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Title: La nariz de un notario
Author: About, Edmond, 1828-1885
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La nariz de un notario" ***

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BIBLIOTECA de LA NACION

EDMUNDO ABOUT

LA NARIZ DE UN NOTARIO

TRADUCCIÓN DE CARLOS DE PINEDA

BUENOS AIRES

1916

Derechos reservados

Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires



INDICE


I.--El oriente y el occidente se acometen: la sangre corre ya.

II.--La caza del gato.

III.--Donde defiende el notario su pellejo con más éxito.

IV.--Chebachtián Romagné.

V.--Grandeza y decadencia.

VI.--Historia de unas gafas y consecuencias de un catarro nasal.



A M. ALEJANDRO BIXIO


Permitidme, señor, que encabece este humilde trabajo con el nombre
ilustre y querido de un hombre que ha consagrado toda su vida a la causa
del progreso; de un padre que ha ofrecido sus dos hijos a la liberación
de Italia; de un amigo que se ha apresurado a darme una prueba de
simpatía al siguiente día de _Gaetana_.

E. A.



LA NARIZ DE UN NOTARIO



I

EL ORIENTE Y EL OCCIDENTE SE ACOMETEN: LA SANGRE CORRE YA


Maese Alfredo L'Ambert, antes de recibir el golpe fatal que le obligó a
cambiar de narices, era, sin duda alguna, el notario más notable de
Francia. En la época aquella contaba treinta y dos años; era de elevada
estatura, y poseía unos ojos grandes y rasgados, una frente despejada y
olímpica, y su barba y sus cabellos eran de un rubio admirable. Su nariz
(la parte más prominente de su cuerpo), se retorcía majestuosa en forma
de pico de águila. Aunque alguno no me crea, su nítida corbata blanca le
sentaba a maravilla. ¿Era debido esto a que la usaba desde su más tierna
infancia, o porque se surtía de ellas en alguna tienda afamada? Yo opino
que eran ambas razones a un tiempo.

Una cosa es atarse en torno del cuello un pañuelo de bolsillo blanco,
hecho una torcida, y otra muy distinta formar, con arte y perfección, un
espléndido nudo de inmaculada batista, cuyas puntas iguales, almidonadas
sin exceso, se dirigen simétricamente a derecha e izquierda. Una corbata
blanca elegida con acierto y anudada con esmero no es un adorno sin
gracia; todas las mujeres os dirán lo mismo que yo. Pero no basta
anudársela con maestría y con primor; es preciso, además, saberla
llevar; esto es cuestión de práctica. ¿Por qué parecen los obreros tan
torpes y desmañados el día que se casan? Porque suelen colocarse para el
acto de la boda una corbata blanca sin previa preparación.

Se acostumbra uno en seguida a llevar los más exorbitantes tocados: una
corona por ejemplo. El soldado Bonaparte recogió una que el rey de
Francia había dejado caer en la plaza de Luis XV: colocósela él mismo,
sin que nadie le hubiese dado lecciones, y Europa declaró que aquel
tocado no le sentaba muy mal. Animado por el éxito, no tardó en
introducir la moda de las coronas en el círculo de su familia y de sus
íntimos. Todos los que le rodeaban se la encasquetaron, o así lo
pretendieron por lo menos. Pero este hombre extraordinario no pasó nunca
de ser un porta-corbatas mediocre. El vizconde de C***, autor de varios
poemas en prosa, había estudiado bien la diplomacia, o sea el arte de
ponerse la corbata con fruto.

Asistió, en 1815, a la revista de nuestro último ejército, algunos días
antes de la campaña de Waterloo; y, ¿sabéis lo que más llamó su atención
en aquella fiesta heroica en que se desbordó el entusiasmo desesperado
de un gran pueblo? Que la corbata de Napoleón no estaba bien anudada.

Pocos hombres, en este terreno pacífico, hubiera podido medirse con
maese Alfredo L'Ambert. Se firmaba L'Ambert, y no Lambert, en virtud de
un acuerdo del Consejo de Estado. El señorito L'Ambert, sucesor de su
padre, ejercía de notario por derecho de herencia. Hacía más de dos
siglos que esta ilustre familia se transmitía, de varón en varón, el
estudio de la calle de Verneuil con la más elevada clientela del
faubourg Saint-Germain.

El cargo no había sido cotizado, toda vez que jamás había salido de la
familia; pero, a juzgar por los beneficios de los cinco últimos años, no
era posible evaluarlo en menos de trescientos mil escudos. Es decir, que
producía un promedio anual de unas noventa mil libras. Desde hacía más
de dos siglos todos los primogénitos de la familia habían sabido llevar
la corbata blanca con tanta desenvoltura como llevan los cuervos sus
mejores plumas negras, los borrachos su amoratada nariz, o los poetas
sus raídas vestimentas. Heredero legítimo de un nombre y de una fortuna,
el joven Alfredo había mamado en los pechos de su madre la elegancia y
distinción, al par que los buenos principios. Despreciaba tanto como se
merecen las innovaciones políticas introducidas en Francia a partir de
la catástrofe de 1879. A su juicio, la nación francesa componíase de
tres clases: el clero, la nobleza y el estado llano. Opinión respetable
y compartida hoy aún por un reducido número de senadores. Se colocaba
modestamente a sí mismo en uno de los primeros puestos del estado llano,
no sin sustentar ciertas pretensiones secretas de formar con la nobleza.
Sentía un profundo desprecio hacia el grueso de la nación francesa, ese
hacinamiento de obreros y campesinos que recibe el nombre de pueblo, o
de vil plebe. Procuraba rozarse con él todo lo menos posible, por
respeto a su amable persona, a quien cuidaba y quería con pasión. Sano,
esbelto y vigoroso como un sollo de río, estaba convencido de que
aquella gentuza era una especie de morralla creada por la Providencia
expresamente para nutrir a los señores sollos.

Hombre, por lo demás, agradable, como todos los egoístas; estimado en
el Palacio, en el círculo, en la cámara de notarios, en las conferencias
de San Vicente de Paúl y en la sala de armas; buen tirador de punta y de
contrapunta; excelente bebedor y amante generoso, mientras tenía el
corazón interesado; amigo fiel de los hombres de su rango; acreedor
bondadoso, mientras cobraba los intereses de su capital; delicado en sus
gustos, atildado en el vestir, limpio como un luis de nuevo cuño, y
asiduo concurrente los domingos a los oficios de Santo Tomás de Aquino,
y los lunes, miércoles y viernes a la Opera: hubiera sido el más
perfecto _gentleman_ de su época, así en lo físico como en lo moral, a
no ser por una deplorable miopía que le condenaba a usar gafas. ¿Será
necesario agregar que sus gafas eran de oro y las más finas, ligeras y
elegantes que salieron jamás de los talleres del celebre Mateo Luna,
del muelle de los Plateros?

No las llevaba siempre puestas, colocándoselas tan sólo en su despacho,
o en casa de sus clientes, cuando tenía que leer alguna escritura. No es
necesario decir que los lunes, miércoles y viernes, al entrar en el
templo de la danza, tenía muy buen cuidado de desenmascarar sus bellos
ojos. Ningún cristal bicóncavo velaba en semejantes ocasiones, el brillo
encantador de sus pupilas. Es muy cierto que no veía gota, y que
saludaba a veces a una figuranta tomándola por una estrella; pero
marchaba siempre con el aire resuelto de un Alejandro al entrar en
Babilonia. Por eso las muchachas del cuerpo de baile, que se complacen
en poner remoquetes a las personas, lo habían bautizado con el
sobrenombre de _Vencedor_. Un turco muy grueso, secretario de la
embajada de su país, era conocido entre ellas por el mote de
_Tranquilo_; un consejero de Estado se llamaba _Melancólico_; un
secretario general del ministerio de***, muy vivo y bullidor, era
conocido por _M. Turlu_, y por eso Elisita Champagne, conocida también
por Champagne II, recibió el nombre de _Turlurette_ cuando salió de los
corifeos para elevarse al rango de sujeto.

El párrafo precedente va a dar mucho que pensar a mis lectores de
provincias (si es que tengo la suerte de que este relato traspase alguna
vez las fortificaciones de París). Oyendo estoy desde aquí las miles de
preguntas que dirigen al autor mentalmente. «¿Qué se entiende por el
templo de la danza? ¿Y por cuerpo de baile? ¿Y por estrellas de la
Opera? ¿Y por corifeos? ¿Y por sujetos? ¿Y por figurantas? ¿Qué
secretarios generales son esos que se codean con tales gentes, a trueque
de que les pongan remoquetes? Y, en fin, ¿por qué extraño azar un hombre
de posición y sólidos principios, como el señorito Alfredo L'Ambert,
asistía tres veces por semana al templo de la danza?»

¡Bah, queridos amigos! precisamente porque era un hombre de posición y
de sólidos principios. El templo de la danza era, en aquellos tiempos,
un amplio salón cuadrado, rodeado de viejas banquetas de terciopelo
rojo, en el que se daban cita los hombres más distinguidos de París. A
él concurrían no solamente los banqueros, los secretarios generales y
los consejeros de Estado, sino hasta duques y príncipes, diputados y
prefectos, y los senadores más partidarios del poder temporal del Papa;
sólo faltaban los prelados. Veíanse en él ministros casados, y hasta
los más casados de todos los ministros. Al decir que se veían no quiero
significar que los he visto yo mismo; desde luego comprenderéis que los
pobres periodistas no entraban en aquel lugar como en el molino. Un
ministro tenía en sus manos las llaves de aquel salón de las Hespéridos,
y nadie podía penetrar en él sin la venia de Su Excelencia. ¡Por eso
tenían que ver las rivalidades, los celos y las intrigas! ¡Cuántos
gabinetes han sido derribados bajo los más diversos pretextos, pero, en
el fondo, porque todos los hombres de Estado tenían la pretensión de
reinar en el templo de la danza! ¡No os imaginéis, sin embargo, que
todos estos personajes acudían a aquel lugar atraídos por el cebo de los
placeres ilícitos! Su intención se limitaba a fomentar un arte
eminentemente aristocrático y político.

El transcurso de los años es posible que haya hecho cambiar todo esto,
porque las aventuras del señorito L'Ambert no datan de la semana pasada.
No quiere decir esto, sin embargo, que se remonten a ninguna época
antidiluviana; pero razones de alta conveniencia impídenme precisar la
fecha exacta en que este funcionario ministerial cambió su nariz
aguileña por una nariz recta. Por eso he dicho _en aquellos tiempos_,
hablando de una manera vaga como los fabulistas. Contentaos con saber
que la acción tiene lugar en cierta época de los anales del mundo,
comprendida entre el incendio de Troya por los griegos y el del palacio
de estío, de Pekín, por el ejército inglés: dos memorables etapas de la
civilización europea.

Un contemporáneo y cliente del señorito L'Ambert, el marqués de
Ombremule, decía en el Café Inglés cierta noche:

--Lo que nos distingue del común de los hombres es el fanatismo que
sentimos por el baile. La canalla se desvive por la música. Se cansa de
aplaudir cuando escucha las óperas de Rossini, de Donizetti y de Auber:
diríase que un millón de notas, revueltas en sabrosa ensalada, tiene un
no sé qué que halaga los oídos de esas gentes. Llevan su ridiculez hasta
el extremo de cantar ellos mismos, con sus roncas y estridentes voces, y
la policía les permite que se reúnan en ciertos anfiteatros para
destrozar algunas arias. ¡Buen provecho les haga! En cuanto a mí, jamás
me detengo a escuchar una ópera; me contento con mirarla; voy a ver la
parte plástica, que es la única que me divierte, y me marcho después. Mi
respetable abuela me ha contado que todas las damas encopetadas de su
tiempo sólo iban a la Opera atraídas por el baile, y no regateaban sus
aplausos a los bailadores. Nosotros, a nuestra vez, protegemos a las
bailarinas: ¡maldito él que piense mal!

La duquesita de Biétry, joven, linda y olvidada, tuvo la debilidad de
reprochar a su esposo los hábitos que había aprendido en la Opera:

--¿No os da vergüenza de abandonarme en un palco, con todos vuestros
amigos, para correr no sé adónde?

--Señora--respondiole él,--cuando se tienen fundadas esperanzas de
lograr una embajada, ¿no es lo más natural que estudiemos la política?

--Convenido; pero creo que habrá en París mejores escuelas para ello.

--Ninguna. Aprended, querida mía, que la danza y la política son
hermanas gemelas. El tratar de agradar constantemente, el cortejar al
público, y tener siempre el ojo fijo sobre el director de orquesta, y
refrenar su propio semblante, y cambiar a cada instante de traje y de
color, y saltar de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y
volverse con rapidez, y caer nuevamente de pie, y sonreír, en fin, con
los ojos llenos de lágrimas, ¿no es, acaso, dicho en pocas palabras, el
programa del baile y la política?

La duquesa sonrió, perdonó y se echó un amante.

Los grandes señores, como el duque de Biétry, los hombres de Estado como
el barón de F..., los grandes millonarios como el diminuto señor St...,
y los simples notarios como el héroe de esta historia, codeábanse en el
templo de la danza y entre los bastidores del teatro. Ante la sencillez
e ignorancia de estas ochenta ingenuas que componen el cuerpo de baile,
son iguales todos ellos. Se les conoce con el nombre de abonados, se les
sonríe gratuitamente, se cuchichea con ellos en los rincones, se aceptan
sus confites, y hasta sus diamantes, como galanterías sin consecuencias
y que a nada comprometen a las que los reciben. La gente se imagina sin
razón que es la Opera un mercado de placeres y una escuela de
libertinaje. Nada de eso: se encuentran allí virtudes en mayor número
que en ningún otro teatro de París. ¿Por qué? porque la virtud es allí
más apreciada que en ninguna otra parte.

¿No es cosa interesante el estudiar de cerca este pequeño pueblo de
jóvenes, casi todas ellas de humildísima procedencia, y a quienes el
talento o la belleza pueden elevar en un momento a las más encumbradas
esferas del arte? Muchachitas de catorce a diez y seis años de edad, la
mayor parte de ellas alimentadas con pan seco y con manzanas verdes en
una buhardilla de obreros o en la garita de un portero, vienen al teatro
con vestidos de tartán y con zapatos viejos, y su primer cuidado es
correr a mudarse de traje, sin que nadie pueda notarlo. Un cuarto de
hora después, bajan al templo de la danza esplendorosas, radiantes,
cubiertas de seda, de gasas y de flores, todo a costa del Estado, y más
brillantes que los ángeles, las hadas y las huríes de nuestros sueños.
Los ministros y los príncipes les besan las manos y se manchan sus
irreprochables trajes negros con el albayalde que ellas llevan en los
brazos. Se recitan a sus oídos madrigales nuevos y viejos que sólo a
veces comprenden. Algunas suelen tener talento natural y da gusto
hablar con ellas. Estas no duran allí mucho tiempo.

Un campanillazo indiscreto llama a las hadas al teatro; la muchedumbre
de abonados las acompaña la entrada del escenario, las retiene y
entretiene detrás de los bastidores móviles. Hay virtuoso de estos que
desafía la caída las decoraciones, las manchas de petróleo los quinqués
y los más diversos miasmas por el placer de oír murmurar a una vocecita
ronca estas encantadoras palabras:

--¡Demonio! ¿Cómo me duelen los pies!

Levántase el telón y las ochenta reinas efímeras mariposean gozosas bajo
las ardientes miradas de un público entusiasmado. Cada una de ellas ve,
o cree adivinar, dos, tres, diez adoradores más o menos conocidos.
¡Cuánto disfrutan mientras permanece levantado el telón! Se consideran
hermosas, están ataviadas ricamente, ven todos los gemelos fijos en sus
personas, sienten la admiración que producen y no tienen que temer los
silbidos ni la crítica.

Por fin suenan las doce de la noche y cambia la decoración como en los
cuentos de hadas. La Cenicienta sube con su hermana mayor, o con su
madre, hacia las económicas cumbres de Batignolles o de Montmartre. ¡La
pobre cojea un poquito! El lodo inmundo salpica sus medias grises. La
excelente madre de familia que ha cifrado sus esperanzas todas en esta
querida hija, no cesa, durante el camino, de inculcarle sabias máximas
de moderación y moral.

--Marcha siempre derecha por el camino de la vida, hija mía--le
dice,--¡cuidado con tropezar! Mas si el implacable destino te tiene
deparada esa desgracia, ¡cuida mucho de caer sobre un lecho de rosas!

No siempre son escuchados estos prudentes consejos. A veces el corazón
puede más que la cabeza, y se han visto bailarinas casadas con
bailadores. Se dan casos de jóvenes, bellas como la Venus de Anadyomene,
renunciar a cien mil francos en joyas por unirse ante el altar con un
empleado de dos mil. Otras abandonan a la suerte el cuidado de su
porvenir y labran la desesperación de sus familias. Unas esperan a que
llegue el 10 de abril para disponer de su corazón, porque se han jurado
a sí mismas a ser juiciosas hasta los diez y siete años. Otras
encuentran un protector de su gusto y no se atreven a confesárselo:
temen la venganza de un consejero refrendario que ha jurado matarla, y
suicidarse en seguida, si ama a otro que no sea él. Claro que lo ha
dicho en broma, como podréis comprender; pero en este mundo especial se
toman las palabras en serio. ¡Qué supina ignorancia y sencillez es la de
estas muchachas! Hay quien ha oído disputar a dos jóvenes de diez y seis
años sobre la nobleza de su origen y la categoría social de sus
respectivas familias.

--¡Miren la impertinente!--decía la mayor de ellas;--¡los aretes de su
madre son de plata y los de mi padre de oro!

Maese Alfredo L'Ambert, después de haber andado mariposeando mucho
tiempo de la morena a la rubia, había acabado por prendarse de una linda
trigueña de ojos azules. La señorita Victorina Tompam era honesta, como
se es generalmente en la Opera, hasta que se deja de serlo.
Excelentemente educada, por otra parte, era incapaz de adoptar una
resolución extrema sin antes consultar a sus padres. De unos seis meses
acá, se veía constantemente asediada muy de cerca por el apuesto notario
y por Ayvaz-Bey, el corpulento turco de veinticinco años de edad, a
quien hemos dicho que designaban con el remoquete de _Tranquilo_. Ambos le
habían espetado muy razonados discursos, en los que su porvenir jugaba
papel importante. La respetable señora Tompain había logrado, sin
embargo, que su hija se conservase en un justo medio, esperando que uno
de los rivales se decidiese a plantear el asunto en forma de negocio. El
turco era un buen muchacho, honrado, decente y tímido. Esto no obstante,
habló al fin, y fue escuchado.

Todo el mundo tuvo noticia en seguida de este pequeño contecimiento,
excepto el señorito L'Ambert, que había marchado al Poitou, con objeto
de asistir al entierro de un tío suyo. Cuando volvió a la Opera, la
señorita Victorina Tompain poseía un brazalete de brillantes, unas
dormilonas de brillantes, y un corazón también de brillantes, pendiente
de su cuello a manera de araña de salón. Ya hemos dicho al principio que
el notario era miope; así es que no pudo ver nada de lo que debía haber
notado en seguida, ni aun siquiera las sonrisas picarescas con que fue
acogido a su entrada. Anduvo dando vueltas de un lado para otro,
charlando sin cesar alegremente, y deslumbrando a todo el mundo, como
siempre, con su proverbial elegancia, esperando con impaciencia la
terminación del baile y la salida de las jóvenes. Habíanse cumplido sus
cálculos: el porvenir de la señorita Victorina se hallaba asegurado,
gracias a su excelente tío de Poitiers, que había tenido la inmejorable
idea de morirse en el momento más oportuno.

Lo que se conoce en París con el nombre de pasaje de la Opera es una red
de galerías más o menos estrechas, más o menos alumbradas, de muy
diversos niveles, que unen el bulevar, y las calles Lepeletier, Drouot y
Rossini. Un largo corredor, descubierto en su mayor parte, se extiende,
desde la calle Drouot a la calle Lepeletier, normalmente a las galerías
del Barómetro y del Reloj. En su parte más baja, a dos pasos de la calle
Drouot, ábrese la puerta falsa del teatro, la entrada nocturna de los
artistas. Cada dos días, a eso de la media noche, una oleada de
trescientas o cuatrocientas personas pasa tumultuosa ante los ojos
vivarachos del digno papá Monge, conserje de este paraíso. Maquinistas,
comparsas, figurantas, coristas, bailarines y bailarinas, tenores y
sopranos, autores, compositores, administradores y abonados salen juntos
a la calle en confuso torbellino. Los unos bajan hacia la calle Drouot,
los otros suben la escalera que conduce, por una galería descubierta, a
la calle Lepeletier.

A mitad del pasaje descubierto, al extremo de la galería del Barómetro,
Alfredo L'Ambert esperaba fumando un cigarrillo. Diez pasos más allá, un
hombrecillo redondo, con un fez escarlata, aspiraba a intervalos iguales
el humo de un cigarrillo de tabaco turco, del grueso de un dedo.
Alrededor de ellos, más de veinte pisaverdes, unos paseando nerviosos,
otros, con más calma, a pie firme, esperaban igualmente cada uno por su
lado. Y los cantantes atravesaban tarareando, y las sílfides,
arrastrando un poco el pie, pasaban cojeando, y, de minuto en minuto,
una sombra femenina, negra, parda o marrón, deslizábase entre los
escasos mecheros de gas, desconocida para todos, excepto para los ojos
del amor.

Las parejas se reconocen, se abordan y se marchan sin despedirse de los
otros. Pero, ¿qué ocurre? he aquí un ruido extraño y un tumulto
inusitado. Dos sombras han pasado veloces, dos hombres han corrido, dos
fuegos de cigarro se han aproximado uno a otro; se han oído dos voces
exaltadas y el estruendo de una rápida querella. Los paseantes se han
amontonado en un punto; mas no han encontrado a nadie. Maese Alfredo
L'Ambert se dirige, completamente solo, hacia su carruaje, que le
aguarda en el bulevar; y a la luz de un farol lee, encogiéndose de
hombros, esta tarjeta de visita, salpicada de sangre:


AYVAZ-BEY

SECRETARIO DE LA EMBAJADA OTOMANA

_Calle de Granelle Saint-Germain, 100._


Escuchad lo que iba diciendo entre dientes el atildado notario de la
calle de Verneuil:

--¡Maldita aventura! ¡Que me lleve el diablo si sospechaba siquiera que
le hubiese dado derechos a este animal de turco!... porque, ¡vaya si lo
es!... Pero, ¿por qué no me habré puesto las gafas?... Parece que le he
pegado un puñetazo en la nariz... Sí, sin duda: su tarjeta está manchada
de sangre, y mi mano lo está también. Heme aquí frente a un turco por
una imperdonable torpeza; porque yo no tengo motivos para querer mal a
ese pobre muchacho... La chica, por otra parte, me es del todo
indiferente... ¡Que se la quede en buen hora! ¡Degollarse dos personas
decentes por la señorita Victorina Tompain!... El maldito puñetazo es lo
que no tiene arreglo...

Esto decía entre dientes, entre sus treinta y dos dientes más blancos y
afilados que los de un lobo. Ordenó a su cochero que se retirase a casa,
y se dirigió, a paso lento, hacia el círculo de los Caminos de Hierro.
Allí encontró dos amigos y les refirió su aventura. El anciano marqués
de Villemaurin, antiguo capitán de la Guardia Real, y el joven Enrique
Steimbourg, agente de cambio, juzgaron unánimemente que el puñetazo lo
echaba a perder todo.



II

LA CAZA DEL GATO


Un filósofo turco ha dicho:

«No existen puñetazos agradables; pero los puñetazos en la nariz son los
más desagradables de todos.»

Y el mismo pensador, añadió con razón en el capítulo siguiente:

«Pegar a un enemigo delante de la mujer a quien ama, es pegarle dos
veces: le hieres en el cuerpo y en el alma.»

He aquí por qué el paciente Ayvaz-Bey enrojecía de cólera mientras
acompañaba a la señorita Tompain y a su madre al piso que les había
amueblado. Despidiose de ellas a la puerta, subió con rapidez a un
carruaje, y se hizo conducir, derramando abundante sangre, a casa de su
colega y amigo Ahmed.

Ahmed se hallaba entregado al sueño, bajo la salvaguardia de un negro
fiel; pero, si bien es verdad que está escrito: «No despertarás a tu
amigo cuando duerma», escrito está también: «Pero despiértale si hay
peligro para él o para ti», y se procedió a despertar al buen Ahmed.

Este era un turco de elevada estatura, de unos treinta y cinco años de
edad, muy flaco y delicado, con largas piernas arqueadas; pero, por lo
demás, un muchacho excelente, dotado de talento natural. Por más que
digan, hay también gentes de mérito entre los turcos. Cuando descubrió
la cara ensangrentada de su amigo, empezó por hacerle traer una gran
aljofaina de agua fresca, porque está escrito: «No deliberes antes de
haber lavado tu sangre: tus pensamientos serían confusos e impuros.»

Limpio ya, mas no tranquilo, contó Ayvaz a su amigo la aventura,
ardiendo en santa cólera. El negro que escuchaba su relato, ofreciose en
seguida a tomar su _kandjar_, e ir a matar a L'Ambert. Ahmed-Bey le dio
las gracias por sus buenas intenciones, y lo echó a puntapiés de la
estancia.

--¿Y qué haremos ahora?--preguntó el bueno de Ayvaz;--¿qué haremos,
amigo mío?

--Una cosa muy sencilla--replicó el interrogado:--mañana por la mañana
le cortaré la nariz. La ley del Talión está escrita: «Ojo por ojo,
diente por diente, nariz por nariz.»

Advirtiole Ahmed que el Korán era, sin duda alguna, un buen libro; pero
que estaba ya un poco anticuado. Los principios del honor han cambiado
desde los tiempos de Mahoma. Aparte de que, aun queriendo, aplicar la
ley al pie de la letra, Ayvaz sólo tendría que devolver un puñetazo al
señor L'Ambert.

--¿Con qué derecho le cortarías la nariz si él no te ha cortado la tuya?

¿Pero quién sería capaz de hacer entrar en razón a un hombre joven a
quien acaban de apabullar la nariz en presencia de su amante? Ayvaz
sentía sed de sangre, y Ahmed tuvo que halagarle sus deseos.

--Sea--le dijo.--Representamos a nuestro país en el extranjero, y no
debemos recibir una afrenta sin dar una gallarda prueba de valor. Pero,
¿cómo podrás batirte en duelo con el señor L'Ambert, con arreglo a la
costumbre de este país? Jamás has manejado una espada.

--¿Qué haría yo con una espada? Quiero cortarle las narices, te repito,
y una espada no me serviría para eso...

--Si al menos tirases bien con pistola...

--Pero, ¿estás loco? ¿cómo habría de cortar a ese insolente las narices
con una pistola? Yo... ¡Sí, es cosa resuelta! Ve a entrevistarte con él,
y concierta el duelo para mañana. ¡Nos batiremos a sable!

--Pero, desdichado, ¿qué harás tú con un sable? No dudo de tu valor,
pero te digo, sin que mis palabras te ofendan, que no tienes la fuerza
de Pons.

--¡Qué importa eso! Levántate y ve a decirle que tenga a mi disposición
su nariz mañana por la mañana.

El prudente Ahmed comprendió que no estaba su amigo para razonamientos,
y que tratar de disuadirlo sería en vano. ¿A qué predicar a un sordo
que se aferraba a su idea, como al poder temporal los pontífices
romanos? Vistiose, pues, Ahmed, y, acompañado del primer intérprete,
Osmán-Bey, que acababa de regresar del Círculo Imperial, hízose conducir
al hotel del señorito L'Ambert. La hora no podía ser menos oportuna,
pero Ayvaz no quería desperdiciar un solo instante.

El dios de las batallas tampoco lo quería; por lo menos, todo induce a
creerlo así. En el momento en que el primer secretario iba a llamar a la
puerta de maese L'Ambert, tropezose con el enemigo en persona, que
regresaba a pie, conversando con sus dos testigos.

Al divisar el señorito L'Ambert los bonetes encarnados de nuestros dos
personajes, comprendió a qué habían venido, saludolos cortésmente y
tomó la palabra con cierta altanería, no exenta de distinción.

--Caballeros--les dijo,--como soy el único habitante de este hotel, no
temo equivocarme al suponer que me hacéis el honor de venir a mi
domicilio. Soy L'Ambert, si me permitís que me presente yo mismo.

Llamó, empujó la puerta, atravesó el patio con sus cuatro acompañantes,
y los condujo a su despacho. Allí dieron sus nombres los dos turcos,
presentoles el notario a sus amigos, y se alejó para que pudiesen tratar
el asunto con entera libertad.

En nuestro país no puede efectuarse ningún duelo sin contar con la
voluntad, o por lo menos con el consentimiento, de seis personas. En el
caso presente, sin embargo, había cinco que no lo deseaban. Injusto
sería decir que el señorito L'Ambert careciese de valor; pero no
ignoraba que un duelo semejante, con motivo de una bailarina de la
Opera, comprometería gravemente los prestigios de su bien acreditado
bufete. El marqués de Villemaurin, anciano refinado y persona
competentísima en materias de honor, dijo que el duelo es un acto noble
en el que todo, desde el principio hasta el fin de la partida, debe ser
extremadamente correcto. Ahora bien, un puñetazo en la nariz por una
señorita Victorina Tompain constituía el más ridículo comienzo que se
puede imaginar. Por otra parte, afirmó por su honor, que el señor
Alfredo L'Ambert no había visto a Ayvaz-Bey, ni había tenido intención
de pegarle a él ni a nadie. El señor L'Ambert había creído reconocer a
dos señoras, y se había acercado con viveza a saludarlas.

Al llevarse la mano al sombrero, había dado un fuerte golpe, sin la
menor intención, a una persona que venía en sentido opuesto. Se trataba,
por lo tanto, de una imperdonable torpeza, de un incidente sencillo, sin
la menor importancia, que no pueden jamás constituir una ofensa. Dada la
posición social y educación de maese L'Ambert, no podía nadie suponerle
capaz de dar un puñetazo a Ayvaz-Bey. Su bien conocida miopía y la
semioscuridad del pasaje eran las culpables de todo. En fin, el señor
L'Ambert, accediendo a los deseos de sus testigos, estaba dispuesto a
declarar, en presencia de Ayvaz-Bey, que lamentaba muy de veras el
haberle causado daño de una manera completamente involuntaria.

Este razonamiento, tan justo de por sí, acrecentó la autoridad, por
todos reconocida, del orador. Era el señor de Villemaurin uno de esos
caballerosos sujetos que parecen haber sido respetados por la muerte
para recordarnos los usos de las edades históricas en estos tiempos de
degeneración que atravesamos. Según su fe de bautismo, no contaba nada
más que setenta y nueve abriles; pero, por los hábitos y costumbres de
su cuerpo y de su espíritu, pertenecía sin duda al siglo xvi. Pensaba,
hablaba y obraba como si hubiese servido en el ejército de la Liga y
traído a mal traer al Bearnés. Realista convencido y católico austero,
era tan implacable en sus odios como apasionado en sus afecciones. Su
valor, su lealtad, su rectitud, y su caballerosidad hasta cierto punto
exagerada, causaban la admiración de la juventud inconsciente de hoy.
Nada le causaba risa, no le gustaban las bromas y le ofendían los
chistes por juzgarlos una falta de respeto. Era el menos tolerante, el
menos amable y el más honrado de todos los ancianos. Había acompañado a
Escocia a Carlos X, después de las jornadas de julio; pero se alejó de
Holy-Rood, al cabo de quince días, escandalizado de ver que la corte de
Francia no tomaba muy en serio su desgracia. Solicitó la absoluta, y se
cortó para siempre los bigotes, que conservó en una especie de joyero,
con la siguiente inscripción: _Mis bigotes de la Guardia Real_. Sus
subordinados todos, oficiales y soldados, sentían por él gran estima,
pero también gran terror. Referíase en secreto que este hombre
inflexible había metido en el calabozo a su hijo único, joven militar de
veintidós años de edad, por un acto de insubordinación. El muchacho,
digno hijo de tal padre, negose resueltamente a ceder, cayó enfermo y
murió en el calabozo. Este nuevo Bruto lloró a su hijo, erigiole una
tumba suntuosa, y lo visitó con inconcebible regularidad diez veces por
semana, sin olvidar este deber en ninguna época ni edad; pero no se
encorvó bajo el peso de sus remordimientos. Marchaba derecho, erguido;
ni la edad ni el dolor habían logrado doblar sus anchas y robustas
espaldas.

Era un hombrecillo rechoncho, vigoroso, fiel a todos los ejercicios de
su juventud, que tenía más fe en el juego de pelota que en los médicos,
para conservar imperturbable salud. A los setenta años habíase casado,
en segundas nupcias, con una joven noble y pobre, que le había hecho
padre dos veces, y no perdía la esperanza de verse abuelo bien pronto.
El amor a la vida, tan poderoso en los viejos de esta edad, sólo
medianamente preocupábale, a pesar de ser dichoso en la tierra. Había
tenido su último lance de honor a los setenta y dos años, con un bravo
coronel de cinco pies y seis pulgadas de estatura, a consecuencia de
una cuestión política, según unos, y de celos conyugales, según otros.
Cuando un hombre de su rango y su carácter abrazaba la causa de M.
L'Ambert, declarando que un duelo entre el notario y Ayvaz-Bey sería
inútil, comprometedor y ordinario, la paz parecía firmada de antemano.

Tal fue el parecer de M. Enrique Steimbourg, que no era ni lo bastante
joven, ni lo suficientemente curioso para desear a toda costa el
espectáculo de un duelo; y los dos turcos, hombres de buen sentido,
aceptaron, de un modo provisional, la reparación que se les ofrecía,
pero pidieron que se les autorizara para ir a consultar con Ayvaz. Los
otros dos, entretanto, esperaron allí mismo que regresasen de la
embajada. Eran las cuatro de la madrugada; pero el marqués no quiso
dormir, pues no se lo permitía su conciencia; estaba decidido a dejarlo
todo arreglado antes de meterse en la cama.

Empero el terrible Ayvaz, al escuchar las primeras palabras de
conciliación de sus amigos, sufrió un terrible acceso de cólera
verdaderamente turca.

--¡Ni que estuviera yo loco!--exclamó, blandiendo el chibuquí de jazmín
que le hiciera compañía,--¿Pretenderéis persuadirme de que he sido yo
quien con la nariz ha dado un golpe en el puño a M. L'Ambert? Él fue
quien me agredió, y la prueba es que se ofrece a presentarme sus
excusas. ¿Pero a qué tanto hablar? ¿no es suficiente prueba la sangre
que he derramado? ¿Puedo acaso olvidar que Victorina y su madre han sido
testigos de mi afrenta?... ¡Oh, amigos míos! ¿no me queda otro remedio
que morir, si no le corto hoy mismo la nariz a mi ofensor!

De mejor o peor grado, fue preciso reanudar las negociaciones sobre esta
base algo ridícula. Ahmed y el intérprete tenían el espíritu lo bastante
razonable para vituperar a su amigo, pero poseían también un corazón
demasiado caballeresco para abandonarle en la mitad del camino. Si el
embajador, Hamza-Bajá, se hubiese encontrado en París, hubiera zanjado
la cuestión sin duda alguna, imponiendo su autoridad; pero,
desgraciadamente, desempeñaba al mismo tiempo las embajadas de Francia y
de Inglaterra, y se hallaba entonces en Londres. Los testigos del bueno
de Ayvaz anduvieron yendo y viniendo, entre la calle de Granelle y la de
Verneuil, sin lograr que el asunto avanzase lo debido, hasta las siete
de la mañana. A esta hora, perdió L'Ambert la paciencia y les dijo a sus
testigos:

--¡Ya me está cargando este turco! ¡No contento con haberme birlado a la
Tompain, se complace en hacerme pasar la noche en claro! ¡Pues bien,
marchemos! Tal vez pudiera creer que tengo miedo de cruzar con él mi
acero. Pero marchemos de prisa, si os parece, y tratemos de dejar
zanjado el asunto esta misma mañana. Haré enganchar el carruaje en diez
minutos, y nos marcharemos a dos leguas de París. Aplicaré a mi turco el
correctivo merecido, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, y
antes que los periodicuchos que viven del escándalo se den cuenta del
lance, estaremos de vuelta en mi despacho.

Todavía trató el marqués de oponer una o dos objeciones; pero acabó por
confesar que M. L'Ambert se veía obligado a batirse. La insistencia de
Ayvaz-Bey era de pésimo gusto, y merecía una severa lección. Ninguno
dudaba de que el belicoso notario, ventajosamente conocido en todas las
salas de armas, era la persona elegida por el destino para enseñar a
aquel osmanlí la cortesía francesa.

--Amigo mío--decía el anciano Villemaurin a su cliente, dándole
palmaditas sobre el hombro,--nuestra situación es excelente, toda vez
que tenemos de nuestra parte el derecho. ¡El resto, Dios lo hará! El
resultado no es dudoso: poseéis un corazón animoso, y una mano firme y
rápida. Acordaos tan sólo de que no debemos tirarnos nunca a fondo;
porque el duelo se ha hecho para corregir a los necios, mas no para
destruirlos. Sólo los torpes matan a sus adversarios so pretexto de
enseñarles a vivir.

La elección de armas correspondía en buen derecho al excelente Ayvaz;
pero el notario y sus testigos pusieron mala cara al enterarse de que
había escogido el sable.

--Es el arma predilecta de los militares--dijo el marqués,--o el arma de
los burgueses que no quieren batirse. Pero, en fin, ¡vaya, si os
empeñáis, por el sable!

Los testigos de Ayvaz-Bey mostráronse conformes. Se trajeron dos sables
del cuartel del muelle de Orsay, y quedaron citados para las diez de la
mañana en la pequeña aldea de Parthenay, situada en el antiguo camino de
Sceaux. Eran las ocho y media.

Todos los parisienses conocen este lindo grupo de doscientas casas cuyos
habitantes son más ricos, más limpios y más instruidos que la
generalidad de los aldeanos. Cultivan la tierra como jardineros, y no
como campesinos, y los campos de su término parecen en primavera un
pequeño paraíso terrenal. Un prado de fresas floridas se extiende, cual
manto argentado, entre un prado de frambuesas y otro de grosellas. Por
todas partes se huele el perfume penetrante de la acacia, tan agradable
al olfato de los porteros. París adquiere a peso de oro la cosecha de
Parthenay, y los bravos campesinos, a quienes veis caminar a paso lento,
con una regadera en cada mano, son casi todos pequeños capitalistas.

Comen carne dos veces al día, desprecian la gallina del puchero, y
prefieren el pollo asado. Pagan el sueldo de un instituidor y un médico
comunal, construyen, sin necesidad de levantar empréstitos, un
ayuntamiento y una iglesia, y votan a mi espiritual amigo el doctor
Veron, en las elecciones municipales. Sus muchachas son preciosas, si no
me es infiel la memoria. El sabio arqueólogo Cubaudet, archivero de la
subprefectura de Sceaux, asegura que Parthenay es una colonia griega, y
que su nombre se deriva de la palabra _Parthemos_, virgen o mujer joven
(expresiones sinónimas entre los pueblos cultos). Pero esta digresión
nos aleja del bueno de Ayvaz.

Llegó el primero al lugar de la cita, todavía encolerizado. ¡Con qué
furor paseaba por la plaza de la aldea, esperando al enemigo! Ocultaba
bajo sus vestidos dos formidable yataganes, de finísimas hojas de
Damasco. ¿Qué digo de Damasco? Dos hojas japonesas, de esas que cortan
una barra de hierro con igual facilidad que si se tratase de un
espárrago, con tal de que sean manejadas por un brazo vigoroso.
Ahmed-Bey y el fiel intérprete seguían a su amigo y le daban los más
sabios consejos: atacar con prudencia, descubrirse lo menos posible,
comenzar la partida con un salto, en fin, cuantas recomendaciones pueden
hacerse a un novicio que se presenta por primera vez en la liza, sin
haber aprendido a tirar.

--Gracias por vuestros consejos--respondía el obstinado;--pero no
necesito tantos requisitos para cortarle las narices a un notario.

El objetivo de su venganza no tardó en aparecer entre dos cristales de
gafas, a la puerta de un carruaje. Pero M. L'Ambert no descendió,
limitándose a saludar. El marqués echó pie a tierra, y vino a decir a
Ahmed-Bey:

--Conozco un sitio excelente, a veinte minutos de aquí; tened la
amabilidad de subir nuevamente al carruaje, con vuestros amigos, y
seguirnos.

Tomaron los beligerantes un camino transversal, y descendieron a un
kilómetro del caserío.

--Señores--dijo el marqués,--podemos ir a pie hasta aquel bosquecillo
que allí veis. Los cocheros pueden esperarnos aquí. Nos hemos olvidado
de traer con nosotros un médico; pero el lacayo, que he dejado en
Parthenay, tiene encargo de traernos el de la localidad.

El cochero del turco era uno de esos merodeadores parisienses que
circulan después de media noche bajo un número de contrabando. Ayvaz lo
había tomado a la puerta de la señorita Tompain, y no lo había vuelto a
dejar. El muy truhán sonrió maliciosamente cuando vio que le mandaban
detenerse en medio del campo, y que llevaban sables debajo de las
mantas.

--¡Buena suerte, caballero!--le dijo al valiente Ayvaz.--Nada tenéis que
temer, porque yo doy la suerte a mis clientes. Aun no hace un año llevé
en mi coche a uno que había muerto a su adversario. Por cierto que me
dio veinticinco francos de propina, ¡como os lo estoy refiriendo!

--Yo te daré cincuenta--respondiole Ayvaz,--si quiere Dios que realice
la venganza que medito.

M. L'Ambert tiraba perfectamente, pero era demasiado conocido en las
salas de esgrima de París para haber tenido jamás ninguna ocasión de
batirse. Por eso, en el verdadero terreno del honor, era tan nuevo como
Ayvaz: se comprende, por lo tanto, que aunque hubiese vencido en
diferentes asaltos a los maestros y prebostes de varios regimientos de
caballería, experimentase una sorda trepidación, que no era miedo, pero
que producía efectos análogos a éste. La conversación durante el camino
había sido animada: había hecho gala ante sus amigos de una alegría
sincera, aunque un poco febril. Había encendido tres o cuatro cigarros,
y arrojádolos al poco de empezados. Cuando todos descendieron del coche,
marchó él con paso firme, demasiado firme tal vez. En el fondo de su
alma sentía cierta aprensión completamente viril, completamente
francesa: desconfiaba de su sistema nervioso, y temía no parecer todo lo
valiente que era.

Parece que las facultades del alma se multiplican en los momentos
críticos de la vida. Por eso a M. L'Ambert, a pesar de hallarse
preocupado en grado sumo con el pequeño drama en que iba a representar
tan importante papel, los objetos más insignificantes del mundo
exterior, los que hubieran pasado completamente inadvertidos para él en
circunstancias ordinarias, atraían y retenían su atención con un poder
irresistible. A sus ojos, la naturaleza se hallaba iluminada por una
nueva luz, más clara, más transparente, más límpida, más cruda que la
luz apagada del sol. Su preocupación subrayaba, por decirlo así, todo lo
que sus ojos veían. En una revuelta del sendero, descubrió un gato que
caminaba a paso lento por entre dos hileras de grosellas: uno de esos
gatos tan comunes en las aldeas, largo, flaco, de piel blanca llena de
manchas rojizas; uno de esos animales medio salvajes que a favor de los
cuales hacen renuncia sus amos, con una esplendidez nada común, de todos
los ratones que atrapan. El que atrajo la atención de L'Ambert había
visto, sin duda, que la morada de su dueño no ofrecía ya bastante caza,
y buscaba en plena campiña un suplemento a su pitanza. Los ojos del
señorito L'Ambert, después de haber errado algún tiempo a la ventura,
sintiéronse atraídos y como fascinados por el gesto de aquel gato.
Observolo atentamente, admiró la flexibilidad de sus músculos, el
vigoroso perfil de sus mandíbulas, y creyó hacer un descubrimiento
trascendental, digno de un naturalista, observando que el gato es un
tigre en miniatura.

--¿Qué diablo miráis en ese punto?--preguntole el marqués, dándole, con
cariño, una palmada en el hombro.

Volvió el notario a la realidad de la vida, y respondió con el tono más
desenvuelto del mundo:

--Ese estúpido animal me ha distraído. No podéis imaginaros, marqués,
los estragos que estas bestias ocasionan en la caza. Se comen más
nidadas que perdigones tiramos nosotros. ¡Si tuviese una escopeta!...

Y acompañando el gesto a la palabra, hizo ademán de echarse la escopeta
a la cara, señalando al animal con el dedo. El gato comprendió la
intención, dio un salto atrás y fugose, para reaparecer doscientos pasos
más lejos, lavándose la cara, entre unas matas de colsa, como si
aguardase a los parisienses.

--¿Te has propuesto seguirnos?--exclamó el notario repitiendo la
amenaza. La prudentísima bestia huyó de nuevo; pero reapareció a la
entrada del claro del bosque donde iban a batirse. M. L'Ambert, con la
superstición del jugador que va a exponer una suma importante, quiso
ahuyentar aquella bestia maléfica, y le arrojó una piedra; mas, como
errase el golpe, el gato trepó a un árbol, y allí se estuvo quedo.

Entretanto, los testigos habían elegido el terreno y echado a suerte
los puestos. El mejor tocó a M. L'Ambert. La suerte quiso también que se
empleasen sus armas, y no los yataganes japoneses, que tal vez le
hubiesen impuesto.

A Ayvaz todo le tenía sin cuidado: cualquier arma era buena para él.
Contemplaba la nariz de su enemigo como mira el pescador una trucha
apetitosa suspendida del extremo de su caña. Despojose vivamente de la
ropa que no consideró indispensable, arrojó sobre la hierba su fez rojo
y su levita verde, y se arremangó hasta el codo las mangas de la camisa.
Es de suponer que los turcos más dormidos se despierten al tintineo de
las armas. Aquel grueso muchachote, cuya fisonomía no tenía nada de
paternal, pareció transfigurarse. Su rostro se iluminó, sus ojos
lanzaron rayos. Tomó un sable de manos del marqués, retrocedió dos
pasos, y entonó en idioma turco una improvisación poética que su amigo
Osmán-Bey tuvo la amabilidad de anotar y traducirnos:

--Armado estoy para el combate; ¡Dios confunda al malvado que me ofende!
La sangre se lava con sangre. Me heriste con la mano, yo te heriré con
el sable. Tu rostro mutilado hará reír a las mujeres hermosas:
Schelosser y Mercier, Thibert y Savile, te volverán la espalda con
desprecio. Perderás para siempre el perfume de las rosas de Izmir. ¡Que
Mahoma me dé fuerzas, que el valor no tengo que pedírselo a nadie!
¡Hurra! ¡que armado estoy para el combate!

Dicho esto, lanzose sobre su adversario, atacándole en tercia o en
cuarta, pues no entiendo una palabra de estas andanzas, ni él, ni su
adversario, ni los testigos tampoco. Pero una oleada de sangre brotó de
la punta del sable, unas gafas rodaron por el suelo, y el notario sintió
aligerada su cabeza del peso de su nariz. Quedábale aún de ella una
parte para muestra, mas, tan insignificante, que no merece la pena de
que la mencionemos siquiera.

M. L'Ambert se dejó caer de espaldas, y se levantó otra vez en seguida
para echar a correr, con la cabeza agachada, como un ciego o como un
loco. En aquel preciso momento, un cuerpo opaco cayó desde lo alto de
una encina. Un minuto después, presentose un hombrecillo enteco, con el
sombrero en la mano, seguido de un lacayo de gran librea. Era M.
Triquet, médico municipal de Parthenay.

--¡Bien venido seáis, digno señor Triquet! Un ilustre notario de París
precisa vuestros servicios con urgencia. Colocaos nuevamente vuestro
grasiento sombrero sobre vuestro cráneo pelado, enjugaos las gotas de
sudor que brillan sobre vuestros rojos carrillos, como el rocío sobre
dos peonías en flor, y haceos quitar cuanto antes las manchas
relucientes de vuestro respetable traje negro!

Pero el buen hombre estaba demasiado emocionado para entrar en funciones
sin demora. Hablaba a tontas y a locas, con voz temblorosa y jadeante.

--¡Bondad divina!...--decía.--Dios os guarde, señores; reconózcanme como
un nuevo servidor. ¿Acaso está permitido ponerse de esta manera? ¡Esto
es una mutilación, demasiado bien lo veo! Decididamente, ya es tarde
para tratar de reconciliaros: el mal no tiene remedio, ya está hecho.
¡Ah, señores, señores! ¡la juventud jamás dejará de ser joven! Yo
también estuve a punto de dejarme arrastrar por el criminal deseo de
mutilar o destruir a un semejante. Fue en 1820. ¿Y qué hice, señores
míos? Pues darle toda clase de excusas. De excusas, sí, y me jacto mucho
de ello, y con tanto más motivo cuanto que toda la razón estaba de mi
parte. ¿No habéis leído, por ventura, las admirables páginas de Rousseau
contra el duelo? Son verdaderamente irrefutables: un trozo admirable de
crestomatía moral y literaria. Y observad que Rousseau no dijo todavía
en este asunto la última palabra. Si hubiese estudiado el cuerpo humano,
esta obra maestra de la creación, esta imagen admirable de Dios sobre la
tierra, habría demostrado, sin duda, que es gran pecado destruir un
conjunto tan perfecto. Y no lo digo, en verdad, por la persona que ha
recibido el golpe. ¡Dios me libre de tal cosa! ¡Tendría, sin duda,
razones poderosas que respeto! ¡Pero si se supiese cuánto trabajo nos
cuesta a los pobrecitos médicos el curar la más insignificante herida!
Cierto que de eso vivimos, y de las enfermedades; pero, a pesar de todo,
preferiría privarme de muchas cosas y no comer nada más que una tajada
de tocino y un trozo de pan moreno, a tener que ser testigo de los
sufrimientos del prójimo.

El marqués interrumpió sus clamores.

--Vaya, doctor--le dijo,--que la ocasión no es la más oportuna para
filosofar. Este hombre se desangra como un buey, y es preciso, ante
todo, tratar de contener la hemorragia.

--Sí, señor--replicó vivamente el medicucho,--¡la hemorragia! esa es la
verdadera palabra. Felizmente, todo lo tengo previsto. He aquí un frasco
de agua hemostática, preparada según la fórmula de Brocchieri; yo la
prefiero a la de Lechelle.

Y se dirigió, con el frasco en la mano, hacia M. L'Ambert, que se había
sentado al pie de un árbol y sangraba con tristeza.

--Caballero--le dijo entre profundas reverencias,--podéis creerme que
lamento sinceramente el no haber tenido el honor de conoceros con
ocasión de un acontecimiento menos desagradable que este.

Levantó melancólicamente la cabeza el señorito L'Ambert, y contestole
con acento dolorido:

--Doctor, ¿perderé la nariz?

--No, señor, no la perderéis. ¡Válgame Dios, caballero! ¿cómo podríais
perderla de nuevo, si la habéis perdido ya?

Y mientras se expresaba de esta suerte, vertía el agua de Brocchieri
sobre una compresa.

--¡Cielos!--exclamó de repente,--tengo una idea, caballero. Puedo
responderos del órgano tan útil como agradable que acabáis de perder.

--¡Hablad pronto, por favor! Mi fortuna será entera para vos. ¡Ah,
doctor! antes que vivir desfigurado de esta suerte, es preferible morir.

--Eso suele decirse... ¡pero vamos a ver! ¿dónde está el trozo de nariz
que os han cortado? No soy yo un cirujano de los vuelos de M. Velpeau, o
de M. Huguier; pero trataré de hacer volver las cosas a su primitivo
estado.

El señorito L'Ambert levantose precipitadamente, y corrió al lugar de la
lucha, seguido del marqués y de M. Steimbourg. Los turcos, que se
paseaban juntos y cariacontecidos, porque el fuego de Ayvaz-Bey habíase
extinguido en un segundo, aproximáronse también a sus antiguos
enemigos. Hallose sin trabajo el lugar donde los combatientes habían
pisoteado la fresca y naciente hierba; recuperáronse las gafas de oro,
pero las narices del notario no hubo forma de encontrarlas. En cambio,
vieron un gato, el horrible gato blanco con manchas rojizas, que se
relamía con placer los labios ensangrentados.

--¡Maldición!--exclamó el marqués, señalando al animal.

Todo el mundo comprendió el gesto y la exclamación.

--¿Será tiempo todavía?--preguntó el notario.

--Tal vez--contestó el médico.

Y todos corrieron hacia el gato. Pero el astuto animal no estaba por
dejarse cazar, y corrió a su vez como alma que lleva el diablo a sus
talones.

Jamás había visto el pequeño bosque de Parthenay, ni volverá a ver
tampoco, una caza semejante. Un marqués, un agente de cambio, tres
diplomáticos, un médico de aldea, un lacayo con gran librea y un notario
sangrando en su pañuelo, lanzáronse a carrera abierta tras un miserable
gato. Corriendo, gritando, arrojándole piedras, ramas secas, y cuantos
objetos encontraban al alcance de sus manos, atravesaron los caminos y
los claros, y se internaron, bajando la cabeza, en los sitios más
espesos del bosque. Ya agrupados, ya dispersos; unas veces escalonados
sobre una línea recta, y otras formando círculo alrededor de la bestia;
apaleando las malezas, sacudiendo los arbustos, trepando a los árboles,
destrozándose el calzado con las raíces y troncos, y dejándose jirones
de ropa entre las ramas de los arbustos, arrollábanlo todo como una
tempestad; pero el gato endiablado corría más que el viento. En dos
ocasiones lograron encerrarlo en un círculo, y otras tantas logró
escapar, forzando el cerco. Un momento pareció como rendido de fatiga y
de dolor, al caer de costado por querer saltar de un árbol a otro,
siguiendo el camino de las ardillas. El lacayo de M. L'Ambert lanzose
veloz sobre él, alcanzolo en pocos saltos y lo agarró por la cola. Pero
el tigre en miniatura conquistó su libertad mediante un terrible
zarpazo, y escapó fuera del bosque.

Entonces comenzó la persecución a través de la llanura. Si largo era el
camino que llevaban ya recorrido, inmensa era la planicie que, en forma
de tablero de ajedrez, se extendía delante de los cazadores y de su
codiciada presa.

El calor era sofocante; gruesos nubarrones negros se amontonaban por
occidente; el sudor corría copioso por todas las frentes; pero nada fue
capaz de detener el furor de aquellos ocho hombres.

M. L'Ambert, lleno todo de sangre, no cesaba de animar a sus compañeros
con el gesto y con la voz. Los que nunca han visto a un notario
corriendo tras sus narices no podrán hacerse cargo de su ardor. ¡Adiós
frambuesas y fresas! Por dondequiera que pasaba el alud, quedaba la
cosecha apabullada, destruida, aniquilada; todo eran flores mustias,
brotes rotos, ramas tronchadas, tallos pisoteados. Sorprendidos los
campesinos por la invasión de aquel azote nunca visto, arrojaban las
regaderas, llamaban a sus vecinos, reclamaban el auxilio de los guardias
rurales, exigían que les indemnizasen los daños y perjuicios, y
lanzábanse en persecución de los cazadores.

¡Victoria! ¡el gato ya está preso! Hase arrojado a un pozo. ¡Cubos!
¡cuerdas! ¡escalas! Todos abrigan la esperanza, la casi seguridad de
recuperar las narices del señorito L'Ambert intactas o poco menos. Mas
¡ay! que este pozo no es un pozo como todos los demás. Es la boca de una
cantera abandonada cuyas galerías forman una vasta red de más de diez
leguas, y se extienden en todas direcciones, hallándose en comunicación
con las catacumbas de París.

Se pagan sus honorarios a M. Triquet; se abonan a los campesinos las
indemnizaciones que exigen, y se emprende el regreso a Parthenay, bajo
una lluvia torrencial.

Antes de subir al carruaje, Ayvaz-Bey, mojado como un pato, y ya
recuperada la calma por completo, vino a ofrecer su mano a M. L'Ambert.

--Caballero--le dijo,--lamento sinceramente que mi obstinación haya
llevado las cosas hasta este extremo. La Tompain no vale una gota
siquiera de la sangre vertida por su culpa, y hoy mismo rompo con ella,
pues no podría verla sin pensar en la desgracia que ha causado. Sois
testigo de que he hecho cuanto me ha sido posible, como asimismo estos
señores, por devolveros lo perdido. Ahora, permitidme esperar que este
accidente no sea del todo irreparable. El médico de esta aldea nos ha
recordado que existen en París cirujanos más hábiles que él; creo haber
oído decir que la cirugía moderna poseía secretos infalibles para
restaurar las partes del cuerpo humano mutiladas o perdidas. M. L'Ambert
aceptó, con el humor que pueda suponerse cualquiera, la mano que le
tendía su rival, y se hizo conducir al faubourg Saint-Germain en
compañía de sus dos amigos.



III

DONDE DEFIENDE EL NOTARIO SU PELLEJO CON MÁS ÉXITO


El cochero de Ayvaz-Bey era un hombre dichoso si los hay. Aquel bribón
empedernido fue menos sensible a la propina de cincuenta francos que al
placer de haber conducido a su cliente a la victoria.

--¡En verdad que me agrada la manera que tenéis de arreglar a las
personas!--le dijo al bueno de Ayvaz.--Bueno es saber cómo las gastáis.
Si alguna vez os piso un pie, me apresuraré a pediros mil perdones en
el acto. Ese pobre señor se verá negro si quiere tomar rapé. ¡Vamos,
vamos! si alguien vuelve alguna vez a sostener ante mí que los turcos
son unos torpes, ya sabré qué responderle. ¿No os dije que os daría
buena suerte? Eso me sucede siempre. Conozco, en cambio, un viejo que le
ocurre lo contrario: da siempre la mala pata a sus clientes. Ni por
casualidad conduce una vez sola al terreno del honor a nadie que salga
ileso... ¡Arre, pajarita! ¡vamos, que conduces a un héroe! ¡Hoy te
envidiarían los caballos de los césares de Roma!

Estas burlas crueles no lograron desarrugar el entrecejo de los turcos,
y el cochero, en vista de que sus palabras no hacían gracia, adoptó el
prudente partido de callarse.

En otro carruaje infinitamente más elegante y mucho mejor entroncado,
lamentábase el notario en presencia de sus dos amigos.

--Todo concluyó para mí--les decía;--soy hombre muerto; no me queda otro
recurso que saltarme la tapa de los sesos. ¿Cómo presentarme de nuevo en
sociedad, en la Opera, ni en ningún otro teatro? ¿Queréis que comparezca
ante el mundo con esta cara grotesca y lamentable, que excitará en unos
la risa y en otros la compasión?

--¡Bah!--respondiole el marqués,--la gente se acostumbra a todo. Y, en
último caso, si el mundo nos causa espanto, permanecemos en casa.

--¡Permanecer siempre en casa! ¡bonito porvenir! ¿Imagináis, por
ventura, que han de venir las mujeres a buscarme a domicilio, en el
estado en que me encuentro?

--¡Os casaréis! He conocido a un teniente de coraceros que había
perdido un brazo, una pierna y un ojo. Cierto que no era el terror de
los maridos, ni el ídolo de las mujeres; pero se casó con una buena
muchacha, ni fea ni bonita, que lo quiso con toda su alma, y lo hizo
dichoso por completo.

No debió de parecerle al notario demasiado consoladora semejante
perspectiva, porque exclamó con acento desesperado:

--¡Oh, las mujeres! ¡las mujeres! ¡las mujeres!

--¡Demontre!--exclamó el marqués,--¡qué importancia concedéis a las
mujeres! ¡Ni que ellas lo fuesen todo! Hay en el mundo otras cosas
agradables. ¡Se dedica uno a mirar por su salud, qué diablo! A
encarrilar su alma, a cultivar su espíritu, a hacer bien a su prójimo, a
llenar los deberes de su estado. ¡No es preciso poseer una nariz
prominente para ser buen cristiano, buen padre de familia y buen
notario!

--¡Notario!--replicó él con amargura poco disimulada,--¡notario! En
efecto, eso aun lo soy. Ayer era un hombre de mundo, un verdadero
_gentleman_, y, hasta puedo decirlo prescindiendo de falsas modestias,
un caballero cuyo trato se disputaban todos. Hoy sólo soy un notario. ¿Y
quién sabe si lo seguiré siendo mañana? Una indiscreción del lacayo
bastaría para divulgar esta estúpida aventura. Con dos palabras que diga
cualquier periódico, la justicia se verá obligada a perseguir a mi
adversario, y a sus testigos, y a vosotros mismos, señores. Y heme
entonces aquí conducido ante el tribunal correccional, y teniéndole que
referir dónde, cuándo y por qué he perseguido a la señorita Victorina
Tompain. Suponed un escándalo semejante, y decidme si el notario podrá
sobrevivirle.

--Amigo mío--le dijo el marqués,--os asustáis de peligros imaginarios.
Las gentes de nuestro mundo, de este mundo a que vos pertenecéis
también, poseen el derecho de rebanarse el cuello impunemente. El
ministerio público cierra los ojos cuando se trata de nuestras
querellas, y no hay justicia que valga. Comprendo que se metan un poco
con los periodistas, los artistas y otros seres de condición inferior
cuando se permiten tirar de la espada: conviene recordar a esas gentes
que tienen puños para batirse, y que basta con creces esta arma para
vengar la clase de honor que poseen. Pero porque un caballero se
conduzca y proceda como tal, la justicia no tiene nada que decir, y nada
dice. Yo he tenido unos quince o veinte lances desde que dejé el
servicio, y algunos, en verdad, bien desgraciados para mis adversarios;
y, sin embargo, ¿habéis leído mi nombre alguna vez en la _Gaceta de los
Tribunales_?

M. Steimbourg hallábase menos ligado con M. L'Ambert que el marqués de
Villemaurin; no tenía, como éste, todos sus títulos de propiedad en el
estudio de la calle de Varneuil desde hacía cuatro o cinco generaciones.
No conocía a aquellos dos caballeros más que del círculo y de la partida
de _whist_, y tal vez también por algunos corretajes que le habían hecho
ganar. Pero era un buen muchacho y hombre de bastante talento, e hizo, a
su vez, algunos razonamientos acertados al notario, para consolarle en
su aflicción. A su entender, M. de Villemaurin ponía las cosas peor de
lo que ya estaban: existían otros recursos. Decir a M. L'Ambert que
quedaría desfigurado para toda su vida, era desesperar demasiado pronto
de la ciencia.

--¿De qué nos serviría haber nacido en el siglo XIX, si el menor
accidente hubiera de ser, como antaño, un mal irreparable? ¿Qué
superioridad tendríamos entonces sobre los hombres de la Edad de Oro? No
blasfememos del nombre sacrosanto del progreso. La cirugía operatoria se
halla, gracias a Dios, más floreciente que nunca en la patria de
Ambrosio Paré. El buen doctor de Parthenay nos ha citado los nombres de
ciertos ilustres maestros que descuellan por la habilidad con que
reparan con éxito las injurias que sufre el cuerpo humano. Ya estamos a
las puertas de París; enviaremos a preguntar a la farmacia más próxima,
y en ella nos darán la dirección de Velpeau o de Huguier; vuestro lacayo
irá a buscar en seguida a cualquiera de estas dos eminencias, y os lo
traerá a vuestra casa. Tengo la seguridad de haber oído decir que los
cirujanos rehacen un labio, un párpado o una oreja: ¿es acaso más
difícil restaurar una nariz?

Por muy vaga que fuese esta esperanza, reanimó, sin embargo, al infeliz
notario, que había dejado de sangrar hacía ya media hora. La idea de
volver a ser lo que era y de reanudar el curso normal de su vida,
prodújole una especie de delirio. ¡Qué verdad es que nadie sabe apreciar
la dicha de estar completo hasta que no la ha perdido!

--¡Ah, amigos míos!--exclamó frotándose las manos de esperanza,--mi
fortuna pertenece al hombre que me cure. Por grandes que sean los
tormentos que me esperen, los sufriré gustoso si me garantizan el
éxito. ¡Ni el dolor ni los gastos me harán retroceder!

Animado de estos sentimientos llegó el notario a su casa de la calle de
Verneuil, mientras buscaba su lacayo la dirección de los cirujanos más
célebres. El marqués y Steimbourg le condujeron a su cuarto, y se
despidieron de él, el uno para ir a tranquilizar a su mujer y a sus
hijas, que no le habían vuelto a ver desde la víspera, y el otro para
correr a la Bolsa.

Solo consigo mismo, ante un espejo de Venecia que le mostraba sin piedad
su nueva imagen, cayó Alfredo L'Ambert en un abatimiento profundo. Aquel
hombre fuerte, que no lloraba jamás en el teatro por ser cosa propia de
las gentes del pueblo; aquel _gentleman_ de frente bronceada, que había
enterrado a sus padres con la impasibilidad más serena, lloró la
mutilación de su bella persona, y se bañó en lágrimas de egoísmo.

Su lacayo vino a arrancarle de su amargo dolor prometiéndole la visita
de M. Bernier, cirujano del Hospital, miembro de la Sociedad de Cirugía
y de la Academia de Medicina, profesor de clínica, etc., etc. El criado
había ido a buscar al más próximo, y no anduvo desacertado, porque M.
Bernier, si bien no estaba a la altura de los Velpeau, los Manee y los
Huguier, ocupaba un lugar muy honroso inmediatamente después de ellos.

--¡Que venga!--exclamó M. L'Ambert.--¿Por qué no está aquí ya? ¿Creen,
por ventura, que me encuentro en situación de esperar?

Y se echó a llorar de nuevo. ¡Llorar en presencia de sus domésticos! ¿Es
posible que un sablazo modifique en tales términos las costumbres de un
hombre? Seguramente era preciso que el arma del buen Ayvaz, al cortar
el canal nasal, hubiese conmovido el saco lagrimal y los tubérculos
mismos.

Enjugose el notario los ojos para leer un grueso volumen en 12º, que le
habían traído con urgencia de parte de M. Steimbourg. Era la _Cirugía
operatoria_, de Ringuet, excelente manual enriquecido con unos
trescientos grabados. M. Steimbourg había comprado el libro, al
dirigirse a la Bolsa, y se lo enviaba a su cliente para tranquilizarle
sin duda.

Pero el efecto que le produjo su lectura fue muy otro de lo que se había
supuesto. Cuando hubo hojeado el notario las primeras doscientas
páginas, y visto desfilar ante sus ojos la serie lamentable de
ligaduras, amputaciones, resecciones y cauterizaciones, dejó caer el
libro y se echó en una butaca, apretando los ojos con horror. Mas esta
precaución no evitole seguir viendo pieles seccionadas, músculos
separados por pinzas, miembros seccionados a grandes tajos, huesos
aserrados por manos de operadores invisibles. Los rostros de los
operados que se ven en los dibujos anatómicos, parecíanle tranquilos,
resignados, insensibles al dolor, y preguntábase si tal dosis de valor
podía ser compatible con la naturaleza de las almas humanas. Seguía
viendo, sobre todo, al cirujano de la página 89, todo vestido de negro,
con un cuello de terciopelo en su levita. Este fantástico ser tiene la
cabeza redonda y algo grande, la frente despejada, y asierra con esmero
y seriedad los dos huesos de una pierna viva.

--¡Monstruo!--exclamó, sin poder contenerse, M. L'Ambert.

Y en aquel mismo instante, vio entrar al monstruo en persona, y el
criado anunció a M. Bernier.

El notario retrocedió, reculando, hasta el rincón más oscuro de su
cuarto, con los ojos desmesuradamente abiertos, la mirada extraviada, y
extendiendo hacia adelante los brazos, como para rechazar a un enemigo.
Castañeteando los dientes, murmuró con voz sofocada, como en las novelas
de Javier de Montepin:

--¡Él! ¡él! ¡él!

--Caballero--dijo el doctor,--siento haberos hecho aguardar, y os
suplico que os calméis. Ya conozco el accidente de que acabáis de ser
víctima, y me atrevo a esperar que el mal tenga remedio. Pero nada
podremos hacer si tenéis miedo de mí.

La palabra miedo tiene siempre un sonido desagradable para los oídos
franceses. M. L'Ambert descargó con el pie un fuerte golpe sobre el
suelo, avanzó decididamente hacia el doctor, y le dijo con una risita
demasiado nerviosa para ser natural.

--¡Vamos, doctor! tenéis, al parecer, ganas de broma. ¿Tengo cara, por
ventura, de cobarde? Si lo fuese, no me hubiera puesto en el trance esta
mañana de que me descompletasen mi pobre humanidad. Pero, mientras os
estaba esperando, he hojeado un libro de cirugía, y acababa en este
momento de ver en él la figura de un cirujano que tiene cierto parecido
con vos, cuando, al entrar, me habéis hecho el efecto de un aparecido.
Añadid a esta sorpresa las emociones sufridas esta mañana, y quién sabe
si acaso también algún movimiento febril, y me perdonaréis lo que de
raro hayáis notado en la acogida que os hice.

--¡En hora buena!--dijo M. Bernier, recogiendo el libro del suelo.--¡Ah!
¡leíais a Ringuet! Es muy amigo mío. Recuerdo, efectivamente, que me
hizo representar en un grabado, con arreglo a un croquis de Leveillé.
Pero sentaos, por favor.

Calmose un poco el notario y refirió al doctor los acontecimientos de la
jornada, sin echar en olvido el incidente del gato que, por decirlo así,
habíale hecho perder por segunda vez su tan llorada nariz.

--Es una gran desgracia--observó el cirujano,--pero es posible repararla
en el término de un mes. Supuesto que tenéis en vuestro poder el libro
de Ringuet, poseeréis seguramente algunas nociones de cirugía.

M. L'Ambert confesó que no había llegado aún a ese capítulo.

--Pues bien--replicó M. Bernier,--voy a condensároslo en cuatro
palabras. La rinoplastia es el arte de rehacer la nariz a los
imprudentes que la han perdido.

--¿Pero es de veras, doctor?... ¿es posible ese milagro?... ¿Ha
encontrado la cirugía la manera de...?

--Ha encontrado tres sistemas nada menos. Descartemos el método francés,
pues no lo considero aplicable al caso vuestro. Si la pérdida de
sustancia fuese menos considerable, podría despegar los bordes de la
herida, avivarlos, ponerlos en contacto y unirlos de primera intención.
Mas no hay que pensar en esto.

--De lo que me alegro infinito--contestole el notario.--No podéis
imaginaros, doctor, hasta qué punto la idea de heridas avivadas y de
bordes suturados me descomponen los nervios. ¡Examinemos otros medios
más suaves, yo os lo ruego!

--La cirugía raramente procede con dulzura; pero, en fin, os queda la
elección entre el sistema indio y el italiano. El primero consiste en
cortar en la piel de vuestra frente una especie de triángulo, con el
vértice hacia abajo y la base hacia arriba, con el cual se fabrica la
nueva nariz. Se despega este trozo de piel en toda su extensión, salvo
el vértice inferior que debe permanecer adherido. Se le hace girar sobre
este vértice, a fin de que me quede siempre hacia fuera la epidermis, se
le rebate hacia abajo y se cosen sus bordes a los de la herida. En otros
términos, puedo haceros otra nariz bastante presentable a expensas de
vuestra frente. El éxito de la operación es casi cierto; pero siempre
conservaréis en la frente una extensa cicatriz.

--No quiero cicatrices, doctor; no las quiero a ningún precio. Os digo
más, doctor (y perdonadme esta debilidad), desearía que, a ser posible,
no me hicieseis ninguna operación. Acabo de sufrir una hace poco, de
manos de ese turco condenado, y, para prueba, ya basta. Se me hiela la
sangre al recordar la sensación solamente. Tengo tanto valor como
cualquier otro hombre, mas tengo nervios también. La muerte no me
asusta, pero el sufrimiento me aterra. Matadme, si queréis, pero, ¡por
Dios no me cortéis más nada!

--Caballero--replicole el doctor, con cierto dejo de ironía,--si tal
prevención sentís contra las operaciones, hubierais debido llamar a un
médico homeópata en vez de hacer venir a un cirujano.

--No os burléis de mí, doctor. No he sabido reprimirme ante la idea de
la operación india. Los indios son salvajes y tienen una cirugía digna
de ellos. ¿No habéis hablado también de un sistema italiano? No me
agradan los italianos por su política. Son un pueblo ingrato, que ha
observado la conducta más negra con sus legítimos amos; pero, en materia
de ciencia, no siento ninguna prevención contra esos bribones.

--Muy bien--respondió el doctor,--optad, si os place, por el método
italiano. Da a veces resultados excelentes, pero exige una inmovilidad y
paciencia de la que tal vez no seáis capaz.

--Si sólo se trata de inmovilidad y paciencia, os respondo en absoluto
de mí.

--¿Sois capaz de permanecer, por espacio de treinta días, en una
posición extremadamente molesta?

--Sí.

--¿Con la nariz cosida al brazo derecho?

--Sí.

--En ese caso, os cortaré del brazo un trozo triangular de piel, de
quince o diez y seis centímetros de longitud, por diez u once de
anchura...

--¿Que me cortaréis a mí ese trozo de piel?

--Sin duda.

--¡Pero eso es espantoso, doctor! ¡desollarme vivo! ¡sacarme el pellejo
a tiras! ¡eso es bárbaro, inhumano, propio de la Edad Media, digno sólo
de Shiloock, el judío de Venecia!

--Lo de menos es la herida del brazo. Lo difícil es permanecer cosido a
sí mismo por espacio de treinta días.

--A mí sólo me horroriza el corte del escalpelo. Cuando se ha sentido ya
el frío de la hoja de acero al penetrar en la carne viva, se horripila
uno al pensarlo. Una vez, y nada más, mi querido doctor.

--Siendo así, caballero, no hay nada que aquí exija mi presencia: Os
quedaréis sin nariz para toda vuestra vida.

Esta especie de condena sumió al pobre notario en profunda
consternación, que le hizo recorrer la estancia a grandes pasos,
mesándose los cabellos de su hermosa y rubia cabellera como un loco.

--¡Mutilado!--exclamaba, llorando;--¡mutilado para siempre! ¡No hay
remedio para mí! ¡Si existiese alguna droga, algún tópico misterioso
cuya virtud devolviera la nariz a los que la han perdido, lo compraría a
peso de oro! ¡Lo enviaría a buscar al fin del mundo! Hasta sería capaz
de fletar para ello un buque si no hubiera otro remedio. ¡Pero nada! ¿de
qué me sirve ser rico? ¿de qué sirve que seáis un cirujano ilustre, si
toda vuestra habilidad y todos mis sacrificios no sirven absolutamente
para nada? ¡Riqueza, ciencia! ¡he aquí dos palabras hueras!

Pero M. Bernier le respondía de vez en cuando, con imperturbable calma:

--Permitidme que os corte un trozo de piel del brazo, y os reconstruiré
la nariz.

M. L'Ambert pareció decidirse un instante. Quitose la levita y
arremangose la manga de la camisa; pero cuando vio abierto el estuche
del cirujano, y brillaron ante sus aterrados ojos las hojas relumbrantes
de treinta instrumentos de suplicio, palideció intensamente y se
desplomó, desmayado, sobre una butaca. Algunas gotas de agua con vinagre
le devolvieron el conocimiento, mas no la resolución.

--No pensemos más en esto--dijo recuperando la calma.--Nuestra
generación posee toda clase de valores, mas se arredra ante el dolor. Es
culpa de nuestros padres que nos han criado envueltos entre nubes de
algodón en rama.

Pocos instantes después, aquel joven, que profesaba los más religiosos
principios, púsose a blasfemar de la Providencia.

--En realidad--exclamó,--el mundo es una gran trapisonda, ¡bendigamos
por ello al Creador! Con mis doscientos mil francos de renta, me quedaré
para el resto de mi vida tan chato como una calavera; en tanto que mi
portero, que no tiene jamás en el bolsillo diez escudos, lucirá la nariz
de un Apolo de Beldevere. ¡La Suprema Sabiduría, que tantas cosas ha
previsto, no acertó a prever que un turco me cortaría la cabeza por
saludar a la señorita Victorina Tompain! Hay en Francia tres millones de
pordioseros, todos los cuales juntos no valen medio franco, ¡y no puedo
yo comprar a peso de oro la nariz de cualquiera de esos miserables!...
Y, después de todo, ¿por qué?

Su rostro iluminose por un rayo de esperanza, y añadió, con tono más
dulce:

--Mi anciano tío de Poitiers, en su última enfermedad, se hizo inyectar
cien gramos de sangre bretona en la vena cefálica mediana: un antiguo
servidor prestose a suministrársela. Mi bella tía Giromagny, cuando aún
conservaba su belleza, hizo arrancar un incisivo a una de sus doncellas
más hermosas para reemplazar un diente que acababa de perder. Este
expediente dio un resultado magnífico, y no costó arriba de tres luises.
Doctor, vos me habéis dicho que, a no ser por la trastada de ese maldito
gato, hubierais podido colocarme nuevamente la nariz en su sitio,
cosiéndomela con cuidado. ¿Me lo habéis dicho, o no?

--Sin duda, y os lo repito.

--Y si lograse comprar la nariz de algún pobre diablo, ¿podríais también
colocármela en reemplazo de la mía?

--Claro está que podría...

--¡Oh, magnífico!

--Pero no me prestaría a hacerlo, ni ninguno de mis colegas tampoco.

--¿Y por qué, queréis decirme?

--Porque mutilar a un hombre sano es un crimen, por muy estúpido que
sea, o muy hambriento que se halle el paciente para consentir en ello.

--A la verdad, doctor, que confundís mis nociones relativas a lo justo y
a lo injusto. Yo me hice reemplazar, cuando fui llamado a filas,
mediante un centenar de luises, por una especie de alsaciano, de pelo
alazán tostado. A mi hombre (porque era bien mío) hubo de llevarle la
cabeza una bala de cañón, el 30 de abril de 1849. Y como dicha bala me
estaba destinada a mí por la suerte, puedo decir con verdad que el
alsaciano en cuestión vendiome su cabeza y toda su persona entera por un
centenar de luises, o algo más. El Estado no sólo toleró, sino que
aprobó esta combinación; vos tampoco tendréis nada que objetar; es muy
posible que vos mismo hayáis comprado también al mismo precio un hombre
entero, que se haya matado por vos. ¡Y sois capaz de escandalizaros
porque ofrezco doble precio, al primer bribón que se presente, por sólo
la punta de la nariz!

El doctor detúvose un momento a meditar una respuesta lógica. Pero, como
no la encontrase, dijo al señorito L'Ambert:

--Si bien no permite mi conciencia desfigurar a otro hombre en beneficio
vuestro, creo que podría, sin escrúpulo, cortar del brazo de cualquier
perillán los pocos centímetros cuadrados de piel que os hacen falta.

--¡Vaya, doctor! ¡tomadlos de dónde mejor os plazca, con tal de que
reparéis este estúpido accidente! Busquemos en seguida un hombre de
buena voluntad, y ¡viva el método italiano!

--Os prevengo de nuevo, sin embargo, que tendréis que permanecer un mes
entero en una situación bien molesta.

--¡Qué me importan todas las molestias del mundo, si al cabo de ese mes
puedo presentarme de nuevo en el _foyer_ de la Opera!

--Convenido. ¿Habéis pensado ya en alguien? ¿Acaso ese portero de quien
ahora poco hablabais...?

--¡Me parece muy bien! Será fácil comprarlo, con su mujer y sus hijos,
por un centenar de escudos. Cuando Barberau, su antecesor, se retiró no
sé adónde, para vivir de sus rentas, un cliente recomendome a este, que
se estaba literalmente muriendo de hambre.

Llamó M. L'Ambert, y ordenó al ayuda de cámara, que se presentó al
instante, que hiciera subir a Singuet, el nuevo portero.

Acudió el hombre, y lanzó un grito de espanto al contemplar el rostro de
su amo.

Era el verdadero tipo del pobre diablo parisiense, que es el más pobre
de todos los diablos: un hombrecillo de treinta y cinco años de edad, al
cual todos le hubieran echado sesenta, a juzgar por su aspecto flaco,
amarillo y desmirriado.

M. Bernier examinolo atentamente y le mandó volver otra vez a la
portería.

--La piel de este hombre--dijo--no sirve para nada. Acordaos que los
jardineros toman las varas, para efectuar sus injertos, de los árboles
más sanos y rollizos. Elegidme a un mozo fuerte y rebosando salud entre
vuestra servidumbre; de sobra los tendréis.

--Sí, pero no será empresa fácil convencerlos. Mis criados son todos
caballeros, que poseen capitales y valores en cartera, y especulan al
alza y a la baja, como todos los criados de casa grande. No creo que
haya ninguno entre ellos que quiera comprar con el precio de su sangre
un dinero que se gana tan fácilmente en la Bolsa.

--Pero tal vez halléis alguno que por abnegación y cariño...

--¿Abnegación y cariño entre estas gentes? ¡Creo que os burláis, doctor!
Nuestros padres tenían servidores abnegados: nosotros sólo poseemos unos
grandísimos pillos que medran a nuestra costa, y, en el fondo, tal vez
salgamos ganando. Nuestros padres, que se veían amados por estas
gentes, creíanse obligados a pagarles en la misma moneda. Sufrían sus
defectos, asistíanlos en sus enfermedades, alimentábanlos en su vejez:
esto era insoportable. Yo pago a mis criados para que me sirvan bien, y,
cuando no estoy satisfecho de ellos, los despido, sin meterme a
averiguar si es falta de voluntad, vejez o indisposición lo que motiva
su mal comportamiento.

--Entonces no encontraremos en vuestra casa el hombre que precisamos.
¿Tenéis alguno a la vista?

--¿Yo? Ninguno. Pero es igual; el primer advenedizo, el mozo de cordel
de la esquina, el aguador que grita en este momento en la calle.

Sacó del bolsillo las gafas, levantó ligeramente la cortina, examinó, a
través de aquéllas, la calle de Beaune, y dijo al doctor:

--He ahí a un muchacho que no tiene mala cara. Tened la bondad de
hacerle señas, porque yo no me atrevo a mostrar a los transeúntes mi
rostro.

M. Bernier abrió la ventana en el momento en que la víctima elegida
gritaba a plenos pulmones:

--¡Agua muy fresca!

--¡Muchacho!--gritole el doctor,--dejad vuestro tonel y subid por la
calle de Verneuil, si queréis ganar un buen puñado de luises.



IV

CHEBACHTIÁN ROMAGNÉ


Llamábase Romagné, por su padre. Sus padrinos le habían puesto, al
bautizarle, Sebastián; pero, como era natural de Frognac-les-Mauriac,
departamento de Cantal, invocaba a su patrón bajo el nombre de _Chan
Chebachtián_. Todo hace presumir que había escrito su nombre con _ch_;
pero, afortunadamente, no sabía escribir. Este hijo de la Auvernia
contaba veinticuatro o veinticinco años de edad, y poseía la
constitución de un verdadero Hércules: alto, grueso, rechoncho,
colorado; fuerte como un buey de labor, dulce y fácil de conducir como
un corderillo blanco. Imaginaos un hombre fabricado de la pasta mejor,
al par que la más grosera.

Era el mayor de diez hijos, entre mujercitas y varones, que tragaban y
bullían bajo el techo paternal. Su padre poseía una cabaña, un pedazo de
tierra, algunos castaños en el monte, media docena de cerdos, y dos
brazos para cavar el terreno. La madre hilaba cáñamo; los varones
ayudaban al padre; las mujercitas arreglaban la casa y se cuidaban las
unas a las otras, haciendo la mayor de niñera de la más pequeña, y así
todas las otras, hasta terminar la escala.

El joven Sebastián jamás brilló por su inteligencia, ni por su memoria,
ni por ningún don intelectual; pero, en cambio, poseía un corazón
excelente. Le habían enseñado algunos capítulos del catecismo como se
enseña a los mirlos a silbar cualquier tonadilla; pero siempre profesó
los sentimientos más cristianos. Jamás abusó de sus fuerzas contra las
personas ni contra los animales; evitaba las querellas y recibía con
frecuencia coscorrones, sin devolverlos jamás. Si el subprefecto de
Mauriac hubiese querido conceder una medalla de plata, no hubiera tenido
más que escribir a París, porque Sebastián había salvado a muchas
personas, con grave exposición de su propia vida, y en especial a dos
gendarmes que estaban a punto de ahogarse, con sus caballos, en el
torrente del Saumaise. Pero a todo el mundo le parecían sus actos
meritorios la cosa más natural, ya que los ejecutaba por instinto, y a
nadie se le ocurría concederle una recompensa, considerándolo casi como
a un perro de Terranova.

A la edad de veinte años entró en quintas y obtuvo un número alto,
gracias a una novena que hizo, en unión de su familia. Después de esto,
resolvió marcharse a París, siguiendo los usos y costumbres de la
Auvernia, para ahorrar algunos centenares de francos, y volver después a
ayudar a sus padres. Le dieron un traje de pana y veinte francos, que en
Mauriac constituyen una cantidad importante, y aprovechó la ocasión de
marchar un camarada que conocía el camino de la capital. Hizo el camino
a pie, invirtiendo en él diez jornadas, y llegó fresco y dispuesto a
trabajar, con catorce francos y medio en el bolsillo, y los zapatos sin
estrenar, en la mano.

Dos días más tarde, rodaba un tonel por el faubourg de Saint-Germain, en
compañía de otro camarada que no podía ya subir las escaleras, porque
se había relajado. En pago de sus servicios, recibió alojamiento, cama,
manutención y ropa limpia, a razón de una camisa cada mes, sin contar el
franco y medio semanal que le daba su patrón para sus gastos de soltero.
Con sus economías, compró, al cabo del año, un tonel de lance, y se
estableció por su cuenta.

El éxito que obtuvo fue asombroso, y superior a cuanto pudo esperarse.
Su ingenua cortesía, su incansable amabilidad y su intachable honradez,
captáronle la simpatía y protección de todo el barrio. De dos mil
escalones que solía subir al principio, llegó a siete mil gradualmente.
Por eso enviaba hasta sesenta francos mensuales a las buenas gentes de
Frognac. La familia bendecía su nombre y lo encomendaba a Dios con
fervor, mañana y tarde, en sus plegarias; sus hermanos menores tenían
pantalones nuevos, y se pensaba nada menos que enviar a los dos más
pequeños a la escuela.

Su vida, sin embargo, a pesar de soplarle la fortuna, en nada había
cambiado: acostábase al lado de su tonel, en un mal bodegón, y renovaba
la paja de su lecho sólo dos veces al mes. Su traje de pana estaba más
remendado que el vestido de un arlequín. La verdad es que en vestir
habría gastado bien poco, a no ser por los malditos zapatos que
consumían cada mes un kilogramo de clavos. En el comer era donde no
escatimaba lo más mínimo. Adquiría, sin regatear, diariamente cuatro
libras de pan, y hasta, a veces, solía regalarse el estómago con un
trozo de queso o de cebolla, o con media docena de manzanas, compradas
en el puente nuevo. Los domingos y días festivos permitíase el lujo de
comer sopa y carne, y el resto de la semana se chupaba los dedos
recordándolo. Pero era demasiado buen hijo y buen hermano para
permitirse jamás el despilfarro de tomar un vaso de vino. «El vino, el
amor y el tabaco» eran para él artículos fabulosos, que sólo conocía de
oídas. Con mucha mayor razón ignoraba los placeres del teatro, tan caros
para los obreros de París. Nuestro hombre prefería acostarse a las
siete, sin que le costara un céntimo, a aplaudir a M. Dumaine por medio
franco.

Tal era, en lo moral y en lo físico, el hombre a quien M. Bernier llamó,
en la calle de Beaune, para que cediese un buen trozo de su piel a M.
L'Ambert.

Advertidos los criados, hiciéronle pasar en seguida.

Avanzó tímidamente, con el sombrero en la mano, levantando los pies
cuanto podía, y no atreviéndose a sentarlos sobre la alfombra. La
tormenta de aquella mañana lo había salpicado de lodo hasta las axilas.

--Si me llaman para que suministre agua a la casa--dijo saludando al
doctor, y convirtiendo en ches cuantas eses tenía que pronunciar,--le...

M. Bernier cortole la palabra.

--No, amigo mío; no se trata de nada relacionado con vuestro comercio.

--¿De qué se trata, pues?

--De otra cosa completamente distinta. Al señor le han cortado la nariz
esta mañana.

--¡Ah, demontre! ¡pobre hombre! ¿Quién ha hecho esa villanía?

--Un turco; pero esto es lo de menos.

--¡Un salvaje! Sabía ya de referencia que los turcos eran salvajes; pero
no creí que les dejasen venir a París. Esperad un momento, que voy a
avisar a un gendarme.

M. Bernier contuvo este alarde de celo del buen auvernés, y explicóle,
en pocas palabras, la clase de servicio que se pretendía que prestase.
Creyó, al principio, que se burlaban de él, porque se puede ser un
excelente aguador sin tener la más pequeña noción de rinoplastia. Hízole
comprender el doctor que se deseaba tenerle embargado durante un mes, y
comprarle unos ciento cincuenta centímetros cuadrados de su piel.

--La operación no es nada en sí--le dijo,--y os garantizo que os hará
sufrir bien poco; pero os advierto, en cambio, que tendréis que tener
una paciencia enorme para permanecer un mes inmóvil, con el brazo cosido
a la nariz del señor.

--Paciencia no me falta--respondió nuestro hombre;--para algo soy
auvernés. Pero para que yo pase un mes en esta casa prestando a este
señor un importante servicio, será necesario que me abonen los jornales
de esos días.

--Desde luego. ¿Cuánto exigís? Sebastián meditó unos instantes.

--En conciencia--dijo al fin,--ese trabajo bien vale cuatro francos
diarios.

--No, amigo mío--respondiole el notario;--ese trabajo vale mil francos
al mes, o sea, treinta y tres francos diarios.

--No--replicó el doctor, con acento autoritario;--eso vale dos mil
francos.

L'Ambert inclinó la cabeza, y no se atrevió a objetar.

Romagné pidió permiso para terminar aquel día su trabajo, dejar en el
bodegón su tonel y buscar quien le reemplazase durante el mes.

--Por otra parte--dijo,--no vale la pena de comenzar hoy mismo, para
sólo medio día.

Demostráronle que el caso era urgente, y tomó, en vista de ello, sus
medidas. Mandaron a buscar a uno de sus amigos, el cual prometió
reemplazarle por espacio de un mes.

--Tú me traerás el pan todas las noches--le dijo Romagné.

Pero se apresuraron a decirle que la precaución era inútil, pues le
darían de comer en la casa.

--Eso dependerá de lo que me cueste--observó él.

--M. L'Ambert os dará de comer gratis.

--¡Gratis! eso ya es distinto. He aquí mi piel. Cortadmela cuanto antes.

Romagné soportó la operación como un valiente, sin pestañear siquiera.

--Esto es un placer--decía.--Me han contado de un auvernés de mi país
que se hacía petrificar en una fuente mediante un franco por hora.
Prefiero dejarme cortar a pedazos. No es tan molesto, y produce mucho
más.

M. Bernier cosiole el brazo izquierdo al rostro del notario, y ambos
hombres permanecieron, por espacio de un mes, encadenados uno al otro.
Los dos hermanos siameses que excitaron un día la curiosidad de toda
Europa no estaban tan indisolublemente unidos. Pero aquéllos eran
hermanos, acostumbrados a soportarse mutuamente desde la más tierna
infancia, y habían recibido la misma educación. Si uno hubiese sido
aguador y el otro notario, tal vez no hubiesen dado el espectáculo de
una amistad tan fraternal.

Romagné jamás se quejaba de nada, por muy extraña que la nueva
situación le pareciese. Obedecía como un esclavo, o, por mejor decir,
como un buen cristiano, todos los mandatos del hombre que le comprara su
piel. Se levantaba, se sentaba, se acostaba, se volvía hacia la derecha
o la izquierda, según el capricho de su señor. No obedece con tanta
sumisión al Polo Norte la aguja imantada, como Romagné a M. L'Ambert.

Esta heroica mansedumbre enterneció el corazón del notario, que, a decir
verdad, nada tenía de blando. Sintió por espacio de tres días una
especie de gratitud por los buenos cuidados que le prodigaba su víctima;
mas no tardó en cobrarle antipatía y hasta horror.

Un hombre joven, activo y lleno de salud, no se acostumbra nunca, sin
trabajo, a la inmovilidad absoluta. ¿Qué no será cuando se trate de
permanecer inmóvil al lado mismo de un ser inferior, sucio y sin
educación? Pero lo había querido así la suerte. Era preciso vivir sin
nariz o soportar al auvernés con todas sus consecuencias: comer con él,
dormir con él, llenar al lado suyo, y en la situación más incómoda,
todas las funciones de la vida animal.

Era Romagné un digno y excelente joven; pero roncaba como un órgano.
Adoraba a su familia y amaba a su prójimo; pero jamás se había bañado en
su vida por temor de malgastar el agua, objeto de su comercio. Poseía
los sentimientos más delicados del mundo; pero no sabía imponerse los
sacrificios más elementales que la civilización recomienda. ¡Pobre M.
L'Ambert! ¡y pobre Romagné asimismo! ¡qué noches y qué días! ¡qué lluvia
de puntapiés! Inútil es decir que Romagné los recibía sin quejarse,
temeroso de que un falso movimiento diese al traste con el experimento
del doctor Bernier.

El notario recibía buen número de visitas. Vinieron a verle todos sus
compañeros de aventuras, que se burlaban del auvernés. Enseñáronle a
fumar cigarrillos, y a beber vino y aguardiente. El pobre diablo se
entregaba a estos placeres con la ingenuidad de un piel roja. Lo
emborracharon, lo ahitaron de manjares, le hicieron descender todos los
escalones que separan al hombre de la bestia. Era preciso educarle
nuevamente, y aquellos buenos señores acometieron esta difícil tarea con
placer mefistofélico. ¿No era, por ventura, una cosa divertida y
agradable la empresa de desmoralizar al auvernés?

Cierto día le preguntaron en qué pensaba emplear los cien luises de M.
L'Ambert cuando acabase de ganarlos.

--Los emplearé en papel del cinco por ciento, y me producirán cien
francos de renta--contestoles.

--¿Y después?--preguntole un emperejilado millonario de veinticinco años
de edad.--¿Serás más rico con eso? ¿serás más dichoso acaso? ¡Tendrás
treinta céntimos de renta diaria! Si te casas, lo cual es inevitable,
pues eres de la madera de que se fabrican los imbéciles, tendrás doce
hijos al menos.

--¡Es posible!--replicó el auvernés, riendo de buena gana.

--Y, en virtud del Código civil, linda invención del Imperio, le dejarás
a cada uno de ellos un par de céntimos al día. En tanto que, con dos mil
francos, puedes vivir un mes lo menos como un rico, conocer los
placeres de la vida y elevarte muy por encima de tus semejantes.

Romagné se defendía como un gato panza arriba contra estas tentativas de
corrupción; pero hubieron de descargar tantos golpes sobre su espeso
cráneo, que acabaron por abrir en él un pequeño orificio por donde
penetraron las ideas falsas, y se fueron apoderando de su cerebro.

También acudieron las damas, de las cuales conocía L'Ambert muchísimas
en todas las capas sociales. Romagné presenció las escenas más diversas;
escuchó numerosas protestas de amor y fidelidad que carecían de
verosimilitud. M. L'Ambert no sólo no se recataba de mentir como un
bellaco en su presencia, sino que, en ocasiones, se complacía, en la
intimidad, en mostrarle todas las falsedades que forman, por decirlo
así, el cañamazo donde se borda la vida elegante.

¡Y el mundo de los negocios! Romagné creyó descubrirlo, como Cristóbal
Colón, porque no tenía de él noción alguna. Los clientes del notario no
se recataban de él para tratar las mayores enormidades: hablaban en su
presencia como pudieran hacerlo delante de una docena de ostras. Vio
padres de familia que buscaban el modo de despojar a sus hijos en
provecho de una amante o de alguna obra piadosa; jóvenes que estudiaban
la manera de robar la dote a su futura esposa por medio de un contrato;
prestamistas que exigen el diez por ciento sobre primeras hipotecas y
prestatarios que hipotecaban fincas imaginarias.

Carecía de talento y su inteligencia no era muy superior a la de
cualquier perro de aguas; pero su conciencia se le reveló.

--Vos no poseéis mi estima--le dijo un día al notario, creyendo hacerle
un gran bien.

Y la repugnancia que L'Ambert sentía por él trocose en odio mortal.

En los últimos ocho días de su forzada intimidad sucediéronse las
tempestades casi sin interrupción.

Al fin adquirió Bernier la plena convicción de que el trozo de piel
había arraigado en la cara del notario, a pesar de los innumerables
tirones que sufriera. Desunió a los dos enemigos, y modeló una nariz a
L'Ambert con el trozo de piel que había cesado ya de pertenecer al
auvernés. Y el acicalado millonario de la calle de Verneuil, arrojó dos
billetes de a mil francos al rostro de su esclavo, diciéndole:

--¡Toma, infame! El dinero es lo de menos; pero me has hecho gastar lo
menos cien mil escudos de paciencia. Vete ahora mismo de aquí; sal de
mi casa para siempre, y haz de modo que nunca jamás, en mi vida, vuelva
a oír pronunciar tu nombre.

Romagné diole las gracias, con gesto no desprovisto de altivez, se bebió
una botella de vino en la cocina, tomó un par de copitas con Singuet, y
marchó tambaleándose hacia su antiguo domicilio.



V

GRANDEZA Y DECADENCIA


M. L'Ambert volvió a entrar en el mundo con éxito; casi podría decirse
que con gloria. Sus testigos le hicieron la más estricta justicia
diciendo que se había batido como un león. Los viejos notarios sentíanse
rejuvenecidos por su valor.

--¡Ved ahí--decían,--lo que somos cuando se nos pone en ciertos trances!
¡Los notarios son tan hombres como cualquier otro! La suerte de las
armas hizo traición a maese L'Ambert; pero supo adoptar al caer un bello
gesto: ha sido un Waterloo. ¡Aunque digan lo que quieran, somos gentes
decididas!

De esta manera se expresaban el respetable maese Clopineau, y el digno
maese Labrique, y el untuoso maese Bontoux, y todos los nestores del
notariado. Los jóvenes hablaban en parecidos términos, con ciertas
variantes inspiradas por los celos.

--No queremos renegar--decían,--de maese L'Ambert: ciertamente que nos
honra, aun cuando nos compromete un poco; pero cada uno de nosotros
hubiera procedido con el mismo valor, y quién sabe si con menos torpeza.
Un funcionario público no debe dar estos escándalos. No se debiera ir
nunca al terreno del honor más que por causas confesables. Si yo fuese
padre de familia, preferiría confiar mis asuntos a un hombre prudente, y
no a un héroe de aventuras dudosas, etc., etc.

Pero la opinión del bello sexo, que es la que prevalece, habíase
declarado en favor del héroe de Parthenay. Tal vez no hubiera contado
con tan rara unanimidad si se hubiese conocido el episodio del gato;
quizás también ese sexo tan encantador como injusto habría condenado a
L'Ambert si hubiese tenido la avilantez de reaparecer ante el mundo sin
nariz. Pero todos los testigos habían guardado la mayor discreción
acerca del ridículo incidente del gato, y M. L'Ambert, lejos de estar
desfigurado, parecía haber ganado en el cambio.

Una baronesa observó que su fisonomía era más dulce desde que llevaba la
nariz recta. Una vieja canonesa, dechado de malicia, preguntó al
príncipe de B... si no haría bien en buscarle querella al turco. El
aguileño príncipe gozaba de una reputación hiperbólica.

Alguno preguntará cómo las damas del gran mundo podían interesarse en
peligros que no habían sido corridos por ellas. Los hábitos de maese
L'Ambert eran bien conocidos, y se sabía que una gran parte de su
corazón y de su tiempo los empleaba en la Opera. Pero el mundo perdona
fácilmente estas distracciones a los hombres que no se entregan a ellas
por completo. Representa el papel del fuego, y se contenta con lo poco
que le dan. Se agradecía a M. L'Ambert que no estuviese perdido más que
a medias, cuando tantos, a su edad, están perdidos del todo. No dejaba
de frecuentar las casas honradas, conversaba con las viudas, bailaba con
las solteras y tocaba en ocasiones el piano de una manera aceptable; no
hablaba, en fin, de caballos a la moda. Estos méritos, bastante raros
por cierto entre los jóvenes millonarios del faubourg, le concillaban
la benevolencia de las damas. Una linda devota, la señora de L...,
habíale demostrado durante tres meses que los placeres más vivos no
consisten en la disipación y el escándalo.

No se crea por eso que había roto en absoluto con el cuerpo de baile; la
severa lección recibida no le había hecho concebir el menor horror hacia
aquella hidra de cien encantadoras cabezas. Una de sus primeras visitas
fue para el templo donde brillaba la señorita Victorina Tompain. ¡Allí
sí que se le tributó un recibimiento entusiasta! ¡Con qué amistosa
curiosidad corrió todo el mundo a su encuentro! ¡Qué dulcísimos
dictados! ¡qué apretones de manos tan cordiales! ¡Cuántos labios
hechiceros se alargaron hacia él, en forma de tentador hocico, para
recibir un beso amistoso, sin la menor consecuencia! El notario estaba
radiante. Todos sus amigos de los días pares, todos los altos
dignatarios de la francmasonería del placer, le dieron la enhorabuena
por su curación milagrosa. Reinó durante todo un entreacto en aquel
reino envidiable. Le hicieron referir su aventura y explicar el
tratamiento del doctor Bernier, admirando todos la habilidad con que
estaban dados los puntos de sutura, que apenas se conocían.

--Imaginaos que ese excelente Bernier ha completado mi persona con la
piel de un auvernés. ¡Y qué auvernés, Dios mío! ¡El más estúpido y sucio
de la Auvernia! Nadie lo diría al ver el trozo de piel que me ha
vendido. ¡Qué horas tan desagradables me ha hecho pasar el muy burro!...
Los mozos de cordel que veis por las esquinas son petimetres al lado
suyo. Pero, gracias al cielo, ya me veo libre de él. El día en que le
pagué sus servicios y lo puse de patitas en la calle, se me quitó de
encima un peso inmenso. Se llama Romagné, ¡bonito nombre! Jamás lo
pronunciéis en mi presencia. ¡Si queréis que viva largos años, no me
habléis jamás de Romagné!

La señorita Victorina Tompain no fue, por cierto, la última en
cumplimentar al héroe. Ayvaz-Bey la había abandonado indignamente,
dejándole cuatro veces más dinero del que valía ella. El magnánimo
L'Ambert hubo de mostrarse con ella dulce y clemente.

--No os guardo rencor--le dijo,--ni a ese bravo turco tampoco. Sólo
tengo un enemigo en el mundo: un auvernés llamado Romagné.

Y pronunciaba su nombre con una entonación cómica que hizo gracia a todo
el mundo. Creo que aun hoy día la mayor parte de aquellas señoritas
dicen: «Mi Romagné, cuando hablan de su aguador.»

De esta suerte transcurrieron los tres meses de estío. La estación fue
deliciosa y casi todas las familias se ausentaron de París. La Opera
viose invadida por provincianos y extranjeros. M. L'Ambert frecuentola
bastante menos que otras veces.

Casi todos los días, al sonar las seis de la tarde, despojábase de la
gravedad del notario y partía para Maisons-Lafitte, donde había
alquilado un chalet, y adonde acudían a verle sus amigos y hasta sus
amiguitas. Jugaban en el jardín a toda clase de juegos campestres, y os
garantizo que el columpio nunca holgaba.

Uno de los más asiduos y animados concurrentes era el agente de cambios,
M. Steimbourg. La aventura de Parthenay habíale ligado a L'Ambert con
lazos más estrechos. M. Steimbourg pertenecía a una buena familia de
israelitas convertidos; su cargo valía dos millones y poseía una fortuna
de medio millón, de suerte que ya se podía trabar amistad con él. Las
amantes de los dos amigos se llevaban bastante bien, lo cual equivale a
decir que sólo se peleaban una vez por semana. ¡Qué bello es contemplar
cuatro corazones que laten al unísono! Los hombres montaban a caballo,
leían el _Fígaro_, o comentaban los chismes de la ciudad; las damas se
echaban mutuamente las cartas, con gracia sin igual: ¡una edad de oro en
miniatura!

M. Steimbourg creyó un deber presentar a su amigo a su familia.
Condújole a Bieville, donde su padre se había hecho construir un chalet.
M. L'Ambert fue recibido en él por un viejo muy verde, una señora de
cincuenta años, que no había abdicado aún, y dos jovencitas
extremadamente coquetas; y a primera vista advirtió que no entraba en
una casa de fósiles. Por el contrario: tratábase de una familia moderna
y perfeccionada. Padre e hijo eran dos buenos compañeros que se daban
mutuas bromas acerca de sus calaveradas. Las muchachas habían visto
cuanto se representaba en el teatro, y leído cuanto se ha escrito. Pocas
personas conocían mejor que ellas la crónica elegante de París; les
habían sido mostradas, en el teatro y en el bosque de Boloña, las más
celebradas bellezas de todas las clases sociales; las habían llevado a
presenciar las ventas de los mobiliarios más ricos, y disertaban de la
manera más agradable sobre las esmeraldas de la señorita X... y las
perlas de la señorita Z... La mayor, la señorita Irma Steimbourg,
copiaba con verdadera pasión los trajes y sombreros de la señorita
Fargueil; la menor, había enviado a uno de sus amigos a casa de la
señorita Figeac para que le pidiese la dirección de su modista. Una y
otra eran ricas y poseían buena dote. Irma le gustó más a L'Ambert. El
apuesto notario pensaba de vez en cuando que medio millón de dote y una
mujer que sabe llevar un traje no son cosas despreciables. Viéronse con
frecuencia, casi una vez por semana, hasta que llegaron las primeras
heladas de noviembre.

Tras un otoño dulce y brillante, cayó como una teja el invierno. Es un
hecho bastante conocido en nuestros climas, pero la nariz de L'Ambert
dio pruebas, en esta ocasión, de una sensibilidad extraordinaria.
Enrojeciose un poco al principio, después mucho; fuese hinchando por
grados hasta tornarse deforme. Después de una partida de caza alegrada
por el viento Norte, experimentó el notario intolerable comezón. Mirose
en el espejo de un mesón, y desagradole en extremo el color de su nariz.
A decir verdad, parecía un sabañón mal colocado.

Consolose pensando que un buen fuego le devolvería su figura natural, y,
en efecto, el calor se la descongestionó y rebajó su color durante
algunos momentos. Pero, al siguiente día, la comezón presentose
nuevamente, los tejidos se inflamaron mucho más, y presentose de nuevo
la coloración rojiza, acompañada de ciertos tintes violáceos. Ocho días
sin salir de su casa, sentado delante del hogar, borraron tan fatales
matices; pero reaparecieron, a pesar de las pieles de zorra azul, a la
primera salida.

Muerto de susto L'Ambert, envió a buscar en seguida al doctor Bernier.
Este acudió a toda prisa; diagnosticó una ligera inflamación y
prescribió unas compresas de agua helada. Sin embargo, la nariz no tuvo
alivio, a pesar de la refrigeración, y el doctor no salía de su asombro
al ver la persistencia del mal.

--Tal vez tenga razón Dieffembach--dijo al notario,--al asegurar que la
piel puede morir por un exceso de sangre, y recomendar que se le
apliquen sanguijuelas. ¡Ensayemos!

Aplicose a L'Ambert una sanguijuela en la punta de la nariz, y, cuando
se desprendió, harta de sangre, reemplazósela por otra, y así
sucesivamente, dos días y dos noches. La hinchazón y la coloración
desaparecieron por algún tiempo; mas sus efectos no fueron de larga
duración. Fue preciso recurrir a otro expediente. Pidió M. Bernier
veinticuatro horas para reflexionar, y se tomó cuarenta y ocho.

Cuando volvió al hotel de M. L'Ambert, estaba preocupado y daba muestras
de una timidez excesiva, y tuvo que realizar sobre sí mismo un gran
esfuerzo para decidirse a hablar.

--La medicina--dijo al fin,--no explica satisfactoriamente todos los
fenómenos naturales, y vengo a someteros una teoría que carece de todo
fundamento científico. Mis colegas se burlarían de mí si les dijese que
un pedazo de piel arrancada del cuerpo de un hombre puede permanecer
sometida a la influencia de su primitivo poseedor. No cabe duda alguna
de que es vuestra propia sangre, puesta en circulación por vuestro
corazón, bajo la acción del cerebro, la que afluye a vuestra nariz; y,
sin embargo, tentado estoy de creer que ese imbécil de auvernés no es
extraño a estos sucesos.

M. L'Ambert lanzó una exclamación de disgusto y de sorpresa. ¡Decir que
un vil mercenario, a quien había religiosamente pagado su servicio,
podía ejercer una influencia oculta sobre la nariz de un funcionario
público, era una impertinencia!

--Es mucho peor aun--replicó el doctor,--es un absurdo. Y, sin embargo,
os pido autorización para buscar a Romagné. Tengo necesidad de verle hoy
mismo, aunque no sea más que para convencerme de mi error. ¿Habéis
conservado sus señas?

--¡No lo permita Dios!

--Pues bien, yo trataré de averiguarlas. Tened paciencia, no salgáis
para nada de vuestra habitación, y suspended entre tanto toda
medicación.

Buscó en vano durante quince días. Recurrió a la policía, que le tuvo
despistado por espacio de tres semanas. Un agente sutil y lleno de
experiencia descubrió todos los Romagnés de París, excepto el que se
buscaba. Encontró un inválido, un tratante en pieles de conejo, un
abogado, un ladrón, un corredor del ramo de mercería, un gendarme y un
millonario, todos de este mismo apellido. M. L'Ambert se abrasaba de
impaciencia al lado del hogar, y contemplaba con desesperación su nariz
color de escarlata. Por fin se dio con el domicilio del aguador, pero
éste ya no vivía en él. Los vecinos refirieron que había hecho fortuna y
vendido su tonel para gozar de la vida.

M. Bernier dio una terrible batida por las tabernas y demás lugares de
placer, en tanto que su enfermo permanecía sumido en la mayor
melancolía.

El 2 de febrero, a las diez de la mañana, el atildado notario
calentábase tristemente los pies y contemplaba horrorizado aquella
peonía florida en medio de su rostro, cuando un alegre tumulto conmovió
toda la casa. Abriéronse las puertas con estrépito, de los pechos de
todos los criados escapáronse gritos de alegría, y se vio aparecer al
doctor, trayendo de la mano a Romagné.

Era el verdadero Romagné; pero, ¡cuán cambiado estaba! Sucio,
embrutecido, feo, con la mirada apagada, el aliento mal oliente,
apestando a vino y tabaco, rojo de la cabeza a los pies como un cangrejo
cocido, era el prototipo del erisipelatoso.

--¡Monstruo!--le dijo M. Bernier,--se te debería caer la cara de
vergüenza. Has descendido a un nivel más bajo que el de los brutos.
Conservas todavía la cara del hombre, pero no su color. ¡En qué has
empleado la fortunita que te proporcionamos? Te has revolcado en el
cieno de todos los vicios, y te he encontrado en las afueras de París,
tirado como un cerdo en el suelo de la taberna más inmunda.

El auvernés elevó hasta el doctor su mirada, y le dijo con su amable
acento, embellecido con este dejo propio del pueblo bajo parisiense:

--¡Y bien, qué! Que he empinado un poco el codo. ¿Es acaso una razón
para decirme esa sarta de necedades?

--¿A qué llamas necedades, majadero? Te reprocho tus torpezas. ¿Por qué
no colocaste tu dinero a interés en vez de bebértelo?

--¡Fue el señor quien me dijo que me divirtiese!

--¡Tunante!--exclamó el notario,--¿fui yo quien te aconsejó que te
fueses a emborrachar fuera de las fortificaciones, con aguardiente y
vino tinto?

--Cada uno se divierte como puede... He estado con mis camaradas.

--¡Vaya unos camaradas!--dijo el médico, no pudiendo reprimir un
movimiento de cólera.--¿De manera, truhán, que llevo a cabo una cura
maravillosa, que me llena de gloria y esparce por París mi bien ganada
fama, y que acabará por abrirme las puertas del Instituto, y tú, en
unión de unos cuantos borrachos de tu misma calaña, vais a hacer
zozobrar la más divina de mi obras? ¡Si sólo se tratase de ti,
grandísimo bellaco, te dejaríamos obrar como quisieses! Es un verdadero
suicidio físico y moral; pero un auvernés más o menos poco importa a la
sociedad. ¡Pero se trata de un hombre de mundo, de un rico, de tu
bienhechor, de mi cliente! Tú lo has comprometido, desfigurado,
asesinado con tu mala conducta. ¡Mira bien en qué estado lamentable has
puesto al señor el rostro! El infeliz contempló la nariz que había
contribuido a formar, y rompió en amargo llanto.

--Es una verdadera desgracia, señor Bernier; pero pongo a Dios por
testigo de que no he tenido yo la culpa. Esa nariz se ha deteriorado
ella sola. Yo soy un hombre honrado, y os juro que no he puesto mi mano
en ella.

--¡Imbécil!--tronó M. L'Ambert,--jamás comprendes las cosas... por más
que, en realidad, no es menester que comprendas. Se trata únicamente de
que digas sin rodeos si quieres cambiar de conducta y renunciar a esa
vida de crápula que me mata de rechazo. Te prevengo que tengo el brazo
muy largo, y que, si persistes en tus vicios, sabré ponerte pronto a
buen recaudo.

--¿Preso?

--Preso.

--¿Preso entre los criminales? ¡Gracias, señor L'Ambert! ¡Eso sería la
deshonra de mi familia!

--¡Seguirás bebiendo, o no?

--¡Ah, Dios mío! ¿cómo beber cuando no se tiene dinero? Todo lo he
gastado ya, señor L'Ambert. Me he bebido los dos mil francos íntegros;
me he bebido mi tonel y cuánto poseía, y no hay un alma en la tierra que
ya quiera abrirme crédito.

--Me alegro, perillán; hacen todos muy bien.

--Tendré que ser juicioso a la fuerza. La miseria me amenaza, señor
L'Ambert.

--¡Te repito que me alegro!

--¡Señor L'Ambert!

--¿Qué?

--Si tuvieseis la bondad de comprarme un tonel nuevo para ganarme la
vida honradamente, os juro que volvería a ser un buen sujeto.

--¡Buena fuera! Lo venderías al día siguiente para emborracharte.

--No, señor L'Ambert, ¡os lo juro por mi honor!--Esos son juramentos de
borracho.

--¿Queréis entonces que me muera de hambre y sed? ¡Un centener de
francos, mi buen señor L'Ambert!

--¡Ni un solo céntimo! La Providencia te puso en mi camino para devolver
a mi rostro su aspecto natural. Bebe agua, come pan seco, prívate de lo
más necesario, muérete de hambre, si puedes; sólo a ese precio podré
recobrar mis facciones y volveré a ser el mismo.

Romagné inclinó la cabeza y retirose arrastrando los pies y saludando a
los presentes.

El notario recuperó su alegría y el médico sus ensueños de gloria.

--No quiero alabarme a mí mismo--decía modestamente M. Bernier,--pero
Leverrier descubriendo un planeta por la fuerza del cálculo, no ha
realizado un milagro tan grande como yo. Adivinar, por el aspecto de
vuestra nariz, que un auvernés ausente y perdido en la baraúnda de un
París, se halla entregado a la crápula, es remontarse desde el efecto a
la causa por caminos que la audacia del hombre no había intentado aún.
En cuanto al tratamiento de vuestra enfermedad, se halla indicado por
las circunstancias. La dieta aplicada a Romagné es el único remedio que
puede curaros. La suerte ha venido a servirnos de un modo maravilloso,
puesto que este animal se ha comido hasta su último céntimo. Habéis
hecho perfectamente en negarle el socorro que os pedía: todos los
esfuerzos del arte serán vanos mientras tenga que beber ese hombre.

--Pero, doctor--le interrumpió L'Ambert,--¿y si no fuera ese el origen
de mi mal? ¿y si sólo se tratase de una coincidencia fortuita? ¿No
habéis dicho vos mismo que a veces la teoría...?

--He dicho, y lo repito, que en el estado actual de los conocimientos
humanos, vuestro caso no admite ninguna explicación lógica. Es un hecho
cuya ley se desconoce. La relación que hoy hallamos entre vuestra nariz
y la conducta de este auvernés, nos abre una perspectiva, engañosa tal
vez, mas, sin duda alguna, inmensa. Esperemos algunos días: si vuestra
nariz se cura a medida que Romagné se enmienda, se verá reforzada mi
teoría por una nueva probabilidad. No respondo de nada; pero presiento
una ley fisiológica, hasta aquí desconocida, y que me consideraré muy
feliz si puedo formularla. El mundo de las ciencias se halla lleno de
fenómenos visibles producidos por causas desconocidas. ¿Por qué la
señora de L..., a quien conocéis como yo, tiene en el hombro izquierdo
una cereza perfectamente pintada? ¿Es, acaso, como dicen, porque,
hallándose encinta su madre, sintió ésta grandes deseos, que no pudo
satisfacer, de comerse una cesta de cerezas expuestas en el escaparate
de Chevet? ¿Qué artista invisible ha dibujado esta fruta sobre el cuerpo
de un feto de seis semanas, del tamaño de un langostino mediano? ¿Cómo
explicar esta acción especial de lo moral sobre lo físico? ¿Y por qué
la cereza de la señora de L... adquiere cierta tumefacción y
sensibilidad en el mes de abril de cada año, cuando están flor los
cerezos? He aquí unos hechos ciertos, evidentes, palpables, y tan
inexplicables como la hinchazón y rubicundez de vuestra nariz. ¡Pero
tengamos paciencia!

Dos días después la hinchazón la nariz del notario cedía de un modo
visible, pero su color rojo persistía. Al final de la semana, su volumen
habíase reducido más de una tercera parte. Al cabo de quince días,
perdió por completo la piel, crió seguida otra nueva, y recuperó su
forma y color primitivos.

El triunfo del doctor era evidente.

--Mi único sentimiento--decía,--es que no hayamos guardado a Romagné en
una jaula, para observar en él, al mismo tiempo que en vos, los efectos
del tratamiento. Estoy seguro que ha estado, durante siete u ocho días,
cubierto de escamas como un pez.

--¡Que el diablo cargue con él!--observó cristianamente el notario.

Este, a partir de aquel día reanudó su vida ordinaria: salió carruaje, a
caballo, a pie; danzó los bailes del faubourg, y embelleció con su
presencia el _foyer_ de la Opera. Todas las mujeres lo acogieron
perfectamente, en el mundo y fuera de él. Una de las que más tiernamente
le felicitaron por su curación fue la hermana mayor de su amigo
Steimbourg.

Esta amabilísima joven, que tenía costumbre de mirar a los hombres cara
a cara, observó que M. L'Ambert había salido de la última crisis más
hermoso que nunca. Y en realidad, parecía como si aquellos dos o tres
meses de enfermedad hubiesen dado a su rostro un no sé qué de perfecto.
La nariz, sobre todo, aquella nariz recta, que acababa de recuperar sus
ordinarias dimensiones después de una dilatación excesiva, parecía más
fina, más blanca y más aristocrática que nunca.

Esta era también la opinión del acicalado notario, que se contemplaba en
todos los espejos con una creciente admiración de su persona. ¡Había que
verlo frente a frente de su imagen, sonriendo, endiosado, a su propia
nariz!

Pero a la vuelta de la primavera, en la segunda quincena de marzo,
mientras la generosa savia hacía retoñar las lilas, llegó a creer M.
L'Ambert que sólo a su nariz le eran negados los beneficios de la
estación y las bondades de la naturaleza. En medio del renacimiento
general de todas las cosas, palidecía como una hoja de otoño. Sus alas,
adelgazadas y como desecadas por el viento del desierto, adosábanse cada
vez más a su tabique central.

--¡Demontre!--decía el notario, haciéndole una mueca al espejo,--la
distinción es cosa bella, lo mismo que la virtud; pero esto ya es
demasiado. Mi nariz va adquiriendo una elegancia inquietante, y, si no
trato de darle alguna fuerza y color, muy pronto no será que una sombra.

Diose en ella un poco de colorete; pero sólo logró hacer resaltar más
aun finura increíble de aquella línea recta y sin espesor que dividía su
rostro en dos mitades. La fantástica nariz del desesperado notario hacía
recordar la varilla de hierro que proyecta su cortante sombra sobre la
esfera de los relojes de sol.

En vano sometiose a un régimen más alimenticio el indignado millonario
de la calle de Verneuil. Considerando que una buena alimentación,
digerida por un estómago sólido, aprovecha por igual a todas las partes
del cuerpo, se impuso la dulce ley de embaularse sendas tazas de caldo,
sendos tajos de carne ensangrentada, regados con los más generosos
vinos. Decir que estos manjares elegidos no le hicieron efecto, sería
negar la evidencia y blasfemar de las comidas regaladas. M. L'Ambert
adquirió en poco tiempo hermosos mofletes rojos, un pescuezo muy digno
de cualquier ternero apoplético y una respetable panza. Pero la nariz
parecía una especie de socio negligente o desinteresado, que no se ocupa
en cobrar sus dividendos.

Cuando un enfermo no puede comer ni beber, se le sostiene a veces por
medio de baños alimenticios, que penetran a través de los poros de la
piel hasta los centros vitales. M. L'Ambert trató a su nariz como a un
enfermo a quien es preciso alimentar por separado a cualquier precio.
Adquirió una bañera de plata sobredorada, y, seis veces al día,
introducíala en ella y la mantenía pacientemente sumergida en sendos
baños de leche, de vino de Borgoña, de caldo substancioso y hasta de
salsa de tomates. ¡Trabajo perdido! la enferma salía del baño tan pálida
y delgada y en estado tan deplorable como estaba antes de entrar.

Todas las esperanzas parecían ya perdidas, cuando un día M. Bernier
diose un golpe en la frente y exclamó:

--¡Pero si hemos cometido una falta imperdonable! ¡un error digno de
colegiales! ¡y he sido yo! ¡yo mismo, cuando este hecho constituye una
confirmación aplastante de mi teoría...! No lo dudéis, caballero: el
auvernés está enfermo, y es preciso curarle a él para que sanéis vos.

El desdichado L'Ambert mesose los cabellos. ¡Cuánto se arrepintió de
haber plantado a Romagné de patitas a la calle, y de haberse negado a
socorrerle, y olvidado el quedarse con sus señas! Representábase al
pobre diablo consumiéndose sobre un camastro, sin pan, sin rosbif y sin
vino de Châteaux-Margaux. Esta idea destrozaba su corazón. Asociábase a
los dolores del infeliz mercenario. Por primera vez en su vida
compadeciose de los sufrimientos del prójimo.

--¡Doctor, querido doctor!--exclamó, estrechando la mano de
Bernier,--¡daría toda mi fortuna por salvar a ese valiente muchacho!

Cinco días después, el mal había avanzado más aun. La nariz no era más
que una película flexible, que se plegaba bajo el peso de las gafas,
cuando M. Bernier vino a decirle que había encontrado al auvernés.

--¡Victoria!--exclamó entusiasmado el notario.

El cirujano encogiose de hombros y contestó que la victoria parecíale
dudosa por lo menos.

--Mi teoría--añadió,--está plenamente confirmada, y, como fisiólogo,
tengo que declararme satisfecho; pero, como médico, quisiera ante todo
curaros, y el estado en que he visto a ese infeliz no me inspira
demasiadas esperanzas.

--¡Vos le salvaréis, doctor!

--Por lo pronto, no me pertenece actualmente: se encuentra al servicio
de un colega mío que le estudia con cierta curiosidad.

--Ya lograréis que os lo ceda. ¡Lo compraremos, si es preciso!

--¡No soñéis siquiera en eso! Un médico no vende nunca a sus enfermos.
Los mata algunas veces, en interés de la ciencia, para ver qué tienen
dentro; pero traficar con ellos... ¡jamás! Mi amigo Fogatier me cederá,
tal vez, vuestro auvernés; pero el pobre está muy enfermo, y, para colmo
de desgracia, se halla tan aburrido de la vida, que quiere a todo trance
morirse. Rechaza las medicinas, y, en cuanto a los alimentos, tan pronto
se queja de no tener suficiente, y reclama a grandes voces su ración
entera, como rechaza cuanto le dan, y trata de matarse por hambre.

--¡Pero eso es un crimen! ¡Yo le hablaré! ¡yo le haré oír el lenguaje de
la religión y la moral! ¿Dónde se encuentra?

--En el hospital, sala de San Pablo, número 10.

--¿Tenéis vuestro carruaje a la puerta?

--Sí.

--Pues partamos. ¡Ah, infame! ¡quiere morirse! ¿Ignora por ventura que
todos los hombres son hermanos?



VI

HISTORIA DE UNAS GAFAS Y CONSECUENCIAS DE UN CATARRO NASAL


Jamás predicador alguno, jamás Bossuet ni Fenelón, jamás Massillon ni
Fléchier, jamás el mismo Mermilliod, desplegaron desde su sagrada
cátedra una elocuencia más persuasiva y untuosa que la empleada por M.
Alfredo L'Ambert ante el lecho de Romagné. Dirigiose primero a la razón,
después a la conciencia, y por último al corazón del enfermo. Recurrió a
lo profano y lo sagrado, citó textos de filósofos y santos. Mostrose
fuerte y benigno, severo y paternal, lógico, acariciador y hasta
complaciente. Demostrole que el suicidio es el más bochornoso de los
crímenes, y que era menester ser bien cobarde para afrontar
voluntariamente la muerte. Hasta se atrevió a emplear una metáfora tan
nueva como atrevida, comparando el suicida, al desertor que abandona su
puesto sin permiso de su cabo.

El auvernés, que no había tomado nada en las últimas veinticuatro horas,
parecía bien aferrado a su idea. Permanecía inmóvil y terco ante la
muerte, como un asno ante un puente. A los argumentos más hábiles,
respondía con impasible dolor:

--No vale la pena, señor L'Ambert; hay demasiada miseria en este mundo.

--¡Bah, amigo mío! la miseria fue instituida por Dios, que la creó para
excitar la caridad de los ricos y la resignación de los pobres.

--¿Los ricos? He pedido trabajo a todo el mundo, y me ha sido negado en
todas partes. ¡He pedido limosna y me han amenazado con la policía!

--¿Por qué no os dirigisteis a vuestros amigos? ¡A mí, por ejemplo! ¡a
mí, que tanto os debo! ¡a mí, que tan agradecido os estoy! ¡a mí, que
por mis venas corre vuestra propia sangre!

--¡En seguida! ¡para que me hicieseis poner nuevamente de patitas en la
calle!

--¡Mis puertas estarán siempre abiertas para vos, lo mismo que mi
bolsillo, igual que mi corazón!

--¡Si siquiera me hubieseis dado cincuenta francos para comprarme un
tonel de ocasión!

--¡Pero, animal!... animal querido, quiero decir... ¡permíteme que te
maltrate un poco, como en los tiempos en que compartía contigo mi mesa
y mi lecho! no son ya cincuenta francos los que pienso darte, sino mil,
dos mil, tres mil... ¡diez mil! mi fortuna entera deseo compartirla
contigo... a prorrateo, naturalmente, de nuestras necesidades
respectivas. ¡Es preciso que vivas! ¡es menester que seas feliz! He aquí
la primavera que vuelve, con su cortejo de flores y la dulce melodía de
las aves que trinan en la enramada. ¿Serás capaz de abandonar todo esto?
¡Piensa en el inmenso dolor que ocasionarías a tus infelices padres, que
te aguardan en tu país! ¡piensa en tus pobres hermanos! ¡en tu madre,
sobre todo, amigo mío, que no podría sobrevivirte! ¡Volverás a verlos a
todos! O, mejor dicho, no: permanecerás en París bajo mi protección,
conviviendo conmigo en la intimidad más estrecha. Quiero verte dichoso,
casado con una mujer bonita y hacendosa, padre de dos o tres hermosas
criaturas. ¡Sonríe, hombre, sonríe! ¡Toma este plato de sopas!

--¡Gracias, señor L'Ambert. Guardaos esas sopas; ¿para qué las he de
tomar? ¡Hay tanta miseria en el mundo!

--Pero, hombre, ¿no te juro que se han acabado ya tus malos días para
siempre? ¿que me encargo de tu porvenir, bajo mi fe de notario? Si
accedes a vivir, se acabarán tus sufrimientos, no volverás a trabajar,
¡tus años constarán de trescientos sesenta y cinco domingos!

--¿Sin lunes?

--Y de lunes también, si lo prefieres. Comerás, beberás, fumarás buenos
habanos. Serás mi comensal, mi amigo inseparable, mi otro yo. ¿Quieres
vivir, Romagné, para ser un segundo yo?

--No, no; ya que he comenzado a morir, lo mejor es acabar cuanto antes.

--¡Ah, pedazo de alcornoque! ¡Voy a contarte, animal, el destino que te
aguarda! No se trata ya solamente de las penas eternales que en tu
obstinación endiablada acercas más a ti cada minuto; en este mundo, aquí
mismo, mañana, quizás hoy, antes de ir a pudrirte a la fosa común, te
llevarán al anfiteatro. Te tenderán sobre una mesa de piedra, y partirán
tu cuerpo en pedazos. Uno henderá, a fuerza de hachazos, tu abultada
cabeza de mulo; otro te abrirá el pecho en canal para ver si es posible
que exista un corazón dentro de tan estúpida envuelta; otro...

--¡Por favor, señor L'Ambert, que no quiero que me corten a pedazos!
¡prefiero comer las sopas!

Tres días de sopas y su robusta constitución arrancáronle de aquel
amargo trance, y fue posible transportarle en carruaje al hotel de la
calle de Verneuil. El mismo M. L'Ambert lo instaló con solicitud
maternal. Alojolo en la habitación de su propio ayuda de cámara, para
tenerle más cerca. Por espacio de un mes ejerció con verdadera
abnegación las funciones de enfermero, pasando bastantes noches en
claro, a la cabecera de su lecho.

Estas fatigas, lejos de alterar su salud, devolvieron a su rostro su
frescura y lozanía habituales. Cuanta mayor asiduidad desplegaba en el
cuidado de su enfermo, más lozana y vigorosa tornábase su nariz.
Repartía su vida entre el estudio, el auvernés y el espejo. En este
período fue cuando escribió, distraídamente, sobre el borrador de una
escritura de venta: «¡Qué dulce es hacer bien a su prójimo!» Máxima un
poco vieja en sí misma, pero nueva en absoluto para él.

Cuando entró Romagné en el período de franca convalecencia, su huésped y
salvador, que tantas veces le había trozado el pan y partido los
biftecs, le dijo:

--A partir de este momento, comeremos siempre juntos. Sin embargo, si
prefieres comer en la cocina, también serás allí perfectamente
alimentado, y es posible, tal vez, que te encuentres más a gusto.

Romagné, a fuer de hombre juicioso, obtó por la cocina.

Supo conducirse en ella de tal suerte, que se captó la simpatía y el
aprecio de todos. Lejos de prevalerse de la amistad que le unía con el
amo, mostrose más humilde y más modesto que el último marmitón. Era un
criado que M. L'Ambert había puesto a sus servidores. Todo el mundo
utilizaba sus servicios, se burlaba de su acento y le daba palmadas
amistosas a la espalda, sin que a nadie se le ocurriese darle nunca una
propina. M. L'Ambert lo sorprendió varias veces sacando agua, cambiando
de sitio los muebles más pesados, encerando los pisos de madera. En
tales ocasiones le tiraba de la oreja aquel amo ideal, y le decía:

--Entretente, si quieres, no hay en ello inconveniente por mi parte;
pero no te fatigues demasiado.

El infeliz muchacho, confundido por tantas bondades, se escondía en su
habitación y lloraba de ternura.

Pero no pudo conservar por mucho tiempo aquel cuarto tan cómodo y
aseado, contiguo a las habitaciones del amo. M. L'Ambert le hizo saber,
de un modo delicado, que echaba mucho de menos la vecindad de su ayuda
de cámara, y el mismo Romagné solicitó autorización para alojarse en
las buhardillas, adjudicándosele entonces un cuartucho que las
freganchinas no habían querido nunca.

«¡Dichosos los pueblos que no tienen historia!» ha dicho un sabio.
Sebastián Romagné fue dichoso por espacio de tres meses; pero, al
comenzar el verano, empezó a tener historia. Su corazón, largo tiempo
invulnerable, fue herido por las flechas del amor. El antiguo aguador
entregose, atado de pies y manos, al dios que perdió a Troya. Advirtió,
mientras preparaba las legumbres, que la cocinera tenía unos ojillos
grises muy bonitos, y unos mofletes rojos muy hermosos. Un suspiro,
capaz de echar a rodar las mesas, fue la primera manifestación de su
mal. Quiso explicarse, pero ahogó la emoción en su garganta las
palabras. Apenas si, en su excesiva timidez, se atrevió a aprisionar a
su Dulcinea por el talle, y a besarle los labios con pasión.

Esto bastó, sin embargo, para que lo comprendieran. Era la cocinera una
persona capaz, que le llevaba a él siete u ocho años, y ya bastante
ducha en las lides del amor.

--Ya me hago cargo--le dijo ella;--deseáis casaros conmigo.
Perfectamente, amigo mío; podremos entendernos si traéis algo por
delante.

Él respondió ingenuamente que traía por delante todo lo que puede
exigirse a un hombre, es decir: dos brazos vigorosos y acostumbrados al
trabajo. La señorita Juanita riósele en sus barbas y habló con más
claridad; el a su vez soltó la carcajada, y le dijo, con la más amable
confianza:

--¿Pero es dinero lo que deseáis? Deberíais haberlo dicho desde luego.
¡Tengo más dinero que peso! ¿Cuánto deseáis? Fijad vos misma la suma.
¿Os contentaríais, por ejemplo, con la mitad de la fortuna del señor
L'Ambert?

--¿La mitad de la fortuna del amo?

--Ciertamente. Me lo ha dicho más de cien veces. Yo poseo la mitad de su
fortuna; pero no hemos repartido el dinero todavía: me tiene guardada mi
parte.

--¡Qué gran majadería!

--¿Majadería? Esperad, que ahora entra él. Voy a pedirle mi cuenta y os
traeré a la cocina todo mi capital.

¡Pobre inocente! sólo obtuvo de su amo una buena lección de gramática
parda. M. L'Ambert le enseñó que prometer y dar no son palabras
sinónimas; dignose explicarle (porque estaba de buen humor) los méritos
y peligros de la figura llamada hipérbole; y le dijo, por último, con,
tono dulce, es verdad, pero tan firme que no admitía réplica:

--Romagné, he hecho mucho por vos, pero quiero hacer más todavía al
alejaros de este hotel. El simple buen sentido os dice que no os halláis
en él en calidad de dueño; quiero llevar mi bondad hasta el extremo de
admitir que estéis en él como un ayuda de cámara; en fin, me parece que
os haría un gran perjuicio manteniéndoos en una situación mal definida
que pervertiría vuestros hábitos y falsearía vuestro espíritu. Llevando
un año más esa vida parasitaria y ociosa, perderíais por completo el
amor al trabajo. Os convertiríais en un vago, y los vagos, permitidme
que os lo diga, son el azote de nuestra época. Poneos la mano sobre
vuestra conciencia, y decidme si os agrada semejante perspectiva. ¡Pobre
Romagné! ¿No habéis echado de menos muchas veces el título de obrero,
que es vuestro más noble blasón? Porque vos sois de aquellos seres que
la Providencia ha creado para ennoblecerse con el sudor de su frente;
pertenecéis a la aristocracia del trabajo. Trabajad, pues; no ya como
otras veces, entre privaciones y dudas, sino con una seguridad que yo
garantizo y una abundancia proporcionada a vuestras modestas
necesidades. Yo saldré a los gastos de la primera instalación; yo os
procuraré trabajo. Si, lo que no considero posible, os faltasen los
medios de existencia, acudid a mí en seguida, que siempre os acogeré con
afecto paternal. Pero renunciad al absurdo proyecto de casaros con mi
cocinera, porque no debéis enlazar vuestra suerte a la de una simple
criada, y no quiero, por otra parte, chiquillos en mi casa.

El infeliz lloró copiosamente y se deshizo en protestas de sincero
agradecimiento. Debo decir, en descargo de M. L'Ambert, que hizo las
cosas con bastante generosidad. Vistió de pies a cabeza a Romagné,
amueblole un quinto piso, en la calle del Cherche-Midi, y le dio
quinientos francos para que fuese viviendo mientras le encontraba
trabajo. Aún no habían transcurrido ocho días, cuando le hizo entrar,
como peón de albañil, en una fábrica de espejos de la calle de Sèvres.

Transcurrió mucho tiempo, seis meses por lo menos, sin que la nariz del
notario sufriese la menor novedad digna de especial mención. Pero un día
en que nuestro funcionario descifraba, en compañía de su oficial mayor,
los pergaminos de una noble y rica familia, rompiéronsele por la mitad
las gafas, y cayeron sobre la mesa.

Este pequeño accidente no le causó grandes molestias. Púsose
provisionalmente unos quevedos con resorte de acero, e hizo cambiar el
armazón de sus gafas en el muelle de los Plateros. Su óptico, M. Luna,
apresurose a pedirle mil perdones, enviándole unas gafas nuevas, que se
rompieron también por igual sitio antes de transcurrir veinticuatro
horas.

Otras terceras sufrieron la misma suerte; trajeron por cuarta vez otras
nuevas, y les ocurrió en seguida otro tanto. El óptico no sabía ya cómo
excusarse. En el fondo de su alma, hallábase persuadido de que M.
L'Ambert tenía la culpa de todo.

--Este señor no es razonable--decía a su mujer, mostrándole los estragos
de los cuatro últimos días;--usa gafas del número 4, que son
forzosamente muy pesadas; quiere por coquetería una montura muy
liviana, y tengo la seguridad de que trata a sus gafas como si fueran de
hierro forjado. Si le hago la menor observación se enfadará; lo mejor
será que le envíe otras nuevas con la montura más recia, sin decirle una
palabra.

La señora de Luna encontró la idea excelente; pero las quintas gafas
corrieron la misma suerte que las cuatro precedentes. Esta vez, M.
L'Ambert montó en cólera, a pesar de no habérsele hecho ninguna
observación, y mandó a buscar otras gafas a un establecimiento rival.

Pero hubiérase dicho que todos los ópticos de París se habían puesto de
acuerdo para que se rompiesen sus gafas en la nariz del pobre
millonario. Nada menos que doce sufrieron igual suerte, unas tras otras.
Y lo más maravilloso del caso era que los lentes de resorte de acero,
que reemplazaban a las gafas durante los interregnos, manteníanse
vigorosos y firmes.

Ya sabéis que la paciencia no era la virtud favorita de M. Alfredo
L'Ambert. Hallábase un día furioso, pateando sobre unas gafas,
haciéndolas pedazos con sus tacones, cuando le anunciaron la visita del
doctor Bernier.

--¡Demontre! llegáis a tiempo--exclamó el notario, colérico.--¡Estoy,
por lo visto, hechizado! ¡el diablo ha tomado posesión de mi persona!

Las miradas del doctor fijáronse en seguida en la nariz de su cliente;
pero encontrándola, al parecer, sana, de buen aspecto, y fresca como una
rosa.

--Me parece--observó,--que marcha todo muy bien.

--De salud, sí, en efecto: me encuentro perfectamente; pero estas gafas
endiabladas no hay forma de que se mantengan enteras.

Y refirió al doctor toda la historia.

Este se quedó pensativo, y dijo al cabo de un rato:

--El auvernés anda por medio. ¿Tenéis aquí alguna de las monturas rotas?

--Debajo de mis pies tengo la última.

Recogiola M. Bernier, examinola con una lente, y le pareció que el oro
estaba como argentado en los alrededores del sitio de la rotura.

--¡Diablo!--exclamó.--¿Habrá hecho Romagné alguna calaverada?

--¿Qué calaveradas queréis que haya hecho?

--¿Le tenéis todavía en vuestra casa?

--No; el pillo me ha abandonado. Trabaja en la ciudad.

--Espero, sin embargo, que esta vez habréis conservado sus señas.

--Sin duda. ¿Queréis verle?

--Cuanto antes.

--¿Hay algún peligro tal vez? ¡Yo me hallo perfectamente!

--Vamos, por lo pronto, a casa de Romagné.

Un cuarto de hora después nuestros dos personajes descendían a la puerta
de los señores Taillade y Compañía, en la calle de Sèvres. Una amplia
muestra, fabricada con trozos de cristal azogado, indicaba claramente el
género de industria a que se dedicaba la casa.

--Henos aquí--dijo el notario.

--¡Cómo! ¿está empleado el auvernés en este establecimiento?

--Sin duda alguna: yo mismo le he buscado esta colocación.

--Vamos, el mal no es tan grande como llegué a suponer. Pero, de todas
maneras, habéis cometido una imprudencia imperdonable.

--¿Qué queréis decir?

--Entremos.

La primera persona que encontraron en el interior del edificio fue al
auvernés, en mangas de camisa, los puños arremangados, azogando la luna
de un espejo.

--¡Hola!--exclamó el doctor,--lo que yo había previsto.

--¿Pero qué?

--Que se azogan las lunas con una capa de mercurio aprisionada bajo una
hoja de estaño, ¿comprendéis?

--Todavía no.

--Vuestro animal tiene los brazos embadurnados de mercurio hasta los
codos; ¿qué digo? hasta las axilas.

--Mas no veo la relación...

--¿No veis que, siendo vuestra nariz una fracción de su brazo, y
poseyendo el oro una deplorable tendencia a amalgamarse con el mercurio,
jamás podréis evitar que se os rompan vuestras gafas?

--¡Demontre!

--Tenéis, sin embargo, el recurso de usar gafas con montura de acero.

--Me es lo mismo.

--En ese caso, no corréis peligro alguno, salvo, quizás, algunos
accidentes mercuriales.

--¡Ah, no! Prefiero que Romagné trabaje en otra cosa. ¡Ven, Romagné!
Deja lo que estás haciendo y vente con nosotros al instante. ¿Quieres
acabar de una vez, pedazo de zopenco? ¿No sabes a lo que me expones?

Habiendo acudido el dueño del taller al escuchar el rumor de la
conversación, dio el notario su nombre, con tono bastante infatuado, y
recordó que él había recomendado a aquel hombre por mediación de su
tapicero. M. Taillade respondió que lo recordaba muy bien, y explicole
que, para hacerse agradable a M. L'Ambert, y captarse su benevolencia,
había promovido al auvernés de peón de albañil a azogador.

--¿Hace quince días de eso?--preguntole el notario.

--Sí, señor, ¿lo sabíais ya?

--¡Demasiado, por desgracia! ¡Ah, señor! ¿cómo puede jugarse con cosas
tan sagradas?

-¿Yo...?

--No, nada. Pero por mí, por vos, por la sociedad toda entera, ponedle
nuevamente a trabajar de albañil; pero no, mejor será que me lo
devolváis; me lo llevaré conmigo. Pagaré lo que sea necesario, pero el
tiempo apremia. ¡Prescripción facultativa!... Romagné, amigo mío, es
preciso que me sigáis. Habéis hecho vuestra fortuna; ¡cuanto tengo os
pertenece!... ¡No! pero venid de todos modos; ¡os juro que no quedaréis
descontento de mí!

Y sin dejarle apenas tiempo para cambiarse de traje, llevóselo como
arrebata el ave de rapiña a su presa. M. Taillade y sus obreros
tomáronle por un loco. El bueno de Romagné levantaba los ojos al cielo,
y se preguntaba qué querrían de él otra vez.

Su destino fue decidido durante el camino, mientras él cazaba moscas al
lado del cochero.

--Mi querido cliente--decía el doctor al millonario,--es preciso que no
perdáis nunca de vista a ese muchacho. Comprendo que le hayáis arrojado
de vuestra casa, porque, a decir verdad, su trato no debe ser muy
agradable; pero no debisteis alejarle tanto, ni pasar tanto tiempo sin
procuraros noticias de él. Alojadle en la calle de Beaune, o en la de la
Universidad, próximo a vuestro hotel. Dedicadle a un oficio menos
peligroso para vos, o mejor, si queréis, pasadle una pequeña pensión sin
darle ningún oficio: si trabaja, se fatiga y se expone. No conozco
oficio alguno en que el hombre no exponga su piel ¡es tan fácil, por
desgracia, un accidente! Dadle lo suficiente para que pueda vivir sin
hacer nada. ¡Guardaos bien, sin embargo, de tenerle en la abundancia!
Volvería a beber, y ya sabéis las consecuencias fatales que os reporta a
vos ese vicio. Con cien francos al mes, y la casa pagada, creo que
tendrá suficiente.

--Tal vez sea demasiado... no porque me parezca la cantidad excesiva,
sino porque preferiría darle de comer sin que pudiera emplear un solo
céntimo en vino.

--Dadle, pues, cuatro luises, pagados en cuatro plazos: los martes de
cada semana.

Ofrecieron a Romagné una pensión de ochenta francos mensuales, pero el
auvernés respondió con desprecio, rascándose la oreja:

--¿Ochenta francos nada menos? ¡Para eso no valía la pena que me
arrancaseis de la calle de Sèvres! Allí ganaba tres francos y medio
diarios, y enviaba dinero a mi familia. Dejadme trabajar en los espejos,
o dadme tres francos y medio.

Y no hubo más remedio que acceder, puesto que era el dueño de la
situación.

Pronto comprendió el notario que había adoptado el partido más prudente.
El año transcurrió sin accidente alguno. Se pagaba a Romagné todas las
semanas, y se le vigilaba diariamente. Vivía honradamente, llevando una
existencia tranquila, sin más pasión que el juego de bolos. Y los
hermosos ojos de la señorita Irma Steimbourg se posaban con visible
complacencia sobre la rosada nariz del dichoso millonario.

Los dos jóvenes bailaron juntos todos los cotillones del invierno; por
eso el mundo daba ya por descontada su boda. Una noche, a la salida del
Teatro Italiano, el anciano marqués de Villemaurin detuvo en el
peristilo a L'Ambert.

--Y bien, amigo mío--le dijo,--¿cuándo celebráis vuestras bodas?

--Pero, señor marqués, si es la primera noticia que tengo sobre ese
particular.

--¿Esperáis, por ventura, que os pidan vuestra mano? ¡Al hombre toca
hablar, qué demontre! El joven duque de Lignant, un verdadero caballero
y un excelente muchacho, no ha esperado a que yo le ofreciese mi hija:
ha venido, ha agradado, y se acabó. De hoy en ocho días firmaremos el
contrato. Ya sabéis, querido amigo, que es asunto que os atañe.
Permitidme que acompañe a esas señoras hasta el coche, y nos acercaremos
al círculo. Por el camino hablaremos. Pero cubríos, ¡qué diablo! No
había visto que permanecíais con el sombrero en la mano. ¡Cuando menos
se piensa se atrapa un resfriado!

El anciano y el joven caminaron del brazo hasta el bulevar, uno hablando
y el otro prestándole atención. Y L'Ambert entró en su casa dispuesto a
redactar el contrato de matrimonio de la señorita Carlota Augusta de
Villemaurin. Pero había pillado un terrible constipado, que no le
permitió hacer nada. El acta fue redactada por su oficial mayor,
revisada por los encargados de los negocios de ambas familias, y
transcrita, por último, en un elegante cuaderno de papel timbrado, en el
que no faltaban más que las firmas.

Llegado el día, M. L'Ambert, esclavo de sus deberes, trasladose en
persona al hotel de Villemaurin, a pesar de una persistente coriza que
amenazaba saltarle los ojos de sus órbitas. Sonose las narices por
última vez en la antecámara, y los lacayos temblaron en sus asientos
cual si hubiesen oído la trompeta del juicio final.

Un criado anunció a M. L'Ambert. Llevaba puestas sus costosas gafas de
oro, y sonreía gravemente, cual convenía en semejantes circunstancias.

Con su historiada corbata, sus guantes impecables, sus zapatos de baile,
el sombrero debajo del brazo izquierdo, y el contrato en la mano
derecha, fue a presentar sus respetos a la marquesa, atravesó con
modestia el círculo formado por los que la rodeaban, inclinose ante
ella, y le dijo:

--Cheñora marquecha, aquí teneich el contrato de boda de vuechtra
cheñorita hija.

La señora de Villemaurin fijó en él sus ojos espantados. Un ligero
murmullo elevose entre los circunstantes. M. L'Ambert saludó de nuevo, y
añadió:

--¡Dioch mío! cheñora marquecha, que día tan felich va a cher echte para
todoch!

Una mano vigorosa asiole por el brazo izquierdo, haciéndole girar sobre
sí mismo. Volviose, y reconoció al marqués.

--Mi querido notario--le dijo éste, arrastrándole hasta un rincón,--el
carnaval permite indudablemente muchas cosas; pero recordad quien sois,
y cambiad de tono si os place.

--Pero, cheñor marquech...

--¡Otra vez!... Ya veis que soy paciente, pero os ruego no abuséis.
Excusaos ante la marquesa, leednos el contrato de boda, y buenas noches.

--¿Pero de qué he de echcucharme, y por qué echach buenach nochech?
¡Cualquiera diría que he cometido una torpecha, cheñor mío!

El marqués no le respondió una palabra; pero hizo señas a los criados
que circulaban por el salón. Entreabriose la puerta, y escuchose una voz
que gritaba en la antecámara:

--¡La servidumbre del señor L'Ambert! Aturdido, confuso, fuera de sí, el
pobre millonario salió haciendo reverencias en todas direcciones y no
tardó en encontrarse en su carruaje, sin saber por qué ni cómo. Se
golpeaba la frente, se arrancaba los cabellos y se pegaba pellizcos en
los brazos para despertarse a sí mismo, por si, como creía, era juguete
de un sueño. Pero no; no dormía; veía la hora que marcaba su reloj, leía
los nombres de las calles, a la claridad de las luces del gas, y
reconocía las muestras de los establecimientos. ¿Qué había dicho? ¿Qué
había hecho? ¿Qué conveniencias había violado? ¿Qué inconveniencia o qué
majadería suya podía haber dado lugar a que le tratasen de aquel modo?
Porque, en fin, la duda no era posible: en la casa del señor de
Villemaurin lo habían puesto de patitas en la calle. ¡Y el contrato de
matrimonio estaba allí, en su mano! ¡aquel contrato redactado con tan
singular esmero, en tan brillante estilo, y cuya lectura no había sido
escuchada!

Sin haber podido dar con la solución a aquel problema, encontrose en el
patio de su hotel. El rostro de su portero inspiróle una idea luminosa.

--¡Chinguet!--gritó.

El escuálido Singuet no se hizo llamar otra vez.

--Chinguet, te daré chien francoch chi me dichech la verdad; y chien
puntapiech chi me ocultach alguna cocha.

Singuet le miró con sorpresa, y sonrió con timidez.

--¡Chonríech, dechalmado! ¿por qué? ¡Contechta encheguida!

--¡Dios mío!--dijo el pobre diablo;--el señor dispensará... que me haya
permitido... pero el señor imita perfectamente el acento de Romagné.

--¡El achento de Romagné! ¿quién? ¡yo! ¿Hablo como un auvernech?

--Demasiado lo sabe el señor. Hace ya ocho días de esto.

--¿Pero qué echtach dichiendo, pollino? ¿cómo he de chaber yo una cocha
chemejante?

Singuet elevó los ojos al cielo, pensando que su amo se había vuelto
loco; pero M. L'Ambert, aparte de aquel maldito acento, gozaba de la
plenitud de todas sus facultades. Interrogó por separado a toda su
servidumbre, y se persuadió de su desgracia.

--¡Ah, infame aguador!--exclamaba,--¡ah, criminal! Echtoy cheguro de
que habrá hecho alguna majadería. Que vayan a buchcarle; pero no, que
voy a buchcarle yo michmo.

Corrió a pie hasta la casa de su protegido, subió a saltos hasta el
quinto piso, llamó sin lograr despertarle, y, enfurecido y colérico, no
encontrando otro expediente, forzó a empujones la puerta de la
habitación.

--¡Cheñor L'Ambert!--exclamó Romagné.

--¡Tunante de auvernech!--respondiole el notario.

--¡Cheñor mío!

--¡Chinvergüencha!

Ya eran dos a destrozar el idioma.

La discusión prolongose por espacio de más de un cuarto de hora, en
medio de la mayor algarabía, sin que se aclarase el misterio. El uno se
quejaba amargamente, como víctima; el otro se defendía diciendo que era
inocente.

--Echpérame aquí--dijo, para acabar M. L'Ambert.--M. Bernier, el médico,
me dirá echta noche michma lo que hach hecho.

Despertó a M. Bernier, y le refirió, con la consabida che, cuanto le
había ocurrido aquella noche.

--Mucho ruido y pocas nueces--le contestó el doctor, riendo de buena
gana.

--Romagné es inocente; la culpa es toda vuestra. Permanecisteis con la
cabeza descubierta a la salida de los Italianos: de ahí procede todo el
mal. Padecéis un fuerte ataque de coriza, y habláis por la nariz: por
eso os expresáis en auvernés. Esto es muy lógico. Volved a vuestra casa,
aspirad bastante acónito, conservad los pies calientes y la cabeza
abrigada y, en lo sucesivo, adoptad toda clase de precauciones contra
los constipados, pues ya sabéis cuáles han de ser para vos sus
consecuencias.

El desdichado notario regresó a su hotel maldiciendo como un condenado.

--De manera--pensaba;--que mis precauciones resultan infructuosas. Por
mucho que me esmere en mantener y vigilar a ese bellaco de aguador, me
jugará constantes trastadas, y seré siempre su víctima, sin poderle
acusar nunca de nada; ¿a qué entonces, tantos gastos? Se acabó: ya estoy
cansado: economizaré su pensión.

Y dicho y hecho. Al día siguiente, cuando el pobre Romagné vino, todavía
aturdido, a cobrar la pensión de la semana, lo echó a la calle Singuet,
y anunciole que no harían nada por él en lo sucesivo. Encogiose de
hombros el auvernés, a fuer de hombre que, sin haber leído las epístolas
de Horacio, practica el _Nil admirari_ por instinto. Singuet, que lo
quería bien, preguntole a qué pensaba dedicarse, contestándole él que
buscaría trabajo. Al fin y al cabo, aquella forzada ociosidad le aburría
demasiado.

M. L'Ambert sanó de su coriza y alegrose de haber borrado de su
presupuesto la partida correspondiente a Romagné. Ningún otro accidente
vino a interrumpir después el curso de su dicha. Hizo las paces con el
marqués de Villemaurin y con toda su clientela del faubourg, a la que
había escandalizado bastante. Libre de toda inquietud, pudo abandonarse,
feliz, por la dulce pendiente que le conducía, sobre rosas, hacia la
dote de la señorita Steimbourg. ¡Afortunado L'Ambert! le abrió su
corazón de par en par, y mostrole los sentimientos legítimos y puros que
lo llenaban por completo. La bella y avisada muchacha tendiole la mano a
la inglesa, y le dijo con desparpajo:

--Negocio concluido. Mis padres están de acuerdo conmigo; ya os daré mis
instrucciones para la canastilla de boda. Procuremos abreviar todas las
formalidades para poder marcharnos a Italia antes de que termine el
invierno.

El amor prestole sus alas. Compró, sin regatear, la canastilla,
encomendó a los tapiceros la tarea de alhajar el cuarto de su señora,
encargó un coche nuevo, eligió dos caballos alazanes de la más rara
belleza, y aligeró la publicación de las amonestaciones. El banquete de
despedida de soltero que ofreció a sus camaradas, inscrito está con
letras de oro en los fastos del Café Inglés. Sus amantes recibieron su
postrer adiós, y sus correspondientes brazaletes, con mal contenida
emoción.

Los partes de casamiento anunciaban que la bendición nupcial tendría
efecto el día 3 de marzo, a la una en punto, en la iglesia de Santo
Tomás de Aquino. Inútil parece advertir que se había colgado el altar y
se había engalanado el templo como en las bodas de primera categoría.

El día 3 de marzo, a las ocho de la mañana, despertose espontáncamente
L'Ambert, sonrió satisfecho a los primeros rayos del sol que penetraron
alegres por su entreabierta ventana, tomó el pañuelo de debajo de la
almohada, y se lo llevó a la nariz a fin de esclarecer sus ideas. Pero
el pañuelo de batista sólo encontró el vacío: la nariz ya no existía.

El notario fue de un salto a mirarse en el espejo. ¡Horror y maldición!
como dicen en las novelas de la antigua escuela. Se vio tan desfigurado
como el día que volvió de Parthenay. Correr a su lecho, registrar
cobertores y sábanas, mirar por detrás de la cama, sondar los colchones
y el somier, sacudir los muebles próximos, y poner patas arriba cuanta
cosa había en el cuarto, fue obra de pocos instantes.

¡Pero nada! ¡nada! ¡nada!

Colgose del cordón de la campanilla, pidió auxilio a sus criados y juró
echarlos a todos, como a perros, si no encontraban la nariz. ¡Inútil
amenaza! La nariz era más imposible de encontrar que la Cámara de 1816.

Dos horas transcurrieron en medio de la agitación, el desorden y el
ruido.

Y entretanto, el señor de Steimbourg se vestía su levita gris con
botones de oro; la señora de Steimbourg, en traje de gran gala, dirigía
a dos doncellas y tres modistas, que iban y venían y giraban sin cesar
en torno de la bella Irma. La blanca novia, embadurnada en polvos de
arroz, como un pez antes de ser introducido en la sartén, temblaba de
impaciencia y maltrataba a todo el mundo con admirable imparcialidad. Y
el alcalde del distrito décimo, con su faja reglamentaria, paseábase por
un gran salón vacío preparando una improvisación. Y los mendigos
privilegiados de Santo Tomás de Aquino expulsaban a cajas destempladas a
dos o tres intrigantes, llegados de no sé dónde, con objeto de
disputarles sus limosnas. Y M. Enrique Steimbourg, que mascaba un
cigarro, hacía ya media hora, en el fumador de su padre, extrañábase de
que su querido Alfredo no hubiese llegado aún.

Por fin perdió la paciencia, corrió a la calle de Sartine, y encontró a
su futuro cuñado lleno de desesperación y de lágrimas. ¿Qué podía
decirle, para consolarle, de semejante desgracia? Paseose largo rato en
torno suyo, repitiendo sin cesar:

--¡Demonio! ¡demonio! ¡demonio!

Se hizo referir dos veces el fatal acontecimiento, e intercaló en la
conversación algunas sentencias filosóficas.

¡Y el maldito cirujano sin venir! Habían ido a avisarle con urgencia, a
su casa, al hospital, a todas partes. Llegó por fin, y comprendió a
primera vista que Romagné había muerto.

--Lo sospechaba--exclamó el notario, llorando con mayor amargura, si es
posible.--¡Bestia de Romagné! ¡Criminal!

Esta fue la oración fúnebre del desdichado auvernés.

--Y ahora, doctor, ¿qué haremos?

--Buscar otro Romagné, y repetir la operación; pero ya habéis
experimentado los inconvenientes de este sistema, y, si queréis creerme,
será mucho mejor que recurramos al método indio.

--¿A cortarme la piel de la frente? ¡eso jamás! Prefiero mandarme hacer
una nariz de plata.

--Hoy día se fabrican bien elegantes, por cierto--dijo el doctor.

--Resta saber si la señorita Irma consentiría en dar su mano a un
inválido con la nariz de plata. Enrique, amigo mío, ¿qué os parece?

Agachó Enrique Steimbourg la cabeza, y nada respondió. Fuese a comunicar
la noticia a su familia y a recibir órdenes de su hermana. Irma adoptó
un gesto heroico al saber la desgracia de su prometido.

--¿Os imagináis--exclamó,--que me caso con el notario por su cara? ¡Para
eso me hubiera casado con mi primo Rodrigo, que, aunque menos rico, es
mucho más guapo que él! Doy mi mano a M. L'Ambert porque es un hombre
galante, que ocupa una posición envidiable en el gran mundo; por su
carácter, sus caballos, su hotel, su talento, su sastre; todo en él me
agrada y me encanta. Por otra parte, ya estoy vestida de novia, y, de no
verificarse el matrimonio, padecería mi reputación. Corramos a su casa,
madre mía; ¡lo aceptaré tal cual es!

Pero cuando se halló presencia del mutilado, cesaron sus entusiasmos.
Desplomose desmayada, y, cuando recobró el conocimiento, rompió a llorar
copiosamente.

En medio de sus sollozos, oyose un grito que parecía partir de lo más
profundo del alma:

--¡Oh, Rodrigo!--exclamó,--¡que injusta he sido contigo!

M. L'Ambert permaneció soltero. Hízose fabricar una nariz de plata
esmaltada, cedió su bufete a su oficial mayor, y compró una casita, de
modesta apariencia, cerca de los Inválidos. Algunos buenos amigos
alegraron su morada. Proveyose de una bodega abundante y bien surtida, y
se consoló como pudo. Las botellas más preciadas de Château-Yquen, y las
mejores cosechas de la hacienda Vougeot son para él.

--Poseo un privilegio sobre todos los demás hombres--suele decir a
veces, bromeando;--¡puedo beber cuanto me venga en gana sin que se me
enrojezca la nariz!

Ha permanecido fiel siempre a sus principios políticos: lee los buenos
periódicos, y hace votos por el triunfo de Chiavone; pero no le envía
dinero. El placer de amontonar luises le produce una dicha incalculable.
Vive entre dos vinos y entre dos millones.

Una noche de la semana pasada, en que caminaba despacio, con el bastón
en la mano, por una de las aceras de la calle de Eblé, lanzó
inopinadamente un grito de sorpresa. ¡La sombra de Romagné, vestido de
pana azul, habíase erguido ante él!

¿Era realmente su sombra? Las sombras no llevan nada, y ésta llevaba una
cesta en la extremidad de un palo.

--¡Romagné!--gritole el notario.

El otro levantó la mirada, y respondió con su voz reposada y tranquila:

--¡Buenach nochech, cheñor L'Ambert!

--¡Hablas, luego vives!--dijo éste.

--Chiertamente que vivo.

--¡Miserable!... ¿qué has hecho de mi nariz?

Y, mientras se expresaba de este modo, habíale agarrado por el cuello, y
lo sacudía bruscamente.

El auvernés desasiose con trabajo, y le dijo:

--¡Dejadme, por piedad, que no puedo defenderme! ¿No obchervaich que
choy manco? Cuando me chuprimichteich la penchión, coloquéme en el
taller de un mecánico, y hube de dejarme el brazo tomado en un
engranaje!

FIN





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La nariz de un notario" ***

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