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Title: Manfredo - Drama en tres actos
Author: Byron, George Gordon Byron, Baron, 1788-1824
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Manfredo - Drama en tres actos" ***

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available by gallica (Biblioth que nationale de France) at
http://gallica.bnf.fr.



MANFREDO, DRAMA EN TRES ACTOS,

              Por Lord Byron.

TRADUCCION CASTELLANA.



En el cielo y en la tierra
  hay mil cosas que vuestros
  filosofos tampoco dudan.

              HORACIO.


Paris, Librería Americana, 1830.



PERSONAS.



UN CAZADOR DE GAMUZAS.

EL ABAD DE SAN MAURICIO.

MANUEL.

HERMAN.

LA ENCANTADORA DE LOS ALPES.

ARIMAN.

NEMESIS.

LOS DESTINOS.

ESPIRITUS.



      La escena se representa en medio de los Alpes, unas
      veces en el castillo de Manfredo y otras en
      las montañas.



MANFREDO,

Drama en tres actos.



ACTO I, ESCENA PRIMERA.

      [Manfredo está solo en la galería de un antiguo
      castillo. Es media noche.]



MANFREDO.

Mi lámpara va á apagarse; por
mas que quiera reanimar su luz
moribunda; no podrá durar tanto
tiempo como mi desvelo. Si parece
que duermo, no es el sueño el que
embarga mis sentidos y sí el descaecimiento
que me causan una multitud
de pensamientos que afligen
mi alma y á los cuales no me es posible
resistir. Mi corazon está siempre
desvelado y mis ojos no se cierran
sino para dirigir sus miradas
dentro de mí mismo; sin embargo
estoy vivo, y segun mi forma y mi
aspecto, me parezco á los otros hombres.

¡Ah! ¡el dolor deberia ser la escuela
del sabio! Las penas son una
ciencia, y los mas sabios son los
que mas deben gemir sobre la fatal
verdad. El árbol de la ciencia no
es el árbol de la vida.

Filosofía, conocimientos humanos,
secretos maravillosos, sabiduría
mundana, todo lo he ensayado
y mi espíritu puede abrazarlo todo,
todo puedo someterlo á mi genio:
¡inútiles estudios! He sido generoso
y bienhechor, he encontrado la
virtud aun entre los hombres ...
¡vana satisfaccion! He tenido enemigos;
ninguno ha podido dañarme
y varios han caido delante de mí:
¡inútiles triunfos! El bien, el mal,
la vida, el poder, las pasiones, todo
lo que veo en los demas ha sido para
mí como la lluvia sobre la árida
arena. Despues de aquella hora
maldita... No conozco el terror, estoy
condenado á no esperimentar
nunca el temor natural, ni los latidos
de un corazon que hacen palpitar
el deseo, la esperanza ó el amor
de alguna cosa terrestre... Pongamos
en práctica mis operaciones mágicas.

Seres misteriosos, espíritus del
vasto universo, o vosotros á quienes
he buscado en las tinieblas y en las
regiones de la luz; vosotros que volais
al rededor del globo y que habitais
en las esencias mas sutiles;
vosotros á quien las cimas inaccesibles
de los montes, las profundidades
de la tierra y del Océano sirven
muchas veces de retiro... Yo
os llamo en nombre del encanto
que me da el derecho de mandaros;
¡despertaos y apareced!

      [Un momento de silencio.]


¡No vienen todavía! ¡bien! por
la voz de aquel que es el primero
entre vosotros; por la señal que os
hace temblar á todos; en nombre
de aquel que no muere nunca ...
despertaos y apareced....

      [Un momento de silencio.]


Si es asi... Espíritus de la tierra y
del aire no eludireis seguramente
mis órdenes. Por medio de un poder
superior á todos los que acabo de
servirme, por un hechizo irresistible
nacido en un astro maldito,
resto ardiente de un mundo que ya
no existe, infierno errante en medio
del eterno espacio; por la terrible
maldicion que pesa sobre mi alma,
por el pensamiento que tengo y que
está á mi rededor, os requiero la
obediencia: pareced.

      [Aparece una estrella en el fondo oscuro de la galeria;
      es una estrella inmóvil, y una voz canta las palabras
      siguientes:]



PRIMER ESPIRITU.

Mortal, dócil á tus órdenes,
vengo de mi palacio situado sobre
las nubes, formado de los vapores
del crepúsculo y que colorea de
púrpura y de azul el disco del sol
poniente. Aunque me esté privado
el obedecerte, vuelo hácia tí sobre
el rayo de una estrella; he oido tus
conjuros. Mortal, ¡que tus deseos
se cumplan!


LA VOZ DEL SEGUNDO ESPÍIRITU.

El Monte-Blanco es el monarca
de las montañas; está coronado
desde muchos siglos con una diadema
de nieve sobre su trono de
rocas. Está revestido con un manto
de nubes: los bosques forman su
ceñidor, tiene un avalange en sus
manos como un rayo amenazador;
pero espera mis órdenes para dejarlo
caer en el valle. La masa fria é inmóvil
del hielo se va derritiendo
todos los dias, pero soy yo quien le
dice que precipite su marcha ó que
detenga sus témpanos. Yo soy el espíritu
de estas montañas, podria
hacerlas estremecer hasta sus cimientos
cavernosos... ¿Qué es lo que
quieres?


TERCER ESPÍRITU.

En las profundidades azuladas de
los mares, en donde no hay nada
que agite las olas, en donde nunca
ha soplado el viento, en los parages
que habita la serpiente marina, y
en donde la sirena adorna con conchas
su verde cabellera, la voz de
tu invocacion ha resonado como la
tempestad sobre la superficie de las
aguas, el eco la ha repetido en mi
pacífico palacio de coral. Declara tus
deseos al espíritu del Océano.


CUARTO ESPÍRITU.

En los parages en donde duerme
el terremoto sobre una cama de
fuego, en los parages en donde hierven
los lagos de betun, en las concavidades
subterráneas que reciben
las raices de estas cordilleras cuyas
cumbres ambiciosas se pierden en
las nubes, he oido los acentos mágicos,
y subyugado por su poder, he
dejado los lugares en que he nacido
para ponerme cerca de tí. Ordena,
yo obedeceré.


QUINTO ESPÍRITU.

Yo soy quien vuela sobre el aquilon
y el que prepara las tormentas.
La tempestad que he dejado detras
de mí está todavía ardiendo con los
fuegos de los truenos y de los relámpagos.
Para llegar mas pronto
en donde tú te hallas ha atravesado
la tierra y los mares en un huracan.
Un céfiro favorable hinchaba las velas
de una flota que encontré, pero
estará sepultada en las olas antes
que aparezca la aurora.


SESTO ESPíRITU.

Mi morada es constantemente la
oscuridad de la noche. ¿Porqué tus
conjuros me fuerzan á ver la odiosa
claridad?


SÉPTIMO ESPÍRITU.

El astro que preside á tu destino
estaba dirigido por mí desde antes
que la tierra fuese creada. Nunca
habia girado un planeta mas hermoso
al rededor del sol: su curso
era libre y regular, ningun astro
mas benéfico existia en el espacio.
La hora fatal llegó: este astro se
convirtió en una masa de fuego, en
un cometa vago que amenazó al universo
girando siempre por su propia
fuerza, sin esfera y sin curso; horror
brillante de las regiones étereas,
monstruo disforme entre las constelaciones
del cielo. En cuanto á tí,
nacido bajo su influencia; tú, gusano
á quien yo obedezco y que
desprecio, cediendo á un poder que
no te pertenece, y que no te ha sido
prestado sino para someterte algun
dia al mio, vengo por un momento
á reunirme á los espíritus débiles
que doblan aquí su rodilla; vengo
á hablar á un ser tal como tú. ¿Qué
me quieres pues, criatura de barro?
¿qué me quieres?


LOS SIETE ESPÍRITUS.

La tierra, el Océano, el aire, la
noche, las montañas, los vientos y
el astro de tu destino están á tus
órdenes. Hombre mortal, sus espíritus
esperan tus deseos. ¿Qué quieres
de nosotros, hijo de los hombres?
¿qué quieres?


MANFREDO.

El olvido.


EL PRIMER ESPÍRITU.

¿El olvido de qué?


MANFREDO.

De lo que está dentro de mi corazon.
Leedlo, vos lo sabeis bien y
yo no puedo esplicarlo.


EL ESPÍRITU.

Nosotros no podemos darte sino
lo que poseemos. Pídenos vasallos,
una corona, el trono del mundo ó
de uno de sus imperios; pídenos una
señal con la cual gobernarás á los
elementos que nos obedecen; habla,
tú puedes obtenerlo todo.


MANFREDO.

El olvido; ¡el olvido de mí mismo!
¿No podreis encontrar lo que
pido en las regiones secretas que me
ofreceis tan liberalmente?


EL ESPÍRITU.

Esto no existe en nuestra esencia,
ni en nuestra sabiduría; pero ... tú
puedes morir.


MANFREDO.

¿La muerte me lo concederá?


EL ESPÍRITU.

Nosotros somos inmortales, y no
olvidamos nada, somos eternos, y
para nosotros lo pasado y lo venidero
son como lo presente: ved
nuestra respuesta.


MANFREDO.

Esto es burlarse de mí; pero el poder
que os ha conducido á mi presencia
os ha puesto bajo mi disposicion.
Esclavos, no hay que hacer mofa de
las voluntades de vuestro señor. El
alma, el espíritu, la chispa celeste,
la luz de mi ser, tiene la misma brillantez
y la misma penetracion que
las vuestras, y no cederá jamas
aunque se halle encerrada en una
prision de barro. Respondedme, ó
sino sabreis quien soy.


EL ESPÍRITU.

Nosotros repetiremos las mismas
palabras; lo que acabas de decir
puede ser tambien nuestra respuesta.


MANFREDO.

Esplicaos.


EL ESPÍRITU.

Si como tú dices, tu esencia es
semejante á la nuestra, te hemos
respondido, diciendo que lo que
los hombres llaman la muerte no
tiene ningun poder sobre nosotros.


MANFREDO.

Será pues en vano que os haya
invocado en vuestras moradas; vosotros
no quereis ó no podeis socorrerme.


EL ESPÍRITU.

Habla, te ofrecemos todo lo que
poseemos: piensa bien en ello antes
de despedirnos y pide. ¿Quieres un
reino, el poder sobre los hombres,
la fuerza, una larga serie de dias?


MANFREDO.

¡Malditos seais! ¿qué sacaré de
una larga vida? la mia ya ha durado
demasiado; desapareced.


EL ESPÍRITU.

Todavía un momento; mientras
que estamos aquí quisieramos serte
útiles. Piensa bien en esto; ¿no hay
algun otro don que pudieramos hallar
digno de serte ofrecido?


MANFREDO.

Ninguno: esperad sin embargo...
Un momento antes de separarnos,
quisiera veros cara á cara. Oigo
vuestras voces, cuya dulzura melancólica
se asemeja á las armonías
melodiosas en medio de un lago
cristalino; veo la inmóvil claridad
de una grande estrella, pero nada
mas. Pareced á mi presencia tales
como sois, uno despues de otro ó
todos juntos, pero en vuestra forma
acostumbrada.


EL ESPÍRITU.

Nosotros no tenemos otra forma
que la de los elementos de los que
somos el alma y el principio; pero
desígnanos la forma que quieras,
y será la que adoptaremos.


MANFREDO.

Poco importa la forma; no hay
ninguna sobre la tierra que sea hermosa
ó hedionda para mí: que aquel
que entre vosotros esté dotado de
mas poder, tome el aspecto que le
convenga. Yo lo espero.

      [El séptimo Espíritu aparece bajo la figura de una
      hermosa muger.]


EL SÉPTIMO ESPÍRITU.

Miradme.


MANFREDO.

¡O cielo! ¿será esto una ilusion?
si tú no fueses un sueño ó una imágen
engañosa ¡aun podria considerarme
dichoso! te estrecharia entre
mis brazos y aun podriamos... (_la
muger desaparece_). Mi corazon se
halla destrozado.

      [Manfredo cae desmayado, y una voz hace oir el canto que
      sigue.]

Cuando la luna brillará en las
regiones aéreas, el gusano fosfórico
en los céspedes, el metéoro al rededor
de las sepulturas y una llama
rojiza sobre las lagunas; cuando
aparecerá el relámpago repentino de
las estrellas que caigan, cuando los
buhos harán oir sus tristes conciertos
y las hojas permanecerán inmóviles
y silenciosas en el bosque que
cubre la colina, mi alma pesará
sobre la tuya con fuerza y de una
manera terrible.

Por profundo que sea tu sueño
tu espíritu no dormirá; hay algunas
sombras que nunca se desvanecerán
para tí, y algunos pensamientos que
nunca podras desterrar de tu corazon.
Por un poder que te es desconocido,
no podrás nunca estar solo:
este encanto secreto te envuelve como
una mortaja, y es como una
nube que te servirá de prision.

Aunque tú no me veas pasar por
tu lado, tus ojos me reconocerán
como un objeto que no debe estar
lejos, y que estaba cerca de tí habia
muy poco. Cuando en este terror
secreto volverás la cabeza, quedarás
sorprendido de no verme con tu
sombra sobre la tierra, y estarás
obligado á disimular el poder cuyos
efectos esperimentarás.

Las palabras mágicas pronunciadas
sobre tu cabeza han atraido allí
una maldicion terrible, y uno de
los espíritus aéreos te ha hecho caer
en el lazo: en el soplido del viento
habrá una voz que te privará el
alegrarte; la noche te negará el silencio
de las sombras, y no podrás
ver brillar el sol sin desear al momento
el es del dia.

Yo he separado de tus lágrimas
pérfidas la esencia de un veneno
mortal, he escogido la sangre mas
negra de tu corazon, he arrancado
á tu sonrisa la serpiente que se
mantenia escondida en las arrugas
de tu rostro, he tomado el hechizo
que hacia tus labios tan peligrosos,
he comparado todas estas ponzoñas
á los venenos mas sutiles; los tuyos
son aun mas temibles.

Por tu corazon de hierro y tu
sonrisa de víbora, por tus ardides
fatales, por tus miradas engañosas,
por tu alma hipócrita, por tus artificios
seductores y tu falsa sensibilidad,
por el placer que encuentras
en el dolor de los otros, por la fraternidad
con Cain, vengo á condenarte
á que seas tú mismo tu infierno.

Derramo sobre tu cabeza el licor
mágico que te destina á los tormentos
que te preparo, el sueño y la
muerte estarán sordos á tus deseos y
á tus súplicas; veras la muerte á
tu lado para desearla y temerla.
Pero ya tu decreto se cumple, y
una cadena invisible te rodea con
sus eslabones; mis palabras mágicas
producen su efecto: tu cabeza se
turba y tu corazon está próximo á
marchitarse.



ESCENA II.

      [El teatro representa el monte Jungfro; el dia da
      principio. Manfredo está solo entre las rocas.]


MANFREDO.

Los espíritus que habia invocado
me abandonan, las ciencias mágicas
que habia estudiado me son inútiles.
Busco un remedio á mis males
y no he hecho sino agriarlos: ceso
de contar con el socorro de los espíritus;
lo pasado no es de su resorte,
y el porvenir ... hasta tanto que
tambien esté sepultado en la noche
de los tiempos, me causa muy poca
inquietud. ¡O tierra en donde he
nacido! aurora radiante, y vosotras
altas montañas ¿ porqué sois tan hermosas?
Yo no puedo amaros. Y tú,
antorcha brillante del universo, que
estiendes tu luz sobre toda la naturaleza,
y la haces temblar de gozo,
tú no puedes lucir en mi helado corazon.
Desde esta cima escarpada
veo las orillas del torrente, los pinos
magestuosos que la distancia
los hace semejantes á los humildes
arbustos; y cuando un solo movimiento
bastaria para hacer pedazos
mi cuerpo sobre esta cama de rocas,
y para fijarlo en un eterno descanso,
¿por qué razon estoy dudoso?

Siento el deseo de precipitarme
al pie de la montaña y no me atrevo
á ejecutarlo, veo el peligro y no
pienso en huirle. Un vértigo se ha
apoderado de mi vista, y sin embargo
mis pies se mantienen inmóviles
y firmes. Un poder secreto me
detiene y me condena á vivir á pesar
mio, si es vivir el llevar un desierto
árido en mi corazon, y el ser
yo mismo el sepulcro de mi alma,
supuesto que no trato de justicar
mis crímenes á mis propios ojos:
esta es la última desgracia de los
malos.

      [Un águila pasa sobre Manfredo.]

¡O tú, reina de los aires, cuyo
rápido vuelo te remonta hácia los cielos,
que no te dignes caer sobre mí,
para hacer presa de mi cadáver, y
alimentar con él á tus hijuelos! Ya
has atravesado el espacio en que podian
seguirte mis ojos; y los tuyos
pueden todavía descubrir todos los
objetos que estan sobre la tierra y
en el aire... ¡Ah! ¡cuántos objetos
dignos de admiracion ofrece este
mundo visible! ¡cuán grande es en
sus causas y en sus efectos! pero nosotros
que nos llamamos sus señores,
nosotros, criaturas de barro y
semidioses al mismo tiempo, incapaces
de poder caer á un rango mas
inferior, y tambien de elevarnos,
escitamos una guerra continua entre
los elementos diversos de nuestra
doble esencia, respirando á un mismo
tiempo la bajeza y el orgullo,
estamos indecisos entre nuestras miserables
necesidades y nuestros deseos
soberbios, hasta el dia en que
la muerte triunfa y en que el hombre
viene á ser ... lo que no se atreve
á confesar á sí mismo, ni á sus semejantes.

      [Un pastor toca la flauta en un parage lejano.]

¡Qué dulce melodía es el sonido
natural de la zampoña campestre!
porque, en estos parages, la vida
patriarcal no es ciertamente una fábula
de la edad de oro; el aire de la
libertad no resuena aquí sino en las
armonías de la flauta pastoral, y en
el ruido sonoro de los cencerros del
ganado que retoza en las colinas.
¡Mi alma está hechizada con semejantes
ecos!... ¡Qué no sea yo el invisible
espíritu de un sonido melodioso,
de una voz viva, de una
armonía animada, qne nace y muere
con el soplo que la produce!

      [Llega un cazador de gamuzas que viene del pie de la
      montaña.]


EL CAZADOR.

La gamuza ha salvado las rocas,
y sus pies ágiles la han llevado lejos
de mí; apenas mi caza me habrá proporcionado
en el dia con que hacerme
olvidar mis correrías peligrosas...
¿Pero qué veo? ¿Quién es
este hombre que parece que no es
ninguno de nuestros cazadores, y
que no obstante ha sabido recorrer
estas alturas escarpadas que nuestros
compañeros los mas ejercitados son
los únicos que pueden practicarlo?
Sus vestidos anuncian la riqueza;
su aspecto es varonil, y sus ojos son
tan arrogantes como los de un labrador
que sabe que ha nacido libre.
Acerquémonos á él.


MANFREDO.

      [Sin haber visto al cazador.]

¡Es indispensable el verse encanecer
por las penas; semejante á los
pinos disecados, restos de los destrozos
de un solo invierno, despojados
de su corteza y de sus verdes
hojas! ¡Es necesario conservar una
vida que no sustenta en mí sino el
sentimiento de mi ruina! ¡es preciso
recordarme siempre de los tiempos
mas dichosos! ¡Tengo mi rostro
lleno de arrugas, no por los años,
pero sí por las horas y los momentos
mas largos que los siglos! ¡y todavía
puedo vivir! ¡Cumbres coronadas
del hielo, avalanges que un soplo
puede separar de las montañas,
venid á confundirme! He oido muchas
veces rodar en los valles vuestras
masas destructoras, pero vosotros
no aniquilais sino los seres que
todavía quisieran vivir, las tiernas
plantas de un nuevo bosque, la cabaña
ó la choza del inocente labrador.


EL CAZADOR.

La niebla empieza á levantarse en
el centro del valle, voy á advertirle
que se baje, se arriesgaria á perder
á un mismo tiempo el camino y la
vida.


MANFREDO.

Los vapores se amontonan al rededor
de los hielos, las nubes se
forman en copos blanquecinos y sulfúreos,
semejantes á la espuma que
salta por encima de los abismos infernales,
en donde cada ola burmugeante
va á romperse en la costa en
donde estan reunidos los condenados
como las piedras en la de la mar.
Un vértigo se apodera de mí.


EL CAZADOR

Acerquémonos con precaucion
por temor de no sobrecogerle: parece
que ya titubea.


MANFREDO.

Las montañas se han abierto un
camino al traves de las nubes, y con
su choque han hecho temblar toda
la cordillera de los Alpes, cubriendo
de escombros los verdes valles, deteniendo
el curso de los rios por
su caida repentina, reduciendo sus
aguas en turbillones de vapores y
forzando al manantial á que se forme
una nueva madre. Asi cayó en otros
tiempos el monte Rosemberg minado
por los años. ¡Qué no hubiese caido
sobre mí!


EL CAZADOR.

¡Amigo tened cuidado! el dar
otro paso pudiera seros fatal. Por el
amor del Criador, no permanezcais
á la orilla de este precipicio.

      [Manfredo continua sin oirle.]


MANFREDO.

¡Hubiera sido un sepulcro digno
de Manfredo! mis huesos habrian
descansado en paz bajo un monumento
semejante, no hubieran quedado
sembrados sobre las rocas, viles
juguetes de los vientos, como
van á serlo, después que me haya
precipitado... ¡A Dios bóvedas celestes;
que vuestras miradas no me
reprendan mi accion, vosotras no
estais hechas para mí! ¡Tierra, yo
te restituyo tus átomos!

      [Cuando Manfredo va á precipitarse, el cazador le coge y
      le detiene.]


EL CAZADOR.

¡Detente! insensato: aunque te
halles fatigado de la vida, no manches
nuestros pacíficos valles con tu
sangre culpable. Ven conmigo, yo
no te dejaré.


MANFREDO.

Tengo el corazon desolado...
Vaya, no me detengas mas... Me
siento desfallecer... Las montañas
dan vueltas delante de mí como si
fuesen turbillones. Yo ceso de vivir...
¿Quién eres?


EL CAZADOR.

Yo responderé despues, ven conmigo.
Las nubes se apaciguan.
Apóyate sobre mi brazo y pon aquí
tu pie... Toma este baston y ostente
un momento en este arbolito
dame la mano y no abandones mi
cinto... Poco á poco... Bien ... de
aquí á una hora estaremos en la casa
en donde se hacen los quesos. Valor;
muy luego encontraremos un pasage
mas seguro, una especie de sendero
abierto por un torrente de invierno...
Vamos; ved que está bueno. Tú hubieras
sido un escelente cazador;
sígueme....

      [Descienden con trabajo por las rocas.]



FIN DEL ACTO PRIMERO.



ACTO II, ESCENA PRIMERA.


      [El teatro representa una choza de los Alpes.]



MANFREDO Y EL CAZADOR DE GAMUZAS.


EL CAZADOR.

No, no, permaneced todavía,
partireis mas tarde, vuestro espíritu
y vuestro cuerpo tienen necesidad
de mas descanso. De aquí á algunas
horas estareis mejor, os serviré de
guia, ¿pero adónde iremos?


MANFREDO.

Conozco el camino y no necesito
guia.


EL CAZADOR.

Vuestros vestidos y vuestro aire
anuncian un hombre de un nacimiento
distinguido; vos sois sin
duda uno de los señores cuyos castillos
dominan los valles; ¿cuál es
vuestra morada? Yo no conozco sino
la puerta de los palacios de los grandes.
Mi modo de vivir me conduce
muy rara vez á sus vastos hogares,
para sentarme allí al rededor del
fuego con sus vasallos; pero los senderos
que se dirigen á dichos castillos
me son muy conocidos desde
mi infancia. ¿Cuál es el que os pertenece?


MANFREDO.

Poco te importa.


EL CAZADOR.

¡Y bien! perdonadme mis preguntas;
pero dignaos estar mas alegre.
Venid á gustar mi vino; es muy
viejo: muchas veces me ha confortado
el corazon en medio de nuestros
hielos; recurrid á él para reanimar
vuestro valor. Vamos, bebamos
juntos.


MANFREDO.

Separa, separa esa copa; ¡sus
bordes estan mojados con sangre!
¡No veré nunca esta sangre sepultada
bajo la tierra!


EL CAZADOR.

¿Qué quereis decir? ¿vuestros
sentidos estan turbados?


MANFREDO.

Digo que es mi sangre, mi propia
sangre, la sangre pura que corria en
las venas de nuestros padres y en
las nuestras, cuando en los primeros
dias de nuestra juventud no teniamos
sino un corazon, y nos amábamos
como no hubiéramos nunca debido
amarnos. Esta sangre ha sido
derramada, pero se eleva eternamente
de la tierra y va á teñir las
nubes que me cierran la entrada del
cielo, en donde tú no estás y en
donde yo no estaré jamas!


EL CAZADOR.

¡Hombre singular en tus palabras,
á quien sin duda persigue algun remordimiento
y á quien el delirio
manifiesta las fantasmas! cualesquiera
que sean tus terrores y tus
penas, todavía hay consuelos para tí
en la piedad de los hombres justos
y en la paciencia....


MANFREDO.

¡La paciencia! ¡y siempre la paciencia!
esta palabra fue creada para
los hombres dóciles y no para las
aves de presa... Predica la paciencia
á los mortales formados con el miserable
polvo, yo soy de otra especie.


EL CAZADOR.

¡Gracias á Dios! yo no quisiera
ser de la tuya por la gloria de Guillermo
Tell. Pero cualquiera que sea
el mal que te oprime, es preciso soportarle,
y todos esos movimientos
convulsivos son inútiles.


MANFREDO.

Yo le soporto sobradamente. Mírame:
yo vivo.


EL CAZADOR.

Tú te agitas con terror, pero no
vives.


MANFREDO.

Te responderé que he vivido muchos
años, y que no cuentan por
nada en el dia en comparacion de
los que me faltan vivir. Veo delante
de mí siglos, el infinito, la eternidad,
mi conciencia y la sed ardiente
de la muerte que me atormenta sin
cesar.


EL CAZADOR.

Apenas se reconoce en tu frente
la edad de la virilidad, yo cuento
muchos mas años que tú.


MANFREDO.

¿Crees que la existencia depende
del tiempo? Las acciones; ved nuestras
épocas. Las mias han multiplicado
mis dias y mis noches al infinito;
los han hecho innumerables
como los granos de arena de una
costa, y los han convertido en un
desierto árido y helado alque vienen
á espirar las olas que al retirarse no
dejan sino cadáveres, escombros de
las rocas y algunas yerbas amargas.


EL CAZADOR.

¡Ay! ha perdido el juicio, pero
yo no debo abandonarle.


MANFREDO.

¡Qué no le haya perdido como tú
dices! todo lo que ahora veo no seria
sino el sueño de un cerebro enfermo.


EL CAZADOR.

¿Qué ves pues, ó qué crees ver?


MANFREDO.

A tí y á mí, un paisano de los Alpes,
tus modestas virtudes, tu choza
hospitalaria, tu valerosa paciencia,
tu alma arrogante, libre y
piadosa; tu respeto por tí mismo
fundado sobre tu inocencia, tus dias
llenos de salud, tus noches consagradas
al sueño, tus trabajos ennoblecidos
por el riesgo y sin embargo
esentos del crímen, tu esperanza de
una dichosa vejez y de una sepultura
pacífica, en donde una cruz y una
guirnalda de flores adornarán los
céspedes, y á la cual servirán de
epitafio los tiernos sentimientos de
tus nietos: esto es lo que veo; y si
miro dentro de mí mismo ... pero ya
no es tiempo; mi alma estaba ya dolorida....


EL CAZADOR.

¿Y no cambiarias con gusto tu
suerte por la mía?


MANFREDO.

No, amigo mio, yo no querria
hacer un cambio tan funesto paro tí,
y no lo haria con ningun otro viviente.
Solo, puedo resistir á mis
angustias, solo, puedo vivir soportando
lo que los otros hombres no
podrian conocer, ni aun en sueños,
sin perder la vida.


EL CAZADOR.

¿Cómo con este generoso interes
por tus semejantes, puedes verte
cargado de crímenes? cesa de decírmelo;
¿un hombre capaz de un
sentimiento tan tierno puede haber
inmolado á su furor á sus enemigos?


MANFREDO.

No, no, ¡jamas! he sido cruel con
los que me amaban, con aquellos á
quienes yo amaba. Jamas he dado
un golpe á un enemigo sino en mi
legítima defensa; pero ¡ay! mis caricias
eran fatales.


EL CAZADOR.

¡Qué el cielo restituya la tranquilidad
á tu alma! ¡qué el arrepentimiento
te vuelva á tí mismo! yo te
prometo mis oraciones.


MANFREDO.

No tengo ninguna necesidad de
ellas; pero no desprecio tu piedad,
me retiro; á Dios. Te dejo este bolsillo,
igualmente que mis gracias,
no hay que rehusarle ... esta recompensa
te es debida ... no me sigas ...
conozco mi camino, no tengo que
atravesar los senderos peligrosos de
la montaña; lo repito otra vez, no
quiero que se me siga.

      [Manfredo se va.]



ESCENA II.

      [El teatro representa un valle de los Alpes inmediato á
      una catarata.]


MANFREDO.

El sol no se halla á la mitad de su
carrera, y el arco íris que corona el
torrente recibe de sus rayos sus hermosos
colores[1]. Las aguas estienden
sobre el declivio de las rocas su
manto de plata, y su espuma que se
eleva como un surtidor, se parece á
la cola del enorme y pálido caballo
del Apocalípsis sobre el que vendrá
la Muerte.

Mis ojos solamente gozan en el
momento de este magnífico espectáculo,
estoy solo en esta pacífica
soledad, y quiero disfrutar del homenage
de la cascada con el genio
de este lugar. Llamémosle.

      [Manfredo toma algunas gotas de agua en el hueco de su
      mano y las arroja al aire pronunciando su conjuro
      mágico. Al cabo de un momento de silencio aparece la
      Encantadora de los Alpes bajo el arco iris del
      torrente.]

¡Espíritu de una hechicera hermosura,
que yo pueda admirar tu
cabellera luminosa, los ojos resplandecientes
y las formas divinas que
reúnen todos los hechizos de las
hijas de los hombres á una sustancia
aérea y á la esencia de los mas puros
elementos! Los colores de tu tez
celeste se parecen al bermellon que
hermosea las megillas de un niño
dormido en el seno de su madre y
mecido con los latidos de su corazon;
se parecen al color de rosa que
dejan caer los últimos rayos del dia
sobre la nieve de los ventisqueros,
y que puede equivocarse con el púdico
sonrosado de la tierra recibiendo
las caricias del cielo. Tu aspecto
suaviza el resplandor del arco brillante
que te corona; yo leo sobre
tu frente serena que refleja la calma
de tu alma inmortal, leo que tú perdonarás
á un hijo de la tierra, con
quien se dignan comunicar algunas
veces los espíritus de los elementos,
el atreverse á hacer uso de los secretos
mágicos para llamarte á su
presencia y contemplarte un momento.


LA ENCANTADORA DE LOS ALPES.

Hijo de la tierra, yo te conozco;
igualmente que los secretos á que
debes tu poder, te conozco por un
hombre de pensamientos profundos,
estremoso en el mal y en el bien,
fatal á los otros y á tí mismo; te esperaba,
¿qué quieres de mí?


MANFREDO.

Admirar tu hermosura, nada mas.
El aspecto de la tierra me sumerge
en la desesperacion; busco un refugio
en sus misterios, huyo cerca de
los espíritus que la gobiernan; pero
ellos no pueden socorrerme; les he
pedido lo que no pueden darme,
no les pido nada mas.


LA ENCANTADORA.

¿Qué es pues lo que pides, que
no pueden concedértelo aquellos
que lo pueden todo y que gobiernan
los elementos invisibles?


MANFREDO.

¿Para qué repetiré la relacion de
mis dolores? seria en vano.


LA ENCANTADORA.

Yo los ignoro, tened la bondad
de referírmelos.


MANFREDO.

¡Bien! por cruel que sea para mí
esta confesion, hablará mi dolor.

Desde mi juventud, mi espíritu
no estaba de acuerdo con las almas
de los hombres, y no podia mirar
la tierra con amor. La ambicion que
devoraba á los demás me era desconocida;
su objeto no era el mio ...
mis placeres, mis penas, mis pasiones
y mi carácter me hacian parecer
un estraño en medio del mundo.
Aunque revestido de la misma forma
de carne que las criaturas que
me rodean, no sentia ninguna simpatía
por ellas ... una sola ... pero yo
hablaré de ella luego.

Mis placeres eran el ir en medio
de los desiertos á respirar el aire vivo
de las montañas cubiertas de hielo,
sobre cuya cumbre los pájaros no
se hubieran atrevido á construir su
nido, y en donde el granito desnudo
de yerbas se ve desierto de los insectos
alados. Gustaba de atravesar
las aguas de los torrentes furiosos, ó
de volar sobre las olas del Océano
iracundo; me encontraba ufano de
ejercitar mi fuerza contra los corrientes
rápidas; gustaba durante la
noche de observar la marcha silenciosa
de la luna y el curso brillante
de las estrellas; miraba fijamente los
relámpagos durante las tempestades
hasta tanto que mis ojos quedasen
deslumbrados, ó bien escuchaba la
caida de las hojas cuando los vientos
del otoño venian á despojar los bosques.
Tales eran mis placeres, y tal
era mi amor por la soledad, que si
los hombres, de quienes me afligia
el ser hermano, se encontraban á mi
paso, me sentia humillado y degradado,
hasta no ser ya, como ellos,
sino una criatura de barro.

En mis paseos delirantes descendia
á la profundidad de las cavernas
de la muerte para estudiar su causa
en sus efectos, y desde los montones
de huesos y del polvo de los sepulcros,
me atrevia á sacar consecuencias
criminales; consagré las noches
en aprender las ciencias secretas olvidadas
hace ya mucho tiempo. Gracias
á mis trabajos y á mis desvelos,
á las pruebas terribles y á las condiciones
á que nos someten la tierra,
los aires y los espíritus que despueblan
el espacio y el infinito, familiaricé
mis ojos con la eternidad, como
habian hecho en otros tiempos los
mágicos y el filósofo que invocó en
su profundo retiro á Eros y á Anteros[2].
Con mi ciencia creció mi
ardiente deseo de aprender, mi poder
y el enagenamiento de la brillante
inteligencia que....


LA ENCANTADORA.

Acaba.


MANFREDO.

¡Ah! me complacia en detenerme
estensamente sobre estos vanos atributos,
porque cuanto mas me acerco
del momento en que descubriré la
llaga de mi corazon ... pero quiero
proseguir: aun no te he nombrado,
ni padre, ni madre, ni querida, ni
amigo, con quienes me hallase
unido por nudos humanos: padre,
madre, querida, amigo, estos títulos
no eran nada para mí; pero habia
una muger....


LA ENCANTADORA.

Atrévete á acusarte á tí mismo:
prosigue.


MANFREDO.

Se me parecia en lo esterior, en
los ojos, en la cabellera, en sus facciones
y aun en su metal de voz;
pero en ella todo estaba suavizado
y hermoseado por sus atractivos. Lo
mismo que yo, tenia un amor decidido
por la soledad, el gusto por
las ciencias secretas y un alma capaz
de abrazar al universo; pero
tenia ademas la compasion, el don
de los agasajos y de las lágrimas,
una ternura ... que ella sola podia
inspirarme, y una modestia que yo
nunca he tenido. Sus faltas me pertenecen:
sus virtudes eran todas
suyas. Yo la amaba y le privé de la
vida.


LA ENCANTADORA.

¿Con tus propias manos?


MANFREDO.

¡Con mis propias manos! no; fue
mi corazon el que marchitó el suyo
y le destrozó. He derramado su
sangre, pero no ha sido la suya. Su
sangre ha corrido sin embargo, he
vislo su pecho desgarrado y no he
podido curar sus heridas.


LA ENCANTADORA.

¿Es esto todo lo que tienes que
decir? haciendo parte á pesar tuyo
de una raza que tú desprecias, tú
que quieres ennoblecerla elevándote
hasta nosotros ¡puedes olvidar
los dones de nuestros conocimientos
sublimes y caer en los bajos pensamientos
de la muerte! no te reconozco.


MANFREDO.

¡Hija del aire! te protesto que,
despues del dia fatal... Pero la palabra
es un vano soplo, ven á verme
en mi sueño, ó á las horas de
mis desvelos, ven á sentarte á mi
lado; he cesado de estar solo, mi
soledad se halla turbada por las
furias. En mi rabia rechino los
dientes mientras que la noche estiende
sus sombras sobre la tierra,
y desde la aurora hasta ponerse el
sol no ceso de maldecirme. He invocado
la pérdida de mi razon como
un beneficio, y no se me ha concedido:
he arrostrado la muerte;
pero en medio de la guerra de los
elementos, los mares se han retirado
á mi presencia. Los venenos han
perdido toda su actividad; la mano
helada de un demonio cruel me ha
detenido en la orilla de los precipicios
por solo uno de mis cabellos
que no ha querido romperse. En
vano mi imaginacion fecunda ha
creado abismos en los cuales ha querido
arrojarse mi alma; he sido rechazado,
como si fuese por una ola
enemiga, en los abismos terribles
de mis pensamientos. He buscado
el olvido en medio del mundo, lo
he buscado por todas partes y nunca
le he hallado; mis secretos mágicos,
mis largos estudios en un arte sobrenatural,
todo ha cedido á mi desesperacion.
Vivo, y me amenaza una
eternidad.


LA ENCANTADORA.

Quizas yo podré aliviar tus males.


MANFREDO.

Seria necesario llamar los muertos
á la vida ó hacerme bajar entre
ellos á la sepultura. Ensaya el reanimar
sus cenizas y hacerlos aparecer
bajo una forma cualquiera y á
cualquier hora que sea; corta el
hilo de mis dias, y sea cual fuere el
dolor que acompañe mi agonía, no
importa, á lo menos será el último.


LA ENCANTADORA.

Ni una cosa ni otra estan en mi
arbitrio, pero si tú quieres jurar
una ciega obediencia á mis voluntades
y someterte á mis órdenes, podré
serte útil en el cumplimiento de
tus deseos.


MANFREDO.

¡Yo jurar! ¡yo obedecer! ¿y á
quién? á los espíritus que domino.
¡Yo venir á ser el esclavo de los que
me reconocen por su señor!... ¡Jamas!


LA ENCANTADORA.

¿Es esta toda tu respuesta? ¿no
tienes otra mas dulce? ¡Piensa bien
en ello antes de negarte á lo que te
propongo!


MANFREDO.

He dicho no.


LA ENCANTADORA.

Puedo pues retirarme; habla.


MANFREDO.

Retírate.

      [La Encantadora desaparece.]


MANFREDO _solo_.

Somos la víctima del tiempo y de
nuestros terrores; cada dia se nos
presentan nuevas penas; vivimos
sin embargo maldiciendo la vida y
temiendo la muerte. Gimiendo bajo
el yugo que nos oprime, y cargado
con el peso de la vida, nuestro corazon
no late sino en las ocasiones
que esperimentamos alguna contrariedad,
ó algun goce pérfido que
finaliza por crueles angustias y por
la estenuacion y la debilidad. ¿En
el número de nuestros dias pasados
y por venir (porque lo presente no
existe en la vida) no hay algunos,
no hay uno solo en el que el alma
no deje de desear la muerte, y no
obstante de huirla, como un rio helado
por el invierno cuya fria impresion
bastaria el arrostrarla un
momento?

Mi ciencia me ofrece todavía algun
recurso. Puedo invocar los
muertos y preguntarles cuál es el
objeto de nuestros terrores. La nada
de los sepulcros quizas me responderán...
¿Y si no responden?... ¡El
profeta sepultado respondió á la encantadora
de Endor! y el rey de
Esparta supo su destino futuro por
las sombras de la vírgen de Bizancio.
Habia quitado la vida á la que
amaba sin conocer que era su víctima,
y murió sin obtener perdon.
Fue en vano que invocase á Júpiter,
y que por la voz de los mágicos de
la Arcadia suplicase á la sombra
irritada el ceder ó á lo menos el fijar
un término á su venganza. Obtuvo
una respuesta oscura, pero que fue
demasiado cierta[3].

Si yo no hubiese vivido nunca,
lo que amo viviria todavía; si no
hubiera amado nunca, lo que amo
aun conservaria la hermosura, la
felicidad y el don de poder hacer
dichosos. ¿Qué se ha hecho la víctima
de mis maldades?... Un objeto
en el cual no me atrevo á pensar...
Nada quizas... De aquí á algunas
horas habré salido de mis
dudas... Sin embargo tiemblo al ver
llegar el momento deseado... Hasta
ahora jamas me ha hecho temblar
el acercarse un espíritu bueno ó
uno malo... Me estremezco... Siento
un peso de hielo sobre mi corazon.
Pero puedo atreverme á lo que temo
y desafiar los recelos de la materia.
La noche llega....

      [Se va.]



ESCENA III.


      [La cumbre del monte Jungfro.]


EL PRIMER DESTINO.

El disco plateado de la luna empieza
á brillar en los cielos. Nunca
el pie de un mortal vulgar ha manchado
las nieves sobre las cuales
andamos durante la noche sin dejar
ninguna huella. Apenas rozamos ligeramente
esta mar de escarchas
que cubre las montañas con sus olas
inmóviles, semejantes á la espuma
de las aguas que el frio ha helado
repentinamente despues de una tempestad;
imágen de un abismo reducido
al silencio de la muerte. Esta
cumbre fantástica, obra de algun
terremoto, y sobre la cual descansan
las nubes de sus viages vagamundos,
está consagrada á nuestros misterios
y á nuestras vigilias: yo espero en
ella á mis hermanos que deben venir
conmigo al palacio de Ariman;
esta noche se celebra nuestra grande
fiesta... ¿Porqué tardan en venir?

      [Una voz canta á lo lejos.]

El usurpador cautivo, precipitado
del trono, sepultado en un
infame reposo, estaba olvidado y
solitario: yo he interrumpido su
sueño, le he dado el socorro de una
multitud de traidores; el tirano
está todavía coronado. Pagará mis
cuidados con la sangre de un millon
de hombres, con la ruina de una
nacion, y yo le abandonaré de
nuevo á la huida y á la desesperacion.

      [Una segunda voz.]

Un navío bogaba rápidamente sobre
las aguas, impulsado por los
vientos propicios: he rasgado todas
sus velas y roto todos sus masteleros,
no ha quedado ni una sola tabla de
esta ciudad flotante; no ha sobrevivido
un solo hombre para llorar su
naufragio... Me engaño, hay uno
que yo mismo he sostenido sobre
las aguas por un mechon de sus cabellos ...
era un sugeto muy digno
de mis cuidados, un traidor en la
tierra y un pirata en el Océano. Sabrá
reconocer mis bondades por
medio de nuevos crímenes.


EL PRIMER DESTINO.

      [Respondiendo á sus hermanos.]

Una ciudad floreciente está sumergida
en el sueño, la aurora
alumbrará su desolacion: la horrible
peste ha caido de repente sobre
los habitantes durante su descanso.
Perecerán á millares. Los vivos huirán
de los moribundos que deberian
consolar; pero nada podrá defenderlos
de los tiros crueles de la
muerte. El dolor y la desesperacion,
la enfermedad y el terror envuelven
á toda una nación. ¡Dichosos los
muertos de no ser testigos del espantoso
espectáculo de tantos males!
La ruina de todo un pueblo es para
mí la obra de una noche; la he verificado
en todos los siglos, y no
será todavía la última vez.

      [Llegan el segundo y el tercer Destino.]


LOS TRES DESTINOS JUNTOS.

Nuestras manos encierran los corazones
de los hombres, sus sepulcros
nos sirven de tarima. No damos
la vida á nuestros esclavos sino para
volvérsela á quitar.


EL PRIMER DESTINO.

Salud, hermanos mios. ¿En dónde
está Nemesis?


EL SEGUNDO DESTINO.

Prepara sin duda alguna grande
obra, pero lo ignoro porque me
encuentro demasiado ocupado.


EL TERCER DESTINO.

Vedle aquí.


EL PRIMER DESTINO.

¿De adónde vienes Nemesis? tú
y mis hermanos habeis tardado mucho
esta noche.


NEMESIS.

Estaba ocupada en levantar los
tronos abatidos, en componer himnos
funestos, en volver la corona á
los reyes desterrados, en vengar á
los hombres de sus enemigos á fin
de hacerlos arrepentir de sus venganzas.
He castigado con la locura
á los que estaban detenidos por sabios,
los gefes inhábiles han sido
proclamados por mí, dignos de gobernar
el mundo ... los mortales
empezaban á disgustarse de los tiranos,
se atrevían á pensar por sí
mismos, á poner los reyes en equilibrio,
y á hablar de la libertad,
que para ellos es el fruto vedado...
Pero está tarde ... montemos en nuestras
nubes.

      [Desaparecen.]



ESCENA IV.


      [El palacio de Ariman.--Ariman está sobre un globo de
      fuego que le sirve de trono, rodeado por los Espíritus.]


HIMNO DE LOS ESPÍRITUS.

¡Salud á nuestro monarca! al
príncipe de la tierra y de los aires,
que vuela sobre las nubes y sobre
las aguas. En su mano se halla el
cetro de los elementos, quienes, á sus
órdenes, se confunden como el tiempo
del caos. Sopla, y una tempestad
alborota los mares; habla, y las
nubes le responden por la voz de
los truenos; mira, y los rayos del
dia desaparecen, anda, los terremotos
conmueven el mundo. Los
volcanes se forman bajo sus pasos.
Su sombra es la verdadera peste; los
cometas le preceden en los ardientes
senderos de los cielos, y se reducen
á cenizas al menor de sus deseos. La
guerra le ofrece sus sacrificios, la
muerte le paga su tributo; la vida
de los hombres y sus innumerables
dolores le pertenecen: es el alma
de todo lo que existe.

      [Entrada de los Destinos y de Nemesis.]


EL PRIMER DESTINO.

Gloria al grande Ariman. Su poder
se estiende cada dia mas sobre
la tierra: mis dos hermanos han
ejecutado fielmente sus órdenes, y
yo no he descuidado mi deber.


EL SEGUNDO DESTINO.

Gloria al grande Ariman, nosotros
doblamos la rodilla á su presencia,
nosotros, que pisamos las
cabezas de los hombres.


EL TERCER DESTINO.

Gloria al grande Ariman; nosotros
esperamos la señal de su voluntad.


NEMESIS.

Rey de los reyes, nosotros somos
tus vasallos, y todos los seres que
tienen vida lo son nuestros. Aumentar
nuestro poder seria aumentar el
tuyo; no olvidamos nada para conseguirlo.
Tus últimas órdenes quedan
fielmente ejecutadas.

      [Entra Manfredo.]


UN ESPÍRITU.

¿Quién es este audaz? ¡un mortal!
¡temeraria criatura, pon la rodilla
en tierra y adora!


SEGUNDO ESPÍRITU.

Este hombre no me es desconocido,
es un poderoso mágico cuya
ciencia es temible.


TERCER ESPÍRITU.

Arrodíllate y adora á Ariman, vil
esclavo, ¿no reconoces á nuestro
señor y al tuyo? Tiembla y obedece.


TODOS LOS ESPÍRITUS.

Arrodíllate, hijo del polvo vil, y
teme nuestra venganza.


MANFREDO.

Conozco vuestro poder, y sin embargo
ya veis que no obedezco.


UN CUARTO ESPÍRITU.

Nosotros te enseñaremos á humillarte.


MANFREDO.

No tengo necesidad de aprenderlo.
¡Cuántas noches tendido sobre
la árida arena y con la cabeza
cubierta de ceniza, me he prosternado
poniendo mi cara sobre la tierra!
He caido en la última de las humillaciones;
porque me he sometido
á mi vana desesperacion y á mi propia
miseria.


QUINTO ESPÍRITU.

¿Te atreves á negar al grande
Ariman hallándose sobre su trono,
lo que le concede toda la tierra, sin
haber visto el terror de su gran poder?
Prostérnate te digo.


MANFREDO.

Que Ariman se prosterne delante
del que es superior á él, delante del
Eterno é Infinito, delante del soberano
Criador, que no le ha destinado
á que se le dé adoracion; que
él se arrodille, y yo lo ejecutaré
igualmente.


LOS ESPÍRITUS.

Confundamos á este gusanillo;
aniquilémosle.


EL PRIMER DESTINO.

Retiraos; este hombre es mio.
Príncipe de las divinidades invisibles,
este hombre no es de una naturaleza
comun, como lo atestiguan
su aspecto y el encontrarse en estos
lugares. Sus sufrimientos han sido
de una naturaleza inmortal como la
nuestra. Su ciencia, su poder y su
ambicion, tanto como lo ha podido
permitir su esterior grosero que encierra
una esencia etérea, le han elevado
sobre todas las criaturas formadas
de un barro impuro. No ha
aprendido en los secretos que ha
querido penetrar sino lo que conocemos
todos nosotros, esto es, que
la ciencia no es una felicidad y que
no conduce sino á otra especie de
ignorancia. Pero no es esto todo...
Las pasiones, atributos de la tierra
y del cielo, y de las cuales ningun
poder, ningun ser está esento, desde
el gusano hasta las sustancias celestes,
las pasiones han devorado y han
hecho de él un objeto tan miserable,
que yo, que no puedo esperimentar
la piedad, perdono á los que la sienten
en su favor. Este hombre es
mio, y tambien puede ser tuyo todavía;
pero en estas regiones ningun
espíritu tiene un alma como la
suya, y no puede tener el derecho
de mandarle.


NEMESIS.

¿Qué viene á buscar aquí?


EL PRIMER DESTINO.

Él es quien debe responder.


MANFREDO.

Vosotros sabéis hasta donde llegan
mis conocimientos mágicos, y
sin un poder sobrenatural no hubiera
podido hallarme aquí; pero
aun hay poderes superiores, y vengo
á preguntar sobre lo que busco.


NEMESIS.

¿Qué pides?


MANFREDO.

Tú no puedes responderme: llama
á los muertos; á ellos se dirigirán
mis preguntas.


NEMESIS.

Gran Ariman, ¿permites que se
satisfagan los deseos de este mortal?


ARIMAN.

Sí.


NEMESIS.

¿A quién quieres sacar del sepulcro?


MANFREDO.

A un muerto que estuvo privado
de sepultura: llama á Astarte.


NEMESIS.

Sombra ó espíritu, sea lo que
seas, que conservas todavía una parte
de tu primera forma, ó tu forma
entera, sal de la tierra y vuelve á
ver el dia. Vuelve con las mismas
facciones, el mismo aspecto y el mismo
corazon, huye de los gusanos de
la tumba y vuelve á aparecer en estos
lugares: el que puso un término
á tus dias es quien te llama.

      [La sombra de Astarte comparece en medio de los
      Espíritus.]


MANFREDO.

¿Es la muerte la que veo? aun
brillan los colores en sus megillas;
pero reconozco demasiado que no
son colores vivientes. El encarnado
no es natural, se parece al que produce
el otoño sobre las hojas marchitas.
Ella es ciertamente, ¡o cielo!
y yo ¡tiemblo al mirarla, al mirar
Astarte! No, no puedo hablarle,
pero quiero que ella hable, que me
condene ó me perdone.


NEMESIS.

Por el poder que te ha hecho salir
de la sepultura que te servia de
prision, habla al que acabas de oir,
ó á aquellos que te han invocado.


MANFREDO.

Guarda silencio; y para mí es una
respuesta cruel.


NEMESIS.

Mi poder no va mas lejos. Príncipe
del aire, tú solo puedes ordenarle
el hacer oir su voz.


ARIMAN.

Espíritu obedece á este espectro.


NEMESIS.

¡Todavía calla! no está pues bajo
nuestro imperio, pero pertenece á
otros poderes. Mortal, tu pregunta
es escusada, y nosotros estamos confusos
igualmente que tú.


MANFREDO.

¡Escúchame! ¡Astarte, mi querida,
óyeme y dígnate hablarme!
He sufrido tanto, sufro todavía tan
cruelmente ¡mírame! ¡la muerte no
te ha cambiado tanto, como yo debo
parecerlo á tu vista! tú me amaste demasiado
tiernamente y mi amor era
digno del tuyo. No hemos nacido para
atormentarnos uno y otro de este
modo por culpable que haya sido
nuestro amor. Dime que no me detestas,
que yo solo sea castigado por
los dos, que tú serás recibida en el
número de los bienaventurados y que
yo debo morir. Porque hasta ahora
todo lo que hay de mas odioso conspira
á encadenarme con la existencia,
á una existencia que me hace
ver con terror la inmortalidad, y
un porvenir semejante á lo pasado.
No puedo encontrar ningun descanso.
Ignoro yo mismo lo que deseo
y lo que busco, y no siento sino
lo que tú eres y lo que soy. Quisiera
oir tu voz todavía una vez antes de
morir, la voz que para mi oido era
la mas dulce melodía. Respóndeme,
¡o querida mia! te he llamado en
las sombras de la noche; he asustado
á los pájaros dormidos bajo las
hojas silenciosas, he despertado al
lobo en las montañas, y he hecho
conocer tu nombre á los ecos de las
cavernas mas sombrías. El eco me
ha respondido, los espíritus y los
hombres tambien me han respondido,
tú sola has permanecido muda.
He visto sucederse el giro de las
estrellas en la bóveda celeste; he
dirigido mi vista hácia ellas para
ver si podia descubrirte; he recorrido
la tierra para ver si encontraba
alguna cosa que se te pareciese:
dígnate de hablarme finalmente;
mira á esos espíritus que nos rodean
que se enternecen al oir mis
quejas; yo los miro sin terror y solo
lo tengo por tí; dígnate de hablarme
aunque no sea sino para manifestar
tu enojo; dime á lo menos...
Yo no sé lo que deseo; pero déjame
todavía oir tu voz por la última vez.


LA SOMBRA DE ASTARTE.

¡Manfredo!


MANFREDO.

¡Ah! prosigue por favor: esta
voz me reanima; es la tuya seguramente.


LA SOMBRA.

¡Manfredo! mañana se acabarán
tus dolores terrestres. ¡A Dios!


MANFREDO.

Todavía una palabra ¡una sola
palabra! ¿estoy perdonado?


LA SOMBRA.

¡A Dios!


MANFREDO.

¿No nos veremos mas?


LA SOMBRA.

¡A Dios!


MANFREDO.

¡Ah! por compasion, todavía
una palabra; dime si me amas.


LA SOMBRA.

¡Manfredo!

      [Desaparece.]


NEMESIS.

Se ha ido y no volverá á aparecer:
sus palabras se cumplirán;
vuélvete á la tierra.


UN ESPÍRITU.

Se encuentra en las convulsiones
de la desesperacion; ved los mortales:
quieren penetrar los secretos
que son superiores á su naturaleza.


OTRO ESPÍRITU.

¡Pero ved como se domina á sí
mismo, y como somete sus tormentos
á su voluntad! si hubiese sido un
espíritu como nosotros hubiera sobrepujado
á todas las otras inteligencias
celestes.


NEMESIS.

¿Tienes todavía que hacer alguna
pregunta á nuestro augusto
monarca ó á sus vasallos?


MANFREDO.

Ninguna.


NEMESIS.

A Dios hasta la vista.


MANFREDO.

¿Nosotros volveremos pues á vernos?
¿Pero en dónde, sobre la tierra?
No importa; adonde tú quieras.
A Dios, te doy gracias por el
favor que acabas de concederme.



FIN DEL ACTO SEGUNDO.



ACTO III, ESCENA PRIMERA.


      [Una habitacion del castillo de Manfredo.]


MANFREDO Y HERMAN.


MANFREDO.

¿Se acabará bien pronto el dia?


HERMAN.

Todavía falta una hora, y el sol
va á ocultarse; todo nos anuncia
una hermosa noche.


MANFREDO.

¿Lo has dispuesto todo en la
torre, segun lo he ordenado?


HERMAN.

Todo está pronto, señor, ved la
llave y la arquilla.


MANFREDO.

Está bien, puedes retirarte.

      [Herman se va.]


MANFREDO _solo_.

Esperimento una calma y una
tranquilidad que no habia conocido
en mi vida. Si yo no supiese
que la filosofía es la mas loca de
nuestras vanidades, y la palabra
mas vacía de sentido entre todas las
inventadas en la jerga de nuestras
escuelas, creeria que el secreto del
oro, es decir la piedra filosofal tan
buscada, se hallaba finalmente en
mi alma. Éste estado tan lisonjero
no puede ser durable, pero ya es
mucho el haberlo conocido aunque
haya sido una sola vez. Ha enriquecido
mis ideas con un nuevo sentido;
y quiero escribir en mi libro
de memoria que existe este sentimiento...
¿Quién está ahí?

      [Herman vuelve á entrar.]


HERMAN.

Señor, el abad de San Mauricio
pide permiso para hablaros.

      [Entra el Abad.]


EL ABAD.

Que la paz sea con el conde Manfredo.


MANFREDO.

Mil gracias, padre mio: que seais
bien venido en este castillo, vuestra
presencia me honra y es una bendicion
para los que le habitan.


EL ABAD.

Lo deseo conde, pero quisiera
hablaros sin testigos.


MANFREDO.

Herman, retírate. ¿Qué es lo que
me quiere mi respetable huésped?


EL ABAD.

Quiero hablar sin rodeos: mis
canas y mi celo, mi ministerio y mis
piadosas intenciones me servirán de
disculpa: tambien invoco mi calidad
de vecino, aunque nos visitemos
muy rara vez.

Varias voces estrañas y escandalosas
ultrajan vuestro nombre; un
nombre ilustre hace muchos siglos.
¡Ah! ¡ojalá que pueda trasmitirse
sin mancha á vuestros descendientes!


MANFREDO.

Proseguid, os escucho.


EL ABAD.

Se dice que estudiais secretos
que no estan permitidos á la curiosidad
del hombre, y que os habeis
puesto en comunicacion con los habitantes
de las oscuras moradas,
y con la multitud de espíritus malignos
que se hallan errantes en el
valle al que da sombra el árbol de
la muerte. Sé que vivis muy retirado
y que tratais muy rara vez con los
hombres vuestros semejantes; sé que
vuestra soledad es tan severa como
la de un prudente anacoreta; ¡y
que no es tan santa!


MANFREDO.

¿Y quiénes son los que estienden
estas voces?


EL ABAD.

Mis hermanos en Dios, los paisanos
asustados, vuestros propios vasallos
que observan vuestra inquietud.
Vuestra vida corre el mayor
peligro.


MANFREDO.

¿Mi vida? yo os la abandono.


EL ABAD.

Yo he venido para procurar vuestra
salvacion y no vuestra pérdida...
No quisiera penetrar los secretos de
vuestra alma; pero si lo que se dice
es cierto, todavía es tiempo de hacer
penitencia y de impetrar misericordia;
reconciliaos con la verdadera
iglesia, y esta os reconciliará
con el cielo.


MANFREDO.

Os entiendo; ved mi respuesta.
Lo que fuí y lo que soy no lo conocen
sino el cielo y yo. No escogeré
un mortal por mediador ¿he quebrantado
algunas leyes? que se
pruebe y se me castigue.


EL ABAD.

Hijo mio, yo no he hablado de
castigo y sí de perdón y de penitencia:
vos sois quien debe escoger;
nuestros dogmas y nuestra fe me
han dado el poder de dirigir á los
pecadores por la senda de la esperanza
y de la virtud, y dejo al cielo
el derecho de castigar: «La venganza
pertenece á mí solo,» ha dicho
el Señor, y es con humildad
como su siervo repite estas augustas
palabras.


MANFREDO.

Anciano, ninguna cosa puede arrancar
del corazon el vivo sentimiento
de sus crímenes, de sus penas, y del
castigo que se inflige á sí mismo: nada:
ni la piedad de los ministros del cielo,
ni las oraciones, ni la penitencia, ni
un semblante contrito, ni el ayuno,
ni las zozobras, ni los tormentos de
aquella desesperacion profunda que
nos persigue por medio de los remordimientos
sin amedrantarnos con
el infierno, pero que él solo bastaria
para hacer un infierno del cielo.
No hay ningun tormento venidero
que pueda ejercer semejante justicia
sobre aquel que se condena y se
castiga á sí mismo.


EL ABAD.

Estos sentimientos son laudables,
porque algun dia harán lugar á una
esperanza mas dulce. Vos os atrevereis
á mirar con una tierna confianza
la dichosa morada que está
abierta á todos aquellos que la buscan,
cualesquiera que hayan sido
sus yerros sobre la tierra; pero
para espiarlos es preciso empezar
por conocer la necesidad de ejecutarlo.
Proseguid conde Manfredo ...
todo lo que nuestra fe podrá saber
se os enseñará y quedareis lavado
de todo lo que pudiesemos absolveros.


MANFREDO

Cuando el sesto emperador de
Roma vió llegar su última hora,
víctima de una herida que se habia
hecho con su propia mano á fin de
evitar la vergüenza del suplicio que
le preparaba un senado que antes
era su esclavo un soldado conmovido
en apariencia de una generosa
piedad, quiso estancar con su vestido
la sangre del emperador: el
Romano espirando no lo permite y
le dice con una mirada que manifestaba
todavía su antiguo poder: ¡Es
demasiado tarde! ¿es esta tu fidelidad?


EL ABAD.

¿Qué quereis decir con esto?


MANFREDO.

Respondo como él, es demasiado
tarde.


EL ABAD.

Jamas puede serlo para reconciliaros
con vuestra alma, y para reconciliarla
con Dios. ¿No teneis ya
esperanza? Estoy admirado: aquellos
que desesperan del cielo se
crean sobre la tierra alguna fantasma
que es para ellos como la débil
rama á la que se agarra un desgraciado
que se está ahogando.


MANFREDO.

¡Ah! padre mio; ¡yo tambien en
mi juventud he tenido ilusiones terrestres
y nobles inspiraciones! entonces
hubiera querido conquistar
los corazones de los hombres é instruir
á todo un pueblo; hubiera
querido elevarme, pero no sabia
hasta qué altura ... quizas para volver
á caer; pero para caer como la
catarata de las montañas, que precipitada
desde la cumbre orgullosa
de las rocas, acumula una onda subterránea
en las profundidades de un
abismo; pero temible todavía, vuelve
á subir sin cesar hasta los cielos
en columnas de vapores que se transforman
en nubes lluviosas. Este
tiempo pasó; mis pensamientos se
han engañado á sí mismos.


EL ABAD.

¿Y porqué?


MANFREDO.

No podia humillar mi orgullo,
porque para poder mandar algun
dia, es necesario primero obedecer,
lisonjear y pedir, espiar las ocasiones,
multiplicarse á fin de encontrarse
en todas partes, y hacerse una costumbre
de ocultar la verdad; ved
como se consigue el dominar los espíritus
cobardes y bajos, y asi son los
de los hombres en general. Desprecié
el hacer parte de una camada
de lobos aunque hubiera sido para
guiarlos. El leon está solo en el bosque
que habita; yo estoy solo como
el leon.


EL ABAD.

¿Y porqué no vivir y obrar como
los demas hombres?


MANFREDO.

Sin haber nacido cruel, mi corazon
no amaba las criaturas vivientes,
hubiera querido encontrar una
horrible soledad, pero no formármela
yo mismo; queria ser como el
salvage _Simoun_ que solo habita el
desierto, y cuyo soplo devorador
no trastorna sino una mar de áridas
arenas en donde su furor no es funesto
á ningun arbolillo: no busca la
morada de los hombres, pero es muy
terrible para los que vienen á arrostrarlo.
Tal ha sido el curso de mi
vida, y mientras he vivido he encontrado
objetos que ya no existen.


EL ABAD.

Empiezo á temer que mi piedad
y mi ministerio no pueden seros útiles.
Tan jóven todavia ... me cuesta
mucho el....


MANFREDO.

Miradme, hay algunos mortales
en la tierra que se hacen viejos en
su juventud y que mueren antes de
haber llegado el verano de su vida,
sin que hayan buscado la muerte en
los combates. Unos son víctimas de
los placeres, otros del estudio, estos
á causa del trabajo y aquellos por el
fastidio. Hay algunos que perecen
de enfermedad, de demencia, ó en
fin de penas del corazon, y esta última
enfermedad, ofreciéndose bajo
todas las formas y bajo todos los
nombres, hace mas estragos que la
guerra. Miradme; porque no hay
ninguno de estos males que yo no
haya sufrido, y uno solo basta para
terminar la vida de un hombre. No
os admireis ya de lo que soy, pero
si sorprendeos de que haya existido
y de que esté todavía sobre la
tierra.


EL ABAD.

Dignaos sin embargo escucharme....


MANFREDO [_con viveza_.]

Anciano, respeto tu ministerio y
reverencio tus canas; creo que tus
intenciones son piadosas; pero es
en vano. No me supongais una fácil
credulidad, y solo por la consideracion
que os tengo, evito una conversacion
mas larga. A Dios.

      [Manfredo se va.]


EL ABAD.

Este hombre hubiera podido ser
una criatura admirable; y tal como
es, presenta un caos que sorprende.
Una mezcla de luz y de tinieblas,
de grandeza y de polvo, de pasiones
y de pensamientos generosos, que
en su confusion y en sus desórdenes,
quedan en la inaccion ó amenazan el
destruirlo todo. La energía de su
corazon era digna de animar elementos
mejor combinados: va á perecer
y quisiera salvarle. Hagamos
una segunda tentativa; un alma como
la suya merece muy bien el ganarla
para el cielo. Mi deber me
ordena el atreverme á todo para
conseguir el bien; lo seguiré, pero
será con prudencia.

      [El Abad se va.]



ESCENA II.


      [Otra habitacion.]


MANFREDO Y HERMAN.


HERMAN.

Señor, vos me habeis ordenado
el venir á encontraros al ponerse el
sol; vedle que va á eclipsarse detras
de la montaña.


MANFREDO.

¡Bien! quiero contemplarle.

      [Manfredo se adelanta hacia la ventana del cuarto.]

Astro glorioso, adorado en la infancia
del mundo por la raza de
hombres robustos, por los gigantes
nacidos de los ángeles con un sexo
que, mas hermoso que ellos mismos,
hizo caer en el pecado á los espíritus
escarriados, desterrados del cielo
para siempre[4]; astro glorioso, tú
fuiste adorado como el dios del
mundo, antes que el misterio de la
creacion fuese revelado; obra maestra
del Todopoderoso, tú fuiste el
primero que regocijastes el corazon
de los pastores caldeos sobre la cumbre
de sus montañas, y el reconocimiento
les inspiró bien pronto los
homenages que te dirigieron; divinidad
material, tú eres la imágen
del gran desconocido que te ha escogido
para que seas su sombra; rey
de los astros, y centro de mil constelaciones,
á tí es á quien la tierra
debe su conservacion; padre de las
estaciones, rey de los climas y de los
hombres: las inspiraciones de nuestros
corazones, y las facciones de
nuestros rostros son la influencia de
tus rayos. No hay ninguna cosa que
iguale la pompa de tu salida, de tu
curso y de tu puesta... A Dios, ya no
te volveré á ver; mi primera mirada
de amor y de admiracion fue para
tí; recibe tambien la última: nunca
alumbrarás á un mortal, á quien el
don de tu luz y tu calor suave
hayan sido mas fatales que á mí...
Se ha ocultado ... quiero seguirle.

      [Manfredo se va.]



ESCENA III.


      [Por una parte se ven las montañas y por la otra el
      castillo de Manfredo y una torre con una azotea. Empieza
      la noche.]


HERMAN, MANUEL _y otros criados de
Manfredo_.


HERMAN.

Es bien estraño que despues de
muchos años, el conde Manfredo
haya pasado todas las noches en velar
sin testigos dentro de esta torre.
Yo he entrado en ella, no conocemos
todo el interior, pero ninguna
cosa de las que encierra ha podido
instruirnos de lo que hace nuestro
amo. Es cierto que hay un cuarto
en el que ninguno de nosotros ha
entrado; yo daria todo lo que tengo
para sorprenderle cuando se encuentra
ocupado en sus misterios.


MANUEL.

Esto no podria ser sin peligro;
conténtate con lo que sabes.


HERMAN.

¡Ah! Manuel, tú eres sabio y discreto
como un viejo; pero tú podrias
decirnos muchas cosas. ¿Cuánto
tiempo hace que habitas este castillo?


MANUEL.

He visto nacer al conde Manfredo;
entonces ya servia á su padre, al que
se parece muy poco.


HERMAN.

Lo mismo puede decirse de muchos
hijos; ¿pero en qué se diferenciaba
del suyo el conde Segismundo?


MANUEL.

No hablo de las facciones, pero
sí del corazon y del género de vida.
El conde Segismundo era arrogante,
pero alegre y franco: gustaba de la
guerra y de la mesa, y era poco aficionado
á los libros y á la soledad,
no ocupaba las noches en sombrios
desvelos; las suyas estaban consagradas
á los festines y á las diversiones.
No se le veia ir errante por
las montañas ó por los bosques, como
ün lobo silvestre, no huia de los
hombres ni de sus placeres.


HERMAN.

¡Por vida mia! ¡vivan estos tiempos
dichosos! ¡Quisiera ver á la alegría
que viniese á visitar de nuevo
estas antiguas murallas! Parece que
las ha olvidado del todo.


MANUEL.

Era necesario primeramente que
el castillo cambiase de señor. ¡Oh!
¡he visto aquí cosas tan estrañas,
Herman!


HERMAN.

¡Y bien! dígnate de hacer confianza
de mí; cuéntame algunas cosas
para pasar el rato: te he oido hablar
vagamente sobre lo que sucedió
en otros tiempos en esta misma
torre.


MANUEL.

Me acuerdo que una tarde á la
hora del crepúsculo, una tarde semejante
á esta, la nube rojiza que
corona la cima del monte Eigher
estaba en el mismo parage, y quizas
era la misma nube, el viento era
flojo y tempestuoso, la luna empezaba
á lucir sobre el manto de nieve
que cubre las montañas; el conde
Manfredo estaba como ahora en su
torre: ¿qué hacia allí? lo ignoramos;
pero estaba con él la sola compañera
de sus paseos solitarios y de sus
desvelos, el único ser viviente á
quien manifestaba amar; los lazos
de la sangre se lo ordenaban, es
cierto; era su querida Astarte; era
su... ¿Quién está, ahí?

      [Entra el Abad de San Mauricio.]


EL ABAD.

¿En donde está vuestro amo?


HERMAN.

Está en la torre.


EL ABAD

Es preciso que yo le hable.


MANUEL

Es imposible, está solo, y nos está
prohibido el introducir á nadie.


EL ABAD.

Yo lo tomo sobre mí ... es preciso
que yo le vea.


HERMAN.

¿No le habeis ya visto esta tarde?


EL ABAD.

Herman, yo te lo ordeno, ves á
llamar á la puerta y á prevenir al
conde acerca de mi visita.


HERMAN.

Nosotros no nos atrevemos.


EL ABAD.

¡Y bien! yo mismo iré á anunciarme.


MANUEL.

Mi respetable padre, deteneos, os
lo suplico.


EL ABAD.

¿Porqué?


MANUEL.

Esperad un momento, y yo me
esplicaré en otro parage.

      [Se van.]



ESCENA IV.


      [El interior de la torre.]


MANFREDO _solo_.

Las estrellas se ponen en órden
en el firmamento; la luna se manifiesta
sobre la cumbre de las montañas
coronadas de nieve: ¡admirable
espectáculo! conozco que amo
todavía á la naturaleza, porque el
aspecto de la noche me es mas familiar
que el de los hombres, y es
en sus tinieblas silenciosas y solitarias,
bajo la bóveda estrellada de los
cielos, en donde he aprendido el
idioma de otro universo.

Me acuerdo que cuando viajaba
en tiempo de mi juventud, me encontré
en una noche semejante en
el recinto del Coliseo en medio de
todo lo que nos queda de mas grande
de la ciudad de Rómulo. Un viso
sombrío oscurecia el ramage de los
árboles que crecen sobre los arcos
arruinados, y las estrellas brillaban
al traves de las grietas que presentaban
aquellas ruinas. A lo lejos los
ladridos de los perros resonaban en
la otra márgen del Tiber; mas cerca
de mí, el grito lúgubre de los buhos
salia del palacio de César, y el viento
me traia los sonidos moribundos del
canto nocturno de las centinelas. Por
la parte de la brecha, que el tiempo
ha abierto al circo, parecia que los
cipreses adornaban el horizonte y
solo estaban á la distancia de un
tiro; en estos mismos lugares, que
fueron la morada de los Césares, y
que en el dia estan habitados por
los pájaros nocturnos que hacen oir
sus cantos aciagos, se elevan sobre
las murallas demolidas los árboles
cuyas raices se entrelazan bajo el
domicilio imperial, y la hiedra rastrera
se apodera del terreno destinado
á criar el laurel; pero el circo
sangriento de los gladiadores, ruina
noble é imponente, está todavía de
pie, mientras que los palacios de
mármol de César y de Augusto no
presentan sobre la tierra sino escombros
ignorados. Tú alumbrabas con
tus rayos á la antigua reina del mundo,
astro pacífico de las noches, tú
dejabas caer una luz pálida y melancólica
que suavizaba el aspecto austero
y doloroso de sus antiguos escombros,
y llenaba en algun modo
el vacío de los siglos. Todo lo que
subsiste todavía de hermoso y de
grande recibia de tí un nuevo esplendor,
y lo que ya no existe parecia
que habia vuelto á tomar su antigua
brillantez; en estos lugares
todo inspiró mi entusiasmo, y mi
corazon conmovido adoró silenciosamente
á los grandes hombres de
otros tiempos. Creí ver á todos los
héroes que ya han pasado y á todos
los soberanos coronados que todavía
gobiernan nuestras almas desde el
fondo de sus sepulcros....

Era una noche semejante á esta.
¡Es una cosa particular que me la
recuerde en este momento! pero he
esperimentado muchas veces que
nuestros pensamientos se nos escapan
y se pierden lejos de nosotros,
en el momento en que quisieramos
concentrarlos en una meditacion
solitaria.

      [Entra el Abad de San Mauricio.]


EL ABAD.

Debo pediros perdon de esta segunda
visita; pero dignaos no mirar
como una ofensa la indiscreta importunidad
de mi celo. ¡Recibo con
gusto contra mí lo que tiene de culpable,
y que lo que tenga de bueno
pueda ilustrar vuestro espíritu! ¡qué
no pueda yo decir vuestro corazon!
Si consiguiese ablandarlo por medio
de mis exhortaciones y de mis oraciones,
pondría en el buen camino
á un corazon noble que se encuentra
escarriado, pero que todavía no está
perdido.


MANFREDO.

Tú no me conoces. Mis dias estan
ya contados, y mis acciones
estan escritas en el libro del cielo.
Retírate, tu permanencia aquí te
seria perjudicial; retírate.


EL ABAD.

¿Es una amenaza la que me anunciais?


MANFREDO.

No, te advierto sencillamente que
hay peligro para tí, y yo quisiera
preservarte de él.


EL ABAD.

¿Qué quereis decir?


MANFREDO.

Mira, ¿no ves nada?


EL ABAD.

Nada.


MANFREDO.

Mira bien, te digo y sin temblar.
¿Qué ves ahora?


EL ABAD.

Veo lo que es muy capaz de hacerme
temblar, pero no temo nada,
veo un espectro sombrío y terrible
que sale de la tierra como una divinidad
infernal. Su frente está cubierta
con un velo negro, y su cuerpo
parece que se halla rodeado de
nubes aciagas; pero yo no le temo.


MANFREDO.

Tú no tienes que temer, es cierto;
pero su aspecto puede paralizar tus
miembros cargados de años. Lo repito,
retírate.


EL ABAD.

Y yo repito que no me retiraré
sin que haya hecho desaparecer este
espectro... ¿Qué hace aquí?


MANFREDO.

Lo ignoro: no le he llamado, él
ha venido por su voluntad.


EL ABAD.

¡Ay¡ hombre perdido! ¿qué
teneis que tratar con semejantes
huéspedes? tiemblo por vos, ¿porqué
os mira fijamente y vos á él?
¡Ah! vedle que descubre su rostro,
las cicatrices del rayo vengador estan
grabadas sobre su frente, y en
sus ojos brilla la inmortalidad del
infierno. ¡Lejos de aquí!...


MANFREDO [_al Espíritu_].

¿Cuál es tu mision?


EL ESPÍRITU.

Ven.


EL ABAD

¿Quién eres, espíritu desconocido?
habla, responde.


EL ESPÍRITU.

El genio de este hombre. [_A Manfredo_.]
Ven, ya es tiempo.


MANFREDO.

Estoy pronto á todo, pero no reconozco
el poder que me llama,
¿quién te envia aquí?


EL espíritu.

Tú lo sabrás después.¡Ven! ¡ven!


MANFREDO.

He mandado á seres de una esencia
superior á la tuya, he resistido
á sus superiores: aléjate de estos lugares.


EL ESPÍRITU.

¡Mortal! tu hora ha llegado. Ven
te digo.


MANFREDO.

Ya sé que mi hora ha llegado,
pero no será á un ser tal como tú á
quien entregaré mi alma.


EL ESPÍRITU.

¿Llamaré pues á mis hermanos?...
Apareced.

      [Aparecen los otros Espíritus.]


EL ABAD.

Alejaos, espíritus malignos, huid
os digo; vosotros no teneis poder en
los parages en donde se encuentra
la piedad. Huid, os lo ordeno en
nombre de....


EL ESPÍRITU.

Anciano, nosotros conocemos
nuestra mision y tu ministerio, no
pierdas tus palabras sagradas; serian
inútiles. Este hombre está condenado,
y por la última vez le intimo
que venga.


MANFREDO.

Yo os desafio á todos; aunque
sienta que mi alma se me ausenta,
os desafio á todos. No os seguiré
mientras que me quede un soplo de
vida para luchar aunque sea con los
demonios: si quereis arrancarme de
aquí no lo conseguireis sino miembro
por miembro.


EL ESPÍRITU.

¡Mortal rebelde! ¿eres tú el mágico
que se atrevió á arrojarse al
mundo invisible y hacerte casi nuestro
igual? ¿eres tú el que quieres
conservar una vida que te ha sido
tan funesta?


MANFREDO.

Espíritu impostor, mientes; sé
que ha llegado la última hora de
mi vida y no quisiera retardarla un
momento. No lucho contra la muerte
y sí contra tí y contra los ángeles de
tu séquito. No fue por medio de un
pacto contigo y con tus compañeros
por lo que adquirí un poder sobrenatural;
fue mi ciencia superior, mis
privaciones, mi audacia, mis dilatados
desvelos, mi fuerza de alma y mi
habilidad en descubrir los secretos
de los tiempos antiguos en los que
se veia á los hombres y á los espíritus
marchar juntamente é ignorar
injustos privilegios. Me encuentro
satisfecho de mis propias fuerzas,
os desafio, y os desprecio.


EL ESPÍRITU.

Tus crímenes te han hecho....


MANFREDO.

¿Qué te importan mis crímenes?
¿Serán castigados por otros crímenes
ó por otros mayores criminales?
Vuelve á sumergirte en el infierno,
yo permanezco aquí; tú no tienes
ningun poder sobre mí, y sé que
nunca me poseerás. Lo que he hecho,
está ya hecho; llevo en mi pecho
un tormento al cual no añadirá
nada el que puedes causarme; un
alma inmortal se recompensa ó se
castiga á sí misma; independiente
de los lugares y de los tiempos, lleva
consigo el orígen y el término de
de sus males; una vez despojada de
su cubierta mortal, su sentimiento
interno no presta ningun color á los
vagos objetos que la rodean, pero
se encuentra absorbida en las penas
ó en la dicha que nacen del conocimiento
de sus crímenes ó de sus
virtudes. Tú no has podido tentarme
ni engañarme un momento: ¿porqué
vienes á buscar una presa que
jamas te pertenecerá? Me he perdido
á mí mismo, y seré mi propio verdugo.
(_A todos_.) Huid, demonios
impotentes; la mano de la muerte
está sobre mí, pero no la vuestra.

      [Los demonios desaparecen.]


EL ABAD.

¡Ay! vuestra frente se pone pálida,
vuestros labios pierden el color,
vuestro corazon está oprimido,
y vuestros acentos salen con un sonido
ronco de vuestro pecho palpitante.
Dirigid vuestras oraciones al
cielo, suplicad á lo menos con el
pensamiento ... pero no os entregueis
á la muerte de este modo.


MANFREDO.

Esto es hecho, mis ojos no pueden
mirarte, todo se mueve á mi
rededor, y la tierra parece que se
hunde bajo mis pasos. A Dios padre
mío; dadme la mano.


EL ABAD.

Está fría ... también lo está su corazon.
Una sola súplica... ¡Ay! ¿qué
es lo que va á sucederle?


MANFREDO.

Anciano, el morir no es difícil.

      [Espira.]


EL ABAD.

Ya no existe; su alma ha tomado
vuelo: ¿á dónde irá?... Temo el
pensarlo ... murió[5]....



FIN.



       *       *       *       *       *



NOTAS DE MANFREDO.



  1   ... Es el efecto que producen los rayos del sol sobre
      la parte interior de los torrentes de los Alpes: ninguna
      cosa tiene mas semejanza á un arco íris tan inmediato á
      la tierra que se puede pasear al instante por debajo.
      Este fenómeno dura hasta el mediodia.



  2   ... El filósofo Jamblico. La historia de la invocacion
      de Eros y de Anteros se encuentra en su vida escrita
      por Eunopino.



  3   ... La historia de Pausanias rey de Esparta, y de
      Cleonice, nos ha sido trasmitida por Plutarco (vida de
      Cimon) y por Pausanias el sofísta en su Descripcion de
      la Grecia.

      El rey Pausanias es el que mandaba á los Griegos en la
      batalla de Platea y que pereció despues, convencido de
      haber querido hacer traición á los Lacedomonios.



  4   ... _Los hijos de Dios_ vieron á las hijas de los
      hombres y las encontraron hermosas etc.

      En aquellos tiempos habia gigantes en la tierra; y
      cuando los _hijos de Dios_ hubieron conocido á las hijas
      de los hombres y las hubieron hecho hijos, estos mismos
      hijos se hicieron hombres poderosos é ilustres según
      el siglo.

         _Génesis_, cap. vi, ver. 3 y 4.



  5   ...«¡Ay! cuando un dia el alma se verá finalmente libre
      de los lazos odiosos del cuerpo, y no conservará de la
      vida material sino lo que le queda á una ligera mariposa
      que acaba de romper su prision de invierno; cuando los
      elementos se reunirán á los elementos semejantes y que
      el polvo ya no será sino polvo, ¿no sentiré entonces
      realmente todo lo que creo ver: los espíritus aéreos, el
      pensamiento incorpóreo, y el genio de cada parage, cuya
      inmortal existencia esperimento algunas veces?»

         (Childe-Harold, canto iii.)

      En este pasage y en otros muchos, lord Byron manifiesta
      el deseo de comunicar con los espíritus, lo mismo que
      Manfredo, y de irse lejos del mundo en donde le cuesta
      mucho trabajo el marchar por el terreno rastrero de los
      pormenores de la vida. Identificándose tambien con el
      personage de Manfredo, el poeta pinta con colores muy
      vivos, las fuertes agitaciones, las pasiones
      turbulentas, y la vuelta contemplativa sobre el destino,
      que nos hacen conocer el fondo de su corazon. La musa de
      lord Byron ambiciona la gloria de inspirarnos simpatía
      con una clase de personas con las cuales nos
      avergonzariamos de reconocernos la menor conformidad de
      sentimientos. En despecho de nuestras reclamaciones en
      favor de los principios de gusto y de moral, el poeta se
      apodera de nosotros, por decirlo asi, con la mano de un
      genio sombrío, y forzándonos á descender en los secretos
      pensamientos de nuestro corazon, nos descubre allí,
      admirándonos de espanto, el gérmen de las negras ideas á
      que se abandonan todos sus héroes. Poco le importan las
      consecuencias morales, con tal que escite las
      agitaciones casi involuntarias que le hacen dueño de la
      imaginacion de sus lectores.

      En Manfredo, lord Byron parece adoptar al principio bajo
      nombres persas, la creencia de los maniqueos que admiten
      en el mundo intelectual la oposicion poderosa del
      principio del mal, contrariando sin cesar á la eterna
      Providencia. Manfredo reconoce sin embargo y fuerza al
      mismo Ariman á reconocer la supremacia del dios del
      bien, cuando rehusa el doblar la rodilla y proclama un
      ser delante del cual deben temblar los genios malignos.
      Es una grande concesion la que hace aquí lord Byron á la
      moral religiosa; pues le vemos, muy á menudo armarse de
      una duda sacrílega, atacar toda revelacion venida de
      arriba, y hasta lo que nos descubre un sentimiento
      íntimo, la existencia de un criador.

      Se ve fácilmente que el drama de Manfredo no ha sido
      nunca destinado á la representacion teatral: cuando mas
      podria confiarse á los actores de la Pan-hipocrisiada de
      M. Lemercier.

      Este drama ofrece numerosas relaciones con el de Faust
      que analiza madama de Staël con su talento acostumbrado.
      Vamos á ensayar por medio de algunos estractos de ambas
      obras el modo de que el lector pueda comparar el
      espíritu de estas dos piezas estraordinarias.
      Primeramente debe notarse que la nobleza y dignidad
      trágica no cesan nunca de caracterizar el estilo de lord
      Byron, mientras que Goëthe ha introducido en la escena
      personages de la ínfima plebe, que se esplican en el
      innoble lenguaje de su estado y que parecen no
      representar su papel, sino para probar que el autor está
      tan acostumbrado á las conversaciones bajas de los
      bodegones, como á las maneras elegantes de la corte;
      pero no puede juzgarse á Goëthe según los principios
      establecidos, porque ha afectado el escribir contra
      todas las reglas; «no se puede ir mas lejos en
      pensamientos atrevidos, y la memoria que queda de este
      escrito conserva siempre un poco de desvario.» Pero este
      talento no debe ser muy envidiado ni admirado, porque
      brilla particularmente á espensas de la moral, del
      juicio interno y de la religion. Goëthe no trata
      solamente de destruir todos los consuelos de la vida
      presente, probando que el hombre está destinado á la
      miseria desde su nacimiento, sean cuales fueren su
      rango, su fortuna y su inteligencia, pero procura
      tambien despojarle de la sola esperanza que le queda
      cuando se halla en el colmo de la desgracia: la promesa
      de una felicidad futura. Faust es un hechicero como
      Manfredo «sus conocimientos profundos no le preservan
      del fastidio de la vida; ensayó para librarse de él, el
      hacer un pacto con el diablo y este concluyó con
      llevársele. Ved la primera palabra que ha dado á Goëthe
      su obra singular.»

      «El diablo es el héroe de esta pieza: el autor no le ha
      concebido como una fantasma hedionda, tal como se
      acostumbra á representarle á los niños; ha hecho de él
      un malvado por escelencia, acerca de quien todos los
      malos, y el de Gresset en particular, no son sino
      novicios, apenas dignos de ser los criados de
      Mefistofeles. (Este es el nombre del demonio que se hace
      amigo de Faust.)

      «Goëthe ha querido representar en este personage real y
      fantástico á un mismo tiempo, la mas amarga chanza que
      ha podido inspirar el desprecio, y no obstante tiene una
      alegria audaz que entretiene. En los discursos de
      Melistofeles hay una ironia infernal que se dirige á la
      creacion toda entera, y juzga al universo como un mal
      libro cuyo censor es el diablo.

      «Faust reune en su carácter todas las debilidades de la
      humanidad: deseos de saber y fatigas del trabajo,
      necesidad del buen resultado y saciedad del placer. Es
      un perfecto modelo del ser variable y movible cuyos
      sentimientos son todavía mas efimeros que la corta vida
      de que se lamenta. Faust tiene mas ambicion que fuerza,
      y la agitacion interior le dispone contra la naturaleza
      y le hace recurrir á todos los sortilegios para
      libertarse de todas las condiciones duras, pero
      necesarias, impuestas al hombre mortal. En la primera
      escena se le ve en medio de sus libros y de un número
      infinito de instrumentos de física y de frascos de
      química. Su padre se ocupaba tambien de las ciencias y
      le trasmitió el gusto y la costumbre. Una sola lámpara
      da luz al retiro sombrío, y Faust estudia sin cesar la
      naturaleza y particularmente la magia, de cuyos secretos
      ya posee algunos.

      «Quiere hacer aparecer uno de los genios creadores del
      segundo órden; el genio viene, y le aconseja no elevarse
      sobre la esfera del espíritu humano.» Corresponde á
      nosotros, le dice, el sumergirnos en el tumulto de la
      actividad, en las olas eternas de la vida que el
      nacimiento y la muerte elevan y precipitan, rechazan y
      vuelven á traer. Nosotros estamos criados para trabajar
      en la obra que Dios nos manda y cuya trama cumple el
      tiempo. Pero tú, que no puedes concebir sino á tí mismo,
      tú que tiemblas cuando quieres profundizar tu destino, y
      que mi soplo hace estremecer, déjame, no me llames mas.»
      Cuando el genio desaparece una desesperacion profunda se
      apodera de Faust, y quiere envenenarse.

      «¡Es pues hácia tí, licor ponzoñoso, que mis miradas se
      fijan! Tú que das la muerte, te saludo como á una pálida
      luz en un bosque sombrío. En ti honro la ciencia y el
      espíritu del hombre; tú eres la mas dulce esencia de los
      jugos que proporcionan el sueño. Tú contienes las
      fuerzas que destruyen la vida, ven á mi socorro, ya veo
      que se calma la agitacion de mi espíritu. Quiero
      arrojarme al mar: las aguas cristalinas brillan á mis
      pies como un espejo. Un nuevo dia me llama hácia la otra
      orilla; un carro de fuego pasa sobre mi cabeza, quiero
      subir en él, sabré recorrer las esferas etéreas y gustar
      las delicias de los cielos.

      «Pero ¿cómo merecerlas en mi abatimiento? Sí, yo lo
      puedo, si me atrevo á hacerlo, si derribo con valor las
      puertas de la muerte, delante de las cuales todos pasan
      temblando. Ya es tiempo de manifestar la dignidad del
      hombre. Ya no es necesario que tiemble á la orilla del
      abismo en donde su imaginacion se condena á sí misma á
      sus propios tormentos, y en donde las llamas del
      infierno parece que impiden el acercarse. Quiero verter
      el mortal veneno en esta copa de cristal puro. ¡Ay! en
      otros tiempos tenia un uso diferente: se pasaba de mano
      en mano en los festines alegres de nuestros padres, y el
      convidado recibiéndola, celebraba en verso su hermosura.
      ¡Copa dorada! tú me recuerdas las noches bulliciosas de
      mi juventud, no te ofreceré mas á mi vecino, no alabaré
      mas al artista que supo hermosearte. Te ha llenado un
      lícor sombrío, yo le he preparado, le he escogido; ¡ah!
      ¡que sea para mi el ofertorio solemne que consagro á la
      mañana de mi nueva vida!

      «En el momento en que Faust va á tomar el veneno, oye
      las campanas que anuncian el dia de Pascua á la ciudad,
      y los coros que en la iglesia inmediata celebran esta
      santa fiesta.

      «Cantos celestes, poderosos y dulces, ¿porqué me buscais
      entre el polvo? Haceos oir á los humanos á quienes
      podeis consolar. Escucho el mensage que me traeis, pero
      me falta la fe para creerlo. El milagro es el hijo
      querido de la fe. Sin embargo, acostumbrado á oir estos
      cantos desde la infancia, me llaman á la vida. En otros
      tiempos un rayo de amor divino bajaba sobre mi durante
      la solemnidad tranquila del domingo. El sonido bronco de
      la campana llenaba mi alma del presentimiento del
      porvenir y mis oraciones eran un goce ardiente. La misma
      campana anunciaba tambien los juegos de la juventud y la
      fiesta de la primavera. La memoria reanima en mí los
      sentimientos propios de los pocos años, que hacen
      olvidarnos de la muerte. ¡O! haceos oir todavía, cantos
      celestes; la tierra me ha reconquistado.»

      «Este momento de exaltaciones pasagero: Faust tiene un
      carácter inconstante, las pasiones mundanas vuelven á
      apoderarse de su corazon, busca el modo de
      satisfacerlas, y desea el entregarse á ellas. El diablo,
      bajo el nombre de Mefistofeles, viene y le promete
      ponerle en posesion de todos los goces de la tierra,
      pero al mismo tiempo sabe disgustarle de todos ellos;
      porque la verdadera maldad seca el alma de tal manera,
      que concluye por inspirar una indiferencia profunda por
      los placeres igualmente que por las virtudes.

      «Mefistofeles conduce á Faust á la casa de una hechicera
      que tenia á su disposicion unos animales medio monos y
      medio gatos. Esta escena puede considerarse en algun
      modo como la parodia de las brujas de Macbeth.

      «Faust frecuenta las sociedades acompañado siempre de
      Mefistofeles; pero él se fastidia y el diablo le
      aconseja que se enamore. En efecto se manifiesta
      enamorado de una jóven plebeya totalmente inocente y
      sencilla, que vive pobremente con su madre y que se deja
      seducir luego. Faust se cansa del amor de Margarita lo
      mismo que de todos los goces de la vida. No hay nada mas
      hermoso en aleman que los versos en que manifiesta á un
      mismo tiempo el entusiasmo de la ciencia y la saciedad
      de la dicha.

      «Espíritu sublime, tú me has concedido cuanto te he
      pedido, y no has sido en vano que hayas vuelto hácia mí
      tu rostro rodeado de llamas, tú me has dado la
      encantadora naturaleza por imperio, me has dado la
      fuerza de conocerla y de gozar de ella. No es una fria
      admiracion la que me has permitido, pero sí un íntimo
      conocimiento, y me has hecho penetrar en el seno del
      universo igualmente que en el de un amigo; tú has
      conducido á mi presencia la multitud variada de los
      vivientes y me has enseñado á conocer á mis hermanos en
      los habitantes de los bosques, de los aires y de las
      aguas. Cuando suena la tempestad en el bosque, cuando
      arranca y derriba los pinos gigantescos, cuya caida hace
      resonar la montaña, tú me guias á un asilo seguro y me
      revelas los secretos maravillosos de mi propio corazon;
      cuando la luna tranquila sube lentamente á los cielos,
      las sombras plateadas de los tiempos antiguos se
      presentan á mis ojos, sobre las rocas y en las
      arboledas, y parece que me suavizan el severo placer de
      la meditacion.

      «Pero lo conozco, ¡ay! el hombre no puede alcanzar nada
      que sea perfecto. Al lado de las delicias que me acercan
      á los dioses, es preciso que sufra el compañero frio,
      indiferente y altivo que me humilla á mis propios ojos y
      que con una sola palabra reduce á la nada todos los
      dones que me has hecho. Enciende en mi corazon un fuego
      desordenado que me consume y arrastra hácia la muger
      hermosa: pero con enagenamiento del deseo á la dicha,
      pero en el seno de la felicidad misma un vacilante
      fastidio me hace echar de menos el deseo.»

      «La historia de Margarita contrista dolorosamente el
      corazon, su estado vulgar, su entendimiento limitado, y
      todo lo que la somete á la desgracia sin que ella pueda
      resistirlo, inspira tambien piedad en su favor. Goëthe
      casi nunca ha dado calidades superiores á las mugeres,
      pero pinta maravillosamente el carácter débil que les
      hace tan necesaria la proteccion. Lord Byron ha adornado
      á Astarte de todos los encantos y de todas las
      perfecciones, pero en la pieza no se descubre sino su
      sombra y el poeta no alza sino un momento el velo
      misterioso que cubre á la hermana y á la amiga
      de Manfredo.

      «Margarita es la causa de la muerte de su madre y de su
      hermano, y Faust la llena de amarguras. ¡Ay! esclama en
      un momento de remordimientos, ¡hubiera sido tan
      fácilmente dichosa! una pobre choza en uno de los valles
      de los Alpes y algunas ocupaciones domésticas, hubieran
      bastado para satisfacer sus deseos limitados y llenar su
      vida pacífica; pero yo, enemigo de Dios, no he
      descansado hasta despues de haber despedazado su corazon
      y de haber arruinado su miserable destino. De este modo
      la paz debe haberle sido robada para siempre, y es
      necesario que sea la víctima del infierno. ¡Y bien!
      demonio, abrevia mis angustias y haz llegar lo que debe
      suceder. Que la suerte de esta desgraciada se cumpla, y
      á lo menos precipítame con ella en los abismos.»

      «Mefistofeles imagina el trasportar á Faust á la junta
      nocturna de las brujas á fin de distraerle de sus penas;
      y hay una escena que es imposible esplicarla, aunque en
      ella se encuentran un gran número de ideas que retener.
      La junta de las brujas es verdaderamente como una fiesta
      de las saturnales.

      Faust sabe que Margarita ha hecho perecer al niño que
      habia dado á luz, esperando por este medio el escusarse
      la vergüenza de su conducta. Su crímen ha sido
      descubierto, se le ha puesto en prision, y al dia
      siguiente debe morir en un cadalso. Faust maldice con
      furor á Mefistofeles, y este acusa á Faust con frialdad,
      y le prueba que es él quien ha deseado el mal, y que no
      le ha ayudado sino porque le habia llamado. Se ha dado
      una sentencia de muerte contra Faust porque quitó la
      vida al hermano de Margarita; pero no obstante se
      introduce secretamente en la ciudad, obtiene de
      Mefistofeles los medios para libertar á Margarita, y se
      introduce de noche en su calabozo cuyas llaves
      habia ocultado.

      «Oye á lo lejos que ensaya el cantar una cancion que
      prueba la pérdida de su razon. Margarita cree que vienen
      á buscarla para conducirla al cadalso: escena tierna
      entre ella y Faust que no puede decidirla á que le siga;
      Margarita pasa rápidamente de una idea á otra, no
      reconociendo á su amante sino por intervalos.
      Mefistofeles comparece á la puerta y les dice: daos
      prisa ó estais perdidos; vuestros retardos y vuestras
      dudas son funestos, mis caballos tiritan, el frio de la
      mañana se hace sentir.--_Margarita._ ¿Quién sale de este
      modo de la tierra? él es, él es; hacedle ir. ¿Qué hará
      en el lugar sagrado? Es á mi á quien quiere
      llevarse.--_Faust_. Es necesario que tu
      vivas.--_Margarita_. ¡Justicia divina, me abandono á
      tí!--_Mefistofeles á Faust_. Ven, ven ó te doy la muerte
      igualmente que á ella.--_Margarita_. Padre celestial, yo
      soy tuya, y vosotros ángeles salvadme, coros sagrados,
      rodeadme, defendedme: Faust, tu suerte es la que me
      aflige...--_Mefistofeles_. ¡Ya está juzgada! Las voces
      del cielo esclaman: ¡está salvada!--_Mefistofeles á
      Faust_. ¡Sigúeme! Mefistofeles desaparece con Faust; se
      oye en lo interior la voz de Margarita que llama
      inútilmente á su amigo «¡Faust! ¡Faust!»

      «La pieza queda cortada después de estas palabras.» «Es
      necesario añadir alguna cosa» concluye madama de Staël,
      y nosotros aplicamos lo que dice á nuestra traduccion de
      Manfredo: «es preciso suplir por la imaginacion al
      hechizo qne debe añadir una hermosa poesia á las escenas
      que he ensayado traducir. En el arte de la versificacion
      hay siempre un género de mérito reconocido por todo el
      mundo, y que es independiente del objeto á que ha sido
      aplicado en la pieza de Faust. La cadencia cambia segun
      la situacion, y la brillante variedad que resulta es
      admirable.

      «La creencia de los malos espíritus se encuentra en un
      grande número de poesías alemanas. La naturaleza del
      Norte se acomoda bastante bien con semejante terror, y
      asi es mucho menos ridículo en Alemania que lo seria en
      Francia, el servirse del diablo en las ficciones.

      «Es imposible el leer la pieza de Faust sin que se
      presente en la idea de mil maneras diferentes, se enfada
      uno con el autor, se le acusa, se le justifica, pero da
      motivo para reflexionar sobre todo, y para valerme del
      lenguaje ingenuo de un sabio de la mediana edad, _sobre
      alguna cosa mas que todo_.

      «La crítica de una obra semejante debe ser un objeto muy
      fácil de prever de antemano, ó mas bien el género mismo
      de la obra puede merecer la censura, todavía con mas
      razon que el modo como está tratada; porque una buena
      composicion, debe ser juzgada como un sueño; y si el
      buen gusto se halla siempre vigilante en la puerta de
      marfil de los sueños para obligarles á tomar la forma
      convenida, muy rara vez chocarán á la imaginacion.

      «Sin embargo la pieza de Faust no es ciertamente un buen
      modelo, y sea que pueda ser considerada como la obra de
      un delirio del entendimiento, ó de la saciedad de la
      razon, es de desear que no se repitan semejantes
      producciones; pues cuando un ingenio tal como el de
      Goëthe, rompe todas las trabas, la multitud de sus
      pensamientos es tan grande, que por todas partes esceden
      y trastornan los límites del arte.

      «Dichosos los autores que como Goëthe, estan traducidos
      y comentados por una muger á quien lord Byron ha
      proclamado ¡la primera de su siglo y de todos los siglos
      pasados! y aunque algunas de sus críticas pueden hallar
      su aplicacion en las obras del autor de Manfredo,
      nuestras citas no podrán ser desagradables á un poeta
      que fue constantemente el admirador y el amigo
      de Corina.»



FIN DE LAS NOTAS





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Manfredo - Drama en tres actos" ***

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