran alcanzado
á introducir allí sus doctrinas? Posible fuera, y en esto abrigo la
seguridad de obtener el asentimiento de todos los hombres que conocen
la historia; posible fuera que, si Felipe II hubiese abandonado su
tan acriminada política, la religión católica se hubiese encontrado,
al entrar en el siglo XVII, en la dura necesidad de vivir, no más que
como tolerada, en la generalidad de los reinos de Europa. Y lo que vale
esta tolerancia, cuando se trata de la Iglesia católica, nos lo dice
siglos ha la Inglaterra, nos lo dice en la actualidad la Prusia, y,
finalmente, la Rusia, de un modo todavía más doloroso.

Es menester mirar á Felipe II desde este punto de vista; y fuerza es
convenir que, considerado así, es un gran personaje histórico, de los
que han dejado un sello más profundo en la política de los siglos
siguientes, y que más influjo han tenido en señalar una dirección al
curso de los acontecimientos.

Aquellos españoles que anatematizan al fundador del Escorial, menester
es que hayan olvidado nuestra historia, ó que al menos la tengan en
poco. Vosotros arrojáis sobre la frente de Felipe II la mancha de
odioso tirano, sin reparar que, disputándole su gloria, ó trocándola en
ignominia, destruís de una plumada toda la nuestra, y hasta arrojáis
en el fango la diadema que orló las sienes de Fernando y de Isabel.
Si no podéis perdonar á Felipe II el que sostuviese la Inquisición,
si por esta sola causa no podéis legar á la posteridad su nombre sino
cargado de execraciones, haced lo mismo con el de su ilustre padre
Carlos V, y llegando á Isabel de Castilla escribid también en la lista
de los tiranos, de los azotes de la humanidad, el nombre que acataron
ambos mundos, el emblema de la gloria y pujanza de la monarquía
española. Todos participaron en el hecho que tanto levanta vuestra
indignación; no anatematicéis, pues, al uno, perdonando á los otros con
una indulgencia hipócrita; indulgencia que no empleáis por otra causa,
sino porque el sentimiento de nacionalidad que late en vuestros pechos
os obliga á ser parciales, inconsecuentes, para no veros precisados
á borrar de un golpe las glorias de España, á marchitar todos sus
laureles, á renegar de vuestra patria. Ya que desgraciadamente nada
nos queda sino grandes recuerdos, no los despreciemos; que estos
recuerdos en una nación son como en una familia caída los títulos de
su antigua nobleza: elevan el espíritu, fortifican en la adversidad,
y, alimentando en el corazón la esperanza, sirven á preparar un nuevo
porvenir.

El inmediato resultado de la introducción del Protestantismo en España
habría sido, como en los demás países, la guerra civil. Ésta nos
fuera á nosotros más fatal por hallarnos en circunstancias mucho más
críticas. La unidad de la monarquía española no hubiera podido resistir
á las turbulencias y sacudimientos de una disensión intestina; porque
sus partes eran tan heterogéneas, y estaban, por decirlo así, tan
mal pegadas, que el menor golpe hubiera deshecho la soldadura. Las
leyes y las costumbres de los reinos de Navarra y de Aragón eran muy
diferentes de las de Castilla; un vivo sentimiento de independencia,
nutrido por las frecuentes reuniones de sus Cortes, se abrigaba en
sus pueblos indómitos; y sin duda que hubieran aprovechado la primera
ocasión de sacudir un yugo que no les era lisonjero. Con esto, y las
facciones que hubieran desgarrado las entrañas de todas las provincias,
se habría fraccionado miserablemente la monarquía, cabalmente cuando
debía hacer frente á tan multiplicadas atenciones en Europa, en África
y en América. Los moros estaban aún á nuestra vista, los judíos no
se habían olvidado de España; y por cierto que unos y otros hubieran
aprovechado la coyuntura, para medrar de nuevo á favor de nuestras
discordias. Quizás estuvo pendiente de la política de Felipe II, no
sólo la tranquilidad, sino también la existencia de la monarquía
española. Ahora se le acusa de tirano; en el caso contrario, se le
hubiera acusado de incapaz é imbécil.

Una de las mayores injusticias de los enemigos de la religión, al
atacar á los que la han sostenido, es el suponerlos de mala fe; el
acusarlos de llevar en todo segundas intenciones, miras tortuosas é
interesadas. Cuando se habla, por ejemplo, del maquiavelismo de Felipe
II, se supone que la Inquisición, aun cuando en la apariencia tenía
un objeto puramente religioso, no era más en realidad que un dócil
instrumento político, puesto en las manos del astuto monarca. Nada más
especioso para los que piensan que estudiar la historia es ofrecer esas
observaciones picantes y maliciosas, pero nada más falso en presencia
de los hechos.

Viendo en la Inquisición un tribunal extraordinario, no han podido
concebir algunos cómo era posible su existencia sin suponer en el
monarca que le sostenía y fomentaba, razones de Estado muy profundas,
miras que alcanzaban mucho más allá de lo que se descubre en la
superficie de las cosas. No se ha querido ver que cada época tiene
su espíritu, su modo particular de mirar los objetos, y su sistema
de acción, sea para procurarse bienes, sea para evitarse males. En
aquellos tiempos, en que por todos los reinos de Europa se apelaba
al hierro y al fuego en las cuestiones religiosas, en que así los
protestantes como los católicos quemaban á sus adversarios, en que la
Inglaterra, la Francia, la Alemania estaban presenciando las escenas
más crueles, se encontraba tan natural, tan en el orden regular la
quema de un hereje, que en nada chocaba con las ideas comunes. Á
nosotros se nos erizan los cabellos á la sola idea de quemar á un
hombre vivo. Hallándonos en una sociedad donde el sentimiento religioso
se ha amortiguado en tal manera, y acostumbrados á vivir entre hombres
que tienen religión diferente de la nuestra, y á veces ninguna, no
alcanzamos á concebir que pasaba entonces como un suceso muy ordinario
el ser conducidos al patíbulo esta clase de hombres. Léanse, empero,
los escritores de aquellos tiempos; y se notará la inmensa diferencia
que va de nuestras costumbres á los suyas; se observará que nuestro
lenguaje templado y tolerante hubiera sido para ellos incomprensible.
¿Qué más? El mismo Carranza, que tanto sufrió de la Inquisición,
¿piensan quizás algunos cómo opinaba sobre estas materias? En su citada
obra, siempre que se ofrece la oportunidad de tocar este punto, emite
las mismas ideas de su tiempo, sin detenerse siquiera en probarlas,
dándolas como cosa fuera de duda. Cuando en Inglaterra se encontraba al
lado de la reina María, sin ningún reparo ponía también en planta sus
doctrinas sobre el rigor con que debían ser tratados los herejes; y á
buen seguro que lo hacía sin sospechar, en su intolerancia, que tanto
había de servir su nombre para atacar esa misma intolerancia.

Los reyes y los pueblos, los eclesiásticos y los seglares, todos
estaban acordes en este punto. ¿Qué se diría ahora de un rey que con
sus manos aproximase la leña para quemar á un hereje, que impusiese
la pena de horadar la lengua á los blasfemos con un hierro? Pues lo
primero se cuenta de San Fernando, y lo segundo lo hacía San Luis.
Aspavientos hacemos ahora, cuando vemos á Felipe II asistir á un auto
de fe; pero, si consideramos que la corte, los grandes, lo más escogido
de la sociedad, rodeaban en semejante caso al rey, veremos que, si esto
á nosotros nos parece horroroso, insoportable, no lo era para aquellos
hombres, que tenían ideas y sentimientos muy diferentes. No se diga que
la voluntad del monarca lo prescribía así, y que era fuerza obedecer;
no, no era la voluntad del monarca lo que obraba, era el espíritu de
la época. No hay monarca tan poderoso que pueda celebrar una ceremonia
semejante, si estuviere en contradicción con el espíritu de su tiempo;
no hay monarca tan insensible que no esté él propio afectado del siglo
en que reina. Suponed el más poderoso, el más absoluto de nuestros
tiempos: Napoleón en su apogeo, el actual emperador de Rusia, y ved si
alcanzar podría su voluntad á violentar hasta tal punto las costumbres
de su siglo.

Á los que afirman que la Inquisición era un instrumento de Felipe II,
se les puede salir al encuentro con una anécdota, que por cierto no
es muy á propósito para confirmarnos en esta opinión. No quiero dejar
de referirla aquí, pues que, á más de ser muy curiosa é interesante,
retrata las ideas y costumbres de aquellos tiempos. Reinando en Madrid
Felipe II, cierto orador dijo en un sermón, en presencia del rey, que
_los reyes tenían poder absoluto sobre las personas de los vasallos y
sobre sus bienes_. No era la proposición para desagradar á un monarca,
dado que el buen predicador le libraba, de un tajo, de todas las
trabas en el ejercicio de su poder. Á lo que parece, no estaría todo
el mundo en España tan encorvado bajo la influencia de las doctrinas
despóticas como se ha querido suponer, pues que no faltó quien delatase
á la Inquisición las palabras con que el predicador había tratado de
lisonjear la arbitrariedad de los reyes. Por cierto que el orador no
se había guarecido bajo un techo débil; y así es que los lectores
darán por supuesto que, rozándose la denuncia con el poder de Felipe
II, trataría la Inquisición de no hacer de ella ningún mérito. No fué
así, sin embargo: la Inquisición instruyó su expediente, encontró la
proposición contraria á las sanas doctrinas, y el pobre predicador,
que no esperaría tal recompensa, á más de varias penitencias que se
le impusieron, fué condenado á retractarse públicamente, en el mismo
lugar, con todas las ceremonias del auto jurídico, con la particular
circunstancia de leer en un papel, conforme se le había ordenado, las
siguientes notabilísimas palabras: «_Porque, señores, los reyes no
tienen más poder sobre sus vasallos, del que les permite el derecho
divino y humano: y no por su libre y absoluta voluntad_.» Así lo
refiere D. Antonio Pérez, como se puede ver en el pasaje que se inserta
por entero en la nota correspondiente á este capítulo. Sabido es que D.
Antonio Pérez no era apasionado de la Inquisición.

Este suceso se verificó en aquellos tiempos que algunos no nombran
jamás, sin acompañarles el título de _obscurantismo_, de _tiranía_, de
_superstición_; yo dudo, sin embargo, que en los más cercanos, y en que
se dice que comenzó á lucir para España la aurora de la ilustración
y de la libertad, por ejemplo, de Carlos III, se hubiese llevado
á término una condenación pública, solemne, del despotismo. Esta
condenación era tan honrosa al tribunal que la mandaba, como al monarca
que la consentía.

Por lo que toca á la ilustración, también es una calumnia lo que se
dice, que hubo el plan de establecer y perpetuar la ignorancia. No lo
indica así, por cierto, la conducta de Felipe II, cuando, á más de
favorecer la grande empresa de la Poliglota de Amberes, recomendaba
á Arias Montano que las sumas que se fuesen recobrando del impresor
Platino, á quien para dicha empresa había suministrado el monarca una
crecida cantidad, se emplease en la compra de libros _exquisitos, así
de impresos como de mano_, para ponerlos en la librería del monasterio
del Escorial, que entonces se estaba edificando; habiendo hecho también
el encargo, como dice el rey en la carta á Arias Montano, á _D. Francés
de Alaba, su embajador en Francia, que procurase de haber los mejores
libros que pudiere en aquel reino_.

No, la historia de España, desde el punto de vista de la intolerancia
religiosa, no es tan negra como se ha querido suponer. Á los
extranjeros, cuando nos echan en cara la crueldad, podemos responderles
que, mientras la Europa estaba regada de sangre por las guerras
religiosas, en España se conservaba la paz; y por lo que toca al número
de los que perecieron en los patíbulos, ó murieron en el destierro,
podemos desafiar á las dos naciones que se pretenden á la cabeza de la
civilización, la Francia y la Inglaterra, á que muestren su estadística
de aquellos tiempos sobre el mismo asunto, y la comparen con la
nuestra. Nada tememos de semejante cotejo.

Á medida que anduvo menguando el peligro de introducirse en España el
Protestantismo, el rigor de la Inquisición se disminuyó también; y,
además, podemos observar que suavizaba sus procedimientos, siguiendo
el espíritu de la legislación criminal en los otros países de Europa.
Así vemos que los autos de fe van siendo más raros, según los tiempos
van aproximándose á los nuestros; de suerte que, á fines del siglo
pasado, sólo era la Inquisición una sombra de lo que había sido. No es
necesario insistir sobre un punto que nadie ignora, y en que están de
acuerdo hasta los más acalorados enemigos de dicho tribunal: en esto
encontramos la prueba más convincente de que se ha de buscar en las
ideas y costumbres de la época lo que se ha pretendido hallar en la
crueldad, en la malicia, ó en la ambición de los hombres. Si llegasen
á surtir efecto las doctrinas de los que abogan por la abolición de la
pena de muerte, cuando la posteridad leería las ejecuciones de nuestros
tiempos, se horrorizaría del propio modo que nosotros con respecto á
los anteriores. La horca, el garrote vil, la guillotina, figurarían en
la misma línea que los antiguos quemaderos.[10]



NOTAS


       [1] Pág. 45--Recio se hace de creer el extravío de los
       antiguos sobre el respeto debido al hombre; inconcebible
       parece que llegasen á tener en nada la vida del individuo
       que no podía servir en algo á la sociedad; y, sin embargo,
       nada hay más cierto. Lamentable fuera que esta ó aquella
       ciudad hubiesen dictado una ley bárbara, ó, por una ú otra
       causa, llegase á introducirse en ellas una costumbre atroz;
       no obstante, mientras la filosofía hubiese protestado contra
       tamaños atentados, la razón humana se habría conservado sin
       mancilla, y no se la pudiera achacar con justicia que tomase
       parte en las nefandas obras del aborto y del infanticidio.
       Pero cuando encontramos defendido y enseñado el crimen por
       los filósofos más graves de la antigüedad, cuando le vemos
       triunfante en el pensamiento de sus hombres más ilustres,
       cuando los oímos prescribiendo esas atrocidades con una calma
       y serenidad espantosa, el espíritu desfallece, la sangre se
       hiela en el corazón; quisiera uno taparse los ojos para no
       ver humillada á tanta ignominia, á tanto embrutecimiento,
       la filosofía, la razón humana. Oigamos á Platón en su
       _República_, en aquel libro donde se proponía reunir las
       teorías que eran en su juicio las más brillantes, y al propio
       tiempo las más conducentes para el bello ideal de la sociedad
       humana. «Menester es, dice uno de los interlocutores del
       diálogo, menester es, según nuestros principios, procurar que
       entre los hombres y las mujeres de mejor raza, sean frecuentes
       las relaciones de los sexos; y al contrario, muy raras entre
       los de menos valer. Además, es necesario criar los hijos de
       los primeros, _más no de los segundos_, si se quiere tener un
       rebaño escogido. En fin, es necesario que sólo los magistrados
       tengan noticia de estas medidas, para evitar en cuanto sea
       posible la discordia en el rebaño.» «_Muy bien_», responde
       otro de los interlocutores. (Platón, _Repúb._, L. 5.)

       He aquí reducida la especie humana á la simple condición de
       los brutos; el filósofo hace muy bien en valerse de la palabra
       _rebaño_, bien que hay la diferencia de que los magistrados
       imbuídos en semejantes doctrinas, debían resultar más duros
       con sus súbditos que no lo fuera un pastor con su ganado. No,
       el pastor que entre los corderillos recién nacidos encuentra
       alguno débil y estropeado, no le mata, no le deja perecer de
       hambre; le lleva en brazos junto á la oveja, que le sustentará
       con su leche, y le acaricia blandamente para acallar sus
       tiernos balidos.

       Pero ¿serán quizás las expresiones citadas, una palabra
       escapada al filósofo en un momento de distracción? El
       pensamiento que revelan, ¿no podrá mirarse como una de
       aquellas inspiraciones siniestras, que se deslizan un
       instante en el espíritu del hombre, pasando sin dejar rastro,
       como serpea rápido un pavoroso reptil por la amenidad de
       una pradera? Así lo deseáramos para la gloria de Platón;
       pero, desgraciadamente, él propio nos quita todo medio de
       vindicarle, pues que insiste sobre lo mismo tantas veces, y
       con tan sistemática frialdad. «En cuanto á los hijos, repite
       más abajo, de los ciudadanos de inferior calidad, y aun por
       lo tocante á los de los otros, si hubiesen nacido deformes,
       los magistrados los _ocultarán_ como conviene, en algún
       lugar secreto, que _será prohibido revelar_.» Y uno de los
       interlocutores responde: «Sí, sí, queremos conservar en su
       pureza la raza de los guerreros.»

       La voz de la naturaleza protestaba en el corazón del filósofo
       contra su horrible doctrina; presentábanse á su imaginación
       las madres reclamando sus hijos recién nacidos, y por esto
       encarga el secreto, prescribe que sólo los magistrados tengan
       noticia del lugar fatal, para evitar la discordia en la
       ciudad. Así los convierte en asesinos alevosos, que matan, y
       ocultan desde luego su víctima bajo las entrañas de la tierra.

       Continúa Platón prescribiendo varias reglas en orden á las
       relaciones de los sexos, y, hablando del caso en que el hombre
       y la mujer han llegado á una edad algo avanzada, nos ofrece el
       siguiente escandaloso pasaje «Cuando uno y otro sexo, dice el
       filósofo, hayan pasado de la edad de tener hijos, dejaremos
       á los hombres la libertad de continuar con las mujeres las
       relaciones que quieran, exceptuando sus hijas, madres,
       nietas y abuelas; y á las mujeres les dejaremos la misma
       libertad con respecto á los hombres y, les recomendaremos muy
       particularmente que tomen todas las precauciones para que no
       nazca de tal comercio ningún fruto; y que si á pesar de sus
       precauciones nace alguno, que lo expongan: pues que el Estado
       no se encarga de mantenerle.» Platón estaba, á lo que parece,
       muy satisfecho de su doctrina, pues que en el mismo libro
       donde escribía lo que acabamos de ver, dice aquella sentencia
       que se ha hecho tan famosa: que los males de los Estados no
       se remediarán jamás, ni serán bien gobernadas las sociedades
       hasta que los filósofos lleguen á ser reyes, ó los reyes se
       hagan filósofos. Dios nos preserve de ver sobre el trono una
       filosofía como la suya; por lo demás, su deseo del _reino
       de la filosofía_ se ha realizado en los tiempos modernos; y
       más que el reino todavía, la divinización, hasta llegar á
       tributarle en un templo público los homenajes de la divinidad.
       No creo, sin embargo, que sean muchos los que echen de menos
       los aciagos días del _Culto de la Razón_.

       La horrible enseñanza que acabamos de leer en Platón, se
       transmitía fielmente á las escuelas venideras. Aristóteles,
       que en tantos puntos se tomó la libertad de apartarse de
       las doctrinas de su maestro, no pensó en corregirlas por lo
       tocante al aborto y al infanticidio. En su _Política_ enseña
       los mismos crímenes, y con la misma serenidad que Platón.
       «Para evitar, dice, que se alimenten las criaturas débiles ó
       mancas, la ley ha de prescribir que se las exponga, _ó se las
       quite de en medio_. En el caso que esto se hallare prohibido
       por las leyes y costumbres de algunos pueblos, entonces es
       necesario señalar á punto fijo el número de los hijos que se
       puedan procrear; y, si aconteciere que algunos tuvieren más
       del número prescrito, se ha de procurar el aborto antes que
       el feto haya adquirido los sentidos y la vida.» (Aristót.,
       _Polít._, L. 7, c. 16.)

       Véase, pues, con cuánta razón he dicho que entre los antiguos,
       el hombre, como hombre, no era tenido en nada; que la sociedad
       le absorbía todo entero, que se arrogaba sobre él derechos
       injustos, que le miraba como un instrumento de que se valía si
       era útil, y que, en no siéndolo, se consideraba facultada para
       quebrantarle.

       En los escritos de los antiguos filósofos se nota que hacen
       de la sociedad una especie de todo, al cual pertenecen los
       individuos, como á una masa de hierro los átomos que la
       componen. No puede negarse que la unidad es un gran bien de
       las sociedades, y que hasta cierto punto es una verdadera
       necesidad; pero esos filósofos se imaginan cierta unidad á la
       que debe todo sacrificarse, sin consideraciones de ninguna
       clase á la esfera individual, sin atender á que el objeto de
       la sociedad es el bien y la dicha de las familias y de los
       individuos que la componen. Esta unidad es el bien principal,
       según ellos; nada puede comparársele; y la ruptura de ella es
       el mal mayor que pueda acontecer, y que conviene evitar por
       todos los medios imaginables. «El mayor mal de un Estado, dice
       Platón, ¿no es lo que le divide, y de _uno hace muchos_? Y su
       mayor bien, ¿no es lo que liga todas partes, y le hace _uno_?»
       Apoyado en este principio, continúa desenvolviendo su teoría,
       y, tomando las familias y los individuos, los amasa, por
       decirlo así, para que den un todo compacto, _uno_. Por esto,
       á mas de la comunidad de educación y de vida, quiere también
       la de mujeres y de hijos: considera como un mal el que haya
       goces ni sufrimientos personales; todo lo exige común, social.
       No permite que los individuos vivan, ni piensen, ni sientan,
       ni obren, sino como partes del gran todo. Léase con reflexión
       su _República_, y en particular el libro V, y se echará de ver
       que éste es el pensamiento dominante en el sistema de aquel
       filósofo.

       Oigamos sobre lo mismo á Aristóteles. «Cuando el fin de
       la sociedad es _uno_, claro es que la educación de todos
       sus miembros debe ser necesariamente _una, y la misma_. La
       educación debería ser pública, no privada; como acontece
       ahora, que cada cual cuida de sus hijos, y les enseña lo
       que más le agrada. Cada ciudadano es una _partícula_ de la
       sociedad, y el cuidado de una partícula debe naturalmente
       enderezarse á lo que demanda el todo.» (Arist., _Polít._, L.
       8, c. 1.)

       Para darnos á comprender cómo entiende esta educación común,
       concluye haciendo honorífica mención de la que se daba en
       Lacedemonia, que, como es bien sabido, consistía en ahogar
       todos los sentimientos, excepto el de un patriotismo feroz,
       cuyos rasgos todavía nos estremecen.

       No: en nuestras ideas y costumbres no cabe el considerar de
       esta suerte la sociedad. Los individuos están ligados á ella,
       forman parte de ella, pero sin que pierdan su esfera propia,
       ni la esfera de sus familias; y disfrutan de un vasto campo
       donde pueden ejercer su acción, sin que se encuentren con el
       coloso de la sociedad. El patriotismo existe aún; pero no es
       una pasión ciega, instintiva, que lleva al sacrificio como una
       víctima con los ojos vendados; sino un sentimiento racional,
       noble, elevado, que forma héroes como los de Lepanto y Bailén,
       que convierte en leones ciudadanos pacíficos, como en Gerona y
       Zaragoza, que levanta cual chispa eléctrica un pueblo entero,
       y desprevenido é inerme le hace buscar la muerte en las bocas
       de fuego de un ejército numeroso y aguerrido, como Madrid en
       pos del sublime _¡Muramos!..._ de Daoiz y de Velarde.

       He insinuado también en el texto que entre los antiguos se
       creía con derecho la sociedad para entrometerse en todos los
       negocios del individuo; y aun puede añadirse que las cosas
       se llevaban hasta un extremo que rayaba en ridículo. ¿Quién
       dijera que la ley había de entrometerse en los alimentos que
       hubiese de tomar una mujer en cinta, ni en prescribirle el
       ejercicio que le convenía hacer? «Conviene, dice gravemente
       Aristóteles, que las mujeres embarazadas cuiden bien de
       su cuerpo, y que no sean desidiosas en demasía, ni tomen
       alimentos sobrado tenues y sutiles. Y esto _lo conseguirá
       fácilmente el legislador, ordenándoles y mandándoles_
       que hagan todos los días un paseo para honrar y venerar
       aquellos dioses á quienes les cupo en suerte el presidir la
       generación.» (_Polít._, L. 7, c. 16.)

       La acción de la ley se extendía á todo; y en algunas partes
       no podía escaparse de su severidad ni el mismo llanto de los
       niños. «No hacen bien, dice Aristóteles, los que por _medio
       de las leyes prohiben á los niños el gritar y llorar_: los
       gritos y el llanto les sirven á los niños de ejercicio, y
       contribuyen á que crezcan. Esfuerzo natural que desahoga,
       y comunica vigor á los que se encuentran en angustia.»
       (_Polít._, Lib. 7, cap. 17.)

       Estas doctrinas de los antiguos, ese modo de considerar las
       relaciones del individuo con la sociedad, explican muy bien
       por qué se miraban entre ellos como cosa muy natural las
       castas y la esclavitud. ¿Qué extrañeza nos ha de causar el
       ver razas enteras privadas de la libertad, ó tenidas por
       incapaces de alternar con otras pretendidas superiores, cuando
       vemos condenadas á la muerte generaciones de inocentes, sin
       que los concienzudos filósofos dejen traslucir siquiera el
       menor escrúpulo sobre la legitimidad de un acto tan inhumano?
       Y no es esto decir que ellos, á su modo, no buscasen también
       la dicha como fin de la sociedad, sino que tenían ideas
       monstruosas sobre los medios de alcanzarla.

       Entre nosotros es tenida también en mucho la conservación
       de la unidad social; también consideramos al individuo como
       parte de la sociedad, y que en ciertos casos debe sacrificarse
       al bien público; pero miramos al mismo tiempo como sagrada
       su vida, por inútil, por miserable, por débil que él sea;
       y contamos entre los homicidios el matar un niño que acaba
       de ver la luz, ó que no la ha visto aún, del mismo modo que
       el asesinato de un hombre en la flor de sus años. Además,
       consideramos que los individuos y las familias tienen derechos
       que la sociedad debe respetar, secretos en que ésta no se
       puede entrometer; y cuando se les exigen sacrificios costosos,
       sabemos que han de ser previamente justificados por una
       verdadera necesidad. Sobre todo, pensamos que la justicia,
       la moral, deben reinar en las obras de la sociedad como en
       las del individuo; y así como rechazamos con respecto á éste
       el principio de la _utilidad privada_, así no le admitimos
       tampoco con relación á aquélla. La máxima de que _la salud
       del pueblo es la suprema ley_, no la consentimos sino con las
       debidas restricciones y condiciones; sin que por esto sufran
       perjuicio los verdaderos intereses de la sociedad. Cuando
       estos intereses son bien entendidos, no están en pugna con la
       sana moral; y, si pasajeras circunstancias crean á veces esa
       pugna, no es más que aparente; porque, reducida como está á
       pocos momentos, y limitada á pequeño círculo, no impide que
       al fin resulten en harmonía, y no se compense con usura el
       sacrificio que se haga de la utilidad, en las aras de los
       eternos principios de la moral.

       [2] Pág. 66.--El lector me dispensará fácilmente de entrar en
       pormenores sobre la situación abyecta y vergonzosa de la mujer
       entre los antiguos, y aun entre los modernos, allí donde no
       reina el Cristianismo; pues que las severas leyes del pudor
       salen á cada paso á detener la pluma, cuando quiere presentar
       algunos rasgos característicos. Basta decir que el trastorno
       de las ideas era tan extraordinario, que aun los hombres más
       señalados por su gravedad y mesura deliraban sobre este punto
       de una manera increíble. Dejemos aparte cien y cien ejemplos
       que se podrían recordar; pero ¿quién ignora el escandaloso
       parecer del sabio Solón sobre prestar las mujeres para mejorar
       la raza? ¿Quién no se ha ruborizado al leer lo que dice el
       _divino_ Platón, en su _República_, sobre la conveniencia y el
       modo de tomar parte las mujeres en los juegos públicos? Pero
       echemos un velo sobre estos recuerdos tan vergonzosos á la
       sabiduría humana, que así desconocía los primeros elementos de
       la moral y las más sentidas inspiraciones de la naturaleza.
       Cuando así pensaban los primeros legisladores y sabios, ¿qué
       había de suceder entre el vulgo? ¡Cuánta verdad hay en las
       palabras del sagrado texto que nos presentan á los pueblos
       fallos de la luz divina del Cristianismo como _sentados en las
       tinieblas y sombras de la muerte_!

       Lo más temible para la mujer, como lo más propio para
       conducirla á la degradación, es lo que