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Title: Novelas y teatro
Author: Cervantes Saavedra, Miguel de, 1547-1616
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Novelas y teatro" ***

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              BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE
               DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL
                           TOMO XXI

                      C E R V A N T E S
                       NOVELAS Y TEATRO

                     SELECCIÓN HECHA POR
                        JOSEFINA SELA

                    _Dibujos de F. Marco._


                      MADRID, MCMXXII

                     INSTITUTO - ESCUELA
              JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS


 TIPOGRAFÍA DE LA "REVISTA DE ARCHIVOS", OLÓZAGA, I, MADRID



LA GITANILLA

Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para
ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian
para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y
molientes a todo ruedo, y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos
como acidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte. Una,
pues, desta nación, gitana vieja, que podía ser jubilada en la ciencia
de Caco, crió una muchacha en nombre de nieta suya, a quien puso
nombre Preciosa, y a quien enseñó todas sus gitanerías, y modos de
embelecos, y trazas de hurtar. Salió la tal Preciosa la más única
bailadora que se hallaba en todo el gitanismo, y la más hermosa y
discreta que pudiera hallarse, no entre los gitanos, sino entre
cuantas hermosas y discretas pudiera pregonar la fama. Ni los soles,
ni los aires, ni todas las inclemencias del cielo, a quien más que
otras gentes están sujetos los gitanos, pudieron deslustrar su rostro
ni curtir las manos; y lo que es más, que la crianza tosca en que se
criaba no descubría en ella sino ser nacida de mayores prendas que de
gitana, porque era en extremo cortés y bien razonada. La abuela
conoció el tesoro que en la nieta tenía, y así, determinó el águila
vieja sacar a volar su aguilucho y enseñarle a vivir por sus uñas.

Salió Preciosa rica de villancicos, de coplas, seguidillas y
zarabandas y de otros versos, especialmente de romances, que los
cantaba con especial donaire. Porque su taimada abuela echó de ver que
tales juguetes y gracias, en los pocos años y en la mucha hermosura de
su nieta, habían de ser felicísimos atractivos e incentivos para
acrecentar su caudal; y así, se los procuró y buscó por todas las vías
que pudo, y no faltó poeta que se los diese.

Crióse Preciosa en diversas partes de Castilla, y a los quince años de
su edad su abuela putativa la volvió a la Corte y a su antiguo rancho,
que es adonde ordinariamente le tienen los gitanos, en los campos de
Santa Bárbara, pensando en la Corte vender su mercadería, donde todo
se compra y todo se vende. Y la primera entrada que hizo Preciosa en
Madrid fué un día de Santa Ana, patrona y abogada de la villa, con una
danza en que iban ocho gitanas, cuatro ancianas y cuatro muchachas, y
un gitano, gran bailarín, que las guiaba; y aunque todas iban limpias
y bien aderezadas, el aseo de Preciosa era tal, que poco a poco fué
enamorando los ojos de cuantos la miraban. De entre el son del
tamborín y castañetas y fuga del baile salió un rumor que encarecía la
belleza y donaire de la Gitanilla, y corrían los muchachos a verla y
los hombres a mirarla. Pero cuando la oyeron cantar, por ser la danza
cantada, ¡allí fué ello! Allí sí que cobró aliento la fama de la
Gitanilla, y de común consentimiento de los diputados de la fiesta,
desde luego le señalaron el premio y joya de la mejor danza; y cuando
llegaron a hacerla en la iglesia de Santa María, delante de la imagen
de Santa Ana, después de haber bailado todas, tomó Preciosa unas
sonajas, al son de las cuales, dando en redondo largas y ligerísimas
vueltas, cantó #_un_# romance.

[Ilustración: ...y corrían los muchachos a verla y los hombres a
mirarla.]

El cantar de Preciosa fué para admirar a cuantos la escuchaban. Unos
decían: "¡Dios te bendiga, la muchacha!" Otros: "¡Lástima es que esta
mozuela sea gitana! En verdad en verdad que merecía ser hija de un
gran señor."

Acabáronse las vísperas, y la fiesta de Santa Ana, y quedó Preciosa
algo cansada; pero tan celebrada de hermosa, de aguda y de discreta, y
de bailadora, que a corrillos se hablaba della en toda la Corte. De
allí a quince días volvió a Madrid con otras tres muchachas, con
sonajas y con un baile nuevo, todas apercebidas de romances y de
cantarcillos alegres, pero todos honestos. Nunca se apartaba della la
gitana vieja, hecha su Argos, temerosa no se la despabilasen y
traspusiesen; llamábala nieta, y ella la tenía por abuela. Pusiéronse
a bailar a la sombra en la calle de Toledo, y de los que las venían
siguiendo se hizo luego un gran corro; y en tanto que bailaban, la
vieja pedía limosna a los circunstantes, y llovían en ella ochavos y
cuartos como piedras a tablado; que también la hermosura tiene fuerza
de despertar la caridad dormida.

Acabado el baile, dijo Preciosa:

--Si me dan cuatro cuartos, les cantaré un romance yo sola, lindísimo
en extremo, que trata de cuando la Reina nuestra señora Margarita
salió a misa en Valladolid y fué a San Llorente: dígoles que es
famoso, y compuesto por un poeta de los del número, como capitán del
batallón.

Apenas hubo dicho esto, cuando casi todos los que en la rueda estaban
dijeron a voces:

--Cántale, Preciosa, y ves aquí mis cuatro cuartos.

Y así granizaron sobre ella cuartos, que la vieja no se daba manos a
cogerlos. Hecho, pues, su agosto, y su vendimia, repicó Preciosa sus
sonajas, y al tono correntío y loquesco cantó el romance.

Apenas #_lo_# acabó cuando del ilustre auditorio y grave senado que la
oía, de muchas se formó una voz sola, que dijo:

--¡Torna a cantar, Preciosica; que no faltarán cuartos como tierra!

Más de docientas personas estaban mirando el baile y escuchando el
canto de las gitanas, y en la fuga dél acertó a pasar por allí uno de
los tinientes de la villa, y viendo tanta gente junta, preguntó qué
era, y fuéle respondido que estaban escuchando a la Gitanilla hermosa,
que cantaba. Llegóse el Tiniente, que era curioso, y escuchó un rato,
y por no ir contra su gravedad, no escuchó el romance hasta la fin; y
habiéndole parecido por todo extremo bien la Gitanilla, mando a un
paje suyo dijese a la gitana vieja que al anochecer fuese a su casa
con las gitanillas; que quería que las oyese dona Clara su mujer.
Hizolo así el paje, y la vieja dijo que sí iria.

Acabaron el baile y el canto y se fueron la calle adelante, y desde
una reja llamaron unos caballeros a las gitanas. Asomóse Preciosa a la
reja, que era baja, y vió en una sala muy bien aderezada y muy fresca
muchos caballeros que, unos paseándose y otros jugando a diversos
juegos, se entretenían.

--¿Quiérenme dar barato, ceñores?--dijo Preciosa, que, como gitana,
hablaba ceceoso, y esto es artificio en ellas; que no naturaleza.

A la voz de Preciosa, y a su rostro, dejaron los que jugaban el juego,
y el paseo los paseantes, y los unos y los otros acudieron a la reja
por verla, que ya tenían noticia della, y dijeron:

--Entren, entren las gitanillas; que aquí les daremos barato.

--Caro sería ello--respondió Preciosa--si nos pellizcacen.

--No, a fe de caballeros--respondió uno--; bien puedes entrar, niña,
segura que nadie te tocará a la vira de tu zapato; no, por el hábito
que traigo en el pecho.

Y púsose la mano sobre uno de Calatrava.

--Si tú quieres entrar, Preciosa--dijo una de las tres gitanillas que
iban con ella--, entra enhorabuena; que yo no pienso entrar adonde hay
tantos hombres.

--Mira, Cristina--respondió Preciosa--: de lo que te has de guardar es
de un hombre solo y a solas, y no de tantos juntos; porque antes el
ser muchos quita el miedo y el recelo de ser ofendidas. Advierte,
Cristinica, y está cierta de una cosa: que la mujer que se determina a
ser honrada, entre un ejército de soldados lo puede ser. Verdad es que
es bueno huír de las ocasiones; pero han de ser de las secretas, y no
de las públicas.

--Entremos, Preciosa--dijo Cristina--; que tú sabes más que un sabio.

Animólas la gitana vieja, y entraron; y apenas hubo entrado Preciosa,
cuando el caballero del hábito vió _un_ papel que traía en el seno, y
llegándose a ella se le tomó, y dijo Preciosa:

--¡Y no me le tome, señor; que es un romance que me acaban de dar
ahora, que aún no le he leído!

--Y ¿sabes tú leer, hija?--dijo uno.

--Y escribir--respondió la vieja--; que a mi nieta hela criado yo como
si fuera hija de un letrado.

Abrió el caballero el papel, y vió que venía dentro dél un escudo de
oro, y dijo:

--En verdad, Preciosa, que trae esta carta el porte dentro: toma este
escudo que en el romance viene.

--Basta--dijo Preciosa---, que me ha tratado de pobre el poeta. Pues
cierto que es más milagro darme a mí un poeta un escudo que yo
recebirle: si con esta añadidura han de venir sus romances, traslade
todo el _Romancero general_, y envíemelos uno a uno; que yo les
tentaré el pulso, y si vinieren duros, seré yo blanda en recebillos.

Admirados quedaron los que oían a la Gitanica, así de su discreción
como del donaire con que hablaba.

Los que jugaban le dieron barato, y aun los que no jugaban. Cogió la
hucha de la vieja treinta reales, y más rica y más alegre que una
Pascua de Flores, antecogió sus corderas y fuése en casa del señor
Teniente, quedando que otro día volvería con su manada a dar contento
a aquellos tan liberales señores.

Ya tenía aviso la señora doña Clara, mujer del señor Teniente, como
habían de ir a su casa las gitanillas, y estábalas esperando como el
agua de Mayo ella y sus doncellas y dueñas, con las de otra señora
vecina suya, que todas se juntaron para ver a Preciosa; y apenas
hubieron entrado las gitanas, cuando entre las demás resplandeció
Preciosa como la luz de una antorcha entre otras luces menores; y así,
corrieron todas a ella: unas la abrazaban, otras la miraban, éstas la
bendecían, aquéllas la alababan. Doña Clara decía:

--¡Este sí que se puede decir cabello de oro! ¡Estos sí que son ojos
de esmeraldas!

La señora su vecina la desmenuzaba toda, y hacía pepitoria de todos
sus miembros y coyunturas. Y llegando a alabar un pequeño hoyo que
Preciosa tenía en la barba, dijo:

--¡Ay, qué hoyo! En este hoyo han de tropezar cuantos ojos le miraren.

Oyó esto un escudero de brazo de la señora doña Clara, que allí
estaba, de luenga barba y largos años, y dijo:

--¡Por Dios, tan linda es la Gitanilla, que hecha de plata o de
alcorza no podría ser mejor! ¿Sabes decir la buenaventura, niña?

--De tres o cuatro maneras--respondió Preciosa.

--Y ¿eso más?--dijo doña Clara---. Por vida del Tiniente, mi señor,
que me la has de decir, niña de oro, y niña de plata, y niña de
perlas, y niña de carbuncos, y niña del cielo, que es lo más que puedo
decir.

--Dénle, dénle la palma de la mano a la niña, y con que haga la
cruz--dijo la vieja--, y verán qué de cosas les dice; que sabe más que
un doctor de melecina.

Echó mano a la faldriquera la señora Tenienta, y halló que no tenía
blanca. Pidió un cuarto a sus criadas, y ninguna le tuvo, ni la señora
vecina tampoco. Lo cual visto por Preciosa dijo:

--Todas las cruces, en cuanto cruces, son buenas; pero las de plata o
de oro son mejores; y el señalar la cruz en la palma de la mano con
moneda de cobre sepan vuesas mercedes que menoscaba la buenaventura, a
lo menos, la mía; y así, tengo afición a hacer la cruz primera con
algún escudo de oro, o con algún real de a ocho, o, por lo menos, de a
cuatro; que soy como los sacristanes: que cuando hay buena ofrenda, se
regocijan.

--Donaire tienes, niña, por tu vida--dijo la señora vecina.

Y volviéndose al escudero, le dijo:

--Vos, señor Contreras, ¿tendréis a mano algún real de a cuatro?
Dádmele; que en viniendo el doctor mi marido os le volveré.

--Sí tengo--respondió Contreras--; pero téngole empeñado en veinte y
dos maravedís, que cené anoche; dénmelos; que yo iré por él en
volandas.

--No tenemos entre todas un cuarto--dijo doña Clara---, ¿y pedís
veinte y dos maravedís? Andad, Contreras, que siempre fuistes
impertinente.

Una doncella de las presentes, viendo la esterilidad de la casa, dijo
a Preciosa:

--Niña, ¿hará algo al caso que se haga la cruz con un dedal de plata?

--Antes--respondió Preciosa--se hacen las cruces mejores del mundo con
dedales de plata, como sean muchos.

--Uno tengo yo--replicó la doncella---; si éste basta, hele aquí, con
condición que también se me ha de decir a mí la buenaventura.

--¿Por un dedal tantas buenasventuras?--dijo la gitana vieja---.
Nieta, acaba presto; que se hace noche.

Tomó Preciosa el dedal y la mano de la señora Teniente y dijo _#la
buenaventura; y en acabándola#_ encendió el deseo de todas las
circunstantes en querer saber la suya, y así se lo rogaron todas; pero
ella las remitió para el viernes venidero, prometiéndole que tendrían
reales de plata para hacer las cruces. En esto, vino el señor
Tiniente, a quien contaron maravillas de la Gitanilla; él las hizo
bailar un poco, y confirmó por verdaderas y bien dadas las alabanzas
que a Preciosa habían dado; y poniendo la mano en la faldriquera, hizo
señal de querer darle algo; y habiéndola espulgado, y sacudido, y
rascado muchas veces, al cabo sacó la mano vacía, y dijo:

--¡Por Dios que no tengo blanca! Dadle vos, doña Clara, un real a
Preciosica; que yo os le daré después.

[Ilustración: ...y poniendo la mano en la faldriquera, ...]

--¡Bueno es eso, señor, por cierto! ¡Sí, ahí está el real de
manifiesto! No hemos tenido entre todas nosotras un cuarto para hacer
la señal de la cruz, ¿y quiere que tengamos un real?

--Pues dadle alguna valoncica vuestra, o alguna cosita; que otro día
nos volverá a ver Preciosa, y la regalaremos mejor.

A lo cual dijo doña Clara:

--Pues porque otra vez venga, no quiero dar nada ahora a Preciosa.

--Antes si no me dan nada--dijo Preciosa---, nunca más volveré acá.
Mas sí volveré, a servir a tan principales señores; pero trairé
tragado que no me han de dar nada, y ahorraréme la fatiga del
esperallo. Coheche vuesa merced, señor Tiniente; coheche, y tendrá
dineros, y no haga usos nuevos; que morirá de hambre. Mire, señora:
por ahí he oído decir (y aunque moza, entiendo que no son buenos
dichos) que de los oficios se ha de sacar dineros para pagar las
condenaciones de las residencias y para pretender otros cargos.

--Así lo dicen y lo hacen los desalmados--replicó el Teniente---; pero
el juez que da buena residencia no tendrá que pagar condenación
alguna, y el haber usado bien su oficio será el valedor para que le
den otro.

--Habla vuesa merced muy a lo santo, señor Teniente--respondió
Preciosa---; ándese a eso y cortarémosle de los harapos para
reliquias.

--Mucho sabes, Preciosa--dijo el Tiniente---. Calla, que yo daré traza
que sus Majestades te vean, porque eres pieza de reyes.

--Querránme para truhana--respondió Preciosa---, y yo no lo sabré ser,
y todo irá perdido. Si me quisiesen para discreta, aún llevarme hían;
pero en algunos palacimás medran los truhanes que los discretos. Yo me
hallo bien con ser gitana y pobre, y corra la suerte por donde el
cielo quisiere.

--Ea, niña--dijo la gitana vieja--, no hables más; que has hablado
mucho, y sabes más de lo que yo te he enseñado; no te asotiles tanto,
que te despuntarás; habla de aquello que tus años permiten, y no te
metas en altanerías; que no hay ninguna que no amenace caída.

--¡El diablo tienen estas gitanas en el cuerpo!--dijo a esta sazón el
Tiniente.

Despidiéronse las gitanas, y al irse, dijo la doncella del dedal:

--Preciosa, dime la buenaventura, o vuélveme mi dedal; que no me queda
con qué hacer labor.

--Señora doncella--respondió Preciosa---, haga cuenta que se la he
dicho, y provéase de otro dedal, o no haga vainillas hasta el viernes,
que yo volveré y le diré más venturas y aventuras que las que tiene un
libro de caballerías.

Fuéronse, y juntáronse con las muchas labradoras que a la hora de las
avemarías suelen salir de Madrid para volverse a sus aldeas, y entre
otras vuelven muchas, con quien siempre se acompañaban las gitanas, y
volvían seguras. Porque la gitana vieja vivía en continuo temor no le
salteasen a su Preciosa.

Sucedió, pues, que la mañana de un día que volvían a Madrid a coger la
garrama con las demás gitanillas, en un valle pequeño que está obra de
quinientos pasos antes que se llegue a la villa, vieron un mancebo
gallardo y ricamente aderezado de camino. La espada y daga que traía
eran, como decirse suele, una ascua de oro; sombrero con rico cintillo
y con plumas de diversas colores adornado. Repararon las gitanas en
viéndole y pusiéronsele a mirar muy de espacio, admiradas de que a
tales horas un tan hermoso mancebo estuviese en tal lugar, a pie y
solo. El se llegó a ellas, y hablando con la gitana mayor, le dijo:

--Por vida vuestra, amiga, que me hagáis placer que vos y Preciosa me
oyáis aquí aparte dos palabras, que serán de vuestro provecho.

--Como no nos desviemos mucho, ni no nos tardemos mucho, sea en buen
hora--respondió la vieja.

Y llamando a Preciosa, se desviaron de las otras obra de veinte pasos,
y así en pie, como estaban, el mancebo les dijo:

--Yo vengo de manera rendido a la discreción y belleza de Preciosa,
que después de haberme hecho mucha fuerza para excusar llegar a este
punto, al cabo he quedado más rendido y más imposibilitado de
excusallo. Yo, señoras mías (que siempre os he de dar este nombre, si
el cielo mi pretensión favorece), soy caballero, como lo puede mostrar
este hábito--y apartando el herreruelo, descubrió en el pecho uno de
los más calificados que hay en España---; soy hijo de Fulano--que por
buenos respectos aquí no se declara su nombre---; estoy debajo de su
tutela y amparo; soy hijo único, y el que espera un razonable
mayorazgo. Mi padre está aquí en la Corte pretendiendo un cargo, y ya
está consultado, y tiene casi ciertas esperanzas de salir con él. Y
con ser de la calidad y nobleza que os he referido, y de la que casi
se os debe ya de ir trasluciendo, con todo eso, quisiera ser un gran
señor para levantar a mi grandeza la humildad de Preciosa, haciéndola
mi igual y mi señora. Quiero servirla del modo que ella más gustare:
su voluntad es la mía. Para con ella es de cera mi alma, donde podrá
imprimir lo que quisiere; y para conservarlo y guardarlo no será como
impreso en cera, sino como esculpido en marmóles, cuya dureza se opone
a la duración de los tiempos. Si creéis esta verdad, no admitirá
ningún desmayo mi esperanza; pero si no me creéis, siempre me tendrá
temeroso vuestra duda. Mi nombre es éste--y díjoselo---; el de mi
padre ya os le he dicho; la casa donde vive es en tal calle, y tiene
tales y tales señas; vecinos tiene de quien podréis informaros, y aun
de los que no son vecinos también; que no es tan escura la calidad y
el nombre de mi padre y el mío, que no le sepan en los patios de
palacio, y aun en toda la Corte. Cien escudos traigo aquí en oro para
daros en arra y señal de lo que pienso daros; porque no ha de negar la
hacienda el que da el alma.

En tanto que el caballero esto decía, le estaba mirando. Preciosa
atentamente, y sin duda que no le debieron de parecer mal ni sus
razones ni su talle; y volviéndose a la vieja, le dijo:

--Perdóneme, abuela, de que me tomo licencia para responder a este
señor.

--Responde lo que quisieres, nieta--respondió la vieja---; que yo sé
que tienes discreción para todo.

Y Preciosa dijo:

--Yo, señor caballero, aunque soy gitana, pobre y humildemente nacida,
tengo un cierto espiritillo fantástico acá dentro, que a grandes cosas
me lleva. A mí ni me mueven promesas, ni me desmoronan dádivas, ni me
inclinan sumisiones, ni me espantan finezas y aunque de quince años
(que, según la cuenta de mi abuela, para este San Miguel los haré),
soy ya vieja en los pensamientos y alcanzo más de aquello que mi edad
promete, más por mi buen natural que por la experiencia. #_El_# temor
engendra en mí un recato tal, que ningunas palabras creo y de muchas
obras dudo. Si quisiéredes ser mi esposo, yo lo seré vuestra: pero han
de preceder muchas condiciones y averiguaciones primero. Primero
tengo; de saber si sois el que decís; luego, hallando esta verdad,
habéis de dejar la casa de vuestros padres y la habéis de trocar con
nuestros ranchos, y tomando el traje de gitano, habéis de cursar dos
años en nuestras escuelas, en el cual tiempo me satisfaré yo de
vuestra condición, y vos de la mía; al cabo del cual, si vos os
contentáredes de mí, y yo de vos, me entregaré por vuestra esposa. Y
habéis de considerar que en el tiempo de este noviciado podría ser que
cobrásedes la vista, que ahora debéis de tener perdida, o, por lo
menos, turbada, y viésedes que os convenía huir de lo que ahora seguís
con tanto ahinco; y cobrando la libertad perdida, con un buen
arrepentimiento se perdona cualquier culpa. Si con estas condiciones
queréis entrar a ser soldado de nuestra milicia, en vuestra mano está,
pues faltando alguna dellas, no habéis de tocar un dedo de la mía.

Pasmóse el mozo a las razones de Preciosa, y púsose como embelesado,
mirando al suelo, dando muestras que consideraba lo que responder
debía. Viendo lo cual Preciosa, tornó a decirle:

--No es éste caso de tan poco momento, que en los que aquí nos ofrece
el tiempo pueda ni deba resolverse: volveos, señor, a la villa, y
considerad de espacio lo que viéredes que más os convenga, y en este
mismo lugar me podéis hablar todas las fiestas que quisiéredes, al ir
o venir de Madrid.

--Satanás tienes en tu pecho, muchacha--dijo a esta sazón la gitana
vieja---: ¡mira que dices cosas, que no las diría un colegial de
Salamanca! ¿cómo es esto? que me tienes loca, y te estoy escuchando
como a una persona espiritada, que habla latín sin saberlo.

--Calle, abuela--respondió Preciosa---, y sepa que todas las cosas que
me oye son nonada y son de burlas, para las muchas que de más veras me
quedan en el pecho.

Todo cuanto Preciosa decía, y toda la discreción que mostraba, era
añadir leña al fuego que ardía en el pecho del caballero. Finalmente,
quedaron en que de allí a ocho días se verían en aquel mismo lugar,
donde él vendría a dar cuenta del término en que sus negocios estaban,
y ellas habrían tenido tiempo de informarse de la verdad que les había
dicho. Sacó el mozo una bolsilla de brocado, donde dijo que iban cien
escudos de oro, y dióselos a la vieja; pero no quería Preciosa que los
tomaste en ninguna manera; a quien la gitana dijo:

--Calla, niña; que la mejor señal que este señor ha dado de estar
rendido es haber entregado las armas en señal de rendimiento; y el
dar, en cualquiera ocasión que sea, siempre fué indicio de generoso
pecho. Y acuérdate de aquel refrán que dice: "Al cielo rogando, y con
el mazo dando." Y más, que no quiero yo que por mí pierdan las gitanas
el nombre que por luengos siglos tienen adquerido de codiciosas y
aprovechadas. ¿Cien escudos quieres tú que deseche, Preciosa, y de oro
en oro, que pueden andar cosidos en el alforza de una saya que no
valga dos reales, y tenerlos allí como quien tiene un juro sobre las
yerbas de Extremadura? Y si alguno de nuestros hijos, nietos o
parientes cayere, por alguna desgracia, en manos de la justicia,
¿habrá favor tan bueno que llegue a la oreja del juez y del escribano,
como destos escudos, si llegan a sus bolsas? Tres veces por tres
delitos diferentes me he visito casi puesta en el asno para ser
azotada, y de la una me libró un jarro de plata, y de la otra una
sarta de perlas, y de la otra cuarenta reales de a ocho, que había
trocado por cuartos, dando veinte reales más por el cambio. Mira,
niña, que andamos en oficio muy peligroso y lleno de tropiezos y de
ocasiones forzosas, y no hay defensas que más presto nos amparen y
socorran como las armas invencibles del gran Filipo: no hay pasar
adelante de su _plus ultra_. Por un doblón de dos caras se nos muestra
alegre la triste del procurador y de todos los ministros de la muerte,
que son arpías de nosotras las pobres gitanas, y más precian pelarnos
y desollarnos a nosotras que a un salteador de caminos; jamás, por más
rotas y desastradas que nos vean, nos tienen por pobres; que dicen que
somos como los jubones de los gabachos de Belmonte: rotos y
grasientos, y llenos de doblones.

--Por vida suya, abuela, que no diga más; que lleva término de alegar
tantas leyes en favor de quedarse con el dinero, que agote las de los
Emperadores; quédese con ellos, y buen provecho le hagan, y plega a
Dios que los entierre en sepultura donde jamás tornen a ver la
claridad del sol, ni haya necesidad que la vean. A estas nuestras
compañeras será forzoso darles algo; que ha mucho que nos esperan, y
ya deben de estar enfadadas.

[Ilustración: Por vida suya, abuela, que no diga más; ...]

--Así verán ellas--replicó la vieja--moneda déstas como veen al Turco
agora. Este buen señor verá si le ha quedado alguna moneda de plata, o
cuartos, y los repartirá entre ellas, que con poco quedarán contentas.

--Sí traigo--dijo él galán.

Y sacó de la faldriquera tres reales de a ocho, que repartió entre las
tres gitanillas, con que quedaron más alegres y más satisfechas que
suele quedar un autor de comedias cuando, en competencia de otro, le
suelen retular por las esquinas: "_Víctor, Víctor._"

En resolución, concertaron la venida de allí a ocho días, y que se
había de llamar, cuando fuése gitano, Andrés Caballero, porque también
había gitanos entre ellos deste apellido.

Andrés (que así le llamaremos de aquí adelante) las dejó, y se entró
en Madrid, y ellas, contentísimas, hicieron lo mismo. Preciosa, algo
aficionada de la gallarda disposición de Andrés, ya deseaba informarse
si era el que había dicho; entró en Madrid, y como ella llevaba puesta
la mira en buscar la casa del padre de Andrés, sin querer detenerse a
bailar en ninguna parte, en poco espacio se puso en la calle do
estaba, que ella muy bien sabía; y habiendo andado hasta la mitad,
alzó los ojos a unos balcones de hierro dorados, que le habían dado
por señas, y vió en ellos a un caballero de hasta edad de cincuenta
años, con un hábito de cruz colorada en los pechos, de venerable
gravedad y presencia; el cual apenas también hubo visto la Gitanilla
cuando dijo:

--Subid, niñas; que aquí os darán limosna.

A esta voz acudieron al balcón otros tres caballeros, y entre ellos
vino el enamorado Andrés, que cuando vió a Preciosa, perdió la color y
estuvo a punto de perder los sentidos: tanto fué el sobresalto que
recibió con su vista. Subieron las gitanillas todas, sino la grande,
que se quedó abajo para informarse de los criados de las verdades de
Andrés. Al entrar las gitanillas en la sala, estaba diciendo el
caballero anciano a los demás:

--Esta debe ser, sin duda, la Gitanilla hermosa que dicen que anda por
Madrid.

--Ella es--replicó Andrés--, y sin duda es la más hermosa criatura que
se ha visto.

--Así lo dicen--dijo Preciosa, que lo oyó todo en entrando--; pero en
verdad que se deben de engañar en la mitad del justo precio. Bonita,
bien creo que lo soy; pero tan hermosa como dicen, ni por pienso.

--¡Por vida de don Juanico mi hijo--dijo el anciano---, que aún sois
más hermosa de lo que dicen, linda gitana!

--Y ¿quién es don Juanico su hijo?--preguntó Preciosa.

--Ese galán que está a vuestro lado--respondió el caballero.

--En verdad que pensé--dijo Preciosa--que juraba vuesa merced por
algún niño de dos años. ¡Mirad qué don Juanico, y qué brinco! A mi
verdad que pudiera ya estar casado, y que, según tiene unas rayas en
la frente, no pasarán tres años sin que lo esté, y muy a su gusto, si
es que desde aquí allá no se le pierde, o se le trueca.

--Basta--dijo uno de los presentes--; que sabe la Gitanilla desrayas.

#_A lo que_# respondió Preciosa.

--Lo que veo con los ojos, con el dedo lo adivino: yo sé del señor don
Juanico, sin rayas, que es algo enamoradizo, impetuoso y acelerado, y
gran prometedor de cosas que parecen imposibles; y plega a Dios que no
sea mentirosito, que sería lo peor de todo. Un viaje ha de hacer agora
muy lejos de aquí, y uno piensa el bayo, y otro el que le ensilla; el
hombre pone, y Dios dispone; quizá pensará que va a Oñez, y dará en
Gamboa.

A esto respondió don Juan:

--En verdad, gitanica, que has acertado en muchas cosas de mi
condición; pero en lo de ser mentiroso vas muy fuera de la verdad,
porque me precio de decirla en todo acontecimiento. En lo del viaje
largo has acertado, pues, sin duda, siendo Dios servido, dentro de
cuatro o cinco días me partiré a Flandes, aunque tú me amenazas que he
de torcer el camino, y no querría que en él me sucediese algún desmán
que lo estorbase.

--Calle, señorito--respondió Preciosa--, y encomiéndese a Dios; que
todo se hará bien; y sepa que yo no sé nada de lo que digo, y no es
maravilla que como hablo mucho y a bulto, acierte en alguna cosa, y yo
querría acertar en persuadirte a que no te partieses, sino que
sosegases el pecho, y te estuvieses con tus padres, para darles buena
vejez; porque no estoy bien con estas idas y venidas a Flandes,
principalmente los mozos de tan tierna edad como la tuya. Déjate
crecer un poco, para que puedas llevar los trabajos de la guerra,
cuanto más que harta guerra tienes en tu casa: hartos combates
amorosos te sobresaltan el pecho. Sosiega, sosiega, alborotadito, y
mira lo que haces primero que te cases, y danos una limosnita por Dios
y por quien tú eres; que en verdad que creo que eres bien nacido. Y si
a esto se junta el ser verdadero, yo cantaré la gala al vencimiento de
haber acertado en cuanto te he dicho.

--Otra vez te he dicho, niña--respondió el don Juan que había de ser
Andrés Caballero--, que en todo aciertas sino en el temor que tienes
que no debo de ser muy verdadero; que en esto te engañas, sin alguna
duda; la palabra que yo doy en el campo, la cumpliré en la ciudad y
adonde quiera, sin serme pedida; pues no se puede preciar de caballero
quien toca en el vicio de mentiroso. Mi padre te dará limosna por Dios
y por mí; que en verdad que esta mañana di cuanto tenía a unas damas.

Subió, en esto, la gitana vieja, y dijo:

--Nieta, acaba; que es tarde, y hay mucho que hacer y más que decir.

--Por vida de Preciosita--#_dijo el padre de Andrés_#--que bailéis un
poco con vuestras compañeras; aquí tengo un doblón de oro de a dos
caras, que ninguna es como la vuestra, aunque son de dos reyes.

Apenas hubo oído esto la vieja cuando dijo:

--Ea, niñas, haldas en cinta y dad contento a estos señores.

Tomó las sonajas Preciosa, y dieron sus vueltas, hicieron y
deshicieron todos sus lazos, con tanto donaire y desenvoltura, que
tras los pies se llevaban los ojos de cuantos las miraban,
especialmente los de Andrés, que así se iban entre los pies de
Preciosa como si allí tuvieran el centro de su gloria.

Despidiéronse las gitanas, y al irse dijo Preciosa a don Juan:

--Mire, señor: cualquiera día desta semana es próspero para partidas,
y ninguno es aciago; apresure el irse lo más presto que pudiere; que
le aguarda una vida ancha, libre y muy gustosa, si quiere acomodarse a
ella.

--No es tan libre la del soldado, a mi parecer--respondió don Juan--,
que no tenga más de sujeción que de libertad; pero, con todo esto,
haré como viere.

--Más veréis de lo que pensáis--respondió Preciosa---, y Dios os lleve
y traiga con bien, como vuestra buena presencia merece.

Con estas últimas palabras quedó contento Andrés, y las gitanas se
fueron contentísimas. Trocaron el doblón, repartiéronle entre todas
igualmente, aunque la vieja guardiana llevaba siempre parte y media de
lo que se juntaba, así por la mayoridad, como por ser ella el aguja
por quien se guiaban en el maremagno de sus bailes, donaires, y aun de
sus embustes.

Llegóse, en fin, el día que Andrés Caballero se apareció una mañana en
el primer lugar de su aparecimiento, sobre una mula de alquiler, sin
criado alguno; halló en él a Preciosa y a su abuela, de las cuales
conocido, le recibieron con mucho gusto. El les dijo que le guiasen al
rancho antes que entrase el día y con él se descubriesen las señas que
llevaba, si acaso le buscasen. Ellas, que, como advertidas, vinieron
solas, dieron la vuelta, y de allí a poco rato llegaron a sus
barracas. Entró Andrés en la una, que era la mayor del rancho, y luego
acudieron a verle diez o doce gitanos, todos mozos y todos gallardos y
bien hechos, a quien ya la vieja había dado cuenta del nuevo compañero
que les había de venir, sin tener necesidad de encomendarles el
secreto; que ellos le guardan con sagacidad y puntualidad nunca vista.
Echaron luego ojo a la mula, y dijo uno dellos:

--Esta se podrá vender el jueves en Toledo.

--Eso no--dijo Andrés--, porque no hay mula de alquiler que no sea
conocida de todos los mozos de mulas que trajinan por España.


--¡Par Dios, señor Andrés!--dijo uno de los gitanos---, que aunque la
mula tuviera más señales que las que han de preceder al día tremendo,
aquí la transformáramos de manera que no la conociera ni el dueño que
la ha criado.

--Con todo eso--respondió Andrés--, por esta vez se ha de seguir y
tomar el parecer mío. A esta mula se ha de dar muerte, y ha de ser
enterrado donde aun los huesos no parezcan.

--¡Pecado grande!--dijo otro gitano--: ¿a una inocente se ha de quitar
la vida? No diga tal el buen Andrés, sino haga una cosa: mírela bien
agora de manera que se le queden estampadas todas sus señales en la
memoria, y déjenmela llevar a mí; y si de aquí a dos horas la
conociere, que me lardeen como a un negro fugitivo.

--En ninguna manera consentiré--dijo Andrés--que la mula no muera,
aunque más me aseguren su transformación: yo temo ser descubierto si a
ella no la cubre la tierra. Y si se hace por el provecho que de
venderla puede seguirse, no vengo tan desnudo a esta cofradía, que no
pueda pagar de entrada más de lo que valen cuatro mulas.

--Pues así lo quiere el señor Andrés Caballero--dijo otro gitano--,
muera la sin culpa, y Dios sabe si me pesa, así por su mocedad, pues
aún no ha cerrado (cosa no usada entre mulas de alquiler), como porque
debe ser andariega, pues no tiene costras en las ijadas, ni llagas, de
la espuela.

Dilatóse su muerte hasta la noche, y en lo que quedaba de aquel día se
hicieron las ceremonias de la entrada de Andrés a ser gitano, que
fueron: desembarazaron luego un rancho de los mejores del aduar, y
adornáronle de ramos y juncia; y sentándose Andrés sobre un medio
alcornoque, pusiéronle en las manos un martillo y unas tenazas, y al
son de dos guitarras que dos gitanos tañían, le hicieron dar dos
cabriolas; luego le desnudaron un brazo, y con una cinta de seda nueva
y un garrote le dieron dos vueltas blandamente. A todo se halló
presente Preciosa, y otras muchas gitanas, viejas y mozas, que las
unas con maravilla, otras con amor, le miraban: tal era la gallarda
disposición de Andrés, que hasta los gitanos le quedaron
aficionadísimos.

Hechas, pues, las referidas ceremonias, un gitano viejo tomó por la
mano a Preciosa, y puesto delante de Andrés, dijo:

--Esta muchacha, que es la flor y la nata de toda la hermosura de las
gitanas que sabemos que viven en España, te la entregamos por esposa,
porque la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni a
muchas ceremonias. Mírala bien, y mira si te agrada, o si vees en ella
alguna cosa que te descontente, y si la vees, escoge entre las
doncellas que aquí están la que más te contentare; que la que
escogieres te daremos; pero has de saber que una vez escogida, no la
has de dejar por otra. Con #_nuestras_# leyes y estatutos nos
conservamos y vivimos alegres; somos señores de los campos, de los
sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos:
los montes nos ofrecen leña de balde; los árboles, frutas; las viñas,
uvas; las huertas, hortaliza; las fuentes, agua; los ríos, peces, y
los vedados, caza; sombra las peñas, aire fresco las quiebras, y casas
las cuevas. Para nosotros las inclemencias del cielo son oreos,
refrigerio las nieves, baños la lluvia, músicas los truenos y hachas
los relámpagos; para nosotros son los duros terreros colchones de
blandas plumas; el cuero curtido de nuestros cuerpos nos sirve de
arnés impenetrable que nos defiende; a nuestra ligereza no la impiden
grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan paredes; a nuestro
ánimo no le tuercen cordeles, ni le menoscaban garruchas, ni le ahogan
tocas, ni le doman potros. Del sí al no no hacemos diferencia cuando
nos conviene: siempre nos preciamos más de mártires que de confesores;
para nosotros se crían las bestias de carga en los campos y se cortan
las faldriqueras en las ciudades. No hay águila, ni ninguna otra ave
de rapiña que más presto se abalance a la presa que se le ofrece, que
nosotros nos abalanzamos a las ocasiones que algún interés nos
señalen; y, finalmente, tenemos muchas habilidades que felice fin nos
prometen; porque en la cárcel cantamos, en el potro callamos, de día
trabajamos, y de noche hurtamos, o, por mejor decir, avisamos que
nadie viva descuidado de mirar dónde pone su hacienda. No nos fatiga
el temor de perder la honra, ni nos desvela la ambición de
acrecentarla, ni sustentamos bandos, ni madrugamos a dar memoriales,
ni a acompañar magnates, ni a solicitar favores. Por dorados techos y
suntuosos palacios estimamos estas barracas y movibles ranchos; por
cuadros y países de Flandes, los que nos da la naturaleza en esos
levantados riscos y nevadas peñas, tendidos prados y espesos bosques
que a cada paso a los ojos se nos muestran. Somos astrólogos rústicos,
porque como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas
sabemos las que son del día y las que son de la noche; vemos cómo
arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y cómo ella sale
con su compañera el alba, alegrando el aire, enfriando el agua y
humedeciendo la tierra, y luego, tras ella, el sol, _dorando cumbres_
(como dijo el otro poeta) _y rizando montes_; ni tememos quedar
helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni
quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca; un mismo
rostro hacemos al sol que al yelo, a la esterilidad que a la
abundancia. En conclusión, somos gente que vivimos por nuestra
industria y pico, y sin entremeternos con el antiguo refrán: "Iglesia,
o mar, o casa real", tenemos lo que queremos, pues nos contentamos con
lo que tenemos. Todo esto os he dicho, generoso mancebo, por que no
ignoréis la vida a que habéis venido y el trato que habéis de
profesar, el cual os he pintado aquí en borrón; que otras muchas e
infinitas cosas iréis descubriendo en él con el tiempo, no menos
dignas de consideración que las que habéis oído.

Calló en diciendo esto el elocuente y viejo gitano, y el novicio dijo
que se holgaba mucho de haber sabido tan loables estatutos, y que él
pensaba hacer profesión en aquella orden tan puesta en razón y en
políticos fundamentos, y que sólo le pesaba no haber venido más presto
en conocimiento de tan alegre vida, y que desde aquel punto renunciaba
la profesión de caballero y la vanagloria de su ilustre linaje, y lo
ponía todo debajo del yugo, o, por mejor decir, debajo de las leyes
con que ellos vivían, pues con tan alta recompensa le satisfacían el
deseo de servirlos, entregándole a la divina Preciosa, por quien él
dejaría coronas e imperios y sólo los desearía para servirla.

A lo cual respondió Preciosa:

--Puesto que estos señores legisladores han hallado por sus leyes que
soy tuya, y que por tuya te me han entregado, yo he hallado por la ley
de mi voluntad, que es la más fuerte de todas, que no quiero serlo si
no es con las condiciones que antes que aquí vinieses entre los dos
concertamos. Dos años has de vivir en nuestra compañía primero que de
la mía goces, porque tú no te arrepientas por ligero, ni yo quede
engañada por presurosa. Condiciones rompen leyes; las que te he puesto
sabes: si las quisieres guardar, podrá ser que sea tuya y tú seas mío,
y donde no, aún no es muerta la mula, tus vestidos están enteros, y de
tus dineros no te falta un ardite; la ausencia que has hecho no ha
sido aún de un día; que de lo que dél falta te puedes servir y dar
lugar que consideres lo que más te conviene. Estos señores #_no_#
pueden entregarte mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser
libre en tanto que yo quisiere. Si te quedas, te estimaré en mucho; si
te vuelves, no te tendré en menos; porque, a mi parecer, los ímpetus
amorosos corren a rienda suelta, hasta que encuentran con la razón o
con el desengaño; y no querría yo que fueses tú para conmigo como es
el cazador, que en alcanzando la liebre que sigue, la coge, y la deja,
por correr tras otra que le huye. Ojos hay engañados que a la primera
vista tan bien les parece el oropel como el oro; pero a poco rato bien
conocen la diferencia que hay de lo fino a lo falso. Esta mi hermosura
que tú dices que tengo, que la estimas sobre el sol y la encareces
sobre el oro, ¿qué sé yo si de cerca te parecerá sombra, y tocada,
cairás en que es de alquimia? Dos años te doy de tiempo para que
tantees y ponderes lo que será bien que escojas o será justo que
deseches; que la prenda que una vez comprada, nadie se puede deshacer
della sino con la muerte, bien es que haya tiempo, y mucho, para
miralla y remiralla, y ver en ella las faltas o las virtudes que
tiene.

--Tienes razón ¡oh Preciosa!--dijo a este punto Andrés---; y así, si
quieres que asegure tus temores y menoscabe tus sospechas jurándote
que no saldré un punto de las órdenes que me pusieres, mira qué
juramento quieres que haga, o qué otra seguridad puedo darte; que a
todo me hallarás dispuesto.

--No quiero juramentos, señor Andrés, ni quiero promesas; sólo quiero
remitirlo todo a la experiencia deste noviciado.

--Sea ansí--respondió Andrés--. Sola una cosa pido a estos señores y
compañeros míos, y es que no me fuercen a que hurte ninguna cosa, por
tiempo de un mes siquiera; porque me parece que no he de acertar a ser
ladrón si antes no preceden muchas liciones.

--Calla, hijo--dijo el gitano viejo--; que aquí te industriaremos de
manera, que salgas un águila en el oficio; y cuando le sepas, has de
gustar dél de modo, que te comas las manos tras él. ¡Ya es cosa de
burla salir vacío por la mañana y volver cargado a la noche al rancho!

--De azotes he visto yo volver a algunos desos vacíos--dijo Andrés.

--No se toman truchas, etcétera--replicó el viejo--: todas las cosas
desta vida están sujetas a diversos peligros, y las acciones del
ladrón, al de las galeras, azotes y horca; pero no porque corra un
navío tormenta, o se anegue, han de dejar los otros de navegar. ¡Bueno
sería que porque la guerra come los hombres y los caballos, dejase de
haber soldados! Cuanto más, que el que es azotado por justicia entre
nosotros, es tener un hábito en las espaldas, que le parece mejor que
si le trujese en los pechos, y de los buenos. El toque está en no
acabar acoceando el aire en la flor de nuestra juventud y a los
primeros delitos; que el mosqueo de las espaldas, ni el apalear el
agua en las galeras, no lo estimamos en un cacao. Hijo Andrés, reposad
ahora en el nido debajo de nuestras alas; que a su tiempo os sacaremos
a volar, y en parte donde no volváis sin presa, y lo dicho dicho: que
os habéis de lamer los dedos tras cada hurto.

--Pues para recompensar--dijo Andrés--lo que yo podía hurtar en este
tiempo que se me da de venia, quiero repartir docientos escudos de oro
entre todos los del rancho.

Apenas hubo dicho esto cuando arremetieron a él muchos gitanos, y
levantándole en los brazos y sobre los hombros, le cantaban el
"¡Víctor, víctor, y el grande Andrés!", añadiendo: "¡Y viva, viva
Preciosa, amada prenda suya!"

Las gitanas hicieron lo mismo con Preciosa, no sin envidia de Cristina
y de otras gitanillas que se hallaron presentes; que la envidia
también se aloja en los aduares de los bárbaros y en las chozas de
pastores como en palacios de príncipes, y esto de ver medrar al vecino
que me parece que no tiene más méritos que yo, fatiga.

Hecho esto, comieron lautamente; repartióse el dinero prometido con
equidad y justicia; renováronse las alabanzas de Andrés; subieron al
cielo la hermosura de Preciosa. Llegó la noche, acocotaron la mula, y
enterráronla de modo, que quedó seguro Andrés de ser por ella
descubierto; y también enterraron con ella sus alhajas, como fueron
silla, y freno, y cinchas, a uso de los indios, que sepultan con ellos
sus más ricas preseas.

De todo lo que había visto y oído, y de los ingenios de los gitanos,
quedó admirado Andrés, y con propósito de seguir y conseguir su
empresa sin entremeterse nada en sus costumbres, o, a lo menos,
excusarlo por todas las vías que pudiese, pensando exentarse de la
jurisdición de obedecellos en las cosas injustas que le mandasen, a
costa de su dinero. Otro día les rogó Andrés que mudasen de sitio y se
alejasen de Madrid, porque temía ser conocido si allí estaba; ellos
dijeron que ya tenían determinado irse a los montes de Toledo, y desde
allí correr y garramar toda la tierra circunvecina. Levantaron, pues,
el rancho, y diéronle a Andrés una pollina en que fuese; pero él no la
quiso, sino irse a pie, sirviendo de lacayo a Preciosa, que sobre otra
iba, ella contentísima de ver cómo triunfaba de su gallardo escudero,
y él ni más ni menos, de ver junto a sí a la que había hecho señora de
su albedrío.

De allí a cuatro días llegaron a una aldea dos leguas de Toledo, donde
asentaron su aduar, dando primero algunas prendas de plata al alcalde
del pueblo, en fianzas de que en él ni en todo su término no hurtarían
ninguna cosa. Hecho esto, todas las gitanas viejas, y algunas mozas, y
los gitanos, se esparcieron por todos los lugares, o, a lo menos,
apartados por cuatro o cinco leguas de aquel donde habían asentado su
real. Fué con ellos Andrés a tomar la primera lición de ladrón; pero
aunque le dieron muchas en aquella salida, ninguna se le asentó; antes
correspondiendo a su buena sangre, con cada hurto que sus maestros
hacían se le arrancaba a él el alma, y tal vez hubo que pagó de su
dinero los hurtos que sus compañeros habían hecho, conmovido de las
lágrimas de sus dueños; de lo cual los gitanos se desesperaban,
diciéndole que era contravenir a sus estatutos y ordenanzas, que
prohibían la entrada a la caridad en sus pechos, la cual en
teniéndola, habían de dejar de ser ladrones, cosa que no les estaba
bien en ninguna manera. Viendo, pues, esto Andrés, dijo que él quería
hurtar por sí solo, sin ir en compañía de nadie; porque para huír del
peligro tenía ligereza, y para acometelle no le faltaba el ánimo; así,
que el premio o el castigo de lo que hurtase quería que fuese suyo.

Procuraron los gitanos disuadirle deste propósito, diciéndole que le
podrían suceder ocasiones donde fuese necesaria la compañía, así para
acometer como para defenderse, y que una persona sola no podía hacer
grandes presas. Pero, por más que dijeron, Andrés quiso ser ladrón
solo y señero, con intención de apartarse de la cuadrilla y comprar
por su dinero alguna cosa que pudiese decir que la había hurtado, y
deste modo cargar lo que menos pudiese sobre su conciencia. Usando,
pues, desta industria, en menos de un mes trujo más provecho a la
compañía que trujeron cuatro de los más estirados ladrones della; de
que no poco se holgaba Preciosa, viendo a su tierno amante tan lindo y
tan despejado ladrón; pero, con todo esto, estaba temerosa de alguna
desgracia; que no quisiera ella verle en afrenta por todo el tesoro de
Venecia, obligada a tenerle aquella buena voluntad los muchos
servicios y regalos que su Andrés le hacía.

Poco más de un mes se estuvieron en los términos de Toledo, donde
hicieron su Agosto, aunque era por el mes de Septiembre, y desde allí
se entraron en Extremadura, por ser tierra rica y caliente. Pasaba
Andrés con Preciosa honestos, discretos y enamorados coloquios, y ella
poco a poco se iba enamorando de la discreción y buen trato de su
amante, y él, del mismo modo, sí pudiera crecer su amor, fuera
creciendo: tal era la honestidad, discreción y belleza de su Preciosa.
A doquiera que llegaban, él se llevaba el precio y las apuestas de
corredor y de saltar más que ninguno; jugaba a los bolos y a la pelota
extremadamente; tiraba la barra con mucha fuerza y singular destreza;
finalmente, en poco tiempo voló su fama por toda Extremadura, y no
había lugar donde no se hablase de la gallarda disposición del gitano
Andrés Caballero y de sus gracias y habilidades, y al par desta fama
corría la de la hermosura de la Gitanilla, y no había villa, lugar ni
aldea donde no los llamasen para regocijar las fiestas votivas suyas,
o para otros particulares regocijos. Desta manera iba el aduar rico,
próspero y contento. Fueron de parecer _#los gitanos de ir a Sevilla,
pero#_ la abuela de Preciosa dijo que ella no podía ir a causa que los
años pasados había hecho una burla en Sevilla a un gorrero llamado
Triguillos, muy conocido en ella, al cual le había hecho meter en una
tinaja de agua hasta el cuello, desnudo en carnes, y en la cabeza
puesta una corona de ciprés, esperando el filo de la media noche para
salir de la tinaja a cavar y sacar un gran tesoro que ella le había
hecho creer que estaba en cierta parte de su casa. Dijo que como oyó
el buen gorrero tocar a maitines, por no perder la coyuntura, se dió
tanta priesa a salir de la tinaja, que dió con ella y con él en el
suelo, y con el golpe y con los cascos se magulló las carnes,
derramóse el agua, y él quedó nadando en ella, y dando voces que se
anegaba. Acudieron su mujer y sus vecinos con luces, y halláronle
haciendo efectos de nadador, soplando y arrastrando la barriga por el
suelo; y meneando brazos y piernas con mucha priesa, y diciendo a
grandes voces: "¡Socorro, señores, que me ahogo", tal le tenía el
miedo, que verdaderamente pensó que se ahogaba. Abrazáronse con él,
sacáronle de aquel peligro, volvió en sí, contó la burla de la gitana,
y, con todo eso, cavó en la parte señalada más de un estado en hondo,
a pesar de todos cuantos le decían que era embuste mío; y si no se lo
estorbara un vecino suyo, que tocaba ya en los cimientos de su casa,
él diera con entrambas en el suelo, si le dejaran cavar todo cuanto él
quisiera. Súpose este cuento por toda la ciudad, y hasta los muchachos
le señalaban con el dedo y contaban su credulidad y mi embuste.

Esto contó la gitana vieja, y esto dio por excusa para no ir a
Sevilla. Los gitanos determinaron de torcer el camino a mano
izquierda.

Dejaron, pues, a Extremadura y entráronse en la Mancha, y poco a poco
fueron caminando al reino de Murcia. En todas las aldeas y lugares que
pasaban había desafíos de pelota, de esgrima, de correr, de saltar, de
tirar la barra y de otros ejercicios de fuerza, maña y ligereza, y de
todo salía vencedor Andrés.

#_Una_# mañana se levantó el aduar, y se fueron a alojar en un lugar
de la jurisdición de Murcia, tres leguas de la ciudad, donde le
sucedió a Andrés una desgracia que le puso en punto de perder la vida;
y fué que, después de haber dado en aquel lugar algunos vasos y
prendas de plata en fianzas, como tenían de costumbre, Preciosa y su
abuela, y Cristina con otras dos gitanillas, y Andrés, se alojaron en
un mesón de un viuda rica al cual tenia una hija, de edad de diez y
siete o diez y ocho años, algo más desenvuelta que hermosa, y, por más
señas, se llamaba Juana Carducha. Esta, habiendo visto bailar a las
gitanas y gitanos, la tomó el diablo, y se propuso tomar por marido
#_a Andrés_# si él quisiese, aunque a todos sus parientes les pesase;
y así, buscó coyuntura para decírselo y hallóla en un corral, donde
Andrés había entrado a requerir dos pollinos. Llegóse a él, y con
priesa, por no ser vista, le dijo:

--Andrés--que ya sabía su nombre---, yo soy doncella y rica; que mi
madre no tiene otro hijo sino a mí, y este mesón es suyo, y amén
desto, tiene muchos majuelos, y otros dos pares de casas. Hasme
parecido bien: si me quieres por esposa, a ti está; respóndeme presto,
y si eres discreto, quédate, y verás qué vida nos damos.

Admirado quedó Andrés de la resolución de la Carducha, y con la
presteza que ella pedía le respondió:

--Señora doncella, yo estoy apalabrado para casarme, y los gitanos no
nos casamos sino con gitanas: guárdela Dios por la merced que me
quería hacer, de quien yo no soy digno.

No estuvo en dos dedos de caerse muerta la Carducha con la aceda
respuesta de Andrés, a quien replicara si no viera que entraban en el
corral otras gitanas. Salióse corrida y asendereada, y de buena gana
se vengara si pudiera. Andrés, como discreto, determinó de poner
tierra en medio, y desviarse de aquella ocasión que el diablo le
ofrecía, y así, pidió a todos los gitanos que aquella noche se
partiesen de aquel lugar. Ellos, que siempre le obedecían, lo pusieron
luego por obra, y cobrando sus fianzas aquella tarde, se fueron.

La Carducha ordenó de hacer quedar a Andrés por fuerza, ya que de
grado no podía; y así, con la industria, sagacidad y secreto que su
mal intento le enseñó, puso entre las alhajas de Andrés, que ella
conoció por suyas, unos ricos corales y dos patenas de plata, con
otros brincos suyos, y apenas habían salido del mesón, cuando dió
voces, diciendo que aquellos gitanos le llevaban robadas sus joyas; a
cuyas voces acudió la justicia y toda la gente del pueblo. Los gitanos
hicieron alto, y todos juraban que ninguna cosa llevaban hurtada y que
ellos harían patentes todos los sacos y repuestos de su aduar. Desto
se congojó mucho la gitana vieja, temiendo que en aquel escrutinio no
se manifestasen los dijes de la Preciosa y los vestidos de Andrés, que
ella con gran cuidado y recato guardaba; pero la buena de la Carducha
lo remedió con mucha brevedad todo, porque al segundo envoltorio que
miraron dijo que preguntasen cuál era el de aquel gitano gran
bailador; que ella le había visto entrar en su aposento dos veces, y
que podría ser que aquél las llevase. Entendió Andrés que por él lo
decía, y riéndose, dijo:

--Señora doncella, ésta es mi recámara y éste es mi pollino: si vos
halláredes en ella ni en él lo que os falta, yo os lo pagaré con las
setenas, fuera de sujetarme al castigo que la ley da a los ladrones.

Acudieron luego los ministros de la justicia a desvalijar el pollino,
y a pocas vueltas dieron con el hurto; de que quedó tan espantado
Andrés y tan absorto, que no pareció sino estatua, sin voz, de piedra
dura.

--¿No sospeché yo bien?--dijo a esta sazón la Carducha--. ¡Mirad con
qué buena cara se encubre un ladrón tan grande!

A todo callaba Andrés, suspenso e imaginativo, y no acababa de caer en
la traición de la Carducha. En esto, se llegó a él un soldado bizarro,
sobrino del Alcalde, y sin más ni más alzó la mano, y le dió un
bofetón, tal, que le hizo volver de su embelesamiento y le hizo
acordar que no era Andrés Caballero, sino don Juan y caballero; y
arremetiendo al soldado con mucha presteza y más cólera, le arrancó su
misma espada de la vaina, y se la envainó en el cuerpo, dando con él
muerto en tierra.

[Ilustración: ...le arrancó su misma espada de la vaina, y se la
envainó en el cuerpo, ...]

Aquí fué el gritar del pueblo; aquí el amohinarse el tío Alcalde; aquí
el desmayarse Preciosa, y el turbarse Andrés de verla desmayada; aquí
el acudir todos a las armas y dar tras el homicida. Creció la
confusión, creció la grita, y por acudir Andrés al desmayo de
Preciosa, dejó de acudir a su defensa; finalmente, tantos cargaron
sobre Andrés, que le prendieron y le aherrojaron con dos muy gruesas
cadenas. Bien quisiera el Alcalde ahorcarle luego, si estuviera en su
mano; pero hubo de remitirle a Murcia, por ser de su jurisdición. No
le llevaron hasta otro día, y en el que allí estuvo pasó Andrés muchos
martirios y vituperios, que el indignado Alcalde, y sus ministros, y
todos los del lugar le hicieron. Prendió el Alcalde todos los más
gitanos y gitanas que pudo, porque los más huyeron. Finalmente, con la
sumaria del caso y con una gran cáfila de gitanos, entraron el Alcalde
y sus ministros con otra mucha gente armada en Murcia, entre los
cuales iba Preciosa y el pobre Andrés, ceñido de cadenas, sobre un
macho, y con esposas y piedeamigo. Salió toda Murcia a ver los presos;
que ya se tenía noticia de la muerte del soldado. Pero la hermosura de
Preciosa aquel día fué tanta, que ninguno la miraba que no la
bendecía, y llegó la nueva de su belleza a los oídos de la señora
Corregidora, que por curiosidad de verla hizo que el Corregidor su
marido mandase que aquella gitanica no entrase en la cárcel, y todos
los demás sí, y a Andrés le pusieron en un estrecho calabozo, cuya
escuridad y la falta de la luz de Preciosa le trataron de manera, que
bien pensó no salir de allí sino para la sepultura. Llevaron a
Preciosa con su abuela a que la Corregidora la viese, y así como la
vió dijo:

--Con razón la alaban de hermosa.

Y llegándola a sí, la abrazó tiernamente, y no se hartaba de mirarla,
y preguntó a su abuela que qué edad tendría aquella niña.

--Quince años--respondió la gitana--, dos meses más a menos.

--Esos tuviera agora la desdichada de mi Costanza. ¡Ay, amigas, que
esta niña me ha renovado mi desventura!--dijo la Corregidora.

Tomó, en esto, Preciosa las manos de la Corregidora, y besándoselas
muchas veces, se las bañaba con lágrimas y le decía:

--Señora mía, el gitano que está preso no tiene culpa, porque fué
provocado: llamáronle ladrón, y no lo es; diéronle un bofetón en su
rostro, que es tal, que en él se descubre la bondad de su ánimo. Por
Dios y por quien vos sois, señora, que le hagáis guardar su justicia,
y que el señor Corregidor no se dé priesa a ejecutar en él el castigo
con que las leyes le amenazan; y si algún agrado os ha dado mi
hermosura, entretenedla con entretener el preso, porque en el fin de
su vida está el de la mía. El ha de ser mi esposo, y justos y honestos
impedimentos han estorbado que aún hasta ahora no nos habemos dado las
manos. Si dineros fueren menester para alcanzar perdón de la parte,
todo nuestro aduar se venderá en pública almoneda, y se dará aún más
de lo que pidieren. Señora mía, si sabéis qué es amor, y algún tiempo
le tuvistes, y ahora le tenéis a vuestro esposo, doleos de mí, que amo
tierna y honestamente al mío.

Estando en esto, entró el Corregidor, y hallando a su mujer y a
Preciosa llorosas y encadenadas, quedó suspenso, así de su llanto como
de la hermosura; preguntó la causa de aquel sentimiento, y la
respuesta que dió Preciosa fué soltar las manos de la Corregidora y
asirse de los pies del Corregidor, diciéndole:

--¡Señor, misericordia, misericordia! ¡Si mi esposo muere, yo soy
muerta! ¡El no tiene culpa; pero si la tiene, déseme a mí la pena; y
si esto no puede ser, a lo menos, entreténgase el pleito en tanto que
se procuran y buscan los medios posibles para su remedio; que podrá
ser que al que no pecó de malicia le enviase el cielo la salud de
gracia.

Con nueva suspensión quedó el Corregidor de oír las discretas razones
de la Gitanilla, y que ya, si no fuera por no dar indicios de
flaqueza, le acompañara en sus lágrimas. En tanto que esto pasaba,
estaba la gitana vieja considerando grandes, muchas y diversas cosas,
y al cabo de toda esta suspensión e imaginación, dijo:

--Espérenme vuesas mercedes, señores míos, un poco; que yo haré que
estos llantos se conviertan en risa, aunque a mí me cueste la vida.

Y así, con ligero paso se salió de donde estaba, dejando a los
presentes confusos con lo que dicho había. En tanto, pues, que ella
volvía, nunca dejó Preciosa las lágrimas ni los ruegos de que se
entretuviese la causa de su esposo, con intención de avisar a su
padre, que viniese a entender en ella. Volvió la gitana con un pequeño
cofre debajo del brazo, y dijo al Corregidor que con su mujer y ella
se entrasen en un aposento; que tenía grandes cosas que decirles en
secreto. El Corregidor, creyendo que algunos hurtos de los gitanos
quería descubrirle, por tenerle propicio en el pleito del preso, al
momento se retiró con ella y con su mujer en su recámara, adonde la
gitana, hincándose de rodillas ante los dos, les dijo:

--Si las buenas nuevas que os quiero dar, señores, no merecieren
alcanzar en albricias el perdón de un gran pecado mío, aquí estoy para
recebir el castigo que quisiéredes darme; pero antes que le confiese
quiero que me digáis, señores, primero, si conocéis estas joyas.

Y descubriendo un cofrecico donde venían las de Preciosa, se le puso
en las manos al Corregidor, y en abriéndole, vio aquellos dijes
pueriles; pero no cayó lo que podían significar. Mirólos también la
Corregidora, pero tampoco dió en la cuenta: sólo dijo:

--Estos son adornos de alguna pequeña criatura.

--Así es la verdad--dijo la gitana--; y de qué criatura sean lo dice
ese escrito que está en ese papel doblado.

Abrióle con priesa el Corregidor, y leyó que decía: "Llamábase la niña
doña Costanza de Azevedo y de Meneses; su madre, doña Guiomar de
Meneses, y su padre, don Fernando de Azevedo, caballero del hábito de
Calatrava. Desparecíla día de la Ascensión del Señor, a las ocho de la
mañana, del año de mil y quinientos y noventa y cinco. Traía la niña
puestos estos brincos que en este cofre están guardados."

Apenas hubo oído la Corregidora las razones del papel, cuando
reconoció los brincos, se los puso a la boca y dándoles infinitos
besos, se cayó desmayada. Acudió el Corregidor a ella, antes que a
preguntar a la gitana por su hija, y habiendo vuelto en sí, dijo:

--Mujer buena, antes ángel que gitana, ¿adonde está el dueño, digo, la
criatura cuyos eran estos dijes?

--¿Adónde, señora?--respondió la gitana--. En vuestra casa la tenéis:
aquella gitanica que os sacó las lágrimas de los ojos es su dueño, y
es sin duda alguna vuestra hija; que yo la hurté en Madrid de vuestra
casa el día y hora que ese papel dice.

Oyendo esto la turbada señora, soltó los chapines, y desalada y
corriendo salió a la sala adonde había dejado a Preciosa, y hallóla
rodeada de sus doncellas y criadas, todavía llorando; arremetió a
ella, y sin decirle nada, con gran priesa le desabrochó el pecho y
miró si tenía una señal pequeña, a modo de lunar blanco, con que había
nacido, y hallóle ya grande; que con el tiempo se había dilatado.
Luego, con la misma celeridad, la descalzó, y descubrió un pie de
nieve y de marfil, hecho a torno, y vio en él lo que buscaba; que era
que los dos dedos últimos del pie derecho se trababan el uno con el
otro por medio con un poquito de carne, la cual, cuando niña, nunca se
la habían querido cortar, por no darle pesadumbre. El pecho, los
dedos, los brincos, el día señalado del hurto, la confesión de la
gitana, y el sobresalto y alegría que habían recebido sus padres
cuando la vieron, con toda verdad confirmaron en el alma de la
Corregidora ser Preciosa su hija; y así, cogiéndola en sus brazos, se
volvió con ella adonde el Corregidor y la gitana estaban.

Iba Preciosa confusa, que no sabía a qué efeto se habían hecho con
ella aquellas diligencias, y más viéndose llevar en brazos de la
Corregidora, y que le daba de un beso hasta ciento. Llegó, en fin, con
la preciosa carga doña Guiomar a la presencia de su marido, y
trasladándola de sus brazos a los del Corregidor, le dijo:

--Recebid, señor, a vuestra hija Costanza; que ésta es sin duda: no lo
dudéis, señor, en ningún modo; que la señal de los dedos juntos y la
del pecho he visto, y más, que a mí me lo está diciendo el alma desde
él instante que mis ojos la vieron.

--No lo dudo--respondió el Corregidor, teniendo en sus brazos a
Preciosa--; que los mismos efetos han pasado por la mía que por la
vuestra; y más, que tantas puntualidades juntas, ¿cómo podían suceder,
si no fuera por milagro?

Toda la gente de casa andaba absorta, preguntando unos a otros qué
sería aquello, y todos daban bien lejos del blanco; que ¿quién había
de imaginar que la Gitanilla era hija de sus señores?

El Corregidor dijo a su mujer, y a su hija, y a la gitana vieja que
aquel caso estuviese secreto hasta que él le descubriese; y asimismo
dijo a la vieja que él la perdonaba el agravio que le había hecho en
hurtarle el alma, pues la recompensa de habérsela vuelto mayores
albricias merecía, y que sólo le pesaba de que sabiendo ella la
calidad de Preciosa, la hubiese desposado con un gitano, y más con un
ladrón y homicida.

--¡Ay!--dijo a esto Preciosa--, señor mío, que ni es gitano ni ladrón,
puesto que es matador. Pero fuélo del que le quitó la honra, y no pudo
hacer menos de mostrar quién era, y matarle.

--¿Cómo que no es gitano, hija mía?--dijo doña Guiomar.

Entonces la gitana vieja contó brevemente la historia de Andrés
Caballero, y que era hijo de don Francisco de Cárcamo, caballero del
hábito de Santiago, y que se llamaba don Juan de Cárcamo, asimismo del
mismo hábito, cuyos vestidos ella tenía cuando los mudó en los de
gitano. Contó también el concierto que entre Preciosa y don Juan
estaba hecho de aguardar dos años de aprobación para desposarse o no;
puso en su punto la honestidad de entrambos y la agradable condición
de don Juan. Tanto se admiraron desto como del hallazgo de su hija, y
mandó él Corregidor a la gitana que fuese por los vestidos de don
Juan. Ella lo hizo ansí, y volvió con otro gitano que los trujo.

En tanto que ella iba y volvía, hicieron sus padres a Preciosa cien
mil preguntas, a quien respondió con tanta discreción y gracia, que
aunque no la hubieran reconocido por hija, los enamorara.
Preguntáronla si tenía alguna afición a don Juan. Respondió que no más
de aquella que le obligaba a ser agradecida a quien se había querido
humillar a ser gitano por ella; pero que ya no se extendería a más él
agradecimiento de aquello que sus señores padres quisiesen.

--Calla, hija Preciosa--dijo su padre--(que este nombre de Preciosa
quiero que se te quede, en memoria de tu pérdida y de tu hallazgo);
que yo, como tu padre, tomo a cargo el ponerte en estado que no
desdiga de quién eres.

Suspiró oyendo esto Preciosa, y su madre, como era discreta, entendió
que suspiraba de enamorada de don Juan, dijo a su marido:

--Señor, siendo tan principal don Juan de Cárcamo como lo es, y
queriendo tanto a nuestra hija, no nos estaría mal dársela por esposa.

Y él respondió:

--Aún hoy la habemos hallado, ¿y ya queréis que la perdamos? Gocémosla
algún tiempo; que en casándola, no será nuestra, sino de su marido.

--Razón tenéis, señor--respondió ella--; pero dad orden de sacar a don
Juan, que debe de estar en algún calabozo.

--Si estará--dijo Preciosa--; que a un ladrón,
matador, y, sobre todo, gitano, no le habrán dado mejor estancia.

--Yo quiero ir a verle, como que le voy a tomar la confesión
--respondió el Corregidor---, y de nuevo os encargo, señora, que nadie
sepa esta historia hasta que yo lo quiera.

Llegóse la noche, y siendo casi las diez, sacaron a Andrés de la
cárcel, sin las esposas y el piedeamigo; pero no sin una gran cadena
que desde los pies todo el cuerpo le ceñía. Llegó deste modo, sin ser
visto de nadie, sino de los que le traían, en casa del Corregidor, y
con silencio y recento le entraron en un aposento donde estaban
solamente doña Guiomar, el Corregidor, Preciosa y otros dos criados de
casa. Pero cuando Preciosa vió a don Juan ceñido y aherrojado con tan
gran cadena, descolorido el rostro y los ojos con muestra de haber
llorado, se le cubrió el corazón, y se arrimó al brazo de su madre,
que junto a ella estaba, la cual, abrazándola consigo, le dijo:

--Vuelve en ti niña; que todo lo que vees ha de redundar en tu gusto y
provecho.

Con todo esto, quería saber de Andrés, si la suerte encaminase sus
sucesos de manera que le hallase esposo de Preciosa, si se tendría por
dichoso, ya siendo Andrés Caballero, o ya don Juan de Cárcamo.

Así como oyó Andrés nombrarse por su nombre, dijo:

--Pues Preciosa no ha querido contenerse en los límites del silencio,
y ha descubierto quién soy, aunque esa buena dicha me hallara hecho
monarca del mundo, la tuviera en tanto, que pusiera término a mis
deseos, sin osar desear otro bien sino el del cielo.

--Pues por ese buen ánimo que habéis mostrado, señor don Juan de
Cárcamo, a su tiempo haré que Preciosa sea vuestra legítima consorte,
y agora os la doy y entrego en esperanza, por la más rica joya de mi
casa, y de mi vida, y de mi alma; y estimadla en lo que decís, porque
en ella os doy a doña Costanza de Meneses, mi única hija, la cual, si
os iguala en el amor, no os desdice nada en el linaje.

Atónito quedó Andrés viendo el amor que le mostraban, y en breves
razones doña Guiomar contó la pérdida de su hija y su hallazgo, con
las certísimas señas que la gitana vieja había dado de su hurto; con
que acabó don Juan de quedar atónito y suspenso, pero alegre sobre
todo encarecimiento: abrazó a sus suegros; llamólos padres y señores
suyos; besó las manos a Preciosa, que con lágrimas le pedía las suyas.

Vistióse don Juan los vestidos de camino que allí había traído la
gitana; volviéronse las prisiones y cadenas de hierro en libertad y
cadenas de oro; la tristeza de los gitanos presos, en alegría, pues
otro día los dieron en fiado. Recibió el tío del muerto la promesa de
dos mil ducados, que le hicieron porque bajase de la querella y
perdonase a don Juan.

Dijo el Corregidor a don Juan que tenía por nueva cierta que su padre
don Francisco de Cárcamo estaba proveído por corregidor de aquella
ciudad, y que sería bien esperalle, para que con su beneplácito y
consentimiento se hiciesen las bodas. Don Juan dijo que no saldría de
lo que él ordenase; pero que, ante todas cosas, se había de desposar
con Preciosa. Concedió licencia el Arzobispo para que con sola una
amonestación se hiciese. Hizo fiestas la ciudad, por ser muy bien
quisto el Corregidor, con luminarias, toros y cañas el día del
desposorio; quedóse la gitana vieja en casa; que no se quiso apartar
de su nieta Preciosa.

Llegaron las nuevas a la Corte del caso y casamiento de la Gitanilla;
supo don Francisco de Cárcamo ser su hijo el gitano, y ser la Preciosa
la Gitanilla que él había visto, cuya hermosura disculpó con él la
liviandad de su hijo, que ya le tenía por perdido, por saber que no
había ido a Flandes; y más porque vió cuan bien le estaba el casarse
con hija de tan gran caballero y tan rico como era don Fernando de
Azevedo. Dió priesa a su partida, por llegar presto a ver a sus hijos,
y dentro de veinte días ya estaba en Murcia, con cuya llegada se
renovaron los gustos, se hicieron las bodas, se contaron las vidas, y
los poetas de la ciudad, que hay algunos, y muy buenos, tomaron a
cargo celebrar el extraño caso, juntamente con la sin igual belleza de
la Gitanilla. Y de tal manera escribió el famoso licenciado Pozo, que
en sus versos durará la fama de la Preciosa mientras los siglos
duraren.

Olvidábaseme de decir cómo la mesonera descubrió a la justicia no ser
verdad lo del hurto de Andrés el gitano, y confesó su culpa, a quien
no respondió pena alguna, porque en la alegría del hallazgo de los
desposados se enterró la venganza y resucitó la clemencia.



LA ILUSTRE FREGONA

En Burgos, ciudad ilustre y famosa, no ha muchos años que en ella
vivían dos caballeros principales y ricos: el uno se llamaba don Diego
de Carriazo, y el otro, don Juan de Avendaño. El don Diego tuvo un
hijo, a quien llamó de su mismo nombre, y el don Juan otro, a quien
puso don Tomás de Avendaño. A estos dos caballeros mozos, como quien
han de ser las principales personas deste cuento, por excusar y
ahorrar letras, les llamaremos con solos los nombres de Carriazo y de
Avendaño. Trece años, o poco más, tendría Carriazo, cuando, llevado de
una inclinación picaresca, sin forzarle a ello algún mal tratamiento
que sus padres le hiciesen, sólo por su gusto y antojo, se desgarró,
como dicen los muchachos, de casa de sus padres, y se fué por ese
mundo adelante, tan contento de la vida libre, que en la mitad de las
incomodidades y miserias que trae consigo no echaba menos la
abundancia de la casa de su padre, ni el andar a pie le cansaba, ni el
frío le ofendía, ni el calor le enfadaba: para él todos los tiempos
del año le eran dulce y templada primavera; tan bien dormía en parvas
como en colchones; con tanto gusto se soterraba en un pajar de un
mesón como si se acostara entre dos sábanas de Holanda. Finalmente, él
salió tan bien con el asumpto de pícaro, que pudiera leer cátedra en
la facultad al famoso de Alfarache.

En tres años que tardó en parecer y volver a su casa aprendió a jugar
a la taba en Madrid, y al rentoy en las Ventillas de Toledo, y a presa
y pinta en pie en las barbacanas de Sevilla; pero con serle anejo a
este género de vida la miseria y estrecheza, mostraba Carriazo ser un
príncipe en sus cosas: a tiro de escopeta, en mil señales, descubría
ser bien nacido, porque era generoso y bien partido con sus camaradas.
En Carriazo vió el mundo un pícaro virtuoso, limpio, bien criado y más
que medianamente discreto. Pasó por todos los grados de pícaro, hasta
que se graduó de maestro en las almadrabas de Zahara, donde es el
_finibusterræ_ de la picaresca.

El último verano le dijo tan bien la suerte, que ganó a los naipes
cerca de setecientos reales, con los cuales quiso vestirse, y volverse
a Burgos y a los ojos de su madre, que habían derramado por él muchas
lágrimas. Despidióse de sus amigos, que los tenía muchos y muy buenos;
prometióles que el verano siguiente sería con ellos, si enfermedad o
muerte no lo estorbase; dejó con ellos la mitad de su alma, todos sus
deseos entregó a aquellas secas arenas, que a él le parecían más
frescas y verdes que los campos Elíseos. Y por estar ya acostumbrado
de caminar a pie, tomó el camino en la mano, y sobre dos alpargates se
llegó desde Zahara hasta Valladolid, cantando "Tres ánades, madre".
Estúvose allí quince días para reformar la color del rostro, sacándola
de mulata a flamenca, y para trastejarse, y sacarse del borrador de
pícaro y ponerse en limpio de caballero. Todo esto hizo según y como
le dieron comodidad quinientos reales con que llegó a Valladolid, y
aún dellos reservó ciento para alquilar una mula y un mozo, con que se
presentó a sus padres honrado y contento. Ellos le recibieron con
mucha alegría, y todos sus amigos y parientes vinieron a darles el
parabién de la buena venida del señor don Diego de Carriazo su hijo.

Entre los que vinieron a ver el recién llegado fueron don Juan de
Avendaño y su hijo don Tomás, con quien Carriazo, por ser ambos de una
misma edad y vecinos, trabó y confirmó una amistad estrechísima. Contó
Carriazo a sus padres, y a todos, mil magníficas y luengas mentiras de
cosas que le habían sucedido en los tres años de su ausencia; pero
nunca tocó, ni por pienso, en las almadrabas, puesto que en ellas
tenía de contino puesta la imaginación, especialmente cuando vio que
se llegaba el tiempo donde había prometido a sus amigos la vuelta. Ni
le entretenía la caza, en que su padre le ocupaba, ni los muchos,
honestos y gustosos convites que en aquella ciudad se usan le daban
gusto: todo pasatiempo le cansaba, y a todos los mayores que se le
ofrecían anteponía el que había recebido en las almadrabas.

Avendaño su amigo, viéndole muchas veces melancólico e imaginativo,
fiado en su amistad, se atrevió a preguntarle la causa, y se obligó a
remediarla, si pudiese y fuese menester, con su sangre misma. No quiso
Carriazo tenérsela encubierta, por no hacer agravio a la grande
amistad que profesaban; y así, le contó punto por punto la vida de
jábega, y cómo todas sus tristezas y pensamientos nacían del deseo que
tenía de volver a ella: pintósela de modo, que Avendaño, cuando le
acabó de oir, antes alabó que vituperó su gusto. En fin, el de la
plática fué disponer Carriazo la voluntad de Avendaño de manera, que
determinó de irse con él a gozar un verano de aquella felicísima vida
que le había descrito, de lo cual quedó sobremodo contento Carriazo,
por parecerle que había ganado un testigo de abono que calificase su
baja determinación. Trazaron ansimismo de juntar todo el dinero que
pudiesen; y el mejor modo que hallaron fué que de allí a dos meses
había de ir Avendaño a Salamanca, donde por su gusto tres años había
estado estudiando las lenguas griega y latina, y su padre quería que
pasase adelante y estudiase la facultad que él quisiese; y que del
dinero que le diese habría para lo que deseaban.

En este tiempo propuso Carriazo a su padre que tema voluntad de irse
con Avendaño a estudiar a Salamanca. Vino su padre con tanto gusto en
ello, que hablando al de Avendaño, ordenaron de ponerles junios casa
en Salamanca, con todos los requisitos que pedía ser hijos suyos.
Llegóse el tiempo de la partida; proveyéronles de dineros, y enviaron
con ellos un ayo que los gobernase, que tenia más de hombre de bien
que de discreto. Los padres dieron documentos a sus hijos de lo que
habían de hacer, y de como se habían de gobernar para salir
aprovechados en la virtud y en las ciencias, que es el fruto que todo
estudiante debe pretender sacar de sus trabajos y vigilias,
principalmente los bien nacidos. Mostráronse los hijos humildes y
obedientes; lloraron las madres; recibieron la bendición de todos;
pusiéronse en camino con mulas propias y con dos criados de casa, amén
del ayo, que se había dejado crecer la barba, por que diese autoridad
a su cargo.

En llegando a la ciudad de Valladolid dijeron al ayo que querían
estarse en aquél lugar dos días para verle, porque nunca le habían
visto, ni estado en él. Reprehendiólos mucho el ayo, severa y
ásperamente, la estada, diciéndoles que los que iban a estudiar con
tanta priesa como ellos no se habían de detener una hora a mirar
niñerías.

Los mancebitos, que tenían ya hecho su agosto, y su vendimia, pues
habían ya robado cuatrocientos escudos de oro que llevaba su mayor,
dijeron que sólo los dejase aquel día, en el cual querían ir a ver la
fuente de Argales, que la comenzaban a conducir a la ciudad por
grandes y espaciosos acueductos. En efecto, aunque con dolor de su
ánima, les dió licencia.

Los mancebos, con sólo un criado y a caballo en dos muy buenas y
caseras mulas, salieron a ver la fuente de Argales, famosa por su
antigüedad y sus aguas. Llegaron, y cuando creyó el criado que sacaba
Avendaño de las bolsas del cojín alguna cosa con que beber, vió que
sacó una carta cerrada, diciéndole que luego al punto volviese a la
ciudad y se la diese a su ayo, y que en dándosela les esperase en la
puerta del Campo. Obedeció el criado, tomó la carta, volvió a la
ciudad, y ellos volvieron las riendas, y aquella noche durmieron en
Mojados, y de allí a dos días, en Madrid, y en otros cuatro se
vendieron las mulas en pública plaza, y hubo quien les fiase por seis
escudos de prometido, y aun quien les diese el dinero en oro por sus
cabales. Vistiéronse a lo payo, con capotillos de dos haldas, zahones
o zaragüelles y medias de paño pardo. Ropero hubo que por la mañana
les compró sus vestidos, y a la noche los había mudado de manera, que
no los conociera #su# propia madre. Puestos, pues, a la ligera y del
modo que Avendaño quiso y supo, se pusieron en camino de Toledo _ad
pedem litteræ_ y sin espadas; que también el ropero, aunque no atañía
a su menester, se las había comprado.

Dejémoslos ir, por ahora, pues van contentos y alegres, y volvamos a
contar lo que el ayo hizo cuando abrió la carta que el criado le llevó
y halló que decía desta manera:

"Vuesa merced será servido, señor Pedro Alonso, de tener paciencia y
dar la vuelta a Burgos, donde dirá a nuestros padres que, habiendo
nosotros sus hijos, con madura consideración, considerado cuán más
propias son de los caballeros las armas que las letras, habemos
determinado de trocar a Salamanca por Bruselas, y a España por
Flandes. Los cuatrocientos escudos llevamos; las mulas pensamos
vender. Nuestra hidalga intención y el largo camino es bastante
disculpa de nuestro yerro, aunque nadie le juzgará por tal, si no es
cobarde. Nuestra partida es ahora; la vuelta será cuando Dios fuere
servido, el cual guarde a vuesa merced como puede y estos sus menores
discípulos deseamos. De la fuente de Argales, puesto ya el pie en el
estribo para caminar a Flandes.--_Carriazo y Avendaño_."

Quedó Pedro Alonso suspenso en leyendo la epístola, y acudió presto a
su valija, y el hallarla vacía le acabó de confirmar la verdad de la
carta; y luego al punto, en la mula que le había quedado, se partió a
Burgos a dar las nuevas a sus amos con toda presteza, porque con ella
pusiesen remedio y diesen traza de alcanzar a sus hijos; pero destas
cosas no dice nada el autor desta novela, porque así como dejó puesto
a caballo a Pedro Alonso, volvió a contar de lo que les sucedió a
Avendaño y a Carriazo a la entrada de Illescas, diciendo que al entrar
de la puerta de la villa encontraron dos mozos de mulas, al parecer
andaluces, en calzones de lienzo anchos, jubones acuchillados de
anjeo, sus coletos de ante, dagas de ganchos y espadas sin tiros; al
parecer, el uno venía de Sevilla y el otro iba a ella. El que iba
estaba diciendo al otro:

--Esta noche no vayas a posar donde sueles, sino en la posada del
Sevillano, porque verás en ella la más hermosa fregona que se sabe:
Marinilla la de la venta Tejada es asco en su comparación. Es dura
como un mármol y zahareña como villana de Sayago, y áspera como una
ortiga; pero tiene una cara de pascua y un rostro de buen año: en una
mejilla tiene el sol, y en la otra la luna; la una es hecha de rosas y
la otra de claveles, y en entrambas hay también azucenas y jazmines.
No te digo más sino que la veas, y verás que no te he dicho nada,
según lo que te pudiera decir, acerca de su hermosura.

Con esto se despidieron los dos mozos de mulas, cuya plática y
conversación dejó mudos a los dos amigos que escuchado la habían,
especialmente a Avendaño, en quien la simple relación que el mozo de
mulas había hecho de la hermosura de la fregona despertó en él un
intenso deseo de verla.

En repetir las palabras de los mozos y en remedar y contrahacer el
modo y los ademanes con que las decían entretuvieron el camino hasta
Toledo; y luego, siendo la guía Carriazo, que ya otra vez había estado
en aquella Ciudad, bajando por la Sangre de Cristo, dieron con la
posada del Sevillano; pero no se atrevieron a pedirla allí, porque su
traje no lo pedía. Era ya anochecido, y aunque Carriazo importunaba a
Avendaño que fuesen a otra parte a buscar posada, no le pudo quitar de
la puerta de la del Sevillano, esperando si acaso parecía la tan
celebrada fregona. Entrabase la noche, y la fregona no salía;
desesperábase Carriazo, y Avendaño se estaba quedo; el cual, por salir
con su intención, con excusa de preguntar por unos caballeros de
Burgos que iban a la ciudad de Sevilla, se entró hasta el patio de la
posada; y apenas hubo entrado, cuando de una sala que en el patio
estaba vio salir una moza, al parecer de quince años, poco más o
menos, vestida como labradora, con una vela encendida en un candelero.

No puso Avendaño los ojos en el vestido y traje de la moza, sino en su
rostro, que le parecía ver en él los que suelen pintar de los ángeles;
quedó suspenso y atónito de su hermosura, y no acertó a preguntarle
nada: tal era su suspensión y embelesamiento. La moza, viendo aquel
hombre delante de sí, le dijo:

--¿Qué busca, hermano? ¿Es por ventura criado de alguno de los
huéspedes de casa?

--No soy criado de ninguno, sino vuestro--respondió Avendaño, todo
lleno de turbación y sobresalto.

[Ilustración: No soy criado de ninguno, sino vuestro...]

La moza, que de aquel modo se vio responder, dijo:

--Vaya, hermano, norabuena; que las que servimos no hemos menester
criados.

Y llamando a su señor le dijo:

--Mire, señor, lo que busca este mancebo.

Salió su amo y preguntóle qué buscaba. El respondió que a unos
caballeros de Burgos que iban a Sevilla, uno de los cuales era su
señor, el cual le había enviado delante por Alcalá de Henares, donde
había de hacer un negocio que les importaba, y que junto con esto le
mandó que se viniese a Toledo y de esperase en la posada del
Sevillano, donde vendría a apearse, y que pensaba que llegaría aquella
noche, o otro día, a más tardar. Tan buen color dió Avendaño a su
mentira, que a la cuenta del huésped pasó por verdad, pues le dijo:

--Quédese, amigo, en la posada; que aquí podrá esperar a su señor
hasta que venga.

--Muchas mercedes, señor huésped--respondió Avendaño---, y mande vuesa
merced que se me dé un aposento para mí y un compañero que viene
conmigo, que está allí fuera; que dineros traemos para pagarlo tan
bien como otro.

--En buen hora--respondió el huésped.

Y volviéndose a la moza, dijo:

--Costancica, di a Argüello que lleve a estos galanes al aposento del
rincón, y que les eche sábanas limpias.

--Sí haré, señor--respondió Costanza; que así se llamaba la doncella.

Y haciendo una reverencia a su amo, se les quitó delante. #_Avendaño_#
salió a dar cuenta a Carriazo de lo que había visto y de lo que dejaba
negociado; el cual por mil señales conoció cómo su amigo venía herido
de la amorosa pestilencia; pero no le quiso decir nada por entonces,
hasta ver si lo merecía la causa de quien nacían las extraordinarias
alabanzas y grandes hipérboles con que la belleza de Costanza sobre
los mismos cielos levantaba.

Entraron, en fin, en la posada, y la Argüello, que era una mujer de
hasta cuarenta y cinco años, superintendente de las camas y aderezo de
los aposentos, los llevó a uno que ni era de caballeros ni de criados,
sino de gente que podía hacer medio entre los dos extremos. Pidieron
de cenar; respondióles Argüello que en aquella posada no daban de
comer a nadie, puesto que guisaban y aderezaban lo que los huéspedes
traían de fuera comprado; pero que bodegones y casas de estado había
cerca, donde sin escrúpulo de conciencia podían ir a cenar lo que
quisiesen. Tomaron los dos el consejo de Argüello, y dieron con sus
cuerpos en un bodego.

Lo poco o nada que Avendaño comía admiraba mucho a Carriazo. Por
enterarse del todo de los pensamientos de su amigo, al volverse a la
posada, le dijo:

--Conviene que mañana madruguemos, porque antes que entre la calor
estemos ya en Orgaz.

--No estoy en eso--respondió Avendaño---; porque pienso antes que
desta ciudad me parta ver lo que dicen que hay famoso en ella, como es
el Sagrario, el artificio de Juanelo, las Vistillas de San Agustín, la
Huerta del Rey y la Vega.

--Norabuena--respondió Carriazo--: eso en dos días se podrá ver.

--En verdad que lo he de tomar de espacio; que no vamos a Roma a
alcanzar alguna vacante.

--¡Ta, ta!--replicó Carriazo---. A mí me maten, amigo, si no estáis
vos con más deseo de quedaros en Toledo que de seguir nuestra
comenzada romería.

--Así es la verdad--respondió Avendaño.

En estas pláticas llegaron a la posada, y aún se le pasó en otras
semejantes la mitad de la noche.

Durmió el que pudo hasta la mañana, la cual venida, se levantaron los
dos, entrambos con deseo de ver a Costanza. A entrambos se los cumplió
Costanza, saliendo de la sala de su amo, tan hermosa, que a los dos
les pareció que todas cuantas alabanzas le había dado di mozo de mulas
eran cortas y de ningún encarecimiento. Su vestido era una saya y
corpiños de paño verde, con unos ribetes del mismo paño. Los corpiños
eran bajos; pero la camisa, alta, plegado el cuello, con un cabezón
labrado de seda negra, puesta una gargantilla de estrellas de azabache
sobre un pedazo de una coluna de alabastro: que no era menos blanca su
garganta; ceñida con un cordón de San Francisco, y de una cinta
pendiente, al lado derecho, un gran manojo de llaves. No traía
chinelas, sino zapatos de dos suelas, colorados, con unas calzas que
no se le parecían, sino cuanto por un perfil mostraban también ser
coloradas. Traía tranzados los cabellos con unas cintas blancas de
hiladillo; pero tan largo el tranzado, que por las espaldas le pasaba
de la cintura; el color salía de castaño y tocaba en rubio; pero, al
parecer, tan limpio, tan igual y tan peinado, que ninguno, aunque
fuera de hebras de oro, se le pudiera comparar. Pendíanle de las
orejas dos calabacillas de vidrio, que parecían perlas: los mismos
cabellos le servían de garbín y de tocas.

Cuando salió de la sala, se persignó y santiguó, y con mucha devoción
y sosiego hizo una profunda reverencia a una imagen de Nuestra Señora,
que en una de las paredes del patio estaba colgada; y alzando los
ojos, vió a los dos que mirándola estaban, y apenas los hubo visto,
cuando se retiró y volvió a entrar en la sala.

Resta ahora por decir qué es lo que le pareció a Carriazo de la
hermosura de Costanza; que de lo que le pareció a Avendaño, ya está
dicho, cuando la vió la vez primera. No digo más sino que a Carriazo
le pareció tan bien como a su compañero; pero enamoróle mucho menos; y
tan menos, que quisiera no anochecer en la posada, sino partirse luego
para sus almadrabas. Acudieron los mozos de los huéspedes a pedir
cebada; salió el huésped de casa a dársela, maldiciendo a sus mozas,
que por ellas se le había ido un mozo que la solía dar con muy buena
cuenta y razón, sin que le hubiese hecho menos, a su parecer, un solo
grano. Avendaño, que oyó esto, dijo:

--No se fatigue, señor huésped: déme el libro de la cuenta; que los
días que hubiere de estar aquí, yo la tendré tan buena en dar la
cebada y paja que pidieren, que no eche menos al mozo que dice que se
le ha ido.

--En verdad que os lo agradezca, mancebo--respondió el huésped---,
porque yo no puedo atender a esto; que tengo otras muchas cosas a que
acudir fuera de casa. Bajad; daros he el libro, y mirad que estos
mozos de mulas son el mismo diablo, y hacen trampantojos un celemín de
cebada con menos conciencia que si fuese de paja.

Bajó al patio Avendaño y entregóse en el libro, y comenzó a despachar
celemines como agua, y a asentarlos por tan buena orden, que el
huésped, que lo estaba mirando, quedó contento; y tanto, que dijo:

--Pluguiese a Dios que vuestro amo no viniese, y que a vos os diese
gana de quedaros en casa; que a fe que otro gallo os cantase. Porque
el mozo que se me fué, vino a mi casa, habrá ocho meses, roto y flaco,
y ahora lleva dos pares de vestidos muy buenos, y va gordo como una
nutria. Porque quiero que sepáis, hijo, que en esta casa hay muchos
provechos, amén de los salarios.

--Si yo me quedase--replicó Avendaño---, no repararía mucho en la
ganancia; que con cualquiera cosa me contentaría a trueco de estar en
esta ciudad, que me dicen que es la mejor de España.

--A lo menos--respondió el huésped---, es de las mejores y más
abundantes que hay en ella; mas otra cosa nos falta ahora, que es
buscar quien vaya por agua al río; que también se me fué otro mozo que
con un asno que tengo famoso me tenía rebosando las tinajas, y hecha
un lago de agua la casa; y una de las causas porque los mozos de muías
se huelgan de traer sus amos a mi posada es por la abundancia de agua
que hallan siempre en ella; porque no llevan su ganado al río, sino
dentro de casa beben las cabalgaduras en grandes barreños.

Todo esto estaba oyendo Carriazo, el cual, viendo que ya Avendaño
estaba acomodado y con oficio en casa, no quiso él quedarse a buenas
noches, y más, que consideró el gran gusto que haría a Avendaño si le
seguía al humor; y así, dijo al huésped:

--Venga el asno, señor huésped; que también sabré yo cinchalle y
cargalle como sabe mi compañero asentar en el libro su mercancía.

--Sí--dijo Avendaño---, mi compañero Lope Asturiano servirá de traer
agua como un príncipe, y yo le fío.

#_Enjaezó_# Carriazo el asno, y subiendo en él de un brinco, se
encaminó al río, dejando a Avendaño muy alegre de haber visto su
gallarda resolución.

He aquí tenemos ya (en buena hora se cuente) a Avendaño hecho mozo del
mesón, con nombre de Tomás Pedro, que así dijo que se llamaba, y a
Carriazo, con el de Lope Asturiano, hecho aguador: transformaciones
dignas de anteponerse a las del narigudo poeta.

#_Al día siguiente_# caminaba nuestro buen Lope Asturiano la vuelta
del río, por la cuesta del Carmen, puestos los pensamientos en sus
almadrabas y en la súbita mutación de su estado. O ya fuese por esto,
o porque la suerte así lo ordenase, en un paso estrecho, al bajar de
la cuesta, encontró con un asno de un aguador, que subía cargado; y
como él descendía, y su asno era gallardo, bien dispuesto y poco
trabajado, tal encuentro dió al cansado y flaco que subía, que dió con
él en el suelo, y por haberse quebrado los cántaros, se derramó
también el agua, por cuya desgracia el aguador antiguo, despechado y
lleno de cólera, arremetió al aguador moderno, que aún se estaba
caballero, y antes que se desenvolviese y apease le había pegado y
asentado una docena de palos tales, que no le supieron bien al
Asturiano. Apeóse, en fin; pero con tan malas entrañas, que arremetió
a su enemigo, y asiéndole con ambas manos por la garganta, dió con él
en el suelo, y tal golpe dió con la cabeza sobre una piedra, que se la
abrió por dos partes, saliendo tanta sangre, que pensó que le había
muerto.

Otros muchos aguadores que allí venían, como vieron a su compañero tan
mal parado, arremetieron a Lope y tuviéronle asido fuertemente,
gritando:

--¡Justicia, justicia! ¡Que este aguador ha muerto a un hombre!

Y a vuelta destas razones y gritos, le molían a mojicones y a palos.
Otros acudieron al caído, y vieron que tenía hendida la cabeza y que
casi estaba expirando. Subieron las voces de boca en boca por la
cuesta arriba, y en la plaza del Carmen dieron en los oídos de un
alguacil, el cual, con dos corchetes, con más ligereza que si volara,
se puso en el lugar de la pendencia, a tiempo que ya el herido estaba
atravesado sobre su asno, y di de Lope asido, y Lope rodeado de más de
veinte aguadores que no le dejaban rodear, antes le brumaban las
costillas de manera, que más se pudiera temer de su vida que de la del
herido, según menudeaban sobre él les puños y las varas aquellos
vengadores de la ajena injuria.

Llegó el alguacil, apartó la gente, entregó a sus corchetes al
Asturiano, y antecogiendo a su asno, y al herido sobre el suyo, dió
con ellos en la cárcel, acompañado de tanta gente, y de tantos
muchachos que le seguían, que apenas podía hender por las calles. Al
rumor de la gente, salió Tomás Pedro y su amo a la puerta de casa, a
ver de qué procedía tanta grita, y descubrieron a Lope entre los dos
corchetes, lleno de sangre el rostro y la boca; miró luego por su asno
el huésped, y vióle en poder de otro corchete que ya se les había
juntado; preguntó la causa de aquellas prisiones; fuéle respondida la
verdad del suceso; pesóle por su asno, temiendo que le había #_de
perder,_# o, a lo menos, hacer más costas por cobrarle que él valía.
Tomás Pedro siguió a su compañero, sin que le dejasen llegar a
hablarle una palabra; tanta era la gente que lo impedía y el recato de
los corchetes y del alguacil que le llevaba. Finalmente, no le dejó
hasta verle poner en la cárcel, y en un calabozo, con dos pares de
grillos, y al herido en la enfermería, donde se halló a verle curar, y
vió que la herida era peligrosa, y mucho, y lo mismo dijo el cirujano.
El alguacil se llevó a su casa los dos asnos, y más cinco reales de a
ocho que los corchetes habían quitado a Lope.

Volvióse a la posada lleno de confusión y de tristeza; halló al que ya
tenía por amo con no menos pesadumbre que él traía, a quien dijo de la
manera que quedaba su compañero, y del peligro de muerte en que estaba
el herido, y del suceso de su asno. Díjole más: que a su desgracia se
le había añadido otra de no menor fastidio, y era, que un grande amigo
de su señor le había encontrado en el camino y le había dicho que su
señor, por ir muy de priesa y ahorrar dos leguas de camino, desde
Madrid había pasado por la barca de Azeca, y que aquella noche dormía
en Orgaz, y que le había dado doce escudos que le diese, con orden de
que se fuese a Sevilla, donde le esperaba.

--Pero no puede ser así--añadió Tomás---, pues no será razón que yo
deje a mi amigo y camarada en la cárcel y en tanto peligro: mi amo me
podrá perdonar por ahora; cuanto más que él es tan bueno y honrado,
que dará por bien cualquier falta que le hiciere, a trueco que no la
haga a mi camarada. Vuesa merced, señor amo, me la haga de tomar este
dinero y acudir a este negocio; y en tanto que esto se gasta, yo
escribiré a mi señor lo que pasa, y sé que me enviará dineros que
basten a sacarnos de cualquier peligro.

Abrió los ojos de un palmo el huésped, alegre de ver que en parte iba
saneando la pérdida de su asno. Tomó el dinero, y consoló a Tomás,
diciéndole que él tenía personas en Toledo de tal calidad, que valían
mucho con la justicia, especialmente una señora monja, parienta del
Corregidor, que le mandaba con el pie, y que una lavandera del
monasterio de la tal monja tenía una hija que era grandísima amiga de
una hermana de un fraile muy familiar y conocido del confesor de la
dicha monja; la cual lavandera lavaba la ropa en casa...

--Y como ésta pida a su hija, que sí pedirá, hable a la hermana del
fraile, que hable a su hermano, que hable al confesor, y el confesor a
la monja, y la monja guste de dar un billete (que será cosa fácil)
para el Corregidor, donde le pida encarecidamente mire por el negocio
de Tomás, sin duda alguna se podrá esperar buen suceso. Y esto ha de
ser con tal que el aguador no muera, y con que no falte ungüento para
untar a todos los ministros de la justicia; porque si no están
untados, gruñen más que carretas de bueyes.

En gracia le cayó a Tomás los ofrecimientos del favor que su amo le
había hecho, y los infinitos y revueltos arcaduces por donde le había
derivado; y aunque conoció que antes lo había dicho de socarrón que de
inocente, con todo eso, le agradeció su buen ánimo y le entregó di
dinero, con promesa que no faltaría mucho más, según él tenía la
confianza en su señor, como ya le había dicho. En resolución, dentro
de quince días estuvo fuera de peligro el herido, y a los veinte
declaró el cirujano que estaba del todo sano, y ya en este tiempo
había dado traza Tomás como le viniesen cincuenta estudos de Sevilla,
y sacándolos él de su seno, se los entregó al huésped con cartas y
cédula fingida de su amo; y como al huésped le iba poco en averiguar
la verdad de aquella correspondencia, cogía el dinero, que, por ser en
escudos de oro, le alegraba mucho. Por seis ducados se apartó de la
querella el herido; en diez, y en el asno y las costas, sentenciaron
al Asturiano. Salió de la cárcel; pero no quiso volver a estar con su
compañero. #_Díjole_# que lo que pensaba hacer era, ya que él estaba
determinado de seguir y pasar adelante con su propósito, comprar un
asno y usar el oficio de aguador en tanto que estuviesen en Toledo;
que con aquella cubierta no sería juzgado ni preso por vagamundo, y
que con sola una carga de agua se podía andar todo el día por la
ciudad a sus anchuras, mirando bobas.

--Antes mirarás hermosas que bobas en esta ciudad, que tiene fama de
tener las más discretas mujeres de España, y que andan a una su
discreción con su hermosura; y si no, míralo por Costancica, de cuyas
sobras de belleza puede enriquecer, no sólo a las hermosas desta
ciudad, sino a las de todo el mundo.

--Paso, señor Tomás--replicó Lope--: vámonos poquito a poquito en esto
de las alabanzas de la señora fregona, si no quiere que, como le tengo
por loco, le tenga por hereje.

--¿Fregona has llamado a Costanza, hermano Lope?--respondió Tomás--.
Dios te lo perdone y te traiga a verdadero conocimiento de tu yerro.

--Pues, ¿no es fregona?--replicó el Asturiano.

--Hasta ahora le tengo por ver fregar el primer plato.

--No importa--dijo Lope--no haberle visto fregar el primer plato, si
le has visto fregar el segundo, y aun el centésimo.

--Yo te digo, hermano--replicó Tomás--, que ella no friega, ni
entiende en otra cosa que en su labor, y en ser guarda de la plata
labrada que hay en casa, que es mucha.

--Pues ¿cómo la llaman por toda la ciudad--dijo Lope--_la fregona
ilustre_, si es que no friega? Mas sin duda debe de ser que como
friega plata, y no loza, la dan el nombre de ilustre. Pero, dejando
esto aparte, dime, Tomás: ¿en qué estado están tus esperanzas?

--En el de perdición--respondió Tomás--; porque en todos estos días
que has estado preso nunca la he podido hablar una palabra.

--Pues ¿qué piensas hacer con el imposible que se te ofrece en la
conquista desta Porcia, desta Minerva y desta nueva Penélope, que en
figura de doncella, y de fregona, te enamora, te acobarda y te
desvanece?

--Haz la burla que de mí quisieres, amigo Lope; que yo sé que estoy
enamorado del más hermoso rostro que pudo formar la naturaleza, y de
la más incomparable honestidad que ahora se puede usar en el mundo.
Costanza se llama, y no Porcia, Minerva o Penélope. No es posible que,
aunque lo procuro, pueda un breve término contemplar, si así se puede
decir, en la bajeza de su estado, porque luego acuden a borrarme este
pensamiento su belleza, su donaire, su sosiego, su honestidad y
recogimiento, y me dan a entender que debajo de aquella rústica
corteza debe de estar encerrada y escondida alguna mina de gran valor
y de merecimiento grande. Finalmente, sea lo que se fuere, yo la
quiero bien. Y ya te he dicho, amigo, que puedes hacer tu gusto, o ya
en irte a tu romería, o ya comprar el asno y hacerte aguador, como
tienes determinado.

_#Al otro día#_ acudió Tomás a dar cebada, y Lope se fué al mercado de
las bestias, que es allí junto, a comprar un asno que fuese tal como
bueno.

Habiendo salido aquel día Costanza con una toca ceñida por las
mejillas, y dicho a quien se lo preguntó que por qué se la había
puesto, que tenía un gran dolor de muelas, Tomás, a quien sus deseos
avivaban el entendimiento, en un instante discurrió lo que sería bueno
que hiciese, y dijo:

--Señora Costanza, yo le daré una oración en escrito que a dos veces
que la rece, se le quitará como con la mano su dolor.

--Norabuena--respondió Costanza--; que yo la rezaré, porque sé leer.

--Ha de ser con condición--dijo Tomás--, que no la ha de mostrar a
nadie; porque la estimo en mucho, y no será bien que por saberla
muchos se menosprecie.

--Yo le prometo--dijo Costanza--, Tomás, que no la dé a nadie; y
démela luego, porque me fatiga mucho el dolor.

--Yo la trasladaré de la memoria--respondió Tomás--, y luego se la
daré.

Estas fueron las primeras razones que Tomás dijo a Costanza y Costanza
a Tomás en todo el tiempo que había que estaba en casa, que ya pasaban
de veinticuatro días. Retiróse Tomás, y escribió la oración, y tuvo
lugar de dársela a Costanza sin que nadie lo viese, y ella, con mucho
gusto y más devoción, se entró en un aposento a solas, y abriendo el
papel, vió que decía desta manera:

"Señora de mi alma: Yo soy un caballero natural de Burgos; si alcanzo
de días a mi padre, heredo un mayorazgo de seis mil ducados de renta.
A la fama de vuestra hermosura, que por muchas leguas se extiende,
dejé mi patria, mudé vestido, y en el traje que me veis, vine a servir
a nuestro dueño; si vos lo quisiéredes ser mío, por los medios que más
a vuestra honestidad convengan, mirad qué pruebas queréis que haga
para enteraros desta verdad; y enterada en ella, siendo gusto vuestro,
seré vuestro esposo y me tendré por el más bien afortunado del mundo."

En tanto que Tomás entendió que Costanza se había ido a leer su papel,
le estuvo palpitando el corazón, temiendo y esperando, o ya la
sentencia de su muerte, o la restauración de su vida. Salió, en esto,
Costanza, tan hermosa, aunque rebozada, que si pudiera recebir aumento
su hermosura con algún accidente se pudiera juzgar que el sobresalto
de haber visto en el papel de Tomás otra cosa tan lejos de la que
pensaba había acrecentado su belleza. Salió con el papel entre las
manos hecho menudas piezas, y dijo a Tomás:

--Hermano Tomás, esta tu oración más parece hechicería y embuste que
oración santa, y así, yo no la quiero creer ni usar della, y por eso
la he rasgado, porque no la vea nadie que sea más crédula que yo.
Aprende otras oraciones más fáciles, porque ésta será imposible que te
sea de provecho.

En diciendo esto, se entró con su ama, y Tomás quedó suspenso; pero
algo consolado, viendo que en solo el pecho de Costanza quedaba el
secreto de su deseo.

En tanto que esto sucedió en la posada, andaba el Asturiano comprando
el asno donde los vendían; y aunque halló muchos, ninguno le
satisfizo, puesto que un gitano anduvo muy solícito por encajalle uno
que más caminaba por el azogue que le había echado en los oídos que
por ligereza suya; pero lo que contentaba con el paso desagradaba con
el cuerpo, que era muy pequeño, y no del grandor y talle que Lope
quería, que le buscaba suficiente para llevarle a él por añadidura,
ora fuesen vacíos o llenos los cántaros. Llegóse a él, en esto, un
mozo, y dijole al oído:

--Galán, si busca bestia cómoda para el oficio de aguador, yo tengo un
asno aquí cerca, en un prado, que no le hay mejor ni mayor en la
ciudad; y aconséjole que no compre bestia de gitanos, porque aunque
parezcan sanas y buenas, todas son falsas y llenas de dolamas; si
quiere comprar la que le conviene, véngase conmigo y calle la boca.

Creyóle el Asturiano, y díjole que guiase adonde estaba el asno que
tanto encarecía. Fuéronse los dos mano a mano, como dicen, hasta que
llegaron a la Huerta del Rey, donde a la sombra de una azuda hallaron
muchos aguadores, cuyos asnos pacían en un prado que allí cerca
estaba. Mostró el vendedor su asno, tal, que le hinchó el ojo al
Asturiano, y de todos los que allí estaban fué alabado el asno de
fuerte, de caminador y comedor sobremanera. Hicieron su concierto, y
sin otra seguridad ni información, siendo corredores y medianeros los
demás aguadores, dió diez y seis ducados por el asno, con todos los
adherentes del oficio. Hizo la paga real en escudos de oro. Diéronle
el parabién de la compra, y de la entrada en el oficio, y
certificáronle que había comprado un asno dichosísimo, porque el dueño
que le dejaba, sin que se le mancase ni matase, había ganado con él en
menos tiempo de un año, después de haberse sustentado a él y al asno
honradamente, dos pares de vestidos, y más aquellos diez y seis
ducados con que pensaba volver a su tierra.

Amén de los corredores del asno, estaban otros cuatro aguadores
jugando a la primera, tendidos en el suelo, sirviéndoles de bufete la
tierra y de sobremesa sus capas. Púsose el Asturiano a mirarlos, y vió
que no jugaban como aguadores, sino como arcedianos, porque tenía de
resto cada uno más de cien reales en cuartos y en plata. Llegó una
mano de echar todos el resto, y si uno no diera partido a otro él
hiciera mesa gallega. Finalmente, a los dos en aquel resto se les
acabó el dinero y se levantaron; viendo lo cual el vendedor del asno,
dijo que si hubiera cuarto, que él jugara, porque era enemigo de jugar
en tercio. El Asturiano dijo que él haría cuarto. Sentáronse luego,
anduvo la cosa de buena manera, y queriendo jugar antes el dinero que
el tiempo, en poco rato perdió Lope seis escudos que tenia, y viéndose
sin blanca, dijo que si le querían jugar el asno, que él le jugaría.
Acetáronle el envite, y hizo de resto un cuarto del asno, diciendo que
por cuartos quería jugarle. Dijole tan mal, que en cuatro restos
consecutivamente perdió los cuatro cuartos del asno, y ganóselos el
mismo que se le había vendido; y levantándose para volverse a
entregarse en él, dijo el Asturiano que advirtiesen que él solamente
había jugado los cuatro cuartos del asno; pero la cola, que se la
diesen, y se le llevasen norabuena.

Causóles risa a todos la demanda de la cola, y hubo letrados que
fueron de parecer que no tenía razón en lo que pedía, diciendo que
cuando se vende un carnero o otra res alguna, no se saca ni quita la
cola, que con uno de los cuartos traseros ha de ir forzosamente. A lo
cual replicó Lope que los carneros de Berbería ordinariamente tienen
cinco cuartos, y que el quinto es de la cola, y cuando los tales
carneros se cuartean, tanto vale la cola como cualquier cuarto; y que
a lo de ir la cola junto con la res que se vende viva y no se cuartea,
que lo concedía; pero que la suya no fué vendida, sino jugada, y que
nunca su intención fué jugar la cola, y que al punto se la volviesen
luego con todo lo a ella anejo y concerniente, que era desde la punta
del celebro, contada la osamenta del espinazo, donde ella tomaba
principio y decendía, hasta parar en los últimos pelos della.

--Dadme vos--dijo uno--que ello sea así como decís, y que os la den
como la pedís, y sentaos junto a lo que del asno queda.

--¡Pues así es!--replicó Lope--. Venga mi cola; si no, por Dios que
no me lleven el asno si bien viniesen por él cuantos aguadores hay en
el mundo; y no piensen que por ser tantos los que aquí están me han de
hacer superchería, porque soy yo un hombre que me sabré llegar a otro
hombre y meterle dos palmos de daga por las tripas, sin que sepa de
quién, por dónde, o cómo le vino; y más, que no quiero que me paguen
la cola rata por cantidad, sino que quiero que me la den en ser y la
corten del asno, como tengo dicho.

Al ganancioso y a los demás les pareció no ser bien llevar aquel
negocio por fuerza, porque juzgaron ser de tal brío el Asturiano, que
no consentiría que se la hiciesen, y uno dellos, que parecía de más
razón y discurso, los concertó en que se echase la cola contra un
cuarto del asno a una quínola, o a dos y pasante. Fueron contentos,
ganó la quínola Lope, picóse el otro, echó el otro cuarto, y a otras
tres manos quedó sin asno. Quiso jugar el dinero; no quería Lope; pero
tanto le porfiaron todos, que lo hubo de hacer, con que hizo el viaje
del desposado, dejándole sin un solo maravedí; y fué tanta la
pesadumbre que desto recibió el perdidoso, que se arrojó en el suelo y
comenzó a darse de calabazadas por la tierra. Lope, como bien nacido y
como liberal y compasivo, le levantó y le volvió todo el dinero que le
había ganado, y los diez y seis ducados del asno, y aun de los que él
tenía repartió con los circunstantes, cuya extraña liberalidad pasmó a
todos; y si fueran los tiempos y las ocasiones del Tamorlán, le
alzaran por rey de los aguadores.

Con grande acompañamiento volvió Lope a la ciudad, donde contó a Temas
lo sucedido. No quedó taberna, ni bodegón, ni junta de pícaros donde
no se supiese el juego del asno, el esquite por la cola y el brío y la
liberalidad del Asturiano; pero como la mala bestia del vulgo, por la
mayor parte, es mala, maldita y maldiciente, no tomó de memoria la
liberalidad, brío y buenas partes del gran Lope, sino solamente la
cola; y así, apenas hubo andado dos días por la ciudad echando agua,
cuando se vió señalar de muchos con el dedo, que decían: "Este es el
aguador de la cola." Estuvieron los muchachos atentos, supieron el
caso, y no había asomado Lope por la entrada de cualquiera calle,
cuando por toda ella le gritaban, quién de aquí y quién de allí:
"¡Asturiano, daca la cola! ¡Daca la cola, Asturiano!" Lope, que se vió
asaetear de tantas lenguas y con tantas voces, dió en callar, creyendo
que en su mucho silencio se anegara tanta insolencia; mas ni por esas;
pues mientras más callaba, más los muchachos gritaban; y así, probó a
mudar su paciencia en cólera, y apeándose del asno, dió a palos tras
los muchachos, que fué afinar el polvorín y ponerle fuego, y fué otro
cortar las cabezas de la serpiente, pues en lugar de una que quitaba,
apaleando a algún muchacho, nacían en el mismo instante, no otras
siete, sino setecientas, que con mayor ahinco y menudeo le pedían la
cola. Finalmente, tuvo por bien de retirarse a una posada que había
tomado fuera de la de su compañero, y de estarse en ella hasta que la
influencia de aquel mal planeta pasase, y se borrase de la memoria de
los muchachos aquella demanda mala de la cola que le pedían.

Seis días se pasaron sin que saliese de casa, si no era de noche, que
iba a ver a Tomás y a preguntarle del estado en que se hallaba, el
cual le contó que _#no#_ había podido hablar una sola palabra _#con
Costanza#_. Lope le contó a él la priesa que le daban los muchachos
pidiéndole la cola, porque él había pedido la de su asno, con que hizo
el famoso esquite. Aconsejóle Tomás que no saliese de casa, a lo
menos, sobre el asno, y que si saliese, fuese por calles solas y
apartadas, y que cuando esto no bastase, bastaría dejar el oficio,
último remedio de poner fin a tan poco honesta demanda. Retiróse, con
esto, a su posada Lope, con determinación de no salir della en otros
seis días, a lo menos, con el asno.

Las once serían de la noche, cuando de improviso y sin pensarlo vieron
entrar en la posada muchas varas de justicia y, al cabo, el
Corregidor. Alborotóse el huésped, y aun los huéspedes; porque así
como los cometas cuando se muestran siempre causan temores de
desgracias e infortunios, ni más ni menos la justicia, cuando de
repente y de tropel se entra en una casa, sobresalta y atemoriza hasta
las conciencias no culpadas. Entróse el Corregidor en una sala, y
llamó al huésped de casa, el cual vino temblando a ver lo que el señor
Corregidor quería. Y así como le vió el Corregidor, le preguntó con
mucha gravedad:

--¿Sois vos el huésped?

--Sí, señor--respondió él--; para lo que vuesa merced me quisiere
mandar.

Mandó el Corregidor que saliesen de la sala todos los que en ella
estaban y que le dejasen solo con el huésped. Hiciéronlo así, y
quedándose solos, dijo el Corregidor al huésped:

--¿Dónde está una muchacha que dicen que sirve en esta casa, tan
hermosa, que por toda la ciudad la llaman la _ilustre fregona_?

--Señor--respondió el huésped--, esa _fregona ilustre_ que dicen es
verdad que está en esta casa; pero ni es mi criada, ni deja de serlo.
--No entiendo lo que decís, huésped, en eso de ser y no ser vuestra
criada la fregona.

--Yo he dicho bien--añadió el huésped--; y si vuesa merced me da
licencia, le diré lo que hay en esto, lo cual jamás he dicho a persona
alguna.

--Primero quiero ver a la fregona que saber otra cosa; llamadla acá
--dijo d Corregidor.

Asomóse el huésped a la puerta de la sala, y dijo:

--¿Oíslo, señora? Haced que entre aquí Costancica.

Sin aguardar que otra vez la llamasen, tomó, _#Costanza#_, una vela
encendida sobre un candelero de plata, y con más vergüenza que temor
fué donde el Corregidor estaba.

Así como el Corregidor la vió, mandó al huésped que cerrase la puerta
de la sala; lo cual hecho, el Corregidor se levantó, y tomando el
candelero que Costanza traía, llegándole la luz al rostro, la anduvo
mirando toda de arriba abajo; y como Costanza estaba con sobresalto,
habíasele encendido la color del rostro, y estaba tan hermosa y tan
honesta, que al Corregidor le pareció que estaba mirando la hermosura
de un ángel en la tierra; y después de haberla bien mirado, dijo:

--Huésped, ésta no es joya para estar en el bajo engaste de un mesón.
Digo, doncella, que no solamente os pueden y deben llamar _ilustre_,
sino _ilustrísima_; pero estos títulos no habían de caer sobre el
nombre de _fregona_, sino sobre el de una duquesa.

--No es _fregona_, señor--dijo el huésped--; que no sirve de otra
cosa en casa que de traer las llaves de la plata, que por la bondad de
Dios tengo alguna, con que se sirven los huéspedes honrados que a esta
posada vienen.

--Con todo eso--dijo el Corregidor--, digo, huésped, que ni es
decente ni conviene que esta doncella esté en un mesón. ¿Es parienta
vuestra por ventura?

--Ni es mi parienta, ni es mi criada; y si vuesa merced gustare de
saber quién es, como ella no esté delante, oirá vuesa merced cosas
que, juntamente con darle gusto, le admiren.

--Sí gustaré--dijo el Corregidor--; y sálgase Costancica allá fuera,
y prométase de mí lo que de su mismo padre pudiera prometerse; que su
mucha honestidad y hermosura obligan a que todos los que la vieren se
ofrezcan a su servicio.

No respondió palabra Costanza, sino con mucha mesura hizo una profunda
reverencia al Corregidor, y salióse de la sala, y halló a su ama
desalada esperándola, para saber della qué era lo que el Corregidor la
quería. Ella le contó lo que había pasado, y cómo su señor quedaba con
él para contalle no sé qué cosas que no quería que ella las oyese.

No acabó de sosegarse la huéspeda, y siempre estuvo rezando hasta que
se fué el Corregidor y vió salir libre a su marido, el cual, en tanto
que estuvo con el Corregidor le dijo:

--Hoy hacen, señor, según mi cuenta, quince años, un mes y cuatro días
que llegó a esta posada una señora en hábito de peregrina, en una
litera, _#con una niña recién nacida#_, y acompañada de cuatro criados
de a caballo, y de dos dueñas y una doncella, que en un coche venían.
Traía asimismo dos acémilas cubiertas con dos ricos reposteros, y
cargadas con una rica cama y con aderezos de cocina; finalmente, el
aparato era principal, y la peregrina representaba ser una gran
señora; y aunque en la edad mostraba ser de cuarenta o pocos más años,
no por eso dejaba de parecer hermosa en todo extremo. Venía enferma y
descolorida, y tan fatigada, que mandó que luego le hiciesen la cama,
y en esta misma sala se la hicieron sus criados. Yo y mi mujer
preguntamos a _#éstos#_ quién era la tal señora y cómo se llamaba, de
adónde venía y adónde iba, y por qué causa se vestía aquel hábito de
peregrina. A todas estas preguntas, que le hicimos no hubo alguno que
nos respondiese otra cosa sino que aquella peregrina era una señora
principal y rica de Castilla la Vieja, y que porque había algunos
meses que estaba enferma de hidropesía, había ofrecido de ir a Nuestra
Señora de Guadalupe en romería, por la cual promesa iba en aquel
hábito. En cuanto a decir su nombre, traían orden de no llamarla sino
la señora peregrina. Esto supimos por entonces; pero a cabo de tres
días que, por enferma, la señora peregrina se estaba en casa, una de
las dueñas nos llamó a mí y a mi mujer de su parte; fuimos a ver lo
que quería, y a puerta cerrada y delante de sus criadas, casi con
lágrimas en los ojos, nos dijo creo que estas mismas razones: "Señores
míos, los cielos me son testigos que sin culpa mía me hallo en _#un#_
riguroso trance _#y me veo obligada, por cuestión de honra, a apartar
de mi lado a esta niña#_. Y es menester, amigos, _#busquéis con todo
secreto donde llevarla a criar#_, buscando también mentiras que decir
a quien _#la#_ entregáredes; que por ahora será en la ciudad, y
después quiero que se lleve a una aldea. De lo que después se hubiere
de hacer, cuando de Guadalupe vuelva lo sabréis, porque el tiempo me
habrá dado lugar de que piense y escoja lo mejor que me convenga."

[Ilustración: ...que llegó a esta posada una señora en hábito de
peregrina, ...]

Aquí dió fin a su razonamiento la lastimada peregrina, y principio a
un copioso llanto, que, en parte, fué consolado por las muchas y
buenas razones que mi mujer le dijo. Finalmente, _#ésta se fué#_ a
buscar donde llevar _#la niña, que era#_ la más hermosa que mis ojos
hasta entonces habían visto, y es esta misma que vuesa merced acaba de
ver ahora.

Fué _#la madre#_ a su romería. Cuando volvió, estaba ya la niña dada a
criar por mi orden, con nombre de mi sobrina, en una aldea dos leguas
de aquí. En el bautismo se le puso por nombre Costanza; que así lo
dejó ordenado su madre, la cual, contenta de lo que yo había hecho, al
tiempo de despedirse me dió una cadena de oro, que hasta agora tengo,
de la cual quitó seis trozos, los cuales dijo que traería la persona
que por la niña viniese. También cortó un blanco pergamino a vueltas y
a ondas, a la traza y manera como cuando se enclavijan las manos y en
los dedos se escribe alguna cosa, que estando enclavijados los dedos
se pueden leer, y después de apartadas las manos queda dividida la
razón, porque se dividen las letras, que en volviendo a enclavijar los
dedos, se juntan y corresponden de manera, que se pueden leer
continuadamente: digo que el un pergamino sirve de alma del otro, y
encajados se leerán, y divididos no es posible, si no es adivinando la
mitad del pergamino; y casi toda la cadena quedó en mi poder, y todo
lo tengo, esperando el contraseño hasta ahora, puesto que ella me dijo
que dentro de dos años enviaría por su hija, encargándome que la
criase, no como quien ella era, sino del modo que se suele criar una
labradora; que la perdonase el no decirme su nombre, ni quién era; que
lo guardaba para otra ocasión más importante. En resolución, dándome
cuatrocientos escudos de oro y abrazando a mi mujer con tiernas
lágrimas, se partió, dejándonos admirados de su discreción, valor,
hermosura y recato. Costanza se crió en el aldea dos años y luego la
truje conmigo, y siempre la he traído en hábito de labradora, como su
madre me lo dejó mandado. Quince años, un mes y cuatro días ha que
aguardo a quien ha de venir por ella, y la mucha tardanza me ha
consumido la esperanza de ver esta venida; y si en este año en que
estamos no vienen, tengo determinado de prohijalla y darle toda mi
hacienda, que vale más de seis mil ducados, Dios sea bendito.

Resta ahora, señor Corregidor, decir a vuesa merced, si es posible que
yo sepa decirlas, las bondades y las virtudes de Costancica. Ella, lo
primero y principal, es devotísima de Nuestra Señora; confiesa y
comulga cada mes; sabe escribir y leer; no hay mayor randera en
Toledo; canta a la almohadilla como unos ángeles; en ser honesta no
hay quien la iguale. Pues en lo que toca a ser hermosa, ya vuesa
merced lo ha visto.

Calló el huésped, y tardó un gran rato el Corregidor en hablarle; tan
suspenso le tenía el suceso que el huésped le había contado. En fin,
le dijo que le trujese allí la cadena y el pergamino; que quería
verlo. Fué el huésped por ello, y trayéndoselo, vió que era así como
le había dicho. Tuvo por discreta la señal del conocimiento y juzgó
por muy rica a la señora peregrina que tal cadena había dejado al
huésped; y teniendo en pensamiento de sacar de aquella posada la
hermosa muchacha cuando hubiese concertado un monasterio donde
llevarla, por entonces se contentó de llevar sólo el pergamino,
encargando al huésped que si acaso viniesen por Costanza, le avisase y
diese noticia de quién era el que por ella venía, antes que le
mostrase la cadena, que dejaba en su poder. Con esto, se fué, tan
admirado del cuento y suceso de _la ilustre fregona_ como de su
incomparable hermosura.

Todo el tiempo que gastó el huésped en estar con el Corregidor y el
que ocupó Costanza cuando la llamaron, estuvo Tomás fuera de si,
combatida el alma de mil varios pensamientos, sin acertar jamás con
ninguno de su gusto; pero cuando vio que el Corregidor se iba y que
Costanza se quedaba, respiró su espíritu y volviéronle los pulsos, que
ya casi desamparado le tenían. No osó preguntar al huésped lo que el
Corregidor quería, ni el huésped lo dijo a nadie sino a su mujer; con
que ella también volvió en si, dando gracias a Dios que de tan grande
sobresaltó la había librado.

El día siguiente, cerca de la una, entraron en la posada con cuatro
hombres de a caballo dos caballeros ancianos de venerables presencias,
habiendo primero preguntado uno de dos mozos que a pie con ellos
venían si era aquella la posada del Sevillano; y habiéndole respondido
que sí, se entraron todos en ella. Apeáronse los cuatro y fueron a
apear a los dos ancianos, señal por do se conoció que aquellos dos
eran señores de los seis. Salió Costanza con su acostumbrada gentileza
a ver los nuevos huéspedes, y apenas la hubo visto uno de los dos
ancianos cuando dijo al otro:

--Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo aquello que venimos
a buscar.

Tomás, que acudió a dar recado a las cabalgaduras, conoció luego a dos
criados de su padre, y luego conoció a su padre y al padre de Calmazo,
que eran los dos ancianos a quien los demás respectaban; y aunque se
admiró de su venida, consideró que debían de ir a buscar a él y a
Carriazo a las almadrabas: que no habría faltado quien les hubiese
dicho que en ellas, y no en Flandes, los hallarían; pero no se atrevió
a dejarse conocer en aquel traje: antes, aventurándolo todo, puesta la
mano en el rostro, pasó por delante dellos y fué a buscar a Costanza,
y quiso la buena suerte que la hallase sola; y apriesa y con lengua
turbada, temeroso que ella no le daría lugar para decirle nada, le
dijo:

--Costanza, uno de estos dos caballeros ancianos que aquí han llegado
ahora es mi padre, que es aquel que oyeres llamar don Juan de
Avendaño: infórmate de sus criados si tiene un hijo que se llama don
Tomás de Avendaño, que soy yo, y de aquí podrás ir coligiendo y
averiguando que te he dicho verdad en cuanto a la calidad de mi
persona, y que te la diré en cuanto de mi parte te tengo ofrecido. Y
quédate adiós; que hasta que ellos se vayan no pienso volver a esta
casa.

No le respondió nada Costanza ni él aguardó a que le respondiese, sino
volviéndose a salir, cubierto como había entrado, se fué a dar cuenta
a Carriazo de cómo sus padres estaban en la posada. Dió voces el
huésped a Tomás, que viniese a dar cebada; pero como no pareció, dióla
él mismo. Uno de los dos ancianos llamó aparte a una de las dos mozas
gallegas, y preguntóle cómo se llamaba aquella muchacha hermosa que
habían visto, y que si era hija o parienta del huésped, o huéspeda de
casa. La Gallega le respondió:

--La moza se llama Costanza; ni es parienta del huésped ni de la
huéspeda, ni sé lo que es.

El caballero, sin esperar a que le quitasen las espuelas, llamó al
huésped, y retirándose con él aparte en una sala, le dijo:

--Yo, señor huésped, vengo a quitaros una prenda mía que ha algunos
años que tenéis en vuestro poder; para quitárosla os traigo mil
escudos de oro, y estos trozos de cadena, y este pergamino.

Y diciendo esto, sacó los seis de la señal de la cadena que él tenía.
Asimismo conoció el pergamino, y alegre sobremanera con el
ofrecimiento de los mil escudos, respondió:

--Señor, la prenda que queréis quitar está en casa; pero no está en
día la cadena ni el pergamino con que se ha de hacer la prueba de la
verdad que yo creo que vuesa merced trata; y así, le suplico tenga
paciencia; que yo vuelvo luego.

Y al momento fué a avisar al Corregidor de lo que pasaba, y de como
estaban dos caballeros en su posada, que venían por Costanza.

Acababa de comer el Corregidor, y con el deseo que tenía de ver el fin
de aquella historia, subió luego a caballo y vino a la posada del
Sevillano, llevando consigo el pergamino de la muestra. Y apenas hubo
visto a los dos caballeros, cuando, abiertos los brazos, fué a abrazar
al uno, diciendo:

--¡Válame Dios! ¿Qué buena venida es ésta, señor don Juan de Avendaño,
primo y señor mío?

El caballero le abrazó asimismo, diciéndole:

---Sin duda, señor primo, habrá sido buena mi venida, pues os veo, y
con la salud que siempre os deseo. Abrazad, primo, a este caballero,
que es el señor don Diego de Carriazo, gran señor y amigo mío.

--Ya conozco al señor don Diego--respondió el Corregidor--, y le soy
muy servidor.

Y abrazándose los dos, después de haberse recebido con grande amor y
grandes cortesías, se entraron en una sala, donde se quedaron solos
con el huésped, el cual ya tenía consigo la cadena, y dijo:

--Ya el señor Corregidor sabe a lo que vuesa merced viene, señor don
Diego de Carriazo: vuesa merced saque los trozos que faltan a esta
cadena, y el señor Corregidor sacará el pergamino, que está en su
poder, y hagamos la prueba que ha tantos años que espero a que se
haga.

--Desa manera--respondió don Diego--, no habrá necesidad de dar
cuenta de nuevo al señor Corregidor de nuestra venida, pues bien se
verá que ha sido a lo que vos, señor huésped, habréis dicho.

--Algo me ha dicho; pero mucho me quedó por saber. El pergamino, hele
aquí. Sacó don Diego el otro, y juntando las dos partes se hicieron
una, y a las letras del que tenía el huésped, que eran E T E L S Ñ V D
D R, respondían en el otro pergamino éstas: S A S A E AL ER A E A, que
todas juntas decían: ÉSTA ES LA SEÑAL VERDADERA. Cotejáronse luego los
trozos de la cadena, y hallaron ser las señas verdaderas.

--¡Esto está hecho!--dijo el Corregidor--. Resta ahora saber, si es
posible, quién son los padres desta hermosísima prenda.

--El padre--respondió don Diego--yo lo soy; la madre ya no vive:
basta saber que fué tan principal que pudiera yo ser su criado.

A estas razones llegaba don Diego cuando oyeron que en la puerta de la
calle decían a grandes voces:

--Díganle a Tomás Pedro, el mozo de la cebada, cómo llevan a su amigo
el Asturiano preso; que acuda a la cárcel, que allí le espera.

A la voz de _cárcel_ y de _preso_, dijo el Corregidor que entrase el
preso y el alguacil que le llevaba. Dijeron al alguacil que el
Corregidor, que estaba allí, le mandaba entrar con el preso, y así lo
hubo de hacer.

Venía el Asturiano todos los dientes bañados en sangre, y muy mal
parado, y muy bien asido del alguacil, y así como entró en la sala,
conoció a su padre y al de Avendaño. Turbóse, y por no ser conocido,
con un paño, como que se limpiaba la sangre, se cubrió el rostro.
Preguntó el Corregidor que qué había hecho aquel mozo, que tan mal
parado le llevaban. Respondió el alguacil que aquel mozo era un
aguador que le llamaban el Asturiano, a quien los muchachos por las
calles decían: "¡Daca la cola, Asturiano; daca la cola!", y luego en
breves palabras contó la causa porque le pedían la tal cola, de que no
riyeron poco todos. Dijo más, que saliendo por la puente de Alcántara,
dándole los muchachos priesa con la demanda de la cola, se había
apeado del asno, y dando tras todos, alcanzó a uno, a quien dejaba
medio muerto a palos; y que queriéndole prender se había resistido, y
que por eso iba tan mal parado.

[Ilustración: "¡Daca la cola, Asturiano; daca la cola!"...]

Mandó el Corregidor que se descubriese el rostro, y porfiando a no
querer descubrirse, llegó el alguacil y quitóle el pañuelo, y al punto
le conoció su padre, y dijo todo alterado:

--Hijo don Diego, ¿cómo estás desta manera? ¿Qué traje es éste? ¿Aún
no se te han olvidado tus picardías?

Hincó las rodillas Carriazo, y fuese a poner a los pies de su padre,
que, con lágrimas en los ojos, le tuvo abrazado un buen espacio. Don
Juan de Avendaño, como sabía que don Diego había venido con don Tomás
su hijo, preguntóle por él; a lo cual respondió que don Tomás de
Avendaño era el mozo que daba cebada y paja en aquella posada. Con
esto que el Asturiano dijo se acabó de apoderar la admiración en todos
los presentes, y mandó el Corregidor al huésped que trujese allí al
mozo de la cebada.

--Yo creo que no está en casa--respondió el huésped--; pero yo le
buscaré.

Y así, fué a buscalle.

Preguntó don Diego a Carriazo que qué transformaciones eran aquéllas,
y qué les había movido a ser él aguador y don Tomás mozo de mesón. A
lo cual respondió Carriazo que no podía satisfacer a aquellas
preguntas tan en público; que él respondería a solas.

Estaba Tomás Pedro escondido en su aposento, para ver desde allí, sin
ser visto, lo que hacían su padre y el de Carriazo. Teníale suspenso
la venida del Corregidor y el alboroto que en toda la casa andaba. No
faltó quien le dijese al huésped como estaba allí escondido; subió por
él, y más por fuerza que por grado, le hizo bajar; y aun no bajara si
el mismo Corregidor no saliera al patio y le llamara por su nombre,
diciendo:

--Baje vuesa merced, señor pariente; que aquí no le aguardan osos ni
leones.

Bajó Tomás, y con los ojos bajos y sumisión grande se hincó de
rodillas ante su padre, el cual le abrazó con grandísimo contento, a
fuer del que tuvo el padre del Hijo Pródigo cuando le cobró de
perdido.

Ya, en esto, había venido un coche del Corregidor, para volver en él,
pues la gran fiesta no permitía volver a caballo. Hizo llamar a
Costanza, y tomándola de la mano, se la presentó a su padre, diciendo:

--Recebid, señor don Diego, esta prenda, y estimalda por la más rica
que acertáredes a desear. Y vos, hermosa doncella, besad la mano a
vuestro padre, y dad gracias a Dios, que con tan honrado suceso ha
enmendado, subido y mejorado la bajeza de vuestro estado.

Costanza, que no sabía ni imaginaba lo que le había acontecido, toda
turbada y temblando, no supo hacer otra cosa que hincarse de rodillas
ante su padre, y tomándole las manos se las comenzó a besar
tiernamente, bañándoselas con infinitas lágrimas que por sus
hermosísimos ojos derramaba.

En tanto que esto pasaba, había persuadido el Corregidor a su primo
don Juan que se viniesen todos con él a su casa; y aunque don Juan lo
rehusaba, fueron tantas las persuasiones del Corregidor, que lo hubo
de conceder; y así, entraron en el coche todos. Pero cuando dijo el
Corregidor a Costanza que entrase también en el coche, se le anubló el
corazón, y ella y la huéspeda se asieron una a otra, y comenzaron a
hacer tan amargo llanto que quebraba los corazones de cuantos le
escuchaban.

El Corregidor, enternecido, mandó que asimismo la huéspeda entrase en
el coche, y que no se apartase de su hija, pues por tal la tenía,
hasta que saliese de Toledo. Así, la huéspeda y todos entraron en el
coche, y fueron a casa del Corregidor, donde fueron bien recebidos de
su mujer, que era una principal señora. Comieron regalada y
sumptuosamente, y después de comer contó Carriazo a su padre cómo por
amores de Costanza don Tomás se había puesto a servir en el mesón, y
que estaba enamorado de tal manera della, que sin que le hubiera
descubierto ser tan principal como era siendo su hija, la tomara por
mujer en el estado de fregona. Vistió luego la mujer del Corregidor a
Costanza con unos vestidos de una hija que tenía de la misma edad y
cuerpo de Costanza, y si parecía hermosa con los de labradora, con los
cortesanos parecía cosa del cielo: tan bien la cuadraban, que daba a
entender que desde que nació había sido señora y usado los mejores
trajes que el uso trae consigo.

Entre el Corregidor y don Diego de Carriazo y don Juan de Avendaño se
concertaron en que don Tomás se casase con Costanza, dándole su padre
los treinta mil escudos que su madre le había dejado, y el aguador don
Diego de Carriazo casase con la hija del Corregidor.

Desta manera quedaron todos contentos, alegres y satisfechos, y la
nueva de los casamientos y de la ventura de _la fregona ilustre_ se
extendió por la ciudad, y acudía infinita gente a ver a Costanza en el
nuevo hábito, en el cual tan señora se mostraba como se ha dicho.

Un mes se estuvieron en Toledo, al cabo del cual se volvieron a Burgos
don Diego de Carriazo y su mujer, su padre y Costanza, con su marido
don Tomás. Quedó el Sevillano rico con los mil escudos, y con muchas
joyas que Costanza dio a su señora: que siempre con este nombre
llamaba a la que la había criado. Dio ocasión la historia de _la
fregona ilustre_ a que los poetas del dorado Tajo ejercitasen sus
plumas en solenizar y en alabar la sin par hermosura de Costanza, la
cual aún vive en compañía de su buen mozo de mesón, y Carriazo ni más
ni menos, con tres hijos, que sin tomar el estillo del padre ni
acordarse si hay almadrabas en el mundo, hoy están todos estudiando en
Salamanca; y su padre, apenas vee algún asno de aguador, cuando se le
representa y viene a la memoria el que tuvo en Toledo, y teme que
cuando menos se cate ha de remanecer en alguna sátira el "¡Daca la
cola, Asturiano! ¡Asturiano, daca la cola!"



HISTORIA DE LOS TRABAJOS DE PERSILES Y SIGISMUNDA


LIBRO I

CAPITULO XXII

_Donde el capitán da cuenta de las grandes fiestas que acostumbraba a
hacer en su reino el rey Policarpo_.

--"Una de las islas que están junto a la de Hibernia me dio el cielo
por patria: es tan grande, que toma nombre de reino, el cual no se
hereda, ni viene por sucesión de padre a hijo; sus moradores le eligen
a su beneplácito, procurando siempre que sea el más virtuoso y mejor
hombre que en él se hallara; y sin intervenir de por medio ruegos o
negociaciones, y sin que los soliciten promesas ni dádivas, de común
consentimiento de todos sale el rey y toma el cetro absoluto del
mando, el cual le dura mientras le dura la vida o mientras no se
empeora en ella. Y con esto, los que no son reyes procuran ser
virtuosos para serlo, y los que lo son, pugnan serlo más para no dejar
de ser reyes; con esto se cortan las alas a la ambición, se atierra la
codicia, y aunque la hipocresía suele andar lista, a largo andar se le
cae la máscara y queda sin el alcanzado premio; con esto los pueblos
viven quietos, campea la justicia y resplandece la misericordia,
despáchanse con brevedad los memoriales de los pobres, y los que dan
los ricos, no por serlo son mejor despachados; no agobian la vara de
la justicia las dádivas ni la carne y sangre de los parentescos: todas
las negociaciones guardan sus puntos y andan en sus quicios;
finalmente, reino es donde se vive sin temor de los insolentes y donde
cada uno goza lo que es suyo.

"Esta costumbre, a mi parecer justa y santa, puso el cetro del reino
en las manos de Policarpo, varón insigne y famoso, así en las armas
como en las letras, el cual tenía cuando vino a ser rey dos hijas de
extremada belleza, la mayor llamada Policarpa y la menor Sinforosa; no
tenían madre, que no les hizo falta cuando murió sino en la compañía:
que sus virtudes y agradables costumbres eran ayas de sí mismas, dando
maravilloso ejemplo a todo el reino. Con estas buenas partes, así
ellas como el padre se hacían amables, se estimaban de todos. Los
reyes, por parecerles que la malencolía en los vasallos suele
despertar malos pensamientos, procuran tener alegre el pueblo y
entretenido con fiestas públicas y a veces con ordinarias comedias;
principalmente solenizaban el día que fueron asumptos al reino con
hacer que se renovasen los juegos que los gentiles llamaban Olímpicos,
en el mejor modo que podían. Señalaban premio a los corredores,
honraban a los diestros, coronaban a los tiradores y subían al cielo
de la alabanza a los que derribaban a otros en la tierra. Hacíase este
espectáculo junto a la marina, en una espaciosa playa, a quien
quitaban él sol infinita cantidad de ramos entretejidos que la dejaban
a la sombra; ponían en la mitad un suntuoso teatro, en el cual,
sentado el rey y la real familia, miraban los apacibles juegos.
Llegóse un día déstos, y Policarpo procuró aventajarse en
magnificencia y grandeza en solenizarle sobre todos cuantos hasta allí
se habían hecho; y cuando ya el teatro estaba ocupado con su persona y
con los mejores del reino, y cuando ya los instrumentos bélicos y los
apacibles querían dar señal que las fiestas se comenzasen, y cuando ya
cuatro corredores, mancebos ágiles y sueltos, tenían los pies
izquierdos delante y los derechos alzados, que no les impedía otra
cosa el soltarse a la carrera sino soltar una cuerda que les servía de
raya y de señal, que en soltándola habían de volar a un término
señalado, donde habían de dar fin a su carrera, digo que en este
tiempo vieron venir por la mar un barco que le blanqueaban los
costados el ser recién despalmado, y le facilitaban el romper del agua
seis remos que de cada banda traía, impelidos de doce, al parecer,
gallardos mancebos, de dilatadas espaldas y pechos y de nervudos
brazos; venían vestidos de blanco todos, sino el que guiaba el timón,
que venía de encarnado, como marinero. Llegó con furia el barco a la
orilla, y el encallar en ella y el saltar todos los que en él venían
en tierra fué una misma cosa. Mandó Policarpo que no saliesen a la
carrera hasta saber qué gente era aquélla y a lo que venía, puesto que
imaginó que debían de venir a hallarse en las fiestas y a probar su
gallardía en los juegos. El primero que se adelantó a hablar al rey
fué el que servía de timonero, mancebo de poca edad, cuyas mejillas,
desembarazadas y limpias, mostraban ser de nieve y de grana; los
cabellos, anillos de oro; y cada una parte de las del rostro tan
perfecta, y todas juntas tan hermosas, que formaban un compuesto
admirable. Luego la hermosa presencia del mozo arrebató la vista y aun
los corazones de cuantos le miraron, y yo desde luego le quedé
aficionadísimo. Lo que dijo al rey:

"--Señor, estos mis compañeros y yo, habiendo tenido noticia destos
juegos, venimos a servirte y hallarnos en ellos, y no de lejas
tierras, sino desde una nave que dejamos en la isla Scinta, que no
está lejos de aquí; y como el viento no hizo a nuestro propósito para
encaminar aquí la nave, nos aprovechamos de esta barca y de los remos
y de la fuerza de nuestros brazos. Todos somos nobles y deseosos de
ganar honra, y por la que debes hacer, como rey que eres, a los
extranjeros que a tu presencia llegan, te suplicamos nos concedas
licencia para mostrar o nuestras fuerzas o nuestros ingenios, en honra
y provecho nuestro y gusto tuyo.

"--Por cierto--respondió Policarpo--, agraciado joven, que vos pedís
lo que queréis con tanta gracia y cortesía, que sería cosa injusta el
negároslo. Honrad mis fiestas en lo que quisiéredes; dejadme a mí el
cargo de premiároslo: que, según vuestra gallarda presencia muestra,
poca esperanza dejáis a ninguno de alcanzar los primeros premios.

"Dobló la rodilla el hermoso mancebo y se inclinó la cabeza en señal
de crianza y agradecimiento, y en dos brincos se puso ante la cuerda
que detenía a los cuatro ligeros corredores; sus doce compañeros se
pusieron a un lado, a ser espectadores de la carrera. Sonó una
trompeta, soltaron la cuerda, y arrojáronse al vuelo los cinco; pero
aún no habrían dado veinte pasos, cuando, con más de seis se les
aventajó el recién venido, y a los treinta, ya los llevaba de ventaja
más de quince; finalmente, se los dejó a poco más de la mitad del
camino, como si fueran estatuas inmovibles, con admiración de todos
los circunstantes, especialmente de Sinforosa, que le seguía con la
vista, así corriendo como estando quedo, porque la belleza y agilidad
del mozo era bastante para llevar tras sí las voluntades, no sólo de
los ojos de cuantos le miraban. Comenzó luego la invidia a apoderarse
de los pechos de los que se habían de probar en los juegos, viendo con
cuánta facilidad se había llevado el extranjero el precio de la
carrera. Fué el segundo certamen el de la esgrima: tomó el ganancioso
la espada negra, con la cual, a seis que le salieron, cada uno de por
sí, les cerró las bocas, mosqueó las narices, les selló los ojos y les
santiguó las cabezas, sin que a él le tocasen, como decirse suele, un
pelo de la ropa. Alzó la voz el pueblo, y de común consentimiento le
dieron el premio primero. Luego se acomodaron otros seis a la lucha,
donde con mayor gallardía dio de sí muestra el mozo: descubrió sus
dilatadas espaldas, sus anchos y fortísimos pechos, y los nervios y
músculos de sus fuertes brazos, con los cuales, y con destreza y maña
increíble, hizo que las espaldas de los seis luchadores, a despecho y
pesar suyo, quedasen impresas en la tierra. Asió luego de una pesada
barra que estaba hincada en el suelo, porque le dijeron que era el
tirarla el cuarto certamen; sompesóla, y haciendo de señas a la gente
que estaba delante para que le diesen lugar donde el tiro cupiese,
tomando la barra por la una punta, sin volver el brazo atrás, la
impelió con tanta fuerza, que, pasando los límites de la marina, fué
menester que el mar se los diese, en el cual bien adentro quedó
sepultada la barra. Esta monstruosidad, notada de sus contrarios, les
desmayó los bríos, y no osaron probarse en la contienda. Pusiéronle
luego la ballesta en las manos y algunas flechas, y mostráronle un
árbol muy alto y muy liso, al cabo del cual estaba hincada una media
lanza, y en ella, de un hilo, estaba asida una paloma, a la cual
habían de tirar no más de un tiro los que en aquel certamen quisiesen
probarse.

"Uno, que presumía de certero, se adelantó y tomó la mano, creo yo,
pensando derribar la paloma antes que otro; tiró, y clavó su flecha
casi en el fin de la lanza, del cual golpe, azorada la paloma, se
levantó en el aire; y luego, otro no menos presumido que el primero,
tiró con tan gentil certería, que rompió el hilo donde estaba asida la
paloma, que suelta y libre del lazo que la detenía, entregó su
libertad al viento y batió las alas con priesa. Pero el ya
acostumbrado a ganar los primeros premios disparó su flecha; y, como
si mandara lo que había de hacer, y ella tuviera entendimiento para
obedecerle, así lo hizo, pues, dividiendo el aire con un rasgado y
tendido silbo, llegó a la paloma y le pasó el corazón de parte a
parte, quitándole a un mismo punto el vuelo y la vida. Renováronse con
esto las voces de los presentes y las alabanzas del extranjero; el
cual en la carrera, en la esgrima, en la lucha, en la barra y en el
tirar de la ballesta, y entre otras muchas pruebas que no cuento, con
grandísimas ventajas se llevó los primeros premios, quitando el
trabajo a sus compañeros de probarse en ellas. Cuando se acabaron los
juegos, sería el crepúsculo de la noche; y cuando el rey Policarpo
quería levantarse de su asiento, con los jueces que con él estaban,
para premiar al vencedor mancebo, vió que, puesto de rodillas ante él,
le dijo:

"--Nuestra nave quedó sola y desamparada; la noche cierra algo escura;
los premios que puedo esperar, que por ser de tu mano se deben estimar
en lo posible, quiero, ¡oh gran señor!, que los dilates hasta otro
tiempo, que con más espacio y comodidad pienso volver a servirte.

"Abrazóle el rey, preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba
Periandro. Quitóse en esto la bella Sinforosa una guirnalda de flores
con que adornaba su hermosísima cabeza, y la puso sobre la del
gallardo mancebo, y, con honesta gracia, le dijo al ponérsela:

"--Cuando mi padre sea tan venturoso de que volváis a verle, veréis
cómo no vendréis a servirle sino a ser servido."


LIBRO II

CAPITULO X

_Cuenta Periandro el suceso de su viaje_.

--"El principio y preámbulo de mi historia, ya que queréis, señores,
que os la cuente, quiero que sea éste: que nos contempléis a mi
hermana y a mí, con una anciana ama suya, embarcados en una nave cuyo
dueño, en el lugar de parecer mercader, era un gran corsario. Las
riberas de una isla barríamos; quiero decir que íbamos tan cerca de
ella que distintamente conocíamos, no solamente los árboles, pero sus
diferencias. Mi hermana, cansada de haber andado algunos días por el
mar, deseó salir a recrearse a la tierra; pidióselo al capitán, y como
sus ruegos tienen siempre fuerza de mandamiento, consintió el capitán
en el de su ruego, y en la pequeña barca de la nave, con solo un
marinero, nos echó en tierra a mí y a mi hermana y a Cloelia, que éste
era el nombre de su ama. Al tomar tierra vio él marinero que un
pequeño río, por una pequeña boca, entraba a dar al mar su tributo;
hacíanle sombra por una y otra ribera gran cantidad de verdes y
hojosos árboles, a quien servían de cristalinos espejos sus
transparentes aguas. Rogámosle se entrase por el río, pues la amenidad
del sitio nos convidaba. Hízolo así, y comenzó a subir por el río
arriba, y habiendo perdido de vista la nave, soltando los remos, se
detuvo y dijo: "Mirad, señores, del modo que habéis de hacer este
viaje, y haced cuenta que esta pequeña barca que ahora os lleva es
vuestro navío, porque no habéis de volver más al que en la mar os
queda aguardando, si ya esta señora no quiere perder la honra y vos
que decís que sois su hermano, la vida." Díjome, en fin, que el
capitán del navío quería darme a mí la muerte, y que atendiésemos a
nuestro remedio, que él nos seguiría y acompañaría en todo lugar y en
todo acontecimiento. Si nos turbamos con esta nueva júzguelo el que
estuviere acostumbrado a recebirlas malas de los bienes que espera.
Agradecíle el aviso y ofrecíle la recompensa cuando nos viésemos en
más felice estado. "Aun bien--dijo Cloelia--, que traigo conmigo las
joyas de mi señora." Y aconsejándonos los cuatro de lo que hacer
debíamos, fué parecer del marinero que nos entrásemos el río adentro;
quizá descubriríamos algún lugar que nos defendiese, si acaso los de
la nave viniesen a buscarnos. "Mas no vendrán--dijo--, porque no hay
gente en todas estas islas que no piense ser cosarios todos cuantos
surcan estas riberas, y en viendo la nave o naves luego toman las
armas para defenderse, y si no es con asaltos nocturnos y secretos,
nunca salen medrados los cosarios." Parecióme bien su consejo; tomé yo
el un remo y ayúdele a llevar el trabajo. Subimos por el río arriba, y
habiendo andado como dos millas, llegó a nuestros oídos el son de
muchos y varios instrumentos formado, y luego se nos ofreció a la
vista una selva de árboles movibles que de la una ribera a la otra
ligeramente cruzaban; llegamos más cerca, y conocimos ser barcas
enramadas lo que parecían árboles, y que el son le formaban los
instrumentos que tañían los que en ellas iban. Apenas nos hubieron
descubierto, cuando se vinieron a nosotros y rodearon nuestro barco
por todas partes. Levantóse en pie mi hermana, y, echándose sus
hermosos cabellos a las espaldas, tomados por la frente con una cinta
leonada o listón que le dio su ama, hizo de sí casi divina e improvisa
muestra; que, como después supe, por tal la tuvieron todos los que en
las barcas venían, los cuales, a voces, como dijo el marinero, que las
entendía, decían: "¿Qué es esto? ¿Qué deidad es ésta que viene a
visitarnos y a dar el parabién al pescador Carino y a la sin par
Selviana de sus felicísimas bodas?" Luego dieron cabo a nuestra barca
y nos llevaron a desembarcar no lejos del lugar donde nos habían
encontrado.

[Ilustración: ¿Qué deidad es ésta que viene a visitarnos?]

"Apenas pusimos los pies en la ribera, cuando un escuadrón de
pescadores, que así lo mostraban ser en su traje, nos rodearon, y uno
por uno, llenos de admiración y reverencia, llegaron a besar las
orillas del vestido de Auristela, _mi hermana_, la cual, a pesar del
temor que la congojaba de las nuevas que la habían dado, se mostró a
aquel punto tan hermosa, que yo disculpo el error de aquellos que la
tuvieron por divina. Poco desviados de la ribera, vimos un tálamo en
gruesos troncos de sabina sustentado, cubierto de verde juncia, y
oloroso con diversas flores, que servían de alcatifas al suelo; vimos
ansimismo levantarse de unos asientos dos mujeres y dos hombres, ellas
mozas y ellos gallardos mancebos; la una, hermosa sobremanera, y la
otra, fea sobremanera; el uno, gallardo y gentil hombre, y el otro, no
tanto; y todos cuatro se pusieron de rodillas ante Auristela, y el más
gentil hombre dijo: "¡Oh, tú, quienquiera que seas, que no puedes ser
sino cosa del cielo! Mi hermano y yo, con el extremo a nuestras
fuerzas posible, te agradecemos esta merced que nos haces honrando
nuestras pobres y ya de hoy más ricas bodas. Ven, señora, y si, en
lugar de los palacios de cristal que en el profundo mar dejas, como
una de sus habitadoras, hallares en nuestros ranchos las paredes de
conchas y los tejados de mimbres, o, por mejor decir, las paredes de
mimbres y los tejados de conchas, hallarás, por lo menos, los deseos
de oro y las voluntades de perlas para servirte. Y hago esta
comparación, que parece impropia, porque no hallo cosa mejor que el
oro ni más hermosa que las perlas." Inclinóse a abrazarle Auristela,
confirmando con su gravedad, cortesía y hermosura la opinión que della
tenían. El pescador menos gallardo se apartó a dar orden a la demás
turba a que levantasen las voces en alabanzas de la recién venida
extranjera y que tocasen todos los instrumentos en señal del regocijo.
Las dos pescadoras, fea y hermosa, con sumisión humilde, besaron las
manos a Auristela, y ella las abrazó cortés y amigablemente. El
marinero, contentísimo del suceso, dió cuenta a los pescadores del
navío que en el mar quedaba, diciéndoles que era de cosarios, de quien
se temía que habían de venir por aquella doncella, que era una
principal señora, hija de reyes; que para mover los corazones a su
defensa le pareció ser necesario levantar este testimonio a mi
hermana. Apenas entendieron esto, cuando dejaron los instrumentos
regocijados y acudieron a los bélicos, que tocaron "¡Arma, arma!" por
entrambas riberas.

"Llegó en esto la noche; recogímonos al mismo rancho de los
desposados, pusiéronse centinelas hasta la misma boca del río,
cebáronse las nasas, tendiéronse las redes y acomodáronse los
anzuelos, todo con intención de regalar y servir a sus nuevos
huéspedes; y, por más honrarlos, los dos recién desposados no
quisieron aquella noche pasarla con sus esposas, sino dejar los
ranchos solos a ellas, y a Auristela y a Cloelia, y que ellos, con sus
amigos, conmigo y con el marinero, se les hiciese guarda y centinela;
y aunque sobraba la claridad del cielo por la que ofrecía la de la
creciente luna, y en la tierra ardían las hogueras que el nuevo
regocijo había encendido, quisieron los desposados que cenásemos en el
campo los varones y dentro del rancho las mujeres. Hízose así, y fué
la cena tan abundante, que pareció que la tierra se quiso aventajar al
mar, y el mar a la tierra, en ofrecer la una sus carnes y la otra sus
pescados.

"Pasóse la noche; vino el día, cuya alborada fué regocijadísima,
porque con nuevos y verdes ramos parecieron adornadas las barcas de
los pescadores; sonaron los instrumentos con nuevos y alegres sones;
alzaron las voces todos, con que se aumentó la alegría; salieron los
desposados para irse a poner en el tálamo donde habían estado el día
de antes; vistiéronse Selviana y Leoncia de nuevas ropas de boda.

"Celebróse la fiesta, y luego salieron de entre las barcas del río
cuatro despalmadas, vistosas por las diversas colores con que venían
pintadas, y los remos, que eran seis de cada banda, ni más ni menos;
las banderetas, que venían muchas por los filaretes, ansimismo eran de
varios colores; los doce remeros de cada una venían vestidos de
blanquísimo y delgado lienzo, de aquel mismo modo que yo vine cuando
entré la vez primera en esta isla. Luego conocí que querían las barcas
correr el palio, que se mostraba puesto en el árbol de otra barca,
desviada de las cuatro como tres carreras de caballo; era el palio de
tafetán verde, listado de oro, vistoso y grande, pues alcanzaba a
besar y aun a pasearse por las aguas. El rumor de la gente y el son de
los instrumentos era tan grande, que no se dejaba entender lo que
mandaba el capitán del mar, que en otra pintada barca venía.
Apartáronse las enramadas barcas a una y otra parte del río, dejando
un espacio llano en medio, por donde las cuatro competidoras barcas
volasen, sin estorbar la vista a la infinita gente que desde el tálamo
y desde ambas riberas estaba atenta a mirarlas; y estando ya los
bogadores asidos de las manillas de los remos, descubiertos los
brazos, donde se parecían los gruesos nervios, las anchas venas y los
torcidos músculos, atendían la señal de la partida, impacientes por la
tardanza, y fogosos, bien ansí como lo suele estar el generoso can de
Irlanda, cuando su dueño no le quiere soltar de la trailla a hacer la
presa que a la vista se le muestra.

"Llegó, en fin, la señal esperada, y a un mismo tiempo arrancaron
todas cuatro barcas, que no por el agua, sino por el viento parecía
que volaban. La que traía por insignia a la Buena Fortuna, cuando
estaba desmayada y casi para dejar la empresa, apretó, como decirse
suele, los puños, y, deslizándose por un lado, pasó delante de todas.
Cambiáronse los gritos de los que miraban, cuyas voces sirvieron de
aliento a sus bogadores, que, embebidos en el gusto de verse
mejorados, les parecía que, si los que quedaban atrás entonces les
llevaran la misma ventaja, no dudaran de alcanzarlos ni de ganar el
premio, como lo ganaron, más por ventura que por ligereza. En fin: la
Buena Fortuna fué la que la tuvo buena entonces.

CAPITULO XII

--"La fiesta de mis pescadores, tan regocijada como pobre, excedió a
las de los triunfos romanos: que tal vez en la llaneza y en la
humildad suelen esconderse los regocijos más aventajados. Pero como
las venturas humanas estén por la mayor parte pendientes de hilos
delgados, y los de la mudanza fácilmente se quiebran y desbaratan,
como se quebraron las de mis pescadores, y se retorcieron y
fortificaron mis desgracias, aquella noche la pasamos todos en una
isla pequeña que en la mitad del río se hacía, convidados del verde
sitio y apacible lugar. Holgábanse los desposados, y ordenaron que en
aquella isla del río se renovasen las fiestas y se continuasen por
tres días. La sazón del tiempo, que era la del verano, la comodidad
del sitio, el resplandor de la luna, el susurro de las fuentes, la
fruta de los árboles, el olor de las flores, cada cosa déstas de por
sí, y todas juntas, convidaban a tener por acertado el parecer de que
allí estuviésemos el tiempo que las fiestas durasen.

"Pero apenas nos habíamos reducido a la isla, cuando, de entre un
pedazo de bosque que en ella estaba, salieron hasta cincuenta
salteadores armados a la ligera, bien como aquellos que quieren robar
y huír, todo a un mismo punto; y como los descuidados acometidos
suelen ser vencidos con su mismo descuido, casi sin ponernos en
defensa, turbados con el sobresalto, antes nos pusimos a mirar que
acometer a los ladrones, los cuales, como hambrientos lobos,
arremetieron al rebaño de las simples ovejas, y se llevaron, si no en
la boca, en los brazos, a mi hermana Auristela, a Cloelia, su ama, y a
Selviana y a Leoncia, como si solamente vinieran a ofendellas, porque
se dejaron muchas otras mujeres a quien la naturaleza había dotado de
singular hermosura. Yo, a quien el extraño caso más colérico que
suspenso me puso, me arrojé tras los salteadores, los seguí con los
ojos y con las voces, afrentándolos, como si ellos fueran capaces de
sentir afrentas, solamente para irritarlos a que mis injurias les
moviesen a volver a tomar venganza de ellas: pero ellos, atentos a
salir con su intento, o no oyeron, o no quisieron vengarse, y así se
desaparecieron; y luego los desposados y yo, con algunos de los
principales pescadores, nos juntamos, como suele decirse, a consejo,
sobre qué haríamos para enmendar nuestro yerro y cobrar nuestras
prendas. Uno dijo: "No es posible sino que alguna nave de salteadores
está en la mar, y en parte donde con facilidad ha echado esta gente en
tierra, quizá sabidores de nuestra junta y de nuestras fiestas. Si
esto es ansí, como sin duda lo imagino, el mejor remedio es que salgan
algunos barcos de los nuestros, y les ofrezcan todo el rescate que por
la presa quisieren, sin detenerse en él, tanto más cuanto que las
prendas de esposas, hasta las mismas vidas de sus mismos esposos
merecen en rescate." "Yo seré--dije entonces--el que haré esa
diligencia: que, para conmigo, tanto vale la prenda de mi hermana como
si fuera la vida de todos los del mundo." Lo mismo dijeron Carino y
Solercio, ellos llorando en público, y yo muriendo en secreto.

"Cuando tomamos esta resolución, comenzaba anochecer; pero, con todo
eso, nos entramos en un barco los desposados y yo, con seis remeros;
pero, cuando salimos al mar descubierto, había acabado de cerrar la
noche, por cuya escuridad no vimos bajel alguno. Determinamos de
esperar el venidero día, por ver si con la claridad descubríamos algún
navío, y quiso la suerte que descubriésemos dos, el uno que salía del
abrigo de la tierra, y el otro que venía a tomarla; conocí que el que
dejaba la tierra era el mismo de quien habíamos salido a la isla, así
en las banderas como en las velas, que venían cruzadas con una cruz
roja; los que venían de fuera las traían verdes, y los unos y los
otros eran cosarios. Pues como yo imaginé que el navío que salía de la
isla era el de los salteadores de la presa, hice poner en una lanza
una bandera blanca de seguro; vine arrimando al costado del navío,
para tratar del rescate, llevando cuidado de que no me prendiese.
Asomóse el capitán al borde, y cuando quise alzar la voz para
hablarle, puedo decir que me la turbó y suspendió y cortó en la mitad
del camino un espantoso trueno que formó el disparar de un tiro de
artillería de la nave de fuera, en señal de que desafiaba a la batalla
al navío de tierra. Al mismo punto le fué respondido con otro no menos
poderoso, y, en un instante, se comenzaron a cañonear las dos naves,
como si fueran de dos conocidos y irritados enemigos. Desvióse nuestro
barco de en mitad de la furia, y desde lejos estuvimos mirando la
batalla; y habiendo jugado la artillería casi una hora, se aferraron
los dos navíos con una no vista furia. Los del navío de fuera, o más
venturosos, o, por mejor decir, más valientes, saltaron en el navío de
tierra, y en un instante desembarazaron toda la cubierta, quitando la
vida a sus enemigos, sin dejar a ninguno con ella.

"Viéndose, pues, libres de sus ofensores, se dieron a saquear el navío
de las cosas más preciosas que tenía, que por ser de cosarios no era
mucho, aunque en mi estimación eran las mejores del mundo, porque se
llevaron de las primeras a mi hermana, a Selviana, a Leoncia y a
Cloelia, con que enriquecieron su nave, pareciéndoles que en la
hermosura de Auristela llevaban un precioso y nunca visto rescate.
Quise llegar con mi barca a hablar con el capitán de los vencedores;
pero como mi ventura andaba siempre en los aires, uno de tierra sopló
y hizo apartar el navío. No pude llegar a él ni ofrecer imposibles por
el rescate de la presa, y así fué forzoso el volvernos, sin ninguna
esperanza de cobrar nuestra pérdida; y, por no ser otra la derrota que
el navío llevaba que aquella que el viento le permitía, no podimos por
entonces juzgar el camino que haría, ni señal que nos diese a entender
quiénes fuesen los vencedores, para juzgar siquiera, sabiendo su
patria, las esperanzas de nuestro remedio. El voló, en fin, por el mar
adelante, y nosotros, desmayados y tristes, nos entramos en el río,
donde todos los barcos de los pescadores nos estaban esperando. No sé
si os diga, señores, lo que es forzoso deciros: un cierto espíritu se
entró entonces en mi pecho, que, sin mudarme el ser, me pareció que le
tenía más que de hombre, y así, levantándome en pie sobre la barca,
hice que la rodeasen todas las demás y estuviesen atentos a éstas o
otras semejantes razones que les dije: "La baja fortuna jamás se
enmendó con la ociosidad ni con la pereza; en los ánimos encogidos
nunca tuvo lugar la buena dicha; nosotros mismos nos fabricamos
nuestra ventura, y no hay alma que no sea capaz de levantarse a su
asiento; los cobardes, aunque nazcan ricos, siempre son pobres, como
los avaros mendigos. Esto os digo ¡oh amigos míos! para moveros y
incitaros a que mejoréis vuestra suerte y a que dejéis el pobre ajuar
de unas redes y de unos estrechos barcos, y busquéis los tesoros que
tiene en sí encerrados el generoso trabajo: llamo generoso al trabajo
del que se ocupa en cosas grandes. Si suda el cavador rompiendo la
tierra, y apenas saca premio que le sustente más que un día, sin ganar
fama alguna, ¿por qué no tomará, en lugar de la azada, una lanza, y,
sin temor del sol ni de todas las inclemencias del cielo, procurará
ganar con el sustento fama que le engrandezca sobre los demás hombres?
La guerra, así como es madrastra de los cobardes, es madre de los
valientes, y los premios que por ella se alcanzan se pueden llamar
ultramundanos. ¡Ea, pues, amigos, juventud valerosa, poned los ojos en
aquel navío que se lleva las caras prendas de vuestros parientes,
encerrándonos en estotro que en la ribera nos dejaron, casi, a lo que
creo, por ordenación del cielo! Vamos tras él, y hagámonos piratas, no
codiciosos, como son los demás, sino justicieros, como lo seremos
nosotros. A todos se nos entiende el arte de la marinería; bastimentos
hallaremos en el navío, con todo lo necesario a la navegación, porque
sus contrarios no le despojaron más que de las mujeres; y si es grande
el agravio que hemos recebido, grandísima es la ocasión que para
vengarle se nos ofrece. Sígame, pues, el que quisiere, que yo os
suplico, y Carino y Solercio os lo ruegan, que bien sé que no me han
de dejar en esta valerosa empresa."

"Apenas hube acabado de decir estas razones, cuando se oyó el murmureo
por todas las barcas, procedido de que unos con otros se aconsejaban
de lo que harían, y entre todos salió una voz que dijo: "Embárcate,
generoso huésped, y sé nuestro capitán y nuestra guía, que todos te
seguiremos." Esta tan improvisa resolución de todos me sirvió de
felice auspicio, y, por temer que la dilación de poner en obra mi buen
pensamiento no les diese ocasión de madurar su discurso, me adelanté
con mi barco, al cual siguieron otros casi cuarenta; llegué a
reconocer el navío: entré dentro, escudriñéle todo, miré lo que tenía
y lo que le faltaba, y hallé todo lo que me pudo pedir el deseo que
fuese necesario para el viaje. Aconsejéles que ninguno volviese a
tierra, por quitar la ocasión de que el llanto de las mujeres y el de
los queridos hijos no fuese parte para dejar de poner en efeto
resolución tan gallarda. Todos lo hicieron así, y desde allí se
despidieron con la imaginación de sus padres, hijos y mujeres. ¡Caso
extraño, y que ha menester que la cortesía ayude a darle crédito!
Ninguno volvió a tierra, ni se acomodó de más vestidos de aquellos con
que había entrado en el navío, en el cual, sin repartir los oficios,
todos servían de marineros y de pilotos, excepto yo, que fuí nombrado
por capitán por gusto de todos. Y, encomendándome a Dios, comencé
luego a ejercer mi oficio, y lo primero que mandé fué desembarazar el
navío de los muertos que habían sido en la pasada refriega, y
limpiarle de la sangre de que estaba lleno; ordené que se buscasen
todas las armas, ansí ofensivas como defensivas, que en él había, y,
repartiéndolas entre todos, di a cada uno la que, a mi parecer, mejor
le estaba; requerí los bastimentos, y, conforme a la gente, tanteé
para cuántos días serían bastantes, poco más o menos. Hecho esto, y
hecha oración al cielo, suplicándole encaminase nuestro viaje y
favoreciese nuestros tan honrados pensamientos, mandé izar las velas,
que aún se estaban atadas a las entenas, y que las diéramos al viento,
que, como se ha dicho, soplaba de la tierra, y, tan alegres como
atrevidos, y tan atrevidos como confiados, comenzamos a navegar por la
misma derrota que nos pareció que llevaba el navío de la presa.

"Veisme aquí, señores que me estáis escuchando, hecho pescador y
casamentero rico con mi querida hermana, y pobre sin ella, robado de
salteadores y subido al grado de capitán contra ellos: que las vueltas
de mi fortuna no tienen un punto donde paren ni términos que las
encierren.

CAPITULO XVI

--"Dos meses anduvimos por el mar sin que nos sucediese cosa de
consideración alguna, puesto que le escombramos de más de sesenta
navíos de cosarios que, por serlo verdaderos, adjudicamos sus robos a
nuestro navío y le llenamos de innumerables despojos, con que mis
compañeros iban alegres, y no les pesaba de haber trocado el oficio de
pescadores en el de piratas, porque ellos no eran ladrones sino de
ladrones, ni robaban sino lo robado.

"Sucedió, pues, que un porfiado viento nos salteó una noche, que, sin
dar lugar a que amainásemos algún tanto o templásemos las velas, en
aquel término que las halló, las tendió y acosó, de modo que, como he
dicho, más de un mes navegamos por una misma derrota; tanto, que,
tomando mi piloto el altura del polo donde nos tomó el viento, y
tanteando las leguas que hacíamos por hora, y los días que habíamos
navegado, hallamos ser cuatrocientas leguas, poco más o menos. Volvió
el piloto a tomar la altura, y vió que estaba debajo del norte, en el
paraje de Noruega, y con voz grande y mayor tristeza dijo:
"Desdichados de nosotros, que si el viento no nos concede a dar la
vuelta para seguir otro camino, en éste se acabará el de nuestra vida,
porque estamos en el mar glacial, digo, en el mar helado; y si aquí
nos saltea el hielo, quedaremos empedrados en estas aguas." Apenas
hubo dicho esto, cuando sentimos que el navío tocaba por los lados y
por la quilla como en movibles peñas, por donde se conoció que ya el
mar se comenzaba a helar, cuyos montes de hielo, que por dentro se
formaban, impedían el movimiento del navío. Amainamos de golpe,
porque, topando en ellos, no se abriese, y en todo aquel día y aquella
noche se congelaron las aguas tan duramente y se apretaron de modo
que, cogiéndonos en medio, dejaron al navío engastado en ellas, como
lo suele estar la piedra en el anillo. Casi como en un instante
comenzó el hielo a entumecer los cuerpos ya entristecer nuestras
almas, y haciendo el miedo su oficio, considerando el manifiesto
peligro, no nos dimos más días de vida que los que pudiese sustentar
el bastimento que en el navío hubiese, en el cual bastimento desde
aquel punto se puso tasa y se repartió por orden, tan miserable y
estrechamente, que desde luego comenzó a matarnos la hambre. Tendimos
la vista por todas partes, y no topamos con ella en cosa que pudiese
alentar nuestra esperanza, si no fué con un bulto negro que, a nuestro
parecer, estaría de nosotros seis o ocho millas; pero luego imaginamos
que debía de ser algún navío a quien la común desgracia de hielo tenía
aprisionado. Este peligro sobrepuja y se adelanta a los infinitos en
que de perder la vida me he visto, porque un miedo dilatado y un temor
no vencido fatiga más el alma que una repentina muerte: que en el
acabar súbito se ahorran los miedos y los temores que la muerte trae
consigo, que suelen ser tan malos como la misma muerte. Esta, pues,
que nos amenazaba, tan hambrienta como larga, nos hizo tomar una
resolución, si no desesperada, temeraria, por lo menos, y fué que
consideramos que, si los bastimentos se nos acababan, el morir de
hambre era la más rabiosa muerte que puede caber en la imaginación
humana; y así, determinamos de salirnos del navío y caminar por encima
del yelo, y ir a ver si en el que se parecía habría alguna cosa de que
aprovecharnos, o ya de grado, o ya por fuerza.

"Púsose en obra nuestro pensamiento, y en un instante vieron las aguas
sobre sí formado, con pies enjutos, un escuadrón pequeño, pero de
valentísimos soldados, y siendo yo la guía, resbalando, cayendo y
levantando, llegamos al otro navío, que lo era casi tan grande como el
nuestro. Había gente él que, puesta sobre el borde, adevinando la
intención de nuestra venida, a voces comenzó uno a decirnos: "¿A qué
venís, gente desesperada? ¿Qué buscáis? ¿Venís, por ventura, a
apresurar nuestra muerte y a morir con nosotros? Volveos a vuestro
navío, y si os faltan bastimentos, roed las jarcias y encerrad en
vuestros estómagos los embreados leños, si es posible, porque pensar
que os hemos de dar acogida será pensamiento vano y contra los
preceptos de la caridad, que ha de comenzar de sí mismo. Dos meses
dicen que suele durar este yelo que nos detiene; para quince días
tenemos sustento; si es bien que le repartamos con vosotros, a vuestra
consideración lo dejo." A lo que yo le respondí: "En los apretados
peligros toda razón se atropella; no hay respeto que valga ni buen
término que se guarde. Acogednos en vuestro navío de grado, y
juntaremos en él el bastimento que en el nuestro queda, y comámoslo
amigablemente, antes que la precisa necesidad nos haga mover las armas
y usar de la fuerza." Esto le respondí yo, creyendo no decían verdad
en la cantidad del bastimento que señalaban; pero ellos, viéndose
superiores y aventajados en el puesto, no temieron nuestras amenazas
ni admitieron nuestros ruegos; antes arremetieron a las armas y se
pusieron en orden de defenderse. Los nuestros, a quien la
desesperación, de valientes, hizo valentísimos, añadiendo a la
temeridad nuevos bríos, arremetieron al navío y casi sin recebir
herida le entraron y le ganaron, y alzóse una voz entre nosotros que a
todos les quitásemos la vida por ahorrar de balas y de estómagos por
donde se fuese el bastimento que en el navío hallásemos. Yo fuí de
parecer contrario, y, quizá por tenerle bueno, en esto nos socorrió el
cielo, como después diré, aunque primero quiero deciros que este navío
era el de los cosarios que habían robado a mi hermana y a las dos
recién desposadas pescadoras. Apenas le hube reconocido, cuando dije a
voces: "¿Adónde tenéis, ladrones, nuestras almas? ¿Adónde están las
vidas que nos robastes? ¿Qué habéis hecho de mi hermana Auristela y de
las dos, Selviana y Leoncia, partes, mitades de los corazones de mis
buenos amigos Carino y Solercio?" A lo que uno me respondió: "Esas
mujeres pescadoras que dices las vendió nuestro capitán, que ya es
muerto, a Arnaldo, príncipe de Dinamarca."

CAPITULO XVIII

--"En tanto que los míos andaban escudriñando y tanteando los
bastimentos que había en el empedrado navío, a deshora, y de
improviso, de la parte de tierra descubrimos que sobre los hielos
caminaba un escuadrón de armada gente, de más de cuatro mil personas
formado. Dejónos más helados que el mismo mar vista semejante,
aprestando las armas, más por muestra de ser hombres que con
pensamiento de defenderse. Caminaban sobre sólo un pie, dándose con el
derecho sobre el calcaño izquierdo, con que se impelían y resbalaban
sobre el mar grandísimo trecho, y luego, volviendo a reiterar el
golpe, tornaban a resbalar otra gran pieza de camino; y desta suerte,
en un instante fueron con nosotros y nos rodearon por todas partes, y
uno de ellos, que, como después supe, era el capitán de todos,
llegándose cerca de nuestro navío, a trecho que pudo ser oído,
asegurando la paz con un paño blanco que volteaba sobre el brazo, en
lengua polaca, con voz clara, dijo: "Cratilo, rey de Bituania y señor
destos mares, tiene por costumbre de requerirlos con gente armada, y
sacar de ellos los navíos que del hielo están detenidos, a lo menos la
gente y la mercancía que tuvieren, por cuyo beneficio se paga con
tomarla por suya. Si vosotros gustáredes de acetar este partido, sin
defenderos, gozaréis de las vidas y de la libertad, que no se os ha de
cautivar en ningún modo; miradlo, y si no, aparejaos a defenderos de
nuestras armas, continuo vencedoras."

"Contentóme la brevedad y la resolución del que nos hablaba.
Respondíle que me dejase tomar parecer con nosotros mismos, y fué el
que mis pescadores me dieron, decir que el fin de todos los males, y
el mayor de ellos, era el acabar la vida, la cual se había de
sustentar por todos los medios posibles, como no fuesen por los de la
infamia; y que, pues en los partidos que nos ofrecían no intervenía
ninguna, y del perder la vida estábamos tan ciertos, como dudosos de
la defensa, sería bien rendirnos y dar lugar a la mala fortuna que
entonces nos perseguía, pues podría ser que nos guardase para mejor
ocasión. Casi esta misma respuesta di al capitán del escuadrón, y al
punto, más con apariencia de guerra que con muestras de paz,
arremetieron al navío, y en un instante le desvalijaron todo, y
trasladaron cuanto en él había, hasta la misma artillería y jarcias, a
unos cueros de bueyes que sobre el hielo tendieron; liándolos por
encima, aseguraron poderlos llevar tirándolos con cuerdas, sin que se
perdiese cosa alguna. Robaron ansimismo lo que hallaron en el otro
nuestro navío, y, poniéndonos a nosotros sobre otras pieles, alzando
una alegre vocería, nos tiraron y nos llevaron a tierra, que debía de
estar desde el lugar del navío como veinte millas. Paréceme a mí que
debía de ser cosa de ver caminar tanta gente por cima de las aguas a
pie enjuto, sin usar allí el cielo alguno de sus milagros.

"En fin, aquella noche llegamos a la ribera, de la cual no salimos
hasta otro día por la mañana, que la vimos coronada de infinito número
de gente, que a ver la presa de los helados y yertos habían venido.
Venía entre ellos, sobre un hermoso caballo, el rey Cratilo, que, por
las insignias reales con que se adornaba, conocimos ser quien era;
venía a su lado, asimismo a caballo, una hermosísima mujer, armada de
unas armas blancas, a quien no podían acabar de encubrir un velo negro
con que venían cubiertas. Llevóme tras sí la vista, tanto su buen
parecer como la gallardía del rey Cratilo, y, mirándola con atención,
conocí ser la hermosa Sulpicia, a quien la cortesía de mis compañeros
pocos días #_antes_# habían dado la libertad que entonces gozaba.
Acudió el rey a ver los rendidos, y, llevándome el capitán asido de la
mano, le dijo: "En este solo mancebo ¡oh valeroso rey Cratilo! me
parece que te presento la más rica presa que en razón de persona
humana hasta agora humanos ojos han visto." "¡Santos cielos!--dijo a
esta sazón la hermosa Sulpicia, arrojándose del caballo al suelo--. O
yo no tengo vista en los ojos, o es éste mi libertador, Periandro." Y
el decir esto y añudarme el cuello con sus brazos, fué todo uno, cuyas
extrañas y amorosas muestras obligaron también a Cratilo a que del
caballo se arrojase y con las mismas señales de alegría me recibiese.
Entonces la desmayada esperanza de algún buen suceso estaba lejos de
los pechos de mis pescadores; pero cobrando aliento en las muestras
alegres con que vieron recebirme, les hizo brotar por los ojos el
contento y por las bocas las gracias que dieron a Dios del no esperado
beneficio: que ya le contaban, no por beneficio, sino por singular y
conocida merced. Sulpicia dijo a Cratilo: "Este mancebo es un sujeto
donde tiene su asiento la suma cortesía y su albergue la misma
liberalidad; y aunque yo tengo hecha esta experiencia, quiero que tu
discreción la acredite, sacando por su gallarda presencia--y en esto
bien se vee que hablaba como agradecida, y aun como engañada--en
limpio esta verdad que te digo. Este fué el que me dió libertad
después de la muerte de mi marido; éste el que no despreció mis
tesoros, sino el que no los quiso; éste fué el que, después de
recebidas mis dádivas, me las volvió mejoradas, con el deseo de
dármelas mayores, si pudiera; éste fué, en fin, el que, acomodándose,
o, por mejor decir, haciendo acomodar a su gusto el de sus soldados,
dándome doce que me acompañasen, me tiene ahora en tu presencia." Yo,
entonces, a lo que creo, rojo el rostro con las alabanzas, o ya
aduladoras o demasiadas, que de mí oía, no supe más que hincarme de
rodillas ante Cratilo, pidiéndole las manos, que no me las dió para
besárselas, sino para levantarme del suelo. En este entretanto, los
doce pescadores que habían venido en guarda de Sulpicia, andaban entre
la demás gente buscando a sus compañeros, abrazándose unos a otros, y,
llenos de contento y regocijo, se contaban sus buenas y malas suertes:
los del mar, exageraban su yelo, y los de la tierra, sus riquezas. "A
mí--decía el uno--me ha dado Sulpicia esta cadena de oro." "A
mí--decía otro--esta joya, que vale por dos de esas cadenas." "A
mí--replicaba éste--me dió tanto dinero." Y aquél repetía: "Más me ha
dado a mí en este solo anillo de diamantes que a todos vosotros
juntos."

"A todas estas pláticas puso silencio un gran rumor que se levantó
entre la gente, causado del que hacia un poderosísimo caballo bárbaro,
a quien dos valientes lacayos traían del freno, sin poderse averiguar
con él. Era de color morcillo, pintado todo de moscas blancas, que
sobremanera le hacían hermoso; venía en pelo, porque no consentía
ensillarse del mismo rey; pero no le guardaba este respeto después de
puesto encima, no siendo bastantes a detenerle mil montes de embarazos
que ante él se pusieran, de lo que el rey estaba tan pesaroso, que
diera una ciudad a quien sus malos siniestros le quitara. Todo esto me
contó el rey breve y sucintamente.

CAPITULO XX

--"La grandeza, la ferocidad y la hermosura del caballo que os he
descrito tenían tan enamorado a Cratilo, y tan deseoso de verle manso,
como a mí de mostrar que deseaba servirle, pareciéndome que el cielo
me presentaba ocasión para hacerme agradable a los ojos de quien por
señor tenía, y a poder acreditar con algo las alabanzas que la hermosa
Sulpicia de mí al rey había dicho. Y así, no tan maduro como
presuroso, fuí donde estaba el caballo, y subí en él sin poner el pie
en el estribo, pues no le tenía, y arremetí con él, sin que el freno
fuese parte para detenerle, y llegué a la punta de una peña que sobre
la mar pendía, y, apretándole de nuevo las piernas, con tan mal grado
suyo como gusto mío, le hice volar por el aire y dar con entrambos en
la profundidad del mar; y en la mitad del vuelo me acordé que, pues el
mar estaba helado, me había de hacer pedazos con el golpe, y tuve mi
muerte y la suya por cierta. Pero no fué así, porque el cielo, que
para otras cosas que él sabe me debe de tener guardado, hizo que las
piernas y brazos del poderoso caballo resistiesen el golpe, sin
recebir yo otro daño que haberme sacudido de sí el caballo y echado a
rodar, resbalando por gran espacio. Ninguno hubo en la ribera que no
pensase y creyese que yo quedaba muerto; pero cuando me vieron
levantar en pie, aunque tuvieron el suceso a milagro, juzgaron a
locura mi atrevimiento.

[Ilustración: Le hice volar por el aire y dar con entrambos en la
profundidad del mar.]

"Volví a la ribera con el caballo, volví asimismo a subir en él, y,
por los mismos pasos que primero, le incité a saltar segunda vez; pero
no fué posible, porque, puesto en la punta de la levantada peña, hizo
tanta fuerza por no arrojarse, que puso las ancas en el suelo y rompió
las riendas, quedándose clavado en la tierra. Cubrióse luego de un
sudor de pies a cabeza, tan lleno de miedo, que le volvió de león en
cordero y de animal indomable en generoso caballo, de manera que los
muchachos se atrevieron a manosearle, y los caballerizos del rey,
enjaezándole, subieron en él y le corrieron con seguridad, y él mostró
su ligereza y su bondad, hasta entonces jamás vista; de lo que el rey
quedó contentísimo y Sulpicia alegre, por ver que mis obras habían
respondido a sus palabras.

"Tres meses estuvo en su rigor el yelo, y éstos se tardaron en acabar
un navío que el rey tenía comenzado para correr en convenible tiempo
aquellos mares, limpiándolos de cosarios, enriqueciéndose con sus
robos. En este entretanto, le hice algunos servicios en la caza, donde
me mostré sagaz y experimentado, y gran sufridor de trabajos; porque
en ningún ejercicio corresponde así al de la guerra como el de la
caza, a quien es anejo el cansancio, la sed y la hambre, y aun a veces
la muerte. La liberalidad de la hermosa Sulpicia se mostró conmigo y
con los míos extremada, y la cortesía de Cratilo le corrió parejas.
Los doce pescadores que trujo consigo Sulpicia estaban ya ricos, y los
que conmigo se perdieron, estaban ganados. Acabóse el navío; mandó el
rey aderezarle y pertrecharle de todas las cosas necesarias
largamente, y luego me hizo capitán dél, a toda mi voluntad, sin
obligarme a que hiciese cosa más de aquella que fuese de mi gusto. Y
después de haberle besado las manos por tan gran beneficio, le dije
que me diese licencia de ir a buscar a mi hermana Auristela, de quien
tenía noticia que estaba en poder del rey de Dinamarca. Cratilo me la
dió para todo aquello que quisiese hacer, diciéndome que a más le
tenía obligado mi buen término, hablando como rey, a quien es anejo
tanto el hacer mercedes como la afabilidad y, si se puede decir, la
buena crianza. Esta tuvo Sulpicia en todo extremo, acompañándola con
la liberalidad, con la cual, ricos y contentos, yo y los míos nos
embarcamos, sin que quedase ninguno.

"La primer derrota que tomamos fué a Dinamarca, donde creí hallar a mi
hermana, y lo que hallé fueron nuevas de que, de la ribera del mar, a
ella y a otras doncellas las habían robado cosarios. Renováronse mis
trabajos, y comenzaron de nuevo mis lástimas, a quien acompañaron las
de Carino y Solercio, los cuales creyeron que en la desgracia de mi
hermana y en su prisión se debía de comprehender la de sus esposas.

"Barrimos todos los mares, rodeamos todas o las más islas destos
contornos, preguntando siempre por nuevas de mi hermana, pareciéndome
a mí, con paz sea dicho de todas las hermosas del mundo, que la luz de
su rostro no podía estar encubierta por ser escuro el lugar donde
estuviese, y que la suma discreción suya había de ser el hilo que la
sacase de cualquier laberinto. Prendimos cosarios, soltamos
prisioneros; restituímos haciendas a sus dueños, alzámonos con las mal
ganadas de otros, y con esto, colmando nuestro navío de mil diferentes
bienes de fortuna, quisieron los míos volver a sus redes y a sus casas
y a los brazos de sus hijos, imaginando Carino y Solercio ser posible
hallar a sus esposas en su tierra, ya que en las ajenas no las
hallaban. Antes desto llegamos a aquella isla, que, a lo que creo, se
llama Scinta, donde supimos las fiestas de Policarpo, y a todos nos
vino voluntad de hallarnos en ellas. No pudo llegar nuestra nave, por
ser el viento contrario, y así, en traje de marineros bogadores, nos
entramos en aquel barco luengo, como ya queda dicho. Allí gané los
premios, allí fuí coronado por vencedor de todas las contiendas, y de
allí tomó ocasión Sinforosa de desear saber quién yo era, como se vió
por las diligencias que para ello hizo. Vuelto al navío, y resueltos
los míos de dejarme, les rogué que me dejasen el barco, como en premio
de los trabajos que con ellos había pasado. Dejáronmele, y aun me
dejaran el navío, si yo le quisiera, diciéndome que, si me dejaban
solo, no era otra la ocasión, sino porque les parecía ser sólo mi
deseo, y tan imposible de alcanzarle, como lo había mostrado la
experiencia en las diligencias que habíamos hecho para conseguirle.

"En resolución: con seis pescadores que quisieron seguirme, llevados
del premio que les di y del que les ofrecí, abrazando a mis amigos, me
embarqué, y puse la proa en _#una#_ isla bárbara, de cuyos moradores
sabía ya la costumbre y la falsa profecía que los tenía engañados, la
cual no os refiero porque sé que la sabéis. Di al través en aquella
isla; fuí preso y llevado donde estaban los vivos enterrados:
sacáronme otro día para ser sacrificado; sucedió la tormenta del mar;
desbaratáronse los leños que servían de barcas; salí al mar ancho en
un pedazo dellas, con cadenas que me rodeaban el cuello y esposas que
me ataban las manos; caí en las misericordiosas del príncipe Arnaldo,
que está presente, por cuya orden entré en la isla para ser espía que
investigase si estaba en ella mi hermana, no sabiendo que yo fuese
hermano de Auristela, la cual otro día vino en traje de varón a ser
sacrificada. Conocíla, dolióme su dolor, previne su muerte con decir
que era hembra, como ya lo había dicho Cloelia, su ama, que la
acompañaba; y el modo cómo allí las dos vinieron, ella lo dirá cuando
quisiere. Lo que en la isla nos sucedió, ya lo sabéis, y con esto y
con lo que a mi hermana le queda por decir, quedaréis satisfechos de
casi todo aquello que acertare a pediros el deseo en la certeza de
nuestros sucesos."


LIBRO III

CAPITULO X

_#En#_ un lugar, no muy pequeño ni muy grande, de cuyo nombre no me
acuerdo, y en mitad de la plaza dél, _#había#_ mucha gente junta,
todos atentos mirando y escuchando a dos mancebos que, en traje de
recién rescatados de cautivos, estaban declarando las figuras de un
pintado lienzo que tenían tendido en el suelo; parecía que se habían
descargado de dos pesadas cadenas que tenían junto a sí, insignias y
relatoras de su pesada desventura; y uno dellos, que debía de ser de
hasta veinticuatro años, con voz clara y en todo extremo experta
lengua, crujiendo de cuando en cuando un corbacho, o, por mejor decir,
azote que en la mano tenía, le sacudía de manera que penetraba los
oídos y ponía los estallidos en el cielo, bien así como hace el
cochero, que, castigando o amenazando sus caballos, hace resonar su
látigo por los aires.

Entre los que la larga plática escuchaban, estaban los dos alcaldes
del pueblo, ambos ancianos, pero no tanto el uno como el otro. Por
donde comenzó su arenga el libre cautivo, fué diciendo:

--Esta, señores, que aquí veis pintada, es la ciudad de Argel, gomia y
tarasca de todas las riberas del mar Mediterráneo, puerto universal de
cosarios, y amparo y refugio de ladrones, que, deste pequeñuelo puerto
que aquí va pintado, salen con sus bajeles a inquietar el mundo, pues
se atreven a pasar el plus ultra de las colunas de Hércules, y a
acometer y robar las apartadas islas, que, por estar rodeadas del
inmenso mar Océano, pensaban estar seguras, a lo menos de los bajeles
turquescos. Este bajel que aquí veis reducido a pequeño, porque lo
pide así la pintura, es una galeota de ventidós bancos, cuyo dueño y
capitán es el turco que en la crujía va en pie, con un brazo en la
mano, que cortó a aquel cristiano que allí veis, para que le sirva de
rebenque y azote a los demás cristianos que van amarrados a sus
bancos, temeroso no le alcancen estas cuatro galeras que aquí veis,
que le van entrando y dando caza. Aquel cautivo primero del primer
banco, cuyo rostro le disfigura la sangre que se le ha pegado de los
golpes del brazo muerto, soy yo, que servía de espalder en esta
galeota; y el otro que está junto a mí es éste mi compañero, no tan
sangriento, porque fué menos apaleado. Escuchad, señores, y estad
atentos: quizá la aprehensión deste lastimero cuento os llevará a los
oídos las amenazadoras y vituperosas voces que ha dado este perro de
Dragut, que así se llamaba el arráez de la galeota, cosario tan famoso
como cruel, y tan cruel como Falaris o Busiris, tiranos de Sicilia; a
lo menos, a mí me suena agora el _rospeni_, el _manahora_ y el
_denimaniyoc_, que, con coraje endiablado, va diciendo que todas éstas
son palabras y razones turquescas, encaminadas a la deshonra y
vituperio de los cautivos cristianos: llámanlos de judíos, hombres de
poco valor, de fee negra y de pensamientos viles, y, para mayor horror
y espanto, con los brazos muertos azotan los cuerpos vivos.

Parece ser que uno de los dos alcaldes había estado cautivo en Argel
mucho tiempo, el cual, con baja voz, dijo a su compañero:

--Este cautivo, hasta agora, parece que va diciendo verdad, y que en
lo general no es cautivo falso; pero yo le examinaré en lo particular,
y veremos cómo da la cuerda; porque quiero que sepáis que yo iba
dentro desta galeota, y no me acuerdo de haberle conocido por espalder
de ella, si no fué a un Alonso Moclin, natural de Vélez-Málaga.

Y volviéndose al cautivo, le dijo:

--Decidme, amigo, cúyas eran las galeras que os daban caza, y si
conseguistes por ella la libertad deseada.

--Las galeras--respondió el cautivo--eran de don Sancho de Leyva; la
libertad no la conseguimos, porque no nos alcanzaron; tuvímosla
después, porque nos alzamos con una galeota que desde Sargel iba a
Argel cargada de trigo; venimos a Orán con ella, y desde allí a
Málaga, de donde mi compañero y yo nos pusimos en camino de Italia,
con intención de servir a su majestad, que Dios guarde, en el
ejercicio de la guerra.

--Decidme, amigos--replicó el alcalde--: ¿cautivastes juntos?
¿Llevaron os a Argel del primer boleo, o a otra parte de Berbería?

--No cautivamos juntos--respondió el otro cautivo--, porque yo cautivé
junto a Alicante, en un navío de lanas que pasaba a Génova; mi
compañero en los Percheles de Málaga, adonde era pescador. Conocímonos
en Tetuán, dentro de una mazmorra; hemos sido amigos, y corrido una
misma fortuna mucho tiempo; y, para diez o doce cuartos que apenas nos
han ofrecido de limosna sobre el lienzo, mucho nos aprieta el señor
alcalde.

--No mucho, señor galán--replicó el alcalde--, que aún no están dadas
todas las vueltas de la mancuerda; escúcheme y dígame: ¿Cuántas
puertas tiene Argel, y cuántas fuentes, y cuántos pozos de agua dulce?

--¡La pregunta es boba!--respondió el primer cautivo--; tantas puertas
tiene como tiene casas, y tantas fuentes, que yo no las sé, y tantos
pozos que no los he visto, y los trabajos que yo en él he pasado me
han quitado la memoria de mí mismo; y si el señor alcalde quiere ir
contra la caridad cristiana, recogeremos los cuartos y alzaremos la
tienda, y a Dios aho, que tan buen pan hacen aquí como en Francia.

Entonces el alcalde llamó a un hombre de los que estaban en el corro,
que al parecer servía de pregonero en el lugar, y tal vez de verdugo
cuando se ofrecía, y dijóle:

--Gil Berrueco, id a la plaza, y traedme aquí luego los primeros dos
asnos que topáredes; que, por vida del rey nuestro señor, que han de
pasear las calles en ellos estos dos señores cautivos, que con tanta
libertad quieren usurpar la limosna de los verdaderos pobres,
contándonos mentiras y embelecos, estando sanos como una manzana y con
más fuerzas para tomar una azada en la mano, que no un corbacho para
dar estallidos en seco. Yo he estado en Argel cinco años esclavo, y sé
que no me dais señas dél en ninguna cosa de cuantas habéis dicho.

--¡Cuerpo del mundo!--respondió el cautivo--. ¿Es posible que ha de
querer el señor alcalde que seamos ricos de memoria, siendo tan pobres
de dineros, y que, por una niñería que no importa tres ardites, quiera
quitar la honra a dos tan insignes estudiantes como nosotros, y
juntamente quitar a su majestad dos valientes soldados, que íbamos a
esas Italias y a esos Flandes a romper, a destrozar, a herir y a matar
los enemigos de la santa fe católica que topáramos? Porque, si va a
decir verdad, que en fin es hija de Dios, quiero que sepa el señor
alcalde que nosotros no somos cautivos, sino estudiantes de Salamanca,
y, en la mitad y en lo mejor de nuestros estudios, nos vino gana de
ver mundo y de saber a qué sabía la vida de la guerra, como sabíamos
el gusto de la vida de la paz. Para facilitar y poner en obra este
deseo, acertaron a pasar por allí unos cautivos, que también lo debían
de ser falsos como nosotros agora; les compramos este lienzo y nos
informamos de algunas cosas de las de Argel, que nos pareció ser
bastantes y necesarias para acreditar nuestro embeleco; vendimos
nuestros libros y nuestras alhajas a menosprecio, y, cargados con esta
mercadería, hemos llegado hasta aquí; pensamos pasar adelante, si es
que el señor alcalde no manda otra cosa.

--Lo que pienso hacer es--replicó el alcalde--daros cada cien azotes,
y, en lugar de la pica que vais a arrastrar en Flandes, poneros un
remo en las manos que le cimbréis en el agua en las galeras, con quien
quizá haréis más servicio a su majestad que con la pica.

--¿Querráse--replicó el mozo hablador--mostrar agora el señor alcalde
ser un legislador de Atenas, y que la riguridad de su oficio llegue a
los oídos de los señores del Consejo, donde, acreditándole con ellos,
le tengan por severo y justiciero, y le cometan negocios de
importancia, donde muestre su severidad y su justicia? Pues sepa el
señor alcalde que _summum jus, summa injuria_.

--Mirad cómo habláis, hermano--replicó el segundo alcalde--, que aquí
no hay justicia con lujuria: que todos los alcaldes deste lugar han
sido, son y serán limpios y castos como el pelo de la masa; y hablad
menos, que os será sano.

Volvió en esto el pregonero, y dijo:

--Señor alcalde, yo no he topado en la plaza asnos ningunos, sino a
los dos regidores Berrueco y Crespo, que andan en ella paseándose.

--Por asnos os envié yo, majadero, que no por regidores; pero volved y
traeldos acá, por sí o por no, que quiero que se hallen presentes al
pronunciar desta sentencia, que ha de ser, sin embargo, y no ha de
quedar por falta de asnos; que, gracias sean dadas al cielo, hartos
hay en este lugar,

--No le tendrá vuesa merced, señor alcalde, en el cielo--replicó el
mozo--si pasa adelante con esa reguridad. Por quien Dios es, que vuesa
merced considere que no hemos robado tanto que podemos dar a censo ni
fundar ningún mayorazgo; apenas granjeamos el mísero sustento con
nuestra industria, que no deja de ser trabajosa, como lo es la de los
oficiales y jornaleros. Mis padres no nos enseñaron oficio alguno, y
así, nos es forzoso que remitamos a la industria lo que habíamos de
remitir a las manos si tuviéramos oficio. Castíguense los que
cohechan, los escaladores de casas, los salteadores de caminos, los
testigos falsos por dineros, los mal entretenidos en la república, los
ociosos y baldíos en ella, que no sirven de otra cosa que de
acrecentar el número de los perdidos, y dejen a los míseros que van su
camino derecho a servir a su majestad con la fuerza de sus brazos y
con la agudeza de sus ingenios, porque no hay mejores soldados que los
que se trasplantan de la tierra de los estudios en los campos de la
guerra; ninguno salió de estudiante para soldado que no lo fuese por
extremo, porque cuando se avienen y se juntan las fuerzas con el
ingenio, y el ingenio con las fuerzas, hacen un compuesto milagroso,
con quien Marte se alegra, la paz se sustenta y la república se
engrandece.

Admirados estaban todos los circunstantes, así de las razones del
mozo, como de la velocidad con que hablaba, el cual, prosiguiendo,
dijo:

--Espúlguenos el señor alcalde, mírenos y remírenos, y haga escrutinio
de las costuras de nuestros vestidos, y si en todo nuestro poder
hallare seis reales, no sólo nos mande dar ciento, sino seis cuentos
de azotes. Veamos, pues, si la adquisición de tan pequeña cantidad de
interés merece ser castigada con afrentas y martirizada con galeras; y
así, otra vez digo que el señor alcalde se remire en esto, no se
arroje y precipite apasionadamente a hacer lo que, después de hecho,
quizá le causara pesadumbre. Los jueces discretos castigan, pero no
toman venganza de los delitos; los prudentes y los piadosos mezclan la
equidad con la justicia, y, entre el rigor y la clemencia, dan luz de
su buen entendimiento.

--Por Dios--dijo el segundo alcalde--, que este mancebo ha hablado
bien, aunque ha hablado mucho, y que, no solamente no tengo de
consentir que los azoten, sino que los tengo de llevar a mi casa y
ayudarles para su camino, con condición que le lleven derecho, sin
andar surcando la tierra de una en otras partes, porque, si así lo
hiciesen, más parecerían viciosos que necesitados.

Ya el primer alcalde, manso y piadoso, blando y compasivo, dijo:

--No quiero que vayan a vuestra casa, sino a la mía, donde les quiero
dar una lición de las cosas de Argel, tal, que de aquí adelante
ninguno les coja en mal latín en cuanto a su fingida historia.

Los cautivos se lo agradecieron, y los circunstantes alabaron su
honrada determinación.

CAPITULO XI

Llegóse el día, y tomaron los peregrinos el #_camino_# de Valencia;
los cuales, otro día, al salir de la aurora, que por los balcones de
Oriente se asomaba, barriendo el cielo de las estrellas y aderezando
el camino por donde el sol había de hacer su acostumbrada carrera,
Bartolomé, que así creo se llamaba el guiador del bagaje, viendo salir
el sol tan alegre y regocijado, bordando las nubes de los cielos con
diversas colores, de manera que no se podía ofrecer otra cosa más
alegre y más hermosa a la vista, y con rústica discreción dijo:

---Verdad debió de decir el predicador que predicaba los días pasados
en nuestro pueblo cuando dijo que los cielos y la tierra anunciaban y
declaraban las grandezas del Señor. Pardiez que, si yo no conociera a
Dios por lo que me han enseñado mis padres y los sacerdotes y ancianos
de mi lugar, le viniera a rastrear y conocer viendo la inmensa
grandeza destos cielos, que me dicen que son muchos, o, a lo menos,
que llegan a once, y por la grandeza deste sol que nos alumbra, que,
con no parecer mayor que una rodela, es muchas veces mayor que toda la
tierra, y más que, con ser tan grande, afirman que es tan ligero que
camina en venticuatro horas más de trecientas mil leguas. La verdad
que sea, yo no creo nada desto; pero dícenlo tantos hombres de bien,
que, aunque hago fuerza al entendimiento, lo creo. Pero de lo que más
me admiro es que debajo de nosotros hay otras gentes, a quien llaman
antípodas, sobre cuyas cabezas, los que andamos acá arriba, traemos
puestos los pies, cosa que me parece imposible; que, para tan gran
carga como la nuestra, fuera menester que tuvieran ellos las cabezas
de bronce.

Rióse Periandro de la rústica astrología del mozo, y díjole:

--Buscar querría razones acomodadas ¡oh Bartolomé! para darte a
entender el error en que estás y la verdadera postura del mundo, para
lo cual era menester tomar muy de atrás sus principios; pero
acomodándome con tu ingenio, habré de coartar el mío y decirte sola
una cosa: y es que quiero que entiendas por verdad infalible que la
tierra es centro del cielo; llamo centro un punto indivisible a quien
todas las líneas de su circunferencia van a parar; tampoco me parece
que has de entender esto; y así, dejando estos términos, quiero que te
contentes con saber que toda la tierra tiene por alto el cielo, y en
cualquier parte della donde los hombres estén han de estar cubiertos
con el cielo; así que, como a nosotros el cielo que ves nos cubre,
asimismo cubre a los antípodas que dicen, sin estorbo alguno, y como,
naturalmente, lo ordenó la Naturaleza, mayordoma del verdadero Dios,
criador del cielo y de la tierra.

No se descontentó el mozo de oír las razones de Periandro, que también
dieron gusto a Auristela, a la condesa y a su hermano. Con estas y
otras cosas iba enseñando y entreteniendo el camino Periandro.

De allí a algunos días, llegó nuestro hermoso escuadrón a un lugar de
moriscos, que estaba puesto como una legua de la marina, en el reino
de Valencia. Hallaron en él, no mesón en que albergarse, sino todas
las casas del lugar con agradable hospicio los convidaban; viendo lo
cual, Antonio dijo:

--Yo no sé quién dice mal desta gente, que todos me parecen unos
santos.

--Con palmas--dijo Periandro--recibieron al Señor en Jerusalén los
mismos que de allí a pocos días le pusieron en una cruz. Agora bien: a
Dios y a la ventura, como decirse suele, acetemos el convite que nos
hace este buen viejo, que con su casa nos convida.

Y era así verdad, que un anciano morisco, casi por fuerza, asiéndolos
por las esclavinas, los metió en casa, y dio muestras de agasajarlos
no morisca, sino cristianamente. Salió a servirlos una hija suya,
vestida en traje morisco, y en él tan hermosa, que las más gallardas
cristianas tuvieran a ventura el parecería: que en las gracias que
Naturaleza reparte, también suele favorecer a las bárbaras de Citia,
como a las ciudadanas de Toledo. Esta, pues, hermosa y mora, en lengua
aljamiada, asiendo a Costanza y a Auristela de las manos, se encerró
con ellas en una sala baja, y, estando solas, sin soltarles las manos,
recatadamente miró a todas partes, temerosa de ser escuchada, y,
después que hubo asegurado el miedo que mostraba, les dijo:

--¡Ay, señoras, y cómo habéis venido como mansas y simples ovejas al
matadero! ¿Veis este viejo, que con vergüenza digo que es mi padre,
véisle tan agasajador vuestro? Pues sabed que no pretende otra cosa
sino ser vuestro verdugo. Esta noche se han de llevar en peso, si así
se puede decir, diez y seis bajeles de cosarios berberiscos, a toda la
gente de este lugar, con todas sus haciendas, sin dejar en él cosa que
les mueva a volver a buscarla. Piensan estos desventurados que en
Berbería está el gusto de sus cuerpos y la salvación de sus almas, sin
advertir que, de muchos pueblos que allá se han pasado casi enteros,
ninguno hay que dé otras nuevas sino de arrepentimiento, el cual les
viene juntamente con las quejas de su daño. Los moros de Berbería
pregonan glorias de aquella tierra, al sabor de las cuales corren los
moriscos de ésta, y dan en los lazos de su desventura. Si queréis
estorbar la vuestra y conservar la libertad en que vuestros padres os
engendraron, salid luego de esta casa y acogedos a la iglesia, que en
ella hallaréis quien os ampare, que es el cura, que sólo él y el
escribano son en este lugar cristianos viejos. Hallaréis también allí
al jadraque Jarife, que es un tío mío, moro sólo en el nombre, y en
las obras cristiano. Contaldes lo que pasa, y decid que os lo dijo
Rafala, que con esto seréis creídos y amparados; y no lo echéis en
burla, si no queréis que las veras os desengañen a vuestra costa: que
no hay mayor engaño que venir el desengaño tarde.

El susto, las acciones con que Rafala esto decía, se asentó en las
almas de Auristela y de Constanza, de manera que fué creída, y no le
respondieron otra cosa que fuese más que agradecimientos. Llamaron
luego a Periandro y a Antonio, y, contándoles lo que pasaba, sin tomar
ocasión aparente, se salieron de la casa con todo lo que tenían.
Bartolomé, que quisiera más descansar que mudar de posada, pesóle de
la mudanza; pero, en efeto, obedeció a sus señores. Llegaron a la
iglesia, donde fueron bien recebidos del cura y del jadraque, a quien
contaron lo que Rafala les había dicho. El cura dijo:

--Muchos días ha, señores, que nos dan sobresalto con la venida de
esos bajeles de Berbería; y aunque es costumbre suya hacer estas
entradas, la tardanza de ésta me tenía ya algo descuidado. Entrad,
hijos, que buena torre tenemos, y buenas y ferradas puertas la
iglesia, que, si no es muy de propósito, no pueden ser derribadas ni
abrasadas.

--¡Ay--dijo a esta sazón el jadraque--, si han de ver mis ojos, antes
que se cierren, libre esta tierra destas espinas y malezas que la
oprimen! ¡Ay, cuándo llegará el tiempo que tiene profetizado un abuelo
mío, famoso en la astrología, donde se verá España de todas partes
entera y maciza en la religión cristiana, que ella sola es el rincón
del mundo donde está recogida y venerada la verdadera verdad de
Cristo! Morisco soy, señores, y ojalá que negarlo pudiera; pero no por
esto dejo de ser cristiano: que las divinas gracias las da Dios a
quien él es servido, el cual tiene por costumbre, como vosotros mejor
sabéis, de hacer salir su sol sobre los buenos y los malos, y llover
sobre los justos y los injustos. Digo, pues, que este mi abuelo dejó
dicho que, cerca de estos tiempos, reinaría en España un rey de la
Casa de Austria, en cuyo ánimo cabría la dificultosa resolución de
desterrar los moriscos de ella, bien así como el que arroja de su seno
la serpiente que le está royendo las entrañas, o bien así como quien
aparta la neguilla del trigo, o escarda o arranca la mala yerba de los
sembrados. Ven ya, ¡oh venturoso mozo, y rey prudente!, y pon en
ejecución el gallardo decreto de este destierro, sin que se te oponga
el temor que ha de quedar esta tierra desierta y sin gente, y el de
que no será bien la que en efeto está en ella bautizada; que, aunque
éstos sean temores de consideración, el efeto de tan grande obra los
hará vanos, mostrando la experiencia, dentro de poco tiempo, que, con
los nuevos cristianos viejos que esta tierra se poblare, se volverá a
fertilizar y a poner en mucho mejor punto que agora tiene. Tendrán sus
señores, si no tantos y tan humildes vasallos, serán los que tuvieren
católicos, con cuyo amparo estarán estos caminos seguros, y la paz
podrá llevar en las manos las riquezas, sin que los salteadores se las
lleven.

Esto dicho, cerraron bien las puertas, fortaleciéronlas con los bancos
de los asientos, subiéronse a la torre, alzaron una escalera levadiza,
llevóse el cura consigo el Santísimo Sacramento en su relicario,
proveyéronse de piedras, armaron dos escopetas, dejó el bagaje mondo y
desnudo a la puerta de la iglesia Bartolomé el mozo, y encerróse con
sus amos; y todos, con ojo alerta y manos listas, y con ánimos
determinados, estuvieron esperando el asalto, de quien avisados
estaban por la hija del morisco. Pasó la media noche, que la midió por
las estrellas el cura; tendía los ojos por todo el mar que desde allí
se parecía, y no había nube que con la luz de la luna se pareciese,
que no pensase sino que fuesen los bajeles turquescos; y, aguijando a
las campanas, comenzó a repicallas tan apriesa y tan recio, que todos
aquellos valles y todas aquellas riberas retumbaban, a cuyo son los
atajadores de aquellas marinas se juntaron y las corrieron todas; pero
no aprovechó su diligencia para que los bajeles no llegasen a la
ribera y echasen la gente en tierra. La del lugar, que los esperaba,
cargados con sus más ricos y mejores alhajas, adonde fueron recebidos
de los turcos con grande grita y algazara, al son de muchas dulzainas
y de otros instrumentos, que, puesto que eran bélicos, eran
regocijados, pegaron fuego al lugar, y asimismo a las puertas de la
iglesia, no para esperar a entrarla, sino por hacer el mal que
pudiesen; dejaron a Bartolomé a pie, porque le dejarretaron el bagaje;
derribaron una cruz de piedra que estaba a la salida del pueblo,
llamando a grandes voces el nombre de Mahoma; se entregaron a los
turcos, ladrones pacíficos y deshonestos públicos. Desde la lengua del
agua, como dicen, comenzaron a sentir la pobreza que les amenazaba su
mudanza, y la deshonra en que ponían a sus mujeres y a sus hijos.
Muchas veces, y quizá algunas no en vano, dispararon Antonio y
Periandro las escopetas; muchas piedras arrojó Bartolomé, y todas a la
parte donde había dejado el bagaje, y muchas flechas el jadraque; pero
muchas más lágrimas echaron Auristela y Constanza, pidiendo a Dios,
que presente tenían, que de tan manifiesto peligro los librase, y
ansimismo que no ofendiese el fuego a su templo, el cual no ardió, no
por milagro, sino porque las puertas eran de hierro, y porque fué poco
el fuego que se les aplicó. Poco faltaba para llegar el día, cuando
los bajeles, cargados con la presa, se hicieron al mar, alzando
regocijados lilíes, y tocando infinitos atabales y dulzainas, y en
esto vieron venir dos personas corriendo hacia la iglesia, la una de
la parte de la marina, y la otra de la de tierra, que, llegando cerca,
conoció el jadraque que la una era su sobrina Rafala, que, con una
cruz de caña en las manos, venía diciendo a voces:

--Cristiana, cristiana y libre, y libre por la gracia y misericordia
de Dios!

La otra conocieron ser el escribano, que acaso aquella noche estaba
fuera del lugar, y, al son del arma de las campanas, venía a ver el
suceso, que lloró, no por la pérdida de sus hijos y de su mujer, que
allí no los tenía, sino por la de su casa, que halló robada y
abrasada. Dejaron entrar el día y que los bajeles se alargasen, y que
los atajadores tuviesen lugar de asegurar la costa, y entonces bajaron
de la torre y abrieron la iglesia, donde entró Rafala, bañado con
alegres lágrimas el rostro, y acrecentando con su sobresalto su
hermosura, hizo oración a las imágenes y luego se abrazó con su tío,
besando primero las manos al cura. El escribano, ni adoró ni besó las
manos a nadie, porque le tenía ocupada el alma el sentimiento de la
pérdida de su hacienda. Pasó el sobresalto, volvieron los espíritus de
los retraídos a su lugar, y el jadraque, cobrando aliento nuevo,
volviendo a pensar en la profecía de su abuelo, casi como lleno de
celestial espíritu, dijo:

--¡Ea, mancebo generoso; ea, rey invencible; atropella, rompe,
desbarata todo género de inconvenientes, y déjanos a España tersa,
limpia y desembarazada desta mi malla casta, que tanto la asombra y
menoscaba! ¡Ea, consejero tan prudente como ilustre, nuevo Atlante del
peso de esta monarquía, ayuda y facilita con tus consejos a esta
necesaria transmigración; llénense estos mares de tus galeras,
cargadas del inútil peso de la generación agarena; vayan arrojadas a
las contrarias riberas las zarzas, las malezas y las otras yerbas que
estorban el crecimiento de la fertilidad y abundancia cristiana! Que
si los pocos hebreos que pasaron a Egipto multiplicaron tanto, que en
su salida se contaron más de seiscientas mil familias, ¿qué se podrá
temer de éstos, que son más y viven más holgadamente? No los esquilman
las religiones, no los entresacan las Indias, no los quintan las
guerras; todos se casan, todos, o los más, engendran, de do se sigue y
se infiere que su multiplicación y aumento ha de ser innumerable. ¡Ea,
pues, vuelvo a decir; vayan, vayan, señor, y deja la taza de tu reino
resplandeciente como el sol y hermosa como el cielo!

Dos días estuvieron en aquel lugar los peregrinos, volviendo a
enterarse en lo que les faltaba, y Bartolomé se acomodó de bagaje, los
peregrinos agradecieron al cura su buen acogimiento y alabaron los
buenos pensamientos del jadraque, y, abrazando a Rafala, se
despidieron de todos y siguieron su camino.

[Ilustración:--Berganza, amigo, dejemos esta noche el Hospital en
guarda de la confianza...]



NOVELA Y COLOQUIO

QUE PASO ENTRE CIPION Y BERGANZA, PERROS DEL HOSPITAL DE LA
RESURRECCIÓN, QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID, FUERA DE LA PUERTA
DEL CAMPO, A QUIEN COMÚNMENTE LLAMAN LOS PERROS DE MAHUDES

CIPIÓN.--Berganza, amigo, dejemos esta noche el Hospital en guarda de
la confianza y retirémonos a esta soledad y entre esas esteras, donde
podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo en
un mismo punto a los dos nos ha hecho.

BERGANZA.--Cipión hermano, óyote hablar, y sé que te hablo, y no puedo
creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de
naturaleza.

CIPIÓN.--Así es la verdad, Berganza, y viene a ser mayor este milagro
en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como
si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella, que la diferencia
que hay del animal bruto al hombre, es ser el hombre animal racional,
y el bruto, irracional.

BERGANZA.--Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y el decirlo tú y
entenderlo yo me causa nueva admiración y nueva maravilla. Bien es
verdad que en el discurso de mi vida diversas y muchas veces he oído
decir grandes prerrogativas nuestras; tanto, que parece que algunos
han querido sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan
agudo en muchas cosas, que da indicios y señales de faltar poco para
mostrar que tenemos un no sé qué de entendimiento, capaz de discurso.

CIPIÓN.--Lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra mucha
memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra; tanto, que nos
suelen pintar por símbolo de la amistad.

BERGANZA.--Bien sé que ha habido perros tan agradecidos, que se han
arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura.
Otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus
señores, sin apartarse dellas, sin comer, hasta que se les acababa la
vida. Sé también que después del elefante, el perro tiene el primer
lugar de parecer que tiene entendimiento; luego, el caballo, y el
último, la jimia.

CIPIÓN.--Ansí es; pero bien confesarás que ni has visto ni oído decir
jamás que haya hablado ningún elefante, perro, caballo o mona; por
donde me doy a entender que este nuestro hablar tan de improviso cae
debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos. Pero sea lo
que fuere, nosotros hablamos, sea portento o no; que lo que el cielo
tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que
lo pueda prevenir; no sabemos cuánto durará esta nuestra ventura,
sepamos aprovecharnos della, y hablemos toda esta noche, sin dar lugar
al sueño que nos impida este gusto, de mí por largos tiempos deseado.

BERGANZA.--Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso,
tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la memoria, y
allí, de antiguas y muchas, o se enmohecían o se me olvidaban. Empero
ahora, que tan sin pensado me veo enriquecido deste divino don de la
habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo más que pudiere, dándome
priesa a decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada
y confusamente, porque no sé cuándo me volverán a pedir este bien, que
por prestado tengo.

CIPIÓN.--Sea ésta la manera, Berganza amigo: que esta noche me cuentes
tu vida y los trances por donde has venido al punto en que ahora te
hallas, y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te contairé
la mía; porque mejor será gastar el tiempo en contar las propias que
en procurar saber las ajenas vidas.

BERGANZA.--Siempre, Cipión, te he tenido por discreto y por amigo, y
ahora más que nunca, pues como amigo quieres decirme tus sucesos y
saber los míos, y como discreto has repartido el tiempo, donde podamos
manifestallos.

CIPIÓN.--Habla hasta que amanezca, o hasta que seamos sentidos; que yo
te escucharé de muy buena gana, sin impedirte sino cuando viere ser
necesario.

BERGANZA.--Paréceme que la primera vez que vi el sol fué en Sevilla, y
en su matadero, que está fuera de la Puerta de la Carne; por donde
imaginara (si no fuera por lo que después te diré) que mis padres
debieron de ser alanos de aquellos que crían los ministros de aquella
confusión, a quien llaman jiferos. El primero que conocí por amo fué
uno llamado Nicolás el Romo, mozo robusto, doblado y colérico, como lo
son todos aquellos que ejercitan la jifería: este tal Nicolás me
enseñaba a mí y a otros cachorros a que, en compañía de alanos viejos
arremetiésemos a los toros y les hiciésemos presa de las orejas. Con
mucha facilidad salí un águila en esto. #_Un día_# puse pies en
polvorosa, y tomando el camino en las manos y en los pies, por detrás
de San Bernardo, me fuí por aquellos campos de Dios, adonde la fortuna
quisiese llevarme. Aquella noche dormí al cielo abierto, y otro día me
deparó la suerte un hato o rebaño de ovejas y carneros. Así como le
vi, creí que había hallado en él el centro de mi reposo, pareciéndome
ser propio y natural oficio de los perros guardar ganado, que es obra
donde se encierra una virtud grande, como es amparar y defender de los
poderosos y soberbios los humildes y los que poco pueden. Apenas me
hubo visto uno de tres pastores que el ganado guardaban cuando
diciendo: "¡To, to!" me llamó, y yo, que otra cosa no deseaba, me
llegué a él, bajando da cabeza y meneando la cola. Trújome la mano por
el lomo, abrióme la boca, escupióme en ella, miróme las presas,
conoció mi edad, y dijo a otros pastores que yo tenía todas las
señales de ser perro de casta. Llegó a este instante el señor del
ganado sobre una yegua rucia a la jineta, con lanza y adarga, que más
parecía atajador de la costa que señor de ganado. Preguntó al pastor:
"¿Qué perro es éste, que tiene señales de ser bueno?" "Bien lo puede
vuesa merced creer--respondió el pastor--, que yo le he cotejado bien,
y no hay señal en él que no muestre y prometa que ha de ser un gran
perro. Agora se llegó aquí, y no sé cúyo sea, aunque sé que no es de
los rebaños de la redonda." "Pues así es--respondió el señor--, ponle
luego el collar de Leoncillo, el perro que se murió, y denle la ración
que a los demás, y acaríciale porque tome cariño al hato y se quede en
él." En diciendo esto se fué, y el pastor me puso luego al cuello unas
carlancas llenas de puntas de acero, habiéndome dado primero en un
dornajo gran cantidad de sopas en leche. Y asimismo me puso nombre y
me llamó _Barcino_. Vime harto y contento con el segundo amo y con el
nuevo oficio; mostréme solícito y diligente en la guarda del rebaño,
sin apartarme dél sino las siestas, que me iba a pasarlas, o ya a la
sombra de algún árbol, o de algún ribazo o peña, o a la de alguna
mata, a la margen de algún arroyo de los muchos que por allí corrían.
Y estas horas de mi sosiego no las pasaba ociosas, porque en ellas
ocupaba la memoria en acordarme de muchas cosas, especialmente en la
vida que había tenido en el Matadero. Pero habrélas de callar, porque
no me tengáis por largo y por murmurador.

CIPIÓN.--Por haber oído decir que dijo un gran poeta de los antiguos
que era difícil cosa el no escribir sátiras, consentiré que murmures
un poco de luz, y no de sangre; quiero decir que señales, y no hieras
ni des mate a ninguno en cosa señalada; que no es buena la
murmuración, aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes
agradar sin ella, te tendré por muy discreto.

BERGANZA.--Yo tomaré tu consejo, y esperaré con gran deseo que llegue
el tiempo en que me cuentes tus sucesos; que de quien tan bien sabe
conocer y enmendar los defetos que tengo en contar los míos, bien se
puede esperar que contará los suyos de manera que enseñen y deleiten a
un mismo punto. Digo, pues, que yo me hallaba bien con el oficio de
guardar ganado, por parecerme que comía el pan de mi sudor y trabajo,
y que la ociosidad, raíz y madre de todos los vicios, no tenía que ver
conmigo, a causa que si los días holgaba, las noches no dormía,
dándonos asaltos a menudo y tocándonos a arma los lobos; y apenas me
habían dicho los pastores: "¡Al lobo, Barcino!", cuando acudía,
primero que los otros perros, a la parte que me señalaban que estaba
el lobo; corría los valles, escudriñaba los montes, desentrañaba las
selvas, saltaba barrancos, cruzaba caminos, y a la mañana volvía al
hato, sin haber hallado lobo ni rastro dél, anhelando, cansado, hecho
pedazos y los pies abiertos de los garranchos, y hallaba en el hato, o
ya una oveja muerta, o un carnero degollado y medio comido del lobo.
Desesperábame de ver de cuán poco servía mi mucho cuidado y
diligencia. Venía el señor del ganado; salían los pastores a recebirle
con las pieles de la res muerta; culpaba a los pastores par
negligentes, y mandaba castigar a los perros por perezosos; llovían
sobre nosotros palos, y sobre ellos reprehensiones; y así, viéndome un
día castigado sin culpa, y que mi cuidado, ligereza y braveza no eran
de provecho para coger el lobo, determiné de mudar estilo, no
desviándome a buscarle, como tenía de costumbre, lejos del rebaño,
sino estarme junto a él; que pues el lobo allí venía allí sería más
cierta la presa. Cada semana nos tocaban a rebato, y en una escurísima
noche tuve yo vista para ver los lobos, de quien era imposible que el
ganado se guardase. Agácheme detrás de una mata, pasaron los perros,
mis compañeros, adelante, y desde allí oteé, y vi que dos pastores
asieron de un carnero de los mejores del aprisco y le mataron, de
manera que verdaderamente pareció a la mañana que había sido su
verdugo d lobo. Pasméme, quedé suspenso cuando vi que los pastores
eran los lobos, y que despedazaban el ganado los mismos que le habían
de guardar. Al punto hacían saber a su amo la presa del lobo, dábanle
el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos lo más y lo mejor.
Volvía a reñirles el señor, y volvía también el castigo de los perros.
No había lobos; menguaba el rebaño; quisiera yo descubrillo; hallábame
mudo; todo lo cual me traía lleno de admiración y de congoja. "¡Válame
Dios!--decía entre mí--. ¿Quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién
será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las
centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?"

CIPIÓN.--Y decías muy bien, Berganza; porque no hay mayor ni más sotil
ladrón que el doméstico, y así, mueren muchos más de los confiados que
de los recatados; pero el daño está en que es imposible que puedan
pasar bien las gentes en el mundo si no se fía y se confía. Mas
quédese aquí esto, que no quiero que parezcamos predicadores. Pasa
adelante.

BERGANZA.--Paso adelante, y digo que determiné dejar aquel oficio,
aunque parecía tan bueno, y escoger otro, donde por hacerle bien, ya
que no fuese remunerado, no fuese castigado. Volvíme a Sevilla, que es
amparo de pobres y refugio de desechados; que en su grandeza no sólo
caben los pequeños, pero no se echan de ver los grandes. Arriméme a la
puerta de una gran casa de un mercader, hice mis acostumbradas
diligencias, y a pocos lances me quedé en ella. Recibiéronme para
tenerme atado detrás de la puerta de día, y suelto de noche; servía
con gran cuidado y diligencia; ladraba a los forasteros y gruñía a los
que no eran muy conocidos; no dormía de noche, visitando los corrales,
subiendo a los terrados, hecho universal centinela de la mía y de las
cosas ajenas. Agradóse tanto mi amo de mi buen servicio, que mandó que
me tratasen bien y me diesen ración de pan y los huesos que se
levantasen o arrojasen de su mesa, con las sobras de la cocina, a lo
que yo me mostraba agradecido, dando infinitos saltos cuando veía a mi
amo, especialmente cuando venía de fuera; que eran tantas las muestras
de regocijo que daba, y tantos los saltos, que mi amo ordenó que me
desatasen y me dejasen andar suelto de día y de noche. Como me vi
suelto, corrí a él, rodéele todo, sin osar llegarte con las manos,
acordándome de la fábula de Isopo, cuando aquel asno tan asno, que
quiso hacer a su señor las mismas caricias que le hacía una perrilla
regalada suya, que le granjearon ser molido a palos. Parecióme que en
esta fábula se nos dio a entender que las gracias y donaires de
algunos no están bien en otros. Este mercader, pues, tenía dos hijos,
el uno de doce y el otro de hasta catorce años, los cuales estudiaban
gramática en el estudio de la Compañía de Jesús; iban con autoridad,
con ayo y con pajes que les llevaban los libros y aquel que llaman
_vademecum_. El verlos ir con tanto aparato, en sillas si hacía sol,
en coche si llovía, me hizo considerar y reparar en la mucha llaneza
con que su padre iba a la Lonja a negociar sus negocios, porque no
llevaba otro criado que un negro, y algunas veces se desmandaba a ir
en un machuelo aun no bien aderezado.

CIPIÓN.--Hais de saber, Berganza, que es costumbre y condición de los
mercaderes de Sevilla, y aun de las otras ciudades, mostrar su
autoridad y riqueza, no en sus personas, sino en las de sus hijos;
porque los mercaderes son mayores en su sombra que en sí mismos. Y
como ellos por maravilla atienden a otra cosa que a sus tratos y
contratos, trátanse modestamente; y como la ambición y la riqueza
muere por manifestarse, revienta por sus hijos, y así los tratan y
autorizan como si fuesen hijos de algún príncipe; y algunos hay que
les procuran títulos, y ponerles en el pecho la marca que tanto
distingue la gente principal de la plebeya.

BERGANZA.--Ambición es, pero ambición generosa, la de aquel que
pretende mejorar su estado sin perjuicio de tercero.

CIPIÓN.--Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con
daño de tercero.

BERGANZA.--Ya hemos dicho que no hemos de murmurar.

CIPIÓN.--Sí, que yo no murmuro de nadie.

BERGANZA.--Ahora acabo de confirmar por verdad lo que muchas veces he
oído decir. Acaba un maldiciente murmurador de echar a perder diez
linajes y de caluniar veinte buenos, y si alguno le reprehende por lo
que ha dicho, responde que él no ha dicho nada; y que si ha dicho
algo, no lo ha dicho por tanto; y que si pensara que alguno se había
de agraviar, no lo dijera.

CIPIÓN.--Así es verdad, y yo confieso mi yerro, y quiero que me le
perdones, pues te he perdonado tantos; echemos pelillos a la mar, como
dicen los muchachos, y no murmuremos de aquí adelante; y sigue tu
cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del mercader
tu amo iban al estudio de la Compañía de Jesús.

BERGANZA.--Digo que los hijos de mi amo se dejaron un día un
cartapacio en el patio, donde yo a la sazón estaba; así del
_vademecum_ y fuíme tras ellos, con intención de no soltalle hasta el
estudio. Sucedióme todo como lo deseaba: que mis amos, que me vieron
venir con el _vademecum_ en la boca, asido sotilmente de las cintas,
mandaron a un paje me le quitase; mas yo no lo consentí, ni le solté
hasta que entré en el aula con él, cosa que causó risa a todos los
estudiantes. Lleguéme al mayor de mis amos, y, a mi parecer, con mucha
crianza, se le puse en las manos, y quedéme sentado en cuclillas a la
puerta del aula, mirando de hito en hito al maestro que en la cátedra
leía. No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme a mí tan poco,
o nada, della, luego recibí gusto de ver el amor, el término, la
solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros
enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su
juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de
la virtud, que juntamente con las letras les mostraban. Consideraba
cómo los reñían con suavidad, los castigaban con misericordia, los
animaban con ejemplos, los incitaban con premios y los sobrellevaban
con cordura, y, finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de
los vicios, y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que,
aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el fin para que fueron
criados. Mis amos gustaron de que les llevase siempre el _vademecum_,
lo que hice de muy buena voluntad; con lo cual tenía una vida de rey,
y aun mejor, porque era descansada, a causa que los estudiantes dieron
en burlarse conmigo, y domestiquéme con ellos de tal manera, que me
metían la mano en la boca y los más chiquillos subían sobre mí;
arrojaban los bonetes o sombreros, y yo se los volvía a la mano
limpiamente y con muestras de grande regocijo. Dieron en darme de
comer cuanto ellos podían, y gustaban de ver que cuando me daban
nueces o avellanas, las partía como mona, dejando las cáscaras y
comiendo lo tierno. Tal hubo que, por hacer prueba de mi habilidad, me
trujo en un pañuelo gran cantidad de ensalada, la cual comí como si
fuera persona. Era tiempo de invierno, cuando campean en Sevilla los
molletes y mantequillas, de quien era tan bien servido, que más de dos
_Antonios_ se empeñaron o vendieron para que yo almorzase, Finalmente,
yo pasaba una vida de estudiante sin hambre y sin sarna, que es lo que
más se puede encarecer para decir que era buena. Desta gloria y desta
quietud me vino a quitar una señora que, a mi parecer, llaman por ahí
razón de estado, que cuando con ella se cumple se ha de descumplir con
otras razones muchas. Es el caso que a aquellos señores maestros les
pareció que la media hora que hay de lición a lición la ocupaban los
estudiantes, no en repasar las liciones, sino en holgarse conmigo; y
así, ordenaron a mis amos que no me llevasen más al estudio;
obedecieron, volviéronme a casa y a la antigua guarda de la puerta, y,
sin acordarse señor el viejo de la merced que me habían hecho de que
de día y de noche anduviese suelto, volví a entregar el cuello a la
cadena y el cuerpo a una esterilla que detrás de la puerta me
pusieron. ¡Ay, amigo Cipión, si supieses cuán dura cosa es de sufrir
el pasar de un estado felice a un desdichado! Mira: cuando las
miserias y desdichas tienen larga la corriente y son continuas, o se
acaban presto con la muerte, o la continuación dellas hace un hábito y
costumbre en padecellas, que suele en su mayor rigor servir de alivio;
mas cuando de la suerte desdichada y calamitosa, sin pensarlo y de
improviso, se sale a gozar de otra suerte próspera, venturosa y
alegre, y de allí a poco se vuelve a padecer la suerte primera, y a
los primeros trabajos y desdichas, es un dolor tan riguroso, que si no
acaba la vida es por atormentarla más viviendo. Digo, en fin, que
volví a mi ración perruna, y a los huesos que una negra de casa me
arrojaba, y aun éstos me dezmaban dos gatos romanos; que, como sueltos
y ligeros, érales fácil quitarme lo que no caía debajo del distrito
que alcanzaba mi cadena. Cipión hermano, así el Cielo te conceda el
bien que deseas, que, sin que te enfades, me dejes ahora filosofar un
poco; porque si dejase de decir las cosas que en este instante me han
venido a la memoria de aquellas que entonces me ocurrieron, me parece
que no sería mi historia cabal ni de fruto alguno.

CIPIÓN.--Advierte, Berganza, no sea tentación del demonio esa gana de
filosofar que dices te ha venido; porque no tiene la murmuración mejor
velo para paliar y encubrir su maldad disoluta que darse a entender el
murmurador que todo cuanto dice son sentencias de filósofos, y que el
decir mal es reprehensión, y el descubrir los defetos ajenos, buen
celo. Y no hay vida de ningún murmurante que, si la consideras y
escudriñas, no la halles llena de vicios y de insolencias. Y debajo de
saber esto, filosofea ahora cuanto quisieres.

BERGANZA.--Seguro puedes estar, Cipión, de que más murmure, porque así
lo tengo prosupuesto. Es, pues, el caso, que como me estaba todo el
día ocioso, y la ociosidad sea madre de los pensamientos, di en
repasar por la memoria algunos latines que me quedaron en ella de
muchos que oí cuando fuí con mis amos al estudio, con que, a mi
parecer, me hallé algo más mejorado de entendimiento, y determiné,
como si hablar supiera, aprovecharme dellos en las ocasiones que se me
ofreciesen; pero en manera diferente de la que se suelen aprovechar
algunos ignorantes. Hay algunos romancistas que en las conversaciones
disparan de cuando en cuando con algún latín breve y compendioso,
dando a entender a los que no lo entienden que son grandes latinos, y
apenas saben declinar un nombre ni conjugar un verbo.

CIPIÓN.--Por menor daño tengo ése que el que hacen los que
verdaderamente saben latín, de los cuales hay algunos tan imprudentes,
que hablando con un zapatero o con un sastre arrojan latines como
agua.

BERGANZA.--Deso podemos inferir que tanto peca el que dice latines
delante de quien los ignora como el que los dice ignorándolos.

CIPIÓN.--Para saber callar en romance y hablar en latín, discreción es
menester, hermano Berganza.

BERGANZA.--Así es, porque también se puede decir una necedad en latín
como en romance.

CIPIÓN.--Dejemos esto, y comienza a decir tus filosofías.

BERGANZA.--Ya las he dicho: éstas son que acabo de decir.

CIPIÓN.--¿Cuáles?

BERGANZA.--Estas de los latines y romances, que yo comencé y tú
acabaste.

CIPIÓN.--¿Al murmurar llamas filosofar? ¡Así va ello! Canoniza,
canoniza, Berganza, a la maldita plaga de la murmuración, y dale el
nombre que quisieres; que ella dará a nosotros el de cínicos, que
quiere decir perros murmuradores; y por tu vida que calles ya y sigas
tu historia.

BERGANZA.--¿Cómo la tengo de seguir si callo?

CIPIÓN.--Quiero decir que la sigas de golpe, sin que la hagas que
parezca pulpo, según la vas añadiendo colas.

BERGANZA.--Habla con propiedad; que no se llaman colas las del pulpo.
Y digo que, no contenta mi fortuna de haberme quitado de mis estudios
y de la vida que en ellos pasaba, tan regocijada y compuesta, y
haberme puesto atraillado tras de una puerta, y de haber trocado la
liberalidad de los estudiantes en la mezquinidad de la negra, ordenó
de sobresaltarme en lo que ya por quietud y descanso tenía. Mira,
Cipión, ten por cierto y averiguado, como yo lo tengo, que al
desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque se esconda en
los últimos rincones de la tierra. Dígolo porque la negra de casa, una
vez, me trujo una esponja frita con manteca; conocí #_su_# maldad; vi
que era peor que comer zarazas, porque a quien la come se le hincha el
estómago y no sale dél sin llevarse tras sí la vida; y acordé de poner
tierra en medio. Halléme un día suelto, y sin decir a Dios a ninguno
de casa, me puse en la calle; por un agujero de la muralla salí al
campo, y antes que amaneciese me puse en Mairena, que es un lugar que
está cuatro leguas de Sevilla. Quiso mi buena suerte que hallé allí
una compañía de soldados, que, según oí decir, se iban a embarcar a
Cartagena. Estaban en ella cuatro rufianes, y el atambor era uno que
había sido corchete, y gran chocarrero, como lo suelen ser los más
atambores. Determiné de acomodarme con él, si él quisiese, y seguir
aquella jornada, aunque me llevase a Italia o a Flandes; porque me
parece a mí, y aun a ti te debe parecer lo mismo, que puesto que dice
el refrán: "Quien necio es en su villa, necio es en Castilla", el
andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres
discretos.

CIPIÓN.--Es eso tan verdad, que me acuerdo haber oído decir a un amo
que tuve de bonísimo ingenio, que al famoso griego llamado Ulises le
dieron renombre de prudente por sólo haber andado muchas tierras y
comunicado con diversas gentes y varias naciones; y así, alabo la
intención que tuviste de irte donde te llevasen.

BERGANZA.--Es, pues, el caso que el atambor, por tener con qué mostrar
más sus chacorrerías, comenzó a enseñarme a bailar al son del atambor
y a hacer otras monerías, tan ajenas de poder aprenderlas otro perro
que no fuera yo, como las oirás cuando te las diga. En menos de quince
días, con mi buen ingenio y con la diligencia que puso el que había
escogido por patrón, supe saltar por el Rey de Francia y no saltar por
la mala tabernera; enseñóme a hacer corvetas como caballo napolitano,
y a andar a la redonda como mula de atahona, con otras cosas que, si
yo no tuviera cuenta en no adelantarme a mostrarlas, pusiera en duda
si era algún demonio en figura de perro el que las hacía. Púsome
nombre del _perro sabio_ y no habíamos llegado al alojamiento cuando,
tocando su atambor, andaba por todo el lugar pregonando que todas las
personas que quisiesen venir a ver las maravillosas gracias y
habilidades del perro sabio, en tal casa, o en tal hospital, las
mostraban, a ocho, o a cuatro maravedís, según era el pueblo, grande o
chico. Con estos encarecimientos no quedaba persona en todo el lugar
que no me fuese a ver, y ninguno había que no saliese admirado y
contento de haberme visto. Triunfaba mi amo con la mucha ganancia; y
viendo cuán bien sabía imitar el corcel napolitano, hízome unas
cubiertas de guadamací y una silla pequeña, que me acomodó en las
espaldas, y sobre ella puso una figura liviana de un hombre, con una
lancilla de correr sortija, y enseñóme a correr derechamente a una
sortija que entre dos palos ponía; y el día que había de correrla
pregonaba que aquel día corría sortija el perro sabio, y hacía otras
nuevas y nunca vistas galanterías, las cuales de mi santiscario, como
dicen, las hacía, por no sacar mentiroso a mi amo. Llegamos, pues, por
nuestras jornadas contadas a Montilla, villa del famoso y gran
cristiano Marqués de Priego, señor de la casa de Aguilar y de
Montilla. Alojaron a mi amo, porque él lo procuró, en un hospital,
echó luego el ordinario bando, y como ya la fama se había adelantado a
llevar las nuevas de las habilidades y gracias del perro sabio, en
menos de una hora se llenó el patio de gente. Alegróse mi amo viendo
que la cosecha iba de guilla, y mostróse aquel día chacorrero en
demasía. Lo primero en que comenzaba la fiesta era en los saltos que
yo daba por un aro de cedazo, que parecía de cuba; conjurábame por las
ordinarias preguntas, y cuando él bajaba una varilla de membrillo que
en la mano tenía, era señal del salto; y cuando la tenía alta, de que
me estuviese quedo. El primer conjuro deste día--memorable entre todos
los de mi vida--fué decirme: "Ea, Gavilán amigo, salta por la pompa y
aparato de doña Pimpinela de Plafagonia. ¿No te cuadra el conjuro,
hijo Gavilán? Pues salta por el bachiller Pasillas, que se firma
licenciado sin tener grado alguno. ¡Oh, perezoso estás! ¿Por qué no
saltas? Pero ya entiendo y alcanzo tus marrullerías: ahora salta por
el licor de Esquivias, famoso al par del de Ciudad Real, San Martín y
Ribadavia." Bajó la varilla y salté yo, y noté sus malicias y malas
entrañas. Volvióse luego al pueblo, y en voz alta dijo: "No piense
vuesa merced, senado valeroso, que es cosa de burla lo que este perro
sabe; veinte y cuatro piezas He tengo enseñadas, que por la menor
dellas volaría un gavilán; quiero decir que por ver la menor se pueden
caminar treinta leguas. Sabe bailar la zarabanda y chacona mejor que
su inventora misma; bébese una azumbre de vino sin dejar gota; entona
un _sol fa mi re_ tan bien como un sacristán; todas estas cosas, y
otras muchas que me quedan por decir, las irán viendo vuesas mercedes
en los días que estuviere aquí la compañía; y por ahora dé otro salto
nuestro sabio, y luego entraremos en lo grueso. Con esto suspendió el
auditorio que había llamado senado, y les encendió el deseo de no
dejar de ver todo lo que yo sabía. Volvióse a mí mi amo, y dijo:
"Volved, hijo Gavilán, y con gentil agilidad y destreza deshaced los
saltos que habéis hecho; pero ha de ser a devoción de la famosa
hechicera que dicen que hubo en este lugar." Apenas hubo dicho esto,
cuando alzó la voz la hospitalera, que era una vieja, al parecer, de
más de sesenta años, diciendo: "¡Bellaco, charlatán, embaidor, aquí no
hay hechicera alguna! Si lo decís por la Camacha, ya ella pagó su
pecado, y está donde Dios se sabe; si lo decís por mí, chacorrero, ni
yo soy ni he sido hechicera en mi vida; y si he tenido fama de haberlo
sido, merced a los testigos falsos, y a la ley del encaje, y al juez
arrojadizo y mal informado, ya sabe todo di mundo la vida que hago, en
penitencia, no de los hechizos que no hice, sino de otros muchos
pecados, otros que, como pecadora, he cometido. Así que, socarrón
tamborilero, salid del hospital; si no, por vida de mi santiguada que
os haga salir más que de paso." Y con esto comenzó a dar tantos gritos
y a decir tantas y tan atropelladas injurias a mi amo que #_le_# puso
en confusión y sobresalto; finalmente, no dejó que pasase adelante la
fiesta en ningún modo. No le pesó a mi amo del alboroto, porque se
quedó con los dineros, y aplazó para otro día y en otro hospital lo
que en aquél había faltado. Fuése la gente maldiciendo a la vieja,
añadiendo al nombre de hechicera el de bruja. Con todo esto, nos
quedamos en el hospital aquella noche; y encontrándome la vieja en el
corral solo, me dijo: "¿Eres tú, hijo Montiel? ¿Eres tú, por ventura,
hijo?" Alcé la cabeza y miréla muy de espacio; lo cual, visto por
ella, con lágrimas en los ojos se vino a mí, y me echó los brazos al
cuello. Esto que ahora te quiero contar te lo había de haber dicho al
principio de mi cuento, y así excusáramos la admiración que nos causó
el vernos con habla. Porque has de saber que la vieja me dijo: "Hijo
Montiel, vente tras mí, y sabrás mi aposento, y procura que esta noche
nos veamos a solas en él, que yo dejaré abierta la puerta; y sabe que
tengo muchas cosas que decirte de tu vida y para tu provecho." Bajé yo
la cabeza en señal de obedecerla, por lo cual ella se acabó de enterar
en que yo era el perro Montiel que buscaba, según después me lo dijo.
Quedé atónito y confuso, esperando la noche, por ver en lo que paraba
aquel misterio o prodigio de haberme hablado la vieja; y como había
oído llamarla de hechicera, esperaba de su vista y habla grandes
cosas. Llegóse, en fin, el punto de verme con ella en su aposento, que
era escuro, estrecho y bajo, y solamente claro con la débil luz de un
candil de barro que en él estaba; atizóle la vieja y sentóse sobre una
arquilla, y llegóme junto a sí, y, sin hablar palabra, me volvió a
abrazar. Lo primero que me dijo fué:

"Bien esperaba yo en el Cielo que antes que estos mis ojos se cerrasen
con el último sueño te había de ver, hijo mío, y ya que te he visto,
venga la muerte y lléveme desta cansada vida. Has de saber, hijo, que
en esta villa vivió la más famosa hechicera que hubo en el mundo, a
quien llamaron _la Camacha de Montilla_; tuvo fama que convertía los
hombres en animales, lo que yo nunca he podido alcanzar cómo se haga.
Sea lo que fuere, lo que me pesa es que yo ni tu madre, que fuimos
discípulas de la buena Camacha, nunca llegamos a saber tanto como
ella.

"Tu madre, hijo, se llamó _la Montiela_, que después de la Camacha fué
famosa; yo me llamo _la Cañizares_, si ya no tan sabia como las dos, a
lo menos de tan buenos deseos como cualquiera dellas. Tu madre no
murió de enfermedad alguna, sino de dolor de que supo que la Camacha,
su maestra, de envidia que la tuvo porque se le iba subiendo a las
barbas en saber tanto como ella, o por otra pendenzuela de celos, que
nunca pude averiguar, _#un día, convirtió a sus tres hijos en
perros#_. La Camacha se fué y se llevó los cachorros; yo me quedé con
tu madre, la cual no podía creer lo que le había sucedido. Llegóse el
fin de la Camacha, y estando en la última hora de su vida llamó a tu
madre y le dijo que no tuviese pena: que ellos volverían a su ser
cuando menos lo pensasen. Tomólo tu madre de memoria, y yo lo fijé en
la mía para si sucediese tiempo de poderlo decir a alguno de vosotros;
y para poder conoceros, a todos los perros que veo de tu color los
llamo con el nombre de tu madre, no por pensar que los perros han de
saber el nombre, sino por ver si respondían a ser llamados tan
diferentemente como se llaman los otros perros. Y esta tarde, como te
vi hacer tantas cosas, y que te llaman _el perro sabio_, y, también,
como alzaste la cabeza a mirarme cuando te llamé en el corral, he
creído que tú eres hijo de la Montiela, a quien con grandísimo gusto
doy noticia de tus sucesos. Lo que has de hacer, hijo, es encomendarte
a Dios allá en tu corazón, y espera que éstas, que no quiero llamarlas
profecías, sino adivinanzas, han de suceder presto y prósperamente;
que, pues la buena de la Camacha las dijo, sucederán, sin duda alguna,
y tú y tu hermano, si es vivo, os veréis como deseáis.

"De lo que a mí me pesa es que estoy tan cerca de mi acabamiento que
no tendré lugar de verlo."

Finalmente, me dijo que aquella noche pensaba untarse para ir a uno de
sus usados convites, y que cuando allá estuviese, pensaba preguntar a
su dueño algo de lo que estaba por sucederme.

Levantóse y tomando el candil se entró en otro aposentillo más
estrecho; seguíla, combatido de mil varios pensamientos y admirado de
lo que había oído y de lo que esperaba ver. Colgó la Cañizares el
candil de la pared, y con mucha priesa, sacando de un rincón una olla
vidriada, metió en ella la mano, y murmurando entre dientes, se untó
desde los pies a la cabeza, que tenía sin toca. Antes que se acabase
de untar me dijo que, ora se quedase su cuerpo en aquel aposento sin
sentido; ora desapareciese dél, que no me espantase, ni dejase de
aguardar allí hasta la mañana, porque sabría las nuevas de lo que me
quedaba por pasar hasta ser hombre. Díjele bajando la cabeza que sí
haría, y con esto acabó su untura, y se tendió en el suelo como
muerta. Llegué mi boca a la suya, y vi que no respiraba poco ni mucho.

Quise morderla, por ver si volvía en sí, y no hallé parte en toda ella
que el asco no me lo estorbase; pero, con todo esto, la así de un
carcaño y la saqué arrastrando al patio; mas ni por esto dió muestras
de tener sentido. Allí, con mirar al cielo y verme en parte ancha, se
me quitó el temor; a lo menos se templó de manera que tuve ánimo de
esperar a ver en lo que paraba la ida y vuelta de aquella mala hembra
y lo que me contaba de mis sucesos. Se pasó la noche y se vino d día,
que nos halló a los dos en mitad del patio, ella no vuelta en sí, y a
mí junto a ella, en cuclillas, atento, mirando su espantosa y fea
catadura. Acudió la gente del hospital, y viendo aquel retablo, unos
decían: "Ya la bendita Cañizares es muerta; mirad cuán desfigurada y
flaca la tenía la penitencia"; otros, más considerados, la tomaron el
pulso, y vieron que le tenía, y que no era muerta, por do se dieron a
entender que estaba en éxtasis y arrobada, de puro buena. Otros hubo
que dijeron: "Esta vieja, sin duda, debe de ser bruja, y debe de estar
untada; que entre los que la conocemos, más fama tiene de bruja que de
santa." Curiosos hubo que se llegaron a hincarle alfileres por las
carnes, desde la punta hasta la cabeza; ni por eso recordaba la
dormilona, ni volvió en sí hasta las siete del día; y como se sintió
acribada de los alfileres y mordida de los carcañares, y magullada del
arrastramiento fuera de su aposento, y a vista de tantos ojos que la
estaban mirando, creyó, y creyó la verdad, que yo había sido el autor
de su deshonra; y así, arremetió a mí, y echándome ambas manos a la
garganta, procuraba ahogarme, diciendo: "¡Oh, bellaco, desagradecido,
ignorante y malicioso! Y ¿es este el pago que merecen las buenas obras
que a tu madre hice y de las que te pensaba hacer a ti?" Yo, que me vi
en peligro de perder la vida entre las uñas de aquella fiera arpía,
sacudíme, y asiéndola la zamarreé y arrastré por todo el patio; y ella
daba voces, que la librasen de los dientes de aquel maligno espíritu.

Con estas razones de la mala vieja creyeron los más que yo debía de
ser algún demonio de los que tienen ojeriza continua con los buenos
cristianos, y unos acudieron a echarme agua bendita, otros no osaban
llegar a quitarme, otros daban voces que me conjurasen; la vieja
gruñía; yo apretaba los dientes; crecía la confusión, y mi amo, que ya
había llegado al ruido, se desesperaba, oyendo decir que yo era
demonio. Otros, que no sabían de exorcismos, acudieron a tres o cuatro
garrotes, con los cuales comenzaron a santiguarme los lomos; escocióme
la burla, solté la vieja, y en tres saltos me puse en la calle y en
pocos más salí de la villa, perseguido de una infinidad de muchachos,
que iban a grandes voces diciendo: "¡Apártense, que rabia el perro
sabio!" Otros decían: "¡No rabia, sino que es demonio en figura de
perro!" Con este molimiento, a campana herida salí del pueblo,
siguiéndome muchos que indubitablemente creyeron que era demonio, así
por las cosas que me habían visto hacer como por las palabras que la
vieja dijo cuando despertó de su maldito sueño. Dime tanta priesa a
huir y a quitarme delante de sus ojos, que creyeron que me había
desaparecido como demonio; en seis horas anduve doce leguas, y llegué
a un rancho de gitanos, que estaba en un campo junto a Granada; allí
me reparé un poco, porque algunos de los gitanos me conocieron por el
perro sabio, y con no pequeño gozo me acogieron y escondieron en una
cueva, porque no me hallasen si fuese buscado, con intención, a lo que
después entendí, de ganar conmigo, como lo hacía el atambor mi amo.
Veinte días estuve con ellos.

CIPIÓN.--Antes, Berganza, que pases adelante, es bien que reparemos en
lo que te dijo la bruja, y averigüemos si puede ser verdad la grande
mentira a quien das crédito. Mira, Berganza, grandísimo disparate
sería creer que la Camacha mudase los hombres en bestias; todas estas
cosas y las semejantes son embelecos, mentiras o apariencias del
demonio; y si a nosotros nos parece ahora que tenemos algún
entendimiento y razón, pues hablamos siendo verdaderamente perros, o
estando en su figura, ya hemos dicho que éste es caso portentoso y
jamás visto, y que aunque le tocamos con las manos no le habernos de
dar crédito, hasta tanto que el suceso dél nos muestre lo que conviene
que creamos. ¿Quiéreslo ver más claro? La Camacha fué burladora falsa,
y la Cañizares embustera, y la Montiela tonta, maliciosa y bellaca,
con perdón sea dicho, si acaso es nuestra madre, de entrambos o tuya;
que yo no la quiero tener por madre.

BERGANZA.--Digo que tienes razón, Cipión hermano, y que eres más
discreto de lo que pensaba; y vengo a pensar y creer que todo lo que
hasta aquí hemos pasado, y lo que estamos pasando, es sueño, y que
somos perros; pero no por esto dejemos de gozar deste bien de la habla
que tenemos y de la excelencia tan grande de tener discurso humano
todo el tiempo que pudiéremos.

CIPIÓN.--De buena gana te escucho, por obligarte a que me escuches
cuando te cuente, si el cielo fuere servido, los sucesos de mi vida.

BERGANZA.--Al cabo de veinte días los #_gitanos_# me quisieron llevar
a Murcia. No me pareció bien el viaje que llevaban, y así, determiné
soltarme, como lo hice, y saliéndome de Granada di en una huerta de un
morisco, que me acogió de buena voluntad, y yo quedé con mejor,
pareciéndome que no me querría para más de para guardarle la huerta,
oficio, a mi cuenta, de menos trabajo que el de guardar ganado; y como
no había allí altercar sobre tanto más cuanto al salario, fué cosa
fácil hallar el morisco criado a quien mandar y yo amo a quien servir.
Estuve con él más de un mes, no por el gusto de la vida que tenía,
sino por el que me daba saber la de mi amo, y por ella la de todos
cuantos moriscos viven en España. ¡Oh, cuántas y cuáles cosas te
pudiera decir, Cipión amigo, desta morisca canalla, si no temiera no
poderlas dar fin en dos semanas! Como mi amo era mezquino, como lo son
todos los de su casta, sustentábame con pan de mijo y con algunas
sobras de zahinas, común sustento suyo; pero esta miseria me ayudó a
llevar el Cielo por un modo tan extraño como el que ahora oirás. Cada
mañana, juntamente con el alba, amanecía sentado al pie de un granado,
de muchos que en la huerta había, un mancebo, al parecer estudiante,
vestido de bayeta, no tan negra ni tan peluda, que no pareciese parda
y tundida. Ocupábase en escribir en un cartapacio, y de cuando en
cuando se daba palmadas en la frente y se mordía las uñas, estando
mirando al cielo; y otras veces se ponía tan imaginativo que no movía
pie ni mano, ni aun las pestañas: tal era su embelesamiento. Una vez
me llegué junto a él sin que me echase de ver; oíle murmurar entre
dientes, y al cabo de un buen espacio dió una gran voz, diciendo:
"¡Vive el Señor que es la mejor octava que he hecho en todos los días
de mi vida!" Y escribiendo apriesa en su cartapacio, daba muestras de
gran contento; todo lo cual me dio a entender que el desdichado era
poeta. Hícele mis acostumbradas caricias, por asegurarle de mi
mansedumbre; écheme a sus pies, y él, con esta seguridad, prosiguió en
sus pensamientos y tornó a rascarse la cabeza y a sus arrobos, y a
volver a escribir lo que había pensado. Después de haber escrito
algunas coplas de #_una_# comedia, con mucho sosiego y espacio sacó de
la faldriquera algunos mendrugos de pan y obra de veinte pasas, que, a
mi parecer, entiendo que se las conté, y aun estoy en duda si eran
tantas, porque juntamente con ellas hacían bulto ciertas migajas de
pan que las acompañaban. Sopló y apartó las migajas, y una a una se
comió las pasas y los palillos, porque no le vi arrojar ninguno,
ayudándolas con los mendrugos, que, morados con la borra de la
faldriquera, parecían mohosos, y eran tan duros de condición, que
aunque él procuró enternecerlos paseándolos por la boca una y muchas
veces, no fué posible moverlos de su terquedad; todo lo cual redundó
en mi provecho, porque me los arrojó, diciendo: "¡To, to! Toma, que
buen provecho te hagan." "¡Mirad--dije entre mí--qué néctar o
ambrosía me da este poeta, de los que ellos dicen que se mantienen los
dioses y su Apolo allá en el cielo!" En fin, por la mayor parte,
grande es la miseria de los poetas; pero mayor era mi necesidad, pues
me obligó a comer lo que él desechaba. En tanto que duró la
composición de su comedia, no dejó de venir a la huerta, ni a mí me
faltaron mendrugos, porque los repartía conmigo con mucha liberalidad,
y luego nos íbamos a la noria, donde, yo de bruces y él con un
canjilón satisfacíamos la sed como unos monarcas. Pero faltó el poeta,
y sobró en mí la hambre, tanto, que determiné dejar al morisco y
entrarme en la ciudad a buscar ventura, que la halla el que se muda.
Al entrar de la ciudad vi que salía del famoso monasterio de San
Jerónimo, mi poeta, que, como me vio, se vino a mí con los brazos
abiertos, y yo me fuí a él con nuevas muestras de regocijo por haberle
hallado. Luego al instante comenzó a desembaular pedazos de pan, más
tiernos que los que solía llevar a la huerta, y a entregarlos a mis
dientes sin repasarlos por los suyos, merced que con nuevo gusto
satisfizo mi hambre. Los tiernos mendrugos y el haber visto salir a mi
poeta del monasterio dicho me pusieron en sospecha de que tenía las
musas vergonzantes, como otros muchos las tienen. Encaminóse a la
ciudad, y yo le seguí, con determinación de tenerle por amo, si él
quisiese, imaginando que de las sobras de su castillo se podía
mantener mi real. De lance en lance #_vine a parar en casa de un autor
de comedías_# y con una compañía llegué a esta ciudad de Valladolid,
donde en un entremés me dieron una herida que me llegó casi al fin de
la vida; no pude vengarme, por estar enfrenado entonces, y después, a
sangre fría, no quise; que la venganza pensada arguye crueldad y mal
ánimo. Cansóme aquel ejercicio, no por ser trabajo, sino porque veía
en él cosas que juntamente pedían enmienda y castigo; y como a mí
estaba más el sentillo que el remediallo, acordé de no verlo, y así,
me acogí a sagrado, como hacen aquellos que dejan los vicios cuando no
pueden ejercitallos, aunque más vale tarde que nunca. Digo, pues, que
viéndote una noche llevar la linterna con el buen cristiano Mahudes,
te consideré contento y justa y santamente ocupado; y lleno de buena
envidia quise seguir tus pasos, y con esta loable intención me puse
delante de Mahudes, que luego me eligió para tu compañero y me trujo a
este hospital. ¿Ves cuan larga ha sido mi plática? ¿Ves mis muchos y
diversos sucesos? ¿Consideras mis caminos y mis amos tantos? Pues todo
lo que has oído es nada, comparado a lo que te pudiera contar.

CIPIÓN.--Y con esto pongamos fin a esta plática; que la luz que entra
por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche
que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será
la mía, para contarte mi vida.

BERGANZA.--Sea ansí, y mira que acudas a este mismo puesto.



EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS

(_Salen_ CHANFALLA _y la_ CHERINOS.)

CHANFALLA.--No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis
advertimientos, principalmente los que te he dado para este nuevo
embuste.

CHIRINOS.--Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere, tenlo como de molde;
que tanta memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una
voluntad de acertar a satisfacerte que excede a las demás potencias.

CHANFALLA.--Chirinos, poco a poco estamos ya en el pueblo, y estos que
aquí vienen deben de ser, como lo son sin duda, el Gobernador y los
Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un filo a la lengua en la
piedra de la adulación; pero no despuntes de aguda.

(_Salen el_ GOBERNADOR _y_ BENITO REPOLLO, _alcalde_;JUAN _#Tostado#,
regidor, y_ PEDRO CAPACHO, _escribano_.)

Beso a vuesas mercedes las manos. ¿Quién de vuesas mercedes es el
Gobernador de este pueblo?

GOBERNADOR.--Yo soy el Gobernador; ¿qué es lo que queréis, buen
hombre?

CHANFALLA.--A tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de
ver que esa peripatética y anchurosa presencia no podía ser de otro
que del dignísimo Gobernador de este honrado pueblo.

GOBERNADOR.--Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre honrado?

CHIRINOS.--Honrados días viva vuesa merced que así nos honra; en fin,
la encina da bellotas, el pero, peras; la parra, uvas, y el honrado,
honra, sin poder hacer otra cosa.

BENITO.--Sentencia _ciceronianca_, sin quitar ni poner un punto.

CAPACHO.--_Ciceroniana_ quiso decir el señor alcalde Benito Repollo.

BENITO.--Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las más veces
no acierto; en fin, buen hombre, ¿qué queréis?

CHANFALLA.--Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el Retablo de
las Maravillas; hanme enviado a llamar de la corte los señores
cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y
perecen los hospitales; y con mi ida se remediará todo.

GOBERNADOR.--Y ¿qué quiere decir Retablo de las Maravillas?

CHANFALLA.--Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y
muestran, viene a ser llamado Retablo de las Maravillas; el cual
fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos,
rumbos, astros y estrellas; con tales puntos, caracteres y
observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran,
que tenga alguna raza de confeso, o sea _#hijo de padres ladrones#_; y
el que fuere contagiado destas dos tan usadas enfermedades, despídase
de ver las cosas jamás vistas ni oídas de mi Retablo.

BENITO.--Ahora echo de ver que cada día se ven en el mundo cosas
nuevas. Y ¡qué! ¿se llamaba Tontonelo el sabio que el Retablo compuso?

CHERINOS.--Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tontonela;
hombre de quien hay fama que le llegaba la barba a la cintura.

BENITO.--Por la mayor parte, los hombres de grandes barbas son
sabihondos.

GOBERNADOR.--Señor regidor Juan _#Tostado#_, yo determino, debajo de
su buen parecer, que esta noche se despose la señora Teresa
_#Tostada#_, su hija, de quien yo soy padrino, y en regocijo de la
fiesta, quiero que el señor Montiel muestre en vuestra casa su
Retablo.

JUAN.--Eso tengo yo por servir al señor Gobernador, con cuyo parecer
me convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en contrario.

CHIRINOS.--La cosa que hay en contrario es, que si no se nos paga
primero nuestro trabajo, así verán las figuras como por el cerro de
Ubeda. ¿Y vuesas mercedes, señores Justicias, tienen conciencia y alma
en esos cuerpos? Bueno sería que entrase esta noche todo el pueblo en
casa del señor Juan _#Tostado#_, o como es su gracia, y viese lo
contenido en el tal retablo, y mañana, cuando quisiésemos mostralle al
pueblo, no hubiese ánima que le viese: no, señores, no, señores; _ante
omnia_ nos han de pagar lo que fuere justo.

BENITO.--Señora autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona, ni
ningún Antoño; el señor regidor Juan _#Tostado#_ os pagará más que
honradamente, y si no el Concejo. ¡Bien conocéis el lugar por cierto!
Aquí, hermana, no aguardamos a que ninguna Antona pague por nosotros.

CAPACHO.--¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del
blanco! No dice la señora autora que pague ninguna Antona, sino que le
paguen adelantado, y ante todas cosas, que eso quiere decir _ante
omnia_.

BENITO.--Mirad, escribano Pedro Capacho; haced vos que me hablen a
derechas, que yo entenderé a pie llano; vos, que sois leído y
escribido, podéis entender esas algarabías de allende, que yo, no.

JUAN.--Ahora bien, ¿contentarse ha el señor autor con que yo le dé
adelantados media docena de ducados? Y más, que se tendrá cuidado que
no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.

CHANFALLA.--Soy contento; porque yo me fío de la diligencia de vuesa
merced y de su buen término.

JUAN.--Pues véngase conmigo, recibirá el dinero y verá mi casa y la
comodidad que hay en ella para mostrar ese Retablo.

CHANFALLA.--Vamos, y no se les pase de las mientes las calidades que
han de tener los que se atrevieren a mirar el maravilloso Retablo.

BENITO.--A mi cargo queda eso, y séle decir que por mi parte puedo ir
seguro a juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia
de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi
linaje: miren si veré el tal Retablo.

CAPACHO.--Todos le pensarnos ver, señor Benito Repollo.

JUAN.--No nacimos acá en las malvas, señor Pedro Capacho.

GOBERNADOR.--Todo será menester, según voy viendo, señores Alcalde,
Regidor y Escribano.

JUAN.--Vamos, autor, y manos a la obra; que Juan _#Tostado#_ me llamo,
hijo de Antón _#Tostado#_ y de Juana Macha; y no digo más en abono, y
seguro que podré ponerme cara a cara y a pie quedo delante del
referido Retablo.

CHERINOS.--Dios lo haga.

(_Entranse_ JUAN _#Tostado# y_ CHANFALLA.)

GOBERNADOR.--Señora autora, ¿qué poetas se usan ahora en la Corte, de
fama y rumbo, especialmente de los llamados cómicos?; porque yo tengo
mis puntas y collar de poeta, y pícome de la farándula y carátula.
Veinte y dos comedias tengo, todas nuevas, que se ven las unas a las
otras; y estoy aguardando coyuntura para ir a la Corte y enriquecer
con ellas media docena de autores.

CHERINOS.--A lo que vuesa merced, señor Gobernador, me pregunta de los
poetas, no le sabré responder; porque hay tantos, que quitan el sol; y
todos piensan que son famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios y
que siempre se usan, y así no hay para qué nombrallos. Pero dígame
vuesa merced, por su vida: ¿cómo es su buena gracia? ¿Cómo se llama?

GOBERNADOR.--A mí, señora autora, me llaman el Licenciado Gomecillos.

CHERINOS.--¡Válame Dios! ¿Y que vuesa merced es el señor Licenciado
Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de _Lucifer
estaba malo, y tómale mal de fuera_?

GOBERNADOR.--Malas lenguas hubo que me quisieron ahijar esas coplas, y
así fueron mías como del Gran Turco. Las que yo compuse, y no lo
quiero negar, fueron aquellas que trataron del diluvio de Sevilla; que
puesto que los poetas son ladrones unos de otros, nunca me precié de
hurtar nada a nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que
quisiere.

(_Vuelve_ CHANFALLA.)

CHANFALLA.--Señores, vuesas mercedes vengan, que todo está a punto, y
no falta más que comenzar.

CHIRINOS.--¿Está ya el dinero _in Corbona_?

CHANFALLA.--Y aun entre las telas del corazón.

CHIRINOS.--Pues doyte por aviso, Chanfalla, que el Gobernador es
poeta.

CHANFALLA.--¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale por engañado, porque
todos los de humor semejante son hechos a la macacona, gente
descuidada, crédula y no nada maliciosa.

BENITO.--Vamos, autor, que me saltan los pies por ver esas maravillas.

(_Entranse todos_.)

(_Salen_ JUANA _#Tostada# y_ TERESA REPOLLA, _labradoras; la una como
desposada, que es la #Tostada#_.)

TOSTADA.--Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos
el Retablo enfrente; y pues sabes las condiciones que han de tener los
miradores del Retablo, no te descuides, que sería una gran desgracia.

TERESA.--Ya sabes, Juana _#Tostada#_, que soy tu prima, y no digo más.
Tan cierto tuviera yo el cielo como tengo cierto ver todo aquello que
el Retablo mostrare. Por el siglo de mi madre, que me sacase los
mismos ojos de mi cara, si alguna desgracia me aconteciese bonita soy
yo para eso.

JUANA _#Tostada#_.--Sosiégate, prima, que toda la gente viene.

(_Entran el_ GOBERNADOR, BENITO REPOLLO, JUAN _#Tostado#_, PEDRO
CAPACHO, _el autor y la autora y otra gente del pueblo, y un sobrino
de Benito que ha de ser aquel gentilhombre que baila_.)

CHANFALLA.--Siéntense todos; el Retablo ha de estar detrás de este
repostero, y la autora también.

GOBERNADOR.--El señor Montiel comience su obra.

BENITO.--Poca balumba trae este autor para tan gran Retablo.

JUAN.--Todo debe de ser de maravillas.

CHANFALLA.--Atención, señores, que comienzo:--¡Oh tú, quienquiera que
fuiste, que fabricaste este Retablo con tan maravilloso artificio, que
alcanzó renombre _de las Maravillas_! Por la virtud que en él se
encierra, te conjuro, apremio y mando que luego incontinente muestres
a estos señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que
se regocijen y tomen placer, sin escándalo alguno. Ea, que ya veo que
has otorgado mi petición, pues por aquella parte asoma la figura del
valentísimo Sansón, abrazado con las colunas del templo, para
derriballe por el suelo y tomar venganza de sus enemigos. ¡Tente,
valeroso caballero, tente, por la gracia de Dios Padre; no hagas tal
desaguisado, porque no cojas debajo y hagas tortilla tanto y tan noble
gente como aquí se ha juntado!

BENITO.--¡Véngase, cuerpo de tal, conmigo! Bueno sería que, en lugar
de habernos venido a holgar, quedásemos aquí hechos plasta. ¡Téngase,
señor Sancho, pesia a mis males, que se lo ruegan buenos!

CAPACHO.--¿Veisle vos, _#Tostado#_?

JUAN.--Pues ¿no le había de ver? ¿Tengo yo los ojos en el colodrillo?

CAPACHO [#_aparte_#].--Milagroso caso es éste: así veo yo a Sansón
ahora como el Gran Turco. Pues en verdad que me tengo por legítimo y
cristiano viejo.

CHIRINOS.--¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al
ganapán en Salamanca! ¡Échate, hombre; échate, hombre; ¡Dios te libre!
¡Dios te libre!

[Ilustración: ¡Échense todos, échense todos! ...]

CHANFALLA.--¡Échense todos, échense todos! ¡Húchoho! ¡húchoho!
¡húchoho!

(_Echanse todos y alborótanse_.)

BENITO.--El diablo lleva en el cuerpo el torillo; sus partes tiene de
hosco y de bragado; si no me tiendo, me lleva de vuelo.

JUAN.--Señor autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos
alboroten, y no lo digo por mí, sino por estas mochachas que no les ha
quedado gota de sangre en el cuerpo de la ferocidad del toro.

#_Tostada_#.--Y ¡cómo, padre! No pienso volver en mí en tres días; ya
me vi en sus cuernos, que los tiene agudos como una lesna.

JUAN.--No fueras tú mi hija y no lo vieras.

GOBERNADOR [#_aparte_#].--Basta que todos ven lo que yo no veo; pero
al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla.

CHIRINOS.--Esa manada de ratones que allá va, deciende por línea recta
de aquellos que se criaron en el arca de Noé; dellos son blancos,
dellos albarazados, dellos jaspeados, y dellos azules, y finalmente,
todos son ratones.

#_Tostada_#.--¡Jesús! ¡Ay de mí! ¡Ténganme que me arrojaré por aquella
ventana! ¿Ratones? ¡Desdichada! Amiga, apriétate las faldas y mira no
te muerdan; y ¡monta que son pocos! Por el siglo de mi abuela, que
pasan de milenta.

REPOLLA.--Yo sí soy la desdichada, porque se me entran sin reparo
ninguno; un ratón morenico me tiene asida de una rodilla. ¡Socorro
venga del cielo, pues en la tierra me falta!

CHANFALLA.---Esta agua, que con tanta priesa se deja descolgar de las
nubes, es de la fuente que da origen y principio al río Jordán; toda
mujer a quien tocare en d rostro se le volverá como de plata bruñida,
y a los hombres se les volverán las barbas como de oro.

#_Tostada_#.--¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues ves lo que te
importa. ¡Oh, qué licor tan sabroso! Cúbrase, padre, no se moje.

JUAN.--Todos nos cubrimos, hija.

BENITO.--Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra.

CAPACHO [#_aparte_#].--Yo estoy más seco que un esparto.

GOBERNADOR [#_aparte_#].--¿Qué diablos puede ser esto, que aún no me
ha tocado una gota, donde todos se ahogan? #_Si empiezo a pensar mal de
la honradez de mis padres._#

CAPACHO.--Fresca es el agua del santo río Jordán; y aunque me cubrí lo
que pude todavía me alcanzó un poco en los bigotes, y apostaré que los
tengo rubios como un oro.

BENITO.--Y aun peor cincuenta veces.

CHERINOS.--Allá van hasta dos docenas de leones rampantes y de osos
colmeneros; todo viviente se guarde; que, aunque fantásticos, no
dejarán de dar alguna pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de
Hércules, con espadas desenvainadas.

JUAN.--Ea, señor autor, ¡cuerpo de nos! ¿Y agora nos quiere llenar la
casa de osos y de leones?

BENITO.--¡Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envía Tontonelo, sino
leones y dragones! Señor autor, y salgan figuras más apacibles, o aquí
nos contentamos con las vistas, y Dios le guíe, y no pare más en el
pueblo un momento.

#_Tostada_#.--Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y leones,
siquiera por nosotras, y recebiremos mucho contento.

JUAN.--Pues, hija, de antes te espantabas de los ratones, ¿y agora
pides osos y leones?

#_Tostada_#.--Todo lo nuevo aplace, señor padre.

CHIRINOS.--Esa doncella que agora se muestra tan galana y tan
compuesta, es la llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la
cabeza del Precursor de la vida; si hay quien la ayude a bailar verán
maravillas.

BENITO.--Esta sí ¡cuerpo del mundo! que es figura hermosa, apacible y
reluciente. Sobrino Repollo, tú que sabes de achaque de castañetas,
ayúdala y será la fiesta de cuatro capas.

SOBRINO.--Que me place, tío Benito Repollo.

(_Tocan la_ Zarabanda.)

CAPACHO.--¡Toma mi abuelo, si es antiguo el baile de la Zarabanda y de
la Chacona!

BENITO.--¡Ea, sobrino! ... #_Pero diga, señor autor, si esa Herodías_#
es judía, ¿cómo vee estas maravillas?

CHANFALLA.--Todas las reglas tienen excepción, señor Alcalde.

(_Suena una trompeta o corneta dentro del teatro, y entra un furrier
de compañías._)

FURRIER.--¿Quién es aquí el señor Gobernador?

GOBERNADOR.--Yo soy: ¿qué manda vuesa merced?

FURRIER.--Que luego, al punto, mande hacer alojamiento para treinta
hombres de armas, que llegarán aquí dentro de media hora, y aun antes,
que ya suena la trompeta. Y adiós.

(#_Vase_#.)

BENITO.--Yo apostaré que los envía el sabio Tontonelo.

CHANFALLA.--No hay tal; que esta es una compañía de caballos, que
estaba alojada dos leguas de aquí.

BENITO.--Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y sé que vos y él sois
unos grandísimos bellacos; y mirá que os mando que mandéis a Tontonelo
no tenga atrevimiento de enviar estos hombres de armas, que le haré
dar docientos azotes en las espaldas, que se vean unos a otros.

CHANFALLA.--Digo, señor alcalde, que no los envía Tontonelo.

BENITO.--Digo que los envía Tontonelo, como ha enviado las otras
sabandijas que yo he visto.

CAPACHO.--Todos las habernos visto, señor Benito Repollo.

BENITO.--No digo yo que no, señor Pedro Capacho.

_(Vuelve el furrier.)_

FURRIER.--Ea, ¿está ya hecho el alojamiento?, que ya están los
caballos en el pueblo.

BENITO.--¿Qué, todavía ha salido con la suya Tontonelo? Pues yo os
voto a tal, autor de humos y de embelecos, que me lo habéis de pagar.

CHANFALLA.--Séanme testigos que me amenaza el alcalde.

CHIRINOS.--Séanme testigos que dice el Alcalde que lo que manda S.M.
lo manda el sabio Tontonelo.

BENITO.--Atontoneleada te vean mis ojos, plega a Dios todopoderoso.

GOBERNADOR.--Yo para mí tengo que verdaderamente estos hombres de
armas no deben de ser de burlas.

FURRIER.--¿De burlas habían de ser, señor Gobernador? ¿Está en su
seso?

JUAN.--Bien pudieran ser atontonelados; como esas cosas habemos visto
aquí. Por vida del autor, que haga salir otra vez a la doncella
Herodías, por que vea este señor lo que nunca ha visto; quizá con esto
le cohecharemos para que se vaya presto del lugar.

CHANFALLA.--Eso en buen hora, y veisla aquí a de vuelve, y hace de
señas a su bailador a que de nuevo la ayude.

SOBRINO.--Por mí no quedará, por cierto.

BENITO.--Eso sí, sobrino, cánsala, cánsala; vueltas y más vueltas;
¡vive Dios, que es un azogue la muchacha! ¡Al hoyo, al hoyo! ¡A ello,
a ello!

FURRIER.--¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es ésta y
qué baile y qué Tontonelo?

CAPACHO.--¿Luego no vee la doncella herodiana el señor furrier?

FURRIER.--¿Qué diablos de doncella tengo de ver?

CAPACHO.--Basta: de _ex illis_ es.

GOBERNADOR.--De _ex illis_ es, de _ex illis_ es.

JUAN.--De ellos es, de ellos, el señor furrier; de ellos es.

FURRIER.--Por Dios vivo, que si echo mano a la espada, que los haga
salir por las ventanas, que no por la puerta.

CAPACHO.--Basta, de _ex illis_ es.

BENITO.--Basta; de ellos es, pues no vee nada.

FURRIER.--¡Canalla! Si otra vez me dicen que soy de ellos no les
dejaré hueso sano.

BENITO.--Nunca los confesos ni _ladrones_ fueron valientes; y por eso
no podemos dejar de decir: de ellos es, de ellos es.

FURRIER.--¡Cuerpo de Dios con los villanos! Esperad.

_(Mete mano a la espada y acuchíllase con todos, y la Cherinos
descuelga la manta y dice:)_

El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas; más
parece que los llamaron con campanilla.

CHANFALLA.--El suceso ha sido extraordinario; la virtud del Retablo se
queda en su punto, y mañana lo podemos mostrar al pueblo; y nosotros
mismos podemos cantar el triunfo de esta batalla diciendo: ¡Vivan
Chirinos y Chanfalla!



EL CERCO DE NUMANCIA

FIGURAS SIGUIENTES:

CIPIÓN, romano.
IUGURTA, romano.
_Gayo_ MARIO, romano.
QUINTO FABIO, romano.
CUATRO SOLDADOS ROMANOS.
DOS NUMANTINOS, EMBAJADORES.
TEÓGENES, numantino.
CARAVINO, numantino.
CUATRO GOBERNADORES NUMANTINOS.
MARANDRO, numantino.
DOS SACERDOTES NUMANTINOS.
UN HOMBRE NUMANTINO.
_Un Demonio_.
CUATRO MUJERES DE NUMANCIA.
LIRA, doncella.
DOS CIUDADANOS NUMANTINOS.
UNA MUJER DE NUMANCIA.
UN HIJO SUYO.
_Otro hijo de aquélla._
UNA MUJER DE NUMANCIA.
UN SOLDADO NUMANTINO.
GUERRA.
ENFERMEDAD.
HAMBRE.
VARIATO, muchacho, que es el
  que se arroja de la torre.
UN NUMANTINO.
ERMILIO, soldado romano.


JORNADA PRIMERA

Entra CIPIÓN, y IUGURTA y MARIO y un alarde de soldados armados a lo
antiguo, sin arcabuces, y CIPIÓN se sube sobre una peña que estará
allí, y dice:

CIP.     En el fiero ademán, en los _#lozanos#_
       Marciales aderezos y vistosos,
       Bien os conozco, amigos, por romanos:
       Romanos, digo, fuertes y animosos;
       Mas en las blancas y delicadas manos,
       Y en las teces de rostros tan lustrosos,
       Allá en Bretaña parecéis criados,
       Y de padres flamencos engendrados.
         El general discuido vuestro, amigos,
       El no mirar por lo que tanto os toca,
       Levanta los caídos enemigos,
       Que vuestro esfuerzo y opinión apoca.
       Desta ciudad los muros son testigos,
       Que aun hoy está cual bien fu_#n#_dada roca,
       De vuestras perezosas fuerzas vanas,
       Que sólo el nombre tienen de romanas.
         ¿Paréceos, hijos, que es gentil hazaña
       Que tiemble del romano nombre el mundo,
       Y que vosotros solos en España
       Le aniquiléis y echéis en el profundo?
       ¿Qué flojedad es ésta tan extraña?
       ¿Qué flojedad? Si yo mal no me fundo,
       Es flojedad nacida de pereza,
       Enemiga mortal de fortaleza.
         ¿Pensáis que sólo _#atierra#_ la muralla
       El almete y la acerada punta,
       Y que sólo atropella la batalla
       La multitud de gentes y armas junta?
       Si esfuerzo de cordura no señala
       Que todo lo previene y lo barrunta,
       Poco aprovechan muchos escuadrones,
       Y menos infinitas municiones.
         Si a militar concierto se reduce
       Cualque pequeño ejército que sea,
       Veréis que como sol claro reluce,
       Y alcanza las victorias que desea;
       Pero si a flojedad él se conduce,
       Aunque abreviado el mundo en él se vea,
       En un momento quedará deshecho
       Por más reglada mano y fuerte pecho.
         Avergonzaos, varones esforzados,
       Porque, a nuestro pesar, con arrogancia,
       Tan pocos españoles, y encerrados,
       Defiendan este nido de Numancia.
       Deciséis años son, y más, pasados,
       Que mantienen la guerra y la ganancia
       De haber vencido con feroces manos
       Millares de millares de romanos.
         No me huela el soldado otros olores
       Que el olor de la pez y de resina,
       Ni por golosidad de los sabores
       Traiga siempre aparato de cocina:
       Que el que usa en la guerra estos primores,
       Muy mal podrá sufrir la cota fina;
       No quiero otro primor ni otra fragancia,
       En tanto que español viva en Numancia.
         En blandas camas, entre juego y vino,
       Hállase mal el trabajoso Marte;
       Otro aparejo busca, otro camino;
       Otros brazos levantan su estandarte;
       Cada cual se fabrica su destino;
       No tiene allí fortuna alguna parte;
       La pereza fortuna baja cría;
       La diligencia, imperio y monarquía.
         Estoy con todo esto tan seguro
       De que al fin mostraréis que sois romanos,
       Que tengo en nada el defendido muro
       Destos rebeldes bárbaros hispanos,
       Y así, os prometo por mi diestra y juro
       Que, si igualáis al ánimo las manos,
       Que las mías se alarguen en pagaros,
       Y mi lengua también en alabaros.

Míranse los soldados unos a otros, y hacen señas a uno dellos, que se
llama GAYO MARIO, que responda por todos, y dice:

GAYO.    Si con atentos ojos has mirado,
       Inclito general, en los semblantes
       Que a tus breves razones han mostrado
       Los que tienes agora circunstantes,
       Cuál habrás visto sin color, turbado,
       Y cuál con ella, indicios bien bastantes
       De que _el_ temor y la vergüenza _a_ una
       Nos aflige, molesta e importuna:
         Vergüenza, de mirar ser reducidos
       A término tan bajo por su culpa,
       Que viendo ser por ti reprehendidos,
       No saben a esa falta hacer disculpa;
       Temor, de tantos yerros cometidos;
       Y la torpe pereza que los culpa
       Los tiene de tal modo, que se holgaran
       Antes morir que en esto se hallaran.
         Pero el lugar y tiempo que los queda
       Para mostrar alguna recompensa,
       Es causa que con menos fuerza puedan
       Fatigarte el rigor de tal ofensa.
       De hoy más, con presta voluntad y leda,
       El más mínimo déstos #_cuida_# y piensa
       De ofrecer sin revés a tu servicio
       La hacienda, vida, honra en sacrificio.
         Admite, pues, de sus intentos sanos
       Al justo ofrecimiento, señor mío,
       Y considera al fin que son romanos,
       En quien nunca faltó del todo brío.
       Vosotros levantad las diestras manos,
       En señal que aprobáis el voto mío.
S.1.°   Todo lo que habéis dicho confirmamos.
S.2.° Y lo juramos todos.
TODOS.                   Sí juramos.
CIP.     Pues, arrimado a tal ofrecimiento,
       Crece ya desde hoy mi confianza,
       Creciendo en vuestros pechos ardimiento,
       Y del viejo vivir nuestra mudanza.
       Vuestras promesas no se lleve el viento;
       Hacerlas verdaderas con la lanza;
       Que las mías saldrán tan verdaderas,
       Cuanto fuere el valor de vuestras veras.
S.1.°   Dos numantinos con seguro vienen
       A darte, Cipión, una embajada.
CIP.   ¿Por qué no llegan ya? ¿En qué se detienen?
SOL.   Esperan que licencia les sea dada.
CIP.   Si son embajadores, ya la tienen.
SOL.   Embajadores son.
CIP.                   Daldes entrada.

Entran dos numantinos, embajadores.

N.1.°    Si nos das, gran señor, grata licencia,
       Decirte he la embajada que traemos;
       Do estamos, #_o_# ante sola tu presencia,
       Todo a lo que venimos te diremos.
CIP.   Decid; que adonde quiera doy audiencia.
N.1.°  Pues con ese seguro que tenemos,
       De tu real grandeza concedido,
       Daré principio a lo que soy venido.
         Numancia, de quien yo soy ciudadano,
       Inclito general, a ti me envía,
       Como al más fuerte capitán romano
       Que ha cubierto la noche y visto el día,
       A pedirte, señor, la amiga mano,
       En señal de que cesa la porfía
       Tan trabada y cruel de tantos años,
       Que ha causado sus propios y tus daños.
         Dice que nunca de la ley y fueros
       Del Senado romano se apartara,
       Si el #in#sufrible mando y desafueros
       De un cónsul y otro no le fatigara.
       Ellos con duros estatutos fieros,
       Y con su extraña condición avara,
       Pusieron tan gran yugo a nuestros cuellos,
       Que forzados salimos del y dellos,
         Y, en todo el largo tiempo que ha durado
       Entrambas partes la contienda, es cierto
       Que ningún general hemos hallado
       Con quien poder tratar algún concierto.
       Empero agora, que ha querido el hado
       Reducir nuestra nave a tan buen puerto,
       Las velas de la gavia recogemos,
       Y a cualquiera partido nos ponemos.
         No imagines que temor nos lleva
       A pedirte las paces con instancia,
       Pues la larga experiencia ha dado prueba
       Del poder valeroso de Numancia.
       Tu virtud y valor es quien nos ceba,
       Y nos declara, que será ganancia
       Mayor que cuantas desear podemos
       Si por señor y amigo te tenemos.
         A esto ha sido la venida nuestra.
       Respóndenos, señor, lo que te place.
CIP.   ¡Tarde de arrepentidos dais la muestra!
       Poco vuestra amistad me satisface.
       De nuevo ejercitad la fuerte diestra,
       Que quiero ver lo que la mía hace;
       Quizá que ha puesto en ella la ventura
       La gloria nuestra y vuestra sepoltura.
         A desvergüenza de tan largos años,
       Es poca recompensa pedir paces.
       Seguid la guerra y renovad los daños.
       Salgan de nuevo las valientes haces.
N.1.°  La falsa confianza mil engaños
       Consigo trae; advierte lo que haces,
       Señor, que esa arrogancia que nos muestras,
       Remunera el valor en nuestras diestras;
         Y pues niegas la paz que con buen celo
       Te ha sido por nosotros demandada,
       De hoy más la causa nuestra con el cielo
       Quedará por mejor calificada,
       Y antes que pises de Numancia el suelo,
       Probarás dó se extiende la indignada
       Fuerza de aquel que, siéndote enemigo,
       Quiere ser tu vasallo y fiel amigo.
CIP.     ¿Tenéis más que decir?
N.                             No: mas tenemos
       Que hacer, pues tú, señor, ansí lo quieres,
       Sin querer la amistad que te ofrecemos,
       Correspondiendo mal de ser quien eres.
       Pero entonces verás lo que podremos
       Cuando nos muestres tú lo que pudieres;
       Que es una cosa razonar de paces,
       Y otra romper por las armadas haces.
CIP.     Verdad decís; y ansí, para mostraros
       Si sé tratar en paz y hablar en guerra,
       No os quiero por amigos aceptaros,
       Ni lo seré jamás de vuestra tierra.
       Y con esto podéis luego tornaros.
N.     ¿Que en es_to_ tu querer, señor, se encierra?
CIP.   Ya te he dicho que sí.
N.2.°                      Pues, ¡sus!, al hecho;
       Que guerra ama el numantino pecho.


JORNADA SEGUNDA

Salen TEÓGENES y CARAVINO, con otros _tres_ numantinos, gobernadores
de Numancia, y siéntanse.

TEÓG.    Paréceme, varones esforzados,
       Que en nuestros da_ñ_os con rigor influyen
       Los tristes signos y contrarios hados,
       Pues nuestra fuerza humana desminuyen.
       Tiénennos los romanos encerrados,
       Y con cobardes manos nos destruyen.
       Ni con matar muriendo no hay vengarnos,
       Ni podemos sin alas escaparnos.
         Mirá si imagináis algún remedio
       Para salir de tanta desventura,
       Porque este largo y trabajoso asedio
       Sólo promete presta sepoltura.
       El ancho foso nos estorba el medio
       De probar con las armas la ventura,
       Aunque a veces valientes, fuertes brazos,
       Rompen mil _contrapuestos_ embarazos.
CAR.     ¡A Júpiter pluguiera soberano
       Que nuestra juventud sola se viera
       Con todo el cruel ejército romano
       Adonde el brazo rodear pudiera,
       Que allí al valor de la española mano
       La misma muerte poco estorbo hiciera
       Para dejar de abrir franco camino
       A la salud del pueblo numantino!
         Mas pues en tales términos nos vemos,
       Que estamos como damas encerrados,
       Hagamos todo cuanto hacer podemos
       Para mostrar los ánimos osados:
       A nuestros enemigos convidemos
       A singular batalla; que, cansados
       Deste cerco tan largo, ser podría
       Quisiesen acabarle por tal vía.
         Y cuando este remedio no suceda
       A la justa medida del deseo,
       Otro camino de intentar nos queda,
       Aunque más trabajoso a lo que creo:
       Este foso y muralla que nos #veda#
       El paso al enemigo que allí veo,
       En un tropel de noche le rompamos,
       Y por ayuda a los amigos vamos.
N.1.°    O sea por el foso, o por la muerte,
       De abrir tenemos paso a nuestra vida;
       Que es dolor insufrible el de la muerte,
       Si llega cuando más vive la vida.
       Remedio a las miserias es la #m#uerte,
       Si se acrecientan ellas con la vida,
       Y suele tanto más ser excelente
       Cuando se muere más honradamente.
N.2.°    Esta #in#sufrible hambre macilenta,
       Que tanto nos persigue y nos rodea,
       Hace que en vuestro parecer consienta,
       Puesto que temerario y duro sea;
       Muriendo, excusaremos tanta afrenta;
       Y quien morir de hambre no desea,
       Arrójese conmigo al foso, y haga
       Camino su remedio con la daga.
N.3.°    Primero que vengáis al trance duro
       Desta resolución que habéis tomado,
       Paréceme ser bien que desde el muro
       Nuestro fiero enemigo sea #avisado#,
       Diciéndole que dé campo seguro
       A un numantino y a otro su soldado,
       Y que la muerte de uno sea sentencia
       Que acabe nuestra antigua diferencia.
         Son los romanos tan soberbia gente,
       Que luego aceptarán este partido;
       Y si lo aceptan, #creo# firmemente
       Que nuestro #amargo# daño ha #f#enecido,
       Pues está #un# numantino aquí presente,
       Cuyo valor me tiene persuadido
       Que él solo contra tres de los romanos
       Quitará la victoria de las manos.
         Para morir, jamás le falta tiempo
       Al que quiere morir desesperado.
       Siempre seremos a sazón y a tiempo
       Para mostrar muriendo el pecho osado;
       Mas, porque no se pase en balde el tiempo,
       Mira si os cuadra lo que he demandado,
       Y, si no os parece, dad un modo
       Que mejor venga y que convenga a todo.
TEÓG.    Yo desde aquí me ofrezco, si os parece
       Que puede de mi esfuerzo algo fiarse,
       De salir a esta duda que se ofrece,
       Si por ventura viene a efectuarse.
CAR.   Más honra tu valor claro merece;
       Bien pueden de tu esfuerzo confiarse
       Más difíciles cosas, y aun mayores,
       Por ser el que es mejor de los mejores.
         #_Y pues tú ocupas el lugar primero_#
       De la honra y valor con causa justa,
       Yo, que en todo me cuento por postrero,
       Quiero ser el h#_e_#raldo de esta justa.
N.1.°  Pues yo con todo el pueblo me prefiero
       Hacer de lo que Júpiter más gusta,
       Que son los sacrificios y oblaciones,
       Si van con enmendados corazones.
N.2.°    Vámo#_no_#s, y con presta diligencia
       Hagamos cuanto aquí propuesto habernos.
       Antes que la pestífera dolencia
       De la hambre nos ponga en los extremos.
       Si tiene el cielo dada la sentencia
       De que en este rigor fiero acabemos,
       Revóquela, si acaso lo merece
       La presta enmienda que Numancia ofrece.

Vanse.

Salen dos numantinos vestidos como sacerdotes antiguos, y han de traer
asido de los cuernos en medio un carnero grande, coronado de oliva y
otras flores, y un paje con una fuente de plata y una toalla, y otro
con un jarro de agua, y otros dos con dos jarros de vino, y otro con
otra fuente de plata con un poco de incienso, y otros con fuego y
leña, y otro que ponga una mesa con un tapete donde se ponga todo lo
que hubiere en la comedia, en hábitos de numantinos; y luego los
sacerdotes, dejando el uno el carnero de la mano, diga, y han de
entrar TEÓGENES y muchos numantinos.

S.1.°    Señales ciertas de dolores ciertos
       Se me han presentado en el camino,
       Y los canos cabellos tengo yertos.
S.2.°    Si acaso yo no soy mal adivino,
       Nunca con bien saldremos de esta impresa.
       ¡Ay, desdichado pueblo numantino!
S.1.°    Hagamos nuestro oficio con la priesa
       Que nos incitan los agüeros tristes.
       Poned, amigos, hacia aquí esa mesa.
S.2.°    El vino, incienso y agua que trujistes
       Poneldo encima, y apartaos afuera,
       Y arrepentíos de cuanto mal hicistes;
       Que la _#oblación#_ mejor y la primera
       Que se ha de ofrecer al alto cielo
       Es el alma limpia y voluntad sincera.
S.1.°    El fuego no le hagáis vos en el suelo,
       Que aquí viene brasero para ello,
       Que así lo pide el religioso celo.
S.2.°    Lavaos las manos y limpiaos el cuello.
       Dad acá el agua: ¿el fuego no se enciende?
N.     No hay quien pueda, señor#_es_#, encendello.
S.2.°    ¡Oh Júpiter! ¿Qué es esto que pretende
       De hacer en nuestro daño el hado esquivo?
       ¿Cómo el fuego en la tea no se enciende?
N.       Ya p#_a_#rece, señor, que está algo vivo.
S.2.°  Quítate afuera. ¡Oh flaca llama escura,
       Que dolor en mirarte tal recibo!
         ¿No miras cómo el humo se apresura
       A caminar al lado de Poniente,
       Y la amarilla llama, mal segura,
         Sus puntas encamina hacia el Oriente?
       ¡Desdichada señal, señal notoria
       Que nuestro mal y daño está patente!
S.1.°    Aunque lleven romanos la victoria
       De nuestra muerte, en humo ha de tornarse
       Y en llamas vivas nuestra muerte y gloria.
S.2.°    Pues debe con el vino ruciarse
       El sacro fuego, dad acá ese vino,
       Y el incienso también que ha de quemarse.

Rocía el fuego con el vino a la redonda, y luego pone el incienso en
el fuego, y dice:

         Al bien del triste pueblo numantino
       Endereza, ¡oh gran Júpiter!, la fuerza
       Propici#_a_#, del contrario amargo sino.
         Ansí como este ardiente fuego fuerza
       A que en humo se vaya el sacro incienso,
       Así se haga al enemigo fuerza
         Para que en humo, eterno padre inmenso,
       Todo su bien, toda su gloria vaya,
       Ansí como tú puedes y yo pienso;
         Tengan los cielos su poder a raya,
       Ansí como esta víctima tenemos,
       Y, lo que ella ha de haber, él también haya.
S.1.°    Mal responde el agüero; mal podremos
       Ofrecer esperanza al pueblo triste,
       _#Para salir del mal que poseemos#_.

Hácese ruido debajo del tablado con un barril lleno de piedras, y
dispárese un cohete volador.

S.2.°    ¿No oyes un ruido, amigo? Di, ¿no viste
       El rayo ardiente que pasó volando?
       Presa#_g_#io verdadero de esto fuiste.
S.1.°    Turbado estoy; de miedo estoy temblando.
       ¡Oh qué señales!, a lo que yo veo,
       ¡Qué amargo fin está#_n_# pronosticando!
         ¿No ves un escuadrón airado y feo?
       ¿Vees unas águilas feas que pelean
       Con otras aves en marcial rodeo?
S.2.°    Sólo su esfuerzo y su rigor emplean
       En encerrar las aves en un cabo,
       Y con astucia y arte las rodean.
S.1.°    Tal seña#_l vit_#upero y no la alabo,
       ¿Aguilas imperiales vencedoras?
       ¡Tú verás de Numancia presto el cabo!
S.2.°    Aguilas, de gran mal anunciadoras,
       Partíos, que ya el agüero vuestro entiendo,
       Ya e#_n_# efecto contadas son las horas.
S.1.°    Con todo, el sacrificio hacer pretendo
       De esta inocente víctima, guardada
       Para pagar el dios del gesto horrendo.
S.2.°    ¡Oh gran Pl#_u_#tón, #_a_# quien por s#_u_#erte dada
       _#Le fué la habitación#_ del reino oscuro
       Y el mando en la infernal _#triste#_ morada!
         Atapa la profunda escura boca
       Por do salen las tres fieras hermanas
       A hacernos el daño que nos toca,
         Y sian de dañarnos tan livianas
       Sus intenciones, que las lleve el viento,
       Como se lleva el pelo de estas lanas.

Quita algunos pelos del carnero y échalos al aire.

S.1.°   Y ansí como te baño y ensangriento
       Este cuchillo #_en_# esta sangre pura,
       Con alma limpia y limpio pensamiento,
         Ansí la tierra de Numancia dura
       Se bañe con la sangre de romanos,
       Y aun los sirva también de sepoltura.

Sale por el hueco del tablado un DEMONIO hasta el medio cuerpo, y ha
de arrebatar el carnero y volverse a disparar el fuego y todos los
sacrificios.

S.2.°   Mas ¿quién me ha arrebatado de las manos
       La víctima? ¿Qué es esto, dioses santos?
       ¿Qué prodigios son estos tan insanos?
         No #_os_# han entern#_eci_#do ya los llantos
       Deste pueblo lloroso y afligido,
       Ni la arpada voz de aquestos cantos;
         Antes creo que se han endurecido,
       Cual pueden inferir en las señales
       Tan fieras como aquí han acontecido.
         Nuestros vivos remedios son mortales;
       Toda nuestra pereza es diligencia,
       #_Y los bienes ajenos, nuestros males._#
NUM.     En fin, dado han los cielos la sentencia
       De nuestro fin amargo y miserable.
       No nos quiere valer ya su clemencia;
         Lloremos, pues es fin tan lamentable,
       Nuestra desdicha; que la edad postrera
       Dél y de nuestras fuerzas siempre hable.


JORNADA TERCERA

Salen CIPIÓN, IUGURTA, y MARIO, romanos.

CIP.     En forma estoy contento en mirar cómo
       Corresponde a mi gusto la ventura,
       Y esta libre nación soberbia domo
       Sin fuerzas, solamente con cordura.
       En viendo la ocasión, luego la tomo,
       Porque sé cuánto corre y se apresura,
       Y si se pasa; en cosas de la guerra,
       El crédito consume y vida atierra.
         Juzgaba de ésa el loco desvarío
       Tener los enemigos encerrados,
       Y que era mengua del romano brío
       No vencellos con modos más usados.
       Bien sé que lo habrán dicho; mas yo fío
       Que, los que fueren plácticos soldados
       Dirán que es de tener en mayor cuenta
       La victoria que menos ensangrienta.
         ¿Qué gloria puede haber más levantada,
       En las cosas de guerra que aquí digo,
       Que, sin quitar de su lugar la espada,
       Vencer y sujetar al enemigo?
       Que, cuando la victoria es granjeada
       Con la sangre vertida del amigo,
       El gusto mengua que causar pudiera
       La que sin sangre tal ganada fuera.

Tocan una trompeta del muro de Numancia.

IUG.     Oye, señor, que de Numancia suena
       El son de una trompeta, y me aseguro
       Que decirte, algo desde allá se ordena,
       Pues el salir acá lo estorba el muro.
       Caravino se ha puesto en una almena,
       Y una señal ha hecho de seguro:
       Lleguémonos más cerca.
CIP.                         Ea, lleguemos.
       No más: que desde aquí lo entenderemos.

Pónese CARAVINO en la muralla, con una bandera o lanza en la mano, y
dice:

CAR.     ¡Romanos!; ¡Ah, romanos! ¿Puede acaso
       Ser de vosotros esta voz oída?
MAR.   Puesto que más abajas, y hables paso,
       De cualquier tu razón será entendida.
CAR.   Decid al general que alargue el paso
       Al foso, porque viene dirigida
       a él una embajada.
CIP.                     Dila presto,
       que #_yo_# soy Cipión.
CAR.                     Escucha el resto.
       Dice Numancia, general prudente,
       Que consideres bien que ha muchos años
       Que entre la nuestra y tu romana gente
       Duran los males de la guerra extraños,
       Y que, por evitar que no se aumente
       La dura pestilencia destos daños,
       Quiere, si tú quisieres, acaballa
       Con una breve y singular batalla.
         Un soldado se ofrece de los nuestros
       A combatir cerrado en estacada
       Con cualquiera esforzado de los vuestros,
       Para acabar contienda tan trabada;
       Y al que los hados fueren tan siniestros,
       Que allí le deje#_n_# sin la vida amada,
       Si fuere d nuestro, darémoste la tierra;
       Si el tuyo fuere, acábese la guerra:
         Y por seguridad deste concierto,
       daremos a tu gusto las rehenes.
       Bien sé que en él vendrás, porque estás cierto
       De los soldados que a tu cargo tienes,
       Y sabes que el menor, a campo abierto,
       Hará sudar el pecho, rostro y sienes
       Al más aventajado de Numancia;
       Ansí que está segura tu ganancia.
       Porque a la ejecución se venga luego,
         Respóndeme, señor, si estás en ello.
CIP.   Donaire es lo que dices, risa y juego,
       Y loco el que piensa de hacello.
       Usad el medio del humilde ruego,
       Si queréis que se escape vuestro cuello
       De probar el rigor y filos diestros
       Del romano cuchillo y brazos nuestros.
         La _fiera_ que en la jaula está encerrada
       Por su selvatoquez y fuerza dura,
       Si puede allí con mano ser domada,
       Y con el tiempo y medios de cordura,
       Quien la dejase libre y desatada
       Daría grandes muestras de locura.
       Bestias sois, y, por tales, encerradas
       Os tengo donde habéis de ser domadas.
         Mía será Numancia a pesar vuestro,
       Sin que me cueste un mínimo soldado,
       Y el que tenéis vosotros por más diestro,
       Rompa por ese foso trincheado;
       Y si en esto os parece que yo muestro
       Un poco mi valor acobardado,
       El viento lleve _agora_ esta vergüenza,
       Y vuélvala la fama cuando venza.

Vanse CIPIÓN y los suyos, y dice CARAVINO.

CAR.     ¿No escuchas más, cobarde? ¿Ya te ascondes?
       ¿Enfádate la igual justa batalla?
       Mal con tu nombradía correspondes;
       Mal podrás de este modo sustentalla;
       En fin, como cobarde me respondes.
       Cobardes sois, romanos, vil canalla,
       Con vuestra muchedumbre confiados,
       Y no en los diestros brazos levantados.
         En _formado_ escuadrón, o manga suelta
       En la campaña rasa, do no pueda
       Estorbar la mortal fiera revuelta
       El ancho foso y muro que la veda,
       Será bien que, sin dar el pie la vuelta?
       Y sin tener jamás la espada queda,
       _Ese_ ejército mucho bravo vuestro
       Se viera con el poco flaco nuestro;
         Mas, como siempre estáis acostumbrados
       A vencer con ventajas y con mañas,
       Estos conciertos, en valor fundados,
       No los admiten bien vuestras marañas;
       _Liebres en pieles fieras disfrazados,
       Load y engrandeced vuestras hazañas_,
       Que espero en el gran Júpiter dejaros
       Sujetos a Numancia y a sus fueros.

Vase, y torna a salir fuera con TEÓGENES, y CARAVINO, y MARANDRO, y
otros.

TEÓG.    En términos nos tiene nuestra suerte,
       Dulces amigos, que sería ventura
       De acabar nuestros daños con la muerte;
         El desafío no ha importado un cero;
       ¿De intentar qué me queda? No lo siento,
       Uno es aceptar el fin postrero.
         Esta noche se muestre el ardimiento
       Del numantino acelerado pecho,
       Y póngase por obra nuestro intento.
         El enemigo muro sea deshecho;
       Salgamos a morir a la campaña,
       Y no como cobardes en estrecho.
         Bien sé que sólo sirve esta hazaña
       De que a nuestro morir se mude el modo,
       Que con ella la muerte se acompaña.
CAR.     Con este parecer yo me acomodo;
       Morir quiero rompiendo el fuerte muro,
       Y deshacello por mi mano todo;
         Mas tienen una cosa mal siguro:
       Que, si nuestras mujeres saben esto,
       De que no haremos nada os aseguro.
         Cuando otra vez tuvimos presupuesto
       De huírnos y dejallas, cada uno
       Fiado en su caballo y vuelo presto,
         Ellas, que el trato a ellas importuno
       Supieron, al momento nos robaron
       Los frenos, sin dejarnos sólo uno.
         Entonces el huír nos estorbaron,
       Y ansí lo harán agora fácilmente,
       Si las lágrimas muestran que mostraron.
MAR.     Nuestro disinio a todas es patente,
       Todas lo saben ya, y no queda alguna
       Que no se queje dello amargamente,
         Y dicen que, en la buena o ruin fortuna,
       Quieren en vida o muerte acompañaros,
       Aunque su compañía os sea importuna.

Entran cuatro mujeres de Numancia, cada una con un niño en brazos y
otros de las manos, y LIRA, doncella.

         Veislas aquí do vienen a rogaros
       No las dejéis en tantos embarazos;
       Aunque seáis de acero han de ablandaros;
         Los tiernos hijos vuestros en los brazos
       Las tristes traen: ¿no veis con qué señales
       De amor les dan los últimos abrazos?
M.1.ª     ¿Qué pensáis, varones claros?
       ¿Revolvéis aún todavía
       En la triste fantasía
       De dejarnos y ausentaros?
         ¿Y a los libres hijos vuestros
       Queréis esclavos dejallos?
       ¿No será mejor _ahogallos_
       Con los propios brazos vuestros?
         No apresuréis el camino
       Al morir, porque su estambre
       Cuidado tiene la hambre
       De cercenarla contino.
M.3.ª     Hijos de estas tristes madres,
       ¿Qué es esto? ¿Cómo no habláis
       Y con lágrimas rogáis
       Que no os dejen vuestros padres?
         Baste que la hambre insana
       Os acaben con dolor,
       Sin esperar el rigor
       De la aspereza romana.
         Decildes que os engendraron
       Libres, y libres nacistes,
       Y que vuestras madres tristes
       También libres os criaron.
         Decildes que, pues la suerte
       Nuestra va tan decaída,
       Que, como os dieron la vida,
       Ansí mismo os den la muerte;
         ¡Oh muros de esta ciudad!
       Si podéis hablar, decid,
       Y mil veces repetid:
       "¡Numantinos, libertad
         Los templos, las casas vuestras
       Levantadas en concordia!
       Hoy piden misericordia
       Hijos y mujeres vuestras.
         Ablandad, caros varones,
       Esos pechos diamantinos,
       Y mostrad, cual numantinos,
       Amorosos corazones;
         Que no por romper el muro
       Se remedia un mal tamaño;
       Antes en ello está el daño
       Más propincuo y más seguro."
LIRA.    También las tristes doncellas
       Ponen en vuestra defensa
       El remedio de su ofensa
       Y el alivio a sus querellas.
         Desesperación notoria
       Es ésta que hacer queréis,
       Adonde sólo hallaréis
       Breve muerte y larga gloria.
         Mas ya que salga mejor
       Que yo pienso esta hazaña,
       ¿Qué ciudad hay en España
       Que quiera daros favor?
         Mi pobre ingenio os advierte
       Que si hacéis esta salida,
       Al enemigo dais vida
       Y a toda Numancia muerte.
         De vuestro acuerdo gentil
       Los romanos burlarán;
       Pero, decidme: ¿qué harán
       Tres mil con ochenta mil?
         Aunque tuviesen abiertos
       Los muros y su defensa,
       Seríades con ofensa
       Mal vengados y bien muertos.
         Mejor es que la ventura
       O el daño que el cielo ordena,
       O nos salve o nos condena
       Dé la vida o sepoltura.
TEÓG.    Limpiad los ojos húmidos del llanto,
       Mujeres tiernas, y tené entendido
       Que vuestra angustia la sentimos tanto,
       Que responde al amor nuestro subido.
       Ora crezca el dolor, ora el quebranto
       Sea por nuestro bien disminuído,
       Jamás en muerte o vida os dejaremos;
       Antes en muerte y vida os serviremos.
         Pensábamos salir al foso, ciertos
       Antes de allí morir que de escaparnos,
       Pues fuera quedar vivos aunque muertos,
       Si muriendo pudiéramos vengarnos;
       Mas, pues nuestros disinios descubiertos
       Han sido, y es _locura_ aventurarnos,
       Amados y hijos y mujeres nuestras,
       Nuestras vidas serán de hoy más las vuestras.
         Sólo se ha de mirar que el enemigo
       No alcance de nosotros triunfo o gloria;
       Antes ha de servir él de testigo
       Que aprueben y determinen la historia;
       Y si todos venís en lo que digo,
       Mil siglos durará nuestra memoria,
       Y es que no quede cosa aquí en Numancia
       De do el contrario pueda hacer ganancia.
         En medio de la plaza se haga un fuego,
       En cuya ardiente llama licenciosa
       Nuestras riquezas todas se echen luego,
       Desde la pobre a la más rica cosa;
       Y esto podréis tener a dulce juego,
       Cuando os declare la intención honrosa
       Que se ha de efectuar después que sea
       Abrasada cualquier rica presea.
         Y para entretener por algún hora
       La hambre que ya roe nuestros huesos,
       Haréis descuartizar luego a la hora
       Esos tristes romanos que están presos.
       Y sin del chico al grande hacer mejora,
       Repártase entre todos, que con esos
       Será nuestra comida celebrada
       Por España, cruel, necesitada.
CAR.     Amigos, ¿qué os parece? ¿Estáis en esto?
       Digo que a mí me tiene satisfecho,
       Y que a la ejecución se venga presto
       De un tan extraño y tan honroso hecho.
TEÓG.  Pues yo de mi intención os diré el resto:
       Después que sea lo que digo hecho,
       Vamos a ser ministros todos luego
       De encender el ardiente y rico fuego.
M.1.ª    Nosotras desde aquí ya comenzamos
       A dar con voluntad nuestros arreos,
       Y a las vuestras las vidas entregamos
       Como se han entregado los deseos.
LIRA.  Pues caminemos presto; vamos, vamos,
       Y abrásense en un punto los trofeos
       Que pudieran hacer ricas las manos,
       Y aun hartar la codicia de romanos.

Vanse todos, y salen dos NUMANTINOS.

N.1.°    ¡Derrama, dulce hermano, por los ojos
       El alma en llanto amargo convertida!
       ¡Venga la muerte y lleve los despojos
       De nuestra miserable y triste vida!
N.2.°  Bien poco durarán estos enojos;
       Que ya la muerte viene apercebida
       Para llevar en presto y breve vuelo
       A cuantos pisan de Numancia el suelo.
         En la plaza mayor ya levantada
       Queda un ardiente y cudiciosa hoguera,
       Que de nuestras riquezas menistrada,
       Sus llamas suben a la cuarta esfera.
       Allí, con triste priesa acelerada
       Y con mortal y tímida carrera,
       Acuden todos, como santa ofrenda,
       A sustentar las llamas con su hacienda.
         Allí la perla del rosado #_Oriente_#,
       Y el oro en mil vasijas fabricado,
       Y el diamante y rubí más excelente,
       Y la estimada púrpura y brocado,
       En medio del rigor fogoso ardiente
       De la encendida llama se ha arrojado:
       Despojos que pudieran los romanos
       Hinchir los senos y ocupar las manos.

Aquí salen con cargas de ropa por una parte y éntranse, por otra.

       #_Vuelve al triste espectáculo la vista_#;
       Verás con cuánta priesa y cuánta gana
       Toda Numancia en numerosa vista
       Aguija a sustentar la llama insana;
       Y no con verde leño o seca arista,
       No con materia al consumir liviana,
       Sino con sus haciendas mal gozadas,
       Pues se guardaron para ser quemadas.
N.1.°    Si con esto acabara nuestro daño,
       Pudiéramos llevallo con paciencia;
       Mas, ¡ay!, que se ha de dar, si no me engaño,
       De que muramos todos cruel sentencia.
       ¡Primero que el rigor bárbaro extraño
       Muestre #_en_# nuestras gargantas su inclemencia,
       Verdugos de nosotros nuestras manos
       Serán, y no los pérfidos romanos!
         Han ordenado que no quede alguna
       Mujer, niño ni viejo con la vida,
       Pues al fin la cruel hambre importuna
       Con más fiero rigor es su homicida.

Sale una mujer con una criatura en los brazos y otra de la mano, y
ropa para echar en el fuego.

MADR.    ¡Oh duro vivir molesto!
       ¡Terrible y triste agonía!
HIJO.  Madre, ¿por ventura, habría
       Quien nos diese pan por esto?
MADR.    ¿Pan, hijo? ¡Ni aun otra cosa
       Que semeje de comer!
HIJO.  Pues ¿tengo de fenecer
       De dura hambre rabiosa?
         ¡Con poco pan que me deis,
       Madre, no os pediré más!
MADR.  Hijo, ¡qué pena me das!
HIJO.  ¿Por qué, madre, no queréis?
MADR.    Sí quiero; mas ¿qué haré,
       Que no sé donde buscallo?
HIJO.  Bien podréis, madre, comprallo;
       Si no, yo lo compraré.
         Mas, por quitarme de afán,
       Si alguno conmigo topa,
       Le daré toda esta ropa
       Por un pedazo de pan.
MADR.    ¿Qué mamas, triste criatura?
       ¿No sientes que, a mi despecho,
       Sacas ya del flaco pecho,
       Por leche, la sangre pura?
         Lleva la carne a pedazos,
       Y procura de hartarte,
       Que no pueden ya llevarte
       Mis flacos, cansados brazos.
         Hijos, mi dulce alegría,
       ¿Con qué os podré sustentar,
       Si apenas tengo qué os dar
       De la propia sangre mía?
         ¡Oh hambre terrible y fuerte,
       Cómo me acabas la vida!
         ¡Oh guerra, sólo venida
       Para causarme la muerte!
HIJO.    ¡Madre mía, que me fino!
       Aguijemos. ¿A dó vamos,
       Que parece que alargamos
       La hambre con el camino?
MADR.    Hijo, cerca está la plaza
       Adonde echaremos luego
       En mitad del vivo fuego
       El _peso_ que te embaraza.


JORNADA CUARTA

Tocan al arma con gran priesa, y a este rumor sale CIPIÓN, y IUGURTA,
y MARIO, alborotados.

CIP.     ¿Qué es esto, capitanes? ¿Quién nos toca
       Al arma en tal sazón? ¿Es, por ventura,
       Alguna gente desmandada y loca
       Que viene a demandar su sepoltura?
       Mas no sea algún motín el que provoca
       Tocar al arma en recia coyuntura:
       Que tan seguro estoy del enemigo,
       Que tengo más temor al que es amigo.

Sale QUINTO FABIO con el espada desnuda, y dice:

QUIN.    Sosiega el pecho, general prudente,
       Que ya de esta arma la ocación se sabe,
       Puesto que ha sido a costa de tu gente,
       De aquel en quien más brío o fuerza cabe.
       Dos numantinos con soberbia frente,
       _#Cuyo valor será razón se alabe#_,
       Saltando el ancho foso y la muralla,
       Han movido a tu campo cruel batalla.
         A las primeras guardas envistieron,
       Y en medio de mil lanzas se arrojaron,
       Y con tal furia y rabia arremetieron,
       Que libre paso al campo les dejaron.
       Las tiendas de Fabricio acometieron,
       Y allí su fuerza y _su_ valor mostraron
       De modo, que en un punto seis soldados
       Fueron de agudas puntas traspasados.
         Con presta diligencia discurriendo
       Iban de tienda en tienda, hasta que hallaron
       Un poco de bizcocho, el cual cogieron;
       El paso, y no el furor, atrás tornaron.
       El uno de ellos se escapó huyendo;
       Al otro mil espadas le acabaron,
       Por donde infiero que la hambre ha sido
       Quien les dió atrevimiento tan subido.
CIP.     Si, estando deshambridos y encerrados,
       Muestran tan demasiado atrevimiento,
       ¿Qué hicieran siendo libres y enterados
       En sus fuerzas primeras y ardimiento?
       ¡Indómitos! ¡Al fin seréis domados,
       Porque contra el furor vuestro violento
       Se tiene de poner la industria nuestra,
       Que de domar soberbios es maestra!

Vanse todos.

Sale una mujer, armada con una lanza en la mano y un escudo, que
significa la GUERRA, y trae consigo la ENFERMEDAD y la HAMBRE: la
ENFERMEDAD arrimada a una muleta y rodeada de paños la cabeza, con una
máscara amarilla; y la HAMBRE saldrá con un desnudillo de muerte, y
encima, una ropa de bocací amarilla y una máscara descolorida.

GUERR.   Hambre, Enfermedad, ejecutores
       De mis terribles mandos y severos,
       De vidas y salud consumidores,
       Con quien no vale ruego, mando o fieros,
       Pues ya de mi intención sois sabidores,
       No hay para qué de nuevo encareceros
       De cuánto gusto me será y contento
       Que luego, luego, hagáis mi mandamiento.
         La fuerza incontrastable de los hados,
       Cuyos efectos nunca salen vanos,
       Me fuerzan que de mí sean ayudados
       Estos sagaces mílites romanos.
       Ellos serán un tiempo levantados,
       Y abatidos también estos hispanos;
       Pero tiempo vendrá en que yo me mude,
       Y dañe al alto y al pequeño ayude;
         Que yo, que soy la poderosa Guerra,
       De tantas madres desterrada en vano,
       Aunque quien me maldice a veces yerra,
       Pues no sabe el valor de esta mi mano,
       Sé bien que en todo el orbe de la tierra,
       Seré llevada del valor hispano
       En la dulce ocasión que estén reinando
       Un Carlos, y un Filipo, y un Fernando.
ENF.     Si ya la Hambre, nuestra amiga _querida_.
       No hubiera tomado con instancia
       A su cargo de ser fiera homicida
       De todos cuantos viven en Numancia,
       Fuera de mí _tu_ voluntad cumplida,
       De modo que se viera la ganancia
       Fácil y rica que _el_ romano hubiera,
       Harto mejor de aquello que se espera.
         Mas ella, en cuanto su _poder alcanza_,
       Ya tiene tal el pueblo numantino,
       Que de esperar alguna buena andanza,
       Le ha tomado las sendas y el camino;
       Mas del furor la rigurosa lanza,
       La influencia del contrario sino,
       Le trata con tan áspera violencia,
       Que no es menester hambre ni dolencia.
         El Furor y la Rabia, tus secuaces,
       Han tomado en su pecho tal asiento,
       Que, cual si fuese de romanas haces,
       Cada cual de esa sangre está sediento.
       Muertos, incendios, iras son sus paces;
       En el morir han puesto su contento,
       Y, por quitar el triunfo a los romanos,
       Ellos mesmos se matan con sus manos.
HAMBR.   Volved los ojos, y veréis ardiendo
       De la ciudad los encumbrados techos.
       Escuchad los suspiros que saliendo
       Van de mil tristes, lastimados pechos.
       Oíd la voz y lamentable estruendo
       De bellas damas a quien, ya deshechos
       Los tiernos miembros de ceniza y fuego,
       No valen padre, amigo, amor ni ruego.
         Cual salen las ovejas descuidadas,
       Siendo del fiero lobo acometidas,
       _Andar aquí y allí descarriadas_,
       Con temor de perder las simples vidas,
       Tal niños y mujeres desdichadas,
       Viendo ya las espadas homicidas,
       Andan de calle en calle, ¡oh hado insano!,
       Su cierta muerte dilatando en vano.
       No hay plaza, no hay rincón, no hay calle o casa
       Que de sangre y de muertos no esté llena;
       El hierro mata, el duro fuego abrasa,
       Y el rigor ferocísimo condena.
       Presto veréis que por el suelo tasa
       Hasta la más subida y alta almena,
       Y las casas y templos más preciados
       En polvo y en cenizas son tornados.
         Venid; veréis que _en_ los amados cuellos
       De tiernos hijos y mujer querida,
       Teogenes afila agora y prueba en ellos
       De su espada cruel corte homicida,
       Y cómo ya, después de muertos ellos,
       Estima en poco la cansada vida,
       Buscando de morir un modo extraño,
       Que causó en el suyo más de un daño.
GUERR.   Vamos, pues, y ninguno se descuide
       De ejecutar por eso aquí su fuerza,
       Y a lo que digo sólo atienda y cuide,
       Sin que de mi intención un punto tuerza.

Vanse, y sale TEÓGENES con dos espadas desnudas y ensangrentadas las
manos.

TEÓG.    Sangre de mis entrañas derramada,
       Pues sois aquella de los hijos míos;
       Mano, contra _ti_ mesma acelerada,
       Llena de honrosos y crueles bríos;
       Fortuna, en daño mío conjurada;
       Cielos, de justa piedad vacíos:
       Ofrecedme en tan dura, amarga suerte,
       Alguna honrosa, aunque cercana muerte.
         Valientes numantinos, haced cuenta
       Que yo soy algún pérfido romano,
       Y vengad en mi pecho vuestra afrenta,
       Ensangrentando en él espada y mano.
       Una de estas espadas os presenta
       Mi airada furia y mi dolor insano;
       Que, muriendo en batalla, no se siente
       Tanto el rigor del último accidente.

Vase, y sale CIPIÓN, y IUGURTA, y QUINTO FABIO, y MARIO, y ERMILIO y
otros soldados romanos.

CIP.     Si no me engaña el pensamiento mío,
       O salen mentirosas las señales
       _Que_ habéis visto _en_ Numancia, del estruendo
       Y lamentable son, y ardiente llama,
       Sin duda alguna _que_ recelo y temo
       Que el bárbaro furor del enemigo
       Contra su propio pecho no se vuelva.
       _Ya no parece gente en la muralla_,
       Ni suenan las usadas centinelas;
       Todo está en calma y en silencio puesto,
       Como si en paz tranquila y sosegada
       Estuviesen los fieros numantinos.
MAR.   Presto podrás salir de aquesa duda,
       Porque, si tú lo quieres, yo me ofrezco
       De subir sobre el muro, aunque me ponga
       Al riguroso trance que se ofrece,
       Sólo por ver aquello que en Numancia
       Hacen nuestros soberbios enemigos.
CIP.   Arrima, pues, ¡_oh_ Mario!, alguna escala
       A la muralla, y haz lo que prometes.
MAR.   Id por la escala luego, y vos, Ermilio,
       Haced que mi rodela se me traiga,
       Y la celada blanca de las plumas;
       Que a fe que tengo de perder la vida
       O sacar de esta duda al campo todo.
ERM.   Ves aquí la rodela y la celada;
       La escala vesla allí: la trajo Limpio.
MAR.   Encomiéndame a Júpiter inmenso,
       Que yo voy a cumplir lo prometido.
IUG.   Alza más la rodela, Mario,
       Encoge el cuerpo, y encubre la cabeza.
         ¡Animo, que ya llegas a lo alto!
       ¿Qué ves?
MAR.            !Oh santos dioses! _Y_ ¿qué es esto?
IUG.   ¿De qué te admiras?
MAR.                      De mirar de sangre
       Un rojo lago, y de ver mil cuerpos
       Tendidos por las calles de Numancia,
       De mil agudas puntas traspasados.
CIP.   ¿Qué? ¿No hay ninguno vivo?
MAR.                             ¡Ni por pienso!
       A lo menos, ninguno se me ofrece
       En todo cuanto alcanzo con la vista.
CIP.   Salta, pues, dentro, y mira por tu vida.

Salta MARIO en la ciudad. _Síguele Iugurta y al poco rato_ torna a
salir _el primero_ por la muralla, y dice:

MAR.   En balde, ilustre general prudente,
       Han sido nuestras fuerzas ocupadas.
       En balde te has mostrado diligente,
         Pues en humo y en viento son tornadas
       Las ciertas esperanzas de victoria,
       De tu industria contino aseguradas.
       En lamentable fin la triste historia
       De la ciudad invicta de Numancia
       Merece ser eterna en la memoria;
         Sacado han de su pérdida ganancia;
       Quitádote han el triunfo de las manos,
       Muriendo con magnánima constancia;
         Nuestros disinios han salido vanos,
       Pues ha podido más su honroso intento
       Que toda la potencia de romanos.
         El fatigado pueblo en fin violento
       Acaba la miseria de su vida,
       Dando triste remate al largo cuento.
         Numancia está en un lago convertida,
       De roja sangre y de mil cuerpos llena,
       De quien fué su rigor propio homicida.
         De la pesada y sin igual cadena
       Dura de esclavitud se han escapado
       Con presta audacia, de temor ajena.
         En medio de la plaza levantado
       Está un ardiente fuego temeroso,
       De sus cuerpos y haciendas sustentado.
         Al tiempo llegué a verlo, que el furioso
       Teogenes, valiente numantino,
       De fenecer su vida deseoso,
         Maldiciendo su corto amargo sino,
       En medio se arrojaba de la llama,
       Lleno de temerario desatino,
         Y al arrojarse dijo: "Clara fama,
       Ocupa aquí tus lenguas y tus ojos
       En esta hazaña, que a contar te llama.
         ¡Venid, romanos, ya por los despojos
       Desta ciudad, en polvo y humo vueltos,
       Y sus flores y frutos en abrojos!"
         De allí, con pies y pensamientos sueltos,
       Gran parte de la tierra he rodeado,
       Por las calles y pasos más revueltos,
         Y un solo numantino no he hallado
       Que poderte traer vivo siquiera,
       Para que fueras dél bien informado
         Por qué ocasión, de qué suerte o manera
       Acometieron tan grave desvarío,
       Apresurando la mortal carrera.
CIP.     ¿Estaba, por ventura, el pecho mío
       De bárbara arrogancia y muertes lleno,
       Y de piedad justísima vacío?
         ¿Es de mi condición, por dicha, ajeno
       Usar benignidad con el rendido,
       Como conviene al vencedor que es bueno?
         #_¡Mal_#, por cierto, tenían conocido
       El valor en Numancia de mi pecho,
       Para vencer y perdonar nacido!
QUIN.    Iugurta te hará más satisfecho,
       Señor, de aquello que saber deseas,
       Que vesle vuelve lleno de despecho.

Asómase IUGURTA a la muralla.

IUG.     Prudente general, en vano empleas
       Más aquí tu valor. Vuelve a otra parte
       La industria singular de que te arreas.
         No hay en Numancia cosa en que ocuparte.
       Todos son muertos, y sólo uno #_creo_#
       Que queda vivo para el trunfo darte,
         Allí en aquella torre, según veo.
       Yo vi denantes un muchacho; estaba
       Turbado en vista y de gentil arreo.
CIP.     Si eso fuese verdad, eso bastaba
       Para trunfar en Roma de Numancia,
       Que es lo que más agora deseaba.
         Lleguémonos allá, y haced instancia
       Como el muchacho venga aquestas manos
       Vivo, que es lo que agora es de importancia.

Dice VARIATO, muchacho, desde la torre:

VAR.     ¿Dónde venís, o qué buscáis, romanos?
       Si en Numancia queréis entrar por fuerte,
       Haréislo sin contraste, a pasos llanos;
         Pero mi lengua desde aquí os advierte
       Que yo las llaves mal guardadas tengo
       Desta ciudad, de quien trunfó la muerte.
CIP.     Por ésas, joven, deseoso vengo,
       Y más de que tú hagas insperiencia,
       Si en este pecho piedad sostengo.
VAR.     ¡Tarde, cruel, ofreces tu clemencia,
       Pues no hay con quien usarla: que yo quiero
       Pasar por el rigor de la sentencia
         Que con suceso amargo y lastimero
       De nuestros padres y patria tan querida
       Causó el último fin terrible y fiero!
QUIN.    _#Dime#_: ¿tienes, por suerte, aborrecida,
       Ciego de un temerario desvarío,
       Tu floreciente edad y tierna vida?
CIP.     Tiempla, pequeño joven, templa el brío;
       Sujeta el valor tuyo, que es pequeño,
       Al mayor de mi honroso poderío;
         Que desde aquí te doy la fee y empeño
       Mi palabra, que solo de ti seas
       Tú mismo el propio, el conocido dueño;
         _#Y#_ que de ricas joyas y preseas
       Vivas lo que vivieres abastado,
       Como yo podré darte y tú deseas,
       Si a mí te entregas y te das de grado.
VAR.     Todo el furor de cuantos ya son muertos
       En este pueblo y en polvo reducido,
       Todo _#el huir#_ los pactos y conciertos,
       Ni el dar a sujeción jamás oído,
       Sus iras, sus rancores descubiertos,
       Está en mi pecho solamente unido.
       Yo heredé de Numancia todo el brío;
       Ved, si pensáis vencerme, es desvarío.
         Patria querida, pueblo desdichado,
       No temas, ni imagines que admire
       De lo que debo ser de ti engendrado,
       Ni que promesa o miedo me retire,
       Ora me falte el suelo, el cielo, el hado,
       Ora vencerme todo el mundo aspire;
       Que imposible será que yo _#no#_ haga
       A tu valor la merecida paga.
         Que si a esconderme aquí me trujo el miedo
       De la cercana y espantosa muerte,
       Ella me sacará con más denuedo,
       Con el deseo de seguir tu suerte;
       De vil temor pasado, como puedo,
       Será la enmienda agora osada y fuerte,
       Y el temor de mi edad tierna, inocente
       Pagaré con morir osadamente.
         Yo os aseguro, ¡oh fuertes ciudadanos!,
       Que no falte por mí la intención vuestra
       _#De que no triunfen pérfidos romanos#_,
       Si ya no fuere de ceniza nuestra.
       Saldrán conmigo sus intentos vanos,
       _#Ora#_ levanten contra mí su diestra,
       O me aseguren con promesa incierta
       A vida y a regalos ancha puerta.
         Tened, romanos, sosegad el brío,
       Y no os canséis _#en#_ asaltar el muro;
       Con que fuera mayor el poderío
       Vuestro, de no vencerme estad seguro.
       Pero muéstrese ya el intento mío,
       Y si ha sido el amor perfecto y puro
       Que yo tuve a mi patria tan querida,
       Asegúrelo luego esta caída.

Arrójase el muchacho de la torre, y dice CIPIÓN:

CIP.     ¡Oh! ¡Nunca vi tan memorable hazaña!
       ¡Niño de anciano y valeroso pecho,
       Que, no sólo a Numancia, mas a España
       Has adquirido gloria en este hecho!
       Con tal vida y virtud heroica, extraña,
       Queda muerto y perdido mi derecho.
       Tú con esta caída levantaste
       Tu fama, y mis victorias derribaste.
         Que fuera viva y en su ser Numancia,
       Sólo porque vivieras me holgara;
       Tú solo me has llevado la ganancia
       Desta larga contienda, ilustre y rara;
       Lleva, pues, niño, lleva la ganancia
       Y la gloria que el cielo te prepara,
       Por haber, derribándote, vencido
       Al que, subiendo, queda más caído.



PEDRO DE URDEMALAS


JORNADA PRIMERA

Salen MARTÍN CRESPO, alcalde, _#recién elegido; su mozo Pedro de
Urdemalas#_ y SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO, regidores.

TAR.     Plácenos, Martín Crespo, del suceso;
       Desechéisla por otra de brocado,
       Sin que jamás un voto os salga avieso.
ALC.     Diego Tarugo, lo que me ha costado
       Aquesta vara, sólo Dios lo sabe,
       Y mi vino y capones y ganado.
         El que no te conoce, ese te alabe,
       deseo de mandar.
SANCH.                 Yo aqueso digo;
       Que sé que en él todo cuidado cabe.
         Véala yo en poder de mi enemigo,
       Vara que es por presentes adquirida.
ALC.   Pues ahora la tiene un vuestro amigo.
SANCH.   De vos, Crespo, será tan bien regida,
       Que no la doble dádiva ni ruego.
ALC.   No, juro a mí, mientras tuviere vida.
         Cuando mujer me informe, estaré ciego;
       Al ruego del hidalgo, sordo y mudo;
       Que a la severidad todo me entrego.
TAR.     Ya veo en vuestro tiempo, y no lo dudo,
       Sentencias de Salmón, el rey discreto,
       Que el niño dividió con hierro agudo.
ALC.     Al menos de mi parte, yo prometo
       De arrimarme a la ley en cuanto pueda,
       Sin alterar un mínimo decreto.
SANCH.   Como yo lo deseo, así suceda,
       Y adiós.
ALC.           Fortuna os tenga, Sancho Macho,
       En la empinada cumbre de su rueda.
TAR.     Sin que el temor o amor os ponga empacho,
       Juzgad, Crespo, terrible y brevemente,
       Que la tardanza en toda cosa tacho;
       Y adiós quedad.
ALC.                  En fin, sois buen pariente.

Entranse SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO.

         Pedro, que escuchando estás,
       ¿Cómo de mi buen suceso
       El parabién no me das?
       Ya soy alcalde y confieso
       Que lo seré por demás,
         Si tú no me das favor,
       Y muestras algún primor
       Con que juzgue rectamente;
       Que te tengo por prudente,
       Más que a un cura y a un doctor.
PEDR.    Es aqueso tan verdad,
       Cual lo dirá la experiencia,
       Porque con facilidad
       Luego os mostraré una ciencia,
       Que os dé nombre y calidad.
         Llegaraos Licurgo apenas,
       Y la celebrada Atenas
       Callará sus doctas leyes:
       Envidiaros han los reyes
       Y las escuelas más buenas.
         Yo os meteré en la capilla
       Dos docenas de sentencias
       Que al mundo den maravilla,
       Todas con sus diferencias
       Civiles o de rencilla;
         Y la que primero a mano
       Os viniere, está bien llano
       Que no ha de haber más que ver.
ALC.   Desde hoy más, Pedro, has de ser,
       No mi mozo, mas mi hermano.
         Ven, y mostrarásme el modo
       Como yo ponga en efeto
       Lo que has dicho, en parte, o todo.
PEDR.  Pues más cosas te prometo.
ALC.   A cualquiera me acomodo.

Entranse el ALCALDE y PEDRO.

Salen otra vez SANCHO MACHO y TARUGO.

SANCH.   Mirad, Tarugo, bien siento,
       Que aunque el parabién le distes
       A Crespo de su contento,
       Otro paramal tuvistes
       Guardado en el pensamiento;
         Porque, en efeto, es mancilla
       Que se rija aquesta villa
       Por la persona más necia
       Que hay desde Flandes a Grecia,
       Y desde Egipto a Castilla.
TAR.     Hoy mostrará la experiencia,
       Buen regidor Sancho Macho,
       Adónde llega la ciencia
       De Crespo, a quien yo no tacho
       Hasta la primera audiencia;
         Y pues agora ha de ser,
       Soy, Macho, de parecer,
       Que le oigamos.
SANCH.                Sea así,
       Aunque tengo para mí
       Que un simple en él se ha de ver.

Entran LAGARTIJA y HORNACHUELOS, labradores.

HORN.    ¿De quién, señores, sabremos
       Si el alcalde en casa está?
TAR.   Aquí los dos le atendemos.
LAG.   Señal es que aquí saldrá.
SANCH. Tan cierta, que ya le vemos.

Salen el ALCALDE y REDONDO, escribano, y PEDRO.

ALC.     ¡Oh valientes regidores!
RED.   Siéntense vuesas mercedes.
ALC.   Sin ceremonia, señores.
TAR.   En cortés exceder puedes
       A los corteses mayores.
ALC.     Siéntese aquí el escribano,
       Y a mi izquierda y diestra mano
       Los regidores estén;
       Y tú, Pedro, estarás bien
       A mis espaldas.
PEDR.                 Es llano.
       Aquí en tu capilla están
       Las sentencias suficientes
       A cuantos pleitos vendrán,
       Aunque nunca pares mientes
       A la relación que harán.
         Y si alguna no estuviere,
       A tu asesor te refiere;
       Que yo lo seré de modo
       Que te saque bien de todo,
       Y sea lo que se fuere.
RED.     ¿Quieren algo, señores?
LAG.                            Sí querríamos.
RED.   Pues digan, que aquí está el señor alcalde,
       Que les hará justicia rectamente.
ALC.   Perdónemelo Dios lo que ahora digo,
       Y no me sea tomado por soberbia:
       Tan tiestamente pienso hacer justicia,
       Como si fuese un sonador romano.
RED.   _Senador_, Martín Crespo.
ALC.                          Allá va todo.
       Digan su pleito apriesa y brevemente;
       Que apenas me le habrán dicho, en mi ánima,
       Cuando les dé sentencia rota y justa.
RED.   _Recta_, señor alcalde.
ALC.                        Allá va todo.
HORN.  Prestóme Lagartija tres reales;
       Volvíle dos; la deuda queda en uno,
       Y él dice que le debo cuatro justos:
       Este es el pleito, brevedad, y dije.
       ¿Es aquesto verdad, buen Lagartija?
LAG.   Verdad; pero yo hallo por mi cuenta,
       O que yo soy un asno, o que Hornachuelos
       Me queda a deber cuatro.
ALC.                           ¡Bravo caso!
LAG.   No hay más en nuestro pleito, y me rezumo
       En lo que sentenciare el señor Crespo.
RED.   Rezumo por _resumo_: allá va todo.
ALC.   ¿Qué decís vos a esto, Hornachuelos?
HORN.  No hay que decir: yo en todo me arremeto
       Al señor Martín Crespo.
RED.                         _Me remito_,
       Pese a mi abuelo.
ALC.                    Dejadle que arremeta;
       ¿Qué se os da a vos, Redondo?
RED.                                A mí nonada.
ALC.   Pedro, sácame, amigo, una sentencia
       Desa capilla, la que está más cerca.
RED.   Antes de ver el pleito ¿hay ya sentencia?
ALC.   Ahí se podrá ver quién es Callejas.
PEDR.  Léase esta sentencia, y punto en boca.
RED.   "En el pleito que tratan N. y F..."
PEDR.  Zutano con Fulano significan
       La N. con la F. entre dos puntos.
RED.   Así es verdad, y digo, "que en el pleito
       Que trata este Fulano con Zutano,
       Que debo condenar, fallo y condeno
       Al dicho puerco de Zutano a muerte,
       Porque fué matador de la criatura
       Del ya dicho Fulano". Yo no atino
       Qué disparate es éste deste puerco,
       Y de tantos Fulanos y Zutanos;
       Ni sé cómo es posible que esto cuadre
       Ni esquine con el pleito de estos hombres.
ALC.   Redondo está en lo cierto: Pedro amigo,
       Mete la mano y saca otra sentencia;
       Podría ser que fuese de provecho.
PEDR.  Yo, que soy asesor vuestro, me atrevo
       De dar sentencia luego cual convenga.
LAG.   Por mí, mas que la dé un jumento nuevo.
SANCH. Digo que el asesor es extremado.
HORN.  Sentencia, norabuena.
ALC.                        Pedro, vaya,
       Que en tu magín mi honra deposito.
PEDR.  Deposite primero Hornachuelos,
       Para mí el asesor, doce reales.
HORN.  Pues sola la mitad importa el pleito.
PEDR.  Así es verdad; que Lagartija el bueno
       Tres reales de a dos os dió prestados,
       Y destos le volvistes dos sencillos,
       Y por aquesta cuenta debéis cuatro,
       Y no, cual decís vos, no más de uno.
LAG.   Ello es ansí, sin que le falte cosa.
HORN.  No lo puedo negar, vencido quedo,
       Y pagaré los doce con los cuatro.
RED.   Ensúciome en Catón y en Justiniano,
       ¡Oh Pedro de Urde, montañés famoso,
       Que así lo muestra el nombre y el ingenio!
HORN.  Yo voy por el dinero, y voy corrido.
LAG.   Yo me contento con haber vencido.

Entranse LAGARTIJA y HORNACHUELOS.

Salen CLEMENTE y CLEMENCIA, _#hija de Martín Crespo#_, como pastor y
pastora, embozados.

CLEM.  Permítase que hablemos embozados
       Ante tan justiciero ayuntamiento.
ALC.   Mas que habléis en un costal atados,
       Porque a oír, y no a ver, aquí me siento.
CLEM.  Los siglos, que renombre de dorados
       Les dió la antigüedad, con justo intento,
       Ya se ven en los nuestros, pues que vemos
       En ellos de justicia los extremos.
       Vemos un Crespo alcalde.
ALC.                           Dios os guarde.
       Dejad aquesas lonjas a una parte.
RED.   _Lisonjas_ decir quiso.
ALC.                        Y porque es tarde,
       De vuestro intento en breve nos dad parte.
CLEM.  Con verdadera lengua, cierto alarde
       Hace de lo que quiero, parte a parte.
ALC.   Decid; que ni soy sordo, ni lo he sido.
CLEM.  Desde mis tiernos años,
       De mi fatal estrella conducido.
       Sin las nubes de engaños,
       El sol, que en este velo está escondido,
       Miré para adoralle,
       Porque esto hizo el que llegó a miralle.
         Sus rayos se imprimieron
       En lo mejor del alma, de tal modo,
       Que en sí la convirtieron.
       Todo soy fuego, yo soy fuego todo,
       Y con todo, me hielo,
       Si el sol me falta, que me eclipsa un velo.
         Grata correspondencia
       Tuvo mi justo y mi cabal deseo;
       Que amor me dió licencia
       A hacer de mi alma rico empleo.
       En fin, esta pastora,
       Así como la adoro, ella me adora.
         A hurto de su padre,
       Que es de su libertad duro tirano,
       Que ella no tiene madre,
       De esposa me entregó la fe y la mano
       Y agora, temerosa
       Del padre, no confiesa ser mi esposa.
         Teme que el padre rico
       Se afrente de mi humilde medianía,
       Porque hace el pellico
       Al monje en esta edad de tiranía.
       El me sobra en riqueza,
       Pero no en la que da naturaleza.
         Como él, yo soy tan bueno:
       Tan rico no; y a su riqueza igualo
       Con estar siempre ajeno
       De todo vicio perezoso y malo,
       Y entre buenos es fuero
       Que valga la virtud más que el dinero.
         Pido que ante ti vuelva
       A confirmar el sí de ser mi esposa,
       Y en serlo se resuelva,
       Sin estar de su padre temerosa,
       Pues que no aparta el hombre
       A los que Dios juntó en su gracia y nombre.
ALC.     ¿Qué respondéis a esto,
       Sol, que entre nubes se cubrió a deshora?
CLEM.  Su proceder honesto
       La tendrá muda, por mi mal, agora;
       Pero señales puede
       Hacer, con que su intento claro quede.
ALC.     ¿Sois su esposa, doncella?
PEDR.  La cabeza bajó; señal bien clara
       Que no lo niega ella.
SANCH. Pues ¿en qué, Martín Crespo, se repara?
ALC.   En que de mi capilla
       Se saque la sentencia, y en oílla.
         Pedro, sácala al punto.
PEDR.  Yo sé que ésta saldrá pintiparada,
       Porque, a lo que barrunto,
       Siempre fué la verdad acreditada
       Por atajo o rodeo,
       Y esta sentencia lo dirá que leo.

Saca un papel de la capilla, y léele Pedro.

       "Yo, Martín Crespo, alcalde, determino
       Que sea la pollina del pollino."
RED.     Vaso de suertes es vuestra capilla:
       Y ésta que ha sido agora pronunciada,
       Aunque es para entre bestias, maravilla,
       Y aun da muestras de ser cosa pensada.
CLEM.    El alma en Dios, y en tierra la rodilla,
       La vuestra besaré, como a extremada
       Coluna que sustenta el edificio
       Donde moran las ciencias y el juicio.
ALC.     Puesto que redundara esta sentencia,
       Hijo, en haberos dado el alma mía,
       Porque no es otra cosa mi Clemencia,
       Me fuera de gran gusto y alegría;
       Y alégrenos agora la presencia
       Vuestra, que está en razón y en cortesía,
       Pues ya lo desleído y sentenciado
       Será sin duda alguna ejecutado.
CLEM.    Pues con ese seguro, padre mío,
       El velo quito y a tus pies me postro.
       Mal haces en usar deste desvío,
       Pues soy tu hija y no espantable monstro;
       Tú has dado la sentencia a tu albedrío,
       Y si es injusta, es bien que te dé en rostro;
       Pero si justa es, haz que se apruebe,
       Con que a debida ejecución se lleve.
ALC.     Lo que escribí, escribí: bien dices, hija;
       Y así, a Clemente admito por mi hijo,
       Y el mundo deste proceder colija,
       Que más por ley que por pasión me rijo.
SANCH.   No hay alma aquí que no se regocija
       De vuestro no pensado regocijo.
TAR.   Ni lengua que a Martín Crespo no alabe
       Por hombre ingeniosísimo y que sabe.



INDICE
                                                           PÁGS.

        LA GITANILLA                                          5

        LA ILUSTRE FREGONA                                   65

        HISTORIA DE LOS TRABAJOS DE PERSILES Y SIGISMUNDA   119

        NOVELA Y COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE CIPIÓN Y BERGANZA  181

        EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS                        213

        EL CERCO DE NUMANCIA                                231

        PEDRO DE URDEMALAS                                  275





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Novelas y teatro" ***

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