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Title: La Regenta
Author: Alas, Leopoldo, 1852-1901
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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La Regenta

por

Leopoldo Alas «Clarín»

Librería de Fernando Fé, Madrid

1900.



Prólogo


Creo que fue Wieland quien dijo _que los pensamientos de los hombres
valen más que sus acciones, y las buenas novelas más que el género
humano_. Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador.
Ciertamente, parece que nos ennoblecemos trasladándonos de este mundo al
otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficción en que valemos
más que aquí, y véase por qué, cuando un cristiano el hábito de pasar
fácilmente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen
de los de por acá, le cuesta no poco trabajo volver a este mundo.
También digo que si grata es la tarea de fabricar género humano
recreándonos en ver cuánto superan las ideales figurillas, por toscas
que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo
es más intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar
siempre en los propios trae un desasosiego que amengua los placeres de
lo que llamaremos creación, por no tener mejor nombre que darle.

Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una
labor crítica, que si así fuera yo aborrecía tales visitas en vez de
amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo cómo se hacen o cómo
se intenta su ejecución; es buscar y sorprender las dificultades
vencidas, los aciertos fáciles o alcanzados con poderoso esfuerzo; es
buscar y satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la
admiración, a más de placer, necesidad imperiosa en toda profesión u
oficio, pues el admirar entendiendo que es la respiración del arte, y el
que no admira corre el peligro de morir de asfixia.

El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo,
con desalientos y suspicacias de enfermo de aprensión, nos impone la
crítica afirmativa, consistente en hablar de lo creemos bueno,
guardándonos el juicio desfavorable de los errores, desaciertos y
tonterías. Se ha ejercido tanto la crítica negativa en todos los
órdenes, que por ella quizás hemos llegado a la insana costumbre de
creernos un pueblo de estériles, absolutamente inepto para todo. Tanta
crítica pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos negación de
las cualidades de nuestros contemporáneos, nos han traído a un estado de
temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por miedo
de caerse. Pensamos demasiado en nuestra debilidad y acabamos por
padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el corazón y
que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos
agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son
ilusorios, no sería malo suspender la crítica negativa, dedicándonos
todos, aunque ello parezca extraño, a infundir ánimos al enfermo,
diciéndole: «Tu debilidad no es más que pereza, y tu anemia proviene del
sedentarismo. Levántate y anda, tu naturaleza es fuerte: el miedo la
engaña, sugiriéndole la desconfianza de sí misma, la idea errónea de que
para nada sirves ya, y de que vives muriendo». Convendría, pues, que los
censores disciplentes se callarán por algún tiempo, dejando que alzasen
la voz los que repartan el oxígeno, la alegría, la admiración, los que
alientan todo esfuerzo útil, toda iniciativa fecunda, toda idea feliz,
todo acierto artístico, o de cualquier orden que sea.

Estas apreciaciones de carácter general, sugeridas por una situación
especialísima de la raza española, las aplico a las cosas literarias,
pues en este terreno estamos más necesitados que en otro alguno de
prevenirnos contra la terrible epidemia. Por mi parte, declaro que
muchas veces no he cogido el aparato de aereación (a que impropiamente
hemos venido dando el nombre de _incensario_) por tener las manos
aferradas al telar con mayor esclavitud de la que yo quisiera. Pero a la
primera ocasión de descanso, que felizmente coincide con una dichosa
oportunidad, la publicación de este libro, salgo con mis alabanzas,
gozoso de dárselas a un autor y a una obra que siempre fueron de los más
señalados en mis preferencias. Así, cuando el editor de _La Regenta_ me
propuso escribir este prólogo, no esperé a que me lo dijera dos veces,
creyéndome muy honrado con tal encomienda, pues no habiendo celebrado en
letras de molde la primera salida de una novela que hondamente me
cautivó, creía y creo deber mío celebrarla y enaltecerla como se merece,
en esta tercera salida, a la que seguirán otras, sin duda, que la lleven
a los extremos de la popularidad.

Hermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la
estimación de sus cualidades, y aun las controversias ocasionadas por su
asunto, no se concreten a los días más o menos largos de su aparición.
Por desgracia nuestra, para que la obra poética o narrativa alcance una
longevidad siquiera decorosa no basta que en sí tenga condiciones de
salud y robustez; se necesita que a su buena complexión se una la
perseverancia de autores o editores para no dejarla languidecer en
obscuro rincón; que estos la saquen, la ventilen, la presenten,
arriesgándose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de un
público, no tan malo por escaso como por distraído. El público responde
siempre, y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y
tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, estas llegan,
pasan y recogen lo que se les da. No serían tan penosos los plantones
_aguardando el paso del público_, si la Prensa diera calor y verdadera
vitalidad circulante a las cosas literarias, en vez de limitarse a
conceder a las obras un aprecio compasivo, y a prodigar sin ton ni son a
los autores adjetivos de estampilla. Sin duda corresponde al presente
estado social y político la culpa de que nuestra Prensa sea como es, y
de que no pueda ser de otro modo mientras nuevos tiempos y estados
mejores no le infundan la devoción del Arte. Debemos, pues, resignarnos
al plantón, sentarnos todos en la parte del camino que nos parezca menos
incómoda, para esperar a que pase la Prensa, despertadora de las
muchedumbres en materias de arte; que al fin ella pasará; no dudemos que
pasará: todo es cuestión de paciencia. En los tiempos que corren, esa
preciosa virtud hace falta para muchas cosas de la vida artística; sin
ella la obra literaria corre peligro de no nacer, o de arrastrar vida
miserable después de un penoso nacimiento. Seamos pues pacientes,
sufridos, tenaces en la esperanza, benévolos con nuestro tiempo y con la
sociedad en que vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos
como vulgarmente se cree y se dice, y de que no mejorarán por virtud de
nuestras declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su
propio seno. Y como esto del público y sus perezas o estímulos, aunque
pertinente al asunto de este prólogo, no es la principal materia de él,
basta con lo dicho, y entremos en _La Regenta_, donde hay mucho que
admirar, encanto de la imaginación por una parte, por otra recreo del
pensamiento.

Escribió Alas su obra en tiempos no lejanos, cuando andábamos en aquella
procesión del _Naturalismo_, marchando hacia el templo del arte con
menos pompa retórica de la que antes se usaba, abandonadas las
vestiduras caballerescas, y haciendo gala de la ropa usada en los actos
comunes de la vida. A muchos imponía miedo el tal Naturalismo,
creyéndolo portador de todas las fealdades sociales y humanas; en su
mano veían un gran plumero con el cual se proponía limpiar el techo de
ideales, que a los ojos de él eran como telarañas, y una escoba, con la
cual había de barrer del suelo las virtudes, los sentimientos puros y el
lenguaje decente. Creían que el Naturalismo substituía el Diccionario
usual por otro formado con la recopilación prolija de cuanto dicen en
sus momentos de furor los carreteros y verduleras, los chulos y golfos
más desvergonzados. Las personas crédulas y sencillas no ganan para
sustos en los días en que se hizo moda hablar de aquel sistema, como de
una rara novedad y de un peligro para el arte. Luego se vio que no era
peligro ni sistema, ni siquiera novedad, pues todo lo esencial del
Naturalismo lo teníamos en casa desde tiempos remotos, y antiguos y
modernos conocían ya la soberana ley de ajustar las ficciones del arte a
la realidad de la naturaleza y del alma, representando cosas y personas,
caracteres y lugares como Dios los ha hecho. Era tan sólo novedad la
exaltación del principio, y un cierto desprecio de los resortes
imaginativos y de la psicología espaciada y ensoñadora.

Fuera de esto el llamado Naturalismo nos era familiar a los españoles en
el reino de la Novela, pues los maestros de este arte lo practicaron con
toda la libertad del mundo, y de ellos tomaron enseñanza los noveladores
ingleses y franceses. Nuestros contemporáneos ciertamente no lo habían
olvidado cuando vieron traspasar la frontera el estandarte naturalista,
que no significaba más que la repatriación de una vieja idea; en los
días mismos de esta repatriación tan trompeteada, la pintura fiel de la
vida era practicada en España por Pereda y otros, y lo había sido antes
por los escritores de costumbres. Pero fuerza es reconocer del
Naturalismo que acá volvía como una corriente circular parecida al _gulf
stream_, traía más calor y menos delicadeza y gracia. El nuestro, la
corriente inicial, encarnaba la realidad en el cuerpo y rostro de un
humorismo que era quizás la forma más genial de nuestra raza. Al volver
a casa la onda, venía radicalmente desfigurada: en el paso por Albión
habíanle arrebatado la socarronería española, que fácilmente
convirtieron en _humour_ inglés las manos hábiles de Fielding, Dickens y
Thackeray, y despojado de aquella característica elemental, el
naturalismo cambió de fisonomía en manos francesas: lo que perdió en
gracia y donosura, lo ganó en fuerza analítica y en extensión,
aplicándose a estados psicológicos que no encajan fácilmente en la forma
picaresca. Recibimos, pues, con mermas y adiciones (y no nos asustemos
del símil comercial) la mercancía que habíamos exportado, y casi
desconocíamos la sangre nuestra y el aliento del alma española que aquel
ser literario conservaba después de las alteraciones ocasionadas por sus
viajes. En resumidas cuentas: Francia, con su poder incontrastable, nos
imponía una reforma de nuestra propia obra, sin saber que era nuestra;
aceptámosla nosotros restaurando el Naturalismo y devolviéndole lo que
le habían quitado, el humorismo, y empleando este en las formas
narrativa y descriptiva conforme a la tradición cervantesca.

Cierto que nuestro esfuerzo para integrar el sistema no podía tener en
Francia el eco que aquí tuvo la interpretación seca y descarnada de las
purezas e impurezas del natural, porque Francia poderosa impone su ley
en todas las artes; nosotros no somos nada en el mundo, y las voces que
aquí damos, por mucho que quieran elevarse, no salen de la estrechez de
esta pobre casa. Pero al fin, consolémonos de nuestro aislamiento en el
rincón occidental, reconociendo en familia que nuestro arte de la
naturalidad con su feliz concierto entre lo serio y lo cómico responde
mejor que el francés a la verdad humana; que las crudezas descriptivas
pierden toda repugnancia bajo la máscara burlesca empleada por Quevedo,
y que los profundos estudios psicológicos pueden llegar a la mayor
perfección con los granos de sal española que escritores como D. Juan
Valera saben poner hasta en las más hondas disertaciones sobre cosa
mística y ascética.

Para corroborar lo dicho, ningún ejemplo mejor que _La Regenta_, muestra
feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la calidad y ser de su
origen, empresa para _Clarín_ muy fácil y que hubo de realizar sin
sentirlo, dejándose llevar de los impulsos primordiales de su grande
ingenio. Influido intensamente por la irresistible fuerza de opinión
literaria en favor de la sinceridad narrativa y descriptiva, admitió
estas ideas con entusiasmo y las expuso disueltas en la inagotable vena
de su graciosa picardía. Picaresca es en cierto modo _La Regenta_, lo
que no excluye de ella la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la
descripción acertada de los más graves estados del alma humana. Y al
propio tiempo, ¡qué feliz aleación de las bromas y las veras, fundidas
juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la expresión
equívoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es la verdad siempre; pero
en el arte seduce y enamora más cuando entre sus distintas vestiduras
poéticas escoge y usa con desenfado la de la gracia, que es sin duda la
que mejor cortan españolas tijeras, la que tiene por riquísima tela
nuestra lengua incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de
los maestros del siglo de oro. Y de la enormísima cantidad de sal que
_Clarín_ ha derramado en las páginas de _La Regenta_ da fe la tenacidad
con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo
camino desde el primero al último capítulo. De mí sé decir que pocas
obras he leído en que el interés profundo, la verdad de los caracteres y
la viveza del lenguaje me hayan hecho olvidar tanto como en esta las
dimensiones, terminando la lectura con el desconsuelo de no tener por
delante otra derivación de los mismos sucesos y nueva salida o
reencarnación de los propios personajes.

Desarróllase la acción de _La Regenta_ en la ciudad que bien podríamos
llamar patria de su autor, aunque no nació en ella, pues en _Vetusta_
tiene _Clarín_ sus raíces atávicas y en _Vetusta_ moran todos sus
afectos, así los que están sepultados como los que risueños y alegres
viven, brindando esperanzas; en _Vetusta_ ha transcurrido la mayor parte
de su existencia; allí se inició su vocación literaria; en aquella
soledad melancólica y apacible aprendió lo mucho que sabe en cosas
literarias y filosóficas: allí estuvieron sus maestros, allí están sus
discípulos. Más que ciudad, es para él _Vetusta_ una casa con calles, y
el vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de
clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. ¡Si conocerá bien
el pueblo! No pintaría mejor su prisión un artista encarcelado durante
los años en que las impresiones son más vivas, ni un sedentario la
estancia en que ha encerrado su persona y sus ideas en los años maduros.
Calles y personas, rincones de la Catedral y del Casino, ambiente de
pasiones o chismes, figures graves o ridículas pasan de la realidad a
las manos del arte, y con exactitud pasmosa se reproducen en la mente
del lector, que acaba por creerse vetustense, y ve proyectada su sombra
sobre las piedras musgosas, entre las sombras de los transeúntes que
andan por la _Encimada_, o al pie de la gallardísima torre de la Iglesia
Mayor.

Comienza _Clarín_ su obra con un cuadro de vida clerical, prodigio de
verdad y gracia, sólo comparable a otro cuadro de vida de casino
provinciano que más adelante se encuentra. Olor eclesiástico de viejos
recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos negros
de sotanas raídas o elegantes, que de todo hay allí, llenan estas
admirables páginas, en las cuales el narrador hace gala de una
observación profunda y de los atrevimientos más felices. En medio del
grupo presenta _Clarín_ la figura culminante de su obra: el Magistral
don Fermín de Pas, personalidad grande y compleja, tan humana por el
lado de sus méritos físicos, como por el de sus flaquezas morales, que
no son flojas, bloque arrancado de la realidad. De la misma cantera
proceden el derrengado y malicioso Arcediano, a quien por mal nombre
llaman _Glocester_, el Arcipreste don Cayetano Ripamilán, el beneficiado
D. Custodio, y el propio Obispo de la diócesis, orador ardiente y
asceta. Pronto vemos aparecer la donosa figura de D. Saturnino Bermúdez,
al modo de transición zoológica (con perdón) entre el reino clerical y
el laico, ser híbrido, cuya levita parece sotana, y cuya timidez
embarazosa parece inocencia: tras él vienen las mundanas, descollando
entre ellas la estampa primorosa de Obdulia Fandiño, tipo feliz de la
beatería bullanguera, que acude a las iglesias con chillonas elegancias,
descotada hasta en sus devociones, perturbadora del personal religioso.
La vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un campo muy
restringido, permite que estas diablesas entretengan su liviandad y
desplieguen sus dotes de seducción en el terreno eclesiástico, toleradas
por el clero, que a toda costa quiere atraer gente, venga de donde
viniere, y congregarla y nutrir bien los batallones, aunque sea forzoso
admitir en ellos para hacer bulto _lo peor de cada casa_.

Por fin vemos a doña Ana Ozores, que da nombre a la novela, como esposa
del ex-regente de la Audiencia D. Víctor Quintanar. Es dama de alto
linaje, hermosa, de estas que llamamos distinguidas, nerviosilla,
soñadora, con aspiraciones a un vago ideal afectivo, que no ha realizado
en los años críticos. Su esposo le dobla la edad: no tienen hijos, y con
esto se completa la pintura, en la cual pone _Clarín_ todo su arte, su
observación más perspicaz y su conocimiento de los escondrijos y
revueltas del alma humana. Doña Ana Ozores tiene horror al vacío, cosa
muy lógica, pues en cada ser se cumplen las eternas leyes de Naturaleza,
y este vacío que siente crecer en su alma la lleva a un estado
espiritual de inmenso peligro, manifestándose en ella una lucha
tenebrosa con los obstáculos que le ofrecen los hechos sociales,
consumados ya, abrumadores como una ley fatal. Engañada por la idealidad
mística que no acierta a encerrar en sus verdaderos términos, es víctima
al fin de su propia imaginación, de su sensibilidad no contenida, y se
ve envuelta en horrorosa catástrofe.... Pero no intentaré describir en
pocas palabras la sutil psicología de esta señora, tan interesante como
desgraciada. En ella se personifican los desvaríos a que conduce el
aburrimiento de la vida en una sociedad que no ha sabido vigorizar el
espíritu de la mujer por medio de una educación fuerte, y la deja
entregada a la ensoñación pietista, tan diferente de la verdadera
piedad, y a los riesgos del frívolo trato elegante, en el cual los
hombres, llenos de vicios, e incapaces de la vida seria y eficaz,
estiman en las mujeres el formulismo religioso como un medio seguro de
reblandecer sus voluntades.... Los que leyeron _La Regenta_ cuando se
publicó, léanla de nuevo ahora; los que la desconocen, hagan con ella
conocimiento, y unos y otros verán que nunca ha tenido este libro
atmósfera de oportunidad como la que al presente le da nuestro estado
social, repetición de las luchas de antaño, traídas del campo de las
creencias vigorosas al de las conciencias desmayadas y de las
intenciones escondidas.

No referiré el asunto de la obra capital de Leopoldo Alas: el lector
verá cómo se desarrolla el proceso psicológico y por qué caminos corre a
su desenlace el problema de doña Ana de Ozores, el cual no es otro que
discernir si debe perderse por lo clerical o por lo laico. El modo y
estilo de esta perdición constituyen la obra, de un sutil parentesco
simbólico con la historia de nuestra raza. Verá también el lector que
_Clarín_, obligado en el asunto a escoger entre dos males, se decide por
el mal seglar, que siempre es menos odioso que el mal eclesiástico, pues
tratándose de dar la presa a uno de los dos diablos que se la disputan,
natural es que sea postergado el que se vistió de sotana para sus
audaces tentaciones, ultrajando con su vestimenta el sacro dogma y la
dignidad sacerdotal. Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al
interés de los lectores, sólo mencionaré los caracteres, que son el
principal mérito de la obra, y lo que le da condición de duradera. La de
Ozores nos lleva como por la mano a D. Álvaro de Mesía, acabado tipo de
la corrupción que llamamos de buen tono, aristócrata de raza, que sabe
serlo en la capital de una región histórica, como lo sería en Madrid o
en cualquier metrópoli europea; hombre que posee el arte de hacer amable
su conducta viciosa y aun su tiranía caciquil. ¡Con que admirable fineza
de observación ha fundido Alas en este personaje las dos naturalezas: el
cotorrón guapo de buena ropa y el jefe provinciano de uno de estos
partidos circunstanciales que representan la vida presente, el poder
fácil, sin ningún ideal ni miras elevadas! Ambas naturalezas se
compenetran, formando la aleación más eficaz y práctica para grandes
masas de _distinguidos_, que aparentan energía social y sólo son
_materia inerte_ que no sirve para nada.

De D. Álvaro, fácil es pasar a la gran figura del Magistral D. Fermín de
Pas, de una complexión estética formidable, pues en ella se sintetizan
el poder fisiológico de un temperamento nacido para las pasiones y la
dura armazón del celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y
alma. D. Fermín es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teología que
atesora en su espíritu acaba por resolvérsele en reservas mundanas y en
transacciones con la realidad física y social. Si no fuera un abuso el
descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que Fermín
de Pas es más que un clérigo, es el estado eclesiástico con sus
grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad
inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen.
Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban siempre por
rendirse a la ley de la flaqueza, y lo único que a todos nos salva es la
humildad de aspiraciones, el arte de poner límites discretos al camino
de la imposible perfección, contentándonos con ser hombres en el menor
grado posible de maldad, y dando por cerrado para siempre el ciclo de
los santos. En medio de sus errores, Fermín de Pas despierta simpatía,
como todo atleta a quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas
un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre. Hermosa es la pintura
que Alas nos presenta de la juventud de su personaje, la tremenda lucha
del coloso por la posición social, elegida erradamente en el terreno
levítico, y con él hace gallarda pareja la vigorosa figura de su madre,
modelada en arcilla grosera, con formas impresas a puñetazos. Las
páginas en que esta mujer medio salvaje dirige a su cría por el camino
de la posición con un cariño tan rudo como intenso y una voluntad feroz,
son de las más bellas de la obra.

Completan el admirable cuadro de la humanidad vetustense el D. Víctor
Quintanar, cumplido caballero con vislumbres calderonianas, y su
compañero de empresas cinegéticas el graciosísimo _Frígilis_; los
marqueses de Vegallana y su hijo, tipos de encantadora verdad; las
pizpiretas señoras que componen el femenil rebaño eclesiástico; los
canónigos y sacristanes y el prelado mismo, apóstol ingenuo y orador
fogoso. No debemos olvidar a Carraspique ni a Barinaga, ni al
graciosísimo ateo, ni a la turbamulta de figuras secundarias que dan la
total impresión de la vida colectiva, heterogénea, con picantes matices
y espléndida variedad de acentos y fisonomías. Bien quisiera no
concretar el presente artículo al examen de _La Regenta_, extendiéndome
a expresar lo que siento sobre la obra entera de Leopoldo Alas; pero
esto sería trabajo superior a mis cortas facultades de crítico, y además
rebasaría la medida que se me impone para esta limitada prefación.
Escribo tan sólo un juicio formado en los días de la primera salida de
la hermosa novela, y lo que intenté decir entonces, tributando al
compañero y amigo el debido homenaje, lo digo ahora, seguro de que en
esta manifestación tardía el tiempo avalora y aquilata mi sinceridad.
Pero no entraré en el estudio integral del carácter literario de
_Clarín_, como creador de obras tan bellas en distintos órdenes del arte
y como infatigable luchador en el terreno crítico. Su obra es grande y
rica, y el que esto escribe no acertaría a encerrarla en una clara
síntesis, por mucho empeño que en ello pusiera. Otros lo harán con el
método y serenidad convenientes cuando llegue la ocasión de ofrecer al
ilustre hijo de Asturias la consagración solemne, oficial en cierto
modo, de su extraordinario ingenio, consagración que cuanto más tardía
será más justa y necesaria. Como un Armando Palacio, está la literatura
oficial en apremiante deuda con Leopoldo Alas. Esperando la reparación,
toda España y las regiones de América que son nuestras por la lengua y
la literatura, le tienen por personalidad de inmenso relieve y valía en
el grupo final del siglo que se fue y de este que ahora empezamos, grupo
de hombres de estudio, de hombres de paciencia y de hombres de
inspiración, por el cual tiende nuestra raza a sacudir su pesimismo,
diciendo: «No son los tiempos tan malos ni el terruño tan estéril como
afirman los de fuera y más aún los de dentro de casa. Quizás no demos
todo el fruto conveniente; pero flores ya hay; y viéndolas y
admirándolas, aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas,
obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el árbol».


B. Pérez Galdós Madrid, enero de 1901.



Tomo I



--I--


La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso,
empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el
Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los
remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en
arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y
persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire
envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas
migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón,
parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas,
dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales
temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado
a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla
que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un
escaparate, agarrada a un plomo.

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la
digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre
sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que
retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La
torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de
dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis,
aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por
un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares
exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando
horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una
de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas,
amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era
maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos
corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose
desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y
proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en
la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el
aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se
mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra
más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.

Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre
con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en
las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con estas galas la
inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme
botella de champaña.--Mejor era contemplarla en clara noche de luna,
resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecían su
aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, fantasma gigante que
velaba por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies.

Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los
de su clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel atado al
badajo formidable de la _Wamba_, la gran campana que llamaba a coro a
los muy venerables canónigos, cabildo catedral de preeminentes calidades
y privilegios.

Bismarck era de oficio delantero de diligencia, era _de la tralla_,
según en Vetusta se llamaba a los de su condición; pero sus aficiones le
llevaban a los campanarios; y por delegación de Celedonio, hombre de
iglesia, acólito en funciones de campanero, aunque tampoco en propiedad,
el ilustre diplomático _de la tralla_ disfrutaba algunos días la honra
de despertar al venerando cabildo de su beatífica siesta, convocándole a
los rezos y cánticos de su peculiar incumbencia.

El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el
badajo de la Wamba con una seriedad de arúspice de buena fe. Cuando
_posaba_ para la hora del coro--así se decía--Bismarck sentía en sí algo
de la dignidad y la responsabilidad de un reloj.

Celedonio ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba
asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el
colmillo a la plazuela; y si se le antojaba disparaba chinitas sobre
algún raro transeúnte que le parecía del tamaño y de la importancia de
un ratoncillo. Aquella altura se les subía a la cabeza a los pilluelos y
les inspiraba un profundo desprecio de las cosas terrenas.

--¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!--dijo el monaguillo,
casi escupiendo las palabras; y disparó media patata asada y podrida a
la calle apuntando a un canónigo, pero seguro de no tocarle.

--¡Qué ha de poder!--respondió Bismarck, que en el campanario adulaba a
Celedonio y en la calle le trataba a puntapiés y le arrancaba a viva
fuerza las llaves para subir a tocar las _oraciones_--. Tú pués más que
toos los delanteros, menos yo.

--Porque tú echas la zancadilla, mainate, y eres más grande.... Mia,
chico, ¿quiés que l'atice al señor Magistral que entra ahora?

--¿Le conoces tú desde ahí?

--Claro, bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven acá. ¿No
ves cómo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la fachenda que se
me gasta. Ya lo decía el señor Custodio el beneficiao a don Pedro el
campanero el otro día: «Ese don Fermín tié más orgullo que don Rodrigo
en la horca», y don Pedro se reía; y verás, el otro dijo después, cuando
ya había pasao don Fermín: «¡Anda, anda, buen mozo, que bien se te
conoce el colorete!». ¿Qué te paece, chico? Se pinta la cara.

Bismarck negó lo de la pintura. Era que don Custodio tenía envidia. Si
Bismarck fuera canónigo y _dinidad_ (creía que lo era el Magistral) en
vez de ser delantero, con un mote _sacao_ de las cajas de cerillas, se
daría más tono que un zagal. Pues, claro. Y si fuese campanero, el de
verdad, vamos don Pedro... ¡ay Dios! entonces no se hablaba más que con
el Obispo y el señor Roque el mayoral del correo.

--Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque decía el beneficiao que
en la iglesia hay que ser humilde, como si dijéramos, rebajarse con la
gente, vamos achantarse, y aguantar una bofetá si a mano viene; y si no,
ahí está el Papa, que es... no sé cómo dijo... así... una cosa como...
el criao de toos los criaos.

--Eso será de boquirris--replicó Bismarck--. ¡Mia tú el Papa, que manda
más que el rey! Y que le vi yo pintao, en un santo mu grande, sentao en
su coche, que era como una butaca, y lo llevaban en vez de mulas un tiro
de _carcas_ (curas según Bismarck), y lo cual que le iban espantando las
moscas con un paraguas, que parecía cosa del teatro... hombre... ¡si
sabré yo!

Se acaloró el debate. Celedonio defendía las costumbres de la Iglesia
primitiva; Bismarck estaba por todos los esplendores del culto.
Celedonio amenazó al campanero interino con pedirle la dimisión. El de
la tralla aludió embozadamente a ciertas bofetadas probables _pa en_
bajando. Pero una campana que sonó en un tejado de la catedral les llamó
al orden.

--¡El _Laudes_!--gritó Celedonio--, toca, que avisan.

Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del formidable
badajo.

Tembló el aire y el delantero cerró los ojos, mientras Celedonio hacía
alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como si estuviera a dos
leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento arrebataba de la
torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a la sierra
vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes todos,
con cien matices.

Empezaba el Otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y
vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. Los castañedos,
robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados
por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos
obscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba entre tanta verdura.
Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas,
esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. Aquel
verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la
sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube
invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la
vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle. La sierra estaba
al Noroeste y por el Sur que dejaba libre a la vista se alejaba el
horizonte, señalado por siluetas de montañas desvanecidas en la niebla
que deslumbraba como polvareda luminosa. Al Norte se adivinaba el mar
detrás del arco perfecto del horizonte, bajo un cielo despejado, que
surcaban como naves, ligeras nubecillas de un dorado pálido. Un jirón de
la más leve parecía la luna, apagada, flotando entre ellas en el azul
blanquecino.

Cerca de la ciudad, en los ruedos, el cultivo más intenso, de mejor
abono, de mucha variedad y esmerado, producía en la tierra tonos de
colores, sin nombre, exacto, dibujándose sobre el fondo pardo obscuro de
la tierra constantemente removida y bien regada.

Alguien subía por el caracol. Los dos pilletes se miraron estupefactos.
¿Quién era el osado?

--¿Será Chiripa?--preguntó Celedonio entre airado y temeroso.

--No; es un _carca_, ¿no oyes el manteo?

Bismarck tenía razón; el roce de la tela con la piedra producía un rumor
silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio. El manteo
apareció por escotillón; era el de don Fermín de Pas, Magistral de
aquella santa iglesia catedral y provisor del Obispo. El delantero
sintió escalofríos. Pensó:

«¿Vendrá a pegarnos?».

No había motivo, pero eso no importaba. Él vivía acostumbrado a recibir
bofetadas y puntapiés sin saber por qué. A todo poderoso, y para él don
Fermín era un personaje de los más empingorotados, se le figuraba
Bismarck usando y abusando de la autoridad de repartir cachetes. No
discutía la legitimidad de esta prerrogativa, no hacía más que huir de
los grandes de la tierra, entre los que figuraban los sacristanes y los
polizontes. Se avenía a esta ley, cuyos efectos procuraba evitar. Si él
hubiera sido señor, alcalde, canónigo, fontanero, guarda del Jardín
Botánico, empleado en casillas, sereno, algo grande, en suma, hubiera
hecho lo mismo ¡dar cada puntapié! No era más que Bismarck, un
delantero, y sabía su oficio, huir de los _mainates_ de Vetusta.

Pero allí no había modo de escapar. O tirarse por una ventana, o esperar
el nublado. El caracol estaba interceptado por el canónigo. Bismarck no
tuvo más recurso que hacerse un ovillo, esconderse detrás de la Wamba,
encaramado en una viga, y aguardar así los acontecimientos.

Celedonio no extrañaba aquella visita. Recordaba haber visto muchas
tardes al señor Magistral subir a la torre antes o después de coro.

¿Qué iba a hacer allí aquel señor tan respetable? Esto preguntaban los
ojos del delantero a los del acólito. También lo sabía Celedonio, pero
callaba y sonreía complaciéndose en el pavor de su amigo.

El continente altivo del monaguillo se había convertido en humilde
actitud. Su rostro se había revestido de repente de la expresión
oficial. Celedonio tenía doce o trece años y ya sabía ajustar los
músculos de su cara de chato a las exigencias de la liturgia. Sus ojos
eran grandes, de un castaño sucio, y cuando el pillastre se creía en
funciones eclesiásticas los movía con afectación, de abajo arriba, de
arriba abajo, imitando a muchos sacerdotes y beatas que conocía y
trataba.

Pero, sin pensarlo, daba una intención lúbrica y cínica a su mirada,
como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio con los
ojos, sin que la policía pueda reivindicar los derechos de la moral
pública. La boca muy abierta y desdentada seguía a su manera los
aspavientos de los ojos; y Celedonio en su expresión de humildad
beatífica pasaba del feo tolerable al feo asqueroso.

Así como en las mujeres de su edad se anuncian por asomos de contornos
turgentes las elegantes líneas del sexo, en el acólito sin órdenes se
podía adivinar futura y próxima perversión de instintos naturales
provocada ya por aberraciones de una educación torcida. Cuando quería
imitar, bajo la sotana manchada de cera, los acompasados y ondulantes
movimientos de don Anacleto, familiar del Obispo--creyendo manifestar
así su vocación--, Celedonio se movía y gesticulaba como hembra
desfachatada, sirena de cuartel. Esto ya lo había notado el _Palomo_,
empleado laico de la Catedral, perrero, según mal nombre de su oficio.
Pero no se había atrevido a comunicar sus aprensiones a ningún superior,
obedeciendo a un criterio, merced al cual había desempeñado treinta años
seguidos con dignidad y prestigio sus funciones complejas de aseo y
vigilancia.

En presencia del Magistral, Celedonio había cruzado los brazos e
inclinado la cabeza, después de apearse de la ventana. Aquel don Fermín
que allá abajo en la calle de la Rúa parecía un escarabajo ¡qué grande
se mostraba ahora a los ojos humillados del monaguillo y a los aterrados
ojos de su compañero! Celedonio apenas le llegaba a la cintura al
canónigo. Veía enfrente de sí la sotana tersa de pliegues escultóricos,
rectos, simétricos, una sotana de medio tiempo, de rico castor delgado,
y sobre ella flotaba el manteo de seda, abundante, de muchos pliegues y
vuelos.

Bismarck, detrás de la Wamba, no veía del canónigo más que los bajos y
los admiraba. ¡Aquello era señorío! ¡Ni una mancha! Los pies parecían
los de una dama; calzaban media morada, como si fueran de Obispo; y el
zapato era de esmerada labor y piel muy fina y lucía hebilla de plata,
sencilla pero elegante, que decía muy bien sobre el color de la media.

Si los pilletes hubieran osado mirar cara a cara a don Fermín, le
hubieran visto, al asomar en el campanario, serio, cejijunto; al notar
la presencia de los campaneros levemente turbado, y en seguida
sonriente, con una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad
estereotipada en los labios. Tenía razón el delantero. De Pas no se
pintaba. Más bien parecía estucado. En efecto, su tez blanca tenía los
reflejos del estuco. En los pómulos, un tanto avanzados, bastante para
dar energía y expresión característica al rostro, sin afearlo, había un
ligero encarnado que a veces tiraba al color del alzacuello y de las
medias. No era pintura, ni el color de la salud, ni pregonero del
alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al calor de palabras de
amor o de vergüenza que se pronuncian cerca de ellas, palabras que
parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta especie de
congestión también la causa el orgasmo de pensamientos del mismo estilo.
En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de
rapé, lo más notable era la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en
medio de aquella crasitud pegajosa salía un resplandor punzante, que era
una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas.
Aquella mirada la resistían pocos; a unos les daba miedo, a otros asco;
pero cuando algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola
con el telón carnoso de unos párpados anchos, gruesos, insignificantes,
como es siempre la carne informe. La nariz larga, recta, sin corrección
ni dignidad, también era sobrada de carne hacia el extremo y se
inclinaba como árbol bajo el peso de excesivo fruto. Aquella nariz era
la obra muerta en aquel rostro todo expresión, aunque escrito en griego,
porque no era fácil leer y traducir lo que el Magistral sentía y
pensaba. Los labios largos y delgados, finos, pálidos, parecían
obligados a vivir comprimidos por la barba que tendía a subir,
amenazando para la vejez, aún lejana, entablar relaciones con la punta
de la nariz claudicante. Por entonces no daba al rostro este defecto
apariencias de vejez, sino expresión de prudencia de la que toca en
cobarde hipocresía y anuncia frío y calculador egoísmo. Podía asegurarse
que aquellos labios guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que
jamás se pronuncia. La barba puntiaguda y levantisca semejaba el candado
de aquel tesoro. La cabeza pequeña y bien formada, de espeso cabello
negro muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de
recios músculos, un cuello de atleta, proporcionado al tronco y
extremidades del fornido canónigo, que hubiera sido en su aldea el mejor
jugador de bolos, el mozo de más partido; y a lucir entallada levita, el
más apuesto azotacalles de Vetusta.

Como si se tratara de un personaje, el Magistral saludó a Celedonio
doblando graciosamente el cuerpo y extendiendo hacia él la mano derecha,
blanca, fina, de muy afilados dedos, no menos cuidada que si fuera la de
aristocrática señora. Celedonio contestó con una genuflexión como las de
ayudar a misa.

Bismarck, oculto, vio con espanto que el canónigo sacaba de un bolsillo
interior de la sotana un tubo que a él le pareció de oro. Vio que el
tubo se dejaba estirar como si fuera de goma y se convertía en dos, y
luego en tres, todos seguidos, pegados. Indudablemente aquello era un
cañón chico, suficiente para acabar con un delantero tan insignificante
como él. No; era un fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y
hacía con él puntería. Bismarck respiró: no iba con su personilla aquel
disparo; apuntaba el carca hacia la calle, asomado a una ventana. El
acólito, de puntillas, sin hacer ruido, se había acercado por detrás al
Provisor y procuraba seguir la dirección del catalejo. Celedonio era un
monaguillo de mundo, entraba como amigo de confianza en las mejores
casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck tomaba un anteojo por un
fusil, se le reiría en las narices.

Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a
las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los
montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había
visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más
soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de
pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas
acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o
a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la
provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes
de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados
ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más
experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga
sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de
fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso
para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano,
contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a
los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los
parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol,
mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu
altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en
sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía
saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la
torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o
por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna ocasión,
aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor,
sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos corredores,
mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la
Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta
que se llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como
si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la
rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en
medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San
Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía un poco del billar del
casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; y él, Celedonio,
había visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el
anteojo ¡quiá! en cuanto se veía el balcón como un ventanillo de una
grillera. Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck que
se había atrevido a acercarse, seguro de que no había peligro, el
Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas
por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación
los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como
el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los
cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes
y nubes; sus miradas no salían de la ciudad.

Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio
teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de
Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y
por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los
rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad
era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere
estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no
aplicaba el escalpelo sino el trinchante.

Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta. De Pas
había soñado con más altos destinos, y aún no renunciaba a ellos. Como
recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo,
guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado
en su fantasía; en ellos se contemplaba oficiando de pontifical en
Toledo y asistiendo en Roma a un cónclave de cardenales. Ni la tiara le
pareciera demasiado ancha; todo estaba en el camino; lo importante era
seguir andando. Pero estos sueños según pasaba el tiempo se iban
haciendo más y más vaporosos, como si se alejaran. «Así son las
perspectivas de la esperanza, pensaba el Magistral; cuanto más nos
acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto
deseado, porque no está en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos
delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás,
en el lejano día del sueño...». No renunciaba a subir, a llegar cuanto
más arriba pudiese, pero cada día pensaba menos en estas vaguedades de
la ambición a largo plazo, propias de la juventud. Había llegado a los
treinta y cinco años y la codicia del poder era más fuerte y menos
idealista; se contentaba con menos pero lo quería con más fuerza, lo
necesitaba más cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto
que abrasa y se satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir
la fuente que está lejos en lugar desconocido.

Sin confesárselo, sentía a veces desmayos de la voluntad y de la fe en
sí mismo que le daban escalofríos; pensaba en tales momentos que acaso
él no sería jamás nada de aquello a que había aspirado, que tal vez el
límite de su carrera sería el estado actual o un mal obispado en la
vejez, todo un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecogían, para
vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente,
del poderío que tenía en la mano; devoraba su presa, la Vetusta
levítica, como el león enjaulado los pedazos ruines de carne que el
domador le arroja.

Concentrada su ambición entonces en punto concreto y tangible, era mucho
más intensa; la energía de su voluntad no encontraba obstáculo capaz de
resistir en toda la diócesis. Él era el amo del amo. Tenía al Obispo en
una garra, prisionero voluntario que ni se daba cuenta de sus prisiones.
En tales días el Provisor era un huracán eclesiástico, un castigo
bíblico, un azote de Dios sancionado por su ilustrísima.

Estas crisis del ánimo solían provocarlas noticias del personal: el
nombramiento de un Obispo joven, por ejemplo. Echaba sus cuentas: él
estaba muy atrasado, no podría llegar a ciertas grandezas de la
jerarquía. Esto pensaba, en tanto que el beneficiado don Custodio le
aborrecía principalmente porque era Magistral desde los treinta.

Don Fermín contemplaba la ciudad. Era una presa que le disputaban, pero
que acabaría de devorar él solo. ¡Qué! ¿También aquel mezquino imperio
habían de arrancarle? No, era suyo. Lo había ganado en buena lid. ¿Para
qué eran necios? También al Magistral se le subía la altura a la cabeza;
también él veía a los vetustenses como escarabajos; sus viviendas viejas
y negruzcas, aplastadas, las creían los vanidosos ciudadanos palacios y
eran madrigueras, cuevas, montones de tierra, labor de topo.... ¿Qué
habían hecho los dueños de aquellos palacios viejos y arruinados de la
Encimada que él tenía allí a sus pies? ¿Qué habían hecho? Heredar. ¿Y
él? ¿Qué había hecho él? Conquistar. Cuando era su ambición de joven la
que chisporroteaba en su alma, don Fermín encontraba estrecho el recinto
de Vetusta; él que había predicado en Roma, que había olfateado y
gustado el incienso de la alabanza en muy altas regiones por breve
tiempo, se creía postergado en la catedral vetustense. Pero otras veces,
las más, era el recuerdo de sus sueños de niño, precoz para ambicionar,
el que le asaltaba, y entonces veía en aquella ciudad que se humillaba a
sus plantas en derredor el colmo de sus deseos más locos. Era una
especie de placer material, pensaba De Pas, el que sentía comparando sus
ilusiones de la infancia con la realidad presente. Si de joven había
soñado cosas mucho más altas, su dominio presente parecía la tierra
prometida a las cavilaciones de la niñez, llena de tardes solitarias y
melancólicas en las praderas de los puertos. El Magistral empezaba a
despreciar un poco los años de su próxima juventud, le parecían a veces
algo ridículos sus ensueños y la conciencia no se complacía en repasar
todos los actos de aquella época de pasiones reconcentradas, poco y mal
satisfechas. Prefería las más veces recrear el espíritu contemplando lo
pasado en lo más remoto del recuerdo; su niñez le enternecía, su
juventud le disgustaba como el recuerdo de una mujer que fue muy
querida, que nos hizo cometer mil locuras y que hoy nos parece digna de
olvido y desprecio. Aquello que él llamaba placer material y tenía mucho
de pueril, era el consuelo de su alma en los frecuentes decaimientos del
ánimo.

El Magistral había sido pastor en los puertos de Tarsa ¡y era él, el
mismo que ahora mandaba a su manera en Vetusta! En este salto de la
imaginación estaba la esencia de aquel placer intenso, infantil y
material que gozaba De Pas como un pecado de lascivia.

¡Cuántas veces en el púlpito, ceñido al robusto y airoso cuerpo el
roquete, cándido y rizado, bajo la señoril muceta, viendo allá abajo, en
el rostro de todos los fieles la admiración y el encanto, había tenido
que suspender el vuelo de su elocuencia, porque le ahogaba el placer, y
le cortaba la voz en la garganta! Mientras el auditorio aguardaba en
silencio, respirando apenas, a que la emoción religiosa permitiera al
orador continuar, él oía como en éxtasis de autolatría el chisporroteo
de los cirios y de las lámparas; aspiraba con voluptuosidad extraña el
ambiente embalsamado por el incienso de la capilla mayor y por las
emanaciones calientes y aromáticas que subían de las damas que le
rodeaban; sentía como murmullo de la brisa en las hojas de un bosque el
contenido crujir de la seda, el aleteo de los abanicos; y en aquel
silencio de la atención que esperaba, delirante, creía comprender y
gustaba una adoración muda que subía a él; y estaba seguro de que en tal
momento pensaban los fieles en el orador esbelto, elegante, de voz
melodiosa, de correctos ademanes a quien oían y veían, no en el Dios de
que les hablaba. Entonces sí que, sin poder él desechar aquellos
recuerdos se le presentaba su infancia en los puertos; aquellas tardes
de su vida de pastor melancólico y meditabundo.--Horas y horas, hasta el
crepúsculo, pasaba soñando despierto, en una cumbre, oyendo las esquilas
del ganado esparcido por el cueto ¿y qué soñaba? que allá, allá abajo,
en el ancho mundo, muy lejos, había una ciudad inmensa, como cien veces
el lugar de Tarsa, y más; aquella ciudad se llamaba Vetusta, era mucho
mayor que San Gil de la Llana, la cabeza del partido, que él tampoco
había visto. En la gran ciudad colocaba él maravillas que halagaban el
sentido y llenaban la soledad de su espíritu inquieto. Desde aquella
infancia ignorante y visionaria al momento en que se contemplaba el
predicador no había intervalo; se veía niño y se veía Magistral: lo
presente era la realidad del sueño de la niñez y de esto gozaba.

Emociones semejantes ocupaban su alma mientras el catalejo, reflejando
con vivos resplandores los rayos del sol se movía lentamente pasando la
visual de tejado en tejado, de ventana en ventana, de jardín en jardín.

Alrededor de la catedral se extendía, en estrecha zona, el primitivo
recinto de Vetusta. Comprendía lo que se llamaba el barrio de la
_Encimada_ y dominaba todo el pueblo que se había ido estirando por
Noroeste y por Sudeste. Desde la torre se veía, en algunos patios y
jardines de casas viejas y ruinosas, restos de la antigua muralla,
convertidos en terrados o paredes medianeras, entre huertos y corrales.
La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de Vetusta. Los más
linajudos y los más andrajosos vivían allí, cerca unos de otros,
aquellos a sus anchas, los otros apiñados. El buen vetustente era de la
Encimada. Algunos fatuos estimaban en mucho la propiedad de una casa,
por miserable que fuera, en la parte alta de la ciudad, a la sombra de
la catedral, o de Santa María la Mayor o de San Pedro, las dos
antiquísimas iglesias vecinas de la Basílica y parroquias que se
dividían el noble territorio de la Encimada. El Magistral veía a sus
pies el barrio linajudo compuesto de caserones con ínfulas de palacios;
conventos grandes como pueblos; y tugurios, donde se amontonaba la plebe
vetustense, demasiado pobre para poder habitar las barriadas nuevas allá
abajo, en el Campo del sol, al Sudeste, donde la Fábrica Vieja levantaba
sus augustas chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros
había surgido. Casi todas las calles de la Encimada eran estrechas,
tortuosas, húmedas, sin sol; crecía en algunas la yerba; la limpieza de
aquellas en que predominaba el vecindario noble o de tales pretensiones
por lo menos, era triste, casi miserable, como la limpieza de las
cocinas pobres de los hospicios; parecía que la escoba municipal y la
escoba de la nobleza pulcra habían dejado en aquellas plazuelas y
callejas las huellas que el cepillo deja en el paño raído. Había por
allí muy pocas tiendas y no muy lucidas. Desde la torre se veía la
historia de las clases privilegiadas contada por piedras y adobes en el
recinto viejo de Vetusta. La iglesia ante todo: los conventos ocupaban
cerca de la mitad del terreno; Santo Domingo solo, tomaba una quinta
parte del área total de la Encimada: seguía en tamaño las Recoletas,
donde se habían reunido en tiempo de la Revolución de Septiembre dos
comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban con su convento y
huerto la sexta parte del barrio. Verdad era que San Vicente estaba
convertido en cuartel y dentro de sus muros retumbaba la indiscreta voz
de la corneta, profanación constante del sagrado silencio secular; del
convento ampuloso y plateresco de las Clarisas había hecho el Estado un
edificio para toda clase de oficinas, y en cuanto a San Benito era
lóbrega prisión de mal seguros delincuentes. Todo esto era triste; pero
el Magistral que veía, con amargura en los labios, estos despojos de que
le daba elocuente representación el catalejo, podía abrir el pecho al
consuelo y a la esperanza contemplando, fuera del barrio noble, al Oeste
y al Norte, gráficas señales de la fe rediviva, en los alrededores de
Vetusta, donde construía la piedad nuevas moradas para la vida
conventual, más lujosas, más elegantes que las antiguas, si no tan
sólidas ni tan grandes. La Revolución había derribado, había robado;
pero la Restauración, que no podía restituir, alentaba el espíritu que
reedificaba y ya las Hermanitas de los Pobres tenían coronado el
edificio de su propiedad, tacita de plata, que brillaba cerca del
Espolón, al Oeste, no lejos de los palacios y _chalets_ de la Colonia, o
sea el barrio nuevo de americanos y comerciantes del reino. Hacia el
Norte, entre prados de terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte,
se levantaba la blanca fábrica que con sumas fabulosas construían las
Salesas, por ahora arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los
vertederos de la Encimada, casi sepultadas en las cloacas, en una casa
vieja, que tenía por iglesia un oratorio mezquino. Allí, como en nichos,
habitaban las herederas de muchas familias ricas y nobles; habían
dejado, en obsequio al Crucificado, el regalo de su palacio ancho y
cómodo de allá arriba por la estrechez insana de aquella pocilga,
mientras sus padres, hermanos y otros parientes regalaban el perezoso
cuerpo en las anchuras de los caserones tristes, pero espaciosos de la
Encimada. No sólo era la iglesia quien podía desperezarse y estirar las
piernas en el recinto de Vetusta la de arriba, también los herederos de
pergaminos y casas solariegas, habían tomado para sí anchas cuadras y
jardines y huertas que podían pasar por bosques, con relación al área
del pueblo, y que en efecto se llamaban, algo hiperbólicamente, parques,
cuando eran tan extensos como el de los Ozores y el de los Vegallana. Y
mientras no sólo a los conventos, y a los palacios, sino también a los
árboles se les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como
querían, los míseros plebeyos que a fuerza de pobres no habían podido
huir los codazos del egoísmo noble o regular, vivían hacinados en casas
de tierra que el municipio obligaba a tapar con una capa de cal; y era
de ver cómo aquellas casuchas, apiñadas, se enchufaban, y saltaban unas
sobre otras, y se metían los tejados por los ojos, o sean las ventanas.
Parecían un rebaño de retozonas reses que apretadas en un camino,
brincan y se encaraman en los lomos de quien encuentran delante.

A pesar de esta injusticia distributiva que don Fermín tenía debajo de
sus ojos, sin que le irritara, el buen canónigo amaba el barrio de la
catedral, aquel hijo predilecto de la Basílica, sobre todos. La Encimada
era su imperio natural, la metrópoli del poder espiritual que ejercía.
El humo y los silbidos de la fábrica le hacían dirigir miradas recelosas
al Campo del Sol; allí vivían los rebeldes; los trabajadores sucios,
negros por el carbón y el hierro amasados con sudor; los que escuchaban
con la boca abierta a los energúmenos que les predicaban igualdad,
federación, reparto, mil absurdos, y a él no querían oírle cuando les
hablaba de premios celestiales, de reparaciones de ultra-tumba. No era
que allí no tuviera ninguna influencia, pero la tenía en los menos.
Cierto que cuando allí la creencia pura, la fe católica arraigaba, era
con robustas raíces, como con cadenas de hierro. Pero si moría un obrero
bueno, creyente, nacían dos, tres, que ya jamás oirían hablar de
resignación, de lealtad, de fe y obediencia. El Magistral no se hacía
ilusiones. El Campo del Sol se les iba. Las mujeres defendían allí las
últimas trincheras. Poco tiempo antes del día en que De Pas meditaba
así, varias ciudadanas del barrio de obreros habían querido matar a
pedradas a un forastero que se titulaba pastor protestante; pero estos
excesos, estos paroxismos de la fe moribunda más entristecían que
animaban al Magistral.--No, aquel humo no era de incienso, subía a lo
alto, pero no iba al cielo; aquellos silbidos de las máquinas le
parecían burlescos, silbidos de sátira, silbidos de látigo. Hasta
aquellas chimeneas delgadas, largas, como monumentos de una idolatría,
parecían parodias de las agujas de las iglesias....

El Magistral volvía el catalejo al Noroeste, allí estaba la _Colonia_,
la Vetusta novísima, tirada a cordel, deslumbrante de colores vivos con
reflejos acerados; parecía un pájaro de los bosques de América, o una
india brava adornada con plumas y cintas de tonos discordantes.

Igualdad geométrica, desigualdad, anarquía cromáticas. En los tejados
todos los colores del iris como en los muros de Ecbátana; galerías de
cristales robando a los edificios por todas partes la esbeltez que podía
suponérseles; alardes de piedra inoportunos, solidez afectada, lujo
vocinglero. La ciudad del sueño de un indiano que va mezclada con la
ciudad de un usurero o de un mercader de paños o de harinas que se
quedan y edifican despiertos. Una pulmonía posible por una pared maestra
ahorrada; una incomodidad segura por una fastuosidad ridícula. Pero no
importa, el Magistral no atiende a nada de eso; no ve allí más que
riqueza; un Perú en miniatura, del cual pretende ser el Pizarro
espiritual. Y ya empieza a serlo. Los indianos de la Colonia que en
América oyeron muy pocas misas, en Vetusta vuelven, como a una patria, a
la piedad de sus mayores: la religión con las formas aprendidas en la
infancia es para ellos una de las dulces promesas de aquella España que
veían en sueños al otro lado del mar. Además los indianos no quieren
nada que no sea de buen tono, que huela a plebeyo, ni siquiera pueda
recordar los orígenes humildes de la estirpe; en Vetusta los descreídos
no son más que cuatro pillos, que no tienen sobre qué caerse muertos;
todas las personas pudientes creen y practican, como se dice ahora.
Páez, don Frutos Redondo, los Jacas, Antolínez, los Argumosa y otros y
otros ilustres Américo Vespucios del barrio de la Colonia siguen
escrupulosamente en lo que se les alcanza las costumbres _distinguidas_
de los Corujedos, Vegallanas, Membibres, Ozores, Carraspiques y demás
familias nobles de la Encimada, que se precian de muy buenos y muy
rancios cristianos. Y si no lo hicieran por propio impulso los Páez, los
Redondo, etc., etc., sus respectivas esposas, hijas y demás familia del
sexo débil obligaríanles a imitar en religión, como en todo, las
maneras, ideas y palabras de la envidiada aristocracia. Por todo lo cual
el Provisor mira al barrio del Noroeste con más codicia que antipatía;
si allí hay muchos espíritus que él no ha sondeado todavía, si hay mucha
tierra que descubrir en aquella América abreviada, las exploraciones
hechas, las _factorías_ establecidas han dado muy buen resultado, y no
desconfía don Fermín de llevar la luz de la fe más acendrada, y con ella
su natural influencia, a todos los rincones de las bien alineadas casas
de la Colonia, a quien el municipio midió los tejados por un rasero.

Pero, entre tanto, De Pas volvía amorosamente la visual del catalejo a
su Encimada querida, la noble, la vieja, la amontonada a la sombra de la
soberbia torre. Una a Oriente otra a Occidente, allí debajo tenía, como
dando guardia de honor a la catedral, las dos iglesias antiquísimas que
la vieron tal vez nacer, o por lo menos pasar a grandezas y esplendores
que ellas jamás alcanzaron. Se llamaban, como va dicho, Santa María y
San Pedro; su historia anda escrita en los cronicones de la Reconquista,
y gloriosamente se pudren poco a poco víctimas de la humedad y hechas
polvo por los siglos. En rededor de Santa María y de San Pedro hay
esparcidas, por callejones y plazuelas casas solariegas, cuya mayor
gloria sería poder proclamarse contemporáneas de los ruinosos templos.
Pero no pueden, porque delata la relativa juventud de estos caserones su
arquitectura que revela el mal gusto decadente, pesado o recargado, de
muy posteriores siglos. La piedra de todos estos edificios está
ennegrecida por los rigores de la intemperie que en Vetusta la húmeda no
dejan nada claro mucho tiempo, ni consienten blancura duradera.

Don Saturnino Bermúdez, que juraba tener documentos que probaban al
inteligente en heráldica venirle el Bermúdez del rey Bermudo en persona,
era el más perito en la materia de contar la historia de cada uno de
aquellos caserones, que él consideraba otras tantas glorias nacionales.
Cada vez que algún Ayuntamiento radical emprendía o proyectaba siquiera
el derribo de algunas ruinas o la expropiación de algún solar por
utilidad pública, don Saturnino ponía el grito en el cielo y publicaba
en _El Lábaro_, el órgano de los ultramontanos de Vetusta, largos
artículos que nadie leía, y que el alcalde no hubiera entendido, de
haberlos leído; en ellos ponía por las nubes el mérito arqueológico de
cada tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era
todo un monumento. No cabe duda que el señor don Saturnino, siquiera
fuese por bien del arte, mentía no poco, y abusaba de lo románico y de
lo mudéjar. Para él todo era mudéjar o si no románico, y más de una vez
hizo remontarse a los tiempos de Fruela los fundamentos de una pared
fabricada por algún modesto cantero, vivo todavía. Estos lapsus del
erudito no lastimaban su reputación, porque los pocos que podían
descubrirlos los consideraban piadosas exageraciones, anacronismos
beneméritos, y los demás vetustenses no leían nada de aquello. Mas no
por esto dejaba el sabio de sacar a relucir la retórica, en que creía,
ostentando atrevidas imágenes, figuras de gran energía, entre las que
descollaban las más temerarias personificaciones y las epanadiplosis más
cadenciosas: hablaban las murallas como libros y solían decir: «tiemblan
mis cimientos y mis almenas tiemblan»; y tal puerta cochera hubo que
hizo llorar con sus discursos patéticos; por lo cual solía terminar el
artículo del arqueólogo diciendo: «En fin, señores de la comisión de
obras, _sunt lacrimae rerum!_».

Más de media hora empleó el Magistral en su observatorio aquella tarde.
Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba allá, hacia la Plaza
Nueva, adonde constantemente volvía el catalejo, separose de la ventana,
redujo a su mínimo tamaño el instrumento óptico, guardolo cuidadosamente
en el bolsillo y saludando con la mano y la cabeza a los campaneros,
descendió con el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra. En
cuanto abrió la puerta de la torre y se encontró en la nave Norte de la
iglesia, recobró la sonrisa inmóvil, habitual expresión de su rostro,
cruzó las manos sobre el vientre, inclinó hacia delante un poco con
cierta languidez entre mística y romántica la bien modelada cabeza, y
más que anduvo se deslizó sobre el mármol del pavimento que figuraba
juego de damas, blanco y negro. Por las altas ventanas y por los
rosetones del arco toral y de los laterales entraban haces de luz de
muchos colores que remedaban pedazos del iris dentro de las naves. El
manteo que el canónigo movía con un ritmo de pasos y suave contoneo iba
tomando en sus anchos pliegues, al flotar casi al ras del pavimento,
tornasoles de plumas de faisán, y otras veces parecía cola de pavo real;
algunas franjas de luz trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo
teñían con un verde pálido blanquecino, como de planta sombría, ora le
daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un
cadáver.

En la gran nave central del trascoro había muy pocos fieles, esparcidos
a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los gruesos
muros, sumidas en las sombras, se veía apenas grupos de mujeres
arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los confesonarios. Aquí
y allí se oía el leve rumor de la plática secreta de un sacerdote y una
devota en el tribunal de la penitencia. En la segunda capilla del Norte,
la más obscura, don Fermín distinguió dos señoras que hablaban en voz
baja. Siguió adelante. Ellas quisieron ir tras él, llamarle, pero no se
atrevieron. Le esperaban, le buscaban, y se quedaron sin él.

--Va al coro--dijo una de las damas. Y se sentaron sobre la tarima que
rodeaba el confesonario, sumido en tinieblas. Era la capilla del
Magistral. En el altar había dos candeleros de bronce, sin velas,
sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jesús
Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la
obscuridad; los reflejos del vidrio parecían una humedad fría. Era el
rostro el de un anémico; la expresión amanerada del gesto anunciaba una
idea fija petrificada en aquellos labios finos y en aquellos pómulos
afilados, como gastados por el roce de besos devotos.

Sin detenerse pasó el Magistral junto a la puerta de escape del coro;
llegó al crucero; la valla que corre del coro a la capilla mayor estaba
cerrada. Don Fermín, que iba a la sacristía, dio el rodeo de la nave del
trasaltar flanqueada por otra crujía de capillas. Frente a cada una de
estas, empotrados en la pared del ábside había haces de columnas entre
los que se ocultaban sendos confesonarios, invisibles hasta el momento
de colocarse enfrente de ellos. Allí comúnmente ataban y desataban
culpas los beneficiados. De uno de estos escondites salió, al pasar el
Provisor, como una perdiz levantada por los perros, el señor don
Custodio el beneficiado, pálido el rostro, menos las mejillas
encendidas con un tinte cárdeno. Sudaba como una pared húmeda. El
Magistral miró al beneficiado sin sonreír, pinchándole con aquellas
agujas que tenía entre la blanda crasitud de los ojos. Humilló los suyos
don Custodio y pasó cabizbajo, confuso, aturdido en dirección al coro.
Era gruesecillo, adamado, tenía aires de comisionista francés vestido
con traje talar muy pulcro y elegante. El cuerpo bien torneado se lo
ceñía, debajo del manteo ampuloso, un roquete que parecía prenda
mujeril, sobre la cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su
beneficio. Este don Custodio era un enemigo doméstico, un beneficiado de
la oposición. Creía, o por lo menos propalaba todas las injurias con que
se quería derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber
de cierto en el fondo de tantas calumnias. De Pas le despreciaba; la
envidia de aquel pobre clérigo le servía para ver, como en un espejo,
los propios méritos. El beneficiado admiraba al Magistral, creía en su
porvenir, se le figuraba obispo, cardenal, favorito en la corte,
influyente en los ministerios, en los salones, mimado por damas y
magnates. La envidia del beneficiado soñaba para don Fermín más
grandezas que el mismo Magistral veía en sus esperanzas. La mirada de
este fue en seguida, rápida y rastrera, al confesonario de que salía el
envidioso. Arrodillada junto a una de las celosías vio una joven pálida
con hábito del Carmen.

No era una señorita; debía de ser una doncella de servicio, una
costurera, o cosa así, pensó el Magistral. Tenía los ojos cargados de
una curiosidad maliciosa más irritada que satisfecha; se santiguó, como
si quisiera comerse la señal de la cruz, y se recogió, sentada sobre
los pies, a saborear los pormenores de la confesión, sin moverse del
sitio, pegada al confesonario lleno todavía del calor y el olor de don
Custodio.

El Magistral siguió adelante, dio vuelta al ábside y entró en la
sacristía. Era una capilla en forma de cruz latina, grande, fría, con
cuatro bóvedas altas. A lo largo de todas las paredes estaba la
cajonería, de castaño, donde se guardaba ropas y objetos del culto.
Encima de los cajones pendían cuadros de pintores adocenados, antiguos
los más, y algunas copias no malas de artistas buenos. Entre cuadro y
cuadro ostentaban su dorado viejo algunas cornucopias cuya luna
reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y las moscas. En medio
de la sacristía ocupaba largo espacio una mesa de mármol negro, del
país. Dos monaguillos con ropón encarnado, guardaban casullas y capas
pluviales en los armarios. El _Palomo_, con una sotana sucia y escotada,
cubierta la cabeza con enorme peluca echada hacia el cogote, acababa de
barrer en un rincón las inmundicias de cierto gato que, no se sabía
cómo, entraba en la catedral y lo profanaba todo. El perrero estaba
furioso. Los monaguillos se hacían los distraídos, pero él, sin
mirarles, les aludía y amenazaba con terribles castigos hipotéticos,
repugnantes para el estómago principalmente. El Magistral siguió
adelante fingiendo no parar mientes en estos pormenores groseros, tan
extraños a la santidad del culto. Se acercó a un grupo que en el otro
extremo de la sacristía cuchicheaba con la voz apagada de la
conversación profana que quiere respetar el lugar sagrado. Eran dos
señoras y dos caballeros. Los cuatro tenían la cabeza echada hacia
atrás. Contemplaban un cuadro. La luz entraba por ventanas estrechas
abiertas en la bóveda y a las pinturas llegaba muy torcida y menguada.
El cuadro que miraban estaba casi en la sombra y parecía una gran mancha
de negro mate. De otro color no se veía más que el frontal de una
calavera y el tarso de un pie desnudo y descarnado. Sin embargo, cinco
minutos llevaba don Saturnino Bermúdez empleados en explicar el mérito
de la pintura a aquellas señoras y al caballero que llenos de fe y con
la boca abierta escuchaban al arqueólogo. El Magistral encontraba casi
todos los días a don Saturnino en semejante ocupación. En cuanto llegaba
un forastero de alguna importancia a Vetusta, se buscaba por un lado o
por otro una recomendación para que Bermúdez fuese tan amable que le
acompañara a ver las antigüedades de la catedral y otras de la Encimada.
Don Saturnino estaba muy ocupado todo el día, pero de tres a cuatro y
media siempre le tenían a su disposición cuantas personas decentes, como
él decía, quisieran poner a prueba sus conocimientos arqueológicos y su
inveterada amabilidad. Porque además del primer anticuario de la
provincia, creía ser--y esto era verdad--el hombre más fino y cortés de
España. No era clérigo, sino anfibio. En su traje pulcro y negro de los
pies a la cabeza se veía algo que Frígilis, personaje darwinista que
encontraremos más adelante, llamaba la adaptación a la sotana, la
influencia del medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan
atrevido que se decidiera a engendrar un Bermúdez, este saldría ya
diácono por lo menos, según Frígilis. Era el arqueólogo bajo, traía el
pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar grandes
entradas en la frente y se conocía que una calvicie precoz le hubiera
lisonjeado no poco. No era viejo: «La edad de Nuestro Señor Jesucristo»,
decía él, creyendo haber aventurado un chiste respetuoso, pero algo
mundano. Como lo de parecer cura no estaba en su intención, sino en las
leyes naturales, don Saturno--así le llamaban--después de haber perdido
ciertas ilusiones en una aventura seria en que le tomaron por clérigo,
se dejaba la barba, de un negro de tinta china, pero la recortaba como
el boj de su huerto. Tenía la boca muy grande, y al sonreír con
propósito de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por
qué entonces era cuando mejor se conocía que Bermúdez no se quejaba de
vicio al quejarse del pícaro estómago, de digestiones difíciles y sobre
todo de perpetuos restriñimientos. Era una sonrisa llena de arrugas, que
equivalía a una mueca provocada por un dolor intestinal, aquella con que
Bermúdez quería pasar por el hombre más _espiritual_ de Vetusta, y el
más capaz de comprender una pasión profunda y alambicada. Pues debe
advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos
alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y
psicológicas que se escribían por entonces en París. Lo de parecer
clérigo no era sino muy a su pesar. Él se encargaba unas levitas de
tricot como las de un lechuguino, pero el sastre veía con asombro que
vestir la prenda don Saturno y quedar convertida en sotana era todo uno.
Siempre parecía que iba de luto, aunque no fuera. Sin embargo, pocas
veces quitaba la gasa del sombrero porque se tenía por pariente de toda
la nobleza vetustense, y en cuanto moría un aristócrata estaba de
pésame. Allá, en el fondo de su alma, se creía nacido para el amor, y su
pasión por la arqueología era un sentimiento de la clase de sucedáneos.
Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España que los
personajes de mejor sociedad sentían sobre poco más o menos las mismas
comezones de que él era víctima, ya no vaciló en pensar que lo que le
había faltado había sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran
incapaces de comprenderle, así como él se confesaba a solas que no se
atrevería jamás a acercarse a una joven para decirle cosa mayor en
materia de amores.

Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrían entenderle mejor. La
primera vez que pensó esto tuvo remordimientos para una semana; pero
volvió la idea a presentarse tentadora, y como en las novelas que
saboreaba sucedía casi siempre que eran casadas las heroínas, pecadoras
sí, pero al fin redimidas por el amor y la mucha fe, vino en averiguar y
dar por evidente que se podía querer a una casada y hasta decírselo, si
el amor se contenía en los límites del más acendrado idealismo. En
efecto, don Saturno se enamoró de una señora casada; pero le sucedió con
ella lo mismo que con las solteras; no se atrevió a decírselo. Con los
ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorías
que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero la señora de sus
amores no hacía caso de los ojos de don Saturno ni entendía las
alegorías ni las parábolas; no hacía más que decir a espaldas de
Bermúdez:

--No sé cómo ese don Saturno puede saber tanto: parece un mentecato.

Esta señora que llamaban en Vetusta la Regenta, porque su marido, ahora
jubilado, había sido regente de la Audiencia, nunca supo la ardiente
pasión del arqueólogo. Este joven sentimental y amante del saber se
cansó de devorar en silencio aquel amor único y procuró ser veleidoso,
aturdirse, y esto último poco trabajo le costaba, porque nunca se vio
hombre más aturdido que él en cuanto una mujer quería marearle con una o
dos miradas. Cuatro años hacía que no perdía baile, ni reunión de
confianza, ni teatro, ni paseo, y todavía las damas, cada vez que le
veían bailando un rigodón (no se atrevía con el wals ni con la polka)
repetían:

--¡Pero este Bermúdez está desconocido!

¡Todos, todos empeñados en que era un cartujo! Esto le desesperaba.
Cierto que jamás había probado las dulzuras groseras y materiales del
amor carnal; pero eso ¿le constaba al público? Cierto que primero
faltaba el sol que don Saturnino a misa de ocho; pero esta devoción, así
como el comulgar dos veces al mes, en nada empecía (su estilo) a los
títulos de hombre de mundo que él reclamaba. ¡Y si las gentes supieran!
¿Quién era un embozado que de noche, a la hora de las criadas, como
dicen en Vetusta, salía muy recatadamente por la calle del Rosario,
torcía entre las sombras por la de Quintana y de una en otra llegaba a
los porches de la plaza del Pan y dejaba la Encimada aventurándose por
la Colonia, solitaria a tales horas? Pues era don Saturnino Bermúdez,
doctor en teología, en ambos derechos, civil y canónico, licenciado en
filosofía y letras y bachiller en ciencias: el autor ni más ni menos, de
_Vetusta Romana_, _Vetusta Goda_, _Vetusta Feudal_, _Vetusta Cristiana_,
y _Vetusta Transformada_, a tomo por Vetusta. Era él, que salía
disfrazado de capa y sombrero flexible. No había miedo que en tal guisa
le reconociera nadie. ¿Y adónde iba? A luchar con la tentación al aire
libre; a cansar la carne con paseos interminables; y un poco también a
olfatear el vicio, el crimen pensaba él, crimen en que tenía seguridad
de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por invencible
pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el último y decisivo paso
en la carrera del abismo. Al borde llegaba todas las noches, y solía ser
una puerta desvencijada, sucia y negra en las sombras de algún callejón
inmundo. Alguna vez desde el fondo del susodicho abismo le llamaba la
tentación; entonces retrocedía el sabio más pronto, ganaba el terreno
perdido, volvía a las calles anchas y respiraba con delicia el aire
puro; puro como su cuerpo; y para llegar antes a las regiones del ideal
que eran su propio ambiente, cantaba la _Casta diva_ o _el Spirto
gentil_ o _el Santo Fuerte_, y pensaba en sus amores de niño o en alguna
heroína de sus novelas.

¡Ah, cuánta felicidad había en estas victorias de la virtud! ¡Qué clara
y evidente se le presentaba entonces la idea de una Providencia! ¡Algo
así debía de ser el éxtasis de los místicos! Y don Saturno apretando el
paso volvía a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa
con las lágrimas que le hacía llorar aquel baño de idealidad, como él
decía para sus adentros. Su enternecimiento era eminentemente piadoso,
sobre todo en las noches de luna.

Encerrado en su casa, en su despacho, después de cenar, o bien escribía
versos a la luz del petróleo o manejaba sus librotes; y por fin se
acostaba, satisfecho de sí mismo, contento con la vida, feliz en este
mundo calumniado donde, dígase lo que se quiera, aún hay hombres buenos,
ánimos fuertes. Esta voluptuosidad ideal del bien obrar, mezclándose a
la sensación agradable del calorcillo del suave y blando lecho,
convertía poco a poco a don Saturno en otro hombre; y entonces era el
imaginar aventuras románticas, de amores en París, que era el país de
sus ensueños, en cuanto hombre de mundo. Solía volver a sus novelas de
la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con ella, o
con otras damas no menos guapas, diálogos muy sabrosos en que ponía el
ingenio femenil en lucha con el serio y varonil ingenio suyo; y entre
estos dimes y diretes en que todo era espiritualismo y, a lo sumo, vagas
promesas de futuros favores, le iba entrando el sueño al arqueólogo, y
la lógica se hacía disparatada, y hasta el sentido moral se pervertía y
se desplomaba la fortaleza de aquel miedo que poco antes salvara al
doctor en teología.

A la mañana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor de
estómago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el
cuerpo.--¡Memento homo!--decía el infeliz, y se arrojaba del lecho con
tedio, procurando una reacción en el espíritu mediante agudos y
terribles remordimientos y propósitos de buen obrar, que facilitaba con
chorros de agua en la nuca y lavándose con grandes esponjas. Tal vez era
la limpieza, esa gran virtud que tanto recomienda Mahoma, la única que
positivamente tenía el ilustre autor de _Vetusta Transformada_. Después
de bien lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide
el Evangelio. Poco a poco el hombre nuevo venía; y por vanidad o por fe
creía en su regeneración todas las mañanas aquel devoto del Corazón de
Jesús. Por eso el espíritu no envejecía: era el estómago, el pícaro
estómago el que no hacía caso de la fervorosa contrición del pobre
hombre. ¡Y que le dijeran a don Saturno que la materia no es vil y
grosera!

Aquel día había recibido antes de comer un billete perfumado de su
amiguita Obdulia Fandiño, viuda de Pomares. ¡Qué emoción! No quiso abrir
el misterioso pliego hasta después de tomar la sopa. ¿Por qué no soñar?

¿Qué era aquello? O. F. decían dos letras enroscadas como culebras en el
lema del sobre.--De parte de doña Obdulia, había dicho el criado.
Aquella señora, todo Vetusta lo sabía, era una mujer despreocupada, tal
vez demasiado; era una original.... Entonces... acaso... ¿por qué no?...
una cita.... Ellos, al fin, se entendían algo, no tanto como algunos
maliciaban, pero se entendían.... Ella le miraba en la iglesia y
suspiraba. Le había dicho una vez que sabía más que el Tostado, elogio
que él supo apreciar en todo lo que valía, por haber leído al ilustre
hijo de Ávila. En cierta ocasión ella había dejado caer el pañuelo, un
pañuelo que olía como aquella carta, y él lo había recogido y al
entregárselo se habían tocado los dedos y ella había dicho:--«Gracias,
Saturno». Saturno, sin don.

Una noche en la tertulia de Visitación Olías de Cuervo, Obdulia le había
tocado con una rodilla en una pierna. Él no había retirado la pierna ni
ella la rodilla; él había tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella
no lo había retirado.... Una cucharada de sopa se le atragantó. Bebió
vino y abrió la carta.

Decía así: «Saturnillo: usted que es tan bueno ¿querrá hacerme el
obsequio de venir a esta su casa a las tres de la tarde? Le espero
con...». Hubo que dar vuelta a la hoja.

--Impaciencia--pensó el sabio. Pero decía: «...Le espero con unos amigos
de Palomares que quieren visitar la catedral acompañados de una persona
inteligente... etc., etc.». Don Saturno se puso colorado como si
estuviera en ridículo delante de una asamblea.

--No importa--se dijo--esta visita a la catedral es un pretexto.

Y añadió:--¡Bien sabe Dios que siento la profanación a que se me
invita!

Se vistió lo más correctamente que supo, y después de verse en el espejo
como un Lovelace que estudia arqueología en sus ratos de ocio, se fue a
casa de doña Obdulia.

Tal era el personaje que explicaba a dos señoras y a un caballero el
mérito de un cuadro todo negro, en medio del cual se veía apenas una
calavera de color de aceituna y el talón de un pie descarnado.
Representaba la pintura a San Pablo primer ermitaño; el pintor era un
vetustense del siglo diez y siete, sólo conocido de los especialistas en
antigüedades de Vetusta y su provincia. Por eso el cuadro y el pintor
eran tan notables para Bermúdez.

El señor de Palomares vestía un gabán de verano muy largo, de color de
pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio de la estación,
pero de cuatro o cinco onzas--su precio en la Habana--y por esto pensaba
que podía usarlo todo el otoño. Se creía el señor Infanzón en el caso de
comprender el entusiasmo artístico del sabio mejor que las señoras,
quien por su natural ignorancia tenían alguna disculpa si no se pasmaban
ante un cuadro que no se veía. Buscó alguna frase oportuna y por de
pronto halló esto:

--¡Oh! ¡mucho! ¡evidentemente! ¡conforme!

Después inclinó la cabeza hacia el pecho, como para meditar, pero en
realidad de verdad--estilo de Bermúdez--para descansar, con una reacción
proporcionada, de la postura incómoda en que el sabio le había tenido un
cuarto de hora. Por fin el del jipijapa exclamó:

--Me parece, señor Bermúdez, que ese famosísimo cuadro del ilustre....

--Cenceño.--Pues; del ilustrísimo Cenceño; luciría más si....

--Si se pudiera ver--interrumpió la esposa del señor Infanzón.

Este fulminó terrible mirada de reprensión conyugal y rectificó
diciendo:

--Luciría más... si no estuviera un poquito ahumado.... Tal vez la
cera... el incienso....

--No señor; ¡qué ahumado!--respondió el sabio, sonriendo de oreja a
oreja--. Eso que usted cree obra del humo es la pátina; precisamente el
encanto de los cuadros antiguos.

--¡La pátina!--exclamó el del pueblo convencido--. Sí, es lo más
probable. Y se juró, en llegando a Palomares, mirar el diccionario para
saber qué era pátina.

En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno;
reconoció a Obdulia y se inclinó sonriente; pero menos sonriente que al
saludar a Bermúdez. Después dobló la cabeza y parte del cuerpo ante los
de Palomares que le fueron presentados por el sabio.

--El señor don Fermín de Pas, Magistral y provisor de la diócesis....

--¡Oh! ¡oh! ¡ya! ¡ya!--exclamó Infanzón que hacía mucho admiraba de
lejos al señor Magistral. La señora del lugareño manifestó deseos de
besar la mano del Provisor, pero la mirada del marido la contuvo otra
vez, y no hizo más que doblar las rodillas como si fuera a caerse. El
Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las
bóvedas y los demás con el ejemplo se arrimaron también a gritar. Pronto
las carcajadas de Obdulia Fandiño, frescas, perladas, como las llamaba
don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor mundano de
que había infestado la sacristía desde el momento de entrar. Era el olor
del billete, el olor del pañuelo, el olor de Obdulia con que el sabio
soñaba algunas veces. Mezclado al de la cera y del incienso le sabía a
gloria al anticuario, cuyo ideal era juntar así los olores místicos y
los eróticos, mediante una armonía o componenda, que creía él debía de
ser en otro mundo mejor la recompensa de los que en la tierra habían
sabido resistir toda clase de tentaciones.

Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de
cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonterías que no
había entendido nunca, se animó con la presencia del Magistral de quien
era hija de confesión, por más que él había procurado varias veces
entregarla a don Custodio, hambriento de esta clase de presas. Aquella
mujer le crispaba los nervios a don Fermín; era un escándalo andando. No
había más que notar cómo iba vestida a la catedral. «Estas señoras
desacreditan la religión». Obdulia ostentaba una capota de terciopelo
carmesí, debajo de la cual salían abundantes, como cascada de oro, rizos
y más rizos de un rubio sucio, metálico, artificial. ¡Ocho días antes el
Magistral había visto aquella cabeza a través de las celosías del
confesonario completamente negra! La falda del vestido no tenía nada de
particular mientras la dama no se movía; era negra, de raso. Pero lo
peor de todo era una coraza de seda escarlata que ponía el grito en el
cielo. Aquella coraza estaba apretada contra algún armazón (no podía ser
menos) que figuraba formas de una mujer exageradamente dotada por la
naturaleza de los atributos de su sexo. ¡Qué brazos! ¡qué pecho! ¡y todo
parecía que iba a estallar! Todo esto encantaba a don Saturno mientras
irritaba al Magistral, que no quería aquellos escándalos en la iglesia.
Aquella señora entendía la devoción de un modo que podría pasar en otras
partes, en un gran centro, en Madrid, en París, en Roma; pero en Vetusta
no. Confesaba atrocidades en tono confidencial, como podía referírselas
en su tocador a alguna amiga de su estofa. Citaba mucho a su amigo el
Patriarca y al campechano obispo de Nauplia; proponía rifas católicas,
_organizaba_ bailes de caridad, novenas y jubileos a puerta cerrada,
para las personas decentes... ¡mil absurdos! El Magistral le iba a la
mano siempre que podía, pero no podía siempre. Su autoridad, que era
absoluta casi, no conseguía sujetar aquel azogue que se le marchaba por
las junturas de los dedos. La doña Obdulita le fatigaba, le mareaba. ¡Y
ella que quería seducirle, hacerle suyo como al obispo de Nauplia, aquel
prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron en el hotel
de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas más ardientes, más
negras de aquellos ojos negros, grandes y abrasadores eran para De Pas;
los adoradores de la viuda lo sabían y le envidiaban. Pero él maldecía
de aquel bloqueo.

--«Necia, ¿si creerá que a mí se me conquista como a don Saturno?».

A pesar de esta cordial antipatía, siempre estaba afable y cortés con la
viuda, porque en este punto no distinguía entre amigos y enemigos. Era
menester que una persona estuviese debajo de sus pies, aplastada, para
que don Fermín no usase con ella de formas irreprochables. La urbanidad
era un dogma para el Magistral lo mismo que para Bermúdez, pero sacaban
de ella muy diferente partido.

Mientras se hablaba de lo mucho bueno que había en la catedral y el
lugareño se pasmaba y su señora repetía aquellas admiraciones, Obdulia
se miraba como podía, en las altas cornucopias.

El Magistral se despidió. No podía acompañar a aquellas señoras, lo
sentía mucho... pero le esperaba la obligación... el coro. Todos se
inclinaron.

--Lo primero es lo primero--dijo el de Palomares, aludiendo a la
Divinidad y haciendo una genuflexión (no se sabe si ante la Divinidad o
ante el Provisor.)

Afortunadamente, según don Fermín, nada les serviría su inutilidad,
mientras que Bermúdez era una crónica viva de las antigüedades
vetustenses.

Don Saturno estiró las cejas y dio señales de querer besar el suelo;
después miró a Obdulia con mirada seria, penetrante, como con una sonda,
como diciéndole:

--Ya lo oyes; soy yo, el primer anticuario de Vetusta, según la opinión
del mejor teólogo, quien se declara esclavo tuyo. Todo esto quiso decir
con los ojos; pero ella no debió de entenderlo, porque se despidió del
Magistral dejándole el alma, por conducto de las pupilas, entre los
pliegues amplios y rítmicos del manteo. De este se despojó don Fermín,
después de acercarse a un armario y muy gravemente vistió el ajustado
roquete, la señoril muceta y la capa de coro.

--¡Qué guapo está!--dijo desde lejos Obdulia, mientras los lugareños
admiraban con la fe del carbonero otro cuadro que alababa don Saturnino.

Dieron vuelta a toda la sacristía. Cerca de la puerta había algunos
cuadros nuevos que eran copias no mal entendidas de pintores célebres. A
la Infanzón debieron de agradarle más que las maravillas de Cenceño, sin
duda porque se veían mejor. Pero su prudente esposo, considerando que
Bermúdez pasaba con afectado desdén delante de aquellos vivos y
flamantes colores, dio un codazo a su mujer para que entendiera que por
allí se pasaba sin hacer aspavientos. Entre aquellos cuadros había una
copia bastante fiel y muy discretamente comprendida del célebre cuadro
de Murillo _San Juan de Dios_, del Hospital de incurables de Sevilla. A
la señora de pueblo le llamó la atención la cabeza del santo, que desde
que se ve una vez no se olvida.

--¡Oh, qué hermoso!--exclamó sin poder contenerse.

Miró don Saturno con sonrisa de lástima y dijo:

--Sí, es bonito; pero muy conocido.

Y volvió la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al
pordiosero enfermo, entre las tinieblas.

El señor Infanzón dio un pellizco a su mujer; se puso muy colorado y en
voz baja la reprendió de esta suerte:

--Siempre has de avergonzarme. ¿No ves que eso no tiene... pátina?

Salieron de la sacristía.--Por aquí--dijo Bermúdez señalando a la
derecha; y atravesaron el crucero no sin escándalo de algunas beatas que
interrumpieron sus oraciones para descoser y recortar la coraza de fuego
de Obdulia. La falda de raso, que no tenía nada de particular mientras
no la movían, era lo más subversivo del traje en cuanto la viuda echaba
a andar. Ajustábase de tal modo al cuerpo, que lo que era falda parecía
apretado calzón ciñendo esculturales formas, que así mostradas, no
convenían a la santidad del lugar.

--Señores, vamos a ver el Panteón de los Reyes--murmuró muy quedo el
arqueólogo, que iba ya preparando sendos trocitos de su _Vetusta Goda_ y
de su _Vetusta Cristiana_. Y en honor de la verdad se ha de decir que un
rey se le iba y otro se le venía; esto es, que los mezclaba y confundía,
siendo la falda de Obdulia la causa de tales confusiones, porque el
sabio no podía menos de admirar aquella atrevidísima invención, nueva en
Vetusta, mediante la que aparecían ante sus ojos graciosas y
significativas curvas que él nunca viera más que en sueños. Con gran
pesadumbre comprendía el devoto anticuario que el contraste del lugar
sagrado con las insinuaciones talares de la Fandiño, en vez de apagar
sus fuegos interiores, era alimento de la combustión que deploraba, como
si a una hoguera la echasen petróleo....

Entraron en la capilla del Panteón. Era ancha, obscura, fría, de tosca
fábrica, pero de majestuosa e imponente sencillez. El taconeo
irrespetuoso de las botas imperiales, color bronce, que enseñaba Obdulia
debajo de la falda corta y ajustada; el estrépito de la seda frotando
las enaguas; el crujir del almidón de aquellos bajos de nieve y espuma
que tal se le antojaban a don Saturno, quien los había visto otras
veces; hubieran sido parte a despertar de su sueño de siglos a los reyes
allí sepultados, a ser cierto lo que el arqueólogo dijo respecto del
descanso eterno de tan respetables señores:

--Aquí descansan desde la octava centuria los señores reyes don..., y
pronunció los nombres de seis o siete soberanos con variantes en las
vocales, en sentir del lugareño, que siguiendo corrupciones vulgares,
decía _ue_ en vez de _oi_ y otros adefesios.

Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabiduría y
elocuencia de don Saturnino.

Dentro de una cripta cavada en uno de los muros, había un sepulcro de
piedra de gran tamaño cubierto de relieves e inscripciones ilegibles.
Entre el sepulcro y el muro había estrecho pasadizo, de un pie de ancho
y del otro lado, a la misma distancia, una verja de hierro. En la parte
interior la obscuridad era absoluta. Del lado de la verja quedaron los
lugareños. Bermúdez, y en pos de él Obdulia, se perdieron de vista en el
pasadizo sumido en tinieblas. Después de la enumeración de don Saturno,
hubo un silencio solemne. El sabio había tosido, iba a hablar.

--Encienda usted un fósforo, señor Infanzón--dijo Obdulia.

--No tengo... aquí. Pero se puede pedir una vela.

--No señor, no hace falta. Yo sé las inscripciones de memoria... y
además, no se pueden leer.

--¿Están en latín?--se atrevió a decir la Infanzón.

--No señora, están borradas.

No se hizo la luz. El arqueólogo habló cerca de un cuarto de hora.
Recitó, fingiendo el pícaro que improvisaba, los capítulos 1.º, 2.º, 3.º
y 4.º de una de sus _Vetustas_ y ya iba a terminar con el epílogo que
copiaremos a la letra, cuando Obdulia le interrumpió diciendo:

--¡Dios mío! ¿Habrá aquí ratones? Yo creo sentir....

Y dio un chillido y se agarró a don Saturno que, patrocinado por las
tinieblas, se atrevió a coger con sus manos la que le oprimía el hombro;
y después de tranquilizar a Obdulia con un apretón enérgico, concluyó de
esta suerte:

--Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el alboroque
de ricas preseas, envidiables privilegios y pías fundaciones a esta
Santa Iglesia de Vetusta, que les otorgó perenne mansión ultratelúrica
para los mortales despojos; con la majestad de cuyo depósito creció
tanto su fama, que presto se vio siendo emporio, y gozó hegemonía,
digámoslo así, sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga,
Iria, Coimbra, Viseo, Lamego, Celeres, Aguas Cálidas _et sic de
coeteris_.

--¡Amén!--exclamó la lugareña sin poder contenerse; mientras Obdulia
felicitaba a Bermúdez con un apretón de manos, en la sombra.



--II--


El coro había terminado: los venerables canónigos dejaban cumplido por
aquel día su deber de alabar al Señor entre bostezo y bostezo. Uno tras
otro iban entrando en la sacristía con el aire aburrido de todo
funcionario que desempeña cargos oficiales mecánicamente, siempre del
mismo modo, sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de
cada día. El ánimo de aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el
roce continuo de los cánticos canónicos, como la mayor parte de los
roquetes, mucetas y capas de que se despojaban para recobrar el manteo.
Se notaba en el cabildo de Vetusta lo que es ordinario en muchas
corporaciones: algunos señores prebendados no se hablaban; otros no se
saludaban siquiera. Pero a un extraño no le era fácil conocer esta falta
de armonía: la prudencia disimulaba tales asperezas, y en conjunto
reinaba la mayor y más jovial concordia. Había apretones de mano,
golpecitos en el hombro, bromitas sempiternas, chistes, risas, secretos
al oído. Algunos, taciturnos, se despedían pronto y abandonaban el
templo; no faltaba quien saliera sin despedirse.

Cuando entraba el Magistral, el ilustrísimo señor don Cayetano
Ripamilán, aragonés, de Calatayud, apoyaba una mano en el mármol de la
mesa, porque los codos no llegaban a tamaña altura, y exclamaba después
de haber olfateado varias veces, como perro que sigue un rastro:

        --Hame dado en la nariz olor de...

La presencia del Provisor contuvo al señor Arcipreste, que, cortando la
cita, añadió:

--¿Parece que hemos tenido faldas por aquí, señor De Pas?

Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses, pero un poco
verdes, a la hermosura esplendorosa de la viudita.

Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho,
alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino
al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a
punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural; aunque,
según otros, más se parecía a una urraca, o a un tordo encogido y
despeluznado. Tenía sin duda mucho de pájaro en figura y gestos, y más,
visto en su sombra. Era anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de
los antiguos, largo y estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio,
y como lo echaba hacia el cogote, parecía que llevaba en la cabeza un
telescopio; era miope y corregía el defecto con gafas de oro montadas en
nariz larga y corva. Detrás de los cristales brillaban unos ojuelos
inquietos, muy negros y muy redondos. Terciaba el manteo a lo
estudiante, solía poner los brazos en jarras, y si la conversación era
de asunto teológico o canónico, extendía la mano derecha y formaba un
anteojo con el dedo pulgar y el índice. Como el interlocutor solía ser
más alto, para verle la cara Ripamilán torcía la cabeza y miraba con un
ojo solo, como también hacen las aves de corral con frecuencia. Aunque
era don Cayetano canónigo y tenía nada menos que la dignidad de
arcipreste, que le valía el honor de sentarse en el coro a la derecha
del Obispo, considerábase él digno de respeto y aun de admiración no por
estos vulgares títulos, ni por la cruz que le hacía ilustrísimo, sino
por el don inapreciable de poeta bucólico y epigramático. Sus dioses
eran Garcilaso y Marcial, su ilustre paisano. También estimaba mucho a
Meléndez Valdés y no poco a Inarco Celenio. Había venido a Vetusta de
beneficiado a los cuarenta años; treinta y seis había asistido al coro
de aquella iglesia y podía tenerse por tan vetustense como el primero.
Muchos no sabían que era de otra provincia. Además de la poesía tenía
dos pasiones mundanas: la mujer y la escopeta. A la última había
renunciado; no a la primera, que seguía adorando con el mismo pudibundo
y candoroso culto de los treinta años. Ni un solo vetustense, aun
contando a los librepensadores que en cierto restaurant comían de carne
el Viernes Santo, ni uno solo se hubiera atrevido a dudar de la castidad
casi secular de don Cayetano. No era eso. Su culto a la dama no tenía
que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer era el sujeto
poético, como él decía, pues se preciaba de hablar como los poetas de
mejores siglos y al asunto solía llamarlo sujeto. Sentía desde su
juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar
su trato y hacerlas objeto de madrigales tan inocentes en la intención,
cuanto llenos de picardía y pimienta en el concepto. Hubo en el Cabildo
épocas de negra intransigencia en que se persiguió la manía de Ripamilán
como si fuera un crimen, y se habló de escándalo, y de quemar un libro
de versos que publicó el Arcipreste a costa del marqués de Corujedo,
gran protector de las letras. Por este tiempo fue cuando se quiso
excomulgar a don Pompeyo Guimarán, personaje que se encontrará más
adelante.

Pasó aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era
entonces, sobrenadó con su cargamento de bucólicas inocentadas,
bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los montes. Pero
¡cuán lejanos estaban aquellos tiempos! ¿Quién se acordaba ya de
Meléndez Valdés, ni de las _Églogas y Canciones por un Pastor de
Bílbilis_, o sea don Cayetano Ripamilán? El romanticismo y el
liberalismo habían hecho estragos. Y había pasado el romanticismo, pero
el género pastoril no había vuelto, ni los epigramas causaban efecto por
maliciosos que fueran. No era don Cayetano uno de tantos canónigos
_laudatores temporis acti_, como decía él; no alababa el tiempo pasado
por sistema, pero en punto a poesía era preciso confesar que la
revolución no había traído nada bueno.

--Vivimos en una sociedad hipócrita, triste y mal educada--solía él
decir a los jóvenes de Vetusta, que le querían mucho--. Ustedes, por
ejemplo, no saben bailar. Díganme, si no, ¿de dónde se sacan que puede
ser buena crianza el coger a una señorita por la cintura y apretarla
contra el pecho?

Creía que se bailaba en los salones la polka íntima que él, años atrás,
había visto bailar en Madrid, con ocasión de cierto viaje curioso.

--En mi tiempo bailábamos de otra manera.

El Arcipreste olvidaba de buena fe que él nunca había bailado más que
con alguna silla. Eso sí; allá, cuando seminarista, había sido gran
tañedor de flauta y bailarín sin pareja. De todas maneras, figurándose
con la abundante y poética fantasía que Dios le había dado, los
rigodones en que había lucido garbo y talle, solía, en _petit
comité_--según decía--terciar el manteo, colocar la teja debajo del
brazo, levantar un poco la sotana y bailar unos solos muy pespunteados y
conceptuosos, llenos de piruetas, genuflexiones y hasta trenzados.

Reíanse de todo corazón los muchachos y el buen Arcipreste quedaba en
sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no alcanzaba
en los tiempos de prosa a que habíamos llegado.

Esto de los bailes solía acontecer en las tertulias a donde el setentón
acudía sin falta, porque desde que los médicos le habían prohibido
escribir y hasta leer de noche, no podía pasar sin la sociedad más
animada y galante. El tresillo le aburría y los conciliábulos de
canónigos y obispos de levita, como él decía siempre, le ponían triste.
«No era liberal ni carlista. Era un sacerdote». La juventud le atraía y
prefería su trato al de los más sesudos vetustenses. Los poetillas y
gacetilleros de la _localidad_ tenían en él un censor socarrón y
malicioso, aunque siempre cortés y afable. Encontrábase en la calle, por
ejemplo, con Trifón Cármenes, el poeta de más alientos de Vetusta, el
eterno vencedor en las justas incruentas, de la gaya ciencia; le llamaba
con un dedo, acercaba su corva nariz a la ancha oreja del vate y
decíale:

--He visto aquello.... No está mal; pero no hay que olvidar lo de
_versate manu_. ¡Los clásicos, Trifoncillo, los clásicos sobre todo!
¿Dónde hay sencillez como aquella:

        Yo he visto un pajarillo
        posarse en un tomillo?

Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último verso, con
lágrimas en los ojos y agua en los labios. La mayoría del cabildo
absolvía de esa falta de formalidad al Arcipreste a condición de que se
le tuviera por chocho.

--Y aun así y todo--decía un canónigo muy buen mozo, nuevo en Vetusta y
en el oficio, pariente del ministro de Gracia y Justicia--aun así y todo
no se puede llevar en calma la imprudencia con que habla de todo; suelta
la sin hueso y juzga precipitadamente, y emplea vocablos y alusiones
impropias de una dignidad.

A este mismo señor canónigo que embozadamente le había reprendido
algunas veces por la pimienta de sus epigramas, solía taparle la boca el
Arcipreste diciendo:

--Nada, nada, repito lo que mi paisano y queridísimo poeta Marcial dejó
escrito para casos tales, es a saber:

        _Lasciva est nobis pagina, vita proba est._

Con lo cual daba a entender, y era verdad, que él tenía los verdores en
la lengua, y otros, no menos canónigos que él, en otra parte. Y no era
de estos días el ser don Cayetano muy honesto en el orden aludido, sino
que toda la vida había sido un boquirroto en tal materia, pero nada más
que un boquirroto. Y esta era la traducción libre del verso de Marcial.

El Arcipreste estaba muy locuaz aquella tarde. La visita de Obdulia a la
catedral había despertado sus instintos anafrodíticos, su pasión
desinteresada por la mujer, diríase mejor, por la señora. Aquel olor a
Obdulia, que ya nadie notaba, sentíalo aún don Cayetano.

El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes. Pero no se
marchaba. Algo tenía que decir al Arcipreste. No era De Pas de los que
solían quedarse al tertulín, como llamaban a la sabrosa plática de la
sacristía después del coro. Si hacía bueno, los del tertulín
acostumbraban salir juntos a paseo por una carretera o ir al Espolón. Si
llovía o amenazaba, prolongaban el palique hasta que el _Palomo_ hacía
un discreto ruido con las llaves de la catedral y cada canónigo se iba a
su casa. No se crea por esto que eran íntimos amigos los aficionados a
platicar después del coro. Acontecía allí lo que es ley general de los
corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no
tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida
hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los demás le guardaban
cierto respeto por algunos minutos. Cuando ya debía de estar en su casa
el temerario, alguno de los que quedaban, decía de repente:

--Como ese otro.... Y todos sabían que aquel gesto de señalar a la puerta
y tales palabras significaban:

--¡Fuego graneado! Y no le quedaba hueso sano a _ese otro_.

El Arcipreste no era de los que menos murmuraban.

Él le había puesto el apodo que llevaba sin saberlo, como una maza, al
señor Arcediano don Restituto Mourelo. En el cabildo nadie le llamaba
Mourelo, ni Arcediano, sino Glocester. Era un poco torcido del hombro
derecho don Restituto--por lo demás buen mozo, casi tan alto como el
pariente del ministro--, y como este defecto incurable era un obstáculo
a las pretensiones de gallardía que siempre había alimentado, discurrió
hacer de tripas corazón, como se dice, o sea sacar partido, en calidad
de gracia, de aquella tacha con que estaba señalado. En vez de
disimularlo subrayaba el vicio corporal torciéndose más y más hacia la
derecha, inclinándose como un sauce llorón. Resultaba de aquella extraña
postura que parecía Mourelo un hombre en perpetuo acecho, adelantándose
a los rumores, avanzada de sí mismo para saber noticias, cazar
intenciones y hasta escuchar por los agujeros de las cerraduras.
Encontraba el Arcediano, sin haber leído a Darwin, cierta misteriosa y
acaso cabalística relación entre aquella manera de _F_ que figuraba su
cuerpo y la sagacidad, la astucia, el disimulo, la malicia discreta y
hasta el maquiavelismo canónico que era lo que más le importaba. Creía
que su sonrisa, un poco copiada de la que usaba el Magistral, engañaba
al mundo entero. Sí, era cierto que don Restituto disfrutaba de dos
caras: iba con los de la feria y volvía con los del mercado; disimulaba
la envidia con una amabilidad pegajosa y fingía un aturdimiento en que
no incurría nunca.--Pero, decía el Arcipreste, ni su amabilidad engaña a
todos, ni aunque sea un redomado vividor es tan Maquiavelo como él
supone.

Hablaba, siempre que podía, al oído del interlocutor, guiñaba los ojos
alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera
intención, como cubiletes de prestidigitador, y era un hipócrita que
fingía ciertos descuidos en las formas del culto externo, para que su
piedad pareciese espontánea y sencilla. Todo se volvía secretos. Decía
él que abría el corazón por única vez al primero que quería oírle.

--Por la boca muere el pez, ya lo sé. No soy yo de los que olvidan que
en boca cerrada no entran moscas; pero con usted no tengo inconveniente
en ser explícito y franco, acaso por la primera vez en mi vida. Pues
bien, oiga usted el secreto.

Y lo decía. Hablaba en voz baja, con misterio. Entraba en la sacristía
muchas veces diciendo de modo que apenas se le oía:

--¡Buen tiempo tenemos, señores! ¡Mucho dure!

Ripamilán, que años atrás iba de tapadillo al teatro alguna rara vez,
escondiéndose en las sombras de una platea de proscenio o sea _bolsa_,
vio una noche el drama titulado: _Los hijos de Eduardo_, arreglado por
Bretón de los Herreros, y en cuanto salió a escena Glocester, el Regente
jorobado y torcido y lleno de malicias, exclamó:

--¡Ahí está el Arcediano!

La frase hizo fortuna y Glocester fue en adelante don Restituto Mourelo
para toda Vetusta ilustrada. Allí estaba, oyendo con fingida
complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua temía,
presente y ausente. Cuando don Cayetano volvía la espalda, pues hablaba
girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiñaba un ojo al
Deán y barrenaba con un dedo la frente. Quería aludir a la locura del
poeta bucólico. El cual continuaba diciendo:

--No señores, no hablo a humo de pajas; yo sé la vida que llevaba esta
señora viuda en la corte, porque era muy amiga del célebre obispo de
Nauplia, a quien yo traté allí con gran intimidad. En una fonda de la
calle del Arenal tuve ocasión de conocer bien a esa Obdulia, a quien
antes apenas saludaba aquí, a pesar de que éramos contertulios en casa
del Marqués de Vegallana. Ahora somos grandes amigos. Es epicurista. No
cree en el sexto.

Hubo una carcajada general. Sólo el Provisor se contentó con sonreír,
inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de Dios el escándalo
de los oídos. El Arcediano rio sin ganas.

La historia de Obdulia Fandiño profanó el recinto de la sacristía, como
poco antes lo profanaran su risa, su traje y sus perfumes.

El Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho
Marcial, salvo el latín.

--Señores, a mí me ha dicho Joaquinito Orgaz que los vestidos que luce
en el Espolón esa señora....

--Son bien escandalosos...--dijo el Deán.

--Pero muy ricos--observó el pariente del ministro.

--Y muchos; nunca lleva el mismo; cada día un perifollo nuevo--añadió el
Arcediano--; yo no sé de dónde los saca, porque ella no es rica; a pesar
de sus pretensiones de noble, ni lo es ni tiene más que una renta
miserable y una viudedad irrisoria....

--Pues a eso voy--interrumpió triunfante don Cayetano--. Me ha dicho el
chico de Orgaz, que acabó la carrera de médico en San Carlos, que estos
últimos años Obdulita servía en Madrid a su prima Tarsila Fandiño, la
célebre querida del célebre....

--Sí ¿qué?--Que le servía de trotaconventos, digámoslo así. Es decir,
no tanto: pero vamos, que la acompañaba y... claro, la otra,
agradecida... le manda ahora los vestidos que deja, y como los deja
nuevos y tiene tantos y tan ricos....

El cabildo, que fingía oír por educación, nada más, al Arcipreste, se
interesaba de veras con la crónica. Ripamilán saboreaba la plática
lasciva sólo por lo que tenía de gracejo. Los demás empezaron a
estorbarse oyendo juntos aquellas murmuraciones. El Arcipreste clavaba
los ojuelos negros y punzantes en el Magistral, confesor de Obdulia;
parecía buscar su testimonio.

El Provisor no estaba allí más que para hablar a solas con don Cayetano.
Sufría sus impertinencias con calma. Le estimaba. Le perdonaba aquellos
inocentes alardes de erotismo retórico porque conocía sus costumbres
intachables y su corazón de oro. Eran muy buenos amigos, y Ripamilán el
más decidido y entusiástico partidario de don Fermín en las luchas del
cabildo. Otros le seguían por interés, muchos por miedo; don Cayetano,
incapaz de temer a nadie, le servía y le amaba porque, según él, era el
único hombre superior de la catedral. El Obispo era un bendito,
Glocester un taimado con más malicia que talento; el Magistral un sabio,
un literato, un orador, un hombre de gobierno, y lo que valía más que
todo, en su concepto, un hombre de mundo. Cuando se le hablaba de los
supuestos cohechos del Provisor, de su tiranía, de su comercio sórdido,
se indignaba el anciano y negaba en redondo hasta los casos de simonía
más probables. Si le traían a cuento el capítulo de las aventuras
amorosas, que no pasaban de ser rumores anónimos, sin fundamento que
hiciera prueba, el Arcipreste sonreía al negar, dando a entender que
aquello era posible, pero importaba menos.

--La verdad es que don Fermín es muy buen mozo, y, si las beatas se
enamoran de él viéndole gallardo, pulcro, elegante y hablando como un
Crisóstomo en el púlpito, él no tiene la culpa ni la cosa es contraria a
las sabias leyes naturales.

El Magistral sabía todo lo que Ripamilán pensaba de él y le consideraba
el más fiel de sus parciales. Por eso le esperaba. Tenía que hacerle
ciertas preguntas que, no tratándose del Arcipreste, podrían ser
peligrosas. Glocester había olido algo.

--«¿Cómo no se marchaba el Magistral? ¿Cómo sufría aquella jaqueca? No,
pues él tampoco dejaba el puesto». Era el de Mourelo el más cordial
enemigo que tenía el Provisor. Precisamente el trabajo de maquiavelismo
más refinado del Arcediano consistía en mantener en la apariencia buenas
relaciones con «el déspota», pasar como partidario suyo y minarle el
terreno, prepararle una caída que ni la de don Rodrigo Calderón.
Vastísimos eran los planes de Glocester, llenos de vueltas y revueltas,
emboscadas y laberintos, trampas y petardos y hasta máquinas infernales.
Don Custodio el beneficiado era su lugarteniente. Este le había dado
aquella tarde la noticia de que la Regenta estaba en la capilla del
Magistral esperándole para confesar. Novedad estupenda. La Regenta, muy
principal señora, era esposa de don Víctor Quintanar, Regente en varias
Audiencias, últimamente en la de Vetusta, donde se jubiló con el
pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas dudosas
incompatibilidades; pero en realidad porque estaba cansado y podía vivir
holgadamente saliendo del servicio activo. A su mujer se la siguió
llamando la Regenta. El sucesor de Quintanar era soltero y no hubo
conflicto; pasó un año, vino otro regente con señora y aquí fue ella.
La Regenta en Vetusta era ya para siempre la de Quintanar de la ilustre
familia vetustense de los Ozores. En cuanto a la _advenediza_ tuvo que
perdonar y contentarse con ser: la _otra_ Regenta. Además, el conflicto
duraría poco; ya empezaba a usarse el nombre de «Presidente» y pronto
habría nombre distinto para cada cual. Entretanto la Regenta era la de
Ozores. La cual siempre había sido hija de confesión de don Cayetano,
pero este, que de algunos años a esta parte sólo confesaba a algunas
pocas personas, señoras casi todas, de alta categoría, escogidísimos
amigos y amigas, al cabo se había cansado también de esta leve carga,
pesada para sus años; y resuelto a retirarse por completo del
confesonario, había suplicado a sus hijas de confesión que le librasen
de este trabajo y hasta señalado sucesor en tan grave e interesante
ministerio; sucesor diferente según las personas. Esta especie de
herencia, o mejor, sucesión _inter vivos_, era muy codiciada en el
cabildo y por todos los dependientes del clero catedral. Antes de la
reacción religiosa que en Vetusta, como en toda España, habían producido
los excesos de los libre-pensadores improvisados en tabernas, cafés y
congresos, era el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada,
porque tenía la manga ancha en ciertas materias; pero ya la moda había
cambiado, se hilaba más delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral
que se iba con pies de plomo era preferido. Sin embargo, unas por
costumbre, otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por
seguir contentas con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas
continuaban asistiendo al tribunal del latitudinario, hasta que él mismo
se cansó y con buenos modos empezó a sacudirse las moscas.

Don Custodio, joven ardentísimo en sus deseos, creía demasiado en los
milagros de fortuna que hace la confesión auricular y atribuía a ellos
sin razón los progresos del Magistral; por esto acechaba la sucesión del
Arcipreste con más avaricia que todos, con pasión imprudente. Había
averiguado que doña Olvido, la orgullosa hija única de Páez, uno de los
más ricos americanos de _La Colonia_ había pasado, tiempo atrás, del
confesonario de Ripamilán al de don Fermín. Esto era ya una gollería.
Pero ¡oh escándalo! ahora (don Custodio lo había averiguado escuchando
detrás de una puerta), ahora el chocho del poeta bucólico dejaba al
Magistral la más apetecible de sus joyas penitenciarias, como lo era sin
duda la digna y virtuosa y hermosísima esposa de don Víctor Quintanar.
¡Y don Custodio sentía la alegórica baba de la envidia manar de sus
labios! Después de haber tropezado en el trasaltar con el Provisor, se
había dirigido hacia el trascoro, y dentro de la capilla del _otro_,
había visto, mirando de soslayo, dos señoras; _nuevas_ sin duda, pues no
sabían que aquella tarde no _se sentaba_ don Fermín. Había vuelto a
pasar, había mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer, a pesar de las
sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la Regenta en
persona.

Entró en el coro, y se lo dijo a Glocester. El Arcediano aspiraba a esta
sucesión particular; creía pertenecerle por razón de su dignidad el
honor de confesar a doña Ana Ozores. «Con el Obispo no había que contar;
el Deán era un viejo que no hacía más que comer y temblar; en una
procesión de desagravios cuatro borrachos le habían dado un susto, del
que sólo se repuso su estómago; digería muy bien, pero no discurría; no
pensaba más que lo suficiente para seguir vegetando y asistiendo al
coro; tampoco había que contar con él. El Arcipreste renunciaba a la
Regenta, ¿pues qué dignidad seguía? la suya; la jerarquía indicaba al
Arcediano. Se trataba, pues, de un atropello, de una injusticia que
clamaba al cielo, y no podía clamar al Obispo, porque este era esclavo
de don Fermín». Esta opinión de Glocester la aprobaba don Custodio; no
tenía el beneficiado la pretensión excesiva de coger para sí tan buen
bocado, pero quería que a lo menos no se lo comiera su enemigo. Adulaba
a Glocester y le animaba a luchar por la justa causa de sus derechos.
Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al oído del
confidente:

--¿Será libre elección de esa señora?--Y separándose un poco, para ver
el efecto de su malicia, miró al beneficiado con ojos llenos de
picaresca intención, mientras los carrillos cárdenos e hinchados
delataban un buche de risa, próxima a derramarse por las comisuras de
los labios.

--Puede ser--contestó don Custodio, subrayando las palabras, para darse
por enterado de la intención del otro.

Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que
era sacristía, con el relato mundano de la vida y milagros de Obdulia
Fandiño, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que podía tener el
Magistral para oír a don Cayetano, en vez de correr al confesonario al
pie del cual le esperaba la más codiciada penitente de Vetusta la noble.

Se juraba a sí mismo el Maquiavelo del cabildo no abandonar el puesto
sin saber a qué atenerse.

El Magistral había resuelto no entrar aquel día en la capilla que
llamaban suya. Confesar aquella tarde hubiera sido una excepción,
motivo para dar que decir. ¿Estarían allí todavía aquellas señoras? Al
bajar de la torre y pasar por el trascoro las había visto, las había
conocido, eran la Regenta y Visitación; estaba seguro. ¿Cómo habían
venido sin avisar? Don Cayetano debía de saberlo. Cuando una señora de
las principales, como era la Regenta, quería hacerse hija de confesión
del Magistral, le avisaba en tiempo oportuno, le pedía hora. Las
personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrevían a tanto, y
las pocas de esta clase que confesaban con él acudían en montón a la
capilla obscura cuyos secretos envidiaba don Custodio; allí esperaban el
turno de las penitentes anónimas. Estas humildes devotas ya sabían
cuáles eran los días de descanso para el Magistral. Aquel era uno y por
eso la capilla estuvo desierta hasta que llegaron las dos señoras.
Visitación se confesaba cada dos o tres meses, no conocía a punto fijo
los días _fastos_ y _nefastos_, ignoraba cuándo se sentaba el Provisor y
cuándo no. La Regenta venía por primera vez, «¿por qué no le había
avisado? El suceso era bastante solemne y había de sonar lo suficiente
para merecer preliminares más ceremoniosos. ¿Era orgullo? ¿Era que
aquella señora pensaba que él había de beber los vientos para averiguar
cuándo vendría a favorecerle con su visita?... ¿Era humildad? ¿Era que
con una delicadeza y un buen gusto cristiano y no común en las damas de
Vetusta, quería confundirse con la plebe, confesar de incógnito, ser una
de tantas?». Esta hipótesis le halagaba mucho al Magistral. Le parecía
un rasgo poético y sinceramente religioso. «Estaba cansado de Obdulias y
Visitaciones. El poco seso de estas, y otras damas, les hacía ser
irreverentes, groseras, sí, groseras, con el sacramento y en general
con todo el culto. Se tomaban confianzas que eran profanaciones;
adquirían pronto una familiaridad importuna que daba ocasión a las
calumnias de los necios y de los mal intencionados».

«No era él un don Custodio, ignorante de lo que es el mundo, lleno de
ensueños, ambicioso de cierto oropel eclesiástico, que tal vez se gana
en el confesonario, para que le halagasen todavía revelaciones
imprudentes, que sólo servían para inundarle el alma de hastío. Esperaba
algo nuevo, algo más delicado, algo selecto». Sabía, por rumores, que el
Arcipreste había aconsejado a la Regenta que acudiese a la capilla del
Magistral, puesto que él se retiraba del confesonario. Pero don Cayetano
nada le había dicho. Además, como en materia de confesión los buenos
clérigos son muy reservados, Ripamilán, que sabía tratar en serio los
asuntos serios, nunca había hablado al Magistral de lo que podía ser la
Regenta, juzgada desde el tribunal sagrado. Aquella tarde esperaba De
Pas saber algo. Pero Glocester no se marchaba. Ya no se hablaba de
Obdulia, ni de su prima la de Madrid, su modelo; se hablaba del tiempo;
y Glocester no se movía. Se habían ido despidiendo todos los señores
canónigos; quedaban los tres y el _Palomo_, que abría y cerraba cajones
con estrépito y murmuraba; maldiciones sin duda.

Don Cayetano contuvo su verbosidad, comprendió que algo deseaba decirle
el Magistral, que estorbaba Glocester; recordó de repente que él también
quería hablar al Provisor, y como en casos tales no se mordía la lengua,
cortó la conversación diciendo:

--¡Ah! ¡pícara memoria! don Fermín, una palabra, con permiso del señor
Arcediano... es decir, no es una palabra, tenemos que hablar largo...
son intereses espirituales.

Glocester se mordió los labios; saludó con el torcido tronco, haciéndose
un arco de puente, y salió de la sacristía diciendo para su alzacuello
morado y blanco:

--«¡Este vejete chocho y mal educado me las ha de pagar todas juntas!».

El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del
Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros
expedientes por el estilo.

--«Si todos fueran como yo, Glocester no sabría qué hacer de su
habilidad y disimulo. ¡Ay de los zorros, si las gallinas no fuesen
gallinas!».

Glocester salía siempre por la puerta del claustro, abierta al extremo
Norte del crucero; por allí llegaba antes a su casa: pero esta vez quiso
salir por la puerta de la torre, porque así pasaba junto a la capilla
del Magistral. Miró; no había nadie. Entonces se detuvo, volvió a mirar
con ahínco, dio un paso dentro de la capilla; no había nadie; estaba
seguro. «¡Luego aquellas señoras se habían ido sin confesión; luego el
Magistral se permitía el lujo de desairar nada menos que a la Regenta!».
El Arcediano vio un mundo de intrigas que podían fundarse en este
descuido del Provisor. Tomó agua bendita en una pila grande de mármol
negro, y mientras se santiguaba, inclinándose frente al altar del
trascoro, decía para sí:

--Este será el talón de Aquiles. Ese desaire te costará caro. Lo
explotaré.

Y salió de la catedral haciendo cálculos por los dedos, que se le
antojaban cábalas, asechanzas, espionaje, intrigas y hasta postigos
secretos y escaleras subterráneas.

El Arcipreste había abierto la boca al oír a De Pas que la Regenta
estaba en la catedral, según le habían dicho, y que él no había corrido
a saludarla y a confesarla, si a eso venía, como era de suponer.

--¿Pero qué pensará ese ángel de bondad?--gritaba don Cayetano, asustado
de veras.

--A ver, Rodríguez (el _Palomo_) corre a la capilla del señor Magistral,
y si está allí una señora....

Era inútil. Entraba en aquel momento Celedonio el acólito que se metió
en la conversación diciendo:

--No señor, ya se han ido. Eran doña Visita y la señora Regenta. Se han
ido. Yo hablé con ellas. Les dije que hoy no se sentaba el señor
Magistral; y doña Visita que ya quería irse antes, cogió del brazo a
doña Ana y se la llevó.

--¿Y qué decían?--preguntó don Cayetano.

--Doña Ana callaba. Doña Visita estaba incomodada porque la señora
Regenta había querido venir sin mandar antes un recado. Creo que fueron
a paseo, porque doña Visita dijo no sé qué del Espolón.

--¡Al Espolón!--gritó Ripamilán, cogiendo con una mano un brazo del
Magistral y con la otra la teja--. ¡Al Espolón!

--¡Pero don Cayetano!--Es cuestión de honra para mí; de ese desaire
tengo yo culpa en cierto modo.

--Pero si no fue desaire--repetía el Provisor dejándose llevar, y con el
rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de alegría que lo
inundaba.

--Sí, señor; y de todos modos, desaire o no, yo quiero dar una
explicación a mi querida amiga.... ¡Al Espolón! Por el camino
hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicológicamente,
como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un ángel de bondad
como le tengo dicho; un ángel que no merece un feo.

--Pero, si no hubo feo.... Yo le explicaré a V.... Yo no sabía....

Y hablaban en voz baja, porque ya iban andando por la nave Sur de la
catedral, dirigiéndose a la puerta. La última capilla de este lado era
la de Santa Clementina. Era grande, construida siglos después que las
otras capillas, en el diez y siete. Tenía cuatro altares en el centro;
las paredes estaban adornadas con profusión de hojarasca, arabescos y
otros cosméticos del género decadente a que pertenecía.

El Magistral y el Arcipreste oyeron voces dentro de la capilla. De Pas
no paró la atención en ellas, pero Ripamilán se detuvo, olfateando, y
tendió el cuello en actitud de escuchar.

--¡Así Dios me valga, son ellos!--dijo pasmado.

--¿Quién?--Ellos; la viudita y don Saturno; reconozco el chirrido de
ese grillo destemplado.

Y el Arcipreste que manifestara poco antes tanta prisa por salir del
templo, se empeñó en entrar en Santa Clementina. El Magistral le siguió,
para ocultar su deseo de llegar al Espolón cuanto antes.

Eran _ellos_, en efecto.

En medio de la capilla, don Saturnino sudando copiosamente, cubierta la
levita de telarañas y manchas de cal, rojo el rostro, cárdenas las
orejas, arengaba a su auditorio, con un brazo extendido en dirección de
la bóveda. Estaba indignado, al parecer, y su indignación la comunicaba
de grado o por fuerza a los Infanzones.

--Señores--exclamaba--ya lo ven ustedes: esta capilla es el lunar, el
feo lunar, el borrón diré mejor, de esta joya gótica. Han visto ustedes
el panteón, de severa arquitectura románica, sublime en su desnudez; han
visto el claustro, ojival puro; han recorrido las galerías de la bóveda,
de un gótico sobrio y nada amanerado; han visitado la cripta llamada
Capilla Santa de reliquias, y han podido ver un trasunto de las
primitivas iglesias cristianas; en el coro han saboreado primores del
relieve, si no de un Berruguete, de un Palma Artela, desconocido, pero
sublime artífice; en el retablo de la Capilla mayor han admirado y
gustado con delicia los arranques geniales, sí, geniales puedo decir,
del cincel de un Grijalte; y _reasumiendo_, en toda la Santa Basílica
han podido corroborar la idea de que este templo es obra de arte severo,
puro, sencillo, delicado... _Empero_ aquí, señores, forzoso es
confesarlo, el mal gusto desbordado, la hinchazón, la redundancia se han
dado cita para labrar estas piedras en las que lo amanerado va de la
mano con lo extravagante, lo recargado con lo deforme. Esta Santa
Clementina, hablo de su capilla, es una deshonra del arte, la ignominia
de la catedral de Vetusta.

Calló un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote con el
pañuelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado tiempo
hacía en elocuencia liquefacta.

Los Infanzones sudaban también. El marido tenía en la cabeza una olla de
grillos. Había oído en hora y media un curso peripatético--¡a pie y
andando todo el tiempo!--de arqueología y arquitectura y otro curso de
historia pragmática. El desgraciado ya confundía a los califas de
Córdoba con las columnas de la Mezquita, y ya no sabía cuáles eran más
de ochocientos, si las columnas o los califas; el orden dórico, el
jónico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y ya
dudaba si la fundación de Vetusta se debía a un fraile descalzo o al
arco de medio punto; _reasumiendo_, como decía el sabio; sentía náuseas
invencibles y apenas oía al arqueólogo, preocupándole más sus esfuerzos
por contener impulsos del estómago cuya expansión hubiera sido una
irreverencia.

--Si estuviéramos en un barco, no sería tan inoportuno--pensaba--¡pero
en una catedral!

El Infanzón estaba en rigor como en alta mar, y cada vez que oía decir
la nave del Norte, la nave del Sur, la nave principal, se creía al
frente de una escuadra y se figuraba que don Saturno apestaba a brea.
Pero el pobre lugareño seguía diciendo que sí a todo.

«Estaba conforme, aquello era una profanación. ¡Qué pesadez la de
aquellos doseletes, la de aquellas hornacinas! ¡Vaya si eran pesados!
Como que el Infanzón temía que se le cayeran encima; porque se meneaban,
sin duda. Pero ¡buen Dios! añadía para sus adentros; si el género
plateresco es cargante y pesadísimo ¿dónde habrá cosa más plateresca que
este señor don Saturnino?».

Se le pasó por la imaginación si estaría burlándose de ellos porque eran
de un pueblo de pesca. Pero, no; aquella cara no debía de mentir;
hablaba de veras; era verdad lo del rey Veremundo y lo de la emigración
de la piña pérsica a las columnas árabes; sólo que todo aquello ¡qué le
importaba a él que era un compromisario!

La digna esposa de Infanzón también estaba cansada, aburrida, despeada,
pero no aturdida. Hacía más de una hora que no oía palabra de cuanto
hablaba aquel charlatán, sin vergüenza, libertino. «¡Oh, si no fuera
porque su marido todo lo consideraba inconveniencia y falta de
educación! ¡Si no fuera porque estaban en la casa de Dios!... Estaba
escandalizada, furiosa. ¡Bonito papel iban representando ella y el
bobalicón de su marido! Le había hecho señas, pero inútilmente. Él
pensaba que aludía a lo de la arquitectura y se hacía el distraído. ¿Y
la doña Obdulita? No, y que parecía maestra en aquel teje maneje. No
habían desperdiciado ni una sola ocasión. ¡Claro! y así les habían
traído y llevado por desvanes y bodegas, muertos de cansancio. En cuanto
estaba obscuro... ¡claro!... se daban la mano. Ella lo había visto una
vez y supuesto las demás. Y él la pisaba el pie... y siempre juntos; y
en cuanto había algo estrecho querían pasar a la una... y pasaban ¡qué
desenfreno! ¿Pero de dónde le venía a su marido la amistad de aquella
señorona?». Hasta celos sentía la noble lugareña. No hablaba ni palabra;
y si Obdulia y Bermúdez hubieran estado menos preocupados con el
Renacimiento, hubiesen notado el ceño y la sequedad de la antes amable y
cortés señora de pueblo. Don Saturno reanudó su discurso. Se trataba de
probar sus injuriosas afirmaciones.

--Véase si no--continuaba--lo que salta a los ojos, a los del alma
quiero decir, de toda persona de gusto. ¡Malhaya el dignísimo Obispo,
salvo el respeto debido, malhaya el dignísimo Obispo don García Madrejón
que consintió este confuso acervo de adornos y follajes, quinta esencia
de lo barroco, de la profusión manirrota y de la falsedad. Cartelas,
medallas, hornacinas (y señalaba con el dedo), capiteles, frontones
rotos, guirnaldas, colgadizos, hojarasca, arabescos, que pululáis por
las decoraciones de puertas, ventanas, tragaluces y pechinas; en nombre
del arte, de la santa idea de sobriedad y la no menos inmortal e
inmaculada de armonía, yo os condeno a la maldición de la historia!

--Pues oiga usted--se atrevió a decir la Infanzón sin mirar a su
esposo--; diga usted lo que quiera, esta capilla me parece a mí muy
bonita; y me parece en cambio muy feo profanar el templo... ¡blasfemando
así de Dios y sus santos!

Ea, se había cansado; quería dar la batalla al libertino y escogía, con
un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro y desinteresado.
Además le gustaba de veras la capilla y no quería más contemplaciones.

El lugareño creyó que su mujer se había vuelto loca.

«Estaría mareada como él». Quiso hablar, pero no lo consiguió en cuanto
quiso. Obdulia soltó al aire una carcajada, que oyó don Cayetano desde
fuera. Don Saturno, cortado y sospechando algo del motivo de aquella
inesperada oposición, se contentó con inclinarse a lo Magistral y torcer
la boca y las cejas de una manera inventada por él mismo frente al
espejo. Quería aquello decir que un Bermúdez no disputaba con señoras.
Sólo contestó:

--Señora... yo no profano nada.... El Arte....

--¡Sí profana usted!--¡Pero mujer, pero Carolina!--¡Oh! déjela usted,
señor Infanzón; yo respeto todas las opiniones.

Y temiendo que la lugareña llevase la mejor parte en lo de profanar o no
profanar, se apresuró a añadir:

--Por lo demás, ya usted comprenderá, amigo mío, que yo sigo los cánones
de la belleza clásica condenando enérgicamente el gusto barroco.... Esto
es plateresco....

--¡Churrigueresco!--exclamó el compromisario queriendo así compensar la
protesta disparatada de su mujer.

--¡Churrigueresco!--repitió--¡da náuseas!--y se vio claramente que las
sentía.

--¡Churrigueresco!--pudo decir otra vez.

--¡Rococó!--concluyó Obdulia.

En aquel momento el Arcipreste se inclinaba para saludarla como si fuera
a besarle las botas color bronce.

Salieron a la calle todos juntos. Don Saturno se apresuró a despedirse.
De sus mejillas brotaba fuego. Iba a cuerpo y tenía mucho frío. El
viento caliente le sabía a cierzo.

--¡Temo una pulmonía!--dijo, mientras escapaba abrochándose la levita
por la cintura.

Necesitaba saborear a solas las emociones de aquella tarde.

«Amaba y creía ser amado».



--III--


Aquella tarde hablaron la Regenta y el Magistral en el paseo. El
Arcipreste procuró que se encontraran y por su confianza con la Regenta
facilitó la entrevista.

Pocas veces habían cruzado la palabra la hermosa dama y el Provisor, y
nunca había pasado la conversación de los lugares comunes a que obliga
el trato social.

Doña Ana Ozores no era de ninguna cofradía. Pagaba una cuota mensual en
las Escuelas Dominicales, pero no asistía a las lecciones ni a las
conferencias; vivía lejos del círculo en que el Provisor reinaba. Este
visitaba poco a las personas que no podían o no querían servirle en sus
planes de propaganda. Cuando el señor don Víctor Quintanar era Regente
de Vetusta, el Magistral le visitaba en todas las solemnidades en que
exigían este acto de cortesía las costumbres del pueblo; estas visitas
las pagaba con la exactitud que usaba en estos asuntos el señor
Quintanar, el más cumplido caballero de la ciudad, después de Bermúdez.
Los cumplimientos del Magistral fueron escaseando, sin saberse por qué,
cuando se jubiló don Víctor, y por fin cesaron las visitas. Don Víctor y
don Fermín se hablaban algunas veces en la calle, en el Espolón; se
saludaban siempre con la mayor amabilidad. Se estimaban mutuamente. Las
calumnias con que la maledicencia perseguía a De Pas tenían un aislador
en don Víctor; por su conducto no se propagaban, y aun tomaba a su cargo
deshacer su perniciosa influencia. Doña Ana jamás había hablado a solas
con el Magistral, y después que cesaron las visitas apenas volvió a
verle de cerca. A lo menos ella no lo recordaba. Don Cayetano, que sabía
esto, hizo un simulacro de presentación diplomática en el tono jocoserio
que nunca abandonaba. Ellos, la Regenta y el Magistral, habían hablado
poco; todo casi se lo había dicho Ripamilán y lo demás Visitación, que
acompañaba a la de Quintanar. Doña Ana volvió pronto a su casa. Se
recogió temprano aquella noche.

De la breve conversación de la tarde no recordaba más que esto: que al
día siguiente, después del coro, el Magistral la esperaba en su capilla.
Le había indicado, aunque por medio de indirectas, que convenía, al
mudar de confesor, hacer confesión general.

Había hablado con mucha afabilidad, con voz meliflua, pero poco, con
cierto tono frío, y algo distraído al parecer. No le había visto los
ojos. No le había visto más que los párpados, cargados de carne blanca.
Debajo de las pestañas asomaba un brillo singular.

Cerca del lecho, arrodillada, rezó algunos minutos la Regenta.

Después se sentó en una mecedora junto a su tocador, en el gabinete,
lejos del lecho por no caer en la tentación de acostarse, y leyó un
cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del sacramento de la
penitencia en preguntas y respuestas. No daba vuelta a las hojas. Dejó
de leer. Su mirada estaba fija en unas palabras que decían: _Si comió
carne_...

Mentalmente y como por máquina repetía estas tres voces, que para ella
habían perdido todo significado; las repetía como si fueran de un idioma
desconocido.

Después, saliendo de no sabía qué pozo negro su pensamiento, atendió a
lo que leía. Dejó el libro sobre el tocador y cruzó las manos sobre las
rodillas. Su abundante cabellera, de un castaño no muy obscuro, caía en
ondas sobre la espalda y llegaba hasta el asiento de la mecedora, por
delante le cubría el regazo; entre los dedos cruzados se habían enredado
algunos cabellos. Sintió un escalofrío y se sorprendió con los dientes
apretados hasta causarle un dolor sordo. Pasó una mano por la frente; se
tomó el pulso, y después se puso los dedos de ambas manos delante de los
ojos. Era aquella su manera de experimentar si se le iba o no la vista.
Quedó tranquila. No era nada. Lo mejor sería no pensar en ello.

«¡Confesión general!». Sí, esto había dado a entender aquel señor
sacerdote. Aquel libro no servía para tanto. Mejor era acostarse. El
examen de conciencia de sus pecados de la temporada lo tenía hecho desde
la víspera. El examen para aquella confesión general podía hacerlo
acostada. Entró en la alcoba. Era grande, de altos artesones, estucada.
La separaba del tocador un intercolumnio con elegantes colgaduras de
_satín_ granate. La Regenta dormía en una vulgarísima cama de matrimonio
dorada, con pabellón blanco. Sobre la alfombra, a los pies del lecho,
había una piel de tigre, auténtica. No había más imágenes santas que un
crucifijo de marfil colgado sobre la cabecera; inclinándose hacia el
lecho parecía mirar a través del tul del pabellón blanco.

Obdulia, a fuerza de indiscreción, había conseguido varias veces entrar
allí.

--«¡Qué mujer esta Anita!

»Era limpia, no se podía negar, limpia como el armiño; esto al fin era
un mérito... y una pulla para muchas damas vetustenses».

Pero añadía Obdulia:--«Fuera de la limpieza y del orden, nada que
revele a la mujer elegante. La piel de tigre, ¿tiene un _cachet_? Ps...
qué sé yo. Me parece un capricho caro y extravagante, poco femenino al
cabo. ¡La cama es un horror! Muy buena para la alcaldesa de Palomares.
¡Una cama de matrimonio! ¡Y qué cama! Una grosería. ¿Y lo demás? Nada.
Allí no hay sexo. Aparte del orden, parece el cuarto de un estudiante.
Ni un objeto de arte. Ni un mal _bibelot_; nada de lo que piden el
_confort_ y el buen gusto. La alcoba es la mujer como el estilo es el
hombre. Dime cómo duermes y te diré quién eres. ¿Y la devoción? Allí la
piedad está representada por un Cristo vulgar colocado de una manera
contraria a las _conveniencias_».

--«¡Lástima--concluía Obdulia, sin sentir lástima--, que un _bijou_ tan
precioso se guarde en tan miserable joyero!».

«¡Ah! debía confesar que el juego de cama era digno de una princesa.
¡Qué sabanas! ¡Qué almohadones! Ella había pasado la mano por todo
aquello, ¡qué suavidad! El satín de aquel cuerpecito de regalo no
sentiría asperezas en el roce de aquellas sábanas».

Obdulia admiraba sinceramente las formas y el cutis de Ana, y allá en el
fondo del corazón, le envidiaba la piel de tigre. En Vetusta no había
tigres; la viuda no podía exigir a sus amantes esta prueba de cariño.
Ella tenía a los pies de la cama la caza del león, ¡pero estampada en
tapiz miserable!

Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien
pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul
con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la figuraba don
Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez
podía representársela. Después de abandonar todas las prendas que no
habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre,
hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las
manchas pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada,
y el otro pendía a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de
la robusta cadera. Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en
una postura académica impuesta por el artista. Jamás el Arcipreste, ni
confesor alguno había prohibido a la Regenta esta voluptuosidad de
distender a sus solas los entumecidos miembros y sentir el contacto del
aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. Nunca había
creído ella que tal abandono fuese materia de confesión.

Abrió el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella
blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana
y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que
corría desde la cintura a las sienes.

--«¡Confesión general!»--estaba pensando--. Eso es la historia de toda
la vida. Una lágrima asomó a sus ojos, que eran garzos, y corrió hasta
mojar la sábana.

Se acordó de que no había conocido a su madre.

Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados.

«Ni madre ni hijos». Esta costumbre de acariciar la sábana con la
mejilla la había conservado desde la niñez.--Una mujer seca, delgada,
fría, ceremoniosa, la obligaba a acostarse todas las noches antes de
tener sueño. Apagaba la luz y se iba. Anita lloraba sobre la almohada,
después saltaba del lecho; pero no se atrevía a andar en la obscuridad y
pegada a la cama seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora,
acariciando con el rostro la sábana que mojaba con lágrimas también.
Aquella blandura de los colchones era todo lo _maternal_ con que ella
podía contar; no había más suavidad para la pobre niña. Entonces debía
de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro años. Veintitrés habían
pasado, y aquel dolor aún la enternecía. Después, casi siempre, había
tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su
memoria; una porción de necios se habían conjurado contra ella; todo
aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de niña, la injusticia de
acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba
todavía y le inspiraba una dulcísima lástima de sí misma. Como aquel a
quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a
levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de
blandura y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana
sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían
oprimido su cabeza de niña contra un seno blando y caliente; y ella, la
chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un
perro negro de lanas, noble y hermoso; debía de ser un terranova.--¿Qué
habría sido de él?--. El perro se tendía al sol, con la cabeza entre
las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el
lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente.
En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre los montones de
yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse llorando, acababa por
buscar consuelo en sí misma, contándose cuentos llenos de luz y de
caricias. Era el caso que ella tenía una mamá que le daba todo lo que
quería, que la apretaba contra su pecho y que la dormía cantando cerca
de su oído:

        Sábado, sábado, morena,
        cayó el pajarillo en trena
        con grillos y con cadenaaa....

Y esto otro:

        Estaba la pájara pinta
        a la sombra de un verde limón....

Estos cantares los oía en una plaza grande a las mujeres del pueblo que
arrullaban a sus hijuelos....

Y así se dormía ella también, figurándose que era la almohada el seno de
su madre soñada y que realmente oía aquellas canciones que sonaban
dentro de su cerebro. Poco a poco se había acostumbrado a esto, a no
tener más placeres puros y tiernos que los de su imaginación.

Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la admiraba y
le parecía que su vida se había partido en dos, una era la de aquel
angelillo que se le antojaba muerto. La niña que saltaba del lecho a
obscuras era más enérgica que esta Anita de ahora, tenía una fuerza
interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las
injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban.

--«¡Vaya una manera de hacer examen de conciencia!»--pensó doña Ana algo
avergonzada.

Salió descalza de la alcoba, cogió el devocionario que estaba sobre el
tocador y corrió a su lecho. Se acostó, acercó la luz y se puso a leer
con la cabeza hundida en las almohadas. _Si comió carne_, volvieron a
ver sus ojos cargados de sueño; pero pasó adelante. Una, dos, tres
hojas... leía sin saber qué. Por fin, se detuvo en un renglón que decía:

--«Los parajes por donde anduvo...».

Aquello lo entendió. Había estado, mientras pasaba hojas y hojas,
pensando, sin saber cómo, en don Álvaro Mesía, presidente del casino de
Vetusta y jefe del partido liberal dinástico; pero al leer: «Los parajes
por donde anduvo», su pensamiento volvió de repente a los tiempos
lejanos. Cuando era niña, pero ya confesaba, siempre que el libro de
examen decía «pase la memoria por los lugares que ha recorrido», se
acordaba sin querer de la barca de Trébol, de aquel gran pecado que
había cometido, sin saberlo ella, la noche que pasó dentro de la barca
con aquel Germán, su amigo.... ¡Infames! La Regenta sentía rubor y
cólera al recordar aquella calumnia. Dejó el libro sobre la mesilla de
noche--otro mueble vulgar que irritaba el buen gusto de Obdulia--apagó
la luz... y se encontró en la barca de Trébol, a medianoche, al lado de
Germán, un niño rubio de doce años, dos más que ella. Él la abrigaba
solícito con un saco de lona que habían encontrado en el fondo de la
barca. Ella le había rogado que se abrigara él también. Debajo del saco,
como si fuera una colcha, estaban los dos tendidos sobre el tablado de
la barca, cuyas bandas obscuras les impedían ver la campiña; sólo veían
allá arriba nubes que corrían delante de la cara de la luna.

--¿Tienes frío?--preguntaba Germán.

Y Ana respondía, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que corría,
detrás de las nubes:

--¡No!--¿Tienes miedo?--¡Ca!--Somos marido y mujer--decía él.

--¡Yo soy una mamá! Y oía debajo de su cabeza un rumor dulce que la
arrullaba como para adormecerla; era el rumor de la corriente.

Se habían contado muchos cuentos. Él había contado además su historia.
Tenía papá en Colondres y mamá también.

--¿Cómo era una mamá?

Germán lo explicaba como podía.

--¿Dan muchos besos las mamás?

--Sí.--¿Y cantan?--Sí, yo tengo una hermanita que le cantan. Yo ya soy
grande.

--¡Y yo soy una mamá! Después venía la historia de ella. Vivía en
Loreto, una aldea, algo lejos de la ría por aquel lado, pero tocando con
el mar por allá arriba, por el arenal. Vivía con una señora que se
llamaba aya y doña Camila. No la quería. Aquella señora aya tenía
criados y criadas y un señor que venía de noche y le daba besos a doña
Camila, que le pegaba y decía: «Delante de ella no, que es muy
maliciosa».

Le decían que tenía un papá que la quería mucho y era el que mandaba los
vestidos y el dinero y todo. Pero él no podía venir, porque estaba
matando moros. La castigaban mucho, pero no la pegaban; eran encierros,
ayunos y el castigo peor, el de acostarse temprano. Se escapaba por la
puerta del jardín y corría llorando hacia el mar; quería meterse en un
barco y navegar hasta la tierra de los moros y buscar a su papá. Algún
marinero la encontraba llorando y la acariciaba. Ella le proponía el
viaje, el marinero se reía, le decía que sí, la cogía en los brazos,
pero el pícaro la llevaba a casa del aya y la volvían al encierro. Una
tarde se había escapado por otro camino, pero no encontraba el mar.
Había pasado junto a un molino; un perro le había cerrado el paso al
atravesar el puente de la acequia, hecho con un tronco hueco de castaño;
Ana se había echado sobre el tronco porque se mareaba viendo el agua
blanca que ladraba debajo como el perro enfrente de ella. El perro había
pasado por encima de Anita; no había querido morderla. Ella entonces,
desde la otra orilla, le llamó y le dijo:

--Chito, toma, ahí tienes eso.

Era su merienda que llevaba en un bolsillo; un poco de pan con manteca
mojado en lágrimas.

Casi siempre comía el pan de la merienda salado por las lágrimas. Cuando
estaba sola lloraba de pena; pero delante del aya, de los criados y del
hombre, lloraba de rabia. Había encontrado después del molino un bosque
y lo había cruzado corriendo, cantando, y eso que tenía aún los ojos
llenos de llanto, pero cantaba de miedo. Al salir del bosque había visto
un prado de yerba muy verde y muy alta....

--¿Y allí estaba yo, verdad?--gritó Germán.

--Es verdad.--Y te dije si querías embarcarte en la barca de Trébol,
que el barquero había sido mi criado, y yo era de Colondres, que está al
otro lado de la ría.

--Es verdad. La Regenta recordaba todo esto como va escrito, incluso el
diálogo; pero creía que, en rigor, de lo que se acordaba no era de las
palabras mismas, sino de posterior recuerdo en que la niña había animado
y puesto en forma de novela los sucesos de aquella noche.

Después se habían dormido. Ya era de día cuando los despertó una voz que
gritaba desde la orilla de Colondres. Era el barquero que veía su barca
en un islote que dejaba el agua en medio de la ría al bajar la marea. El
barquero los riñó mucho. A ella la condujo a Loreto un hijo de aquel
hombre; pero en el camino los halló un criado del aya. Andaban
buscándola por todo el mundo. Creían que se había caído al mar. Doña
Camila estaba enferma del susto, en cama. El hombre que besaba al aya
cogió a Anita por un brazo y se lo apretó hasta arrancarle sangre. Pero
ella no lloró.

Le preguntaron dónde había pasado la noche y no quiso contestar por
temor de que castigaran a Germán si se sabía. La encerraron, no le
dieron de comer aquel día, pero no declaró nada. A la mañana siguiente
el aya hizo llamar al barquero de Trébol. Según aquel hombre, los niños
se habían concertado para pasar juntos una noche en la barca. ¿Quién lo
diría? Ana confesó al cabo que habían dormido juntos, pero que había
sido sin querer. Su propósito había sido hacerse dueños de la barca una
noche, aunque los riñeran en casa, pasar de orilla a orilla ellos solos,
tirando por la cuerda, y después volverse él a Colondres y ella a
Loreto. Pero el agua de la ría se había marchado, la barca tropezó en
el fondo con las piedras en mitad del pasaje y por más esfuerzos que
habían hecho no habían conseguido moverla. Y se habían acostado y se
habían dormido. De haber podido romper la cuerda que sujetaba la lancha
se hubieran ido a la tierra del moro, porque Germán sabía el camino por
el mar; ella hubiera buscado a su papá y él hubiera matado muchos moros;
pero la cuerda era muy fuerte. No pudieron romperla y se acostaron para
contarse cuentos de dormir.

Lo mismo había referido Germán al barquero, pero no se creyó la
historia.

¡Qué escándalo! doña Camila cogió a Anita por la garganta y por poco la
ahoga. Después dijo un refrán desvergonzado en que se insultaba a su
madre y a ella, según comprendió mucho más tarde, porque entonces no
entendía aquellas palabras.

Doña Camila culpaba al hombre que le daba besos, de las picardías de la
niña.

--Tú le has abierto los ojos con tus imprudencias.

Anita no entendía y el hombre, el señor del aya, reía a carcajadas.

Desde aquel día el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y
sonreía, y en cuanto salía de la habitación el aya le pedía besos a
ella, pero nunca quiso dárselos.

Vino un cura y se encerró con Ana en la alcoba de la niña y le preguntó
unas cosas que ella no sabía lo que eran. Más adelante meditando mucho,
acabó por entender algo de aquello. Se la quiso convencer de que había
cometido un gran pecado. La llevaron a la iglesia de la aldea y la
hicieron confesarse. No supo contestar al cura y este declaró al aya que
no servía la niña para el caso todavía, porque por ignorancia o por
malicia, ocultaba sus pecadillos. Los chicos de la calle la miraban
como el hombre que besaba a doña Camila; la cogían por un brazo y
querían llevársela no sabía a dónde. No volvió a salir sin el aya. A
Germán no había vuelto a verle.

--He escrito a tu papá diciéndole lo que tú eres. En cuanto cumplas los
once años, irás a un colegio de Recoletas.

Esta amenaza de doña Camila no pasó de amenaza, pero Ana no sentía salir
de Loreto, ir donde quiera.

Desde entonces la trataron como a un animal precoz. Sin enterarse bien
de lo que oía, había entendido que achacaban a culpas de su madre los
pecados que la atribuían a ella....

Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sintió que se
sofocaba, sus mejillas ardían. Encendió luz, apartó de sí la colcha
pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se revelaron exageradas
bajo la manta de finísima lana de colores ceñida al cuerpo. La colcha
quedó arrugada a los pies.

Aquellos recuerdos de la niñez huyeron, pero la cólera que despertaron,
a pesar de ser tan lejana, no se desvaneció con ellos.

--«¡Qué vida tan estúpida!»--pensó Ana, pasando a reflexiones de otro
género.

Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto
de hora de rebelión. Creía vivir sacrificada a deberes que se había
impuesto; estos deberes algunas veces se los representaba como poética
misión que explicaba el por qué de la vida. Entonces pensaba:

--«La monotonía, la insulsez de esta existencia es aparente; mis días
están ocupados por grandes cosas; este sacrificio, esta lucha es más
grande que cualquier aventura del mundo».

En otros momentos, como ahora, tascaba el freno la pasión sojuzgada;
protestaba el egoísmo, la llamaba loca, romántica, necia y decía:--¡Qué
vida tan estúpida!

Esta conciencia de la rebelión la desesperaba; quería aplacarla y se
irritaba. Sentía cardos en el alma. En tales horas no quería a nadie, no
compadecía a nadie. En aquel instante deseaba oír música; no podía haber
voz más oportuna. Y sin saber cómo, sin querer se le apareció el Teatro
Real de Madrid y vio a don Álvaro Mesía, el presidente del Casino, ni
más ni menos, envuelto en una capa de embozos grana, cantando bajo los
balcones de Rosina:

_Ecco ridente il ciel..._ La respiración de la Regenta era fuerte,
frecuente; su nariz palpitaba ensanchándose, sus ojos tenían fulgores de
fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra sinuosa de su
cuerpo ceñido por la manta de colores.

Quiso pensar en aquello, en Lindoro, en el Barbero, para suavizar la
aspereza de espíritu que la mortificaba.

--¡Si yo tuviera un hijo!... ahora... aquí... besándole, cantándole....

Huyó la vaga imagen del rorro, y otra vez se presentó el esbelto don
Álvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola como saludaba el rey
Amadeo.

Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella
imperiosos, imponentes.

Sintió flojedad en el espíritu. La sequedad y tirantez que la
mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo....

_Ya no era mala_, ya sentía como ella quería sentir; y la idea de su
sacrificio se le apareció de nuevo; pero grande ahora, sublime, como una
corriente de ternura capaz de anegar el mundo. La imagen de don Álvaro
también fue desvaneciéndose, cual un cuadro disolvente; ya no se veía
más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban
destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y
oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy
espesas... y al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y
familiar figura de su don Víctor Quintanar con un nimbo de luz en torno.
Aquel era el sujeto del sacrificio, como diría don Cayetano. Ana Ozores
depositó un casto beso en la frente del caballero.

Y sintió vehementes deseos de verle, de besarle en realidad como al
cuadro disolvente.

Mala hora, sin duda, era aquella. Pero la casualidad vino a favorecer el
anhelo de la casta esposa. Se tomó el pulso, se miró las manos; no veía
bien los dedos, el pulso latía con violencia, en los párpados le
estallaban estrellitas, como chispas de fuegos artificiales, sí, sí,
estaba mala, iba a darle el ataque; había que llamar; cogió el cordón de
la campanilla, llamó. Pasaron dos minutos. ¿No oían?... Nada. Volvió a
empuñar el cordón... llamó. Oyó pasos precipitados. Al mismo tiempo que
por una puerta de escape entraba Petra, su doncella, asustada, casi
desnuda, se abrió la colgadura granate y apareció el cuadro disolvente,
el hombre de la bata escocesa y el gorro verde, con una palmatoria en la
mano.

--¿Qué tienes, hija mía?--gritó don Víctor acercándose al lecho. «Era
el ataque, aunque no estaba segura de que viniese con todo el aparato
nervioso de costumbre; pero los síntomas los de siempre; no veía, le
estallaban chispas de brasero en los párpados y en el cerebro, se le
enfriaban las manos, y de pesadas no le parecían suyas...». Petra corrió
a la cocina sin esperar órdenes; ya sabía lo que se necesitaba, tila y
azahar.

Don Víctor se tranquilizó. «Estaba acostumbrado al ataque de su querida
esposa; padecía la infeliz, pero no era nada».

--No pienses en ello, que ya sabes que es lo mejor.

--Sí, tienes razón; acércate, háblame, siéntate aquí.

Don Víctor se sentó sobre la cama y _depositó_ un beso paternal en la
frente de su señora esposa. Ella le apretó la cabeza contra su pecho y
derramó algunas lágrimas. Notadas que fueron las cuales por don Víctor
exclamó este:

--¿Ves? ya lloras; buena señal. La tormenta de nervios se deshace en
agua; está conjurado el ataque, verás como no sigue.

En efecto, Ana comenzó a sentirse mejor. Hablaron. Ella manifestó una
ternura que él le agradeció en lo que valía. Volvió Petra con la tila.

Don Víctor observó que la muchacha no había reparado el desorden de su
traje, que no era traje, pues se componía de la camisa, un pañuelo de
lana, corto, echado sobre los hombros y una falda que, mal atada al
cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la doncella, dado que fueran
encantos, que don Víctor no entraba en tales averiguaciones, por más que
sin querer aventuró, para sus adentros, la hipótesis de que las carnes
debían de ser muy blancas, toda vez que la chica era rubia
azafranada....

Con la tila y el azahar Anita acabó de serenarse. Respiró con fuerza;
sintió un bienestar que le llenó el alma de optimismo.

«¡Qué solícita era Petra! y su Víctor ¡qué bueno!».

«Y había sido hermoso, no cabía duda. Verdad era que sus cincuenta y
tantos años parecían sesenta; pero sesenta años de una robustez
envidiable; su bigote blanco, su perilla blanca, sus cejas grises le
daban venerable y hasta heroico aspecto de brigadier y aun de general.
No parecía un Regente de Audiencia jubilado, sino un ilustre caudillo en
situación de cuartel».

Petra, temblando de frío, con los brazos cruzados, unos blanquísimos
brazos bien torneados, se retiró discretamente, pero se quedó en la sala
contigua esperando órdenes.

Ana se empeñó en que Quintanar--casi siempre le llamaba así--bebiese
aquella poca tila que quedaba en la taza.

¡Pero si don Víctor no creía en los nervios! ¡Si estaba sereno! Muerto
de sueño, pero tranquilo.

«No importaba. Era un capricho. No lo conocía él, pero se había
asustado».

--Que no, hija mía; que te juro....

--Que sí, que sí... Don Víctor tomó tila y acto continuo bostezó
enérgicamente.

--¿Tienes frío?--¡Frío yo! Y pensó que dentro de tres horas, antes de
amanecer, saldría con gran sigilo por la puerta del parque--la huerta de
los Ozores--. Entonces sí que haría frío, sobre todo, cuando llegaran al
Montico, él y su querido Frígilis, su Pílades cinegético, como le
llamaba.

Iban de caza; una caza prohibida, a tales horas, por la Regenta. Anita
no dejó a Víctor tan pronto como él quisiera. Estaba muy habladora su
querida mujercita. Le recordó mil episodios de la vida conyugal siempre
tranquila y armoniosa.

--¿No quisieras tener un hijo, Víctor?--preguntó la esposa apoyando la
cabeza en el pecho del marido.

--¡Con mil amores!--contestó el ex-regente buscando en su corazón la
fibra del amor paternal. No la encontró; y para figurarse algo parecido
pensó en su reclamo de perdiz, escogidísimo regalo de Frígilis.

--«Si mi mujer supiera que sólo puedo disponer de dos horas y media de
descanso, me dejaría volver a la cama».

Pero la pobrecita lo ignoraba todo, debía ignorarlo. Más de media hora
tardó la Regenta en cansarse de aquella locuacidad nerviosa. ¡Qué de
proyectos! ¡qué de horizontes de color de rosa! Y siempre, siempre
juntos Víctor y ella.

--¿Verdad?--Sí, hijita mía, sí; pero debes descansar; te exaltas
hablando....

--Tienes razón; siento una fatiga dulce.... Voy a dormir.

Él se inclinó para besarle la frente, pero ella echándole los brazos al
cuello y hacia atrás la cabeza, recibió en los labios el beso. Don
Víctor se puso un poco encarnado; sintió hervir la sangre. Pero no se
atrevió. Además, antes de tres horas debía estar camino del Montico con
la escopeta al hombro. Si se quedaba con su mujer, adiós cacería.... Y
Frígilis era inexorable en esta materia. Todo lo perdonaba menos faltar
o llegar tarde a un madrugón por el estilo.

--«Sálvense los principios»--pensó el cazador.

--¡Buenas noches, tórtola mía!

Y se acordó de las que tenía en la pajarera.

Y después de _depositar_ otro beso, por propia iniciativa, en la frente
de Ana, salió de la alcoba con la palmatoria en la diestra mano; con la
izquierda levantó el cortinaje granate; volviose, saludó a su esposa con
una sonrisa, y con majestuoso paso, no obstante calzar bordadas
zapatillas, se restituyó a su habitación que estaba al otro extremo del
caserón de los Ozores.

Atravesó un gran salón que se llamaba el estrado; anduvo por pasillos
anchos y largos, llegó a una galería de cristales y allí vaciló un
momento. Volvió pies atrás, desanduvo todos los pasillos y discretamente
llamó a una puerta.

Petra se presentó en el mismo desorden de antes.

--¿Qué hay? ¿se ha puesto peor?

--No es eso, muchacha--contestó don Víctor.

«¡Qué desfachatez! Aquella joven ¿no consideraba que estaba casi
desnuda?».

--Es que... es que... por si Anselmo se duerme y no oye la señal de don
Tomás (Frígilis)... Como es tan bruto Anselmo.... Quiero que tú me llames
si oyes los tres ladridos... ya sabes... don Tomás....

--Sí, ya sé. Descuide usted, señor. En cuanto ladre don Tomás iré a
llamarle. ¿No hay más?--añadió la rubia azafranada, con ojos
provocativos.

--Nada más. Y acuéstate, que estás muy a la ligera y hace mucho frío.

Ella fingió un rubor que estaba muy lejos de su ánimo y volvió la
espalda no muy cubierta. Don Víctor levantó entonces los ojos y pudo
apreciar que eran, en efecto, encantos los que no velaba bien aquella
chica.

Se cerró la puerta del cuarto de Petra y don Víctor emprendió de nuevo
su majestuosa marcha por los pasillos.

Pero antes de entrar en su cuarto se dijo:

--«Ea; ya que estoy levantando voy a dar un vistazo a mi gente».

En un extremo de la galería de cristales había una puerta; la empujó
suavemente y entró en la casa-habitación de sus pájaros que dormían el
sueño de los justos.

Con la mano que llevaba libre hizo una pantalla para la luz de la
palmatoria, y de puntillas se acercó a la canariera. No había novedad.
Su visita inoportuna no fue notada más que por dos o tres canarios, que
movieron las alas estremeciéndose y ocultaron la cabeza entre la pluma.
Siguió adelante. Las tórtolas también dormían; allí hubo ciertos
murmullos de desaprobación, y don Víctor se alejó por no ser indiscreto.
Se acercó a la jaula «del tordo más filarmónico de la provincia, sin
vanidad». El tordo estaba enhiesto sobre un travesaño, _con los hombros
encogidos_; pero no dormía. Sus ojos se fijaron de un modo impertinente
en los de su amo y no quiso reconocerle. Toda la noche se hubiera estado
el animalejo mira que te mirarás, con aire de desafío, sin bajar la
mirada; «le conocía bien; era muy aragonés. ¡Y cómo se parecía a
Ripamilán!». Siguió adelante. Quiso ver la codorniz; pero la salvaje
africana se daba de cabezadas, asustada, contra el techo de lienzo de su
jaula chata y la dejó tranquilizarse. Ante el reclamo de perdiz quedó
extasiado. Si algún pensamiento impuro manchara acaso su conciencia poco
antes, la contemplación del reclamo, aquella obra maestra de la
naturaleza, le devolvió toda la elevación de miras y grandeza de
espíritu que convenía al primer ornitólogo y al cazador sin rival de
Vetusta.

Equilibrado el ánimo, volvió don Víctor al amor de las sábanas.

En aquella estancia dormían años atrás, en la cama dorada de Anita, él y
ella, amantes esposos. Pero... habían coincidido en una idea.

A ella la molestaba él con sus madrugones de cazador; a él le molestaba
ella porque le hacía sacrificarse y madrugar menos de lo que debía, por
no despertarla. Además, los pájaros estaban en una especie de destierro,
muy lejos del amo. Traerlos cerca estando allí Anita sería una crueldad;
no la dejarían dormir la mañana. Pero él ¡con qué deleite hubiera
saboreado el primer silbido del tordo, el arrullo voluptuoso de las
tórtolas, el monótono ritmo de la codorniz, el chas, chas cacofónico,
dulce al cazador, de la perdiz huraña!

No se recuerda quién, pero él piensa que Anita, se atrevió a manifestar
el deseo de una separación en cuanto al tálamo--_quo ad thorum_--. Fue
acogida con mal disimulado júbilo la proposición tímida, y el matrimonio
mejor avenido del mundo dividió el lecho. Ella se fue al otro extremo
del caserón, que era caliente porque estaba al Mediodía, y él se quedó
en su alcoba. Pudo Anita dormir en adelante la mañana, sin que nadie
interrumpiera esta delicia; y pudo Quintanar levantarse con la aurora y
recrear el oído con los cercanos conciertos matutinos de codornices,
tordos, perdices, tórtolas y canarios. Si algo faltaba antes para la
completa armonía de aquella pareja, ya estaba colmada su felicidad
doméstica, por lo que toca a la concordia.

Y a este propósito solía decir don Víctor, recordando su magistratura:

--«La libertad de cada cual se extiende hasta el límite en que empieza
la libertad de los demás; por tener esto en cuenta, he sido siempre
feliz en mi matrimonio».

Quiso dormir el poco tiempo de que disponía para ello, pero no pudo. En
cuanto se quedaba trasvolado, soñaba que oía los tres ladridos de
Frígilis.

¡Cosa extraña! Otras veces no le sucedía esto, dormía a pierna suelta y
despertaba en el momento oportuno.

¡Habría sido la tila! Volvió a encender luz. Cogió el único libro que
tenía sobre la mesa de noche. Era un tomo de mucho bulto. «Calderón de
la Barca» decían unas letras doradas en el lomo. Leyó.

Siempre había sido muy aficionado a representar comedias, y le deleitaba
especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las
costumbres de aquel tiempo en que se sabía lo que era honor y
mantenerlo. Según él, nadie como Calderón entendía en achaques del
puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan reputaciones
tan a tiempo, ni en el discreteo de lo que era amor y no lo era, le
llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar justa y
sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro había
discurrido como nadie y sin quitar a «El castigo sin venganza» y otros
portentos de Lope el mérito que tenían, don Víctor nada encontraba como
«El médico de su honra».

--Si mi mujer--decía a Frígilis--fuese capaz de caer en liviandad digna
de castigo....

--Lo cual es absurdo aun supuesto...--Bien, pero suponiendo ese
absurdo... yo le doy una sangría suelta.

Y hasta nombraba el albéitar a quien había de llamar y tapar los ojos,
con todo lo demás del argumento. Tampoco le parecía mal lo de prender
fuego a la casa y vengar secretamente el supuesto adulterio de su mujer.
Si llegara el caso, que claro que no llegaría, él no pensaba prorrumpir
en preciosa tirada de versos, porque ni era poeta ni quería calentarse
al calor de su casa incendiada; pero en todo lo demás había de ser, dado
el caso, no menos rigoroso que tales y otros caballeros parecidos de
aquella España de mejores días.

Frígilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero que
en el mundo un marido no está para divertir al público con emociones
fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situación es perseguir al
seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya a un convento.

--¡Absurdo! ¡absurdo!--gritaba don Víctor--jamás se hizo cosa por el
estilo en los gloriosos siglos de estos insignes poetas.

--Afortunadamente--añadía calmándose--yo no me veré nunca en el doloroso
trance de escogitar medios para vengar tales agravios; pero juro a Dios
que llegado el caso, mis atrocidades serían dignas de ser puestas en
décimas calderonianas.

Y lo pensaba como lo decía. Todas las noches antes de dormir se daba un
atracón de honra a la antigua, como él decía; honra habladora, así con
la espada como con la discreta lengua. Quintanar manejaba el florete, la
espada española, la daga. Esta afición le había venido de su pasión por
el teatro. Cuando _trabajaba_ como aficionado, había comprendido en los
numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con
tal calor lo tomó, y tal disposición natural tenía, que llegó a ser
poco menos que un maestro. Por supuesto, no entraba en sus planes matar
a nadie; era un espadachín lírico. Pero su mayor habilidad estaba en el
manejo de la pistola; encendía un fósforo con una bala a veinticinco
pasos, mataba un mosquito a treinta y se lucía con otros ejercicios por
el estilo. Pero no era jactancioso. Estimaba en poco su destreza; casi
nadie sabía de ella. Lo principal era tener aquella sublime idea del
honor, tan propia para redondillas y hasta sonetos. Él era pacífico;
nunca había pegado a nadie. Las muertes que había firmado como juez, le
habían causado siempre inapetencias, dolores de cabeza, a pesar de que
se creía irresponsable.

Leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo estaba a ver
cómo se atravesaban con sendas quintillas dos valerosos caballeros que
pretendían la misma dama, cuando oyó tres ladridos lejanos. «¡Era
Frígilis!».

Doña Ana tardó mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue impaciente,
desabrida. El espíritu se había refrigerado con el nuevo sesgo de los
pensamientos. Aquel noble esposo a quien debía la dignidad y la
independencia de su vida, bien merecía la abnegación constante a que
ella estaba resuelta. Le había sacrificado su juventud: ¿por qué no
continuar el sacrificio? No pensó más en aquellos años en que había una
calumnia capaz de corromper la más pura inocencia; pensó en lo presente.
Tal vez había sido providencial aquella aventura de la barca de Trébol.
Si al principio, por ser tan niña, no había sacado ninguna enseñanza de
aquella injusta persecución de la calumnia, más adelante, gracias a
ella, aprendió a guardar las apariencias; supo, recordando lo pasado,
que para el mundo no hay más virtud que la ostensible y aparatosa. Su
alma se regocijó contemplando en la fantasía el holocausto del general
respeto, de la admiración que como virtuosa y bella se le tributaba. En
Vetusta, decir la Regenta era decir la perfecta casada. Ya no veía Anita
la _estúpida existencia_ de antes. Recordaba que la llamaban madre de
los pobres. Sin ser beata, las más ardientes fanáticas la consideraban
buena católica. Los más atrevidos Tenorios, famosos por sus temeridades,
bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en silencio. Tal
vez muchos la amaban, pero nadie se lo decía.... Aquel mismo don Álvaro
que tenía fama de atreverse a todo y conseguirlo todo, la quería, la
adoraba sin duda alguna, estaba segura; más de dos años hacía que ella
lo había conocido, pero él no había hablado más que con los ojos, donde
Ana fingía no adivinar una pasión que era un crimen.

Verdad era que en estos últimos meses, sobre todo desde algunas semanas
a esta parte, se mostraba más atrevido... hasta algo imprudente, él que
era la prudencia misma, y sólo por esto digno de que ella no se irritara
contra su infame intento... pero ya sabría contenerle; sí, ella le
pondría a raya helándole con una mirada.... Y pensando en convertir en
carámbano a don Álvaro Mesía, mientras él se obstinaba en ser de fuego,
se quedó dormida dulcemente.

En tanto allá abajo, en el parque, miraba al balcón cerrado del tocador
de la Regenta, don Víctor, pálido y ojeroso, como si saliera de una
orgía; daba pataditas en el suelo para sacudir el frío y decía a
Frígilis, su amigo....

--¡Pobrecita! ¡cuán ajena estará, allá en su tranquilo sueño, de que su
esposo la engaña y sale de casa dos horas antes de lo que ella
piensa!...

Frígilis sonrió como un filósofo y echó a andar delante. Era un señor ni
alto ni bajo, cuadrado; vestía cazadora de paño pardo; iba tocado con
gorra negra con orejeras y por único abrigo ostentaba una inmensa
bufanda, a cuadros, que le daba diez vueltas al cuello. Lo demás todo
era utensilios y atributos de caza, pero sobrios, como los de un Nemrod.

Don Víctor, al llegar a la puerta del parque, volvió a mirar hacia el
balcón, lleno de remordimientos.

--Anda, anda, que es tarde--murmuró Frígilis.

No había amanecido.



--IV--


La familia de los Ozores era una de las más antiguas de Vetusta. Era el
tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles había en la
ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan
ilustre linaje.

Don Carlos, padre de Ana, era el primogénito de un segundón del conde de
Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y Águeda, que con su
padre habitaron mucho tiempo el caserón de sus mayores. La rama
principal, la de los condes, vivía años hacía emigrada.

El primogénito del segundón quiso tener una carrera, ser algo más que
heredero de algunas caserías, unos cuantos foros y un palacio achacoso
de goteras. Fue ingeniero militar. Se portó como un valiente; en muchas
batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban, construyó
duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas, y llegó pronto a
coronel de ejército, comandante del cuerpo. Cansado de casamatas,
cortinas, paralelas y castillos, procurose un empleo en la corte y fue
perdiendo sus aficiones militares, quedándose sólo con las científicas:
prefirió la física, las matemáticas a las aplicaciones de tales
ciencias, al arte, y cada día fue menos guerrero. Pero al mismo tiempo
se entregaba a las delicias de Capua, y por fin, después de muchos
amoríos, tuvo un amor serio, una pasión de sabio (o cosa parecida) que
ya no es joven.

Loco de amor se casó don Carlos Ozores a los treinta y cinco años con
una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones sin
cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se
quedó sin ella.

--«¡Menos mal!»--pensaban las hermanas de don Carlos allá en su caserón
de Vetusta.

Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su familia.
Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones.

--Si viviera mi padre--pensaba Ozores--de fijo perdonaba este matrimonio
desigual.

--¡Si viviera padre, moriría del disgusto!--decían las solteronas
implacables.

Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas,
que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista
italiana, su cuñada indigna.

El palacio de los Ozores era de don Carlos; sus hermanas se lo dijeron
en otra carta fría y lacónica:

«Estaban dispuestas a abandonarlo, si él lo exigía; sólo le pedían que
pensase cómo se había de conservar aquel resto precioso de tanta
nobleza».

El coronel contestó «que por Dios y todos los santos continuasen
viviendo donde habían nacido, que él se lo suplicaba por bien de la
misma finca, que sin ellas se vendría a tierra». Las solteronas, sin
contestar ni transigir en lo del matrimonio, se quedaron en el palacio
para que no se derrumbara.

A don Carlos le dolió mucho que ni siquiera se le preguntase por su
hija. La nobleza vetustense opinó que muerto el perro no se acabase la
rabia; que la muerte providencial de la modista no era motivo suficiente
para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse de la
suerte de su hija.

Tiempo había para proteger a la niña, sin menoscabo de la dignidad, si,
como era de presumir, la conducta loca de su padre le arrastraba a la
pobreza. Además, se corrió por Vetusta que don Carlos se había hecho
masón, republicano y por consiguiente ateo. Sus hermanas se vistieron de
negro y en el gran salón, en el estrado, recibieron a toda la
aristocracia de Vetusta, como si se tratara de visitas de duelo.

La estancia estaba casi a obscuras; por los grandes balcones no se
dejaba pasar más que un rayo de luz; se hablaba poco, se suspiraba y se
oía el aleteo de los abanicos.

--¡Cuánto mejor hubiese sido que se hubiera vuelto loco!--exclamó el
marqués de Vegallana, jefe del partido conservador de Vetusta.

--¡Qué... loco!--contestó una de las hermanas, doña Anunciación--. Diga
usted, marqués, que ojalá Dios se acordase de él, antes que verle así.

Hubo unánime aprobación por señas. Muchas cabezas se inclinaron
lánguidamente; y se volvió a suspirar. Aquello del republicanismo no
necesitaba comentarios.

Don Carlos, en efecto, se había hecho liberal de los avanzados; y de los
estudios físicos matemáticos había pasado a los filosóficos; y de
resultas era un hombre que ya no creía sino lo que tocaba, hecha
excepción de la libertad que no la pudo tocar nunca y creyó en ella
muchos años. La vida de liberal en ejercicio de aquellos tiempos tenía
poco de tranquila. Don Carlos se dedicó a filósofo y a conspirador, para
lo cual creyó oportuno pedir la absoluta.

--«Yo ingeniero, no podría conspirar nunca (creía en el espíritu de
cuerpo); como particular puedo procurar la salvación del país por los
medios más adecuados».

No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matemático,
bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana
biblioteca donde había no pocos libros de los condenados en el Índice.
Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que
se necesitaba para conspirar con progresistas.

Lo que pudiera haber de falso y contradictorio en el carácter de don
Carlos, era obra de su tiempo. No le faltaba talento, era apasionado y
se asimilaba con facilidad ideas que entendía muy pronto, pero no se
distinguía por lo original ni por lo prudente. Su amor propio de
libre-pensador no había llegado a esa jerarquía del orgullo en que sólo
se admite lo que uno crea para sí mismo. De todas maneras, era
simpático.

De sus defectos su hija fue la víctima. Después de llorar mucho la
muerte de su esposa, don Carlos volvió a pensar en asuntos que a él se
le antojaban serios, como v. gr., propagar el libre examen dentro de
círculo determinado de españoles; procurar el triunfo del sistema
representativo en toda su integridad. Tanto valía entonces esto como
dedicarse a bandolero sin protección, por lo que toca a la necesidad de
vivir a salto de mata. Un conspirador no puede tener consigo una niña
sin madre. Le hablaron de colegios, pero los aborrecía. Tomó un aya,
una española inglesa que en nada se parecía a la de Cervantes, pues no
tenía encantos morales, y de los corporales, si de alguno disponía,
hacía mal uso. Esto lo ignoraba don Carlos, que admitió el aya en
calidad de católica liberal. Se le había dicho:

--«Es una mujer ilustrada, aunque española; educada en Inglaterra donde
ha aprendido el noble espíritu de la tolerancia».

Y además, curaba el entendimiento y el corazón a los niños con píldoras
de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias.
Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los hombres no les
gustan las mujeres beatas, pero tampoco descreídas, sino, así un término
medio, que los hombres mismos no saben cómo ha de ser. La hipocresía de
doña Camila llegaba hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues
siendo su aspecto el de una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo,
su pasión principal era la lujuria, satisfecha a la inglesa: una lujuria
que pudiera llamarse metodista si no fuera una profanación.

Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana quedó en poder de doña Camila, que
por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su antojo de
la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez más flacas, pues las
conspiraciones cuestan caras al que las paga.

Aconsejaron los médicos aires del campo y del mar para la niña y el aya
escribió a don Carlos que un su amigo, Iriarte, el que le había
recomendado a doña Camila, vendía en una provincia del Norte, limítrofe
de Vetusta, una casa de campo en un pueblecillo pintoresco, puerto de
mar y saludable a todos los vientos. Ozores dio órdenes para que se
vendiese como se pudiera en la provincia de Vetusta la poca hacienda
que no había malbaratado antes, y la mitad del producto de tan loca
enajenación la dedicó a la compra de aquella quinta de su amigo Iriarte.
La otra mitad fue destinada al socorro de los patriotas más o menos
auténticos. En Vetusta no le quedaba más que su palacio que habitaban,
sin pagar renta, las solteronas. La casa de campo y los predios que la
rodeaban y pertenecían, valían mucho menos de lo que podía presumir el
conspirador, si juzgaba por lo que le costaban, pero él no paraba
mientes en tal materia: se iba arruinando ni más ni menos que su patria;
pero así como la lista civil le dolía lo mismo que si la pagase él
entera, de las mangas y capirotes que hacían con sus bienes le importaba
poco. No era todo desprendimiento; vagamente veía en lontananza un
porvenir de indemnizaciones patrióticas que aunque estaban en el
programa de su partido, a él no le alcanzaron.

A las nuevas haciendas de don Carlos se fueron Anita, el aya, los
criados y tras ellos el _hombre_, como llamó siempre la niña al
personaje que turbaba no pocas veces el sueño de su inocencia. Era
Iriarte, el amante de doña Camila y antiguo dueño de la casa de campo.

El aya había procurado seducir a don Carlos; sabía que su difunta esposa
era una humilde modista, y ella, doña Camila Portocarrero que se creía
descendiente de nobles, bien podía aspirar a la sucesión de la italiana.
Creyó que don Carlos se había casado por compromiso, que era un hombre
que se casaba con la servidumbre. Conocía este tipo y sabía cómo se le
trataba. Pero fue inútil. En el poco tiempo que pudo aprovechar para
hacer la prueba de su sabio y complicado sistema de seducción, don
Carlos no echó de ver siquiera que se le tendía una red amorosa. Por
aquella época era él casi sansimoniano. Emigró Ozores y doña Camila juró
odio eterno al ingrato, y consagró, con la paciencia de los reformistas
ingleses, un culto de envidia póstuma a la modista italiana que había
conseguido casarse con aquel estuco. Anita pagó por los dos.

El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la
educación de aquella señorita de cuatro años exigía cuidados muy
especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a
la condición social de la italiana, daba a entender que la ciencia de
educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de meridionales
concupiscencias. En voz baja decía el aya que «la madre de Anita tal vez
antes que modista había sido bailarina».

De todas suertes, doña Camila se rodeó de precauciones pedagógicas y
preparó a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de moralidad
inglesa. Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a flor de tierra
se encontró ya con un rodrigón al lado para que creciese derecha. El aya
aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a sí y estar atada
a él fuertemente. El palo seco era doña Camila. El encierro y el ayuno
fueron sus disciplinas.

Ana que jamás encontraba alegría, risas y besos en la vida, se dio a
soñar todo eso desde los cuatro años. En el momento de perder la
libertad se desesperaba, pero sus lágrimas se iban secando al fuego de
la imaginación, que le caldeaba el cerebro y las mejillas. La niña
fantaseaba primero milagros que la salvaban de sus prisiones que eran
una muerte, figurábase vuelos imposibles.

«Yo tengo unas alas y vuelo por los tejados, pensaba; me marcho como
esas mariposas»; y dicho y hecho, ya no estaba allí. Iba volando por el
azul que veía allá arriba.

Si doña Camila se acercaba a la puerta a escuchar por el ojo de la
llave, no oía nada. La niña con los ojos muy abiertos, brillantes, los
pómulos colorados, estaba horas y horas recorriendo espacios que ella
creaba llenos de ensueños confusos, pero iluminados por una luz difusa
que centelleaba en su cerebro.

Nunca pedía perdón; no lo necesitaba. Salía del encierro pensativa,
altanera, callada; seguía soñando; la dieta le daba nueva fuerza para
ello. La heroína de sus novelas de entonces era una madre. A los seis
años había hecho un poema en su cabecita rizada de un rubio obscuro.
Aquel poema estaba compuesto de las lágrimas de sus tristezas de
huérfana maltratada y de fragmentos de cuentos que oía a los criados y a
los pastores de Loreto. Siempre que podía se escapaba de casa; corría
sola por los prados, entraba en las cabañas donde la conocían y
acariciaban, sobre todo los perros grandes; solía comer con los
pastores. Volvía de sus correrías por el campo, como la abeja con el
jugo de las flores, con material para su poema. Como Poussin cogía
yerbas en los prados para estudiar la naturaleza que trasladaba al
lienzo. Anita volvía de sus escapatorias de salvaje con los ojos y la
fantasía llenos de tesoros que fueron lo mejor que gozó en su vida. A
los veintisiete años Ana Ozores hubiera podido contar aquel poema desde
el principio al fin, y eso que en cada nueva edad le había añadido una
parte. En la primera había una paloma encantada con un alfiler negro
clavado en la cabeza; era la reina mora; su madre, la madre de Ana que
no parecía. Todas las palomas con manchas negras en la cabeza podían
ser una madre, según la lógica poética de Anita.

La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la
revelación más grande de toda su infancia. ¡Saber leer! esta ambición
fue su pasión primera. Los dolores que doña Camila le hizo padecer antes
de conseguir que aprendiera las sílabas, perdonóselos ella de todo
corazón. Al fin supo leer. Pero los libros que llegaban a sus manos, no
le hablaban de aquellas cosas con que soñaba. No importaba; ella les
haría hablar de lo que quisiese.

Le enseñaban geografía; donde había enumeraciones fatigosas de ríos y
montañas, veía Ana aguas corrientes, cristalinas y la sierra con sus
pinos altísimos y soberbios troncos; nunca olvidó la definición de isla,
porque se figuraba un jardín rodeado por el mar; y era un contento. La
historia sagrada fue el maná de su fantasía en la aridez de las
lecciones de doña Camila. Adquirió su poema formas concretas, ya no fue
nebuloso; y en las tiendas de los israelitas, que ella bordó con franjas
de colores, acamparon ejércitos de bravos marineros de Loreto, de pierna
desnuda, musculosa y velluda, de gorro catalán, de rostro curtido,
triste y bondadoso, barba espesa y rizada y ojos negros.

La poesía épica predomina lo mismo que en la infancia de los pueblos en
la de los hombres. Ana soñó en adelante más que nada batallas, una
Ilíada, mejor, un Ramayana sin argumento. Necesitaba un héroe y le
encontró: Germán, el niño de Colondres. Sin que él sospechara las
aventuras peligrosas en que su amiga le metía, se dejaba querer y acudía
a las citas que ella le daba en la barca de Trébol.

Nada le decía de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar en
el extremo Oriente, en las que ella le asistía haciendo el papel de
reina consorte, con arranques de amazona. Algunas veces le propuso,
hablándole al oído, viajes muy arriesgados a países remotos que él ni de
nombre conocía. Germán aceptaba inmediatamente, y estaba dispuesto a
convertirse en diligencia si Ana aceptaba el cargo de mula, o viceversa.
No era eso. La niña quería ir a tierra de moros de verdad, a matar
infieles o a convertirlos, como Germán quisiera. Germán prefería
matarlos; y dicho y hecho se metían en la barca, mientras el barquero
dormía a la sombra de un cobertizo en la orilla. A costa de grandes
sudores conseguían un ligero balanceo del gran navío que tripulaban y
entonces era cuando se creían bogando a toda vela por mares nunca
navegados.

Germán gritaba:--¡Orza!... ¡a babor, a estribor! ¡hombre al agua!...
¡un tiburón!...

Pero tampoco era aquello lo que quería Anita; quería marchar de veras,
muy lejos, huyendo de doña Camila. La única ocasión en que Germán
correspondió al tipo ideal que de su carácter y prendas se había forjado
Anita, fue cuando aceptó la escapatoria nocturna para ver juntos la luna
desde la barca y contarse cuentos. Este proyecto le pareció más viable
que el de irse a Morería y se llevó a cabo. Ya se sabe cómo entendió la
grosera y lasciva doña Camila la aventura de los niños. Era de tal
índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que
el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tenía, con
tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos.

--«¡Como su madre!--decía a las personas de confianza--. _¡improper!
¡improper!_ ¡Si ya lo decía yo! El instinto... la sangre.... No basta la
educación contra la naturaleza».

Desde entonces educó a la niña sin esperanzas de salvarla; como si
cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No esperaba
nada, pero cumplía su deber. Loreto era una aldea, y como doña Camila
refería la aventura a quien la quisiera oír, llorando la infeliz,
rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella poco podía contra la
naturaleza), el escándalo corrió de boca en boca, y hasta en el casino
se supo lo de aquella confesión a que se obligó a la reo. Se discutió el
caso fisiológicamente. Se formaron partidos; unos decían que bien podía
ser, y se citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante.

--Créanlo ustedes--decía el amante de doña Camila--el hombre nace
naturalmente malo, y la mujer lo mismo.

Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos.

--«Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creerá».

Ana fue objeto de curiosidad general. Querían verla, desmenuzar sus
gestos, sus movimientos para ver si se le conocía en algo.

--Lo que es desarrollada lo está y mucho para su edad...--decía el
hombre de doña Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria de lo
porvenir.

--En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se
deseaba un milagroso crecimiento instantáneo de aquellos encantos que no
estaban en la niña sino en la imaginación de los socios del casino.

A Germán, que no pareció por Loreto, se le atribuían quince años. «Por
este lado no había dificultad». Doña Camila se creyó obligada en
conciencia a indicar algo a la familia. Al padre no; sería un golpe de
muerte. Escribió a las tías de Vetusta.

«¡Era el último porrazo! ¡El nombre de los Ozores deshonrado! porque al
fin Ozores era la niña, aunque indigna».

Entonces doña Anuncia, la hermana mayor, escribió a don Carlos, porque
el caso era apurado. No le contaba el lance de la deshonra _c_ por _b_,
porque ni sabía cómo había sido, ni era decente referir a un padre tales
escándalos, ni una señorita, una soltera, aunque tuviese más de cuarenta
años, podía descender a ciertos pormenores. Se le escribió a don Carlos
nada más que esto: que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la
niña no vivía al lado de su padre, corría grandes riesgos, si no estaba
en peligro inminente, el honor de los Ozores. Don Carlos entonces no
podía restituirse a la patria, como él decía.

Pasaron años, pudo y quiso acogerse a una amnistía y volvió desengañado.
Doña Camila y Ana se trasladaron a Madrid y allí vivían parte del año
los tres juntos, pero el verano y el otoño los pasaban en la quinta de
Loreto.

La calumnia con que el aya había querido manchar para siempre la pureza
virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvidó de semejante
absurdo, y cuando la niña llegó a los catorce años ya nadie se acordaba
de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su hombre, que seguía
esperando, y las tías de Vetusta. Pero se acordaba y mucho Ana misma. Al
principio la calumnia habíale hecho poco daño, era una de tantas
injusticias de doña Camila; pero poco a poco fue entrando en su espíritu
una sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma
que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones
obligaba al aya; quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban,
y en la maldad de doña Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de
esta mujer, se afiló la malicia de la niña que fue comprendiendo en qué
consistía tener honor y en qué perderlo; y como todos daban a entender
que su aventura de la barca de Trébol había sido una vergüenza, su
ignorancia dio por cierto su pecado. Mucho después, cuando su inocencia
perdió el último velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella
edad; recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo
distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido
culpable de todo aquello que decían. Cuando ya nadie pensaba en tal
cosa, pensaba ella todavía y confundiendo actos inocentes con verdaderas
culpas, de todo iba desconfiando. Creyó en una gran injusticia que era
la ley del mundo, porque Dios quería, tuvo miedo de lo que los hombres
opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de
su naturaleza, vivió en perpetua escuela de disimulo, contuvo los
impulsos de espontánea alegría; y ella, antes altiva, capaz de oponerse
al mundo entero, se declaró vencida, siguió la conducta moral que se le
impuso, sin discutirla, ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer
traición nunca.

Ya era así cuando su padre volvió de la emigración. No le satisfizo
aquel carácter.

¿No se le había dicho que la niña era un peligro para el honor de los
Ozores? Pues él veía, por el contrario, una muchacha demasiado tímida y
reservada, de una prudencia exagerada para sus años. Ya le pesaba de
haber entregado su hija a la gazmoñería inglesa que, según él, no
servía para la raza latina. Volvía de la emigración muy latino.
Afortunadamente allí estaba él para corregir aquella educación viciosa.
Despidió a doña Camila y se encargó de la instrucción de su hija. En el
extranjero se había hecho don Carlos más filósofo y menos político. Para
España no había salvación. Era un pueblo gastado. América se tragaba a
Europa, además. Le preocupaban mucho las carnes en conserva que venían
de los Estados Unidos.

--«Nos comen, nos comen. Somos pobres, muy pobres, unos miserables que
sólo entendemos de tomar el sol».

Él sí era pobre, y más cada día, pero achacaba su estrechez a la
decadencia general, a la falta de sangre en la raza y otros disparates.
Le quedaban la biblioteca, que había mejorado, y los amigos, nuevos, por
supuesto.

Todos los días se ponía a discusión delante de Ana, al tomar café, la
divinidad de Cristo. Unos le llamaban el primer demócrata. Otros decían
que era un símbolo del sol y los apóstoles las constelaciones del
Zodiaco.

Ana procuraba retirarse en cuanto podía hacerlo sin ofender la
susceptibilidad de aquel libre-pensador que era su padre. ¡Con qué
tristeza pensaba la niña, sin querer pensarlo, que los amigos de su
padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo
papá, esto era lo peor, y había que pensarlo también, su querido papá
que era un hombre de talento, capaz de inventar la pólvora, un reloj, el
telégrafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a fuerza de filosofar,
y no sabía vivir con una hija que ya entendía más que él de asuntos
religiosos.

Aquella sumisión exterior, aquel sacrificio de la vida ordinaria, de
las relaciones vulgares a las preocupaciones y a las injusticias del
mundo no eran hipocresía en Anita, no eran la careta del orgullo; pero
no podía juzgarse por tales apariencias de lo que pasaba dentro de ella.
Así como en la infancia se refugiaba dentro de su fantasía para huir de
la prosaica y necia persecución de doña Camila, ya adolescente se
encerraba también dentro de su cerebro para compensar las humillaciones
y tristezas que sufría su espíritu. No osaba ya oponer los impulsos
propios a lo que creía conjuración de todos los necios del mundo, pero a
sus solas se desquitaba. El enemigo era más fuerte, pero a ella le
quedaba aquel reducto inexpugnable.

Nunca le habían enseñado la religión como un sentimiento que consuela;
doña Camila entendía el Cristianismo como la Geografía o el arte de
coser y planchar; era una asignatura de adorno o una necesidad
doméstica. Nada le dijo contra el dogma, pero jamás la dulzura de Jesús
procuró explicársela con un beso de madre. María Santísima era la Madre
de Dios, en efecto; pero una vez que Ana volvió del campo diciendo que
la Virgen, según le constaba a ella, lavaba en el río los pañales del
Niño Jesús, doña Camila, indignada, exclamó:

--_¡Improper!_ ¿quién le inculcará a esta chiquilla estas sandeces del
vulgo?

En este particular don Carlos aprobaba el criterio de doña Camila;
precisamente él creía que el Misterio de la Encarnación era como la
lluvia de oro de Júpiter; y remontándose más, en virtud de la Mitología
comparada, encontraba en la religión de los indios dogmas parecidos.

Ana en casa de su padre disponía de pocos libros devotos. Pero en
cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos.

Sólo aquello que el rubor más elemental manda que se tape, era lo que
ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo demás podía y debía conocerlo.
¿Por qué no? Y con multitud de citas explicaba y recomendaba Ozores la
educación _omnilateral_ y _armónica_, como la entendía él.

--Yo quiero--concluía--que mi hija sepa el bien y el mal para que
libremente escoja el bien; porque si no ¿qué mérito tendrán sus obras?

Sin embargo, si su hija fuese funámbula y trabajase en el alambre, don
Carlos pondría una red debajo, aunque perdiese mérito el ejercicio.

De las novelas modernas algunas le prohibía leer, pero en cuanto se
trataba de arte clásico «de verdadero arte», ya no había velos, podía
leerse todo. El romántico Ozores era clásico después de su viaje por
Italia.

--¡El arte no tiene sexo!--gritaba--. Vean ustedes, yo entrego a mi
hija esos grabados que representan el arte antiguo, con todas las
bellezas del desnudo que en vano querríamos imitar los modernos. ¡Ya no
hay desnudo! Y suspiraba.

La Mitología llegó a conocerla Anita como en su infancia la historia de
Israel.

--_¡Honni soit qui mal y pense!_--repetía don Carlos; y lo otro de: _Oh,
procul, procul estote prophani_.

Y no tomaba más precauciones.

Por fortuna en el espíritu de Ana la impresión más fuerte del arte
antiguo y de las fábulas griegas, fue puramente estética; se excitó su
fantasía, sobre todo, y, gracias a ella, no a don Carlos, aquel
inoportuno estudio del desnudo clásico no causó estragos.

La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella había
soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas
aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa.

También envidiaba a los pastores de Teócrito, Bion y Mosco; soñaba con
la gruta fresca y sombría del Cíclope enamorado, y gozaba mucho, con
cierta melancolía, trasladándose con sus ilusiones a aquella Sicilia
ardiente que ella se figuraba como un nido de amores. Pero como de
abandonarse a sus instintos, a sus ensueños y quimeras se había
originado la nebulosa aventura de la barca de Trébol, que la avergonzaba
todavía, miraba con desconfianza, y hasta repugnancia moral, cuanto
hablaba de relaciones entre hombres y mujeres, si de ellas nacía algún
placer, por ideal que fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y
de inocencia, en que la habían sumergido las calumnias del aya y los
groseros comentarios del vulgo, la hicieron fría, desabrida, huraña para
todo lo que fuese amor, según se lo figuraba. Se la había separado
sistemáticamente del trato íntimo de los hombres, como se aparta del
fuego una materia inflamable. Doña Camila la educaba como si fuera un
polvorín. «Se había equivocado su natural instinto de la niñez; aquella
amistad de Germán había sido un pecado, ¿quién lo diría? Lo mejor era
huir del hombre. No quería más humillaciones». Esta aberración de su
espíritu la facilitaban las circunstancias. Don Carlos no tenía más
amistad que la de unos cuantos hongos, filosofastros y conspiradores;
estos caballeros debían de estar solos en el mundo; si tenían hijos y
mujer, no los presentaban ni hablaban de ellos nunca. Anita no tenía
amigas. Además don Carlos la trataba como si fuese ella el arte, como si
no tuviera sexo. Era aquella una educación neutra. A pesar de que
Ozores pedía a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada
vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante,
en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como
un buen animal doméstico. No se paraba a pensar lo que podía necesitar
Anita. A su madre la había querido mucho, le había besado los pies
desnudos durante la luna de miel, que había sido exagerada; pero poco a
poco, sin querer, había visto él también en ella a la antigua modista, y
la trató al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera por lo que
fuere, él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de Pinturas, a la
Armería, algunas veces al Real y casi siempre a paseo con algunos
libre-pensadores, amigos suyos, que se paraban para discutir a cada diez
pasos. Eran de esos hombres que casi nunca han hablado con mujeres. Esta
especie de varones, aunque parece rara, abunda más de lo que pudiera
creerse. El hombre que no habla con mujeres se suele conocer en que
habla mucho de la mujer en general; pero los amigotes de Ozores ni esto
hacían; eran pinos solitarios del Norte que no suspiraban por ninguna
palmera del Mediodía.

Aunque Ana llegaba a la edad en que la niña ya puede gustar como mujer,
no llamaba la atención; nadie se había enamorado de ella. Entre doña
Camila y don Carlos habían ajado las rosas de su rostro; aquella
turgencia y expansión de formas que al amante del aya le arrancaban
chispas de los ojos, habían contenido su crecimiento; Anita iba a
transformarse en mujer cuando parecía muy lejos aún de esta crisis;
estaba delgada, pálida, débil; sus quince años eran ingratos: a los diez
tenía las apariencias de los trece, y a los quince representaba dos
menos. Como todavía no se ha convenido en mantener a costa del Erario a
los filósofos, don Carlos que no se ocupaba más que en arreglar el mundo
y condenarlo tal como era, se vio pronto en apurada situación económica.

--«Ya estaba cansado; bastante había combatido en la vida», según él, y
no se le ocurrió buscar trabajo; no quería trabajar más. Prefirió
retirarse a su quinta de Loreto, accediendo a las súplicas de Anita que
se lo pedía con las manos en cruz. La pobre muchacha se aburría mucho en
Madrid. Mientras a su imaginación le entregaban a Grecia, el Olimpo, el
Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso, tenía que
vivir en una calle estrecha y obscura, en un mísero entresuelo que se le
caía sobre la cabeza. Ciertas vecinas querían llevarla a paseo, a una
tertulia y a los teatros extraviados que ellas frecuentaban. La pobreza
en Madrid tiene que ser o resignada o cursi. Aquellas vecinas eran
cursis. Anita no podía sufrirlas; le daban asco ellas, su tertulia y sus
teatros. Pronto la llamaron el comino orgulloso, la mona sabia. Los seis
meses de aldea los pasaba mucho mejor, aun con ser aquel lugar el de su
antiguo cautiverio y el de la aventura de la barca, y la calumnia
subsiguiente. Pero de cuantos podrían recordarle aquella _vergüenza_,
sólo veía ella al señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don
Carlos y miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger
los frutos.

Cuando don Carlos decidió vivir en Loreto todo el año, para hacer
economías, Ana le besó en los ojos y en la boca y fue por un día entero
la niña expansiva y alegre que había empezado a brotar antes de ser
trasplantada al invernadero pedagógico de doña Camila. Otros años se
llevaba a la aldea algún cajón de libros; esta vez se mandó con el
maragato la biblioteca entera, el orgullo legítimo de don Carlos.

Un día de sol, en Mayo, Ana que se preparaba a una vida nueva, por
dentro, cantaba alegre limpiando los estantes de la biblioteca en la
quinta. Colocaba en los cajones los libros, después de sacudirles el
polvo, por el orden señalado en el catálogo escrito por don Carlos.

Vio un tomo en francés, forrado de cartulina amarilla; creyó que era una
de aquellas novelas que su padre le prohibía leer y ya iba a dejar el
libro cuando leyó en el lomo: _Confesiones de San Agustín_.

¿Qué hacía allí San Agustín?

Don Carlos era un libre-pensador que no leía libros de santos, ni de
curas, ni de _neos_, como él decía. Pero San Agustín era una de las
pocas excepciones. Le consideraba como filósofo.

Ana sintió un impulso irresistible; quiso leer aquel libro
inmediatamente. Sabía que San Agustín había sido un pagano libertino, a
quien habían convertido voces del cielo por influencia de las lágrimas
de su madre Santa Mónica. No sabía más. Dejó caer el plumero con que
sacudía el polvo; y en pie, bañados por un rayo de sol su cabeza pequeña
y rizada y el libro abierto, leyó las primeras páginas. Don Carlos no
estaba en casa. Ana salió con el libro debajo del brazo; fue a la
huerta. Entró en el cenador, cubierto de espesa enredadera perenne. Las
sombras de las hojuelas de la bóveda verde jugueteaban sobre las hojas
del libro, blancas y negras y brillantes; se oía cerca, detrás, el
murmullo discreto y fresco del agua de una acequia que corría despacio
calentándose al sol; fuera de la huerta sonaban las ramas de los altos
álamos con el suave castañeteo de las hojas nuevas y claras que
brillaban como lanzas de acero.

Ana leía con el alma agarrada a las letras. Cuando concluía una página,
ya su espíritu estaba leyendo al otro lado. Aquello sí que era nuevo.
Toda la Mitología era una locura, según el santo. Y el amor, aquel amor,
lo que ella se figuraba, pecado, pequeñez; un error, una ceguera. Bien
había hecho ella en vivir prevenida. Recordó que en Madrid dos
estudiantes le habían escrito cartas a que ella no contestaba. Era su
única aventura, después de la vergüenza de la barca de Trébol. El santo
decía que los niños son por instinto malos, que su perversión innata
hace gozar y reír a los que los aman; pero sus gracias son defectos; el
egoísmo, la ira, la vanidad los impulsan.

--«Es verdad, es verdad»--pensaba ella arrepentida.

Pero entonces hacía falta otra cosa. ¿Aquel vacío de su corazón iba a
llenarse? Aquella vida sin alicientes, negra en lo pasado, negra en lo
porvenir, inútil, rodeada de inconvenientes y necedades ¿iba a terminar?
Como si fuera un estallido, sintió dentro de la cabeza un «sí» tremendo
que se deshizo en chispas brillantes dentro del cerebro. Pasaba esto
mientras seguía leyendo; aún estaba aturdida, casi espantada por aquella
voz que oyera dentro de sí, cuando llegó al pasaje en donde el santo
refiere que paseándose él también por un jardín oyó una voz que le decía
«_Tole, lege_» y que corrió al texto sagrado y leyó un versículo de la
Biblia.... Ana gritó, sintió un temblor por toda la piel de su cuerpo y
en la raíz de los cabellos como un soplo que los erizó y los dejó
erizados muchos segundos.

Tuvo miedo de lo sobrenatural; creyó que iba a aparecérsele algo....
Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin madre sintió dulce corriente
que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos. Las
lágrimas agolpándose en ellos le quitaban la vista.

Y lloró sobre las _Confesiones de San Agustín_, como sobre el seno de
una madre. Su alma se hacía mujer en aquel momento.

Por la tarde acabó de leer el libro. Dejó los últimos capítulos que no
entendía.

De noche, en la biblioteca, discutían don Carlos, un clérigo de Loreto y
varios aficionados a la filosofía y a la buena sidra, que prodigaba el
arruinado Ozores por tal de tener contrincantes. Decía que pensar a
solas es pensar a medias. Necesitaba una oposición. El capellán quería
dejar bien puesto el pabellón de la Iglesia y pasar agradablemente las
noches que se hacían eternas en Loreto, aun en primavera.

Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de
gutapercha, de grandes orejas, donde había ella soñado mucho despierta,
soñaba también ahora con los ojos muy abiertos, inmóviles. Pensaba en
San Agustín; se le figuraba con gran mitra dorada y capa de raso y oro,
recorriendo el desierto en un África que poblaba ella de fieras y de
palmeras que llegaban a las nubes. Era, como en la infancia, un
delicioso imaginar; otro canto de su poema. Sólo con recordar la dulzura
de San Agustín al reconciliarse en su cátedra con un amigo que asistió a
oírle, del cual vivía separado, sentía Ana inefable ternura que le hacía
amar al universo entero en aquel obispo.

En el mismo instante juraba don Carlos que el cristianismo era una
importación de la Bactriana.

No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que había leído, pero en sus
disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos históricos,
porque contaba con la ignorancia del concurso.

El capellán no sabía lo que era la Bactriana; y así le parecía el más
ridículo y gracioso disparate la ocurrencia de traer de allí el
cristianismo.

Y muerto de risa decía:--Pero hombre, buena _Batrania_ te dé Dios;
¿dónde ha leído eso el señor Ozores?

«El capellán no era un San Agustín--pensaba Anita--; no, porque San
Agustín no bebería sidra ni refutaría tan mal argumentos como los de su
padre. No importaba, el clérigo tenía razón y eso bastaba; decía grandes
verdades sin saberlo». Don Carlos en aquel momento se puso a defender a
los maniqueos.

--Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que creer
en Jehová Eloïm que era un déspota, un dictador, un polaco.

«¡Su padre era maniqueo! Buenos ponía a los maniqueos San Agustín, que
también había creído errores así. Pero su padre llegaría a convertirse;
como ella, que tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios
y en el santo obispo de Hiponax».

Después, buscando en la biblioteca, halló el _Genio del Cristianismo_,
que fue una revelación para ella. Probar la religión por la belleza, le
pareció la mejor ocurrencia del mundo. Si su razón se resistía a los
argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y
con ella el albedrío.

--«Valiente mequetrefe era el señor Chateaubriand, según don Carlos. Él
tenía sus obras porque el estilo no era malo».--Se hablaba muy mal de
Chateaubriand por aquel tiempo en todas partes. Después leyó Ana _Los
Mártires_. Ella hubiera sido de buen grado Cimodocea, su padre podía
pasar por un Demodoco bastante regular, sobre todo después de su viaje a
Italia que le había hecho pagano. Pero ¿Eudoro? ¿dónde estaba Eudoro?
Pensó en Germán. ¿Qué habría sido de él?

Difícil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que
hablasen, para bien se entiende, de religión. Un tomo del _Parnaso
Español_ estaba consagrado a la poesía religiosa. Los más eran versos
pesados, obscuros, pero entre ellos vio algunos que le hicieron mejor
impresión que el mismo Chateaubriand. Unas quintillas de Fray Luis de
León comenzaban así:

        Si quieres, como algún día,
        alabar rubios cabellos,
        alaba los de María,
        más dorados y más bellos
        que el sol claro al mediodía.

El poeta eclesiástico que olvidaba otros cabellos para alabar los de
María, le pareció sublime en su ternura; aquellos cinco versos
despertaron en el corazón de Ana lo que puede llamarse el _sentimiento
de la Virgen_, porque no se parece a ningún otro. Y aquella fue su
locura de amor religioso.

María, además de Reina de los Cielos, era una Madre, la de los
afligidos. Aunque se le hubiese presentado no hubiera tenido miedo. La
devoción de la Virgen entró con más fuerza que la de San Agustín y la de
Chateaubriand en el corazón de aquella niña que se estaba convirtiendo
en mujer. El Ave María y la Salve adquirieron para ella nuevo sentido.
Rezaba sin cesar. Pero no bastaba aquello, quería más, quería inventar
ella misma oraciones.

Don Carlos tenía también el _Cantar de los cantares_, en la versión
poética de San Juan de la Cruz. Estaba entre los libros prohibidos para
Anita.

--A mí no me la dan--decía don Carlos guiñando un ojo--; esta _amada_
podrá ser la Iglesia, pero... yo no me fío... no me fío....

Y disparataba sin conciencia; porque él, incapaz de calumniar a sus
semejantes, cuando se trataba de santos y curas creía que no estaba de
más.

Ana leyó los versos de San Juan y entonces sintió la lengua expedita
para improvisar oraciones; las recitaba en verso en sus paseos
solitarios por el monte de Loreto que olía a tomillo y caía a pico sobre
el mar.

Versos _a lo San Juan_, como se decía ella, le salían a borbotones del
alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados; y hablaba
con la Virgen de aquella manera.

Notaba Anita, excitada, nerviosa--y sentía un dolor extraño en la cabeza
al notarlo--una misteriosa analogía entre los versos de San Juan y
aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al subir por el monte.

Verdad era que de algún tiempo a aquella parte su pensamiento, sin que
ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las cosas,
y por todas sentía un cariño melancólico que acababa por ser una jaqueca
aguda.

Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín que su padre
quiso que bebiera detrás del café, Anita salió sola, con el proyecto de
empezar a escribir un libro, allá arriba, en la hondonada de los pinos
que ella conocía bien; era _una obra_ que días antes había imaginado,
una colección de poesías «A la Virgen».

Don Carlos le permitía pasear sin compañía cuando subía al monte de los
tomillares por la puerta del jardín; por allí no podía verla nadie, y al
monte no se subía más que a buscar leña.

Aquel día su paseo fue más largo que otras veces. La cuesta era ardua,
el camino como de cabras; pavorosos acantilados a la derecha caían a
pico sobre el mar, que deshacía su cólera en espuma con bramidos que
llegaban a lo alto como ruidos subterráneos. A la izquierda los
tomillares acompañaban el camino hasta la cumbre, coronada por pinos
entre cuyas ramas el viento imitaba como un eco la queja inextinguible
del océano. Ana subía a paso largo. El esfuerzo que exigía la cuesta la
excitaba; se sentía calenturienta; de sus mejillas, entonces siempre
heladas, brotaba fuego, como en lejanos días. Subía con una ansiedad
apasionada, como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba.

Después de un recodo de la senda que seguía, Ana vio de repente nuevo
panorama; Loreto quedó invisible. Enfrente estaba el mar, que antes oía
sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde el puerto, más pacífico,
más solemne; desde allí las olas no parecían sacudidas violentas de una
fiera enjaulada, sino el ritmo de una canción sublime, vibraciones de
placas sonoras, iguales, simétricas, que iban de Oriente a Occidente. En
los últimos términos del ocaso columbraba un anfiteatro de montañas que
parecían escala de gigantes para ascender al cielo; nubes y cumbres se
confundían, y se mandaban reflejados sus colores. En lo más alto de
aquel _cumulus_ de piedra azulada Ana divisó un punto; sabía que era un
santuario. Allí estaba la Virgen. En aquel momento todos los celajes del
ocaso se rasgaban brotando luz de sus entrañas para formar una aureola
a la Madre de Dios, que tenía en aquella cima su templo. La puesta del
sol era una apoteosis. Las velas de las lanchas de Loreto, hundidas en
la sombra del monte, allá abajo, parecían palomas que volaban sobre las
aguas.

Al fin llegó Ana a la _hondonada de los pinos_. Era una cañada entre dos
lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy lucidos
del árbol que le daba nombre. El cauce de un torrente seco dejaba ver su
fondo de piedra blanquecina en medio de la cañada; un pájaro, que a la
niña se le antojó ruiseñor, cantaba escondido en los arbustos de la loma
de poniente. Ana se sentó sobre una piedra cerca del cauce seco. Se
creía en el desierto. No había allí ruido que recordara al hombre. El
mar, que ya no veía ella, volvía a sonar como murmullo subterráneo; los
pinos sonaban como el mar y el pájaro como un ruiseñor. Estaba segura de
su soledad. Abrió un libro de memorias, lo puso en sus rodillas, y
escribió con lápiz en la primera página: «A la Virgen».

Meditó, esperando la inspiración sagrada.

Antes de escribir dejó hablar al pensamiento.

Cuando el lápiz trazó el primer verso, ya estaba terminada, dentro del
alma, la primera estancia. Siguió el lápiz corriendo sobre el papel,
pero siempre el alma iba más deprisa; los versos engendraban los versos,
como un beso provoca ciento; de cada concepto amoroso y rítmico brotaban
enjambres de ideas poéticas, que nacían vestidas con todos los colores y
perfumes de aquel decir poético, sencillo, noble, apasionado.

Cuando todavía el pensamiento seguía dictando a borbotones, tuvo la mano
que renunciar a seguirle, porque el lápiz ya no podía escribir; los
ojos de Ana no veían las letras ni el papel, estaban llenos de lágrimas.
Sentía latigazos en las sienes, y en la garganta mano de hierro que
apretaba.

Se puso en pie, quiso hablar, gritó; al fin su voz resonó en la cañada;
calló el supuesto ruiseñor, y los versos de Ana, recitados como una
oración entre lágrimas, salieron al viento repetidos por las resonancias
del monte. Llamaba con palabras de fuego a su Madre Celestial. Su propia
voz la entusiasmó, sintió escalofríos, y ya no pudo hablar: se doblaron
sus rodillas, apoyó la frente en la tierra. Un espanto místico la dominó
un momento. No osaba levantar los ojos. Temía estar rodeada de lo
sobrenatural. Una luz más fuerte que la del sol atravesaba sus párpados
cerrados. Sintió ruido cerca, gritó, alzó la cabeza despavorida... no
tenía duda, una zarza de la loma de enfrente se movía... y con los ojos
abiertos al milagro, vio un pájaro obscuro salir volando de un matorral
y pasar sobre su frente.



--V--


La señorita doña Anunciación Ozores había llegado a los cuarenta y siete
años sin salir de la provincia de Vetusta. Era por consiguiente una gran
molestia, tal vez un peligro, aventurarse a recorrer en veinte horas de
diligencia la carretera de la costa que llegaba hasta Loreto. La
acompañaron en su viaje don Cayetano Ripamilán, canónigo respetable por
su condición y sus años, y una antigua criada de los Ozores.

Había muerto don Carlos de repente, de noche, sin confesión, sin ningún
sacramento. El médico decía que algún derrame, algún vaso....
Materialismo puro. Doña Anuncia veía la mano de Dios que castiga sin
palo ni piedra. Esto no impidió que durante el viaje manifestase la
señorita de Ozores, vestida de riguroso luto, un dolor apenas mitigado
por la resignación cristiana.

«Ana, la hija de la modista, había caído en cama; estaba sola, en poder
de criados; no había más remedio que ir a recogerla. Ante aquella muerte
concluían las diferencias de familia».

--«Muerto el perro se acabó la rabia»,--había dicho uno de los nobles de
Vetusta.

Doña Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de muerte.
Era una fiebre nerviosa; una crisis terrible, había dicho el médico; la
enfermedad había coincidido con ciertas transformaciones propias de la
edad; propias sí, pero delante de señoritas no debían explicarse con la
claridad y los pormenores que empleaba el doctor. Don Cayetano podía
oírlo todo, pero doña Anuncia hubiera preferido metáforas y perífrasis.
«El desarrollo contenido», «la crítica y misteriosa metamorfosis», «la
crisálida que se rompe», todo eso estaba bien; pero el médico añadía
unos detalles que doña Anuncia no vacilaba en calificar de groseros.

--«¡Qué gentes trataba mi hermano!»--decía poniendo los ojos en blanco.

Quince días había vivido sola en poder de criados aquella pobre niña,
huérfana y enferma, pues doña Anuncia no se decidió a emprender el viaje
de las veinte horas hasta que se le pidió esta obra de caridad en nombre
de su sobrina moribunda. Ana estaba ya enferma cuando la sobrecogió la
catástrofe. Su enfermedad era melancólica; sentía tristezas que no se
explicaba. La pérdida de su padre la asustó más que la afligió al
principio. No lloraba; pasaba el día temblando de frío en una
somnolencia poblada de pensamientos disparatados. Sintió un egoísmo
horrible lleno de remordimientos. Más que la muerte de su padre le dolía
entonces su abandono, que la aterraba. Todo su valor desapareció; se
sintió esclava de los demás. No bastaba la fuerza de sufrir en silencio,
ni el refugiarse en la vida interior; necesitaba del mundo, un asilo.
Sabía que estaba muy pobre. Su padre, pocos meses antes de morir, había
vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta. Aquel era el
último resto de su herencia. El producto de tan mala venta había servido
para pagar deudas antiguas. Pero quedaban otras. La misma quinta estaba
hipotecada y su valor no podía sacar a nadie de apuros. En manos del
filósofo no había hecho más que ir perdiendo.

--«Es decir, que estoy casi en la miseria».

Sus derechos de orfandad, que le dijeron que serían una ayuda irrisoria,
poco más que nada, tardaría en cobrarlos; no tenía quien le explicase
cómo y dónde se pedían. Estaba sola, completamente sola; ¿qué iba a ser
de ella? Los amigos del filósofo no le sirvieron de nada. No sabían más
que discutir. El capellán no apareció por allí; la muerte repentina de
don Carlos olía un poco a azufre.

Un día, tres o cuatro después de enterrado su padre, Ana quiso
levantarse y no pudo. El lecho la sujetaba con brazos invisibles. La
noche anterior se había dormido con los dientes apretados y temblando de
frío. Había querido escribir a sus tías de Vetusta y no había podido
coordinar las palabras; hasta dudaba de su ortografía.

Tuvo pesadillas, y aunque hizo esfuerzos para no declararse enferma, el
mal pudo más, la rindió. El médico habló de fiebre, de grandes cuidados
necesarios; le hizo preguntas a que ella no sabía ni quería contestar.
Estaba sola y era absurdo. El doctor dijo que no tenía con quien
entenderse; añadió pestes de la incuria de los criados.

--«La dejarán a usted morir, hija mía».

Ana dio gritos, se asustó mucho, se sintió muy cobarde; llorando y con
las manos en cruz pidió que llamaran a sus tías, unas hermanas de su
padre que vivían en Vetusta y que tenía entendido que eran muy buenas
cristianas.

Las tías sentían un vago remordimiento por la compra del caserón.
Comprendían que valía más, mucho más de lo que habían pagado por él,
abusando de la situación apurada de don Carlos, que además era un
aturdido en materia de intereses. ¡Él, que había renegado de la fe de
los Ozores!--«Por no ser víctima de una mixtificación».

Se presentaba ocasión de tranquilizar la conciencia amparando a la
desventurada hija del hermano de sus pecados.

Doña Anuncia pudo apreciar mejor la grandeza de su buena obra cuando vio
que Ana «estaba en la calle» o poco menos. La quinta que ellas habían
imaginado digna de un Ozores, aunque fuese extraviado, era una casa de
aldea muy pintada, pero sin valor, con una huerta de medianas
utilidades. Y además estaba sujeta a una deuda que mal se podría enjugar
con lo que ella valía. Estaba fresca Anita. Ni rico había sabido hacerse
el infeliz ateo. ¡Perder el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra!
Negocio redondo. Pero, en fin, a lo hecho pecho.

Había echado sobre sus hombros una carga bien pesada: mas ¿quién no
tiene su cruz?

Ana tardó un mes en dejar el lecho.

Pero doña Anuncia se aburría en Loreto, donde no había sociedad; y el
viaje, la vuelta a Vetusta, se precipitó contra los consejos del
mediquillo grosero, que prodigaba los términos técnicos más
transparentes.

En cuanto llegaron a Vetusta, la huérfana tuvo «un retraso en su
convalecencia», según el médico de la casa, que era comedido y no
llamaba las cosas por su nombre.

El retraso fue otra fiebre en que la vida de Ana peligró de nuevo.

Las señoritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el juicio
que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana
hasta poder reunir datos suficientes. Mientras la joven estuvo entre la
vida y la muerte, doña Anuncia encontró irreprochable su conducta.

En honor de la verdad, nada había que decir contra su educación ni
contra su carácter: hacía muy buena enferma. No pedía nada; tomaba todo
lo que le daban, y si se le preguntaba:

--¿Cómo estás, Anita?

--Algo mejor, señora--contestaba la joven siempre que podía.

Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a
veces no oía siquiera.

Durante la nueva convalecencia no fue impertinente.

No se quejaba; todo estaba bien; no se permitía excesos.

En el círculo aristocrático de Vetusta, a que pertenecían naturalmente
las señoritas de Ozores, no se hablaba más que de la abnegación de estas
santas mujeres.

Glocester, o sea don Restituto Mourelo, canónigo raso a la sazón, decía
con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqués de Vegallana:

--Señores, esta es la virtud antigua; no esa falsa y gárrula filantropía
moderna. Las señoritas de Ozores están llevando a cabo una obra de
caridad que, si quisiéramos analizarla detenidamente, nos daría por
resultado una larga serie de buenas acciones. No sólo se trata de echar
sobre sí la enorme carga de mantener, y creo que hasta vestir y calzar,
a una persona que las sobrevivirá, según todas las probabilidades, carga
que es de por vida o vitalicia por consiguiente; sino que además esa
joven representa una abdicación, que me abstengo de calificar, una
abdicación de su señor padre....

--Una abdicación abominable--se atrevió a decir un barón tronado.

--Abominable--añadió Glocester inclinándose--. Representa una alianza
nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de los Ozores, se mezcló
en mal hora con sangre plebeya; y lo que es lo peor... según todos
sabemos, representa esa niña la poco meticulosa moralidad de su madre,
de su infausta....

--Sí, señor--interrumpió la marquesa de Vegallana, que no toleraba los
discursos de Glocester--; sí señor, su madre era una perdida, corriente;
pero la chica se presenta bien, según dicen sus tías; es muy dócil y muy
callada.

--Ya lo creo que calla; como que no puede hablar aún de pura debilidad.

Esto lo dijo el médico de la aristocracia, don Robustiano, que asistía a
Anita.

Aquella noche se acordó en la tertulia acoger a la hija de don Carlos
como una Ozores, descendiente de la mejor nobleza. No se hablaría para
nada de su madre; esto quedaba prohibido, pero ella sería considerada
como sobrina de quien tantos elogios merecía.

Gran consuelo recibieron doña Anuncia y doña Águeda al saber por el
médico esta resolución de la nobleza vetustense.

Ana estaba muchas horas sola. Sus tías tenían costumbre de
trabajar--hacer calceta y colcha--en el comedor; la alcoba de la
sobrina estaba al otro extremo de la casa.

Además, las ilustres damas pasaban mucho tiempo fuera del triste caserón
de sus mayores. Visitaban a lo mejor de Vetusta, sin contar la visita al
Santísimo y la Vela, que les tocaba una vez por semana. Asistían a todas
las novenas, a todos los sermones, a todas las cofradías, y a todas las
tertulias de buen tono. Comían dos o tres veces por semana fuera de
casa. Lo más del tiempo lo empleaban en pagar visitas. Esta era la
ocupación a que daban más importancia entre todas las de su atareada
existencia. No pagar una visita _de clase_, les parecía el mayor crimen
que se podía cometer en una sociedad civilizada. Amaban la religión,
porque éste era un timbre de su nobleza, pero no eran muy devotas; en su
corazón el culto principal era el de la clase, y si hubieran sido
incompatibles la Visita a la Corte de María y la tertulia de Vegallana,
María Santísima, en su inmensa bondad, hubiera perdonado, pero ellas
hubieran asistido a la tertulia.

La etiqueta, según se entendía en Vetusta, era la ley por que se
gobernaba el mundo; a ella se debía la armonía celeste.

Suprimida la etiqueta, las estrellas chocarían y se aplastarían
probablemente. ¿Qué sabía de estas cosas la sobrinita? Esta era la
cuestión. Las miradas de doña Águeda, algo más gruesa, más joven y más
bondadosa que su hermana, iban cargadas de estas preguntas cuando se
clavaban en Anita al darle un caldo.

La huérfana sonreía siempre; daba las gracias siempre. Estaba conforme
con todo. Las tías veían con impaciencia que se prolongaba aquel estado.
La niña no acababa de sanar, ni recaía; no se presentaba ninguna
solución. Además, así no se podía conocer su verdadero carácter. Aquella
sumisión absoluta podía ser efecto de la enfermedad. Don Robustiano dijo
que eso era.

Una tarde, tal vez creyendo que dormía la sobrinilla o sin recordar que
estaba cerca, en el gabinete contiguo a su alcoba hablaron las dos
hermanas de un asunto muy importante.

--Estoy temblando, ¿a qué no sabes por qué?--decía doña Anuncia.

--¿Si será por lo mismo que a mí me preocupa?

--¿Qué es?--Si esa chica...--Si aquella vergüenza...--¡Eso!--¿Te
acuerdas de la carta del aya?

--Como que yo la conservo.--Tenía la chiquilla doce o catorce años,
¿verdad?

--Algo menos, pero peor todavía.

--Y tú crees... que...--¡Bah! Pues claro.--¿Si será una Obdulita?

--O una Tarsilita. ¿Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel lance con
aquel cadete, y después con Alvarito Mesía no sé qué amoríos?

--Todo era inocencia--decían los bobalicones de aquí.

--Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene así los amantes
(juntando y separando los dedos.)

--Si es claro, si genio y figura...--Cuando falta una base firme...
--¡Si sabrá una!...--¿Pues, Obdulita? Ya ves lo que se dijo el año
pasado; después se negó, se aseguró que era una calumnia...--¡A mí,
que soy tambor de marina!

--¡Si sabrá una!--¡Si una hubiera querido! Y suspiró esta señorita de
Ozores. Suspiró su hermana también.

Ana que descansaba, vestida, sobre su pobre lecho, saltó de él a las
primeras palabras de aquella conversación. Pálida como una muerta, con
dos lágrimas heladas en los párpados, con las manos flacas en cruz, oyó
todo el diálogo de sus tías.

No hablaban a solas como delante de los señores _de clase_; no eran
prudentes, no eran comedidas, no rebuscaban las frases. Doña Anuncia
decía palabras que la hubieran escandalizado en labios ajenos. La
conversación tardó en volver al pecado de Ana, a la vergüenza de que les
hablaba la carta de doña Camila. La huérfana oía, desde su alcoba,
historias que sublevaban su pudor, que le enseñaban mil desnudeces que
no había visto en los libros de Mitología. Pero aquellas mujeres ya se
habían olvidado de ella. Tarsila, Obdulia, Visitación, otro pimpollo que
se escapaba por el balcón en compañía de su novio, la misma marquesa de
Vegallana, sus hijas, sus sobrinas de la aldea, todo Vetusta, la de
clase inclusive, salía allí a la vergüenza, en aquella venganza
solitaria de las dos señoritas incasables de Ozores. En aquel mundo de
flaquezas, de escándalos, ¿quién recordaba ya la aventura, poco conocida
al cabo, de la sobrinilla enferma?

Volvieron sin embargo las solteronas al punto de partida; según ellas,
se trataba de un marinero que había abusado de la inocencia o de la
precocidad de la niña. Se discutió, como en el casino de Loreto, la
verosimilitud del delito desde el punto de vista fisiológico. Hablaron
aquellas señoritas como dos comadronas matriculadas. ¡Qué riqueza de
datos! ¡Qué empirismo tan provisto de documentos! Doña Anuncia tenía la
boca llena de agua. Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana
que estaba a los pies de su butaca.

«En cuanto a la moral, tampoco era el caso grave, porque en Vetusta
nadie debía de saber nada. Lo malo sería que aquella muchacha hubiera
seguido con vida tan disoluta. Pero no había motivo para creerlo. Nada
más habían sabido que la condenase. Sobre todo, pronto se había de ver».

Ana, que tuvo valor para sufrir hasta la última palabra, comprendió que
sus tías lo perdonaban todo menos las apariencias: que con tal de ser en
adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese. Cómo eran
ellas ya lo iba conociendo. Pero estudiaría más.

Había habido algunos minutos de silencio.

Doña Águeda lo rompió diciendo:

--Y yo creo que la chica, si se repone, va a ser guapa.

--Creo que era algo raquítica, por lo menos estaba poco desarrollada....

--Eso no importa; así fuí yo, y después que...--Ana sintió brasas en las
mejillas--empecé a engordar, a comer bien y me puse como un rollo de
manteca.

Y suspiró otra vez doña Águeda, acordándose del rollo que había sido.

Doña Anuncia había tenido sus motivos para no engordar: unos amores
románticos rabiosos. De aquellos amores le habían quedado varias
canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella misma
acompañaba con la guitarra. Una de las canciones comenzaba diciendo:

        Esa luna que brilla en el cielo
        melancólicamente me inspira:
        es el último son de mi lira
        que por última vez resonó.

Se trataba de un condenado a muerte.

El bello ideal de doña Anuncia había sido siempre un viaje a Venecia con
un amante; pero una vez que el siglo estaba _metalizado_ y las muchachas
no sabían enamorarse, ella quería utilizar, si era posible, la hermosura
de Ana, que si se alimentaba bien sería guapa como su padre y todos los
Ozores, pues lo traían de raza. Sí, era preciso darle bien de comer,
engordarla. Después se le buscaba un novio. Empresa difícil, pero no
imposible. En un noble no había que pensar. Estos eran muy finos, muy
galantes con las de su clase, pero si no tenían dote se casaban con las
hijas de los americanos y de los pasiegos ricos. Lo sabían ellas por una
dolorosa experiencia. Los chicos _innobles_, que pudiera decirse, de
Vetusta, no eran grandes proporciones; pero aunque se quisiera
apencar--apencar decía doña Águeda en el seno de la confianza--, con
algún abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrevería a enamorar
a una Ozores, aunque se muriese por ella. La única esperanza era un
americano. Los indianos deseaban más la nobleza y se atrevían más,
confiaban en el prestigio de su dinero. Se buscaría por consiguiente un
americano. Lo primero era que la chica sanase y engordase.

Ana comprendió su obligación inmediata; sanar pronto.

La convalecencia iba siendo impertinente. Toda su voluntad la empleó en
procurar cuanto antes la salud.

Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya oportuno,
ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo. A no haber oído
aquella conversación de las tías, la pobre huérfana no se hubiera
atrevido a comer mucho, aunque tuviera apetito, por no aumentar el peso
de aquella carga: ella. Pero ya sabía a qué atenerse. Querían engordarla
como una vaca que ha de ir al mercado. Era preciso devorar, aunque
costase un poco de llanto al principio el pasar los bocados.

La naturaleza vino pronto en ayuda de aquel esfuerzo terrible de la
voluntad. Ana quería fuerzas, salud, colores, carne, hermosura, quería
poder librar pronto a sus tías de su presencia. El cuidarse mucho, el
alimentarse bien le pareció entonces el deber supremo. El estado de su
ánimo no contradecía estos propósitos.

Aquellos accesos de religiosidad que ella había creído revelación
providencial de una vocación verdadera, habían desaparecido. Ellos
determinaron la crisis violenta que puso en peligro la vida de Ana, pero
al volver la salud no volvieron con ella: la sangre nueva no los traía.

En los insomnios, en las exaltaciones nerviosas, que tocaban en el
delirio, las visiones místicas, las intuiciones poderosas de la fe, los
enternecimientos repentinos le habían servido de consuelo unas veces y
de tormento otras. Había notado con tristeza que aquella fe suya era
demasiado vaga; creía mucho y no sabía a punto fijo en qué; su desgracia
más grande, la muerte de su padre, no había tenido consuelo tan fuerte
como ella lo esperaba en la piedad que había creído tan firme y tan
honda, aunque tan nueva. Para aquella ausencia, para la necesidad que
sentía de creer que vería a su padre en otro mundo, servíale sin embargo
la religión; pero muy poco para consuelo de los propios males, para
remediar las angustias del egoísmo asustado, de los apuros del momento
que nacían de la soledad y la pobreza. El pánico de su abandono, que fue
el sentimiento que venció a todos, no lo curaba la fe.

--«La Virgen está conmigo»--pensaba Ana en el lecho, allá en Loreto, y
acababa por llorar, por rezar fervorosamente y sentir sobre su cabeza
las caricias de la mano invisible de Dios; pero sobrevenía un ataque
nervioso, sentía la congoja de la soledad, de la frialdad ambiente, del
abandono sordo y mudo, y entonces las imágenes místicas no acudían.
Hacía falta un amparo visible. Por eso pensó en sus tías a quien no
conocía, de las que sabía poco bueno, y deseó su presencia, creyó
firmemente en la fuerza de la sangre, en los lazos de la familia.

Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que
tuvo las gastó el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poesías
sueltas. Comenzaba este componer constante, este imaginar sin tregua por
ser agradable entretenimiento y además halagaba su vanidad; pero al fin
era un tormento. Todo lo que imaginaba le parecía excelente, y al
contemplar la belleza que acababa de crear, la admiraba tanto que
lloraba enternecida, lloraba lo mismo que cuando pensaba en el amor del
Niño Jesús y de su Santa Madre. En algunos momentos de reflexión serena
examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones. Tan
profunda y sinceramente enternecida se sentía al contemplar la belleza
artística que ella creaba, como contemplando la hermosura de la idea de
Dios. ¿Sería que uno y otro sentimiento eran religiosos? ¿O era que en
la vanidad, en el egoísmo estaba la causa de aquel enternecimiento? De
todas suertes ella padecía mucho. Se le figuraba que toda la vida se le
había subido a la cabeza; que el estómago era una máquina parada, y el
cerebro un horno en que ardía todo lo que ella era por dentro. El pensar
sin querer, contra su voluntad, algo complicado, original, delicado,
exquisito, llegó a causarle náuseas, y se le antojó envidiar a los
animales, a las plantas, a las piedras.

En la convalecencia de la segunda fiebre, en Vetusta, volvió esta
actividad indomable del pensamiento a molestarla; pero poco después de
comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, notó que
unas ruedas que le daban vueltas dentro del cráneo se movían más
despacio y con armónico movimiento. Ya no imaginaba tantos héroes y
heroínas, y los que le quedaban en la cabeza eran menos fantásticos, sus
sentimientos menos alambicados, y se complacía en describir su belleza
exterior; los colocaba en parajes deliciosos y pintorescos y acababan
todas las aventuras en batallas o en escenas de amor.

Al despertar todas las mañanas se sorprendía Anita con una sonrisa en el
alma y una plácida pereza en el cuerpo. Las tías le permitían levantarse
tarde, y gozaba con delicia de aquellas horas. Para ella su lecho no
estaba ya en aquel caserón de sus mayores, ni en Vetusta, ni en la
tierra; estaba flotando en el aire, no sabía dónde. Ella se dejaba
columpiar dentro de la blanda barquilla en aquel navegar aéreo de sus
ensueños.... Y mientras los personajes de su fantasía se decían ternezas,
ella les preparaba un suculento almuerzo en un jardín de fragancias
purísimas y penetrantes. Ana aspiraba con placer voluptuoso los aromas
ideales de sus visiones turgentes.

Algunas veces, por desgracia, el príncipe ruso vestido con pieles finas
o el noble escocés que lucía torneada y robusta pantorrilla con media de
cuadros brillantes, se convertían de repente en un caballero enfermo del
hígado, pálido, delgado, tocado con sombrero de jipijapa, que se
despedía de la señora de sus pensamientos diciendo:

--«Adiosito. Ahorita vuelvo»,--con un balanceo de hamaca en los
diminutivos. Era el indiano que veían en lontananza ella y las tías.

Doña Águeda era muy buena cocinera; conocía el empirismo del arte, y
además lo profesaba por principios. Sabía de memoria «_El Cocinero
Europeo_», un libro que contiene el arte de confeccionar todos los
platos de las cocinas inglesa, francesa, italiana, española y otras.
Pero salía por un ojo de la cara el guisar como el _Europeo_, según doña
Águeda. Cuando se trataba de una gran comida o merienda de la
aristocracia, ella dirigía las operaciones en la cocina del marqués de
Vegallana y entonces recurría al _Europeo_. En su casa había muy poco
dinero y allí se contentaba con las recetas que heredara de sus mayores.
Maravillas y primores de la cocina casera comió Anita en cuanto el
estómago pudo tolerarlas. Doña Águeda con unos ojos dulzones,
inútilmente grandes, que nadie había querido para sí, miraba extasiada a
la convaleciente que iba engordando a ojos vistas, según las de Ozores.
Mientras la joven saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la
cocinera a cada bocado, doña Águeda, satisfecha en lo más profundo de su
vanidad, pasaba la mano pequeña y regordeta con dedos como chorizos
llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castaño de la
sobrinita de sus pecados, como ella decía. El artista y su obra se
dedicaban mutuas sonrisas entre plato y plato.

Doña Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y traía lo
mejor de lo más barato. Ayudábala a comprar bien un antiguo catedrático
de psicología, lógica y ética, gran partidario de la escuela escocesa y
de los embutidos caseros. No se fiaba mucho ni del testimonio de sus
sentidos ni de las longanizas de la plaza. Era muy amigo de doña Anuncia
y la ayudaba a regatear.

La solterona después del mercado recorría las casas de la nobleza para
pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana daban ejemplo
al mundo.

--Si ustedes la vieran--decía--está desconocida; se la ve engordar.
Parece un globo que se va hinchando poco a poco. Verdad es que aquella
Águeda tiene unas manos.... En fin, ustedes saben por experiencia cómo
guisa mi hermanita. Yo me desvivo por la niña. En casa no entendemos la
caridad a medias. Todos los días se ve recoger a un pariente pobre,
¿para qué? para ahorrar un criado o una doncella; se le arroja un
mendrugo y no se le paga soldada. Pero nosotras entendemos la caridad de
otro modo. En fin, ustedes verán a la niña. Y que va a ser guapa. Ya
verán ustedes.

En efecto, la nobleza iba en romería a ver el prodigio, a ver engordar a
la niña.

El elemento masculino notó mucho antes que el femenino la extraordinaria
belleza de Anita. Pocos meses después de la fiebre, Ana había crecido
milagrosamente, sus formas habían tomado una amplitud armónica que tenía
orgullosa a la nobleza vetustense. La verdad era que el tipo
aristocrático no se perdía, pese a la chusma que no quiere clases.
Aquella niña en cuanto la habían separado de una vida vulgar, en poder
de un padre extraviado y liberalote, y la habían alimentado bien, había
recobrado el tipo de la raza. Se votó por unanimidad que era
hermosísima. La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media
era de igual parecer. En poco tiempo se consolidó la fama de aquella
hermosura y Anita Ozores fue por aclamación la muchacha más bonita del
pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la
catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de
Ozores. Eran las tres maravillas de la población.

Doña Águeda agradecía este triunfo como Fidias pudiera haber agradecido
la admiración que el mundo tributó a su Minerva.

--¡Es una estatua griega!--había dicho la marquesa de Vegallana, que se
figuraba las estatuas griegas según la idea que le había dado un
adorador suyo, amante de las formas abultadas.

--¡Es la Venus _del Nilo_!--decía con embeleso un pollastre llamado
Ronzal, alias el Estudiante.

--Más bien que la de Milo la de Médicis--rectificaba el joven y ya sabio
Saturnino Bermúdez, que sabía lo que quería decir, o poco menos.

--¡Es _un_ Fidias!--exclamaba el marqués de Vegallana, que había viajado
y recordaba que se decía: «un Zurbarán», «un Murillo», etc., etc.,
tratándose de cuadros.

Y Bermúdez se atrevía a rectificar también:

--En mi opinión más parece de Praxíteles.

El marqués se encogía de hombros.

--Sea Praxíteles. Las señoras eran las que podían juzgar mejor, porque
muchas de ellas habían conseguido ver a Anita como se ven las estatuas.
No sabían si era _un_ Fidias o _un_ Praxíteles, pero sí que era una real
moza; un _bijou_, decía la baronesa tronada que había estado ocho días
en la Exposición de París.

Su belleza salvó a la huérfana. Se la admitió sin reparo en _la clase_,
en la intimidad de la clase por su hermosura. Nadie se acordaba de la
modista italiana.--Tampoco Ana debía mentarla siquiera, según orden
expresa de las tías--. Se había olvidado todo, incluso el republicanismo
del padre, todo: era un perdón general. Ana era de la clase; la honraba
con su hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la
caballeriza y hasta la casa de un potentado.

Las señoritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre. Para
ellas la hermosura era cosa secundaria; daban más valor a la dote y a
los vestidos, y creían que las proporciones--los novios
aceptables--harían lo mismo. Sabían a qué atenerse. En las tertulias, en
los bailes, en las excursiones campestres no le faltarían a _la sobrina_
adoradores; los muchachos de la aristocracia eran casi todos libertinos
más o menos disimulados; les atraería la hermosura de Ana, pero no se
casarían con ella. Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado que
prohibir a su novio formal--el futuro esposo--_hacer el amor_ a la
huérfana, a lo menos en presencia de su futura. Si Anita se descuidaba,
pensaban las herederas, podía verse comprometida sin ninguna utilidad.
Dentro de la nobleza no era probable que se casara. Los nobles ricos
buscaban a las aristócratas ricas, sus iguales; los nobles pobres
buscaban su acomodo en la parte nueva de Vetusta, en la Colonia india,
como llamaban al barrio de los americanos los aristócratas. Un indiano
plebeyo, un _vespucio_--como también los apellidaban--pagaba caro el
placer de verse suegro de un título, o de un caballero linajudo por lo
menos.

El cálculo de las tías respecto al matrimonio de Ana no se había
modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por guapa no se
casaría con un noble; era preciso abdicar, dejarla casarse con un
ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha vigilancia y tener
advertida a la niña.

--En el gran mundo de Vetusta--decía doña Anuncia--es preciso un ten
con ten muy difícil de aprender.

Aunque la explicación de este equilibrio o ten con ten era un poco
embarazosa, y más para una señorita que oficialmente debía ignorarlo
todo, y en este caso estaba doña Anuncia, convinieron las hermanas en
que era indispensable dar instrucciones a la chica.

Pocas veces se permitía Ana manifestar deseos, gustos o repugnancias, y
menos estas, tratándose de los gustos y predilecciones de sus tías; pero
una noche no pudo menos de expresar su opinión al volver sola de la
tertulia íntima de Vegallana.

--¿Te has divertido mucho?--preguntó doña Anuncia, que se había quedado
en el comedor, junto a la gran chimenea, leyendo el folletín de _Las
Novedades_. (Era liberal en materia de folletines.)

--No, señora; no me he divertido. Y no quisiera volver allá sin alguna
de ustedes. Cuando voy sola....

--¿Qué?--exclamó doña Anuncia, invitando a su sobrina con el tono áspero
de aquel monosílabo a que no profiriese censura de ningún género contra
la tertulia de su predilección.

--Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos.

No era esto lo que quería decir. Bien lo comprendió su tía; pero quería
más claridad y replicó:

--¡Aburren!¡Aburren! Explíquese usted, señorita. ¿Es que le parece poco
fina la sociedad de Vetusta?

Por el usted y la ironía comprendió Ana que doña Anuncia se había
disgustado.

--No es eso, tía; es que hay algunos... muy atrevidos.... No sé qué se
figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, huraña....

--Claro que no...--Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia les
consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero.

--Ni yo quiero tampoco que tú te compares con Obdulia. Ella es... una
cualquier cosa, que no sé cómo la admiten en la tertulia; y por darse
tono, por decir que es íntima de la marquesa y de sus hijas, pasa por
todo. Tú eres de la clase.

--Es que no sólo Obdulia es la que tolera... lo que yo no quiero
tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas....

--¡No me toques a las hijas del marqués!--gritó la tía, poniéndose en
pie y dejando caer el Werther sobre la raída alfombra.

--«Soy una bestia, pensó; debí haber callado». Cada vez que faltaba a su
propósito de no contradecir a las tías, sentía una especie de
remordimiento, como el del artista que se equivoca.

Entró doña Águeda. Había oído la conversación desde el gabinete. Las dos
hermanas se miraron. Era llegada la ocasión de explicar lo del ten con
ten.

--Oye, Anita--dijo con voz meliflua la perfecta cocinera--; tú eres una
niña; y aunque nosotras poco sabemos del mundo, tenemos alguna
experiencia, por lo que se observa.

--Eso es; por lo que observamos en los demás.

--En el mundo en que has entrado, y al que perteneces de derecho, es
necesario... un ten con ten especial.

--Un ten con ten, eso.--Sobre todo en el trato con los hombres. Tú
habrás notado que en público los de la clase jamás faltan a la más
estricta y meticulosa... eso, decencia.

--Que es lo principal--dijo doña Anuncia, como quien recita el decálogo.

--Nunca habrás visto a Manolito, ni a Paquito, ni al baroncito, ni al
vizconde, ni a Mesía, que no es noble, pero anda con ellos, propasarse
en lo más mínimo.... Pero en el trato íntimo, el que no es más que de la
clase, ya es otra cosa.

--Otra cosa muy distinta--dijo doña Anuncia, comprendiendo que a ella,
por mayor en edad, le tocaba seguir explicando el ten con ten.

--Como todos somos parientes--continuó--de cerca o de lejos, nos
tratamos como tales; y ni porque se te acerquen mucho para hablarte, ni
porque hagan alusiones picarescas, y siempre llenas de gracia, a la
hermosura de tus hombros, a lo torneado de lo poco, poquísimo de
pantorrilla que te hayan visto al bajarte del coche; por nada de eso, ni
aun por algo más, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni
escandalizarte, ni darte por ofendida.

--De ninguna manera--apoyó doña Águeda.

--Lo contrario es dar a entender una malicia que no debes tener. Tu
inocencia te sirve para tolerar todo eso.

--Así hacen Pilar, Emma y Lola.

--Pero...--Pero, hija...--Pero, si lo que no es de esperar....

--De ninguna manera...--Alguno se propasase a mayores, lo que se llama
mayores, sobre todo, tomándolo en serio y obsequiándote (palabra de la
juventud de doña Anuncia), obsequiándote en regla, entonces no te fíes;
déjale decir, pero no te dejes tocar. Al que te proponga amores
formales, no le toleres pellizcos, ni nada que no sea inofensivo.
Escandalizarse es ridículo, es como no saber con qué se come alguna
cosa....

--Es una falta de educación entre la clase....

--Y tolerar demasiado es exponerse. Tú no te has de casar con ninguno de
ellos....

--Ni gana, tía--dijo Anita sin poder contenerse, pesándole en seguida de
haberlo dicho.

Doña Águeda sonrió.

--Eso de la gana te lo guardas para ti--exclamó doña Anuncia, puesta en
pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo.

--Eres muy orgullosa--añadió.

--Déjala; el que no se consuela....

--Tienes razón; están verdes. Pero lo que importa es que tú no olvides
lo que te digo. Es necesario que dejes antes de entrar en casa de la
marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque es una
impertinencia. Lo que está bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te
alaba, es que en público mantengas el severo continente que merece no
menos elogios del público que tu palmito y buen talle.

--Sí, hija mía--interrumpió doña Águeda--. Es necesario sacar partido
de los dones que el Señor ha prodigado en ti a manos llenas.

Ana se moría de vergüenza. Estos elogios eran el mayor martirio. Se
figuraba sacada a pública subasta. Doña Águeda y después su hermana
trataron con gran espacio el asunto de la cotización probable de aquella
hermosura que consideraban obra suya. Para doña Águeda la belleza de Ana
era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como
pudiera estarlo de una morcilla. Lo demás, lo que se refería a la
esbeltez, lo había hecho la raza, decía doña Anuncia, que se picaba de
esbelta, porque era delgada.

Al ventilar semejante negocio, el tipo de la trotaconventos de salón,
que sólo se diferencia de las otras en que no hace ruido, asomaba a la
figura de aquellas solteronas, como anuncio de vejez de bruja; la
chimenea arrojaba a la pared las sombras contrahechas de aquellas
señoritas, y los movimientos de la llama y los gestos de ellas producían
en la sombra un embrión de aquelarre.

Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les
gustaba, la manera de marearlos, lo que había que conceder antes, lo que
no se había de tolerar después, todo esto se discutió por largo, siempre
concluyendo con la protesta de que era hija tanta sabiduría de la
observación en cabeza ajena.

--Por lo demás, ni tu tía Águeda ni yo manifestamos nunca afición al
matrimonio.

Así fue como se le explicó a la huérfana lo del ten con ten.

Aquella noche lloró en su lecho Ana como lloraba bajo el poder de doña
Camila. Pero había cenado muy bien. Al despertar sintió la deliciosa
pereza que era casi el único placer en aquella vida. Como entonces ya no
había motivo para no madrugar y el trabajo la reclamaba en aquella casa
desde muy temprano, procuraba despertar mucho antes de lo necesario para
gozar de aquellos sueños de la mañana, rebozada con el dulce calor de
las sábanas.

Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban
los señoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la veían;
pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían
su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos
labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel
perfume. Y como la historia ha de atreverse a decirlo todo, según manda
Tácito, sépase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba
exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era
verdad, era hermosa. Comprendía aquellos ardores que con miradas unos,
con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jóvenes de
Vetusta. Pero ¿el amor? ¿era aquello el amor? No, eso estaba en un
porvenir lejano todavía. Debía de ser demasiado grande, demasiado
hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida que la ahogaba,
entre las necedades y pequeñeces que la rodeaban. Acaso el amor no
vendría nunca; pero prefería perderlo a profanarlo. Toda su resignación
aparente era por dentro un pesimismo invencible: se había convencido de
que estaba condenada a vivir entre necios; creía en la fuerza superior
de la estupidez general; ella tenía razón contra todos, pero estaba
debajo, era la vencida. Además su miseria, su abandono, la preocupaban
más que todo; su pensamiento principal era librar a sus tías de aquella
carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más
solemnemente las viejas.

Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida
trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera
decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento.

Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la
autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel
misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la
falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo
defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este
el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se
le había cortado de raíz.

Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno
de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si
hubiera visto un _rewólver_, una baraja o una botella de aguardiente.
Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos.
Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas
solteronas. «¡Una Ozores literata!».

--«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en
efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su
célebre carta».

El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la
aristocracia y del cabildo.

El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido,
declaró que los versos eran libres.

Doña Anuncia se volvía loca de ira.

--¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina....

--No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no
tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos
no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna
literata que fuese mujer de bien.

Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido
por una poetisa traductora de folletines.

El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso
buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba.

--Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan,
aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben
ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.

La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular
deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella
lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en
literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería
las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría
ella lo que era el mundo! En cuanto a la _sobrinita_, era indudable que
había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para
ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido
a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y
recordaba unas _Aventuras de una cortesana_, que había ella proyectado
allá en sus verdores, ricos de experiencia.

Tan general y viva fue la protesta del _gran mundo_ de Vetusta contra
los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y
engañada por la vanidad.

A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba,
volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el
papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del
delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales
disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus
penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma
no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba
en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.

Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en
Ana, aprovecharon este flaco para _ponerla en berlina_ delante de los
hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién--pero se creía que
Obdulia--había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los
jóvenes desairados _Jorge Sandio_.

Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún
se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas.
Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera
descubierto.

--En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir--decía el
baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.

--¿Y quién se casa con una literata?--decía Vegallana sin mala
intención--. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que
yo.

La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un
idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!»--pensaba satisfecha de lo
pasado.

--Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones--añadía el afeminado
baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:--Pues
hijo mío, serán ustedes un matrimonio _sans-culotte_.

Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la
opinión: la literata era un absurdo viviente.

--«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no
escribiría más». Pero ella se vengaba de las burlas, despreciándolas y
desdeñando los obsequios de aquellos que su orgullo tenía por majaderos
aristocráticos. Admitía el culto que se tributaba a su hermosura, pero
como algunos hombres eminentes desvanecidos, uno por uno despreciaba a
los fieles que se prosternaban ante el ídolo. Para ella eran
incompatibles el amor y cualquiera de aquellos nobles audaces antes,
cobardes ya ante su desdén supremo. Era demasiado crédula en cuanto se
refería a las cosas vanas y repugnantes del mundo en que vivía; para
tales materias prefería las advertencias de doña Anuncia al propio
criterio. Al principio se le había figurado que ella, con un poco de
arte, hubiera podido conquistar a cualquiera de aquellos nobles ricos
que se divertían con todas y se casaban con la de mayor dote. Pero le
pareció una indignidad asquerosa semejante idea; ni una sola vez trató
de ensayar sus recursos y prefirió creer a su tía: aquellos aristócratas
interesados no eran maridos posibles. Se acostumbró a esta idea y miraba
a sus amigos y parientes como a los figurines de las sastrerías: en
efecto, los veía tan enclenques de espíritu que se le antojaban de papel
marquilla.

Los _pollos_ de la aristocracia acabaron por confesar que Ana era una
excepción; o calculaba más que sus mismas tías, o era una virtud
efectiva.

--«¡Qué diablo, alguna había de haber!». Los seductores de la clase
media que anhelaban siempre _meter la cabeza_ en la aristocracia,
declararon lo mismo: «Ana era invulnerable».

--Esperará algún príncipe ruso--decía Alvarito Mesía, que vivía entre
plebeyos y nobles. Alvarito no había dicho nunca a Anita: «buenos ojos
tienes». Eran dos orgullos paralelos.

Se fue a Madrid Mesía, a cepillar un poco el provincialismo. Dejaba ya
en Vetusta muchas víctimas de su buen talle y arte de enamorar, pero los
mayores estragos pensaba hacerlos a la vuelta.

La tarde en que Álvaro tomó la diligencia, Ana había salido a paseo con
sus tías por la carretera de Madrid. Encontraron el coche. Álvaro las
vio y saludó desde la berlina. Se encontraron los ojos de Ana y de
Mesía. Se miraron como si hasta aquel momento nunca se hubieran visto
bien.

--«Buenos ojos--pensó el Tenorio--no sabía yo a lo que saben, hasta
ahora».

Y continuó:--«Esa será una de las primeras».

Más de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parecía de luz y en
medio los ojos de _la sobrina_.

La _sobrina_ también llevó a casa la imagen de don Álvaro entre ceja y
ceja.

Y pensaba:--«Ese era de los menos malos. Parecía más distinguido; y no
era pesado; tenía cierta dignidad... era comedido... frío con
elegancia... el menos tonto sin duda».

El pesimismo la hizo repetir muchos días seguidos:

--«Se ha ido el menos tonto».

Pero al mes ya no se acordaba de don Álvaro; ni don Álvaro de Ana en
cuanto llegó a Madrid.--«¡Oh! el convento, el convento; ese era su
recurso más natural y decoroso. El convento o el americano».

El confesor de Anita, Ripamilán, oyó la proposición de la joven como
quien oye llover.

--¡Ta, ta, ta, ta!--dijo en voz alta sin pensar que estaba en la
iglesia--. Hija mía, las esposas de Jesús no se hacen de tu maderita.
Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y déjate de vocaciones
improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas
escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con
plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita mía, que yo tengo
para ti un novio, paisano mío. Vuélvete a casa, que allá iré yo y te
hablaré del asunto. Aquí sería una profanación.

El candidato de Ripamilán era un magistrado, natural de Zaragoza, joven
para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Tenía entonces la
señorita doña Ana Ozores diez y nueve años y el señor don Víctor
Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero estaba muy bien conservado. Ana
suplicó a don Cayetano que nada dijese a sus tías de aquella proporción,
hasta que ella tratase algún tiempo a Quintanar; porque si doña Anuncia
sabía algo, impondría al novio sin más examen.

--«Nada más justo; prefiero que estas cosas las resuelva el corazón;
Moratín, mi querido Moratín, nos lo enseña gallardamente en su comedia
inmortal: _El sí de las niñas_».

Se quedó en ello. ¡Quién hubiera dicho a doña Anuncia que aquel novio
soñado, que ya empezaba a tardar, pasaba todos los días cerca de ellas,
en el Espolón, el Paseo de invierno, o en la carretera de Madrid, orlada
de altos álamos que se juntaban a lo lejos! Ana había notado que todas
las tardes se encontraban con don Tomás Crespo, el íntimo de la casa, y
un caballero que se la comía con los ojos. Don Tomás era una de las
pocas personas a quien ella estimaba de veras, por ver en él prendas
morales raras en Vetusta, a saber: la tolerancia, la alegría expansiva,
y la despreocupación en materias supersticiosas.

El caballero las miraba de lejos, mientras don Tomás se detenía a
saludarlas. Aquel señor era Quintanar; el magistrado. Efectivamente, no
estaba mal conservado. Era muy pulcro de traje y de aspecto simpático.

«Era _un forastero_, palabra de sentido especial en Vetusta, para las
señoritas de Ozores, que no le habían visto aún en ninguna casa _de las
suyas_».

--Es un magistrado--les había dicho Crespo un día--; un aragonés muy
cabal, valiente, gran cazador, muy pundonoroso y gran aficionado de
comedias; representa como Carlos Latorre. Sobre todo en el teatro
antiguo es lo que hay que ver.

Esto era todo lo que las tías sabían del novio que se les preparaba a
escondidas.

Una tarde Crespo, enterado de que la niña ya sabía algo, sin
encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera
de Castilla y les presentó al señor don Víctor Quintanar, magistrado.
Las acompañaron aquellos señores durante el paseo y hasta dejarlas en el
sombrío portal del caserón de Ozores. Doña Anuncia ofreció la casa a don
Víctor. Este pensaba que las tías conocían su honesta pretensión, y al
día siguiente, de levita y pantalón negros, visitó a las nobles damas.
Ana le trató con mucha amabilidad. Le pareció muy simpático.

La única persona con quien ella se atrevía a hablar algo de lo que le
pasaba por dentro era don Tomás Crespo, libre, decía él, de todas las
preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que era de las más tontas.

Ana observaba mucho. Se creía superior a los que la rodeaban, y pensaba
que debía de haber en otra parte una sociedad que viviese como ella
quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entre tanto Vetusta
era su cárcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tenía sujeta,
inmóvil. Sus tías, las jóvenes aristócratas, las beatas, todo aquello
era más fuerte que ella; no podía luchar, se rendía a discreción y se
reservaba el derecho a despreciar a su tirano, viviendo de sueños.

Pero Crespo era una excepción, un amigo verdadero, que entendía a medias
palabras lo que las tías, el barón, etc., etc., no hubieran entendido en
tomos como casas.

A don Tomás le llamaban _Frígilis_, porque si se le refería un desliz de
los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de
moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia,
sino por filosofía, y exclamaba sonriendo:

--¿Qué quieren ustedes? Somos _frígilis_; como decía el otro.

_Frígilis_ quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la
fragilidad humana.

Él mismo había sido frágil. Había creído demasiado en las leyes de la
adaptación al medio. Pero de esto ya se hablará en su día. Ocho años más
adelante brillaba en todo su esplendor su noble manía de perdonarlo
todo.

Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y había
adivinado en Anita tesoros espirituales.

--Mire usted, don Víctor--le decía a su amigo--esa niña merece un rey, y
por lo menos un magistrado que pronto será Regente, como usted, v. gr.
Figúrese usted una mina de oro en un país donde nadie sabe explotar las
minas de oro; eso es Anita en mi querida Vetusta. En Vetusta lo mejor es
el arbolado.

--Deje usted la flora, don Tomás.

--Tiene usted razón, me pierdo.... Decía que Anita es una mujer de primer
orden. ¿Ve usted qué hermoso es su cuerpecito que le tiene a usted hecho
un caramelo? Pues cuando vea usted su alma, se derretirá como ese
caramelo puesto al sol. Debo advertir a usted que para mí un alma buena
no es más que un alma sana; la bondad nace de la salud.

--Es usted un poco materialista, pero yo no me enfado. Decía usted que
la niña....

--¡Soy cuerno! señor mío; y usted dispense. A mí no hay que ponerme
motes. Aborrezco los sistemas. Lo que digo es que sólo creo en la bondad
que da la naturaleza; a un árbol la salud ha de entrarle por las
raíces... pues es lo mismo, el alma....

Y seguía filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor
muchacha de Vetusta.

Crespo, según él dijo, tomó un día por su cuenta a la joven para
recomendarle al señor Quintanar.

«Era el único novio digno de ella. Los cuarenta años y pico eran como
los de los árboles que duran siglos, una juventud, la primera juventud.
Más viejo es un perro de diez años que un cuervo de ciento, si es cierto
que los cuervos duran siglos».

Ana apreciaba en mucho los consejos de Frígilis. Admitió el trato de
Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las demás condiciones
que había impuesto a don Cayetano; no sabrían nada las tías. Don Víctor
aceptó aquella manera de ser pretendiente.--Mire usted--decía
Frígilis--el secretillo es la salsa de estos negocios; la chica picará
más pronto... ya verá usted como pica....

Ana pasaba el tiempo sin sentir al lado de Quintanar.

«Tenía ideas puras, nobles, elevadas y hasta poéticas».

No se teñía las canas, era sencillo, aunque en el lenguaje algo
declamador y altisonante. Este vicio lo debía a los muchos versos de
Lope y Calderón que sabía de memoria; le costaba trabajo no hablar como
Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso.

Pero a solas se decía Anita:--«¿No es una temeridad casarse sin amor?
¿No decían que su vocación religiosa era falsa, que ella no servía para
esposa de Jesús porque no le amaba bastante? Pues si tampoco amaba a don
Víctor, tampoco debía casarse con él».

Consultado Ripamilán, contestó:

--«Que entre un magistrado, que no es Presidente de Sala siquiera, y el
Salvador del mundo, había mucha diferencia. ¿No confesaba Anita que le
agradaba don Víctor? Sí. Pues cada día le encontraría más gracia.
Mientras que en el convento, la que empieza sin amor acaba desesperada».

Don Cayetano, que sabía ponerse serio, llegado el caso, procuró
convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una
mujer honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro.

--«Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San
Juan de la Cruz no valía nada; había sido cosa de la edad crítica que
atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no había que hacer caso
de él. Todo eso de hacerse monja sin vocación, estaba bien para el
teatro; pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios, que escalasen
conventos, a Dios gracias. La verdadera piedad consistía en hacer feliz
a tan cumplido y enamorado caballero como el señor Quintanar, su paisano
y amigo».

Ana renunció poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le
gritaba que no era aquél el sacrificio que ella podía hacer. El claustro
era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jesús con quien iba a
vivir, sino con _hermanas_ más parecidas de fijo a sus tías que a San
Agustín y a Santa Teresa. Algo se supo en el círculo de la nobleza de
las «veleidades místicas» de Anita, y las que la habían llamado _Jorge
Sandio_ no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el
nuevo antojo.

Se confesaba que era virtuosa, en cuanto no se le conocía ningún
_trapicheo_; pero esto era poco para creerse con vocación de santa.

«¿Por ventura las demás eran unas tales?».

--Es guapa, pero orgullosa--decía la baronesa tronada, que tenía a su
marido y a su hijo enamorados en vano de la sobrinita.

No fue Ana quien apresuró su resolución, como esperaba Frígilis; fueron
las tías que descubrieron un novio para la niña. El nuevo pretendiente
era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, procedente de
Matanzas con cargamento de millones. Venía dispuesto a edificar el mejor
_chalet_ de Vetusta, a tener los mejores coches de Vetusta, a ser
diputado por Vetusta y a casarse con la mujer más guapa de Vetusta. Vio
a Anita, le dijeron que aquella era la hermosura del pueblo y se sintió
herido de punta de amor. Se le advirtió que no le bastaban sus onzas
para conquistar aquella plaza. Entonces se enamoró mucho más. Se hizo
presentar en casa de las Ozores y pidió a doña Anuncia la mano de la
sobrina.

Después doña Anuncia se encerró en el comedor con doña Águeda, y
terminada la conferencia compareció Anita. Doña Anuncia se puso en pie
al lado de la chimenea pseudo-feudal: dejó caer sobre la alfombra _La
Etelvina_, novela que había encantado su juventud, y exclamó:

--Señorita... hija mía; ha llegado un momento que puede ser decisivo en
tu existencia. (Era el estilo de _La Etelvina._) Tu tía y yo hemos hecho
por ti todo género de sacrificios; ni nuestra miseria, a duras penas
disimulada delante del mundo, nos ha impedido rodearte de todas las
comodidades apetecibles. La caridad es inagotable, pero no lo son
nuestros recursos. Nosotras no te hemos recordado jamás lo que nos debes
(se lo recordaban al comer y al cenar todos los días), nosotras hemos
perdonado tu origen, es decir, el de tu desgraciada madre, todo, todo ha
sido aquí olvidado. Pues bien, todo esto lo pagarías tú con la más negra
ingratitud, con la ingratitud más criminal, si a la proposición que
vamos a hacerte contestaras con una negativa... incalificable.

--Incalificable--repitió doña Águeda--. Pero creo inútil todo este
sermón--añadió--porque la niña saltará de alegría en cuanto sepa de lo
que se trata.

--Eso quiero; saber en qué puedo yo servir a ustedes a quien tanto debo.

--Todo.--Sí, todo, querida tía.

--Como supongo--prosiguió doña Anuncia--que ya no te acordarás siquiera
de aquella locura del monjío....

--No señora...--En ese caso--interrumpió doña Águeda--como no querrás
quedarte sola en el mundo el día que nosotras faltemos....

--Ni tendrás ningún amorcillo oculto, que sería indecente....

--Y como nosotras no podemos más....

--Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece....

--Te morirás de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el más rico
del Espolón, ha pedido hoy mismo tu mano.

Ana, contra el expreso mandato de sus tías, no se murió de gusto. Calló;
no se atrevía a dar una negativa categórica.

Pero doña Anuncia no necesitó más para dar rienda suelta al basilisco
que llevaba dentro de sus entrañas. Su sombra en las sombras de la
pared, parecía ahora la de una bruja gigantesca; otras veces,
multiplicándose por los saltos de la llama y por los saltos y
contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno desencadenado; había
momentos en que la sombra de la señorita de Ozores tenía tres cabezas en
la pared y tres o cuatro en el techo, y se diría que de todas ellas
salían gritos y alaridos, según lo que vociferaba doña Anuncia sola.

Doña Águeda misma estaba horrorizada.

La sobrina permaneció ocho días encerrada en su alcoba después de
aquella escena. Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo
tenía de arresto, doña Anuncia se presentó tranquila, digna, severa a
leer la sentencia. «No le faltaría a la hija de la bailarina--¿quién
dudaba ya que la modista había bailado?--no le faltaría una cama en el
palacio de sus mayores; pero ellas, las tías, no tenían qué poner a la
mesa; todo lo había comido la niña».

Ana escribió a Frígilis.

Y al día siguiente don Víctor Quintanar, de tiros largos, como el día de
la primera visita, entró en el estrado de los Ozores. Venía a pedir la
mano de Ana, «a quien creía no ser indiferente».

«Daba aquel paso antes de lo que pensaba, porque acababa de ser
ascendido; iba a Granada en calidad de Presidente de Sala y quería
llevarse a su esposa, si su ardiente deseo era cumplido. Contaba con su
sueldo y algunas viñas y no pocos rebaños en la Almunia de don Godino.
Nunca hubiera sido osado a pedir la mano de tan preclara, ilustre y
hermosa joven sin poder ofrecerle, ya que no la opulencia, una _aurea
mediocritas_, como había dicho el latino».

Doña Anuncia quedó deslumbrada.... ¡Don Godino... _mediocritas_... la
cruz de Isabel la Católica!... Era mucha tentación.

Frígilis había advertido a don Víctor, al ponerle la cruz al pecho, que
a doña Anuncia la enamoraban los discursos que no entendía y las
condecoraciones.

Quintanar mientras hablaba se sentía en ridículo; pero la vieja estaba
fascinada.

«Don Frutos, pensaba ella había aplastado terrones en los suburbios de
Vetusta, doce años antes; se acordaba de haberle visto en mangas de
camisa».

La Ozores contestó: «Que ella no podía disponer de la mano de su
sobrina, aunque la joven consintiera, sin consultar, sin tomar la venia
de la nobleza, de la clase».

Los señores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda
aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros días.

La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos
siglos. Los más soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de
anarquía y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de la
Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas:

--¡Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opinó que Anita hacía
una boda loca.

La hizo. Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver vengado, es
decir, con muchos más millones. Cumplió su promesa.

Pasó un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo salía
por la carretera de Castilla en la berlina de aquella diligencia en que
había visto marchar a don Álvaro Mesía por el mismo camino.

Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Frígilis
tenía lágrimas en los ojos.

--En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla--decía con un
pie en el estribo y la cabeza dentro del coche--. Será usted la Regenta
de Vetusta, Anita.

--No lo permite la ley, por causa de las tías--contestaba don Víctor.

--¡Bah, bah! Ya se arreglaría eso.... Será usted la Regenta.

Don Cayetano quiso también subir al estribo, pero no pudo.

Doña Anuncia y doña Águeda habían quedado en el estrado, casi a
obscuras, suspirando, rodeadas de algunos amigos y amigas, quizá los
mismos que les dieran en otra ocasión aquel pésame por la muerte civil
de don Carlos.

--Y ella va contenta--decía el barón.

--¡Uf! Ya lo creo.--La juventud es ingrata...--Señores, que va a
arrancar, _desapartarse_--gritó el zagal de la diligencia.

Y partió el coche. Don Víctor oprimía entre las suyas las manos de
aquella esposa que le envidiaba un pueblo entero.

Un ¡adiós! llenó los ámbitos de la Plaza Nueva: era un adiós triste de
verdad, era la despedida de la maravilla del pueblo; Vetusta en masa
veía marchar a la nueva Presidenta de Sala como pudiera haber visto que
le llevaban la torre de la catedral, otra maravilla.

Entre tanto, Ana pensaba que tal vez no había entre aquella muchedumbre
que admiraba su hermosura otro más digno de poseerla que aquel don
Víctor, a pesar de sus cuarenta y pico, pico misterioso.

Cuando, ya cerca de la noche, mientras subían cuestas que el ganado
tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era él por
su ventura el primer hombre a quien había querido, Ana inclinaba la
cabeza y decía con una melancolía que le sonaba al marido a voluptuoso
abandono:

--Sí, sí, el primero, el único.

«No le amaba, no; pero procuraría amarle».

Cerró la noche. Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas de
aquel coche viejo, cerraba los ojos, fingía dormir y escuchaba el ruido
atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia
desvencijada, y se le antojaba oír en aquel estrépito los últimos
gritos de la despedida.

Ni uno solo de aquellos hombres que quedaban allá abajo le había hablado
de amor, de amor cierto, ni se lo había inspirado. Repasando todos los
años de la inútil juventud, recordaba, como la mayor delicia que pudiera
cargarse al capítulo de amor tal vez, alguna mirada de algún desconocido
en uno de aquellos paseos por las carreteras orladas de árboles poblados
de gorriones y jilgueros.

Entre ella y los jóvenes de la sociedad en que vivía, pronto había
puesto el orgullo de Ana y la necedad de los otros un muro de hielo.

«No se casarían con ella, había dicho doña Anuncia, porque era pobre;
pero ella les tomaba la delantera, y los despreciaba por fatuos y
adocenados».

Si alguno había querido tratarla como a Obdulia, pronto había encontrado
un desdén altivo y una ironía cruel capaces de helar una brasa.

«Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos hombres
que la admiraban de lejos, devorándola con los ojos, habría alguno digno
de ser querido... pero las tías se encargaban de mantener las distancias
que exigía el tono, y los pobres abogadillos, o lo que fueran, tal vez
demócratas teóricos, respetaban aquellas preocupaciones, y participaban
a su pesar, de ellas. No se acercaban». Todos los que habían producido
en Ana algún efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran
cualquier cosa menos proporciones. En Vetusta la juventud pobre no sabe
ganarse la vida, a lo sumo se gana la miseria; muchachos y muchachas se
comen a miradas, se quieren, hasta se lo dicen... pero _lo dejan_; falta
una posición; las muchachas pierden su hermosura y acaban en beatas;
los muchachos dejan el luciente sombrero de copa, se embozan en la capa
y se hacen jugadores.

Los que quieren medrar salen del pueblo; allí no hay más ricos que los
que heredan o hacen fortuna lejos de la soñolienta Vetusta.

«Entre americanos, pasiegos y mayorazguetes fatuos, burdos y grotescos
hubiera podido escoger, seguía pensando Ana. Que lo dijera don Frutos
Redondo.... Pero además, ¿para qué engañarse a sí misma? No estaba en
Vetusta, no podía estar en aquel pobre rincón la realidad del sueño, el
héroe del poema, que primero se había llamado Germán, después San
Agustín, obispo de Hiponax, después Chateaubriand y después con cien
nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura delicada, rara y
escogida...».

«Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero, no como
el de la barca de Trébol, pensar en otros hombres. Don Víctor era la
muralla de la China de sus ensueños. Toda fantástica aparición que
rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de hombre que tenía al
lado, era un delito. Todo había concluido... sin haber empezado».

Abrió Ana los ojos y miró a su don Víctor que a la luz de una lámpara de
viaje, calada hasta las orejas una gorra de seda, leía tranquilamente,
algo arrugado el entrecejo, _El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca
de Jerusalén_, del inmortal Calderón de la Barca.



--VI--


El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario, de piedra ennegrecida
por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste cerca de
San Pedro, la iglesia antiquísima vecina de la catedral. Los socios
jóvenes querían mudarse, pero el cambio de domicilio sería la muerte de
la sociedad según el elemento serio y de más arraigo. No se mudó el
Casino y siguió remendando como pudo sus goteras y demás achaques de
abolengo. Tres generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas
y obscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía
trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del
pueblo, en la Colonia. Además, decían los viejos, si el Casino deja de
residir en la Encimada, adiós Casino. Era un aristócrata.

Generalmente el salón de baile se enseñaba a los forasteros con orgullo;
lo demás se confesaba que valía poco.

Los dependientes de la casa vestían un uniforme parecido al de la
policía urbana. El forastero que llamaba a un mozo de servicio podía
creer, por la falta de costumbre, que venían a prenderle. Solían tener
los camareros muy mala educación, también heredada. El uniforme se les
había puesto para que se conociese en algo que eran ellos los criados.

En el vestíbulo había dos porteros cerca de una mesa de pino. Era
costumbre inveterada que aquellos señores no saludaran a los socios que
entraban o salían. Pero desde que era de la Junta Ronzal, que había
visto otros usos en sus cortos viajes, los porteros se inclinaban al
pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban oír un gruñido, que bien
interpretado podía tomarse por un saludo; si era un individuo de la
Junta se levantaban de su silla cosa de medio palmo, si era Ronzal se
levantaban un palmo entero y si pasaba don Álvaro Mesía, presidente de
la sociedad, se ponían de pie y se cuadraban como reclutas.

Después del vestíbulo se encontraban tres o cuatro pasillos convertidos
en salas de espera, de descanso, de conversación, de juego de dominó,
todo ello junto y como quiera. Más adelante había otra sala más lujosa,
con grandes chimeneas que consumían mucha leña, pero no tanta como
decían los mozos. Aquella leña suscitaba graves polémicas en las juntas
generales de fin de año. En tal estancia se prohibía el estridente
dominó, y allí se juntaban los más serios y los más importantes
personajes de Vetusta. Allí no se debía alborotar porque al extremo de
oriente, detrás de un majestuoso portier de terciopelo carmesí, estaba
la sala del tresillo, que se llamaba el gabinete rojo. En este había de
reinar el silencio, y si era posible también en la sala contigua. Antes
estaba el tresillo cerca de los billares, pero el ruido de las bolas y
los tacos molestaba a los tresillistas que se fueron al gabinete rojo,
donde estaba entonces el de lectura. El gabinete de lectura se fue cerca
de los billares. La sala del tresillo jamás recibía la luz del sol:
siempre permanecía en tinieblas caliginosas, que hacían palpables las
tristes llamas de las bujías semejantes a lámparas de minero en las
entrañas de la tierra.

Don Pompeyo Guimarán, un filósofo que odiaba el tresillo, llamaba a los
del gabinete rojo los monederos falsos. Se le figuraba que en aquel
antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se contenía toda
alegría, toda expansión del ánimo, no se podía hacer nada lícito. Los
más bulliciosos muchachos al entrar en el gabinete del tresillo se
revestían de una seriedad prematura; parecían sacerdotes jóvenes de un
culto extraño. Entrar allí era para los vetustenses como dejar la toga
pretexta y tomar la viril. Jugando o viendo jugar estaba siempre algún
joven pálido, ensimismado, que afectaba despreciar los vanos placeres
hastiado tal vez, y preferir los serios cuidados del solo y el codillo.
Examinar con algún detenimiento a los habituales sacerdotes de este
culto ceremonioso y circunspecto de la espada y el basto, es conocer a
Vetusta intelectual en uno de sus aspectos característicos.

En efecto, aunque el jefe de Fomento aseguraba que todos los vetustenses
eran unos chambones, no era esto más que un pretexto para subir al
_cuarto del crimen_ en busca de más pingües y rápidas ganancias; porque
jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfección que ya era
famosa. No faltaban los inexpertos, y aun estos eran necesarios, porque
si no ¿quién ganaría a quién? Pero contra la afirmación del jefe de
Fomento protestaban los hechos. De Vetusta y sólo de Vetusta salieron
aquellos insignes tresillistas que, una vez en esferas más altas,
tendieron el vuelo y llegaron a ocupar puestos eminentes en la
administración del Estado, debiéndolo todo a la ciencia de los estuches.

Hay cuatro mesas en sendas esquinas y otros dos pares en medio. De las
ocho, la mitad están ocupadas. Alrededor, sentados o en pie varios
mirones, los más esclavos de su vicio. Se habla poco. Las más veces para
pedir un cigarro de papel. Se dan pocos consejos. No se necesitan o no
sirven. Basilio Méndez, empleado del Ayuntamiento, es el mejor _espada_
de los presentes. Es pálido y flaco. No se sabe si viste de artesano o
de persona decente, como dicen en Vetusta. El sueldo no le bastaba para
sus necesidades; tiene mujer y cinco hijos; se ayuda con el tresillo; se
le respeta. Juega como quien trabaja sin gusto; de mal humor; es brusco;
apenas contesta si le hablan. Él va a su negocio: una casa de tres pisos
que está construyendo a costa del tresillo junto al Espolón. A su lado
está don Matías el procurador: juega al tresillo para huir del _monte_.
Cuando la suerte le es adversa _arriba_, baja y se expone a ganar al
tresillo todo lo que puede y a perder muy poco, porque si pierde lo
deja. El que descansa en este momento, porque acaba de repartir las
cartas, y juegan cuatro, es la gallina de los huevos de oro del
Procurador y de don Basilio. Le van matando, pero por consunción. Es un
mayorazgo de aldea; le llaman Vinculete. Antes venía de su pueblo
durante las ferias a jugar al tresillo; después se hizo diputado
provincial para venir a jugar al tresillo también, y por fin se hizo
vecino de Vetusta para no separarse nunca de aquellos _espadas_ a quien
admiraba, de camino que les hacía ricos sin sospecharlo. El tresillo de
su pueblo no le divertía.

Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la mañana,
sin más descanso que el preciso para cenar de mala manera. Don Basilio y
el Procurador alternaban en el cuidado de desplumarle; se relevaban;
pero a veces le desplumaban a un tiempo. El cuarto jugador era
cualquiera. En las otras mesas las partidas eran más iguales. Jugaban
muchos forasteros, casi todos empleados.

Es un axioma que en el juego se conoce la buena educación. Había allí
muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor confianza
solía oírse frases como estas:

--Le digo a usted, que me lo ha dado usted.

--Yo le digo a usted, que no.--Yo le digo a usted, que sí.--Pues
miente usted.--Valiente crianza tiene usted.--Mejor que la de usted....
Se trataba de un duro falso. Para que la armonía pudiera subsistir, por
una especie de equilibrio que la naturaleza establecía entre los
temperamentos, resultaba que unos tresillistas eran temerones y de un
genio endiablado, y otros, v. gr. Vinculete, pacíficos como corderos y
miedosos como palomas.

Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza
necesaria.

Vinculete solía sostener los fueros de su dignidad, y entonces gritaba
el del Ayuntamiento:

--¡Conmigo nadie se insolenta! Y daba un puñetazo en la mesa.

Vinculete callaba y seguía recibiendo codillos.

Estas disputas, nada frecuentes, interrumpían el silencio pocos
instantes; la calma renacía pronto y volvía aquello a ser un templo
jamás profanado por ríos de sangre.

El gabinete de lectura, que también servía de biblioteca, era estrecho y
no muy largo. En medio había una mesa oblonga cubierta de bayeta verde y
rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht. La biblioteca consistía en
un estante de nogal no grande, empotrado en la pared. Allí estaban
representando la sabiduría de la sociedad el _Diccionario_ y la
_Gramática_ de la Academia. Estos libros se habían comprado con motivo
de las repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes
respecto del significado y aun de la ortografía de ciertas palabras.
Había además una colección incompleta de la _Revue des deux mondes_, y
otras de varias ilustraciones. La _Ilustración francesa_ se había dejado
en un arranque de patriotismo; por culpa de un grabado en que aparecían
no se sabe qué reyes de España matando toros. Con ocasión de esta medida
radical y patriótica se pronunciaron en la junta general muchos y muy
buenos discursos en que fueron citados oportunamente los héroes de
Sagunto, los de Covadonga, y por último los del año ocho. En los cajones
inferiores del estante había algunos libros de más sólida enseñanza,
pero la llave de aquel departamento se había perdido.

Cuando un socio pedía un libro de aquellos, el conserje se acercaba de
mal talante al pedigüeño y le hacía repetir la demanda.

--Sí señor, la crónica de Vetusta....

--Pero ¿usted, sabe que está ahí?

--Sí, señor, ahí está...

--El caso es...--y se rascaba una oreja el señor conserje--como no hay
costumbre....

--¿Costumbre de qué?--En fin, buscaré la llave. El conserje daba media
vuelta y marchaba a paso de tortuga.

El socio, que había de ser nuevo necesariamente para andar en tales
pretensiones, podía entretenerse mientras tanto mirando el mapa de Rusia
y Turquía y el _Padre nuestro_ en grabados, que adornaban las paredes de
aquel centro de instrucción y recreo. Volvía el conserje con las manos
en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los labios.

--Lo que yo decía, señorito... se ha perdido la llave.

Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en
la pared.

De los periódicos e ilustraciones se hacía más uso; tanto que aquellos
desaparecían casi todas las noches y los grabados de mérito eran
cuidadosamente arrancados. Esta cuestión del hurto de periódicos era de
las difíciles que tenían que resolver las juntas. ¿Qué se hacía? ¿Se les
ponía grillete a los papeles? Los socios arrancaban las hojas o se
llevaban papel y hierro. Se resolvió últimamente dejar los periódicos
libres, pero ejercer una gran vigilancia. Era inútil. Don Frutos
Redondo, el más rico americano, no podía dormirse sin leer en la cama el
_Imparcial_ del Casino. Y no había de trasladar su lecho al gabinete de
lectura. Se llevaba el periódico. Aquellos cinco céntimos que ahorraba
de esta manera, le sabían a gloria. En cuanto al papel de cartas que
desaparecía también, y era más caro, se tomó la resolución de dar un
pliego, y gracias, al socio que lo pedía con mucha necesidad. El
conserje había adquirido un humor de alcaide de presidio en este trato.
Miraba a los socios que leían como a gente de sospechosa probidad; les
guardaba escasas consideraciones. No siempre que se le llamaba acudía, y
solía negarse a mudar las plumas oxidadas.

Alrededor de la mesa cabían doce personas. Pocas veces había tantos
lectores, a no ser a la hora del correo. La mayor parte de los socios
amantes del saber no leían más que noticias.

El más digno de consideración, entre los abonados al gabinete de
lectura, era un caballero apoplético, que había llevado granos a
Inglaterra y se creía en la obligación de leer la prensa extranjera.
Llegaba a las nueve de la noche indefectiblemente, tomaba _Le Figaro_,
después _The Times_, que colocaba encima, se ponía las gafas de oro y
arrullado por cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba
dulcemente dormido sobre el primer periódico del mundo. Era un derecho
que nadie le disputaba. Poco después de morir este señor, de apoplejía,
sobre _The Times_, se averiguó que no sabía inglés. Otro lector asiduo
era un joven opositor a fiscalías y registros que devoraba la _Gaceta_
sin dejar una subasta. Era un Alcubilla en un tomo: sabía de memoria
cuanto se ha hecho, deshecho, arreglado y vuelto a destrozar en nuestra
administración pública.

A su lado solía sentarse un caballero que tenía un vicio secreto:
escribir cartas a los periódicos de la corte con las noticias más
contradictorias. Firmaba «El Corresponsal» y siempre que un papel de
Madrid decía «Lo de Vestusta» era cosa de él. Al día siguiente desmentía
en otro periódico sus noticias y resultaba que «Lo de Vetusta» no era
nada. Así se había hecho un redomado escéptico en materia de prensa.
«¡Si sabría él cómo se hacían los periódicos!». Cuando franceses y
alemanes vinieron a las manos, _El Corresponsal_ dudaba de la guerra:
era cosa de los bolsistas acaso; no se convenció de que algo había hasta
la rendición de Metz.

El poeta Trifón Cármenes también acudía sin falta a la hora del correo.
Pasaba revista a varios periódicos con febril ansiedad y desaparecía en
seguida con un desengaño más en el alma. Era que «no se lo habían
publicado». Se trataba de alguna poesía o cuento fantástico que había
mandado a cualquier periódico y que no acababa de salir. Cármenes, que
en los certámenes de Vetusta se llevaba todas las rosas naturales, no
podía conseguir que sus versos tuvieran cabida en las prensas
madrileñas; y eso que empleaba en las cartas con que recomendaba las
composiciones, la finura del mundo. La fórmula solía ser esta: «Muy
señor mío y de mi más distinguida consideración: adjuntos le remito unos
versos para que, si los estima dignos de tan señalado honor, vean la luz
pública en las columnas de su acreditado periódico. Escritos sin
pretensiones..., etc., etc.». Pero, nada: no salían. Pedía, después de
un año, que se los devolvieran. Pero «no se devolvían los originales».
Aprovechaba el borrador y publicaba aquello en _El Lábaro_, el periódico
reaccionario de Vetusta.

Otro lector constante era un vejete semi-idiota que jamás se acostaba
sin haber leído todos los _fondos_ de la prensa que llegaba al Casino.
Deleitábale singularmente la prosa amazacotada de un periódico que tenía
fama de hábil y circunspecto. Los conceptos estaban envueltos en tales
eufemismos, pretericiones y circunloquios, y tan se quebraban de
sutiles, que el viejo se quedaba siempre a buenas noches.

--¡Qué habilidad!--decía sin entender palabra.

Por lo mismo creía en la habilidad, porque si él la echara de ver ya no
la habría.

Una noche despertó a su esposa el lector de fondos diciendo:

--Oye, Paca, ¿sabes que no puedo dormir?... A ver si tú entiendes esto
que he leído hoy en el periódico. «No deja de dejar de parecernos
reprensible...». ¿Lo entiendes tú, Paca? ¿Es que les parece reprensible
o que no? Hasta que lo resuelva no puedo dormir....

Estos y otros lectores asiduos se pasan los periódicos de mano en mano,
en silencio, devorando noticias que leen repetidas en ocho o diez
papeles. Así se alimentan aquellos espíritus que antes de las once de la
noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el cajero de tal
parte se ha escapado con los fondos.

Lo han leído en ocho o diez fuentes distintas. Todos estos caballeros
respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaña servidumbre, la
servidumbre del noticierismo cortesano. Mucho más de la mitad del caudal
fugitivo de sus conocimientos consiste en los recortes de la
_Correspondencia_ que los periódicos pobres se van echando, como
pelotas, de tijeras en tijeras.

Muchas veces, cuando reinaba aquel silencio de biblioteca, en que
parecía oírse el ruido de la elaboración cerebral de los sesudos
lectores, de repente un estrépito de terremoto hacía temblar el piso y
los cristales. Los socios antiguos no hacían caso, ni levantaban los
ojos; los nuevos, espantados, miraban al techo y a las paredes esperando
ver desmoronarse el edificio.... No era eso. Era que los señores del
billar azotaban el pavimento con las mazas de los tacos. Era proverbial
el ingenioso buen humor de los señores socios.

A las once de la noche no quedaba nadie en el gabinete de lectura. El
conserje, medio dormido, doblaba los papeles, daba media vuelta a la
llave del gas, y dejaba casi en tinieblas la estancia. Y se volvía a
dormir a la conserjería.

Entonces era cuando entraba don Amadeo Bedoya, capitán de artillería, en
traje de paisano, embozado en un carrick de ancha esclavina. Miraba
bien... no había nadie... la obscuridad le favorecía. Se acercaba al
estante con mucha cautela; sacaba una llave, abría el cajón inferior,
tomaba un libro, dejaba otro que venía oculto bajo la esclavina,
escondía el primero entre sus pliegues y cerraba el cajón. Se acercaba a
la mesa, después de respirar fuerte, silbaba la marcha real, y fingía
echar un vistazo a los periódicos. ¡Periódicos a él! Por hacer que
hacemos estaba allí cinco minutos, y salía triunfante. No era un ladrón,
era un bibliófilo. La llave de Bedoya era la que el conserje había
perdido. Don Amadeo era el don Saturnino Bermúdez de tropa. Había sido
un bravo militar; pero como hubiera tenido el honor años atrás de ser
elegido presidente de un _Ateneo de infantería_, y vístose en la
necesidad de estudiar y pronunciar un discurso, se encontró con gran
sorpresa excelente orador en su opinión y la de los jefes, y de una en
otra vino a parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse
solemnemente y con la energía que tan bien sienta en los defensores de
la patria, ser un erudito. Empezó a llamar la atención de los
vetustenses aquel militar que sabía de letras más que muchos paisanos, y
el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a él se le
antojaba contraste de la artillería y la literatura. Poco a poco llegó a
ser miembro, ya correspondiente, ya de número, de muchas sociedades
científicas, artísticas y literarias. Despuntaba en la Arqueología y en
la Botánica, sobre todo en la relación de esta a la Horticultura. Era
un especialista en las enfermedades de la patata, y tenía un trabajo
sobre el particular que no acababa de premiarle el Gobierno. También le
daba el naipe por la biografía militar. Sabía de varios tenientes
generales que habían sido otros tantos Farnesios y Spínolas, sin que lo
sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal brigadier que
si, conforme no mandó, hubiera mandado la acción de tal parte, hubiera
conquistado la gloria de un Napoleón, en vez de perder las posiciones,
como en efecto las había perdido el general inepto.

De esta clase de biografías de personas que pudieron ser importantes,
estaban las fuentes en libros como aquellos que había en el cajón
inferior del estante del Casino. Más ejemplares habría por el mundo,
pero no se sabía de ellos, y Bedoya era de esa clase de eruditos que
encuentran el mérito en copiar lo que nadie ha querido leer. En cuanto
él veía en el papel de su propiedad los párrafos que iba copiando con
aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le
antojaba obra suya todo aquello. Pero su fuerte eran las antigüedades.
Para él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del tiempo de
Noé, si no era suyo. Así como Bermúdez amaba la antigüedad por sí misma,
el polvo por el polvo, Bedoya era más subjetivo como él decía,
necesitaba que le perteneciera el objeto amado. «¡Si él pudiera hablar!
Tamañitos se quedarían Bermúdez y el Magistral y _tutti quanti_». Pero
no podía hablar. Iría a presidio probablemente, si hablara. «En fin, en
puridad, tenía...--y miraba a los lados al decirlo--tenía un precioso
manuscrito de Felipe II, un documento político de gran importancia». Lo
había robado en el archivo de Simancas. ¿Cómo? ese era su orgullo.

Así es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por encima del
hombro a los demás anticuarios y callaba. Callaba por miedo al presidio.

El _cuarto del crimen_, la sala de los juegos de azar, y más
concretamente de la ruleta y el monte estaba en el segundo piso. Se
llegaba a ella después de recorrer muchos pasillos obscuros y estrechos.
La autoridad no había turbado jamás la calma de aquel refugio repuesto y
escondido del arte aleatorio, ni en los tiempos de mayor moralidad
pública. A ruegos de los gacetilleros, singularmente el del _Lábaro_, se
perseguía cruelmente la prostitución, pero el juego no se podía
perseguir. En cuanto a las «infames que comerciaban con su cuerpo», como
decía Cármenes escribiendo de incógnito los fondos del _Lábaro_, ¿cómo
no habían de ser maltratadas, si diariamente se publicaban excitaciones
de este género en la prensa local?

Casi todos los días salía a luz una gacetilla que se titulaba, por
ejemplo: _¡Esas palomas!_ o _¡Fuego en ellas!_ y en una ocasión el
mismísimo don Saturnino Bermúdez escribió su gacetilla correspondiente
que se llamaba a secas: _Meretrices_, y acababa diciendo: «de la
impúdica _scortum_».

Volviendo al juego, si algún gobernador enérgico había amenazado a los
socios del Casino con darles un susto, los jugadores influyentes le
habían pronosticado una cesantía. Lo ordinario siempre fue que hiciese
la vista gorda, y no faltaron a veces subvenciones en la forma más
decorosa posible, como decían las partes contratantes. Los jugadores
vetustenses tenían una virtud: no trasnochaban. Eran hombres ocupados
que tenían que madrugar. Tal médico se recogía a las diez después de
perder las ganancias del día: se levantaba a las seis de la mañana,
recorría todo el pueblo entre charcos y entre lodo, desafiaba la nieve,
el granizo, el frío, el viento; y después de ímprobo trabajo, volvía,
como con una ofrenda ante el altar, a depositar sobre el tapete verde
las pesetas ganadas. Abogados, procuradores, escribanos, comerciantes,
industriales, empleados, propietarios, todos hacían lo mismo. En el
tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las salas de
conversación, de dominó y ajedrez, había siempre las mismas personas,
los aficionados respectivos; pero el cuarto del crimen era el lugar
donde se reunían todos los oficios, todas las edades, todas las ideas,
todos los gustos, todos los temperamentos.

No en balde se afirmaba que Vetusta se distinguía por su acendrado
patriotismo, su religiosidad y su afición a los juegos prohibidos. La
religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la afición
al juego por lo mucho que llovía en Vetusta. ¿Qué habían de hacer los
socios, si no se podía pasear? Por eso proponía don Pompeyo Guimarán, el
filósofo, que la catedral se convirtiera en paseo cubierto. «_¡Risum
teneatis!_» contestaba Cármenes en la gacetilla del _Lábaro_.

La religiosidad, aunque en la forma lamentable de la superstición, se
manifestaba en el mismo vicio de la tafurería. Se contaban en el Casino
portentos de credulidad de los jugadores más famosos. Un comerciante,
liberal y nada timorato, tenía depositados en la puerta de aquel centro
de recreo un par de zapatos viejos. Llegaba al Casino, calzaba los
zapatos de suela rota y subía a probar fortuna. Juraba que jamás
llevando botas nuevas le había favorecido la suerte. Venía a ser un
jugador de la orden de los descalzos. Entre su fe y cierta maliciosa
experiencia le daban ganancias seguras. Un año hizo una espléndida
novena a San Francisco, a la cual acudió toda _Vetusta edificada_, como
decía Bermúdez.

Después que Bedoya salía del Casino, pasando sin ser visto de los
porteros, que dormían suavemente, no quedaban allí más socios que ocho o
diez trasnochadores jurados. Pocos y siempre los mismos. Unos eran
personajes averiados que habían contraído la costumbre de trasnochar en
Madrid, otros elegantes y calaveras de Vetusta que los imitaban. Pero de
esta tertulia de última hora tendremos que hablar más adelante, porque a
ella asistían personajes importantes de esta historia.

Eran las tres y media de la tarde. Llovía. En la sala contigua al
gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a
nada y los seis que jugaban al ajedrez. Estos habían colocado el
respectivo tablero junto a un balcón, para tener más luz. En el fondo de
la sala parecía que iba a anochecer. Sobre una mesa de mármol brillaba
entre humo espeso de tabaco, como una estrella detrás de niebla, la
llama de una bujía que servía para dar lumbre a los cigarros. Ocultos en
la sombra de un rincón, alrededor de aquella mesa, arrellanados en un
diván unos, otros en mecedoras de paja, estaban media docena de socios
fundadores, que de tiempo inmemorial acudían a las tres en punto a tomar
café y copa. Hablaban poco. Ninguno se permitía jamás aventurar un
aserto que no pudiera ser admitido por unanimidad. Allí se juzgaba a los
hombres y los sucesos del día, pero sin apasionamiento; se condenaba,
sin ofenderle, a todo innovador, al que había hecho algo que saliese de
lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que
sabían ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna.
Antes mentir que exagerar. Don Saturnino Bermúdez había recibido más de
una vez el homenaje de una admiración prudente en aquel círculo de
señores respetables. Pero en general preferían a esto hablar de
animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el elefante,
aunque siempre negándoles, por supuesto, la inteligencia: «el castor
fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Adán; no hay
inteligencia, es instinto». Hablaban también de la utilidad de otros
irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la vaca, el gato,
etc., etc. Y aún les parecía más interesante la conversación si se
refería a objetos inanimados. El derecho civil también les encantaba en
lo que atañe al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera,
y si no le conocía alguno de aquellos fundadores preguntaba:

--¿Quién es ese?--Ese es hijo de... nieto de... que casó con... que era
hermana de....

Y como las cerezas, salían enganchados por el parentesco casi todos los
vetustenses. Esta conversación terminaba siempre con una frase:

--Si se va a mirar, aquí todos somos algo parientes.

La meteorología tampoco faltaba nunca en los tópicos de las
conferencias. El viento que soplaba tenía siempre muy preocupados a los
socios beneméritos. El invierno actual siempre era más frío que todos
los que recordaban, menos uno.

También a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor comedimiento,
sobre todo si se hablaba de clérigos, señoras o autoridades.

A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables
ancianos, con los que sólo había un joven y éste calvo, prefería al más
grato palique el silencio; y a él se consagraba principalmente aquella
especie de siesta que dormían despiertos. Casi siempre callaban.

No lejos de ellos, y por cierto molestándolos a veces no poco, había dos
o tres grupos de alborotadores, y a lo lejos se oía el antipático
estrépito del dominó, que habían desterrado de su sala los venerables.
Los del dominó eran siempre los mismos: un catedrático, dos ingenieros
civiles y un magistrado. Reían y gritaban mucho; se insultaban, pero
siempre en broma. Aquellos cuatro amigos, ligados por el seis doble,
hubieran vendido la ciencia, la justicia y las obras públicas por salvar
a cualquiera de la partida. En el salón de baile, donde no se permitía
jugar ni tomar café, se paseaban los señores de la Audiencia y otros
personajes, v. gr., el marqués de Vegallana, los días de mucha agua,
cuando él no podía dar sus paseos.

La animación estaba en los grupos de alborotadores antes citados.

--«Allí no se respetaba nada ni a nadie»--decían los viejos del
rincón.--Aunque estaban a dos pasos de ellos, rara vez se mezclaban las
conversaciones. Los ancianos callaban y juzgaban.

--¡Qué atolondramiento!--dijo un _venerable_ en voz baja.

--Observe usted,--le respondieron--que rara vez hablan de intereses
reales de la provincia.

--Únicamente cuando viene el señor Mesía....

--Oh, es que el señor Mesía... es otra cosa.

--Sí, es mucho hombre. Muy entendido en Hacienda y eso que llaman
Economía política.

--Yo también creo en la Economía política.

--Yo no creo, pero respeto mucho la memoria de Flórez Estrada, a quien
he conocido.

Todo menos disputar; en cuanto asomaba una discusión, se le echaba
tierra encima y a callar todos.

En la mesa de enfrente, gritaba un señor que había sido alcalde liberal
y era usurero con todos los sistemas políticos; malicioso, y enemigo de
los curas, porque así creía probar su liberalismo con poco trabajo.

--Pero, vamos a ver--decía--¿quién le ha asegurado a usted que el
Magistral no ha querido confesar a la Regenta?

--Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doña Anita entrar en la
capilla de don Fermín y a don Fermín salir sin saludar a la Regenta.

--Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espolón.

--Es verdad--gritó un tercero--yo también los vi. De Pas iba con el
Arcipreste y la Regenta con Visitación. Es más, el Magistral se puso muy
colorado.

--¡Hombre, hombre!--exclamó el ex-alcalde fingiendo escandalizarse.

--Pues yo sé más que todos ustedes--vociferó un pollo que imitaba a
Zamacois, a Luján, a Romea, el sobrino, a todos los actores cómicos de
Madrid, donde acababa de licenciarse en Medicina.

Bajó la voz, hizo una seña que significaba sigilo; todos los del corro
se acercaron a él, y con la mano puesta al lado de la boca, como una
mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, hasta apoyar el
respaldo en la mesa, dijo:

--Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el célebre don
Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque....

--¡Hombre, hombre! ¿qué sabes tú por qué?--interrumpió el enemigo del
clero--. ¡El secreto de la confesión!

--¡Bueno, bueno! Yo lo sé de buena tinta. Paquito me lo ha dicho.
Mesía--y bajó mucho más la voz--Mesía le pone varas a la Regenta.

Escándalo general. Murmullo en el rincón obscuro.

«Aquello era demasiado».

«Se podía murmurar, hablar sin fundamento, pero no tanto. Vaya por el
Magistral y el secreto de la confesión; ¡pero tocar a la Regenta! Era un
imprudente aquel sietemesino, sin duda».

--Señores, yo no digo que la Regenta tome varas, sino que Álvaro quiere
ponérselas; lo cual es muy distinto.

Todos negaron la probabilidad del aserto.

--Hombre... la Regenta... ¡es algo mucho!

El pollo se encogió de hombros.

--«Estaba seguro. Se lo había dicho el marquesito, el íntimo de Mesía».

--Y, vamos a ver--preguntó el señor Foja, el ex-alcalde--¿qué tiene que
ver eso de las varas que Mesía quiere poner a la Regenta con el
Magistral y la confesión?

No quería dejar su presa. No siempre en el Casino se podía hablar mal de
los curas.

--Pues tiene mucho que ver; porque el Arcipreste ha pedido auxilio al
otro; quiere dejarle la carga de la conciencia de la otra.

--Muchacho, muchacho, que te resbalas--advirtió el padre del
deslenguado, que estaba presente y admiraba la desfachatez de su hijo,
adquirida positivamente en Madrid, y muy a su costa.

--Quiero decir que Anita es muy cavilosa, como todos sabemos--y seguía
bajando la voz, y los demás acercándose, hasta formar un racimo de
cabezas, dignas de otra Campana de Huesca--es cavilosa y tal vez haya
notado las miradas... y demás ¿eh? del otro... y querrá curar en
salud... y el Arcipreste no está para casos de conciencia complicados, y
el Magistral sabe mucho de eso.

El corro no pudo menos de sonreír en señal de aprobación.

Al papá del maldiciente se le caía la baba, y guiñaba un ojo a un amigo.
No cabía duda que los chicos sólo en Madrid se despabilaban. Caro
cuesta, pero al fin se tocan los resultados.

El desparpajo del muchacho solía suscitar protestas, pero luego vencía
la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retintín manolesco de
sus gestos y acento.

Empezaba entonces el llamado género flamenco a ser de buen tono en
ciertos barrios del arte y en algunas sociedades. El mediquillo vestía
pantalón muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que entonces se
llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros echan sobre
las sienes. Su peinado parecía una peluca de marquetería.

Se llamaba Joaquín Orgaz y _se timaba_ con todas las niñas casaderas de
la población, lo cual quiere decir que las miraba con insistencia y
tenía el gusto de ser mirado por ellas. Había acabado la carrera aquel
año y su propósito era casarse cuanto antes con una muchacha rica. Ella
aportaría el dote y él su figura, el título de médico y sus habilidades
flamencas. No era tonto, pero la esclavitud de la moda le hacía parecer
más adocenado de lo que acaso fuera. Si en Madrid era uno de tantos, en
Vetusta no podía temer a más de cinco o seis rivales importadores de
semejantes maneras. En los meses de vacaciones aprovechaba el tiempo
buscando el trato de las familias ricas o nobles de Vetusta. Se había
hecho amigo íntimo de Paquito Vegallana y, aunque de lejos, algo le
tocaba del esplendor que irradiaba el célebre Mesía, flor y nata de los
elegantes de Vetusta. Orgaz le llamaba Álvaro por lo muy familiar que
era el trato de Paco y de Mesía, y como él tuteaba a Paquito... por eso.

Se animó Joaquín con el buen éxito de sus murmuraciones y sostuvo que
era cursi aquel respeto y admiración que inspiraba la Regenta.

--Es una mujer hermosa, hermosísima; si ustedes quieren, de talento,
digna de otro teatro, de volar más alto... si ustedes me apuran diré que
es una mujer superior--si hay mujeres así--pero al fin es mujer, _et
nihil humani_...

No sabía lo que significaba este latín, ni a dónde iba a parar, ni de
quién era, pero lo usaba siempre que se trataba de debilidades posibles.

Los socios rieron a carcajadas. «¡Hasta en latín sabe maldecir el
pillastre!», pensó el padre, más satisfecho cada vez de los sacrificios
que le costaba aquel enemigo.

Joaquinito, encarnado de placer, y un poco por el anís del mono que
había bebido, creyó del caso coronar el edificio de su gloria cantando
algo nuevo. Se puso en pie, estiró una pierna, giró sobre un tacón y
cantó, o _se_ cantó, como él decía:

        Ábreme la puerta,
        puerta del postigo....

--«Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo. ¡La Regenta!
¿Dejaría de ser de carne y hueso? Y Álvaro siempre había sido
irresistible...». Orgaz hijo suspendió el baile, que había emprendido
mientras hacía observaciones. En la sala vecina habían sonado unas
pisadas que hacían temblar el pavimento.

--Ahí está el inglés--dijo entre dientes el flamenco; y se puso un poco
pálido.

En efecto, era Ronzal. Pepe Ronzal--alias Trabuco, no se sabe por
qué--era natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un
ganadero rico, pudo hacer sus estudios, que ya se verá qué estudios
fueron, en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo,
desde la adolescencia, ni durante las vacaciones quería volver a
Pernueces, ganoso de no perder ni unas judías. No pudo concluir la
carrera. No bastó la tradicional benevolencia de los profesores para que
Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos.

Una vez le preguntaron en un examen:

--¿Qué es un testamento, hijo mío?

--Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos.

Además de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia irónica
que él no comprendía.

Pasó el tiempo; murió el ganadero, Pepe Ronzal dejó de ser el
Estudiante, vendió tierras, se trasladó a la capital y empezó a ser
hombre político, no se sabe a punto fijo cómo ni por qué.

Ello fue que de una mesa de colegio electoral pasó a ser del
Ayuntamiento, y de concejal pasó a diputado provincial por Pernueces. Si
nunca pudo sacudir de sí la prístina ignorancia, en el andar, y en el
vestir y hasta en el saludar, fue consiguiendo paulatinos progresos, y
se necesitaba ser un poco antiguo en Vetusta para recordar todo lo
agreste que aquel hombre había sido. Desde el año de la Restauración en
adelante pasaba ya Ronzal por hombre de iniciativa, afortunado en amores
de cierto género y en negocios de quintas. Era muy decidido partidario
de las instituciones vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y
las pesetas, y en cuanto al calzado lo usaba fortísimo, blindado. Creía
que esto le daba cierto aspecto de noble inglés.

--«Yo soy muy inglés en todas mis cosas--decía con énfasis--sobre todo
en las botas».

«_Militaba_» en el partido más reaccionario de los que turnaban en el
poder.

--«Dadme un pueblo sajón, decía, y seré liberal».

Más adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo sajón, sino otra
cosa que no pertenece a esta historia.

Era alto, grueso y no mal formado; tenía la cabeza pequeña, redonda y la
frente estrecha; ojos montaraces, sin expresión, asustados, que no movía
siempre que quería, sino cuando podía. Hablar con Ronzal, verle a él
animado, decidor, disparatando con gran energía y entusiasmo, y notar
que sus ojos no se movían, ni expresaban nada de aquello, sino que
miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte,
daba escalofríos.

Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada. En lo que
se había adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque los traía
muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o frío, fuesen
oportunos o no. Para él siempre había el guante sido el distintivo de la
finura, como decía, del señorío, según decía también. Además, le sudaban
las manos.

Aborrecía lo que olía a plebe. Los _republicanitos_ tenían en él un
enemigo formidable. Un día de San Francisco no puso colgaduras en los
balcones del Casino el conserje. Ronzal, que era ya de la Junta, quiso
arrojar por uno de aquellos balcones al mísero dependiente.

--¡Señor--gritaba el conserje--si hoy es San Francisco de Paula!

--¿Qué importa, animal?--respondió Trabuco furioso--. ¡No hay Paula que
valga: en siendo San Francisco es día de gala y se cuelga!

Así entendía él que servía a las Instituciones.

Con rasgos como este fue haciéndose respetar poco a poco.

Lo que es cara a cara ya nadie se reía de él. No le faltó perspicacia
para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y que en el
Casino pasaban por más sabios los que gritaban más, eran más tercos y
leían más periódicos del día. Y se dijo:

«Esto de la sabiduría es un complemento necesario. Seré sabio.
Afortunadamente tengo energía--tenía muy buenos puños--y a testarudo
nadie me gana, y disfruto de un pulmón como un manolito (monolito, por
supuesto.) Sin más que esto y leer _La Correspondencia_ seré el
Hipócrates de la provincia».

Hipócrates era el maestro de Platón, maestro al cual nunca llamó
Sócrates Trabuco, ni le hacía falta.

Desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault--Lebrun y Paul de
Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo. Oía con
atención las conversaciones que le sonaban a sabiduría; y sobre todo
procuraba imponerse dando muchas voces y quedando siempre encima.

Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no
puede llamarse el Cristo, porque era un _rotin_, y blandiéndolo gritaba:

--¡Y conste que yo sostendré esto en todos los terrenos! ¡en todos los
terrenos!

Y repetía lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en
el tropo y en el garrote y se diera por vencido.

Comprendía que allí las discusiones de menos compromiso eran las de más
bulto y de cosas remotas, y así, era su fuerte la política exterior.
Cuanto más lejos estaba el país cuyos intereses se discutían, más le
convenía. En tal caso el peligro estaba en los _lapsus_ geográficos.
Solía confundir los países con los generales que mandaban los ejércitos
invasores. En cierta desgraciada polémica hubo de venir a las manos con
el capitán Bedoya que le negaba la existencia del general Sebastopol.

También creyó que su fama de hombre de talento se afianzaría probando
sus fuerzas en el ajedrez y aplicó a este juego mucha energía. Una tarde
que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas
piezas, vio su salvación en convertir en reina un peoncillo.

--¡Este va a reina!--exclamó clavando con los suyos los ojos del
adversario.

--No puede ser.--¿Cómo que no puede ser?

Y el contrario, por instinto, retiró una pieza que estorbaba el paso del
peón que debía ir a reina.

--A reina va, y lo hago cuestión personal--añadió envalentonado Trabuco,
dándose un puñetazo en el pecho.

Y el contrario, sin querer, le dejó otra casilla libre.

Y así, de una en otra, jugándose la vida en todas ellas, convirtió el
peón en reina, y ganó el juego el enérgico diputado provincial de
Pernueces.



--VII--


Estas y otras calidades distinguían a Pepe Ronzal, a quien Joaquinito
Orgaz tenía mucho miedo. Tal vez sabía el de Pernueces que Joaquín
imitaba perfectamente sus disparates y manera de decirlos. Además,
Ronzal aborrecía a don Álvaro Mesía y a cuantos le alababan y eran
amigos suyos. Joaquín era uña y carne del Marquesito--el hijo del
marqués de Vegallana--y este el amigo íntimo de don Álvaro.

--Buenas tardes, señores--dijo Ronzal sentándose en el corro.

Dejó los guantes sobre la mesa, pidió café y se puso a mirar de hito en
hito a Joaquín, que hubiera querido hacerse invisible.

--¿De quién se murmura, pollo?--preguntó el diputado dando una palmada
en el muslo no muy lucido del sietemesino.

Para piernas, Ronzal. En efecto, las estiró al lado de las del joven
para que pudiesen comparar aquellos señores. Joaquín contestó:--De
nadie. Y encogió los hombros.--No lo creo. Estos madrileñitos siempre
tienen algo que decir de los infelices provincianos.

--Así es la verdad--dijo el ex-alcalde--. Su amigo de usted el Provisor,
era hoy la víctima.

Ronzal se puso serio.--¡Hola!--dijo--¿también _espifor_? (Espíritu
fuerte en el francés de Trabuco.)

--Se trataba--añadió Foja--de las varas que toma o no toma cierta dama,
hasta hoy muy respetada, y de los refuerzos espirituales que su
atribulada conciencia busca o no busca en la dirección moral de don
Fermín.... ¡Je, je!...

Ronzal no entendía.--A ver, a ver; exijo que se hable claro.

Joaquinito miró a su papá como pidiendo auxilio.

El señor Orgaz se atrevió a murmurar:

--Hombre, eso de exigir...--Sí, señor; exigir. ¡Y hago la cuestión
personal!

--Pero ¿qué es lo que usted exige?--preguntó el muchacho agotando su
valor en este rasgo de energía.

--Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la
cuestión personal.

--¿Pero qué cuestión?

--¡Esa! Joaquinito volvió a encogerse de hombros, pálido como un muerto.
Comprendió que el tener razón era allí lo de menos. A Ronzal ya le
echaban chispas los ojos montaraces. Se había embrollado y esto era lo
que más le irritaba siempre, perder el discurso a lo mejor.

--¡Sí, señor, esa cuestión; y quiero que se hable claro!

Ni él mismo sabía lo que exigía.

Foja se encargó de poner las cosas claras.

--El señor Ronzal quiere que se le explique si se piensa que es él quien
pone las varas que esa señora toma o deja de tomar.

--¡Eso es!--dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero que se sintió
halagado con la suposición.

--Quiero saber--añadió--si se piensa que yo soy capaz de poner en tela
de juicio la virtud de esa señora tan respetable....

--Pero ¿qué señora?

--Esa, don Joaquinito, esa; y de mí no se burla nadie.

La disputa se acaloró; tuvieron que intervenir los señores venerables
del rincón obscuro; tan grave fue el incidente. Se pusieron por
unanimidad de parte del señor Ronzal, si bien reconocían que se enfadaba
demasiado. Le explicaron el caso, pues aún no había dejado que le
enterasen. No se trataba de Ronzal. Se había dicho allí con más o menos
prudencia, que el señor Magistral iba a ser en adelante el confesor de
la señora doña Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y
virtuosísima dama, huyendo de las asechanzas de un galán, que no era el
señor Ronzal....

--Es Mesía--interrumpió Joaquín.

--Pues miente quien tal diga--gritó Trabuco muy disgustado con la
noticia--. Y ese señor don Juan Tenorio puede llamar a otra puerta, que
la Regenta es una fortaleza inexpugnable. Y en cuanto al que trae tales
cuentos a un establecimiento público....

--El Casino no es un establecimiento público--interrumpió Foja.

--Y se hablaba entre amigos, en confianza--añadió Orgaz, padre.--Y
eso del don Juan Tenorio vaya usted a decírselo a Mesía--gritó Orgaz
hijo desde la puerta, dispuesto a echar a correr si la pulla ponía fuera
de sí al bárbaro de Pernueces.

No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movió, y
dijo:

--¡Ni Mesía ni San Mesía me asustan a mí! y yo lo que digo, lo digo cara
a cara y a la faz del mundo, _surbicesorbi_ (a la ciudad y al mundo en
el latín ronzalesco.) No parece sino que don Alvarito se come los niños
crudos, y que todas las mujeres se le...--y dijo una atrocidad que
escandalizó a los señores del rincón obscuro.

--¡Silencio!--se atrevió a decir bajando la voz Joaquinito, sin dejar la
puerta.

--¿Cómo silencio? A mí nadie... ¡caballerito!

Se oyó una carcajada sonora, retumbante, que heló la sangre del fogoso
Ronzal. No cabía duda, era la carcajada de Mesía. Estaba hablando con
los señores del dominó en la sala contigua. Le acompañaban Paco
Vegallana y don Frutos Redondo. Llegaron a donde estaba Ronzal. Este
había vuelto a sentarse y se quejaba de que se le había enfriado el
café, que tomaba a pequeños sorbos. Había hecho una seña a los del
corro. Quería decir que callaba por pura discreción.

Don Álvaro Mesía era más alto que Ronzal y mucho más esbelto. Se vestía
en París y solía ir él mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la
ropa a Madrid; por cada traje le pedían el valor de tres y nunca le
sentaban bien las levitas. Siempre iba a la penúltima moda. Mesía iba
muchas veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no tenía
el acento del país. Ronzal parecía gallego cuando quería pronunciar en
perfecto castellano. Mesía hablaba en francés, en italiano y un poco en
inglés. El diputado por Pernueces tenía soberana envidia al Presidente
del Casino.

Ningún vetustense le parecía superior al hijo de su madre ni por el
valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por el
prestigio político, si se exceptuaba a don Álvaro. Trabuco tenía que
confesarse inferior a este que era su bello ideal. Ante su fantasía el
Presidente del Casino era todo un hombre de novela y hasta de poema.
Creíale más valiente que el Cid, más diestro en las armas que el Zuavo,
su figura le parecía un figurín intachable, aquella ropa el eterno
modelo de la ropa; y en cuanto a la fama que don Álvaro gozaba de audaz
e irresistible conquistador, reputábala auténtica y el más envidiable
patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse en este
pícaro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores maliciosos
que corrían acerca del origen de la regular fortuna que se atribuía al
Presidente, él, Ronzal, no creía que ni un solo céntimo hubiese
adquirido de mala fe.

Ronzal era reaccionario dentro de la dinastía y Mesía, dinástico
también, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que acataba
las Instituciones. En todas partes le veía enfrente, pero vencedor.
Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisión permanente, y
sin embargo, entraba don Álvaro en la Diputación, y él quedaba en la
sombra; no era Mesía de la casa, tenía allí una exigua minoría, y desde
el portero al Presidente todos se le quitaban el sombrero, y don Álvaro
para aquí, y don Álvaro para allá; y no había alcalde de don Álvaro que
no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mesía que no estuviera
enfermo de muerte, ni en fin, expediente que él moviese que no volara.

¡Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el
público fijaba la atención en el escenario, un espectador, Ronzal, desde
la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesía, aquel
_gallo_ rubio, pálido, de ojos pardos, fríos casi siempre, pero
candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera, aquel
_plastón_ (como decía Ronzal) inimitable, de un brillo que no sabían
sacar en Vetusta, que no venía en las camisas de Madrid, atraía los ojos
del diputado provincial como la luz a las mariposas. Atribuía
supersticiosamente al _plastón_ gran parte en las victorias de amor de
su enemigo.

Él, Ronzal, también lucía mucho la pechera, pero insensiblemente tendía
al chaleco cerrado y a la corbata acartonada. Volvía a ver la pechera
del otro, y volvía él a los chalecos abiertos. Miraba a Mesía Ronzal, y
si aplaudía su modelo aborrecido aplaudía él, pero pausadamente y sin
ruido, como el otro. Ponía los codos en el antepecho del palco y cruzaba
las manos, y se volvía para hablar con sus amigos aquel don Álvaro de
una manera singular que Trabuco no supo imitar en su vida. Si Mesía
paseaba los gemelos por los palcos y las butacas, seguía Ronzal el
movimiento de aquellos que se le antojaban dos cañones cargados de
mortífera metralla: ¡infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino
de corazones! Señora o señorita ya la tenía Ronzal por muerta de amor o
deshonrada cuando menos.

Mejor que todos conocía las víctimas que el don Juan de Vetusta iba
haciendo, le espiaba, seguía, como sus miradas, sus pasos, interpretaba
sus sonrisas, y más de una vez (antes morir que confesarlo), más de una
vez esperó el tiempo que solía tardar el otro en cansarse de una dama
para procurar cogerla en las torpes y groseras redes de la seducción
ronzalesca.

En tales ocasiones solía encontrarse con que aquellos platos de segunda
mesa se los comía Paco Vegallana, el Marquesito.

Todo esto sabía Trabuco, pero no lo decía a nadie.

Negaba las conquistas de Mesía.

--Ya está viejo--solía decir--; no digo que allá en sus verdores, cuando
las costumbres estaban perdidas, gracias a la gloriosa... no digo que
entonces no haya tenido alguna aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el
actual momento histórico--el de Pernueces se crecía hablando de esto--la
moralidad de nuestras familias es el mejor escudo.

Estas conversaciones se repetían todos los días; el objeto de la
murmuración variaba poco, los comentarios menos y las frases de efecto
nada. Casi podía anunciarse lo que cada cual iba a decir y cuándo lo
diría.

Don Álvaro notó que su presencia había hecho cesar alguna conversación.
Estaba acostumbrado a ello. Sabía el odio que le consagraba el de
Pernueces y la admiración de que este odio iba acompañada. Le divertía y
le convenía la inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de
que era Mesía el héroe; y aquella leyenda era muy útil, para muchas
cosas. También había conocido la imitación grotesca del Estudiante--él
le llamaba así todavía--y se complacía en observarle como si se mirase
en un espejo de _la Rigolade_. No le quería mal. Le hubiera hecho un
favor, siendo cosa fácil. Algunos le había hecho tal vez, sin que el
otro lo supiera.

Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvió a hablar de mujeres
casadas.

Ronzal, como otros días, defendía en tesis general la moralidad
presente, debida a la restauración.

--Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...--dijo
el alcalde, con su malicia de siempre.

Sonrió un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclamó:

--Ni yo ni nadie; créanme ustedes. En Vetusta la vida no tiene
incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las
ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero
catedral, hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral....

--Hombre, el Magistral... no me venga usted a mí con cuentos.... Si yo
hablara.... Además, todos ustedes saben....

El que empleaba estas reticencias era Foja.

--El señor Magistral--dijo Mesía, hablando por primera vez al corro--no
es un místico que digamos, pero no creo que sea solicitante.

--¿Qué significa eso?--preguntó Joaquinito Orgaz.

Se lo explicó Foja. Se discutió si el Magistral lo era. Dijeron que no
Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesía y otros cuatro; que sí Foja,
Joaquinito y otros dos.

Ganada la votación, para contentar a la minoría, el presidente del
Casino declaró imparcialmente que «el verdadero pecado del Provisor era
la simonía».

El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo explicar
la palabreja.

Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los pecados capitales
del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás era un sabio; acaso
el único sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el
Obispo.

--No es un santo--añadía--pero no se puede creer nada de lo que se dice
de doña Obdulia y él, ni lo de él y Visitación; y en cuanto a sus
relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y
conozco a su hija desde que era así--media vara--protesto contra todas
esas calumniosas especies.

(Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía especias.)

--¿Qué especies?--preguntó el Marquesito, que para eso estaba allí.

--¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de
don Fermín; que no se casa ni se casará porque él quiere hacerla monja,
y que don Manuel autoriza esto, y....

--Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro--gritó Foja.

--¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el amor a la niña?

--Eso es lo que yo no sé.--Ni lo otro--dijo Ronzal. Mesía le miró
aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable
sonrisa.

--Señores--añadió Trabuco, animándose--esto es escandaloso. Aquí todo se
convierte en política. El señor Magistral es una persona muy digna por
todos conceptos.

--Díjolo Blas.--¡Lo digo yo!--Como si lo dijera el gato. Hubo una
pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz.

Aquello de gato pedía sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sabía cómo
contestar al liberalote.

Por último dijo:--Es usted un grosero. Foja, que sabía insultar, pero
también perdonaba los insultos, no se tuvo por ofendido.

--Yo lo que digo lo pruebo--replicó--; el Magistral es el azote de la
provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un puño al clero; se ha
hecho millonario en cinco o seis años que lleva de Provisor; la curia de
Palacio no es una curia eclesiástica sino una sucursal de los Montes de
Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y de la Junta de las
Paulinas tampoco; y de las niñas del Catecismo... chitón, porque más
vale no hablar; y de la Corte de María... pasemos a otro asunto. En fin,
que no hay por dónde cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el
día que haya en España un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre
saldrá de aquí con la sotana entre piernas. He dicho.

El ex-alcalde entendía así la libertad; o se perseguía o no se perseguía
al clero. Esta persecución y la libertad de comercio era lo esencial. La
libertad de comercio para él se reducía a la libertad del interés.
Todavía era más usurero que clerófobo.

Aunque maldiciente, no solía atreverse a insultar a los curas de tan
desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro.

¿Cómo aquel socarrón, marrullero, siempre alerta, se había dejado llevar
de aquel arrebato? No había tal cosa. Estaba muy sereno. Bien sabía su
papel. Su propósito era agradar a don Álvaro, por causas que él conocía;
y aunque el presidente del Casino fingiera defender al canónigo, a Foja
le constaba que no le quería bien ni mucho menos.

--Señor Foja--respondió Mesía, seguro de que todos esperaban que él
hablase--hay cuando menos notable exageración en todo lo que usted ha
dicho.

--_Vox populi_...

--El pueblo es un majadero--gritó Ronzal--. El pueblo crucificó a
Nuestro Señor Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipócrates.

--A Sócrates--corrigió Orgaz, hijo, vengándose bajo el seguro de la
presencia de don Álvaro.

--El pueblo--continuó el otro sin hacer caso--mató a Luis diez y seis....

--¡Adiós! ya se desató--interrumpió Foja.

Y cogiendo el sombrero añadió:

--Abur, señores; donde hablan los sabios sobramos los ignorantes.

Y se aproximó a la puerta.--Hombre, a propósito de sabios--dijo don
Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado--.
Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal... ya recordará
usted... aquella palabreja.

--¿Cuál?--Avena. Usted decía que se escribe con _h_...

--Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal.

--No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había apostado
unos callos....

--Van apostados.--Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que
hay en la biblioteca.

--¡Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran
frecuentes.

--Búsquelo usted primero con _h_--dijo Ronzal con voz de trueno a
Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de
aplastar al de Pernueces.

Don Frutos se bañaba en agua de rosa. Un millón, de los muchos que
tenía, hubiera dado él por una victoria así. Ahora verían quién era más
bruto. Guiñaba los ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos.

--¡Qué callada! ¡qué callada!

Orgaz, solemnemente, buscó avena con _h_. No pareció.

--Será que la busca usted con _b_; búsquela usted con _v_ de corazón.

--Nada, señor Ronzal, no parece.

--Ahora búsquela usted sin _h_--exclamó don Frutos, ya muy serio,
queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria.

Ronzal estaba como un tomate. Miró a Mesía, que fingió estar distraído.

Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie
en medio de la sala y cogió bruscamente el diccionario de manos de
Orgaz, que creyó que iba a arrojárselo a la cabeza. No; lo lanzó sobre
un diván y gritando dijo:

--Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra
de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con _h_.

Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle tiempo:

--El que lo niegue me arroja un mentís, duda de mi honor, me tira a la
cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposición; ya se sabe
cómo se arreglan estas cosas.

Don Frutos abrió la boca. Foja, desde la puerta, se atrevió a decir:

--Señor Ronzal, no creo que el señor Redondo, ni nadie, se atreva a
dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en que lleva
_h_ la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qué diccionario
será ese.... Debe de ser el diccionario de Autoridades....

--Sí señor; es el diccionario del Gobierno....

--Pues ese es el que manda; y usted tiene razón y don Frutos confunde la
avena con la Habana, donde hizo su fortuna....

Don Frutos se dio por satisfecho. Había comprendido el chiste de la
avena que se había de comer el otro y fingió creerse vencido.

--Señores--dijo--corriente, no se hable más de esto; yo pago la callada.

Casi siempre pasaba él allí por el más ignorante, y el ver a Ronzal
objeto de burla general, le puso muy contento.

Se quedó en que aquella noche cenarían todos los del corro a costa de
don Frutos. ¡Raro desprendimiento en aquel corazón amante de la
economía! Ronzal creyó que una vez más se había impuesto a fuerza de
energía; ¡y ahora delante de don Álvaro! Aceptó la cena y el papel de
vencedor; por más que estaba seguro de que en su casa no había
diccionario. Pero ya que Foja lo decía....

Había cesado la lluvia. Se disolvió la reunión, despidiéndose hasta la
noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre, los ordinarios
trasnochadores.

La cena sería a última hora. Mesía ofreció asistir a pesar de sus muchas
ocupaciones.

¡Cuánto envidió esta frase Ronzal! Comprendió que todos habían
interpretado lo mismo que él aquellas «ocupaciones». Eran ¡ay! cita de
amor. «¡Tal vez con la Regenta!» pensó el de Pernueces; y se prometió
espiarlos.

Don Álvaro Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz salieron juntos. El
Marquesito comprendió que a don Álvaro le estorbaba Orgaz.

--Oye, Joaquín, ahora que me acuerdo ¿no sabes lo que pasa?

--Tú dirás.--Que tienes un rival temible.--¿En qué... plaza?--Tienes
razón, olvidaba tus muchas empresas.... Se trata de Obdulia.

--Hola, hola--dijo Mesía, sonriendo de pura lástima--; ¿con que tiene
usted en asedio a la viudita?

--Sí--dijo Paco--es... el Gran Cerco de Viena.

Joaquín, a pesar de lo flamenco, se turbó, entre avergonzado y hueco.
Sabía positivamente que don Álvaro había sido amante de Obdulia, porque
ella se lo había confesado. «¡El único!» según la dama. Pero Orgaz
sospechaba que había heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que
no.

--Pues tu rival es don Saturnino Bermúdez, el descendiente de cien
reyes, ya sabes, mi primo, según él.... Ayer creo que hubo un escándalo
en la catedral, que el _Palomo_ tuvo que echarlos poco menos que a
escobazos: ¿qué creías tú, que Obdulia sólo tenía citas en las
carboneras? Pues también en los palacios y en los templos...

        _Pauperum tabernas, regumque turres._

Joaquinito, fingiendo mal buen humor, preguntó:

--Pero tú ¿cómo sabes todo eso?

--Es muy sencillo. La señora de Infanzón... ya sabe este quién es.

--Sí--dijo Mesía--la de Palomares....

--Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompañó el arqueólogo, y en
la capilla de las reliquias, en los sótanos, en la bóveda, en todas
partes creo que se daban unos... apretones.... La Infanzón se lo contó a
mamá que se moría de risa; la lugareña estaba furiosa.... Hoy mi madre,
para divertirse--ya sabes lo que a la pobre le gustan estas
cosas--quería ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qué
cara ponían, aludiendo mamá a lo de ayer. La llamó, pero Obdulia se
disculpó diciendo que esta tarde tenía que pasarla en casa de Visitación
para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes, la de la tertulia
de la otra....

--Sí, ya sé.--Con que allí las tienes, con los brazos al aire... y...
ya sabes... en fin, que está el horno para pasteles.

--En honor de la verdad--observó Mesía--la viuda está apetitosa en tales
circunstancias. Yo la he visto en casa de este, con su gran mandil
blanco, su falda bajera ceñida al cuerpo, la pantorrilla un poco al aire
y los brazos _un_ todo al fresco... colorada, excitadota....

El flamenco tragó saliva.--Es la mujer X--dijo sin poder contenerse--.
¿Y él?--añadió.

--¿Quién?--El sabihondo ese...--¡Ah! ¿don Saturnino? Pues tampoco fue
a casa. Contestó muy fino en una esquela perfumada, como todas las
suyas, que parecen de _cocotte_ de sacristía....

--¿Qué contestó?

--Que estaba en cama y que hiciera mamá el favor de mandarle la receta
de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Bermúdez sería
feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas irregularidades de las
vías digestivas. Joaquín siguió algunos minutos hablando de aquellas
bromas y se despidió.

--¡Pobre diablo!--dijo Mesía.

--Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su
amigo de vez en cuando. Don Álvaro iba pensativo. Aquel silencio era de
esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos íntimos.

Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata
como a un camarada respetable y de más seso. Pero además Paco veía en su
Mesía un héroe. Ni el ser heredero del título más envidiable de Vetusta,
ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, envanecían a Paco
tanto como su intimidad con don Álvaro. Cuarenta años y alguno más
contaba el presidente del Casino, de veinticinco a veintiséis el futuro
Marqués y a pesar de esta diferencia en la edad congeniaban, tenían los
mismos gustos, las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en
ideas y gustos a su ídolo. No le imitaba en el vestir, ni en las
maneras, porque discretamente, al notar algunos conatos de ello, don
Álvaro le había hecho comprender que tales imitaciones eran ridículas y
cursis. Burlándose de Trabuco había apartado a Paco, que tenía instintos
de verdadero elegante, de tales propósitos. Y así era el Marquesito
original, vestía a la moda, según la entendía su sastre de Madrid, que
le tomaba en serio, que le cuidaba, como a parroquiano inteligente y de
mérito. No exageraba ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy
holgada, ni se excedía en los picos de los cuellos, ni en las alas de
los sombreros.

Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier
figurín. No creía en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas
compraba en su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefería
los sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La
esencia del vestir bien estaba en la pulcritud y la corrección, y el
peligro en la exageración adocenada. Era blanco, sonrosado, pero sin
rastro de afeminamiento, porque tenía hermosa piel, buena sangre, mucha
salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes inclusive, la
mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre suele perder
todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas verdaderas y de
ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdén a las
queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta cariño
a las que le costaban su dinero. Su literatura se había reducido a la
_Historia de la prostitución_ por Dufour, a _La Dama de las Camelias_ y
sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída.
Creía en el buen corazón de las que llamaba Bermúdez meretrices y en la
corrupción absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no
venía otra irrupción de Bárbaros, el mundo se pudriría de un día a otro.
Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido.

Además, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas
aventuras. Él estaba destinado a cierta heredera tan escuálida como
virtuosa, y había puesto por condición, para comprometer su mano, que le
dejaran muchos años de libertad en la que se prepararía a ser un buen
marido.

La duda que le atormentaba y consultaba con Mesía era esta:

--¿Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis brazos hecha
una vieja? ¿Debo preferir tomarla vieja y ser libre más tiempo para
disfrutar de otras lozanías?

No pensaba él, por supuesto, abstenerse del amor adúltero en casándose:
pero ¿y la comodidad? ¿y el andar a salto de mata, ocultándose como un
criminal?

Prefería seguir preparándose para ser un buen esposo.

Después de Mesía, pocos seductores había tan afortunados como el
Marquesito. La vanidad solía ayudarle en sus conquistas; no pocas
mujeres se rendían al futuro marqués de Vegallana; pero otras veces, y
esto era lo que él prefería, vencían sus ojos azules, suaves y amorosos,
su manera de entender los placeres.

--Para gozar--decía--las de treinta a cuarenta. Son las que saben más y
mejor, y quieren a uno por sus prendas personales.

Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas,
Mesía más de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas usados. Y
Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto le
admiraba.

Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parecía
bajo, porque Mesía era más alto que el buen mozo de Pernueces.

--¿A dónde vamos?--preguntó Vegallana, queriendo provocar así la
confidencia que esperaba.

Don Álvaro se encogió de hombros.

--Puede ser que esté ella en mi casa.

--¿Quién?--Anita. ¡Bah! Don Álvaro sonrió, mirando con cariño paternal
a Paco.

Le cogió por los hombros y le atrajo hacia sí, mientras decía:
--Muchacho, ¡tú eres _l'enfant terrible_! ¡Qué ingenuidad! Pero ¿quién
te ha dicho a ti?...

--Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos.

--¿Qué has visto? No puede ser. Yo estoy seguro de no haber sido
indiscreto.

--¿Y ella?--Ella... no estoy seguro de que sepa que me gusta.

--¡Bah! Estoy seguro yo.... Y más; estoy seguro de que le gustas tú.

Una mano de Mesía tembló ligeramente sobre el hombro de Vegallana.

El Marquesito lo sintió, y vio en el rostro de su amigo grandes
esfuerzos por ocultar alegría. Los ojos fríos del _dandy_ se animaron.
Chupó el cigarro y arrojó el humo para ocultar con él la expresión de
sus emociones.

Anduvieron algunos pasos en silencio.

--¿Qué has visto tú... en ella?

--¡Hola, hola! Parece que pica.

--¡Ya lo creo! ¿Y dónde creerás que pica?

Vegallana se volvió para mirar a Mesía.

Este señaló el corazón con ademán joco-serio.

--¡Puf!--hizo con los labios Paco.

--¿Lo dudas?--Lo niego.--No seas tonto. ¿Tú no crees en la posibilidad
de enamorarse?

--Yo me enamoro muy fácilmente....

--No es eso.--¿Y te pones colorado?--Sí; me da vergüenza, ¿qué
quieres? Esto debe de ser la vejez.--Pero, vamos a ver, ¿qué sientes?

Mesía explicó a Paco lo que sentía. Le engañó como engañaba a ciertas
mujeres que tenían educación y sentimientos semejantes a los del
Marquesito. La fantasía de Paco, sus costumbres, la especial perversión
de su sentido moral le hacían afeminado en el alma en el sentido de
parecerse a tantas y tantas señoras y señoritas, sin malos humores,
ociosas, de buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del
vicio fácil y corriente.

Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba
por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para
damas se rige por leyes de una moral privilegiada, mucho menos severa
que la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ello, y sin
pensar claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como
el de los libros y las comedias; comprendía que era ridículo buscarlo y
se declaraba escéptico en esta materia; pero allá adentro, en regiones
de su espíritu en que él entraba rara vez, veía vagamente _algo mejor_
que el ordinario galanteo, algo más serio que los apetitos carnales
satisfechos y la vanidad contenta. Necesitaba para que todo eso saliera
a la superficie, para darse cuenta de ello, que fantasía más poderosa
que la suya provocase la actividad de su cerebro; la elocuencia de
Mesía, insinuante, corrosiva, era el incentivo más a propósito. En un
cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don Álvaro hizo
sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosimétrico, que era
la más alta idealidad a que llegaba el espíritu del Marquesito.

«Sí, todo aquello era puro. Se trataba de una mujer casada, es verdad;
pero el amor ideal, el amor de las almas elegantes y escogidas no se
para en barras. En París, y hasta en Madrid, se ama a las señoras
casadas sin inconveniente. En esto no hay diferencia entre el amor puro
y el ordinario».

Importaba mucho al jefe del partido liberal dinástico de Vetusta que
Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si se
convencía de la pureza y fuerza de esta pasión, le ayudaría no poco. La
amistad entre los Vegallana y la Regenta era íntima. Paco jamás había
dicho una palabra de amor a su amiga Anita, y esta le estimaba mucho; lo
poco expansiva que era ella con Paco lo había sido mejor que con otros;
en la casa del Marqués, además, se la podía ver a menudo; en otras casas
pocas veces. Si Mesía quería conseguir algo, no era posible prescindir
de Paquito. Supongamos que Ana consentía en hablar con don Álvaro a
solas, ¿dónde podía ser? ¿En casa del Regente? Imposible, pensaba el
seductor; esto ya sería una traición formal, de las que asustan más a
las mujeres; semejantes enredos no podía admitirlos la Regenta: por lo
menos al principio. La casa de Paco era un terreno neutral; el lugar más
a propósito para comenzar en regla un asedio y esperar los
acontecimientos. Don Álvaro lo sabía por larga experiencia. En casa de
Vegallana había ganado sus más heroicas victorias de amor. Su orgullo le
aconsejaba que no hiciera en favor de Ana Ozores una excepción que a
todo Vetusta le parecería indispensable.

Por lo mismo, quería él vencer allí para que vieran.

Había de ser en el salón amarillo, en el célebre salón amarillo. ¿Qué
sabía Vetusta de estas cosas? Tan mujer era la Regenta como las demás;
¿por qué se empeñaban todos en imaginarla invulnerable? ¿Qué blindaje
llevaba en el corazón? ¿Con qué unto singular, milagroso, hacía
incombustible la carne flaca aquella hembra? Mesía no creía en la virtud
absoluta de la mujer; en esto pensaba que consistía la superioridad que
todos le reconocían. Un hombre hermoso, como él lo era sin duda, con
tales ideas tenía que ser irresistible.

«Creo en mí y no creo en ellas». Esta era su divisa.

Para lo que servía aquel supersticioso respeto que inspiraba a Vetusta
la virtud de la Regenta era, bien lo conocía él, para aguijonearle el
deseo, para hacerle empeñarse más y más, para que fuese poco menos que
verdad aquello del enamoramiento que le estaba contando a su amiguito.

«Él era, ante todo, un hombre político; un hombre político que
aprovechaba el amor y otras pasiones para el medro personal». Este era
su dogma hacía más de seis años. Antes conquistaba por conquistar. Ahora
con su cuenta y razón; por algo y para algo. Precisamente tenía entre
manos un vastísimo plan en que entraba por mucho la señora de un
personaje político que había conocido en los baños de Palomares. Era
otra virtud. Una virtud a prueba de bomba; del gran mundo. Pues bien,
había empezado a minar aquella fortaleza. ¡Era todo un plan! Esperaba en
el buen éxito, pero no se apresuraba. No se apresuraba nunca en las
cosas difíciles. Él, el conquistador a lo Alejandro, el que había
rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de pugilato, el
que había deshecho una boda en una noche, para sustituir al novio, el
Tenorio repentista, en los casos graves procedía con la paciencia de un
estudiante tímido que ama platónicamente. Había mujeres que sólo así
sucumbían; a no ser que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos
con seguridad del secreto; entonces se acortaban mucho los plazos del
rendimiento. La señora del personaje de Madrid era de las que exigían
años. Pero el triunfo en este caso aseguraba grandes adelantos en la
carrera, y esto era lo principal en Mesía, el hombre político. Ahora se
empezaba a hablar en Vetusta de si él ponía o no ponía los ojos en la
Regenta. ¡Vergüenza le daba confesárselo a sí propio! ¡Dos años hacía
que ella debía creerle enamorado de sus prendas! Sí, dos años llevaba de
prudente sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin más elocuencia
que la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora
de tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperación. Y ¡mayor
vergüenza todavía! otros dos años había empleado en merecer el poeta
Trifón Cármenes, enamorado líricamente de la Regenta. Bien lo había
conocido don Álvaro, y aunque el rival no le parecía temible, era muy
ridículo coincidir con tamaño personaje en la fecha de las operaciones y
en el sistema de ataque. Pero al principio no había más remedio, había
que proceder así. Claro es que el poeta se había quedado muy atrás; no
había pasado de esta situación, poco lisonjera: la Regenta no sabía que
aquel chico estaba enamorado de ella. Le veía a veces mirarla con fijeza
y pensaba:

«¡Qué distraído es ese poetilla de _El Lábaro_! deben de tenerle muy
preocupado los consonantes». Y en seguida se olvidaba de que había
Cármenes en el mundo. Entonces ya no le quedaba al poeta más testigo de
su dolor que Mesía, la única persona del mundo que entendía el sentido
oculto y hondo de los versos eróticos de Cármenes. Aquellas elegías
parecían charadas, y sólo podía descifrarlas don Álvaro dueño de la
clave.

Esta parte ridícula, según él, de su empeño, ponía furioso unas veces al
gentil Mesía y otras de muy buen humor. ¡Era chusco! ¡Él, rival de
Trifón! Había que dar un asalto. Ya debía de estar aquello bastante
preparado. Aquello era el corazón de la Regenta.

El presidente del Casino apreciaba el progreso de la cultura por la
lentitud o rapidez en esta clase de asuntos. Vetusta era un pueblo
primitivo. Dígalo si no lo que a él le pasaba con Anita Ozores. Verdad
era que en aquellos dos años había rendido otras fortalezas. Pero
ninguna aventura había sido de las ruidosas; nada podía saber la Regenta
de cierto y el amor y la constancia del discreto adorador debían de ser
para ella cosa poco menos que segura. La prudencia y el sigilo eran
dotes positivas de don Álvaro en tales asuntos. Sus aventuras actuales
pocos las conocían; las que sonaban y hasta refería él siempre eran
antiguas. Con esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse
querida de veras, la Regenta podía, si le importaba, creer que el
Tenorio de Vetusta había dejado de serlo para convertirse en fino,
constante y platónico amador de su gentileza. Esto era lo que él quería
saber a punto fijo. ¿Creería en él? ¿le sacrificaría la tranquilidad de
la conciencia y otras comodidades que ahora disfrutaba en su hogar
honrado?

Algunas insinuaciones tal vez temerarias le habían hecho perder terreno,
y con ellas había coincidido el cambio de confesores de la Regenta.

«Todo se puede echar a perder ahora», había pensado don Álvaro. «La
devoción sería un rival más temible que Cármenes; el Magistral un
cancerbero más respetable que don Víctor Quintanar, mi buen amigo».

No había más remedio que jugar el todo por el todo.

Había llegado la época de la recolección: ¿serían calabazas? No lo
esperaba; los síntomas no eran malos; pero, aunque se lo ocultase a sí
mismo, no las tenía todas consigo. Por eso le irritaba más la
supersticiosa fe de Vetusta en la virtud de aquella señora; le irritaba
más porque él, sin querer, participaba de aquella fe estúpida.

«Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. Y
además, no creía en la mujer fuerte. ¡Señor, si hasta la Biblia lo dice!
¿Mujer fuerte? ¿Quién la hallará?».

Si hubiese conocido Paco Vegallana estos pensamientos de su amigo, que
probaban la falsedad de su amor, le hubiera negado su eficaz auxilio en
la conquista de la Regenta. Sólo el amor fuerte, invencible, podía
disculparlo todo. A lo menos así lo decía la moral de Paco. Queriendo
tanto y tan bien como decía don Álvaro, nada de más haría la Regenta en
corresponderle. Una mujer casada, peca menos que una soltera cometiendo
una falta, porque, es claro, la casada... no se compromete.

--«¡Esta es la moral positiva!--decía el Marquesito muy serio cuando
alguien le oponía cualquier argumento--. Sí, señor, esta es la moral
moderna, la científica; y eso que se llama el Positivismo no predica
otra cosa; lo inmoral es lo que hace daño positivo a alguien. ¿Qué daño
se le hace a un marido _que no lo sabe_?».

Creía Paco que así hablaba la filosofía de última novedad, que él
estimaba excelente para tales aplicaciones, aunque, como buen
conservador, no la quería en las Universidades.

«¿Por qué? Porque el saber esas cosas no es para chicos».

Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño
tenía lágrimas en los ojos. ¡Tanto le había ablandado el alma la
elocuencia de Mesía! ¡Qué grande contemplaba ahora a su don Álvaro!
Mucho más grande que nunca. «¿Con que el escéptico redomado, el hombre
frío, el _dandy_ desengañado, tenía otro hombre dentro? ¡Quién lo
pensara! ¡Y qué bien casaban aquellos colores (aquellos matices
delicados, quería decir Paco), aquel contraste de la aparente
indiferencia, del elegante pesimismo con el oculto fervor erótico, un si
es no es romántico!». Si en vez de la _Historia de la prostitución_
Paquito hubiese leído ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don
Álvaro no hacía más que imitar--y de mala manera, porque él era ante
todo un hombre político--a los héroes de aquellos libros elegantes. Sin
embargo, algo encontraba Paco en sus lecturas parecido a Mesía; era este
una Margarita Gauthier del sexo fuerte; un hombre capaz de redimirse por
amor. Era necesario redimirle, ayudarle a toda costa.

«Y que perdonase don Víctor Quintanar, incapaz de ser escéptico, frío y
prosaico por fuera, romántico y dulzón por dentro».

Cuando subían la escalera, Paco Vegallana, el muchacho de más partido
entre las mozas del ídem, estaba resuelto:

1.º A favorecer en cuanto pudiese los amores, que él daba por seguros,
de la Regenta y Mesía. Y

2.º A buscar para uso propio, un acomodo neo-romántico, una _pasión
verdad_, compatible con su afición a las formas amplias y a las
turgencias hiperbólicas, que él no llamaba así por supuesto.

--¿Quién está arriba?--preguntó a un criado, seguro de que estaría la
Regenta «porque se lo daba el corazón».

--Hay dos señoras.--¿Quiénes son? El criado meditó.--Una creo que es
doña Visita, aunque no las he visto; pero se la oye de lejos... la
otra... no sé.

--Bueno, bueno--dijo Paco, volviéndose a Mesía--. Son ellas. Estos días
Visita no se separa de Ana.

A Mesía le temblaron un poco las piernas, muy contra su deseo.

--Oye--dijo--llévame primero a tu cuarto. Quiero que allí me expliques,
como si te fueras a morir, la verdad, nada más que la verdad de lo que
hayas notado en ella, que puede serme favorable.

--Bien; subamos. Paco se turbó. La verdad de lo que había notado... no
era gran cosa. Pero ¡bah! con un poco de imaginación... y precisamente
él estaba tan excitado en aquel momento....

Las habitaciones del Marquesito estaban en el segundo piso. Al llegar al
vestíbulo del primero, oyeron grandes carcajadas.... Era en la cocina.
Era la carcajada eterna de Visita.

--¡Están en la cocina!--dijo Mesía asombrado y recordando otros tiempos.

--Oye--observó Paco--¿no esperaba Visita a Obdulia en su casa para hacer
empanadas y no sé qué mas?

--Sí, ella lo dijo.--Entonces... ¿cómo está aquí Visitación?

--¿Y qué hacen en la cocina?

Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantasía,
apareció en una ventana al otro lado del patio que había en medio de la
casa. Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos
negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y
habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos
y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por
encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la
muerte; del pico caían gotas de sangre.

Obdulia, dirigiéndose a los atónitos caballeros, hizo ademán de retorcer
el pescuezo a su víctima y gritó triunfante:

--¡Yo misma! ¡he sido yo misma! ¡Así a todos los hombres!...

«¡Era Obdulia! ¡Obdulia! Luego no estaba la otra».



--VIII--


El marqués de Vegallana era en Vetusta el jefe del partido más
reaccionario entre los dinásticos; pero no tenía afición a la política y
más servía de adorno que de otra cosa. Tenía siempre un favorito que era
el jefe verdadero. El favorito actual era (¡oh escándalo del juego
natural de las instituciones y del turno pacífico!) ni más ni menos, don
Álvaro Mesía, el jefe del partido liberal dinástico. El reaccionario
creía resolver sus propios asuntos y en realidad obedecía a las
inspiraciones de Mesía. Pero este no abusaba de su poder secreto. Como
un jugador de ajedrez que juega solo y lo mismo se interesa por los
blancos que por los negros, don Álvaro cuidaba de los negocios
conservadores lo mismo que de los liberales. Eran panes prestados. Si
mandaban los del Marqués, don Álvaro repartía estanquillos, comisiones y
licencias de caza, y a menudo algo más suculento, como si fueran
gobierno los suyos; pero cuando venían los liberales, el marqués de
Vegallana seguía siendo árbitro en las elecciones, gracias a Mesía, y
daba estanquillos, empleos y hasta prebendas. Así era el turno pacífico
en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los
soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban allá en las
aldeas, y los jefes se entendían, eran uña y carne. Los más listos algo
sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada doble,
aprovechando el secreto.

Vegallana tenía una gran pasión: la de «tragarse leguas», o sea dar
paseos de muchos kilómetros.

Le aburrían las intrigas de politiquilla.

Era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mesía.
Don Álvaro era al Marqués en política lo que a Paquito en amores, su
Mentor, su Ninfa Egeria. Padre e hijo se consideraban incapaces de
pensar en las respectivas materias sin la ayuda de su Pitonisa. Aquí
estaba el secreto de la política de Vegallana, conocido por pocos.

Los más, al salir de una junta del «Salón de Antigüedades», solían
exclamar:

--¡Qué cabeza la de este Marqués! Nació para amaños electorales, para
manejar pueblos.

--No, y los años no le rinden; siempre es el mismo.

Y todo lo que alababan era obra del otro, de Mesía.

Cuando este quería castigar a alguno de los suyos, le ponía enfrente de
un candidato reaccionario a quien había que dejar el triunfo. El Marqués
agradecía a don Álvaro su abnegación, y le pagaba diciéndole, por
ejemplo:

--Oiga usted, mi correligionario, Fulano quiere tal cosa, pero a mí me
carga ese hombre; haga usted que triunfe el pretendiente liberal. Y
entonces Mesía premiaba los servicios de algún servidor fidelísimo.

¡Quién le hubiera dicho a Ronzal que él debía el verse diputado de la
Comisión a una de estas sabias combinaciones!

El Marqués decía que «la fatalidad le había llevado a militar en un
partido reaccionario; el nacimiento, los compromisos de clase; pero su
temperamento era de liberal». Tenía grandes «amistades personales» en
las aldeas, y repartía abrazos por el distrito en muchas leguas a la
redonda. Durante las elecciones, cuando muchos, casi todos, le creían
manejando la complicada máquina de las influencias, el único servicio
positivo y directo que prestaba era el de agente electoral. Pedía un
puñado de candidaturas a Mesía y las repartía por las parroquias
electorales que visitaba en sus paseos de Judío Errante.

Cuando emprendía una excursión por camino desconocido, contaba los
pasos, aunque hubiese medidas oficiales, porque no se fiaba de los
kilómetros del Gobierno. Contaba los pasos y los millares los señalaba
con piedras menudas que metía en los bolsillos de la americana. Llegaba
a casa y descargaba sobre una mesa aquellos sacos para contar más
satisfecho las piedras miliarias. Aquella noche en la tertulia se
hablaba en primer término del paseo de Vegallana.

--¿A dónde bueno, Marqués?--le preguntaba un amigo que le encontraba en
el campo.

--A Cardona por la Carbayeda... mil ciento uno... mil ciento dos...
tres... cuatro...--y seguía marcando el paso, apoyándose en un palo con
nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra.

Aquel garrote, la sencilla americana y el hongo flexible de anchas alas
eran la garantía de su popularidad en las aldeas. Tenía todo el orgullo
y todas las preocupaciones de sus compañeros en nobleza vetustense,
pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas sencillas.

Tenía otra manía, corolario de sus paseos, la manía de las pesas y
medidas. Sabía en números decimales la capacidad de todos los teatros,
congresos, iglesias, bolsas, circos y demás edificios notables de
Europa. «Covent Garden tiene tantos metros de ancho por tantos de largo,
y tantos de altura»; y hallaba el cubo en un decir Jesús. El Real tiene
tantos metros cúbicos menos que la Gran Ópera. Mentía cuando quería
deslumbrar al auditorio, pero podía ser exacto, asombrosamente exacto si
se le antojaba. «A mí hechos, datos, números--decía--; lo demás...
filosofía alemana».

En arquitectura le preocupaban mucho las proporciones. Para que hubiese
proporción entre la catedral y la plazuela, convendría retirar tres o
cuatro metros la catedral. Y él lo hubiera propuesto de buen grado. Era
el enemigo natural de D. Saturnino Bermúdez en materia de monumentos
históricos y ornato público. Todo lo quería alineado. Soñaba con las
calles de Nueva York--que nunca había visto--y si le sacaban este
argumento:

--«Pero la nobleza se opone por su propia esencia a esas igualdades».

Contestaba:--«Señor mío, _distingue tempora_... (no quería decir eso)
no tergiversemos, no involucremos, _post hoc ergo propter hoc_ (tampoco
quería decir eso.) La verdadera desigualdad está en la sangre, pero los
tejados deben medirse todos por un rasero. Así lo hace América, que nos
lleva una gran ventaja».

La Colonia, la parte nueva de Vetusta, merced a la influencia poderosa
del Marqués, por un rasero se había medido.

No había una casa más alta que otra.

Protestaban algunos americanos que querían hacer palacios de ocho pisos
para ver desde las guardillas el campanario de su pueblo; pero el
Municipio, bajo la presión del Marqués, nivelaba todos los tejados
«dejando para otras esferas de la vida las naturales desigualdades de la
sociedad en que vivimos», como decía el Marqués en un artículo anónimo
que publicó en _El Lábaro_.

La Marquesa tenía a su esposo por un grandísimo majadero, condición que
ella creía casi universal en los maridos. Ella sí que era liberal. Muy
devota, pero muy liberal, porque lo uno no quita lo otro. Su devoción
consistía en presidir muchas cofradías, pedir limosna con gran descaro a
la puerta de las iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco
duros, regalar platos de dulce a los canónigos, convidarles a comer,
mandar capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran
conservas. La libertad, según esta señora, se refería principalmente al
sexto mandamiento. «Ella no había sido ni mala ni buena, sino como todas
las que no son completamente malas, pero tenía la virtud de la más
amplia tolerancia. Opinaba que lo único bueno que la aristocracia de
ahora podía hacer era divertirse. ¿No podía imitar las virtudes de la
nobleza de otros tiempos? Pues que imitara sus vicios». Para la Marquesa
no había más que Luis XV y Regencia. Los muebles de su salón amarillo y
la chimenea de su gabinete estaban copiados de una sala de Versalles,
según aseguraban el tapicero y el arquitecto; pero el amor de la
Marquesa a lo mullido y almohadillado había ido introduciendo grandes
modificaciones en el salón Regencia.

El capitán Bedoya, el gran anticuario, murmuraba del salón amarillo
diciendo:

--«La Marquesa se empeña en llamar aquello estilo de la Regencia; ¿por
dónde? como no sea de la regencia de Espartero...». Los muebles eran
lujosos, pero estaban maltratados y lo que era peor, desde el punto de
vista arqueológico, convertidos en flagrantes anacronismos.

Les había hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base del
amarillo, cubriéndolos con damasco, primero, con seda brochada después,
y últimamente con raso basteado, _capitoné_ que ella decía, en
almohadillas muy abultadas y menudas, que a don Saturnino se le
antojaban impúdicas. El tapicero protestó en tiempo oportuno; en el
salón sentaba mal lo _capitoné_, según su dogma, pero la Marquesa se
reía de estas imposiciones oficiales. En los demás muebles del salón,
espejos, consolas, colgaduras, etc., se había pasado de lo que
entendiera el mueblista por Regencia a la mezcla más escandalosa, según
el capricho y las comodidades de la Marquesa. Si se le hablaba de mal
gusto, contestaba que la moda moderna era lo _confortable_ y la
libertad. Los antiguos cuadros de la escuela de Cenceño sin duda, pero
al fin venerables como recuerdos de familia, los había mandado al
segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho torero y mucha
manola y algún fraile pícaro; y con escándalo de Bedoya y de Bermúdez
hasta había colgado de las paredes cromos un poco verdes y nada
artísticos. En el gabinete contiguo, donde pasaba el día la Marquesa, la
anarquía de los muebles era completa, pero todos eran cómodos; casi
todos servían para acostarse; sillas largas, mecedoras, marquesitas,
confidentes, taburetes, todo era una conjuración de la pereza; en
entrando allí daban tentaciones de echarse a la larga. El sofá de panza
anchísima y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como
pistilos de rosas amarillas, era una muda anacreóntica, acompañada con
los olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a
todos los vientos.

La excelentísima señora doña Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana,
se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía
novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete.
La gran chimenea tenía lumbre desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al
teatro doña Rufina siempre que había función, aunque nevase o cayeran
rayos; para eso tenía carruajes. _Si no había teatro_, y esto era muy
frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía a los
amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía
periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas. Sólo
intervenía en la conversación para hacer alguna advertencia del género
de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas breves
interrupciones, doña Rufina demostraba un gran conocimiento del mundo y
un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no había más
pecado mortal que la hipocresía; y llamaba hipócritas a todos los que no
dejaban traslucir aficiones eróticas que podían no tener. Pero esto no
lo admitía ella. Cuando alguno _salía garante_ de una virtud, la
Marquesa, sin separar los ojos de sus caricaturas, movía la cabeza de un
lado a otro y murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase
negaciones. A veces pronunciaba claramente:

--A mí con esas... que soy tambor de marina.

No era tambor, pero quería dar a entender que había sido más fiel a las
costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas históricas solían
referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis XIV.

En tanto, el salón amarillo estaba en una discreta obscuridad, si había
pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encendía una lámpara
de cristal tallado, colgada en medio del salón. Estaba a bastante
altura; sólo podía llegar a la llave del gas Mesía, el mejor mozo. Los
demás se quejaban. Era una injusticia.

--«¿Para qué poner tan alta la lámpara?»--decían algunos un tanto
ofendidos.

Doña Rufina se encogía de hombros.

--«Cosas de ese»--respondía--aludiendo a su marido.

No era muy escrupuloso el Marqués en materia de moral privada; pero una
noche había entrado palpando las paredes para atravesar el salón y
llegar al gabinete, cuya puerta estaba entornada; su mano tropezó con
una nariz en las tinieblas, oyó un grito de mujer--estaba seguro--y
sintió ruido de sillas y pasos apagados en la alfombra. Calló por
discreción, pero ordenó a los criados que colocaran más alta la lámpara.
Así nadie podría quitarle luz ni apagarla. Pero resultó una desigualdad
irritante, porque Mesía, poniéndose de puntillas, llegaba todavía a la
llave del gas.

De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola, se habían casado
y vivían en Madrid; Emma, la segunda, había muerto tísica. Aquella
escasa vigilancia a que la Marquesa se creía obligada cuando sus hijas
vivían con ella, había desaparecido. Era el único consuelo de tanta
soledad. En tiempo de ferias, doña Rufina hacía venir alguna sobrina de
las muchas que tenía por los pueblos de la provincia. Aquellas lugareñas
linajudas esperaban con ansia la época de las ferias, cuando les tocaba
el turno de ir a Vetusta. Desde niñas se acostumbraban a mirar como
temporada de excepcional placer la que se pasaba con la tía, en medio de
lo _mejorcito_ de la capital. Algunos padres timoratos oponían algunos
argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqués,
pero al fin la vanidad triunfaba y siempre tenía su sobrina en ferias la
señora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los aposentos de
las hijas ausentes;--el de Emma no volvió a ser habitado, pero se
entraba en él cuando hacía falta--. Las muchachas animaban por algunas
semanas con el ruido de mejores días aquellas salas y pasillos, alcobas
y gabinetes, demasiado grandes y tristes cuando estaban desiertos. De
noche, sin embargo, no faltaba algazara en el piso principal, hubiera
sobrinas o no. En el segundo, de día y de noche había aventuras, pero
silenciosas. Un personaje de ellas siempre era Paquito. Cuando estaba
sereno, juraba que no había cosa peor que perseguir a la servidumbre
femenina en la propia casa; pero no podía dominarse. _Videor meliora_,
le decía don Saturno sin que Paco le entendiese. En la tertulia de la
Marquesa, con sobrinas o sin ellas, predominaba la juventud. Las
muchachas de las familias más distinguidas iban muy a menudo a hacer
compañía a la pobre señora que se había quedado sin sus tres hijas.
Previamente se daba cita al novio respectivo; y cuando no, esperaban los
acontecimientos. Allí se improvisaban los noviazgos, y del salón
amarillo habían salido muchos matrimonios _in extremis_, como decía
Paquito creyendo que _in extremis_ significaba una cosa muy divertida.
Pero lo que salía más veces, era asunto para la crónica escandalosa. Se
respetaba la casa del Marqués, pero se despellejaba a los tertulios. Se
contaba cualquier aventurilla y se añadía casi siempre:

--«Lo más odioso es que esas... tales hayan escogido para sus... cuales
una casa tan respetable, tan digna». Los liberales avanzados, los que no
se andaban con paños calientes, sostenían que la casa era lo peor.

Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa
donde había tantas aventuras.

Aunque algo se habían relajado las costumbres y ya no era un círculo tan
estrecho como en tiempo de doña Anuncia y doña Águeda (q. e. p. d.) el
_de la clase_, aún no era para todos el entrar en la tertulia de
confianza de Vegallana. Los mismos tertulios procuraban cerrar las
puertas, porque se daban tono así, y además no les convenían testigos.
«Estaban mejor en _petit comité_». El espíritu de tolerancia de la
Marquesa había contagiado a sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual
a su asunto. Como el ama de la casa autorizaba sobradamente la tertulia,
las mamás que nada esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a
las niñas solas. Además, nunca faltaban casadas todavía ganosas de
cuidar la honra de sus retoños o de divertirse por cuenta propia. ¿Y
quién duda que estas se harían respetar? Allí estaba Visitación por
ejemplo. Algunas madres había que no pasaban por esto; pero eran las
ridículas, así como los maridos que seguían conducta análoga. Algún
canónigo solía dar mayores garantías de moralidad con su presencia,
aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el canónigo paraba allí
mucho tiempo. El clero catedral prefería visitar a la Marquesa de día. A
los escrupulosos se les llamaba hipócritas y adelante.

La Marquesa sabía que en su casa se enamoraban los jóvenes un poco a lo
vivo. A veces, mientras leía, notaba que alguien abría la puerta con
gran cuidado, sin ruido, por no distraerla; levantaba los ojos; faltaba
Fulanito: bueno. Volvía a notar lo mismo, volvía a mirar, faltaba
Fulanita, bueno ¿y qué? Seguía leyendo. Y pensaba: «Todos son personas
decentes, todos saben lo que se debe a mi casa, y en cuestión de
_peccata minuta_... allá los interesados». Y encogía los hombros. Este
criterio ya lo aplicaba cuando vivían con ella sus hijas. Entonces
seguía pensando: Buenas son mis nenas; si alguno se propasa, las
conozco, me avisarán con una bofetada sonora... y lo demás... niñerías;
mientras no avisan, niñerías. En efecto, sus hijas se habían casado y
nadie se las había devuelto quejándose de lesión enormísima. Si había
habido algo, serían niñerías. Y la otra había muerto porque Dios había
querido. Una tisis, la enfermedad de moda. Cuando se había tratado de
sus hijas, al notar algún síntoma de peligro, siempre había puesto con
franqueza y maestría el oportuno remedio, sin escándalo, pero sin
rodeos.

Pero con las amiguitas que ahora iban a acompañarla por las noches, no
tomaba ninguna precaución.

--«Madres tienen», decía, o «con su pan se lo coman».

Y añadía siempre lo de:

--«Mientras no falten a lo que se debe a esta casa...».

Uno de los que más partido habían sacado de estas ideas de la Marquesa y
de su tertulia era Mesía.

«Pero a aquel hombre se le podía perdonar todo. ¡Qué tacto! ¡qué
prudencia! ¡qué discreción!».

«Entre monjas podría vivir este hombre sin que hubiera miedo de un
escándalo».

A Paco, a su adorado Paco, le había puesto cien veces por modelo la
habilidad y el sigilo de Mesía al sorprender al hijo de sus entrañas en
brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa.

Su Paco era torpe, no sabía....

--«¡Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes, muchacho!... No
llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende primero a ser
cauto y después... tu alma tu palma».

Y añadía, creyendo haber sido demasiado indulgente:

--«Además, esas aventuras... no deben tenerse en casa.... Pregunta a
Mesía». Era su madre quien había iniciado al Marquesito en el culto que
tributaba al Tenorio vetustense.

La Marquesa, viendo incorregible a su hijo, tomó el partido de subir
siempre al segundo piso tosiendo y hablando a gritos.

En la época en que venían las sobrinas, había además de tertulia
conciertos, comidas, excursiones al campo, todo como en los mejores
tiempos. La alegría corría otra vez por toda la casa; no había rincones
seguros contra el atrevimiento de los amigos íntimos; y en los
gabinetes, y hasta en las alcobas donde estaba aún el lecho virginal de
las hijas de Vegallana, sonaban a veces carcajadas, gritos comprimidos,
delatores de los juegos en que consistía la vida de aquella Arcadia
casera.

Aquella Arcadia la veía don Álvaro con ojos acariciadores; en aquella
casa tenía el teatro de sus mejores triunfos; cada mueble le contaba una
historia en íntimo secreto; en la seriedad de las sillas panzudas y de
los sillones solemnes con sus brazos e ídolos orientales, encontraba una
garantía del eterno silencio que les recomendaba. Parecía decirle la
madera de fino barniz blanco: No temas; no hablará nadie una palabra.
En el salón amarillo veía el galán un libro de memorias, de memorias
dulces y alegres, no cuando Dios quería, sino ahora y siempre; las
prendas por su bien halladas eran los tapices discretos, la seda de los
asientos, basteada, turgente, blanda y muda; la alfombra tupida que se
parecía al mismo Mesía en lo de apagar todo rumor que delatase secretos
amorosos.

El Marqués pasaba por todo. Eran cosas de su mujer.

«Si no había podido moralizarla a ella, mal había de moralizar a sus
tertulios». Él vivía en el segundo piso.

Había comprendido que el salón amarillo había ido perdiendo poco a poco
la severidad propia de un estrado, y se había decidido a convertir en
_sala de recibir_ la del segundo, que estaba sobre el salón Regencia.

La Marquesa jamás subía al nuevo estrado. Toda visita, fuese de quien
fuese, la recibía abajo. Las del Marqués, cuando eran de cumplido, se
morían de frío en el salón de antigüedades. El salón de antigüedades y
el despacho del Marqués, «constituían, como él decía, la parte seria de
la casa». En el despacho todo era de roble mate; nada, absolutamente
nada, de oro; madera y sólo madera. Vegallana tenía en mucho la
severidad de su despacho; nada más serio que el roble para casos tales.
La «sobriedad del mueblaje» rayaba en pobreza.

--¡Mi celda!--decía el Marqués con afectación.

Daba frío entrar allí y Vegallana entraba pocas veces. De las paredes
del _salón de antigüedades_ pendían tapices más o menos auténticos, pero
de notoria antigüedad.

Era lo único que al capitán Bedoya le parecía digno de respeto en aquel
museo de trampas, según su expresión. El Marqués tenía la vanidad de ser
anticuario por su dinero; pero le costaba mucha plata lo que resultaba
al cabo obra de los _truqueurs_, palabra del capitán. El implacable
Bedoya, asiduo tertulio de la Marquesa, compadecía a Vegallana y hasta
le despreciaba; pero por no disgustarle, no había querido darle pruebas
inequívocas de una triste verdad, a saber: que sus muebles Enrique II
del salón de antigüedades, eran menos viejos que el mismo Marqués. Este
los tenía por auténticos, por coetáneos del hijo del rey caballero; ¡los
había comprado él mismo en París!... Pues Bedoya, al que le aducía este
argumento en casa de Vegallana, le llamaba aparte, y sin que nadie los
viera, subía con él al segundo piso; se encerraba en el salón de
antigüedades, y con el mismo sigilo de ladrón con que sacaba libros del
Casino, se dirigía a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba
cierta parte escondida de un pie del mueble; allí había hecho él varios
agujeros con un cortaplumas y los había tapado con cera del color de la
silla; quitaba la cera con el cortaplumas, raspaba la madera y... ¡oh
triunfo! esta no se deshacía en polvo; saltaba en astillas muy pequeñas,
pero no en polvo.

--¿Ve usted?--decía Bedoya.

--¿Qué?--La madera es nueva; si fuese del tiempo que el Marqués supone,
se desharía en polvo; la madera vieja siempre deja caer el polvo de los
roedores: eso lo conocemos nosotros, no los aficionados, que no tienen
más que dinero y credulidad; ¡esto es _truquage_, puro _truquage_!

Ponía la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y descendía
triunfante diciendo por la escalera:

--¡Con que ya ve usted! ¡Sólo que al pobre Marqués, por supuesto, no hay
que decirle una palabra!

Mucho sintió Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su casa
a Obdulia aquella tarde. No estaba él para bromas. Las confidencias de
don Álvaro le habían enternecido, y su espíritu volaba en una atmósfera
ideal; aquel airecillo romántico le hacía en las entrañas sabrosas
cosquillas, más punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba él
en semejante disposición de ánimo.

Obdulia y Visitación, desde la ventana de la cocina que daba al patio,
les llamaban a grandes voces, riendo como locas.

--¡Aquí! ¡aquí! ¡a trabajar todo el mundo!--gritaba Visita chupándose
los dedos llenos de almíbar.

--¿Pero qué es esto, señoras? ¿No estaban ustedes en casa de Visita
preparando la merienda?

Visita se ruborizó levemente.

Se celebró a carcajadas el chasco que se llevaría el pobre Joaquinito
Orgaz, que había ido _a caza_ de Obdulia....

Obdulia lo explicó todo. En casa de Visita faltaban los moldes de cierto
flan invención de la difunta doña Águeda Ozores; además, el horno de la
cocina no tenía tanto hueco como el de la cocina de la Marquesa; en fin,
no le adornaban otras condiciones técnicas, que no entendían ellos.
Vamos, que ni los emparedados, ni los flanes, ni los almíbares se
habrían podido hacer en la cocina de Visita, y sin decir ¡agua va!
habían trasladado su campamento a casa de Vegallana.

La idea les había parecido muy graciosa a Obdulia y a Visita. Habían
sorprendido a la Marquesa que dormía la siesta en su gabinete. Salvo el
haberla despertado, todo le había parecido bien. Y sin moverse había
dado sus órdenes.

--A Pedro (el cocinero), a Colás (el pinche) y a las chicas, que ayuden
a estas señoras y que vayan por todo lo que necesiten.

Y doña Rufina, volviéndose a las damas, había dicho sonriente:

--Ea; ahora fuera gente loca; a la cocina y dejadme en paz.

Y se había enfrascado en la lectura de _Los Mohicanos_ de Dumas.

Visita hacía muy a menudo semejantes irrupciones en casa de cualquier
amiga. Ella entendía así la amistad. ¡Pero si su cocina era infernal! La
chimenea devolvía el humo; no se podía entrar allí sin asfixiarse, ni en
el comedor, que estaba cerca. Pocos vetustenses podían jactarse de haber
visto ni el comedor ni la cocina de Visita. Y eso que tenía tertulia, y
se presentaban charadas y se corría por los pasillos. Pero ella cerraba
ciertas puertas para que no pasase el humo; y decía señalando a los
estrechos y obscuros pasadizos:

--Por ahí corran ustedes lo que quieran, loquillas, pero nadie me abra
esa puerta.

Toda su prodigalidad de señora que recibe de confianza, se reducía a
entregar vestidos y pañuelos de estambre, todo viejo, para que los
_pollos_ de imaginación se disfrazasen de mujeres o de turcos. Aquellas
prendas se depositaban en una alcoba donde había una cama de excusa,
pero sin colchón ni ropa; con las cuerdas al aire. Aquél era el
vestuario de los actores y actrices de charadas. Se vestían todos juntos
porque todo se ponía sobre el propio traje. Además Visita no alumbraba
el cuarto, ¿para qué? Desde la sala se oía a lo mejor, detrás de las
cortinillas de tafetán verde:

--Pepe que le doy a usted un cachete.

--Hola, hola, eso no estaba en el programa....

--Niños, niños, formalidad.

--¿Por qué no les da usted una luz, Visita?

--Señores, porque esos locos son capaces de quemar la casa....

--Tiene razón Visita, tiene razón--gritaban desde dentro Joaquín Orgaz o
el Pepe de la bofetada.

Donde Visitación demostraba su intimidad con los amigos, su franqueza y
trato sencillísimo era en casa de los demás. Allí hacía locuras.

Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le había
alabado su aturdimiento gracioso a los quince años, y ya cerca de los
treinta y cinco aún era un torbellino, una cascada de alegría, según le
decía en el álbum Cármenes el poeta. Lo que era una catarata de mala
crianza, según doña Paula, la madre del Provisor, que nunca había
querido pagarle las visitas. Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo
era con cuenta y razón. Su aturdimiento era obra de un estudio profundo
y minucioso: se aturdía mientras su ojo avizor buscaba la presa... algún
dije, una golosina, cualquier cosa menos dinero. Creía, o mejor, fingía
creer, que las cosas no valen nada, que sólo la moneda es riqueza.

--Señora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio usted por mí
el otro día.

--Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me avergüence usted.

--¡No faltaba más!... Tome usted.... ¡Y qué alfiletero tan mono!

--No vale nada.--¡Es precioso!--Está a su disposición.

--No me lo diga usted dos veces...--Está a su disposición... ¡vaya una
alhaja!

--¿Sí? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una urraca....

Y sí que era una urraca, como que así la llamaba doña Paula: la urraca
ladrona.

Donde hacía estragos era en los comestibles.

Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas.

--¿Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la llave del
armario o de la alacena... y aquí me tienes muerta de hambre. A ver, a
ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de hambre.

Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotería o a la aduana.
Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una
comisión para que lo preparase todo. Sus miembros eran invariablemente
Visita y un primo suyo. Visita, por economía, y porque le daban asco el
pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta, y bajo su dirección,
los hojaldres, los almíbares, todo lo que podía hacerse en su cocina.
Después resultaba que en su cocina no se podía hacer nada. ¡El pícaro
humo! El casero, que no ensanchaba el horno... ¡diablos coronados! Dios
la perdonara.

El caso es que recurría en el apuro a la cocina de Vegallana, u otra de
buena casa, las más veces a aquella. Allí se hacía todo. Visita disponía
de los criados del Marqués; previo el consentimiento del cocinero, por
lo que respecta a la cocina, sacaba algunas provisiones de la despensa;
mandaba a la tienda por azúcar, pasas, pimienta, sal, ¡diablos
coronados! si el señor Pedro no abría los cajones de sus armarios; que
viniera todo lo que se necesitaba. «¿Dinero? Deje usted, ahí tengo yo
cuenta». Después todo aquello aparecía en la cuenta del Marqués.
Equivocaciones; como habían ido sus criados a comprar.... Se comían la
merienda. En la primera noche de tertulia se hacían los comentarios.

--Visita, ¿qué tal, nos hemos empeñado?

--Poca cosa... un piquillo...--Pues a ver, a ver, que se pague.--Nada
más justo.--A escote.--Dejen ustedes, ¿se quieren ustedes callar? No
se hable de eso, no merece la pena.

Visita tenía principio para algunas semanas y postres para meses. Su
esposo era un humilde empleado del Banco, pero de muy buena familia,
pariente de títulos. Si Visita no se ingeniara ¿cómo se mantendría aquel
decente pasar que era indispensable para continuar siendo parientes de
la nobleza?

Cuando Visitación era soltera, se dijo--¡de quién no se dice!--si había
saltado o no había saltado por un balcón... no por causa de incendio,
sino por causa de un novio que algunos presumían que había sido Mesía.
Todas eran conjeturas; cierto nada. Como ella era algo ligera... como no
guardaba las apariencias....

Ya nadie se acordaba de aquello; seguía siendo aturdida, tenía fama de
golosa y de _gorrona_--según la expresión que se usaba en Vetusta como
en todas partes--pero nada más. Era insoportable con su alegría
intempestiva; mas en materia grave, en lo que no admite parvedad de
materia, nadie la acusaba, a lo menos públicamente. Por supuesto, que no
se cuenta tal o cual descuidillo....

Era alta, delgada, rubia, graciosa, pero no tanto como pensaba ella; sus
ojos pequeñuelos que cerraba entornándolos hasta hacerlos invisibles,
tenían cierta malicia, pero no el encanto voluptuoso por lo picante, que
ella suponía. Al tocarla la mano cuando no tenía guante, notaba el
tacto el pringue de alguna golosina que Visita acababa de comer.

Don Álvaro en el seno de la confianza hablaba con desprecio de
Visitación y hacía gestos mal disimulados de asco. Aseguraba que tenía
un pie bonito y una pantorrilla mucho mejor de lo que podría esperarse;
pero calzaba mal... y enaguas y medias dejaban mucho que desear... ya se
le entendía. Y solía limpiar los labios con el pañuelo después de decir
esto.

Paco Vegallana, juraba que usaba aquella señora ligas de balduque, y que
él le había conocido una de bramante. Todo esto, por supuesto, se decía
nada más entre hombres, y habían de ser discretos.

Los bajos de Obdulia, en cambio, eran irreprochables; no así su
conducta: pero de esto ya no se hablaba de puro sabido. Ella, sin
embargo, negaba a cada uno de sus amantes todas sus relaciones
anteriores, menos las de Mesía. Eran su orgullo. Aquel hombre la había
fascinado, ¿para qué negarlo? Pero sólo él. Era viuda y jamás recordaba
al difunto; parecía la viuda de Alvarito; «¡era su único pasado!».

Aquella tarde estaban guapas las dos; era preciso confesarlo. Por lo
menos Paco Vegallana lo confesaba ingenuamente. Y sin que renunciara a
consagrar el resto del día al idealismo, en buen hora despertado por las
relaciones de su amigo, consintió el Marquesito en pasar a la cocina de
su casa, al oler lo que guisaban aquellas señoras.

En la cocina de los Vegallana se reflejaba su positiva grandeza. No, no
eran nobles tronados: abundancia, limpieza, desahogo, esmero,
refinamiento en el arte culinario, todo esto y más se notaba desde el
momento de entrar allí.

Pedro, el cocinero, y Colás, su pinche, preparaban la comida ordinaria,
y parecía que se trataba de un banquete. Por toda la provincia tenía
esparcidos sus dominios el Marqués, en forma de arrendamientos que allí
se llaman caseríos, y a más de la renta, que era baja, por consistir el
lujo en esta materia en no subirla jamás, pagaban los colonos el tributo
de los mejores frutos naturales de su corral, del río vecino, de la caza
de los montes. Liebres, conejos, perdices, arceas, salmones, truchas,
capones, gallinas, acudían mal de su grado a la cocina del Marqués, como
convocados a nueva Arca de Noé, en trance de diluvio universal. A todas
horas, de día y de noche, en alguna parte de la provincia se estaban
preparando las provisiones de la mesa de Vegallana; podía asegurarse.

A media noche, cuando los hornos estaban apagados y dormía Pedro, y
dormía el amo, y nadie pensaba en comer, allá a dos leguas de Vetusta,
en el río Celonio velaba un pobre aldeano tripulando miserable barca
medio podrida y que hacía mucha agua. Debajo de peñón sombrío, que como
torre inclinada amenaza caer sobre la corriente, y hace más obscura la
obscuridad del río en el remanso, acechaba el paso del salmón, empuñando
un haz de paja encendida, cuya llama se refleja en las ondas como estela
de fuego. Aquel salmón que pescaba el colono del magnate a la luz de una
hoguera portátil, era el mismo que ahora estaba sangrando, todo lonjas,
esperando el momento de entregarse a la parrilla, sobre una mesa de
pino, blanca y pulcra.

También de noche, cerca del alba, emprendía su viaje al monte el casero
que se preciaba de regalar a su _señor_ las primeras arceas, las mejores
perdices; y allí estaban las perdices, sobre la mesa de pino, ofreciendo
el contraste de sus plumas pardas con el rojo y plata del salmón
despedazado. Allí cerca, en la despensa, gallinas, pichones, anguilas
monstruosas, jamones monumentales, morcillas blancas y morenas, chorizos
purpurinos, en aparente desorden yacían amontonados o pendían de
retorcidos ganchos de hierro, según su género. Aquella despensa devoraba
lo más exquisito de la fauna y la flora comestibles de la provincia. Los
colores vivos de la fruta mejor sazonada y de mayor tamaño animaban el
cuadro, algo melancólico si hubiesen estado solos aquellos tonos
apagados de la naturaleza muerta, ya embutida, ya salada. Peras
amarillentas, otras de asar, casi rojas, manzanas de oro y grana,
montones de nueces, avellanas y castañas, daban alegría, variedad y
armoniosa distribución de luz y sombra al conjunto, suculento sin más
que verlo, mientras al olfato llegaban mezclados los olores punzantes de
la química culinaria y los aromas suaves y discretos de naranjas,
limones, manzanas y heno, que era el blando lecho de la fruta.

Y todo aquello había sido movimiento, luz, vida, ruido, cantando en el
bosque, volando por el cielo azul, serpeando por las frescas linfas,
luciendo al sol destellos de todo el iris, al pender de las ramas, en
vega, prados, ríos, montes.... «¡Indudablemente Vegallana sabía ser un
gran señor!», pensaba suspirando Visita, que soñaba muerta de envidia
con aquella despensa, exposición permanente de lo más apetecible que
cría la provincia.

El Marqués sonreía cuando le hablaban de ampliar el sufragio. «¿Y qué?
¿no son casi todos colonos míos? ¿no me regalan sus mejores frutos? ¿los
que me dan los bocados más apetitosos me negarán el voto insustancial,
_flatus vocis_?».

El ajuar de la cocina abundante, rico, ostentoso, despedía rayos desde
todas las paredes, sobre el hogar, sobre mesas y arcones; era digno de
la despensa; y Pedro, altivo, displicente, ordenaba todo aquello con voz
imperiosa; mandaba allí como un tirano. Comía lo mejor; mantenía las
tradiciones de la disciplina culinaria; vigilaba el servicio del comedor
desde lejos, pues no era un cocinero vulgar, egida sólo de pucheros y
peroles, sino un capitán general metido en el fuego y atento a la mesa.
No era viejo. Tenía cuarenta años muy bien cuidados; amaba mucho, y se
creía un lechuguino, en la esfera propia de su cargo, cuando dejaba el
mandil y se vestía de señorito.

Colás era un pinche de vocación decidida, colorado y vivo, de ojos
maliciosos y manos listas. Los dos personajes, a más de la robusta
montañesa que tenía a su servicio Visita, ayudaban a las damas en su
tarea. Pedro, sin dejar lo principal, que era la comida de sus amos,
colaboraba sabiamente. Había empezado por tolerar nada más aquella
irrupción de la merienda. La cocina daba espacio para todo; aquello no
valía nada, y otorgó el cocinero su indispensable permiso con un desdén
mal disimulado. Poco a poco pasó del estado de tolerancia al de
protección: primero se rebajó hasta dar algunos consejos a la montañesa,
después le dio un pellizco. Se animó aquello.

--Colás, ponte a la disposición de esas señoras--dijo Pedro con voz
solemne.

Porque el mandato de la Marquesa no había bastado; el pinche obedecía a
Pedro y Pedro a su deber. Si la Marquesa le hubiera exigido algo
contrario a sus convicciones de artista no hubiese conseguido más que
su dimisión. Era su lenguaje. Leía muchos periódicos antes de
convertirlos en cucuruchos.

Cuando Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, comenzó a
seducirle con miradas de medio minuto y algún choque involuntario, Pedro
se rindió, y de rato en rato daba algunos toques de maestro a la
merienda de Visita.

Llegó a más; quiso enamorar a doña Obdulia con pruebas de su habilidad,
y acudía siempre que se presentaba una cuestión teórica o una dificultad
práctica.

«¿Qué se echa ahora?

»¿Qué se tuesta primero?

»¿Cuántas vueltas se les da a estos huevos?

»¿Cómo se envuelve esta pasta?

»¿Lleva esto pimienta o no la lleva?

»¿Será una indiscreción poner aquí canela?

»El almíbar ¿está en su punto?

»¿Cómo se baten estas claras?».

A todo dieron cumplida respuesta la inteligencia y habilidad de Pedro.
Cuando no bastaba una explicación, ponía él la mano en el asunto y era
cosa hecha.

Obdulia, que había aprendido en Madrid de su prima Tarsila a premiar con
sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del arte y de
la ciencia; no de otro modo que la tarde anterior había vuelto loco de
placer y voluptuosidad al señor Bermúdez, en premio de su erudición
arqueológica, ahora vino a otorgar fortuitos y subrepticios favores al
cocinero de Vegallana con miradas ardientes, como al descuido, al oír
una luminosa teoría acerca de la grasa de cerdo; un apretón de manos, al
parecer casual, al remover una masa misma, al meter los dedos en el
mismo recipiente, v. gr. un perol. El cocinero estuvo a punto de caer
de espaldas, de puro goce, cuando, por motivo del punto que le convenía
al dulce de melocotón, Obdulia se acercó al dignísimo Pedro y sonriendo
le metió en la boca la misma cucharilla que ella acababa de tocar con
sus labios de rubí (este rubí es del cocinero.)

Al personaje del mandil se le apareció en lontananza la conquista de
aquella señora como una recompensa final, digna de una vida entera
consagrada a salpimentar la comida de tantos caballeros y damas, que
gracias a él habían encontrado más fácil y provocativo el camino de los
dulces y sustanciales amores.

Pedro llegó a donde pocas veces; a consentir que las criadas de la casa
intervinieran en los asuntos de los negros pucheros de hierro. Él amaba
a la mujer, a todas las mujeres, pero no creía en sus facultades
culinarias; otro era su destino. La cocina y la mujer son términos
antitéticos, palabras que había aprendido en sus cucuruchos de papel
impreso. La libertad y el gobierno son antitéticos, había leído en un
periódico rojo, y aplicaba la frase a la cocina y a la mujer. Lo que
pensaba todo Vetusta de las literatas, lo pensaba Pedro de las
cocineras. Las llamaba marimachos.

Si se le decía que los cocineros son más caros y gastan más, respondía:

--Amigo, el que no sea rico que no coma.

Por lo demás, él era socialista, pero en otras materias.

Cuando entraron en la cocina los señoritos, Pedro volvió a su continente
habitual, al gesto displicente que usaba con las criadas y con los
_caseros_ que traían las provisiones desde la aldea, remota a veces. El
fogón era un dios y él su Pontífice Máximo; los demás sacrificaban en
las aras del fogón y Pedro celebraba misteriosamente y en silencio.
Volvió a su gesto desdeñoso, porque así entendía el respeto a los amos.
Apenas contestaba si le hablaban. No tardó en ver por sus ojos que _la
donna è movile_, como cantaba él a menudo. Obdulia, en cuanto entraron
los otros, le olvidó por completo. ¡Antes había olvidado a don
Saturnino, que yacía en «el lecho del dolor» con sendos parches de sebo
en las sienes, entregado al placer de rumiar los dulces recuerdos de
aquella tarde arqueológica!

La conversación de metafísica erótica que Mesía y Paco acababan de dejar
no les permitía, al principio, participar de aquel entusiasmo
gastronómico y culinario a que estaban entregadas las damas. Verdad es
que la hora de comer se acercaba y aquellos olores excitaban el apetito.
Pero el ideal no come. Mesía gozaba del arte supremo de entrar en
carboneras, cocinas y hasta molinos, sin coger tiznes, grasa, ni harina.
Estaba en la cocina del Marqués como en el salón amarillo, a sus anchas
y sin tropezar con nada. Allí mismo había repartido él besos en muy
distintas y apartadas épocas. No había tal vez un rincón de aquella casa
libre de semejantes recuerdos para don Álvaro. En cuanto a Paquito, no
se diga. Su primer amor había sido una criada que tenía su dormitorio en
lo que hoy era despensa. Sabía el Marquesito andar por la cocina a
obscuras, a gatas, y ya había medido con su agazapado cuerpo las
dimensiones de la carbonera provisional que había cerca del fogón.

No tardaron los señoritos, a pesar del ideal, en tomar parte más activa
en el entusiasmo alegre y expansivo de aquellas artistas. También ellos
eran pintores. Y, a pesar de las burlas casi irrespetuosas del pinche y
de la sonrisa insultante de Pedro, los dos caballeros quisieron probar
sus habilidades metiendo la mano en pastas y almíbares y en cuanto se
preparaba. Paco se puso perdido. Mesía estaba como un armiño metido a
marmitón.

Obdulia había tropezado quinientas veces con el Marquesito; se rozaban
sus brazos, sus rodillas, las manos sobre todo, durante minutos, y
fingían no pensar en ello. Un movimiento brusco de la dama, que traía
falda corta, recogida y apretada al cuerpo con las cintas del delantal
blanco, dejó ver a Paco parte, gran parte de una media escocesa de un
gusto nuevo. Siempre había considerado el joven aristócrata como una
antinomia del amor aquella preferencia que él daba a la escultura humana
con velos, sobre el desnudo puro. ¿Por qué le excitaba más el velo que
la carne? No se lo explicaba. Veía la rolliza pantorrilla de una aldeana
descalza de pie y pierna ¡y nada! ¡veía una media hasta ocho dedos más
arriba del tobillo... y adiós idealismo! Y así fue esta vez. Es más; si
la media de Obdulia no hubiera sido escocesa, tal vez el mozo no hubiese
perdido la tranquilidad de su reposo idealista; pero aquellos cuadros
rojos, negros y verdes, con listillas de otros colores, le volvieron a
la torpe y grosera realidad, y Obdulia notó en seguida que triunfaba.

Para la viuda, uno de los placeres más refinados era «una sesión» alegre
con uno de sus antiguos amantes; aquello de no principiar por los
preliminares le parecía delicioso. ¡Después, los recuerdos tenían un
encanto! ¡Saborear como cosa presente un recuerdo! ¿Qué mayor dicha?
Paco había sido su amante. Ella hubiera preferido a Mesía, que estaba en
las mismas condiciones y era mucho más antiguo. ¡Pero Álvaro estaba
hecho un salvaje! La trataba como don Saturnino, antes de atreverse;
con la finura del mundo y la miraba con la indiferencia fría y honrada
con que la miraba el señor Obispo. Estaba segura de que ni al Obispo ni
a Mesía les sugería su presencia jamás un deseo carnal. Era intratable
aquel don Álvaro. También lo era el Obispo. Y sin embargo, bien lo sabía
Dios, ella le había sido fiel--a Mesía, por supuesto--; todavía le amaba
o cosa parecida. Le hubiera preferido siempre a todos. Pero él no quería
ya. Aquello se había acabado.

Se habían cansado de jugar a los cocineros. Visita era la que todavía
encontraba placer en registrar cacerolas, y revolver vasares, armarios y
alacenas. Siempre hablaba con alguna golosina en la boca. Pedro notó que
guardaba en una faltriquera terrones de azúcar y papeles de azafrán
puro, que se consumía en la cocina del Marqués, con gran envidia de la
urraca ladrona. También almacenó entre las faldas un paquete de té
superior.

Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones
humorísticas que ya no hacían reír. Todos sabían que aquél era el vicio
de doña Visita.

Las señoras dejaron a los criados el cuidado de la merienda y se fueron
a lavar las manos, y arreglar traje y peinado. Ya sabían dónde estaba el
tocador para tales casos. Era la habitación donde había muerto la hija
segunda de los Marqueses. Ya nadie pensaba en esto. Allí estaba el
lecho, pero no quedaba de la pobre niña ni una prenda, ni un recuerdo.

Mesía y Paco entraron con las señoras ¿por qué no? Se conocían demasiado
para fingir escrúpulos. Además, «no se les había de ver nada» como dijo
Obdulia. Paco y la viuda se lavaron juntos las manos en una misma
jofaina; los dedos se enroscaban en los dedos dentro del agua. Era un
placer muy picante, según ella. Esto les recordó mejores días. El sol
que se acercaba al ocaso, entraba hasta los pies de la cama y envolvía
en una aureola a aquella pareja de aturdidos. El calor del fogón, las
bromas y la faena habían encendido brasas en las mejillas de Obdulia;
una oreja le echaba fuego. Estaba excitada, quería algo y no sabía qué.
No era cosa de comer de fijo, porque había probado de cien golosinas y
hasta algo de la comida del Marqués por chanza.

Visitación y Mesía, más tranquilos, conversaban al balcón, apoyados en
el hierro frío del antepecho. «No volverían la cara; estaba ella
segura». Entre estos camaradas, jamás se falta a ciertos pactos tácitos.

El Marquesito soltó una carcajada.

--¿De qué te ríes?--dijo Obdulia.

--De Joaquinito Orgaz, el flamenco que andará buscándote por todas
partes. Es chusco ¿eh?

Obdulia meditó y al fin rió a carcajadas. «Era chusco en efecto». Se
había sentado sobre la cama de la difunta. Los pies de la viuda se
movían oscilando como péndulos. Se veía otra vez la media escocesa.
Ahora se veían dos. Obdulia suspiró. Se habló de lo pasado. «En rigor,
siempre se habían querido; había _algo_ que les unía a pesar suyo. Se
tronaba porque la constancia es imposible y hastía al cabo; eran
ridículas unas relaciones muy largas; esto lo habían aprendido los dos
en Madrid. Los matrimonios deben aburrirse a los dos años, a más tardar;
los arreglos pueden tirar algo más, poco».

--Pero ¿verdad--dijo Obdulia, poniéndose más guapa--que esto de
encontrarse de vez en cuando se parece un poco a un buen día de sol en
invierno, en esta tierra maldita del agua y la niebla?

--¡Magnífico!--exclamó Paco--es verdad; una cosa sentía yo que no sabía
explicarme... y era eso.

Y como le pareciera alambicado y poético este sentimiento, se consagró a
enamorar de todo corazón a la viuda por aquella tarde.

Era lo que llamaba ella saborear los recuerdos.

Visitación también tenía brasas en las mejillas y sus ojos pequeños los
habían hermoseado el calor de la cocina y la animación de la broma,
arrancándoles reflejos de fingida pasión. Su pelo de un rubio obscuro
era rizoso y caía en mechones revueltos sobre su frente. Hablaban ella y
don Álvaro como hermanos cariñosos. Él había sido su primer amor serio,
es decir, el primero que le había hecho cometer imprudencias, como, v.
gr., saltar de noche por un balcón. ¡Pero estaba ya tan lejos todo
aquello! La vida había puesto por medio todos sus prosaicos cuidados.

La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a restañar las
heridas del crédito, a conjurar la bancarrota, había convertido el
espíritu de _aquella loca_ al positivismo vulgar, y había atajado las
demasías eróticas de su fantasía juvenil.

Hacía muy buena casada, en opinión de las gentes; esto es, atendía con
gran esmero y diligencia a la hacienda y a los quehaceres domésticos.

Mesía y Visita no tenían en el invierno de sus amores aquellos días de
sol de que hablaba Obdulia. Pero cuando se veían a solas y alguno de
ellos tenía algún cuidado o preocupación, de esos que piden confidentes
y consejeros, se lo decían todo, o casi todo; se hablaban en voz baja,
muy cerca uno de otro, y volvían a llamarse de tú como antaño. Parecían
un matrimonio bien avenido, aunque sin amor ya a fuerza de años.

--¡Bah!--decía Visitación con un poco de tristeza verdadera, que daba
interés al ocaso de su hermosura--; ¡bah! tú has caído esta vez de
veras, te lo conozco yo. Pero también te digo una cosa: que te va a
costar tu trabajo....

Mesía hablaba de la Regenta con Visita con más franqueza que con Paco.
Su _política_ tenía que ser diferente. Al Marquesito había que hablarle
de amor puro, por los motivos explicados antes; a Visita de una
conquista más. Comprendía don Álvaro que Visitación quería precipitar a
la Regenta en el agujero negro donde habían caído ella y tantas otras.
Visita era amiga de Ana desde que esta había venido a Vetusta con su tía
doña Anunciación y con Ripamilán, el hoy Arcipreste. Admiraba a su
amiguita, elogiaba su hermosura y su virtud; pero la hermosura la
molestaba como a todas, y la virtud la volvía loca. Quería ver aquel
armiño en el lodo. La aburría tanta alabanza. Toda Vetusta diciendo:
«¡La Regenta, la Regenta es inexpugnable!». Al cabo llegaba a cansar
aquella canción eterna. Hasta el modo de llamarla era tonto. ¡La
Regenta! ¿Por qué? ¿No había otra? Ella lo había sido en Vetusta poco
tiempo. Su marido había dejado la carrera muy pronto, ¿a qué venía
aquello de Regenta por aquí, Regenta por allí? Poco tiempo tenía la
mujer del empleado del Banco para consagrarle a estas malas pasiones de
pura fantasía y mala intención; necesitaba la atención para la prosa de
la vida que era bien difícil; pero algún desahogo había de tener: pues
bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como todas. No se
separaba de ella en cuanto podía: a la iglesia, al paseo, al teatro,
iban juntas casi siempre, aunque Ana iba pocas veces. La del Banco,
desde que había descubierto algún interés por don Álvaro en su amiga y
en Mesía deseos de vencer aquella virtud, no pensaba más que en
precipitar lo que en su concepto era necesario. No creía a nadie capaz
de resistir a su antiguo novio.

En cuanto estaban solos, hablaban de aquel asunto.

Álvaro negaba que hubiese por su parte amor; era un capricho fuerte
arraigado en él por las dificultades.

Visita fingía preferir que fuese una pasión verdadera; disimulaba el
placer íntimo que encontraba en las afirmaciones del otro.

--Ya lo sabes, Visita; amar no es para todas las edades.

--No hablemos de eso.--Se quiere una vez y después... se las arregla
uno como puede.

Mesía al decir esto encogía los hombros con un gesto de desesperación
humorística que a él y a sus adoratrices se les antojaba muy
interesante, byroniano (si las adoratrices sabían de Byron.)

--Y ella es hermosa, Alvarín, hermosa, hermosa; eso te lo juro yo.

--Sí, eso a la vista está.

--No, no todo está a la vista como comprendes. Y como ella no hace lo
que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atrás, donde se oía el
cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jamás se aprieta con cintas y
poleas las enaguas y la falda... ni se embute.... ¡Si la vieras!

--Me lo figuro.--No es lo mismo. Hubo una pausa. Y continuó Visita:

--¿Ves esa cara dulce, apacible, que sólo tiene algo de pasión en los
ojos, y esa, como a la sombra debajo de las pestañas, contenida...?

--¿Verdad que tiene razón Frígilis?

--¿Qué dice ese sonámbulo?

--Que la Regenta se parece mucho a la Virgen de la Silla.

--Es verdad; la cara sí...--Y la expresión; y aquel modo de inclinar la
cabeza cuando está distraída; parece que está acariciando a un niño con
la barba redonda y pura....

--¡Hola, hola! ¡el pintor!

Las chispas de los ojos de la jamona saltaron como las de un brasero
aventado.

--¡Dice que no está enamorado y la compara con la Virgen!...

--Creo que la pobre siente mucho no tener un hijo.

Visita encogió los hombros, y después de pasar algo amargo que tenía en
la garganta, dijo con voz ronca y rápida:

--Que lo tenga. Mesía disimuló la repugnancia que le produjo aquella
frase.

--Pero, ¡ay, Alvarín! ¡si la pudieras ver en su cuarto, sobre todo
cuando le da un ataque de esos que la hacen retorcerse!... ¡Cómo salta
sobre la cama! Parece otra.... Entonces, no sé por qué, me explico yo el
capricho de la piel de tigre que dicen que le regaló un inglés
americano. ¿Te acuerdas de aquel baile fantástico que bailaban los Bufos
que vinieron el año pasado?

--Sí, ¿qué?--¿Te acuerdas de aquella danza de las Bacantes? Pues eso
parece, sólo que mucho mejor; una bacante como serían las de verdad, si
las hubo allá, en esos países que dicen. Eso parece cuando se retuerce.
¡Cómo se ríe cuando está en el ataque! Tiene los ojos llenos de
lágrimas, y en la boca unos pliegues tentadores, y dentro de la
remonísima garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas
subterráneas; parece que allá dentro se lamenta el amor siempre callado
y en prisiones ¡qué sé yo! ¡Suspira de un modo, da unos abrazos a las
almohadas! ¡Y se encoge con una pereza! Cualquiera diría que en los
ataques tiene pesadillas, y que rabia de celos o se muere de amor.... Ese
estúpido de don Víctor con sus pájaros y sus comedias, y su Frígilis el
de los gallos en injerto, no es un hombre. Todo esto es una injusticia;
el mundo no debía ser así. Y no es así. Sois los hombres los que habéis
inventado toda esa farsa.

Calló un poco, perdido el hilo del discurso, y añadió:

--Yo me entiendo. Después de calmarse volvió a su asunto.

--¡Si la vieras! Es que no es así como se quiera. Verás... tiene los
brazos....

Y describía minuciosamente, con los pormenores que ella podía explicar a
un hombre que había sido su amante y era su camarada, todas las
turgencias de Ana, su perfección plástica, los encantos velados, como
decía Cármenes en el _Lábaro_. Pero les daba su nombre propio unas
veces, y cuando no lo tenían, o ella lo ignoraba, usaba caprichosos
diminutivos inventados en otro tiempo por Álvaro en el entusiasmo de las
más dulces confianzas. Aquellos nombres, afeminados aunque fuesen
masculinos, estaban grabados como si fuesen de fuego en la memoria de
Visita; no salían a sus labios sino al hablar con Álvaro y pocas veces.
Le sabían a gloria a la del Banco. Pero después le quedaba un dejo
amargo.... «Todo aquello ya como si no: el marido, los hijos, la plaza,
los criados, el casero... ¡diablos coronados!».

Visita iba señalando en su cuerpo, sin coquetería, sin pensar en lo que
hacía, las partes correspondientes de la Regenta, que describía con
entusiasmo; y dijo al terminar su descripción apuntando hacia atrás:

--Se precia «esa otra» de buenas formas.... ¡Buena comparación tiene!

La cita era sabia y oportuna. Visitación suponía a don Álvaro enterado
de lo que era aquella otra ¡y no había comparación!

Quien ahora tragaba saliva era el Presidente del Casino, colorado como
una amapola. Ya tenía él en sus ojos, casi siempre apagados, las chispas
que saltaban de los de Visita.

--Pero te ha de costar mucho trabajo....

--Puede que no tanto--dijo Mesía, sin contenerse.

--Ella tragar... ya tragó el anzuelo.

--¿Crees tú?--Sí, estoy segura. Pero no te fíes; puedes marcharte con
una tajada y dejar el pez en el agua.

--Como yo vea el momento de tirar...--Mucho tiempo llevas pensándolo.

--¿Quién te lo ha dicho?

--Estos. Y puso los dedos sobre los ojos.--Y lo de ella, ¿cómo lo
sabes?

--¡Curiosón! ¡el que no está enamorado!...

--¿Enamorado? ni por pienso... pero es natural que quiera saber cómo
está ella... para echar mis cuentas.

--Ella no está como un guante, pero por dentro andará la procesión.
Menudean los ataques de nervios. Ya sabes que cuando se casó cesaron,
que después volvieron, pero nunca con la frecuencia de ahora. Su humor
es desigual. Exagera la severidad con que juzga a las demás, la aburre
todo. ¡Pasa unas encerronas!

--¡Ta, ta, ta! eso no es decir nada.

--Es mucho.--Nada en mi favor.--¿Tú qué sabes? Mira, si le hablan de
ti palidece o se pone como un tomate, enmudece y después cambia de
conversación en cuanto puede hablar. En el teatro, en el momento en que
tú vuelves la cara, te clava los ojos, y cuando el público está más
atento a la escena y ella cree que nadie la observa, te clava los
gemelos. Pero la observo yo; por curiosidad, claro; porque a mí, en
último caso ¿qué? Su alma su palma.

--¿No eres su amiga íntima?

--Su amiga, sí. ¿Íntima? Ella no tiene más intimidades que las de dentro
de su cabeza. Tiene ese defectillo; es muy cavilosa y todo se lo guarda.
Por ella no sabré nunca nada.

Un momento de silencio.--A no ser que ahora se lo cuente todo al
Magistral.... Ya sabrás que le ha tomado de confesor.

--Sí, eso dicen; creo que es cosa del Arcipreste que se cansa de asistir
al confesonario.

--No, es cosa de ella; tiene otra vez sus proyectos de misticismo.

Visita llamaba misticismo a toda devoción que no fuera como la suya, que
no era devoción.

--Ana, cuando chica, allá en Loreto, tuvo ya, según yo averigüé,
arranques así... como de loca... y vio visiones... en fin desarreglos.
Ahora vuelve; pero es por otra causa (y señaló al corazón.) Está
enamorada, Alvarico, no te quepa duda.

Don Álvaro sintió un profundo y tiernísimo agradecimiento. ¡Le daban una
fe en sí mismo aquellas palabras!

No quería saber más: o mejor, comprendió que nada positivo podía añadir
Visita.

Vio en el rostro de aquella mujer una amargura que revelaban ciertos
músculos, mientras otros luchaban por borrar aquel gesto. Su voz
temblaba un poco. Daba lástima. A lo menos la sintió Mesía.

--Deja eso--dijo, acercándose a su amiga--. No hablemos de otros;
hablemos de nosotros. Estás guapísima....

--¿Ahora... con esas? (Parecía que hablaba con lengua metálica.)

--Tontina... si tú no fueras tan desconfiada....

--¿Qué novedades son estas?--preguntaron los labios y la lengua de
placas de acero.

--Novedades... ¿las llamas novedades... ingrata?

Don Álvaro acercó su rostro al de la dama golosa. Nadie pasaba por la
calle. Era de las más desiertas; crecía yerba entre las piedras. Aquel
silencio era el que llamaba solemne y aristocrático don Saturnino.

Los que estaban detrás, Obdulia y Paco, no veían; don Álvaro estaba
seguro. Se aproximó más a Visita.

Sonó una bofetada; y después la carcajada estrepitosa de la del Banco,
que dio un paso atrás, huyendo de don Álvaro.

--¡Loca!... ¡idiota!...--gimió Mesía limpiando su mejilla que sintió
húmeda y pegajosa.

--¡Vuelve por otra! A mí que soy tambor de marina, como dice la
Marquesa.

La dama, completamente tranquila, sonriente, se metió un terrón de
azúcar en la boca.

Era su sistema. Se prohibía a sí misma, por desconfianza, las dulzuras
de los engaños de amor, y los compensaba con golosinas, que «se pegaban
al riñón».

Mesía recordó con tristeza, mezclada de remordimiento, la noche en que
aquella mujer saltaba por un balcón, llena de fe y enamorada.

Por una esquina de la calle, del lado de la catedral, apareció una
señora que los del balcón reconocieron al momento. Era la Regenta. Venía
de negro, de mantilla; la acompañaba Petra, su doncella. Pronto
estuvieron debajo de ellos. Ana iba distraída, porque no levantó la
cabeza.

--Anita, Anita--gritó Visitación.

Entonces Mesía pudo ver el rostro de la Regenta, que sonreía y saludaba.
Nunca la había visto tan hermosa. Traía las mejillas sonrosadas, y ella
era pálida; también parecía haber estado al lado de un fogón como Visita
y Obdulia; en sus ojos había un brillo seco, destellos de alegría que se
difundían en reflejos por todo el rostro. Venía con cara de sonreír a
sus ideas.

Y además de esto notó Mesía que le había mirado sin conmoverse, sin
turbarse, como a Visita, ni más ni menos; hasta en su saludo, más franco
y expansivo que otras veces, había visto una especie de desaire, la
expresión de una indiferencia que le irritaba. Era como si le hubiera
dicho: gozquecillo, tú no muerdes, no te temo. Se vería. Por lo pronto
aquella afabilidad era desprecio. ¿Qué había pasado en la catedral? ¿Qué
hombre era aquel don Fermín que en una sola conferencia había cambiado
aquella mujer?

Todo esto pensó en un momento, irritado, con vehemente deseo de salir de
dudas y vacilaciones. Pero nada le salió al rostro. Saludó con su aire
grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba Trabuco, su
admirador y mortal enemigo.

--¿Has confesado?--Sí, ahora mismo.

--¿Con el Magistral, por supuesto?

--Sí, con él.--¿Qué tal? ¿Excelente, verdad? ¿Qué te decía yo? ¿No
subes?

--No, ahora no puedo. Obdulia oyó la voz de Ana y corrió al balcón, sin
cuidarse de reparar el desorden de su traje y peinado.

--¡Ana, sube, anda, tonta!--gritó la viuda mientras devoraba a la
Regenta con los ojos de pies a cabeza.

Para Obdulia las demás mujeres no tenían más valor que el de un maniquí
de colgar vestidos; para trapos ellas; para todo lo demás, los hombres.

Ana se excusó otra vez; tenía que hacer. Saludó con graciosa sonrisa y
siguió adelante. Un momento se habían encontrado sus ojos con los de
Mesía, pero no se habían turbado ni escondido como otras veces; le
habían mirado distraídos, sin que ella procurase evitar _el contacto_ de
aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado,
confundido con el deseo.

Todos callaban en el balcón mientras la Regenta se alejaba y desaparecía
por la calle desierta. Todos la siguieron con la mirada hasta que dobló
la esquina. Obdulia dijo, queriendo afectar un tono algo desdeñoso:

--Va muy sencilla. Y se volvió al gabinete.--¡Cómetela!...--gritó al
oído de Álvaro Visita con voz en que asomaba un poco de burla. Y añadió
muy seria:

--¡Cuidado con el Magistral, que sabe mucha teología parda!...



--IX--


En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra está el
palacio de los Ozores, de fachada ostentosa, recargada, sin elegancia,
de sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa
hasta el tejado por las paredes.

Al llegar al portal Ana se detuvo; se estremeció como si sintiera frío.
Miró hacia la bocacalle próxima; por allí el horizonte se abría lleno de
resplandores. La calle del Águila era una pendiente rápida que dejaba
ver en lontananza la sierra y los prados que forman su falda, verdes y
relucientes entonces. Cruzaban la plaza y pasaban sobre los tejados
golondrinas gárrulas, inquietas, que iban y venían, como si hiciesen sus
visitas de despedida, próximo el viaje de invierno.

--Oye, Petra, no llames; vamos a dar un paseo....

--¿Las dos solas?--Sí, las dos... por los prados... a campo traviesa.

--Pero, señorita, los prados estarán muy mojados....

--Por algún camino... extraviado... por donde no haya gente. Tú que eres
de esas aldeas, y conoces todo eso, ¿no sabes por dónde podremos ir sin
que encontremos a nadie?

--Pero, si estará todo húmedo....

--Ya no; el sol habrá secado la tierra.... ¡Yo traigo buen calzado.
Anda... vamos, Petra!

Ana suplicaba con la voz como una niña caprichosa y con el gesto como
una mística que solicita favores celestiales.

Petra miró asombrada a su señora. Nunca la había visto así. ¿Qué era de
aquella frialdad habitual, de aquella tranquilidad que parecía recelo y
desconfianza disimulados?

Tenía la doncella algo más de veinticinco años; era rubia de color de
azafrán, muy blanca, de facciones correctas; su hermosura podía excitar
deseos, pero difícilmente producir simpatías. Procuraba disimular el
acento desagradable de la provincia y hablaba con afectación
insoportable. Había servido en muchas casas principales. Era buena para
todo, y se aburría en casa de Quintanar, donde no había aventuras ni
propias ni ajenas. Amos y criados parecían de estuco. Don Víctor era un
viejo tal vez amigo de los amores fáciles, pero jamás había pasado su
atrevimiento de alguna mirada insistente, pegajosa, y algún piropo
envuelto en circunloquios que no le comprometían. El ama era muy
callada, muy cavilosa; o no tenía nada que tapar o lo tapaba muy bien.
Sin embargo, Petra había adquirido la convicción de que aquella señora
estaba muy aburrida. Aprovechaba la doncella las pocas ocasiones que se
le ofrecían para procurarse la confianza de la Regenta. Era solícita,
discreta, y fingía humildad, virtud, la más difícil en su concepto.

Un paseo a campo traviesa, después de confesar, solas, en una tarde
húmeda, daba mucho en qué pensar a Petra. Ella no deseaba otra cosa,
pero insistía en su oposición por ver adónde llegaba el capricho del
ama. Otras habían empezado así.

Bajaron por la calle del Águila. A su extremo, pasaba, perpendicular, la
carretera de Madrid.

--Por ahí no--dijo el ama--. Por aquí; vamos hacia la fuente de
Mari--Pepa.

--A estas horas no hay nadie por estos sitios, y el piso ya estará seco;
todavía da el sol. Mire usted, allí está la fuente.

Petra mostró a su señora allá abajo, en la vega, una orla de álamos que
parecía en aquel momento de plata y oro, según la iluminaban los rayos
oblicuos del poniente. El camino era estrecho, pero igual y firme; a los
lados se extendían prados de yerba alta y espesa y campos de hortaliza.
Huertas y prados los riegan las aguas de la ciudad y son más fértiles
que toda la campiña; los prados, de un verde fuerte, con tornasoles
azulados, casi negros, parecen de tupido terciopelo. Reflejando los
rayos del sol en el ocaso deslumbran. Así brillaban entonces. Ana
entornaba los ojos con delicia, como bañándose en la luz tamizada por
aquella frescura del suelo.

Setos de madreselva y zarzamora orlaban el camino, y de trecho en trecho
se erguía el tronco de un negrillo, robusto y achaparrado, de enorme
cabezota, como un as de bastos, con algunos retoños en la calvicie,
varillas débiles que la brisa sacudía, haciendo resonar como castañuelas
las hojas solitarias de sus extremos.

--Mire usted, señora, ¡cosa más rara! a ninguna de esas ramas le queda
más hoja que la más alta, la de la punta....

Después de esta observación, y otras por el estilo, Petra se paraba a
coger florecillas en los setos, se pinchaba los dedos, se enganchaba el
vestido en las zarzas, daba gritos, reía; iba tomando cierta confianza
al verse sola con su ama, en medio de los prados, por caminos de mala
fama, solitarios, que sabían de ella tantas cosas dignas de ser
calladas.

Petra no se fiaba de la piedad repentina de la Regenta.

«¡Más de una hora de confesión! La carita como iluminada al levantarse
con la absolución encima... y ahora este paseo por los campos... y
reír... y permitirle ciertas libertades.... No me fío; esperemos».

La doncella de Ana era amiga de llegar en sus cálculos y fantasías a las
últimas consecuencias. Ya veía en lontananza propinas sonantes, en
monedas de oro. Pero aquel sesgo religioso que tomaba la cosa--daba por
supuesto que había algo--traía complicaciones que ofrecían novedad para
la misma Petra, que había visto lo que ella y Dios y aquellos y otros
caminos solitarios sabían.

Llegaron a la fuente de Mari--Pepa. Estaba a la sombra de robustos
castaños, que tenían la corteza acribillada de cicatrices en forma de
iniciales y algunas expresando nombres enteros. La orla de álamos que se
veía desde lejos servía como de muralla para hacer el lugar más
escondido y darle sombra a la hora de ponerse el sol; por oriente se
levantaba una loma que daba abrigo al apacible retiro formado por la
naturaleza en torno del manantial. Aunque situado en una hondonada,
desde allí se veía magnífico paisaje, porque a la parte de occidente
otras ondas del terreno que semejaban un oleaje de verdura, dejaban
contemplar los lejanos términos, y allá confundido con la neblina el
Corfín, una montaña que escondía sus crestas en las nubes y caía a pico
sobre valles ocultos detrás de colinas y montes más próximos. El sol
sesgaba el ambiente en que parecía flotar polvo luminoso, detrás del
cual aparecía el Corfín con un tinte cárdeno.

Ana se sentó sobre las raíces descubiertas de un castaño que daba sombra
a la fuente. Contemplaba las laderas de la montaña iluminada como por
luces de bengala, y casi entre sueños oía a su lado el murmullo discreto
del manantial y de la corriente que se precipitaba a refrescar los
prados. Sobre las ramas del castaño saltaban gorriones y pinzones que no
cerraban el pico y no acababan nunca de cantar formalmente, distraídos
en cualquier cosa, inquietos, revoltosos y vanamente gárrulos. Hojas
secas caían de cuando en cuando de las ramas al manantial; flotaban
dando vueltas con lenta marcha, y, acercándose al cauce estrecho por
donde el agua salía, se deslizaban rápidas, rectas, y desaparecían en la
corriente, donde la superficie tersa se convertía en rizada plata. Una
nevatilla (en Vetusta _lavandera_) picoteaba el suelo y brincaba a los
pies de Ana, sin miedo, fiada en la agilidad de sus alas; daba vueltas,
barría el polvo con la cola, se acercaba al agua, bebía, de un salto
llegaba al seto, se escondía un momento entre las ramas bajas de la
zarzamora, por pura curiosidad, volvía a aparecer, siempre alegre,
pizpireta; quedó inmóvil un instante como si deliberase; y de repente,
como asustada, por aprensión, sin el menor motivo, tendió el vuelo recto
y rápido al principio, ondulante y pausado después y se perdió en la
atmósfera que el sol oblicuo teñía de púrpura. Ana siguió el vuelo de la
_lavandera_ con la mirada mientras pudo. «Estos animalitos, pensó,
sienten, quieren y hasta hacen sus reflexiones.... Ese pajarillo ha
tenido una idea de repente; se ha cansado de esta sombra y se ha ido a
buscar luz, calor, espacio. ¡Feliz él! Cansarse ¡es tan natural!». Ella
misma, la Regenta, estaba bien cansada de aquella sombra en que había
vivido siempre. ¿Sería algo nuevo, algo digno de ser amado aquello que
el Magistral le había prometido? Cuando ella le había dicho que en la
adolescencia había tenido antojos místicos, y que después sus tías y
todas las amigas de Vetusta le habían hecho despreciar aquella vanidad
piadosa ¿qué había contestado el Magistral? Bien se acordaba; le zumbaba
todavía en los oídos aquella voz dulce que salía en pedazos, como por
tamiz, por los cuadradillos de la celosía del confesonario. Le había
dicho, con unas palabras muy elocuentes, que ella no podía repetir al
pie de la letra, algo parecido a esto: «Hija mía, ni aquellos anhelos de
usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran acendrada piedad, ni los
desdenes con que después fueron maltratados tuvieron pizca de
prudencia». Pizca había dicho, estaba ella segura. La elocuencia del
Magistral en el confesonario no era como la que usaba en el púlpito;
ahora lo notaba. En el confesonario aprovechaba las palabras familiares
que dicen tan bien ciertas cosas que jamás había visto ella en los
libros llenos de retórica. Y le había puesto una comparación: «Si usted,
hija mía, se baña en un río, y revolviendo el agua al nadar, por juego,
como solemos hacer, encuentra entre la arena una pepita de oro,
pequeñísima que no vale una peseta, ¿se creerá usted ya millonaria?
¿pensará que aquel descubrimiento la va a hacer rica? ¿que todo el río
va a venir arrastrando monedas de cinco duros con la carita del rey y
que todo va a ser para usted? Eso sería absurdo. Pero, por esto ¿va a
tirar con desdén la pepita y a seguir jugueteando con el agua, moviendo
los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla con los pies y sin
pensar ya nunca más en aquel poquito de oro que encontró entre la
arena?». Estaba muy bien puesta la comparación. Ella se había visto con
su traje de baño, sin mangas, braceando en el río, a la sombra de
avellanos y nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete
blanquísimo, de rodillas, pidiéndole, con las manos juntas, que no
arrojase la pepita de oro. La elocuencia era aquello, hablar así, que se
viera lo que se decía. Se había entusiasmado con aquel fluir de palabras
dulces, nuevas, llenas de una alegría celestial; había abierto su
corazón delante de aquel agujero con varillas atravesadas. También ella
había dicho muchas palabras que no había usado en su vida hablando con
los demás. Entonces el Magistral, allá dentro, callaba; y cuando ella
terminó, la voz del confesonario temblaba al decir: «Hija mía, esa
historia de sus tristezas, de sus ensueños, de sus aprensiones merece
que yo medite mucho. Su alma es noble, y sólo porque en este sitio yo no
puedo tributar elogios al penitente, me abstengo de señalar dónde está
el oro y dónde está el lodo... y de hacerle ver que hay más oro de lo
que parece. Sin embargo, usted está enferma; toda alma que viene aquí
está enferma. Yo no sé cómo hay quien hable mal de la confesión; aparte
de su carácter de institución divina, aun mirándola como asunto de
utilidad humana ¿no comprende usted, y puede comprender cualquiera que
es necesario este hospital de almas para los enfermos del espíritu?». El
Magistral había hablado de las consultas que los periódicos protestantes
establecen para dilucidar casos de conciencia. «Las señoras
protestantes, que no tienen padre espiritual, acuden a la prensa. ¿No es
esto ridículo?». El Provisor había sonreído con la voz.

Y había continuado diciendo lo que en sustancia era esto: «No debía ella
acudir allí sólo a pedir la absolución de sus pecados; el alma tiene,
como el cuerpo, su terapéutica y su higiene; el confesor es médico
higienista; pero así como el enfermo que no toma la medicina o que
oculta su enfermedad, y el sano que no sigue el régimen que se le indica
para conservar la salud, a sí mismos se hacen daño, a sí propios se
engañan; lo mismo se engaña y se daña a sí propio el pecador que oculta
los pecados, o no los confiesa tales como son, o los examina de prisa y
mal, o falta al régimen espiritual que se le impone. No bastaba una
conferencia para curar un alma, ni acudir con enfermedades viejas y
descuidadas era querer sanar de veras. De todo esto se deducía
racionalmente, aparte todo precepto religioso, la necesidad de confesar
a menudo. No se trataba de cumplir con una fórmula: confesar no era eso.
Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba de
ponerse en cura; pero, una vez escogido, era preciso considerarle como
lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido
religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan
y los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se
desvanecen. Si todo esto no lo ordenase nuestra religión, lo mandaría el
sentido común. La religión es toda razón, desde el dogma más alto hasta
el pormenor menos importante del rito».

Aquella conformidad de la fe y de la razón encantaba a la Regenta.
¿Cómo tenía ella veintisiete años y jamás había oído esto? No se había
atrevido a preguntárselo al Magistral, pero tiempo habría.

Un gorrión con un grano de trigo en el pico, se puso enfrente de Ana y
se atrevió a mirarla con insolencia. La dama se acordó del Arcipreste,
que tenía el don de parecerse a los pájaros.

«Era un buen señor Ripamilán; pero ¡qué manera de confesar! Una rutina
que nunca le había enseñado nada. A no ser su matrimonio, nada había
sacado de aquellas confesiones. Decía el pobre hombre que se sabía de
memoria los pecados de la Regenta y la interrumpía siempre con su
eterno:--'Bien, bien, adelante: ¿qué más? adelante... reza tres
Padrenuestros, una Salve y reparte limosnas'. ¡Qué hombre tan raro!
¿Cuándo le había hablado don Cayetano de si tenía ella este o el otro
temperamento? Pues el Magistral en seguida: le había dicho que era un
temperamento especial, que todo esto y más había que tener en cuenta.
Esto era completamente nuevo».

Además, la había halagado mucho el notar que don Fermín le hablaba como
a persona ilustrada, como a un hombre de letras: le había citado
autores, dando por supuesto que los conocía, y al usar sin reparo
palabras técnicas se guardaba de explicárselas.

«¡Y qué _elevación_! ¿Qué era la virtud? ¿Qué era la santidad? Aquello
había sido lo mejor. La virtud era la belleza del alma, la pulcritud, la
cosa más fácil para los espíritus nobles y limpios. Para un perezoso
enemigo de la ropa limpia y del agua, la pulcritud es un tormento, un
imposible; para una persona decente (así había dicho) una necesidad de
las más imperiosas de la vida. La religión no presentaba como una senda
ardua la de la virtud, sino para los que viven sumidos en el pecado;
pero el hombre nuevo siempre estaba despierto en nosotros; no había más
que darle una voz y acudía. La virtud comienza por un esfuerzo ligero,
si bien contrario al hábito adquirido; al día siguiente el esfuerzo era
menos costoso y su eficacia mayor por la _velocidad adquirida_, por la
_inercia del bien_, esto era mecánico (así lo había dicho el señor De
Pas.) La virtud podía definirse; el equilibrio estable del alma. Además,
era una alegría; un buen día de sol; ráfagas de aire fresco embalsamado;
el alma virtuosa se convertía en una pajarera donde gorjeaban alegres
los dones del Espíritu Santo animando el corazón en las tristezas de la
vida. Aquella melancolía de que ella se quejaba, era nostalgia de la
virtud a que llegaría, y por la que suspiraba su espíritu como por su
patria. La virtud era cuestión de arte, de habilidad. No sólo se
conseguía por el ayuno, por el ascetismo; este era un medio muy santo,
pero había otros. En la vida bulliciosa de nuestras ciudades se puede
aspirar también a la perfección». (En aquel momento se figuraba la
Regenta como una Babilonia aquella Vetusta que le pareciera siempre tan
pequeña, tan monótona y triste.) «Ella que había leído a San Agustín ¿no
recordaba que el santo Obispo gustaba de la música religiosa, no por el
deleite de los sentidos, sino porque elevaba el alma? Pues así todas las
artes, así la contemplación de la naturaleza, la lectura de las obras
históricas, y de las filosóficas, siendo puras, podían elevar el alma y
ponerla en el diapasón de la santidad al unísono de la virtud. ¿Por qué
no? ¡Ah! y después, cuando se llegaba más arriba, a la seguridad de sí
mismo, cuando ya no se temía la tentación sino con temor prudente, se
encontraban edificantes muchos espectáculos que antes eran peligrosos.
Así, por ejemplo, la lectura de libros prohibidos, veneno para los
débiles, era purga para los fuertes. Al que llega a cierto grado de
fortaleza, la presencia del mal le edifica a su modo por el contraste».
El Magistral no había dicho si él era tan fuerte como todo eso, pero
ella suponía que sí. De todas maneras, la virtud y la piedad eran cosas
bien diferentes de lo que le habían enseñado sus tías y la devoción
vulgar (así la llamó para sus adentros) que había aprendido como una
rutina. Sí, la religión verdadera se parecía en definitiva a sus
ensueños de adolescente, a sus visiones del monte de Loreto más que a la
sosa y estúpida disciplina que la habían enseñado como piedad seria y
verdadera. ¡Y cuántas más lecciones le había prometido el Magistral para
otro día! ¡Cuántas cosas nuevas iba a saber y a sentir! ¡Y qué dicha
tener un alma hermana, hermana mayor, a quien poder hablar de tales
asuntos, los más interesantes, los más altos sin duda!

De la _cuestión personal_, esto es, de los pecados de Ana, se había
hablado poco; el Magistral generalizaba en seguida. «No tenía datos,
necesitaba conocer la mujer».

Al recordar esto sintió la Regenta escrúpulos. ¡Le había dado la
absolución y ella no había dicho nada de su inclinación a don Álvaro!
--«Sí, inclinación. Ahora que consideraba vencido aquel impulso
pecaminoso, quería mirarlo de frente. Era inclinación. Nada de disfrazar
las faltas. Había hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos,
pero le parecía indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero,
personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo
hombre de tales prendas, y señalar los peligros que había. Pero ¿debía
haberlo hecho? Tal vez. Sin embargo, ¿no hubiera sido poner en berlina a
don Víctor sin por qué ni para qué, puesto que ella le era fiel de hecho
y de voluntad y se lo sería eternamente? Y con todo, debió haber
especificado más en aquella parte de la confesión. ¿Estaba bien
absuelta? ¿Podría comulgar tranquila al día siguiente? Eso no, de ningún
modo; no comulgaría; se quedaría en la cama fingiendo una jaqueca: de
tarde iría a reconciliar, y al otro día la comunión. Este era el mejor
plan. La resolución de no comulgar a la mañana siguiente le dio una
alegría de niña; era como un día de asueto. Podía pasar la noche
pensando en la religión, en la virtud en general, por aquel sistema
nuevo, y no preocuparse todavía con el cuidado de recibir al Señor
dignamente. Era una prórroga; un respiro. Y ya no le parecía impropio
dar rienda suelta a su alegría, aquella alegría causada por fuerzas
morales puramente y que tal vez era la alborada del día esplendoroso de
la virtud.

»¡Qué feliz sería aquel Magistral, anegado en luz de alegría virtuosa,
llena el alma de pájaros que le cantaban como coros de ángeles dentro
del corazón! Así él tenía aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto
garbo por el Espolón en medio de perezosos del alma, de espíritus
pequeños y... vetustenses. ¡Y qué color de salud!

»¡Vetusta, Vetusta encerraba aquel tesoro! ¿Cómo no sería Obispo el
Magistral? ¡Quién sabe! ¿Por qué era ella, aunque digna de otro mundo,
nada más que una señora ex-regenta de Vetusta? El lugar de la escena era
lo de menos; la variedad, la hermosura estaba en las almas. Ese
pajarillo no tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo espíritu y
volaré con las alas invisibles del corazón, cruzando el ambiente puro,
radiante de la virtud». Se estremeció de frío. Volvió a la realidad.
Todo quedó en la sombra. El sol ocultaba entre nubes pardas y espesas,
detrás de la cortina de álamos, el último pedazo de su lumbre que se le
había quedado atrás, como un trapillo de púrpura. La sombra y el frío
fueron repentinos. Un coro estridente de ranas despidió al sol desde un
charco del prado vecino. Parecía un himno de salvajes paganos a las
tinieblas que se acercaban por oriente. La Regenta recordó las carracas
de Semana Santa, cuando se apaga la luz del ángulo misterioso y se
rompen las cataratas del entusiasmo infantil con estrépito horrísono.

--¡Petra! ¡Petra!--gritó.

Estaba sola. ¿Adónde había ido su doncella?

Un sapo en cuclillas, miraba a la Regenta encaramado en una raíz gruesa,
que salía de la tierra como una garra. Lo tenía a un palmo de su
vestido. Ana dio un grito, tuvo miedo. Se le figuró que aquel sapo había
estado oyéndola pensar y se burlaba de sus ilusiones.

--¡Petra! ¡Petra! La doncella no respondía. El sapo la miraba con una
impertinencia que le daba asco y un pavor tonto.

Llegó Petra. Venía sudando, muy encarnada, con la respiración fatigosa.
Le caían hasta los ojos rizos dorados y menudos. Como había visto tan
ensimismada a la señora, se había llegado al molino de su primo Antonio
que estaba allí cerca, a un tiro de fusil.

Ana le fijó los ojos con los suyos, pero ella desafió aquella mirada de
inquisidor. Su primo Antonio, el molinero, estaba enamorado de la
doncella; el ama lo sabía. Petra pensaba casarse con él, pero más
adelante cuando fuera más rico y ella más vieja. De vez en cuando iba a
verle para que no se apagase aquel fuego con que ella contaba para
calentarse en la vejez. Miraba el molino como una caja de ahorros donde
ella iba depositando sus economías de amor. Ana sin saber por qué,
sintió un poco de ira. «¿Cómo serían aquellos amores de Petra y el
molinero? ¿Qué le importaba a ella...?». Pero la manera de mirar a
Petra, estudiando los pormenores de su traje, algo descompuesto, la
fatiga que no podía ocultar, el sudor, el color de sus mejillas,
revelaba una curiosidad que quería ocultar en vano la Regenta. «¿Qué
había hecho en el molino aquella mujer?». Este pensamiento baladí,
obsesión estúpida que era casi un dolor, absorbía toda la atención de
Ana, a su pesar.

--Vamos, vamos, que es tarde.--Sí, señora; es tarde. Entraremos en casa
cuando ya estén encendidos los faroles.

--No, no tanto.--Ya verá usted.--Si no te hubieras detenido en la
fragua de tu primo....

--¿Qué fragua? Es un molino, señora.

A Petra le supo a malicia lo que era una equivocación.

Cuando llegaban a las primeras casas de Vetusta, obscurecía. La luz
amarillenta del gas brillaba de trecho en trecho, cerca de las ramas
polvorientas de las raquíticas acacias que adornaban el boulevard,
nombre popular de la calle por donde entraban en el pueblo.

--¿Cómo me has traído por aquí?

--¿Qué importa? Petra se encogió de hombros. En vez de subir por la
calle del Águila habían dado un rodeo y entraban por una de las pocas
calles nuevas de Vetusta, de casas de tres pisos, iguales, cargadas de
galerías con cristales de colores chillones y discordantes. La acera de
tres metros de anchura, una acera hiperbólica para Vetusta, estaba
orlada por una fila de faroles en columna, de hierro pintado de verde, y
por otra fila de árboles, prisioneros en estrecha caja de madera, verde
también. Por esto se llamaba _El boulevard_, o lo que era en rigor,
_Calle del Triunfo de 1836_. Al anochecer, hora en que dejaban el
trabajo los obreros, se convertía aquella acera en paseo donde era
difícil andar sin pararse a cada tres pasos. Costureras, chalequeras,
planchadoras, ribeteadoras, cigarreras, fosforeras, y armeros,
zapateros, sastres, carpinteros y hasta albañiles y canteros, sin contar
otras muchas clases de industriales, se daban cita bajo las acacias del
Triunfo y paseaban allí una hora, arrastrando los pies sobre las piedras
con estridente sonsonete.

Había comenzado aquel paseo años atrás como una especie de parodia;
imitaban las muchachas del pueblo los modales, la voz, las
conversaciones de las señoritas, y los obreros jóvenes se fingían
caballeros, cogidos del brazo y paseando con afectada jactancia. Poco a
poco la broma se convirtió en costumbre y merced a ella la ciudad
solitaria, triste de día, se animaba al comenzar la noche, con una
alegría exaltada, que parecía una excitación nerviosa de toda la
«pobretería», como decían los tertulios de Vegallana. Era la fuerza de
los talleres que salía al aire libre; los músculos se movían por su
cuenta, a su gusto, libres de la monotonía de la faena rutinaria. Cada
cual, además, sin darse cuenta de ello, estaba satisfecho de haber hecho
algo útil, de haber trabajado. Las muchachas reían sin motivo, se
pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al pasar los
grupos de obreros crecía la algazara; había golpes en la espalda,
carcajadas de malicia, gritos de mentida indignación, de falso pudor, no
por hipocresía, sino como si se tratara de un paso de comedia. Los
remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se exponía a salir con
las mejillas ardiendo. Las virtudes que había allí sabían defenderse a
bofetadas. En general, se movía aquella multitud con cierto orden. Se
paseaba en filas de ida y vuelta. Algunos señoritos se mezclaban con los
grupos de obreros. A ellas les solía parecer bien un piropo de un
estudiante o de un hortera; pero la indignación fingida era mayor cuando
un _levita_ se propasaba y siempre acompañaba a la protesta del pudor el
sarcasmo. Aquellas jóvenes, que no siempre estaban seguras de cenar al
volver a casa, insultaban al transeúnte que las llamaba hermosas,
suponiendo que el _futraque_ tenía _carpanta_, o sea hambre. A lo sumo
concedían que comería cañamones. Los expertos no se aturdían por estos
improperios convencionales, que eran allí el buen tono; insistían y
acababan por sacar tajada, si la había. La virtud y el vicio se codeaban
sin escrúpulo, iguales por el traje que era bastante descuidado. Aunque
había algunas jóvenes limpias, de aquel montón de hijas del trabajo que
hace sudar, salía un olor picante, que los habituales transeúntes ni
siquiera notaban, pero que era moleslo, triste; un olor de miseria
perezosa, abandonada. Aquel perfume de harapo lo respiraban muchas
mujeres hermosas, unas fuertes, esbeltas, otras delicadas, dulces, pero
todas mal vestidas, mal lavadas las más, mal peinadas algunas. El
estrépito era infernal; todos hablaban a gritos, todos reían, unos
silbaban, otros cantaban. Niñas de catorce años, con rostro de ángel,
oían sin turbarse blasfemias y obscenidades que a veces las hacían reír
como locas. Todos eran jóvenes. El trabajador viejo no tiene esa
alegría. Entre los hombres acaso ninguno había de treinta años. El
obrero pronto se hace taciturno, pronto pierde la alegría expansiva, sin
causa. Hay pocos viejos verdes entre los proletarios.

Ana se vio envuelta, sin pensarlo, por aquella multitud. No se podía
salir de la acera. Había mucho lodo y pasaban carros y coches sin cesar;
era la hora del correo y aquel el camino de la estación.

Los grupos se abrían para dejar paso a la Regenta. Los mozalbetes más
osados acercaban a ella el rostro con cierta insolencia, pero la belleza
bondadosa de aquella cara de María Santísima les imponía admiración y
respeto.

Las chalequeras no murmuraban ni reían al pasar Ana.

--¡Es la Regenta!--¡Qué guapa es! Esto decían ellas y ellos. Era una
alabanza espontánea, desinteresada.

--¡Olé, salero! ¡Viva tu mare!--se atrevió a gritar un andaluz con
acento gallego.

Su entusiasmo le costó una _galleta_--un coscorrón--de un su amigo, más
respetuoso.

--¡So bruto, mira que es la Regenta!

Era popular su hermosura. A Petra también le decían los pollastres que
era un arcángel; iba contenta. Ana sonreía y aceleraba el paso.

--Dónde nos hemos metido...--¿Qué importa? ya ve usted que no se la
comen.

Muchas señoritas podrían aprender crianza de estos pela-gatos.

Alguna otra vez había pasado la Regenta por allí a tales horas, pero en
esta ocasión, con una especie de doble vista, creía ver, sentir allí, en
aquel montón de ropa sucia, en el mismo olor picante de la _chusma_, en
la algazara de aquellas turbas, una forma de placer del amor; del amor
que era por lo visto una necesidad universal. También había cuchicheos
secretos, al oído, entre aquel estrépito; rostros lánguidos, ceños de
enamorados celosos, miradas como rayos de pasión.... Entre aquel cinismo
aparente de los diálogos, de los roces bruscos, de los tropezones
insolentes, de la brutalidad jactanciosa, había flores delicadas,
verdadero pudor, ilusiones puras, ensueños amorosos que vivían allí sin
conciencia de los miasmas de la miseria.

Ana participó un momento de aquella voluptuosidad andrajosa. Pensó en sí
misma, en su vida consagrada al sacrificio, a una prohibición absoluta
del placer, y se tuvo esa lástima profunda del egoísmo excitado ante las
propias desdichas. «Yo soy más pobre que todas estas. Mi criada tiene a
su molinero que le dice al oído palabras que le encienden el rostro;
aquí oigo carcajadas del placer que causan emociones para mí
desconocidas...».

En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud. Había un
drama en la acera. Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno,
vestido con blusa azul, gritaba:

--¡La mato! ¡la mato! Dejadme, que quiero matarla.

Sus compañeros le sujetaban; querían llevársela. El mozo echaba fuego
por los ojos.

--¿Qué es eso?--preguntó Petra.

--Nada--dijo uno--celucos.--Sí--gritó una joven--pero si ella se
descuida la ahoga.

--Bien merecido lo tiene; es una tal. El joven de la blusa azul salió
del paseo, a viva fuerza, casi arrastrado por sus amigos. Al pasar junto
a la Regenta la miró cara a cara, distraído, pensando en su venganza;
pero ella sintió aquellos ojos en los suyos como un contacto violento.
¡Eran los _celucos_! ¡Así miraban los celos! Era una belleza infernal,
sin duda, la de aquellos ojos, ¡pero qué fuerte, qué humana!

Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la calle del
Comercio. De las tiendas salían haces de luz que llegaban al arroyo
iluminando las piedras húmedas cubiertas de lodo. Delante del escaparate
de una confitería nueva, la más lujosa de Vetusta, un grupo de _pillos_
de ocho a doce años discutían la calidad y el nombre de aquellas
golosinas que no eran para ellos, y cuyas excelencias sólo podían
apreciar por conjeturas.

El más pequeño lamía el cristal con éxtasis delicioso, con los ojos
cerrados.

--Esa se llama _pitisa_--dijo uno en tono dogmático.

--¡Ay qué farol!; si eso es un _pionono_, si sabré yo....

También aquella escena enterneció a la Regenta. Siempre sentía apretada
la garganta y lágrimas en los ojos cuando veía a los niños pobres
admirar los dulces o los juguetes de los escaparates. No eran para
ellos; esto le parecía la más terrible crueldad de la injusticia. Pero,
además, ahora aquellos granujas discutiendo el nombre de lo que no
habían de comer, se le antojaban compañeros de desgracia, hermanitos
suyos, sin saber por qué. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse
por todo la asustaba. «Temía el ataque, estaba muy nerviosa».

--Corre, Petra, corre--dijo con voz muy débil.

--Espere usted, señora... allí... parece que nos hacen seña... sí, a
nosotras es. Ah, son ellos, sí...--¿Quién?--El señorito Paco y don
Álvaro.

Petra notó que su ama temblaba un poco y palidecía.

--¿Dónde están? A ver si podemos, antes que....

Ya no podían escapar. Don Álvaro y Paco estaban delante de ellas. El
Marquesito las detuvo haciendo una cortesía exagerada, que era una de
sus maneras de _hacer esprit_, como decía ya el mismo Ronzal. Mesía
saludó muy formalmente.

De la confitería nueva salían chorros de gas que deslumbraban a los
vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de gas. Don Álvaro
veía a la Regenta envuelta en aquella claridad de batería de teatro y
notó en la primer mirada que no era ya la mujer distraída de aquella
tarde. Sin saber por qué, le había desanimado la mirada plácida, franca,
tranquila de poco antes, y sin mayor fundamento, la de ahora, tímida,
rápida, miedosa, le pareció una esperanza más, la sumisión de Ana, el
triunfo. «No sería tanto, pero él se alegraba de verse animado. Sin fe
en sí mismo no daría un paso. Y había que dar muchos y pronto».

En Vetusta llueve casi todo el año, y los pocos días buenos se
aprovechan para respirar el aire libre. Pero los paseos no están
concurridos más que los días de fiesta. Las señoritas pobres, que son
las más, no se resignan a enseñar el mismo vestido una tarde y otra y
siempre. De noche es otra cosa; se sale de trapillo, se recorre la parte
nueva, la calle del Comercio, la plaza del Pan, que tiene soportales,
aunque muy estrechos, el boulevard un poco más tarde, cuando ya está
durmiendo la _chusma_. Y el pretexto es comprar algo. ¡En una casa hacen
falta tantas cosas! Se entra en las tiendas, pero se compra poco. La
calle del Comercio es el núcleo de estos paseos nocturnos y algo
disimulados. Los caballeros van y vienen por la ancha acera y miran con
mayor o menor descaro a las damas sentadas junto al mostrador. Con un
ojo en las novedades de la estación y con otro en la calle, regatean los
precios, y cazan lisonjas y señas al vuelo. Los mancebos son casi todos
catalanes; pero pronuncian el castellano con suficiente corrección. Son
amables, guapos casi todos. Los más tienen la barba cortada a lo
Jesucristo. Muchos ojos negros almibarados y rosas en las mejillas.
Inclinan la cabeza con una languidez entre romántica y cachazuda;
aquello lo mismo puede significar: «Señorita, _abrigo_ una pasión
secreta, que...». «Señorita, ni la paciencia de Job... pero tendré
paciencia».

--¡Oh, le estoy cansando a usted!--dice Visitación a un rubio con
cuello marinero, a quien ha hecho ya cargar con cincuenta piezas de
percal.

--¡Ah, no señora! Es mi obligación... y además lo hago con la mejor
voluntad.... «El mancebo ha de ser incansable, para eso está allí».

Visitación siempre tiene que hacer un mandilón para la criada, pero no
se decide nunca. Otras noches es ella la que está desnuda.

--«Me va a coger el invierno sin un hilo sobre mi cuerpo».

El mancebo sonríe con amabilidad, figurándose de buen grado a la dama
delgada, pero de buenas formas, tiritando en camisa bajo los rigores de
una nevada....

--«¡No sea usted malo! ¡No sea usted tan material!»--responde ella,
turbándose como una niña aturdida que sospecha haber sido indiscreta, y
clava en el mancebo los ojos risueños, arrugaditos, que Visitación cree
que echan chispas. El catalán finge que se deja seducir por aquellos
ojos y en cada vara rebaja un perro chico.

Visitación triunfa. Pero no sabe que el mismo percal se lo vendió a
Obdulia rebajando un perro grande, y con una ganancia superior a la que
podía esperar el mancebo sonriente y con barba de judío.

Las bellas vetustenses, como dice el gacetillero de _El Lábaro_, no
saben salir de las tiendas de modas. Lo ven todo, lo revuelven todo, y
les queda tiempo para _marear_ a los horteras y tomar varas al sesgo
(frase de Orgaz) de los señoritos que pasean por la acera disputando en
voz alta para anunciar su presencia. Domina allí una alegría bulliciosa,
la alegría sin motivo que es la más expansiva y contentadiza. ¿Quién lo
diría? No sólo _el elemento joven de ambos sexos_ (de _El Lábaro_) sino
las personas formales; magistrados, catedráticos, autoridades, abogados,
hasta clérigos, están deseando todo el día, sin darse cuenta, la hora de
las tiendas, los días que _hace bueno_ y pueden las damas
«decorosamente» coger la mantilla y echarse a la calle. Es aquella una
hora de cita que, sin saberlo ellos mismos, se dan los vetustenses para
satisfacer la necesidad de verse y codearse, y oír ruido humano. Es de
notar que los vetustenses se aman y se aborrecen; se necesitan y se
desprecian. Uno por uno el vetustense maldice de sus conciudadanos, pero
defiende el carácter del pueblo _en masa_, y si le sacan de allí suspira
por volver. En el paseo de la noche, que viene a ser subrepticio, a lo
menos así lo llama don Saturnino, hay además el atractivo que le presta
la fantasía. El gas no es para prodigado por un Ayuntamiento lleno de
deudas, y un farol aquí, otro a cincuenta pasos (si no hace luna; en las
noches románticas no hay gas) no deslumbran ni quitan a la noche su
misterio. Se ve lo que no hay. Cada cual, según su imaginación, atribuye
a los que pasan la figura que quiere.

--Parecen otras las chicas--dicen los pollos.

Los vetustenses gozan la ilusión de creerse en otra parte sin salir de
su pueblo. Todo se vuelve caras nuevas, que después no son nuevas.

--¿Quién son ésas?--y resulta que son las de Mínguez, es decir, las
eternas Mínguez, las de ayer, las de antes de ayer, las de siempre.
¡Pero mientras la ilusión dura!... En los pueblos donde pocas veces se
tienen espectáculos gratuitos lo es y más interesante el de contemplarse
mutuamente. Un paseo, _cogido por los cabellos_, es un placer delicado,
intenso que gozan con delicia inefable las masas proletarias de la
honrada clase media española.

Hay estudiante que se acuesta satisfecho con media docena de miradas
recogidas acá y allá, en sus idas y venidas por el Espolón o por la
calle del Comercio; y niña casadera que tiene para ocho días con una
flor amorosa que fingió desdeñar por impertinente y que saborea a sus
solas, mientras borda unas zapatillas durante siete días mortales,
detrás del cristal que azota la lluvia incansable. Así se explica aquel
entrar y salir en los comercios, aquel reír por cualquier cosa, aquel
encontrar gracia en cada frase de un hortera, en la diablura de un
estudiante que mete la cabeza por un escaparate abierto. Todo es
movimiento, risa, algazara. Este pueblo es el mismo que asiste
silencioso, grave, estirado a los paseos de solemnidad, y compungido,
cabizbajo, lleno de unción (de _El Lábaro_), a los sermones, a las
novenas, a los oficios de Semana Santa y hasta al miserere. Ana creía
ver en cada rostro la llama de la poesía. Las vetustenses le parecían
más guapas, más elegantes, más seductoras que otros días: y en los
hombres veía aire distinguido, ademanes resueltos, corte romántico; con
la imaginación iba juntando por parejas a hombres y mujeres según
pasaban, y ya se le antojaba que vivía en una ciudad donde criadas,
costureras y señoritas, amaban y eran amadas por molineros, obreros,
estudiantes y militares de la reserva.

Sólo ella no tenía amor; ella y los niños pobres que lamían los
cristales de las confiterías eran los desheredados. Una ola de rebeldía
se movía en su sangre, camino del cerebro. Temía otra vez el ataque.

--«¿Qué era aquello, Señor, qué era aquello?». ¿Por qué en día
semejante, cuando su espíritu acababa de entrar en vida nueva, vida de
víctima, pero no de sacrificio estéril, sin testigos, si no acompañado
por la voz animadora de un alma hermana; por qué en ocasión tan
importuna se presentaba aquel afán de sus entrañas, que ella creía cosa
de los nervios, a mortificarla, a gritar ¡guerra! dentro de la cabeza, y
a volver lo de arriba abajo? ¿No había estado en la fuente de Mari--Pepa
entregada a la esperanza de la virtud? ¿No se abrían nuevos horizontes a
su alma? ¿No iba a vivir para algo en adelante? ¡Oh! ¡quién le hubiera
puesto al señor Magistral allí! Su mano tropezó con la de un hombre.
Sintió un calor dulce y un contacto pegajoso. No era el Magistral. Era
don Álvaro, que venía a su lado hablando de cualquier cosa. Ella apenas
le oía, ni quería atribuir a su presencia aquel cambio de temperatura
moral, que lamentaba para sus adentros, en tanto que veía a las jóvenes
y a las jamonas vetustenses coquetear en la acera, y en las tiendas
deslumbrantes de gas. Don Álvaro opinaba lo contrario, que bastaba su
presencia y su contacto para adelantar los acontecimientos. Para tener
idea de lo que Mesía pensaba del prestigio de su _físico_, hay que
figurarse una máquina eléctrica con conciencia de que puede echar
chispas. Él se creía una máquina eléctrica de amor. La cuestión era que
la máquina estuviese preparada. Era fatuo hasta ese extremo, pero dígase
en su abono que nadie lo sabía, y que podía citar numerosos hechos que
acreditaban el motivo de aquella vanidad monstruosa. Se creía hombre de
talento--«él era principalmente un político»--; confiaba en su
experiencia de hombre de mundo, y en su arte de Tenorio, pero
humildemente se declaraba a sí mismo que todo esto no era nada comparado
con el prestigio de su belleza corporal. «Para seducir a mujeres
gastadas, ahítas de amor, mimosas, de gustos estragados, tal vez no
basta la figura, ni es lo principal siquiera; pero las vírgenes
_honradas_ (conocía él otra clase) y las casadas honestas se rinden al
buen mozo».

--No conozco seductores corcovados ni enanos--decía, encogiéndose de
hombros, las pocas veces que con sus amigos íntimos hablaba de estas
cosas: solía ser después de cenar fuerte--. ¿Se me habla de extravíos
del gusto? Eso es lo excepcional. Pero nadie querrá ser en el amor lo
que es el asafétida en los olores; y sin embargo, las damas romanas de
la decadencia....

Paco Vegallana acudía entonces con el testimonio de las lecturas
técnico-escandalosas. Describía todas las aberraciones de la lubricidad
femenil en lo antiguo, en la Edad-media y en los tiempos modernos. No
había nada nuevo. «Lo mismo que hacen las parisienses más pervertidas,
lo sabían y hacían las meretrices de Babilonia y de Cerbatana». Paco
padecía distracciones cada vez que se remontaba a la historia antigua.
Esta Cerbatana era Ecbátana, pero él la llamaba así por equivocación
indudablemente. Ya sabía a qué ciudad se refería. Era una que tenía
muchas murallas de colores diferentes. Lo había leído en la _Historia de
la prostitución_; en la de Dufour no, en otra que conocía también. Era
un sabio.

--Yo he leído--añadía don Álvaro en casos tales--que ha habido
princesas y reinas encaprichadas y _metidas_ con monos, así como suena,
monos.

--Sí señor--acudía Paco a decir--, lo afirma Víctor Hugo en una novela
que en francés se llama _El hombre que ríe_ y en español _De orden del
rey_.

--Pero fuera de eso, que es lo excepcional--continuaba Mesía
diciendo--hay que desengañarse, lo que buscan las mujeres es un buen
_físico_.

--Eso creo yo--solía afirmar Ronzal--la mujer es así _urbicesorbi_ (en
todas partes, en el latín de Trabuco.)

Además, don Álvaro era profundamente materialista y esto no lo confesaba
a nadie. Como en él lo principal era el político, transigía con la
religión de los mayores de Paco y se reía de la separación de la Iglesia
y el Estado. Es más, le parecía de mal tono llevar la contraria a los
católicos de buena fe. En París había aprendido ya en 1867, cuando fue a
la exposición, que lo _chic_ era el creer como el carbonero. Sport y
catolicismo, esta era la moda que continuaba imperando. Pero es claro
que lo de creer era decir que se creía. Él no tenía fe alguna, «ni
bendita la falta», a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte.
Cuando caía enfermo y se encontraba en la fonda solo, abandonado de todo
cariño verdadero, entonces sentía sinceramente, a pesar de haber corrido
tanto, no ser un cristiano sincero. Pero sanaba y decía: «¡Bah! todo
eso es efecto de la debilidad». Sin embargo, bueno era _ilustrarse_,
fundar en algo aquel materialismo que tan bien casaba con sus demás
ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo. Había pedido a un
amigo libros que le probasen el materialismo en pocas palabras. Empezó
por aprender que ya no había tal metafísica, idea que le pareció
excelente, porque evitaba muchos rompecabezas. Leyó _Fuerza y materia_
de Buchner y algunos libros de Flammarion, pero estos le disgustaron;
hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma... y
precisamente él quería todo lo contrario. Flammarion no era _chic_.
También leyó a Moleschott y a Virchov y a Vogt traducidos, cubiertos con
papel de color de azafrán. No entendió mucho pero se iba al grano: todo
era masa gris; corriente, lo que él quería. Lo principal era que no
hubiese infierno. También leyó en francés el poema de Lucrecio _De rerum
natura_: llegó hasta la mitad. Decía bien el poeta, pero aquello era muy
largo. Ya no veía más que átomos, y su buena figura era un feliz
conjunto de moléculas en forma de gancho para prender a todas las
mujeres bonitas que se le pusieran delante. Así estaba por dentro Mesía
en punto a creencias, pero a estos subterráneos no había llegado el
mismo Paco, que era buen católico, según Mesía. Aquello era para él
solo, mientras estaba en Vetusta. En sus viajes a París sacaba el fondo
del baúl y el fondo del materialismo. A sus queridas, cuando no eran
demasiado beatas y estaban muy enamoradas, procuraba imbuirlas en sus
ideas acerca del átomo y la fuerza. El materialismo de Mesía era fácil
de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se
convencía de que no había metafísica, le iba mucho mejor a don Álvaro.
Al recordar una hembra de las convertidas al epicureísmo solía decir
don Álvaro con una llama en los ojos muy abiertos:

--«¡Qué mujer aquella!».--Y suspiraba. Aquella mujer nunca había sido
una vetustense. Las vetustenses tampoco creían en la metafísica, no
sabían de ella, pero no pasaban por ciertas cosas.

Don Álvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia bastaba
para producir efectos deletéreos en aquella virtud en que él mismo
creía. Las palabras eran por entonces, y sin perjuicio, lo de menos. Él
también solía hablar con elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras
circunstancias; más adelante.

Paco iba detrás sin desdeñar la conversación de Petra, que se mirlaba
hablando con el Marquesito. En materia de amor la criada no creía en las
clases y concebía muy bien que un noble se encaprichara y se casase con
ella verbigracia. No decía que don Paquito estuviera en tal caso, ni
mucho menos; pero le alababa el pelo de oro y la blancura del cutis, y
por algo se empieza.

--Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana--decía don Álvaro.

Buscaba en vano manera natural de llevar la conversación a un punto por
lo menos análogo al que pensaba tratar muy por largo, llegada la ocasión
oportuna.

--Sí, a veces me aburro. ¡Llueve tanto!

--Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte.

--Será que usted no se fija en mí; bastante salgo.

Estas palabras, apenas dichas, le parecieron imprudentes. ¿Era ella
quien las había pronunciado? Así hablaba Obdulia con los hombres; ¡pero
ella, Ana!

Don Álvaro se vio en un apuro. ¿Qué pretendía aquella señora? ¿Provocar
una conversación para aludir a lo que había entre ellos, que en rigor
no era nada que mereciese comentarios? ¿Debía él extrañar aquella
inadvertencia de Ana? ¡Que no se fijaba en ella! ¿Era coquetería vulgar
o algo más alambicado que él no se explicaba? ¿Quería dar por nulo todo
lo que ambos sabían, las citas, sin citarse, en tal iglesia, en el
teatro, en el paseo? ¿Quería negar valor a las miradas fijas, intensas,
que a veces le otorgaba como favor celestial que no debe prodigarse?

El primer impulso de Ana había sido inconsciente.

Había hablado como quien repite una frase hecha, sin sentido; pero
después pensó que aquella respuesta podía servir para desanimar a Mesía
dándole a entender que ella no había entrado en aquel pacto de
sordomudos. Pero esto mismo era inoportuno. Era demasiado negar, era
negar la evidencia.

Don Álvaro temía aventurar mucho aquella noche, y creyó lo menos
ridículo «hacerse el interesante», según el estilo que empleaban los
vetustenses para tales materias. Y dijo con el tono de una galantería
vulgar, obligada:

--Señora, usted donde quiera tiene que llamar la atención, aun del más
distraído.

Y como esto le pareció cursi y algo anfibológico, añadió algunas
palabras, no menos vulgares y frías.

No comprendía él todavía que aquello de _hacerse el interesante_, si
hubiera sido ridículo tratándose de otras mujeres, era la mejor arma
contra la Regenta. Ana lo olvidó todo de repente para pensar en el dolor
que sintió al oír aquellas palabras. «¿Si habré yo visto visiones? ¿Si
jamás este hombre me habrá mirado con amor; si aquel verle en todas
partes sería casualidad; si sus ojos estarían distraídos al fijarse en
mí? Aquellas tristezas, aquellos arranques mal disimulados de
impaciencia, de despecho, que yo observaba con el rabillo del ojo--¡ay!
¡sí, esto era lo cierto, con el rabillo!--¿serían ilusiones mías, nada
más que ilusiones? ¡Pero si no podía ser!». Y sentía sudores y
escalofríos al imaginarlo. Nunca, nunca accedería ella a satisfacer las
ansias que aquellas miradas le revelaban con muda elocuencia; sería
virtuosa siempre, consumaría el sacrificio, su don Víctor y nada más, es
decir, nada; pero la nada era su dote de amor. ¡Mas renunciar a la
tentación misma! Esto era demasiado. La tentación era suya, su único
placer. ¡Bastante hacía con no dejarse vencer, pero quería dejarse
tentar!

La idea de que Mesía nada esperaba de ella, ni nada solicitaba, le
parecía un agujero negro abierto en su corazón que se iba llenando de
vacío. «¡No, no; la tentación era suya, su placer el único! ¿Qué haría
si no luchaba? Y más, más todavía, pensaba sin poder remediarlo, ella no
debía, no podía querer; pero ser querida ¿por qué no? ¡Oh de qué manera
tan terrible acababa aquel día que había tenido por feliz, aquel día en
que se presentaba un compañero del alma, el Magistral, el confesor que
le decía que era tan fácil la virtud! Sí, era fácil, bien lo sabía ella,
pero si le quitaban la tentación no tendría mérito, sería prosa pura,
una cosa vetustense, lo que ella más aborrecía...».

Don Álvaro, que si no era tan buen político como se figuraba, de
diplomacia del galanteo entendía un poco, comprendió pronto que, sin
saber cómo, había acertado.

En la voz de la Regenta, en el desconcierto de sus palabras, notó que le
había hecho efecto la sequedad de la vulgarísima galantería. «¿Esperaba
ya una declaración? ¡Pero si mañana va a comulgar! ¿Qué mujer es esta?
¡Una hermosísima mujer!»--añadió el materialista en sus adentros al
mirarla a su lado con llamas en los ojos y carmín en las mejillas.

Habían llegado al portal del caserón de los Ozores, y se detuvieron. El
farol dorado que pendía del techo alumbraba apenas el ancho zaguán.
Estaban casi a obscuras. Hacía algunos minutos que callaban.

--¿Y Petra? ¿Y Paco?--preguntó la Regenta alarmada.

--Ahí vienen, ahora dan vuelta a la esquina.

Anita sentía seca la boca; para hablar necesitaba humedecer con la
lengua los labios. Lo vio Mesía que adoraba este gesto de la Regenta, y
sin poder contenerse, fuera de su plan, _natura naturans_, exclamó:

--¡Qué monísima! ¡qué monísima!

Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin
alarde de atrevimiento. Fue una fuga de pasión, que por lo mismo
importaba más que una flor insípida, y no era una desfachatez. Podía
tomarse por una declaración, por una brutalidad de la naturaleza
excitada, por todo, menos por una osadía impertinente, imposible en el
más cumplido caballero.

Ana fingió no oír, pero sus ojos la delataron, y brillando en la sombra,
buscando a don Álvaro que había retrocedido un paso en la obscuridad, le
pagaron con creces las delicias que aquellas palabras dejaron caer como
lluvia benéfica en el alma de la Regenta.

--Es mía--pensó don Álvaro con deleite superior al que él mismo esperaba
en el día del triunfo.

--¿Quieren ustedes subir a descansar?--preguntó la dama a los
caballeros, al ver llegar a Paco.

--No, gracias. Yo volveré luego con mamá a buscarte.

--¿A buscarme?--Sí; ¿no te lo ha dicho ese? Hoy vas al teatro con
nosotros. Hay estreno; es decir, un estreno de don Pedro Calderón de la
Barca, el ídolo de tu marido. ¿No sabes? Ha venido un actor de Madrid,
Perales, muy amigo mío, que imita a Calvo muy bien. Hoy hacen _La vida
es Sueño_... ¡No faltaba más! Tienes que venir. ¡Una solemnidad! Mamá se
empeña. Espera vestida.

--Pero, criatura, si mañana tengo que comulgar....

--¿Eso qué importa?--¡Vaya si importa!--Lo dejas para otro día. En
fin, ya arreglarás eso con mamá; porque ella viene a buscarte.

Y sin atender a más, salió del portal el aturdido Marquesito.

Petra ya estaba dentro, en el patio, haciendo como que no oía. «Ya sabía
a qué atenerse; era aquel. Por lo menos aquel era uno. El Marquesito la
había entretenido a ella para dejar solos a los otros. Se le conocía en
que estaba tan frío. No le había dado ni un mal abrazo en lo obscuro».
Escuchó. Oyó que don Álvaro se despedía con una voz temblona y muy
humilde.

--¿Irá usted al teatro?

--No, de fijo no--contestó la Regenta, cerrando detrás de sí la puerta y
entrando en el patio.



--X--


A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa venía arrancando chispas
por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza Nueva y
se detenía delante del caserón arrinconado.

La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy
mustios collados, con las canas teñidas de negro y el tinte empolvado de
blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas con
estrépito.

--¿Cómo? ¿qué es esto? ¿no te has vestido?

--¡Qué terca!--exclamó Paquito, que acompañaba a su madre.

Don Víctor inclinó la cabeza y encogió los hombros, dando a entender que
no era responsable de aquella terquedad.

«Él, sí, estaba dispuesto». En efecto, se abrochaba los guantes y lucía
su levita de tricot muy ajustada.

Ana sonrió a la Marquesa.--Pero, señora, si es una locura. ¿Por qué se
ha molestado usted?

--¿Cómo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya que me he
molestado, como tú dices, no será en vano. ¡Ea! arriba; o aquí mismo,
delante de estos señores te peino, te calzo y te visto.

--Eso es--dijo Paco--te vestimos, te peinamos....

Don Víctor instó también.

--_La vida es Sueño_, hija mía, es el portento de los portentos del
teatro.... Es un drama simbólico... filosófico.

--Sí, ya sé, Quintanar....

--Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales.

--Y que habrá tanta gente--añadió la Marquesa.

--Por Dios, señora: con mil amores, si no fuera.... ¿No voy otras veces?
¡Pero si mañana tengo que comulgar!

--¡Ta, ta, ta, ta! ¿y qué tiene eso que ver? ¿Lo sabe la gente? ¿Vas tú
al teatro a pecar?

--¡El arte es una religión!--advirtió don Víctor consultando el reloj,
temeroso de perder lo de

        Hipógrifo violento que corriste parejas con el viento.

Después supo que esto lo suprimían. «¡Qué escándalo!».

--Pero, niña--prosiguió--demasiado nos honra la Marquesa.

--¿Qué honra ni qué calabazas?... pero ha de venir.

--No señora; es inútil insistir.

Disputaron mucho tiempo; pero al fin doña Rufina, que también quería ver
empezar, cedió y se llevó a don Víctor, que hizo algunos remilgos.

--Ya que ella es tan terca, me quedaré yo también.--¡No faltaba más!
--exclamó la Regenta asustada--. ¿No vas otras noches?

Don Víctor insistió otro poco en quedarse, en perder aquel drama de
dramas.

Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de
campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con
colores de lagarto; la chimenea, al amor de cuya lumbre leyera en otros
días tantos folletines la señorita doña Anunciación Ozores, que en paz
descansa. Ahora no había allí fuego; la hornilla, descubierta, era un
agujero de tristeza.

Petra recogió el servicio del café. Andaba perezosa. Entró y salió
muchas veces. El ama no la veía siquiera, miraba, sin mover los
párpados, a la hornilla negra y fría. La doncella se comía con los ojos
a la señora. «¡No va al teatro! Aquí pasa algo. ¿Estorbaré? ¿Me
necesitará?».

--¿Querrá algo la señora?--preguntó.

Sobresaltada la Regenta, respondió:

--¿Yo?... ¿qué?... Nada; vete.

«Después de todo, era una tontería haber dado aquel desaire a la
Marquesa, estando decidida a no comulgar al día siguiente. Pero, ¿y por
qué no había de comulgar? ¿Era ella una beata con escrúpulos necios?
¿Qué tenía que echarse en cara? ¿En qué había faltado? Todo Vetusta en
aquel momento estaba gozando entre ruido, luz, música, alegría; y ella
sola, sola, allí en aquel comedor obscuro, triste, frío, lleno de
recuerdos odiosos o necios, huyendo la ocasión de dar pábulo a una
pasión que halagaría a la mujer más presuntuosa. ¿Era esto pecar? Nada
tenía ella que ver con don Álvaro. Podía él estar todo lo enamorado que
quisiera, pero ella jamás le otorgaría el favor más insignificante.
Desde ahora, ni mirarle siquiera. Estaba decidida. ¿Qué había que
confesar? Nada. ¿Para qué reconciliar? Para nada. Podía comulgar sin
miedo; sí, madrugaría, comulgaría. ¡Pero bastaba, bastaba por Dios, de
pensar en aquello! Se volvía loca. Aquel continuo estudiar su
pensamiento, acecharse a sí misma, acusarse, por ideas inocentes, de
malos pensamientos, era un martirio. Un martirio que añadía a los que la
vida le había traído y seguía trayendo sin buscarlos. Pero ¿qué había de
hacer sino cavilar una mujer como ella? ¿En qué se había de divertir?
¿En cazar con liga o con reclamo como su marido? ¿En plantar eucaliptus
donde no querían nacer, como Frígilis?».

En aquel momento vio a todos los vetustenses felices a su modo,
entregados unos al vicio, otros a cualquier manía, pero todos
satisfechos. Sólo ella estaba allí como en un destierro. «Pero ¡ay! era
una desterrada que no tenía patria a donde volver, ni por la cual
suspirar. Había vivido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra vez, y
en Valladolid; don Víctor siempre con ella; ¿qué había dejado ni a
orillas del Ebro, el río del Trovador, ni a orillas del Genil y el
Darro? Nada; a lo más, algún conato de aventura ridícula. Se acordó del
inglés que tenía un carmen junto a la Alhambra, el que se enamoró de
ella y le regaló la piel del tigre cazado en la India por sus criados.
Había sabido más adelante que aquel hombre, que en una carta--que ella
rasgó--la juraba ahorcarse de un árbol histórico de los jardines del
Generalife 'junto a las fuentes de eterna poesía y voluptuosa frescura',
aquel pobre Mr. Brooke se había casado con una gitana del Albaicín. Buen
provecho; pero de todas maneras era una aventura estúpida. La piel del
tigre la conservaba, por el tigre, no por el inglés». Esta historia no
la sabía bien Obdulia; creía que se trataba de un norte-americano; se lo
había dicho Visitación...

«¿Por qué no había ido al teatro? Tal vez allí hubiera podido alejar de
sí aquellas ideas tristes, desconsoladoras que se clavaban en su cerebro
como alfileres en un acerico. Si estaba siendo una tonta. ¿Por qué no
había de hacer lo que todas las demás?». En aquel instante pensaba como
si no hubiera en toda la ciudad más mujeres honestas que ella. Se puso
en pie; estaba impaciente, casi airada. Miró a la llama de la lámpara
suspendida sobre la mesa.... La ofendía aquella luz. Salió del comedor;
entró en su gabinete; abrió el balcón, apoyó los codos en el hierro y la
cabeza en las manos. La luna brillaba en frente, detrás de los soberbios
eucaliptus del _Parque_, plantados por Frígilis. Duraba aquel viento sur
blando, templado, perezoso; a veces ráfagas vivas movían como sonajas de
panderetas las hojas, que empezaban a secarse y sonaban con timbre
metálico. Eran como estremecimientos de aquella naturaleza próxima a
dormir su sueño de invierno.

Ana oía ruidos confusos de la ciudad con resonancias prolongadas,
melancólicas; gritos, fragmentos de canciones lejanas, ladridos. Todo
desvanecido en el aire, como la luz blanquecina reverberada por la
niebla tenue que se cernía sobre Vetusta, y parecía el cuerpo del viento
blando y caliente. Miró al cielo, a la luz grande que tenía en frente,
sin saber lo que miraba; sintió en los ojos un polvo de claridad
argentina; hilo de plata que bajaba desde lo alto a sus ojos, como telas
de araña; las lágrimas refractaban así los rayos de la luna.

«¿Por qué lloraba? ¿A qué venía aquello? También ella era bien necia.
Tenía miedo de estos enternecimientos que no servían para nada». La
luna la miraba a ella con un ojo solo, metido el otro en el abismo; los
eucaliptus de Frígilis inclinando leve y majestuosamente su copa, se
acercaban unos a otros, cuchicheando, como diciéndose discretamente lo
que pensaban de aquella loca, de aquella mujer sin madre, sin hijos, sin
amor, que había jurado fidelidad eterna a un hombre que prefería un buen
macho de perdiz a todas las caricias conyugales.

«Aquel Frígilis, el de los eucaliptus, había tenido la culpa. Se lo
había metido por los ojos. Y hacía ocho años y todavía pensaba en esta
mala pasada de Frígilis como si fuera una injuria de la víspera. ¿Y si
se hubiera casado con don Frutos Redondo? Acaso le hubiera sido infiel.
¡Pero aquel don Víctor era tan bueno, tan caballero! Parecía un padre, y
aparte la fe jurada, era una villanía, una ingratitud engañarle. Con don
Frutos hubiera sido tal vez otra cosa. No hubiera habido más remedio.
¡Sería tan brutal, tan grosero! Don Álvaro entonces la hubiera robado,
sí, y estarían al fin del mundo a estas horas. Y si Redondo se
incomodaba, tendría que batirse con Mesía». Ana contempló a don Frutos,
el mísero tendido sobre la arena, ahogándose en un charco de sangre,
como la que ella había visto en la plaza de toros, una sangre casi
negra, muy espesa y con espuma...

«¡Qué horror!». Tuvo asco de aquella imagen y de las ideas que la habían
traído.

«¡Qué miserable soy en estas horas de desaliento! ¡Qué infamias estoy
pensando!...». Se ahogaba en el balcón. Quiso bajar a la huerta, al
_Parque_; sin pedir luz ni encenderla, alumbrada por la luna, atravesó
algunas habitaciones buscando la escalera del parterre; pero al pasar
cerca del despacho de Quintanar, cambió de propósito y se dijo: «Entraré
ahí; ese debe de tener fósforos sobre la mesa. Voy a escribir al
Magistral; le diré que me espere mañana de tarde; necesito reconciliar;
yo no puedo recibir la comunión así; se lo contaré todo, todo, lo de
dentro, lo de más adentro también».

El despacho estaba a obscuras; allí no entraba la luna. Ana avanzó
tentando las paredes. A cada paso tropezaba con un mueble. Se arrepintió
de haberse aventurado sin luz en aquella estancia que no tenía un pie
cuadrado libre de estorbos. Pero ya no era cosa de volverse atrás. Dio
un paso sin apoyarse en la pared, siguió de frente, con las manos de
avanzada para evitar un choque....

--¡Ay! ¡Jesús! ¿Quién va? ¿quién es? ¿quién me sujeta?--gritó
horrorizada.

Su mano había tocado un objeto frío, metálico, que había cedido a la
opresión, y en seguida oyó un chasquido y sintió dos golpes simultáneos
en el brazo, que quedó preso entre unas tenazas inflexibles que oprimían
la carne con fuerza. Con toda la que le dio el miedo sacudió el brazo
para librarse de aquella prisión, mientras seguía gritando:

--¡Petra! ¡luz! ¿quién está aquí?

Las tenazas no soltaron la presa; siguieron su movimiento y Ana sintió
un peso, y oyó el estrépito de cristales que se quebraban en el
pavimento al caer en compañía de otros objetos, resonantes al chocar con
el piso. No se atrevía a coger con la otra mano las tenazas que la
oprimían, y no se libraba de ellas aunque seguía sacudiendo el brazo.
Buscó la puerta, tropezó mil veces; ya sin tino, todo lo echaba a
tierra; sonaba sin cesar el ruido de algo que se quebraba o rodaba con
estrépito por el suelo. Llegó Petra con luz.

--¡Señora!, ¡señora! ¿qué es esto? ¡Ladrones!--¡No, calla! Ven acá,
quítame esto que me oprime como unas tenazas.

Ana estaba roja de vergüenza y de ira. Sentía una indignación tan grande
como la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo.

Petra intentó arrancar el brazo de su ama de aquella trampa en que había
caído.

Era una máquina que, según Frígilis y Quintanar, sus inventores,
serviría para coger zorros en los gallineros en cuanto acabasen ellos de
vencer cierta dificultad de mecánica que retardaba la aplicación del
artefacto.

Era necesario que el hocico del animal tocase en un punto determinado;
si tocaba, inmediatamente caía sobre su cabeza una barra metálica y otra
idéntica le sujetaba por debajo de la quijada inferior. La fuerza del
resorte no era suficiente para matar al ladrón de corral, pero sí para
detenerlo, merced a ciertos ganchos incruentos sabiamente preparados. Ni
Frígilis ni Quintanar querían sangre; no pretendían más que tener bien
sujeto al delincuente cogido infraganti. Si estos inventores no hubieran
sabido armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la
sociedad protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la
Regenta. Por fortuna, Quintanar era correccionalista; quería la enmienda
del culpable, pero no su destrucción. Los zorros que él cazara
sobrevivirían. No faltaba para que la máquina fuese perfecta, más que
esto: que los ladrones de gallinas viniesen a tropezar con el botón del
resorte endiablado, como había tropezado aquella señora.

Ni Petra ni su ama conocían el uso de aquel artefacto que tuvieron que
destrozar--y buenos sudores les costó--para separarlo del brazo que
magullaba. Petra contenía la risa a duras penas. Se contentó con decir:

--¡Qué _estropicio_!--apuntando a los pedazos de loza, cristal, y otras
materias incalificables que yacían sobre el piso.

--Si hubiera sido yo, me despedía don Víctor.... ¡Ay, señora! si ha roto
usted tres de esos tiestos nuevos... ¡y el cuadro de las mariposas se ha
hecho pedacitos! ¡y se ha roto una vitrina de herbario! y....

--¡Basta! deja esa luz ahí, vete--interrumpió la Regenta.

Petra insistió gozándose en la disimulada cólera de su ama.

--¿Quiere usted, que traiga árnica, señora? Mire usted, tiene el brazo
amoratado... ya lo creo... apenas mordería con fuerza ese demonio de
guillotina... pero, ¿qué será eso? ¿usted lo sabe?

--Yo... no... no; déjame. Tráeme un poco de agua.

--Ya lo creo; y tila, si está usted pálida como una muerta. ¿Pero por
qué andaba usted a obscuras, señora? ¡Qué susto! ¡pero qué susto!...
¿Qué demonches de diablura será eso? Pues para cazar gorriones no es....
Y lo hemos roto... mire usted... pero no hubo remedio.

Petra salió, volviendo con árnica que no quiso aplicarse la Regenta;
después vino con tila, recogió los restos de los cachivaches y los puso
sobre mesas y armarios como si fueran reliquias santas. Sentía un júbilo
singular viendo aquella ruina de objetos que ella tenía que considerar
como vasos sagrados de un culto desconocido.

--¡Si hubiera sido yo!--repetía entre dientes, al juntar los últimos
pedazos, puesta en cuclillas.

Gozaba con delicia de aquella catástrofe, desde el punto de vista de su
irresponsabilidad.

Ana bajó a la huerta, olvidada ya de la carta que quería escribir. Le
dolía el brazo. Le dolía con el escozor moral de las bofetadas que
deshonran. Le parecía una vergüenza y una degradación ridícula todo
aquello. Estaba furiosa. «¡Su don Víctor! ¡Aquel idiota! Sí, idiota; en
aquel momento no se volvía atrás. ¡Qué diría Petra para sus adentros!
¿Qué marido era aquel que cazaba con trampa a su esposa?». Miró a la
luna y se le figuró que le hacía muecas burlándose de su aventura. Los
árboles seguían hablándose al oído, murmurando con todas las hojas;
comentaban con irónica sonrisilla el lance de la guillotina, como decía
Petra.

«¡Qué hermosa noche! Pero ¿quién era ella para admirar la noche serena?
¿Qué tenía que ver toda aquella poesía melancólica de cielo y tierra con
lo que le sucedía a ella?».

«Si pensaría Quintanar que una mujer es de hierro y puede resistir, sin
caer en la tentación, manías de un marido que inventa máquinas absurdas
para magullar los brazos de su esposa. Su marido era botánico,
ornitólogo, floricultor, arboricultor, cazador, crítico de comedias,
cómico, jurisconsulto; todo menos un marido. Quería más a Frígilis que a
su mujer. ¿Y quién era Frígilis? Un loco; simpático años atrás, pero
ahora completamente _ido_, intratable; un hombre que tenía la manía de
la aclimatación, que todo lo quería armonizar, mezclar y confundir; que
injertaba perales en manzanos y creía que todo era uno y lo mismo, y
pretendía que el caso era «adaptarse al medio». Un hombre que había
llegado en su orgía de disparates a injertar gallos ingleses en gallos
españoles: ¡Lo había visto ella! Unos pobrecitos animales con la cresta
despedazada, y encima, sujeto con trapos un muñón de carne cruda,
sanguinolenta ¡qué asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido. Y
hacía tres años que ella vivía entre aquel par de sonámbulos, sin más
relaciones íntimas. Bastaba, bastaba, no podía más; aquello era la gota
de agua que hace desbordar... ¡caer en una trampa que un marido coloca
en su despacho como si fuera el monte! ¡no era esto el colmo de lo
ridículo!».

La exageración de aquel sentimiento de cólera injustísima, pueril, la
hizo notar su error. «¡Ella sí que era ridícula! ¡Irritarse de aquel
modo por un incidente vulgar, insignificante!». Y volvió contra sí todo
el desprecio. «¿Qué culpa tiene él de que yo entre a deshora, sin luz en
su despacho? ¿Qué motivo racional de queja tenía ella? Ninguno. ¡Oh! no
había pretexto, no había pretexto para la ingratitud...».

«Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la
juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a
que ya estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias
del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y
hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir,
había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿dónde estaba ese
amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su
luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los
sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí
misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al
despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un
magistrado; le pareció un despropósito y una desfachatez que ya que
estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga
de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias
materiales, irremediables, la avergonzaban, y se reían de ella al mismo
tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le
sonaba como la frase del miércoles de ceniza, _¡quia pulvis es!_ eres
polvo, eres materia... pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de
todo aquello que había leído en sus mitologías, de lo que había oído a
criados y pastores murmurar con malicia.... ¡Lo que aquello era y lo que
podía haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el
consuelo de ser tenida por mártir y heroína.... Recordaba también las
palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doña Águeda (q. e. p.
d.) en los primeros días del matrimonio; recordaba que ella, que jamás
decía palabras irrespetuosas a sus tías, había tenido que esforzarse
para no gritar: «¡Idiota!» al ver a su tía mirarla así. Y aquello
continuaba, aquello se había sufrido en Granada, en Zaragoza, en Granada
otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la compadecían. Nada de
hijos. Don Víctor no era pesado, eso es verdad. Se había cansado pronto
de hacer el galán y paulatinamente había pasado al papel de barba que le
sentaba mejor. ¡Oh, y lo que es como un padre se había hecho querer, eso
sí!; no podía ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero
llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca;
le remordía la conciencia de no quererle como marido, de no desear sus
caricias; y además tenía miedo a los sentidos excitados en vano. De todo
aquello resultaba una gran injusticia no sabía de quién, un dolor
irremediable que ni siquiera tenía el atractivo de los dolores poéticos;
era un dolor vergonzoso, como las enfermedades que ella había visto en
Madrid anunciadas en faroles verdes y encarnados. ¿Cómo había de
confesar aquello, sobre todo así, como lo pensaba? y otra cosa no era
confesarlo».

«Y la juventud huía, como aquellas nubecillas de plata rizada que
pasaban con alas rápidas delante de la luna... ahora estaban plateadas,
pero corrían, volaban, se alejaban de aquel baño de luz argentina y
caían en las tinieblas que eran la vejez, la vejez triste, sin
esperanzas de amor. Detrás de los vellones de plata que, como bandadas
de aves cruzaban el cielo, venía una gran nube negra que llegaba hasta
el horizonte. Las imágenes entonces se invirtieron; Ana vio que la luna
era la que corría a caer en aquella sima de obscuridad, a extinguir su
luz en aquel mar de tinieblas».

«Lo mismo era ella; como la luna, corría solitaria por el mundo a
abismarse en la vejez, en la obscuridad del alma, sin amor, sin
esperanza de él... ¡oh, no, no, eso no!».

Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía que reclamaban
con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la
carne, derechos de la hermosura. Y la luna seguía corriendo, como
despeñada, a caer en el abismo de la nube negra que la tragaría como un
mar de betún. Ana, casi delirante, veía su destino en aquellas
apariencias nocturnas del cielo, y la luna era ella, y la nube la vejez,
la vejez terrible, sin esperanza de ser amada. Tendió las manos al
cielo, corrió por los senderos del _Parque_, como si quisiera volar y
torcer el curso del astro eternamente romántico. Pero la luna se anegó
en los vapores espesos de la atmósfera y Vetusta quedó envuelta en la
sombra. La torre de la catedral, que a la luz de la clara noche se
destacaba con su espiritual contorno, transparentando el cielo con sus
encajes de piedra, rodeada de estrellas, como la Virgen en los cuadros,
en la obscuridad ya no fue más que un fantasma puntiagudo; más sombra en
la sombra.

Ana, lánguida, desmayado el ánimo, apoyó la cabeza en las barras frías
de la gran puerta de hierro que era la entrada del _Parque_ por la calle
de Tras-la-cerca. Así estuvo mucho tiempo, mirando las tinieblas de
fuera, abstraída en su dolor, sueltas las riendas de la voluntad, como
las del pensamiento que iba y venía, sin saber por dónde, a merced de
impulsos de que no tenía conciencia.

Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pasó un
bulto por la calle solitaria pegado a la pared del _Parque_.

«¡Es él!» pensó la Regenta que conoció a don Álvaro, aunque la aparición
fue momentánea; y retrocedió asustada. Dudaba si había pasado por la
calle o por su cerebro.

Era don Álvaro en efecto. Estaba en el teatro, pero en un entreacto se
le ocurrió salir a satisfacer una curiosidad intensa que había sentido.
«Si por casualidad estuviese en el balcón.... No estará, es casi seguro,
pero ¿si estuviese?». ¿No tenía él la vida llena de felices accidentes
de este género? ¿No debía a la buena suerte, a la _chance_ que decía don
Álvaro, gran parte de sus triunfos? ¡Yo y la ocasión! Era una de sus
divisas. ¡Oh! si la veía, la hablaba, le decía que sin ella ya no podía
vivir, que venía a rondar su casa como un enamorado de veinte años
platónico y romántico, que se contentaba con ver por fuera aquel
paraíso.... Sí, todas estas sandeces le diría con la elocuencia que ya se
le ocurriría a su debido tiempo. El caso era que, por casualidad,
estuviese en el balcón. Salió del teatro, subió por la calle de Roma,
atravesó la Plaza del Pan y entró en la del Águila. Al llegar a la Plaza
Nueva se detuvo, miró desde lejos a la rinconada... no había nadie al
balcón.... Ya lo suponía él. No siempre salen bien las corazonadas. No
importaba.... Dio algunos paseos por la plaza, desierta a tales horas....
Nadie; no se asomaba ni un gato. «Una vez allí ¿por qué no continuar el
cerco romántico?». Se reía de sí mismo. ¡Cuántos años tenía que remontar
en la historia de sus amores para encontrar paseos de aquella índole!
Sin embargo de la risa, sin temor al barro que debía de haber en la
calle de Tras-la-cerca, que no estaba empedrada, se metió por un arco de
la Plaza Nueva, entró en un callejón, después en otro y llegó al cabo a
la calle a que daba la puerta del _Parque_. Allí no había casas, ni
aceras ni faroles; era una calle porque la llamaban así, pero consistía
en un camino maltrecho, de piso desigual y fangoso entre dos paredones,
uno de la Cárcel y otro de la huerta de los Ozores. Al acercarse a la
puerta, pegado a la pared, por huir del fango, Mesía creyó sentir la
corazonada verdadera, la que él llamaba así, porque era como una
adivinación instantánea, una especie de doble vista. Sus mayores
triunfos de todos géneros habían venido así, con la corazonada
verdadera, sintiendo él de repente, poco antes de la victoria, un valor
insólito, una seguridad absoluta; latidos en las sienes, sangre en las
mejillas, angustia en la garganta.... Se paró. «Estaba allí la Regenta,
allí en el Parque, se lo decía aquello que estaba sintiendo.... ¿Qué
haría si el corazón no le engañaba? Lo de siempre en tales casos; ¡jugar
el todo por el todo! Pedirla de rodillas sobre el lodo, que abriera; y
si se negaba, saltar la verja, aunque era poco menos que imposible;
pero, sí, la saltaría. ¡Si volviera a salir la luna! No, no saldría; la
nube era inmensa y muy espesa; tardaría media hora la claridad».

Llegó a la verja; él vio a la Regenta primero que ella a él. La conoció,
la adivinó antes.

--«¡Es tuya!--le gritó el demonio de la seducción--; te adora, te
espera».

Pero no pudo hablar, no pudo detenerse. Tuvo miedo a su víctima. La
superstición vetustense respecto de la virtud de Ana la sintió él en sí;
aquella virtud como el Cid, ahuyentaba al enemigo después de muerta
acaso; él huir; ¡lo que nunca había hecho! Tenía miedo... ¡la primera
vez!

Siguió; dio tres, cuatro pasos más sin resolverse a volver pie atrás,
por más que el demonio de la seducción le sujetaba los brazos, le atraía
hacia la puerta y se le burlaba con palabras de fuego al oído
llamándole: «¡Cobarde, seductor de meretrices!... ¡Atrévete, atrévete
con la verdadera virtud; ahora o nunca!...».

--«¡Ahora, ahora!»--gritó Mesía con el único valor grande que tenía--;
y ya a diez pasos de la verja volvió atrás furioso, gritando:

--¡Ana! ¡Ana! Le contestó el silencio. En la obscuridad del _Parque_ no
vio más que las sombras de los eucaliptus, acacias y castaños de Indias;
y allá a lo lejos, como una pirámide negra el perfil de la
_Washingtonia_, el único amor de Frígilis, que la plantó y vio crecer
sus hojas, su tronco, sus ramas.

Esperó en vano.--Ana, Ana--volvió a decir quedo, muy quedo--; pero sólo
le contestaban las hojas secas, arrastradas por el viento suave sobre la
arena de los senderos.

Ana había huido. Al ver tan cerca aquella tentación que amaba, tuvo
pavor, el pánico de la honradez, y corrió a esconderse en su alcoba,
cerrando puertas tras de sí, como si aquel libertino osado pudiera
perseguirla, atravesando la muralla del _Parque_. Sí, sentía ella que
don Álvaro se infiltraba, se infiltraba en las almas, se filtraba por
las piedras; en aquella casa todo se iba llenando de él, temía verle
aparecer de pronto, como ante la verja del _Parque_.

«¿Será el demonio quien hace que sucedan estas casualidades?», pensó
seriamente Ana, que no era supersticiosa.

Tenía miedo; veía su virtud y su casa bloqueadas, y acababa de ver al
enemigo asomar por una brecha. Si la proximidad del crimen había
despertado el instinto de la inveterada honradez, la proximidad del amor
había dejado un perfume en el alma de la Regenta que empezaba a
infestarse.

«¡Qué fácil era el crimen! Aquella puerta... la noche... la
obscuridad.... Todo se volvía cómplice. Pero ella resistiría. ¡Oh! ¡sí!
aquella tentación fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos,
era un enemigo digno de ella. Prefería luchar así. La lucha vulgar de la
vida ordinaria, la batalla de todos los días con el hastío, el ridículo,
la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterráneo entre fango.
Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece como un
conjuro a su pensamiento; que llama desde la sombra; que tiene como una
aureola, un perfume de amor... esto era algo, esto era digno de ella.
Lucharía».

Don Víctor volvió del teatro y se dirigió al gabinete de su mujer. Ana
se le arrojó a los brazos, le ciñó con los suyos la cabeza y lloró
abundantemente sobre las solapas de la levita de tricot.

La crisis nerviosa se resolvía, como la noche anterior, en lágrimas, en
ímpetus de piadosos propósitos de fidelidad conyugal. Su don Víctor, a
pesar de las máquinas infernales, era el deber; y el Magistral sería la
égida que la salvaría de todos los golpes de la tentación formidable.
Pero Quintanar no estaba enterado. Venía del teatro muerto de sueño--¡no
había dormido la noche anterior!--y lleno de entusiasmo
lírico-dramático. Francamente, aquellos enternecimientos periódicos le
parecían excesivos y molestos a la larga. «¿Qué diablos tenía su
mujer?».

--Pero, hija, ¿qué te pasa? tú estás mala....

--No, Víctor, no; déjame, déjame por Dios ser así. ¿No sabes que soy
nerviosa? Necesito esto, necesito quererte mucho y acariciarte... y que
tú me quieras también así.

--¡Alma mía, con mil amores!... pero... esto no es natural, quiero
decir... está muy en orden, pero a estas horas... es decir... a estas
alturas... vamos... que.... Y si hubiéramos reñido... se explicaría
mejor... pero así sin más ni más.... Yo te quiero infinito, ya lo sabes;
pero tú estás mala y por eso te pones así; sí, hija mía, estos
extremos....

--No son extremos, Quintanar--dijo Ana sollozando y haciendo esfuerzos
supremos para idealizar a D. Víctor que traía el lazo de la corbata
debajo de una oreja.

--Bien, vida mía, no serán; pero tú estás mala. Ayer amagó el ataque, te
pusiste nerviosilla... hoy ya ves cómo estás.... Tú tienes algo.

Ana movió la cabeza negando.--Sí, hija mía; hemos hablado de eso en el
palco la Marquesa, don Robustiano y yo. El doctor opina que la vida que
llevas no es sana, que necesitas dar variedad a la actividad cerebral y
hacer ejercicio, es decir, distracciones y paseos. La Marquesa dice que
eres demasiado formal, demasiado buena, que necesitas un poco de aire
libre, ir y venir... y yo, por último, opino lo mismo, y estoy
resuelto--esto lo dijo con mucha energía--estoy resuelto a que termine
la vida de aislamiento. Parece que todo te aburre; tú vives allá en tus
sueños.... Basta, hija mía, basta de soñar. ¿Te acuerdas de lo que te
pasó en Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni más
que escapadas a la Alhambra y al Generalife; y allí leyendo y papando
moscas te pasabas las horas muertas. Resultado: que enfermaste y si no
me trasladan a Valladolid, te me mueres. ¿Y en Valladolid? Recobraste la
salud gracias a la fuerza de los alimentos, pero la melancolía mal
disimulada seguía, los nervios erre que erre.... Volvemos a Vetusta, casi
pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre tía Águeda
que se fue a juntar con la otra, y con ese pretexto te encierras en este
caserón y no hay quien te saque al sol en un año. Leer y trabajar como
si estuvieras a destajo.... No me interrumpas; ya sabes que riño pocas
veces; pero ya que ha llegado la ocasión, he de decirlo todo; eso es,
todo. Frígilis me lo repite sin cesar: «Anita no es feliz».

--¿Qué sabe él?--Bien sabes que él te quiere, que es nuestro mejor
amigo.

--Pero ¿por qué dice que no soy feliz? ¿En qué lo conoce?...

--No lo sé; yo no lo había notado, lo confieso, pero ya me voy
inclinando a su parecer. Estas escenas nocturnas....

--Son los nervios, Quintanar.

--Pues guerra a los nervios ¡caracoles!

--Sí...--Nada; fallo; que debo condenar y condeno esta vida que haces,
y desde mañana mismo otra nueva. Iremos a todas partes y, si me apuras,
le mando a Paco o al mismísimo Mesía, el Tenorio, el simpático Tenorio,
que te enamoren.

--¡Qué atrocidad!...--¡Programa!--gritó don Víctor--: al teatro dos
veces a la semana por lo menos; a la tertulia de la Marquesa cada cinco
o seis días, al Espolón todas las tardes que haga bueno; a las reuniones
de confianza del Casino en cuanto se inauguren este año; a las meriendas
de la Marquesa, a las excursiones de la _high life_ vetustense, y a la
catedral cuando predique don Fermín y repiquen gordo. ¡Ah! y por el
verano a Palomares, a bañarse y a vestir batas anchas que dejen entrar
el aire del mar hasta el cuerpo... ea, ya sabes tu vida. Y esto no es un
programa de gobierno, sino que se cumplirá en todas sus partes. La
Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y
Visitación, que estaba en la platea de Páez, también me dijo que contara
con ella para sacarte de tus casillas.... Sí, señora, saldremos de
nuestras casillas. No quiero más nervios, no quiero que Frígilis diga
que no eres feliz....

--¿Qué sabe él?--Ni quiero llantos que me quitan a mí el sueño. Cuando
lloras sin saber por qué, hija mía, me entra una comezón, un miedo
supersticioso.... Se me figura que anuncias una desgracia.

Ana tembló, como sintiendo escalofríos.

--¿Ves? tiemblas; a la cama, a la cama, ángel mío; todos a la cama; yo
me estoy cayendo.

Bostezó don Víctor y salió del gabinete después de depositar un casto
beso en la frente de su mujer.

Entró en su despacho. Estaba de mal humor. «Aquella enfermedad
misteriosa de Ana--porque era una enfermedad, estaba seguro--le
preocupaba y le molestaba. No estaba él para templar gaitas: los nervios
le eran antipáticos; estas penas sin causa conocida no le inspiraban
compasión, le irritaban, le parecían mimos de enfermo; él quería mucho a
su mujer, pero a los nervios los aborrecía.... Además en el teatro había
tenido una discusión acalorada: un majadero, un sietemesino que
estudiaba en Madrid, había dicho que el teatro de Lope y de Calderón no
debía imitarse en nuestros días, que en las tablas era poco natural el
verso, que para los dramas de la época era mejor la prosa. ¡Imbécil!
¡que el verso es poco natural! ¡Cuando lo natural sería que todos, sin
distinción de clases, al vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas
sonoras! La poesía será siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el
ilustre Jovellanos. Figurémonos que yo me llamo Benavides y que Carvajal
quiere quitarme la honra

        a obscuras, como el ladrón
        de infame merecimiento;

pues ¿dónde habrá cosa más natural que incomodarme yo, y exclamar con
Tirso de Molina (representando):

        A satisfacer la fama
        que me habéis hurtado vengo:
        mi agravio es león que brama;
        un león por armas tengo,
        y Benavides se llama.
        De vuestros torpes amores
        dará venganza a mi enojo,
        mostrando a mis sucesores
        la nobleza de un león rojo
        en sangre de dos traidores...?».

Don Víctor se fijó en un velador, que era Carvajal, y ya iba a
concederle la palabra, para que dijese en son de disculpa:

        Desde que sois mi cuñado
        ni de palabras me afrento..., etc.,

cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus
tiestos, de su colección de mariposas, de una docena de aparatos
delicados que le servían en sus variadas industrias de fabricante de
jaulas y grilleras, artista en marquetería, coleccionador, entomólogo y
botánico, y otras no menos respetables.

--¡Dios mío! ¡qué es esto!--gritó en prosa culta--¿quién ha causado esta
devastación...? ¡Petra! ¡Anselmo!--y se colgó del cordón de la
campanilla.

Entró Petra sonriente.--¿Qué ha sido esto?--Señor, yo no he sido....
Habrán entrado los gatos.

--¡Cómo los gatos! ¿Por quién se me toma a mí?

Don Víctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los cacharros de
su museo, como él llamaba aquella exposición permanente de manías, se
transformaba en un Segismundo. En efecto, sin darse cuenta de ello,
comenzó a parodiar a Perales a quien acababa de ver dando patadas en la
escena y gritando como un energúmeno.

--¡A ver, Anselmo! que venga Anselmo que le voy a tirar por el balcón si
no me explica esto.

Anselmo compareció. Tampoco había sido él.

En medio de su cólera vio Quintanar en un rincón la trampa de los
zorros, despedazada, inservible.

--¡Esto más! ¡Vive Dios! Yo que iba a dar en cara a Frígilis.... ¡Pero,
señor, quién anduvo aquí!

Acudió Ana, porque llegó a su cuarto el ruido.

Lo explicó todo.--Pero tú, Petra--añadió--¿por qué no le has dicho la
verdad al señor?

--Señora, yo... no sabía si debía....

--¿Si debías qué?--preguntó don Víctor con expresión de no comprender.

--Si debía...--Al amo no hay que ocultarle nunca nada--dijo la Regenta
clavando los ojos altaneros en la criada.

Petra sonrió torciendo la boca, y bajó la cabeza.

Don Víctor miraba a todos con entrecejo de estupidez pasajera. Se quedó
solo en su despacho meditando sobre las ruinas de sus inventos, máquinas
y colecciones.

--«¡Dios mío! ¡si estará loca la pobrecita!»--decía entre suspiros
Quintanar, con las manos en la cabeza. Se acostó decidido a consultar
seriamente _lo_ de su mujer. Pronto descansaban todos en la casa, menos
Petra, que en medio de un pasillo, con una palmatoria en la mano,
espiaba el silencio del hogar honrado con miradas cargadas de preguntas.

«Había visto ella muchas cosas en su vida de servidumbre.... En aquella
casa iba a pasar algo. ¿Qué habría hecho la señora en la huerta? ¿No se
le había figurado a ella oír allá, hacia la puerta del _Parque_, una
voz...? Sería aprensión... pero... algo, algo había allí. ¿Qué papel la
reservarían? ¿Contarían con ella? ¡Ay de _ellos_ si no!». Y con una
delicia morbosa, la rubia lúbrica olfateaba la deshonra de aquel hogar,
oyendo a lo lejos los ronquidos de Anselmo; «otro estúpido que jamás
había venido a buscarla en el secreto de la noche»...



--XI--


El magistral era gran madrugador. Su vida llena de ocupaciones de muy
distinto género, no le dejaba libre para el estudio más que las horas
primeras del día y las más altas de la noche. Dormía muy poco. Su doble
misión de hombre de gobierno en la diócesis y sabio de la catedral le
imponía un trabajo abrumador; además, era un clérigo de mundo; recibía y
devolvía muchas visitas, y este cuidado, uno de los más fastidiosos,
pero de los más importantes, le robaba mucho tiempo. Por la mañana
estudiaba filosofía y teología, leía las revistas científicas de los
jesuitas, y escribía sus sermones y otros trabajos literarios. Preparaba
una _Historia de la Diócesis de Vetusta_, obra seria, original, que
daría mucha luz a ciertos puntos obscuros de los anales eclesiásticos de
España. De este libro, sin conocerlo, hablaba muy mal don Saturnino
Bermúdez, cuando estaba un poco alegre, después de comer. Uno de sus
secretos era, que «el Magistral merecía el nombre de sabio, pero no
precisamente el de arqueólogo; nadie sirve para todo».

Don Fermín escribía a la luz tenue y blanca del crepúsculo; la mañana
estaba fresca; de vez en cuando, por vía de descanso, De Pas se
entretenía en soplarse los dedos. Meditaba. Tenía los pies envueltos en
un mantón viejo de su madre. Cubríale la cabeza un gorro de terciopelo
negro, raído; la sotana bordada de zurcidos, pardeaba de puro vieja, y
las mangas de la chaqueta que vestía debajo de la sotana relucían con el
brillo triste del paño muy rozado. Aquel traje sórdido, que tal
contraste mostraba con la elegancia, riqueza y pulcritud que ante el
mundo lucía el Magistral, desaparecía concluido el trabajo, al
aproximarse la hora de las visitas probables. Entonces vestía don Fermín
un cómodo, flamante y bien cortado balandrán, y en un rincón de la
alcoba se escondían las zapatillas de orillo y el gorro con mugre; el
zapato que admiraba Bismarck, el delantero, y el solideo que brillaba
como un sol negro, ocupaban los respectivos extremos del importante
personaje. En su despacho sólo recibía a los que quería deslumbrar por
sabio; en Vetusta y toda su provincia la sabiduría no deslumbraba a casi
nadie, y así la mayor parte de las visitas pasaban al salón inmediato.

Pocos podían jactarse de conocer la casa del Provisor de arriba abajo;
casi nadie había visto más que el vestíbulo, la escalera, un pasillo, la
antesala y el salón de cortinaje verde y sillería con funda de tela
gris; y aun el salón medio se veía porque estaba poco menos que a
obscuras. Uno de los argumentos que empleaban los que defendían la
honradez del Provisor, consistía en recordar la modestia de su ajuar y
de su vida doméstica.

Justamente se había hablado de esto la tarde anterior en el Espolón, en
un corrillo de murmuradores, clérigos unos, seglares otros.

--Entre su madre y él, puede que no gasten doce mil reales al año--decía
muy serio Ripamilán, el venerable Arcipreste--. Él viste bien, eso sí,
con elegancia, hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la
cuida, la cepilla bien, y esta partida del presupuesto viene a ser
insignificante. Recuerden ustedes, señores, lo que nos duraba un
sombrero de teja en los ominosos tiempos en que no nos pagaba el
Gobierno. Y en lo demás, ¿qué gastan? Doña Paula con su hábito negro de
Santa Rita, total estameña, su mantón apretado a la espalda, y su
pañuelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya está
vestida para todo el año. ¿Y comer? Yo no les he visto comer, pero todo
se sabe; el catedrático de Psicología, Lógica y Ética, que saben ustedes
que es muy amigo mío, aunque partidario de no sé qué endiablada escuela
escocesa, y que se pasa la vida en el mercado cubierto, como si aquello
fuese la Stoa o la Academia, pues ese filósofo dice que jamás ha visto a
la criada del Provisor comprar salmón, y besugo sólo cuando está barato,
muy barato. Pues ¿y la casa? La casa, todos ustedes lo saben, es una
cabaña limpia, es la casa de un verdadero sacerdote de Jesús. Lo mejor
es lo que conocemos todos, el salón; ¡y válgate Dios por salón! A la
moda del rey que rabió: solemne, pulcro, eso sí; ¡pero qué de trampas
tapa aquella obscuridad! ¿Quién nos dice que las sillas de damasco verde
no tienen abiertas las entrañas? ¿Las han visto ustedes alguna vez sin
funda? ¿Y la consola panzuda, antiquísima, de un dorado que fue, con su
reloj de música sin música y sin cuerda? Señores, no se me diga: el
Magistral es pobre y cuanto se murmura de cohechos y simonías es infame
calumnia.

--Todo esto es verdad--contestó Foja, el ex-alcalde usurero, que estaba
presente siempre en conversaciones de este género. Parecía nacido para
murmurar.

--No se puede negar que viven como miserables, pero lo mismo hace el
señor Capalleja y ese es millonario. Los avaros siempre son los más
ricos. Para tener dinero, tenerlo. Doña Paula esconde su gato, ¡un
gatazo! ¿Y las casas que compra el Magistral por esos pueblos? ¿Y las
fincas que ha adquirido doña Paula en Matalerejo, en Toraces, en Cañedo,
en Somieda? ¿Y las acciones del Banco?

--¡Calumnia, pura calumnia! usted no ha visto las escrituras; usted no
ha visto las pólizas; usted no ha visto nada....

--Pero sé quien lo ha visto.--¿Quién?--¡El mundo entero!--gritó don
Santos Barinaga, que siempre acudía a maldecir de su mortal enemigo el
Provisor--. ¡El mundo entero!... Yo... yo.... ¡Si yo hablara!... ¡pero
ya hablaré!

--Bah, bah, bah, don Santos; usted no puede ser juez ni testigo en este
proceso.

--¿Por qué?--Porque usted aborrece al Magistral.

--Claro que sí...--Y enseñaba los puños apretados.

--¡Y ya me las pagará!--Pero usted, le aborrece por aquello de «¿quién
es tu enemigo? El de tu oficio». Usted vende objetos del culto: cálices,
patenas, vinajeras, lámparas, sagrarios, casullas, cera y hasta
hostias....

--Sí, señor; y a mucha honra señor Arcipreste.

--Hombre, eso ya lo sé; pero usted, vende eso y....

--¡Hola! ¡hola!--interrumpió Foja--. ¡Preciosa confesión! ¡Dato
precioso! Don Cayetano confiesa que don Santos y don Fermín son
enemigos porque son del mismo oficio. Luego reconoce el eminente
Ripamilán que es cierto lo que dice el mundo entero: que, contra las
leyes divinas y humanas, el Magistral es comerciante, es el dueño, el
verdadero dueño de _La Cruz Roja_, el bazar de artículos de iglesia, al
que por fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del
obispado han de venir _velis nolis_ a comprar lo que necesitan y lo que
no necesitan.

--Permítame usted, señor Foja o señor diablo....

--Y el vulgo, es claro, es malicioso; y como da la pícara casualidad de
que _La Cruz Roja_ ocupa los bajos de la casa contigua a la del
Provisor; y como da la picarísima casualidad de que sabemos todos que
hay comunicación por los sótanos, entre casa y casa....

--Hombre, no sea usted barullón ni embustero.

--Poco a poco, señor canónigo, yo no soy barullero, ni miento, ni soy
obscurantista, ni admito ancas de nadie y menos de un cura.

--No será usted obscurantista, pero tiene la moliera a obscuras para
todo lo que no sea picardía. ¿Qué tiene que ver que al señor Barinaga,
al bueno de don Santos, se le haya metido en la cabeza que su comercio
de quincalla y cera va a menos por una competencia imaginaria que, según
él, le hace el Provisor? ¿Qué tiene que ver eso, alma de cántaro, con
que el bazar, como lo llama, de _La Cruz Roja_, tenga sótanos y el
Magistral sea comerciante aunque lo prohíban los cánones y el Código de
comercio? Sea usted liberal, que eso no es ofender a Dios, pero no sea
usted un boquirroto y mire más lo que dice.

--Oiga usted, don Cayetano; ni la edad, ni el ser aragonés, le dan a
usted derecho para desvergonzarse....

--¡Poco ruido! ¡Poco ruido! señor Fierabrás--repuso el canónigo
terciando el manteo.

Es de advertir que el tono de broma en que estas palabras fuertes se
decían les quitaba toda gravedad y aire de ofensa. En Vetusta el buen
humor consiste en soltarse pullas y _frescas_ todo el año, como en
perpetuo Carnaval, y el que se enfada desentona y se le tiene por mal
educado.

--Es que yo--gritó el ex-alcalde--mato un canónigo como un mosquito....

--Ya lo supongo; con alguna calumnia. Venga usted acá, viborezno
libre-pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles; según ese
disparatado modo de pensar que usa vuecencia, también se podrá asegurar
lo que dice el vulgo de los préstamos del Magistral al veinte por
ciento.

--_Non capisco_--respondió el ex-alcalde, que sabía italiano de óperas.

--Sí me entiende usted, pero hablaré más claro. ¿No es usted otro libelo
infamatorio con lengua y pies--que viera yo cortados--de los muchos que
sacrifican la honra del Magistral? Pues si don Santos le maldice porque
le roba los parroquianos de su tienda de quincalla, usted le aborrecerá
por lo de la usura; ¿quién es tu enemigo?

--Poco a poco, señor Ripamilán, que se me sube el humo a las narices.

--Dirá usted que se le baja, porque lo tiene usted en lugar de sesos.

--¡Me ha llamado usted usurero!

--Eso; clarito.--Yo empleo mi capital honradamente, y ayudo al
empresario, al trabajador; soy uno de los agentes de la industria y
recojo la natural ganancia.... Estas son habas contadas; y si estos curas
de misa y olla que ahora se usan, supieran algo de algo, sabrían que la
Economía política me autoriza para cobrar el anticipo, el riesgo y,
cuando hay caso, la prima del seguro....

--Del seguro se va usted, señor economista cascaciruelas....

--Yo contribuyo a la circulación de la riqueza....

--Como una esponja a la circulación del agua....

--Y los curas son los zánganos de la colmena social....

--Hombre, si a zánganos vamos....

--Los curas son los mostrencos...--Si a mostrencos vamos, conocía yo un
alcaldito en tiempos de la _Gloriosa_...

--¿Qué tiene usted que decir de la _Gloriosa_? Me parece que la
Revolución le hizo a usted Ilustrísimo señor....

--¡Hizo un cuerno! Me hicieron mis méritos, mis trabajos, mis... ¡seor
ciruelo!

--Déjese usted de insultos y explique por qué he de ser yo enemigo
personal del Provisor. ¿Reparto yo dinero por las aldeas al treinta por
ciento? Y el dinero que yo presto ¿procede de capellanías _cuyo soy_ el
depositario sin facultades para lucrar con el interés del depósito? ¿Mis
rentas proceden de los cristianos bobalicones que tienen algo que ver
con la curia eclesiástica? ¿Robo yo en esos montes de Toledo que se
llaman _Palacio_?

--De manera, que si usted empieza a disparatar y a pasarse a mayores, yo
le dejo con la palabra en la boca....

--Con usted no va nada, don Cayetano o don Fuguillas; usted podrá ser un
viejecito verde, pero no es un... un Magistral... un Provisor... un
Candelas eclesiástico.

Todos los presentes, menos don Santos, convinieron en que aquello era
demasiado fuerte:

--¡Hombre, un Candelas!... Don Santos Barinaga gritó:--No señores, no
es un Candelas, porque aquel espejo de ladrones caballerosos era muy
generoso, y robaba con exposición de la vida.

Además, robaba a los ricos y daba a los pobres.

--Sí, desnudaba a un santo para vestir a otro.

--Pues el Provisor desnuda a todos los santos para vestirse él. Es un
pillo, a fe de Barinaga, un pillo que ya sé yo de qué muerte va a morir.

Barinaga olía a aguardiente. Era el olor de su bilis.

Don Cayetano se encogió de hombros y dio media vuelta. Y mientras se
alejaba iba diciendo:

--Y estos son los liberales que quieren hacemos felices.... Y ahora
rabian porque no les dejan decir esas picardías en los periódicos....

Conversaciones de este género las había a diario en Vetusta; en el
paseo, en las calles, en el Casino, hasta en la sacristía de la
Catedral.

De Pas sabía todo lo que se murmuraba. Tenía varios espías, verdaderos
esbirros de sotana. El más activo, perspicaz y disimulado, era el
segundo organista de la Catedral, que ya había sido delator en el
seminario. Entonces iba al paraíso del teatro a sorprender a los
aprendices de cura aficionados a Talía o quien fuese. Era un presbítero
joven, chato, favorito de la madre del Provisor doña Paula. Se
apellidaba Campillo.

A don Fermín no le importaba mucho lo que dijeran, pero quería saber lo
que se murmuraba y a dónde llegaban las injurias.

No pensaba en tal cosa el Magistral aquella mañana fría de octubre,
mientras se soplaba los dedos meditabundo.

Una cosa era lo que debiera estar pensando y otra lo que pensaba sin
poder remediarlo. Quería buscar dentro de sí fervor religioso, acendrada
fe, que necesitaba para inspirarse y escribir un párrafo sonoro,
rotundo, elocuente, con la fuerza de la convicción; pero la voluntad no
obedecía y dejaba al pensamiento entretenerse con los recuerdos que le
asediaban. La mano fina, aristocrática, trazaba rayitas paralelas en el
margen de una cuartilla, después, encima, dibujaba otras rayitas,
cruzando las primeras; y aquello semejaba una celosía. Detrás de la
celosía se le figuró ver un manto negro y dos chispas detrás del manto,
dos ojos que brillaban en la obscuridad. ¡Y si no hubiese más que los
ojos!

--«¡Pero aquella voz! ¡Aquella voz transformada por la emoción
religiosa, por el pudor de la castidad que se desnuda sin remordimiento,
pero no sin vergüenza ante un confesonario!...».

«¿Qué mujer era aquella? ¿Había en Vetusta aquel tesoro de gracias
espirituales, aquella conquista reservada para la Iglesia, y él el amo
espiritual de la provincia, no lo había sabido antes?».

El pobre don Cayetano era hombre de algún talento para ciertas cosas,
para lo formal, para las superficialidades de la vida mundana; pero ¿qué
sabía él de dirigir un alma como la de aquella señora?

Don Fermín no perdonaba al Arcipreste el no haberle entregado mucho
antes aquella joya que él, Ripamilán, no sabía apreciar en todo su
valor. Y gracias que, por pereza, se había decidido a dejarle aquel
tesoro.

Don Cayetano le había hablado con mucha seriedad de la Regenta.

--«Don Fermín--le había dicho--usted es el único que podrá entenderse
con esta hija mía querida, que a mí iba a volverme loco si continuaba
contándome sus aprensiones morales. Soy viejo ya para esos trotes. No la
entiendo siquiera. Le pregunto si se acusa de alguna falta y dice que
eso no. ¿Pues entonces? y sin embargo, dale que dale. En fin, yo no
sirvo para estas cosas. A usted se la entrego. Ella, en cuanto le
indiqué la conveniencia de confesar con usted aceptó, comprendiendo que
yo no daba más de mí. No doy, no. Yo entiendo la religión y la moral a
mi manera; una manera muy sencilla... muy sencilla.... Me parece que la
piedad no es un rompe-cabezas.... En suma, Anita--ya sabe usted que ha
escrito versos--es un poco romántica. Eso no quita que sea una santa;
pero quiere traer a la religión el romanticismo, y yo ¡guarda, Pablo! no
me encuentro con fuerzas para librarla de ese peligro. A usted le será
fácil».

El Arcipreste se había acercado más al Provisor, y estirando el cuello,
de puntillas, como pretendiendo, aunque en vano, hablarle al oído, había
dicho después:

--«Ella ha visto visiones... pseudo-místicas... allá en Loreto... al
llegar la edad... cosa de la sangre... al ser mujercita, cuando tuvo
aquella fiebre y fuimos a buscarla su tía doña Anuncia y yo. Después...
pasó aquello y se hizo literata.... En fin, usted verá. No es una señora
como estas de por aquí. Tiene mucho tesón; parece una malva, pero otra
le queda; quiero decir, que se somete a todo, pero por dentro siempre
protesta. Ella misma se me ha acusado de esto, que conocía que era
orgullo. Aprensiones. No es orgullo; pero resulta de estas cosas que es
desgraciada, aunque nadie lo sospeche. En fin, usted verá. Don Víctor es
como Dios le hizo. No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y como
no hemos de buscarle un amante para que desahogue con él--aquí volvió a
reír don Cayetano--lo mejor será que ustedes se entiendan».

El Magistral al recordar este pasaje del discurso del Arcipreste se
acordó también de que él se había puesto como una amapola.

«¡Lo mejor será que ustedes se entiendan!». En esta frase que don
Cayetano había dicho sin asomos de malicia, encontraba don Fermín motivo
para meditar horas y horas.

Toda la noche había pensado en ello. Algún día ¿llegarían a entenderse?
¿Querría doña Ana abrirle de par en par el corazón?

El Magistral conocía una especie de Vetusta subterránea: era la ciudad
oculta de las conciencias. Conocía el interior de todas las casas
importantes y de todas las almas que podían servirle para algo. Sagaz
como ningún vetustense, clérigo o seglar, había sabido ir poco a poco
atrayendo a su confesonario a los principales creyentes de la piadosa
ciudad. Las damas de ciertas pretensiones habían llegado a considerar en
el Magistral el único confesor de buen tono. Pero él escogía hijos e
hijas de confesión. Tenía habilidad singular para desechar a los
importunos sin desairarlos. Había llegado a confesar a quien quería y
cuando quería. Su memoria para los pecados ajenos era portentosa.

Hasta de los morosos que tardaban seis meses o un año en acudir al
tribunal de la penitencia, recordaba la vida y flaquezas. Relacionaba
las confesiones de unos con las de otros, y poco a poco había ido
haciendo el plano espiritual de Vetusta, de Vetusta la noble; desdeñaba
a los plebeyos, si no eran ricos, poderosos, es decir, nobles a su
manera. La _Encimada_ era toda suya; la _Colonia_ la iba conquistando
poco a poco. Como los observatorios meteorológicos anuncian los
ciclones, el Magistral hubiera podido anunciar muchas tempestades en
Vetusta, dramas de familia, escándalos y aventuras de todo género. Sabía
que la mujer devota, cuando no es muy discreta, al confesarse delata
flaquezas de todos los suyos.

Así, el Magistral conocía los deslices, las manías, los vicios y hasta
los crímenes a veces, de muchos señores vetustenses que no confesaban
con él o no confesaban con nadie.

A más de un liberal de los que renegaban de la confesión auricular,
hubiera podido decirle las veces que se había embriagado, el dinero que
había perdido al juego, o si tenía las manos sucias o si maltrataba a su
mujer, con otros secretos más íntimos. Muchas veces, en las casas donde
era recibido como amigo de confianza, escuchaba en silencio las reyertas
de familia, con los ojos discretamente clavados en el suelo; y mientras
su gesto daba a entender que nada de aquello le importaba ni comprendía,
acaso era el único que estaba en el secreto, el único que tenía el cabo
de aquella madeja de discordia. En el fondo de su alma despreciaba a los
vetustenses. «Era aquello un montón de basura». Pero muy buen abono, por
lo mismo, él lo empleaba en su huerto; todo aquel cieno que revolvía, le
daba hermosos y abundantes frutos.

La Regenta se le presentaba ahora como un tesoro descubierto en su
propia heredad. Era suyo, bien suyo; ¿quién osaría disputárselo?

Recordaba minuto por minuto aquella hora--y algo más--de la confesión
de la Regenta.

«¡Una hora larga!». El cabildo no hablaría de otra cosa aquella mañana
cuando se juntaran, después del coro, los señores canónigos del
tertulín.

Don Custodio, el beneficiado, había pasado la tarde anterior sobre
espinas; primero con el cuidado de ver llegar a la Regenta, después
espiando la confesión, que duraba, duraba «escandalosamente». Iba y
venía, fingiendo ocupaciones, por la nave de la derecha y pasaba ya
lejos, ya cerca de la capilla del Magistral. Había visto primero a otras
mujeres junto a la celosía y a doña Ana en oración, junto al altar. Al
pasar otra vez había visto ya a la Regenta con la cabeza apoyada en el
confesonario, cubierta con la mantilla... y vuelta a pasar y ella
quieta... y otra vez... y siempre allí, siempre lo mismo.

--Don Custodio--le decía Glocester, el ilustre Arcediano, que había
notado sus paseos--¿qué hay?, ¿ha venido esa dama?

--¡Una hora! ¡una hora!--Confesión general. Ya usted ve....

Y más tarde:--¿Qué hay?--¡Hora y media!--Le estará contando los
pecados de sus abuelos desde Adán.

Glocester había esperado en la sacristía «el final de aquel escándalo».

El arcediano y el beneficiado vieron a la Regenta salir de la catedral y
juntos se fueron hablando del suceso para esparcir por la ciudad tan
descomunal noticia.

«No pensaban hacer comentarios. El hecho, puramente el hecho. ¡Dos
horas!».

En efecto, había sido mucho tiempo. El Magistral no lo había sentido
pasar; doña Ana tampoco. La historia de ella había durado mucho. Y
además, ¡habían hablado de tantas cosas! Don Fermín estaba satisfecho de
su elocuencia, seguro de haber producido efecto. Doña Ana jamás había
oído hablar así.

«Aquel anhelo que sentía De Pas, antes de conversar en secreto con
aquella señora, había sido un anuncio de la realidad. Sí, sí, era
aquello algo nuevo, algo nuevo para su espíritu, cansado de vivir nada
más para la ambición propia y para la codicia ajena, la de su madre.
Necesitaba su alma alguna dulzura, una suavidad de corazón que
compensara tantas asperezas.... ¿Todo había de ser disimular, aborrecer,
dominar, conquistar, engañar?».

Recordó sus años de estudiante teólogo en San Marcos, de León, cuando se
preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la Compañía de Jesús. «Allí,
por algún tiempo, había sentido dulces latidos en su corazón, había
orado con fervor, había meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto a
sacrificarse _en Jesús_... ¡Todo aquello estaba lejos! No le parecía ser
el mismo. ¿No era algo por el estilo lo que creía sentir desde la tarde
anterior? ¿No eran las mismas fibras las que vibraban entonces, allá en
las orillas del Bernesga, y las que ahora se movían como una música
plácida para el alma?». En los labios del Magistral asomó una sonrisa de
amargura. «Aunque todo ello sea una ilusión, un sueño, ¿por qué no
soñar? Y ¿quién sabe si esta ambición que me devora no es más que una
forma impropia de otra pasión más noble? Este fuego, ¿no podrá arder
para un afecto más alto, más digno del alma? ¿No podría yo abrasarme en
más pura llama que la de esta ambición? ¡Y qué ambición! Bien mezquina,
bien miserable. ¿No valdrá más la conquista del espíritu de esa señora
que el asalto de una mitra, del capelo, de la misma tiara...?».

El Magistral se sorprendió dibujando la tiara en el margen del papel.

Suspiró, arrojó aquella pluma, como si tuviera la culpa de tales
pensamientos, que ya se le antojaban vanos, y sacudiendo la cabeza se
puso a escribir.

El último párrafo decía:

«El suceso tan esperado por el mundo católico, la definición del dogma
de la infalibilidad pontificia había llegado por fin en el glorioso día
de eterna memoria, el 18 de Julio de 1870: _haec dies quam fecit
Dominus_...».

El Magistral continuó: «Confirmábase al fin de solemne modo la doctrina
del cuarto Concilio de Constantinopla que dijo: _Prima salus est rectae
fidei regulam custodire_; confirmábase la doctrina que los griegos
profesaron con aprobación del segundo Concilio lionense, y se declaraba
y definía, _sacro approbante Concilio_, que el Romano Pontífice, _quum
ex cathedra loquitur_, goza plenamente, _per assistentiam divinam_, de
aquella infalibilidad de que el Divino Redentor ha querido proveer a su
Iglesia...».

Don Fermín soltó la pluma y dejó caer la cabeza sobre las manos.

«Ignoraba lo que tenía, pero no podía escribir. ¿Sería el asunto? Acaso
no estaría él aquella mañana para tratar materia tan sublime. ¡La
infalibilidad! Terrible, pero valentísimo dogma: un desafío formidable
de la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se ríe. Era como
estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas....
¡Mejor! así debía ser». El Magistral había sido desde el principio de la
batalla entusiástico partidario de la declaración. «Era el valor, la
voluntad enérgica, la afirmación del imperio, una aventura teológica,
parecida a las de Alejandro Magno en la guerra y las de Colón en el
mar».

Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlpito, con elocuencia
entonces espontánea, con calor, como si el infalible fuera él. Llamaba a
Dupanloup cobarde. En Madrid había llamado mucho la atención predicando
en las Calatravas, al volver de Roma con el buen Obispo de Vetusta. El
tema había sido también la infalibilidad. Los periódicos le habían
comparado con los mejores oradores católicos, con Monescillo, con
Manterola, eclesiásticos como él, con Nocedal, con Vinader, con Estrada,
legos.

«Y nada, no había pasado de ochavo. La Iglesia es así, pensaba De Pas,
con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, olvidado
ya del Papa infalible; la Iglesia proclama la humildad y es humilde como
ser abstracto, colectivo, en la jerarquía, para contener la impaciencia
de la ambición que espera desde abajo. Yo me lucí en Roma, admiré a los
fieles en Madrid, deslumbro a los vetustenses y seré Obispo cuando
llegue a los sesenta. Entonces haré yo la comedia de la humildad y no
aceptaré esa limosna. Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores,
los lacayos medran sin necesidad de sermones; pero nosotros, los que
hemos de ascender por nuestro mérito apostólico, no podemos ser
impacientes, tenemos que esperar en una actitud digna de sumisión y
respeto. ¡Farsa, pura farsa! ¡Oh, si yo echase a volar mi dinero!...
Pero mi dinero es de mi madre, y además yo no quiero comprar lo que es
mío, lo que merezco por mi cabeza, no por mis arcas. ¿No quedábamos en
que era yo una lumbrera? ¿No se dijo que en mí tenía firme columna el
templo cristiano? Pues si soy una columna, ¿por qué no me echan encima
el peso que me toca? Soy columna o palillo de dientes, señor Cardenal,
¿en qué quedamos?».

El Magistral, que estaba solo y seguro de ello, dio un puñetazo sobre la
mesa.

--Voy, señorito--gritó una voz dulce y fresca desde una habitación
contigua.

El Magistral no oyó siquiera. En seguida entró en el despacho una joven
de veinte años, alta, delgada, pálida, pero de formas suficientemente
rellenas para los contornos que necesita la hermosura femenina. La
palidez era de un tono suave, delicado, que hacía muy buen contraste con
el negro de andrina de los ojos grandes, soñadores, de movimientos
bruscos; unos ojos que parecía que hacían gimnasia, obligados día y
noche a las contorsiones místicas de una piedad maquinal, mitad postiza
y falsificada. Las facciones de aquel rostro se acercaban al canon
griego y casaba muy bien con ellas la dulce seriedad de la fisonomía. En
esta figura larga, pero no sin gracia, espiritual, no flaca, solemne,
hierática, todo estaba mudo menos los ojos y la dulzura que era como un
perfume elocuente de todo el cuerpo.

Era la doncella de doña Paula, Teresina. Dormía cerca del despacho y de
la alcoba del _señorito_. Esta proximidad había sido siempre una
exigencia de doña Paula. Ella habitaba el segundo piso, a sus anchas; no
quería ruido de curas y frailes entrando y saliendo; pero tampoco
consentía que su hijo, su pobre Fermín, que para ella siempre sería un
niño a quien había que cuidar mucho, durmiese lejos de toda criatura
cristiana. La doncella había de tener su lecho cerca del _señorito_, por
si llamaba, para avisar a la madre, que bajaba inmediatamente.

En casa el Magistral era _el señorito_. Así le nombraba el ama delante
de los criados y era el tratamiento que ellos le daban y tenían que
darle.

A doña Paula, que no siempre había sido _señora_, le sonaba mejor _el
señorito_ que un usía. Las doncellas de doña Paula venían siempre de su
aldea; las escogía ella cuando iba por el verano al campo. Las
conservaba mucho tiempo. La condición de dormir cerca del señorito, por
si llamaba, se les imponía con una naturalidad edemíaca. Ni las
muchachas ni el Magistral habían opuesto nunca el menor reparo. Los ojos
azules, claros, sin expresión, muy abiertos, de doña Paula, alejaban la
posibilidad de toda sospecha; por los ojos se le conocía que no toleraba
que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres de su hijo y la
inocencia de su sueño; ni al mismo Provisor le hubiera consentido media
palabra de protesta, ni una leve objeción en nombre del qué dirán. ¿Qué
habían de decir? Allí la castidad de ella, que era viuda, y la de su
hijo, que era sacerdote, se tenían por indiscutibles; eran de una
evidencia absoluta; ni se podía hablar de tal cosa. «Don Fermín
continuaba siendo un niño que jamás crecería para la malicia». Este era
un dogma en aquella casa. Doña Paula exigía que se creyera que ella
creía en la pureza perfecta de su hijo. Pero todo en silencio.

Teresina entró abrochando los corchetes más altos del cuerpo de su
hábito negro (de los Dolores) y en seguida ató cerca de la cintura en la
espalda el pañuelo de seda también negro que le cruzaba el pecho.

--¿Qué quería el señorito? ¿se siente mal? ¿traeré ya el café?

--¿Yo?... hija mía... no... no he llamado.

Teresina sonrió. Se pasó una mano mórbida y fina por los ojos, abrió un
poco la boca, y añadió:

--Apostaría... haber oído....

--No, yo no. ¿Qué hora es?

Teresina miró al reloj que estaba sobre la cabeza del Magistral. Le dijo
la hora y ofreció otra vez el café, todo sonriendo con cierta
coquetería, contenida por la expresión de piedad que allí era la librea.

--¿Y madre?--Duerme. Se acostó muy tarde. Como están con las cuentas
del trimestre....

--Bien; tráeme el café, hija mía.

Teresina, antes de salir, puso orden en los muebles, que no pecaban de
insurrectos, que estaban como ella los había dejado el día anterior;
también tocó los libros de la mesa, pero no se atrevió con los que
yacían sobre las sillas y en el suelo. Aquéllos no se tocaban. Mientras
Teresina estuvo en el despacho, el Magistral la siguió impaciente con la
mirada, algo fruncido el entrecejo, como esperando que se fuera para
seguir trabajando o meditando.

Hasta que tuvo el café delante no recordó que él solía decir misa; que
era un señor cura. ¿La tenía? ¿Había prometido decirla? No pudo resolver
sus dudas. Pero la seguridad con que Teresa procedía le tranquilizó.

Ni doña Paula ni Teresa olvidaban jamás estos pormenores. Ellas eran las
encargadas de oír la campana del coro, de apuntar las misas, de cuanto
se refería a los asuntos del rito. De Pas cumplía con estos deberes
rutinarios, pero necesitaba que se los recordasen. ¡Tenía tantas cosas
en la cabeza! Sus olvidos eran dentro de casa, porque fuera se jactaba
de ser el más fiel guardador de cuanto la Sinodal exigía, y daba
frecuentes lecciones al mismo maestro de ceremonias.

Tomó el café y se levantó para dar algunos paseos por el despacho;
quería distraerse, sacudir aquellos pensamientos importunos que no le
permitían adelantar en su trabajo.

Teresina entraba y salía sin pedir permiso, pero andaba por allí como el
silencio en persona; no hacía el menor ruido. Llevó el servicio del
café, volvió a buscar un jarro de estaño y el cubo del lavabo; entró de
nuevo con ellos y una toalla limpia. Entró en la alcoba, dejando las
puertas de cristales abiertas, y se puso a _levantar_ la cama, operación
que consistía en sacudir las almohadas y los colchones, doblar las
sábanas y la colcha y guardarlas entre colchón y colchón, tender una
manta sobre el lecho y colocar una sobre otras las almohadas sacudidas,
pero sin funda. El Magistral dormía algunos días la siesta, y doña
Paula, por economía, le preparaba así la cama. Hacerla formalmente
hubiera sido un despilfarro de lavado y planchado.

Don Fermín volvió a sentarse en su sillón. Desde allí veía, distraído,
los movimientos rápidos de la falda negra de Teresina, que apretaba las
piernas contra la cama para hacer fuerza al manejar los pesados
colchones. Ella azotaba la lana con vigor y la falda subía y bajaba a
cada golpe con violenta sacudida, dejando descubiertos los bajos de las
enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la pantorrilla. El Magistral
seguía con los ojos los movimientos de la faena doméstica, pero su
pensamiento estaba muy lejos. En uno de sus movimientos, casi tendida de
brazos sobre la cama, Teresina dejó ver más de media pantorrilla y
mucha tela blanca. De Pas sintió en la retina toda aquella blancura,
como si hubiera visto un relámpago; y discretamente, se levantó y volvió
a sus paseos. La doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de
un colchón doblado, se volvió de repente, casi tendida de espaldas sobre
la cama. Sonreía y tenía un poco de color rosa en las mejillas.

--¿Le molesta el ruido, señorito?

El Magistral miró a la hermosa beata que en aquel momento no conservaba
ningún gesto de hipocresía. Apoyando una mano en el dintel de la puerta
de la alcoba, dijo el amo sonriente como la criada:

--La verdad, Teresina... el trabajo de hoy es muy importante. Si te es
igual, vuelve luego, y acabarás de arreglar esto cuando yo no esté.

--Bien está, señorito, bien está--respondió la criada, muy seria, con
voz gangosa y tono de canto llano.

Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acabó de
levantar la cama y salió de las habitaciones del señorito.

El cual paseó tres o cuatro minutos entre los libros tumbados en el
suelo, por los senderos que dejaban libres aquellos parterres de
teología y cánones. Después de fumar tres pitillos volvió a sentarse.
Escribió sin descanso hasta las diez. Cuando el sol se le metió por los
puntos de la pluma, levantó la cabeza, satisfecho de su tarea.

Miró al cielo. Estaba alegre, sin nubes. El buen tiempo en Vetusta vale
más por lo raro. El Magistral se frotó las manos suavemente. Estaba
contento. Mientras había escrito, casi por máquina, una defensa, _calamo
currente_, de la Infalibilidad, con destino a cierta Revista Católica
que leían católicos convencidos nada más, había estado madurando su plan
de ataque.

Pensaba lo mismo que la Regenta: que había hecho un hallazgo, que iba a
tener un alma hermana.

Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una
poética narración del impío Renan en que figuraban un fraile de allá de
Suecia o Noruega, y una joven devota, alemana, si le era fiel la
memoria. De todas suertes, eran dos almas que se amaban en Jesús, a
través de gran distancia. No había en aquellas relaciones nada de
sentimentalismo falso, pseudo-religioso; eran afectos puros, nada
parecidos a los amores de un Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la
verdad severa, noble, inmaculada del amor místico; amor anafrodítico,
incapaz de mancharse con el lodo de la carne ni en sueños. «¿Por qué
recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? ¿Qué tenía él que ver
con un monje romántico y fanático, místico y apasionado, de la
Edad-media... y sueco? Él era el Magistral de Vetusta, un cura del siglo
diecinueve, un _carca_, un obscurantista, un zángano de la colmena
social, como decía Foja el usurero...».

Y al pensar esto, mirándose al espejo, mientras se lavaba y peinaba, De
Pas sonreía con amargura mitigada por el dejo de optimismo que le
quedaba de sus reflexiones de poco antes.

Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más
fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la violencia de la
postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos
cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y
fuerte, parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus
músculos de acero, de una fuerza inútil.

Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de
color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía
gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules. Un día de
revolución un patriota le había dado el ¡quién vive! en las afueras,
cerca de la noche. De Pas rompió el fusil de chispa en las espaldas del
aguerrido centinela, que le había querido coser a bayonetazos, porque no
se entregaba a discreción. Nadie supo aquella hazaña, ni el mismo don
Santos Barinaga que andaba a caza de las calumnias y verdades que
corrían contra _La Cruz Roja_, como él llamaba, colectivamente, al
Provisor y a su madre. En cuanto al miliciano, había callado, jurando
odio eterno al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al
murmurar del Magistral añadían:

--«¡Si yo hablara!».

Mientras estaba lavándose, desnudo de la cintura arriba, don Fermín se
acordaba de sus proezas en el juego de bolos, allá en la aldea, cuando
aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje corriendo
por breñas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tenía enfrente, en
el espejo, le parecía un _otro yo_ que se había perdido, que había
quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de
Babilonia, pero libre, feliz.... Le asustaba tal espectáculo, le llevaba
muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresuró a vestirse. En
cuanto se abrochó el alzacuello, el Magistral volvió a ser la imagen de
la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual, humilde: seguía
siendo esbelto, pero no formidable. Se parecía un poco a su querida
torre de la catedral, también robusta, también proporcionada, esbelta y
bizarra, mística; pero de piedra. Quedó satisfecho, con la conciencia
de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo epiceno y la sotana flotante
y escultural.

Iba a salir. Teresina apareció en el umbral, seria, con la mirada en el
suelo, con la expresión de los santos de cromo.

--¿Qué hay?--Una joven pregunta si se puede ver al señorito.

--¿A mí?--don Fermín encogió los hombros--. ¿Quién es?

--Petra, la doncella de la señora Regenta.

Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su
amo.

--¿No dice a qué viene?

--No ha dicho nada más.--Pues que pase. Petra se presentó sola en el
despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre la frente, sin
rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa
en los labios.

El Magistral la reconoció. Era una joven que se había obstinado en
confesar con él y que lo había conseguido a fuerza de tenacidad y
paciencia; pero después había tenido que desairarla varias veces, para
que no le importunase. Era de las infelices que creen los absurdos que
la calumnia propala para descrédito de los sacerdotes. Confesaba cosas
de su alcoba, se desnudaba ante la celosía entre llanto de falso
arrepentimiento. Era hermosa, incitante; pero el Magistral la había
alejado de sí, como haría con Obdulia, si las exigencias sociales no lo
impidiesen.

Petra se presentó como si fuese una desconocida; como si persona tan
insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan
alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen
recibimiento; pero al saber que venía de parte de doña Ana, sintió el
clérigo dulce piedad, y perdonó de repente a aquella extraviada criatura
sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo. Fingió también no
reconocerla.

Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El
Magistral lo presumía y habló como si fuera delante de testigos.

--¿Es usted criada de la señora de Quintanar?

--Sí, señor; su doncella.

--¿Viene usted de su parte?--Sí, señor; traigo una carta para Usía.

Aquel usía hizo sonreír al Provisor, que lo creyó muy oportuno.

--¿Y no es más que eso?

--No, señor.--Entonces...--La señora me ha dicho que entregara a Usía
mismo esta carta, que era urgente y los criados podrían perderla... o
tardar en entregarla a Usía.

Teresina se movió en el pasillo. La oyó el Magistral y dijo:

--En mi casa no se extravían las cartas. Si otra vez viene usted con un
recado por escrito, puede usted entregarlo ahí fuera... con toda
confianza.

Petra sonrió de un modo que ella creyó discreto y retorció una punta del
delantal.

--Perdóneme Usía...--dijo con voz temblorosa y ruborizándose.

--No hay de qué, hija mía. Agradezco su celo.

Don Fermín estaba pensando que aquella mujer podría serle útil, no sabía
él cuándo, ni cómo, ni para qué. Sintió deseos de ponerla de su parte,
sin saber por qué esto podía importarle. También se le pasó por la
imaginación decir a la Regenta que era poco edificante la conducta de
aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se contentó con
despedirla con un saludo señoril, cortés, pero frío. Cuando Petra iba a
atravesar el umbral, ocupó la puerta por completo una mujer tan alta
casi como el Magistral y que parecía más ancha de hombros; tenía la
figura cortada a hachazos, vestía como una percha. Era doña Paula, la
madre del Provisor. Tenía sesenta años, que parecían poco más de
cincuenta. Debajo de un pañuelo de seda negro que cubría su cabeza,
atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y lustroso;
la frente era estrecha y huesuda, pálida, como todo el rostro; los ojos
de un azul muy claro, no tenían más expresión que la semejanza de un
contacto frío, eran ojos mudos; por ellos nadie sabría nada de aquella
mujer. La nariz, la boca y la barba se parecían mucho a las del
Magistral. Un mantón negro de merino ceñido con fuerza a la espalda
angulosa, caía sin gracia sobre el hábito, negro también, de estameña
con ribetes blancos. Parecía doña Paula, por traje y rostro, una
amortajada.

Petra saludó un poco turbada. Doña Paula la midió con los ojos, sin
disimulo.

--¿Qué quería usted?--preguntó, como pudo haberlo preguntado la pared.

Petra se repuso y, casi con altanería, contestó:

--Era un recado para el señor Magistral.

Y salió del despacho. En la puerta de la escalera la recibió con afable
sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las mejillas,
como las señoritas de Vetusta. Eran amigas, ambas de la aristocracia de
la servidumbre. Se respetaban sin perjuicio de tenerse envidia. Petra
envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del Magistral.
Teresina envidiaba a Petra su desenvoltura, su gracia, su conocimiento
de las maneras finas y de la vida de ciudad.

--¿Qué te quiere esa señora?--preguntó doña Paula en cuanto se vio a
solas con su hijo.

--No sé; aún no he abierto la carta.

--¿Una carta?--Sí, esa. Don Fermín hubiera deseado a su madre a cien
leguas. No podía ocultar la impaciencia, a pesar del dominio sobre sí
mismo, que era una de sus mayores fuerzas; ansiaba poder leer la carta,
y temía ruborizarse delante de su madre. «¿Ruborizarse?» sí, sin motivo,
sin saber por qué; pero estaba seguro de que, si abría aquel sobre
delante de doña Paula, se pondría como una cereza. Cosas de los nervios.
Pero su madre era como era.

Doña Paula se sentó en el borde de una silla, apoyó los codos sobre la
mesa, que era de las llamadas de ministro, y emprendió la difícil tarea
de envolver un cigarro de papel, gordo como un dedo. Doña Paula fumaba;
pero «desde que eran de la catedral» fumaba en secreto, sólo delante de
la familia y algunos amigos íntimos.

El Magistral dio dos vueltas por el despacho y en una de ellas cogió
disimuladamente la carta de la Regenta y la guardó en un bolsillo
interior, debajo de la sotana.

--Adiós, madre; voy a dar los días al señor de Carraspique.

--¿Tan temprano?--Sí, porque después se llena aquello de visitas y
tengo que hablarle a solas.

--¿No la lees?--¿Qué he de leer?--Esa carta.--Luego, en la calle; no
será urgente.

--Por si acaso; léela aquí, por si tienes que contestar en seguida o
dejar algún recado; ¿no comprendes?

De Pas hizo un gesto de indiferencia y leyó la carta.

Leyó en alta voz. Otra cosa hubiera sido despertar sospechas. No estaba
su madre acostumbrada a que hubiera secretos para ella. «Además, ¿qué
podía decir la Regenta? Nada de particular».

        «Mi querido amigo: hoy no he podido ir a comulgar; necesito ver a usted
        antes; necesito reconciliar. No crea usted que son escrúpulos de esos
        contra los que usted me prevenía; creo que se trata de una cosa seria.
        Si usted fuera tan amable que consintiera en oírme esta tarde un
        momento, mucho se lo agradecería su hija espiritual y affma.
        amiga, q.b.s.m.,

        ANA DE OZORES DE QUINTANAR».

--¡Jesús, qué carta!--exclamó doña Paula con los ojos clavados en su
hijo.

--¿Qué tiene?--preguntó el Magistral, volviendo la espalda.

--¿Te parece bien ese modo de escribir al confesor? Parece cosa de doña
Obdulia. ¿No dices que la Regenta es tan discreta? Esa carta es de una
tonta o de una loca.

--No es loca ni tonta, madre. Es que no sabe de estas cosas todavía....
Me escribe como a un amigo cualquiera.

--Vamos, es una pagana que quiere convertirse.

El Magistral calló. Con su madre no disputaba.

--Ayer tarde no fuiste a ver al señor de Ronzal.

--Se me pasó la hora de la cita....

--Ya lo sé; estuviste dos horas y media en el confesonario, y el señor
Ronzal se cansó de esperar y no tuvo contestación que dar al señor
Pablo, que se volvió al pueblo creyendo que tú y Ronzal y yo y todos
somos unos mequetrefes sin palabra, que sabemos explotarlos cuando los
necesitamos y cuando ellos nos necesitan los dejamos en la estacada.

--Pero, madre, tiempo hay; el chico está en el cuartel, no se los han
llevado; no salen para Valladolid hasta el sábado... hay tiempo....

--Sí, hay tiempo para que se pudra en el calabozo. ¿Y qué dirá Ronzal?
Si tú que estás más interesado te olvidas del asunto, ¿qué hará él?

--Pero, señora, el deber es primero.

--El deber, el deber... es cumplir con la gente, ¡Fermo! ¿Y por qué se
le ha antojado al espantajo de don Cayetano encajarte ahora esa
herencia?

--¿Qué herencia? De Pas daba vueltas en una mano al sombrero de teja, de
alas sueltas, y se apoyaba en el marco de la puerta, indicando deseo de
salir pronto.

--¿Qué herencia?--repitió.

--Esa señora; esa de la carta, que por lo visto cree que mi hijo no
tiene más que hacer que verla a ella.

--Madre, es usted injusta.--Fermo, yo bien sé lo que me digo. Tú...
eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni entiendes.

Doña Paula creía que endiosarse valía tanto como elevar el pensamiento a
las regiones celestes.--El Arcediano y don Custodio--prosiguió--hicieron
anoche comidilla de la confesata en la tertulia de doña Visitación,
esa tarasca; sí señor, comidilla de la confesata de la
otra; y si había durado dos horas o no había durado dos horas....

El Magistral se santiguó y dijo:

--¿Ya murmuran? ¡Infames!

--Sí, ¡ya! ¡ya! y por eso hablo yo: porque estas cosas, en tiempo. ¿Te
acuerdas de la Brigadiera? ¿Te acuerdas de lo que me dio que hacer
aquella miserable calumnia por ser tú noble y confiadote?... Fermo, te
lo he dicho mil veces; no basta la virtud, es necesario saber
aparentarla.

--Yo desprecio la calumnia, madre.--Yo no, hijo.--¿No ve usted cómo a
pesar de sus dicharachos yo los piso a todos?

--Sí, hasta ahora; pero ¿quién responde? Tantas veces va el cántaro a la
fuente.... Don Fortunato es una malva, corriente; no es un Obispo, es un
borrego, pero....

--¡Le tengo en un puño!--Ya lo sé, y yo en otro; pero ya sabes que es
ciego cuando se empeña en una cosa; y si Su Ilustrísima polichinela da
otra vez en la manía de que pueden decir verdad los que te calumnian,
estás perdido.

--Don Fortunato no se mueve sin orden mía.

--No te fíes, es porque te cree infalible; pero el día que le hagan ver
tus escándalos....

--¿Cómo ha de ver eso, madre?

--Bueno, ya me entiendes; creerlos como si los viera; ese día estamos
perdidos; la malva, el polichinela, el borrego será un tigre, y del
Provisorato te echa a la cárcel de corona.--Madre... está usted
exaltada... ve usted visiones.

--Bueno, bueno; yo me entiendo. Doña Paula se puso en pie y arrojó la
punta del pitillo apurada y sucia.

Prosiguió:--No quiero más cartitas; no quiero conferencias en la
catedral; que vaya al sermón la señora Regenta si quiere buenos
consejos; allí hablas para todos los cristianos; que vaya a oírte al
sermón y que me deje en paz.

--¿Con que Glocester?...--Sí, y don Custodio.--Y a usted ¿quién le ha
dicho?...

--El Chato.--¿Campillo?--El mismo.--Pero ¿qué han visto? ¿Qué pueden
decir esos miserables? ¿cómo se habla de estas cosas en una tertulia de
señoras? ¿cómo entiende esta gente el respeto a las cosas sagradas?

--¡Ta, ta, ta, ta! Envidia, pura envidia. ¿Respeto? Dios lo dé. El
Arcediano querría confesar a la de Quintanar, es natural, él es muy
amigo de darse tono, y de que digan.... ¡Dios me perdone! pero creo que
le gusta que murmuren de él, y que digan si enamora a las beatas o no
las enamora.... ¡Es un farolón... y un malvado!

--Madre, usted exagera; ¿cómo un sacerdote?...

--Fermo, tú eres un papanatas; el mundo está perdido: por eso todos
piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.... Hay que aparentar
más virtud que se tiene, aunque se sea un ángel. ¿No sabes que de
nosotros dicen mil perrerías? Glocester, don Custodio, Foja, don Santos
y el mismísimo don Álvaro Mesía, con toda su diplomacia, pasan la vida
desacreditándote. Si hacemos y acontecemos en palacio (doña Paula empezó
a contar por los dedos); si nos comemos la diócesis; si entramos en el
Provisorato desnudos y ahora somos los primeros accionistas del Banco;
si tú cobras esto y lo otro; si nuestros paniaguados andan por ahí como
esponjas recogiendo el oro y el moro, para venir a soltarlo en la
alberca de casa; si el Obispo es un maniquí en nuestras manos; si
vendemos cera, si vendemos aras, si tú hiciste cambiar las de todas las
parroquias del Obispado para que te compraran a ti las nuevas; si don
Santos se arruina por culpa nuestra y no del aguardiente; si tú robas a
los que piden dispensas; si te comes capellanías; si yo cobro diezmos y
primicias en toda la diócesis; si....

--¡Basta, madre, basta por Dios!

--Y por contera tus amoríos, tus abusos de consejero espiritual. Tú
(vuelta a contar por los dedos, pero además con pataditas en el suelo,
como llevando el compás) tienes fanatizado a medio pueblo; las de
Carraspique se han metido monjas por culpa tuya, y una de ellas está
muriendo tísica por culpa tuya también, como si tú fueras la humedad y
la inmundicia de aquella pocilga; tú tienes la culpa de que no se case
la de Páez, la primera millonaria de Vetusta, que no encuentra novio que
le agrade... por culpa tuya.

--Madre...--¿Qué más? Hasta les parece mal que enseñes la doctrina a
las niñas de la Santa Obra del Catecismo....

--¡Miserables!--Sí, miserables; pero van siendo muchos miserables, y el
día menos pensado nos tumban.

--Eso no, madre--gritó el Magistral perdiendo el aplomo, con las
mejillas cárdenas y las puntas de acero, que tenía en las pupilas,
erizadas como dispuestas a la defensa--. ¡Eso no, madre! Yo los tengo a
todos debajo del zapato, y los aplasto el día que quiero. Soy el más
fuerte. Ellos, todos, todos, sin dejar uno, son unos estúpidos; ni mala
intención saben tener.

Doña Paula sonrió, sin que su hijo lo notase. «Así te quiero» pensó, y
siguió diciendo:

--Pero el único flaco que podemos presentarles es este, Fermo; bien lo
sabes; acuérdate de la otra vez.

--Aquella era una... mujer perdida.--Pero te engañó ¿verdad?

--No, madre; no me engañó; ¿qué sabe usted?

Los ojos de doña Paula eran un par de inquisidores. Aquello de la
Brigadiera nunca había podido aclararlo. Sólo sabía, por su mal, que
había sido un escándalo que apenas se pudo sofocar antes que fuera
tarde. A De Pas le repugnaban tales recuerdos. Eran cosas de la
juventud. ¡Qué necedad temer que él volviese a descuidarse ahora, a los
treinta y cinco años! Entonces, en la época de la Brigadiera no tenía él
experiencia, le halagaba la vanagloria, le seducía y mareaba el incienso
de la adulación.

«Si mi madre me viera por dentro, no tendría esos temores con que ahora
me mortifica».

Doña Paula insistió en pintarle los peligros de la calumnia; sabía que
le lastimaba el alma, pero a su juicio era un dolor necesario, porque
temía para su hijo la caída de Salomón.

La madre de don Fermín creía en la omnipotencia de la mujer. Ella era
buen ejemplo. No temía que las intrigas del Cabildo pudiesen gran cosa
contra el prestigio de su Fermín, que era el instrumento de que ella,
doña Paula, se valía para estrujar el Obispado. Fermín era la ambición,
el ansia de dominar; su madre la codicia, el ansia de poseer. Doña Paula
se figuraba la diócesis como un lagar de sidra de los que había en su
aldea; su hijo era la fuerza, la viga y la pesa que exprimían el fruto,
oprimiendo, cayendo poco a poco; ella era el tornillo que apretaba; por
la espiga de acero de su voluntad iba resbalando la voluntad, para ella
de cera, de su hijo; la espiga entraba en la tuerca, era lo natural.
«Era mecánico» como decía don Fermín explicando religión. «Pero a una
mujer otra mujer» pensaba el tornillo. «Su hijo era joven todavía,
podían seducírselo, como ya otra vez habían intentado y acaso
conseguido». Ella creía en la influencia de la mujer, pero no se fiaba
de su virtud. «¡La Regenta, la Regenta! dicen que es una señora incapaz
de pecar, pero ¿quién lo sabe?». Algo había oído de lo que se murmuraba.
Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en la iglesia y
otro en el mundo; estas señoras son las que lo saben todo, a veces
aunque no haya nada. Le habían dicho, sobre poco más o menos, y sin
estilo flamenco, lo mismo que Orgaz contaba en el Casino dos días antes:
que don Álvaro estaba enamorado de la Regenta, o por lo menos quería
enamorarla, como a tantas otras. «Aquel don Álvaro era un enemigo de su
hijo. Lo sabía ella». Ni el mismo don Fermín le tenía por enemigo, por
más que varias veces había adivinado en él un rival en el dominio de
Vetusta. Pero doña Paula tenía superior instinto; veía más que nadie en
lo que interesaba al poderío de su hijo. «Aquel don Álvaro era otro buen
mozo, listo también, arrogante, hombre de mundo; tenía el prestigio del
amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos personajes de
Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las mujeres;
era el jefe de un partido, el brazo derecho, y la cabeza acaso, de los
Vegallana... podía disputar a Fermín, con fuerzas iguales acaso, el
dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba siempre un amo y
cuando no lo tenía se quejaba de la falta «_de carácter_» de los hombres
importantes. Y ¿por qué no había de estar ya Mesía disputando ese
dominio? ¿No cabía en lo posible que la Regenta, aquella santa, y el don
Alvarito, se entendieran y quisieran coger en una trampa al pobre
Fermo?». Estas malas artes, por complicadas y sutiles que fuesen, las
suponía fácilmente doña Paula en cualquier caso, porque ella pasaba la
vida entregada a combinaciones semejantes. De estas sospechas no
comunicó a su hijo más que lo suficiente para prevenirle contra la
Regenta y sus confesiones de dos horas. No citó el nombre de Mesía. En
los labios le retozaba esta pregunta:

«¿Pero de qué demontres hablasteis dos horas seguidas?».

No se atrevió a tanto. «Al fin su hijo era un sacerdote y ella era
cristiana».

Preguntar aquello le parecía una irreverencia, un sacrilegio que hubiera
puesto a Fermo fuera de sí, y no había para qué.

--Adiós, madre--dijo don Fermín cuando doña Paula calló por no atreverse
con la pregunta sacrílega.

Ya estaba en la escalera el Magistral cuando oyó a su madre que decía:

--¿De modo que hoy tampoco vas a coro?

--Señora, si ya habrá concluido....

--¡Bueno, bueno!--quedó murmurando ella--no ganamos para multas.

Por fin el Magistral se vio fuera de su casa, con el placer de un
estudiante que escapa de la férula de un dómine implacable.

El sol brillaba acercándose al cenit. Sobre Vetusta ni una sola nube. El
cielo parecía andaluz.

Sí, pero el buen humor del Magistral se había nublado; su madre le había
puesto nervioso, airado, no sabía contra quién.

«Aquel era su tirano: un tirano consentido, amado, muy amado, pero
formidable a veces. ¿Y cómo romper aquellas cadenas? A ella se lo debía
todo. Sin la perseverancia de aquella mujer, sin su voluntad de acero
que iba derecha a un fin rompiendo por todo ¿qué hubiera sido él? Un
pastor en las montañas, o un cavador en las minas. Él valía más que
todos, pero su madre valía más que él. El instinto de doña Paula era
superior a todos los raciocinios. Sin ella hubiera sido él arrollado
algunas veces en la lucha de la vida. Sobre todo, cuando sus pies se
enredaban en redes sutiles que le tendía un enemigo, ¿quién le libraba
de ellas? Su madre. Era su égida. Sí, ella primero que todo. Su
despotismo era la salvación; aquel yugo, saludable. Además, una voz
interior le decía que lo mejor de su alma era su cariño y su respeto
filial. En las horas en que a sí mismo se despreciaba, para encontrar
algo puro dentro de sí, que impidiera que aquella repugnancia llegase a
la desesperación, necesitaba recordar esto: que era un buen hijo,
humilde, dócil... un niño, un niño que nunca se hacía hombre. ¡Él que
con los demás era un hombre que solía convertirse en león!».

«Pero ahora sentía una rebelión en el alma. Era una injusticia aquella
sospecha de su madre. En la virtud de la Regenta creía toda Vetusta, y
en efecto era un ángel. Él sí que no merecía besar el polvo que pisaba
aquella señora. ¿Quién podía temer de quién?».

En este momento comprendió la causa de su malhumor repentino. «La madre
había hablado de las calumnias con que le querían perder... de las
demasías de ambición, orgullo y sórdida codicia que le imputaban, de la
influencia perniciosa en la vida de muchas familias que se le
achacaba... pero ¿era todo calumnia? Oh, si la Regenta supiese quién era
él, no le confiaría los secretos de su corazón. Por un acto de fe,
aquella señora había despreciado todas las injurias con que sus enemigos
le perseguían a él, no había creído nada de aquello y se había acercado
a su confesonario a pedirle luz en las tinieblas de su conciencia, a
pedirle un hilo salvador en los abismos que se abrían a cada paso de la
vida. Si él hubiera sido un hombre honrado, le hubiera dicho allí
mismo:--¡Calle usted, señora! yo no soy digno de que la majestad de su
secreto entre en mi pobre morada; yo soy un hombre que ha aprendido a
decir cuatro palabras de consuelo a los pecadores débiles; y cuatro
palabras de terror a los pobres de espíritu fanatizados; yo soy de miel
con los que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido;
el señuelo es de azúcar, el alimento que doy a mis prisioneros, de
acíbar;... yo soy un ambicioso, y lo que es peor, mil veces peor,
infinitamente peor, yo soy avariento, yo guardo riquezas mal adquiridas,
sí, mal adquiridas; yo soy un déspota en vez de un pastor; yo vendo la
Gracia, yo comercio como un judío con la Religión del que arrojó del
templo a los mercaderes..., yo soy un miserable, señora; yo no soy digno
de ser su confidente, su director espiritual. Aquella elocuencia de ayer
era falsa, no me salía del alma, yo no soy el _vir bonus_, yo soy lo
que dice el mundo, lo que dicen mis detractores».

Como el pensamiento le llevaba muy lejos, el Magistral sintió una
reacción en su conciencia, reacción favorable a su fama.

«Hagámonos más justicia» pensó sin querer, por el instinto de
conservación que tiene el amor propio.

Y entonces recordó que su madre era quien le empujaba a todos aquellos
actos de avaricia que ahora le sacaban los colores al rostro.

«Era su madre la que atesoraba; por ella, a quien lo debía todo, había
él llegado a manosear y mascar el lodo de aquella sordidez poco
escrupulosa. Su pasión propia, la que espontáneamente hacía en él
estragos era la ambición de dominar; pero esto ¿no era noble en el
fondo? y ¿no era justo al cabo? ¿No merecía él ser el primero de la
diócesis? El Obispo ¿no le reconocía de buen grado esta superioridad
moral? Bastante hacía él contentándose, por ahora, con no mandar más que
en Vetusta. ¡Oh! estaba seguro. Si algún día su amistad con Ana Ozores
llegaba al punto de poder él confesarse ante ella también y decirle cuál
era su ambición, ella, que tenía el alma grande, de fijo le absolvería
de los pecados cometidos. Los de su madre, aquellos a que le había
arrastrado la codicia de su madre eran los que no tenían disculpa, los
feos, los vergonzosos, los inconfesables».

Mientras tales pensamientos le atormentaban y consolaban sucesivamente,
iba el Magistral por las aceras estrechas y gastadas de las calles
tortuosas y poco concurridas de la Encimada; iba con las mejillas
encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, según
costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rítmico el paso,
flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha.

Contestaba a los saludos como si tuviese el alma puesta en ellos,
doblando la cintura y destocándose como si pasara un rey; y a veces ni
veía al que saludaba.

Este fingimiento era en él segunda naturaleza. Tenía el don de estar
hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa.

Doña Paula había vuelto a entrar en el despacho de su hijo. Registró la
alcoba. Vio la cama _levantada_, tiesa, muda, fresca, sin un pliegue;
salió de la alcoba; en el despacho reparó el sofá de reps azul, las
butacas, las correctas filas de libros amontonados sobre sillas y tablas
por todas partes; se fijó en el orden de la mesa, en el del sillón, en
el de las sillas. Parecía olfatear con los ojos. Llamó a Teresina; le
preguntó cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la
mirada, como quien anda a minas; se metió por los pliegues del traje,
correcto, como el orden de las sillas, de los libros, de todo. La hizo
hablar para apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La
despidió.

--Oye...--volvió a decir--. Nada, vete.

Se encogió de hombros.--«Es imposible--dijo entre dientes--; no hay
manera de averiguar nada».

Y, saliendo del despacho, dijo todavía:

--«¡Qué capricho de hombres!».

Y subiendo la escalera del segundo piso, añadió:

--«¡Es como todos, como todos; siempre fuera!».



--XII--


Don Francisco de Asís Carraspique era uno de los individuos más
importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo más
_sacrificios pecuniarios_ en tiempo oportuno. Era político porque se le
había convencido de que la causa de la religión no prosperaría si los
buenos cristianos no se metían a gobernar. Le dominaba por completo su
mujer, fanática ardentísima, que aborrecía a los liberales porque allá
en la otra guerra, los _cristinos_ habían ahorcado de un árbol a su
padre sin darle tiempo para confesar. Carraspique frisaba con los
sesenta años, y no se distinguía ni por su valor ni por sus dotes de
gobierno; se distinguía por sus millones. Era el mayor contribuyente que
tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII. Su
religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en él
toda una virtud; pero la debilidad de su carácter, sus pocas luces
naturales y la mala intención de los que le rodeaban, convertían su
piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Asís, para
los suyos y para muchos de fuera.

Doña Lucía, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era el pontífice
infalible en aquel hogar honrado. Tenían cuatro hijas los Carraspique;
todas habían hecho su primera confesión con don Fermín; habían sido
educadas en el convento que había escogido don Fermín; y las dos
primeras habían profesado, una en las Salesas y otra en las Clarisas.

El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un
noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón de
los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja.

El Magistral se dejó introducir en el estrado por una criada sesentona,
que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les lamería
los pies de buen grado.

--Espere usted un poco, señor Magistral, haga el favor de sentarse; el
señor está allá dentro y sale en seguida... (Con voz misteriosa y
agria.) Está ahí el médico... ese empecatado primo de la señora.

--Sí, ya, don Robustiano: ¿pues qué hay, Fulgencia?

--Creo que Sor Teresa está algo peor... pero no es para tanto alarmar a
los pobrecitos señores. ¿Verdad, señor Magistral, que la pobre señorita
no está de cuidado?

--Creo que no, Fulgencia; pero ¿qué dice el médico? ¿Viene de allá?

--Sí, señor, de allá; y ahí dentro daba gritos... viene furioso... es un
loco. No sé cómo le llaman a él. El parentesco, es cosa del parentesco.

El salón era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo, sin
lujo, con cierta elegancia que nacía de la venerable antigüedad, de la
limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma. El único
mueble nuevo era un piano de cola de Erard.

Llegó al salón don Robustiano y salió Fulgencia hablando entre dientes.

El médico era alto, fornido, de luenga barba blanca. Vestía con el
arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren revelar en
su porte su buena posición social. Era una hermosa figura que se
defendía de los ultrajes del tiempo con buen éxito todavía. Don
Robustiano era el médico de la nobleza desde muchos años atrás; pero si
en política pasaba por reaccionario y se burlaba de los progresistas, en
religión se le tenía por volteriano, o lo que él y otros vetustenses
entendían por tal. Jamás había leído a Voltaire, pero le admiraba tanto
como le aborrecía Glocester, el Arcediano, que no lo había leído
tampoco. En punto a letras, las de su ciencia inclusive, don Robustiano
no podía alzar el gallo a ningún mediquillo moderno de los que se morían
de hambre en Vetusta. Había estudiado poco, pero había ganado mucho. Era
un médico de mundo, un doctor de buen trato social. Años atrás, para él
todo era flato; ahora todo era _cuestión de nervios_. Curaba con buenas
palabras; por él nadie sabía que se iba a morir. Solía curar de balde a
los amigos; pero si la enfermedad se agravaba, se inhibía, mandaba
llamar a otro y no se ofendía. «Él no servía para ver morir a una
persona querida».

Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma.

--«¿Con que se nos quiere usted morir, señor Fulano? Pues vive Dios, que
lo hemos de ver..., etc.».

Esta era una frase sacramental; pero tenía otras muchas. Así se había
hecho rico. No usaba muchos términos técnicos, porque, según él, a los
profanos no se les ha de asustar con griego y latín. No era pedante,
pero cuando le apuraban un poco, cuando le contradecían, invocaba el
sacrosanto nombre de la ciencia, como si llamase al comisario de
policía.

«La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro».

Y no se le había de replicar.

Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano podía
apostar con cualquiera a campechano, alegre, simpático, y hasta hombre
de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador.

Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en las casas
nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa.

De Pas le tenía a él por un grandísimo majadero, pero le tributaba la
cortesía que empleaba siempre en el trato, sin distinguir entre
majaderos y hombres de talento.

--¡Oh, mi señor don Fermín! cuánto bueno.... Llega usted a tiempo, amigo
mío; el primo está inconsolable. ¡Buen día de su santo! Le he dicho la
verdad, toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio,
se desespera.... Es decir, remedio... yo creo que sí... pero estas ideas
exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza,
porque es una persona ilustrada.

--¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las Salesas?

--Sí, señor; de aquella pocilga vengo.

--¿Cómo está Rosita?

--¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se acabó Rosita; ahora es Sor
Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre, ni en las mejillas.

Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los rincones, a
todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo:

--¡Aquello es el acabose!

El Magistral sintió un escalofrío.

--¿Usted cree?--Sí, creo en una catástrofe próxima. Es decir, distingo,
distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada
bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la niña
sigue respirando en aquel _medio_... no hay salvación, pero si se la
saca de allí... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un
crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja....
Señor Magistral, usted que es una persona ilustrada, ¿cree usted que la
religión consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es
una letrina; sí señor, una cloaca.

--Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están
haciendo, como usted sabe, su convento junto a la fábrica de pólvora.

--Sí, ya sé; pero cuando el convento esté edificado y las mujeres puedan
trasladarse a él, nuestra Rosita habrá muerto.

--Señor Somoza, el cariño le hace a usted, acaso, ver el peligro mayor
de lo que es.

--¿Cómo mayor, señor De Pas? ¿Querrá usted saber más que la ciencia? Ya
le he dicho a usted lo que la ciencia opina: segundo: que es un crimen
de lesa humanidad.... ¡Oh! ¡Si yo cogiera al curita que tiene la culpa
de todo esto! Porque aquí anda un cura, señor Magistral, estoy seguro...
y usted dispense... pero ya sabe usted que yo distingo entre clero y
clero; si todos fueran como usted.... ¿A que mi señor don Fermín no
aconseja a ningún padre que tenga cuatro hijas como cuatro soles, que
las haga monjas una por una a todas, como si fueran los carneros de
Panurgo?

El Magistral no pudo menos de sonreír, recordando que los carneros de
Panurgo no habían sido monjas ni frailes. Pero don Robustiano repetía lo
de los carneros de Panurgo, sin saber qué ganado era aquel, como no
sabía otras muchas cosas. Ya queda dicho que él no leía libros: le
faltaba tiempo.

Don Fermín pensaba: «¿Serán indirectas las necedades de este majadero?».

--Yo sospecho--continuó el doctor--que mi pobre Carraspique está
supeditado a la voluntad de algún fanático, v. gr. el Rector del
Seminario. ¿No le parece a usted que puede ser el señor Escosura, ese
Torquemada _pour rire_, el que ha traído a esta casa tanta desgracia?

--No, señor; no creo que sea ese, ni que haya en esta casa tanta
desgracia como usted dice.

--¡Van ya dos niñas al hoyo!

--¿Cómo al hoyo?--O al convento, llámelo usted hache.

--Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo
opinar en este punto....

--Sí, sí, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya que existen
conventos, señor, que los construyan en condiciones higiénicas. Si yo
fuera gobierno, cerraba todos los que no estuvieran reconocidos por la
ciencia. La higiene pública prescribe....

El señor Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la
renovación del aire, a la calefacción, aeroterapia y demás asuntos de
folletín semicientífico. Después volvió a la desgracia de aquella casa.

--¡Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo.

--No, señor; absurdo no, porque son ellas las que libremente escogen....

--¡Libremente! ¡libremente! Ríase usted, señor Magistral, ríase usted,
que es una persona tan ilustrada, de esa pretendida libertad. ¿Cabe
libertad donde no hay elección? ¿Cabe elección donde no se conoce más
que uno de los términos en que ha de consistir?

Don Robustiano hablaba casi como un filósofo cuando se acaloraba.

--Si a mí no se me engaña--continuó--; si yo conozco bien esta comedia.
¿No ve usted, señor mío, que yo las he visto nacer a todas ellas, que
las he visto crecer, que he seguido paso a paso todas las vicisitudes de
su existencia? Verá usted el sistema.

Don Robustiano se sentó, y prosiguió diciendo:

--Hasta que tienen quince o dieciséis años las hijas de mis primos no
ven el mundo. A los diez o los once van al convento; allí sabe Dios lo
que les pasa; ellas no lo pueden decir, porque las cartas que escriben
las dictan las monjas y están siempre cortadas por el mismo patrón,
según el cual, «aquello es el Paraíso». A los quince años vuelven a
casa; no traen voluntad; esta facultad del alma, o lo que sea, les queda
en el convento como un trasto inútil. Para dar una satisfacción al
mundo, a la opinión pública, desde los quince a los dieciocho o
diecinueve, se representa la farsa piadosa de hacerles ver el siglo...
por un agujero. Esta manera de ver el mundo es muy graciosa, mi señor
don Fermín. ¿Recuerda usted el convite de la cigüeña? Pues eso. Las
niñas ven el mundo, dentro de la redoma, pero no lo pueden catar. ¿A los
bailes? Dios nos libre. ¿Al teatro? Abominación. ¡A la novena, al
sermón! y de Pascuas a Ramos un paseíto con la mamá por el Espolón o el
Paseo de Verano; los ojitos en el suelo; no se habla con nadie; y en
seguida a casa. Después viene la gran prueba: el viaje a Madrid. Allí se
ven las fieras del Retiro, el Museo de Pinturas, el Naval, la Armería;
nada de teatros ni de bailes que aún son más peligrosos que en Vetusta:
correr calles, ver mucha gente desconocida, despearse y a casa. Las
niñas vuelven a su tierra diciendo de todo corazón que se han aburrido
en la Corte, que su convento de su alma, que cuánto más se divertían
allí con las Madres y las compañeras. Vuelta a Vetusta. Un mozalbete se
enamora de cualquiera de las niñas... _¡Vade retro!_ Se le despide con
cajas destempladas. En casa se rezan todas las horas canónicas;
maitines, vísperas... después el rosario con su coronilla, un
padrenuestro a cada santo de la Corte Celestial; ayunos, vigilias; y
nada de balcón, ni de tertulia, ni de amigas, que son peligrosas.... Eso
sí, tocar el piano si se quiere y coser a discreción. Como artículo de
lujo se permite a las niñas que se rían a su gusto con los chistes del
Arcediano, el diplomático señor Mourelo, alias Glocester. Suelta el buen
mozo torcido una gracia babosa, las niñas la ríen, al papá se le cae la
baba también ¡mísero Carraspique! y _tutti contenti_. El Arcediano no es
el cura que hay aquí oculto, no; ese representa la parte contraria, el
demonio o el mundo; pero, como es natural, a las niñas les parece que el
atractivo mundanal reducido al gracejo de Mourelo es poca cosa; y, en
cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, sí señor,
cierta libertad, si se compara con la vida archimonástica de lo que yo
llamo la Regla de doña Lucía, mi prima carnal. ¡Oh, señor de Pas, fácil
victoria la de la Iglesia! Las niñas en vista de que Vetusta es andar de
templo en templo con los ojos bajos; Madrid ir de museo en museo
rompiéndose los pies y tropezando; el hogar un cuartel místico, con
chistes de cura por todo encanto, resuelven _libremente_ meterse
monjas, para gozar un poco de... de autonomía, como dicen los
liberalotes, que nos dan una libertad parecida a la que gozan las hijas
de Carraspique.

El Magistral oyó con paciencia el discurso del médico y, por decir algo,
dijo:

--No podrá usted negar que en esta casa el trato es jovial, franco; a
cien leguas de toda gazmoñería.

--¡Otra farsa! No sé quién diablos ha enseñado a mi prima esta comedia.
El que entra aquí piensa que es calumnia lo que se cuenta de la rigidez
monástica de este hogar honrado, pero aburrido. Las apariencias engañan.
Esta alegría sin saber por qué, estas bromitas de clerigalla, y usted
dispense, esta tolerancia formal, puramente exterior, sin disimulos para
tapar la boca a los profanos.

El Magistral miraba al médico con gran curiosidad y algo de asombro.
«¿Cómo aquel hombre de tan escasas luces discurría así en tal materia?
¿Sabía Somoza que era él y nadie más el _cura oculto_, el jefe
espiritual de aquella casa? Si lo sabía ¿cómo le hablaba así? ¿También
los tontos tenían el arte de disimular?».

Entró Carraspique en el salón. Traía los ojos húmedos de recientes
lágrimas. Abrazó al Magistral y le suplicó fervorosamente que fuese a
las Salesas a ver cómo estaba su hija; él no tenía valor para ir en
persona. Don Fermín prometió ir aquel mismo día.

Somoza volvió a describir la falta de _condiciones higiénicas_ del
convento.

--Pero ¿qué quieres que haga, primo mío?

--Hijo, yo nada; yo no quiero nada, porque sé cómo sois. Pero lo que
digo es lo siguiente: la niña está muy enferma, y no por culpa suya; su
naturaleza era fuerte; en su _constitución_ no hay vicio alguno; pero no
le da el sol nunca y se la está comiendo la humedad; necesita calor y
no lo tiene; luz y allí le falta; aire puro y allí se respira la peste;
ejercicio y allí no se mueve; distracciones y allí no las hay; buen
alimento y allí come mal y poco..., pero no importa; Dios está
satisfecho por lo visto. ¿Cuál es la perfección? La vida entre dos
alcantarillas. ¿El mundo está perdido? Pues vámonos a vivir metiditos en
un... inodoro.

Y como esta palabra, si bien le parecía culta, no expresaba lo que él
quería, sino lo contrario, añadió:

--En un inodoro... que es la _antítesis_--así dijo--de un inodoro.

--En fin, señores--prosiguió--ustedes defienden el absurdo y ahí no
llega mi paciencia. Resumen; la ciencia ofrece la salud de Rosita con
aires de aldea, allá junto al mar; vida alegre, buenos alimentos, carne
y leche sobre todo... sin esto... no respondo de nada.

Cogió el sombrero y el bastón de puño de oro; saludó con una cabezada al
Magistral y salió murmurando:

--A lo menos San Simeón Estilita estaba sobre una columna, pero no era
una columna... de este orden; no era un estercolero.

Doña Lucía se presentó y con un gesto displicente contestó a las
palabras de su primo que había oído desde lejos:

--Es un loco, hay que dejarle.--Pero nos quiere mucho--advirtió
Carraspique.

--Pero es un loco... haciéndole favor.

El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo. «No había que
hacer caso de Somoza; era un sectario. Ciertamente, el convento
provisional de las Salesas no era buena vivienda, estaba situado en un
barrio bajo, en lo más hondo de una vertiente del terreno, sin sol;
allí desahogaban las mal construidas alcantarillas de gran parte de la
Encimada, y, en efecto, en algunas celdas la humedad traspasaba las
paredes, y había grietas; no cabía negar que a veces los olores eran
insufribles; tales miasmas no podían ser saludables. Pero todo aquello
duraría poco; y Rosita no estaba tan mal como el médico decía. El de las
monjas aseguraba que no, y que sacarla de allí, sola, separarla de sus
queridas compañeras, de su vida regular, hubiera sido matarla».

Después don Fermín consideró la cuestión desde el punto de vista
religioso. «Había algo más que el cuerpo. Aquellos argumentos puramente
humanos, mundanos, que se podían oponer a Somoza y otros como él, eran
lo de menos. Lo principal era mirar si había escándalo en precipitarse y
tomar medidas que alarmasen a la opinión. Por culpa de ellos, por culpa
de un excesivo cariño, de una extremada solicitud, podían dar pábulo a
la maledicencia. ¿Qué esperaban sino eso los enemigos de la Iglesia? Se
diría que el convento de las Salesas era un matadero; que la religión
conducía a la juventud lozana a aquella letrina a pudrirse.... ¡Se
dirían tantas cosas! No, no era posible tomar todavía ninguna medida
radical. Había que esperar. Por lo demás, él iría a ver a Sor
Teresa...».

--¡Sí, don Fermín, por Dios!--exclamó doña Lucía, juntando las
manos--segura estoy de que recobrará la salud aquella querida niña, si
usted le lleva el consuelo de su palabra.

No se atrevía a llamarla su hija. La creía de Dios, sólo de Dios.

Después se habló de otra cosa. Aunque no se había tratado nunca
directamente del asunto, se había convenido, por un acuerdo tácito, que
las dos niñas últimas no serían monjas, a no haber en ellas una vocación
superior a toda resistencia prudente y moderada. Este implícito convenio
era una imposición de la conciencia, o del miedo a la opinión del mundo.
La mayor de aquellas dos niñas tenía un pretendiente. El Magistral venía
a desahuciarlo. «Era un impío».

--¿Un impío Ronzal? ¡Su amigo de usted!--se atrevió a decir Carraspique.

--Sí; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero. Yo
sacrifico al amigo tratándose de la felicidad de su hija de ustedes.

Una lágrima de las pocas que tenía rodó por el rostro de la señora de la
casa. Más estético y más simétrico hubiera sido que las lágrimas fueran
dos; pero no fue más que una; la del otro ojo debió de brotar tan
pequeña, que la sequedad de aquellos párpados, siempre enjutos, la tragó
antes que asomara.

La lágrima era de agradecimiento. «El Magistral les sacrificaba el
nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran amigo, de un
defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el diputado. Bien
hacía ella en entregar las llaves del corazón y de la conciencia a tal
hombre, a aquel santo, pensaría mejor».

Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual
fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos
disminuía; y don Francisco de Asís era un millonario que educaba muy
bien a sus hijas. Pero el Magistral tenía otros proyectos.

--¿Un impío Ronzal?--preguntó asustado Carraspique.

--Sí, un impío... relativamente. No basta que la religión esté en los
labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se la proteja; en
la política y en el trato social es necesario contentarse con eso muchas
veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, pero eso es otra cosa.
Ronzal, comparado con otros... con Mesía, por ejemplo, es un buen
cristiano; aun el mismo Mesía, que al cabo no se ha separado de la
Iglesia, es católico, religioso... comparado con don Pompeyo Guimarán el
ateo. Pero ni Mesía, ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad
suficiente.... ¿Daría usted una hija a don Álvaro?

--¡Antes muerta!--Pues Ronzal, aunque se llama conservador y quiere la
unidad católica y otros principios que contiene nuestra política, no es
buen cristiano, no lo es como se necesita que lo sea el marido de una
Carraspique.

Aquel calor con que defendía los intereses espirituales de la familia,
les llegaba al alma a los amos de la casa.

Ronzal fue desahuciado. El Magistral habló todavía de otros asuntos.
Había que hacer nuevos desembolsos. Limosnas, grandes limosnas para
Roma; para las Hermanitas de los pobres, que iban a comprar una casa;
limosna para la Santa Obra del Catecismo; limosna para la novena de la
Concepción, porque habría que pagar caro un predicador, jesuita, que
vendría de lejos. «Era mucho, sí; pero si los buenos católicos que
todavía tenían algo no se sacrificaban ¿qué sería de la fe? ¡Si otros
pudieran!».

Suspiró doña Lucía al oír esto. Había comprendido. El Magistral quería
decir que si él fuese rico, su dinero sería de San Pedro y de las
instituciones piadosas. «¡Y pensar que había quien calumniaba a aquel
santo suponiéndole cargado de oro!».

Don Fermín antes de salir de aquella casa, donde su imperio no tenía
límites, volvió a prometer una visita a las Salesas.

«Pero no había que alarmarse, ni perder la paciencia».

--En el último trance, se atrevió a decir cuando ya lo creyó oportuno,
suceda lo que Dios quiera; si es preciso sufrir por bien de la fe una
prueba terrible, se sufrirá; porque el nombre de cristiano obliga a eso
y a mucho más.

Allí don Fermín no decía que la virtud era fácil.

Era poco menos que imposible. La salvación se conseguía a costa de mucho
padecer, y la alcanzaban muy pocos. La voz del Magistral en el estilo
terrorista no era menos dulce que cuando sus ideas eran también melosas.
La de salvación sonaba como la flauta del dios Pan; al decir «Dios
misericordioso pero justo» aquella lengua imitaba el susurro del aura
entre las flores....

Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique. Eran tormentos
de la conciencia los que les ofrecía para el caso probable de no
salvarse, a pesar de tantos disgustos.

Doña Lucía encontraba a don Fermín algo flojo aquella mañana. No hablaba
con la sublime unción de otras veces. Su pesimismo piadoso le salía a
duras penas de los labios. Notó la buena señora que su director
espiritual hablaba como quien piensa en otra cosa.

Salió el Magistral.

Cuando se vio solo en el portal, sin poder contenerse, descargó un
puñetazo sobre el pasamano de mármol del último tramo de la suntuosa
escalera.

--«¡No hay remedio, no hay remedio!--dijo entre dientes--no he de
empezar ahora a vivir de nuevo. Hay que seguir siendo el mismo».

Otros días, al salir de aquella casa había gozado el placer fuerte,
picante, del orgullo satisfecho; el dominio de las almas, que allí
ejercía en absoluto, le daba al amor propio una dulce complacencia....
Pero ahora, nada de eso. No salía contento. Había procurado abreviar la
visita suprimiendo palabras en sus piadosas arengas.

«Aquel idiota de don Robustiano le había puesto de mal humor. Eso debía
de ser».

«Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal ánimo, pisar
algo con ira...». Se dirigió a _Palacio_.

Así se llamaba por antonomasia el del Obispo. Sumido en la sombra de la
Catedral, ocupaba un lado entero de la plazuela húmeda y estrecha que
llamaban «La Corralada». Era el palacio un apéndice de la Basílica,
coetáneo de la torre, pero de peor gusto, remendado muchas veces en el
siglo pasado y el presente. Con emplastos de cal y sinapismos de barro
parecía un inválido de la arquitectura; y la fachada principal,
renovada, recargada de adornos churriguerescos, sobre todo en la puerta
y el balcón de encima, le daba un aspecto grotesco de viejo verde.

El Magistral dejó atrás el zaguán, grande, frío y desnudo, no muy
limpio; cruzó un patio cuadrado, con algunas acacias raquíticas y
parterres de flores mustias; subió una escalera cuyo primer tramo era de
piedra y los demás de castaño casi podrido; y después de un corredor
cerrado con mampostería y ventanas estrechas, encontró una antesala
donde los familiares del Obispo jugaban al tute. La presencia del
Provisor interrumpió el juego. Los familiares se pusieron de pie y uno
de ellos hermoso, rubio, de movimientos suaves y ondulantes, de
pulquérrimo traje talar, perfumado, abrió una mampara forrada de damasco
color cereza. De lo mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio
entonces y que atravesó De Pas sin detenerse.

--¿Dónde estará, don Anacleto?

--Creo que tiene visitas--respondió el paje--. Unas señoras....

--¿Qué señoras? Don Anacleto encogió los hombros con mucha gracia y
sonrió.

Don Fermín vaciló un momento, dio un paso atrás; pero en seguida volvió
a adelantarlo y abrió una puerta de escape por donde desapareció.

Después de cruzar salas y pasadizos llegó al _salón claro_, como se
llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus visitas
particulares. Era un rectángulo de treinta pies de largo por veinte de
ancho, de techo muy alto cargado de artesones platerescos de nogal
obscuro. Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias cañas a
cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que
entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegría.
Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco también,
de un lujo anticuado, bonachón y simpático, reían a carcajadas, con sus
contorsiones de madera retorcida, ora en curvas panzudas, ora en
columnas salomónicas. Los brazos de las butacas parecían puestos en
jarras, los pies de las consolas hacían piruetas. No había estera ni
alfombra, a no contar la que rendía homenaje al sofá; era de moqueta y
representaba un canastillo de rosas encarnadas, verdes y azules. Era el
gusto de S. I. De las paredes del Norte y Sur pendían sendos cuadros de
Cenceño, pero retocados con colores chillones que daban gloria; los
otros muros los adornaban grandes grabados ingleses con marco de ébano.
Allí estaban Judit, Ester, Dalila y Rebeca en los momentos críticos de
su respectiva historia. Un Cristo crucificado de marfil, sobre una
consola, delante de un espejo, que lo retrataba por la espalda, miraba
sin quitarle un ojo a su Santa Madre de mármol, de doble tamaño que él,
colocada sobre la consola de enfrente. No había más santos en el salón
ni otra cosa que revelase la morada de un mitrado.

El Ilustrísimo Señor don Fortunato Camoirán, Obispo de Vetusta, dejaba
al Provisor gobernar la diócesis a su antojo; pero en su salón no había
de tocar. Por esto habían valido poco las amonestaciones de don Fermín
para que Fortunato se abstuviese de adornar los balcones con jaulas
pobres, pero alegres, en que saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo,
jilgueros y canarios, que en honor de la verdad, parecían locos.

--«Gracias que no llevo mis pájaros a la catedral para que canten el
Gloria cuando celebro de Pontifical. Cuando yo era párroco de las
Veguellinas, jilgueros y alondras y hasta pardales cantaban y silbaban
en el coro y era una delicia oírlos».

Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia donde se
podía admirar y amar una obra de Dios.

Glocester, el maquiavélico Arcediano, «opinaba que el Obispo--pero este
era su secreto--no estaba a la altura de su cargo».

--«No basta ser bueno--decía--para gobernar una diócesis. Ni los
poetas sirven para ministros, ni los místicos para Obispos».

Esta opinión era la más corriente entre el clero del Obispado. Los
señores de la junta carlista creían lo mismo. ¡Jamás habían podido
contar para nada con el Obispo!

¿Qué resultaba de aquella excesiva piedad? Que S. I. se abandonaba en
brazos del Provisor para todo lo referente al gobierno de la diócesis.
Esto, según unos, era la perdición del clero y el culto, según otros una
gran fortuna; pero todos convenían en que el bueno de Camoirán no tenía
voluntad.

Era cierto que había aceptado la mitra a condición de escoger, sin que
valieran recomendaciones, una persona de su confianza en quien depositar
los cuidados del gobierno eclesiástico. El Magistral era sin duda el
hombre de más talento que él había conocido. Además, doña Paula, cuando
su hijo era un humilde seminarista, había servido en calidad de ama de
llaves a Camoirán, a la sazón canónigo de Astorga. Desde entonces
aquella mujer de hierro había dominado al pobre santo de cera. El hijo,
ayudado por la madre, continuó la tiranía, y, como decían ellos, «le
tenían en un puño». Y él estaba así muy contento.

¿Cómo había llegado a Obispo? En una época de nombramientos de intriga,
de complacencias palaciegas, para aplacar las quejas de la opinión se
buscó un santo a quien dar una mitra y se encontró al canónigo Camoirán.

Llegó a Vetusta echando bendiciones y recibiéndolas del pueblo. Con gran
escándalo de su corazón sencillo y humilde se contaban maravillas de su
virtud y casi le atribuyeron milagros. En cierta ocasión, cuando hacía
su visita a las parroquias de los vericuetos, en el riñón de la montaña,
jinete en un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le presentó
una madre desesperada con su hijo en los brazos. Una víbora había
mordido al niño.

--¡Sálvamelo, sálvamelo!--gritaba la madre, de rodillas, cerrando el
paso al borrico.

--¡Si yo no sé! ¡si yo no sé!--gritaba el Obispo desesperado, temiendo
por la vida del angelillo.

--¡Sí, sí, tú que eres santo!--replicaba la madre con alaridos.

--¡El cauterio! ¡el cauterio! pero yo no sé...

--¡Un milagro! ¡un milagro!...--repetía la madre.

La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la
Virgen, los pobres, el púlpito y el confesonario.

Tenía cincuenta años, la cabeza llena de nieve, y su corazón todavía se
abrasaba en fuego de amor a María Santísima. Desde el seminario, y ya
había llovido después, su vida había sido una oda consagrada a las
alabanzas de la Madre de Dios. Sabía mucha teología, pero su ciencia
predilecta consistía en la doctrina de los Misterios que se refieren a
la Mujer _sine labe concepta_. De memoria hubiera podido repetir cuanto
han dicho los Santos Padres y los Místicos en honor de la Virgen, y
sabía alabarla en estilo oriental, con metáforas tomadas del desierto,
del mar, de los valles floridos, de los montes de cedros; en estilo
romántico--que irritaba al Arcipreste--y en estilo familiar con frases
de cariño paternal, filial y fraternal.

Tenía escritos cinco libros, que primero se vendían a peseta y después
se regalaban, titulados así: _El Rosal de María_ (en verso)--_Flores de
María_--_La devoción_ _de la Inmaculada_--_El Romancero de Nuestra
Señora_--_La Virgen y el dogma_.

Nunca se le había aparecido la Reina del Cielo, pero consuelos se los
daba a manos llenas; y el espíritu se lo inundaba de luz y de una
alegría que no podían obscurecer ni turbar todas las desdichas del
mundo, al menos las que él había padecido.

En limosnas se le iba casi todo el dinero que le daba el gobierno y
mucho de lo que él había heredado. ¡Pero ay del sastre si le quería
engañar cobrándole caros los remiendos de sus pantalones! ¿No sabía él
lo que eran remiendos? ¿No había zurcido su ropa y cosido botones S. I.
muchas veces? En cuanto al zapatero, que era de los más humildes,
aguzaba el ingenio para que las piezas y medias suelas que ponía a los
zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas.

--Pero, señor--gritaba el ama de llaves, doña Úrsula, heredera en el
cargo de doña Paula--; si usted pide milagros. ¿Cómo no se han de
conocer las puntadas? Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda,
y será mejor.

--¿Y quién te dice a ti, bachillera, que Dios manda comprar zapatos
nuevos mientras el prójimo anda sin zapatos? Si ese remendón supiera su
oficio, parecerían estos una gloria.

El Obispo tenía sus motivos para exigir que los remiendos del calzado no
se conocieran. El Provisor todos los días le pasaba revista, como a un
recluta, mirándole de hito en hito cuando le creía distraído: y si
notaba algún descuido de indumentaria que acusara pobreza indigna de un
mitrado, le reprendía con acritud.

--Esto es absurdo--decía De Pas--. ¿Quiere usted ser el Obispo de _Los
miserables_, un Obispo de libro prohibido? ¿Hace usted eso para darnos
en cara a los demás que vamos vestidos como personas decentes y como
exige el decoro de la Iglesia? ¿Cree usted que si todos luciéramos
pantalones remendados como un afilador de navajas o un limpia-chimeneas,
llegaría la Iglesia a dominar en las regiones en que el poder habita?

--No es eso, hijo mío, no es eso--respondía el Obispo sofocado, con
ganas de meterse debajo de tierra.

Si es una gloria veros vestidos de nuevo; si así debe ser; si ya lo sé.
¿Crees tú que no gozo yo mirándoos a ti y a don Custodio y al primo del
ministro, tan buenos mozos, tan relucientes, tan lechuguinos con vuestro
sombrero de teja cortito, abierto, felpudo...?, pues ya lo creo... si
eso es una bendición de Dios; si así debe ser.... ¿Pero sabes tú quién
es Rosendo? Es un grandísimo pillo que me pide tres pesetas por unas
medias suelas, y ni siquiera tapa un agujerito que le puede salir a la
piel.... Estos son nuevos, palabra de honor que son nuevos, pero se ríen;
¿qué le hemos de hacer si tienen buen humor?

Durante algunos años Fortunato había sido el predicador de moda en
Vetusta. Su antecesor rara vez subía al púlpito, y el verle a él en la
cátedra del Espíritu Santo casi todos los días, despertó la curiosidad
primero, después el interés y hasta el entusiasmo de los fieles. Su
elocuencia era espontánea, ardiente; improvisaba; era un orador
verdadero, valía más que en el papel, en el púlpito, en la ocasión.
Hablaba de repente, llamas de amor místico subían de su corazón a su
cerebro, y el púlpito se convertía en un pebetero de poesía religiosa
cuyos perfumes inundaban el templo, penetraban en las almas. Sin pensar
en ello, Fortunato poseía el arte supremo del escalofrío; sí, los sentía
el auditorio al oír aquella palabra de unción elocuente y santa. La
caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma, el
mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la cátedra deseando a todos la
gloria por los siglos de los siglos, la unción del prelado corría por el
templo como una influencia magnética; parecía que si se tocaban los
cuerpos iban a saltar chispas de caridad eléctrica; el entusiasmo, la
conversión, se leían en miradas y sonrisas; en aquellos momentos los
vetustenses tomaban en serio lo de ser todos hermanos.

Pero esto había sido al principio. Después... el público empezó a
cansarse. Decían que el Obispo _se prodigaba demasiado_. «El Magistral
no se prodigaba».

--Estudia más los sermones--decían unos.

--Es más profundo, aunque menos ardiente.

--Y más elegante en el decir.--Y tiene mejor figura en el púlpito.

--El Magistral es un artista, el otro un apóstol.

Hacía mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por qué
gustaba el Obispo como predicador. «Él confesaba que no entendía
aquello. Era demasiado florido». Para Glocester no pasaba de _mera
retórica_ aquello de abrasarse en amor del prójimo. «Le sonaba a hueco».

--«¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de
nadie; para él como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra
revolucionaria, ni un satánico _non serviam_ librepensador».

En concepto de Glocester, Camoirán había comenzado a desacreditarse en
los _sermones de la Audiencia_. Todos los viernes de Cuaresma la Real
Audiencia Territorial pagaba y oía con religiosa atención o mística
somnolencia un sermón que alguna notabilidad del púlpito vetustense
predicaba en Santa María, la iglesia antiquísima.

--«Pues bien--decía Glocester--allí no se habla por hablar, ni lo
primero que viene a la boca; allí no basta abrasarse en fuego divino; es
necesario algo más, so pena de ofender la ilustración de aquellos
señores. Se habla a jurisconsultos, a hombres de ciencia, señor mío, y
hay que tentarse la ropa antes de subir a la cátedra sagrada. El Obispo
había hablado a los _señores del margen_, a la Audiencia Territorial ni
más ni menos mal que al común de los fieles».

El actual regente--que no era Quintanar--había dicho, en confianza, a un
oidor que _el sermón no tenía miga_. El oidor había corrido la noticia,
y el fiscal se atrevió a decir que el Obispo no se iba al grano.

Para irse al grano Glocester. Aquel mismo año en que Fortunato lo había
hecho tan mal, en concepto de los señores magistrados, se lució en su
sermón de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo anunciaba él muchos días
antes.

--«Señores, no llamarse a engaño; a mí hay que leerme entre líneas; yo
no hablo para criadas y soldados; hablo para un público que sepa... eso,
leer entre líneas».

La musa de Glocester era la ironía. Aquel viernes memorable, Mourelo se
presentó en el púlpito sonriente, como solía (ocho días antes se había
desacreditado el Obispo), saludó al altar, saludó a la Audiencia y se
dignó saludar al católico auditorio. Su mirada escudriñó los rincones de
la Iglesia para ver si, conforme le habían anunciado, algún
libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven
podridos, estaba oyéndole. Vio dos o tres que él conocía, y pensó: «Me
alegro; ahora veréis lo que es bueno». El regente--que no era
Quintanar--con el entrecejo arrugado y la toga tersa, sentado en medio
de la nave en un sillón de terciopelo y oro, contemplaba al predicador,
preparándose a separar el grano de la paja, dado que hubiera de todo.
Otros magistrados, menos inclinados a la crítica, se disponían a dormir
disimuladamente, valiéndose de recursos que les suministraba la
experiencia de estrados.

Glocester se fue al grano en seguida. La antífrasis, el eufemismo, la
alusión, el sarcasmo, todos los proyectiles de su retórica, que él creía
solapada y hábil, los arrojó sobre el impío Arouet, como él llamaba a
Voltaire siempre. Porque Mourelo andaba todavía a vueltas con el pobre
Voltaire; de los modernos impíos sabía poco; algo de Renan y de algún
apóstata español, pero nada más. Nombres propios casi ninguno: el
grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de los
establos de Epicuro y otras colectividades así hacían el gasto; pero
nada de Strauss ni de las luchas exegéticas de Tubinga y Götinga: amigo,
esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia de Glocester.

Voltaire, y a veces el extraviado filósofo ginebrino, pagaban el pato.
Pero no; otro caballo de batalla tenía el Arcediano: el paganismo, la
antigua idolatría. Aquel día, el viernes, estuvo oportunísimo burlándose
de los egipcios. Al regente le costó trabajo contener la risa, que
procuraba excitar Glocester.

Aquellos grandísimos puercos que adoraban gatos, puerros y cebollas, le
hacían mucha gracia al orador sagrado. «¡Con qué sandunga les tomaba el
pelo a los egipcios!», según expresión de Joaquinito Orgaz, religioso
por buen tono y que creía sinceramente que era un disparate la
idolatría.

--«Sí, Señor Excelentísimo, sí, católico auditorio, aquellos habitantes
de las orillas del Nilo, aquellos ciegos cuya sabiduría nos mandan
admirar los autores impíos, adoraban el puerro, el ajo, la cebolla».
_«¡Risum teneatis! ¡Risum teneatis!»_ repetía encarándose con el perro
de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente. El
perro no se reía.

Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus súbditos con
tales cuchufletas. «¿Dónde tenían la cabeza aquellos hombres que
adoraban tales inmundicias?».

Ronzal, Trabuco, que admiró aquel sermón, dos meses después sacaba
partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y
decía:

--«Señores, lo que sostengo aquí y en todos los terrenos, es que si
proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio civil, pronto
volveremos a la idolatría, y seremos como los antiguos egipcios,
adoradores de Isis y _Busilis_; una gata y un perro según creo».

El regente opinó, y con él toda la Territorial, que el señor Mourelo,
arcediano, había estado a mayor altura que el señor Obispo. Esto cundió
por las tertulias, corrillos y paseos, y cuantos pretendían pasar plaza
de personas instruidas, lamentaron que no hubiera más fondo en los
sermones del prelado, que no se preparase y que _se prodigara tanto_.

Al cabo, la opinión llegó a decir esto, aunque ya sin el visto bueno de
Glocester:

--«Que había que desengañarse; el verdadero predicador de Vetusta era el
Magistral».

Pronto fue tal opinión un lugar común, una frase hecha, y desde entonces
la fama del Obispo como orador se perdió irremisiblemente. Cuando en
Vetusta se decía algo por rutina, era imposible que idea contraria
prevaleciese.

Y así, fue en vano que en cierto sermón de Semana Santa Fortunato
estuviera sublime al describir la crucifixión de Cristo.

Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto
estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por
los paños negros que cubrían altares, columnas y paredes; sólo allá, en
el tabernáculo, brillaban pálidos algunos cirios largos y estrechos,
lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, que goteaban sangre; el
sudor pintado reflejaba la luz con tonos de tristeza. El Obispo hablaba
con una voz de trueno lejano, sumido en la sombra del púlpito; sólo se
veía de él, de vez en cuando, un reflejo morado y una mano que se
extendía sobre el auditorio. Describía el crujir de los huesos del pecho
del Señor al relajar los verdugos las piernas del mártir, para que
llegaran los pies al madero en que iban a clavarlos. Jesús se encogía,
todo el cuerpo tendía a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban;
ellos vencerían. «¡Dios mío! ¡Dios mío!», exclamaba el Justo, mientras
su cuerpo dislocado se rompía dentro con chasquidos sordos. Los verdugos
se irritaban contra la propia torpeza; no acababan de clavar los pies....
Sudaban jadeantes y maldicientes; su aliento manchaba el rostro de
Jesús.... «¡Y era un Dios! ¡el Dios único, el Dios de ellos, el nuestro,
el de todos! ¡Era Dios!...» gritaba Fortunato horrorizado, con las manos
crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría del pilar;
temblando ante una visión, como si aquel aliento de los sayones hubiese
tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran allí, suspendidos en la
sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La inmensa tristeza, el
horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de
maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable,
como si un universo de dolor pesara sobre su corazón. Y su ademán, su
voz, su palabra supieron decir lo indecible, aquella pena. Él mismo,
aunque de lejos, y como si se tratara de otro, comprendió que estaba
siendo sublime; pero esta idea pasó como un relámpago, se olvidó de sí,
y no quedó en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia
del apóstol, a no ser algún niño de imaginación fuerte y fresca que por
vez primera oía la descripción de la escena del Calvario.

A las pausas elocuentes, cargadas de efectos patéticos, a que obligaba
al Obispo la fuerza de la emoción, contestaban abajo los suspiros de
ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la mayoría del
auditorio. Eran los sollozos indispensables de los días de Pasión, los
mismos que se exhalaban ante un sermón de cura de aldea, mitad suspiros,
mitad eruptos de la vigilia.

Las señoras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y hasta
pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado «se había
descompuesto», tal vez se había perdido. «Aquello era sacar el Cristo».
El púlpito no era aquello. Glocester, desde un rincón, se escandalizaba
para sus adentros. «¡Pero _eso_ es un cómico!» pensaba; y pensaba
repetirlo en saliendo. Creía haber encontrado una frase: «¡Pero _eso_ es
un cómico!».

El Magistral no era cómico, ni trágico, ni épico. «No le gustaba sacar
el Cristo». En general prescindía en sus sermones de la epopeya
cristiana y pocas veces predicó en la Semana de Pasión. «Rehuía los
lugares comunes», según don Saturnino Bermúdez. La verdad era que De
Pas no tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria para pintar
las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor.
Cada vez que necesitaba repetir lo de: «_Y el verbo se hizo carne_» en
lugar del pesebre y el Niño Dios veía, dentro del cerebro, las letras
encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de
un altar: _Et Verbum caro factum est_.

En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le
había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quería
figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo de tales imágenes; huía
de ellas, no quería quebraderos de cabeza. «Bastante tenía él en qué
pensar». Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto de
las artes plásticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los
cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del
dogma le gustaba la teología pura, la abstracción, y al dogma prefería
la moral. La vocación de la filosofía teológica y el prurito de la
controversia habían nacido ya en el seminario; su espíritu se había
empapado allí de la pasión de escuela, que suple muchas veces al
entusiasmo de la verdadera fe. La experiencia de la vida había
despertado su afición a los estudios morales. Leía con deleite los
_Caracteres de La Bruyère_; de los libros de Balmes sólo admiraba _El
Criterio_ y--¡quien se lo hubiera dicho al señor Carraspique!--en las
novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba
costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su
experiencia con la ajena.

¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un
autor impío las aventuras ideales de un presbítero! «¡Qué de escrúpulos!
¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de
remordimientos! Estos liberales--añadía para sí--ni siquiera saben tener
mala intención. Estos curas se parecen a los míos como los reyes de
teatro se parecen a los reyes».

Los sermones de don Fermín tenían por asunto casi siempre o la lucha con
la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los vicios y
virtudes y sus consecuencias. Él prefería esta última materia. De vez en
cuando, para conservar su fama de sabio entre las _personas ilustradas_
de Vetusta, la emprendía con los infieles y herejes. Pero no se
remontaba a los egipcios, ni siquiera a Voltaire. Los herejes que
descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba a los protestantes; se
burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con arte el lado flaco de
sus doctrinas y de su disciplina eclesiástica. Describiendo a veces los
Consistorios de Berlín hacía pensar al auditorio: «¡Pero aquellos
desgraciados están locos!».

No era su afán pintar a los enemigos como criminales encenagados en el
error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del
predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hacía una sola;
nacía el entusiasmo cordial, magnético de dos vanidades conformes.

«¡Lástima que tantos y tantos millones de hombres como viven en las
tinieblas de la idolatría, de la herejía, etc., no tuviesen el talento
natural de los vetustenses apiñados en el crucero de la catedral,
alrededor del público! La salvación del mundo sería un hecho».

El empeño constante del Magistral en la _cátedra_ era demostrar
«matemáticamente» la verdad del dogma. «Prescindamos por un momento del
auxilio de la fe, ayudémonos sólo de nuestra razón.... Ella basta para
probar...». ¡Gran interés ponía en que la razón bastase! «La razón no
explica los misterios, es verdad: pero explica que no se
expliquen».--«Esto es mecánico», repetía, descendiendo gustoso al estilo
familiar. En tales momentos su elocuencia era sincera; cuando traía
entre ceja y ceja un argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su
_a+b_ teológico-racional cualquier artículo de fe, hablaba con calor,
con entusiasmo. Entonces, sólo entonces se descomponía un poco; dejaba
los ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las piernas, se
bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento
contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, se
arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en los
ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca....
Pero ¡ay! esto era perderse. _Su_ público no entendía aquello... y De
Pas volvía a ser quien era, se erguía, doblaba las puntas de acero y
tornaba a descargar citas sobre los abrumados vetustenses, que salían de
allí con jaqueca y diciendo:

«¡Qué hombre! ¡qué sabiduría! ¿cuándo aprenderá estas cosas? ¡Sus días
deben de ser de cuarenta y ocho horas!».

Las damas, aunque admiraban también aquello de que Renan copia a los
alemanes, y lo de que no hay más sabios que el P. Secchi y otros cinco o
seis jesuitas, con lo demás de Götinga y de Tubinga y lo del
orientalista Oppert, etc., etc., preferían oír al Magistral en sus
_sermones de costumbres_ y él también prefería agradar a las señoras.
Si en los asuntos dogmáticos buscaba el auxilio de _la sana razón_, en
los temas de moral iba siempre a parar a la utilidad. La salvación era
un negocio, el gran negocio de la vida. Parecía un Bastiat del púlpito.
«El interés y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es _entenderla_».
Los muchos indianos que oían al Magistral sonreían de placer ante
aquellas fórmulas de la salvación.

«¡Quién se lo hubiera dicho! después de haber hecho su fortuna en
América, ahora en el _país natal_, sin moverse de casa, podían ganar
fácilmente el cielo. ¡Habían nacido de pies!». Según De Pas, los
malvados eran otros tontos, como los herejes. Y también aquello era
mecánico, también lo demostraba por _a+b_. Pintaba a veces, con rasgos
dignos de Molière o de Balzac, el tipo del avaro, del borracho, del
embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y después de las
vicisitudes de una existencia mísera resultaba siempre que _lo peor era
para él_.

Su estudio más acabado era el del joven que se entrega a la lujuria. Le
presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor, lleno de
gracia, de sueños de grandezas, esperanza de los suyos y de la patria...
y después, seco, frío, hastiado, mustio, inútil.

Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las víctimas del
vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entendían las
señoras y los indianos perfectamente. El resumen que hacían de ella en
sus adentros era este:

«¡Guarda Pablo!». «¡Qué razón tiene!», pensaban muchas damas al oírle
hablar del adulterio. Las más de estas eran _mujeres honradas_ que no
habían sido adúlteras, que no habían hecho más que _tontear, como
todas_. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Fermín que
el imprudente contaba desde el púlpito lo que ellas le habían dicho en
el confesonario.

También en el tribunal de la penitencia había derrotado el Provisor al
Obispo.

Cuando Camoirán llegó a Vetusta, se vio acosado por el _bello sexo_ de
todas las clases: todas querían al Obispo por padre espiritual. Pero en
el confesonario se desacreditó antes que en el púlpito. ¡Era tan soso! Y
tenía la manga muy estrecha y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba
mucho y a todas les decía casi lo mismo. Además, era demasiado
madrugador y ni siquiera guardaba consideraciones a las señoras
delicadas. Se ponía en el confesonario al ser de día.

Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la
capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas
pobres, tenía poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por _rigorosa
antigüedad_, como en una peluquería, sin tener en cuenta si eran amas o
criadas. «Era demasiado _hacer el apóstol_». Se le dejó.

Pronto se vio rodeado nada más de populacho madrugador. Canteros,
albañiles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas tocadas
de misticismo más o menos auténtico, chalequeras y ribeteadoras, este
fue su pueblo de penitentes bien pronto. «Por eso él se quejaba, muy
afligido, de las malas costumbres y de los muchos nacimientos ilegítimos
que debía de haber, según su cuenta. ¡Si tratara con señoritas!».

En una ocasión llegó a decirle al Gobernador civil:

--Hombre, ¿no estaría en sus atribuciones de usted prohibir el paseo de
la zapatilla?

Aludía el Obispo al paseo de los artesanos en el _Boulevard_, entre luz
y luz.

Creía que de allí y de los bailes peseteros del teatro nacía la
corrupción creciente de Vetusta.

Así era el buen Fortunato Camoirán, prelado de la diócesis exenta de
Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el Provisor
en cuanto entró en el salón reprendió con una mirada como un rayo.

El Obispo estaba sentado en un sillón y las dos señoras en el sofá.

Eran Visita, la del Banco, y Olvido Páez, la hija de Páez el Americano,
el segundo millonario de la Colonia.

El Obispo al ver al Magistral se ruborizó, como un estudiante de latín
sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina.

«¿Qué era aquello?», quería decir la mirada del Magistral, que saludó a
las señoras inclinándose con gracia y coquetería inocente. «¡Unas
señoras con el Obispo! ¡Y ningún caballero las acompañaba! Esto era
nuevo».

Cosas de Visitación. Se trataba de seducir a su Ilustrísima para que
fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a la
virtud, _organizado_ por cierto circulo filantrópico. El círculo se
llamaba _La Libre Hermandad_, nombre feo, poco español y con olor nada
santo. En tal sociedad había una junta de caballeros y otra _agregada_
de damas _protectrices_ (gramática del Presidente del círculo.)

_La Libre Hermandad_ se había fundado con ciertos aires de institución
independiente _de todo yugo religioso_, y su primer presidente fue el
señor don Pompeyo Guimarán, que de milagro no estaba excomulgado y que
no comulgaba jamás.

Era el círculo algo como una oposición a _Las Hermanitas  de los
Pobres_, a la _Santa Obra del Catecismo_, a las _Escuelas Dominicales_,
etc., etc. Desde luego se le declaró la guerra por el elemento religioso
y a los pocos meses no había un pobre en todo el Ayuntamiento de Vetusta
que quisiera las limosnas, los premios, ni la enseñanza de _La Libre
Hermandad_.

Las niñas de las _Escuelas Dominicales_ y los chiquillos del
_Catecismo_, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el

        Santo Dios, Santo Fuerte,
        Santo Inmortal,

y lo de

        Venid y vamos todos
        con flores a María,

inventaron un cantar contra el Círculo. Decía así:

        Los niños pobres no quieren
        ir a la Libre Hermandad,
        los niños pobres prefieren
        la Cristiana Caridad.

La _cristiana caridad_ y la perfección de la rima revelaban el estilo de
don Custodio el beneficiado, que era--a tanto había llegado--director de
las Escuelas Dominicales de niñas pobres.

La Libre Hermandad se hubiera muerto de consunción sin el valeroso
sacrificio de su Presidente. Comprendió el señor Guimarán que los
tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras letras y
presentó su dimisión «sacrificándose, decía, no a las imposiciones del
fanatismo, sino al bien de los niños abandonados». Con la dimisión de
don Pompeyo y la feliz idea de crear la junta agregada de damas
_protectrices_ ganó algo la sociedad benéfica, y ya no se la hizo
guerra sin cuartel. Pero aún no había lavado su pecado original que
llevaba en el nombre. El Provisor despreciaba el tal círculo.

Visitación fue la primera dama agregada, por su prurito de agregarse a
todo. Actualmente era la tesorera de las _protectrices_.

Se trataba ahora de borrar los últimos vestigios de herejía o lo que
fuese, congraciándose con la catedral y rogando al señor Obispo que
presidiera el solemne reparto de premios aquel año. «Pero ¿quién le
ponía el cascabel al gato?--Visitación, la del Banco». ¿Quién más a
propósito para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidió que en su
visita le acompañase otra dama de _viso_. Ninguna quiso ir, no se
atrevían. Se votó y se nombró a Olvido Páez, por la representación de su
papá y lo bienquista que era la joven en Palacio.

--«Sí--decía en la junta Visitación--que venga Olvido; así no creerá el
Magistral que el tiro va contra él; porque, como a mí no me puede
ver...».

Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la tenía por una
grandísima cualquier cosa. Era de las pocas señoras que ayudaban al
Arcediano en su conspiración contra el Vicario general. Sin embargo,
Visita confesaba a veces con don Fermín, a pesar de los desaires de
este. «Ya sabía él a qué iba allí aquella buena pécora, pero chasco se
llevaba; la confesaba por los mandamientos y se acabó».

--«¿Y qué más? adelante; ¿y qué más? estilo Ripamilán. A buena parte iba
la correveidile de Glocester».

Fortunato ya había dado palabra de honor de ir a la solemne sesión de La
Libre Hermandad. Esto y el ver allí a la de Páez, su más fiel devota,
agravó el mal humor del Vicario. Le costó trabajo estar fino y cortés y
lo consiguió gracias a la costumbre de dominarse y disimular. Visitación
se complacía en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes,
y le mareaba con aquel atolondramiento «que a él se le ponía en la boca
del estómago».

--Pero, señoras mías--dijo De Pas--hablemos con formalidad un momento.

--¿Qué? ¿cómo se entiende? ¿quiere usted recoger velas, que se desdiga
S. I.?

--Creo, que...--¡Nada, nada! La palabra es palabra. Nos vamos, nos
vamos; ea, ea, conversación; no oigo nada.... Vamos, Olvido... no oigo...
no oigo....

Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación sonaba
como siete; parecía que estaba allí perorando toda la junta de
_protectrices_.

Se levantó y se dirigió a la puerta llevando como a remolque a la de
Páez.

El Magistral protestó en vano: «Aquella sociedad la había fundado un
ateo, era enemiga de la Iglesia...».

--No hay tal--gritó desde la puerta Visita--; si así fuera, no
figuraríamos nosotras como damas agregadas.

--Yo lo soy--advirtió la de Páez--por empeño de esta que convenció a
papá.

--Pero, señores, si _La Libre Hermandad_ ha cantado ya la palinodia; si
desde que ingresamos en ella nosotras, se acabó lo de la libertad y toda
esa jarana....

--Tiene razón--se atrevió a decir el Obispo, a quien todavía engañaba el
aturdimiento postizo de la del Banco--; tiene razón esa loquilla....

--¡No tiene tal!--gritó el Provisor, perdiendo un estribo por lo
menos--. No tiene tal; y esto ha sido... una imprudencia.

Visita volvió la cara y sacó la lengua. «¡Cómo le trata!» pensó,
envidiando a un hombre que osaba llamar imprudente al Obispo.

Las damas salieron: S. I. quedó corrido; y después de indicar al
Magistral que las acompañara por los pasillos estrechos y enrevesados,
se puso en salvo, encerrándose en el oratorio, para evitar
explicaciones.

El Magistral no pensó en buscarle.

La de Páez iba con la cabeza baja. Temía también una reprensión del
prebendado. Este aprovechó un momento en que Visita se detuvo para
saludar a una familia que ella había recomendado al Obispo, y
acercándose al oído de la joven dijo en tono de paternal autoridad:

--Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompañar a esta... loca.

--Pero si me votaron...--Si usted no fuera de esa junta...--Papá
espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted
por convidado.

--Bueno, bueno; ¿no le gusta a usted oír las verdades?

--Lo que digo es que papá...--Pues hoy no puedo ir... a comer. Estoy
convidado hace días... otro Francisco que... pero allá nos veremos
dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y corriendo....

Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entró,
dejando atrás pasillos, galerías y salones, en las oficinas del gobierno
eclesiástico.

Llegó a su despacho el señor vicario general, y sin saludar a los que
allí le esperaban, se sentó en un sillón de terciopelo carmesí detrás de
una mesa de ministro cargada de papeles atados con balduque. Apoyó los
codos en el pupitre y escondió la cabeza entre las manos. Sabía que le
esperaban, que pretendían hablarle, pero fingía no notarlo. Esta era una
de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tiranía; así
humillaba a los subalternos; despreciándolos hasta no verlos a los dos
pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de pez. La bilis
le llegaba a los dientes. ¿Por qué? Por nada. Ningún disgusto grave le
habían dado; pero tantas pequeñeces juntas le habían echado a perder
aquel día que había creído feliz al ver el sol brillante, al lavarse
alegre frente al espejo. Primero su madre tratándole como a un
chiquillo, recordándole las calumnias con que le perseguían; después las
noticias alarmantes y las bromas necias del médico, luego aquella
Visitación, La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y
sobre todo aquel demonio de Obispo abrumándole con su humildad,
recordándole nada más que con su presencia de liebre asustada toda una
historia de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia
suya, la de don Fermín... que... ¿para qué ocultárselo a sí mismo? era
poco edificante.... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo Fortunato
sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba más que nunca.
Ahora le parecía que la superioridad intelectual del vicario era nada
enfrente de la grandeza moral del Obispo. Él era la única persona que
sabía comprender todo el valor de Fortunato. ¡Qué poéticas, qué nobles,
qué espirituales le parecían ahora la virtud del otro, su elocuencia, su
culto romántico de la Virgen! Y las propias habilidades ¡qué ruines, qué
prosaicas! su carácter fuerte y dominante, ¡qué ridículo en el fondo!
«¿A quién dominaba él? ¡A escarabajos!».

--¿Qué hay?--gritó con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los
escarabajos que tenía enfrente.

Eran un clérigo que parecía seglar y un seglar que parecía clérigo; mal
afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el rostro lleno de
púas negras ásperas; vestían ambos de paisano, pero como los curas de
aldea; el alzacuello del clérigo era blanco y estaba manchado con vino
tinto y sudor grasiento; el cuello de la camisa del otro parecía también
un alzacuello; usaba corbatín negro abrochado en el cogote.

Don Carlos Peláez, notario eclesiástico que desempeñaba otros dos o tres
cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de ser una de las
personas más influyentes en la curia eclesiástica y aun en el ánimo del
señor Provisor. Bien iba a probarlo ahora interponiendo su favor para
arrancar al mísero párroco de Contracayes, aldea de la montaña, de las
garras de la disciplina. Había habido _un soplo_, cosa de envidiosos, y
el Provisor sabía que Contracayes (el cura) tenía la debilidad de
convertir el confesonario en escuela de seducción. De Pas había querido
echar todo el peso de la censura eclesiástica y las más severas penas
sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario había
consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el
párroco montañés, prometiendo que, si advertía en él verdadero
arrepentimiento, se contentaría con un castigo de carácter reservado,
que en nada perjudicaría la fama del clérigo, gran elector, y muy buen
partidario de la causa óptima.

--¿Qué hay?--repitió el Magistral, sonriendo por máquina al notario.
Peláez señaló a su compañero, que era un buen mozo, moreno, de cejas
muy pobladas, ceño adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego,
boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez.
Parecía todo él tiznado, y no lo estaba; tenía tanto de carbonero como
de cura; aquel matiz de las púas negras entre la carne amoratada de las
mejillas se hubiera creído que le cubría todo el cuerpo. Nunca se había
visto enfrente del Provisor, a quien temía por los rayos que manejaba,
pero nada más hasta el punto que un gigantón salvaje puede temer a quien
puede aplastar, en último caso, de una puñada. Notó don Fermín que
Contracayes estaba más aturdido que atemorizado. Saludó el cura con un
gruñido, y el Provisor no contestó siquiera.

El notario se volvió todo mieles; se sentó de soslayo en una silla para
dar a entender al cura que estaba allí como en su casa; hablaba con el
lenguaje más familiar posible, sin pecar de irreverente; se permitía
bromitas y estuvo a punto de declarar que el pecado de solicitación no
era de los más feos y que se podría echar tierra fácilmente al asunto. Y
como el Magistral arrugase el ceño, Peláez mudó de conversación y habló
con falso aturdimiento de las últimas elecciones y hasta aludió a las
hazañas de cierto cura de la montaña que conocía él, que había metido el
resuello en el cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes
sonrió como un oso que supiera hacerlo.

El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes
que tendría aquel salvaje.... Hubo un momento de silencio. No se había
hablado palabra del _negocio_ y hasta el mismo Peláez comprendió que
había que abordar la _cuestión espinosa_. Don Fermín, recordando de
repente su mal humor, sus contratiempos del día, se puso en pie y
encarándose con el párroco--que también se levantó como si fueran a
atacarle--dijo con voz áspera:

--Señor mío, estoy enterado de todo, y tengo el disgusto de decirle que
su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio Tridentino considera el
delito que usted ha cometido, como semejante al de herejía. No sé si
usted sabrá que la Constitución _Universi Domini_ de 1622, dada por la
santidad de Gregorio XV le llama a usted y a otro como usted execrables
traidores, y la pena que señala al crimen de solicitar _ad turpia_ a las
penitentes, es severísima; y manda además que sea usted degradado y
entregado al brazo secular.

El párroco abrió los ojos mucho y miró espantado al notario, que, a
espaldas de don Fermín, le guiñó un ojo.

--Benedicto XIV--continuó el Magistral--confirmó respecto de los
solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio XV... y, en fin,
por donde quiera que se mire el asunto está usted perdido....

--Yo creía...--¡Creía usted mal, señor mío! Y si usted duda de mi
palabra, ahí tiene usted en ese estante a Giraldi «_Expositio juris
Pontificii_ que en el tomo II, parte 1.º, trata la cuestión con gran
copia de datos...».

El señor Peláez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, que nunca
era más erudito que al echar la zarpa sobre una víctima.

--Señor--se atrevió a decir Contracayes, algo amostazado y perdiendo
mucha parte del miedo--; con la palabra de V. S. tengo ya bastante, y no
es de los sagrados cánones de lo que me quejo, sino de mi mala suerte
que me hizo resbalar y caer donde otros muchos, muchísimos que conozco
resbalan pero no caen.

El Magistral se volvió de pronto, como si le hubiesen mordido en la
espalda.

--¡Salga usted de aquí, señor insolente, y no me duerma usted en
Vetusta!...--gritó.

--Pero, señor...--¡Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted
en la cárcel de la corona....

Y el Magistral descargó un puñetazo formidable sobre la mesa-escritorio.

--¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas!--gritó Contracayes,
no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, que no había
previsto aquel choque de dos malos genios.

--Pero, señores, calma...--¡Fuera de aquí, so tunante!--gritó el
Magistral terciando el manteo, descomponiéndose contra su
costumbre...--. ¡Desgraciado de ti! Date por perdido, mal clérigo....

--¿Pero yo qué he dicho, señor?--exclamó el párroco, que se asustó un
poco ante la actitud de aquel hombre, en quien reconocía la superioridad
moral de un Júpiter eclesiástico.

En cuanto conoció que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando el
oleaje de su cólera; y al fin, pálido, pero con voz ya serena:

--Salga usted--dijo señalando a la puerta--, salga usted... libre por
ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con
alma viviente de lo ocurrido aquí... y en cuanto a su crimen execrable,
yo me entenderé, sin necesidad de ver a usted, con el señor Peláez, y él
le comunicará lo que resolvamos.

El clérigo quiso humillarse, pedir perdón....

--Salga usted inmediatamente. Salió. Peláez temblando y lívido se
atrevió a decir:

--¡Cuánto siento!... señor Magistral....

--No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal día. Estoy nervioso.
Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no conté con mi
mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la ira....

--¡Oh, no, eso no! él sí que es un animal, un salvaje....

--Sí, es un salvaje... pero por lo mismo debí tratarle de otro modo.

--Lo que yo no perdono es el disgusto....

--Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribón... otro día. Hoy no
puedo... hoy... me sería imposible prometer a usted suavizar los rigores
de la ley que está terminante.

--Sí, ya sé... pero, como nunca se aplica....

--Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. En
fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo....

Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dejó
que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergüenza...

«¡Qué degradación!» pensó; y se puso a dar paseos por el despacho, como
una fiera en su jaula.

Cuando se sintió más sereno, tocó un timbre. Entró un joven alto,
tonsurado, pálido y triste, tísico probablemente. Era un primo del
Magistral que hacía allí veces de secretario.

--¿Qué habéis oído?

--Voces; nada.--El cura de Contracayes, que es un salvaje....

--Sí, ya sé...--¿Qué hay?--Nada urgente.--¿De modo que puedo irme? No
me necesitáis....

--No; hoy no.--Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no estoy
para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dejé el
despacho tan pronto... creerá que estoy enfermo....

--Sí, sí, eso sí.

--¡Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de Páez, ¿vino ya?

--Sí.--¿Está corriente, puedo llevármela ahora?

--Ahí la tienes, en ese cartapacio.

--¿Va en regla todo? ¿Podrá doblar el coadjutor de Parves?...

--Todo va en regla.--Aquí veo una tarjeta de don Saturno Bermúdez. ¿A
qué vino?

--A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el cura
de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le ha
hecho decir don Saturno....

--Y que no le quiere pagar.--Es su costumbre. Está empeñado con todo el
clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió con
violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus
_ingleses_.

--El cura de Tamaza es un vocinglero....

--Pero pide lo que le deben...--Pero no se puede hacer nada....
¿Quieres tú que yo me ponga de punta con el obispillo de levita?

--Eso no. Lo pagaríamos en el _Lábaro_ que él inspira y que ahora te
trata bien. A propósito de periódicos; ayer venía en «_La Caridad_» de
Madrid, una correspondencia de Vetusta, y, mucho me engaño, o en ella
andaba la mano de Glocester.

--¿Qué decía?--Tontunas, que los carlistas estaban enseñoreados de
algunas diócesis en que, contra el derecho, eran vicarios generales los
que no podían serlo, sino interinamente y por gracia especial; pero que
por ciertos servicios a la causa del Pretendiente, los superiores
jerárquicos hacían la vista gorda.

--De modo, ¿que yo no puedo ser vicario general?

--Por lo visto no; porque entre los casos de excepción citan «los
prebendados de oficio» y traen a cuento no sé qué disposiciones de los
Papas....

--Sí, ya sé; un Breve de Paulo V y dos o tres de Gregorio XV.
¡Majaderos! Y milagro será que no vengan también con lo de «ser natural
de la diócesis». ¡Idiotas! ¡Qué poco sentido práctico tienen esos falsos
católicos!... Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho;
esas agudezas romas son de él. ¡Puf! ¡qué enemigos, Señor, qué enemigos!
¡bestias, nada más que bestias!

El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel
ambiente de necedad....

Quiso marcharse, sin ver a ningún clérigo ni seglar de los que esperaban
en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo defenderse de
las invasiones; el señor Carraspique asomó las narices por una puerta....

--¿Se puede? «¡Era Carraspique!». Adelante, hubo que decir.

Venía a recomendar el pronto despacho de una expedición a la agencia de
Preces; y algunos asuntos de capellanías....

Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El
Magistral, distraído, se aventuró a pasar del despacho a la oficina y
allí se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy
afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo
parecía. La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos;
era grande, fría, sucia; el mobiliario indecoroso, y tenía un olor de
sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los
empleados tenían la palidez de la abstinencia y la contemplación, pero
producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, sórdido y
malsano, complicado aquí con la ictericia de los rapavelas.

Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que
hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en pedir algo con temor
de un desaire; los empleados, más tranquilos, fumaban o escribían,
contestaban con monosílabos, y a veces no contestaban. Era una oficina
como otra cualquiera con algo menos de malos modos y un poco más de
hipocresía impasible y cruel.

Cuando entró el Provisor, disminuyó el ruido; los más se volvieron a él,
pero el _jefe_ se contentó con poner una mano delante de la cara como
rechazando a todos los importunos y se fue a una mesa a preguntar por un
expediente de mansos. «Lo que él decía; en las oficinas de Hacienda
pública no daban razón; los expedientes de mansos dormían el sueño
eterno, cubiertos de polvo».

El señor Carraspique daba pataditas en el suelo.

--¡Estos liberales!--murmuraba cerca del Magistral.

--¡Qué Restauración ni qué niño muerto! Son los mismos perros con
distintos collares....

--El Estado se burla de la Iglesia, sí señor, eso es evidente, no hay
concordato que valga; todo se promete, y no se hace nada....

Dos curas se acercaron humildemente al Magistral.... Eran de la aldea;
también ellos querían saber si los expedientes de mansos....

--Nada, nada, señores, ya lo oyen ustedes--dijo el Provisor en voz alta,
para que se enterasen todos los presentes y no le aburrieran más--en las
oficinas del gobierno civil dicen que se resolverán los expedientes uno
a uno, porque no hay criterio general aplicable, es decir, que no se
resolverán nunca los expedientes dichosos....

De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las
fatigas canónico-burocráticas: sin pensarlo, contra su propósito, se
encenagó como todos los días en las complicadas cuestiones de su
gobierno eclesiástico, mezcladas hasta lo más íntimo con sus propios
intereses y los de su señora madre; con cien nombres de la disciplina,
muchos de los cuales significaban en la primitiva Iglesia poéticos,
puros objetos del culto y del sacerdocio, se disfrazaba allí la eterna
cuestión del dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato,
congruas, capellanías, estola, pie de altar, licencias, dispensas,
derechos, cuartas parroquiales... y otras muchas docenas de palabras
iban y venían, se combinaban, repetían y suplían, y en el fondo siempre
sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba
agarrado a todo. Nunca había puesto los pies allí doña Paula, pero su
espíritu parecía presidir el mercado singular de la curia eclesiástica.
Ella era el general invisible que dirigía aquellas cotidianas batallas;
el Magistral era su instrumento inteligente.

Como todos los días, se presentaron aquella mañana cuestiones turbias
que el Provisor acostumbraba resolver como por máquina, con el criterio
de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la más correcta forma, con
pulcritud aparente exquisita. Más de una vez, sin embargo, al resolver
una injusticia, un despojo, una crueldad útil, vaciló su ánimo (estaba
nervioso, no sabía qué hierba había pisado), pero el recuerdo de su
madre por un lado, la presencia de aquellos testigos ordinarios de su
frescura, de su habilidad y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza
de la inercia, la costumbre, le mantenían en su puesto; fue el de
siempre, resolvió como siempre, y nadie tuvo allí que pensar si el
Provisor se habría vuelto loco, ni él necesitó inventar cuentos para
engañar a su madre. «Doña Paula podía estar satisfecha de su hijo; de su
hijo; no del soñador necio y casquivano que aquella mañana se turbaba al
leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por qué al ver un
sol esplendoroso en un cielo diáfano. ¡El sol, el cielo! ¿qué le
importaban al Vicario general de Vetusta? ¿No era él un curial que se
hacía millonario para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con
la codicia la sed de ambiciones fallidas?».

«Sí, sí; eso era él; y no había que hacerse ilusiones, ni buscar nueva
manera de vivir. Debía estar satisfecho y lo estaba».

--«¡Hora y media en la oficina!--se dijo al salir del palacio, entre
avergonzado y contento--; ¡y él que creía no haber pasado allí veinte
minutos!».

Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró
con fuerza... se le figuraba aquel día, que salir de Palacio era salir
de una cueva. De tanto hablar allá dentro, tenía la boca seca y amarga
y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se encontraba un aire de
monedero falso. Se apresuró a dejar la plazuela que cubría de sombra la
parda catedral... huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus
resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su
hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro
encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle
del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre
anchas losas. El manteo del Magistral las atraía, las arrastraba por la
piedra en pos de sí con un ruido de marejada rítmico y gárrulo.

Allí se veía ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta del Corfín,
azulada también. Aquello era la alegría, la vida. «¡Capellanías, bulas,
medias annatas, reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el
hermoso mundo con todo eso? ¿Sabía aquel gigante de piedra, el Corfín
grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si la había de
preces, ni por qué costaba dinero el sacar licencias de cualquier
cosa?».

Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y
siniestro, asustado con que se le ocurrieran a él estos pensamientos de
bucólica religiosa. Precisamente siempre había sido enemigo de las
Arcadias eclesiásticas y profesaba una especie de positivismo prosaico
respecto de las necesidades temporales de la Iglesia. ¿Estaría enfermo?
¿Se iría a volver loco? Sin poder él remediarlo, mientras el aire
fresco--el viento había cambiado del mediodía al noroeste--le llenaba
los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin hacer caso de
observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se había plantado en
los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se veía con una cesta
debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el
Espolón las ricas frutas que Páez, don Frutos Redondo y demás
_Vespucios_ de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos
jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrás de verjas
doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de
los pájaros.

El hotel de Páez era el primero de los seis que adornaban la calle
Principal, flanqueándola por la parte del Sur. Era un gran cubo que
parecía una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en la
provincia de Vetusta, recuerdo, según dicen, de la defensa contra los
Normandos.

El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar
estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la
«_elegancia sólida_ consistía en fabricar muros muy espesos, en
desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos _ciclopios_», según su
incorrecta expresión. En lo más alto del frontispicio había en vez de un
escudo, que el señor Páez no tenía, un gran semicírculo de jaspe negro y
en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: _1868_, que no
indicaba más que la fecha de la construcción ciclópea. En las esquinas
del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo, sendas águilas
de hierro pintadas de verde probaban a levantar el vuelo. Aquellas
águilas, según el señor Páez, hacían juego con otras dos bordadas en la
alfombra de su despacho. No era el bueno de don Francisco el más rico
americano de la Colonia; algunos millones más tenía don Frutos, pero al
_Vespucio_ de las Águilas «ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía
el pie delante tocante al rumbo» y él era el único vetustense que hacía
visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien
a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud,
corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la
Corte.

Veinticinco años había pasado Páez en Cuba sin oír misa, y el único
libro religioso que trajo de América fue el _Evangelio del pueblo_ del
señor Henao y Muñoz; no porque fuese Páez demócrata, ¡Dios le librase!
sino porque le gustaba mucho el estilo cortado. Creía firmemente que
Dios era una invención de los curas; por lo menos en la Isla no había
Dios. Algunos años pasó en Vetusta sin modificar estas ideas, aunque
guardándose de publicarlas; pero poco a poco entre su hija y el
Magistral le fueron convenciendo de que la religión era un freno para el
socialismo y una señal infalible de buen tono. Al cabo llegó Páez a ser
el más ferviente partidario de la religión de sus mayores.
«Indudablemente, decía, la Metrópoli debe ser religiosa». Y se hizo
religioso; daba todo el dinero que se le pedía para el culto, y si
muchas veces al disparatar lo hacía en menoscabo del dogma, siempre
estaba dispuesto a retractarse y a cambiar aquel dislate por otro
inofensivo.

Por dos brechas había logrado entrar la religión, en forma de Magistral,
en la fortaleza de aquel espíritu libre-pensador y berroqueño: los dos
flacos de Páez eran el amor a su hija y la manía del buen tono.

Decía Olvido con voz aguda y en tono de reprensión:

--«Papá, eso es cursi»; y don Francisco abominaba de aquello que antes
le pareciera excelente.

El Magistral dominaba por completo a Olvidito y Olvido mandaba en su
papá por la fuerza del cariño y por su conocimiento de lo que llamaban
allí buen tono.

Olvido era una joven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y orgullosos;
no tenía madre y hacía la vida de un idolillo próximamente, suponiendo
actividad y conciencia en el ídolo. La servían negros y negras y un
blanco, su padre, el esclavo más fiel. Ni un capricho había dejado de
satisfacer en su vida la niña. A los dieciocho años se le ocurrió que
quería ser desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por
inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía en
figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie podía
quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una
desgracia muy grande efectivamente. Cuantos jóvenes elegantes, de buena
posición, nobles o de talento relativo, se atrevieron a declararse a
Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se había jurado dar a
todos con una fórmula invariable. «El amor no era su lote»; no creía en
el amor. Poco a poco se fue apoderando de su ánimo aquella farsa
inventada por ella y tomó la niña en serio su papel de reina Midas;
renunció al amor, antes de conocerlo, y se dedicó al lujo con toda el
alma. Amó el arte por el arte: ella era la que más riqueza ostentaba en
paseos, bailes y teatro; llegó a ser para Olvido una religión el traje.
No lucía dos veces uno mismo. Llegaba tarde al paseo, daba tres o cuatro
vueltas, y cuando ya se sentía bastante envidiada, a casa, sin dignarse
jamás pasar los ojos sobre ningún individuo del sexo fuerte en estado de
merecer. Los vetustenses llegaron a mirarla como un maniquí cargado de
artículos de moda, que sólo divertía a las señoritas. «Era una gran
proporción» en quien no había que pensar.

«Olvido espera un príncipe ruso» era la frase consagrada.

Cuando un incauto forastero se atrevía a probar fortuna, se le llamaba
«el príncipe ruso» por ironía hasta que salía con las manos en la
cabeza.

A la de Páez se le ocurrió después, cansada de no tener en el corazón
más que trapos, hacerse devota. Buscó al Magistral con buenos modos,
como al Magistral le gustaba que le buscasen, y lo encontró. Se
entendieron. Para don Fermín aquella muchacha delgada, fría, seca, no
era más que el camino que conducía a don Francisco, que empleaba sus
millones en comprar influencia. Pero Olvido tuvo la mala ocurrencia de
enamorarse místicamente (así se decía ella) del Magistral. Este se hizo
el desentendido, aprovechó aquella nueva necedad de la niña para ganar
al padre cuanto antes, y como no vio ningún peligro para nadie en la
pasión imaginaria de la americanilla antojadiza, no la apartó de su
lado, como había hecho con otras mujeres menos tímidas y más temibles
para la carne. De Pas tenía un proyecto: casar a Olvido con quien él
quisiera; creía poder conseguirlo; pero aún no había candidato; aquella
proporción debía ser el premio de algún servicio muy grande que se le
hiciera a él, no sabía cuándo ni en qué necesidad fuerte.

Aquella mañana se le recibió en el _hotel--Páez_ como siempre, bajo
palio, según la frase de don Francisco.

Pisando aquellas alfombras, viéndose en aquellos espejos tan grandes
como las puertas, hundiendo el cuerpo, voluptuosamente, en aquellas
blanduras del lujo cómodo, ostentoso, francamente loco, pródigo y
deslumbrador, el Magistral se sentía trasladado a regiones que creía
adecuadas a su gran espíritu; él, lo pensaba con orgullo, había nacido
para aquello; pero su madre codiciosa, la fortuna propia insuficiente
para tanto esplendor, el estado eclesiástico, la necesidad de aparentar
modestia y casi estrechez, le tenían alejado del ambiente natural... que
era aquel.... El Magistral al entrar en estos salones y gabinetes
suavizaba más sus modales suaves y con fácil elegancia, manejaba el
manteo y plegaba la sotana y movía manos, ojos y cuello con una
distinción profana que no llegaba nunca a la desfachatez del cura que
reniega del pudor de los hábitos al pisar los palacios del gran mundo...
o sus sucedáneos. De Pas nunca dejaba de ser el Magistral; pero
demostraba, sin más que moverse, sonreír o mirar, que el prebendado, sin
dejar de serio, podía ser hombre de sociedad como cualquiera. Uníase
esta gracia a las cualidades físicas de que estaba adornado, a su fama
de hombre elocuente, de gran influencia y de talento, y, como decía la
marquesa de Vegallana, «era un cura muy presentable».

Don Francisco Páez y su hija suplicaron a don Fermín que comiera con
ellos; no tenían a nadie, sería una comida de familia... los tres solos.

--¡Los tres solos!--decía Olvido dejando de ser sorbete por un momento.

El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de
terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con
gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo:
_no_ con el gesto... con cierta coquetería _epicena_.

--¡Anda, papá! sujétale--decía Olvido con voz suplicante, arrastrando
las sílabas que parecían salir de la nariz.

--Imposible.--Es muy terco, hija, déjale... no quiere que le
agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa
para don Anselmo.

--Agradézcaselo usted a Su Santidad.

--Sí, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta gracia....

El Magistral sonreía, dispuesto a escapar si querían asirle.

--Pero, vamos a ver, una razón, dé usted una razón--gritó Olvido, otra
vez restituida a su natural frigorífico.

El Magistral se puso un poco encarnado.

Tuvo que mentir.--Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres
días; no puedo faltar, sería un desaire... ya sabe usted lo que son
estos pueblos... qué dirían....

No había tal cosa. Nadie le había convidado a comer. Le esperaba su
madre como todos los días.

Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espontáneo y cordial,
que en cualquier otra ocasión le hubiera halagado, obedecía a un
presentimiento. No sabía por qué se le figuraba que le iban a convidar
en casa de Vegallana, última visita que pensaba hacer. ¿Por qué le
habían de convidar? Además allá comían a la francesa, aunque doña Rufina
solía cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas
suertes, los días de Paquito Vegallana no solían celebrarlos con
_gaudeamus_, ni él estaba invitado ni... con todo... dejó aquella visita
para última hora. Y ¿por qué había de preferir la mesa de los marqueses
a la de Páez, no menos espléndida? Aunque quiso rehuir la contestación a
esta pregunta capciosa, la conciencia se la dio como un estallido en los
oídos, antes que pudiera él preparar una mentira. «Es que la Regenta
come a veces con los marqueses, especialmente en días como este, porque
a ella la miran como una de la familia».

«¿Y qué le importaba a él ni la familia, ni la Regenta, ni la comida de
los marqueses?».

Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata,
el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entró por los
pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos, atravesó la de
Recoletos y llegó a la de la Rúa, y al portero del marqués de Vegallana,
que era un enano vestido con librea caprichosa, le preguntó con voz
temblorosa:

--¿Está el señorito?

En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito y sonaban
dentro carcajadas. El Magistral reconoció la voz de Visita que gritaba:

--¡Pues no señor! no son azules....

--Sí, señora, azules con listas blancas--respondía Paco, batiendo
palmas.

--¿A que no? ¿a que no?

--Tonta, tonta--decía otra voz más suave desde una ventana del primer
piso--no le creas; si no se ha visto nada... si estaba yo más abajo y no
vi nada....

Esta voz era la de Ana Ozores. Al Magistral le zumbaron los oídos... y
entró en el patio.



--XIII--


El sol entraba en el salón amarillo y en el gabinete de la Marquesa por
los anchos balcones abiertos de par en par; estaba convidado también,
así como el vientecillo indiscreto que movía los flecos de los
guardamalletas de raso, los cristales prismáticos de las arañas, y las
hojas de los libros y periódicos esparcidos por el centro de la sala y
las consolas. Si entraban raudales de luz y aire fresco, salían
corrientes de alegría, carcajadas que iban a perder sus resonancias por
las calles solitarias de la Encimada, ruido de faldas, de enaguas
almidonadas, de manteos crujientes, de sillas traídas y llevadas, de
abanicos que aletean.... Lo mejor de Vetusta llenaba el salón y el
gabinete. Doña Rufina vestida de azul eléctrico, empolvada la cabeza que
adornaban flores naturales que parecían, sin que se supiera por qué, de
trapo, doña Rufina reinaba y no gobernaba en aquella sociedad tan de su
gusto, donde canónigos reían, aristócratas fatuos hacían el pavo real,
muchachuelas coqueteaban, jamonas lucían carne blanca y fuerte,
diputados provinciales salvaban la comarca, y elegantes de la legua
imitaban las amaneradas formas de sus congéneres de Madrid.

La Marquesa tendida en una silla larga, forrada de satén, estaba en la
galería de su gabinete respirando con delicia el aire fresco de la
calle. Se disputaba a gritos. Cerca de ella, triunfante, en pie, con un
abanico de nácar en la mano derecha, dándose aire voluptuosamente,
ostentaba Glocester su buena figura torcida. Con la mano izquierda
sujetaba, como con un clavo romano, los pliegues del manteo, que caía
con gracia camino del suelo, deteniéndose en brillante montón de tela
negra sobre la falda de color cereza de la siempre llamativa Obdulia
Fandiño; quien a los pies de la Marquesa y a los pies del Arcediano,
sentada en un taburete histórico (robado al salón arqueológico del
Marqués) se inclinaba más graciosa que recatada y honesta sobre el
regazo de su noble amiga. Estas tres personas formaban grupo en el
balcón de galería, y desde el gabinete, sentados aquí y allá, y algunos
en pie, oían a Glocester tres canónigos más, el capellán de la casa, don
Aniceto, tres damas nobles, la gobernadora civil, Joaquinito Orgaz, y
otros dos pollos vetustenses, de los que estudiaban en la Corte.

Se discutía a gritos, entre carcajadas, con chistes repetidos de
generación en generación y de pueblo en pueblo, y con frases hechas
inveteradas, si la mujer puede servir a Dios lo mismo en el siglo que en
el claustro; y si se necesita más virtud para atreverse a resistir las
tentaciones que asedian en el mundo a una buena madre y fiel esposa, que
para encerrarse en un convento.

Todas las señoras menos una, alta, gruesa y vestida con hábito del
Carmen (una señora que parecía un fraile) sostenían que tiene más
mérito la buena casada del siglo que la esposa de Jesús.

La gobernadora se exaltaba; accionaba con el abanico cerrado sobre su
cabeza y llamaba _señor mío_ al Arcediano.

Glocester defendía el claustro, pero batiéndose en retirada por
galantería, sonriendo y abanicándose.

En el salón se hablaba de política local. Gran conflicto habían creado
al Gobierno, en opinión de todos los del corro, el alcalde presidente
del Ayuntamiento y la viuda del marqués de Corujedo exigiendo el mismo
estanquillo, el importante estanquillo del Espolón para sus respectivos
recomendados.

El jefe económico había dicho que allá el gobernador; lo estaba
refiriendo él a los presentes. El gobernador había consultado al
Gobierno por telégrafo (lo acababa de decir la gobernadora), y el
Gobierno tenía que decidir entre desairar a la dama conservadora que
disponía de más votos en Vetusta o a uno de los más firmes apoyos de la
causa del orden, que era el señor alcalde.

Los pareceres se dividían. El marqués de Vegallana y Ripamilán, que
estaban en medio del grupo, volviéndose a todos lados, opinaban que
_ellos gobierno_, darían el estanco a la viuda. «¡Primero que todo eran
las señoras!».

Trabuco, o sea Pepe Ronzal, de la comisión provincial, creía con la
mayoría de los presentes, el jefe económico inclusive, que la razón de
Estado aconsejaba preferir la pretensión del alcalde, aunque este, según
malas lenguas, quería el estanco para una su ex-concubina.

--¡Ya ven ustedes, eso es un escándalo!--decía el Marqués, que tenía
todos sus hijos ilegítimos en la aldea--; ese hombre no sabe
recatarse....

--Yo paso por eso--decía el Arcipreste--; lo malo no es que él quiera
pagar deudas sagradas, lo malo es haberlas contraído.... ¡Pero la otra
es una dama!...

Mientras en el salón y en el gabinete se discutía así y de otras muchas
maneras, por las habitaciones interiores del primer piso, por el
comedor, por los pasillos, por la escalera que conducía al patio y a la
huerta, corrían alegres, revoltosos, Paco Vegallana, que celebraba sus
días, Visitación, Edelmira, sobrina de la Marquesa (una niña de quince
años que parecía de veinte), don Saturnino Bermúdez y el señor de
Quintanar; la Regenta y don Álvaro Mesía presenciaban los juegos
inocentes de los otros desde una ventana del comedor que daba al patio.

Quintanar le había pedido a Paco un batín para reemplazar la levita de
tricot que se le enredaba en las piernas. El batín le venía ancho y
corto. Era de alpaca muy clara.

El Magistral se encontró en la escalera con Visitación y Quintanar que
buscaban por los rincones la petaca del ex-regente que Edelmira y Paco
habían escondido. Don Saturnino Bermúdez, pálido y ojeroso, con una
sonrisa cortés que le llegaba de oreja a oreja, venía detrás, solo,
también hecho un loquillo de la manera más desgraciada del mundo. Daba
tristeza verle divertirse, saltar, imitar la alegría bulliciosa de los
otros. Pero, amigo, era su obligación: era pariente, era de los íntimos
de la casa, de los que se quedaban a comer, y necesitaba hacer lo que
los demás, correr, alborotar, y hasta dar pellizcos a las señoras, si a
mano venía. Siempre se quedaba solo; si quería decir algo a la Regenta,
a Visitación o a Edelmira, le dejaban las damas con la palabra en la
boca, sin poder remediarlo, distraídas. No era falta de educación, sino
que los párrafos de Bermúdez eran tan complicados, constaban de tantos
incisos y colones, que oírle uno entero sería obra de regla. Cuando vio
al Magistral vio el cielo abierto; ya tenía pretexto para volver a ser
formal. Le saludó con la finura «que le era característica» y se dispuso
a acompañarle al salón. Paco le había saludado de lejos, deprisa y mal,
porque en aquel momento huía con la petaca de Quintanar a esconderla en
la huerta, seguido de Edelmira, su más rolliza y vivaracha y colorada
prima.

--Es loco ese chico, cuando se pone a enredar--dijo Bermúdez disculpando
a su pariente, y como recibiendo en calidad de deudo de los marqueses al
señor Magistral.

Don Fermín miró de soslayo a la Regenta y a don Álvaro que hablaban en
la ventana del comedor. Hizo como que no los veía, y con un poco de
fuego en las mejillas, se dejó llevar por don Saturnino hasta el salón.

Los señores graves le recibieron con las más lisonjeras muestras de
respeto y estimación.

--¡Oh, señor Magistral!--¡Oh cuánto bueno!--Aquí está el Antonelli de
Vetusta.

El Marqués le dio un abrazo que envidió un cura pequeño, paniaguado de
la casa.

Ripamilán estrechó la mano de don Fermín con cariño efusivo; y juntos
pasaron al gabinete.

Los tres canónigos se levantaron; la señora que parecía un fraile sonrió
satisfecha y murmuró:

--¡Ah, señor Provisor!...

--Gracias a Dios, señor perdido...--gritó la Marquesa incorporándose un
poco y alargando una mano, que desde lejos, y gracias a su buena
estatura, pudo estrechar el Magistral con gallardía, haciendo un arco
sobre el cuerpo gentil, color cereza, de Obdulia, que desde allá abajo
parecía querer tragar al buen mozo en los abismos de los grandes ojos
negros.--El Arcediano se quedó con el abanico abierto, inmóvil, como
aspa de molino sin aire. Comprendió de repente que acababa de ser
desbancado; de papel principal se convertía en partiquino. En efecto, su
discurso, que escuchaban con deleite curas y damas, se ahogó sin que
nadie lo echase de menos. Glocester se sintió eclipsado de tal modo, que
hasta creyó tener frío, como si de pronto se hubiera escondido el sol.

«Siempre sucedía lo mismo; había motivo para aborrecer a aquel hombre».
Sin embargo, Mourelo, a fuer de canónigo de mundo, ocultó una vez más
sus sentimientos y tendió la mano a su enemigo, acompañando la acción
con una catarata de gritos guturales con que significaba su inmensa
alegría.

--¡Hola, hola, hola!...--y daba palmaditas en el hombro al otro.

El Magistral no pudo saborear tranquilamente aquel triunfo vulgar,
ordinario, porque sin querer pensaba en el grupo de la ventana del
comedor. Mientras respondía con modestia y discreción a todos aquellos
amigos, su imaginación estaba fuera.

Pasaban minutos y minutos y los del comedor no venían.

«¿Comería en casa de la Marquesa, Anita? Entonces no iría a reconciliar
aquella tarde, como rezaba su carta...».

La aparente cordialidad y la alegría expansiva de todos los presentes,
ocultaban un fondo de rencores y envidias. Aquellas señoras, clérigos y
caballeros particulares estaban divididos en dos bandos enemigos en
aquel instante; el bando de los envidiados y el de los envidiosos; el de
los convidados a comer, que eran pocos, y el de los no convidados.
Aunque se hablaba tanto de tantas cosas, la idea que preocupaba a todos
era la del convite. No se aludía a él y no se pensaba en otra cosa.
Empezaron las despedidas, y los que se iban disimulaban el despecho,
cierta vergüenza; se creían humillados, casi en ridículo. Muchacho había
que saludaba torpemente y salía como corrido. Las señoras eran las que
peor fingían tranquilidad e indiferencia. Algunas salían ruborizadas.
Glocester era de los que no estaban convidados. La duda que le
mortificaba era esta: «¿Y él? ¿estaba convidado De Pas?». No lo sabía, y
no quería marcharse sin averiguarlo. Como pasaba el tiempo, y ya
gabinete y salón quedaban poco a poco despejados, el Magistral creyó que
debía irse. Se acercó a la Marquesa, pero no tuvo valor para despedirse
y le habló de cualquier cosa. En aquel momento entró Visitación en el
gabinete, echando fuego por ojos y mejillas, habló aparte, y «con
permiso de aquellos señores» a la Marquesa y a Obdulia: las tres
rodearon al Magistral y con permiso de los señores--que ya no eran más
que el Arcediano y dos pollos vetustenses insignificantes--, tuvieron
con él un conciliábulo en que hubo risas, protestas del Magistral,
mimosas y elegantes en los gestos que las acompañaban. En los murmullos
de las damas había súplicas en quejidos, coqueterías sin sexo, otras con
él, aunque honestamente señaladas; Glocester, que fingía atender a lo
que le decían los pollos insulsos, devoraba con el rabillo del ojo a
los del grupo. «No cabía duda, le estaban suplicando que se quedase a
comer». Terminó el conciliábulo, salieron Obdulia y Visitación,
corriendo, alborotando, haciendo alarde de la confianza con que trataban
a los marqueses, y los jóvenes se despidieron. Quedaban en el gabinete
la Marquesa, el Magistral y Glocester. Hubo un momento de silencio. El
Arcediano se dio un minuto de prórroga para ver si el otro se despedía
también. En el salón se oyó la voz de algunos que decían adiós al
Marqués... ya no quedaban en la casa más que los convidados....
Glocester, sacando fuerzas de flaqueza, se levantó, tendió la mano a
doña Rufina, y salió diciendo chistes, haciendo venias y prodigando
risas falsas. Iba ciego; ciego de vergüenza y de ira. «¡Convidar al
otro... a un prebendado de oficio... y desairarle a él... que era
dignidad! ¡Siempre el enemigo triunfante!... Pero ya las pagaría todas
juntas».

En el portal, mientras se echaba el manteo al hombro (y eso que hacía
calor) pensó esta frase: «¡esta señora Marquesa es una...
trotaconventos, es una Celestina!... ¡Se quiere perder a esa joven! ¡Se
quiere _metérselo_ por los ojos!...». Y salió a la calle pensando
atrocidades y buscando fórmula _decorosa_ para comunicar al prójimo lo
que pensaba.

Los convidados eran: Quintanar y señora, Obdulia Fandiño, Visitación,
doña Petronila Rianzares (la señora que parecía un fraile), Ripamilán,
Álvaro Mesía, Saturnino Bermúdez, Joaquín Orgaz, y a última hora el
Magistral con algunos otros vetustenses ilustres, v. gr., el médico
Somoza. Edelmira se cuenta como de la casa, pues en ella era huésped.

Otros años no se celebraban de esta manera los días de Paco; los
celebraba él fuera de casa. Pero esta vez se había improvisado aquella
fiesta de confianza y se comía a la española, por excepción, para
visitar por la tarde, en los coches de la casa, la quinta del Vivero,
donde el Marqués tenía un palacio rodeado de grandes bosques y una
fábrica de curtidos, montada a la antigua. Se trataba de ir a ver los
perros de caza y uno del monte de San Bernardo que Paco había comprado
días antes. Eran su orgullo. Después de las mujeres venales, el
Marquesito adoraba los animales mansos, sobre todo perros y caballos.

Lo de convidar al Magistral había sido un _complot_ entre Quintanar,
Paco y Visitación. La idea se debía a la del Banco. Era una broma que
quería darle a Mesía; quería ver al confesor y al diablo, al tentador,
uno en frente de otro. A Quintanar se le dijo que se convidaba a De Pas
para ver a Obdulia coquetear con el clérigo, y al pobre Bermúdez,
enamorado de la viuda, rabiar en silencio. A Quintanar le pareció bien
la ocurrencia, pero dijo «que él se lavaba las manos, por lo que había
de irreverente en el propósito; a pesar de que ya se sabía que él
consideraba a los curas tan hombres como los demás».

--Por otra parte--añadió el ex-regente--me alegro de que don Fermín coma
con nosotros, porque de este modo se le quitará a mi mujer la idea
empecatada de ir a reconciliar esta tarde.... Quiero que se acostumbre a
ver a su nuevo confesor de cerca, para que se convenza de que es un
hombre como los demás.... Eso es... y salvo el respeto debido... a ver si
ustedes me lo emborrachan....

Paco no quería perjudicar a Mesía en sus planes, a los cuales tal vez
obedecía en parte la fiesta de aquel día; pero encontró muy gracioso y
picante el molestar al señor Magistral, si, como Visitación sospechaba,
a este ilustre canónigo le disgustaba ver a la Regenta entregada al
brazo secular de Mesía.

Visitación había dicho a Paco de buenas a primeras, que ella lo sabía
todo, que Álvaro tampoco para ella tenía secretos.

--¿Pero y Ana? ¿Te ha dicho algo?

--¿Ana? En su vida; buena es ella. Pero déjate....

--Por supuesto que no se trata más que de una _cosa_... _espiritual_...

--Ya lo creo... espiritualísima....

--Porque sino, nosotros... no nos prestaríamos... ya ves... el pobre don
Víctor....

--¡Ya se ve!... Bromas, chico, nada más que bromas; pero ya veras como
al Provisor le saben a cuerno quemado (así hablaba Visitación con sus
amigos íntimos.)

--Le consolará Obdulia, que le asedia y le prefiere a don Saturno, al
mitrado y a mi amigo Joaquín.

--Pero él la aborrece... es muy escandalosa... no le gustan así...

--Tú sí que le odias a él....

--Me cargan los hipócritas, chico.... Y oye; a ti te conviene que el
Magistral se quede.

--¿Por qué?--Porque Obdulia te dejará en paz, y podrás cultivar a la
primita.... ¡Oh, eso sí que no te lo perdono! Protejo la inocencia... yo
vigilaré...

--No seas boba... basta que esté en mi casa para que yo la respete....

--¡Ay, ay! qué bueno es eso... mire el señor del respeto... no me
fío....

Edelmira había interrumpido el diálogo y sin más se convino en rogar a
la Marquesa que convidase, con reiteradas súplicas, si era preciso, al
señor Magistral.

Visitación lo arregló todo en un minuto.

Como siempre. Donde ella estaba, nadie hacía nada más que ella. Pasaba
la vida ocupada en su gran pasión de tratar asuntos de los demás, de
chupar golosinas ajenas, y comer fuera de casa. Allá quedaba el modesto
marido, el humilde empleado del Banco, de cuerpo pequeño, de rostro de
ángel envejecido, atusando el bigotillo gris y cuidando de la prole.
Visitación lo exigía así. No había de hacerlo ella todo. ¿Quién guiaba
la casa? ¿Quién la salvaba en los apuros? ¿Quién conjuraba las
cesantías? ¿Quién sorteaba las dificultades del presupuesto? ¿Quién era
allí el gran arbitrista rentístico? Visitación. Pues que la dejasen
divertirse, salir; no parar en casa en todo el día. Además, era mujer de
tal despacho que su ajuar quedaba dispuesto para todo el día, la casa
limpia, la comida preparada antes que en otros lugares se diese un
escobazo y se encendiese lumbre. Algo sucio iba todo, pero ya tranquila
la conciencia, salía a caza de noticias, de chismes, de terrones de
azúcar y de recomendaciones la señora del Banco que estaba en todas
partes y siempre en activo servicio.

Su nueva campaña, la más importante acaso de su vida, la llamaba ella
_para meterle por los ojos a ese_: el dativo que se suplía era Anita.
Quería meterle a don Álvaro por los ojos, y después de la conversación
de la tarde anterior con Mesía, no pensaba en otra cosa. Por la mañana
había ido a casa de Quintanar, quien se paseaba por su despacho en
mangas de camisa, con los tirantes bordados colgando: representaban, en
colores vivos de seda fina, todos los accidentes de la caza de un
ciervo fabuloso de cornamenta inverosímil. Ocupábase don Víctor en
abrochar un botón del cuello; mordía el labio inferior, y estiraba la
cabeza hacia lo alto, como si pidiera ayuda a lo sobrenatural y divino.
Visitación entró en el despacho equivocada....

--¡Ah! usted dispense--dijo--¿estorbo?

--No, hija, no; llega usted a tiempo. Este pícaro botón....

Y mientras le abrochaba, la dama, sin quitarse los guantes, el botón del
cuello, don Víctor comenzó a darle cuenta de sus propósitos irrevocables
de distraer a su mujer....

--Mi programa es este. Y se lo expuso _c_ por _b_.

Visitación lo aprobó en todas sus partes y juntos se fueron al tocador
de Ana, que deprisa y como ocultándose, cerraba en aquel instante la
carta que poco después don Fermín leía delante de su madre.

Casi a viva fuerza habían hecho Visitación y Quintanar que Ana se
vistiera, «como Dios manda», y saliese con ellos. Visita se había
separado en la plaza de la Catedral para ir al asunto de la _Libre
Hermandad_. En casa de Vegallana se volverían a ver. La Marquesa había
escrito muy temprano a los Quintanar convidándoles a comer y
anunciándoles el programa del día. Ana disputó con su marido; quería ir
a reconciliar, se lo había dicho así en una carta al Provisor, no era
cosa de traerle y llevarle.--«¡Nada, nada! Don Víctor estaba dispuesto a
ser inflexible...».

--Reconciliarás, si te encuentras con fuerzas para ello, después de
comer en casa del Marqués; y pronto, para ir en seguida al Vivero....
¡No transijo!

Y se fueron a dar los días a varios Franciscos y Franciscas. A la una y
cuarto estaban en casa del Marqués.

Lo primero que vio Ana fue a don Álvaro.

Tuvo miedo de ponerse encarnada, de que le temblase la voz al contestar
al cortés saludo de Mesía. Miró a su marido, algo asustada, pero
Quintanar estrechaba la mano de don Álvaro con cariñosa efusión. Le era
muy simpático, y aunque se trataban poco, cada vez que se hablaban
estrechaban los lazos de una amistad incipiente que _amenazaba_ ser
íntima y duradera. Don Álvaro tenía para Quintanar el raro mérito de no
ser terco: en Vetusta todos lo eran según el buen aragonés; pero aquel
modelo de caballeros elegantes no insistía en mantener una opinión
descabellada, siempre concluía por darle la razón a Quintanar, quien
decía a espaldas del buen mozo: «¡Si este se fuera a Madrid haría
carrera... con esa figura, y ese aire, y ese talento social!... ¡Oh, ha
de ser un hombre!».

Ana tomó la resolución repentina de dominarse, de tratar a don Álvaro
como a todos, sin reservas sospechosas, pensando que en rigor nada
había, ni podía, ni debía haber entre los dos.

Cuando, pocos minutos después, hábilmente la sitiaba junto a una ventana
del comedor, mientras Víctor iba con Paco a las habitaciones de este a
ponerse el batín ancho y corto, la Regenta necesitó recordar, para
mantenerse fría y serena, que nada serio había habido entre ella y aquel
hombre; que las miradas que podían haberle envalentonado no eran
compromisos de los que echa en cara ningún hombre de mundo. Ana hablaba
de los hombres de mundo por lo que había leído en las novelas; ella no
los había tratado en este terreno de prueba.

Don Álvaro se guardó de aludir al encuentro de la noche anterior; nada
dijo de la escena rápida del parque; pero habló con más confianza; en un
tono familiar que nunca había empleado con ella. Se habían hablado pocas
veces y siempre entre mucha gente. Ana trataba a todo Vetusta, pero con
los hombres siempre habían sido poco íntimas sus relaciones. Sólo Paco y
Frígilis eran amigos de confianza. No era expansiva; su amabilidad
invariable no animaba, contenía. Visita aseguraba que aquel corazoncito
no tenía puerta. Ella no había encontrado la llave, por lo menos.

Don Álvaro habló mucho y bien, con naturalidad y sencillez, procurando
agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos más que por el
brillo y originalidad de las ideas. Se veía claramente que buscaba
simpatía, cordialidad, y que se ofrecía como un hombre de corazón sano,
sin pliegues ni repliegues. Reía con franca jovialidad, abriendo
bastante la boca y enseñando una dentadura perfecta. Ana encontró de muy
buen gusto el sesgo que Mesía daba a su extraña situación. Cuando don
Álvaro callaba, ella volvía a sus miedos; se le figuraba que él también
volvía a pensar en lo que mediaba entre ambos, en la aparición diabólica
de la noche anterior, en el paseo por las calles, y en tantas citas
implícitas, buscadas, indagadas, solicitadas sin saber cómo por él;
cobarde, criminalmente consentidas por ella.

Don Víctor era poco más alto que Ana; don Álvaro tenía que inclinarse
para que su aliento, al hablar, rozase blandamente la cabeza graciosa y
pequeña de la dama. Parecía una sombra protectora, un abrigo, un apoyo;
se estaba bien junto a aquel hombre como una fortaleza. Ana, mientras
oía, con la frente inclinada, mirando las piedras del patio, sólo podía
vislumbrar de soslayo el gabán claro, pulquérrimo del buen mozo. Don
Álvaro al moverse con alguna viveza, dejaba al aire un perfume que Ana
la primera vez que lo sintió reputó delicioso, después temible; un
perfume que debía marear muy pronto; ella no lo conocía, pero debía de
tener algo de tabaco bueno y otras cosas puramente masculinas, pero de
hombre elegante solo. A veces la mano del interlocutor se apoyaba sobre
el antepecho de la ventana; Ana veía, sin poder remediarlo, unos dedos
largos, finos, de cutis blanco, venas azules y uñas pulidas ovaladas y
bien cortadas. Y si bajaba los ojos más, para que el otro no creyese que
le contemplaba las manos, veía el pantalón que caía en graciosa curva
sobre un pie estrecho, largo, calzado con esmero ultra-vetustense. No
podía haber pecado ni cosa parecida en reconocer que todo aquello era
agradable, parecía bien y debía ser así.

Ana oía vagamente los ruidos de la cocina donde Pedro disponía con voces
de mando los preparativos de la comida; el rumor de los surtidores del
patio y las carcajadas y gritos de su marido, de Visita, de Edelmira y
de Paco, que iban y venían por las escaleras, por los corredores, por la
huerta, por toda la casa.

No había visto al Provisor entrar. Visita se acercó a la ventana para
decirle al oído:

--Hijita, si quieres, puedes confesar ahora porque ahí tienes al padre
espiritual... ya comerá contigo.

Ana se estremeció y se separó de Mesía sin mirarle.

--Hola, hola--dijo don Víctor que entraba dando el brazo a la robusta y
colorada Edelmira-mujercita mía, ¿con que se está usted de palique con
ese caballero?...

Pues aquí me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa venganza.

Sólo Edelmira río la gracia, que tenía para ella novedad. Pasaron todos
al salón donde estaban los demás convidados. Obdulia hablaba con el
Magistral y Joaquinito Orgaz; el Marqués discutía con Bermúdez, que
inclinaba la cabeza a la derecha, abría la boca hasta las orejas
sonriendo, y con la mayor cortesía del mundo ponía en duda las
afirmaciones del magnate.

--Sí, señor, yo derribaba San Pedro sin inconveniente y hacía el
mercado....

--¡Oh, por Dios, señor Marqués!... No creo que usted... se atreviera...
sus ideas.

--Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede seguir
al aire libre, a la intemperie.

--Pero San Pedro es un monumento y una gloriosa reliquia.

--Es una ruina.--No tanto.... El Magistral intervino huyendo de Obdulia,
que le asediaba ya, según habían previsto Paco y Visita.

Al entrar en el salón la Regenta, De Pas interrumpió una frase pausada y
elegante, porque no pudo menos, y se inclinó saludando sin gran
confianza.

Detrás de Ana apareció Mesía, que traía la mejilla izquierda algo
encendida y se atusaba el rubio y sedoso bigote. Venía mirando al
frente, como quien ve lo que va pensando y no lo que tiene delante. El
Magistral le alargó la mano que Mesía estrechó mientras decía:

--Señor Magistral, tengo mucho gusto....

Se trataban poco y con mucho cumplido. Ana los vio juntos, los dos
altos, un poco más Mesía, los dos esbeltos y elegantes, cada cual según
su género; más fornido el Magistral, más noble de formas don Álvaro,
más inteligente por gestos y mirada el clérigo, más correcto de
facciones el elegante.

Don Álvaro ya miraba al Provisor con prevención, ya le temía; el
Provisor no sospechaba que don Álvaro pudiera ser el enemigo tentador de
la Regenta; si no le quería bien, era por considerar peligrosa para la
propia la influencia del otro en Vetusta, y porque sabía que sin ser
adversario declarado y boquirroto de la Iglesia, no la estimaba. Cuando
le vio con Anita en la ventana, conversando tan distraídos de los demás,
sintió don Fermín un malestar que fue creciendo mientras tuvo que
esperar su presencia.

Ana le sonrió con dulzura franca y noble y con una humildad pudorosa que
aludía, con el rubor ligero que la mostraba, a los secretos confesados
la tarde anterior. Recordó todo lo que se habían dicho y que había
hablado como con nadie en el mundo con aquel hombre que le había
halagado el oído y el alma con palabras de esperanza y consuelo, con
promesas de luz y de poesía, de vida importante, empleada en algo bueno,
grande y digno de lo que ella sentía dentro de sí, como siendo el fondo
del alma. En los libros algunas veces había leído algo así, pero ¿qué
vetustense sabía hablar de aquel modo? Y era muy diferente leer tan
buenas y bellas ideas, y oírlas de un hombre de carne y hueso, que tenía
en la voz un calor suave y en las letras silbantes música, y miel en
palabras y movimientos. También recordó Ana la carta que pocas horas
antes le había escrito, y este era otro lazo agradable, misterioso, que
hacía cosquillas a su modo. La carta era inocente, podía leerla el mundo
entero; sin embargo, era una carta de que podía hablar a un hombre, que
no era su marido, y que este hombre tenía acaso guardada cerca de su
cuerpo y en la que pensaba tal vez.

No trataba Ana de explicarse cómo esta emoción ligeramente voluptuosa se
compadecía con el claro concepto que tenía de la clase de amistad que
iba naciendo entre ella y el Magistral. Lo que sabía a ciencia cierta
era que en don Fermín estaba la salvación, la promesa de una vida
virtuosa sin aburrimiento, llena de ocupaciones nobles, poéticas, que
exigían esfuerzos, sacrificios, pero que por lo mismo daban dignidad y
grandeza a la existencia muerta, animal, insoportable que Vetusta la
ofreciera hasta el día. Por lo mismo que estaba segura de salvarse de la
tentación francamente criminal de don Álvaro, entregándose a don Fermín,
quería desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos
ojos grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que
de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus
llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse. Si Ana,
asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de
los otros, no encontraba más que el telón de carne blanca que los
cubría, aquellos párpados insignificantes, que ni discreción expresaban
siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza.

Pero al conversar, don Fermín no tenía inconveniente en mirar a las
mujeres; miraba también a la Regenta, porque entonces sus ojos no eran
más que un modo de puntuación de las palabras; allí no había
sentimiento, no había más que inteligencia y ortografía. En silencio y
cara a cara era como él no miraba a las señoras si había testigos.

Don Álvaro vio que mientras la conversación general ocupaba a todos los
convidados, que esperaban en el salón, en pie los más, la voz que les
llamase a la mesa; Ana disimuladamente se había acercado al Magistral y
junto a un balcón le hablaba un poco turbada y muy quedo, mientras
sonreía ruborosa.

Mesía recordó lo que Visitación le había dicho la tarde anterior:
_cuidado con el Magistral que tiene mucha teología parda_. Sin que nadie
le instigara era él ya muy capaz de pensar groseramente de clérigos y
mujeres. No creía en la virtud; aquel género de materialismo que era su
religión, le llevaba a pensar que nadie podía resistir los impulsos
naturales, que los clérigos eran hipócritas necesariamente, y que la
lujuria mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde podía y
cuando podía. Don Álvaro, que sabía presentarse como un personaje de
novela sentimental e idealista, cuando lo exigían las circunstancias,
era en lo que llamaba _El Lábaro_ el santuario de la conciencia, un
cínico sistemático. En general envidiaba a los curas con quienes
confesaban sus queridas y los temía. Cuando él tenía mucha influencia
sobre una mujer, la prohibía confesarse. «Sabía muchas cosas». En los
momentos de pasión desenfrenada a que él arrastraba _a la hembra_
siempre que podía, para hacerla degradarse y gozar él de veras con algo
nuevo, obligaba a su víctima a desnudar el alma en su presencia, y las
aberraciones de los sentidos se transmitían a la lengua, y brotaban
entre caricias absurdas y besos disparatados confesiones vergonzosas,
secretos de mujer que Mesía saboreaba y apuntaba en la memoria. Como un
mal clérigo, que abusa del confesonario, sabía don Álvaro flaquezas
cómicas o asquerosas de muchos maridos, de muchos amantes, sus
antecesores, y en el número de aquellas crónicas escandalosas entraban,
como parte muy importante del caudal de obscenidades, las pretensiones
lúbricas de los _solicitantes_, sus extravíos, dignos de lástima unas
veces, repugnantes, odiosos las más. Orgulloso de aquella ciencia, Mesía
generalizaba y creía estar en lo firme, y apoyarse en «hechos repetidos
hasta lo infinito» al asegurar que la mujer busca en el clérigo el
placer secreto y la voluptuosidad espiritual de la tentación, mientras
el clérigo abusa, sin excepciones, de las ventajas que le ofrece una
institución «cuyo carácter sagrado don Álvaro no discutía...» delante de
gente, pero que negaba en sus soledades de materialista en octavo
francés, de materialista a lo _commis-voyageur_.

No pensaba, Dios le librase, que el Magistral buscara en su nueva hija
de penitencia la satisfacción de groseros y vulgares apetitos; ni él se
atrevería a tanto, ni con dama como aquella era posible intentar
semejantes atropellos... pero «por lo fino, por lo fino» (repetía
pensándolo) es lo más probable que pretenda seducir a esta hermosa
mujer, desocupada, en la flor de la edad y sin amar. «Sí, este cura
quiere hacer lo mismo que yo, sólo que por otro sistema y con los
recursos que le facilita su estado y su oficio de confesor.... ¡Oh!
debía acudir antes para impedirlo, pero ahora no puedo, aún no tengo
autoridad para tanto». Estas y otras reflexiones análogas pusieron a
Mesía de mal humor y airado contra el Magistral, cuya influencia en
Vetusta, especialmente sobre el sexo débil y devoto, le molestaba mucho
tiempo hacía.

--¿De modo que esta tarde ya no puede ser?--decía Ana con humilde voz,
suave, temblorosa.

--No señora--respondió el Magistral, con el timbre de un céfiro entre
flores--; lo principal es cumplir la voluntad de don Víctor, y hasta
adelantarse a ella cuando se pueda. Esta tarde, alegría y nada más que
alegría. Mañana temprano....

--Pero usted se va a molestar... usted no tiene costumbre de ir a la
Catedral a esa hora....

--No importa, iré mañana, es un deber... y es para mí una satisfacción
poder servir a usted, amiga mía....

No era en estas palabras, de una galantería vulgar, donde estaba la
dulzura inefable que encontraba Ana en lo que oía: era en la voz, en los
movimientos, en un olor de _incienso espiritual_ que parecía entrar
hasta el alma.

Quedaron en que a la mañana siguiente, muy temprano, don Fermín
esperaría en su capilla a la Regenta para reconciliar.

--«Y mientras tanto, no pensar en cosas serias; divertirse, alborotar,
como manda el señor Quintanar, que además de tener derecho para
mandarlo, pide muy cuerdamente. Es muy posible que sus... tristezas de
usted, esas inquietudes... (el Magistral se puso levemente sonrosado, y
le tembló algo la voz, porque estaba aludiendo a las confidencias de la
tarde anterior), esas angustias de que usted se queja y se acusa tengan
mucho de nerviosas y también puedan curarse, en la parte que al mal
físico corresponde, con esa nueva vida que le aconsejan y le exigen. Sí,
señora, ¿por qué no? Oh, hija mía, cuando nos conozcamos mejor, cuando
usted sepa cómo pienso yo en materia de _placeres mundanos_... (Eran sus
frases) los _placeres del mundo_ pueden ser, para un alma firme y bien
alimentada, pasatiempo inocente, hasta soso, insignificante; distracción
útil, que se aprovecha como una medicina insípida, pero eficaz....

Ana comprendía perfectamente. «Quería decir el Magistral que cuando ella
gozase las delicias de la virtud, las diversiones con que podía
solazarse el cuerpo le parecerían juegos pueriles, vulgares, sin gracia,
buenos sólo porque la distraían y daban descanso al espíritu.
Entendido. Después de todo, así era ahora; ¡la divertían tan poco los
bailes, los teatros, los paseos, los banquetes de Vetusta!».

Quintanar se acercó, y como oyera a don Fermín repetir que era higiénico
el ejercicio y muy saludable la vida alegre, distraída, aplaudió al
Magistral con entusiasmo, y aun aumentó su satisfacción cuando supo que
ya no reconciliaría Ana aquella tarde.

--¡Absurdo!--dijo don Fermín--; esta tarde al campo... al Vivero....

--¡A comer, a comer!--gritó la Marquesa desde la puerta del salón donde
acababa de recibir la noticia.

--¡Santa palabra!--exclamó el Marqués.

Cada cual dijo algo en honor del nuncio, y todos hablando, gesticulando,
contentos, «sin ceremonias», que eran excusadas en casa de doña Rufina,
pasaron al comedor. Los marqueses de Vegallana sabían tratar a sus
convidados con todas las reglas de la etiqueta empalagosa de la
aristocracia provinciana; pero en estas fiestas de amigos íntimos, de
que a propósito se excluía a los parientes linajudos que no gustaban de
ciertas confianzas, se portaban como pudiera cualquier plebeyo rico,
aunque sin perder, aun en las mayores expansiones, algunos aires de
distinción y señorío vetustense que les eran ingénitos. El Marqués tenía
el arte de saber darse tono _a la pata la llana_, como él decía en la
prosa más humilde que habló aristócrata.

«La comida era de confianza, ya se sabía». Esto quería decir que el
Marqués y la Marquesa, no prescindirían de sus manías y caprichos
gastronómicos en consideración a los convidados; pero estos serían
tratados a cuerpo de rey; la confianza en aquella mesa no significaba
la escasez ni el desaliño; se prescindía de la librea, de la vajilla de
plata, heredada de un Vegallana, alto dignatario en Méjico, de las
ceremonias molestas, pero no de los vinos exquisitos, de los aperitivos
y entremeses en que era notable aquella mesa, ni, en fin, de comer lo
mejor que producía la fauna y la flora de la provincia en agua, tierra y
aire. Otros aristócratas disputaban a Vegallana la supremacía en
cuestión de nobleza o riqueza, pero ninguno se atrevía a negar que la
cocina y la bodega del Marqués eran las primeras de Vetusta.

Ordinariamente la Marquesa se hacía servir por muchachas de veinte
abriles próximamente, guapas, frescas, alegres, bien vestidas y limpias
como el oro.

--«Ello será de mal tono--decía--cosa de pobretes, pero todos mis
convidados quedan contentos de tal servicio».

--«Porque tengo observado--añadía--que a las señoras no les gustan, por
regla general, los criados; no se fijan en ellos, y a los hombres
siempre les gustan las buenas mozas, aunque sea en la sopa».

Paquito había acogido con entusiasmo la innovación de su mamá diciendo:
«¡Eso es! Esta servidumbre de doncellas parece que alegra; me recuerda
las horchaterías y algunos cafés de la Exposición...». Al Marqués le era
indiferente el cambio. De todas suertes él no pecaba en casa ni siquiera
dentro del casco de la población.

El comedor era cuadrado, tenía vistas a la huerta y al patio mediante
cuatro grandes ventanas rasgadas hasta cerca del techo, no muy alto. En
cada ventana había acumulado la Marquesa flores en tiestos, jardineras,
jarrones japoneses, más o menos auténticos y contrastaban los colores
vivos y metálicos de esta exposición de flores con los severos tonos del
nogal mate que asombraban el artesonado del techo y se mostraban en
molduras y tableros de los grandes armarios corridos, de cristales, que
rodeaban el comedor en todo el espacio que dejaban libres los huecos y
un gran sofá arrimado a un testero. También adornaban las paredes, allí
donde cabían, cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las múltiples
industrias que tienen relación con el comer bien. Allí la caza del
tiempo que se le antojaba a Vegallana del feudalismo; la castellana en
el palafrén, el paje a sus pies con el azor en el puño levantado sobre
su cabeza; la garza allá en las nubes, de color de yema de huevo; más
atrás el amo de aquellos bosques, del castillo roquero y del pueblecillo
que se pierde en lontananza.... En frente una escena de novela de
Feuillet; caza también; pero sin garza, ni azor, ni señor feudal: un
rincón del bosque, una dama que monta a la inglesa, y un jinete que le
va a los alcances dispuesto, según todas las señas, a besarle una mano
en cuanto pueda cogerla.... En otra parte una mesa revuelta; más allá un
bodegón de un realismo insufrible después de comer. Y por último, en el
techo, en la vertical del centro de mesa, en un medallón, el retrato de
don Jaime Balmes, sin que se sepa por qué ni para qué. ¿Qué hace allí el
filósofo catalán? El Marqués no ha querido explicarlo a nadie. A
Bermúdez le parece un absurdo; Ronzal dice que es «_un anacronismo_»;
pero a pesar de estas y otras murmuraciones, conserva en el medallón a
Balmes y no da explicaciones el jefe del partido conservador de Vetusta.

A la Marquesa le parece esta una de las tonterías menos cargantes de su
marido.

Se sentaron los convidados: no hubo más sillas destinadas que las de la
derecha e izquierda respectivas de los amos de la casa. A la derecha de
doña Rufina se sentó Ripamilán y a su izquierda, el Magistral; a la
derecha del Marqués doña Petronila Rianzares y a la izquierda don Víctor
Quintanar. Los demás donde quisieron o pudieron. Paco estaba entre
Edelmira y Visitación; la Regenta entre Ripamilán y don Álvaro; Obdulia
entre el Magistral y Joaquín Orgaz, don Saturnino Bermúdez entre doña
Petronila y el capellán de los Vegallana. Don Víctor tenía a su
izquierda a don Robustiano Somoza, el rozagante médico de la nobleza,
que comía con la servilleta sujeta al cuello con un gracioso nudo.

El Marqués, antes que los demás comiesen la sopa se sirvió un gran plato
de sardinas, mientras hablaba con doña Petronila del derribo de San
Pedro, que a la dama le parecía ignominioso. Los convidados en tanto se
entretenían con los variados, ricos y raros entremeses. ¡Ya lo sabían!
estaban en confianza y había que respetar las costumbres que todos
conocían. Vegallana empezaba siempre con sus sardinas; devoraba unas
cuantas docenas, y en seguida se levantaba, y discretamente desaparecía
del comedor. Siguiendo uso inveterado todos hicieron como que no notaban
la ausencia del Marqués; y en tanto llegó y se sirvió la sopa. Cuando el
amo de la casa volvió a su asiento, estaba un poco pálido y sudaba.

--¿Qué tal?--preguntó la Marquesa entre dientes, más con el gesto que
con los labios.

Y su esposo contestó con una inclinación de cabeza que quería decir:

--¡Perfectamente!--y en tanto se servía un buen plato de sopa de
tortuga. El Marqués ya no tenía las sardinas en el cuerpo.

Otro misterio como el de Balmes en el techo.

La Marquesa hacía sus comistrajos singulares, en que nadie reparaba ya
tampoco; comía lechuga con casi todos los platos y todo lo rociaba con
vinagre o lo untaba con mostaza. Sus vecinos conocían sus caprichos de
la mesa y la servían solícitos, con alardes de larga experiencia en
aquellas combinaciones de aderezos avinagrados en que ayudaban al ama de
la casa. Ripamilán, mientras discutía acalorado con su querido amigo don
Víctor, en pie, moviendo la cabeza como con un resorte, arreglaba la
ensalada tercera de la Marquesa, con una habilidad de máquina en buen
uso, y la señora le dejaba hacer, tranquila, aunque sin quitar ojo de
sus manos, segura del acierto exacto del diminuto canónigo.

--¡Señor mío!--gritaba Ripamilán, mientras disolvía sal en el plato de
doña Rufina batiendo el aceite y el vinagre con la punta de un
cuchillo--; ¡señor mío! yo creo que el señor de Carraspique está en su
perfecto derecho; y no sé de dónde le vienen a usted esas ideas
disolventes, que en cuarenta años que llevamos de trato no le he
conocido....

--¡Oiga usted, mal clérigo!--exclamó Quintanar, que estaba de muy buen
humor y empezaba a sentirse rejuvenecido--; yo bien sé lo que me digo, y
ni tú ni ningún calaverilla ochentón como tú me da a mí lecciones de
moralidad. Pero yo soy liberal....

--Pamplinas.--Más liberal hoy que ayer, mañana más que hoy....

--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Paco y Edelmira, que también se sentían muy
jóvenes; y obligaron a don Víctor a chocar las copas.

Todo aquello era broma; ni don Víctor era hoy más liberal que ayer, ni
trataba de usted a Ripamilán, ni le tenía por calavera; pero así se
manifestaba allí la alegría que a todos los presentes comunicaba aquel
vino transparente que lucía en fino cristal, ya con reflejos de oro, ya
con misteriosos tornasoles de gruta mágica, en el amaranto y el violeta
obscuro del Burdeos en que se bañaban los rayos más atrevidos del sol,
que entraba atravesando la verdura de la hojarasca, tapiz de las
ventanas del patio. ¿Por qué no alegrarse? ¿por qué no reír y
disparatar? Todo era contento: allá en la huerta rumores de agua y de
árboles que mecía el viento, cánticos locos de pájaros dicharacheros; de
las ventanas del patio venían perfumes traídos por el airecillo que
hacía sonajas de las hojas de las plantas. Los surtidores de abajo eran
una orquesta que acompañaba al bullicioso banquete; Pepa y Rosa vestidas
de colorines, pero con trajes de buen corte ceñido, airosas, limpias
como armiños, sinuosas al andar de faldas sonoras, risueñas, rubia la
una, morena como mulata la que tenía nombre de flor, servían con gracia,
rapidez, buen humor y acierto, enseñando a los hombres dientes de
perlas, inclinándose con las fuentes con coquetona humildad, de modo
que, según Ripamilán, aquella buena comida presentada así era miel sobre
hojuelas.

Los de la mesa correspondían a la alegría ambiente; reían, gritaban ya,
se obsequiaban, se alababan mutuamente con pullas discretas, por medio
de antífrasis; ya se sabía que una censura desvergonzada quería decir
todo lo contrario: era un elogio sin pudor.

En la cocina había ecos de la alegría del comedor; Pepa y Rosa cuando
entraban con los platos venían sonriendo todavía al espectáculo que
dejaban allá dentro; en toda la casa no había en aquel momento más que
un personaje completamente serio: Pedro el cocinero.

Ya se divertiría después; pero ahora pensaba en su responsabilidad; iba
y venía, dirigía aquello como una batalla; se asomaba a veces a la
puerta del comedor y rectificaba los ligeros errores del servicio con
miradas magnéticas a que obedecían Pepa y Rosa como autómatas,
disciplinadas a pesar de la expansión y la algazara, cual veteranos.

Después de Pedro los menos bulliciosos eran la Regenta y el Magistral; a
veces se miraban, se sonreían, De Pas dirigía la palabra a Anita de rato
en rato, tendiendo hacia ella el busto por detrás de la Marquesa, para
hacerse oír; don Álvaro los observaba entonces, silencioso, cejijunto,
sin pensar que le miraba Visitación, que estaba a su lado. Un pisotón
discreto de la del Banco le sacaba de sus distracciones.

--Pican, pican--decía Visita.--¿El qué?--preguntaba la Marquesa que
comía sin cesar y muy contenta entre el bullicio--¿qué es lo que pica?

--Los pimientos, señora. Y don Álvaro agradecía a Visitación el aviso y
volvía a engolfarse en el palique general, ocultando como podía su
aburrimiento que para sus adentros llamaba soberano.

«¡Cosa más rara! Estaba tocando el vestido y a veces hasta sentía una
rodilla de la Regenta, de la mujer que deseaba--¿cuándo se vería él en
otra?--y sin embargo se aburría, le parecía estar allí de más, seguro de
que aquella comida no le serviría para nada en sus planes, y de que la
Regenta no era mujer que se alegrase en tales ocasiones, a lo menos por
ahora».

«Sería una gran imprudencia dar un paso más; si yo aprovechase la
excitación de la comida me perdería para mucho tiempo en el ánimo de
esta señora; estoy seguro de que ella también se siente excitadilla, de
que también está pensando en mis rodillas y en mis codos, pero no es
tiempo todavía de aprovechar estas ventajas fisiológicas.... Esta ocasión
no es ocasión.... Veremos allá en el Vivero; pero aquí nada, nada; por
más que pinche el apetito». Y estaba más fino con Anita, la obsequiaba
con la distinción con que él sabía hacerlo, pero nada más. Visitación
veía visiones. «¿Qué era aquello?». Miraba pasmada a Mesía, cuando nadie
lo notaba, y abría los ojos mucho, hinchando los carrillos, gesto que
daba a entender algo como esto:

«Me pareces un papanatas, y me pasma que estés hecho un doctrino cuando
yo te he puesto a su lado con el mejor propósito...».

Mesía, por toda respuesta, se acercaba entonces a ella, le pisaba un
pie; pero la del Banco le recibía a pataditas, con lo que daba a
entender «que era tambor de marina» y que seguía dominando en ella el
criterio que había presidido a la bofetada de la tarde anterior.

Paco no se atrevía a pisar a su _prima nueva_, pero la tenía encantada
con sus bromas de señorito fino, que vivió y _la corrió_ en Madrid.
Además ¡olía tan bien el primo y a cosas tan frescas y al mismo tiempo
tan delicadas y elegantes! Allá, en su pueblo Edelmira había pensado
mucho en el Marquesito, a quien había visto dos o tres veces siendo ella
muy niña y él un adolescente. Ahora le veía como nuevo y superaba en
mucho a sus sueños e imaginaciones; era más guapo, más sonrosado, más
alegre y más gordo. El Marquesito vestía aquella tarde un traje de
alpaca fina, de color de garbanzo, chaleco del mismo color de piqué y
calzaba unas babuchas de verano que Edelmira consideraba el colmo de la
elegancia, aunque parecía cosa de turcos. Los dijes del primo, la camisa
de color, la corbata, las sortijas ricas y vistosas, las manos que
parecían de señorita, todo esto encantaba a Edelmira que era también muy
amiga de la limpieza y de la salud.

Paco había ido aproximando una rodilla a la falda de la joven; al fin
sintió una dureza suave y ya iba a retroceder, pero la niña permaneció
tan tranquila, que el primo se dejó aquella pierna arrimada allí como si
la hubiese olvidado. La inocencia de Edelmira era tan poco espantadiza
que Paco hubiera podido propasarse a pisarle un pie sin que ella
protestase a no sentirse lastimada. «Además, pensaba la joven, estas son
cosas de aquí»; la tradición contaba mayores maravillas de la casa de
los tíos.

Obdulia, sentada enfrente, miraba a veces con languidez a la rozagante
pareja. Se acordaba del sol de invierno de la tarde anterior. ¡Paco ya
lo había olvidado! no pensaba más que en aquella hermosura fresca,
oliendo a yerba y romero que le venía de la aldea a alegrarle los
sentidos. Pero la viuda, después de consagrar un recuerdo triste a sus
devaneos de la víspera, se volvió al Magistral insinuante, provocativa;
procuraba marearle con sus perfumes, con sus miradas de _telón rápido_ y
con cuantos recursos conocía y podían ser empleados contra semejante
hombre y en tales circunstancias. De Pas respondía con mal disimulado
despego a las coqueterías de Obdulia y no le agradecía siquiera el
holocausto que le estaba ofreciendo de los obsequios de Joaquín Orgaz
que ella desdeñaba con mal disimulado énfasis.

A Joaquinito le llevaban los demonios. «Aquella mujer era una... tal...
y lo decía en flamenco para sus adentros.

¿Pues no le estaba poniendo varas al Provisor?». Esto que no lo notaban,
o fingían no verlo, los demás convidados, lo estaba observando él por lo
que le importaba. Pero no se daba por vencido, insistía en galantear a
la viuda, fingiendo no ver lo del Magistral. Ordinariamente Obdulia y
Joaquinito se entendían. «¡Señor! ¡si había llegado a darle cita en una
carbonera! Verdad era que él no podía vanagloriarse de haber tomado
aquella plaza... desmantelada; no había gozado los supremos favores...
todavía; pero, en fin, anticipos... arras... o como quiera llamarse, eso
sí. ¡Oh! como él llegara a vencer por completo, y así lo esperaba, ya le
pagaría ella aquellos desdenes caprichosos, aquellos cambios de humor, y
aquella humillación de posponerle a un _carca_».

El que no esperaba nada, el que estaba desengañado, triste hasta la
muerte, era don Saturnino Bermúdez. Después de la escena de la Catedral
donde creía haber adelantado tanto--bien a costa de su conciencia--no
había vuelto a ver a Obdulia; y aquella mañana, al acercarse a ella para
decirle cuánto había padecido con la ausencia de aquellos días (si bien
ocultando los restreñimientos que le habían tenido obseso y en cama), al
ir a rezarle al oído el discursito que traía preparado--estilo Feuillet
pasado por la sacristía--Obdulia le había vuelto la espalda y no una
vez, sino tres o cuatro, dándole a entender claramente, que _non erat
hic locus_, que a él sólo se le toleraría en la iglesia.

«¡Así eran las mujeres! ¡así era singularmente aquella mujer! ¿Para qué
amarlas? ¿Para qué perseguir el ideal del amor? O, mejor dicho, ¿para
qué amar a las mujeres vivas, de carne y hueso? Mejor era soñar, seguir
soñando». Así pensaba melancólico Bermúdez, que tenía el vino triste,
mientras contestaba distraído, pero muy fríamente, a doña Petronila
Rianzares que se ocupaba en hacer en voz baja un panegírico del
Magistral, su ídolo. Bermúdez miraba de cuando en cuando a la Regenta, a
quien había amado en secreto, y otras veces a Visitación, a quien había
querido siendo él adolescente, allá por la época en que la del Banco,
según malas lenguas, se escapó con un novio por un balcón. Ni siquiera
Visitación le había hecho caso en su vida; jamás le había mirado con los
ojillos arrugados con que ella creía encantar; no era desprecio; era que
para las señoras de Vetusta, Bermúdez era un sabio, un santo, pero no un
hombre. Obdulia había descubierto aquel varón, pero había despreciado en
seguida el descubrimiento.

El Magistral, Ripamilán, don Víctor, don Álvaro, el Marqués y el médico
llevaban el peso de la conversación general; Vegallana y el Magistral
tendían a los asuntos serios, pero Ripamilán y don Víctor daban a todo
debate un sesgo festivo y todos acababan por tomarlo a broma. El Marqués
en cuanto se sintió fuerte, merced al sabio equilibrio gástrico de
líquidos y sólidos que él establecía con gran tino, insistió en su
espíritu de reformista de cal y canto. «¡Ea! que quería derribar a San
Pedro; y que no se le hablase de sus ideas; aparte de que él no era un
fanático, ni el partido conservador debía confundirse con ciertas
doctrinas ultramontanas, aparte de esto, una cosa era la religión y otra
los intereses locales; el mercado cubierto para las hortalizas era una
necesidad. ¿Emplazamiento? uno solo, no admitía discusión en esto, la
plaza de San Pedro; ¿pero cómo? ¿dónde? Mediante el derribo de la
ruinosa iglesia».

Doña Petronila protestaba invocando la autoridad del Magistral. El
Magistral votaba con doña Petronila, pero no esforzaba sus argumentos.
Ripamilán, que tenía los ojillos como dos abalorios, gritaba:

--¡Fuera ese iconoclasta! ¡Las hortalizas, las hortalizas! ¿Eso quiere
decir que a V. E., señor Marqués, la religión, el arte y la historia le
importan menos que un rábano?

--¡Bravo, paisano!--gritó don Víctor, en pie, con una copa de Champaña
en la mano.

--No hay formalidad, no se puede discutir--decía el Marqués--; este
Quintanar aplaude ahora al otro y antes se llamaba liberal.

--¿Pero qué tiene que ver?

--No quiere usted derribar la iglesia, pero quería exclaustrar a las
hijas de Carraspique....

--Una sencilla secularización.

--Víctor, Víctor, no disparates...--se atrevió a decir sonriendo la
Regenta.

--Son bromas--advirtió el Magistral.

--¿Cómo bromas?--gritó el médico--. A fe de Somoza, que sin don Víctor
ataca a mi primo Carraspique en broma, yo empuño la espada, le ataco en
serio y las cañas se vuelven lanzas. Señores, aquella niña se pudre....

Se acabó la discusión, sin causa, o por causa de los vapores del vino,
mejor dicho. Todos hablaban; Paco quería también secularizar a las
monjas; Joaquinito Orgaz comenzó a decir chistes flamencos que hacían
mucha gracia a la Marquesa y a Edelmira. Visitación llegó a levantarse
de la mesa para azotar con el abanico abierto a los que manifestaban
ideas poco ortodoxas. Pepa y Rosa y las demás criadas sonreían
discretamente, sin atreverse a tomar parte en el desorden, pero un poco
menos disciplinadas que al empezar la comida. Pedro ya no se asomaba a
la puerta. Se habían roto dos copas.

Los pájaros de la huerta se posaban en las enredaderas de las ventanas
para ver qué era aquello y mezclaban sus gritos gárrulos y agudos al
general estrépito.

--¡El café en el cenador!--ordenó la Marquesa.

--¡Bien, bien!--gritaron don Víctor y Edelmira, que cogidos del brazo y
a los acordes de la marcha real (decía el ex-regente), que tocaba allá
dentro Visitación en un piano desafinado, se dirigieron los primeros a
la huerta, seguidos de Paco, empeñado en ceñir las canas de don Víctor
con una corona de azahar. La había encontrado en un armario de la alcoba
de su hermana Emma. Allí iba a dormir Edelmira. Salieron todos a la
huerta, que era grande, rodeada, como el parque de los Ozores, de
árboles altos y de espesa copa, que ocultaban al vecindario gran parte
del recinto. Don Víctor, Paco y Edelmira corrían por los senderos allá
lejos entre los árboles. Don Álvaro daba el brazo a la Marquesa, y
delante de ellos, detenida por la conversación de doña Rufina iba Anita,
mordiendo hojas del boj de los parterres, con la frente inclinada, los
ojos brillantes y las mejillas encendidas. El Magistral se había quedado
atrás, en poder de doña Petronila Rianzares que le hablaba de un asunto
serio: la casa de las Hermanitas de los Pobres que se construía cerca
del Espolón, en terrenos regalados por doña Petronila con admiración y
aplauso de toda Vetusta católica. Era la de Rianzares viuda de un
antiguo intendente de la Habana, quien la había dejado una fortuna de
las más respetables de la provincia; gran parte de sus rentas la
empleaba en servicio de la Iglesia, y especialmente en dotar monjas,
levantar conventos y proteger la causa de Don Carlos, mientras estuvo en
armas el partido. Creíase poco menos que papisa y se hubiera atrevido a
excomulgar a cualquiera provisionalmente, segura de que el Papa
sancionaría su excomunión; trataba de potencia a potencia al Obispo, y
Ripamilán, que no la podía ver porque era un marimacho, según él, la
llamaba el Gran Constantino, aludiendo al Emperador que protegió a la
Iglesia. «Piensa la buena señora que por haber sabido conservar con
decoro las tocas de la viudez y por levantar edificios para obras pías
es una santa y poco menos que el Metropolitano». Tenía razón el
Arcipreste; doña Petronila no pensaba más que en su protección al culto
católico y opinaba que los demás debían pasarse la vida alabando su
munificencia y su castidad de viuda.

No reconocía entre todo el clero vetustense más superior que el
Magistral, a quien consideraba más que al Obispo; «era todo un gran
hombre que por humildad vivía postergado». El Magistral trataba a la de
Rianzares como a una reina, según el Arcipreste, o como si fuera el
obispo-madre; ella se lo agradecía y se lo pagaba siendo su abogado más
elocuente en todas partes. Donde ella estuviera, que no se murmurase; no
lo consentía.

Cuando llegaron al cenador donde se empezaba a servir el café, la de
Rianzares inclinaba su cabeza de fraile corpulento cerca del hombro del
Magistral, diciendo con los ojos en blanco, y llena de miel la boca:

--¡Vamos! ¡amigo mío!... se lo suplico yo... acompáñeme al Vivero... sea
amable... por caridad....

El Magistral no menos dulce, suave y pegajoso, recibía con placer aquel
incienso, detrás del cual habría tantas talegas.

--Señora... con mil amores... si pudiera... pero... tengo que hacer, a
las siete he de estar....

--Oh, no, no valen disculpas.... Ayúdeme usted, Marquesa, ayúdeme usted a
convencer a este pícaro.

La Marquesa ayudó, pero fue inútil. Don Fermín se había propuesto no ir
al Vivero aquella tarde; comprendía que eran allí todos íntimos de la
casa menos él; ya había aceptado el convite porque... no había podido
menos, por una debilidad, y no quería más debilidades. ¿Qué iba a hacer
él en aquella excursión? Sabía que al Vivero iban todos aquellos locos,
Visitación, Obdulia, Paco, Mesía, a divertirse con demasiada libertad, a
imitar muy a lo vivo los juegos infantiles. Ripamilán se lo había dicho
varias veces. Ripamilán iba sin escrúpulo, pero ya se sabía que el
Arcipreste era como era; él, De Pas, no debía presenciar aquellas
escenas, que sin ser precisamente escandalosas... no eran para vistas
por un canónigo formal. No, no había que prodigarse; siempre había
sabido mantenerse en el difícil equilibrio de sacerdote sociable sin
degenerar en mundano; sabía conservar su buena fama. La excesiva
confianza, el trato sobrado familiar dañaría a su prestigio; no iría al
Vivero. Y buenas ganas se le pasaban, eso sí; porque aquel señor Mesía
se había vuelto a pegar a las faldas de la Regenta, y ya empezaba don
Fermín a sospechar si tendría propósitos _non sanctos_ el célebre don
Juan de Vetusta.

La Marquesa, sin malicia, como ella hacía las cosas, llamó a su lado a
Anita para decirla:

--Ven acá, ven acá, a ver si a ti te hace más caso que a nosotras este
señor displicente.

--¿De qué se trata?--De don Fermín que no quiere venir al Vivero.

El don Fermín, que ya tenía las mejillas algo encendidas por culpa de
las libaciones más frecuentes que de costumbre, se puso como una cereza
cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con verdadera pena:

--Oh, por Dios, no sea usted así, mire que nos da a todos un disgusto;
acompáñenos usted, señor Magistral....

En el gesto, en la mirada de la Regenta podía ver cualquiera y lo vieron
De Pas y don Álvaro, sincera expresión de disgusto: era una contrariedad
para ella la noticia que le daba la Marquesa.

Por el alma de don Álvaro pasó una emoción parecida a una quemadura; él,
que conocía la materia, no dudó en calificar de celos aquello que había
sentido. Le dio ira el sentirlo. «Quería decirse que aquella mujer le
interesaba más de veras de lo que él creyera; y había obstáculos, y ¡de
qué género! ¡Un cura! Un cura guapo, había que confesarlo...». Y
entonces, los ojos apagados del elegante Mesía brillaron al clavarse en
el Magistral que sintió el choque de la mirada y la resistió con la
suya, erizando las puntas que tenía en las pupilas entre tanta blandura.
A don Fermín le asustó la impresión que le produjo, más que las
palabras, el gesto de Ana; sintió un agradecimiento dulcísimo, un calor
en las entrañas completamente nuevo; ya no se trataba allí de la vanidad
suavemente halagada, sino de unas fibras del corazón que no sabía él
cómo sonaban. «¡Qué diablos es esto!» pensó De Pas; y entonces
precisamente fue cuando se encontró con los ojos de don Álvaro; fue una
mirada que se convirtió, al chocar, en un desafío; una mirada de esas
que dan bofetadas; nadie lo notó más que ellos y la Regenta. Estaban
ambos en pie, cerca uno de otro, los dos arrogantes, esbeltos; la ceñida
levita de Mesía, correcta, severa, ostentaba su gravedad con no menos
dignas y elegantes líneas que el manteo ampuloso, hierático del clérigo,
que relucía al sol, cayendo hasta la tierra.

«Ambos le parecieron a la Regenta hermosos, interesantes, algo como San
Miguel y el Diablo, pero el Diablo cuando era Luzbel todavía; el Diablo
Arcángel también; los dos pensaban en ella, era seguro; don Fermín como
un amigo protector, el otro como un enemigo de su honra, pero amante de
su belleza; ella daría la victoria al que la merecía, al ángel bueno,
que era un poco menos alto, que no tenía bigote (que siempre parecía
bien), pero que era gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser
debajo de una sotana. Se tenía que confesar la Regenta, aunque pensando
un instante nada más en ello, que la complacía encontrar a su salvador,
tan airoso y bizarro; tan distinguido como decía Obdulia, que en esto
tenía razón. Y sobre todo, aquellos dos hombres mirándose así por ella,
reclamando cada cual con distinto fin la victoria, la conquista de su
voluntad, eran algo que rompía la monotonía de la vida vetustense, algo
que interesaba, que podía ser dramático, que ya empezaba a serlo. El
honor, aquella quisicosa que andaba siempre en los versos que recitaba
su marido, estaba a salvo; ya se sabe, no había que pensar en él; pero
bueno sería que un hombre de tanta inteligencia como el Magistral la
defendiera contra los ataques más o menos temibles del buen mozo, que
tampoco era rana, que estaba demostrando mucho tacto, gran prudencia y
lo que era peor, un interés verdadero por ella. Eso sí, ya estaba
convencida, don Álvaro no quería vencerla por capricho, ni por vanidad,
sino por verdadero amor; de fijo aquel hombre hubiera preferido
encontrarla soltera. En rigor, don Víctor era un respetable estorbo.

Pero ella le quería, estaba segura de ello, le quería con un cariño
filial, mezclado de cierta confianza conyugal, que valía por lo menos
tanto, a su modo, como una pasión de otro género. Y además, si no fuera
por don Víctor, el Magistral no tendría por qué defenderla, ni aquella
lucha entre dos hombres _distinguidos_ que comenzaba aquella tarde
tendría razón de ser. No había que olvidar que don Fermín no la quería
ni la podía querer para sí, sino para don Víctor».

Cuando Ana se perdía en estas y otras reflexiones parecidas, se oyó la
voz de Obdulia que daba grandes chillidos pidiendo socorro. Los que
tomaban pacíficamente café bajo la glorieta, acudieron al extremo de la
huerta.

--¿Dónde están? ¿dónde están?--preguntaba asustada la Marquesa.

--¡En el columpio! ¡en el columpio!--dijo el médico don Robustiano.

Era un columpio de madera, como los que se ofrecen al público madrileño
en la romería de San Isidro, aunque más elegante y fabricado con esmero;
en uno de los asientos, que imitaban la barquilla de un globo, en
cuclillas, sonriente y pálido, don Saturnino Bermúdez, como a una vara
del suelo inmóvil, hacía la figura más ridícula del mundo, con plena
conciencia de ello, y más ridículo por sus conatos de disimularlo,
procurando dar a su situación unos aires de tolerable, que no podía
tener. En el otro extremo, en la barquilla opuesta, que se había
enganchado en un puntal de una pared, restos del andamiaje de una obra
reciente, ostentaba los llamativos colores de su falda y su exuberante
persona Obdulia Fandiño agarrada a la nave como un náufrago del aire,
muy de veras asustada, y coqueta y aparatosa en medio del susto y de lo
que ella creía peligro.

--No se mueva usted, no se mueva usted--gritaba don Víctor, haciendo
aspavientos debajo de la barquilla, y probablemente viendo lo que a
Obdulia, en aquel trance a lo menos, no le importaba mucho ocultar.

--No te muevas, no te muevas, mira que si te caes te matas...--decía
Paco, que buscaba algo para desenganchar el columpio.

--Tres metros y medio--dijo el Marqués que llegó a tiempo de dar la
medida exacta del batacazo posible, a ojo, como él hacía siempre los
cálculos geométricos.

El caso es que ni don Víctor, ni Paco, ni Orgaz podían por su propia
industria arbitrar modo de subir a la altura de aquel madero y librar a
Obdulia.

--Tuvo la culpa Paco--decía Visitación, ceñidas con una cuerda las
piernas, por encima del vestido--. Empujó demasiado fuerte, para que se
cayera Saturno y, ¡zas! subió la barquilla allá arriba y al bajar... se
enganchó en ese palo.

Obdulia no se movía, pero gritaba sin cesar.

--No grites, hija--decía la Marquesa, que ya no la miraba por no
molestarse con la incómoda postura de la cabeza echada hacia atrás--; ya
te bajarán....

Probó el Marqués a encaramarse sobre una escalera de mano de pocos
travesaños, que servía al jardinero para recortar la copa de los
arbolillos y las columnas de boj. Pero el Marqués, aun subido al palo
más alto no llegaba a coger la barquilla del columpio, de modo que
pudiera hacer fuerza para descolgarla.

--Que llamen a Diego... a Bautista...--decía la Marquesa.

--¡Sí, sí; que venga Bautista!...--gritaba Obdulia recordando la fuerza
del cochero.

--Es inútil--advirtió el Marqués--. Bautista tiene fuerza pero no
alcanza; es de mi estatura... no hay más remedio que buscar otra
escalera....

--No la hay en el jardín...--Sabe Dios dónde parecerá...

--¡Por Dios! ¡por Dios!... que ya me mareo, que me caigo de miedo.

Entonces don Álvaro, a quien Ana había dirigido una mirada animadora y
suplicante, se decidió. Rato hacía que se le había ocurrido que él,
gracias a su estatura, podría coger cómodamente la barquilla y
arrancarla de sus prisiones... pero ¿qué le importaba a él Obdulia?
Podía hacer una figura ridícula, mancharse la levita. La mirada de Ana
le hizo saltar a la escalera. Por fortuna era ágil. La Regenta le vio
tan airoso, tan pulcro y elegante en aquella situación de farolero como
paseando por el Espolón.

--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Edelmira y Paco al ver los brazos del buen
mozo entre los palos de la barquilla del columpio.

--¡No me tires! ¡No me tires!--gritó Obdulia que sintió las manos de su
ex-amante debajo de las piernas. Visita le dio un pellizco a Edelmira a
quien ya tuteaba. La chica se fijó en la intención del pellizco porque
se había fijado en el tratamiento. ¡Le había llamado de tú!

--Esté usted tranquila; no va con usted nada--respondió don Álvaro... ya
arrepentido de haber cedido al ruego tácito de Anita.

Empleaba largos preparativos para colocar los brazos de modo que hiciera
la fuerza suficiente para levantar el columpio a pulso.... Al intentar el
primer esfuerzo, que desde luego reputó inútil, pensó en la cara que
estaría poniendo el Magistral.

--¡Aúpa!...--gritó abajo Visitación para mayor ignominia.

--¡No puede usted, no puede usted!... ¡no lo mueva usted, es peor!...
¡Me voy a matar!--gritó la Fandiño.

Los demás callaban.--¡Estate quieta!--dijo en voz baja, ronca y furiosa
don Álvaro, que de buena gana la hubiera visto caer de cabeza.

E intentó el segundo esfuerzo sin fortuna.

Aquello no se movía. Sudaba más de vergüenza que de cansancio. Un hombre
como él debía poder levantar a pulso aquel peso.

--Deje usted, deje usted, a ver si Bautista--dijo la Marquesa--...
¡demonio de chicos!

--Bautista no alcanza--observó otra vez el Marqués--. Otra escalera...
que vayan a las cocheras.... Allí debe de haber....

Don Álvaro dio el tercer empujón.... Inútil. Miró hacia abajo como
buscando modo de librarse de parte del peso. En el otro cajón, debajo de
sus narices, en actitud humilde y ridícula, vio a don Saturnino en
cuclillas, inmóvil, olvidado por todos los presentes. Mesía no pudo
menos de sonreír, a pesar de que le estaban llevando los demonios. Con
deseos de escupirle miró a Bermúdez, que le sonreía sin cesar, y dijo
con calma forzada:

--¡Hombre! ¡pues tiene gracia! ¿Ahí se está usted? ¿usted se piensa que
yo hago juegos de Alcides y se me pone ahí en calidad de plomo?...

Carcajada general.--Sí, ríanse ustedes--clamó Obdulia--pues el lance
es gracioso.

--Yo...--balbuceó Bermúdez--usted dispense... como nadie me decía
nada... creí que no estorbaba... y además... creía que al bajarme...
pudiese empeorar la situación de esa señora... alguna sacudida.

--¡Ay, no, no! no se baje usted--gritó la viuda con espanto.

--¿Cómo que no?--rugió furioso don Álvaro--. ¿Quiere usted que yo
levante este armatoste con los dos encima y a pulso?

--Es... que... yo no veo modo... si no me ayudan... está tan alto
esto....

--Una vara escasa--advirtió el Marqués.

Paco tomó en brazos a don Saturno y le sacó del cajón nefando.

--Ahora--dijo--nosotros te ayudaremos, empujando desde aquí abajo....

--Eso es inútil--observó el Magistral con una voz muy dulce--; como el
madero aquel se ha metido entre los dos palos de la banda... si no se
alza a pulso todo el columpio... no se puede desenganchar.

--Es claro--bramaba desde arriba el otro; y probó otra vez su fuerza.

Pero Bermúdez pesaba muy poco por lo visto, porque don Álvaro no movió
el pesado artefacto.

El elegante se creía a la vergüenza en la picota, y de un brinco, que
procuró que fuese gracioso, se puso en tierra. Sacudiendo el polvo de
las manos y limpiando el sudor de la frente, dijo:

--¡Es imposible! Que se busque otra escalera.

--Ya podía estar buscada...--Si yo alcanzase...--insinuó entonces el
Magistral, con modestia en la voz y en el gesto.

--Es verdad, dijo la Marquesa, usted es también alto.

--Sí llega, sí llega--gritó Paco, que quiso verle hacer títeres.

--Sí, alcanza usted--concluyó Vegallana padre--. Como tenga usted
fuerza.... Y aquí nadie le ve.

Lo difícil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste figura
con el traje talar.

--Quítese usted el manteo--observó Ripamilán.

--No hace falta--contestó De Pas, horrorizado ante la idea de que le
vieran en sotana.

Y sin perder un ápice de su dignidad, de su gravedad ni de su gracia,
subió como una ardilla al travesaño más alto, mientras el manteo flotaba
ondulante a su espalda.

--Perfectamente--dijo metiendo los brazos por donde poco antes había
introducido los suyos Mesía.

Aplausos en la multitud. Obdulia comprimió un chillido de mal género.

Doña Petronila, extática, con la boca abierta, exclamó por lo bajo:

--¡Qué hombre! ¡Qué lumbrera!

Sin gran esfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistral suspendió
en sus brazos el columpio, que libre de su prisión y contenido en su
descenso por la fuerza misma que lo levantara, bajó majestuosamente.
Somoza, Paco y Joaquín Orgaz ayudaron a Obdulia a salir del cajón
maldito. El Magistral tuvo una verdadera ovación. Paco le admiró en
silencio: la fuerza muscular le inspiraba un terror algo religioso; él
había malgastado la suya en las lides de amor. Tenía bastante carne,
pero blanda. Don Álvaro disimuló difícilmente el bochorno. «¡Mayor
puerilidad! pero estaba avergonzado de veras». Además, él, que miraba a
los curas como flacas mujeres, como un sexo débil especial a causa del
traje talar y la lenidad que les imponen los cánones, acababa de ver en
el Magistral un atleta; un hombre muy capaz de matarle de un puñetazo si
llegaba esta ocasión inverosímil. Recordaba Mesía que muchas veces
(especialmente con motivo de las elecciones en las aldeas) había él
dicho, v. gr.: «Pues el señor cura que no se divierta, que no abuse de
la ventaja de sus faldas, porque si me incomodo le cojo por la sotana y
le tiro por el balcón». Siempre se le había figurado, por no haberlo
pensado bien, que a los curas, una vez perdido el respeto religioso, se
les podía abofetear impunemente; no les suponía valor, ni fuerza, ni
sangre en las venas.... «Y ahora... aquel canónigo, que tal vez era un
poco rival suyo, le daba aquella leccioncita de gimnasia, que muy bien
podía ser una saludable advertencia».

La gratitud de Obdulia no tenía límites, pero el Magistral creyó
necesario buscárselos mostrándose frío, seco y dándola a entender que
«no lo había hecho por ella». La viuda, sin embargo, insistió en
sostener que le debía la vida.

--¡Indudablemente!--corroboraba doña Petronila, que no sospechaba cómo
quería pagar Obdulia aquella vida que decía deber al Magistral.

Ana admiró en silencio la fuerza de su padre espiritual, en la que no
vio más que un símbolo físico de la fortaleza del alma; fortaleza en que
ella tenía, indudablemente, una defensa segura, inexpugnable, contra las
tentaciones que empezaban a acosarla.

Visita subió entonces al columpio, pero con las piernas atadas: no
quería que se le viesen los bajos.

Obdulia protestó.--¿Cómo? ¿pues se veía algo? ¡no quiero! ¡no quiero!
¿por qué no se me ha advertido? Esto es una traición.

--Tiene razón esta señora--dijo don Víctor--igualdad ante la ley; fuera
esa cuerda.

Edelmira subió al columpio sin atarse. No había para qué tomar
precauciones, no se veía nada.

Don Víctor y Ripamilán se columpiaron también, pero se mareaban.

--Ya están los coches--gritó la Marquesa desde lejos; y corrieron todos
al patio.

La Marquesa, doña Petronila, la Regenta y Ripamilán subieron a la
carretela descubierta; carruaje de lujo que había sido excelente pero
que estaba anticuado y torpe de movimientos. El tronco de caballos
negros era digno del rey. Los demás se acomodaron en un coche antiguo de
viaje, sólido, pero de mala facha, tirado por cuatro caballos; era el
que servía ordinariamente al Marqués en sus excursiones por la
provincia, para llevar y traer electores unas veces y otras para cazar
acaso en terreno vedado. ¡Se decían tantas cosas del coche de camino! Su
figura se aproximaba a las sillas de posta antiguas, que todavía hacen
el servicio del correo en Madrid desde la Central a las Estaciones. Lo
llamaban la _Góndola_ y el _Familiar_ y con otros apodos.

Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamilán y Anita, con
palabra solemne de dejarle en el Espolón, donde él tenía que buscar a
cierta persona. (No había tal cosa, era un pretexto para cumplir su
propósito de no ir al Vivero.)

--Le secuestramos--había dicho Obdulia....

--Sí, sí, secuestrarlo, es lo mejor: no se le dejará apearse--añadió
doña Petronila.

--No; protesto... entonces no subo. Subió; y la carretela salió
arrancando chispas de los guijarros puntiagudos por las calles estrechas
de la Encimada. Detrás iba la _Góndola_, atronando al vecindario con
horrísono estrépito de cascabeles, latigazos, cristales saltarines, y
voces y carcajadas que sonaban dentro.

Todavía calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron con
las sombrillas un toldo de colores que también cobijaba al Magistral y
al Arcipreste. Ripamilán, casi oculto entre las faldas de doña
Petronila, a quien llevaba enfrente, iba en sus glorias; no por su
contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo
sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los
abanicos; ¡salir al campo con señoras! ¡la bucólica cortesana, o poco
menos! El bello ideal del poeta setentón, del eterno amador platónico de
Filis y Amarilis con corpiño de seda, se estaba cumpliendo.

El Magistral iba un poco avergonzado: le pesaba, por un lado--y por otro
no--la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana. Tocando
apenas, por supuesto; ni ella ni él se movían. Él estaba turbado, ella
no; iba satisfecha a su lado; seguía figurándoselo como un escudo bien
labrado y fuerte. Ella le quitaba el sol, y él la defendía de don
Álvaro. «Si este señor viniera al Vivero... no se atrevería el otro tal
vez a acercarse... y si no... va... se va a atrever... claro, como allí
cada cual corre por su lado, y Víctor es capaz de irse con Paco y
Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.... No, pues lo que es que le
temo no quiero que lo conozca; de modo que si se acerca... no huiré. ¡Si
este quisiera venir!...».

--Don Fermín--le dijo, cerca ya del Espolón, con voz humilde, con el
respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre--. Don Fermín ¿por
qué no viene usted con nosotros? Poco más de una hora... creo que
volveremos hoy más pronto... ¡venga usted... venga usted!

De Pas sentía unas dulcísimas cosquillas por todo el cuerpo al oír a la
Regenta; y sin pensarlo se inclinaba hacia ella, como si fuera un imán.
Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste iban muy enfrascados en
una agradable conversación que tenía por objeto despellejar a la pobre
Obdulia. Ripamilán citaba, como solía en tal materia, al Obispo de
Nauplia, la fonda de Madrid, los vestidos de la prima cortesana, etc.,
etc. No cabe negar que la resolución del Magistral estuvo a punto de
quebrantarse, pero le pareció indigno de él mostrar tan poca voluntad y
temió además lo que podía suceder en el Vivero. Él no podía hacer el
cadete; si don Álvaro quería buscar el desquite de la derrota del
columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio, él, con su
manteo y su sotana, y su canonjía a cuestas, estaba muy expuesto a
ponerse en ridículo. No, no iría. Y sintió al afirmarse en su propósito
una voluptuosidad intensa, profunda: era el orgullo satisfecho. Bien
sabía él la fuerza que tenía que emplear para resistir la tentación que
salía de aquellos labios más seductores cuanto menos maliciosos; por lo
mismo apreció más la propia energía, el temple de su alma, que
«indudablemente había venido al mundo para empresas más altas que luchar
con obscuros vetustenses».

Volvió los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de
cariñosa confianza, nuevo, algo parecido, según notó la Regenta, al que
había usado Mesía aquella tarde en el balcón del comedor, contestó el
Magistral muy quedo:

--No debo ir con ustedes.... Y el gesto indescriptible, dio a entender
que lo sentía, pero que como él era cura... y ella se había confesado
con él... y Paco y Obdulia y Visita eran un poco locos, y en Vetusta
los ociosos, que eran casi todos, murmuraban de lo más inocente....

Todo eso, aunque no lo quisiera decir aquel gesto, entendió la Regenta;
y se resignó a habérselas otra vez con Mesía sin el amparo del Provisor.

No hablaron más. Se detuvo el carruaje; el Magistral se levantó y saludó
a las damas. La Regenta le sonrió como hubiera sonreído muchas veces a
su madre si la hubiera conocido. De Pas no sabía sonreír de aquella
manera; la blandura de sus ojos no servía para tales trances, y contestó
mirando con chispas de que él no se dio cuenta... ni Ana tampoco.

Estaban en la entrada del Espolón, _el paseo de los curas_, según
antiguo nombre. Allí se apeó don Fermín entre lamentos de doña
Petronila.

--Es usted muy desabrido--dijo la Marquesa, permitiéndose un tono
familiar que empleaba con todos los canónigos menos con don Fermín.

Y hasta se propasó a darle con el abanico cerrado en la mano. Quería
significar así su deseo de estrechar la amistad algo fría que mediaba
entre el Provisor y los Vegallana. Bien lo comprendió y lo agradeció De
Pas. Intimar con los Vegallana era intimar con don Víctor y su esposa,
ya lo sabía él; siempre estaban juntos unos y otros, en el teatro, en
paseo, en todas partes, y la Regenta comía en casa del Marqués muy a
menudo. De modo que, para verla, allí mucho mejor que en la catedral.
Todo esto se le pasó por las mientes al Magistral en el poco tiempo que
necesitó para quitar el pie del estribo y hacer el último saludo a las
señoras dando un paso atrás.

--¡Anda, Bautista!--gritó la Marquesa; y la carretela siguió su marcha
ante la expectación de sacerdotes, damas y caballeros particulares que
paseaban en el Espolón, chiquillos que jugaban en el prado vecino y
artesanos que trabajaban al aire libre.

Los ojos del Magistral siguieron mientras pudieron el carruaje. La
Regenta le sonreía de lejos, con la expresión dulce y casta de poco
antes, y le saludaba tímidamente sin aspavientos con el abanico....
Después no se vio más que el anguloso perfil de Ripamilán, que movía los
brazos como las aspas de un molino de muñecas.

El otro coche pasó como un relámpago. De Pas vio una mano enguantada que
le saludaba desde una ventanilla. Era una mano de Obdulia, la viuda
eternamente agradecida. No saludaba con las dos, porque la izquierda se
la oprimía dulce y clandestinamente Joaquinito Orgaz, quien jamás hizo
ascos a platos de segunda mesa, en siendo suculentos.



--XIV--


Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos
del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy
alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su
arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura,
revelando su origen en el ablativo absoluto _Rege Carolo III_, grabado
en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza
años y más años. Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de
piedra también; y no tenía el Espolón más adorno, ni atractivo, a no ser
el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla
triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos
clérigos que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por
invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de
ponerse el sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a más de abrigado,
solitario y lo que llamaban allí _recogido_, pero esto cuando la Colonia
no existía. Ahora lo mejor de la población, el ensanche de Vetusta iba
por aquel lado, y si bien el Espolón y sus inmediaciones se respetaron,
a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animación de los
hoteles que se construían, de la barriada _colonial_ que se levantaba
como por encanto, según _El Lábaro_, para el cual diez o doce años eran
un soplo por lo visto.

Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su
intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta disciplinarias,
y si se quiere políticas, no había puesto nunca malos ojos a la
proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se
_transformase de día en día_, de modo que a la vuelta de veinte años _no
hubiera quien la conociese_. Lo cual demuestra que la civilización bien
entendida no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la
_Vetusta católica_ de Bermúdez.

Hubo más; aunque tradicionalmente el Espolón venía siendo patrimonio de
sacerdotes, magistrados melancólicos y _familias de luto_, como algunas
señoras notasen que el _Paseo de los curas_ era más caliente que todos
los demás, comenzaron en tertulias y cofradías a tratar la cuestión de
si debía trasladarse el paseo de invierno al Espolón. Don Robustiano
Somoza, que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes:

--¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo;
pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo.
Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han
cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para sí el mejor
sitio de recreo, el más abrigado, el más higiénico....

En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se atrevieron a
romper la tradición, y desde Octubre en adelante, hasta que volvía
Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espolón. Tras
aquéllas fueron atreviéndose otras; los _pollos_ advirtieron que el
Paseo de los curas era más corto y más estrecho que el Paseo Grande, y
esto les convenía. Y en un año se transformó en _Paseo de invierno_ el
apetecible Espolón, secularizándose en parte.

Algunos clérigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y acabaron por
abandonar _su_ Espolón desparramándose por las carreteras.

--«¡El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario recreo! ¡El siglo
lo invadía todo!». Y la emprendían por el camino de Castilla y otras
calzadas polvorosas entre las filas interminables de álamos y robles.

Pero el elemento joven, los más de los canónigos y beneficiados, los que
vestían con más pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de
canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la
invasión de la Vetusta elegante. No tuvieron inconveniente, o lo
disimularon, en codearse con damas y caballeros; después de todo, ellos
no habían ido a buscar el gentío, el bullicio mundanal; ellos seguían
_en su casa_, en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia
de los intrusos.

Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debíase en parte el
gran esmero que se echaba de ver de poco acá en el traje de muchos
sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la
capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos
mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta
todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón; iba
lo que se llama reluciente; parecían diamantes negros, y sin que nadie
tuviera nada que decir, presenciaban las idas y venidas de las jóvenes
elegantes; y los que eran observadores podían notar las señales del
amor, de la coquetería, en gestos, movimientos, risas, miradas y
rubores. Pero nada más.

Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato,
según frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas
mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto
que no tenía un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas
escasas de ancho.

--«No señor--le decía al Obispo--; yo no comprendo que pueda ser cosa
inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas
las señoritas majas del pueblo...». El Obispo creía que las señoritas
eran incapaces de tales tropezones. «Si fuesen aquellas empecatadas del
boulevard, las chalequeras...».

Pronto se olvidó la protesta del Rector del Seminario.

--¿Quién hace caso de ese señor?--decía Visitación la del Banco--un
hombre cerril; santo, eso sí, pero montaraz. En fin, ¡un hombre que me
echó a mí de la sacristía de Santo Domingo siendo yo tesorera del
Corazón de Jesús!

--Un hombre así--aseveraba Obdulia--debía pasar la vida sobre una
columna....

--Como San Simón _Estilista_--acudió Trabuco, que estaba presente.

Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoño próximamente, los
curas se quedaban casi solos en el Espolón; pero en Octubre volvían
algunas señoras que tenían miedo a la humedad y a _la influencia del
arbolado_ allá arriba en el paseo de Verano. La tarde en que el carruaje
de los Vegallana dejó al Magistral a la entrada del Espolón, paseaban
allí muchos clérigos y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero
pocas señoras. Sin embargo, las que había bastaron para comentar con
abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el
Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios
ojos--cada cual--le acababan de ver al lado de la Regenta. «En
nombrando el ruin de Roma...», habían dicho muchos al ver aparecer la
carretela. Los curas, valga la verdad, también hablaban del suceso
_inopinado_, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba en
medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don
Custodio, el más almibarado presbítero de Vetusta. No solía el liberal
usurero acompañarse de sotanas, pero aquella tarde había juntado a los
tres enemigos del Magistral la importancia de los acontecimientos.

--¡Qué desfachatez!--decía Foja.

--Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es
disimulo--advertía Mourelo.

--Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que se había quedado
a comer con ellos....

--¡Ya ve usted!--exclamó Glocester triunfante.

--¿Y a dónde van los otros?

--Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como potros....

--¡Esas son las clases conservadoras!

--No, señor; esa es la excepción....

--Y mire usted que venir en carruaje descubierto....

--Y junto a ella...--Y apearse aquí--se atrevió a decir el beneficiado.

--Justo; tiene razón este... apearse aquí...

--Señor Arcediano, permítame usted decirle que su colega de usted está
dejado de la mano de Dios.

--¡Ya lo creo! ¡ya lo creo! y lo siento.... Pero ese Obispo, ese bendito
señor.... En fin, ¿qué quiere usted?--indicó Glocester sonriendo con
malicia.

En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su auditorio
con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como separando a los
otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al oído, a
voces:

--¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios!

Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el
Magistral pasó al lado de los murmuradores. Los dos clérigos le
saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia él, le
acarició con una palmadita familiar sobre el hombro.

La envidia se lo comía, pero Glocester no era hombre que gastase menos
disimulo. O era diplomático o no lo era.

El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros.

Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la
amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien saludaba.
Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a indicarse; y
mano sobre mano--ya se sabe que eran muy hermosas--a paso lento (que
buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado a correr...
detrás de los coches del Marqués) anduvo por allí un cuarto de hora
desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de que todos o los
más hablaban de él; y de la confesión de dos horas o tres o cuatro.
«¡Sabría Dios cuántas serían ya!--Aquel Glocester y su don Custodio
habrían tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... ¡Las cosas que
dirían ya los enemigos! Pero ¿qué le importaba a él? Lo que ahora le
pesaba era no haber seguido al Vivero; ¡de todos modos habían de
murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a
él le importaban, esas no habían de creer nada malo porque él, como
hacía Ripamilán, como habían hecho otros sacerdotes, fuese a las
posesiones de Vegallana».

Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del
Magistral, paseaban por el Espolón; pero no se atrevían a acercarse al
ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a pesar de su
sonrisita dulce, clavada allí desde que se veía en la calle. Así como a
los delicados de la vista la claridad les hace arrugar los párpados, a
don Fermín le hacía sonreír; parecía aquella sonrisa con que siempre le
veía el público, un efecto extraño de la luz en los músculos de su
rostro.

Pero esto no engañaba a los que le conocían bien--los más muy a su
costa--. El primero que se atrevió a acercarse fue el Deán que llegaba
entonces al paseo. El mismo De Pas le salió al encuentro. El Deán no
hablaba casi nunca, y paseando menos. Se emparejaron y don Fermín siguió
como si estuviera solo. Se acercó después el canónigo pariente del
ministro y hubo que hablar y en seguida se agregó un _obispo de levita_
(frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación se animó;
se habló de política y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le
parecían al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes.
«¿Pero y él? ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era pueril,
ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque
iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en
los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no
parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella
indumentaria...? ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando
vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él
otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una
abertura lateral, como algunas túnicas... pero entonces se verían las
piernas--¡qué horror!--, los pantalones negros, el varón vergonzante que
lleva debajo el cura».

--¿Qué opina usted?--le preguntó el obispo laico en aquel instante,
deteniéndose, poniéndosele delante para intimarle la respuesta.

No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los
cortes de la sotana.

--La verdad es que la cuestión--dijo--la cuestión... merece pensarse.

--¡Pues eso digo yo!--gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir
andando.

--¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece
estudiarse la cuestión, que es ardua... ¡yo lo creo!

El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta
_inopinada_, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores
asegurando que tenía que hacer en Palacio.

No podía más; aquella tarde la compañía de sus colegas le asfixiaba;
toda aquella tela negra colgando le abrumaba; podía decir cualquier
desatino si continuaba allí. Y se marchó a paso largo. Su última mirada
fue para la lontananza del camino del Vivero por donde había visto
desaparecer entre nubes de polvo los coches.

«¡Estamos buenos!» iba pensando por las calles. Era enemigo de dar
nombres a las cosas, sobre todo a las difíciles de bautizar. ¿Qué era
aquello que a él le pasaba?

No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión
especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor;
esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había
recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil
formas de la lujuria. Lo que él sentía no era lujuria; no le remordía la
conciencia. Tenía la convicción de que aquello era nuevo. ¿Estaría malo?
¿Serían los nervios? Somoza le diría de fijo que sí».

«De todas maneras, había sido una necedad, y tal vez una grosería, haber
desairado a aquellas señoras. ¿Qué estarían diciendo de él en el
Vivero?».

Subía el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pasó por la
puerta del Gobierno civil y allá dentro, en medio del patio, vio un pozo
que él sabía que estaba ciego. Se acordó de que Ripamilán le había
hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero. Paco
Vegallana, Obdulia, Visita y demás gente loca--había dicho el
Arcipreste--se entretienen en cortar helechos, yerbas, ramas de árboles
y arrojarlo todo al pozo, y cuando ya llega la hojarasca cerca de la
boca... ¡zas! se tiran ellos dentro, primero uno, después otro y a veces
dos o tres a un tiempo.... Al mismo Ripamilán, con toda su
respetabilidad, le habían hecho descender a aquel agujero, y por cierto
que para sacarlo se había necesitado una cuerda.... El Magistral tenía
aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a
Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos
¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... ¿Tendría ella
tan reprensible condescendencia? ¿Se dejaría echar al pozo? Don Fermín
estaba en ascuas. ¿Qué le importaba a él? Pues estaba en ascuas.

Andaba a la ventura, sin saber a dónde ir. Se encontró a la puerta de su
casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había visto, apretó el
paso bajando por un callejón que conducía a la plazuela de Palacio, a la
Corralada.

«¡Mi madre! pensó. No se había acordado de ella en toda la tarde».

¡Había comido fuera de casa sin avisar! doña Paula consideraba esta
falta de disciplina doméstica como pecado de calibre. Pocas veces los
cometía su hijo, y por lo mismo la impresionaban más.

«¡Cómo no se me ocurrió mandarle un recado! pero... ¿por quién? ¿no era
ridículo decirle a la Marquesa: señora necesito que mi madre sepa que no
como hoy con ella? Aquella esclavitud en que vivía... contento, sí,
contento, no le humillaba... pero no convenía que la conociese el mundo.
Y ahora, ¿por qué no se había quedado en casa? Bastante tiempo había
pasado fuera... ¿volvería pie atrás, desafiaría el mal humor de su
madre? No, no se atrevía; no estaba el suyo para escenas fuertes, le
horrorizaba la idea de una filípica embozada, como solían ser las de su
madre, de un discurso de moral utilitaria.... De fijo le hablaría de las
necedades que le habían contado por la mañana.... Y si le decía: he
comido... con la Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar
aquello! Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había empezado la gentuza, la
miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! ¡en dos días
todo aquel run run, su madre con los oídos llenos de calumnias, de
malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!... ¿y qué
había? nada; absolutamente nada; una señora que había hecho confesión
general y que probablemente a estas horas estaría metida en un pozo
cargado de yerba seca en compañía del mejor mozo del pueblo. ¿Y él qué
tenía que ver con todo aquello? ¡Él, el Vicario general de la diócesis!
¡Oh, sí! volvería a casa, se impondría a su madre, le diría que era
indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar
apariencias, ¿para qué? él no tenía nada que tapar en aquel asunto; no
era un niño, despreciaba la calumnia, etc».

Entró en palacio. La sombra de la catedral, prolongándose sobre los
tejados del caserón triste y achacoso del Obispo, lo obscurecía todo;
mientras los rayos del sol poniente teñían de púrpura los términos
lejanos, y prendían fuego a muchas casas de la Encimada, reflejando
llamaradas en los cristales.

El Magistral llegó hasta el gabinete en que el Obispo corregía las
pruebas de una pastoral.

Fortunato levantó la cabeza y sonrió.

--Hola, ¿eres tú? Don Fermín se sentó en un sofá. Estaba un poco
mareado; le dolía la cabeza y sentía en las fauces ardor y una sequedad
pegajosa; se ahogaba en aquel recinto cerrado y estrecho; el alcohol le
había perturbado. Nunca bebía licores y aquella tarde, distraído, sin
saber lo que estaba haciendo, había apurado la copa de chartreuse o no
sabía qué, servida por la Marquesa.

Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía temer ya al
Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que
le reprendiese por su condescendencia con las señoras _protectrices_ de
la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio.

--¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas?... yo
no veo bien.

De Pas se acercó y leyó.

--¡Chico apestas!... ¿qué has bebido?

Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo.

--¿Que apesto? ¿por qué?

--A bebida hueles... no sé a qué... a ron... qué sé yo.

De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era
impertinente y baladí. Se apartó de la mesa.

--A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre?

--¿De qué?--De que comías fuera...--¿Pero usted sabe?...--Ya lo creo,
hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde
estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que
salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había
pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que yo debía de
saber algo....

El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba
mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera
disimularlos.

--Yo--continuó Fortunato--les dije que no se apurasen; que habrías
comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de
días.... Y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido?

--¡No, señor!--¿Con Páez?--¡No, señor! ¡Mi madre... mi madre me trata
como a un niño!

--Te quiere tanto, la pobrecita...--Pero esto es demasiado....

--Oye--exclamó el Obispo dejando de leer pruebas--¿de modo que aún no
has vuelto a casa?

El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho:

--Hasta mañana;--y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con
más fuerza de la necesaria.

--Tiene razón el muchacho--se quedó pensando el Obispo que trataba al
Magistral como un padre débil a un hijo mimado--. Esa Paula nos maneja a
todos como muñecos.

Y continuó corrigiendo la Pastoral.

De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; pero al llegar
cerca de su casa se detuvo. No sabía qué hacer. La chartreuse o lo que
fuera--¿¡si sería cognac!?--seguía molestándole y conocía ya él mismo
que le olía mal la boca.

«Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría que yo
era un borracho...».

«¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no estoy para oír
sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias.... ¡Hasta Teresa
anda en ello! ¡Dos veces a palacio!... ¡El niño perdido.... Esto es
insufrible!...».

El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro
agudos, después otros graves, roncos, vibrantes.

De Pas, como si su voluntad dependiese de la máquina del reloj, se
decidió de repente y tomó por la calle de la derecha, cuesta abajo; por
la que más pronto podría volver al Espolón.

Se olvidó de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pensó más
que en los coches del Marqués que debían de estar de vuelta.

El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del Vivero,
después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó al Espolón
cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo. No pensaba
en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y venidas eran
indignas del Provisor del Obispado; esto lo pensó después; ahora sólo
tenía esta idea. «¿Habrán pasado ya? No, no debían de haber pasado;
apenas había tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca...».

«Así como así, la brisa que ya empieza a soplar, me quitará este calor,
este aturdimiento, esta sed...». El agua de las fuentes monumentales
murmuraba a lo lejos con melancólica monotonía en medio del silencio en
que yacía el paseo triste, solitario. Al acercarse al pilón de la fuente
de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de
hierro que apretaba con sus dientes un león de piedra, y saciar sus
ansias en el chorro bullicioso, incitante.... No se atrevió y dio la
vuelta, continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente,
iguales ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atrás. Así estuvo
paseando media hora. La sed le abrasaba... ¿por qué no se iba? porque no
quería dejarlos pasar sin verlos; sin ver los coches, se entiende. Ana
volvería, era natural, en la carretela, y al pasar junto a un farol
podría verla, sin ser visto, o por lo menos sin ser conocido. La sed que
esperase. El reloj de la Universidad dio tres campanadas. ¡Tres cuartos
de hora! Andaría adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad
cronométrica, ratificó la afirmación de la Universidad; por lo que
pudiera valer _el reloj del Ayuntamiento_, que no había podido
secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por sus
colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón cursi.

--«¿Pero qué hace allá esa gente?»--se preguntó el Magistral, aunque
añadiendo para satisfacción de su conciencia que a él, por supuesto, no
le importaba nada.

Hasta entonces no había reparado en unos chiquillos, de diez a doce
años, _pillos de la calle_, que jugaban allí cerca, alrededor de un
farol, de los que señalaban el límite del paseo y de la carretera en los
espacios que dejaban libres los bancos de piedra. Entre los pillastres
había una niña, que hacía de _madre_. Se trataba del _zurriágame la
melunga_, juego popular al alcance de todas las fortunas. La _madre_
estaba sentada al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro;
un pañuelo muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por
el medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo. La
niña haraposa empuñaba el lienzo por un extremo y el otro iba pasando de
mano en mano por el corro de chiquillos.

--¡Na!...--decía la _madre_.

--Narigudo...--contestó un pillo rubio, el más fuerte de la compañía,
que siempre se colocaba el primero por derecho de conquista.

El pañuelo pasó a otro.

--¿Na?--Narices.--Otro. ¿Na?--Napoleón.--¡Ay qué mainate! ¿qué es
Napoleón?--gritó el Sansón del corro acercándose a su afectísimo amigo y
poniéndole un codo delante de las narices.

--Napoleón... ¡ay que rediós! es un duro.

--¡Qué ha de ser!--¡No hay más cera!

--Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por
farolero.

--¿Qué más da, si no es eso?--dijo la niña poniendo paces--. A ver el
otro. ¿Na? ¿na?

--Natalia.... Tampoco. No acertó ninguno.

--Otra rueda.--¡Da señas, tísica!--escupió más que dijo el dictador.

Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás de
los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo alrededor de la
mano y añadió:

--¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma!

Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la
_madre_.

--Señas... señas... ¿a que no aciertas?

--¿A que sí?...--No tires...--Pues da señas...--¡Es una cosa muy
rica! ¡muy rica! ¡muy rica!

--¿Que se come?--Pues claro... siendo muy rica...--¿Dónde la hay?--La
comen los señores...--Eso no vale, ¡so tísica! ¿qué sé yo lo que comen
los señores?

--Pues alguna vez puede ser que la hayas visto.

--¿De qué color?--Amarilla, amarilla...--¡Naranjas, rediós!--aulló el
pillastre y dio un tirón al pañuelo, preparándose a emprenderla a
latigazos con sus compañeros.

--¡Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!...

Los demás pilletes ya se habían puesto en salvo y corrían por la
carretera y el Espolón.

--¡Venir! ¡venir! que no es eso...--gritó la _madre_.

--¡Que sí es! ¡bacalao! te rompo... ¿pues no son amarillas las
naranjas?... ¿y no son cosa rica?

--Pero naranjas las comes tú también.

--Claro, si se las robo a la señoa Jeroma en el puesto....

--Pues no es eso. Otro.--¿Na? ¿na? Un niño flaco, pálido, casi desnudo,
tomó la punta del pañuelo; le brillaban los ojos... le temblaba la
voz... y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo:

--¡Natillas!...--_¡Zurriágame la melunga!_--gritó entusiasmada la
_madre_--, _¡castañas de catalunga!_ Y todos corrieron, mientras el
vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a
sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza.

El _Rojo_ no quería correr: protestaba.

--¡Rediós! ¿qué son natillas?--gritaba poniendo la mano delante de la
cara, mientras tímidamente el _Ratón_ le castigaba con simulacros de
azotes.

Y añadía furioso el _Rojo_:

--¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo!

--¡A la oreja! ¡a la oreja!

El _Ratón_ se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de
las orejas.

--_¡Zurriágame la melunga!_--volvió a gritar la _madre_, y los pillos se
dispersaron otra vez.

En aquel momento el Magistral se acercó a la niña.

La _madre_ dio un grito de espantada. Creía que era su padre que venía a
recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía.

--Dime, hija mía... ¿has visto pasar dos coches?

--¿Para dónde?--contestó ella poniéndose en pie.

--Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con
cascabeles... hace poco....

--No señor, me parece que no.... Espere usted, señor cura, a ver si
esos... _¡A la oreja madre! ¡a la oreja madre!_--gritó, y la bandada de
mochuelos acudió al farol delante del _Ratón_. Al ver al Provisor,
todos, menos el _Rojo_, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que
tenían gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se
limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no.

--¿Habéis visto pasar dos coches para arriba?

--Sí.--No.--Dos.--Tres.--Para abajo.--Mentira, mainate... ¡si te
inflo!... Para arriba, señor cura.

--Era una galera.--¡Un coche, farol!--Dos carros eran, mainate.--¡Te
rompo!...--¡Te inflo!... El Magistral no pudo averiguar nada. Se
inclinó a creer que habían pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando
vueltas y limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho
el pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco los
dedos.

Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un murciélago que
volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas
diabólicas. También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba
volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo.

«Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez que veía al
animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo.

La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las últimas claridades
pálidas del crepúsculo. Sobre la sierra, cuyo perfil señalaba una faja
de vapor tenue y luminoso, brillaban las estrellas del carro, la Osa
mayor, y Aldebarán, por la parte del Corfín, casi rozando la cresta más
alta de la cordillera obscura, lucía solitario en una región desierta
del cielo. La brisa se dormía y el silbido de los sapos llenaba el campo
de perezosa tristeza, como cántico de un culto fatalista y resignado.
Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de
silencio profundo. En la Colonia, más cercana, todo callaba.

Don Fermín no era aficionado a contemplar la noche serena; lo había sido
mucho tiempo hacía, en el Seminario, en los Jesuitas y en los primeros
años de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y tenía aquellas
tristezas y aquellos escrúpulos que le comían el alma. Después la vida
le había hecho hombre, había seguido la escuela de su madre... una
aldeana que no veía en el campo más que la explotación de la tierra.
Aquello que se llamaba en los libros la poesía, se le había muerto a él
años atrás; ya lo creo, hacía muchos años.... ¡Las estrellas! ¡qué pocas
veces las había mirado con atención desde que era canónigo!... De Pas se
detuvo, se descubrió, limpió el sudor de la frente y se quedó mirando a
los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de lo
alto. «Tenía razón Pitágoras; parecía que cantaban». En aquel silencio
oía los latidos de la sangre de su cabeza... y también se le figuró oír
otro ruido... así como de campanillas que sonasen muy lejos.... ¿Eran
ellos? ¿Eran los coches que volvían? La carretela no llevaba cascabeles,
pero los caballos de la Góndola sí... ¿O serían cigarras, grillos...
ranas... cualquier cosa de las que cantan en el campo acompañando el
silencio de la noche?... No... no; eran cascabeles, ahora estaba
seguro... ya sonaban más cerca, con cierto compás... cada vez más cerca.

--¡Deben de ser ellos! ¡qué tarde!--dijo en voz alta, acercándose a la
cuneta de la carretera, a la sombra de un farol de los del paseo.

Esperó algunos minutos, con la cabeza tendida en dirección del Vivero,
espiando todos los ruidos.... Vio dos luces entre la obscuridad lejana,
después cuatro... eran ellos, los dos coches.... El ruido rítmico de los
cascabeles se hizo claro, estridente; a veces se mezclaban con él otros
que parecían gritos, fragmentos de canciones.

--«¡Qué locos, vienen cantando!».

Ya se oía el rumor sordo y como subterráneo de las ruedas... el aliento
fogoso de los caballos cansados... y, por fin, la voz chillona de
Ripamilán.... Ahora callaban los del coche grande. La carretela iba a
pasar junto al Magistral, que se apretó a la columna de hierro, para no
ser visto. Pasó la carretela a trote largo. De Pas se hizo todo ojos. En
el lugar de Ripamilán vio a don Víctor de Quintanar, y en el de la
Regenta a Ripamilán; sí, los vio perfectamente. ¡No venía la Regenta en
el coche abierto! ¡Venía con los otros! ¡Y al marido le habían echado a
la carretela con el canónigo, la Marquesa y doña Petronila!... Luego don
Álvaro y ella venían juntos... ¡y acaso venían todos borrachos, por lo
menos alegres!

«¡Qué indecencia!» pensó, sintiendo el despecho atravesado en la
garganta.

Y sin saber que parodiaba a Glocester, añadió:

--«¡Se la quieren echar en los brazos! ¡Esa Marquesa es una Celestina de
afición!».

«¡Y venían cantando!».

Los coches se alejaban; subían por la calle principal de la Colonia, sin
algazara; las luces de los faroles se bamboleaban, se ocultaban y
volvían a aparecer, cada vez más pequeñas...

«¡Ahora callan!» pensó don Fermín. «¡Peor, mucho peor!».

Los cascabeles volvieron a sonar como canto lejano de grillos y cigarras
en noche de estío....

El Magistral olvidado de las estrellas dejó el Espolón y subió a buen
paso por la calle principal de la Colonia, en pos de los coches de
Vegallana.

Si no fuera por vergüenza hubiera echado a correr por la cuesta arriba.
«¿Para qué? Para nada. Por desahogar el mal humor, por emplear en algo
aquella fuerza que sentía en sus músculos, en su alma ociosa, molesta
como un hormigueo...».

Al pasar junto al jardín de Páez, la luz de gas que brillaba entre las
filigranas de hierro de la verja, en un globo de cristal opaco, le hizo
ver su sombra de cura dibujada fantásticamente sobre la polvorienta
carretera.

Se avergonzó, testigo él mismo de sus locuras; y contuvo el paso.

«Debo de estar borracho. Esto tiene que pasar. ¡Bah! no faltaba más,
siempre he sido dueño de mí... y ahora había de empezar a ser... un
majadero...».

Se acordó de su cita con la Regenta. Sintió un alivio su furor sordo.
«Pronto es mañana.... A las ocho ya sabré yo.... Sí lo sabré... porque se
lo preguntaré todo. ¿Por qué no? A mi manera.... Tengo derecho...».

Llegó al boulevard, estaba solitario: ya había terminado el paseo de los
Obreros: subió por la calle del Comercio, por la plaza del Pan, y al
llegar a la plaza Nueva miró a la Rinconada. En el caserón de los Ozores
no vio más luz que la del portal.

--«¿No los habrán dejado en casa? ¿Están juntos todavía?». Y sin pensar
lo que hacía, siguió hasta la calle de la Rúa, por el mismo camino que
había andado a mediodía. Los balcones de casa del Marqués estaban
también ahora abiertos; pero la luz no entraba por ellos, salía a cortar
las tinieblas de la calle estrecha, apenas alumbrada por lejanos faroles
de gas macilento. De Pas oyó gritos, carcajadas y las voces roncas y
metálicas del piano desafinado.

--«¡Sigue la broma!--se dijo mordiéndose los labios--. Pero yo ¿qué hago
aquí? ¿Qué me importa todo esto?... Si ella es como todas... mañana lo
sabré. ¡Estoy loco! ¡estoy borracho!... ¡Si me viera mi madre!». En la
pared de la casa de enfrente la luz que salía por los balcones
interrumpía con grandes rectángulos la sombra, y por aquella claridad
descarada y chillona pasaban figuras negras, como dibujos de linterna
mágica. Unas veces era un talle de mujer, otras una mano enorme, luego
un bigote como una manga de riego; esto vio De Pas frente al balcón del
gabinete; frente a los del salón las sombras de la pared eran más
pequeñas, pero muchas y confusas; y se movían y mezclaban hasta marear
al canónigo.

«No bailan», pensó. Pero esta idea no le consolaba.

Más allá del balcón del gabinete había otro cerrado. Era el de la
habitación en que había muerto la hija de los Marqueses. El Magistral
recordaba haber estado allí, de rodillas, con un hacha de cera en la
mano, mientras le daban a la pobre joven el Señor. Hacía mucho tiempo.
Aquel balcón se abrió de repente. De Pas vio una figura de mujer que se
apretaba a las rejas de hierro y se inclinaba sobre la barandilla, como
si fuera a arrojarse a la calle. Confusamente pudo columbrar unos brazos
que oprimían a la dama la cintura; ella forcejeaba por desasirse.
«¿Quién era?». Imposible distinguirlo; parecía alta, bien formada; lo
mismo podía ser Obdulia que la Regenta. «¡Es decir, la Regenta no podía
ser; no faltaba más! ¿Y el de los brazos? ¿quién era? ¿por qué no salía
al balcón?». De Pas estaba seguro de no ser visto, en completa
obscuridad, en un portal de enfrente. No pasaba nadie; pero podían
pasar... y ¿qué se pensaría si le veían allí, espiando a los convidados
del Marqués?... Debía marcharse... sí; pero hasta que aquellos bultos se
retirasen del balcón no podía moverse. La dama desconocida, de espalda a
la calle, ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible,
hablaba tranquilamente y se defendía como por máquina, con leves
manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla
por los hombros.

«¡Están a obscuras! no hay luz en esa habitación... ¡qué escándalo!»,
pensó don Fermín, que seguía inmóvil.

La del balcón hablaba, pero tan quedo que no era posible conocerla por
la voz; era un murmullo cargado de eses, completamente anónimo.

«Por supuesto que ella no es», meditaba el del portal.

A pesar de estas reflexiones que no podían ser más racionales, no
estaba tranquilo. La obscuridad del balcón le sofocaba, como si fuese
falta de aire. La cabeza de la sombra de mujer desapareció un momento;
hubo un silencio solemne y en medio de él sonó claro, casi estridente,
el chasquido de un beso bilateral, después un chillido como el de Rosina
en el primer acto del _Barbero_.

El Magistral respiró. «No era ella, era Obdulia». En el balcón no
quedaba nadie; Don Fermín salió del portal arrimado a la pared y se
alejó a buen paso. «No era ella, de fijo no era ella, iba pensando. Era
la otra».



--XV--


En lo alto de la escalera, en el descanso del primer piso, doña Paula,
con una palmatoria en una mano y el cordel de la puerta de la calle en
la otra, veía silenciosa, inmóvil, a su hijo subir lentamente con la
cabeza inclinada, oculto el rostro por el sombrero de anchas alas.

Le había abierto ella misma, sin preguntar quién era, segura de que
tenía que ser él. Ni una palabra al verle. El hijo subía y la madre no
se movía, parecía dispuesta a estorbarle el paso, allí en medio, tiesa,
como un fantasma negro, largo y anguloso.

Cuando De Pas llegaba a los últimos peldaños, doña Paula dejó el puesto
y entró en el despacho. Don Fermín la miró entonces, sin que ella le
viese.

Reparó que su madre traía parches untados con sebo sobre las sienes;
unos parches grandes, ostentosos.

«Lo sabe todo» pensó el Provisor. Cuando su madre callaba y se ponía
parches de sebo, daba a entender que no podía estar más enfadada, que
estaba furiosa. Al pasar junto al comedor, De Pas vio la mesa puesta con
dos cubiertos. Era temprano para cenar, otras noches no se extendía el
mantel hasta las nueve y media; y acababan de dar las nueve.

Doña Paula encendió sobre la mesa del despacho el quinqué de aceite con
que velaba su hijo.

Él se sentó en el sofá, dejó el sombrero a un lado y se limpió la frente
con el pañuelo. Miró a doña Paula.

--¿Le duele la cabeza, madre?--Me ha dolido. ¡Teresina!--Señora.--¡La
cena! Y salió del despacho. El Provisor hizo un gesto de paciencia y
salió tras ella. «No era todavía hora de cenar, faltaban más de cuarenta
minutos... pero ¿quién se lo decía a ella?».

Doña Paula se sentó junto a la mesa, de lado, como los cómicos malos en
el teatro. Junto al cubierto de don Fermín había un palillero, un taller
con sal, aceite y vinagre. Su servilleta tenía servilletero; la de su
madre no.

Teresina, grave, con la mirada en el suelo, entró con el primer plato,
que era una ensalada.

--¿No te sientas?--preguntó al Provisor su madre.

--No tengo apetito... pero tengo mucha sed....

--¿Estás malo?--No, señora... eso no.--¿Cenarás más tarde?

--No, señora, tampoco.... El Magistral ocupó su asiento enfrente de doña
Paula, que se sirvió en silencio.

Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas
contemplaba a su señora madre, que comía de prisa, distraída, más pálida
que solía estar, con los grandes ojos azules, claros y fríos fijos en un
pensamiento que debía de ver ella en el suelo.

Teresina entraba y salía sin hacer ruido, como un gato bien educado.
Acercó la ensalada al señorito.

--Ya he dicho que no ceno.--Déjale, no cena. Ella no lo había oído,
hombre.

Y acarició a la criada con los ojos.

Nuevo silencio. De Pas hubiera preferido una discusión inmediatamente.
Todo, antes que los parches y el silencio. Estaba sintiendo náuseas y no
se atrevía a pedir una taza de té. Se moría de sed, pero temía beber
agua.

Doña Paula hablaba con Teresa más que de costumbre y con una amabilidad
que usaba muy pocas veces.

La trataba como si hubiera que consolarla de alguna desgracia de que en
parte tuviera la misma doña Paula la culpa. Esto al menos creyó notar el
Magistral.

Faltaba algo que estaba en el aparador y el ama se levantaba y lo traía
ella misma.

Pidió azúcar don Fermín para echarlo en el vaso de agua y su madre dijo:

--Está arriba la azucarera, en mi cuarto.... Deja, iré yo por ella.

--Pero, madre...--Déjame. Teresina quedó a solas con su amo y mientras
le servía agua dejando caer el chorro desde muy alto, suspiró
discretamente.

De Pas la miró, un poco sorprendido. Estaba muy guapa; parecía una
virgen de cera. Ella no levantó los ojos. De todas maneras, le era
antipática. Su madre la mimaba y a los criados no hay que darles alas.

Bajó doña Paula y cuando salió Teresina dijo, mientras miraba hacia la
puerta:

--La pobre no sé cómo tiene cuerpo.

--¿Por qué?--preguntó don Fermín que acababa de oír el primer trueno.

Su madre, que estaba en pie junto a él revolviendo el azúcar en el vaso,
le miró desde arriba con gesto de indignación.

--¿Por qué? Ha ido esta tarde dos veces a Palacio, una vez a casa del
Arcipreste, otra a casa de Carraspique, otra a casa de Páez, otra a casa
del Chato, dos a la Catedral, dos a la Santa Obra, una vez a las
Paulinas, otra... ¡qué sé yo! Está muerta la pobre.

--¿Y a qué ha ido?--contestó De Pas al segundo trueno.

Pausa solemne. Doña Paula volvió a sentarse y haciendo alarde de una
paciencia, que ni la de un santo, dijo, con mucha calma, pesando las
sílabas:

--A buscarte, Fermo, a eso ha ido.--Mal hecho, madre. Yo no soy un
chiquillo para que se me busque de casa en casa. ¿Qué diría Carraspique,
qué diría Páez?... Todo eso es ridículo....

--Ella no tiene la culpa; hace lo que le mandan. Si está mal hecho,
ríñeme a mí.

--Un hijo no riñe a su madre.--Pero la mata a disgustos; la compromete,
compromete la casa... la fortuna, la honra... la posición... todo... por
una... por una.... ¿Dónde ha comido usted?

Era inútil mentir, además de ser vergonzoso. Su madre lo sabía todo de
fijo. El Chato se lo habría contado. El Chato que le habría visto
apearse de la carretela en el Espolón.

--He comido con los marqueses de Vegallana; eran los días de Paquito; se
empeñaron... no hubo remedio; y no mandé aviso... porque era ridículo,
porque allí no tengo confianza para eso....

--¿Quién comió allí?

--Cincuenta, ¿qué sé yo?

--¡Basta, Fermo, basta de disimulos!--gritó con voz ronca la de los
parches. Se levantó, cerró la puerta, y en pie y desde lejos prosiguió:

--Has ido allí a buscar a esa... señora... has comido a su lado... has
paseado con ella en coche descubierto, te ha visto toda Vetusta, te has
apeado en el Espolón; ya tenemos otra Brigadiera.... Parece que necesitas
el escándalo, quieres perderme.

--¡Madre! ¡madre!--¡Si no hay madre que valga! ¿te has acordado de tu
madre en todo el día? ¿No la has dejado comer sola, o mejor dicho, no
comer? ¿te importó nada que tu madre se asustara, como era natural? ¿Y
qué has hecho después hasta las diez de la noche?

--¡Madre, madre, por Dios! yo no soy un niño....

--No, no eres un niño; a ti no te duele que tu madre se consuma de
impaciencia, se muera de incertidumbre.... La madre es un mueble que
sirve para cuidar de la hacienda, como un perro; tu madre te da su
sangre, se arranca los ojos por ti, se condena por ti... pero tú no eres
un niño, y das tu sangre, y los ojos y la salvación... por una
mujerota....

--¡Madre!--¡Por una mala mujer!--¡Señora!--Cien veces, mil veces
peor, que esas que le tiran de la levita a don Saturno, porque esas
cobran, y dejan en paz al que las ha buscado; pero las señoras chupan la
vida, la honra... deshacen en un mes lo que yo hice en veinte años....
¡Fermo... eres un ingrato!... ¡eres un loco!

Se sentó fatigada y con el pañuelo que traía a la cabeza improvisó una
banda para las sienes.

--¡Va a estallarme la frente!--¡Madre, por Dios! sosiéguese usted.
Nunca la he visto así... ¿Pero qué pasa? ¿qué pasa?... Todo es
calumnia.... ¡Y qué pronto... qué pronto... la han urdido! ¡Qué
Brigadiera ni qué señoronas... si no hay nada de eso... si yo le juro
que no es eso... si no hay nada!

--No tienes corazón, Fermo, no tienes corazón.

--Señora, ve usted lo que no hay... yo le aseguro....

--¿Qué has hecho hasta las diez de la noche? Rondar la casa de esa
gigantona... de fijo....

--¡Por Dios, señora! esto es indigno de usted. Está usted insultando a
una mujer honrada, inocente, virtuosa; no he hablado con ella tres
veces... es una santa....

--Es una como las otras.--¿Cómo qué otras?

--Como las otras.--¡Señora! ¡Si la oyeran a usted!

--¡Ta, ta, ta! Si me oyeran me callaría. Fermo... a buen entendedor....
Mira, Fermo... tú no te acuerdas, pero yo sí... yo soy la madre que te
parió ¿sabes? y te conozco... y conozco el mundo... y sé tenerlo todo en
cuenta... todo.... Pero de estas cosas no podemos hablar tú y yo... ni a
solas... ya me entiendes... pero... bastante buena soy, bastante he
callado, bastante he visto.

--No ha visto usted nada...--Tienes razón... no he visto... pero he
comprendido y ya ves... nunca te hablé de estas... porquerías, pero
ahora parece que te complaces en que te vean... tomas por el peor
camino....

--Madre... usted lo ha dicho, es absurdo, es indecoroso que usted y yo
hablemos, aunque sea en cifra, de ciertas cosas....

--Ya lo veo, Fermo, pero tú lo quieres. Lo de hoy ha sido un escándalo.

--Pero si yo le juro a usted que no hay nada; que esto no tiene nada que
ver con todas esas otras calumnias de antaño....

--Peor; peor que peor.... Y sobre todo lo que yo temo es que el otro se
entere, que Camoirán crea todo eso que ya dicen.

--¡Que ya dicen! ¡En dos días!

--Sí, en dos; en medio... en una hora.... ¿No ves que te tienen ganas?
¿que llueve sobre mojado?... ¿Hace dos días? Pues ellos dirán que hace
dos meses, dos años, lo que quieran. ¿Empieza ahora? Pues dirán que
ahora se ha descubierto. Conocen al Obispo, saben que sólo por ahí
pueden atacarte.... Que le digan a Camoirán que has robado el copón... no
lo cree... pero eso sí; ¡acuérdate de la Brigadiera!...

--¡Qué Brigadiera... madre... qué Brigadiera!... Es que no podemos
hablar de estas cosas... pero... si yo le explicara a usted....

--No necesito saber nada... todo lo comprendo... todo lo sé... a mi
modo. Fermo, ¿te fue bien toda la vida dejándote guiar por tu madre, en
estas cosas miserables de tejas abajo? ¿Te fue bien?

--¡Sí, madre mía, sí!

--¿Te saqué yo o no de la pobreza?

--¡Sí, madre del alma!--¿No nos dejó tu pobre padre muertos de hambre y
con el agua al cuello, todo embargado, todo perdido?

--Sí, señora, sí... y eternamente yo....

--Déjate de eternidades... yo no quiero palabras, quiero que sigas
creyéndome a mí; yo sé lo que hago. Tú predicas, tú alucinas al mundo
con tus buenas palabras y buenas formas... yo sigo mi juego. Fermo, si
siempre ha sido así, ¿por qué te me tuerces? ¿Por qué te me escapas?

--Si no hay tal, madre.--Sí hay tal, Fermo. No eres un niño, dices...
es verdad... pero peor si eres un tonto.... Sí, un tonto con toda tu
sabiduría. ¿Sabes tú pegar puñaladas por la espalda, en la honra? Pues
mira al Arcediano, torcido y todo, las da como un maestro... ahí tienes
un ignorante que sabe más que tú.

Doña Paula se había arrancado los parches, las trenzas espesas de su
pelo blanco cayeron sobre los hombros y la espalda; los ojos apagados
casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a hachazos
parecía una estatua rústica de la Elocuencia prudente y cargada de
experiencia.

La tempestad se había deshecho en lluvia de palabras y consejos. Ya no
se reñía, se discutía con calor, pero sin ira. Los recuerdos evocados,
sin intención patética, por doña Paula, habían enternecido a Fermo. Ya
había allí un hijo y una madre, y no había miedo de que las palabras
fuesen rayos.

Doña Paula no se enternecía, tenía esa ventaja. Llamaba mojigangas a las
caricias, y quería a su hijo mucho a su manera, desde lejos. Era el suyo
un cariño opresor, un tirano. Fermo, además de su hijo, era su capital,
una fábrica de dinero. Ella le había hecho hombre, a costa de
sacrificios, de vergüenzas de que él no sabía ni la mitad, de vigilias,
de sudores, de cálculos, de paciencia, de astucia, de energía y de
pecados sórdidos; por consiguiente no pedía mucho si pedía intereses al
resultado de sus esfuerzos, al Provisor de Vetusta. El mundo era de su
hijo, porque él era el de más talento, el más elocuente, el más sagaz,
el más sabio, el más hermoso; pero su hijo era de ella, debía cobrar los
réditos de su capital, y si la fábrica se paraba o se descomponía, podía
reclamar daños y perjuicios, tenía derecho a exigir que Fermo continuase
produciendo.

En Matalerejo, en su tierra, Paula Raíces vivió muchos años al lado de
las minas de carbón en que trabajaba su padre, un miserable labrador que
ganaba la vida cultivando una mala tierra de maíz y patatas, y con la
ayuda de un jornal. Aquellos hombres que salían de las cuevas negros,
sudando carbón y con los ojos hinchados, adustos, blasfemos como
demonios, manejaban más plata entre los dedos sucios que los campesinos
que removían la tierra en la superficie de los campos y segaban y
amontonaban la yerba de los prados frescos y floridos. El dinero estaba
en las entrañas de la tierra; había que cavar hondo para sacar provecho.
En Matalerejo, y en todo su valle, reina la codicia, y los niños rubios
de tez amarillenta que pululan a orillas del río negro que serpea por
las faldas de los altos montes de castaños y helechos, parecen hijos de
sueños de avaricia. Paula era de niña rubia como una mazorca; tenía los
ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de
razón, toda la codicia del pueblo junta. En las minas, y en las fábricas
que las rodean, hay trabajo para los niños en cuanto pueden sostener en
la cabeza un cesto con un poco de tierra. Los ochavos que ganan así los
hijos de los pobres son en Matalerejo la semilla de la avaricia arrojada
en aquellos corazones tiernos: semilla de metal que se incrusta en las
entrañas y jamás se arranca de allí. Paula veía en su casa la miseria
todos los días; o faltaba pan para cenar o para comer; el padre gastaba
en la taberna y en el juego lo que ganaba en la mina.

La niña fue aprendiendo lo que valía el dinero, por la gran pena con que
los suyos lo lloraban ausente. A los nueve años era Paula una espiga
tostada por el sol, larga y seca; ya no se reía: pellizcaba a las amigas
con mucha fuerza, trabajaba mucho y escondía cuartos en un agujero del
corral. La codicia la hizo mujer antes de tiempo; tenía una seriedad
prematura, un juicio firme y frío.

Hablaba poco y miraba mucho. Despreciaba la pobreza de su casa y vivía
con la idea constante de volar... de volar sobre aquella miseria. Pero
¿cómo? Las alas tenían que ser de oro. ¿Dónde estaba el oro? Ella no
podía bajar a la mina.

Su espíritu observador notó en la iglesia un filón menos obscuro y
triste que el de las cuevas de allá abajo. «El cura no trabajaba y era
más rico que su padre y los demás cavadores de las minas. Si ella fuera
hombre no pararía hasta hacerse cura. Pero podía ser ama como la señora
Rita». Comenzó a frecuentar la iglesia; no perdió novena, ni rogativas,
ni misiones, ni rosario y siempre salía la última del templo. Los
vecinos de Matalerejo habían enterrado la antigua piedad entre el
carbón; eran indiferentes y tenían fama de herejes en los pueblos
comarcanos. Por esto pudo notar la señorita Rita la piedad de Paula bien
pronto. «La hija de Antón Raíces, le dijo al señor cura, tira para
santa, no sale de la iglesia». El cura habló a la chicuela, y aseguró a
Rita que era una Teresa de Jesús en ciernes. En una enfermedad del ama,
el párroco pidió a Raíces su hija para reemplazar a Rita en su servicio.
Rita sanó pero Paula no salió de la Rectoral. Se acabó el ir y venir
con el cesto de tierra. Se vistió de negro, y por amor de Dios se olvidó
de sus padres. A los dos años la señora Rita salía de la casa del cura
enseñando los puños a Paula y llevándose en un cofre sus ahorros de
veinte años. El cura murió de viejo y el nuevo párroco, de treinta años,
admitió a la hija de Raíces como parte integrante de la casa Rectoral.
Paula era entonces una joven alta, blanca, fresca, de carne dura y piel
fina, pero mal hecha. Una noche, a las doce, a la luz de la luna salió
de la Rectoral, que estaba en lo alto de una loma rodeada de castaños y
acacias, cien pasos más abajo de la iglesia. Llevaba en los brazos un
pañuelo negro que envolvía ropa blanca. Detrás de ella salió una sombra,
con gorro de dormir y en mangas de camisa.... Al ver que la seguían,
Paula corrió por la callejuela que bajaba al valle. El del gorro la
alcanzó, la cogió por la saya de estameña y la obligó a detenerse;
hablaron; él abría los brazos, ponía las manos sobre el corazón, besaba
dos dedos en cruz; ella decía no con la cabeza. Después de media hora de
lucha, los dos volvieron a la Rectoral; entró él, ella detrás y cerró
por dentro después de decir a un perro que ladraba:

--¡Chito, Nay, que es el amo! Paula fue el tirano del cura desde aquella
noche, sin mengua de su honor. Un momento de flaqueza en la soledad le
costó al párroco, sin saciar el apetito, muchos años de esclavitud.
Tenía fama de santo; era un joven que predicaba moralidad, castidad,
sobre todo a los curas de la comarca, y predicaba con el ejemplo. Y una
noche, reparando al cenar que Paula era mal formada, angulosa, sintió
una lascivia de salvaje, irresistible, ciega, excitada por aquellos
ángulos de carne y hueso, por aquellas caderas desairadas, por aquellas
piernas largas, fuertes, que debían de ser como las de un hombre. A la
primera insinuación amorosa, brusca, significada más por gestos que por
palabras, el ama contestó con un gruñido, y fingiendo no comprender lo
que le pedían; a la segunda intentona, que fue un ataque brutal, sin
arte, de hombre casto que se vuelve loco de lujuria en un momento, Paula
dio por respuesta un brinco, una patada; y sin decir palabra se fue a su
cuarto, hizo un lío de ropa, símbolo de despedida, porque tenía allí
muchos baúles cargados de trapos y otros artículos, y salió diciendo
desde la escalera:

--¡Señor cura! yo me voy a dormir a casa de mi padre.

La transacción le costó al clérigo humillarse hasta el polvo, una
abdicación absoluta. Vivieron en paz en adelante, pero él vio siempre en
ella a su señor de horca y cuchillo; tenía su honor en las manos; podía
perderle. No le perdió. Pero una noche, cuando el cura cenaba, tarde,
después de estudiar, Paula se acercó a él y le pidió que la oyese en
confesión.

--Hija mía ¿a estas horas?

--Sí, señor, ahora me atrevo... y no respondo de volver a atreverme
jamás.

Le confesó que estaba encinta.

Francisco De Pas, un licenciado de artillería, que entraba mucho en casa
del cura, de quien era algo pariente, la había requerido de amores y
ella le había contestado a bofetadas--el cura se puso colorado; se
acordó de la patada que había recibido él--pero el licenciado había sido
terco, y había vuelto a requebrarla, y a prometerla casarse en cuanto
sacaran el estanquillo que le tenían prometido los del Gobierno; ella se
había tranquilizado y desde entonces admitía al habla aquel buque
sospechoso. Según costumbre de la tierra, iba el de artillería a hablar
con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en Matalerejo,
sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida por
anchos pilares a dos o tres varas del suelo. Allí dormía ella en el
verano. Francisco faltó una noche a lo convenido, fue audaz, pasó del
corredor al interior de la panera; luchó Paula, luchó hasta caer
rendida--lo juraba ante un Cristo--, rendida por la fuerza del
artillero. Desde aquella noche le tomó ojeriza, pero quería casarse con
él. De aquella traición acaso nació Fermín a los dos meses de haber
unido el buen párroco a Paula y Francisco con lazo inquebrantable. Todos
los vecinos dijeron que Fermín era hijo del cura, quien dotó al ama con
buenas peluconas. Francisco De Pas no era interesado; siempre había
tenido intención de casarse con Paula, pero los vecinos le habían
llenado el alma de sospechas y espinas, y él, creyendo que podía el cura
estar riéndose de un licenciado, hizo lo que hizo. Pero aquella noche
que fue como la de una batalla a obscuras, terrible, le convenció de la
inocencia del párroco y de la virtud de Paula. Aquello no se fingía;
mucho sabía el artillero de las trampas del mundo, de las doncellas
falsas, pero él se fue a su casa al alba persuadido de que había
vencido, bien o mal, una honra verdadera. Y volvió a su proyecto de
casarse con el ama del cura. Así se lo juró a ella, de rodillas, como él
había visto a los galanes en los teatros, allá por el mundo
adelante.--«Yo te pediré a tus padres y al cura mañana mismo.--No--dijo
ella--, ahora no». Y siguieron viéndose. Cuando Paula estuvo segura de
que había fruto de aquella traición, o de las concesiones subsiguientes,
dijo a su novio: «Ahora se lo digo al amo y tú, cuando él te llame, te
niegas a casarte, dices que dicen que no eres tú solo... que en
fin...--Sí, sí, ya entiendo.--¡Lo que sospechabas, animal!--Sí, ya
sé.--Pues eso.--¿Y después?--Después deja que el cura te ofrezca... y
no digas que bueno a la primer promesa; deja que suba el precio... ni a
la segunda. A la tercera date por vencido...».

Y así fue. Paula arrancó de una vez al pobre párroco de Matalerejo, el
más casto del Arciprestazgo, el resto del precio que ella había puesto
al silencio. ¡Con qué fervor predicaba el buen hombre después la
castidad firme! «¡Un momento de debilidad te pierde, pecador; basta un
momento! Un deseo, un deseo que no sacias siquiera, te cuesta la
salvación» (y todos tus ahorros, y la paz del hogar, y la tranquilidad
de toda la vida, añadía para sus adentros.)

Paula compró grandes partidas de vino y lo vendía al por mayor a los
taberneros de Matalerejo; empezó bien el comercio gracias a su
inteligencia, a su actividad. Ella trabajaba por los dos. Francisco era
muy _fantástico_, según su mujer. Le gustaba contar sus hazañas, y hasta
sus aventuras, esto en secreto, después de colocar unos cuantos pellejos
de Toro, al beber en compañía del parroquiano. Era rumboso y en el calor
de la amistad improvisada en la taberna, abría créditos exorbitantes a
los taberneros, sus consumidores. Esto originó reyertas trágicas; hubo
sillas por el aire, cuchillos que acababan por clavarse en una mesa de
pino, amenazas sordas y reconciliaciones expresivas por parte del
artillero; secas, frías, nada sinceras por parte de su mujer. La manía
de dar al fiado llegó a ser un vicio, una pasión del manirroto
licenciado. Le gustaba darse tono de rico y despreciaba el dinero con
gran prosopopeya. «¡Los países que él había visto! ¡las mujeres que él
había seducido, allá muy lejos!». Sus amigos los taberneros que no
habían visto más río que el de su patria, le engañaban al segundo vaso.
Mientras él se perdía en sus recuerdos y en sus sueños pretéritos, que
daba por realizados, sus compadres interrumpiéndole, entre alabanzas y
admiraciones, le sacaban pellejos y más pellejos de vino pagaderos....
«De eso no había que hablar». «El hombre es honrado» decía el artillero
y añadía: «Si yo tengo un duro pongo por ejemplo, y un amigo, por una
comparación, necesita ese duro... y quien dice un duro dice veinte
arrobas de vino, pongo por caso...». Pocos años necesitó, a pesar de la
prosperidad con que el comercio había empezado, para tocar en la
bancarrota. Se atrevió un parroquiano a no pagar y tras él fueron otros,
y al fin no le pagaba casi nadie. Paula que había dominado a dos curas,
y estaba dispuesta a dominar el mundo, no podía con su marido. «Lo que
tú quieras, tienes razón», decía él, y a la media hora volvía a las
andadas. Si ella se irritaba, se le acababa a él lo que llamaba la
paciencia, y una vez en el terreno de la fuerza el artillero vencía
siempre; fuerte era como un roble Paula, pero Francisco había sido el
más arrogante mozo de nuestro ejército, y tenía músculos de oso. Había
nacido en lo más alto de la montaña y hasta los veinte años había
servido en los Puertos, cuidando ganado. Cuando la pobreza llamó a las
puertas, y Paula se decidió a dejar su comercio, De Pas decretó dedicar
los pocos cuartos que sacaron libres a la industria ganadera. Tomó vacas
en parcería y se fue con su mujer y su hijo a su pueblo, a vivir del
pastoreo, en los más empinados vericuetos. Allí pasó la niñez y llegó a
la adolescencia Fermín, a quien su madre había deseado hacer
clérigo.--«Pastor y vaquero ha de ser, como su abuelo y como su padre»,
gritaba el licenciado cada vez que la madre hablaba de mandar al niño a
aprender latín con el cura de Matalerejo. El comercio de ganado no fue
mejor que el de vino. A Francisco se le ocurrió que él había sido
siempre un gran tirador; se consagró a la caza y perseguía corzos,
jabalíes, y hasta con el oso, las pocas veces que se le presentaba, se
atrevía. Una tarde de invierno vio Paula llegar a la aldea cuatro
hombres que conducían a hombros el cuerpo destrozado de su marido en
unas angarillas improvisadas con ramas de roble. Había caído de lo alto
de una peña abrazado a la osa mal herida que perseguían los vaqueros
hacía una semana. Murió con gloria el artillero, pero su viuda se
encontró abrumada de trampas, de deudas y para sarcasmo de la suerte,
dueña de créditos sin fin que no se cobrarían jamás. Volvió a
Matalerejo, después de perder por embargo cuanto tenía. Llevaba aquellos
papeles inútiles y el hijo que había de ser clérigo. Era Fermín ya un
mozalbete como un castillo; sus 15 años parecían veinte; pero Paula
hacía de él cuanto quería, le manejaba mejor que a su padre. Le hizo
estudiar latín con el cura, el mismo que había dado la dote perdida por
el difunto. Había que adelantar tiempo y Fermín lo adelantó; estudiaba
por cuatro y trabajaba en los quehaceres domésticos de la Rectoral;
cuidaba la huerta además y así ganaba comida y enseñanza. Iba a dormir a
la cabaña de su madre, que a la boca de una mina había levantado cuatro
tablas, para instalar una taberna. Los gastos del nuevo comercio, que no
subieron a mucho, corrieron aún por cuenta del párroco, quien hizo el
desinteresado más por caridad que por miedo. Ya no temía lo que pudiera
decir Paula ni ella creía tampoco en la fuerza del arma con que en un
tiempo había amenazado terrible, cruel y fría.

La taberna prosperaba. Los mineros la encontraban al salir a la
claridad y allí, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la
pasión del juego que dominaba a casi todos. Detrás de unas tablas, que
dejaban pasar las blasfemias y el ruido del dinero, estudiaba en las
noches de invierno interminables el _hijo del cura_, como le llamaban
cínicamente los obreros, delante de su madre, no en presencia de Fermín,
que había probado a muchos que el estudio no le había debilitado los
brazos. El espectáculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento
le repugnaba hasta darle náuseas y se arrojaba con fervor en la sincera
piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para él quería su
madre: el seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que
le podría arrancar de la esclavitud a que se vería condenado con todos
aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor,
una digna del vuelo de su ambición y de los instintos que despertaban en
su espíritu. Paula padeció mucho en esta época; la ganancia era segura y
muy superior a lo que pudieran pensar los que no la veían a ella
explotar los brutales apetitos, ciegos, y nada escogidos de aquella
turba de las minas; pero su oficio tenía los peligros del domador de
fieras; todos los días, todas las noches había en la taberna pendencias,
brillaban las navajas, volaban por el aire los bancos. La energía de
Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones brutales, y con
más ahínco en obligar al que rompía algo a pagarlo y a buen precio.
También ponía en la cuenta, a su modo, el perjuicio del escándalo. A
veces quería Fermín ayudarla, intervenir con sus puños en las escenas
trágicas de la taberna, pero su madre se lo prohibía:

--Tú a estudiar, tú vas a ser cura y no debes ver sangre. Si te ven
entre estos ladrones, creerán que eres uno de ellos.

Fermín, por respeto y por asco obedecía, y cuando el estrépito era
horrísono, tapaba los oídos y procuraba enfrascarse en el trabajo hasta
olvidar lo que pasaba detrás de aquellas tablas, en la taberna. Algo más
que las reyertas entre los parroquianos ocultaba Paula a su hijo. Aunque
ya no era joven, su cuerpo fuerte, su piel tersa y blanca, sus brazos
fornidos, sus caderas exuberantes excitaban la lujuria de aquellos
miserables que vivían en tinieblas. «_La Muerta_ es un buen bocado», se
decía en las minas. La llamaban la Muerta por su blancura pálida; y
creyendo fácil aquella conquista, muchos borrachos se arrojaban sobre
ella como sobre una presa; pero Paula los recibía a puñadas, a patadas,
a palos; más de un vaso rompió en la cabeza de una fiera de las cuevas y
tuvo el valor de cobrárselo. Estos ataques de la lujuria animal solían
ser a las altas horas de la noche, cuando el enamorado salvaje se
eternizaba sobre su banco, para esperar la soledad. Fermín estudiaba o
dormía. Paula cerraba la puerta de la calle, porque la autoridad le
obligaba a ello. No despedía al borracho, aunque conocía su propósito,
porque mientras estaba allí hacía consumo, suprema aspiración de Paula.
Y entonces empezaba la lucha. Ella se defendía en silencio. Aunque él
gritase, Fermín no acudía; pensaba que era una riña entre mineros.
Además, le temían unos por fuerte, otros por hijo, y procuraban vencer
sin que él se enterase. Pero nunca vencían. A lo sumo un abrazo furtivo,
un beso como un rasguño. Nada. Paula despreciaba aquella baba. Más asco
le daba barrer las inmundicias que dejaban allí aquellos osos de la
cueva.

Todo por su hijo; por ganar para pagarle la carrera, lo quería teólogo,
nada de misa y olla. Allí estaba ella para barrer hacia la calle aquel
lodo que entraba todos los días por la puerta de la taberna; a ella la
manchaba, pero a él no; él allá dentro con Dios y los santos, bebiendo
en los libros de la ciencia que le había de hacer señor; y su madre allí
fuera, manejando inmundicia entre la que iba recogiendo ochavo a ochavo
el porvenir de su hijo; el de ella, también, pues estaba segura de que
llegaría a ser una señora. Allá en la Montaña, en cuanto Fermín había
aprendido a leer y escribir, le había obligado a enseñarle a ella su
ciencia. Leía y escribía. En la taberna, entre tantas blasfemias, entre
los aullidos de borrachos y jugadores, ella devoraba libros, que pedía
al cura.

Más de una vez la guardia civil tuvo que visitarla y cada poco tiempo
iba a la cabeza del partido a declarar en causa por lesiones o hurto.

El cura, Fermín, y hasta los guardias, que estimaban su honradez, la
habían aconsejado en muchas ocasiones que dejase aquel tráfico
repugnante; ¿no la aburría pasar la vida entre borrachos y jugadores que
se convertían tan a menudo en asesinos?

«¡No, no y no!». Que la dejasen a ella. Estaba haciendo bolsón sin que
nadie lo sospechase.... En cualquier otra industria que emprendiese, con
sus pocos recursos, no podría ganar la décima parte de lo que iba
ganando allí. Los mineros salían de la obscuridad con el bolsillo
repleto, la sed y el hambre excitadas; pagaban bien, derrochaban y
comían y bebían veneno barato en calidad de vino y manjares buenos y
caros. En la taberna de Paula todo era falsificado; ella compraba lo
peor de lo peor y los borrachos lo comían y bebían sin saber lo que
tragaban, y los jugadores sin mirarlo siquiera, fija el alma en los
naipes.

El consumo era mucho, la ganancia en cada artículo considerable. Por eso
no había prendido ya fuego a la taberna con todos _los ladrones_ dentro.

No dejó el tráfico hasta que los estudios y la edad de Fermín lo
exigieron. Hubo que dejar el país y por recomendaciones del párroco de
Matalerejo, Paula fue a servir de ama de llaves al cura de La Virgen del
Camino, a una legua de León, en un páramo. Fermín, también por
influencia de Matalerejo (el cura), y del párroco de la Virgen del
Camino, entró en San Marcos de León en el colegio de los Jesuitas, que
pocos años antes se habían instalado en las orillas del Bernesga. El
muchacho resistió todas las pruebas a que los PP. le sometieron;
demostró bien pronto gran talento, sagacidad, vocación, y el P. Rector
llegó a decir que aquel chico había nacido jesuita. Paula callaba, pero
estaba resuelta a sacar de allí a su hijo en tiempo oportuno, cuando
ella pudiera asegurarle un porvenir fuera de aquella santa casa. No le
quería jesuita. Le quería canónigo, obispo, quién sabe cuántas cosas
más. Él hablaba de misiones en el Oriente, de tribus, de los mártires
del Japón, de imitar su ejemplo; leía a su madre, con los ojos
brillantes de entusiasmo, los periódicos que hablaban de los peligros
del P. Sevillano, de la compañía, allá en tierra de salvajes. Paula
sonreía y callaba. ¡Bueno estaría que después de tantos sacrificios el
hijo se le convirtiera en mártir! Nada, nada de locuras; ni siquiera la
locura de la cruz. En el Santuario de la Virgen del Camino se maneja
mucha plata el día que se abre el tesoro de la Virgen, en presencia de
la Autoridad civil; pero el cura es pobre.

Paula veía pasar por sus manos los duros y las pesetas, pero aquello era
como agua del mar para el sediento; no sacaba nada en limpio de revolver
trigo y plata de la milagrosa Imagen. Su fama de perfecta ama de cura
corrió por toda la provincia; el párroco de la Virgen tenía la
imprudencia de alabar su talento culinario, su despacho, su integridad,
su pulcritud, su piedad y demás cualidades delante de otros clérigos, a
la mesa, después de comer bien y beber mejor. Cundió la fama de Paula, y
un canónigo de Astorga se la arrebató al cura de la Virgen. Fue una
traición y Paula una ingrata. Sin embargo, el canónigo era un santo, la
traición no había sido suya. Don Fortunato Camoirán no era capaz de
traiciones. Le propusieron un ama de llaves y la aceptó, sin sospechar
que a los pocos meses sería él su esclavo.

Nada convenía a Paula como un amo santo. Al año de servir al canónigo
Camoirán se vanagloriaba de haberle salvado varias veces de la
bancarrota: sin ella hubiera tirado la casa por la ventana: todo hubiera
sido de los pobres y de los tunantes y holgazanes que le saqueaban con
la ganzúa de la caridad. Paula puso en orden todo aquello. Camoirán se
lo agradeció y siguió dando limosna a hurtadillas, pero poca; lo que
podía sisar al ama. Era el canónigo incapaz de gobernarse en las
necesidades premiosas de la vida, no entendía palabra de los intereses
del mundo, y al poco tiempo llegó a comprender que Paula era sus ojos,
sus manos, sus oídos, hasta su sentido común. Sin Paula acaso, acaso le
hubieran llevado a un hospital por loco y pobre.

Aquel imperio fue el más tiránico que ejerció en su vida el ama de
llaves. Lo aprovechó para la carrera de Fermín: el canónigo comprendió
que debía mirar al estudiante como a cosa suya; si Paula le consagraba
la vida a él, él debía consagrar sus cuidados y su dinero y su
influencia al hijo de Paula. Además, el mozo le enamoraba también; era
tan discreto, tan sagaz como su madre y más amable, más suave en el
trato. Pero había que sacarle de San Marcos; lo aseguraba Paula, el mozo
lo deseaba, y sobre todo la salud quebrantada del aprendiz de jesuita lo
exigía. Se le sacó y entró en el Seminario, a terminar la teología. Fue
presbítero, y obtuvo un economato de los buenos, y fue llamado a
predicar en San Isidro de León, y en Astorga, y en Villafranca y donde
quiera que el canónigo Camoirán, famoso ya por su piedad, tenía
influencia. Cuando a Fortunato le ofrecieron el obispado de Vetusta, él
vaciló; mejor dicho, se propuso pedir de rodillas que le dejaran en paz:
pero Paula le amenazó con abandonarle.--«¡Eso era absurdo!». Solo ya no
podría vivir. «No por usted, señor; por el chico es necesario aceptar».
--«Acaso tenía razón». Camoirán aceptó por el chico... y fueron todos a
Vetusta. Pero allí se le buscó al Obispo una ama de llaves y Paula
siguió ejerciendo desde su casa sus funciones de suprema inspección.
Fermín fue medrando, medrando; el muchacho valía, pero más valía su
madre. Ella le había hecho hombre, es decir, cura; ella le había hecho
niño mimado de un Obispo, ella le había empujado para llegar adonde
había subido, y ella ganaba lo que ganaba, podía lo que podía... ¡y él
era un ingrato!

A esta conclusión llegaba el Magistral aquella noche, en que, después de
larga conversación con su madre, se encerró en su despacho a repasar en
la memoria todo lo que él sabía de los sacrificios que aquella mujer
fuerte había emprendido y realizado por él, porque él subiera, porque
dominase y ganara riquezas y honores.

--«¡Sí, era un ingrato! ¡un ingrato!» y el amor filial le arrancaba dos
lágrimas de fuego que enjugaba, sorprendido de sentir humedad en
aquellas fuentes secas por tantos años.

«¿Cómo lloraba él? ¡Cosa más rara! ¿Sería el alcohol la causa de aquel
llanto? Acaso. ¿Sería... lo que había sucedido aquel día? Tal vez todo
mezclado. Oh, pero también, también el amor que él tenía a su madre era
cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos».

Abrió el balcón del despacho de par en par. Ya había salido la luna, que
parecía ir rodando sobre el tejado de enfrente. La calle estaba
desierta, la noche fresca; se respiraba bien; los rayos pálidos de la
luna y los soplos suaves del aire le parecieron caricias. «¡Qué cosas
tan nuevas, o mejor tan antiguas, tan antiguas y tan olvidadas estaba
sintiendo! Oh, para él no era nuevo, no, sentir oprimido el pecho al
mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche; así había él
empezado a ponerse enfermucho, allá en los Jesuitas: pero entonces sus
anhelos eran vagos y ahora no; ahora anhelaba... tampoco se atrevía a
pedir claridad y precisión a sus deseos.... Pero ya no eran tristezas
místicas, ansiedades de filósofo atado a un teólogo lo que le angustiaba
y producía aquel dulce dolor que parecía una perezosa dilatación de las
fibras más hondas...». La sonrisa de la Regenta se le presentó unida a
la boca, a las mejillas, a los ojos que la dieran vida... y recordó una
a una todas las veces que le había sonreído. En los libros aquello se
llamaba estar enamorado platónicamente; pero él no creía en palabras.
No; estaba seguro que aquello no era amor. El mundo entero, y su madre
con todo el mundo, pensaban groseramente al calificar de pecaminosa
aquella amistad inocente. ¡Si sabría él lo que era bueno y lo que era
malo! Su madre le quería mucho, a ella se lo debía todo, ya se sabe,
pero... no sabía ella sentir con suavidad, no entendía de afectos finos,
sublimes... había que perdonarla. Sí, pero él necesitaba amor más blando
que el de doña Paula... más íntimo, de más fácil comunión por razón de
la edad, de la educación, de los gustos... Él, aunque viviera con su
madre querida, no tenía hogar, hogar suyo, y eso debía ser la dicha
suprema de las almas serias, de las almas que pretendían merecer el
nombre de grandes. Le faltaba compañía en el mundo; era indudable.

De una casa de la misma calle, por un balcón abierto, salían las notas
dulces, lánguidas, perezosas de un violín que tocaban manos expertas. Se
trataba de motivos del tercer acto del _Fausto_. El Magistral no conocía
la música, no podía asociarla a las escenas a que correspondía, pero
comprendía que se hablaba de amor. El oír con deleite, como oía, aquella
música insinuante, ya era molicie, ya era placer sensual, peligroso:
pero... ¡decía tan bien aquel violín las cosas raras que estaba
sintiendo él!

De repente se acordó de sus treinta y cinco años, de la vida estéril que
había tenido, fecunda sólo en sobresaltos y remordimientos, cada vez
menos punzantes, pero más soporíferos para el espíritu. Se tuvo una
lástima tiernísima; y mientras el violín gemía diciendo a su modo:

        _Al palido chiaror_
        _che vien degli astri d'or_
        _dami ancor contemplar il tuo viso..._


el Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a través de unas
telarañas de hilos de lágrimas que le inundaban los ojos.... Mirábala ni
más ni menos como decía Trifón Cármenes en _El Lábaro_ que la
contemplaba él, todos los jueves y domingos, los días de folletín
literario.

«¡Medrados estamos!» pensó don Fermín al dar en idea tan extravagante. Y
entonces volvió a ocurrírsele que en aquel sentimentalismo de última
hora debía de tener gran parte la copa de cognac, o lo que fuese.

Abajo era día de cuentas. Muy a menudo se las tomaba doña Paula al buen
Froilán Zapico, el propietario de _La Cruz Roja_ ante el público y el
derecho mercantil. Froilán era un esclavo blanco de doña Paula; a ella
se lo debía todo, hasta el no haber ido a presidio; le tenía agarrado,
como ella decía, por todas partes y por eso le dejaba figurar como dueño
del comercio, sin miedo de una traición. Le llamaba de tú y muchas veces
animal y pillastre. Él sonreía, fumaba su pipa, siempre pegada a la
boca, y decía con una calma de filósofo cínico: «Cosas del alma». Vestía
de levita, y hasta usaba guantes negros en las procesiones. Tenía que
parecer un señor para dar aire de verosimilitud a su propiedad de _La
Cruz Roja_, el comercio más próspero de Vetusta, el único en su género,
desde que el mísero de don Santos Barinaga se había ido arruinando.

Doña Paula había casado a Froilán con una criada de las que ella tomaba
en la aldea, una de las que habían precedido a Teresa en sus funciones
de doncella cerca del señorito. Había dormido como Teresa ahora, a
cuatro pasos del Magistral.

Este matrimonio era una recompensa para Juana, la mujer de Froilán.
Zapico oyó la proposición de su ama con aire socarrón. Creía
comprender. Pero él era muy filósofo: no se paraba en ciertos requisitos
que otros miran mucho. El ama, al proponerle el matrimonio, había
pensado: «Esto es algo fuerte; pero ¡ay de él si se subleva!». Froilán
no se sublevó. Juana era muy buena moza y sabía cuidar a un hombre. Se
casó Zapico, y al día siguiente de la boda, doña Paula, que le miraba de
soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida «de
haber estirado mucho la cuerda» observó que el novio estaba muy
contento, muy amable con ella, y hecho un almíbar con su mujer.

«Gordas las tragas, Froilán, eres un valiente», pensaba ella admirándole
y despreciándole al mismo tiempo.

Y él sonreía con más socarronería que nunca.

«Buen chasco se había llevado la señora; si ella supiera...» pensaba él
fumando su pipa. Pero es claro que jamás dijo a doña Paula el secreto de
aquella noche en que hubo sorpresas muy diferentes de las que suponía la
señora.

Era el único secreto que había entre ama y esclavo; la única mala pasada
que ella le había querido jugar.... Y como tampoco había tenido mal
resultado, sino muy beneficioso para Zapico, este seguía estimando a
doña Paula. Ella, al verle tan contento, nada resentido, rabiaba por
atreverse a preguntar; y él, muy satisfecho con el engaño del ama que
había sido en su provecho, rabiaba por decir algo; pero los dos
callaban. No había más que ciertas miradas mutuas que ambos sorprendían
a veces. Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el
rostro del otro para encontrar el secreto.... Pero nada de palabras. Doña
Paula encogía los hombros y Froilán reía pasando la mano por las barbas
de puerco-espín que tenía debajo del mentón afeitado.

Allí lo serio era el dinero. Las cuentas siempre ajustadas, limpias.
Froilán era fiel por conveniencia y por miedo. En aquella casa el
recuento de la moneda era un culto. Desde niño se había acostumbrado don
Fermín a la seriedad religiosa con que se trataban los asuntos de
dinero, y al respeto supersticioso con que se manejaba el oro y la
plata. Allá abajo, en la trastienda de La Cruz Roja, a la que no se
pasaba, desde la casa del Magistral por sótanos, como suponía la
maledicencia, sino por ancha puerta abierta en la medianería en el piso
terreno, doña Paula, subida a una plataforma, ante un pupitre verde,
repasaba los libros del comercio y en serones de esparto y bolsas
grasientas contaba y recontaba el oro, la plata y el cobre o el bronce
que Froilán iba entregándole, en pie, en una grada de la plataforma, más
baja que la mesa en que el ama repasaba los libros. Parecía ella una
sacerdotisa y él un acólito de aquel culto platónico. El mismo don
Fermín, las veces que presenciaba aquellas ceremonias, sentía un vago
respeto supersticioso, sobre todo si contemplaba el rostro de su madre,
más pálido entonces, algo parecido a una estatua de marfil, la de una
Minerva amarilla, la Palas Atenea de la Crusología.

Aquella noche el Magistral no quiso complacer a su madre bajando a la
trastienda, le daba asco; imaginaba que abajo había un gran foco de
podredumbre, aguas sucias estancadas. Oía vagos rumores lejanos del
chocar de los cuartos viejos, de la plata y del oro, de cristalino
timbre. Aquellos ruidos apagados por la distancia subían por el hueco de
la escalera, en el silencio profundo de toda la casa. El violín volvió a
rasgar el silencio de fuera con notas temblorosas, que parecían titilar
como las estrellas. Ya no se trataba de las ansias amorosas de Fausto
en la mirada casta y pura de Margarita; ahora el instrumentista
arrastraba perezosamente por las cuerdas del violín los quejidos de la
Traviata momentos antes de morir.

El Magistral vio aparecer por una esquina de la calle un bulto que se
acercaba con paso vacilante, y que caminaba ya por la acera, ya por el
arroyo. Era don Santos Barinaga, que volvía a su casa,--tres puertas más
arriba de la del Magistral, en la acera de enfrente--. De Pas no le
conoció hasta que le vio debajo de su balcón. Pero antes, al pasar junto
a la casa donde sonaba el violín, Barinaga, que venía hablando solo, se
detuvo y calló. Se quitó el sombrero, que era verde, de figura de cono
truncado, y alzando la cabeza escuchó con aire de inteligente. De vez en
cuando hacía signos de aprobación.... «Conocía aquello; era la
_Traviata_ o el _Miserere del Trovador_, pero en fin cosa buena».

«Perfecta... mente», dijo en voz alta; que sea muy enhorabuena,
Agustinito... eso... eso... el cultivo de las artes... nada de
comercio... en esta tierra de ladrones. ¿Eh...?

«Es el hijo del cerero», añadió mirando a un lado, hacia el suelo; como
contándoselo a otro que estuviese junto a él y más bajo. El violín calló
y don Santos dio media vuelta, como buscando las notas que se habían
extinguido. Entonces vio frente por frente, iluminado por un farol, un
rótulo de letras doradas que decía: «La Cruz Roja».

Barinaga se cubrió, dio una palmada en la copa del sombrero verde y
extendiendo un brazo, mientras se tambaleaba en mitad del arroyo,
gritó:--¡Ladrones! Sí, señor--dijo en voz más baja--, no retiro una sola
palabra... ladrones; usted y su madre señor Provisor... ¡ladrones!

Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sintió
brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el
vecino, se retiró del balcón y sin el menor ruido, poco a poco, entornó
las vidrieras hasta no dejar más que un intersticio por donde ver y oír
sin ser visto. Para mayor seguridad bajó la luz del quinqué y lo metió
en la alcoba. Volvió al balcón, a espiar las palabras y los movimientos
de aquel borracho a quien despreciaba todo el año y que aquella noche,
sin que él supiera por qué, le asustaba y le irritaba. Otras veces, a la
misma hora, le había sentido en la calle murmurar imprecaciones,
mientras él velaba trabajando; pero nunca había querido levantarse para
oír las necedades de aquel perdido. Bien sabía que les atribuía a él y a
su madre la ruina del comercio de quincalla de que vivía; pero ¿quién
hacía caso de un miserable, víctima del aguardiente?

Barinaga seguía diciendo:--Sí, señor Provisor, es usted un ladrón, y un
simoniaco, como le llama a usted el señor Foja... que es un liberal...
eso es, un liberal probado....

Y como «La Cruz Roja» no respondía, don Santos dirigiéndose a su propia
sombra que se le iba subiendo a las barbas, según se acercaba a la
puerta cerrada del comercio, tomándola por el mismísimo señor De Pas, le
dijo:

--¡Señor obscurantista! ¡apaga luces!... usted ha arruinado a mi
familia... usted me ha hecho a mí hereje... masón, sí, señor, ahora soy
masón... por vengarme... por... ¡abajo la clerigalla!

Esto lo dijo bastante alto para que lo oyese el sereno, que daba vuelta
a la esquina. El borracho sintió en los ojos la claridad viva y
desvergonzada de un ángulo de luz que brotaba de la linterna de Pepe,
su buen amigo.

El sereno, aquel Pepe, conoció a don Santos y se acercó sin acelerar el
paso.

--Buenas noches, amigo; tú eres un hombre honrado... y te aprecio...
pero este carcunda, este comehostias, este _rapa-velas_, este maldito
tirano de la Iglesia, este Provisor... es un ladrón, y lo sostengo....
Toma un pitillo.

Tomó el pitillo Pepe, escondió la linterna, arrimó a la pared el chuzo y
dijo con voz grave:

--Don Santos, ya es hora de acostarse; ¿quiere que abra la puerta?

--¿Qué puerta?--La de su casa...--Yo no tengo ya casa... yo soy un
pordiosero... ¿no lo ves? ¿no ves qué pantalones, qué levita?... Y mi
hija... es una mala pécora... también me la han robado los curas, pero
no ha sido este.... Este me ha robado la parroquia... me ha arruinado...
y don Custodio me roba el amor de mi hija.... Yo no tengo familia.... Yo
no tengo hogar... ni tengo puchero a la lumbre.... ¡Y dicen que bebo!...
¿qué he de hacer, Pepe?... Si no fuera por ti... por ti y por el
aguardiente... ¿qué sería de este anciano?...

--Vamos, don Santos, vamos a casa...--Te digo que no tengo casa...
déjame... hoy tengo que hacer aquí... Vete, vete tú... Es un secreto...
ellos creen... que no se sabe... pero yo lo sé... yo les espío... yo les
oigo.... Vete... no me preguntes... vete....

--Pero no hay que alborotar, don Santos; porque ya se han quejado de
usted los vecinos... y yo... qué quiere usted....

--Sí, tú... es claro, como soy un pobre.... Vete, déjame con esta ralea
de bandidos... o te rompo el chuzo en la cabeza.

El sereno cantó la hora y siguió adelante.

Don Santos le convidaba a veces a _echar_ una copa... ¿qué había de
hacer? Además, no solía alborotar demasiado.

Quedó solo Barinaga en la calle, y el Magistral arriba, detrás de las
vidrieras entreabiertas, sin perder de vista al que ya llamaba para sus
adentros su víctima....

Don Santos volvió a su monólogo, interrumpido por entorpecimientos del
estómago y por las dificultades de la lengua.

--¡Miserables!--decía con voz patética, de bajo
profundo--¡miserables!... ¡Ministro de Dios!... ¡ministro de un
cuerno!... El ministro soy yo, yo, Santos Barinaga, honrado
comerciante... que no hago la forzosa a nadie... que no robo el pan a
nadie... que no obligo a los curas de toda la diócesis... eso, eso, a
comprar en mi tienda cálices, patenas, vinajeras, casullas, lámparas
(iba contando por los dedos, que encontraba con dificultad), y demás,
con otros artículos... como aras; sí señor ¡que nos oigan los sordos,
señor Magistral! usted ha hecho renovar las aras de todas las iglesias
del obispado... y yo que lo supe... adquirí una gran partida de
ellas..., porque creí que era usted... una persona decente... un
cristiano.... ¡Buen cristiano te dé Dios! ¡Jesús... que era un gran
liberal, como el señor Foja... eso es... un republicano... no vendía
aras... y arrojaba a los mercaderes del templo!... Total, que estoy
empeñado, embargado, desvalijado... y usted ha vendido cientos de aras
al precio que ha querido... ¡se sabe todo, todo, señor apaga-luces...
_don_ Simón el Mago.... Torquemada.... Calomarde!... ¿Ven ustedes este
santurrón? pues hasta vende hostias... y cera... ha arruinado también
al cerero.... Y papel pintado... Él mismo ha hecho empapelar el Santuario
de Palomares... que lo diga la sociedad de Mareantes de aquel puerto...
si es un ladrón... si lo tengo dicho... un ladrón, un Felipe segundo...
Óigalo usted, ¡so pillo! yo no tengo esta noche qué cenar... no habrá
lumbre en mi cocina... pediré una taza de té... y mi hija me dará un
rosario.... ¡Sois unos miserables!... (Pausa.) ¡Vaya un siglo de las
luces! (señalando al farol) me río yo... de las luces... ¿para qué
quiero yo faroles si no cuelgan de ellos a los ladrones?... ¡Rayos y
truenos! ¿y esa revolución?... ¡el petróleo!... ¡venga petróleo!...

Calló un momento el borracho, y a tropezones llegó a la puerta de La
Cruz Roja. Aplicó el oído al agujero de una cerradura, y después de
escuchar con atención, rió con lo que llaman en las comedias risa
sardónica.

--¡Ja, ja, ja!--venía a decir, con la garganta y las narices--... ¡Ya
están dándole vueltas!... Allá dentro, bien os oigo, miserables, no os
ocultéis... bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones; ese oro es mío;
esa plata es del cerero.... ¡Venga mi dinero, señora doña Paula... venga
mi dinero, caballero De Pas, o somos caballeros o no... mi dinero es
mío! ¿Digo, me parece? ¡Pues venga!

Volvió a callar y a aplicar el oído a la cerradura.

El Magistral abrió el balcón sin ruido y se inclinó sobre la barandilla
para ver a don Santos.

--¿Oirá algo? Parece imposible....

Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa
escuchó también con atención profunda.... Sí, él oía algo... era el
choque de las monedas, pero el ruido era confuso, podía conocerse
sabiendo antes que estaban contando dinero... pero desde la calle no
debía de oírse nada... era imposible.... Mas la idea de que la
alucinación del borracho coincidiese con la realidad le disgustaba más
todavía, le asustaba, con un miedo supersticioso....

--¡Esos miserables tienen ahí toda la moneda de la diócesis!... Y todo
eso es mío y del cerero.... ¡Ladrones!... Caballero Magistral,
entendámonos; usted predica una religión de paz... pues bien, ese dinero
es mío....

Se irguió don Santos; volvió a descargar una palmada sobre el sombrero
verde, y extendiendo una mano y dando un paso atrás, exclamó:

--Nada de violencias... ¡Ábrase a la justicia! ¡En nombre de la ley,
abajo esa puerta!

--¡Señor don Santos, a la cama!--dijo el sereno, ya de vuelta--. No
puedo consentir que usted siga escandalizando....

--Abra usted esa puerta, derríbela usted, señor Pepe. Usted representa
la ley... pues bien... ahí están contando mi dinero.

--Ea, ea, don Santos basta de desatinos.

Y le cogió por un brazo, para llevárselo por fuerza.

--Porque soy pobre... ¡ingrato!--dijo Barinaga cayendo en profundo
desaliento.

Se dejó arrastrar. El Magistral, desde su balcón, escondido en la
obscuridad, los siguió con la mirada, sin alentar, olvidado del mundo
entero menos de aquel don Santos Barinaga que le había estado arrojando
lodo al rostro, desde el charco de su embriaguez lastimosa.

Don Fermín estaba como aterrado, pendiente el alma de los vaivenes de
aquel borracho, de las palabras que más eructaba que decía: «¿Podía una
copa de cognac, una comida algo fuerte, un poco de Burdeos, producir
aquella irritación en la conciencia, en el cerebro o donde fuera?». No
lo sabía, pero jamás la presencia de una de sus víctimas le había
causado aquellos escalofríos trágicos que se le paseaban ahora por el
cuerpo. Se figuraba la tienda vacía, los anaqueles desiertos, mostrando
su fondo de color de chocolate, como nichos preparados para sus
muertos.... Y veía el hogar frío, sin una chispa entre la ceniza....
¡Quién pudiera enviarle a aquel pobre viejo la taza de té por que
suspiraba en su extravío; o caldo caliente... algo de lo que sirve a los
enfermos y a los ancianos en sus desfallecimientos!

Don Santos y el sereno llegaron, después de buen rato, a la puerta de la
tienda de Barinaga, que era también entrada de la casa. El Magistral oyó
retumbar los golpes del chuzo contra la madera. No abrían. Al Provisor
le consumía la impaciencia. «¿Se habrá dormido esa beatuela?», pensó.

A sus oídos llegaban confusas y con resonancia metálica las palabras del
sereno y de Barinaga; parecía que hablaban un idioma extraño.

Repitió Pepe los golpes, y al cabo de dos minutos se abrió un balcón y
una voz agria dijo desde arriba.

--¡Ahí va la llave! El balcón se cerró con estrépito. Entró don Santos
en la tienda, que era como el Magistral se la había representado, y
dejándose alumbrar por el sereno atravesó el triste almacén donde
retumbaban los pasos como bajo una bóveda, y subió la escalera
lentamente, respirando con fatiga. El sereno salió, después de entregar
la llave al amo de la casa. Cerró de un golpe y se fue calle arriba.
Obscuridad y silencio. El Magistral abrió entonces su balcón de par en
par y tendió el cuerpo sobre la barandilla, hacia la casa de Barinaga,
pretendiendo oír algo.

Al principio parecía aprensión lo que oía, como si sonara dentro del
cerebro... pero después, cuando se vio luz detrás de los cristales, el
Magistral pudo asegurar que allí dentro reñían, arrojaban algo sobre el
piso de madera....

Celestina, la hija de Barinaga, era una beata ofidiana, confesaba con
don Custodio y trataba a su padre como a un leproso que causa horror. El
bando del Arcediano y del beneficiado había querido sacar gran partido
de la situación del infeliz don Santos para combatir al Magistral; para
ello conquistaron a Celestina; pero Celestina no pudo conquistar a su
padre. Bebía el señor Barinaga y en esto ya no se podía culpar de su
miseria al Provisor. «Es claro, dirían los partidarios de don Fermín,
todo lo gasta en aguardiente, está siempre borracho y espanta la
parroquia ¿cómo se quiere que el clero consuma los géneros de un
perdido... que además es un hereje? Esta era otra triste gracia. A pesar
de las amonestaciones y malos tratos de su hija, Barinaga no había
querido pasarse al partido contrario; se había hecho libre-pensador y
renegaba de todo el culto y de todo el clero.--Nada, nada; repetía,
todos son iguales; lo que dice don Pompeyo Guimarán; el mal está en la
raíz; ¡fuego en la raíz! ¡abajo la clerigalla!». Y cuanto más borracho,
más de raíz quería cortar. En vano su hija le daba tormento doméstico
para convertirle. Sólo conseguía hacerle llorar desesperado, como el
infeliz rey Lear, o que montase en cólera y le arrojase a la cabeza
algún trasto. Ella pasaba plaza de mártir, pero el mártir era él.

Como don Santos había sospechado, Celestina no quiso darle té, ni tila,
ni nada; no había nada. No había fuego, ni eran aquellas horas.... Hubo
gritos, llantos y trastos por el aire. El Magistral, gracias al silencio
de la noche, oía vagos rumores de la reyerta, que se alargaba, como si
no hubiera sueño en el mundo. A él se le cerraban los ojos, pero no
sabía qué fuerza le clavaba al balcón....

Aborrecía en aquel momento a Celestina. Recordó que era la joven que
había visto días antes a los pies de don Custodio junto a un
confesonario del trasaltar. Aquella tarde no la había reconocido. Tenía
facha de sabandija de sacristía... de cualquier cosa.

Los rumores continuaban. De vez en cuando se oía el ruido de un golpe
seco. Detrás de la vidriera iluminada pasaba de tarde en tarde un cuerpo
obscuro.

El sereno cantó las doce a lo lejos.

Poco después cesó el ruido apagado y confuso de voces.

El Magistral esperó. No volvió el rumor. «Ya no reñían».

La claridad de la vidriera desapareció de repente.

El Magistral siguió espiando el silencio. Nada; ni voces ni luz.

El sereno volvió a cantar las doce... más lejos.

De Pas respiró con fuerza y dijo entre dientes:

--¡Ya estará durmiéndola!

Y se oyó el ruido discreto de un balcón que se cierra con miedo de
turbar el silencio de la noche.

Pisando quedo, entró don Fermín en su alcoba.

Detrás del tabique oyó el crujir de las hojas de maíz del jergón en que
dormía Teresa, y después un suspiro estrepitoso.

El Magistral encogió los hombros y se sentó en el lecho.

«Las doce, había dicho el sereno, ¡ya era mañana! es decir, ya era hoy;
dentro de ocho horas la Regenta estaría a sus pies confesando culpas que
había olvidado el otro día».

--¡Sus pecados!--dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en
la llama del quinqué--¡si yo tuviese que confesarle los míos!... ¡Qué
asco le darían!

Y dentro del cerebro, como martillazos, oía aquellos gritos de don
Santos:

«¡Ladrón... ladrón... _rapavelas_!».

FIN DE LA PRIMERA PARTE



La Regenta

por

Leopoldo Alas «Clarín»

Librería de Fernando Fé, Madrid

1900.



TOMO II



--XVI--


Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele
lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa
y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del
viaje del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo lo
que se llama el _veranillo de San Martín_. Los vetustenses no se fían de
aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar
de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hasta
fines de Abril próximamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajo
del agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unos
protestan todos los años haciéndose de nuevas y diciendo: «¡Pero ve
usted qué tiempo!». Otros, más filósofos, se consuelan pensando que a
las muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. «O el
cielo o el suelo, todo no puede ser».

Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las
campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía
una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores,
y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de _otro_ invierno
húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos
bronces.

Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.

Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de
estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor,
que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la
taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo
impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con
pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos
objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran
símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro
abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el
marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una
mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había
servido para uno y que ya no podía servir para otro.

Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las
campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en
toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos
martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune,
irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidad
irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal de
molestar, creíala descargada sobre su cabeza. No eran _fúnebres
lamentos_, las campanadas como decía Trifón Cármenes en aquellos versos
del _Lábaro_ del día, que la doncella acababa de poner sobre el regazo
de su ama; no eran fúnebres lamentos, no hablaban de los muertos, sino
de la tristeza de los vivos, del letargo de todo; _¡tan, tan, tan!_
¡cuántos! ¡cuántos! ¡y los que faltaban! ¿qué contaban aquellos tañidos?
tal vez las gotas de lluvia que iban a caer en aquel _otro_ invierno.

La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y miró _El
Lábaro_. Venía con orla de luto. El primer fondo, que, sin saber lo que
hacía, comenzó a leer, hablaba de la brevedad de la existencia y de los
acendrados sentimientos católicos de la redacción. «¿Qué eran los
placeres de este mundo? ¿Qué la gloria, la riqueza, el amor?». En
opinión del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como había
dicho Shakespeare. Sólo la virtud era cosa sólida. En este mundo no
había que buscar la felicidad, la tierra no era el centro de las almas
_decididamente_. Por todo lo cual lo más acertado era morirse; y así, el
redactor, que había comenzado lamentando lo _solos que se quedaban_ los
muertos, concluía por envidiar su buena suerte. _Ellos_ ya sabían lo que
había _más allá_, ya habían resuelto el gran problema de Hamlet: _to be
or not to be_. ¿Qué era el más allá? Misterio. De todos modos el
articulista deseaba a los difuntos el descanso y la gloria eterna. Y
firmaba: «Trifón Cármenes». Todas aquellas necedades ensartadas en
lugares comunes; aquella retórica fiambre, sin pizca de sinceridad,
aumentó la tristeza de la Regenta; esto era peor que las campanas, más
mecánico, más fatal; era la fatalidad de la estupidez; y también ¡qué
triste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su original
sublimes, allí manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedad
convertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas por
las inmundicias de los tontos!... «¡Aquello era también un símbolo del
mundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidas
con la prosa y la falsedad y la maldad, y no había modo de separarlas!».
Después Cármenes se presentaba en el cementerio y cantaba una elegía de
tres columnas, en tercetos entreverados de silva. Ana veía los renglones
desiguales como si estuvieran en chino; sin saber por qué, no podía
leer; no entendía nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por allí
los ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó los cinco primeros
versos, sin saber lo que querían decir.... Y de repente recordó que ella
también había escrito versos, y pensó que podían ser muy malos también.
«¿Si habría sido ella una _Trifona_? Probablemente; ¡y qué desconsolador
era tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y con
qué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas,
místicas, que ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de Fray
Luis de León y San Juan de la Cruz! Y lo peor no era que los versos
fueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos... ¿y los sentimientos
que los habían inspirado? ¿Aquella piedad lírica? ¿Había valido algo? No
mucho cuando ahora, a pesar de los esfuerzos que hacía por volver a
sentir una reacción de religiosidad.... ¿Si en el fondo no sería ella
más que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya versos ni
prosa? ¡Sí, sí, le había quedado el espíritu falso, torcido de la
poetisa, que por algo el buen sentido vulgar desprecia!».

Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, que la
exageración la obligó a retroceder y no paró hasta echar la culpa de
todos sus males a Vetusta, a sus tías, a D. Víctor, a Frígilis, y
concluyó por tenerse aquella lástima tierna y profunda que la hacía tan
indulgente a ratos para con los propios defectos y culpas.

Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario de la
Encimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, más allá del
Espolón sobre un cerro. Llevaban los vetustenses los trajes de
cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eran
la mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres;
de fijo no pensaban en los muertos. Niños y mujeres del pueblo pasaban
también, cargados de coronas fúnebres baratas, de cirios flacos y otros
adornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo de
cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de
siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Era
el luto oficial de los ricos que sin ánimo o tiempo para visitar a sus
muertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las _personas
decentes_ no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas no
tenían valor para entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando,
luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días del año.
Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajes
eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre,
el gesto algo más compuesto.... Se paseaba en el Espolón como se está en
una visita de duelo en los momentos en que no está delante ningún
pariente cercano del difunto. Reinaba una especie de discreta alegría
contenida. Si en algo se pensaba alusivo a la solemnidad del día era en
la ventaja positiva de no contarse entre los muertos. Al más filósofo
vetustense se le ocurría que no somos nada, que muchos de sus
conciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estarían el año que viene
con los otros; cualquiera menos él.

Ana aquella tarde aborrecía más que otros días a los vetustenses;
aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia de lo que
se hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica igualdad como el
rítmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella tristeza
ambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte incierta
de los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían a
la Regenta sobre el corazón, y hasta creía sentir la atmósfera cargada
de hastío, de un hastío sin remedio, eterno. Si ella contara lo que
sentía a cualquier vetustense, la llamaría romántica; a su marido no
había que mentarle semejantes penas; en seguida se alborotaba y hablaba
de régimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos apiadarse de
los nervios o lo que fuera.

Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entre
Quintanar y Visitación, había empezado a caer en desuso a los pocos
días, y apenas se cumplía ya ninguna de sus partes. Al principio Ana se
había dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a la
tertulia de Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto se
declaró cansada y opuso una resistencia pasiva que no pudieron vencer D.
Víctor y la del Banco.

Visita encogía los hombros. «No se explicaba aquello. ¡Qué mujer era
Ana! Ella estaba segura de que Álvaro le parecía retebién, Álvaro seguía
su persecución con gran maña, lo había notado, ella le ayudaba, Paquito
le ayudaba, el bendito D. Víctor ayudaba también sin querer... y nada.
Mesía preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su pesar, que no
adelantaba un paso. ¿Andaría el Magistral en el ajo?». Visita se impuso
la obligación de espiar la capilla del Magistral; se enteró bien de las
tardes que se sentaba en el confesonario, y se daba una vuelta por allí,
mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la _otra_.
Después averiguó que la habían visto confesando por la mañana a las
siete. «¡Hola! allí había gato». No presumía la del Banco las
atrocidades que se le habían pasado por la imaginación a Mesía; no
pensaba, Dios la librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un cura
como la escandalosa Obdulia o la de Páez, tonta y maniática que
despreciaba las buenas proporciones y cuando chica comía tierra; Ana era
también romántica (todo lo que no era parecerse a ella lo llamaba Visita
romanticismo), pero de otro modo; no, no había que temer, sobre todo tan
pronto, una pasión sacrílega; pero lo que ella temía era que el
Provisor, por hacer guerra al otro--las razones de pura moralidad no se
le ocurrían a la del Banco--empleara su grandísimo talento en convertir
a la Regenta y hacerla beata. ¡Qué horror! Era preciso evitarlo. Ella,
Visita, no quería renunciar al placer de ver a su amiga caer donde ella
había caído; por lo menos verla padecer con la tentación. Nunca se le
había ocurrido que aquel espectáculo era fuente de placeres secretos
intensos, vivos como pasión fuerte; pero ya que lo había descubierto,
quería gozar aquellos extraños sabores picantes de la nueva golosina.
Cuando observaba a Mesía en acecho, cazando, o preparando las redes por
lo menos, en el coto de Quintanar, Visitación sentía la garganta
apretada, la boca seca, candelillas en los ojos, fuego en las mejillas,
asperezas en los labios. «Él dirá lo que quiera, pero está _chiflado_»,
pensaba con un secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidad
como la produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que sentía
en el orgullo, y en algo más guardado, más de las entrañas, los
necesitaba ya, como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima al
gozarlo; era el único placer intenso que Visitación se permitía en
aquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones repetidas. El dulce
no la empalagaba, pero ya le sabía poco a dulce; aquella nueva
pasioncilla era cosa más vehemente. Quería ver a la Regenta, a la
impecable, en brazos de D. Álvaro; y también le gustaba ver a D. Álvaro
humillado ahora, por más que deseara su victoria, no por él, sino por la
caída de la otra. Inventó muchos medios para hacerles verse y hablarse
sin que ellos lo buscasen, al menos sin que lo buscase Ana. Paco, sin la
mala intención de Visita, la ayudaba mucho en tal empresa. Aunque en la
primer ocasión oportuna D. Álvaro se había hecho ofrecer por el mismo
Quintanar el caserón de los Ozores, y ya había aventurado algunas
visitas, comprendió que por entonces no debía ser aquel el teatro de sus
tentativas, y donde se insinuaba era en el Espolón, con miradas y otros
artificios de poco resultado, o en casa de Vegallana y en las
excursiones al Vivero con más audacia, aunque no mucha, pero con escasa
fortuna. Ana ponía todas las fuerzas de su voluntad en demostrar a D.
Álvaro que no le temía. Le esperaba siempre, desafiaba sus malas artes;
sin jactancia le daba a entender que le tenía por inofensivo.

Las excursiones al Vivero se habían repetido con frecuencia durante todo
Octubre. Ana veía a Edelmira y a Obdulia, que se había declarado maestra
de la niña colorada y fuerte, correr como locas por el bosque de robles
seculares perseguidas por Paco Vegallana, Joaquín Orgaz y otros
_íntimos_; veíalas arrojarse intrépidas al pozo que estaba cegado y
embutido con hierba seca, y en estas y otras escenas de bucólica
picante llenas de alegría, misteriosos gritos, sorpresas, sustos,
saltos, roces y contactos, no había encontrado más que una tentación
grosera, fuerte al acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante de
lejos, vista a sangre fría. D. Álvaro había notado que por este camino
poco se podría adelantar, por ahora, con la Regenta.--Nada más ridículo
en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romántico todo lo que no
fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de aquel
dogma anti-romántico. Mirar a la luna medio minuto seguido era
romanticismo puro; contemplar en silencio la puesta del sol... ídem;
respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de la
brisa... ídem; decir algo de las estrellas... ídem; encontrar expresión
amorosa en las miradas, sin necesidad de ponerse al habla... ídem; tener
lástima de los niños pobres... ídem; comer poco... ¡oh! esto era el
colmo del romanticismo.

--La de Páez no come garbanzos--decía Visita--porque eso no es
romántico.

La repugnancia que por los juegos locos del Vivero sentía Anita, era
romanticismo refinado en opinión de la del Banco. Se lo decía ella a don
Álvaro:

--Mira, chico, eso es hacer la tonta, la literata, la mujer superior, la
platónica.... Que yo me escame y no deje acercarse a esos mocosos que
luego se van _dando pisto_ al Casino con sus demasías, no tiene nada de
particular, porque... en fin, yo me entiendo; pero ella no tiene motivo
para desconfiar, porque ni Paco ni Joaquín se van a atrever a tocarle el
pelo de la ropa.... Todo eso es romanticismo, pero a mí no me la da; por
aquello de «_pulvisés_».

En eso confiaba Mesía, en el _pulvisés_ de Visita; pero se impacientaba
ante aquel _romanticismo_ de la Regenta. Él creía firmemente que «no
había más amor que uno, el material, el de los sentidos; que a él había
de venir a parar aquello, tarde o temprano, pero temía que iba a ser
tarde; la Regenta tenía la cabeza a pájaros, y no había que aventurar ni
un mal pisotón, so pena de exponerse a echarlo a rodar todo».

«Además pensaba don Álvaro, el día que yo me atreva, por tener ya
preparado el terreno, a intentar un ataque franco, _personal_ (era la
palabra técnica en su arte de conquistador), no ha de ser en el campo,
aunque parece que es el lugar más a propósito. He notado que esta mujer
enfrente de la naturaleza, de la bóveda estrellada, de los montes
lejanos, al aire libre, en suma, se pone seria como un colchón, calla, y
se _sublimiza_, allá a sus solas. Está hermosísima así, pero no hay que
tocar en ella». Más de una vez, en medio del bosque del Vivero, a solas
con Ana, don Álvaro se había sentido en ridículo; se le había figurado
que aquella señora, a quien estaba seguro de gustar en el salón del
Marqués, allí le despreciaba. Veíala mirarle de hito en hito, levantar
después los ojos a las copas de los añosos robles, y se había dicho:
«Esta mujer me está midiendo; me está comparando con los árboles y me
encuentra pequeño; ¡ya lo creo!».

Lo que no sabía don Álvaro, aunque por ciertos síntomas favorables lo
presumiese a veces su vanidad, era que la Regenta soñaba casi todas las
noches con él. Irritaba a la de Quintanar esta insistencia de sus
ensueños. ¿De qué le servía resistir en vela, luchar con valor y fuerza
todo el día, llegar a creerse superior a la obsesión pecaminosa, casi a
despreciar la tentación, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonada
del espíritu, se rendía a discreción, y era masa inerte en poder del
enemigo? Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malas
pasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conocía, y
pensaba desalentada y agriado el ánimo en la inutilidad de sus
esfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de sí misma.
Parecíale entonces la humanidad compuesto casual que servía de juguete a
una divinidad oculta, burlona como un diablo. Pronto volvía la fe, que
se afanaba en conservar y hasta fortificar--con el terror de quedarse a
obscuras y abandonada si la perdía--volvía a desmoronar aquella
torrecilla del orgulloso racionalismo, retoño impuro que renacía mil
veces en aquel espíritu educado lejos de una saludable disciplina
religiosa. Se humillaba Ana a los designios de Dios, pero no por esto
desaparecía el disgusto de sí misma, ni el valor para seguir la lucha se
recobraba.... Contribuían estos desfallecimientos nocturnos a contener
los progresos de la piedad, que el Magistral procuraba despertar con
gran prudencia, temeroso de perder en un día todo el terreno adelantado,
si daba un mal paso.

Ni en la mañana en que la Regenta reconcilió con don Fermín, antes de
comulgar, ni ocho días más tarde, cuando volvió al confesonario, ni en
las demás conferencias matutinas en que declaró al padre espiritual
dudas, temores, escrúpulos, tristezas, dijo Ana aquello que al
determinarse a rectificar su confesión general se había propuesto decir:
no habló de la gran tentación que la empujaba al adulterio--así se
llamaba--mucho tiempo hacía.

Buscó subterfugios para no confesar aquello, se engañó a sí misma, y el
Magistral sólo supo que Ana vivía de hecho separada de su marido, _quo
ad thorum_, por lo que toca al tálamo, no por reyerta, ni causa alguna
vergonzosa, sino por falta de iniciativa en el esposo y de amor en ella.
Sí, esto lo confesó Ana, ella no amaba a su don Víctor como una mujer
debe amar al hombre que escogió, o le escogieron, por compañero; otra
cosa había: ella sentía, más y más cada vez, gritos formidables de la
naturaleza, que la arrastraban a no sabía qué abismos obscuros, donde no
quería caer; sentía tristezas profundas, caprichosas; ternura sin objeto
conocido; ansiedades inefables; sequedades del ánimo repentinas, agrias
y espinosas, y todo ello la volvía loca, tenía miedo no sabía a qué, y
buscaba el amparo de la religión para luchar con los peligros de aquel
estado. Esto fue todo lo que pudo saber el Magistral sobre el
particular; nada de acusaciones concretas. Él tampoco se atrevía a
preguntar a la Regenta lo que tratándose de otra hubiera sido
necesariamente parte de su hábil interrogatorio. Aunque la curiosidad le
quemaba las entrañas, aguantaba la comezón y se contentaba con sus
conjeturas: lo principal, lo primero no era querer saber a la fuerza más
de lo que ella espontáneamente quería decir; lo principal, lo primero
era mostrarse discreto, desapasionado, superior a los defectos vulgares
de la humanidad.

«En estas primeras conferencias, se decía el Magistral no se trata aún
de estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de imponerme por
la grandeza de alma; debo hacerla mía por obra del espíritu y después...
ella hablará... y sabré lo del Vivero, que me parece que no fue nada
entre dos platos».

De lo que había pasado en la excursión del día de San Francisco de Asís
y en otras sucesivas procuró De Pas enterarse en las conversaciones que
tuvo con su amiga fuera de la Iglesia; dentro del cajón sagrado no
había modo decoroso de preguntar ciertas menudencias a una mujer como
Anita.

La Regenta agradecía al Magistral su prudencia, su discreción. Veía con
placer que más se aplicaba el bendito varón a prepararle una vida
virtuosa mediante la consabida _higiene espiritual_, que a escudriñar lo
pasado y las turbaciones presentes con preguntas de microscopio, como él
las había llamado hablando de estas cosas.

«Lo principal era no violentar el espíritu indisciplinado de la Regenta;
había que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin que ella lo
notase al principio, por una pendiente imperceptible, que pareciese
camino llano; para esto era necesario caminar en zig-zas, hacer muchas
curvas, andar mucho y subir poco... pero no había remedio; después, más
arriba, sería otra cosa; ya se le haría subir por la línea de máxima
pendiente». Así, con estas metáforas geométricas pensaba el Magistral en
tal asunto, para él muy importante, porque la idea de que se le escapase
aquella penitente, aquella amiga, le daba miedo.

Una mañana ella le habló por fin de sus ensueños; cada palabra iba
cubierta con un velo; pocas bastaron al Magistral para comprender; la
interrumpió, le ahorró la molestia de rebuscar las pocas frases cultas
con que cuenta nuestro rico idioma para expresar materias escabrosas; y
aquel día pudo ser, merced a esto, la conferencia tan ideal y delicada
en la forma como todas las anteriores. Pero él entró en el coro menos
tranquilo que solía. Arrellanado en su sitial del coro alto, manoseando
los relieves lúbricos de los brazos de su silla, De Pas, mientras los
colegiales ponían el grito en el cielo, comentaba, como si rumiara, las
revelaciones de la Regenta.

«¡Soñaba! la fortaleza de la vigilia desvanecíase por la noche, y sin
que ella pudiese remediarlo, la mortificaban visiones y sensaciones
importunas, que a tener responsabilidad de ellas serían pecado
cierto.... «En plata, que doña Ana soñaba con un hombre...». Don Fermín
se revolvía en la silla de coro, cuyo asiento duro se le antojaba lleno
de brasas y de espinas. Y en tanto que el dedo índice de la mano derecha
frotaba dos prominencias pequeñas y redondas del artístico bajo-relieve,
que representaba a las hijas de Lot en un pasaje bíblico, él, sin pensar
en esto, es claro, procuraba arrancar a las tinieblas de su ignorancia
el secreto que tanto le importaba: ¿con quién soñaba la Regenta? ¿Era
una persona determinada...? Y poniéndose colorado como una amapola en la
penumbra de su asiento, que estaba en un rincón del coro alto, pensaba:
¿seré yo?

Entonces le zumbaban los oídos, y ya no oía las voces graves del
sochantre y de los salmistas, ni el rum rum del hebdomadario, que allá
abajo gruñía recitando de mala gana los latines de _Prima_.

«No, no caería en la tentación de convertir aquella dulcísima amistad
naciente, que tantas sensaciones nuevas y exquisitas le prometía, en
vulgar escándalo de las pasiones bajas de que sus enemigos le habían
acusado otras veces. Verdad era que la idea de ser objeto de los
ensueños que confesaba la Regenta, le halagaba; esto no podía negarlo,
¿cómo engañarse a sí mismo? ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre la
tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía que ver
con su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo de
los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, de su
voluntad que se destruía ocupándose con asunto tan miserable como era
aquella lucha con los vetustenses indómitos. Sí, lo que él quería era
una afición poderosa, viva, ardiente, eficaz para vencer la ambición,
que le parecía ahora ridícula, de verse amo indiscutible de la diócesis.
Ya lo era, aunque discutido, y aquello debía bastarle.

»¿A qué aspirar a un dominio absoluto imposible? Además, quería que su
interés por doña Ana ocupase en su alma el lugar privilegiado de
aquellos otros anhelos de volar más alto, de ser obispo, jefe de la
iglesia española, vicario de Cristo tal vez. Esta ambición de algunos
momentos, descabellada, pueril, locura que pasaba, pero que volvía,
quería vencerla, para no padecer tanto, para conformarse mejor con la
vida, para no encontrar tan triste y desabrido el mundo.... Y sólo por
medio de una pasión noble, ideal, que un alma grande sabría comprender,
y que sólo un vetustense miserable, ruin y malicioso podía considerar
pecaminosa, sólo por medio de esa pasión cabía lograr tan alto y tan
loable intento.--Sí, sí--concluía el Magistral: yo la salvo a ella y
ella, sin saberlo por ahora, me salva a mí».

Y cantaban los del coro bajo: _Deus, in ajutorium meum intende_.

La tarde de _Todos los Santos_ Ana creyó perder el terreno adelantado en
su curación moral; la aridez del alma de que ella se había quejado a D.
Fermín, y que este, citando a San Alfonso Ligorio, le había demostrado
ser debilidad común, y hasta de los santos, y general duelo de los
místicos; esa aridez que parece inacabable al sentirla, la envolvía el
espíritu como una cerrazón en el océano; no le dejaba ver ni un rayo de
luz del cielo.

«¡Y las campanas toca que tocarás!». Ya pensaba que las tenía dentro del
cerebro; que no eran golpes del metal sino aldabonazos de la neuralgia
que quería enseñorearse de aquella mala cabeza, olla de grillos mal
avenidos.

Sin que ella los provocase, acudían a su memoria recuerdos de la niñez,
fragmentos de las conversaciones de su padre, el filósofo, sentencias de
escéptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos lejanos en que las
había oído no tenían sentido claro para ella, mas que ahora le parecían
materia digna de atención.

«De lo que estaba convencida era de que en Vetusta se ahogaba; tal vez
el mundo entero no fuese tan insoportable como decían los filósofos y
los poetas tristes; pero lo que es de Vetusta con razón se podía
asegurar que era el peor de los poblachones posibles». Un mes antes
había pensado que el Magistral iba a sacarla de aquel hastío, llevándola
consigo, sin salir de la catedral, a regiones superiores, llenas de luz.
«Y capaz de hacerlo como lo decía debía de ser, porque tenía mucho
talento y muchas cosas que explicar; pero ella, ella era la que caía de
lo alto a lo mejor, la que volvía a aquel enojo, a la aridez que le
secaba el alma en aquel instante».

Ya no pasaba nadie por la Plaza Nueva; ni lacayos, ni curas, ni
chiquillos, ni mujeres de pueblo; todos debían de estar ya en el
cementerio o en el Espolón....

Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plaza
de este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don Álvaro Mesía,
jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante y
ondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa. Era el
animal de pura raza española, y hacíale el jinete piafar, caracolear,
revolverse, con gran maestría de la mano y la espuela; como si el
caballo mostrase toda aquella impaciencia por su gusto, y no excitado
por las ocultas maniobras del dueño. Saludó Mesía de lejos y no vaciló
en acercarse a la Rinconada, hasta llegar debajo del balcón de la
Regenta.

El estrépito de los cascos del animal sobre las piedras, sus graciosos
movimientos, la hermosa figura del jinete llenaron la plaza de repente
de vida y alegría, y la Regenta sintió un soplo de frescura en el alma.
¡Qué a tiempo aparecía el galán! Algo sospechó él de tal oportunidad al
ver en los ojos y en los labios de Ana, dulce, franca y persistente
sonrisa.

No le negó la delicia de anegarse en su mirada, y no trató de ocultar el
efecto que en ella producía la de don Álvaro. Hablaron del caballo, del
cementerio, de la tristeza del día, de la necedad de aburrirse todos de
común acuerdo, de lo inhabitable que era Vetusta. Ana estaba locuaz,
hasta se atrevió a decir lisonjas, que si directamente iban con el
caballo también comprendían al jinete.

Don Álvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que
aquella fortaleza tenía muchos órdenes de murallas, y que al día
siguiente podría encontrarse con que era lo más inexpugnable lo que
ahora se le antojaba brecha, hubiese creído llegada la ocasión de dar el
ataque _personal_, como llamaba al más brutal y ejecutivo. Pero ni
siquiera se atrevió a intentar acercarse, lo cual hubiera sido en todo
caso muy difícil, pues no había de dejar el caballo en la plaza. Lo que
hacía era aproximarse lo más que podía al balcón, ponerse en pie sobre
los estribos, estirar el cuello y hablar bajo para que ella tuviese que
inclinarse sobre la barandilla si quería oírle, que sí quería aquella
tarde.

¡Cosa más rara! En todo estaban de acuerdo: después de tantas
conversaciones se encontraba ahora con que tenían una porción de gustos
idénticos. En un incidente del diálogo se acordaron del día en que Mesía
dejó a Vetusta y encontró en la carretera de Castilla a Anita que volvía
de paseo con sus tías. Se discutió la probabilidad de que fuese el mismo
coche y el mismo asiento el que poco después ocupaba ella cuando salió
para Granada con su esposo....

Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de
aquel hombre que tenía allí debajo; le parecía que toda la sangre se le
subía a la cabeza, que las ideas se mezclaban y confundían, que las
nociones morales se deslucían, que los resortes de la voluntad se
aflojaban; y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia
en hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba,
en alabarle y abrirle el arca secreta de los deseos y los gustos, no se
arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar, gozándose en caer,
como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias
sociales, de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez
vetustense que condenaba toda vida que no fuese la monótona, sosa y
necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la Colonia.... Ana sentía
deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no
como otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura abstracta,
ideal, en propósitos de vida santa, en anhelos de abnegación y
sacrificios; no era la fortaleza, más o menos fantástica, de otras veces
quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fríos,
desabridos, infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al
dilacerar la voluntad, al vencerla, causaba en las entrañas placer, como
un soplo fresco que recorriese las venas y la médula de los huesos.

«Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a
mis pies, en este instante me vencía, me vencía». Pensaba esto y casi lo
decía con los ojos. Se le secaba la boca y pasaba la lengua por los
labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto de la
señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras
las miradas del jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla
en que descansaba el pecho fuerte y bien torneado de la Regenta.

Callaron, después de haber dicho tantas cosas. No se había hablado
palabra de amor, es claro; ni don Álvaro se había permitido galantería
alguna directa y sobrado significativa; mas no por eso dejaban de estar
los dos convencidos de que por señas invisibles, por efluvios, por
adivinación o como fuera, uno a otro se lo estaban diciendo todo; ella
conocía que a don Álvaro le estaba quemando vivo la pasión allá abajo;
que al sentirse admirado, tal vez amado en aquel momento, el
agradecimiento tierno y dulce del amante y el amor irritado con el
agradecimiento y con el señuelo de la ocasión le derretían; y Mesía
comprendía y sentía lo que estaba pasando por Ana, aquel abandono,
aquella flojedad del ánimo. «¡Lástima, pensaba el caballero, que me coja
tan lejos, y a caballo, y sin poder apearme decorosamente, este _momento
crítico_!...». Al cual momento groseramente llamaba él para sus adentros
el _cuarto de hora_.

No había tal cuarto de hora, o por lo menos no era aquel cuarto de la
hora a que aludía el materialista elegante.

Todo Vetusta se aburría aquella tarde, o tal se imaginaba Ana por lo
menos; parecía que el mundo se iba a acabar aquel día, no por agua ni
fuego sino por hastío, por la gran culpa de la estupidez humana, cuando
Mesía apareciendo a caballo en la plaza, vistoso, alegre, venía a
interrumpir tanta tristeza fría y cenicienta con una nota de color vivo,
de gracia y fuerza. Era una especie de resurrección del ánimo, de la
imaginación y del sentimiento la aparición de aquella arrogante figura
de caballo y caballero en una pieza, inquietos, ruidosos, llenando la
plaza de repente. Era un rayo de sol en una cerrazón de la niebla, era
la viva reivindicación de sus derechos, una protesta alegre y
estrepitosa contra la apatía convencional, contra el silencio de muerte
de las calles y contra el ruido necio de los campanarios....

Ello era, que sin saber por qué, Ana, nerviosa, vio aparecer a don
Álvaro como un náufrago puede ver el buque salvador que viene a sacarle
de un peñón aislado en el océano. Ideas y sentimientos que ella tenía
aprisionados como peligrosos enemigos rompieron las ligaduras; y fue un
motín general del alma, que hubiera asustado al Magistral de haberlo
visto, lo que la Regenta sintió con deleite dentro de sí.

Don Álvaro no recordaba siquiera que la Iglesia celebraba aquel día la
fiesta de Todos los Santos; había salido a paseo porque le gustaba el
campo de Vetusta en Otoño y porque sentía opresiones, ansiedades que se
le quitaban a caballo, corriendo mucho, bañándose en el aire que le iba
cortando el aliento en la carrera...

«¡Perfectamente! Mesía con aquella despreocupación, pensando en su
placer, en la naturaleza, en el aire libre, era la realidad racional, la
vida que se complace en sí misma; los otros, los que tocaban las
campanas y _conmemoraban_ maquinalmente a los muertos que tenían
olvidados, eran las bestias de reata, la eterna Vetusta que había
aplastado su existencia entera (la de Anita) con el peso de
preocupaciones absurdas; la Vetusta que la había hecho infeliz.... ¡Oh,
pero estaba aún a tiempo! Se sublevaba, se sublevaba; que lo supieran
sus tías difuntas; que lo supiera su marido; que lo supiera la hipócrita
aristocracia del pueblo, los Vegallana, los Corujedos... toda la
clase... se sublevaba...». Así era el cuarto de hora de Anita, y no como
se lo figuraba don Álvaro, que mientras hablaba sin propasarse, estaba
pensando en dónde podría dejar un momento el caballo. No había modo; sin
violencia, que podía echarlo todo a perder, no se podía buscar pretexto
para subir a casa de la Regenta en aquel momento.

Gran satisfacción fue para don Víctor Quintanar, que volvía del Casino,
encontrar a su mujer conversando alegremente con el simpático y
caballeroso don Álvaro, a quien él iba cobrando una afición que, según
frase suya, «no solía prodigar».

--Estoy por decir--aseguraba--que después de Frígilis, Ripamilán y
Vegallana, ya es don Álvaro el vecino a quien más aprecio.

No pudiendo dar a su amigo los golpecitos en el hombro, con que solía
saludarle, los aplicó a las ancas del caballo, que se dignó a mirar
volviendo un poco la cabeza al humilde infante.

       --Hola, hola, hipógrifo violento
        que corriste parejas con el viento--

dijo don Víctor, que manifestaba a menudo su buen humor recitando versos
del Príncipe _de nuestros ingenios_ o de algún otro de los _astros de
primera magnitud_.

--A propósito de teatro, don Álvaro ¿con que esta noche el buen Perales
nos da por fin _Don Juan Tenorio_?... Algunos beatos habían intrigado
para que hoy no hubiera función.... ¡Mayor absurdo!... El teatro es
moral, cuando lo es, por supuesto; además la tradición... la
costumbre.... Don Víctor habló largo y tendido de la moralidad en el
arte, separándose a veces del hipógrifo violento que se impacientaba con
aquella disertación académica.

Don Álvaro aprovechó la primera ocasión que tuvo para suplicar a
Quintanar que obligase a su esposa a ver el _Don Juan_.

--Calle usted, hombre... vergüenza da decirlo... pero es la verdad.... Mi
mujercita, por una de esas rarísimas casualidades que hay en la vida...
¡nunca ha visto ni leído el _Tenorio_! Sabe versos sueltos de él, como
todos los españoles, pero no conoce el drama... o la comedia, lo que
sea; porque, con perdón de Zorrilla, yo no sé si.... ¡Demonio de animal,
me ha metido la cola por los ojos!...

--Sepárese usted un poco, porque este no sabe estarse quieto.... Pero
dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, ¡eso es imperdonable!

Aunque a don Álvaro el drama de Zorrilla le parecía inmoral, falso,
absurdo, muy malo, y siempre decía que era mucho mejor el Don Juan de
Molière (que no había leído), le convenía ahora alabar el poema popular
y lo hizo con frases de gacetillero agradecido.

Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Mejía codo
con codo, y le parecía indigna de un caballero la aventura de don Juan
con doña Inés de Pantoja. «Así cualquiera es conquistador». Pero fuera
de esto juzgaba _hermosa creación_ la de Zorrilla... aunque las había
mejores en nuestro teatro moderno. A don Álvaro se le antojaba muy
verosímil y muy ingenioso y oportuno el expediente de sujetar a don Luis
y meterse en casa de su novia en calidad de prometido....

Aventuras así las había él llevado a feliz término, y no por eso se
creía deshonrado; pues el amor no se anda con libros de caballerías, y
unas eran las empresas del placer, y otras las de la vanagloria; cuando
se trataba de estas, lo mismo él que don Juan, sabían proceder con todos
los requisitos del punto de honor.--Pero esta opinión también se la
calló el jefe del partido liberal dinástico de Vetusta, y unió sus
ruegos a los de don Víctor para obligar a doña Ana a ir al teatro
aquella noche.

--Si es una perezosa; si ya no quiere salir; si ha vuelto a las andadas,
a las encerronas... y... pero... ¡lo que es hoy no tienes escape!...

En fin, tanto insistieron, que Ana, puestos los ojos en los de Mesía,
prometió solemnemente ir al teatro.

Y fue. Entró a las ocho y cuarto (la función comenzaba a las ocho) en el
palco de los Vegallana en compañía de la Marquesa, Edelmira, Paco y
Quintanar.

El teatro de Vetusta, o sea _nuestro Coliseo de la plaza del Pan_, según
le llamaba en elegante perífrasis el gacetillero y crítico de _El
Lábaro_, era un antiguo corral de comedias que amenazaba ruina y daba
entrada gratis a todos los vientos de la rosa náutica. Si soplaba el
Norte y nevaba, solían deslizarse algunos copos por la claraboya de la
lucerna. Al levantarse el telón pensaban los espectadores sensatos en la
pulmonía, y algunos de las butacas se embozaban prescindiendo de la
buena crianza. Era un axioma vetustense que al teatro había que ir
abrigado. Las más distinguidas señoritas, que en el Espolón y el Paseo
Grande lucían todo el año vestidos de colores alegres, blancos, rojos,
azules, no llevaban al coliseo de la Plaza del Pan más que gris y negro
y matices infinitos del castaño, a no ser en los días de gran etiqueta.
Los cómicos temblaban de frío en el escenario, dentro de la cota de
malla, y las bailarinas aparecían azules y moradas dando diente con
diente debajo de los polvos de arroz.

Las decoraciones se habían ido deteriorando, y el Ayuntamiento, donde
predominaban los enemigos del arte, no pensaba en reemplazarlas. Como en
la comedia que representan en el bosque los personajes del _Sueño de una
noche de verano_, la fantasía tenía que suplir en el teatro de Vetusta
las deficiencias del lienzo y del cartón. No había ya más bambalinas que
las del _salón regio_, que figuraban en sabia perspectiva artesonado de
oro y plata, y las de cielo azul y sereno. Pero como en la mayor parte
de nuestros dramas modernos se exige _sala decentemente amueblada_, sin
artesones ni cosa parecida, los directores de escena solían decidirse en
tales casos por el cielo azul. A veces los telones y bastidores se
hacían los remolones o precipitaban su caída, y en una ocasión, el buen
Diego Marsilla, atado a un árbol codo con codo se encontró de repente en
el camarín de doña Isabel de Segura, con lo que el drama se hizo
inverosímil a todas luces. La decoración de bosque se había desplomado.

Ya estaban los vetustenses acostumbrados a estos que llamaba Ronzal
anacronismos, y pasaban por todo, en particular las _personas decentes_
de palcos principales y plateas, que no iban al teatro a ver la función,
sino a mirarse y despellejarse de lejos. En Vetusta las señoras no
quieren las butacas, que, en efecto, no son dignas de señoras, ni
butacas siquiera; sólo se degradan tanto las cursis y alguna dama de
aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes tampoco frecuentan la
sala, o patio, como se llama todavía. Se reparten por palcos y plateas
donde, apenas recatados, fuman, ríen, alborotan, interrumpen la
representación, por ser todo esto de muy buen tono y fiel imitación de
lo que muchos de ellos han visto en algunos teatros de Madrid. Las mamás
desengañadas dormitan en el fondo de los palcos; las que son o se tienen
por dignas de lucirse, comparten con las jóvenes la seria ocupación de
ostentar sus encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la
lengua cortan los de las demás. En opinión de la dama vetustense, en
general, el arte dramático es un pretexto para pasar tres horas cada dos
noches observando los trapos y los trapicheos de sus vecinas y amigas.
No oyen, ni ven ni entienden lo que pasa en el escenario; únicamente
cuando los cómicos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o con una
de esas anagnórisis en que todos resultan padres e hijos de todos y
enamorados de sus parientes más cercanos, con los consiguientes
alaridos, sólo entonces vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para
ver si ha ocurrido allá dentro alguna catástrofe de verdad. No es mucho
más atento ni impresionable el resto del público ilustrado de la culta
capital. En lo que están casi todos de acuerdo es en que la zarzuela es
superior al _verso_, y la estadística demuestra que todas las compañías
de _verso_ truenan en Vetusta y se disuelven. Las partes de por medio
suelen quedarse en el pueblo y se les conoce porque les coge el invierno
con ropa de verano, muy ajustada por lo general. Unos se hacen vecinos y
se dedican a coristas endémicos para todas las óperas y zarzuelas que
haya que cantar, y otros consiguen un beneficio en que ellos pasan a
primeros papeles y, ayudados por varios jóvenes aficionados de la
población representan alguna obra de empeño, ganan diez o doce duros y
se van a otra provincia a tronar otra vez. Estos artistas de _verso_
también paran a veces en la cárcel, según el gobierno que rige los
destinos de la Nación. Suele tener la culpa el empresario que no paga y
además insulta el hambre de los actores. Al considerar esta mala suerte
de las compañías dramáticas en Vetusta, podría creerse que el vecindario
no amaba la escena, y así es en general: pero no faltan clases enteras,
la de mancebos de tienda, la de los cajistas, por ejemplo, que cultivan
en teatros caseros _el difícil arte de Talía_, y con _grandes
resultados_ según _El Lábaro_ y otros periódicos _locales_.

Cuando Ana Ozores se sentó en el palco de Vegallana, en el sitio de
preferencia, que la Marquesa no quería ocupar nunca, en las plateas y
principales hubo cuchicheos y movimiento. La fama de hermosa que gozaba
y el verla en el teatro de tarde en tarde, explicaba, en parte, la
curiosidad general. Pero además hacía algunas semanas que se hablaba
mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por cierto
coincidía con el afán del señor Quintanar, de llevar a su mujer a todas
partes. Se discutía si el Magistral haría de su partido a la de Ozores,
si llegaría a dominar a don Víctor por medio de su esposa, como había
hecho en casa de Carraspique. Algunos más audaces, más maliciosos, y que
se creían más enterados, decían al oído de sus _íntimos_ que no faltaba
quien procurase contrarrestar la influencia del Provisor. Visitación y
Paco Vegallana, que eran los que podían hablar con fundamento, guardaban
prudente reserva; era Obdulia quien se daba aires de saber muchas cosas
que no había.

--«¡La Regenta, bah! la Regenta será como todas....

Las demás somos tan buenas como ella... pero su temperamento frío, su
poco trato, su orgullo de mujer intachable, le hacen ser menos expansiva
y por eso nadie se atreve a murmurar.... Pero tan buena como ella son
muchas...».

Las reticencias de la Fandiño eran todavía recibidas con desconfianza,
en casi todas partes. Pero con motivo de condenar su mala lengua, corría
de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones vagas y cobardes.
Obdulia meditaba poco lo que decía, hablaba siempre aturdida, por
máquina, pensando en otra cosa; iba sacándole filo a la calumnia sin
sospecharlo. Además el mayor crimen que podía haber en la Regenta, y no
creía ella que a tanto llegase, era seguir la corriente. «En Madrid y en
el extranjero, esto es el pan nuestro de cada día; pero en Vetusta
fingen que se escandalizan de ciertas libertades de la moda, las mismas
que se las toman de tapadillo, entre sustos y miedos, sin gracia, del
modo cursi como aquí se hace todo. ¡Pero qué se puede esperar de unas
mujeres que no se bañan, ni usan las esponjas más que para lavar a los
_bebés_!». Obdulia, cuando hablaba con algún forastero, desahogaba su
desprecio describiendo la hipocresía anticuada y la suciedad de las
mujeres de Vetusta.

--«Créame usted, repetía, no sabe su cuerpo lo que es una esponja, se
lavan como gatas y se la pegan al marido como en tiempo del rey que
rabió. ¡Cuánta porquería y cuánta ignorancia!».

Ana, acostumbrada muchos años hacía, a la mirada curiosa, insistente y
fría del público, no reparaba casi nunca en el efecto que producía su
entrada en la iglesia, en el paseo, en el teatro. Pero la noche de aquel
día de Todos los Santos, recibió como agradable incienso el tributo
espontáneo de admiración; y no vio en él como otras veces, curiosidad
estúpida, ni envidia ni malicia. Desde la aparición de don Álvaro en la
plaza, el humor de Ana había cambiado, pasando de la aridez y el hastío
negro y frío, a una región de luz y calor que bañaban y penetraban todas
las cosas: aquellas bruscas transformaciones del ánimo, las atribuía
supersticiosamente a una voluntad superior, que regía la marcha de los
sucesos preparándolos, como experto autor de comedias, según convenía al
destino de los seres. Esta idea que no aplicaba con entera fe a los
demás, la creía evidente en lo que a ella misma le importaba; estaba
segura de que Dios le daba de cuando en cuando avisos, le presentaba
coincidencias para que ella aprovechase ocasiones, oyese lecciones y
consejos. Tal vez era esto lo más profundo en la fe religiosa de Ana;
creía en una atención directa, ostensible y singular de Dios a los actos
de su vida, a su destino, a sus dolores y placeres; sin esta creencia no
hubiera sabido resistir las contrariedades de una existencia triste,
sosa, descaminada, inútil. Aquellos ocho años vividos al lado de un
hombre que ella creía vulgar, bueno de la manera más molesta del mundo,
maniático, insustancial; aquellos ocho años de juventud sin amor, sin
fuego de pasión alguna, sin más atractivo que tentaciones efímeras,
rechazadas al aparecer, creía que no hubiera podido sufrirlos a no
pensar que Dios se los había mandado para probar el temple de su alma y
tener en qué fundar la predilección con que la miraba. Se creía en sus
momentos de fe egoísta, admirada por el Ojo invisible de la Providencia.
El que todo lo ve y la veía a ella, estaba satisfecho, y la vanidad de
la Regenta necesitaba esta convicción para no dejarse llevar de otros
instintos, de otras voces que arrancándola de sus abstracciones, le
presentaban imágenes plásticas de objetos del mundo, amables, llenas de
vida y de calor.

Cuando descubrió en el confesonario del Magistral un _alma hermana_, un
espíritu _supra-vetustense_ capaz de llevarla por un camino de flores y
de estrellas a la región luciente de la virtud, también creyó Ana que el
hallazgo se lo debía a Dios, y como aviso celestial pensaba
aprovecharlo.

Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un
gallardo jinete, que venía a turbar con las corvetas de su caballo, el
silencio triste de un día de marasmo, la Regenta no vaciló en creer lo
que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría,
voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes. Sus horas de
rebelión nunca habían sido tan seguidas. Desde aquella tarde ningún
momento había dejado de pensar lo mismo; que era absurdo que la vida
pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud, que
Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de
tutor muy respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no el
fondo de su espíritu que era una especie de subsuelo, que él no
sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor llamaba los
nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el
fondo de su ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no
tenía que darle cuenta. «Amaré, lo amaré todo, lloraré de amor, soñaré
como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo, pero el alma la
tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no
es capaz de comprenderlas». Estos pensamientos, que sentía Ana volar por
su cerebro como un torbellino, sin poder contenerlos, como si fuesen
voces de otro que retumbaban allí, la llenaban de un terror que la
encantaba. Si algo en ella temía el engaño, veía el sofisma debajo de
aquella gárrula turba de ideas sublevadas, que reclamaban supuestos
derechos, Ana procuraba ahogarlo, y como engañándose a sí misma, la
voluntad tomaba la resolución cobarde, egoísta, de «_dejarse ir_».

Así llegó al teatro. Había cedido a los ruegos de D. Álvaro y de D.
Víctor sin saber cómo; temiendo que aquello era una cita y una promesa;
y sin embargo iba. Cuando se vio sola delante del espejo en su tocador,
se le figuró que la Ana de enfrente le pedía cuentas; y formulando su
pensamiento en períodos completos dentro del cerebro, se dijo:

--«Bueno, voy; pero es claro que si voy me comprometo con mi honra a no
dejar que ese hombre adquiera sobre mí derecho alguno; no sé lo que
pasará allí, no sé hasta qué punto alcanza este aliento de libertad que
ha venido de repente a inundar la sequedad de dentro; pero el ir yo al
teatro es prueba de que allí no ha de haber pacto alguno que ofenda al
decoro; no saldré de allí con menos honor que tengo».

Y después de pensar y resolver esto, se vistió y se peinó lo mejor que
supo, y no volvió a poner en tela de juicio puntos de honra, peligros,
ni compromisos de los que D. Víctor tanto gustaba ver en versos de
Calderón y de Moreto.

El palco de Vegallana era una platea contigua a la del proscenio, que en
Vetusta llamaban bolsa, porque la separa un tabique de las otras y queda
aparte, algo escondida. La bolsa de enfrente--izquierda del actor--,
era la de Mesía y otros elegantes del Casino; algunos banqueros, un
título y dos americanos, de los cuales el principal era D. Frutos
Redondo, sin duda alguna. Don Frutos no perdía función; a este le
gustaba el verso, «el verso y tente tieso» como él decía, y se declaraba
a sí mismo, con la autoridad de sus millones de pesos, _inteligente de
primera fuerza_, en achaques de comedias y dramas. «¡No veo la tostada!»
decía D. Frutos, que había aprendido esta frase poco culta y poco
inteligible en los artículos de fondo de un periódico serio. «No veo la
tostada», decía, refiriéndose a cualquier comedia en que no había una
lección moral, o por lo menos no la había al alcance de Redondo; y en no
viendo él la tostada, condenaba al autor y hasta decía que defraudaba a
los espectadores, haciéndoles perder un tiempo precioso. De todas partes
quería sacar provecho don Frutos, y prueba de ello es que decía, por
ejemplo:

«Que Manrique se enamora de Leonor, y que el conde también se enamora, y
se la disputan hasta que ella y el perdulario del poeta amén de la
gitana, se van al otro barrio, ¿y qué? ¿qué enseña eso? ¿qué vamos
aprendiendo? ¿qué voy yo ganando con eso? Nada».

A pesar de D. Frutos y sus altercados de crítica dramática, la bolsa de
D. Álvaro, que así se llamaba en todas partes, era la más _distinguida_,
la que más atraía las miradas de las mamás y de las niñas y también las
de los pollos vetustenses que no podían aspirar a la honra de ser
abonados en aquel rincón aristocrático, elegante, donde se reunían los
_hombres de mundo_ (en Vetusta el mundo se andaba pronto) presididos por
el jefe del partido liberal dinástico. La mayor parte de los allí
congregados, habían vivido en Madrid algún tiempo y todavía imitaban
costumbres, modales y gestos que habían observado allá. Así es que a
semejanza de los socios de un club madrileño, hablaban a gritos en su
palco, conversaban con los cómicos a veces, decían galanterías o
desvergüenzas a coristas y bailarinas, y se burlaban de los grandes
ideales románticos que pasaban por la escena, mal vestidos, pero llenos
de poesía. Todos eran escépticos en materia de moral doméstica, no
creían en virtud de mujer nacida--salvo D. Frutos, que conservaba
frescas sus creencias--, y despreciaban el amor consagrándose con toda
el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a los amoríos; creían que un
hombre de mundo no puede vivir sin querida, y todos la tenían, más o
menos barata; las cómicas eran la carnaza que preferían para tragar el
anzuelo de la lujuria rebozado con la vanidad de imitar costumbres
corrompidas de pueblos grandes. Bailarinas de desecho, cantatrices
inválidas, matronas del género serio demasiado sentimentales en su
juventud pretérita, eran perseguidas, obsequiadas, regaladas y hasta
aburridas por aquellos seductores de campanario, incapaces los más de
intentar una aventura sin el amparo de su bolsillo o sin contar con los
humores herpéticos de la dama perseguida, o cualquier otra enfermedad
física o moral que la hiciesen fácil, traída y llevada.

El único conquistador serio del bando era D. Álvaro y todos le
envidiaban tanto como admiraban su fortuna y hermosa estampa. Pero nadie
como Pepe Ronzal, alias Trabuco y antes El Estudiante, abonado de la
bolsa de enfrente, la vecina al palco de Vegallana. Trabuco era el
núcleo de la que se llamaba _la otra bolsa_ y había procurado rivalizar
en elegancia, _sans façon_ y _mundo_ con los de Mesía. Pero a su palco
concurrían _elementos heterogéneos_, muchos de los cuales lo echaban
todo a perder; y no eran escépticos sino cínicos, ni seductores más o
menos auténticos, sino compradores de carne humana. Los abonados de esta
_otra bolsa_ eran Ronzal, Foja, Páez (que además tenía palco para su
hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho
dinero, por su arte para descubrir vírgenes en las aldeas y por sus
buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo; un escultor no
comprendido, que no colocaba sus estatuas y se dedicaba a especulaciones
de arqueólogo embustero; el juez de primera instancia, que se dividía a
sí mismo en dos entidades, 1.º el juez, incorruptible, intratable,
puerco-espín sin pizca de educación, y 2.º el hombre de sociedad,
perseguidor de casadas de mala fama, consuelo de todas las que lloraban
desengaños de amores desgraciados; y tres o cuatro vejetes verdes del
partido conservador, concejales, que todo lo convertían en política.
Pero si estos eran los que pagaban el palco, a él concurrían cuantos
socios del Casino tenían amistad con cualquiera de ellos. Ronzal había
protestado varias veces.--¡Señores, parece esto la _cazuela_! había
dicho a menudo, pero en balde. Allí iba Joaquinito Orgaz, y cuantos
sietemesinos madrileños pasaban por Vetusta, y hasta los que habían
nacido y crecido en el pueblo y no lucían más que un barniz de la corte.
Y como la bolsa del _otro_ era respetada y sólo se atrevían a visitarla
personas de posición, a Ronzal le llevaban los diablos. Desde su bolsa
hasta se arrojaban perros-chicos a la escena, para exagerar la falta de
compostura de los de enfrente. Algunos insolentes fumaban allí a vista
del público y dejaban caer bolas de papel sobre alguna respetable calva
de la orquesta. De vez en cuando les llamaban al orden desde el paraíso
o desde las butacas, pero ellos despreciaban a la multitud y la miraban
con aires de desafío. Hablaban con los amigos que ocupaban las bolsas
de los palcos principales, y hacían señas ostentosas y nada pulcras a
ciertas señoritas cursis que no se casaban nunca y vivían una juventud
eterna, siempre alegres, siempre estrepitosas y siempre desdeñando las
preocupaciones del recato. Estas damas eran pocas; la mayoría pecaban
por el extremo de la seriedad insulsa, y en cuanto se veían expuestas a
la contemplación del público, tomaban gestos y posturas de estatuas
egipcias de la primera época.

Cuando había estreno de algún drama o comedia muy aplaudidos en Madrid,
en el palco de Ronzal se discutía a grito pelado y solía predominar el
criterio de un acendrado provincialismo, que parecía allí lo más natural
tratándose de arte. No había salido de Vetusta ningún dramaturgo
ilustre, y por lo mismo se miraba con ojeriza a los de fuera. Eso de que
Madrid se quisiera imponer en todo, no lo toleraban en la bolsa de
Ronzal. Se llegó en alguna ocasión a declarar que se despreciaba la
comedia porque los madrileños la habían aplaudido mucho, y «en Vetusta
no se admitían imposiciones de nadie», no se seguía un juicio hecho. La
ópera, la ópera era el delirio de aquellos escribanos y concejales:
pagaban un dineral por oír un cuarteto que a ellos se les antojaba
contratado en el cielo y que sonaba como sillas y mesas arrastradas por
el suelo con motivo de un desestero.

--¡Se acuerdan ustedes de la Pallavicini! ¡Qué voz de arcángel!--decía
Foja, socarrón, escéptico en todo, pero creyente fanático en la música
de los cuartetos de ópera de lance.

--¡Oh, como el barítono Battistini, yo no he oído nada!--respondía el
escribano, que estimaba la voz de barítono, por lo _varonil_, más que
la del tenor y la del bajo.

--Pues más varonil es la del bajo--decía Foja.

--No lo crea usted. ¿Y usted qué dice, Ronzal?

--Yo... distingo... si el bajo es cantante.... Pero a mí no me vengan
ustedes con música... ¿saben ustedes lo que yo digo? «Que la música es
el ruido que menos me incomoda.... ¡Ja! ¡ja! ¡ja! Además, para tenor ahí
tenemos a Castelar... ¡ja! ¡ja! ¡ja!».

El escribano reía también el chiste y los concejales sonreían, no por la
gracia, si no por la intención.

Aunque el palco de los Marqueses tocaba con el de Ronzal, pocas veces
los abonados del último se atrevían a entablar conversación con los
Vegallana o quien allí estuviera convidado. Además de que el tabique
intermedio dificultaba la conversación, los más no se atrevían, de
hecho, a dar por no existente una diferencia de clases de que en teoría
muchos se burlaban.

«Todos somos iguale, decían muchos burgueses de Vetusta, la nobleza ya
no es nadie, ahora todo lo puede el dinero, el talento, el valor, etc.,
etc.»; pero a pesar de tanta alharaca, a los más se les conocía hasta en
su falso desprecio que participaban desde abajo de las preocupaciones
que mantenían los nobles desde arriba.

En cambio los de la bolsa de don Álvaro saludaban a los Vegallana;
sonreían a la Marquesa, asestaban los gemelos a Edelmira y hacían señas
al Marqués, y a Paco, que solían visitar aquel rincón _comm'il faut_.

También esto lo envidiaba Ronzal, que era amigo político de Vegallana;
pero trataba poco a la Marquesa.

--¡Es demasiado borrico!--decía doña Rufina cuando le hablaban de
Trabuco; y procuraba tenerle alejado tratándole con frialdad
ceremoniosa.

Ronzal se vengaba diciendo que la Marquesa era republicana y que
escribía en _La Flaca_ de Barcelona, y que había sido una cualquier cosa
en su juventud. Estas calumnias le servían de desahogo y si le
preguntaban el motivo de su inquina, contestaba: «Señores, yo me debo a
la causa que defiendo, y veo con tristeza, con grande, con profunda
tristeza que esa señora, la Marquesa, doña Rufina, _en una palabra_,
desacredita el partido conservador-dinástico de Vetusta».

Después de saborear el tributo de admiración del público, Ana miró a la
bolsa de Mesía. Allí estaba él, reluciente, armado de aquella pechera
blanquísima y tersa, la envidia de las envidias de Trabuco. En aquel
momento don Juan Tenorio arrancaba la careta del rostro de su venerable
padre; Ana tuvo que mirar entonces a la escena, porque la inaudita
demasía de don Juan había producido buen efecto en el público del
paraíso que aplaudía entusiasmado. Perales, el imitador de Calvo,
saludaba con modesto ademán algo sorprendido de que se le aplaudiese en
escena que no era de empeño.

--¡Mire usted el pueblo!--dijo un concejal de la _otra bolsa_,
volviéndose a Foja, el ex-alcalde liberal.

--¿Qué tiene el pueblo?

--¡Que es un majadero! Aplaude la gran felonía de arrancar la careta a
un enmascarado....

--Que resulta padre--añadió Ronzal--; circunstancia agravante.

--El hombre abandonado a sus instintos es naturalmente inmoral, y como
el pueblo no tiene educación....

El juez aprobó con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos con
que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres
almohadones en un palco contiguo al de Mesía.

Ana empezó a hacerse cargo del drama en el momento en que Perales decía
con un desdén gracioso y elegante:

        Son pláticas de familia
        de las que nunca hice caso...

Era el cómico alto, rubio--aquella noche--flexible, elegante y suelto,
lucía buena pierna, y le sentaba de perlas el traje fantástico, con
pretensiones de arqueológico, que ceñía su figura esbelta. Don Víctor
estaba enamorado de Perales; él no había visto a Calvo y el imitador le
parecía excelente intérprete de las comedias de capa y espada. Le había
oído decir con énfasis musical las décimas de _La vida es sueño_, le
había admirado en _El desdén con el desdén_, declamando con soltura y
gran meneo de brazos y piernas las sutiles razones que comienzan así:

        Y porque veáis que es error
        que haya en el mundo quien crea
        que el que quiere lisonjea,
        escuchad lo que es amor.

y concluyen:

        A su propia conveniencia
        dirige amor su fatiga,
        luego es clara consecuencia
        que ni con amor se obliga
        ni con su correspondencia.

Y don Víctor le reputaba excelentísimo cómico. No paró hasta que se lo
presentaron; y a su casa le hubiera hecho ir si su mujer fuera otra. En
general don Víctor envidiaba a todo el que dejaba ver la contera de una
espada debajo de una capa de grana, aunque fuese en las tablas y sólo de
noche. Conoció que Anita contemplaba con gusto los ademanes y la figura
de don Juan y se acercó a ella el buen Quintanar diciéndole al oído con
voz trémula por la emoción:

--¿Verdad, hijita, que es un buen mozo? ¡Y qué movimientos tan
artísticos de brazo y pierna!... Dicen que eso es falso, que los hombres
no andamos así... ¡Pero debiéramos andar! y así seguramente andaríamos y
gesticularíamos los españoles en el siglo de oro, cuando éramos dueños
del mundo; esto ya lo decía más alto para que lo oyeran todos los
presentes. Bueno estaría que ahora que vamos a perder a Cuba, resto de
nuestras grandezas, nos diéramos esos aires de señores y midiéramos el
paso....

La Regenta no oía a su marido; el drama empezaba a interesarla de veras;
cuando cayó el telón, quedó con gran curiosidad y deseó saber en qué
paraba la apuesta de don Juan y Mejía.

En el primer entreacto D. Álvaro no se movió de su asiento; de cuando en
cuando miraba a la Regenta, pero con suma discreción y prudencia, que
ella notó y le agradeció. Dos o tres veces se sonrieron y sólo la última
vez que tal osaron, sorprendió aquella correspondencia Pepe Ronzal, que,
como siempre, seguía la pista a los telégrafos de su aborrecido y
admirado modelo.

Trabuco se propuso redoblar su atención, observar mucho y ser una tumba,
callar como un muerto. «¡Pero aquello era grave, muy grave!». Y la
envidia se lo comía.

Empezó el segundo acto y D. Álvaro notó que por aquella noche tenía un
poderoso rival: el drama. Anita comenzó a comprender y sentir el valor
artístico del D. Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de
Zorrilla; a ella también la fascinaba como a la doncella de doña Ana de
Pantoja, y a la Trotaconventos que ofrecía el amor de Sor Inés como una
mercancía.... La calle obscura, estrecha, la esquina, la reja de doña
Ana... los desvelos de Ciutti, las trazas de D. Juan; la arrogancia de
Mejía; la traición _interina_ del Burlador, que no necesitaba, por una
sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diabólicos de la gran
aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con
todo el vigor y frescura dramáticos que tienen y que muchos no saben
apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para
saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de
tinteros; Ana estaba admirada de la poesía que andaba por aquellas
callejas de lienzo, que ella transformaba en sólidos edificios de otra
edad; y admiraba no menos el desdén con que se veía y oía todo aquello
desde palcos y butacas; aquella noche el paraíso, alegre, entusiasmado,
le parecía mucho más inteligente y culto que el _señorío_ vetustense.

Ana se sentía transportada a la época de D. Juan, que se figuraba como
el vago romanticismo arqueológico quiere que haya sido; y entonces
volviendo al egoísmo de sus sentimientos, deploraba no haber nacido
cuatro o cinco siglos antes.... «Tal vez en aquella época fuera
divertida la existencia en Vetusta; habría entonces conventos poblados
de nobles y hermosas damas, amantes atrevidos, serenatas de Trovadores
en las callejas y postigos; aquellas tristes, sucias y estrechas plazas
y calles tendrían, como ahora, aspecto feo, pero las llenaría la poesía
del tiempo, y las fachadas ennegrecidas por la humedad, las rejas de
hierro, los soportales sombríos, las tinieblas de las rinconadas en las
noches sin luna, el fanatismo de los habitantes, las venganzas de
vecindad, todo sería dramático, digno del verso de un Zorrilla; y no
como ahora suciedad, prosa, fealdad desnuda». Comparar aquella Edad
media soñada--ella colocaba a D. Juan Tenorio en la Edad media por culpa
de Perales--con los espectadores que la rodeaban a ella en aquel
instante, era un triste despertar. Capas negras y pardas, sombreros de
copa alta absurdos, horrorosos... todo triste, todo negro, todo
desmañado, sin expresión... frío... hasta D. Álvaro parecíale entonces
mezclado con la prosa común. ¡Cuánto más le hubiera admirado con el
ferreruelo, la gorra y el jubón y el calzón de punto de Perales!...
Desde aquel momento vistió a su adorador con los arreos del cómico, y a
este en cuanto volvió a la escena le dio el gesto y las facciones de
Mesía, sin quitarle el propio andar, la voz dulce y melódica y demás
cualidades artísticas.

El tercer acto fue una revelación de poesía apasionada para doña Ana. Al
ver a doña Inés en su celda, sintió la Regenta escalofríos; la novicia
se parecía a ella; Ana lo conoció al mismo tiempo que el público; hubo
un murmullo de admiración y muchos espectadores se atrevieron a volver
el rostro al palco de Vegallana con disimulo. La González era cómica por
amor; se había enamorado de Perales, que la había robado; casados en
secreto, recorrían después todas las provincias, y para ayuda del
presupuesto conyugal la enamorada joven, que era hija de padres ricos,
se decidió a pisar las tablas; imitaba a quien Perales la había mandado
imitar, pero en algunas ocasiones se atrevía a ser original y hacía
excelentes papeles de virgen amante. Era muy guapa, y con el hábito
blanco de novicia, la cabeza prisionera de la rígida toca, muy coloradas
las mejillas, lucientes los ojos, los labios hechos fuego, las manos en
postura hierática y la modestia y castidad más límpida en toda la
figura, interesaba profundamente. Decía los versos de doña Inés con voz
cristalina y trémula, y en los momentos de ceguera amorosa se dejaba
llevar por la pasión cierta--porque se trataba de su marido--y llegaba a
un realismo poético que ni Perales ni la mayor parte del público eran
capaces de apreciar en lo mucho que valía.

Doña Ana sí; clavados los ojos en la hija del Comendador, olvidada de
todo lo que estaba fuera de la escena, bebió con ansiedad toda la poesía
de aquella celda casta en que se estaba filtrando el amor por las
paredes. «¡Pero esto es divino!» dijo volviéndose hacia su marido,
mientras pasaba la lengua por los labios secos. La carta de don Juan
escondida en el libro devoto, leída con voz temblorosa primero, con
terror supersticioso después, por doña Inés, mientras Brígida acercaba
su bujía al papel; la proximidad casi sobrenatural de Tenorio, el
espanto que sus hechizos supuestos producen en la novicia que ya cree
sentirlos, todo, todo lo que pasaba allí y lo que ella adivinaba,
producía en Ana un efecto de magia poética, y le costaba trabajo
contener las lágrimas que se le agolpaban a los ojos.

«¡Ay! sí, el amor era aquello, un filtro, una atmósfera de fuego, una
locura mística; huir de él era imposible; imposible gozar mayor ventura
que saborearle con todos sus venenos. Ana se comparaba con la hija del
Comendador; el caserón de los Ozores era su convento, su marido la regla
estrecha de hastío y frialdad en que ya había profesado ocho años
hacía... y don Juan... ¡don Juan aquel Mesía que también se filtraba
por las paredes, aparecía por milagro y llenaba el aire con su
presencia!».

Entre el acto tercero y el cuarto don Álvaro vino al palco de los
marqueses.

Ana al darle la mano tuvo miedo de que él se atreviera a apretarla un
poco, pero no hubo tal; dio aquel tirón enérgico que él siempre daba,
siguiendo la moda que en Madrid empezaba entonces; pero no apretó. Se
sentó a su lado, eso sí, y al poco rato hablaban aislados de la
conversación general.

Don Víctor había salido a los pasillos a fumar y disputar con los
pollastres vetustenses que despreciaban el romanticismo y citaban a
Dumas y Sardou, repitiendo lo que habían oído en la corte.

Ana, sin dar tiempo a don Álvaro para buscar buena embocadura a la
conversación, dejó caer sobre la prosaica imaginación del petimetre, el
chorro abundante de poesía que había bebido en el poema gallardo,
fresco, exuberante de hermosura y color del maestro Zorrilla.

La pobre Regenta estuvo elocuente; se figuró que el jefe del partido
liberal dinástico la entendía, que no era como aquellos vetustenses de
cal y canto que hasta se sonreían con lástima al oír tantos versos
«bonitos, sonorosos, pero sin miga», según aseguró don Frutos en el
palco de la marquesa.

A Mesía le extrañó y hasta disgustó el entusiasmo de Ana. ¡Hablar del
_Don Juan Tenorio_ como si se tratase de un estreno! ¡Si el _Don Juan_
de Zorrilla ya sólo servía para hacer parodias!... No fue posible tratar
cosa de provecho, y el tenorio vetustense procuró ponerse en la cuerda
de su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las
comedias y en las novelas de Feuillet: mucho _sprit_ que oculta un
corazón de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad...
esto era el colmo de la _distinción_ según lo entendía don Álvaro, y así
procuró aquella noche presentarse a la Regenta, a quien «estaba visto
que había que enamorar por todo lo alto».

Ana que se dejaba devorar por los ojos grises del seductor y le enseñaba
sin pestañear los suyos, dulces y apasionados, no pudo en su exaltación
notar el amaneramiento, la falsedad del idealismo copiado de su
interlocutor; apenas le oía, hablaba ella sin cesar, creía que lo que
estaba diciendo él coincidía con las propias ideas; este espejismo del
entusiasmo vidente, que suele aparecer en tales casos, fue lo que valió
a don Álvaro aquella noche. También le sirvió mucho su hermosura varonil
y noble, ayudada por la expresión de su pasioncilla, en aquel momento
irritada. Además el rostro del buen mozo, sobre ser correcto, tenía una
expresión espiritual y melancólica, que era puramente de apariencia;
combinación de líneas y sombras, algo también las huellas de una vida
malgastada en el vicio y el amor.--Cuando comenzó el cuarto acto, Ana
puso un dedo en la boca y sonriendo a don Álvaro le dijo:

--¡Ahora, silencio! Bastante hemos charlado... déjeme usted oír.

--Es que... no sé... si debo despedirme....

--No... no... ¿por qué?--respondió ella, arrepentida al instante de
haberlo dicho.

--No sé si estorbaré, si habrá sitio....

--Sitio sí, porque Quintanar está en la bolsa de ustedes... mírele
usted.

Era verdad; estaba allí disputando con don Frutos, que insistía en que
el _Don Juan Tenorio_ carecía de la miga suficiente.

Don Álvaro permaneció junto a la Regenta.

Ella le dejaba ver el cuello vigoroso y mórbido, blanco y tentador con
su vello negro algo rizado y el nacimiento provocador del moño que subía
por la nuca arriba con graciosa tensión y convergencia del cabello.
Dudaba don Álvaro si debía en aquella situación atreverse a acercarse un
poco más de lo acostumbrado. Sentía en las rodillas el roce de la falda
de Ana, más abajo adivinaba su pie, lo tocaba a veces un instante. «Ella
estaba aquella noche... _en punto de caramelo_» (frase simbólica en el
pensamiento de Mesía), y con todo no se atrevió. No se acercó ni más ni
menos; y eso que ya no tenía allí caballo que lo estorbase. «¡Pero la
buena señora se había _sublimizado_ tanto! y como él, por no perderla de
vista, y por agradarla, se había hecho el romántico también, el
_espiritual_, el _místico_... ¡quién diablos iba ahora a arriesgar un
ataque _personal y pedestre_!... ¡Se había puesto aquello en una
_tessitura_ endemoniada!». Y lo peor era que no había probabilidades de
hacer entrar, en mucho tiempo, a la Regenta por el aro; ¿quién iba a
decirle: «bájese usted, amiga mía, que todo esto es volar por los
_espacios imaginarios_»? Por estas consideraciones, que le estaban dando
vergüenza, que le parecían ridículas al cabo, don Álvaro resistió el
vehemente deseo de pisar un pie a la Regenta o tocarle la pierna con sus
rodillas....

Que era lo que estaba haciendo Paquito con Edelmira, su prima. La
robusta virgen de aldea parecía un carbón encendido, y mientras don
Juan, de rodillas ante doña Inés, le preguntaba si no era verdad que en
aquella apartada orilla se respiraba mejor, ella se ahogaba y tragaba
saliva, sintiendo el pataleo de su primo y oyéndole, cerca de la oreja,
palabras que parecían chispas de fragua. Edelmira, a pesar de no haber
desmejorado, tenía los ojos rodeados de un ligero tinte obscuro. Se
abanicaba sin punto de reposo y tapaba la boca con el abanico cuando en
medio de una situación culminante del drama se le antojaba a ella reírse
a carcajadas con las ocurrencias del Marquesito, que tenía unas cosas....

Para Ana el cuarto acto no ofrecía punto de comparación con los
acontecimientos de su propia vida... ella aún no había llegado al cuarto
acto. «¿Representaba aquello lo porvenir? ¿Sucumbiría ella como doña
Inés, caería en los brazos de don Juan loca de amor? No lo esperaba;
creía tener valor para no entregar jamás el cuerpo, aquel miserable
cuerpo que era propiedad de don Víctor sin duda alguna. De todas
suertes, ¡qué cuarto acto tan poético! El Guadalquivir allá abajo....
Sevilla a lo lejos.... La quinta de don Juan, la barca debajo del
balcón... la _declaración_ a la luz de la luna.... ¡Si aquello era
romanticismo, el romanticismo era eterno!...». Doña Inés decía:

        Don Juan, don Juan, yo lo imploro
        de tu hidalga condición...

Estos versos que ha querido hacer ridículos y vulgares, manchándolos con
su baba, la necedad prosaica, pasándolos mil y mil veces por sus labios
viscosos como vientre de sapo, sonaron en los oídos de Ana aquella noche
como frase sublime de un amor inocente y puro que se entrega con la fe
en el objeto amado, natural en todo gran amor. Ana, entonces, no pudo
evitarlo, lloró, lloró, sintiendo por aquella Inés una compasión
infinita. No era ya una escena erótica lo que ella veía allí; era algo
religioso; el alma saltaba a las ideas más altas, al sentimiento
purísimo de la caridad universal... no sabía a qué; ello era que se
sentía desfallecer de tanta emoción.

Las lágrimas de la Regenta nadie las notó. Don Álvaro sólo observó que
el seno se le movía con más rapidez y se levantaba más al respirar. Se
equivocó el hombre de mundo; creyó que la emoción acusada por aquel
respirar violento la causaba su gallarda y próxima presencia, creyó en
un influjo _puramente fisiológico_ y por poco se pierde.... Buscó a
tientas el pie de Ana... en el mismo instante en que ella, de una en
otra, había llegado a pensar en Dios, en el amor ideal, puro, universal
que abarcaba al Creador y a la criatura.... Por fortuna para él, Mesía no
encontró, entre la hojarasca de las enaguas, ningún pie de Anita, que
acababa de apoyar los dos en la silla de Edelmira.

El altercado de don Juan y el Comendador hizo a la Regenta volver a la
realidad del drama y fijarse en la terquedad del buen Ulloa; como se
había empeñado la imaginación exaltada en comparar lo que pasaba en
Vetusta con lo que sucedía en Sevilla, sintió supersticioso miedo al ver
el mal en que paraban aquellas aventuras del libertino andaluz; el
pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con el Comendador le
hizo temblar; fue un presentimiento terrible. Ana vio de repente, como a
la luz de un relámpago, a don Víctor vestido de terciopelo negro, con
jubón y ferreruelo, bañado en sangre, boca arriba, y a don Álvaro con
una pistola en la mano, enfrente del cadáver.

La Marquesa dijo después de caer el telón que ella no aguantaba más
Tenorio.

--Yo me voy, hijos míos; no me gusta ver cementerios ni esqueletos;
demasiado tiempo le queda a uno para eso. Adiós. Vosotros quedaos si
queréis.... ¡Jesús! las once y media, no se acaba esto a las dos....

Ana, a quien explicó su esposo el argumento de la segunda parte del
drama, prefirió llevar la impresión de la primera que la tenía
encantada, y salió con la Marquesa y Mesía.

Edelmira se quedó con don Víctor y Paco.

--Yo llevaré a la niña y usted déjeme a ésa en casa, señora
Marquesa--dijo Quintanar.

Mesía se despidió al dejar dentro del coche a las damas. Entonces apretó
un poco la mano de Anita que la retiró asustada.

Don Álvaro se volvió al palco del Marqués a dar conversación a don
Víctor. Eran panes prestados: Paco necesitaba que le distrajeran a
Quintanar para quedarse como a solas con Edelmira; Mesía, que tantas
veces había utilizado servicios análogos del Marquesito, fue a cumplir
con su deber.

Además, siempre que se le ofrecía, aprovechaba la ocasión de estrechar
su amistad con el simpático aragonés que había de ser su víctima,
andando el tiempo, o poco había de poder él.

Con mil amores acogió Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas en
punto a literatura dramática, concluyendo como siempre con su teoría del
honor según se entendía en el siglo de oro, cuando el sol no se ponía en
nuestros dominios.

--Mire usted--decía don Víctor, a quien ya escuchaba con interés don
Álvaro--mire usted, yo ordinariamente soy muy pacífico. Nadie dirá que
yo, ex-regente de Audiencia, que me jubilé casi por no firmar más
sentencias de muerte, nadie dirá, repito que tengo ese punto de honor
quisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ahí abajo
llaman inverosímil; pues bien, seguro estoy, me lo da el corazón, de que
si mi mujer--hipótesis absurda--me faltase... se lo tengo dicho a Tomás
Crespo muchas veces... le daba una sangría suelta.

(--¡Animal!--pensó don Álvaro.)

--Y en cuanto a su cómplice... ¡oh! en cuanto a su cómplice.... Por de
pronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando era
aficionado a representar en los teatros caseros--es decir cuando mi edad
y posición social me permitían trabajar, porque la afición aún me
dura--comprendiendo que era muy ridículo batirse mal en las tablas, tomé
maestro de esgrima y dio la casualidad de que demostré en seguida
grandes facultades para el arma blanca. Yo soy pacífico, es verdad,
nunca me ha dado nadie motivo para hacerle un rasguño... pero figúrese
usted... el día que.... Pues lo mismo y mucho más puedo decir de la
pistola. Donde pongo el ojo... pues bien, como decía, al cómplice lo
traspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, es
prosaica; de modo que le mataría con arma blanca.... Pero voy a mi
tesis.... Mi tesis era... ¿qué?... ¿usted recuerda?

Don Álvaro no recordaba, pero lo de matar al cómplice con arma blanca le
había alarmado un poco.

Cuando Mesía ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de
llamar al sueño imaginando voluptuosas escenas de amor que se prometía
convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, protagonista
de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar y
bonachona de don Víctor. Pero le vio entre los primeros disparates del
ensueño, vestido de toga y birrete, con una espada en la mano. Era la
espada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes.

Anita no recordaba haber soñado aquella noche con don Álvaro. Durmió
profundamente.

Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella
rubia y taimada, que sonreía discretamente.

--Mucho he dormido, ¿por qué no me has despertado antes?

--Como la señorita pasó mala noche....

--¿Mala noche?... ¿yo?--Sí, hablaba alto, soñaba a gritos....

--¿Yo?--Sí, alguna pesadilla.--¿Y tú... me has oído desde?...

--Sí, señora no me había acostado todavía; me quedé a esperar por el
señor, porque Anselmo es tan bruto que se duerme.... Vino el amo a las
dos.

--Y yo he hablado alto...--Poco después de llegar el señor. Él no oyó
nada; no quiso entrar por no despertar a la señorita. Yo volví a ver si
dormía... si quería algo... y creí que era una pesadilla... pero no me
atreví a despertarla....

Ana se sentía fatigada. Le sabía mal la boca y temía los amagos de la
jaqueca.

--¡Una pesadilla!... Pero si yo no recuerdo haber padecido....

--No, pesadilla mala... no sería... porque sonreía la señora... daba
vueltas....

--Y... y... ¿qué decía?

--¡Oh... qué decía! no se entendía bien... palabras sueltas...
nombres....

--¿Qué nombres?...--Ana preguntó esto encendido el rostro por el
rubor--... ¿qué nombres?--repitió.

--Llamaba la señora... al amo.

--¿Al amo?--Sí... sí, señora... decía: ¡Víctor! ¡Víctor!

Ana comprendió que Petra mentía. Ella casi siempre llamaba a su marido
Quintanar.

Además, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las sospechas
de la señora.

Calló y procuró ocultar su confusión.

Entonces acercándose más a la cama y bajando la voz Petra dijo, ya
seria:

--Han traído esto para la señora....

--¿Una carta? ¿De quién?--preguntó en voz trémula Ana, arrebatando el
papel de manos de Petra.

«¡Si aquel loco se habría propasado!... Era absurdo».

Petra, después de observar la expresión de susto que se pintó en el
rostro del ama, añadió:

--De parte del señor Magistral debe de ser, porque lo ha traído Teresina
la doncella de doña Paula.

Ana afirmó con la cabeza mientras leía.

Petra salió sin ruido, como una gata. Sonreía a sus pensamientos.

La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una
cruz morada sobre la fecha, decía así:

        «Señora y amiga mía: Esta tarde me tendrá usted en la capilla de cinco a
        cinco y media. No necesitará usted esperar, porque será hoy la única
        persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba hoy sentarme, pero me ha
        parecido preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le
        explicará su atento amigo y servidor,

               FERMÍN DE PAS».

No decía capellán. «¡Cosa extraña! Ana se había olvidado del Magistral
desde la tarde anterior; ¡ni una vez sola, desde la aparición de don
Álvaro a caballo había pasado por su cerebro la imagen grave y airosa
del respetado, estimado y admirado padre espiritual! Y ahora se
presentaba de repente dándole un susto, como sorprendiéndola en pecado
de infidelidad. Por la primera vez sintió Ana la vergüenza de su
imprudente conducta. Lo que no había despertado en ella la presencia de
don Víctor, lo despertaba la imagen de don Fermín.... Ahora se creía
infiel de pensamiento, pero ¡cosa más rara! infiel a un hombre a quien
no debía fidelidad ni podía debérsela».

«Es verdad, pensaba; habíamos quedado en que mañana temprano iría a
confesar... ¡y se me había olvidado! y ahora él adelanta la confesión....
Quiere que vaya esta tarde. ¡Imposible! No estoy preparada.... Con estas
ideas... con esta revolución del alma.... ¡Imposible!».

Se vistió deprisa, cogió papel que tenía el mismo olor que el del
Magistral, pero más fuerte, y escribió a don Fermín una carta muy dulce
con mano trémula, turbada, como si cometiera una felonía. Le engañaba;
le decía que se sentía mal, que había tenido la jaqueca y le suplicaba
que la dispensase; que ella le avisaría....

Entregó a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a su
destino inmediatamente, y sin que el señor se enterase.

Don Víctor ya había manifestado varias veces su no conformidad, como él
decía, con aquella frecuencia del sacramento de la confesión; como temía
que se le tuviese por poco enérgico, y era muy poco enérgico en su casa
en efecto, alborotaba mucho cuando se enfadaba.

Para evitar el ruido, molesto aunque sin consecuencias, Ana procuraba
que su esposo no se enterase de aquellas frecuentes escapatorias a la
catedral.

«¡No podía presumir el buen señor que por su bien eran!».

Petra había sido tomada por confidente y cómplice de estos inocentes
tapadillos. Pero la criada, fingiendo creer los motivos que alegaba su
ama para ocultar la devoción, sospechaba horrores.

Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba:

«Lo que yo me temía, a pares; los tiene a pares; uno diablo y otro
santo. _¡Así en la tierra como en el cielo!_».

Ana estuvo todo el día inquieta, descontenta de sí misma; no se
arrepentía de haber puesto en peligro su honor, dando alas (siquiera
fuesen de sutil gasa espiritual) a la audacia amorosa de don Álvaro; no
le pesaba de engañar al pobre don Víctor, porque le reservaba el cuerpo,
su propiedad legítima... pero ¡pensar que no se había acordado del
Magistral ni una vez en toda la noche anterior, a pesar de haber estado
pensando y sintiendo tantas cosas sublimes!

«Y por contera, le engañaba, le decía que estaba enferma para excusar el
verle... ¡le tenía miedo!... y hasta el estilo dulce, casi cariñoso de
la carta era traidor... ¡aquello no era digno de ella! Para don Víctor
había que guardar el cuerpo, pero al Magistral ¿no había que reservarle
el alma?».



--XVII--


Al obscurecer de aquel mismo día, que era el de Difuntos, Petra anunció
a la Regenta, que paseaba en el _Parque_, entre los eucaliptus de
Frígilis, la visita del Sr. Magistral.

--Enciende la lámpara del gabinete y antes hazle pasar a la
huerta...--dijo Ana sorprendida y algo asustada.

El Magistral pasó por el patio al

_Parque_. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. «Estaba hermosa la
tarde, parecía de septiembre; no duraría mucho el buen tiempo, luego se
caería el cielo hecho agua sobre Vetusta...».

Todo esto se dijo al principio. Ana se turbó cuando el Magistral se
atrevió a preguntarle por la jaqueca.

«¡Se había olvidado de su mentira!». Explicó lo mejor que pudo su
presencia en el Parque a pesar de la jaqueca.

El Magistral confirmó su sospecha. Le había engañado su dulce amiga.

Estaba el clérigo pálido, le temblaba un poco la voz, y se movía sin
cesar en la mecedora en que se le había invitado a sentarse.

Seguían hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que don
Fermín abordase el motivo de su extraordinaria visita.

El caso era que el motivo... no podía explicarse. Había sido un arranque
de mal humor; una salida de tono que ya casi sentía, y cuya causa de
ningún modo podía él explicar a aquella señora.

El Chato, el clérigo que servía de esbirro a doña Paula, tenía el vicio
de ir al teatro disfrazado. Había cogido esta afición en sus tiempos de
espionaje en el seminario; entonces el Rector le mandaba al _paraíso_
para delatar a los seminaristas que allí viera; ahora el Chato iba por
cuenta propia. Había estado en el teatro la noche anterior y había visto
a la Regenta. Al día siguiente, por la mañana, lo supo doña Paula, y al
comer, en un incidente de la conversación, tuvo habilidad para darle la
noticia a su hijo.

--No creo que esa señora haya ido ayer al teatro.

--Pues yo lo sé por quien la ha visto.

El Magistral se sintió herido, le dolió el amor propio al verse en
ridículo por culpa de su amiga. Era el caso que en Vetusta los beatos y
todo el _mundo devoto_ consideraban el teatro como recreo prohibido en
toda la Cuaresma y algunos otros días del año; entre ellos el de _Todos
los Santos_. Muchas señoras abonadas habían dejado su palco desierto la
noche anterior, sin permitir la entrada en él a nadie para señalar así
mejor su protesta. La de Páez no había ido, doña Petronila o sea El Gran
Constantino, que no iba nunca, pero tenía abonadas a cuatro sobrinas,
tampoco les había consentido asistir.

«Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesión del Magistral, por
devota en ejercicio, se había presentado en el teatro en noche
prohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no respetar piadosos
escrúpulos, pues precisamente ella no frecuentaba semejante sitio.... Y
precisamente aquella noche...».

El Magistral había salido de su casa disgustado. «A él no le importaba
que fuese o no al teatro por ahora, tiempo llegaría en que sería otra
cosa; pero la gente murmuraría; don Custodio, el Arcediano, todos sus
enemigos se burlarían, hablarían de la escasa fuerza que el Magistral
ejercía sobre sus penitentes.... Temía el ridículo. La culpa la tenía él
que tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devoción a
doña Ana».

Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al ilustre Ripamilán,
disputando como si se tratara de un asalto de esgrima, con aspavientos y
manotadas al aire; su contendiente era el Arcediano, el señor Mourelo,
que con más calma y sonriendo, sostenía que la Regenta o no era devota
de buena ley, o no debía haber ido al teatro en noche de _Todos los
Santos_.

Ripamilán gritaba:--Señor mío, los deberes sociales están por encima de
todo....

El Deán se escandalizó.

--¡Oh! ¡oh!--dijo--eso no, señor Arcipreste... los deberes religiosos...
los religiosos... eso es....

Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una caja de nácar. Así
solía él terminar los períodos complicados.

--Los deberes sociales... son muy respetables en efecto--dijo el
canónigo pariente del Ministro, a quien la proposición había parecido
regalista, y por consiguiente digna de aprobación por parte de un primo
del Notario mayor del reino.

--Los deberes sociales--replicó Glocester tranquilo, con almíbar en las
palabras, pausadas y subrayadas--los deberes sociales, con permiso de
usted, son respetabilísimos, pero quiere Dios, consiente su infinita
bondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos....

--¡Absurdo!--exclamó Ripamilán dando un salto.

--¡Absurdo!--dijo el Deán, cerrando de un bofetón la caja de nácar.

--¡Absurdo!--afirmó el canónigo regalista.

--Señores, los deberes no pueden contradecirse; el deber social, por ser
tal deber, no puede oponerse al deber religioso... lo dice el respetable
Taparelli....

--¿Tapa qué?--preguntó el Deán--. No me venga usted con autores
alemanes.... Este Mourelo siempre ha sido un hereje....

--Señores, estamos fuera de la cuestión--gritó Ripamilán--el caso es....

--No estamos tal--insistió Glocester, que no quería en presencia de don
Fermín sostener su tesis de la escasa religiosidad de la Regenta.

Tuvo habilidad para llevar la disputa al _terreno filosófico_, y de allí
al teológico, que fue como echarle agua al fuego. Aquellas venerables
dignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto singular, que
consistía en no querer hablar nunca de _cosas altas_.

A don Fermín le bastó lo que oyó al entrar en la sacristía para
comprender que se había comentado lo del teatro. Su mal humor fue en
aumento. «Lo sabía toda Vetusta, su influencia moral había perdido
crédito... y la autora de todo aquello, tenía la crueldad de negarse a
una cita». Él se la había dado para decirle que no debía confesar por
las mañanas, sino de tarde, porque así no se fijaba en ellos el público
de las beatas con atención exclusiva.... «Debe usted confesar entre
todas, y además algunos días en que no se sabe que me siento; yo le
avisaré a usted y entonces... podremos hablar más por largo». Todo esto
había pensado decirle aquella tarde, y ella respondía que.... «¡estaba
con jaqueca!».--En casa de Páez también le hablaron del escándalo del
teatro. «Habían ido varias damas que habían prometido no ir; y había ido
Ana Ozores que nunca asistía».

El Magistral salió de casa de Páez bufando; la sonrisa burlona de
Olvido, que se celaba ya, le había puesto furioso....

Y sin pensar lo que hacía, se había ido derecho a la plaza Nueva, se
había metido en la Rinconada y había llamado a la puerta de la
Regenta.... Por eso estaba allí.

¿Quién iba a explicar semejante motivo de una visita?

Al ver que Ana había mentido, que estaba buena y había buscado un
embuste para no acudir a su cita, el mal humor de D. Fermín rayó en ira
y necesitó toda la fuerza de la costumbre para contenerse y seguir
sonriente.

«¿Qué derechos tenía él sobre aquella mujer? Ninguno. ¿Cómo dominarla si
quería sublevarse? No había modo. ¿Por el terror de la religión?
Patarata. La religión para aquella señora nunca podría ser el terror.
¿Por la persuasión, por el interés, por el cariño? Él no podía jactarse
de tenerla persuadida, interesada y menos enamorada de la manera
espiritual a que aspiraba».

No había más remedio que la diplomacia. «Humíllate y ya te ensalzarás»,
era su máxima, que no tenía nada que ver con la promesa evangélica.

En vista de que los asuntos vulgares de conversación llevaban trazas de
sucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quería marcharse sin
hacer algo, puso término a las palabras insignificantes con una pausa
larga y una mirada profunda y triste a la bóveda estrellada.--Estaba
sentado a la entrada del cenador.

Ya había comenzado la noche, pero no hacía frío allí, o por lo menos no
lo sentían. Ana había contestado a Petra, al anunciar esta que había luz
en el gabinete:

--Bien; allá vamos. El Magistral había dicho que si doña Ana se sentía
ya bien, no era malo estar al aire libre.

El silencio de don Fermín y su mirada a las estrellas indicaron a la
dama que se iba a tratar de algo grave.

Así fue. El Magistral dijo:--Todavía no he explicado a usted por qué
pretendía yo que fuese a la catedral esta tarde. Quería decirle, y por
eso he venido, además de que me interesaba saber cómo seguía, quería
decirle que no creo conveniente que usted confiese por la mañana.

Ana preguntó el motivo con los ojos.

--Hay varias razones: don Víctor, que, según usted me ha dicho, no gusta
de que usted frecuente la iglesia y menos de que madrugue para ello, se
alarmará menos si usted va de tarde... y hasta puede no saberlo siquiera
muchas veces. No hay en esto engaño. Si pregunta, se le dice la verdad,
pero si calla... se calla. Como se trata de una cosa inocente, no hay
engaño ni asomo de disimulo.

--Eso es verdad.--Otra razón. Por la mañana yo confieso pocas veces, y
esta excepción hecha ahora en favor de usted hace murmurar a mis
enemigos, que son muchos y de infinitas clases.

--¿Usted tiene enemigos?--¡Oh, amiga mía! cuenta las estrellas si
puedes--y señaló al cielo--el número de mis enemigos es infinito como
las estrellas.

El Magistral sonrió como un mártir entre llamas.

Doña Ana sintió terribles remordimientos por haber engañado y olvidado a
aquel santo varón, que era perseguido por sus virtudes y ni siquiera se
quejaba. Aquella sonrisa, y la comparación de las estrellas le llegaron
al alma a la Regenta. «¡Tenía enemigos!» pensó, y le entraron vehementes
deseos de defenderle contra todos.

--Además--prosiguió don Fermín--hay señoras que se tienen por muy
devotas, y caballeros, que se estiman muy religiosos, que se divierten
en observar quién entra y quién sale en las capillas de la catedral;
quién confiesa a menudo, quién se descuida, cuánto duran las
confesiones... y también de esta murmuración se aprovechan los enemigos.

La Regenta se puso colorada sin saber a punto fijo por qué.

--De modo, amiga mía--continuó De Pas que no creía oportuno insistir en
el último punto--de modo, que será mejor que usted acuda a la hora
ordinaria, entre las demás. Y algunas veces, cuando usted tenga muchas
cosas que decir, me avisa con tiempo y le señalo hora en un día de los
que no me toca confesar. Esto no lo sabrá nadie, porque no han de ser
tan miserables que nos sigan los pasos....

A la Regenta aquello de los días excepcionales le parecía más arriesgado
que todo, pero no quiso oponerse al bendito don Fermín en nada.

--Señor, yo haré todo lo que usted diga, iré cuando usted me indique;
mi confianza absoluta está puesta en usted. A usted solo en el mundo he
abierto mi corazón, usted sabe cuanto pienso y siento... de usted espero
luz en la obscuridad que tantas veces me rodea....

Ana al llegar aquí notó que su lenguaje se hacía entonado, impropio de
ella, y se detuvo; aquellas metáforas parecían mal, pero no sabía decir
de otro modo sus afanes, a no hablar con una claridad excesiva.

El Magistral, que no pensaba en la retórica, sintió un consuelo oyendo a
su amiga hablar así.

Se animó... y habló de lo que le mortificaba.

--Pues, hija mía, usando o tal vez abusando de ese poder discrecional
(sonrisa e inclinación de cabeza) voy a permitirme reñir a usted un
poco....

Nueva sonrisa y una mirada sostenida, de las pocas que se toleraba.

Ana tuvo un miedo pueril que la embelleció mucho, como pudo notar y notó
De Pas.

--Ayer ha estado usted en el teatro. La Regenta abrió los ojos mucho,
como diciendo irreflexivamente:--¿Y eso qué?

--Ya sabe usted que yo, en general, soy enemigo de las preocupaciones
que toman por religión muchos espíritus apocados.... A usted no sólo le
es lícito ir a los espectáculos, sino que le conviene; necesita usted
distracciones; su señor marido pide como un santo; pero ayer... era día
prohibido.

--Ya no me acordaba.... Ni creía que.... La verdad... no me pareció...

--Es natural, Anita, es naturalísimo. Pero no es eso. Ayer el teatro era
espectáculo tan inocente, para usted, como el resto del año. El caso es
que la Vetusta devota, que después de todo es la nuestra, la que
exagerando o no ciertas ideas, se acerca más a nuestro modo de ver las
cosas... esa respetable parte del pueblo mira como un escándalo la
infracción de ciertas costumbres piadosas....

Ana encogió los hombros. «No entendía aquello.... ¡Escándalo! ¡Ella que
en el teatro había llegado, de idea grande en idea grande, a sentir un
entusiasmo artístico religioso que la había edificado!».

El Magistral, con una mirada sola, comprendió que su cliente («él era un
médico del espíritu») se resistía a tomar la medicina; y pensó,
recordando la alegoría de la cuesta:--«No quiere tanta pendiente,
hagámosela parecida a lo llano».

--Hija mía, el mal no está en que usted haya perdido nada; su virtud de
usted no peligra ni mucho menos con lo hecho... pero... (vuelta al tono
festivo) ¿y mi orgullito de médico? Un enfermo que se me rebela... ¡ahí
es nada! Se ha murmurado, se ha dicho que las hijas de confesión del
Magistral no deben de temer su manga estrecha cuando asisten al _Don
Juan Tenorio_, en vez de rezar por los difuntos.

--¿Se ha hablado de eso?--¡Bah! En San Vicente, en casa de doña
Petronila--que ha defendido a usted--y hasta en la catedral. El señor
Mourelo dudaba de la piedad de doña Ana Ozores de Quintanar....

--¿De modo... que he sido imprudente... que he puesto a usted en
ridículo?...

--¡Por Dios, hija mía! ¡dónde vamos a parar! ¡Esa imaginación, Anita,
esa imaginación! ¿cuándo mandaremos en ella? ¡Ridículo! ¡Imprudente!...
A mí no pueden ponerme en ridículo más actos que aquellos de que soy
responsable, no entiendo el ridículo de otro modo... usted no ha sido
imprudente, ha sido inocente, no ha pensado en las lenguas ociosas. Todo
ello es nada, y figúrese usted el caso que yo haré de hablillas
insustanciales.... Todo ha sido broma...; para llegar a un punto más
importante, que atañe a lo que nos interesa, a la curación de su
espíritu de usted... en lo que depende de la parte moral. Ya sabe que yo
creo que un buen médico (no precisamente el señor Somoza, que es persona
excelente y médico muy regular), podría ayudarme mucho.

Pausa. El Magistral deja de mirar a las estrellas, acerca un poco su
mecedora a la Regenta y prosigue:

--Anita, aunque en el confesonario yo me atrevo a hablar a usted como un
médico del alma, no sólo como sacerdote que ata y desata, por razones
muy serias, que ya conoce usted; a pesar de que allí he llegado a
conocer bastante aproximadamente a la realidad, lo que pasa por usted...
sin embargo, creo...--le temblaba la voz; temía arriesgar
demasiado--creo... que la eficacia de nuestras conferencias sería mayor,
si algunas veces habláramos de nuestras cosas fuera de la Iglesia.

Anita, que estaba en la obscuridad, sintió fuego en las mejillas y por
la primera vez, desde que le trataba, vio en el Magistral un hombre, un
hombre hermoso, fuerte; que tenía fama entre ciertas gentes mal pensadas
de enamorado y atrevido. En el silencio que siguió a las palabras del
Provisor, se oyó la respiración agitada de su amiga.

D. Fermín continuó tranquilo:

--En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar muchos
puntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo... no puedo
prescindir de mi carácter de juez, sin faltar a mi deber en aquel sitio.
Usted misma no habla allí con la libertad y extensión que son precisas
para entender todo lo que quiere decir. Allí, además, parece ocioso
hablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de él; hacer la
cuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi profanación, no se
trata allí de eso; y, sin embargo, para nuestro objeto, eso es también
indispensable. Usted que ha leído, sabe perfectamente que muchos
clérigos que han escrito acerca de las costumbres y carácter de la mujer
de su tiempo, han recargado las sombras, han llenado sus cuadros de
negro... porque hablaban de la mujer del confesonario, la que cuenta sus
extravíos y prefiere exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como es
allí natural, sus virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser,
sin salir de España, el célebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina y
otros muchos....

Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel señor hablando con la
suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la encantaba.
Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del Magistral; ya
no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado sin miedo,
sobre sus rodillas, como había oído decir que hacen las señoras con los
caballeros en los tranvías de Nueva--York.

--Pues bien--prosiguió don Fermín--nosotros necesitamos toda la verdad;
no la verdad fea sólo, sino también la hermosa. ¿Para qué hemos de curar
lo sano? ¿Para qué cortar el miembro útil? Muchas cosas, de las que he
notado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro de
que me las expondría aquí, por ejemplo, sin inconveniente... y esas
confidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos.
Además, usted necesita no sólo que la censuren, que la corrijan, sino
que la animen también, elogiando sincera y noblemente la mucha parte
buena que hay en ciertas ideas y en los actos que usted cree
completamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse de ese
análisis justo, pero en rigor, extraño al tribunal de la penitencia.... Y
basta de argumentos; usted me ha entendido desde el primero
perfectamente. Pero allá va el último, ahora que me acuerdo. De ese
modo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no es preciso que
usted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podrá decir si frecuenta o
no frecuenta el sacramento demasiado; y además, podemos despachar más
pronto la cuenta de los pecados y pecadillos, los días de confesión.

El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no tenía
preparado, que era sólo una idea vaga que había desechado mil veces por
temeraria, había sido un atrevimiento de la pasión, que podía haber
asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la intención de su
confesor. Después de su audacia el Magistral temblaba, esperando las
palabras de Ana.

Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones
expuestas, habló la Regenta a borbotones; como solía de tarde en tarde,
y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza con el calor de
sus poéticas ideas.

Oh, sí, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo la
buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba
aquella amistad piadosa que se ofrecía a oír sus confidencias, a dar
consejos, a consolarla en la aridez de alma que la atormentaba a menudo.

El Magistral oía ahora recogido en un silencio contemplativo; apoyaba la
cabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armazón de la
glorieta, en la que se enroscaban el jazmín y la madreselva; la
locuacidad de Ana le sabía a gloria, las palabras expansivas, llenas de
partículas del corazón de aquella mujer, exaltada al hablar de sus
tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en el ánimo del
Magistral como un riego de agua perfumada; la sequedad desaparecía, la
tirantez se convertía en muelle flojedad. «¡Habla, habla así, se decía
el clérigo, bendita sea tu boca!».

No se oía más que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde, el ruido de
hojas que caían o que la brisa, apenas sensible aquella noche, removía
sobre la arena de los senderos.

Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo.

--Sí, tiene usted cien veces razón--decía ella--yo necesito una palabra
de amistad y de consejo muchos días que siento ese desabrimiento que me
arranca todas las ideas buenas y sólo me deja la tristeza y la
desesperación....

--Oh, no, eso no, Anita; ¡la desesperación! ¡qué palabra!

--Ayer tarde, no puede usted figurarse cómo estaba yo.

--Muy aburrida, ¿verdad? ¿Las campanas?...

El Magistral sonrió...--No se ría usted: serán los nervios, como dice
Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena de un tedio
horroroso, que debía ser un gran pecado... si yo lo pudiera remediar.

--No debe decirse así--interrumpió el Magistral, poniendo en la voz la
mayor suavidad que pudo--. No sería un pecado ese tedio si se pudiera
remediar, sería un pecado si no se quisiera remediar; pero a Dios
gracias se quiere y se puede curar... y de eso se trata, amiga mía.

Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sabía que entendía
su confidente todo, o casi todo lo que ella quería dar a entender, se
decidió a decir al Magistral _lo demás_, lo que había venido detrás del
hastío de aquella tarde.... No ocultó sino lo que ella tenía por causa
puramente ocasional; no habló de don Álvaro ni del caballo blanco.

--Otras veces--decía--aquella sequedad se convierte en llanto, en ansia
de sacrificio, en propósitos de abnegación... usted lo sabe; pero ayer,
la exaltación tomó otro rumbo... yo no sé... no sé explicarlo bien... si
lo digo como yo puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es una
rebelión, es horrible... pero tal como yo lo sentía no....

El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su amiga durante
aquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres en la
historia de su solitario espíritu. Aunque ella no explicaba con
exactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía perfectamente.

Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar en
Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio.

«Ana decía que acaso estaba loca, pero que aquello no era nuevo en ella;
que muchas veces le había sucedido en medio de espectáculos que nada
tenían de religiosos, sentir poco a poco el influjo de una piedad
consoladora, lágrimas de amor de Dios, esperanza infinita, caridad sin
límites y una fe que era una evidencia.... Un día después de dar una
peseta a un niño pobre para comprar un globo de goma, como otros que
acababan de repartirse otros niños, había tenido que esconder el rostro
para que no la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muy
amargo, después, por gracia de las ideas que habían ido surgiendo en su
cerebro, había sido más dulce, y Dios había sido en su alma una voz
potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro.... ¿Qué sabía
ella? No podía explicarse». Y suplicaba al Magistral que la entendiese.
«Pues la noche anterior había pasado algo por el estilo, al ver a la
pobre novicia, a Sor Inés, caer en brazos de don Juan... ya veía el
Magistral qué situación tan poco religiosa... pues bien, ella de una en
otra, al sentir lástima de aquella inocente enamorada... había llegado a
pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca... ni más ni
menos que el día en que regaló a un niño pobre un globo de colores. ¿Qué
era aquello? Demasiado sabía ella que no era piedad verdadera, que con
semejantes arrebatos nada ganaba para con Dios... pero, ¿no serían
tampoco más que nervios? ¿Serían indicios peligrosos de un espíritu
aventurero, exaltado, torcido desde la infancia?».

«Había de todo». El Magistral, procurando vencer la exaltación que le
había comunicado su amiga, quiso hablar con toda calma y prudencia.
«Había de todo. Había un tesoro de sentimiento que se podía aprovechar
para la virtud; pero había también un peligro. La noche anterior el
peligro había sido grande (y esto lo decía sin saber palabra de la
presencia de don Álvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar la
repetición de accesos por el estilo».

Había hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de volar
más allá de las estrechas paredes de su caserón, de sentir más, con más
fuerza, de vivir para algo más que para vegetar como otras; había
hablado también de un amor universal, que no era ridículo por más que se
burlasen de él los que no lo comprendían... había llegado a decir que
sería hipócrita si aseguraba que bastaba para colmar los anhelos que
sentía el cariño suave, frío, prosaico, distraído de Quintanar,
entregado a sus comedias, a sus colecciones, a su amigo Frígilis y a su
escopeta....

--Todo aquello--añadió el Magistral después de presentarlo en
resumen--de puro peligroso rayaba en pecado.

--Sí, dicho así, como yo lo he dicho, sí... pero como lo siento, no;
¡oh! estoy segura de que, tal como lo siento, nada de lo que he dicho es
pecado... sentirlo; ¡peligro habrá, no lo niego, pero pecado no! ¡Por lo
demás (cambio de voz) dicho... hasta es ridículo, suena a romanticismo
necio, vulgar, ya lo sé... pero no es eso, no es eso!

--Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted lo
siente, amiga mía, es necesario que usted me crea; lo entiendo como
es.... Pero así y todo, hay peligro que raya en pecado, por ser
peligro.... Déjeme usted hablar a mí, Anita, y verá como nos entendemos.
El peligro que hay, decía, raya en pecado... pero añado, será pecado
claramente si no se aplica toda esa energía de su alma ardentísima a un
objeto digno de ella, digno de una mujer honrada, Ana. Si dejamos que
vuelvan esos accesos sin tenerles preparada tarea de virtud, ejercicio
sano... ellos tomarán el camino de atajo, el del vicio; créalo usted,
Anita. Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño un
globo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted
la presencia de Dios; si algo de panteísmo puede haber en lo que usted
dice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargaría, en
todo caso, de cortar ese mal de raíz; pero ahora no se trata de eso. No
es santo, ni es bueno, amiga mía, que al ver a un libertino en la celda
de una monja... o a la monja en casa del libertino y en sus brazos,
usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo de aquellos
sacrílegos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los caminos naturales
de la piedad, es despreciar con orgullo egoísta la sana moral,
pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de podredumbre, llegar a
donde los justos llegan por muy diferentes pasos. Dispénseme si hablo
con esta severidad: en este momento es indispensable.

Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana subía con dificultad
aquella pendiente que le ponía en el camino.

Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria,
abismada en sus reflexiones. Sin darse cuenta de ello, le agradaba
aquella energía, complacíase en aquella oposición, estimaba más que
halagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral.

El cual prosiguió, aflojando la cuerda:

--Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenas
tendencias, esa predisposición piadosa; que así la llamaré ahora, porque
no es ocasión de explicar a usted los grados, caminos y descaminos de la
gracia, materia delicadísima, peligrosa.... Decía que hay que aprovechar
esas tendencias a la piedad y a la contemplación, que son en usted muy
antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio de la virtud... y
por medio de cosas santas. Aquí tiene usted el porqué de muchas
ocupaciones del cristiano, el por qué del culto externo, más visible y
hasta aparatoso en la religión verdadera que en las frías confesiones
protestantes. Necesita usted objetos que le sugieran la idea santa de
Dios, ocupaciones que le llenen el alma de energía piadosa, que
satisfagan sus instintos, como usted dice, de amor universal.... Pues
todo eso, hija mía, se puede lograr, satisfacer y cumplir en la vida,
aparentemente prosaica y hasta cursi, como la llamaría doña Obdulia, de
una mujer piadosa, de una... _beata_, para emplear la palabra fea,
_escandalosa_. Sí, amiga mía--el Magistral reía al decir esto--lo que
usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser _beata_.
Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome la
letra y deje el espíritu. Hay que ser beata, es decir, no hay que
contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano,
creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las
menudencias del culto y de la disciplina quedan para los espíritus
pequeños y comineros; no, hija mía, no, lo esencial es todo; la forma es
fondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende amarle:
«Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar que a Zorrilla se le
haya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino; ven a mi
templo, y allí encontrarán los sentidos incentivo del alma para la
oración, para la meditación y para esos actos de fe, esperanza y caridad
que son todo mi culto en resumen...».

Anita, al oír este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, con
motivo de cosas tan grandes y sublimes, sintió lágrimas y risas
mezcladas, y lloró riendo como Andrómaca.

La noche corría a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba a
los interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla que
empezaba a subir por aquel lado, dejó oír tres campanadas como un
aviso. Le parecía que ya habían hablado bastante. Pero ellos no oyeron
la señal de la torre que vigilaba.

Petra fue la que dijo, para sí, desde la sombra del patio:

--¡Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse....

La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillas
hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacer
ruido; pero tenía miedo de ser vista y retrocedía hasta el patio, desde
donde no podía oír más que un murmullo, no palabras. Sintió que Anselmo
abría la puerta del zaguán y que el amo subía. Corrió Petra a su
encuentro. Si le preguntaba por la señora, estaba dispuesta a mentir, a
decir que había subido al segundo piso, a los desvanes, donde quiera, a
tal o cual tarea doméstica; iba preparada a ocultar la visita del
Magistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero creía llegado el
caso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Fermín. «¿No
le habían hecho llevar cartas _sin necesidad de que lo supiera don
Víctor_? ¿Pues qué necesidad había de que supiera que llevaban más de
una hora de palique en el cenador, y a obscuras?».

Quintanar no preguntó por su mujer; no era esto nuevo en él; solía
olvidarla, sobre todo cuando tenía algo entre manos. Pidió luz para el
despacho, se sentó a su mesa, y separando libros y papeles, dejó encima
del pupitre un envoltorio que tenía debajo del brazo. Era una máquina de
cargar cartuchos de fusil. Acababa de apostar con Frígilis que él hacía
tantas docenas de cartuchos en una hora, y venía dispuesto a intentar la
prueba. No pensaba en otra cosa. Llegó la luz. Quintanar miró con ojos
penetrantes de puro distraídos a Petra. La doncella se turbó.

--Oye.--¿Señor?...--Nada.... Oye...--¿Señor?...--¿Anda ese reloj?
--Sí, señor, le ha dado usted cuerda ayer....

--¿De modo que son las ocho menos diez?

--Sí, señor.... Petra temblaba, pero seguía dispuesta a mentir si le
preguntaba por el ama.

--Bien; vete. Y don Víctor se puso a atacar con rapidez cartuchos y más
cartuchos.

En tanto el Magistral había explicado latamente lo que quería dar a
entender con lo de la vida beata.

«Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de la
perfección; los trabajos preparativos ya podían darse por hechos; si
otras iban a la iglesia, a las cofradías y demás lugares ordinarios de
la vida devota con un espíritu rutinario que hacía nulas respecto a la
perfección moral aquellas prácticas piadosas; ella, Ana, podía sacar
gran utilidad para la ocupación digna de su alma de aquellos mismos
lugares y quehaceres. ¿Qué había sido Santa Teresa? Una monja, una
fundadora de conventos; ¿cuántas monjas había habido que no habían
pasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en la
rutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada útil para
satisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin embargo, a la Santa
Doctora; ¿qué mundos tan grandes, qué Universo de soles no la había dado
aquella vida del claustro? La gran actividad va en nosotros mismos, si
somos capaces de ella. Pero hay que buscar la ocasión en las ocupaciones
de la vida buena. Era necesario que Anita frecuentase en adelante las
fiestas del culto; que oyese más sermones, más misas, que asistiera a
las novenas, que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa,
que visitara a los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo;
al principio tales ocupaciones podrían parecerla pesadas,
insustanciales, prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida de
la piedad acendrada, pero poco a poco iría tomando el gusto a tan
humildes menesteres; iría penetrando los misteriosos encantos de la
oración, del culto público, que si parece hasta frívolo pasatiempo en
las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que están en el templo nada
más con los sentidos, es edificante espectáculo para quien siente
devoción profunda».

--Verá usted--decía el Magistral--como llega un día en que no necesita a
Zorrilla ni poeta nacido para llorar de ternura y elevarse, de una en
otra, como usted dice, hasta la idea santa de Dios. ¡Tiene la Iglesia,
amiga mía, tal sagacidad para buscar el camino de las entrañas! Verá
usted, verá usted cómo reconoce la sabiduría de Nuestra Madre en muchos
ritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora pueden
antojársele indiferentes, insignificantes. ¡Nuestras fiestas! ¡Qué cosa
más hermosa, querida hija mía! Llegará, por ejemplo, la Noche-buena y
usted empleará su imaginación poderosa en representarse las escenas de
pura poesía del Nacimiento de Jesús.... Volverán a ser para usted las que
ya parecían vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de
ternura, y llorará pensando en el Niño Dios.... Y usted me dirá entonces
si aquellas lágrimas son más dulces y frescas que las que anoche le
arrancaba el bueno de don Juan Tenorio....

--A los sermones de cualquiera, no hay para qué ir--prosiguió De
Pas--por más que a veces la palabra de un pobre cura de aldea encierra
en su sencillez tosca tesoros de verdad, enseñanzas lacónicas
admirables, rasgos de filosofía profunda y sincera, parábolas nuevas
dignas de la Biblia; pero como esto es pocas veces, conviene acudir a
los sermones de oradores acreditados. Oiga usted al señor Obispo en los
días que él quiere lucirse.... Oiga usted... a otros buenos predicadores
que hay.... Y si no fuera vanidad intolerable, añadiría óigame usted a mí
algunos días de los que Dios quiere que no me explique mal del todo. Sí,
porque así como hay cosas que no pueden decirse desde el púlpito, que
exigen el confesonario o la conferencia familiar, hay otras que piden la
cátedra, que sería ridículo decirlas de silla a silla... por ejemplo,
algo de lo que yo tengo que advertir a usted respecto de esas vagas y
aparentes visiones de Dios en idea... tocadas, hija mía, de panteísmo,
sin que usted se dé cuenta de ello.

Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a que había
de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día siguiente, y
terminó tratando con detenimiento especial la cuestión de las lecturas.

Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de Santa
Teresa y algunos místicos.

«Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal,
Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, para
perfeccionarse, no al principio, sino más adelante. Al principio es un
gran peligro el desaliento que produce la comparación entre la propia
vida y la de los santos. ¡Ay de usted si desmaya porque ve que para
Teresa son pecados muchos actos que usted creía dignos de elogio! Pasará
usted la vergüenza de ver que era vanidad muy grande creerse buena mucho
antes de serlo, tomar por voces de Dios voces que la Santa llama del
diablo... pero en estos pasajes no hay que detenerse.... No hay que
comparar... hay que seguir leyendo... y cuando se haya vivido algún
tiempo dentro de la disciplina sana... vuelta a leer, y cada vez el
libro sabrá mejor, y dará más frutos.

»Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, ¡adiós todo! se ve la
infinita distancia y no emprendemos el camino. A dónde se ha de llegar,
eso Dios lo dirá después; ahora andar, andar hacia adelante es lo que
importa.

»Y a todo esto ¿hemos de vestir de estameña, y mostrar el rostro
compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al marido con la
inquisición en casa, y con el huir los paseos, y negarse al trato del
mundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.... La paz del hogar no es
cosa de juego.... ¿Y la salud? la salud del cuerpo, ¿dónde la dejamos?
¿Pues no se trataba de ponernos en cura? ¿No estábamos ahora hablando
del espíritu y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre,
distracciones honestas, y todo eso ha de continuar en el grado que se
necesite y que indicarán las circunstancias.

Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y arremolinó hojas
secas a la entrada del cenador. El Magistral se puso en pie, como si le
hubieran pinchado, y dijo con voz de susto:

--¡Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aquí
charlando... charlando...

«No le haría gracia que don Víctor los encontrase a tales horas en el
parque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas...». Pero
esto que pensó se guardó de decirlo. Salió de la glorieta hablando en
voz alta, pero no muy alta, aparentando no temer al ruido, pero
temiéndolo.

Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había en el mundo
maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para
hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo.

El Magistral, como equivocando el camino, se dirigió hacia la puerta del
patio, aunque parecía lo natural subir por la escalera de la galería y
pasar por las habitaciones de Quintanar.

En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que
había recibido al Provisor.

--¿Ha venido el señor?--preguntó la Regenta.

--Sí, señora--respondió en voz baja la doncella--; está en su despacho.

--¿Quiere usted verle?--dijo Ana volviéndose al Magistral.

Don Fermín contestó:--Con mucho gusto...--¡Disimulan, disimulan
conmigo!--, pensó Petra con rabia.

--Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... debía estar a las ocho en
palacio... y van a dar las ocho y media... no puedo detenerme...
salúdele usted de mi parte.

--Como usted quiera.--Además, estará abismado en sus trabajos... no
quiero distraerle... saldré por aquí... Buenas noches, señora, muy
buenas noches.

--Disimulan--volvió a pensar Petra, mientras abría la puerta que
conducía al zaguán.

Entonces, el Magistral se acercó a la Regenta y deprisa y en voz baja
dijo:

--Se me había olvidado advertirle que... el lugar más a propósito
para... verse... es en casa de doña Petronila. Ya hablaremos.

--Bien--contestó la Regenta.--Lo he pensado, es el mejor.--Sí, sí,
tiene usted razón.

Subió Ana por la escalera principal y salió al portal don Fermín. En la
puerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con los
ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que
pasara él para cerrar. Parecía la estatua del sigilo. De Pas la acarició
con una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo:

--Ya hace fresco, muchacha. Petra le miró cara a cara y sonrió con la
mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde.

--¿Estás contenta con los señores?

--Doña Ana es un ángel.

--Ya lo creo. Adiós, hija mía, adiós; sube, sube, que aquí hay
corrientes... y estás muy coloradilla... debes de tener calor....

--Salga usted, salga usted, y por mí no tema.

--Cierra ya, hija mía, puedes cerrar.

--No señor, si cierro no verá usted bien hasta llegar a la esquina....

--Muchas gracias... adiós, adiós.

--Buenas noches, D. Fermín. Esto lo dijo Petra muy bajo, sacando la
cabeza fuera del portal, y cerró con gran cuidado de no hacer cualquier
ruido.

«¡D. Fermín!» pensó el Magistral. «¿Por qué me llama esta D. Fermín?
¿Qué se habrá figurado? Mejor, mejor.... Sí, mejor. Conviene tenerla
propicia como a la otra».

La otra era Teresina, su criada. Petra subió y se presentó en el tocador
de doña Ana sin ser llamada.

--¿Qué quieres?--preguntó el ama, que se estaba embozando en su chal
porque sentía mucho frío.

--El señor no me ha preguntado por la señora. Yo no le he dicho... que
estaba aquí D. Fermín.

--¿Quién?--Don Fermín.--¡Ah! Bien, bien... ¿para qué? ¿qué importa?

Petra se mordió los labios y dio media vuelta murmurando:

--¡Orgullosa! ¿si creerá que no tenemos ojos?... Pues si a una no le
diera la gana... pero yo lo hago por el otro....

Sí, Petra lo hacía por el otro, por el Magistral, a quien quería agradar
a toda costa. Tenía sus planes la rubia lúbrica.

Don Víctor Quintanar se presentó media hora después a su mujer con
manchas de pólvora en la frente y en las mejillas.

No supo nada de la visita nocturna del Magistral. «No preguntó nada:
¿para qué decírselo?».

A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró en el
Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que él tenía para
su uso particular. El amigo íntimo de Quintanar, era el dictador en
aquel pueblo de árboles y arbustos. Los días que no iban de caza, el
señor Crespo se los pasaba recorriendo sus _dominios_, que así llamaba
al parque de Quintanar; podaba, injertaba, plantaba o trasplantaba,
según las estaciones y otras circunstancias. Estaba prohibido a todo el
mundo, incluso al dueño del bosque, tocar en una hoja. Allí mandaba
Frígilis y nadie más. En cuanto entró, se dirigió al cenador. Recordaba
haber dejado encima de la mesa de mármol o de un banco, en fin, allí
dentro, unas semillas preparadas para mandar a cierta exposición de
floricultura. Buscó, y sobre una mecedora encontró un guante de seda
morada entre las semillas esparcidas y mezcladas sobre la paja y por el
suelo.

Soltó un taco madrugador y cogió el guante con dos dedos, levantándolo
hasta los ojos.

--¿Quién diablos ha andado aquí?--preguntó a las auras matutinas.

Guardó el guante en un bolsillo, recogió las semillas que no había
llevado el viento, y con gran cuidado volvió a escoger y separar los
granos. Se trataba de una singularísima especie de pensamientos
monocromos, invención suya.

Cuando sintió ruido en la casa, llamó a gritos.

--¡Anselmo, Petra, Servanda, Petra!...

Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un
mantón viejo del ama. Parecía la aurora de las doradas guedejas; pero
Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora.

--Oye, tú, buena pécora, ¿qué demonio de obispo entra aquí por la noche
a destrozarme las semillas?...

--¿Qué dice usted que no le entiendo?--contestó Petra desde el patio.

--Digo que ayer me retiré yo de la huerta cerca del obscurecer, que dejé
allá dentro unas semillas envueltas en un papel... y ahora me encuentro
la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este
guante de canónigo.... ¿Quién ha estado aquí de noche?

--¡De noche! Usted sueña, D. Tomás.

--¡Ira de Dios! De noche digo....

--A ver el guante...--Toma--contestó Frígilis, arrojando desde lejos la
prenda....

--Pues... ¡está bueno! ja, ja, ja... buen canónigo te dé Dios.... Lo que
entiende usted de modas, don Tomás.... ¿Pues no dice que es un guante de
canónigo?...

--¿Pues de quién es?--De mi señora.... No ve usted la mano... qué
chiquita... a no ser que haya _canónigas_ también.

--¿Y se usan ahora guantes morados?

--Pues claro... con vestidos de cierto color....

Frígilis encogió los hombros.

--Pero mis semillas, mis semillas ¿quién me las ha echado a rodar?

--El gato, ¿qué duda tiene? el gatito pequeño, el moreno, el mismo que
habrá llevado el guante a la glorieta... ¡es lo más urraca!...

En la pajarera de Quintanar cantó un jilguero.

--¡El gato! ¡El moreno!...--dijo Frígilis, moviendo la cabeza--qué
gato... ni qué...

Una sonrisa seráfica iluminó su rostro de repente, y volviéndose a
Petra, señaló a la galería:

--¡Es mi macho! ¡es mi macho! ¿oyes? estoy seguro... ¡es mi macho!... y
tu amo que decía... que su canario... que iba a cantar primero...
oyes... ¿oyes? es mi macho, se lo he prestado quince días para que lo
viese vencer... ¡es mi macho!

Frígilis olvidó el guante y el gato, y quedó arrobado oyendo el
repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus amores.

Petra escondió en el seno de nieve apretada el guante morado del
Magistral.



--XVIII--


Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venían del Oeste,
tropezaban con las crestas de Corfín, se desgarraban y deshechas en
agua, caían sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como
latigazos furibundos, como castigo bíblico; otras cachazudas,
tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban y venían otras, y
después otras que parecían las de antes, que habían dado la vuelta al
mundo para desgarrarse en Corfín otra vez. La tierra fungosa se
descarnaba como los huesos de Job; sobre la sierra se dejaba arrastrar
por el viento perezoso, la niebla lenta y desmayada, semejante a un
penacho de pluma gris; y toda la campiña entumecida, desnuda, se
extendía a lo lejos, inmóvil como el cadáver de un náufrago que chorrea
el agua de las olas que le arrojaron a la orilla. La tristeza resignada,
fatal de la piedra que la gota eterna horada, era la expresión muda del
valle y del monte; la naturaleza muerta parecía esperar que el agua
disolviera su cuerpo inerte, inútil. La torre de la catedral aparecía a
lo lejos, entre la cerrazón, como un mástil sumergido. La desolación del
campo era resignada, poética en su dolor silencioso; pero la tristeza
de la ciudad negruzca; donde la humedad sucia rezumaba por tejados y
paredes agrietadas, parecía mezquina, repugnante, chillona, como
canturia de pobre de solemnidad. Molestaba; no inspiraba melancolía sino
un tedio desesperado. Frígilis prefería mojarse a campo raso, y
arrastraba consigo a Quintanar lejos de Vetusta, cerca del mar, a las
praderas y marismas solitarias de Palomares y Roca Tajada, donde
fatigaban el monte y la llanura, persiguiendo perdices y chochas en lo
espeso de los altozanos nemorosos; y en las planicies escuetas,
melancólicos y quejumbrosos alcaravanes, nubes de estorninos, tordos de
agua, patos marinos, y bandadas obscuras de peguetas diligentes. Para
estas excursiones lejanas, don Víctor contaba con el beneplácito de su
esposa. Se salía al ser de día, en el tren correo, se llegaba a Roca
Tajada una hora después, y a las diez de la noche entraban en Vetusta
silenciosos, cargados de ramilletes de pluma y como sopa en vino. Allá
en las marismas de Palomares, don Víctor solía echar de menos el teatro.
«¡Si el tren saliese dos horas antes, menos mal!». Frígilis no echaba de
menos nada. Su devoción a la caza, a la vida al aire libre, en el campo,
en la soledad triste y dulce, era profunda, sin rival: Quintanar
compartía aquella afición con su amor a las farsas del escenario.
Frígilis en el teatro se aburría y se constipaba. Tenía horror a las
corrientes de aire, y no se creía seguro más que en medio de la campiña,
que no tiene puertas.

Crespo tenía bien definida y arraigada su vocación: la naturaleza;
Quintanar había llegado a viejo sin saber «cuál era su destino en la
tierra», como él decía, usando el lenguaje del tiempo romántico, del que
le quedaban algunos resabios. Era el espíritu del ex-regente, de blanda
cera; fácilmente tomaba todas las formas y fácilmente las cambiaba por
otras nuevas. Creíase hombre de energía, porque a veces usaba en casa un
lenguaje imperativo, de bando municipal; pero no era, en rigor, más que
una pasta para que otros hiciesen de él lo que quisieran. Así se
explicaba que, siendo valiente, jamás hubiese tenido ocasión de mostrar
su valor luchando contra una voluntad contraria. Él sostenía que en su
casa no se hacía más que lo que él quería, y no echaba de ver que
siempre acababa por querer lo que determinaban los demás. Si Ana Ozores
hubiera tenido un carácter dominante, don Víctor se hubiese visto en la
triste condición de esclavo: por fortuna, la Regenta dejaba al buen
esposo entregado a las veleidades de sus caprichos y se contentaba con
negarle toda influencia sobre los propios gustos y aficiones. Aquel
programa de diversiones, alegría, actividad bulliciosa, que había
publicado a son de trompeta Quintanar, se cumplía sólo en las partes y
por el tiempo que a su esposa le parecían bien; si ella prefería quedar
en casa, volver a sus ensueños, don Víctor que había prometido y hasta
jurado no ceder, poco a poco cedía; procuraba que la retirada fuese
honrosa, fingía transigir y creía a salvo su honor de hombre enérgico y
amo de su casa, permitiéndose la audacia de gruñir un poco, entre
dientes, cuando ya nadie le oía. Los criados le imponían su voluntad,
sin que él lo sospechara. Hasta en el comedor se le había derrotado.
Amante, como buen aragonés, de los platos fuertes, del vino espeso, de
la clásica abundancia, había ido cediendo poco a poco, sin conocerlo, y
comía ya mucho menos, y pasaba por los manjares más fantásticos que
suculentos, que agradaban a su mujer. No era que Anita se los
impusiese, sino que las cocineras preferían agradar al ama, porque allí
veían una voluntad seria, y en el señor sólo encontraban un predicador
que les aburría con sermones que no entendían. Hasta en el estilo se
notaba que Quintanar carecía de carácter. Hablaba como el periódico o el
libro que acababa de leer, y algunos giros, inflexiones de voz y otras
cualidades de su oratoria, que parecían señales de una _manera_
original, no eran más que vestigios de aficiones y ocupaciones pasadas.
Así hablaba a veces como una sentencia del Tribunal Supremo, usaba en la
conversación familiar el tecnicismo jurídico, y esto era lo único que en
él quedaba del antiguo magistrado. No poco había contribuido en
Quintanar a privarle de originalidad y resolución, el contraste de su
oficio y de sus aficiones. Si para algo había nacido, era, sin duda,
para cómico de la legua, o mejor, para aficionado de teatro casero. Si
la sociedad estuviera constituida de modo que fuese una carrera
suficiente para ganarse la vida, la de cómico aficionado, Quintanar lo
hubiera sido hasta la muerte y hubiera llegado a _trabajar_, frase suya,
tan bien como cualquiera de esos _otros primeros galanes_ que recorren
las capitales de provincia, a guisa de buhoneros.

Pero don Víctor comprendió que el cómico en España no vive de su honrado
trabajo si no se entrega a la vergüenza de servir al público el arte en
las compañías de comediantes de oficio; comprendió además que él
necesitaba con el tiempo _crear una familia_, y entró en la carrera
judicial a regañadientes. Quiso la suerte, y quisieron las buenas
relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con rapidez, y
se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada, a una
edad en que todavía se sentía capaz de representar el _Alcalde de
Zalamea_ con toda la energía que el papel exige. Pero la espina la
llevaba en el corazón; reconocía que el cargo de magistrado es
delicadísimo, grande su responsabilidad, pero él... «era ante todo un
artista». ¡Aborrecía los pleitos, amaba las tablas y no podía pisarlas
_dignamente_! Este era el torcedor de su espíritu. Si le hubiese sido
lícito representar comedias, quizás no hubiera hecho otra cosa en la
vida, pero como le estaba prohibido por el decoro y otra porción de
serias consideraciones, procuraba buscar otros caminos a la comezón de
ser algo más que una rueda del poder judicial, complicada máquina; y era
cazador, botánico, inventor, ebanista, filósofo, todo lo que querían
hacer de él su amigo Frígilis y los vientos del azar y del capricho.

Frígilis había formado a su querido Víctor, al cabo de tantos años de
trato íntimo a su imagen y semejanza, en cuanto era posible. Salía
Quintanar de la servidumbre ignorada de su domicilio para entrar en el
poder dictatorial, aunque ilustrado, de Tomás Crespo, aquel pedazo de su
corazón, a quien no sabía si quería tanto como a su Anita del alma. La
simpatía había nacido de una pasión común: la caza. Pero la caza antes
no era más que un ejercicio de hombre primitivo para el aragonés; cazaba
sin saber lo que eran las perdices, ni las liebres y conejos, por
dentro; Frígilis estudiaba la fauna y la flora del país de camino que
cazaba, y además meditaba como filósofo de la naturaleza. Crespo hablaba
poco, y menos en el campo; no solía discutir, prefería sentar su opinión
lacónicamente, sin cuidarse de convencer a quien le oía. Así la
influencia de la filosofía naturalista de Frígilis llegó al alma de
Quintanar por aluvión: insensiblemente se le fueron pegando al cerebro
las ideas de aquel _buen hombre_, de quien los vetustenses decían que
era un _chiflado_, un tontiloco.

Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza
de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El
_oidium_ consumía la uva, el _pintón_ dañaba el maíz, las patatas tenían
su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su
oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis
disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del
contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería. Visitaba
pocas casas y muchas huertas; sus grandes conocimientos y práctica hábil
en arboricultura y floricultura, le hacían árbitro de todos los
_parques_ y jardines del pueblo; conocía hoja por hoja la huerta del
marqués de Corujedo, había plantado árboles en la de Vegallana, visitaba
de tarde en tarde el jardín inglés de doña Petronila; pero ni conocía de
vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás en el
gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de Corujedo más trato
que el del Casino. Se entendía con los jardineros.--En cuanto las
lluvias de invierno se inauguraban, después del irónico verano de San
Martín, a Frígilis se le caía encima Vetusta y sólo pasaba en su recinto
los días en que le reclamaban sus árboles y sus flores.

Quintanar le seguía muerto de sueño, encerrado en su uniforme de
cazador, de que se reía no poco Frígilis, quien usaba la misma ropa en
el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos blancos de suela fuerte,
claveteada. Se metían en un coche de tercera clase, entre aldeanos
alegres, frescos, colorados; Quintanar dormitaba dando cabezadas contra
la tabla dura; Frígilis repartía o tomaba cigarros de papel, gordos; y
más decidor que en Vetusta, hablaba, jovial, expansivo, con los hijos
del campo, de las cosechas de ogaño y de las nubes de antaño; si la
conversación degeneraba y caía en los pleitos, torcía el gesto y dejaba
de atender, para abismarse en la contemplación de aquella campiña triste
ahora, siempre querida para él que la conocía palmo a palmo.

Ana envidiaba a su marido la dicha de huir de Vetusta, de ir a mojarse a
los montes y a las marismas, en la soledad, lejos de aquellos tejados de
un rojo negruzco que el agua que les caía del cielo hacía una
inmundicia.

«¡Ah, sí! ella estaba dispuesta a procurar la salvación de su alma, a
buscar el camino seguro de la virtud; pero ¡cuánto mejor se hubiera
abierto su espíritu a estas grandezas religiosas en un escenario más
digno de tan sublime poesía! ¡Cuán difícil era admirar la creación para
elevarse a la idea del Creador, en aquella Encimada taciturna, calada de
humedad hasta los huesos de piedra y madera carcomida; de calles
estrechas, cubiertas de hierba-hierba alegre en el campo, allí símbolo
de abandono--, lamidas sin cesar por las goteras de los tejados, de
monótono y eterno ruido acompasado al salpicar los guijarros
puntiagudos!...».

No se explicaba la Regenta cómo Visitación iba y venía de casa en casa,
alegre como siempre, risueña, sin miedo al agua ni menos al fango del
arroyo... sin pensar siquiera en que llovía, sin acordarse de que el
cielo era un sudario en vez de un manto azul, como debiera. Para Visita
era el tiempo siempre el mismo, no pensaba en él, y sólo le servía de
tópico de conversación en las visitas de cumplido.

La del Banco, como pajarita de las nieves, saltaba de piedra en piedra,
esquivaba los charcos, y de paso, dejaba ver el pie no mal calzado, las
enaguas no muy limpias, y a veces algo de una pantorrilla digna de mejor
media.--Tampoco a Obdulia el agua la encerraba en casa, ni la entumecía:
también alegre y bulliciosa corría de portal en portal, desafiando los
más recios chaparrones, riendo a carcajadas si una gota indiscreta
mojaba la garganta que palpitaba tibia; era de ver el arte con que sus
bajos, con instintos de armiño, cruzaban todo aquel peligro del cieno,
inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca sonante de
espuma de Holanda; tentación de Bermúdez el arqueólogo espiritualista.

Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se
resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran
parte del otoño, lo más del invierno y casi toda la primavera. Cada cual
buscaba su rincón y parecían no menos contentos que Frígilis huyendo a
las llanuras vecinas del mar a mojarse a sus anchas.

La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía más; en su
lecho blindado contra los más recios ataques del frío, disfrutaba
deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien arropada, novelas de
viajes al polo, de cazas de osos, y otras que tenían su acción en Rusia
o en la Alemania del Norte por lo menos. El contraste del calorcillo y
la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fríos que habían de
sufrir los héroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban
por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del año doña
Rufina. Oír el agua que azota los cristales allá fuera, y estar
compadeciéndose de un pobre niño perdido en los hielos... ¡qué delicia
para un alma tierna, _a su modo_, como la de la señora Marquesa!

--Yo no soy sentimental--decía ella a D. Saturnino Bermúdez, que la oía
con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a
oreja--yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblería...
pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa... me enternezco...
lloro... pero no hago alarde de ello.

--Es el don de lágrimas, de que habla Santa Teresa, señora,--respondía
el arqueólogo; y suspiraba como echando la llave al cajón de los
secretos sentimentales.

El Marqués hacía lo que los gatos en enero. Desaparecía por temporadas
de Vetusta. Decía que iba a preparar las elecciones. Pero sus _íntimos_
le habían oído, en el secreto de la confianza, después de comer bien, a
la hora de las confesiones, que para él no había afrodisíaco mejor que
el frío. «Ni los mariscos producen en mí el efecto del agua y la nieve».
Y como sus aventuras eran todas rurales, salía el buen Vegallana a
desafiar los elementos, recorriendo las aldeas, entre lodo, hielo y
nieve en su coche de camino. Y así preparaba las elecciones, buscando
votos para un porvenir lejano, según frase picaresca de D. Cayetano
Ripamilán, siempre dispuesto a perdonar esta clase de extravíos.

La tertulia de la Marquesa veía el cielo abierto en cuanto el tiempo se
metía en agua. Los que tenían el privilegio envidiable y envidiado de
penetrar en aquella estufa perfumada, bendecían los chubascos que daban
pretexto para asistir todas las noches al gabinete de doña Rufina. ¿Qué
habían de hacer si no? ¿A dónde habían de ir?--En la chimenea ardían los
bosques seculares de los dominios del Marqués; aquellas encinas feudales
se carbonizaban con majestuosos chirridos. A su calor no se contaban
_antiguas consejas_, como presumía Trifón Cármenes que había de suceder
por fuerza en todo _hogar señorial_, pero se murmuraba del mundo
entero, se inventaban calumnias nuevas y se amaba con toda la franqueza
prosaica y sensual que, según Bermúdez, «era la característica del
presente momento histórico, desnudo de toda presea ideal y poética».--El
gabinete no era grande, eran muchos los muebles, y los contertulios se
tocaban, se rozaban, se oprimían, si no había otro remedio. ¿Quién
pensaba en los aguaceros?

En las reuniones de segundo orden, que abundaban en Vetusta, la humedad
excitaba la alegría; cada cual se iba al agujero de costumbre y era de
oír, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de la casa
de Visita «los que la favorecían una vez por semana honrando sus
salones», que eran sala y gabinete; eran de oír las carcajadas, las
bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas que recibían con
estrépito las duchas de los tremendos _serpentones_ de hojalata.... Todos
despreciaban el agua, pensando en los placeres esotéricos de la lotería
y de las charadas representadas.

--En cuanto al «elemento devoto de Vetusta», (frase del _Lábaro_) se
metían en novenas así que el tiempo se metía en agua. El elemento devoto
era todo el pueblo en llegando el mal tiempo, y hasta los socios _de
Viernes santo_, unos perdidos que se juntaban durante la Semana de
Pasión a comer de carne en la fonda, hasta esos acudían al templo, si
bien a criticar a los predicadores y mirar a las muchachas. Este fervor
religioso de Vetusta comenzaba con la Novena de las Ánimas, poco
popular, y la muy concurrida del Corazón de Jesús, no cesando hasta que
se c