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Title: Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Author: Payró, Roberto Jorge
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira" ***

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                        NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Las palabras en itálicas están indicadas con _sub-índices_, mientras
que las palabras en negritas están indicadas =de este modo=.

Las reglas ortográficas del castellano cuando esta obra fue publicada
por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se realizó la
transcripción.

Por ejemplo vió, fué, dió, lo mismo que conjunciones como "á", "ó",
"ú", en esa época llevaban acento ortográfico, mientras que vocablos
que actualmente llevan acento ortográfico, como "reír" y "oír", cuando
la obra fue publicada no llevaban acento ortográfico.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
de respetar la ortografía original, salvo en caso de errores evidentes
de ortografía, impresión y/o puntuación, los cuales han sido corregidos.

La cubierta del libro fue modificada por el Transcriptor y ha sido
puesta en el dominio público.

El Índice de capítulos ha sido agregado por el Transcriptor.


                   *       *       *       *       *


                         DIVERTIDAS AVENTURAS
                       DEL NIETO DE JUAN MOREIRA


                         OBRAS DEL MISMO AUTOR

               (De venta en la Biblioteca de LA NACIÓN y
                    en las principales librerías).

    =La Australia Argentina=, (dos volúmenes).
    =El Falso Inca=, (cronicón de la Conquista).
    =El Casamiento de Laucha=, (novela picaresca).
    =Sobre las ruinas=... (drama en cuatro actos).
    =Marco Severi=, (drama en tres actos).
    =El Triunfo de los otros=, (drama en tres actos).
    =Pago Chico.=
    =Violines y toneles.=
    =Crónicas.=
    =En las tierras de Inti.=


                               AGOTADAS

    =Ensayos poéticos.=--=Antígona=, (novela).--=Scripta.=
    (cuentos).--=Novelas y fantasías.=--=Los
    Italianos en la Argentina.=--=Emilio Zola=, etc., etc.



                           ROBERTO J. PAYRÓ

                         _Divertidas aventuras
                      Del nieto de Juan Moreira_

                            [Illustration]


                             BUENOS AIRES
                       CASA EDITORA É IMPRESORA
                          M. RODRÍGUEZ GILES
                         Corrientes, núm. 1379

                Imp. Sopena, Provenza, 95.--BARCELONA



                                ÍNDICE

                                                       PÁG.
            PRIMERA PARTE                                5

            SEGUNDA PARTE                              147

            TERCERA PARTE                              257



                         DIVERTIDAS AVENTURAS
                       DEL NIETO DE JUAN MOREIRA



                             PRIMERA PARTE


                                   I

Nací á la política, al amor y al éxito, en un pueblo remoto de
provincia, muy considerable según el padrón electoral, aunque tuviera
escasos vecinos, pobre comercio, indigente sociabilidad, nada de
industria y lo demás en proporción. El clima benigno, el cielo siempre
azul, el sol radiante, la tierra fertilísima, no habían bastado, como
se comprenderá, para conquistarle aquella preeminencia. Era menester
otra cosa. Y los «dirigentes» de Los Sunchos, al levantarse el último
censo, por arte de birlibirloque habían dotado al departamento con una
importante masa de sufragios--mayor que el natural,--para procurarle
decisiva representación en la Legislatura de la provincia, directa
participación en el gobierno autónomo, voz y voto delegados en el
Congreso Nacional y, por ende, influencia eficaz en la dirección del
país. Escrutando las causas y los efectos, no me cabe duda de que los
sunchalenses confiaban más en sus propias luces y patriotismo, que en
el patriotismo y las luces del resto de nuestros compatriotas, y de que
se esforzaban por gobernar con espíritu puramente altruista. El hecho
es que, siendo cuatro gatos, como suele decirse, alcanzaban tácita
ó manifiesta ingerencia en el manejo de la res pública. Pero esto,
que puede parecer una de tantas incongruencias de nuestra democracia
incipiente, no es divertido y no hace, tampoco, al caso. Lo que sí hace
y quizá resulte divertido, es que mi padre fuera uno de los susodichos
dirigentes, quizá el de ascendiente mayor en el departamento, y que mi
aristocrática cuna me diera--como en realidad me dió,--vara alta en
aquel pueblo manso y feliz, holgazán bajo el sol de fuego, soñador bajo
el cielo sin nubes, cebado en medio de la pródiga naturaleza. Hoy me
parece que hasta el aire de Los Sunchos era alimenticio, y que bastaba
masticarlo al respirar para mantener y aun acrecentar las fuerzas:
milagro de mi país, donde, virtualmente, todavía se encuentran pepitas
de oro en medio de la calle.

Desde chicuelo era yo, Mauricio Gómez Herrera, el niño mimado de
vigilantes, peones, gente del pueblo y empleados públicos de menor
cuantía, quienes me enseñaron pacientemente á montar á caballo,
vistear, tirar la taba, fumar y beber. Mi capricho era ley para
todos aquellos buenos paisanos, en especial para el populacho, los
subalternos y los humildes amigos ó paniaguados de las autoridades; y
cuando algún opositor, víctima de mis bromas, que solían ser pesadas,
se quejaba á mis padres, nunca me faltó defensa ó excusa, y si bien
ambos prometían á veces reprenderme ó castigarme, la verdad es
que--especialmente el «viejo»--no hacían sino reirse de mis gracias.

Y aquí debo confesar que yo era, en efecto, un niño gracioso si se me
consideraba en lo físico. Tengo por ahí arrumbada cierta fotografía
amarillenta y borrosa que me sacó un fotógrafo trashumante al cumplir
mis cinco años, y aparte la ridícula vestimenta de lugareño y el aire
cortado y temeroso, la verdad es que mi efigie puede considerarse la
de un lindísimo muchacho, de grandes ojos claros y serenos, frente
espaciosa, cabello rubio naturalmente rizado, boca bien dibujada,
en forma de arco de Cupido, y barbilla redonda y modelada, con su
hoyuelo en el medio, como la de un Apolo infante. En la adolescencia
y en la juventud fuí lo que mi niñez prometía, todo un buen mozo, de
belleza un tanto femenil, pese á mi poblado bigote, mi porte altivo, mi
clara mirada, tan resuelta y firme; y estos dotes de la Naturaleza me
procuraron siempre, hasta en épocas de madurez... Pero, no adelantemos
los acontecimientos...

Tenía yo por aquel entonces un carácter de todos los demonios que,
según me parece, la edad y la experiencia han modificado y mejorado
mucho, especialmente en las exteriorizaciones. Nada podía torcer mi
voluntad, nadie lograba imponérseme, y todos los medios me eran buenos
para satisfacer mis caprichos. Gran cualidad. Recomiendo á los padres
de familia deseosos de ver el triunfo de su prole, que la fomenten en
sus hijos, renunciando, como á cosa inútil y perjudicial, á la tan
preconizada disciplina de la educación, que sólo servirá para crearles
luego graves y quizás insuperables dificultades en la vida. Estudien mi
ejemplo, sobre el que nunca insistiré bastante: desde niño he logrado,
detalle más, detalle menos, todo cuanto soñaba ó quería, porque nunca
me detuvo ningún falso escrúpulo, ninguna regla arbitraria de moral,
como ninguna preocupación melindrosa, ningún juicio ajeno. Así, cuando
una criada ó un peón me eran molestos ó antipáticos, espiaba todos sus
pasos, acciones, palabras y aun pensamientos, hasta encontrarlos en
falta y poder acusarlos ante el tribunal casero; ó--no hallando hechos
reales,--imaginaba y revelaba hechos verosímiles, valiéndome de las
circunstancias y las apariencias paciente y sutilmente estudiadas. ¡Y
cuántas veces habrá sido profunda é ignorada verdad lo que yo mismo
creía dudoso por falta de otras pruebas que la inducción y la deducción
instintivas!

Pero esto era, sólo, una complicación poco evidente--para descubrirla
he debido forzar el análisis,--de mi carácter que, si bien obstinado
y astuto, era, sobre todo--extraña antinomia aparente,--exaltado y
violento, como irreflexivo y de primer impulso, lo que me permitía
tomar por asalto cuanto con un golpe de mano podía conseguirse. Y como
en el arrebato de mi cólera llegaba fácilmente á usar de los puños,
los pies, las uñas y los dientes, natural era que en el ataque ó en
la batalla con el criado ú otro adversario eventual, resultara yo con
alguna marca, contusión ó rasguño que ellos no me habían inferido
quizá, pero que, dándome el triunfo en la misma derrota, bastaba y
aun sobraba como prueba de la ajena barbarie, y hacía recaer sobre el
enemigo todas las iras paternas:

--¡Pobre muchacho! ¡Miren cómo me lo han puesto! ¡Es una verdadera
atrocidad!...

Y tras de mis arañones, puntapiés, cachetadas y mordiscos, llovían
sobre el antagonista los puñetazos de mi padre, hombre de malas pulgas,
extraordinario vigor, destreza envidiable y amén de esto grande
autoridad. ¿Quién se atrevía con el árbitro de Los Sunchos? ¿Quién no
cejaba ante el brillo de sus ojos de acero, que relampagueaban en la
sombra de sus espesas cejas, como intensificados por su gran nariz
ganchuda, por su grueso bigote cano, por su perilla que en ocasiones
parecía adelantarse como la punta de un arma?

Vivíamos con grandeza--naturalmente en la relatividad aldeana, que no
da pretexto á los lujos desmedidos,--y «tatita» gastaba cuanto ganaba
ó un poco más, pues á su muerte sólo heredé la chacra paterna, gravada
con una crecida hipoteca que hacían más molesta algunas otras deudas
menores. Sí; sólo teníamos una chacra, pero hay que explicarse: era una
vasta posesión de cuatrocientas varas de frente por otras tantas de
fondo, y estaba enclavada casi en el mismo centro del pueblo. Su cerco,
en parte de adobe, en parte de pita, cina-cina y talas, interceptaba
las calles de Libertad, Tunes y Cadillal, que corrían de norte á sud, y
las de Santo Domingo, Avellaneda y Pampa, de Este á Oeste. Los cuatro
grandes frentes daban sobre San Martín, Constitución, Blandengues y
Monteagudo. Nuestra casa ocupaba la esquina de las calles San Martín y
Constitución, la más próxima á la plaza y los edificios públicos, y era
una amplia construcción de un solo piso, á lo largo de la cual corría
una columnata de pilares delgados, sosteniendo un ancho alero. En ella
habitábamos nosotros solos, pues las cocinas, cocheras, dependencias
y cuartos de la servidumbre, formaban cuerpo aparte, cuadrando una
especie de patio en que mamita cultivaba algunas flores y tatita
criaba sus gallos. En el resto de la chacra había algunos montecillos
de árboles frutales, un poco de alfalfa, un chiquero, un gallinero,
y varios potreros para los caballos y las dos vacas lecheras. Tengo
idea de que alguna vez se plantaron hortalizas en un rincón de la
chacra, pero en todo caso no fué siempre, ni siquiera con frecuencia,
sin duda para no desdecir mucho del indolente carácter criollo que en
aquel tiempo consideraba «cosa de gringos» ordeñar las vacas y comer
legumbres. Con todo, nuestra casa era un palacio y nuestra chacra un
vergel, comparadas con las demás mansiones señoriales de Los Sunchos,
y nuestras costumbres de familia tenían un sello aristocrático que
más de una vez envenenó las malas lenguas del pueblo, que zumbaban
como avispas irritadas, aunque á respetable distancia de los oídos de
tatita. Esta especie de refinamiento, cada vez más borroso, se explica
naturalmente: mi padre pertenecía á una de las familias más viejas del
país, una familia patricia radicada en Buenos Aires desde la guerra
de la Independencia, vinculada á la alta sociedad y dueña de una
respetable fortuna que varias ramas conservan todavía. Menos previsor ó
más atrevido que sus parientes, mi padre se arruinó--ignoro cómo y no
me importa saberlo,--salió á correr tierras en busca de mejor suerte, y
fué á varar en Los Sunchos, llevando hasta allí algunos de sus antiguos
hábitos y aficiones.

No se ocupaba más que de la política activa, y de la tramitación
de toda clase de asuntos ante las autoridades municipales y
provinciales. Intendente y presidente de la Municipalidad, en varias
administraciones, había acabado por negarse á ocupar puesto oficial
alguno, conservando, sin embargo, meticulosamente, su influencia y
su prestigio: desde afuera, manejaba mejor sus negocios, sin dar que
hablar, y siempre era él quien decidía en las contiendas electorales, y
otras, como supremo caudillo del pueblo. Cuando no se iba á la capital
de la provincia, llevado por asuntos propios ó ajenos--en calidad de
intermediario,--pasaba el día entero en el café, en la «cancha» de
carreras ó de pelota, en el billar ó la sala de juego del Club del
Progreso, ó de visita en casa de alguna comadre. Tenía muchas comadres,
y mamá hablaba siempre de ellas con cierto retintín y á veces hasta
colérica, cosa extraña en una mujer tan buena, que era la mansedumbre
en persona. Tatita solía mostrarse emprendedor. Á él se debe, entre
otros grandes adelantos de Los Sunchos, la fundación del Hipódromo
que acabó con las canchas derechas y de andarivel, é hizo, también,
para las riñas de gallos, un verdadero circo en miniatura. Leía los
periódicos de la capital de la provincia, que le llegaban tres veces
por semana, y gracias á esto, á su copiosa correspondencia epistolar y
á las noticias de los pocos viajeros y de Isabel Contreras, el mayoral
de la galera de Los Sunchos, estaba siempre al corriente de lo que
sucedía y de lo que iba á suceder, sirviéndole para prever esto último
su peculiar olfato y su larga experiencia política, acopiada en años
enteros de intrigas y de revueltas. La inmensa utilidad práctica de
esta clase de información fué, sin duda, lo que le hizo mandarme á la
escuela, no con la mira de hacer de mí un sabio, sino con la plausible
intención de proveerme de una herramienta preciosa para después.

Esto ocurrió pasados ya mis nueve años, puede también que los diez.
Mi ingreso en la escuela fué como una catástrofe que abriera un
paréntesis en mi vida de vagancia y holgazanería, y luego como una
tortura, momentánea sí, pero muy dolorosa, tanto más cuanto que, si
aprendí á leer, fué gracias á mi santa madre, cuya inagotable paciencia
supo aprovechar todos mis fugitivos instantes de docilidad, y cuya
bondad tímida y enfermiza, premiaba cada pequeño esfuerzo mío tan
espléndidamente como si fuera una acción heroica. Me parece verla
todavía, siempre de negro, oprimida en un vestido muy liso, pálida
bajo sus bandós castaño obscuro, hablando con voz lenta y suave y
sonriendo casi dolorosamente, á fuerza de ternura. Mucho le costaron
las primeras lecciones, como le costó hacerme ir á misa é inculcarme
inciertas doctrinas de un vago catolicismo, algo supersticioso, por
mi inquietud indómita; pero á poco cedí y me plegué, más que todo,
interesado con los cuentos de las viejas sirvientas y los, aún más
maravillosos, de una costurerita española, jorobada, que decía á cada
paso «interín», que estaba siempre en los rincones obscuros, y en quien
creía yo ver la encarnación de un diablillo entretenido y amistoso ó de
una bruja momentáneamente inofensiva. «Interín» me contaban las unas
las hazañas de Pedro Urdemalas (Rimales, decían ellas), y la otra los
amores de Beldad y la Bestia, ó las terribles aventuras del Gato, el
Ujier y el Esqueleto, leídas en un tomo trunco de Alejandro Dumas, mi
naciente raciocinio me decía que mucho más interesante sería contarme
aquello á mí mismo, todas las veces que quisiera y en cuanto se me
antojara, ampliado y embellecido con los detalles en que sin duda
abundaría la letra menudita y cabalística de los libros. Y aprendí
á leer, rápidamente, en suma, buscando la emancipación, tratando de
conquistar la independencia.


                                  II

Acabé por acostumbrarme un tanto á la escuela. Iba á ella á divertirme,
y mi diversión mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don
Lucas Arba, un infeliz español, cojo y ridículo, que, gracias á mí,
se sentó centenares de veces sobre una punta de pluma ó en medio de
un lago de pega-pega, y otras tantas recibió en el ojo ó la nariz,
bolitas de pan ó de papel, cuidadosamente masticadas. ¡Era de verle dar
el salto ó lanzar el chillido provocados por la pluma, ó levantarse
con la silla pegada á los fondillos, ó llevar la mano al órgano
acariciado por el húmedo proyectil, mientras la cara se le ponía como
un tomate! ¡Qué alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela
entera! Mis tímidos condiscípulos, sin imaginación, ni iniciativa, ni
arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesino, veían en mí un
ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente
que, para atreverse á tanto, era preciso haber nacido con privilegios
excepcionales de carácter y de posición.

Don Lucas tenía la costumbre de restregar las manos sobre el
pupitre--«cátedra» decía él,--mientras explicaba ó interrogaba;
después, en la hora de caligrafía ó de dictado, poníase de codos en
la mesa y apoyaba las mejillas en la palma de las manos, como si su
cerebro pedagógico le pesara en demasía. Observar esta peculiaridad,
procurarme pica-pica y espolvorear con ella la cátedra, fueron para
mí cosas tan lógicas como agradables. Y repetí á menudo la ingeniosa
operación, entusiasmado con el éxito, pues nada más cómico que ver á
don Lucas rascarse primero suavemente, después con cierto ardor, en
seguida rabioso, por último frenético hasta el estallido final:

--¡Todo el mundo se queda dos horas!

Iba á lavarse, á ponerse calmantes, sebo, aceite, qué sé yo, y la clase
abandonada se convertía en una casa de orates, obedeciendo entusiasta
á mi toque de zafarrancho; volaban los cuadernos, los libros, los
tinteros--quebrada la inercia de mis condiscípulos,--mientras los
instrumentos musicales más insólitos ejecutaban una sinfonía
infernal. Muchas veces he pensado, recapitulando estas escenas, que
mi verdadero temperamento es el revolucionario y que he necesitado un
prodigio de voluntad para ser toda mi vida un elemento de orden, un
hombre de gobierno... Volvía, al fin, don Lucas rojo y barnizado de
ungüentos, con las pupilas saltándosele de las órbitas--espectáculo
bufo si los hay,--y, exasperado por la intolerable picazón, comenzaba
á distribuir castigos suplementarios á diestro y siniestro, condenando
sin distinción á inocentes y culpables, á juiciosos y traviesos, á
todos, en fin... Á todos menos á mí. ¿No era yo, acaso, el hijo de don
Fernando Gómez Herrera? ¿No había nacido «con corona», según solían
decir mis camaradas?

¡Vaya con mi don Lucas! Si mucho me reí de ti, en aquellos tiempos,
ahora no compadezco siquiera tu memoria, aunque la evoque entre
sonrisas, y aunque aprecie debidamente á los que, como tú entonces,
saben acatar la autoridad política en todas sus formas, en cada
una de ellas y hasta en sus simples reflejos. Porque, si bien este
acatamiento es la única base posible de la felicidad de las naciones,
y en consecuencia de los ciudadanos, la verdad es que tú exagerabas
demasiado, olvidando que eras, también, «autoridad», aunque de ínfimo
orden. Y esta flaqueza es, para mí, irritante é inadmisible, sobre todo
cuando llega á extremos como éste.

Una tarde, á la hora de salir de la escuela y á raíz de un alboroto
colosal, don Lucas me llamó y me dijo gravemente que tenía que hablar
conmigo. Sospechando que el cielo iba á caérseme encima, me preparé á
rechazar los ataques del magíster hasta en forma viril y contundente,
si era preciso, de tal modo que, como consecuencia inevitable, ni
yo continuara bajo su férula ni él regentando la escuela, su único
medio de vida: un arañazo ó una equimosis no significaban nada para
mí--era y soy valiente,--y con una marca directa ó indirecta de don
Lucas, obtendría sin dificultad su destierro de Los Sunchos, después de
algunas otras pellejerías que le dieran que rascar. Considérese, pues,
mi pasmo, al oirle decir, apenas estuvimos solos, con su amanerado y
académico lenguaje, ó, mejor dicho, prosodia:

--Después de recapacitar muy seriamente, he arribado á una conclusión,
mi querido Mauricio... Usted (me trataba de usted, pero tuteaba á
todos los demás), usted es el más inteligente y el más fuerte de la
escuela, aunque no el más juicioso ni el más aplicado... No, no se
enfade todavía, permítame terminar, que no ha de pesarle... Pues
bien, usted que todo lo comprende y que sabe hacerse respetar por sus
condiscípulos, mis alumnos, puede ayudarme con verdadera eficacia, sí,
con la mayor eficacia, á conservar el orden y mantener la disciplina
en las clases, minadas por el espíritu rebelde y revoltoso que es la
carcoma de este país...

Aunque sorprendido por lo insólito de estas palabras, pronunciadas
con solemne gravedad, como en una tribuna, comencé á esperar más
serenamente los acontecimientos, sospechando, sin embargo, alguna
celada.

--Pero no he querido--continuó don Lucas, en el mismo tono,--adoptar
una resolución, cualquiera que ella sea, sin consultarle previamente.

El aula estaba solitaria y en la penumbra de la caída de la tarde.
Junto á la puerta, yo veía, al exterior, un vasto terreno baldío,
cubierto de gramíneas, rojizas ya, un pedazo de cielo con reflejos
anaranjados, y, al interior, la masa informe y azulada de los bancos y
las mesas, en la que parecía flotar aún el ruido y el movimiento de
los alumnos ausentes. Esta doble visión de luz y de sombra me absorbió,
sobre todo, durante una pausa trágica del maestro, para preparar esta
pregunta:

--¿Quiere usted ser monitor?

¡Monitor! ¡El segundo en la escuela, el jefe de los camaradas, la
autoridad más alta en ausencia de don Lucas, quizás en su misma
presencia, ya que él era tan débil de carácter!... ¡Y yo apenas sabía
leer de corrido, gracias á mamita! ¡Y en la escuela había veinte
muchachos más adelantados, más juiciosos, más aplicados y mayores que
yo! ¡Oh! estos aspavientos son cosa de ahora; entonces, aunque no
esperara semejante ganga, y aunque mucho me sonriera el inmerecido
honor, la proposición me pareció tan natural y tan ajustada á mis
merecimientos, que la acepté, diciendo sencillamente, sin emoción
alguna:

--Bueno, don Lucas.

Yo siempre he sido así, imperturbable, y aunque me nombraran papa,
mariscal ó almirante, no me sorprendería ni me consideraría inepto para
el cargo. Pero, deseando ser enteramente veraz, agregaré que el «don
Lucas» de la aceptación había sido, desde tiempo atrás, desterrado de
mis labios, en los que las contestaciones se limitaban á un sí ó un
no, «como Cristo nos enseña», sin aditamento alguno de señor ó don,
como nos enseña la cortesía. Y ésta fué una evidente demostración de
gratitud...

Después he pensado que, en la emergencia, don Lucas se condujo como
un filósofo ó como un canalla: como un filósofo, si quiso modificar
mi carácter y disciplinarme, haciéndome, precisamente, custodio de la
disciplina; como un canalla, si sólo trató de comprarme á costa de una
claudicación moral, mucho peor que la música de su pata coja. Pero,
meditándolo más, quizá no obrara ni como una ni como otra cosa, sino,
apenas, como un simple que se defiende con las armas que tiene, sin
mala ni buena intención, por espíritu de conservación propia, y utiliza
para ello los medios políticos á su alcance--medios poco sutiles á la
verdad, porque la sutileza política no es el dote de los simples.--Para
los demás muchachos, el ejemplo podía ser descorazonador, anárquico,
desastroso como disolvente, porque don Lucas no sabía contemporizar
con la cabra y con la col; pero ¡bah! yo tenía tanto prestigio entre
los camaradas, era tan fuerte, tan poderoso, tan resuelto y tan
autoritario, para decirlo todo de una vez, que el puesto gubernativo me
correspondía como por derecho divino, y muy rebelde y muy avieso había
de ser el que protestara de mi ascensión y desconociese mi regencia.

Comencé, pues, desde el día siguiente, á ejercer el mando, como si
no hubiera nacido para otra cosa, y seguí ejerciéndolo con grande
autoridad, sobre todo desde el famoso día en que presenté á don Lucas
mi renuncia indeclinable...

He aquí por qué:

Irritado contra uno de los condiscípulos más pequeños, que, corriendo
en el patio, á la hora del recreo, me llevó por delante, levanté la
mano, y sin ver lo que hacía le di una soberbia bofetada. Mientras el
chicuelo se echaba á llorar á moco tendido, uno de los más adelantados,
Pedro Vázquez, con quien estábamos en entredicho desde mi nombramiento
de monitor, me faltó audazmente al respeto, gritando:

--¡Grandulón! ¡Sinvergüenza!

Iba á precipitarme sobre él con los puños cerrados, cuando recordé mi
alta investidura, y, conteniéndome, le dije con severidad:

--¡Usted, Vázquez! ¡Dos horas de penitencia!

Me volvió las espaldas, rudamente, y se encogió de hombros,
refunfuñando no sé qué, vagas amenazas, sin duda, ó frases
despreciativas y airadas. Este muchacho, que iba á desempeñar un papel
bastante considerable en mi vida, era alto, flaco, muy pálido, de ojos
grandes, azul obscuro, verdosos á veces, cuando la luz les daba de
costado, frente muy alta, tupido cabello castaño, boca bondadosamente
risueña, largos brazos, largas piernas, torso endeble, inteligencia
clara, mucha aptitud para los trabajos imaginativos, intuición
científica y voluntad desigual, tan pronto enérgica, tan pronto muelle.

Aquel día, cuando volvimos á entrar en clase, Pedro, que estaba en
uno de sus períodos de firmeza, apeló del castigo ante don Lucas, que
revocó incontinenti la sentencia, quebrando de un golpe mi autoridad.

--¡Pues si es así, caramba!--grité,--no quiero seguir de monitor ni un
minuto más. ¡Métase el nombramiento en donde no le dé el sol!

Don Lucas recapacitó un instante, murmurando: «¡Calma! ¡calma!» y
tratando de apaciguarme con suaves movimientos sacerdotales de la
mano derecha. Sin duda evocaría el punzante recuerdo de las puntas de
pluma, el aglutinante de la pega-pega, el viscoso del papel mascado, el
urticante de la pica-pica, pues con voz melosa, preguntó, tuteándome
contra su costumbre:

--¿Es decir que renuncias?

--¡Sí! ¡Renuncio in-de-cli-na-ble-mente!--repliqué, recalcando cada
sílaba del adverbio, aprendido de tatita en sus disquisiciones
electorales.

La clase entera abrió tamaña boca, espantada, creyendo que la
palabrota era un terno formidable, nuncio de alguna colisión más
formidable aún; pero volvió á la serenidad, al ver que don Lucas se
levantaba conmovido, y, tuteándome de nuevo, me decía:

--Pues no te la acepto, no puedo aceptártela... Tú tienes mucha,
pero mucha dignidad, hijo mío. ¡Este niño irá lejos, hay que
imitarle!--agregó, señalándome con ademán ponderativo á la admiración
de mis estupefactos camaradas.--¡La dignidad es lo primero!... Mauricio
Gómez Herrera seguirá desempeñando sus funciones de monitor, y Pedro
Vázquez sufrirá el castigo que se le ha impuesto. He dicho... ¡Y
silencio!

La clase estaba muda, como alelada; pero aquel «¡silencio!» era una de
esas terminantes afirmaciones de autoridad que deben hacerse en los
momentos difíciles, cuando dicha autoridad peligra, para que no se
produzca ni siquiera un conato de rebelión; aquel «¡silencio!» era,
en suma, una declaración de estado de sitio, que yo me encargaría
de utilizar en servicio de la buena causa, desempeñando el papel de
ejército y policía al mismo tiempo.

Sólo Vázquez se atrevió á intentar una protesta, balbuciendo entre
indignado y lloroso un:

--¡Pero, señor!...

--¡Silencio he dicho!... Y dos horas más, por mi cuenta.

Acostumbrado á obedecer, Vázquez calló y se quedó quietecito en su
banco, mientras una oleada de triunfal orgullo me henchía el pecho y me
hacía subir los colores á la cara, la sonrisa á los labios, el fuego á
los ojos.

                                  III

Este acontecimiento, que debió abrir un abismo entre Vázquez y yo,
provocando nuestra mutua enemistad, resultó luego, de manera lógica,
punto de partida de una unión, si no estrecha, bastante afectuosa, por
lo menos. Para esto fué, naturalmente, necesaria una crisis.

Sufrió el castigo con estoica serenidad, quedándose en la escuela,
durante dos días, hasta ya entrada la noche; pero, al tercero, antes
de la hora de clase, me esperó en un campito de alfalfa que yo cruzaba
siempre, y, en aquella soledad, me desafió á singular combate,
considerando que mis fueros desaparecían extraterritorialmente de los
dominios de don Lucas.

--¡Vení, si sos hombre! ¡Aquí te voy á enseñar á que les pegués á los
chicos!

Todo mi amor propio de varón, sublevándose entonces, me hizo renunciar
por el momento á las prerrogativas que él consideraba, erróneamente,
suspendidas en la calle, con ese desconocimiento de la autoridad que
caracteriza á nuestros compatriotas. Sentí necesaria, con romántica
tontería, la afirmación de mi superioridad hasta en el terreno de la
fuerza, y contesté:

--¡Aquí no! Soy monitor, y no quiero que los muchachos me vean
peleando; pero en cualquiera otra parte soy muy capaz de darte una
zurra, para que aprendás á meterte á sonso.

--¡Vamos donde querrás, maula!

Nos dimos de moquetes, no lejos de allí, en un galpón desocupado,
supletorio depósito de lanas, y debo confesar que saqué la peor parte
en la batalla. La excitación nerviosa dió á Vázquez una fuerza y una
tenacidad que nunca le hubiera sospechado. Ambos llegamos tarde á
la escuela, con la cara amoratada, pero él no habló ni yo me quejé,
aunque me hubiera sido muy fácil la venganza. Aquel era mi primer duelo
formal--toda proporción guardada,--y el duelo, aun entre muchachos,
ha sido siempre para mí, no una costumbre, sino una institución
respetabilísima, que contribuye eficazmente al sostenimiento de la
sociedad, un complemento imprescindible de las leyes, aleatorio á
veces, si se quiere, pero no más aleatorio y más arbitrario que muchas
de ellas. En el caso insignificante que refiero, sirvió para zanjar
entre Vázquez y yo, diferencias que con otros trámites hubieran podido
llegar al odio, y que, gracias á él, no dejaron huellas, pues mi
adversario no supo nunca cómo agradecer mi caballerosidad después del
combate, y hasta creo que se consideró vencido, para retribuir de algún
modo mi hidalguía. Los mismos tribunales, á quienes muchos querrían
confiar la solución de toda clase de cuestiones, aun en el orden moral,
dejan á menudo heridas más incurables y dolorosas que las de una
partida de armas... ó de puños.

Esta manera de considerar el duelo--confusa é instintiva entonces,
pero clara y lógica hoy--me había sido inspirada por algunas lecturas,
pues ya comenzaba á devorar libros,--novelas, naturalmente.--Y si
Don Quijote me aburría, porque ridiculizaba las más caballerescas
iniciativas, encantábanme las otras gestas, en que la acción tenía
un objeto real y arribaba á un triunfo previsto é inevitable. No me
preocupaban las tendencias buenas ó malas del héroe, su concepto
acertado ó erróneo de la moral, porque, como el obispo Nicolás de Osló,
«me hallaba en estado de inocencia é ignoraba la distinción entre el
bien y el mal», limbo del que, según creo, no he llegado á salir
nunca. Las hazañas de Diego Corrientes, de Rocambole, de José María, de
Men Rodríguez de Sanabria, de d'Artagnan, del Churiador, de don Juan
y de otros cientos, eran para mí motivo de envidia, y sus peregrinas
epopeyas formaban mi único bagaje histórico, sociológico y literario,
pues el Facundo quedaba fuera de mi alcance y la Historia del Deán
Funes me aburría como un libro de escuela. El universo, más allá de Los
Sunchos, era tal como aquellas obras me lo pintaban, y al que quisiera
hacer buena figura en el mundo, imponíase la imitación de alguno de
los admirables personajes, héroes de tan estupendas aventuras, siempre
coronadas por el éxito. Cambiábamos libros con Vázquez, desde que la
conciencia de nuestro propio valor nos hizo amigos; pero yo estimaba
poco lo que él me daba--narraciones de viaje y novelas de Julio Verne,
principalmente,--mientras que él desdeñaba un tanto mis divertidas
historias de capa y espada, considerándolas tejido de mentiras.

--Como si tus «Ingleses en el Polo Norte» no fueran una estúpida
farsa--le decía yo.--José María será un bandido, pero es, también,
un caballero valiente y generoso, y Rocambole era más «diablo» que
cualquiera...

Sólo estábamos de acuerdo en la admiración por las «Mil y una noches»,
pero nuestros conceptos eran distintos: él se encantaba con lo que
llamaré su «poesía» y yo con su acción, con la fuerza, la riqueza,
el poder que suelen desbordar de sus páginas. Este modo de ver,
esta tendencia, mejor dicho, pues era subconsciente aún, me llevó
á acaudillar, como Aladino, una pandilla de muchachos resueltos y
semisalvajes, que me proclamaron capitán, apenas reconocieron mi
espíritu de iniciativa, mi imaginación siempre llena de recursos,
mi temeridad innata y la egida invulnerable con que me revestía mi
apellido. Con esta cuadrilla, en la que en un principio figuró Vázquez,
hacíamos verdaderas incursiones, conquistando gallineros, melonares,
zarzos de parra, higuerales y montes de duraznos. Pedro, que en los
comienzos era uno de los más entusiastas, como si lo embriagara aquel
ambiente de desmedida libertad, desertó desde la noche en que bañamos
en petróleo á un gato y le prendimos fuego, para verlo correr en la
obscuridad como un ánima en pena. Yo también me arrepentí de semejante
atrocidad, pero nunca quise exteriorizarlo ante mis subalternos, para
no revelar flaqueza; por el contrario, recordando la hazaña, solía
decirles con sonrisa prometedora:

--Cuando cacemos un gato...

Pero no reincidimos nunca, y nadie reclamó la repetición de aquella
escena neroniana que había resultado tan terrible. No nos faltaban,
por fortuna, otros entretenimientos. ¡Qué vida aquélla! ¡Cuánto daría
por volver, siquiera un instante, á los dulces años de mi infancia!
¡Cuánto! ¡y sólo me resta el tibio consuelo de recordarlos y revivirlos
como en sueños al escribir estos garabatos!

¡Qué magnas empresas las de entonces! En invierno, predispuestos, sin
duda, por la displicencia de los días nublados y lluviosos, hacíamos
de salteadores, ahondando, por ejemplo, las huellas pantanosas en
el camino de la diligencia para tratar de que volcara el pesado
vehículo, atestado de carga y pasajeros,--proeza que realizamos una
vez.--Atravesábamos la calle con una cuerda, á una cuarta del suelo,
para que rodaran los caballos, ó quitábamos las chavetas de los carros
abandonados un instante á la puerta de los despachos de bebidas
para darnos el placer de verles perder una rueda. Poníamos, así, en
escena, episodios de Gil Blas ó de Paquillo Aliaga, que yo contaba
compendiosamente á «mis hombres», sugiriéndonos que éramos la banda de
Rolando ó de Juan Bautista Balseiro, y la imaginación se encargaba de
complementar lo que en nuestro acto quedaba de trunco y de estéril:
con el pensamiento despojábamos coche y pasajeros, jinete y montura,
carro y conductor, llevándonos á la madriguera á las personas de
fuste, para exigir luego por ellas magnífico rescate. Otras proezas
eran menos dramáticas: algunas noches muy frías, cuando todos dormían
en el pueblo, y en nuestras casas nos creían en cama, soltábamos
un gato previamente enfurecido, ó un perro asustado, con una lata
llena de piedras en la cola, para divertirnos viendo á los vecinos
alarmados asomarse en paños menores á puertas y ventanas bajo la lluvia
torrencial y el viento helado.

En primavera, gozábamos invadiendo los jardines de los pocos maniáticos
de las plantas, y podando éstas hasta el tronco ó despojándolas
simplemente de todos sus botones. ¡Qué cara la de los dueños al
encontrarse, por la mañana, con la desolación aquélla! ¡Ni la de un
candidato frustrado cuando creía más segura su elección!

En verano pescábamos valiéndonos de una especie de línea, las ropas
de los que dormían con la ventana abierta, y luego quemábamos ó
enterrábamos aquellos despojos, para no dejar rastros de nuestra
diablura, realizada sin idea de robar, por el gusto de hacer daño
y reirnos de la gente. Así, rara vez aprovechamos del poco dinero
que quedara en los bolsillos, por casualidad, pues en Los Sunchos,
como en todo pueblo chico, nadie tenía que pagar al contado lo que
compraba ó consumía, salvo, naturalmente, por necesaria antítesis, los
más menesterosos. Eran, en fin, cosas de muchachos, bromas sin más
trascendencia que la que debe atribuirse á una inocente travesura,
y justificadas, además, en cierto modo, pues sólo las sufrían las
personas antipáticas por su excesiva severidad, ó las que habían
merecido el desdén, el desprecio ó el odio de mi padre; los amigos
políticos, ó de la familia, gozaban de completa inmunidad, porque
siempre ha existido en mí el espíritu de cuerpo. Pero la gente es tan
necia que, en vez de dar á nuestros juegos su verdadero y limitado
alcance, considerándolos ingenuos remedos de las aventuras novelescas,
se imaginó que Los Sunchos había sido invadido por una horda de
rateros y se propuso perseguirlos hasta atraparlos ó ahuyentarlos.
¿Quiénes eran y dónde se ocultaban? Aunque las víctimas fuesen
siempre opositores ó indiferentes, la policía y la municipalidad se
preocuparon de defenderlas, cuando las cosas habían llegado ya muy
lejos, temiendo probablemente que la cuadrilla ensanchara su campo
de acción y cesara de respetar á los partidarios de la buena causa.
Cuando esto resolvieron las autoridades, hubiéramos sido descubiertos
inevitablemente, á no mediar una circunstancia salvadora: tatita,
siempre al corriente de los sucesos, dijo una tarde, en la mesa:

--Por fin, nos vamos á sacar de encima esa plaga de rateros. Esta noche
caerán, sin remedio, en la trampa. Se ha organizado una gran batida
con todos los vigilantes y algunos vecinos voluntarios, ¡y muy diablos
serán si consiguen escaparse!

Yo no eché la noticia en saco roto, corrí á prevenir á los camaradas, y
aquella noche y las siguientes nos quedamos más quietos que en misa.
Pero, ¡así fué, también, el desquite, en cuanto comenzó á relajarse
la vigilancia! Puede decirse que en Los Sunchos no quedó títere con
cabeza, y nuestras fechorías produjeron tan honda sensación que durante
mucho tiempo no se habló sino de «la semana del saqueo» como de una
calamidad pública. Y la imaginación popular creó toda una leyenda
al rededor de la desaparición de unas cuantas ropas, leyenda en que
figuraban el hombre-chancho, la viuda, el lobinsón y cuantos duendes ó
fantasmas enriquecen las supersticiones criollas.

En fin, para concluir con esta parte ingrata de mis recuerdos
infantiles: cierto verano surgió, en competencia con la mía, otra
banda, acaudillada por Pancho Guerra, hijo del presidente de la
Municipalidad; muchacho envidioso y grosero, enorgullecido por la
posición del padre, que se la debía al mío, trataba de disputarme
mi creciente influencia, sin ver que esto no lo toleraría yo jamás.
No había organizado todavía su gente, cuando les caímos encima.
Hubo--análogo á la batalla del Piojito,--un gran combate, al caer
la tarde, en las afueras del pueblo, junto al arroyo cuyas orillas
están cubiertas de pedregullo. Los cantos rodados nos sirvieron
de proyectiles. Quedaron varias cabezas rotas, varias narices
ensangrentadas, una pierna quebrada en la fuga, pero la victoria fué
nuestra, tan brillante que la mayoría de los guerristas se enroló en
mis huestes, y Pancho se quedó solo y desprestigiado para siempre.

Esta especie de pastoral de sabor tan genuino y rústico, duró hasta mis
quince años, y hoy no puedo recordar ninguna de sus ingenuas estrofas
sin una sonrisa enternecida, sin una nubecilla húmeda en los ojos...


                                  IV

Antes de los quince años había comenzado ya mi historia pasional--que
así debe llamarse, libre como estaba de todo sentimentalismo.--Bajo
la influencia del clima y las costumbres--ardiente el uno, libres las
otras por su mismo carácter patriarcal,--en los pueblos de provincia
y hasta en las capitales populosas, el hombre despertaba en el cuerpo
del niño cuando en otros países apenas si apuntarían las primeras
vislumbres de la adolescencia. La iniciación de los muchachos era
siempre ancilar: las inmensas casas bonaerenses, y más aún las
provincianas y campesinas, con tres grandes patios y, á veces, huerta,
llenas de vericuetos, escondrijos y rincones no frecuentados por la
gente mayor, hacían ineficaz la vigilancia paterna despertada por
algún síntoma ó indicio que aconsejara la represión, tanto más cuanto
que los criados eran por lo común cómplices y encubridores, á cambio
de reciprocidad[1]. Poco á poco, este defecto de nuestra organización
doméstica, tan contrario á los principios entonces imperantes, ha
venido modificándose, no tanto por mayor disciplina moral, cuanto por
la fuerza de las circunstancias que, dando enorme valor á la tierra,
han empequeñecido las casas, facilitando la observación y agrupando
más la familia. Véase cómo causas al parecer muy lejanas en la
materialidad de las cosas, producen en la conducta de los hombres los
más inesperados efectos. En este caso, los instintos en libertad se han
visto paulatinamente coartados por las exigencias de la vida, es decir,
por las manifestaciones de ellos mismos, bajo otra forma.

Yo, por mi parte, en aquel tiempo, no podía estar menos vigilado
ni gozar de mayores libertades; era dueño de mí mismo, y en esta
independencia total realicé actos que no son para contarlos y á
los que sólo me refiero por la influencia que tuvieron después
sobre mi carácter. Mamita pasaba los días taciturna y casi inmóvil,
cosiendo, tomando mate ó rezando, presa de incurable melancolía, que
sólo ahuyentaba un momento para abrazarme y besarme con transporte
enfermizo. Tatita, siempre ocupado ó entretenido fuera de casa, no
tenía tiempo ni quizás interés de imponerme una moral medianamente
rígida. No los critico ni hay para qué. Sin duda, ella, en su candor
de mujer siempre aislada, no llegó nunca á sospechar que mi inocencia
corriera peligro, y mi padre pensaba, probablemente, que no tenía
por qué preocuparse de cosas que habían de suceder más tarde ó más
temprano, tratándose de un muchacho robusto, de salud de hierro,
alegre, decidido, apasionado, que sólo se enfermaba, ó mejor, enervaba
con la oposición á sus antojos y la restricción á su autonomía. ¿Qué
quiere un padre, si no es que sus hijos resulten bien aptos para la
vida y sepan manejarse por sí solos, en lo sentimental como en lo
material, en lo intelectual como en lo físico?

Á un buen padre, como yo lo entiendo, le basta, en suma, con que sus
hijos sean inteligentes y no le falten al respeto. Era nuestro caso.
Yo daba pruebas de no ser tonto y estaba muy lejos de no respetar á mi
padre. Por el contrario, le admiraba y veneraba, porque era el caudillo
indiscutible del pueblo, y todos le rendían pleito homenaje; porque
siempre fué «muy hombre», es decir, capaz de ponérsele delante al más
pintado y de arrostrar cualquier peligro, por grave que fuese; porque
tenía una libertad de palabra demostrativa de la más plena confianza
en sí mismo; porque montaba á caballo como un centauro y realizaba sin
aparente esfuerzo los ejercicios camperos más difíciles, las hazañas
gauchescas más brillantes, sea trabajando con el ganado en alguna
estancia amiga, sea en las boleadas de avestruces, ó en las carreras,
en el juego del pato, en las domadas; porque se distinguía en la taba,
el truco, la carambola, el casín, el choclón y la treinta y una, amén
de otros juegos de azar y de destreza, y porque criaba los mejores
gallos de riña del departamento en una serie de cajones puestos en
fila, en el patio de casa, frente á mi cuarto; porque, gracias á él,
con quien nadie se atrevió nunca, yo podía atreverme impunemente con
cualquiera. En suma, era para mí un dechado de perfecciones, y yo me
sentía demasiado orgulloso de él, demasiado satisfecho de su protección
directa é indirecta para que este orgullo y esta satisfacción no se
tradujeran en un gran cariño y en una veneración sui generis, semejante
al afecto admirativo hacia el camarada más fuerte, más apto y más
poderoso, que accede, sin embargo, bondadosamente á todos nuestros
caprichos.

Como más de una vez, siendo yo muy niño aún, me llevó á las carreras,
las riñas y otras diversiones públicas, y como nunca tomaba á mal
mi presencia en aquellos sitios--ni á bien tampoco, porque siempre
hizo como que no me veía,--pronto me aficioné y acostumbré á correr
también, la caravana, y no tardé en conocer todos los rincones más
ó menos misteriosos de Los Sunchos, trinquetes, casas de baile y
demás. En cambio, me faltaba tiempo para frecuentar la escuela, pese
á mi cargo inamovible de monitor, pero esto no era un mal, porque,
sabiendo ya leer, creo que don Lucas hubiera podido enseñarme bien
poca cosa más--quizá la ortografía, que he ido aprendiendo luego, en
el camino.--Pedro Vázquez no faltaba, y nunca quiso acompañarme en mis
correrías á la hora de clase.

--¡Sos un sonso! ¡Para lo que se aprende en la escuela!

--Papá dice que eso es bueno, porque uno se acostumbra á la disciplina
y el trabajo, y como me va á mandar á estudiar en la ciudad...--me
contestaba Pedro, gravemente, muy cómico con su gran «chapona»
crecedera, los pantalones por los tobillos y el chambergo de anchas
alas.

--¡Se necesita ser pavo!--reía yo, encogiéndome de hombros y corriendo
á mis diversiones con un gran desprecio en el alma hacia la parte tonta
de la humanidad.

Entretanto mi educación se completaba en otros sentidos: iniciábame
rápidamente en la vida bajo dos formas, al parecer antagónicas, pero
que luego me han servido por igual: la fantástica, que me ofrecían los
libros de imaginación, y la real, que aprendía en plena comedia humana.
Esta última forma me parecía trivial y circunscrita, pero consideraba
que su mezquino aspecto era una simple peculiaridad de nuestra aldea,
y que su campo de acción estrecho, embrionario, se ensancharía y
agigantaría en las ciudades, hasta adquirir la maravillosa amplitud
que me sugerían las novelas de aventuras. Pero aun no sentía el deseo
de vivir la vida, para mí extraordinaria, de los grandes centros, y
el mismo proyectado viaje de Vázquez no me causó la menor envidia;
bastábame imaginarla y soñar con ella, porque estaba entonces harto
absorbido por las personas y las cosas de mi ambiente, y me decía por
instinto, sin reminiscencia histórica alguna: «Más vale ser el primero
aquí, que el segundo en Roma». Es que, en realidad, me divertía,
satisfaciendo todos mis apetitos, en la forma que más arriba dejo
anotada. Para no ser demasiado explícito, agregaré, tan sólo, que me
había hecho asiduo lector de Paul de Koch, de Pigault Lebrun, del abate
Prevost, traducidos al castellano, pero que si bien estos autores me
divertían, no me contaban nada nuevo, aparte algunas inverosímiles
intrigas. Me hacían, sí, soñar, en ocasiones, con aventuras imposibles
ó difíciles, más altas y envanecedoras que la resignada pasividad del
estropajo ó su servil provocación. Con las vulgares realizaciones de
los libros humorísticos, luchaba en mi imaginación el idealismo sensual
de algunas novelas románticas, y estas dos fases de la sensación,
conviviendo en mi cerebro, me hacían pensar ora en la mujer tal cual la
conocía, con el simple atractivo del sexo, ora en esa entidad superior
de la «gran dama», golosina exquisita y complicada.

Estos sueños, no me cabía duda, eran realizables y se realizarían
después, mucho después, cuando hubiera conquistado brillante posición,
cuando hubiera hecho... ¿Hecho, qué? Lo ignoraba, pero debía ser
alguna hazaña notable, algo dentro del género guerrero ó político,
una victoria decisiva sobre el enemigo--¿qué enemigo?--que me hiciera
un nuevo Napoleón; ó un triunfo colosal sobre mis adversarios--¿qué
adversarios?--llave que me abriese de par en par las puertas del poder;
ó la adquisición de una fortuna inmensa--¿por qué herencia, lotería
ó hallazgo?--que me convirtiera en un Montecristo criollo. Todo esto
era, naturalmente, nebuloso y variable, y mi ambiciosa voluntad estaba
indecisa y como ciega, sin acertar á trazarse un camino, una norma de
conducta que la llevara á las grandes realizaciones. Las circunstancias
no eran propicias, y largo tiempo esperé en vano una oportunidad que me
iluminara, invitándome á la acción.

Sin embargo, la princesa ó su sucedáneo, estaba muy cerca y en forma
tangible: vivía frente á casa, en un bosque durmiente, aguardando que
yo fuera á despertarla...

Era la hija única de don Higinio Rivas (don Inginio para el pueblo),
personaje que compartía con mi padre, muy secundariamente, la dirección
política del departamento. Se llamaba Teresa y, según la ve ahora mi
experiencia, no pasaba en aquel tiempo de ser una muchacha casi tan
vulgar como su nombre (¿ó es que el nombre me parece vulgar porque lo
llevaba ella?). Sin embargo, resultaba entonces para mí la flor de la
maravilla, porque tenía el divino prestigio de la juventud, y porque
en nuestra democracia campesina ocupaba en realidad un puesto análogo
al de una princesa, así como yo podía parecer un príncipe sin corona.
Morena, de cabellos y ojos negros, cara oval, nariz fina y recta, boca
grande y roja, barbilla un tanto avanzada, sin rasgo alguno notable,
tenía, no obstante, una tez aterciopelada de morocha, sonrosada en las
redondas mejillas, que era un verdadero encanto é invitaba á besarla,
ó á morderla como un fruto maduro. De estatura mediana, gruesa por
falta de ejercicio y exceso de golosinas y mate dulce, parecía bajita y
esto le afeaba un tanto el cuerpo que, más esbelto, hubiera resultado
gracioso. En cambio, tenía el don de atraer con su mirada bondadosa y
suave, como lejana ó dormida, y con su palabra lenta y melosa á causa
de un ligero ceceo y de las inflexiones largas y cantantes de la voz.
Era, en suma, una criollita poco excepcional, pero en Los Sunchos
hubiera obtenido el primer premio, á estilarse allí los concursos
de belleza. Siempre á una ventana del viejo caserón que, rodeado de
árboles, daba frente á casa en la calle de la Constitución, Teresa, que
fué mi compañera en la primera infancia, me seguía infatigablemente con
los ojos en mis continuas idas y venidas, sin que yo parara mientes
en aquel interés, ni tratara de investigar sus causas. Pero cuando
sentí las iniciales aspiraciones amorosas y comencé á soñar en la
mujer ideal, el instinto me llevó á fijar la vista en ella, como en
la posible realización de mi deseo poético de conquistar el primer
perfume de una flor de invernáculo, ó por lo menos de jardín cultivado
y custodiado. Aquel «hortus conclusus» llegó, en fin, á detener mi
atención y á despertar en mí un sentimiento exteriormente parecido al
amor; amor cerebral, apenas, primer despertamiento de la imaginación en
consorcio con los sentidos, como lo prueba la forma en que me di cuenta
de que lo experimentaba...

Era una noche, tarde ya, y mientras todos dormían en casa, yo leía
con entusiasmo la _Mademoiselle de Maupin_, de Teófilo Gautier; como
á Paolo y Francesca los amores de Lancelotto, aquel libro sensual
me produjo extraordinario y repentino vértigo. La sugestión surgió,
imperativa, y, como si se iluminara de golpe mi cerebro, vi rodeada de
un nimbo la imagen de Teresa, tal como nunca se había presentado á mis
ojos ni á mi imaginación, hermosa, provocativa, con un encanto nuevo
y fascinador. Tan poderoso fué este choque recibido por mi espíritu,
que--cual si se tratara de una cita convenida de antemano,--salté de
la cama con arrebato infantil, me vestí á toda prisa, y sin pensar en
la ridiculez y la inutilidad de mi acción, salí á la calle y, envuelto
en la sombra de la noche, sola ánima viviente en el pueblo amodorrado,
comencé á tirar piedrecitas á los vidrios de la que, improvisamente
llamaba ya «mi novia», con la esperanza de verla asomarse y de trabar
con ella el primer coloquio sentimental, vibrante de pasión... Como
ni ella ni nadie se movió en la casa, al cabo de una hora de salvas
inútiles me volví desalentado, como quien acaba de sufrir un desengaño
terrible, creándome toda una tragedia de indiferencia, infidelidades
y perfidias, en la que no faltaban ni el rival, ni el perjurio, ni el
arma homicida con sus consiguientes lagos de sangre.

¡Oh, imaginación desenfrenada! ¿Quién podrá admitir que, sin otra causa
que el propio demente arrebato, aquella noche pensé en el suicidio,
lloré, mordí las almohadas y representé para mí solo toda una larga
escena de violencias románticas?... Hoy quizá me explique aquel estado
de ánimo. De mí podía decirse, seguramente, que por la edad y el
temperamento, amén de las lecturas especiadas, me hallaba en el punto
en que no se ama una mujer, ni la mujer en general, sino sencillamente
en que se comienza á amar el amor; situación difícil y peligrosa, á
poco que falten los derivativos.

Pero, con toda mi desesperación, después de divagar, algo febril, acabé
por dormirme tan tranquilo, como si nada hubiese pasado. La pesadilla
en vigilia cedió su lugar al sueño sin ensueños de la adolescencia que
se fatiga hasta caer rendida con el esfuerzo físico de largas horas.


                                   V

Al día siguiente, bien temprano, cuando desperté, como si el sueño
hubiese sido sólo un paréntesis, y aunque me sintiera fresco, dispuesto
y con la cabeza despejada, reanudóse la pesadilla y la imaginación
recobró sobre mí su imperio tiránico. Menos nervioso, sin embargo, me
vestí con un esmero que no acostumbraba, y me dirigí á casa de Teresa,
resuelto á aclarar la situación, absolver posiciones, y, si á mano
venía, enrostrarle su desvío y acusarla de traición. Y, en pleno drama,
me sentía alegre.

Ya he hablado de la vehemencia de mi carácter y de mi empuje para
realizar mi voluntad; no extrañará, pues, que en aquella época estas
peculiaridades llegaran á la ridiculez, y menos si se tiene en cuenta,
por una parte, que dada la inexperiencia de la muchacha mi tontería no
resultaría para ella ridícula, sino dramática, y por otra, que aquella
mañana primaveral hacía un calor bochornoso y enervante, soplaba el
viento norte, enloquecedor, el sol, á pesar de la hora temprana, echaba
chispas, y la tierra húmeda con las lluvias recientes, desprendía un
vaho capitoso, creando una atmósfera de invernáculo.

Don Inginio acababa de salir á caballo, y Teresa tomaba mate,
paseándose lentamente en el primer patio, cuando yo llegué. Al
atravesar nuestro jardín asoleado y la calle, cuyo suelo de tierra
abrasaba bajo el sol, sentí como un zumbido en el cerebro, y toda mi
tranquila frescura desapareció. No vi á Teresa, no vi más que una
imagen confusa, morena y sonrosada, con largas trenzas cadentes sobre
el suelto vestido de muselina, y olvidando toda la escena combinada
en mi cuarto, corrí hacia ella, la así de la cintura y exclamé con
arrebato, como si la niña estuviera ya al corriente de cuanto había
pasado ó yo imaginara.

--¿Por qué sos así?

Este ex abrupto, casi demente, produjo su efecto natural, cuya lógica
comprendí, aunque no estuviese acostumbrado á tales repulsas. No se
trataba de una de mis siervas, y aquel arranque la sobrecogió, la
espantó, la indignó. Con violento ademán, se libertó de mi brazo, y
en su movimiento medroso y brusco dejó caer y rodar por las baldosas
el mate que se rompió con sordo ruido, mientras la bombilla de plata
saltaba repicando con notas argentinas.

La reacción se produjo bruscamente en mí. Al acto impulsivo y brutal
siguió una timidez extrema. Quise decir algo y sólo acerté á iniciar la
frase con un risible «pero... pero...» varias veces repetido. Traté,
nuevo Quijote, de recordar alguna circunstancia análoga, leída en los
libros, pero no evoqué sino hechos vagos y caricaturescos, enteramente
fuera de situación, y, con el amor propio herido por la vergüenza,
allí hubiese puesto fin á las cosas, si la muchacha, magnífica é
instintivamente femenina, no me hubiera tendido un puente y quitado
toda importancia á la escena, diciéndome con su ligero ceceo, mientras
recogía la bombilla y los restos del mate:

--¡Qué zuzto me haz dado! Eztaba diztraída.

No agregó más. Era innecesario y no le hubiera sido fácil. Pero
aquellas pocas palabras bastaron para devolverme el aplomo, y me
permitieron buscar un nuevo plan, otro punto de partida para el ataque.
Y, sin mucho cavilar, comprendiendo instintivamente que en el presunto
enemigo podía ver un secreto aliado, comencé por donde primero se me
ocurrió, es decir, por la más tonta de las trivialidades.

--¿Has visto--pregunté con acento indiferente,--la cantidad de
macachines que hay en el campo?

Como si aquello la interesara de veras, sonrió, dió un paso hacia mí, é
inquirió, clavándome los ojos, negros y francos:

--¿Hay muchoz?

--¡Muchísimos! ¿Querés que te traiga?

--¿Con ezte zolazo? ¡No, no! Te podría dar un ataque á la cabeza.

--¡Bah! El sol no me hace nada. Siempre ando al sol y nunca me hace
nada.

--Ademáz, no me guztan.

Lo dijo con mucha coquetería, ruborizada, encantadora por el ceceo, la
sonrisa tierna, el brillo feliz de los ojos. Yo busqué otro obsequio.

--¿Y los huevos de gallo?

--¡Oh! Ezo zí; pero no para comerloz: los pongo en los floreros, con
los penachos de cortadera, y resultan máz bonitoz...

--¡Pues ya verás! ¡Ya verás el montón que te traigo!--exclamé con
resolución, como si prometiera realizar una hazaña, tanto que,
alarmada, tratando de detenerme dulcemente, porque yo salía ya á toda
prisa:

--¡No vayas á hacer ningún dizparate, Mauricio!--suplicó.

--¡Dejá, dejá no más!

Y salí corriendo, sí. Por tres razones: porque la situación, mucho
menos tirante que en un principio, no dejaba, todavía, de serme
embarazosa; porque aquel pretexto, aunque traído de los cabellos, me
servía á maravilla para retirarme con dignidad, dejando pendiente
la escena, y porque acababa de ocurrírseme un acto romántico que,
trasnochado y todo, era de los que siempre producirán gran efecto en
el corazón femenino. Huevos de gallo, no había, por el momento, sino
en una barranca á pico, junto al arroyo, y las matas de la plantita
silvestre, cuyos frutos aovados y nacarinos son la delicia de los
muchachos, colgaban sobre lo que podía llamarse un abismo, apenas más
arriba de las cuevas de los loros barranqueros, expertos descubridores
de sitios inaccesibles para instalar su nido.

Los que arriesgan la vida por realizar el capricho de una mujer amada,
sea en las traidoras neveras, buscando la flor de los hielos, sea en el
cubil para recoger un guante perfumado entre las fauces de las fieras,
tenían toda mi admiración, no sólo por su heroísmo, sino también porque
su voluntad les llevaba á la realización de sus apasionados deseos.
¡Ésos son hombres! Quieren un triunfo, un placer, y se lo pagan sin
fijarse en el precio, más grandes que quien tira su fortuna por un
capricho, aunque éste sea muy grande también, pese al ridículo de
que suelen rodearlo los que no comprenden su acción heroica. Yo me
sentía capaz de hacer lo mismo que los primeros, y agregaré que aun me
sentiría con disposiciones análogas, si el motivo determinante fuera
de mayor cuantía. Así como en la adolescencia fuí capaz de exponerme
por ofrecer huevos de gallo á una chiquilla, así también, ahora que
peino canas, me siento apto para intentar cualquier esfuerzo, heroico
ó no, loable ó vituperable, si de él depende el logro de un fin que
me importe mucho. Qué fin no hace el caso. Bástame con afirmar mi
capacidad de acción.

Una hora después de mi brusca partida, volvía yo á casa de Teresa con
el pañuelo lleno de grandes perlas verdosas, semitransparentes, que se
destacaban sobre el verde más obscuro y sucio de las hojas. La niña
recibió el regalo con regocijo y se empeñó en que le contara dónde y
cómo había hecho la hermosa cosecha. En el lenguaje tosco é impreciso
que era entonces mi único medio de expresión, relaté la aventura, el
descenso hasta la mitad de la Barranca de los Loros, valiéndome de una
cuerda atada á un árbol al borde del abismo, los chillidos alborotados
y furiosos de los loros al creerse atacados, las oscilaciones de la
cuerda en el vacío, mientras arrancaba la fruta y la metía en los
bolsillos, el dolor de las manos quemadas por el roce violento, la
dificultad de la ascensión final, cuando hubiera sido tan fácil, si la
cuerda alcanzara, bajar hasta el arroyo que corría á diez metros de
mis pies... Teresa, maravillada, me acosaba á preguntas, obligándome á
completar el relato con minuciosos detalles, muchos de ellos inventados
ó evocados de mis lecturas, para dar más realce á la proeza. Los ojos
le brillaban de entusiasmo. Sus labios, algo gruesos y tan rojos,
sonreían con expresión admirativa, y, al propio tiempo, angustiada,
y sus mejillas se coloraban y empalidecían alternativamente. Cuando
terminé:

--¡Muchaz graciaz!--murmuró.--¡Zos muy valiente!

Y se puso encarnada como una flor de seibo, mientras bajaba la vista
para mirar las frutitas que sostenía con ambas manos en el delantal.

Pensé que la situación había cambiado radicalmente; pero no me atreví
á utilizar sus ventajas, ó no encontré el medio de aprovecharlas.
Limitéme á decir que aquello no tenía importancia, que cualquiera
hubiese hecho lo mismo, que estaba pronto á todo por complacerla...
Me dió, en premio, un ramito de jazmines del país, que ella misma
cultivaba, y me dijo sonriente, al despedirme:

--Y no hagáz como antez, no seaz tan «chúcaro». Vení á vernos de cuando
en cuando.

--¡Ya lo creo que vendré!

Y fuí todos los días, á veces mañana y tarde, preferentemente cuando
don Inginio no estaba en casa. Renació así la intimidad de la niñez,
pero en otra forma. Aunque evidentemente enamorada de mí, aunque
cándida y confiada, Teresa se mantenía en una reserva que, en otra
mujer, hubiera parecido calculada y hábil. Sin tomar demasiado á mal
mis avances, sabía tenerme á distancia y rechazar sin acrimonia toda
libertad de acción, permitiéndome, en cambio, todas las que de palabra
me tomaba. Éstas no eran muchas, á decir verdad, porque los abstrusos
ó almibarados requiebros que me proporcionaban algunas novelas, me
parecían incomprensibles para ella, é inadecuados por añadidura,
mientras que las fórmulas oídas en mi mundo rústico é ignorante, las
burdas alusiones, los equívocos rebuscados y brutales, la frase cruda,
grosera, primitivamente sensual, asomaban, sí, á mis labios, pero no
salían de ellos, por una especie de pudor instintivo que era, más bien,
buen gusto innato comenzando á desarrollarse. Jugábamos, en suma, como
chiquillos, corriendo y saltando, nos contábamos cuentos y ensueños, y
había en ella una mezcla de toda la coquetería de la mujer y todo el
candor de la niña, que irritaba y, al propio tiempo, tranquilizaba mis
pasiones...


                                  VI

Tal fué la primera parte de mis primeros amores serios, que no pasaron,
naturalmente, inadvertidos para don Inginio, quien no les puso
obstáculos, sin embargo, considerando que el hijo de Gómez Herrera
y la hija de Rivas estaban destinados el uno á la otra, por la ley
sociológica que rige á las grandes casas solariegas, en el sentir de
los creyentes, todavía numerosos, en estas aristocracias de nuevo ó de
viejo cuño. Aquel astuto político de aldea, calculaba, sin duda, que si
bien mi padre no poseía una fortuna muy sólida, el porvenir que se me
presentaba no dejaría de ser, gracias á mi nombre, fácil y brillante,
sobre todo si tatita y él se empeñaban en crearme una posición. Ni al
uno ni al otro le faltaban medios para ello, y los dos unidos podrían
hacer cuanto quisieran.

Bajo y grueso, con la barba blanquecina y los bigotes amarillos por
el abuso del tabaco negro, la melena entrecana, los ojos pequeños y
renegridos, semiocultos por espesas cejas blancas é hirsutas, la tez
tostada, entre aceitunada y rojiza, don Inginio parecía, físicamente,
un viejo león manso; moralmente era bondadoso en todo cuanto no
afectaba á su interés, servicial con sus amigos, cariñoso con su hija,
libre de preocupaciones sociales y religiosas, de conciencia elástica
en política y administración, como si el país, la provincia, la
comarca, fueran abstracciones inventadas por los hábiles para servirse
de los simples, socarrón y dicharachero en las conversaciones, á estilo
de los antiguos gauchos frecuentadores de yerras y pulperías. Rara vez
se quedaba entre Teresa y yo; prefería dejar que el destino urdiera
su tela, pronto, sin embargo, á intervenir en el momento oportuno para
la mejor realización de sus proyectos. Aunque conociera gran parte
de mis diabluras y excesos, parecía no temer que yo abusara de la
situación, quizá por su absoluta confianza en Teresa, quizá, también,
porque contaba con mi temor y mi respeto hacia él, considerándose
excepcionalmente defendido por su prestigio y por mi propio interés.
Para demostrarme cuál era éste, me decía, á menudo, que mi padre y
él harían de mí «todo un hombre», haciéndome vislumbrar la fortuna y
el éxito. Teresa, al oirlo, aprobaba calurosamente, y yo me quedaba
perplejo, sin poder adivinar sus planes, é intrigado con ellos.

--¿Qué quiere decir don Inginio cuando habla de hacerme «todo un
hombre»?--pregunté un día á Teresa.--¿Te ha dicho algo sobre eso?

--Puede ser--contestó con sonrisa indefinible, llena de
reticencias.--Lo único que puedo decirte--agregó, muy afirmativa,--es
que tatita te quiere mucho, y que siempre hace todo lo que dice.

No tardaría, por mal de mis pecados, en conocer aquellos proyectos, que
habían de darme los primeros días desgraciados de mi vida.

Entretanto, y como si temiera un pesar futuro, Teresa me demostraba
un afecto cada vez más tierno, entusiasta y confiado, y me miraba con
cierta admiración, dulce caricia á mi amor propio y causa de obscura
felicidad.

Satisfecho por el momento con estas sensaciones tan gratas, no intenté
renovar la fracasada tentativa y me mantuve en actitud correcta,
desahogando el exceso de mi vitalidad, el ansia insaciada de acción,
en las antiguas correrías picarescas con los pillastres del pueblo
que, ya mayorcitos, habían ensanchado, como yo, el teatro de sus
diversiones, refinando y complicando también los elementos de éstas.
Pero cada vez me sentía menos interesado por mis camaradas. Más precoz
que casi todos ellos, atraíanme los hombres hechos y derechos, cuyos
placeres me parecían más intensos y picantes, más dignos de mí, y
por esto se me veía continuamente en los cafés, donde se jugaba á
los naipes, en el reñidero, en las canchas, en todos los puntos de
alegre reunión, donde si no se me recibía con regocijo, tampoco se me
demostraba enfado ni desdén.

Pero esta agradable vida y mis inocentes amores se interrumpieron á un
tiempo, de allí á poco. Tatita, inspirado por don Inginio, según supe
después--y aquí comienza la realización de los misteriosos proyectos
de éste,--declaró un día que la enseñanza de don Lucas era demasiado
rudimentaria para prepararme al porvenir que me estaba deparado, y
que había resuelto hacerme ingresar en el Colegio Nacional de la
capital de la provincia, antesala de la Facultad de Derecho, á la
que me destinaba, ambicionando verme un día doctor, quizá ministro,
gobernador, presidente... Recuerdo que, al comunicarme su decisión, lo
hizo, agregando juiciosas consideraciones:

--El saber no ocupa lugar. Pero no es eso sólo. En la ciudad te
relacionarás muy bien, gracias á mis amigos y correligionarios, y una
relación importante, una alta protección, valen más en la vida que
todos los méritos posibles. También, sepas ó no sepas, el título de
doctor ha de servirte de mucho. Ese título es, en nuestro país, una
llave que abre todas las puertas, sobre todo en la carrera política,
donde es imprescindible, cuando se quiere llegar muy lejos y muy alto.
Algunos han subido sin tenerlo, pero á costa de grandes sacrificios,
porque no ostentaban esa patente de sabiduría que todo el mundo acata.
Pero, en fin, aunque no llegaras á ser doctor, siempre habrías ganado,
en la ciudad, buenas cuñas para los momentos difíciles y para el
ascenso deseado, conociendo y conquistándote á los que tienen la sartén
por el mango y pueden «hacerte cancha» cuando estés en edad.

La resolución de mi padre me dió un gran disgusto, pues preví que
cualquiera cosa nueva sería peor que la vida de holganza y libertad á
que estaba acostumbrado. Me opuse, pues, con toda mi alma, protesté,
hasta lloré, tiernamente secundado por mamita, que no quería separarse
de mí, y para quien mi ausencia equivalía á la muerte, siendo yo
el único lazo que la ligaba á la tierra. Mi resistencia, airada ó
afligida, según el momento, fué tan inútil como las súplicas maternas:
tatita no cedió esta vez, tan profundamente lo había convencido don
Inginio, entre otras cosas con el ejemplo de Vázquez, fletado meses
antes á la ciudad, aunque su familia no tuviese los medios de la
nuestra.

--Mire, misia María--dijo irónicamente mi padre á mamá, que insistía en
tenerme á su lado.--Deje que el mocoso se haga hombre. Prendido á la
pretina de sus polleras, no servirá nunca para nada.

Mi madre calló y se limitó á seguir llorando en los rincones, de
antiguo sometida sin réplica á la voluntad de su marido. Rogó y
consiguió, tan sólo, que se me pusiese en una casa cristiana, donde no
hubiera malos ejemplos, perdición de los jóvenes, juzgándome, en su
candor, tan blanco é inocente como el cordero pascual. Yo, entretanto,
fuí á desahogar mi dolor en el seno amante de Teresa.

¡Con qué asombro vi que consideraba mi destierro como un sacrificio
penoso, pero necesario para mi felicidad! Ganas tuve hasta de
insultarla, cuando me dijo ceceando, con los ojos llenos de lágrimas,
en su lenguaje indeterminado á veces, que mi partida era para ella
un desgarramiento, que me iba á echar mucho de menos y le parecería
estar completamente sola, como muerta, en el pueblo, pero que, como se
trataba de mi bien, se consolaba pensando en volverme á ver hecho un
personaje.

--Además--agregó,--la ciudad te va á gustar mucho, te vas á divertir,
te vas á olvidar de Los Sunchos y de tus amigos. ¡Esto sería lo
peor!--suspiró tristemente.--¡En cuanto le tomes el gusto ya no querrás
volver!

--¡No seas tonta! ¡Lo único que yo quisiera sería quedarme!...

Llegó el día de la partida. Momentos antes de la hora corrí á
despedirme de Teresa que me abrazó por primera vez, espontáneamente,
llorando, desvanecida la entereza que se había impuesto para infundirme
ánimo. Yo me conmoví, sintiendo por primera vez también que quería
de veras á aquella muchacha ó que tenía un vago temor de lo futuro
desconocido y me aferraba conservadoramente á la familia.

En casa, mamita, hecha una mar de lágrimas, renovó la escena,
dramatizándola hasta el espasmo, y su desconsuelo produjo en mí una
extraña sensación. No había que exagerar tanto; yo no me iba á morir y
puede que, por el contrario, me esperaran muchos momentos agradables en
la ciudad... La desesperación materna tuvo la virtud de devolverme la
sangre fría.

Cuando, en la puerta de casa, se detuvo la diligencia que, tres veces
por semana, iba de Los Sunchos á la ciudad y de la ciudad á Los
Sunchos, habían llegado en manifestación de despedida los notables
del pueblo: don Higinio Rivas, alegre y dicharachero, el intendente
municipal, don Sócrates Casajuana, muy grave y como preocupado de mi
porvenir, el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra,
protector conmigo, servil con tatita, el comisario de policía, don
Sandalio Suárez, que, tirándome suavemente de la oreja, tuvo la
amabilidad de explicarme: «En la ciudad no hay que ser tan cachafaz
como aquí. Allí no hay tatita que valga, y á los traviesos los atan muy
corto.» Entre otros muchos, no olvidaré á don Lucas que creyó de su
deber alabar mis altas dotes intelectuales y de carácter, y vaticinarme
una serie indefinida de triunfos:

--¡Este joven irá lejos! ¡Este joven irá muy lejos! ¡Será una gloria
para su familia, para sus maestros--entre los cuales tengo el honor de
contarme, aunque indigno,--para sus amigos y para su pueblo!... Estudie
usted, Mauricio, que ningún puesto, por elevado que sea, resultará
inaccesible para usted...

En seguida, como si sus vaticinios fueran de inminente realización,
agregó:

--Pero, cuando llegue la hora de la victoria, no olvide usted al
humilde pueblo que ha sido su cuna, haga usted todo cuanto pueda por
Los Sunchos.

--¡Sí! ¡Que nos traiga el ferrocarril, y... y un Banquito!--dijo
burlonamente don Inginio.

Todos rieron, con gran disgusto de don Lucas, que quería ser tomado en
serio.

Isabel Contreras, mayoral de la diligencia, subía entretanto nuestro
equipaje á la imperial--la valija de tatita y dos ó tres maletas
atestadas de ropa blanca, de dulces y pasteles, amén de una canasta
con vituallas para almorzar en el camino.--Muchos apretones de manos.
Mamita me abrazó, llorando desgarradoramente.

--¡Vamos! ¡Arriba, que se hace tarde!

Papá y yo ocupamos el ancho asiento del cupé, hubo algunos gritos
de despedida, recomendaciones y encargos confusos, la galera echó á
andar con gran ruido de hierros, chasquidos de látigo, silbidos de los
postillones y ladridos de perros, seguida á la carrera por una pandilla
de muchachos desarrapados que la acompañaron hasta el arrabal. Teresa
se había asomado á la ventana, y, lejos ya, desde el fondo de la calle
Constitución, todavía vi flotar en el aire su pañuelito blanco...


                                  VII

El viaje en la galera, muy agradable y divertido en un principio, sobre
todo á la hora de almorzar, que adelantamos bastante para entretenernos
en algo, resultó á la larga interminable y molesto, aun para nosotros
que no íbamos estivados entre bolsas y paquetes, como los infelices
pasajeros del interior.

--¡Qué brutos hemos sido en no venirnos á caballo!--decía mi padre.

Él utilizaba muy poco la diligencia, prefiriendo los largos galopes
que lo dejaban tan fresco como una lechuga, y después de los cuales
afirmaba con naturalidad no exenta de satisfacción:

--Veinte leguas en un día no me hacen «ni la cola», con un buen
«montado» y otro de tiro.

Pero temía que la jornada fuese demasiado penosa para mí, y no
era hombre de hacer noche en mitad del camino, pues consideraría
menoscabada con ello su fama de eximio jinete, ó, más bien, de «buen
gaucho». En cuanto á mí, doce leguas era el maximum que había
alcanzado en mis excursiones, pero tampoco me asustaban las veinte, en
mi petulancia juvenil.

Nuestra única diversión era mirar el campo, que parecía ensancharse
inacabablemente delante de la galera, lanzada á todo galope de sus
doce caballos flacos y nerviosos, atados con sogas, ensillados con
cueros que ya no tenían ó nunca habían tenido la forma de un arnés, y
tres de ellos, á la izquierda, montados por otros tantos postillones
harapientos, de chiripá, bota de potro y vincha en la frente,
sujetando las negras y rudas crines de su cabellera. Los tres gritaban
alternativamente, haciendo girar sobre sus cabezas la larga trenza de
su arriador, que caía implacable, ora sobre las ancas, ora sobre la
cabeza de los pobres «mancarrones». Contreras, desde su alto pescante,
con cuatro riendas en la izquierda, blandía con la derecha el látigo
largo y sonoro, nunca quieto, azotando sin piedad los dos caballos de
la lanza y los dos cadeneros, y la diligencia, envuelta en una nube de
polvo, iba dando saltos en las asperezas del camino, como si quisiera
hacerse pedazos para acabar con aquella tortura que la hacía gemir por
todas sus tablas, por todos sus hierros, por todos sus vidrios á un
tiempo.

Terminaba el verano. Las entonces escasas cosechas de aquella parte
del país--hoy océano de trigo,--estaban levantadas ya, los rastrojos
tendían aquí y allí sus erizados felpudos, la hierba moría, reseca y
terrosa, y el campo árido nos envolvía en densas polvaredas, mientras
el sol nos achicharraba recalentando las agrietadas paredes del
vehículo. En el paisaje ondulado y monótono, el camino se desarrollaba
caprichosamente, más obscuro sobre el fondo amarillento del campo,
descendiendo á los bañados en línea casi recta, como un triángulo
isósceles de base inapreciable, ó subiendo á las lomas en curvas
serpentinas que desaparecían de pronto para reaparecer más lejos como
una cinta estrecha y ennegrecida por el roce de cien manos pringosas.
Pocos árboles, unos, verdes y melenudos, como bañistas que salieran
de zambullirse, otros, escasos de follaje, negros y retorcidos, como
muertos de sed, salpicaban la campiña, cortada á veces por la faja
caprichosa y fresca de la vegetación, siguiendo el curso de un arroyo,
pero sin interés, con una majestad vaga y difusa, indiferente, en
suma, para la mayoría, y mucho más para mí, que, medio adormecido,
pensaba confusamente en mis compañeros, en Teresa, un poco en mi madre,
desconsolada, y un mucho en la vida de desenfrenado holgorio que
llevara durante tantos años en Los Sunchos. ¿Se había acabado la fiesta
para siempre? ¿Me aguardaban otras mejores?

En las postas, mientras Contreras, los postillones y los peones
«ociosos», lentos y malhumorados, reunían los caballos, siempre
dispersos, aunque la galera tuviese días y horas fijos de «paso»,
los pasajeros todos bajábamos á estirar las piernas entumecidas en
la inmovilidad. Como estas postas eran, generalmente, una esquina ó
pulpería--pongamos mesón, para hablar castellano y francés al mismo
tiempo,--se explicará la inevitable ausencia del refresco hípico, con
la imperativa presencia del refresco alcohólico. Tatita pagaba la copa
á todo el mundo, y la caña con limonada, la ginebra ó el suisé,[2]
daban nuevas fuerzas á nuestros compañeros de viaje para seguir
desempeñando resignadamente el papel de sardinas. ¡Cómo lo adulaban,
exteriorizando familiaridades que parecerían excluir toda adulación!
¡Y cómo me sentía yo orgulloso de ser hijo de aquel dominador, tan
servilmente acatado!...

Llegamos, por fin, á la ciudad, anquilosados por tan largas horas
de traqueo. La galera rodó por las calles toscamente empedradas,
despertando ecos de las paredes taciturnas, y haciendo asomarse á las
puertas las comadres que nos seguían con la vista, curiosas, inmóviles
y calladas, ladrar furiosos los perros alborotadores, correr tras el
armatoste desvencijado la turba de chiquillos sucios y casi desnudos,
cuyo entusiasmo tiene manifestaciones de odio, en la torpe confusión de
los instintos y las sensaciones.

Y, al caer la tarde, entre resplandores rojizos, cálida y triste, la
galera nos depositó frente á la casa de don Claudio Zapata, «la casa
cristiana, donde no había malos ejemplos, perdición de los jóvenes»,
reclamada por mamita. Don Claudio y su mujer nos aguardaban á la puerta.

Ambos hicieron grandes agasajos á tatita, casi sin parar mientes en mí,
lo que me lastimó mucho, pensando que estaban llamados á constituir
provisionalmente toda mi familia. Con la indiferencia de mi padre y
el apasionamiento de mi madre se llegaba á un término medio mucho
más caluroso. Y esta primera impresión tuvo una fuerza incalculable:
de semihombre que era en Los Sunchos, me sentí, de pronto, rebajado
á niño, regresión que iba á seguir experimentando después, y que se
manifestó de nuevo, en otras proporciones, cuando me estrené de lleno
en la vida bonaerense, años más tarde...

La hembra de aquella pareja--¿era la hembra, aquel sargentón de
fornidos hombros, pecho como alforjas, porte militar, gran cabellera
castaña--postiza, claro,--bozo negro en el labio, mano de gañán, mirada
imperativa, voz agria y fuerte, nariz de loro, pie de gigante? ¿Era el
macho aquel pajarraco enclenque, delgado como una vaina de daga sobre
la que se hubiese puesto una pasa de higo con bigote y perilla blancos
(caricatura de tatita), con dos cuentas de azabache en vez de ojos?--La
hembra, digo, al verme inmóvil y cortado, dando vueltas al chambergo
al borde de la acera, creyó llegado el momento de representar su papel
femenino, mostrándose algo afectuosa, y se dirigió á mí, diciéndome las
palabras más agradables y maternales que se le podían ocurrir. Pero su
voz tenía inflexiones desapacibles, y pese á sus melosos aspavientos,
me produjo una sensación de antipatía, algo como una intuición de que
todo aquello era falso y de que por su parte me aguardaban muchas
desazones. Tan honda fué esta impresión que--vuelto á ser niño, como ya
dije,--los ojos se me llenaron de lágrimas que disimulé y me sorbí como
pude porque nadie advirtiera una emoción de que nadie se preocupaba
en realidad, pero que hubiera desconsolado á mamita, si la hubiese
supuesto y que la hubiera desesperado si la hubiese visto...

Algunos amigos de mi padre, noticiosos de su llegada, acudieron á
saludarlo, y poco á poco llenóse de gente la vasta sala desmantelada,
de la que recuerdo, como decoración y mueblaje, una docena de sillas
con asiento de paja--las de enea ó anea de los españoles--dos sillones
de hamaca, amarillos, montados sobre simples maderas encorvadas,
paredes blanqueadas con cal, de las que pendían algunas groseras
imágenes de vírgenes y santos, iluminadas con los colores primarios,
como las de Epinal, ó las aleluyas, una consola de jacarandá muy
lustroso y muy negro, sosteniendo un niño Jesús de cera envuelto en
oropeles y encajes de papel, el piso cubierto con una vieja estera
cuyas quebrajas dibujaban el damero de los toscos ladrillos que
pretendía disimular, y el techo de cilíndricos troncos de palma del
Paraguay, blanqueados también y medio descascarados por la humedad,
como si tuvieran lepra.

Dos chinitas descalzas y vestidas con una especie de bolsas de zaraza
floreada, atadas á la cintura formando buches irregulares y sin gracia,
con las trenzas de crin, azul á fuerza de ser negro, pendientes á la
espalda, la tez muy morena, las narices chatas, la mirada esquiva y
recelosa como de animal perseguido, los ademanes bruscos é indecisos,
como de semisalvajes, hacían circular entre las visitas el interminable
mate siruposo, endulzado con grandes cucharadas de azúcar rubia de
Tucumán, acaramelada con un hierro candente y perfumada con un poco de
cáscara de naranja. Eran el acabado reflejo de las chinas de casa--que
no he descrito,--pero menos resueltas, menos vivarachas, menos bonitas
y más desarrapadas también.

Yo me aburría solemnemente, fuera del ancho círculo regular que
formaban las visitas, sentado en un rincón obscuro, olvidado por todos,
muerto de hambre, de cansancio y hasta de sueño, porque después de
escuchar un rato la chismografía social y política á que se entregaban
aquellos ciudadanos, hablando á ratos cuatro y cinco á la vez, mi
atención se había relajado y me dejaba presa de un sonambulismo
que sólo me permitía oir palabras sueltas, que no me sugerían sino
imágenes borrosas é inconexas. Mi padre puso, por fin, término á esta
situación, proponiendo un paseo «para estirar las piernas», frase
cuyo significado interpreté al momento: irían hasta el café ó el club
á jugar al billar ó el truco, y á beber el vermouth de la tarde. Fuí
el primero que se puso en pie lanzando un suspiro de liberación. De
los visitantes, unos se excusaron, otros se dispusieron á acompañar á
tatita.

--¡No vuelvan tarde, que pronto va á estar la cena!--recomendó misia
Gertrudis con una sonrisa avinagrada, la más dulce, sin embargo, de su
corto repertorio.

Salimos, pues, y en el trayecto comencé á conocer la «maravillosa»
ciudad de calles angostas y rectilíneas formadas por caserones á la
antigua española, de un solo piso, algunas con portales anchos y bajos,
pretendidamente dibujados á lo Miguel Ángel, sobre cuyo dintel solía
verse, entre volutas, ya una imagen de bulto, ya el monograma I. H. S.,
flanqueados, algo más abajo, por series de ventanas con gruesas y
toscas rejas de hierro forjado. Á cada cien varas ó menos se veía la
fachada, el costado ó el ábside de alguna iglesia ó capilla, el largo
paredón de un convento, y de algunas tapias desbordaban sobre la calle
las ramas de las higueras, el follaje de las parras, el verdor grisáceo
de durazneros y perales polvorientos. Por las ventanas abiertas solían
entreverse, al pasar, las habitaciones interiores de las casas,
análogas á la sala de don Claudio, con escasos muebles, piso de
ladrillo ó de baldosa, tirantes visibles, paredes encaladas é ingenuos
adornos cuyo motivo principal eran las estampas de santos, las vírgenes
de yeso, y á veces un retrato de familia groseramente pintado al óleo.
Todo aquello era primitivo, casi rústico, de un mal gusto pronunciado
y de una inarmonía chocante, pero debo confesar que esta impresión es
muy posterior á mi primera visita, porque entonces, sin entusiasmarme
desmedidamente, la ciudad me causó un efecto de lujo, de grandeza y de
esplendor que nunca había experimentado en Los Sunchos. ¡Qué hacerle!
¡Nadie nace sabiendo!

Sin embargo, más que todo aquello, me gustó la plaza pública, muy vasta
y llena de árboles, con una gran calle circular de viejos paraísos
cuyas redondas copas verde obscuro se unían entre sí formando una
techumbre baja, una especie de claustro lleno de penumbra por el que se
paseaban, en fila, dándose el brazo, grupos de niñas cruzados por otros
de jóvenes que las devoraban con los ojos ó las requebraban al pasar,
mientras que los viejos--padres benévolos y madres ceñudas,--sentados
en los escaños de piedra ó de listones pintados de verde, mantenían con
su presencia la disciplina y el decoro.

Apenas mi padre entró en el Café de la Paz con sus amigos, me hice
perdiz y corrí á fumar un cigarrillo en el quiosco de madera que, para
la música de las «retretas», se elevaba en mitad de la plaza, olvidado
del hambre por el gusto de verme libre después de tan larga sujeción.
Allí, entre nubes de humo, contemplé admirado aquel, para mí enorme,
hormiguear de gente, y tras de los árboles, las casas y las pardas
torres de las iglesias, allá lejos, las colinas que circundan la ciudad
dejándola como en un pozo y que el sol poniente iluminaba con fulgores
morados y rojizos. Y, de repente, un hondo, un irresistible sentimiento
de tristeza se apoderó de mí: encontrábame solo, abandonado,--como si
aquel cinturón de colinas me separara del mundo,--en medio de tanta
gente y tantas cosas desconocidas, y me imaginé que así había de ser
siempre, siempre, porque no existía ni existiría vínculo alguno entre
aquella ciudad y yo. Ningún presentimiento profético me entreabrió el
porvenir; todas mis ideas iban directamente hacia el pasado. Volví á
experimentar, más aguda, la sensación de hambre, pero aquella congoja
del estómago, más que física, parecía producida por el miedo, por una
espectativa temerosa, como cuando, muy niño aún, los cuentos de la
costurera jorobada me sugerían la presencia virtual de algún espíritu
maléfico ó la aproximación de algún peligro desconocido. ¡Me sentí
tan pequeño, tan débil, tan incapaz hasta de defenderme!... El mismo
exceso de esta sensación hizo que la sacudiese, levantándome de pronto
y corriendo hacia el Café de la Paz.

Cuando entré, las luces de petróleo, el rumor de las conversaciones, el
chas-chas de las bolas en el inmenso billar, la presencia de mi padre
y sus amigos me devolvieron la calma. Como todavía recuerdo el aspecto
del cielo y de las cosas en aquella tarde memorable, creo que me había
perturbado--ayudándola el cansancio y el trasplante,--la intensa
melancolía del crepúsculo.


                                 VIII

En casa de Zapata nos aguardaba hacía rato la cena, gargantuesca como
toda comida de gala en provincia.

Alrededor de la mesa de mantel largo, muy blanca pero con tosca
vajilla de loza y gruesos vasos de vidrio, además de don Claudio,
misia Gertrudis, mi padre y yo, sentáronse varios convidados de
importancia: don Néstor Orozco, rector del Colegio Nacional, don
Quintiliano Paz, diputado al Congreso, el doctor Juan Argüello, abogado
y senador provincial, don Máximo Colodro, intendente de la ciudad,
y el doctor Vivaldo Orlandi, médico italiano, situacionista, que
acumulaba los cargos de director del hospital, médico de policía y de
la municipalidad, profesor del Colegio Nacional y no recuerdo qué otra
cosa, con gran ira y escándalo de sus colegas argentinos.

El que absorbió toda mi atención en los primeros momentos fué, con
justicia, el doctor Orlandi. Hombre de cincuenta y cinco á sesenta
años, alto, delgado, seco, de ojos negros pequeños y vivísimos, cutis
aceitunado y rugoso, nariz aguileña algo rojiza en el extremo, gran
cabellera que, como el bigote y la perilla que llevaba á lo Napoleón
III, era de un negro tan negro que resultaba sobrenatural, decía pocas
palabras, con rudo acento piamontés, en tono siempre sentencioso y
dogmático. Después me aseguraron que era un cirujano habilísimo, el
mejor de las provincias, y que en su mano hubiera estado conquistar,
como médico, la misma capital de la república. Esto no me admiró tanto
como su sombrero de copa, inmenso y brillante, que llevaba de medio
lado y hundido hasta las cejas cuando andaba por la calle y que, en la
circunstancia, había puesto cuidadosamente sobre una de las consolas
de jacarandá. También me ocupó don Néstor, anciano bajo y grueso,
blanco en canas, de cara de luna llena, muy risueño siempre, amable
conversador de ancha y roja boca, cuyos labios carnosos y sensuales
relucían húmedos como besando las palabras que modulaba no sin gracia
con una especie de cadenciosa melopea. Le gustaba hablar de «los
tiempos de antes», y al referirse á su juventud parecía buscar el
testimonio de misia Gertrudis con una sonrisa picarescamente expresiva.
Varias veces se insinuó en la mesa que «había sido muy diablo», cosa
que me hizo mucha gracia, sobre todo cuando replicó:

--Y no lo tienten al diablo... Porque todavía, todavía... Y acuérdense
que más sabe por viejo que por diablo... ¿No es así, misia Gertrudis?

--¿Qué quiere que yo sepa, don Néstor?--contestó evasivamente el
sargentón, con un tono de enfado que hizo sonreir á todos menos el
marido.

Cuando mi padre habló, por fin, de mí, al servirse los postres--arroz
con leche cubierto de canela en polvo, dulce de zapallo y de membrillo
y tabletas y confites de Córdoba--yo me estremecí en el extremo de la
mesa á que me habían relegado con la orden tradicional de «no meter mi
cuchara», vale decir de no despegar los labios, como si quisieran que
«aprendiese para estatua». Me estremecí porque tatita dijo:

--Aquí tienen ustedes un mocito que quiere hacerse hombre. Viene á
estudiar para «doctor» y cuenta, como yo cuento, con la ayuda de los
amigos. Es muy pollo todavía, pero tiene enjundia suficiente para no
quedarse aplastado á lo mejor. Va á entrar al Colegio Nacional, y
usted, don Néstor, bien puede darle una manito.

--Con mucho gusto--contestó el interpelado.--Hasta le pondremos
cuarta si es preciso--agregó mirándome con sonrisa entre burlona y
afectuosa.--¿Estás bien preparado para el examen de ingreso?

--¿Cómo dice?--balbuceé, no entendiendo la pregunta y con toda mi
indígena descortesía, como si fuera el más «chúcaro» de mis jóvenes
convecinos.

--Que si has terminado tus estudios en la escuela de Los Sunchos.

Comprendiendo á medias, contesté, no sin cierto orgullo:

--Era monitor.

--¡Ah!--exclamó don Néstor, divertidísimo.--¿Conque, monitor? ¡está
bueno! ¡está bueno! Ser monitor no es moco de pavo, pero...

Tatita corrió en mi auxilio diciendo socarronamente:

--La verdad... La verdad es que no sabe muy mucho; pero, hay que
considerar... hay que considerar lo brutos que son los maestros de
campaña... Y el tal don Lucas de Los Sunchos es tan mulita que no sirve
ni para «rejuntar» leña... ¡Vaya, don Néstor, no se haga el malo y no
me lo abatate al chico... ya sabe que en el camino se hacen bueyes...!
¡Y usted, doctor--dirigiéndose á Orlandi,--dé un «arrempujoncito», pues
hombre!

Esto fué dicho con tal jovialidad bonachona que todos se echaron á
reir; todos menos, naturalmente, doña Gertrudis, que no conseguía
llegar á mostrarse amable ni aun para adular á tatita.

--Tien l'aspetto mucho inteliguente--sentenció el doctor, examinándome
con sus ojillos escrutadores.--Y los cóvenes creollos aprenden muy
fáchile.

--Eso es verdad--asintió don Néstor.--Nuestra muchachada es viva como
la luz. En cuanto á éste, ya se despertará en el Colegio. Si para
admitir á los que vienen del campo exigiéramos que se presentaran
al examen de ingreso como unos Picos de la Mirándola, el Colegio
quedaría monopolizado por la ciudad. Por eso el examen es, á veces, una
mera formalidad, casi un simulacro... Podemos hacer esta concesión,
confiando en nuestro excelente plan de estudios y en el saber de
nuestros profesores. Sí, amiguito; el Colegio Nacional no es la
escuela primaria de Los Sunchos. ¡Aquí se hacen hombres!

Ya apareció aquello: «¡Se hacen hombres!» Este idiotismo había de
perseguirme toda la vida sin que hasta ahora sepa yo lo que quiere
decir.

--Preséntese el niño sin cuidado--continuó don Néstor, volviendo á su
húmeda sonrisa que había abandonado un instante.--Ahora lo tratarán
como si lo presentaran en bandeja. Pero, después, ¡cuidado con los
exámenes de fin de curso! ¡Entonces... entonces habrá que saber,
amiguito; hay que hamacarse!

Todo aquello de exámenes, colegio, profesores, plan de estudios,
me parecían á veces, pamplinas, palabras sin sentido, gracias á mi
profunda ignorancia; pero, inmediatamente después me intimidaban, como
algo cabalístico y misterioso, como un rito terrible y arcano que sólo
el poder de mi padre hacía accesible para mí,--tan accesible que todas
las primeras dificultades se desvanecían ante su conjuro.--¿Por qué no
habría de seguir siempre siendo así?... Y, ahito de comidas pesadas,
mareado por el vino fuerte y amargo de la tierra, definitivamente
rendido por la fatiga del viaje, comencé á dar cabezazos sobre la
mesa, «á pescar» como decía tatita, soñando ya, semidespierto, con las
pruebas de las sociedades secretas descritas en los novelones, como si
se impusieran á un ser que, ajeno á mí, fuese al propio tiempo yo mismo.

--¡Se le van los bueyes, amigo!--gritó mi padre al verme dar con la
frente en el mantel maculado de salsas y de vino.--Váyase á hacer nono.
Mísia Gertrudis, ¿dónde es el cuarto del chacho?

--Yo lo he de llevar--dijo la vieja, levantándose y haciendo terminar
para mí aquella comida que debió asumir colosales proporciones,
pues mucho más tarde parecióme oir, entre sueños, gran vocerío é
inextinguibles carcajadas.

Algo monótonos, pero agradables por la libertad que me procuraba mi
papel de cola de tatita, á quien seguía á todas partes, esquivándome
en todas para fumar ó corretear, pasaron los días que me separaban del
misterioso y vagamente temido examen de ingreso.

Entré en la vasta aula, abovedada y solemne, pese á su poca elevación
y merced á su aspecto alargado de catacumba, y me mezclé con otros
chicos, más azorados que yo, casi sin ver la mesa examinadora, allá, en
el extremo de la sala, destacándose con su tapete verde, su campanilla
de plata y el amenazante bombo de las bolillas, sobre la pared blanca
de cal, bajo un gran crucifijo negro, de madera, y tras de la cual
se sentaban, en el medio don Néstor con su sonrisa, á la derecha el
doctor Orlandi con el bigote y la perilla más negros que el betún, y á
la izquierda un hombrecillo pálido y enjuto como un haz de sarmientos,
quien, según después supe, era el doctor Prilidiano Méndez, profesor
de latín, idólatra de esta lengua que, muerta y todo, era para él el
Paladión del saber y la civilización humanos: quien ignorara el latín
«estaba dispensado de tener sentido común», y quien lo supiera podía, á
su juicio, ignorar todo lo demás y ser, sin embargo, una deslumbrante
lumbrera.

No entendí nada en los abracadabrantes interrogatorios sufridos por
los muchachos que me precedieron, y preguntas y respuestas eran para
mí un zumbido molesto de cosas informes, el rezongo de una liturgia
desconocida. Pero una desazón me oprimía el pecho, perdido ya
completamente mi aplomo de Los Sunchos, y cuando me llegó la vez, á
pesar de mi convicción de invulnerabilidad, tiritando me acerqué á la
silla que, en medio de un espacio vacío y frente al tapete verde, me
parecía el banquillo de un acusado si no de un reo de muerte...

¿Qué me preguntaron primero? ¿Qué contesté? ¡Imposible reconstituirlo!
Sólo recuerdo que don Prilidiano se inclinó al oído de don Néstor, y
murmuró, no tan bajo que yo no lo oyera, con los sentidos aguzados por
el temor:

--¡Pero si no sabe una palabra!

--¡Bah! Para eso viene, para aprender. Es el hijo de Gómez
Herrera--dijo don Néstor.

--¡Ah! entonces...

El doctor Orlandi cortó el aparte, preguntándome:

--¿Cuále é il gondinende más grande del mondo?

Un relámpago de inspiración me iluminó haciéndome recordar lo que
había oído de la grandeza de nuestro país, y contesté, resuelta,
categóricamente:

--¡La República Argentina!

Los tres se echaron á reir, Orlandi, alzando los bigotes de tinta,
don Néstor, estirando de oreja á oreja la gruesa boca húmeda, don
Prilidiano con un ¡je, je, je! seco y sonoro como el choque de dos
tablas. Me desconcerté y una ola de sangre me subió á la cara. Don
Néstor acudió en mi auxilio, diciendo entrecortadamente:

--No es del todo exacto... pero siempre es bueno ser patriota... ¿No
aprenden geografía en la escuela de Los Sunchos?... ¡Está bueno!...

Hice ademán de levantarme, considerando terminado el martirio con la
muerte moral; pero el latinista me detuvo, haciéndome esta pregunta
fulminante:

--¿Cuál es la función del verbo?

Medio de pie, con la mano derecha apoyada en el respaldar de la silla,
clavé en él los ojos espantados y balbucí:

--¡Yo... yo no la he visto nunca!

La ira de don Prilidiano quedó sofocada por las carcajadas homéricas de
los otros dos, entre cuyos estallidos oí que don Néstor repetía:

--¡Está bien, siéntese! ¡Está bien, siéntese!

Completamente cortado volví á sentarme en el banquillo, diciéndome que
aquella tortura no acabaría sino con mi muerte, material esta vez; pero
el rector acertó á contenerse y me dijo más claro, con burlona bondad:

--No, no. Vaya á su asiento. Vaya á su asiento.

Los oídos me zumbaban, pero, al pasar junto á los bancos, parecióme
oir: «Es un burro», y pensé en huir sin detenerme, hasta Los Sunchos,
pero no tuve fuerzas. Caí desplomado en mi asiento. ¡Cómo se habían
reído de mí profesores y alumnos! ¡de mí, de quien, en mi pueblo, no se
había atrevido nadie á reirse, de mí, de Mauricio Gómez Herrera!...


                                  IX

Como era lógico--aunque ahora quizá no lo parezca,--entré á cursar el
primer año del Colegio Nacional, y con este favor empezó el primer
calvario de mi vida, quizás el único hasta hoy.

En cuanto supo que «había pasado», tatita se volvió á Los Sunchos,
dejándome en poder de los Zapata, cuyos procedimientos resultaron ¡ay!
muy otros que los de mis padres, y cuyo seco rigor era la antítesis
de la tolerancia cariñosa ó servil á que estaba acostumbrado. En un
principio, traté de rebelarme contra esta tiranía sobre todo contra la
de misia Gertrudis; pero mis esfuerzos se estrellaron en su carácter
inflexible, que pocas veces trataba de disimular bajo una apariencia
dulzona.

--¡Es por tu bien!--me decía, después de arrancarme á las más inocentes
diversiones.--¿Qué diría tu padre, si te dejáramos hacer lo que
quisieras, y perder el tiempo á tu antojo?

--Tatita--replicaba yo airado,--no me ha tenido nunca encerrado como un
preso, y no me perseguía como usted.

--¡Es por tu bien, te repito! Y, además, seguimos las instrucciones del
mismo don Fernando. Acuérdate de que, cuando don Néstor le dijo que, si
no estudiaba mucho, te quedarías en primer año, tu padre me recomendó:
«Átemelo á soga corta, misia Gertrudis. ¡Téngamelo en un puño!» ¡Ni más
ni menos! ¡Y... basta de discusión!

Se marchaba y yo me quedaba temblando de cólera y de impotencia.
¿Qué se había hecho de mi indomable voluntad? ¡Ay! desterrado, en el
aislamiento, en un mundo desconocido y hostil, sin los sólidos puntos
de apoyo de mamita, de los sirvientes, de todos cuantos me adulaban
para adular á mi padre, sentíame deprimido, incapaz de iniciativa y
de rebelión, desde que mis primeros esfuerzos revolucionarios sólo
arribaron á hacer mayor la severidad de mis carceleros. Porque los
Zapata lo eran: no me dejaban ni á sol ni á sombra, no me permitían
salir solo; inspirado por su mujer, don Claudio me llevaba todos los
días al Colegio, para hacerme imposible el dulce vagar de la «rabona».
Los domingos y fiestas tenía que ir con ellos á misa, al sermón, á la
doctrina, y, en los intervalos, me hacían acompañarles á recorrer las
calles como un bobo, cuando no á hacer visitas que me daban un tedio
mortal y acababan con mi resto de energía. La vigilancia de misia
Gertrudis no se adormecía un momento. Me había dado un cuarto contiguo
al suyo, para tenerme siempre á la vista ó al alcance de la mano y de
la voz; limitaba mis relaciones con las chinitas á lo más estrictamente
necesario para mi servicio, sin dejarme charlar ni jugar con ellas;
registraba todas las noches mi habitación y mis bolsillos para
confiscarme los cigarros y cuanto libro de entretenimiento me procurara
á hurtadillas; á media noche se levantaba para hacer una ronda por la
casa, ver si las criadas dormían y si todo estaba en orden, celosa,
hasta la manía, de una moral que, según las malas lenguas, no había
sido su culto cuando moza, ni aun en los umbrales de la vejez. «Era
de las que daban vuelta los santos cara á la pared--contábanme sus
contemporáneos, años más tarde,--y don Néstor Orozco no fué ni el
primero ni el último de sus amigo», y añadían nombres y detalles que
no hacen al caso, riéndose unos de don Claudio, denigrándolo otros por
su tolerancia según ellos interesada. En mi tiempo, misia Gertrudis
trataba probablemente de redimir sus antiguos pecados con la monástica
austeridad de los últimos años, ya fríos, sin sol ni flores. ¡Dios la
haya perdonado en mérito de lo que hizo gozar y luego sufrir á los
demás, si no en gracia de los interminables rosarios que nos hacía
rezar todas las noches, de rodillas sobre el rudo enladrillado de la
sala semi á obscuras!

Con todo, mi ingenio me permitía burlar de cuando en cuando su
espionaje, especialmente para fumar y leer novelas que encuadernaba
con las tapas de los libros de texto. Pero aquel sistema depresivo
daba aparentemente sus frutos que cualquier observador superficial
como misia Gertrudis y don Claudio, podía haber juzgado benéficos
y duraderos, sin que fueran, en realidad, ni una ni otra cosa: del
Mauricio arrebatado, alegre y franco de Los Sunchos, había hecho un
muchachón disimulado, avieso y triste, una criatura aislada y arisca,
como un perro perseguido. Ocultamente también escribí varias veces
á mi madre, quejándome de la horrible sujeción y pidiendo que le
pusiese remedio; me contestaba, afligida, diciendo que nada podía
contra la voluntad de mi padre, que éste estaba resuelto á «hacerme
hombre», y mandándome dulces, tabletas y un poco de dinero, muy poco,
porque tatita se lo había prohibido por consejo y exigencia de los
Zapata. De vez en cuando, agregaba noticias de Teresa Rivas, que
siempre le preguntaba con mucho interés por mí... Estas cartas, lejos
de consolarme un tanto, hacían mayor mi desaliento y mi depresión,
privándome de mis últimas esperanzas.

Acababa de quitarme toda energía mi situación en el Colegio, donde
los condiscípulos me demostraban la mayor antipatía, un poco por mi
culpa, sea dicho de paso, y sin que la provocara el favoritismo de
mi admisión, ni la estupenda ridiculez de mi examen, aunque á veces
recordaran, burlándose, el famoso «Yo no la he visto nunca». Y es que,
en un principio, falto de experiencia é iniciando una política inhábil
y contraproducente, quise imponerles el mismo respeto y el mismo
acatamiento de que gozaba en Los Sunchos, donde «era monitor». Esta
pretensión, mezclada quizás á un poco de envidia por mi buena figura, y
de celos por cierta condescendencia de algunos profesores, desencadenó
la enemistad de los muchachos, y el «monitor-pajuerano», como me
decían, fué la víctima de sus camaradas, que no vislumbraban siquiera,
tras él, la sombra omnipotente y amenazadora del papá. Esta enemistad,
que se traducía en agresiones colectivas, manteos, «ronga-catonga»
bailadas en torno mío, no sin puñetazos, puntapiés, escupidas y otras
amenidades escolares, de que nunca me quejé á los superiores por
caballeresco puntillo, cedió un tanto, casi por completo, después de
varios combates con «los más guapos», en los que, por fortuna, resulté
casi siempre vencedor. Pero la sorda hostilidad no cesó nunca, porque,
envalentonado con mi triunfo, me mostré altivo en demasía, y porque mi
forzoso aislamiento, fuera de las horas de clase y de los recreos en
los claustros sombríos ó en el gran patio del Colegio, no me permitía
cultivar amistad alguna, ni aun la del mismo Pedro Vázquez, alumno de
segundo año ya. ¿Cómo hacerme de camaradas íntimos, si don Claudio
ahuyentaba en la calle á mis condiscípulos, que de otro modo quizás se
hubieran unido á mí?

El estudio me interesaba muy poco; antes que aprender las largas
lecciones de memoria, el musa musae, el bonus, bona, bonum, la
nomenclatura interminable de los departamentos de provincia, los
cuentos insípidos del Compendio de Historia Sagrada, prefería quedarme
horas enteras mirando al aire, evocando las risueñas imágenes de Los
Sunchos, ó rehaciendo las complicadas intrigas de las novelas. Era el
más «burro» de la clase, pero mi insuficiencia no me molestaba en lo
más mínimo, ni por mis condiscípulos ni por los profesores, olfateando
instintivamente en estos últimos, quizás, una insuficiencia si no
mayor, más perniciosa aún. Salvo raras excepciones eran ignorantes, se
limitaban á tomar las lecciones con el texto en la mano, «docti cum
libro», y contestaban rara vez á las preguntas que se les hacía para
aclarar una duda, maestros improvisados, en fin, en una época en que
las «cátedras» eran el refugio de los amigos del Gobierno que no tenían
profesión ni aptitudes para ganarse el pan.

Mi vida, pues, no era vida. Moríame de hastío en casa de Zapata, que
apenas recibía á dos ó tres personas, además del cura Ferreira y de
fray Pedro Arosa, franciscano, y que no dió fiesta alguna después de
la comida en honor de tatita; sufría y rabiaba en el Colegio, donde
lo que aprendí fué de oirlo repetir á los demás; cada día me era más
difícil procurarme novelas, porque el dinero escaseaba mucho, pues,
como repetía misia Gertrudis:

--Aquí tienes todo cuanto necesitas, y la plata es la perdición de los
muchachos, sobre todo en una ciudad como ésta--considerando que la
dormida capital provinciana era una Babilonia, si no un París.

¿Qué hacer, entonces? ¡Volverme á Los Sunchos! Esta idea llegó á
convertirse en obsesión. Pero, ¿cómo realizarla, sin medios, sin
recursos? En último extremo, cansado de quejarme inútilmente á mi
madre, había escrito á tatita, pintándole mis padecimientos con los más
negros colores, y pidiéndole que me llamara á su lado, ó, por lo menos,
me hiciera tratar de un modo más humano; pero él, convencido de que yo
exageraba, alentado por los consejos de don Higinio, engañado por las
cartas de don Claudio, me contestó diciéndome que aguantara, porque en
la vida todo no eran rosas, y que mayores pellejerías había pasado él
cuando muchacho para «hacerse hombre». Todavía no me doy cuenta de lo
que se proponían doña Gertrudis y su marido tratándome así, y, á lo
más que puedo llegar, es á decirme que daban libre curso á su carácter
con los que estaban bajo su dependencia--las chinas y yo,--y que era
más sabroso para ellos dominarme, engañando á tatita, so color de
rigidez de principios. No cejé, sin embargo, y volví al asalto por
la parte más débil, escribiendo una y otra carta á mamá, con tantas
jeremiadas, revueltas entre repeticiones y faltas de ortografía, que la
buena señora se resolvió, por fin, á desobedecer de lleno, y quizá, por
primera vez, á su marido, enviándome algunos pesos bolivianos que yo
le pedía con el pretexto de suavizar un tanto mis amarguras y comprar
libros y otras cosas necesarias.

Una vez dueño de este capital maduré mi proyecto de fuga, no tan
fácil como á primera vista podría creerse: me costó días enteros de
meditación, pero el plan resultó de una pieza.

La galera para Los Sunchos salía los lunes, miércoles y viernes muy
temprano, de una posada céntrica, el Hotel de la Bola de Oro, y después
de atravesar la ciudad, se detenía en una pulpería de las afueras--la
Esquina del Poste Blanco,--especie de sub-agencia para encomiendas
y pasajeros, antes de emprender seriamente el galope, camino real
adelante. Allí había que tomarla, no cabe duda, pues atravesando la
ciudad alguien entre los acostumbrados espectadores del paso de la
galera, había de verme, necesariamente.

Los hábitos recién adquiridos de disimulo me sirvieron en la
circunstancia como si sólo para ella me los hubieran inculcado; después
tuve ocasión de utilizarlos muchas veces con éxito, probando que los
frutos de la buena educación no se pierden nunca. Bueno, pues; con gran
sorpresa y mucho gusto de misia Gertrudis, que hasta entonces tenía
que despertarme tres y cuatro veces cada mañana, comencé á madrugar
por iniciativa propia, y á dar cortos paseos, con el libro en la mano,
como quien estudia, primero en la huerta, después en la acera de la
calle, casi siempre á la vista de la vigilante centinela, pero cuidando
de desaparecer á veces un momento, para que fueran adormeciéndose
sus sospechas. Cuidé también de hablar mucho por aquellos días, de
un paraje pintoresco, á una legua ó poco más de la ciudad, al otro
extremo del Poste Blanco, que habíamos visitado en una excursión con
los Zapata, y donde el río, que más cerca era apenas un hilo de agua
tendido sobre un inmenso lecho de cantos rodados, ofrecía entonces,
gracias á una especie de dique natural, un buen bañadero y un excelente
sitio para pescar bagres y dientudos. El «Mojarral» con sus sauces,
sus peces y su bañadero no se me caía de la boca, y cualquiera hubiese
jurado que yo no pensaba en otro paraíso.

--¡Así me gusta! ¡Estás muy estudioso!--decía misia Gertrudis, no sin
sorna, al verme salir de mi cuarto, con el libro en la mano, casi
de madrugada.--Si seguís así, un día de estos te vamos á llevar al
«Mojarral».

--¡Sí! Pero que sea pronto... ¡Tengo tantísimas ganas!

En fin, un martes por la noche deposité una maletita con parte de mi
ropa en el fondo de la huerta, que daba á una calle excusada, y en un
rincón de donde podría sacarla fácilmente sin ser visto. Me acosté,
en seguida, pero no me fué posible dormir: la fiebre me devoraba,
considerábame libre ya, y renacía en mí el muchacho inventivo y
resuelto de Los Sunchos, aparentemente domado por el freno terrible de
los Zapata, hasta el punto de buscar en mi imaginación cómo vengarme
de misia Gertrudis. No encontré, por el momento, castigo alguno digno
de su perversidad, y dejé que la ocasión me ofreciera la venganza,
jurándome, sin embargo, no abandonar jamás este santo propósito. Como,
apenas me amodorraba, despertaba sobresaltado, soñando que me habían
descubierto, resolví levantarme, de noche aún. Debí hacer ruido, porque
misia Gertrudis gritó de pronto:

--¿Quién anda ahí?

Volví á meterme en cama, medio vestido, y oí que la vieja se levantaba
á su vez precipitadamente, encendía luz, se asomaba á mi cuarto y luego
salía al patio á hacer una ronda extraordinaria.

--¡Esta es la mía!--me dije, sin reflexionar, inspirado por mi grande
amiga, la oportunidad.

Y precipitándome al dormitorio de misia Gertrudis--don Claudio tenía
cuarto aparte,--tomé de sobre la cómoda, donde las ponía siempre, sus
magníficas trenzas castañas, que sólo se ataba á la cabeza una vez
terminadas las faenas matinales. ¿Qué iba á hacer con ellas? No lo
sabía ni me importaba por el momento.

Amaneció poco después, sin que misia Gertrudis volviera de su
inspección, y yo salí, como de costumbre, con el libro en la mano. La
vieja estaba haciendo fuego en la cocina. Corrí á la huerta, tiré en
el lodo infecto del comedero de los cerdos las hermosas trenzas que
los «cuchis» se encargarían de devorar ó destrozar, por lo menos, como
un plato exquisito, saqué la maleta de su escondite, y, por las calles
solitarias aún, envueltas en húmeda neblina, me fuí al boliche del
Poste Blanco, á esperar la galera de Los Sunchos que ya estaría por
llegar. En efecto, la aguardaba hacía dos minutos, cuando se detuvo
en la puerta, con gran ruido de hierros y de maderas entrechocados.
El mayoral, Isabel Contreras, y los postillones, entraron á tomar
su segunda «mañanita», de caña pura, caña con limonada ó ginebra,
sorbida ya la primera en la Bola de Oro, y á recoger encomiendas,
correspondencia y pasajeros, si los había. Y había uno: yo.

Contreras, que como miembro conspicuo de la población flotante de Los
Sunchos, me conocía como á sus manos, y respetaba á tatita, á quien,
según ya dije, servía de correo especial y de informante celoso, me
hizo la mejor acogida, no se metió en indiscretas averiguaciones á
propósito de mi presencia allí, y me dispensó el señalado honor de
invitarme á que lo acompañara en el pescante, mientras ponía él mismo
mi valija en la imperial. Cuando hice mención de pagar el pasaje,
rechazó el dinero.

--Ya me pagará don Fernando.

¡Si yo hubiese sabido! ¡Cuántas semanas antes hubiera desertado de la
zapatil mazmorra!

Charlando durante el viaje, y animado por alguna libación en las
postas, con la falta de reserva que caracteriza á la petulancia
infantil, y que no había corregido del todo, todavía, pese á la
inquisitorial fiscalización de misia Gertrudis, conté por lo largo
á Contreras mis padecimientos y mi escapatoria, cuando «ya no podía
aguantar más». Sobresaltóse el buen paisano en un principio, pensando
en sus responsabilidades, y ya iba á arrepentirme de mi desmedida
confianza, cuando reaccionó, echóse á reir á carcajadas, y, haciendo
restallar su largo látigo, exclamó:

--¡Hijo é tigre, overo has de ser! ¡Éste no desmiente la casta!

Se rió mucho más de la jugarreta del pelo postizo, diciendo que bien se
la merecía la «perra vieja» aquella, y después, como hombre ducho, me
aconsejó que no me dejase ver por tatita antes de hablar con mi madre,
porque las madres son siempre las «mejores tapaderas» para los hijos,
y porque «hay que tener mucho ojo con el mal genio de don Fernando».
Y, para hacerlo mejor, detuvo la galera en una callecita solitaria, á
corta distancia de casa, guardó la maleta para enviármela más tarde, y
me estrechó campechanamente la mano con la suya, como papel de lija,
diciéndome:

--Y ahora, compadre, bajesé y vaya corriendo á su mamá, que es la
única que tendrá lástima de sus penurias... Dígale que aquí, como en
cualquiera otra parte puede «hacerse hombre».

¡Hacerse hombre!... Rodó la galera, siguiendo su camino, y yo me quedé
inmóvil, alelado, entre alegre y temeroso. Allá, muy lejos, quedaban la
ciudad, el Colegio, doña Gertrudis, don Claudio, el latín, el infierno,
como una horrible pesadilla. Estaba en Los Sunchos, en «mi» pueblo, en
mi teatro, y aunque receloso de lo que iba á ocurrir, me sentía con más
valor, con más fuerzas, dueño de mí mismo, en fin!


                                   X

Mi madre me recibió con transportes de alegría, extraordinarios en
ella, y después de abrazarme y besarme mil veces, como loca, se echó
á llorar de pronto, sin preguntarme nada, mezclando sus besos, sus
abrazos, sus risas y sus lágrimas con exclamaciones entrecortadas y
frases de cariño. Era un alma amante la de mamita, un alma apasionada
que, sin embargo, no pudo tener en la vida más pasión que yo, olvidada
como estaba por los hombres y las cosas, y que sólo se desahogaba
en una religión muy alta y muy pura, aunque bastante velada por
la superstición, ó mejor dicho, por una especie de iconolatría
quietista. Sólo después de largo rato me interrogó sobre los motivos
de mi regreso--que adivinaba perfectamente,--y se condolió de mis
padecimientos hasta las lágrimas. También es verdad que yo los describí
con calurosa elocuencia, y que hubiera podido conmover á otra que mi
madre, siempre que fuese crédula y blanda de corazón.

--¡Has hecho bien! ¡Has hecho bien, mi hijito, en escaparte! ¡Pobre
mi hijo!--exclamaba.--Yo hablaré con tu padre y lo convenceré de que
tienes razón.

Y en un rapto de santo egoísmo, reveló el fondo de su pensamiento:

--¡Me hacías tanta falta!

Cuando, á la hora de comer, tatita volvió de sus quehaceres ó
diversiones acostumbrados, mamá, que me había hecho quedar en mi
cuarto, le habló largo rato á solas. De tiempo en tiempo, llegaban
hasta mí la voz irritada de mi padre y la suplicante de mamita. Por
fin, hubo un prolongado silencio, que interrumpió una china diciéndome
desde la puerta:

--¡Niño! ¡Don Fernando que vaya al comedor!

Mi temerosa incertidumbre desapareció como por encanto: iba á verme
frente de los hechos, con la firme voluntad de no doblegarme. Además,
auguraba mucho bueno de la forma en que se presentaba aquel choque:
si tatita no estuviera pronto á ceder y quisiera castigarme, se
precipitaría furioso á mi cuarto, no me llamaría al comedor.

Sin embargo, me recibió con una piedra en cada mano, colérico en
apariencia, llenándome de improperios y amenazándome con «darme de
lazazos hasta que me corriera la sangre». Me afirmé en mi opinión de
que era una tormenta de verano y que ya comenzaba á aclarar, pero no
dejé de sobresaltarme un poco cuando me dijo:

--Has hecho mal, pero muy mal, y mereces un buen castigo. Te has
portado como un bellaco, y si no fuera por tu madre, verías lo que te
pasaba. Porque ella me lo pide y por ser la primera vez, me contento
con que te vayas inmediatamente á casa de Zapata, le pidas perdón y no
vuelvas á hacer de las tuyas. ¡Mañana sale la galera!...

Yo me encabrité, y con el pecho oprimido, casi á punto de romper á
llorar, hice un esfuerzo y dije desgarradoramente:

--¡Pero, tatita!... ¡Si son unos tiranos, unos verdaderos verdugos!
¡Yo no he hecho nada para que me tengan preso!... ¡No, tatita! puede
matarme, pero yo no iré... ¡Prefiero que me mate!

--¿Que no irás?--estalló mi padre indignado, esta vez de veras, porque
no toleraba la abierta oposición.--¡Eso será lo que tase un sastre!
¡Habráse visto! ¡Cuando yo mando se obedece y se calla la boca! ¡Irás á
la ciudad y les pedirás perdón, canejo!

--¡Fernando, por Dios!--clamó mi madre.

--No tengas miedo. No le voy á hacer nada. Pero, en cuanto á lo otro,
¡no hay tu tía! ¡Irá á la ciudad, y más pronto que ligero!

--No iré, no iré. ¡Me tiraré de la galera si es preciso, pero no iré!

Esto no lo dije. No. Hubiera sido demasiado. Lo pensé, tan sólo, y me
lo juré á mí mismo. Á decirlo, mi padre me da sin más trámite una zurra
de no te muevas, en el arrebato de su impulsividad.

Hubo un largo silencio.

--¡Bueno! ¡Ahora, á comer!--ordenó tatita, por fin, calmado ya.

La comida comenzó lúgubremente. Todos callábamos, y las mismas
chinitas que servían la mesa se deslizaban sin ruido, como sombras,
asustadas por la tormenta. Hasta la lámpara de petróleo me parecía
lanzar una luz trágica sobre el mantel. Por último, al servirse el
asado de tira con ensalada de lechuga--aún me parece verlo en la
fuente, con las angostas costillas en forma de escalera, cubiertas de
morena película, y la gordura dorada chorreando jugos y chirriando
todavía,--mi padre me preguntó con tono natural:

--¿Y cómo ha sido eso?

Repetí el relato, primero tímidamente, después con cierta entereza, al
final entusiasmado por mis propias palabras, acumulando cargos contra
don Claudio, contra misia Gertrudis, descubriéndolos con repentina
clarividencia, inventándolos á veces. Y, por último, indignado de
veras, exclamé:

--Se vengan en mí de que son unos pelagatos, y me hacen pagar los
desaires que les hace todo el mundo. ¡Se alegran de tener como un
sirviente, como un esclavo, nada menos que al hijo de Gómez Herrera!...

¿Quién dijo que la lisonja es la mercancía más barata y más productiva?
Sea quien sea, dijo una gran verdad.

Tatita se sintió herido en su amor propio ó encontró aquella coyuntura
favorable para hacer una diversión y encaminarse á sus verdaderos
propósitos. El caso es que vi pasar un relámpago por sus ojos, y juzgué
que había tomado el buen rumbo.

--¡No respetan á nadie!--agregué.--Para ellos todo es cuestión de
suerte y de favoritismo, y los más ricos y los que pueden más, no son
más que unos busca vidas.

--¡Hum, hum!--hizo tatita, receloso.--¿Han hablado de mí?

--¡Dios los hubiera librado! Lo que es estando yo, no han dicho nada.
Pero, como hablan pestes de todos los amigos...

--¡Está bien! ¡Está bien! ¡Ésas son suposiciones y nada
más!--interrumpió, mal engestado.

--¿No te parece, Fernando--dijo mamita después de una pausa,--que
este muchacho debería irse á acostar? Con el viaje de hoy, y las
aflicciones, si tiene que salir mañana temprano, se nos va á enfermar...

--Es posible.

Mamá insistió?. La enfermedad era inevitable. En aquel mismo instante
ya tenía fiebre. Y si caía en cama en la ciudad, ¿cómo me cuidarían?
¿No sería mejor dejarme descansar unos días, muy pocos, hasta la vuelta
de la galera, por ejemplo?

--Bueno--contestó, por fin, tatita, como quien hace un sacrificio.--Irá
en el otro viaje, ¡pero eso, sin remisión!

--¡No iré nunca!--pensé.

--Voy á escribir á don Claudio dándole una satisfacción y pidiendo
disculpas á misia Gertrudis de tu parte, para que te perdone.

--¡No me ha de perdonar!--murmuré.

--¿Por qué? Al fin y al cabo, no has hecho más que una muchachada.

No pude menos que sonreirme.

--¿Ó has hecho algo más, que no sabemos todavía?

Conociendo el carácter de tatita, no vacilé en contarle la travesura de
las trenzas, pero traté de hacerlo con habilidad y gracia, comenzando
por describir las dos figuras de la vieja sin y con sus postizos,
la pretensión ridícula de su coquetería senil, tan contraria á la
beatería, la rabia que me daba verla presumir de muchacha... Cuando
agregué que los cerdos se habían precipitado, en el chiquero, á
devorar aquel amasijo de crines engrasadas, como si fuera un plato
delicado, y pinté la cara que pondría misia Gertrudis buscando su
cabellera, tatita rompió á reir á carcajadas, echándose hacia atrás en
su sillón, como si estuviera asistiendo á la escena más cómica de su
vida. Estaba derrotado...

Poco rato después, me fuí, en apariencia, á dormir, pero en realidad
me quedé atisbando para ver si tatita escribía á los Zapata, con esa
incertidumbre de los muchachos que no saben decirse: «esto sucederá
y no otra cosa». No escribió, naturalmente, porque no era hombre de
pedir disculpas á nadie, por nada de este mundo; en cambio, adiviné
que comentaba risueño mis aventuras de la ciudad, primero con mamita,
después con don Inginio que, sabedor de mi escapatoria, fué á casa en
procura de mayores datos. Al oir entrar al viejo Rivas, me acerqué al
comedor para sorprender algo de lo que dijeran. El juicio era, más
bien, favorable para mí. Don Higinio estaba pronto á creer que los
Zapata habían ido demasiado lejos, tanto más cuanto que los muchachos
criollos son amigos de la libertad y no «hijos del rigor», y á mí se me
había transplantado violentamente de la independencia casi total á una
especie de encarcelamiento.

--Pero, así y todo--terminó,--es preciso que se haga hombre, ¿no es
cierto, misia María?...

Sostenido nerviosamente por las mismas emociones, en cuanto los viejos
se fueron al club, consideré que cualquier cosa era mejor que meterme
como un tonto en cama, y sin pedir permiso á nadie, me escabullí en
busca de mis camaradas. La visita de don Higinio me había hecho pensar
en Teresa, pero esta evocación quedó muy en segundo término, siendo
lo dominante la tentadora «farra» con los amigotes. Sin embargo, al
salir muy recatadamente, para evitar las posibles inútiles objeciones
de mamita, oí un siseo que partía de su ventana, allí, en la casa de
enfrente.

Sabiendo mi llegada, Teresa me aguardaba á la reja, segura de que iría
á conversar con ella ó temerosa de que no la recordara--caben ambas
interpretaciones en el determinismo femenil.

Al sentirla allí, súbitamente despertados mis instintos novelescos,
vuelto á la vida de antes, corrí á la ventana á saludar en ella toda la
poesía erótico-sentimental que encarnaba para mí. Á mis transportes,
al propio tiempo ingenuos y perversos, respondió la niña con una
emoción intensa y contagiosa. Su pobre alma se enajenaba más con
los sentimientos que con las pasiones, mientras yo, como un actor,
me entusiasmaba con el papel que las circunstancias me distribuían,
pronto á ser Otelo ó Marco-Antonio, Don Juan ó Marsilla. La dije--y
en aquel momento yo mismo lo creía,--que había vuelto á Los Sunchos,
despreciando los esplendores de la ciudad, sólo porque no podía vivir
lejos de ella.

Y tanto efecto le produjo este eterno y tonto estribillo, que asomando
la carita morena entre dos barrotes de hierro, me tendió como una flor
los labios frescos y rojos, para darme el primer beso.


                                  XI

Como mi fiebre de acción no me permitía quedarme allí, platónicamente,
observé á Teresa que podrían sorprendernos y que no quería enojar
más á tatita, para quien estaba en cama desde hacía mucho. Minutos
después entraba en el Café de la Esperanza, buscando á mis amigos, y la
casualidad quiso que papá estuviera allí, jugando á la treinta y una
ciega. Hizo como que no me veía, y siguió su partida tranquilamente.
Este síntoma me pareció mucho más favorable y decisivo que todos los
anteriores. ¡Adiós los Zapata!

Salí con mi pandilla, buscando un sitio más libre para reanudar
nuestras diversiones. Los camaradas me habían recibido con grandes
muestras de alegría y entusiasmo, y como llevaba en el bolsillo los
bolivianos que Contreras no quiso recibir, hicimos aquella noche, en el
trinquete de la Zorrita, la más memorable de las fiestas, continuada en
el mismo diapasón hasta formar una como cuaresma de vida maravillosa,
que me parecía un sueño encantado después de mis prisiones en la ciudad.

Pero, ni aun embriagado por estas delicias, descuidé completamente la
parte seria de las cosas, y mal seguro todavía de mi elocuencia que
podía fallar por causas exteriores y transitorias, escribí á mi padre
una larga carta, modelo de diplomacia juvenil, y de la que destilaban
las indirectas lecciones zapatiles. Decíale que, dado mi carácter,
tan análogo al suyo--cosa de que me enorgullecía,--la corrección de
mi conducta dependía precisamente de la mayor ó menor amplitud de
mi libertad, pues nunca haría yo lo de otros que, desconociendo su
valor, abusan de ella hasta perderla. Á mí, como á él, sin duda, la
sujeción me enloquecía. Su afectuosa vigilancia (tan distinta del
malévolo espionaje de gente incapaz de interpretar acciones y menos
aún pensamientos), había sido hasta entonces más que suficiente para
hacerme cumplir con mi deber, y no valía la pena--antes bien era un
error,--cambiarla por un despotismo de extraños que me impulsaba
necesariamente á la rebelión... Todo esto salvo su mejor parecer...

Ni la sintaxis era clara ni la analogía exacta, pero el fondo resultó
así. Además, las cartas de los hijos, por vulgares que sean, resultan
para los padres una revelación y un encanto, si no están corroídos por
el cáncer de la crítica. Y notable efecto produjo la mía en tatita.
Inmediatamente escribió á los Zapata, diciéndoles que «por razones de
salud» yo no volvería á la ciudad, que me perdonaran si «acaso» les
había faltado en algo, y que me enviaran la ropa y los libros... Pero
antes me había arrancado la promesa de estudiar seriamente en casa para
presentarme á fin de año como «libre» en los exámenes.

--Tienes los programas, los libros, y con lo que has aprendido ya,
podrás pasar fácilmente. Si pasas, el año que viene te mandaré á la
ciudad en otras condiciones, sin tutores que te majaderéen, «como un
hombre». Pero para eso hay que prometerme que te portarás bien.

--¡Sí, tatita! «¡como un hombre!»--juré, pensando para mis adentros que
los hombres suelen no portarse bien.

Llegada la época de los exámenes fuí á alojarme en la casa de huéspedes
de la viuda de Calleja, donde vivían varios estudiantes del campo y
de otras provincias. Era el prototipo de esas posadas vergonzantes,
sin respetabilidad y al propio tiempo sin descaro, en que se explota
un nombre de familia á veces venerable, por mercantilismo ó por
necesidad--á falta de otro medio de subsistencia,--y que abundan en
provincia. No la describiré, pero no olvidaré nunca, tampoco, aquellos
manteles inmundos y aquel infernal desorden, en que la patrona, las
chinitas, los huéspedes y los visitantes nos burlábamos como á porfía
de las reglas más elementales del buen vivir. ¡Qué casa de Tócame-Roque
ni qué Auberge du Libre Échange! Para divertirse, allí, en la
respetable pensión de la distinguida viuda del señor Calleja, sobrina
de un obispo y tía de un diputado. Si yo no hubiera tenido Los Sunchos,
me quedo en aquella Capua sórdida si se quiere, pero, en cambio, tan
libre, precisamente lo que más había envidiado desde casa de Zapata...
¡Viva la libertad! y pasemos á otra cosa.

¿Á qué decir que me dejaron suspenso en varias materias--creo que
cuatro de seis--y que en otras pasé por suerte ó por benevolencia de
la mesa examinadora? ¿Para qué contar que el latinista don Prilidiano
Méndez, después de otras preguntas, me invitó con alevosía y
ensañamiento á que declinara el «quis vel qui», del que yo sólo sabía
la aleluya de «todos los burros se quedan aquí»? Todo aquello no me
importaba un ardite. Intuitivamente comprendía que ni en colegios ni en
facultades se aprende nada, y hoy mismo, si quisiera ser completamente
franco... En fin, no lo diré, pero es el caso que en nuestro país, los
hombres realmente superiores se han ilustrado casi siempre solos, han
sido autodidactas, «self made men», mientras que los rutinarios, los
mediocres, han tenido casi siempre un diploma universitario como un
pasaporte de complacencia...

Para desquitarme de los malos ratos que me había procurado el
examen, ocurrióseme darle uno á misia Gertrudis, antes de volver á
la aldea. No tenía que quebrarme mucho la cabeza para inventar una
buena broma: abrigaba la seguridad de que mi presencia bastaría para
darle un soponcio, y con algunos requiebros como «¡Bicho feo! ¡Vieja
mamarracho!» ú otros, estaba seguro de mi venganza, pues rabiaría
quince días por lo menos. Pasé por su casa sin verla, dos, tres veces,
á la cuarta estaba precisamente en el umbral, con su acostumbrado
aspecto de sargentón que llevase la mochila sobre el pecho, y con una
nueva cabellera castaña más abundante y más juvenil que nunca.

--¡Bicho feo!--silbé.

Volvió los ojos hacia mí con tal expresión al reconocerme, que el
«¡Vieja mamarracho!» no pudo salir de mi boca. ¡Tuve miedo, como hay
Dios! ¡Tuve miedo y eché á correr! Es la primera y última vez que he
sentido el pánico en mi vida, como Facundo acosado por el tigre...

Volví á Los Sunchos con la santa intención de no poner de nuevo
los pies en la ciudad, y ni siquiera fingí prepararme para los
misericordiosos exámenes de marzo. No quería, no podía renunciar otra
vez, ni por un momento, á mi individualidad, tan señalada en el pueblo
y tan desvanecida é insignificante en aquel escenario. «Más vale cabeza
de ratón que cola de león», como decía tatita.

Mamá se encargó de arreglar las cosas á medida de mis deseos, para
tenerme definitivamente á su lado. Yo «quería trabajar, empezar á
ganarme la vida». Era lo más fácil procurarme una ocupación, tarea ó
empleo que me preparara prácticamente á la lucha por la existencia, ya
que la teoría no era de mi agrado ni «me entraba en la cabeza», como
afirmaba yo. Habló varias veces con tatita al respecto, y como me valí
de Teresa para conquistar á don Higinio que, decididamente, ejercía
gran influencia sobre mi destino, papá accedió sin muchas dificultades
y diciéndose quizás que, como me dedicaría á la política que no exige
sino «fuerza en los dedos y resolvencia», cualquier camino era bueno,
con tal que me permitiera meterme en danza lo más pronto posible. Y el
intendente municipal, don Sócrates Casajuana, á la primera insinuación
me concedió un empleíto rentado que iría preparándome á más altas
funciones.

Pocos días después, á principios de año, tomé posesión de mi empleo,
y aquí comenzó mi vida de «aprendiz de hombre...» Como todavía era
muy muchacho y poco inclinado á la observación, las oficinas de
la Municipalidad, cerebro y corazón del pueblo, sin embargo, me
fastidiaban profundamente. Á la media hora de estar en mi puesto,
sentado á una mesa llena de papeles inútiles, me moría de hastío y
escapaba á divertirme en otra parte. Sin embargo, á la larga, conocí el
personal superior y subalterno: don Sócrates, el intendente, paisano
astuto y retobado, gordo y de piernas torcidas, por andar á caballo
desde niño de teta, gran mercachifle, gran especulador, gran rata del
presupuesto; el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra,
no sé si menos tosco ó más presuntuoso, gran comerciante también; el
tesorero, don Ubaldo Miró, que, con un sueldo miserable alcanzaba, sin
embargo, á llevar una vida casi suntuosa, gracias á su habilidad para
el escamoteo y á la bondad benévola con que adelantaba los sueldos á
los empleados y peones, mediante un módico interés; los secretarios,
uno de la intendencia--Joaquín Valdez--otro del Concejo--Rodolfo
Martirena--que andaban siempre á caza de propinas, y que las provocaban
deteniendo los expedientes todo el tiempo que podían y prolongando
indefinidamente la tramitación de cualquier asunto que no interesara á
los partidarios más caracterizados de la «situación».

Yo estaba adscripto á la Oficina de Guías, como escribiente; pero mi
jefe, Antonio Casajuana, hermano de don Sócrates, no me observaba
nunca por mis ausencias, antes bien parecía invitarme á continuar
aquella nueva especie de «rabona». Después, comprendí el por qué de su
conducta: no quería testigos molestos, y yo le estorbaba tanto que se
había quejado amargamente á su hermano de mi nombramiento intempestivo.
Y es que cobraba de más á los ganaderos que enviaban animales, cueros
ó lanas á otros departamentos, se robaba las estampillas que debían
quedar obliteradas en el libro de guías, y hasta daba certificados
falsos á los encubridores de los cuatreros, ganándose así buena parte
de los abigeatos, moneda corriente entonces... Es natural, era hermano
del intendente, su otro socio era el tesorero, ni la comuna, ni la
misma provincia, tenían fuerzas bastantes para reprimir el cuatrerismo,
y es máxima de buen gobierno encauzar todo mal irremediable. Cuando
supe esto, más por indiscreciones malévolas de gente envidiosa que por
observación personal, no dejé de utilizar el secreto, modestamente,
para mis gastos menudos, sin intención de hacer fortuna, como los
otros. Siempre he sido imprevisor, y no lo lamento.

En cuanto escapaba de la oficina, divertíame corriendo el pueblo y
los alrededores, á pie unas veces, pero, generalmente, á caballo, con
algunos camaradas mayores, pero tan zánganos como yo, y persiguiendo
á las muchachas de los ranchos y las casuchas de las afueras, con una
especie de odio, primera manifestación, todavía desviada, de mi futura
inclinación irresistible al bello sexo.

Ya iniciado en las aventuras domésticas, era aún incapaz de cortejar
en regla y con perseverancia, pero Marto Contreras, hijo de mi amigo
el mayoral, paisanito de diez y siete á diez y ocho años, diablo y
atrevido como él sólo, con quien me había ligado estrechamente, me
aleccionó, haciéndome adoptar para mis amores un término medio rústico
y brutal, cuya fórmula es ésta: «Hay que pastoriarlas».

Estos amores eran, pues, simplistas, sin preparativo alguno, casi
animales: un momento de vértigo, una violencia y se acabó. Á veces,
continuaban algún tiempo, había hecho una conquista; pero, en la
mayoría de los casos, se me huía después como á un enemigo. Teresa
quedó relegada al fondo obscuro de la memoria, aunque la viese casi
todos los días, al pasar.

Las otras ingenuas diversiones con los camaradas--excepción hecha de
Marto,--comenzaron á parecerme, poco después, insulsas, parangonadas
con la compañía de los empleados de la Municipalidad, mucho más
entretenidos porque, siendo «más hombres», se pasaban el día en peso
conversando de carreras, de riñas, de partidos de pelota, diciendo
compadradas, contando duelos y otras atrocidades, chismorreando amoríos
más ó menos escabrosos, después de lo cual, como intervalo, salían á
tomar el vermouth (mermú) á horas de almuerzo, y como final, al caer la
tarde, hablando entonces magistralmente de política, y combinando el
programa nocturno. Comencé á frecuentarlos, más interesado cada día.
Jugábamos al billar, hasta que entraba la noche; comíamos en casa ó
en el restaurant, á la disparada, y después nos reuníamos, ora aquí,
ora allí, en la «timba» del Manco, en el establecimiento de Ilka, la
polaca, donde solía haber descomunales bochinches, y en el que nadie
entraba sin que un agente de policía lo registrase para quitarle las
armas, ó en algún otro sitio del mismo género. Me sorprendió encontrar,
alrededor de un tapete criollo ó bajo un emparrado polaco, no sólo á
los camaradas, á los demás contemporáneos, sino también á toda la
flor y nata de Los Sunchos, con el mismo don Sócrates á la cabeza. ¡Y
dicen que la Grecia antigua no renace en nuestro «páis», con Sócrates
y todo!... En fin, á la madrugada nos íbamos á acostar, y yo gozaba
de esa hora admirable en que todo lo viviente calla un momento,
reconcentrándose, reconstituyéndose en el sueño, para despertar, poco
después, más fresco, más ardiente, más vigoroso. Siempre he tenido un
flaco por los grandes espectáculos de la Naturaleza, y creo que si la
política no me hubiese absorbido por completo, hoy sería el descriptor
más notable de las bellezas y la grandiosidad del paisaje argentino.

Pero no es posible repicar y andar en la procesión.


                                  XII

Pocos años más tarde, una diversión de otro orden, que me atraía
muchísimo, fué el punto de arranque de una de las manifestaciones más
significativas de mi vida.

Solía yo visitar de noche la redacción de «La Época», periódico semi
oficial, sostenido por la Municipalidad y redactado por un joven
aventurero español, que respondía al sonoro nombre de Miguel de la
Espada, mozo capaz de escribir cuanto conviniese á los que le pagaban,
y tipo común de todos los pueblos y ciudades de la República. La
imprenta era una casucha de tres piezas, sucia y miserable, situada á
pocos pasos de la plaza pública, en una calle adyacente. En el primer
cuartujo estaba instalada la Redacción, con una mesa larga de pino
blanco, llena de diarios y papeles, un pupitre alto para los libros
de caja de la Administración, varias sillas de enea, una silla de
baqueta, de alto respaldo, piso de ladrillos hechos polvo, paredes
blanqueadas, llenas de telarañas y manchas de tinta y de mugre,
cieloraso empapelado, del que colgaban lamentablemente varias tiras
de papel, despegadas por las goteras... Aquello olía á humedad, á
aceite, á petróleo. En la segunda habitación, obscura y mal ventilada,
veíanse los burros y las cajas de componer, para los tres operarios;
en la tercera estaba la vieja prensa de mano y el catre del peón.
Allí reinaba de la Espada, y allí nos reuníamos algunas noches varios
jóvenes situacionistas, á comentar la vida doméstica, social y política
de Los Sunchos. Eran de oir las habladurías, chismes, críticas,
difamaciones y calumnias que formaban el fondo de aquellas amenas
charlas, análisis de la vida y milagros del pueblo entero, en que los
detalles faltantes eran substituídos con ventaja por otros, fruto de la
imaginación de los contertulios. La famosa botica de Paredes, llamada
el «mentidero», no aventajaba en nada á la redacción de «La Época».
Allí me inicié en todos los misterios de la aldea, conocí la historia
de todas las familias, supe las faltas de éstos, los errores de
aquéllos, los delitos de los otros, aquilaté la virtud exigida de las
mujeres y comencé á ver otro aspecto del mundo, quizás algo exagerado,
quizás un poco ennegrecido, pero, en resumen, muy aproximado á la
realidad.

De la Espada era hombre de unos treinta años, menudito y móvil, de
ojos pequeños, llorosos y casi sin pestañas, cetrino, con un bigotito
de cerdas, horrible, en fin, pero tan simpático merced á su gracia
madrileña, á su picaresco pesimismo... Solía resumir las conversaciones
por medio de sentencias que constituían todo un curso de enseñanza, la
síntesis de lo nuevo para mí, en aquel entonces, aunque flaquearan
bastante en cuanto á originalidad. Había sido en pocos meses, cuanto se
podía ser, desde acomodador de teatro en Buenos Aires, hasta director
de periódico en Los Sunchos, y decía (vaya un ejemplo):

--Todas las mujeres tienen su cuarto de hora, y el que acierte á
acercárseles en ese momento, puede estar seguro de obtenerlas.

Ó bien:

--Todos los hombres se venden; la cuestión es dar con el precio.

Ó bien:

--Para llamar honrado á un hombre es preciso ponerlo en la mayor
necesidad, y, al mismo tiempo, darle ocasión de que robe. Si no roba es
honrado. Pero en esas condiciones no hay quien no robe.

Igual cosa digo de la mujer honesta. No hay mujer que no haya engañado
á su marido, por lo menos en pensamiento, si ante su vista pasó alguien
á su juicio mejor que el marido. Ante su vista ó también ante su
imaginación...

Estas doctrinas me seducían, aunque hiciera de vez en cuando algunas
reservas, porque, entre otras cosas, no podía admitir que mi madre
hubiera faltado, ni aun soñando, á sus deberes. Pero esta excepción no
alcanzaba, generalmente, á la madre de los demás, y pecaba por exceso
de limitación. La sabiduría de de la Espada, se infiltraba, pues, en
mí, y no había de tardar en ensayarla en la práctica de la vida.

Otro entretenimiento que no debo pasar por alto, pues tuvo cierta
influencia en mi vida: iba á menudo á tomar mate con el viejo comisario
don Sandalio Suárez, en la misma comisaría, interesándome en la
organización de la vigilancia y otros servicios, y, sobre todo, en
los problemas policiales, aunque Sherlock Holmes no hubiese nacido
todavía, ni el genial Poe y el monótono Gaboriau hubiesen llegado á Los
Sunchos. Yo interrogaba al viejo paisano acerca de las maravillosas
facultades investigadoras de los Rastreadores, y la admirable
perspicacia de Facundo, que pinta Sarmiento.

--Todas esas son camamas--contestaba don Sandalio.--Nadie descubre
á los criminales, cuando no se entregan ellos mismos, y yo, que te
hablo, con todos mis años de policía, no he agarrado á ninguno, sino en
fragante, por casualidad, ó porque, de sonso, se me entregó él mismo.

Me contaba sus recuerdos, casi todos político-electorales, y varias
veces me invitó á acompañarle en sus pesquisas, en las que yo
colaboraba con entusiasmo. Recuerdo, entre otras cosas, el asesinato de
una mujer, cuyo autor busqué por el buen método, averiguando á quién
podría aprovechar su muerte. Di con el marido, enamorado de otra, joven
y bonita, y lo hice prender. Pero, pocas noches después, un borracho se
jactó en una trastienda de ser el asesino, y de que nadie sospecharía
de él. Detenido é interrogado, supimos que había asesinado á la mujer
por «gusto», sin razón ni objeto, sólo porque se le ocurrió, estando
muy ebrio, al verla asomada á la puerta de su casa... Este fracaso no
me desalentó, y hasta me propuse perseguir y descubrir á los cuatreros
que infestaban el departamento.

--¡Déjate de cuatreros!--exclamó don Sandalio, cuando le hablé de mi
intención.--Si te metés en eso te va á salir la torta un pan! ¡El
chasco que te darías si los descubrieses y supieses que eran don, y
don, y otros que tampoco te quiero nombrar!

Pero dejemos la policía para seguir el hilo de mi historia.

Celebrábanse entonces, como ahora, en Los Sunchos, al mediar la
primavera, fiestas populares introducidas por los vecinos españoles
y adoptadas con entusiasmo por la población criolla: las Romerías.
En un gran terreno cercano al pueblo alzábanse tinglados, tiendas de
lona, galpones de madera, enramadas, quioscos, improvisándose una
aldea volante, una especie de paradero de indios, que se adornaba
con banderas, follaje, gallardetes, guirnaldas de telas baratas y
churriguerescas, y que habitaban algunos comerciantes establecidos en
el pueblo, y muchos de ocasión, ofreciendo baratijas, géneros y ropas
ya invendibles, y sobre todo, cosas de comer y de beber, buñuelos,
cerveza, tortas fritas, vino carlón, chorizos asados... En la gran
«carpa» de la Sociedad Española se instalaba un bazar de caridad,
atendido por las niñas más conocidas del pueblo, y en el que se
vendían, se remataban ó se rifaban mil «clavos» generosamente regalados
por los comerciantes fuertes. La gente menuda tenía, como diversión,
palo-jabonado, rompecabezas, calesitas; el populacho, baile al aire
libre, al son de gaitas y tamboriles, rara vez substituídos por la
banda de música de Los Sunchos, que tocaba, sobre todo, en la «carpa»
de la Sociedad, punto de reunión de la gente distinguida. Una atmósfera
sensual, intensificada por todos los efluvios de la primavera, una loca
necesidad de divertirse, de gritar, de moverse, de rozarse, reinaba en
las romerías, y embriagaba á todos, comenzando por la masa popular,
para invadir poco á poco las capas superiores. Más capitosas que el
carnaval, porque reunían á todo el mundo en un solo sitio, el contagio
sexual era en ellas más rápido y avasallador; pero en la ingenuidad
de las costumbres, esto no lo advertían sino el cura, que predicaba
contra los excesos y pedía moderación, y alguno que otro viejo, cuyas
observaciones se tomaban generalmente como una demostración de envidia
de los que ya no pueden divertirse.

Aquel año fuí el asiduo cortejante de Teresa, un poco por iniciativa
propia, un poco porque ella halló manera de cautivarme con sus
monadas, acercándoseme á cada rato, en un principio, con el pretexto
de ofrecerme cedulillas de la rifa, ó artículos del bazar de Caridad.
Bailamos toda la noche, cuantas veces se organizó el baile para la
«gente decente», en un tablado hecho á propósito junto á la «carpa» de
la Sociedad; le di el brazo, acompañándola cuando ejercía sus funciones
de vendedora á través de la multitud acudida del pueblo y de las
aldeas y estancias vecinas, y no desperdicié la ocasión de decirla mil
ternezas que la conmovían y la enajenaban, hasta el extremo de sentirla
temblar, al apoyarse con abandono en mi brazo.

--¡Pero eres un malo, un perverso!--me decía.--¡No te puedo creer! ¡Si
me quisieras de veras no te pasarías los meses enteros sin ir á verme!

¿Era el cuarto de hora de de Espada _d'aprés_ Rabelais? Así lo creí,
pues le declaré que si no iba á verla era porque «me daba rabia» hablar
con ella, habiendo gente delante, ó con una reja de por medio.

--Si me esperaras en la huerta, donde podemos conversar á gusto, yo
iría á verte todas las noches.

--¡Pero eso está muy mal hecho!--exclamó.

¿Por qué? ¿Qué había de malo? ¿No tenía confianza en mí? ¿No estábamos
acostumbrados á andar juntos y solos, desde chicos? É insistí:

--No me digas que sí ni que no. Esta noche iré á la huerta. Si quieres,
me esperas; si no estás, lo sentiré mucho y me volveré á casa...

Lo dije con un acento de tristeza y terminé con un tono de vaga
amenaza, tales que, vencida, me estrechó el brazo y me miró á los ojos
con la vista turbia. Iría á la huerta, sin duda alguna.

Don Higinio, como es natural, había notado mis asiduidades y la actitud
de Teresa, pero no les dió importancia, ó, más bien dicho, se felicitó,
sin duda, de nuestro acuerdo, que debía conducirnos á la ejecución de
sus proyectos matrimoniales, de larga data planteados.

--¡Ah, pícaro!--me dijo, golpeándome el hombro.--Ya te he visto de
«temporada»... ¡Como ha de ser! Los muchachos se apuran á ocupar
nuestro sitio, y no tienen reparo en dejarnos á un lado...

Me reí, sin contestar, pensando en cuán distintos de los suyos eran
mis planes, y diciéndome: «Si éste piensa en casarme, ya está fresco.
¡Cualquier día renuncio yo á mi libertad por una cosa que puedo obtener
sin semejante sacrificio!» Sin embargo, me prometí, tanto si Teresa
acudía á la cita, cuanto si me dejaba plantado, conducirme de allí en
adelante con mayor cautela y ocultar en lo posible nuestros amores,
para no dar asidero á don Higinio y rehuir sus insinuaciones, que no
tardarían en ser exigencias.

Teresa me aguardó cuando, al volver de las romerías, todos se hubieron
acostado en su casa. Hablamos largo rato, ella con ternura, yo con
diplomacia, sentados bajo un enorme sauce que había en el fondo de la
huerta. Un momento creí que estaba completamente á mi discreción, pero
á la primera libertad que quise tomarme se levantó sin aspavientos, y
separándose un paso de mí, me dijo con serenidad y blandura:

--No, eso no, Mauricio. Me has prometido portarte bien, y por eso estoy
aquí. Conversemos cuanto quieras, pero con juicio. Mira que ya no somos
criaturas.

¡Sonsa! ¡Más que sonsa!

Había tanta tranquila resolución en su acento, que me quedé cortado,
sin acertar á decir palabra. La entrevista perdió para mí todo su
encanto. ¿Quién la hacía tan cauta? ¿Cómo, en su inocencia y en su
afecto, real y grande, hallaba, sin embargo, fuerzas para resistir? No
lo sé, aunque me parece efecto de la educación, no de las lecciones
paternas, sino de las charlas íntimas con las amigas que van
revelándose mutuamente la vida y sus peligros. Pensé que el «cuarto de
hora» no había sonado ó había pasado ya, pero, repuesto de la primera
impresión, logré decirla algunas nuevas ternezas, prometiéndola ser
más serio en adelante, no importunarla en otra cita que pedí para la
siguiente noche.

--Sí, vendré. Pero tienes que jurarme que estarás quietito.

Le estreché la mano, y me fuí, rabiando conmigo mismo. Debía haber
sido más audaz, debía... Y me puse á forjar para lo futuro planes de
seducción análogos á los leídos en las novelas, recordando al propio
tiempo el aforismo de de la Espada: «Para conquistar á una mujer
desinteresada, se necesita mucho tiempo y mucha paciencia. Á su tiempo
maduran las uvas, y el pobre porfiado saca mendrugo, mientras que el
exigente se queda afeitado y sin visita». Pero me parecía que nuestros
amores duraban ya tanto, tanto...

--¿Será que no me quiere? ¿Ó tiene la decidida voluntad de que me
case con ella, y sabe que para eso es necesario no ceder? ¡Diablo de
muchacha!... ¡Bah! consultaré á de la Espada, lo haré mi confidente...
¿Por qué no?... Él sí que tiene experiencia... y no dirá nada á nadie...


                                 XIII

Al día siguiente, revelé á de la Espada todos mis secretos, sin omitir
ni aun el fracaso de mi última tentativa. Se echó á reir.

--¡No seas tonto!--dijo.--No te aflijas ni te desalientes. La muchacha
está á punto, y sólo te falta la ocasión. ¡No vayas á asustarla! Por
el contrario, inspírale la mayor confianza posible, y espera. La
casualidad te proporcionará, indudablemente, algún momento de gran
emoción para ella. Ése es el bueno, y habrá que aprovecharlo... Pero
¡ten cuidado! Mira que el padre no es de los que aguantan esas cosas, y
en cuanto llegue á descubrir tus intenciones, ó su realización, si no
te mata es muy capaz de casarte á la fuerza. Tanto más cuanto que es
íntimo amigo de tu padre.

--¡Bah!--repliqué.--Ya veremos lo que se hace. No le tengo miedo al
viejo, y no es el primero que tiene que jorobarse. ¡Cuántos del pueblo,
según tú mismo me has dicho, han tenido que hacerse los sonsos, para
evitar que el escándalo fuese más grande!...

La oportunidad de que hablaba «el galleguito», como le decíamos, no
tardó, efectivamente, en circunstancias trágicas para mí... Había
conversado muchas noches con Teresa, adormeciendo sus recelos,
exasperando su amor, y entre nosotros reinaba la más deliciosa
intimidad. Hablábamos de casarnos... hacíamos proyectos... Ella quería
que viviésemos en casa de su padre, yo fingía exigir que habitásemos
en la nuestra, y sólo se arribaba á un acuerdo, cuando nos proponíamos
hacer una sola de las dos familias, cosa fácil, dada la amistad que las
vinculaba.

--¡Lo malo es que así, nunca estaremos solos!--objetaba yo.--Siempre
tendremos á uno de los viejos pisándonos los talones.

--¿Y eso, qué le hace?--replicaba Teresa.--Si no nos quisiéramos sería
otra cosa, ¡pero nos queremos tanto!...

Pero, vamos al caso. Una tarde, y como solía desde que yo iba
«haciéndome hombre», tatita me invitó á montar á caballo y acompañarlo
hasta una chacra, á dos ó más leguas del pueblo, donde tenía un negocio
pendiente que era preciso arreglar sin pérdida de tiempo. Su invitación
era una orden, y no desagradable, porque nunca he visto más jovial
compañero de viaje, y jamás me he aburrido á su lado.

No tardaría mucho en hacerse noche, porque habían dado ya las siete,
pero el asunto urgía y ambos estábamos acostumbrados á recorrer el
campo á cualquier hora, sin miedo al rayo del sol de mediodía, ni á las
«luces malas» de la media noche. Llegamos á la chacra cuando acababa
el día, con una puesta de sol admirable que envolvía la pampa entera
en un manto de púrpura. Tatita arregló en un cuarto de hora ó veinte
minutos lo que tenía que arreglar, apretamos nuevamente la cincha
á los caballos y emprendimos el regreso. Era casi completamente de
noche. Sólo una línea pálida, al Oeste, señalaba el sitio por donde se
había marchado el sol. El crepúsculo, engañoso, nos fingía paisajes
desconocidos, contagiándonos con su propia vacilación. Sin dejar de
ver, no discerníamos la naturaleza de las cosas vistas, y sólo una
larga práctica nos permitía seguir sin desviarnos la cinta descolorida
del camino.

--¡Vamos á llegar muy tarde!--exclamó de pronto tatita.--Cortemos campo.

--¡Cortemos!--contesté, poniendo la cabeza del caballo en dirección á
Los Sunchos, sin abandonar el galope.

El camino daba un gran rodeo para evitar un bañado intransitable en
la época de las lluvias; aquella larga curva podía acortarse en una
tercera parte tomando la línea recta, la cuerda, como si dijéramos,
pero el trayecto no era muy cómodo, porque el campo, cubierto de
grandes matas de cortadera y de hierbas altas, tenía, además, vastos
limpiones llenos de viscacheras. Afortunadamente la pálida mancha
de estos rompecabezas basta para advertir del peligro á un jinete
experimentado, aun en la obscuridad de la noche, sobre todo si monta
un caballo «vaqueano», uno de nuestros criollos de tan agudo instinto
campero.

Me adelanté, pues, al galope largo, fiándome de mi cabalgadura que
evitaba matorrales y viscacheras atento á todos los detalles, moviendo
sin descanso las orejas, y habría galopado un cuarto de hora, cuando
me pareció oir un grito. Detuve en seco el caballo y escuché. No oí
nada más, ni siquiera el galope del zaino de tatita, cuyas herraduras
debían resonar, sin embargo, en la tierra del bañado, dura entonces
por la sequía como un pavimento de asfalto. ¿Qué significaba aquello?
Alarmado volví grupas y corrí hacia atrás á rienda suelta. Nada veía,
nada oía. Mi caballo dió de repente una terrible espantada junto á una
viscachera, y echó á disparar pesando violentamente sobre el freno. Á
duras penas logré contenerlo, y, acariciándolo le obligué á volver al
paso hacia la viscachera, contra toda su voluntad... ¡Qué espectáculo!
Primero entreví, lleno de susto, la masa del zaino que, con las patas
rotas, resollaba y resoplaba lastimeramente. Un poco más lejos estaba
tatita, tendido en la tierra petrificada de la viscachera. Me tiré
del caballo, corriendo en su auxilio. Una larga herida le cruzaba
el cráneo, bañándolo en sangre. No respiraba; el corazón parecía no
latir...

Volví la vista á todos lados. El camino estaba lejos, y por el bañado
no pasaba nadie, sobre todo á aquellas horas. ¿Qué hacer? ¿Dejar á
tatita y correr en busca de socorro, ya que ni agua tenía á mi alcance
para tratar de hacerlo volver en sí? No había otro partido que tomar.
Lo recosté lo mejor que pude, le hice una almohada con mi blusa y mi
poncho, observé de nuevo si respiraba, si se movía, y, convencido
de lo contrario, con el corazón en la boca, monté y emprendí la más
desesperada de las carreras hacia Los Sunchos, cuyas luces se veían á
la distancia.

Azorado y sin poder coordinar bien las ideas, traté, sin embargo,
de reconstruir el accidente: preocupado por un asunto que podía
significarle la pérdida de una crecida suma de dinero, tatita se había
distraído, confiando en el instinto del viejo caballo, que conocía
perfectamente el campo en muchas leguas á la redonda. Pero el zaino
habría tenido también su momento de distracción, bastante para meter
las manos en una cueva de viscacha, «bolearse» y proyectar á su jinete
á varios metros de distancia. El pobre tatita debió dar con la cabeza
en la tosca dura que rodeaba las viscacheras... ¿Estaría muerto? ¡No!
Semejante fin no era el de un hombre como él. Una simple «rodada» no
acaba con los gauchos de su temple. ¡No! Cuando mucho, sufriría un
largo desmayo y la herida sería fácil de curar... La primera juventud
se rebela contra la idea de la muerte.

Volví con gente que, por fortuna, encontré en las afueras del pueblo,
mientras un hombre corría á avisar al médico y á buscar un coche. Yo
esperaba encontrarlo en su sentido, incorporado y pronto á emprender la
marcha; pero seguía inerte, tibio aún, y no fué posible hacerle tragar
una gota de la ginebra llevada á prevención. El doctor Merino, que
llegó diez minutos después, sólo pudo comprobar el fallecimiento.

No omitiré aquí un episodio que, pese á las circunstancias trágicas, me
ocupó un instante, produciéndome honda impresión. Fidel Gomensoro, uno
de los paisanos que me habían acompañado, oyendo que el zaino de tatita
resollaba y se quejaba casi como una persona, se acercó á examinarlo.

--Tiene las dos patas quebradas--dijo.--Hay que despenarlo.

Y, sacando el facón de la cintura, con ademán resuelto, de un solo tajo
lo degolló, consumando así, sin pensarlo, un sacrificio usual en la
tumba de los antiguos señores de la pampa...

El cadáver del pobre tatita fué tendido cuidadosamente en el carruaje,
y yo lo seguí al paso de mi caballo, sin saber lo que me ocurría, como
si yo también hubiese recibido un golpe en la cabeza... Antes de llegar
al pueblo, nuestro pequeño grupo había aumentado considerablemente, y
al pasar por las calles principales, dirigiéndonos á casa, formábamos
ya un imponente cortejo: la noticia había cundido y todo el mundo
acudía, los amigos, los indiferentes y los enemigos, atraídos por la
pena, la curiosidad ó la disimulada satisfacción. Entretanto, algunas
mujeres rodeaban ya á mamita, preparándola para la horrible sorpresa.
Al oirnos llegar, se precipitó hacia el carruaje, presintiendo que
sólo encontraría un cadáver. La escena fué desgarradora, y entonces
comprendí cuánto amaba mi pobre madre á aquel hombre que había vivido
con ella treinta años de indiferencia y de abandono.

El velorio y los funerales hicieron época en Los Sunchos. Mamita,
incapaz de ocuparse de nada, sino de llorar y rezar junto á su esposo,
dió carta blanca á amigos y sirvientes, y la mesa estuvo puesta durante
treinta y seis horas largas, alternándose el chocolate con los vinos
y licores, los «churrasquitos» con el mate dulce ó amargo, el puchero
con la chatasca, las empanadas, la chanfaina y las tortas fritas. Una
nube de chinas de las casas amigas había ido «á ayudar» convirtiendo
la nuestra en pandemonium, y la sala, el comedor, las habitaciones de
respeto, estaban llenas de visitantes, hombres y mujeres que hablaban
de política, contaban cuentos, jugaban á las prendas, iniciaban ó
continuaban sus intrigas amorosas... Y esta animada tertulia, en que
sólo faltó el baile, se prolongó hasta la hora de conducir los restos á
su última morada.

Yo estaba aturdido. Tatita había sido tan bondadoso, tan camarada, que
lo quería de veras, y su ausencia repentina é irrevocable, producíame,
al propio tiempo que dolor, una rara sensación de espanto, como si me
encontrara de pronto y por primera vez ante lo desconocido amenazador.
Pero todo esto, terror y pena, era vago, indeciso, como si no me diera,
como si no pudiera darme cuenta exacta del hecho brutal, como si pasara
por una confusa y angustiosa pesadilla...

Hubo discursos junto á la tumba de don Fernando Gómez Herrera,
cuyo ataúd acompañó el pueblo en masa hasta el pobre y descuidado
cementerio de Los Sunchos, cubierto de pasto y poblado de peludos y de
víboras. Don Sócrates Casajuana, el intendente municipal, dijo que
era un prohombre á quien la patria y su partido debían sacrificios
innumerables. Don Temístocles Guerra declaró que perdíamos en él
un vecino progresista y un ciudadano patriota, que no podría ser
reemplazado jamás. El doctor Argüello, senador de la provincia, que,
con el diputado Quintiliano Paz, había ido expresamente á Los Sunchos,
para honrar la memoria de tatita, habló en nombre del poder ejecutivo y
de la legislatura, recomendando al pueblo que siguiera las admirables
huellas del probo y austero ciudadano, prematuramente desaparecido
cuando, en plena madurez, mayores servicios podía prestar á la patria.

Yo oía todas aquellas frases como quien oye un vago y molesto zumbido,
y no podría reconstituirlas ahora, si después no las hubiera escuchado
cien veces, dichas sobre cien tumbas diferentes, siempre las mismas,
siempre triviales, siempre demostrando un desconocimiento casi completo
de la personalidad á quien se honraba, siempre sin proporción ni
medida, como si todos los hombres, iguales en la muerte, la hubiesen
sido también en la existencia.

Á la puerta del cementerio, acompañado por el cura, don Genaro
Cecchi, por algunos presuntos parientes de papá ó de mamá, y por don
Higinio Rivas, que lagrimeaba sinceramente, estreché una tras otra
todas aquellas manos indiferentes, y escuché de aquellas bocas sin
emoción las rituales palabras de pésame. Esta larga, esta interminable
ceremonia fué para mí una tortura. Por fin, en el mismo carruaje que
la antevíspera había recogido el cuerpo inanimado de mi padre, volví
á casa, en un estado de estupor, sólo comprensible si me digo que
la naturaleza turba y enajena el cerebro del hombre en las grandes
catástrofes, anestesiándolo en cierto modo, hasta que empieza á
acostumbrarse al dolor. El cura y don Higinio me acompañaban.

En casa, y con otras señoras y niñas, Teresa trataba de consolar á
mamita que, encerrada en su cuarto, á obscuras, llorando y rezando, no
quería ver á nadie ni dejarse distraer de su pena bajo pretexto alguno.
Me tuvo abrazado largo rato, cubriéndome de besos y bañándome en sus
lágrimas.

Á la hora de comer, todas las visitas se marcharon, excepto Teresa, que
quedó para acompañar á mi madre y manejar la casa, por indicación de
don Higinio.

Por la noche, solos, viendo y compartiendo mi honda aflicción, me habló
más tiernamente que nunca. Embriagados por el dolor, hubo un instante
en que nos abrazamos, perdida la cabeza.

Y este fué el momento de gran emoción de que hablara de la Espada.


                                  XIV

La muerte de tatita dejaba en manos de don Higinio Rivas los destinos
políticos de Los Sunchos, que había compartido con él. Era el caudillo
único é indiscutible, entre otras cosas porque, conocedor de los
secretos del gobierno de la comuna, tenía á todas las autoridades como
si dijéramos rendidas á discreción. Convencido de que tarde ó temprano
me casaría con Teresa, ignorante del cambio radical introducido en
nuestras relaciones, sabiendo que mi padre nos había dejado más deudas
que bienes, que mamita era incapaz de salir del atolladero y que
yo no sabría manejarme mucho mejor que ella, me propuso encargarse
desinteresadamente de arreglar nuestros negocios, de modo que nos
dieran satisfacción.

--Yo conseguiré que se queden con la chacra y que puedan pagar á los
acreedores por medio de una amortización, arrendando las tres cuartas
partes del terreno, que no les hace falta. Para que vivan, para el
puchero, la ropa y los gastos menudos, no será difícil que el gobierno
de la provincia pase una pensión á la viuda, y yo mismo iré á la
ciudad á trabajar hasta conseguirla. Es lástima que Fernando haya
muerto sin arreglar sus cosas, y que fuese tan despilfarrado, porque
hubiera podido dejarles una fortunita. Pero, ¡no importa! Con todo,
la chacra valdrá mucho á la vuelta de pocos años y podrás venderla
muy ventajosamente cuando mejoren los tiempos. Tu mamá, entretanto,
necesita muy poca cosa, «vos podés» manejarte con el sueldito de la
Municipalidad, que ya te han aumentado dos ó tres veces, y lo principal
es ir viviendo sin que los usureros les claven las uñas.

Se interrumpió, vaciló un poco, como si le costara lo que iba á decir,
y agregó:

--¡Esto, muchacho, es un secreto para nosotros dos y para tu mamá, nada
más! Fernando tenía mucha confianza en mí, y con razón, porque siempre
fuí muy su amigo... Temiendo que algún día pudieran obligarlo á vender
la chacra en malas condiciones, me pidió que se la hipotecara con pacto
de retroventa. Naturalmente, esto era «engaña-pichanga». Hicimos en
la escribanía el contrato de hipoteca, y yo le di una contracarta sin
fecha, declarando que me ha pagado y que la propiedad sigue siendo
suya: esto para el caso de que me sucediera una desgracia repentina,
porque entre nosotros no había necesidad de semejante garantía. Esa
carta debe estar entre los papeles del finado. Tráemela y te daré otra
para tu resguardo. La hipoteca vence en estos meses; la renovaremos á
tu nombre y al de tu mamá, con las formalidades de la testamentaría, y
así nadie podrá nunca meter el diente en lo único que les queda.

Se interrumpió, para añadir después, con una risita entre maliciosa y
avergonzada:

--Todo esto no será muy legal; pero, hijito, cada uno se agarra con las
uñas que tiene, y á mí me parece que tu tata tenía mucha razón de no
querer quedarse en camisa y en el medio de la calle, para pagar á sus
acreedores, que son casi todos gente rica, y que no necesita de esos
cobres. Vos, por tu parte, como irás pagando, no tenés nada que echarte
en cara...

Dimos á don Higinio cuantos poderes necesitaba para regir libremente
nuestros asuntos. Arrendó parte de la chacra en buenas condiciones,
obtuvo la pensión del gobierno de la provincia y otra del nacional
para «la viuda é hijo de un guerrero del Paraguay», arregló con los
acreedores exigiéndoles una importante quita y haciéndolos contentarse
con una pequeña amortización anual--«del lobo un pelo», decía él,--de
manera que, en vez de empeorar, nuestra situación mejoró, porque ya
no estaba allí tatita, manirroto á quien ningún dinero daba abasto, y
porque yo no me había acostumbrado todavía á tirar la plata, gracias á
las pocas ocasiones que Los Sunchos me ofrecían, y gracias, también,
á que Teresa tenía aún la facultad de absorberme. En casa reinaba,
pues, la abundancia, y hubiera reinado la alegría si mamita, como la
enredadera que se encuentra de pronto sin arrimo, aunque sea el rudo y
áspero de una tapia, no se hubiera marchitado y abatido, más silenciosa
y solitaria que nunca.

--Pocos años de vida le quedan á misia María--murmuraba la gente al
verla pasar como un fantasma, sin ser ya ni la sombra de la mujer de
antes, que, taciturna y resignada, tenía, sin embargo, manifestaciones
simpáticas y amables para todos.

--¿Por qué te afliges tanto, mamita?--me atreví á decirla una vez.--Al
fin y al cabo, tatita no te hacía tan feliz...

Me miró espantada, como si acabara de blasfemar, y exclamó:

--¡Mauricio! ¡Era tu padre!

La religión de la familia primaba en ella, sobre cualquier otro
sentimiento, sobre todo raciocinio.

Así fué pasando lenta y monótonamente el tiempo, hasta que don Inginio
quiso un día complementar con un golpe maestro la magnífica ayuda que
nos había prestado, poniendo en marcha de un modo decisivo su proyecto
de «hacerme hombre».

Ocurrió que, en la lista de candidatos oficiales por nuestro
departamento, figuraban dos ó tres que no eran, ni con mucho, de la
devoción de las autoridades sunchalenses. Uno de ellos, sobre todo,
Cirilo Gómez, ex vecino de Los Sunchos, y culpable de una grave
indiscreción sobre el manejo de los fondos municipales y de la tierra
pública, era enemigo personal de Casajuana y de Guerra, que habían
contagiado con su odio á don Sandalio Suárez, el comisario de policía.
Los tres, saliéndose de madre, protestaron violentamente contra los
proyectos electorales de sus jefes (las listas les llegaban siempre
hechas de la ciudad, y ellos las hacían votar á ojos cerrados,
obedeciendo al Gobernador) y declararon que no votarían jamás aquélla,
si no era modificada de acuerdo con sus deseos, eliminando la
candidatura ingrata de Cirilo Gómez; y, llegando en su indignación á la
amenaza, juraron que, en caso de ver desairada su justísima exigencia,
harían abstenerse á «sus amigos», dando el triunfo á la oposición que
se envalentonaría enormemente con ese primer éxito que le caería de
arriba...

Esto agitó hasta la convulsión al pacífico pueblo de Los Sunchos,
desencadenando pasiones y ambiciones. En tan graves circunstancias,
don Higinio asumió su papel de caudillo, predicó la moderación,
el mantenimiento de la disciplina á todo trance, y se encargó de
arreglar personalmente las cosas, de manera que todos quedaran
satisfechos--todos menos el candidato que hoy llamaríamos
boycoteado.--Iría á la ciudad, se pondría de acuerdo con los jefes del
partido oficial, ¡hasta vería al Gobernador si era preciso! Le dieron
plenos poderes, y, preparándose para el viaje y la campaña política,
aquella misma noche me llamó:

--¡Muchacho!--me dijo.--Tengo tu suerte en la mano. No estaba esperando
más que una «bolada» y lo que es ésta no me la quita nadie. Aunque
todavía no tengás la edad, te vamos á hacer diputado. Así, como suena,
diputado.

Me quedé estupefacto. En mis sueños más ambiciosos no me había
atrevido á esperar semejante ganga, sino para muchos años después, y
eso vagamente. De simple empleadillo de la Municipalidad--pues aunque
el sueldo aumentado ya varias veces era crecido, no se me había dado
función alguna, por la sencilla razón de que no la ejercería,--de
simple empleadillo de la Municipalidad á diputado á la Legislatura de
la provincia ¡era tan grande el salto!...

--¿De veras, don Higinio? ¿No me está «titeando»?--logré preguntar por
fin.--¿Con qué títulos?...

--«Sos» hijo de tu padre y un poco hijo mío, si me salgo con la
mía... que me he de salir. ¡No! si no soy ciego y no tenés para qué
hacer aspavientos. ¡Claro, que si Teresa fuera macho, no te caería
la ganga...! Pero viene á ser lo mismo... Yo me entiendo, y cuando
llegue el momento... La muchacha y «vos» son muy jóvenes todavía...
Bueno, pues, además del nombre de tu tata y de mi protección, tenés tus
trabajos: has escrito en «La Época».

En efecto, con el contagio de la redacción, había garabateado uno
que otro sueltecito, una que otra diatriba más ó menos calumniosa ó
epigramática contra nuestros adversarios.

--De la Espada, como que es gallego, no puede pretender otra cosa que
un poco de platita, y se la daremos. Será el primero en cacarear que
«sos» el alma del diario, y el mejor elemento del partido. En fin, ésta
es cosa mía, y podés estar seguro de que no me la quita nadie.

Yo tenía fiebre. No sabía lo que me pasaba, no podía estarme quieto, ni
hablar; hubiera bailado, chillado, corrido. Entretanto, don Higinio me
reservaba una sorpresa más importante todavía, si se mira bien.

--Serás diputado--continuó,--y tendrás una fortunita. Vengo pensando en
eso desde hace mucho, y creo que, por fin, he dado en el clavo. Apenas
te sentés en tu banca de la Legislatura, yo haré que la Municipalidad
mande abrir las calles Santo Domingo, Avellaneda, Pampa, Libertad,
Funes y Cadillal, que están cortadas por tu chacra. Naturalmente
habrá que pagarte el valor del terreno que te quiten, es decir, unas
veintitantas mil varas cuadradas, y te las han de pagar bien. Te
quedarán, entonces, nada menos, veintiséis manzanas de pueblo, en el
mismo riñón, como se dice. Siguiendo mi mal consejo, podés vender dos
ó tres de las más afuera para hacer veredas y tapias con esa platita.
Lo que quede, á la larga será toda una fortuna, aunque ahora valga
poco. Si el país sigue adelantando, de repente vas á ser más rico que
Anchorena. Y no te digo más.

Lo abracé, bailando.

--¡Oh, don Higinio, cómo le podré pagar!...

Me apartó, sonriente y meneando su cabeza de león manso, se puso á
armar con cachaza un cigarrillo negro. Después, agregó con calma un
poquito conmovida:

--Yo no te pido nada. Sé lo que valés y te tengo confianza... Además,
también lo hago por Teresa, que te quiere mucho y será una compañera de
mi flor... Eso te lo garanto, porque los Rivas somos todos como platita
labrada, muy «derecho viejo», más leales que un perro... Y, ahora,
muchacho, tené mucha paciencia y estáte muy calladito la boca, no sea
cosa que nos conozcan el juego.

Y me mandó que me fuera, sin querer escuchar mis protestas de gratitud.


                                  XV

Teresa me contó aquella noche que la casa era una romería desde que
don Higinio se había encargado de arreglar aquel asunto. Sabiéndolo
con una diputación en la mano, chicos y grandes iban á pedírsela,
y lo colmaban de ofrecimientos, de promesas, de manifestaciones
entusiastas. El viejo no soltó prenda. Todos se marchaban creyendo
en la posibilidad de resultar agraciados, pero sin ninguna palabra
decisiva; enumeraba los méritos de cada uno, en su presencia, alababa
los servicios prestados á la causa, decía con aire protector «veremos
lo que piensan en la ciudad», y daba sendos apretones de mano. Los
pechos de todos los ambiciosos de Los Sunchos palpitaban como el de un
solo hombre en vísperas de un gran acontecimiento feliz, y algunos me
hicieron confidente de sus esperanzas, y hasta solicitaron mi apoyo,
suponiendo que tenía cierta influencia con don Higinio. Este período de
satisfacción, de beatitud, pasó pronto, sin embargo, dando lugar á otro
de irritabilidad é inquina. Despertáronse de pronto los recelos, y Los
Sunchos se convirtió en un semillero de intrigas. Medio pueblo habló
pestes del otro medio, porque cada cual quería despejar de competidores
el campo de la acción. Sólo yo resultaba indemne en aquella lucha á
dentellada limpia, porque nadie me creía con la menor probabilidad de
llevarme la presa.

«La Época», inspirada por don Higinio, dijo que los aspirantes, por
muy legítimas que fueran sus ambiciones, eran demasiado numerosos, que
la ardiente competencia iniciada ponía en peligro la disciplina del
partido, dando un pésimo ejemplo de discordia, y que se imponía á todos
los pretendientes en general, como una prueba de generosos sentimientos
y altas ideas, deponer sus pretensiones en el sagrado altar de la
patria. Agregaba que el nuevo candidato sería designado por los jefes
del partido, es decir, en la capital de la provincia, porque, dada la
disconformidad de las opiniones, algunas egoístas, fuerza es decirlo,
las circunstancias imponían una decisión completamente imparcial, que
sólo allí podría obtenerse. Y así, nadie tendría, luego, motivo de
queja.

En el número siguiente el editorial de de la Espada apareció
doctrinario, sin alusiones á persona alguna, según creyeron los
lectores. Era indudable que, en la perplejidad de la designación, el
diario oficial se daba un compás de espera. Sin embargo, el diario
decía, nada menos, que había llegado el instante histórico de dar paso
á las nuevas generaciones, de llevar al gobierno del país á los hombres
nuevos que habían demostrado amplitud de espíritu, respeto á las
instituciones, aptitudes de iniciativa, amor al progreso. Cuando los
altos puestos públicos, desde la presidencia abajo, estén refrescados
por sangre juvenil, será como si la nación entera recobrase una nueva y
vigorosa juventud. En épocas de revueltas y trastornos, la experiencia
de los ancianos es el mejor instrumento de Gobierno; en épocas de paz y
de prosperidad, el entusiasmo de los jóvenes es lo que conduce á mayor
felicidad y á más riqueza. Nadie supuso que aquel articulejo preparaba
el lanzamiento de mi candidatura, aunque en Los Sunchos se hilara muy
delgado, y fué porque estas generalizaciones no son para sintetizadas
por gente primitiva y en el fondo candorosa.

Don Higinio se había marchado á la ciudad y me escribía casi
diariamente, enviándome las cartas con el mayoral Contreras, su hombre
de confianza, como lo había sido de tatita. En sus cartas me señalaba,
punto por punto, lo que debía hacer para complementar sus propios
trabajos.

Por indicación suya, los miembros del comité local (vale decir
las autoridades del pueblo), organizaron un mitin para determinar
públicamente cuál iba á ser la actitud del partido. En él se rechazaría
sin apelación la candidatura de Cirilo Gómez, pero, para demostrar que
esto no era una rebelión, sino una desobediencia forzosa, que en nada
menoscababa la disciplina, se declararía solemnemente, bajo juramento,
si se consideraba necesario, que el partido votaría en masa, como un
solo hombre, el nuevo candidato--quienquiera que fuese,--designado por
el comité central. «Sólo así--escribía don Higinio,--se substituirá
fácilmente á Gómez y seguiremos gozando del favor del Gobierno.»

Aquella mañana, en el vasto corralón de Varela, se reunieron unos
cuantos centenares de personas--gente del campo y peones municipales,
en su mayoría,--capitaneadas por Casajuana, Guerra y Suárez, á quienes
servíamos de tenientes Miró, Valdez, Martirena, Antonio Casajuana, el
doctor Merino, de la Espada, yo y otros. Se había preparado un asado
con cuero--una vaquillona carneada probablemente en la estancia de
algún opositor,--y las damajuanas de vino y las «frasqueras» de ginebra
prometían un gran entusiasmo popular. En este animado escenario me
estrené como orador, repitiendo, palabra más, palabra menos, algunos
editoriales de de la Espada:

«Hay que sacrificarlo todo generosamente por el bien del país. Las
ambiciones desmedidas de algunos ciudadanos, suelen poner en peligro
la marcha de nuestro partido, el más noble, el más puro, el más
progresista, el único que se ha mostrado capaz de gobernar... Esas
ambiciones deben ser arrancadas de raíz, como la mala hierba. Si
los ambiciosos no renuncian voluntariamente á ellas, los verdaderos
patriotas _deben quebrar sus apetitos en sus propias manos como un
arma funesta_ (frase original, calurosísimamente aplaudida). Además,
ya es hora de que se abra paso á los hombres nuevos. En la política,
como en la milicia, hay una edad para el retiro, y el Gobierno, como el
Ejército, debe _completarse_ con sangre joven. Y, por último, á nada
aspiro personalmente, nada deseo, pero mi mismo desinterés me autoriza
á recomendar á mis correligionarios la más severa disciplina y la más
estricta obediencia á los mandatos de nuestros jefes. ¡Señores! ¡viva
el partido provincial! ¡Viva el Gobernador de la provincia!»

No insistiré en la ovación que se me hizo ni en las escenas que
siguieron, dignas del mismo Pago Chico, no ya de Los Sunchos. Pero
necesito decir que, al otro día, «La Época» proclamó que me había
revelado orador brillantísimo, pensador profundo, y uno de los cerebros
mejor dotados del país, que de mí debía esperar maravillas. Los demás
«discursantes», que los hubo en gran número y á cual más ardoroso,
se eclipsaron ante el astro nuevo, y en la «alta sociedad», así como
en los modestos corrillos, alguien comenzó á hablar de Mauricio
Gómez Herrera, como de un muchacho de gran porvenir, que se estaba
malgastando en aquel rincón. Como con esto se tiraba á matar á los
«prohombres» de que todo el mundo estaba harto, la apreciación cundió,
especialmente desde que los diarios de la ciudad, á instancias del
viejo Rivas, transcribieron los artículos y sueltos de «La Época»,
poniéndome por su cuenta en los cuernos de la luna.

Tomé con esto, involuntariamente, un aire misterioso, y de la noche
á la mañana me hice un hombre grave, más grave quizá de lo que
conviniese para no dejar traslucir mi secreto. Había adquirido enorme
importancia, y una de las manifestaciones exteriores de ello era que
las principales familias hallaban modo de invitarme á sus tertulias,
á almorzar, á comer, cosa que antes ocurría muy de vez en cuando. Yo
no paraba un momento en casa, con gran pena de mamita que, si hasta
entonces sólo me veía á las horas de comer, desde entonces ya no me vió
á ninguna hora, si no es por las mañanas, mientras dormía... Aprendí
con esto los rudimentos de la vida social (¡en Los Sunchos!) que tanto
debía cultivar más tarde. Había sido un oso; pero las mujeres son
tan amables, cuando quieren, que me sorprendí de no haber frecuentado
más la sociedad... No; aventuras no tuve. Me faltaba atrevimiento, y,
por otra parte, la bendita chismografía y el santo espionaje de los
pueblos pequeños, como una especie de cinturón de honestidad, hacen
á las mujeres recatadas y hasta virtuosas, mientras no interviene la
verdadera pasión.

En fin, cuando se lanzó mi candidatura, ungida por el mismo Gobierno,
pocos días antes de las elecciones, mi designación sorprendió á muy
poca gente: estaba en el aire, sembrada esporádicamente por don
Higinio, de la Espada y los demás amigos. La única persona que se
sorprendió y se asustó fué mamita. En cuanto supo mi proclamación,
aceptada sin objeciones, con la mayor disciplina, impulsada por su
misticismo iconólatra, empezó á encender velas ante una imagen de
Nuestra Señora de los Dolores, pero nunca quiso decirme si lo hacía
para que saliera ó no saliera diputado... Sospecho lo último.

La elección fué canónica, porque en Los Sunchos, como en todas partes,
las urnas estaban vedadas á los opositores que, desde tiempo inmemorial
se limitaban á protestar las elecciones ante escribano público, sin más
resultado que dejar un documento para la historia que probablemente no
lo utilizará jamás. Mauricio Gómez Herrera resultó diputado, como se
proclamó aquella misma noche, calurosa y clara, de un domingo de marzo,
entre los estampidos de las bombas de estruendo y los paso-dobles de
la charanga municipal. En el comité hubo fiesta que se continuó en el
club, donde se destaparon algunas botellas de champaña é innumerables
de cerveza. Yo tuve que brindar con todo el mundo y con todos los
líquidos.

Muy tarde, casi á la madrugada, me vi por fin libre de las amables
impertinencias del triunfo. Muchos me acompañaron hasta la puerta de la
casa, pero, adentro ya, no sé por qué se me ocurrió que Teresa estaría
en la huerta, pese á la hora intempestiva, como una esposa abnegada que
aguarda al marido calavera. Y, en la satisfacción de la victoria, que
ablanda los corazones, quise que, en tal caso, la tonta fuera feliz.
Esperé á que mis acompañantes, que cantaban entusiasmados, estuvieran
lejos, atravesé la calle y entré en la huerta, casi seguro de no
encontrar á nadie, aunque esto hubiera lastimado hondamente mi amor
propio... Pero allí estaba la muchacha, agitada y nerviosa.

--Ya creí que no vendríaz--me dijo con su voz cantante.--El zeñor
diputado ze hace decear... Tenéz razón... ¡Lo único que ziento ez que
ahora te me iraz!...

--Me iré... Me iré; pero volveré á cada rato. ¡Estamos tan cerca de la
ciudad!

Me había echado los brazos al cuello y se empinaba para, en medio de la
obscuridad, ver y hacerme ver, en mis ojos y en los suyos, el reflejo
de las estrellas que poblaban el cielo, titilantes é innumerables.

--¿Vendraz á menudo?--preguntó, mimosa.

--Cuantas veces pueda.

--¡Sí! Ez preciso que vengaz--y recalcó exageradamente el «es
preciso».--No zé todavía... Pero me parece que tengo que decirte... una
coza...

Me dió un calofrío, tanto temor y tanta alegría vibraban á la vez en
sus palabras. ¿Sería?...

Pero la insólita entrevista no se prolongó, ni era posible que se
prolongara, porque ya comenzaba á amanecer.

Como si se hubiera puesto de acuerdo con Teresa para darme mala espina,
de la Espada, en medio de las embriagadoras congratulaciones del día
siguiente, en un momento en que nos quedamos solos, me dijo con una
cómica solemnidad que era exclusivamente suya:

--Mira, chico, yo no quiero meterme en danza; pero debo decirte una
cosa. Se está hablando demasiado de tus relaciones con Teresita. Ya te
han visto entrar muchas veces en su casa, entre otras anoche mismo,
y el «comadreo» es tremendo y va á ser terrible. Yo no sé, tanto se
habla, cómo don Higinio no ha caído en cuenta todavía... será porque es
el más interesado. Pero no te fíes. Mira de quién se trata y ándate con
tiento, si es que no te propones lo mejor, que sería... santificar las
fiestas. Don Higinio no es de los que se llevan de las narices, y puede
darte qué sentir.

La misma perplejidad en que me hallaba me permitió contestar en broma
al «galleguito», negando toda importancia al problema que, sin embargo,
era trascendental y me preocupaba hondamente, hasta imponerme la
obsesión de esta pregunta: «¿Será?»...

Era. Noches después, Teresa me reveló el, para ella, terrible y
encantador secreto.

--Tenemos que casarnos pronto, muy pronto, queridito--me dijo,
acariciándome las mejillas con las palmas de las manos.--Ya no es
posible esperar más, de veras... Después, sería un bochorno... ¡Y
tatita! ¡Qué diría tatita! Sería capaz de matarme... Y yo... yo me
moriría de vergüenza...

Rehuí toda respuesta comprometedora, puse de relieve, como
dificultades, precisamente todas las facilidades del momento--tan
propicio,--pero sin mala intención, aunque nadie lo crea, sin segunda
intención ¡lo juro! sólo por instinto, como un ademán subconsciente
que me defendiera de un peligro imprevisto, atávicamente revelado á
no sé qué parte de mi ser. Y, dominada ó atontada por mi elocuencia,
Teresa se tranquilizó, me abrazó, me besó, me hizo mil caricias, y, en
la cesión completa de su cuerpo y de su alma, hasta prometió no decir
nada á don Higinio, mientras yo no se lo mandase.

Una vez á solas, me di cuenta del atolladero en que me había metido.
¡Qué á punto venían las insinuaciones de de la Espada! Si hubiera
hablado meses atrás... Pero, como dicen las comadres: «Después del niño
ahogado... ¡María, tapa el pozo!»... ¡Bah! Todavía nadie se ha muerto
de eso. En el peor de los casos, no tendré de qué quejarme. Pero...

La verdad, la verdad es que preferiría no casarme, porque aquella
muchacha carecía de atractivos, ó si los tenía eran menores cada
vez. Teresa no me interesaba, ó me interesaba poco, ya sin prestigio
ni misterio, con sus grandes ojos de ternera conmovida, su cutis de
magnolia, su ceceo infantil, su candor de paisanita.

Eso está bueno para pasar un rato ¡pero toda la vida!...


                                  XVI

En la ciudad, alcancé un éxito que no me esperaba. Muchos de los
antiguos condiscípulos que me perseguían en el Colegio, y que todavía
no habían logrado hacerse una posición, ni terminar una carrera, fueron
á visitarme en el Hotel de la Paz, y me colmaron de felicitaciones,
lisonjas y bajezas, tras de las cuales solía transparentarse la
envidia, una envidia rayana en odio. Éste fué el prefacio de una larga
serie de otras visitas y de invitaciones á fiestas, comidas, tertulias,
bailes, en que siempre era yo el niño mimado por excelencia. Todo el
mundo veía despuntar en mí un astro nuevo, un hombre predestinado por
la fortuna para ocupar las más elevadas posiciones, porque nadie quería
creer en mi mérito excepcional ni en los servicios que pudiera haber
prestado al país, considerándome, sólo, como una criatura nacida de
pie. Y una tarde, ¿á quién se dirá que me veo aparecer en el cuarto que
me servía de sala de recibo? ¡Pues, á don Claudio Zapata, en cuerpo
y alma! Pero esto sería bien poco, si tras él no hubiera asomado la
soldadesca figura de misia Gertrudis, con sus alforjas al pecho, y su
enorme masa de cabellos castaños que parecía aplastarle y derretirle la
cara, llena de grandes arrugas reunidas en la antigua papada, que ya no
era sino una especie de vejiga vacía.

--¡Oh! ¡don Claudio! ¡Oh! ¡misia Gertrudis!--exclamé sin poder contener
la risa.--¡Cuánto bueno por acá!

--Hemos venido--dijo ceremoniosamente don Claudio, interpretando mi
hilaridad como manifestación de cariño,--hemos venido, seguros de
que no habrás olvidado á los que te sirvieron de padres, á los que,
educándote, algo severamente, es cierto, te prepararon por eso mismo
para la posición que hoy ocupas.

--¡Oh, don Claudio! ¡y cómo me he de olvidar!

--Eras un muchacho travieso, muy travieso, pero se veía claro que
harías camino--agregó misia Gertrudis.--Siempre se lo he dicho á
Claudio y á tu tata, que esté en gloria. ¡Pobre don Fernando! ¡Quién
había de decir! Todavía tengo su última carta, y la guardo como oro en
paño. ¡Nos afligió tanto su muerte!... Aquí le hemos hecho decir unas
misas...

Á pesar de los recuerdos que evocaban estas frases, la risa me
retozaba pensando en las trenzas y en la cara que habría puesto al no
encontrarlas. Pero, dominándome, dije:

--¡Pues me siento muy honrado con la visita de ustedes! ¡Qué recuerdos,
eh!... ¡Vaya con don Claudio! ¡Vaya con misia Gertrudis! ¡Y qué bien
están los dos! Pero háganme el favor de sentarse y digan si en algo
puedo servirlos... Y ante todo, tomarán un matecito.

El mate comenzó á circular. Yo estaba seguro de que llevaban un
propósito interesado, y entre sorbo y sorbo, vencida al parecer por mis
reiteradas instancias, doña Gertrudis consintió, al fin, en decirme
cómo podía pagarles el honor de aquella visita y la refinada educación
que me habían dado: Los tiempos estaban malos; sin sufrir miseria, lo
que se llama miseria, no estaban, tampoco, en la abundancia ni mucho
menos. Don Claudio había prestado, en diversas ocasiones, grandes
servicios al Gobierno, y muchos personajes, entre ellos tatita, le
habían prometido hacer algo por él; promesas que se había llevado
el viento y que sólo mi padre hubiera cumplido, á no morir de tan
trágica manera... Muerto él, á mí, su hijo y el hijo adoptivo, ó poco
menos, de los Zapata, me tocaba esa herencia. Don Claudio era muy
modesto--¡demasiado modesto, por eso lo dejaban en un rincón!--y se
contentaría con una insignificancia cualquiera. Bastaría, por ejemplo,
con que yo, diputado influyente á quien el Gobierno no podía negar
nada, lo hiciera nombrar juez de paz de su parroquia. El puesto estaba
vacante.

--¡Pero, señora!--objeté por hacerla hablar,--en primer lugar,
todavía no soy diputado, porque las elecciones no han sido aprobadas.

--¡Oh! ¡eso es una simple formalidad!

--No tan simple... En segundo, no sé si tengo ó no tengo influencia con
el Gobierno, porque todavía no lo he tanteado...

--¡Bah! ¡Eso está visto! ¡Un Gómez Herrera!

--Y en tercero, don Claudio no remediaría nada, pero absolutamente
nada, con el puesto. Las funciones de juez de paz son gratuitas.

Mísia Gertrudis me miró como si quisiera devorarme, y lentamente,
meditando para no decir las atrocidades que pensaba, replicó:

--¡No le hace!... Claro que el puesto en sí no ha de darle un real...
Claudio no es de ésos que aprovechan, ¿no es verdad, Claudio? y son
capaces de quitarles hasta la camisa á los pobres que tienen una
demanda... Pero, como juez de paz tendrá otra espectabilidad, podrá
hacer muchos servicios, y esto le facilitará alguno que otro negocio
que nos saque de apuros.

La escena me divirtió tanto que prometí darles lo que me pedían en
cuanto me fuera posible, si llegaba á tener influencia en el Gobierno.
Y, como quien hace una diablura, meses después di á don Claudio el
nombramiento de juez de paz para gozar con sus sentencias salomónicas
ó sanchescas, y con sus coimas inverosímiles. Adelantaré aquí,
aprovechando la oportunidad, que se hacía pagar por todo el mundo, por
el demandante y el demandado, por el condenado y por el absuelto, y
esta igualdad ante la ley es la mejor prueba posible de su ecuánime
imparcialidad.

No fué tan grato mi primer encuentro con Pedro Vázquez, estudiante
entonces de derecho en la Facultad de una provincia vecina, y que
había ido á la ciudad de paseo. Como todos los demás, me felicitó por
mi rápida carrera, pero con cierto aire burlón, que yo tomé por crítica
ó protesta muda.

--¿Quisieras verte en mi lugar, eh?--le dije, enfadado, con tono de
superioridad hiriente, significándole que debía tener su poco de
envidia.

--¿Yo? No creas. ¡Te va á costar tanto trabajo mantenerte á la altura
de tu puesto!... Yo no aceptaría por nada, á nuestra edad, un cargo
tan lleno de responsabilidades... ¡Hacer buenas leyes y gobernar bien
al pueblo! No; es una tarea inmensa, un sacrificio enorme. Solón ha
dicho...

--¡No me importa lo que diga Solón, señor estudiante!--interrumpí,
rabiando por la solapada y sangrienta ironía que creí ver en sus
palabras.--¿Acaso los demás diputados se preocupan de semejantes
tonterías? ¡«Sos» un pavo que nunca sabrás vivir, y no te das cuenta de
nada! No todos han de proyectar las leyes desde el primer momento, y
cualquiera, con un poco de sentido común, puede saber si son buenas ó
malas las que se le presenten...

--¡Oh! Ese papel está bueno para los burros que no tienen decoro ni
aspiraciones, no para un muchacho como tú, inteligente y de corazón,
que puedes ser más tarde muy útil á tu tierra. No, Mauricio, no te
envidio, por ahora. Hay que prepararse mucho para tareas así, y yo no
estoy preparado; apenas si empiezo á aprender... Dentro de algunos años
no digo que no. Pero, ahora, lo principal es estudiar.

--Sí, las cosas viejas de los libros viejos, las antiguallas del tiempo
de Mari-Castaña. ¡Vaya una sabiduría!

--De lo viejo ha salido lo nuevo. Lee el Espíritu de las leyes de
Montesquieu y verás.

--En fin, Vázquez, no estamos de acuerdo.

Esto lo dije con blandura, convencido de que no llevaba mala intención,
esforzándome por ser afectuoso, pero con ganas de darle unos sacudones
por burlón si se reía de mí, por tonto si hablaba en serio. Cuando
nos separamos me fuí, sin embargo, rumiando lo que había dicho,
prometiéndome leer á Montesquieu, y confesándome que sabía muy poco
para legislador, aunque no mucho menos que la mayoría de mis colegas.

La ciudad se me presentaba completamente distinta de la otra vez, y
mi individualidad no había sufrido las antiguas torturas al verse
empequeñecida, suprimida casi. Muy al contrario, mi yo se agigantaba,
pues ocupando, relativamente, el mismo lugar que en mi pueblo, el
escenario más complejo y vasto me daba mucha mayor significación,
para mí mismo y para los demás. El trasplante me favorecía esta vez,
enriqueciéndome y vigorizándome. Había ganado en todo, hasta en lo que
á sensualismo y diversiones se refiere. Las costumbres eran allí más
fáciles que en Los Sunchos--hablo de la gente de cierta posición,--y
no dejé de aprovechar esta circunstancia. El éxito es una aureola que
deslumbra á muchas mujeres, y mi brillante aparición en la escena
política, á una edad en que otros no se han puesto, casi puede decirse,
los primeros pantalones largos, me hizo el niño mimado de las damas.
Algunas me concedieron amables entrevistas matinales ó á la hora de
la siesta, momentos propicios si los hay, porque generalmente los
maridos sólo temen la infidelidad nocturna... ¡Cuánto gracioso impudor
en algunas que, para el cónyuge serían, sin duda, de una desesperante
mojigatería!... Pero no se exagere el alcance de estos párrafos. Más
que inmoralidad, más que licencia en las costumbres, debe verse en
todo aquello una simple exteriorización de primitiva ingenuidad, una
especie de regresión al estado natural, coadyuvada, si no fomentada,
por la completa remisión de los pecados, en la que nadie dejaba de
creer. Y si lo cuento es, sólo, porque estas aventuras pasajeras
ahuyentaban cada día más de mi cerebro la idea del matrimonio, mientras
me alejaban, también, de Teresa, un poco por temor, un mucho por desdén
que las comparaciones me inspiraban. Sin una pasión que ciegue, el
matrimonio es un disparate, sobre todo en la primera juventud; con la
pasión que ciega, es una locura en todo tiempo. Se me dirá que los
hijos imponen el matrimonio, pero esto, en la actualidad, es un craso
error, aunque antiguamente pudiera resultar exacto. Los hijos toman la
vida como viene, y suelen tener mejores ejemplos en una unión libre,
desligable á la primera falta, que en un hogar legítimo donde, al cabo
de algunos años, marido y mujer no pueden aguantarse y tienen que
aguantarse aunque se desprecien y se odien, cosa que disimularán á los
extraños, á los mismos amigos, pero que resultará siempre evidente para
los hijos... Pero no era mi intención meterme en estas honduras, sino
sencillamente, decir que cada día me afirmaba más en el propósito de
no casarme con Teresa--sobre todo con Teresa,--porque, ¿cómo arrostrar
á sabiendas los peligros que veía ejemplarizados á mi alrededor,
el infortunio, el ridículo, quizás ambos á la vez, sin una gran
compensación?

Entretanto me preocupaba y me urgía la aprobación de mi diploma, pues
no creería en mi buena suerte mientras no me viera en mi banca de
diputado. É interrogaba á todo el mundo, con aire indiferente, si á su
juicio se presentarían ó no dificultades.

--¡Qué se han de presentar! Su diploma es como una carta en un buzón.

No decían en el Correo, porque el correo era entonces una verdadera
calamidad.

Asistía como interesado espectador á las sesiones preparatorias de la
Legislatura, mucho más divertidas que el resto de la monótona vida
provinciana--salvo los amoríos, los bailes y las francachelas,--y
me paseaba en antesalas, trabando relación con mis colegas futuros.
Allí se tomaba mate interminablemente, y se hablaba de política, de
chismografía social, mezclado esto con las viejas anécdotas de que
somos tan golosos los provincianos.

El «recinto» de la Cámara era, en una casa vieja de pretencioso
frontispicio Renacimiento, un salón cuadrado, disfrazado de anfiteatro
mediante unas barandillas de madera que dejaban á disposición de la
barra el fondo y los rincones, llenos de largos escaños. Las «bancas»
ó asientos de los padres conscriptos eran una especie de pupitres de
escuela, colocados en tres filas semicirculares y decrecientes, las
mayores á lo largo de la barandilla, las menores, naturalmente, en el
centro, dejando en medio un espacio vacío. En el testero del salón,
sobre la larga mesa de la presidencia, el gran retrato al óleo de un
prócer de la provincia. ¡Qué majestuosa me pareció aquella sala la
primera vez que entré en ella, con el pecho algo oprimido, como quien
penetra en un antro misterioso! ¡Y con qué religiosa atención escuché
lo que se decía, pagando la chapetonada y conquistando así el derecho
de no hacerlo más tarde!

Los diputados decían sucesiva y enfáticamente una docena de sandeces,
que entonces me parecían rasgos de elocuencia, tal es el prestigio
del poder. Eligieron la mesa y comenzaron á discutir las actas de las
elecciones, por mera fórmula, según me dijera misia Gertrudis: bien se
veía que todos se habían puesto de acuerdo antes de entrar en sesión.
Mi diploma era uno de los pocos que parecían peligrar, porque las
elecciones de Los Sunchos habían sido, como de costumbre, protestadas
por la oposición abstinente. Cuando me tocó el turno fuí invitado á
entrar en el recinto para defenderlo. Como todos mis eminentes colegas
habían sido electos más ó menos en la misma forma que yo, y habían
pasado sobre iguales protestas, no les fué difícil convencerse de la
legalidad de mi mandato, y de que:

«La impotencia hipocondríaca y perversa de cuatro ciudadanos egoístas
y malos patriotas, hez de la sociedad, alejados de la opinión pública
y desdeñados y aborrecidos por ella, como se hace con una víbora
venenosa, los obliga á adoptar el único medio de fingirse vivientes,
firmes y numerosos, de mostrarse engañosamente al pueblo como una
fuerza respetable: la cínica protesta de una elección legal, en que se
ha respetado la inmaculada pureza del sufragio, protesta que lleva al
pie el nombre de cuatro individuos insignificantes, que quizá no sean
ni siquiera electores, y la falsa afirmación de «siguen las firmas»,
testimoniada por un escribano sin fe, sin carácter, sin probidad. ¡No
hay firmas, no hay hombres, no hay ciudadanos, señor Presidente!...

--¡Las firmas están!--gritó una voz desde la barra.

--«Habrá... habrá nombres inventados, nombres supuestos que no
figuran en el padrón. ¡No, no hay ciudadanos, señor Presidente! Sólo
hay ambiciones inconfesables, y, como ya dije, la rabia feroz de la
impotencia. (Muy bien en las bancas). Vengo á apoyar decididamente
al Gobierno que nos rige con general aplauso. Esto es sabido, y esto
despierta contra mí el odio de los que quisieran substituirse á él.
Esos cuatro fomentadores de anarquía son, pues, mis enemigos naturales.
Entretanto, el Gobierno actual cuenta con la inmensa mayoría del
pueblo, y ésa es la que me ha elegido por mis opiniones. No declarar
legítimo mi mandato sería sospechar de impopularidad al mismo poder
ejecutivo que aclaman las muchedumbres entusiastas y del que quiero ser
modesto, pero abnegado colaborador.»

Esto lo copio de la versión taquigráfica, corrigiendo apenas el estilo,
no por presunción, sino porque me gustan las buenas formas, lo que
podría llamarse el aseo en la ropita oratoria. El fondo era así, vago,
indeterminado é insultante para los adversarios. De más está decir
que, como en mi célebre examen de ingreso, allí también pasé por
unanimidad. Presté juramento y me senté por fin en «mi banca». Era,
definitivamente, un personaje.

Escuché desde entonces los discursos con menos respeto, y comencé á
comprender como por vaga intuición, que aquello no valía nada, que
yo podría hacerlo mejor sin mucho esfuerzo, sin todo ese trabajo de
años á que Vázquez se refería. Y resolví ponerme á leer discursos
parlamentarios. La indigente biblioteca de la Legislatura, compuesta
de unos pocos centenares de volúmenes, me proporcionó los diarios
de sesiones del Congreso: devoré á Sarmiento, Avellaneda, Rawson,
Mitre, Vélez Sarsfield; leí docenas y docenas de discursos, reteniendo
más las frases que la doctrina y creándome un repertorio de lugares
comunes que pudieran no parecer tales. Compré también algunos libros
de Castelar, una traducción de Cicerón, otra de Mirabeau, y me puse á
leer la Historia de la Revolución Francesa, que entonces me entretenía
como antes las novelas de aventuras. Los discursos de la Convención me
enriquecieron notablemente, y traté de imitar su vehemente entusiasmo,
su heroica entereza, en la forma de los míos. Siempre que hablaba en la
Cámara era como si la patria estuviese en peligro; los otros «buenos
oradores», escasos entre mis colegas, hacían, por otra parte lo mismo,
de modo que, á propósito de la construcción de un camino ó de cualquier
otro detalle, las sesiones de nuestra humilde Legislatura, alcanzaban
el diapasón de las más vibrantes y memorables de la historia.

Un discurso que pronuncié sobre el estado de las escuelas primarias en
la provincia, mereció que algunos corresponsales escribieran á Buenos
Aires, y dos ó tres diarios me dedicaran palabras elogiosas en los
sueltos. Éste fué el mayor espolazo que haya recibido mi ambición,
desde entonces pronta á desbocarse. Me propuse conocer la capital, los
hombres de gobierno, el presidente de la República, ciudadano de gran
talento, elocuentísimo orador él también, y ¡quién sabe! quizás abrir
una brecha que me permitiese lanzarme á la conquista de aquel emporio,
y triunfar, y ser allí lo que había sido en Los Sunchos, lo que era en
mi ciudad provinciana, si no el primero, uno de los primeros, con un
porvenir de gloria y de grandeza.

Vivía exclusivamente para la política; sólo en ella pensaba, estuviese
donde estuviese, trabajando ó divirtiéndome, amando ó durmiendo,
porque hasta mis sueños eran políticos, y mis amoríos buscaban mayor
influencia y más poder para mí. Ningún detalle me parecía nimio, y
todo, hombres, cosas, hechos iban almacenándose en mi memoria, que
tengo magnífica. Ahora mismo podría contar la vida y milagros de
centenares de personas, tanto altamente colocadas cuanto modestas y
aun insignificantes. Formaba mi arsenal, con avidez y con paciencia, y
comenzaba á utilizarlo para avezarme á su manejo.

Como aprendizaje del uso de mis armas, escribía en «Los Tiempos»,
diario que era una reproducción agrandada de «La Época» de Los Sunchos,
y mis sueltos incisivos, mordaces, casi siempre animados con una
anécdota verdadera ó imaginada, se destacaban del resto de aquella
prosa indigesta y burda, lana de colchón con que se rellenaban las
columnas del periodicucho. Mi fama comenzó á cundir, y ya muchos me
consideraban como una personalidad naciente, mientras que otros me
tenían como á un muchacho mal educado é insolente, capaz de las mayores
desvergüenzas.

Entretanto, mamita, Teresa, don Higinio, Los Sunchos quedaban muy
lejos, allá atrás, allá abajo, como perdidos en la bruma para siempre.
Sólo, de tiempo en tiempo, una carta de Teresa venía á sobresaltarme,
á turbarme un momento: su secreto, nuestro secreto, iba á dejar de
serlo; la verdad se impondría dentro de muy poco, y, desesperada, me
suplicaba que fuera, que arreglara las cosas, que la salvara de toda
una inminente tragedia...

¿Para qué me habría yo metido en semejante atolladero?


                                 XVII

Me pareció oportuno realizar el proyectado viaje á Buenos Aires, antes
de decidir lo que había de hacer. Pedí licencia á la Cámara y algunas
cartas de presentación de mis amigos del Gobierno para los «ases»
de la gran capital. Con esto, mi diploma de diputado, mi calidad de
periodista y mi apellido patricio, salí, seguro del éxito, en busca
de mis primeras aventuras bonaerenses. Las puertas del mundo oficial
y las de muchos salones provincianos, abriéronse de par en par ante
mí. Visité á varios miembros notables de mi familia, que ni siquiera
tenían noticia de mí, pero que me recibieron deferentemente, poniéndose
á mi disposición y dando por cumplidos todos sus deberes con esta
manifestación de cortesía.

Buenos Aires estaba, desgraciadamente, muy agitado. Respirábase allí
una atmósfera candente, nuncio de una tempestad. Los ciudadanos se
adiestraban en el uso de las armas y en el ejercicio militar, á vista
y paciencia del Gobierno de la nación, contra quien iban, impotente
para reprimirlos sino con una medida de fuerza que hubiera sido señal
de la revolución, quizá de la guerra civil. Las antiguas desavenencias
mezcladas de celos entre Buenos Aires y las provincias hacían crisis,
y esta crisis era amenazadora. En la doble capital no cabían los
dos grandes poderes, el nacional y el porteño, que se disputaban
la hegemonía, y el drama político empezado desde los albores de la
independencia, corría rápidamente á su desenlace. ¿Cuál sería éste?
¿Triunfaría la altiva Buenos Aires sobre todo el resto del país,
imponiéndose como la cabeza pensante á los demás miembros del cuerpo?
¿Lograríamos los provincianos abatir su orgullo y hacerla entrar en
razón? ¡Arduo problema cuya solución parecía exigir sangre!

Fuí á saludar, entretanto, al Presidente de la República, hombre
encantador, de maneras algo afectadas, muy fino, muy amable, tanto que,
á primera vista podría creérsele débil, femenil. Me parece estarlo
viendo, pequeñito, menudo, bien proporcionado, sin embargo, con la
frente ancha, coronada por cabellos largos, negros y ensortijados, ojos
llenos de inteligente viveza, bigote y perilla, negros también. Hablaba
con mesura, escogiendo las palabras, y sus frases tenían siempre
un ritmo cantante. Así, cuando hablaba en público, era una delicia
escucharle, porque se hubiera dicho que su oratoria era musical,
persuasiva y tranquilizadora como una caricia.

Me habló de mi provincia, de la suya, de la desgracia de nuestro país,
siempre agitado por disensiones intestinas y ofreciendo un espectáculo
de anarquía y violencia al mundo, que consideraba á las nuevas naciones
de la América del Sur, y, sobre todo, á la nuestra, como grupos de
chiquillos revoltosos, si no como tribus semiprimitivas, incapaces de
comprender la libertad, y, por lo tanto, de gozar de ella. Y, sin duda,
para no penetrar más en el fondo de las cosas y no hacer confidencias
intempestivas á un jovenzuelo que era, al fin y al cabo, desconocido,
se levantó, dando por terminada la audiencia. Nunca lo volví á ver,
pero conservo clara y viva la impresión que me produjo.

Poco duró mi permanencia en Buenos Aires, porque algunos dirigentes
del partido me aconsejaron que volviera á mi provincia, donde podía
hacer falta: la inminente rebelión de la capital porteña repercutiría,
quizás en alguna otra parte, y aunque mi provincia estuviera al abrigo
de todo temor y toda sospecha, como defensora decidida de la causa
nacional--eran sus palabras,--nunca es malo estar prevenido, y en
épocas de disturbios cada soldado debe ocupar su puesto. Me fuí, pues,
y véase cómo asocia uno egoísticamente á sus pequeñas necesidades,
los más grandes intereses colectivos: me fuí haciendo votos porque
estallara no una revolución, sino toda una guerra civil, convencido de
que en esta tragedia me sería más fácil desenlazar mi dramita íntimo,
de acuerdo con mis deseos, es decir, quedando libre de todo compromiso.

En la ciudad me esperaba una carta de don Higinio, todavía ignorante de
la desgracia que lo amenazaba. La abrí, no sin recelo. Se refería al
negocio de la chacra, que marchaba muy bien, gracias á su «muñequeo».
Había conseguido que la misma oposición clamara por la apertura de las
calles, creyendo hacerme daño al desmembrar «una posesión feudal, que,
como los castillos medioevales, dominaba al pueblo de Los Sunchos,
aunque sin protegerlo ni servirle, sino á modo de dique contra su
desarrollo natural». La Municipalidad fingía indignarse mucho contra
aquella pretensión; pero estaba, naturalmente, pronta á ceder en cuanto
él lo indicara. No era oportuno todavía, si se quería obtener una buena
indemnización.

Contingencia feliz é ingrata á la vez, que me dejó perplejo. Agregábase
un elemento más á mis vacilaciones que ya eran sobradas, aunque, en el
fondo, mi resolución fuera inmutable. Don Higinio, de cuya influencia
política necesitaba todavía, don Higinio, que, como buen criollo, era
muy capaz de vengarse sangrientamente de mí, preparando este brillante
negocio, me obligaba aún más á contemporizar con él. ¿Cómo salvarme
del compromiso, cómo ganar tiempo, al menos?... Á fuerza de buscar, se
me ocurrió una idea luminosa, y escribí á la muchacha, en una forma
ambigua, sólo clara para ella, diciéndole que más que nunca guardara su
secreto, y á don Higinio preguntándole si iría pronto á la ciudad, pues
me urgía hablarle de un asunto muy importante que no podía tratarse por
cartas, pero que tampoco era cuestión de días más ó menos. Un «se trata
de mi felicidad», debía sugerirle el tema probable de la entrevista.

Me precipitaba hacia el escándalo, precisamente para contrarrestarlo,
y elegía la ciudad, donde las cosas más graves, las que serían
catástrofes en una aldea, pueden pasar inadvertidas, y donde toda
defensa es más fácil. En aquel teatro se equilibraban mejor nuestro
poder y nuestras armas.

Como lo había supuesto, el viejo se precipitó á la cita. Creo que
estaba más contento que la misma Teresa, pues creía realizar un sueño
de muchos años y crear para sus nietos toda una aristocracia, dándoles
al propio tiempo gran fortuna, elevada posición y un nombre envidiable,
un apellido patricio.

--¡Don Higinio!--exclamé al verlo.--Mi asunto no corría tanta prisa.

--No--dijo ladinamente.--Si he venido por otras muchas cosas; y de paso
es natural que te pregunte lo que querés.

--Yo hubiera debido ir á Los Sunchos; pero ya comprende usted que mis
ocupaciones de la Cámara me lo impiden.

No había ido, temiendo, además de lo que ya he dicho, las escenas con
Teresa, y su posible indiscreción... ¡Oh! las mujeres saben callar,
pero de repente, cuando no hay peligro ó á ellas les parece que no lo
hay, se les va la lengua y arman un enredo, sin querer.

--Se trata de Teresa--agregué.--Usted bien sabe que nos queremos
desde hace mucho, desde que éramos muchachos. ¿Nos dará usted su
consentimiento para casarnos?

--¡Pero, hijito, cómo no! ¡Si es mi mayor deseo, y cuanto antes!

Me abrazó conmovido.

--Cuanto antes, me parece mucho decir. Yo creo que será mejor esperar
hasta el año que viene. Mis asuntos no están bien claros y los recursos
no son muchos, mientras no se arregle lo de la chacra.

--Se arreglará. Y, además, yo soy bastante rico para que no les falte
nada.

--Otra cosa: tengo que preocuparme de mi posición y no puedo descuidar
ni un momento la política, si he de hacer camino. Debo frecuentar
asiduamente la sociedad, los comités, el club, la casa de gobierno, la
Legislatura. Todo pinta muy bien; pero, con la desgraciada perspectiva
de una revolución en Buenos Aires, quizá de una guerra civil, si me
casara ahora, tendría que abandonar á mi mujercita ó no cumplir con los
deberes que me imponen mi puesto y mi partido...

--¿Y cuándo, entonces?

--¡Oh! el año que viene, á más tardar. El año que viene estará
completamente despejada la situación del país y la mía...

Un relámpago de recelo atravesó por los ojos de don Higinio. Le parecía
extraño--y me lo dijo,--que una vez resuelto á casarme, lo dejara
para más tarde, sin ardor juvenil de inmediata realización. Que antes
vacilara, sí, es comprensible; pero, decidido ya, la demora resultaba
menos natural. ¡En fin! que él no hubiera obrado así, y en su tiempo
la gente se casaba sin preocuparse de las revoluciones. ¡Pero, sobre
gustos no hay nada escrito!

--Será, pues, para el año que viene. Escríbele á Teresa. Yo mismo le
llevaré la carta para ver la cara que pone.

¡Escribirle! Siempre he tenido miedo de escribir cosas comprometedoras,
y la carta anterior me había costado prodigios de ingenio. Salí del
paso lo mejor que pude.

--Ella ya sabe--dije.--Lo sabe desde antes de venirme á la ciudad.

--¡Ah, picarones!... ¡y qué calladito lo tenían!

Se quedó todo el día conmigo, haciendo proyectos, castillos en el aire,
como si él fuera el novio. Seríamos reyes en Los Sunchos, y en la
ciudad, y en el mismo Buenos Aires, donde Teresa brillaría un día como
una reina.

Aquí se me escapó una réplica, que tuvo más tarde consecuencias
trascendentales.

--Déjese de eso, viejo--le dije.--Teresa es demasiado modesta para que
se pueda lucir en Buenos Aires. De allí vengo, y debo prevenirle que
las mujeres tienen una educación muy distinta, son grandes señoras, no
muchachas ignorantes, como las de nuestros pueblitos de provincia.

Se quedó mirándome, sin replicar palabra, como si mi frase le hubiera
producido la más honda impresión, y nuestra charla terminó con esto.

Cuatro días después, una carta de Teresa me daba noticia de lo ocurrido
en Los Sunchos, á la llegada de don Higinio. Éste, loco de alegría,
le había dicho que yo acababa de pedir su mano. Ella, cuando el viejo
agregó que el casamiento se celebraría el año siguiente, no pudo
reprimir un grito:

--¡Cómo el año que viene! ¡Es imposible, imposible! ¡Si mucho antes!...

El viejo, alarmado, aunque sin dar toda su significación á estas
palabras, preguntó, suplicó, amenazó, y al fin lo supo todo. Su cólera
fué indescriptible. Quería montar á caballo y correr á la ciudad á
llevarme «de una oreja» para hacerme casar inmediatamente ó matarme
como á un perro si me resistía. Y lo hubiera hecho como lo decía, si
no le hubiera dado un ataque á la cabeza, que lo dejó tendido en medio
del patio, mientras apretaba la cincha á su alazán. ¿No digo que las
mujeres, tan reservadas siempre, siempre son indiscretas cuando sufren
una gran emoción? Pero, en fin, el mal trago había que pasarlo, tarde ó
temprano. Por fortuna, el bendito ataque vino á cambiar completamente
el rumbo de las cosas, porque don Higinio me casa, como hay Dios que
me casa ó me mata, si no pierde el sentido y no tiene que guardar cama
después, muchos días, con ventosas, cáusticos, sangrías y toda la
terapéutica provinciana de aquel entonces.

Otras cartas de Teresa me tranquilizaron. Haciendo de enfermera del
viejo había logrado enternecerlo, impedirle que provocara un conflicto,
gracias á su debilidad momentánea, á su cariño de padre y á la
confianza que tenía en mi caballerosidad. Lo hecho, hecho estaba. Había
que ocultar la falta, lo mejor posible; cuando nos casáramos, que debía
ser inmediatamente, iríamos á hacer un largo viaje á Chile, á Europa,
al Paraguay, á cualquier parte, y volveríamos con nuestro hijo, sin que
nadie tuviera nada que decir. Pero el viejo «quería, tenía que hablar
conmigo, cantarme la cartilla, exigirme seguridades de que cumpliría mi
palabra, si no me obligaba á casarme en seguida. ¡Esto sería lo mejor!»
La idea de venganza, la de sangre, había pasado por el momento; pero
el peligro cambiaba de aspecto: el casamiento sería ineludible, si yo
no quería sentir la pesada mano de don Higinio, ó, por el contrario,
hacerle sentir la mía y provocar con ello un terrible escándalo que
haría fijarse todas las miradas en nosotros y que necesariamente sería
muy perjudicial para mi porvenir, porque, si bien las faltas y aun
los delitos pueden perdonarse y hasta olvidarse en provincias, si no
trascienden mucho y se ha sabido guardar las formas, la condenación
general, implacable, persigue á los que violentamente perturban el buen
orden social.


                                 XVIII

La situación política se hacía más tirante cada vez, el interior
estaba agitado y receloso, Buenos Aires con las armas en la mano,
dispuesta á romper las hostilidades contra el Gobierno nacional,
contando con la ayuda más ó menos ilusoria de dos ó tres provincias.
Nosotros, en realidad, no teníamos nada grave que temer, pues nuestro
pueblo es tradicionalmente adversario del porteño; pero en épocas tan
revueltas, nunca faltan ambiciosos que aprovechan las circunstancias,
y la oposición local era muy capaz de servirse de ellas para provocar
un cambio de Gobierno que la llevara al poder. Así lo comprendíamos
los que pulsábamos la situación con alguna perspicacia. Era fácil
ver que los opositores se movían disimuladamente, preparando algo,
un golpe de mano ó una revolucioncita de las que tanto abundaban por
aquellos tiempos. No tenían, sin duda alguna, la menor intención de
ayudar á Buenos Aires, pero desde hacía mucho soñaban con derribar al
Gobernador, don Carlos Camino, de quien hablaban pestes, quitándole al
diablo para ponerle á él. No administraba Camino peor que otros, pero
no podían perdonársele sus costumbres disolutas, y, especialmente, su
afición al bello sexo de baja estofa, que lo lanzaba á inconfesables
aventuras en las que sólo le seguía su asistente, Gaspar Cruz, paisano
retobado, valiente como las armas, fiel como un perro, para quien
el mundo estaba exclusivamente cifrado en el Gobernador, persona
excepcional, casi divina, según su cerebro obtuso y fetichista. Marido
de una matrona ejemplar, casta y piadosa, padre de dos lindas muchachas
candorosas é inteligentes, Camino era considerado realmente como un
criminal, en los círculos austeros, y aparente y utilitariamente en los
que no lo eran tanto, pero podían aprovecharse de su desprestigio. En
suma, muchos le tenían por una especie de tirano corrompido, y, si no
contribuían á derrocarlo, no harían nada por sostenerlo, tampoco.

Vi muy claras las ventajas que me ofrecía aquella situación, y no
tardé en utilizarlas. Una noche que, con otros personajes, estaba de
visita en casa del Gobernador, llevé la conversación á las agitaciones
populares, declarando que, á mi juicio, eran mucho más graves de lo que
se creía. Varias personas, con ese espíritu de torpe adulación que hace
negar hasta la evidencia, si ésta puede ser desagradable al que quieren
lisonjear, y aunque con ello le expongan á los mayores peligros, me
replicaron entre risas que estaba viendo visiones, y que me asustaba de
fantasmas.

--¡No! ¡no hablo á tontas y á locas!--exclamé.--Tengo datos, y si el
Gobernador quiere escucharme y seguir mi consejo, no durmiéndose en
las pajas, podrá evitarse un mal rato. Más tarde, ya no sería tiempo.

Camino quedó un tanto preocupado, pero supo disimular, y, al cabo de
un momento, me llamó aparte para que le contara lo que sabía. Exageré
un poco, creyéndolo necesario para mis fines. La oposición se armaba
secretamente--lo que era cierto,--tenía en la ciudad verdaderos
arsenales, mucha gente comprometida, paisanos que entrarían en campaña
á la primera señal, una especie de logia revolucionaria que funcionaba
todas las noches, y hasta inteligencias en la misma policía, muchos de
cuyos agentes estaban complotados.

--¡Pero qué hace don Mariano!--exclamó el Gobernador, alarmado,
refiriéndose al viejo Villoldo, jefe de policía.

--Don Mariano no ve más allá de sus narices, está medio chocho y
toda la vida ha sido débil--contesté.--Y en estos momentos lo que se
necesita es un hombre resuelto, que no se preocupe de «legalidades» ni
se ande con paños calientes...

--¿Dónde encontrar ese hombre?

--¡Vamos, Gobernador! ¿No lo tiene delante?

--¿Usted? ¿Usted se considera capaz?...

--¿De sofocar ó de impedir una revolución? ¡Sí, Gobernador, muy capaz!
Si usted me da la jefatura de policía y me deja completa libertad de
acción, le aseguro que antes de quince días todo estará más tranquilo
que nunca. Pero, ¡eso sí! ¡nada de escrúpulos tontos y carta blanca
para mí! Habrá que meter bastante gente en la cárcel.

--Pero, la opinión...

--¡Bah! En las circunstancias actuales hay que hacer la pata ancha;
además, no pueden ser más favorables, porque con la agitación completa
del país, un detalle más uno menos, viene á ser la misma cosa. ¡Déjeme
hacer, Gobernador, y verá como todo sale bien!

--¡Bueno... lo pensaré!--murmuró, perplejo.

--No. No es cuestión de perder tiempo. Hay que decidirse. Nómbreme ó
no me nombre á mí, don Mariano Villoldo no puede quedar en su puesto
si usted quiere seguir en el gobierno. Es cuestión de días, quizá de
horas, y puede que en este mismo momento se esté preparando la ratonera.

--¡Bien! ¡Está dicho!... Voy á llamar á don Mariano, y mañana será
usted jefe de policía.

--Entendido que conservaré mi banca en la Legislatura...

--¿Cómo? ¿Y la Constitución?

--Es un librito, decía el viejo Vélez. La Constitución no dice que
un diputado no puede ser jefe de policía. Y aunque lo dijera, en
circunstancias tan excepcionales... Me interesa conservar el puesto por
si algún día dejo la policía... ó á usted se le antoja quitármela...

--En fin, la Cámara decidirá.

--No. Si ahora mismo voy á pedir licencia por tiempo indeterminado. ¡Y
carta blanca, eh! ¡Necesito poder obrar resueltamente, como un rayo, en
el momento oportuno!...

Don Mariano Villoldo renunció aquella noche, á pedido del Gobernador,
y al día siguiente comencé á ejercer mis nuevas funciones de jefe
político de la provincia, con gran sorpresa de todo el mundo, porque
nadie se explicaba tan enorme salto. Abundaron las críticas, porque «un
mocozuelo» al frente de la policía no podía hacer más que barrabasadas.
Pero dejé hablar y me dediqué á reorganizar mi gente, valiéndome de
los comisarios y oficiales en quienes se podía tener confianza. La
tarea era ardua, tanto más cuanto que debía llevar de frente al propio
tiempo, las averiguaciones de lo que tramaba la oposición, y hallar
ó inventar una buena oportunidad para poner presos á los cabecillas,
secuestrarles las armas y quitarles las ganas, por un tiempo, de
meterse á revoltosos. Día y noche pasaba en el despacho, dando órdenes,
escuchando partes y confidencias, recibiendo espías, amonestando á
subalternos dudosos, pero de quienes todavía se podía esperar algo.
Hasta dormía en mi despacho, para estar «al pie del cañón». Los
opositores se reunían unas veces en una parte, otras en otra, nunca
dos días en el mismo sitio, pero no me sería difícil sorprenderlos en
cuanto quisiera, pues no me faltaban indicaciones oportunas del local
elegido. Sin embargo, no precipité las cosas, para no dar golpe en vago
ni provocar demasiada crítica.

En esto, sobrevino el rompimiento entre el Gobierno Nacional y el de
Buenos Aires, como si quisieran servirme exclusivamente á mí, tanto en
los asuntos privados cuanto en los políticos. Llegóme, aun antes que al
Gobernador, noticia de los sucesos: el Presidente de la República, sus
ministros y gran parte del Congreso habían abandonado la ciudad rebelde
que se fortificaba, y á la que ponía sitio el ejército de línea. La
lucha iba á ser terrible, pues los porteños parecían dispuestos á no
cejar y tenían numerosas fuerzas de guardias nacionales, de voluntarios
criollos y extranjeros, y algunas tropas veteranas. La ciudad estaba
rodeada de fosos y trincheras y los puestos avanzados defendidos
estratégicamente. Era una revolución en regla, como no la había habido
desde muchos años atrás, y como era de temerlo, dados los largos y
ostensibles preparativos... El país entero se hallaba bajo el estado de
sitio.

En cuanto supe esto y antes de que pudiera hacerse público, renuncié
á esperar otra oportunidad, y ya no traté de tomar reunidos á los
presuntos revolucionarios. Usando de los plenos poderes que tenía,
impartí mis órdenes, y corrí á casa de Camino, para darle cuenta de lo
que acababa de hacer.

--En estos momentos--le dije,--sacan de sus casas á todos los jefes
de la oposición, y por mi orden los llevan á la policía. Puede V. E.
estar tranquilo. Aunque no tema el más ligero disturbio, le mandaré un
piquete para su custodia, bajo las órdenes de un hombre de confianza.
¡Todo va bien!

Quiso pedirme mayores datos, pero dejé los detalles para más tarde,
limitándome á decir que Buenos Aires acababa de sublevarse, como se
temía, y agregando:

--Ya comprende, Gobernador, que con los sucesos de Buenos Aires todo
está justificado y nadie tendrá nada que decir. En cuanto secuestre las
armas, y después de tenerlos un tiempo á la sombra, para que aprendan
á no meterse á sonsos, los pondremos en libertad y ya no volverán á
alborotar en muchos años.

--Sí, pero, ¿y los ministros?

--¡Valiente preocupación! Reúnalos y dígales... Están acostumbrados á
callarse y aprobar.

Cuando volví á mi despacho comenzaban á llegar á la policía los
primeros detenidos, unos protestando enérgicamente contra el
«atropello», el allanamiento de su casa sin orden de juez, la violencia
contra sus personas, otros asustados y temblando, como criminales, los
menos serenos y dignos, diciéndose que desde un principio sabían á
lo que se exponían, algunos, por fin, suplicando que los pusieran en
libertad, porque ellos «no habían hecho nada», como los muchachos de
la escuela. En casos así, los gobiernos de provincia solían no ser muy
blandos que digamos, y vejaban á los opositores presos, encerrándolos
en calabozos inmundos, maltratándolos, obligándolos á hacer las tareas
más viles, como limpiar los excusados ó barrer las aceras y la plaza
pública. Esto se explica. Las autoridades, y especialmente la policial,
estaban siempre en manos de hombres rudos y toscos que habían ido, á
veces desde años enteros, amontonando rencores, y deseaban vengarse
de desaires y desprecios no por lo disimulados menos hirientes y
sangrientos. Yo no tenía nada que vengar y quise ser buen príncipe.
Ordené que se tratara á mis prisioneros con toda consideración, que se
les alojara lo mejor posible en las oficinas, que se les permitiera
hacerse llevar cama, ropa y comida, todo esto manteniéndolos, sin
embargo, incomunicados con el exterior, y hasta me digné hacer que uno
de mis subalternos les diera noticia de la revolución bonaerense, y
les explicara que el Gobierno se veía obligado á tomar precauciones
excepcionales, para la seguridad del país.

Entretanto, valiéndome de lo que habían descubierto mis espías y, sobre
todo, de lo que me revelaron algunos conspiradores débiles de carácter,
por librarse del castigo, y otros venales, por obtener recompensas,
supe dónde estaban ocultas las armas--casi todas,--y las hice recoger.
La conspiración quedaba sofocada: teníamos quince ó veinte opositores
de significación detenidos, y habíamos secuestrado un centenar de
fusiles viejos, casi inservibles, y otras tantas lanzas hechas con
cañas tacuaras y tijeras de esquilar.

En medio de toda esta agitación, tuve una sorpresa que en un principio
me fué ingratísima, pero que me llegaba, precisamente, en el momento
más favorable para mí, como no tardé en comprenderlo. Mi despacho
estaba lleno de gente, cuando un ordenanza me anunció que don Higinio
Rivas deseaba hablar conmigo. Había sonado la hora trágica. Un momento
estuve por retardarla, no recibiendo al viejo, pero me pareció
demasiada cobardía, y mirando al destino cara á cara, le hice entrar,
sin despedir á mis subalternos.

Casi no reconocí á don Higinio. La enfermedad lo había adelgazado y
debilitado mucho, y las preocupaciones, los sinsabores, el amor propio
herido, después de provocar un paroxismo de rabia, lo habían dejado
como inquieto y vacilante. Su cara de león manso, alargada y arrugada,
expresaba más bien melancolía que fiereza, y sus ojillos negros,
bajo las cejas blancas é hirsutas, no se fijaban ya ni resueltos ni
investigadores, sino que vagaban indecisos, de una á otra persona, de
uno á otro objeto.

--Quiero que hablemos solos--me dijo después de saludarme
desabridamente.

--Un momento, don Higinio, y estoy á su disposición. Tengo que dar
algunas órdenes... Pero siéntese... Las circunstancias son tan
graves... Afortunadamente, no tengo secretos para usted...

Di, entonces, con exagerada prosopopeya mis últimas instrucciones á
comisarios y oficiales, y me pareció conveniente--más por don Higinio
que por otra cosa,--extremar las disposiciones guerreras ofensivas y
defensivas: dispuse el acuartelamiento de los vigilantes con las armas
en la mano, la instalación de cantones en los puntos estratégicos para
defender la casa de Gobierno, la Municipalidad, la policía, el Banco,
los domicilios del Gobernador y los Ministros. Con esto, entraban y
salían empleados, presurosos, con aire importante, y don Higinio,
sorprendido, escuchaba con creciente atención, tanto que su rostro
comenzó á animarse y á tomar la astuta y resuelta expresión de antes.
El «politiquero», el caudillo despertaba en él. No me había equivocado
al esperarlo.

--Pero, ¿de qué se trata?--preguntó por fin, sin poderse contener.

--¿Cómo? ¿No sabe?

--Acabo de llegar de un galope de Los Sunchos. He dejado el caballo á
la puerta; no he visto á nadie, sino á tu sirviente que me dijo que
estabas aquí.

--Pues estamos en momentos muy difíciles. Ha estallado la revolución,
terrible, en Buenos Aires, y aquí se iban á sublevar también si no los
sorprendemos á tiempo. ¡Por eso me ve usted nada menos que de jefe de
policía, don Higinio!

--Jefe de policía... Revolución... ¡Y yo sin saber nada!...

Olvidando por un momento lo que lo llevaba, obedeciendo á sus
instintos, quiso saber cuanto ocurría, me pidió datos, aclaraciones,
detalles... El primer encuentro, que me hacía temblar, estaba atenuado
como por un para-golpes, por la oportunísima revolución, que Dios
bendiga. Y aun me era posible atenuarlo más, dificultando para después
cualquier choque violento.

--Usted llega como llovido del cielo--le dije en voz baja.--El piquete
que hace la guardia en casa del Gobernador, está mandado por un oficial
que no me inspira confianza. Usted podría ponerse al frente de él. ¡Es
necesario!

--Si crees que puedo servir...

--Voy á redactar la orden de que el piquete se ponga á su disposición.
Usted es amigo de Camino, y él estará más tranquilo á su lado.

Juzgué que había llegado el momento de hablar del asunto principal,
y mientras escribía, pedí que nos dejaran solos, indicando
reservadamente que alguien volviera al poco rato para interrumpir la
entrevista.

Al entregarle el pliego, me atreví á tomar al toro por las astas.

--¿Quiere decir que no ha venido por la revolución?

Se levantó, hosco y turbado, dió algunos pasos, como buscando la manera
de empezar, y estalló:

--¡No! ¡No vengo por eso! ¡Vengo por una cosa muy grave y muy triste,
por una cosa tremenda, Mauricio!... ¡Nunca lo hubiera creído!

Se interrumpió para dominarse, y con voz lenta y sorda, agregó luego:

--Tenés que casarte... inmediatamente.

--Inmediatamente, ¿por qué?

--¡Sí, inmediatamente! Teresa me lo ha confesado todo... No quiero
echarte en cara tu conducta, ni decirte lo que pienso de tu decencia.
Pero, eso sí, te lo repito: ¡Tenés que casarte inmediatamente!...
¡Estas son vergüenzas que no admiten los Rivas!

Con acento que busqué conmovido y firme al par:

--¡Bien sabe, don Higinio--repliqué,--bien sabe que quiero casarme y
que ya lo habría hecho si no fuera por la situación! Quiero á Teresa, y
ya que usted está al corriente de lo que pasa, le juro que no la dejaré
en mal lugar... ni á ella, ni á usted, que ha sido siempre como mi
segundo padre...

Noté en él cierta emoción. Temía, probablemente, encontrarse con la
negativa, con el drama, y la falta de resistencia lo hacía vacilar,
como después de un golpe en vago, y deslizarse hacia la comedia
sentimental.

--¿Te casarás inmediatamente?

--En cuanto sea posible.

--¿Me das tu palabra?

--Sí.

--¡Bueno!--y me estrechó la mano, con lágrimas en los ojos.--Entonces
mañana mismo nos iremos á Los Sunchos.

--¡Eso no puede ser, don Higinio! ¿En qué piensa? ¡Sería más que
una locura, una verdadera traición! En este puesto y en estas
circunstancias, soy militar, soy soldado, y no puedo desertar...

--Sí, pero, ¿y el honor de Teresa, y el mío? Te repito que la cosa
urge, que el escándalo va á venir, ¡y que yo eso no lo tolero!

Se había puesto rojo, reconquistando su cabeza de león... Yo acababa
de tocar disimuladamente la campanilla eléctrica... El comisario
de órdenes entró en el despacho. Le hice seña de que esperase, y
dirigiéndome á Rivas:

--Vaya tranquilo, viejo--le dije afectuosamente.--Todo se arreglará á
medida de sus deseos; todo. Ahora, á cumplir cada cual con su deber.
El Gobernador lo necesita. Defiéndalo, tome todas las medidas que le
parezca y téngame al corriente.

Quiso insistir, pero la presencia del comisario lo contuvo. Hizo un
ademán de descontento y salió.

Aquella misma noche hice que Camino lo nombrara comandante militar
extraordinario de Los Sunchos, con plenos poderes, encomendándole
la misión de impedir el paso, por el departamento, de partidas
revolucionarias procedentes de otras provincias, para lo cual se le dió
un piquete del guardia de cárceles, refuerzo necesario de la escasa
policía local. Debía prepararse, también, á movilizar la guardia
nacional en cuanto le llegara la orden.

Con esto ganaba tiempo. ¡Tiempo! No me era necesaria otra cosa, porque
sabía y sé cuánta es la fuerza de los hechos consumados. En cuanto
pasara el momento fisiológico que temíamos, en cuanto se impusiera lo
irremediable, en cuanto se comenzara á pensar «peor es meneallo», yo me
encontraría fuera ó casi fuera del atolladero. Con un poco de habilidad
y un poco de suerte, aquel cuasi drama sería, sólo, historia antigua...

Días después supe que don Higinio había enviado á Teresa á la chacra
de unas parientas pobres en quienes tenía plena confianza y que vivían
muy lejos de Los Sunchos, entre el pueblo y la ciudad. Comenzaba la
complicidad, provocada por el mismo «honor». Un esfuerzo más y me vería
libre para siempre. El esfuerzo necesario era toda una hazaña, pero
lo realicé. Fuí á ver á Teresa. Entre halagos y ternuras, le pinté mi
situación, mi porvenir, el grande ascenso obtenido y los que se me
ofrecían aún. Pero era preciso no ponerme piedras en el camino, era
preciso no comprometerme con un escándalo, era preciso llegar hasta el
sacrificio para ser felices después, como recompensa.

--¿Qué sacrificio?--me preguntó con su candor pronto ya á todas las
abnegaciones.

Se imponía retardar nuestro casamiento hasta que yo hubiera consolidado
mi posición. Y tuve la crueldad--de que ahora me arrepiento por sus
consecuencias,--de decirla que ella no estaba preparada ni por su
educación, ni por su saber, ni por su modo de vestir, para ser la digna
esposa de todo un personaje. Tenía que modificarse, que estudiar, que
ponerse á mi altura, y entonces...

--¿Pero qué pretexto darle á tatita?

--Dile que no tienes confianza en mí, que soy demasiado calavera, que
te haría desgraciada, que te mataría á disgustos y ¡que no quieres, en
fin!

La dejé llorando como una Magdalena, sin haber querido decirme si
accedía ó no á mis pretensiones. Pero me fuí tranquilo. ¡Conozco tanto
el corazón humano!

La revolución acabó pacíficamente en mi provincia, no sin sangre y
padecimientos en Buenos Aires, sitiada y, al fin, vencida--esta vez
para siempre,--por las fuerzas de la nación.

Al propio tiempo, nacía el nieto de don Higinio, sin que lo supiera en
un principio demasiada gente, así como después lo supo todo el mundo.
El viejo no volvió á verme, á causa, sin duda, de la actitud de Teresa,
y, avergonzado, meses más tarde, se fué á Buenos Aires con ella y el
niño. Al marcharse, la pobre me escribió recordándome mis «sagradas
promesas, más sagradas ahora que tenemos un hijo», y prometiéndome
esforzarse por ser toda una señora que me hiciera honor en cualquier
parte... ¡Oh, esperanza! ¡oh, candor! ¡oh, ilusiones!

Yo, entretanto, me limitaba á observar la realidad, á utilizarla, con
la vía libre, al fin.



                                NOTAS:

[1] Ver «La ciudad indiana» de J. A. García.

[2] Mezcla de ajenjo, horchata y agua, usual entonces y llamada _suisé_
porque... el ajenjo venía de Suiza...



                             SEGUNDA PARTE


                                   I

Pasó tiempo, no sé cuánto, aunque á mí me pareciera bien largo en
aquella edad privilegiada en que no se toman en cuenta las horas,
ni los días, pero en que los años parecen tener el privilegio de no
acabarse jamás. Y aunque, terminado el período de Camino, tuviéramos
entonces otro gobernador--don Lucas Benavides,--éste se mostraba mi
amigo y yo seguía desempeñando mis puestos, no diré con brillo, pero
sí con cierta discreción que hizo acallar muchas de las malevolencias
suscitadas en un principio por mi inesperado encumbramiento. Se
me agradecía, sin decirlo, la cortesía y la blandura que había
demostrado para con los presos políticos, en la hora tragi-cómica
de la revolución, contra todas las tradiciones y los precedentes
provincianos. Aunque lo comprendiera muy bien, quien me confirmó en
este pensamiento fué Vázquez, al volver con su título de doctor, recién
conquistado en la Facultad de la provincia vecina. Alabó mi conducta,
demostrándome que yo había dado un paso hacia las mejores costumbres
políticas y sociales que los buenos ciudadanos soñaban para nuestro
país.

--Empiezas bien--me dijo,--y no esperaba tanto de ti. Esas
demostraciones de cultura son más eficaces que las barrabasadas de
antaño, y elevan el nivel moral del país.

--¡Bah! ¡No seas exagerado!--repliqué.--He hecho lo que cualquiera.

--No. Has hecho más que otros: has dado un buen ejemplo.

Contribuía, sin duda, á su juicio benévolo, que á mí, en realidad, me
importaba bien poco, el estado beatífico en que se hallaba, con un
título respetable para la mayoría, recursos suficientes que su padre
le proporcionaba, y una novia bonita y de alta posición social--María
Blanco.--Pero, al decir novia, no me sirvo de la palabra exacta, porque
María Blanco, la patricia por antonomasia, no hacía, en realidad, más
que «distinguirlo», dejando suponer estas distinciones que llegaría
probablemente á ser su novia. No estaban «comprometidos» en forma
alguna, según él mismo me lo confió en un momento de expansión. Con
todo, la posición social, sentimental y pecuniaria de Pedro, era
brillante.

Yo, en cambio, atravesaba un momento algo difícil: había jugado mucho
en todo aquel tiempo, pues, aparte las intrigas amorosas, y según
creo haberlo dicho ya, no se me ofrecía otra diversión en aquella
ciudad amodorrada y taciturna. Y así como había jugado había perdido,
casi hasta agotar mi crédito. Tampoco me era posible, por el momento,
echar mano de mi fortuna, grande ó pequeña, porque estaba indivisa con
mamita, y liquidarla entonces hubiera sido una locura que nos dejara en
la calle.

Para remachar el clavo, en una larga partida con varios personajes
venidos de Buenos Aires, perdí cierta noche unos diez mil pesos (no
eran diez mil pesos, en realidad, sino su equivalente, no adoptado aún
el actual sistema monetario), y para pagar me vi en las más graves
dificultades. Ya desesperaba de conseguir un préstamo tan crecido,
cuando me acordé de Vázquez, y acudí á él, como último recurso,
pensando que sería de buena política ocultarle la verdadera causa de
mis apuros.

--Quiero instalarme bien--le dije,--poner una casa decorosamente
amueblada, y me acosan al propio tiempo algunas deudas apremiantes. Tú
sabes que tengo con qué responder y que no estoy en el caso de trampear
á nadie; pero te agradeceré como un señaladísimo servicio que me
prestes veinte mil pesos, lo más pronto posible. ¿Los tienes? Porque no
dudo que, á tenerlos, me los prestarás inmediatamente...

--Haces bien en no dudar; pero, por el momento, no los tengo--me
contestó.--Habría que esperar...

--¡Es que el caso es urgente, muy urgente!

--Entonces, no se trata sólo de instalarte.

--Ya te dije que tenía algunas deudas de honor.

--¡Vaya! ¡sé franco! ¿has jugado y has perdido?

No vacilé, entonces, en decirle la verdad.

--Es cierto--exclamé.--Por eso hablaba de una deuda de honor. Tienes
buen olfato. ¿Podrás, aunque sea haciendo un sacrificio, procurarme
esos pesos dentro de las veinticuatro horas? ¿de las doce, mejor dicho,
porque ya llevo otras doce perdidas?

--Sí. Acompáñame, y los tendrás.

Fué á ver á uno de sus parientes, que no vaciló en prestarle la
suma, sobre sólidas garantías probablemente, porque los viejos de mi
provincia no soltaban el dinero así como así, ni aunque se tratara de
su padre. Abreviando: aquella misma tarde pude pagar á mis ganadores,
quedándome con una cantidad importante, que me permitiría comenzar á
poner casa, como era, en realidad, mi deseo, y, buscando el desquite,
hacer una que otra partidita. Vázquez no quiso aceptar pagarés, ni
siquiera un recibo...

Yo había vivido hasta entonces en el hotel, bastante bien instalado,
pero esto me traía más de una seria dificultad, pues no me hallaba
«en mi casa», y todos mis actos se veían continua y necesariamente
fiscalizados, no sólo por la servidumbre, más ó menos fiel y discreta,
al fin y al cabo, sino también por los extraños que iban á hospedarse
allí. Aunque mi departamento estuviera relativamente aislado, sin
otros aposentos vecinos, al fondo de uno de los grandes patios de la
vetusta casa de familia, transformada en hotel de la noche á la mañana,
era imposible impedir que los huéspedes pasaran á menudo por mis
dominios, y, más que todo, que vieran quién entraba y quién salía de
mis habitaciones. Tomé, pues, una casita en una calle poco frecuentada
pero muy céntrica, y la amueblé, aunque modestamente, con las mayores
comodidades que entonces podían conseguirse en provincia. Hice,
también, arreglar el pequeño jardín que, con sus cuatro higueras, sus
seis perales y su grupo de «albarillos», extendiéndose detrás de las
habitaciones, iba á dar á otra calle, más solitaria aún que la primera.
Tenía así casa y garçonnière al propio tiempo, y como jefe dirigente
de todo aquello, puse á mi antiguo compinche Marto Contreras, el hijo
de mi amigo el mayoral de la diligencia de Los Sunchos, que--aspirando
á la dignidad de «vigilante», como á un bastón de mariscal,--me había
pedido muchas veces que lo llevara á la ciudad, y hombre en quien podía
confiar tan ciegamente como Camino en su asistente Cruz.

Hecho esto, sintiendo de nuevo la escasez de fondos, resolví pensar
seriamente en mis asuntos de interés, y darme cuenta exacta del estado
de nuestra fortuna.

Don Higinio había preparado muy hábilmente el negocio de la chacra,
obligado punto de partida de nuestro posible enriquecimiento, pero en
los últimos tiempos lo dejó completamente de mano, como es natural,
aunque--debo decirlo en honor suyo,--sin destruir, la obra con
vindicativo espíritu, quizá por ingénita caballerosidad, quizá porque
abrigara aún la esperanza de verme yerno suyo, quizá también porque
yo era ya demasiado fuerte para hacerme la guerra con armas pequeñas
y miserables. Había que herirme de muerte ó no tocarme, sin término
medio. Entretanto, como nadie se ocuparía del negocio si no me ocupaba
yo, resolví ir á Los Sunchos, á darle la última mano, aprovechando la
noticia de que la oposición, lanzada años atrás en ese camino por la
habilidad de Rivas, reclamaba á gritos la apertura de las calles que mi
chacra interceptaba, sin darse cuenta de que así hacía precisamente el
juego de uno de sus enemigos. En mi carrera política, muchas veces he
tenido oportunidad de ver producirse este fenómeno, más común de lo que
se creerá. No hay mejor colaborador que el adversario, cuando uno sabe
servirse de él.

Un día, pues, salí para Los Sunchos, con toda la pompa que exigía mi
alta posición de diputado y jefe político, aunque con la aparente
modestia que cuadra á un demócrata criollo. Fuí á caballo, vestido de
bombacha, poncho, chambergo y botas, pero llevando conmigo una pequeña
escolta, como que iba «en misión oficial» á realizar una visita de
inspección á las policías de los departamentos, y especialmente del
mío. Era bueno no dejar que aquellos «tigres» supieran exactamente
mis propósitos, porque eran capaces de «coimear» á la misma
madre, y aunque yo estuviese resuelto á darles algo, no llegaba mi
desprendimiento hasta dejarles «mañas libres», como suele decirse
alrededor del tapete verde.

Noticiosas de mi llegada, las autoridades locales me aguardaban con
una gran recepción. Algunos funcionarios salieron á caballo hasta
las afueras del pueblo, como se hacía con los antiguos señores, y
me acompañaron hasta la Municipalidad, donde se había preparado
un «refresco», y donde estaban reunidos numerosos vecinos, con la
infaltable banda de música.

Allí hubo abrazos, apretones de manos, aclamaciones, brindis, marchas
triunfales, Himno Nacional y un largo discurso encomendado de antemano
á mi amigo, el galleguito de la Espada, quien me llamó «orgullo de Los
Sunchos, hijo predilecto de la provincia y ahijado de la fortuna y de
la gloria», provocando los aplausos entusiastas del partido oficial
reunido para honrarme. Traté de escapar á estos agasajos, demasiado
rústicos ya para mi incipiente refinamiento de funcionario de ciudad,
pero no lo conseguí antes de sostener este corto diálogo con el
director de _La Época_.

--¡Eres un ingrato!

--¿Por qué?--inquirí, sorprendido.

--Yo esperaba que me llevarías á la ciudad. ¡Esto no es vida! ¡Aquí me
estoy malgastando!

--Pero, ¿qué harías allí?

--¡Toma! Dirigir, ó siquiera redactar algún diario. ¡Ya sabes que tengo
dedos para organista! Allí te puedo ser muy útil, y aquí no te sirvo
á ti, ni me sirvo á mí, ni sirvo á nadie. ¡Ea! ¡un buen movimiento, y
búscame algo por allá!

--¡Pero hijo! ¡No me puedo llevar al pueblo entero, y ya sabes á
cuántos he tenido que colocar... sin tener dónde! ¡Los Sunchos en masa
se me cae encima!...

--¡Razón de más! Nadie te ha servido como yo. ¡Y eso es ingratitud,
Mauricio!

Me lo decía con tal mezcla de seriedad y de jarana, que no pude menos
que reirme y prometerle trabajar para que se fuera á la ciudad en
buenas condiciones. Y escapé con el pretexto de abrazar á mamita, que
estaría aguardándome ansiosa.

Lo estaba, efectivamente, y se arrojó en mis brazos llorando y riendo
á la vez, sin atinar á decir otra cosa que «¡Mi hijito! ¡Mi hijito!»
como si yo acabara de resucitar. Mucho me costó conseguir que calmara
sus transportes y se sentara en aquel comedor desmantelado y pobre, tan
lleno de recuerdos como vacío de muebles. Entonces pude verla. En la
soledad había envejecido con una rapidez increíble. Diríase que era más
baja, mucho más delgada, con la columna vertebral como un arco, y así,
tan menuda, tan llena de arrugas, con sus bandós blancoceniciento, mi
pobre vieja estaba «hecha una pasita». Sonreía, sin embargo, entre las
lágrimas que seguían corriéndole por las mejillas descarnadas.

--¿Te quedarás ahora?--me preguntó.

--Sí. Unos cuantos días...

--¡Otra vez separarnos!

--Es preciso, mamita, si usted no quiere venirse conmigo á la ciudad...
Yo no tengo nada que hacer en Los Sunchos...

--¿Nada?--y había como un reproche en su voz, al decirlo.--¡Es
cierto!... Los muchachos de hoy... Pero yo sí, tengo que hacer... Yo no
me puedo ir á la ciudad... Esperaré que vengas á verme... Pero, «vení»
más á menudo... Yo no puedo ir...

Después supe la razón de esta insistencia en quedarse: rendía á la
memoria de tatita un culto exagerado, casi enfermizo, llevada por sus
antiguas tendencias místicas, visitando todos los días el sepulcro que
había convertido en un jardín, y que llenaba, sin embargo, de flores
cortadas. No me hizo confidencia alguna, con la reserva característica
de algunas antiguas damas criollas, pero creo que desde que murió
tatita lo consideraba más suyo, más exclusivamente suyo, y renovaba
con su sombra la breve luna de miel. Si no, ¿cómo explicar la especie
de tibieza para conmigo, fenómeno extraordinario que le permitía vivir
voluntariamente separada de mí? ¿Por amor á Los Sunchos? ¿Por temor á
otro abandono, análogo al de su marido viviente? ¿Por amor póstumo que
sentía correspondido desde la tumba?...

Cumplidos estos deberes y llenadas otras formalidades, me ocupé
de estudiar en sus detalles la situación de Los Sunchos. Habíanse
producido algunos cambios, profundos á primera vista: Don Sócrates
Casajuana no era ya intendente municipal ni don Temístocles Guerra
presidente de la Municipalidad. Pero, ¡no haya miedo! El trastorno no
había sido tan radical, porque don Temístocles ejercía la intendencia
y don Sócrates la presidencia, gracias á una serie de hábiles permutas
iniciada años atrás. No siendo reelegible el intendente, habían hallado
este medio de monopolizar el poder en bien de los sunchalenses, sin
tener ya, siquiera, la amable fiscalización de don Higinio. Y jugaban á
las «dos esquinas». Hallábame, pues, en terreno amigo, y podía tentar
la realización del negocio.

--¡La cosa puede hacerse, pero esa maldita oposición!--exclamó
Casajuana, cuando los llamé á conferenciar.

--¡Ahora no lo dejan á uno dar ni siquiera un paso, esos
indinos!--exclamó Guerra.

--¡Vaya, don Temístocles! ¡Vaya, don Sócrates!--dije, riendo
irónicamente.--¡Si la oposición pide á gritos la apertura de las
calles! ¿Ó es que me quieren tomar de ahijado?

Casajuana, el más ladino, se apresuró á contestar, teniendo ya, sin
duda, preparada la objeción... y un rosario de objeciones más, si no
veía claro su provecho:

--¡Ah! pero los opositores alegan que el terreno de las calles es de
propiedad municipal, y que debe volver gratuitamente al municipio.

--¿Cómo así? ¡Qué disparate!--protesté.

--No dejan de tener en qué fundarse. En el plano primitivo del pueblo,
que existe en los archivos, las calles aparecen abiertas en toda su
extensión.

--Ni aunque así fuera--objeté.--Siempre faltaría saber si el derecho de
propiedad no es anterior á ese plano.

--La escritura es posterior--dijo don Sócrates.--Yo mismo he comparado
las fechas. Y lo que «embarra» más las cosas, es que se trata de
terrenos vendidos por la misma Municipalidad.

--¿Con obligación de abrir las calles?

--Eso cae de su peso. Además, ahí está el plano.

--Habría que ver la escritura, que seguramente no habla de las
calles... Y, en último caso, no sé á qué viene ese plano en los
archivos... Allí no hace falta.

Y buscando los eufemismos más hábiles, las «agachadas» criollas, toda
la dialéctica de que era capaz, les insinué que les daría una amplia
participación en el negocio, si eran bastante «gauchos» para allanar
esas dificultades y otras que pudieran presentarse. Como riéndose de
mis melindres, y antes de que me hubiera atrevido á hablarles claro,
comenzaron á debatir la cuestión á cartas vistas, con tanta libertad
como si se tratara de la más lícita de las compraventas. En suma, que
me sacaron un buen pedazo de terreno, y unos cuantos «lotecitos» para
Miró, tesorero municipal, Antonio Casajuana, hermano del presidente
de la Municipalidad, mi antiguo jefe, y varios miembros del Concejo,
cuyos votos había que conquistar. Accedí á todo, que no era mucho, en
la relatividad de las cosas, si se tiene en cuenta que yo les daba
terrenos casi sin valor, que ellos me retribuían con dinero, ajeno si
se quiere, pero contante y sonante. En efecto, la Municipalidad iba á
pagarme á elevado precio la superficie de las calles que duplicarían,
precisamente, el valor de mis solares.

Tuve que vencer otra resistencia más grande: la de mamita, que no
quería por nada ni que se dividiera la propiedad, ni mucho menos que
se sacara á la venta una parte de ella, como era mi proyecto. Quería
conservar la chacra tal y como era en vida de su marido, y toda
modificación le parecía un crimen.

--¡Pero si todo es tuyo!--exclamaba.--Espérate á que me muera, y lo
tendrás, como lo tienes desde ahora, pero no para fraccionarlo ni para
tirarlo á la calle. ¡Fernando no hubiera vendido ni dividido jamás la
chacra!...

--¡Si le convenía, sí, mamita; no lo dude!

Sólo después de discusiones interminables, conseguí que consintiera en
pedir la división judicial de condominio. De otra manera, siempre me
hubiera sido imposible realizar el negocio tan hábilmente planteado.
El sentimiento es mal consejero en países así, como el nuestro, donde
los grandes patrimonios no pueden pasar íntegros de generación en
generación como en Inglaterra y algunas partes de Alemania. Ni tampoco
hay para qué, porque los medios de hacer fortuna suelen ser muy otros.

En fin, terminada mi campaña, me marché de Los Sunchos no sin tener
que soportar antes media docena de banquetes y tertulias con que
mis convecinos me agasajaron, convencidos ya de que yo les hacía
efectivamente honor, y olvidados de mis antiguas hazañas de pillete
imitador de mosqueteros, contrabandistas y bandidos. Pero, como
había salido de la ciudad en viaje de inspección á las policías de
los departamentos, no podía dejar de visitar, siquiera por fórmula,
la Comisaría de Los Sunchos, que seguía rigiendo mi viejo amigo
don Sandalio Suárez, el más asiduo de los concurrentes á todas las
manifestaciones de simpatía que se me habían hecho.

Á la primera ojeada, comprendí que don Sandalio se «comía» veinte
vigilantes, es decir, que sólo tenía la mitad del personal señalado en
el presupuesto, y que el sueldo de la otra mitad servía para aumentar
decorosamente sus modestos emolumentos. Y, cuando pasé revista, me
divertí mucho viendo la cara que ponía al escuchar estas observaciones:

--¡Pero, don Sandalio! Ésta es demasiado poca gente para un
departamento tan grande como Los Sunchos. Habrá que aumentar el
personal. ¿Cuántos hombres tiene?

--Oh, no es necesario aumentarlos--contestó apresuradamente, rehuyendo
la cifra acusadora.--Estos son bastantes.

--Pero, ¿usted me «garante» la situación de Los Sunchos con estos
cuatro gatos, don Sandalio?--insistí.--¡Mire que ésta es una de las
policías más pobres!...

--¿Que si la garanto? ¡Ya lo creo! Dejá no más. Te podés ir tranquilo.
Aquí no se ha de mover una mosca. ¡No faltaba más! ¡Antes que eso
resucitaría el «contingente»!...

--¡Qué don Sandalio éste! ¡No se me asuste! ¡Si todavía hay otros más
comilones!...--dije, por fin, para tranquilizarlo sin pasar por sonso.

Me miró como á un Dios, y desde aquel punto creí en su fidelidad...
mientras continuara de jefe de policía.


                                  II

El asunto marchó viento en popa. El plano primitivo del pueblo
desapareció de los archivos de la Municipalidad. La indemnización
se votó, generosa y contante. Pocos meses después las nuevas calles
estaban abiertas al tráfico público, con gran contentamiento de la
población, y mientras los opositores, caídos por fin de su burro,
gritaban que aquello era una indignidad, un negocio leonino, de
la Espada halló manera de dar en _La Época_ un bombo colosal á la
progresista Municipalidad, y de alabar el patriótico desinterés
de Mauricio Gómez Herrera, hijo preclaro de Los Sunchos, por cuyo
engrandecimiento me sacrificaba, y eminente jefe de policía de la
provincia. Pero no todas eran rosas. El negocio, magníficamente
pensado, era á larga data, y por aquel entonces sólo en parte resultaba
realizable el plan de vender toda aquella tierra dividida en lotes,
y obtener por ella un alto precio, aunque estuviese en el mismo
«riñón» de Los Sunchos. No había llegado todavía la hora de las locas
especulaciones, y era necesario esperar. Con todo, confiando en el
porvenir, y á imitación de algunos atrevidos hombres de negocios, saqué
dinero del Banco y edifiqué algunas casas en los puntos más cercanos
á la plaza pública, cercando de adobes ó con cina-cina lo demás, á la
espera de época más propicia. Como me quedara algún dinero disponible,
poco á decir verdad, quise amortizar mi deuda con Vázquez, y fuí á
verle, llevándole un cheque de cinco mil pesos.

--¡No seas tonto!--me dijo.--Yo, por ahora, no necesito esa platita.
Ya le pagué á mi pariente, y no me hace falta para nada. Cuando la
necesite, te la pediré, y me la pagarás toda junta. Ahora, mientras
no arreglas tus negocios, á ti te hace más falta que á mí. Lo único
que te pido es que si me ves en un apuro y puedes hacerlo, no dejes
de devolverme esos cuatro reales, con tanto gusto como yo te los he
prestado.

--¡Oh, de eso podés estar seguro!--exclamé.--¡Aunque tuviera que
quitarme el pan de la boca!

Resueltas las cosas en forma tan halagüeña, no pensé sino en concederme
unas vacaciones, tanto más cuanto que el país estaba tranquilo,
tascando un freno que á las veces le parecía duro, pero sin poder
sacudirlo, ni siquiera «corcovear», como hubiera dicho don Higinio.

Y fuí á divertirme en Buenos Aires, á donde afluía entonces, más que
nunca, todo lo que las provincias tienen de brillante, como nombre,
como fortuna ó como posición política.

Como la primera vez, después de «despuntar el vicio», concurriendo
á teatros y otras diversiones menos inocentes, visité á mis amigos
y parentela, y, por último fuí á reanudar mis útiles relaciones
oficiales, y á anudar otras nuevas, sobre todo la del Presidente de la
República. Tratábase esta vez de un hombre joven aún, muy criollo y
socarrón epigramático, que guiñaba siempre imperceptiblemente un ojo,
y que, gran conocedor del corazón humano y sus flaquezas, no dejaba
ver nunca, en la intimidad, si hablaba en serio ó si estaba «gozando»
á su interlocutor. Nadie le hubiera reconocido diez ó veinte años más
tarde, pero entonces era, no sé si instintiva ó rebuscadamente, el tipo
del gaucho refinado hasta el extremo de ocultar casi completamente su
procedencia, que apenas se revelaba--pero se revelaba al fin,--entre
otras cosas, en su afán de contar y escuchar anécdotas, así como sus
antepasados se complacían en las interminables «payadas» y en los
cuentos del fogón. Ahora que lo pienso mejor, creo que lo hacía de
propósito, para demostrar más á los porteños su carácter genuino de
«hijo del país», y hasta sentiría ganas de agradecérselo. Me sorprendió
que me conociera de nombre--sin caer en la cuenta de que todos estos
personajes tienen quienes los informen momentos antes de recibir una
nueva pero anunciada visita,--de que supiera lo poco que había hecho yo
hasta entonces, y de que me hablara de tatita como de un viejo amigo
con quien había hecho no sé qué campaña, creo que la del Paraguay,
cuando él era simple teniente. Su acogida me llenó de satisfacción:
no me había recibido como á un cualquiera, sino demostrándome un
grande aprecio y una gran confianza en mi porvenir, casi prometiéndome
toda suerte de distinciones. Creí tener el mundo en la mano, pero no
tardaron en decirme que el presidente era igual con todo el mundo, y
que lo mismo hubiera tratado á su peor enemigo. No lo quise creer.
¿Cómo, entonces, tenía tantos amigos y tan decididos partidarios, en
un país que, si ha heredado mucha parte de la hidalguía española, ha
heredado ó ha aprendido también, de los indios, la sagrada fórmula de
«dando, hermano, dando», traducción bárbara del latino «do ut des»?

--¡En fin, señor Presidente!--pensé,--lo que sea, sonará. Y no he de
bailar al son que me toquen, lo que no significa que me niegue á seguir
detrás de la banda y á marcar el paso como cualquier hijo de vecino. Lo
primero que yo respeto es la autoridad. ¡Y más ahora, que soy, también,
autoridad!...

Al terminar la entrevista, que fué agradable y sin ceremonia, le pedí
que no me olvidara y me tuviera siempre por un resuelto servidor y
amigo.

--Venga á visitarme á menudo, Gómez Herrera--me contestó.--Yo tengo
siempre gusto en conversar con muchachos como usted, y en oir sus
opiniones.

Reiteré, en efecto, la visita, pero viendo que sólo muy á la larga
podría sacar provecho de ellas, y, á pesar de su evidente interés,--las
reuniones no podían ser más amenas,--resolví regresar, dejando, sin
embargo, detrás de mí la convicción de que era un «elemento» con el que
se podía contar en cualquier emergencia.

--¡Vaya sin cuidado! Yo lo conozco bien--fueron las últimas palabras
del Presidente, que no volvió á recordarme, sin duda porque me conocía
más que yo mismo, y sabía que no tenía nada que temer ni nada que
esperar de mí.

¡Hacer que teman, hacer que esperen!--sésamo del éxito en política.
Pero, ya lo he dicho, nadie nace sabiendo...

Con todo, este viaje, mi aparente intimidad con el Presidente--yo había
cuidado de dar publicidad á mis visitas,--y las evidentes vinculaciones
con entidades sociales y políticas de Buenos Aires, contribuyeron
no poco á aumentar mi prestigio, y, por ende, á fijar sobre mí las
miradas de la siempre envidiosa y díscola oposición. De vuelta en mi
capital, de nuevo al frente de la policía, y dando los últimos toques
al negocio de la chacra, reanudé mi vida de holgorio, jugando todas
las noches en el club, aprovechando las oportunidades amorosas que se
me ofrecían, no tanto en las altas esferas cuanto en los bajos fondos,
más accesibles y mucho menos comprometedores, y mis rumbosidades y mis
maneras de gran señor, molestaron á mucha gente. Así como me había
hecho una corte de aduladores á todo trance, así también me hice de
una falange de enemigos irreconciliables, hasta en las filas de mi
propio partido y entre los mismos que me «bailaban el agua delante»,
como vulgarmente se dice. Estos resultan los peores, porque son los
que están más al corriente de nuestra vida y milagros, conocen la
falla de nuestra armadura, y suelen atacarnos en la sombra, con plena
impunidad. Si no fuera por alguno de mis correligionarios envidiosos,
nadie hubiera recordado, quizá, que yo conservaba aún mi banca en
la Legislatura, y que éste era un hecho susceptible de ser probado,
más que cualquier otra de las acusaciones de mala administración, de
pésimas costumbres y lo demás que nunca falta en la foja de servicios
de un alto funcionario, sea porque es realmente culpable, sea porque
es «necesariamente» culpable para sus enemigos ó sus competidores. En
suma, yo era un hombre muy discutido; pero eso, ¿qué quiere decir, y
que querría significar ahora, si yo no hiciera aquí mis «Confesiones»?
Á no tener defectos, me los hubieran inventado, y cualquier costumbre,
hasta una virtud--por ejemplo, la discreción,--me la hubieran
convertido en vicio, llamándola disimulo ó hipocresía. Parece que
entre los hombres sólo hubiera un propósito: matar ó disminuir á los
vivientes, que incomodan ó pueden incomodar, y divinizar y eternizar
á los muertos, incapaces ya de molestar á nadie. Á los que parecen
á punto de triunfar se les opone, por añadidura, los que comienzan;
y éstos, á su vez, ya cerca del triunfo, se ven substituídos por
los que fueron y no serán ya, y por los que, como ellos, serían
posiblemente... si la serie no estuviera constituída en forma de
cadena sin fin... En mi caso, se sacó á luz mi «olvido» de renunciar á
la diputación, y el hecho inconcebible de que siguiera recibiendo la
dieta, mientras cobraba también mi sueldo de jefe de policía, y «otras
gangas». No tardé en darme cuenta del fondo de la intriga. Algunos
correligionarios, asustados de mi creciente influencia, de mi elevación
inusitada, habían buscado un competidor que ponerme delante, pero un
competidor á su juicio más fácil de dominar que yo, si acaso alcanzaba
el triunfo--error inevitable, alucinación en que caen los imbéciles que
resultan derrotados ó sujetos á una fuerza mayor,--y habían dado con
el flamante doctor, honra de su provincia, con mi amigo Pedro Vázquez.
Así, los enemigos, por dar un mal rato al Gobierno, y los amigos por
darme un mal rato á mí, recordaron en un momento dado que había una
representación virtualmente vacante.

Mis competidores veían en Pedrito, al universitario teórico, que
derramaría su elocuencia sin pedir nada en cambio, y que se dejaría
llevar en la práctica por las narices; considerábanle, pues, mucho más
conveniente que yo, que «no daba puntada sin nudo», y que utilizaba mis
puestos sacándoles bien «la chicha». El gobernador Benavides, traído y
llevado por los politiqueros, no tardó en convenir en que era necesario
quitarme la diputación y dársela á Vázquez, pero, aunque decidido á
hacerlo, buscaba la manera de no irritarme demasiado, de sacarme la
muela sin dolor... del sacamuelas... Tan evidente me pareció de pronto
la intriga, que quise precipitarla, haciéndola volverse en favor mío,
hasta donde fuera posible. Y apenas lo pensé, cuando lo puse en planta.

Aleccionado por mis viajes á la capital, y por la frecuentación de
los grandes «restoranes», preocupábame en la ciudad de refinar mis
comidas, así como refinaba el vestido y las maneras. No sólo tenía en
casa un cocinero que sabía preparar algunos pocos platos á la francesa,
sino que en el hotel, en el club, en la fonda, exigía siempre cosas
finamente hechas y bien condimentadas. Si ahora puedo reirme de mis
primeros candorosos menús, ó, mejor dicho, minutas, entonces había
muy pocos en provincia que supieran comer como yo, y que dieran á los
vinos su colocación adecuada en una comida ó un almuerzo. Vázquez,
cuyas tendencias fueron siempre aristocráticas, aunque él no lo quiera
confesar, y que ama la vida confortable, advirtió desde su vuelta á
la ciudad este refinamiento mío, y se propuso aprovecharlo, comiendo
conmigo cuantas veces pudiera, aunque sin idea de gula: simplemente
como un aprendiz de sibarita. Á la mesa, siempre lo mejor servida que
era posible, y con los vinos más auténticos que se ponían al alcance de
la mano, solíamos tener en menos, ¡cuán equivocadamente!, la sabrosa
cocina provinciana y los caldos generosos que, como el Cafayate, son
merecedores de toda una reivindicación. Pero también hablábamos de
otras cosas, sobre todo, de María Blanco.

--¿No se te ha ocurrido nunca ser diputado?--le pregunté una tarde,
mientras comíamos en el Club, solitario.

--¡Hombre! Creo haberte dicho una vez lo que pensaba al respecto... y
que lo tomaste bastante á mal.

--Sí, pero me parece que ahora habrás cambiado un poco de opinión...
Sobre todo tú, que eres doctor, que has estudiado, verás figurando en
las Cámaras á muchos que valen menos que tú, más, menos de lo que yo
valía cuando me hicieron diputado.

--Es verdad... Los hechos están ahí... No es posible negarlos...

--En ese caso, ¿aceptarías una diputación?

--¡Vaya una pregunta! Eso se piensa cuando viene el ofrecimiento.

--Y es el caso.

--¿Cómo?

--Sí. Yo te ofrezco la diputación. ¡Yo-te-la-o-frez-co!--repetí,
recalcando cada sílaba.

--¡Déjate de bromas!

--No son tales.

Le conté entonces cómo estaba, en cierto modo, vacante la diputación de
Los Sunchos, y cómo podía él resultar diputado sin tener que competir
con un tercero, amigo ó enemigo de la situación. No me quería creer. Y
en cuanto me quiso creer, asomaron los escrúpulos.

--En ese caso no me elegirían. ¡Me nombraría el Gobierno!...

--Resultarías elegido como todos los demás, y con esta enorme ventaja:
que no tendrías compromisos, porque, al fin y al cabo, tu Gran Elector
sería yo. ¡Vaya! Autorízame á obrar, y yo te aseguro que antes de tres
meses estás en la Legislatura haciendo maravillas.

Fingió creer que era broma, y esto le permitió darme plenos poderes.
Después, enterneciéndose un tanto, me hizo esta declaración:

--Si esos sueños se realizaran, sería una suerte para mí. No por la
política. No. Pero mi novia tiene unas ideas... ¡Á veces la creo
demasiado ambiciosa!

--¿Tu novia? ¿Es tu novia, por fin?

--No; pero lo será. Todo pinta muy bien.

--De modo que todavía se puede tantear... sin hacerte mal tercio--dije,
en broma.

Aquella noche, puesto en vena por mi inesperada proposición, y quizás,
también, por un vinillo muy capitoso que acababa de importar el gerente
del Club, habló con más locuacidad que nunca, y se permitió hacer un
examen de mi modesta individualidad. Antes de renovar en lo posible
sus palabras, trataré de decir lo que él me parecía y la impresión que
me produce todavía ahora. Algo taciturno é inclinado á la melancolía,
buscaba seguramente en mí un contraste que lo animara; se divertía
mucho con cualquiera de mis ocurrencias, hasta las más tontas, á causa,
sin duda, de ese mismo contraste, sin dejar, por eso, de discutir
lo que él llamaba mis «doctrinas» ó mis «paradojas». Desde antes de
salir de Los Sunchos, escribía versos--malos á decir verdad,--pero no
renunció á ellos, antes de doctorarse, por su indigencia presuntuosa,
sino--aseguraba él,--porque «el verso le obligaba á abandonar una parte
de su pensamiento, y á veces á escribir algo que no había pensado».
Esto me hacía recordar la famosa frase del negro bozal: «¡Corazón
ladino, lengua no ayuda!» Pero agregaba con sentido común, que, «para
escribir versos medianos, más vale escribir cartas á la familia».
Cuando yo le motejaba de teorizador, él sostenía que «estudiaba en
los hombres y en las cosas, prefiriéndolos á los libros, pero que
éstos no deben dejarse de lado, porque son la síntesis de los estudios
anteriores, y, sobre todo, el más grato de los entretenimientos.»
Alguna vez se me ocurrió que me había tomado como «anima vile» para
disecarme en sus estudios psicológicos, pero aunque esto fuera, en
realidad, se lo perdonaría con gusto, porque siempre se mostró muy
mi amigo. En fin, recuerdo que aquella noche me espetó este singular
discurso:

--Todos los caminos están abiertos para ti. Eres miembro--cómplice,
dirían otros, los de la oposición ciega, que no ve la marcha paulatina
de las cosas,--eres miembro de una oligarquía que prepara la gran
república democrática de mañana, así como Napoleón III preparó sin
comprenderlo, la todavía lejana verdadera República Francesa. Eres
audaz, valiente, flexible, despreocupado, amoral: Con esto se puede
llegar muy lejos, y lo que es más curioso, lo que es casi inverosímil,
hacer mucho bien al país, con el más perfecto egoísmo... Quizá yo
debiera ser tu enemigo. Pero, como eres un ejemplar característico
de la raza en formación, de la raza de los tiempos que vienen, soy
más bien tu amigo, tu admirador, y puedes contar con mi ayuda, como
puede contar con ella el partido á que pertenecemos, por muchos
errores que cometa, porque es un partido histórico, un partido de
transición marcada, y realiza por buenas ó por malas el papel que le
corresponde... Como los demás partidos, por otra parte, pero no en el
mismo escenario... Los otros quieren quedarse demasiado atrás ó ir
demasiado adelante, mientras que el nuestro evoluciona insensiblemente,
harto insensiblemente en ocasiones, para conservarse en el poder. Ya
ves que soy tolerante... Esta tolerancia que puede parecer exagerada,
es una tendencia más fuerte que yo, más fuerte que mi voluntad, porque
mi instinto me obliga á comprender, y comprender es más que perdonar,
es tolerar, es hasta colaborar, según vengan los tantos... Lo mismo
que del partido digo de ti... Si no hubiera muchos hombres como tú,
nuestro país sería otra cosa--quién sabe cuál,--pero dejaría de ser
lo que es y no llegaría á ser lo que será. ¡Perogrullada, dirás!
¡Pero perogrullada que pocos se dan el trabajo de comprender! Con
la gente estática no se va á ninguna parte, con la muy dinámica se
puede llegar á incurables desórdenes, á la anarquía que engendra la
tiranía compensadora. La útil es la acomodaticia que sabe andar y
detenerse, la oportunista, en fin, como tú. Tú, yo, nosotros, somos
tan necesarios como lo son los demás, los que siguen á los jefes de
la oposición, al que lo ha sido todo en nuestro país y al que no ha
sido nada--somos los reguladores,--y verás cómo, gracias á nosotros y
á ellos,--poco á poco van convergiendo los caminos y los esfuerzos,
aun en los momentos en que más alejados y más antagónicos parezcan. Y
es que el hombre quiere someter la Naturaleza á una armonía que nadie,
sino la caprichosa Naturaleza nos ha enseñado, que nadie, sino ella,
puede crear... Verás cómo, entre todos, á la larga, se establece un
equilibrio, sin imponerse como único y definitivo, porque es variable,
y cambia á cada hora, en un segundo para la historia, en muchos años
para nuestra nacionalidad, si tenemos en cuenta que no alcanza al siglo
todavía... Dicen que las virtudes de nuestros antepasados, sus luchas
para conquistar una patria, se han convertido en vicios en nosotros,
en lucha por conquistar un bienestar epicúreo, y que esto nos lleva al
desastre. ¡Mentira! Cada época tiene sus exigencias y sus héroes. Y si
los locos como tú no aspiraran á una vida de lujo y de molicie, éste
sería un pueblo de santos patriarcas, es decir, un pueblo estancado en
plena vida pastoril. Lo inerte es lo único que no cambia, lo único
sometido á la estabilidad que parece imponerse á los pueblos que
sueñan en ser dichosos, los pueblos que, según el dicho famoso «no
tienen historia». Y un pueblo inerte es un pueblo muerto. ¿Quieres que
brindemos, Mauricio, á tu soberbia, á tu insolente vitalidad?


                                  III

Aquellas antiguas aficiones despertadas en _La Época_ de Los Sunchos,
y cultivadas después, mientras hacía mis primeras armas en la ciudad,
revivieron vigorosamente desde el punto en que, cumpliendo una promesa
hecha en hora de debilidad, conseguí que se encomendase al galleguito
la dirección y redacción de _Los Tiempos_, el diario oficial, siempre
necesitado de quien lo llenara de mala tinta á precio vil. De la Espada
conservaba aún, para mí, cierto vago, cierto humorístico prestigio,
y más que todo por hablarle y renovar con él, en cierta manera, las
antiguas «diabluras» sunchalenses, frecuentaba la imprenta, y recomencé
á escribir en el periódico, hazaña que no consignaría aquí, pues más
lejos debo reincidir en ello, si no estuviera tan íntimamente ligada
con lo que vengo contando. Y, á propósito, antes terminaré con lo
atinente á la diputación de Vázquez.

Poco después de dejarlo, fuí á ver al gobernador Benavides, y le
propuse de buenas á primeras lo que él estaba deseando imponerme.

--Mi banca en la Legislatura puede darse por vacante; ¿no sería bueno
elegir á Vázquez en mi lugar?

--¡Hombre! ¡mire usted qué casualidad! En eso mismo he pensado estos
días; sería una magnífica combinación, en la que usted, al fin y al
cabo no perdería nada, mientras que nosotros ganaríamos, quitándonos
de encima un posible enemigo. Vázquez, con sus lirismos, puede ser
peligroso, si no nos lo conquistamos.

Y con esto quedó resuelta su elección, pues la forma republicana de
gobierno no es tan complicada como algunos aparentan creerlo todavía.

Volviendo á mis artículos de _Los Tiempos_, agregaré á lo ya dicho
que mi colaboración era bastante asidua, pues siempre me ha divertido
mucho hacer rabiar á la gente. Además, algunos correligionarios habían
descubierto en mí un espíritu satírico de primer orden, y hablaban de
mi estilo como del más gallardo y desenvuelto que conocieran. Era, para
ellos, según me decían, otro Sarmiento, con la particularidad en mi
favor de que yo defendía la buena causa, sin sembrar el desorden bajo
pretexto alguno, mientras que al autor de «Civilización y barbarie»
solía írsele la mano, arrastrado por su espíritu analítico, capaz de no
dejar títere con cabeza, en un instante de acaloramiento.

En lo que entonces escribí puse á los hombres de la oposición como
chupa de dómine, no sólo ridiculizándolos, sino sacándoles, también,
con más ó menos disimulo y contemplaciones, todos los trapitos al sol.
Mis informes del mundo eran tan completos, que no se me escapaban ni
las andanzas políticas ni los traspiés privados de la gente. Así, el
hecho graciosísimo de un joven que había tenido que pasarse una noche
encaramado en un árbol, para no ser apaleado por un padre feroz, me
tentó un día, y lo escribí con alusiones desgraciadamente tan claras,
que uno de los interesados en el asunto, don Sofanor Vinuesca, opositor
de primera fila y hombre de malas pulgas, se puso en campaña para
saber quién era el indiscreto escritor, y pedirle cuenta y razón del
suelto que había hecho reir á toda la ciudad á su costa y á la de otros
miembros de su familia. Supo que era yo y me mandó los padrinos, á
pedirme una retractación en regla, ó una satisfacción por las armas.

Conflicto. Yo, jefe de policía, no debía batirme, porque el duelo
estaba severamente prohibido en aquel centro católico, donde no era
sólo una infracción á las leyes, sino también un abominable «pecado
mortal». Pero si me negaba, mi actitud menoscabaría la reputación de
valiente que tanto bien me había hecho hasta entonces, y á la que
no quería renunciar por nada. Encargué, pues, á mis padrinos, Pedro
Vázquez y Ulises Cabral, ex redactor de _Los Tiempos_, que concertaran
el encuentro fuera de la provincia--de retractación no quise ni oir
hablar,--y me fuí á ver al Gobernador para exponerle el caso y tratar
de conciliar todo lo que más me importaba: si no quería renunciar á
mi fama de valiente, tampoco quería renunciar á mi puesto de jefe de
policía.

--Yo creo que debe evitarse á todo trance ese duelo--me dijo Benavides:

--¡Imposible! He ido demasiado lejos, y para evitarlo tendría que hacer
un papelón.

--Entonces, no veo otro camino que la renuncia.

--¡Gobernador!--exclamé;--usted me necesita, usted me necesita más que
á nadie, dado su carácter bondadoso, porque no tiene otro hombre en
quien confiar de veras, aunque tantos parezcan sus amigos. Yo deseo
seguir sirviéndole como hasta ahora.

--Yo también lo deseo; pero no encuentro la manera.

Recapacité un momento, y luego dije:

--Hagamos una cosa, ¿quiere?... Yo le presento ahora mismo mi renuncia,
y usted la hace publicar, sin resolver sobre ella, antes de que se
realice el duelo... Después, si la opinión digna de tenerse en cuenta
no se satisface con la simple noticia, y quiere que se acepte la
renuncia, siempre hay tiempo de hacerla efectiva. Si el asunto no se
toma demasiado á mal, vuelvo á mi puesto y se acabó. ¿No le parece?

Hizo algunas objeciones, pero aceptó, por fin, el arreglo. No
arriesgaba nada, y así quizá le fuera posible seguir utilizando mis
servicios.

El duelo se realizó fuera del territorio de la provincia
(aparentemente; en realidad, nos batimos en una chacra cercana), y sus
resultados fueron lo más halagüeños que pudieran darse. Contra lo que
yo esperaba, y muy afortunadamente, resulté herido en una pierna.

Allí mismo me reconcilié caballerosamente con mi adversario, retirando
cuanto hubiera podido lastimarlo en su persona, pero «en modo alguno
mis convicciones de ciudadano».

Era yo, pues, un mártir de nuestro credo partidista, porque desde
el primer momento habíamos cuidado de dar á la cuestión un alcance
altamente político, y mi reconciliación lo demostraba, en realidad.
Además, el pueblo, entusiasta, como todos los criollos, por los actos
de valor, aumentó mi prestigio, y los mismos opositores me respetaron
por el culto al coraje que existe en nuestra tierra. Sólo había, pues,
que temer á los clericales, pero justamente en aquel tiempo estaban
de capa caída, por las malas relaciones del país con el Vaticano, y,
además, cuidé de llamar al padre Pedro Arosa, el franciscano amigo de
los Zapata, para confesarme con él y reconciliarme con la iglesia.

--Aunque no estoy en peligro de muerte, lo he hecho venir, padrecito,
porque he cometido un pecado muy grande.

Aquella confesión me valió elogios de la prensa clerical, porque Fray
Pedro tenía grande influencia en su partido...

Nadie criticó, pues, que el gobernador no aceptara mi renuncia y me
dejara en el puesto que tan brillantemente desempeñaba--como decía de
la Espada cada vez que mi nombre le caía bajo las puntas de la pluma.

Mi herida era ligera, y no tardé en estar bueno, acontecimiento que
se festejó muchísimo en la ciudad. Hasta una tertulia del Club del
Progreso vino á resultar en mi honor. Tratando de igualarse á Buenos
Aires, orgullosa entonces del suyo, no había en el país ciudad, pueblo
ni aldea que no tuviese ó pensase tener su Club del Progreso, siquiera
en el nombre, y todos estos clubs eran, casi sin excepción, patrimonio
del partido del Gobierno, con abstención generalmente voluntaria, á
veces forzosa, de los opositores.

En la tertulia, que era una de tantas, pero de la que fuí héroe único,
gracias á mi renuevo de gloria, bailé varias veces con María Blanco,
la novia de Vázquez. Éste que, á fuer de padrino primerizo estaba
encantado con el duelo, como con la realización de algo novelesco
que sólo puede verse en los libros ó en el teatro, había contado
ponderativamente á la joven mi valerosa y tranquila actitud antes
del combate, en el encuentro mismo, cuando caí herido y cuando pedí
noblemente excusas á mi adversario. María estaba encantada de bailar y
de conversar conmigo, y no trató de ocultármelo.

Yo la conocía mucho de vista aunque nunca hubiera hablado con ella.
Salíamos, con Vázquez, ó con otros camaradas, muchas tardes en
victoria descubierta, á correr las calles empedradas, exhibiéndonos
á la admiración de las muchachas, que se exhibían á su vez en
ventanas, balcones y puertas, haciendo una especie de feria de
noviazgos, usual en muchas ciudades de provincia, y famosa en la época
romántico-gauchesca de Buenos Aires, cuando los mozos «bien» que se
iban á la «estancia», paseaban á caballo días enteros, para ver y
hacerse ver. Las negociaciones preliminares entre novios y novias
han sido siempre ridículas para quien las mira de afuera, ¡pero cuán
interesantes para actores y actrices, ya queden en la forma salvaje
de la cacería de la mujer, ya lleguen al refinamiento del baile, la
tertulia ó la visita, en la alta sociedad civilizada! Amor, eterno
amor, genio de la colmena, como diría Maeterlinck, ¡instinto invencible
que embriaga al adolescente, impulsa al joven y suele enloquecer al
viejo!

En estas andanzas conocí de vista á María Blanco, que desde un
principio me pareció una muchacha muy interesante y muy honesta, aunque
siguiera la costumbre de la exhibición, que nadie tomaba á mal, por
otra parte, incorporada como estaba á nuestra vida. Era una joven alta,
rubia, muy blanca, de ademán severo, y sus ojos azules tenían pestañas
y cejas negras, lo que les daba un brillo particular de agua clara y
profunda y los hacía, á veces, parecer negros también. Su conversación,
según observé en la tertulia, era agradable, al propio tiempo mesurada
y entusiasta, y daba la impresión de un alma ardiente regida por un
carácter firme y resuelto. Por lo menos, estas fueron mis sensaciones
de aquella noche, y muchas de ellas han tenido que reproducirse más
tarde, con igual ó mayor intensidad.

--¿Si será ésta la mujer que me está destinada?--llegué á preguntarme
entonces, casi instintivamente.

Me deslumbraba el prestigio de su belleza, de su ingenio, de su
amabilidad--su bondad, sin duda,--y de su nombre, uno de los más
preclaros de la provincia, donde su familia desempeñaba gran papel,
pese á cierta escasez de fortuna; y me deslumbraba hasta el punto de
hacerme dejar de lado, por un momento, mis tendencias, resueltamente
antimatrimoniales. ¡Sí! con una mujer así, bien podía casarme,
porque, aun sin el dinero, su aporte á la sociedad conyugal sería
importantísimo. Una alianza con los Blanco podría resultarme altamente
provechosa, porque tenían positiva influencia en la provincia y eran
de lo que puede llamarse la más elevada aristocracia. Nuestros dos
apellidos, vinculándonos á lo más granado de la República entera--ella
con el contingente del interior, yo con el de Buenos Aires,--crearían
todo un nuevo título á la consideración social y política. Me detuve
un poco en estas ideas, viendo que Vázquez perdía terreno aquella
noche, más que todo por su culpa, pues, ¿quién le mandó entonar mis
alabanzas ante una niña de espíritu algo romántico, prendada de lo
caballeresco?... Y como el padre de María, don Evaristo, me ofreciera
su casa, agradecí calurosamente, prometiendo cultivar tan honrosa
relación. La veleidad matrimonial había pasado, sin embargo, como un
relámpago; puede que su semilla quedara en algún rincón de mi cerebro.
Ya veríamos más tarde... Pero desde entonces visité á los Blanco con
asiduidad, en ocasiones hasta dos veces por semana.

Entretanto, Vázquez, lleno de gratitud hacia mí, su padrino, su Gran
Elector, llegó á ser diputado por Los Sunchos.

La elección pasó sin tropiezo, porque yo mismo fuí á arreglar las
cosas, con autorización del gobernador Benavides, dejando así bien
demarcada mi acción en este asunto, que Vázquez creyó siempre debido
á mi iniciativa. Pero en la Legislatura no lo aguardaba el papel que
él se había soñado gracias á mis sugestiones. Lejos de ser el «leader»
de la Cámara, nadie le hacía caso ó poco menos. No estaba la provincia
para principismos, doctrinarismos ni teorías sacadas de los librotes.
Allí se debía gobernar y legislar «á lo que te criaste», sin meterse
en novedades ni en honduras. Sus proyectos pasaban, pues, á comisión,
para dormir el sueño de los justos, pese á sus reclamaciones, y en
cuanto pronunciaba un discurso algo avanzado, poco faltaba para que
lo acusaran de traidor al partido, y por consiguiente, á la patria,
y para que le hicieran una zancadilla que lo echara á rodar fuera de
la Legislatura. Hasta le enrostraron su elección, hecha entre gallos
y media noche, ellos que también eran representantes del pueblo por
arte de encantamento, diciéndole, no sin razón, que aquello no estaba
muy de acuerdo con su principismo. Pero intervine yo, y á ruego mío,
el gobernador, considerando ambos que es más prudente dejar tranquilo
al león que duerme, y que Vázquez, en defensa propia, podía causarnos
mucho daño, aunque cayera al fin. No hice esto, debo decirlo, por
generosidad de alma, sino porque realmente lo creía de buena política.
Aunque me convenía que conservara un puesto que yo podía considerar
feudo mío, y reclamarle en un momento dado--sin temor de que se negase
á restituírmelo,--no me preocupaba mucho, sin embargo, de sostener
á Vázquez; por el contrario, desde que conocí á María Blanco, sentí
contra él y como por instinto, una especie de inquina, que me obligaba
á hablar desdeñosamente de sus méritos, de su inteligencia y de su
utilidad, diciendo, por ejemplo, que era buen muchacho, pero un loco,
un soñador, un hombre que nunca haría nada práctico ni serio, y que,
cuando mucho, si su manía se agravaba, se convertiría en agitador
lírico, en revolucionario de «ñanga-pichanga».

Cuando llegaban á sus oídos estas mis apreciaciones, ó no las creía ó
no le importaban. Se encogía de hombros y no hacía comentario alguno.
Lo que le importaba era cierta visible distinción, casi predilección,
que María Blanco me demostraba cuando la visitábamos juntos, pero era
demasiado orgulloso para dejar ver á las claras su despecho. Cuando
nos encontrábamos solos, por casualidad, pues yo no lo buscaba nunca y
él no parecía muy interesado en frecuentarme y reanudar los antiguos
paseos y comidas selectas, conversábamos un rato, pero jamás hizo
alusión á María, como si aquella competencia iniciada entre ambos, no
existiese en realidad. Pero se le veía más reconcentrado y melancólico
que antes, y pasó por una crisis de inercia en la Legislatura, á cuyas
sesiones asistía apenas, y siempre en silencio, como medio dormido. Su
despecho sólo se manifestó una vez, y eso indirectamente.

--Contigo--me dijo,--soy como el perro danés que se crió con un
cachorro de tigre. Eran amigos, hermanos, pero un día de hambre ó de
fiebre, el tigre devoró al danés. Tú me devorarás, también, si llega el
caso... Y puede que llegue...

Bien sabe Dios que esta profecía pesimista no se ha realizado nunca.
Dar una dentellada ó un zarpazo, para abrirse camino, será ofender, si
se quiere, pero no devorar.


                                  IV

Entretanto, el tiempo parecía haber comenzado á deslizarse más deprisa,
ó bien, ahora, al poner relativamente en orden mis recuerdos, confundo
algunas fechas ó salto por encima de algunos acontecimientos que se
han desvanecido en mi memoria. Esto no tiene importancia alguna y no
deja al presente relato menos verídico que otros escritos, pretendidos
históricos, donde se hace mangas y capirotes con la verdad.

El caso es que el período presidencial iniciado cuando mi estreno
de jefe de policía tocaba á su fin, y que mi amigo el Presidente
se preparaba á bajar del poder, en cuyo ejercicio había logrado
pacificar relativamente el país, fomentar la instrucción pública,
emprender algunas obras de importancia y sobre todo dejar que las
enormes fuerzas naturales de la nación comenzaran á desarrollarse por
su propio impulso, abriendo un período de bienestar que nos daba las
mayores esperanzas. Como en un principio tuvo que luchar en Buenos
Aires con una población hostil, como algunos actos de rigor de la
policía agitaron los ánimos, hasta entre el bello sexo, como, al fin,
la necesidad de la paz se impuso á todos, en provincia se decía con
entusiasmo que «había domado la soberbia porteña», y se le consideraba
como el jefe único, no sólo de su partido sino de la República entera.
Nadie discutía sus órdenes, ni siquiera sus insinuaciones, y hubiérase
jurado que el país quedaba en sus manos para siempre, aunque tuviera
que ceder su puesto ó otro presidente, no siendo él reelegible según
la Constitución. ¿Quién podría contrarrestar su fuerza? ¡Seguiría
gobernando desde su casa, tranquilamente, con cualquier personero,
para bien del país, que tanto había adelantado y tanto tenía que
agradecerle! Y, efectivamente, gracias á él, á sus consejos de
disciplina y de relativa tolerancia, en nuestra provincia, por ejemplo,
vivíamos en una paz octaviana, que nos permitía dejar un poco de lado
la política para ocuparnos de nuestros negocios y diversiones, sin que
por eso faltaran los chismes y las intrigas que daban sabor á nuestras
tertulias.

Yo salía á menudo á cazar en los alrededores, acompañado por varios
amigos de buen humor, con quienes teníamos grandes almuerzos
campestres, famosos entre todos, tanto que nos llovían las directas
ó indirectas solicitudes de invitación. Las largas partidas en el
Club del Progreso, ocupaban mis noches, con alternativas de pérdida y
ganancia que no comprometían ya mi presupuesto. Por las tardes salía de
paseo ó de visita--sobre todo á casa de Blanco,--y así dejaba correr
los días perezosos, esperando el maná que, sin duda alguna, caería del
cielo, más tarde ó más temprano, en exclusivo beneficio mío. Nada, ni
aun la ambición, turbaba en aquel entonces mi tranquilidad; la vida
amodorrada de provincia me iba enervando, conquistándome hasta el punto
de que ya casi no comprendía otra, y nuestras mismas reuniones en el
despacho de la policía, que en épocas de agitación llegaban á febriles
y bulliciosas, eran entonces monótonas y aburridas hasta el bostezo,
como si la invitación á la siesta entrara por puertas y ventanas, con
el aire y la luz, con el mate inacabable que nos servía un asistente.

El gobierno de Benavides no era ni sal ni agua, ni chicha ni limonada.
Él y sus ministros se limitaban, como quien está cayéndose de sueño,
á pasarse unos á otros, á largos intervalos, desganadamente, los
expedientes de asuntos en trámite que, con ese paso, nunca lograrían
una solución. Me recordaban á aquellos personajes de Swift, que llevan
siempre detrás á un criado con una vejiga para que los despierte de
cuando en cuando. ¡Bah! lo mejor era dejarlos dormir, pues así no
hacían daño á nadie, y ajustando mi acción á este pensamiento hice
cuanto estuvo de mi parte para no arrancarlos de su siesta, y creo que
hasta entraba en la casa de Gobierno en puntas de pies cuando allí me
llevaba alguna urgencia.

Entretanto, sigilosamente, de puntillas también, la oposición comenzó
á moverse, pensando que podría aprovecharse del letargo aquel para
dar un buen golpe en las próximas elecciones. Hablé al respecto con
los jefes del partido, que no encontraron actitud mejor que consultar
al Presidente. «Rodeen á Camino», contestó éste, sin más, y la frase,
conocida por una indiscreción, se hizo famosa.

Camino estaba en Buenos Aires, pero no dejamos de comprender que era
necesario darle la jefatura del partido y preparar su reelección. ¿Por
qué? No era en realidad porque la oposición fuera de temer en las
elecciones provinciales, y menos aún en las nacionales. La razón se me
presentaba más honda y trascendental: aquello era una hábil previsión
para el futuro, para cuando otro ocupara la presidencia. Entonces, el
ex presidente necesitaría apoyo en las provincias, y Camino era para
él un hombre de confianza. Si en los demás estados se hacía lo propio,
el nuevo gobernante se vería con el poder muy disminuído, y sería
necesariamente, el personero de su antecesor.

--¡No está mal! ¡no está mal!--me dije.--Pero hay que preparar la
combinación. Después veremos.

Nadie objetó palabra, sino Vázquez, cuyo don de errar es indiscutible.
Se opuso resueltamente á que proclamáramos la jefatura de Camino y
su candidatura para la próxima elección, diciendo que era un hombre
desconceptuado, un espíritu estrecho, y que los que votaran por él
serían, en el concepto de las familias honestas, unos pervertidos que
aprobaban, ó por lo menos, toleraban sus torpezas. No todo lo hacía
la política, también era necesario tener en cuenta á la sociedad.
Traté de disuadirlo, por fórmula, demostrándole la necesidad de que
el Presidente saliente tuviera gobernadores fieles que custodiaran
su autoridad, una vez fuera del poder, y recordándole que debía su
diputación al gobierno.

--Ni una ni otra cosa me obligan á nada--replicó.--El Presidente hace
mal en preparar un estado dentro del estado, una especie de presidencia
doble, en la que un poder anulará al otro. En cuanto á que el gobierno
me hiciera elegir, no es verdad: lo hiciste tú.

--Con su aprobación, y él era el que podía...

--Aunque haya sido así. Puede que fuera mi deber sostenerlo, y eso
mismo lo dudo; pero nadie me dirá que tengo el compromiso de hacer
reelegir á Camino. ¡Eso sería monstruoso! En esa forma, el país no
cambiaría jamás de gobernantes, como la Municipalidad de Los Sunchos.

--Te enajenarás la voluntad del futuro presidente, sea quien sea.

--Poco me importa. No he de vivir de la política. Sólo en estos países
la política resulta una profesión, cuando es una función general, casi
diría obligatoria, de todos los ciudadanos...

--¿Sólo en éstos? ¡No embromés!

La voz de Vázquez fué, como es natural, la «clamantis in deserto».
Nadie le hizo caso, y Camino tuvo sus dos proclamaciones en medio
de un entusiasmo popular que preparamos por todos los medios á
nuestro alcance. Pero el candidato á la reelección no tardó en saber
que Vázquez le había hecho fuego, cosa que no le perdonaría nunca.
No. No fuí yo quien se lo dijo, no fuí yo el indiscreto ni el mal
intencionado. Vázquez no me molestaba mucho en la Legislatura, y aunque
hubiera querido malquistarlo, no hubiera ido con el chisme, sabiendo
que otros lo harían, por adulonería, por espíritu de intriga ó por
maldad.

Casi al propio tiempo se proclamó en una provincia lejana y con el
apoyo gubernativo la candidatura presidencial, que desde allí fué
comunicándose á todas partes, siempre en las mismas condiciones, «como
un reguero de pólvora», según decían con admiración los diarios amigos,
que ensalzaban los méritos incomparables del candidato, «representante
de la juventud, y, por lo tanto, del progreso, ciudadano de iniciativa,
como lo había demostrado en el gobierno de su provincia, espíritu
liberal, enemigo de toda hipocresía y de toda bajeza, hombre tolerante,
que sería el vínculo de unión entre los estados, las sociedades, las
religiones, los partidos del país», y á quien acompañarían mañana, como
le acompañaban hoy, «las fuerzas más sanas y eficaces del mismo, los
jóvenes de corazón entero y altas aspiraciones patrióticas».

--¡Paso á los jóvenes!--comenzamos á gritar, como gritara de la Espada
en otro tiempo, en Los Sunchos.

Buenos Aires--la provincia,--celosa de su hegemonía política, aunque
ésta no fuese ya más que un hecho casi legendario, quiso oponernos
otras candidaturas, arrastrar la opinión del país, enarbolando como
bandera el nombre de preclaros patricios, y aun el de un político
eminente que podía considerar conquistado el interior, porque, en la
lucha decisiva, tomó, siendo porteño, partido á favor suyo y contra su
provincia, como muchos otros que no dejaban de tener razón según ha
podido verse después.

Pero si todos los jefes de policía, si todas las autoridades obraban
como yo, no había miedo de que nos arrebataran el poder, ni con
sutilezas, ni con esfuerzos. De ello quedé convencido cuando Camino
resultó electo gobernador, y Casiano Correa, antiguo amigo de tatita,
vice,--con casi todas las actas protestadas, es cierto,--casi sin
oposición, ó, como decíamos entonces, con «elecciones canónicas». ¿Qué
cómo se alcanzaba este resultado? Pues muy sencillamente. Preparándolo
todo con tiempo, el padrón y el registro cívico, sorteando las mesas
de modo que los escrutadores fueran nuestros, y contando con los
jueces provinciales ó federales para el posible caso de un juicio.
En aquella época no hubo sino un juez que se atreviera á desafiar al
poder, pero su derrota fué completa, por el momento, aunque hoy todos
lo consideremos como ejemplarísimo y muchos hayamos contribuído á
perpetuar en el mármol su memoria.

¿Diré, después de esto, que nuestro candidato á la presidencia resultó
triunfante?

No, ni he de contar, tampoco, el éxodo de sus conprovincianos que
invadieron la capital de la República, convencidos de haber triunfado
con él. Á mí mismo me dieron ganas de irme, y lo hubiera hecho, á
ser de su provincia y de sus allegados. «No hay cosa mejor que tener
buenas relaciones»--decía tatita. Pero era preciso esperar; estaba muy
lejos de él, y no hay que forzar la suerte, ni aun en el juego, sino
cuando llega la ocasión. Y á mí tenía que llegarme, como me llegaban
las épocas de trabajo--las electorales,--y las de descanso--la modorra
provinciana en las épocas de normalidad.

Por el momento, bueno era volver tranquilamente á la siesta. ¿No
habíamos pasado por un largo período de agitación tal, que ya ni
visitaba la casa de Blanco, ni me daba apenas tiempo para ver á mis
viejas amigas, y hasta tenía que interrumpir de vez en cuando mis
partidas en el Club del Progreso, postergar mis cacerías con almuerzo,
y suspender cien otras empresas agradables?... Sí. Volvamos á la vida
epicúrea, que es la mejor, mientras no llegue el momento oportuno de
lanzarse al asalto de la gran capital, de la verdadera, de la única.

Camino me preguntó un día, como si se le ocurriese de repente:

--¿Cuándo «acaba» Vázquez?

--Creo que dentro de cuatro meses.

--Hay que ir pensando en eso.

--¿En qué?

--En la elección. Hay que ver á quien se elige.

--¡Al mismo Vázquez, pues!

Me miró primero con enojo, después con serenidad, en seguida con sorna,
y dijo:

--No... No lo quieren en Los Sunchos.


                                   V

Sólo la ingenuidad de Vázquez es comparable á la tontería de Camino;
desdeñando un efecto teatral, diré que Vázquez no siguió mucho tiempo
en su banca de diputado, ni Camino en su silla de gobernador, Vázquez
porque Camino no quería, y Camino por... lo que se sabrá en seguida.

El ex presidente había tomado sus medidas como hombre de vistas
claras y largas, buen conocedor del corazón humano, para mantener
todo el tiempo posible la mayor suma posible de influencia, pero no
con la candorosa ilusión que le atribuíamos de seguir gobernando
entre telones y haciendo del nuevo Presidente un simple personero.
Si así no fué, si tal no pensaba, desde los primeros tanteos pudo
advertir que el instrumento no le obedecía, y que, como se debe «cantar
bien ó no cantar», por el instante lo más práctico era llamarse á
silencio--como lo hizo. Pero algunos «pazguatos», más papistas que el
papa, deslumbrados con el poder que recibieran de él, creyeron que
éste era un atributo propio, que sólo podía reclamarles y retirarles
quien se lo había concedido, y comenzaron á «corcovearle» al nuevo
Presidente, y á no hacer sus gustos con la requerida sumisión, como si
no dependieran directa ni indirectamente de él, y como si no pudiera
«ponerlos patas arriba á las primeras de cambio». Uno de estos tontos
fué mi gobernador, el del célebre «¡Rodeen á Camino!»

Fué torpeza la suya. Nuestra provincia había ido pacificándose poco
á poco, y la oposición, bajo una mano de hierro, confesaba, al fin,
su impotencia, retirándose de toda lucha, y contentándose con la
lírica actitud de criticar acerbamente al «oficialismo», á todos los
«oficialismos», en la intimidad de sus reuniones privadas, y en la no
menos íntima escasez de circulación de sus diarios. También es cierto
que el Guardia de Cárceles, batallón de línea, creado años atrás--no sé
si por mi inspiración,--y el cuerpo de vigilantes y bomberos--éstos
sí, organizados y disciplinados por mí,--los criollos nacemos
militares,--constituían una fuerza decisiva y aseguraban la estabilidad
del Poder, invulnerable, pues un golpe de mano quizá lograría suprimir
ó substituir personas, nunca variar el régimen. ¡Y esta arma era mía,
casi exclusivamente mía!

Cuando me di cuenta de ello pasó por mi imaginación... Pero, ¿á qué
contar ensueños que mi juicio mismo desvanecía entonces, apenas
formulados? Vamos á los hechos, que es lo importante.

Molestó al Presidente el Gobernador de una provincia vecina, más
recalcitrante que Camino, y no faltaron voceros que llegaran hasta mí,
insinuándome cuánto agradaría mi ayuda para un cambio de situación.
Como podía pulsar el valimiento de los que esto me decían y la
auténtica procedencia de sus invitaciones, no vacilé un punto, y
organicé una partida de guardias de cárceles y vigilantes vestidos
de particular. Por desgracia, yo no podía mandarlos en persona, sin
comprometer gravemente la «autonomía de las provincias»; pero uno de
mis amigos, diputado y ex redactor de _Los Tiempos_, Ulises Cabral, mi
padrino en el duelo, se comprometió á representarme y obrar como si
fuera yo mismo. El cambio deseado se hizo con poco derramamiento de
sangre y mucha intervención nacional, y supe que el Presidente me tenía
muy en cuenta, agradeciendo mi colaboración sin mentarla.

Por el mismo conducto, bien confidencial, se me hizo saber poco
después que el gobernador Camino, mi propio gobernador, no era ya
«persona grata», y que en las altas esferas se le vería con placer
substituído por el vicegobernador Correa, hombre en quien se tenía la
mayor confianza, como entusiasta, patriota, fiel, capaz, y, sobre
todo, menos desconceptuado en sociedad. Debo confesar que Correa valía
probablemente menos que Camino, como hombre de pensamiento y de acción.
Pero no me convenía hacer oídos de mercader, y comprendí desde el
primer momento lo que de mí se esperaba: que pusiera fuego á la mecha,
que buscara el pretexto para poner al Gobernador de patitas en la
calle, alterando el orden lo menos posible, pero sin una revolución, si
tenía dedos para tanto. Una «agitación» era, por lo menos, inevitable,
porque Camino no abandonaría el puesto así como así.

Pero él mismo había de darme pie para romper las hostilidades, porque
bien dijo el latino que Júpiter ciega á los que quiere perder. He aquí
cómo ocurrió aquello: la inacción de los opositores y alguno que otro
desliz demasiado exagerado de lo que la mala prensa llamaba «guardia
pretoriana», hizo que el Gobernador creyera llegado el momento de
«entrar en la normalidad» y me exigiera el castigo de un comisario
cuyo delito consistía en haber hecho dar de planazos á una persona
conocida que le había criticado cierta travesura, creo que la fuga de
un cuatrero sorprendido infraganti.

--Si empezamos así, Gobernador, pronto no tendremos policía--le dije
con gravedad.

--Pero vea, amigo, cómo me ponen los diarios de Buenos Aires. Esto es
inicuo. Hasta los mismos amigos me «caen».

--No les haga caso. Hay que acostumbrarse á esas cosas cuando se es
gobernador. ¡Mire! si no fuera eso, ya le encontrarían otro pretexto, y
sería lo mismo.

--Sí. Pero yo no quiero que se apalee á la gente... sin necesidad.

--¡Bah! no se aflija, y dejemos en su puesto á ese comisario, ¡que es
un tigre! Nos haría falta en un momento dado.

--Por lo menos, cámbielo. Mándelo á la campaña hasta que se acabe esta
gritería.

Me encogí de hombros.

--Así no se hace patria. Déjelos que aguanten... Hoy empezaríamos por
dejar que la oposición echara á la calle á un comisario, y mañana no
podríamos evitar que echaran á un Gobernador. ¡No hay que ser tan flojo!

No replicó, no insistió en el castigo del presunto culpable; pero no me
perdonó, tampoco, más que mi desobediencia mi franqueza. ¡Así suelen
ser, en cuanto uno se descuida y por muy útil que les sea! Lo peor
para él, en este caso, es que hacía mi juego, iniciando la anarquía en
el poder, pretexto magnífico para hacerle la deseada zancadilla. Tan
ciego estaba, que cayó en la trampa como un inocente. Ciertos indicios,
algunas visitas, frases sueltas, un principio de despego de los más
allegados á su persona, me hicieron comprender que el gobernador Camino
me buscaba reemplazante.

--¿Esas tenemos? ¡Pues ya verás quien es Callejas!--me dije.

Me acerqué desde entonces, sin disimularlo, más bien con ostentación,
al vicegobernador, don Casiano Correa, viejo marrullero, abogado,
glotón, jugador y avaro, cuyo cuerpo pequeñito, endeble é
insignificante, ocultaba el espíritu más vicioso y ambicioso que
imaginarse pueda. Aunque no estuviera tan al corriente como yo de lo
que se tramaba, lisonjeé su ambición, insinuándole que las debilidades
de Camino comenzaban también, á mi juicio, á comprometer su Gobierno,
y que no sería difícil que el mismo Presidente de la República
interviniera para hacerle dejar el mando, en que hacía tan desairado
papel.

--Provoca una escisión del partido en la provincia, lo debilita, y lo
enerva; no es lo que conviene. En cuanto sepa esto el Presidente, le
pondrá remedio, no lo dude, Correa.

--¿Pero cómo?--preguntó Correa, para verme venir.

--Tan fácilmente como lo ha hecho en otras provincias: provocando una
revolución, si es preciso. ¿No hemos ido nosotros mismos á?...

--¡Es cierto!--interrumpió.--Ahora, la cuestión es que el Presidente lo
sepa.

--Usted puede hacérselo saber por medio de alguno de sus amigos. Si es
que ya no está al tanto de todo...

Lo conduje á que me preguntara si «en un caso dado» podía contar
conmigo.

--Incondicionalmente... Pero con una condición. El gobernador Camino me
promete hacerme diputado nacional en la próxima renovación del Congreso.

No era verdad, ni Correa lo creyó, pero me prometió solemnemente que
«si eso llegaba á depender de él», yo sería diputado nacional. Y
comenzó la intriga que condujo admirablemente, fuerza es confesarlo,
haciendo que el Presidente se convenciera del todo de la necesidad de
«pasar la mano» al vicegobernador, mediante mil informes más ó menos
antojadizos, según los cuales Camino «le ladeaba el caballo», como
dicen los paisanos, y estaba pronto á hacerle, en la oportunidad, la
más violenta oposición, en vista de que «volviera el otro». ¡Como
si eso fuera posible! Pero el Presidente era crédulo, temía á su
antecesor como á un fantasma, estaba rodeado de cortesanos venales, y
creía preciso quebrantar no sólo á todos sus enemigos, sino también á
cuantos pudieran llegar á serlo. Tenía la locura de la unanimidad, á
lo Napoleón III, con quien se le comparaba. Comenzó, pues, con gran
sorpresa de Camino, que hasta entonces no temía las represalias, á
demostrarle cierto encono, retardándole los arreglos financieros que
pedía, insinuando que el Banco Nacional restringiese los descuentos
á sus amigos personales, y á hacerle directa ó indirectamente otras
muchas manifestaciones de que había perdido la gracia presidencial y no
estaba ya en predicamento.

Como estos indicios no pasaban inadvertidos para nadie, muchos se
le fueron alejando, como se habían alejado de mí al verme romper
la primera lanza con el Gobernador, y comenzaron á rodearme, como
si yo fuera el árbitro de la situación. Don Casiano Correa, que ya
tenía, también, su corte, no cabía en sí de gozo y no veía la hora de
posesionarse del mando.

Camino, en tal atolladero, no encontró hombre con quien substituirme.
Sólo los muy desconceptuados, los inútiles, hubieran aceptado un puesto
en que quizá no duraran un par de meses, olfateada ya la voluntad
presidencial.

No hubo más que un hombre de valía que hubiera aceptado el puesto, bajo
ciertas condiciones: Pedro Vázquez. Lo oí mucho después, de sus propios
labios. El Gobernador le ofreció la jefatura.

--Yo la aceptaría si usted me nombrara, pero no me nombrará--le dijo
Vázquez.

--¡Vaya si lo nombraré! ¿Quién lo impide? Estoy harto de Gómez
Herrera, que me hace mal tercio con el Presidente, lo mismo que el
vicegobernador.

--Entonces, puede nombrarme, si me autoriza: Primero, á licenciar el
Guardia de Cárceles, que es inconstitucional é innecesario...

--¡Usted está loco!...--exclamó Camino.--¡Licenciar el Guardia de
Cárceles! Sería lo mismo pedirme la renuncia.

--Pues yo no lo veo así. Con la policía basta para mantener el orden
y la provincia no debe tener ejército. El orden no se mantiene con el
ejército, sino con la legalidad. Ese acto, por otra parte, levantaría
notablemente el prestigio del Gobierno. En cuanto á las otras
condiciones...

--¡Con esa basta!--interrumpió el Gobernador.--Prefiero la sospecha
de que el Gobierno Nacional me mande ó no me mande á mi casa, á la
seguridad de que la oposición me ponga de patitas en la calle. ¡Usted
está, decididamente, loco, amigo Vázquez!

Este agregaba, al contármelo:

--Yo sabía que su caída era inevitable. Lo más que podía conseguir
Camino era caer «en beauté», como dicen los franceses, «lindo», como
decimos nosotros. Pero ahora nadie se preocupa de la belleza, y «un día
de vida, es vida», proclaman los paisanos. Por veinticuatro horas más
de Gobierno hay muchos que arrostrarían el ridículo y la vergüenza,
sin ver que éstos los aguardan de todos modos, borrachos de mando como
están.

Palabras proféticas que luego pudieron aplicarse á más de un Presidente
de la República. Los niños y los locos dicen las verdades...


                                  VI

La intriga iniciada en las alturas nacionales, secundada por mí y
tímidamente por Correa, iba á dar sus frutos, pues el Presidente estaba
más que nunca resuelto á dejar de mano á un Gobernador que no era
incondicionalmente suyo. Pero la casualidad quiso que todo el trabajo
resultara ocioso, facilitando el cumplimiento de nuestros deseos de
tal manera que, aunque no hubiéramos hecho nada, el resultado hubiera
sido el mismo. Sólo que este triunfo, provocado por el destino, sin
nuestra intervención, hubo de costarnos moralmente mucho más que el que
habíamos preparado con paciencia y destreza, y que no tengo para qué
contar porque no se puso en planta. La casualidad no es hábil y suele
cortar los nudos gordianos, sin fijarse en las consecuencias. Pero
vamos al caso.

Hallábame una noche en el Club del Progreso, jugando con los amigos de
siempre, cuando Cruz, el asistente del Gobernador, entró en la sala, y
se me acercó, pálido y agitado. Llamóme aparte y me dió la noticia de
que Camino acababa de sufrir un ataque de apoplegía, y que, según todas
las apariencias había muerto ó estaba agonizando. El doctor Orlandi,
llamado á toda prisa, no daba esperanzas: según él, la muerte había
sido fulminante.

--¿Dónde está? ¿en su casa?

--¡No! ¡Y eso es lo «pior»!

Siguiendo sus plebeyas costumbres, Camino había pasado su última hora
en un sitio inconfesable.

Sin decir una palabra á mis compañeros, salí, dando orden al asistente
de que callara como un muerto y dijera al comisario de órdenes que se
reuniese conmigo sin perder un momento, en la casa á donde me dirigía.
Corrí á una cochería, mandé atar un gran landó, y al galope de los
caballos me hice llevar al suburbio norte, en una de cuyas casas había
muerto el Gobernador. Era la una de la mañana, cuando llegué: la ciudad
dormía, y, afortunadamente, no había un alma en las calles. Dos agentes
policiales, llamados con espíritu previsor por el diablo de Cruz,
hacían la guardia en la cuadra, sin saber lo que ocurría; creyéndome
un particular, trataron de impedirme el paso. Me alegré mucho de la
discreta precaución del asistente, porque en las circunstancias había
que obrar con mucho tacto.

En la casa no había más hombre que el doctor Orlandi, sentado junto á
una cama revuelta en que yacía el Gobernador. Estaba muerto.

--¿Qué vamos á hacer?--me preguntó el italiano, atolondrado por aquella
inesperada catástrofe, producida con tan poca nobleza.

--Llevárnoslo á su casa lo más sigilosamente que sea posible, en cuanto
lleguen Cruz y el comisario de órdenes.

--¡Ma! ¡Es una responsabilidad terrible!

--¡Qué quiere, doctor! nosotros no lo hemos traído aquí. Lo más que
podemos hacer es disimular las cosas.

Momentos después, mi segundo, el doctor Orlandi, Cruz y yo, sacamos el
cadáver y lo metimos en el carruaje. El cochero fué amenazado con los
más contundentes castigos si decía una palabra, y lo mismo se hizo con
la gente de la casa que, por fortuna, era sumisa á la policía y estaba
bajo su inmediata dependencia. En el trayecto di mis instrucciones al
Comisario de órdenes: debía hacer acuartelar las policías y el Guardia
de Cárceles en toda la provincia, para sofocar inmediatamente hasta el
más ligero disturbio que pudiera producirse cuando se hiciera pública
la noticia. La situación era nuestra, mía, y no era cosa de perderla ni
de comprometerla siquiera...

Cruz abrió la puerta de la casa del gobernador, y entre Orlandi, yo, el
asistente y el cochero, llevamos el cadáver hasta el dormitorio, y lo
metimos en la cama.

Ahora, ¿cómo avisar á la familia? Inmediatamente concertamos lo
que íbamos á decir: «Camino, sintiéndose mal, había llamado á su
asistente, prohibiéndole que alarmara á los suyos y ordenándole que
llamara al doctor Orlandi. Cruz, al pasar por el Club, entró á ver
si el doctor se encontraba allí, como de costumbre, y viéndome,
juzgó conveniente decirme lo que ocurría, pues yo podía hacer llamar
á Orlandi con mayor rapidez. Yo salí, por deferencia, encontramos
al doctor, los tres acudimos en un coche á casa de Camino... Pero,
desgraciadamente, cuando llegamos había muerto.» Así se dijo.

Es de imaginar el trastorno de aquella casa, hasta entonces tranquila,
los llantos de las mujeres, las carreras de los criados, las preguntas,
las exclamaciones, los ayes. Una hora después, los parientes, los
amigos, acudían desolados. ¡Figúrense ustedes! ¡no moría sólo un
pariente, un amigo, sino un gobernador!...

Nuestra versión fué perfectamente admitida en los primeros momentos, y
nadie puso en duda que las cosas hubieran pasado así.

Yo me ocupé de avisar al vicegobernador Correa, que dormía
profundamente, sin sospechar lo que pasaba.

--¡Ya es gobernador, amigo!--le dije.

--¡Qué! ¿Ha habido revolución?

--¡No, hombre!--contesté riéndome.

--¿Ha renunciado, entonces?

--¡Sí, en casa de Maritski!

--¿No me diga?

Le conté el suceso. No dijo palabra, pero tenía la cara radiante.
Vistió en un segundo su minúscula y nerviosa persona, y salió conmigo
para correr á la casa mortuoria.

--Diga, don Casiano, ¿yo quedaré en la jefatura de policía?

--¡Claro! ¡Vaya una pregunta!

--¿Y tendré la primera diputación?

--Si depende de mí...

--No. Conteste categóricamente, sí ó no. De otro modo... Usted sabe que
tengo la provincia en la mano.

--¡Vaya hombre! ¡Ni que yo fuera tu enemigo! ¡Serás diputado
nacional!--y me tuteaba, camarada hasta la muerte.

--¿Palabra?

--¡Palabra de honor!

--¿En la primera elección?

--¡En la primera! ¡No seas cargoso! Ya sabes que soy tu amigo.

Amaneció aquel día sin que hubiésemos dormido. En la sala de Camino
había, más que nunca, olor á encerramiento, á humedad, atmósfera á
la que se mezclaba el humo capitoso del benjuí, del incienso, y del
«cachimbo» como decía mamita hablando del cigarro.

Correa firmó su primer decreto--como provisional todavía,--determinando
los honores que debían rendirse al ex gobernador en sus funerales: la
bandera á media asta en todos los establecimientos provinciales, la
escolta del Guardia de Cárceles, la presencia del Poder Ejecutivo que
encargaba al ministro de Gobierno de pronunciar la oración fúnebre...
La Legislatura resolvió asistir en masa á las exequias, lo mismo que el
poder judicial. Preparábase una manifestación de duelo como nunca se
había visto, tanto más cuanto que Camino, vinculado por el parentesco
á casi todas las familias representativas de la provincia, arrastraría
tras de su féretro á buena parte de la oposición, acalladas las
pasiones ante el silencio del sepulcro.

De aquella magnífica ceremonia sólo quiero recordar un detalle: El
ministro de Gobierno, González Medina, terminó su oración fúnebre
diciendo no sé si con ingenuidad ó con malicia provinciana:

--Ha caído en el puesto de honor, manteniendo alta la bandera de sus
convicciones. ¡Llorad, pero imitad este ejemplo, ciudadanos!

No sé lo que Cruz, si estaba presente, comprendió en estas palabras.
En cuanto á mí, es la primera y última vez que he tenido que hacer
esfuerzos para no reirme en un cementerio.


                                  VII

Al día siguiente, me llamó Correa á su despacho de gobernador.

--Mirá--me dijo.--He pensado mucho en la situación, y he resuelto
cambiar el ministerio. ¿Querés ser ministro de Gobierno?

--¡No friegue, don!--exclamé.--Usted me ha prometido otra cosa.

--Sí. Pero, hijito, ¡ministro!...

--¿Y qué hay con eso? Á usted no le quedan más que dos años de
gobierno; y yo quiero ir á Buenos Aires. Esto es muy chico para
mí. Mire, no cambie los ministros: son buenos muchachos y ya están
acostumbrados á hacer lo que quiere el gobernador.

--Eran hombres de Camino.

--Se equivoca. Eran y son hombres del gobernador. Tanto les da Juan
como Pedro, con tal de que ellos figuren.

--Es que quisiera cambiar un poco el Gobierno, darle al pueblo alguna
satisfacción.

--Llame á Vázquez, entonces.

--Puede que no sea mala idea.

--Pero, le advierto: Vázquez es un contemporizador y una especie de
puritano: como contemporizador no satisfará á la oposición, y como
puritano hará enfurecerse á los nuestros. Además, Camino lo ha puesto
mal con el Presidente... Conque...

--Conque... se puede ir al diablo.

Sonreí, y le di el último golpe:

--Y, al concluir su período, con Vázquez tendría usted que renunciar á
ir al Senado, porque la Legislatura, nacionalista y presidencial, no le
perdonaría sus lirismos.

Correa no era difícil de convencer en cosas evidentes y de utilidad,
y todo quedó como estaba. Los ministros no me hacían sombra, porque
eran completamente ineptos y yo sabía la manera de manejarlos. Siempre
me habían temido, y desde que Correa subió al poder, comenzaron
á temblar ante mí aunque yo les hubiera prometido hacer todo lo
posible para mantenerlos en su puesto. Una amarguísima incidencia
que debió costarnos caro, vino á darme un terrible poder, aumentando
inopinadamente mi prestigio.

La muerte de Camino, ocurrida en circunstancias tan misteriosas,
precisamente cuando comenzaban á trascender nuestras intrigas
tendientes á derrocarlo, pareció de pronto al público menos clara de lo
que la presentábamos. Nuestras idas y venidas en aquella noche aciaga,
y aunque fuera ya tan tarde, no habían pasado inadvertidas, porque la
gente provinciana parece dormir con un solo ojo cuando se trata de algo
que puede alimentar la chismografía. Además, aunque el cuento estuviera
urdido magistralmente, había demasiados testigos de la verdad: si
se podía contar con mi reserva, la de Orlandi, la del Comisario de
órdenes, la del zorro de Cruz, no sucedía lo mismo con las mujeres, los
dos vigilantes, el cochero. Los secretos de almohada por la almohada
suelen trascender. Uniendo á esto la malevolencia de la oposición, no
es raro que comenzara de pronto á correr este rumor siniestro:

«El gobernador Camino ha muerto envenenado.»

Y, con este rumor, el gobernador Camino, que era execrado por cuantos
no recibían sus favores, que las familias excomulgaban por sus notorias
costumbres, que nunca había hecho nada notable ni siquiera bueno, ni
aun regular, resultó un defensor de los intereses del pueblo, que el
Presidente de la República quería suprimir, una víctima del sistema,
un cordero pascual, y nosotros, el doctor Orlandi, yo, Correa, ¡quién
sabe cuántos más! unos envenenadores, unos Borgia de nuevo cuño. En
vano traté, trató Orlandi, de poner las cosas en su lugar, de presentar
la verdad tal cual era; en vano dijimos que el Gobernador estaba caído
y no podía estorbarnos ya. ¡Todo el mundo creyó, ó fingió creer, que
lo habíamos suprimido con el Aqua Tofana, y que Orlandi--italiano al
fin,--era la mano, mientras Correa y yo éramos la voluntad!... ¡Ah,
canalla, canalla, canalla! ¡Cómo es la canalla, y cómo maldije entonces
la libertad de la calumnia que pasa de boca á oído y resulta más
notoria que la insertada en los diarios! Yo había mentido á sabiendas
y públicamente, para destruir al contrario, muchas veces, pero nunca
había llegado á tal extremo, ¡nunca había inventado una calumnia que,
como aquella monstruosidad, estuviese tan fuera, tan lejos de las
costumbres políticas de nuestro país!

Y, ¡vean ustedes lo que son las cosas!... No me creerán, pero aquello
nos hizo mucho bien, si no moral, materialmente. El temor que nos
rodeaba y que comenzaba á ser lo más claro de nuestro prestigio entre
el pueblo bajo, se intensificó hasta un grado increíble. Nunca, como
entonces, fuímos dueños de la situación, aunque nos execraran. Entre la
gente de buena posición, nadie creía aquella horrible calumnia, aunque
algunos energúmenos la aprovecharan para denigrarnos. Entre éstos,
que afirmaban la verdad del envenenamiento y los otros que la ponían
caballerosamente en duda, el pueblo decía:

--Los que los acusan dicen la verdad; los otros se callan de miedo.

Y si gente tan bien colocada temía, ¿qué no había de temer el pobre
pueblo? De tan vil, de tan inexistente causa, nunca he visto salir
tales efectos. Como si estuviésemos en tiempos de Rosas, la provincia
calló, y no hay gobernante que haya gobernado tan pacíficamente como
Correa.

Una persona, sin embargo, tuvo una sombra de duda que me afligió en
extremo: María.

La visitaba frecuentemente, y estaba entonces enamorado de ella, de
su hermosura, de su ingenio, de su delicadeza, de su instrucción
artística. Era toda una señora con los candores deliciosos de una niña.
Hacía tiempo que la notaba más fría y reservada que antes, sin poder
darme cuenta del motivo, cuando una noche, como se aludiera, no sé á
qué cuento, al difunto Gobernador, dejó escapar esta frase:

--¡Cuándo se aclarará ese misterio, tan doloroso!

Comprendí entonces todas sus reservas, y le dije la verdad, comenzando
por revelarle la vida íntima de Camino, sus extravíos, sus malas
costumbres, para terminar con el cuadro de su muerte, sin detalles
ociosos y escandalosos, tal, en fin, como lo he hecho en estas páginas.
Y terminé diciendo:

--Para que no tenga usted la menor duda, voy á mandar que venga Cruz, y
él le contará las cosas tal como pasaron.

Comenzaba á escribir una tarjeta cuando María, levantándose y poniendo
su mano sobre la mía, me interrumpió así:

--Nadie sino usted podía contarme semejantes atrocidades. Le creo, pero
no quiero que nadie me repita cosas que yo no debo saber. Perdone mi...

No dijo sospecha, no dijo duda porque cualquiera de estas palabras le
hubiese parecido excesiva.

¡Oh, el pudor de nuestras antiguas mujeres! ¡Decir que todavía
quedan algunos ejemplares, contrastando con la inmensa muchedumbre
de «libertadas», de emancipadas, aspirantes á hombre, que hoy nos
rodea! Conquistar una mujer era todavía entonces (y de vez en cuando)
robarse un fruto saltando una tapia coronada de vidrios de botella;
conquistarla hoy, suele ser robarla del escaparate en que las ofrecen.

María se mostró aquella noche afectuosísima, y comprendí que la había
convencido. En cuanto á Blanco, ya hacía mucho que estaba al corriente
de todo lo ocurrido.

Pocos días después tuve una noticia que me sorprendió. La gente se
marcha mucho más pronto de lo que uno supone, y el camino va quedando
sembrado de cadáveres. Hoy pienso que si se llevara una nomenclatura
de todos los parientes, amigos y allegados que se mueren, al cumplir
los cuarenta años uno estaría siempre con los pelos de punta, en cuanto
viera la enorme, la interminable lista de los que hemos dejado atrás.
La noticia era la de la muerte de don Higinio Rivas, ocurrida una
semana antes en Buenos Aires. Esto constituía, apenas, un incidente en
mi vida, y sin embargo, me conmovió, removiendo todos los recuerdos
de la infancia y la adolescencia. ¡Don Higinio! ¡Los Sunchos, en que
aún vivía mi madre, hecha una pasita! ¡Teresa, de quien nada sabía!
¡Qué lejos estaba todo aquello! ¡Y qué jugoso y qué sabroso era,
con su candor, un poco perverso á veces!... Pensé que un día, como
á Sarmiento, me sería dado revivir toda aquella conmovedora comedia
primitiva, tan sentimental, componiendo mis «Recuerdos de provincia»...
Pero mientras llegaba esta obra maestra, futura como tantas, me
contenté con escribir un largo artículo necrológico para _Los Tiempos_
que, gracias á mis buenos oficios, seguía dirigiendo y redactando mi
amigo el galleguito Miguel de la Espada.

¿Qué dije de don Higinio? Nadie se preocupe de ello. Precisamente aquel
artículo necrológico que conservo pegado en un cuaderno de recortes,
es el que me ha servido páginas atrás para esbozar su retrato, su cara
leonina, su ingenio astuto y quizás quizás su carácter débil de gritón.
Pero le hice justicia y disimulé sus defectos.

De la Espada, después de leer las cuartillas que le había llevado, me
dijo, como quien quiere decir algo y no acierta, en el tono que los
autores dramáticos acotan «con intención»:

--Bien se lo ha ganado, el pobre.

Cumplido este deber, el único de mi incumbencia, según creía,
preparábame á dar por definitivamente cerrado aquel capitulito de mi
vida, cuando recibí esta carta:

    «Mi muy querido Mauricio: Sólo quince días después de la muerte
    de tatita, de la que debes tener noticia, me siento con valor
    suficiente para escribirte. Todo el luto que orla este papel no
    es nada comparado con el que pesa sobre mi alma y mi corazón.
    ¡Pobre, pobre tatita! Murió abrazando á tu hijito, que tanto
    se te parece y que todavía no puede comprender todo lo que ha
    perdido. No habló de ti, no aludió á ti, como si ya no tuviera
    esperanza de remedio al daño que hiciste. Á mí me dijo--y son
    sus últimas palabras:--Cuídalo bien.--¿Para qué te escribo esta
    carta, Mauricio? Sólo para una cosa, sólo para decirte: Ya no me
    queda en el mundo nada más que mi hijito, y quizás tú. ¡No te pido
    nada, nada, nada! Sólo quisiera estar á tu lado, vivir con tu
    vida, ser como una guachita mansa de esas que siguen al dueño por
    todas partes... ¡Estoy tan triste, Mauricio!... ¡Quieres que vaya,
    ó vendrás tú, por fin, á conocer á tu hijo que ya va siendo un
    hombrecito!»...

Puedo transcribir (como transcribo en parte) esta carta, porque la
guardé, contra mi costumbre, tanta fué la sorpresa que me causó su
forma. ¿La había escrito Teresa? ¿Se la había dictado alguien?... ¿De
dónde salía todo ese atildado romanticismo, ó sentimentalismo, si
hay quien lo prefiera? Hace poco, revolviendo papeles viejos, volví
á encontrar esta carta, amarillenta ya, la releí, y debo confesar
que me conmovió. ¡Era bien de Teresa! Lo probaban mil detalles, mil
tiernos recuerdos que omito. ¡Si la hubiera comprendido entonces como
la comprendo ahora! ¿Qué me pedía Teresa? Nada. ¿Qué me ofrecía?
Todo. Sinceramente, me lo ofrecía todo, pero entonces sospeché de
ella y me reí de la gauchesca figura de la «guachita» y de sus
ofrecimientos, cebo, á mi juicio, que debía arrastrarme al matrimonio,
al reconocimiento del chico, á empeñar mi vida, en fin, como en el
Monte de Piedad. No, no. En mi opinión, su cálculo era éste: vivir
conmigo y esperar la ocasión propicia para hacerse dueña de mí, gracias
al vínculo del muchacho, del «hombrecito». Era una infeliz; es la
única mujer á quien quizás haya hecho desgraciada. Pero, ¿quién iba á
decirme entonces que tanta candidez puede existir en el mundo?

Y en aquel tiempo, pensando de otro modo, después de leer la carta me
dije que podía optar por dos temperamentos, á saber: contestarla ó no
contestarla.

Me acordé de Vázquez, á quien hubiera comparado entonces con el doctor
Relling de Ibsen, si lo hubiese conocido, y tomé el camino del medio.
No obré, es cierto, ni como Vázquez ni como Relling, pero... tomé el
camino del medio: Escribí sin contestar.

Y el borrador de mi carta, muy estudiada, muy medida, estaba el otro
día, cuando revolví mis papeles viejos, al alcance de mi mano, prendida
con un alfiler á la extraña misiva de Teresa. Decía así:

    «Señorita: He lamentado infinito el fallecimiento de don Higinio,
    á quien siempre quise mucho, como viejo amigo de mi padre, y á
    quien siempre admiré y respeté como á uno de los hombres más
    representativos de nuestra provincia, y sobre todo de nuestro amado
    pueblo de Los Sunchos.

    «Ha dejado un vacío que nadie podrá llenar en las filas de nuestro
    partido, en el círculo de sus amigos y camaradas, y más aún en el
    corazón de su hija, la estimable compañera de mis años infantiles á
    quien nunca olvidaré y para quien son mis mejores sentimientos.

    «Acompaño á la triste huérfana en su hondo pesar, como un hermano
    que sufre y llora al par de ella, y lamento más que nunca la
    impotencia del hombre á quien el misterio de la muerte dice:--No
    pasarás de aquí.

    «¡Teresa! si en algo puedo ser útil á la hija del gran caudillo, no
    tiene más que mandar.

    «Ordene al compañero de los primeros años de la vida, al que
    confundió con usted sus pensamientos y sus aspiraciones con todo
    su candor de niño, antes de que ambos entráramos en la lucha por
    la existencia; al que hoy pide á Dios que traiga á su espíritu la
    conformidad en tan duro, pero también en tan inevitable trance.»

Esto parecerá á algunos un poco... ¿qué diré?... ¿canalla?... Pero, he
aquí la verdad: Estaban en juego mis sentimientos más íntimos--entonces
creía que comenzaba á amar á María Blanco,--estaban en juego mi afecto
y mi respeto hacia don Higinio, hacia Teresa, estaba en juego, también,
todo mi porvenir. ¡Mi porvenir! Un vago é inútil sentimentalismo ¿debía
apartarme del camino recto que se abría ante mi vista? Eso, nunca. Los
mismos Evangelios lo han dicho: «Rompe con tu padre, con tu madre, con
tu amigo, y sígueme.»

Lo sentí mucho: como la oveja, evangélica también, tenía que ir
dejando vellones de mi lana en las zarzas del camino. ¡Teresa!...
¡oh recuerdos!... Pero, desgraciadamente, no he nacido con todas
las felicidades y todas las preeminencias, no he podido dejar de
hacer sacrificios para llegar á donde he llegado. ¡He ahí! yo tenía,
fatalmente, que recorrer mi órbita y tanto peor para los que encontraba
en mi trayecto. Una desviación de un milímetro en mis comienzos, me
hubiera hecho otro hombre, me hubiera lanzado á lo ignoto. Por otra
parte, ¿qué debía preocuparme? ¿El hijo de mis amores? ¡Bah! leve
escrúpulo.

Mauricio Rivas había nacido rico.


                                 VIII

Más me preocupaba María Blanco, á quien seguía cortejando con
asiduidad. Teresa había pasado á la categoría de los recuerdos
indiferentes, vale decir que no son ni gratos ni desagradables. No
me había contestado mi carta-ruptura, y supuse que daba todo por
terminado. ¿Comprendía la distancia que nos separaba y que se hacía
mayor cada vez? No sé si era éste ú otro el orden de sus pensamientos;
lo cierto es que no volví á oir hablar de ella en mucho tiempo, y
que no me escribió una línea. Era, pues, un capítulo terminado de mi
vida, y si insisto en él es sólo porque acontecimientos posteriores
me lo evocaron vívidamente en circunstancias que más tarde narraré.
Entonces--lo repito,--me acordaba de Teresa y el chicuelo como de seres
y cosas vinculadas á una travesura de la niñez, como de un paisaje
lleno de sol, visto al pasar, en un sitio donde era imposible clavar la
tienda en el tránsito de la vida.

Pero si María, conocedora en parte de mis antecedentes, pretendía
vengar al sexo, afectando, si no desdén--que esto yo nunca lo hubiera
admitido,--una especie de despego prometedor y cautivador, pero
engañoso, la verdad es que si pudo detenerme un tiempo no consiguió en
modo alguno su propósito de venganza, ó cualquier otro que tuviera. Yo
«me le fuí á los cañones», como vulgarmente se dice, y me esforcé en
aclarar la situación con entera franqueza.

Una tarde, que nos paseábamos en la huerta, á poca distancia de don
Evaristo, que hacía como que cuidaba las plantas para dejarnos cierta
libertad, la hablé resueltamente.

--Está muy esquiva conmigo, María. ¿He hecho algo que pueda enojarla?

--¿Á mí? No, que yo sepa. Pero, ¿á qué viene esa pregunta? ¿No somos
tan amigos como siempre?

--Hay una diferencia... Una diferencia imperceptible para los demás,
enorme para mí. Las cosas que usted me dice suenan ¿cómo diré?
desafinadas. Ya no tiene usted el adorable abandono de los primeros
días, que me cautivó tanto...

--¡Vamos! Yo soy siempre la misma. Pienso lo mismo, digo lo mismo. Será
usted el que ha cambiado.

Hablaba tranquilamente, con la voz sin inflexiones, algo más aguda que
de costumbre y, por lo tanto, hiriente para mí.

Estuve por decirla:

--Pero, ¿cómo es eso? ¿No me ha elegido, no me ha atraído usted, como
hacen las mujeres, únicas que tienen la elección? ¿No me ha dicho
usted, sin decírmelo, que debía festejarla, porque usted me había
designado para novio? ¿No la atraía esa misma aureola de calavera que
quizá en este momento la hace alejarse de mí?

No se lo dije. Sólo acerté á esto:

--Me trata de un modo que me da pena, María. Como á un amigo, sí; pero
no como á un amigo que puede aspirar á más, sino como á una simple
«relación», como á un «conocido» que pasa y se olvida.

--¡No soy de amistad tan fácil!--replicó sonriendo, siempre fría.

--¡María! ¡Alguien le ha hablado mal de mí!--exclamé, pensando en
Vázquez.

Me miró de hito en hito, seria, pero sin acritud.

--Todos--contestó.

--¿En estos días?--inquirí, casi colérico.

--No. Antes... mucho antes... Yo creía que no era verdad. Pero ahora
veo que no se puede contar con usted. ¡Tonta de mí! Supuse por un
momento, que, ocupándose de cosas más serias, más elevadas, se
olvidaría de hacer locuras... ¡Locuras! ¡Si no fuera más que eso!

No sé por qué me acordé de las escenas de la huerta de Rivas, en Los
Sunchos, tan ingenuas, en las que no se trataba de imponerme nada,
nada, ni aún de la manera más indirecta del mundo. Donde cabe el examen
¿cabe, al propio tiempo, el amor?

Me parece que no, me pareció especialmente entonces que no, y me sentí
desconcertado y molesto.

--No la entiendo, de veras--dije con displicencia.--Ya me ve usted,
sujeto á todas sus voluntades, visitándola día á día, no pensando sino
en usted.

--Sí, usted viene, me agasaja, me lisonjea; pero eso no tiene gran
significación para una muchacha como yo, Mauricio, acostumbrada á
pensar y á juzgar. Ninguno de esos actos le cuesta el menor esfuerzo,
como le costaría, por ejemplo, abandonar el café, el club, las... las
relaciones.

Esto era significativo. Se me imponía un sacrificio, sin ofrecerme nada
en cambio, categóricamente por lo menos. Era el momento de hablar de un
modo decisivo:

--¡Mire, María! Soy todavía muy joven y estoy lleno de defectos, es
verdad. Pero no tengo nada grave que echarme en cara...

Esto lo dije, tanteando el terreno, por ver si estaba al corriente de
lo ocurrido con Teresa. No se inmutó, no replicó: no sabía, entonces...

--Pero ¿cómo quiere--agregué, más seguro de mí mismo,--que de la noche
á la mañana me convierta en un viejo, ni que renuncie á mis pocas
diversiones--muy inocentes, por otra parte,--si no veo más ó menos
cercana la recompensa de ese pequeño sacrificio? Ofrézcame usted la
recompensa, y yo entonces, le aseguro...

--¿Y qué recompensa puedo ofrecerle yo?

--Decirme que me quiere.

--Hágase usted querer--dijo con seriedad y coquetería á un tiempo.

Don Evaristo, que se acercaba, puso fin al diálogo, y yo me quedé
pensando en las desmedidas ambiciones de la niña. ¿Conque, nada
menos, quería que yo renunciara á todo y que me quedara prosternado,
adorándola como á una imagen? ¡Qué pretensión! Estaba enamorada de mí,
y se hacía la desdeñosa. ¿Qué me costaba hacer lo mismo, renovando con
variantes «el desdén con el desdén»?

Yo, para mí, y por una fuerza, quizás ajena á mi voluntad, por un
instinto poderoso, he sido, soy y seré, lo digo así, brutalmente,
porque es la mejor, la más verdadera forma de decirlo, el centro
del mundo. Lo que más me interesa es el propio «yo», el resto debe
supeditarse á esta entidad. Pero hay una atenuante á esto, demasiado
absoluto quizá, atenuante que me ha permitido llegar á ser lo que soy:
cuando las cosas exteriores no pueden ó no quieren supeditarse, el «yo»
debe aprovechar las circunstancias para seguir siendo centro, á toda
costa. Y jugar conmigo es cosa seria.

Dejé á María y á su padre, que me invitaba á comer con ellos,
pretextando quehaceres y jurándome tener la última palabra en la
cuestión. Para ello, bastaba á mi juicio con cesar, durante un tiempo,
toda visita, y esquivar todo encuentro con la altiva moza, aspirante
á mi esclavitud, que ella soñaba probablemente redención. Cosa fácil,
porque en aquel momento me preocupaba mucho mi porvenir político, y
más aún porque mi puesto de jefe de policía me daba nociones de la
vida--exageradas por lo unilaterales,--que no ha escrito el más negro
de los pesimistas, que no se han expresado ni aun en la redacción de
los diarios más chismógrafos. El mejor informado de los repórteres
no sabe, en cuanto á la vida privada de los habitantes de una ciudad
grande ó pequeña, ni lo que sabe el más ínfimo de los policías, y si
quisiera novelas ó escándalos, no tendría más que pasar por ese cedazo,
ó, mejor dicho, tenerlo en la mano. Se echan pestes contra la policía,
pero si ella hablara se acabaría, sencillamente, la sociedad, minada
en sus cimientos, ó, por lo menos, en la parte convencional de sus
cimientos, que no es la menos importante. Pero, como educación moral,
esta escuela de la policía es, como ya dije, excesiva, porque sólo
pone de relieve la parte mala, baja y despreciable de la humanidad,
invitando á creer que toda ella es así, sin excepciones, ó casi... No
se extrañe, pues, que no pudiera tener confianza en una mujer, por pura
y altiva que pareciese.

Sin embargo, María había lastimado hondamente mi amor propio. Lo
comprendí al encontrarme aquella misma tarde de manos á boca con
Vázquez, quien se acercó á saludarme, afectuoso, aunque con el velo de
tristeza que ya no lo abandonaba nunca.

--¿Cómo te va?

--¡Mal!--le repliqué.

--¿Qué te pasa?

--Alguien me ha desconceptuado en la opinión de una persona que estimo
muy mucho...

--¿El Gobernador?

--¡No te hagas el tonto!

Encogióse de hombros, estuvo un momento callado, y luego murmuró:

--¡Mauricio! Temo que hagas desgraciadas á muchas personas y, lo que es
más curioso, que no te conquistes con ello la felicidad... Si aludes á
mí, y crees que yo me pongo en cualquiera de tus caminos para cerrarte
el paso, te equivocas... Mauricio. Tú has nacido de pie, como decían
nuestros abuelos. Yo no lucho contigo, ni abierta ni solapadamente,
porque sería inútil. Tú no emprenderás nunca nada en que no estés
seguro del éxito, é impulsado á ello por las circunstancias. ¡Oh, tú
harás siempre lo que quieras!...

--¿Por qué?

--Ya te lo he dicho: Sencillamente, porque nunca querrás sino lo que
esté al alcance de tu mano. Eres como un chico que va á la juguetería
con el bolsillo lleno, sin proyecto alguno, sin más que un deseo vivo é
indeterminado de «tener cosas», y que va tomando todo cuanto le gusta...

--¿Y tú?--dije, no sin ironía.

--Yo tengo, por desgracia, ambiciones determinadas y una línea de
conducta. Como sé lo que quiero, es muy probable que no lo consiga, y
los demás dirán siempre que me estrello contra las murallas en vez de
buscar el portillo que encontraría seguramente abierto...

¡Las ambiciones determinadas de Vázquez! ¡Su línea de conducta!...
Ahora las juzgo abstracciones morales y políticas, sin nada positivo,
sueños románticos y nada más. Pero entonces no paré mientes en ello,
y lo di por admitido, encarando de lleno y francamente el asunto
principal.

--¡Hablemos claro! ¿María Blanco?

--Es la muchacha más interesante de la ciudad. Pero está deslumbrada
por un espejismo. No trataré de desengañarla. Sí, Mauricio, es verdad,
la quiero; pero no desearía unirme á una mujer convenciéndola, sino
enamorándola. Convencida, siempre estaría viendo tras de mí, más grande
y más hermoso que yo, el príncipe de su cuento azul, por insignificante
que fuese en realidad... Y no es tu caso: con tu capital de buen mozo,
de inteligente, de elegante, de afortunado, de hombre de posición
política, y no sin bienes materiales, no eres un cualquiera. Tienes
todos los elementos necesarios para que te hagan un don Juan; porque
los don Juan no se hacen ellos mismos: los hacen los demás...

Hube de pegarle. Pero no se burlaba; por el contrario, hablaba amarga,
dolorosamente, aunque con entereza. Era ironía de buena ley. Le tendí
la mano, y le dije:

--«Sos» un misántropo. Así no irás á ninguna parte.

--¡Ni quiero!--contestó.

Cualquier otra cosa hubiera sido mejor para mí que este coloquio,
pues me dejó más nervioso que antes, aunque convencido de que Pedro
no influía para nada en la actitud de María Blanco. «Esperar que lo
quieran», así, resueltamente, es como decirse que uno es estatua,
monumento... ¡Qué animal! Pero ¿y si tenía conciencia de valer todo
eso? ¿Era feliz? ¿Feliz, renunciando á lo que quizá pudiera conquistar?
¿Ó es que consideraba que la felicidad sólo existe en el equilibrio
perfecto, no en la lucha? ¡Bah!...


                                  IX

La lucha, en cambio, me conviene á mí, es mi elemento. Sé, como el
cazador primitivo, estudiar las costumbres de la presa futura, las
circunstancias, la atmósfera, los accidentes del terreno, todo cuanto
puede contribuir á la satisfacción de mis deseos ó ambiciones. Este
estudio es, en la práctica, una verdadera lucha, al contrario del que
se hace en los bufetes ó en las escuelas, puramente especulativo ó
contemplativo: exige acción continua, atención infatigable, decisión
rápida, lo mismo que el de la caza, porque nadie se hace cazador, sino
cazando.

Ya en aquel entonces, en esos lejanos años juveniles, tenía todas
estas cualidades, como habrá podido verse, é iba adquiriendo gran
conocimiento del mundo un tanto especial en que actuaba, inspirador
de una filosofía sui generis, empíricamente materialista--pese á mi
confesión cuando el duelo,--y en cierto modo antisténica, lo que me
permitía pasar por algunos detalles que á otros quizás les hubieran
parecido molestos, si no indecorosos. Pero no se exagere el alcance de
esta otra confesión. Me refiero, sencillamente, á casos como el que,
por ejemplo, me presentó el gobernador Correa... Nadie imaginará lo
que le ocurrió á este buen señor, embriagado, sin duda, por el mando.
Lo daría en mil. Pues, simplemente, seguir las huellas de su digno
antecesor, sin arredrarse ante los resultados, sin escarmentar en
cabeza ajena, y quiso profundizar sus vagas ideas pasionales, él, que,
desde los veintidós años, edad en que se casó, conocía únicamente al
sexo femenino por intermedio de misia Carmen, su honesta esposa. ¿Y
á quién había de dirigirse, con su inexperiencia de cincuentón, sus
temores de dar que hablar, su terror pánico á los celos póstumos de
su mujer? Una tarde que fuí á su despacho, me dijo sonriendo, entre
desenvuelto y cortado:

--Corren las mentas de que se divierte, Herrera.

--¡Eh! Se hace lo que se puede, Gobernador.

--¡Qué diablo de muchacho! Hace bien de aprovechar, mientras es mozo...
Yo también, si pudiese... Pero ya se me pasó el tiempo... Solamente...
Solamente me gustaría acompañarlo alguna vez... ¡Oh! por curiosear,
como mosquetero, no más, porque ya no sirvo para nada... Pero, en fin,
un rato de vida es vida...

--¿Y á dónde me querría acompañar, Gobernador?--le pregunté, por
tirarle de la lengua.

--¡Bah! Usted bien sabe... No ha de ser á misa, está claro... Usted
tiene tantas buenas relaciones, y ha de ser tan divertido... ¿No me
convida, entonces?

--¡Cómo no! Cuando usted quiera...

Abrevio. Lo más difícil de decir es esto: el gobernador Correa, como
novel aspirante, adoptó las modas después de abandonarlas yo. Y nadie
tuvo de qué quejarse, ni yo, ni las modas, ni el Gobernador. Sólo misia
Carmen, quizá.

Ésta era una de tantas entre todas mis funciones policiales. Y,
á propósito, apenas he hablado de mi acción en cuanto al orden y
la seguridad. Esto se explica: se ha abusado del género en estos
últimos tiempos y no quiero plagiar involuntariamente á Gaboriau, á
Conan-Doyle, á Leblanc ó á Eduardo Gutiérrez. Á ellos envío á los que
me quieran ver realizando hazañas de pesquisante, pues siempre saldré
ganando; quizás, en efecto, no haya hecho nada notable como detective,
pero agregaré en mi defensa que nadie me lo exigía. Muy al contrario,
á veces se me aconsejaron procedimientos análogos á los del comisario
Barraba de Pago Chico, especialmente en asuntos de abigeato. Pero
adopté siempre sistemas menos primitivos...

Entretanto, la actitud de Vázquez había producido una especie de rebote
en mi espíritu. En vano pensaba yo que aquellos dos espíritus, serios y
ponderados, estaban probablemente hechos para unirse, y que una mujer
como María, llena de principios y de escrúpulos, no era lo que me
cuadraba. Había una circunstancia favorable, y mi amor propio de «gallo
único»--recuerdo á Ibsen,--me obligaba á aprovecharla. Así es que fingí
desdén durante una, dos semanas, pero, esforzándome por fingirlo, me
iba convenciendo cada vez más--por autosugestión,--de que era falso. Y
un desdén fingido es, simplemente, un deseo verdadero. Me puse á desear
ardientemente á María, y esto me obcecó hasta extremos incomprensibles,
tratándose de un sentimiento que hoy juzgo artificial.

Como un chiquillo romántico, fuí á verla arrebatado, después de dos
semanas de ausencia, y aprovechando la soledad en que nos encontramos,
comencé á echarle violentamente en cara su frialdad, su inconsecuencia,
todo cuanto se me vino á la boca.

Se puso muy colorada, tembló toda, dejando caer los brazos é inclinando
la cabeza, bajo aquel alud de pasión superficial. Me dejó hablar, decir
cuando quise, y un rato después de que callé, alzó los ojos, me miró
tiernamente y me dijo:

--¿Está tan enojado... de veras?

Creí ver un relámpago de duda en sus pupilas, y me tranquilicé de
pronto.

--No estoy enojado--contesté con calma relativa.--Es mi modo de hablar.

--¡Ah!

Se irguió, se puso pálida, y continuó, después de un momento:

--Usted tiene siempre modos de hablar, de portarse, de hacer... Pero
anda demasiado aprisa y me trata mal.

--¿Mal, María? ¿No sabe usted que mi mayor deseo es que sea usted la
compañera de mi vida? ¡Diga! ¿quiere ser mi mujer?

--¿Su mujer?

Y después de otra pausa, contestó:

--Pensémoslo más... Hablemos de eso dentro de unos meses... Déjeme la
ridiculez de ser algo romántica, repitiéndole los versos de Campoamor:
La tierra está cansada de dar flores; necesita algún año de reposo.

--¿Tantas ha dado?

--Alg...unas...

--¿Con Vázquez?

Se separó violentamente, como si la hubiese herido en lo hondo.

--Las flores son la condición de la primavera. ¿Qué importa dónde,
cuándo, ni cómo, ni por qué?--dijo amargamente.

--¿Se ha enojado, María? ¡Mire! Y yo que le iba á pedir...

--¿Qué?

--Que nos casáramos... cuando usted quisiera.

--¿Dentro de un año?--preguntó, sonriendo como entre nublados.

--¿Dentro de un año? ¡Tanto! Pero si usted quiere... ¿Por qué dentro de
un año?

--Porque... no tengo... con-fi-an-za... Mi amigo es muy veleta.

--¡Yo!

--Muy veleta y muy... ¡Ah, Mauricio! ¿quiere que volvamos á hablar de
esto el año que viene? ¿Quiere? ¡Sea buenito!

--Pero María, usted duda de mí, usted piensa que yo...

--No, Mauricio--interrumpió.--Éstas son cuestiones más serias de lo
que nosotros creemos. Ahora le diría «sí», pero quizás me arrepintiera
más tarde. Dejemos que las cosas lleguen á su punto. ¿Qué importa
esperar, si luego no hay que discutir?...

Y he aquí toda la declaración de un temible donjuán. ¿No significa esto
que cuando la mujer no quiere?... Resultado: la frecuenté aún más y
seguí creyendo haberme enamorado de ella como un loco.

De todos modos, modifiqué notablemente mi conducta, guardando mejor las
apariencias y afectando una reserva que no me sentaba mal y que llamó
bastante la atención en el círculo de mis relaciones. Durante algunos
meses, sólo frecuenté los círculos políticos, la casa de Gobierno,
mi despacho de la jefatura, sin aparecer por el Club sino breves
instantes. También, por entonces me absorbía enormemente la cuestión de
mi candidatura, que si en un principio pudo parecerme cosa hecha, de
pronto comenzó á presentarme dificultades. Había muchos aspirantes y el
gobernador Correa se sentía traído y llevado por ellos. Era de buena
fe conmigo, pero los que deseaban suplantarme le llenaban la cabeza
de objeciones, de chismes y de intrigas. Demasiado muchacho, no tenía
antecedentes políticos de valor; mi vida era un semillero de locuras;
hacerme elegir sería desconceptuar el Gobierno, ya harto malparado,
tanto más cuanto que yo ocupaba la jefatura de policía, cosa que haría
demasiado evidente la intromisión del Gobierno en las elecciones. Algo
de todo esto me dijo Correa, pero yo le rebatí victoriosamente todas
sus objeciones, y muchas otras que podría presentarme.

--Soy joven, es cierto, pero eso no es un obstáculo, ni seré el primer
diputado nacional de mi edad. En nuestro país todos los hombres
públicos, casi sin excepción, han empezado muy temprano su carrera. Y
lo mejor que han hecho lo hicieron cuando jóvenes, cuando tenían más
iniciativa y más empuje. En cuanto á mis pretendidas «calaveradas», no
son, Gobernador, ni más ni menos graves que las que hace todo el mundo,
y á usted menos que á nadie pueden sorprenderle, conociendo como conoce
la vida privada de tanta gente... Además, pienso casarme pronto con una
muchacha virtuosa, inteligente, instruída y de una familia notable.

--Sí, sí; ya sé: la de Blanco.

--¿No le parece esto suficiente garantía de seriedad? ¿No entraré así,
en Buenos Aires, en las mejores condiciones sociales y políticas?

--Sí; eso cambia...

--Ahora, ¿que soy jefe de policía de la provincia? Puedo renunciar, si
usted quiere, pero esto le traería algún trastorno si no tiene ya bajo
la mano un hombre de confianza, que yo le encontraré apenas me elijan.
Además, la Constitución no dice que un jefe político no pueda ser
electo diputado--agregué, repitiendo un viejo argumento.

--Pero hay que tener muy en cuenta á la oposición...

--¡Bah! ¿Prefiere usted que grite ó que mande? Si le hacemos caso,
ella será la que gobierne, no nosotros... ¡Vaya! ¡No hablemos más,
Gobernador! Tengo su palabra, y ha de cumplirla, ¿no es verdad?

Dije esto sonriendo y levantándome para dar por terminada la
entrevista, como si yo fuera el amo, y con un acento tal que Correa
sólo podía interpretar la frase de este modo:

--Me ha dado su palabra, y yo sabré hacérsela cumplir, de grado ó por
fuerza. ¡Para algo tengo la provincia en la mano!...

--Váyase tranquilo--murmuró el Gobernador, vencido, prometiendo...


                                   X

Una sola cosa perjudicaba realmente á mi candidatura. Por falta de
reflexión, por insuficiente clarividencia del porvenir, tanto en Los
Sunchos como en los primeros tiempos de mi vida ciudadana, habíame
mostrado de un liberalismo quizá excesivo. Cualquiera hubiese dicho
entonces que me desayunaba comiéndome un fraile y que cenaba devorando
un cura ó poco menos. En realidad, no me importaban un ardite,
pero creía que esta actitud me daba cierto carácter batallador é
independiente que modificaba en mi favor todo cuanto de antipático
pudiera haber en mi sumisión á los poderes constituídos y en mi
partidismo incondicional. Además, el escepticismo estaba de moda.

Pero, desde mi elevado puesto, que me obligaba á la observación
de los hechos con documentos reales y positivos, sospeché en un
principio--cuando el duelo con Vinuesca,--y pude convencerme después
de que estaba equivocado. ¿Qué había hecho posible, por ejemplo, la
abortada intentona revolucionaria contra el difunto gobernador Camino?
Simplemente, la inclinación del clero hacia las filas opositoras, unos
cuantos sermones contra los «infieles» que, amenazando la religión,
conducían el país á la ruina. La palabra de los agitadores políticos
era sospechosa en las campañas; pero las mismas ideas vertidas desde el
púlpito, ó difundidas de casa en casa por el señor cura, adquirían una
resonancia y una eficacia extremas. Así ha ocurrido siempre en nuestra
tierra. El hombre sencillo, sin ser practicante, tiene supersticiosa
veneración por cuanto sale de la iglesia, y el escepticismo bonaerense
es más superficial y «de moda» que real y profundo, ¡qué decir entonces
de las provincias, que han conservado mucho más el carácter español,
y donde en aquel tiempo no había una casa que no estuviese llena de
crucifijos, santos de talla y vírgenes de bulto! ¡Qué torpe y qué tonto
había sido yo, descuidando y aun enajenándome tan poderosas voluntades!
Era preciso corregir aquello, á todo trance, pero con la suficiente
habilidad para que mi actitud, si fuera criticada, me sirviese aún más
que si pasara inadvertida.

Doña Gertrudis Zapata había ido entregándose cada vez más á la
religión, hasta llegar á un feroz fanatismo. Vestía el hábito del
Carmen, comíase á todos los santos, no salía de las iglesias, llevaba
de casa en casa el Niño-Dios en bandeja, pidiendo limosna para la
fábrica de tal ó cual templo, adornaba altares, visitaba á las monjas,
hacía escapularios. Las malas lenguas decían que los viernes ponía
calzones al gallo de su corral y que durante la semana santa lo
tenía enjaulado en el jardín. La casa de don Claudio, quien seguía
desempeñando las funciones de juez de paz, estaba siempre llena de
curas y frailecitos, y los domingos había en ella gran almuerzo, de
cazuela, chanfaina y empanadas, al que asistían dos ó tres sacerdotes
de significación, el padre predicador más sonado, el curita de mayor
influencia, las autoridades eclesiásticas, en fin, pues el mismo obispo
se había dignado aceptar una ó dos veces la humilde invitación de misia
Gertrudis, que en esas ocasiones echó la casa por la ventana haciendo
un menú sardanapalesco. Equilibrábanse así la zorrería de don Claudio
con la santidad de su mujer, y todo marchaba á las mil maravillas.

Yo los había visitado de vez en cuando para oir, como se sabe, de boca
del mismo autor, la narración de alguna de las sentencias notables de
Zapata, de modo que, cuando me mostré más asiduo, no llamé la atención
de nadie. De este modo estreché relaciones que más tarde habían de
serme utilísimas, con el buen padre fray Pedro Arosa, mi antiguo
conocido, franciscano regordete y jovial que era entonces el «pico de
oro» de la provincia, con el cura Ferreira, largo, flaco, triste y
silencioso, y con otros sacerdotes de mayor ó menor cuantía. Reservado
en un principio, demostréles el mayor respeto, no exento de dignidad,
escuché sus opiniones, se las pedí á veces, y me permití discutirlas
con la mayor reverencia, cuidando de darme por vencido y convencido
al fin. Esta táctica me conquistó del todo sus voluntades, tanto más
cuanto que no veían, ó aparentaban no ver, dónde iba yo á parar. Mi
plan era tan sencillo, tan instintivo, que yo mismo no hubiera acertado
á explicarlo, sino como una simple tontería. Había visto una fuerza que
podía serme útil y me colocaba en situación tal que pudiera servirme
en un momento dado. Otros correligionarios no lo pensaron, ¡tanto peor
para ellos!

En el curso de mi vida me han llamado «aprovechador de circunstancias».
Lo cierto es, por una parte--ya lo saben ustedes,--que no las he
desdeñado nunca, y por otra que á veces he solido verlas venir desde
muy lejos, y nunca he reñido con ellas antes de tiempo. ¡Aprovechar las
circunstancias! ¡Pero si eso es, sólo, saber vivir la vida! ¡Vislumbrar
las que han de producirse! ¡Pero si eso es tener talento político!
¿Qué han hecho los «reformadores», los «creadores de circunstancias»,
en nuestro país y en todas partes, sino ir á la inmolación ó ponerse
sencillamente en ridículo?...

Fray Pedro Arosa, el más inteligente de la tertulia, quiso saber
á qué atenerse respecto de mí, y un día me sometió á un amable
interrogatorio, como si hablara de cosas indiferentes.

--Muchos hay--me dijo,--que no creen ciegamente en los sagrados
misterios de nuestra religión, pero que tampoco se atreven á negarlos
y les tributan el más profundo respeto. Esperan el «estado de gracia»
que, dada su situación, no puede tardar en llegarles. Entretanto, se
sienten _desgraciados_--así debe decirse,--porque les falta la inefable
satisfacción de todos los momentos que sólo puede darles la fe.

Pisé el palito, contestando distraído que yo me hallaba precisamente
en esa situación, que quería creer, pero que no podía librarme de toda
duda. Veneraba la iglesia--había dado pruebas de ello,--pero se me
hacía difícil admitir todo su credo, probablemente porque no me hallaba
en el susodicho «estado de gracia».

¿Por qué no frecuenta más los sacramentos?--preguntó campechanamente el
padre Arosa.

--¿Cómo dice, padre?

--¿Por qué no se confiesa y comulga más á menudo? Cuando se está con
un pie dentro y otro fuera de nuestra santa religión, hay que hacer un
esfuerzo. El estado de gracia viene de lo alto, repentinamente, como
á San Pablo en el camino de Damasco, pero también puede obtenerse,
mediante la oración y las prácticas religiosas. La fe, la convicción,
se logra con la voluntad de la evidencia, y trae consigo innumerables
satisfacciones, morales y materiales. ¿Qué gana usted con su
indiferentismo? No servir ni para Dios ni para el diablo, como dicen
los paisanos, con este aditamento: que el que no está con Dios está
contra él.

--¡Santas palabras!--exclamó misia Gertrudis.--¡Con razón le dicen
«pico de oro», padre! Ni fray Marcolino hubiera hablado mejor. Pero
este Mauricio ha sido siempre algo hereje, y no se dejará convencer
hasta que no vea cerca su última hora.

--¿Por qué dice eso, misia Gertrudis? He hecho como todo el mundo, pero
eso no quiere decir que sea un hereje.

--No. No es el caso--repuso fray Pedro.--La herejía es otra cosa muy
distinta, como es distinta la incredulidad. Aquí estamos frente á un
acabado ejemplo de indiferentismo. Frecuente los sacramentos y ese
estado enfermizo de su alma irá cediendo poco á poco ó rápidamente,
¡quién lo sabe! á la celestial medicina.

--Lo haré, padre, y quiero creer que esa medicina, como usted la llama,
me traerá la paz y la felicidad.

--Así en la tierra como en el cielo; no lo dude usted, hijo mío. Dios
premia á sus servidores, sin contar, como padre generoso y amante.

Pocas noches después fuí á visitarlo al convento, y me confesé con él.
París vale bien una misa. Por otra parte, la confesión no me repugnaba,
desde que el padre Arosa estaba ya muy al corriente de mi vida. En
efecto, nada de lo nuevo que le conté le sorprendió, quizá porque ya lo
sabía, quizá porque en su carrera de confesor había oído cosas mucho
más gordas que mis travesuras. Temí un momento, como en mi primera
confesión, que me ordenara casarme con Teresa, pero no lo hizo, sin
duda convencido de que un matrimonio sin amor no sería más que un
semillero de pecados mortales. Lo único que me recomendó fué que huyera
de las tentaciones, pues la ocasión es el arma por excelencia del
demonio...

--Debes frecuentar la iglesia, tener piadosas conversaciones, dedicarte
á la oración, leer libros que eleven tu espíritu. No quiero decirte
que te hagas un anacoreta, ni un místico, no. También ha habido santos
en la sociedad, y la alegría y los placeres lícitos no dañan al buen
cristiano. La religión necesita servidores en el mundo, no sólo en la
iglesia. Reza el Confiteor y ve en paz. _Ego te absolvo, in nómine_...

La noticia de mi definitiva conversión se divulgó rápidamente de
sacristía en sacristía y de convento en convento, y no tardó en
trascender hasta el público. Muchos liberales la creyeron cuento, y no
le atribuyeron importancia alguna. Y cuando el hecho se confirmó, ya
todo el mundo estaba acostumbrado á él.

Mi temible enemigo era, pues, mi aliado. El camino á la diputación
nacional quedaba abierto y sin obstáculos.


                                  XI

Aunque lo esperaba de un momento á otro, no supe sino algo más tarde
que el partido católico de la provincia apoyaría indirectamente mi
candidatura. Digo indirectamente, y voy á explicar por qué. Desde
mucho tiempo atrás, la oposición no se presentaba á las elecciones ó
salía afrentosamente derrotada apenas trataba de dar señales de vida.
Con las mesas totalmente gobiernistas, la policía nuestra, los jueces
nuestros, sin grandes gastos de movilización de gente, el triunfo nos
pertenecía sin disputa: bastaba con que los escrutadores copiaran los
registros durante un par de horas. Pero si la oposición propiamente
dicha no tenía ingerencia alguna en la elección, el partido católico
en particular era influyente, sobre todo antes de la elección, es
decir, en la designación de candidatos. En el partido del Gobierno, así
como en los demás, había muchos de sus miembros, gente por lo general
rica y conservadora, de elevada posición social, y cuyos consejos se
escuchaban siempre y se seguían á menudo. La opinión de éstos en cuanto
á hombres y cosas, se consideraba el exponente de lo que el pueblo
podía tolerar. Algo que provocara su violenta desaprobación, sería
necesariamente inaguantable para los demás. Podían, pues, hacer con
éxito la guerra á mi candidatura, antes de que saliera á luz, ya que no
en los comicios. Esto lo temí siempre hasta una conversación que tuve
con fray Pedro Arosa.

--¿Ha oído usted hablar--me preguntó una tarde,--de un proyecto de ley
de divorcio que va á presentarse al Congreso, y que completaría la
iniquidad de la ley de matrimonio civil? ¿Sabe usted si el Presidente
está dispuesto á apoyarlo?

--No lo creo--repliqué.--El Presidente debe tener en la actualidad
otras preocupaciones. En cuanto al proyecto, existe, pero lo considero
un simple tanteo de la opinión, un preparativo para más tarde...

--¡Pues, ni como tanteo!--gritó el padre Arosa.--Los «tanteos» preparan
las «realizaciones»... ¡Esos herejes, relapsos, merecerían un terrible
castigo! ¡Es necesario que su tentativa fracase ruidosa, totalmente!
Están minando el edificio de la Iglesia, el templo del Señor, que
aplastará al país con sus ruinas. ¡El día que se acabe la religión,
esta República habrá dejado de existir, será un pueblo muerto,
abandonado de la mano de Dios! ¡El divorcio! ¿sabe usted lo que es el
divorcio? ¡La disolución de la familia, la anarquía de la sociedad,
el olvido de todas las tradiciones, el ateísmo en auge! La mujer, sin
el freno del matrimonio, no irá á buscar consuelo y confortación en
la iglesia, arrastrada como se verá por el torrente de una vida de
aventuras, corriendo como irá tras de una felicidad terrena que se le
ofrecerá engañosamente, en sustitución de la dicha celestial que es,
hoy por hoy, la única que espera... ¡Hay que hacer que ese proyecto
caiga de tal modo bajo la condenación general, que nadie se atreva, en
muchos años, á volver á presentarlo!... ¡Vaya con el «tanteíto»!...

--Si llego á ir al Congreso, como espero, me dedicaré exclusivamente
al triunfo de la buena causa, y el divorcio no tendrá enemigo más
resuelto--dije con unción.

--¿Aunque el Presidente lo apoye?

--En cuestiones de conciencia, los partidos no tienen que entrometerse.
Yo encontraré el medio de hacer que el Presidente deje á sus
partidarios en plena libertad en esta cuestión.

--¡Es tan liberalote! ¡En su provincia se mostró siempre tan enemigo
nuestro!

--Eran otros tiempos. Y, además, padre, tenía que propiciarse el pueblo
bajo, en vista de la Presidencia... Ahora no querrá mezclar á la
cuestión política una especie de guerra de religión, ni enajenarse la
voluntad femenina, inclinada á él por el apogeo del lujo y la riqueza,
por el brillo de una vida de holgura y diversiones... amén de otras
cosas...

--Puede que eso sea verdad. En fin, ya que está usted animado de tan
buenas intenciones, es preciso que vaya al Congreso. Allí hacen falta
hombres como usted.

No oculté mi satisfacción. Fray Pedro, recobrando su bonhomía y
regocijo acostumbrados, agregó, sonriente:

--¿No le parecería bueno hacer un viajecito á Buenos Aires? Yo creo
muy útil que se vea con el Presidente y le hable de cómo recibiríamos
el proyecto de divorcio. ¡Oh! ¡como simple informe, sin meterse en
honduras! Tanto más cuanto que sería magnífico que el Presidente se
mostrara favorable á su elección.

¡Gran consejo! Ungido por el Presidente, ni Correa ni nadie sería capaz
de ponerse en mi camino.

--Iré esta misma semana--dije.--Cuente conmigo, padre.

--¡Dios te lo pagará!

Entretanto, María no había cambiado de actitud. Amable, afectuosa, me
recibía como á un buen amigo, y sólo de vez en cuando pasaba--pronto
reprimida,--una promesa por sus ojos. Y aquella misma tarde, cuando fuí
á verla como de costumbre, me dijo con cierta gravedad:

--Ayer, incidentalmente, habló papá de que está usted muy religioso,
¿es cierto?

--No tengo por qué ocultarlo: he vuelto al seno de la Iglesia, como
dicen los sacerdotes, María--contesté en tono de broma.

--¿No se enojará si le hago algunas preguntas, que han de parecerle
indiscretas?

--¡Qué esperanza!

--Dígame, pues: ¿Usted cree, de veras, en todo lo que enseña la
religión?

--Sí, creo--dije tanto más resueltamente cuanto que no quería dejarle
ver mi vacilación.--¿Por qué me lo pregunta?

--Porque me parece bastante extraño. Muchas veces le he oído hablar
con incredulidad y hasta con burla de más de un misterio, de más de un
dogma.

--Extravíos de la juventud... Las malas lecturas... Uno vuelve siembre
á sus primeras creencias, á lo que le enseñó la madre, cuando niño...

--¡Ah!

--Siempre queda, allá en el fondo, un resto de fe, que florece y
fructifica en determinadas circunstancias. Ya sabe usted que quiero
hacerme hombre serio, María.

--Sí, sí. Eso debe también ser un motivo... Pero ¿no se puede ser
serio sin ser religioso? Papá no cree, por lo menos él lo dice, y, sin
embargo, lo considero grave, bueno, honrado y puro... Me afligiría que
cambiara de modo de pensar, sin una causa evidente y convincente...

--Lo que quiere decir que le desagradan mis ideas actuales, María. ¿Lo
que quiere decir que usted tampoco cree?

--Yo creo... Yo creo... La verdad es que nunca, hasta hoy, me he puesto
á examinar esa cuestión. Tomé sin discusión lo que me enseñaron, y
todavía no estoy preparada para discutir. Los mandamientos de la Ley
de Dios son justos y santos, esto me basta. Los considero la regla de
conducirse bien en la vida, y me someto á ellos como á una disciplina
salvadora... Pero, si llegara á dudar de los artículos de la fe,
me parece tan difícil que volviera á creer en ellos de la noche á
la mañana... ¡En fin! Estas cuestiones no son muy entretenidas que
digamos. Dejémoslas, Herrera, que nada adelantamos con eso.

Mucho me sorprendió esta conversación, y la expresión de desgano y
tristeza que vi en la cara de María. ¿La habría mordido «el demonio
implacable de la duda»? ¿Desmerecía yo en su concepto con mi nueva
actitud? ¡Imposible! La mujer es creyente en nuestro país, y recuerdo
que cuando incidentalmente criticaba yo ó satirizaba la religión en su
presencia, María me llamaba al orden, diciendo que no debía hacer burla
de las «cosas respetables».

Pero ¿quién entiende á las mujeres? Cualquiera diría que aquella
muchacha sospechaba de mi sinceridad, vislumbraba un sentido oculto y
utilitario en mi conversión, y abrigaba temores respecto de mi carácter
y mi conducta futura para con ella. Quise poner esto en claro y
anunciándole mi próximo viaje á Buenos Aires, le dije que, según todas
las probabilidades, sería electo diputado al Congreso.

--Ya lo sabía, y lo felicito, Herrera. En el Congreso puede hacer mucho
por el país.

--Lo dice usted sin interés ni entusiasmo.

--¡Vaya! No es cosa tan del otro mundo. Ser diputado no significa
nada... Es un buen empleo, nada más... Eso si no se halla manera de
elevarlo hasta la altura de una misión, y de servirse de él como de una
herramienta poderosa para hacer el bien.

--Así lo haría yo, si tuviera quien me confortara é inspirara. ¿Quiere
usted ser mi apoyo y mi inspiradora?. ¿Quiere ser mi mujer en cuanto me
elijan, y entrar del brazo conmigo en Buenos Aires?

Me miró con fijeza tranquila y severa.

--Ya se lo he dicho, Mauricio. Le contestaré dentro de un año.
Quiero... quiero estar segura de mí misma... y de los demás.

--¡Me hace usted desesperar!--dije, tomando el sombrero.--¿Es su última
palabra?

--¡No, pues! La última se la diré dentro de un año.

--¿Y será que no?

--Creo, espero lo contrario, Herrera--contestó con blandura,
tendiéndome la mano.

¡Curiosa mujer! No me cabía duda de que me quisiera, pero diríase
que en ella más podía la reflexión que el sentimiento. Había
una lucha ardiente entre su corazón y su cabeza, y ésta era tan
encarnizada que repercutía en su físico, adelgazándola, y en su
moral, entristeciéndola. Nunca, en mi vida, he hallado otra mujer
como aquélla, ni en las que conocí íntimamente, ni en las que pude
observar en sus relaciones con los demás. ¡Qué diferencia con Teresa,
por ejemplo! Toda confianza, toda ingenuidad, algo tonta, muy
ignorante, la otra se daba entera, sin reticencia, sin reflexión,
sin condiciones, como un ser primitivo que se deja llevar por los
sentimientos, por las circunstancias. María, en cambio, pura y también
candorosa á su modo, tenía, sin embargo, la intuición de no dejarse
arrastrar por sus sensaciones é impresiones, estaba en guardia contra
peligros desconocidos, quizá imaginarios, y me resultaba una criatura
artificial, una especie de coqueta terrible, porque filosofaba y ponía
en práctica su filosofía.

Sabia coquetería, en caso de serlo. Su actitud me ligaba cada vez más
á ella, y mi voluntad iba violentamente á su conquista, por cualquier
medio.

Esta situación se complicó, se hizo más vidriosa y desagradable,
desde una visita de don Evaristo en mi despacho, análoga, pero, ¡qué
diferente! á la del viejo Rivas.

--Mi querido Mauricio--díjome Blanco, afectuosamente,--debo hablarle de
un asunto de importancia. Quizá le pueda molestar, pero le ruego que
no tome á mal mis palabras, y que se ponga en mi lugar de padre, con
imprescriptibles obligaciones.

--¡Hable usted con toda libertad, don Evaristo!--exclamé sin sospechar
aún lo que me diría, aunque sabiendo de quién se trataba.

La vida tiene ironías inesperadas, que resultarían cómicas, si uno
pudiese considerarlas desde afuera, con ánimo sereno. La escena con
Blanco era más que una ironía, un sarcasmo. Iba á decirme que, como mi
asiduidad en su casa se prolongaba demasiado y comprometía á su hija,
era necesario que explicara mis intenciones, pidiera la mano de la niña
ó me retirara, como cuadra á un caballero. Todo el mundo me consideraba
novio de María, y algunos pretendientes serios se habían retirado,
al verme en tal pie de intimidad. Él no tenía prisa en casar á María
¡muy al contrario! pero deseaba aclarar la situación y no verla en una
posición anómala sin que ni él ni ella tuvieran la menor culpa.

Le dejé hablar con su calma sentenciosa de siempre, sabiendo que no le
agradaba ser interrumpido. Puntualizó su discurso con esa minuciosidad
provinciana y ese acento oratorio que es todavía atributo de algunos
viejos chapados á la antigua y olvidados por la muerte. Cuando con
una larga pausa y una mirada invitadora señaló que había terminado,
repliqué, muy grave:

--Todo eso está muy bien, don Evaristo, tan bien que no vacilaría en
pedirle ahora mismo la mano de María, considerándome muy honrado en
obtenerla, pero... Pero es el caso que no puedo hacerlo, por ahora.

--¡Cómo así! ¿Por qué?--preguntó sobresaltado.

--Porque ella misma me lo impide. Le he pedido que nos casemos
inmediatamente, sin pérdida de tiempo, pero á todas mis súplicas
contesta que resolverá dentro de un año. Sin quitarme las esperanzas,
no me las quiere confirmar tampoco...

--¡Es posible!... Pues no me doy cuenta de qué locura...

Y se interrumpió en seco, al comprender que iba á hablar mal de su
hija, á penetrar con cierto impudor en su fuero interno de mujer,
cayendo luego en honda meditación como si el inesperado problema lo
dejara perplejo. Convencido, sin duda, de nuestro amor recíproco, no
había querido interrogar á María, con ese exceso de pudor de ciertos
padres criollos que, no dejando escapar ante sus hijas ni la menor
palabra referente al «galanteo», digámoslo así, son más incapaces aún
de someterlas á un interrogatorio siempre escabroso, por más tacto que
se tenga.

Había respetado, pues, hasta el extremo, su reserva pudorosa, su candor
que se imaginaría probablemente integral, cuando la nueva Rosina, lo
mismo que su antepasada, manejaba sus asuntos sentimentales como una
mujer hecha y derecha, experimentada en amorosas lides. ¡Que tanto
puede el misterio!

--En ese caso--dijo por fin el viejo, llegando á una crisis de su
meditación,--en ese caso doy por pedida la mano de María. Yo hablaré
con ella, haré que me diga sí ó no, ó, por lo menos, sabré qué piensa...

--Creo que su intervención, don Evaristo, será inútil... y perdone.
María me ha declarado que está resuelta á no acortar el plazo...

--¡Oh! estas muchachas... ¡Miren en qué situación me ha puesto!...
Pero las cosas no pueden seguir así, hay que definirlas de una vez...
En cuanto á usted, mi querido Mauricio, le ruego que no complique más
el problema con tan frecuentes visitas. Nada se pierde con ello; al
contrario, es posible que así se arreglen las cosas mucho más pronto...

Se fué el buen hombre, y yo me quedé riendo de rabia por la irónica
comunicación, y ardiendo en deseos de asistir al coloquio revelador que
iban á tener padre é hija. En la imposibilidad de escucharlo, traté de
encontrarme al día siguiente con Blanco, lo que no era muy difícil,
pues todas las tardes salía á caminar. Á mis preguntas, contestó
evasivamente, con aparente franqueza:

--Dice que los dos son muy jóvenes todavía. Que tienen tiempo de
casarse. Que quiere conocerlo más, para no lamentar después una
equivocación...

Hoy me alegro infinito de estas reticencias y dudas de María. La mujer
debe entregarse sin condiciones al marido, y no someterlo eternamente á
la crítica, porque de otro modo ni él ni ella podrán nunca ser felices.
Este debía ser el fondo del pensamiento de Vázquez, al decir que no
quería conquistar á una mujer «convenciéndola», sino «enamorándola».
Pero entonces, mis sentimientos llegaron á exagerar todos sus
caracteres apasionados ya, y me pareció imposible vivir sin María, no
vencer ese primer obstáculo opuesto á la realización de mi voluntad,
hasta entonces siempre vencedora.

Ajustándome, pues, á los deseos manifestados por don Evaristo, y
siguiendo una táctica que aún me parecía eficaz, pese á su fracaso
anterior, no fuí á ver á María, sino el día antes de marcharme á Buenos
Aires. Estuve pocos minutos y me despedí, diciendo:

--Espero que á mi vuelta de la capital habrá variado de idea; mi vida
está devorada por la impaciencia y resulta intolerable.

--¿Por qué impacientarse, Herrera, deseando iniciar una cosa que, si
empezara, tendría luego que durar toda la vida? Es usted muy arrebatado.

--Y usted demasiado indiferente. Adiós, María.


                                  XII

La capital me atraía poderosamente, por su vida más amplia y más libre,
su movimiento, sus diversiones, su buen humor aparente que contrasta
con la amodorrada gravedad provinciana, pero nunca produjo en mí tanto
efecto de atracción como aquella vez, sin duda porque ya vislumbraba
próxima la hora en que emprendería su conquista. Pisé sus aceras con
paso firme, de propietario, y me sentí más familiarizado que nunca con
aquel torbellino que en un principio me mareara, desconcertándome. Una
nueva vida parecía empezar para mí, excitando mi orgullo, y con la
frente alta, miraba la ciudad como cosa mía.

--¿Soy provinciano?--me preguntaba, recorriendo aquellas calles
animadas que diez ó veinte años más tarde iban á convertirse en
tumultuosas.--¿Y ese epíteto de provinciano significaría que esto no me
pertenece como al mejor entre los mejores? ¡Bah! ésas son tonterías que
sólo sirven para alimentar la conversación de los fogones y las salas
de aldea. Aunque no tuviera antepasados porteños, en cuanto me pasara
el primer mareo de la multitud, me encontraría en casa, como todos los
del interior que han triunfado, y que sólo utilitariamente mantuvieron
el antagonismo tradicional. ¿Qué es lo «porteño», sino la suma de
los mejores esfuerzos de todo el país? ¡Vamos! desde el ochenta, más
gozan de Buenos Aires los provincianos que los bonaerenses, como gozan
menos de París los parisienses que los forasteros. Buenos Aires es
una resultancia, y yo la quiero, y todos debemos quererla, hasta por
egoísmo, porque todos colaboramos ó hemos colaborado en la tarea de
su realización. ¡Una capital con la quinta parte de la población de un
país que es un mundo, capital que, sin embargo, vive en la abundancia,
en el lujo, en la esplendidez! ¡Qué ciudad, qué país, qué maravilla!...
Quererla mal es renegar de la propia obra, es no saber lo que estamos
haciendo...

La ciudad de provincia quedaba lejos, muy lejos, allá atrás, y el
mismo recuerdo de María se esfumaba como algo que comenzara á ser
remoto. El grande hombre del interior iba á ser grande hombre de la
capital, centuplicando su importancia sin trabajo, conducido por el
curso natural de las cosas... Pero ¿y si el Presidente?... ¡No! no
había nada que temer: me daría su confirmación, pues le constaba que
lo había servido y lo serviría incondicionalmente, mientras ocupara el
Poder. Después, no podía forjarse ilusiones; su sucesor lo arrumbaría
en cualquier rincón, como él mismo había hecho con su antecesor, como
lo hicieron casi todos antes, en la corta serie de los presidentes.
Lo importante para él era contar durante su período, con hombres
probados, y prepararse á volver en las mejores condiciones posibles
á la vida privada... Pero, ¿no sería peligroso hablarle de lo que me
había encargado fray Pedro? ¿no consideraría aquello como una falta de
disciplina? ¿Qué pensaba del divorcio? ¿deseaba implantarlo realmente?
¡Bah! todo es cuestión de tantear el terreno con destreza y no
precipitarse, teniendo en cuenta, además, que una medida tan radical no
es de su temperamento...

Fuí á verlo en su casa particular al día siguiente, y en cuanto hice
pasar mi tarjeta me recibió. Era un hombre joven, bien parecido,
de mirada suave y bondadosa, muy campechano y afable. Hablaba con
cierto dejo provinciano que no carecía de gracia, y accionaba con
viveza, cuando decía algo interesante, acentuando entonces más las
sílabas. Vestía bien, sin excesivo atildamiento, y no llevaba nada
aparatoso ni llamativo sobre su persona. Me tendió la mano, con ademán
resuelto y franco, me hizo sentar junto á él en un sofá, y entró
inmediatamente en materia, preguntándome--cual si ésta fuera una «Guía
de la Conversación» de los presidentes,--cómo andaban las cosas en mi
provincia y cómo se presentarían las próximas elecciones nacionales.

Exageré la paz y la bienandanza de que gozábamos, la fidelidad
del pueblo á su Gobierno, la riqueza que fluía de todas partes,
la floreciente situación de los bancos, el progreso que avanzaba
vertiginosamente. En cuanto á las elecciones, procurarían un nuevo
triunfo á nuestro partido, del que él era tan digno jefe, aunque entre
los candidatos hubiera alguno ó algunos de escaso mérito.

--¿Por ejemplo, cuál?--me preguntó extrañado.

--Por ejemplo, éste su servidor, Presidente--dije, mirándole al
soslayo, para sorprender la impresión que le causaba.

Se echó á reir.

--¡Vaya una modestia, amigo!--me contestó.--Usted hará muy buen papel
en la Cámara... mejor que muchos otros. Ya me han escrito sobre su
candidatura, que me satisface, porque usted es un hombre con quien se
puede contar.

--¡Oh, en cuanto á eso!...

--Pero, dígame lo que pasa por allá. ¿Cómo se porta el gobernador
Correa?

Inicióse, entonces, una larga plática, él preguntando, yo dándole
detalles de todo género, haciendo retratos más ó menos parecidos de
mis comprovincianos influyentes, contándole las últimas anécdotas
y los últimos escándalos. Era curioso y se divertía muchísimo con
aquella chismografía político-social, que yo manejaba como un maestro.
Aproveché la circunstancia para informarlo de la actitud del clero y
del partido católico ante el anuncio del proyecto de ley del divorcio.

--Pero no ve, amigo, cómo nos atacan los clericales--exclamó con un
ademán violento y poniéndose ligeramente encarnado.--¡Nunca se ha
visto!... Hacen política hasta en el púlpito, y hay que darles una
lección... Están demasiado engreídos (engréidos, pronunciaba él), y no
quiero que en mi Gobierno haya nadie que se ría de mí.

--¿Y no cree usted, Presidente, que atacándolos así, en lo más vivo,
no se portarán peor? Todavía si el proyecto se lanzara sin el apoyo
ostensible del Gobierno...

--Eso es lo que se hará, precisamente... No tengo interés mayor en
la ley. Pero, al sentir esa amenaza, comprenderán que sólo yo puedo
desvanecerla ó alejarla indefinidamente.

--¿De modo que nuestros diputados podrán votar como les parezca?

--Naturalmente. Lo que importa es el debate, un gran debate que
entretenga la opinión. Prepárese, amigo Herrera, pues ése será un lindo
estreno para usted.

Salí radiante de alegría, y corrí al hotel á escribir á Correa, á los
amigos, para comunicarles que el Presidente me había ungido diputado.
Todo temor desaparecía: era como si ya tuviese el diploma en el
bolsillo. También escribí al padre Arosa, diciéndole que todo había
pasado de acuerdo con nuestros deseos, y á de la Espada, pidiéndole que
lanzara abiertamente mi candidatura en _Los Tiempos_, sin esperar á
que el Comité me proclamase. ¡Me reía yo de todos los comités, de todos
los gobernadores de provincia, de todos los candidatos de sí mismos!

Pasé en Buenos Aires una semana encantadora, corriendo de un teatro
á una tertulia, de una visita á un paseo, de un club á alguna libre
y amena reunión femenina, derrochando el dinero como sólo se ha
derrochado en aquella época delirante y magnífica, que la mala suerte
vino á interrumpir, pero que pudo ser, sin la intervención de la
fatalidad, el comienzo de una era grandiosa que pareció reiniciarse
diez ó quince años después. Un entorpecimiento, una momentánea escasez
de dinero provocada por varias malas cosechas, hizo poco más tarde
que todo el edificio, cimentado en el crédito, pero que se hubiera
consolidado echando profundas raíces, se viniera abajo de la noche
á la mañana, y pusiera en grave peligro la misma estabilidad de
nuestro partido, es decir, del único que tiene suficientes fuerzas
para gobernar el país, experiencia profunda y clara comprensión de
cómo deben dirigirse sus progresos. ¡Lamentable aventura, que me hizo
pasar las horas más amargas de mi vida! Pero aún estábamos lejos de
tan penosa situación, y Buenos Aires se divertía bulliciosamente, á
despecho de la prédica incendiaria de algunos periódicos, y al amparo
de una policía fuerte y admirablemente organizada, cuya severidad era
motivo de odio para el populacho que la oposición trataba de anarquizar.

Cuando volví á mi provincia, había gastado lo que allí me bastaría
para vivir con rumbo seis meses, por lo menos. Poco me importaba. Mis
terrenos y casas nuevas de Los Sunchos, sin darme sino muy escasa
renta, se valorizaban día á día, y no tardarían en constituirme una
regular fortuna que, bien utilizada en especulaciones que Buenos Aires
ofrecía fácil y seguramente, harían de mí en poco tiempo un hombre muy
rico. El porvenir estaba asegurado, ó, por lo menos, así lo creía yo.

Para asegurarlo más, siguiendo la corriente de la época, había sacado
dinero de los bancos, no sólo en el de la provincia, sino también en
el Nacional, unas veces con mi firma--las menos,--otras con las de
algunos servidores de confianza, para ponerme al abrigo de todo evento,
y no con la intención de suspender las amortizaciones, salvo caso de
fuerza mayor. ¿Por qué había de permitir que una casualidad pudiera
arruinarme, cuando muchos en peor posición política que yo, no corrían
riesgo alguno, usando de cuanto dinero necesitaban? Además, con aquello
no hacía daño á nadie, y esas sumas me permitían edificar, especular,
aumentar el número y la extensión de mis propiedades...

Vuelto á la ciudad, mi primera visita fué para María, que me
recibió como me había despedido, amistosa pero fríamente, con una
reserva que se esforzaba al propio tiempo por mantener y disimular.
Estaba evidentemente en guardia; pero, ¿contra qué? Hay misterios
incomprensibles en el alma femenina.

Fray Pedro, á quien fuí á ver en seguida, me abrumó á preguntas, y
sólo se tranquilizó cuando le dije lo que se proponía el Presidente:
amenazarlos para mostrarse después buen príncipe, y atraerlos á su
lado, ó, por lo menos, neutralizarlos en la fiera campaña de oposición
que se iniciaba entonces.

¡Bien, muy bien! Pero no conseguirá ni lo uno ni lo otro, ni la ley,
ni... lo que se propone con ese espantajo. No se puede encender una
vela á Dios y otra al diablo, sus pretensiones demuestran que sigue
tan hereje como antes.

Mi candidatura estaba proclamada y mi despacho de la policía, lo mismo
que mi casa particular, se hallaban continuamente llenos de gente, de
amigos adventicios, deslumbrados por mi rápida fortuna, y á quienes
Zapata hacía los honores, dándoles el tono y el compás en el coro de
mis alabanzas, y haciendo que se atiborraran de mate dulce y de ginebra
con agua y panal. Mi gloria estaba en su apogeo. Yo era, si no el más
importante, uno de los personajes más importantes de la provincia:
todo el mundo me aseguraba que iba á votar por mí, y me pedía alguna
cosa para cuando estuviera en Buenos Aires, un empleo para el hijo
ó el pariente, una pensión para la viuda, la huérfana ó la hermana
de un guerrero del Paraguay, que probablemente no había salido de su
casa, una recomendación para que le descontaran en el Banco, mi apoyo
para un pedido de concesión ó de privilegio, cátedras en los Colegios
Nacionales, en las Escuelas Normales y hasta en las Universidades,
cuanto Dios crió y las administraciones humanas inventaron desde que el
mundo es mundo. Hubiérase dicho que yo tenía el cuerno de Amaltea, ó
la varita de virtud, y creo que durante un tiempo fuí más rodeado que
Camino, é incomparablemente más que Correa.

Yo á todos decía que sí.

Cuando se va subiendo en política, hay que acceder á cuanto se nos
pide. Basta con reservarse la ocasión de hacerlo, que siempre llega
en los tiempos indefinidos... Sólo que suele llegar tarde para los
interesados.


                                 XIII

En cambio, mi candidatura había hecho pésimo efecto en los diarios de
oposición, que me llenaban de improperios, lo mismo que á los otros
candidatos situacionistas. La prensa bonaerense nos zurraba también,
incitada por sus corresponsales, eco molesto del periodismo local.
El diario católico de la ciudad, entretanto, me perdonaba á mí sólo,
atacando con singular violencia á mis futuros colegas que, al fin y
al cabo, no valían ni mucho menos ni mucho más que yo, en cuanto á
preparación, dotes intelectuales y morales y principios políticos. Como
Correa, cuyas inútiles veleidades de dejarme plantado se desvanecieron
una vez conocida la voluntad presidencial, me sonreía como al elegido
de su corazón, y hacía cuanto estaba en su mano para ayudarme, los
ataques recrudecieron, diciendo los diarios que él era el más empeñado
en mi triunfo y que yo debía considerarme «su hijo... político»,
agregando que ésta era la mayor vejación que se hubiese hecho sufrir
á la provincia. Aunque esto pudiera no haberme importado, pues tenía
segura mi «banca» en el Congreso, no me avine á dejar pasar sin
castigo todas estas impertinencias y empuñando mi mejor tajada pluma,
y mojándola en bilis y veneno, inicié aquellas célebres «Semblanzas
contemporáneas» cuya serie forma una galería de retratos satíricos de
los prohombres de la oposición de mi provincia.

Allí salían á bailar todas sus ridiculeces, sus defectos morales y
físicos, y hasta los detalles más ó menos pintorescos y escabrosos
de su vida privada. Tuve para esto dos colaboradores eximios en don
Claudio Zapata y misia Gertrudis, que conocían la vida y milagros
de la provincia entera, desde tres generaciones atrás. Aparte la
genealogía minuciosa de cada familia, sabían todos los escándalos
verdaderos ó calumniosos, presentes, pasados y hasta futuros de cada
uno de nuestros comprovincianos de significación.

--¿Qué se puede decir de Fulano, misia Gertrudis?

--Que es un mulatillo y nada más. El abuelo era un negro liberto de los
Bermúdez, que entró de sacristán en San Francisco. Los buenos padres
enseñaron á leer y escribir á los hijos, que se hicieron comerciantes
en un boliche de almacén y pulpería, y ganaron platita. Me acuerdo
que, cuando muchacha, al pasar el padre de este personaje de hoy, le
cantábamos para hacerlo rabiar:

      _La Habana se v'á perder
      la culpa tiene el dinero:
      Los negros quieren ser blancos,
      los mulatos caballeros._

Tenía el odio más inveterado y mortal contra los negros y los mulatos,
sólo comparable con el que dedicaba á los «carcamanes», ó sea italianos
burdos, á los «gringos», es decir, á los extranjeros en general, y á
los catalanes, aunque fueran nobles hijos de la península ibérica,
patria de sus antepasados. Para cada colectividad de éstas tenía una
copla, más ó menos chistosa, por ejemplo:

      _Á la orilla de un barranco
      dos negros cantando están:
      ¡Dios mío! ¡quién fuera blanco...
      aunque fuese catalán!_

Á los carcamanes, bachichas, «mangia polenta», escasos por entonces en
la provincia, no les economizaba dicterios, y el mismo doctor Orlandi,
pese á su alta posición oficial y pecuniaria, no escapaba á sus tiros.
Don Claudio le hacía coro y complementaba á veces sus recuerdos y
observaciones, con análoga malevolencia, subrayando algún detalle ó
exhumando otros desconocidos ú olvidados por su cara mitad.

--«Acordate» de que, cuando nació Zutanito, hacía meses que había
parado en su casa don Justo, el gran caudillo. Y Zutanito es el vivo
retrato de don Justo, mientras que no se parece nada al padre.

Y así para todos, sin que nadie quedara en pie. Completaban, pues,
admirablemente mi policía oficial, en el tiempo y en el espacio,
metiéndose donde ésta no podía entrar, resucitando archivos
inaccesibles para ella, y gracias á sus informes é insinuaciones
podía yo escribir sueltecitos picantes como «ají cumbarí». Pero,
aleccionado por el caso de Vinuesca, que no había para qué repetir--los
duelos son útiles cuando el motivo lo merece y pueden darnos mayor
notoriedad,--cuidaba de indicar clara, inequívocamente á mi víctima,
pero sin señalarla de un modo categórico. Quiero presentar aquí un
espécimen de aquella literatura, una silueta--no la más hiriente, por
cierto,--de un enemigo de significación, el redactor en jefe de _El
Grito del pueblo_, diario el más vehementemente radical que se haya
visto en mi provincia:

    «Escribe con una copa de caña al lado. Esta copa siempre está
    llena, y no porque él la olvide. No. Cuando se la bebe, distraído,
    le escancia inmediatamente otra una mujerona de color sospechoso,
    entre china y mulata, con quien se casó hace poco para legitimar
    una larga prole de negritos de mota y pata en el suelo. Este manejo
    se repite cada cinco minutos ó á cada párrafo de «sana doctrina
    política». La Hebe archicriolla, si no se prefiere archiafricana,
    cobra, naturalmente, su comisión en especies, echando sendos
    tragos, de modo que al acabar un artículo atiborrado de insultos y
    de calumnias y hediendo á alcohol, ambos, el salvador del país y
    su Egeria cetrina, están completamente borrachos. Entonces leen lo
    que el Literato ha escrito, y la Musa orillera hace corregir las
    palabras demasiado suaves, substituyéndolas con las más gordas del
    diccionario populachero, y dándoles todo el fétido aliento de su
    dipsomanía. Y el engendro de su doble embriaguez delirante es para
    ellos algo sagrado, si no divino, el eco exacto y admirable del
    grito del pueblo. Para los demás es únicamente, y no puede ser otra
    cosa, el eructo del porrón.»

No copio más, porque juzgo ahora este sistema de polémica menos
distinguido que entonces, y mucho más ineficaz de lo que parece. Va más
allá del blanco. Pero agregaré en mi descargo, si no en mi honor, que
estos mismos sueltos, procaces si se quiere, eran modelo de discreción
y agudeza, comparados con los que entonces solían leerse en la prensa
provinciana, y de los que guardo algunos tan curiosos, como aquél que
discutía el modo y forma del nacimiento de un personaje puntano... Ni
insinuar se puede lo que decía.

Como es fácil de comprender, este deporte periodístico era para mí una
diversión incomparable, que me absorbía largas horas en la rebusca de
insidias y gracejos. El resto de mi tiempo estaba ocupadísimo, pues
ya había comenzado la agitación política con sus asambleas de comités,
sus almuerzos campestres, sus asados con cuero, sus manifestaciones
callejeras, sus mítines en el teatro ó en las canchas de pelota, su
serie interminable de fiestas y reuniones, en que tuve que pronunciar
casi tantos discursos como un candidato yanqui á la Presidencia.
Pero, con un arsenal de lugares comunes que me había formado, salía
airoso, barajando unas veces de una manera y otras de otra, los: sanos
principios de política, el sistema republicano de gobierno, la unidad
y la integridad nacional, el partido dirigente por excelencia, la
hidra siempre amenazadora de la anarquía, la representación genuina
de las provincias, el Presidente de la República, garantía de paz, de
prosperidad y de progreso, la vil canalla de la oposición, la traílla
de perros rabiosos de su prensa, la baba venenosa de la calumnia, los
altos intereses del Estado, que defendería hasta el sacrificio, la
era de las instituciones... y mil otras frases más ó menos huérfanas
de pensamiento, que el público me escuchaba con tamaña boca abierta,
y me aplaudía á rabiar, porque con esa intención ó esa consigna había
acudido á oirme.

Pero tanto fué el _tolle_ que armó la prensa local y la bonaerense
sobre mi presencia inmoral y tiránica al frente de la policía, siendo
candidato, tanto se protestó contra este escándalo electoral, que
Correa estuvo á punto de ceder y quitarme el mejor escalón para llegar
al Congreso. ¡No en mis días! Las circunstancias me ayudaron otra vez.

Volvían á correr rumores de revolución. En nuestra tierra siempre han
corrido rumores de revolución, sobre todo entonces, y desde tiempo
inmemorial. Podía aplicarse al país lo de que «cuando no estaba preso
lo andaban buscando», y la prensa europea glosaba nuestras convulsiones
internas como otros tantos cuadros de una opereta pasada de moda.
Las últimas, sin embargo, habían realizado la «unidad nacional»,
poniendo al unísono á todos los gobiernos de provincia, que pertenecían
exclusivamente á nuestro partido por obra y gracia del ejecutivo de
la nación, del ejército y de las intervenciones. Pero la oposición,
desalojada hasta de sus últimos baluartes, quería tomar el desquite y
se armaba para luchar en el terreno de la fuerza, declarando que el de
la legalidad estaba clausurado para ella. Mi provincia no constituyó
excepción. Pero las oposiciones, cuando no son enormemente fuertes,
resultan muy desgraciadas en nuestro país, y nunca son así, enormemente
fuertes, sino en circunstancias especiales y siempre transitorias. La
mayoría, en realidad, prefiere ser martillo y no yunque.

No tardé, pues, en saber los preparativos que se hacían contra
el Gobierno local. Los jefes de dos de las estaciones urbanas de
ferrocarriles, que tenían también la dirección del resto de sus
líneas en la provincia, se permitían ser opositores con mayor ó menor
franqueza. El tercero se declaraba situacionista, porque no era
«forastero» como los otros, venidos de Buenos Aires y Santa Fe. Este
último acudió un día á mi despacho, muy alarmado, para revelarme que se
habían introducido algunos cajones de armas por su línea, aunque fuera
notoria su fidelidad al Gobierno y su continua vigilancia.

--Y si se han atrevido á servirse de mi compañía--agregó,--estoy seguro
de que se sirven mucho más de las otras, y de que en estos momentos ya
hay centenares de fusiles en la provincia.

--Gracias por la noticia, Sánchez. Ya había olfateado algo de eso.
Pero, vaya sin cuidado, que no va á suceder nada... Eso sí, averigüe
quiénes han recibido las armas, pero sin alborotar á nadie, y hágamelo
saber. Lo demás corre de mi cuenta.

Al día siguiente hice citar á los dos jefes opositores, para que
concurrieran á la misma hora á mi despacho. En cuanto los tuve en
mi presencia, agitando unos papeles, como si fueran los documentos
reveladores de sus manejos, exclamé:

--¡Sé todo lo que pasa!... Pero de hoy en adelante estoy dispuesto
á no hacerme el desentendido, y á perseguir cualquier malevolencia,
cualquier traición... Así, pues, desde este mismo instante, me darán
ustedes cuenta exacta de todas las armas que se introduzcan en la
provincia por sus ferrocarriles, y del nombre de sus destinatarios...
Estoy cansado de hacer practicar estas averiguaciones por mi personal,
y es deber de ustedes facilitar la obra del Gobierno. Si no lo hacen y
resulta en la ciudad mayor número de armas del que yo conozco, los haré
responsables de todo lo que ocurra y sus consecuencias. Lo mismo digo
respecto de los pueblos de la campaña por donde pasan sus líneas.

Varias veces habían tratado de interrumpirme, protestando de su
inocencia y alegando ignorancia, pero no lo permití. Al final, cuando
renovaban sus protestas, les hice callar, afirmando:

--Estaré siempre al corriente de lo que se hace por mis propios medios,
pero ustedes tienen que informarme con toda exactitud, si no quieren
pasarlo mal... Por otra parte, no tengan cuidado, porque sus informes
quedarán completamente secretos...

--Esto tiene que venir de habladurías, de calumnias de
Sánchez--insistió uno de ellos, Smithson;--nadie sino él tiene interés
en perjudicarnos.

--¿Qué clase de interés puede tener Sánchez que, por otra parte, no me
ha dicho una palabra?...

--¿Qué clase de interés?--saltó el otro, llamado Peacan.--¡Congraciarse
al Gobierno, para que no se haga la luz en los robos del depósito de
mercancías de su estación central!

--¡Bah! Ese asunto está en mis manos, y la pesquisa se sigue con toda
actividad. El culpable será descubierto, y más pronto de lo que ustedes
creen.

Y mirando á Peacan, con sonrisa burlona, como si le insinuara
involuntariamente que Smithson y no otro era el soplón, agregué:

--¡Vaya, vaya! Ni se sueña usted quién me ha informado.

Al despedirme de él remaché el clavo diciéndole en voz baja:

--¿Me cree usted tan simple que no hubiera convocado á Sánchez, si éste
fuese mi informante? ¿Qué costaba llamarlo también, para desviar las
sospechas?

En cuanto á Smithson, á quien retuve unos minutos más, también le
sugerí la idea de que el indiscreto era Peacan, y esperé el resultado
de mi pequeña combinación: Cualquier otro hubiese hablado á solas con
cada uno de ellos, para tratar de sacarle la verdad, pero hubiera
fracasado inevitablemente; yo, hablando con los dos á un tiempo,
suscitando sus recíprocas sospechas, tenía que lograr mi objeto. Y,
en efecto, días después, Smithson me anunció que acababan de llegar
dos cajones de remingtons, consignados á un bolichero de las afueras,
hombre de Zúñiga y Vinuesca, dos de los jefes de la oposición. En
cuanto á Peacan, más leal ó menos asustadizo, había pedido que no se
siguiera enviando armas por su línea, porque estaba descubierto.

Hice seguir los cajones, que quedaron sigilosamente custodiados para
que no me los escamotearan. Todavía no era conveniente «descubrirlos».
Un tercer cajón llegó á casa de un opositor católico, el doctor Lasso;
también lo dejé. Por último, Zúñiga cometió la tontería de recibir dos
en su propio domicilio. Era el momento de obrar. Hice allanar la casa
de Zúñiga y tomarle los fusiles, recogí los que había en las chacras,
en el boliche, en poder de algunos particulares, y escribí á Lasso un
billetito diciendo que conocía su depósito de armas pero que, como
no quería molestarlo, porque ambos teníamos «las mismas convicciones
religiosas», él debía mandármelas ocultamente lo más pronto posible.

Correa se quedó boquiabierto al saber la noticia, porque si bien los
rumores habían llegado á sus oídos, nunca les atribuyó importancia, al
ver que yo me encogía de hombros cuando me interrogaba al respecto. Y
honrándome como nunca lo había hecho, se fué á visitarme en la policía.

--¡Ah, muchacho!--exclamó.--¡Si cuando yo decía que «sos» un tigre!...
¡Ahora, lo que hay que hacer es enjuiciar á todos esos revoltosos de
porra!

--¡No se precipite! Mire bien lo que va á hacer, don Casiano--le
dije.--El pueblo está demasiado alborotado para que nos metamos en
«persecuciones». Lo mejor será practicar una larga investigación, sin
tomar preso á nadie por el momento. Siempre habrá tiempo de hacerlo en
el curso de la instrucción, si vuelven á alzar el gallo. Y, ahora, para
hacerle el gusto, permítame que le presente mi renuncia...

--¡Cómo tu renuncia! ¿Has perdido el juicio? Por nada te dejaré que
«renuncies» en estos momentos. ¡No faltaba más!

--Sí, Gobernador. Así se salvan las apariencias. Y usted aceptará la
renuncia, pero copiando este borrador.

Y le presenté una minuta así concebida:

    «Considerando: l.º que el benemérito jefe de policía de la
    provincia, don Mauricio Gómez Herrera, tiene razones poderosas para
    renunciar el puesto que con tanto acierto y patriotismo desempeña;
    2.º que las circunstancias anormales porque atraviesa la provincia,
    teatro de una agitación subversiva, hacen imprescindibles sus
    servicios.

    «El gobernador de la provincia en Acuerdo de Ministros, DECRETA:

    «Art. 1.º Acéptase la renuncia indeclinable de don Mauricio Gómez
    Herrera;

    «Art. 2.º Encárgase al mismo don Mauricio Gómez Herrera, del
    desempeño de las funciones de jefe de policía de la Provincia,
    mientras duren las presentes anormales circunstancias.»

--¿Lo firmará?--pregunté.

--¡Pues, está claro!

--¡Viva la República! ¡Cualquier día iba yo á dejar que _mi_ elección
se hiciera sin dirigirla personalmente yo!


                                  XIV

Estas sencillas maniobras, que no sé si llamar hábiles, dieron lugar á
un hecho agradablemente inesperado. María me escribió un billetito,
el primero, pidiéndome que fuera á su casa. Hacía semanas enteras que
no iba á visitarla, y recibí su invitación con verdadero regocijo,
como una señal evidente de mi triunfo próximo y definitivo. Corrí á
casa de Blanco sin perder un minuto, y entré en la sala con aire de
conquistador, aunque ligeramente conmovido. Saludé con efusión, pero
quedé sorprendido al ver que María me recibía con cierta gravedad.

--Mauricio--dijo, por fin, entrando en materia.--He creído de mi deber
atreverme á hacerle una advertencia. Usted comprenderá que, dadas
nuestras relaciones... amistosas, me preocupe de cuanto hace, y tenga,
como si dijéramos, los ojos clavados en usted... Y, perdóneme, su
actitud me aflige.

--¡No he hecho el menor daño á nadie!--exclamé estupefacto.--Hasta he
salvado á los revolucionarios, negándome á tomarlos presos, como quería
el Gobernador.

--No me considere «politiquera». No lo soy. Si me informo de la
política, es porque usted es político; me ocuparía, también, de usted,
en cualquier otro terreno en que actuara. La mujer que quiere conocer
su destino sabe adaptarse al medio de su... de los amigos que han de
influir decididamente en su vida.

Una luz me iluminó como un relámpago, y después de callar un momento,
pregunté con afectada tranquilidad:

--¿Hace mucho que no ve á Pedro Vázquez?

--¿Por qué me lo pregunta?

--Simple curiosidad.

--Vino ayer...

--¿Y hablaron ustedes de mí?

--No.

--Sí, María.

--¡No!... Por lo menos no se ha pronunciado su nombre. Hablamos...
hablamos del éxito.

--Y Pedro considera que el éxito es caprichoso, siempre ó casi siempre
injusto, que se ofrece al más torpe ó al más tonto, y que se niega al
mérito, al esfuerzo, al sacrificio... ¡Qué bien veo á Pedro en esto, y
cómo sabe hacerse la mosca muerta para intrigar mejor y dar los golpes
más certeros!

--No. Vázquez considera, como yo, que el éxito suele ser el salario de
los que se doblegan á todas las influencias y se dejan llevar por todas
las corrientes, tengan méritos ó no...

--¿Sabe, María, que usted piensa mucho? ¿Sabe que piensa demasiado para
poder sentir?

--¿Y eso significa?...

--Que quien tanto analiza, señal es que quiere poco.

--¿Deben aceptarse las cosas y los hombres sin examen?

--¡Bah! Bien admira á Pedrito...

--Analizando, como usted dice.

Yo rabiaba de celos y de despecho. ¡La Marisabidilla aquella, que se
abrogaba la facultad de juzgarme, de criticarme y de aconsejarme!
Porque si bien no me había dicho nada concreto aún, yo leía en sus
ojos la amonestación preparada... ¿Con qué derecho? ¡Una mujer, que
no debía ocuparse sino de sus trapos y sus cintas! ¿No es odiosa esta
clase de marimachos que se creen dueñas de todo el saber porque han
leído cuatro librejos y han creído meditar cinco minutos? ¡Ah! todo
hubiera concluído allí, si los celos ó el amor propio no me mordieran
el corazón. ¡No estar Vázquez presente, para saltarle al pescuezo!...
Y, con las manos trémulas de ira y la voz entrecortada, dije:

--¡Me ha hecho muchos reproches sin formularlos, María! Usted condena
mi conducta, aunque ésta se ajuste estrictamente á lo que exije la vida
real. ¡Bah! usted es una soñadora, una criatura angelical, convengo
en ello, pero ajena al mundo, incapaz de manejarse en el mundo...
Quizá por eso la quiero tanto... Pero que la quiera no significa
que... No, no tiene derecho de criticarme. Ya se dará cuenta de las
cosas, y entonces comprenderá. Cuando uno se propone llegar á un
punto determinado, tiene forzosamente que tomar el camino que conduce
á él, sea una carretera, sea un atajo, sea un desfiladero entre
precipicios... Yo voy donde debo ir por el único camino que tengo, sin
mirar hacia atrás ni hacia los lados, sin que me detengan tropiezos
humanos ó materiales, pero sin faltar por ello á mis principios de
hombre de honor, á mi...

Una risita, entre dolorosa y sarcástica me interrumpió.

--¿Usted cree, entonces--dijo en voz clara,--que sus sueltos del
diario, por ejemplo, no pasan los límites de la gentileza y la
corrección, por no decir más?

--¿Mis sueltos? Yo no escribo.

--¡Vamos! No agrave la falta, si es falta, como yo creo, con su
negativa. Usted sabe que esos juegos, que probablemente así los
consideran muchos, abren todas las puertas á la calumnia y al
escándalo. El que hoy es objeto de burlas ó difamaciones, para
vengarse, no se detendrá mañana por consideración alguna, y hará, á
su vez, que todo ruede al pantano, el enemigo y cuanto lo rodee, sus
afectos, su hogar... Las consecuencias de estos excesos suelen ser
terribles, y nadie sabe de antemano hasta dónde pueden llegar.

La miré de hito en hito, sin conseguir que bajara los ojos.

--¿Para eso me ha llamado usted?--balbucí, ardiendo en ira.--¿Sólo
para eso me ha llamado? ¿No podía ni siquiera esperar?... ¡Pues bien!
yo también tengo algo que decirle: ¡Usted no me quiere, usted no me ha
querido nunca, María!

Inclinó la frente con vaga sonrisa dolorosa, y murmuró, arrugando el
vestido entre sus dedos:

--Puede ser. Puede ser muy bien.

En su acento había, nuevamente, un poco de ternura y un poco de
ironía. Para un frío espectador, hubiera sido evidente que en su alma
luchaba la imagen que de mí se había forjado, con la realidad que iba
presentándole yo poco á poco. Romanticismo, en fin. Cuando alzó de
nuevo los ojos, su mirada estaba completamente serena. No dijo una
palabra. Y, durante un tiempo incalculable, quizá treinta segundos,
quizá media hora, callé y medité. ¿Qué iba á ser de mí, si llegaba á
compañero de aquella Aspasia criolla, de aquella Lucrecia principista?
Unirme á ella, sería condenarme á una vida de amargos sinsabores, á
una tiranía perenne, á una censura continua é inflexible de todos mis
actos. Tuve miedo. Tuve miedo y al propio tiempo indomable deseo de
subyugarla, de dominarla, de someterla á una incondicional adoración de
mi persona. Y obedeciendo á este impulso, traté de serenarme. Cambié
de tono y le dije con mimo que cuanto hacía, bueno ó malo--sin saber
que pudiera ser malo,--era por ella, por conquistarla, por prepararle
también la más elevada de las posiciones, la riqueza, el poder, la
felicidad, que ella merecía más que nadie. Yo no ambicionaba nada para
mí; para ella nada me parecía suficiente.

--Usted es una de las mujeres excepcionales que hacen á los grandes
hombres. Con usted á mi lado estoy seguro de llegar á donde me
proponga, y más lejos aún... Soy rico, seré muy rico. Tengo algún
poder, lo tendré cada vez mayor. En el país no habrá dentro de poco
quien pueda competir conmigo...

--Sí, Mauricio.

--¿Quién?

--El que piense mejor.

La sombra de Vázquez se condensó ante mi vista. El rival derrotado
recuperaba poco á poco sus antiguas posiciones. Y esta alucinación me
desconcertó, porque no acertaba á explicarme la mudanza de María, pese
á los síntomas anteriores. Traté, sin embargo, de ahondar más en el
alma de la joven, y la pregunté:

--¿Sólo para eso me ha llamado?

--No. Quería, sobre todo, decirle una cosa... No hay quien no critique
su presencia al frente de la policía, mientras se prepara su propia
elección. ¿Por qué no deja el puesto y satisface así á amigos y
enemigos?

--¡Porque serían capaces de dejarme á pie!--exclamé, sonriendo.--Se
necesita ser muy ingenua, María, para preguntarme ó para pedirme
semejante cosa.

--Y, sin embargo, yo creía...--murmuró, casi con las lágrimas en los
ojos, conmoviéndome á mí también con su tono de queja.

En esto, entró en la sala don Evaristo que, viendo nuestro
enternecimiento, creyó dado el gran paso y zanjadas las últimas
dificultades.

--¿Se adelanta algo, muchacho?--me preguntó, sonriendo alegremente, en
la esperanza de una grata noticia.

--¡Ah, don Evaristo! Mucho me temo que la oposición se haga dueña del
Poder--contesté.

Don Evaristo entendió la frase en su sentido más directo, y me sometió
á todo un interrogatorio sobre la situación política de la provincia.
María escuchaba mis palabras, posiblemente sin oirlas, con los ojos muy
abiertos, tan abiertos como cuando uno mira á su interior.

Días más tarde, volví. Dominábame el insensato deseo de reconquistarla,
un arrebato sólo semejante á la sed de venganza de un ultraje terrible,
todo el feroz impulso del amor propio desenfrenado. Ella mantenía
á toda costa la conversación en el terreno de las generalidades,
muy correcta, fría, apenas amable, de cuando en cuando. Yo me ponía
alternativamente rojo y pálido. Á veces, sentía ganas de lanzarme sobre
ella, de sacudirla, de dominarla por la fuerza bruta, pero la presencia
de don Evaristo que nos acompañaba probablemente á indicación suya,
impedía toda iniciativa, imposibilitaba toda nueva explicación.

Las elecciones iban á practicarse el domingo, tres días después. Blanco
me habló de mi diputación, segura ya, de mi gran papel futuro en Buenos
Aires. Yo le repliqué, con fingida modestia:

--Se puede ser el primero en Los Sunchos, uno de los primeros aquí, y
el último ó poco menos en la gran capital. ¡Cuántos que brillaron en
sus pueblos, naufragan y se pierden en Buenos Aires! Y puede que yo
mismo no llegue á ser sino uno de tantos, perdido entre la multitud...

--Es posible--murmuró distraídamente María.

Una oleada de sangre me subió á la cabeza, y empecé:

--¡Y se imagina usted que yo!...

Pero me contuve, y salí, trémulo de rabia, casi sin despedirme.

Las elecciones me dieron el triunfo. Al día siguiente de practicado
el escrutinio, resigné mi puesto en manos de mi sucesor, y comencé
á preparar el viaje á Buenos Aires, teatro de mis futuras hazañas,
mientras en el cerebro me trotaba la maldita hipótesis, tan fácilmente
aceptada por María... ¿Iba yo, gallo de aldea, prohombre de provincia
luego, á desmerecer en la capital, á ocupar un rango inferior, á no
abrirme paso hasta la primera fila? Y recordaba invenciblemente el
triste papel representado por tantos comprovincianos, brillantes en el
«pago» y después deslucidos, opacos y obscuros, en cuanto salieron de
su centro, indebidamente confundidos en la corriente de selección del
país que aspira y absorbe la capital.

¡Oh, María, María! ¡Cómo deseaba triunfar, conquistar Buenos Aires,
para avasallarla también á ella, de rechazo, en una apoteosis de mi
amor propio!



                                NOTAS:

[3] El original da el adjetivo correspondiente á su provincia en
particular.



                             TERCERA PARTE


                                   I

Aunque ya estuviese bastante acostumbrado á la vida intensa de la gran
metrópoli, Buenos Aires me mareó en un principio, y este fenómeno se
explica: hasta entonces sólo había ido allí por paseo, sin nada bien
determinado que hacer, el tiempo completamente mío, contando siempre
con el refugio hospitalario de mi ciudad, como con un baluarte que me
defendería en caso necesario, pudiendo elegir mis relaciones, retraerme
ó prodigarme, según me conviniera, simple visitante, en fin, á quien
hasta los enemigos reciben corteses, como en un alto del combate;
mientras que esta vez, iba á radicarme allí, con un plan de conducta
establecido en sus grandes líneas, y obligaciones políticas y sociales,
deberes de orden diverso, necesidades urgentes como la de ponerme al
diapasón del gran centro, para no hacer un papel ridículo, sin contar
ya con tirios y troyanos, como que entraba decisivamente en la arena,
ni poder pensar en el modesto abrigo de la provincia, pues retirarme
sería equivalente al más estruendoso fracaso. Al mareo contribuía,
también, la embriaguez de mi triunfo, la satisfacción arrebatadora de
verme con un pie en los últimos peldaños de la inmensa escala, pudiendo
considerar que todo me era accesible, que todo estaba al alcance de mi
mano. Y otra cosa más: quise, apenas llegado, reconstruir mis antiguos
ensueños de cuando vagaba desocupado en la gran ciudad, aquel vasto
proyecto de aparecer, y deslumbrar, trabajando activa y brillantemente
por la unión estrecha de Buenos Aires y las provincias, por la
extinción total de los viejos antagonismos; pero, apenas me puse á
pensar en esta «misión» me pareció trivial, infantil, ya realizada ó en
vías de realizarse, y temí dar pasos en falso, exponerme á las burlas
de los hombres experimentados y escépticos, hablar como una criatura...
No, si no es tan fácil la iniciación como parece.

--¡Bah!--me dije.--Lo que debo hacer es, por una parte, ocultar que
estoy algo «boleado», que me azoro como un advenedizo, y, por otra,
no darme por ahora aires de grande hombre, ni esforzarme por llegar
á serlo, mientras no se me ofrezca una oportunidad verdaderamente
favorable... Seamos modestos, Mauricio, hasta la hora de ser soberbios.

Gracias á un dominio de mí mismo que me permitía parecer tranquilo é
indiferente en las mayores pellejerías, conseguí que nadie advirtiera
mi azoramiento. En cuanto al otro auto-consejo, lo modifiqué, pensando
que, sin aparentes pretensiones, podía y debía presentarme en plena
vida político-social, irreprochablemente y aun con atildada elegancia
en cuanto á mi exterior se refería. Renové, pues, mi guardarropa,
abandonando los trajes que en provincia podían dar el tono, pero que
en Buenos Aires resultaban lugareños por no sé qué detalles de corte,
de color, creo que hasta de olor, comencé á frecuentar los grandes
«restaurants» á la moda, los teatros, los clubs, los círculos que
ya conocía, con el rumbo discreto que siempre acostumbré, y esto me
hizo creer un instante que comenzaba á ser popular. Veíame siempre,
en efecto, rodeado por un círculo de amigos y conocidos que se
ensanchaba cada día, y del que era ó del que creía ser eje principal,
pues todos me demostraban no sólo deferencia, sino también hasta
admiración. Señuelo de este rebaño habían sido algunos camaradas, que
en mis visitas anteriores se sentaban á mi mesa y me iniciaban en el
conocimiento de los más amables rincones de la capital; pero antes no
eran tan numerosos ni tan permanentes--no me parecieron así, al menos,
gracias á lo transitorio de mi estadía,--mientras que, en este nuevo
período, llegué á considerarlos innumerables y pesados en demasía,
sobre todo cuando saqué cuentas al cabo del segundo mes: me había
gastado lo que creía suficiente para medio año, por lo menos. Mis
recursos, grandes en provincia, resultaban escasísimos en la capital,
llena de declives, cloacas y alcantarillas por donde se va el dinero
como agua en día de lluvia, sin que, para quedarse sin un céntimo, sea
preciso caer en la exageración de prestar á cuantos piden. Resolví,
pues, substraerme un poco á la admiración de mis contemporáneos, y
recordé mis buenos propósitos de modestia, jurándome cumplirlos esta
vez.

Con todo, y aunque hubiera podido descontar desde luego mis dietas de
diputado, el dinero no me alcanzaba, en medio de aquel «maelström»
devorador, sobre todo, si quería mantener íntegra mi pequeña fortuna,
como era mi intención. Puede que se me considere ávido y hasta mezquino
por esto, pero era, sólo, previsor, y sabía gastarme las rentas sin
pestañear. ¡Y qué hubiera sido de mí á no proceder de esta manera,
cuando tantos más ricos que yo, arrastrados por la corriente, fueron
luego á rodar al abismo de la miseria, ó poco menos!

Era urgente, pues, arbitrar recursos, y para ello escribí á Correa,
pidiéndole un auxilio, en forma de comisión gubernativa, ú otra
cualquiera. Había observado que los funcionarios y empleados mejor
retribuídos eran generalmente ricos ó de mediana posición, como si los
poderes públicos se empeñaran en conservar y aumentar las fortunas, y
mantener un patriciado seguramente necesario para la buena marcha del
país. Esto es más lógico de lo que parece. Los hombres, por muchos
méritos que tengan, acostumbrados á vivir con poco, no necesitan de
grandes recursos, especialmente si trabajan de veras, y darles más que
el bienestar en sus comienzos suele ser pervertirlos; mientras que los
nacidos en la abundancia deben ver protegida y conservada su posición,
pues de otro modo fácil sería que hicieran disparates, perdieran la
riqueza y se hundieran, comprometiendo luego á buena parte de la
sociedad, en su insuficiencia para resurgir por propio esfuerzo. Esta
acción conservadora de los poderes y de la colectividad acomodada, es
evidente y es plausible. ¿Quién no encontrará bien que, en el caso
de Faustino Estébanez, perdido por deudas de juego, todo el mundo le
ayudara pecuniariamente á salvarse, aunque fuera un inútil, mientras
que á Renato Pietranera, el físico, que buscaba la solución de no sé
qué problema, y se moría de hambre, nadie le facilitó recursos y tuvo
que desistir, buscándose la vida como dependiente de comercio? En el
primer caso, la vergüenza de Faustino recaía sobre todos los Estébanez,
emparentados con la alta sociedad, y no era posible dejarlo en el
pantano, por lo cual, después de pagadas sus deudas, se le envió con
una misión al extranjero; en el segundo, nadie, ni el mismo Pietranera
quedaba comprometido, y si sus trabajos eran realmente de valor, no se
han de evaporar por eso. Hombres más grandes que lo que él pueda ser,
han vivido en la miseria, pero la humanidad no ha perdido sus obras.
En suma, harta mezcolanza social hay en nuestro país, para que nos
ocupemos en aumentarla.

Don Casiano, buen gaucho, considerando, sin duda, que yo podía serle
muy útil en Buenos Aires, me procuró inmediatamente una prebenda,
una representación innecesaria pero bien pagada, ante diversas
oficinas públicas que tenían asuntos con la provincia. Con esto podía
manejarme, pues ya he dicho que tenía prudencia, y no cometería
locuras irremediables, ni siquiera peligrosas, aunque fuera capaz de
despilfarrar las entradas y beneficios extraordinarios con la mayor
impavidez, como lo hiciera hasta entonces. En las luchas anteriores á
mi elección, la prensa opositora me acusó más ó menos injustamente,
de malversaciones, de «coimas» exigidas á los proveedores de la
policía, de sobresueldos secretos recibidos del Gobierno, de cientos
de vigilantes «comidos», como se los comía don Sandalio Suárez, el
comisario de Los Sunchos; cierto es--no tengo reparo en confesarlo,
porque en aquella época todo el mundo hizo lo mismo,--cierto es que
acepté cuanto se me ofreció, pero también es verdad que no lo hice
por aumentar mis capitales, sino con entero desprendimiento, por
darme mejor vida: todo aquello, como vino se fué, y á no ser por la
especulación de mi chacra y otras emprendidas con platita de los
bancos, mi fortuna sería muy modesta. Amo el dinero, pero no por el
dinero mismo, sino por la libertad que procura y complementa--porque
la libertad, sin medios de acción, no es libertad, ni es nada,
tanto, que se ha llegado á hablar de la «libertad de morirse de
hambre».--Desgraciadamente, las gangas á que más arriba me refiero,
habían cesado, y en Buenos Aires no podía conquistarme otras nuevas
mientras no estuviese en el ejercicio de mis funciones. Ya me
desquitaría más tarde, y, entretanto, el sueldito de Correa me venía
como anillo al dedo.

Para modificar mi vida, dejé, pues, el hotel suntuoso y caro en que me
había hospedado y alquilé una casita antigua en una calle central--tres
ó cuatro habitaciones y las dependencias, no muy primitivas,--la hice
empapelar, pintar, amueblar con cierto gusto--con ese gusto innato de
la familia, que permite á uno de mis tíos hacer viajes á Europa con el
beneficio de los muebles que compra allí y usa y revende aquí,--y me
instalé como quien está dispuesto á llevar una vida seria y arreglada.
Llamé á Marto Contreras para que fuese mi hombre de confianza, y
completé el servicio con un cocinero y un sirviente que salía de una
casa aristocrática, y que halló modo de robarme como á un pazguato. Y,
ya en mi casa, en vez de correr cafés y «restaurants» y «rotisseries»,
me limité á mis clubs y círculos, y frecuenté mis relaciones, previo
estudio de sus características, y fuí espiritual y escéptico en unas
partes, bonachón y creyente en otras, austero aquí, liberal allá,
tolerante acullá, sectario unas veces, despreocupado las más. Y así
logré que se me recibiera con gusto, pero sin entusiasmo, porque mi
figura permanecía indecisa y enigmática, é inspiraba, cuando mucho, una
especie de tibia curiosidad.

En esto, pasóseme el tiempo y llegaron los primeros días de mayo, el
mes de la apertura del Congreso en que iba á estrenarme. Ahorro la
crónica de las sesiones preliminares, de las largas guardias en los
salones y los pasillos de la vieja casa que parecía un reñidero de
gallos en el recinto, y una carnicería para gigantes desde afuera, y
llego á la defensa de mi diploma, que fué en un día desagradable, de
humedad y viento norte, enervante y hosco, tal como sólo se ven en
Buenos Aires. Los días húmedos de la capital, cuando reina el norte
pegajoso y hasta mal oliente, me molestan de un modo indecible. Los
ruidos me son más discordantes, más ensordecedores, los movimientos
más difíciles, como dolorosos, las ideas más escasas, como ausentes,
los olores más intensos é ingratos, hasta nauseabundos, la luz
falsa, engañosa, mareadora, las aceras son lodazales, las paredes
chorrean agua, los vidrios sudan, los hombres se muestran irritables,
provocativos, impertinentes, las mujeres andan como sonámbulas y todas
parecen viejas; cualquier frase, insignificante en otros momentos, se
convierte en insulto; los nervios, exasperados, nos hacen momentáneos
pero acérrimos enemigos de seres y de cosas, y creo que en un momento
así, no nos sería muy difícil acabar con el mundo, si ello dependiera
de nuestra voluntad. En tales condiciones, tuve que mantener la validez
de mi diploma.

Comencé vacilante, con la palabra floja y cansada, en medio de la
indiferencia ambiente; pero el mismo desgano de mi auditorio me
excitó, me irritó poco á poco, lanzándome en mi oratoria acostumbrada.
Soy verboso y brillante. No importa que no sepa lo que voy á decir:
substituyo fácilmente las ideas con figuras, con frases retumbantes y
efectistas, con imágenes á veces pintorescas, que subrayan muy bien
mis actitudes y ademanes de actor. Como no me detengo, pese á las
frecuentes interrupciones, ni doy tiempo al examen, llego sin esfuerzo
á cautivar á los oyentes y aun á arrancarles el aplauso. Aquella tarde
memorable, á las acusaciones de coacción, contesté entre otras cosas,
cuando ya estaba en vena:

«¡Se me acusa de la antítesis de mi acción! ¡Precisamente! He
garantizado la libertad del sufragio, me he desvivido por ella en
las altas funciones que me incumbían; no he movido un dedo para que
se proclamara mi candidatura... Estaba demasiado ocupado en mantener
la paz y el orden en nuestra provincia; estaba demasiado ocupado
en arrancar, más por la persuasión que por la violencia, de manos
de los agitadores, las armas con que querían imponernos un estado
anárquico... Y si mi candidatura surgió en el último instante, una vez
pacificada la provincia, gracias á mi humilde esfuerzo, cuando ya no
era jefe político, sino comisionado eventual para mantener el orden,
fué porque la parte honesta, la parte patriota, la parte bien pensante
de la opinión--que es, afortunadamente, la mayoría en mi provincia
y en el país entero,--quiso afirmar, exteriorizar, materializar sus
nobles aspiraciones, eligiendo por su representante al más modesto
de los ciudadanos, al más insignificante de todos, sólo porque había
realizado desinteresados y generosos--¡sí, generosos!--sacrificios
en pro de la verdadera libertad, que no es la licencia ergotista, ni
menos la incendiaria anarquía... Al oleaje desbordado de las pasiones
inconfesables y de las ambiciones malvadas, se ha opuesto en mi
persona sin relieve ni méritos, la playa de arena, mansa, que aplaca
sus furores, siendo como es, apenas, un lazo de unión entre la ola
devastadora y la tranquila paz de los campos fecundos.»

Ya con Pegaso desbocado agregué que á estas consideraciones de hecho
se sumaban otras simplemente morales, intelectuales y étnicas, que,
haciéndome un prototipo de la nacionalidad (gracias, Vázquez),
demostraban hasta la evidencia la bondad de mi elección:

«El hombre que lleva en todo su ser el sello de la familia--de una
familia que ha dado héroes y mártires á la patria,--dondequiera que
vaya es reconocido como miembro de esa familia, como genuino, como
su más genuino representante; y yo me encuentro aquí, en el seno
de mi verdadera familia patricia, como un hijo pródigo quizá, pero
afectuoso y sin mancha, que se enorgullece de reincorporarse á los
suyos... ¡Sí, señor Presidente! ¡Sí, señores diputados! ¿Sabéis cómo me
llama la gentil Buenos Aires? ¿Sabéis cómo se me indica en todos los
centros políticos y sociales que tengo el honor de frecuentar?... ¡El
provinciano!... ¡El provinciano![3] adjetivo que me enorgullece, porque
demuestra la legitimidad de mi representación... Aunque sin merecerlo,
puedo afirmar que dondequiera que yo esté está mi provincia... ¿Y qué,
si no es esto, manda la Constitución al estatuir que todas las regiones
del país estén sintéticamente reunidas en este recinto? ¿Y cuál de
mis honorables colegas--no vacilo en llamarlos así, adelantándome á
su justa sanción--puede invalidar este doble reconocimiento de mis
comprovincianos y del resto de los argentinos reunidos en la capital,
síntesis del país?»

Alguien replicó que todo esto era literatura y que yo sólo había
demostrado mi carácter de... provinciano; y como la barra había
aplaudido, y como mi diploma estaba aprobado de antemano, se votó y
pasé á prestar juramento.

Grandes felicitaciones en antesalas, comentarios, lisonjas:

--¡Nos ha nacido un gran orador!

--No desmiente la casta.

--¡Está bien, amiguito, así me gusta!

Un opositor, echándoselas de inglés, murmuró el título de una comedia
de Shakespeare:

--_Much ado about nothing._

Y otro le replicó:

--Esperemos á que vengan las ideas.

Raza envidiosa, raza de víboras. ¡Como si ellos tuvieran tantas!


                                  II

No sé si bien ó mal inspirado, don Evaristo me convidó á comer antes
de mi partida para Buenos Aires. La reunión, muy íntima--estábamos
únicamente los tres,--fué, sin embargo, casi tan ceremoniosa como
nuestros primeros encuentros con María en su casa. Sólo Blanco
demostraba ó afectaba buen humor, y me invitó á que le escribiera
dándole noticia de mis primeros actos é impresiones, cosa que le
prometí.

--Y usted, María, ¿me escribirá?--le pregunté.

--Yo no sé escribir, Mauricio, pero siempre acertaré á decirle si
estamos buenos ó no. Cualquier cosa que añadiera, podría hacerlo enojar.

Esta alusión al final de nuestra última entrevista me supo mal, pero
sólo repliqué, tratando de ser afectuoso:

--Aunque sea una línea suya, me hará muy feliz. Me permitirá esperar
con calma que se cumpla el plazo.

--¡Ah!... ¡Falta tanto aún!... Ya pensará en otra cosa...

Ciego, no veía ó no quería ver que la niña me estaba despidiendo, que
desde mucho antes había renunciado á su capricho de un minuto, que yo
no significaba nada para ella, y que todos mis esfuerzos, todo mi
amor propio, toda mi pasión, se estrellarían contra su indiferencia.
Pero, también, que mantendría su palabra, y que no se avenía á que se
pisoteara su orgullo con un desdén.

--Y usted ¿pensará en «otra cosa»?--pregunté.

--No, Mauricio, yo no tengo más que una palabra... Lo dicho, dicho
está. Y, escuche, ¿quiere? Deseo de veras, deseo con toda el alma, que
cuando el plazo se cumpla, podamos darnos la mano... para toda la vida.

--¡Ah! Esto me consuela de muchos malos ratos... ¿Es decir que me
quiere un poquito, María?

--Sí...

La despedida fué más tierna de lo que yo esperaba. Ambos nos conmovimos
y quedamos largo rato con las manos enlazadas. Llegué á creer que la
había vencido, conquistado para siempre, y sentí honda satisfacción.
Pero esto duró poco. Á un saludo que le dirigí al llegar á Buenos
Aires, contestó con una fórmula corriente de cortesía, y con esto quedó
cortada casi radicalmente nuestra correspondencia. Así se explica que
pensara poco en mi cuasi-novia, en medio de las febriles disipaciones
de la capital, que, aun sin tener que concurrir á la Cámara, no me
hubieran dejado en aquel tiempo ni un minuto para la meditación.
Bailes, tertulias, comidas, teatros, carreras, paseos, no me permitían
ni siquiera seguir mi vieja costumbre de leer algunas horas, por la
noche, en cama, buscando la tranquilidad de los nervios antes de
dormirme. La noche me la consumían, después del teatro, las partidas,
las largas partidas en el círculo, con los prohombres de la situación.

No sé por qué se niega que el juego de naipes tenga otro interés que
el del dinero y se diga que los que «cambian cartas es porque no saben
cambiar ideas». Yo le encuentro, entretanto, mucho interés «moral» y
hasta una grande importancia, no por sus combinaciones y azares en sí,
sino por lo que desarrolla la facultad de conocer á primera vista el
carácter de los hombres, y hasta adivinar sus pensamientos. Más que
cualquier otro, un jugador sabrá cuándo una persona le miente y hasta
qué punto llega su mentira, y estoy cierto de que Facundo Quiroga veía
más esto por jugador que por gaucho. Á mi juicio, todo político debe
ser jugador--con tal que no se dedique á juegos de simple azar ni de
pura destreza,--pues la práctica de los naipes le dará dominio sobre sí
mismo, facilidad para improvisar ardides y subterfugios, ojo clínico
para descifrar caracteres, habilidad para descubrir las tretas del
adversario, y esa serenidad que permite perder hasta la camisa sin que
nadie se entere, serenidad que en el público versátil hace sobrevivir
el prestigio á las mayores derrotas, facilitando así el, de otro modo,
imposible desquite.

¡Ay del político si el pueblo advierte que está totalmente arruinado!
Ése no volverá á brillar, porque no le ha quedado ni un albur, como al
jugador sin plata y sin crédito, que no puede apostar sobre palabra.

Por otra parte, aquellas largas partidas eran mucho más interesantes
que las de mi club provinciano, y no porque parecieran más animadas.
Por el contrario, eran correctas, casi frías, sin las exclamaciones y
los ternos que solían salpicar las nuestras; pero en los intervalos
se cambiaban algunas ideas útiles, algunos datos importantes, entre
todos iba formándose una especie de solidaridad, de complicidad, y
no faltaban, tampoco, las notas amenas. Una noche, por ejemplo,
extrañábamos la ausencia del secretario de policía, gran punto que nos
tenía locos por su apasionada manera de jugar, cuando lo vimos entrar
como una tromba y sentarse en su sitio acostumbrado, exclamando:

--¡Llego tarde, porque vengo de sorprender á unos jugadores!...

Ni faltaba su poco de psicología, más ó menos trasnochada. Uno de mis
colegas de la Cámara, sin darse ó dándose cuenta de que escupía al
cielo, me dijo cierta noche:

--Mire, Herrera. Uno se sienta caballero junto á un tapete verde; pero
si permanece mucho tiempo aquí, seguro que se levanta siendo un pillo...

--Ó un sonso--completé.

Sin embargo, los «griegos» eran escasos en nuestras reuniones, en las
que no se hacían «más trampas que las necesarias», como dicen los
prestidigitadores espirituales según la receta. Varios hubo... Pero
esto es tan general en el mundo civilizado que no hay para qué entrar
en detalles.

Algunas veces, al dejar la partida y salir á la calle, la hora del
alba sumergía el empedrado, las aceras, las fachadas, en un baño de
azul tan intenso, que yo me quedaba absorto ante aquella maravilla
monocroma, mucho más sorprendente al dejar la iluminación anaranjada de
los salones. Pero sólo un espectáculo excesivo como éste podía llamarme
la atención en el enervamiento de la partida; las medias tintas, los
matices me dejan indiferente.

Así también la vida de la ciudad, que sólo podía detenerme en
sus grandes manifestaciones, y cuyos matices me escapaban, en la
preocupación de la importante partida que estaba dispuesto á jugar,
pero que no veía «armada» en ninguna parte: la partida de mi porvenir.

La iniciación era muy dura. Muchas veces me eché á muerto, renunciando
á abrirme camino de las últimas á las primeras filas. ¡Era tanta la
competencia en todos los terrenos accesibles para mí! Aun en el del
servilismo. Recuerdo el caso de aquellos dos personajes, hombres
de reconocido valer, que se precipitaron á abrir la portezuela del
carruaje, para el Presidente que salía del Congreso. El que quedó
atrás, dijo al otro, irritado:

--¡Adulón!

Y su competidor triunfante, todavía doblado en una gran reverencia,
replicó:

--¡Envidioso!

Mi incipiente reputación oratoria no me bastaba, faltándome las
ocasiones de hablar sin peligro y con brillo. Se debatían cuestiones
demasiado complejas, demasiado técnicas para que pudieran lucir las
lindas y sonoras frases huecas de mi repertorio, y no me encontraba con
valor suficiente, por el momento, para emprender el estudio á fondo de
un asunto determinado, tanto más cuanto que, desde nuestras filas, los
argumentos debían ser muy especiosos y singularmente hábiles para que
resultaran admisibles. Toda la elocuencia parecía haberse vuelto del
lado de la oposición...

Debatíame, pues, en la obscuridad, y más que entonces, mucho más que
entonces lo comprendo ahora cuando, como fondo á mi individualidad,
trato de poner aquella decoración de ciudad-emporio, y aquella época
de delirio de las grandezas. Desaparezco, no resulto yo, «pigmeizado»,
y lo peor es que tampoco acierto á dar la impresión de aquel
pandemonium, de aquel desenfreno de ambiciones y lujurias, sólo regido
por el egoísmo más feroz, y en el que la gente solía entredevorarse
acariciándose. Así los «amigos» del Club, indiferentes en cuanto se
levantaban de la mesa...

Pugnaba yo por abrirme paso en la alta política, pero el destino, mi
protector incomprendido entonces, no lo permitió. Me guardaba para
después, no quería que me comprometiera. ¡Sabio destino! Él veía en el
futuro que toda aquella grandeza iba á caer derribada de un soplo, y
que sólo subsistirían, no los árboles erguidos, sino el cepellón que
crece mejor cuando el bosque se aclara. Bien es cierto que, después,
si yo he crecido, muchos de aquellos árboles tronchados han vuelto á
retoñar. No hay que quejarse. Sólo los muertos no vuelven.

Perdóneseme esta digresión: es la última ó una de las últimas, porque
comprendo que, después de tan larga caminata como hemos hecho juntos,
el lector, viendo ó creyendo ver próxima la etapa final, me incita á
no detenerme á coger flores y contemplar el paisaje, sino á seguir
andando «derecho viejo», hasta el apetecido descanso. Dejaré, pues,
que los hechos se expliquen por sí solos, tanto más cuanto que pienso
en la posible excelencia de unas memorias escritas de ese modo desde
la primera página. Resultarían admirables quizá, pero no serían «mis»
memorias, pues tengo cierta cavilosidad característica que me lleva á
los análisis minuciosos. Mas lo prometido es deuda. Vamos á los hechos
descarnados.

Luis Ferrando, uno de mis camaradas del Club, joven insignificante pero
muy difundido en los salones de la alta sociedad, me abordó cierta
noche diciéndome:

--Usted, que es un verdadero orador, ¿no sería capaz de hablar en una
velada de caridad que organizan las Amigas de los Pobres, una sociedad
formada por las señoras más distinguidas?...

--Si ellas creen que puedo servirles...--contesté, pensando que aquello
me era conveniente.

--Me han encargado, justamente, de que se lo pida.

--Entonces, no hay más que decir... Cuando esas damas quieran.

La fiesta resultó magnífica y en ella pronuncié el más florido de mis
discursos, como podrá verse por el siguiente párrafo, que no era, ni
con mucho, el más deslumbrador:

«Como la cascada que, saltando desde la altura, deshecha en lluvia de
colores, en avalancha de piedras preciosas, fecunda todo el alto monte
y toda la campiña, desde la planta aromática de la cumbre hasta la
flor de la falda, hasta la espiga del llano, hasta el árbol corpulento
y añoso que crece entre las grietas del peñasco, así el sentimiento
desbordante, así la irisada caridad de la mujer argentina, baja desde
la cima excelsa en que es soberana, hasta la hondonada obscura en que
hormiguea la humanidad doliente; y lo que arriba se llama Gracia, abajo
se llama Beneficencia. ¡Oh! ¡dadme, dadme vuestra limosna admirable
como único premio de mi vida! ¡Si soy un mendigo, tendré por vosotras
el pan cuotidiano; si soy un luchador, tendré por vosotras dónde
recuperar los alientos perdidos; si soy un triunfador, encontraré en
vuestras manos la corona de laurel; si soy un poeta, tendré en vuestros
ojos, cuando entone un sublime canto, la gota diamantina de rocío,
la gema incomparable que no puede pagarse con todos los tesoros de
la tierra, de vuestros tiernos, de vuestros abnegados, de vuestros
preciosos sentimientos, emanación única de Dios!»

Esto parecerá rebuscado, enfático, y á los más exigentes hueco, ¡pero
había que oirmelo decir con mi voz sonora y musical, y mi ademán, al
propio tiempo, amplio, rítmico y dominador! Un calofrío corrió por toda
la sala, como una ráfaga de viento en un trigal; las mujeres lloraban,
los hombres aplaudían á despellejarse las manos. ¡Qué triunfo aquél!

Al salir del teatro, en medio de los agasajos, los apretones de manos,
las felicitaciones entusiastas que exteriorizaban mi triunfo, Ferrando
se me acercó en el vestíbulo, donde las damas aguardaban sus carruajes
mal cubriendo con los abrigos todavía innecesarios dada la estación,
sus riquísimos trajes de soirée.

--Un caballero y una señorita muy distinguida acaban de pedirme que lo
presente. Allí están aguardando el coche, ¿quiere venir?

--¿Quiénes son?

--Don Estanislao Rozsahegy (pronunció Rosahegui) y su hija Eulalia, una
muchacha preciosa...

Y mientras yo le decía «Vamos allá», él agregaba aún:

--La más rica heredera de Buenos Aires...


                                  III

Soplaba el pampero, picante y vivaz, y bajo mi sobretodo sentíame como
un hombre nuevo, más alegre y más resuelto que de costumbre, para quien
todas las empresas tenían que resultar fáciles y gratas. Por el cielo
azul cobalto, transparente como una vidriera de colores, cruzaban
rápidas nubes blancas y cenicientas, caprichosamente redondeadas,
mientras que el sol, velado por momentos, lanzaba en otros á la tierra
sus rayos cálidos aún, en una iluminación de apoteosis. Bajé á buen
paso por las calles que el domingo dejaba desiertas y vibrantes como
una caja de resonancia, hasta la vieja y miserable Estación Central,
donde iba á tomar el tren para Los Olivos. Don Estanislao Rozsahegy me
había invitado á una «garden-party»--la última de la estación,--en su
magnífica quinta.

Durante el viaje recapitulé, sacudido por el traqueo del vagón, los
preliminares de nuestra naciente amistad. Después de la presentación
en el vestíbulo de la Ópera, me había abierto su casa, y suplicado á
Ferrando que me llevara una noche, pues, de otro modo, yo sería «capaz
de no ir». Los había visitado una ó dos veces, y digo «los», porque
quien me atraía era Eulalia, que, indiscutiblemente, había quedado
prendada del orador y del hombre, y que no trataba de disimularlo. ¡Es
tan grato verse querido!... Aunque sea por la hija de don Estanislao
Rozsahegy, advenedizo enriquecido en el comercio y la especulación,
que comenzó su carrera triunfal ejerciendo los oficios más bajos, á
quien todo el mundo adulaba y de quien todo el mundo hablaba mal en su
ausencia. Nadie sabía, á ciencia cierta, cuál era el verdadero punto
de partida de su enorme fortuna, valorada en muchos millones: unos
decían que se había «sacado una grande» en la lotería; otros que Irma,
su mujer--eslava ó teutona zafia é ignorante que quién sabe qué habría
hecho en su primera juventud,--le llevó en dote unos pocos miles de
pesos; los menos afectaban sospechar una procedencia poco honesta,
si no criminal, á los fondos con que inició su brillante carrera de
agiotista. Hablillas sin fundamento quizá, y para cuya aclaración
hubieran sido necesarias las investigaciones más minuciosas, porque
en un cuarto de siglo de triunfos, los testigos de los comienzos
habrían desaparecido ú olvidado. Lo incontestable era su riqueza, su
habilidad de banquero, su adivinación de especulador, su acierto y su
suerte de bolsista, que le permitían aumentar sin tregua una fortuna
ingente ya. En cuanto á su físico y sus maneras, sólo diré que era
rechoncho sin ser obeso, moreno y velludo, con la cabeza como una bola,
los ojos pequeños y maliciosos, negros como el grueso bigote teñido
que dominaba una nariz chata y ancha, de grandes fosas bien abiertas,
como para olfatear mejor los negocios, brazos cortos y manos gordas,
enormes, peludas, de dedos enanos y deformes--atractivos todos estos
complementados con ademanes bruscos é irregulares, voz rotunda de bajo,
franqueza afectada hasta la vulgaridad si no la grosería, y lenguaje
incorrecto de hombre que nunca aprendió gramática alguna, ni la de su
país de origen ni la de aquél en que había clavado definitivamente
su tienda.--Irma, su mujer, debió ser hermosa cuando joven, pues aún
le quedaban algunos restos que la hacían parecer á la Isabel Bas de
Rembrandt, pero sin la extraordinaria nobleza de esta gran dama de la
burguesía flamenca. Era, también, tosca y familiar con todo el mundo,
hasta extremos chocantes, y hablaba en un inverosímil dialecto de su
exclusiva composición.

En cambio, Eulalia era tan bonita como distinguida, y lo parecía
más junto á sus padres, por contraste, como si éstos fueran zafios
y grotescos para que resaltara la delicadeza de su fina persona, su
frente clara y abovedada, sus ojos profundos rodeados de una aureola
obscura que les daban un encanto dulce y luminoso, la boca dibujada
como una caricia, la nariz algo larga, recta, la barbilla como la de
un niño. Y con esto unas manos de largos y admirables dedos, una
voz argentina, convincente y subyugadora, que subrayaba siempre su
linda, su graciosa sonrisa de buen humor, y un cutis terso, blanco,
sin mancilla, ligeramente matizado de rosa. Parecíame mucho más bonita
que María Blanco, sobre todo mucho más mujer y mucho más niña. La otra
iba rodeada de una aureola de severidad, que la hacía como lejana é
intangible, y sus trajes modestos, casi austeros, poco ó nada ceñidos
á la moda, añadían á la impresión de alejamiento que esto producía.
Eulalia, en cambio, siempre alegre, siempre riente, conversadora y
bromista, vestía trajes elegantes, quizá demasiado ricos y vistosos
para su edad y su estado--pero, por otra parte, ya se había perdido
en el país la costumbre de hacer que las jóvenes se vistieran
sencillamente y sin joyas hasta el día de su casamiento...--Puestas
ambas en parangón, y como mujeres, no como Egerias, no cabe duda que el
triunfo correspondía á Eulalia.

Me había encantado, pero no estaba enamorado de ella como podría
creerse: otras aventuras, muy recientes aún, y con todo el atractivo
de la novedad, me absorbían entonces, y mis relaciones con Laurentina
de la Selva, la viuda treintona codiciada por tantos y tan apetecible,
no eran un secreto para la parte de la sociedad que frecuentábamos...
ni para el resto tampoco. Esta vinculación--sobre la que no insistiré
porque es innecesario--bastaba para distraerme y hacerme rehuir ó
postergar todo otro devaneo, pues, en cuanto á la parte seria de la
vida, no abandonaba por estas consideraciones, galanteos y flirts, mis
proyectos matrimoniales con la buena María.

Llegué, en fin, á Olivos y á la quinta de Rozsahegy donde, pese al
fresco intempestivo del día, numerosas parejas paseaban por los
jardines y se divertían animadamente en diversos juegos, al son de una
música discreta. Eulalia debía estar atisbando, pues apenas llegué
salió alegremente á mi encuentro.

--¡Bien venido! ¡Bien venido!--me decía con una voz que parecía un
canto, un arrullo, un mimo.

Casi podría tomarse aquello por una declaración, si el infantil
regocijo que caracterizaba á Eulalia no explicase sus arrebatos, de
todas maneras inocentes.

Ella misma me tomó el brazo é hizo que la acompañara por el jardín,
que recorría como sus padres cuidando de que no faltara nada á los
invitados, y entretanto parloteaba como un pájaro, me miraba sonriente
con sus ojos grandes é ingenuos, movía el cuerpo flexible con gracia
serpentina, agitaba las manos finas--sin anillos que deslucieran su
belleza en el errado supuesto de llamar la atención--con ademanes
mesurados y curvilíneos que no eran seguramente fruto del estudio, sino
don natural. Hablamos de arte, de música, de pintura, de letras... Sin
decir nada nuevo ni profundo, no decía tampoco disparates; era educada,
relativamente instruída, había pasado algunos años en un colegio
de hermanas francesas, y luego el roce social acabó de barnizarla.
No criticaba á sus padres, pero se veía que, en el fondo, hacía
comparaciones, y que este mismo análisis contribuía á refinarla.

Pasé, en suma, una tarde deliciosa, sin ocuparme casi para nada del
centenar de personas más ó menos elegantes, ricas ó aristocráticas
que pululaban en el jardín y en los salones. Apenas si había cambiado
cuatro palabras con Rozsahegy y con Irma. Pero esta última iba á tratar
de desquitarse. Y en efecto, cuando un grupo numeroso pasó á tomar el
té en el comedor, la buena señora alzó de pronto la voz y, encarándose
conmigo, que estaba al otro extremo de la mesa:

--¡Herrera! ¿Por qué no nos repite el discurso?

Eulalia se puso roja, y apenas acertó á murmurar: «¡Mamá, por Dios!»
Yo, sonriendo, para no dar importancia al despropósito que ya provocaba
disimuladas pero irresistibles risas, repliqué:

--No es el momento, otra vez... Son ustedes de una amabilidad tan
exquisita y esta reunión es tan agradable, que no hay que turbarla sino
con palabras de agradecimiento. Brindemos, pues, por los dueños de casa.

Eulalia me agradeció con una sonrisa y una mirada en que se mezclaban
la emoción y la alegría. Creo que me consideró un héroe.

Ferrando, que volvió conmigo en el tren, me dijo en tono confidencial,
probablemente para quitarme las ganas:

--La muchacha es un coquito, pero lo que es el «gringo» no la larga á
dos tirones... El que la pretenda tiene que «hamacarse»... y ser muy
rico. ¡Es natural!... Un millonario como Rozsahegy...

--Sin embargo, creo que usted no pierde la esperanza--observé, riendo.

--Sí, pero la chica «no las va» por ahora... y los viejos tampoco...
Veremos después... Lo único que me da ánimo es que el «gringo» se
«pirra» por entrar de veras en la buena sociedad, donde apenas si lo
admiten de vez en cuando, como de lástima, y eso sólo en las kermesses
y en las fiestas de caridad, en que la entrada es libre para todo el
mundo... Con mi nombre y mi familia...

Y desarrolló largamente el tema de su nobleza, él, cuyo padre había
sido mercero en la calle Buen Orden, y cuyo abuelo fué remendón ó
sastre en la de Potosí, casi en el «barrio del alto, donde llueve y no
gotea»...

Pero el dato me llamó la atención y me hizo pensar: ¿Conque Rozsahegy y
todos sus millones, ambicionaban emparentar con una familia patricia,
para que sus nietos y su misma hija obtuvieran «patente limpia» y no
sufrieran más tarde los desaires disimulados que él debía olfatear
necesariamente, pese á su tosquedad? No era malo saberlo, y quién sabe
si...

Pero apenas bajamos del tren y nos fuímos á comer en el Café de París,
entonces en todo su apogeo, olvidé á Eulalia, á los Rozsahegy, y creo
que aquella noche sólo conté dos ó tres veces la salida de pie de banco
de Irma pidiéndome que repitiera mi discurso en su «garden-party».

En casa me esperaba una cartita muy lacónica de María Blanco,
diciéndome que todos estaban buenos y pidiendo noticias mías. «Hace
un siglo que no escribe, y eso no está bien.» ¡Eh! ya le escribiría
cuando tuviera tiempo y algo que decirle, algo referente á mis primeras
armas en Buenos Aires--no en sociedad, se entiende--y á mis primeros
triunfos. Me fastidió que no me dijera nada de mi éxito en la Ópera,
aunque le hubiera mandado varios diarios con sendos bombos y uno
que publicaba íntegra mi «magnífica pieza oratoria», como decía el
encabezamiento.

Tenía muchos amigos en la prensa de todos los colores, pues, desde el
primer momento, traté de propiciarme el «cuarto poder del Estado».
Pocos periodistas son venales entre nosotros, pero ninguno, si no es
un díscolo feroz, deja de mostrarse sensible á las atenciones y las
lisonjas; otros, los menos, suelen ser candorosamente parásitos, como
los escritores del siglo de oro, considerando su parasitismo como un
derecho. Y yo me esforzaba por estar bien con todos.

Los periodistas que me habían conquistado más completamente, ó mejor
dicho, que yo había conquistado con mis amabilidades é invitaciones, me
demostraban á veces su afecto, exigiéndome pretextos para hablar de mí
y renovar mis dos triunfos anteriores.

--Es preciso hacer algo--repetían.--Si usted no hace nada, nada se
puede decir. Usted es demasiado hombre para quedar empantanado en las
noticias sociales.

--Pero, ¿qué he de hacer?--preguntaba yo.

--Cualquier cosa. Escribir, hablar, dar conferencias.

--¿Como el padre Jordán? No. Por ahora no tengo nada que hacer, y me
basta con figurar en sociedad. Ya llegará el momento.

Pero no dejaba de comprender que para salir de la penumbra era
necesario un esfuerzo, y tanto es así que pensé en realizarlo. La época
estaba completamente entregada á las finanzas; nunca se ha estudiado
ni discutido más--en ninguna parte del mundo--la economía política,
y nunca--en ninguna parte del mundo, tampoco,--se han hecho más
disparates económicos. Juzgue, pues, que bien ó mal, para mi estreno
definitivo en la Cámara debía hablar de hacienda pública, cosa que
quizá facilitara mi progreso en la carrera política. Para hacerlo,
busqué algunos tratados especiales, sin detenerme mucho en ver si eran
antiguos ó modernos, y leí á salto de mata á algunos economistas, entre
otros á Paul Leroy-Beaulieu, á Juan Bautista Say, á Adam Smith. En esto
último encontré lo que buscaba, aunque fuera libre cambista rabioso.
Sus opiniones sobre la fuerza del trabajo y de la industria, me dieron
pie para demostrar que los argentinos debíamos ser proteccionistas á
todo trance, porque la industria es la base de la riqueza, pero, ¿cómo
tener industria si las cosas nos vienen hechas del extranjero y los
productos nacionales no pueden competir ni en calidad ni en precio?
Ahorro lo demás al lector, aunque con aquel discurso creyera, entonces,
que la crematística no tenía ya secretos para mí, opinión en que me
confirmaron varios amigos á quienes leí mis borradores, llenos de
frases rotundas y deslumbradoras.

--¡Eres el orador más brillante del país!

--¡Todo un poeta! ¡Ni el mismo Guido te iguala en la euritmia de las
frases!

--Sí, pero, ¿y el fondo? ¿qué me dicen ustedes del fondo?

--De eso yo no puedo hablar, pero... me parece que está muy bien.

--¡Ni Rivadavia, hermano, «créme»!

Llegó el momento de dar á luz aquella pieza histórica. Tratábase de
conceder entrada libre, sin derechos de aduana, á la maquinaria y el
alambre para una fábrica de clavos, así como la excepción de todo
impuesto nacional y municipal, y la concesión de pasajes subsidiarios
(gratuitos) á los obreros que debían venir de Europa á poner en
movimiento aquella «nueva industria argentina». Mis razones eran
elocuentes... Se me escuchó con agrado; algunos pasajes produjeron
efecto, hasta en la barra, que ya comenzaba á ser decididamente
opositora. El proyecto pasó como era lógico. Varios colegas me
felicitaron. Pero en antesalas sorprendí cuchicheos, en los que no
desdeñaban tomar parte algunos correligionarios de espíritu inquieto y
burlón. Y por todas partes me parecía oir como un estribillo, como un
zumbido persistente y cargoso:

--¿Qué ha dicho?

--¿Qué ha dicho?

--¡Habla muy bien!

--¡Lástima que no diga nada!

--Decididamente--pensé,--aquí no estamos en la Legislatura de mi
provincia... Es preciso no volver á meterse en... economías.

Y luego, profundamente sorprendido, me pregunté:

--¿Pero de dónde salen sabiendo, todos estos burros?... ¿Ó basta con
que sepan dos ó tres, para elevar el nivel científico de la Cámara?...
¡Eso ha de ser, pero es curioso!


                                  IV

Esto me dió mucho que pensar, confirmándome en mis primitivos temores
de ver mi personalidad anulada en Buenos Aires. Y la naciente
experiencia me planteaba este dilema de hierro:

Ó eres un hombre de verdadero valor, tienes que conducirte como
tal, y entonces verte probablemente condenado al desdén si no á la
persecución, pues renunciarías á tus amigos actuales sin conquistarte
antes otros que te defendieran, ó eres un hombre mediano que debe
contentarse con la medianía y aprovechar las migajas sin provocar los
grandes golpes de fortuna, aguardándolos, por si llegan un día, y
conservando, entretanto, todos sus puntos de apoyo.

Tengo de lo uno y de lo otro, y caben en mi cabeza las grandes ideas,
aunque no me dé por los grandes sacrificios, y soy, como el héroe de
Stendhal, capaz de disimular mi superioridad en beneficio propio.

Opté por esto último.

Un gran orador, secundado por algunos opositores de pelo en pecho,
comenzó por aquel entonces una terrible campaña contra el Gobierno,
tratando de demostrar que éste procedía ilegalmente en no quiero
recordar qué combinaciones financieras importantes, sobre todo para las
provincias. Al propio tiempo, como movimiento convergente, formábase un
gran partido con todos los elementos heterogéneos que no comulgaban con
la política oficial. Vi el abismo abierto á nuestros pies, cuando todo
el mundo quería negarlo, pero me dije que el lado de los dirigentes era
y sería siempre... el lado de los dirigentes. Los hombres de gobierno
pueden verse alejados pero no suprimidos de la escena--porque forman
una verdadera casta, una institución,--y los Gobiernos se renuevan
con hombres que han gobernado ya, nunca, sino en muy pequeña dosis,
con hombres nuevos, que no saben el mecanismo del poder. Comprendí,
pues, que para no caer definitivamente, sin remedio, debía caer con
los míos, y me aferré á la defensa del Presidente y su política. Grité
contra aquel orador de cara de Nazareno, que hablaba con voz aflautada
de mujer, armoniosa á veces, retumbante otras, y creo que, parodiando
á misia Gertrudis, hasta insinué que era mulato y mal nacido... Esto
no lo hacía en discursos--voluntaria y radicalmente suprimidos,--sino
en simples interrupciones. Los correligionarios me estimulaban, me
agasajaban para sacar las castañas del fuego con la mano del gato,
pero yo sentía el gran vacío de una posición falsa, y de pronto cesé
hasta en mis invectivas, buscando también el silencio y el olvido. Poco
antes, algunos diarios me atacaban, tomándome como pretexto para mesar
las barbas del Presidente en persona, y presentándome como su vocero,
como su alma condenada. Esto me afligía y me torturaba, aunque en las
calles, en los clubs, en el Congreso y en el teatro, me diera aires de
Matamoros, y... al buen callar llaman Sancho. El grande hombre de Los
Sunchos, el árbitro de la capital provinciana, era, cada vez más, uno
de tantos en la capital de la República...

Coen, el banquero, cuya mujer me hacía ojitos en casa de Rozsahegy, y
con quien había hecho varias jugadas de Bolsa, me dijo un día:

--Yo le aconsejaría, don Mauricio, que realizara. Usted tiene algunos
negocios, como el de sus tierras, que pueden darle todavía magnífico
resultado. Si espera un tiempo más, es muy posible que se vaya «al
bombo». Realice y compre oro para dentro de tres meses; pero compre
oro efectivo, no se contente con las diferencias, porque si no se
embromará. Esté cierto de que va á quebrar medio mundo el día menos
pensado.

--¡No embrome!--le dije, sonriendo.--Ésos son cuentos para asustar á
las viejas.

Sin embargo, fuí á ver al Presidente y le hice comprender en forma
velada lo que había en la atmósfera.

--¡Bah! ésos son excesos de la oposición--me dijo.--Y usted, ¿qué
piensa hacer?

--¿Yo? No mover un dedo. Sabiendo lo vinculado que estoy á
la situación, y por más insignificante que sea, una maniobra
temerosa mía podría acelerar un pánico que nuestros adversarios se
esfuerzan en producir. Yo soy muy amigo de mis amigos... y de mis
protectores--agregué, al ver que arrugaba el vanidoso entrecejo.

--Haga lo que se le antoje. Y no se crea que puede comprometer todavía
la marcha del país--dijo con sorna.

--La oposición sabe exagerar, cuando le conviene. Estoy seguro de que
se fija en todo... hasta en mí... Yo estoy á la baja...

--Sí, es lo mejor. Pero no se preocupe. Son «alaracas» de los
opositores, nada más.

Pepe Serna, el secretario particular del Presidente, me dijo más tarde
en el Club, que mi actitud había complacido mucho al Presidente.

--¡Poco me importa!--contesté.--Lo único que quiero es demostrar
carácter. Podría comprar oro, realizar ahora mi fortunita y ser muy
rico; pero prefiero mirar al futuro y no hacer pavadas que lo echen á
perder. ¿Y «vos»?

--Yo--contestó Pepe,--se lo debo todo al «doctor»; soy consecuente, y
tengo miedo de dejar de serlo, porque entonces dejaría de estimarme á
mí mismo. ¡Como que si me estima un poco todavía es sólo por eso!...

Nos fuímos á comer juntos sin hablar más de la cuestión, aunque ambos
siguiéramos pensando en ella. Alguien que comía en el mismo Café de
París, con otros amigos, un comprovinciano muy al corriente de todos
los chismes de nuestra ciudad, me mandó con el «maitre d'hotel» un
diario de mi provincia, al margen del cual había escrito con lápiz:
«Hay noticias interesantes para usted.»

Busqué la noticia interesante, y fuera de la habitual palabrería
política no encontré nada. Miré al comprovinciano, mostrándole el
periódico y encogiéndome de hombros, para indicarle que aquello me
importaba un bledo. Él sonrió, me hizo con la mano señas de que
esperase y escribió en una tarjeta: «En la Crónica Social». La noticia
era ésta:

 «El doctor Pedro Vázquez ha pedido la mano de la distinguida señorita
 María Blanco, hija de don Evaristo Blanco, uno de los hombres que en
 nuestra provincia, etc., etc...»

¿Me puse pálido? Creo que sí, aunque no puedo afirmarlo. Sé solamente
que aquello, tan previsto, sin embargo, me produjo una honda sacudida,
un profundo desgarramiento de mi amor propio. El plazo no había
vencido, María no me había dicho nada, yo no había retirado mi palabra,
antes bien insistía aparentemente en mi solicitud...

--¿Qué tienes?--me preguntó Pepe Serna, advirtiendo mi turbación.

--¡Nada! Me acabo de acordar de que esta misma noche debo ir á casa de
Rozsahegy, y me fastidia pensar que he estado á punto de cometer una
gran grosería. No puedo dejar de...

--¿De ver á Eulalita, no?

--¡Como lo dices! Precisamente, de ver á Eulalia.

Una vez más era juguete de las circunstancias que, en lugar de
perjudicarme, han sido siempre mis abnegadas servidoras. Algunos,
á quienes suelo estorbar todavía, dicen que soy un «oportunista».
¡Bah! Ése es un rótulo como cualquier otro. La verdad es que siempre
he sabido amoldarme á la vida, aunque en mi interior ardan todas las
pasiones, convencido de que la pasión sólo sirve para hacer disparates.
Y siempre he sido el hombre de las resoluciones rápidas.

--Pero algo te pasa--insistió Pepe.--El simple propósito de hacer una
visita no puede turbarte así...

--Mañana... ó pasado, lo sabrás... Tengo un proyecto que ha de influir
en todo el resto de mi vida...

--¿Ésas tenemos?--murmuró, adivinando.

--Sí.

Pagué la cuenta y salimos.

Eran las diez cuando entré en el palacio de Rozsahegy, la casa
solariega de una vieja familia de próceres, que el advenedizo había
comprado á fuerza de dinero para darse cierto barniz «ladrillezco» de
aristocracia.

Había en el salón unas diez personas de clase muy mezclada: dos jóvenes
«conocidos»--Ferrando y otro,--un político secundario, muy mercachifle,
con ínfulas de influyente; el banquero Coen, con su mujer, rubia, miope
y tierna, figulina de Sajonia medio resquebrajada ya pero siempre de
colores chillones y como infantiles, que me hacía una corte asidua
é incondicional; una señorita extranjera, con aires de «demoiselle
de compagnie» en reemplazo de su señora; un sabio europeo venido á
estudiar no sé qué epizootia y á llevarse no sé cuántos pesos; el dueño
de casa, don Estanislao Rozsahegy, su esposa Irma, con su idioma tan
semejante al alemán como al castellano, y la linda Eulalia, que reunía
en torno suyo á los dos elegantes, la muñequita de porcelana barnizada
y la «demoiselle de compagnie», mientras que el gran Rozsahegy
acaparaba al político, al banquero y á la germano-criolla, es decir la
parte seria de la sociedad.

--¡Por fin sale usted del bosque!--exclamó Eulalia con la libertad de
ideas de las niñas «de sociedad», acudiendo presurosa á recibirme, con
gran disgusto de los dos gomosos.

--¿Del bosque, Eulalia, en pleno Buenos Aires?

--¿No dicen que los osos, insociables, viven en los bosques? Y usted es
un poquito oso, ¿no es verdad? ¡Vaya! Deje á los viejos que hablan de
negocios y especulaciones sin ocuparse de los muchachos, y véngase con
nosotros...

La alusión á la señora de la Selva había sido clara, pero ni me di por
entendido, ni ella insistió, por buen gusto innato, aunque criada en
un medio que no era cultivador de semejantes matices.

En el grupo juvenil, bullicioso, superficial y entrometido, me encontré
molesto, porque no iba á mantener conversaciones generales: iba en
busca de algo decisivo, y necesitaba hablar aparte con Eulalia.
Buscaba el medio de alejarla del grupo, cuando Rozsahegy me hizo muy
indirectamente el juego, llamándome.

--La situación sólida, ¿usted cree?--preguntó con aire de inocencia y
de perplejidad, aunque fuera un zorro viejo.

--Sí, don Estanislao. Todo va bien. No hay que hacer caso de la
oposición. Su misma fiebre lo demuestra. Son perros que ladran á la
luna...

--Muchos perros... Ese metin del Frontón...

--¿Ha viajado por el campo? En las estancias, en cuanto ladra un cuzco,
todos los perros desocupados se ponen á ladrar también, sin saber por
qué, y no muerden, porque no tienen qué morder...

--¡Oh!--dijo Coen, con aire misterioso.--La Bolsa está intranquila...

--¡Bah! contra los que juegan al alza están los que juegan á la baja.
Es una partida reñida, pero jugarreta al fin.

--La apuesta es la fortuna del país, no unos cuantos pesos de los
jugadores...

--El país es demasiado rico para que eso pueda comprometer su fortuna.

--¡Hum! usted está muy confiado, muy confiado, lo mismo que el
Gobierno. ¿Qué hace el Gobierno?

--¡Pues, nada! ¡Provocar la baja! Y lo conseguirá. ¿Quién lucha, don
Estanislao, contra el poder y el dinero, el poder total, el dinero
inagotable?...

--Sí, eso es muy importante--murmuró Rozsahegy, sin convicción.

--Papelitos impresos--murmuró Coen.

--¡Oro! ¡El oro caerá en la Bolsa como el maná en el desierto! El
ministro lo ha prometido. ¡Será el maná, y los israelitas no se morirán
de hambre!...

--Eso no dudo--insinuó Coen, burlón.

--Y... eso, ¿usted tiene confianza, entonces?--preguntó Rozsahegy con
aire extremadamente candoroso.

--¡Absoluta!

--Yo también--apoyó don Estanislao, entre sonrisas indescifrables.--Yo
también... por ahora.

Y llamó á Eulalia para decirla que hiciera servir el té, poniéndola así
á mi alcance fuera de oídos indiscretos.

Me acerqué á ella y entablé el coloquio proyectado.

--¿Conque, soy un oso, no?

--«Silvestre», sí, según se dice.

--¡Vamos, Eulalia! Dejemos los árboles, y yo le demostraré que soy,
por el contrario, una fiera domesticada. ¿No me cree usted capaz de
abandonar la arboricultora para dedicarme al cultivo de las flores?

--¿De qué flores?

--De las más hermosas, las más gallardas, las más perfumadas... Usted,
por ejemplo.

--¡Oh!--y el rubor le invadió las mejillas, mientras que un ligero
calofrío le corría de los pies á la cabeza.

--Ni el momento ni el sitio parecen oportunos, Eulalia: pero, sin
embargo, son favorables para quien no puede aguardar más. Hace mucho
que tengo que decírselo: La quiero... Y usted, ¿me quiere?

Le clavé los ojos; ella no desvió los suyos, humedecidos y vagos.
Buscó el botón de la campanilla, tras de su espalda, con la mano
izquierda, como para disimular su turbación, y no pudo menos que
tenderme la derecha, que sentí trémula de emoción en la mía, seca y
febril.

--¿Está dicho?

--Sí.

Un lacayo apareció.

--El té--dijo Eulalia, con voz temblorosa.--El té en el comedor.

--¿Por qué en el comedor?--preguntó Rozsahegy.--Aquí estamos muy bien.

--En el comedor, papá...--insistió Eulalia, con ese acento
profundamente persuasivo que sólo saben encontrar las mujeres, y sobre
todo las muy jóvenes, mezcla de orden y de súplica.

Rozsahegy no insistió, ni hubiera insistido aun tratándose de cosas de
mayor importancia; en el trato social se dejaba guiar ciegamente por su
hija, confiando en su discreción y en su cultura, él que no tenía el
menor roce, y que sólo sabía tratar con los hombres de negocios, y sus
empleados y peones.

Entretanto, los dos grupos, interesados por nuestro aparte, hacían
converger sus miradas hacia nosotros, lo que me demostró que nuestra
actitud no había sido tan disimulada como lo esperábamos. Supongo que
Eulalia haría la misma observación, pero siguió á mi lado sin dar
importancia á la curiosidad que nos rodeaba.

--¿Es cierto, Herrera? ¿Es cierto... Mauricio?...

--¡Sí, Eulalia!

--¡Oh! Si usted supiera cómo temía...

--¡Y yo, Eulalia! ¡Cuánto desearía que estuviéramos solos para
decirle!...

--Ahora... cuando entren á tomar el té.

Mentira; no deseaba que estuviéramos solos. Me sonreía, por el
contrario, aquella declaración en plena sociedad; ésta justificaba
la falta de arrebatos románticos y me permitía no buscar frases y
actitudes artificiales y dramáticas. Me gustaba Eulalia, me había
prendado desde el primer momento, pero me era imposible encontrar para
ella frases arrebatadoras, explosiones de pasión. Tras de la princesa
de cuento de hadas, veía los dos ogros que entibiaban mi ardor, como
una amenaza.

Cuando los invitados pasaron al comedor, nos quedamos un momento en
la sala, desierta y rutilante de luz. Muy ruborizada, con las manos
caídas, torturando el abanico de nácar, la niña esperó.

--¡Está usted deslumbradora esta noche!

--No quisiera...

--¿Por qué, mi Eulalia?

--Porque lo deslumbrante no se ve.

--¡Ah, coqueta! Y usted quiere ser vista...

--Sí. Con todos mis defectos y todas mis fealdades... para que después
no venga el arrepentimiento.

--Usted no tiene ni defectos ni fealdades...

--Quizá sea que no se ven ahora...

--Para mí no existen... No existirán nunca, Eulalia.

--¿De veras?--murmuró, casi burlona.

--¡No se ría!... ¡La quiero con el alma!

Se puso seria, muy seria, de una gravedad insólita para decirme:

--Yo también á usted... Pero me aflige pensar... en la arboricultura y
otras cosas.

--¿Y usted puede creer?... Habladurías, malevolencias.

Me miró sonriente esta vez, tranquila, vencedora, y preguntó con
intención:

--No, pero... ¿Qué cree usted que pensaría la mujer de César?

--No colijo...

--Pues... que César no debería ser sospechado, él tampoco.

La miré como haciéndola un montón de promesas y juramentos, y, por fin,
murmuré, decisivo:

--Es preciso que me autorice...

--¿Á qué, Mauricio?

--Á pedirla á sus padres.

Fijó en mí los ojos, tan vagos, tan empañados que temí verla desmayarse.

--Sí, Mauricio--murmuró apenas.

Y el «Mauricio» sonaba en su boca como una caricia de sus labios,
porque ese nombre, mi nombre, debía haber sido besado mil veces al
pasar por sus labios, aunque su estructura parezca no prestarse al beso
tanto como otras, Pepe, por ejemplo, que son dos besos seguidos.

--¡Pues, esta misma noche!--dije.--Mañana... á más tardar...

El grupo de los jóvenes, viendo que la montaña no se acercaba á ellos,
se acercó á la montaña, saliendo del comedor. Fuí buen príncipe,
ayudando á formar la rueda y reanudando la conversación general, de
modo que Eulalia pudo recobrar su sangre fría. La señora de Coen me
lanzó una indirecta como un mazazo:

--¡No hay como la soledad para los idilios!

--Oh, señora, cuando yo tenga un idilio, le aseguro que estaré más y
menos solo que hoy.

--No entiendo...

--¡Eh! así son los idilios... nadie los entiende, sino el que los hace
ó el que goza de ellos... Los demás, cuando mucho, aciertan á echarlos
á perder, por indiscreción ó por... competencia.

Se mordió los labios, y oí que se juraba en silencio, vengarse de mi
impertinencia.

Al despedirme, pedí á Rozsahegy una entrevista para el día siguiente.

--Vaya á mi escritorio, á cualquiera hora.

--No es cosa de negocios.

--Entonces, aquí, de nueve á diez de la noche. ¿Le conviene?

--¡Muchas gracias! Hasta mañana, don Estanislao.


                                   V

Á la noche siguiente, y no sin haber vacilado todo el día, me presenté
en casa de Rozsahegy para pedir la mano de Eulalia. Era un paso
comprometedor, al que me impulsaban el deseo de vengarme de María ó
más bien de demostrarle que su indiferencia y su traición eran, por
lo menos, simultáneas con las mías, y al propio tiempo los atractivos
indiscutiblemente seductores de la niña. Pero me fastidiaba enajenar
tan prematuramente la libertad, y á no ser porque una gran fortuna
facilitaría mi rápida ascensión, convirtiéndome en un hombre de
verdadera importancia, mis cavilaciones de aquel día me hubieran hecho
volverme atrás, y renunciar al casamiento, ó dejar, por lo menos, las
cosas pendientes.

Rozsahegy me recibió sonriente y curioso en el soberbio bufete lleno
de libros vírgenes que tenía en su palacio. Algo sospechaba de la
naturaleza de la entrevista, pues no le podía haber pasado inadvertida
nuestra intimidad con Eulalia, pero no estaba seguro, porque ésta no
había querido hacerle confidencia alguna. Mostróse benévolo, casi
servil, como lo era con todos los hombres de la situación que podía
utilizar como instrumentos. Yo, por mi parte, no me anduve por las
ramas.

--Usted es todo un hombre--comencé,--y no le gustan los rodeos.

--Está claro. Al vino, vino. Es lo mecor.

--Y cuando yo resuelvo algo, necesito realizarlo inmediatamente.

--Yo también. Es lo mecor.

--Todos los hombres de acción somos así... Ahora, lo que me trae,
don Estanislao, no puede ser más sencillo: Quiero á Eulalia, ella me
quiere, y vengo á pedirle su mano... Me parece...

--¡Eh!--exclamó, interrumpiéndome.

Abrió enormemente los ojos; un deslumbramiento pasó por ellos... Lo
había soñado, lo había pensado, lo esperaba, pero aún le parecía
imposible. Me echó las enormes y velludas manos sobre los hombros, me
atrajo hacia sí como si intentara besarme en la boca, y tartamudeó,
olvidado del castellano por la emoción:

--_Donner! Donner!_ ¡Qué bueno! Yo á mi mujier diciendo... ¡Irma!
¡Irma!... _¡Kommen Sie!_

Se había asomado á la puerta que da al vestíbulo, y gritaba. La voz de
la dama que acudía corriendo, contestó desde el salón:

--_Was ist d'los?_

No había acabado de entrar en el bufete, cuando ya don Estanislao casi
la alzaba en sus cortos y forzudos brazos, gritando:

--¡Todo hecho! Herera quiere casar con Eulalia.

--¿Y «echa» qui dice?--murmuró la pobre mujer, como alelada.

--Hay que preguntárselo, señora--dije, sonriendo, á pesar de la
gravedad interna de la situación.

Y nuevos gritos:

--¡Eulalia! ¡Eulalia! ¡Schnel! ¡Schnel!--apresúrate, como si se tratara
de un sueño que pudiera desvanecerse de un momento á otro.

Eulalia apareció, muy colorada, sabiendo lo que se le iba á preguntar.
Pero no vaciló y dió su respuesta en firme:

--¡Sí!

Con un movimiento lleno de gracia tomó entonces con la izquierda dos
dedos de la mano de su padre, y me tendió la diestra á mí, mientras
miraba mimosa y conmovida la redonda cara plácida de Irma, á punto
de llorar. Después, desprendiéndose de ambos, corrió á colgarse del
cuello de la madre, y le cubrió las mejillas de besos, que en parte me
dedicaba, sin duda.

¡Qué contraste! De aquellos rudos y espinosos troncos importados de qué
sé yo qué comarcas extranjeras, había brotado como por milagro aquella
suave y delicada flor criolla, como de los torturados espinillos brotan
en primavera las aromas de oro, más sutiles, más finas y más perfumadas
que cualquier florescencia de invernáculo.

Irma, un instante después, me sometió, como á una prueba masónica, á un
concienzudo abrazo, y me besó en ambas mejillas con verdadero furor.

Mi solicitud había sido aceptada, pues, no sólo con benevolencia,
sino con entusiasmo y sin ninguna aparatosa formalidad. Eulalia y yo
nos acercamos, mientras «los viejos» se hablaban aparte, y comenzamos
una de esas gentiles conversaciones que pueden compararse al arrullo,
porque las palabras no dicen nada, mientras que la expresión lo dice
todo... y muchas otras cosas más.

Nos interrumpió Rozsahegy, para decirnos que, con Irma, habían resuelto
dar una comida á sus amigos más íntimos, para comunicarles á los
postres nuestro próximo casamiento. La comida se celebraría dos días
después.

--Dentro de dos días, sin falta, don Estanislao--observé.--Tengo que ir
á mi provincia lo más pronto posible.

Dos días después, los salones de Rozsahegy se hallaban llenos de gente.
Á las ocho en punto, un lacayo abrió de par en par las puertas del
comedor, donde estaba la mesa tendida, con gran lujo de flores, de
cristales y de vajilla de plata. Entramos, dando el brazo á nuestras
parejas. La mía, en la circunstancia, era, naturalmente, Irma. Sólo
Rozsahegy se quedó atrás, como haciéndonos la guardia, y fuímos
desfilando ante sus ojos relampagueantes de orgullo, que parecían
decirnos:

--Miren ustedes cómo se hacen las cosas, y digan después que soy un
patán enriquecido... Sí, yo, el antiguo peón, el «changador» miserable,
soy ahora un gran señor con mucho estilo, y esos muebles principescos,
y ese mantel con encajes, y esa vajilla de plata--de plata legítima
y maciza,--y esas orquídeas maravillosas, y esos cristales tallados,
que parecen diamantes, y esas porcelanas que son como pétalos de
flores, y esos frascos tallados en que los licores y los vinos brillan
como piedras preciosas, como una cascada de piedras preciosas que se
derramara sobre el mantel, tan deslumbradoramente blanco... todo eso
y mucho más es mío... Y mucho más; porque, si mi mano, un poco torpe
aún, volcara sobre la mesa el Oporto de cincuenta años, como antes el
chacolí ó el espeso vino negro griego de las tabernas, llamaría á mis
lacayos y haría cambiar en un momento la decoración, con más encajes, y
más plata, y más cristales, y más porcelanas, y flores más hermosas, y
todavía podría exclamar con mi gruesa voz alegre:--«¡Rompa, rompa, que
está pago!»

¡Y ningún orgullo semejante á aquél!

Yo había dado, pues, el brazo á Irma, conduciéndola á su asiento en
una de las cabeceras de la mesa, y fuí, menos Rozsahegy, el último en
ocupar su sitio. No habían puesto tarjetas indicando la colocación de
los convidados, y Ferrando, no sé si distraído ó presuntuoso, quiso
sentarse junto á Eulalia. Irma, que vió esto, corrió hacia él, le
golpeó amistosamente el hombro, y le dijo:

--Permite, permite...

Y cuando el otro se apartó, desconcertado, me llamó á mí, indicándome
la silla y diciendo:

--Sienta... sienta aquí... Al lado novia.

Tal fué el parte oficial de nuestro compromiso, que aguó el probable
discursito de Rozsahegy.

Eulalia se moría de vergüenza... y yo también, porque jamás me he visto
en una situación más ridícula, situación que hubiera sido intolerable,
sin el desconcierto del infeliz Ferrando, que no sabía lo que le pasaba
ni cómo debía tomar semejante salida. Lo miré, y unas atroces ganas de
reir me asaltaron de pronto, haciéndome olvidar mi propia desventura.
Ferrando, ciego, buscaba dónde sentarse, tropezaba con muebles y
personas, sin comprender que nadie le observaba sino yo y la señora de
Coen, y pensaba evidentemente en marcharse á la francesa, como gato
escaldado, cuando ésta última, compadecida ó resuelta á consolarse
con él de mi indiferencia, lo llamó junto á su redonda persona, á sus
ojillos miopes y parpadeantes, á su traje de colores deslumbradores, á
sus manos regordetas anquilosadas por los anillos, á su descote en que
los brillantes parecían agua de manantial en la sima de un profundo
barranco.

Y, á los postres, la voz de Rozsahegy retumbó como un trueno, haciendo
retemblar hasta aquellos mismos peñascos de carne:

--¡Traiga champaña! ¡Ahora tenemos que brindar por los novios: mi hica
Eulalia y don Mauricio Comes Herera!

¡Oh, manes de mis antepasados! ¡Qué satisfechos debisteis sentiros en
aquel momento! Y, al fin y al cabo, ¿por qué no? Si no entonces, lo
habréis estado más tarde, al ver unida á la fuerza del conquistador
que ante nada se detiene, esa otra fuerza más pura y distinguida que
proviene de vosotros...

No hay que buscar tres pies al gato en nuestra plebeya aristocracia,
donde, salvo algunos, todos tenemos abuelos mercaderes ó artesanos. Y
nuestros antepasados más nobles no se quejan. Ellos mismos lo han dicho
en sus declaraciones doctrinarias: todos somos iguales, y un detalle
de educación no es cosa que pueda conmover sus huesos en la gloriosa
tumba... Además, Eulalia hubiera podido ser en sus tiempos, como lo es
hoy, una gran señora, porque como vosotros, ¡oh, abuelos míos!, hijos
de europeos también, nació en esta tierra de belleza y de intuición...

En suma, cuando brindamos, eran ya las doce de la noche, porque el
«menú» había sido desbordante. Una taza de café ó de té, enormes
cigarros habanos, licores, más champaña para los que lo deseaban--Coen,
el político influyente, Ferrando, el otro «high-life», varios
jovenzuelos;--bombones para las niñas; monadas de madama Coen,
dirigidas ya abiertamente á Ferrando, con abandono de mi humilde
persona; una ó dos frases pseudo amables, pero bien perversas, de
la «demoiselle de compagnie», sobre la demoníaca maldad de los
hombres y lo inane de las riquezas; lagrimitas de mamá Irma; rubores
y balbuceos de Eulalia; risotadas jubilosas de Rozsahegy; cálculos
tele-futuros de Coen--vidente de lo que yo podría ser con mi nombre y
con «nuestra» fortuna al cabo de diez años,--sonrisas entendidas de los
mundanos, comentando el chisme sensacional que yo les proporcionaba
inesperadamente para el club y las tertulias medianochescas de Matilde
y la Calandraca, puntos de reunión en aquel tiempo de lo más granado
de la sociedad oficial, militares y paisanos; continuos paseos de los
sirvientes de librea, ofreciendo vinos, refrescos, helados, sandwichs
y bombones á los comensales de un patrón que fué quizá su camarada; un
poco de música, unas vueltas de vals...

Se marcharon, al fin, todos aparentemente contentos, excepto la
«demoiselle de compagnie», más que nunca deseosa de ser actriz y no
espectadora; los elegantes que hacían el inventario de la fortuna de
Rozsahegy; el político sin prestigio que hubiera dado generosamente
esta negación á cambio de los millones rozsaheguianos; la mujer de
Coen, que había debido cambiar el programa y postergar la data de sus
deseados estudios psicológicos; algunos otros... y nadie más, porque
ya el resto era de la «familia», salvo Coen, quien, al fin y al cabo,
«sabía» que «sabía» sacar provecho de todas las circunstancias.

El «tête à tête» con Eulalia que siguió á la fiesta fué encantador,
pero corto. Aquella virgen de Andrea del Sarto me arrebataba, y hasta
me hacía olvidar, en esos minutos, que al pedir su mano sólo había
obedecido á un rapto de despecho, á un impulso de orgullo satánico.
Estaba enamorada de mí, y nada embriaga tanto á un hombre como verse
querido incondicionalmente. Es como si tomara á grandes copas el más
capitoso de los licores. ¡Ah, si María!...

--¿Cuándo piensa usted casarse?--me preguntó Rozsahegy, acercándoseme.

--Lo más pronto posible, don Estanislao.

--También á mí me gusta. Eulalia es rica, más rica que usted (no lo
digo por mal), porque... Venga un poco aquí y le diré.

Me tomó aparte, y continuó:

--Porque usted tiene...

Y me dejó boquiabierto, presentándome de memoria un inventario de mi
fortuna, que yo mismo hubiera sido incapaz de hacer, ni aun tomándome
dos meses de tiempo para buscar los datos y ordenar los papeles. Total,
realizando en aquel momento, mi capital ascendería, por lo menos, á un
millón seiscientos ó setecientos mil nacionales. Ahora bien, habría
que rebajar la deuda á los bancos (pero ésta no era de preocuparse),
y considerar que yo no tenía renta alguna, sino el simple aumento por
la especulación. Pero eso no importaba. Eulalia tenía rentas de sobra,
y yo, con «dejar dormir» mis propiedades, me despertaría una mañana
poderoso.

--«¡Déquese estar! ¡déquese estar!»--me repetía Rozsahegy, sonriendo
con su ancha cara rojiza y bigotuda de mozo de cordel.--En este país,
para ganar plata, lo mejor es no hacer nada, nada, nada, sino esperar
las gangas. Para hacerse rico «trabacando», hay que ser muy vivo y no
tener «sonserías».

Divertido, y, al propio tiempo, vejado por esto, quise poner término á
los desarrollos económicos de mi suegro futuro, diciéndole:

--¡Pero don Estanislao! Si me caso con Eulalia es sencillamente porque
la quiero, no por otra cosa. Es la niña más bonita y más espiritual de
Buenos Aires.

--Eulalia Cómez Herera--exclamó sentenciosamente el viejo,--es una
cosa. Pero si Eulalia Cómez Herera no tuviera más que lo que tiene el
marido, sería otra cosa. Eulalia Cómez Herera, hija de Rozsahegy, es
una gran persona, y el marido también, y el padre también.

--¡Oh, sí!--exclamó Irma, corriendo otra vez á abrazarme.

Eulalia se moría de vergüenza y de amor. Yo tenía unas ganas locas de
echarme á reir. Pero besé á Eulalia en la frente, abracé á la suegra,
estreché la ancha y velluda pata sudorosa de Rozsahegy y me despedí,
diciendo:

--Mañana salgo para mi provincia. Allí estaré dos ó tres días, nada
más. Entretanto, comenzarán á hacerse todos los preparativos para el
casamiento.

--¡Se va!--exclamó Eulalia, como si obscureciera de repente.

--Pero escribiré, querida--le dije al oído.--Si me voy, es precisamente
para que seamos felices más pronto...

Cuando me marché, parecióme que aquel palacio olía á grosera felicidad,
como un local dudoso, donde se hubiera desarrollado una fiesta rayana
en orgía. Eulalia era allí como una flor olvidada que se agotaba en la
atmósfera caliginosa.


                                  VI

¡Golpe por golpe! Las circunstancias me permitían vengarme sin sufrir,
más que sin sufrir, ganando en cambio. ¡María!... ¡Vázquez!... ¡La
cara que iban á poner en cuanto supieran que, conquistando una de
las mujeres más hermosas de Buenos Aires, conquistaba, también, una
fortuna que me ponía fuera de todo parangón: Mauricio Gómez Herrera,
gran familia, gran posición, gran talento, gran fortuna!, ¡todo! ¡Oh,
circunstancias, amigas mías! ¡oh, santo oportunismo, oh, propicia
fatalidad, que llevas de la mano hacia todos los triunfos y todas las
cumbres á los elegidos de tu capricho!... ¡Y la venganza!...

Sin embargo, la mañana siguiente me trajo un rato de malhumor. Eran las
once, cuando mi «valet de pied» se atrevió á despertarme con una serie
de discretos golpecitos á la puerta de mi dormitorio.

--Una señora espera en la sala...

--¡Imbécil! ¿no te he mandado que me dejaras dormir?

--Son las once, señor, y don Marto me ha dicho que podía despertarlo.

--¡Ah, bueno! ¿Quién es?

--Una señora. No ha dicho su nombre.

¡Tantas señoras!... ¿Un sablazo matutino? ¡Bah! «Noblesse oblige».

Sobre el pyjama me puse la «robe de chambre», y me dirigí serenamente á
la sala, seguro de que el sablazo más feroz no podría interesar sino la
superficie de mi coraza, reforzada por Rozsahegy.

¿Quién es? No la conozco. Porte distinguido, ojos negros y severos,
traje elegantemente cortado, sombrero de buena marca, ni una alhaja,
nada que choque al gusto más refinado.

--Señora... usted disculpará; pero, por no hacerla esperar... ¿Á quién
tengo el honor?...

Se había puesto de pie al verme entrar, con una actitud desconcertada,
como si sólo esperara mi presencia para marcharse, más que como
demostración de respetuosa cortedad.

--He vacilado mucho antes de venir--murmuró,--y ahora veo que tenía
razón en vacilar, puesto que ni siquiera me conoce.

El ceceo me la reveló.

--¡Teresa!--exclamé, atolondrado, sin acertar á moverme ni á decir más.

--Sí, Teresa Rivas... Era mi deber hablar una vez siquiera con usted,
Mauricio, y por eso vengo. Hay en mi casa una criatura que ya va á
ser un hombre, mi hijo, que tiene derecho á preguntarme quién es su
padre... Se llama Mauricio Rivas, y es un muchacho inteligente y bueno,
trabajador, y más noble...

Yo callaba. Teresa se interrumpió para continuar en seguida, con un
esfuerzo, conmovida hasta las lágrimas:

--Ese niño, ese jovencito, está al abrigo de la necesidad, ha recibido
una excelente educación, porque su madre no es ya una campesina tosca
é ignorante, y puede emprender cualquier carrera, aspirar á cualquier
situación... con tal que la sociedad no le cierre sus puertas... Ese
niño no tiene padre.

Yo estaba en ascuas. La inesperada escena, descabelladamente romántica,
me ponía fuera de mí. Ganas me daban de tomar á aquella mujer por la
cintura y ponerla sin ceremonia en la puerta de calle. ¡Caramba! ¡Y qué
complemento á la comedia idiota de casa de Rozsahegy!

--Ese niño no tiene padre--continuaba diciendo Teresa, balbuciente,--y
este defecto le hará tropezar con gravísimas, con quizá insuperables
dificultades, aunque sea relativamente rico, porque, por más
que se diga, en nuestro país el dinero no es todavía el todo.
Por eso, como usted, Mauricio, es su... amigo más cercano, he
venido á preguntarle--¡oh, sin segunda intención, sin exigencia
alguna!:--Mauricio, ¿qué puede usted hacer por esa infeliz criatura?

¿De qué modo resolver esta peripecia, como la llamaría un dramaturgo?
Miré á las paredes, á las puertas, invoqué al rayo, la presencia de
cualquier persona, amiga ó enemiga, pensé hasta en el suicidio, todo
me pareció preferible á aquella situación tremenda por lo insólita é
inconducente...

¡Oh, destino! ¡oh, fatalidad! ¿Por qué las cosas de la vida se
amontonan en un instante dado, formando lo que los novelistas, poetas
y comediógrafos llaman el nudo? ¡María, Eulalia, ahora Teresa! ¡Todo
de golpe! ¿Ó todo esto existía antes, y el _nudo_ no es más que una
visión más aguda y sintética de lo que viene sucediendo y ha estado
anudado siempre? ¡Por los clavos de Cristo! ¿Cómo resolver esta maldita
peripecia, sin rebajarla hasta lo innoble? Yo no sé lo que imaginaría
un novelista, dado el problema psicológico. Lo único que puedo exponer
es lo que hice, dejándome inspirar, sencillamente, por mi instinto de
conservación.

--Tenga usted confianza... Siéntese... Conversemos--dije.

Se sentó, automáticamente.

--Debe estar hecho todo un hombre... Y buen mozo, ¿eh?... ¿Cómo se
llama?...

--Ya dije... Mauricio... Mauricio, como... como su padre.

--¡Ah!

Y luego, bajando cabeza y brazos hacia el suelo, como en el colmo de la
desolación, agregué:

--Puedes... puede usted estar segura, señora, de que ese niño tendrá
siempre en mí el más resuelto, el más abnegado de los protectores y de
los amigos... Será para mí... como un hijo adoptivo... ¡Oh, Teresa!...
¿Y puedes... y puede usted haberlo puesto en duda?...

--No se trata de eso, Mauricio--dijo, dolorosa.--Lo único que el niño
necesita es un apellido legítimo y el honor de su madre... ¡Oh, no se
espante! ¡Usted se equivoca mucho al suponerse, ni por un momento, en
una situación sin salida, ó, por lo menos, difícil de resolver!...
¡Nada más fácil, por el contrario! Aquella pobre Teresa Rivas de Los
Sunchos, tan ingenua, ha cedido su puesto á la mujer experimentada que
Mauricio Gómez Herrera la invitó á ser para que fuera digna de él...
Esta nueva encarnación no pide nada para ella, vuelta ya de su engaño,
pero tiene un hijo y viene á preguntarle: Mauricio, ¿qué va usted á
hacer por esa infeliz criatura?... ¿Nada?... ¿Nada?...

Me quedé silencioso, aterrado. Ella calló, también, medio minuto,
impávida, mirándome con sus olímpicos ojos de ternera.

--Esto no es una tentativa de «chantage», Mauricio, ni un arrebato de
sentimentalismo malsano. Lo vengo pensando hace mucho, y creyéndolo mi
estricto deber y recordando sus promesas, he querido, por primera y
última vez, ponerlo frente á frente á su deber, al suyo, sin imponerle
que lo cumpla. Puedo hacerlo ahora, mientras es todavía tiempo,
mientras el niño no entre de lleno en la vida... pero ni reclamo ni
impongo nada...

--No sé cómo...--murmuré, dándome aires de irritación.

--¿Es cierto, entonces, el rumor que ha llegado á mis oídos? ¿Se casa
usted con María Blanco?

--¿Con María Blanco? ¡No!

--Importa poco... Será con ella, con otra, ó no será... Lo que yo
tenía que hacer está hecho... No puedo suplicarle, no puedo llorar...
Ya supondrá usted todas las súplicas que formulé, todas las amargas
lágrimas que he derramado en estos años tan largos... inacabables...
Pero comprendo que mi actitud lo sorprende y lo hiere... No me conteste
por el momento, no... Yo también he tenido que meditar mucho antes de
dar este paso... Aquí tiene usted mis señas... Hable á su conciencia,
ella le dirá... Y yo esperaré su palabra, que vendrá, ó no... Adiós,
Mauricio...

Dejó su tarjeta sobre un velador, hizo un movimiento como para
acercarse á mí, pero se contuvo, y, muy digna, salió paso á paso del
salón.

Juraría que nadie creerá lo que pensé mientras, petrificado, miraba
alejarse para siempre á la nueva Teresa. Y lo que pensaba era,
sencillamente:

--¡Parece mentira que de aquello haya salido esto! Si me hubieran dicho
que la cándida y vulgar Teresa... ¡Decididamente, éste es un gran
país!...

Pero, acto continuo, volví al sentimiento de la situación. Había sido
ridículo y de una pobreza inverosímil de recursos. ¡No encontrar
nada, nada, nada que contestarle! ¡No acertar con nada, sino con una
irritación absurda, una cólera terrible, mortífera quizá, que sólo
había podido dominar lo que se llama «educación», que no es sino una
autodomesticación de la fiera!... ¡Y ella, que no me había dado ni el
más mínimo pretexto para el estallido, para el estallido salvador que
hubiera convertido en trágica ó siquiera dramática aquella escena tan
profundamente ridícula!...

--¡Manuel! ¡Manuel! ¡Manuel!

Azorado, el gallego asomó su hocico á la puerta de la sala.

--¿Has hecho mis maletas?

--Todavía no, señorito... El almuerzo...

--¡Imbécil, torpe! ¿No te he dicho que hicieras mis valijas?

Desapareció á tiempo, pues mi puntapié hizo que la hoja de la puerta le
golpeara las espaldas. Y, enervado por aquel arrebato demente é inútil,
me senté en un sofá, mordiéndome los puños, me levanté, hice pedazos
la tarjeta, sin leerla, corrí como un loco alrededor de la sala, dando
puñetazos á los muebles, y de repente me calmé, me eché á reir, y fuí
á vestirme, completamente tranquilo, repitiendo un refrán que don
Fernando Gómez Herrera, mi señor padre, solía decir á menudo: «Lo que
no tiene remedio, remediado está».


                                  VII

Dos horas después, en el tren que me conducía á mi provincia,
pensaba en aquella nueva Teresa que era como el símbolo de toda la
perfectibilidad de nuestra raza, y me repetía:

--¡Si uno pudiese saber á tiempo!

Pero ¡bah! nunca se puede desandar lo andado ni desvivir lo vivido. ¿No
obraban los demás, conmigo, con igual desparpajo? María, por ejemplo...
¡Vaya! ¡en la guerra, como en la guerra! No hay otro remedio que el de
amoldarse á las circunstancias, y entre varios males elegir el menor...
cuando se puede elegir.

¡Extrañas antinomias! ¿Quién explicará jamás que, en mi fatalismo, no
hiciera yo aquel viaje sino para representar ante María Blanco una
escena análoga, sino igual á la que Teresa Rivas acababa de representar
ante mí? ¿No iba, únicamente, á echarle en cara su falta de palabra, y
á afirmar mi superioridad de varón declarándole que yo había faltado
antes, al comprometerme con Eulalia Rozsahegy?

Hoy creo que nunca he hecho una serie más larga y disparatada de
locuras, y tanto me escuece este recuerdo, que nunca lo escribiré en
toda su amplitud. Me había cegado el éxito de todas mis empresas, y mi
orgullo crecía tanto más cuanto que, en la realidad, era más mediana mi
situación intelectual, social y moral en Buenos Aires. Instintivamente
sentía, pese á las adulaciones y los triunfos visibles, que se me hacía
poco caso, quizá menos del que yo merecía en realidad, porque, al fin
y al cabo, modestia aparte, estoy bastante arriba del término medio de
mis contemporáneos. Esto explica bien naturalmente la exasperación de
mi amor propio...

Caí como una bomba en casa de Blanco. Era por la tarde. En la
vasta sala en que parecían naufragar los viejos y pesados muebles
provincianos, sentada junto á la ventana, y bordando un pañuelo, estaba
María. Frente á ella, un hombre: Vázquez.

Sentí que toda la sangre se me subía á la cabeza, pero haciendo un
titánico esfuerzo, me dominé, y con risa sardónica acerquéme á la
joven, haciendo como que no veía á Vázquez, tranquilo y grave, y sin
ver en realidad al viejo Blanco, que estaba en la sombra.

--¡Mauricio!--exclamó María con un tono de cándida satisfacción que me
sorprendió.

--En persona--dije, inclinándome con exagerada reverencia.--Ardía en
deseos de saludarla, señorita.

Y girando rápidamente sobre mis talones, me volví á Vázquez y dije,
provocativo:

--¡Y á ti también!

Entonces vi á don Evaristo que acababa de ponerse de pie y me tendía
afectuosamente la mano. Esto me desconcertó un poco, retardando la
explosión de mi rabia.

--Señor Blanco...

Hubo un silencio, porque todos sentíamos que la situación era violenta
y tempestuosa. En este corto intervalo cobré bríos, y dije:

--He querido venir personalmente á anunciarles mi próximo enlace con
Eulalia Rozsahegy, una de las...

Tres exclamaciones, dos de sorpresa, una de angustia, me
interrumpieron. Vi que María se había puesto intensamente pálida y que
estaba á punto de desmayarse. Los dos hombres, mudos, la miraban y me
miraban, inmóviles en su sitio.

De pronto, María Blanco se levantó, de una pieza, como si fuese de
acero, dió un paso hacia mí, pálida mortal, me miró á los ojos, dijo
con esfuerzo «Muchas felicidades», y salió como una sonámbula.

Don Evaristo se lanzó hacia mí, pero Pedro lo detuvo, me asió del brazo
y me sacó de la sala, diciendo al viejo:

--Deje usted... Todo esto se arreglará... se arreglará...

Cuando estuvimos en la calle:

--¿Qué has hecho?--me preguntó.

--Mi deber. He leído la noticia.

--Es una infamia, un chisme de aldea, una calumnia para enfurecerte y
hacer daño á María. ¿No has recibido su carta?

--¡No! ¿Pretendes reirte de mí?

--¡Mauricio! ¡Esto es una desgracia! ¡Esto es un infortunio causado
por una perfidia! Yo te juro, te juro que hasta hoy no había vuelto á
poner los pies en esta casa. Han jugado conmigo, contigo, con María,
¡pobre María! ¡Si me has encontrado hoy allí, es porque he venido de
Los Sunchos, donde estaba, á buscar el modo de castigar esa infamia
y evitar sus desastrosos efectos! Créeme ó no me creas; no te doy
explicaciones; no hago sino decirte la verdad. Es una canallada sin
nombre, de las que sólo se ven en estas sociedades inorgánicas, donde
los espíritus maléficos encuentran terreno propicio para sus hazañas.
Al chisme se agrega ahora, gracias á los periodicuchos inmundos, la
noticia, inocente en apariencia, pero cargada de veneno. ¿Te callas?
¿no me dices nada?

--Ya es tarde--repliqué.--Te creo, pero ya es tarde.

--¡Cómo! ¿Lo de tu compromiso es cierto?

--De lo más cierto del mundo. Y no sé cómo puede componerse todo esto...

Calló largo rato, y, al cabo, meneando la cabeza, sin dolor, sin
alegría, dijo, como contestando á mi última frase:

--Yo sí.

--¡Yo también!--exclamé, riendo forzadamente, y encogiéndome de hombros.

Y, doblando una esquina, á que llegábamos, añadí, con sorna:

--¡Muchas felicidades, como dice María!

Se quedó clavado, y yo me fuí sin volver la cabeza.

Mis bodas, meses más tarde, fueron todo un acontecimiento social en la
capital de la República. La bendijo uno de los príncipes de la Iglesia,
á quien fuí á pedírselo por indicación de mi suegro, que deseaba verme
en buenas relaciones con el alto clero. Yo asentí, naturalmente.

--La fe es una de las columnas más robustas de la sociedad--pensaba,--y
cuando en Los Sunchos y en la capital de mi provincia quise desviarme
de ella, hasta ponérmele en contra, no veía que atacaba mis propios
intereses, mi propia personalidad. Después, cuando me reconcilié con
la Iglesia, no lo hice con toda la intensidad, con toda la exageración
que debía, y seguí siendo indiferente, salvo las apariencias. Ahora hay
que reaccionar y rehacer el camino. El pueblo necesita una disciplina:
aquí la tenemos hecha. Ninguna más fácil y eficaz que la religión.
Yo, Alcalde, de acuerdo con el cura, haré de mi aldea lo que se me
antoje. Yo, Gobernador, haré con el diocesano lo que creamos preciso.
Yo, Presidente, haré con el arzobispo cuanto se nos ocurra... Éste es
el único peligro: el «nos». Sólo Rosas supo meterse al clero en el
bolsillo; porque á Rivadavia lo «voltearon» ellos... ¡En fin! no me ha
llegado el caso, no estoy á tales alturas... Si llego, ya veremos...
Entretanto, bueno es estar de ese lado...

Y fuí á visitar á Monseñor, para pedirle que nos echara la bendición
nupcial. Me sorprendí al verle. Era un hombre de tipo sensual y
gastado, de cutis terroso y lleno de precoces arrugas, labio inferior
grueso y colgante en la ancha boca cortada como un tajo, ojos pequeños,
móviles y húmedos, narices chatas y muy abiertas--un mulatillo, hubiera
diagnosticado misia Gertrudis.--Su historia era vulgar. Siendo simple
cura y redactor de un diario católico de su provincia, hizo gran
campaña en pro de un candidato á Gobernador que, una vez triunfante,
le pagó sus servicios con una protección decidida y halló medio de
enviarlo á Buenos Aires en las mejores condiciones de figurar. La
ayuda oficial le facilitó sus ascensos en la corte de Roma, al mismo
tiempo que le daba grande influencia en la sociedad bonaerense. Hombre
de mundo, al par que político y religioso, dedicóse especialmente á
conquistar las familias patricias, por medio de las mujeres, y alcanzó
brillantes resultados en esta empresa. Se le veía en todas partes, en
los salones, á la cabecera de los moribundos ilustres, en las fiestas
oficiales, y él era quien bendecía la unión de los favorecidos del
nombre y la fortuna, él quien bautizaba á los futuros próceres.

--¿Quién es el padrino?--me preguntó.

--El Presidente de la República.

--¡Ah, ja! eso está bien... ¿Y la madrina?

--Mi tía Mónica Vallmitjana, ya sabe, Monseñor, es de la ilustre
familia catalana que...

--¡Ah! ¿Una señora perlática?

--La misma.

--¡Bien! ¡Vaya en paz, hijo! Tendré el mayor gusto en casarlos... Y
diré unas palabritas en la ceremonia.

El día de nuestra boda, la gran nave central de la Metropolitana se vió
llena de lo más granado de la sociedad, y el lujo que allí se desplegó
hizo época, tanto como el célebre baile de la Bolsa en que se robaron
los sobretodos y los abrigos...

Mucho más modesto fué, varios meses después, en la iglesia matriz de
aquella dormida ciudad provinciana, el casamiento de Pedro Vázquez con
María Blanco.

--¡Muchas felicidades!--como dijo María.


                                 VIII

¡Qué bonita y amable ciudad es Montevideo, sobre todo cuando se llega
á ella dando el brazo á una mujer joven y hermosa, con quien se ha
compartido un regio departamento á bordo del vapor de la carrera!
Cómo reposan aquellas accidentadas calles, de la chata monotonía de
Buenos Aires, y aquella alegre limpidez del cielo, y del agua, la
del mar y la del río, que se ve á un tiempo á un lado y otro, desde
ciertos rincones, y las playas de baños, y las plazas llenas de gente
elegante, y las avenidas sombreadas de árboles, y los parques antiguos,
como la quinta de Buschental, llenos de poesía... ¡Á un paso de la
gran ciudad argentina, y tan diversa de aspecto, de modo de vivir,
hasta de calidad de ambiente! ¡Con cuánto gusto hubiéramos estudiado
á fondo todo aquello, Eulalia y yo, si hubiéramos ido allí en otras
condiciones! Pero, ¡ya se ve! No teníamos un minuto que dedicar á las
cosas exteriores, y, seguramente, me parece que en el caso, lo mismo
hubiera sido Montevideo que Martín García, Martín García que Santa Cruz
ó Ushuaia.

Porque yo estaba enamorado de mi mujer, ella de mí, y nuestra luna de
miel se prolongaba indefinidamente, tibia, clara y dulce, como una
caricia de niño.

Descubrí en aquella muchacha méritos insospechados, fuera de sus
atractivos físicos, que eran avasalladores. ¿Cómo había nacido aquella
flor del aire entre aquellas zarzas groseras? ¿De dónde le venía toda
aquella delicadeza angelical, aquella elegancia sin esfuerzo, aquella
pasión ardiente y pudorosa á la vez, aquella alta dignidad que se
imponía entre sonrisas y blandos ademanes acariciadores? ¡Cuánto y
cuántas veces me felicité de que una desinteligencia inexplicable,
si no un acto instintivo, me hubiera obligado á romper con María, la
severa, la que á los treinta años sería inevitablemente un fiscal
pensante y actuante, un censor celoso del marido! Obligado á romper,
digo, y de un modo inevitable: ¿No hubiera roto yo, de todos modos,
considerando que aquel enlace no me convenía y que se me ofrecían en
Buenos Aires cien partidos mejores, aun sin contar á Eulalia? y ¿no
hubiera roto ella, antes de finalizar el año de plazo, considerando
que yo no era el compañero soñado, el hombre capaz de los grandes
actos y las grandes abnegaciones que ella soñaba, sino el protegido
del éxito y la fortuna? Es el problema que no me atrevo á resolver
definitivamente, quizá porque cualquiera de las dos soluciones hubiera
podido imponerse. Unas veces pienso que María no me había querido, que
no había tenido hacia mí sino un capricho pasajero, semejante al de la
niña inocente que se enamora de un viejo actor al verlo en el papel
de un héroe romántico, como lo probaría su casamiento con Vázquez;
otras me digo que me amaba de veras pero que mi conducta la aterraba,
aunque estuviera pronta aún á pasar por ella, si le demostraba yo,
por lo menos, la perseverancia de aguardar hasta el término del plazo
establecido. Respecto de mí, ya se colige cómo hubiera procedido, y no
tengo una palabra que agregar.

En fin, la hija de Blanco, la mujer de Vázquez, se perdía ó se había
perdido ya en las brumas de un pasado remoto, y Eulalia tenía para mí
todos los atractivos de una amante exquisita y de una amiga ideal.
Temblaba yo, antes de casarme y en los primeros días del viaje de
novios, recordando la zafia ostentación de los Rozsahegy, su falta
de educación, su torpe orgullo de gañanes enriquecidos, el lenguaje
papagallesco de Irma, que no había podido aprender el castellano,
la irritante soberbia del marido, tan humilde con los grandes como
dominador con los pequeños: imposible que, tarde ó temprano, todo aquel
color plebeyo no destiñera sobre Eulalia, quitándole su brillantez de
flor inmaculada. Pero me tranquilicé bien pronto, gracias á un pequeño
detalle.

Eulalia había llevado en sus baúles una docena de trajes de gran
riqueza, que Irma se empeñaba en que usara á toda hora, para demostrar
su riqueza y su distinción. Mi mujer no se puso ninguno, ni para los
paseos matinales, ni en nuestras excursiones por las playas, y aun de
noche, cuando bajábamos al gran comedor del hotel, se vestía con una
modestia que hacía resaltar su buen gusto. Yo no estaba todavía en
condiciones de raciocinar sobre esto, pero me producía buena impresión,
como la que se experimenta ante un cuadro bien compuesto, en que nada
choca. En ella era, también, instintivo, y fué desarrollándose con
la edad. Los grandes vestidos de nuestros Worms ó nuestros Paquins
bonaerenses, quedaron, pues, para las noches de Ópera y las soirées
extraordinarias.

En nuestras charlas interminables, mientras paseábamos lentamente por
la arena de Ramírez y los Pocitos ó á lo largo del puerto, viendo la
ciudad tendida en anfiteatro, el pequeño Cerro con su fortaleza que
parece un juguete de cartón, la rada con sus vapores y sus buques de
vela, que cabeceaban mecidos por el oleaje, los botes de pasajeros que
la marejada sacudía, los barcos de pesca con su latina al sol, las
bandadas de gaviotas vocingleras, Eulalia solía mostrarse melancólica,
y entonces me hablaba de mi madre con una ternura que sólo podía
comprender como un reflejo de su afecto hacia mí.

--¿Me llevarás un día? ¡Deseo tanto conocerla!... Mientras no la
conozca me parecerá que no te conozco bien á ti tampoco... Debe ser
una de esas señoras antiguas, tan graves y tan modestas, que se hacen
respetar por todo el mundo sin necesidad de exigirlo, y que, en medio
de su gravedad saben sonreir, y estar siempre de buen humor, con
infinita benevolencia, con inagotable bondad, ¿no es cierto?

No quise decirle que mamita era taciturna, melancólica, mística,
aunque muy buena y muy tolerante. Por el contrario, apoyé sus
conjeturas, viendo que mentalmente, sin querer confesarlo quizá, hacía
comparaciones entre su madre y la mía, y que esto me daba una nueva é
inesperada superioridad sobre ella.

--Sí, queridita: mi pobre vieja es tal y como te la imaginas. ¡Lástima
que no haya podido asistir á nuestro casamiento! De seguro que, apenas
te viera, te querría á ti más que á mí, si es posible.

--¡Oh! ¡eso no! Pero iremos á verla, ¿quieres?

--En cuanto sea posible... El verano próximo. El viaje es largo y
molesto.

--¡Eso no importa! ¡hay que ir!

Mes y medio delicioso pasamos en aquella ciudad encantadora, en que
apenas conocíamos unas cuantas personas que nos dejaban discretamente
la más amplia libertad. Al cabo de este tiempo, comencé á encontrar
algo monótono nuestro continuo «tête-á-tête», y á echar de menos el
movimiento y la acción de Buenos Aires. Leí con más atención los
periódicos, escribí y recibí cartas, y me dije que el momento era
llegado de reanudar la vida activa, porque todas las noticias venían á
alarmarme. Eulalia intentó una ligera oposición:

--¡Estamos tan bien aquí! Tiempo tendrás de dedicarte á los otros.
Ahora te quiero todo mío, segura de que me descuidarás en cuanto
estemos en Buenos Aires.

Pero se convenció de que era preciso regresar en cuanto le describí la
situación como yo la veía. Los opositores agitaban el pueblo sin tregua
ni descanso; el combate arreciaba en toda la línea; el Presidente de
la República tenía necesidad hasta de sus amigos más insignificantes
en los puestos avanzados; el descontento cundía, á pesar de esfuerzos
tan extraordinarios como una gran reunión de los jóvenes, declarándose
dispuestos á sostener al Presidente sin condición alguna, hiciera lo
que hiciera.

--No tengo el ánimo tan tranquilo como mis correligionarios. Todo me
huele á tormenta, y aunque yo poco he de perder, me gusta ver cómo van
desarrollándose los sucesos, para que no me tomen de sorpresa.

Volvimos á Buenos Aires, y mi primera visita fué para el suegro, el
mejor de los informantes.

--La situación es aparentemente sólida--me dijo Rozsahegy, en su media
lengua.--El Presidente cuenta con todos los Gobernadores de provincia,
con la inmensa mayoría de las Cámaras, con todo el ejército y toda
la escuadra, con una policía aguerrida y resuelta, con diarios que
defienden todos sus actos. ¡Muy bien, perfectamente! Este conjunto
parece demostrar que está firme en el poder, pero hay vagas señales de
que no es así. La Bolsa se muestra recelosa. Muchos economistas y aun
simples comerciantes encuentran que se abusa del crédito. Los diarios
de oposición exageran los ataques, sembrando una gran desconfianza en
el público. Todo esto parece nada, pero es mucho para el que sabe ver
más allá de sus narices. Si no fueras «mi hico»--agregó tuteándome,
pues me trataba indistintamente de tu ó de usted,--no te lo diría,
pero... ahí está... Es bueno que te dés cuenta de las cosas antes que
los demás. ¡Para algo soy tu suegro, tu suegro Rozsahegy!...

Y después de una pausa, agregó:

--Hay que andar con mucho «oco». Un derrepente, ¡cataplúm!

No dejaron de alarmarme estos informes, pero me alarmó mucho más
todavía la observación de que la política del Presidente no satisfacía
al mismo partido que lo elevara al poder, y de que algunos de sus
miembros más conspícuos se retiraban á cuarteles de invierno ó se
plegaban más ó menos abiertamente á la oposición.

--¡Cuando las ratas se van, señal de que el barco hace agua!--me dije.

Pero no eran precisamente las ratas las que desembarcaban, sino los
marineros, y hasta los pilotos. Á esta deserción contribuía de un
modo visible la guerra que desde un principio se había hecho al mismo
exjefe de nuestro partido, cuya voluntad creara aquella situación,
y que continuaba aún, tratando de suprimir hasta los últimos restos
de su prestigio y de su influencia. Siguiendo esta política inútil
y equivocada, se llegó á extremos tontos. Uno de los allegados al
Presidente, el mismo que años más tarde iba á ocupar elevadísimas
posiciones, se ensañó contra él en el diario oficioso, tratando
de demostrar que era un muñeco insignificante, un pobre individuo
presuntuoso y ridículo, á quien sólo el azar de las circunstancias
había podido dar cierto relieve. Hasta entre los militares comenzaban
á notarse síntomas amenazadores. Entretanto, la única situación
provincial que permanecía fiel al viejo jefe caía derrocada por una
especie de revolución que organizara el mismo Gobierno Nacional, con
soldados del ejército disfrazados de particulares. Algunos partidarios
se retiraron, pues, y sin hacer abiertamente buenas migas con la
oposición, dejaron ver que, en caso de una revuelta, no se pondrían
de parte del Presidente. Otros entraron resueltamente en las filas
enemigas.

Se pensará que ante este cuadro y con tales perspectivas me apresuré
á decir «ahí queda eso» y á abandonar al Presidente para no caer con
él, si caía, como era ya muy probable. Pero quien tal crea no me
conoce. Hilo más delgado que todo eso. Sin que me preocuparan mis
deudas á los Bancos, que podrían apretarme el torniquete en caso de
defección (hasta cierto punto apenas, pues la mayor parte de mis
letras no estaban firmadas por mí); sin que me moviera ningún motivo
sentimental, rechacé la idea de pasarme á las filas contrarias desde el
punto en que se presentó á mi imaginación. No era ése el papel que me
convenía. Si hubiese ocupado el puesto eminente con que soñé al venir
á Buenos Aires, si fuese uno de los hombres de alta significación de
la época, no digo que no me hubiera convenido una actitud de héroe
salvador del país, tanto más cuanto que podría adoptarla sin arriesgar
nada ó muy poco--los situacionistas que cambiaron de casaca no se
cuidaron de devolver previamente lo que habían comido;--pero, dada mi
relativa insignificancia de hombre de tercero ó cuarto término, casi
perdido entre la multitud, y que apenas conquistaría un miserable
ascenso en las filas contrarias, no había ventaja alguna para mí en la
maniobra. Lo útil, lo verdaderamente provechoso era pasar inadvertido,
permaneciendo fiel á «la causa»: con eso no tenía nada que temer, y sí
mucho que esperar. Nuestro partido seguiría gobernando--por lo menos en
un período de muchos años,--y salvo los que se hubieran comprometido
exageradamente en aquel tiempo, todos quedaríamos en disponibilidad, y
con muchas mayores probabilidades de ocupar los altos puestos.

¡Sabia política, de la que nunca me felicitaré bastante, porque
mis vaticinios resultaron plenamente confirmados: los opositores
tradicionales no llegaron nunca al poder, los transitorios se
hicieron sospechosos y no obtuvieron más que migajas, y los amigos del
Presidente que se comprometieron demasiado tuvieron que vivir largos
años metidos en un rincón, esperando á que los olvidaran!

Como es de presumir dados sus antecedentes, Vázquez fué, en nuestra
provincia, uno de los primeros que se plegaron á la oposición. Como
yo le pidiera sus razones en uno de sus viajes á Buenos Aires, me las
explicó candorosamente así:

--La política del Presidente es demasiado exclusivista y tiene el
defecto capital de no contentar á nadie sino á los pocos que lo rodean
en la intimidad y que no son hombres de grandes miras. Están matando
la gallina de los huevos de oro. La locura de la especulación que hoy
embriaga á tantos, pasará necesariamente, porque se edifica sobre
arena; y, al primer desastre, todo el mundo se volverá contra el iluso
que lo provoca, más por ceguera que por maldad... Y esto no puede durar
mucho...

--¡Vaya un sociólogo!--pensé.--¡Más sabe mi suegro Rozsahegy que todos
estos doctorcitos juntos!

Y en voz alta repliqué á Vázquez:

--Puede que tengas razón, pero yo no la veo. Digan lo que digan, el
país progresa maravillosamente, y eso se debe al Gobierno actual. ¿Que
tropezamos con dificultades? Siempre las hubo, y deberíamos trabajar
por vencerlas, no por agravarlas complicándolas, como hacen ustedes.

Pedro se encogió de hombros.

--¡Comprendería tu ceguera si tuvieses un puesto inamovible!--dijo con
ironía.

¡Un puesto inamovible! ¡Qué rayo de luz! Eso era, precisamente, lo que
me convendría mientras pasaba la tormenta en ciernes. Pero, ¿cuál?
No podía ser juez, porque había desdeñado hacerme dar, como tantos
otros, un título de doctor en alguna caritativa Facultad provinciana,
y ya no era tiempo--dada mi relativa notoriedad--de volver sobre mis
pasos. Me quedaba la carrera diplomática... ¿Por qué no hacerme nombrar
ministro en Europa ó, por lo menos, en uno de esos hospitalarios y
divertidos países sudamericanos, donde se lleva una vida patriarcal y
caballeresca, ante paisajes admirables, bajo un clima espléndido, en
medio de las más sentimentales aventuras, sin nada que hacer, ni nadie
que amenace la estabilidad del puesto?

¡Oh! ¡gracias por la idea, dulce Vázquez!


                                  IX

Fuí á visitar al Presidente, como lo hacía todas las semanas, y
le hablé incidentalmente de mis deseos, para tantear el terreno
y guardándome la retirada. Me dijo que estaba loco, que no podía
habérseme ocurrido tontería mayor. En aquellos momentos, necesitaba
de sus verdaderos amigos; yo podía serle utilísimo presentando con
elocuencia sus ideas en el Congreso, y no era cosa de nombrarme, ni aun
de permitir que me expatriara.

--Preferiría hacerte ministro aquí--exclamó tuteándome como lo hacía en
los grandes momentos de expansión.--Y si la situación lo permitiera, lo
haría sin vacilar, como lo haré en cuanto se calmen los ánimos. No te
apures: ¡tu porvenir está asegurado! Antes de dos años serás ministro
ú otra cosa semejante, y con eso se consolidará definitivamente tu
situación.

Me marché perplejo, mientras una luz iba haciéndose cada vez más clara
en mi cerebro. Pensaba que había poco que esperar de aquel hombre que
se empeñaba en una política por lo menos enojosa para todos, y que sus
promesas eran demasiado brillantes, demasiado extemporáneas.

--Éste es--me decía--como el doctor Sangredo que, viendo al enfermo
desfallecer á fuerza de sangrías y agua caliente, le recetaba más
sangrías y más agua caliente, y cuando moría, declaraba que era porque
no se le había sangrado lo bastante ni dado toda el agua caliente
necesaria.

En fin, lo mejor era vivir de la política haciéndola lo menos posible,
permanecer mudo como un sábalo, y divertirse en otras cosas.

Llegué á saber entonces, por intermedio de relaciones comunes, la
vida de Teresa, desde que saliera de Los Sunchos. Habíase dedicado
completamente á su hijo y á estudiar, con la buena fortuna de encontrar
una institutriz alemana, mujer de alguna edad, que había pasado largos
años en París. Esta buena señora que llegó en poco tiempo al rango
de amiga, si no de madre, limitóse á enseñarla idiomas y música, y
á aconsejarle lecturas, dejándole el espíritu libre. La disciplina
germánica estaba atemperada en ella por su segunda educación latina,
y como la discípula era ya una mujer hecha y derecha, no trató de
torcer--por enderezar,--su carácter, sino de dar el mayor relieve
posible á sus buenas cualidades. En música, le enseñó á leerla y
entenderla, sin esforzarse por darle la brillante ejecución que
ella tenía, y la felicitaba cuando Teresa interpretaba un trozo de
Beethoven ó Bach, de una manera distinta á ella, porque «esto afirma
su personalidad», le decía. Con insensible gradación, logró que
Teresa pasara de las lecturas objetivas, las narraciones de acción,
que estaban entonces de acuerdo con su temperamento, á las lecturas
algo más subjetivas de las novelas psicológicas, de éstas, luego,
á los libros de simple generalización, y, por fin, á los puramente
especulativos. Para esta última etapa se valió de la discusión,
interesando á la joven en asuntos filosóficos, y dándole, después,
elementos para formar juicio. Y en medio de estas tareas metafísicas,
con su espíritu práctico de alemana--Fräulein Hildegard la enseñaba
las tareas domésticas, el bordado, la costura, la cocina, el arte de
hacer conservas y de adornar la casa. De tal modo, que Teresa no tenía
un minuto desocupado y no sentía la necesidad de ser feliz, tanto más
cuanto que Mauricio le absorbía todos los pocos restos de su tiempo.

Cuando supe esto, que llegó hasta mí muy fragmentariamente, sentí una
gran curiosidad de verlo de cerca, y busqué toda clase de pretextos
viables para acercarme á Teresa. Pero nuestra última entrevista
había sido tan ridícula para mí, ella permanecía tan encerrada, y mi
casamiento era un obstáculo tan grande, que tuve que renunciar á mis
antojadizos propósitos. Sin embargo, no fué sin un ensayo: la encontré
un día en la calle, la hice un saludo hasta el suelo, y me aproximé
tendiendo la mano. Hizo como que no veía el gesto, y usando la frase
trivial de práctica, dijo «Servir á usted» y pasó de largo, sin
exagerada modestia ni excesiva altivez, dejándome plantado en medio de
la acera.

Yo, por las tardes, iba á la redacción del diario oficioso, verdadero
fox-terrier lanzado á las pantorrillas de la oposición. Pero no
escribía. Escribir es oficio de dupa. Profesionalmente, no da de comer
á su amo, como decía Sancho Panza, y en mi caso, dada la vidriosísima
situación, no hubiera hecho otra cosa que comprometerme, lo mismo que
hablar en público. Sin embargo, á veces pensaba que me gustaría tener
tiempo y ganas de escribir una novela: un simple antojo irrealizable
de aficionado. Á encontrarme con la constancia necesaria para acometer
el proyecto, lo iniciara como la novela del progreso de la República
Argentina, tomando por personaje principal una figura simbólica que
no fuese sino un vago mosaico cambiante, más espléndido y luminoso
cada vez. Esa figura no sería nadie y sería todo el mundo, y un «todo
el mundo» de una fuerza genial. Obsérvese: todos trabajan, todos han
trabajado, el magnífico producto está á la vista, pero nadie puede
discernir lo que ha hecho cada cual, ni lo que ha ejecutado un grupo,
ni un partido, ni una raza, como en esos guisados de la gran cocina,
en que se mezclan y confunden mil ingredientes para producir una cosa
única. En mi novela, el guisado sería el protagonista y los condimentos
el resto de los actores...

Pero bien pronto, renunciaba á estas tontas divagaciones peligrosas, y
cuando mucho escribía un sueltecito de crónica social, adulando á mi
más reciente conquista. No tengo carácter para víctima, ni me gusta
el papel de «genio incomprendido». Allí, en la imprenta, estreché
relación con algunos escritores y pichones de escritor, que á estas
horas han muerto de miseria ó han cambiado de rumbo, dejando de
escribir otra cosa que cuentas y facturas. Pero, entonces, me hacían
morir de risa con su petulancia. Se reunían entre ellos para quemarse
mutuamente incienso, miraban á los demás por encima del hombro, como
si perteneciesen á una raza subalterna, y luego se entredevoraban,
despreciando á los ausentes. ¡Pobres tontos! No veían ni han visto
nunca que sólo ellos se hacen caso, y su ceguera llega á tal punto
que se esfuerzan por destruirse unos á otros, sin ver que todos están
destruídos por definición en un país como el nuestro, donde apenas si
pueden hacer el papel de víctimas cómicas. Y lo más curioso es que esos
pobres parias, tomaban ó fingían tomar bajo su protección, á pintores,
escultores, músicos, actores y hasta sabios á la violeta, que--á su
vez--les formaban círculo, creando en la vida porteña algo así como uno
de esos islotes del Paraná que nadie utiliza, porque se inundan, están
llenos de sabandija y no tienen comunicación con la vida comercial.

Mi espíritu curioso me hacía no espantarlos ni alejarlos; para eso los
trataba en serio, fingía interesarme en lo que hacían, y hasta cuidé
de aprender el título de alguna de sus publicaciones. En cuanto citaba
éste, el rostro de mi escritor se iluminaba, y ya no tenía más que
dejarlo hablar, porque me repetía lo que había dicho, pidiéndome mi
parecer, cosa fácil de exponerle con un ¡ah! ó un ¡oh! admirativo, ó
con una sonrisa entendida y un movimiento de cabeza.

Como los diarios tienen que llenarse con algo, y ya en aquella época
disminuían las transcripciones y traducciones de los periódicos
europeos, estos desgraciados plumíferos alcanzaban de vez en cuando un
sueldecito, y vivían muriendo, á la espera de un puesto oficial ó en la
espectativa de un cambio de situación... No saben cuánto me he reído
de ellos, como no saben cuánto se han reído de ellos los directores
y administradores de los diarios que redactaban, gente cuyo único
propósito era sacar las castañas del fuego con la mano del gato...
Lo digo, para que aprendan los ingenuos que quizá pretendan recoger
ahora la herencia de esas pobres criaturas ridículas y pretensiosas,
verdaderos parásitos de la sociedad, soñadores inútiles que llegan á
creerse llenos de influencia y de poder. Idiotizados, viven mirándose
los unos á los otros, y como ellos son los que escriben en los diarios
y á veces en los libros, llegan á creer que todo el mundo está
pendiente de ellos, cuando á nadie importan un ardite. Chicos y grandes
les han manifestado siempre su inane insuficiencia, pero ellos--tieso
que tieso,--lejos de convencerse, protestan contra una ignorancia y una
envidia que sólo existe en su cerebro. Y como, á fuerza de escribir
cuartillas, al fin llega á salirles algo bonito, puede que, cuando
alguno de ellos muera, le pongan una chapa de bronce en el sepulcro,
ó le hagan un bustito, ó se cite su nombre en las antologías de
escritores regionales.

Ya se verá, después, con qué rima éste mi justo enojo contra los
escritorzuelos periodísticos de aquella época... y de otras, anteriores
y posteriores.

Por el momento, en mis charlas con los redactores del órgano oficioso
de la tarde y el oficial de la mañana, traslucí una cosa que acabó de
darme mala espina: Los diarios de oposición se enriquecían, mientras
que los nuestros vivían apenas de las subscripciones gubernativas,
y para circular un poco tenían que enviarse casi gratuitamente á
correligionarios y empleados públicos; esto tenía dos explicaciones: ó
estaban administrados y dirigidos por gente demasiado ávida de dinero,
á la que nada bastaba, ó el soberano público se mostraba para con ellos
de un desdén desesperante. En la disyuntiva, tomé sabiamente el término
medio y me dije:

--El público los abandona un poco, y los empresarios aprovechan un
mucho de la situación. En suma, se hacen pagar dos veces... ó una vez
y media.

Esto, con los demás antecedentes, me hizo abrir del todo los ojos y
preparar lo que podría llamarse «mi coartada».

Aquellos pobres «escribidores» que á veces no tenían siquiera ropa
que mudarse, eran al fin y al cabo una fuerza, y más del lado de la
oposición que de la del Poder, porque cuando escribían no eran «ellos»,
sino la entidad que estaba detrás. De esto no se han dado cuenta nunca,
y aún reclaman una individualidad refleja que jamás tuvieron realmente.
Yo no lo dije, entonces, y si lo digo ahora, es porque ya no puede
perjudicarme mi franqueza. Resolví, pues, servirme de aquella arma.

En el Congreso, en los teatros, en algún Club, me encontraba con
repórteres y redactores de la oposición. Les hablé de lo que escribían,
cuidando de objetarlo, sin lastimarlos, y facilitándoles la réplica
victoriosa. No me fué difícil conquistar su buena voluntad, porque,
aparte de adularlos, solía insinuarles alguna idea y darles algunos
informes. Uno ó dos llegaron hasta aceptar mi invitación á comer, y
convinieron conmigo en que, si el _Gobierno_ les nombraba alguna cosa,
no haría más que rendirles justicia. Otros se acercaron luego á casa,
atraídos por mí y por sus colegas, y lo pasaron tanto mejor cuanto
que Eulalia tenía el don de gentes, é, ignorando mis propósitos y mi
política, los creía hombres de gran valer, literatos eximios, y los
trataba con respetuosa deferencia.

He aquí por qué los diarios de la época no tienen una palabra contra
mí--salvo una dolorosa excepción, algo más tarde,--aunque en aquel
entonces no quedara títere con cabeza.

Éstos y otros me pedían mil cosas. Nunca dije no. Puse aparentemente
mi influencia al servicio de todos, sin ocuparme de nadie, y cuando
alguno de mis «protegidos» obtenía por otro conducto lo que deseaba,
nunca dejé de encontrar quien le dijera que lo había alcanzado gracias
á mí.

Entretanto, la situación se metía en agua. Una noche que me hallaba en
la tertulia del Presidente, alguien le habló aparte con decisión. Ambos
gesticulaban, acalorados. Se separaron con visible enojo. Yo estaba
cerca del Presidente que, irritado todavía, me golpeó el hombro, y me
dijo, reconcentrando su rabia:

--El que venga después, hará lo mismo que yo, ó el país volverá á la
anarquía. La oposición es heterogénea, y de ella no puede salir un
partido de Gobierno. ¿No te parece?

--¡Sí, Excelencia!--dije, y pensé:--Ó este hombre ve mucho ó no ve
absolutamente nada y se va á estrellar...


                                   X

Pocos días después marchóse á Europa uno de los hombres más importantes
del país, el último vástago de nuestra raza heroica, como hubiera
podido decir yo mismo en un discurso. Era un militar, un sociólogo,
un literato, un sabio, que había optado por ser un patriarca. El
pueblo bonaerense lo adoraba, el de las provincias lo respetaba,
considerándolo, sin embargo, enemigo, por fuerza de inercia, por
espíritu tradicional. Á mi juicio, era una especie de Cincinato,
ilustrado y romántico, un hombre que había tomado en serio los
idealismos de 1830. Conservo viviente la impresión de nuestro único
coloquio, en una visita de consulta que le hice. El grande hombre me
escuchaba impasible, dejando escapar, de vez en cuando, una ligera
exclamación afirmativa, dubitativa ó negativa, mientras que la mirada
de sus ojos muy claros, como desteñidos, no me revelaba nada de su
interior y me parecía el cristal de unos gemelos asestados á mi
alma. Con el gesto de su mano larga y descarnada, detenía de pronto
la palabra en mi labio, dominando inquebrantablemente mi petulancia
juvenil, y narraba ó explicaba entonces, con acento al par sentencioso
y blando, como un abuelo que hablara á sus nietos y les dijera la
indiscutible verdad bebida en la experiencia...

--Pero...

--Es como yo le digo--insistía tranquilo y perentorio, y su memoria
sorprendente y su juicio extraordinario evocaban cuadros admirables de
pasado y de futuro. Era un prócer y un poeta.

Se marchó á Europa en medio de una formidable manifestación de
despedida, que fué como un motín pacífico.

--¡Se da por vencido!--dijeron los que le veían como un espantapájaros,
como una tácita condenación de lo que estábamos haciendo.--Á enemigo
que huye, puente de plata...

--No comulga con la oposición--declararon los que husmeaban en el aire
efluvios revolucionarios.

Difícil me resulta la actitud del Presidente. ¿Quiso disimular ante el
pueblo? ¿Quiso comprometer al patricio, conquistándoselo con oropeles?
¿Realizó un acto de nobleza, sin segunda intención, como justiciero,
ateniéndose á lo que viniera después? Cualquiera de estos motivos
es loable, por una razón ó por otra, y en su actitud no careció de
belleza al devolver al gran ciudadano todos los honores que le habían
«suspendido», porque hasta entonces manifestara su «voluntad» de una
manera demasiado imperativa á veces.

Pero, admirando el tipo, aunque no fuera de mi credo ni de mis
conveniencias, no estaba dispuesto á dejarme engañar por su viaje y por
su mansedumbre.

--¡Sí!--me dije.--Revolucionario recalcitrante se ha domesticado hoy,
y no quiere sancionar una cosa que, sin embargo, le parece inevitable.
Desearía ser el gran pacificador, después de tantas revueltas. ¡Está
bien! ¡Está bien! pero se va para permitir que la revolución estalle...
¡Es evidente! Y, como es evidente, hay que andarse con cuidado... con
más cuidado que nunca.

Y mientras los otros comentaban estos acontecimientos con un
sentimentalismo trasnochado, utilitario ó lírico, yo juzgué conveniente
saber lo que al respecto pensaba mi suegro Rozsahegy, el más grande
de los hombres de la época, porque era el más práctico. Nunca, entre
nosotros se ha consultado bastante al extranjero, que será el más
egoísta, pero que es también el más capaz de imparcialidad. Como no
se ha consultado al criollo que se queda afuera de los negocios y la
política, sin tener en cuenta el famoso dicho de los jugadores de
carambola: «Mirón y errarla»...

Con la más absoluta de las aprobaciones por mi parte, Rozsahegy no dotó
á Eulalia, aunque se comprometía á pasarle una mensualidad crecida
«para alfileres», y aun cuando tomó á su cargo todos los gastos de
instalación en nuestra casa, cercana á la suya, que yo organicé y
Eulalia perfeccionó en los detalles, con su buen gusto innato. Yo no
tenía, pues, reparo en hablarle de asuntos de interés, «cuestiones
financieras», porque estábamos, respectivamente, en la independencia
total.

--¿Qué piensa de la situación política... de la situación económica,
don Estanislao?

--¡Eh! Pienso... Pienso que ya he tomado todas las precauciones
necesarias, de acuerdo con lo que opina don Ernesto...

Y después de este nombre, sagrado en las finanzas, hizo una pausa
solemne. Luego, descendiendo de la altura, se refirió á mis pequeños
intereses:

--Usted no tiene que preocuparse por ahora... ¡Eh!... Pero no podrá ser
rico por usted mismo hasta que pase «esto» momento... La «question»
está en soltar toda la menos plata que se puede... Y usted, Mauricio,
«cuega», usted «cuega demasiao» en el Club y en el Círculo y en el
Jocquey, y en las «careras»... «Déquese de historias, hombre... Guarde
la platita y verá después»...

--¡Pero papá!--exclamé con mimo burlón.--¿No ve que yo tengo que vivir
como quien soy, he sido y seré?...

--¡Está claro! Yo no digo nada... Pero el más «quien soy» tiene que
pensar en lo que puede suceder mañana... «Vos, Cómez, tenés» una cabeza
de chorlito.

¿Cabeza de chorlito yo, Rozsahegy? ¡Qué error! Comparando tu espíritu
práctico y el mío, no sé cuál resultaría más completo. Sólo que hay
formas, hay formas, hay formas... El centavo tiene que venirme; yo
nunca correré tras él, como has podido hacerlo tú...

Pero lo admiré, cuando me hizo el cuadro acabado de la situación.

--Con vos puedo hablar claro... sos «me hico»... «¡Comprá oro!»... Es
una cosa segura y te dará el cuatrociento por ciento, si «sos» capaz de
guardarlo...

Se interrumpió, objetándose á sí mismo:

--Pero ¿dónde está el efectivo? ¡Ésa es la «quistión»!... No
importa... Hay otras maneras, aunque no se compre oro... Hay el
equivalente... el equivalente... y eso lo «tenés»...

--Mi querido suegro, usted se anda por las ramas... Lo que yo le he
preguntado es lo que piensa de la situación...

--Es una locura, un despilfarro, una borrachera...

Y me explicó: Todo el mundo había perdido el juicio. Fuera de los
centenares de millones que bailaban en plaza, acababan de abrirse
una docena de bancos con un capital de cincuenta y tantos millones,
sin base sólida alguna, millones soñados, escritos en el agua; se
imprimía papel moneda como se imprime una novela popular, en rotativa;
se descontaba con el desprendimiento del calavera ebrio, que siembra
su peculio en medio de la calle; en la Bolsa se jugaba como en una
timba, con el «bluf» y todo, sobre palabra, casi exclusivamente para
cobrar y pagar diferencias; á la propiedad raíz se había dado un valor
ficticio, pues nunca produciría la renta que el capital representaba;
el comercio nacional quedaba deudor en un tercio por lo menos del
comercio extranjero, porque nuestra producción no estaba á la altura
de nuestras ilusiones; todo el mundo robaba ó estafaba al país, con
cuentas corrientes ilimitadas, préstamos hipotecarios hechos sobre
propiedades que no existían, descuentos concedidos á testaferros sin
responsabilidad...

--Es como si en tu casa, incomodado ya por los acreedores, siguieras
tomando «fiado» donde te dejaran... ¡Vas á ver lo que pasa después!

--¿Usted cree, entonces, que esto no tiene remedio?

--Sí, tiene... Por lo menos para nosotros... Don Ernesto me ha dicho...
Pero hay que tener paciencia... Hay que estarse muy quietito... Ya
diré... Usted no tiene ningún apuro, ninguna necesidad... ¡Bueno!...
Hay que esperar... Éste es un país de esperar sin asustarse.

--Pero, quizá si yo pudiera liquidar en condiciones pasables...

--«Deque» estar... «Pueda ser» que parezca menos rico, pero será
relativamente tan rico y más... Cuando el nivel baja, baja para todos;
y si no baja demasiado, el que está más arriba queda más arriba... y
viene á ser lo mismo.

--¡Don Estanislao! ¡no se equivoque! El ministro de Hacienda va á
sofocar la plaza con una avalancha de oro, con cien millones que el
Gobierno tiene en caja...

--Y la Bolsa hará como el papel secante... ¿Qué es un peso, cuando se
deben cinco?

--Se hace esperar.

--¡Eh! Sí. Cuando uno se queda con cincuenta centavos para comer...
Pero aquí no nos quedamos con nada...

--Usted cree entonces que la revolución...

--¡Pshit!

Irma se precipitaba, más que acercaba, hacia mí, para increparme:

--La muchacha está triste, ¿qué tiene?

--Yo no sé, señora...

--¡Debe saber! parece enferma, afligida...

--¿Eulalia?... ¡Bah! Monadas de muchacha mimosa.

--No. Está pálida y ojerosa, está intranquila...

--¿Le ha dicho algo?

--No.

--¿Y entonces?

Me levanté, tomé el sombrero, y encarándome con don Estanislao.

--Hablaremos otra vez--dije.--Hay mucho paño que cortar.

--Sí, «hiquito» sí. Yo no puedo hablar, pero... no hagas nada sin
consultarme antes. Sobre todo, no «vendás».

Y en voz más baja:

--Ni «pagués»... hay tiempo.

El ataque de Irma se explicaba en cierto modo, porque, desde que
volvimos á Buenos Aires, arrebatándome el torbellino de la vida, no fuí
ni podía ser para Eulalia el compañero amable, despreocupado y cariñoso
de todas las horas. Un desencanto, también, la afligía y marchitaba:
yo no era siempre, en la intimidad, el orador elocuente y triunfal,
ni el ameno y espiritual convidado de las reuniones sociales, sino
un ser común, como un actor que no sólo ha abandonado la escena sino
también los bastidores. En cambio, á mí, hecho á todas las libertades
del sensualismo, en los acercamientos venales ó caprichosos, la
austera unión que ella consideraba única posible, me parecía insulsa y
timorata. Sin tenernos en menos, íbamos alejándonos poco á poco, pues;
ella, sufría, yo... filosofaba.

Quizás ahondé esta separación, cuando, al recibir días después la
noticia de la muerte de mamita, y olvidando nuestras conversaciones
de Montevideo, me opuse á que Eulalia fuese conmigo, pretextando las
molestias y fatigas del viaje hasta Los Sunchos, donde las autoridades,
con exquisita deferencia, me aguardaban para el sepelio y los
funerales, que habían preparado magníficos. Allí me hice contar los
últimos momentos de mi viejita.

Se había ido apagando poco á poco. Ya no andaba, sino arrastrando los
pies, como quien patina, para llegar penosamente hasta el sepulcro
de mi padre. No hablaba, pero sonreía á todo, con esa sonrisa entre
compasiva y alegre que suelen tener muchos ancianos, y que algunos
consideran atontada, casi idiota, aunque otros la crean excesiva
benevolencia, total perdón... Por fin, no pudo salir, y guardó cama,
siempre sonriente y en silencio, hasta que una tarde, echando las
enjutas piernas fuera, y sentada en la orilla, dijo:

--Quiero vestirme. Voy al cementerio.

Pero, incapaz de sostenerse, cayó hacia un lado; murmuró: «Fernando», y
se quedó dormida para siempre.

«Fernando» dijo y no «Mauricio»; entre las dos indiferencias olvidaba
mejor la del esposo, que nunca parece tan total como la de los hijos,
porque nunca se le ha dado tanto... Pero, ¿quién me asegura que no
nos confundiera á ambos en un solo nombre, no pronunciado para los
demás sino para ella misma?... ¡Pobre mamita!; la lloré de veras, no
acertando, sin embargo, á darle determinados relieves, como si sólo
fuera una sombra vaga que hubiese fluctuado sin rumor en el fondo
de mi vida. Y su recuerdo es, hoy mismo, borroso y tierno, sin que
provoque ni grandes alegrías ni grandes penas. ¡Pobre mamita!... Cuando
la evoco, no tengo más que una sensación de penumbra y de silencio,
de renunciamiento á la vida. Mi padre, don Fernando Gómez Herrera la
modeló así, y yo, su hijo, no hice sino continuar su obra. No había ni
siquiera asistido á mi casamiento; yo no le escribía desde años atrás,
pero estoy seguro de que siempre estuvo ocupada de mí, y al recordarla
ahora, siento que he hecho un mal negocio, ¡y que las caricias locas
con que pudo regalarme, no serán renovadas por nadie en el mundo!... Y
tanto me conmovió la evocación de su gran figura resignada, que pensé
en edificar en Los Sunchos un sepulcro de familia, donde yo dormiría
también, llegada mi hora. «Esto consolará á la pobre viejita», me
decía, embriagado por el licor demencial de la muerte, del misterio...
Casi un cuarto de siglo después, todavía no he realizado el proyecto...

Pero no podía yo pasar por mi aldea, ni aun en momentos de luto, sin
tener que amoldarme á mi papel. Para distraerme, amigos y aduladores me
mostraron el pueblo, que crecía á ojos vistas y al que hubiera llegado
meses después el ferrocarril... El villorrio iba transformándose,
materialmente, en pueblo con visos de ciudad, y Los Sunchos, teatro
de mis primeras correrías y mis primeros triunfos, perdía su carácter
con los pretenciosas imitaciones de la arquitectura de las capitales.
Iba á poseer aguas corrientes, cloacas, luz eléctrica, tenía algunos
empedrados, gas, teatro, y sus cabezas más fuertes pensaban en
hacerla... capital de una nueva provincia, formada con parte pequeña de
la nuestra y parte de un territorio nacional contiguo.

--¿Y para qué provincia?--pregunté.

--¡Para que Los Sunchos tenga toda la importancia que merece!--me
contestaron.

No era una respuesta. Aquellos buenos burgueses querían ser
gobernadores, diputados, senadores, etc.; fundar una pequeña
aristocracia, en fin, y no ser el departamento más alejado pero más
influyente, «el bourg pourri», sino una gran entidad. ¡Bah! ¡Si ellos
supieran dónde van á parar las grandezas de Los Sunchos, y pudieran
leer en mi alma cómo calculo yo mi posición en Buenos Aires!... Pero
tienen razón. Yo en Los Sunchos, dominando patanes, era más feliz
que en la capital tratando de contemporizar con todo el mundo, y sin
más éxito que el obtenido con las mujeres, que no _cuantifican_ el
mérito y que magnifican sus caprichos hasta la sublimidad. Sí; lo diré
aunque parezca no venir á pelo: La mujer, en nuestro país, como en
todas partes, es el mejor vocero, el único propagador de la fama. No
se la tiene, muchas veces, en cuenta, pero en mi larga experiencia de
la vida sé que quien la ha descuidado, ha caído necesariamente en el
olvido, y que quien la cultivó, por ínfimo que fuese, ha llegado á las
alturas, porque más tira un pelo de mujer que una yunta de bueyes--como
dicen que dijo Rosas,--y porque, como no envidian á los hombres, ni
los desdeñan, tienen para la mercancía de su agrado recomendaciones
entusiastas que no pueden nunca tener los hombres para sus rivales...

Cuando volví á Buenos Aires, cumplidas las fúnebres ceremonias, reanudé
mi vida de agitación.

Eulalia me hizo algunas observaciones: la descuidaba demasiado. Era
cierto, pero no me inquietó. Me consideraba fuera de todo peligro,
gracias á mis méritos físicos é intelectuales, pese á todos los
ejemplos que en contrario me presentaban la historia, la tradición
y la crónica escandalosa de nuestra época... Eulalia, tan fina, tan
discreta, podría y debería ser una gran señora en el momento oportuno,
que no había llegado todavía. ¿Cómo exhibirla con sus toscos padres?
¿Cómo fundar ó refundar una aristocracia con los Rozsahegy á la rastra?
Yo tenía fuerzas suficientes para imponer á Eulalia, pero no á Irma y á
don Estanislao. Puede que pudiera; pero, en fin, ni yo mismo lo quería.
Eulalia, á veces, parecía comprenderlo; otras, su ambición rompía todo
lazo: pero era una ambición hacia mí, no hacia la sociedad, y esto me
hacía desgraciado.

--María haría lo mismo, pero con todo derecho y toda probabilidad de
triunfo--me decía yo.--Teresa podría intentarlo con éxito, porque, al
fin, es de una vieja y respetable familia del país. Pero, justamente,
Eulalia, que tiene la bondad de Teresa y la individualidad de María,
es la única que no puede exigirme que la imponga á esta sociedad, por
mezclada que esté, porque no he de llevarla á los «bailes de la Bolsa»
ú otros «peringundines», sino precisamente á los salones tradicionales
que hoy están semicerrados, y donde sería muy posible que nos
recibieran mal.

Mi tía Mónica, aquella excelente dama que había quedado soltera porque
un médico, allá en su juventud, le cortó un músculo del cuello y la
dejó para siempre con la cabeza bamboleante, como una perlática, mi
madrina de casamiento, en fin, me ilustró el punto casi con tanta
crueldad inhábil como la del cirujano que la mutilara agostando su
juventud, su gracia y su talento de mujer.

--Tenemos, sí--me dijo,--la aristocracia del dinero; pero es
superficial, mientras no desaparecen los que lo han ganado
directamente. Recuerda, Mauricio, el dicho de aquel extranjero en
Colón, al ver cuajada de diamantes nuestra más alta sociedad: «¡Muy
hermoso, pero huele á bosta!» Todos somos descendientes de negociantes
ó estancieros; eso lo sabemos muy bien. Pero todo el mundo se esfuerza
para hacerlo olvidar, y en tal caso, el que está más lejos de su abuelo
pulpero, tendero, zapatero ó criador, es el más aristócrata. Tú, con
tu casamiento, has perdido dos ó tres peldaños, porque el patán de tu
suegro vive, y se muestra demasiado... Es un «carcamán», y eso no se te
perdona.

Mauricio Gómez Herrera, sin el «carcamán», sería como algunos de sus
primos ó sobrinos, que, sin dinero, y aunque puedan, por excepción,
tener talento, no son sino pobres aspirantes ó infelices descontentos,
socialistas, anarquistas ó cosa por el estilo...

¡Qué mi tía Mónica!


                                  XI

El juego, las mujeres, los paseos y la controversia chismográfica--he
aquí cómo distribuyo mi vida, desde que he dejado la política en
segundo término, previendo lo que va á suceder.--Ni á tiros me hacen
hablar ni escribir... Mi suegro me ha contado la historia de las
anteriores crisis, sobre todo la que trajo la conversión al peso moneda
corriente y el derrumbamiento del Banco Nacional.

--Haga una cosa. Si debe algo al Banco Nacional, trasládelo pronto al
Banco garantido de su provincia; yo sé lo que le digo... Allí será más
fácil arreglar...

Sin saber á qué podía corresponder aquel consejo, me apresuré á
seguirlo, y al hacer esta permuta, que mi posición política me
facilitó, supe que, con mi nombre ó el de otros, debía nada menos
que cerca de un millón de pesos nacionales. Aunque mis propiedades
de Los Sunchos y las de la capital de la provincia y campos vecinos,
representaran entonces algo más de esa suma, me asusté, y fuí á
consultar á Rozsahegy, seguro de que se había equivocado y me había
hecho cometer un desatino.

--Creo--le dije,--que siendo yo rico, y Eulalia también, Eulalia
debe ayudarme á consolidar mi fortuna, tanto más cuanto que ella no
pierde un centavo. En su nombre, pues, vengo á pedirle que sanee mis
propiedades, pagando mi deuda al Banco de la provincia.

--Usted es muy muchacho--me replicó.--Yo no pago deudas de nadie que
puede pagarlas. Á Eulalia no le faltará nada, ni hoy ni nunca, y, por
lo tanto, á usted, sobre todo si no sigue haciendo sonseras y jugando
hasta la camisa. Y deje estar, ya le he dicho: nadie se ha de llevar
sus tierras, mientras que viva Rozsahegy.

--Debo cerca de un millón.

--Eso es una porquería. No hay un allegado al Presidente ni siquiera á
un Gobernador de provincia que no deba otro tanto. ¿Y vos creés que los
van á matar? ¡Se acabaría el país!... ¡Eh, nadie se muere de deudas!...

Y, paternal, agregó:

--Eulalia tendrá cuanto necesite. Vos podés seguir haciendo negocios
para tus «farras». Yo no me meto en eso. Pero, en el momento oportuno,
ya sabré cómo ayudarte. ¡Eso sí! no venda sus tierras, porque entonces
ya no hay defensa.

--El «gringo» sabe lo que se pesca--pensé,--y lo mejor es hacer
negocitos.

Era todavía, en sus últimos boqueos, el tiempo llamado de las «coimas».
Ganar algún dinero no me costaba más trabajo que el de leer un
memorándum presentado por algún postulante de concesión, y repetirlo en
otra forma en el recinto de la Cámara. Estos memorandums solían estar
tan bien hechos, que afirmaban mi reputación de orador enciclopedista,
sin comprometerme como político. Podía hacérseme, por el mismo
procedimiento, una competencia mortal, pero, pese á mi modestia, diré
que yo presentaba aquello con elocuencia y con éxito, sobre todo porque
entre los colegas habíamos establecido un convenio tácito, y nos
dábamos mutua y alternativamente el voto.

Mis «bohemios» oficialistas y opositores no veían más que fuego,
como dicen los franceses, y los primeros, obedeciendo á mi consigna,
no me ponían nunca muy de relieve, mientras que lo segundos,
conquistados, cargaban la romana sobre otros, nunca sobre mí, y estaban
(unos y otros) tanto más conformes conmigo cuanto que no me daban
notoriedad. Los correligionarios hablaban de Mauricio con mesura y
respeto; los opositores, dada mi insignificancia, cuando me nombraban
solían--rara vez, pero solían--deslizar una palabra amable junto á
mi nombre. También es cierto que nunca me opuse á un sablazo, ni
negué una recomendación, ni dejé de aparentar que buscaba un puesto,
ni hablé mal sino de los caídos, ni hablé bien sino de los notorios
y momentáneamente «indiscutibles». Y los cuentos y comentarios me
llegaban.

--Yo no tenía talento, pero era, en cambio, bondadoso; no tenía
ilustración, pero era inteligente y receptivo; no tenía moralidad, pero
era muy tolerante para los defectos ajenos; no tenía carácter, pero era
incapaz de hacer daño á una mosca; no era altruista, pero no dejaría á
nadie sin comer por hartarme yo.

Virtudes negativas, pero, al fin, virtudes.

Pero, pasemos. Tal era mi acción, la única que me interesaba para
mantenerme en la posición debida: frecuentando la sociedad, por lo
que podía darme, gracias sobre todo á las mujeres, haciendo pequeños
«negocios» para poder vivir sin comprometer mi fortuna y con ella mi
libertad de acción; entregándome á veces al placer, en forma que la
plebe dogmática encuentra excesiva; presentándome como un elegante
y un gran señor, sin exageración,--para no morirme de hastío en los
momentos obligados de inercia, aparecía yo como un protector nato de
las letras y las artes, que no me importan un pito, era el ídolo en
los salones, el pico de oro en la Cámara, el instrumento admirable y
admirado del Gobierno--á quien no servía,--y el hombre, en suma, capaz
de ponerse, si quisiera, frente á frente de otro cualquiera, del más
alto, del más popular, del más poderoso. Quédame esta fama, todavía; y
si me queda es, precisamente, porque hasta ahora he rehuído el combate.
_Seré_ capaz de una acción decisiva, pero cuando la sienta de antemano
decisiva, y todas las altiveces de la raza, todas las protestas de
mis antepasados emancipadores, se reducen á la conquista del éxito. Á
los abuelos les obligaron á ser yunque, y yo quiero y siempre quise
ser martillo, aprovechando para ello nuestras mismas cualidades,
diversamente encaminadas.

Eulalia se había resignado al papel de amiga. Á pesar de su familia,
era, para mí, como una decoración, gracias á su admirable don de
gentes. La llevaba al teatro, á alguno de esos «salones» curiosos que
perduraban en Buenos Aires como confuso rasgo de unión entre la antigua
sociedad y la que iba á nacer más tarde, muy libres, muy rastacueros,
pero, en fin, lo único que entonces había. Era muy solicitada y muy
cortejada. Á veces me pareció que las galanterías de algunos iban
demasiado lejos, y que ella, sin embargo, las tomaba como moneda
corriente. Pero no cuadra á Mauricio Gómez Herrera preocuparse de
estos detalles, cuando cien cosas de mayor cuantía para sí y los suyos
solicitan en todo instante su atención. Por otra parte, Eulalia era,
ha sido y es fundamentalmente honesta--ó así me ha parecido, ¡y eso
basta!...

¡Y cuando, en aquel entonces, planteaba en parte estos problemas
psicológicos, siempre se me evocaba la imagen de María Blanco, y
siempre refería las acciones de Eulalia á las que ella hubiera
realizado! Y aunque Eulalia actuase como María hubiera podido actuar,
siempre encontraba una superioridad en María, quién sabe por qué
atávica preocupación, olvidando que mi mujer era toda una señora.
Rozsahegy, Blanco: todo estribaba aquí: cuestión de pronunciación.

María, entretanto, estaba en Buenos Aires, y no se ocupaba para nada de
mí. Llevaba, seguramente, una vida análoga á la de Teresa, y dedicaba
á Vázquez ó á su deber, todo su tiempo y todo su pensamiento. No se la
veía jamás en parte alguna. Vázquez deseaba hacer un viaje á Europa.
Quería completar su educación y ver de cerca, en la realidad, lo que le
habían mostrado los libros, sintiéndose capaz de ser útil á su tierra,
no porque fuera á aprender más en el extranjero, sino por la mayor
autoridad que una permanencia en el viejo mundo le daría. Imitando
burlescamente aquello de Calderón de que «porque no sepas que sé que
sabes flaquezas mías», observaba que, para ser eficaz, es preciso que
los demás «sepan que uno sabe», ó lo supongan, que es lo mismo.

Una tarde, comentando la crónica del Congreso de los diarios de
oposición, en la que se me trataba muy bien, llegué á decirle que
despreciaba resueltamente á todos esos escritorzuelos, y que, cuando
mucho, los toleraba. El romántico de Vázquez me contestó, animadamente:

--¿Los toleras? ¡Pero, tonto! ¿No ves que ellos son los únicos que
hacen algo y que tienen el derecho de «tolerar»? ¡El más insignificante
tiene mayores probabilidades que tú y que yo, de ser admirado y
venerado por los que vienen!... Pobre consuelo, dirás. Pero es que
ellos cobran su paga mental por adelantado, y no la descuentan para
poder enorgullecerse aún más de sí mismos... Están bien convencidos de
ser lo que son, mientras que nosotros no sabemos lo que somos.

--¿Qué significa?

--Ellos pueden oponerse á las circunstancias; nosotros las estudiamos
para seguirlas.

--Haces juegos de palabras, y nada más.

--Me alegro de que lo tomes así.

Yo creía y creo todavía en la existencia de lo que se llama «hombres
superiores», y en que son los que señalan rumbos á las sociedades y
los pueblos. Y, mientras escribo estas líneas, leo un discurso de
Roosevelt, pronunciado en Bruselas, panegirizando la medianía. Es una
adulación electoral, como las de nuestros discursos de provincia, en
que alabamos á los labradores y los ganaderos, como á las más altas y
fuertes columnas de la sociedad y de la inteligencia...

Otras cosas me distrajeron. El Gobierno estaba cada vez más preocupado
con la situación, especialmente en su parte económica. Una especie
de bancarrota amenazaba al país, y los Ministros de Hacienda se
sucedían haciendo desatinos cada vez mayores. Para detener el alza
del oro, el Gobierno vendió todo lo que tenía, que fué inmediatamente
absorbido por los banqueros, y emigró. Sin haber detenido la subida,
lejos de eso, tuvo necesidad de metálico en crecida cantidad para
amortizar empréstitos y pagar intereses, y debió comprarlo á precios
inverosímiles. Corrió la voz de graves irregularidades en los bancos,
y en la capital se respiraba un ambiente de desconcierto que olía á
revolución. Lo que supo Rozsahegy meses antes lo sabía todo el mundo
ya. Mi suegro me llamó entonces, con urgencia.

--¿Has hecho lo que dije?

--No sé á qué se refiere.

--Hacer trasladar toda tu deuda al Banco garantido de tu provincia.

--Sí.

--¿Á cuánto asciende?

--Con algunos intereses acumulados, ya le dije, á cerca de un millón de
pesos.

--¿Con tu sola firma?

--La mayor parte. Hay unos doscientos cincuenta mil pesos, cuyas letras
no he firmado yo. Pero se sabe...

--Eso no importa. Déjese estar. No se apure. No haga caso de nada.
Sobre todo, no venda... Ahora viene el temporal y hay que tener mucha
sangre fría, mucha...

--¿Usted también cree en la revolución?--dije, irónico.

Me miró con aire socarrón, sonriéndole los ojillos de cerdo.

--Yo más que nadie--contestó.--Esto no puede seguir así.

Comprendí que sabía más de lo que quería decir, y traté de sondarlo.

--Estoy seguro de que hasta ha dado dinero...

--¡Ésas son cuentas mías!--exclamó riendo más que antes.--La verdad es
que cualquier cosa, ¿entiende? cualquier cosa es mejor que prolongar
esta situación. Hay que liquidar. Esto es un loquero sin nombre; ya no
hay desatino que no se haga, y se ha tocado demasiado á lo hondo el
bolsillo de la gente.

--La revolución no triunfará. No hará más que consolidar el Gobierno.

--Puede que no triunfe. Hasta es casi seguro, porque la harán gentes
muy distintas. Pero el Gobierno no podrá consolidarse, sino en calidad
de Gobierno; es decir, quedando como es, pero variando de hombres y de
procederes.

--¡Qué curioso!

--Será lo que te parezca. Pero, ¿quieres un consejo, Mauricio, para
completar los otros, que son salvadores?

--Venga el consejo.

--«Andate» de Buenos Aires. Eulalia está delicada, el invierno amenaza
ser crudo. Llévatela á un rincón del Norte, ó á Río de Janeiro, si
prefieres la ciudad al campo, y espera los sucesos.

--No puedo. Tengo compromisos. Por mucho que justificara mi ausencia,
sería una deserción. Me quedaré aquí, á pie firme.

--¡Compromete su porvenir!

--No crea viejito. Tengo uñas para salir del paso. Ya verá. ¡Y nadie
podrá decir nunca que Mauricio Gómez Herrera es un traidor ni un
cobarde!


                                  XII

La revolución estalló, porque al pueblo no le quedaba un centavo ni
crédito con qué substituirlo. Yo era ya, oportunamente, en aquel
momento, una «persona formal» porque había logrado que nadie se ocupara
de mí. Y en la difícil emergencia, me dije:

--Hay que prepararse á echar piel nueva. Callemos como muertos y veamos
venir. Yo no hago nada malo. La política es una serie de accidentes en
los que uno debe «poder ser útil ó utilizable», y demostrarlo, aunque
sea de un modo pasivo. La sociedad dice: Sé rico, ten influencia,
y triunfarás. La religión actual dice lo mismo, exigiendo, como la
sociedad, que se le guarden las formas. Yo soy rico, ó mejor dicho,
tengo todas las probabilidades y todas las apariencias de tal. Soy rico
por mi mujer, y rico por mí mismo, si es cierto lo que dice Rozsahegy.
Tengo talento ó, lo que quizá sea preferible, el don de saber vivir. La
cuestión es no destruirse á los treinta y cinco años. Este período ha
sido un gran gastador de jóvenes. Todavía puedo ser un hombre nuevo,
y muchos de nuestros próceres no habían despuntado aún á los cuarenta
años. ¿Quién me dice?...

Pero quise cerrar con broche de oro este largo capítulo de mi
vida, mostrándome fiel, si no á mis principios, á mis amistades y
vinculaciones, y en cuanto estalló la revolución fuí de los primeros en
rodear al Presidente, mientras que los sublevados, contemporizadores,
se encerraban en la plaza del Parque y formaban cantones en los
alrededores, dedicándose á matar vigilantes para satisfacer una
necesidad de venganza contra la autoridad ó sus símbolos.

--Es un motín militar--me dijo el Presidente, dándome un instante
de atención, en medio de la turba azorada de palaciegos que le
rodeaba.--Pero el ejército fiel no tardará en reducir á los revoltosos.

--Es mi convicción--dije.--Y si puedo ser útil en algo... Ya sabe usted
que se debe contar conmigo.

--¡Gracias! ¡Ya sé, ya sé!...

Otros lo rodeaban, acaparando su atención, y mareándolo por completo.
Él veía la montaña que se le venía encima, pero demostraba entereza y
confianza. No era el pusilánime que sus enemigos han querido presentar:
iluso, sí, como lo probaron más tarde las circunstancias, dando razón
á mi suegro; pero quizá no hubiera sido tan iluso, si aquéllos que
lo rodeaban hubiesen tenido un poco más de sentido común y un poco
menos de adulonería. En suma, los dados estaban tirados, y era preciso
mostrarse buen jugador, sin cobardías ni desplantes. Es lo que hizo,
pues no habló de ir á ponerse personalmente al frente de sus tropas,
ni tampoco de huir como una rata de una casa incendiada. Pensé que se
amoldaba, como yo, á las circunstancias que lo habían llevado tan alto,
y que sabría esperar otras, en caso de derrota.

No era esta tranquilidad patrimonio de todos. Pepe Serna, por ejemplo,
gritaba jurando que había que poner á raya á los revoltosos y darles
en seguida una fiera lección, sin suponer por un momento, en su
inconsciencia, que aquello se caía á pedazos. Otros, al contrario, se
agarraban la cabeza, como si el cataclismo que presenciaban fuera el
anuncio del juicio final. Recuerdo un juez que, tragando saliva para
parecer completamente tranquilo, preguntaba de grupo en grupo, después
de una torpe entrada en materia, un «á propósito» tirado por los
cabellos:

--¿Cree usted que si la revolución triunfa habrá juicios políticos?
Nuestra historia revolucionaria los repugna, y generalmente, la más
amplia amnistía...

No le hacían caso, como diciéndole «ve á hacerte ahorcar en otra
parte», y, en efecto, sólo años más tarde cayó como un vulgar
pillastre, en un asunto de aprovechamiento de ajenas falsificaciones...

El hombre que más me interesaba era el presunto candidato á Presidente
de la República. Pasó varias veces frente á mí, dueño de sí mismo,
habiendo medido ya todas las posibilidades que se le presentaban,
porque tenía talento. Era el que jugaba más fuerte en la partida, y
hubiera pagado por saber el desarrollo de sus pensamientos íntimos,
pero aunque reinara entre nosotros cierta antigua y aparente
intimidad, no era aquél el momento de pedirle una confesión sincera.

--¿Qué me dice de todo esto, doctor?--le pregunté, sin embargo,
estrechándole la mano.

--Que la revolución está vencida, nada más. Es una revolución inerte...

Pero sus ojos negros se perdían, mirando en lo futuro quién sabe qué
ostracismos, y en su cara pálida, de un tono amarillento, encuadrada
por la barba castaño obscuro y el abundante cabello lacio de músico,
había una expresión ascética de angustia aceptada. ¿Veíase ya, en lo
porvenir, chivo emisario de todos los pecados de aquel fugaz momento
histórico? Después de mí, aquél era el personaje que más simpatía me
inspiraba; pero dominé mi sentimentalismo, y dejé en mi interior toda
manifestación comprometedora, pensando: Si tú también ves las cosas
tan mal paradas, hijito, ¿qué quieres que le haga yo? No puedo ser más
papista que el Papa...

Mi estudiada mesura en aquellas circunstancias me condujo adonde debía
conducirme. El Presidente estaba demasiado obcecado para ocuparse de
mí sino como yo quería: hasta saber que yo no lo había abandonado,
nada más. Los seguros de triunfar me encontraban demasiado tibio para
enredarme en sus ensueños... Los temerosos de la derrota me veían
demasiado partidario de la situación para invitarme á buscar otra
cosa... Los sensatos pensaban, probablemente, como yo... De modo que
fuí una entidad al propio tiempo apreciable y desdeñable para todos:
que era lo que se quería demostrar.

Volví todos los días á presentarme al Presidente, hasta que la
revolución, viéndose vencida, capituló. Entonces, me retiré á mi casa.
Sólo había sufrido una que otra pulla, sobre mi inactividad.

--Aquí no estamos en mi provincia--repliqué,--y esto es una cuestión
militar. No quiero hacer de mosca de la fábula, y complicar la cosa so
pretexto de simplificarla. Que el que manda me mande, y yo obedeceré.

La revolución cayó y con ella, de rechazo, cuatro días después, el
Presidente de la República, contra quien se ensañaron el populacho,
la juventud inconsciente y algunos de los que le habían arrastrado á
los peores extremos, para demostrar que no tenían participación en la
culpa. Y así se fué, entre el vocerío, un jefe que quizá no tuvo más
culpa que confiar demasiado en las fuerzas del país y en la lealtad de
sus amigos--esto fuera de los otros defectos que pudiera tener y de los
otros errores que hubiera cometido.--Á mí no me toca acusarlo, y debo
decir que no cargué la romana sobre él cuando lo vi caído, porque...
porque no me pareció un ademán elegante.

Eulalia, que no había encontrado mal mi aparente fidelidad, me dijo al
fin:

--Creo que han hecho bien en derrocarlo.

--Me parece lo mismo.

--Pero lo ayudabas...

--Era mi deber.

--Me gusta eso que dices--y su mirada me perdonó muchas cosas.

Yo pensé en María, y reproduje el diálogo que podríamos haber mantenido
los dos en las mismas circunstancias:

--¿Obedecías á tu deber ó á tu interés?

Protesta violenta de mi parte.

--En fin, tú debías comprender que el Gobierno no marchaba, como se ha
dicho en el mismo Congreso, hechura del Presidente, en ese Congreso que
tendría que cambiarse antes de aplaudir el «nuevo orden de cosas», que
no existe. Ayudarlo era ayudar tu interés no tus principios.

--¿Principios? ¡Tú lo has dicho! En estos pueblos adolescentes hay que
mantener á todo trance... «el principio de autoridad».

Y la discusión no hubiera podido terminar nunca, mientras que con
Eulalia tuvo el más grato de los desenlaces: sentirse amado y admirado
por una mujer nada vulgar, es siempre el mejor de los desenlaces,
cuando éste se desarrolla en una casa con todo el confort moderno, y
donde no falta ni lo superfluo siquiera.

Y en la nuestra no faltaba. Rozsahegy daba á Eulalia cuanto podía
necesitar. Yo tenía mi dieta, y como al despilfarro de los años
anteriores había sucedido una modestia franciscana, porque muchos
lo habían perdido todo y otros trataban de ocultarlo todo, aquello
y la poca renta que me llegaba de Los Sunchos y de la provincia (el
sueldecito de marras), me bastaban y aun sobraban para vivir bien,
frecuentar el Club, jugar mi amena partida de póker, y hacer nuevas
deudas, no muy graves, dada la modestia de los tiempos. Lo único que
solía molestarme (¡oh, en idea solamente!), era mi compromiso con los
Bancos, ó, más bien dicho, con el Banco Provincial.

Llegó la hora en que las autoridades se ocuparían de liquidar y de
imponer la liquidación.

Esta vez, mi suegro no me llamó, sino que fué á verme.

--Has de darme un poder general para administrar tus bienes...

--¡Oh, don Estanislao! Bien puedo hacerlo yo, como hasta aquí.

--No, no es lo mismo. Usted es muy sonso. Y además se necesita dinero
contante.

Le di el poder. Hizo maravillas. Descartó cuantas letras estaban
firmadas por testaferros, disminuyendo así notablemente mi deuda. Cedió
á los Bancos, en pago, las tierras y propiedades de dudoso porvenir,
y adelantándome, en suma, unos ciento cincuenta mil pesos, me hizo
propietario de un millón por la parte baja.

--Estos ciento cincuenta mil pesos, que me han servido para pagar
certificados de depósito (la plata de los unos para los otros, ¡siempre
así! pero plata anónima), los va á recuperar duplicando como ganancia
lo que importaba la deuda. Dentro de pocos años usted tendrá dos ó tres
millones.

El pobre Vázquez vendía, entretanto, todos sus bienes para pagar á sus
acreedores, porque no tenía un liquidador como Rozsahegy. La baja de
los precios era tal, que, valiendo una fortuna, mi suegro los adquirió
por sesenta mil pesos, prometiéndome cederlos á Eulalia por el mismo
precio en cuanto yo quisiera, por medio de una escritura privada. Y me
dijo:

--Te «quecabas» que yo no daba dote á Eulalia. Aquí «tenés» tres
millones, por lo menos... Y no hay que apurarse. Si no «hacés» locuras,
lo que «ganás» y lo que le doy á tu mujer, bastará suficiente...
Ahora... cuando yo me «muero», es otra cosa.

Pero ni siquiera deseo que se muera mi suegro, pese á la herencia
incalculable. La fortuna de don Estanislao ha sido más fortuna para mí,
precisamente porque nunca la he tenido al alcance de mi mano, cuando
todo el mundo la cree «mía». El crédito es inagotable...


                                 XIII

Vázquez, como muchos otros, quedó completamente arruinado, y ahora me
consta que no pudo pagar á todos sus acreedores, sino algún tiempo más
tarde, y eso, gracias á mí, después de haber sufrido las consecuencias
de su imprevisión ó de no tener un suegro como el mío, sino, apenas,
como el ingenuo don Evaristo Blanco, hidalgo provincial, incapaz de
negocios.

Fué á verme, y recordándome el viejo préstamo, me preguntó cómo andaba
de dinero.

--Mal--le dije.--Con estas cosas, los pesos andan á caballo. Tenemos
apenas lo estrictamente necesario. Hay que capear el temporal.

--Naturalmente--replicó, pensativo.--Por disminuir una desgracia no hay
que hacer mayores dos desgracias. Á mí eso no me empeora...

Y se fué.

En aquel momento, yo no tenía veinte mil pesos disponibles, sino
pidiéndoselos á Rozsahegy; y no era cosa de abusar de mi suegro, que se
había portado tan admirablemente conmigo, sobre todo cuando sólo á él
podía acudir para mis pequeñas necesidades de juego y otras análogas.
No era Vázquez una querida por quien pudiera yo hacer un disparate, ni
Vázquez tenía, tampoco, exigencias que me pusieran fuera de mí. Por el
contrario, habló tranquilamente y se fué, y aquí no ha pasado nada.

Entretanto, la situación política era la misma, ó mejor para mí. Todo
el mundo se había reconciliado, y los mismos hombres gobernábamos, con
sordina, pero gobernábamos. Mi actitud antes, durante y después de la
revolución se consideraba, no un milagro de equilibrio, como lo era
realmente, sino una prueba irrefutable de mis altas dotes de estadista.
En antesalas de la Cámara, en la Casa Rosada, en las redacciones de
los diarios, comenzó á hablarse en broma de mis probabilidades de ser
ministro á la primera vacante. Tomélo á broma, me hice tan modesto,
tan pequeño, que las burlas fueron poco á poco perdiendo de acritud y
displicencia y llegaron á hacer ver como posible una cosa á la que,
desde luego, estaba acostumbrado ya el oído de la mayoría.

Mi carrera empezaba, ó mejor dicho, estaba terminada.

Se habló una vez, en serio, de «ministrarme», y hubo quien fuera á
proponérmelo. Era años más tarde de los sucesos que acabo de narrar,
seguía yo, por fuerza de inercia, siendo diputado de mi provincia, pero
la situación me pareció harto ambigua, con un Presidente honestísimo,
pero inseguro y burgués, y no me resolví á apuntalarlo, y á hacer
un pasaje de ave migradora por el Ministerio. Resentidos aún por
la crisis financiera, los negocios no habían tomado empuje, y yo,
muy rico, no era rico todavía, aunque viviera como tal, y no me era
permitido meterme en las honduras de ministro sin repetición, es decir,
de ministro de dos meses, muerto para siempre como futuro ministro.
Rechacé la oferta, diciendo que mejor servía al Gobierno desde abajo
que desde arriba.

Lo que me sonreía era una legación, y volví á este viejo sueño,
diciéndome: «en Europa, no en América, como antes». Pero el competidor
nato salió otra vez á mi encuentro. Vázquez pretendía, precisamente, la
única legación de alguna importancia á que entonces se podía aspirar.
Vázquez ha sido siempre mi bestia negra, pero no le envidio ninguno
de sus triunfos, aunque me alegre de alguna de sus derrotas... sin
quererlo mal, por eso.

--Un ministerio nacional... Pues una legación es todavía más fácil
de conseguir. Todo es cosa de saber aprovechar la circunstancia para
pedirla. ¡Y la aprovecharé, como hay Dios!

Acababa de pensar esto, cuando me anunciaron una visita, pasándome un
pedazo de cartón, ajado y sucio:

                          MIGUEL DE LA ESPADA
                              PERIODISTA

Lo hice entrar, y desde la puerta me dijo:

--No viene á verte de la Espada, sino del Sable. Hace dos meses que
estoy muriéndome de hambre en la capital, y he venido á verte cincuenta
veces, por lo menos. ¡Así está mi última tarjeta, Mauricio!

Y viendo que su entrada en materia no me hacía maldita la gracia,
cambió inmediatamente de tono, y añadió:

--Los años pasan trayendo para unos felicidades, para otros desdichas.
Yo no he sabido conducirme, y ahora, que envejezco, me encuentro más
abajo que el betún, precisamente, por falta de conducta. No acuso
á nadie de ingratitud, sino á mí mismo de insensatez. He servido á
muchos, pero por la dádiva, como las mujerzuelas que no recuerdan
después á quiénes quisieron... Hoy me hallo en la derrota, porque, como
dijo tan amargamente mi paisano Calderón en circunstancias no menos
trágicas «el traidor no es menester, siendo la traición pasada».

Su cara me decía su historia de decepciones, pobre vocero de todas las
pasiones y todos los caprichos, juguete de los hombres, más que de
las circunstancias, y sus ojos, de mirada amistosa y humilde de perro
pícaro, me recordaban la historia de Los Sunchos y de la capital de
provincia. Mi situación me obligaba á tratarlo de alto abajo; un resto
de juventud me hizo acercarme á él, golpearle el hombro y preguntarle:

--¡Vamos! ¿qué quieres?

--¡Comer!--gritó con desesperación bufonesca.--¡Comer todos los días ó
por lo menos tres veces por semana!

--Aquí come todo el mundo.

Con el índice sobre la nariz, dijo, sentenciosamente:

--¡Eso dicen todos los que comen!

--¿Qué haces?

--Desde hace dos meses soy secretario de una sociedad de socorros
mutuos, fundada por un pillastre que se socorre á sí mismo. No veo un
cuarto. Con mi mujer y mis hijos vivimos en un departamento de la calle
Corrientes, que es una cueva de anguilas, no ya de ratas. ¡Haz algo por
mí!

--Todo lo posible. Aquí tienes cincuenta pesos.

--No era eso. En fin. Después vendrá lo otro.

No paré mientes en lo que me decía, preocupado por una asociación de
ideas:

--¿Vive don Claudio Zapata?--le pregunté.

--Y doña Gertrudis, naturalmente. Es curioso: son los dos patriarcas
de la ciudad, y á nadie se respeta tanto. Hablan, los pobres viejos,
maravillas de ti, pero terminan siempre diciendo: «¡Dios lo traerá al
buen camino!», lo que significa que todavía no has llegado á su grado
de perfección.

--¡Ah, canalla!

--¡Gracias, en nombre de don Claudio!

Se sentó. Calló un instante, mientras yo lo miraba sonriendo. Después,
reanudó la charla:

--Soy un fracasado, Mauricio, y me atengo á todas las consecuencias
de esto. No tenía dedos para organista, por ser gallego, ¡bueno,
está bien! Pero no soy tonto, y tengo algún talento, sin muchas
pretensiones, tú ya lo sabes. Cincuenta pesos son cincuenta pesos...
suma respetable, sobre todo para mí, que hace cinco minutos no tenía un
centavo ni de dónde descolgarlo... Pero dentro de diez días ó de dos
horas, me volveré á encontrar en la misma situación... Para salvarme,
no hay más que esto: tómame á tu servicio; yo seré tu secretario, tu
comisionista, tu amanuense, tu perro... En tu situación, necesitas
quien te ayude en lo fundamental, porque tienes todo tu tiempo ocupado
en lo superfluo. Yo te buscaré los datos que necesites, redactaré tus
informes, escribiré tus cartas, compondré tus discursos, y...

Se interrumpió al ver mi mal gesto, y cambiando otra vez de tono, dijo,
como un Marcos de Obregón:

--No hay hombre sin hombre, don Mauricio Gómez Herrera. Yo no reclamo,
yo no pido nada. Yo suplico tan sólo mi derecho á vivir, aunque cigarra
sin arte. Empiezo á ser viejo, y un gran señor como don Mauricio debe
comprender que estas palabras son decisivas, aunque vengan de un pobre
hombre como yo. Es triste que...

--Ven á verme mañana--contesté, divertido.--Hablaremos mañana.

Fué hasta la puerta, volvió, y, modestamente, dijo:

--Suprimiré toda familiaridad. «Yo también sé» cuánto molesta la
familiaridad intempestiva...

Y haciendo un grande y picaresco saludo, ya en la puerta, murmuró:

--Puesto que se me permite... hasta mañana.


                                 XIV

Ridículos, los escritos de de la Espada, buenos para un diario de
provincia, pero trasnochados en Buenos Aires. Le indiqué otros asuntos
para que me buscara datos y me extractara libros, y se desempeñó con
un celo tal, que poco á poco fué convirtiéndose en mi secretario. Un
secretario modelo, ya sin ambición, pronto á ejecutar cuanto yo le
mandaba sin hacer objeciones ni permitirse el atrevimiento de pensar.

--He aquí un hombre--me dije más de una vez--que obedece como yo á las
circunstancias. ¿Por qué á mí me va tan bien y á él tan mal?

Y concluí que ocupábamos nuestras posiciones respectivas, bien
equilibradas en la relatividad de las cosas.

Me sirvió mucho, poniendo sobre todo en orden mi correspondencia
harto descuidada, y dándome algunos de esos consejos que uno no
adopta, pero que siempre sirven de punto de referencia para saber
cómo piensan los demás. Es una calumnia la afirmación de que él
ha hecho casi la totalidad de mis trabajos de diez años á esta
parte; pero, en cambio, es verdad que me ayudó mucho siempre, y que
entre los pocos escritos míos en que no tomó participación figuran
precisamente éstas á modo de Memorias caprichosas. En cuanto á sus
consejos, dos tengo que agradecerle infinito, porque--aunque no los
siguiera exactamente--contribuyeron á resolver dos graves situaciones
de mi vida, los dos últimos episodios que por ahora he de contar, y
rápidamente, porque ya la pluma se me cae de las manos.

Vázquez y yo deseábamos la misma cosa desde hacía mucho, pero uno
y otro tropezábamos con la misma dificultad: la mala voluntad del
Gobierno, disfrazada bajo una enorme cantidad de pretextos plausibles,
como, por ejemplo, la de que no éramos diplomáticos de carrera, y no
cabía en lo posible postergar á los viejos ministros para darnos un
puesto superior (á él ó á mí), como si esto no se hubiera hecho toda la
vida y no fuera á seguir haciéndose por los siglos de los siglos.

Pedro tenía dos elementos en su favor y en su contra al propio tiempo:
era empeñoso y necesitaba de ese puesto para salvarse de la miseria. Yo
soy tenaz, también, aunque tengo, ahora, en la madurez, la virtud de no
demostrarlo, pero, en cambio, no necesito realmente de nada. Cualquier
cosa que ambicione para mi brillo personal, puedo pedirla «para servir
al país», y aceptarla luego en condiciones inaceptables para los
demás, con la simple diferencia de que luego le he de sacar ventajas
inesperadas, como tantos que reciben «gratificaciones» por trabajos
completamente desinteresados, al parecer, en un principio...

Pero esta vez mis cálculos salieron errados ó poco menos. Las
probabilidades de Vázquez subieron un día á términos tales que su
nombramiento era inminente.

Por indiscreción, lamenté esto delante de de la Espada, que, mirándome
de hito en hito, murmuró:

--Yo lo mataría con cuchillo de palo.

--¿Dónde está ese cuchillo?

--¡En lo que debe!

--¡Bah!

--¡Un momento, un momento!--replicó.--¿Cuánto daría usted por anularlo?

--¡Diez, veínte, cincuenta mil pesos!--exclamé.--¡Es un punto de
partida tan hermoso!...

--No se necesita tanto.

--¿Cómo así?

--Radnitz tiene, desde hace mucho, letras protestadas de Vázquez, por
un valor de veinte ó veinticinco mil pesos, que no ejecuta, confiando
en su porvenir inmediato. En cuanto vea un negocio lo hace saltar.

--¿Qué hombre es ese Radnitz?

--Tiene un banquito y hace comercio de obras de arte. En el banquito
presta liberalmente al uno por ciento mensual, que resulta el cinco ó
el diez, porque hay que comprar acciones...

--Estás muy enterado.

--Te diré. Cuando vine á Buenos Aires todavía tenía relaciones y cierto
aspecto. Necesitando dinero, me presentaron á Radnitz que me prestó
quinientos pesos, obligándome á tomar dos acciones de cien pesos de su
banco, y á firmar una letra de setecientos.

--¿Sin garantía?

--¡¡Casi!! Al mismo tiempo, como fianza, me constituí depositario de
mis propios muebles, valuados en setecientos pesos.

--¿Los tenías?

--No. Era para renovar la cárcel por deudas. Si no pagaba los
setecientos pesos, yo resultaría «depositario infiel» é iría á la
cárcel por abuso de confianza...

--¿De modo que se puede contar con él?

--En absoluto. Dame cinco mil pesos y arreglo el negocio.

--No. ¡Eso me parece bajo!--exclamé.

Pero aquella misma tarde encontré á Radnitz en una de sus exposiciones
de pinturas y le dije que «había Bancos, etc.», que bastaría una
denuncia para que este sistema usurario se viniera abajo. Luego hablé
de los cuadros, que él exponía, después de haberlos comprado en Europa
con ayuda de su mujer, diciendo que el Gobierno debería comprar dos
ó tres. Y al despedirnos lamenté que Vázquez no fuera á ser nombrado
ministro, «porque hay alguien en el Gobierno que se opone con todas sus
fuerzas, y que aprovechará--con mucha razón,--cualquier pretexto para
desmonetizarlo.»

Radnitz no dijo palabra, pero me estrechó la mano significativamente.
Al otro día le vi en los pasillos de la Cámara, muy correcto, muy
elegante. Después de algunas maniobras, se me acercó.

--He venido á ver á... Es muy amigo del ministro de Instrucción y
deseaba saber si comprarán dos cuadros de la Exposición de la calle de
Florida para el Gobierno. Me han dicho que se interesaba mucho, y como
yo también los deseo, no quiero ponerme en pugna con tal competidor
como el Gobierno...

--Y no lo haga, Radnitz, porque estoy convencido de que los comprarán.
Me lo han dicho hace un momento. Lo único que usted conseguiría es
hacer que los cuadros suban demasiado, si se venden en remate. En fin,
allá usted...

Hizo como que se iba, y agregó, en tono confidencial:

--He estado en la Bolsa. Lo del banquero y las garantías me parece
una exageración. Ó será uno de esos pequeños prestamistas de tres al
cuarto...

--¡Sin duda!...

--¡Á propósito! ¿Sabe el escándalo? Á Pedro Vázquez acaban de
demandarle ante el juez del crimen por depositario infiel y abuso de
confianza. Parece que, en circunstancias difíciles, ha hecho cosas
que... que no estaban bien...

No hice que le compraran los cuadros y de ello me felicito, porque es
un hombre infecto. Creo, también, que el cuento del Banco bastaba y
sobraba. Además, se le pagarían sus créditos.

Llegué tarde á casa á la hora de comer. Cuando tomaba el café, con
Eulalia, en el hall, antes de irme al Club, me anunciaron á Vázquez.

--Vienes á tiempo de tomar una taza de café, pero tengo que salir en
seguida--le dije rehuyendo toda explicación delante de mi mujer.

Pero Pedro estaba demasiado agitado para callarse.

--¿Tienes dinero disponible?--me dijo, tomando el café á grandes
sorbos.--Me encuentro en una circunstancia embarazosa.

--Algún dinero tengo. ¿Cuánto necesitas?

--Veinte mil pesos.

Di un salto en la silla. Después me tranquilicé.

--Tanto no--dije.--Apenas ochocientos ó mil. Pero, dentro de ocho días
ó quince...

--Ahora mismo.

--Es una fatalidad.

--Recuerda que yo no te hice objeciones, y que tú me prometiste, cuando
te presté igual suma...

--Que todavía no te he pagado. ¿Me lo echas en cara? ¡No! siempre están
á tu disposición. Sólo que en este momento...

Eulalia se levantó y nos dejó solos.

--¿De veras? ¿No podrías conseguir?... Se trata de un asunto de honor
más grave que el tuyo, una deuda descuidada, que unos viles usureros
hacen revivir ahora. Lo peor es que lo han llevado á los Tribunales,
para echarme la cuerda al cuello, y que si la cosa trasciende no me
nombrarán ministro en Europa... ¡Si hubieran tardado quince días! ¡Es
una maldición!

--Veré á mis amigos en el Club.

--¡Sí, Mauricio! es tremendo lo que me pasa. Alguien ha ido á tratar de
impedir que salga la noticia en los diarios, pero si esta situación se
prolonga, estoy reventado para toda la siega...

Salimos juntos.

--Es fácil. Voy á buscar el dinero.

--¿Te veré esta noche? ¿Dónde?

--Á las dos, en el Círculo. Ó, mejor, mañana, temprano, en casa...
Veinte mil... No te aflijas... No es una montaña.

Se fué consolado y no me acordé de él hasta la hora de levantarme, á la
una del día siguiente. Eulalia me aguardaba en el comedor.

--Vázquez ha venido ya tres veces--me dijo.

--Como si no hubiera venido.

--¿Por qué?

--Porque no he podido conseguirle el dinero.

--Pero yo sí.

--¿Cómo? ¿Los veinte mil?

--Aquí están. Papá me los ha prestado.

--Es decir que has ido...

--¡Te veía tan perplejo!...

--¡Oh, admirable inocencia! Le di un beso en la frente, guardé los
veinte billetes de mil, y ordené que hicieran pasar á Vázquez á mi
despacho, en cuanto volviera á presentarse.

Entró.

--¿Has conseguido?

--Sí, y no.

--¿Cómo?

--Dentro de dos días los tendrás. Imposible andar más ligero ni aun
tratándose de Bancos. Ven á verme el jueves; no; el miércoles por la
tarde: haré que las cosas anden lo más rápidamente posible.

--Si no los tengo hoy, pueden perderme... Es un asunto de honor. Si
llego á los tribunales ó á la prensa, aunque mi nombre quede á salvo,
mi porvenir se va al demonio...

--Tranquilízate. En nuestra tierra no se hila tan delgado. Muchos han
salido triunfantes de situaciones más difíciles y escabrosas.

--¡Ah, Mauricio! ¡Quiera Dios! ¡En fin! de todos mis amigos y de todos
los que me deben servicios, tú eres el único á quien no he acudido en
vano...

Ya en el hall, y cuando comenzaba á bajar la escalera, le dije:

--Pues, para abreviar tu espectativa, yo mismo iré á buscarte el
miércoles, llevándote eso...

--¿Seguro?

--¡Y tan seguro!

De la Espada se puso al corriente de todo esto. Creo que corrió á los
diarios que malquerían á Vázquez. El hecho es que, veladamente, algunos
dieron aquella misma tarde la noticia de un grave escándalo en que
estaba implicado un candidato á ministro plenipotenciario, añadiendo
datos inequívocos de que se trataba de Vázquez. Sentí un movimiento
de temor, de repugnancia ó de arrepentimiento, recordando uno ó dos
dramas á que asistiera en mi vida y que provocaron el suicidio de
algunos ilusos, pero me tranquilicé inmediatamente, porque no había
hecho más que favorecer la lógica de los hechos, separando de ellos la
parte romántica y, por lo tanto, enfermiza. ¿Quién llamaba á Eulalia?
Yo no tenía el dinero... ¿Por qué imponerme que cambiara el rumbo de
las circunstancias? Y además, yo estaba resuelto á pagar, y el honor
de Vázquez siempre quedaba á salvo. El honor sí; pero, ¿y el puesto?
¡Vamos! ¡como si el puesto no me correspondiera!

El Presidente era meticuloso y bastó aquel boceto de escándalo para que
hiciera encarpetar la credencial de Vázquez, mezclado á un mal asunto
de crédito de la época todavía execrada y no bastante maldecida.

El miércoles me presenté en casa de Vázquez y le di los veinte mil
pesos.

--¡Aun con esto estoy arruinado!--sollozó.

--No creas. Ve á ver á mi suegro. Yo he hablado con él. Rozsahegy está
seguro de recoger esas malhadadas letras con cinco ó diez mil pesos
cuando más. Es un «chantage». No tengas escrúpulos.

--No lo haré. Me importa poco. Me voy al campo á trabajar. Es lo que me
aconseja María.

¡María! Sentí de pronto el áspero deseo de verla, de hablar con ella, y
prolongué la conversación con la esperanza de conseguirlo.

--Irse al campo es inútil sin capital, sin una estancia. ¿Qué harás?

--Poco me importa.

--Un hombre de tu mérito...

--Mi mérito es nulo.

--¿Por qué?

--Porque no puedo amoldarme á las circunstancias, ni servir á nadie,
ni ser mi propio instrumento. Me sueño pintor, escultor, herrero,
ebanista, y, en último caso, labrador ó pastor. ¡Ah, Mauricio, si todo
el mundo fuera como tú!...

¿Es amargo esto? No. La vida es la amarga. Uno tiene que ir abriéndose
camino á costa de los otros por la fuerza, por la astucia ó por ambas
cosas á la vez.

Pero María me preocupaba tanto en aquel momento, que acabé por
preguntar:

--¿Y tu señora?

--Está indispuesta. Desde que se inició este drama en que tú vienes
á ser mi salvador, duda de todo el mundo, y ¡lo que son las mujeres!
ésta, tan inteligente, tan aguda, tan fina, no quiere rendirse á la
evidencia, y hasta sospecha de...

Se detuvo, como no queriendo decir la enormidad que adiviné, y que
descubrí preguntando afirmativamente:

--¿De mí, eh?

Y sin esperar la respuesta, le tendí la mano, efusivo y conmovido,
murmurando:

--¡Qué le haremos! ¡No hay dicha ni desgracia completas en este mundo!


                                  XV

Escribo estas Memorias en Europa, lo que quiere decir que obtuve
la plenipotencia malamente ambicionada por Vázquez. Pero no fué
sin sufrimientos. Apenas se comenzó á hablar de mi candidatura, un
periodicucho efímero, de ésos que suelen publicar los muchachos
en los momentos de agitación, _El Chispero_, emprendió una feroz
campaña contra mí, como si yo fuese el representante de toda una
época de corrupción. No le hice caso. No le hice caso hasta que
habló malévolamente de la muerte de Camino, insinuando las peores
suposiciones. Y aun así, no di importancia á aquellos dicterios,
teniendo como tenía mi nombramiento en el bolsillo y mi paz perpetua
asegurada, hasta el instante en que, al pie de uno de esos artículos vi
esta firma desconcertante: «Mauricio Rivas».

«Mauricio Rivas».

--¡Mauricio Rivas! ¿Qué quiere decir esto?

Llamé á de la Espada.

--¿Quién es este Rivas, este Mauricio Rivas que escribe en _El
Chispero_?--pregunté.

--Debe ser un jovencito que empieza. Yo nunca he oído hablar de él.

--Hay que averiguar--dije aparentando indiferencia.

Y luego:

--Hay que averiguar hoy mismo. Me interesa.

--Lo haré.

Me interesaba el artículo por dos razones: porque era una violenta
diatriba contra mí, para denigrarme como ministro diplomático ante una
corte europea, y porque estaba firmado con un nombre... con el nombre
del hijo de Teresa.

El farsante ése que, conociendo mi vida juvenil, me jugaba aquella
pesada broma, iba á pasarlo mal. No es Mauricio Gómez Herrera de los
que se dejan tocar impunemente las narices. Y, sobre todo, no me
gustaba ese símbolo, traído de los cabellos, de la juventud consciente
y sabia que pasa por encima de las ideas de los padres, para ir á la
conquista de un porvenir románticamente soñado.

Busqué entre mis amigos y mis enemigos quién podía ser el autor de
aquel artículo garboso, y se lo atribuí á Vázquez. Pero Vázquez estaba
en Los Sunchos, con su María, como arrendatario de una estanzuela que
había ido convirtiendo en granja, ó si se quiere chacra, y me escribía
de vez en cuando cartas llenas de amistad, seguramente á escondidas de
su mujer.

--No es Vázquez. ¡Pero qué canalla!--exclamé, volviendo á empezar el
artículo para darme cuenta exacta de sus detalles.

No. No podía ser un contemporáneo, porque sintetizaba demasiado. Uno
de mis camaradas hubiera entrado en mayores detalles, no hubiera visto
las cosas á bulto, hubiera cometido menos errores. Vean ustedes: aquí
tengo el recorte, con su título y todo:

            DIVERTIDAS AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA

«Tan ignorante y tan dominador como el abuelo, nació en un rincón de
provincia, y creció en él sin aprender otra cosa que el amor de su
persona y la adoración de sus propios vicios.

«Nunca entendió ni aceptó cosa alguna de la ley, sino cuando le convino
para sus intereses y sus pasiones.

«Es la síntesis de la respetable generación que nos gobierna; y media
sociedad, si se viera en el espejo, se diría cuando pasa: «Yo soy ése.»

«Tuvo de su abuelo el atavismo al revés, y así como aquél peleó
contra la partida, muchas veces sin razón, éste pelea siempre sin
razón, con la partida, contra todo lo demás. Suprime sin ruido, hasta
gobernadores, como el otro «compadremente», facón en mano. Que Camino
lo diga... Está llamado por eso á todos los triunfos, y no morirá
clavado á una tapia por gentes de bien, sino clavando á las gentes de
bien, moral ó materialmente, en todas partes...

«Pero basta de prólogo y pasemos á sus aventuras.

«Heredó de su padre el caudillaje, y vistiendo la ropa del civilizado,
fué, desde criatura, la esencia del gaucho y del compadrito, despojado
con el chiripá y el poncho de todas las que pudieran parecer virtudes,
conservando sólo cierto valor personal y un desprendimiento que no es
sino la jactancia del ente que se cree superior, y se ensoberbece tanto
más cuanto más grandes son las personas á quienes pueda ó trate de
humillar.

«Así, por ejemplo...»

Y seguía una larga serie de anécdotas, casi todas falsas--entre
ellas el «envenenamiento» de Camino,--pero tras de cuyas líneas se
transparentaba claramente mi persona, para terminar diciendo:

«El que esto escribe, no quiere mal al nieto de Juan Moreira, ni á don
Mauricio Gómez Herrera, ni á... ¡tantos otros! ¿para qué citar nombres?
Pero cree que es sonada la hora de acabar con el gauchismo y el
compadraje, de no rendir culto á esos fantasmas del pasado, de respetar
la cultura en sus mejores formas, y de preferir el mérito modesto al
exitismo á todo trance. Quizá se le crea exagerado, pero por el estudio
que hará detenidamente de esta personalidad y de otras análogas, en
sucesivos artículos, se verá que tiene razón de reclamar, en nombre de
la juventud, contra estos crímenes de lesa patria.

«¡Que el nieto de Juan Moreira nos represente en Europa! ¿Por qué no
hacer, entonces, que nos gobierne Facundo, que era lo mismo que él?»

Y firmaba: «Mauricio Rivas.»

Que el artículo era contra mí, resultaba evidente de la línea aquella:
«el autor no quiere mal ni al nieto de Juan Moreira, ni á don Mauricio
Gómez Herrera...»

El asunto me preocupó hondamente todo el día, pero no quise interrogar
á de la Espada, aunque lo viera salir á la calle y volver varias
veces, con la cara larga, y esquivándome los ojos.

--¿Qué habrá?--me decía.

Por la tarde, cuando iba á retirarse, vaciló un rato, después se acercó
á mí, y me llamó aparte, pues estaba, como siempre, rodeado de amigos.

--Es una desgracia--tartamudeó.

--¿Qué?

--El autor del artículo...

--¡Ah!

--Sí; es un jovencito de diez y ocho á veinte años, que me parece...

--¿El hijo de Teresa?

--Tu hijo, sí.

--¡Tenía que suceder!...--exclamé haciendo un esfuerzo para
reirme.--Pero esto no puede continuar así. ¿Dónde vive?

--No sé. Pero, tienes que hablarle...

--¿Dónde se le ve?

--Come todas las noches en una fonda de la calle Carabelas.

--¿En la cortada del Mercado del Plata?

--Eso es.

De todas las dificultades de mi vida, aquélla era la más nimia
porque de _El Chispero_ nadie hacía el menor caso, pero ninguna me
molestó ni me irritó más, haciéndome llegar á creer que de aquellas
indiscreciones, de aquella diatriba, dependía todo mi porvenir... Tomé
el sombrero y salí, dejando, como de costumbre, que las visitas se
quedaran ó se fueran, á su antojo, y comencé á pasearme por las calles
más solitarias, pensando en lo que habría de hacer.

De pronto, me encontré en la calle Carabelas. Entré en la fonda
indicada. Pregunté, después de pedir un café, que resultó infame
decocción de porotos, si estaba allí don Mauricio...

--¿Qué don Mauricio?

--Rivas. Un jovencito que viene á comer.

--¿Uno que escribe «sobre» los diarios?

--Ése.

--Todavía no vino.

Esperé, domando los nervios.

Por fin, vi acercarse un jovencito que debía parecerse á mí, cuando
hacía mis primeras armas en Los Sunchos. Llamé al mozo.

--¿Es ése?

--No. Ése es un amigo. Todos los que vienen se parecen...

Á la media hora, él mismo me señaló un joven ojinegro, pelinegro, como
Teresa, tímido en el andar y la expresión, como Teresa, pero con algo
en la mirada, especie de resolución heroica y tierna á la vez.

--¿Es usted don Mauricio Rivas?

--Servidor. ¿Á quién tengo la honra?

--Habla usted con un hombre de quien acaba de decir que no lo quiere
mal...

--No me doy cuenta--murmuró sorprendido.

--¿Tiene usted dos minutos que dedicar á un desconocido? En tal caso,
hágame el favor de sentarse...

Se sentó, tímido, contrastando con la violencia de su escrito.

--Impulsivo--pensé.--Si yo soy el nieto, ¡tú eres el biznieto de Juan
Moreira!...

Él estaba cortado, esperando un acontecimiento que no sabía adivinar,
ni siquiera sospechar.

--Tome usted un poco de vermouth.

--Bien.

--Mis compañeros me esperan para comer--agregó.--Desearía saber qué me
vale este honor...

--He leído su artículo de _El Chispero_. Es notable, como vigor,
pero me parece exagerado. Usted hará camino en el periodismo, y tengo
razones para darle un consejo...

--¿Ah?--murmuró bebiendo un sorbo de vermouth.

--Es preciso que usted conozca más á fondo á las personas que ataca, y
que no se haga un daño irreparable por impremeditación juvenil.

--Señor--me dijo incorporándose, como para marcharse,--no pido, por el
momento, cursos de literatura ni de periodismo...

--¡Muy bien contestado!--exclamé, tomándolo acariciadoramente de un
brazo.--Muy bien contestado, y si yo no fuera quien soy, no insistiría
en aconsejarle.

--¿Y quién es usted?--preguntó con enojo.

--Yo soy Mauricio Gómez Herrera.

Se quedó boquiabierto. Yo continué, blandamente, con la serenidad que
me daba mi experiencia segura de triunfar de toda aquella candidez:

--Y si usted hubiera consultado ese artículo con su mamá, con doña
Teresa, no lo hubiera escrito nunca, ó no lo hubiera publicado...
Somos amigos... amigos íntimos con su mamá... desde la infancia... y
después...

--Eso no impide...

--Pregúntele á ella...

--La razón se sobrepone á los afectos, y las épocas tienen sus
exigencias.

--El deber no cambia.

--¿Quiere decir?--gritó.

--¡Silencio!

Me levanté, y dije reposadamente, mientras pagaba al mozo:

--Habla con Teresa, Mauricio.

Un rayo no lo hubiera inmovilizado más.

Al día siguiente busqué _El Chispero_; no traía el artículo anunciado.
En cambio, por la tarde recibí esta esquela firmada _T. R._:

«Tuvo usted razón, pero no sentimiento. La vida es suya. El pobre
muchacho es otro, desde que sabe. Pero vivir matando debe ser una
desgracia.»

Vi algo horrible, y salí de mi despacho, dejando la esquela tirada en
el suelo. Cuando me tranquilicé y volví, la quemé sin piedad, casi con
rabia.

¡Vaya una tontería! ¡Suponer que, por vanas consideraciones
sentimentales, uno ha de renunciar á sus grandes proyectos ó dejarse
manosear por quien quiera!...


_Uccle-lez-Bruxelles, 9 diciembre 1910._





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira" ***

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