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Title: Memorias de un vigilante
Author: Alvarez, José S., 1858-1903
Language: Spanish
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MEMORIAS DE UN VIGILANTE

JOSE S. ALVAREZ (FRAY MOCHO)

ADMINISTRACIÓN GENERAL

Buenos Aires

1920

       *       *       *       *       *

FRAY MOCHO

MEMORIAS DE UN VIGILANTE
I	Dos palabras
II	En los umbrales de la vida
III	El vaivén de mundo
IV	De oruga mariposa
V	De paria a ciudadano
VI	El tufo porteño
VII	Mosaico criollo
VIII	Los bocetos de un miope
IX	Cinematógrafo
X	La linterna de Regnier
XI	Brochazos ministeriales
XII	Entretelones policiales
XIII	Siempre adelante
XIV	MUNDO LUNFARDO
   EN LA PUERTA DE LA CUEVA
   PERSPECTIVAS
   ENTRE LA CUEVA
   ELLAS
   ELLOS
   EL CAMPANA
   EL ARTE ES SUBLIME
   EL CAFÉ DE CASSOULET
   EL BURRO DE CARGA
   LOS QUE CARGAN CON LA FAMA
   EL PANAL EN LA LENGUA
   NO LE SALVÓ SER MINISTRO
   CUPIDO Y CACO
   EL PRIMER CLIENTE
   AL REVUELO
XV	LOS MISTERIOS DE BUENOS AIRES
XVI	EL HOMBRE PROVIDENCIAL
NOTAS

       *       *       *       *       *



FRAY MOCHO


José S. Alvarez (Fray Mocho), nació en Gualeguaychú, Provincia de Entre
Ríos, el 26 de Agosto de 1858. Su temprana afición a observar los
aspectos más pintorescos de la vida le encaminó por el doble sendero del
periodismo y de la investigación policial. Así, entre cuartilla y
cuartilla, llegó a ocupar el puesto de Comisario de Pesquisas en la
Policía de Buenos Aires, que tanto se adaptaba a las modalidades de su
espíritu curioso y novelesco.

En ese carácter publicó (1887) su famosa _Galería de ladrones de la
capital_, en 2 gruesos volúmenes, colección de fotografías policiales
comentadas con perspicacia; aunque esa obra tenía un carácter puramente
técnico, Alvarez demostraba en las más nimias acotaciones esa
extraordinaria agudeza de ingenio que más tarde floreció en sus
leidísimos cuentos y en su inextinguible pasión de conversar.

En 1899 se asoció con Bartolito Mitre para fundar una revista ilustrada,
que llegó a ser la popularísima _Caras y Caretas_, hoy convertida en
magna empresa que coopera al desenvolvimiento de las artes y las letras.

Su obra propiamente literaria consta de cinco libros, en los que supo
sacar partido de sus cualidades de observador y de su estilo lleno de
gracia picaresca. El "cuento de costumbres" llegó a ser su especialidad,
en lo que tuvo muchos imitadores, sin ser igualado.

Su primer libro, _Memorias de un vigilante_ (1897), vio la luz bajo el
pseudónimo de _Fabio Carrizo_; le siguieron _Viaje al país de los
matreros_ (1897) y _En el mar austral_ (1898). En el tercer aniversario
de su muerte se reunieron sus cuentos, publicados en la revista _Caras y
Caretas_, bajo el titulo _Cuentos de Fray Mocho_ (1906). Otros no han
sido publicados en libro y aparecerán con el título _Salero Criollo_.

Falleció en Buenos Aires, el 23 de Agosto de 1903.



I

DOS PALABRAS


No abrigo la esperanza de que mis recuerdos lleguen a constituir un
libro interesante; los he escrito en mis ratos de ocio y no tengo
pretensiones de filósofo, ni de literato.

No obstante, creo que nadie que me lea perderá su tiempo, pues, por lo
menos, se distraerá con casos y cosas que quizás habrá mirado sin ver y
que yo en el curso de mi vida me vi obligado a observar en razón de mi
temperamento o de mis necesidades.



II

EN LOS UMBRALES DE LA VIDA


Mi nacimiento fue como el de tantos, un acontecimiento natural, de esos
que con abrumadora monotonía y constante regularidad se producen
diariamente en los ranchos de nuestras campañas desiertas.

Para mi padre, fui seguramente una boca más que alimentar, para mi
madre, una preocupación que se sumaba a las ocho iguales que ya tenía, y
para los perros de la casa y para los pajaritos del monte que nos
rodeaba, una promesa segura de cascotazos y mortificaciones que
comenzaría a cumplirse dentro de los tres años de la fecha y duraría
hasta que los vientos de la vida me arrebataran, como a todos los
congregados por la casualidad bajo aquel techo hospitalario.

Concluía quizás la primera década de mi vida, cuando un buen día llegó a
la casa una tropa de carros, que, desviándose del camino que serpenteaba
entre las cuchillas, allá en la linde del monte, venía a campo traviesa
buscando un vado en el arroyo, que disminuía en una mitad el trecho a
recorrer para llegar al pueblo más cercano.

El capataz habló con mi padre; y éste, de repente, me hizo señas de que
me acercara, y dijo:

--¡Este es el muchacho!... Como obediente y humilde, no tiene
yunta[1]... ¡el otro que podía igualarlo se nos murió la vez pasada!...
¡Como conocedor del monte y del arroyo, lo verá en el trabajo!

A mí me zumbaron los oídos, y no pude saber lo que el hombre contestó;
sin embargo, me di cuenta, así en general no más, de que ya no podría
extasiarme a la sombra de los espinillos florecidos viendo cómo las
lagartijas se correteaban sobre la cresta de los hormigueros, haciendo
relampaguear sus armaduras brillantes, ni pasarme las horas muertas,
escuchando el contrapunto de las calandrias y de los zorzales,
estimulados por el lamento de los boyeros parados al borde de sus nidos,
colgados allá en la extremidad de los gajos más altos y flexibles de los
molles[2] y coronillos[3].

Mi padre me sacó de mi éxtasis con su voz ronca y varonil, esta vez
impregnada de una dulzura desconocida.

--¡Oiga, hijito!... ¡Vaya, traiga su petisito bayo[4] y ensíllelo!...
¡Va a acompañar a este hombre, que es su patrón!



III

EL VAIVÉN DEL MUNDO


Las corrientes del mundo me arrebataron y luché con ellas con suerte
varia; ninguna ¡ay! volvió a traerme hasta los montes nativos, y cuando
un día--después de muchos años--volví a ellos, ya no guardaban sino
restos miserables, escapados al hacha del montaraz; y del pobre rancho y
de la familia que lo ocupó, ni el recuerdo siquiera.

¿Qué fue de los míos?

¿Qué fue de las hojas del tala frondoso, en cuyas ramas flexibles mi
madre colgaba la cuna de sus hijos, aquel noque[5] de cuero que la brisa
mecía cariñosa?

¿Qué fue de los trinos del boyero y del contrapunto de las calandrias y
de los zorzales?

¡Sólo quedan en mi memoria como un recuerdo!

Sirviendo de guía a las tropas de carretas, picando[6] éstas cuando ya
mis músculos lo permitieron, de peón aquí, de vago allá, llegó un día
para mí dichoso y bendecido--porque es el origen de mi felicidad
actual--en que una leva[7] me tomó y puso punto final a mis correrías de
vagabundo, perfilando sobre la figura mal pergeñada[8] del pobre gaucho
ignorante la simpática silueta del soldado.

Recuerdo, como si fuese ayer, las circunstancias en que fui tomado y voy
a tratar de pintarlas, no con la pretensión de hacer un cuadro sino con
la intención de presentar una escena de nuestros campos, vulgar y
corriente en tiempos no lejanos, pero hoy ya casi exótica, debido a las
exigencias de la vida.



IV

DE ORUGA A MARIPOSA


Tras un galope de algunas leguas--andaba de vago y era joven y
aficionado al baile y las buenas mozas--llegué al viejo rancho
desmantelado y solitario--veterano de cien tormentas--donde se iba a
bailar, cosa que no era muy frecuente entonces, dada la escasez de
población en aquellos parajes.

Al acercarme al palenque, ya pude contar cuántos me habían precedido en
la llegada y hasta saber quiénes eran: allí estaban sus caballos a modo
de tarjeta de visita.

Primero, el petiso de los mandados--maceta[9] y mosqueador[10]--que
buscando verse libre de las sabandijas[11] u obedeciendo a la costumbre
de evitarlas, había ido retrocediendo hasta apartarse del grupo, y
sembrando el trayecto recorrido con las pilchas[12] del muchacho a cuyo
servicio lo había condenado la suerte, que nunca le fue propicia; luego
los mancarrones[13] de algunos gauchos pobres y de los viejos vagos del
pago, con sus aperos formados con prendas de procedencia diversa y de
más diversa fabricación, con sus riendas peludas y anudadas y con sus
cinchas enflaquecidas de puro dar tientos para remiendos; y, finalmente,
algunos redomones[14] bravíos, que al sentirme llegar yerguen las
orejas, relinchan y se agitan, indicándome que ya hay mocetones que me
harán competencia en el corazón de las dueñas de esos otros pingos,
cuidados y lustrosos, tusados[15] con coquetería, y cuya crin ha servido
para dibujar ya un arco atrevido, ya una guarda griega caprichosa, y que
lucen bozales tan primorosos y cabestros tan llenos nos de bordados y de
adornos.

Son pingos del andar de gente presumida, y hasta con pespuntes de
elegantes mozas.

Previo el consabido ladrido de los perros--arrancados por mi llegada a
un sueño plácido y tranquilo, el relincho de los redomones del palenque,
los saludos del dueño de la casa y _las vichadas_ de las mozas y
mocetones, que, cortos[16] con los forasteros, se han ocultado en el
rancho, eché pie a tierra y fui a sentarme en el ancho patio recién
barrido y carpido, que a la noche serviría de salón de baile, iluminado
por la luna plácida y serena, aquella luna de mi tierra que veo al
través del tiempo, quizás embellecida por el recuerdo.

Los preparativos para la fiesta estaban en lo mejor.

Allá atrás del rancho, formado por una pieza grande de
paja--quinchada[17]--había un remedo de otra, formada por cuatro cueros
de potro y algunas ramas mal atadas, que pomposamente se denominaba con
el simpático nombre de _la cocina_.

A través del agujero que le servía de puerta, y por entre la nube de
humo que vomitaba, veía, desde donde estaba sentado, un hacinamiento de
cabezas, alumbradas por la llama temblorosa del fogón.

Entre risas ahogadas y cuchicheos, oía el canto monótono de la sartén en
la que se freían montones de pasteles dorados, que espolvoreados con
azúcar rubia, llevados de a seis u ocho--máximum que podía contener el
único plato de loza que había en la casa--con destino al depósito
general, que estaba en la pieza de paja, bajo la custodia de una vieja
vigilante, tía[18] respetada de algunos muchachos greñudos y carasucias,
que de vez en cuando se asomaban por ahí, espiando el momento de dar un
malón con suerte.

Eran atraídos por el olor apetitoso y agradable de los pasteles, que
corría por todo el rancho, y que al penetrar por la nariz ponía en juego
las glándulas salivales y hacía caer los estómagos en sueños deleitosos
y en éxtasis bucólicos.

Bajo su influencia, uno llegaba hasta a olvidar que los tales pasteles
estaban guardados en un viejo fuentón de lata, bajo la cama, en compañía
del antiguo cajón de fideos, hoy humilde depósito de tabaco para el uso
de la patrona, y expuestos a las correrías irrespetuosas de las pulgas
matreras[19], que pasan su vida viajando de los perros a sus dueños y de
éstos a los perros, hasta encontrar algún benévolo forastero que, a
pesar suyo, las lleve por ahí a tierras lejanas.

Ya una veintena de mates amargos y sabrosos, o no, que eran cebados por
un muchacho roñoso--todo un maestro en el arte--habían pasado a mi
estómago, haciéndome olvidar la fatiga y el cansancio, cuando las mozas
y los mozos, que habían andado por ahí a salto de mata[20], ya más
familiarizados con los forasteros, empezaron a dejar sus escondites poco
a poco.

Ellos se acercaban serios y graves, nos daban la mano--a mí y a otros
convidados desconocidos que estábamos como en asamblea, con el brazo
rígido como si fueran a pegar una puñalada o _a asigurar un ñudo_,
murmuraban algo que no se entendía y luego se sentaban en rueda, con
toda simetría, tratando, a fuer de bien criados, de colocar los pequeños
bancos de una cuarta de alto y formados por un trozo de madera pulido
por el uso y las asentaderas, y con las cabeceras llenas de pequeños
cortes producidos por el cuchillo al _picar el naco_, de modo a no dar
la espalda a nadie.

Y allí se quedaban con las piernas dobladas y el cuerpo encogido en esa
posición en que se encuentran las momias incásicas en sus urnas de
barro, pintarrajeadas.

Más allá, parados, con los pies cruzados, un pucho coronando la oreja,
medio perdido entre una mecha rebelde que se escapa del sombrero
descolorido y ajado, están los gauchos pobres y menos considerados, con
sus chiripás rayados, sus camisetas de percal y sus rebenques colgados
en el mango del facón, atravesado en la cintura y que asoma por sobre el
culero[21] fogueando por el lazo o por bajo el tirador, cuando más
sujeto por una yunta de bolivianos[22] falsos.

Ellas, las mozas, venían en grupo, disimulando su turbación con una
sonrisa y haciendo sonar sus enaguas almidonadas y sus vestidos de
percaltiesos a fuerza de planchado y que cantaban alegremente al rozar
el suelo.

Se sentaban en hilera, graves, por más que la alegría les rebosaba; se
ponían serias, pero la risa les chacoteaba entre las pestañas largas y
crespas, jugueteaba sobre sus labios y se arremolinaba, allí, en las
extremidades de la boca.

Pronto la conversación se hizo general, la fuente de pasteles se puso al
alcance de las manos y la familiaridad comenzó a desarrugar los ceños
adustos y a alejar las desconfianzas.

Más mozos y más mozas continuaron llegando, y de recepción en recepción
y de pastel en pastel, fuimos alcanzando a la noche, que era la
aspiración de todos.

Al fin llegó y con ella los guitarreros, que eran tres: un viejo
tuerto--verdadero archivo de cicatrices--y dos parditos, que eran sus
discípulos, los voceros de su fama y futuros herederos de su clientela
en el pago.

Se colocaron los bancos en rueda, destinado el frente que daba al
rancho--sitio de honor--para los guitarreros, para las mamás y para los
mosqueteros de más consideración; luego seguían las mozas que entrarían
en danza y la turbamulta de mirones y de asistentes.

El bastonero[23], que era dueño de casa, se situó en un punto cómodo
para abarcar el conjunto y hacer la designación de parejas con la mayor
estrictez, y mientras se acordaban las guitarras, empezó a estudiar la
concurrencia para--con conocimiento de causa--poder hacer combinaciones
que pudiesen satisfacer las aspiraciones de todos: enamorados-bailantes
y bailantes solamente.

¡Cómo latía el corazón, en la esperanza de que fuera la moza de su
simpatía la que le tocara a uno en aquel reparto de beldades, que
duraría lo que durase la pieza!

¿Conmover al bastonero con una súplica? ¡Pero si eso era un sueño
irrealizable!

Un criollo bastonero era inconmovible, y, sobre todo, tenía demasiada
admiración por las elevadas funciones que desempeñaba para entrar en
familiaridades con nadie.

¡Baste decir que ni a sus sobrinos tuteaba en esos momentos, por no
rebajar su autoridad!

Organizadas las parejas, sonaron las guitarras, y se dejaron oír los
acordes de una polka en que trinaban las primas[24] y las segundas[25],
y no tanto destinada a ser bailada cuanto a demostrar la habilidad de
los ejecutantes: era como un punto de atención echado por el viejo
guitarrero.

Los mocetones más empilchados y ladinos fueron los que debutaron.
Metidos en sus grandes botas de charol, con el taco como aguja y con
todo el frente bordado, daban vueltas pretenciosas de elegantes,
pareciendo muñecos movidos por un mismo resorte, tal era la precisión
con que seguían el compás que el _máistro_ marcaba con la cabeza.

El bastonero--para satisfacción de las mamás, que se le dormían[26] a
los pasteles y al mate, agrupadas alrededor de los
guitarreros--circulaba entre las parejas, diciendo cuchufletas[27] y
haciendo con su frase sacramental--¡que se vea luz, caballeros!--que las
aproximaciones no fueran más allá de lo lícito y honesto.

Concluida la polka, las parejas se deshicieron: las mozas, después de
sacudirse las polleras para quitarles la tierra, tomaron asiento y
comenzaron a torcer sus pañuelos, a _sacarse mentiras_ o a alisarse el
jopo, para dar ocupación a las manos, que ociosas les incomodaban,
mientras los mozos volvían sonrientes a nuestras filas, de donde el
bastonero los sacaba de uno a uno, para hacerles probar de cierta caña
con cáscara de naranja, que tenía reservada para los preferidos.

Volvieron a sonar las guitarras, haciéndose oír un rasgueo, alegre y
armonioso; era un gato que se bailaba solo de puro sentido y bien
tocado.

Dos parejas salieron al medio de la rueda. La segunda, que era puramente
decorativa, pasaba desapercibida: la primera era formada por un mocetón
de color bronceado--vistiendo amplio chiripá de grano de oro, caído
hasta el taco de la charolada bota de campana, camiseta de merino negro
tableada, pañuelo volador de seda punzó, sombrero chambergo de felpa con
un barbijo lleno de borlas que le castigaban la nariz y la barba--y por
una moza, no mal parecida, que lucía entre el cabello negro, lustroso,
un ramo de fragantes claveles rojos y que indudablemente era la
consentida del mocetón.

Debutó él con un saludo y luego con un zapateado en que lucía todas las
gracias de sus pies adiestrados, siguiendo al mismo tiempo el compás,
mientras el guitarrero se desgañitaba, gritando con voz gangosa: "¡salta
la perdiz madre!" y ella, la consentida, se hacía la que huía de los
ataques del animalito que era empecinado y la seguía, haciendo resonar
el suelo con el acompasado golpeteo de sus pies.

Iba a terminar la pieza, cuando de allá de la última fila de mirones y
gauchos pobres salió una voz que dijo _¡barato!_[28], mientras avanzaba
a reemplazar al mocetón--que parecía ceder su puesto de mala gana--otro,
que era su rival y que, aunque más despilchado, tenía la habilidad de
cantar y no dejaba de ser famoso en el pago.

Su aparición fue aplaudida, y la muchacha, encendida, se remilgó y trató
de lucir toda su gracia al que le daba tal prueba de distinción.

Cuando llegó el momento del canto, moduló con voz llena de dulzura,
aunque emitida por la nariz, unas coplas llenas de sentimiento en que
había una que envolvía todo un piropo, que venía como de molde:

      ¡Las muchachas bonitas
    Son perseguidas
    Como la azucarera
    Por las hormigas!

Y remató su canto con un escobilleo que arrancó voces de admiración: los
pies se movían con tal presteza, mientras el tronco permanecía recto,
que era imposible seguirlos con la vista.

La muchacha volvió a su asiento, y el mocetón quedó gozando de su
triunfo, orgulloso y satisfecho.

La caña hizo su aparición, llevando la alegría a todos los corazones, y
los guitarreros, después de tocar un triste, en que palpitaban todos los
anhelos de un alma enamorada, comenzaron a puntear un pericón con todas
las reglas del arte.

Salieron las parejas al centro, elegidas con cuidado por el bastonero,
entre los mozos y mozas de más fama.

Hicieron la demanda, algo como la primera figura de la cuadrilla--con
mucho garbo y donaire, rivalizando ellos en gravedad y ellas en
sonrojo--y vino el alegre que permitió a un aficionado, mientras las dos
parejas valsaban, lanzar su nota quejumbrosa:

      Las estrellas en el cielo
    forman corona imperial.
    Mi corazón por el tuyo y el tuyo
    ¡no sé por cuál!

Y concluyeron su danza con el cielo--pasadas las peripecias de la
cadena--en que los bailarines coronaron su esfuerzo, haciendo
castañetear los dedos al compás de la música y con gran habilidad,
mientras las guitarras gemían con un vals lleno de sentimiento y armonía
de esos que, según la expresión consagrada, levantan de los pelos.

Y tras el pericón vino un triunfo, donde se floreó aquel que fue héroe
en el gato y que endilgó estas indirectas a su moza:

    Dicen que las heladas
    Secan los yuyos,
    ¡Ansí me voy secando
    De amores tuyos!

    ¡Este es el triunfo, madre
       Dueña del alma;
    Más quiero dulce muerte
       Que vida amarga!

    ***

    ¡Ni aunque todos se opongan
       Los doloridos,
    No hay dolor que se iguale
       Al dolor mío!

    ¡Este es el triunfo, madre,
       Dame la muerte,
       Dámela despacito,
       No me atormente!

Y así siguió toda la noche la jarana, mientras la caña circulaba y los
corazones anhelosos se buscaban, tratando de fundir en una sola todas
sus aspiraciones.

Con los primeros rayos de la aurora se pensó recién en poner punto final
a la fiesta, y los guitarreros echaron el resto en una hueya[29] de
aquellas donde se oyen quejidos y risas, donde se ven lágrimas y
alegrías, verdadero reflejo del carácter de nuestro gaucho.

Las guitarras comenzaron a vibrar, mientras uno de los cantores gemía
con voz gutural:

      ¡Por una ausencia larga
    Mandé sangrarme,
    Hay ausencias que cuestan
    Gotas de sangre!

    ***

      ¡A la hueva, hueya,
    Hueya sin cesar,
    Abrasé la tierra
    Vuelvasé a cerrar!

Y tras la hueya, la concurrencia comenzaba a despedirse y a dirigirse al
palenque--unos en busca de sus pilchas para dormir por ahí, en cualquier
parte, otros para tomar sus caballos y buscar su rancho, solos o
acompañando a alguna de las damas que, llevando en ancas a su mamá,
volvía al suyo,--cuando de repente un tropel de caballos despertó los
ecos del campo dormido, y coreado por ruidos de latas, pasos
precipitados, ladridos de perros y ayes acongojados de las mujeres
asustadas, resonó estentórea una voz vinosa que, dominando aquel
desconcierto, nos dejó como clavados en el puesto que cada uno ocupaba.

--¡Alto a la polecía!... ¡No se mueva naides!

Vino el dueño de casa y se acercó al que gritaba, que no era otro que el
sargento de policía que andaba de recorrida:

--¿Qué busca, mi sargento, por estos pagos? ¿En qué le podemos servir?

--¡En nada, amigo!... ¡A ver, caballeros, formensén en ese limpio[30]:
vamos a revisar las papeletas[31]!

Cinco de los presentes carecíamos de semejante documento y algunos de
ellos, como yo y el que después fue el cabo Minuto, que murió en los
Corrales[32] en 1880, ni habíamos oído hablar jamás de tal requisito que
debieran llenar los ciudadanos.

¿Quién se iba a ocupar en enseñarnos las leyes?

¿Con qué objeto?

¡Ya se encargará el castigo de probarnos que no era bueno desobedecer
los mandatos del Gobierno!

Excuso decir que hasta sin despedirnos del dueño de casa abandonamos el
viejo rancho bamboleante, rodeados por la partida y montados de dos en
dos en mancarrones inservibles a cuyas piernas hubiese sido una locura
confiarles una esperanza de salvación.

¡Los fletes nuestros y nuestras pilchas mejores, serían la presa de los
piquetanos que nos habían cazado como a chorlos![33]

¡Ahí quedaban entre sus garras hambrientas!

Siempre he pensado, después, que estos procedimientos son el origen de
ese odio ciego, de esa invencible antipatía que los soldados de línea
sienten por las policías rurales, y que los hombres observadores no
alcanzan a explicarse.

¿Trata uno de cobrarse las prendas tan injusta como infamemente
arrebatadas en un momento de desgracia?

Puede ser...

El hecho es que cada vez que se ve una chaquetilla de infantería puesta
sobre un pantalón particular, un sable golpeando sin gracia las canillas
de un compadrito y un kepí[34] con vivos colorados jineteando sobre una
chasca[35] enmarañada y estribando en los cachetes por medio del barbijo
roñoso, el alma se subleva: uno recuerda los primeros dolores y las
primeras humillaciones, y, por las dudas, pela[36] el machete para
vengar, si no los agravios de uno, los de aquellos que más tarde han
recorrido el áspero sendero.



V

DE PARIA A CIUDADANO


Fui soldado y me hice hombre.

Con el 64 de línea, adonde me destinaron por cuatro años, como infractor
a la ley de enrolamiento, recorrí la República entera, y, llevando en mi
kepí el número famoso, sentí abrirse mi espíritu a las grandes
aspiraciones de la vida.

Allí, en las filas, aprendí a leer y a escribir, supe lo que era orden y
limpieza, me enseñaron a respetar y a exigir que me respetaran, y bajo
el ojo vigilante de los jefes y oficiales se operó la transformación del
gaucho bravío y montaraz.

¡Ah!

¡Qué día, aquel feliz, en que después de cuatro años de rudo aprendizaje
tuve en mi brazo la escuadra de cabo 2º de la 4ª Compañía!

¡Era alguien, y esto es mucho para quien no había sido nada!

Ya no era el paria, el desheredado, el caballo patrio[37] que cualquiera
ensilla y nadie cuida: era el cabo Fabio Carrizo, el principio de aquel
sargento 14, que en 1880 recibía su baja absoluta, después de diez años
de servicios prestados dondequiera que hubiese flameado la vieja
bandera, jurada allá en la cuesta de una loma en marcha para San Luis.

¡Aquel batallón fue mi hogar y fue mi escuela!

¡Hoy, cuando lo veo desfilar por las calles, siempre con el aire marcial
a que obliga la tradición del número, busco en vano el rostro tostado de
aquellos que conmigo tiritaban en los fogones de la frontera, y ya no
están!

¡Queda sólo del tiempo viejo de las miserias sufridas en silencio, la
gloriosa bandera deshilachada que tantas veces cuidé en largas horas de
angustia y cuya vista hace latir todavía mi corazón como en aquellas,
dichosas, en que, al regreso de una expedición arriesgada de la que
muchos de los nuestros no volvían, era sacada para que el capellán
dijera ante ella su misa por el eterno descanso de los que quedaban allá
entre las sinuosidades de las sierras, en el triste cementerio aldeano o
bajo el manto eterno de verdura de la pampa desierta y misteriosa!



VI

EL TUFO PORTEÑO


Se había extinguido la última chispa de aquel incendio que, comenzando
en la Plaza de la Victoria[38] se propagó por toda la República y estuvo
a punto de hacer revivir las épocas de barbarie que el tiempo y la
civilización habían muerto en nuestra patria, y auras de paz y de
progreso corrían desde Jujuy hasta el Estrecho y desde los Andes al
Atlántico.

Cumplido mi servicio, pulido mi espíritu hasta donde me había sido dado
lograrlo y ansiando mezclarme al mundo de Buenos Aires, que hervía a mi
alrededor y me atraía como atrae siempre lo desconocido, pedí mi baja y
me separé del 6º; como quien dice, dejé mi casa, y en ella todos los
halagos de mi juventud, todas mis afecciones de la vida.

Con mi baja en el bolsillo y con una carta de recomendación de mi
coronel, me presenté al señor don Marcos Paz[39], que era entonces él
Jefe de Policía, en su despacho del Departamento viejo[40], que ocupaba
lo que hoy es la Avenida de Mayo[41], frente a la Plaza de la Victoria.

¡Cómo palpitaba mi corazón al encontrarme en el vasto salón, cuyas
ventanas se abrían hacia la plaza, en el cual yo contemplaba el
hervidero de gentes que me atraía!

¡Oh!... ¡Cuánta ilusión durante las largas horas de espera!

Aquellos hombres que pasaban afanosos, secándose el sudor de sus
frentes, aquellos que con un cigarro en la boca caminaban despreocupados
y tranquilos, yo los conocería en mi hora, yo sabría de las pasiones que
los movían y de las esperanzas que los alentaban.

Y alguna, quizás, de esas preciosas mujeres que como en un relámpago
pasaban en sus coches lujosos, deslumbrando mi vista, estaba destinada a
apartarse conmigo, allá, a una casita lejana, en cuyo umbral modesto
irían a morir sin rumores las olas tempestuosas que me azotaran en las
horas de lucha.

Y luego mi vista recorría con asombro los muros del despacho,
empapelados de color granate; los muebles tallados de los cuales no
tenía la menor idea, y comparaba aquello--que yo creía la última
expresión del lujo--con el destartalamiento de la carpa del coronel que,
a nosotros, nos parecía suntuosa.

¡Era el punto de comparación que teníamos para darnos cuenta de la
magnificencia de los palacios encantados que en sus cuentos nos
describía el trompa Gareca, aquel viejo veterano que recibió el Sol del
Ecuador a las órdenes de San Martín, que fue asistente del general
Paunero[42] en la guerra del Paraguay y que hoy duerme el sueño del
olvido en las soledades de Las Manzanas![43]

Cayó durante uno de aquellos combates homéricos del general Conrado
Villegas[44], con el bravo Namuncurá[45], y allá se quedó... como se han
quedado tantos--modestos y oscuros, de esos que cumplen el deber por el
deber y a quienes los eunucos[46] de la acción y del pensamiento les
llaman soñadores porque no pusieron, sobre todo, las exigencias de la
bestia,--sin que la patria les recuerde, por más que le consagraron lo
único que poseían: ¡la vida!

De repente me sacó de mis sueños y contemplaciones la voz del ordenanza,
quien tocándome en el hombro, me decía:

--¡Ahí está el jefe!... ¡aproveche!



VII

MOSAICO CRIOLLO


Avanza hacia mí un hombre alto, delgado, de color pálido, ceñudo, pero
en cuya fisonomía serena se leía algo de bondadoso que atraía:

--¿Qué se le ofrece, paisano?

Solamente el Himno Nacional tiene notas comparables a las que yo
encontré en esta frase sencilla me pareció ver el sol dentro de aquel
salón oscuro.

--¡Traigo esta carta para Usía...; es de mi coronel!

Rompió la cubierta, tomó la cartulina que contenía y luego de
recorrerla, exclamó:

--¡Diez años de servicio sin un arresto, y dos ascensos por acción de
mérito!... ¿Qué es lo que desea, sargento?

--¡Querría servir con Usía en la policía!

--¿Conoce bien la ciudad?

--No, señor.

--¡Bueno!... ¡Ya se hará a la cancha![47]... Vea, no tengo sino puestos
de vigilante; pero aquí, con buena conducta, se asciende pronto.

--Está bien, señor.

Y diez minutos después recibía mi ropa en la mayoría[48], y quedaba como
vigilante en la guardia del Departamento.

El principio de mi carrera fue penoso y mortificante. Carecía hasta de
las nociones más elementales de lo que formaba la vida de la ciudad, y
todo era para mí motivo de asombro y de curiosidad.

Las calles, los tramways, los teatros, las tiendas y almacenes lujosos,
las jugueterías, las joyerías, las, iglesias, no era extraño que me
arrastraran hacia ellas con fuerza invencible y que no tuviera ojos ni
oídos para observarlas y asombrarme: era que todo me llamaba, todo me
atraía.

No conocía ningún detalle de la vida civilizada, y cada cosa que saltaba
ante mi vista era un motive de sorpresa. No hablo, por cierto, de las
maravillas de la electricidad, de la fotografía, de la imprenta e de la
medicina, que eran cosas abstractas para mí en ese tiempo: hablo de los
carros, de los carruajes, de los vendedores ambulantes, del adoquinado,
del agua corriente, que no podía comprender cómo manaba de una pared con
sólo dar vuelta a una llave; del gas, que me producía verdadero delirio
cada vez que pensaba en él; de las casas de vistas[49], de las vidrieras
lujosas, del sombrero, de la ropa y hasta del modo de reír y conversar
de las gentes.

Durante un mes mi cerebro trabajó como no había trabajado durante todos
los días, de mi vida, reunidos, y de noche las paredes desnudas de mi
modesto cuarto de conventillo me veían caer como borracho sobre mi cama,
abrumado bajo el peso de las sensaciones de cada día.

Me acostaba, y la baraúnda de las calles zumbaba en mis oídos, y
desfilaban, en hilera interminable, las figuras heterogéneas que en el
día habían pasado ante mi vista.

Veía las mesitas de hierro de los cafés y confiterías de la Recoba[50],
que dividía las plazas de la Victoria y 25 de Mayo--que años más tarde
demolió el intendente Alvear,--rodeadas por borrachines paquetes[51],
por otros ya transformados en verdaderos descamisados o que estaban por
serlo, por soldados y marineros barajados con clases[52], oficiales y
hasta jefes, y en las calles laterales y en las veredas, hombres
cargados con canastas, que anunciaban en todos los tonos las más
variadas mercancías, gentes apuradas, que se llevaban por delante unas a
otras; carruajes, carros, tramways, y más lejos, allá abajo, en el
puerto, máquinas de tren que cruzaban, vapores que silbaban, changadores
que corrían, carros que andaban entre el agua como en tierra, y
sirviendo de fondo a la escena el río imponente con su festón de
lavanderas en el primer plano, y en lontananza un bosque impenetrable de
mástiles y chimeneas.

Pero lo que más me desvelaba eran las ilusiones del oído, aquellas voces
pronunciadas en todos los idiomas del mundo y en todos los tonos y
formas imaginables.

Veía venir a un italiano bajito, flaco, requemado, que, con voz de
tiple[53], aunque doliente como un quejido, exclamaba acompasadamente:
"Pobre doña Luisa", "Pobre doña Luisa", mientras lo que en realidad
hacía era ofrecer los fósforos y cigarrillos que llevaba en un cajón
colgado al pescuezo; otro alto, rollizo, con un cuello de media vara, y
llevando canastas repletas de bananas y naranjas, exclamaba en tono
alegre: "arránqueme esta espina"; mientras un francés que vendía
anteojos, cortaplumas y botones, anunciaba con un vozarrón de bajo: "soy
un pillo", coronado por un vendedor de requesones, que clamaba
intermitentemente: "tres colas negras".

Luego, de allá, del fondo de la memoria, surgía la figura de un
semigaucho, que con reminiscencias de vidalitas, ofrecía su mazamorra
batida, y tras él un negro pastelero, que silbaba y muy echado para
atrás, muy ventrudo, llevando en la cabeza un gran cajón de factura,
soplaba como un fuelle: "ta tapao; meté la mano".

Mi cabeza era un volcán: todo lo oía, todo lo interpretaba y mi cuerpo
se debilitaba en aquellas horas de agitación y de fiebre.

¡Buenos Aires entero, con sus calles y sus plazas y su movimiento de
hormiguero, bullía en mi imaginación calenturienta!



VIII

LOS BOCETOS DE UN MIOPE


¡Y considerar que a pesar de haber tanta gente a mi alrededor, de tener
tantos compañeros en mi nuevo puesto, yo estaba solo, solo como si me
hallara en el desierto!

¡No había en la multitud un alma que armonizara con la mía, y envidiaba
de corazón a los cabos y sargentos que de nada se asombraban y parecían
saberlo todo, no sabiendo nada en realidad, y a los soldados como yo, a
quienes no les preocupaba lo que ignoraban, sino lo poco que sabían y
tenían el coraje de estar alegres y de reír!

¡Con qué ahinco estudiaba mis obligaciones, y cómo me contraía a mis
deberes, circunscribiéndolos al límite más estrecho que era posible,
tratando de aislarlos del mundo aquel, que me rodeaba y que temía!

¡Pronto aprendí lo poco del oficio que tenía que aprender, y libre y
despreocupado pude entregarme a la investigación paciente y minuciosa de
todo lo que me rodeaba, a la observación metódica y tranquila de todo lo
que veía y oía, y cuánta conquista pude hacer para mi alma anhelosa de
conocer, y sedienta de vivir!

Tengo grabadas en la retina, y para siempre lo estarán tal vez, las
escenas callejeras que más me impresionaron, los cuadros de la vida que
primero descifraron mis ojos y las primeras letras del abecedario social
que aprendí a conocer.

Mi primer servicio en carácter de vigilante fui a prestarlo a los veinte
días de mi ingreso, bajo la dirección del cabo Pérez; el teatro elegido
fue el Ministerio del Interior[54], donde se requería, por no sé qué
causa, ayuda de la fuerza pública.

El tal servicio consistía en estar parado en la puerta de la sala de
espera... y en nada más.

Quince días pasé desempeñando mi comisión con toda conciencia, bajo la
inmediata vigilancia del cabo, que era flamante, lleno de ardimiento, y
creía que las funciones que desempeñábamos eran de esas que ni los
pueblos ni los gobiernos olvidan, y hacen de los que han tenido la
suerte de ocuparse en ellas una especie de dioses chicos, merecedores,
no ya de estatuas en las plazas públicas, sino de ser tenidos como
ejemplos en la historia de la humanidad civilizada.

¡Pobre Pérez!

¡Era español, como de treinta años, y se tenía por bello, por valiente y
por muy entendido en achaques de ordenanzas de policía! ¡Casi no había
buena cualidad atribuida por los hombres de una época a los que vivieron
en otra, que él, con una modestia verdaderamente infantil, no se las
atribuyera y tratara de convencer, a los pocos con quienes tenía
contacto en el mundo, que verdaderamente las poseía!

Era generoso, y una vez casi lloró porque lo mandaron al Once de
Septiembre y no le dieron dos pesos de los viejos para el tramway; era
suertudo en lides de amor, y la mujer se le escapó con un sepulturero de
la Recoleta, que se iba como administrador del Cementerio de
Navarro[55]; era sobrio y por lo general lo arrestaban por ebrio; y era
valiente, y hubo que darlo de baja porque desertó una consigna,
perseguido por unos vendedores de diarios, que le quitaron el machete y
el kepí.

¡Allí, en el Ministerio, se daba un corte bárbaro, y aún me parece ver
su figurita, que parecía recortada de una caja de fósforos!

Con paso reposado medía, contoneándose, el ancho corredor, mientras yo
estaba de facción en la puerta del salón de espera, casi al lado de la
ventanilla correspondiente a la Mesa de Entradas y Salidas.

Invariablemente llevaba la mano izquierda apoyada en la reluciente
empuñadura del machete, la derecha suspendida por el pulgar en la parte
delantera del cinturón, jugando como al descuido con la cadena--virgen
seguramente en poder del cabo--, el kepí volteado con aire coqueto sobre
la oreja y echando sombra sobre un ojo de color blanquizco, que parecía
hacerle guiños a una nariz arremangada y carnuda, que emergía de entre
unos bigotes semirrubios y enmarañados, que eran el orgullo de su
propietario.

Con esto y con bañar su rostro en una sonrisa con pretensiones de
picarescamente bonachona, quedaba perfilado el cabo Pérez en toda su
graciosa majestad.

Estas impresiones, que son las primeras que tuve en Buenos Aires, puede
decirse, las tengo presentes, y las siento como si fueran de ayer; veo
aún las escenas y las cosas, tal como se presentaron a mí, así en
tropel, medio confusas, informes, barajándose de una manera infernal,
figuras, espectáculos, diálogos, ruidos y hasta aire de personas
absolutamente desconocidas, que yo encontraba en la calle o veía en las
antesalas del Ministerio en las horas de facción.

Durante mi corta comisión alcancé a conocer, con sólo verlos caminar, a
los vagos que pasan la vida en las antesalas, buscando empleo; a los
imaginativos que se creen en posesión de los puestos que anhelan porque
han llevado al ministro una carta de cualquiera que se les antoja de
valimiento[56], a los pichuleadores[57], a los amigos de confianza de
los escribientes y auxiliares, a los de otros que vuelan más alto, a los
comisionistas, a los noticieros de los diarios, a las señoras honestas
que buscan pensión y a las más interesantes aun que gestionan asuntos
por cuenta ajena; fueron las que estudié y observé con más detenimiento,
porque eran las que abundaban y las que constantemente tenía ante los
ojos.

Las conocía por el aire de suficiencia que respiraban, por la majestad,
que como un perfume se exhalaba de sus personas, y por el amaneramiento
de todos sus gestos y ademanes.

No vagaban sin rumbo bajo los largos corredores de la Casa de Gobierno,
buscando aquí y allá una oficina desconocida, como cualquiera 19 viuda
que busca pensión, empleo para un jovencito que es una monada, o beca
para una señorita joven pero honrada; no señor, ellas iban seguras a su
objeto, serenas, tranquilas, y no necesitaban indicaciones ni
lazarillos.

No se las veía en las antesalas haciendo esperas, porque conocían las
horas del despacho, y si se adelantaban por un caso fortuito, se
paseaban en los corredores con aires de dueñas de casa, o formaban en la
rueda de los ordenanzas y porteros, donde salpicaban los comentarios
banales o los chismes corrientes, con la observación mordaz o el relato
pimentado, recogido de "los mismos labios de los de la presidencia", "de
los del Congreso" o de cualquier otro foco de fama indiscutible.

Yo, en mi facción al lado de la Mesa de Entradas y Salidas, que es su
teatro, las veía en toda su magnificencia y gozaba en grande, viéndolas
desfilar en su opulenta variedad.

Al principio creía en sus amenazas, en sus cóleras, en sus penas y hasta
en sus súplicas, pero después me convencí de la realidad--comedia
pura--y al cabo de dos o tres días oía los diálogos con curiosidad, pero
sin interesarme mayormente ni por el asunto ni por quienes lo trataban.



IX

CINEMATÓGRAFO


Se acercaba a la ventanilla, tras la cual estaba el empleado encargado
del despacho, una señora seria, pero con una seriedad de esas que llaman
la atención en dondequiera y a cualquier hora y se sucedían los diálogos
y las escenas.

--¡Para servir a usted!... ¿El expediente número cuatrocientos
veinticinco, letra L, de la serie H?

--¡Está en Contaduría, señora!

--¿En Contaduría?... ¡Pero qué escándalo! ¡Es inaudito! ¡Hace seis meses
que está en la misma oficina! ¡Esa Contaduría es una carreta, señor!
¡Seis meses para una simple toma de razón; usted ve que eso habla muy
poco en favor de la administración nacional! A Dios gracias tengo buenas
relaciones en la prensa y ya verá usted la mosquita que le haré
poner[58] al señor contador... ¡Ya verá usted y se reirá!... ¿Y no sabe
cuándo vendrá el tan célebre expediente?

--No, señora..., ¡no puedo decirle nada al respecto!

La señora se sonríe y exclama, por si acaso, como quien tira un anzuelo
por si pica.

--¡Muchas veces en ustedes pende el despacho!... ¡No me diga usted a mí;
conozco muy bien lo que son oficinas!

Y no teniendo respuesta a su jactancia, se retiraba con aire majestuoso
y cedía el puesto a otra dama también de fuste[59], aunque bastante
vivaracha y nerviosa.

--¿El expediente número mil cuatro, letra P, sobre embargo de sueldo al
vigilante Zacarías Machete?..., ¡un guardián que no le gusta pagar casa
y que tiene unas costumbres que da vergüenza!... Figúrese usted que...

--Por orden del señor ministro, señora, esos expedientes dientes están
reservados... Son tantos, que para firmarlos se necesita un mes
entero...

--Es decir que el público es nadie, y que tenemos que aguantar...

--Pero señora, es que...

--¡No me diga usted, no me diga!... ¡Todo es porque el ministro no se
incomode!... ¡Cuidado, no se vaya a mancar firmando!

--Pero señora, si es que...

--¡Yo sé bien, sí, lo que hay en todo esto; lo que se necesita para
mover los asuntos, son recomendaciones, cartitas, empeños[60]... _y
aceite para la máquina!_...[61] ¡Pero, déjese usted estar; yo veré al
ministro y le contaré lo que pasa! ¡Se ponen ustedes a charlar y a tomar
té, y no llevan los asuntos a la firma! ¡Ya verán ustedes el trote[62]
que les voy a meter!

--Pero señora... ¡mire usted que está faltando[63] en la oficina!

--¡Ahora mismo voy a ver al ministro, y ya sabrá usted si estoy
faltando!

El empleado ve que toda reflexión es inútil y se retira de la
ventanilla.

La señora se aleja, vociferando y maldiciendo de los empleados, de su
falta de educación, de su descortesía con las señoras, y jurando que les
hará ajustar las cuentas, aunque tenga que perder un ojo de la cara.

¡Ya verán con su sobrino, noticiero de un diario de oposición y mozo que
tiene una pluma que es un serrucho de reputaciones!

Y aparece tras ella otra señora, pero ésta no es como las anteriores,
sino humilde, inocente, y en su fisonomía no hay rasgo revelador de las
tempestades que rugen en su alma.

--El expediente sobre concesión de bosques en el Chaco, iniciado por don
Palemón Tagliarin... ¿podría usted informarme?

--¿Qué número tenía, señora?

--¡El número no lo sé... pero si usted me hiciera el obsequio de buscar
por la letra!...

--¡Hay una enormidad de expedientes, señora, y me es imposible echarme a
buscar entre ellos el suyo... así... sin dato ninguno!...

--¡Le agradecería, señor, que me lo buscara: es un favor!... Fue
presentado en noviembre...

El empleado, refunfuñando, comienza a remover enormes masas de papel, y
al fin extrae el codiciado expediente.

--¡Vaya... aquí está! ¡Hay una reposición de sellos!

--¿Qué resolución tiene, señor?

--No puedo decírsela hasta que no me traiga usted tres sellos.

--Pero señor, soy una persona...

--Es inútil, señora; yo no quiero que me caiga una multa... ¡Traiga
usted los sellos y sabrá la resolución!

La señora sale y al rato vuelve, habiendo hecho el desembolso necesario
para llenar el deseado requisito.

--¡Aquí está, señor! ¿Podría decírmela?...

--Sí, señora. "Previa reposición de sellos, no ha lugar y archívese."

--¡Pero señor, qué escandaloso! ¿En qué tierra vivimos? ¿Es posible que
haya gastado tantos pesos para tener semejante resolución? ¡¡Esto es una
pillería, un robo, una judería[64]!!

--¡Señora, yo no tengo la culpa!... ¿Qué le vamos a hacer?

--¡Ya verá usted lo que le vamos a hacer! ¡Cómplice! ¡Fariseo[65]!
¡Judas Iscariote! ¡Porque me ve así no crea que soy lo que parezco;
ahora mismo veré al ministro!... ¡No ha lugar y archívese!..., ¿y
entretanto al señor Mengano y al señor Zutano les conceden?... ¡Es
claro, todos son de una camada!... ¡Pero conmigo se han de ver las
caras, no hay cuidado! ¡Yo no tengo pelos en la lengua, y se las he de
cantar!

El empleado se retira con toda cachaza, y va a ocupar su asiento; la
señora sale de la oficina con una rapidez de huracán, gesticulando y
tartamudeando improperios contra el gobierno y los empleados, y,
todavía, al toparse conmigo, me da un encontrón, y como un relámpago
alcanza al cabo Pérez que, siguiendo sus paseos coquetos e inofensivos,
ignora lo sucedido y le azota con esta frase, cuyo final va a perderse
allá en los vericuetos del zaguán que da salida a la escalera, frente al
despacho presidencial:

--¡Ladrones!... ¡Permita Dios que venga el cólera y acabe con todos!
¡Fariseos!... ¡Asesinos!



X

LA LINTERNA DE REGNIER


Fue aquí, en este servicio, donde por primera vez conocí a don Tomás
Regnier, mi compañero desde pocos días después, y mi maestro siempre.
Fue él quien encontrándome perdido en medio de la multitud, sirvió de
guía a mi alma, pudiera decirse infantil; fue mi maestro y fue el foco
de luz que iluminó mi espíritu, proveyéndome de armas--él que era inerme
para emprender con vigor la pesada lucha por la vida.

Todas las tardes, invariablemente, llegaba a las antesalas un hombre al
parecer convaleciente de larga enfermedad, tal era su extrema palidez y
la debilidad de toda su persona, que era desaliñada en grado
superlativo. Vestía de negro, con levita y sombrero de copa, pero todo
en un estado tal de ruindad y falta de higiene, que asombraba cómo las
autoridades permitían la exhibición de miseria semejante. No obstante,
era correcto: las prendas podían ser como eran, viejas y sucias, pero no
le faltaba ninguna de las correspondientes al rango de su traje, que él
llevaba con toda majestad y respeto, contrastando singularmente con su
miseria y la exigüidad de su persona--pues, sobre ser enclenque, era de
una estatura reducida a la expresión más mínima--la suficiencia, y hasta
diría, la importancia que trasudaba.

Todo en él era altisonante, desde el taco torcido de sus viejos botines
deslustrados--que él al caminar tenía la pretensión de hacer sonar con
toda prosopopeya[66] y acompasadamente, pues su andar era cadencioso, y
casi pudiera decirse rítmico--, hasta el lente que colgaba sobre su fina
nariz aguileña, y el cual, no conteniendo sino un vidrio, pues el otro
se había caído, daba a su fisonomía una expresión grotesca, marcadamente
satírica.

Yo lo veía llegar, avanzando despacio, tranquilo, despreocupado, con su
cuello erguido, la cabeza levantada con cierta insolencia de buen tono y
con su levita que se caía a pedazos, sus pantalones deshilachados y
grasientos y su galera y la corbata y hasta el bastón que llevaba bajo
el brazo, lo mismo, y trataba de averiguar, aunque fuera por deducción,
el objeto que lo traía diariamente al despacho.

Se sentaba en el rincón más oscuro del salón de espera durante unos
veinte minutos, permanecía quieto y silencioso y luego se retiraba tal
como había venido, si por acaso no encontraba al mayordomo Luis Morel,
persona que hacía el servicio especial del ministro. Si lo encontraba,
la escena tenía una variante, pues el mayordomo lo llevaba al cuarto de
los ordenanzas, le daba una taza de café con galletita,--que él tomaba
en silencio, y muy despacio--y luego se ausentaba con la misma
prosopopeya, y la misma importancia y el mismo pasito cadencioso y
rítmico con que había venido.

Los ordenanzas y porteros no lo conocían, y por lo que pude notar lo
miraban con desprecio, llegando uno, que abrigaba rivalidades
mayordomescas, a decirme con socarronería:

--¡Es un amigo del hombre de confianza del ministro!... ¡Persona muy
bien relacionada, como usted lo ve!

El cabo Pérez no se dignaba bajar la vista hasta él, y cuando le
pregunté quién sería el personaje me echó una mirada fulminante con su
ojo blanquizco que brillaba bajo la visera del kepí, y me dijo:

--¿Cree que yo voy a conocer _eso_?... ¿No ve que es un atorrante de
levita?

La respuesta no me satisfizo y me prometí interrogar al mayordomo en la
primera oportunidad; parecía éste un buen sujeto, contra la opinión de
los murmuradores que se reunían en el cuarto de los sirvientes y
ordenanzas, y, a pesar de la actividad que yo le veía desplegar y del
aspecto de hombre ocupado, que siempre tenía y que sus subordinados
interpretaban como signo visible de servilismo y adulonería, cosa que a
ellos--hombres altivos e independientes,--no les cuadraba.

No tuve necesidad, no obstante, de recurrir a informaciones de nadie;
una tarde, mi hombre se acercó espontáneamente y, con acento francés muy
pronunciado, me dijo confidencialmente, y mirándome a medias, pues lo
hacía con el único ojo que cubría su lente y entrecerrando el otro,
mortificado por la luz:

--¡Diga, vigilante!... ¿No lo ha visto al mayordomo?

--No, señor..., ¡ayer no lo vi tampoco!

--¿Tampoco, eh?... ¡Pues, entonces estará enfermo!... Y luego de
quedarse un rato pensativo, me dijo con una dulzura infinita:

--¡Es lástima!... Mañana tengo que ir a la Con valecencia...[67]
¿sabe?... porque me va a dar el ata que, y... ¡Caramba!... el mayordomo
me dijo que me pagaría el tramway porque está lejos y no puedo caminar.

--Si quiere... ¡tome!

Y metiendo la mano en el bolsillo saqué cinco pesos de la antigua moneda
y le di.

Me miró como asustado, parpadeó el ojo que quedaba sin vidrio y me dijo,
como alelado:

--¡Vaya, gracias... amigo vigilante!... ¡Voy a traerle el vuelto...
porque, como comprenderá, no tengo cambio y, después, el enano ese que
me persigue, ¿sabe?, puede ser que sople en su caracol, y entonces,
aunque haya baile me va a comenzar la picazón de la nariz, y no voy a
poder ir al Banco, porque lo cierran de miedo al enjambre de hormigas
que acompañan al maldito enano ese!...

Comprendí que el hombre era un enfermo y que la alegría que acababa de
recibir le había quitado el poco seso que solía tener, y dije para
distraerlo:

--Deje el vuelto no más, no se preocupe: otro día me lo da.

--¡Ah!... ¡Sí!... ¡Bueno!...

Y luego, pasándose la mano por la frente, exclamó, como quien vuelve de
un sueño:

--¿Ve?... ¡Ya se me iba la cabeza!... ¡Amigo, qué cosa!... ¡No puedo
pensar en nada!

Y me contó con toda lentitud y en voz baja, su enfermedad y cómo cada
tantos días tenía que ir a recluirse en el Hospicio de Dementes, donde
lo asistían con mucho éxito, pues, momento a momento, se iba sintiendo
en salud.

¡Pobre Regnier!

¿Quién me hubiera dicho que él, el pobre enfermo que en esos momentos
tenía ante mis ojos, y a quien miraba compasivo, llegaría en día no
lejano--cuando por segunda vez nos halláramos en la vida--a tener una
influencia tan decisiva en mi destino, como en realidad la tuvo?

Fue él quien me puso en el sendero de la dicha, quien abrió mi espíritu
a la luz vivificante del saber y quien despertó en mi alma los anhelos y
las esperanzas que fortificaron y alentaron mis ambiciones, formándome
con la experiencia de su vida asendereada[68] de bohemio y de vagabundo,
una sólida plataforma que me permitiera elevarme sobre el nivel vulgar a
que me condenaban mis condiciones personales y el medio en que me
agitaba.

¿Qué maestro más amoroso pude tener?

¡Con qué pasión de enfermo, con qué persistencia de maniático emprendió
la tarea de ilustrarme y de educarme!

¡En las horas de descanso del día presente--cuando en el jardín de la
casita en que vivimos lo veo rodeado de mis hijos, que le llaman abuelo,
pulcramente vestido de negro, aunque conservando el mismo paso
cadencioso y rítmico de los primeros días en que le conocí--suelo evocar
los viejos recuerdos, y comparando mi existencia de los días oscuros con
los que después alcancé, comprendo cuánto le debo y cuál fue mi suerte
al encontrarlo en el camino de la vida!



XI

BROCHAZOS MINISTERIALES


Dos días después, al llegar una tarde al Departamento, tras quince días
de facción en el Ministerio del Interior, se me comunicó que debía
presentarme al siguiente en la comisaría 2ª, a cuyo personal quedaba
adscripto.

¡Adiós vida regalona y tranquila!

¡Salve días oscuros y brumosos!

Esa noche vi pasar ante mis ojos, en sueños, la figura plácida del
ministro del Interior[69], con sus cuidadas patillas canosas, sus
verrugas y lunares, y la eterna sonrisa bondadosa con que acompañaba sus
saludos graves, correctos y parsimoniosos.

Tras él iba también la turbamulta de buscadores de empleos, que formaban
su séquito ministerial, y que, según la voz corriente en antesalas,
jamás se desengañaba, y raras veces conseguía lo que buscaba, pues si
bien el hombre era servicial y generoso, el ministro no tenía medios
cómo satisfacer sus exigencias, siempre crecientes.

Pasó ante mí, siguiéndolo, el viejo sargento del tiempo de Rosas, que se
sentaba en la cuarta silla de la izquierda; el señor calvo que se reunía
en uno casi invisible, con que quería taparse la oreja, los pocos
mechones dispersos que poseía; el caballero cordobés que promiscuaba
entre esta antesala y la de los demás ministros, y cerrando la marcha de
la larga fila interminable, los habituales del despacho, los amigos de
confianza: un señor, que más tarde he visto de comerciante de fuste,
otro medio francés, que era periodista, y que después he encontrado de
librero; un periodista fogoso, que luego ha sido orador político e
historiador de vuelo, y un coronel, que--según la voz corriente
circulada por El Cascabel, que redactaba esa pléyade de inteligencias
vigorosas, que después ha tenido tanta actuación en nuestra
patria--"comandó con gran denuedo los lanceros de la Muerte, que se
murieron de miedo".

Y más lejos, atrás de todos, el mayordomo Luis Morel, siempre apurado,
perseguido por el ordenanza, su rival, que iba lanzando pullas agudas
contra el ministro, y analizando su costumbre de tener cigarrillos para
su uso y otros para convidar, y de alumbrarse con vela durante el día,
teniendo el despacho casi a oscuras!

Este rival del mayordomo era el propagandista más asidao de las
versiones contra el ministro, y tengo la seguridad de que la mayor parte
de los cuentos que circulaban en la Casa de Gobierno, como una
cosquilla, eran hijos de su labio maldiciente.

Una vez lo vi rodeado de todos los ordenanzas del Congreso, que andaban
en no sé qué gestión ministerial, y se entretenían en contar el modo de
ser y de vivir de cada congresal, en aquilatar sus méritos como oradores
y sus probabilidades de reelección, en criticar su vestuario y hasta en
vituperar su procedimiento dentro de la Cámara.

--¡Ése es bueno, dijo uno, refiriéndose al señor José Fernández,
caudillo de la Boca del Riachuelo; cuando puede, sirve: es medio
camandulero[70] cuando no puede, pero tiene alma!

--Hombre--interrumpió el rival del mayordomo--, decile que aprenda de mi
ministro, que sirve con palabras desleídas en sonrisitas. Mirá. ¡Aquí
verás siempre las antesalas llenas de la misma gente: son personas que
esperan durante meses un maná que nunca llega, y... siempre están
contentas!

--¡No digás!

--¿No digás?... ¡Pero si es sabido! ¡Y el proceder es sencillo! Cuando
hay una vacante de administrador de Correos en algún pueblito de la
frontera o de Jujuy, de esos que ganan diez pesos, ¿sabés?..., la
guarda, y empieza a hacer entrar a los penitentes.

--¡Claro!... ¡Y los pobres no agarran!

--¡Qué van a agarrar!... Y ahí empieza él con sus sonrisas y sus
disculpas: "No hay más; por esto verá que no lo olvido; otra vez
será"... ¡Y los hombres se retiran satisfechos, y... como vinieron!



XII

ENTRETELONES POLICIALES


Una mañana en que había llegado a la comisaría, y me disponía a salir
con el tercio[71] en que formaba, para ir a hacer mi monótono servicio
de bocacalle, allí frente al almacén de doña Petrona, en la esquina de
Luján 25 y Defensa--donde puede decirse que no tenía más misión que
proteger los intereses de los comerciantes ambulantes contra las
travesuras de los estudiantes de medicina y de derecho que, avecindados
en aquel barrio, lo constituían casi en una mitad--oí que el oficial
escribiente gritaba en medio del patio desmantelado, donde los ebrios
recogidos en la noche anterior comenzaban a desperezarse, acostados en
los rincones, teniendo por almohada las baldosas:

¡Agente Carrizo!..., ¡vaya al despacho del comisario!

¡Es preciso haber sido vigilante para conocer todo el efecto que puede
tener frase semejante! ¡El comisario!

¡Qué lejos se ve su figura, y qué grande, desde el modesto punto de mira
que tienen los agentes!

Allí, en aquella mano, están todas las recompensas y están todos los
castigos; ella tiene la suerte de cada uno, casi como la de Dios; ella
puede dar y puede quitar; puede condenar a una eternidad de
padecimientos lentos, y puede llevarlo a uno hasta la cumbre en un
instante: es la omnipotencia.

Ser llamado por el comisario a su despacho es algo que un agente lo
recordará toda su vida: podrá olvidar a la madre, a los hijos, a la
mujer, pero jamás olvidará el día y hora en que compareció ante la vista
del dispensador de todos los bienes o del causante de todas las
desgracias.

Aquel minuto que uno tarda en atravesar el patio, equivale a una hora de
emociones.

¿Será la suerte que se acerca a mí?

¿Será el ala negra de la desgracia que bate el aire a mi alrededor y va
a proyectar su sombra sobre mi frente?

¿Qué habrá?

Desfilan ante la vista nublada las copas tomadas a escondidas en la
trastienda de los almacenes de la manzana; las graciosas sirvientas con
quienes uno se saluda más o menos cariñosamente en las horas de facción;
los cigarrillos fumados clandestinamente en el zaguán de las grandes
casas, durante la recorrida, y todos estos recuerdos se alzan pavorosos
y cada uno es un fantasma que aterroriza.

--¡A la orden, señor comisario!

Y el comisario--un viejo criollo, de cara bonachona y sonriente--alzó la
vista, me miró, y dijo: "Esperá", mientras concluía la tarea de poner el
sobre escrito a una carta.

--¡Decime, che!... ¿Has sido sargento del sexto?

--¡Sí, señor!

--¡Con razón te piden de la quinta!... ¡Claro! ¡Se llevan los mejores
agentes y lo dejan a uno aquí con puros gallegos!... ¡Mirá!... ¡Te vas a
quedar conmigo; te voy a enseñar para pesquisa!

--¡Está bien, señor!

--El comisario de la quinta te ha pedido al jefe, pero voy a contestar
que pides seguir el servicio aquí.

--¡Está bien, señor!

--¿Sos casado?

--¡No, señor!

--¡Bueno!... ¡Llevá tus pilchas a casa y decile al sargento Gómez que te
acomode con él!

--¡Está bien, señor!

Di media vuelta y salí como con alas en los talones. Ir a servir con el
sargento Gómez, el agente mejor reputado en la comisaría, el crédito de
la sección, era para mí la gloria.

¡Pedir más, la verdad, hubiera sido tentar la suerte!



XIII

SIEMPRE ADELANTE


El sargento Servando Gómez, era oriundo de Corrientes, y como soldado
del 3º de línea, había hecho las campañas del Paraguay y del interior, a
las órdenes del general Arredondo. Era, pues, un veterano como yo.

Su aprendizaje había sido rudo y tremendo; por eso en sus consejos nunca
se olvidaba de incluirme este: "Mirá, si querés pasar de sargento,
aprendé la pluma; sin esto--y movía la mano en el aire como quien
escribe--es al ñudo[72] forcejear."

No era un hombre ilustrado ni mucho menos, pero era más educado, en la
verdadera acepción del concepto, que muchos que he conocido ocupando
posiciones más elevadas.

Sus labios nunca se abrieron para una falsedad, ni para cometer una
injusticia, y en la comisaría era como el Evangelio una afirmación que
se le oyera, llegándose a decir que era hasta capaz de declarar en
contra suya si a mano venía.

Serio, grave, pocos habían visto una sonrisa en su cara angulosa,
cubierta por una tez apergaminada y morena, casi negra; no obstante, era
decidor y alegre en las horas de ocio, y más de una de sus aventuras,
casi novelescas, entretuvieron largas horas de espera en las correrías
que juntos teníamos que emprender todas las noches, ya siguiendo la
pista de algún pícaro que andaba estudiando la sección, o ya buscando la
de algún asesino que, después de cometer una fechoría, se nos había
escapado de entre las manos.

¡Y cómo admiraba yo la sagacidad, la viveza, el fino tacto y la
discreción del viejo sargento!

Cada una de sus pesquisas, a que él llamaba modestamente "trabajos", era
una filigrana y daban tentaciones de creer que tuviera pacto con el
diablo, a cualquiera que, estando en el secreto del asunto, siguiera con
atención sus procedimientos de investigación.

--¿Y quién le enseñó a trabajar, mi sargento? ¿Porque usted no habrá
aprendido solo, supongo?

--¡No!... ¡Qué esperanza!... ¡A mí me trajeron expresamente un maestro
de Inglaterra, uno de esos tigres que conocen por la cabeza a los
ladrones y a los asesinos!... ¡Mis maestros, amigo, son los que deben
tener ustedes..., si quieren servir para algo: los ojos, los oídos y las
piernas!

--¡No digo que no haya, pero yo no los he visto! ¡Vez pasada, hace como
diez años, trajeron uno, y se lo dieron al comisario Wright!... ¡Qué
hombre del diablo! ¡No sabía nada y parecía que se iba a comer el mundo!
Una noche lo hicieron examinar en la comisaría a un coronel que estaba
de visita, y que se había disfrazado de gaucho, y después de darle mil
vueltas y de hacerle sacar la lengua y blanquear los ojos, dijo que era
ladrón, asesino e incendiario.

--¡Y sería no más, pues! ¡Hay tantos diablos que parecen santos!

--¡Ave María Purísima!... ¡Si se trata de un coronel de lo mejor!... ¡
Lo que había es que, como después se supo, el sujeto era un peine de
esos que no dejan ni caspa, y que era verdad que había servido en las
policías de Europa..., pero de farolero!

Mi aprendizaje con el sargento Gómez lo hice pronto, y sus observaciones
y los cuentos que me contaba son la materia principal de los pocos
capítulos que voy a consagrar a la gente maleante con que teníamos que
bregar y a la cual recién más adelante conocí, cuando, colocado ya en
altura mayor que la de simple agente de pesquisas, me fue dado penetrar
en las profundidades de nuestro organismo social, estudiando casos
particulares.



MUNDO LUNFARDO



XIV

EN LA PUERTA DE LA CUEVA


Penetrar en la vida de un pícaro, aquí en Buenos Aires, o, mejor dicho,
en lo que en lenguaje de ladrones y gente maleante se llama _mundo
lunfardo_, es tan difícil como escribir en el aire.

Aquí se vive a ciegas, con respecto a todo aquello que pueda servir para
dar luz sobre un hombre: la policía, para desempeñar su misión, tiene
que hacer prodigios, y parece imposible que obtenga los resultados que
obtiene, dada la clase de gente en que las circunstancias la obligan a
reclutar su personal subalterno y el medio en que actúa.

Las policías de Londres, París y Nueva York, dotadas de mil recursos
preciosos, no tiene nada de extraño que puedan encontrar un delincuente
dos horas después de haber cometido el delito: lo admirable sería que
pudiesen hacerlo aquí.

Quisiera ver a esos graves _policemen_ de que nos hablan los libros, en
este escenario, en que no existen registros de vecindad, en que se
ignora el movimiento de la población, en que la entrada y salida de
extranjeros es un secreto para las autoridades, en que uno puede ser
casado diez veces, tener quince domicilios, mil nombres distintos y
quinientas profesiones diferentes, y todo en la mayor reserva, no digo
para la autoridad, sino para los hijos, la esposa, los hermanos y hasta
los vecinos, por más curiosos que sean.

Aquí nos hemos ocupado del adoquinado y rectificación de calles, de
formación de paseos, de obras de higiene convencional y de todo aquello
que luce a primera vista; pero respecto a organización social, a medios
de conocernos y controlar nuestros actos todos los convecinos, vivimos
como en tiempo del coloniaje.

¿Por qué no se ha establecido el registro de vecindad y todos sus
derivados?

¡Que lo diga la Municipalidad, que tiene encarpetadas las notas en que
se lo han pedido todos los jefes de policía habidos hasta hoy!

Viviéndose como se vive aquí, un pillo anda a sus anchas, hasta que un
mal paso, demasiado claro, lo pone bajo los ojos de la policía, que es
andariega y husmeadora, y que si no lo fuera--de lo cual Dios nos libre
y nos guarde--no faltaría quien le robara a uno hasta los pelos de la
nariz sin que sintiese cuándo se los arrancaban.

Y caer bajo los ojos de un empleado de policía es lo mismo que caer bajo
los de toda la repartición, pues unos a los otros se van enseñando el
mal hombre--cuya filiación, nombre y costumbres, si no se inscriben en
un registro, quedan sin embargo grabadas en la memoria de quienes no lo
olvidarán jamás y serán capaces de encontrarlo más tarde, aunque se
transforme en pulga.

Los _lunfardos_ dicen, con ese motivo, cuando dan con algún agente que
aún tiene paciencia para oírles sus disculpas y lamentos:

--¡Vea, señor!... ¡Más vale ser caballo de tramway que pillo conocido!



PERSPECTIVAS


Seguir a un pícaro en nuestras calles, tan llenas de movimiento, es un
trabajo que no valora sino el que lo realiza.

Como él siempre está sobreaviso y teme que lo _embroquen_--conozcan,
observen,--camina una cuadra y la desanda para ver si alguien lo sigue,
da quinientas vueltas antes de llegar a un punto deseado, penetra a las
casas a preguntar por don Fulano o don Zutano--un nombre supuesto--para
_darle el esquinazo_--lo que equivale a despistar--a algún empleado
que pasa y lo conoce.

Cuando van dos colegas juntos, nunca caminan a la par. Uno va delante y
el otro un poco atrás, y si son tomados afectan no conocerse.

Un día iban dos pillos de estos por una calle: el sargento Gómez conocía
a uno y no al otro, y, como a pesar de su seriedad guaraní, era chacotón
y alegre, atajó al que no conocía y le dijo:

--¿En qué trabaja usted?

--¡Soy marmolero, señor!

El otro pícaro, viendo que no lo conocían, se paró a ver en qué concluía
el asunto.

--¡Marmolero... bueno! ¿Conoce a Fulano?

--¡No, señor!

--Bueno... ¡Fulano es un raspa[73] de la peor clase... es ese que está
ahí... conózcalo!

Aquí el pillo se sonríe y dice con sorna

--¡Me ha _cachado_, señor!... es decir, «¡me ha embromado!...»

--¡Vaya, hombre!... ¿Y éste quién es?

--Ya nos _embrocó_, y le voy a decir: ¡este es Zutano!



ENTRE LA CUEVA


Buenos Aires encierra dos clases de pícaros: los naturales y los
extranjeros.

Los primeros son pocos, relativamente, y menos peligrosos que los
segundos, pues que, desde los primeros pasos, la policía los conoce y
les corta las alas, ya no dejándolos al aire sino mientras llevan una
vida honrada, que para ellos es la miseria, el hambre, la falta de
queridas y de goces, u obligándoles a emigrar.

Montevideo, el Brasil, Europa, Méjico y la América del Norte son su
salvación.

El ladrón argentino es, por lo general, astuto, audaz y emprendedor allí
donde no le conocen; sus uñas le dan réditos fabulosos.

De tiempo en tiempo se le ve regresar lleno de dinero, bien vestido, y
afectando maneras superiores a la clase en que nació; busca a quienes lo
recuerdan en la policía y les dice con toda franqueza:

--¡Vengo por una temporada a visitar a la familia! ¡Le prometo que no
haré ningún daño!... ¡Ya me he retirado de la _vida_!... ¡No me persiga
y ocúpeme en cualquier averiguación!

Y después se le encuentra en las casas de juego o de prostitución,
derrochando afanosamente el producto de sus _trabajos_ en el extranjero.

Cuando se ha agotado el bolsillo, se le ve desaparecer como llegó: sin
que nadie lo sienta.

Otros hay que, después de llevar una vida de continuo sobresalto, pues
un paso en la calle es para ellos una semana de arresto, se encierran en
sus guaridas, se aíslan de sus compañeros y, pasada una temporada, salen
transformados, pidiendo a la policía que no los persiga y declarando que
van a trabajar.

Parapetados detrás de un oficio o empleo cualquiera, se dedican al
juego, haciendo de él un instrumento de robo como cualquier otro.

Viven de los _otarios_, como llaman a las víctimas que caen entre sus
garras, ya por su esfuerzo o por el de los _changadores_ del oficio--el
gremio auxiliar más importante--que se las venden por un tanto de lo que
produzcan.

Cuando un mocetón empieza a andar en malos tratos, ya los del oficio, al
hablar de él, dicen: "jamás será nada" o "es un muchacho de esperanzas y
que irá lejos", según sea que tal pájaro haya salido bien o mal en sus
primeros revuelos. En el primer caso, no encuentra protectores y tiene
que hacerse carne de cañón, soldado de la gran falange, brazo ejecutor y
por lo tanto frecuentador de calabozos y abonado a la _tumba_ del
Departamento Central.[74]

Estos desgraciados, cuyas entradas a la policía alcanzan a veces a
centenares, son los que el vulgo toma por los más temibles, ignorando
que ellos son piezas insignificantes en una partida en que los jugadores
permanecen en la sombra. El ladrón hábil es aquel que sabe permanecer
más desconocido; el que ascendiendo en el gremio presta dinero para los
gastos preparatorios de un robo tal como un comerciante lo daría para
una operación honesta; el que dirige empresas; el que estudia un golpe y
lo combina y luego lo vende para que otro lo realice; en fin, el que
pesca... sin mojarse las manos.

En el segundo caso, asciende en la consideración del gremio y su tarea
se facilita con ventaja personal: se hace _changador de otarios_, es
decir, buscador de víctimas, empresario, director, prestamista,
consejero e intermediario entre los capitalistas y grandes dignatarios
de la orden y los pobres ejecutores que pagarán con el martirio de su
cuerpo cualquier contrariedad de la suerte.

El pillo criollo, en sus comienzos, se revela con facilidad al ojo menos
observador.

Le cuesta deshacerse de la cáscara del compadrito, origen común de todos
ellos, que son generalmente muchachos de la última clase, vendedores de
diarios ascendidos a carreros o sirvientes, y cuya educación e
ilustración son casi nulas.

Sin embargo, ellos aprenden a leer y escribir en los meses de reclusión,
y luego la emprenden con los libros de leyes, medicina y cualquier otra
ciencia útil para su arte de vivir de gorra[75].

He visto un ladrón que a fuerza de leer se ha hecho un leguleyo[76];
tiene toda la exterioridad de un hombre de educación esmerada, se
expresa correctamente y no deja traslucir en su trato que, diez años
atrás, era un compadrito que escupía por el colmillo y se quebraba[77]
hasta barrer el suelo con la oreja.

El pillo extranjero es el más abundante.

Éste ya viene aleccionado, por lo general, y no deja que se deduzcan
reglas para conocerlo.

Viste como un caballero, como un compadre o como un artesano, de esos
que recorren nuestras calles en las faenas de su oficio: adopta la forma
necesaria para cada una de sus empresas oscuras y malignas.

Se cambia de nombre cada vez que cae preso, y es obra de romanos
identificar su personalidad en cada caso, pues recurre a cuanta artimaña
puede sugerirle su imaginación a fin de ocultar su pasado, teniendo como
recurso invencible su poco conocimiento del idioma.

Para probarle un hecho no hay más remedio que tomarlo con la masa en la
mano; con él no valen nada la deducción ni la inducción, y se le queman
los libros al más listo.

Sin embargo, no es largo su jolgorio.

Después de un período de tres o cuatro meses de hazañas--si no ha
logrado salir de su mísera posición de instrumento--la policía, que no
le pierde ojo, lo pilla en un renuncio[78] y tiene que confesar su vida
y milagros, quedando en la categoría de criollo.

¡Se le acabaron sus privilegios de extranjero!



ELLAS


El complemento del pillo es la mujer.

¡Cómo saben educarla para el fin que la necesitan, con qué egoísmo
judaico explotan los tesoros de su cariño inagotable, cómo la
sugestionan y la envilecen, haciéndole perder, o ya el miedo para
acompañarlos en sus empresas tortuosas sino la noción elemental del bien
y del mal, llegando ellas, en su obsesión por el hombre que las
martiriza y las deprime, hasta a creerlo un dechado de virtudes, un
ejemplo de honorabilidad, una víctima desgraciada de las injusticias
sociales!

¡Cuántos poemas de ternura y de amor tienen por teatro diariamente los
calabozos!

¡He visto madres que no sólo abandonan las comodidades que un hijo
honorable puede proporcionarles, sino que hasta cubren de vergüenza su
nombre por disimular las bajezas de uno de estos canallas que ha rodado
al abismo y que les paga sus sacrificios imponiéndoles cada día otros
mayores!

He visto mujeres hambrientas, casi desnudas, vender, no ya su cuerpo si
algo valiera, sino lo más indispensable para su subsistencia, a fin de
llevar cigarrillos o bebidas a sus maridos que, cuando están fuera de la
cárcel, dilapidan con otras de mala vida el dinero que pueden atrapar, y
a ellas les compensan su abnegación con caricias que dejan sobre sus
cuerpos indelebles cicatrices que no se borran jamás.

¡Son las madres, son las mujeres, son esas pobres mártires que arrastran
su cruz a través del mundo--_las minas_, como ellos les llaman--las que
les sirven de escudo contra los golpes de la suerte!

Pueden abandonarlos sus amigos, sus cómplices, los empresarios, por
cuenta de quienes emprendieron _un trabajo_, pero ellas no les faltarán
y, sacando fuerza de flaqueza, removerán con sus débiles brazos el mundo
entero a fin de hacerles más llevadera su desgracia.

Ellas, las mártires de los días de luz, serán el rayo de sol de los días
de sombra.

¡Luego, tras de la fila de mártires, de las que son escudo simplemente,
viene la interminable de las que no son sólo escudo, sino también garra.
Son éstas las que forman la temible falange de espías, de correos, de
negociadoras de los robos, de ocultadoras y, luego, en los días negros,
las que servirán de agentes para corromper a la justicia, usando el
dinero, si el hombre que necesitan es afecto a él; halagando su lujuria,
su gula o cualquiera de los pecados capitales que prime en su espíritu;
amenazando su tranquilidad si es un timorato, o insinuándose
pérfidamente en su corazón, si es un alma fuerte y vigorosa!

¡Ellas podrán no saber leer ni escribir, podrán ignorar las sutilezas
del espíritu y aun hasta la existencia de la palabra psicología, pero
nadie las sobrepasará en el arte difícil de conocer una flaqueza humana
y de saber aprovechar y explotar su conocimiento!



ELLOS


Entre reos _lunfardos_ hay cinco grandes familias: los _punguistas_, o
limpiabolsillos; los _escruchantes_, o abridores de puertas; los que dan
_la caramayolí_[79] o _la biaba_[80], o sea los asaltantes; los que
_cuentan el cuento_, o hacen el _scruscho_, vulgarmente llamados
estafadores, y, finalmente, los que reúnen en su honorable persona las
habilidades de cada especie: estos estuches son conocidos por de _las
cuatro armas_.

Más vale toparse con el diablo que con uno de estos príncipes de la uña,
de los cuales Buenos Aires cuenta más de un ejemplar.

Ellos son, generalmente, los que educan y forman _los muchachos_,
esmerándose en aquellos que revelan mejores facultades: son los que
dirigen los _golpes_ de importancia; los que _dan el cebo_, o sea el
dinero necesario para realizar el robo, que hasta para eso se precisa
plata, dada la situación a que ha llegado el mundo; en fin, son los
grandes dignatarios de su orden.

Cada especie tiene su fisonomía especial, sus costumbres propias y su
manera de ejecutar un _trabajo_, por más que todas tengan siempre un
punto de contacto, menos el punguista, que es siempre el empresario de
sí mismo.



EL CAMPANA


El punto de contacto es _el campana_, es decir, el que busca la casa o
el hombre fácil de robar, el que estudia el medio de efectuarlo, el que
está en relaciones con los que cambian lo robado por dinero: la
providencia en forma de hombre.

Bien considerado, estos _campanas_ son los verdaderos ladrones; los que
efectúan el robo son solamente sus instrumentos.

Jamás se comprometen en nada, y es difícil que la policía los descubra.
Adoptan todo el aire de gentes honradas, trabajan, tienen oficio,
profesión o industria conocida: son sirvientes, mozos de hotel,
changadores, comerciantes, rentistas y hasta pueden inspirar confianza y
ser honorables, mientras no haya posibilidad de tirar la piedra y
esconder la mano.

¡Cuántas veces están protestando honradez y tienen entre los dedos el
pedazo de masilla o cera con que al menor descuido, moldearán una llave!

¡Cuántas veces están jurando adhesión a sus patrones y ya tienen oculto
dentro de un mueble al amigo que va a dar el golpe! ¡Y luego son los más
empeñosos en llamar a la policía y darle cuenta del hecho, suministran
datos y noticias, sospechan que al ladrón lo han visto rondando la casa
y que es de este porte y del otro!

¡Cuántos de ellos han acompañado en sus investigaciones a un comisario y
lo han extraviado con sus mentiras, y cuántos también han sido
imprudentes y han ido a pagarlo en la Penitenciaría!

¡El _campana_ presta servicios a los ladrones, pero que digan éstos lo
que les cuesta: siempre se lleva él lo mejor del toco, o sea del monto
de lo atrapado!

¡Sus comisiones son algo de fabuloso!

Sin embargo, el negocio tiene sus contras. Veces hay que ha hecho
efectuar un robo valioso, y cuando va a retirar su parte se encuentra
con una puñalada o con que, sencillamente, le dicen que no sea zonzo, y
se le alzan con el santo y la limosna, acción que se llama _dar el
rostro_.

Al campana robado le queda aún como arma la delación y la usa como
venganza; si los ladrones son tomados, éstos no dejan de envolverlo en
sus declaraciones, y se hunde con ellos, y si no lo son, se ve libre y
queda aguardando una oportunidad de hacerles caer en las garras del
gallo policial: este es el origen verdadero de más de una pesquisa
curiosa que ha servido para bombo a algún inútil.

¡Venganzas _de campana_, o como quien dice, puñaladas por la espalda!

Y los ladrones saben lo que vale un buen _campana_. Una vez me dijo uno,
habiéndole yo preguntado que "a qué se dedicaba por ahora".

--¡Vea, señor, tengo un _campana_ que ni de oro..., y trabajo de
católico!

--¿De católico?

--Sí, señor...; es decir, ando con el asunto de las limosnas para el
hospital..., ¡y al que me cree lo ensarto!



EL ARTE ES SUBLIME


El punguista--como en lenguaje de ladrones se llaman los pick-pockets, o
sea, hablando en español, los limpiadores de bolsillos--es el más
artista de todos los ladrones, y mira con cierto desdén a sus
congéneres, a los cuales desprecia soberanamente..., tanto como puede
despreciarlos un hombre honrado.

Para él, robar un reloj, una cartera, un rollo de dinero o cualquier
otra cosa de valor que una persona pueda llevar sobre sí, no es un
delito, sino un trabajo de arte, una hazaña.

Es por eso que se le ve tan tranquilo, tan seguro de sí mismo, meterle a
cualquiera la mano en el bolsillo y sustraerle lo que guarda: su único
dolor es ser sentido por su víctima, o tomado _infraganti_ por la
policía a causa de su poca habilidad.

Esto lo desespera, pues le desbarranca su fama, ataca su crédito.

La gloria de un punguista es serlo y que nadie pueda probárselo: su
orgullo es poder decir en la policía:

--¡Busque, señor, en los libros!... ¡Yo no tengo ninguna condena!
¡Gracias a Dios, no soy ladrón!

Y luego, su frase la repite con aire modesto a cuanto individuo
investido de autoridad encuentra a mano, pegándole a modo de
coeficiente: "así le dije el otro día al señor don Fulano".

Tiene por teatro la calle y los parajes donde ocasional o habitualmente
hay aglomeración de gente.

Con frecuencia se le oye decir: yo trabajo en el Banco tal, en la
estación cual, en el papel sellado, en el correo, en el tramway, en el
cementerio, en la plaza, en el remate, dondequiera que haya codazos y
apretones.

Para el _trabajo_ jamás va solo: lleva dos o tres ayudantes, según la
necesidad.

Estos ayudantes, que son, por lo general, practicantes-asociados, tienen
por misión _formar la cadena_, es decir, estacionarse detrás del
artista, de tal modo que, efectuado el hurto, lo hurtado se encuentra a
salvo con la rapidez del rayo, pasando de mano en mano.

Si el golpe es desgraciado y el practicante no puede huir, deja caer lo
hurtado, lo echa en el bolsillo de cualquiera de los presentes, en fin,
se deshace como puede del cuerpo del delito, y trata de evitarse una
condena o ahorrarle un mal rato a su asociado.

Un comandante del ejército--cuento al caso--se hallaba una noche en su
casa, y al ir a sacar su pañuelo, rueda sobre la alfombra un magnífico
reloj de oro, con un monograma en la tapa. Lo recoge y se echa a cavilar
sobre cómo había venido a su poder.

--¡Y no daba en bola!

Al día siguiente lee en un diario una noticia que decía:

RELOJ ROBADO.--_Hallábase ayer en el remate de Constela el señor X. X., y
de repente notó que le sacaban su reloj, y que la mano que lo llevaba
pertenecía al vecino que tenía a la derecha_. _Lo hizo conducir a la
comisaría 2ª y resultó ser, el tal vecino, nada menos que Ángel Artirel
(a) Minga-Minga_. _El reloj no ha sido encontrado._

El comandante se dio un golpe en la frente, recordando que se había
hallado en lo de Constela durante el incidente; pero no atinaba a dar en
cómo el reloj había llegado a su bolsillo.

A que le esclareciesen el punto y a devolver la prenda fue a la
comisaría 2ª.

El comisario oyó toda la relación y luego le preguntó si recordaba qué
vecinos había tenido durante su estada en la casa de remates.

--¡No me fijé, señor!

--¡Pues bien, uno de ellos era cómplice del ladrón, y temiendo ser
descubierto ocultó en usted lo que podía comprometerlo!

El comandante ha jurado, desde entonces, usar sacos sin bolsillos.

Otro cuento, ya que en tal terreno he pisado.

Uno de estos practicantes fue sorprendido una vez con un reloj en la
mano, en momentos que iba a _pasarlo_, y no bien vio que lo habían
sorprendido, se echó a gritar:

--¿De quién es este reloj? ¿De quién es este reloj? No le valió la
artimaña, y fue preso. El juez tuvo que absolverlo, pues se encerró en
esta declaración:

--Yo encontré el reloj, señor, y lo levanté; no ha habido más. Tengo
malos antecedentes, es cierto, pero eso no hace al caso..., ¡el decir
adiós no es _dirse_![81]

¡Estos practicantes llegan a ser unos doctores que dan miedo, y no pasa
mucho tiempo sin que den vuelta y raya a su maestro!

_El punguista_, cuando _camina_, jamás lo hace llevando al lado a sus
compañeros.

Éstos marchan escalonados a retaguardia, a fin de poder, al menor asomo
de un empleado de policía que los descubra, hacerse entre sí los
perfectamente desconocidos.

Si suben a un tramway tratan de rodear a la persona que han elegido por
víctima, y allí son los empujones por el menor motivo, los codazos, los
pisotones, con el objeto de distraer al desgraciado candidato y
facilitar la obra del artista.

Éste está en acecho, espiando todas las oportunidades, y a la primera
que se presenta, ¡zas!, se apodera del objeto deseado, que desaparece
como por arte de magia.

Para dar el golpe, el _punguista_ tiene siempre sus dedos índice y medio
prontos para la acción, y los introduce en el bolsillo ajeno con una
suavidad incomparable.

Cuando es necesario interceptar la vista de alguien, ahí se encuentra el
practicante, que hará de nube, o si no el brazo que no va a operar y que
se baja o se levanta a la altura necesaria.

Hay punguistas que son muy hábiles en esta maniobra, que se llama
_esparo_, y que es reputada como uno de los escollos del arte.

Cuando dos o tres habilidosos se reúnen y se complementan, las joyas van
a ellos como el acero atraído por el imán.

Jamás se reúne con los que no son de su arte, a no ser cuando entra por
el aro del diablo, con tal de hacer plata.

De lo contrario evita compañías, y dice:

--¡Los amigos _cantan_ (descubren) y no sirven sino para hacerlo
_embrocar_ (conocer) a uno!

Cuando ya son muy conocidos en sus mañas, y no pueden trabajar, se
dedican a _schacar escabios_, es decir, a robar a borrachos.

Este es el atorrantismo, la vejez miserable del arte: son los arrestos
frecuentes, los días sin comida, las condenas por cincuenta centavos.

Sin embargo, un punguista podrá robar, jugar y poseer todos los vicios,
pero nunca se embriagará ni llevará vida de perro.

Mira el mundo a través de los placeres que no embrutecen, y vive lo
mejor que puede.

Un día dije a uno de ellos que hablaba conmigo, en el café de Cassoulet,
esquina Viamonte y Suipacha, un centro de pillos:

--¿Y tú no bebes?... ¡Pide un gin!

--¡Yo!... ¡Qué esperanza!... ¡El alcohol afloja la lengua y entorpece la
mano!



EL CAFÉ DE CASSOULET


Este era el paradero nocturno de todos los vagos de la ciudad y famoso
entre la gente maleante, no solamente por la comodidad que, a poco
costo, se obtenía en él, cuanto por la relativa seguridad que se
disfrutaba: en caso de producirse visita de la autoridad, los
propietarios tenían dispuestas las cosas de modo tal, que la clientela
tenía fácil escape.

Estaba ubicado en la esquina Viamonte, antes Temple, y Suipacha. Como
dependencia del café, y formando parte de la planta baja, que daba hacia
la primera, había hasta la mitad de la cuadra una veintena de cuartos a
la calle, con puertas que se abrían a ésta y otra interior, que daba al
gran patio del café: eran otras tantas salidas clandestinas del antro
misterioso.

Estos cuartos los ocupaban mujeres de vida airada, que eran como la
crema de aquel mundo de vicio, cuyo centro era la famosa calle del
Temple, y que extendía sus brazos a las adyacentes, teniendo como
encerrado entre ellos el corazón de la ciudad.

El café debía ser una mina de plata.

Allí los ladrones, con todo su cortejo de corredores y auxiliares, los
asesinos, los peleadores, los prófugos, toda la gente que tenía cuentas
que saldar con la justicia o tenía por qué saldarlas, buscaba un refugio
para dormir o vivir con tranquilidad, para hacer con todo sigilo una
operación comercial inconfesable o para ocultarse discretamente,
mientras pasaban las primeras averiguaciones subsiguientes a un delito
descubierto por la policía.

Allí todo era cuestión de dinero. Teniéndolo, se hallaba desde la pieza
lujosamente amueblada, hasta el tugurio infame, donde podía gozarse de
las comodidades de un catre de los muchos que, en fila y pegados unos a
otros, contenía un pequeño cuarto de madera, y desde el vino y los
manjares exquisitos, hasta las sobras de éstos, barajadas en un
_champurriao_[82] indescifrable, y que podía remojarse con el agua
turbia del aljibe, donde viboreaban los pequeños gusanitos rojos,
descendientes quién sabe de qué putrefacción y cuyos movimientos rápidos
y variados podían servir de diversión al ánimo preocupado.

Tarde de la noche, cuando el café se cerraba, decenas de desgraciados,
sin hogar, tomaban posesión de las mesas del largo salón,--bajo la
vigilancia de los dependientes, que tendían sus colchones sobre las de
billar, cuando las otras estaban ocupadas--y por dos pesos de los
antiguos, encontraban un techo y una tabla para dormir, y por uno, lo
primero y el duro suelo de los patios y pasillos.

Aquello era un verdadero hervidero del bajo fondo social porteño: allí
se barajaban todos los vicios y todas las miserias humanas, y allí
encontraban albergue todos los desgraciados, que aún tenían un escalón
que recorrer antes de llegar a los caños de las aguas corrientes que,
apilados allá en el bajo de Catalinas 20, ofrecían albergue gratuito.

Cassoulet era, en la noche, la providencia de los míseros desterrados de
un mundo superior, era la ensenada que recogía la resaca social que en
su continuo vaivén arrastraba hacia playas desconocidas el oleaje
incesante.

Hoy comparten con él los beneficios de la industria protectora los
pequeños cafés del Riachuelo y la ribera, que venden marineros borrachos
a los buques que necesitan completar su rol clandestinamente, para
borrar las huellas de un crimen o de un accidente--a fin de evitarse las
molestias que en nuestro país acarrea cualquier gestión ante la
autoridad--y los tugurios que, con el nombre de posadas o sin nombre
alguno, encierran entre sus paredes y alojan, según el dinero con que
cuentan, a los desgraciados que vagan sin hogar, o a aquellos que
legalmente no pueden habitar en parte alguna.

En aquel tiempo compartían la clientela de Cassoulet, pero sólo durante
el día, el café Chiavari, en la esquina de Cuyo 80 y Uruguay, y el café
de Italia, en la misma calle, frente al Mercado del Plata.

Estas tres eran las cloacas máximas de Buenos Aires, en tiempos que ya
no volverán, pero que se repetirán, transformándose.



EL BURRO DE CARGA


EL _escruchante_--Es decir, aquel cuya especialidad es abrir puertas con
o sin violencia--es otra interesante variedad de la familia lunfarda.

Los que la forman son, por lo general, individuos de avería, hombres
avezados a todas las asperezas de la vida.

Brotan de las capas inferiores de la sociedad, y rara vez alcanzan otras
más elevadas: son constante y perennemente víctimas del que _ha
campaneado_--estudiado--el robo a realizar, y su fin es generalmente
desastroso.

Concluyen por ser un harapo humano a fuerza de consumirse en las
cárceles o en los más bajos fondos de la corrupción.

La miseria, engendradora de todas las lepras, luce en ellos sus fuerzas
y su vigor.

De todos los lunfardos es el _escruchante_ el más desgraciado: sus robos
son los más fáciles de descubrir, sus condenas son las más largas, sus
días son los más negros, pues cuando no está preso lo andan buscando.

Es necesario tener una afición desenfrenada a lo ajeno, para dedicarse
al _escrucho_.

El escruchante tiene tres especialidades: se dedica a fabricar llaves
falsas, a trabajar con el formón o a _cargar la burra_, o sea alzar los
robos.

Poco se le ve en la calle durante el día: camina sólo de noche o en la
madrugada, hora en que la vigilancia es menos activa.

Sus _golpes_ los reciben ya estudiados por el _campana_, que percibirá
su buena parte, sin riesgo.

Éste es el que moldea las llaves que el escruchante fabricará en los
ratos de ocio, en su tugurio, donde tiene su pequeño taller _ad
hoc_[83]; el que estudia las costumbres del habitante de la casa que va
a robarse; el que levanta el plano de sus entradas, salidas, caminos
fáciles para escapar, parada del vigilante, hora en que hace la ronda y
demás datos útiles.

¡En posesión de todos estos elementos, es que el _escruchante_ tienta su
empresa y va dispuesto a todo!

Si se ha moldeado bien la llave, ésta ha sido seguramente bien hecha y
funcionará a maravilla, simplificándose mucho el trabajo.

Si no anda bien, es necesario abandonar la empresa hasta que los
defectos se hayan corregido o recurrir a la violencia, que dobla las
probabilidades del fracaso, y sobre todo la condena.

Entonces es cuando se recurre a cortar el tablero de la parte inferior
de la puerta, formado por lo general de madera blanda, en la cual una
cuchilla afilada_ entra como en queso_ y abre un buen postigo.

Si el dueño de casa es precavido, y usa sus puertas enchapadas de hierro
en la parte vulnerable, se da un corte en el umbral con el formón frente
a los pasadores y se levantan éstos; luego se introduce la _pata de
cabra_--instrumento de acero, formado en zigzag--frente a la cerradura,
y se la hace saltar sin ruido, con un leve movimiento lateral.

La puerta ya presenta facilidad para enlazar con una faja el pasador de
arriba y correrlo.

Puede ser que la precaución del propietario haya llegado hasta poner una
barra, y entonces hay que tratar de sacarla.

La extremidad libre de la faja con que se enlazó el pasador se pasa por
debajo de la barra y se tira para arriba.

Si aquélla es de gancho, cede al esfuerzo, y se la baja hasta el suelo
con cuidado para que no haga ruido, para lo cual se afloja una de las
puntas de la faja poco a poco; si es de las que tienen candado, es mejor
renunciar al golpe: la puerta es infranqueable.

Cuando el robo no puede hacerse con violencia, se recurre a sobornar un
dependiente que deje la puerta abierta, o se coloca en la casa una
persona que lo haga, y que pasará en ella el tiempo necesario para
acreditarse y alejar sospechas.

Si estos medios no son posibles, queda aún el recurso de _meter un
gato_, es decir, hacer esconder en la casa un cómplice que a una hora
dada franqueará la entrada.

Este papel de _gato_ no lo desempeña cualquiera es necesario dedicarse a
él y hacerse una especialidad; acostumbrarse a estar inmóvil por horas
enteras; a respirar sin hacer ruido; a no estornudar ni toser; en fin, a
hacerse un cadáver.

_El Cuervito_, Román--un gajo de cierta familia, en que padres, hijos,
hijas, tíos y tías, eran del arte, abarcando todas sus variedades, se
metió _de gato_ en casa de un inglés, en la calle Corrientes, y su
respiración fatigosa--pues era asmático--le traicionó, valiéndole un
balazo y una buena condena.

Una vez, cierto ladrón conocido--un santafecino, Ludueña--que había sido
soldado de línea, después desertor en la frontera y hasta capitanejo
entre los indios, penetró en un almacén, luego de acostados los dueños y
robó el dinero que encontró, llegando en su osadía hasta haber bebido y
comido como si estuviera en su casa.

El robo lo practicó a vista y paciencia de los damnificados--un
matrimonio italiano--quienes no se animaron a contar los detalles cuando
dieron cuenta del hecho.

Al ser conocidos éstos por referencias o jactancia del mismo Ludueña,
fue muy celebrada la hazaña, llegando ella a nuestros oídos.

Estando una vez preso por haber practicado un robo en la fábrica de
baldosas "La Fe", y respondiendo a alguien que le preguntó si era cierto
lo del almacén, dijo:

--¿Cómo no?... ¡Si yo vi que los gringos se hacían los dormidos y me
aproveché!

El ladrón que penetra a una casa, va por lo general seguro de que nadie
atentará a su vida; sabe muy bien si el dueño es hombre capaz de
defender lo suyo, y en este caso, espera asegurarlo, o si en caso de
sentirlo, evitará un lance.

Muy rara vez llegan a asesinos: para ello necesitan no tener ningún
medio de que valerse a fin de tomar lo que codician o verse acorralados
y sin más probabilidad de escapar a un fracaso que una puñalada dada a
tiempo.

Su afán, su ambición, es poder llegar a ser maestros, a dirigir golpes
sin riesgo, es decir, a hacerse de un capitalito y trabajar de
_campana_.

Llegado a esa meta, el escruchante es feliz, y ha escapado al
atorrantismo, que es su bestia negra.

¡Y asimismo, hay _campana_ de éstos que de repente tropieza y quiebra su
dicha: entonces rueda al abismo sin esperanza de levantarse!

Del cinismo hacen un arte, y suele no faltarles ingenio.

Un comisario pescó, en circunstancia muy especial, a cierto escruchante
conocido: violentaba una caja en una mueblería, donde se había
introducido.

El ladrón hacía su trabajo y de repente vio entrar a un changador de la
casa, que le dijo:

--¿Qué hace usted?

--Silencio..., tengo una cita con la señora.

--¿Cita?... ¡Ahora verá!

Y a empellones lo sacó a la calle para entregarlo a un vigilante, ¡pero
cuál no sería su asombro al verse agredido a trompada limpia! Acudió el
vigilante, y ladrón y changador fueron conducidos a la comisaría por
"desorden en vía pública".

Llevados, sin embargo, ante el comisario, éste, que era un lince para
eso de ladrones, empezó a revolverle las respuestas y no tardó en
descubrir la verdad: el desorden era un pretexto para ocultar la
tentativa de robo.

El ladrón decía, no obstante

--¡Señor, ese changador es un canalla..., nos hemos peleado porque le
cobré dinero, y ahora me sale con una pata de gallo!...[84] ¡Está lindo
lo que pasa!



LOS QUE CARGAN CON LA FAMA


Los que _dan caramayolé_ o _la biaba_ son los ladrones de la clase más
íntima, es la plebe del mundo lunfardo: ellos no necesitan para realizar
sus empresas usar el mínimum de talento. Un buen garrote esgrimido como
maza, y descargado a tiempo sobre un transeúnte descuidado, o una
pedrada en la cabeza, asestada a mansalva, son sus recursos favoritos, y
éstos no son difíciles de usar.

No obstante, a veces estudian también las víctimas, a fin de no dar el
golpe sin provecho, pero no es condición indispensable: se confían al
acaso. Hay algunos de estos asaltantes que combinan sus golpes con
habilidad, pero son raros.

El sargento Gómez me refirió a este respecto una hazaña del pardo
Vilaró, llamado vulgarmente "el de los pavos", para distinguirlo de un
tocayo que se llamaba "el de los mates", que es un caso típico de
asaltante, metido a ejercer de _escrucho_ a la alta escuela.

En la calle Buen Orden[85], al llegar a Brasil, había una platería de
aquellas que antes abundaban en el barrio del Sur, poblado casi todo por
estancieros y gente de campo, cuyo comercio consistía en la venta de
frenos, facones, espuelas y demás artículos similares, hechos de plata.
La tienda era pequeña y lo poco de valor que contenía estaba encerrado
en una vidriera movible, que descansaba sobre el mostrador, hacia la
derecha, frente a un pequeño venta que, daba a una pieza interior, por
el cual el platero, cuando no estaba en el negocio, veía todo lo que
pasaba en éste.

La puerta de comunicación entre la tienda y la pieza interior quedaba
hacia la izquierda.

Una mañana el platero tomaba su desayuno, cuando de repente ve entrar al
negocio a un pardo grande y fornido, que levantando en alto la vidriera
corría hacia la calle. Se echó tras él y consiguió hacerlo detener, pero
ya no llevaba la vidriera ni fue posible dar con ella por más pesquisas
que se hicieron.

El detenido fue puesto en libertad, y más tarde, se jactaba del robo y
de su astucia, diciendo:

--¡Amigo, que son mulitas[86]!... ¡Yo tenía en la puerta de la platería
un carro cargado de pasto verde, pero arreglado con un hueco en el
medio; pasé, tiré la vidriera y seguí corriendo, seguido del platero!
¡Pobre hombre! ¡Ni coceó, y el carro se fue con la vidriera, mientras a
mí me enloquecían a preguntas en la comisaría!... ¡Vivos los mozos!



EL PANAL EN LA LENGUA


Los que hacen el _scrucho_ o _cuentan el cuento_, son simplemente, en
buen romance, los estafadores, los más inteligentes, más astutos y de
más buen tono en el mundo lunfardo; son, como si dijéramos, su
aristocracia.

¡Y así son de odiados por sus congéneres los punguistas y los
escruchantes!

Éstos se llaman _batidores_--delatores--y cuidan de ocultarles sus
manejos lo más que pueden; pero todo es inútil: no escapan al ojo sagaz
del estafador que es un infatigable caminador, y que, como anda día y
noche por las calles en busca de _otarios_--víctimas--no deja de
conocerles las guaridas y los _trabajos_ en que andan ocupados. Se les
oye decir con mucha frecuencia:

--¡Vea!... ¡El _trabajo_ (robo) que hace un hombre, se conoce en el modo
de caminar!... ¡Si fuéramos de la policía, qué pesquisas de mi flor!

El estafador, como el punguista, nunca camina solo. Siempre lleva a la
distancia un compañero que le sirve para cualquier papel que sea
necesario desempeñar.

Sus útiles de trabajo son simples: consisten sólo en un diario doblado,
al cual le llaman el toco _mischo_--el montón pobre--o el _balurdo_, y
en algunos cobres.

No se tienen por ladrones, y siempre dicen:

--¡Nosotros lo que hacemos es embromar a quien nos tiene por zonzos! ¡A
los _otarios_ les contamos un cuento, les ofrecemos una ganancia enorme,
y _encandilados_, los clavamos[87]: eso es todo!... ¡No les hacemos
daño, no los golpeamos, ni asustamos!... ¡Si se clavan, nadie tiene la
culpa!

Si uno los apura, demostrándoles que son ladrones, exclaman

--¡Bueno!... ¡Entonces, también los otarios lo son!... ¡En el Brasil, la
ley los castiga como estafadores!

Individuos de estos he conocido que cuando se les ha motejado de
ladrones se han indignado.

--¿Yo ladrón?... ¡no he estado preso jamás por eso, señor!... ¡Yo no
tengo sino estafas!...

--¿Y la estafa no es robo?

--¡No, señor; no es robo!... Dígame, ¿qué va a hacer uno cuando ve un
tano (napolitano) que a fuerza de no comer junta unos marengos, y lo
primero que hace es largarse a su tierra?... ¡Quitárselos!

--¡Pero eso está mal hecho!

--Pero señor, ¿y uno va a tener la sangre fría de dejar que se lleve la
plata del país?

--¿Y acaso la plata es tuya?

--¡Claro que es mía!..., ¿cree que no soy argentino?

Y si es extranjero varía la respuesta, diciendo

--¡Mía no; pero sí de mis hijos que han nacido aquí!

Hay pillos de estos para quienes es una mala noticia saber que un
trabajador extranjero ha abandonado el país, llevándose una fortuna.

_Alcachofa_, el ladrón más decidor que he conocido, decía siempre,
cuando lo llevábamos a la comisaría:

--¡Aquí me _tráin_[88], señor!... ¡siempre por lo mismo!..., _secuestro
de marengos_--parodiando el estilo de los partes policiales--¡a un
gringo que quería volar!

Y éste murió en su ley: lo mató una puñalada, tirada por uno que,
próximo a embarcarse, llevando unos ahorros, se encontró en un minuto
más pobre que Job.

El método de robo en que la inteligencia desempeña un papel más activo,
es la estafa.

El buen resultado para el ladrón depende de mil circunstancias que deben
estudiarse, tales como el carácter del individuo, candidato a robado,
sus tendencias, sus aficiones, sus amistades, su parentela, etc.

Todo debe ser tenido en cuenta, y no puede darse un paso sin
premeditación, bajó pena de perder el tiró.

Por eso los estafadores veneran el tiempo: teniéndolo, son capaces de
robar a un avaro.

Sus _trabajos_ son largos, pero seguros.

Rara vez emprenden ellos la tarea de estudiar el individuó a quien van a
hacer víctima de su habilidad: ese es trabajo del auxiliar, a quien
ellos llaman _changador de otarios_, y que permanece siempre en la
sombra, aun cuando lleva la parte más gorda de la empresa.

Este auxiliar es, por lo general, un almacenero, que es el confidente de
todos los artesanos y sirvientes de su barrió, un amigo desleal e
infamemente codicioso, un pequeño negociante con apariencias de
honorable, en fin, un individuó que a mansalva se informa de las
peculiaridades de cada semejante, y las vende luego a los que inventarán
el cuento apropiado para despojarlo, los que fabricarán la ganzúa que
les franqueará el acceso hasta la caja anhelada.

Jamás los estafadores dignos de fama malogran un esfuerzo: cuando se
determinan a dar su golpe, es ya sobre seguro.

El vulgo generalmente dice:

--¡Amigo, que todavía haya tontos que se claven con estas cosas!

Esta frase es hija de la ignorancia: no es que la víctima sea un tonto,
no es que haya visto el lazó que le tienden: es que las cosas se le
presentan con tal habilidad y con tal disimuló, que no hay previsión ni
desconfianza que valgan.

Un buen día se encuentran con un paisano y amigo--recién venido, a estar
a su declaración--que les habla de la familia ausente, de la carta
última que ha recibido, de las noticias en ella consignadas, relativas
al estado de ánimo y fortuna del pariente que está en América, y éste
cree a pie juntillas que quien le habla es efectivamente persona de su
pueblo, amigo de los suyos, uno de esos seres indiferentes, cuyo
recuerdo se ha borrado de la memoria con el transcurso del tiempo.

Y entabla la relación; establecida la confianza, pronto la empresa habrá
llegado a su término.

¿El individuó es desconfiado y avaro?

El cuento que se prepara halagará su pasión predominante, y será no para
que hable a su imaginación, sino a su juicio.

¿Es la víctima futura un imaginativo o un aventurero que quiere forzar
la suerte?

El cuento tendrá todos los caracteres necesarios para arrebatarlo.

El sargento Gómez y Regnier--mi maestro inolvidable más tarde, en los
días en que ya la fortuna comenzó a sonreírme y que me sirvió de guía
para penetrar en el bajó mundo social de Buenos Aires, cuyos misterios
haré desfilar ante la vista de mis lectores en cursó de estas
Memorias--me fueron enseñando poco a poco a distinguir los caracteres de
las cosas que como en un caleidoscopio pasaban ante mi vista.

El primero me contó algunas estafas en que él había intervenido como
empleado, en el tiempo viejo, que son, para aquella época lejana, obras
maestras de habilidad, que si bien no pueden compararse con las de la
época actual, que son verdaderas maravillas, dan ya una idea de lo que
es el estafador y de los recursos de que echa mano para conseguir sus
fines.



NO LE SALVÓ SER MINISTRO


Era teniente cuando en la Piedad, allá por 18..., un asturiano llamado
José Cañete y Puertas, hombre ahorrativo y económico, amigo de las
monedas como un judío, y más deseoso de hacer fortuna que de llegar a
conquistar fama de santo y verse un día adorado en pintarrajeada efigie
por creyentes masculinos y femeninos.

A fuerza de guardar sus sueldos, limpiar las alcancías cuando podía y
desplegar toda su astucia para cazar propinas y estipendios, había
llegado a juntarse sus buenos cincuenta y cinco mil pesos de la antigua
moneda, los cuales, en billetes del Banco de la Provincia, dormían
tranquilos en el fondo del inmenso baúl que lo acompañaba desde su
tierra.

Cosa es que nunca pudo averiguarse cómo dos lunfardos llegaron a conocer
el tesoro de Cañete: el hecho es que se lo robaron de una manera
ingeniosa.

Una tarde, al toque de oraciones, llegó a la sacristía un individuo al
parecer italiano, cohibido, tímido, cortado, y le dijo que un amigo suyo
que estaba moribundo deseaba confesarse con él, que sabía era caritativo
y generoso.

--No puedo salir ahora.

--¡Pero señor!..., ¡el pobre Juan está enfermo!..., ¡mañana no hablará
más!..., ¡por caridad, vaya a verlo!

--¡No puedo y no puedo!...

--¡Le haremos cualquier demostración!... ¡Tenemos dinero!

--¿Dinero?..., ¿cuánto me dará?

--¡Doscientos pesos!

--Bueno... ¿dónde está la casa?

--Aquí cerca... calle Paraná número setenta.

Y el cura Cañete, próximo a tener un suplemento de doscientos pesos,
entró contoneándose al número 70 de la calle de Paraná, acompañado de
aquel cuya oratoria había vencido su voluntad.

El número 70 era un cuartujo de mala muerte. El cura, al penetrar, no
encontró sino un miserable catre en un rincón y en él, agonizante, un
hombre ya de edad.

Alumbraba la escena una luz mortecina, emanada de una vela colocada en
el cuello de una botella.

El moribundo, al entrar el sacerdote, levantó la cabeza toda reatada[89]
y la dejó caer pesadamente sobre la bolsa que le servía de almohada.

--¡No se mueva, hermano!...—dijo Cañete con voz que quiso hacer tierna,
y acercando a la cama del enfermo la única silla que había en el cuarto,
se sentó.

Su acompañante se paseaba cabizbajo a lo largo del muro más lejano del
grupo.

El cura Cañete comenzó a hablar como interrogando, luego acercó más su
silla al enfermo y volvió a escuchar lo que éste hablaba.

De repente se levantó y dirigiéndose al que había sido su acompañante,
le dijo con tono compungido:

--Da lástima, ¿eh?... Ya vuelvo; voy a buscar un crucifijo..., ¡es
necesario que ese pobre muera como buen cristiano que es!

Y salió.

El enfermero se acercó al enfermo y éste le dijo con cara alegre:

--¡Pisó el palito!.. _¡cái_ como un ángel!

Minutos después se sintió el taloneo del cura, que esta vez venía como
volando.

Volvió a acercarse al enfermo, habló algo con él y no tardó en dejarlo.

El enfermero lo salió acompañando, y lo acompañó hasta la misma esquina
de la iglesia: Cañete volvió varias veces la cabeza mientras atravesaba
el atrio y allí estaba el pobre italiano mirándolo y poniendo una cara
como de quien no puede aguantar el llanto.

Cañete siguió el largo pasadizo que, abriéndose sobre el atrio, conduce
a la sacristía, y no bien desapareció, el acompañante echó a correr
calle arriba.

Dos minutos después, el cura atravesaba el atrio con la sotana levantada
y llevando una bolsita en la mano.

Corrió hasta el número 70, y llamó: no obtuvo respuesta.

Siguió llamando apresurado, y al fin, a los golpes, vino el almacenero
de la esquina, quien al encontrarse con el cura se sorprendió, y más al
oírle decir:

--¿Dónde está el enfermo?

--¿Qué enfermo?

--El que vivía en este cuarto.

--¡Si este cuarto no está habitado todavía!... ¡Hoy me lo alquilaron
unos mozos, pero aun no han traído sino un catre!...

El cura no oyó más, y salió en dirección a la comisaría a dar cuenta de
que lo habían robado.

Se abrió la puerta y en el cuarto no se encontró sino un catre y un cabo
de vela.

Enfermo y enfermero se habían hecho humo.

Para engañar al pobre Cañete, los ladrones halagaron su pasión
dominante.

El enfermo le dijo que bajo la almohada guardaba cinco mil pesos en
oro,--que entonces tenía un premio de ciento veinticinco por
ciento[90]--y que quería dejarlos para misas, pero que deseaba dejarle
cincuenta mil pesos papel a su cuñada, que vivía en Flores, y era el
único pariente que tenía.

Cañete se ofreció para decir las misas.

El enfermo aceptó, pero agregó:

--Hay una dificultad. ¡El dinero de mi cuñada quiero que lo lleve mi
amigo que me ha ayudado tanto! Deseo darle algo a él, pero quisiera que
no supiese que dejo para misas... así, si usted pudiera cambiarme por
papeles, yo haría el reparto mañana... ¡No he de morir todavía!

Cañete vio un negocio espléndido en el cambio y trajo sus pesos a
pretexto del crucifijo, recibiendo por ellos una bolsita llena de...
balas achatadas.

Su amor a las monedas lo dejó en el mismo estado financiero en que llegó
al país: todo fue, pues, cuestión de comenzar de nuevo.

Jamás pudo dar la policía con los ingeniosos autores de este cuento.



CUPIDO Y CACO


Otro _scrucho_ o _cuento_ lindo--digno del anteriores el que hubieron de
hacerle a don José Robillotti, honrado italiano, que a fuerza de labor
había conseguido acumular unos dos mil nacionales.

El amigo Robillotti, viudo, vivía en una casa de inquilinato, ubicada en
la calle de Reconquista, en compañía de Rosita, su hija.

La tal muchacha, con sus 14 años, su carita rosada y sus piernas gruesas
y bien torneadas, era algo apetitoso y tentador y hacía la desesperación
de los dandys del barrio, que no perdían ocasión de verla pasearse en la
vereda con sus coquetos vestiditos rosa, sus delantales negros
guarnecidos de trencilla punzó con pliegues de pestaña, haciendo cantar
sus zuequitos escotados, y moviendo al son de esa música su cuerpo
flexible y airoso.

Y, ¡luego los vestiditos que usaba!... Si eran lo más traidores: jamás
cubrían las hermosas piernas tentadoras, calzadas, por lo general, con
medias punzó.

Esas piernas eran, para los adoradores de Rosita, como la miel para las
moscas.

Y ella lo sabía la muy mimada, y sin embargo se hacía la inocente, y las
declaraciones más ardientes, los piropos más expresivos y más
achicharradores, apenas le arrancaban como contestación un:

--¡Puerco!... ¡Cochino!... ¡Qué más se quisiera!... ¿Quiere ver que
llamo a _me tatas_?

Frases con las que dejaba helados a sus novios, que se contentaban con
mirarla desde la esquina, blanqueando los ojos, retorciéndose el bigote,
si lo tenían o pellizcándose el punto donde debieran tenerlo, y
entregándose a toda suerte de ejercicios gimnásticos con sus respectivos
bastones, cosa que creían la más sublime expresión del chic y la más
elocuente prueba de su experiencia en asuntos amorosos.

¡Pero Rosita era insensible a estas demostraciones equilibristas!

Un buen día dejó de salir a la vereda, y en el barrio se corrió la voz
de que la visitaba un mozo, empleado de la Municipalidad. Como no volvió
a aparecer en la calle, sus adoradores, fastidiados, fueron a ser
satélites de otras constelaciones.

Desde entonces se vio a Robillotti acompañado de un joven al parecer
criollo, llevando con cierta elegancia un trajecito de saco, de esos que
son una falsificación de _última moda_,--hechos con toda conciencia por
un sastre baratillero--y que era de su misma opinión en todos los
asuntos que trataban.

Evidentemente, era un yerno futuro: sólo éstos son capaces de pensar en
todo igual a otro hombre; es privilegio de los que están por ser suegros
encontrar quien no los contradiga en nada.

Una tarde venía por bajo los sauces de Palermo el sargento Gómez, cuando
de repente se topó con un ladrón, conocido por el apodo de Silvita que,
acompañando a un individuo que respiraba honradez por todos sus poros,
se ocupaba en contar los árboles del bosque.

Sospechando que fuera una víctima futura del acompañante, le interrogó
sobre lo que andaba haciendo, y le encontró muy reservado y poco
dispuesto a hablar de sus intenciones y miras.

Silvita, colorado hasta las orejas, se entretenía en mascar unas hojitas
de sauce.

El sargento se llevó los dos ciudadanos a la comisaría y allí se
descubrió el pastel.

El paseante del bosque--que no era otro que Robillotti--cuando supo qué
clase de pájaro era su acompañante, cantó de plano.

Dijo que este era el novio de su hija, y que hacía seis días que la
había pedido en matrimonio, declarándole que no podía casarse hasta no
realizar un negocio que tenía entre manos.

Interrogado por él sobre la naturaleza de este negocio, le había dicho:

--Yo soy empleado municipal, y puedo sacar con facilidad el corte de
todo el sauzal de Palermo. Pagan veinte centavos por cada árbol y dejan
éste a beneficio del contratista; pero hay que dar una garantía de dos
mil nacionales y yo no los tengo.

--Pero los tengo yo... y es lo mismo, dijo Robillotti, que, habiendo
sido carbonero, conocía el precio de la leña, y como buen genovés,
calculó en un segundo que la fortuna llamaba a su puerta.

--¿Cuántos son los árboles?

--Amigo Robillotti, va a ser un sacrificio...

--¡Bueno!... no hablemos más de eso. ¿Cuántos son los árboles?

--No lo sé.

--Mañana los contaremos... ¡ofrezca no más la garantía!

Y Robillotti andaba ya por largar la mosca[91], cuando para felicidad de
su bolsillo, lo encontró el agente policial.

_Silvita_ halló cierta toda la relación del que hubo de ser su suegro y
se contentó con decirle cínicamente:

--¡Qué mi suegro este!... ¡Hubiese querido verle la cara cuando los
_chafes_ (vigilantes) lo hubieran agarrado cortando sauces!

Robillotti no paró hasta su casa.

Allí instruyó a Rosita sobre el fracaso de su casorio, y ésta, pasada la
primera impresión, volvió de nuevo a la vereda a lucir sus piernas
torneadas y a hacer _cantar_ a sus zuecos el aire con que acompañaba los
movimientos graciosos de su cuerpo flexible.



EL PRIMER CLIENTE


Acababa de recibir su título de abogado y de instalar su estudio con
toda coquetería.

Eran dos pequeñas piezas situadas en una casa de altos de la calle de
Bolívar, puestas con la magnificencia que sus escasos recursos le habían
permitido y que consideraba regias, dado el esfuerzo que le había
costado alhajarlas.

¡Era en ellas un rey!

¡Qué pequeños y miserables conceptuaba, comparados con él, al estudiante
de primer año que debía servirle de amanuense y que era un
comprovinciano suyo y al gallego Manuel que le servía de mandadero!

Ambos no le llamaban sino _el doctor_, como obligaban las tablillas que
tenía a la puerta, y le halagaba que no le olvidaran el título ni aun en
la más insignificante emergencia de la vida.

Esa frase que se había ganado y que le distinguía de los demás mortales,
le sonaba en el oído de una manera especial: la encontraba dulce,
acariciadora, melodiosa.

Tres días hacía que a las doce en punto llegaba a su oficina vestido
todo de negro, con levita y galera, llevando en la mano un rollo de
papel, y que veía al amanuense y a Manuel, que dejaban los dibujos y
letras góticas que se ocupaban en borronear y le saludaban, volviendo a
su tarea luego que él se instalaba en su escritorio con toda
prosopopeya.

Ya esta escena se le iba haciendo familiar, cuando al cuarto día entra
al estudio y en vez de hallar sus súbditos haciendo ensayos
caligráficos, los encuentra nada menos que parados al lado de la puerta
como jugando a quien le abordaba primero.

Algo extraordinario le ocurrió que acontecía, e interrogó al amanuense
que con una presteza suma le contestó:

--Ha venido, doctor, un señor de edad, acompañado de una niña. Dijo que
quería confiarle un asunto. Yo le dije que volviese a las doce y media.

El amor propio le impidió abrazar al amanuense.

¡Un cliente!

¡Ya le parecía que la fortuna estaba en su mano!

Comenzó a pasearse inquieto, en el escritorio, hasta que oyó la voz de
Manuel que decía: "Ahí están", con un tono tal, que traducía a las
claras su alegría por haber aventajado al amanuense en una información
para el doctor, que era el Dios de ambos.

No tardó en hallarse en su presencia un señor alto, de maneras
distinguidas, vestido de negro, con el cabello blanco, cortado en forma
de melena.

Acompañábalo una niña de quince o dieciséis años, espléndidamente bonita
y vestida con una sencillez y una elegancia admirables.

Para más señas, tenía un hoyito en la barba que se llevaba los ojos de
uno, como si no tuvieran dueño. Mientras duró la conferencia con el
padre, no le quitaba la vista de encima, y ella bajaba la suya, se
ruborizaba, y para disimular su turbación, jugaba con el abanico con un
aire infantil que enloquecía.

Quedaron con el padre en que al día siguiente le llevaría los
antecedentes de la cuestión que quería entablar, que era intrincadísima.

Le prometió, sin embargo, que la ganaría con costas y aun que haría
encarcelar a la parte contraria.

¡Con qué ansia esperó el día próximo!

¡Imagínenlo los que puedan, no olvidando que se trataba de su primer
cliente, y de una muchacha de quince años, que tenía unos ojos más
alegres que un informe in vote 36 de cualquier abogadillo ramplón[92]!

Esa noche soñó con una porción de cosas bellas, y todas ellas tenían
algo que ver con la hija del cliente de la melena.

Llegó, por fin el día y con él la hora de oficina.

Se hallaba en su escritorio, y sin embargo le parecía que no era cierto;
le faltaba el aplomo; el corazón le latía.

Paró un carruaje de repente: se puso de pie como movido por un resorte.

¡Ahí estaban, ella y él!

Cuando vio que no entraba sino ella, casi se cayó la emoción le
paralizaba la lengua.

--Señor doctor, habiéndose enfermado mi padre...

--Señorita..., señori... ta, crea que...

--...no puede concurrir y me...

--¡Valiente!... Tanta incomodidad... ¡Tome usted asiento!

--...¡envía con estos papeles para que usted los revise!

Le tomó los papeles, y cuando sus dedos rosados tocaron los suyos,
sintió un cosquilleo en el corazón, en la espalda y en las piernas, que,
francamente, le hizo pasar un mal rato.

Ella, ruborosa, le miraba con sus ojos brillantes e incomparables.

Revisó los papeles a la ligera y se convenció de que no le daban luz
alguna en la cuestión.

Lo manifestó así a la portadora, y con este motivo entró en una
agradable conversación, que degeneró en charla bullanguera.

Cuando se despidieron eran lo más amigos, y ella prometió volver al día
siguiente a traerle nuevas luces, cosa de que él no dudaba, mirando sus
hermosos ojos pardos, dulces y tiernos.

Las visitas, para darle datos, se repitieron unos seis u ocho días.
Durante ellos, no se ocupó de clientes ni de nada: no tenía más
preocupación que Angelina, y ella, según se lo había manifestado, en
momentos en que la ternura llevaba a tocarse sus cabezas, no tenía
tampoco más preocupación que _el doctor_.

Una tarde en que el idilio alcanzó proporciones alarmantes, y en que su
boca sedienta de besos, pedía y pedía sin cesar pruebas del amor que
reflejaban los ojos de la hija del cliente respetable, ésta le prometió
la gloria: a las doce de la noche le esperaría en la sala de su casa en
la calle de las Artes[93], cuyo zaguán sería dejado entreabierto para
darle paso.

Esta sentencia definitiva que se prometía a sus súplicas, le entreabría
el cielo.

Toda esa tarde se creyó un Tenorio.

Con el último campanazo de las doce, dado por el reloj de San Nicolás,
penetraba él sigilosamente a la casa de su amada, y se arrojaba en sus
brazos.

Un mundo de besos fue el saludo: era mudo, pero expresivo.

Luego se encaminaron a tientas a una butaca, pero no se habían sentado
aún, cuando en una de las puertas interiores apareció el respetable
cliente con una vela en la mano y seguido de dos testigos.

La inocente muchacha aprovechó la confusión para hacerse humo.

Él estaba alelado.

--Ha pretendido usted corromper a una menor... ¡los señores son
testigos! Voy a labrar un acta y...

--¡Es inútil, señor! ¡Yo voy a retirarme!

--¿Sí?..., ¡está bien! ¡Sin embargo, sepa usted que si para dentro de
tres días no me entrega dos mil nacionales, me presento a los tribunales
y le armo una cuestión que le dé por resultado perder su título cuando
menos!

Y se retiró alicaído y cabizbajo, mortificado por su amor propio, ajado
y deprimido, y dejando en poder de su cliente un documento firmado en
que constaban prolijamente las circunstancias y pormenores de su
desventura.

Reflexionó con calma, y vio que lo mejor era echar tierra al asunto y
pagar sin decir una palabra.

¡Y pagó su chapetonada[94]!

Testigos fueron las letras del Banco de la Provincia, que conservó mucho
tiempo como recuerdo de su primer cliente, que era nada menos que el
ladrón más sagaz y más fino que ha producido Buenos Aires.

Su nombre es conocido: El Cuervito.



AL REVUELO


Los lunfardos que _cuentan el cuento_, dan a cada uno de sus robos un
nombre distinto y apropiado a los medios que usan para efectuarlo.

Cuando estafan, valiéndose de los sentimientos religiosos, dicen que han
hecho "un católico", y si han empleado el recurso de los papeles
inservibles, o sea _el balurdo_, _han hecho_ un _toco_ o _un vento_,
_mischo_.

También tienen otro golpe lucrativo, que es el _cambiazo_, o sea el
engaño, la mistificación, otra prueba del ingenio de estos perdularios
que si dedicaran su inventiva y sus facultades a cosas útiles,
producirían verdaderas maravillas.

Un señor, vestido con cierta elegancia, comienza a llegar a hora
determinada a un almacén, cuyo propietario encierra en el fondo de su
alma un inmoderado deseo de lucro, que tal vez ha pasado desapercibido
para el vulgo, pero que el olfato finísimo de los estafadores ha
descubierto.

Compra, por ejemplo, un paquete de cigarrillos y una caja de fósforos,
diariamente y a la misma hora: el almacenero nota la singularidad y
designa a su cliente con el mote de "el de los cigarrillos", llegando un
momento en que ya el cliente no tiene ni necesidad de solicitar su
consumo.

Cuando ya ha sido notado, pregunta un día si hay buen Oporto o buen
Coñac, y toma una copita de pie, al lado del mostrador, con aires de
hombre cuya dignidad se sentiría deprimida penetrando al despacho de
bebidas donde pulula el vulgo de los bebedores.

Este pequeño consumo a hora fija, establece una especie de intimidad
entre el almacenero y su cliente, que, como es locuaz y comunicativo, le
hace saber que es un funcionario de categoría elevada, más o menos en
los ramos en que el almacenero pueda tener algún día necesidad de un
buen padrino, o si no hombre de influencia en el círculo político
dominante o con el comisario de la sección o con la comisión de higiene
de la parroquia.

Iniciada la amistad, y luego intimada merced a la regularidad del
consumo de la copita y el buen pago diario, con propina de los dos o
tres centavos sobrantes y sin aceptar el fiado ofrecido, un buen día el
hombre se saca un anillo con un gran solitario, o un rico reloj de oro,
con cadena maciza y vistosa, y dice al almacenero:

--¡Vea!... ¡Hágame el favor de hacerme tasar esta prenda con algún
joyero de su confianza, algún amigo de conciencia!... ¡Tengo necesidad
de saber exactamente su precio!

El almacenero acepta complacido la comisión, y al otro día le informa
que la alhaja es riquísima y que puede valer como mínimum seiscientos
pesos.

--¡Bueno, amigo!... ¡Me alegro!... ¡Estoy salvado!... Figúrese que
necesito trescientos pesos por cuatro o cinco días para un compromiso, y
un usurero a quien le llevé la prenda me dijo que ésta no era buena y
que por ello, si me daba los pesos por cinco días, me cobraría cincuenta
de interés.

--¡Qué bárbaro!--dice el almacenero, escandalizado, pero brillándole los
ojos.

--Voy a buscar otro más humano, ¿no le parece?

--¡Claro!

--¡Le dejo la prenda y le pago treinta pesos cuanto más!

--¡Es natural!... ¡Vea, si no se ofende..., ocúpeme con confianza!...
¿Qué diablos, para qué son los amigos?

Y cierran el trato.

A los dos días se presenta el cliente con un amigo que va a comprar la
prenda en setecientos pesos y quiere verla.

El almacenero la trae, la ven, la revisan, y luego se la devuelven y se
retiran los amigos, después de un consumo moderado del "Oportito"
famoso, o del "Coñaquito, capaz de despertar a un muerto".

Y el cliente no vuelve a aparecer más por el almacén.

El almacenero, cansado de esperarlo, pone avisos en los diarios,
llamándolo, si es muy amigo de formas legales, pero constatando con
dolor, recién, que ignora, no solamente el domicilio del cliente, sino
también su nombre y apellido.

La duda le asalta y va a ver al joyero que le tasó la prenda, y éste le
declara rudamente que no es la misma que le llevó la primera vez sino
una imitación.

Y aquí son los improperios, las maldiciones, el lamento con todas las
personas que entran al negocio, pero nada le vale: el _cambiazo_ se
efectuó delante de sus ojos y no supo verlo, y los trescientos pesos
volaron del cajón como por arte de encantamiento.



XV

LOS MISTERIOS DE BUENOS AIRES


Mi permanencia en el delicado servicio que tenía a su cargo el sargento
Gómez, fue la mejor escuela de la vida a cuyas aulas yo pudiera
concurrir, y en ella aprendí a conocer este Buenos Aires bello y
monstruoso, esta reunión informe de vicios y de virtudes, de grandezas y
de miserias.

Yo penetré el movimiento de los hombres en sus calles estrechas, las
pasiones que encierran los palacios y los conventillos, los intereses
que se juegan diariamente desde la Bolsa a los mercados, y, nacido en
las más humildes esferas, ascendí peldaño a peldaño la larga escala
social, tendida entre el humilde vigilante, que, parado en una esquina,
expuesto a las inclemencias del tiempo, ignora todo lo que no se
relacione con el pequeño radio puesto a su cuidado, y apenas sospecha
los sucesos de más volumen que ocurren fuera de su parada y la vida
turbulenta y accidentada de los hombres de mundo.

Todo lo que vi y aprendí en mi larga y penosa ascensión, todo desfilará
en las páginas de estas Memorias, y si no en este volumen, en otro que
le seguirá reflejaré con toda la precisión que me sea dado, las cosas y
los hombres que encontré en el andar de mi vida y los sucesos
extraordinarios en que más de una vez tuve que actuar.



XVI

EL HOMBRE PROVIDENCIAL


Un suceso criminal que después relataré y que forma uno de los capítulos
más importantes de mi vida, me proporcionó ocasión de distinguirme, y
fui ascendido a sargento y nombrado en reemplazo del viejo Gómez, que
fue jubilado.

La noche del día en que recibí mi nombramiento, me retiraba a mi modesto
cuarto de conventillo--pues tiempo hacía que había dejado el que por
meses ocupara en casa del comisario--e iba con el corazón lleno de
ilusiones, y cantándome en el alma un coro de alegría, cuando de
repente, al volver la esquina de Piedad 88 y Suipacha, me topé de manos
a boca con un hombre que pretendió ocultarse en el hueco de una puerta.

Era un individuo correctamente vestido de negro, de levita perfectamente
abrochada y sombrero de copa, y llevaba bajo el brazo un bastón, cuya
contera reluciente brillaba con los primeros rayos de luna que comenzaba
a alzarse sobre el atrio de San Miguel.

En el suelo y ante él, estaba un pequeño paquete y al lado el cajón de
la basura, perteneciente a la casa en cuyo umbral se había detenido.

Cuando se irguió, le conocí, a pesar de hacer seis meses que no le veía:
era el concurrente a las antesalas del Ministerio del Interior, el
visitante del mayordomo, don Tomás Regnier, aquel hombre cuya miseria
tanto me había llamado la atención en mis horas de guardia, frente a la
puerta de la sala de espera y cuya silueta he presentado al comenzar
estas Memorias.

--¡Hola amigo!, ¿qué hace?

--¡Qué quiere que haga, señor vigilante! Disputaba a aquel atorrante--y
alzando el brazo me mostró un perro de esos callejeros, flaco y sucio,
que parado sobre tres de sus cuatro patas por tener una enferma, nos
miraba desde el atrio--¡esos restos de pescado y de puchero que he
envuelto en ese diario!

--¿Para qué?

--¡La pregunta!... ¡Para cenar!... ¡La vida hay que hacerla a pesar de
todo, señor vigilante!

--Dígame, ¿no es usted aquel hombre que concurría todas las tardes al
Ministerio del Interior, y que se iba a curar en la Convalecencia?

--¡El mismo, sí, el mismo!... ¿Y Vd. quien es?

--¿No se acuerda de mí?... Aquel agente que le dio cinco pesos para que
fuera...

--¡Oh! ¡Oh!... ¡Sí! ¡Sí!... ¡Oh! ¡Me acuerdo bien, sí!... ¡Después no lo
he visto más!... ¡Y eso que voy al Ministerio como siempre!...

--¿Y se curó?

--¡Muy bien, gracias, muy bien!... Hoy ya estoy sano de los vahidos
(perfectamente sano), pero la posición ¿sabe usted?... ¡la posición
social..., eso sigue mal, muy mal!... ¡La suerte es caballa!

Me dio lástima aquel pobre ser enclenque y miserable, que disputaba a
los perros callejeros su alimento y, diciéndole que me siguiera, lo
conduje hasta "La Croce di Malta", en la calle cortada del Mercado del
Plata, donde a todas horas de la noche se encontraba un pan, una botella
de vino y un plato de _busecca_.

Allí, en una mesa, cerca de otra, donde un grupo de trasnochadores hacía
su colación alegremente, nos sentamos los dos, y luego que él saludó con
complacencia y gran dignidad a los turbulentos vecinos, diciéndome,
mientras movía la cabeza y sonreía: "son los muchachos de los diarios,
¿sabe?, los noticieros de la Patria Argentina[95], La Nación, La Prensa,
que vienen a conspirar contra los directores porque no les aumentan el
sueldo", nos pusimos a comer.

De esa noche data mi amistad con el hombre extraordinario, cuyas
aventuras forman por sí solas el volumen más curioso de la vida porteña
que pueda imaginarse, y data también mi engrandecimiento moral, pues, si
bien yo le proporcioné los medios de regenerarse físicamente, él, en
cambio, me dio alas, me arrebató consigo y me puso en aptitud no sólo de
hacer con brillo mi camino, sino también de escribir estas Memorias,
cuya primera parte termina por haber llegado el momento en que el vago
de las cuchillas, el humilde soldado del 6º, alcanzando al puesto de
sargento en la policía de Buenos Aires, pudo ensanchar la esfera de su
acción y dejar a la espalda los días oscuros en que el anónimo mataba
todas sus iniciativas e invalidaba sus penosos esfuerzos!



NOTAS:


[1] Yunta, no tener. No tener igual.

[2] Molle: arbolito del Chaco que da una madera muy fina.

[3] Arbol de Entre Ríos, Tucumán, Salta y Jujuy, de follaje permanente y
muy frondoso y ramas espinosas. Su madera es dura y da una tintura rojo
oscura.

[4] De color blanco amarillento. Se aplica más comunmente para designar
un color de pelaje de los caballos.

[5] Cuero utilizado como recipiente.

[6] Picar: aguijonear los bueyes que tiran de las carretas.

[7] Leva: recluta o enganche de gente para el servicio de un Estado.
Decíase comunmente de la reunión de ociosos y vagos, que solía hacerse
por la justicia para destinarlos al servicio de mar o tierra.

[8] Pergeñada: arreglada, dispuesta.

[9] Maceta: se dice del caballo que tiene nudos en las rodillas y
cuartillas debido generalmente a su mucha edad o excesivo servicio.

[10] Se dice de la caballería que mosque, o sea que mueve constantemente
la cola y aún las orejas para espantar los insectos que le molestan o
por mala costumbre.

[11] Sabandija: cualquier reptil o insecto, especialmente los asquerosos
o molestos.

[12] Pilchas: prendas del recado o cualquier prenda de uso.

[13] Mancarrón: Caballo viejo, muy estropeado o casi inservible por su
vejez.

[14] Redomón: Se dice de potro en doma, que sólo un jinete muy bueno
puede montar.

[15] Tusado: con las crines recortadas.

[16] Corto: fig. Tímido.

[17] Quinchada: Dispuesta en forma de tejido o trama. Se emplea en las
paredes o techos de los ranchos y en los de los carros y carretas. Sirve
para afianzar las construcciones.

[18] Tía: mujer casada o entrada en edad. Es de tratamiento de respeto.

[19] Matrera: arisca, chúcara, cimarrona, en general se aplica a la
hacienda.

[20] Mata, andar a saltos de: Huir, andar temeroso.

[21] Culero: Cuero que el peón aplica exteriormente sobre la cintura y
los muslos para evitar el roce del lazo sobre las bombachas en los
trabajos de campo, cuando los hace de a pie. También se llama culero al
tirador.

[22] Bolivianos: Moneda de plata de baja ley, acuñada en Bolivia. Las
monedas se usaban como botones para cerrar los tiradores.

[23] Bastonero: persona que designa el lugar que han de ocupar las
parejas y el orden en que han de bailar.

[24] Prima: primera cuerda de la guitarra, la de tono más agudo.

[25] Segunda: cuerda de la guitarra.

[26] Dormírsele a algo: quedarse con algo, no soltarlo; se aplica en
especial a comidas y bebidas.

[27] Cuchufleta: Broma.

[28] Barato, pedir un: ofrecerse para una lucha o juego.

[29] Hueya: grafía de acuerdo con la dicción habitual; lo correcto es
_huella_.

[30] Limpio: descampado, espacio libre.

[31] Pepeleta: nombre que suele darse vulgarmente a la libreta de
enrolamiento en la campaña del Litoral y del Noroeste.

[32] Los Corrales: mataderos que desde 1877 estaban instalados en el
actual Parque Patricios, en terrenos comprendidos entre las calles
Caseros, Rioja (hoy su continuación Monteagudo) y Arena (hoy Av.
Almafuerte). Allí se desarrolló una de las batallas de la revolución de
1880.

[33] Como a chorlos: fácilmente, sin ninguna dificultad.

[34] Kepí: la academia establece quepís para el nombre de la gorra
ligeramente cónica y de vicera horizontal.

[35] Chasca: se llama así el pelo de la cabeza cuando está enredado.

[36] Pelar: sacar.

[37] Patrio: caballo que pertenece al Estado.

[38] Se refiere a las luchas que sucitó la separación de Buenos Aires
del resto de la Confederación y que sólo terminó con la Federalización
de la ciudad de Buenos Aires. La Plaza de la Victoria, o Plaza Victoria,
fue el nombre con que se conoció tradicionalmente a la actual Plaza de
Mayo, que hasta 1883 estuvo dividida por la Recova Vieja en dos: la
Plaza 25 de Mayo, frente a la Casa Rosada, y La Victoria, nombre que
data de 1808 y que le fue impuesto en conmemoración de la victoria del
12 de agosto de 1884, demolida La Recova, las dos plazas quedaron unidas
bajo la denominación actual.

[39] Marcos Paz: hacendado (1844-1904). Al federalizarse Buenos Aires en
1880, ocupó la jefatura de policía; más tarde fue diputado nacional y
miembro del directorio del Banco de la Nación.

[40] Departamento viejo: alusión al Departamento de Policía, situado, en
esa época, en la calle Bolívar, entre el Cabildo y la casa llamada
«Altos de Riglos». Era un edificio chato y sencillo, con techo de tejas.
También estaba allí la cárcel de encausados. Cuando se abrió la Av. de
Mayo fue demolido junto con una parte del Cabildo, pero en ese entonces
el edificio ya no estaba ocupado por el Departamento de Policía, sino
por la Municipalidad de Buenos Aires.

[41] La Avenida de Mayo: fue abierta en 1889; en ella se empleó por
primera vez en la ciudad el afirmado de madera; hasta entonces sólo se
conocía el de adoquines.

[42] El General Paunero: Wenceslao Paunero (1805-1871). Tuvo una
destacada función en la guerra con Paraguay, además de innumerables
campañas contra los indios y las montoneras; ascendió a general en la
Batalla de Pavón. Fue candidato a vicepresidente de la República en
1868.

[43] Las Manzanas: paraje próximo a la Villa Gutiérrez, departamento de
Ischillín, provincia de Córdoba.

[44] General Conrado Villegas: (1840-1884). Actuó en la Guerra del
Paraguay; tomó parte en la campaña contra Mitre en 1874; luchó con los
indios en 1877; acompañó a Roca en la campaña del Desierto y fundó
Choele-Choel; actuó en la represión de la Revolución del 80.

[45] Namuncurá: Manuel Namuncurá, casique voroga, nacido en Chile y
llegado a la Argentina en 1834. Se mantuvo en lucha constante contra la
llamada civilización e intervino en las Luchas Intestinas del país
poniendo sus lanzas al servicio de diversos contendientes. Era un hombre
de gran valor y fuerza y hábil para mantener su caciscazgo. Fue el
último jefe indio que se rindió en la Conquista del Desierto que realizó
Roca. Se lo nombró «Coronel de la Nación». Uno de sus hijos se hizo
sacerdote católico y otro fue militar del Ejército Argentino.

[46] Eunuco: hombre castrado.

[47] Se hará a la cancha: se acostumbrará. La frase está tomada del
vocabulario familiar de las carreras cuadreras.

[48] Mayoría: oficina del Sargento Mayor.

[49] Vistas: proyección de imágenes cinematográficas.

[50] La Recoba: grafía arcaica, la correcta es Recova. La Recova
primitiva fue un edificio construido en tiempos del Virrey del Pino
(1803); ocupaba el centro de la actual Plaza de Mayo; constaba de un
arco central y veinticuatro arcadas, doce a cada lado. Durante la época
de Rosas (1835) el estado la sacó a remate, pero no se aceptó la oferta
que se hizo. Al año siguiente la compró Tomás Anchorena y durante la
Intendencia de Torcuato de Alvear (1883) fue expropiada y demolida.

[51] Paquete: elegante, que sigue la moda, bien vestido.

[52] Clases: individuos que forman los escalones intermedios entre los
oficiales y los soldados rasos.

[53] Tiple: la más aguda de las voces humanas.

[54] El Ministerio del Interior: Los ministerios del Gobierno Nacional
tenían su sede en la Casa Rosada.

[55] Navarro: partido de la provincia de Buenos Aires, tiene una
superficie de 1.625 km2; limita con los partidos de Mercedes, General
Las Heras, Lobos, Veinticinco de Mayo, Chivilcoy y Suipacha. Tuvo su
origen en un fortín de frontera en el último tercio del siglo XVIII.

[56] Valimiento: amparo, favor, protección, defensa.

[57] Pichuleador: conseguir afanosamente pequeñas ventajas en ventas o
negocios.

[58] La mosquita que le haré poner: amenaza con hacer público un
comentario que molestará.

[59] Fuste: fig. Nervio, sustancia o entidad. Importancia.

[60] Empeño: recomendación. Protector, padrino.

[61] Aceite para la máquina: eufemismo para referirse al soborno de los
empleados públicos por medio de dinero.

[62] Trote: fig. y fam. Apuro, trabajo, tarea pesada. Se usa con los
verbos dar y meter.

[63] Está faltando: al respeto, está diciendo inconveniencias.

[64] Judería; acción engañosa con que se obtienen procechos ilícitos.

[65] Fariseo: fig. Hombre hipócrita.

[66] Prosopopeya: afectación de gravedad y pompa.

[67] La Convalecencia: Hospital de la Convalecencia; se hallaba situado
en el solar que ocupa actualmente el Hospital Nacional Neurosiquiátrico
de Hombres.

[68] Asenderado: fig. Que ha recorrido muchos senderos.

[69] El Ministerio del interior: quizás se refiera a Bernardo de
Irigoyen (1822-1906), cuyo retrato coincide con la descripción, y que
entre los numerosos cargos públicos que ocupó, fue Ministro del Interior
durante una parte de la primera presidencia del general Roca
(1880-1886).

[70] Camandulero: que procede con subterfugios e hipocresías.

[71] Tercio: cada uno de los tres grupos en que se dividía el personal
de una comisaría, para cumplir un turno de ocho horas.

[72] Ñudo, al: Inútilmente.

[73] Raspa: ladrón, ratero.

[74] Departamento Central: Departamento Central de Policía.

[75] Gorra, vivir de: vivir a costa de otro, sin pagar nada.

[76] Leguleyo: el que trata de leyes no conociéndolas sino vulgar y
escasamente.

[77] Quebrarse: hacer quiebros al bailar o caminar, como los
compadritos.

[78] Renuncio: fig. Mentira o contradicción.

[79] Caramayolí: asalto.

[80] Biaba: asalto a mano armada.

[81] Dirse: forma de dicción inculta del verbo irse; aparece con más
frecuencia en el lenguaje rural que en el urbano.

[82] Champurriao: dicción inculta de champurreado. Mezclado (De
champurrear: mezclar un licor con otro y hablar mal un idioma
mezclándolo con otro; también chapurrear).

[83] Ad hoc: expresión latina que significa «para esto», «para el caso».

[84] Me sale con una pata de gallo: me dice un despropósito o tontería.

[85] Calle Buen Orden: actual Bernardo de Irigoyen.

[86] Mulita: fig. Flojo, timorato, miedoso.

[87] Clavar: engañar empleando malicia o fraude en los tratos y
contratos.

[88] Train: dicción inculta por «traen». Se trata de un fenómeno de
disimilación de dos vocales abiertas; es muy frecuente en el habla
inculta y rural.

[89] Reatado: atado apretadamente.

[90] La devaluación de la moneda papel con respecto a la moneda oro es
la base de esta estafa. Los 5.000 pesos oro valían 625.000 pesos papel.

[91] Mosca: dinero.

[92] Ramplón: tosco, vulgar, desaliñado.

[93] Calle de las Artes: actual Carlos Pellegrini.

[94] Chapetonada: inexperiencia o torpeza del que es nuevo en alguna
actividad.

[95] Patria Argentina: periódico político, noticioso, literario,
comercial; se publicó en Buenos Aires desde el 1º de enero de 1879 hasta
el 31 de octubre de 1885. Su director fue Alberto Gutiérrez y sus
redactores José María y Ricardo Gutiérrez. Sostenía la orientación del
Partido Nacionalista. En total publicó 2.370 números.





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