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Title: La niña robada
Author: Conscience, Hendrik, 1812-1883
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La niña robada" ***

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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

H. CONSCIENCE

LA NIÑA ROBADA

BUENOS AIRES

1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires



LA NIÑA ROBADA



I


La mañana era hermosa; el cielo estaba claro y profundo como un mar
azul; el sol desprendía del follaje de las encinas un perfume penetrante
que dilataba los pulmones y daba bienestar al corazón.

Catalina salió de su choza y se adelantó hasta la orilla del bosque, por
un sendero que, dando varios circuitos, conducía a la calzada de la
aldea de Orsdael.

Aunque caminase muy ligero, iba mirando al suelo como una persona cuyo
espíritu está oprimido por el peso de alguna inquietud. Y hasta de
cuando en cuando meneaba la cabeza, volviendo los ojos hacia el
castillo, con expresión de tristeza. Pensaba, sin duda, en la suerte de
Marta Sweerts, en las sangrientas afrentas que tenía que sufrir todos
los días, en la inutilidad de los esfuerzos para descubrir el
impenetrable secreto.

Cuando llegó a la carretera, advirtió al intendente que iba unos cien
pasos delante de ella. Esto la alegró porque no había visto a Marta
desde hacía una semana. Esperaba que si podía entrar en conversación con
Mathys, sabría noticias de su amiga, y quizá esta ocasión le permitiría
decirle algunas palabras en su favor.

Apresuró el paso hasta que alcanzó al intendente. Cuando estuvo a su
lado le dijo en tono cortés, casi acariciador:

--Buen día, señor Mathys. ¡Qué cielo tan claro! ¡Qué aire tan puro!
Parece que uno se sintiera rejuvenecido, ¿verdad?

--Sí, hace buen tiempo... Buenos días--murmuró Mathys sin mirar a la
campesina.

Dicho esto, acortó el paso como si quisiera quedarse más atrás.

--Perdone, señor intendente, que me atreva a hacerle una pregunta: mi
respeto, mi afecto por usted son mi disculpa. Parecéis estar enfermo,
pero confío que no será nada.

--No estoy enfermo--respondió Mathys refunfuñando.

--¿Quizá tendréis un disgusto o habréis sido también objeto de una
injusticia?

--Sí, he tenido un disgusto y estoy incomodado. Vos, Catalina, habéis
contribuído a ello más que nadie; pero quiero creer que vos, lo mismo
que yo, habréis sido engañada por una falsa apariencia.

--¡Que yo soy la causa de vuestra tristeza!--exclamó la campesina con
sorpresa--. ¡Imposible, señor intendente!

--¿No me ha hecho en toda ocasión elogios exagerados de la nueva aya?
¿No me habéis pintado a vuestra amiga como una mujer buena, atenta y
amable? ¿No llegasteis hasta hacerme creer vos misma que estaba
agradecida a mi amistad y me tenía algún afecto?

--¿Y no es así, señor?

--Callaos, Catalina; el aya es orgullosa, mal educada y colérica. Al
principio supo disimular sus defectos; pero ahora apenas si se digna
responderme. Tiene un humor áspero y sombrío. Casi estoy por creer,
cuando reflexiono respecto de su conducta arrogante, que me mira como su
sirviente. Para protegerla contra la condesa, me expongo de la mañana a
la noche a sufrir altercados y disgustos... ¡Y ser recompensado por un
frío desdén! No, no, esto no puede continuar. Hace demasiado tiempo que
dejo turbar mi tranquilidad en beneficio de una ingrata. ¡Es preciso que
parta de Orsdael!

Sorprendida y profundamente conmovida por estas palabras, Catalina
inclinó la cabeza y escuchaba temblando. Quizá estaba absorbida en sus
pensamientos y trataba de encontrar un medio de desviar el golpe fatal
que amenazaba a su desgraciada amiga. Mathys, satisfecho de haber
encontrado motivo para dar rienda suelta a su mal humor, prosiguió:

--¿Os parece advertir en mi fisonomía que estoy disgustado? Pues bien,
sí, tengo motivos para estarlo. Cómo ha sucedido esto, no lo sé; pero
desde la primera vez que vi a Marta, se despertó en mí un sincero afecto
por ella. La he protegido y defendido sin cesar, hice cuanto pude por
serle agradable. ¿Qué pedía yo en recompensa? Un poco de amistad, nada
más... y ella, ella parece temerme u odiarme. Eso me da pena; pero ahora
se acabó, empiezo a detestarla. ¿Sabéis qué pensaba, Catalina, cuando
vinisteis a interrumpirme? Me preguntaba si despediría mañana mismo al
aya o si tendría paciencia ocho días más. Es natural que esta idea os
entristezca; pero reconoceréis, sin duda, que os habéis engañado tanto
como yo respecto al carácter de vuestra amiga... ¿Qué os pasa? ¿Por qué
me miráis con esa expresión tan extraña, Catalina?

La campesina tenía los ojos fijos en él, con una expresión de dolor y de
compasión, meneando la cabeza silenciosamente.

--No os comprendo--murmuró Mathys sorprendido--. ¿Qué significa esa
triste sonrisa?

--No me atrevo a hablar--murmuró Catalina suspirando--. Puede que
traicionara un secreto que mi pobre amiga quiere mantener oculto; pero,
creedme, señor intendente, vuestro despecho no es fundado. Si pudierais
leer en el corazón de Marta, quizá reconoceríais a vuestra vez hasta qué
punto vuestro espíritu se aleja de la verdad.

--Sí, vais a contarme otra vez la misma canción; pero es inútil. No os
imagináis su conducta para conmigo; no veis su frialdad despreciativa.
Es preciso que se marche del castillo, mi tranquilidad exige que se
vaya; no quiero dejarme despreciar por alguien que, a no ser por mí, no
hubiera puesto nunca los pies en Orsdael.

--¿Y si su frialdad no fuera más que una simulación para ocultar un
sentimiento que se reprocha a sí misma?

--¡Un sentimiento que se reprocha a sí misma!--repitió Mathys
sorprendido--. ¿Un sentimiento de amor?

--Así parece.

--¿Por quién?

--¡Ah! ése es mi secreto.

--Os reís seguramente, Catalina. Pero es igual, acortad un poco el paso.
Explicadme lo que creéis saber.

La campesina fingió asustarse de una revelación importante. Se detuvo,
miró a su rededor para ver si nadie los escuchaba, y dijo con voz
vacilante:

--Yo no sé si hago bien en tratar de penetrar lo que pasa en el corazón
de mi amiga; pero también a vos os debo considerar y no quiero dejaros
en un error que os entristece. Debéis saber que Marta tiene principios
muy severos respecto de la virtud de las mujeres, y que, su corazón es
todavía puro y sencillo como el de una niña de veinte años.

--¡Cómo! pretenderíais hacerme creer...

--Es muy natural, señor. Ha sido criada en un convento y no salió de él
más que para casarse con un hombre viejo ya, que ella no conocía casi.
Su marido murió poco tiempo después. ¿Os dais cuenta? Es como si no
hubiese estado casada nunca.

--Pero eso, ¿qué tiene que ver conmigo? Sed más clara; ¿adónde queréis
llegar?

--Hago cuanto puedo, señor, para que adivinéis lo que no me atrevo a
deciros abiertamente. Escuchad todavía un momento con paciencia, os lo
ruego... Quizá ya lo hayáis olvidado; pero cuando se es joven o se
conserva el corazón joven, hay momentos en la vida en que se sueña
noche y día, en que la misma imagen está sin cesar ante nuestros ojos,
en que se lucha en vano contra un sentimiento que se quería sofocar,
pero cuyo poder nos domina con una tiranía implacable. Entonces uno se
vuelve triste, y la persona cuya presencia nos impresiona es aquella a
que demostramos frialdad para ocultarle el secreto de nuestra debilidad.

Catalina, a propósito, había hablado lentamente y en tono misterioso.
Quería hacer impresión en el espíritu de Mathys, y despertar en su
corazón, por medio de palabras ambiguas, una esperanza que fuera un
obstáculo a la partida de Marta. Parecía haber ya conseguido en parte su
objeto, porque una sonrisa había plegado los labios del intendente, y
durante algún tiempo bajó los ojos con aire pensativo. Sin embargo,
sacudió de nuevo la cabeza con desconfianza.

--¿Qué significa esto?...--dijo irónicamente--. Esas sólo son
conjeturas que no prueban nada. ¿Sabéis acaso algo más? ¿Por qué os
detenéis a medio camino? Acabad de una vez.

--Pues bien, el hombre cuya imagen está siempre delante de sus ojos, el
hombre que ha interesado tan profundamente su corazón, el hombre a quien
ama con toda la fuerza tímida de su primer amor...

--¡Acabad, pues!

--¿Si fuerais vos, señor intendente?

--¿Yo? ¡Bah! ¡es imposible!--exclamó Mathys, que ocultaba con pena su
emoción y fingió completa incredulidad para arrancar a Catalina el
secreto cuya revelación debía colmarle de alegría--. ¿Marta no es
insensible a mi amistad? Vamos, hablemos claramente. ¿Marta me ama? ¿Os
lo ha dicho?

--Una mujer, una mujer honesta y pura como Marta, nunca dice semejantes
cosas...

--¿Cómo podéis saberlo entonces?

--El aya tiene mucha confianza en mí, señor; harto he comprendido por
sus palabras que su espíritu es presa de una pasión secreta. Y como
siempre habla de vuestra amabilidad y de vuestra amistad, creo poder
deducir que es en vos en quien piensa.

Una sonrisa irónica apareció en los labios de Mathys, aunque creyera
interiormente en la sinceridad de Catalina, y aunque estuviera inclinado
a embriagarse en la esperanza halagadora que, por cálculo, ella le había
hecho sorber gota a gota.

--¿De manera que ella no os ha dicho nada?--preguntó con expresión
indiferente--. Eso no es más que una sospecha. Seguid vuestro camino,
Catalina; tengo que ir hasta la aldea, pero no camino tan ligero como
vos.

Entristecida por el fracaso aparente de su tentativa, Catalina le dijo
con voz suplicante:

--Puedo preguntaros, señor intendente, ¿qué es lo que habéis decidido
respecto de mi amiga? ¡Ah, tenedle compasión! Si le quitáis vuestra
generosa protección no tendrá ningún recurso de vida, y quizá se vea
reducida a ser sirvienta en una casa humilde. ¡Una mujer de nacimiento
tan distinguido, y tan bien educada! ¿Puedo confiar en vuestra bondad,
señor?

--Dentro de dos días se habrá marchado--respondió el intendente que
creía que Catalina sabía más de lo que había dicho, y que el temor le
induciría a hacer una declaración más completa.

--¡Tened lástima, señor!--exclamó la campesina con verdadera inquietud.

--Nada de lástima; su ingratitud tiene que ser castigada; quiero
recuperar mi tranquilidad.

Catalina siguió durante algún tiempo indecisa; era evidente que luchaba
contra un sentimiento doloroso; pero de pronto exhaló un profundo
suspiro; acercó la boca al oído del intendente, y balbució con voz
agitada:

--¡Vos lo habéis querido! Me arrancáis el secreto de mi desgraciada
amiga... Pues bien, sí, os ama, piensa en vos, y ese amor irresistible
es la causa de su pena. Me lo ha dicho y repetido más de una vez,
derramando abundantes lágrimas. ¿Estáis contento ahora, señor?

El intendente tomó ambas manos de la campesina, y, mirándola en los ojos
con una alegría casi insensata, exclamó:

--¡Oh Catalina! ¡Catalina! repetídmelo, afirmádmelo una vez más. ¿De
veras, esa frialdad es sólo la máscara de un amor secreto? ¿Me ama
Marta, de veras, con sinceridad de un alma pura...? ¿Estáis bien cierta
de esto, en verdad? ¿Ella misma os lo ha dicho de un modo claro y
distinto, que haga imposible toda equivocación?

--Ay, señor--suspiró Catalina con una tristeza verdadera--, ¿por qué me
habéis arrancado esta revelación? No voy a ser capaz de mostrarme a los
ojos de mi amiga después de semejante deslealtad.

--Pero no, os alarmáis sin motivo. Marta, por el contrario, debe estaros
agradecida. Sin vos yo hubiera cometido una injusticia; mañana mismo
habría recibido la orden de dejar Orsdael para siempre.

--Y ahora, ¿quién sabe si se quedará?

--Ahora se quedará, y si la condesa quisiera hacerle la vida demasiado
amarga y no la tratara bien, yo soy capaz de todo por defenderla. Podéis
estar tranquila, os recompensaré a vos también; los honorarios de
vuestro marido serán aumentados; tendréis más tierras que cultivar.
Seguid, Catalina; ahora me siento más ágil y con el corazón más
contento. Mientras vamos andando volveremos a hablar de este asunto.

Volvieron a ponerse en marcha. El intendente siguió demostrando su
alegría. Cuanto antes trataría de hablar a Marta y pedirle perdón por
sus sospechas mal fundadas, y hacerle comprender por medio de palabras
buenas que conocía la causa de su pesar.

Catalina no hacía más que suspirar mientras él hablaba.

--¿Qué es lo que os apena tanto?--le preguntó--. Parece que tuvierais
ganas de llorar.

Catalina estaba muy triste, en efecto. Para salvar a su amiga amenazada,
había tenido que recurrir a una mentira peligrosa. ¿Qué iba a suceder
ahora; si el intendente, alentado por la falsa revelación, se ponía a
asediar a Marta con su afecto más vivamente que nunca? La áspera acogida
con que lo recibiría lo llenaría de enojo, y la viuda sería
inexorablemente despedida. Catalina no sabía qué hacer; su única
esperanza era conseguir que aquel hombre presuntuoso se condujera con
Marta respetuosa y moderadamente. El le repitió su pregunta:

--¿Por qué estáis tan afligida?

--Vuestras palabras me asustan, señor--le respondió--. Tenéis la
intención de declararle a mi pobre amiga que sentís afecto por ella y
que sabéis que su corazón no es indiferente a vuestra amistad. ¡Por
Dios os pido evitadle esa vergüenza! No la hagáis sonrojarse en vuestra
presencia; huiría indudablemente de Orsdael...

--¡Cómo es eso!--murmuró Mathys--, ahora sí que no os comprendo. Me ama,
yo la amo; no se atreve a decírmelo; quiero hacer lo posible para que la
confesión sea ligera y fácil, y eso la haría huir como si fuera objeto
de un sangriento ultraje. ¿Qué significa eso? ¿hay acaso otros secretos
que yo no conozco?

--No, señor intendente, no hay otros; pero tenéis que ser justo y
reconocer la delicadeza de vuestra posición delante de mi pobre amiga.
¿Qué sois para ella? Un amo que le demuestra amistad; y ella no es para
vos, ¿verdad?, más que una sirvienta que os debe obediencia. Es, pues,
natural que haga esfuerzos para ocultar un sentimiento que debe
inspirarle temor y vergüenza.

El intendente bajó la cabeza y sonrió a sus propios pensamientos, como
si aquellas palabras hubiesen determinado en su espíritu una reflexión
brusca.

--Sería generoso de vuestra parte--continuó Catalina--, que
considerarais de vuestra parte la timidez de Marta. No podréis darle
mayor prueba de afecto que contentaros con la revelación que me habéis
arrancado... Por Dios, señor, os lo ruego, no le habléis de amor.
Ofenderíais su honesta reserva, y no debo ocultároslo, y se marcharía de
Orsdael para preservar su honor de toda apariencia de debilidad.

--Está bien, Catalina, podéis estar tranquila; conozco un medio seguro
de salvar todas las dificultades--dijo victoriosamente Mathys--. Mañana,
probablemente, el aya os traerá la noticia de que me ha confesado su
afecto sin haber temblado ni sonrojado.

La campesina lo miró con sorpresa.

--Es bien sencillo--exclamó--, voy a proponerle que se case conmigo...
¿Por qué lanzáis ese grito de inquietud? Os he comprendido. Mientras
Marta no sea para mí más que una sirvienta, tiene que sonrojarse de su
amor; pero así que tenga la certidumbre de ser mi mujer, tendrá, por el
contrario, mil razones para estar orgullosa de mi amistad. ¿No es ése
vuestro modo de pensar?

--Sí, sí--balbució Catalina estremeciéndose--. Pero, ¿acaso queréis
proponerle el matrimonio tan pronto, mañana mismo?

--¿Para qué esperar y prolongar su tristeza? Ese era desde hace tiempo
mi propósito. Después de la feliz seguridad que me habéis dado, no tengo
por qué vacilar.

--Creo que eso la llenará de felicidad... pero... pero, ¿y si por
casualidad no aceptara?

--¿Si no aceptara?--repitió el intendente con una mueca de
desconfianza--sería la prueba de que me habéis engañado, Catalina, y
claro que después de este ultraje, no soportaría ni un momento su
presencia en el castillo. Pero ¡bah! ¡bah! no es posible que me rechace.
Este casamiento debe hacerla feliz, yo poseo una linda fortunita, Marta
no tendría que servir a nadie y pasaría una vida fácil y agradable...

Catalina caminó silenciosamente durante algún tiempo mientras Mathys se
restregaba las manos y se entregaba a rientes reflexiones. La campesina
se detuvo de pronto a la entrada de un sendero.

--Disculpadme, señor intendente, es muy honroso para la mujer de un
pobre guardabosque ir a la aldea así, en compañía de su amo, pero es
preciso pasar allá por la pequeña huerta para comprar lino para la
cortijera que me espera a las nueve.

--Está bien, Catalina, os doy los buenos días. Pasado mañana, el aya os
hará saber que va a ser la esposa legítima de Mathys. Será una alegre
boda, y como me habéis sido útil en este asunto, haré de modo que
asistáis a ella. Hay tras de vuestra casa, cerca del bosque, un retazo
en que hubo cebada. Desde mañana podéis cultivarla, os la doy en
locación.

La campesina balbuceó un agradecimiento, y se alejó por el sendero que
estaba cercado de zarzas a ambos lados. Caminaba muy lentamente y
echaba, de cuando en cuando, una mirada a través del follaje, para ver
si el intendente no había llegado a la vuelta del camino. Así que lo vió
desaparecer tras el ángulo del bosque, se volvió hacia el camino y se
dirigió a pasos precipitados al castillo.

Estaba asustada y triste; el corazón le latía con violencia.

¡Qué imprudencia había cometido! Reducida por la necesidad a emplear un
medio extremo, creyó que debía salvar a su amiga de una mentira, y ahora
esa mentira se iba a volver contra ella para asestarle un golpe
irreparable y hacerla echar de Orsdael.

Al caminar se hablaba a sí misma y se torturaba el espíritu a fin de
reparar, si era posible, el mal que había hecho involuntariamente. No
le quedaba más esperanza que decidir a Marta a representar hasta el fin
su triste comedia con el intendente. Catalina sabía bien que su amiga
acogería ese consejo con horror, tanto más cuanto que había sorprendido
por sus palabras que el odio del aya hacia él no había hecho sino
aumentar; pero, ¿qué hacer contra un concatenamiento de circunstancias
fatales? Y puesto que Marta había emprendido una lucha legítima contra
los ladrones y verdugos de su hija, ¿por qué retrocedería ante el papel
que tenía que proseguir, cuando la libertad de su pobre Laura podía ser
el precio de ese nuevo sacrificio?

Catalina llegó pronto al llano en medio del cual se levantan las torres
de Orsdael, y, desde la elevación en que se encontraba, miró hacia todos
los lados. De pronto lanzó una exclamación de alegría y de sorpresa.
Veía al aya sentada con Elena en un banco del jardín, detrás del
castillo.

Estaban completamente solas; allí sólo estaba el jardinero, y estaba
trabajando a una gran distancia.

La campesina acortó el paso, afectó un aire indiferente, y se puso a
avanzar despacio, como si se paseara, hacia el cerco y penetró en él.
Desde lejos hizo un llamado premioso al aya. Esta, sorprendida por
aquellos ademanes insólitos, se levantó y le dijo a la señorita:

--Elena, quédate aquí en el banco, Catalina tiene algo importante que
decirme, finge que no la has visto.

--Está bien, mi buena Marta--respondió la joven--, no me moveré de aquí.

La campesina avanzó silenciosamente por el sendero, y se aproximó a la
viuda, que se había ido a sentar en un banco algo apartado, vuelto de
espaldas al castillo.

--Siéntese a mi lado, Catalina--le dijo--, y hábleme despacio, pues el
bosque puede ocultar espías. ¿Qué os pasa? Tenéis los ojos llorosos.

--Sí, el corazón oprimido por el espanto. Vais a pasar por una prueba
suprema, Marta, y tiemblo al pensar que os falten las fuerzas
necesarias.

--¿Qué nuevo dolor me espera? No importa, mi valor no sucumbirá.

--¡Fatales ilusiones!--suspiró la campesina--. Sois tan dichosa en poder
saborear el amor de vuestra hija, que lo olvidáis todo y no hacéis más
esfuerzo para librarla de su triste esclavitud. Me temo que vuestra
debilidad y vuestra imprevisión van a ser causa de una gran desgracia.

--¡Qué infundado es vuestro reproche, Catalina! No transcurre un minuto
que yo no tenga presente el fin sagrado que me he propuesto.

--Lo creo, pero desde hace algunas semanas os negáis a hacer sacrificios
para conseguirlo. Habéis tratado al señor Mathys con una frialdad tan
altanera que ha acabado por declarar su intención de alejaros del
castillo mañana mismo.

--¡Dios mío!--exclamó la viuda con voz ahogada--. ¡Verme separada quizás
para siempre de mi desgraciada hija! Y no sé nada aún; nada, sino que no
tengo derechos para hacer reconocer mis derechos maternos.

--Tened paciencia, Marta, todo depende de vuestra voluntad y resolución
de espíritu: se os deja el derecho de elegir; estáis llamada a decidir
vos misma vuestra suerte. Sí, sí, conocéis hasta qué punto puede y debe
extenderse el sacrificio de una madre; pronto vais a saberlo, porque
contáis para ello con un medio infalible. Si vaciláis, si llega a
faltaros la energía necesaria, mañana os veréis lejos de Orsdael y
vuestra hija seguirá siendo la víctima de la señora Bruinsteen, hasta
que una muerte prematura o una enajenación mental corone la maldad de
sus verdugos.

--¡Por Dios, tenedme lástima, Catalina; hablad claramente! ¿Por qué me
torturáis así?

--Es necesario, Marta; tenéis que comprender que la menor debilidad
puede volverse un crimen, y que vuestra respuesta va a decidir como un
fallo supremo respecto de la vida de vuestra hija y de vuestra felicidad
misma.

Dicho esto, tomó la mano de su amiga y agregó con tierna compasión:

--Tened valor y escuchadme con calma... El señor Mathys quiere hacer
para con vos una tentativa solemne y decisiva. Mañana os propondrá... os
preguntará si queréis ser su mujer. No lo rechacéis.

--La mujer de Mathys--exclamó la viuda con extrema palidez en las
mejillas--. ¿Yo la mujer de ese hombre vulgar y bajo?

--Os equivocáis respecto al sentido de mis palabras--interrumpió la
campesina--. No digo que debéis ser la esposa de ese hombre
despreciable. Aceptad su proposición en apariencia. Hay cien medios para
retroceder después. Mientras tanto, como prometida de Mathys, tendréis
el derecho de interrogarle sobre su vida pasada, y, si sois hábil, el
descubrimiento del secreto no podrá escaparos. La felicidad de vuestra
hija es el precio de vuestro sacrificio. ¿No encontraréis en vuestro
corazón de madre la fuerza necesaria para conquistarla? Vamos, querida
Marta, tranquilizadme; decidme que también soportaréis con valor esta
última prueba. ¿Cómo no me respondéis?

--¡Oh, dejadme llorar!--dijo Marta sollozando--; las lágrimas calmarán
un poco mi angustia y disiparán el aturdimiento de la cabeza.

--Por amor de Dios, Marta, no perdamos tiempo. Pueden sorprendernos a
cada instante e interrumpirnos en nuestra conversación. La suerte de
vuestra hija está en vuestras manos, tened piedad de ella. Decidid:
¿será Laura libre y feliz, o estará condenada a una muerte lenta?
¡Hablad, libradme del miedo que os hace temblar!

Marta respondió con una sonrisa penosa.

--¿Hacerle creer que consiento en ser su mujer? Eso es hoy lo que se
exige de mí. Pues bien, si creéis que esa palabra puede salvar a mi
hija, la pronunciaré. Orad, Catalina, para que mi valor sea más fuerte
que mi desprecio, que mi indignación.

--Gracias, gracias; hice mal en dudar de vuestra fuerza de voluntad.

--¡Chito! No habléis más, oigo un ruido tras de las plantas--interrumpió
Marta.

Se pusieron a escuchar en silencio; era el jardinero que pasaba por el
sendero cargado con un haz de largas ramas que rozaban con el follaje.
Pasó sin reparar, aparentemente al menos, en las dos mujeres. Dirigió,
sin embargo, una mirada de soslayo a la señorita, y se encogió de
hombros con una expresión medio irónica, medio compasiva, viéndola
sentada en el banco con la cabeza gacha, como una verdadera loca.

--Escuchad, querida Marta--prosiguió Catalina--, preparaos para recibir
la declaración de amor del intendente; en esa solemne entrevista no
dejará de demostraros una exaltación de afecto. Si lo rechazáis con una
frialdad visible, se convencerá de que le odiáis, y llevará a cabo su
primera resolución.

--No, Catalina, me dominaré para hacerle creer que le escucho con toda
gratitud.

--Eso no basta, porque él se imagina que lo amáis.

--¡Qué insolente!--interrumpió el aya--. ¡Amar a ese monstruo! Así que
lo veo, mi corazón se oprime, y la indignación me embarga.

--Ya lo sé, tendréis que fingir lo contrario y si os obliga a semejante
confesión decidle claramente que lo amáis. ¿Os espanta esta idea?
¿Tembláis como una caña? ¿Es tan grande la adversión que os inspira
Mathys?...

--Un horror que no puedo expresaros, Catalina. Oídme y juzgad. La semana
pasada castigó tan cruelmente a mi pobre Laura, que durante varios días
le quedaron las marcas en el cuerpo, los rastros de su crueldad. ¡El
miserable marcó sus uñas en las mejillas de mi hija! ¿Y puedo decirle
que le amo? ¿Quién sería capaz de violentar así sus sentimientos? ¡Ah!
por la felicidad de mi hija sería capaz de afrontar mil muertes crueles,
pero me falta valor para esta abdicación de mi conciencia, para este
suicidio moral.

--Y, sin embargo, no hay más remedio--dijo la campesina--, o someteros a
la odiosa necesidad o ser despedida de Orsdael, dejando a vuestra hija
entregada a sus verdugos.

La viuda estaba soportando dolores indecibles; su rostro se había puesto
de una palidez mortal, sus manos temblaban de fiebre, los
estremecimientos nerviosos recorrían todo su cuerpo.

--¡Qué situación tan terrible!--murmuró--El enemigo más cruel de mi hija
me hablará de amor. Tendré que prestar oído a sus galanterías
abominables... y decirle: «¡Os amo!», ¡manchar mis labios con estas
palabras impías!

Hubo un silencio bastante largo. Cuando Catalina creyó que la emoción de
su amiga se había calmado un tanto, repuso:

--Mi buena Marta, ésta es una batalla decisiva, tenéis que calcular las
probabilidades con fría prudencia, como un soldado que ve al mismo
tiempo la muerte y la victoria ante sus ojos. Quizá no tengáis que hacer
un esfuerzo semejante sobre vos misma. Le he suplicado a Mathys que
respete vuestro recato; quizá consigáis dejarlo satisfecho con algunas
palabras ambiguas. Esperemos que se mantendrá dentro de los límites más
estrictos; pero, sea como fuese, acordaos que tendréis que arrepentiros
eternamente si, por falta de voluntad, os condenarais a vuestra hija y a
vos a la desesperación y a la esclavitud. Tened compasión de vuestra
triste suerte. Daría gracias a Dios si pudiera sufrir en vuestro lugar,
pero...

En ese momento se abrió violentamente una de las ventanas del castillo,
y una voz irritada llamó al aya por su nombre.

--Es la condesa--exclamó Marta asustada--, he dejado pasar la hora...
Tenemos que entrar en casa... Alejaos, Catalina. ¡Ay! ¡cómo voy a ser
regañada e insultada!

La campesina se alejó diciendo:

--Cueste lo que cueste, Marta, es preciso que os vuelva a ver hoy;
quiero retemplaros para la prueba suprema. Yo también he emprendido un
combate contra los verdugos de vuestra hija.

La viuda murmuró acercándose a la joven:

--Sígueme, Elena, la señora condesa... tu madre nos llama.

La joven se puso a caminar silenciosamente al lado de su aya, hasta que
siguiendo por un sendero estuvieron fuera de la vista de la ventana.
Entonces le preguntó con voz casi ininteligible:

--Marta, ¿qué os ha dicho Catalina? ¡Qué pálida estáis! ¿Estáis
disgustada, verdad?

--No ha sido nada--balbuceó Catalina--, una triste noticia; en seguida
se me pasará esto.

--¡Esa Catalina! no le tengo mucha confianza, Marta. Es muy amable con
vos, pero siempre le sonríe con afecto al intendente. Puede que sea una
mala mujer.

--¡Una mala mujer!--repitió la viuda--. Es la bondad y la abnegación
misma; te quiere como si fueras su propia hija.

--Entonces, ¿la habéis transformado con vuestro incomprensible poder?
Antes venía con frecuencia al castillo y más de una vez oyó las crueles
injurias que mi madre me infería y nunca noté en su rostro la menor
señal de compasión.

--Elena, Elena, eres injusta sin saberlo. Esa mujer daría su sangre por
verte dichosa. Un día te explicarás este enigma... Ahora, cállate; ahí
viene el jardinero y podría oírnos.



II


El aya estaba sentada en su cuarto con la cabeza baja y los ojos
cerrados. De cuando en cuando, su pecho se alzaba y dejaba escapar un
triste suspiro.

Por fin irguió lentamente la cabeza y dirigió una mirada extraviada al
espacio. Una triste sonrisa vagó por sus labios; la expresión de su
rostro era mezcla de sufrimiento, resignación y desprecio. Muy luego,
sus sentimientos tomaron otra dirección. Buscó con la mano en su pecho,
sacó una caja de oro y la abrió. Miró durante algún tiempo con expresión
de espanto el retrato que encerraba. En la disposición de espíritu en
que Marta se encontraba, le pareció que los ojos del soldado se animaban
y la miraban con airado reproche. Esta ilusión adquirió en su espíritu
agitado una especie de realidad y apartó instintivamente aquella imagen
como la de un terrible acusador, y aproximó el retrato a sus ojos,
murmurando con voz trémula:

--¡Oh mi Héctor, ¡qué severa es tu mirada! No, no dudes de mi valor;
cumpliré con la misión que me impusiste en tu lecho de muerte. Si he
vacilado al acercarse esta prueba suprema, era por amor a ti, era por
defender el corazón que sigue amándote más allá de la tumba, hasta la
apariencia de una mancha. Ahora, la lucha ha terminado, la madre ha
vencido en mí a la esposa y vaciará el cáliz hasta el fondo. ¡Ah! es un
martirio horrible descender así al abismo de la degradación, aunque ello
sea para defender a nuestra hija, el gaje de nuestro amor.

Marta se puso de repente en pie como si algún golpe violento la hubiese
herido y escuchó palideciendo... Le parecía haber oído un ruido en el
corredor. Permaneció inmóvil hasta que salió de su error; pero se le
escapó un grito de angustia y se puso a temblar murmurando:

--Valor y energía; y ya tiemblo y palidezco al solo pensar en su
aparición.

Se dejó caer en una silla. Sin duda una confianza nueva iba penetrando
en ella, porque una sonrisa de reto se dibujó lentamente en sus labios,
mientras una chispa de coraje brilló en sus ojos. Se levantó y pasó al
otro cuarto, se detuvo delante del postigo y miró, a través del vidrio,
a la niña que estaba en un rincón leyendo y estudiando sus lecciones.
Marta se detuvo, inmóvil, para no distraerla. Fijó en ella sus ojos como
si buscara en aquella larga y profunda mirada la fuerza necesaria para
no sucumbir en la prueba temida.

En aquel momento sintió claramente que abrían la puerta. Una ligera
palidez decoloró sus pupilas. Su pecho se dilató y su respiración se
hizo penosa, mientras volvía a su cuarto. Pero aquella emoción parecía
más bien signo de una fuerte voluntad que un acceso de temor. Dirigió
una mirada suplicante al cielo y se sentó junto a la mesa. Allí tomó su
labor y esperó con indiferencia afectada la llegada de Mathys.

El intendente apareció en la pieza y balbuceó algunas palabras corteses.
Aunque fuere día de trabajo, vestía sus mejores ropas, y para ponerse
sin duda a la altura de la situación, habíase puesto guantes blancos. Su
aparición en aquel traje solemne hizo temblar a Marta en los primeros
momentos, pero luego, dominada por la necesidad, se puso de pie
sonriendo y respondió al saludo de Mathys con suave amabilidad.

Esta acogida amistosa alentó al intendente, que se aproximó triunfante,
y le dijo con expresión ligera:

--Mi querida Marta, estáis sin duda sorprendida de verme en este traje,
¿verdad? Hace tiempo que algo me oprime el corazón... Separados por una
enojosa desinteligencia, una pena que no nos atrevíamos a confesar, nos
hacía sufrir a los dos; ahora vengo a romper el hielo... El hombre es
débil, no os enojéis... yo no tengo la culpa, Marta, de que vos seáis
hermosa... y que yo no sea insensible...

El intendente había creído que no le costaría el menor esfuerzo hacer su
pedido. Por lo que le había dicho Catalina, sabía que el aya acogería su
proposición con una alegría, si no ruidosa, por lo menos sincera.

Sin embargo, su tono familiar y el giro atrevido de sus frases habían
asustado a Marta, y, aunque hubiese conservado en sus labios una sonrisa
fingida, había en su mirada algo de severo que detuvo a Mathys
imponiéndole ser más respetuoso y reservado. No sabía ya qué decir, y
balbuceó confusamente:

--De veras... es algo extraño... cuando se está herido en el corazón...
las ideas se confunden. ¡El asunto me parecía tan fácil y sencillo!...
En fin, a los cuarenta o a los veinte, el amor es siempre el amor... He
venido para hablaros de una cosa que sin duda tiene que seros agradable
y no sé por dónde comenzar.

--Hacéis mal, señor--dijo el aya con voz dulce--. Hablad; sea lo que
fuere lo que tengáis que decirme, os escucharé con atención. Servíos
tomar asiento.

--En efecto, así estaremos mejor--prosiguió Mathys algo cohibido--.
Sentaos vos también, Marta. Parecéis estar inquieta. Teméis que la
condesa nos sorprenda, ¿verdad? No tengáis cuidado; la he hecho ir con
un pretexto fútil a la granja grande. Estará ausente una hora por lo
menos. Vamos, no somos niños. ¿Puedo hablaros, Marta, con franqueza?

--Con toda franqueza, señor.

--Sí, pero no es como intendente del castillo, ni como vuestro superior
que os lo pregunto, sino como amigo.

--Sois demasiado bondadoso, señor.

--Está bien, no comenzamos mal--dijo Mathys restregándose las manos--.
En seguida nos entenderemos, Marta. Escuchadme: ¿Habréis notado, verdad,
cómo desde el primer día de vuestra llegada a Orsdael os demostré
amistad, cómo os protegí contra la crueldad y el odio de la condesa,
cómo espiaba vuestros pasos y os seguía para tener la felicidad de
encontraros y hablaros? ¿No habéis adivinado, acaso, la causa de este
afecto?

--Creo haberla adivinado, señor. Os confesaré que me asusto porque sólo
soy una sirvienta.

--¡Una sirvienta! Pero si tenéis la belleza, los ojos de una reina.
Desde la primera vez que os vi, Marta, me impresionaron los encantos de
vuestra persona, de vuestro lenguaje, de vuestra seductora sonrisa... No
tembléis así, amiga mía; mis intenciones son puras y honradas. Ya sé que
en materia de pudor sois muy severa y hasta muy hosca. Esa reserva me
engañó en un principio, haciéndome creer que me despreciabais. Pero
atribuyo un alto precio a la bondad, sobre todo en vos, hermosa Marta.
Así, pues, es superfluo que os diga que os amo, lo sabéis de hace
tiempo; sin embargo, todavía no conocéis la extensión de mi afecto.
Noche y día pienso en vos, y vuestra imagen no me deja sosiego; mi más
hermoso sueño consiste en haceros la compañera de mi vida, para jamás
apartarme de vos, buena y querida Marta.

Al pronunciar estas palabras apasionadas, Mathys tomó la mano de la
viuda.

Esta estaba pálida y a pesar de los violentos esfuerzos que hacía sobre
sí misma, no podía dominar sus emociones, ni su visible estremecimiento.

Felizmente Mathys se equivocó con respecto a aquella emoción.

--Perdonad, Marta--dijo con más calma--, perdonad el sentimiento que me
arrebata. ¡Ah! os lo ruego, antes de que os declare formalmente el
objeto de mi visita, decidme que no habéis permanecido indiferente a mi
cariño. Sé que vuestro corazón es sensible y agradecido, pero me sería
muy dulce sentir una palabra halagüeña de vuestros labios queridos.

--¿Qué queréis que os diga?--balbuceó Marta casi dominada por la
angustia--. ¿Qué deseáis que os responda?

--Una sola palabra: un «sí» quedo y breve, Marta. Marta, ¿me amáis?

El aya bajó silenciosamente la cabeza; su frente y sus mejillas se
cubrieron de un vivo sonrojo. Sufría atrozmente y luchaba con
desesperación contra la vergüenza que le causaba y le oprimía el
corazón. Mathys la miraba con expresión de alegría y de triunfo. El, que
era ya viejo, conseguiría por mujer una criatura hermosa, buena y que se
sonrojaba como un niño a la primera palabra que pudiera rozar su rubor.
Respetó un momento su silencio y preguntó:

--¿No me decís nada, Marta? ¿Me negáis la palabra que ha de hacerme
feliz?

--Una mujer... mi posición respecto a vos. ¿Me exigís, me arrancáis esa
confesión?

--Os lo suplico, Marta.

--Pues bien, sí--dijo el aya con voz casi ininteligible.

Mathys abrió los brazos y lanzó un grito; pero la viuda se alzó de un
salto de su silla, y con una mirada, que la indignación y el miedo
hacían irresistible, exclamó:

--Señor, señor, no ofendáis mi dignidad de mujer. Si queréis convencerme
de que realmente me amáis, respetad al menos vuestro amor por mí.

--Tenéis razón, Marta; la felicidad me hace perder la cabeza--murmuró el
intendente, dominado y casi desconcertado--. Volvamos a sentarnos y
escuchadme. Hacéis mal en asustaros por la demostración primera de mi
amor sincero, y vais a reconocerlo inmediatamente. Oídme, querida
amiga; hace quince años que soy intendente de la condesa de Bruinsteen,
he ganado bastante dinero y gastado poco. He reunido una pequeña
fortuna, y puedo hacer independiente y feliz a la mujer que elija por
compañera. Mi corazón es joven, mi salud es buena y estoy lleno de vida.
Vuestro dulce lenguaje, vuestras maneras honestas, algo inexplicable, el
encanto misterioso de vuestros ojos... ¡Ay, ay! me estoy poniendo
hablador... Bueno, bueno, ya sospecháis lo que os quiero decir, Marta.
Consentís con alegría, ¿verdad? Vuestra vacilación... Pero, ¿acaso no me
comprendéis?

--No me atrevo a comprenderos, señor--respondió el aya--. Un favor, un
honor semejante para una pobre sirvienta...

--Me habéis comprendido, Marta. Pues bien, hablaré claramente. ¿Queréis
ser mi mujer y compartir mi fortuna? Dadme la mano y no agreguemos nada
más.

Marta puso su mano en la suya.

--Estáis conmovida, tembláis--exclamó alegremente Mathys--. Es natural,
yo mismo tiemblo de alegría. Calmaos ahora, Marta, que todo ha
concluído. No me agradezcáis, querida amiga, que os ofrezca una
existencia libre y exenta de inquietudes, porque vos me aportáis todo lo
que un hombre necesita para ser feliz. Estamos, pues, a mano. Hay
personas que van a tratar de impedir nuestro casamiento; no les dejemos
tiempo para que nos susciten serios obstáculos.

--¡Sí, la condesa!--dijo el aya suspirando--. Me echará del castillo así
que sepa lo que acabáis de decirme.

--¡Echaros!--exclamó el intendente con una sonrisa de desprecio--. La
condesa se pondrá furiosa y os injuriará probablemente; pero no temáis
nada; haga y diga lo que quiera, tendrá que someterse a mi voluntad.
Poseo medios infalibles para vencer su resistencia.

Una chispa de secreta esperanza brotó en los ojos de Marta; alzó la
cabeza, dió a su fisonomía una expresión seria, y dijo:

--Perdonadme, señor; pero me parece que, sin ser indiscreta, he
conquistado desde hace un momento el derecho de interrogaros respecto de
cosas que me inspiran cierta desconfianza y que me inquietan.

--Tenéis, Marta, todos los derechos de una prometida.

--Pues bien, señor, demostradme que sois sincero. Desde hace tiempo me
pregunto por qué la condesa os persigue y espía sin cesar. ¿Por qué la
amistad que me tenéis le inspira una especie de celos y la pone
furiosa?...

--¡Bah! es sólo porque me odia, y no le agrada que los servidores tengan
por mí más respeto y afecto que por ella.

--Quiero creeros... ¿Si me engañarais, sin embargo?

--Qué ideas tenéis, Marta.

--¡Está bien! Si no fuera más que por esas apariencias, señor, haría
mal en estar inquieta; pero hay otro misterio que me espanta; a pesar de
vuestro importante cargo de intendente, estáis al servicio de la
condesa, es vuestra ama, tiene derecho a vuestra obediencia. ¿Cómo es,
entonces, que cuando ello es necesario, se encuentra bajo vuestro
dominio y tenga que someterse a vuestra voluntad, como decís vos mismo?

Aquella pregunta pareció confundir a Mathys, porque balbuceó una
respuesta confusa. Esta vacilación hizo que Marta se estremeciera de
esperanza y alegría; pero, sin embargo, prosiguió con fingida tristeza:

--¿La causa de vuestra influencia sobre la condesa no será acaso de tal
naturaleza que no pueda conocerla la mujer a quien habéis ofrecido
vuestra mano, y no podría suceder que si yo la descubriese me viera en
el caso de rechazar vuestras proposiciones? Disculpad que os hable así,
porque me veo obligada, a pesar mío, a sospechar de vuestra sinceridad.

--Nada de eso, querida Marta, estáis equivocada. El asunto de que
habláis no puede tener influencia sobre nuestro afecto recíproco ni
afectar en nada mi lealtad.

--¿Por qué ese interés en ocultarme esa razón con tanto empeño?

--Hay cosas que no pueden decirse--murmuró Mathys--, sobre todo cuando
carecen de interés para aquella que... que desea conocerlas.

--¿Entonces es un secreto?--exclamó el aya--. Un secreto entre vos y
yo... ya.

--Pues bien, sí, es un secreto--respondió Mathys--. Mi honor, y, por
consiguiente el vuestro, Marta, puede depender de la menor indiscreción
a ese respecto.

--¡Oh! tranquilizadme, señor, disipad esta duda de mi espíritu,
acordadme esa prueba de vuestro amor.

--No, Marta, sólo mi mujer puede tener el mismo interés que yo en
guardar este secreto.

La viuda juntó ambas manos y suspiró acariciándolo con la mirada, y
palpitando de emoción:

--¡Mathys, Mathys, os lo ruego, os lo suplico!

--El día de nuestro casamiento conoceréis el secreto, antes no. Tengo
que permanecer inflexible por grande que sea la emoción que experimento
bajo vuestra mirada... Pero, ¿qué es lo que oigo? Esa voz que se oye
abajo... ¡Es la condesa! Se ha vuelto a toda prisa, furiosa sin duda de
que la haya engañado. Tengo que irme, Marta. Cuando esta causa de mal
humor haya pasado, le anunciaré nuestro casamiento. Estáis de nuevo
temblando, calmaos. Si la señora llega a venir y os interroga decidle
que os he reprendido. Eso la alegrará. ¡Adiós! La condesa anda gritando
como una loca; me busca. Más tarde hablaremos de los medios de apresurar
nuestro casamiento.

Marta lo siguió y acompañó hasta la puerta; pero, habiendo pasado un
brusco capricho por el espíritu del intendente, se volvió y tomó a Marta
en los brazos. El aya dió un salto hacia atrás dando un grito, y Mathys
salió de la pieza echándose a reír.

La viuda se dejó caer en una silla y se puso a llorar de vergüenza y de
dolor. De cuando en cuando alzaba los ojos al cielo. No le dejaron
tiempo, sin embargo, de aliviar el corazón. La condesa entró bruscamente
en el cuarto y echando a todas partes miradas furibundas, se puso a
gritar:

--¿Dónde está el intendente? Os pregunto, ¿dónde está el intendente? ¿No
me oís acaso, insolente?

--Estaba aquí hace un momento, señora--respondió Marta.

--¿A dónde ha ido?

--No lo sé, señora.

--¿Qué significan, veamos, esas lágrimas y esa palidez?

--Me ha retado, señora.

--¡Os ha retado! ¿y por eso lloráis?--exclamó la condesa dulcificando el
tono--, ¿os ha maltratado acaso?

--Me ha dicho palabras que me han afectado mucho.

--Es un hombre falso y cruel, ¿verdad?

--Sí, señora, es un hombre falso y cruel.

--¡Bah! no reparéis en sus maneras brutales. Ahora lo voy a arreglar yo
a ese insolente... Burlarse de mí, hacerme ir hasta la granja grande por
un motivo ridículo... Vamos, Marta, consolaos, más vale que él os
maltrate a que quiera engañaros con su falsa amistad. Secad vuestras
lágrimas e id a pasear al jardín.

--Señora--dijo el aya cuya atención se había despertado al oír estas
últimas palabras--, desearía ir hasta la casa de Catalina, la mujer del
guardabosque. Eso me consolaría un poco en medio de mi desgracia.

--No hay ningún inconveniente para negaros esa distracción, Marat, pero
preferiría que, desde mañana, permanecierais más tiempo en el jardín con
Elena; me desagrada el tener que llamaros como ayer casi al caer la
noche. Mirad, llevad a Elena a casa del guardabosque. Catalina es una
mujer prudente. Colocad a la loca en un rincón y cuando hayáis
conversado con vuestra amiga, volveos al jardín; pero tened cuidado de
no perder de vista a Elena ni un solo instante.

--Ni un instante, señora.

--¿De modo que no sabéis dónde está el intendente?

--No, señora, se marchó corriendo en cuando sintió vuestra voz abajo.

--¡Qué cobarde! se habrá ido a esconder, pero lo encontraré. Tengo que
averiguar por qué se ha burlado de mí.

Dichas estas palabras, salió renegando, y se alejó rápidamente.

Esta conversación le devolvió a la viuda las fuerzas necesarias para
dominar los impulsos de su corazón. ¿Tenía, en efecto, un gran deseo de
ver a Catalina? ¿O más bien deseaba alejarse de la casa para evitar en
lo posible una entrevista con el intendente? Reflexionó un instante, se
secó los ojos y las mejillas y abrió la puerta del cuarto de Elena.

--Querida niña, guarda tu libro--le dijo--. Vamos a ir a pasear. Tu
madre nos ha dado permiso para ir hasta la casa de Catalina.

La joven se puso de pie rápidamente y, como si aquella sonrisa la
colmase de felicidad, unió sus manos; pero inmediatamente las dejó caer
y quedó inmóvil; luego le preguntó a su aya:

--Marta, ¿qué os ha sucedido? Tenéis los ojos colorados. ¡Si habéis
llorado!

--No ha sido nada, mi buena Elena, el intendente me reprendió.

--¡Ah! Dios mío, ¿os maltrató como a mí?

--No, no; de palabra, de palabra solamente. Te asustas sin motivo.
Apúrate; tu chal. ¡Está el tiempo más hermoso!

La joven estaba acostumbrada, desde hacía tiempo, a obedecer sin
replicar, y a no insistir nunca cuando el aya le expresaba el deseo de
no ser interrogada. Estaba convencida de que Marta le ocultaba muchos
secretos; pero creía que de eso dependía la permanencia en Orsdael, de
su protectora. Se preparó silenciosa y luego siguió al aya.

Al llegar a la puerta del castillo trató de consolar a Marta, diciéndole
palabras alegres; pero viendo que estaba absorta en sus pensamientos
melancólicos, caminó silenciosamente a su lado.

La casa del guarda estaba abierta; no había nadie en ella; pero después
de buscar algún tiempo vieron a Catalina, ocupada en arrancar las malas
hierbas en el jardín.

Así que la campesina vió a la joven y a su aya, se incorporó y fué a
recibirlas. Una ardiente curiosidad se leía en sus ojos, y, mientras se
iba acercando, interrogaba al aya con la mirada. Después de haber
saludado cortésmente a la jovencita se volvió hacia su amiga, y murmuró:

--Vuestra venida a mi casa me indica que Mathys os ha halado. ¿Cómo han
pasado las cosas? ¿Quedaréis en Orsdael?

Marta le hizo comprender por una seña misteriosa que no podía hablar de
esas cosas delante de la señorita. Paseó la vista por todos los puntos
del jardín. Este estaba rodeado por una espesa cerca, y al fondo había
un banco cubierto de yedras y madreselvas. Se veía en verdad una
abertura en la cerca, pero quedaba cerca de la casa, y alguien que
estuviera bajo aquel techo de follaje no podría ser visto desde afuera.

--Anda, Elena, siéntate en el banco, bajo la glorieta--dijo el aya--.
Tengo que entrar en la casa con Catalina, para hablar de un asunto
importante. Toma, aquí tienes mi bolsa de labores, en ella encontrarás
un tejido. Ten paciencia, que volveré a buscarte dentro de algunos
minutos.

Se alejó, y entró en la casa con Catalina, cuyo corazón palpitaba de
curiosidad.

La joven caminó lentamente por el sendero; recogió aquí y allá algunas
flores, e hizo un ramito, que se puso en el seno. Después se sentó en el
banco y se puso a concluir la gorra que Marta había comenzado. Mientras
que sus manos manejaban rápidamente las agujas, su mirada vagaba delante
de sí, meditabunda y olvidada de lo que hacía. El aya tardaba más de lo
que había dicho; pero Elena no parecía reparar en ello. Quizá pensaba en
las huellas de las lágrimas sorprendidas en los ojos de Marta; quizá se
preguntaba cuál podía ser la causa del misterio que la rodeaba. Quizá
también una imagen querida se alzaba ante sus ojos; porque a veces una
sonrisa se dibujaba en sus labios. Sea lo que fuera, sus pensamientos
se fueron volviendo tan absorbentes que dejó de tejer y su cabeza se
inclinó suavemente sobre su pecho como si sus ojos se hubieran cerrado
para mirar más profundamente dentro de sí misma.

Mientras estaba sumida en sus meditaciones, un hombre atravesó el
agujero de la cerca y penetró en el sendero.

Se detuvo y lanzó una mirada casi indiferente al jardín. Era un joven de
buena presencia y vestido con esmero. Iba a proseguir su paseo cuando
notó a la joven sentada bajo la glorieta, inmóvil y con la cabeza
inclinada. Se le escapó un grito ahogado. Se deslizó a lo largo de la
cerca y se aproximó sin ruido. A cinco o seis pasos de ella se puso un
dedo sobre los labios y balbuceó:

--¡Elena, querida Elena!

La joven se puso de pie temblando y pronta a lanzar un grito de alarma;
pero la señal que le hacía el joven y la muda plegaria que se leía en
sus ojos detuvieron la voz en los labios de Elena.

--¡Federico! ¡Ah, Federico! idos, apartaos de este sitio.

--¡Silencio, silencio, os lo ruego! No me privéis de este instante de
felicidad--murmuró.

--No, no; es preciso que os hable, cueste lo que cueste.

--¡Ay!--suspiró la joven--, mi madre despidió a Rosalía porque vos me
hablasteis. Si Marta, mi protectora, me fuera quitada, me moriría de
pena.

--No es lo mismo; por otra parte el destino lo quiere; no hay que
vacilar. Vamos, querida mía, calmaos; sentaos en el banco; así será
menos fácil que nos vean.

Tomó a la joven de la mano y la condujo al banco a pesar de las súplicas
y de la resistencia de ella. Una vez sentado junto a la joven,
prosiguió:

--Elena, he estado enfermo en Bruselas, en peligro de morir;
tranquilizaos, no tembléis así.

--En peligro de morir--repitió la joven--. ¡Oh! era por eso que mi
corazón estaba lleno de temores y que lloraba cuando pensaba en vos...

--Gracias, Elena, por vuestro recuerdo. ¿De modo que no me habéis
olvidado?

--¿Olvidado, Federico? Vos y Marta sois las únicas criaturas que me
habéis amado en la tierra.

El joven meneó la cabeza, y dijo precipitadamente:

--No tenemos tiempo para cambiar palabras dulces. Decidme, Elena, ¿de
dónde procede vuestra aya?

--De Bruselas, Federico.

--¿Cuál es su apellido?

--Se llama Marta, Marta Sweerts.

--¿Quién es?

--No lo sé.

--¿No es una parienta del conde, vuestro finado padre? ¿No es vuestra
prima o tía?

--No.

--¿No ha sido mandada por alguien de vuestra familia para protegeros?

--No lo creo.

--¿No lo creéis, no lo sabéis?--murmuró Federico con decepción--. ¿La
presencia de esa mujer oculta acaso un secreto?

--Sí, sí, muchos secretos; pero no intentéis penetrarlos, tal vez de
ellos dependa mi felicidad.

--¿Vuestra felicidad? ¿Estáis bien cierta de que esa mujer sea sincera?

--¡Oh! amigo mío; esa duda es una gran injusticia. ¡Sospechar de Marta,
un ángel de generosidad y compasión!

--¿Estáis cierta? ¿No finge? Entonces, Elena, debe ser sin duda de la
familia de vuestro padre, porque sólo la voz de la sangre puede inspirar
palabras y sentimientos como los que ha expresado delante de mí. Y si no
supiera que sois la hija de la condesa de Bruinsteen dudaría de que
fuera ésta, y no Marta, vuestra Marta...

--Sí, sí--exclamó la joven con orgullosa alegría--, ¡es mi madre por el
alma, por el corazón! ¡Ah, Federico, qué felices deben ser los hijos que
tengan una madre así!

--¿Y no os ha dicho por qué os quiere de una manera tan sorprendente, ni
quién pueda haberla mandado para consolaros o defenderos?

--¡Ah, Federico! Marta cuenta a ese respecto cosas extrañas. ¿Sabéis
quién la ha enviado a mí? Un hombre que hace cerca de veinte años que
está en el cielo. Un héroe, un oficial de húsares, condecorado con la
cruz de honor.

--¡Un oficial de húsares!--exclamó el joven.

--Sí, un oficial de húsares, que me quería antes que yo naciese.

--¡Ah! ahí está el secreto, seguid hablando, Elena.

--Pues bien, fué él quien la mandó hacia aquí; y cuando Marta ruega por
mí se le aparece a menudo, y siempre le ordena que me quiera mucho. Es
singular, no lo comprendo, pero es cierto, porque lo dice Marta, y lo
que ella dice...

Una grosera carcajada vino a interrumpirles.

Un hombre que estaba en la abertura de la cerca y que extendía el puño
hacia ellos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

--¡Ah, ah, bribona, estás otra vez ahí! Corro en busca de la condesa
para hacerle saber lo que pasa aquí. Esta vez te va a salir mal.

Elena se puso vivamente de pie, azorada por aquella amenaza, y huyó
hacia la casa dando gritos agudos. Federico trató de calmarla; pero
viendo que no lo escuchaba, pasó por la abertura y desapareció tras de
la cerca.

--¿Qué hay? ¿Qué ha sucedido?--exclamaron a un mismo tiempo la viuda y
la campesina, que habían acudido al jardín--. ¿Quién ha hablado de la
condesa en voz tan alta y amenazadora?

--¡Ah, Marta, querida Marta, perdóname!--suplicó la joven asustada
echando los brazos al cuello de su aya y poniéndose a llorar sobre su
pecho--. He hecho mal. Seréis despedida, y yo moriré de pena y de dolor.

--No, no; tranquilízate, querida Elena--dijo la viuda prodigándole sus
caricias para calmarla--. Habla. ¿Qué ha sucedido?

--Federico, Federico estuvo en el jardín...

--¡Ah, Dios mío!--exclamaron las dos mujeres--. ¿Federico estuvo con vos
en el jardín?

--Sí, yo quería llamaros; pero me pidió tanto que no lo hiciera. No tuve
el valor de hacerlo. Sus ojos, su voz... Mientras que yo lo oía en un
culpable abandono de mí misma, el peón jardinero se acercó a la abertura
del cerco. Vió a Federico y corrió al castillo para avisárselo a mi
madre. ¡Ay, mi buena Marta! lo que yo tendré que sufrir no es nada, me
lo merezco; pero vos... Sostenedme, no puedo más, mis fuerzas me
abandonan.

El aya oprimió a la joven contra su pecho, y la besó con ternura,
murmurando a su oído palabras de consuelo.

--Ven, Elena--dijo la viuda tomándola del brazo--, no podemos permanecer
aquí. Tu madre estará aun más irritada si no nos viera regresar
inmediatamente.

Antes de salir de la casa del guardabosque, Catalina tomó la mano a la
viuda y le dijo:

--Marta, sois la hija de un soldado. Veo lo que pasa en vuestro corazón
y admiro vuestro valor. El señor Mathys os defenderá a las dos de las
crueldades de la condesa. Id a buscarlo en seguida, llamadlo en vuestro
auxilio; él será vuestro protector.

Cuando la viuda y la jovencita se vieron en el camino del castillo se
pusieron a caminar a toda prisa; y volvieron a cambiar entrecortadas
frases. Elena suplicaba a su aya le perdonara lo que ella llamaba su
culpable olvido de sí misma, y deploraba de antemano la pérdida de su
generosa protectora; Marta, aunque medio muerta de inquietud, ocultaba
su emoción para calmar la desesperación de su hija; y darle el valor
necesario para soportar el cruel castigo que sin duda la esperaba.

Vieron a la vieja cocinera que acudía hacia ella con el peón jardinero.
Este último, cuando estuvieron cerca, le gritó a Marta con altanería:

--Señora, dadle las llaves del cuarto alto a Mariana; la condesa lo
manda. Y no resistáis a su orden, porque si no, recurriré a la violencia
para quitaros las llaves. Os está prohibido subir.

--Es cierto, Marta--dijo en tono más dulce la cocinera--. Tenéis que
confiarme a la señorita. La condesa os espera en el salón.

--Las llaves--murmuró el aya con espanto--. Y con la señorita, ¿qué van
a hacer?

--¡Ah! va a ser severamente castigada por su imprudencia--suspiró
Mariana--. Sin embargo, la compadezco.

--¿La van a maltratar?

La cocinera hizo un gesto afirmativo, y viendo que Marta palidecía y
temblaba, le murmuró al oído:

--No os alarméis, trataré de estar junto a la señorita hasta que se
acabe este asunto.

--Y el intendente, ¿dónde está, Mariana, el intendente?--exclamó la
viuda.

--No está en el castillo; creo que ha ido al bosque a hablar con los
aserradores. Id en seguida a hablar con la condesa; tal vez, Marta, no
se muestre tan terrible como creéis.

--Ten valor, Elena, no llores así--dijo la viuda a la joven
atemorizada--. Yo soy la única causante de esto; yo sola soportaré las
consecuencias de mi fatal imprudencia.

--¡Ah, no, no!--exclamó Elena--. Sois inocente. Se lo diré a mi madre.
Si quiere vengarse de lo que ha pasado, que sea sólo en mí. Os lo
ruego, Marta, no me hagáis doblemente desgraciada.

Pero una mirada severa y un ademán imperioso le indicaron que debía
someterse sin réplica. Calló y bajó la cabeza.

El aya le dió las llaves a Mariana, miró ansiosamente una vez más a su
hija con ansiedad y corrió al castillo temblorosa.



III


Cuando Marta entró en la sala, vaciló un instante, pero luego, armándose
de valor, golpeó suavemente a la puerta de la pieza.

--Entrad--respondió una voz en tono seco.

La señora de Bruinsteen estaba sentada en un sillón. Sus ojos inflamados
parecían lanzar relámpagos; tenía, sin embargo, una sonrisa en los
labios, una expresión de alegría sarcástica y triunfante. Estaba
contenta porque un acontecimiento inesperado había entregado indefensa a
sus manos a aquella mujer a quien odiaba. Al entrar la viuda murmuró
algunas palabras de disculpa; pero la condesa no le dejó tiempo para
hablar claramente y exclamó en tono irónico:

--¡Ah, ah! ¿Estáis aquí? Vamos a ver, hipócrita, cobarde, ¿cuánto dinero
os ha dado Federico para traicionarme? ¡Hasta dónde puede llegar la
falsedad! La señora es modesta, instruída, reservada; hay que medir las
palabras con ella, ¡es tan sensible!... ¡Y esta miserable ladrona vende
el honor de mi casa, por dinero! ¡Sí, sí! Atreveos a disculparos; sois
una desvergonzada; pero vos misma habéis caído en vuestra celada. Nada
puede salvaros, se acabó. Si no me contuviera os patearía como a una
víbora; pero quiero contenerme; tengo curiosidad por ver qué medios
ridículos vais a emplear para eludir el castigo de vuestra baja
debilidad. Hablad, sed breve; porque todo es inútil; dentro de pocos
minutos vuestra suerte se habrá fijado.

Marta unió las manos y dijo con voz suplicante, mientras las lágrimas
corrían por sus mejillas:

--¡Ah, señora! comprendo vuestra justa cólera, pero dejadme explicaros
cómo sucedió esa desgracia. Quizá veais en mis palabras una razón para
no ser inexorable con vuestra pobre e inocente sirvienta...

--No os andéis con tantas vueltas, os digo.

--Yo llevé con vuestro permiso a la señorita a casa del guarda. Catalina
estaba en el jardín; hice sentar a Elena en una glorieta y entré en la
casa con mi amiga, para que la señorita no oyera nuestra conversación.
Entonces el señor de Bergmans se deslizó al jardín por una abertura de
la cerca y habló con la señorita.

--¿Y vos no sabíais que debía ir allí? ¿Y os imagináis que me vais a
hacer creer eso?--exclamó la condesa.

--Creedme, señora; yo ignoraba por completo su presencia en Orsdael.

--¡Vamos, vamos! Me expresáis el deseo de ir a casa del guarda; sois
bastante astuta para elegir la hora de vuestro paseo habitual para
arrancarme el permiso; colocáis a Elena en el jardín para que pueda
hablar con entera libertad con su cobarde adorador; éste acude allí...
¿Y todo este juego, hábilmente combinado, resulta ser ahora una mera
casualidad? ¡Debéis tener una opinión muy triste de mí si esperáis
engañarme con esas niñerías!

--¡Soy inocente, señora, os lo juro!

La condesa se echó a reír.

--¡Un juramento!--exclamó la condesa--. ¿Qué significa eso en los labios
de una infidente descarada? ¿No os di orden de que no perdierais un solo
instante de vista a Elena?

--En efecto, señora, en eso falté a vuestras órdenes. Me arrepiento
sinceramente de ello; ésa es la única falta que tengo que reprocharme; y
por eso es que imploro vuestro perdón.

--¡Perdón! ahora veremos. ¿Permaneció mucho tiempo Federico con Elena?

--Dos o tres minutos, señora.

--Tanto tiempo, ¿y qué le dijo?

--No lo sé, señora.

--¿Y ella no os llamó?

--Creo que sí, señora, pero yo no la oí.

--¡Hipócrita, no le oisteis y estabais a diez pasos de distancia! Os
habéis arreglado con la loca para engañarme. Aunque finjáis estar triste
y asustada, interiormente, ¿verdad?, estáis contenta. El dinero que
Federico os ha dado o prometido, os indemnizará de los resultados de
vuestra vil traición. Marchaos, salid del castillo, y esperad delante de
la puerta vuestros bagajes. Suplicad y rogad cuanto queráis; no
volveréis a poner los pies en el castillo.

--Oh, señora, no seáis inexorable conmigo!--exclamó Marta trémula de
emoción--, me despedís de aquí. ¿Adónde iré? Tened compasión de una
pobre viuda. ¿Me acusáis de deslealtad? ¿Creéis que he consentido por
dinero en exponerme a vuestra justa cólera? ¡Ah! ¡si supierais que daría
la mitad de mi vida por seguir a vuestro servicio!

La condesa pareció no escucharla y se puso de pie animada por un nuevo
furor.

--En cuanto a la estúpida loca--exclamó--, en seguida tendrá su
merecido. Voy a tratar de que no olvide este día; para que no se le
vuelva a ocurrir el deseo de ver a mi enemigo. Sí; quiero que en
adelante tiemble y tenga miedo al sólo oír pronunciar su nombre.

Estas palabras le arrancaron a Marta un grito de desesperación. Se echó
a los pies de la condesa, abrazó sus rodillas y recurrió a las más
ardientes súplicas, para mitigar su cólera; pero la señora de
Bruinsteen, que la miraba con triunfante ironía, se alejó y la rechazó
duramente, mientras le indicaba la puerta, diciendo:

--¡Idos, idos de aquí! No os perdonaré. Durante demasiado tiempo os
entendisteis con el intendente para desafiarme y burlaros de mí. Ahora
estáis perdida. El mismo Mathys, si estuviera aquí, os echaría, del
castillo. Marchaos, basta de cobardías inútiles, basta de mentiras;
marchaos os digo. ¿Vais a obligarme a llamar a mis sirvientes para verme
libre de vuestras súplicas hipócritas?

Pero la viuda siguió arrastrándose a sus pies y balbuceando todas las
súplicas que la desesperación más profunda podía sugerirle. Estas
palabras sólo sirvieron para aumentar la cólera y la indignación de la
condesa.

--¿Cómo?--exclamó--, ¿os he entendido bien? ¿Perdón? ¿Pedís perdón para
la loca? ¿Entonces le tenéis cariño? ¿Os asusta la idea de que reciba el
justo castigo de su maldad?

--¡Oh! ¡No, no, señora! Os pido perdón para mí.

--Acabaréis de una vez--gritó la señora de Bruinsteen--. Ya habéis dicho
vuestra última palabra en Orsdael. Vamos, ¿queréis marcharos? ¿sí o no?

Y como Marta siguiera de rodillas y llorara tendiéndole los brazos, se
puso de pie violentamente, la empujó rabiosa y le dió como adiós un
golpe tan violento, que la pobre Marta se golpeó contra la pared y
permaneció un instante aturdida.

La puerta de la pieza volvió a abrirse, y una cruel amenaza le devolvió
a la viuda la conciencia de su posición.

--Vamos--gritó la condesa--, ¿estáis empeñada en que os eche a la calle?

Marta caminó hacia la puerta y salió de la casa vacilante, aniquilada,
deshecha y casi sin ideas. Se imaginaba la escena de violencias y
crueles tormentos que Elena iba a sufrir, y su imaginación estaba tan
impresionada por aquel doloroso espectáculo, que permaneció inmóvil y
como petrificada delante del castillo:

Una voz que pronunciaba su nombre le hizo alzar la cabeza y le arrancó
un grito de alegría. Tendió las manos hacia el intendente, que acudía
hacia ella dando muestras de impaciencia y de cólera.

--Ya sé lo que ha pasado--exclamó--. Catalina me lo ha contado todo.
Pero, ¿qué ha dicho la condesa? ¿Estáis llorando? ¿Os ha maltratado?

--Cruelmente maltratado, señor. Me ha echado, señor; no puedo subir
siquiera a buscar mi ropa.

--Está loca, Marta; ¿acaso tenéis la culpa de que ese bribón de Federico
haya tenido la idea de reaparecer de repente? Vamos, vamos, reíos de la
injusticia de la condesa y volved a vuestro cuarto.

--No me atrevo--dijo la viuda con verdadero miedo--; me haría echar a la
calle por los sirvientes.

Mathys la tomó la mano y la arrastró, diciendo con gran agitación:

--¿Echaros a la calle? Quisiera ver que os tocara con un dedo solamente.
Se aferra a ese pretexto para echaros. No es de vos de quien se venga,
es de mí. Sabe que me hiere al maltrataros; pero ahora veremos cómo van
a andar las cosas. No tembléis, aunque estuviera cien veces irritada,
cedería, y se volvería mansa como un cordero. No sólo le impondré que en
adelante os deje en paz y os respete, sino que le declararé a la vez que
os he elegido por mujer y que pronto seréis mi esposa.

--No, Mathys, no hagáis eso; su furor no reconocería límites--exclamó la
viuda.

--Ya lo sé; pero, aunque se volviera loca furiosa, poseo los medios de
desarmarla. No tengáis temor; si yo se lo exijo, os pedirá perdón por su
brutalidad.

--No, no la humilléis, emplead la, persuasión; limitaos a demostrarle mi
inocencia, para que me perdone mi descuido de un instante.

--Eso corre de mi cuenta, Marta; yo también tengo que vengarme.
Permaneced aquí y tened valor; no saldréis de Orsdael.

El intendente entró y cerró la puerta. Momentos después Marta oyó los
ecos de una voz irritada, y apenas hubo dicho algunas palabras la voz
más agria aun de la condesa se mezcló a sus amenazas; ora era un rumor
sordo; ora era una tempestad que iba siempre creciendo; hubo momentos en
que hasta el piso temblaba al choque de violentas patadas.

Marta estaba de pie y toda trémula en la escalera; con la mirada fija en
la puerta, escuchando aquella disputa, de la que podía depender su
felicidad y la de su hija. Por mucha atención que pusiera no podía
entender una palabra; el ruido de las voces amortiguado por la pesada
puerta, sólo le llegaba de un modo indistinto y confuso.

El altercado duraba desde hacía largo rato, sin que la señora de
Bruinsteen ni Mathys perdieran terreno, ni parecieran rendirse. La voz
del intendente había llegado poco a poco al diapasón más elevado, y sin
duda la obstinación de la condesa lo llenaba de furor, porque llegó a
gritar tan fuerte que la viuda creyó distinguir algunas de sus amenazas.
Las palabras de «madre falsa, ladrona de herencias» llegaron a sus oídos
y la hicieron estremecer. Sus enemigos estaban hablando del secreto cuyo
conocimiento ella perseguía al precio de las más sangrientas
humillaciones y los más crueles sufrimientos.

Impresionada hasta el punto de que casi le faltaban las fuerzas, apoyó
la mano en la pared y se deslizó hasta la puerta. Su corazón latía
violentamente y poco faltaba para que la angustia la venciera.

La voz del intendente seguía gritando con la misma violencia; pero la
condesa hablaba al mismo tiempo que él, y Marta sólo pudo oír sonidos
mezclados y confusos, y palabras sin ningún sentido. Creyó entender, sin
embargo, que hablaban de Elena, del viejo conde y de su herencia.
Temblando de impaciencia y de esperanza, apoyó el oído a la puerta; pero
su esperanza quedó frustrada porque las voces parecieron calmarse y se
debilitaron...

De pronto, como si la condesa le hubiera inferido una injuria
sangrienta, el intendente le replicó con nuevo furor. La viuda se
inclinó y pegó el oído contra el agujero de la cerradura. En esa actitud
oía casi todo lo que decía Mathys.

--¡Ja, ja!--gritaba burlonamente--. ¿Conque también me echaréis a mí?
Está bien, os conozco desde hace tiempo, señora, he tomado mis
precauciones a tiempo. Habéis sido lo bastante tonta para darme un
escrito de vuestro puño y letra. Este documento es una espada suspendida
sobre vuestra cabeza. Me obedeceréis, me obedeceréis os digo... o si no,
la miseria, la ruina, la cárcel os espera. Yo fuí vuestro cómplice,
vuestro instrumento, pero para vengarme...

Marta, mediante un esfuerzo nervioso, concentró todas las fuerzas de su
alma en el oído; suspendió la respiración; el secreto que hubiera pagado
con su vida iba probablemente a serle revelado.

Pero tuvo que erguirse y retroceder lanzando un grito sofocado. La vieja
cocinera bajaba la escalera y se le acercaba sonriendo.

Mariana había visto que el aya tenía el oído pegado a la puerta.

--¿Qué está pasando ahí dentro, Marta, para que lo estéis oyendo con
tanta inquietud? ¿Hablan de vos?

--Sí, sí, de mí--murmuró la viuda.

--No quiero molestaros con mi presencia; dentro de un rato me diréis lo
que haya pasado, ¿verdad?

La viuda aplicó de nuevo el oído a la cerradura; pero la pelea se había
calmado sensiblemente y las voces sólo zumbaban confusas en una
conversación común. Después de haber escuchado largo rato e inútilmente,
Marta exhaló un doloroso suspiro y se alejó de la puerta. Tenía los ojos
llenos de lágrimas; pero consiguió dominar su dolor, al ver que la
cocinera estaba todavía en la escalera.

--¿Y qué es lo que han dicho de vos? ¿Os despiden o podéis quedaros?

--- Me echan--balbuceó Marta temblando de emoción y sin entender casi lo
que la cocinera le preguntaba.

--Despedida y sin remedio, ¿no queda ninguna esperanza? Es una
desgracia, Marta, y os compadezco sinceramente. La señorita me contó
cómo pasaron las cosas. Vos no tenéis la culpa.

--¿La señorita?--preguntó Marta--. ¿Cómo se siente? Está muy afligida,
¿verdad?

--¡Pobre criatura loca! Es cosa de llorar de lástima, aunque se tenga el
corazón de piedra.

--Teme que la maltraten, ¿no es cierto?

--No, no; otra persona pensaría en ello; ¡pero una pobre loca! ¿Creéis
que no piensa en ella? Todo lo que grita es: «Marta, Marta», y sólo la
preocupa el que vos tengáis que sufrir las consecuencias de su
imprudencia. Es singular; no os demostraba, sin embargo, mucho cariño;
hasta creía que os odiaba, y sin embargo, en el momento de perderos,
demuestra por vos un cariño extraordinario. Su cabeza está perdida; no
sabe lo que dice ni lo que hace.

Se abrió la puerta de la sala y apareció el intendente en el corredor;
estaba colorado, y tenía los ojos rojos de cólera. La presencia de
Mariana pareció molestarle, e hizo un gesto imperioso para alejarla;
pero cambió de idea, le tomó a la cocinera las dos llaves que tenía en
la mano y le dijo a Marta, dirigiéndose a la escalera:

--Seguidme, Marta.

La viuda obedeció. La condujo a su propio cuarto, la hizo sentar cerca
de la mesa, y le dijo:

--Aquí tenéis vuestras llaves, Marta. El asunto está arreglado; pero no
fué sin trabajo; he tenido que emplear los medios más enérgicos para
vencerla; podéis quedaros en Orsdael y no tenéis nada que temer.

--¡Me ha perdonado!--exclamó el aya.

--Una mujer como la condesa no perdona jamás.

--Pero, con todo, ¿puedo quedarme?

--Eso no era lo difícil; la señora de Bruinsteen consintió en ello sin
mayor resistencia; pero cuando le dije que ibais a ser mi mujer casi le
dió de rabia un ataque de apoplejía... ¿Esto os sorprende, Marta? Se
diría ¿verdad? que está celosa porque yo distingo a otra mujer. Nada de
eso; me odia, pero tiene necesidad de mí, y me teme. Si yo quisiera
podría hacerle mucho daño y hasta arruinarla por completo. Por eso
querría tenerme bajo su dependencia; pero se acabó, estoy cansado de
esta existencia.

--¿Qué terribles secretos hay entonces entre vos y la condesa?--dijo
Marta con terror fingido--. Quizá la señora condesa ha cometido alguna
falta y vos la sabéis...

--No me preguntéis nada de eso--replicó Mathys--. El día de nuestro
casamiento lo sabréis todo. Antes no me arrancaréis una palabra. Vos
misma reconoceréis que este silencio era una plausible prudencia.
Hablemos ahora de asuntos serios. La escena que acaba de producirse
entre la condesa y yo, no nos permite esperar largo tiempo. Debemos
apurar cuanto se pueda nuestro casamiento. La maldad de la señora
Bruinsteen hallará todavía medio de romperlo. Esta misma noche
escribiréis las cartas para que os manden los papeles necesarios de
Bruselas, y si tenéis tanta prisa como yo, nos casaremos dentro de seis
semanas.

La viuda parecía que ya no le oía y dirigía la mirada con atención
particular al fondo del cuarto. Había un escritorio de caoba entre unos
bonitos muebles y sillones de terciopelo. Había también cuatro cuadros
con marcos dorados. Pero el objeto en que Marta fijaba los ojos, era un
cofre con fuertes herrajes que estaba al pie del pupitre.

--¿Estáis distraída, Marta?--observó el intendente--. Decidme, querida
amiga, ¿escribiréis esta tarde para que os manden de Bruselas los
papeles necesarios? ¿Haréis lo posible, a fin de que no perdamos un
instante en celebrar nuestro casamiento?

--Sí, sí--replicó la viuda cuya mirada se encontraba irresistiblemente
atraída por el cofre de hierro.

--¿Estáis mirando mis muebles?--preguntó alegremente el intendente--.
Sí, Marta, no tendremos que comprar muchos para instalar nuestra casa.
Todo lo que veis aquí me pertenece. Un buen escritorio, magníficos
sillones, ¿no es cierto?

Marta trató de sonreír y preguntó con fingido buen humor:

--Me imagino que este cofre será el mueble principal de la casa. ¿Es sin
duda en el que guardáis las economías?

--Sin duda, y también papeles.

--¿Papeles? ¿Papeles preciosos?

--¡Con qué expresión me preguntáis eso, Marta!--dijo Mathys vacilante--.
¿Podéis imaginaros que en un cofre así, no se guarda todo lo que uno
quiere conservar?

--En efecto, no hay nada que excite tanto la curiosidad de una mujer
como una caja de hierro que parece encerrar cosas misteriosas. Dentro de
algunas semanas seré vuestra esposa. Sed, pues, bueno, y decidme de
antemano qué encierra ese cofre.

--Vamos, loca, estáis bromeando. ¿Qué puede haber en él? Un poco de
dinero y títulos de deudas públicas; porque ya os imaginaréis que no
soy tan estúpido como para guardar mi dinero sin que produzca. Cuando
volvamos de la iglesia, ya marido y mujer, os entregaré las llaves del
cofre y de los armarios. Hasta entonces, querida, tendréis que dominar
vuestra ansiedad, porque todo permanecerá bien cerrado. Vamos, dejad a
un lado esos caprichos. Escuchadme, Marta: una vez casados podremos
seguir viviendo en el castillo, si no preferís tener una casa vuestra;
podéis escoger. Aquí se pueden conseguir muchos provechos, se puede
vivir sin gastos y redondear tranquilamente la fortuna.

--Preferiría seguir en Orsdael--dijo Marta que pensaba en su hija.

--Eso me agrada--replicó el intendente--; tanto más cuanto no seréis más
sirvienta ni aya, y no tendréis que servir a nadie.

--Y la señorita, ¿quién la cuidará?

--Ya se ha pensado en eso, Marta. Dentro de pocos días estará lejos del
castillo, y tengo razones para creer que no volverá nunca a él.

--¿Cómo es eso? ¿Qué queréis decir?--balbuceó la viuda presa de una
súbita ansiedad.

--Es cosa resuelta; la señorita entrará en un convento.

--¿En un convento? ¿En un convento de religiosas?

--Naturalmente. Parece que eso os agita violentamente. ¿Os imagináis
quizá que cuando Elena no esté aquí, la condesa podrá despediros, no
necesitando ya vuestros servicios?

--Sí, Mathys, en efecto; esa noticia me hace temblar.

--Estáis en un error. Esta decisión ha sido tomada a instancias mías,
para hacer desaparecer toda causa de desavenencias y discordias, y para
estar seguros de tener una vida agradable.

--Pero, ¿a qué convento la mandarán?

--Lo ignoro aún, la condesa se encargará de buscarlo.

--¿Queréis hacer una monja de Elena? Sin embargo, eso es imposible. ¡Una
loca!

--No; estará allí como pupila mientras se resuelva otra cosa... Oigo
regañar a la condesa; está descargando su cólera sobre los sirvientes.
Voy a tratar de calmarla, ahora que ha consentido en todo. Así que sepa
algo nuevo, vendré a decíroslo. Id a vuestro cuarto, Marta, y tratad de
descansar de vuestras emociones.

--¡Oh! ¡No me atrevo!

--¿Por qué? ¿Qué teméis?

--A la condesa. Irá allí y me castigará.

--No, se lo he prohibido. Me ha prometido que no hablará de lo que ha
jurado. Si os dice, sin embargo, alguna frase desagradable, haced como
si no la oyerais; pero no creáis que llegue hasta maltrataros.

--Vendrá a verme, sin embargo. ¡Ah! Tiemblo ante la sola idea de
encontrarme con ella.

--¿Y por qué ha de ir?

--Para retar y castigar a la señorita.

--Es cierto, pero eso, ¿qué os importa? Dejad que le aplique a la loca
el castigo que merece su falsedad. Si tuviera tiempo, me parece que le
haría sentir a esa tonta que no tiene derecho a reírse de nosotros.

--Pero comprended, Mathys; yo estaré junto a ella, y la condesa en su
enojo se exaltará tanto contra mí como contra ella. Estoy cansada de
estas escenas odiosas; si tengo que seguir soportándolas, prefiero huir
de Orsdael.

--¡Oh! ¿Qué significa esto ahora?--murmuró el intendente descontento--.
Al fin y al cabo yo no le puedo impedir a la señora de Bruinsteen que se
acerque a su hija.

Marta le tomó las manos y le dijo con extremada suavidad, mirándolo con
aire de cariño:

--Mathys, buen Mathys, todo lo podéis obtener de la condesa. Dadme una
nueva prueba de vuestro afecto. Exigidle la promesa de que no vaya a ver
a la señorita al menos hasta dentro de tres o cuatro días. De esta
manera evitaré el peligro de ser maltratada e injuriada por ella.
¡Mathys, sed complaciente, libradme de esta inquietud, os lo ruego!

El intendente, conmovido por su mirada y por su acento, inclinó un
momento la cabeza, y murmuró sonriendo:

--¡Qué hechicera sois! Hacéis de mí lo que queréis. Vamos, quedad
tranquila, haré lo que deseáis.

--¿La condesa no irá a ver a la señorita?

--Hasta dentro de tres días.

--¡Oh, gracias, gracias!

Mathys se levantó y salió del cuarto. En la puerta se detuvo y le dijo a
la sirvienta que lo había seguido:

--Quedaos en paz, Marta; así que estéis más tranquila, escribid las
cartas para pedir vuestros papeles. Ya sabéis lo que necesitáis; os lo
he dicho ya. Consolaos de vuestras desgracias. Nuestro casamiento os
hará olvidar vuestras penas. Estad segura de que seremos felices.

La viuda lo miró alejarse para estar segura de que no retrocedería, y
así que hubo bajado la escalera comprimió un grito de alegría y corrió a
su cuarto.

Antes de que hubiese llegado a la puerta, sus labios murmuraron
alegremente:

--¡Elena, Elena, hija mía, mi querida niña! ¡Me quedo, me quedo! ¡No me
separaré de ti mientras viva!



IV


La señorita de Bruinsteen estaba sentada delante de una mesa y copiaba
pasajes de un libro. Por grande que fuera la atención que pusiera en su
trabajo, de cuando en cuando volvía la cabeza para dirigir una triste
sonrisa a su aya, que, sentada junto a la pared y con los ojos
entornados, parecía sumida en sombríos pensamientos.

Un silencio completo reinaba en el cuarto; los rayos del sol oblicuos y
su débil claridad anunciaban el declinar del día.

Marta estaba triste e inquieta. No le había dicho todavía a Elena que
habían resuelto mandarla al convento. Tenía miedo de desgarrarle el
corazón con aquella triste noticia. Por otra parte, tenía la esperanza
de que con ayuda de Mathys conseguiría parar el golpe fatal que las
amenazaba a las dos. En realidad, el intendente, que no comprendía por
qué Marta deseaba impedir la partida de la joven, había rechazado sus
tentativas como absurdas; pero todavía podía contar con algunos días, y
creía que conseguiría convencer a Mathys, sin traicionar los motivos que
la inspiraban. Por desgracia, el intendente había salido muy temprano
aquel día del castillo; había salido en el coche grande y sólo volvería
muy tarde. ¿Por qué no le había hablado Mathys de aquel viaje? ¿Qué le
ocultaba? Al hacer esta reflexión, se puso pálida y empezó a temblar,
porque una sospecha terrible acababa de cruzarle el espíritu. El
convento... ¿Sería una casa de sanidad? ¡Horror! ¡Su hija encerrada
entre criaturas dementes y condenada a encierro perpetuo! Después,
Marta rechazó esta idea y pasó a suposiciones menos atroces. Las
palabras de Mathys le habían hecho pensar que se dejaba llevar por
suposiciones mal fundadas. Y vacilando así entre una débil esperanza y
una angustiosa ansiedad, la pobre Marta alzaba los ojos al cielo y se
dolía de la suerte que la amenazaba tan cruelmente, en el momento mismo
en que estaba cerca de descubrir el secreto de sus enemigos.

Elena volvió la cabeza hacia ella y exhaló un suspiro de compasión; no
se atrevía a hablarle porque Marta le había rogado que terminara
silenciosamente su trabajo. Sin embargo, un momento después había
terminado su tarea; se levantó, se acercó al aya, le mostró el escrito,
y dijo:

--Mirad, querida Marta, he terminado.

--Está muy bien, querida--dijo el aya echando una distraída mirada al
papel--. Ya escribes mejor; tu aplicación supera mis esperanzas.

La joven acercó una silla, tomó la mano de la viuda, y le dijo en tono
suplicante:

--Marta, estáis disgustada, ¿verdad? ¡Oh! ¿por qué no podré rescatar mi
fatal desobediencia? Sufrís por culpa mía, vos que sois la bondad y el
cariño mismos. Es como si me traspasaran el corazón a puñaladas.
Consolaos, Marta, eso no volverá a suceder jamás; si alguna vez Federico
llega a aproximarse, pediré auxilio y escaparé al instante. Hasta me
empeñaré en olvidarlo por completo.

--No, no; te equivocas, mi querida Elena; ése no es el motivo de mi
melancolía--respondió Marta.

--No me atrevo a preguntaros ese motivo porque no os gusta que se os
interrogue. Pero, ¡me dais pena, Marta! Lo conozco bien en vuestra
fisonomía; tenéis pena y tenéis miedo. Podéis quedaros a mi lado, sin
embargo; mi madre nos ha perdonado a las dos, según decís. Esta
felicidad inesperada, debiera alegraros; sin embargo, estáis pálida, y
vuestra mirada está obscurecida por pensamientos inquietos. Vamos,
vamos, quiero que mis besos os hagan sonreír.

Le dió un beso a Marta y la aproximó con fuerza contra su corazón,
mientras que aquélla se entregaba pacientemente a las caricias de la
niña, retribuyéndolas y tratando de sonreír. Permanecieron luego mudas y
mirándose con expresión afectuosa, hasta que un ligero golpe en la
puerta las vino a turbar en la expansión de su mutuo afecto.

Marta se apresuró a ver quién era la que llamaba a la puerta, y
volviéndose inmediatamente a la joven, le dijo:

--Elena, es Mariana, la cocinera; tu madre me ordena que baje en seguida
contigo.

--¿Mi madre nos llama?--exclamó la joven--. Dios mío, ¿qué irá a
suceder?

La viuda no estaba menos asustada, pero se dominó, y dijo con aparente
tranquilidad:

--¿Por qué palideces, pobrecilla? Yo voy contigo. No temas nada, no me
apartaré de ti.

--¡Ay! no es por mí por quien tiemblo, querida Marta; es por vos que
sufro tanto sin ser culpable. Mi madre puede castigarme cruelmente. Eso
no es nada; pero, ¿y si se le ocurriera castigar mi falta en vos, en mi
presencia?

--No, no; te estás agitando por un vano temor. Vamos, no podemos hacer
esperar a tu madre. Ten calma y sígueme.

Marta bajó con la joven, y abrió la puerta de la sala. Un suspiro
ahogado se le escapó. Vió sentado al lado de la condesa a un hombre
vestido de negro, de una fisonomía fría y sonriente, cuya mirada le heló
la sangre en las venas.

--Está bien--dijo con sequedad la condesa--. Dejad a la señorita con
nosotros, cerrad la puerta, idos arriba y esperad allí mis órdenes...
¿No me comprendéis?

La viuda salió de la pieza, pero permaneció en el corredor. Sus piernas
se negaban a alejarse de un sitio en que sin duda iba a decidirse la
suerte de su hija y a pronunciarse una sentencia irrevocable. Un ruido
en la cerradura le hizo temer que la condesa fuera a sorprenderla. Subió
rápidamente la escalera y fué a refugiarse a su cuarto, donde se dejó
caer sobre una silla, y escondió la cabeza entre las manos.

¿Quién era ese hombre vestido de negro? Probablemente un médico. ¿Qué
iba a hacer a Orsdael, donde nadie estaba enfermo? ¿Por qué tenía que
quedar solo con Elena? ¡La casa de sanidad! En efecto, la desgraciada
madre lo sabía desde hacía tiempo; las leyes que protegen la libertad
personal, no velan con la vigilancia necesaria la puerta del abismo, que
se llama la casa de sanidad. La declaración de un solo médico basta para
condenar a reclusión perpetua; y una vez encerrada la pobre víctima en
esa tumba muda, ¿quién reconocería la fatal equivocación en un lugar tan
atroz y tan extraordinario que hasta los gestos y las palabras de las
personas razonables toman apariencias de locura? La viuda quedó como
aplastada bajo el peso de tales pensamientos, hasta que el repiqueteo de
la campanilla le dió la orden de bajar. Al pie de la escalera, vió que
el visitante subía a un coche.

Cuando hubo abierto la puerta de la sala, la condesa le dijo con un tono
y una expresión en que estallaba la alegría:

--Marta, acompañad a la señorita a su cuarto; cerrad cuidadosamente las
puertas y volved pronto; tengo que hablaros de un asunto importante.

Elena lloraba y temblaba; parecía estar muy asustada; comenzaba a
explicarse la causa de aquel miedo, cuando Marta le hizo comprender con
una mirada imperiosa que debía reservar aquella confidencia para cuando
estuviesen solas. Cuando llegaron al cuarto de Elena, Marta cerró las
puertas y preguntó:

--¿Qué es lo que te ha sucedido, querida niña? Habla pronto, que tu
madre me espera.

--¡Ay de mí! ¡Me mandan a un convento, lejos de aquí!--dijo sollozando
la joven--. Huir de mi prisión, salir de Orsdael, sería un cielo; pero
separarme de vos, Marta, me matará; ¡no puedo vivir sin vos!

--Ten valor y consuélate--dijo Marta sofocando su propia emoción--. En
cualquier parte que estés, yo estaré siempre a tu lado. ¿Qué hizo y qué
dijo el desconocido? Es preciso que yo lo sepa; pero apúrate, apúrate,
que ya empieza a repicar la campanilla.

--El señor desconocido me tomó la mano; fijó largo rato sus ojos
penetrantes en los míos, como si quisiera indagar con su mirada el fondo
de mi alma. Mi corazón latía violentamente, mi espíritu se extraviaba,
una nube me empañaba la vista.

--Pero, ¿qué te preguntó?

--Una porción de cosas extrañas e incomprensibles; en qué pienso, en qué
sueño, si me agradaría jugar con otras señoritas o si me agradaría
entrar en un convento para hacerme religiosa...

--Y tú, ¿qué le respondiste?

--No recuerdo, balbucí. Su mirada fija y profunda me quitaba toda
conciencia de mí misma.

--Debieron sorprenderle mucho tus respuestas, ¿no es cierto?

--No, parecía muy satisfecho y meneaba la cabeza con aire aprobador;
después se dirigió a la mesa y escribió algo sobre un gran papel.

--¡Oh Dios mío!--exclamó Marta, levantando las manos al cielo.

Elena la miró temblando; pero la viuda evitó la explicación, diciéndole,
mientras se iba del cuarto:

--No temas, querida. Hay secretos que un día conocerás. Por ahora no
tienes nada que temer. Vuelvo dentro de un momento.

--Sentaos, Marta--le dijo la condesa cuando ella hubo entrado a la
sala--. Tengo muchos motivos para estar enojada con vos; pero quiero
olvidar el pasado, sobre todo ahora que la única causa de mi cólera y
dolor va a alejarse de Orsdael. Lo que voy a deciros os alegrará a vos
también; es para vos como para mí una noticia feliz. Elena entra mañana
en un convento, de manera que os veréis libre de su guarda, y podréis
pasearos todo el día y hacer lo que queráis... ¿Por qué parecéis
disgustada? yo creí que os iba a causar gran alegría.

Marta comprendía muy bien que debía fingir una gran satisfacción. Trató
de sonreír a la vez que balbucía un agradecimiento; pero, a pesar de sus
esfuerzos, podía leerse en su fisonomía una inquietud cruel.

--Me imagino que teméis perder vuestro empleo después de la partida de
Elena; estáis equivocada, Marta; he convenido con Mathys que
permaneceréis en Orsdael hasta vuestro casamiento, y aun después, si así
lo queréis. Me agradaría mucho que hicierais esto último. Una vez que
Elena no esté ante mi vista, y encerrada en un sitio seguro, yo no
estaré ni apenada ni colérica. Me haréis compañía, y yo haré cuanto me
sea posible para haceros agradable vuestra permanencia en mi castillo.
Mi lenguaje os sorprende, ¿verdad? ¿No acostumbro a hablar tan
amistosamente? Es que hoy me sucede una felicidad por la cual suspiraba
desde hace mucho tiempo, como por la libertad de la esclavitud más dura.
La loca era para mí una fuente de dolor y un peso tan penoso como el
grillete de un presidiario. Me veo libre de esa cadena y respiro por vez
primera a mi placer. La alegría vuelve bueno y amable.

Marta había tenido el tiempo necesario para recuperar su propio dominio.

Mientras la condesa hablaba, murmuró sonriendo algunas palabras de
asentimiento, y se había armado de valor para averiguar lo que deseaba
saber.

--¡Qué buena sois, señora!--dijo--. Entonces, ¿puedo quedar en Orsdael?
¿Sois tan generosa que me hagáis este favor? ¿Y no tendré que guardar
más a la señorita? ¡Oh, cuánto os agradezco que me libréis de ese penoso
servicio! Pero, ¿y si Elena no quiere seguir en el convento y vuelve
aquí?... Es obcecada y no es posible tenerla siempre encerrada.

--No, no volverá--exclamó alegremente la condesa--. Va a entrar a un
lugar del que no se sale nunca.

--Yo no me fiaría--dijo malignamente la viuda--. El señor de Bergams
sabrá adónde está y le proporcionará los medios de salir del convento.

--¡Bah! Federico no lo sabrá; no lo sabremos más que yo y el intendente;
en el sitio a que va las ventanas tienen estrechas rejas de hierro, por
donde no se podría escapar ni un gato. ¡Ja! ¡Ja! ¿Por qué ocultaros lo
que va a complaceros tanto como a mí? Escuchad; os lo voy a decir en
confianza; pero no lo digáis a nadie, porque es preciso que todos crean
realmente que Elena va a entrar a un convento para hacerse religiosa. De
este modo se hablará menos de su desaparición.

--¡Cómo! ¿No va a entrar a un convento?

--Sí, va a entrar a un convento porque es una casa habitada y dirigida
por religiosas.

La señora de Bruinsteen inclinó la cabeza sobre el hombro de la viuda y
murmuró algo al oído:

--¿Vió usted a ese señor que estuvo aquí? Un señor que vino para juzgar
la razón y la inteligencia de mi hija. Las cosas pasaron muy felizmente;
Elena se mostró mucho más estúpida y loca de lo que realmente es; en
seguida me firmó una declaración en que afirma que su cerebro se halla
desequilibrado... y... ya os imaginaréis lo demás.

--¿El qué? ¿el qué, señora?... No comprendo--balbuceó Marta casi
desfallecida.

--Es fácil de comprender, sin embargo: Elena va a entrar en una casa de
sanidad.

Un grito penetrante se le escapó a la pobre viuda; pero se dominó en
seguida y estalló en una carcajada.

--¿Y ese grito?--murmuró la condesa estupefacta.

--Es de alegría, señora, de alegría--dijo Marta--. Ahora me podré casar,
vos seréis libre y feliz, estaréis libre de todo pesar. ¡Ah, qué
satisfecha estoy! Menos por mí que por vos, que sois mi buena y generosa
señora.

Engañada por estas halagadoras palabras, la condesa exclamó alegremente:

--Os creo, la victoria me ha causado a mí también una viva impresión.
Desde que estoy cierta del triunfo, mi corazón se ha aliviado de un peso
enorme. Es un verdadero martirio verse abrumada durante muchos años por
una loca, que ha recibido de la naturaleza un carácter detestable, que
no tiene más propósito que deshonrar mi nombre y arrancarme la vida.

--Sí, señora, es un martirio cruel para una madre verse obligada,
después de tantos sufrimientos, a encerrar a su hija única en una casa
de sanidad.

--¡Qué queréis, Marta; cuando no hay más remedio!...

--¿Va ir lejos de aquí?

--Sí, bastante lejos.

--Cuanto más lejos, mejor será para vos y para mí... De esta modo habrá
menos peligro de que el señor de Bergams descubra su paradero. ¿La
señorita irá, sin duda, al extranjero?

--No me preguntéis eso--respondió la condesa visiblemente molestada por
la curiosidad del aya--. Mathys ha ido esta mañana a hablar con la
directora del convento y a anunciarle la llegada de Elena. Si regresa
antes de la noche, podréis preguntarle lo que os interesa. Si cree que
debe decíroslo, está bien; pero yo le hecho prometer formalmente que
callaría el sitio adonde va a ser conducida Elena mañana.

--¡Ah! ¡mañana! ¡tan pronto!

--Mañana, a las diez en punto, vendrá a buscarla un coche de la ciudad.
Estaremos ausentes.

--¿Estaremos ausentes durante mucho tiempo, señora? Porque tendré, por
supuesto, que preparar algunos equipajes, y llevar ropa para mí.

--Vos permaneceréis a mi lado, Marta.

--¿Y qué mujer acompañará entonces a vuestra hija?

--Ninguna, irá Mathys solamente. Ya está todo concluído y arreglado. Por
otra parte, no es lejos, porque Mathys estará de regreso al día
siguiente. El sol se ha ocultado ya tras del bosque; id, Marta, a
vuestro cuarto y preparad las ropas de Elena. Haré que os lleven dentro
de un momento un par de valijas y unas cajas de cartón. Ocupaos en
colocar en ellas las cosas de mi hija, para no tener que apresuraros
demasiado mañana. Sed discreta, no digáis nada de lo que os he dicho...,
y que la loca llore o grite, no os importe, dejadla que grite como si no
la oyerais. Es la última vez que os molestará.

Marta salió de la sala con la sonrisa en los labios y murmurando
palabras de agradecimiento, pero así que estuvo sola las lágrimas
brotaron de sus ojos y se vió obligada a apoyarse en la barandilla de la
escalera, porque sus piernas vacilantes se negaban a sostenerla.

En el primer piso se detuvo en medio del pasillo con el pecho jadeante
para que su espíritu tuviera tiempo de recogerse y su valor de templarse
a fin de preparar a su hija contra el dolor de la separación, o de
consolarla con una falsa esperanza. Era una fatalidad implacable que
pesaba sobre ella desde que había pisado a Orsdael; tenía que disimular,
fingir, mentir siempre, lo mismo a su hija que a sus indignos verdugos.

Permaneció un momento inmóvil, absorta en sus sombríos pensamientos.
Luego, de golpe, irguió la cabeza. En sus ojos negros brillaba una
especie de altivez dolorosa y una especie de audacia amenazadora, como
si lanzara un reto a sus enemigos invisibles; sus facciones contraídas
se distendieron de pronto, sin embargo, y su expresión se tornó
tranquila y paciente, al dirigirse a pasos lentos al cuarto de Elena;
una suave serenidad iluminaba su rostro, y le dijo a la joven que se
arrojó desesperada a su cuello con los ojos llenos de lágrimas:

--Vamos, Elena, mi querida hija; no llores así. Tu desesperación no es
razonable. Lo que temes, no sucederá.

--¡Oh, Dios sea loado!--exclamó la joven con una risa nerviosa--. Tenía
razón en confiar en vuestro maravilloso poder. ¿Habéis convencido a mi
madre? ¿Ya no iré al convento? ¿Puedo quedarme con vos? ¡Oh! ¡Gracias,
gracias, mi ángel bueno!

--Siéntate, Elena--dijo la viuda conduciéndola hasta una silla--, y
trata de escucharme con calma. El día toca a su fin: tengo que trabajar
todavía y no me alcanza el tiempo para conversar largo rato contigo. Es
cosa resuelta que vayas al convento.

--¡Oh, Marta, mirad cómo tiemblo!

--Haces mal. Escucha lo que voy a decirte. Mañana a las diez, vendrá un
coche a buscarte... ¿Por qué te asustas tanto? No hay la menor razón
para ello. ¿Es acaso tan dulce y agradable la vida en este estrecho
calabozo?

--Con vos, Marta, este obscuro cuarto es para mí un paraíso en la
tierra.

--Estarás seguramente mejor en el convento.

--¡Oh! Entonces, Marta, ¿vienes conmigo? Sí, sí, estoy contenta. ¡Si
pudiera irme en seguida de este sitio en que he sufrido tanto!

--Es cierto, hija mía, pero seguramente no partiré en el mismo coche que
tú y no me verás en todo el viaje... ¿Te pones pálida otra vez? Trata
de dominar tu espanto.

--¡Por amor de Dios, no me engañéis, Marta!

--¿Cuándo os he engañado?

--¡Jamás!... ¡Jamás!... perdonadme esta duda. No sé lo que me pasa,
tengo el corazón oprimido, apenas puedo respirar, tiemblo de pies a
cabeza; una voz secreta me dice que voy a perderos para siempre. ¡Antes
preferiría morir, Marta, a no volveros a ver más!

La viuda, aunque su corazón sangraba cruelmente, dulcificó aún más la
voz y trató de calmar a la joven, asegurándole que no se separaría nunca
de ella y que estaría siempre a su lado para quererla y protegerla. Por
fin, cuando creyó haberlo conseguido agregó:

--Pues bien, Elena, ya que este viaje te asusta tanto, todavía creo que
lo podré impedir. El intendente salió esta mañana y volverá tarde esta
noche. Espiaré su vuelta e iré a verlo en su cuarto. Por medio de él
quizá consiga que tu madre vuelva sobre su decisión. Si esta última
tentativa no da resultado, es preciso que demuestres que tienes valor y
juicio, y que no dificultes mi protección con tu debilidad. Sube al
coche, déjate conducir sin quejas ni resistencias; aunque tengas que
pasar algunos días sin mí en el convento, soporta con paciencia esta
corta ausencia, segura de que me tendrás pronta a tu lado, más abnegada
y poderosa que antes. Es posible, Elena, que tus enemigos hayan querido
prepararte una existencia dolorosa en el convento, pero debes saber que
tengo bastante amor y fuerzas para triunfar de su maldad.

Marta consiguió, por fin, fingiendo una confianza absoluta, dar a su
hija el valor necesario. Elena prometió que haría el viaje sin quejarse,
retemplada por la idea de que su protectora estaría presente en el
momento de la partida para alentarla y sostenerla.

Era tiempo de que la joven fuera a acostarse y tratara de descansar
después del golpe terrible que su corazón había recibido. Los consuelos
y las predicciones del aya le habían hecho esperar que su existencia
sería menos amarga en el convento que en el castillo de Orsdael.

La viuda salió después de abrazar tiernamente a Elena.

Apenas hubo Marta cerrado la puerta, la expresión de su rostro cambió
por completo. Las señales de espanto reaparecieron alrededor de sus
labios, y sus ojos abiertos sondeaban los espacios con una especie de
extravío, su propio pensamiento la arrastraba, y, sin embargo, era ese
mismo pensamiento el que, hacía un instante, le había inspirado el valor
de arrojar a sus enemigos un victorioso reto. Ahora parecía vacilar y
retroceder ante la ejecución, aunque la felicidad de su hija fuera el
premio de su audacia.

Su cuarto estaba casi a obscuras; el crepúsculo de la noche no permitía
distinguir los objetos, sino como formas grises...

De pronto lanzó un grito extraño; su resolución era ya inquebrantable.

--Soy madre--se dijo--; Dios me perdonará.

Corrió con precipitación febricitante hacia el cuarto del intendente, se
dejó caer sobre la puerta, apoyó contra ella el hombro, se arqueó sobre
las piernas, contrajo los músculos para vencer el obstáculo de la
cerradura. La puerta había sido sin duda mal cerrada, porque se abrió al
primer empuje. Un grito ronco salió de la garganta de la viuda
semienloquecida. Saltó hacia el cofre de hierro, tanteó por todas partes
la cerradura, la sacudió temblando y jadeando, bramó de desesperación
cuando comprendió que era imposible violentarla. Sin embargo, en aquel
cofre había un objeto, un escrito cuya posesión hubiera comprado al
precio de su sangre. La libertad de su hija, su derecho de madre, su
felicidad, sólo estaban separados de sus manos trémulas, por las
delgadas paredes de aquel cofre; ¡y tendría que dejarlo allí, que
renunciar a toda esperanza y sucumbir bajo el peso de su impotencia!
Pero no se dió por vencida aún. Acudió a la chimenea y tomó las pinzas
de hierro. Se arrojó al suelo delante del cofre, introdujo el
instrumento con una violencia insensata, entre la tapa y la cerradura,
se apoyó con tal fuerza contra las tenazas, que las dobló, como si
fueran de plomo. Sudaba copiosamente; jadeaba como si un gran peso le
oprimiera el pecho; su corazón latía con furia. Nada, todo era inútil.

Por fin, hizo un último esfuerzo, rompió las tenazas, y Marta sintió con
terror inexplicable que tenía sangre en las manos.

Recogió los pedazos del instrumento roto y corrió a su cuarto, cayendo
sin conocimiento en una silla.

Volvió en sí largo rato después. Primero se sintió desalentada y como
aniquilada por la fatiga; una nueva claridad iluminó su espíritu,
comenzó a reflexionar, y a buscar en aquella necesidad extrema, si no
existía algún último medio de continuar su lucha contra el destino.

¿Despertaría su hija? ¿La vestiría apresuradamente y emprendería la fuga
con ella a favor de la obscuridad? Pero, ¿a dónde iría? ¿No la
perseguirían y muy luego darían con ella? La pondrían en la cárcel... Y,
¿cuál sería la suerte de su pobre Elena? ¿Iría a hablar a la condesa, le
declararía su nombre y reclamaría su derecho de madre sobre la joven? No
podía probar ese derecho, la única prueba estaba en poder de sus
enemigos y a la menor sospecha destruirían infaliblemente ese
testimonio. ¿Huiría sola del castillo? ¿Correría horas enteras a través
de los bosques, para invocar el socorro de Federico? ¿Quién le indicaría
el camino? ¿Y qué podría hacer aquel joven más que ella?

La inutilidad de sus meditaciones le arrancaba penosos suspiros. La
atroz convicción de que la puerta de la casa de sanidad iba a cerrarse
sobre su hija querida, le oprimía el corazón y hacía correr por todo su
cuerpo un frío glacial.

Después de haber permanecido un rato inmóvil y como inerte, una
inspiración brusca y misteriosa la hizo erguirse vivamente con un rayo
de alegría en los ojos.

--Sí--exclamó--, lo que voy a intentar sería culpable en otra
circunstancia de mi vida, pero no me es dado escoger, debo salvar a todo
precio la vida de mi hija.



V


Eran las once de la noche cuando el coche en que viajaba el intendente
llegó a todo galope por el camino que conducía al castillo y se detuvo
delante de la puerta. Los caballos, fatigados por aquella rápida
carrera, estaban jadeantes y cubiertos de sudor. Mathys saltó al suelo y
llamó; la puerta se abrió en seguida.

--Veo luz en la ventana. ¿La señora está despierta todavía?

--Sí, señor, os está esperando--le respondieron.

A la vez que refunfuñaba con singular vivacidad, abrió la puerta de la
sala y, en vez de responder al saludo, al alegre saludo y las preguntas
premiosas de la condesa, se dejó caer en una silla exhalando un suspiro.

--¡Dios mío! ¿qué os pasa, mi buen Mathys?--exclamó la condesa--, ¡qué
sudoroso y pálido estáis!

--Dejadme respirar, dejadme reponer del susto mortal que he sentido.

--Hablad, os lo ruego. ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Me hacéis temblar,
Mathys!

--Es cosa de temblar, señora; he estado a punto de ser asesinado a una
legua de aquí.

--¡Asesinado! ¿Qué queréis decir?

--Os contaré eso mañana; pero no, ya veo que no tenéis compasión de mi
estado, y no me concederéis un minuto de reposo hasta que lo sepáis
todo. Pues bien, he aquí en pocas palabras lo que me ha pasado. Cuando
llegamos a la aldea en que vive Federico Bergams, el cochero me propuso
que atravesáramos el bosque de Muraster para acortar el camino. Yo no
acepté porque la obscuridad es intensa, y confieso que no me gusta andar
por los caminos apartados, sobre todo de noche. Pero como ya era tarde y
tenía ganas de encontrarme en mi cama, me dejé convencer por el cochero,
y tomamos por el camino travieso. Todo marchó bien durante una hora.
Pero tuvimos que pasar por un valle rodeado por todas partes por bosques
espesos. Yo no me sentía a gusto porque la sombra era tal que no podía
distinguir ni al cochero ni a los caballos, y ya empezaba a pensar en
aquel crimen cometido en ese sitio hace años, cuando de pronto oigo un
silbido agudo detrás de mí. Le grito al cochero que castigue a los
caballos; pero un silbido análogo se hace sentir por todas partes,
delante y detrás de nosotros. Yo estaba más muerto que vivo y ya me veía
rodeado de una banda de asesinos. El cochero estaba quizá más asustado
que yo, quizá los caballos tuvieron conciencia del peligro, porque se
pusieron a volar como el viento. Yo ya me felicitaba de que hubiéramos
escapado, cuando tres o cuatro hombres salieron del bosque y nos
gritaron que nos detuviéramos; pero algunos buenos fustazos despertaron
el valor de los caballos. Uno de los bandidos invisibles hizo un disparo
de pistola y la bala pasó tan cerca de mis oídos, que todavía me siguen
zumbando. Desde ese momento los caballos galoparon sin cesar hasta el
castillo. Son unos animales soberbios y el cochero debe ser muy hábil.
No sé como no nos rompimos el pescuezo en esta carrera salvaje. ¡Ah!
comienzo a tranquilizarme, pero necesito descansar, y os ruego que me
permitáis retirarme.

La condesa abrió la puerta de un armario y sacó una botella y una copa.

--Mi pobre Mathys--le dijo tomándole la mano--, vuestro susto debe haber
sido grande. Tomad, bebed una copa de vino de España, esto os repondrá.
Ahora estáis en seguridad en el castillo, todo temor ha desaparecido. Os
dejaría marchar a pesar de mi ardiente deseo de saber si habéis
conseguido el objeto de vuestro viaje; pero no podéis iros a la cama tan
agitado, y debéis darle a vuestro espíritu el tiempo necesario para que
se calme. Bebed un sorbo, os digo, esto os repondrá, mi buen amigo.

El intendente miró a la condesa con sorpresa; había en el timbre de su
voz y en su fisonomía algo tan suave y cariñoso, que no supo qué pensar
y se preguntó si no ocultaría alguna celada bajo aquella amabilidad
extraordinaria. Supuso que la condesa había sido dominada por completo
por sus amenazas de la víspera y que no le halagaba más que para impedir
las realizara en un momento de cólera.

--Vamos, Mathys--dijo la señora de Bruinsteen--, olvidad vuestra
aventura de esta noche, y hacedme el favor de darme algunas
explicaciones sobre el resultado de vuestro viaje. ¿Le hablasteis a la
directora de la casa de sanidad?

--Estuve cerca de una hora junto con ella.

--¿Aceptarán a Elena sin dificultad?

--Sin ninguna dificultad. La declaración del médico y vuestro pedido,
eso es todo lo que pide.

--¡Por fin vamos a vernos libres de esa loca desnaturalizada! ¿Es cosa
segura, Mathys, que se la vigilará con cuidado y que no se dejará que
nadie se acerque a ella?

--Le he explicado a la directora que un joven interesado y codicioso la
persigue por su fortuna, y que ese cobarde seductor tratará de verla o
le aconsejará por medio de cartas o de intermediarios que se escape de
la casa. Se me ha tranquilizado a ese respecto. Puesto que no
repararemos en los gastos, se le dará una guardiana severa que estará
junto con ella siempre, y dormirá en el mismo cuarto.

--¿Y no volverá a salir jamás de la casa de sanidad?

--Jamás, a menos que lo pidáis.

--¡Entonces, no tendrá que esperar poco!--dijo la condesa restregándose
las manos--. Puede estar segura de que no volverá a saber lo que es el
campo libre y el espacio azul. Se acabó, ahora que ha sido declarada
loca, y que va a ser encerrada para siempre, nadie se preocupará de
ella. El secreto de su nacimiento quedará encerrado en la casa de
sanidad. Yo me vuelvo curadora de su fortuna, y si muere, de fastidio o
de enfermedad, heredaré, naturalmente, sus bienes, en calidad de madre.

Sí, sí, seréis inmensamente rica, y yo, que he sacrificado toda mi vida
en favor de vuestro bienestar y de vuestros intereses, ¿qué recompensa
tendré? Un puñado de oro, economizado sueldo a sueldo.

--¿Un puñado de dinero?--dijo la señora de Bruinsteen, riendo de
incredulidad--. ¿Pensáis que no sé cuántas acciones de la deuda del
Estado y cuántos títulos de empréstitos encerráis allá arriba, en
vuestra caja de hierro? Vamos, vamos, no os enojéis, mi buen Mathys, no
os envidio de ningún modo vuestro tesoro. Ahora que hemos conseguido el
fin de nuestra vida, quiero demostraros mi agradecimiento con un legado
considerable. El molino de agua de Lisck es una linda propiedad, ¿no es
cierto?

--El molino de agua--repitió el intendente--. ¿Y qué hay con eso?

--Es una linda granja, con quince cuadras de tierra gorda.

--En efecto, señora; ¿qué es lo que queréis decir?

--Que estoy decidida a regalaros ese molino, Mathys.

El intendente lanzó un grito de alegre sorpresa, y tomó entre las suyas
la mano de la condesa.

--¡Ay, señora, qué generosa sois!--dijo--. Ahora ya no deploro todo lo
que he hecho por vos. ¿Me dais entonces el molino de agua con la granja?
¿Irrevocablemente, en plena propiedad?

--Es decir--respondió la condesa--que tendréis el usufructo y gozaréis
de los arriendos.

--Ya me parecía--dijo el intendente con amarga decepción.

--Sois injusto, Mathys--observó la señora de Bruinsteen--. Hago todo lo
que puedo por disponer de ellos a mi antojo. Si muere, el molino de agua
será vuestro; pero, mientras tanto, tenéis que contentaros con la renta
y los réditos. Es una bonita renta anual.

--Sí, pero es revocable, señora, y no sé que estéis dispuesta a mi favor
el año que viene; ¿y si se os ocurre casaros, ahora que la loca no os
estorba el camino?

--No, no temáis nada, Mathys.

--¿Queréis, señora, que aprecie vuestro regalo y lo considere como
recompensa de los sacrificios que he hecho por vos?

--Ciertamente que sí.

--Pues entonces, dadme un escrito de vuestra mano.

--¿Qué escrito?--murmuró inquieta la condesa--. ¿Un escrito de mi mano?

--Es fácil de comprender, señora; un vale por una suma de dinero
bastante considerable para compensar el valor del molino de agua y de la
granja. Sólo entonces le daré realmente las gracias.

--Pero--dijo la condesa con cólera mal contenida--, si la casualidad
hiciera que yo no heredase los bienes de Elena, seguiría siendo, sin
embargo, vuestra deudora. Ya me habéis hecho vuestra esclava exigiéndome
un primer escrito. No me he de poner por segunda vez bajo vuestra
dependencia.

Mathys se levantó para retirarse y repitió con amarga sonrisa:

--Está bien, señora. Vuestra extraña amabilidad, vuestro lenguaje
halagüeño me hacían prever que queríais engañarme. Cuál puede ser
vuestra intención secreta lo ignoro, pero creedme, jugáis una partida
peligrosa. La loca partirá mañana, pero todo no ha concluído por eso.
Ya sabéis que aunque Elena estuviera encerrada varios años, me bastaría
decir una palabra para libertarla a ella y sumiros a vos en la pobreza.

--Pero, mi querido Mathys, os equivocáis; yo no tengo ningún propósito
secreto--dijo la condesa con tono suave y humilde--. Mi único proyecto
era recompensar vuestra abnegación, y creía que os causaría placer esta
noticia. No desconfiéis de mí, os lo ruego; el molino de agua será
vuestro, si no es ahora, será más adelante. Hablaremos más detenidamente
de este asunto cuando volváis del convento, y estad seguro que os dejaré
satisfecho, aunque tenga que daros otra vez mi firma. Id a descansar
ahora, mi buen amigo; mañana tendréis que partir bastante temprano.
Tomad esta lámpara. Que paséis buena noche. Dormid tranquilo, Mathys;
vais a quedar sorprendido de mi generosidad.

El intendente salió de la sala refunfuñando. Subió lentamente la
escalera, reflexionando sobre la amable sorpresa que le había hecho la
condesa, y su modo astuto de ofrecerle con mucho énfasis una donación
que podía retirarle al día siguiente. ¿Qué hábil maniobra ocultaba
aquello? ¿Quería la señora de Bruinsteen tenderle una celada? ¿Buscaba
algún medio de impedir su casamiento con Marta? ¿Cómo sabía la condesa
que poseía títulos de renta? ¿Quién le había dicho que sus papeles
estaban encerrados en el cofre de hierro?

Se aproximó a su cuarto pensativo y desconfiado. Cuando fué a poner la
llave en la cerradura, la puerta se abrió sola. Esto le sorprendió y se
detuvo inquieto. ¿Se habría olvidado de echar la llave al salir? ¿Había
entrado alguno en su cuarto durante su ausencia? Iba a darse cuenta de
ello.

De pronto se estremeció y volvió la cabeza; era un ruido de pasos que se
deslizaba en el piso.

--¿Sois vos, Marta?--dijo--. ¡Cómo! ¿Todavía estáis en pie? Son cerca
de las doce. ¿Queríais hablarme antes de acostaros? Os agradezco esa
benévola atención, querida amiga.

Pero la viuda se colocó misteriosamente el índice sobre los labios, y
mientras él la miraba estupefacto, ella le tomó el brazo derecho y le
condujo silenciosamente al fondo de la pieza, le indicó una silla y se
sentó a su lado, junto a la mesa.

--¿Qué significa este silencio y este aire de misterio? Me hacéis
temblar.

--Hablad despacio, que nadie nos oiga--dijo Marta con voz sofocada--. Un
gran peligro pende de vuestra cabeza. Vuestros enemigos han tendido una
celada a vuestros pies y de antemano celebran vuestra pérdida...
Respondedme, Mathys, y no os sorprendáis de mis preguntas. ¿Es cierto
que una vez cometisteis una acción que podría entregaros, a la menor
indiscreción, a la justicia?

El intendente murmuró algunas palabras confusas, como si no
comprendiera bien lo que se le preguntaba.

--¡Quiera Dios que me hayan engañado!--prosiguió Marta--. ¡Oh Mathys,
hoy he sabido cosas atroces! Durante toda la tarde he reflexionado en la
penosa situación con que me amenaza esa inesperada revelación. Me
pregunto con inquietud si puedo ser la esposa de un hombre a quien
acusan de haber cometido un crimen.

--¡Cómo! ¿qué decís?--exclamó el intendente palideciendo--. ¿Un crimen?
¿Y os referís a mí?

--¡Chito! ¡chito! dejadme proseguir. Manteneos tranquilo y escuchadme
hasta el fin; la felicidad de toda vuestra vida, quizá dependa de
vuestra sangre fría... Después de pensarlo bien, me acordé del afecto
que me tenéis; la gratitud y la compasión vencieron, y he pensado que
sois sin duda víctima de personas perversas que quieren librarse de un
testigo inocente, mediante alguna cobarde traición.

--No os comprendo--balbuceó el intendente.

--Puede ser que, en efecto, no me comprendáis. Hablaré más claro, pero
dadme antes vuestra palabra de que vais a dominar vuestra indignación, y
a no salir de esta pieza hasta que yo os lo permita. Si no os conservais
dueño de vos, os perderéis irremisiblemente.

--Os prometo, Marta, conservar mi sangre fría.

--¿Y hablar en voz baja?

--Muy baja.

--Si tomo estas precauciones, Mathys, es solamente para preservaros de
un gran peligro. No podré, sin duda, ser vuestra mujer; pero me habéis
demostrado afecto, y quiero demostraros, al menos, que soy agradecida.

--¿Que no podréis ser mi mujer? ¡Oh! os juro, Marta, que me han
calumniado.

--Yo así lo creo, señor, y me lo va a demostrar la sinceridad de
vuestras palabras. Os ruego, Mathys, que, para bien vuestro, no me
ocultéis la verdad.

--Pero hablad claramente; ¿qué es lo que queréis saber?

Aproximándose a él, la viuda le preguntó con voz contenida:

--Decidme, Mathys, ¿Elena es realmente hija de la señora de Bruinsteen?

Al oír esta pregunta, Mathys pareció haberse vuelto mudo; sin embargo,
después de un rato de silencio, respondió tratando de sonreír:

--Yo lo creo por lo menos; ¿de quién sería, si no, la hija?

--Eso no está bien, señor--dijo Marta con un tono de triste reproche--.
Yo trato de obtener la consoladora convicción de que he sido engañada, a
lo menos respecto a la parte que habéis tomado en ella; pero si os
parece que debéis fingir conmigo, me es imposible protegeros y tengo
que abandonaros a la muerte atroz que os amenaza. No penséis en nuestro
casamiento: ¿cómo podría resolverme a llevar un nombre que hoy o mañana
puede ser deshonrado por una sentencia infamante?

--¡Dios mío! ¿qué decís?--balbuceó el intendente espantado por las
palabras de Marta, pero retrocediendo ante la revelación que ella le
quería arrancar--. Os he prometido confiar ciertos secretos así que
estemos casados. ¿Por qué no esperáis ese momento para interrogarme?

--Porque ese momento no llegará, si no obtengo de vuestra boca toda la
verdad.

--Decidme de qué se me acusa y veré si puedo responder ahora con entera
franqueza.

Marta pareció ofendida por aquella resistencia y permaneció algunos
minutos muda. Después dijo, como adoptando una brusca resolución:

--Elena no es la hija de la señora Bruinsteen; es hija de un oficial de
húsares, y tuvo como nodriza una campesina, en Elterbeck, cerca de
Bruselas...

--¡Dios mío! ¿quién os ha dicho eso?

--Lo sabréis si por vuestra parte me demostráis alguna confianza. Vamos,
respondedme: ¿Elena es hija de la condesa de Bruinsteen, sí o no?

--Pues bien, no--suspiró Mathys como si aquella confesión le hubiera
atemorizado.

Marta dejó escapar un grito de alivio; porque bien que no hubiese dudado
de que la joven era su hija, la confirmación de esa creencia la llenó de
una alegría infinita. Pero, como viera que el intendente la mirara con
desconfianza, prosiguió con acento más tranquilo:

--¡Ah, Mathys, qué feliz me hace esta prueba de vuestra sinceridad! Ella
me permite esperar que os hayan acusado injustamente. Se pretende que
vos robasteis a esa niña y la trajisteis a casa del conde de Bruinsteen
sin que él ni la condesa supieran nada de antemano.

--¡Mentira, calumnia!--exclamó el intendente.

--¡Chist!--murmuró el aya--, acordaos de vuestra promesa. Yo también
creo que se trata de traicionaros a fin de que vos solo carguéis con la
pena de un delito que la ley castiga con cinco años de presidio. Quiero
salvaros por gratitud, por abnegación.

--¿Quién puede haberos revelado cosas semejantes?

--¿No lo adivináis? La nodriza ha muerto, pero hay otras personas que
conocen el secreto del robo de la niña.

--¿Otras personas? No existen, Marta.

--¿No hay otros testigos? ¿Estáis seguro?

--Ni uno solo, el marido de la nodriza murió hace catorce años.

Esta certidumbre le causó a la viuda una sensación dolorosa; pero ocultó
su emoción y prosiguió:

--El secreto se habrá entonces revelado por sí solo, a menos que la
señora...

--¿La condesa? ¡Es imposible!

--Sin embargo, ha sido la condesa quien me lo ha confiado.

--Es preciso entonces que esté loca, o que el mismo diablo la haya
empujado a hacer tal extravagancia--exclamó Mathys--. ¡Oh! yo lo sabré,
tendrá que darme cuenta de su traición.

Y se puso de pie para salir.

Pero el aya, que ya había previsto ese movimiento, lo retuvo del brazo
diciéndole:

--Dominad vuestra indignación, señor; si salís de esta pieza antes de
oírme hasta el fin, nada podrá salvaros del deshonor y de la cárcel.

--Pero es algo incomprensible--murmuró Mathys desalentado--. ¿Entonces
ella misma me quiere poner en peligro para perderme? ¿Qué la puede
impulsar a cometer semejante locura? ¿Qué fin puede tener en vista?

--Lo que la impulsa es el odio ardiente que os tiene; y al acusaros de
un crimen ante mi, quiere impedir nuestro casamiento. Pero vos no sois
culpable del robo de la criatura: ¿VERDAD? Vamos, Mathys, os lo suplico,
no me dejéis en esta penosa duda: ¿vaciláis aún?

--No sé qué responder. Me parece que estoy soñando.

--Quizá hayáis prestado vuestra ayuda--dijo la viuda con dulzura
pacífica--, pero, si no habéis hecho más que cumplir las órdenes de
vuestros señores, sólo habéis sido el instrumento pasivo de las personas
que tenían derecho a vuestra obediencia.

--Sí, sí, es así--afirmó Mathys.

--En este caso, quizá os fuera fácil justificar vuestra intervención, y
probar vuestra inocencia... Vamos, decidme cómo pasaron las cosas. Lo sé
todo, pero deseo encontrar en vuestro relato, medio de defensa de
vuestros enemigos. No me ocultéis nada. Después os diré el infame
proyecto formado para perderos.

El intendente vacilaba aún e inclinaba la cabeza para reflexionar.

Marta tenía sus ojos encendidos fijos en él; la esperanza y la
impaciencia le hacían saltar el corazón en el pecho.

--¡La condesa debe estar loca! ¡revelar semejantes cosas a mi futura
esposa! ¡Ah! Con razón presumía yo algún ardid de serpiente bajo su
falsa amabilidad. Pero jamás hubiese creído que el odio y la maldad la
cegaran hasta este punto. Marta--agregó--, no puedo pretender que soy
inocente del todo, pero hay alguien más culpable que yo, y no creo que
os sea difícil encontrarme excusas.

--Tened valor, Mathys--dijo la viuda--, yo le he de perdonar mucho al
hombre que me ha protegido y defendido.

--Pues bien, escuchad, vais a saberlo todo. La señora... o más bien
Margarita de Schminspaen, era sirvienta, y yo lacayo, en Bruselas, en
casa del conde de Bruinsteen, un hombre gastado y loco que se pasaba
ocho meses del año en su sillón, paralizado por la gota. Margarita, por
medio de halagos y adulaciones, lo tenía dominado por completo. El conde
no tenía más que parientes lejanos por el lado materno, y ella los tenía
alejados, para hacerse dueña de él por completo. Yo creía que procedía
así por amor, por gratitud a nuestro señor, y como se mostraba atenta y
amistosa conmigo, yo la ayudaba por todos los medios. ¿Es esto
censurable?

--La gratitud es un noble sentimiento--murmuró el aya, la cual,
previendo que Mathys trataría de justificarse, ponía toda su atención en
discernir de sus palabras la verdad y la mentira.

--Margarita me engañaba, sin embargo--prosiguió el intendente--. Tenía
un fin secreto, y quería poseer su fortuna después de su muerte. El
mejor medio de conseguirlo, era el casamiento, según ella. El señor
Bruinsteen, vencido por sus largas instancias y por sus maniobras de
una habilidad infinita, se dejó por fin llevar hasta eso. Pero Margarita
se vió en parte defraudada en sus esperanzas, porque el contrato
estipulaba que la considerable fortuna del conde pertenecía a sus
legítimos herederos, si no tenía hijos de su casamiento.

--¿Y ella no tuvo familia?--interrumpió la viuda.

--Vais a saberlo; Margarita vivió dos largos años de inquietud. El
conde, que mejoró un poco en su salud, recuperó un tanto la claridad de
espíritu; pareció deplorar su casamiento, y su mujer le inspiró
aversión. Ella tenía poca esperanza de que favoreciera en su testamento
a aquella que le había inducido a contraer un matrimonio deshonroso. El
deseo más ardiente de Margarita, se vió, sin embargo, cumplido. En el
tercer año de su unión el Cielo le acordó una hija, que recibió el
nombre de Elena. Pero su alegría fué de corta duración; la niña nació
enferma, y al cabo de dos o tres semanas se puso tan flaca que no cupo
duda de que viviría poco tiempo más. Podéis imaginaros la desesperación
de la señora. No sólo sufría su cariño de madre, sino que, si su hija
moría, la fortuna del conde se le escapaba. El doctor pretendió que no
quedaba otra esperanza que darle a la criatura una nodriza robusta y
hacerle respirar el aire del campo. Yo me había informado de una
nodriza, y conocía una robusta campesina no lejos de Bruselas, que se
había presentado a ofrecerse. Como la pequeña Elena estaba casi muerta,
partió al día siguiente con una sirvienta y la niña. Pero en casa de la
campesina, ya encontré el sitio ocupado por otra criatura.

--¡La hija del oficial de húsares!--suspiró Marta con voz casi
ininteligible.

--Sí, de su viuda, porque al día siguiente, supe que su padre había
muerto. Yo no sabía qué hacer y me encontraba en una gran dificultad,
porque temía que la pequeña Elena muriera en mis brazos por falta de
próximos auxilios. Merced a la promesa de una generosa recompensa, hice
consentir a la campesina en que cuidara y amamantara a la niña durante
algunos días, hasta que encontrara otra nodriza. Al volver, a la condesa
le di cuenta de mi aventura, tratando de prepararla para la fatal
noticia que iba a recibir sin duda al día siguiente. La certidumbre de
que su hija estaba por morir llenó a la condesa de indecible
desesperación, y al mismo tiempo la llenó de rabia; sin embargo, ya
debía haber pensado en recurrir a algún expediente supremo porque me
rogó que no dijera nada a nadie de aquello, y durante la tarde fingió
dormir para combinar y madurar un proyecto tan hábil como criminal. Era
de noche, cuando me hizo llamar... ¡Ay! pluguiera al Cielo que nunca
hubiera hallado a tan pérfida mujer. Mi vida no estaría amenazada por un
terror incesante y por arrepentimiento continuo. Mi corazón es honrado y
soy incapaz de cometer espontáneamente una injusticia; pero la
compasión que me inspiraba...

--¿Qué os dice?--interrumpió la viuda, que escuchaba palpitante las
palabras que recogía de los labios del culpable.

--Le resistí, me negué; pero ella me rogó, me suplicó, regó mis manos
con sus lágrimas, y tanto hizo que hubiera ablandado el corazón más
insensible. Después me amenazaba con su venganza e iba a echarme a la
calle. Si, por el contrario, consentía en ayudarla, prometía
enriquecerme.

--Pero, ¿qué era lo que os exigía?

--Vencido por la compasión, cedí a sus deseos, y me encargué de la
ejecución de su proyecto... Estáis impaciente, Marta. Yo mismo tengo
miedo de esta revelación. Mi espíritu se revela y mi conciencia sufre.
La señora estaba dispuesta a arriesgar una tentativa desesperada, para
colocar a la niña ajena, en el lugar de Elena si ésta llegaba a morir, a
fin de conservar así la posibilidad de poseer la fortuna del conde. Con
el bolsillo lleno de oro y autorizado para las más brillantes promesas,
partí aquella misma noche y golpeé a las puertas de la nodriza, con el
pretexto de informarme del estado de la criatura. La niña vivía aún,
pero la nodriza no dudaba de que no pasaría del día siguiente. ¿Qué os
diré? Me costó gran esfuerzo hacerle comprender a aquella simple lo que
deseaba de ella, y en un principio rechazó con horror mi proposición;
pero la vista del oro y la promesa de una renta anual, acabaron de
triunfar de sus escrúpulos. Las circunstancias favorecieron de una
manera muy particular la ejecución del proyecto de la condesa. El cambio
proyectado podía hacerse sin despertar la sospecha de nadie... Las cosas
pasaron de este modo: La pequeña Elena murió al día siguiente por la
tarde. Se le anunció a la viuda del oficial que su hija había muerto.
Una persona extraña vino a asistir al entierro. Nadie sospechó la menor
superchería, y, tres meses después, el conde de Bruinsteen estrechaba
entre sus brazos a la niña robada, dando gracias a Dios por haberle
conservado a su única heredera... Veo, Marta, que tenéis los ojos
llorosos. Es una triste historia y soy muy digno de que se me tenga
lástima, ¿verdad? ¡Ser dominado por una mujer falsa y perversa, y sufrir
toda mi vida por cumplir una orden de mis señores, cuando todavía
ignoraba por completo lo que es el mundo!

Marta se había afectado profundamente al oír el final del relato del
intendente. Había despertado en ella dolorosos recuerdos y hecho sangrar
viejas heridas. Sin embargo, no le faltaron fuerzas para ocultar su
emoción y simular otra aparente. Todo lo que hacía, por otra parte, lo
había premeditado; en la soledad de sus reflexiones había previsto con
tanto acierto todas las fases posibles de esta conversación, que se
dirigía a su fin preciso, con paso firme a través de todas las
dificultades. Después de un breve silencio, prosiguió suspirando:

--¡Pobre Mathys! Sois la víctima de una ciega abnegación. Os compadezco;
el terrible peligro que os amenaza me arranca lágrimas de compasión y de
angustia. La maldad es muy grande en los corazones perversos. Aquella
por quien os habéis sacrificado, quiere preparar ella misma vuestra
pérdida y entregaros a la justicia.

--¿La condesa?--exclamó el intendente.

--Sí, la condesa.

--¡Eso es imposible! Tengo pruebas que le impiden tramar algo contra mí.

--Poseéis un documento firmado por ella, ya lo sé.

--¿Lo sabéis?--murmuró el intendente estupefacto.

La viuda aproximó su silla como para revelarle secretos importantes.

--Escuchad, Mathys; sofocad por el momento vuestra indignación y hablad
quedo--le dijo con tono misterioso--. Lo que vais a saber os llenará de
temor y de cólera; pero cobrad coraje y no temáis nada; yo lucharé junto
con vos contra vuestros enemigos, y estad seguro de que, uniendo
nuestros esfuerzos, haremos fracasar sus pérfidas maquinaciones.

--Os doy las gracias por vuestra abnegación--respondió Mathys--, y me
felicito de que la condesa no haya conseguido con su calumnia quitarme
vuestra estimación... Pero no me doy cuenta de lo que teméis, Marta. La
señora no puede hacer nada contra mí, os lo repito.

--¿Creéis eso? ¿Estais tranquilo porque tenéis en vuestro poder un
documento firmado por ella? Y si os robara ese papel, ¿no estaríais por
completo en su poder? ¿No podría pretender entonces que ignora por
completo el robo de la niña? ¿Quién podría demostrar entonces que Elena
no es su hija, puesto que todos los testigos han muerto, y que vuestra
acusación sería considerada como una acción perversa?

--Pero ella no puede quitarme ese papel, no sabe dónde está.

--En la caja de hierro--dijo el aya.

--¡No, no es cierto!--exclamó el intendente, estremeciéndose de temor y
de sorpresa.

--Mathys, Mathys, ¿por qué queréis engañarme? ¿No me queréis entonces
permitir que os salve?

--¡Ya no sé ni lo que digo!--murmuró el intendente--. Sí, sí, Marta;
está en el cofre.

--El hierro es duro, Mathys; pero el acero es más duro aún. ¿Y si
fracturaran ese cofre durante vuestra ausencia y os quitaran ese
documento?

El intendente, asaltado por una inquietud secreta, se puso vivamente de
pie, sacó una llave del bolsillo y abrió el cofre. Luego lo volvió a
cerrar con la misma rapidez, y volvió junto a la viuda, con una sonrisa
en los labios.

--Ahí está todavía, nadie lo ha sacado--exclamó respirando
ruidosamente--. Pero la verdad es que parece que hubieran tratado de
forzar el cofre--agregó examinando la cerradura--. Pero es absurdo que
me asuste. ¿Cómo haría una mujer para forzar un mueble como éste?

--Hay cerrajeros en la aldea.

--Pero, ¿qué queréis decir? ¿Sería capaz la condesa de consumar un acto
tan criminal?

--Juzgad por vos mismo, Mathys. Mientras estabais en viaje, la señora me
hizo llamar. Me interrogó durante más de una hora para convencerse de
que yo estaba dispuesta a asociarme a ella contra vos. Intentó volveros
tan perverso y miserable ante mis ojos, que os hubiera tomado por un
demonio si no os hubiera conocido. Me ha prometido una fortuna y una
existencia feliz hasta el fin de mis días. Inspirada por mi gratitud
hacia vos y por mi odio hacia ella, fingí entrar por entero en sus
proyectos; y prometí ayudarla sinceramente, libertarla, como decía ella,
de vuestra cruel tiranía, que está envenenando su vida desde hace más de
quince años. Tened calma, os lo suplico, Mathys... De esa manera le
arranqué el secreto de sus intenciones y obtuve de ella los medios de
defenderos contra ella:

--Pero, ¿qué le pasa por la cabeza?--murmuró Mathys, aplastado por
aquella revelación--. ¿Se ha vuelto loca entonces?

--No, sabe muy bien lo que quiere. Su objeto es aniquilar la prueba de
su complicidad, y teneros sometido a sus pies, como un instrumento
impotente; a fin de pretender que ella no ha sabido nunca nada, si el
secreto de la substitución llega a descubrirse algún día.

--¿Y se imagina que substraerá el documento que contiene esa caja?

--Mañana tenéis que hacer un viaje y permaneceréis ausente hasta el día
siguiente. Tiene tiempo para fracturar veinte cofres como éste.

--Su esperanza quedará defraudada, porque me quedaré en casa y no haré
el viaje. De ese modo...

La viuda había probablemente previsto esta respuesta, que no pareció
hacer gran impresión en ella.

--Imposible. Es preciso, Mathys, que partáis--le replicó--. Si no
queréis salir de la casa tenéis que declararle a la condesa la causa de
vuestra negativa. Me acusaría a mí, con razón, de falsedad; y yo
quedaría ¡ay! perdida, y a vos no os quedaría la menor esperanza de ver
realizados vuestros deseos.

--Entonces hay otro medio, pondré el documento en mi cartera y lo
llevaré conmigo.

--No hagáis eso, Mathys; la condesa lo ha previsto todo. Que dejéis la
prueba en la casa o que os la llevéis consigo, ha jurado apoderarse de
ella; y tened la seguridad de que lo conseguirá si no encontramos otro
medio de engañarla.

--En verdad, Marta, que no os comprendo. ¿Cómo se podría apoderar la
condesa de un papel que yo llevo conmigo? Mientras estoy en viaje, ella
no...

Pero la viuda no quería dejarle tiempo para que reflexionara; había
sabido por un sirviente lo pasado en el bosque y lo interrumpió con voz
trémula:

--Esperad lo peor que pueda imaginarse, Mathys. La condesa no se ha
atrevido a decirme abiertamente su pensamiento, pero he comprendido muy
bien por sus palabras que no retrocedería ni ante un atentado. Se ha
puesto en el caso de que os llevéis con vos el documento, y me ha
hablado en términos encubiertos de hombres pagados para espiaros y
atacaros...

--¿Hombres pagados para atacarme?--preguntó el intendente, cuyo espíritu
conturbado asoció las palabras de Marta con la emboscada de esa noche--.
¿Estáis cierta de que la condesa haya dicho algo parecido?

--Completamente segura.

--Pues entonces no viajaré más que de día; no saldré de la carretera, y
me haré acompañar por gente segura.

--Vanas precauciones. Aunque tuviera que hacer ocultar a la gente en su
propia alcoba para haceros registrar al regreso, se apoderaría del
documento, no lo dudéis...

--En ese caso no saldré.

--¿Y la señorita? Es preciso que parta, Mathys. Todo retardo podría
inspirar sospechas e impedir su reclusión.

--Es que mañana mismo le diré a la condesa que conozco su cobarde
proyecto contra mí. La obligaré a renunciar a él, amenazándola con mi
venganza. Quiero que se eche a mis pies, y que me pida perdón.

--¡Dios mío! ¡entonces queréis sacrificarme!--exclamó Marta con ansiedad
simulada--. ¡Cómo! ¿Os atreveríais, después de eso, a dejarme un solo
instante en Orsdael, junto con la condesa? No, no; si reveláis mi
traición, huiré de aquí al despuntar el día. Es preciso que no lo sepa
nunca, jamás.

--¿Y qué medio puedo emplear para que el documento no pueda caer en
manos de la condesa?

Marta se pasó la mano por la cabeza, fingiendo torturar su espíritu,
buscando una idea que pudiera salvarlos. De pronto se puso de pie
lanzando un grito de alegría.

--¡Dios sea loado!--exclamó--. Conozco un medio infalible para engañarla
y burlar sus tentativas. Dadme el documento, Mathys; lo coseré al fondo
de mi falda. Nadie lo buscará allí, y por más que busque y haga vuestra
enemiga, jamás encontrará el testimonio de su crimen.

--¿Daros ese documento, mi sola arma contra su maldad, mi seguridad, mi
fuerza?--dijo entre dientes el intendente, con sonrisa irónica--. No,
no, ese tesoro no se separará de mí.

--Os lo suplico, Mathys--dijo la viuda pálida y temblorosa--. Dejadme
salvaros. ¡Ah! No me neguéis el único medio de salvaros de las celadas
de vuestros enemigos.

El intendente, engañándose respecto a la agitación del aya, le dijo con
el tono de una resolución irrevocable:

--Vamos, Marta, estáis exagerando el peligro que me amenaza. En todo
caso, la firma de la condesa es un medio infalible de defendernos
victoriosamente contra sus proyectos perversos. Os agradezco vuestras
simpatías, pero el documento no estará nunca en otras manos que las
mías. No me habléis más de eso, que ya sabré encontrar un sitio oculto
en el que nadie lo descubrirá.

Marta, herida por una cruel decepción, se puso las manos delante de los
ojos, lanzando un grito penetrante. La última esperanza que le quedaba
en la última extremidad, se había desvanecido.

En el momento mismo en que creía aferrar la prueba tan ardientemente
deseada, acababa de anonadarla una vez más el convencimiento de su
impotencia. ¡Su hija, su pobre hija, iba a ser encerrada en una casa de
locos, perdería en ella la razón, y sin duda alguna moriría!

Esta certidumbre le desgarró el corazón, apagó el último fervor de su
esperanza y abatió la fuerza de espíritu que aún le quedaba. Se entregó
por entero a su dolor, sollozando en alta voz, y llorando en tal
abundancia, que las lágrimas le empapaban las mejillas.

Mathys, que la creyó ofendida por su negativa, trató de hacerla
comprender que se equivocaba. Le dijo que no dudaba de su afecto por él
y que tenía una confianza ilimitada en su abnegación; pero que, respecto
a ese asunto, había tomado hacía largos años, una resolución firme de la
que no podía apartarse; podía estar tranquila a ese respecto; él sabría
muy bien poner el documento al abrigo de las asechanzas de la condesa, y
como el fin que impulsaba a Marta era conseguirlo de otra manera, no
había razón alguna para que se inquietara de esa manera.

Pero, dijera Mathys lo que dijera, la viuda, aniquilada, agotadas las
fuerzas y las ideas, quedó abismada por su dolor, y sólo respondió por
medio de suspiros y sollozos.

El intendente la miró durante un rato, siguiendo con la mirada las
lágrimas que caían de sus mejillas. Sacudió la cabeza contrariado, y
pareció luchar con un pensamiento penoso. Poco a poco, sin embargo, su
rostro tomó una expresión compasiva. La desesperación de Marta hacía más
fuerza en él que sus recursos más hábiles.

--Está bien--dijo al fin--, os daré la prueba de confianza que me
exigís. ¡Ah! ¡si supierais lo que me pedís!

Dichas estas palabras, se adelantó lentamente hacia el cofre.

La viuda le dirigió una mirada de soslayo; la silla temblaba, movida por
el estremecimiento de su cuerpo y tenía que apretarse el pecho para
contener los latidos de su corazón. El intendente se aproximó a ella y
le entregó el documento en un sobre sellado.

--Tomad, Marta--le dijo--; conservad esto con cuidado hasta que yo
vuelva de viaje. No lo abráis; ocultadlo entre las ropas; que no se os
separe ni un instante. Ya veis que tengo tanta confianza en vos como si
fuerais mi mujer... ¡Qué emocionada estáis! Calmaos, querida amiga, os
habéis equivocado respecto a mis intenciones.

Trémula y casi desfallecida de alegría, Marta escondió el sobre en su
seno. En el primer momento no podía hablar y balbuceaba palabras
confusas; pero la posesión del precioso documento pronto le devolvió la
energía. Dominó su conmoción y exclamó apretando con ansia febril la
mano del intendente:

--¡Oh Mathys! ¡Si supierais cuán feliz me siento! El más bello sueño de
mi vida parecía desvanecerse para siempre y hete aquí que se realiza de
golpe. ¡Gracias, gracias! Guardaré el documento, como si de él
dependiera mi salvación eterna. Aunque me pusieran la punta de un puñal
en el pecho, no lo entregaría. ¡Os lo juro!... Pasado mañana--prosiguió,
cambiando de tono--os lo devolveré tal cual está, y entonces
deliberaremos sobre lo que tenemos que hacer. Ahora, Mathys, id a
descansar; estáis probablemente muy cansado del viaje de hoy, y tenéis
que volverlo a hacer mañana. No temáis nada; ni aun la muerte podría
arrancarme este precioso depósito.

--Sí, me siento deshecho, no sólo por el viaje sino por todo lo demás, y
sobre todo, por las emociones que he sufrido hoy.

El aya, devorada por una fiebre interior, se puso de pie, y dirigiéndose
a la puerta:

--Podéis estar tranquilo, Mathys. Mañana temprano estaré levantada para
ir a hablar a la señora, y si durante la noche hubiera inventado nuevas
celadas contra vos, vendré en seguida a revelároslas. En todo caso, no
le digáis nada antes de que nos volvamos a ver. ¡Buenas noches!

--¡Buenas noches!--dijo el intendente mirando con fijeza al aya.

Esta mirada singular no le pasó inadvertida a Marta y le heló la sangre,
porque creyó leer en sus ojos que le había acometido un ímpetu furioso
de correr tras ella y recuperar el documento.

Se dirigió lentamente hacia la puerta, y hasta volvió la cabeza para
decir sonriendo: «¡Buenas noches, buenas noches!» pero así que salió al
comedor obscuro, se puso a correr hacia su cuarto en puntas de pie con
una rapidez como si tuviera alas.

Echó la llave a la puerta, corrió a la ventana que daba al campo, la
abrió, midió su altura, se alejó de ella murmurando algunas palabras
sofocadas; se acercó en seguida a la mesa, encendió una pequeña lámpara,
sacó el sobre de su seno y rompió el sello con mano trémula.

--¡Oh! ¡Dios mío!--balbuceó--. ¡El reconocimiento de mi derecho de
madre! ¡La condesa declara que ella ordenó el robo! El nombre, el dulce
nombre de mi Laura.

Fué interrumpida por un murmullo que llegó hasta su oído; creyó oír que
la llamaban.

Una sonrisa de felicidad iluminó su rostro. Se levantó, guardó el papel
en el seno y corrió al cuarto de Elena. Cuando abrió la puerta oyó un
quejido doloroso.

--¡Oh Marta! ¿sois vos, de veras? ¡Soñaba que no os volvería a ver más!

Pero un beso ahogó las palabras en sus labios.

--¡Mi hija, mi hija, mi hija querida!--dijo la viuda con voz trémula--;
calla, calla, no llores. No irás al convento. Ya no más penas, no más
dolores, alégrate. Mañana serás feliz. No irás al convento. Ríete, ponte
contenta. Mañana verás a tus enemigos arrastrarse a tus pies e implorar
tu piedad.

La joven, asustada por aquellas efusiones, y por el tono ardiente de la
voz, apartó la cabeza y murmuró:

--Pero, ¿quién sois, entonces?

--¿Quién soy? ¿Quién soy?...--repitió la viuda casi loca y con una
vehemente imprudencia--. ¿Quién soy?... El secreto de mi amor, de mi
vida. Yo soy tu... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡qué locura iba a hacer!

Y retrocedió temblando.

Elena, cuyo corazón hacía temblar el presentimiento de una revelación
suprema, tendió las manos en la obscuridad, haciendo un gesto
suplicante; pero Marta había recuperado un poco de sangre fría y
murmuró, mientras depositaba otro beso más en la frente de su hija:

--No, no, no ha llegado todavía el momento de la revelación. Cállate,
luz de mis ojos, mi esperanza, mi felicidad, no me preguntes nada. No me
conocerás hasta el momento de la liberación. Mañana, Laura; mañana,
Elena; sabrás qué vínculos nos unen... Tengo que apartarme de ti, hija
mía; podría sucumbir a una tentación que nos sería fatal a las dos.
Duerme, duerme en paz... mañana un nuevo sol lucirá para ti y para mí.

Y huyó rápidamente del cuarto, cerrando la puerta tras sí.



VI


Las sombras eran intensas; los campos y los bosques estaban cubiertos de
tiniebla; pero ya una claridad dudosa temblaba en el horizonte; la
aurora iba muy luego a aparecer y a llenar el espacio con la luz dorada
de una mañana espléndida.

En aquel momento, el follaje de las encinas verdes se abría detrás de la
casa de Andrés, el guardabosque. Una sombra de mujer surgió entre los
arbustos espesos que flanqueaban el camino. Se detuvo, miró con
desconfianza hacia todos los lados, trató de penetrar con la mirada la
obscuridad gris y se deslizó lentamente hacia la casa del guarda.

Entró en el jardín por una abertura de la cerca, se aproximó a una
pequeña ventana, golpeó en ella misteriosamente y dijo con la voz pegada
a los vidrios:

--¡Catalina! ¡Catalina!

Abrióse la puerta.

--¿Sois vos, Marta?--dijo la mujer del guardabosque, sorprendida--¡Dios
mío! ¡y todavía es de noche! ¿Qué es lo que os pasa?

--Apresuraos, venid pronto; tengo que hablaros en seguida--balbuceó el
aya.

Al cabo de cinco minutos, Catalina abrió la puerta, y apareció junto con
su marido en el jardín.

--¡Vos aquí, Marta, a estas horas!--dijo--. ¿Os han obligado a salir del
castillo antes que fuera de día?

La viuda le echó los brazos al cuello, la atrajo a su pecho y le
murmuró:

--¡Catalina! ¡ah, Catalina! ¡Dios me ha dado la victoria! Que me proteja
aún durante algunas horas, y mi Laura será libre para siempre. ¡Hoy
podrá llamarme madre, delante de todo el mundo!

--¡Cómo! ¿Qué queréis decir?

--Callaos, Catalina, vuestro marido podría oírnos. Quiero estar sola con
vos.

--Vamos, entrad, Andrés cuidará la puerta.

Catalina habló un momento a su marido y luego entró en la casa con la
viuda. La condujo a una pieza aparte, cerró la puerta, y le tomó las
manos diciendo:

--Aquí nadie puede oírnos, Marta. Satisfaced mi ardiente curiosidad.
¡Vuestra Laura quedará hoy libre! ¡Quiera Dios que vuestra esperanza se
realice!

La viuda le contó en pocas palabras y de prisa lo que había sucedido;
cómo habían resuelto encerrar a su hija en una casa de sanidad
desconocida; lo que había sufrido ante ese peligro extremo; cómo,
inspirada por la desesperación, había osado intentarlo todo, y cómo el
intendente, después de una larga resistencia, le había entregado la
prueba de su derecho de madre, y del rapto de su hija.

Más de una vez, durante aquel rápido relato, Catalina había lanzado, a
pesar suyo, un grito de admiración y de triunfo; pero luego, calmada y
llamada a silencio por la viuda, se puso a llorar, y lágrimas de
felicidad corrían por sus mejillas, en la obscuridad.

--Calmaos, Catalina, el tiempo para mí es precioso--dijo la viuda--.
¿Comprenderéis ahora por qué vengo aquí? Estando en posesión de este
documento, no me atrevo a permanecer en el castillo. Mathys y la condesa
me lo quitarían por la violencia y hasta cometerían un nuevo crimen, si
fuera preciso. Yo sólo soy una mujer y necesito del auxilio de los
hombres para defenderme de los enemigos de mi hija. Voy a la casa de
Federico Bergams; su tío es notario y él conoce las leyes. Me dirán lo
que tengo que hacer, y vendrán conmigo a Orsdael a oponerse a la partida
de Elena. Vive a dos leguas de aquí; es de noche, no conozco los
caminos, tengo miedo de que me suceda algo. Vuestro marido puede
acompañarme y conducirme... No temáis nada, Catalina; es el último
sacrificio que os pido, y sea cual fuere el resultado definitivo de la
lucha, os recompensaré y aseguraré vuestra suerte, hasta el fin de
vuestros días...

--¡Vos recompensarme!--dijo Catalina con tristeza--. No está bien que me
habléis así. Mi mayor recompensa es vuestra felicidad.

--Ya lo sé, amiga mía; pero vuestro marido no puede ser víctima de
vuestra generosidad. No discutamos a ese respecto. Yo tengo que partir
de aquí; pueden notar mi ausencia, buscarme, perseguirme, ¡oh Dios mío!
¡si me sorprendieran, podrían todavía arrancar la libreta de mi hija, mi
vida!

--Voy a confiaros a mi marido; fiad en él, Marta; llevará su fusil y os
defenderá si es necesario a costa de su sangre.

Cuando el guardabosque entró en el cuarto, su mujer le dijo:

--Andrés, es preciso que partas en seguida con el aya. Está encargada de
una misión importante, y como es de noche todavía, y los caminos no sean
quizá seguros para una mujer, la condesa quiere que la acompañes.

--Está bien, mujer. En dos minutos me pongo la blusa y estoy listo.

--La señora va a casa de Federico Bergams. Eso te parecerá raro,
¿verdad?

--Nada de eso. Poco me importa donde me mande la condesa--respondió el
guardabosque, listo para partir.

--Un momento--dijo Catalina--. El mensaje que la señora va a cumplir, es
un secreto. Nadie debe verla ni encontrarla, por lo menos hasta media
legua de distancia de Orsdael. La llevarás, pues, por caminos apartados
y por el bosque.

--Muy bien--dijo el guarda, subiendo una pequeña escalera para ir a
vestirse.

--Pero decidme, Marta--murmuró la campesina después de un momento de
silencio--. ¿Quién os abrió la puerta del castillo?

--Nadie, Catalina; bajé por la ventana de mi cuarto.

--¡Cómo! ¿desde tan alto? ¡Pero eso es imposible!

--Pues creedme, Catalina--respondió el aya--; así que me encontré sola
en mi cuarto, con la prueba inestimable sobre mi corazón, me fué
imposible tener un momento de reposo. Temblaba, el sudor de la angustia
corría por mi cuerpo. Hostigada por el miedo, por el mortal
convencimiento de que Mathys aparecería para que le devolviera el
documento, calculé, inclinando la cabeza en la ventana, la altura del
salto que tendría que dar para escapar de aquel peligro inminente. El
menor ruido me hacía temblar, el grito de un pájaro casi me hizo
desvanecer de angustia. ¡Oh! tenía en mi pecho la salvación de mi hija y
estaba todavía en poder de mis tiranos. No podía permanecer en aquella
dolorosa perplejidad, y quizá, ofuscada hasta la locura, por un ruido en
el corredor, iba a precipitarme hacia el vacío, cuando se me ocurrió una
idea salvadora. Uní las sábanas de la cama con un fuerte nudo, las até a
la baranda de la ventana y traté de bajar al suelo. La vehemencia del
deseo me prestó una fuerza sobrenatural, y mi ángel bueno me protegió
sin duda, porque las sábanas eran demasiado cortas y caí de una gran
altura, sin herirme, sin embargo. Después, deslizándome a lo largo de
las paredes, corrí hasta el puente. Lo atravesé, eché a andar entre los
arbustos y las zarzas hasta que...

La llegada del guardabosque interrumpió su explicación. Andrés descansó
despacio la culata de su fusil en el suelo, y dijo:

--Señora, estoy pronto; cuando gustéis.

En la puerta las dos mujeres se abrazaron y cambiaron algunas palabras
más; después Marta siguió al guarda a través del bosque.

Andrés condujo al aya por senderos cubiertos y dió muchos rodeos para
evitar las carreteras. Permanecía silencioso, y sólo hacía alguna
advertencia en voz baja, cuando algún paso o algún pozo interceptaba el
paso.

Después de media hora larga, condujo a la viuda por un camino ancho. La
primera luz del alba empezaba a esparcirse en el espacio, y ya podían
distinguirse los objetos a través da la niebla.

--¿No corremos el riesgo de encontrar a alguien por aquí?--preguntó la
viuda.

--No me parece, señora. Todavía es muy temprano--respondió el guarda.

--Si me viese alguien que fuera a Orsdael--suspiró Marta.

--El camino es recto, señora; miraré a lo lejos; si alguien viene nos
internaremos en el bosque.

--Este misterio tiene que sorprenderos, amigo mío; pero antes de
mediodía conoceréis la causa.

--No es necesario. Yo hago lo que me mandan y no me meto en lo demás.

--Están pasando cosas muy extrañas en Orsdael, y pronto se producirán
allí sucesos extraordinarios que llenarán a todos de asombro. Vos sois
un hombre bueno y fiel y seréis recompensado.

--¡Cosas extrañas! Sí, sí; pero no es cuenta mía... Camináis ligero,
señora.

--El mensaje que llevo es urgente, amigo mío; pero si os sentís
cansado...

--No, no; es una observación. Puesto que lo deseáis, apresuraré el paso.

El guarda, para demostrar que no se cansaba tan pronto, alargó el paso y
continuó con tanta rapidez, que la viuda apenas podía seguirlo, aunque
aquella rapidez secundaba sus deseos.

Marta pronunciaba de tiempo en tiempo palabras para interrumpir el
silencio y mostrarse reconocida para con su guía; pero éste, creyendo
que cumplía, en circunstancias importantes, una orden de la condesa, no
respondía sino con un sí o un no y cortaba en seguida la conversación.

Entretanto el cielo se iba aclarando poco a poco, y cuando por fin se
vió el campanario de la iglesia que les indicaba como un faro el término
de su viaje, el sol, surgiendo del horizonte, circundaba toda la
naturaleza con su luz esplendorosa.

Se habían cruzado en el camino con algunos campesinos que, con la azada
al hombro, se dirigían al trabajo de los campos. Cuanto más se acercaban
a la aldea, más gente encontraban; pero como Marta se consideraba ya
libre del alcance de sus enemigos, no reparó en las miradas de sorpresa
de los campesinos y siguió su camino hasta que el guardabosque se detuvo
delante de una gran casa y le dijo sonriendo:

--Señora, ésta es la casa del señor Bergams; ¿puedo volverme a Orsdael?

--Sí, volveos a vuestra casa, amigo mío--respondió la viuda.

Pero, cambiando de opinión, dijo en seguida:

--No, no, permaneced aquí; no podéis volveros a Orsdael.

--Pues entonces, señora, con vuestro permiso, cerca de aquí hay un
mesón. Si me llegáis a necesitar, hacedme llamar allí.

Una vieja sirvienta abrió la puerta, y preguntó mirando al aya con ojos
escrutadores:

--¡Ah! es para un testamento. ¿No es eso? Entrad, el notario todavía
duerme; voy a despertarlo.

Marta le dijo al entrar:

--Buena mujer, os equivocáis; deseo hablar al joven señor Bergams.

--¿Tan temprano?

--Y en seguida.

--Es que no sé, no me atrevo--dijo la sirvienta con desconfianza--. El
señor está acostado todavía. ¿No podríais esperar una media horita?

--No, os ruego que vayáis en seguida y digáis al señor Federico que el
aya del castillo de Orsdael ha venido a hablarle de cosas importantes.

--¡El aya de la señorita de Bruinsteen!--exclamó la sirvienta con
sorpresa--. ¡Oh, ya comprendo! Sí, sí, voy a llamarlo. Sentaos, señora.
Es preciso darle al menos tiempo para vestirse.



VII


Mathys había pasado una mala noche. Aunque estuviera muy agitado por los
acontecimientos del día, la fatiga lo había sumido en un pesado sueño,
que no fué turbado hasta el otro día a la mañana por espantosas
pesadillas.

Cuando el sol se hubo alzado, cuando la campana del castillo llamó a los
obreros al trabajo, Mathys despertó con la frente cubierta de sudor.
Trató de volverse a dormir, pero el recuerdo de las imágenes horrorosas
que había visto en sueño le asediaba aún el espíritu y hacía latir su
corazón con violencia. Saltó fuera del lecho y se vistió a la vez que
murmuraba entre dientes:

--¿Qué temor absurdo me agita? Era un sueño, un sueño espantoso,
insensato. Marta me estima, sus intereses son los mismos que los míos.
¿Por qué me engañaría? No, no, pues haría pedazos su felicidad sin razón
ni provecho para ella. En todo caso, he cometido una imprudencia.
¡Entregarme así indefenso a una mujer! ¿Estaría embriagado o habría
perdido el juicio?... La condesa tiene la culpa de todo. El odio que me
tiene debe ser muy grande para que la haya impulsado a cometer un acto
tan perverso y estúpido. Revelarle a una persona extraña el secreto del
que dependía su propia fortuna, su honor, su vida. Es incomprensible, y
si la duda fuera posible, diría que Marta me ha mentido descaradamente.
Pero nadie en la tierra sabe de este desgraciado asunto más que la
condesa y yo. Es ella, pues, la que nos ha traicionado. ¿Cómo me
vengaré? Quiero verla arrastrarse otra vez a mis pies antes de la
partida de la loca... Pero, ante todo, iré a pedirle a Marta que me
devuelva la prueba; sin esa arma soy impotente. ¡Oh, vamos a verlo! La
condesa me dará cuenta de su infame complot.

Al decir estas palabras, se dirigió al cuarto de la viuda y golpeó a la
puerta. Esperó un rato, volvió a golpear y dijo:

--Marta... Marta... soy yo. Esperaré que estéis vestida; pero os lo
ruego, respondedme.

El silencio más completo siguió reinando en su derredor. Una rara
ansiedad lo dominó...

Llamó al aya en alta voz y golpeó con el puño contra la puerta; pero fué
en vano, el cuarto permaneció silencioso como una tumba.

Un grito de espanto se le escapó al intendente, que se puso lívido
aunque tratara de tranquilizarse diciéndose que probablemente Marta se
había levantado temprano.

Estas últimas palabras hicieron renacer una sonrisa de alivio en los
labios del intendente.

Bajó la escalera corriendo y le preguntó al portero si no había visto
al aya. Este le respondió negativamente; le nombró todas las personas,
obreros o no, que habían salido del castillo, y le aseguró que nadie más
había salvado la puerta, puesto que él tenía la única llave y no se
había movido de allí desde el llamado de la campana.

Estas últimas palabras hicieron reaparecer una sonrisa de alivio en los
labios de Mathys. El aya estaba, pues, en el castillo, porque no existía
otra salida que la portalada. Sin embargo, no estaba tranquilo y se puso
a recorrer la casa de arriba abajo, preguntando a todo el mundo si había
visto bajar al aya. Recordó que Marta había expresado la intención de ir
a hablar temprano con la condesa; se disponía, pues, a subir la escalera
que conducía al departamento de la señora de Bruinsteen, cuando la
camarera le detuvo, diciéndole que acababa de ver a su señora, sumida en
el más profundo sueño. Mathys recorrió todo el edificio hasta las
buhardillas. La inutilidad de sus esfuerzos le llenaba de una inquietud
inexplicable. Quizá Marta estuviera enferma, quizá las sacudidas de la
víspera habían perturbado violentamente su sistema nervioso. Al
asaltarle esta idea, corrió tras la sirvienta y le dijo:

--Ve a ver a la señora, y pídele las llaves de las piezas del aya. Las
necesito en seguida, iré a buscarlas yo mismo. Corred, volad, es preciso
que la señora se levante. ¡Puede que haya sucedido una desgracia!

La sirvienta trajo dos llaves; sin escuchar lo que quería decirle de
parte de la condesa, Mathys subió la escalera corriendo. Abrió la puerta
del cuarto de Marta y echó una ojeada sobre el lecho. Estaba vacío.

Pálido y trémulo, puso la llave en la cerradura, de la segunda puerta.
Vió a la joven sentada en una silla en el fondo de su cuarto; ya estaba
levantada y vestida, a pesar de la hora tan insólita. Tenía, pues, que
saber lo que había pasado.

Mathys se acercó a la joven, la miró con los ojos hechos ascuas y
exclamó, apretándole las muñecas hasta deshacérselas:

--Ten cuidado, dime la verdad, porque si me engañaras, sería capaz de
todo... ¿Dónde está el aya?

--No lo sé--balbuceó la joven, que temblaba de miedo.

--Imprudente, no me mientas o te aplasto bajo mis pies. ¿Dónde está
Marta?

--Tened compasión de mí; yo no lo sé, señor. Aunque me quitarais la vida
yo no podría deciros otra cosa.

--¿Por qué estás levantada y vestida?

--Porque me despertó un ruido extraño, señor.

--¿Qué ruido?

--Un golpe, como si alguien hubiera caído...

Pero la joven se asustó, pensando que si decía la verdad podía exponer
a su benefactora a un peligro. Se puso a balbucear y dijo:

--Un ruido, un crujido...

--No me hagas hervir la sangre, ¡desgraciada!--dijo Mathys--. Vamos,
¿qué es lo que has oído?

--Sin duda a los pájaros nocturnos en la torre.

El intendente estaba seguro de que la joven sabía las cosas, y no las
quería decir; conocía su inflexible tenacidad y la idea de que
permanecería indomable lo hizo arder en furor. Volviéndose hacia la
puerta, le gritó con acento atronador:

--¡Espérate un momento y ya verás si te hago hablar!

Iba a salir del cuarto, cuando notó en el suelo un papelito doblado que
había sido empujado por la puerta cuando él la abrió.

Desdobló el papel y leyó estas líneas escritas en lápiz con mano
trémula. «Elena, parto para salvarte. Suceda lo que suceda, no temas
nada. Mi promesa será cumplida. Dentro de dos horas quedarás libre para
siempre.»

Mathys miró el papel durante algún tiempo con aire extraviado, después
lanzó un grito de rabia y corrió al otro cuarto, buscando algún objeto
con qué golpear a la pobre Elena; su mirada tropezó con la ventana y vió
las sábanas atadas a los barrotes de hierro.

--¡Se ha ido! ¡Huyó esta noche!--exclamó--. ¡Ya está a varias horas de
Orsdael! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Y se lleva mi vida! ¡Estoy perdido!
¡Estoy perdido!

Ebrio de cólera, azorado por el terror, se precipitó sobre la joven, la
tomó de los hombros, la sacudió violentamente y le preguntó:

--¿Dónde está Marta?... ¿Qué es lo que te ha prometido?... ¿Qué es lo
que quiere hacer? ¡Habla o te mato!

Pero la joven volvió la cabeza, dobló la espalda y permaneció muda,
aunque el intendente repitiera varias veces su amenaza; en su furor le
golpeó con el puño la espalda y la cabeza y luego salió del cuarto,
jurando y blasfemando. Se detuvo, sin embargo, en el corredor y se puso
a reflexionar sobre su crítica situación. Estaba pálido como la muerte,
vacilaba sobre sus piernas, las ideas se confundían en su cabeza. ¿Cuál
podía ser la intención de Marta? Quería sin duda vengarse de la condesa
que la había maltratado; pero no se daba cuenta, la insensata, de que
iba a perder al mismo tiempo a su amigo y protector.

Bajó la escalera y entró en la sala, donde encontró a la sirvienta, la
que le dijo que la señora estaba ya levantada e iba a bajar en seguida.

Se dejó caer en una silla, angustiado de nuevo por sus terribles
perplejidades. Todavía quedaba cierta duda en su espíritu. El aya no
podía quererle mal, y sin duda no se había dado cuenta de las
consecuencias de lo que iba a hacer. Quizá le fuera posible todavía
impedir la revelación del secreto, porque Marta seguiría sus consejos,
así que él pudiera hablarle. En esa certidumbre, resolvió no decirle
nada a la condesa, que se había dejado arrancar por Marta la prueba de
la substitución de criaturas. Estaba profundamente avergonzado de
aquella imbecilidad, estando bien seguro, por otra parte, de que la
condesa no le temería ni le tendría la menor consideración, así que
supiera que aquella arma no estaba en sus manos.

Cuando la señora de Bruinsteen entró en la sala, vió que había lágrimas
en los ojos del intendente.

--¿Estáis llorando, Mathys?--le preguntó asustada--. ¿Qué ha sucedido?
La sirvienta me ha hablado de una desgracia; pero confío en que no os ha
sucedido nada, ¿verdad?

El intendente echó llave a las dos puertas y deteniéndose con los brazos
cruzados y los ojos echando llamas ante la condesa:

--¡Sentaos, señora! ¡Sentaos, os lo ordeno! Habéis cometido una cobarde
traición; quiero ser vuestro juez, vuestro juez inexorable. ¿Qué le
habéis dicho a Marta?

--Pero, ¿qué significa esto?--murmuró la condesa retrocediendo--. ¡Me
dais miedo!

--Respondedme, respondedme--bramó Mathys, mirándola en los ojos, con los
dientes apretados y los labios contraídos--. ¿Qué le habéis dicho ayer a
Marta?

--Pero, por Dios, ¿qué os pasa?--balbuceó la condesa de Bruinsteen
asustada--. Se diría que queréis asesinarme. No deis un paso más porque
grito pidiendo auxilio.

--Si dais un sólo grito, os rompo la cabeza--gritó el intendente fuera
de sí--. Respondedme en seguida.

--¿Qué le dije al aya? ¡Oh, poca cosa, Mathys! Es cierto que le dije que
Elena iba a ser llevada hoy a la casa de sanidad.

--No, no ha sido eso.

--Pero hasta le oculté el nombre del establecimiento a que va a ser
llevada.

--¡Despreciable, hipócrita!--exclamó Mathys--. ¡Queréis ahorraros la
confesión de vuestra falsía! Voy a arrancaros la careta, señora; lo sé
todo.

--¿Qué sabéis? Os lo ruego, hablad más claro, me hacéis temblar.

--¿No le revelasteis a Marta el secreto del nacimiento de Elena?

--¡Yo! ¡Qué idea tan insensata! ¿Cómo se me podría ocurrir perderme a mí
misma?

--¿No le habéis dicho que Elena es hija de un oficial de húsares y que
fué robada a una nodriza cerca de Bruselas?

--¡Qué pregunta! A Dios gracias, no se me escapó una palabra a ese
respecto.

--¡Qué impavidez y qué osadía! Pero la denegación es inútil. Habéis
querido vengaros de mí y le habéis dicho a Marta que la niña fué
conducida al castillo sin que vos lo supierais. De ese modo, cobarde
mentirosa, queréis hacer pesar sobre mí solo la falta; pero os habéis
engañado. La cárcel...

--Callaos, callaos, ¡imprudente!--exclamó la condesa--. Podrían oíros.
¿Qué pesadilla os ha revuelto de ese modo la cabeza? Estáis
completamente ofuscado. ¿Que yo le he revelado a Marta el secreto del
nacimiento de Elena? ¿Que yo he vendido mi libertad y mi honor para
satisfacer mi venganza contra vos? Pero, ¿no veis que eso es absurdo e
imposible?

--¡Traidora!--bramó Mathys.

--No queréis creerme--prosiguió la señora de Bruinsteen--. Si llegáis a
probarme que he dejado sospechar ese secreto por una sola palabra, os
doy la mitad de mi fortuna... ¿Os reís? ¿No os parece bastante? Si me
convencéis de esa estupidez tan cobarde, os doy el derecho ante Dios y
ante los hombres de vengaros de mí, aunque sea matándome.

Al oír estas palabras, pronunciadas con una energía que no dejaba lugar
a dudas, Mathys dejó caer la cabeza sobre el pecho. Convencido al fin de
que había acusado a la condesa sin razón, se sintió embargado por una
desesperación profunda; se estremeció de vergüenza al pensar que se
había dejado arrastrar por un ciego amor, a hacer una revelación fatal,
y que él era el único traidor para con su cómplice. Resolvió más
firmemente que nunca el no confesar que había confiado la prueba del
crimen a Marta. Aunque lo dominara el miedo tenía la confusa esperanza
de que el aya no quería hacer nada contra él. Pero, como esta esperanza
era muy dudosa, un sudor frío bañaba la frente del intendente
consternado.

--Vamos, mi buen Mathys--dijo la condesa--, estáis enfermo. Tengo piedad
de vuestros terrores inexplicables. Tratad de calmar vuestros sentidos
agitados. Hay un medio infalible de convenceros de que vuestras
sospechas eran infundadas. Voy a hacer llamar a Marta.

--¡Es inútil!--exclamó el intendente--. Marta ya no está en Orsdael.
Esta noche ató las sábanas a las varas de su ventana, y huyó del
castillo. Sabe Dios si ya no está a cuatro o cinco leguas de aquí...
¡Con nuestro secreto! ¡Ay de nosotros! ¿Qué nos irá a suceder?

La condesa lo miró un momento en silencio, como aturdida por la noticia.

--¿Huyó? ¿El aya ha huído durante la noche del castillo?--murmuró--.
¿Por qué? ¿Qué queréis decir?

Se aproximó a Mathys con expresión de cólera contenida y preguntó con
voz severa:

--Ha huído con nuestro secreto, ¿habéis dicho, señor? ¿Qué significa
esto? ¿Habéis sido lo bastante indiscreto para confiárselo?

--Era inútil; lo sabía todo.

--Pero, ¿por quién? ¿Quién se lo había dicho? Como no fuí yo, tenéis que
haber sido vos. ¡Ah! Cuántas veces temí que vuestro estúpido amor por
esa mujer nos trajera una desgracia; pero nunca pensé que llegarais a
encegueceros hasta ese exceso de locura y de crimen...

--Siento que se me va la cabeza. No sé lo que me pasa--dijo sollozando
el intendente, completamente anonadado--. Es un enigma que llena de
espanto; yo no le dije nada; vos tampoco le hicisteis revelación alguna.
¿Cómo se explica entonces que lo sepa todo? ¿Existe en el mundo alguna
otra persona que sepa nuestros secretos?

--Nadie más que nosotros... Pero no os comprendo--dijo la condesa--.
¡Estáis sombrío y espantado, como si vuestra condena resonara ya en
vuestros oídos! ¡Os creía más valiente, Mathys! ¿Qué importa lo que ha
sucedido? ¿Que Marta se pondrá, a propalar que Elena no es mi hija? Pues
bien, yo sostendré que me calumnia, y en caso de necesidad la demandaré,
para que repare ese ultraje a mi honor. Nada más sencillo; no quedan ni
pruebas ni testigos, y aunque le hubierais revelado el secreto, bastará
decirle que miente descaradamente.

El intendente exhaló un profundo suspiro, pero no dijo nada.

Después de unos instantes de silencio, la señora de Bruinsteen murmuró:

--¡Qué aventura tan sorprendente! Me torturo el espíritu para adivinar
qué es lo que se propone Marta. ¡Huir de esa manera en medio de la
noche! Eso debe ser alguna otra tentativa de Federico Bergams. ¿Elena
está en su cuarto?

--Sí, sí, la señorita está en su cuarto--respondió buscando algo en el
bolsillo--. Mirad, le habían deslizado esta carta por debajo de la
puerta. Quizá esto os explique las intenciones de Marta.

La condesa tomó el billete y lo leyó. Al principio sus labios se
contrajeron de rabia; pero en seguida una sonrisa irónica apareció en
sus labios.

--«Parto para salvarte. Dentro de algunas horas serás libre para
siempre»... ¡Ah! ¡Ah! ¿No es más que esto? ¡Ya veremos! El cuarto de
Elena está cerrado, ¿no es cierto, Mathys? ¿No comprendéis que es una
nueva molestia que Federico quiere causarnos? Ha corrompido a Marta como
a Rosalía, por medio de dinero y de promesas, para favorecer sus
proyectos. Ahora lo comprendo todo. Ha huído para ir a advertir a
Federico que Elena va a ser conducida a la casa de sanidad. Tiene
esperanza de impedirlo. Vamos, Mathys, poseemos los medios infalibles
para frustrar su esperanza.

--¿Medios infalibles?--repitió el intendente sumido más que nunca en sus
temores.

--Ciertamente.

--¿Y si viniera con los representantes de la justicia?

--Los representantes de la justicia no tienen nada que hacer aquí, y,
por otra parte, no encontrarían a Elena. No esperemos el coche que ha de
venir de la ciudad. Haced enganchar el nuestro, y partiréis con la
loca. Sea lo que fuere lo proyectado por Marta y Federico, su propósito
fracasará, así que Elena esté a algunas leguas de aquí. No temo nada;
todo lo que podría hacerse sería retrasar algunos días la partida de la
loca. Pero una vez que ella esté en el camino, me sobrará tiempo para
intentar un proceso contra Marta y su cómplice. No comprendo cómo podéis
abatiros tanto por un hecho desagradable, es cierto, pero nada, nada
grave para nosotros. Las cosas pasarán como cuando la visita del
procurador del Rey. ¿Qué se puede intentar contra nosotros, sin ninguno
de los testigos, sin una prueba? Recobrad vuestra calma, amigo mío;
preparaos para el viaje, partid sin demora, haced volar los caballos
hasta que Elena esté fuera del alcance de nuestros perseguidores.

Mathys se había puesto de pie y reflexionaba. Una especie de sonrisa
iluminó su fisonomía, mientras decía con precipitación:

--¡Sí, sí, partamos en seguida!... Vamos lejos, muy lejos, muy lejos. Se
me ocurre una idea. ¿Si partiera para París con Elena?

--¿Y por qué no para la casa de sanidad?

--No hay pocas casas de sanidad en Francia.

--No comprendo vuestra intención.

--Reparad, señora, que la autoridad podría preguntarnos el nombre de la
casa de sanidad, y quizá nuestros enemigos consiguieran de ese modo su
objeto. En Francia todas las pesquisas serían inútiles; más adelante,
cuando todo esté cumplido y pueda volver aquí con la loca, tomaré
dinero, bastante dinero, para poder salvar allá todas las dificultades.

La condesa lo miró con aire burlón.

--Mathys, Mathys--le dijo--, tenéis miedo como un niño. Me parece que
pensáis más en vuestra seguridad que en la de Elena. No me sorprendería
que a causa de vuestro temor exagerado, quisierais llevaros todo nuestro
dinero. Sea como fuere, id a Francia; quizá sea una medida prudente.
Pero haced ante todo preparar el coche, para que no tengáis que esperar
cuando estéis prontos. No creo que tengamos que temer nada por ahora;
con todo, apresuraos, porque es necesario preverlo todo.

El intendente se dirigió a la puerta.

La condesa le gritó:

--Tened valor, Mathys; la situación no es tan desesperada como creéis.

Pero apenas estuvo delante de la casa se puso pálido como un muerto, y
todos los miembros le temblaban.

--¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde!--se decía el intendente, dejando
caer los brazos.

--¡Allá, por el camino, viene un coche!... Federico Bergams y Marta
están sentados en el banco delantero. Hay otras personas en el coche...
¡Pobres de nosotros, estamos perdidos!

--¿Perdidos?--exclamó la condesa después de un instante de reflexión--.
¿Perdidos? Todavía no, Mathys, y aunque nos tenga que pasar algo
enojoso, nos vengaremos de nuestros delatores. No triunfarán. Vamos,
daos prisa, conducid a Elena a la bodega; bajo la torre de la escalera
secreta. Nadie la encontrará allí. Permaneced a su lado hasta que yo os
llame. Diré que ya ha partido. Dejadme hacer; fiad en mí. Vuestros
enemigos se marcharán del castillo sin haber descubierto nada. Entonces,
llevaréis a la loca a Francia. Pero, ¡Dios mío! ¡qué indeciso y
consternado estáis!

Tomó al intendente por los hombros, lo empujó fuera de la puerta y lo
miró salir y subir hasta que desapareció en el pasillo. Luego se volvió
hacia la sala, se sentó en un sillón y tomó una actitud indiferente.

Momentos después se abrió la puerta y entró Marta seguida de Federico y
el notario.

--¡Vil mentirosa!--gritó la condesa indicándole la puerta con el dedo--,
salid de mi vista. Marchaos, o llamo a mis sirvientes para que os
arrojen fuera del castillo. La justicia castigará vuestra perversidad.

Se precipitó para tocar el cordón de la campanilla; pero el notario le
sujetó la mano.

--¿Qué significa esto?--exclamó--. ¿Queréis hacerme violencia en mi
propia casa? No soy más que una mujer, pero...

--Sentaos, señora, os lo ruego, a fin de evitaros una vergüenza--dijo el
notario reconduciéndola a su sillón con una frialdad imperiosa--.
Escuchadme un momento. Vais a reconocer que el escándalo os sería
desfavorable.

--En fin, ¿qué es lo que tenéis que decirme?--dijo la condesa trémula de
despecho.

--Señora, la niña nacida de vuestro matrimonio con el conde de
Bruinsteen ya no existe, murió en 10 de febrero de 1816. Mediante una
culpable substitución, fué traída a vuestra casa la hija de un oficial
de húsares que se llamaba Héctor Hagens. Corresponde a la justicia
examinar qué castigo merece un acto semejante, pero nosotros venimos en
nombre de la madre legítima para que su hija nos sea inmediatamente
entregada. No os resistáis, señora, porque eso sería obligarnos a
invocar la autoridad de la ley, y pensad en la vergüenza pública que eso
os acarrearía.

--¡Oh! ¡Oh!--dijo sardónicamente la condesa--, no negaréis que os he
escuchado con calma. Esa historia de la joven, de un oficial, es un
cuento inventado por los envidiosos; en cuanto a Elena, ya no está en
Orsdael.

--¡Dios mío!--exclamó Marta palideciendo.

--¿Os imaginabais que no sabía por qué habíais huído del castillo
durante la noche como una ladrona?--replicó victoriosamente la
condesa--. Ahí, sobre la mesa, está el papel que deslizasteis bajo la
puerta de Elena, sirvienta infiel. ¿Queríais libertarla? Es decir, ¿la
queríais vender a alguien que os había pagado para traicionarme? Sea
cual fuese el medio que empleáis, vuestra infame maquinación ha sido
descubierta de antemano. Elena ha partido lejos de aquí, para el
extranjero.

Un grito desgarrador se hizo oír, y Marta cayó sin conocimiento contra
la pared de la sala.

Federico corrió hacia ella, le pasó el brazo debajo de la cabeza y trató
de volverla en sí.

--Señora--dijo el notario a la condesa--. Os estáis perdiendo vos misma.
Tenemos pruebas, pruebas irrecusables. ¡La cárcel va a abrirse para vos!

--¿Qué pruebas podéis tener de una historia que es mentira?

--Un documento firmado por vos, señora.

--Un documento falso.

--Esperad, vais a quedar anonadada.

El notario corrió hacia la viuda desmayada y se puso a buscar con prisa
febril entre los pliegues de su bata para encontrar la prueba escrita.
Los esfuerzos resultaron infructuosos. Temblaba de impaciencia y de
ansiedad, pensando que se hubiera perdido el precioso papel.

--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Marta, no es posible! Marta, Marta.

En ese momento se oyeron gritos confusos en el castillo, y antes de que
nadie pudiera hacer un movimiento, la puerta se abrió con violencia.
Elena, perseguida por el intendente, entró en la sala y cayó a los pies
de la condesa.

Mathys, que parecía ciego de rabia, quiso detenerla; pero Federico dejó
caer a Marta en brazos del notario, saltó sobre el intendente, lo asió
por el cuello y lo arrojó con fuerza irresistible a la pared, mientras
le gritaba fuera de sí:

--¡Si das un solo paso te aplasto!

Mientras tanto, dominada por el terror, la joven gritaba, con los brazos
tendidos hacia la condesa:

--¡Oh madre mía, perdón, tened piedad de mí, me va a asesinar¡ ¡Yo soy
vuestra hija, defendedme, madre, madre querida!

Aquel grito desesperado, aquel dulce nombre de madre, repercutió en el
corazón de Marta. Abrió los ojos, pasó una mirada vaga a su rededor, y
lanzó un profundo suspiro, tendiendo los brazos.

El notario le tomó la mano y dijo con voz trémula:

--¡El papel! ¡La prueba! ¡Aquí está!

Y volviéndose a la condesa:

--Ahora, señora, tendréis que reconocer que fuisteis vos quien ordenó
que robara la niña a vuestro sirviente. Es imposible negarlo. ¡Todas las
circunstancias agravantes acompañan al crimen; ya sabéis lo que os
espera: la pérdida de vuestra fortuna, el eterno deshonor y cinco años
de presidio!

La señora de Bruinsteen fijó un momento la mirada en el papel. Se puso
pálida como la muerte, y todo su cuerpo se estremeció. Echó una mirada
de venganza sobre Mathys, que estaba como petrificado; después lanzó un
grito de desesperación, y dejó caer la cabeza sobre la mesa ocultando la
cara con la mano.

--Madre, ¿qué ha sucedido? ¿qué peligro os amenaza?--preguntó la joven
de rodillas, dominada por el miedo y la piedad.

Pero una voz conocida le provocó otra emoción.

--¡Laura... Elena...!--exclamó la viuda completamente vuelta en sí--.
¡No llames madre a esa mujer! Ven aquí, sobre mi corazón, querida mía...

Pero calló de pronto, por el temor de que una revelación inesperada
fuera a causar a su hija una emoción fatal.

--¡Oh Marta! ¡Vos aquí! ¡Ahora ya no me puede suceder nada
malo!--exclamó la joven arrojándose en sus brazos.

Esta, después de haberla besado tiernamente, la apartó de sí y dijo con
calma aparente:

--Elena, tú no eres hija de esa mujer. Fuiste robada en la cuna. Sólo
era tu verdugo, y nada te vincula a ella ni por la sangre ni por el
afecto. Dios te ha dado otra madre.

La joven miró muda y trémula.

--¿Otra madre?... ¡Oh!... ¡Y vive aún!--murmuró con voz imperceptible.

--¡Vive! ¡Vive! domina tu emoción...

--¡Oh!--exclamó la joven--, esa sonrisa divina, esa mirada ardiente, esa
alma en vuestros ojos... ¡Oh! ¡Marta! ¡Marta! si fuerais mi madre, me
moriría de felicidad.

--Pues bien; sí, Elena... Laura, eres mi hija: yo soy tu madre.

La joven cayó casi desmayada sobre el pecho de la viuda; lágrimas de
ternura indecible rodaron por sus mejillas; acarició a la madre, la besó
y luego le dijo ligero:

--¿Y también tengo padre, verdad? Madre, madre mía, ¿dónde está?

--¡Ay! tu buen padre ya no existe. Toma, hija mía, aquí tienes su
retrato.

Y le entregó a su hija su relicario de oro.

--¡Héctor! ¡Era mi padre!--exclamó la joven arrojándose a sus
rodillas--. Ahora comprendo los secretos que me rodeaban. ¡Oh, que Dios
sea bendecido! ¡He sufrido, he sufrido mucho; pero la recompensa es más
grande que los dolores soportados!

Federico seguía junto a la joven, con la sonrisa de felicidad y la
admiración en el rostro. Todas aquellas revelaciones y todas aquellas
sacudidas se habían sucedido tan rápidamente, que Elena no había tenido
aún tiempo para advertir su presencia.

Marta le tomó la mano y le hizo ponerse de pie, y le dijo:

--Laura, te llamas Laura, hija mía, le has dado gracia a Dios porque le
plugo devolverte una buena madre, pero aún no conoces los tesoros de su
bondad para contigo; además, te ha dado, Laura, un esposo fiel y digno
de ser amado.

--¡Ah! ¡Federico, Federico!

Y los dos jóvenes cayeron en los brazos el uno del otro...

--Bueno, ahora partamos--dijo Marta, tomando a su hija de la mano--.
Huyamos de esta casa de odiosa memoria. Nuestra alegría necesita aire,
alegría, libertad, seguridad...

Pero la condesa, que hasta ese instante había estado sumida en la
desesperación, oyó estas últimas palabras con un pánico extremo. Se dejó
caer a los pies de Laura, se arrastró sobre las rodillas y se puso a
decir, mientras abundantes lágrimas brotaban de sus ojos, y le caían por
las mejillas:

--¡Oh señorita, tened compasión de mi desgracia! perdón, perdón, para
una pobre mujer. Maldecidme, tomad mi fortuna, pero no me entreguéis a
la justicia. Seré pobre, me arrepentiré de mi crimen. Mandadme lo que
queráis y obedeceré como una esclava; pero no me mandéis a la cárcel.
Elena... Laura... estoy a vuestros pies. ¡Oh! ¡tened piedad de mí, no
rechacéis mi súplica!

Mathys, al ver a la condesa a los pies de la joven, también se puso de
rodillas y se arrastró temblando hasta donde estaba Marta. Imploró su
piedad con las manos juntas, y los ojos llorosos. No le dirigió ningún
reproche, se reconoció culpable y confesó que, como madre, tenía que
proceder como lo había hecho; pero recordó su afecto por ella, aquel
sentimiento sincero a que debía la recuperación de su hija, y le suplicó
que no entregara a la vindicta ley a aquel que había contribuído tanto a
su felicidad.

Esta súplica tan humilde hizo que Marta mirara a Mathys profundamente
impresionada e indecisa respecto a lo que debía hacer. Su hija fué a
ponerse con las manos juntas delante de ella.

--¡Oh madre querida, perdón, perdón para la señora de Bruinsteen!
¡Perdonadla!

--Quiero olvidarlo todo, hija mía--murmuró la viuda--. Mi felicidad no
necesita de la desdicha de la señora ni de la de Mathys. Pero, ¿qué
puedo hacer? No lo sé.

--Escuchadme todos--interrumpió el notario--. Puesto que la señora y el
intendente parecen arrepentidos, existe un medio para substraerlos de
la ley y hasta de asegurarles la posesión de lo que les pertenece
personalmente. Pueden expatriarse hoy mismo. Si aceptan mis
proposiciones, les prometo mi ayuda. De ese modo evitarán la prisión, y
nos evitarán graves molestias. Tomad, Marta, recuperad esta prueba.
Guardadla muy bien. Ahora, marchaos; yo me quedo aquí, para terminar
asuntos importantes. Estaré a vuestro lado a mediodía.

Marta tomó a su hija de una mano y a Federico de la otra, conduciéndola
así hasta el coche que estaba en la puerta del castillo.

La viuda lanzó un grito de alegría al ver a Catalina, que estaba parada
en el camino, junto al carruaje. Arrastró a su hija hacia aquélla,
exclamando:

--Ven, Laura, ven; ésta es la mujer que te ha devuelto a tu madre; que
se ha sacrificado por tu felicidad y por la mía. Te he dicho que la
abrazarías algún día con tierna gratitud; pues bien, hija mía,
estréchala entre tus brazos; es un corazón noble el que sentirás latir
sobre tu pecho.

Marta y Laura se echaron al cuello de la campesina, y la colmaron de
agradecimientos y de caricias. La vieja lavandera estaba tan emocionada,
que un torrente de lágrimas le corría por los ojos, sin que pudiera
hablar. De pronto, Marta la tomó de una mano y la arrastró hasta el
coche.

--Catalina, querida Catalina--le dijo--. Tenéis que venir con nosotros.
Vuestro marido os espera en Maraghem. Habrá fiesta, quiero que estéis a
mi lado; tenéis el porvenir asegurado. Mi yerno tiene un corazón noble,
y os pagará vuestra deuda. Vuestro marido será intendente de sus
tierras, viviréis a mi lado, seguiréis siendo mi compañera fiel y mi
amiga, hasta que la tumba nos separe. ¡Venid! ¡Venid!

La pobre Catalina estaba aturdida, la alegría la abrumaba; sin embargo,
resistió a la suave violencia de Marta, y rechazó el honor que se le
ofrecía. Pero Federico la tomó por la cintura, Marta y Laura por los
brazos, y de ese modo Catalina se encontró en el coche, sin saber cómo.

El látigo restañó; el coche partió como una flecha; se alzaron nubes de
polvo en el camino; se oyeron gritos de alegría y el carruaje
desapareció en la vuelta del camino, con la rapidez del viento.

FIN





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La niña robada" ***

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