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Title: El préstamo de la difunta
Author: Blasco Ibáñez, Vicente, 1867-1928
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El préstamo de la difunta" ***

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EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA

(NOVELAS)

VICENTE BLASCO IBAÑEZ

36.000 EJEMPLARES

PROMETEO Germanías, 33. VALENCIA (Published in Spain)

ES PROPIEDAD.--Reservados todos los derechos de reproducción,
traducción y adaptación.

1921, by V. Blasco Ibáñez.



INDICE


El préstamo de la difunta.
El monstruo.
El rey de las praderas.
Noche servia.
Las plumas del caburé.
Las vírgenes locas.
La vieja del cinema.
El automóvil del general.
Un beso.
La loca de la casa.
La sublevación de Martínez.
El empleado del coche-cama.
Los cuatro hijos de Eva.
La cigarra y la hormiga.



EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA



I


Cuando los vecinos del pequeño valle enclavado entre dos estribaciones
de los Andes se enteraron de que Rosalindo Ovejero pensaba bajar á la
ciudad de Salta para asistir á la procesión del célebre Cristo llamado
«el Señor del Milagro», fueron muchos los que le buscaron para hacerle
encomiendas piadosas.

Años antes, cuando los negocios marchaban bien y era activo el comercio
entre Salta, las salitreras de Chile y el Sur de Bolivia, siempre había
arrieros ricos que por entusiasmo patriótico costeaban el viaje á todos
sus convecinos, bajando en masa del empinado valle para intervenir en
dicha fiesta religiosa. No iban solos. El escuadrón de hombres y mujeres
á caballo escoltaba á una mula brillantemente enjaezada llevando sobre
sus lomos una urna con la imagen del Niño Jesús, patrón del pueblecillo.

Abandonando por unos días la ermita que le servía de templo, figuraba
entre las imágenes que precedían al Señor del Milagro, esforzándose los
organizadores de la expedición para que venciese por sus ricos adornos á
los patrones de otros pueblos.

El viaje de ida á la ciudad sólo duraba dos días. Los devotos del valle
ansiaban llegar cuanto antes para hacer triunfar á su pequeño Jesús. En
cambio, el viaje de vuelta duraba hasta tres semanas, pues los devotos
expedicionarios, orgullosos de su éxito, se detenían en todos los
poblados del camino.

Organizaban bailes durante las horas de gran calor, que á veces se
prolongaban hasta media noche, consumiendo en ellos grandes cantidades
de _mate_ y toda clase de mezcolanzas alcohólicas. Los que poseían el
don de la improvisación poética cantaban, con acompañamiento de
guitarra, _décimas_, _endechas_ y _tristes_, mientras sus camaradas
bailaban la _zamacueca_ chilena, el _triunfo_, la _refalosa_, la
_mediacaña_ y el _gato_, con relaciones intercaladas.

Algunas veces, este viaje, en el que resultaban más largos los descansos
que las marchas, se veía perturbado por alguna pelea que hacía correr la
sangre; pero nadie se escandalizaba, pues no es verosímil que una gente
que va con armas y ha hecho viajes á través de los Andes pueda vivir en
común durante varias semanas, bailando y bebiendo con mujeres, sin que
los cuchillos se salgan solos de sus fundas.

Ahora ya no habían arrieros gananciosos que dedicasen unas cuantas
docenas de onzas de oro al viaje del Niño Jesús y de sus devotos. Los
más ricos se habían ido del pueblecillo; sólo quedaban arrieros pobres,
de los que aceptan un viaje á El Paposo en Chile ó á Tarija en Bolivia
por lo que quieren darles los comerciantes de Salta.

Rosalindo Ovejero era el único que deseaba seguir la tradición, bajando
á la ciudad para acompañar al Señor del Milagro en su solemne paseo por
las calles.

Desde que anunció su viaje, el rancho de adobes con techumbre sostenida
por grandes piedras, que había heredado de sus padres, empezó á recibir
visitas. Todos acompañaban su encargo con un billete de á peso.

Las mujeres le narraban, sin perdonar detalle, las grandes enfermedades
de que las había salvado la imagen milagrosa. Sus entrañas dolorosamente
quebrantadas por la maternidad se habían tranquilizado después de varios
emplastos de hierbas de la Cordillera y de la promesa de asistir á la
procesión del Cristo de Salta. Ellas no podían hacer el viaje, como en
otros años; pero Rosalindo iba á representarlas, pues el Señor del
Milagro es bondadoso y admite toda clase de sustituciones. Lo importante
era pagar un cirio para que ardiese en su procesión.

--Tomá, hijo, y cómpralo de los más grandes--le decían las mujeres al
entregarle el dinero--. Te pido este favor porque fuí muy amiga de tu
pobre mama.

Después iban llegando los varones: pobres arrieros, curtidos por los
vientos glaciales de la Cordillera que derriban á las mulas. Algunos,
durante las grandes nevadas, habían quedado aislados meses enteros en
una caverna--lo mismo que los náufragos que se refugian en una isla
desierta--, teniendo que esperar la vuelta del buen tiempo, mientras á
su lado morían los compañeros de hambre y de frío.

--Tomá, Rosalindo, para que me lleves un cirio detrás del Señor. El y yo
sabemos lo mucho que le debo.

Todos mostraban una fe inmensa en este Cristo que había llegado al país
poco después de los primeros conquistadores españoles, á través de las
soledades del Pacífico, en un cajón flotante, sin vela ni remo, el cual
fué á detenerse en un puerto del Perú. La imagen había escogido á Salta
como punto de residencia, y desde entonces llevaba realizados miles y
miles de milagros. Pero las gentes sencillas de la Cordillera no
aceptaban que esta divinidad omnipotente traída por los blancos pudiese
vivir sola, y su imaginación había creado otras divinidades secundarias.
Respetaban mucho al Cristo de Salta, pero les inspiraba más miedo la
«Viuda del farolito», una bruja que se aparecía de noche con un farol en
una mano á los arrieros perdidos en los caminos. El que la encontraba
debía hacer inmediatamente sus preparativos para irse al otro mundo,
pues seguramente ocurriría su muerte antes de que se cumpliese un año.

Rosalindo Ovejero contó los encargos antes de salir de su casa. Eran
catorce cirios los que debía llevar en la procesión, y él sólo se creía
capaz de sostener ocho, cuatro en cada mano, metidos entre los dedos.
Luego pensó que siempre encontraría en los despachos de bebidas de Salta
algún «amigazo» de buena voluntad que quisiera encargarse de los
restantes, y emprendió el camino montado en un jaco que por el momento
era toda su fortuna.

Para representar dignamente á los convecinos pidió prestadas unas
grandes espuelas que, según tradición, habían pertenecido á cierto
gaucho salteño de los que á las órdenes de Güemes combatieron contra los
españoles por la independencia del país. Se puso el menos viejo de sus
ponchos, de color de mostaza, y un sombrero enorme, por debajo de cuyos
bordes se escapaba una melena lacia é intensamente negra, uniéndose á
sus barbas de Nazareno. La silla de montar tenía á ambos lados unas alas
fuertes de correa, llamadas «guardamontes», para librar las piernas del
jinete de los arañazos y golpes de los matorrales. De lejos, estas alas
hacían del pobre jaco una caricatura del caballo de las Musas.

Los dos orgullos del joven salteño eran su cabalgadura y su nombre. El
nombre lo debía á una mestiza sentimental que había estudiado para
maestra en la ciudad, llevando al pueblecito de los Andes el producto de
sus desordenadas lecturas. Quiso crear una generación con arreglo á sus
ideales poéticos, y á él le puso Rosalindo, á un hermano suyo que había
muerto lo bautizó Idílio, y á una hermana que estaba ahora en Bolivia
aconsejó que la llamasen Zobeida, como la esposa del sultán de _Las mil
y una noches_.

Rosalindo llegó á Salta el mismo día de la procesión. Era en Septiembre,
cuando empieza la primavera en el hemisferio austral, y las calles
estaban impregnadas del perfume de flores que exhalaban sus viejos
jardines. Volteaban las campanas en las torres de iglesias y conventos,
esbeltas construcciones de gran audacia en un país donde son frecuentes
los temblores del suelo. Un regimiento de artillería de montaña
acantonado en Salta por el gobierno de Buenos Aires iba á dar escolta al
Señor del Milagro. Los frailes de los diversos monasterios circulaban
por las calles, de aspecto colonial, y por la antigua Plaza de Armas,
rodeada de soportales lo mismo que una vieja plaza de España. Sobre
algunas puertas quedaba aún el escudo de piedra, revelador del orgullo
nobiliario de los que construyeron el caserón en la época que aún no
había nacido la República Argentina y el país era gobernado por los
representantes de la monarquía española.

Se presentó Ovejero puntualmente en la iglesia á la hora de la
procesión. Desfilaron primeramente las diversas imágenes de los pueblos
con su acompañamiento de devotos. Habían venido éstos de muchas leguas
de distancia, bajando las montañas como rosarios de hormigas
multicolores. Los hombres, al abandonar su caballo con alas de cuero y
lazo formando rollo á un lado de la silla, marchaban con una torpeza de
centauro, haciendo resonar á cada paso sus enormes espuelas. Con el
sombrero sostenido por ambas manos y la cabeza inclinada, precedían
humildemente á sus imágenes. Confundidos entre ellos pasaban sus
chicuelos envueltos en ponchos rayados de rojo y negro, y sus mujeres,
gordas y lustrosas mestizas, que parecían vestidas de máscaras á causa
de sus faldas de colores chillones, verde, rosa ó escarlata.

Las cofradías de la ciudad eran las que escoltaban al Cristo milagroso.
Las señoritas de Salta iban de dos en dos, siguiendo las banderas y
estandartes llevados por unos frailes ascéticos que parecían escapados
de un cuadro de Zurbarán. Todas estas jóvenes aprovechaban la fiesta
para estrenar sus trajes primaverales, blancos, rosa, de suave azul, ó
de color de fresa. Cubrían sus peinados con enormes sombreros de altivas
plumas; en una mano llevaban una vela rizada y sin encender, envuelta en
un pañuelo de encajes, y con la otra se recogían y ceñían al cuerpo la
falda, marcando al andar sus secretas amenidades.

Esta devoción primaveral no tenía un rostro compungido. Las señoritas
alzaban la cabeza para recibir los saludos de la gente de los balcones,
ó acogían con ligera sonrisa las ojeadas de los jóvenes agrupados en las
esquinas. La emoción religiosa sólo era visible en la muchedumbre
rústica que ocupaba las aceras, gentes de tez cobriza, ademanes humildes
y voces cantoras y dulzonas. Las mujeres iban cubiertas con un largo
manto negro, igual al de las chilenas; los hombres con un poncho
amarillento y ancho sombrero, duro y rígido como si fuese un casco.
Todos se conmovían, hasta llorar, viendo entre las nubes de incienso de
los sacerdotes y las bayonetas de los soldados al Cristo prodigioso
clavado en la cruz, sin más vestido que un hueco faldellín de
terciopelo.

Detrás de la imagen arcaica desfilaba lo más interesante de la
procesión: el ejército doliente de los que deseaban hacer pública su
gratitud al Señor del Milagro por los favores recibidos. Eran «chinitas»
de juvenil esbeltez y frescura jugosa, con una vela en la diestra y un
manto negro sobre la falda hueca de color vistoso y amplios volantes.
Por debajo de las rizadas enaguas aparecían sus pies desnudos, pues
habían hecho promesa al Cristo de seguirle descalzas durante la
procesión. Pasaban también ancianas apergaminadas y rugosas--como debía
ser la «Viuda del farolito»--, que lanzaban suspiros y lágrimas
contemplando el dorso del milagroso Señor. Y revueltos con las mujeres
desfilaban los gauchos de cabeza trágica, barbudos, melenudos, curtidos
por el sol y las nieves, con el poncho deshilachado y las botas rotas.
Muchas de estas botas parecían bostezar, mostrando por la boca abierta
de sus puntas los dedos de los pies, completamente libres.

Ni uno solo de estos jinetes de perfil aguileño, andrajosos, fieros y
corteses, dejaba de llevar con orgullo grandes espuelas. Antes morirían
de hambre que abandonar su dignidad de hombres á caballo.

Todos atendían á las pequeñas llamas que palpitaban sobre sus puños
cerrados, cuidando de que no se apagasen. Algunos llevaban hasta cuatro
velas encendidas entre los dedos de cada mano, cumpliendo así los
encargos de los devotos ausentes. Rosalindo figuraba entre ellos, y un
amigo que iba á su lado era portador de los seis cirios restantes. Los
dos, por ser jóvenes, procuraban marchar entre las devotas de mejor
aspecto.

Ovejero no había dudado un momento en cumplir fielmente los encargos
recibidos. Con la imagen milagrosa no valían trampas. Únicamente se
permitió comprar los cirios más pequeños que los deseaban sus
convecinos, reservándose la diferencia del precio para lo que vendría
después de la procesión.

Los entusiastas del Cristo que no habían podido comprar una vela
necesitaban hacer algo en honor de la imagen, y metían un hombro debajo
de sus andas para ayudar á los portadores. Pero eran tantos los que se
aglomeraban para este esfuerzo superfluo y tan desordenados sus
movimientos, que el Señor del Milagro se balanceaba, con peligro de
venirse al suelo, y la policía creía necesario intervenir, ahuyentando á
palos á los devotos excesivos.

Cuando terminó la procesión, Rosalindo apagó los catorce cirios,
calculando lo que podrían darle por los cabos. Luego, en compañía de su
amigo, se dedicó á correr las diferentes casas «de alegría» existentes
en la ciudad.

En todas ellas se bailaba la _zamacueca_, llamada en el país la
_chilenita_. Cerca de media noche, sudorosos de tanto bailar y de las
numerosas copas de aguardiente de caña--fabricado en los ingenios de
Tucumán--que llevaban bebidas, entraron en una casa de la misma especie,
donde al son de un arpa bailaban varias mujeres con unos jinetes de
estatura casi gigantesca. Eran gauchos venidos del Chaco conduciendo
rebaños; hombretones de perfil aguileño y maneras nobles, que recordaban
por su aspecto á los jinetes árabes de las leyendas.

El arpa iba desgranando sus sonidos cristalinos, semejantes á los de una
caja de música, y los gauchos saltaban acompañados por el retintín de
sus espuelas, persiguiendo á las mestizas de bata flotante que
balanceaban cadenciosamente el talle agitando en su diestra el pañuelo,
sin el cual es imposible bailar la _chilenita_.

Los punteados románticos del arpa tuvieron la virtud de crispar los
nervios de Rosalindo, agriándole la bebida que llevaba en el cuerpo. Su
amigo experimentó una sensación igual de desagrado, y los dos dieron
forma á su malestar, hasta convertirlo en un odio implacable contra los
gauchos del Chaco. ¿Qué venían á hacer en Salta, donde no habían
nacido?... ¿Por qué se atrevían á bailar con las mujeres del país?...

Los dos sabían bien que estas mujeres bailaban con todo el mundo, y que
las más de ellas no eran de la tierra. Pero su acometividad necesitaba
un pretexto, fuese el que fuese, y al poco rato, sin darse cuenta de
cómo empezó la cuestión, se vieron con el cuchillo en la mano frente á
los gauchos del Chaco, que también habían desnudado su facones.

Hubo un herido; chillaron las mujeres; el hombre del arpa salió
corriendo llevando á cuestas su instrumento, que gimió de dolor al
chocar con las rejas salientes de la calle; acudieron los vecinos, y
llegaron al fin los policías, que rondaban esta noche más que en el
resto del año, conociendo por experiencia los efectos de la aglomeración
en la fiesta del Señor del Milagro.

Rosalindo se vió con su amigo en las afueras de la ciudad, al perder la
excitación en que le habían puesto su cólera y la bebida.

--Creo que lo has matado, hermano--dijo el compañero.

Y como era hombre de experiencia en estos asuntos, le aconsejó que se
marchase á Chile si no quería pasar varios años alojado gratuitamente en
la penitenciaría de Salta.

Todas las mujeres de la «casa alegre», así como los gauchos, habían
visto perfectamente cómo daba Rosalindo la cuchillada al herido.
Además, su arma había quedado abandonada en el lugar de la pelea.

El camino para huir no era fácil. Tendría que atravesar la Quebrada del
Diablo, siguiendo después un sendero abrupto á través de los Andes,
hasta llegar al puerto del Pacífico llamado El Paposo. Muchos chilenos,
huyendo de la justicia de su país, hacían este viaje, y bien podía él
imitarlos por idéntico motivo, siguiendo la misma travesía, pero en
sentido inverso.

Rosalindo intentó ir á la mísera posada donde había dejado su caballo,
pero cuando estaba cerca de ella tuvo que retroceder, avisado por el
fiel camarada. La policía, más lista que ellos, estaba ya registrando
los objetos de la pertenencia de Ovejero, entreteniendo así su espera
hasta que se presentase el culpable.

--Hay que huir, hermano--volvió á aconsejar el amigo.

Juzgaba peligrosa, después de esto, la ruta más corta que conduce á la
provincia de Copiapó en la vecina República de Chile. Era camino muy
frecuentado por los arrieros, y la policía podía darle alcance. Ya que
no tenía montura, lo acertado era tomar el camino más duro y abundante
en peligros, pero que sólo frecuentan los de á pie. Como su ausencia iba
á ser larga y le era preciso ganarse el pan, resultaba preferible esta
ruta, pues al término de ella encontraría las famosas salitreras
chilenas, donde siempre hay falta de hombres para el trabajo, y á veces
se pagan jornales inauditos.

Rosalindo conocía de fama este camino, llamado del Despoblado. Detrás
del tal Despoblado se encontraba algo peor: la terrible Puna de Atacama,
un desierto de inmensa desolación, donde morían los hombres y las
bestias, unas veces de sed, otras de frío, y en algunas ocasiones caían
abrumadas por el viento.

Ovejero se guardó las espuelas en el cinto, renunciando á su dignidad
de jinete para convertirse en peatón.

--Si tienes suerte--continuó el camarada--, tal vez en veinte días ó en
un mes llegues al puerto de Cobija ó á las salitreras de Antofagasta.
Hay arrieros que han hecho el camino en ese tiempo.

Y con la ternura que inspira el amigo en pleno infortunio, le dió su
cuchillo y toda la pequeña moneda que pudo encontrar en los diferentes
escondrijos de su traje.

--Tomá, hermano; lo mismo harías tú por mi si yo me hubiese
«desgraciado». ¡Que el Señor del Milagro te acompañe!

Y Rosalindo Ovejero volvió la espalda á la ciudad de Salta, tomando el
camino del Despoblado.



II


Lo conocía sin haber pasado nunca por él, como conocía todos los caminos
y senderos de los Andes, donde hombres y cuadrúpedos son menos que
hormigas, trepando lentamente por las arrugas y las aristas de unas
montañas tan altas que impiden ver el cielo.

Su padre se había dedicado al arrieraje, y todos sus antecesores
vivieron del ejercicio de la misma profesión. Llevaban productos del
país á los puertos del Pacífico, para traer en sus viajes de vuelta
objetos de procedencia europea, pues Buenos Aires y los demás puertos
argentinos están muy lejos. En su casa, Rosalindo sólo había oído
hablar de peligrosos viajes á través de los Andes y de la altiplanicie
desolada de Atacama.

Después, en su adolescencia, fué de ayudante con algunos arrieros,
cuidando las mulas en los malos pasos para que no se despeñasen. En
estos viajes por las interminables soledades no temía á los hombres ni á
las bestias. Para el vagabundo predispuesto á convertirse en salteador,
tenía su cuchillo, y también para el puma, león de las altiplanicies
desiertas, no más grande que un mastín, pero que el hambre mantiene en
perpetua ferocidad, impulsándole á atacar al viajero. Lo único que le
infundía cierto pavor en esta naturaleza grandiosa y muda, á través de
la cual habían pasado y repasado sus ascendientes, eran los poderes
misteriosos y confusos que parecían moverse en la soledad.

Ovejero tenía un alma religiosa á su modo y propensa á las
supersticiones.

Creía en el Cristo de Salta, pero al lado de él seguía venerando á las
antiguas divinidades indígenas, como todos los montañeses del país. El
Señor del Milagro disponía indudablemente del poder que tienen los
hombres blancos, dominadores del mundo, pero no por esto la Pacha-Mama
dejaba de ser la reina de la Cordillera y de los valles inmediatos, como
muchos siglos antes de la llegada de los españoles.

La Pacha-Mama es una diosa benéfica que está en todas partes y lo sabe
todo, resultando inútil querer ocultarle palabras ni pensamientos.
Representa la madre tierra, y todo arriero que no es un desalmado, cada
vez que bebe, deja caer algunas gotas, para que la buena señora no sufra
sed. También cuando los hombres bien nacidos se entregan al placer de
mascar coca, empiezan siempre por abrir con el pie un agujero en el
suelo y entierran algunas hojas. La Pacha-Mama debe comer, para que el
hambre no la irrite, mostrándose vengativa con sus hijos.

Rosalindo sabía que la diosa no vive sola. Tiene un marido que es
poderoso, pero con menos autoridad que ella: un dios semejante á los
reyes consortes en los países donde la mujer puede heredar la corona.
Este espíritu omnipotente se llama el Tata-Coquena, y es poseedor de
todas las riquezas ocultas en las entrañas del globo.

Muchos naturales del país se habían encontrado con los dos dioses cuando
llevaban sus arrias por los desfiladeros de los Andes; pero siempre
ocurría tal encuentro en días de tempestad, como si los dioses sólo
pudieran dejarse ver á la luz de los relámpagos y acompañados por los
truenos que ruedan con un estallido interminable de montaña en montaña y
de valle en valle.

La Pacha-Mama y el Tata-Coquena eran arrieros. ¿Qué otra cosa podían
ser, poseyendo tantas riquezas?... Los que les veían no alcanzaban á
contar todas las recuas de llamas, enormes como elefantes, que marchaban
detrás de ellos. Las «petacas» ó maletas de que iban cargadas estas
bestias gigantescas estaban repletas de coca, precioso cargamento que
emocionaba más á los arrieros de la Cordillera que si fuese oro.

Los del país no conocían riqueza que pudiera compararse con estas hojas
secas y refrescantes, de las que se extrae la cocaína y que suprimen el
hambre y la sed.

El padre de Rosalindo se había encontrado algunas veces con la
Pacha-Mama en tardes de tempestad, describiendo á su hijo cómo eran la
diosa y su consorte, así como el lucido y majestuoso aspecto de sus
recuas. Pero siempre le ocurría este encuentro después de un largo alto
en el camino, en unión de otros arrieros, que había sido celebrado con
fraternales libaciones.

Al emprender su marcha por el Despoblado, pensó Rosalindo al mismo
tiempo en el Cristo de Salta y en la Pacha-Mama. Las dos sangres que
existían en él le daban cierto derecho á solicitar el amparo de ambas
divinidades. Entre sus antecesores había un tendero español de Salta, y
el resto de la familia guardaba los rasgos étnicos de los primitivos
indios calchaquies. Si le abandonaba uno de los dioses, el otro, por
rivalidad, le protegería.

Después de esto se lanzó valerosamente á través del Despoblado.

Los más horrendos paisajes de la Cordillera conocidos por él resultaban
lugares deliciosos comparados con esta altiplanicie. La tierra sólo
ofrecía una vegetación raquítica y espinosa al abrigo de las piedras. A
veces encontraba montones de escorias metálicas y ruinas de pueblecitos
y capillas, sin que ningún ser humano habitase en su proximidad. Eran
los restos de establecimientos mineros creados por los conquistadores
españoles cuando se extendieron por estos yermos en busca de metales
preciosos. Los indios calchaquies se habían sublevado en otro tiempo,
matando á los mineros, destruyendo sus pueblos y cegando los filones
auríferos, de tal modo, que era imposible volver á encontrarlos.

El paisaje se hacía cada vez más desolado y aterrador. Sobre esta
altiplanicie, donde caía la nieve en ciertos meses, sepultando á los
viajeros, no había ahora el menor rastro de humedad. Todo era seco,
árido y hostil. Las riquezas minerales daban á las montañas colores
inauditos. Había cumbres verdes, pero de un verde metálico; otras eran
rojas ó anaranjadas.

En ciertas oquedades existía una capa blanca y profunda, semejante al
sedimento de un lago cuyas aguas acabasen de solidificarse. Estos lagos
secos eran de borato. Caminó después días enteros sin encontrar ninguna
vegetación. Únicamente en las quebradas secas crecían ciertos cactos del
tamaño de un hombre, rectos como columnas espinosas. Estos cactos,
vistos de lejos, daban la impresión de filas de soldados que descendían
por las laderas en orden abierto.

Rosalindo, en las primeras jornadas, encontró las chozas de algunos
solitarios del Despoblado. Eran pastores de cabras--el rebaño del
pobre--que realizaban el milagro de poder subsistir, ellos y sus
animales, sobre una tierra estéril. Más adelante ya no encontró ninguna
vivienda humana. La soledad absoluta, el silencio de las tierras
muertas, la profundidad misteriosa de la carencia de toda vida, se
abrieron ante sus pasos para cerrarse inmediatamente, absorbiéndolo.

Para darse nuevos ánimos recordaba lo que había oído algunas veces sobre
los primeros hombres blancos que atravesaron este desierto. Eran
españoles con arcabuces y caballos, guerreros de pesadas armaduras que
no sabían adonde les llevaban sus pasos é ignoraban igualmente si la
horrible Puna de Atacama tendría fin. Su jefe se llamaba Almagro y había
abandonado á Pizarro en el Perú para atravesar esta soledad aterradora,
descubriendo al otro lado del desierto la tierra que luego se llamó
Chile.

«¡Qué hombres, pucha!», pensaba Rosalindo.

Y se consideraba con mayores fuerzas para continuar el viaje. Él á lo
menos sabía con certeza adonde se dirigía, y encontraba todos los
detalles topográficos del terreno de acuerdo con los informes que le
había proporcionado su camarada y los solitarios establecidos en los
linderos del desierto.

Ninguno de éstos, al darle hospitalidad en su vivienda, le hizo
preguntas indiscretas. Adivinaban que huía por haberse «desgraciado», y
como este infortunio le puede ocurrir á todo hombre que usa cuchillo, se
limitaron á darle explicaciones sobre el rumbo que debía seguir,
añadiendo algunos pedazos de carne de cabra seca, para que no muriese de
hambre en su audaz travesía.

Cuando hubo consumido todas sus vituallas, no por esto perdió el ánimo.
Mientras conservase una bolsa que llevaba pendiente de su cinturón, no
temía al hambre ni á la sed. En ella llevaba su provisión de coca,
alimento maravilloso para los indígenas, porque da la insensibilidad de
la parálisis y suspende el tormento de las necesidades, esparciendo á la
vez por todo el organismo un alegre vigor. Gracias á este
anestésico--considerado en el país como un manjar de origen
divino--podría vivir días y días, sin que el hambre ni la sed
dificultasen su viaje.

Buscaba al cerrar la noche el abrigo natural de las piedras ó de los
muros en ruinas que revelaban el emplazamiento de algún establecimiento
minero arrasado dos siglos antes. Sólo reanudaba su marcha con la luz
del sol, para ir guiándose por las señales que le habían indicado,
evitando el perderse en esta tierra monótona, sin árboles, sin casas,
sin ríos, que le pudiesen servir de punto de orientación.

Lo que más le preocupaba era la posibilidad de que se levantase de
pronto uno de los terribles vientos glaciales que barren la Puna.
Mientras la atmósfera se mantuviese tranquila no se consideraba en
peligro de muerte. El frío huracán, en esta altiplanicie donde es
imposible encontrar refugio, resultaba tan temible como la nieve que
sepulta.

La rarefacción de la atmósfera representaba igualmente una fatiga mortal
para los que cruzaban por primera vez las altiplanicies andinas. Pero
Ovejero, habituado á respirar en las grandes alturas, estaba libre del
llamado «mal de la Puna». Tenía el corazón sólido de los montañeses y su
pecho dilatado le permitía respirar sin angustia en unas tierras
situadas á más de tres mil metros sobre el Océano.

Una mañana adivinó que había llegado al punto más culminante y difícil
de su camino. Dos ó tres jornadas más allá empezaría su descenso hacia
el Pacífico.

«Debo estar cerca de la difunta Correa», pensó.

Conocía de fama á la «difunta Correa», como todos los hijos de la tierra
de Salta.

Era una pobre mujer que se había lanzado á través del desierto á pie y
con una criatura en los brazos. Su deseo era llegar á Chile en busca de
un hombre: tal vez su marido, tal vez un amante que la había abandonado.
Los vientos glaciales de la Puna la envolvieron en lo más alto de la
planicie, y ella y su criatura, refugiadas en una oquedad del suelo,
murieron de frío y de hambre. Meses después la descubrieron otros
viandantes en el mismo estado que si acabase de morir, pues los
cadáveres se mantienen en las secas alturas de la Puna en una
conservación absoluta que parece desafiar á la muerte.

La piedad de los vagabundos andinos abrió una fosa en el suelo estéril
para enterrar á esta mujer, apellidada Correa, y á su niño, colocando
sobre los cadáveres un montón de piedras como rústico monumento.

Se extendió por todo el país la fama de la «difunta Correa». Eran muchos
los que habían muerto en los senderos de la altiplanicie llamados
«travesías», pero ninguno de los vagabundos fallecidos podía inspirar el
mismo interés novelesco que esta mujer.

La tumba de la difunta Correa fué en adelante el lugar de orientación
para los que pasaban de Salta á Chile. Todo viandante se consideró
obligado á rezar una oración por la difunta y á dejar una limosna encima
de su sepulcro. Uno de los solitarios del Despoblado se instituyó á sí
mismo administrador póstumo de la difunta, y cada seis meses ó cada año
hacía el viaje hasta la tumba para incautarse de las limosnas,
dedicándolas al pago de misas.

Este asunto era llevado con una probidad supersticiosa. El dinero de las
limosnas permanecía meses y meses sobre la tumba, sin que los
viajeros--en su mayor parte hombres de tremenda historia--osasen tocar
la más pequeña parte del depósito sagrado. Muy al contrario, todos
procuraban dar aunque sólo fuesen unos centavos, por creer que una
limosna á la difunta Correa era el medio más seguro de terminar el viaje
felizmente.

Rosalindo encontró al fin la tumba. Era un montón de piedras adosado á
otras piedras que parecían la base de un muro desaparecido. Dos maderos
negros y resquebrajados por el viento formaban una cruz, y al pie de
ella había una vasija de hojalata, un antiguo bote de carne en conserva
venido de Chicago á la América austral para acabar sirviendo de cepillo
de limosnas sobre la sepultura de una mujer.

Ovejero examinó su interior. Una piedra gruesa depositada en el fondo
del bote servía para mantenerlo fijo sobre la tumba y que no lo
arrebatase el viento. Al levantar la piedra, su mirada encontró el
dinero de las limosnas: unos cuantos billetes de á peso y varias piezas
de níquel. Tal vez había transcurrido un año sin que el administrador de
la muerta viniese á recoger las limosnas.

El gaucho conocía su deber, y se apresuró á cumplirlo. Con el sombrero
en la mano, rezó todas las oraciones que guardaba en su memoria desde la
niñez. «¡Pobre difunta Correa!...» Luego buscó en su cinto, á través de
diversos objetos, el pañuelo anudado en cuyo interior guardaba toda su
moneda.

Sacó á luz lo que poseía. Únicamente le quedaban tres pesos con algunos
centavos. Durante los primeros días del viaje había tenido que pagar en
algunos altos del camino, pues los habitantes de las chozas no eran
simples pastores, como los del desierto, y se ayudaban para vivir dando
posada á los arrieros. Le quedaba muy poco para hacer una limosna
espléndida.

Pensó también con inquietud en lo que le esperaba al otro lado del
desierto, cuando ya no estuviera solo y al encontrarse entre los
primeros hombres renacieran otra vez las exigencias y los gastos de la
vida social. Necesitaba dinero para continuar su viaje por tierra
civilizada, para subsistir antes de que encontrase trabajo, y la
cantidad que poseía no era suficiente.

Empezaba á olvidarse, abismado en estos cálculos, de la difunta y de
todo lo que le rodeaba, cuando un personaje inesperado le hizo volver á
la realidad con su inquietante aparición.

No estaba solo en el desierto. Vió al otro lado de la fila de piedras en
forma de muro un perro enorme que gruñía, con la piel dorada cubierta de
manchas de rojo obscuro. Vió también, al hacer un movimiento este
animal, que tenía cabeza de gato, con bigotes hirsutos y unos ojos
verdes que esparcían reflejos dorados.

Rosalindo conocía á esta bestia y no le inspiraba miedo. Era un puma que
parecía dudar entre la audacia y el temor, entre la acometividad y la
fuga. El hombre lo espantó con un alarido feroz, enviándole al mismo
tiempo un peñascazo que le alcanzó en una pata. La fiera huyó en el
primer momento, pero se detuvo á corta distancia. Aquel terreno lo
consideraba como suyo. Sin duda permanecía junto á la tumba todo el año,
por ser este el lugar más frecuentado en la soledad del desierto,
resultándole fácil el nutrirse con los despojos de las caravanas ó el
sorprender á un hombre ó á una bestia de carga en momentos de descuido.

Al quedar lejos no quiso Rosalindo hostilizarle por segunda vez. Veía en
él á un guardián de la tumba. Hasta pensó supersticiosamente si este
felino de la altiplanicie, mezcla de león y de tigre, tendría algo del
alma de la difunta, pues en los cuentos del país había oído hablar
muchas veces de espíritus de personas que continúan su existencia dentro
de cuerpos de animales.

Dejó de ocuparse del puma para seguir mirando el bote de las limosnas.
Una idea digna de ser tenida en cuenta acababa de surgir en su
pensamiento en el mismo instante que le distrajo la presencia de la
fiera.

Él estaba vivo y tenía poco dinero; en cambio la difunta Correa estaba
muerta hacía años y no necesitaba comer ni le era forzoso ir á Chile
como él. Aquellas limosnas iban á quedar meses y meses debajo del
pedrusco, hasta que se le ocurriese venir al encargado de recogerlas.
¿No podían hacer un negocio honrado la difunta y él?...

Rosalindo no quiso aceptar ni por un instante la idea de apoderarse de
este dinero. Por ser de una muerta tenía un carácter sagrado, y además
representaba cierta cantidad de misas para la salvación eterna de la
madre y su criatura. Pero era posible una operación de crédito entre los
dos, que no resultaba completamente nueva.

Sabía por los arrieros y peatones de los Andes para lo que servían
muchas veces estas tumbas con su depósito de limosnas. Como abundan las
sepulturas en las diversas travesías de la Cordillera, los viandantes
faltos de recursos se llevan con toda reverencia el dinero dedicado á
los difuntos, pero dejando á éstos un recibo con la promesa solemne de
devolverles una cantidad mayor.

Ovejero pensó que él podía hacer lo mismo. La difunta Correa era una
buena mujer y aceptaría seguramente desde el fondo de su tumba de
piedras este préstamo. Él, por su parte, siempre había sido fiel á su
palabra y además empeñaba su firma. Lo que se llevase lo devolvería
quintuplicado, y la difunta iba á ganar como réditos de la operación un
gran número de misas.

Con la tranquilidad que comunica la pureza de la intención, fué
recogiendo toda la moneda depositada en el fondo del bote. La contó:
ocho pesos y cuarenta centavos. Luego buscó en su cinto un lápiz corto y
romo, arrancando también un pedazo de papel de un diario viejo de Salta.

La redacción del documento fué empresa larga y difícil. En su niñez
había figurado entre los mejores alumnos de la escuela de su
pueblecillo, pero siempre consideró la ortografía como el más
horripilante de los tormentos de la juventud, á causa de la diferencia
entre letras mayúsculas y minúsculas.

En el borde blanco del periódico declaró que tomaba á préstamo de la
difunta Correa la expresada cantidad, comprometiéndose á devolvérsela
sobre la misma tumba en el plazo de un año; y para hacer más solemne su
compromiso, metió en cada palabra dos ó tres mayúsculas. Después puso su
firma: _Rosalindo Ovejero_, con las letras todo lo más grandes que le
permitió la escasez del papel.

Cuando se hubo guardado el dinero en el cinto, depositó su recibo en el
fondo del bote, colocando la piedra exactamente sobre él, para que en
ningún caso pudiera llevárselo el viento.

Nada le quedaba que hacer allí. Ahora que se veía con más dinero para
afrontar la existencia entre los hombres civilizados, deseaba salir
cuanto antes del desierto.

El puma se había ido aproximando con un gruñido hipócrita, como si
esperase verle de espaldas para caer sobre él. Rosalindo se inclinó,
enviándole otro peñascazo que le hizo huir por segunda vez de aquella
tumba que consideraba como su guarida.

Continuó el gaucho su marcha. Al día siguiente vió unos guanacos
salvajes que corrían por el límite del horizonte. La vida vegetal y
animal empezaba á reaparecer en el desierto. En los días siguientes los
guanacos salieron á su encuentro formando manadas y los matorrales
fueron más espesos y altos. La atmósfera resultaba más respirable; el
terreno iba en descenso.

A la semana siguiente el fugitivo de Salta encontró hombres y durmió en
viviendas que formaban míseros pueblos.

Siguió bajando, y al fin encontró el camino que se remonta á Bolivia y
que en dirección opuesta iba á conducirle á la costa del Pacífico.



III


Pasó cerca de un año trabajando en las explotaciones salitreras
establecidas por los chilenos en la costa del Pacífico. Vivió unas veces
cerca de Antofagasta, otras en Iquique y hasta en Arica, junto á la
frontera del Perú.

El trabajo no era extremadamente duro y se ganaban buenos jornales.
Europa necesitaba abono para sus campos, y especialmente en Alemania los
arenales del Brandeburgo se negaban á dar patatas y remolachas si no
recibían antes la nutrición del ázoe solidificado en las llanuras
chilenas.

Todos los pueblos vivían entonces en paz, y era preciso aumentar la
producción del suelo para que una humanidad exuberante en demasía no se
quedase sin comer. Llegaban vapores y veleros á los puertos del Pacífico
cargados de carbón, y partían semanas después llevando sus bodegas
repletas de salitre. Miles y miles de hombres trabajaban en el arranque
de esta tierra blanca contenedora de un excitante fertilizador. Los
brazos eran pagados con generosidad y el dinero corría abundantemente.

Rosalindo celebró como una protección de la suerte el haber huído de su
país natal, librándose para siempre de su pobre y ruda profesión de
arriero. En pocas semanas ganó lo que al otro lado de los Andes le
hubiese costado un año de trabajo. Además, su existencia era mucho más
fácil y dulce en esta tierra de emigración.

Hombres de diversos países trabajaban en las salitreras, y casi todos
ellos vivían sin familia, pudiendo gastar alegremente sus considerables
jornales. De aquí que, en días de fiesta, los obreros de gustos
alcohólicos se entregasen á las más desordenadas fantasías en los cafés
y los despachos de licores. No sabían cómo acabar su dinero en esta
tierra de vida improvisada y escasas diversiones. Algunos disparaban sus
revólveres escogiendo como blanco las botellas alineadas en la
anaquelería detrás del mostrador. Era un lujo destrozar á tiros las
botellas de champaña traídas de Europa, pagándolas luego á unos precios
que hubiesen escandalizado á muchos ricos. Otros, para beber un simple
vaso de vino, hacían abrir la espita de un tonel, dejando que chorrease
en su vaso durante mucho tiempo lo mismo que una fuente, perdiéndose
enormes cantidades de líquido. Luego pagaban con orgullo, delante de
todos, para que se enterasen de su vanidad.

Con estas fantasías y otras menos confesables engañaban su tedio en este
país abundante en dinero pero de aspecto entristecedor. La riqueza
estaba en la profunda capa de salitre que cubría el suelo; pero esta
tierra blanca que servía para fertilizar los campos de Europa no
toleraba aquí ninguna vegetación. Una esterilidad valiosa pero triste
rodeaba las nuevas poblaciones. El mayor lujo de los ricos era tener en
sus casas unas cuantas macetas de flores. El agua para su riego había
costado tan cara como los vinos más célebres.

Las interminables recuas de mulas, al acarrear del interior á los
puertos las cargas de salitre, parecían acordarse melancólicamente de
los campos donde habían nacido, con árboles, hierbas y arroyos. En las
casas inmediatas á los caminos de esta tierra estéril, los dueños
evitaban pintar sus cercas de verde, pues los pobres animales, engañados
por el color, empezaban á roer los barrotes de madera, tomándolos por
vegetales surgidos del suelo.

Rosalindo acabó por adquirir el mismo aspecto de los obreros del país.
Ya no quedaba nada en él del gaucho salteño. Se había cortado las
melenas y transformado su traje. Además, siguió con atención, en los
diversos lugares de su trabajo, las predicaciones de algunos obreros
procedentes de Europa que hablaban contra las compañías salitreras,
incitando á los compañeros á la revuelta. Pero una huelga seguida de
incendios y saqueos fué sofocada inmediatamente por los soldados
chilenos con abundante empleo de ametralladoras, lo que devolvió la
prudencia á Rosalindo y á la mayoría de sus camaradas.

Cuando llevaba ocho meses trabajando, experimentó una gran alegría al
encontrarse con un hombre de su país que deseaba regresar á Salta.

La vida de este hombre en las salitreras había sido menos agradable y
fructuosa que la de Ovejero. Trabajó y ganó buenos jornales en los
primeros meses; pero era jugador, y todas sus ganancias se quedaron en
las llamadas casas «de remolienda». Al final, sus deudas y sus continuas
peleas le obligaban á abandonar el país.

Rosalindo, por ser un compatriota, atendió todas sus peticiones de
dinero. Él no era jugador. Su vicio dominante había sido siempre la
bebida, y aquí que ganaba mucho podía satisfacerlo con largueza, lo
mismo que un caballero.

Al saber que su compatriota iba á volver á Salta por la Puna de Atacama,
el gaucho, que era hombre de honor, incapaz de olvidar sus compromisos,
pensó en la antigua deuda, que le preocupaba con frecuencia y hasta
algunas noches le había quitado el sueño.

Mientras obsequiaba á su compatriota en un café de Antofagasta, le fué
explicando su asunto.

--Tú pasarás por donde la difunta Correa, ¿no es eso, hermano?... Pues
bien; cuando llegues á su sepultura, le dejas bajo la piedra estos
treinta pesos. Ella me dió ocho y unos centavos, pero hay que ser
rumboso con los que nos favorecen, y además la pobre tal vez está
necesitada de misas.

Pidió también á su camarada que retirase el recibo escrito en un pedazo
de periódico que había dejado en la tumba ó que fuese en busca del
encargado de recoger las limosnas para pedirle el tal documento. Los
asuntos de dinero deben llevarse con limpieza, sobre todo si hay
muertos de por medio. Cuando el camarada tuviese el recibo en su poder,
debía enviárselo por correo para su tranquilidad.... Y le entregó unos
cuantos pesos más por la molestia que le pudiese ocasionar el encargo.

Transcurrieron varios meses. Rosalindo trabajaba todos los días como un
obrero de buenas costumbres. A pesar de que había sido hombre de pelea,
evitaba las cuestiones en este mundo compuesto de gentes bravas y de
todas procedencias, que para ir á ganarse el jornal llevaban siempre el
cuchillo y el revólver. Él deseaba únicamente que le dejasen embriagarse
en paz. De día trabajaba en la salitrera y de noche se emborrachaba en
algún cafetín predilecto, hasta que ganaba su alojamiento tambaleándose,
ó lo llevaba hasta él un compañero casi á rastras.

De pronto se sintió enfermo. El médico, un joven recién llegado de
Santiago, atribuyó su dolencia á los excesos alcohólicos; pero él creía
saber mejor que este chileno presuntuoso cuál era la verdadera causa de
su enfermedad.

Dormía mal y su sueño estaba cortado por terribles visiones. Esta vida
de alucinación dolorosa había empezado para él cierta noche en que se
dirigía á su casa completamente ebrio.

Una mujer le salió al paso: una mujer enjuta de carnes, con la tez algo
cobriza y unos ojos grandes, negros, ardientes. Iba envuelta en un manto
obscuro que había perdido su primer tinte y era del color llamado "ala
de mosca". Agarrado á una de sus manos marchaba un niño cuya cabeza
apenas le llegaba á las rodillas.

Rosalindo no conocía á la difunta Correa ni jamás encontró á alguien que
pudiera describírsela. Pero al ver a esta mujer por primera vez, quedó
convencido de su identidad. Era la difunta Correa; no podía ser otra,
¡Aquellos ojos!... ¡Aquel niño que la acompañaba!...

Se quitó el sombrero con la misma expresión reverente que cuando había
rezado ante su tumba.

--¿En qué puedo servirla, señora?--dijo--. ¿Qué desea de mí?...

La mujer permaneció muda, y sus ojos redondos, de un ardor obscuro, le
miraron fijamente. Al entrar en su casucha cerró la puerta, y la
difunta, siempre con su niño de la mano, se filtró á través de las
maderas.

Dormía Rosalindo en una pieza grande con siete compañeros más, pero
aquella hembra dolorosa, como venía del otro mundo y todos los seres de
allá dan poca importancia á las preocupaciones morales de la tierra, se
metió entre tantos hombres, sin vacilación, permaneciendo erguida junto
á la cama de Ovejero.

Cada vez que éste abría los ojos la encontraba frente á él, inmóvil,
rígida, mirándole con sus pupilas ardientes y fijas, no alteradas por el
más leve parpadeo.

A la mañana siguiente, el gaucho creyó haber atinado con la explicación
de este encuentro. La pobre difunta había venido indudablemente á darle
las gracias por los enormes réditos con que había acompañado la
devolución del préstamo. Si permanecía muda y con aquellos ojos que
infundían espanto, era porque las almas en pena no pueden mirar de
distinto modo.

Afirmado en esta creencia, no experimentó sorpresa alguna cuando, en la
noche siguiente, al regresar ebrio de su cafetín, tropezó con la
enlutada y su niño cerca de la casa.

Por segunda vez se quitó el sombrero, gangueando sus palabras con una
amabilidad de borracho.

--No tiene usted nada que agradecerme, señora. La palabra es palabra, y
lo que siento es no haber podido enviarle más para que la digan misas.
El año que viene, cuando algún amigo mío vaya para allá, tal vez le haga
otra remesa.

Pero la mujer parecía no oírle y continuó fijando en él sus ojos
inmóviles, mientras la cara del niño--una cara de muerto--se agitaba con
el temblor de un llanto sin lágrimas y sin ruido.... Y la difunta le
acompañó otra vez hasta su cama, manteniéndose inmóvil junto á ella, y
desapareciendo únicamente con las primeras luces del amanecer.

Este encuentro se fué repitiendo varias noches. Rosalindo bebía cada vez
más, viendo en el alcohol un medio seguro de sumirse en el sueño y
evitar tales visiones; pero contra su opinión, las visitas de la difunta
se hacían más largas así como él aumentaba su embriaguez. Algunas veces,
hasta en pleno sol, cuando trabajaba en el arranque de las rocas de
salitre, la difunta surgía frente á él durante sus minutos de descanso.
En vano le dirigía preguntas. La enlutada era muda y únicamente sabía
mirarle con sus pupilas redondas y severas, mientras el niño continuaba
su eterno llanto sin humedad y sin eco.

«Hay en este asunto algo que no comprendo--pensaba Rosalindo--. ¿No le
habrá entregado aquel amigazo el dinero que le di?»

Se dedicó á averiguar el paradero de su compatriota. Pensó por un
momento si se habría quedado con los pesos que le entregó para la
muerta; pero inmediatamente repelió tal sospecha. Su camarada, aunque
algo bandido y de perversas costumbres, era muy temeroso de Dios é
incapaz de ponerse en mala situación con las ánimas del Purgatorio, á
las que tenía gran respeto y no menos miedo.

Al fin, un vagabundo que iba de boliche en boliche por las diversas
salitreras para robar con sus malas artes de jugador el dinero de los
trabajadores, le dió noticias sobre el desaparecido, después de repasar
los recuerdos de su propia vida complicada y aventurera. A su amigo lo
habían matado meses antes en un despacho de bebidas cerca de la
Cordillera, cuando se dirigía desde Cobija á tomar el camino de la Puna.
La cuchillada mortal había sido por cuestiones de juego.

El gaucho, que no quería dudar de que la difunta hubiese recibido su
préstamo con todos los intereses, quedó aterrado al recibir esta
noticia. Empezó á calcular los meses transcurridos desde que dejó su
recibo en la tumba del desierto. Hizo un gesto de satisfacción, como si
acabase de resolver un problema difícil, al convencerse de que iba
transcurrido más de un año, plazo que él mismo fijó en su papel. La
difunta tenía derecho á reclamar. Ahora comprendía sus ojos severos
fijos en él y la expresión dolorosa de aquella carita de muerto, que
lloraba y lloraba con el tormento de un hambre del otro mundo, por
faltarle el sustento de las misas.... ¡Y él, que despilfarraba sus
jornales en bebidas y otros vicios menos confesables, estaba retardando
la salvación de estos dos seres infelices al no devolverles un dinero
que necesitaban para la salud de su alma!...

Deseó que llegase pronto la noche y se le apareciese la difunta para
darle sus explicaciones de deudor honrado. Pero por lo mismo que su
deseo era vehemente, no pudo encontrarla en las cercanías de su casucha
por más vueltas que dió en torno de ella, y eso que en la presente
noche, para evitar palabras confusas y tergiversaciones en el negocio,
había bebido muy poco. Fué cerca de la madrugada cuando Ovejero, que
había conseguido dormirse, la vió al abrir sus ojos.

--Señora, la falta no es mía; es de un amigo que se ha dejado matar,
perdiendo mi dinero. Pero yo pagaré. Voy á buscar alguien que se
encargue de devolver el préstamo, aunque tenga que costearle los gastos
de viaje. Además aumentaré los intereses....

No pudo seguir hablando. La difunta desapareció con su niño, como si la
hubiesen tranquilizado estas promesas. Huía tal vez igualmente de los
gritos y blasfemias de los otros obreros, que habían sido despertados
por Rosalindo al hablar en voz alta. Estaban irritados contra el salteño
porque todas las noches mostraba predilección en su borrachera por
conversar con una mujer invisible. Y esta noche, en vez de hablar
buenamente, había dado gritos. Todos ellos empezaron á tener por loco á
su camarada.

En mucho tiempo no volvió Ovejero á encontrarse con su acreedora. Esta
ausencia le parecía natural. Las almas del otro mundo no necesitan
esforzarse para conocer lo que hacen los vivos, y ella sabía que su
deudor se ocupaba en devolverle el préstamo.

Trabajó horas extraordinarias, bebió menos, fué reuniendo economías,
pues deseaba hacerse perdonar con su generosidad el retraso en el pago
de la deuda. Al mismo tiempo buscaba un hombre que se encargase de ir á
depositar la cantidad sobre la tumba del desierto.

Por más averiguaciones que hizo en los diversos campamentos salitreros y
por más que escribió á los camaradas que tenía en otros puertos del
Pacífico, no pudo encontrar un viajero que se propusiera volver al Norte
de la Argentina siguiendo el desierto de Atacama.

«Tendré que enviar un hombre á mis expensas--pensó--. Esto será caro,
pero no importa; lo principal es dormir con tranquilidad y que no se me
aparezca la pobre difunta llevando el niño de la mano....»

¡Ay, el niño, con su llanto silencioso y su carita de muerto!... Este
era el que le aterraba más en la lúgubre visión. La mujer le infundía
respeto, pero no miedo; mientras que solamente al recordar el llanto
extraño del hijo, sentía correr un espeluznamiento da pavor por todo su
cuerpo. Era necesario redoblar su trabajo para reunir el dinero y
encontrar á un hombre que lo llevase hasta la tumba....

Y este hombre lo encontró al fin.



IV


Era un chileno viejo llamado señor Juanito; pero las gentes del país,
siempre predispuestas á cortar las palabras, sólo dejaban dos letras del
tratamiento respetuoso á que su edad le daba derecho, llamándole _ño_
Juanito.

Siempre que abría su boca dejaba sumido á Ovejero en una resignada
humildad. Su admiración por el viejo era tan grande, que consideró
detalle de poca importancia el hecho de que no hubiese atravesado nunca
la Puna de Atacama, ni conociera el lugar donde estaba el sepulcro de la
difunta Correa. Un hombre de sus méritos sólo necesitaba unas cuantas
explicaciones para hacer lo que le encargasen, aunque fuera en el otro
extremo del planeta.

Había vivido en la perpetua manía ambulatoria de algunos «rotos»
chilenos, que llevan de la infancia á la muerte una existencia
vagabunda. Deleitaba á Rosalindo contándole sus andanzas en el Japón, su
vida de marinero á bordo de la flota turca y sus expediciones siendo
niño á la California, en compañía de su padre, cuando la fiebre del oro
arrastraba allá á gentes de todos los países. ¡Lo que podía importarle á
un hombre de su temple lanzarse por la Puna de Atacama, hasta dar con la
tumba de la difunta Correa!... Cosas más difíciles tenía en su historia,
y no iba á ser la primera ni la décima vez que atravesase los Andes,
pues lo había hecho hasta en pleno invierno, cuando los senderos quedan
borrados por la nieve y ni los animales se atreven á salvar la inmensa
barrera cubierta de blanco.

Escuchaba con impaciencia los detalles facilitados por Rosalindo, al que
llamaba siempre «el cuyano», apodo que los chilenos dan á los
argentinos.

--No añadas más--decía--. Desde aquí veo con los ojitos cerrados el
rumbo que hay que seguir y la sepultura de la difunta, como si no
hubiese visto otra cosa en mi vida.... Pero hablemos de cosas más
interesantes, «cuyano».... ¿Cuánto piensas enviar á esa pobre señora?

El gaucho, teniendo en cuenta lo que iba á costarle el mensajero,
insistía en repetir un envío de treinta pesos. Pero _ño_ Juanito
protestaba de la cifra, juzgándola mezquina.

--Piensa que la difunta te está aguardando hace muchos meses. ¡A saber
lo que llevará penado en el Purgatorio por no haber recibido tu dinero á
tiempo! Tal vez le faltaban unas misas nada más para irse á la gloria, y
tú se las has retardado.... Creo, «cuyano», que deberías rajarte hasta
cincuenta pesos.

Rosalindo acabó por aceptar la cifra, ya que este desembolso iba á
librarle de nuevos encuentros con la difunta.

Más difícil fué llegar á un acuerdo con _ño_ Juanito sobre sus gastos de
viaje.

Por menos de cien pesos no se movía de su tierra natal. El era muy
patriota, y como estaba viejo, sólo por una suma decente podía correr
el riesgo de que lo enterrasen fuera de Chile. Además, era justo que «el
cuyano» lo indemnizara por los grandes perjuicios profesionales que iba
á sufrir. Y enumeró todas las tabernas, llamadas «pulperías», y todas
las casas «de remolienda» donde por la noche tocaba la guitarra cantando
_cuecas_ y relatando cuentos verdes.

--Tú mismo puedes ver cómo buscan en todas partes á _ño_ Juanito, y eso
te permitirá apreciar el dinero que pierdo por servirte.... Pero lo hago
con gusto porque me eres simpático, «cuyano».

Y el gaucho, convencido de que no debía insistir, se dedicó á juntar la
cantidad acordada, para que el viaje se realizase cuanto antes.

Al fin entregó un día los ciento cincuenta pesos á _ño_ Juanito.

--Mañana mismo--dijo el viejo--salgo para la Puna, y recto, recto, me
planto no más en la tumba de esa señora. No añadas explicaciones;
conozco la travesía. Antes de un mes me tienes aquí con el recibo.

Y se marchó.

Ovejero pasó unos días en plácida tranquilidad. Seguía bebiendo, pero
esto no le impedía trabajar briosamente, pues le era necesario reunir
nuevas economías después de permitirse el lujo de enviar un emisario
especial al desierto de Atacama. Aunque volvió muchas noches á su
casucha tambaleándose ó apoyado en el brazo de un compañero, jamás le
salía al encuentro la mujer del manto negro llevando el niño de una
mano. Tampoco despertaba á sus camaradas durante la noche con los
monólogos de un ensueño violento.

Transcurrió un mes sin que regresase el viejo. Rosalindo no se alarmó
por esta tardanza. El tal _ño_ Juanito era un aventurero aficionado á
cambiar de tierras, y tal vez había encontrado la de Salta muy á su
gusto y andaba por las casas «de alegría» de la ciudad tañendo su
guitarra y haciendo bailar la _chilenita_ á las mestizas hermosotas.
Pero al transcurrir el segundo mes sin que llegase carta, Ovejero se
mostró inquieto.

Precisamente así que perdió su tranquilidad, la mujer del manto con el
niño al lado volvió á aparecérsele. Tenía los ojos más redondos y más
ardientes que antes. Su cara era más enjuta y cobriza, como si estuviese
tostada por las llamas del Purgatorio. Y el niño.... ¡ay, el niño! El
gaucho no podía mirarle sin un estremecimiento de terror.

En vano habló á gritos para que le entendiese esta mujer que parecía
sorda y muda, concentrando toda su vida en la mirada.

--¿Qué ocurre, señora?... Yo he enviado el dinero. ¿No ha visto usted á
_ño_ Juanito?

Pero un estallido de maldiciones le cortó la palabra, haciendo huir á la
visión.

--¡Cállate, «cuyano» del demonio!--le gritaban los compañeros de
alojamiento--. Ya estás hablando otra vez de la difunta y de la
plata.... ¿Es que mataste alguna mujer allá en tu tierra, antes de
venirte aquí?

Al día siguiente, Rosalindo estaba tan preocupado que no acudió al
trabajo.

--Algo pasa que yo no sé--se decía--. ¿Habrán matado a _ño_ Juanito, lo
mismo que mataron al otro?...

Como necesitaba adquirir noticias del ausente, se fué al puerto de
Antofagasta, donde el viejo chileno tenía numerosos amigos.

Le bastó hablar con uno de ellos para convencerse de que _ño_ Juanito no
había muerto y estaba á estas horas en pleno goce de su salud y su
alegría vagabundas. La misma persona empezó á reir cuando «el cuyano» le
habló de la marcha audaz del viejo á través de la Puna de Atacama. Ya
no tenía piernas _ño_ Juanito para tales aventuras terrestres, y por eso
sin duda había preferido embarcarse con dirección al Sur en uno de los
vapores chilenos que hacen las escalas del Pacífico. Según las últimas
noticias, él y su guitarra vagaban por Valparaíso, para mayor delicia de
los marineros que frecuentan las casas alegres.

Rosalindo lamentó que Valparaíso no estuviese más cerca, para
interrumpir las _cuecas_ cantadas por el viejo con una puñalada igual á
la que le había hecho huir de Salta.... El sacrificio de los ciento
cincuenta pesos resultaba inútil, y la difunta vendría á turbar de nuevo
sus noches con aquella presencia muda que parecía absorber su fuerza
vital, dejándole al día siguiente anonadado por una dolencia
inexplicable.

Acudió fielmente la muerta á esta cita que él mismo la había dado en su
imaginación.

Todas las noches le esperó en el camino, entre el café y su alojamiento,
deslizándose luego en éste, á pesar de que el gaucho se apresuraba á
cerrar la puerta, dándose con ella en los talones. ¡Imposible librarse
de su presencia y de la de aquel niño, cuya cara de muerto seguía
espantándole á través de sus párpados cerrados!...

--Tendré que ir yo mismo--se dijo con desesperación--. Debo hacer ese
viaje, aunque me siento enfermo y sin fuerzas. Es preciso.... es
preciso.

Pero retardaba el momento de la partida, por flojedad física y por la
atracción de un país en el que ganaba desahogadamente el dinero y no se
sentía perseguido por los hombres.

Acabó por familiarizarse con la terrible visión que le esperaba todas
las noches. Cuando por casualidad estaba menos ebrio y la mujer del
manto y su niño tardaban en presentarse, el gaucho experimentaba cierta
decepción.

Una noche, con gran sorpresa suya, no vió á la difunta y á su pequeño.
Permaneció despierto en su cama hasta el amanecer, aguardando en vano la
terrible visita.

«Va á venir», pensaba, encontrando incomprensible esta ausencia,
mientras en torno de él roncaban los compañeros exhalando un vaho
alcohólico.

La tranquilidad de la noche acabó por infundirle un nuevo miedo, más
intenso que todos los que llevaba sufridos.

Adivinó que iba á pasar algo extraordinario, algo inconcebible, cuyo
misterio aumentaba su pavor.

Y así fué.

A la noche siguiente, una mujer le esperaba en el mismo lugar donde
otras veces había salido á su encuentro la difunta Correa. Pero esta
mujer no estaba envuelta en un manto negro ni la acompañaba un niño.
Avanzó sola hacia él, y al estar cerca, sacó un brazo que llevaba oculto
en la espalda, mostrando pendiente de la mano una luz.

Rosalindo la reconoció, aunque no la había visto nunca. Era la «Viuda
del farolito» y al mismo tiempo era también la difunta Correa.

El brazo seco y verdoso, que parecía interminable, se extendió ante él,
sirviendo de sostén á un farol rojizo que empezó á balancearse.... Y
sintiendo el empujón de una fuerza irresistible, el gancho marchó hacia
su alojamiento, iluminado por la linterna danzante, que esparcía en
torno un remolino de manchas sangrientas y fúnebres harapos.

Entró en la casa, y la luz tras de él. Se tendió en la cama, y el farol
quedó inmóvil ante sus ojos. Más allá de su resplandor columbró en la
penumbra el rostro de la «viuda», que era el mismo de la difunta, pero
no inmóvil y severo, sino maligno, con una risa devoradora.

Al fin, el hombre empezó á gritar, tembloroso de miedo:

--¡Yo pagaré! ¡Es la falta de los otros!... Pero ¡por Dios, apague el
farol; que yo no vea esa luz!

Y como en las noches anteriores, los durmientes se despertaron lanzando
juramentos; mas á pesar de sus protestas, Rosalindo siguió viendo á la
«Viuda del farolito» y su terrible luz.

--¡Ahí! ¡ahí!--gritaba despavorido, señalando al invisible fantasma.

Las camaradas convinieron en la necesidad de obligar á este loco á que
buscase otro alojamiento; pero la expulsión no impresionó gran cosa á
Rosalindo. ¡Para lo que le quedaba de vivir allí!... Ya que era
imposible hacer llegar hasta la tumba de su acreedora el dinero
prestado, iría él mismo á pagar su deuda.

Inmediatamente abandonó el trabajo é hizo sus preparativos de viaje. El
tiempo no era propicio para emprender la travesía de la Cordillera por
el desierto de Atacama. Iba á empezar el invierno. Pero Rosalindo movía
la cabeza de un modo ambiguo cuando le aconsejaban que desistiese del
viaje. Los otros no podían adivinar que su resolución no aceptaba
demoras.

La «Viuda del farolito» era una bruja implacable, y su aparición
significaba un plazo mortal. El que la encontraba debía perecer antes de
un año. Pero él tenía la esperanza de que si iba á pagar su deuda
inmediatamente la amenaza quedaría sin efecto. ¿Cómo podría castigarle
la bruja después de haber cumplido su compromiso?

La falta de voluntad, consecuencia de su embriaguez, le hizo demorar el
viaje algunas semanas. Sus compañeros de alojamiento toleraban que
continuase entre ellos, con la esperanza de que partiría de un momento á
otro. Transcurrió el tiempo sin que volvieran á presentarse la enlutada
con el niño, ni la viuda con el farol. Ovejero bebía y su embriaguez no
se poblaba de visiones. Pero una noche dió un alarido de hombre
asesinado que despertó á sus camaradas.

No veía á nadie, pero unas manos ocultas en la sombra tiraban de una de
sus piernas con fuerza sobrenatural. Hasta creyó oír el crujido de sus
músculos y sus huesos. A pesar de que los amigos rodeaban su cama las
manos invisibles siguieron tirando de la pierna, mientras él lanzaba
rugidos de suplicio.

En la noche siguiente se repitió la misma tortura, acabando con la
quebrantada energía del gaucho. Sintió un terror pueril al pensar que
este suplicio podía repetirse todas las noches. Se acordaba de lo que
había oído contar sobre los tormentos que la justicia aplicaba en otros
siglos á los hombres. Iba á perecer descuartizado por aquellas manos
invisibles que le oprimían como tenazas, tirando de sus miembros hasta
hacerlos crujir.

No dudó ya en emprender el viaje. Necesitaba ir á la tumba del desierto,
no sólo para recobrar su tranquilidad; le era más urgente aún librarse
del dolor y de la muerte.

Malvendió todos los objetos que había adquirido en su época de
abundancia, cuando no sabía en qué emplear los valiosos jornales; cobró
varios préstamos hechos á ciertos amigos y de los que no se acordaba
semanas antes. Así pudo comprar víveres y una mula vieja considerada
inútil para el acarreo del salitre.

Los dueños de las «pulperías» enclavadas en la vertiente de los Andes
sobre el Pacífico le vieron pasar hacia la Puna de Atacama con su mula
decrépita pero todavía animosa. Tenía la energía de los animales
humildes, que hasta el último momento de su existencia aceptan la
esclavitud del trabajo. En vano aquellos hombres dieron consejos al
gaucho para que volviese atrás. Un viento glacial soplaba en la desierta
extensión de la altiplanicie. Los últimos arrieros que acababan de bajar
de la Puna declaraban el paso inaccesible para los que vinieran detrás
de ellos. Rosalindo seguía adelante.

Todavía encontró en los senderos de la vertiente del Pacífico á un
arriero boliviano, con poncho rojo y sombrero de piel, que guiaba una
fila de llamas, cada una con dos paquetes en los lomos. Venía huyendo de
los huracanes de la altiplanicie.

--No pase--dijo el indio--. Créame y siga camino conmigo. Allá arriba es
imposible que pueda vivir un cristiano. El diablo se ha quedado de señor
para todo el invierno.

Pero Ovejero necesitaba ir al encuentro del diablo, para hacerse amigo
de él y que no lo atormentase más.

Siguió adelante, hasta llegar á la terrible Puna. Entró en el inmenso
desierto sin agua y sin vegetación. Se infundía valor comparando su
viaje actual con el que había hecho dos años antes. Ahora no iba solo.
Una mula llevaba los víveres necesarios para un mes de viaje. Además,
podía montar en ella al sentirse cansado, por ser actualmente sus
jornadas más largas que cuando pasó á pie por estos mismos sitios....
Pero ¡ay! entonces, aunque no tenía víveres, contaba con el vigor de la
coca, ó mejor dicho, con la fuerza de una juventud sana que había ido
disolviéndose allá abajo, en la orilla del mar.

Le envolvieron los huracanes fríos de la altiplanicie, que parecían
levantados por las alas de aquel demonio glacial, señor del desierto,
de que hablaba el indio boliviano. La mula se negaba algunas veces á
marchar, temiendo que el huracán la echase al suelo; pero el gaucho se
agarraba á su lomo para no verse derribado igualmente por el viento y
pinchaba al animal con la punta del cuchillo, obligándola así á reanudar
su trote.

«¡Adelante! ¡adelante!» Marchaba como un sonámbulo, concentrando toda su
voluntad en el deseo de llegar pronto á la tumba.

Pasó días enteros sin tocar las alforjas de víveres. No sentía hambre, y
detenerse á comer representaba una pérdida de tiempo. Hacía alto al
cerrar la noche para no perderse en la obscuridad; pero apenas se
extendían las primeras luces del amanecer sobre este mundo desierto,
reanudaba la marcha. Su pan se lo pasaba á la mula, dándole además
generosamente los piensos guardados en un saco sobre las ancas del
animal. Podía comerlos todos: lo importante era que continuase
marchando.... Pero una mañana, en mitad de la jornada, cuando Ovejero se
creía cerca de la tumba, el animal dobló sus patas y acabó por tenderse
en el suelo. Fué inútil que lo golpease; y al fin, comprendiendo que no
podría contar más con su auxilio, el hombre siguió adelante. Volvería al
día siguiente para recoger lo que aún quedaba en las alforjas. Por el
momento, lo urgente era llegar hasta la difunta Correa.

Al marchar solo, sin el resguardo proporcionado por el cuerpo de la
mula, se vió envuelto en las trombas que giraban sobre la desolada
inmensidad, levantando columnas de una arena cortante, polvo de rocas.
Repetidas veces tuvo que tenderse, no pudiendo resistir el empuje de los
torbellinos. En una de ellas, sintió que el viento tiraba de sus piernas
poniéndolas verticales, mientras él se mantenía agarrado á un pedrusco.

Era tal su voluntad de avanzar, que marchó á gatas, aprovechando los
intervalos entre las ráfagas. Hubo una larga calma, y entonces caminó
verticalmente, reconociendo algunos detalles del paisaje que indicaban
la proximidad del lugar buscado por él.

Consideraba como una salvación poder marchar incesantemente. El frío de
la altiplanicie había penetrado hasta sus huesos, dejándole yertos los
brazos. En torno de su boca el aliento se convertía en escarcha. Los
pelos de su bigote y de su barba se habían engruesado con una costra de
hielo. Todo el calor de su vida parecía concentrarse en su cabeza y sus
piernas.

Ya distinguía la fila de pedruscos semejante á las ruinas de una pared.
Después vió el montón que formaba la tumba y los dos maderos en cruz.

Empezaba á soplar de nuevo el huracán cuando llegó ante el rústico
mausoleo del desierto. Pero el gaucho parecía insensible á las
ferocidades de la atmósfera y de la tierra. Toda su atención la
concentraba en sus ojos, y vió al pie de la cruz el mismo bote que
servía para recoger las limosnas, la misma piedra que ocupaba su fondo
para sostenerlo, todo igual que dos años antes. Únicamente la vasija
tenía su metal más oxidado y tal vez la piedra que la sujetaba no era la
misma.

«¡Al fin!...» ¡Cómo había deseado este momento!... Intentó quitarse el
sombrero antes de hablar con la difunta, pero no pudo. No tenía manos,
ni tampoco brazos. Pendían de sus hombros, pero ya no eran de él.

Consideró como un detalle insignificante permanecer con el sombrero
calado, y quiso hablar. Pero aunque hizo un esfuerzo extraordinario, no
salió de su boca el más leve sonido. Tampoco dió importancia á este
accidente. Su pensamiento no estaba mudo, y bastaría para que él y la
difunta se entendiesen.

--Aquí estoy, difunta Correa--dijo mentalmente--. He tardado un poco,
pero no fué por mi culpa: bien lo sabe usted y su hijito. Traigo el
préstamo, con los intereses que le prometí. Son cuarenta pesos.... No he
podido traer más.... Me ha sido imposible juntar más....

Fué á sacarlos de su cinto para que los viese la difunta, depositándolos
después bajo la piedra, en el mismo lugar donde dejó su recibo, pero sus
manos le habían abandonado. Hizo un esfuerzo desgarrador, sin conseguir
tampoco que sus brazos se moviesen. ¡Muertos para siempre!... La misma
parálisis había empezado á extenderse por sus piernas al quedar
inmóviles, sin el cálido aceleramiento de la marcha.

De pronto se doblaron y cayó de rodillas. Luego, sin saber por qué, y
contra el mandato de su voluntad, que le gritaba: «¡No te tiendas! ¡no
te entregues!», se fué acostando lentamente, como si la tierra tirase de
él proporcionándole una voluptuosidad dolorosa.

Quería dormir, pero al mismo tiempo el deseo de dejar bien claras las
cuentas le hizo continuar sus explicaciones mentales. Él había traído el
dinero: ¿por qué no quería aceptarlo la difunta? «Le digo,
señora--continuó--, que no fué culpa mía. Me engañaron todos los que yo
envié cuando era tiempo.... Pero ¿es que no quiere usted escucharme?...»

Notó repentinamente que alguien le oía. Un ser viviente había surgido
entre las piedras de la tumba, y avanzaba hacia él arrastrándose. Esta
manera de moverse no le pareció extraordinaria. También él vivía en este
momento á ras de tierra.

Como le era imposible levantar su cabeza del suelo, oyó cómo se
aproximaba aquel ser viviente, pero sin poder verlo. Debía ser la
difunta Correa, que, apiadada de su inmovilidad, había abandonado la
tumba para tomarle el dinero del cinto. Tal vez venía con ella la
«Viuda del farolito».

Escuchó también cierto ruido de dilatación, semejante al bostezo de un
hambre larga y fiera. Pensó, con un estremecimiento mortal, si estas dos
larvas implacables se arrastrarían hacia él para chupar su sangre,
adquiriendo de este modo un nuevo vigor que les permitiera seguir
apareciéndose á los hombres.

Algo enorme y obscuro se interpuso entre su cara y la luz del desierto
invernal. El gaucho vió unos ojos redondos junto á sus propios ojos, que
parecían mirarse en el fondo de sus pupilas. Se acordó de las miradas
fijas y ardientes de la difunta. Éstas tenían el mismo fulgor
amenazante, pero no eran negras, sino verdes y con reflejos dorados.

Inmediatamente sonó á un lado de su cráneo un rugido, que retumbó para
él como un trueno capaz de conmover todo el desierto.

Se abrió ante sus pupilas un abismo invertido de color de púrpura, con
espumas babeantes y erizado de conos de marfil, unos agudos, otros
retorcidos. Al mismo tiempo, sobre su pecho cayeron dos columnas duras
como el hueso, apretándole contra la tierra, manteniéndolo en la
inmovilidad de la presa vencida....

Era el puma.



EL MONSTRUO



I


Durante una semana, de cinco á siete de la tarde, el «todo París» de los
té tango y los tés donde simplemente se murmura habló con insistencia
del casamiento de Mauricio Delfour--heredero de la casa Delfour y
Compañía, 250 millones de capital--con la bella Odette Marsac, nieta de
un parlamentario célebre y casi olvidado que había sido candidato dos
veces á la presidencia de la República.

El matrimonio de un rey de la industria con una princesa republicana no
es un suceso extraordinario en la vida de París, y sólo da motivo para
media hora de conversación. ¡Pero estos dos eran tan interesantes!...

Él había cruzado muchos ensueños femeninos como la personificación de
todas las gracias y sabidurías humanas: copa de honor en carreras de
jinetes _chic_, copa de honor en innumerables concursos de esgrima y
tiro de pichón, copa de honor en la gran lucha de automóviles
París-Nápoles. Su despacho iba tomando aspecto de comedor por el número
de vasijas gloriosas que se alineaban sobre los muebles.

Ahora añadía á sus triunfos corporales cierto prestigio de hombre de
ciencia, dedicándose á la aviación, volando casi todas las semanas, y
frunciendo el ceño con aire misterioso cuando alguien hablaba en su
presencia de problemas de mecánica.

Ella era Odette para sus amigas, la incomparable Odette, y para el resto
del mundo mademoiselle Marsac, un nombre famoso, pues figuraba en todas
las crónicas elegantes, en todos los estrenos, en todas las revistas de
modas.

Los meditabundos y sublimes modistos de la _rue de la Paix_ contaban con
ella para lanzar en las grandes solemnidades de la vida parisién sus
innovaciones de artista calenturiento. Su cuerpo incomparable hacía
palidecer y suspirar á las mujeres: cincuenta y dos kilos de peso; un
escote «ideal»; las clavículas marcando sus elegantes aristas como si
fuesen un zócalo de la frágil columna del cuello; los omoplatos
despegándose de la espalda lo mismo que alas nacientes; las piernas
largas y casi rectas asomando tranquilas, sin miedo á la tentación, por
el borde de la falda; una capa de substancia carnal repartida con
parsimonia para recubrir solamente las rudezas del interno andamiaje; un
cuerpo casi «aéreo», un pretexto para que los vestidos contuviesen algo
en su interior y no se movieran solos. Y sobre este organismo
supremamente distinguido un rostro alargado por el mentón en punta, con
un pequeño redondel rojo, la boca; dos almendras enormes y negras, los
ojos; dos tirabuzones sobre las orejas iguales á las patillas de un
«toreador», y una torre de pelo mixto, con rizos propios y ajenos. La
Venus moderna, tal como la adora en sus geniales ensueños un iluminador
de figurines.

A principios de 1914, un nuevo _sport_ había enloquecido á todas las
gentes distinguidas de París y de las capitales de Europa y América que
forman sus arrabales. El mundo decente movía las caderas bailando el
tango. Y á la cabeza de esta humanidad «tangueante» figuraron Mauricio y
Odette.

El se había encerrado con un profesor argentino, jurando á los dioses no
volver á la luz hasta poseer esta nueva ciencia, como poseía las otras.
Y una tarde empezó á recibir la admiración del mundo, moviendo sus
acharolados pies con altos tacones, su talle encorsetado por el ceñido
_chaquet_, su cabeza de brillante laca con el pelo rígido y echado
atrás, bajo las lámparas eléctricas de un hotel de los Campos Elíseos.

Ella compartía la misma admiración en otro extremo de la escena, y los
dos se buscaron con la atracción de dos astros que se presienten, con el
irresistible impulso de dos afinidades electivas, para no separarse más.

Bailaron en adelante el uno para el otro. Imposible encontrar el ritmo
sublime en brazos distintos. Y sin romper el misterioso silencio de la
danza sagrada, mientras se contoneaban, graves y meditabundos, con todas
las potencias intelectuales fijas en el movimiento de los pies,
reconocieron los dos la necesidad de no perder la pareja para seguir
bailando eternamente.

Así se amaron, así se casaron, y el «todo París» se levantó una mañana
dos horas antes que de costumbre para asistir á una ceremonia nupcial
adornada con la presencia de todos los poderosos de la industria y un
sinnúmero de personajes políticos, amigos del abuelo de la desposada.

El amor idílico de los recién casados no ofrecía dudas. Mauricio había
procedido como un verdadero enamorado, diciendo ¡adiós!, sin esperanza
de retorno, á sus varias amantes, sacerdotisas de las más nobles artes:
la comedia, la ópera y el baile. ¡Se acabaron las locuras! Su mujercita
y los estudios serios nada más. Ella seguía coqueteando como antes, pero
por costumbre, sin dar pretexto á osados avances, queriendo añadir á la
felicidad del esposo el incentivo del peligro.

Habían instalado su dicha en el hotel de los Delfour, suntuoso edificio
elevado por el primer millonario de la familia junto al parque Monceau,
entre las viviendas de sus compañeros de riqueza y con la fachada
posterior sobre el mismo jardín. La viuda Delfour se refugió en el
último piso con los muebles de su antiguo esplendor, dejando libre el
resto de la casa á su hijo y su nuera, para que ésta pudiese satisfacer
sin obstáculo sus gustos decorativos.

Todas las fantasías é incoherencias del estilo bizantino-persa, incubado
en Munich, hicieron irrupción en esta casa de salones rojos y dorados é
imponentes sillerías del tiempo de Napoleón III.

Mamá Delfour, siempre vestida de negro, con el aire grave y reflexivo de
una mujer que conoce el precio de la vida, presenció impasible las
invenciones de la recién llegada: fiestas orientales que alborotaban el
tranquilo hotel; tés danzantes; túnicas de lino transparente, estrechas
como fundas y con enormes flores de realce, en las que encerraba su
magra desnudez.

Como su hijo adoraba á Odette, ella se esforzó en justificar todos los
caprichos y saltos de humor de la nuera. ¡Pobre niña! Se había criado
sin madre, viviendo como un muchacho.



II


Y vino la guerra. Uno de sus primeros efectos fué dilatar los ojos de la
nueva señora Delfour con una expresión de asombro. ¡Pero era posible
esta calamidad!... ¡Ahora que la gente se divertía más que nunca!...

La suegra pareció crecerse, saliendo de su tímido encogimiento. Su
mirada se posó sobre personas y cosas con grave lentitud, como si las
reconociese de nuevo. Había visto mucho. Sus primeras palabras de amor
con el fabricante Delfour se cruzaron en 1870, durante el sitio de
París. Luego, de recién casada, había presenciado la tragedia de la
_Commune_.

El hijo se fué cuando su mujer empezaba á admirarle como un hombre
nuevo, viendo realzadas sus gracias varoniles por las ventajas del
uniforme. Quiso entrar en la aviación, pero la aviación marchaba mal al
principio de la guerra, y para ser de una utilidad inmediata, permaneció
en la artillería.

También Odette quiso ser útil á su patria. Todas sus amigas frecuentaban
los hospitales. Y se lanzó á ser enfermera, admirando el uniforme blanco
con su capa azul y su alba toca: algo sencillo y nuevo que sentaba
perfectamente á su belleza. Su afán por lucir esta última moda le hacía
abandonar muchas veces á los enfermos, paseando en automóvil por el
Bosque de Bolonia la blanca túnica con cruces rojas en las mangas y en
el pecho. Mientras tanto, la viuda Delfour, sin abandonar su eterno
traje negro de burguesa, pasaba días y noches en un hospital.

La guerra ofrece sus satisfacciones y deleites. ¡Los tés entre mujeres,
sin la presencia de hombres molestos que agobian con sus galanteos;
vestidas todas ellas de blanco, como criadas de balneario, recibiendo
las ojeadas envidiosas de las que no llevan uniforme, y fabricando
géneros de punto para los soldados con la torpe suficiencia de una labor
enseñada recientemente por la doncella!...

--Mi marido combate en Alsacia.... ¿Y el señor Delfour, dónde está?...

El señor Delfour andaba del lado de Bélgica; y su esposa, lanzando en
torno una mirada de orgullo, hacía el relato de sus glorias. Dos
citaciones en la orden del día: cruz, segundo galón. Pero llovían
héroes, y Odette experimentaba cierto despecho al oir que todas las
otras casi decían lo mismo de sus hombres.

¡No poder distinguirse!...

Un día el hotel del parque Monceau se conmovió con una terrible crisis
de nervios y de lágrimas, acompañada de choque de puertas, llegada de
automóviles, desfile de médicos. El teniente Delfour estaba herido de
gravedad por la explosión de una granada. Odette quiso marchar al lado
de su esposa inmediatamente.... ¡Imposible!

Luego quiso morir, mientras la madre permanecía erguida, silenciosa,
pálida, con los ojos parpadeantes y secos, mordiéndose los labios.

Al volver Odette á las reuniones íntimas, experimentó cierta
satisfacción. Ninguna amiga osaba ya compararse con ella.

--Mauricio está herido...gravemente herido.

Y todas se apiadaban del esposo seductor maltratado por la guerra.

La general admiración hizo que acabase por familiarizarse con las
misteriosas heridas. ¿Cómo serían éstas?... Se imaginó á su marido
cojeando, con una mana en un bastón y la otra apoyada en su brazo.
Formarían una pareja interesante. El porvenir les reservaba aún largas
horas de felicidad. Ella le protegería y le alegraría con ternuras de
madre y caricias de amante.

Una tarde, en la _rue Royale_, vió á un subteniente de pocos años, casi
un niño, que marchaba al lado de su novia con una manga vacía. Mauricio
también había perdido un brazo; estaba segura de ello. Por eso sus
cartas breves, de una alegría penosa, eran siempre dictadas.... ¡No
importa! Ella sería el apoyo de su esposo; su brazo sustituiría al brazo
ausente. Lo interesante era volver á contemplar su rostro, mirarse en
sus ojos claros, acariciadores y graciosamente irónicos. ¡Ay, cómo le
amaba!...

Las amigas la acogían siempre con la misma pregunta: «¿Cómo signe el
herido?...» Y ella contestaba con seguridad: «Mejor. Pronto vendrá á
París.»

Y pasaron meses; y llegaron cartas y más cartas de letra extraña,
dictadas por él. La madre, inquieta, interrogaba á, los antiguos amigos
de la familia, graves varones que indudablemente ocultaban algo.

--Las heridas son muchas; pero ya está fuera de peligro. ¡Valor! Lo
importante es que viva.

Una mañana Odette saltó de su lecho, súbitamente despertada por algo
extraordinario que conmovía el hotel. Al levantar la cortina de una
ventana, vió al otro lado de la verja un automóvil cerrado, con cruces
rojas. La marquesina de cristales de la escalinata apenas le dejó
distinguir á un grupo de hombres que subían cuidadosamente algo
envuelto, como un mueble frágil. Su corazón dió un salto. ¡Mauricio!...

Cuando, mal vestida, se deslizó por la escalera, corriendo á un salón
del piso bajo, los domésticos, azorados y trémulos, pretendieron
detenerla.

Entró, reconociendo inmediatamente la dolorosa cabeza que descansaba
sobre las almohadas de un diván. Era él, atrozmente desfigurado, con las
mejillas surcadas por el lívido arabesco de las cicatrices...pero era
él.

De sus ojos sólo quedaba uno. La falta del otro estaba oculta por una
venda negra que moldeaba la cuenca vacía. Luego vió su pecho cubierto
por el paño azul de una blusa vieja de oficial.

Pero al llegar aquí, la mujer vaciló sobre sus pies, como si la sorpresa
le asestase un puñetazo demoledor. Lanzó un grito.... El herido _no
continuaba_. Le faltaban los brazos, le faltaban las piernas, era un
tronco nada más, conservado por los prodigios de la cirugía; un harapo
rematado por una cabeza viviente.

--¡Odette!... ¡Odette!--murmuró la boca negruzca humildemente, como si
pidiese perdón por su desgracia.

Pero Odette había huído, atropellando á los criados que se agolpaban en
la puerta. Corrió por los pisos superiores sin saber lo que hacía, dando
alaridos como una mujer de la tragedia griega, chocando con muebles y
paredes, mesándose los sueltos cabellos, loca de sorpresa, de miedo, de
repugnancia.... ¡Y aquel monstruo era su marido!... ¡Y habría de
permanecer junto á él toda su existencia!...

--¡Odette!... ¡Odette!--seguía gimiendo abajo la voz humilde y dolorosa.

El ojo único se fué cubriendo de lágrimas. Todos huían. Hasta los
criados le contemplaban á distancia, buscando ocultarse cada uno detrás
del compañero, queriendo escapar y avanzando la cabeza al mismo tiempo,
con una expresión doble de curiosidad y repugnancia.

Evitaban el tocarle, como si fuese algo gelatinoso y repelente: un pulpo
con las extremidades rotas; una mucosidad informe de la guerra. Él, que
tenía millones y tanto amaba la vida, quedaba al margen de la vida para
siempre.

Su miseria había creado el vacío. Hasta su perro favorito gemía á corta
distancia, avanzando y retrocediendo en violentas alternativas de
lealtad y de espanto.

Y así sería siempre.... ¡Ay, morir! ¡Morir cuanto antes!

De pronto, el grupo de domésticos se deshizo. Alguien había entrado con
violencia. El monstruo vió un peinado blanco que venía hacia él; sintió
en sus cortadas mejillas el contacto de una boca que acababa por
acariciar frenética el vendaje de su órbita hueca. Un rocío tibio mojó
su cuello; unos brazos nerviosos de pasión abarcaron su tronco informe,
como si fuesen á mecerle....

--¡Mamá!... ¡Oh, mamá!

--¡Hijo mío! ¡hijo mío!



EL REY DE LAS PRADERAS



I


Durante su último año en la Universidad de mujeres donde hacía sus
estudios, la impetuosa Mina Graven expresó siempre el mismo deseo.

Sus compañeras las _senior_, instaladas en el mismo cuerpo de edificio
que ella, hablaban de la nueva vida que iban á encontrar al salir del
colegio; y las _junior_, que empezaban sus estudios, las oían en un
silencio respetuoso de seres inferiores.

Una de las amigas de Mina pensaba casarse apenas volviese á su casa; era
asunto convenido por las familias de los dos novios. Y este matrimonio
de estudianta apenas emancipada de la vida escolar daba motivo para que
todas las otras soñasen despiertas, á la hora del té, describiendo cada
una de ellas la posición social y el aspecto físico del futuro esposo
que aún se mantenía oculto en el misterio del porvenir.

--Yo quiero casarme con un millonario que me pague los mayores lujos.

--Yo, con un hombre que me quiera mucho y me obedezca en todo.... ¿Y tú,
Mina?

La intrépida señorita Graven daba siempre la misma respuesta:

--Yo me casaré con un hombre célebre.

Ella no necesitaba soñar con un millonario. Todas sabían que allá, en el
Oeste, existen minas de oro y pozos de petróleo cuyo valor figura en
forma de pedazos de papel, y que muchas de tales acciones estaban á su
nombre en los libros del millonario James Foster (padre), su tutor.

El viejo Craven había empezado su caza del dólar, como simple peón de
mina, en California. La fortuna pareció divertirse siguiendo los pasos
de este hombre que apenas sabía leer ni escribir. Un espíritu diabólico
salido de las entrañas de la tierra le hablaba al oído, guiando sus
manos.

Allá donde él cavaba surgía oro, plata, ó, cuando menos, cobre.
Perforaba un pozo para que los mineros de su campamento no muriesen de
sed, y, en vez de encontrar agua, saltaba petróleo de su fondo. Detrás
de su avance victorioso iban constituyéndose sociedades anónimas y
sindicatos de capitalistas. En el Wall Street, los grandes capitanes del
dinero recibían al viejo Craven como á un igual cuando se le ocurría
perder una semana en el ferrocarril yendo de San Francisco á Nueva York.

Podía haber dejado á su hija una fortuna inmensa; pero el minero era
hombre de acción más que de administración, y se gozaba en emprender
cada año un nuevo negocio, abandonando los mejores provechos de los
anteriores á los consocios fríos y marrulleros que quedaban á sus
espaldas. Él necesitaba ir siempre adelante, olvidando la buena suerte
de ayer para soñar con la nueva fortuna de mañana.

El señor Foster (padre), su compañero de miseria cuando ambos eran
simples jornaleros, poseía una fortuna mayor que la suya, por
haberse limitado á seguirle en las explotaciones segaras, dejándole
avanzar solo en las que consideraba aventuradas. Pero, aun así, el día
en que Graven murió, aplastado por la caída del andamiaje de un pozo de
petróleo, su desconsolado camarada Foster, que era su albacea
testamentario, se encontró, al hacer el balance, con que la única hija
de su amigo representaba para el que se casase con ella unos sesenta
millones de dólares.

Por esto Mina, al oír hablar á sus amigas de un marido rico, sonreía con
cierto desprecio. Ella no necesitaba dinero, y podía casarse con quien
le placiese. Con no menos indiferencia acogía la imagen del atleta,
hábil en todos los deportes, que evocaban otras. A la señorita Craven le
bastaba con su propio atletismo. Su padre la había enviado á la famosa
Universidad cuando era una pequeña salvaje de trece años, acostumbrada á
galopar días enteros en las llanuras de Arizona sobre caballos domados
por ella misma. Su madre, una mujer sencilla, había muerto como abrumada
por la avalancha de millones que iba derrumbándose sobre su hogar; y
Craven, preocupado por esta hija algo indómita que no le dejaba
dedicarse con tranquilidad á sus negocios, la había metido en un colegio
célebre para que fuese una gran señora como las que él había visto de
lejos en las ciudades. La fama de este centro de enseñanza, establecido
en un bosque de varias leguas, con lagos, montañas y palacios, había
llegado confusamente hasta sus oídos. Le bastaba con saber que vivían en
él varias hijas y sobrinas de antiguos presidentes. Y allá, envió á
Mina, poco antes de su muerte.

Ésta, aburrida y furiosa al verse encerrada en el enorme parque, que á
ella le parecía pequeño, ideó varios planes terribles, que,
afortunadamente, no puso nunca en práctica. Pensó incendiar el palacio
en que estaba el gabinete de Física con sus instrumentos, creados
únicamente para aburrir á las pobres muchachas; pensó igualmente,
durante los primeros meses, en matar á tiros de revólver á cierto vejete
que explicaba matemáticas y se había reído sarcásticamente de su
ignorancia. Luego abandonó tales proyectos, y, con la ambición de
demostrar que no era una salvaje, se entregó al cultivo de todas las
artes que estaban de acuerdo con sus facultades.

Llegó á ser la primera en el gimnasio. Saltó horas y horas el caballo de
madera, con un volteo incansable, riendo de este ejercicio pueril con la
superioridad de una amazona acostumbrada á ponerse de pie sobre caballos
en pelo, apeándose y volviendo á subir en el animal sin que éste
detuviese su carrera. Fué capitana de _polo-water_, atravesando como una
náyade el profundo cristal de la piscina del gimnasio. En la clase de
esgrima cansaba al profesor con su florete impetuoso y sus piernas de
acero. La directora de la Universidad empezó á inspirarle cierta
antipatía por haberle prohibido que tirase al revólver en un rincón del
parque, lo mismo que tiraba de pequeña en algunos de los campamentos de
Craven, ante los viejos mineros.

La gloria estaba para ella en los ejercicios físicos, dejando á sus
compañeras los laureles de las ciencias y de las letras. De todo el
profesorado, amaba á la maestra de francés, porque podía hablar con ella
de París y las artistas célebres como de un mundo lejano entrevisto en
los periódicos de modas. También amaba á la maestra de español, que le
describía cómo eran las corridas de toros y le enseñaba á ponerse la
mantilla lo mismo que una andaluza.

No necesitó de estudios penosos y áridos para sobrepasar á todas. La
admiraban por su hermosura física de bello animal sano, vigoroso y de
líneas correctas. Cada vez que en el _polo-water_ se arrojaba en la
piscina de cabeza, sin más vestido que un ligero mallón de muchacho, el
público lanzaba un murmullo aprobador, á pesar de la identidad de sexo.
Los viejos profesores del establecimiento y los visitantes, que eran
siempre personas graves, se sentían inquietos ante su cabellera de un
rubio subido, igual á la llama de una antorcha, y la fijeza algo
insolente y dominadora de sus ojos claros. Los hombres se ruborizaban
sin saber por qué, apartando la mirada, como si no pudieran resistir el
encuentro de sus pupilas.

Ni millonarios, ni hombres de _sports_. Ella tomaría á quien quisiera
escoger. Los hombres iban á ofrecerse á Mina Craven formando legión,
satisfechos y felices si se dignaba hacerlos sus esclavos. Estaba segura
de ello.... Y pasaba por su memoria la imagen de James Foster (hijo), un
muchacho de orejas demasiado separadas del cráneo, fuerte mandíbula y
ojos de perro bueno, que tenía un año más que ella.

Inmediatamente, como un síntoma de cariño fraternal, sus dientes
castañeteaban de cólera y se le cerraban los puños. ¡Qué deseos tan
vehementes tenía de aporrear á este compañero de juegos infantiles!...

Todos los veranos, al vivir juntos durante las vacaciones en la casa del
tutor, Mina daba de puñetazos á su amigo, el cual, perdida la paciencia,
acababa por devolverle los golpes.

Y la señorita Graven, que había aprendido recientemente á batirse á la
japonesa, deseaba, al abandonar el colegio, medirse con James
definitivamente. Quería hacerlo caer á sus pies, como un adversario
aborrecido y apreciado al mismo tiempo.



II


El viejo Foster, que nunca tenía bastantes horas para los negocios,
aprobó con alegre laconismo los propósitos de la hija de su amigo. Su
cargo de tutor le había proporcionado muchas inquietudes, y celebraba
librarse de Mina por algún tiempo.

Luego de salir de la Universidad, la joven había desaparecido, con gran
espanto de Foster, que creyó en un secuestro ó un asesinato.
Transcurrieron dos meses, y antes de que la policía hubiese averiguado
su paradero, se presentó Mina tranquilamente en el despacho de su tutor.
Quería conocer la vida de cerca, tal como es, y para esto había huído á
Chicago, viviendo como una obrera. Pero las crueldades de la realidad le
hicieron arrepentirse muy pronto de esta escapatoria, sugerida por
ciertas lecturas, y volvió en busca de su tutor y de las comodidades que
corresponden á una muchacha millonaria.

Una dama vieja y pobre fué la encargada por Foster de acompañar á Mina,
dando cierta respetabilidad á su juventud independiente y poco miedosa
de la opinión ajena. El millonario, después de ordenar esto, ya no supo
qué otra cosa podía hacer. Por eso se alegró cuando su pupila le dijo
que pensaba viajar por Europa, acompañada de su escudero femenino.

Mina Craven, atrevida de maneras como un muchacho, ganosa de desafiar la
curiosidad de las gentes con sus audacias y excentricidades, fué una
americana de las que pueden llamarse «de exportación». El viajero
observador atraviesa los Estados Unidos, de Nueva York á San Francisco y
de Chicago á Nueva Orleáns, viendo mujeres que son iguales á las de
todas partes: buenas madres, buenas esposas, ó excelentes muchachas que
aspiran á ser lo uno y lo otro. Sólo rodando por el viejo mundo, en
París, en Londres ó en Roma, se encuentra la americana atrevida,
arrolladoramente hermosa y de voluntad refractaria á los escrúpulos, la
cual ha servido de modelo para tantos personajes de novela y de comedia.

Los condes y marqueses deseosos de una heredera rica se agolparon en
torno de miss Craven en los grandes hoteles, en las playas de moda y las
estaciones invernales de Suiza. ¡Diez y nueve años, y sesenta millones
de dólares!...

--Miss, cásese usted--decía la dama acompañante, como si, á pesar del
enorme sueldo que le había señalado el tutor, quisiera libertarse de la
esclavitud que suponía aguantar el carácter desigual é imperioso de la
joven.

--Yo sólo me casaré con un hombre que sea célebre.

Y Mina quedaba pensativa después de esta declaración. ¿Qué celebridad
podía encontrar?...

En Londres había creído enamorarse de un duque que databa del tiempo de
los Estuardo. Después olvidó este amor, adivinando que en el porvenir
tendría celos de la cuadra de dicho personaje. El duque la olvidaría por
sus caballos de carreras. En Francia puso sus ojos en varios escritores
célebres. Pero todos eran casados ó arrastraban desde su primera
juventud compromisos ineludibles. Además, ¡tan viejos vistos de cerca!
¡tan prosaicos en sus costumbres íntimas, á pesar de las raciones de
idealismo y poesía que servían al público en forma de libros y piezas de
teatro!...

En Italia se interesó por dos pintores, y anduvo como loca durante una
semana por un tenor de fama universal. Pero le bastó invitar una noche á
comer á este ruiseñor humano, para desprenderse de sus ilusiones. ¡Qué
torrente de necedades cuando hablaba! ¡Qué feo y vulgar al despojarse de
sus trajes escénicos y limpiarse los colores del rostro!...

Estando en Sevilla durante la Semana Santa, sintió interés por un torero
joven al que adoraba España entera. El rey era su amigo; el presidente
del Consejo de ministros preguntaba por su salud siempre que recibía una
cornada. Era una gloria nacional, y Mina le siguió durante unas semanas
de plaza en plaza. Pero, al fin, el héroe tuvo la misma suerte que los
otros. No se atrevía á resistir la mirada de la millonada; balbuceaba al
contestarle. Además, descubrió de pronto que este gladiador, que parecía
un gigante en medio del circo, tendiendo la fiera cornuda muerta á sus
plantas, apenas sobrepasaba con su cabeza los hombros de ella.

Pensó, después de esto, si su felicidad consistiría en casarse con un
boxeador campeón del mundo; pero le bastó presenciar un encuentro entre
dos hombres medio desnudos, que parecían dos fardos de músculos
barnizados de sudor, para renunciar á tal idea.

¡Ay, el hombre célebre! ¿Dónde encontrarlo?... ¿En qué debía consistir
su celebridad?...

Mientras tanto, James Foster (hijo) le salía al encuentro en los lugares
donde menos podía sospecharse su presencia. Se presentaba ruboroso,
balbuciente, tímido, como un señor que desea pedir algo importante y
asegura que ha venido á visitar á un amigo, por casualidad, aprovechando
el haber pasado por cerca de la casa.

--Estoy de paso para Australia; y al enterarme de que vivimos en el
mismo hotel....

Y la entrevista ocurría, por ejemplo, en Madrid. Según el joven Foster,
todo el mundo era camino para ir adonde él deseaba. Otras veces, al
encontrar á su compañera de infancia en Bucarest, decía ruborizándose:

--Vengo de América, con dirección al Transvaal, y al pasar por aquí la
encuentro. ¡Qué feliz casualidad!

Foster (hijo) podía justificar con un motivo glorioso estos viajes
incesantes que le hacían cruzar la tierra en todas direcciones. Mientras
Foster (padre) reunía nuevos millones y defendía la integridad de los
antiguos, él se dedicaba á la tarea de hacer su nombre célebre. Tal vez
sentía este deseo á impulsos de una antigua rivalidad con Mina; tal vez
aspiraba á la celebridad únicamente por serle grato.

Buscaba la gloria siguiendo el camino de sus aficiones, y por esto se
había dedicado á cazador, persiguiendo y matando animales peligrosos en
todas las latitudes del planeta. La señorita Craven recibía con
frecuencia periódicos deportivos con el retrato de James carabina en
mano, vestido de viajero ártico ó cubierto con un gran fieltro de
cazador del centro de África. Los artículos contaban sus hazañas, las
heridas que llevaba recibidas, las aventuras tenebrosas de las que había
salido con vida milagrosamente.

Los ojos de ella pasaban sobre todo esto con fría curiosidad.

--¡Pobre James! ¡Tan insignificante!... Será un buen marido para una
mujer de inteligencia corta.

Otras veces recibía regalos del cazador, que continuaba sus hazañas en
el otro hemisferio del planeta: colmillos de elefante, astas de
antílopes rarísimos, pieles de animales gigantescos. Y Mina, que
admiraba estos envíos en el primer instante, acababa por despreciarlos
al recordar á James.

--¡Infeliz muchacho!... Si yo me dedicase á cazar, haría, seguramente,
más que él.... Todo lo que cuentan los periódicos de sus hazañas debe
pagarlo á tanto la palabra.

Una primavera, encontrándose en Florencia, cambió instantáneamente la
orientación de su vida. Vió su verdadero camino; se enteró de dónde
estaba la celebridad.

En aquel momento solicitaba su mano un conde del país, de una palidez
aceitunada y ojos de brasa, el cual permanecía días enteros en el salón
de espera del hotel, lo mismo que un empleado de agencia de viajes, para
acompañarla en todas sus salidas.

Mina era la vigésima millonaria americana á la que pretendía elevar,
ofreciéndole su corona condal. Diez y nueve antes que ella habían
renunciado á tan alto honor. Este heredero de un gran nombre histórico
le enseñaba las fotografías de los diversos palacios de su familia,
hermosos y venerables edificios, en los que no quedaba ni un cuadro ni
un mueble, pues todo lo habían vendido sus antecesores. La aspiración
suprema del nieto de tantos _condottieri_ era establecer el _comfort_
moderno en sus palacios. Con calefacción central, con baños y con
_water-closets_, ¡qué vida tan dulce podía pasarse en estos edificios
creados por los grandes artistas del Renacimiento! La millonaria venida
del otro lado del Atlántico podía realizar este milagro sólo con cederle
su mano.

Para conmoverla, enseñaba cartas de Maquiavelo, de Miguel Ángel, de
Benvenuto Cellini y otros florentinos célebres, dirigidas á sus remotos
ascendientes, únicos recuerdos de familia que se habían salvado, no se
sabe cómo, de la rapacidad de los anticuarios. Mina reía de sus
juramentos de amor acompañados de gestos trágicos, y lo convidaba á
comer, exigiéndole que no faltase á sus costumbres y siguiera fumando
entre plato y plato un largo cigarro atravesado por una paja, que
esparcía un olor pestilente.

Una noche, el conde, para agradecer sin duda estas amabilidades, la
invitó á un cinematógrafo. Un verdadero dispendio: una lira por persona;
¡pero cuando se aspira á casarse con una millonaria!...

Mina tuvo que aguardar en la puerta unos minutos, mientras su enamorado
tomaba los billetes, parlamentando largamente con el empleado de la
taquilla. Llegó á sospechar si estaría pidiendo una reducción en el
precio, por ser dos los billetes comprados.

Un cartel de colores distrajo su atención. Un hombre aparecía en él á
caballo, con la cara afeitada, gran sombrero, un pañuelo rojo sobre los
hombros y dos revólveres en la cintura. Era una reproducción algo
teatral de los jinetes que ella había conocido en su infancia. Encima de
esta figura vió un nombre: «Lionel Gould». No era nuevo para ella; lo
había oído alguna vez. Al pie del cartel encontró otro nombre: «El rey
de las praderas». ¡Ah, sí! Este era el apodo de un artista americano
llamado Gould, que había obtenido una celebridad universal interpretando
el papel de _cow-boy_ vengador y caballeresco en un sinnúmero de dramas
cinematográficos cuya acción se desarrollaba, invariablemente, á través
de las llanuras del Sur de los Estados Unidos.

Por primera vez miró Mina con atención al célebre artista de la tragedia
silenciosa. Estaba segura de haberle visto en _films_ de los que sólo
guardaba un vago recuerdo; pero ahora «El rey de las praderas» ofrecía
para ella el encanto de una novedad.

Le siguió con palpitaciones de verdadero interés mientras se batía, solo
y á puñetazos, con un grupo de bandidos. Luego mató á un tigre; después
los indios lo amarraron á un poste para quemarle vivo. ¡Cómo respiró al
verle en salvo milagrosamente!... No había poder, en el cielo ni en la
tierra, capaz de acabar con este buen mozo. Y por la atracción del
contraste, miró un momento con ojos compasivos al conde de los palacios
desamueblados, al nieto del protector de Miguel Ángel, que la hablaba de
amor, pretendiendo separar su atención de las cosas interesantes que se
desarrollaban sobre la blanca pantalla.

Hubo un momento en que creyó que un alfiler olvidado sobre su pecho se
le metía carne adentro. «El rey de las praderas» quedaba visible
únicamente de busto, con una cabeza enorme, y anonadado por lo
angustioso de su situación, bajaba la mirada. Luego iba elevando sus
ojos, para fijarlos directamente en el público con una expresión de
dolor pueril. Era un héroe, indudablemente; pero un héroe bueno y
simple, lo mismo que un niño, y Mina sintió un deseo de consolarle, de
protegerle, como si acabase de despertar la confusa maternidad que toda
mujer lleva dormida en su interior. Después tuvo la intuición de que la
tal mirada iba á significar mucho en su vida futura.

A partir de esta noche, Lionel Gould le salió al encuentro en todas las
ciudades de Italia que fué visitando y en las de otras naciones de
Europa. De día, si se inmovilizaba su automóvil por una aglomeración de
vehículos en una calle, era siempre frente á un cinematógrafo, y en la
puerta figuraba «El rey de las praderas» á caballo, con su gran
sombrero, sus revólveres y su pañuelo rojo. Si entraba en una sala de
espectáculos, tenía la seguridad de que se apagarían inmediatamente las
bombillas eléctricas, para que galopase por el lienzo iluminado el
intrépido Lionel.

Sus hazañas resultaban interminables. Jamás caballero andante ni héroe
de novela moderna pasó por tantas aventuras. Le vió en peligro de muerte
un sinnúmero de veces. Además, mataba gente como si matase moscas.
Llevaba exterminadas muchas fieras, especialmente tigres, y á él nunca
le ocurría un contratiempo que fuese irremediable. Le herían
frecuentemente, le sometían á tormentos atroces; pero sanaba, al fin,
con una rapidez portentosa. Y en casi todas las representaciones, ¡su
mirada, aquella mirada de héroe niño, que hacía sentir á Mina el
pinchazo de un alfiler olvidado!...

Algunas damas encontradas en sus viajes contribuían, sin saberlo, á
aumentar su preocupación:

--Usted, que es americana, ¿ha visto alguna vez personalmente á Lionel
Gould?...

Una noche, Mina se convenció de que su acompañante era una vieja
estúpida. La había llevado á ver una aventura sorprendente de «El rey de
las praderas», y cuando el héroe lanzaba su mirada de angustia, miss
Craven le preguntó en voz baja, con temblores de emoción:

--¿Qué le parece?... ¿Verdad que es muy guapo?...

La acompañante movió la cabeza. Sí, guapo; pero muy ordinario. Ella no
amaba los _cow-boys_. Prefería los _films_ en que aparecen señoras
elegantes y todos los hombres van vestidos de frac.

De pronto, Mina mostró un patriotismo rabioso. ¿Qué hacía en Europa?...
Sólo los _snobs_ podían perder su tiempo y su dinero en un continente
viejo y aburrido. Ella era americana, y debía vivir en América.

Y se embarcó, pensando que es necedad rodar por el mundo cuando, las más
de las veces, lo que buscamos lo tenemos en la propia casa.



III


Al saber, en Nueva York, que Foster (padre) estaba en San Francisco,
atravesó inmediatamente los Estados Unidos.

Se había vuelto de repente mujer de orden; deseaba enterarse del estado
de sus negocios; creía necesario conferenciar con su tutor. No sabía
ciertamente qué podría decirle; pero consideraba urgente el verle, por
el solo hecho de que vivía en California.

Cuando llegó á San Francisco, supo que Foster se hallaba en una
propiedad suya, á dos horas de ferrocarril, y desistió de su visita. Ya
le vería más adelante; estaba cansada; le asustaba estas dos horas de
tren, después de haber pasado una semana entera en vagón. Y, á pesar del
tal cansancio, salió inmediatamente para Los Ángeles, un viaje cinco
veces mayor.

Pero tampoco en Los Ángeles estaba su reposo, y no paró hasta tres
cuartos de hora más allá, en el pueblo de Hollywood, donde se fabrican
la mayor parte de los _films_ que entretienen á la humanidad presente.

Admiró la fresca hermosura de una población creada en pocos años, por la
necesidad de sol y de cielo límpido que tiene la cinematografía. Vió
avenidas formadas solamente de jardines y de estudios. Varios miles de
artistas de ambos sexos, de maquinistas escénicos y de fotógrafos
constituyen su único vecindario. En las calles, á la hora del _lunch_,
se encuentran odaliscas arrastrando sus velos, españolas con mantilla,
ó pieles rojas con penachos de plumas, según es el _film_ que está en
ejecución. Las figurantas van á sus casas á almorzar sin quitarse el
traje, por no perder tiempo.

Sobre las vallas de los estudios se elevan, unas veces, la torre Eiffel,
si la obra transcurre en París, y otras, el palacio de los Dogas
venecianos ó los agudos minaretes de una mezquita oriental. Cuando el
fotógrafo termina de dar vueltas á la última película, los albañiles
demuelen estas sólidas construcciones de cemento para levantar otras
inmediatamente, cambiando el aspecto de la «ciudad-camaleón».

Mina fué rectamente en busca de lo que le había atraído cuando estaba al
otro lado de la tierra. Avanzó con resolución, por lo mismo que estaba
segura de que le esperaba un cruel desengaño. Esta celebridad sería,
seguramente, como las otras.

Una agencia de informes había puesto en movimiento sus detectives para
hacer conocer á la millonaria todo el pasado de «El rey de las
praderas».

Lionel Gould--un nombre de teatro--había sido estudiante; pero su
afición á la vida intensa y á las novelas de aventuras le hicieron
abandonar la casa de sus padres á los diez y siete años, yéndose á Texas
para llevar la existencia ruda de los _cow-boys_ que tantas veces había
admirado en los libros. A los veintidós años, otro cambio de aficiones.
El jinete de las llanuras, cansado de guardar vacas, se había hecho
actor, sufriendo la vida errante y no menos aventurera que llevan en los
Estados Unidos las gentes de teatro mediocres, saltando de pueblo en
pueblo para trabajar una noche nada más.

El éxito universal de la cinematografía le sacó de pronto de esta
miserable situación. Todo lo que había aprendido en las praderas de
Texas le sirvió para su gloria artística. Ningún actor supo como él
montar á caballo, echar el lazo, batirse á puñetazos, manejar las armas.
Allá, entre vaqueros de verdad, había sido un discípulo mediocre, un
muchacho de la burguesía empeñado en hacerse _cow-boy_ bajo la obsesión
de ciertas lecturas. En el cinematógrafo no tuvo rival, y fué al poco
tiempo «El rey de las praderas».

Antes de los treinta años había juntado una fortuna considerable y su
nombre era famoso en la tierra entera.

Un ayuda de cámara irlandés se encargaba de contestar, imitando su
firma, los centenares de cartas femeniles que llegaban semanalmente de
todos los extremos del planeta pidiendo á Gould un autógrafo
sentimental.

Mina vió su casa, elegante edificio de madera, verde y blanco, entre
jardines siempre primaverales. Después lo vió á él, una tarde que
trabajaba en el interior del estudio cinematográfico, bajo una luz
lívida. «El rey de las praderas» se batía en aquellos momentos á
silletazos y tiros de revólver con todos los parroquianos de una taberna
del desierto.

La primera impresión no fué buena. Miss Craven le vió alto, fornido, de
arrogantes movimientos, tal como lo había contemplado muchas veces en
los _films_, pero con la cara pintada de blanco, lo mismo que un
Pierrot. La luz lívida y sepulcral de los tubos de mercurio exigía esta
pintura de artista de circo.

Pero Gould, impresionado por la presencia de la millonaria que era hija
del difunto Craven y tenía por tutor á Foster (padre), dos nombres
ilustres del Oeste, la saludó con una torpeza conmovedora. En su
confusión, lanzó la mirada, la famosa mirada de héroe niño que parecía
pedir auxilio, y Mina dejó de ver la cara cubierta de almidón, para
fijarse únicamente en sus ojos implorantes.

Desde este día, el gran artista terminó más pronto sus trabajos, para ir
á Los Ángeles, donde miss Craven le había invitado á comer, ó para
acompañarla en sus interesantes paseos á la hora en que muere el sol.

Lionel recitaba versos, estaba más enterado que Mina de las cosas
literarias, y ella acabó por admirarle como un espíritu delicado, como
un «alma romántica», capaz de llenar de poesía la existencia de una
mujer. Además, era «El rey de las praderas», el atleta irresistible que
ningún hombre podía domeñar.

Una visita inesperada perturbó esta existencia idílica.

Se presentó en el lujoso hotel de Los Ángeles Foster (hijo), con todo su
equipaje de escopetas y demás aparatos para la caza de bestias feroces.

--¡Mi querida Mina! ¡Qué casualidad encontrarnos!... Vengo de Nueva
York, para embarcarme en San Francisco. Voy al Congo....

Y ruborizándose por este absurdo rodeo geográfico, se apresuró á añadir:

--Quiero cazar donde no cazó el coronel Roosevelt. Voy á correr los
países que él no visitó nunca.

Un secreto instinto le avisaba, sin duda, el peligro, y venciendo esta
vez la cortedad de su carácter, manifestó sus deseos. Mina Craven y
James Foster (hijo) podían hacer una linda pareja. ¿Por qué no se
casaban?...

El gesto de lástima simpática que puso ella fué para acobardar al más
valeroso cazador.

--Yo sólo me casaré con un hombre célebre.

Foster quiso protestar. Él no tenía la celebridad de un boxeador ó de un
cantante de ópera; pero era alguien. Los periódicos hablaban de él.

--Yo sólo me casaré con un héroe--añadió Mina.

James creyó necesario insistir en sus méritos. Hizo memoria de los
regalos enviados á Mina, especialmente de dos pieles de oso, enormes,
con unas cabezas que metían espanto. Él, completamente solo, los había
matado en Alaska.

--¡Unos osos!--dijo ella, levantando los hombros--. Eso lo mata
cualquiera.... ¿Cuántos tigres ha cazado usted, James?...

El hijo de Foster inclinó la cabeza. Apenas quedaban tigres en el mundo.
Él había pasado varios meses en la India, y, después de largas esperas,
gastos y penalidades, sólo había conseguido matar uno.

--¡Un tigre nada más!...

Mina sonrió otra vez de lástima. Ella conocía á un cazador que llevaba
matados más de treinta ante sus propios ojos, y no con largos
intervalos, sino todas las noches.

Foster (hijo), como hombre práctico, abandonó inmediatamente sus
pretensiones, juzgándolas imposibles. «¡Adiós, Mina!» Ya no pensó en
sobrepasar las hazañas africanas de Roosevelt. Lo que deseaba era
tropezar en el Congo con un hipopótamo, un león ó cualquiera otra bestia
misericordiosa, que, al desgarrarlo en pequeños pedazos, le librase del
recuerdo de miss Craven la ingrata.

Después de esta entrevista, la millonaria creyó necesario acelerar los
acontecimientos. Ella fué la que tomó la iniciativa, sabiendo que «El
rey de las praderas» se mostraba tímido en su presencia, quedando como
adormecido bajo el poder de sus ojos.

--Ya estoy cansada de ser miss Craven. Ahora deseo ser mistress Gould.
¿Está usted conforme, Lionel?

Aunque él hubiese dicho que no, Mina habría preparado lo mismo el
matrimonio.

Llevando tras de ella al célebre Lionel, como si lo raptase, se marchó
á San Francisco para visitar á su tutor. Esta vez Foster (padre) estaba
en su despacho.

--Le presento á mi futuro esposo. Me caso esta misma semana con «El rey
de las praderas».

El millonario abrió la boca á impulsos de la sorpresa, mostrando todo el
oro y el marfil de su interior. Luego pensó que un hombre de negocios no
debe asombrarse nunca, y acabó por reír, con una carcajada ruidosa que
dejó visible otra vez toda la riqueza de su dentadura.

--¡Original!... ¡Verdaderamente original!



IV


Mina se consideró la mujer más feliz de la tierra. El escándalo de unas
amigas y los comentarios burlones de las otras fueron para ella un
motivo de orgullo.

--¡Envidiosas!... ¡De qué buena gana me quitarían mi «rey de las
praderas»!

Gould era aún más dichoso. Los millones de su esposa suponían poco en
esta felicidad. Él ganaba miles de dólares por semana.... Pero le
enorgullecía haberse casado, siendo un simple cómico, con la hija única
de Craven, llamado en vida «el Cristóbal Colón del petróleo».

Un gran contento físico vino á confundirse, además, con este amor
admirativo.

Gould estaba harto de sus compañeras de trabajo. Un convencionalismo de
la cinematografía americana, inventado no se sabe por quién, exige que
todos los actores sean grandes, y las artistas, liliputienses. Lionel,
que admiraba las hembras de su talla, tenía que trabajar con muñecas que
apenas le pasaban del codo, mujeres «de bolsillo», que podía meter en
cualquiera abertura de su traje.

A su esposa, la esbelta y fuerte Mina, la besaba de frente, sin
necesidad de bajar la cabeza y doblar las vértebras. Además, las otras
iban pintadas de blanco, como payasos; llevaban pegadas á los párpados
unas tirillas erizadas de pelos, que fingían larguísimas pestañas, y en
los momentos de emoción se colocaban unas gotitas de glicerina, que
luego, en el film, resultaban lágrimas.... En cambio, la nueva mistress
Gould era de una esplendidez corporal, fresca y firme, que parecía
esparcir el perfume de los bosques cuando despiertan bajo el soplo de la
primavera. ¡Oh, adorada Mina!

Se lanzaron á viajar por el mundo. Ella exigió que Lionel abandonase el
arte cinematográfico. Más adelante, ¿quién sabe?... Un hombre célebre se
debe á su celebridad. Pero, por el momento, «El rey de las praderas»
debía ser para ella únicamente.

La vida conyugal no le trajo ninguna decepción. El célebre Gould fué, al
mismo tiempo, un marido enamorado y un servidor respetuoso. Además,
¡cómo se sentía ella protegida al lado del héroe! ¡Qué impresión de
orgullo y de seguridad cuando se abrazaba á él, percibiendo la fuerza
almacenada en su vigoroso organismo!...

Muchas veces, al marchar apoyada en su brazo, tocaba amorosamente el
bíceps contraído. Era fuerte, pero no de un vigor extraordinario. Ella
había visto en los circos y en los pugilatos de boxeadores musculaturas
más poderosas. Pero inmediatamente pensaba en las hazañas de «El rey de
las praderas». La cinematografía tiene sus _trucs_ y sus misterios, como
todas las cosas teatrales; pero la verdad siempre es la verdad, y ella
había visto á su Lionel levantar troncos enormes, agarrar á un enemigo y
arrojarlo por la ventana como si fuese un pañuelo, echar puertas
abajo....

«Y es que el músculo--pensaba Mina--no lo es todo; vale más la energía
interior y misteriosa, que sólo poseen los héroes.» Su Lionel,
indudablemente, era á modo de una batería eléctrica, que en ciertos
momentos de excitación podía desenvolver una fuerza inmensa. Ella le
había visto batiéndose con ocho á la vez, y sabía hasta dónde era capaz
de llegar.

--¡Oh, Lionel!... ¡Mi hércules adorado!

Una noche, estando en Marsella de paso para Egipto, Mina quiso pasear
por el Puerto Viejo, á la luz de la luna. ¡Ver los buques antiguos del
Mediterráneo dormidos sobre las aguas de plata! ¡Creerse en tiempos de
la _Odisea_ al contemplar las filas de pequeños veleros procedentes de
Grecia!...

Los muelles desiertos resultaban peligrosos después de media noche. En
las callejuelas cercanas bullían rameras de la más extremada abyección,
juntas con negros, con marineros levantinos, con marroquíes é
indostánicos, con vagabundos de todo el planeta. Pero la millonaria no
conocía el miedo. Además, iba apoyada en el más fuerte de los brazos.

Su cabellera de aurora, su andar majestuoso, el perfume que iban
sembrando sus pasos, el brillo de un diamante en su diestra
desenguantada, hicieron detenerse á sus espaldas á cuatro hombres
morenos, de robustez cuadrada y rostros inquietantes, que se consultaron
con voces roncas de ebrio.

Gould sólo tuvo tiempo para abandonar el brazo de su mujer y girar
sobre sus talones, avisado por las palabras confusas de estos
vagabundos, que parecían ponerse de acuerdo.

Los cuatro cayeron sobre él, que los recibió gallardamente con sus puños
poderosos.

Mina quedó á pocos pasos, más curiosa que asustada, saboreando de
antemano la gran corrección que iban á recibir los bandidos. «El rey de
las praderas» terminaría la pelea en unos segundos.

Pero el pobre «rey», después de defenderse con una arrogancia teatral,
sin vacilación alguna, seguro de su triunfo, vino al suelo tristemente,
como se derrumban al dar los primeros pasos en la existencia todos los
que han vivido una vida de ilusión.

Tres de aquellos miserables siguieron golpeando al caído para rematarlo,
mientras el otro avanzaba hacia Mina con cierta indecisión, al ver que
no intentaba huir.

Miss Craven, á pesar de sus fantasías, había conservado mucho del
espíritu práctico de su padre, y sabía todo lo que una persona previsora
no debe olvidar en sus viajes. Brilló en su diestra, salido no se sabe
de dónde, un juguete plateado, la última novedad para la defensa
personal: nueve tiros. Sonó una detonación, y el hombre se hizo atrás,
lanzando juramentos y llevándose una mano al pecho. Sonó un nuevo
disparo, y empezó á dar traspiés otro de los que estaban inclinados,
sobre Lionel dándole golpes. Siguió apretando el gatillo, y los tiros
hicieron desaparecer á aquellos facinerosos, unos corriendo, otros
balanceándose dolorosamente, mientras de las callejuelas cercanas
empezaba á salir gente. Mina se arrodilló junto á su marido.

--¡Oh, Lionel! ¡Mi rey!... ¿Te han matado?

Cuando, semanas después, pudieron salir de Marsella, la vida conyugal
era otra. Gould, todavía convaleciente de sus heridas, parecía sentir
vergüenza delante de su esposa. «¡No haber sabido defenderte!...»,
decían sus ojos. Y lanzaba á continuación su mirada suplicante.

Esta mirada devolvía á Mina un pálido recuerdo del antiguo afecto. Sólo
esta mirada era verdad. Todo lo demás del héroe, pura mentira. Su marido
resultaba un pobre muchacho, simple y bueno, necesitado de que lo
protegiesen. Ella lo defendería, como en la noche de Marsella. ¡Adiós,
amor! Sólo quedaba en la millonaria un afecto que tenía mucho de
maternal.

Los dos, con la pesada tristeza del desengaño, se aburrieron en todas
partes, y acortaron su viaje para volver á los Estados Unidos.

Creían adivinarse en los ojos sus respectivos pensamientos.

--Se divorciará apenas lleguemos á Nueva York.... Mejor: volveré á
dedicarme á la cinematografía.

Pero esto representaba para Gould un suplicio. ¡Separarse de Mina, á la
que amaba ahora más que antes, con la ternura de la gratitud y la
amargura del remordimiento!...

Ella también pensaba en el divorcio.

--¡Todo mentira!... Tendré que rehacer mi existencia con otro.

Y empezó á pensar en África y en los continuadores de las cacerías de
Roosevelt.

Al llegar á Nueva York, los periódicos hablaron de Mina por ser la
esposa del célebre Gould. Las amigas seguían envidiándole el «rey de las
praderas» y encontraban muy interesante su matrimonio. ¿Era prudente,
después de esto, abandonar á su buen mozo, para que lo agarrase otra
mujer?...

La vida en intimidad resultaba triste y penosa. El recuerdo de aquella
noche se interponía entre los dos. El pobre «rey» conoció una reina que
no había sospechado nunca: injusta, rencorosa, sarcástica, propensa á
encontrar malo todo lo de su marido.

Una mañana, á la hora del _breakfast_, por una discusión insignificante,
la misma mano que había disparado varios tiros en el Puerto Viejo de
Marsella agarró un plato y lo arrojó contra la cara del hombre célebre.
La porcelana se hizo pedazos, hiriéndole. Lionel se limpió la sangre de
una mejilla, y luego miró á su esposa con aquellos ojos de niño
abandonado é implorante.

--¡Oh, mi rey!--gritó ella, refugiándose en sus brazos--. ¡Pobrecito
mío!... Perdóname; soy una loca. No te abandonaré nunca.

Y durante todo el día, Gould conoció la más amorosa y sumisa de las
mujeres.

Desde entonces la vida de los dos se desarrolló con violentas
alternativas: primeramente discusiones buscadas por ella, que terminaban
con golpes, y luego, tras la mirada implorante del esposo, la feliz
reconciliación. Hasta le permitió que volviese al arte cinematográfico,
siendo protagonista de varios _films_, cuyos argumentos se hacía relatar
ella anticipadamente. Su Lionel sólo debía aparecer en el círculo
luminoso realizando hazañas nunca vistas.

Jamás había hablado con tanto entusiasmo de su esposo. Lo mismo en
presencia de él que estando á solas con sus amigas, hacía elogios del
héroe, ensalzando su fuerza irresistible, su valor temerario.

Lionel Gould era siempre el mismo. Estaba orgullosa de llevar su nombre.

Después de esto sonreía con verdadera satisfacción, halagada por
orgullosos pensamientos que nadie podía adivinar.

Sí; su marido continuaba siendo el invencible, el único, «El rey de las
praderas», y con esto quedaba dicho todo.

Pero ella, en su casa, le pegaba al «rey de las praderas».



NOCHE SERVIA



I


Las once de la noche. Es el momento en que cierran sus puertas los
teatros de París. Media hora antes, cafés y _restaurants_ han echado
igualmente su público á la calle.

Nuestro grupo queda indeciso en una acera del bulevar, mientras se
desliza en la penumbra la muchedumbre que sale de los espectáculos. Los
faroles, escasos y encapuchados, derraman una luz fúnebre, rápidamente
absorbida por la sombra. El cielo negro, con parpadeos de fulgor
sideral, atrae las miradas inquietas. Antes, la noche sólo tenía
estrellas; ahora puede ofrecer de pronto teatrales mangas de luz en cuyo
extremo amarillea el zepelín como un cigarro de ámbar.

Sentimos el deseo de prolongar nuestra velada. Somos cuatro: un escritor
francés, dos capitanes servios y yo. ¿Adonde ir en este París obscuro,
que tiene cerradas todas sus puertas?... Uno de los servios nos habla
del _bar_ de cierto hotel elegante, que continúa abierto para los
huéspedes del establecimiento. Todos los oficiales que quieren
trasnochar se deslizan en él como si fuesen de la casa. Es un secreto
que se comunican los hermanos de armas de diversas naciones cuando pasan
unos días en París.

Entramos cautelosamente en el salón, profusamente iluminado. El tránsito
es brusco de la calle obscura á este _hall_, que parece el interior de
un enorme fanal, con sus innumerables espejos reflejando racimos de
ampollas eléctricas. Creemos haber saltado en el tiempo, cayendo dos
años atrás. Mujeres elegantes y pintadas, champaña, violines que gimen
las notas de una danza de negros con el temblor sentimental de las
romanzas desgarradoras. Es un espectáculo de antes de la guerra. Pero en
la concurrencia masculina no se ve un solo frac.

Todos los hombres llevan uniformes--oficiales franceses, belgas,
ingleses, rusos, servios--, y estos uniformes son polvorientos y
sombríos. Los violines los tocan unos militares británicos, que
contestan con sonrisas de brillante marfil á los aplausos y aclamaciones
del público. Sustituyen á los antiguos ziganos de casaca roja. Las
mujeres señalan á uno de ellos, repitiéndose el nombre del padre, lord
célebre por su nobleza y sus millones. «Gocemos locamente, hermanos, que
mañana hemos de morir.»

Y todos estos hombres, que han colgado su vida como ofrenda en el altar
de la diosa pálida, beben la existencia á grandes tragos, ríen, copean,
cantan y besan con el entusiasmo exasperado de los marinos que pasan una
noche en tierra y al romper el alba deben volver al encuentro de la
tempestad.



II


Los dos servios son jóvenes y parecen satisfechos de que las aventuras
de su patria les hayan arrastrado hasta París, ciudad de ensueño que
tantas veces ocupó su pensamiento en la bárbara monotonía de una
guarnición del interior.

Ambos «saben relatar», habilidad ordinaria en un país donde casi todos
son poetas. Lamartine, al recorrer hace tres cuartos de siglo la Servia
feudataria de los turcos, quedó asombrado de la importancia de la poesía
en este pueblo de pastores y guerreros. Como muy pocos conocían el
abecedario, emplearon el verso para guardar más estrechamente las ideas
de su memoria. Los «guzleros» fueron los historiadores nacionales, y
todos prolongaron la _Ilíada_ servia improvisando nuevos cantos.

Mientras beben champaña, los dos capitanes evocan las miserias de su
retirada hace unos meses; la lucha con él hambre y el frío; las batallas
en la nieve, uno contra diez; el éxodo de las multitudes, personas y
animales en pavorosa confusión, al mismo tiempo que á la cola de la
columna crepitan incesantemente fusiles y ametralladoras; los pueblos
que arden; los heridos y rezagados aullando entre llamas; las mujeres
con el vientre abierto, viendo en su agonía una espiral de cuervos que
descienden ávidos; la marcha del octogenario rey Pedro, sin más apoyo
que una rama nudosa, agarrotado por el reumatismo, y continuando su
calvario á través de los blancos desfiladeros, encorvado, silencioso,
desafiando al destino como un monarca shakespiriano.

Examino á mis dos servios mientras hablan. Son mocetones carnosos,
esbeltos, duros, con la nariz extremadamente aguileña, un verdadero pico
de ave de combate. Llevan erguidos bigotes. Por debajo de la gorra, que
tiene la forma de una casita con doble tejado de vertiente interior, se
escapa una media melena de peluquero heroico. Son el hombre ideal, el
«artista», tal como lo veían las señoritas sentimentales de hace
cuarenta años, pero con uniforme color de mostaza y el aire tranquilo y
audaz de los que viven en continuo roce con la muerte.

Siguen hablando. Relatan cosas ocurridas hace unos meses, y parece que
recitan las remotas hazañas de Marko Kralievitch, el Cid servio, que
peleaba con las _wilas_, vampiros de los bosques, armadas de una
serpiente á guisa de lanza. Estos hombres que evocan sus recuerdos en un
_bar_ de París han vivido hace unas semanas la existencia bárbara é
implacable de la humanidad en su más cruel infancia.

El amigo francés se ha marchado. Uno de los capitanes interrumpe su
relato para lanzar ojeadas á una mesa próxima. Le interesan, sin duda,
dos pupilas circundadas de negro que se fijan en él, entre el ala de un
gran sombrero empenachado y la pluma sedosa de un boa blanco. Al fin,
con irresistible atracción, se traslada de nuestra mesa á la otra. Poco
después desaparece, y con él se borran el sombrero y el boa.

Me veo á solas con el capitán más joven, que es el que menos ha hablado.
Bebe; mira el reloj que está sobre el mostrador. Vuelve á beber. Me
examina un momento con esa mirada que precede siempre á una confidencia
grave. Adivino su necesidad de comunicar algo penoso que le atormentaba
memoria con una gravitación de suplicio. Mira otra vez el reloj. La una.

--Fué á esta misma hora--dice sin preámbulo, saltando del pensamiento á
la palabra para continuar un monólogo mudo--. Hoy hace cuatro meses.

Y mientras él sigue hablando, yo veo la noche obscura, el valle cubierto
de nieve, las montañas blancas, de las que emergen hayas y pinos
sacudiendo al viento las vedijas algodonadas de su ramaje. Veo también
las ruinas de un caserío, y en estas ruinas el extremo de la retaguardia
de una división servia que se retira hacia la costa del Adriático.



III


Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que
fué una compañía y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han
adherido campesinos embrutecidos por la persecución y la desgracia, que
se mueven como autómatas y á los que hay que arrear á golpes; mujeres
que aullan arrastrando rosarios de pequeñuelos; otras mujeres, morenas,
altas y huesudas, que callan con trágico silencio, é inclinándose sobre
los muertos les toman el fusil y la cartuchera.

La sombra se colora con la pincelada roja y fugaz del disparo surgiendo
de las ruinas. De las profundidades lóbregas contestan otros fulgores
mortales. En el ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles
insectos de la noche.

Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quién es
el enemigo que se va amasando en la sombra. ¿Alemanes, austríacos,
búlgaros, turcos?... ¡Son tantos contra ellos!

--Debíamos retroceder--continúa el servio--, abandonando lo que nos
estorbase. Necesitábamos ganar la montaña antes de que viniese el día.

Los largos cordones de mujeres, niños y viejos se habían sumido ya en la
noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Sólo quedaban en
la aldea los hombres útiles, que hacían fuego al amparo de los
escombros. Una parte de ellos emprendió á su vez la retirada. De pronto,
el capitán sufrió la angustia de un mal recuerdo.

--¡Los heridos! ¿Qué hacer de ellos?...

En un granero de techo agujereado, tendidos en la paja, había más de
cincuenta cuerpos humanos sumidos en doloroso sopor ó revolviéndose
entre lamentos. Eran heridos de los días anteriores que hablan logrado
arrastrarse hasta allí; heridos de la misma noche, que restañaban la
sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres alcanzadas por las
salpicaduras del combate.

El capitán entró en este refugio, que olía á carne descompuesta, sangre
seca, ropas sucias y alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los
que conservaban alguna energía se agitaron bajo la luz humosa del único
farol. Cesaron los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor,
como si estos moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte.

Al oír que iban á quedar abandonados á la clemencia del enemigo, todos
intentaron un movimiento para incorporarse; pero los más volvieron á
caer.

Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, llegó hasta el
capitán y los soldados que le seguían....

--¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús!

Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando su
suerte con resignación. ¿Pero caer en manos de los adversarios? ¿Quedar
á merced del búlgaro ó el turco, enemigos de largos siglos?... Los ojos
completaron lo que las bocas no se atrevían á proferir. Ser servio
equivale á una maldición cuando se cae prisionero. Muchos que estaban
próximos á morir temblaban ante la idea de perder su libertad.

La venganza balkánica es algo más temible que la muerte.

--¡Hermano!... ¡hermano!...

El capitán, adivinando los deseos ocultos en estas súplicas, evitaba el
mirarles.

--¿Lo queréis?--preguntó varias veces.

Todos movieron la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso este
abandono, no debía alejarse la retaguardia dejando á sus espaldas un
servio con vida.

¿No hubiera suplicado el capitán lo mismo al verse en idéntica
situación?...

La retirada, con sus dificultades de aprovisionamiento, hacía escasear
las municiones. Los combatientes guardaban avaramente sus cartuchos.

El capitán desenvainó el sable. Algunos soldados habían empezado ya el
trabajo empleando las bayonetas, pero su labor era torpe, desmañada,
ruidosa: cuchilladas á ciegas, agonías interminables, arroyos de sangre.
Todos los heridos se arrastraban hacia el capitán, atraídos por su
categoría, que representaba un honor, y admirados de su hábil prontitud.

--¡A mí, hermano!... ¡A mi!

Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hería con la punta en el
cuello, buscando partir la yugular del primer golpe.

--_¡Tac!... ¡tac!..._--marcaba el capitán, evocando ante mi esta escena
de horror.

Acudían arrastrándose sobre manos y pies; surgían como larvas de las
sombras de los rincones; se apelotonaban contra sus piernas. Él había
intentado volver la cara para no presenciar su obra; los ojos se le
llenaban de lágrimas.... Pero este desfallecimiento sólo servía para
herir torpemente, repitiendo los golpes y prolongando el dolor.
¡Serenidad! ¡Mano fuerte y corazón duro!... _¡Tac!... ¡tac!..._

--¡Hermano, á mi!... ¡A mí!

Se disputaban el sitio, como si temieran la llegada del enemigo antes de
que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Habían aprendido
instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el
cuello en tensión ofreciese la arteria rígida y visible á la picadura
mortal. «¡Hermano, á mí!» Y expeliendo un caño de sangre se recostaban
sobre los otros cuerpos, que iban vaciándose lo mismo que odres rojos.

       *       *       *       *       *

El _bar_ empieza á despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con
galones, dejando detrás de ellas una estela de perfumes y polvos de
arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus últimos lamentos, entre
risas de alegría infantil.

El servio tiene en la mano un pequeño cuchillo sucio de crema, y con el
gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidará, nunca, sigue
golpeando maquinalmente la mesa.... _¡Tac!... ¡tac!..._



LAS PLUMAS DEL CABURÉ



I


Morales iba á seguir disparando su mauser, pero Jaramillo, que estaba,
como él, con una rodilla en tierra y la cara apoyada en la culata del
fusil, le dijo á gritos, para dominar con su voz el estruendo de las
descargas:

--Es inútil que tires; no lo matarás. Ese hombre tiene un _payé_ de gran
poder.

Habían desembarcado, cerca de media noche, en el muelle de la ciudad.
Dos vaporcitos los habían transbordado de la otra orilla del río Paraná.
Eran poco más de cien hombres, reclatados en el Paraguay ó en la
gobernación del Chaco, casi todos ellos hijos del Estado de Corrientes,
que andaban errantes, fuera de su país, por aventuras políticas ó de
amor. Mezclados con estos rebeldes autóctonos iban unos cuantos hombres
de acción, amadores del peligro por el peligro, que se trasladaban de
una á otra de las provincias excéntricas de la Argentina, allí donde era
posible que surgiesen revoluciones.

Confiando en la audacia inverosímil que representaba este golpe de mano,
en la sorpresa que iban á sufrir los adversarios, avanzaron por las
calles como por un terreno conocido, dirigiéndose al cuartel de la
policía. Los vecinos que tomaban el fresco ante sus casas saltaban de
las sillas y desaparecían, adivinando lo que significaba este rápido
avance de hombres armados.

Cuando los invasores llegaron frente al cuartel, vieron cómo se cerraban
sus puertas y cómo salían de sus ventanas los primeros fogonazos. ¡Golpe
errado! Pero nadie pensó en huir. Porque la sorpresa fracasase, no iban
á privarse del gusto de seguir cambiando tiros con los aborrecidos
contrarios.

--¡Viva el doctor Sepúlveda! ¡Abajo el gobierno usurpador!

Y repartidos en grupos ocuparon todas las bocacalles que daban á la
plaza, disparando contra el cuartel.

Un hombre gordo y obscuro de color, oficial de la policía, se mostraba
en una de las ventanas con una tranquilidad asombrosa. Extendiendo un
brazo, disparaba su revólver contra los rebeldes:

--¡Canallas! ¡Hijos de...tal! ¡Perros!

Luego, sacando otro brazo, disparaba el segundo revólver, se metía
adentro para cargar sus armas y volvía á aparecer.

La mayor parte de los asaltantes parecieron olvidar el motivo político
que los había traído hasta allí. Ya no pensaban en el «gobierno
usurpador» ni en asaltar el cuartel. Toda su atención la concentraron en
aquel hombre que seguía insultándoles sin tomar precauciones. Llovían
las balas en torno de su persona, pero ni una sola lograba tocarle.

--No gastes tus cartuchos, hermano--continuó Jaramillo, con una
expresión fatalista--. Ese hombre posee un talismán, un _payé_ que le
hace invulnerable como el diablo.... ¿Quién sabe si lleva en el pecho
alguna pluma de caburé?

Morales cesó de disparar. Tenía una ciega confianza en la sabiduría de
su compañero. Además, conocía desde su niñez el poder de una pluma de
caburé.

--¡Viva el partido blanco! ¡Abajo Sepúlveda! ¡Mueran los colorados!

Era el refuerzo enemigo que llegaba. Sonaron nuevos tiros en el fondo de
las calles. Pasada la primera sorpresa, acudían las otras fuerzas del
gobierno en socorro del cuartel.

--Esto se acabó. Hay que retirarse--dijo Jaramillo.

Los dos camaradas corrieron hacia el muelle, doblando el cuerpo para
hacerse más pequeños ante las balas con que los perseguía el enemigo.
Otros siguieron defendiéndose rudamente á sus espaldas.

Llegaron al puerto á tiempo para ver cómo uno de los vaporcitos huía río
arriba, perdiéndose en la noche, y cómo el otro empezaba á apartarse del
muelle de madera. Esto no extrañó á Jaramillo.

--¡Qué puede esperarse de extranjeros, de _gringos_ que carecen de
fervor político y no son del partido!...

Es natural, tratándose de dos capitanes genoveses.

Pero él y Morales, con su agilidad de hijos de la selva, saltaron en el
vacío negro, cayendo precisamente sobre el borde de la cubierta
fugitiva. Unos milímetros menos, y se perdían en el agua lóbrega poblada
de caimanes.... ¡Que Dios protegiese á los valientes que se quedaban en
tierra!

Cuando las luces del puerto empezaron á borrarse en la obscuridad,
Jaramillo, considerándose seguro, empezó á formular sus protestas.

--¿A quién se le ocurre hacer revoluciones á media noche?... Es la peor
de las horas, cuando todo el mundo vive y está despierto. Eso podrá ser
en los países donde hace frío y la gente se acuesta temprano, ¿pero
aquí?... Aquí, la hora mejor para la revolución es la una de la tarde.

Todos los oyentes aprobaron con gestos silenciosos. Desembarcando á la
hora de la siesta, habrían entrado por las calles sin que nadie los
viese, lo mismo que á través de una ciudad muerta; habrían sorprendido
el cuartel, matando á la guardia, que seguramente estaría tendida á la
sombra y roncando.

--Es una locura--continuó Jaramillo--intentar ataques de noche en un
país como el nuestro. No hay mas que acordarse de lo que pasa en la
selva.

Como todos eran hijos de la selva, persistieron en sus muestras de
aprobación. Durante las horas de sol y de calor era cuando la selva
dormía, sin un estremecimiento, sin un latido, con una calma de tumba.
Luego, al morir la tarde, despertaba la vida; los insectos empezaban á
zumbar, los pájaros sacudían sus alas, los cuadrúpedos estiraban sus
patas, y en la sombra todos se agitaban para ofender ó para defenderse,
para devorar ó ser devorados. La vida renacía con el fresco de la noche,
reanudando sus aventuras y sus tragedias.

Morales admiró una vez más la sabiduría de su amigo. Era hijo de un
brujo y había heredado muchos de los secretos paternales.

A veces, esta vida nocturna de la selva se paralizaba con una larga
pausa de angustioso silencio.

Era porque rondaba cerca el jaguar, el tigre americano, de piel pintada
á redondeles, al que los indios guaraníes, en su lenguaje, apodan «el
Señor».

Otras veces, el silencio tenía un motivo más claro y determinado. Un
grito estridente rasgaba la lobreguez, un alarido feroz, que hacía
estremecer á los que lo escuchaban. Este grito inmenso salía de la
garganta de un pájaro poco más grande que el puño, una especie de
mochuelo del tamaño de un pichón de cría. Todas las bestias, las que
vuelan, las que corren y las que se arrastran, se echaban á temblar
cuando oían este alarido.

Morales no había logrado ver nunca al pájaro diminuto, soberano de la
selva, pero lo conocía de fama desde su niñez.

Tenía por armas su pico, un terrible pico fuerte como el acero mejor
templado, y una infernal mala intención. Allí donde clavaba su arma
abría orificio, y el golpe iba dirigido siempre á la cabeza del
adversario, devorando inmediatamente su cerebro al descubierto. No había
cráneo que pudiera resistir á sus perseverantes picotazos, iguales á
golpes de barreno. Atacaba al toro, al tigre, al caimán, blindado de
planchas duras como un navío de guerra.

Este volátil pequeño y de malicia diabólica era el caburé.



II


Morales y Jaramillo debían tal vez sus apellidos y la poca sangre
europea que corría por sus venas á dos conquistadores españoles llegados
al país siglos antes; pero en realidad eran dos mestizos guaraníes,
pequeños, ágiles, débiles de miembros aparentemente, y con una
resistencia asombrosa para la fatiga y las privaciones.

Unidos por una amistad fraternal, se presentaban juntos á buscar trabajo
en las cortas de árboles, en las explotaciones de hierba _mate_ ó en los
desmontes de un ferrocarril que estaban construyendo los _gringos_.

Trabajaban con verdadero furor, como si se peleasen á muerte con un
enemigo. Los capataces recién llegados de Europa parecían asombrados. ¿Y
aún dicen que los indios son perezosos?... Pero al cobrar el jornal de
la semana desaparecían, y sus protectores y admiradores los esperaban en
vano todo el lunes siguiente. Sólo cuando quedaba consumido el último
centavo en las tabernas donde hay acordeón y baile, pensaban en reanudar
el maldecido trabajo.

Las beldades cobrizas, descalzas, de gruesa trenza entre los omoplatos y
falda blanca ó de color rosa, se asomaban á las puertas de sus ranchos
para verlos pasar. Llevaban el calzón claro sujeto al tobillo por ligas
de piel, los pies metidos en danzantes babuchas, un poncho avellanado
cubriendo el busto, y un pañuelo rojo en el cuello. Este último era para
ellos el detalle más precioso de su indumentaria. Podrían ir rotos y con
las carnes más secretas al aire, pero sin un pañuelo rojo, ¡nunca! Era
la señal del partido, el símbolo de los «colorados», así como los otros,
los adversarios, llevaban siempre en el cuello un pañuelo blanco.

Los dos traían bajo el brazo sus espadas; no espadas viejas y con
agarrador de madera, como los pobretones, sino con empuñadura de
coruscante dorado y vaina de cuero, iguales á las que usaban los
guardias municipales de la ciudad. De sus remotos ascendientes de la
conquista les quedaba un amor irresistible á la espada. Las armas de
fuego eran buenas para las revoluciones. Las querellas de amor y de
bebida debían ventilarse, tizona en mano, á espaldas de la taberna.

Con el enfundado acero bajo el brazo, envueltos en su poncho y levantada
el ala del fieltro sobre la frente, parecían dos caricaturas de los
hidalgos de capa y espada, sus legítimos abuelos.

Cuando la policía visitaba los bailes indígenas, ocultaban ellos sus
armas metiéndoselas en la faja, á lo largo del calzoncillo, lo que les
obligaba á continuar la danza con una pierna rígida, lo mismo que si
estuviesen paralíticos.

Un día, en uno de estos bailes, Morales, que era el menos listo de los
dos pero el más dispuesto á la pelea, metió su espada por el vientre de
cierto individuo que se empeñaba en danzar con la misma moza que él,
echándole las tripas afuera.

--Aquí no ha pasado nada. ¡Siga la fiesta!

Se llevaron al muerto. Su familia se encargaría de levantarle una
capillita al borde del camino y de ponerle cirios todas las noches. Un
simple incidente; algo que se ve todos los días.

Pero la policía entrometida no quiso aceptar el suceso con la misma
calma que la gente, y prendió á Morales.

--Una venganza política--dijo éste al entrar en la cárcel--. Bien se ve
que mandan los usurpadores. ¡Como soy colorado!...

Al registrarlo en presencia del juez, encontraron que debajo de sus
ropas llevaba el cuerpo cubierto de plumas de avestruz. Jaramillo hacía
lo mismo. Era un secreto de su padre el brujo; el mejor medio para
vencer en agilidad á los enemigos.

Le dió rabia ver cómo reía el juez ante tal descubrimiento. Todos los
abogados jóvenes, que habían estudiado en Buenos Airea y despreciaban á
los nativos, eran unos ignorantes.

--A no ser por estas plumas, doctor--dijo Morales--, el difunto tal vez
me habría matado. Mire cómo fui yo el más ligero y le clavé por el
vientre.

Le quitaron las plumas, le quitaron la espada, é iban á quitarle la
libertad durante un buen número de años, por ser el muerto de los del
pañuelo blanco, cuando Morales se escapó de la penitenciaría,
refugiándose en el Paraguay, cuya frontera sólo está á dos horas de
distancia.

Jaramillo, que andaba desorientado durante su ausencia, quiso seguirle,
y para justificar la fuga y no ser menos que su amigo, mató á otro
«pañuelo blanco» antes de pasar á la vecina nación.

Trabajaron en los llamados «hierbales» donde se cosecha el _mate_, té
del país puesto de moda por los jesuítas en otros tiempos, cuando
gobernaban la República teocrática de las Misiones, fundada por ellos
entre el Brasil, el Paraguay y la Argentina.

Deseosos de volver á su patria, los dos interrumpieron su trabajo
repetidas veces para tomar parte en las intentonas revolucionarias del
partido. El grande hombre de los «colorados», el doctor Sepúlveda, vivía
tranquilamente en Buenos Aires, esperando el momento de regenerar su
provincia. Mientras tanto, los partidarios del doctor hacían toda clase
de esfuerzos para lograr su triunfo: revoluciones de día, revoluciones
de noche; sublevaciones en la ciudad, sublevaciones en el campo.

La gente de Buenos Aires apenas prestaba atención á estas hazañas y
revueltas en la lejanísima provincia. ¡La Argentina es tan grande!
Además, todo esto ocurría en un extremo del país, vecino al Brasil y al
Paraguay; en una tierra que es argentina políticamente, pero por la raza
es más bien paraguaya, y cuyos habitantes hablan generalmente el
guaraní.

Después del sangriento fracaso de aquella intentona nocturna, los dos
volvieron á trabajar en el Paraguay, en la recolección del _mate_. Ellos
eran los más inmediatos consumidores, pues sentados al borde del gran
rio en las horas de descanso, chupaban incesantemente el canuto hundido
en la pequeña calabaza rellena de hierba olorosa y de agua caliente que
sostenían en una mano.

Hablaban de la tierra natal con voz lenta y entornando los ojos, como si
fueran á dormirse. Algunas veces, la conversación recaía sobre Jaramillo
padre y su prodigiosa ciencia.

--Yo le vi--decía Morales con respeto--curar á los enfermos en menos que
se reza un credo. Les chupaba la parte enferma ó ponía la boca en su
boca, aspirando su aliento. Luego escupía un gusano, una piedra, una
culebra pequeña ó una araña. Era la enfermedad que acababa de sacarles
del cuerpo.... Algunos se morían; pero era porque les faltaba paciencia
para esperar la curación y llamaban al médico.

--El mejor de sus secretos--insinuaba Jaramillo--es el que cura la
mordedura de las víboras. Me lo reveló poco antes de morir. Vale más que
una herencia de muchas talegas de onzas de oro.

--Dímelo, hermano--suplicaba Morales.

Su amigo parecía sobresaltarse.

--No lo esperes. Únicamente se puede revelar el secreto el día de
Viernes Santo. Si lo cuento otro día, perderé mi poder curativo hasta el
Viernes Santo del año siguiente.

Pero Morales empezó á importunar á su compañero con una tenacidad
infantil durante semanas y semanas. Se acordaba de haber visto operar á
Jaramillo padre cierto día que un vecino había regresado á su rancho con
el brazo hinchado y negro por la mordedura de una serpiente. El brujo le
había puesto unos remedios enérgicos sobre la herida, murmurando luego
una invocación misteriosa sobre el reptil, muerto de un garrotazo.

Tú no eres un buen compañero--decía Morales con tristeza--. Yo te miro
como mi única familia, y tú guardas secretos conmigo.

Jaramillo no quería quedarse desarmado por su indiscreción. ¿Y si le
mordía á Morales uno de estos bichos venenosos al andar descalzo por los
hierbales?...

--No hay miedo--decía el otro--. Acuérdate que me diste unas ligas de
piel de anta, y las víboras huyen de mis pies al percibir el olor de
este cuero.

Al fin, una tarde, Jaramillo hizo un esfuerzo, sacrificándose por la
amistad.

--Ya que lo quieres....

Y cerrando los ojos le reveló el gran secreto. No había mas que
inclinarse sobre la serpiente muerta y decirle en voz baja: «No eres
víbora, que eres grillo.»

Inmediatamente el veneno perdía su poder ponzoñoso dentro del cuerpo de
la víctima.

--¿Nada más?--preguntó Morales con visible decepción--. ¿Eso es todo?

Eso era todo. Pero las palabras había que decirlas en guaraní. Las
serpientes, por ser del país, no pueden entender el español, lengua de
Buenos Aires.

--Y ahora--terminó con melancolía Jaramillo--tendré que esperar hasta,
el próximo Viernes Santo.

De pronto empezó á hacer frecuentes viajes á Asunción, la capital del
Paraguay. Su amigo, alarmado por estas ausencias, le obligó á confesar
la causa.

--Lo he visto--dijo Jaramillo misteriosamente.

Aunque no dió el nombre de lo que había visto, bastó el tono de su voz
para que Morales adivinase á quién se refería.

Era el caburé. No podía ser otro. Los dos hablaban con frecuencia de él.

¡Quién tuviera una pluma de caburé, para ser invulnerable y por lo
mismo el hombre más valeroso de la tierra!... Hasta el mismo Jaramillo
padre, con toda su sabiduría, no había conseguido ver nunca un caburé en
sus manos. Era muy difícil apoderarse de él. Por esto repitió el hijo,
con una expresión de orgullo:

--Lo he visto: como te veo á ti.

Su poseedor era un _gringo_ que vivía en Asunción sin más objeto que
estudiar los animales y las plantas del país; un doctor alemán, gordo,
rubicundo, de gafas doradas, muy amigo de bromear con las gentes simples
del campo, para sonsacarles noticias. En el patio de su casa, que era
tan grande como un claustro de convento, tenía numerosos pájaros y
cuadrúpedos, y en mitad de él, ocupando una jaula especial, como rey de
esta pequeño é inquieto mundo, al que podía hacer enmudecer con sólo un
grito, estaba el caburé.

Al encontrar el doctor varias veces á Jaramillo inmóvil en la puerta de
su casa, mirando desde el otro lado de la cancela al famoso pájaro, le
había hecho pasar para mostrárselo de cerca.

--¡Qué joya! ¿eh?...--decia con orgullo--. Me cuesta más oro que pesa.
Es una verdadera casualidad tener uno vivo.

Pero daba por bien empleados sus sacrificios pensando en el volumen de
ochocientas páginas que iba á escribir, para Berlín, sobre el caburé y
sus costumbres, libro que le valdría el premio de varias Academias.

A los dos amigos se les ocurrió lo mismo: robar la prodigiosa bestia ó
llevarse cuando menos algunas de sus plumas.

El golpe sólo podía darse á la hora de la siesta. Jaramillo amaba esta
hora como la más segura. Morales se quedaría en la calle para auxiliar á
su compañero. ¿Quién puede adivinar lo futuro? Tal vez gritase el
alemán, y fuese preciso matarlo. ¡Una vida menos significa tan poco!...

Entró Jaramillo en la casa saltando la tapia del patio trasero. Luego se
deslizó, con los pies descalzos, por los frescos corredores, sin
producir ruido alguno. Al pasar junto á una puerta oyó ronquidos. El
alemán, deseoso de amoldarse en todo á las costumbres del país, dormía
la siesta.

El mestizo salió al patio grande, deteniéndose frente á la jaula del
centro, rodeada de arbustos con flores enormes, rojas y de cinco puntas,
llamadas «estrella federal».

Allí estaba la célebre bestia: una especie de mochuelo diminuto, de pico
breve y encorvado. Se miraron fijamente, lo mismo que si fuesen á
entablar un combate. Los ojos redondos del animal, unos ojos de oro con
una cuenta negra en el centro, contemplaron al hombre ferozmente. Luego
parpadearon, como vencidos por la mirada humana.

Jaramillo no quiso perder tiempo. Con una contorsión de muñeca arrancó
el candado de la jaula. Luego avanzó la diestra audazmente, y á pesar de
su deseo de mantenerse silencioso, lanzó un rugido.

--¡Ah, pájaro del diablo!...

Tenía un dedo atravesado de parte á parte. No era un picotazo; era una
puñalada. Un berbiquí ardiente acababa de perforarle la carne y el
hueso.

Sobreponiéndose al dolor, cerró la mano ensangrentada para aprisionar á
su enemigo. Deseaba ahogarlo y al mismo tiempo no quería oprimirle de
una manera mortal, pues la pluma del caburé sólo conserva sus milagrosas
cualidades cuando ha sido arrancada estando la bestia viva.

Con la otra mano libre le despojó de las plumas de atrás, y el animal
lanzó un alarido al mismo tiempo que repetía su picotazo.

El grito espeluznante fué seguido de un profundo silencio. Los animales
del patio callaron medrosos, ocultándose en lo más profundo de sus
viviendas. Pareció que se inmovilizaba la vida en todo el barrio.

A impulsos del dolor, el mestizo había arrojado al caburé contra el
suelo de la jaula, huyendo luego hacia la calle. El pájaro, viendo la
jaula abierta, saltó fuera de ella como si pretendiese perseguir á su
enemigo; pero después torció de rumbo, subiéndose al alero del tejado
para desaparecer finalmente.

Jaramillo descorrió el cerrojo de la cancela, saliendo á la calle. Allí
le esperaba su fiel Morales. No llevaba espada--esta expedición era de
las de arma corta--; pero tenía la mano puesta por debajo del poncho en
el puño de una faca, por lo que pudiera ocurrir.

--¿Qué es eso, hermano?--preguntó al ver la diestra ensangrentada de su
compañero--. ¿Quién te ha herido?

El otro levantó los hombros con indiferencia, limitándose á mostrarle
tres plumas pequeñas que llevaba entre los dedos.

Desde aquella tarde cambió radicalmente la vida de los dos. Jaramillo
tuvo que ir en busca de un curandero amigo de su padre. Su dedo herido
se había puesto negro, y era preciso cortarlo para que la podredumbre
venenosa no le llegase al corazón. El mago indígena afiló en una piedra
el mismo cuchillo de que se servía para rascarle el barro á su caballejo
y para partir el pan. La amputación fué dolorosa; pero á Jaramillo le
bastaba mirar la bolsita que llevaba pendiente sobre el pecho, con las
plumas del caburé dentro, para recobrar su valor. Bien podía sufrirse un
poco á cambio de tan poderoso talismán. Morales estaba triste y hablaba
con timidez, como el que desea hacer una petición y no se atreve,
midiendo su importancia. Al fin se decidió.

--Hermano, ¿si me dieses una de las plumas?... Piensa que siempre nos lo
hemos partido todo, como si fuésemos de la misma madre. Tú tienes tres
plumas; ¿qué te cuesta regalarme una? Serás igualmente poderoso con dos.
Basta una sola para que nadie pueda herirte.

Pero aunque Jaramillo no había frecuentado la escuela, sabía que tres
son más que dos, y estaba seguro de que, conservando las tres plumas, su
poder resultaría más grande. Además, no podía admitir que Morales, luego
de conservar sus dedos completos, quisiera igualarse con él. Le gustaba
tenerlo bajo el imperio de su superioridad.

Y efectivamente, Morales empezó á sentirse esclavo. Su amigo era ahora
otro hombre. Le hacía ejecutar su propio trabajo mientras él descansaba;
le exigía su dinero; hasta le quitó una paraguaya de tez blanca y andar
arrogante que al principio se había mostrado prendada de él.

«Debo matarlo--empezó á pensar--. Ya no podemos vivir juntos.»

Pero tuvo que repeler inmediatamente este mal pensamiento. Era imposible
matar á Jaramillo mientras guardase su talismán, la bolsita con plumas
de caburé, que le hacía invulnerable.

Y el déspota, animado por la resignación fatalista de Morales, extremó
sus audacias. Un día lo abofeteó porque no le obedecía con rapidez, y al
salir indemne de este atrevimiento, repitió á todas horas sus
atropellos.

«¿A qué no se atreverá, llevando en el pecho lo que lleva?», se decía
Morales con envidia.

Ni los hombres ni las fieras podían inspirar miedo á Jaramillo. En una
taberna del campo se batió con cinco paraguayos de los más bravos,
resultando ileso y vencedor. Nadaba en el río todos los días, á pesar de
que ninguno de los que trabajaban en el hierbal osaba hacerlo, por miedo
al «Tatita», ó sea al «Abuelo» en la lengua del país.

Este «Abuelo» era un «yacaré», un caimán famoso por su tamaño desde el
lugar donde se forma el río de la Plata hasta lo más alto del Paraná.
Los viejos del país, que saben adivinar la edad de los caimanes, le
atribuían unos cuatrocientos años. Tal vez había visto de pequeño cómo
los primeros españoles remontaron el río en sus naves de velas cuadradas
con leones y castillos pintados.

--Allá está «el Tatita»--decían los del hierbal.

Y señalaban una especie de tronco rugoso y verde que descansaba en el
barro de una isleta cercana, lo mismo que un árbol muerto traído por la
corriente.

Como desde la última revolución paraguaya eran abundantes los mausers en
los ranchos, empezaba un tiroteo contra la bestia centenaria. Algunos
tiradores le marcaban el lomo á balazos. Tarea inútil: los proyectiles
levantaban esquirlas de su coraza, pero el enorme lagarto apenas se
movía, como si todos estos balazos fuesen para él leves cosquilleos. Si
los cazadores se aproximaban, finalmente, en una barca, se dejaba ir
perezosamente al fondo del río, levantando una corona de espumas
amarillentas.

Morales había nadado de pequeño entre los yacarés, sin gran emoción.
Pero eran caimanes tan inexpertos y tiernos como él. Los temibles son
los viejos, á los que llaman «cebados» por haber comido carne de hombre.
Así que la prueban una vez, quedan aficionados á ella para siempre, ¡y
este «Abuelo» llevaba pasadas por su estómago tantas generaciones
humanas!...

Siempre que Jaramillo se lanzaba a nadar, Morales, por un recuerdo de
su antigua amistad, le hacía la misma recomendación:

--¡Cuidado con «el Tatita»!

El otro se alejaba, braceando alegremente, hacia el centro del río, en
busca de las aguas profundas. ¡El cuidado que podía inspirarle un yacaré
más viejo que las Américas!...

Un domingo, cuando Morales, sentado en la orilla, terminaba de fumar un
cigarro paraguayo, que hacía caer por las comisuras de sus labios dos
chorros de zumo negro, Jaramillo se echó al río. Morales, por estar en
alto, pudo ver algo obscuro y enorme que se deslizaba entre dos aguas
con la velocidad de un torpedo, viniendo en ángulo recto al encuentro
del nadador.

--«El Tatita»--se dijo--. Sólo puede ser él.

Su camarada agitó los brazos desesperadamente, lanzó un alarido, y á
continuación desapareció, como si tirase de él una fuerza irresistible.

Más que el hecho en sí, aturdió y desconcertó á Morales la posibilidad
de que pudiese ocurrir. Todas las creencias de su vida temblaron,
próximas á derrumbarse. Era para perder la fe.

--No, no es posible; Jaramillo tiene un talismán; Jaramillo no puede
morir....

Instintivamente fué hacia el lugar donde el nadador había dejado sus
ropas. Una sonrisa de certidumbre, de confianza recobrada, dilató su
rostro.

--¡Bien decía yo!...

Sobre las ropas estaba la bolsita, el irresistible _payé_. El muerto se
había despojado de él antes de echarse al río, tal vez por distracción,
tal vez por algún otro motivo desconocido de Morales.

Éste pensó que existe una Providencia, como aseguran los padres
misioneros. Luego se imaginó que tal vez aquel yacaré tan viejo como el
río era alguna divinidad misteriosa que se encargaba de vengar á los
humildes.

Y sin vacilación se colgó del cuello la bolsita, con el mismo aire de un
soberano que se ciñese la corona del mundo.



III


La suerte acudió en seguida á sonreirle.

Triunfaron inesperadamente los «colorados». Ellos, que llevaban hechas
tantas revoluciones, volvieron á apoderarse del gobierno del modo más
pacífico y prosaico. El doctor Sepúlveda, siempre en Buenos Aires,
consiguió que el gobierno federal enviase á su provincia una comisión
interventora encargada de examinar los actos administrativos de los
enemigos. Esta intervención puso al descubierto cosas censurables--como
ocurre siempre en tales casos--, y el resultado fué que los «blancos»
tuvieron que abandonar el poder y entraron á gobernar los «colorados».

Volvió Morales á su patria con el orgullo y la aureola de un mártir
político. El grande hombre del partido, que era ahora gobernador de la
provincia, le estrechó la mano, honor que hizo llorar al mestizo.

--Te conozco, héroe; eres un superviviente de la noche inolvidable. Ya
quedan pocos.... ¿Qué deseas obtener?...

Morales era de fácil contentamiento. Quería, simplemente, entrar en la
Policía. Llevaba muchos años recibiendo golpes de los enemigos, y
deseaba, á su vez, darse el gusto de devolverlos.

Sus antiguos amigos lo encontraban en las calles de la ciudad con
zapatos--¡un tormento!--, levitilla azul de botones dorados, y un casco
inglés, blanco. La espada ya no la llevaba bajo el brazo ni oculta en el
pantalón. Le pendía de la cintura, como á los militares, como á todos
los que representan el orden y pueden pegar.

Su carrera fué rápida, y al término de ella le salió al encuentro la
gloria. No hubo en todo el país un policía más valiente. ¿Qué puede
temer un hombre que lleva en el pecho un talismán de plumas de
caburé?... Cuando había algo difícil y peligroso que hacer, sus jefes
daban siempre la misma orden:

--¡Que llamen á Morales!

En vano los rebeldes á la autoridad sacaban sus pistolas en tabernas y
bailes. Antes de que disparasen, el mestizo se las arrebataba de un
manotazo. Algunas veces conseguían hacer fuego; pero las balas se
limitaban á agujerear su casco ó ciertas superfluidades del uniforme,
sin tocar nunca su carne. Y él salía de estas pruebas sonriente y
tranquilo, como de cosas ordinarias y bien sabidas de antemano.

En cambio, la certeza de ser invulnerable le proporcionaba un gran
empuje para la acción. No teniendo que preocuparse de la defensa,
concentraba todas sus potencias en el ataque, y no había mano más pronta
y ágil que la suya. Si alguien se negaba á obedecerle, veía
inmediatamente desdoblarse al mestizo, hasta convertirse en una compañía
entera de Morales, todos espada en mano. Recibía un cintarazo por la
izquierda, y al volverse encontraba un segundo Morales que le atizaba
por la derecha. Luego un tercer Morales le tiraba al cráneo por lo alto,
un cuarto lo hacía saltar golpeandole entre las piernas, y así
sucesivamente, hasta que pedía misericordia.

Los más valientes de la provincia empezaron á hablar de él con temor,
adivinando su secreto.

--Es inútil hacer nada contra su persona. Debe tener un _payé_.

Sus jefes le hubieran hecho oficial, pero no sabía leer. Se limitaron á
darle los galones de cabo, y él creyó necesario, para el ornato de su
nueva dignidad, dejarse crecer en forma de bigote los contados pelos de
su rostro cobrizo.

En los días de gran mercado, las mujeres del campo, que venían á la
capital montadas á estilo de hombre en sus caballejos de largo pelaje,
admiraban al célebre policía. Le llamaban don Morales, poniendo el _don_
ante el apellido, como es de uso en el país. Todas ellas palidecían al
ver al héroe, pretendiendo atraerlo con las más dulces miradas de sus
ojos oblicuos.

Una mañana, estando de servicio en el Mercado, don Morales se tropezó
con cierto _gringo_ corpulento, forzudo y rojo, al que había conocido
años antes en el Paraguay.

--¡Don Macperson!... ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va?...

Se abrazaron. El policía lo despreciaba, como á todos los extranjeros,
pero al mismo tiempo sentía por él una gran admiración.

El desprecio era porque ignoraba el _guaraní_ y hablaba mal el español,
signos evidentes de inferioridad mental. Además, como todos los
_gringos_, tenía los pies enormes y calzaba zapatos que parecían navíos,
lo que denuncia un origen ordinario en un país donde los hombres
ostentan el pie pequeño y alto de empeine, lo mismo que una dama.

Lo admiraba porque era capaz de pasar un día entero con su noche sin
levantarse de la mesa, vaciando botella tras botella. Además, tenía la
elocuencia de un predicador cuando ensalzaba las virtudes curativas del
_whisky_, remedio infalible para todos los disgustos y todas las
enfermedades.

Morales hasta conocía sus manías. Cuando había bebido más de una copa,
se irritaba si le llamaban inglés.

--Mi no ser inglés--decía en un español balbuceante--; mi ser escocés.

Llevaba un sinnúmero de años viviendo en la América del Sur. Había sido
buscador de esmeraldas en Colombia, minero de plata en el Perú y de
estaño en Bolivia, exportador de salitre en Chile, ganadero en
Argentina, vendedor de hierba _mate_ en Paraguay y borracho consecuente
en todas partes. Unas veces se veía patrono, otras modesto empleado; tan
pronto daba dinero á los simples conocidos, como solicitaba un préstamo
para continuar sus viajes. Ahora--según declaró á Morales desde las
primeras palabras--se ocupaba en comprar novillos, como representante de
cierta casa del Uruguay que fabricaba carne líquida para los niños y los
adultos débiles.

Esta carne líquida le hacía sonreír de lástima. ¡Habiendo _whisky_ en la
tierra!...

Morales vaciló mirando su propio uniforme. Era una autoridad, y sólo
podía entrar en las tabernas para imponer respeto. Pero luego se
enterneció mirando al _gringo_. ¡Un viejo compañero!...

--Oiga, don Macperson, ¿si fuésemos á tomar una copa?...

Entraron en una taberna del Mercado, y el dueño, en atención á Morales,
les puso una mesilla en el fondo del corral. No había _whisky_, pero
sacó una ginebra que arrancó elogios al extranjero.

--Beba, Don; beba todo lo que quiera--dijo el policía--. Ya sabe que yo
aprecio mucho á los ingleses, y ahora que soy alguien en mi país....

--Mi no ser inglés; mi ser escocés.

Recordó Morales la manía de su amigo. Muy bien; él apreciaba también
mucho á los escoceses. Y después de esto, como si solicitase la
admiración del _gringo_, habló de sus hazañas y del respeto medroso con
que le miraban todos.

--Lo sé, lo sé--dijo el extranjero.

Había oído hablar mucho del cabo don Morales, y su asombro era sincero,
aunque algo molesto para el héroe. No podía comprender que este mozo
pequeño, enjuto y enclenque en apariencia inspirase miedo á nadie. Lo
contempló con una curiosidad algo irónica desde la altura de su
corpulencia; le acarició los brazos con sus manazas, sonriendo al
encontrar inmediatamente el hueso bajo los músculos nervudos pero
delgados.

Un recuerdo surgido repentinamente en su memoria hizo esta sonrisa más
insolente aún. Se vió en un hierbal del Paraguay algunos años antes,
teniendo una disputa con Morales, que era su peón. El mestizo tiraba de
la espada; pero él, de un manotazo, le quitaba la espada, propinándole
después unos cuantos puñetazos de boxeador que le dejaban inánime en el
suelo.

Por un fenómeno de simpatía mental, Morales evocó al mismo tiempo este
recuerdo, pero añadiéndole una segunda parte. Se vió tendido al
anochecer en los hierbales, esperando al _gringo_, que después de darle
los puñetazos iba á pasar la noche en Asunción. Al tenerle cerca, le
disparaba un pistoletazo. Quedaba mal herido el escocés, guardaba cama
varias semanas, y luego de restablecerse se iba del país, convencido de
que no es prudente tener cuestiones con la gente cobriza.

Se miraron largamente los dos hombres.

--¡Famoso Morales!... ¡Encontrármelo hecho un héroe!...

--¡Este don Macperson! ¿Por qué lo querré tanto?...

Y se estrecharon las manos por encima del tarro de ginebra, que empezaba
á estar casi vacío.

Pero ya no se miraban lo mismo que antes. Detrás de sus pupilas
persistía el mal recuerdo del pasado.

El policía mostraba empeño en que le admirase el otro. Toda la ginebra
descendida á su estómago pareció alborotarse con la sospecha de que el
_gringo_ no creía en su valor y tenía por mentiras las hazañas que
llevaba realizadas.

De su español aprendido en Buenos Aires, prefería el escocés una palabra
que siempre había irritado á Morales. Cuando le contaban cosas
inverosímiles, levantaba los hombros, diciendo con desprecio:

--¡_Macanas!... ¡Todo macanas_!

Adivinó que en el pensamiento del _gringo_ estaba resonando
incesantemente la misma palabra en aquellos momentos. «¿Las valentías
del cabo Morales? ¡_Macanas_! ¡Todo _macanas_!»

El deseo de verse admirado le hizo ser humilde y revelar su secreto.

--Vea, don Escocés. Si soy valiente, reconozco que no hay en ello gran
mérito. Aunque quisiera ser cobarde, no podría. Tengo un _payé_
poderosísimo: llevo en el pecho tres plumas de caburé. Usted es casi del
país; usted sabe lo que es eso. No hay hombre ni fiera que pueda nada
contra mí.

--¡_Macanas!... ¡Todo macanas_!

Ya había surgido la terrible palabra. El policía empalideció al verse
desmentido con un tono de desprecio.

--Pero ¿no le digo que tengo un _payé_?... Mírelo. A usted solo se lo
enseño.

Y se desabrochó la levitilla y la camisa, mostrando la pequeña bolsa de
cuero sudada y negruzca que pendía sobre su pecho.

--¡_Macanas!... ¡Macanas_!--repitió el extranjero, apurando el resto de
la botella de barro y empezando otra que acababa de traer el dueño del
cafetín.

Irritado Morales, habló de su infortunado camarada Jaramillo, del doctor
germánico, del caburé, del caimán «el Abuelo»; contó toda su historia,
sin que el otro cambiase de actitud.

El mestizo se puso de pie. Podía el _gringo_ dudar de las virtudes de su
madre, si gustaba de ello; por eso no dejarían de ser amigos. En
realidad, él no estaba seguro de quién había sido su padre. Las gentes
del país prescinden con frecuencia del casamiento, por los muchos
papelotes, molestias y gastos que exige. ¿Pero dudar de su talismán?...
¿Tener por falsa su historia?...

--Oiga, don Inglés.

El escocés quiso protestar al oir que le llamaban así, paro se quedó con
la boca entreabierta por la sorpresa, dándose cuenta de que este error
era intencionado y representaba un insulto.

--Oiga, don Inglés. Vamos á hacer una prueba.

Había sacado de un bolsillo de su pantalón una pistola de dos cañones de
enorme calibre. Él tenía sus armas á la vista y sus armas ocultas.

Se la ofreció al extranjero; y éste, que también se había puesto de pie
con mal gesto, la tomó sin saber lo que hacía.

--Yo puedo matarlo á usted, si quiero, y usted, en cambio, no puede
hacerme nada á mí.... Pero no abusaré. Prefiero que se convenza por sus
propios ojos. A ver si así se le ablanda esa cabezota dura de bruto que
tiene.... ¡Tire!

Se abrió con ambas manos sus ropas, mostrando el pecho desnudo y la
prodigiosa bolsita. Podía el gringo hacer fuego sin cuidado. Se lo decía
él con aire de reto.

Macperson, á pesar de su embriaguez, reconoció que la proposición era
absurda. Aquel mestizo se había vuelto loco, y en su soberbia confianza
hasta parecía burlarse de él.

--Tiene usted miedo de tirar, y hace bien. La bala rebotará sobre mi
pecho y puede herirle á usted. Coloqúese de modo que no le alcance.

El otro, como si no entendiese estas recomendaciones, se había limitado
á poner horizontal la pistola, apuntando al pecho que tenía enfrente.

--¡Mira que tiro!--dijo al fin con tono de amenaza--. Déjate de
_macanas_, ó tiro.

Se perdió entre los dos todo respeto. Se miraron como enemigos.

--¡Tira, _gringo_ del demonio, para que puedas convencerte!... ¡Cuando
te digo que tengo un _payé_!...

--¡Mira que hago fuego!--volvió á repetir el otro con voz aún más
sombría.

--¡Tira de una vez, hijo de perra!... Tú no eres escocés.... Tú eres....

No pudo seguir.

--¡Ya que lo quieres!...

Y el _gringo_ apretó los dos gatillos al mismo tiempo.

Una nube blanca se extendió ante sus ojos.

Al disolverse el humo y extinguirse el doble trueno, vió á Morales
tendido á sus pies. Tenía los brazos abiertos, el pecho destrozado y una
sonrisa helada, de soberbia confianza, de fe inconmovible, que iba á ser
el último de sus gestos.



LAS VÍRGENES LOCAS



I


Eran dos hermanas, Berta y Julieta, huérfanas de un diplomático que
había hecho desarrollarse su niñez en lejanos países del Extremo Oriente
y la América del Sur; dos hermanas libres de toda vigilancia de familia,
jóvenes, de escasa renta y numerosas relaciones, que figuraban en todas
las fiestas de París. Los tés de la tarde que se convierten en bailes
las veían llegar con exacta puntualidad. Una ráfaga alegre parecía
seguir el revoloteo de sus faldas.

--Ya están aquí las señoritas de Maxeville.

Y los violines sonaban con más dulzura, las luces adquirían mayor brillo
en el crepúsculo invernal, los hombres entornaban los ojos acariciándose
el bigote, y algunas matronas corrían instintivamente sus sillas atrás,
apartando los ojos como si viesen de pronto, formando montón, todas las
perversiones de la época.

Ninguna joven osaba imitar los vestidos audaces, los ademanes
excéntricos, las palabras de sentido ambiguo que formaban el encanto
picante y perturbador de las dos hermanas. Todos los atrevimientos
perturbadores del gran mundo encontraban su apoyo. Habían dado los
primeros pasos hacía la gloria bailando el _cake-walk_ en los salones,
hace muchos años, ¡muchos! cinco ó seis cuando menos, en la época remota
que la humanidad gustaba aún de tales vejeces. Después apadrinaron la
«danza del oso», el tango, la machicha y la furlana.

Su inconsciente regocijo, al ir más allá de los límites permitidos,
escandalizaba á las señoras viejas. Luego, hasta las más adustas
acababan por perdonarlas. «Unas locas estas Maxeville.... ¡Pero tan
buenas!»

Todos conocían su existencia en un quinto piso, sin otra servidumbre que
una vieja doméstica que hacía oficios de madre, suspirando al recordar
las extinguidas grandezas de Su Excelencia el ministro plenipotenciario.
Todos se daban cuenta de sus esfuerzos sonrientes y dolorosos para
conservar el antiguo rango con una modesta pensión procedente del padre
y una corta renta de la madre; sus habilidades taumatúrgicas para
mostrarse bien vestidas á poco precio; su adopción de modas audaces,
destinadas al fracaso, para ocultar con pretexto de originalidad el
escaso valor de su indumentaria.

Las gentes murmuradoras denunciaban sus ocultos convenios con modistas y
sombrereras, que les proveían gratis para que propagasen sus
invenciones. Pero aquí se detenía la maledicencia. De sus costumbres, de
su vida en la casa, ni una palabra. Las rancias familias diplomáticas
que habían conocido al ministro jamás tuvieron que amonestarlas por una
imprudencia irreparable.

El despecho de los hombres era también un certificado de su honestidad.
Corrían hacia ellas, atraídos por su exterior desenvuelto. Se
atropellaban unos á otros, como en una empresa fácil donde todo el éxito
estriba en llegar antes que los demás. Risas provocativas, ojeadas
misteriosas, palabras que parecían de esperanza.... Y poco después, uno
por uno, los conquistadores desandaban el camino, cabizbajos y
encolerizados, como un perro que se imagina encontrar un hueso y rompe
sus colmillos en una piedra.

--Unas astutas las pequeñas Maxeville; unas malignas, que, faltas de
dote, buscan un marido á su modo.

Los mismos que decían esto habían acabado por designarlas con un mote.
Las señoritas de Maxeville fueron en adelante «las vírgenes locas».

Todo resultaba exacto en este apodo, el defecto y la cualidad. Nadie
ponía en duda su locura, ni lo otro. Eran como los directores de ciertos
Bancos, que charlan en el ventanillo de la caja, sonríen, remueven las
llaves, infunden esperanzas, pero no hacen el más pequeño préstamo á
crédito, ni el más leve anticipo sobre promesas lejanas.

Las vírgenes locas iban á triunfar finalmente en su desesperada batalla
con los hombres. La mayor, Berta, había conquistado la voluntad de un
ingeniero ruso, que se mostraba dispuesto á hacerla su esposa. La menor
casi había conseguido lo mismo con un oficial joven; sólo le quedaba por
vencer la resistencia de una madre orgullosa y tradicionalista, que
vivía en provincias....

En esto, un trompetazo desgarrador, insolente, brutal, cortó el ambiente
de músicas sensuales y danzas voluptuosas con que se adormecían los
humanos. Y la gente feliz corrió de un lado á otro, en pavoroso
revoltijo, como los pasajeros de un trasatlántico que bailan en los
dorados salones, vestidos de etiqueta, y de pronto escuchan, la voz de
alarma de un tripulante: «¡Fuego en las bodegas!»



II


El segundo día de la movilización, la gente agolpada en las
inmediaciones de la estación del Este las vió llegar vestidas de negro,
con un traje sobrio y casi monacal, un pequeño sombrero semejante á una
gorra, un bolsito de mano y un paquete con lo más indispensable para la
vida: dos camisas, dos pares de medias.

Las vírgenes locas se iban sin ruido, sin frases heroicas, sin dos
líneas en los periódicos. Sus relaciones mundanas las habían aprovechado
para conseguir rápidamente sus deseos. Marchaban á Verdún, á la
frontera, al lugar del peligro, donde todos esperaban que ocurriese el
primer choque. Llevaban una carta para los directores del servicio
sanitario. Parecían más altas, más robustas, de paso más firme. Su
belleza de parisienses á la moda había desaparecido. Eran mujeres
iguales á las que lloraban ó gritaban de entusiasmo al otro lado de la
verja; sin colorete, sin artificios, con el pelo libre de postizos, con
las mejillas limpias y los ojos agrandados por una emoción que había
venido á sustituir los antiguos retoques del lápiz negro: ojos serenos
que miraban al porvenir heroicamente, adivinando la proximidad de la
desgracia.

Y se perdieron entre la multitud de hombres uniformados, caballos y
cañones. Y su recuerdo se perdió igualmente en la memoria de todos los
que una semana antes comentaban sus palabras y gestos. La gente
necesitaba pensar en su propia suerte; el peligro no dejaba tiempo para
mirar el exterior. ¡Pobres vírgenes locas! ¡Infelices muñecas de París
arrebatadas por la tempestad cuando daban vueltas y sonreían con sus
bocas pintadas, á los sones de una cajita de música!...

De tarde en tarde, las damas reunidas para hacer tejidos de lana
destinados al ejército evocaban su nombre al pasar revista á los muertos
y los ausentes. «¿Las pequeñas Maxeville?...» Realizaban proezas á su
modo en los hospitales del frente de guerra. Donde ellas estaban, los
hombres se morían sonriendo. En algunas ocasiones habían llegado hasta
los mismos lugares de combate, oyendo el silbido de los proyectiles. El
nombre de la mayor aparecía citado en una orden del día.

Y siempre el mismo comentario final: «Eran buenas. Algo locas, pero de
hermoso corazón.»

Transcurrió un año de guerra. Un día circuló la noticia de que Berta
había muerto, víctima de su abnegación. Poco después ya no la nombraron.
¡Eran tan frecuentes los heroísmos! ¡Desaparecían diariamente tantos
nombres conocidos!...



III


Detrás de la línea de combate, en un hospital instalado en un castillo
ruinoso, encontré meses después á la última virgen loca.

No la hubiese reconocido. Pasó por una avenida del parque, casi
saltando, con la toca revoloteante y moviendo bajo la blanca falda el
ágil compás de sus piernas enjutas. Llevaba en las manos pálidas y
transparentes un paquete de ropas. Su nariz y sus orejas brillaban con
una claridad de vidrio sonrosado bajo la luz del sol. Parecía un cuerpo
diáfano, con la transparencia malsana de la miseria física. Toda la vida
se concentraba en sus ojos.

Un médico militar que venía conmigo me confirmó su identidad.

--Es la señorita de Maxeville: una joven del gran mundo antes de la
guerra.

El doctor sólo la conocía algunos meses. Había presenciado la muerte de
la otra, una muerte horrible, cuyo recuerdo le estremecía aún. Se había
contaminado al curar las heridas de un moribundo perdido durante tres
días en el fondo de un embudo de tierra abierto por el estallido de un
proyectil enorme. Su agonía duró cuarenta y ocho horas, ennegreciéndose
lentamente con la expansión de la sangre envenenada, aullando entre
nerviosos estertores, doblándose como un arco sobre la cabeza y los
pies, que se clavaban en el lecho. Y la otra hermana se había negado á
separarse de ella, abrazando el cuerpo convulsivo, besando sus ojos que
no veían, su boca que sólo sabía rugir.

--¡Berta, corazón mío! ¡No te mueras!... ¡No te mueras!

Toda la vida juntas; toda la vida unidas por la orfandad necesitada de
defensa, por la alegría que colorea la pobreza, por el deseo de crearse
una posición antes de que terminase su juventud, ¡y verla morir ante sus
ojos, entre tormentos desgarradores, sin poder salvarla, sin encontrar
el medio de hacer plácidos y dulces sus últimos instantes!...

--¡Pobre muchacha!--prosiguió el médico--. Ha visto perecer como un
animal rabioso á la que era toda su familia. Poco después se enteró de
la muerte de cierto oficial que deseaba ser su marido. Todos en el
castillo admiran su energía.

»No sé cuándo come, no sé cuándo duerme. Se la ve en todas partes, y á
pesar de esto, los heridos lamentan su ausencia. «Que venga la señorita
Julieta....» Es el médico moral de esta casa. En muchos casos vale más
que nosotros. Ella y su pobre hermana han realizado estupendas
curaciones.

Las vi con la imaginación--mientras escuchaba al doctor--yendo de sala
en sala como apariciones de salud que esparcían en torno la dulce
alegría de vivir. Con los oficiales se mostraban algo recelosas. Eran
hombres de su mundo, y tal vez por esto los juzgaban temibles, no
pasando en su intimidad más allá de una solicitud natural y grave. Al
entrar en las piezas ocupadas por el populacho doloroso, se
transfiguraban, animando con su regocijo el ambiente cargado de
lamentos, de perfume de drogas y hedor de carnes rotas.

El recuerdo de madres y novias adquiría mayor relieve al ser evocado por
sus labios. Describían los paisajes risueños del suelo natal á los
enfermos ilusionados que poco después habían de morir; cantaban á media
voz las canciones del terruño; encontraban con su instinto de mujeres de
salón las conversaciones que más podían agradar á cada uno. La mayor
había pasado una semana hablando de Ulises y la _Odisea_ con un
licenciado en letras que agonizaba lentamente, pensando en su tesis de
doctor que jamás llegaría á leer en la Sorbona. Mientras tanto, Julieta
escribía cartas. El rudo marinero del Finisterre, el campesino de los
departamentos centrales, el obrero burlón de la ciudad, el marroquí
sombrío, el negro pueril, veían abrirse ante su pensamiento bellezas
desconocidas, paisajes no sospechados. La señorita blanca era la
poesía, la delicada sensualidad de vivir que llegaba hasta ellos.

--¡Besa!--ordenaba Julieta presentando ante sus labios descoloridos una
flor que acababa de arrancar del parque--. Un enamorado _chic_ debe
enviar estos recuerdos.

É introducía la flor en la carta escrita por ella, monumento de
admiración para el firmante, orgulloso y conmovido de suscribir tales
ternezas. Una hora antes de amanecer--la hora fatal en los hospitales--,
cuando el día apunta y el moribundo se extingue, los estertores de
agonía murmuraban siempre el mismo deseo: «_Mademoiselle_.... Una
cualquiera de las dos señoritas.»

Y ellas, que acababan de adormecerse en el silencio de plomo que precede
á la llegada de la luz, acudían corriendo para presenciar una agonía
más, para animar la mano yerta con el contacto de su mano, para
disimular los pasos de la muerte con sus palabras que sonaban lo mismo
que monedas de oro, con sus risas que parecían vibraciones de fino
cristal.



IV


--Y esta pobre--continuó el médico--prosigue la santa obra de la
alegría. Cuando se ve sola, piensa en la otra, piensa en el oficial
muerto, y huye en busca de los agonizantes, como si el dolor ajeno fuese
su refugio. La sala de los incurables, de los que están condenados á
morir, es su lugar preferido. Y canta, cuando minutos antes suspiraba á
solas; ríe, con los ojos cargados aún de lágrimas.

»Nosotros fingimos no ver lo que hace. ¿De qué sirven los reglamentos
ante la muerte?... Lo que importa es que proporcione un poco de alegría
al que se va. Cada uno hace el bien como puede. Anoche la sorprendí
empleando su método en la sala de los desesperados. Tenemos un tirador
marroquí con las piernas y el vientre deshechos. Va á morir de un
momento á otro; tal vez ha terminado á estas horas. Tenemos un alemán
que está en la cama inmediata. Los colocaron así inadvertidamente; ahora
es tarde para moverlos.

»Los hombres de Europa olvidan sus rencores al verse en los límites de
la vida. Este africano es de cólera larga. Cuando cree que no le ven,
enseña el puño al enemigo inmediato, que le mira con unos ojos redondos
y asombrados, lo mismo que si estuviesen aún en el campo de combate. La
señorita de Maxeville corre hacia él, fingiéndose irritada.

»--¿Qué es eso, Alí?... Quieto, ó me enfado contigo.

»--No te enfades, señorita--murmura el moro--. Lo respetaré, ya que lo
pides. Pero esta noche, cuando te marches, iré á su cama y le cortaré la
cabeza.

»Y no puede moverse. Anoche rugía de dolor, alterando con sus gritos el
silencio del dormitorio, quitando el sueño á los otros heridos, pugnando
por levantarse para ir en busca del adversario y saciar en él su furia.

La señorita de Maxeville es la única que sabe calmar á estos hombres. Yo
vi, á la tenue luz del dormitorio, cómo empezó á bailar, con un plato en
la mano. Este plato le servía de pandereta. Movía las caderas, retorcía
el busto, acompañaba con balanceos su monótona canturía oriental,
sonreía lo mismo que una mujer de aduar que baila ante la tribu la
«danza del vientre».

Los heridos soñolientos sacaban sus cabezas sobre los embozos, pugnando
por moverse; las bocas negruzcas se animaban con una sonrisa pálida;
las miradas ardorosas seguían con avidez el cuerpo de la danzarina, que
iba trazando en los muros una procesión de siluetas.

El marroquí se había incorporado, como un chacal que desea saltar y
tiene las patas rotas. Su admiración se escapaba en roncos barboteos.

--¡Oh, sonrisa del anochecer!... ¡Alegría de la sombra!... ¡Señorita
blanca!



LA VIEJA DEL CINEMA



I


El comisario de Policía miró duramente á la mujer de pelo blanco que se
había sentado ante su escritorio sin que él la invitase. Luego bajó la
cabeza para leer el papel que le presentaba un agente puesto de pie al
lado de su sillón.

--Escándalo en un cinema--dijo, al mismo tiempo que leía--; insultos á
la autoridad; atentado de hecho contra un agente.... ¿Qué tiene usted
que alegar?

La vieja, que había permanecido hasta entonces mirando fijamente al
comisario y á su subordinado tal vez sin verlos, hizo un movimiento de
sorpresa, lo mismo que si despertase.

--Yo, señor comisario, vendo hortalizas por las mañanas en la _rue
Lepic_. No soy de tienda; llevo mis verduras en un carrito. Todos los
del barrio me conocen. Hace cuarenta años que tengo allí mi puesto
ambulante, y....

El funcionario quiso interrumpirla, pero ella se enojó.

--¡Si el señor comisario no me deja hablar!... Cada uno se expresa como
puede y contesta como su inteligencia se lo permite.

El comisario se reclinó en un brazo del sillón, y poniendo los ojos en
alto empezó á juguetear con el cortapapeles. Estaba acostumbrado á los
delincuentes verbosos que no acaban de hablar nunca. ¡Paciencia!...

--En 1870, cuando la otra guerra--continuó la vieja--, tenía yo
veintidós años. Mi marido fué guardia nacional durante el sitio de París
y yo cantinera de su batallón. En una de las salidas contra los
prusianos hirieron á mi hombre, y le salvé la vida. Luego tuve que
trabajar mucho para mantener á un marido inválido y á una hija única....
Mi marido murió; mi hija murió también, dejándome dos nietos.

Hizo una pausa para darse cuenta de si la escuchaban. No lo supo con
certeza. El agente permanecía rígido y silencioso, como un buen soldado,
junto al comisario. Éste silbaba ligeramente, moviendo el cuchillo de
madera y mirando al techo.

--Mi nieta--continuó la vieja, sin inmutarse por esta falta de
atención--se llama Julieta, baila en los teatros, y es célebre. El señor
comisario debe haber visto su retrato muchas veces en los periódicos y
en los carteles de las esquinas. Sólo la encuentro de tarde en tarde.
Una mañana, cuando iba yo empujando mi carretilla, casi me atropelló su
automóvil. Esto la hizo llorar, asegurando que era por culpa mía, porque
yo no quiero vivir con ella y me empeño en seguir vendiendo verduras, lo
mismo que cuando Julieta y su hermano eran pequeños.... Cada uno es como
es. A mí, aunque soy pobre, no me gusta la manera de vivir de las
artistas. ¿Digo mal, señor comisario?...

El comisario había cesado de silbar y miraba á la verdulera con cierto
interés. Debía conocer á su nieta, la célebre bailarina. Iba á hacerle
alguna pregunta sobre ella, cuando la vieja siguió hablando.

--Mi preferido fué siempre Alberto, un obrero aficionado á los libros.
Yo, aunque deseo vivir independiente, iba todos los días á su casa,
ayudaba á su mujer, jugaba con su hijo. ¡Un biznieto! Imagínese qué
alegría, señor comisario. No todos llegan á ser bisabuelos.

Se detuvo un instante, como embelesada por dulces recuerdos.

--¡Los días felices de la paz!--añadió--. Un domingo fuimos de campo;
comimos junto al Sena para celebrar el ascenso de Alberto á primer
contramaestre de su fábrica.... Dos semanas después estalló la guerra.

El comisario hizo un gesto, que la vieja creyó de cansancio.

--Sí; ya sé que llevamos cuatro años de guerra y á todos aburre hablar
de estas cosas. No insistiré, señor comisario. Me han dicho que hasta en
los teatros y en los periódicos están cansados de la guerra y sus
aventuras. ¡Además, mi historia es la de tantas y tantas mujeres!...
Alberto fué á incorporarse á su regimiento en los primeros días de la
movilización. No lo vi hasta un año después, que volvió del frente
vestido de soldado. Luego vino otra vez. Yo había acabado por
acostumbrarme á esta situación. Me imaginaba que sólo los otros hombres
podían morir, ¡pero mi Alberto!... Un día recibí un papel, que nos hizo
llorar á mí y á su mujer. Después nos visitó un compañero de mi nieto
para traernos varios objetos suyos.

La voz de la vieja se enronqueció.

--Y ya no lo vi más, señor comisario.... Ellos me lo mataron.

Pero acordándose de su promesa, hizo un esfuerzo para serenarse y no
hablar de la guerra.

--La viuda de Alberto trabaja ahora en una fábrica de municiones al
otro lado de París, y yo sólo de tarde en tarde puedo ver á mi biznieto.
Hay que ganarse la vida.... Además, ¿por qué no decirlo? desde que murió
Alberto gusto de entrar en la taberna más que antes. Cada uno mata su
pena como puede. Estoy en los setenta, y á esa edad, cuando hay que
levantarse antes del alba para ir á los Mercados centrales á comprar el
género, un vasito de vez en cuando es la mejor de las medicinas. ¿No lo
cree usted así, señor comisario?...

El silencio del aludido quiso demostrar á la vieja lo inoportuna que era
su pregunta. Pero ella continuó, con cierta precipitación que revelaba
la proximidad de la parte más interesante de su relato.

--Hoy, al anochecer, estuve en la taberna con el tío Crainqueville. El
señor comisario debe conocerlo. Sus desgracias andan escritas en libros
y comedias.

Este nombre pareció despertar un vago recuerdo en la memoria del
funcionario. La afirmación de que con sus aventuras se habían escrito
libros le hizo interesarse en una rebusca mental. Luego levantó los
hombros é hizo un gesto de incredulidad.

--Su historia--continuó la vieja--la ha escrito un señor Anatole, que
trabaja al otro lado del Sena, en un taller de sabios. Es un palacio con
una cúpula, donde dan recetas para que la gente rica pueda hablar bien.

El comisario se incorporó en su sillón, impulsado por la sorpresa. Aquel
taller de sabios á la orilla del Sena era sin duda la Academia Francesa;
la casa de la cúpula, el Instituto; y el tal Anatole no podía ser otro
que Anatole France.

--¿Pero existe el tío Crainqueville?--preguntó con incredulidad.

--Treinta años lo conozco, señor. Vendemos en diferentes barrios, pero
nos vemos todas las madrugadas al hacer nuestras compras, y por la noche
volvemos á encontrarnos en la misma taberna. ¡Un infeliz! Ahora sus
asuntos andan mal; trabaja poco; sabe demasiado. Su protector le enseñó
muchas cosas; él me las dice, y yo paso las horas muertas en la taberna
escuchándole.

Hizo una pausa antes de reanudar su relato donde lo había abandonado.

--Digo que nos encontramos al anochecer en la taberna. Luego, como á las
nueve, salimos, y sin saber por qué, me detuve en la puerta de un
cinema, sintiendo deseos de entrar. Me atrajo un cartel con una
alsaciana muy hermosa defendiéndose de un alemán feroz. Yo adoro esta
clase de historias. Soy muy patriota. Tal vez es porque he visto dos
guerras.... Pero no hablemos de la guerra. El tío Crainqueville se negó
á entrar, y eso que yo pagaba. No sé en realidad qué es lo que le gusta.
Todo le hace sonreír con aire de lástima. Entré sola, y debí entrar con
mal pie. ¿No ha notado el señor comisario cómo algunas veces todo nos
sale torcido, y cuando queremos agradar ofendemos á las gentes, lo mismo
que si un demonio nos guiase?...

El comisario no se dignó contestar.

--Me disgusté con la señora que vende en la taquilla por si una moneda
era buena ó falsa; discutí también con el que recoge las entradas porque
acudió en su defensa.... Dentro, en la sala, la misma mala suerte. Mis
vecinos de fila se quejaron, diciendo que había entrado con demasiada
violencia. Mala voluntad de su parte, pues á mí no me gusta molestar á
nadie. Una remilgada, cerca de mí, se atrevió á decir que yo olía á
vino. Otro insolente aludió á mis anchuras, dudando de que cupiesen en
el asiento. Les contesté como sé hacerlo y el público protestó á gritos,
asegurando que perturbaba el espectáculo. Si me callé al fin, fué
porque había empezado la historia de la alsaciana y su perseguidor. Una
historia interesante. Yo se la contaría á usted, señor comisario, pero
temo molestarle. Además, no sé cómo termina; no me dejaron ver el final.

El comisario había vuelto á mirar al techo y á silbar por lo bajo para
distraer su impaciencia.

--Un señor que estaba detrás de mí y parecía muy entendido en esto del
cinema, daba en voz baja sus opiniones á los vecinos.... De pronto, la
alsaciana se iba al frente, huyendo de su perseguidor, y empezaban á
verse las trincheras con muchos soldados, las cocinas, los cañones. El
señor entendido decía que estas vistas no pertenecían en realidad á la
historia; que eran, ¿cómo diré yo? lo mismo que retales que le habían
puesto al _film_. ¿Me explico bien, señor comisario? Cosas viejas de la
guerra que habían aprovechado; algo así como los remiendos que se echan
á la ropa para que parezca mejor.... Pero yo no entiendo de esto, y las
vistas me han parecido magníficas.

»De pronto salió en el telón el interior de una trinchera, con muchos
soldados descansando. Uno de ellos escribía una carta sobre sus
rodillas, puesto de espaldas al público. Poco á poco volvió la cabeza y
sonrió á las gentes. Yo dudé, creyendo que veía mal. Luego debí gritar.
¡Era mi nieto!...

»Me levanté para verle mejor; quise ir hacia mi Alberto. Tal vez pasé
entre la gente con demasiada violencia. El público debió creer que era
alguna farsa mía y acudieron los empleados, y muchos espectadores me
cerraron el paso. Intenté hablar y no me dejaron. No quisieron oir mis
explicaciones; me creían borracha. Acabé por batirme á puñetazos con los
que me empujaban hacia la puerta. Llamaron al mismo agente que está
ahora aquí. Dicen que lo insulté, que le mordí en una mano. Ignoro cómo
pude hacerlo. Estaba tal vez loca en aquel instante. Es verdad que este
señor me llevó á empujones, sin querer oirme; que no me permitió seguir
viendo á mi Alberto....

Hizo una larga pausa. Sus ojos empezaron á humedecerse.

--Y así es--terminó la vieja--como he vuelto á encontrar á mi nieto....
Pido perdón al señor comisario.... Pido perdón al señor agente.

Bajó la cabeza, juntó las manos y miró al suelo, refugiándose
voluntariamente en el silencio, confiándose á la suerte, sin insistir
más en su defensa, mientras sus lágrimas empezaban á correr mejillas
abajo.

El comisario no dijo nada. Miró al agente que tenía á su lado, un
veterano con la Cruz de Guerra sobre el pecho del uniforme y varios
galones en una manga indicadores de sus campañas. Él también miró á su
superior. Había permanecido impasible hasta entonces, pero varias veces
se mordió el recio bigote.

Los dos hombres parecieron entenderse con la mirada. El comisario
devolvió al agente el parte redactado por él media hora antes en la sala
de espera de la Comisaría dando cuenta del escándalo ocurrido en el
cinema.

El veterano, sin decir una palabra, rasgó el papel en menudos pedazos.

--Buena mujer, puede usted marcharse.

La voz del comisario sacó á la vieja de su abstracción. ¿Era cierto que
la dejaban irse?... ¡Qué señores tan buenos!

--¿Y podré volver al cinema?--añadió con ansiedad--. ¿Me dejarán ver
todas las noches á mi pequeño?

Los dos hombres rieron de su simpleza, contestando con un gesto
afirmativo.

Salió de la Comisaría lentamente. No convenía que la viesen huir como el
que tiene la conciencia sucia.

Pero al llegar á la calle, se convenció de que nadie la espiaba, y
recogiéndose las faldas, echó á correr con una ligereza juvenil. Su
arrugado rostro se dilató, jadeando de fatiga; sus cabellos blancos se
escaparon en desorden de la pañoleta de punto con que abrigaba su
cabeza.

Cuando llegó al cinematógrafo, salían de él los últimos grupos de
espectadores. Los empleados apagaban las luces y retiraban los carteles.
La vieja vió luego cómo cerraban las puertas.

Se mantuvo inmóvil, con un codo apoyado en la pared y la frente en una
mano. Lloraba con una angustia infantil.

--¡Esperar hasta mañana!--murmuró--. ¡No ver á mi pequeño en tantas
horas!...



II


A la noche siguiente la vieja se presentó en el cinema con un aire de
humildad. Se encorvaba para pasar inadvertida. Se aproximó al despacho
de billetes, volviendo el rostro para que no la reconociese la empleada.

Pero el hombre encargado de guardar la puerta corrió hacia ella:

--¡Ah, no! ¿Viene usted á mover escándalo otra vez?... Para usted no hay
entrada.

--Déjeme pasar, buen señor. Le juro que seré muy juiciosa.

Hablaba con una dulzura infantil, y el empleado acabó por reir, lo mismo
que la mujer de la taquilla.

La vieja los saludó á los dos con agradecimiento al ver que la dejaban
pasar. Luego saludó también á un policía inmóvil en el pasillo de
entrada, como si fuese un antiguo amigo. No le parecía el mismo de la
noche anterior...pero ¡por si acaso era!...

Dentro de la sala procedió con modestia y afabilidad. Saludó á todos los
espectadores que encontraba al paso con una cortesía extremada, sin
obtener contestación. Algunos se limitaron á mirarla extrañados.

«Es una loca», parecían decir con sus ojos.

Se encogió en su asiento y procuró ocupar el menor espacio, por miedo á
molestar á sus vecinos. Al principio volvió repetidas veces la cabeza
para ver si la observaban los empleados del cinema y recibir su
aprobación. Pero el espectáculo la hizo olvidarse pronto de la realidad.
El alemán perseguía ya á la alsaciana, desarrollándose sobre el lienzo
blanco las complicadas aventuras de la novela cinematográfica. Luego
aparecían las trincheras y el soldado que escribía la carta puesto de
espaldas, y al volver la cabeza hacia el público, mostraba su rostro.

--¡Alberto!... ¡Alberto!...

La vieja tuvo que hacer un esfuerzo enorme para contenerse. Le subía
este grito á la garganta con estertores dolorosos. Pero tembló ante la
idea de escandalizar á los espectadores, como en la noche anterior. Le
arrojarían del local para siempre; no podría ver más á su soldado.

El miedo la hizo contenerse, y su emoción ruidosa se deshizo en
lágrimas. Para desahogar su pecho, hablaba en voz muy queda, una voz
que sonaba hacia dentro del cuerpo, mientras sus ojos lacrimosos seguían
contemplando con devoción todo lo que pasaba por el lienzo.

--¡Alberto!... ¡Pequeño mío!... Soy yo, tu abuela; ¿no me conoces?...
Vendré á verte todas las noches.... ¡todas las noches!

En la representación siguiente lloró menos. A la salida, habló con el
hombre de la puerta con cierta familiaridad, como si ella también fuese
de la casa.

--¿Ha visto usted qué bien «trabaja» mi nieto?...

Y el empleado, que había oído ya varias veces su historia sin prestarle
mucha atención, se llevó un dedo á la frente mirando á la mujer de la
taquilla.

Los dos se entendieron con una sonrisa que decía lo mismo: «Está loca,
verdaderamente loca.»

La vieja apenas pudo dormir aquella noche. Sentía intranquila su
conciencia. Era una egoísta que guardaba para ella toda la felicidad de
su descubrimiento. Alberto tenía en el mundo de los vivos alguien más
que su abuela.

A la mañana siguiente vendió apresuradamente las verduras, sin cuidarse
de la ganancia, y guardó su carretoncillo mucho antes que los
compañeros. El Metro la puso en las afueras de París. Se vió en un
paisaje grisáceo, yermo, con fábricas humeantes y casas de ladrillo,
tristes como prisiones, en las que vivían los obreros.

Habló con la portera de una de estas viviendas. Su biznieto estaba en la
escuela y la mujer de Alberto trabajaba en la fábrica.

Fué luego á la tal fábrica, y el conserje, un inválido, le cerró el
paso. Prohibida la entrada; ningún curioso podía introducirse en los
talleres, porque en ellos se torneaban obuses.

Pero la vieja, pegada tenazmente al arco de la puerta, pudo ver de lejos
á varias mujeres que pasaban y repasaban por los patios, en las
evoluciones de su trabajo, todas ellas con pantalones anchos, lo mismo
que si fuesen ciclistas. Casi rió de sorpresa al darse cuenta de que una
especie de muchacho pequeño y delgado, con amplios calzones azules,
abandonaba la carretilla que iba empujando, llena de virutas de acero,
para saludarla desde lejos. Era la mujer de Alberto.

Cuando sonó la campana de mediodía y las trabajadoras salieron para
almorzar, la vieja pudo verla de cerca. Tenía una palidez cenicienta y
sus ojos eran más grandes que nunca, rodeados de aureolas azuladas y
dolorosas.

Rompió á llorar al enterarse de que su marido aparecía todas las noches
en un cinema, después de haber muerto hacía un año.

--¿Cómo puede ser eso?...

Su asombro era tan grande, que cortaba su llanto. Hacía esfuerzos
inútiles para entender á la vieja, la cual iba repitiendo las
explicaciones que había escuchado, aunque sin comprenderlas mejor que la
otra.

--Lo cierto es que Alberto trabaja en el cinema. Ven con el niño; os
espero esta noche.

Hizo su invitación con aire de mando. A las ocho la encontrarían en la
puerta del cinematógrafo, situado casi en el extremo opuesto de la gran
ciudad. Después se separaron, pues los pobres no tienen tiempo que
perder.

La vieja los vió llegar puntualmente. Llevaba la viuda un vestidito
negro adquirido en un bazar; el niño iba con su mejor ropa y peinado
como un paje.

Al ver que la obrera intentaba ir hacia la taquilla, la vieja se opuso.

--¿Qué es eso?... Aquí pago yo. Me aprecian mucho; soy como de la casa.

Y para demostrar su confianza bromeó con la vendedora de billetes. Luego
estrechó una mano del hombre que guardaba la puerta--su antiguo
enemigo--, dándole un cigarro barato que había comprado momentos antes.

--Los pequeños regalos mantienen las amistades. Tome usted, señor.

Dentro de la sala saludó á la acomodadora como si fuese una antigua
conocida.

--Son la mujer y el hijo de mi nieto, el que trabaja en la obra--dijo,
dándola al mismo tiempo unas cuantas piezas de cobre.

Y se sentó con orgullo en las sillas designadas por la empleada,
juzgándolas mejores que las otras.

Pero la satisfacción de mostrar á sus acompañantes la inmensa influencia
de que gozaba en este lugar público duró muy poco. Al aparecer Alberto,
temió que gritase también aquella mujercita vestida de luto que tenía á
su lado. Pero era silenciosa en su dolor. Contempló la visión con unas
pupilas agrandadas é inquietantes, que hacían recordar los ojos de los
aficionados á la morfina. Cerraba los labios con fuerza, y por ambos
lados de su boca corrían dos hilos de lágrimas.

El enlutado pajecillo miraba con la inconsciencia de una edad en que se
oye hablar de la muerte sin saber lo que es. Aquel soldado lo conocía
él: era su padre; lo había visto llegar á su casa vestido así. ¿Por qué
no volvía?...

--¡Papá...papá!...--murmuró, tendiendo sus manecitas hacia la visión.

Y la madre y la bisabuela, sin dejar de llorar, le empujaron dulcemente
en la obscuridad para que permaneciese quieto.

A la salida, antes de despedirse junto á la puerta del cinema, la vieja
tomó su aire imperativo:

--Mañana aquí, á la misma hora. Yo pago.

La viuda pareció extrañarse de tal invitación.

--Vivo al otro lado de París; un verdadero viaje. Me he de levantar
temprano para el trabajo; debo ocuparme del niño antes de enviarlo á la
escuela. ¡Imposible!... Además, ¿para qué volver? Alberto no resucitará,
y este espectáculo me mata.

La vieja la siguió con los ojos mientras se alejaba con su niño
titubeante de sueño. Siempre había creído á esta mujercita de poco
corazón.

--¡Ay! La única que se acuerda verdaderamente de Alberto soy yo.

Anduvo triste y malhumorada todo el día siguiente. Al anochecer se
encontró en la taberna con el tío Crainqueville. Aunque el verdulero
filósofo hablaba poco y pasaba entre las personas y las cosas sin
preocuparse de ellas, pareció interesarse por los actos de su vieja
camarada. La había observado silenciosamente. Desde hacía unos días era
otra mujer. Gastaba mucho dinero; convidaba á todo el mundo; llegaba
tarde á los Mercados, comprando lo más caro y lo peor, para vender luego
al público con mayor baratura que los demás.

--Te vas á arruinar, estás gastando tu capital.

Pero no obstante sus consejos, siguió bebiendo todos los vasos que quiso
ofrecerle la vieja.

A las ocho, ésta se mostró impaciente.

--Adiós, Crainqueville. Te dejo, si no quieres acompañarme. Me espera mi
nieto; ya sabes que trabaja en el cinema.

--¡Pero si á tu nieto lo mataron!...

--Es verdad que lo mataron; pero trabaja en el cinema.

El filósofo se limitó á encogerse de hombros. Sabía por su maestro y
protector que no hay que asombrarse de nada en este mundo.

Hasta los actos más ordinarios y comunes resultan incoherentes cuando se
les estudia de cerca. Era inútil, pues, exigir lógica en los sucesos
extraordinarios de nuestra vida.



III


La vieja, después de apoyar un dedo en el timbre de la verja, examinó su
vestido de seda negra. Databa de los tiempos de su pobre hija. Ella
misma lo había cortado é hilvanado; pero de la primera hechura quedaba
muy poco, después de los retoques que se habían sucedido durante su
larga existencia.

Reconoció que no estaba del todo mal. Algo pasado de moda; pero el
género bueno siempre es apreciado por las personas inteligentes, y ahora
ya no se fabrican sedas como las de antes. La cabeza la llevaba desnuda.
Sentíase orgullosa de su pelo blanco, duro y abundante.

Admiró al otro lado de la verja el pequeño hotel rodeado de árboles. ¡Lo
que una mujer puede ganar con sus pies!... Pero la proximidad de una
jovenzuela con delantal y gorro blancos no le permitió continuar su
examen. Esta doméstica elegante avanzaba atraída por el llamamiento del
timbre. A la vieja le fué antipática por sus ademanes varoniles, por la
mirada altiva con que la midió de pies á cabeza y por su voz áspera.

--Buena mujer, si es para pedir un socorro á la señora, venga otro día.
La señora no está.

Balbuceó la vieja de indignación.

¡El puñetazo que se llevaría la tal, de no existir la verja entre las
dos!... Empezaba á dirigir terribles alusiones al pecho plano de la
doncella, á sus angulosidades de muchacho, subiendo rápidamente el
diapasón de sus ofensas, cuando sintió que la cogían de los hombros.

Al volver la cabeza, vió junto á la acera un automóvil que acababa de
detenerse. Una señora elegante salida de él la sonreía, intentando
abrazarla.

--¡Abuelita!... ¡abuelita!

Lo primero en que se fijó la vieja fué que la bailarina célebre iba
vestida de luto: un luto vistoso y sobradamente llamativo, pero luto al
fin, que sólo podía ser por su hermano Alberto.

Se sintió empujada cariñosamente al otro lado de la verja que acababa de
abrir la doncella. Quiso anonadar con una mirada y un bufido á la
insolente; pero ésta había bajado los ojos, no pudiendo resistirse á su
confusión.

¡La que había tomado por una mendiga era la abuela de la señorita!...

Al mismo tiempo lamentaba en su interior las injusticias de la suerte.
Ella había hecho estudios de bachillerato; tenía arriba en su habitación
un cuaderno lleno de versos, y sin embargo, no venía ningún príncipe de
leyenda á llevársela, regalándole un hotel igual al de la otra.

La vieja marchó de asombro en asombro al recorrer los salones de la
bailarina. Ella se había imaginado el lujo de otra manera: grandes y
ostentosas sillerías, muebles monumentales, y aquí apenas encontraba
donde sentarse. Sólo veía divanes bajos y cojines en el suelo. Los
muebles eran de aspecto tan frágil, que no osaba tocarlos; los colores
de paredes y cortinas, tan raros y complicados, que daban el vértigo á
sus ojos.

Apenas hubo nombrado á Alberto, la nieta se conmovió, perdiendo su
alegría de pájaro.

--¡Cómo he sentido su muerte!--dijo con los ojos húmedos--. Nos
llevábamos mal; apenas nos veíamos. Él no podía comprender mi modo de
vivir. Pero lo amaba de veras.

Tomó un retrato que estaba sobre una mesilla, en lugar preferente, y lo
besó. Era el retrato de Alberto. Esta fidelidad en el recuerdo conmovió
profundamente á la abuela. ¿Y aún decían que si Julieta era esto ó
aquello, por su profesión y su manera de vivir?... ¡Un alma de oro!

Su entusiasmo fué enfriándose un poco al notar la serenidad con que
escuchaba la bailarina el relato de su descubrimiento en el cinema.

--Es curioso--se limitó á decir--, verdaderamente curioso.

Y adivinó cuál era el deseo de su abuela.

--¿Quieres llevarme á verlo? Bueno; te acompañaré esta noche, pero con
una condición: la de que te quedarás á comer conmigo.

El recuerdo de su hermano había hecho surgir en ella otros recuerdos.

--¡Ay, abuelita! No es el pobre Alberto el único que fué á la guerra.
Otros hay que viven aún; y los que viven inspiran mayores preocupaciones
que los muertos.

Pensaba en su amigo, un joven rico que la verdulera no había visto
nunca, pero, según murmuraba la gente, acabaría casándose con Julieta.

No pudieron hablar más. Era la hora del té, y empezaron á llegar las
amigas de la señora, todas vestidas con unos trajes elegantes, raros y
vistosos, que hacían parpadear á la vieja, desorientándola en sus
opiniones. Algunas, á pesar de sus extraordinarias vestimentas,
envidiaban el luto de Julieta. Una de ellas fué más lejos en la
manifestación de sus deseos:

--¡Qué suerte tener un muerto en la familia! ¡El negro sienta tan
bien!...

Todas fumaban. Se habían tendido en el suelo, sobre pieles de oso blanco
ó redondos almohadones de seda, abullonados y con un botón hondo en el
centro, semejantes á calabazas. Unas se estiraban lo mismo que fieras
perezosas, sin reparar en lo que dejaban al descubierto; otras apoyaban
la mandíbula en las rodillas, mientras mantenían éstas entre sus brazos
cruzados.

El té estaba en el suelo, sobre una gran bandeja de plata, en la que
movía la lámpara de alcohol su penacho azul casi invisible.

Julieta había hecho valientemente la presentación de la vieja á sus
amigas.

--Mi abuelita, que vende hortalizas todas las mañanas en la _rue Lepic_.
Yo estoy orgullosa de mis ascendientes, lo mismo que un nieto de los
Cruzados.

Risa general de las señoras, que poco á poco olvidaron á la vieja. Ésta
quiso irse. No gustaba de tales costumbres, pero al mismo tiempo temía
ofender á su nieta.

Pasó cautelosamente de silla en silla, como una chicuela que desea
escaparse, llegando de este modo hasta el comedor. Allí cobró ánimo, y
poniéndose de pie, se aventuró francamente en un pasadizo inmediato.

Casi tropezó con la doncella, que volvía al salón llevando más agua
caliente para el té. La vieja la saludó con un bufido implacable.

--¡Presumida!... ¡Fea!

Después de este insulto supremo se sintió más ágil, y empezó á bajar
unos peldaños, hasta dar con la cocina.

Aquí admiró más que en los salones el bienestar de su nieta. ¡Qué
abundancia! ¡Qué de cacerolas brillantes como astros!...

La cocinera le hizo los honores de sus dominios, colocando sobre la mesa
una botella y dos vasos. La bebieron entera, hablando de sus penas.
Luego sacó un retrato y le dió un beso, mostrándolo á su visitante.

--Mi hijo es cazador alpino, lo que llaman «diablo azul», y está en los
Vosgos.

La vieja, por no ser menos, sacó también del pecho un retrato de
soldado.

--A mi nieto lo mataron; pero ahora trabaja en un cinema todas las
noches.

La cocinera se movió nerviosamente en su asiento, abriendo mucho los
ojos. Decididamente aquella vieja estaba loca, como le había dicho la
doncella. Pero calló, por ser la abuela de la señora.

Hasta la hora de la comida se mantuvo la verdulera en este paraíso,
admirando sus magnificencias. Luego sintió nostalgia y cierta cortedad
al verse arriba, en el comedor, sentada á una mesa enorme, teniendo
enfrente á su nieta, y más allá á un criado ceremonioso que tampoco le
era simpático.

Admiraba los manjares, reconociendo que nunca había comido tan bien,
pero sentía un vivo deseo de terminar cuanto antes.

Miró el reloj de la chimenea. Eran cerca de las ocho.

--No tengas prisa, abuelita. Hay tiempo. Mi automóvil nos llevará en un
instante.

De pronto, una conmoción en todo el hotel: repiqueteo de timbres,
alaridos de sorpresa de la doncella antipática, choque de puertas, voces
de hombres.

La doncella entró corriendo:

--Señora.... ¡Es el señor!

No dijo más, pero la vieja lo adivinó todo. «El señor» sólo podía ser
uno. Y vió á un buen mozo con uniforme de aviador, que entraba
violentamente, como una tromba. No tuvo que avanzar mucho, pues la
bailarina corrió á refugiarse en sus brazos.

Julieta hablaba de él, momentos antes, con tristeza. Hacía seis meses
que no le veía. Era imposible obtener una licencia en estos momentos.

El aviador dió explicaciones, con voz entrecortada.

--Un permiso inesperado.... Una breve comisión en París.... Veinticuatro
horas nada más....

No pudo seguir hablando. Los dos se habían abrazado, balanceándose con
las explosiones de su alegría. Empezó á rasgarse el silencio con unos
besos sonoros y escandalosos como los taponazos del champaña.

La vieja se levantó, ceñuda y grave. Allí estaba de sobra una persona;
no necesitaba que se lo dijesen.

Al verla salir, Julieta se desasió de los brazos amorosos, corriendo
hacia ella para dar explicaciones.

--Ya ves.... Sólo viene por veinticuatro horas.... Imposible hoy....
Otro día. Es preciso atender á los vivos.

Se vió la vieja en la soledad de la calle helada y negra. Los
reverberos, encapuchonados á causa de los ataques aéreos, sólo servían,
con su breve radio de luz, para dar mayor intensidad á la lobreguez
general.

Mientras marchaba, acompañó su paso repitiendo las mismas palabras, como
si fuesen una letanía:

--La vida quiere vivir. Los vivos necesitan vivir.... ¡Ay del que muere!
Los muertos huyen más aprisa que los vivos....

Todos abandonaban á los muertos. Hasta en la sala del cinema notó la
misma ingratitud. Aquella noche sólo había una veintena de personas. El
público de este cinematógrafo de barrio estaba ya cansado de las
aventuras de la perseguida alsaciana. Todos conocían su historia.

La vieja ocupó su asiento con la majestad de un monarca que se hace dar
una representación para él solo. Al aparecer su nieto, le habló en voz
baja, con dulzura.

--Buenas noches, pequeño mío. Todos te abandonan, todos te olvidan. La
vida es así.... Pero no temas; tu abuela no te dejará nunca. Aquí me
tendrás todas las noches.... ¡todas las noches!



IV


La noticia empezó á circular después de mediodía, vaga é indecisa.

«¡La paz! ¡Acaba de ajustarse la paz!»

Pero tantas veces se había dicho esto mismo, sin verlo realizado luego,
que la vieja no creyó la noticia.

A media tarde todos se convencieron de que era verdad. El gobierno
anunciaba un armisticio, solicitado por los enemigos.

La verdulera se encontró de pronto envuelta y arrastrada por una
avalancha de gente que parecía rodar hacia el centro de París. Se
mostraba frenética de alegría como todos; gritaba como todos.

Hasta la llegada de la noche vivió una existencia de ensueño; creyó
seguir las inverosímiles aventuras de una pesadilla. Pero esta pesadilla
era agradable y sus delirios no los inspiraba el terror, sino el
entusiasmo.

Se vió en la plaza de la Concordia. La muchedumbre, rugiendo cantos
patrióticos, hacía rodar los cañones cogidos á los alemanes que estaban
expuestos en la gran plaza.

Un grupo de mozalbetes hizo montar á la vieja sobre uno de estos
cañones, como si fuese un carro triunfal, arrastrando la pieza de
artillería por las calles inmediatas.

Ella, con los blancos cabellos en desorden, elevaba los brazos cantando
la _Marsellesa_. La muchedumbre la saludaba con aplausos. Nadie sabía
quién era, pero su paso iba despertando la veneración instintiva que
infunde la ancianidad. Algunos creían contemplar la vieja gloria de la
Revolución, que despertaba triunfante después de un siglo de letargo.

De pronto se vió á pie y sola. Había desaparecido el cañón y los jóvenes
que tiraban de él. Ahora estaban en la _rue Royale_, frente á los
restoranes más elegantes. Los parroquianos de Maxim--gentes ricas que
podían permitirse este lujo--regalaban botellas de champaña á la
muchedumbre para solemnizar el suceso.

Sin saber cómo, se encontró hablando con un grupo de soldados
americanos. Ella adoraba á los americanos. Los reconocía únicamente por
su sombrero de fieltro con cuatro hoyos simétricos y terminado en punta.
¡Hermosos muchachos, sanos, fuertes y con aire de buenos! A algunos les
encontraba cierto parecido con Alberto.

--¡Vivan los Estados Unidos!

Se entendía con estos soldados por medio de gestos y de guiños, más que
por palabras. Pero esto importaba poco.... ¡Cuando hay simpatía y buena
voluntad!...

Y ellos, regocijados por la alegría de la vieja, reían como niños
grandes, con una carcajada sonora que marcaba bajo la piel la fuerte
osamenta de las mandíbulas y dejaba al descubierto el luminoso marfil
de unas dentaduras envidiables.

La vieja se levantó la falda para rebuscar en una bolsa de lienzo
pendiente sobre las enaguas, donde guardaba el capital de su comercio.
Estaba en fondos y podía convidar á sus nuevos amigos.

Los soldados protestaron, riendo. «¿Admitir convites de una mujer?»

El único que hablaba bien el francés de todos ellos replicó con alegre
protesta:

--Nosotros somos más ricos que usted. Nosotros cobramos en dólares.

Ella miró el puñado de monedas de cobre que tenía en una mano. Céntimos,
nada más; pero ¿qué importaba?...

--Estáis en mi casa, y os invito. Si me decís que no, soy capaz de
llorar.

Entraron en un café, y durante media hora los robustos soldados del
sombrero puntiagudo bebieron, riendo á carcajadas de las palabras y los
gestos de la alegre vieja.

Luego se vió bebiendo con hombres de otros países que vestían distintos
uniformes, y hasta con soldados franceses, que, á pesar de la locura
general, conservaban un gesto sombrío, como hombres que aún no hubiesen
acabado de despertar de una pesadilla horrorosa prolongada durante años
y años.

Al anochecer, la vieja se sintió fatigada. Parecía que toda aquella
muchedumbre hubiese marchado sobre ella; creía haber recibido millones
de golpes.

El instinto la llevó hacia su barrio, caminando con lentitud,
arrastrando casi los pies. Pero á pesar de esta fatiga, juntó su voz á
las aclamaciones de todos los grupos que encontraba al paso.

La necesidad de descansar y la costumbre la hicieron meterse en la
taberna.

Allí estaba Crainqueville, solitario y silencioso, sentado ante un vaso
vacío, cuyo fondo contemplaba tristemente.

--También te convido á ti--dijo la vieja--. Hoy es un gran día. ¡La paz!
¿Qué dices tú de la paz?

Crainqueville levantó los hombros. Luego, animado por la vista del nuevo
vaso que le ofrecía su amiga, se dignó hablar.

--Tal vez la humanidad procure ser mejor después de esta prueba
terrible; tal vez se regenere y aprenda á vivir por primera vez con un
poco de lógica.

Luego sonrió irónicamente, como su maestro. Se sentía invadido por la
eterna duda, y continuó:

--Aunque nadie puede afirmar si esta pobre humanidad merece la pena de
ser regenerada y que alguien se ocupe de su porvenir....

Mucho más tarde, la vieja sintió la atracción de un nuevo deseo. Se
acordó con delicia de la obscura sala del cinema y de sus vistas, que
ella consideraba como algo celestial. ¡Qué felicidad estar allá dos
horas, en un asiento cómodo, conversando mentalmente con su nieto! El
pobre Alberto no debía conocer aún la gran noticia que conmovía á París
y al mundo entero. Ella iba á comunicársela.

--Adiós, Crainqueville; mi nieto me espera. Para el pobre no hay
fiestas. Esta noche trabajará como todas.

El filósofo ambulante, que había terminado por aceptar la vida ilusoria
de su compañera, creyó del caso darle algunos consejos.

--Te estás matando. Apenas comes; bebes demasiado. Gastas tu dinero
exageradamente; vas á perder tu capital. Ayer tuviste que tomar la mitad
de tu género al fiado.... Además, en una semana parece que hayas vivido
varios años.

Pero después de la cuerda reprimenda, volvió á sonreir con su eterna
sonrisa de duda.

--En fin, ¡si eso te divierte!... ¡Si encuentras en ello tu
felicidad!...

La vieja marchó apresuradamente hacia el cinema, á pesar de sus piernas
entumecidas que casi se negaban á sostenerla. Allá, en la sala
agradable, descansaría cómodamente.

Las calles estaban obscuras aún, como en las noches de la guerra
preñadas de amenazas aéreas. Pero la muchedumbre formaba grupos. Sonaban
instrumentos de música y se improvisaban bailes en las encrucijadas.

Al penetrar en el atrio del cinema, el empleado que guardaba la puerta
salió á su encuentro alegremente.

--¡Viva la paz, abuela!

Luego añadió, como si recordase algo de escasa importancia:

--Esta noche ya no «trabaja» su nieto.... ¡Se acabó! Todo es nuevo. Pero
la representación vale la pena.

-¿Qué?...

La vieja había apoyado la espalda en el muro, intensamente pálida, con
los ojos desmesuradamente abiertos. El empleado fué dando explicaciones
para contestar á su exclamación angustiosa.

--Han transcurrido siete días. ¡Cambio completo de programa! El público
estaba fatigado ya de la historia de la muchacha de Alsacia y del
alemán. Ahora, con la paz, habrá que dar otras cosas. ¡Nada de
guerra!... Hay que olvidar, hay que alegrarse.... Entre.... Tenemos esta
noche una película americana que hace rugir de risa.

La vieja vaciló sobre las piernas, á pesar de que se había desvanecido
instantáneamente la dulce turbación de su mansa embriaguez.

--¡No verle más!... ¡no verle más!--gemía.

Luego resumió su desesperación en una frase:

--Me lo han matado por segunda vez.

El público que iba á entrar en el cinema se agolpó en torno de esta
mujer desfalleciente, próxima á caer al suelo. El empleado, por
conmiseración y por evitar aglomeraciones en la puerta, intentó alegrar
á la vieja.

--¡Ánimo, abuela!... No va usted á morirse hoy, un día de tanta
felicidad, porque hemos cambiado el programa.... Además...además....

Había pedido á la mujer de la taquilla un periódico, y empezó á
examinarlo con precipitación, empinándose sobre la punta de los pies
para recibir mejor la luz de una lámpara pendiente del techo. Al mismo
tiempo hablaba entre dientes.

--Veamos.... Esta estúpida historia de la alsaciana deben darla en
alguna parte. Un mal _film_ de ocasión, hecho de recortes. Estará,
seguramente, en los cinemas de quinta clase.... Eso es; helo aquí.

Y dirigiéndose á la vieja, le dió el nombre de una calle y el título de
un cinematógrafo.

--Un poco lejos, abuela; en Grenelle, al otro lado de París; ¡pero
tomando el Metro!... Allí encontrará á su nieto durante una semana.

No se acordó más de ella, para seguir ocupándose del público que entraba
y entraba, atraído por el programa nuevo.

La vieja se vió otra vez en la calle. No tenía mas que una idea.

«¡Me lo han matado!--pensaba--. En este día en que todos ríen, me lo han
matado por segunda vez.»

Reapareció su enérgica voluntad de luchadora obscura y humilde. Se lo
habían matado allí; pero iba á resucitar en otra parte. Debía ir á su
encuentro.

Buscó bajo su falda aquella bolsa de tela que contenía sus capitales. Su
diestra sólo encontró el vacío. Después de tenaces exploraciones,
salieron á luz unas cuantas monedas de cobre sosteniéndose entre sus
dedos. Cincuenta céntimos en total.

Sólo disponía de lo preciso para comprar una entrada en aquel cinema
desconocido de Grenelle.

No le quedaba dinero para tomar un billete del Metro. Todo lo había
gastado en sus ruidosas aventuras de la tarde. Tendría que ir á pie; y
era tan lejos.... ¡tan lejos!

Un mal pensamiento contrajo su frente.

--¡Si pidiese limosna!... Hoy es un día de regocijo general. Se
apiadarán de mí al verme tan vieja, tan cansada....

Pero á pesar de su cansancio se irguió, con un gesto de altivez
ofendida. No había mendigado nunca, y á los setenta años era tarde para
empezar.

--Debo verle...necesito verle.

La fatiga le hizo caer en un banco entre dos árboles del bulevar.
Brillaban en la penumbra las puertas de cafés y tabernas como bocas de
horno. Se confundían en alegre discordancia las diversas músicas.
Pasaban parejas amorosas, perdiéndose en la obscuridad; guerreros de
remotos países que abarcaban con un brazo el talle de una mujer.

--¡Tan lejos!... ¡tan lejos!--seguía suspirando la vieja.

Vió de pronto un soldado que le sonreía, un soldado todo blanco desde el
casco de trinchera hasta los gruesos zapatos. A través de su cuerpo se
veían los árboles, el banco cercano, las gentes que pasaban. Parecía de
cristal, de humo sutil, de espuma impalpable.

La hizo señas para que la siguiese, y echó á andar al ver que la vieja
le obedecía.

--¡Ay, mis piernas!... No podré seguir. Son varios kilómetros. ¡No
llegaré nunca!...

Se dejó caer en otro banco y el soldado transparente se detuvo,
volviendo hacia ella un rostro sombrío, desesperadamente sombrío.

--No te pongas triste. ¡Si supieras cuán cansada estoy! Pero tu abuela
no te abandonará nunca.... Alberto, espérame. ¡Allá voy, pequeño mío!

Y haciendo un esfuerzo supremo, se levantó y siguió marchando en pos del
fantasma por las calles interminables, negras, heladas....

Como marchamos todos á través de las asperezas de la vida, guiados por
nuestros recuerdos, al encuentro de la Ilusión.



EL AUTOMÓVIL DEL GENERAL



I


El periodista Isidro Maltrana habló así á sus amigos en un pequeño
restorán de Broadway:

--Me veo obligado á buscarme la vida en Nueva York. Ya no puedo volver á
Méjico. ¡Qué desgracia! ¡Tan bien que me ha ido allá durante once
años!...

Ustedes saben que soy español, y no tengo otra herramienta para ganarme
el pan que una pluma fácil y sin escrúpulos. No recordemos las aventuras
de mi primera juventud. Deben conocerlas ustedes, pues con ellas se han
escrito libros. Son, en realidad, sucesos vulgares, que sólo merecen
atención por el ambiente de tristeza desgarradora en que se
desarrollaron.

Hace años me lancé á recorrer la América de habla española. Entré por
Buenos Aires y he salido por la frontera de Texas. Una hazaña de
conquistador de otros siglos; algo como el paseo del capitán Orellana,
que partió del Perú y, navegando de un río grande á otro mayor, se vió
de pronto en el Atlántico, después de haber bajado todo el curso del
Amazonas.

No sonrían ustedes; ya sé que mis viajes en buque de vapor, en
ferrocarril ó en mula, no pueden compararse con los penosos avances de
aquellos exploradores de piernas de acero y pechos de bronce. Pero no
crean tampoco que mis andanzas á través de la tierra americana han sido
envidiables por su comodidad. También yo he sufrido grandes privaciones.
Los conquistadores, que tuvieron que luchar con el hambre de las
interminables soledades, acallaban su estómago apretándose un punto más
el cinturón, y seguían adelante, con el arcabuz al hombro. Yo he tenido
que apretarme igualmente el cinturón muchas veces; pero siempre
encontraba, al fin, en las Repúblicas pequeñas, algún tirano, ó
aspirante á tirano, que se encargaba de mantenerme á cambio de insultos
á sus adversarios y de elogios disparatados á su persona.

Al pasar de España á América, deseé cambiar de profesión. Me habían
dicho que en esta parte del mundo todos los emigrantes cambian de
oficio, como las culebras cambian de piel al modificarse el ambiente con
el curso de las estaciones.

Eso será verdad tratándose de los demás; ¡pero los que nacimos siervos
de la pluma!...

Quise en Argentina cultivar la tierra, pero fracasé completamente, y
volví al periodismo vagabundo, lo que me hizo marchar de República en
República, siempre hacia el Norte.

No recordemos esta época de literatura ambulante y servil. Otro, tal vez
estaría orgulloso de ella, y hasta escribiría sus Memorias. Fuí amigo de
varios presidentes; á unos les he servido de bufón, á otros de consejero
secreto. He redactado, á la vez, crónicas de vida elegante para las
presidentas y proyectos de Constitución que sus graves maridos
presentaban al pueblo como producto de nocturnas meditaciones. He huído
de algunos de estos protectores, por miedo á que me fusilasen; sabía
demasiados secretos. A otros los he visto caer asesinados cuando
mostraban una confianza majestuosa igual á la de los dioses inmortales.
He insultado á hombres que no conocía, para servir con ello á hombres
que despreciaba por conocerlos demasiado.

¿Que mi oficio es vergonzoso?... Soy el primero en confesarlo. Y lo peor
es que no me ha enriquecido; sólo me dió para vivir con intermitencias
de locos derroches y largas penurias. Cuando triunfaban mis protectores,
nunca tenían tiempo para regalar algo duradero al que les había ayudado
con su pluma venenosa.

Además, reconozco mi defecto; soy un bohemio, un vagabundo que nunca se
siente bien allí donde está, y espera encontrar algo mejor yendo más
lejos.

No me creo el único. Los periodistas errantes y los cómicos somos la
última y miserable prolongación de la España conquistadora. Vamos y
venimos desde el estrecho de Magallanes á la frontera de California,
pasando á través de diez y ocho naciones que hablan nuestra lengua,
conociendo en unas partes la riqueza y en otras el hambre; aquí, el
aplauso y la admiración; más allá, el insulto y la fuga. Algunos, en sus
correrías, hasta tropiezan con la Fortuna, y son sus amigos por corto
tiempo. Todos, finalmente, terminan sus días en la miseria.

Pero no divaguemos. Quiero decir que, después de mis andanzas por la
América del Sur y la América del Centro, di fondo en Méjico, hace poco
más de diez años. ¡Hermoso y simpático país! En ninguna parte he vivido
mejor.

Ya estaría de vuelta allá, á pesar de la última revolución, que me hizo
huir; pero no me atrevo.

Existe de por medio el maldito asunto del automóvil del general.



II


Parecía que Méjico me estuviese esperando, como uno de esos volcanes
bondadosos y bien educados que permanecen tranquilos durante siglos y,
apenas un explorador huella su cumbre por primera vez, empiezan á rugir
y á soltar humaredas á guisa de saludo.

Treinta años llevaba el país de dormitar en paz; pero al llegar yo
despertó, amenizando mi existencia con una serie de revoluciones que
todavía no han terminado.

¡Lo que he visto en diez años!... Porfirio Díaz, que parecía eterno,
escapando para morir en un hotel del viejo mundo. Madero, un hombre
bueno, que gobernaba moviendo veladores y conversando con los espíritus,
fué cazado á balazos, lo mismo que un corderillo dulce, en las cuevas
del palacio presidencial. El alcohólico Huerta acabó sus días en una
cárcel de los Estados Unidos, desesperado porque no le dejaban beber. Al
viejo Carranza, que parecía construido para vivir un siglo, lo acaban de
asesinar.

En diez años, ¡cuatro presidentes que han terminado de mala manera ó han
muerto en una cama que no era suya! Reconozcamos que es demasiada
tragedia para tan corto tiempo. Esta sucesión de presidentes mejicanos
recuerda á los reyes y héroes griegos de la dinastía de los Atreidas,
que terminaban siempre de un modo fatal.

Pero yo, que soy franco hasta el cinismo, confieso que no guardo un
triste recuerdo de los largos años de revolución, ni he derramado una
lágrima en memoria de estos señores que conocieron los goces de una
autoridad sin límites y la desesperación de un final trágico.

Al principio fuí simplemente escritor de á caballo. No tenía periódicos
que hacer, y servía de secretario á los generales que mandaban las
fuerzas revolucionarias. Redacté proclamas dirigidas á los pueblos,
alocuciones á las tropas, y describí en un estilo lírico los grandes
triunfos de los insurrectos sobre los soldados del gobierno, llamados
«federales». Nunca, en mis escritos, dejé de establecer discretos
paralelos entre las campañas napoleónicas y las de los caudillos á cuyo
servicio me había entregado.

Conocía bien á mi gente. Uno de los generales, que fué mi amo durante
seis meses, al ver la polvareda levantada por unos cuantos centenares de
enemigos, se volvía siempre hacia nosotros, los de su Estado Mayor, para
decirnos con aire inspirado:

--Napoleón, en este caso, hubiera hecho seguramente lo que yo....

Y hacía lo que hubiese hecho Napoleón.

¡Ay, amigos míos! Recuerdo bien nuestras famosas batallas, aunque
siempre las veía de lejos. ¡Lo que sentí muchas veces no haber aprendido
á montar á caballo desde mi niñez, no ser hombre de campo, para
improvisarme general lo mismo que los otros!... ¡Quién sabe si lo habría
hecho mejor!...

Las tales batallas podían ser tituladas así porque tomaban parte en
ellas veinte mil ó treinta mil hombres. En Méjico nunca faltan hombres
para pelear y morir. Hay siempre más que fusiles. Pero, en realidad,
eran simples riñas de grupo á grupo, dejando á la iniciativa de cada
pelotón la marcha del combate. Tiraban y tiraban hasta agotar las
municiones, sin hacer uso jamás del arma blanca. Ninguno tenía bayoneta.
Se mataban durante horas y horas, y al final el bando que se veía sin
cartuchos se retiraba, dejando el campo al otro.

Todos éramos de caballería, porque hacíamos las marchas á caballo; pero
en el momento del combate los jinetes se convertían en infantes.
Teníamos artillería. Cada bando procuraba poseer cañones más gruesos que
los del adversario, y estos cañones tiraban y tiraban, con un estruendo
ensordecedor.

Recuerdo el asombro y la indignación de un oficial alemán que venía con
nosotros, al ver cómo funcionaba la artillería.

(Advierto á ustedes que todos los revolucionarios éramos germanófilos,
por odio á los Estados Unidos y á Inglaterra. Nos comparábamos con los
bolcheviques rusos, deseábamos la derrota de la República francesa y el
triunfo de Guillermo II. Los alemanes intervenían con frecuencia en
nuestras campañas.... Pero no desviemos el relato. ¡Adelante!)

--General--clamó el prusiano--, los artilleros no saben apuntar. Tiran
al aire. Sólo desean hacer ruido.

Y el general, que se las echaba de ingenioso, contestó, levantando los
hombros:

--Déjelos. No es necesario que hagan más. La artillería sólo sirve para
asustar _pendejos_.

Después de estas batallas, cuando quedábamos vencedores por haber podido
hacer fuego media hora más que los otros, venían los comentarios y las
explicaciones del triunfo. Aquí entraba yo como estratega. Describía
moniobras que nadie había visto; suponía en el general y sus
colaboradores órdenes que nadie había dado; explicaba el presente con
arreglo á mis lecturas pasadas, y siempre encontraba el medio de
emparentar la batalla reciente con alguna de las de la juventud de
Bonaparte. No había miedo de que alguien protestase escandalizado.

--¡Este Maltrana!--oía decir á mis espaldas--. ¡Lo que sabe!... ¡Lo que
ha leído!...

Y, por el momento, no me daban cosas de más provecho que tales elogios y
un amplio permiso para apropiarme lo ajeno. Pero esto último no
representaba gran cosa, por ir yo acompañado de gentes listas, que, al
ser del país, siempre llegaban antes allí donde había algo que coger.

Cuando triunfamos, y los jefes del ejército revolucionario ocuparon la
presidencia de la República, los ministerios y demás sitios públicos, mi
suerte empezó á afirmarse. Escribí en los diarios del nuevo gobierno
cuando había que insultar á los enemigos ó hacer al país brillantes
promesas.

¡El dinero que gané en aquellos tiempos, no muy lejanos, pero que me
parecen ya remotísimos!...

Tenía serios adversarios. La mayor parte de los generales eran hombres
que no vacilaban ante ningún obstáculo. De «rancheros» ó bohemios de la
ciudad, se habían convertido en generales heroicos. ¿Por qué no podían
ser igualmente escritores?...

Como Julio César después de sus campañas, cada uno de ellos quiso
escribir sus _Comentarios_. Pero César no escribía, dictaba, y sin duda
por esto, los más de ellos me tomaron como secretario, confiándome sus
hechos heroicos para que los realzase con la música de mi estilo.
Además, cobraba todos los meses una subvención en cada uno de los
diversos ministerios, para tomar fuerzas y poder llevar adelante la
magna y voluminosa obra que estaba escribiendo sobre la revolución
triunfante.

¡Lástima que la última revuelta militar haya matado este libro antes de
nacer! Ustedes saben que yo he cultivado la paradoja, como único pan que
me nutre. Pues bien; esta obra iba á ser la mejor de todas las mías.

Comparaba en ella á Wáshington con nuestro presidente, é inútil es decir
quién de ellos quedaba sobre el otro. Luego establecía un paralelo
crítico entre el ataque de Cerro Pelado y la batalla de Arcole; la
sorpresa del Barranco de los Santos y la batalla de Austerlitz; y así
seguía comparando otras acciones de guerra, hasta conseguir que el
«corso de los cabellos lacios» (¡siempre Napoleón!) quedase al nivel de
mis sabios caudillos de machete al cinto y lazo de cuerda formando rollo
en el arzón de la silla.

El final del libro era lo mejor: una demostración clarísima de que la
civilización de los Estados Unidos resulta inferior á la civilización
mejicana, y debe ser vencida por ésta, para bien de los mismos yanquis.
Así trabajarán menos, no necesitarán tanto dinero para vivir, conocerán
mejor la alegría de la existencia.

Les aseguro á ustedes que es una lástima que hayan sido arrojados del
gobierno mis protectores y no quede allá quien me subvencione para
terminar el libro. ¡Un verdadero éxito! Traducido al inglés, se hubiesen
vendido centenares de ediciones. ¡Esta gente de Nueva York gusta tanto
de libros que la hagan reir!...

Pero no se impacienten ustedes. Adivino en sus ojos lo que piensan: «el
automóvil del general». Desean saber qué general es el de mi historia y
por qué su automóvil me cierra el camino para volver á Méjico.

A ello vamos, amigos míos.



III


De todos los personajes que conocí en el período de la guerra, el que
demostró mayor interés por mi persona y me protegió más eficazmente fué
el general Castillejo.

En sus momentos de efusión amistosa, que eran muy raros, me llamaba
Maltranita, y eso que yo podía ser casi su padre, ó cuando menos un
hermano muy mayor. Este general (uno de los consejeros más íntimos y
escuchados del presidente) sólo tenía veintisiete años. Es cierto que
los otros generales y ministros no eran, ordinariamente, de mayor edad.
Cuando el viejo Carranza reunía los primeros funcionarios y héroes de la
República, parecía un director de colegio pasando examen á sus
discípulos.

Castillejo es pequeño de cuerpo, nervioso y ágil, con un color moreno
ardiente que se aproxima al tono del chocolate con leche. Lo más notable
en él son los ojos, brillantes y autoritarios cuando quiere mirar de
frente, lo que ocurre pocas veces. Su vista parece siempre fugitiva,
como si la distrajera algún mal pensamiento. Sus cejas oblicuas y su
cutis obscuro se armonizan poco con su ángulo facial, abierto y europeo.
Es, como muchos de nuestra América, el resultado de tres orígenes:
indio, africano y español.

Sus amigos le tenían en alto concepto, hablando de él con admiración y
miedo.

--¡Un hombre de cuidado!... No conviene tenerlo de enemigo. ¡Sabe
mucho!...

Además, quitaba y ponía ministros, daba mandos en el ejército á los
compañeros que le seguían ciegamente, y obligaba á salir del país á sus
adversarios ó los enviaba á ciertas provincias de la costa del golfo de
Méjico, donde la gente de las altas mesetas puede contraer enfermedades
de muerte.

Sus enemigos recordaban la facilidad con que había fusilado durante la
guerra á los prisioneros. Pero ¿quién puede hacer el balance de los
fusilamientos ordenados allá por unos y por otros? ¡He visto tantos!...
¡Cuesta tan poco dar una orden que suprime á un hombre!...

Nunca tuve con él motivos de queja. ¡Excelente muchacho! Hasta creo que
me admiraba un poquito á causa de mi pluma, y eso que era incapaz de
admirar á nadie, convencido como estaba de que la presidencia de la
República le correspondía de derecho. Pero aún no creía llegado el
momento de ocuparla.

Nuestra intimidad dató de un libro que escribí para él después de la
guerra: _Historia de la división del Oeste_. Esta división era la horda
á caballo que había mandado mi general Castillejo. Inútil es decir que
la tal división lo había hecho todo, y á ella se debía únicamente el
triunfo revolucionario.

Lo malo es que yo mismo, con esta mano pecadora, había escrito también
la _Historia de la división del Este_, y la del Norte, y la del Sur, y
la del Centro, y cada una de estas divisiones era la mejor entre todas y
lo había hecho todo, y los demás generales no habían servido mas que de
estorbo.

Pero como estos libros iban firmados por sus respectivos héroes, y cada
uno callaba mi nombre, Castillejo apreció su historia como la mejor de
todas, paladeando las hermosuras de mi estilo lo mismo que si le
perteneciesen.

Andaba muy ocupado en la elección del nuevo presidente. El gobierno
surgido de la revolución deseaba dos cosas á la vez: hacer unas
elecciones que pareciesen legales y sacar triunfante de ellas al
candidato que tenía escogido, y á nadie más. Varios generales se
presentaban también como candidatos, amenazando con hacer una revolución
si no salían triunfantes. Todos hablaban de legalidad y de respeto á la
ley, al mismo tiempo que se llevaban una mano al costado para
convencerse de que tenían el revólver listo. Y el país, fatigado de diez
años de revolución, les dejaba hablar, deseando en el fondo de su ánimo
que se matasen entre ellos, pero dispuesto á votar por el gobierno ó por
el general que derribase al gobierno. La única manera de vivir seguro en
aquella tierra es irse con el que manda.

Mi general era el hombre de confianza del presidente y el sostenedor de
la candidatura patrocinada por éste. Como los otros aspirantes á la
presidencia pertenecían al ejército, la candidatura gubernamental usaba
el título de «antimilitarista». Castillejo y otros compañeros de
generalato, que habían fusilado centenares de hombres, quemado
estaciones y pueblos, y vivían en plena paz con la misma violencia que
cuando hacían la guerra, pronunciaban discursos sobre discursos,
cantando las excelencias de ser gobernados por un «civil» y la necesidad
de terminar con el militarismo.

Yo combatía con la pluma, siguiendo las órdenes de mi jefe. En Méjico es
más fácil este trabajo que en otras partes. Cuenta uno con el argumento
precioso de «la intervención norteamericana». El periodista que defiende
al gobierno puede describir á los hombres de la oposición como «malos
patriotas, que con sus insurrecciones provocan la anarquía y hacen
inevitable una invasión de los norteamericanos para el restablecimiento
del orden». Y á su vez, los escritores de la oposición, al atacar al
gobierno, afirman que éste comete tales atrocidades, que, «al final, los
Estados Unidos tendrán que intervenir para derrocar su tiranía». Sin el
fantasma de la intervención norteamericana, ¿quién podría escribir en
Méjico?...

Además, hay otro recurso de éxito seguro. Cuando no se sabe qué decir de
un enemigo político, ó cuando se recibe el encargo de insultar á alguien
que ha pintado el país tal como es, se emplea siempre la misma injuria:
«Vendido al pérfido oro yanqui.» ¡Y qué inagotable resulta el tal oro!
Todos los días hay alguien que se vende á él por enormes cantidades. Si
se suman los millones, tal vez no quepan en la Tesorería Federal.

Y lo más gracioso es que los que escriben esto piensan al mismo tiempo:
«¿Dónde demonios estará la puerta de la oficina en la que se hacen tales
compras?... ¿Quién será el encargado de recibir á los que desean
venderse?...»

Yo mismo, queridos amigos, quisiera saber si ustedes, por ser más viejos
en la tierra yanqui, están enterados de á qué personaje hay que
dirigirse en Wáshington para dicho asunto. ¡Me gustaría tanto estar
enterado!...

Pero ¿callan ustedes?... ¿No saben qué decir?... Sigamos con nuestro
general.

Siempre que leía uno de mis artículos contra los enemigos de la
candidatura del gobierno, celebraba con entusiasmo los insultos más
atroces.

--¡Qué pluma la suya, Maltranita!... ¿Cómo pagarle sus servicios á la
buena causa?

Muy fácilmente; yo no podía aspirar á una legación diplomática ni á un
ministerio cuando triunfase nuestra candidatura; eso quedaba para los
mejicanos. Mis aspiraciones eran más modestas.

--Me contento, mi general, con que me envíe usted á Nueva York cuando
vaya allá una comisión á hacer compras para el gobierno. Lo mismo da que
compren autocamiones, máquinas de escribir, zapatos ó papel para las
oficinas. Sólo pido ser el agente comprador de la comisión. Me doy por
satisfecho con el diez por ciento. ¿Que adquieren por un millón?... Cien
mil dólares para mí. ¿Que compran por valor de dos?... Pues doscientos
mil. Con eso me retiro á España y dejo de escribir, aunque lloren de
pena las nueve Musas.

Castillejo juzgaba mediocres mis pretensiones. Ahora trabajaba por hacer
presidente á un amigo. Luego le tocaría á él. Sólo tenía que esperar yo
cuatro años, y entonces me daría lo que desease.

¡Esperar en un país donde mueren de una manera trágica cuatro
presidentes en sólo diez años!... No; prefería que me diesen
inmediatamente el modesto cargo de comprador en Nueva York.

Pero Castillejo no estaba para fijarse en mi escepticismo; cada día se
mostraba más preocupado por el éxito de su campaña electoral. ¡Cosa
rara! No le inquietaban los generales candidatos que parecían próximos á
sublevarse contra el gobierno. El objeto de sus preocupaciones era un
joven, casi de su edad, el ingeniero Taboada, que se había educado en
los Estados Unidos y tenía la pretensión de exigir que se implantase de
golpe en Méjico todo el sistema democrático, con su respeto á la ley y á
las opiniones ajenas, que había conocido en la vecina República.

Sin más apoyo que unos cuantos amigos tan ilusos como él, presentaba su
candidatura á la presidencia, afirmando que era la «única candidatura
civil».

--¡Pero si ese muchacho es un loco!--decía yo, extrañado de la
preocupación de Castillejo--. ¡Si no puede juntar más allá de un
centenar de votos!... Ya que usted le hace el honor de tenerle en
cuenta, voy á demolerlo con un artículo. Diré que está vendido á los
Estados Unidos y por eso pretende implantar entre nosotros las
costumbres y sistemas de allá. Voy á demostrar que ha recibido tres
millones de Wáshington para su candidatura.... Si le parecen poco,
escribiré cinco millones. Da lo mismo. ¡Con decir que yo he visto con
mis ojos cómo los recibía!...

Y escribí esto, y otras cosas. Necesitaba no quedarme á la zaga de los
periodistas del país, que me vencían muchas veces en la invención de
estupendas mentiras.

Pero noto que se impacientan ustedes. ¡Calma! Ahora sí que llegamos de
veras al automóvil del general.



IV


Algunos de los allegados á Castillejo se mostraban terribles en sus
ofrecimientos.

--General, ya que le estorba tanto ese ingenierillo, no tiene mas que
darnos una orden. Es lo más fácil librarse de él.

¡Como si el general necesitase de tales consejos! Eran muchos los que
habían desaparecido misteriosamente de la existencia diaria, y los
calumniadores pretendían que únicamente Castillejo podía saber dónde
estaban. Todos debajo del suelo.

--¡Qué disparate!--protestaba el general--. Los candidatos militares
atribuirían al gobierno la muerte de Taboada; la gente que ahora se ríe
de él lo veneraría como un mártir. No; dejemos de pensar en ese hombre.

Y yo adivinaba que seguía pensando en él, con su gesto reconcentrado é
inquietante que hacía decir á las gentes: «Castillejo, muy malo como
enemigo.»

Uno de los amigotes que le acompañaban en sus francachelas nocturnas me
reveló el secreto.

--Lo que sufre el general son unos celos que le tienen loco, lo mismo
que un dolor de muelas. Ahora, Olga del Monte adora al ingeniero.

Esta Olga del Monte era la Aspasia de la revolución mejicana. Hija de
una familia distinguida de la capital, sus excesos imaginativos y reales
habían acabado por arrastrarla á una vida que era la vergüenza de su
parentela. Iba teñida de rojo escandalosamente, en un país donde las más
de las mujeres son morenas. Había pasado una temporada en París á
expensas de varios protectores, lo que imponía un irresistible respeto á
los jóvenes centauros de la revolución, ignorantes de toda tierra que no
fuese la suya. Además, tocaba el piano y el arpa, suspiraba romanzas
mejicanas y fabricaba versos.... Tenía de sobra para traer como locos á
todos los generales mozos. Algunos de ellos, á pesar de sus
declamaciones contra el derecho de propiedad y contra las desigualdades
de clase, lo que más apreciaban en Olga era su origen. Les producía
confusión y orgullo á la vez pensar que eran amigos y protectores de una
hija de gran familia de la capital, cuando hacía pocos años figuraban
aún como jornaleros del campo ó vagabundos en lejanas provincias.

Regalos cuantiosos llovían sobre ella. Los vencedores mostraban la misma
generosidad de los bandidos después del reparto de un botín fácilmente
conquistado. Olga se tomaba á veces el trabajo de desfigurar las joyas
robadas. En otras ocasiones lucía los ricos despojos tal como se los
habían dado, y las gentes señalaban sus brillantes, sus esmeraldas y sus
perlas, nombrando á las verdaderas dueñas de estas alhajas. Eran señoras
del régimen anterior derrumbado por la revolución, que andaban ahora
fugitivas por el extranjero.

Mi general, que tenía un alma puerilmente romántica, se mostraba
orgulloso de haber vencido á varios compañeros de profesión. Él era
ahora el único que podía considerarse dueño de esta poética criatura. La
abrumaba con sus presentes; había trasladado de su casa á la de la
hermosa todo lo recogido cuando entró en la ciudad de Méjico al frente
de su división del Oeste, ¡y bien sabe Dios que Castillejo no era tonto
ni perezoso para esta clase de trabajos!

Pero la vaporosa criatura, harta sin duda de las magnificencias del
saqueo, quería mostrarse ahora desinteresada, prefiriendo á los hombres
pobres y perseguidos, sin duda porque todos los que la rodeaban eran
ricos, fanfarrones é insolentes. Y por esta necesidad de cambio y de
contraste, abandonó á nuestro general, enamorándose de Taboada.

El ingeniero era débil de cuerpo, dulce de maneras, odiaba á los
soldadotes, hablaba de la regeneración de los caídos y del advenimiento
de los pobres al poder. Además, los triunfadores se reían de él y tal
vez lo matasen el día menos esperado. ¿Qué héroe más interesante podía
encontrar una mujer de sentimientos sublimes y «mal comprendidos», como
se creía esta muchacha?...

En vano Castillejo apeló á las seducciones del gobernante para vencer su
desvío. Él haría que el presidente la enviase á Nueva York y luego á
París, con un cargamento de grandes sombreros mejicanos, trajes
vistosos y cien mil pesos al año, para que cantase y bailase á estilo
del país en los principales teatros. Iba á ser casi un personaje
oficial; haría propaganda mejicana por el mundo. ¡Quién sabe si la
historia patria hablaría alguna vez de ella con agradecimiento!... Pero
Olga contestó negativamente. Prefería á su ingeniero. É igualmente fué
rehusando otras proposiciones no menos productivas y honoríficas.

Los consejeros de Castillejo seguían, mientras tanto, insinuándole su
remedio dulcemente.

--¡Si usted quisiera, mi general!... Una palabrita nada más, diga una
palabrita, y no volverá á estorbarle ese mozo.

Pero Castillejo protestaba con una bondad que metía miedo. La alarma de
su recta conciencia era para espeluznar á cualquiera.

--¡Que nadie toque á ese hombre!--decía--. Ninguna mano humana debe
ofenderle. Supondría, en caso de agresión, que yo ó el gobierno habíamos
dado la orden. ¡Lo declaro sagrado!...

Y escuchándole, pensaba que, si mi protector quería declararme «sagrado»
con la misma voz y poniendo los mismos ojos, consideraría oportuno tomar
el primer tren que saliese para la frontera de los Estados Unidos.

Los incidentes de la campaña electoral hicieron que Castillejo olvidase
á Olga. Pero no podía olvidar igualmente al ingeniero.

Seguido de sus apóstoles (dos docenas de inocentes, poseedores de una
audacia loca), Taboada iba pronunciando discursos contra el gobierno,
que pretendía imponer á la fuerza su candidato, y contra los otros
candidatos, generales que no valían más que su contrincante. Él era el
«único político civil» capaz de implantar el régimen democrático. Pero
nadie le escuchaba, y si la muchedumbre, en calzoncillos y cubierta con
enormes sombreros, le oía alguna vez, era para interrumpir sus discursos
llamándole «yanqui», «mal mejicano», «traidor» y otras cosas por el
estilo.

Ahora, amigos míos, sí que van á conocer ustedes de veras el automóvil
del general. Ya entra en escena. ¡Atención!



V


Lo había traído Castillejo de los Estados Unidos para las necesidades de
la campaña electoral. Poseía muchos. ¿Qué caudillo mejicano carece de
automóvil?... Los más de ellos hasta tienen un coche-salón para viajar
por las vías férreas. ¡Lo que puede importarles media docena de
automóviles, cuando, al principio de la revolución, sólo necesitaban
entrar, pistola en mano, en un _garage_ para llevarse lo mejor de él!...

Castillejo no podía sufrir que lo comparasen con sus rústicos camaradas
de generalato. Es un hombre de progreso, casi un sabio. Admira á los
Estados Unidos por las armas de fuego y los automóviles que se fabrican
aquí. Esto no es mucho, pero es algo. Para ser general mejicano no
resulta indispensable conocer la existencia de Edgardo Poe y de Emerson.

--Pero ¿ha visto usted--me decía--qué joyas tan bellas producen esos
_gringos_?

La joya bella era el automóvil recién llegado: una máquina esbelta,
ligera, incansable, como un corcel de ensueño. No quiero decir la marca.
Creerían ustedes que estoy pagado por la casa constructora. Baste decir
que era un gran automóvil, el mejor de los Estados Unidos, y no añado
más. Yo lo admiraba tanto como mi general.

Muchas noches, antes de dejarme en la redacción de su periódico para que
escribiese el artículo, Castillejo me paseaba por las principales calles
de Méjico, mejor dicho, por la única avenida que, con diversos nombres y
variable anchura, se extiende varios kilómetros, desde la vieja plaza
donde está el palacio del gobierno hasta el Parque de Chapultepec.

Ustedes saben cómo son de noche las calles de Méjico: no hay ciudad en
el mundo mejor alumbrada y con menos gente.

Los focos eléctricos brillan formando racimos, para iluminar una soledad
de desierto. Cree uno deslizarse por una de esas ciudades de _Las mil y
una noches_, donde todo ha quedado inmóvil y dormido por obra de
encantamiento.

En los primeros años de la revolución este silencio era amenizado de vez
en cuando con agradables diversiones. Los oficiales corrían las calles
en automóviles de alquiler, disparando sus revólveres. Se tiroteaban de
unos carruajes á otros. ¡Asunto de divertirse un poco!...

Ahora, con los preparativos electorales, no había tiros; pero la gente
se metía en sus casas más pronto que nunca, presintiendo que iba á
surgir una revolución.

Los escasos transeúntes veían pasar, de Chapultepec á la gran plaza y de
la gran plaza á Chapultepec, el carruaje del general partiendo el aire
lo mismo que una flecha, como si en realidad tuviese prisa en llegar á
alguna parte. «¡Ahí va Castillejo!», se decían con respeto y miedo. Y si
se atrevían á insultar á alguien con su pensamiento, era al extranjero,
al miserable _gachupín_ Maltrana, sentado en el sitio de honor.
Castillejo prefería siempre la parte delantera. Unas veces empuñaba el
volante, otras se mantenía al lado de su chófer, un indiazo de ojos
feroces y sonrisa boba que manejaba el vehículo con una autoridad
natural, como si el automovilismo datase de los tiempos de Moctezuma.

Nunca he creído tanto en la fidelidad de los presentimientos como cierta
noche que intenté negarme á acompañar al general en su paseo nocturno.
Es verdad que Castillejo no parecía el mismo. Iba con gorra de viaje y
un grueso gabán, cuyo cuello le tapaba media cara. Tenía en los ojos un
brillo agresivo. Su aliento olía á alcohol, circunstancia
extraordinaria, pues el general es sobrio.

No pude excusarme con mi trabajo. Eran las once, y Castillejo había
esperado á que terminase mi artículo.

--Suba--me ordenó con aspereza, lo mismo que si mandase á su
horda-división.

Y subí para verme solo en el fondo del automóvil, pues él continuó al
lado de su chófer.

Aún siento orgullo y angustia al recordar cómo fuí presintiendo
confusamente lo que iba á ocurrir.

Me arrepentí de inspirar tanto interés á Castillejo. Este bárbaro iba á
hacer algo terrible y quería que yo lo presenciase. Necesitaba mi
emoción como un aplauso.

Empecé á pensar en el ingeniero, luego en Olga, y fuí adivinando todos
los actos de mi protector con algunos minutos de antelación. Casi fué un
deporte agradable para mí ver cómo la realidad se iba plegando á mis
inducciones.

El automóvil abandonó las calles iluminadas, como yo había previsto.
Luego, atravesando vías silenciosas y obscuras, entró en una barriada de
edificios nuevos. Íbamos hacia la casa de Olga del Monte. Pero ¿qué
interés tenía el general de mezclarme en sus rencores amorosos?...

Se detuvo el vehículo en una avenida bordeada de copudos fresnos y
anchas aceras. Los reverberos no eran tan numerosos como en el centro de
la capital. La frondosidad de los árboles extendía una doble masa de
sombra á lo largo de la calle, dejando tres fajas de luz crepuscular:
una en medio, y las otras dos junto á las casas. El carruaje, al quedar
inmóvil, apagó sus faros, lo mismo que un buque que ancla y desea
permanecer inadvertido.

Dos hombres con grandes sombreros de palma se acercaron al carruaje: dos
mocetones de cara aviesa, que nunca había yo visto. Pero también los
adiviné. Eran de los que esperaban del general «una palabrita nada más».
Iban á suprimir, indudablemente, al ingeniero.

El pobre Taboada estaría, sin duda, en aquellos momentos hablando á Olga
de sus ilusiones y sus esperanzas, sin sospechar que la muerte le
aguardaba en la calle.

--Debéis mirarlo como persona sagrada--oí que decía el general en voz
baja--. ¡Únicamente en caso de que escapase!...

Se trastornó todo el edificio de suposiciones elevado por mi inducción.
Si Taboada debía ser sagrado para aquellos hombres, ¿qué podían hacer
con él?

Miré repetidas veces hacia el lugar donde sabía que estaba la casa de
Olga, pero no alcancé á verla, pues me la ocultaban los árboles.

El general abandonó el volante, cambiando de sitio con su chófer. La
habilidad de éste le inspiraba, sin duda, más confianza que su propia
habilidad. Hablaron en voz baja, al mismo tiempo que el indio
acariciaba las llaves y palancas de la máquina con gruñidos de
satisfacción.

Yo no entiendo de automóviles; pero adivinaba en aquel carruaje un
organismo maravilloso que iba á obedecer fielmente al espíritu maligno
de sus conductores. Parecía muerto, sin el menor latido que denunciase
su vida interior; pero bastaba un ligero movimiento de mano para que se
estremeciese instantáneamente todo él, como un caballo que desea
lanzarse á una carrera loca.

--Prepárese á conocer algo primoroso, Maltranita--dijo Castillejo en voz
queda, sin volver la cabeza--. Presenciará usted una caza nunca vista.

Pero ¿qué necesidad tenía este demonio de general de hacerme ver cosas
«primorosas»?...

Pasaron cinco minutos, ó una hora, no lo sé bien. En tales casos no
existe el tiempo.

De pronto oí un ruido de voces broncas, una disputa de ebrios. Los dos
hombres del sombrerón se querellaban bajo los árboles.

Otro hombre pequeño surgió, un poco más allá, de la sombra proyectada
por los fresnos, como si pretendiese atravesar la avenida, pasando á la
acera opuesta.

Mi agudeza adivinatoria volvió á romper el misterio con luminosas
cuchilladas. Vi (sin verla en la realidad) la puerta de la casa de Olga
abriéndose para dar salida al ingeniero. Éste titubeaba un poco al
sentir que la puerta se había cerrado detrás de él, al mismo tiempo que,
algunos pasos más allá, dos hombres, dos «pelados», empezaban á discutir
de un modo amenazador, como si fueran á pelearse. ¡Mal encuentro!
Taboada se llevaba una mano atrás, buscando el revólver, inseparable
compañero de toda vida mejicana. Luego, deseoso de evitar el peligro,
en vez de seguir á lo largo de la acera, atravesaba la avenida para
continuar su camino por el lado opuesto....

No pude pensar más. Me sentí sacudido violentamente de los pies á la
cabeza por el brutal arranque del automóvil; me creí arrojado á lo alto,
como si el carruaje, después de rodar sobre la tierra unos momentos, se
elevase á través de la atmósfera.

Perdí desde este momento la normalidad de mis sentidos, para no
recobrarla hasta el día siguiente. Todo me pareció indeterminado é
irreal, lo mismo que los episodios de un ensueño.

Vi cómo el hombre intentaba retroceder, esquivando el automóvil salido
repentinamente de la sombra. Pero el vehículo se oblicuó para alcanzarle
en su retirada. Entonces pretendió avanzar lo mismo que antes, y la
máquina perseguidora cambió otra vez de dirección, marchando rectamente
á su encuentro.

Todo esto fué rapidísimo, casi instantáneo, sucediéndose las imágenes
con una velocidad que las fundía unas en otras. Sólo recuerdo el salto
grotesco y horrible, un salto de fusilado, que dió la víctima al
desaparecer bajo el automóvil con los brazos abiertos.

El vehículo se levantó como una lancha sobre una pequeña ola. Pero esta
ola era sólida, y su dureza pareció crujir.

Miré detrás de mí instintivamente. Una sombra negra, una especie de
larva, quedaba tendida sobre el pavimento. Se retorcía con dolorosas
contracciones, lo mismo que un reptil partido en dos. Salían gemidos é
insultos de este paquete humano que intentaba elevarse sobre sus brazos,
arrastrando las piernas rotas.

--¡Brutos!... ¡Me han matado!

Pero instantáneamente dejé de verle. Apareció ante mis ojos el extremo
opuesto de la avenida. El automóvil acababa de virar, con tanta
facilidad, que caí sobre uno de sus costados, vencido por la brusca
rotación.

Se deslizaba de nuevo en busca del caído, y éste, al verle venir, ya no
gritó. Tal vez el miedo le hizo callar; tal vez se imaginaba el infeliz
que los del vehículo regresaban para darle auxilio, y enmudecía,
arrepentido de sus exclamaciones anteriores.

Ahora la ola fué más dura, más violenta. El automóvil se levantó como si
fuera á volcarse, y hubo un chasquido de tonel que se rompe, estallando
á la vez duelas y aros. Todavía viró el vehículo varias veces, con la
horrible facilidad de su ágil mecanismo, pasando siempre por el mismo
lugar. ¿Cuántas fueron las vueltas?... No lo sé. El obstáculo que
encontraban las ruedas era cada vez más blando, menos violento; ya no
lanzaba crujidos de leña seca.

Al día siguiente todos los periódicos hablaron de la muerte casual del
pobre Taboada cuando se dirigía á su domicilio. El suceso dió tema para
declamaciones contra la barbarie de los automovilistas que marchan á
toda velocidad por las calles, matando al pacífico transeúnte.

El periódico nuestro hasta hizo el elogio fúnebre del ingeniero,
declarando que «había que reconocer noblemente en este enemigo político
á un hombre de talento, á un gran patriota lamentablemente
desorientado».

Y nada más.... A los pocos días nadie se acordó del infeliz.

Otros sucesos preocupaban á la nación. Se sublevaron los generales
candidatos, al convencerse de que no triunfarían legalmente. Muchos
creyeron necesario traicionar al gobierno, para seguir una vez más las
costumbres del país. El presidente fué asesinado, y yo, como primera
providencia, me escapé á los Estados Unidos. Tiempo tendría de volver,
cuando se aclarase la tormenta, para servir á los nuevos amos.

Castillejo cayó prisionero, y aún está en la cárcel. Sus dignos
camaradas de generalato le siguen no sé cuántos procesos de carácter
político; pero lo peor es que, recientemente, han empezado a acusarle
por el asesinato del ingeniero.

Nadie cree ya en el accidente del automóvil. Parece que fueron muchos
los que presenciaron lo ocurrido desde sus ventanas prudentemente
entornadas. Tal vez lo vió uno nada más, y los otros hablan por agradar
á los vencedores. ¡La soledad nocturna de las calles de Méjico!...
Detrás de cada persiana hay ojos que sólo ven cuando les conviene; bocas
mudas que sólo hablan cuando llega el momento oportuno.

Ustedes creen, tal vez, que yo podría volver allá, sin ningún
peligro.... En realidad, nada malo hice en dicho asunto, y aún me
estremezco al recordar el susto que me dió el maldito general.

Pero no volveré; pueden estar seguros de ello. Conozco á mis antiguos
amigos. Castillejo es mejicano y sus acusadores también. Yo no soy mas
que un extranjero, un español, un _gachupín_, y todos acabarían por
ponerse de acuerdo para afirmar que fué Maltrana el que guiaba el
automóvil.

Noto también que les causa á ustedes cierta satisfacción el espíritu de
justicia que demuestran los nuevos gobernantes al perseguir á Castillejo
por su delito.

Me asombro de su inocencia. ¡Pero si cualquiera de aquellos generales ha
ordenado docenas de crímenes igualmente atroces!...

No es justicia, es venganza; y más aún que esto, es envidia, amargura
ante la superioridad ajena.

Detestan á Castillejo porque les inspira admiración. Hablan de él como
los pintores de una nueva manera de expresar la luz, como los escritores
de las imágenes originales encontradas por un colega.

Lo que más les irrita es que ya no podrán emplear sin escándalo el
procedimiento del automóvil. Ha perdido toda novedad. ¡Y á cada uno de
ellos le hubiese gustado tanto ser el primero!...



UN BESO


Esto ocurrió á principios de Septiembre, días antes de la batalla del
Marne, cuando la invasión alemana se extendía por Francia, llegando
hasta las cercanías de París.

El alumbrado empezaba á ser escaso, por miedo á los «taubes», que habían
hecho sus primeras apariciones. Cafés y restoranes cerraban sus puertas
poco después de ponerse el sol, para evitar las tertulias del gentío
ocioso, que comenta, critica y se indigna. El paseante nocturno no
encontraba una silla en toda la ciudad; pero á pesar de esto, la
muchedumbre seguía en los bulevares hasta la madrugada, esperando sin
saber qué, yendo de un extremo á otro en busca de noticias, disputándose
los bancos, que en tiempo ordinario están vacíos.

Varias corrientes humanas venían á perderse en la masa estacionada entre
la Magdalena y la plaza de la República. Eran los refugiados de los
departamentos del Norte, que huían ante el avance del enemigo, buscando
amparo en la capital.

Llegaban los trenes desbordándose en racimos de personas. La gente se
sostenía fuera de los vagones, se instalaba en las techumbres, escalaba
la locomotora, Días enteros invertían estos trenes en salvar un espacio
recorrido ordinariamente en pocas horas. Permanecían inmóviles en los
apartaderos de las estaciones, cediendo el paso á los convoyes
militares. Y cuando al fin, molidos de cansancio, medio asfixiados por
el calor y el amontonamiento, entraban los fugitivos en París, á media
noche ó al amanecer, no sabían adonde dirigirse, vagaban por las calles
y acababan instalando su campamento en una acera, como si estuviesen en
pleno desierto.

       *       *       *       *       *

La una de la madrugada. Me apresuro á sentarme en el vacío todavía
caliente que me ofrece un banco del bulevar, adelantándome á otros
rivales que también lo desean.

Llevo cuatro horas de paseo incesante en la noche caliginosa. Sobre los
tejados pasan las mangas blancas de los reflectores, regleteando de luz
el ébano del cielo. Contemplo, con la satisfacción de un privilegiado, á
la muchedumbre desheredada que se desliza en la penumbra lanzando
miradas codiciosas al banco. El reposo me hace sentir todo el peso de la
fatiga anterior. Reconozco que si los hulanos apareciesen de pronto
trotando por el centro de la calle, no me movería.

Una pierna me transmite su calor á través de una tenue faldamenta de
verano. Me fijo en mi vecina, muchacha de las que siguen viniendo al
bulevar por costumbre, pero sin esperanza alguna, pues el tiempo no está
para bagatelas.

Tiene la nariz respingada, los ojos algo oblicuos, y un hociquito
gracioso coronado por un sombrero de cuatro francos noventa. El cuerpo
pequeño, ágil y flaco, va envuelto en un vestido de los que fabrican á
centenares los grandes almacenes para uniformar con elegancia barata á
las parisienses pobres. Por debajo de la falda asoman unas pezuñitas de
terciopelo polvoriento. Sonríe con un esfuerzo visible, frunciendo al
mismo tiempo las cejas. Se adivina que es una mujer ácida, de las que
«hacen historias» á los amigos; una especie de calamar amoroso, que
esparce en torno la amarga tinta de su mal carácter.

Conversa con una respetable matrona que vuelve llorosa de la estación de
despedir á su hijo, que es soldado. Junto á ella está una hija de
catorce años, mirando á la vecina con ojos curiosos y admirativos. Los
que ocupan el resto del banco dormitan con la cabeza baja ó sueñan
despiertos contemplando el cielo.

La burguesa, al hablar, gratifica á la muchacha ácida con un solemne
_Madame_. Hace un mes habría abandonado el asiento, á pesar de su
cansancio, para evitarse tal vecindad. ¡Pero ahora!... La inquietud nos
ha hecho á todos bien educados y tolerantes. París es un buque en
peligro, y sus pasajeros olvidan las preocupaciones y rencillas de los
días de calma, para buscarse fraternalmente.

Sigo su conversación fingiéndome distraído. La madre es pesimista.
¡Maldita guerra! Parece que las cosas marchan mal. Le van á matar al
hijo; casi está segura de ello; y sus ojos se humedecen con una
desesperación prematura. Los enemigos están cerca; van á entrar en París
«como la otra vez».... Pero la joven malhumorada muestra un optimismo
agresivo.

--No, no entrarán, _Madame_.... Y si entran, yo no quiero verlo, no me
da la gana; no podría. Me arrojaré antes al Sena.... Pero no; mejor será
que me quede en mi ventana, y al primero que entre en la calle le
enviaré....

Y enumera todos los objetos de uso íntimo que piensa emplear como
proyectiles. Vibra en ella la resolución absurdamente heroica de los
insensatos gloriosos que protestan para hacerse fusilar.

Algo pasa por la acera que interrumpe estos propósitos desesperados.
Avanza lentamente un matrimonio de viejos: dos seres pequeñitos,
arrugados, trémulos, que se detienen un momento, respiran con avidez,
gimen é intentan seguir adelante. Ella, vestida de negro, con una capota
de plumajes roídos por la polilla, se muestra la más animosa. Es enjuta
y obscura; sus miembros, flacos y nudosos, parecen sarmientos trenzados.
Se pasa de mano á mano una maleta que tira de ella con insufrible
pesadez, encorvándola hacia el suelo.

A pesar de su cansancio, intenta auxiliar al hombre, que es una especie
de momia. Su cabeza de pelos ralos aún parece más grande moviéndose
sobre un cuello cartilaginoso, del que surgen los ligamentos con duro
relieve. Los dos son de una vejez extremada; parecen escapados de una
tumba. Les atormentan los paquetes que intentan arrastrar; caminan
tambaleándose, como la hormiga que empuja un grano superior á su
estatura. En este cansancio aplastante se adivina un nuevo suplicio, el
de ir vestidos con las ropas guardadas durante muchos años para las
grandes ceremonias de la vida: ella con falda de seda dura y crujiente;
él puesto de levita y paletó de invierno.

El viejo deja caer el fardo que lleva en los brazos, y luego se desploma
sobre este asiento improvisado.

--No puedo más.... Voy á morir.

Gime como un pequeñuelo. Su pobre cabeza de ave desplumada se agita con
el hipo que precede al llanto.

--Valor, mi hombre.... Tal vez no estamos lejos. ¡Un esfuerzo!

La viejecita quiere mostrarse enérgica y contiene sus lágrimas. Se
adivina que en la casa que dejaron á sus espaldas era ella la dirección,
la voluntad, la palabra vehemente. Su diestra escamosa, abandonando á la
otra mano todo el peso de la maleta, acaricia las mejillas del viejo. Es
un gesto maternal para infundirle ánimo; tal vez es un halago amoroso
que se repite después de un paréntesis de medio siglo. ¡Quién sabe! ¡La
guerra ha despertado tantas cosas que parecían dormidas para siempre!...

Yo me imagino el infortunio de esos dos seres que representan ciento
setenta años. Son Filemón y Baucis, que acaban de ver su apergaminado
idilio roto por la invasión. Tienen el aspecto de antiguos habitantes de
la ciudad que han ido á pasar el resto de su existencia en el campo,
dejándose cubrir por las petrificaciones ásperas y saludables de la vida
rústica. Tal vez fueron pequeños tenderos; tal vez ganó él su retiro en
una oficina. Cuando no existían aún los hombres maduros del presente, se
refugiaron los dos en esta felicidad mediocre, en este aislamiento
egoísta soñado durante largos años de trabajo: una casita rodeada de
flores, con algunos árboles; un gallinero para ella, un pedazo de tierra
para él, aficionado al cultivo de legumbres.

Entraron en este nirvana burgués cuando los ferrocarriles eran menos aún
que las diligencias, cuando la humanidad soñaba á la luz del petróleo,
cuando un despacho telegráfico representaba un suceso culminante en una
vida.... Y de pronto, el miedo á la invasión alemana, que suprime un
pueblo en unas cuantas horas, les ha impulsado á huir de una vivienda
que era á modo de una secreción de sus organismos. Luego se han visto en
París, aturdidos por la muchedumbre y por la noche, desamparados, no
sabiendo cómo seguir su camino.

--Valor, mi hombre--repite la esposa.

Pero tiene que olvidarse de su compañero para dar gracias, con una
cortesía de otros tiempos, á alguien que le toma la maleta é intenta
levantar al viejo.

Es la muchacha ácida, que da órdenes y empuja con irresistible
autoridad.

Ahora reconozco que no lo pasará bien el primer hulano que entre en su
calle. Con un simple ademán limpia de gente una parte del banco, para
que se instalen con amplitud los dos ancianos.

Queda espacio libre, pero yo me guardo bien de volver á sentarme. No
quiero recibir un bufido con acompañamiento de varios nombres de
pescados deshonrosos.

Sin duda la presencia de estos viejos ha resucitado en la memoria de la
muchacha la imagen de otros viejos largamente olvidados.

La trémula Baucis da explicaciones. Dos días en ferrocarril. Han huído
con todo lo que pudieron llevarse. Su última comida fué en la tarde del
día anterior; pero esto no les aflige: los viejos comen poco. Lo que les
aterra es el cansancio. Llegaron á las diez: ni un carruaje, ni un
hombre en la estación que quisiera cargar con sus paquetes. Todos están
en la guerra. Llevan tres horas buscando su camino.

--Tenemos en París unos sobrinos--continúa la anciana.

Pero se interrumpe al ver que Filemón se ha desmayado, precisamente
ahora que descansa. Los curiosos del bulevar, que esperan siempre un
suceso, se aglomeran en torno del banco. La protectora empuja é insulta,
sin dejar de ocuparse de los viejos.

--¿Y viven cerca los parientes?

--Plaza de la Bastilla--contesta Baucis, que no sabe dónde está la
plaza.

Un murmullo de tristeza; un gesto de lástima. Todos miran el extremo
del bulevar, que se pierde en la noche. ¡Tan lejos!... ¡No llegarán
nunca! Circulan pocos automóviles; sólo de vez en cuando pasa alguno.

Los brazos de la bienhechora trazan imperiosos manoteos; su voz intenta
detener á los vehículos que se deslizan veloces. Carcajadas ó palabras
de menosprecio contestan á sus llamamientos, y ella, indignada contra
los chófers insolentes, da suelta al léxico de su cólera, intercalando
con frecuencia la frase más célebre de Waterloo.

Cuando transcurren algunos minutos sin que pasen vehículos, vuelve al
lado de los viejos para animarlos con su energía. Ella los instalará en
un carruaje; pueden descansar tranquilos.

De pronto salta en medio del bulevar. Viene mugiendo un automóvil del
ejército, desocupado y enorme, á toda fuerza de su motor. El soldado que
lo guía cambia de dirección para no aplastar á esta desesperada que
permanece inmóvil, con los brazos en alto.

Su prudencia resulta inútil, pues la mujer, moviéndose en igual sentido,
marcha á su encuentro. La multitud grita de angustia. Con un violento
tirón de frenos, el automóvil se detiene cuando su parte delantera
empuja ya á esta suicida. Debe haber recibido un fuerte golpe.

El chófer, un artillero de pelo rojo y aspecto campesino, que lleva
sobre el uniforme un chaquetón de caucho, increpa á la muchacha, la
insulta por el sobresalto que le ha hecho sufrir. Ella, como si no le
oyese, le dice con autoridad, tuteándole:

--Vas á llevar á estos dos viajeros. Es ahí cerca, á la Bastilla.

La sorpresa deja estupefacto al soldado. Luego ríe ante lo absurdo de la
proposición. Va de prisa, tiene que entrar en el cuartel cuanto antes.
Le grita que se aleje, que salga de entre las ruedas. Ella afirma que no
se moverá, é intenta tenderse en el suelo para que el vehículo la
aplaste al ponerse en marcha.

El artillero jura indignado, tomando por testigos á los curiosos. Esto
no es serio; le van á castigar; el cuartel...los oficiales.... Pero ella
está ya en el pescante, inclinando hacia el conductor su rostro ceñudo,
esforzándose por encontrar un gesto de graciosa seducción.

--Yo te recompensaré. Llévalos y te daré un beso.

Sonríe el soldado débilmente, mirándola á la cara para apreciar el valor
del ofrecimiento. No es gran cosa, pero ¡qué diablo! un beso siempre
resulta agradable.

La gente ríe y palmotea, y la muchacha, mientras tanto, se aprovecha de
esta situación para instalar á los viejos en el vehículo con todos sus
paquetes.

El chófer pone en movimiento su motor.

--Gracias, _Madame_--dice lloriqueando Baucis, mientras Filemón articula
gemidos de gratitud.

Pero _Madame_ no les oye, ocupada en depositar dos besos sonoros en las
mejillas del artillero, brillantes y ennegrecidas por la grasa de los
engranajes. «Toma...toma.»

Se aleja el automóvil y se deshacen los grupos. Las pezuñitas de
terciopelo vuelven hacia el banco. Una de ellas cojea dolorosamente.
Siento la tentación de besar también, de besar á la muchacha ácida; pero
me inspira miedo.

Temo que interprete torcidamente mis intenciones.



LA LOCA DE LA CASA



I


Todos los viajeros, antes de abandonar la vieja ciudad de la Flandes
francesa, oían la misma pregunta:

--¿Ha visto usted al señor Simoulin?...

No importaba que hubiesen invertido varias horas en la visita de la
catedral, cuyas sombrías capillas están llenas de cuadros antiguos.
Tampoco era bastante para conocer la ciudad haber recorrido sus iglesias
y conventos de la época de la dominación española, así como las hermosas
viviendas de los burgueses de otros siglos. El conocimiento quedaba
incompleto si los curiosos prescindían de visitar el Museo-Biblioteca, y
en él á su famoso director, que unos llamaban simplemente «el señor
Simoulin», como si no fuese necesario añadir nada para que el mundo
entero se inclinase respetuosamente, y otros designaban con mayor
simplicidad aún, diciendo «nuestro poeta».

De todas las curiosidades de la urbe flamenca, la más notable, la que
indudablemente le envidiaban las demás ciudades de la tierra, era
Simoulin, «nuestro poeta». En esto se mostraban acordes todos los
vecinos y los tres periódicos de la población, completamente
antagónicos é irreconciliables en las demás cuestiones referentes á la
política municipal.

Sin embargo, nadie podía enseñar la casa natalicia de esta gloria de la
localidad. El gran Simoulin era del Sur de Francia, un meridional del
país de los olivos y las cigarras, que había llegado siendo muy joven á
la ciudad, para encargarse del Museo-Biblioteca en formación. Pero en
ella había contraído matrimonio, en ella habían nacido sus hijos y sus
nietos, y la gente acabó por olvidar su origen, viendo en él á un
compatriota que era motivo de orgullo para la provincia.

Un sentimiento de gratitud se unía á la general admiración. Gracias á
Simoulin, el Museo se había llenado de objetos que acreditaban las
pasadas glorias del país; gracias á «nuestro poeta», los fabricantes de
cerveza y de paños, gentes ricas y de pocas letras, que constituían la
aristocracia de la ciudad, podían hablar, sin miedo á equivocarse, de
los obispos, guerreros y burgomaestres de otros siglos que
indudablemente eran sus ascendientes.

Además, el personaje imponía admiración con su aspecto. Los que le
contemplaban por primera vez sonreían satisfechos. «Así se habían
imaginado al grande hombre; no podía ser de otro modo.» Y parecían
venerar con sus ojos las luengas barbas blancas, las dos crenchas de su
cabellera, onduladas y brillantes como las vertientes de una montaña
cubierta de nieve. De pie, perdía gran parte de su majestad, por ser
pequeño de estatura y mostrarse agitado continuamente á causa de su
inquietud nerviosa. Sentado en su Museo, recordaba al Padre Eterno, á
pesar de las arrugas de su rostro y el mal color de su tez, impregnada
del polvo de los libros y de las piezas arqueológicas.

Cuando hablaba--y el gran Simoulin era incapaz de callar así que tenía
un oyente--, su palabra parecía difundir en torno de él una aureola de
prestigio histórico. Todas las celebridades de la segunda mitad del
pasado siglo las había conocido el grande hombre. Recordaba como amigos
de ayer á Víctor Hugo y á Gambetta. Con este último había tenido,
indudablemente, cierto trato, cuando el futuro gobernante de la
República andaba echando sus discursos de tribuno republicano por los
cafés del Barrio Latino. Al grandioso poeta lo había visto una vez nada
más, confundido en una comisión de estudiantes que fué á saludarle á la
vuelta de su destierro en Guernesey. Pero esto sólo representaba á los
ojos de los admiradores de Simoulin un detalle histórico insignificante,
y todos repetían, con la firmeza del que dice la verdad:

--Víctor Hugo, que fué íntimo amigo de nuestro Simoulin.

De otras amistades hablaba el grande hombre con más exactitud. En el
Barrio Latino había tenido por camaradas á Zola, á Daudet y á otros
escritores de su generación. Esto era indiscutible. Podía enseñar cartas
de todos ellos, cartas breves, de un afecto forzoso, pero en las que
vibraba la nostalgia de la juventud, ya lejana; cartas que los hombres
célebres contestan por deber á los camaradas de los primeros pasos que
cayeron rendidos en la mitad del camino. Y los admiradores del director
del Museo-Biblioteca repetían lo que tantas veces habían leído en los
periódicos locales:

--Hubiese sido el primer poeta del mundo, de querer seguir en París.
Para él era la gloria que ahora disfrutan muchos con menos talento. Pero
prefirió vivir entre nosotros....

¡Cómo no adorar á un hombre que había hecho tal sacrificio en honor de
la antigua y adormecida ciudad!...

Todos en ella se esforzaban por corresponder á tal abnegación,
haciéndole grata la existencia. El Consejo municipal atendía sus
indicaciones con tanto respeto como el Colegio de cardenales escucha la
voz del Papa. Aunque la ciudad no tuviese dinero, lo encontraba siempre
para las mejoras de su Museo-Biblioteca. Los subprefectos enviados de
París visitaban inmediatamente al grande hombre. Un presidente de la
República, al pronunciar su discurso durante una permanencia de breves
horas en la ciudad, había saludado á Simoulin como la más alta gloria de
la región. Los industriales del país, que sólo aceptaban alianzas con
gente de dinero, habían admitido como yernos á los hijos del poeta.

Su gloria se extendía por toda la provincia como algo irresistible,
reflejándose en las provincias limítrofes. En toda ceremonia oficial,
los periódicos se cuidaban, ante todo, de anunciar: «Hablará el ilustre
Simoulin.» Unas veces era un discurso patriótico; otras, una oda de
circunstancias. Los organizadores de banquetes contaban con un medio
seguro para evitar el fracaso: «A los postres, pronunciará un brindis
nuestro poeta.» Y en pocas horas no quedaba un asiento disponible.

Todos los que en la ciudad se sentían tentados por el demonio de la
literatura acudían á la Biblioteca para pedir consejo al ilustre
maestro. Los recibía como amigos antiguos, y, arrastrado por su
vehemencia verbal, dejaba pronto de ocuparse de ellos para hablar de su
propia persona.

--Un día, el abuelo Hugo me dijo que....

Por las tardes se reunían en su casa los admiradores de su ciencia
histórica: varios señores retirados de la magistratura, del comercio ó
de las armas, que en vez de entretenerse coleccionando sellos, se habían
dedicado á la arqueología provincial.

El discípulo preferido era el comandante Pierrefonds, un hombre corto de
estatura, fornido, parco en palabras, de mal carácter, que gruñía á la
menor contradicción bajo su recio bigote rojo y blanco. Tenía el gesto
reconcentrado y amenazante de un perro feroz y mudo. Sólo el maestro
Simoulin se atrevía á bromear con él. Vivía solitario, en una casa de
las afueras, con una vieja ama de llaves y una colección de monedas
antiguas, á la que pensaba dedicar el resto de su existencia de célibe.

Se había retirado del ejército con verdadero placer al llegar á la edad
reglamentaria, después de una serie de campañas coloniales penosas y sin
gloria, que habían quebrantado su salud y agriado su carácter. Sólo le
interesaba actualmente la numismática, y no reconocía otra grandeza
humana que la de su eminente amigo y maestro. Su ambición era ser el
primero de los «simoulinistas», y los que envidiaban su privanza,
viéndole acompañar al grande hombre á todas partes, lo habían apodado
«el dogo del poeta».

Esta veneración no cegaba al rudo comandante hasta el punto de hacerle
desconocer los defectos de su maestro. Pierrefonds era capaz de dejarse
matar si le exigían una mentira á cambio de la existencia; nunca
recordaba haber faltado á la verdad voluntariamente; ¡y, en cambio, su
admirado maestro!...

Dudaba el militar antes de definir la verdadera personalidad moral del
ilustre Simoulin.... Lo mismo les ocurría á muchos de los discípulos. En
la misma incertidumbre estaban sus hijos, su vieja esposa, todos los que
le trataban de cerca.

¿El poeta era un embustero?...

No; no lo era. El que miente lo hace con un fin interesado, por orgullo
ó por perjudicar á otro. Y el ilustre maestro no mentía; lo que hacía,
simplemente, era ignorar la verdad, huir de ella cuando la encontraba al
paso.... Y si le obligaban á mirarla de frente, la veía con unos ojos
distintos á los ojos de los demás.

Las cosas nunca eran para él como para los otros; siempre las
contemplaba como quería que fuesen y no de acuerdo con la realidad.

Además, carecía por completo del sentimiento de la medida, inclinándose
á la exageración para aumentar ó disminuir las cosas. Unas veces hablaba
de su ciudad como de una urbe igual á Londres ó Nueva York. Otras veces
la compadecía cual si fuese una aldea. Las personas pasaban á ser en su
apreciación semidioses ó monstruos; nada guardaba para él sus
proporciones regulares: ni seres ni objetos.

Uno de sus admiradores, antiguo juez aficionado á las disquisiciones
filosóficas, había hecho su diagnóstico.

--Tiene la enfermedad de muchos grandes hombres. Su peor enemigo es «la
loca de la casa».

Este era el apodo que el filósofo Malebranche había dado á la
imaginación. Había días en que «la loca» dormía detrás de la frente, en
el piso más alto de aquel edificio humano, y el poeta se mostraba tan
razonable y justo en sus apreciaciones como un fabricante de paños de la
localidad. Otras veces, la inquilina del cráneo se despertaba impetuosa,
haciendo toda clase de cabriolas y extravagancias, y el ilustre maestro
pasaba de golpe á vivir en un mundo quimérico, mientras su cuerpo se
movía en este mundo terrenal. Sus ojos miraban, para ver lo que no veían
los otros, sus manos poseían un tacto sobrenatural, mientras su boca iba
emitiendo, con acento de sinceridad, errores y exageraciones
equivalentes á grandes mentiras.

El rudo Pierrefonds lamentaba estos excesos de «la loca de la casa»,
pero no por ello compadecía á su maestro.

--Todos los genios fueron así.

Recordaba á Balzac y á otros escritores imaginativos, que poblaron su
vida práctica de absurdas concepciones, aceptándolas como realidades.

Además, ¡quién sabe si era «la loca de la casa» la que había hecho que
este hombre del país de los olivos y las cigarras conquistase con tanta
rapidez la vieja ciudad dormida y sin ensueños!...



II


La guerra vino á aumentar considerablemente la gloria de Simoulin.

En un mes, su actividad muscular y su actividad mental funcionaron con
más apresuramiento que durante varios años. Se le vió en todas partes:
en la estación del ferrocarril despidiendo á los hombres que iban á
incorporarse á sus regimientos; en el paseo principal, donde, al caer la
tarde, entonaban las músicas himnos patrióticos coreados por la
muchedumbre. La gente interrumpía sus cantos al ver las blancas melenas
del poeta. «¡Que hable el señor Simoulin!», gritaban mil voces. Y al
poco rato lloraban las mujeres, rugían de entusiasmo los hombres que aún
no habían ido al ejército, y hasta las banderas tricolores parecían
aletear con más fuerza, como azotadas por el vendaval patriótico del
lírico orador.

Cruzaba los brazos lo mismo que Napoleón después de una victoria; otras
veces manoteaba y rugía igual á Dantón al declarar la patria en peligro.
Los más grandes personajes históricos pasaban por él, y de tal modo se
identificaba con sus evocaciones, que Simoulin era el primer engañado.
Prometía el triunfo con la certidumbre de un gran estratega capaz de
derrotar á los enemigos cuando se lo propusiese; hacía llorar á su
público con una sugestión irresistible, pero él era el primero en verter
lágrimas, conmovido por su propia elocuencia al describir la injusta
agresión que sufría la patria.

Esta vida imaginativa y elocuente duró sólo unas semanas. Simoulin se
mostraba insensible á las malas noticias. Eran, según él, invenciones de
los enemigos. Pero ¡ay! la realidad se encargó de despertarle un día,
con rudo manotazo. Los alemanes se habían extendido por Bélgica é iban á
pasar de un momento á otro la vecina frontera, entrando en Francia.
Muchos vecinos de la ciudad huían. Algunos burgueses prudentes
insinuaron al poeta la conveniencia de retirarse á París, por creer que
el gobierno necesitaría la colaboración de un hombre tan célebre.

--¡Que vengan los enemigos!--contestó con sencillez--. Aquí los aguardo.

Sus hijos estaban en el ejército; las mujeres de la familia se habían
ido á una ciudad del interior con todos los nietos. Simoulin,
completamente solo, se consideraba preparado para toda clase de
heroísmos.

--Yo también--le había dicho Pierrefonds.

El comandante consideraba una felonía abandonar la ciudad. Al declararse
la guerra, había sufrido una amarga decepción viendo que no lo
aceptaban para combatir en el frente, á causa de sus enfermedades de
antiguo soldado colonial. Al fin, para que no insistiese en sus quejas,
lo hicieron director de un modesto servicio de administración militar en
la misma ciudad.

--Mientras el ministro de la Guerra no me ordene otra cosa, aquí estaré.

Y como el ministro de la Guerra, preocupado por el avituallamiento y la
suerte de los ejércitos en retirada hacia el Marne, no se acordó de que
exista en el mundo un comandante Pierrefonds encargado de unos cuantos
centenares de capotes viejos, el belicoso numismático pudo ver desde una
ventana de su casa cómo llegaban á la ciudad los primeros pelotones de
hulanos.

El ama de gobierno tuvo que arrodillarse ante él, abrazando sus piernas
y recordándole las dulces intimidades de otros tiempos ya olvidados.
Sólo así consiguió arrancar de sus manos el viejo revólver con el que
pretendía recibir á tiros á los invasores. Por su culpa podían morir
fusilados muchos vecinos de la ciudad, según afirmaba su vetusta
compañera. Además, se acordó de los consejos del maestro:

--Pierrefonds, cuando vengan (si es que vienen), mostrémonos grandes y
altivos en la desgracia. Un heroísmo que se sacrifica es muchas veces
más poderoso que el heroísmo que vence.

El ilustre Simoulin tuvo numerosas ocasiones de conocer este sacrificio
predicado por él. Cuando intentó presentarse á los generales invasores
para formular una elocuente protesta contra los atropellos cometidos por
sus tropas, sólo pudo ver á un oficial, que le contestó sarcásticamente,
acabando por amenazarle con el fusilamiento. Nadie hacía caso de su
nombre; aquellos guerreros vestidos de gris verdoso parecían oirlo por
primera vez. Los hijos del país que meses antes rodeaban al poeta con
su cariñoso entusiasmo no podían servirle ahora de consuelo. Unos
estaban en la guerra; otros habían huído; los demás sufrían en la ciudad
toda clase de vejaciones, y para evitarlas, se mantenían ocultos en sus
casas.

El poeta sufrió el tormento del hambre y el suplicio aún más intolerable
de la humillación. ¡Quién hubiese podido reconocer á los pocos meses de
tiranía alemana al ilustre director de la Biblioteca!... Parecía haber
vivido diez años en unas cuantas semanas. Estaba triste. «La loca de la
casa» había abandonado indudablemente aquel desván de su cuerpo en el
que tantas cabriolas llevaba hechas.

Al encontrarse con algún grupo de míseros compatriotas, intentaba
reanimarlos lo mismo que cuando hablaba en la plaza pública bajo el
aleteo de las banderas, coreado por trompetas y tambores.

--Esto pasará pronto. He recibido magníficas noticias, que no puedo
decir.... ¡Los nuestros se aproximan!

Pero su voz tenía el sonido de una moneda falsa. Necesitaba engañarse á
sí mismo para hablar con el entusiasmo de otros tiempos, y «la loca de
la casa» ¡ay! parecía haber muerto.

Un día, los alemanes, aburridos sin duda de repetir monótonamente los
mismos procedimientos de intimidación--quema de edificios,
fusilamientos, trabajos forzados--, pusieron en práctica un nuevo
suplicio. La esclavitud del vencido, castigo de las guerras antiguas,
fué resucitada por los invasores. Una parte del vecindario se vió
deportada al interior de Alemania para trabajar las tierras del
vencedor.

Viejos, mujeres y adolescentes formaron una masa de desesperación y
miseria, encuadrada por los caballos y las lanzas de los jinetes
alemanes. Al frente de este rebaño de esclavos figuraban, para mayor
escarnio, los dos vecinos más respetables que habían quedado en la
ciudad: Simoulin y su discípulo Pierrefonds.

--Comandante--dijo el poeta una vez más--, piense que el heroísmo que se
sacrifica es más grande, etc....

Le daba miedo el aspecto del veterano. Tenía los ojos inyectados de
sangre; bufaba de cólera, haciendo temblar su bigote. Parecía no oír á
su maestro. Pensaba por primera vez que había sido una gran torpeza no
moverse de la ciudad. Envidiaba á los que podían morir en el frente.
«¡El comandante Pierrefonds llevado en cuadrilla, como un esclavo
negro!... ¡Ira de Dios!»

Había pasado los días oculto en su casa, para no ver á los invasores. Su
ama de llaves le evitaba toda salida, temiendo que hiciese un disparate.
Pero ahora los tenía ante sus ojos; podía verlos de cerca....

No eran muchos: un destacamento de infantería y unas cuantas parejas de
hulanos iban á escoltar á los deportados hasta otra estación algo
lejana.

Un jefe único vigilaba desde lo alto de su caballo los preparativos de
marcha de este rebaño dolorido: un militar pálido y de una delgadez
ascética. Simoulin creyó ver en él una expresión de cansancio y de
remordimiento. Tal vez exageraba su rigidez militar para hacer menos
visible la vergüenza que le producía esta vil función de guardador de
esclavos.

Pierrefonds, en cambio, le miraba fijamente, por ser el jefe. Al iniciar
el grupo su marcha, pasando ante el caballo del alemán, estalló la
cólera del comandante, muda y reconcentrada hasta entonces. Quiso morir
fusilado antes que dar un paso más.

--¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!--gritó con una voz ronca.

El hombre á caballo parpadeó vivamente bajo la visera de su gorra, hizo
un movimiento de sorpresa y de cólera; quedó indeciso contemplando al
prisionero. Los ojos agresivos de éste parecieron devolverle la calma, y
miró á otra parte, levantando los hombros levemente.

«¡Suicida!» Y esta palabra, que pareció proferir el enemigo con su
indiferencia afectada, irritó aún más al comandante. También le irritó
el automatismo de aquellos soldados, que indudablemente le habían
entendido; pero eran incapaces de oír mientras no oyese su jefe.

Quiso lanzar por segunda vez el insulto, pero no pudo. Alguien le tiraba
del brazo; una cara se pegaba á la suya, hundiendo en sus ojos una
mirada de espanto.

--¡Pierrefonds! ¡Amigo mío! ¿Está usted loco? ¡Por Dios, cállese! Va
usted á conseguir que nos fusilen á todos.

Y Simoulin dijo esto con tal expresión de angustia, que el comandante
desistió de continuar.

Pero el miedo sufrido hizo rencoroso al poeta.

--¡Qué disparate!--continuó diciendo--. ¡Pero eso es una niñada sin
objeto, impropia de su edad!...

Y transcurrieron muchos días sin que el grande hombre le perdonase el
susto pasado.

A pesar de los sufrimientos de su esclavitud, cada día mayores, Simoulin
decía de pronto, mirándole con ojos severos:

--Pero ¿dónde tenía usted la cabeza?... ¿Qué se propuso usted al lanzar
aquellos gritos absurdos?... ¿Quería usted mi muerte y la de tantos
infelices?



III


Al terminar la guerra recobró poco á poco la ciudad su antiguo aspecto.
Empezaron á volver á ella los vecinos huídos, y los que habían soportado
durante más de cuatro años la dominación extranjera les relataban sus
miserias.

Regresaron también en pequeños grupos los deportados al interior de
Alemania, pero su número había disminuido durante la esclavitud. Eran
muchos los que se quedaban para siempre en las entrañas de aquella
tierra aborrecida y hostil.

Entre tantas desgracias, representaba una alegría para la ciudad la
certeza de que Simoulin, «nuestro poeta», no había muerto. Es más; al
principio, los enemigos lo habían tratado sin ninguna consideración,
pero el mérito no puede permanecer mucho tiempo en la obscuridad, y
cierto profesor alemán que había sostenido en otro tiempo
correspondencia con el grande hombre sobre hallazgos arqueológicos, al
saberle prisionero, consiguió trasladarlo á su ciudad, haciéndole más
llevadero el cautiverio. El poeta hizo partícipe de esta buena suerte al
comandante, en su calidad de numismático, y para los dos transcurrió el
período de cautiverio en una dependencia humillante pero soportable.

La ciudad, á pesar de sus recientes tristezas, hizo grandes preparativos
para recibir á Simoulin á su vuelta de Alemania. Ya era algo más que un
gran poeta, gloria de su país adoptivo; había pasado á convertirse en
héroe, digno de servir de ejemplo á las generaciones futuras. Cuando
tantos huían, él continuaba en su puesto, y el brillo de su gloria era
tal, que los feroces enemigos habían acabado por respetarlo, tratándole
casi con tanta admiración como sus convecinos.

Un aplauso inmenso saludó á Simoulin al descender del tren. «¡Qué viejo
está!» Y las mujeres, vestidas de luto, lloraban, olvidando
momentáneamente sus dolores para no ver mas que los sufrimientos del
adorado grande hombre. Pero aunque había perdido en el destierro una
parte de su cabellera de plata, conservaba intacto su entusiasmo, su
inquietud movediza, su verbosidad lírica, que volvió á estremecer la
ciudad lo mismo que un soplo primaveral.

Detrás, como un perro fiel, llegaba Pierrefonds, sin que los años de
esclavitud hubiesen dejado en él ninguna huella aparente, reconcentrado
y agrio lo mismo que antes, pero con una expresión de inmensa melancolía
en los ojos. Los alemanes le habían robado su colección de monedas. Ya
no le quedaba en su casa mas que el ama de llaves. ¿Qué entretenimiento
podía encontrar un hombre después de esto?... ¿Era posible, á sus años,
empezar una nueva colección?...

Desalentado, seguía á Simoulin por la fuerza de la costumbre, abriéndose
paso entre un gentío que aclamaba al maestro y no lo reconocía á él.

Cuando el poeta, conducido en alto por un grupo de jóvenes, fué
depositado en el gran balcón del Palacio Municipal, extendió sus manos
augustas sobre la plaza negra de muchedumbre y rompió á hablar como en
sus mejores tiempos.

Pasarán varias generaciones antes que se extinga en el país el recuerdo
de este discurso.

¡Qué de aplausos! ¡Qué de lágrimas de emoción!... El poeta describió el
martirio de la ciudad; los sufrimientos de sus hijos, arreados como
esclavos; la agonía de los que murieron de miseria lejos de la amada
tierra natal.

Luego creyó llegado el momento de hablar un poco de su persona.

--No me tributéis honores--dijo modestamente--. He cumplido mi deber, lo
mismo que mis compañeros de desgracia. Todos nos hemos mostrado grandes
y altivos frente al invasor; todos hemos sido héroes con el heroísmo del
que se sacrifica, más poderoso mil veces que el heroísmo que vence.

Aquí tuvo que detenerse, ahogada su voz por el estrépito de una ovación
inmensa.

--Permitidme, para terminar--continuó--, que os relate una breve
historia, como demostración de lo que puede el heroísmo humano cuando no
teme á la muerte. Callaría, si mi persona fuese la única que figuró en
este suceso; pero otro que está cerca de mí hizo tanto como yo, y mi
modestia no debe arrebatarle la gloria que le corresponde.

Simoulin describió la salida del triste rebaño humano conducido á la
esclavitud. Al frente iban él y el comandante.

--Y al pasar ante el jefe de aquellos bandidos, Pierrefonds y yo,
estrechamente abrazados, deseando morir, le gritamos en pleno rostro:
«¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!»

El comandante, que estaba en el balcón junto al grande hombre, abrió los
ojos con asombro y espanto, mientras le temblaban los bigotes, como si
no pudiese contener una avalancha de frases de protesta.

Pero el orador, uniendo la acción á la palabra, se había abrazado á él
nerviosamente, desafiando con la mirada á un enemigo imaginario y
dispuesto al fusilamiento. Además, era imposible hablar. La muchedumbre
rugía de entusiasmo; los aplausos sonaban como una granizada
interminable.

«La loca de la casa» había resucitado, haciendo otra vez de las suyas.

Y el comandante, librándose del abrazo, acabó por inclinar su cabeza,
rojo de vergüenza al pensar que aceptaba una mentira, pero agradeciendo
al público aquella ovación, la primera de toda su existencia.



IV


Transcurrieron dos años. Hasta en París se habló muchas veces del
heroísmo del poeta Simoulin, que quiso morir insultando á los invasores.
¡Viejo heroico!...

En la ciudad todos conocían su grito. Ya no era sólo «nuestro poeta»;
era el hombre que había gritado: «¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los
verdugos!» Hasta los niños de las escuelas sabían esto, por haberlo oído
á sus profesores, y al encontrar al señor Simoulin se descubrían con
veneración, como si viesen pasar la bandera de la patria.

El comandante Pierrefonds vivía desorientado, dudando de sus sentidos,
creyéndose algunas veces juguete de «la loca de la casa» que también
llevaba en lo más alto de su cuerpo, como todos los seres humanos, pero
que hasta entonces había vivido dormitando y ahora empezaba á
atormentarle con sus jugarretas.

Tenía la seguridad de que el maestro había hablado de él en su
discurso. Es cierto que se atribuyó, por un exceso imaginativo, la mitad
del acto de su discípulo, pero concediéndole generosamente la otra
mitad. De eso estaba seguro Pierrefonds. Recordaba con orgullo los
aplausos del público dirigidos á su persona....

Pero este público ya no se acordaba de él. La muchedumbre parecía haber
perdido la memoria. Nadie se imaginaba ya al grande hombre abrazándose
al comandante para morir. Las masas no aman la gloria colectiva, á causa
de su vaguedad; quieren algo preciso é individual, les gusta el héroe
aislado y bien á la vista. Y por esto hablaban todos del grito del señor
Simoulin, del heroico reto del señor Simoulin á los enemigos, sin
mencionar para nada al comandante.

El grande hombre, contagiado por el olvido general, tampoco recordaba su
invención del abrazo y la hazaña en común. Veía las cosas como quería
verlas «la loca de la casa»; se contemplaba elevando la diestra--tal vez
como le iba á representar en lo futuro una estatua de bronce en el mejor
paseo de la ciudad--y lanzando el grito famoso. Hasta podía describir
exactamente, con su gran poder imaginativo, cómo ocurrió el hecho. Y al
transcurrir el tiempo, iba encontrando en su memoria nuevos detalles que
añadir á la primitiva visión, todos de indiscutible veracidad.

El comandante empezó á aborrecer de un modo definitivo todo lo que le
rodeaba. Muchas veces dudó de sí mismo. ¿Lo que él creía la verdad no
sería un sueño, y los otros, al olvidarse de él, estarían verdaderamente
en lo cierto?...

Luego, recobrando la fe en sí mismo, despreciaba á sus conciudadanos y
no quería salir de su casa.

¿Para qué ver gentes? ¿Para oírles alabar al señor Simoulin y su grito
histórico?...

Ya no veía al maestro. Le resultaba intolerable la inocente seguridad
con que describía su hazaña. «La loca de la casa» se mostraba en él como
una desvergonzada, indigna del trato con personas decentes. Además, los
alemanes le habían robado sus monedas y sus medallas, y le era doloroso
volver á conversar con el maestro sobre cuestiones numismáticas.

Su única ocupación fué bostezar leyendo libros viejos, regar su pequeño
jardín y hacer comparaciones entre su vejez y la de su ama de llaves.

Un día, vió turbada esta soledad. Le visitaron los organizadores de un
banquete en honor de «nuestro poeta», con motivo de la nueva
condecoración que le había concedido el gobierno.

Iba á ser la fiesta más importante de todas las que se habían tributado
al grande hombre. Tal vez la última. ¡El pobre estaba tan viejo!...
Vendrían de París diputados y senadores; hasta el ministro de
Instrucción pública había prometido su asistencia.

--Y el maestro--continuaron los organizadores--ha preguntado por usted.
Se extraña de no verle. ¡Le gustaría tanto tenerlo cerca, en la mesa!...

El enfurruñado comandante se negó á asistir á la fiesta, pero su vieja
compañera le aconsejó lo contrario. Le convenía ver á sus antiguos
amigos; necesitaba distraerse....

Al fin, accedió. Le había conmovido la suposición de que esta fiesta en
honor de su antiguo maestro podía ser la última. Deseaba verle. ¡Quién
sabe si no le vería más!...

La noche del banquete, el poeta le recibió con los brazos abiertos.

--¡Ah, Pierrefonds!... ¡Valeroso compañero de miserias y de
esclavitud!...

Y lo presentó al ministro y á todos los personajes llegados de París.

--Un héroe, señores; un verdadero soldado y un gran patriota.

Pierrefonds gruñió dulcemente, y su bigote se contrajo con algo que
parecía una sonrisa. Se sintió arrepentido interiormente de sus cóleras.
El maestro era bueno; su fama la repartía con los humildes. Todo lo
anterior había sido, indudablemente, obra de los envidiosos, que
deseaban separarlos.

Durante el banquete, Simoulin no le perdió de vista. El comandante no
podía estar a su lado; aspirar á esto hubiera sido un disparate. El
maestro tenía por vecinos de mesa á los grandes personajes venidos de la
capital. Pero lo había hecho sentar al alcance de su voz y de sus ojos,
y hasta levantó su copa una vez mirando a Pierrefonds.

--¡A la salud de mi heroico compañero!...

¡Simpático maestro! ¿Cómo no quererle?... Su alma desconocía la
injusticia.

Al llegar la hora de los brindis, hablaron como una docena de señores.
Luego, el poeta pronunció su discurso de gracias.

Fué una hermosa pieza oratoria; y como Simoulin, á pesar de su lirismo,
gustaba de tener siempre un tema fijo, en torno del cual podía enroscar
caprichosamente sus improvisaciones, escogió uno: «el valor cívico y el
valor guerrero».

Inútil es decir que, desde los primeros párrafos, el pobre valor
guerrero quedó muy por debajo del valor cívico.

Tal vez por esto, Pierrefonds, que era militar, empezó a sentir cierta
inquietud. Le daban miedo los ojos brillantes del maestro, unos ojos
juveniles, detrás de cuyos cristales empezaba á danzar «la loca de la
casa». Adivinó que el alma del poeta no estaba allí. Volaba por un mundo
fantástico, y volvería dentro de unos instantes, derramando sobre la
mesa, como flores reales, todas las rosas quiméricas recogidas en su
viaje. ¿Qué iba á decir?... Su palabra continuaba fluyendo, sonora,
fácil, entusiástica.

--Y para terminar, señores, puedo citaros un ejemplo, que hará ver,
mejor que todas mis palabras, lo que son los dos valores.

»Aquí está mi amigo el comandante Pierrefonds, mi compañero de
cautiverio, un verdadero héroe, un soldado cubierto de condecoraciones y
de heridas, que realizó las mayores hazañas en nuestras guerras
coloniales. Su valor guerrero es indiscutible. Yo no soy mas que un
pobre poeta, capaz, en determinados momentos, de mostrar cierto valor
cívico.

»Ya conocéis la escena de nuestra salida de esta ciudad como prisioneros
de los alemanes. La prensa, el libro y hasta el grabado han reproducido
esta escena, tributándome con ello una gloria que no merezco. Yo
grité.... lo que grité; fué algo superior á mi voluntad, que tal vez me
aconsejaba ser prudente. Pero el valor cívico, cuando despierta, no
conoce el peligro.

»Y apenas grité «¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!» este hombre de
guerra, héroe de cien campañas, tal vez porque tiene un sentido de la
realidad más exacto que yo, que no soy mas que un pobre poeta, me agarró
las manos, suplicándome: «¡Por Dios, maestro! ¡Nada de locuras! ¡Nos va
usted a hacer matar a todos!...» Esto no lo habrá olvidado seguramente
mi querido camarada de infortunio. Y como es un soldado de valor
indiscutible, podrá reconocer también sin rubor alguno que tal vez en
aquella ocasión sintió cierto miedo, el primer miedo de toda su vida.

El comandante no pudo protestar. Una aclamación ensordecedora había
interrumpido la elocuencia del orador. Todos le tendían las manos,
conmovidos por la sinceridad y la sencillez de sus palabras. Y el poeta
heroico se sentó, jadeando de emoción y de fatiga. Su discurso había
terminado.

Pierrefonds optó por marcharse, sin que el público reparase en su fuga,
ni en sus gestos coléricos, ni en las palabras de indignación que iba
barboteando.

Después de aquella noche, nadie le ha visto más.

Tal vez no quiere salir á la calle; tal vez ha renunciado para siempre á
vivir en la misma ciudad que el poeta y su «loca de la casa».



LA SUBLEVACIÓN DE MARTÍNEZ



I


Después que triunfó la revolución, y sus caudillos, instalados
definitivamente en la capital de Méjico, se repartieron los principales
cargos--desde presidente de la República hasta rector de la
Universidad--, el valeroso Doroteo Martínez empezó á sentirse aburrido,
sin atinar con la causa.

En verdad, no podía quejarse de su suerte. Seis años antes era segundo
capataz en la hacienda de un gran señor que pasaba la mayor parte del
tiempo en París.

Un día montó a caballo para seguir á los vengadores de Madero y derribar
a su asesino Huerta. ¿Por qué no había de ser revolucionario, á
semejanza de otros mejicanos de tan humilde origen como él, que llegaban
á ministros y hasta presidentes?... Guadalupe su mujer, carácter
despótico, opuesto sistemáticamente á todas sus decisiones, aceptó esta
vez con entusiasmo el proyecto de dedicarse á la guerra.

--A ver si llegas a general--le dijo--. ¡Está una tan cansada de ver
generalas que empezaron siendo criadas!...

El miedo a la mujer, una buena suerte incansable y el afán de que su
nombre apareciese en letras de imprenta y fuese cantado en verso con
acompañamiento de guitarra, le empujaron en su ascensión gloriosa. A los
treinta años se vió general de brigada, sin haber tropezado con grandes
obstáculos. Su astucia de campesino le hizo saltar oportunamente de un
grupo á otro en las contiendas civiles que surgieron al final de la
revolución, adivinando quién iba á triunfar y quién iba á sumirse para
siempre en la desgracia y el olvido.

Su primer jefe y maestro fué Pancho Villa. A sus órdenes hizo la mayor
parte de la guerra; pero al verlo en lucha con Carranza, presintió que
este antiguo «ranchero», de porte solemne y aseñorado, al que llamaban
«el viejo barbón», tenía más aspecto de presidente que el antiguo
bandido, y se fué con él.

Por segunda vez Guadalupe reconoció que su esposo era á veces capaz de
resoluciones acertadas.

El guerrillero, durante la presidencia de Carranza, conoció todas las
dulzuras del poder. De la capital de Méjico le llegaban grandes sobres
con el sello del gobierno llevando esta inscripción: «Al ciudadano
general Doroteo Martínez, comandante de las tropas en operaciones.»

Su autoridad se extendía nominalmente sobre un territorio más grande que
algunas naciones de Europa, pero sólo era efectiva en la población donde
había establecido su Estado Mayor y en otros grupos urbanos ocupados por
sus tropas.

La importancia de estas tropas también era más ilusoria que real. Vistas
desde las oficinas ministeriales de Méjico, constaban de una docena de
miles de hombres, con casi igual número de caballos. Sobre el terreno de
las operaciones los regimientos se achicaban hasta convertirse en
partidas; los miles de combatientes bajaban á ser centenares; y los
caballos, que debían estar próximos á morir de un reventón, según las
montañas de forraje que llevaban consumidas--a juzgar por las cuentas
pagadas por el Ministerio de la Guerra--, eran escuálidos jamelgos que
pastaban en los campos de los particulares, alimentándose á la ventura
con lo que podían encontrar.

El general, siguiendo una respetable tradición, se guardaba
tranquilamente los sueldos de los combatientes que no existían y el
valor de los piensos que jamás habían olido sus caballos. De algún modo
debía pagar la patria los servicios pretéritos de sus héroes y los que
le seguirían prestando en el resto de sus días.

Continuaba en guerra el país. En vano el gobierno de la capital hacía
decir á los periódicos que sólo se mantenían en armas algunos bandidos,
á los que pensaba exterminar de un momento á otro. Lo de que fuesen
bandidos ó no lo fuesen quedaba reservado á la apreciación siempre
divergente de los gobernantes y de sus enemigos; pero lo cierto era que
los que corrían montes y campos, haciendo saltar trenes con dinamita,
quemando poblaciones, fusilando prisioneros y llevándose mujeres, habían
convivido como camaradas de armas con los mismos que marchaban ahora en
su persecución.

Martínez se tuteaba con todos los insurrectos que tenía encargo de
fusilar así que cayesen en sus manos. Meses antes eran todavía tan
generales como él. Hasta le obligaban á marchar contra su antiguo ídolo
el temible Villa, y procuraba hacerlo con la mayor discreción, como un
esgrimista novel que se bate con su maestro.

Perseguidos y perseguidores parecían evitar los golpes decisivos. Los
adversarios de Martínez propalaban en la capital que éste tenía más
empeño en eternizar la guerra que los mismos insurrectos. La paz
significaba para él, como para los otros jefes de operaciones, la
supresión de los regimientos fantasmas y de los piensos de la caballada
no menos irreales.

Pero el valeroso Doroteo despreciaba estas invenciones de la
malevolencia. ¡Qué hombre ilustre carece de envidiosos!

Había perdido su timidez de los primeros tiempos de la revolución,
cuando rondaba en torno de los caudillos principales como un oficial de
lealtad perruna, siempre dispuesto á encargarse de las misiones
peligrosas. Empezaba a creer que había nacido para cumplir una misión
histórica, según afirmaban sus aduladores. Al marcharse á la guerra,
sólo sabía trazar su firma como un jeroglífico, y aun esto lo había
aprendido durante unos meses que pasó en la cárcel á causa de ciertas
puñaladas recibidas por alguien que pretendía casarse con la que ahora
era su mujer. Durante la guerra se familiarizó con la literatura
declamatoria de las proclamas y los artículos revolucionarios, y pudo
llegar á leer de corrido estos impresos, siempre que fuesen de letra
gruesa.

Ahora tenía como secretario á un periodista traído de la capital, joven
poeta, que redactaba todos los decretos que el comandante de operaciones
dirigía á los pobladores de su territorio, tratando en ellos muchas
veces sobre los destinos de la humanidad futura y la revolución
universal, como si fuesen dedicados á los habitantes del planeta entero.

Al verse tan bien servido por la pluma del secretario, Martínez, cuando
no estaba de operaciones, sentía la necesidad de convertir en leyes
todas las ideas simples y nuevas para él que hervían en su cerebro.

--Sandoval, vamos á escribir media docena de decretos--decía después de
las comidas, como si esto suavizase su digestión.

Y á un mismo tiempo legislaba sobre la limpieza de las calles de la
ciudad, sobre el amor libre, sobre la hora de empezar el espectáculo en
los cinematógrafos y sobre un nuevo reparto de la propiedad rural. Los
decretos siempre terminaban condenando á ser pasados por las armas á
todos los que desobedeciesen las órdenes de su autor. La gente,
familiarizada con el peligro y la muerte, no hacía gran caso de ellos.
¡Eran tantos los decretos, y por otra parte tan poco numerosas las
personas del distrito que sabían leer!

Pero si rara vez llegaban á ser una realidad positiva, estos documentos
servían de un modo maravilloso al general cuando deseaba suprimir á
alguien. Siempre ocurría que este importuno había desobedecido alguna de
sus leyes tan minuciosas y tan diversas, y el Consejo de guerra que se
reunía en el _foyer_ del teatro de la ciudad no necesitaba discutir
mucho para enviar al acusado al cementerio, lugar donde se verificaban
los fusilamientos de rebeldes, evitándose de este modo las molestias de
una larga conducción de los cadáveres.

Estos castigos extremados apenas alteraban la popularidad de Martínez.
¡Qué general no había hecho otro tanto! En el populacho, medio indio,
persistía el alma de sus crueles ascendientes, los cuales veneraban á
sus dioses cuanto más sedientos se mostraban de sangre y según el número
de víctimas á las que se extraía el corazón en sus altares.

Además, Martínez casi gozaba honores de gloria nacional. Su secretario
rara vez lo designaba por su apellido. Era por antonomasia «el héroe de
Cerro Pardo», lugar donde había batido á los «soldados de la tiranía»
durante la revolución. Otros generales se veían venerados como
semidioses por haber perdido un brazo ó una pierna. Martínez había
perdido una oreja en Cerro Pardo, y mostraba con orgullo su sien mocha
en las ceremonias oficiales. Pero con una guedeja de su largo cabello
procuraba ocultar la falta del pabellón auditivo, siempre que, abusando
de la adormecida fiereza de la generala, se atrevía á visitar á ciertas
señoras admiradoras de su heroísmo.

Muchas de las comunicaciones que enviaba Sandoval al gobierno de Méjico
eran devueltas con una nota pidiendo un estilo más claro, por considerar
el texto incomprensible. El héroe se indignaba.

--¿Para esto hemos hecho la revolución? En el Ministerio de la Guerra no
hay mas que gente atrasada; reaccionarios que no pueden entender lo que
es el simbolismo.

Como todos los simples que sólo han recibido una instrucción primaria y
tardía, amaba con entusiasmo el estilo complicado y los neologismos que
exigen largas explicaciones.

El libro más interesante de la época presente iba á ser la _Historia del
general Doroteo Martines_, obra voluminosa que estaba escribiendo su
secretario. De ella, lo más apreciado por el autor y por el protagonista
era el «Capítulo ochenta y dos», titulado así: «De cómo el general, a
pesar de ser antimilitarista, comunista y ácrata, se vió obligado á
fusilar á doscientos cincuenta compañeros de armas que se rebelaron
contra el gobierno, faltando á la disciplina.»

En la vida ordinaria era una buena persona, que hablaba con voz tímida,
ceceando lo mismo que un niño, y si su interlocutor le miraba fijamente,
apartaba los ojos como avergonzado. Los efectos de su bondad y su
sencillez se extendían hasta Europa. Como ejercía una autoridad de
procónsul sobre su comarca natal, una de sus primeras disposiciones fué
apoderarse de la gran propiedad en la que había trabajado como humilde
capataz.

El propietario, residente en París, recibió de él una carta dulce y
respetuosa: «Venga usted por aquí, patroncito; tendré un verdadero gusto
en verle. Arreglaremos cuentas sobre su hacienda. Le manifestaré mi
agradecimiento por sus bondades con este su antiguo servidor.»

Pero el propietario, que era mejicano y conocía á su gente, no pensó un
momento en volver á un país donde los capataces se convierten en
generales. Se sentía mejor cerca de los Campos Elíseos, aunque tuviera
que recurrir á préstamos y trampas para compensar las rentas que ya no
llegaban del otro lado del Océano. Prefería ver el Arco de Triunfo con
hambre, antes que la sonrisa melosa y los ojos terriblemente dulces del
héroe de Cerro Pardo.

Los comerciantes de la ciudad, extranjeros todos ellos que daban parte á
Martínez en sus negocios y no se atrevían á acometer empresa alguna sin
tenerle por consocio, le habían regalado por suscripción una espada
«artística» y un uniforme de general.

Este uniforme, mezcla de japonés y de alemán, quedó en una silla, bajo
la mirada pensativa del héroe. La gorra con entorchados deslumbrantes y
un águila de oro enorme, los bordados de las mangas y las hombreras,
parecían herir su vista.

--Yo soy un ciudadano--dijo á su secretario--. (No olvide usted,
Sandoval, de repetirlo en el libro.) Yo soy un ciudadano, y estos
uniformes son los que perdieron á muchos de mis camaradas que han muerto
fusilados por traidores.

Y como él prefería ser ciudadano, siguió usando sus trajes civiles, una
indumentaria soñada sin duda en sus tiempos de pobreza como algo
magnífico y quimérico: trajes de paño azul celeste ó verde esmeralda,
corbatas y pañuelos con las tintas del arco iris, productos de fábricas
misteriosas de Inglaterra ó los Estados Unidos, cuya existencia ignora
el común de los mortales y que parecen trabajar únicamente para la
elegancia masculina de los trópicos. Una placa de esmalte con un águila,
fija en una de sus solapas, revelaba á los demás mortales su condición
de general.

Pero un día se mostró en los salones del antiguo palacio del obispo,
convertido en comandancia de armas, vistiendo el deslumbrante uniforme.

--Somos débiles, Sandoval--dijo melancólicamente--. Me lo he puesto para
dar gusto á la generala.

Un viejo tendero español--el iniciador de la suscripción--se entusiasmó
al verle.

--Estás más hermoso que el sol. Pareces Bismarck...pareces Hindenburg.
Así deberías ir todos los días, Doroteíto.

Y le acariciaba el vientre con suaves palmadas. Era el único que podía
tutearle, como un privilegio de la época en que el general frecuentaba
la tienda del _gachupín_ como simple peón, llevándose al fiado de comer
y de beber. Además, este personaje opulento y respetable era el que se
encargaba de figurar como único contratista en todos los servicios de
las tropas.

Para darle gusto, así como á su Guadalupe, se sacrificó al fin el
general, vistiendo su uniforme de gala siempre que estaba en la ciudad.
Al salir de operaciones volvía á cubrirse con el enorme sombrero
mejicano, poco menor que un paraguas, única prenda uniforme de sus
soldados en tiempo ordinario.

Su gloria y su poder no encontraban obstáculo alguno en el rincón de la
República sometido á su autoridad. Los jóvenes empleados en los
ministerios de la capital se agrupaban para reir, leyendo en voz alta
las comunicaciones enviadas por el héroe de Cerro Pardo.

Los grandes periódicos comentaban con una ironía algo miedosa las
sublimidades laberínticas de su estilo. Pero el presidente y los
ministros restablecían el prestigio del héroe:

«¿Martínez?... Algo tonto y vanidoso, pero un hombre leal, un soldado
fiel, y además un héroe.»

Era tan común en la historia del país la traición, el sublevarse los
generales contra el gobierno con las mismas tropas facilitadas por éste,
que Doroteo resultaba un personaje excepcional.

Todo cuanto hiciese se lo tolerarían los gobernantes. Firmemente
asegurado en su situación, no temía á Dios ni á los hombres.

Únicamente una persona le infundía miedo: su mujer.



II


Cuando el capataz Doroteo dejó de trabajar para irse con los
revolucionarios, Guadalupe no dudó un momento en seguirle.

Un mejicano debe ir á todas partes con su mujer, hasta á la guerra. Lo
mismo los defensores del gobierno que los revolucionarios, llevaban con
ellos á sus mujeres, apodadas «soldaderas», que eran las que remediaban
la ausencia de administración militar, cuidando cada una del alimento de
su hombre.

Durante las marchas iban á vanguardia, rodeadas de enjambres de niños y
con las ropas de la familia formando un lío sobre su cabeza. Lo robaban
todo, arrasaban los campos, como una nube de langosta, y cuando las
tropas hacían alto, encontraban ya la hoguera ardiendo y la comida en su
punto. Los primeros contactos entre ambos bandos los realizaban casi
siempre las dos vanguardias de «soldaderas». Olvidando momentáneamente
su antagonismo, se vendían unas á otras lo que consideraban superfluo.
El defensor del gobierno, por mediación de su compañera, facilitaba
víveres al rebelde. Otras veces ocurría lo contrario.

La moneda carecía casi siempre de valor en estas transacciones. El bando
falto de municiones sólo quería vender su pan á cambio de cartuchos, y
el que los tenía los entregaba, ansioso de comer, sin fijarse en que,
horas después, estos mismos proyectiles podían darle la muerte. Al
entablarse el combate, las «soldaderas» y sus enjambres de chiquillos se
retiraban á retaguardia. Otras veces, si el momento era angustioso, la
hembra se mezclaba en la pelea para sostener al compañero herido y
seguir tirando con su fusil.

Guadalupe vivió así; hizo marchas interminables á pie ó á la grupa del
caballo de su hombre. Pero como Doroteo obtuvo rápidamente sus primeros
ascensos, pronto se elevó sobre la muchedumbre de «soldaderas» de tez
amarillenta, cabellera aceitosa y ojos ardientes, asombrosamente flacas.

Fué la capitana Martínez, luego la comandanta, y ya no tuvo que avanzar
al trote junto á los jinetes, llevando sobre su cabeza el colchoncillo y
las ropas que constituían el ajuar andante del matrimonio. Doroteo,
excelente esposo, había matado á un oficial del gobierno para regalarle
á ella su caballo.

Al ser coronel, su generosidad marital deseó algo más.

--¡Si pudiese robar un automóvil para «la vieja»!...

«La vieja» era Guadalupe, que tenía entonces veintiséis años. No
resultaba difícil hacerse dueño de un automóvil. Abundaban mucho en un
país vecino á los Estados Unidos y con la frontera libre. No había
revolucionario de alguna graduación que no tuviese el suyo. La
importancia de los jefes se medía por los parques de automóviles que
llevaban detrás de ellos.

Y la coronela hizo la guerra en un vehículo americano. Su adquisición
sólo costó á Martínez dos palabras breves y el apoyar su revólver en el
pecho del primitivo dueño.

El chófer era un mestizo de enorme sombrerón y descalzo, que llevaba el
fusil entre las dos manos fijas en el volante. Dentro iba Guadalupe y
toda su casa: un lío de colchones, dos sacos para la ropa sucia, una
criadita mestiza que se sentaba á sus pies, tres gatos y un perro en la
banqueta, junto á la señora, y un loro que se paseaba por la capota
recogida, sirviendo de remate trasero á este vehículo triunfal. Todos
los automóviles ignoraban la limpieza desde muchos meses. La lluvia y el
barro habían cubierto su exterior con una costra parda y agrietada.
Parecían forrados de piel de elefante. Como la esposa de Martínez era
relativamente esbelta, su vehículo se limitaba á chillar por la falta de
aceite y de aseo. Otros tenían un muelle roto y saltaban sobre sus
ruedas, acostándose como una barca próxima á zozobrar. Siempre se
inclinaban del lado donde acostumbraba á sentarse la generala ó la
ministra, con la abrumadora majestad de su centenar de kilos carnales.

Los revolucionarios marchaban como lo permitían las exigencias
topográficas: unas veces en fila, extendiéndose leguas y leguas; otras
en masa horizontal á través de las llanuras, llevando en torno un
segundo ejército de mujeres y chiquillos. Lo mismo habían avanzado en
otros siglos las grandes invasiones históricas. Eran como las antiguas
naciones en marcha, que arrastraban detrás de ellas los seres y los
muebles que forman la familia.

Algunas veces llegaban á ser veinte mil, todos á caballo, sin
medicamentos, sin víveres, confiando al azar la vida del día siguiente.
Cada uno hacía la misma recomendación al camarada: «Si me hieren en el
pecho ó en el estómago, dame un tiro en la cabeza. Prefiero esto á
quedar vivo junto al camino.»

No podían ser considerados como caballería, á pesar de que todos iban
montados. Carecían de armas blancas y no podían dar una carga. Eran
infantes que sólo echaban pie á tierra en el momento de empezar el fuego
contra el enemigo. Hasta los generales llevaban el rifle atravesado
sobre el delantero de la silla.

La única infantería era la de los _yaquis_, indios montañeses que no
habían querido aprender de los conquistadores españoles el arte de
cabalgar y mostraban aún cierta repugnancia ante el caballo. Estos
_yaquis_ figuraban como enemigos de todos los gobiernos desde la época
de Porfirio Díaz, que cometió el sacrilegio de implantar en sus tierras
el telégrafo y el ferrocarril. Se dejaban convencer fácilmente por los
revolucionarios, con la esperanza de que éstos les librasen de
innovaciones vergonzosas. En los combates eran los únicos que se batían
avanzando.

La muchedumbre montada, al emprender su marcha todos los amaneceres,
veía á los _yaquis_ tranquilos en su campamento, como si pensasen
quedarse allí. Cuando al llegar la noche, después de una larga jornada á
caballo, se detenían para descansar, encontraban instalados ya á los
mismos indios en el lugar designado de antemano, como si hubiesen
llegado volando y sin fatiga aparente. Puestos en cuclillas escuchaban
con atención religiosa el repiqueteo de los tamborcillos pendientes de
las muñecas de sus jefes, instrumentos que servían á la vez para sus
fiestas y para transmitir órdenes.

La imagen de su esposa Guadalupe iba unida siempre á estos recuerdos de
la guerra. Al principio la mujer mostraba cierto pavor; el silbido de
las balas parecía irritar sus nervios. Un día, para recoger á su hombre
herido, tuvo que lanzarse en pleno combate, y desde entonces consideró
poca cosa el intervenir en las operaciones de guerra.

Las «soldaderas» hablaban de ella como de una gloria de su sexo,
colocándola al nivel de los jefes más célebres de la revolución. Los
hombres, por galantería instintiva, admiraban su hazañas, exagerándolas,
como si nadie pudiese igualarlas. Todo el ejército repitió lo mismo al
hablar de los esposos Martínez. «Él es un buen soldado, un
valiente...pero como hay muchos. Ella vale más. ¡Qué mujer!...»

Su conducta durante la vida azarosa de marchas y campamentos contribuyó
á aumentar su fama. Guadalupe tenía mal carácter. Muchas veces, al
rozarse su automóvil con el de alguna generala--igualmente cargado de
colchones, sacos de ropa sucia, cuadrúpedos, aves y numerosos
chiquillos--, empezaban á insultarse ambas damas por si la una pretendía
cortar el paso á la otra. La coronela, sin consideración á su grado
inferior, recordaba á la generala las aventuras amorosas de su señora
madre ó la época en que sus tías lavaban la ropa de los soldados. Hasta
que el heroico Martínez, avisado del incidente, acudía á todo galope
para meter su caballo entre ambas furias.

Los hombres, al recordar que esta mujer se batía lo mismo que ellos,
encontraban lógico que se considerase superior á las otras, gordas aves
domésticas que se habían lanzado al campo para marchar detrás de los
combatientes, escarbando con el pico el terreno de la lucha, en busca de
los residuos de la victoria.

Su fidelidad matrimonial era también muy admirada. Uno de los grandes
jefes había recibido de ella varios latigazos cierto día que osó algunos
atrevimientos con la amazona. El mismo personaje golpeado acabó por
arrepentirse, y á impulsos de la admiración, fué en adelante un
protector de Martínez y de su esposa.

Cuando Doroteo llegó á general, sus envidiosos atribuyeron toda la
carrera del héroe á la influencia de Guadalupe. «No es que sea menos
valiente que los demás--decían--; pero á causa de su compañera, los de
arriba se fijan en sus acciones, que, realizadas por otros, quedarían
ignoradas.»

Al terminar la guerra, cuando Martínez pasó á ser defensor del gobierno
recién constituído, Guadalupe no quiso prolongar sus hazañas militares.
Era ridículo que la esposa de un comandante de operaciones saliese al
campo á perseguir á los rebeldes, muchos de los cuales había conocido
ella meses antes como amigos, teniéndolos por excelentes personas.

Renanció a las costumbres violentas de campaña, á los largos galopes, al
automóvil sucio y hasta á las palabrotas aprendidas en sus años de
existencia varonil. Fué en adelante la «señora generala» y quiso
rivalizar con Martínez en esplendores de lujo.

Las gentes de la ciudad casi se sintieron cegadas por el resplandor de
las joyas que en ciertos días la cubrieron desde la garganta al vientre.
Doroteo había trabajado bien, lo mismo que todos los padres de familia
mezclados en la revolución. No tenía hijos, como los otros, pero tenía
á Guadalupe; y siempre que en sus correrías veía algo vistoso y de
precio, sacaba el enorme revólver de su funda, diciendo: «Esto para mi
vieja...y esto otro también.»

Total: que la esposa del héroe de Cerro Pardo poseía una colección
enorme de alhajas, y los maliciosos las encontraban iguales á las que
habían comprado en Londres y en Nueva York ciertas familias del Méjico
anterior que andaban ahora vagabundas, lejos del país.

Guadalupe huía de la ostentación en los días ordinarios y se limitaba á
llevar simplemente media docena de sortijas de brillantes, un reloj con
pulsera de platino en una muñeca, otro igual en la muñeca opuesta y un
tercer reloj más grande colgando del cuello.

Así se mostraba por las tardes á la admiración pública, ocupando uno de
los ocho automóviles que poseía el héroe como recuerdo de sus campañas.
Su paseo favorito era la calle central de la ciudad, una alameda con
árboles seculares, de cuyas ramas pendían á veces hombres ahorcados.
Eran ladrones, mestizos incorregibles que hurtaban gallinas, hortalizas
y otras cosas igualmente preciosas á pesar de los decretos del general.
Y Martínez, que era enemigo inexorable del robo, les aplicaba sin
compasión la pena decretada por su dictadura revolucionaria.

Guadalupe casi tenía una corte. Las damas del pasado régimen--la
aristocracia del país--la visitaban y adulaban, para defender de este
modo su tranquilidad y sus bienes. Los subordinados de su esposo, cuando
deseaban algo, preferían pedírselo á la generala, como si creyesen más
en su autoridad que en la de Martínez. Ella los tuteaba con una bondad
superior. Volvía á ser la compañera de armas que se había encargado
muchas veces de guisar en el campo para su marido y todos los de su
Estado Mayor.

Recordaba con cierta nostalgia los años de guerra, pero tenía por mejor
el tiempo actual. ¡Ojalá no se acabasen nunca los insurrectos y su
marido fuese perpetuamente comandante de operaciones!...

Martínez se sentía menos contento en su interior. Empezaba á pesarle la
autoridad de su esposa. ¿De qué le servía haber llegado á héroe
nacional, si Guadalupe le inspiraba un miedo superior á su voluntad? No
valía la pena haber hecho una revolución para verse privado de realizar
sus gustos.

Luego de pensar esto, miraba á su mujer largamente, con una reflexiva
atención que ella no llegaba á adivinar, acostumbrada á tener en poco
todo lo de su marido. Aún la encontraba hermosa á los treinta y tantos
años, lo mismo que cuando se casaron. Producto de varios cruzamientos de
españoles con indias, tal vez había además en sus venas cierta parte de
sangre africana. Unos ojos grandes, húmedos y ligeramente oblicuos; una
dentadura fuerte y deslumbrante entre los labios gruesos de rosa
obscuro; una carne pomposa y pálida, y una cabellera exuberante, negra y
con tendencia á rizarse apenas la abandonaba el peine, eran los
componentes principales de su belleza.

Así la vió Doroteo durante diez años, como si fuese una criatura
insensible al tiempo, y así la hubiese visto siempre.

Pero un día se dió cuenta de que empezaba á disgregarse su armonía
corporal, como si las tres sangres que existían en ella se hubiesen
cansado de permanecer revueltas, aislándose, para asomar cada una por
separado á la superficie. Sobre la tez blanca empezó á esparcirse una
especie de viruela subcutánea, formada de puntos negros pequeñísimos,
como granos de pólvora. En una mejilla y en otras partes menos visibles
se marcaban ó desaparecían, según los días, grandes manchas violáceas.
Era la madurez precoz de la criolla de diversos orígenes. Además, ¡sus
palabras rudas y violentas, su ignorancia, su deseo de mantenerlo
sometido, tratándole despectivamente en presencia de las gentes!...

Martínez vió todo esto de pronto, pero fué porque acababa de encontrar
un término de comparación en otra mujer.



III


Cuando Guadalupe deseaba dar broma al general en presencia de sus
contertulios, se expresaba así:

--Este viejo, aquí donde ustedes lo ven, anda enamorado, loco, detrás de
la _Gringuita_.

Cerrando una mano, le apuntaba con el dedo índice, y añadía, amenazante:

--¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!

Pero á continuación, considerando que la broma había durado bastante,
decía con gravedad:

--La _Gringuita_ es una joven muy apreciable, que gana su vida y
mantiene á todos sus hermanos. Además, ¡lo que sabe! Yo me quedo
asombrada escuchándola. Parece mentira que una mujer pueda estudiar
tanto.... Perderías el tiempo, viejo. Esa no te hace caso á ti.

Era hija de un maestro de escuela que había muerto el año anterior. Se
educaba en los Estados Unidos cuando esta desgracia la obligó á volver
al país, dejando incompletos sus estudios. Quería servir de madre á sus
hermanos menores, que después de muerto el padre, quedaban completamente
solos en la casa. Seis años de vida en Nueva York habían desfigurado á
esta joven mejicana, dándole otras costumbres y hasta un aspecto físico
completamente diferente.

Los personajes de la ciudad la protegían, seducidos por sus finas
maneras y por la sencillez con que hablaba de unos estudios que sólo
conocían ellos de oídas. La habían colocado como maestra en una de las
principales escuelas y prometían ayudarla en la realización de todas las
innovaciones que proyectaba.

Algunas solteronas feas y de carácter agriado torcían el gesto ante el
entusiasmo pedagógico de los hombres.

--¡Claro!... ¡La _Gringuita_ es tan primorosa!...

Martínez figuraba entre los protectores de la maestra.

--Yo soy un hombre de progreso, ¿saben?--decía al hablar de ella--; por
eso me interesan los proyectos de esa niña que ha estudiado con los
_gringos_. Su pobre padre tuvo una excelente idea al enviarla á Nueva
York para que aprendiese lo que no sabemos nosotros. La aprecio mucho,
por su seriedad sobre todo. En cuanto á su hermosura, de la que tanto
hablan las malas lenguas, ¡pchs!...

El general hacía un gesto de duda que casi llegaba á ser despectivo.
Tenía razón: la belleza de Dora no era extraordinaria. La maestrita
poseía el encanto de la juventud, una juventud ágil y sana, mantenida
por los deportes y la higiene.

Pero lo que se callaba Doroteo era que él la prefería á las beldades del
país por lo mismo que resultaba distinta á todas. Como recuerdo de su
madre--una extranjera que se había casado en Méjico con el maestro para
producir media docena de hijos y morirse inmediatamente--, tenía el pelo
de un rubio ceniciento y los ojos verdes claros. En cambio, todas las
mujeres del país eran morenas pálidas, con cabelleras de un negro
intenso.

Dora iba vestida con unos trajecitos baratos, sencillos y elegantes, que
el general había admirado muchas veces en los periódicos ilustrados.
Tocaba el piano, cantaba en inglés y tenía la soltura y las formas
gimnásticas de un muchacho.

La generala centelleaba de joyas, iba envuelta en sedas y bordados, como
la imagen de la Virgen patrona de la ciudad; llevaba peinetas altas como
torres sobre su apretada cabellera; tocaba la guitarra y prescindía de
sentarse en los sillones y en todo mueble que tuviese brazos, por miedo
á no poder introducir entre ellos sus exuberancias dorsales.

Cuando la maestrita se ponía bajo un rayo de sol, su cutis blanco
parecía dorarse con la luminosidad de un vello finísimo semejante al de
los frutos en sazón. Igual había sido Guadalupe en otros tiempos, pero
ahora un bigote cada vez menos discreto empezaba á entenebrecer su boca.

El héroe visitaba con frecuencia la escuela de Dora, lanzando discursos
á los niños, en los que repetía que la revolución se había hecho
especialmente para el fomento de la enseñanza. También se apresuraba á
entrar en el salón de su mujer siempre que le avisaban que la maestrita
hacía tertulia á doña Guadalupe. Delante de la gente balbuceaba
preguntas sobre los progresos de los _gringos_, abriendo los ojos con
asombro cuando la joven le hablaba de la grandeza de su amada Columbia
University, en la que había pasado sus mejores años.

--Usted dirigirá una Universidad igual ó parecida, señorita: yo se lo
prometo. El gobierno dará los millones que se necesiten para
construirla. Y si no los da, soy capaz de.... En fin, ¿qué no haré yo
por la instrucción? ¿qué no haré por...?

Iba á añadir «por usted», pero se detenía mirando á la pomposa generala.
Luego, por un deseo irresistible de establecer comparaciones, comenzaba
á admirar con ojos disimulados la belleza especial de esta joven que
parecía un muchacho con faldas, sintiendo al mismo tiempo en su paladar
el sabor ácido y picante de un fruto todavía verde.

Tuvo que abstenerse de sacar á bailar á la maestrita cuando se
celebraban fiestas en la Comandancia.

--¡Pobre viejo!--le decía Guadalupe--. ¿No ves que aburres á esa pobre
señorita? Además, la gente se ríe un poco de ti.

¡Reírse del héroe de Cerro Pardo!... Que probasen á hacerlo francamente,
y él enviaría á los burlones á dar una vuelta por el _foyer_ del teatro,
donde funcionaba el Consejo de guerra siempre que lo exigía la salud de
la patria.

Una mañana, con los ojos hinchados por el insomnio, le entregó un papel
á su secretario.

--Sandoval, dígame qué le parece. Cuando yo era muchacho y aún no había
aprendido á leer, inventé muchos versos como éstos, mientras punteaba la
guitarra. Usted pondrá lo que les falte: yo entiendo poco en eso de la
ortografía. ¿Qué me dice de ellos?

El poeta se acordó de dos ocasiones en que el héroe, irritado por su
franqueza, le había dado varias bofetadas, manifestando luego su
arrepentimiento con valiosos regalos. Olvidó los regalos para acordarse
únicamente de los golpes, y tuvo prisa en manifestar su entusiasmo por
los versos. Eran de amor, é iban dirigidos á una mujer cuyo nombre
quedaba en el misterio, pero el secretario la reconoció desde la primera
estrofa.

--Publíquelos mañana mismo en el mejor sitio de mi diario oficial. Como
firma, la misma que llevan: _El caballero de la ardiente mirada_. Es un
apodo que encontré en no sé qué novela, y me gustó tanto, que lo he
guardado para mí.

Sandoval quiso marcharse con los versos, pero el autor todavía le dió
otra orden.

--Mañana escriba á máquina un anónimo para la persona que usted sabe, y
dígale que _El caballero de la ardiente mirada_ y el general Martínez
son una misma persona.

No consideró suficiente esta indiscreción, en vista de la serena
indiferencia de la maestra, y pocos días después hizo una visita á la
escuela, declarando á Dora de pronto todos los deseos, las esperanzas y
las contrariedades que formaban lo que él llamaba «el mayor amor de mi
vida».

--¡Oh, general!... ¡Haberse fijado en una pobrecita como yo!...

Parecía próxima á desmayarse de sorpresa, como si nunca hubiese
sospechado esta pasión, extrañándose de ella con toda la ingenuidad de
que es capaz el disimulo femenil. Pero hacía meses que se había dado
cuenta del enamoramiento del héroe, riendo á solas de sus tímidas
insinuaciones.

En vano Martínez habló de su amor. La maestrita movía la cabeza
negativamente. La existencia no era para ella una sucesión de delicias.
Graves deberes la obligaban á mirar las cosas con seriedad. Era pobre:
debía mantener y educar á sus hermanos.

--Yo me casaré con usted--dijo Martínez con un tono dramático, como si
arrostrase el mayor de los peligros--. Comprenderá usted que he pensado
en eso antes de hablarla. Usted no es una «pelada»; usted es una
señorita, una profesora que ha estudiado, y yo respeto mucho á las
personas científicas....

Luego añadió triunfalmente:

--Por algo nos hemos batido en la revolución, para algo hemos
establecido el divorcio.

Los enemigos de la revolución afirmaban que era más urgente que el
divorcio dar una ley obligando á las parejas á casarse, pues la mayoría
de las gentes del país, para evitar gastos y molestias, prescindían de
las formalidades del matrimonio, viviendo en estado natural, como sus
ascendientes. Pero Doroteo se sentía ahora satisfecho de haber dado su
sangre por el triunfo del divorcio.

Dora no participaba de este entusiasmo. Pareció asustarse de verdad,
temblando ante la idea de casarse con Martínez, más aún que si éste
hubiese intentado una violencia contra ella.

--¡Qué horror!... ¡Divorciarse usted de la generala!... ¡Tener yo por
enemiga á doña Guadalupe!...

Sólo la suposición de que la amazona gloriosa pudiera perseguirla con su
venganza hacía temblar las piernas de la maestra. El general participó
por reflejo de esta inquietud. Su Guadalupe era realmente temible, pero
esto no podía impedir que empezase á odiarla. ¿Hasta cuándo iba á sufrir
su despotismo?...

Los meses sucesivos fueron de desaliento para el héroe. Dora evitaba los
encuentros con él, apelando á ciertas astucias que el general no podía
prever.

Cada vez la deseaba con mayor vehemencia. En ciertos momentos volvía á
resucitar el guerrillero en el interior del comandante en jefe de
operaciones.

¿No le era fácil robar á la profesora y llevársela al campo? Él tenía
entre su gente muchos hombres de confianza. Pero á continuación se
acordaba de sus enemigos, de los periódicos de la capital, de que Dora
era «una persona científica» y el asunto metería ruido. ¡Un partidario
de la instrucción y del progreso robando á una señorita del
profesorado!... Además, pensaba en doña Guadalupe, que seguía repitiendo
su cariñosa amenaza, pero cada vez con tono menos cordial, erizándosele
un poco el mostacho, apuntándole con un índice como si le apuntase con
un revólver. «¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!»

Por otra parte, las gentes empezaban á murmurar que la _Gringuita_ tenía
un novio. Era un joven de la localidad, que rivalizaba con Sandoval en
la confección de versos «á la moderna» y además hacía discursos contra
el gobierno. Su pobreza resultaba igual á la de Dora, pero esto no
impediría que se casasen muy pronto. ¡Y mientras tanto, él, héroe
nacional, gobernante omnipotente, tendría que mantenerse impasible al
lado de su doña Guadalupe! ¡Ira de Dios! ¿Para esto había hecho la
revolución?...

Los sucesos políticos le obligaron á olvidar momentáneamente sus
tristezas amorosas. El «viejo barbón» fué derribado de la presidencia de
la República por varios generales, antiguos amigos de él y de Martínez.
Éste, á pesar de sus preocupaciones, supo inclinarse instintivamente del
lado de los que iban á triunfar.

Cuando asesinaron á Carranza, el heroico Doroteo se encontró en
excelentes relaciones con los vencedores y tan comandante de operaciones
como en el gobierno anterior. Pero ¡ay! su alto cargo tal vez iba á
quedar anulado por innecesario.

Los diversos partidos que infestaban el país de insurrectos en armas
parecían haber ajustado una tregua junto al cadáver de Carranza. Todos
mostraban un tácito deseo de someterse al nuevo gobierno, para hacer ver
al mundo que en Méjico es posible la paz, aunque sólo sea por una
temporada.

Los guerrilleros rebeldes se iban presentando á Martínez y á otros
generales. Hasta Pancho Villa, el eterno insurrecto, se sometió á los
nuevos personajes instalados en la capital, pero con una sumisión
orgullosa y magníficamente retribuida. Le daban un millón de pesos, le
pagaban los atrasos de toda su gente, y además le permitían que se
estableciese en un pueblo, rodeado de sus más seguros partidarios. Lo
importante era hacer ver en el extranjero que ya no quedaba ningún
insurrecto.

Martínez se irritó al enterarse de lo que le regalaban á su antiguo
maestro, como si esto representase una injusticia para él.

--Sea usted leal--decía con amargura--, manténgase disciplinado, y no le
darán nada.... ¡Pensar que no me he sublevado nunca y siempre he estado
con los gobiernos!

Doña Guadalupe se preocupaba más aún que su esposo del nuevo estado
político. Los gobernantes de ahora eran compañeros de revolución á los
que no habían visto en varios años. Era preciso buscar un puesto de
reposo bien retribuído, hasta que hubiesen otra vez insurrectos en el
campo y jefaturas de operaciones. La verdadera historia de Méjico no iba
á cortarse para siempre.

Pensó en la conveniencia de que Martínez hiciese un viajecito á la
capital para reanudar amistades. Luego dudó de sus condiciones para este
trabajo. Era mejor que fuese ella. Precisamente su protector de los
tiempos revolucionarios, aquel personaje del que había tenido que
defenderse con el látigo, figuraba entre los gobernantes provisionales
y era uno de los que aspiraban á la presidencia de la República.

Los periódicos de la capital anunciaron la llegada de la generala
Martínez, «digna compañera del héroe de Cerro Pardo»; y pocos días
después ocurrió el hecho inaudito, inexplicable, que produjo más emoción
y extrañeza trañeza en el país que la mayor parte de las revoluciones
anteriores.

Una mañana, los habitantes de la ciudad gobernada por Martínez vieron
agruparse en el paseo de la Alameda y la plaza principal varios
centenares de jinetes con grandes sombreros y la carabina apoyada en un
muslo. Los jefes gritaban indignados:

--¡Han violado la Constitución!...

Los transeúntes empezaron á correr para meterse en sus casas. Que
hubiesen violado á la Constitución les importaba poco. La pobre estaba
hecha á estas pruebas y podía considerarse la persona más violada de
todo Méjico. En su vida no había servido para otra cosa. Pero la gente,
que se imaginaba vivir libre por algún tiempo de la calamidad de las
sublevaciones militares, huía miedosa al ver que volvían á empezar.

Martínez, con botas altas, dos revólveres al cinto y su gran sombrero
campesino de fieltro adornado con el águila de general, escuchaba á su
jefe de Estado Mayor.

--Todo está listo. Nuestra gente se muestra conforme. Ya se aburría de
tanta paz. ¿Qué grito damos?

--«¡Han violado la Constitución! ¡Abajo el gobierno!»--dijo gravemente
el caudillo.

--Eso ya lo hemos gritado, general. Pero falta un viva. ¿A quién le
damos viva?

Martínez se rascó la cabeza por debajo del sombrero.

--No sé.... Esperemos. Hay que pensarlo. Yo veré qué personaje quiere
ponerse á la cabeza de nuestra revolución. No faltará alguno. Debemos
salvar la patria.

Por el momento, los sublevados sólo pudieron gritar: «¡Han violado la
Constitución!» Pero ellos, por su parte, también deseaban violar algo; y
como en toda sublevación mejicana bien ordenada y que se respeta,
empezaron por asaltar, carabina en mano, las tiendas de los extranjeros
ó á derribar sus puertas si estaban cerradas, llevándose el dinero y los
géneros. Además, golpearon é hirieron á unos cuantos olvidadizos del
pasado que se atrevían á protestar y hablaban de sus cónsules, como si
las revoluciones de los años anteriores no les hubiesen enseñado nada.

Los soldados querían terminar pronto su trabajo. Estaban enterados del
programa de todo general que se subleva en una ciudad. Lo primero es
marcharse antes de que lleguen las fuerzas mejor organizadas que
guarnecen la capital con toda su artillería. Después vuelven á ella si
han adquirido nuevas fuerzas en el campo.

Lo mismo ocurrió esta vez. Doroteo Martínez se fué de la ciudad con sus
«leales»; pero como necesitaba consolarse de que hubiesen violado á la
Constitución, se llevó á viva fuerza á Dora. Sus hermanitos lloraron
mostrando los puños impotentes á un automóvil en el que gritaba y se
agitaba la maestrita sin poder librarse de sus raptores.

Todo el resto de la nación se asombró tanto como el vecindario de la
ciudad. Una sublevación no tenía nada de extraordinario. En diez años no
se había visto otra cosa. ¿Pero sublevarse Martínez, que siempre había
estado de acuerdo con los que mandaban?...

En el Palacio de Méjico, el presidente provisional, los ministros y los
personajes que dirigían al gobierno se miraban con extrañeza al comentar
este acto inexplicable.

--Pero ¿qué le ha dado á ese hombre?... ¿Qué es lo que busca?... Si
deseaba algo, no tenía mas que haberlo pedido.

El asombro les hacía suponer fuerzas ocultas y temibles detrás del
sublevado. Algunos hablaron de meter inmediatamente en la cárcel á
varios personajes de la capital para someterlos á un Consejo de guerra.

El poderoso caudillo que pasaba por ser el protector de Martínez y de su
esposa parecía más indignado que los otros, para librarse de este modo
de toda sospecha de complicidad.

Precisamente cuando hablaba de la conveniencia de fusilar á un hombre
que no se había sublevado nunca y sólo se decidía á hacerlo cuando los
antiguos insurrectos acordaban mantenerse en paz, anunciaron á la
generala Martínez.

Entró doña Guadalupe. Muchos de los presentes, que eran jóvenes y tenían
aficiones literarias, creyeron ver la imagen de la Venganza. Parecía con
más bigote; los ojos le brillaban de tal modo, que era difícil mirarla
de frente. Sobre la torre de su cabellera temblaba un gran sombrero de
terciopelo que había sustituido momentáneamente á la gran peineta de su
vida de salón.

--¿Le parece á usted bien lo que ha hecho ese imbécil?--gritó el
protector antes de saludarla--. ¿No merece que...?

Pero se detuvo, impresionado por el aspecto de la generala. Nunca la
había visto tan interesante: ni aun cuando se defendió de él con el
látigo.

--Vengo á pedir al gobierno--dijo solemnemente la amazona--que me dé el
mando de un batallón. Yo me encargo de batir á ese sinvergüenzón.

Y añadió que lo traería allí mismo, atado con una cinta de sus enaguas.

El presidente, los ministros y demás personajes empezaron á mirar con
cierto interés risueño á la generala, dejando á su compañero la tarea de
contestarle.

--¡Calma, doña Guadalupe!--dijo éste--. Hablemos en serio. Un batallón
no se le entrega á una mujer.

--Entonces, pido que se me permita marchar con las fuerzas que saldrán á
perseguirle. Ya sabe usted que yo he hecho la guerra. Deseo ir como
simple soldado.

El personaje intentó desviar la conversación, para no repetir su
negativa.

--Pero ¿por qué se ha sublevado ese hombre? ¿Qué mal le ha hecho el
gobierno?...

La generala contestó con un gesto de extrañeza. ¿Qué tenía que ver el
gobierno en tal asunto?... Luego, sus ojos se humedecieron con lágrimas
de cólera. Su voz se puso ronca y apretó los puños:

--¡Si él los quiere mucho á todos ustedes!... Acabo de hablar con
personas que vienen de allá, y sé bien lo que digo. No; ese canalla no
se ha sublevado contra el gobierno. Se ha sublevado únicamente contra
mí.... ¡Contra mí, que soy su mujer!



EL EMPLEADO DEL COCHE-CAMA



I


A las once de la noche, en el expreso París-Roma, el empleado procede á
la operación de convertir en lechos el asiento y el respaldo del
departamento que ocupo.

Mientras golpea colchonetas y despliega sábanas, empieza á hablar con la
verbosidad de un hombre condenado á largos silencios. Es un expansivo
que necesita emitir sus ideas y sus preocupaciones. Si yo no estuviese
de pie en la puerta, hablaría con las almohadas que introduce á
sacudidas en unas fundas nuevas, sosteniendo su extremo entre los
dientes.

--Triste guerra, señor--dice con la boca llena de lienzo--. ¡Ay, cuándo
terminará! Mi hijo...mi pobre hijo....

Es más viejo que los empleados de antes; no tiene el aire del _steward_
abrochado hasta el mentón que acudía en tiempo de paz al sonido del
timbre con un aire de _gentleman_ venido á menos, de Ruy Blas que guarda
su secreto. Más bien parece un obrero disfrazado con el uniforme de
color castaña. Es robusto, cuadrado, con las manos rudas y el bigote
canoso. Habla con familiaridad; se ve que no le costaría ningún
esfuerzo estrechar la diestra de los viajeros. Su hijo ha muerto; su
yerno ha muerto; los dos eran empleados de «la compañía», y los señores
de la Dirección le han dado una plaza para que mantenga á sus nietos. El
personal escasea; además, él conoce el italiano, por haber trabajado
algún tiempo en un arsenal de Génova.

--Yo era antes torneador de hierro--dice con cierto orgullo--, obrero
consciente y sindicado.

Una leve contracción de su bigote, que equivale á una sonrisa amarga,
parece subrayar este recuerdo del pasado. ¡Qué de transformaciones!
Luego, el viejo socialista añade á guisa de consuelo:

--Hay que tomar el tiempo como se presenta. Algunos «camaradas» son
ahora ministros en compañía de los burgueses, para servir al país. Yo
hago la cama á los ricos, para que coma mi familia.... ¡Ay, mi hijo!

Adivino su deseo de echar mano á la cartera que lleva sobre el pecho
para extraer cierto pliego mugriento y rugoso. Ya me leyó dos páginas
media hora después de haber subido al vagón. Es la última carta de su
hijo, enviada desde las trincheras. Conozco igualmente la historia del
muerto: un mozo esbelto, de rubio bigote y finos ademanes, que atraía
las miradas de las viajeras solas, haciéndolas reconocer la injusticia
de la suerte, que reparte sus bienes sobre la tierra con escandalosa
desigualdad. Le hirieron en Charleroi, y curó á los quince días; luego
volvieron á herirle en el Yser, y pasó dos meses en cama; finalmente lo
alcanzó un obús en un combate sin nombre, en una de las mil acciones
obscuras por la posesión de unos cuantos metros de zanja. El padre
consiguió verlo, una sola vez, en un hospital de París. En realidad no
lo vió, pues sólo tuvo ante sus ojos una bola de algodones y vendajes
sobre una almohada; un fajamiento de momia, del que partían ronquidos
de dolor y una mirada vidriosa y resignada.

--Le habían destrozado la mandíbula, señor; no podía hablar. El cráneo
también lo tenía roto.... Y ya no le vi más. Ahora lo tengo en un
cementerio cerca de París, y voy á visitarle siempre que estoy libre de
servicio.

No llora, no puede llorar. Su dolor, en vez de escaparse á través de los
ojos, se esparce por el cerebro, corre entre las cordilleras de los
lóbulos, se desliza como humo de suave locura por las revueltas
callejuelas de sus anfractuosidades. Empieza á mostrar la pesadez del
maniático, hablando á todos del muerto; ve el universo entero á través
de su hijo.

A pesar de esto, se da cuenta de que yo deseo dormir y deja para el día
siguiente la repetición de su historia, siempre nueva é interesante para
él. «¡Buenas noches!» Media hora después, tendido en la obscuridad, oigo
en el inmediato pasillo su voz que domina el chirrido de los ejes, la
melopea de oleaje costero que lanzan las ruedas, los saltos crujientes
del vagón, iguales á los de un camarote de trasatlántico. Habla con unos
oficiales ingleses que van á embarcarse en Brindis; les lee la última
carta de esperanza. Los cortos espacios de silencio traen hasta mi,
caprichosamente, algunos renglones, como pedazos de papel arrastrados
por el huracán: «Papá: cuando termine la guerra....»



II


Alguien ha anonadado con su presencia á los que ocupamos el resto del
vagón. Los oficiales ingleses, con todas las condecoraciones que adornan
sus pechos y su tez curtida por el sol de exóticas campañas, no
existen; unas condesas italianas, que han de bajar en Turín y ostentan
coronas en los forros de sus maletas, quedan como aplastadas en su
compartimiento; yo doy gracias humildemente al igualitario progreso de
los tiempos actuales, que me permite dormir separado por un tabique de
madera de la persona que descansa en la pieza inmediata.

Dos señoras vestidas de negro han subido en París. Un grupo de hombres
ha permanecido en el andén hasta el último instante mirándolas con mudo
respeto: unos en traje civil, de sobria elegancia, esbeltos, bien
afeitados, con un monóculo bajo la ceja arqueada, secretarios y
agregados de la Embajada británica; otros con uniforme de marino, pero
uniforme de batalla, sin faldones, sin dorados, apoyándose en un
bastoncillo de paseo, ostentando en la visera de la gorra el reborde de
laureles que distingue á los jefes superiores.

Circula por el vagón el nombre de una de las viajeras. Es una duquesa de
la corte de Inglaterra, una amiga de la difunta reina Victoria,
cincuenta años de historial británico encerrados en un cuerpo que debió
ser hermoso y ahora aparece algo hinchado por la edad y plebeyamente
enrojecido. Una corona de cabellos blancos suaviza la tez subida de
color; los ojos son los únicos que conservan en su majestuoso azul el
reflejo de la pasada gloria. Lleva un gorrito albo y encañonado debajo
del luengo velo de luto. Su acompañante es más alta, más estirada, menos
accesible, como si recogiese en su enjuta persona de dama de compañía
todo el orgullo y la altivez de que se despoja la señora. La duquesa
sonríe ante la solicitud demasiado expansiva del empleado del vagón,
mientras la honorable doméstica la acoge con un gesto duro y frío.

Antes de dormirme, desfilan por mi memoria los recuerdos que guardo de
esta anciana célebre que está tendida á cincuenta centímetros de mi
cuerpo. La veo como la vi muchas veces en los grabados de las
ilustraciones inglesas, con su diadema de brillantes y el pecho
constelado de joyas y condecoraciones, asistiendo á las fiestas de su
regia amiga, á sus jubileos de estrépito universal, á las coronaciones
de su hijo y de su nieto. Es pairesa no sé cuántas veces. Posee calles
enteras de Londres; vastos parques donde corre el zorro perseguido por
un tropel de jinetes de casaca roja que galopan entre rugidos de
trompas; castillos en Escocia al borde de lagos verdes que hacen
recordar las novelas de Wálter Scott; vastas posesiones en Irlanda que
sirvieron algunas veces de nocturno escenario á las hazañas de los
fenianos de negro antifaz. Su primer marido fué virrey de las Indias, y
ella recibió el homenaje de las muchedumbres pálidas y misteriosas en lo
alto de un elefante blanco, dentro de un templete de filigrana de oro
semejante á un relicario. Su segundo esposo presidió ministerios y
arregló los destinos del planeta hablando hasta media noche en la Cámara
de los Comunes ante los hombres que simbolizan la majestad de Inglaterra
con el sombrero calado y los pies en el respaldo del banco anterior. Dos
lores discípulos de Jorge Brumell murieron por ella. Uno se pegó un tiro
teniendo ante su boca un pañuelo de blondas, lo único que había
conseguido de la gentil duquesa. Otro, desesperado, se hizo pastor
metodista y fué á evangelizar ciertas islas de Oceanía, donde su primer
sermón terminó en hoguera y festín de caníbales. Esta dama empequeñecida
por los años, gorda y de mejillas rojas y brillantes como manzanas, ha
cazado el tigre en Asia, el hipopótamo y el león en África, tiene un
yate que es casi un trasatlántico, en el que ha vivido años enteros, y
no encuentra en toda la superficie del globo un lugar que tiente su
curiosidad.

Antes de partir el tren, el empleado del vagón sabía ya el motivo que ha
arrancado á la duquesa de su castillo cerca de Londres, haciéndola
atravesar París de estación á estación.

--Va á Brindis--me ha dicho--para recibir el cadáver de su nieto, un
aviador que acaba de morir en los Dardanelos.



III


Algo entrada la mañana salgo al pasillo. Los vidrios de las ventanas
están opacos á causa del frio exterior. Por los regueros que traza el
vaho al licuarse se ven montañas altísimas y blancas, bosques de hayas
encaperuzadas de algodón, caseríos que tienen gruesos planos nos de
nieve sobre las vertientes de sus tejados. Estamos atravesando la Saboya
francesa; subimos, con bruscas alternativas de lobreguez de túnel y
picante luz de nieve, las laderas de los Alpes. Nos aproximamos á
Italia.

El viejo habla con la dama de compañía, que parece humanizada por la
emoción. Tiene aún en la mano la carta mugrienta y trágica, que acaba de
leer una vez más.

Cuando vuelvo de tomar el desayuno en el vagón-restorán, le encuentro
solo. Me habla de la gran dama, que ocupa todo un departamento, y de su
acompañante, que viaja con tanto desahogo como la señora. ¡El dinero
que debe tener esta duquesa!... Y sin embargo, sufre lo mismo que él:
más aún tal vez. Él tiene su hija, los hijos de su hija, y los tres
niños que ha dejado el héroe obscuro cuya carta lee á todos. La gran
señora no tiene á nadie en la tierra. Su nieto era el único heredero de
su nombre y su fortuna. Las pairías, los millones, van á pasar á lejanos
parientes.

Me señala una gran caja de cartón que ocupa derecha todo el espacio
entre dos puertas. La ha entreabierto poco antes la dama de compañía.
Contiene una corona que cubrirá en Brindis el féretro del aviador al ser
descendido á tierra.

--¡Una maravilla!--dice--. La ha comprado en Londres esa señora alta y
enjuta. Hay en ella palmas y flores, muchas flores, que parecen de
verdad. Se podría adornar con ellas un centenar de sombreros de precio.

El antiguo obrero «consciente» reaparece á través de esta admiración.

--¡Ah, el dinero!... Hasta en la muerte nos separa. ¡Y pensar que cuando
yo visito á mi pobrecito hijo sólo puedo llevarle ramos de violetas de á
diez céntimos!...

Veo á la duquesa al pasar ante la puerta de su camarote. Está erguida en
su asiento, con la capota blanca y negra, de la que pende un largo velo,
enguantada, rígida, lo mismo que la vi en la noche anterior, como si no
hubiese dormido. Contempla el nevado paisaje que pasa veloz por las
ventanillas; pero su pensamiento se halla lejos.

Me entrego á la lectura, y de pronto me distrae un rumor de voces en el
departamento inmediato. Es el empleado que habla y la duquesa que habla
igualmente. Adivino fragmentos de la carta del pobre muerto: «Confianza,
papá. Aún quedan para nosotros días felices....» La curiosidad me hace
transitar por el pasillo. El viejo está de pie, con la gorra puesta,
como corresponde á un hombre que viste uniforme. La gran señora ha
perdido el arrebol de su fresca vejez; amarillea, se lleva á los ojos
las puntas de un guante. Tal vez es ella la que ha llamado al hombre, al
conocer su historia por el relato de su acompañante; tal vez el viejo se
ha introducido en su camarote, con el atrevimiento del dolor.

Vuelvo á oír desde mi asiento el rumor de sus voces. Ahora es la duquesa
la que lee, lentamente, con las vacilaciones que acompañan á una
traducción. Tiene en las manos la última carta de su nieto; y el
empleado, que no puede llorar, lanza ronquidos de pena cuando la voz de
la duquesa hace una pausa. Su entusiasmo y su dolor ignoran la manera
correcta de manifestarse: «¡Nombre de Dios, qué mozo!... Y pensar que
estos son los que mueren, y quedamos nosotros, señora, que no servimos
para nada.»

Vuelvo á pasar ante la puerta abierta. El viejo se ha sentado junto á la
gran dama, que llora en silencio. Sus manazas toman instintivamente, sin
saber lo que hacen, la diestra enguantada y fina, oprimiéndola
cariñosamente.

--¡Ah, señora duquesa!...

La voz suena respetuosa y tímida, pero sus manos y sus ojos son
confianzudos y tiernos. Habla con ella lo mismo que si fuese una comadre
llorosa de su barrio, abrumada por una noticia fatal. Decididamente la
guerra ha trastornado todas las organizaciones. Los socialistas son
ministros y los viejos obreros revolucionarios acarician las manos de
las duquesas que lloran. Nos aproximamos á la frontera italiana. Veo el
chamberguito con pluma de gallo y el ferreruelo gris de los cazadores
alpinos. El tren refrena su marcha ante las primeras casas de la
estación de Modàne. Vamos á cambiar de vagón. El empleado, con un
esfuerzo doloroso, vuelve á la realidad y corre de un lado á otro para
devolver sus billetes á los pasajeros. Yo le doy cinco francos. «Muchas
gracias.» Y me abandona, sin bajar siquiera las maletas que están en la
cornisa de red. Los oficiales británicos no le dan nada. El inglés
supone que cada hombre recibe la recompensa de su trabajo, y no quiere
ofenderle con una limosna llamada propina. Las condesas de las múltiples
coronas le entregan con gesto teatral una pieza de dos liras, y él se la
guarda sin mirarla. Toda su atención está concentrada en el servicio de
la duquesa. Llama á los mozos de la estación, les va pasando los bultos
del equipaje, desciende al muelle para vigilar cómo los apilan en una
carretilla. La gran señora se aproxima para decirle adiós, y él le
estrecha la mano, ante los ojos escandalizados de la acompañante.

Algo siente entre los dedos que le estremece y le hace mirar su mano. La
duquesa conoce la parsimonia de su acompañante, encargada de los
pequeños desembolsos, y es ella la que da la propina. ¡Cien francos!...
El viejo duda ante el billete, ve á los nietos, ve á su hija que trabaja
del amanecer á media noche, pero luego lo rechaza.

--¡Ah, no, señora duquesa!

Él es de su mundo, y su mundo tiene reglas de hidalguía y buena
educación como cualquiera otro. A nosotros pueden tomarnos el dinero;
somos extranjeros que pasan indiferentes junto á su persona. Pero no
aceptará un céntimo por servir á un camarada, á un amigo con el que ha
chocado el vaso. Y él ha bebido con la gran señora; han saboreado juntos
el vino de la tristeza y del consuelo, han tocado sus copas rebosantes
de dolor. Adivina ella estos sentimientos confusos con su delicadeza de
alta dama, y no insiste, volviendo á guardarse el billete. Habla en
inglés, y su acompañante, con visible molestia, toma de la carretilla
una gran caja de cartón, la corona admirada, y se la entrega al viejo.

--Para su hijo, para la tumba del héroe.

Y se aleja majestuosa á pesar de su ancianidad, marchando por el andén
como si fuese una galería de la corte.

El empleado queda al pie del vagón, con los brazos ocupados por la caja,
sufriendo la vergüenza de no poder ocultar sus lágrimas, que se deslizan
hasta el duro bigote.

--¡Señora duquesa!... ¡Ah, señora duquesa!



LOS CUATRO HIJOS DE EVA



I


Iba á terminar la siega en la gran estancia argentina llamada «La
Nacional». Los hombres venidos de todas partes para recoger la cosecha
huían del amontonamiento en las casas de los peones y en las
dependencias donde estaban guardadas las máquinas de labranza con los
fardos de alfalfa seca. Preferían dormir al aire libre, teniendo por
almohada el saco que contenía todos sus bienes terrenales y les había
acompañado en sus peregrinaciones incesantes.

Se encontraban allí hombres de casi todos los países de Europa. Algunos
eternos vagabundos se habían lanzado á correr la tierra entera para
saciar su sed de aventuras, y estaban temporalmente en la pampa
argentina, unos cuantos meses nada más, antes de trasladar su existencia
inquieta á la Australia ó al Cabo de Buena Esperanza. Otros, simples
labriegos, españoles ó italianos, habían atravesado el Atlántico
atraídos por la estupenda novedad de ganar seis pesos diarios por el
mismo trabajo que en su país era pagado con unos cuantos céntimos.

Los más de los segadores pertenecían á la clase de emigrantes que los
propietarios argentinos llaman «golondrinas»; pájaros humanos que cada
año, cuando las primeras nieves cubren el suelo de su país, abandonan
las costas de Europa, levantando el vuelo hacia el clima más cálido del
hemisferio meridional. Trabajan duramente verano y otoño, y cuando el
viento pampero empieza á azotar las llanuras, asustados por la
proximidad del invierno, regresan á los lugares de procedencia, donde la
tierra empieza á despertar entonces bajo las primeras caricias
primaverales.

Cada año vuelven, apretados como un rebaño en la proa de los mugrientos
vapores de emigrantes, para trabajar en las estancias y reunir sus
economías, soñando incesantemente con el lejano país. Parecen resbalar
sobre el suelo de la República Argentina, sin hacer el menor esfuerzo
para arraigarse en él. Una vez terminada la recolección, huyen, llevando
en la faja el producto de su trabajo y dispuestos á volver al año
siguiente.

La hora de la cena era el mejor momento de la jornada para los segadores
de «La Nacional». Se reunían en grupos, atraídos por el vínculo del
origen común ó por el encanto personal de la simpatía. Cenaban al aire
libre, sentados en el suelo alrededor de la marmita humeante. Aunque las
noches fuesen cálidas, encendían hogueras, buscando la protección de las
llamas y del humo contra los feroces mosquitos, dominadores de la
llanura.

Algunos segadores que poseían un poder instintivo de dominación trataban
á sus camaradas como jefes. Dentro de estos grupos que, procedentes de
diversos lugares de la tierra, habían venido á juntarse en un rincón de
la América del Sur, todos los procedimientos de selección social y las
lentas evoluciones que modelan á un pueblo se realizaban en pocos días.
Los que habían nacido para el mando ó los que se distinguían de sus
camaradas por cualquier don especial se elevaban rápidamente sobre
ellos. Unos eran respetados por su coraje, otros por su palabra
oratoria, otros por su experiencia.

El tío Correa, un vejete enjuto, descarnado, pero todavía fuerte á pesar
de su edad, era el oráculo de los segadores españoles. Su conocimiento
profundo de los hombres, sus consejos astutos, su larga familiaridad con
la República Argentina, donde trabajaba hacía treinta años, le
proporcionaban una sólida reputación.

Era una especie de patriarca para sus compatriotas--especialmente para
los recién llegados--, y él se aprovechaba de tal prestigio escogiendo
el mejor lugar cerca del caldero, cuando llegaba la hora de la cena, y
el rincón más cómodo para dormir. También eludía los trabajos pesados,
confiándoselos á alguno de sus fervientes admiradores.

Un anochecer, después de la cena, el tío Correa, sentado en el suelo,
contemplaba su plato de metal ya vacio, dando chupadas al mismo tiempo á
un cigarro que se resistía á arder.

Su camisa entreabierta dejaba á la vista la desnudez de un pecho
cubierto de espesa pelambrera gris. En torno de él, unos veinticinco
segadores españoles formaban corro sentados en el suelo, y los últimos
fulgores de la hoguera se reflejaban en sus rostros barnizados por la
causticidad del sol.

Algunas estrellas empezaban á titilar sobre la púrpura de un cielo
ensangrentado por el ocaso. Los campos se extendían pálidos, con los
contornos esfumados por la incierta luz del anochecer. Los había que
estaban ya segados y exhalaban por sus heridas todavía abiertas el calor
almacenado en su seno. Otros conservaban su onduloso manto de espigas,
que empezaba á estremecerse bajo los primeros soplos de la brisa
nocturna. Las máquinas agrícolas se destacaban sobre el rojo sombrío del
horizonte como animales monstruosos que empezasen á surgir de las
profundidades de la noche. Los tractores automóviles y las trilladoras
parecían tomar en la obscuridad creciente los mismos contornos de los
seres gigantescos que habían corrido por estas llanuras en los tiempos
prehistóricos.

--¡Ay, hijos míos!--dijo el tío Correa quejándose de un persistente
dolor en sus articulaciones--. ¡Lo que ha de trabajar y sufrir un hombre
para ganarse el pan de cada día!...

Después de esta lamentación siguió hablando, en medio de un profundo
silencio. Todos los ojos estaban fijos en él. Sus compatriotas esperaban
un cuento divertido que les hiciera reir ó una historia interesante que
les obligase á estirar el cuello con asombro y curiosidad, hasta la hora
de acostarse. Pero en la presente noche el viejo se mostraba taciturno y
más dispuesto á las lamentaciones que á distraer á camaradas.

--Y siempre será así--continuó--. El mal no tiene remedio. Siempre habrá
ricos y pobres, y los que han nacido para servir á los otros tienen que
resignarse con su triste suerte. Bien lo decía mi abuela, y eso que fué
mujer. Eva es la que tiene la culpa de la falta de igualdad que hay en
el mundo, y los que pasamos la vida rabiando para servir y engordar á
los otros debemos maldecir á la primera mujer por la esclavitud á que
nos condenó. Pero ¿qué cosa mala no han hecho las mujeres?

El deseo de quejarse que sentía esta noche le hizo recordar á un español
llevado por la mañana al pueblo más próximo, ó sea á treinta kilómetros
de la estancia, para que lo curasen. Uno de sus brazos había sido
alcanzando por el engranaje de una trilladora, sufriendo una
trituración horrible. El infeliz iba á quedar mutilado para siempre,
arrastrando una vida de miserias y privaciones.

El recuerdo de tal suceso aumentó la inquietud y la tristeza de los que
escuchaban á Correa; pero como si éste se arrepintiese del silencio
trágico que pesaba en torno de él, se apresuró á añadir:

--Es una víctima más de la injusticia de nuestra abuela. Eva es la única
responsable de que las cosas marchen tan mal en nuestro mundo.

Y como sus camaradas, especialmente los que le conocían poco tiempo,
mostraban un vehemente deseo de saber por qué motivo era Eva la
responsable de sus desgracias, el viejo empezó á contar á su modo la
mala broma que la primera mujer se había permitido con los hombres.

El tío Correa tenía «sus letras». En su país natal llevaba ejercidas
diversas profesiones, mostrándose siempre un incansable lector de
diarios. Además, había asistido á muchas reuniones políticas y trabajado
en las elecciones, pronunciando discursos á su modo en las tabernas del
pueblo.

Lo que iba á contar ahora no era un cuento. Se trataba de un «sucedido»,
aunque extremadamente remoto, pues ocurrió algunos años después que Adán
y Eva fueron expulsados del Paraíso y condenados á ganar el pan con el
sudor de su rostro....

¡Cómo hubo de trabajar el pobre Adán!... El tío Correa fué enumerando
todas las cosas que el primer hombre se vió obligado á improvisar para
cumplir sus obligaciones de padre de familia. En unos cuantos días tuvo
que hacer de albañil, de carpintero y de cerrajero, construyendo una
casa para albergar á Eva y á sus hijos.

Después hubo de domesticar á muchos animales, para que su trabajo
resultase más fácil y su nutrición más abundante. Enganchó al caballo,
puso el yugo al buey, persuadió á la vaca de que debía permanecer quieta
en un establo y dejarse ordeñar resignadamente; también logró convencer
á la gallina y al cerdo de que les convenía vivir cerca del hombre, para
que éste pudiera matarlos cómodamente cada vez que le apeteciese
alimentarse con sus despojos.

--Y además--continuó el segador--, Adán tuvo que desmontar las tierras
vírgenes antes de cultivarlas, y echar abajo árboles inmensos, y todo lo
hizo con herramientas de madera y de piedra inventadas por él. No
olvidéis, hijos míos, que en esa época, Caín, que es el primer herrero
de que habla la Historia, estaba todavía dando chupones á los pechos de
su madre....

Como el hombre no vive sólo de pan y las golosinas son las que hacen la
vida agradable, Adán prestó más atención á su huerto, donde crecían los
primeros árboles frutales, que á los campos, donde cultivaba otros
artículos más sólidos é importantes para la nutrición. El tío Correa,
excitado por los recuerdos de su país en esta pampa monótona, donde sólo
hay trigo y carne, iba mencionando los árboles de dulces frutos que
embellecieron el primer huerto creado por el hombre. Describía la
higuera, de hojas puntiagudas como manos abiertas, cuyo tronco rugoso y
gris parece forrado con piel de elefante, y que en las mañanas de sol
deja caer de rama en rama un fruto que, al aplastarse en el suelo, abre
sus entrañas rojas y granuladas. Había también en dicho huerto el
naranjo, con su perfume de amor y sus redondas cápsulas de miel
encerradas en esferas de oro; y las diversas clases de melocotones, y el
plátano, y el melón, que vive junto al suelo para absorber mejor sus
jugos, concentrándolos en una carne de dulce marfil.

A veces Adán recordaba el manzano del Paraíso y la serpiente enrollada á
su tronco que había dado consejos á su mujer, inspirándole estúpidos
deseos. Pero al contemplar luego su huerto, se encogía de hombros. La
obra de sus manos le parecía más firme y de mayor porvenir que la
creación improvisada del Paraíso.

--Podía sentirse orgulloso de su obra--continuó el viejo--, pero su
trabajo le costaba. Habríais sentido lástima al verle tan consumido.
Sólo le quedaban los huesos y la piel, después de tantos esfuerzos.
Parecía tener dos siglos más que su edad. En cambio, Eva podía pasar por
su biznieta.

Esto último no sorprendía al tío Correa. En sus andanzas, había viajado
por los países más adelantados y modernos, observando muchas veces que
el marido trabaja con una intensidad extraordinaria, pasando el día
fuera de su domicilio en lucha áspera por conquistar el dinero, mientras
la mujer se queda en su salón tocando el piano y recibiendo visitas. Y
como resultado de esta desigualdad en el trabajo, las mujeres parecen
las hijas de sus esposos, y éstos mueren, generalmente, mucho antes que
ellas.

--Yo no sé verdaderamente quién murió antes, si Eva ó Adán--continuó el
viejo--; pero apostaría, sin miedo á perder, que fué el pobre Adán. Eva
debió sobrevivirle, siendo una viuda rica de las que saben administrar
sus bienes; y así viviría mucho tiempo, amada y respetada por sus hijos,
para que no los excluyese del testamento.

¡Pobre Adán!... A veces su cansancio era tan grande después del trabajo,
que le faltaba la respiración y tomaba asiento en el umbral de su casa,
para reposar un poco.

Había pasado el día entero cavando la tierra ó domando el caballo
salvaje y el toro feroz. Sentía un fuerte deseo de contemplar á su Eva
unos instantes; el mismo deseo que sienten muchos de adorar á los seres
que los maltratan; la admiración irresistible que nos inspira todo lo
que nos cuesta muy caro. ¿Y esta mujer no le había costado el
Paraíso?...

Eva parecía siempre hermosa, á pesar de que daba al mundo un niño todos
los años, y á veces dos. No podía hacer menos, teniendo la misión de
poblar la tierra entera.

Apenas Adán, sentado en el umbral de la puerta, se enjugaba el sudor de
la frente y empezaba á gustar la dulce voluptuosidad del reposo, cuando
la voz de Eva le arrancaba de este deleite fugitivo.

--Oye, Adán: ya que no tienes nada que hacer, podías entretenerte
poniendo la mesa.

Otras veces Eva se mostraba injusta y cruel.

--Adán, lávame los platos. Es una vergüenza que estés ahí, mano sobre
mano, mientras yo me mato de trabajar.

Pero en ciertas ocasiones tomaba el tono de una súplica dulce y
acariciante.

--Oye, maridito mío: tú que eres tan bueno, ¿por qué no das un paseo al
bebé en su cochecito? El último que ha nacido, ¿sabes? el que lleva el
número setenta y dos. Ya ves, alma mía, que, sola como estoy, no puedo
llegar á cuidarlos á todos.

Y el trabajador infatigable, procreador de un mundo entero, debía poner
la mesa, lavar los platos y pasear al recién nacido en un cochecito de
su invención.

Eva trabajaba igualmente. No era floja labor limpiar los mocos, todas
las mañanas, á siete docenas de niños, lavarlos y ponerlos á secar al
sol, é impedir que se peleasen entre ellos hasta la hora del almuerzo.
Pero su vida estaba agriada por otras preocupaciones.

Al encontrarse fuera del Paraíso, sintió inmediatamente los primeros
tormentos del pudor y de la vergüenza. Su larga cabellera ya no le
pareció bastante para ocultar su desnudez, como en los tiempos en que no
había escuchado aún á la maligna serpiente. Viéndose en el mundo vulgar,
como simple mujer de labrador, después de haber sido primera dama en el
Paraíso, tuvo que hacerse á toda prisa un manto de hojas secas que la
protegiese del frío y le permitiera mostrarse con un aspecto de persona
decente ante los seres celestiales.... Pero ¿cómo puede una señora tener
buen aspecto llevando siempre el mismo vestido?... Esto equivalía,
además, á colocarse al mismo nivel de los animales inferiores, que desde
que nacen hasta que mueren llevan siempre el mismo pelaje, las mismas
plumas ó el mismo caparazón.

Eva era un ser razonable, capaz de las infinitas variaciones que forman
el progreso, y por esto se dedicó á perfeccionar el arte del
embellecimiento de su persona.

Con el noble deseo de sostener la superioridad humana sobre los demás
seres creados, se hizo un vestido nuevo todos los días. Esta resolución
no era dictada por la vanidad, ni por el frívolo deseo de gustar á los
hombres ó de hacer rabiar á las amigas, como han pretendido después
algunos filósofos malhumorados.

Eva puso á contribución para su adorno todos los recursos de la
Naturaleza: las fibras de las plantas, las pieles de los cuadrúpedos,
las cortezas de los árboles, las plumas de los pájaros, las piedras
brillantes ó coloreadas que la tierra vomita en sus accesos de cólera.

La tarea de inventar nuevos vestidos y adornos fué tan importante para
ella y de tal modo deseó la novedad y la variedad, que la vida cambió
completamente en la granja de Adán. Los hijos no vieron á su madre en
muchas horas, y á veces durante jornadas enteras. Los pequeños se
revolcaban en el suelo, cubiertos de una costra de suciedad, mientras
los mayores reñían á puñetazos para dominarse unos á otros, ó golpeaban
á los hermanos débiles que se resistían á servirles de esclavos.

A veces la tribu entera se ponía de acuerdo para saquear la despensa
paternal, devorando en unas cuantas horas todas las provisiones que Adán
había almacenado para una semana.

--¡Mamá! ¡Mamá!...

Un coro de voces infantiles estallaba en el interior de la casa, como si
implorase socorro.

--¡Callad, demonios! Dejadme en paz. Es imposible tener un rato de
tranquilidad en esta casa.

Y después de imponer silencio con voz amenazante, Eva reanudaba el curso
de sus meditaciones.

--Veamos: ¿qué tal resultaría una capa de piel de pantera con cuello de
plumas de lorito, y un sombrero de cortezas adornado con rosas y rabos
de mono?...

Su imaginación no se cansaba de concebir las más prodigiosas creaciones
para el ornato de su persona. Luchaba entre el deseo de mostrar los
ocultos tesoros de su belleza y un sentimiento de modestia y de pudor
propio de una madre.

Cuando se decidía por una falda corta que apenas le llegaba á las
rodillas, inventaba inmediatamente, á guisa de compensación, unas mangas
muy largas y un cuello que subía hasta sus orejas. Si, en un acceso de
coquetería audaz, creaba un traje de ceremonia, sin mangas y muy
escotado, buscaba inmediatamente volver á la virtud, fabricándose una
falda que le cubría la punta de los pies y arrastraba la cola sobre el
suelo, con un fru-fru semejante al ruido otoñal de las hojas secas.

Mientras tanto, Adán iba casi desnudo, mostrando sus vergüenzas de puro
pobre. Su ropero sólo contenía unas cuantas pieles de oveja viejas y
rotas que estaban esperando una recomposición. Pero la mujer, ocupada en
sus fantasías suntuarias, no encontraba nunca media hora libre para este
remiendo.

El primer hombre mostraba una viva admiración por las transformaciones
continuas que iba notando en Eva. Una mañana su cabellera ostentaba el
rojo ardiente del mediodía; á la mañana siguiente tenía el oro suave de
la aurora; dos días después sus cabellos mostraban la negrura profunda
de la noche. Ciertas tardes venía al encuentro de Adán con una falda
voluminosa, casi esférica desde el talle á los pies, y tan ancha, que le
era difícil pasar la puerta. Pero como la moda está formada de cambios
bruscos y contrastes violentos, al día siguiente mostraba una segunda
falda, tan estrecha y ajustada como la funda de un espadín, y apenas si
podía marchar, saltando lo mismo que un pájaro.

Su rostro también pasaba por estas extremadas transformaciones. A lo
mejor estaba pálida, con la blancura del polvo de los caminos, cual sí
acabase de sufrir una emoción mortal; otras veces sus mejillas eran tan
rojas que parecían reflejar el fuego del sol poniente.

Adán se sentía feliz al contemplarla, á pesar de que ella lo maltrataba
lo mismo que antes, obligándole á desempeñar muchas funciones domésticas
cuando venía cansado del trabajo en los campos. El pobre, gracias á tan
costosas transformaciones, creía tener una mujer nueva cada veinticuatro
horas.

Eva, en cambio, se aburría, con un tedio mortal. ¿Para qué adornarse
tanto, si ningún otro ser humano, aparte de su marido, podía verla?...
Sin embargo, estaba convencida de que era la admiración de todo cuanto
le rodeaba.

Su vanidad había acabado por hacerla entender el lenguaje de los
animales y de las cosas, incomprensible hasta entonces para las
personas.

Cada vez que salía de su casa, la selva entera se animaba con un
murmullo de curiosidad femenil; los pájaros dejaban de volar, los
cuadrúpedos se detenían en mitad de sus carreras locas, y los peces
sacaban la cabeza sobre la superficie de ríos y estanques.

--Veamos lo que ha inventado hoy para imitarnos--gritaban los loros y
los monos insolentes desde lo alto de los árboles.

--¡Muy bien, hija mía!--aprobaba el elefante con lentos movimientos de
su trompa y el toro agitando su armado testuz.

--¡Venid á ver la última creación de Eva!--piaban millares de pájaros en
el follaje.

Esta ovación de la Naturaleza, que en los primeros días hizo enrojecer
de orgullo á nuestra primera madre, fué acogida finalmente con
indiferencia por ella. Era el aplauso de una muchedumbre inferior, y Eva
aspiraba á la aprobación de sus iguales. La única persona ¡ay! que podía
admirar los inventos y los matices de su buen gusto era su marido; y un
marido es un ser respetable que merece cierta atención, sobre todo
cuando mantiene la casa, pero resulta ridículo que las mujeres se vistan
para no ser admiradas mas que por sus esposos. Es como si un poeta
hiciese sus versos únicamente para leerlos á los individuos de su
familia.

No; la mujer es una artista, y como todos los artistas, necesita un
público grande, inmenso, á quien inspirar la admiración y el deseo,
aunque no piense ni remotamente en satisfacer ese deseo.... Y como no
había en el mundo otro hombre que su marido, y éste le interesaba muy
poco, Eva empezó á pensar en los bienaventurados que habitan el cielo y
muchas veces habían ido á hacerle visitas cuando ella ocupaba el
Paraíso.

Al llegar aquí, el tío Correa interrumpió su relato para dar una
explicación que consideraba necesaria.

Como Dios es un rey, los que le rodean se esfuerzan por imitar á los
cortesanos terrenales, adoptando todos los sentimientos y las pasiones
de su regio amo con más firmeza que éste. Apenas el Omnipotente
manifestó su cólera contra Eva y su marido arrojándolos del Paraíso, los
habitantes del cielo rompieron sus amistades con ella y con Adán,
retirándoles el saludo y evitando todo encuentro.

A veces, cuando Eva se contemplaba en el cristal de un pequeño lago que
le servía de espejo, oía á sus espaldas un ruido de alas. Era un
arcángel que iba á llevar un recado del Señor, cumpliendo sus funciones
de mensajero celeste.

Eva lo reconocía, se acordaba perfectamente de que le había sido
presentado asistiendo á sus recepciones en el Paraíso. Pero en vano
tosía ó cantaba entre dientes para atraer su atención, adoptando
posturas interesantes; el viajero aéreo se resistía á reconocerla,
batiendo con apresuramiento sus alas para alejarse lo más pronto
posible.

--¡De qué le sirve á una ser hermosa y vestir bien, si no recibe visitas
y está condenada á vivir al margen de la sociedad!--decía Eva
amargamente.

Y á impulsos de su rabia, desgarraba sus trajes más originales apenas
terminados, buscando además camorra al pobre Adán, para acusarlo de ser
el único autor de la pérdida del Paraíso.

--Sí, tú fuiste, ¡no lo niegues!--gritaba ella--. Tú me hiciste perder
aquel jardín tan agradable y distinguido, con todas mis brillantes
relaciones. Tú hiciste no sé qué lío con la serpiente, excitando la
cólera del Señor.

Y el pobre Adán sólo sabía decir, como único remedio expuesto
tímidamente:

--¡Si te ocupases un poco más de los niños! ¡Si dedicases menos tiempo á
tus modas!...

Al oir estos consejos vulgares, la indignación daba á Eva un lenguaje
poético.

--¿Quieres acaso que vaya desnuda?--decía con altivez--. Mira lo que
hace el viento; es menos interesante que yo, no tiene cuerpo, y sin
embargo se envuelve en una capa de polvo al correr á lo largo de los
caminos y de un manto de hojas secas cuando atraviesa las selvas.



II


De vez en cuando un querubín volaba en torno á la granja, como un palomo
perdido.

Huyendo por algunas horas de la tarea de hacer gorgoritos en los coros
celestiales, había osado descender á las regiones terrestres, con la
esperanza de que el Señor le perdonaría esta escapada cuando le contase
lo que había visto y cómo progresaban los negocios de los humanos
después del pecado original.

Eva, con sus ojos de mujer curiosa, no tardaba en descubrir la carita
mofletuda que le estaba espiando medio oculta en las espesuras del
follaje. Entonces, iniciando una de sus más hermosas sonrisas, lo
llamaba:

--Oye, chiquitín, ¿vienes de allá arriba? ¿Cómo está el Señor?

Viéndose descubierto, el niño celestial se aproximaba hasta dejarse caer
sobre las rodillas de nuestra madre.

El Señor se mantenía, como siempre, inmutable y magnífico.

--Cuando le veas--continuaba Eva--, dile que estoy muy arrepentida de mi
desobediencia. ¡Qué tiempo tan agradable el que pasé en el Paraíso! ¡Qué
espléndidas recepciones daba yo allá! ¡Y qué _buffet_ tan
distinguido!... ¡Ay, las tortas celestiales!...

Una de sus melancolías más dolorosas era á causa de las tortas
celestiales. Eva lamentaba su pérdida tanto como la de la amistad de los
bienaventurados.

En vano Adán se calentaba la cabeza buscando algo adecuado para
sustituirlas. Hizo tortas de trigo, que roció con la miel de las abejas,
recientemente subyugadas; secó los frutos de la viña, inventando las
pasas antes que el vino, y así llegó á descubrir el _pudding_. Pero
ninguna de tales golosinas pudo hacer olvidar á su mujer las tortas
deliciosas que ella encargaba á los pasteleros del cielo para sus tés
paradisíacos de cinco á siete de la tarde.

--Dile también--continuaba Eva--que ahora trabajamos y sufrimos mucho.
Dile que deseamos verle, una vez solamente, para presentarle nuestras
excusas. Mi marido y yo necesitamos convencernos de que Él no nos guarda
rencor.

--Se hará como se pide--contestaba el pequeñuelo.

Y dando dos ó tres golpes de ala, se perdía en las nubes.

Pero por más recados de esta clase que dió, nunca pudo conseguir una
respuesta de lo alto. En general, la mayor parte de los volátiles
celestes jamás volvían á las regiones terrenales, pero de tarde en tarde
la mujer de Adán lograba reconocer la cara de alguno de estos seres
alados.

--Sé quién eres, pequeño--decía--. La semana pasada te vi rondando por
estos sitios. ¿Diste al Señor mi recado? ¿Qué es lo que contestó?

Las más de las veces los ángeles permanecían silenciosos ó balbuceaban
palabras sin ilación, como niños bien educados que no quieren decir
cosas desagradables á una señora.

--¡Pero Él te habrá dado alguna respuesta!--insistía Eva--. ¡Vamos,
habla!

Y una vez encontró á un querubín pequeñito, de cara mofletuda, que le
respondió:

--Sí, señora. Su Divina Majestad ha contestado algo. Al darle yo su
recado, me dijo: «¿Pero es que ese par de sinvergüenzas viven
todavía?...»

Eva sólo quiso ver en tales palabras una broma de niño falto de buena
crianza. Juzgaba imposible que el Señor hubiera dicho esto. Si insistía
en mantenerse invisible, era seguramente porque estaba muy ocupado en la
dirección de sus dominios infinitos, no quedándole media hora libre para
dar un paseo por la tierra.

Una mañana fué recompensada su fe en la bondad divina. Se presentó un
mensajero celeste, saltando de nube en nube, y gritó á Eva:

--Escucha, mujer: si no llueve esta tarde, es posible que el Señor venga
á haceros una visita corta. ¡Ha pasado tanto tiempo sin ver la
tierra!... Anoche, hablando con el arcángel Miguel, le dijo: «A veces me
pregunto en qué habrán venido á parar aquellos dos canallas
desagradecidos que teníamos en el Paraíso. Me gustaría verlos.»

Eva quedó aturdida por la noticia, y llamó á Adán, que trabajaba en un
campo próximo.

¡Cómo describir la agitación que conmovió á la granja!... El tío Correa
la comparaba con la fiesta del santo patrono en cualquier pueblo de
España, cuando las mujeres limpian en la víspera sus casas, desde la
puerta al tejado, preparando además la gran comilitona del día
siguiente.

La esposa de Adán barrió y lavó los pisos de la entrada de la casa, de
la cocina y del dormitorio. También puso una colcha nueva sobre la cama
y frotó las sillas con arena y jabón. Después inspeccionó el guardarropa
de la familia, y al ver que las pieles de cordero de su marido no
estaban presentables, le confeccionó en un momento una casaquilla de
hojas secas. ¡Para un hombre, bien estaba!

El tiempo restante lo consagró al adorno de su persona. Contempló con
mirada perpleja unos cuantos centenares de vestidos que había hecho y
rehecho, preguntándose con desconsuelo:

--¿Cómo me arreglaré para recibir dignamente á tan gran personaje?
Verdaderamente, tengo muy poco que ponerme.

Miró con ternura una larga túnica negra, de corte severo, que no dejaba
visible ni una línea de su blanco cuerpo. Pero á continuación pensó que,
por ser hombres todos los visitantes, no convenía recibirlos con tanta
austeridad.

Acababa de escoger uno de sus trajea mixtos, muy atrevido por un extremo
y muy discreto por el otro, cuando llegó á sus oídos una verdadera
tempestad de gritos y llantos. Toda su prole se sublevaba. Sólo se
componía de unos cien muchachos, pero se hubiera dicho que la tierra
entera había empezado á gritar.

Por primera vez en su vida Eva contempló atentamente á sus hijos. Eran
demasiado feos para presentarlos al Señor. Tenían los cabellos en
maraña, las mejillas manchadas de barro seco y las narices cubiertas de
costras. Eva, absorbida por sus inventos de modista, los había olvidado
durante meses y meses.

--¿Cómo presento estos granujas á Dios?... El Todopoderoso va á creer
que soy una sucia y una mala madre.... Porque el Señor es hombre, y los
hombres no comprenden lo difícil que es cuidar á tantos chiquillos.

Después de esto empezó á insultar á Adán, como si éste fuese el
responsable del abandono en que vivían sus hijos.

Pero transcurría el tiempo y era urgente tomar una resolución. Luego de
muchas dudas y titubeos, Eva escogió á los hijos preferidos (¿qué madre
no los tiene?) para lavarlos y vestirlos lo mejor que pudo. Después
empujó á los otros á puro cachete, hasta dejarlos encerrados en un
establo, bajo llave, á pesar de sus protestas.

Ya llegaban los visitantes. Eva apenas tuvo tiempo de dar una última
mano al arreglo de su persona. Sacudió su vestido para hacer desaparecer
las arrugas de la lucha con la terrible chiquillería y se pasó un peine
por los pelos alborotados.

En el horizonte, una columna de nubes, blanca y luminosa, descendió del
cielo hasta posarse en la tierra. Empezó á sonar un ruido de alas
innumerables, acompañado por las voces de un coro inmenso, cuyos
«¡hosanna!» repercutieron á través del espacio infinito.

Los primeros viajeros celestes, desembarcando de la nube que los había
traído, empezaron á remontar el sendero de la granja. Estaban envueltos
en tal esplendor, que parecía que todas las estrellas del firmamento
hubiesen bajado á la tierra para juguetear entre los bancales de trigo
cultivados por Adán.

Iba delante la escolta de honor, compuesta de un destacamento de
arcángeles cubiertos de cabeza á pies con centelleantes armaduras de
oro. Después de haber envainado sus sables, se acercaron á Eva para
decirle unos cuantos chicoleos, asegurando que no pasaban por ella los
años y que se mantenía tan fresca y apetitosa como en los tiempos que
habitaba el Paraíso.

--Los soldados son así--explicó el tío Correa--. Allá donde van se lo
comen todo, y lo que no se comen lo rompen ó se lo apropian. Cuando ven
á una mujer sienten excitado su heroísmo, lo mismo que si oyesen sonar
el toque de asalto....

Total: que algunos más atrevidos intentaron unir los actos á las
palabras, abrazando á Eva. Pero ésta tenía cerca su escoba, y los obligó
con una rápida contraofensiva á refugiarse en la huerta, donde se
subieron á los árboles.

El viejo segador rió un poco, añadiendo después:

--El pobre Adán no sabía qué hacer. «¡Van á comerse todos mis higos y
mis melocotones!», gritó levantando los brazos. Para él hubiera sido
mejor un ciclón en su huerto que la entrada de la alegre soldadesca.
Pero como era hombre de tacto, aunque juró un poco, acabó por callar.

El Señor llegaba ya. Su barba era de plata y su cabeza tenía como adorno
un triángulo resplandeciente que lanzaba rayos lo mismo que el sol.
Detrás venía Miguel, con una armadura incrustada de piedras preciosas
formando fantásticos dibujos. Cerraban la marcha todos los ministros y
altos dignatarios de la corte celestial.

--El Creador saludó á Adán con una sonrisa de lástima--prosiguió el
viejo--. «¿Cómo estás, infeliz?», le preguntó. «¿Tu mujer no te ha
metido en nuevos líos?...» Después acarició á Eva, tomándole la
barbilla. «¡Hola, buena pieza! ¿Aún continúas haciendo locuras?»

Conmovidos por tanta simplicidad, los esposos ofrecieron al Señor el
único mueble que poseían, semejante á un trono. Era una silla de brazos
como las mejores que se pueden encontrar en una granja rica.

--¡Qué asiento, hijos míos!--dijo el tío Correa con entusiasmo--. Ancho,
blandísimo, hecho con madera de algarrobo de la mejor y con cuerda de
esparto bien tejido; un sillón, en fin, como sólo puede tenerlo un cura
de pueblo rico.

Sentado en él Su Divina Majestad, fué escuchando lo que le contaba Adán,
sus fatigas, sus malos negocios, las dificultades que había de vencer
para ganar el sustento de él y su familia.

--¡Muy bien! ¡Me alegro mucho!--decía el Señor, mientras una sonrisa
agitaba su barba resplandeciente--. Eso te enseñará á no desobedecer á
tus superiores, y sobre todo, á no seguir los consejos de una hembra.
¿Creías acaso que ibas á comer gratis en el Paraíso y hacer al mismo
tiempo lo que se te antojase?... ¡Sufre, hijo mío! ¡Trabaja y rabia! Así
aprenderás lo que cuesta la libertad.

El Señor contempló luego á Eva. Desde mucho antes le había dirigido
rápidas miradas de curiosidad y de indignación. Era la primera vez que
veía á una mujer vestida. ¿De dónde había salido este animal de plumaje
fantástico, este loro sin alas, cuya forma absurda y colores chillones
no hubiera podido concebir Él, ni aun en sus momentos de más frenética
creación?...

Dándose cuenta de que el Señor la observaba, Eva fué adoptando las
actitudes que consideró más interesantes, esforzándose por hacer valer
con ellas las gracias de su cuerpo y la elegancia de sus adornos. Al
mismo tiempo sonreía, segura de sí misma.

--Y el Todopoderoso--continuó el tío Correa--no pudo menos de reconocer
cierta gracia en estos adornos mujeriles que al principio había
considerado feísimos.

--Continúa siendo la misma frívola de siempre--murmuró el Señor
dirigiéndose al gran capitán Miguel, que le acompañaba á todas partes y
se mantenía ahora de pie detrás de su sillón--. Es la misma cabeza de
chorlito que conocimos en el Paraíso.... Pero hay que confesar que sabe
adornarse con gusto.

Tal vez estas consideraciones, unidas á las sonrisas de Eva y al humilde
silencio con que Adán acogió las reprimendas del Señor, ablandaron el
corazón de éste. Pareció arrepentirse de su anterior severidad, y añadió
con un tono de benevolencia:

--No esperéis que os perdone, permitiendo que volváis á disfrutar por
segunda vez los placeres del Paraíso. Lo que está hecho ya está hecho, y
debéis sufrir los efectos de mi maldición. Mi palabra es sagrada; y si
la retirase, me desconocería á mí mismo.... Pero ya que he venido á
veros, no quiero irme sin dejar un recuerdo de mi visita. A vosotros no
puedo daros nada: los dos estáis malditos; pero vuestros hijos son
inocentes y tendré mucho gusto en hacer un don á cada uno de ellos....
Yo había creído que teníais una descendencia más numerosa. ¿Sólo cuatro
hijos? Seguramente que no me arruinaré con mis regalos. Anda, Eva,
tráeme á tus pequeños.

Los cuatro pilletes se alinearon ante el Todopoderoso, que los examinó
atentamente.

--Ven aquí, tú--dijo designando á un pequeño, serio y gordo, de mirada
penetrante y cejas fruncidas, que había estado chupándose un dedo
mientras escuchaba gravemente la conversación--. Te confiero el poder
de juzgar á tus iguales. Serás el dispensador de la justicia;
interpretarás según tu criterio las leyes hechas por los otros; poseerás
el privilegio de establecer lo que es el Bien y lo que es el Mal,
cambiando de opinión cada siglo. Sujetarás todos los delincuentes á las
mismas reglas penales, medida tan cuerda y acertada como si los médicos
pretendiesen curar á los enfermos con el mismo remedio. Tu situación
será en el mundo la más estable é inconmovible. Podrá ocurrir que los
hombres duden con el tiempo de todo lo que les rodea. Hasta llegará un
día en que se atrevan á discutir mi existencia y á negarme. Pero no
temas por ti. Tú serás la Justicia augusta é infalible, incapaz de
equivocarse, sin la cual no es posible la vida. Los mismos que ostenten
como un título de gloria su incredulidad absoluta, se indignarán si
alguien tiene la audacia de poner en duda tu rectitud. Y si incurres en
errores que cuestan la vida ó la libertad á los hombres, la mayoría
disimulará tu horrible equivocación, apelando al «carácter sagrado de la
cosa juzgada».

El Todopoderoso hizo señal para que avanzase un segundo muchacho.

Era moreno, de aspecto jovial y atrevido, con la cabeza puntiaguda, la
mandíbula cuadrada y unas orejas prominentes. Llevaba siempre en su mano
derecha un bastón, con el que pegaba á sus hermanos. A la hora de las
comidas se apoderaba de las porciones de los otros, amenazándoles si
protestaban.

Al llegar á corta distancia del Todopoderoso se cuadró, con las manos
pegadas á los muslos y los ojos fijos, lo mismo que un soldado alemán
bien disciplinado.

Y el Señor le dijo:

--Tú serás el hombre de guerra, el héroe. Conducirás tus semejantes á
la muerte, como el matarife guía los rebaños al matadero. Esto no
impedirá que todos te admiren y te aclamen (hasta aquellos mismos que
serán hechos pedazos bajo tu dirección), pues emplearás como fetiches de
poder inagotable las palabras Gloria, Honor, Patria, Bandera. Los
hombres hablarán con emoción de leyes morales y mandamientos religiosos
que les ordenan «no matarás», «no robarás», «amarás á tu prójimo como á
ti mismo»; pero tú, guerrero semejante á un semidiós, vivirás más allá
del Bien y del Mal. Si los otros hombres matan, serán juzgados como
criminales y terminarán sus días en un presidio ó en el cadalso. Tú, por
el contrario, te agrandarás en proporción de tus matanzas, y cuando las
gentes te admiren cubierto de sangre humana, gritarán á coro: «¡Este es
un verdadero héroe!»

»Si alguna vez deseas un territorio, lo primero que harás será
apoderarte de él por la fuerza, exterminando á todos los que intenten
resistirse en nombre de sus antiguos derechos. Siempre encontrarás
jurisconsultos que se encarguen de probar, textos en mano, tu derecho á
la posesión de las tierras conquistadas. Comete toda clase de
atrocidades...pero vence. Nunca dejarás de tener razón si eres
victorioso. Nadie osa pedir cuentas al conquistador, y en sus templos,
los sacerdotes de todas las religiones cantarán por tu salud, celebrando
tu triunfo. Inunda los países de sangre, pasa los pueblos á cuchillo,
incendia las ciudades, mata, destruye, roba.... Esto no impedirá que los
poetas te celebren y los historiadores perpetúen tus hazañas más que si
fueses un benefactor de la humanidad. Pero los que intenten imitarte y
cometan tus mismas atrocidades sin vestir unas ropas de corte y color
especiales llamadas uniforme, arrastrarán una cadena en el calabozo de
una cárcel.... Puedes retirarte. ¡Que avance otro!.

El tercero era un adolescente, seco de carnes, nervioso, con una palidez
verdosa y los ojos de mirada astuta.

Reflexionó el Señor un instante antes de decidir lo que haría de él, y
dijo finalmente:

--Tú dirigirás los negocios del mundo, siendo al mismo tiempo mercader y
banquero. Prestarás oro á los reyes, lo que te permitirá tratarlos como
si fuesen tus iguales; y si llegas á arruinar á toda una nación en
provecho tuyo, el mundo admirará tu habilidad. Tus grandes combinaciones
financieras extenderán el pánico por el universo entero, haciendo pesar
sobre las ciudades horas de angustia mortal. Tus victorias en la Bolsa
irán acompañadas por los pistoletazos de tus víctimas empujadas al
suicidio y los llantos de sus familias. Provocarás guerras
incomprensibles y favorecerás tratados de paz ruinosos, siendo
responsable del envío de acorazados y de ejércitos expedicionarios para
sostener tus reivindicaciones injustas y usurarias contra las naciones
débiles.

»Tus hijos creerán proteger las artes manteniendo lujosamente
bailarinas, cantantes ó simples portadoras de costosos trajes y joyas
inauditas para halago de su orgullo. Tú, retenido por tus negocios,
envejecerás y llegarás tarde á la escena de la vida, para ser un Mecenas
de esta especie, contentándote con proteger á los pintores.

»La disparidad de opiniones más absoluta acompañará el recuerdo de tu
nombre durante treinta ó cuarenta años, porque tu nombre, como el de los
tenores y el de los cómicos, vivirá nada más lo que vivan las personas
que te conocieron. «Sirvió al progreso humano», dirán algunos
acordándose de tus flotas de buques mercantes y de las vías férreas con
que surcastes los desiertos. «Era un bandido», afirmarán otros pensando
que por cada kilómetro de rieles colocados llenaste un cementerio de
trabajadores. «Fué un monstruo, que para ganar sus riquezas sacrificó
más vidas humanas que un conquistador.» Y todos tendrán razón, todos
dirán la verdad; porque lo que hay más divertido en la vida de los
hombres es que todos ellos hablan de la verdad, de la verdad absoluta é
indiscutible, ignorando que esta verdad absoluta no es mas que un
ensueño y que siempre habrá tantas verdades como intereses.... Acuérdate
de esto y sigue tu camino.

Llegó el turno al cuarto muchacho, y éste avanzó.

--Viendo al tal mocoso, el Señor empezó á reír--dijo el tío Correa--.
Apenas levantaba dos palmos del suelo; y el Omnipotente, como lo sabe
todo, vió que era el hijo preferido de su madre.

Ésta únicamente dudaba de la justicia de su preferencia al comparar á
este pequeño con el hermano de las orejas grandes, armado siempre con un
garrote. La mujer se siente en todas ocasiones atraída por el guerrero;
pero cuando el pequeño abría la boca, Eva, completamente subyugada,
reconocía su superioridad sobre el belicoso mayor.

El Omnipotente examinó al diminuto personaje con un regocijo mal
disimulado. Se fijó en sus robustos hombros, su cabeza enorme y su
amplia frente. Su mirada era orgullosa y sus labios se contraían con una
mueca en la que se mezclaban el menosprecio y la adulación. Tenía á la
vez algo de comediante y de rey.

No parecía intimidado el chicuelo por la presencia del Creador. Se
mantuvo erguido, con una mano sobre el pecho y la otra apoyada en el
respaldo de una silla. Su frente elevada parecía aguardar la inspiración
de lo alto. Mostraba la rigidez de un modelo, como si estuviera delante
del escultor encargado de su futura estatua.

Su madre le conocía bien. Cuando sentía hambre y deseaba un pedazo de
pan, nunca lo reclamaba á gritos, como los niños ordinarios. Tenía el
sentimiento precoz de las fórmulas parlamentarias, no conocidas aún en
el mundo, y decía gravemente:

--Señora Eva, permítame su señoría una pequeña interpelación: ¿puedo
tomar un poquito de pan?

La madre apelaba á su auxilio cada vez que tenía necesidad de mantener
tranquila á la numerosa prole, mientras se consagraba á la confección de
sus trajes.

--Ven aquí, vida mía--suplicaba Eva--. Hazme el favor de divertir á tus
hermanos con uno de tus discursos.

Y el niño, empujado por su propia elocuencia, hablaba horas y horas, sin
saber ciertamente lo que decía, dando tiempo á la madre para terminar su
obra.

--Tú serás el rey de la tierra--declaró el Todopoderoso--; tú serás el
Orador, y con eso queda dicho todo. A pesar de su poder y su orgullo,
tus hermanos vivirán al amparo de tu palabra. El guerrero te obedecerá;
el juez te servirá y sostendrá, para mantener su propia situación; el
banquero te dará cuanto le pidas, para que seas su abogado y defiendas
sus terribles combinaciones. Tu único mérito consistirá en hablar bien,
y eso es suficiente para que todos te consideren el hombre más sabio de
la tierra.

»Sin necesidad de estudiar los asuntos, hablarás de ellos
indefinidamente; si alguna vez necesitas mostrar conocimientos, serán de
tercera ó cuarta mano, y sin embargo las masas te aclamarán como un
genio. En los tiempos difíciles todos te buscarán, viendo en ti la única
esperanza de la patria. «Coloquémosle á la cabeza del gobierno, ya que
habla mejor que todos», dirán las gentes.

»La humanidad se deja regir por una lógica absurda. Para gobernar una
nación, para administrar su hacienda y hasta para mandar sus ejércitos,
nadie vale lo que un buen orador, capaz de hablar a todas horas
fácilmente y sin fatiga. Cuando surja una guerra, tú dirigirás desde tu
sillón á los generales; cuando llegue el momento de negociar la paz,
confiarán esta misión á un congreso de oradores. La palabra gobernará al
mundo más aún que el sable. Habla, hijo mío, habla elocuentemente y sin
cansancio, y el mundo será tuyo.



III


Adán lloraba silenciosamente, agradeciendo las bondades del Señor.

Sus cuatro hijos acababan de recibir la dominación de la tierra entera.

Sin embargo, su esposa se mostraba inquieta. Varias veces estuvo á punto
de interrumpir al Omnipotente pronunciando una palabra, una sola, pero
calló en el último instante. ¿Cómo iba á detener la ola de
bienaventuranzas celestiales que se desplomaba sobre sus cuatro
hijos?... Pero el remordimiento oprimía su corazón maternal.

Pensaba en la caterva de pequeños encerrada en el establo, que iba á
quedar privada, por su culpa, de tan generoso reparto.

Al fin murmuró, aproximándose á Adán:

--Voy á enseñar los otros al Señor.

--Ya es tarde--objetó el marido--. Sería pedirle demasiadas cosas, y el
Señor puede enfadarse.

Precisamente, en el mismo momento el arcángel Miguel, que había venido á
visitar á los dos reprobos contra su voluntad, insistió cerca de su
divino amo para que diese por terminada la visita.

Le era insoportable este capricho del Señor, pero protestaba de él con
toda la circunspección de un ministro de la Guerra que lleva muchos
siglos acompañando á su soberano.

--Majestad, se hace tarde--insinuó suavemente--. El sol se ocultará
dentro de poco, y las noches son ahora frescas. Sería imprudente, á los
años de Su Majestad, prolongar esta visita.

Miguel parecía inquieto. Había una expresión de tristeza en los ojos de
este guerrero rubio, y algunas canas brillantes como la plata cortaban
el esplendor de su cabellera de oro.

Pensaba en Lucifer.

Lucifer había sido tan rubio, tan arrogante y tan guerrero como él.
Ahora, con el nombre de Satanás, era feo y estaba caído y pisoteado,
como todos los rebeldes que no triunfan.

Durante muchos siglos, Miguel había permitido á los pintores y los
escultores celestiales que le representasen teniendo bajo sus pies y su
poderosa lanza á Satanás, el camarada y el adversario de otros tiempos.
No había miedo de que algún habitante del reino celestial intentase una
segunda sublevación pretendiendo continuar la rebeldía de Lucifer. Eran
demasiado listos los de arriba para incurrir en error tan grosero. Pero
el arcángel se daba cuenta de que Satanás, inerte bajo sus plantas
durante tantos siglos, como si se hubiese resignado para siempre á su
derrota, empezaba á agitarse, queriendo renovar la lucha.

El ángel caído por su soberbia revolucionaria contaba indudablemente con
refuerzos extraordinarios, y como éstos no podía encontrarlos en el
cielo, Miguel temía que los buscase en la tierra, previendo una serie de
batallas de las cuales no saldría siempre vencedor.

Los papeles de la eterna tragedia iban tal vez á cambiarse. Satanás
podía resultar victorioso, irguiéndose á su vez con arrogancia sobre el
cuerpo caído de Miguel, vencedor en otros tiempos y ahora vencido.

--Majestad--insistió el guerrero--, dejemos cuanto antes á estos
importunos.

El Señor abandonó su sillón. Fuera de la granja sonaron las notas
chillonas de las trompetas de los arcángeles tocando llamada, y los
rubios soldados de la escolta divina descendieron de los árboles con tal
violencia, que no dejaron en ellos fruto ni hoja. Una nube de langosta
no lo hubiese hecho peor.

La guardia se formó en dos filas ante la puerta, presentando sus armas,
mientras el divino soberano salía lentamente, apoyado en un brazo de
Miguel.

Eva le cerró el camino.

--Majestad: un instante.

Y corrió al establo, abriendo la puerta.

--¡No he dicho toda la verdad!--gritó con una voz emocionada por el
remordimiento--. Tengo otros hijos. ¡Piedad, Señor, para estos pequeños!
¡Dadles un don cualquiera! ¡Que vuestra divina misericordia no los
olvide!

El Todopoderoso contempló á esta muchedumbre de niños con estupor y
repugnancia. Al mismo tiempo, su ministro de la Guerra fruncía las
cejas, llevando instintivamente la diestra á la empuñadura del sable.

Miguel reconoció al futuro enemigo en esta horda sucia y revoltosa. Con
estos monstruos contaba su adversario infernal para triunfar en el
porvenir. Eran sus últimas reservas, las tropas de la desesperación.
¡Qué lástima no poder aplastarlos allí mismo, antes de que llegasen á
crecer!...

--Vamonos, Señor--dijo empujando dulcemente á su soberano--. No hay que
dar nada á esta canalla. Es mejor que todos perezcan.

Y repelió á Eva con rudeza, ordenándole que no insistiese en su demanda
presuntuosa.

--No puedo hacer nada, pobre mujer--dijo el Señor excusándose--. No me
queda nada que darles. Sus cuatro hermanos se lo han llevado todo.... No
llores; no me gustan las lágrimas femeninas; yo reflexionaré y tal vez
encuentre algo para ellos.... Ya veremos más adelante.

Pero la madre no se dejó convencer por estas promesas vagas:

--¡Señor, dadles cualquier cosa, pero ahora mismo! No importa el
donativo. ¿Quién sabe cuándo volverá por aquí Su Majestad?... Me
contento con un pequeño regalo para cada uno; un empleo, una ocupación.
¿Qué va á ser, si no, de estos pobrecitos?...

El arcángel iba á ordenar que una escuadra de la escolta celeste
apartase á viva fuerza á esta mujer tenaz, cuando el Omnipotente
encontró una solución gracias á su sabiduría infinita.

También él deseaba perder de vista cuanto antes la granja y su
chiquillería repugnante.

El Señor se acarició su larga barba de plata y dijo á Eva:

--No llores, mujer; ya les he encontrado una ocupación, y no será
ligera. Todos estos trabajarán para mantener á sus cuatro hermanos,
sirviéndoles eternamente.

Hubo una larga pausa, y el tío Correa terminó así:

--Vosotros y yo, y todos los que pasamos la vida encorvados sobre la
tierra para sostener nuestra miserable existencia, somos los
descendientes de aquellos infelices que nuestra primera madre encerró en
el establo.

Los segadores quedaron en un prolongado y reflexivo silencio. Pero de
pronto, una voz surgió de la penumbra:

--¿Y las mujeres?... ¿Qué hace usted de las mujeres?

El tío Correa, sorprendido y perplejo, paseó una mirada por el corro de
oyentes, preguntando:

--¿Qué mujeres son esas? ¿Qué tienen que ver las mujeres con esta
historia?

El segador medio oculto en la obscuridad, añadió:

--Eva, seguramente, tendría alguna vez hijas, pues de no ser así, no
existirían mujeres actualmente, y las hay en todas partes...tal vez
demasiadas; ¿no es esto, tío Correa?... Lo que yo pregunto es cuál fué
la suerte de las hijas de Eva. ¿Nuestra primera madre presentó algunas
al Señor, para que también les hiciera un regalo, ó las encerró á todas
en el establo en compañía de nuestros pobres abuelos?

Un murmullo de curiosidad se elevó del corro, semejante al que surge de
una reunión electoral cuando el discurso del candidato queda cortado por
una objeción imprevista.

Todos los ojos se volvieron hacia el viejo, que se rascaba la cabeza,
mirando al suelo con una expresión de inquietud y de duda.

De pronto sonrió, triunfante.

--Bien se ve--dijo con una voz dulzona--que el que ha hecho esa pregunta
es joven y sin experiencia. Eva era mujer y conocía demasiado bien las
necesidades de las mujeres para perder el tiempo en peticiones
inútiles. Dios, con ser Dios y disponer de todo lo existente, no puede
dar nada á las mujeres después que han nacido.

Hizo una larga pausa para gozar del silencio con que la curiosidad y el
interés acogían sus palabras.

--Antes de que ellas nazcan--continuó--, Dios puede darles la belleza y
la gracia á manos llenas, y hasta algunas veces les da la discreción y
el talento. Pero después que están en el mundo, su única esperanza es el
hombre. Todo lo que son y lo que tienen lo deben al hombre. Para ellas
es el trabajo de los pobres, el poder de los que gobiernan, las hazañas
de los soldados, el dinero de los millonarios. Ellas son las que tuercen
con más facilidad la dureza de la justicia.... No; las mujeres no tienen
nada que pedir á Dios, pues todo lo reciben de los hombres.... Y los
hombres, cuando trabajan por la gloria, por la ambición ó por amor al
dinero, no hacen en el fondo mas que trabajar por ellas y para ellas.



LA CIGARRA Y LA HORMIGA


Reverbera en las blancas fachadas el sol de las primeras horas de la
tarde. Procuramos, en nuestros paseos por la plaza de un pequeño pueblo
valenciano, no salirnos de las islas de sombra que trazan los plátanos
sobre la tierra rojiza y ardiente.

Silencio de sueño, calma profunda de siesta veraniega. Los únicos que
vivimos en este ambiente exuberante de luz somos mi amigo y yo, que
conversamos bajo los árboles de la plaza, los niños que ganguean á
gritos sus lecciones en la escuela próxima, siguiendo el venerable
método morisco, y los enjambres de insectos que aletean, zumban y trepan
en torno de los plátanos.

Calla de pronto el coro escolar, y por las ventanas abiertas llega hasta
nosotros la voz de un niño, el más aplicado tal vez, que recita una
fábula: _La cigarra y la hormiga_.

Como el griterío de una muchedumbre alborotada que contesta á
ultrajantes alusiones, suena el _chín-chín_ de numerosas cigarras
moviendo sus cimbalillos entre las cortinas del follaje.

Mi amigo el naturalista se indigna mientras la voz infantil va
desarrollando la acción de la conocida fábula, la cigarra imprevisora y
alegre que canta sin pensar en el porvenir, y cuando llega el invierno,
transida de frío y vacilante de hambre, va en busca de la hormiga para
implorar un préstamo. El animal ordenado y económico, que tiene en torno
los sacos llenos de cosecha y se prepara á invernar en opípara
abundancia, no quiere oír la súplica de la bohemia y añade á su negativa
la burla cruel: «¿No has pasado cantando el verano mientras yo
trabajaba? Pues bien; ahora, baila.»

--Me irrita esta fábula--dice el naturalista--. Es una historia inmoral,
que enseña á los hombres desde su infancia el respeto á la avaricia y á
la crueldad, el culto del egoísmo, la burla soez contra los idealistas,
que piensan en algo más que la satisfacción de los apetitos materiales.
Todo es mentira en este relato inventado hace miles de años. La
imprevisora y loca cigarra de la fábula es un ser laborioso y dulce,
explotado hasta la muerte. En cuanto á la hormiga, modelo de economía
doméstica que los padres ofrecen á los hijos, es una bestia rapaz que
desde el mundo de la pequeña animalidad influye fatalmente sobre los
hombres. Nuestro planeta sufre guerras y se cubre de sangre cada vez que
á un Imperio se le ocurre organizarse como un hormiguero, imitando su
férrea disciplina, su método para la acción, su soberbia, que tiende á
engañar y esclavizar todo cuanto le rodea....

       *       *       *       *       *

--Esa fábula es una calumnia--continúa mi amigo--. Los caracteres de sus
protagonistas aparecen en ella escandalosamente invertidos. La hormiga
es en realidad un ladrón y la pobre cigarra una víctima.

Al poeta La Fontaine (imitado después por el fabulista español) debemos
el triunfo de este embuste, que, confiado á la memoria de los niños,
resulta inmortal. Supo describir con exactitud el carácter del lobo, del
zorro, del gato y otros animales protagonistas de sus historias. Los
había visto de cerca, eran de su país. En todas las latitudes del mundo
hablan las gentes de la cigarra á causa de la fábula, y sin embargo, son
muy pocos los que han visto cigarras. Este animal sólo existe en la
región asoleada del olivo, y París, donde vivió La Fontaine, no tiene
olivos.

Es indudable que tomó esta historia de los griegos. Los niños de la
Atenas de Pericles, al ir á la escuela con su capacito de esparto lleno
de higos secos y de olivas, se contaban el cuento de la cigarra
imprevisora que tuvo que pedir un préstamo á la hormiga. Lo habían oído
á sus nodrizas y á sus madres cada vez que éstas les recomendaban la
necesidad de ser sobrios y ahorradores. De aquí data el error,
verdaderamente incomprensible en un país como Grecia que tiene cigarras.
La fábula, como casi todas las fábulas, procede del pueblo indostánico,
gran contemplador de la Naturaleza. Los poetas del Ganges, que conocían
exactamente la vida de las bestias, debieron poner la hormiga frente á
otro animal. Los griegos lo sustituyeron con la cigarra (monótono cantor
que metían en jaulas para que meciese sus siestas), y así ha llegado el
relato hasta nosotros, falso é indestructible, como muchas leyendas
gloriosas de la humanidad; viejo y respetable, como el egoísmo de los
hombres, ó lo que es lo mismo, como la historia del mundo.

El sabio Fabre, poeta de los insectos, fué el primero que, en nuestra
época, escuchando á la cigarra en sus tierras de Provenza, se le ocurrió
rectificar con observaciones directas la exactitud de la fábula. Y
quedó al descubierto la gran mentira que ha servido de ejemplo moral á
los hombres y aún continuará sirviendo, pues la humanidad no deshace
camino, ni modifica fácilmente sus ideas elementales.

Fíjese, amigo mío: la cigarra no puede implorar un préstamo para vivir
en invierno, por la simple razón de que sólo vive unas semanas y muere
en el verano. La cigarra no pedirá nunca una limosna á la hormiga
(aunque ésta fuese capaz de concedérsela), porque los granos de trigo y
los cadáveres de moscas y gusanos que guarda el negro pirata en los
almacenes de su imperio subterráneo de nada pueden servirle. La cigarra
no come, chupa. Esta bestia dulce y pacífica carece de mandíbulas y de
boca. Su herramienta para la nutrición es una lanza perforada, una
trompa sutil, con la que agujerea la corteza de las ramas. Su estómago
delicado no puede resistir los cereales y los cadáveres que alimentan á
la hormiga, bestia feroz de quijadas triturantes y patas cortadoras.
Música del sol, habitante de las alturas, poeta del follaje, se nutre
únicamente con el vino de la Naturaleza, con la savia que circula por
las arterias de los árboles. La cigarra no ha ido nunca en la realidad
al encuentro de la hormiga. La ignora ó huye de ella como de un enano
grosero y maléfico. Es la hormiga la que la busca y la acecha para
aprovecharse de su trabajo.

Ya ve cuán lejos estamos de la fábula ofensiva para la moral y la
verdad, y cómo se transforman radicalmente los caracteres de sus
protagonistas.

Cuando la primavera empieza á caldear el suelo, se animan las larvas que
depositaron las cigarras muertas en el año anterior. Surgen de las
entrañas de la tierra por un pozo circular que abren trabajosamente; se
izan á la primera brizna de hierba que encuentran, desgarran su dorso
repeliendo una envoltura seca como pergamino, y aparecen de un color
verde tierno que rápidamente se obscurece. Luego trepan á los árboles,
animando el silencio rumoroso de la Naturaleza con su música incansable.
En las horas de sol, la luz las embriaga con una borrachera ruidosa y
agitan locamente sus címbalos, como los devotos del cortejo de
Dionisios. Cuando todo el pueblo de los insectos desfallece de sed,
ellas son las únicas que viven en una abundancia regalada.

Adivino desde aquí lo que ocurre sobre nuestras cabezas, á pocos pasos
de nosotros, entre esas ramas de las que salen zumbidos y aleteos.
Moscas, abejas de todas clases, y sobre todo hormigas, muchas hormigas,
van errando por las ramas en busca de una fuente. Las flores tienen la
corola agostada por el calor, las hojas duermen contraídas bajo el sol,
la vegetación, marchita, espera el beso fresco del anochecer para
reanimarse, recobrando su vital expansión. Y mientras la muchedumbre
alada ó rampante corre sedienta de un lado á otro, la cigarra se ríe de
esta escasez. Con su rostro, que es sutil, duro y perforante como una
barrena, taladra uno de los innumerables toneles de sus bodegas
inagotables. Sin interrumpir su canto, ha abierto un agujero profundo en
la corteza de una rama hinchada por el calor, llegando hasta la
corriente de savia que circula madura por el sol, como un vino de
generoso fermento. Conservando el tubo de succión hundido en este pozo,
bebe y bebe con sensual inmovilidad, entregada por entero á los encantos
del jarabe y de la estrofa. Es un Anacreonte del follaje, un poeta que
declama á gritos con la copa entre los labios y los ojos en el cielo.

Pero los sedientos la acechan; los parásitos acuden para explotar su
desinterés. Un rezumamiento de líquido azucarado en los bordes del
brocal denuncia los placeres divinos de su recogimiento. Los importunos
alados zumban pedigüeños en torno de la cigarra, interrumpiendo su
musical embriaguez; pero los más temibles de estos intrusos son las
hormigas, bestias de un egoísmo desvergonzado y arrollador. Las más
pequeñas se deslizan por debajo del vientre de la cantora, que,
bonachona y tolerante, levanta las patas traseras para no estorbar su
camino. Las grandes se estremecen de cólera, beben en los raudales que
se escapan del pozo, se alejan para dar un paseo inútil por las ramas y
regresan, cada vez más inquietas y agresivas. Al fin, atacan á la dueña
de la fuente, pretendiendo expulsarla para aprovecharse de su trabajo.
Muerden al músico en el extremo de sus patas, le tiran de las alas,
montan sobre su dorso para pellizcarle las antenas. Algunos bandidos más
audaces se apoderan de su trompa de succión é intentan extraerla del
pozo....

Interrumpo al naturalista. Veo de pronto á los genios despreciados por
las muchedumbres que luego se apropiaron su gloria con un orgullo
nacional; veo á todos los artistas que abren fuentes de idealismo para
la turba grosera, é inmediatamente quedan expulsados de las márgenes de
su obra; veo á los poetas de la acción que derriban muros tradicionales,
y nunca son los primeros que entran por la brecha, pues los sobrepasan
los hábiles que se ocultaban á sus espaldas, prontos á aprovecharse del
esfuerzo.

--¡Lo mismo que en la vida humana!--exclamo con asombro--. ¡Igual que
entre los hombres!

--Sí; igual que entre los hombres--contesta el naturalista, y continúa
su relato.

La cigarra es un elefante comparada con la hormiga, un monstruo
antidiluviano que podría aplastarla desplomándose sobre ella. Pero no
tiene mandíbulas ni es carnicera. Alimentada con néctares florales, su
humor es bondadoso y tolerante, como el de los filósofos que han llegado
á penetrar el secreto de los seres y las cosas. Además, ¡es tan numerosa
la muchedumbre de los enanos egoístas y rapaces!

Al fin, el gigante, cansado de tantas molestias, abandona el pozo, pero
antes de alejarse levanta una pata con soberano desprecio y lanza un
chorro de orina sobre la masa laboriosa.

--La venganza de los poetas--interrumpo yo, sonriendo.

--Sí, la venganza de los poetas. Pero ¿qué importa ese desahogo del
bohemio cantor á la hormiga honrada, económica y amiga del orden? Ya ha
logrado su objeto; ya se ha hecho dueña del trabajo ajeno. Lo malo es
que el pozo se agota en su poder. Como carece de la bomba que atrae á la
dulce savia, sólo puede aprovechar el líquido que existía en el fondo en
el momento de la conquista. Absorbe hasta la última gota, y cuando la
fuente queda seca, marcha en escuadrón á la descubierta de la cigarra,
que ha abierto un segundo manantial, y le roba igualmente el fruto de su
trabajo.

¡Pobre cigarra! ¡Infeliz artista del mundo de las hojas, calumniada en
el mundo superior de los hombres!... Como no almacena, es una bohemia
indigna de respeto; como se alimenta de miel y canta á todas horas, no
trabaja seriamente; como carece de mandíbulas y abandona el sitio á los
que se deslizan á traición por debajo de su vientre, los usureros
subterráneos, las bestias de patas ganchudas que engordan con los
muertos, tienen derecho á robarle su obra.

La hormiga, avara y sin entrañas, la explota y la gobierna á pesar de
su pequeñez, lo mismo que en el mundo de la criminalidad vertical, los
hombrea del «cofre-fuerte», de la mano imantada que atrae á los céntimos
y del paño duro que exprime, dominan á las grandes masas.

Hasta en su muerte se ve explotada la cigarra por el triunfante
parásito. Los restos del Orfeo del ramaje se disuelven en el estómago
del negro burgués subterráneo.

Después de una vida de cinco ó seis semanas, que le parece larguísima,
la cantora cae de lo alto del árbol, extenuada por tanta música, tanta
poesía, tanta embriaguez ruidosa. El sol seca su cadáver y los
transeúntes lo aplastan con sus pies.

Las hormigas salen formando batallones de sus obscuros cuarteles, donde
viven sometidas á una disciplina á la prusiana, obedeciendo á su
emperador, como un pueblo laborioso, culto y metódico.

Van á saquear para enriquecerse; van á invadir otros hormigueros con el
propósito de esclavizar á sus habitantes y que trabajen para los
conquistadores. La razón de Estado guía sus correrías. ¡Por algo la
fábula presenta á estas bestias como modelos de orden y buenas
costumbres!

En su avance triunfal, la vanguardia del ejército encuentra á la caída
cigarra, y los que vivieron de su trabajo vuelven á vivir de su muerte.
Las patas y mandíbulas despedazan la rica pieza, la disecan, la
tijeretean, la parten en migajas para almacenarla en el depósito de
provisiones.

Muchas veces el poeta aún está en la agonía y sus alas baten el polvo
con los últimos temblores. No importa. Su cuerpo se ennegrece cubierto
por el tropel de enemigos. Lo despedazan en vida, tiran de sus
miembros, lo descuartizan con un sabio método de caníbales científicos.

Y esta es, amigo mío, no la fábula, sino la verdadera historia de _La
cigarra y la hormiga_.

--¡Lo mismo que entre los hombres!--exclamo yo.

--Lo mismo que entre los hombres--repite el naturalista.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El préstamo de la difunta" ***

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