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Title: Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas
Author: Guerra, Juan Álvarez
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas" ***

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France (BnF/Gallica) at http://gallica.bnf.fr.



Viajes por Filipinas
De Manila á Marianas



Por
Don Juan Álvarez Guerra



(Primera Edición)
Madrid
Imprenta de Fortanet
Calle de la Libertad, Núm. 29
1887



_Al Excmo. Sr. D. Rafael Izquierdo_

_A usted, mi querido General, á quien tanto debe Filipinas, se debe
también este libro. Usted me nombró para una misión científica en el
Pacífico. El nombramiento originó un viaje, el viaje, el libro que
tiene la honra de dedicarle su buen amigo_,

El Autor

_NOTA. Dedicatoria de la primera edición. El General ha tiempo murió,
mas su memoria me es tan respetada, como cariñosa y leal fué mi
amistad mientras vivió._



ÍNDICE DE CAPÍTULOS

CAPÍTULO I.

La _banca_.--El estero.--La chaqueta y el chaquet.--Nuevas
costumbres.--¡Manila progresa!--El _catapusan_, el _sarao y_
la _soirée_.--Colocación de nombres.--Meiisig.--El río de
Binondo.--El Pasig.--La barra.--La _María Rosario_--El adiós á
Manila.--Cavite.--Costumbres--Moysés y las doce tribus--La primera
noche abordo.--El baldeo.--La laguna encantada.

CAPÍTULO II.

Recuerdos de Silam.--Ordoñez y Oñate--El _yo cuidado._--En
marcha.--Sungay.--Talisay.--La Capitana Ramona. Tiempo viejo.--Los
labios de un chico y la boca de una chocolatera.--Perlas
y brillantes--Laguna encantada.--El cráter.--Volcán de
Taal.--Grandiosidad del volcán--Erupciones notables.--Sueño del coloso.

CAPÍTULO III.

Punta Matoco.--Calmas.--Isla Verde.--El sudeste.--Marinduque  y
Mindoro.--Razas salvajes.--Sus costumbres.--Los negritos netas.--Su
manera de ser.--_Inalug_ y _Acubac_.--De puerto Galera á punta
Bunga.--Horizontes de Marinduque.--Isla Banton.--El Padre Pablo.

CAPÍTULO IV.

El fraile en Filipinas.

CAPÍTULO V.

El Estrecho de San Bernardino.--Cabeza Bondog.--Ruinas.--El volcán
Mayon.--¡Ancla!--San Jacinto.--Su Iglesia.--La india Ignacia.--El
toque de oración.--El _atung-taqus_.

CAPÍTULO VI.

La mujer india.--Angué.--Pepay la sinamayera.--¡¡¡Una!!!

CAPÍTULO VII.

España en Filipinas.--Colonización.--Política.--Tolerancia
religiosa.--Juramento chínico.--Pascuas, festejos y
Confucios.--El _matandá._--El municipio dentro del municipio.--El
empleado.--Patriótico aviso.--Desconocimiento de Filipinas.--Reformas
y mejoras.

CAPÍTULO VIII.

Islote de San Bernardino.--El Gran Pacífico.--Cielo y
agua.--Nostalgia.--El secreto de las mareas.--Calma sospechosa.--Pesca
del tiburón.--Los crepúsculos en la mar.

CAPÍTULO IX.

¡Orza!--De vuelta y vuelta.--Tiempo duro.--Siniestros
preparativos.--Falta de crepúsculo.--_La piel de zapa_.--El
tifón!--Baja de barómetros--¡Pobre _María Rosario!_--Horas de
agonía.--Las seis de la tarde del cinto de Agosto.--¡Una pulgada
de descenso!--Salida de la luna.--Esperanzas.--Fúnebres fechas.--El
_Malespina._--Cuatro días sin comer.

CAPÍTULO X.

Veintitrés grados en treinta y tres días.--Inseguridad en la
monzón del SE.--Calmas desesperantes.--Los viajes largos.--Los
ranchos.--¡Tierra¡--Costas de Guajan.--Islote de las Cabras.--Puerto de
San Luís de Apra.--Vegetación de Marianas.--La sanidad y la capitanía
del puerto.--Desembarque.

CAPÍTULO XI.

Historia de las Marianas.--La tradición.--Los
chamorris.--Intolerancias.--El _Pico de los amantes_.--División de
razas.--Tinian.--Sarcófagos antiguos.--La casa de _Taga_--Leyendas y
supersticiones.--Cultos y creencias.--Los _macambas_.--El _zazarraguan_
y el _caifi_--Los _anitis_.--La peña de _Fuuña._

CAPÍTULO XII.

El siglo XVI.--Hernando de Magallanes.--Capitulaciones.--La
_Capitana_, el _San Antonio_, la _Victoria_, la
_Concepción_ y el _Santiago_.--Sebastián Elcano.--Llegada al
Brasil.--Invernadas.--Rebelión abordo.--Comunicaciones de mares.--El
paso del Sur.--Bula de Alejandro VI.--Las Velas latinas.--Islas
de los Ladrones.--Navegación penosa.--Isla de Cebú.--Muerte
de Magallanes.--La _Victoria_.--Vuelta al mundo.--Llegada á
Sanlúcar.--Otras expediciones.--Legaspi.--El navío _San Damián_.--Luís
de San Vítores.--Doña Mariana de Austria.--Primera misión.--Verdadera
posesión.

CAPÍTULO XIII.

Adelantos de la misión.--Oposición de los _macambas_.--Saipan y
Rota.--Los _urritaos_.--Tradiciones, usos y costumbres.--Colegio de San
Juan de Letrán.--Crónicas de los jesuítas--Hostilidades.--Asesinato de
San Vítores.--Una modesta cruz.--Los Padres Solano y Ezguerra.--El
almirante Coello.--Nuevos asesinatos.--Represalias.--D. Juan
Santiago.--El Gobernador Irrisari.--Descubrimientos al Norte de
Agaña.--Marianas en el siglo XVIII.

CAPÍTULO XIV.

Archipiélago de las Marianas--Historia moderna--Guajan.--El pueblo
de Agaña.--Puerto de Apra.--Punta Patí.--Flora y fauna.--La mujer de
Marianas.--M. Arago.--Ingratitud.--Caridad española.

CAPÍTULO XV.

La plaza de Agaña.--La iglesia.--El monte de Santa Rosa.--La
atalaya.--El reloj de Agaña.--Faro original.--Vida en Marianas.--Casas,
huertas, cultivos, ríos.--Vegetación de Oriente.--El árbol
del pan, y el _dug-dug_.--Cageles.--La Isla de Pagan.--Riqueza
perdida.--Desconocimiento del país.--Reputaciones usurpadas.--En
tierra de ciegos....--Hormigas coloradas y ratas.--Los caballos y
las _auroras_.

CAPÍTULO XVI.

Reducción de vecindario en las Marianas.--Islas habitadas.--Rota.--Su
población.--Promesa religiosa.--Comercio y agricultura.--Antiguas
invernadas.

CAPÍTULO XVII.

Población.--Razas.--La providencia del salvaje.--Los carolinos.--Gastos
é ingresos.--Milicias urbanas.--El chamorro.--Sus inclinaciones,
su moral, sus trajes y costumbres.--Ilustración.--El Padre Ibáñez y
D. Felipe de la Corte.--Cuatro palabras por vía de epílogo.



CAPÍTULO I.

La _banca_.--El estero.--La chaqueta y el chaquet.--Nuevas
costumbres.--¡Manila progresa!--El _catapusan_, el _sarao_
y la soirée.--Colocación de nombres.--Meiisig.--El río de
Binondo.--El Pasig--La barra.--La _María Rosario_.--El adiós á
Manila.--Cavite.--Costumbres.--Moysés y las doce tribus.--La primera
noche abordo.--El baldeo.--La laguna encantada.

Los primeros albores del nacimiento del 10 de Julio de 1871, apenas se
transparentaban por las _conchas_ de mi alcoba, cuando fuí despertado
por el criado, anunciándome que las _bancas_ estaban listas en el
_estero_ para conducirnos abordo.

Una ligera escalinata une el río de Binondo con la casa, así que,
previos todos los correspondientes requisitos de marcha, desde
reconocer los bultos, hasta dirigir la última cariñosa mirada á los
muros que han sido por largo tiempo confidentes de nuestras amarguras y
testigos de nuestros placeres, muros que á nadie más que á mi romperán
su mutismo, si algún día vuelvo á interrogar sus blancos lienzos con
el lenguaje de los recuerdos, pasé de la casa al bote, al par que los
aljofarados dedos de azul y nácar de los genios del Oriente abrían
los espacios para dar paso al majestuoso gigante de la luz.

La corriente favorable á consecuencia de la alta marea y la desusada
actividad de seis remeros aguijoneados con la esperanza de una propina,
hacían que las _batangas_ se deslizaran rápidamente por el _estero_.

Aquí, si nuestro trabajo no llevara el carácter de un viaje á la
ligera, nos detendríamos en muchas páginas; mas, sin embargo, como
la rapidez de una _banca_ no es, ni la que da aliento una caldera
de vapor, ni una _ventolina_ de _empopada_, ni aun la pujanza de
cuatro hijos de las verdes vegas de la Cartuja, tenemos tiempo de
ver y apreciar en el largo espacio que media desde el _Trozo_ hasta
que se entra en el caudaloso _Pasig_.

Que Manila podía ser una segunda Venecia nadie lo ignora.

Tiene en lo que constituye sus arrabales, la vida y la actividad, donde
refluyen las transacciones, la riqueza y casi casi nos permitiremos
decir, que el buen tono.

Hoy Manila también tiene buen tono.

La moda lo mismo traspasa masas inmensas de granito, como grandiosos
Océanos de agua salada.

De allende los mares vino un rumor que propalaba que en otras ciudades
había palacios y parterres, con flores, pájaros y fuentes, y Manila
quiso tenerlos. La piqueta abrió cimientos, el martillo golpeó la
piedra, la paleta mezcló argamasas y ... las antiguas costumbres
representadas por la clásica chaqueta blanca y el ligero sombrero de
_Burias_, temblaron en los modestos aparadores de sus tradiciones y
de su dilatada historia.

Los _hoteles_ del Sena, las quintas suizas y los palacietes de
Recoletos tuvieron un eco que contestaba á los rumores que trajo
la moda.

Lo que fueron modestas barriadas, hoy se llaman _calzadas_ por
el vulgo, pues en el _argot_ del gran mundo se llaman barrios
aristocráticos.

Hemos dicho, creemos por dos veces, que Manila tiene su gran tono,
que hace lo que en todas partes, esto es, nada: vive á la superfluidad
del botón de la librea y la tersitura de la cabritilla; sus disgustos
están compendiados en el _aristin_ del caballo, en los milímetros
del sombrero del cochero, en la estatura del lacayo, en la arruga
del frac ó en la pureza de una piel que la Rusia ha hecho necesaria.

Los cimientos de los aristocráticos barrios relegaron á su fondo
la clásica chaqueta, apareciendo prendas tan poco conocidas en el
Archipiélago, como el chaleco, el sombrero de copa y el chaqué.

Esto era en los cimientos, pues antes de abrirse aquellas hijas
legítimas del viejo mundo, en este [1] andaban por connaturalizar
apareciendo vergonzosas, mustias y deslucidas con alguna que otra
caricia de los insectos del poco uso, cuando el repique de todas
las campanas convocaba al Real Gobernador, al Real Acuerdo, al Real
Consejo, al Real Cuerpo de Alabarderos del Real Sello, para oir de
bocas reales _in partibus_ decretos de la Real Majestad que gobernaba
los dos mundos.

El imperio de la chaqueta era tan general como lo real; por entonces
todos vestían chaqueta, como todos pertenecían á una corporación,
municipio, archicofradía ó instituto real.

Todo era chaqueta y todo era real.

La majestad andaba en chaqueta.

Mas ... cesaron de venir las _naos_, se bendijo la aduana de Manila,
la que decía un célebre rey llegaría á verla desde Madrid, calculando
su altura según su coste; se establecieron los chinos, desaparecieron
los velones de tres mecheros, dando plaza á las modestas _virinas_,
que á su vez habían de dejar el campo á los dorados, los bronces y
los cristales tallados.

El imperio de la hoja de lata, hermana gemela de la chaqueta tocaba
á su fin.

El ruido de la piqueta que abría los cimientos de las nuevas costumbres
era el memento de su existencia.

Tras las primeras piedras vinieron las escalinatas, más tarde los
_parterres_, y por último, las verjas, apareciendo en estos _progresos_
el frac, el aceite de bellotas, las libreas, los velocípedos, los
polisones y los ataques de nervios.

Ya apenas existe el recuerdo de la chaqueta, verdad es que la vida de
Manila en sus relaciones con el _confort_ camina á pasos agigantados.

Aquí, donde el centígrado marca una temperatura que derrite, há meses
que se expenden (!) pieles, y facturas de ... guantes de cabritilla
(!).

Los guantes de cabritilla son coetáneos de la escarapela en los
señores de los pescantes y el clat en los señores de los salones.

Antes en Manila se conocía al dueño de un coche por su cara, hoy se
le conoce por su cochero, que viene á ser el _alias_ ó seudónimo da
su amo ...

¡Manila progresa!

Los alegres _catapúsanes_ se llamaron _saraos_ y hoy _soarees_ con
su _buffet_, sus emparedados, su ponche á la romana y hasta su _Petit
Journal_ ó su _Correspondencia_, que al día siguiente pregona que la
bella señorita de tal estaba hecha una princesa, su mamá una reina
y su papá un bajá de tres colas, que dando la majestuosa familia
encantada de las letras, por más que saquen _astillas_ del individuo
que las escribe.

¿Sí eh? ¿con qué también hay eso?

Ya lo creo, como que Manila adelanta, y vaya V. á dar gusto en
letras de molde á una sociedad que adelanta. Como al pobre infeliz
que empuña la trompeta de la publicidad se le olvide un detalle,
como deje de decir que una lámpara tenía seis luces ó que el niño
pequeñito hizo la desgraciada gracia de verter sobre una falda ó un
pantalón una bandeja de sorbetes, ó que en un guardapelo ó pulsera
se leía la inscripción de Perico, de Luís, ó de Pepe, harto tiene el
pobre gacetillero, y más de una vez oirá cosas que le harán renegar
del incienso vertido y de las prodigadas alabanzas.

Pues no digo á ustedes nada en la cuestión de colocación de nombres;
aquí el simple resentimiento, se convierte en un proceso compuesto
de un sin número de cargos.

Si Fulanita tuvo tienda de sombreros, y la han puesto antes que á mi,
que tengo un escudo más grande que el del Cid, con más barras que
las de Aragon y más leopardos que en el San Gotardo; que Zutanita
ha sido preferida cuando no há mucho que decía _miste que Dios_;
que la de más allá esta encima de la de más acá, siendo aquella una
empleada subalterna, y la mamá de la _agraviada_ siete veces usía; que
mi primo el ministro me da derechos; que mi posición, que mi marido,
que mi modista me los dan á mí, estas y otras reflexiones _in mente_
ó _in lengua_ mezcladas con adjetivo más ó menos duros contra el
pobre autor, constituye la _comidilla_, del día siguiente.

Por último, caballeros, que Manila progresa lo atestiguan los libros
de caja de Roensch y Madama Sprin.

Sin querer hemos llegado á la caja, es decir hasta el dormitorio de
la moda.

Hemos presentado el teatro.

Respetemos los bastidores....

Estas y otras observaciones iba haciendo á dos buenos amigos que me
acompañaban: uno de ellos que viene interviniendo hace muchos años en
los acontecimientos de mi vida y que alberga en su alma tanto cariño,
como en su cabeza buenos pensamientos, me oía sin pestañear, no sé
si por el asentimiento de la conformidad ó por el ensimismamiento
producido por la idea de la separación: ambas á dos cosas podían ser,
pues lo primero es verdad, como verdadero lo es el cariño que desde
nuestros primeros años nos une.

Los remeros seguían bogando y yo charlaba comparando la vida de los
arrabales por los cuales se deslizaba la _banca_, con la sombría y
triste que se experimenta en el recinto amurallado.

Hemos dicho que Manila podía ser una segunda Venecia, pero ... no
lo es.

Tiene canales, pero estos no reflejan obras de arte, sino en su mayoría
ruinas y suciedad; sobre sus aguas no se pasean poéticas góndolas,
templos del amor y del arte, sino sucias _bancas_ tripuladas por no
menos sucios remeros; no esponjan las plumas en sus orillas cisnes
ni oropéndolas, mas en cambio invaden la corriente, que mentiríamos
si dijéramos cristalina, sílfides _chinas_ y bronceadas ondinas.

Volvemos á repetir que Manila, ó mejor dicho la nueva Manila, que
la forma la inmensa población que se ha creado fuera de los fosos,
podía ser una segunda Venecia, no lo es, no por falta de deseos, no
por falta de conocerlo, sino porque se opone hoy por hoy la tradición
de la costumbre, la indolencia que crea el suelo, la manera de ser
de la localidad y los cuantiosos caudales que habían de gastarse
en la limpieza, arreglo y conservación de los muchos _esteros_ que
serpentean por  _Binondo, Quiapo_ y _Tondo_.

La suciedad en que á pesar de la vigilancia que se ejerce están los
_esteros_, principalmente se debe á la inmensa emigración de chinos,
los cuales, en gran número habitan sus orillas, impregnándolas de la
incuria y falta de limpieza que ellos observan. El chino es la entidad
jornalera más perfecta que se conoce en Filipinas, pero también es
la panacea más acabada de la hediondez, la cual únicamente se puede
contrarestar con las continuas y eficaces requisas de la autoridad
que vigila sus domicilios, verdaderos tugurios en que se hacinan
cientos de ellos.

Contemplando los modestos _bajais_ de caña y _nipa_ entremezclados de
alguna que otra construcción de piedra y tabla, llegamos al puente
de _Meiisig_, variando á los pocos golpes de remo la diversidad del
paisaje, puesto que á la desembocadura del estero desaparece la caña
y la nipa por regulares construcciones de sólidos materiales.

Á medida que el río de Binondo camina á su desagüe, aumenta el
movimiento en sus orillas y en sus corrientes. Cargadores chinos
provistos de resistentes _pingas_, pesados _cascos_ repletos de _abacá;
paraos, bancas_ y botes llenos de mercancías que la exportación de
las provincias del Norte, de China y del Japón traen al mercado de
Manila, es lo que compone el cuadro hasta los límites, en que el
modesto Binondo confunde sus aguas en las caudalosas del que nace en
la extensa Laguna de Bay, entre la salvaje poesía que despiertan los
panoramas que presentan el _Castillo de flores_, el _Pecho de Dalaga_,
los _Tanques de Paquil y_ las bellezas del _Talim_.

Una vez dentro de las aguas del Pasig, el movimiento de la banca se
hizo duro á consecuencia de la corriente y la marejada.

Dejamos por la popa el puente de Barcas, único paso gratuito que une
el viejo mundo manileño con el moderno, y _voltejeando_ por entre
barcos de todas especies y dimensiones, pasaron ante nuestra vista los
artesonados góticos de Santo Domingo, las _columnatas_ (!!)  de los
camarines de la Aduana provisional (si no fuéramos de prisa, verían
nuestros lectores que en Filipinas todo es provisional), los bonitos
_parterres_ de la Capitanía del Puerto, los sombríos muros de la
Fuerza de Santiago, la actividad del _Carenero_ y el extenso Malecón.

A medida que nos acercábamos á la _barra_, la boga se hacía más
difícil.

Estábamos á medio cable de aquella. Cuatro golpes de remo, y la quilla
de la _banca_ entraría en los inmensos dominios de los mares.

Fijamos la última mirada en la blanca espuma  que incesantemente nace
y muere al gemir de las olas que rompen en las piedras del Fuerte
del Sur, y ... ¿cuál es la _María Rosario_? pregunté al patrón.

--Aquella, señor,--dijo, señalando un barco armado de _brick-barca_.

Los detalles de la _María Rosario_, cada vez se iban delineando
con más precisión. La extensión de su _guinda, eslora_ y _puntal_
era proporcionada, no así su _manga_ que era mucha, lo que nos hizo
presagiar que sus balances habían de ser muy sensibles.

La _María Rosario_ estaba lista para darse á la vela con rumbo á las
islas Marianas.

A las ocho de la mañana pisamos la meseta del portalón de babor,
recibiéndonos los ladridos del perro más gordo que jamás hemos visto.

Posesionados de la cubierta después de arreglar el camarote, esperamos
la visita de salida.

A las doce, listos en toda regla, dimos vela con todo aparejo largo
en demanda del Corregidor, con viento flojo del N., mar tranquila,
barómetros altos y horizontes celaginosos.

A las tres de la tarde el viento seguía muy flojo, en cambio el calor
era insoportable.

Apenas andaríamos una milla por hora.

A la banda de _babor_ teníamos las costas de Cavite.

¡Cuánto recuerdo tiene para nosotros Cavite!

Le queremos cual si fuera el pueblo que nos vió nacer; entre su alegre
bullicio pasamos muchos meses encontrando cariño, consuelo y amistad.

El _istmo_ de San Roque con su _mar_ de Bacoor, incesantemente llena
de empavesadas _bancas_ que traen y llevan cigarreras; _el seno de
Cañacao_ donde encuentra un seguro anclaje la flotante población
de nuestros alegres marinos; las populares fiestas de _Porta Vaga_
con los _pantalanes_ incesantemente llenos de alegres caras, que
van y vienen en pequeños vapores engalanados y provistos de músicas;
las decidoras _sanroqueñas_ con su pequeño y airoso _tapis_, su jerga
especial y su picaresca malicia; las poéticas bóvedas de entrelazadas
cañas que dirigen á _playa chica_; los melancólicos _cundiman_ del
barrio de San Rafael y la Caridad; la misma arena de la playa en la
cual un día y otro día hemos visto llegar la ola y borrar nombres
que nuestro deseo escribía sobre la movediza materia; la franca
y leal amistad con los valientes marinos, verdadero elemento que
da vida á Cavite; las históricas mascaradas de Noche Buena en que
sinnúmero de _dalagas_, suelto su hermoso pelo recorren las calles
en medio de grotescos grupos en que un indio vestido de moro ostenta
muy grave un cartel que dice es Moisés, en que las doce tribus van
representadas por 12 individuos adornados con los deshechos de todas
las guardarropías, y en que el precio de la progenitura no negamos
podrá estar caracterizado por las prosaicas lentejas, pero que si
van estas, lo son mezcladas con _morisqueta_ en un inmenso _bilao_
que lo suelen colocar debajo de la oliva del huerto, á cuya sombra
no se apuran las heces de la amargura, sino sendos tragos de _tuba_
mezclados con los jugos  de la _bonga_ y la cal del _buyo_; todo,
todo pasaba ante la vista y ante la imaginación.

El barco aceleró su marcha confundiendo en una cinta verde los
dilatados campos de la _Estanzuela_.

¡Adiós risueñas playas! ¡Adiós, gratos recuerdos!

Naig, Marigondon, Santa Cruz ... fueron quedando tras de la estela
de la _María Rosario_.

Los límites de la provincia que constituye la Andalucía de Filipinas
desaparecieron.

Los horizontes del primer cuadrante se mostraron _aturbonados_ á la
caída de la tarde.

Los primeros destellos de la farola del Corregidor alumbraron, al
par que rebasábamos _Pulo Caballo_, saliendo de la inmensa bahía de
Manila por _Boca grande_.

Después cada cual procuró resguardarse lo mejor posible de las miles
de cucarachas que invadían la cámara, y después ... el sueño, el
sudor y los insectos imperaban en la parte animada é inanimada de
nuestro individuo.

La faena del baldeo, el monótono y acompasado canto de la marinería,
el ruido de la maniobra y los desesperados ladridos del perro, me
despertaron en la madrugada del 11.

Durante la noche habíamos rebasado el _Puerto Limbones_, alumbrando
los primeros rayos del día la pequeña isleta de Fortun por la proa,
confundiéndose en los lejanos horizontes los elevados picos del Sungay,
límites de la provincia de Cavite.

_Ciñendo aparejo_ y aprovechando vela, algo fuera de rumbo, pudimos
ganar _Punta Santiago_, entrando por efecto de los continuos cambios de
viento y las corrientes en el _Seno de Balayan_, pudiendo notar en las
tierras de la provincia de Batangas, las pintorescas casas de Taal,
hermoso pueblo que se eleva en las cercanías de la laguna llamada
por algunos _Encantada_, sobre la cual se levanta el célebre volcán
de Taal, del que no podemos pasar sin decir algo á nuestros lectores.



CAPÍTULO II.

Recuerdos de Silam--Ordoñez y Oñate--El _yo cuidado_.--En
marcha--Sungay--Talisay--La Capitana Ramona.--Tiempo viejo--Los
labios de un chico y la boca de una chocolatera.--Perlas y
brillantes--Laguna encantada.--El cráter.--Volcán de Taal--Grandiosidad
del volcán--Erupciones notables--Sueño del coloso.

El año 1869 recorriendo la provincia de Cavite tuvimos ocasión de
pernoctar en el pueblo de Silam, célebre entre otras cosas por criarse
un café que, fin género de duda, puede competir con el mejor de Moka.

En la _caída_ del convento y ya entrada en horas la noche, charlábamos
sobre la madre patria, el cura del pueblo, excelente padre de la
Orden de Recoletos, un oficial de partidas y mis queridos y buenos
amigos de expedición, Melchor Ordoñez y Ciriaco Oñate, ayudante el
primero del General de Marina y médico militar el segundo.

Después de haber rodado la conversación por todos los tonos y de
haber evocado nuestra memoria los queridos recuerdos de España,
nos ocupamos de la localidad. Explicándonos el Padre los productos,
se habló de las vecinas cordilleras del Sungay, á cuya falda se
extiende la laguna llamada por unos de Bombon, por los más de Taal
y por algunos Encantada, nombres todos justificados y que tienen
su origen, el primero por haber existido en aquellas inmediaciones
un pueblo llamado Bombon, el cual fué sumido en los horrores de una
erupción; el segundo lo justifica la hermosa y extensa población que
se asienta á las orillas de la laguna, y por último, el tercero lo ha
encontrado la imaginación oriental en la salvaje y bella perspectiva
que presenta aquella inmensa masa de agua sobre la que se levanta el
sombrío monte del volcán.

Mis compañeros de viaje, que tiempo hacia tenían, no la curiosidad de
ver el volcán, sino el legítimo deseo de estudiar en cuanto cabe sus
misterios, recogiendo sobre el terreno su historia, interrogaron al
Padre sobre la manera de hacer el viaje, formulando todos la resolución
de ir al volcán costara lo que costara. Hecha la decisión, se llamó
á un guía, y este, que era un viejo _tulisan_ de los más conocedores
del bosque, oyó con toda la imperturbable indiferencia india nuestros
deseos, contestando con un sacramental y lacónico _yo cuidado_.

El _yo cuidado_, en el lenguaje filipino, es la síntesis de la
filosofía, es el extracto del refinamiento del _yo_ y el _no yo_ de
Hegel y Krausse aplicado á la India. _Yo cuidado_ lo dice todo unas
veces, y otras no dice nada; ora es un consuelo, ora una amenaza, ora
un asentimiento, ora una esperanza, ora un recuerdo, ora una súplica,
en fin, es todo, lo encierra todo, lo expresa todo en el vocabulario
del indio siempre parco en el decir. Increpad á un indio sobre el no
cumplimiento de sus deberes, y si á la última frase de la filípica os
contesta con un _yo cuidado_, aquella frase es la atrición completa
de la enmienda. Despertadle los celos, hacedle entrever que su _babay_
escucha amoroso _cundiman_, alza el _cogon_ ó descorre las _conchas_ á
significativas _enfrentadas,_ y si le oís murmurar _yo cuidado_, veréis
en aquellas palabras estereotipado el paroxismo de los celos. Llevad á
su inteligencia el hilo de una aventurilla y el _yo cuidado_ en este
caso envuelve toda la argucia _buscona_ de la histórica época de capa
y espada. Que una mestiza de corto y airoso _tapis_, pintarrajeada
saya y sombreada camisa de _piña_, entrelace su hermoso pelo con
_sampaguitas_ en el característico _pusod_, que lleve á sus ojos
esa dulce languidez llamada _matang-mapungay,_ propia solo de las
hijas del Oriente, que formule un deseo á su _ñol_ y el _yo cuidado_
en este caso es la realización completa del mas exigente capricho.

El _yo cuidado_ tiene tanta latitud, dice tanto, es aplicable á
tantas cosas, afirma y niega tantas otras, que es imposible darle
su verdadero valor. Es una frase propia de Filipinas imposible de
traducir en su práctica significación en ninguno otro país.

_Yo cuidado_, nos había dicho el _matandá_; así que ya no tuvimos
que hacer nada en la seguridad de encontrarlo todo hecho. El guía
sabía queríamos ir al volcán; la sola concepción de este deseo y el
_yo cuidado_, bastan para comprender que lo dispondría todo, yéndonos
en tal confianza á acostar, al tiempo que la hermosa y clara luna nos
anunciaba que aun cuando tuviéramos que caminar de noche su plateado
disco nos enviaría luz y alegría.

Escaso fué el reposo, pues aún no alumbraba la aurora cuando fuimos
despertados. El despertar para madrugar siempre modifica en el ánimo
los proyectos del día anterior. Una noche de insomnio robustece las
ideas, las penas ó las alegrías, como por el contrario, las horas
en que las sombras baten su beleño sobre nosotros entregándonos al
reposo, modifican, alientan, consuelan el espíritu.

El bueno de Oñate, que hay que despertarlo á tiro de fusil, se
volvió del otro lado, pidiendo le dejaran de volcán, de Sungay y de
expediciones; Ordóñez, acostumbrado á desechar la pereza en la ruda
campaña del marino, puso los huesos en punta, y yo le grité á Oñate en
todos los tonos:--¡Vamos! ¡arriba! la laguna nos espera!--dando por
resultado el que el interpelado tras un largo bostezo se incorporara
en la cama.

Listos y provistos de todo, dimos un cariñoso adiós al Padre, y
montados en los ligeros  caballos del país, tomamos el camino del
vecino Sungay, á la hora en que los primeros ecos de la campana del
convento despertaban al pueblo de Silam, llamando á los indios á la
oración de la mañana. Confiados al guía y al notable instinto de los
caballos, tras algunos dilatados campos de _palay_ y varios grupos
de _calumpang_, desapareció todo camino ante la compacta barrera de
cogonales que se extendía á nuestra vista. Con harta dificultad y no
menos precauciones por el temor de encontrar algún _carabao cimarrón,_
caminamos por espacio de una hora valiéndonos de la voz para no
perdernos, puesto que nos tapaban completamente los penachos del
_cogon_. Tras un trayecto que nos fué sumamente difícil de correr, se
aclaró la maleza dejando el habla al ponernos á la vista; pocos pasos
más y los cascos de nuestros pequeños caballos pisarían las faldas del
_Sungay_, cuyas crestas las envolvía las densas brumas de la mañana.

Dimos unos momentos de descanso á los caballos, arreglando lo mejor
posible nuestro equipo, empapado en el agua que nos había regalado
el rocío que la humedad de la noche depositó en las hojas del _cogon_.

Trabajosamente y confiados en un todo al instinto de los caballos,
principiamos la ascensión del famoso monte. Las afiladas hojas de la
fresa silvestre y las entrelazadas ramas de las guayabas, obligaron
más de una vez á que se hiciera uso de la cuchilla para dejarnos paso
en aquellos estrechos desfiladeros apenas hollados por humana planta.

El Sungay, con sus innumerables precipicios, sus estrechas cortadas
revestidas de musgos y helechos, su vegetación virgen, los panoramas
que se admiran desde sus pintorescas mesetas, el rumor de arroyos y
cascadas que lo salpican, los indescriptibles y misteriosos ruidos
que produce el bosque en la hoja que oscila, el ave que cruza,
el agua que gime, la guija que rueda, el insecto que zumba y los
miles de millones de seres que componen el impenetrable mundo de lo
infinitamente pequeño, con sus cantos, su lenguaje y su idioma, tan
impenetrable como lo son los profundos misterios de los océanos de
luz donde giran las creaciones de lo infinitamente grande, compendian
uno de los sitios más bellísimos de la perla del Oriente.

Un amanecer contemplado desde una de las alturas de Sungay es
indescriptible. Las tintas que proyecta el sol naciente en las nubes
y los cambiantes que se suceden en los horizontes de verdura, poseen
una riqueza de luz y una fuerza de colores tan potente, que á ser
posible trasladarlas al lienzo se creería el sueño de un artista.

De hondonada en hondonada; y de precipicio en precipicio, dieron las
cabalgaduras con nuestros huesos en el término de la ascensión. Nos
encontrábamos en la línea que divide las provincias de Cavite y
Batangas. La división de estas provincias la deciden la dirección de
las corrientes que se deslizan por las pendientes del Sungay.

A la vista teníamos la laguna, viendo elevarse perezosamente del
cráter del volcán columnas de espeso y blanco humo.

A la falda del Sungay se extendían diseminadas las casas de Talisay,
adonde llegamos á cosa de las diez de la mañana.

Talisay es un pintoresco pueblo de poco vecindario, este es
sumamente dulce y cariñoso; hay una pequeña iglesia de cogon y una
casa parroquial habitada por un cura indígena. Tan luego supo el cura
nuestra llegada, nos hizo ir á su casa, en donde nos sirvió un almuerzo
bastante bueno, dadas las condiciones del pueblo; no tuvimos pan,
pero al que lleva algún tiempo en Filipinas esto no es obstáculo,
pues cual el hijo del país, sabe sustituirlo con el arroz cocido
llamado _morisqueta_.

Desde las _conchas_ de la casa del Padre se veían perfectamente los
menores detalles de la laguna y del volcán.

El día estaba bastante entoldado, y el calor no mortificaba como
de ordinario.

A los postres se nos presentó la _capitana_ Ramona, viuda de un
_Gobernadorcillo_.

La capitana Ramona es un verdadero _personaje_ en la provincia de
Batangas, tiene fama de ser sumamente afecta á los españoles y posee
toda la melosidad y cariño de la raza del Oriente. Sabe tocar el arpa
y canta con voz gangosa y pausada alguna que otra canción de moros y
cristianos, de aquellas que la tradición ha venido conservando desde
las gargantas de los que acompañaron á Legaspi.

La capitana Ramona quiere al _castila_ como á los misterios y encantos
de que están impregnados sus bosques. El cariño al español alguna
que otra vez (pues frágiles somos), se ha convertido en pasión más
ó menos intensa, según cuentan crónicas de pasados tiempos.

Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que la capitana ya es vieja
y vive solo de recuerdos. Muchos conserva gratos, mas uno, según me
contó muy bajito el Padre, viene de cuando en cuando á nublar todo el
hermoso panorama de su juventud. Cuéntase, por más que cuento no sea,
que años ya muy pasados, un alto funcionario, animado de nuestros
mismos deseos de ver el volcán, llegó al pueblo de Talisay. Por aquel
entonces, la hoy vieja Ramona era una hermosa _dalaga_, de ojos de
fuego, lustroso y largo pelo, y dulce y meloso hablar. Joven y hermosa,
había amado casi niña, y casi niña fué madre. El visitante, que no
por tener curiosidad dejaba de tener necesidades, sintió la de comer
á las pocas horas de llegar á Talisay; le formuló su deseo á la bella
capitana, no dice la crónica si en pocas palabras, aunque sí asegura
que la vergonzosa mirada de ella fué sostenida con larga insistencia
y picaresca intención. El personaje pidió se le sirviera chocolate
con leche, y chocolate con leche, en efecto, tomó; pero grande fué
su sorpresa y no menos sus ascos cuando supo que el chocolate había
participado del producto de los pechos de la _dalaga_. La incomodidad
que esto originó y el malestar que produjo, diz que ocasionaron el que
la _dalaga_ no volviera á bajar los ojos, ni el caballero á mirar con
insistente significación. Las mujeres son en todas partes lo mismo;
un desprecio y una herida en el amor propio, constituyen en el sexo
femenil las verdaderas heces del cáliz de la vida.

Hoy que han pasado muchos años, recuerda la vieja con pena aquel
incidente de joven, que después de todo, conociendo el carácter indio
no tiene nada de extraño.

La raza india, cuanto más pura y más lejos está de las grandes
capitales, mira al español con una especie de adoración. Sus palabras
son órdenes que jamás comenta, de aquí el sucedido de dar á un sastre
un pantalón de modelo con un remiendo y hacer siete que se le habían
encargado con siete remiendos iguales.

A la _capitana_ Ramona se la pidió chocolate con leche y en el
fanatismo de la obediencia creyó de muy buena fe que lo más corto
era sustituir los labios del chico por la boca de la chocolatera.

Ejemplos parecidos al de los pantalones y el chocolate se cuentan
por todas las islas. El indio jamás comenta, obedece siempre al pié
de la letra las palabras del _castila_.

La revelación del Padre me hizo fijar la atención en la capitana
y me persuadí de que si había perdido con los años su hermosura,
en cambio había acaudalado con la experiencia cierta discrecional
filosofía que descubría un talento nada común, y una amabilidad y
deseo de servir tan natural como verdadero.

Se nos había olvidado decir que la capitana era rica. Esto aunque no
nos lo dijeron, ya lo habíamos nosotros traducido en la pureza de un
riquísimo terno de brillantes que la adornaban.

El que no haya estado en Filipinas, quizás creerá exagerado esto de
los brillantes en una india habitante poco menos que de la selva;
el que haya estado y recuerde las procesiones y _catapúsanes_ de los
pueblos y evoque en su memoria los trajes de las _dalagas_, sabrá
que no tiene nada de extraño el hallar en _bajais_ de caña y cogon
riquísimos brillantes y preciadas perlas de _Joló_.

La antigua capitana de Talisay no solamente tenía buenas alhajas, sino
que también era dueña de un gran bote que con sus correspondientes
remeros puso á nuestra disposición.

Listo el bote y listos nosotros, ayudados de la lona y de los remos,
dimos rumbo en demanda del monte de _Taal_, gigantesca y sombría masa
que se destaca en medio de las aguas.

Los contornos del monte no presentan ninguna regularidad, revelando su
situación, conjunto y configuración, las huellas de un gran cataclismo.

En las primeras capas que lamen las aguas, difícilmente crecen algunos
raquíticos arbustos sin verdura, frutos ni flores. Más arriba piedras
calcinadas y residuos volcánicos son los componentes de aquel coloso
que revela en la espesa columna de humo que se eleva de su cráter
que en sus entrañas de granito duermen los genios de las ruinas y de
los estragos.

¡Desgraciados pueblos los de Taal y Talisay si en el libro de las
lágrimas está escrita una nueva erupción!

Las aguas de la laguna tienen una inmovilidad tan constante, un
color plomizo tan pronunciado y una superficie tan siniestra, que
su conjunto parece reflejar la maldición que pesa sobre las dormidas
aguas del mar Muerto.

A cosa de las cuatro de la tarde, bajo un cielo cubierto de negruzcos
nubarrones y una temperatura sofocante, atracamos el bote á la falda
de la montaña. La ascensión es difícil por ser en algunos puntos
la pendiente muy pronunciada. El calor nos ahogaba; las materias
volcánicas rechinaban bajo nuestros piés y experimentábamos los
efectos de la fuerte irradiación que lo avanzado de la tarde y
la falta de sol operaban en las masas calizas impregnadas de los
ardientes rayos tropicales. La monotonía del camino, de cuándo en
cuándo era interrumpida por precipicios, siniestros testigos que
vienen á enseñar al viajero antiguos cáuces por los cuales ha corrido
la lava y el fuego.

De trecho en trecho, el ruido producido por nuestras pisadas nos
indicaba pasábamos sobre bóvedas. ¿Qué guardarán estas? ¿Dónde
terminará su fondo? ¡Profundos misterios de la divina ciencia
impenetrables á la humana materia!

Varias veces tuvimos que pararnos á fin de cobrar aliento.

Unas cuantas varas más y estaríamos en la línea del vértice.

Las nubes del poniente confusamente coloreaban el paso del sol; su
luminoso disco se aproximaba á su ocaso, cuando un grito se escapó
de todos los labios y una fuerte palpitación se experimentó en todos
los pechos.

Estábamos en el vértice. Teníamos la profunda sima del volcán bajo
nuestros piés. La percepción del panorama es tan instantánea y la
grandiosidad del conjunto tan colosal, que el espíritu se sobrecoge
ante aquella maravilla, no dando por largo tiempo cabida más que á
una muda al par que profunda admiración.

Las proporciones del cráter son colosales. Lo forma en su conjunto
la cavidad que deja el monte, el cual constituye en su configuración
un cono, cuya base mide de bojeo unas 9 millas.

En el fondo del cráter se ven desigualdades, alternando las
prominencias con lagunas de más ó menos extensión, impregnadas de
materias azufradas según revelan el color de sus aguas.

Por intervalos y con más ó menos intensidad, se elevan columnas de
humo de las distintas prominencias, que vienen á ser cual si el fondo
estuviera salpicado de pequeños hornillos.

Aunque con trabajo y peligros puede bajarse al cráter, contándose en
Talisay de un viajero, que no solamente descendió, sino que permaneció
en el fondo muchas horas.

La mayor ó menor cantidad de humo que espele el volcán, la intensidad
de calórico que irradia, la actividad en que mantiene sus hornillos,
y las altas temperaturas y emanación de gases que constantemente se
observa en las pequeñas lagunas, son indicios ciertos de que la lava
y el fuego germinan en su seno.

Muchos archivos, y no menos crónicas hemos consultado referentes á
Filipinas, y tanto en los unos como en las otras, las noticias que
hemos hallado respecto al volcán son muy escasas, remontándose las
más antiguas á últimos del siglo XVII; después, y con referencia á
los años 1745 y 1749, se vuelven á encontrar algunos datos, confusos
unas veces y exagerados otras, cual lo son la mayor parte de los que
guardan las escasas y antiguas historias del Archipiélago.

El cuándo y el cómo se formó el volcán, ni la historia lo dice,
ni la tradición lo relata; solo la configuración del monte, la
relación que en sí guarda con las vertientes del Sungay y el estudio
del suelo, pueden conducirnos á la hipótesis más ó menos aproximada
de suponer haber corrido por lo que hoy es laguna, una cordillera,
que comprendería desde las faldas del Sungay, á las riberas de la
laguna de Bay, y quién sabe si llegaría más allá, encadenando sus
ásperas lomas con los picos de la isla del Talin, yendo á perderse
entre la fragosidad de Morong y Nueva Ecija.

Suposiciones son estas que no tienen comprobante alguno en narración
escrita.

La última erupción del volcán acaeció há más de un siglo, pereciendo
entre la ceniza y el fuego, entre otros muchos, la mayor parte
de los habitantes del pueblo de Sala. El fraile que administraba
su parroquia, describe el fenómeno en las siguientes líneas que
literalmente copiamos:

«Por el mes de Diciembre de 1754 reventó el volcán más furiosamente
que nunca, porque el ruido era como de una batalla muy grande,
los terremotos espantosísimos y la oscuridad de la atmósfera tal,
que puesta la mano delante de los ojos no se veía: la ceniza y
arena que arrojaba era tanta, que cubrió todos los tejados y casas
de Manila, la que dista unas 20 leguas y aun llegó hasta Bulacan y
la Pampanga. Hervía á borbollones el agua de la laguna con los ríos
de azufre y betún derretidos que bajaban del volcán, quedando cocido
todo el pescado de ella, el cual fué arrojado después á la playa por
la resaca é inficionó el aire. Los truenos subterráneos y atmosféricos
se oyeron en todas las provincias circunvecinas. En Manila se comía
con candelas encendidas al medio día. Duró esta calamidad ocho
días cabales, quedando enteramente arruinados y aniquilados por las
piedras y lodo del volcán, todos los pueblos que estaban á orillas de
la laguna, á saber: Taal, que era entonces la cabecera de provincia,
Tanauan, Sala y Lipá, viéndose obligados sus habitantes á buscar otros
sitios más distantes del volcán donde establecerse, como de hecho
se establecieron en los sitios que actualmente ocupan. El pueblo de
Bauan, aunque al principio había estado también á orillas de la laguna
se había trasladado al interior antes de esta catástrofe. Bayalan y
los pueblos de aquel rumbo también padecieron bastante. Hubo muchas
muertes de personas á quienes alcanzaron las piedras del volcán y
los desplomes de los edificios. Perecieron también por la misma causa
muchísimos animales y todo el arbolado y siembras de los contornos,
pues la abundancia de piedra, ceniza y lodo, que vino del volcán lo
soterró todo. El río grande, que comunica la laguna con la ensenada de
Taal, quedó cegado casi del todo, y rotos y enterrados los champanes
y demás bajeles fondeados en el río y la laguna. El mal olor de todas
las materias extrañas vomitadas por el volcán, duró por espacio de más
de seis meses y desarrollóse en su consecuencia una peste cruelísima de
calenturas pútridas y malignas que acabó con la mitad de la provincia,
pues de 18.000 atributos que tenían antes solo quedaron 9.000.»

Más de un siglo hace que el coloso duerme sobre las inmóviles aguas,
envuelto entre el humo y las brumas. ¡Dios haga que sus impenetrables
misterios no rompan algún día sus grandiosas cárceles de piedra!



CAPÍTULO III.

Punta Matoco.--Calmas.--Isla Verde.--El sudeste.--Marinduque y
Mindoro.--Razas salvajes.--Sus costumbres.--Los negritos aetas.--Su
manera de ser.--_Inalug y Acubac._--De puerto Galera á punta
Bunga.--Horizontes de Marinduque.--Isla Banton.--El Padre Pablo.

Á la vista de punta _Matoco_, límite de la provincia de Batangas,
navegábamos en la mañana del día quince.

El capitán, la tripulación y el escaso pasaje experimentaba el malestar
de la calma y el calor tropical, tanto más sensible, cuanto que nos
encontrábamos bajo la influencia de uno de los puntos más angostos
del estrecho.

La maniobra se hacía cada vez más difícil por el poco espacio de que
se podía disponer, y sobre todo, por la fuerza de las corrientes que
ora nos llevaban á las playas de Batangas, ora á las peligrosas costas
de Mindoro, entre cuyas dos provincias se destacan los perfiles de
la isla verde, atalaya que domina la entrada del estrecho que va á
morir en San Bernardino, peñón que azotan las aguas del Pacífico.

Sin adelantar un _cable_ y sin poder ganar una buena y segura _vuelta,
cruzando_ constantemente vela para evitar las corrientes, estuvimos no
sé cuántos días á la vista de la pintoresca isla Verde, retrocediendo
unas veces y avanzando otras por las bandas, siendo empujados á la
tranquila ensenada de Batangas ó á las arenas de puerto Galera.

No hay nada en el mundo tan aburrido, como las horas que se suceden
en un barco que se duerme bajo la influencia de las calmas.

Un amanecer y otro vimos al despertar la exuberante vegetación de la
isla Verde, y cuando nuestro deseo creía desconocer aquella tierra,
venía la voz del capitán con su sempiterno ¡_levanta muras_! y ¡_cambia
en medio_! á recordarnos continuábamos de _vuelta y  vuelta_, ó mejor
dicho, que nos manteníamos _sobre bordos_ en demanda del centinela
del estrecho.

Cuando no reinaba calma, la ventolina soplaba por la misma
proa. ¡Parecía cual si el islote se resistiera á dejarnos libre aquel
difícil paso en medio del cual se levanta!

A la caída de la tarde del diez y nueve, las densas nubes que
perezosamente descansaban sobre los lejanos picachos de Mindoro
oscilaron en el firmamento, rodando á los pocos momentos compactas por
la celeste bóveda, al empuje del tan deseado SE. Nuestro horizonte
poco á poco fué cubriéndose de los blancos copos desprendidos de la
región de las puras brumas, destacándose entre aquellos algún siniestro
nubarrón, arrancado por el viento del seno donde se engendra el rayo.

El _catavientos_ y las velas altas dieron señales de haber percibido
las primeras caricias del viento que tanto deseábamos, despertando
la _María Rosario_ del letargo en que há tiempo estaba sumida.

El viento se _entabló_ por completo, reinando con bastante fuerza el
marcado en las _monzones_ de Julio y Agosto.

Una vez que quedó la isla Verde entre la espumosa estela que dejaba
en las aguas una marcha de nueve millas, el estrecho se ensancha y
la navegación se hace más franca y menos peligrosa.

Con buen tiempo, SE. fijo, mar limpia de escollos, navegando en largo,
_demoramos_ por la proa la isla de Marinduque, teniendo á la banda de
estribor las extensas tierras de Mindoro. Esta isla que tiene más de
cuatrocientas millas de costa, es casi desconocida, cual sucede en el
Archipiélago con otras muchas y dilatadas comarcas. Los habitantes del
interior de la isla de Mindoro, han sido poco estudiados. El viajero,
el curioso ó el que por su cargo inspecciona la isla, recorre las
costas, siéndole muchas veces imposible internarse por oponerse la
fragosidad del terreno, lo inhospitalario de sus _pampas_ y bosques,
la falta de caminos, la carencia de recursos y el estado de algunas
tribus que se asemejan á las que habitan las montañas de _Mariveles_
y algunas provincias del Norte.

Respecto á estas razas, apenas conocidas, dice una notable publicación
que vió la luz en Manila, lo que sigue:

«En el terreno que ocupa la provincia de Ilocos Sur, habitan algunas
rancherías, cuyo principal número se halla en las altas montañas que
están en la parte Este. Entre ellas se hallan las de los tinguianes,
busaos, igorrotes quinanos y negritos, las cuales se extienden por la
gran cordillera, compartiendo su posesión con las de los itetapanes,
quinanos, mayoyaos, silipanes y otras que se hallan en terrenos de
otras provincias del Norte de la Isla de Luzón. Daremos una ligera
descripción de las razas que habitan en parte de la provincia de
que nos ocupamos, ó más próximas, que viven en rancherías y que
tienen alguna comunicación y comercio con los pueblos civilizados
de ella. Los igorrotes habitan las montañas de la parte más al Sur,
confinantes ya con la provincia de la Unión; los que se hallan en
los sitios más apartados de ellas, no tienen comunicación alguna
con los indios cristianos, pero los que ocupan los primeros montes
tienen algún trato con las poblaciones, y aunque su comercio es en
cortísima escala y muy lento, se ejecuta por lo regular en cambio ó
trueque, más bien que con numerario, pues de este solo se sirven para
la compra del oro que traen en pequeñas partículas. Los igorrotes
infieles admiten en cambio de sus efectos toda especie de animales,
aunque sean inútiles y despreciables, como el perro y el gato.

«No conocen otra ley que la más completa libertad, sin subordinación
á autoridad alguna, y son inclinados á toda clase de vicios. No usan
otro vestido que una especie de faja de lienzo ó de corteza de árbol,
según pueden, que se llama bajaque, y ellos la denominan _baac,_ y una
manta por lo regular de las que se fabrican en Ilocos, y se conocen con
el nombre de bandalas, ó bien un pedazo de tela cualquiera que colocan
sobre los hombros plegada ó suelta. Las mujeres usan una especie de
camisilla ó chaleco, abierto por delante, que atan con unos cordones,
y una manta ceñida á la cintura que las cubre hasta las rodillas. Los
principales llevan la manta y el baac negro y con bordados; en sus
lutos usan telas blancas. Los igorrotes son de buena estatura, su
color es cobrizo amarilloso; los ojos grandes, rasgados y negros,
y con el ángulo exterior muy agudo y más alto que el interior. Los
carrillos anchos y juanetudos; el pelo es largo, muy negro, y áspero;
el cuerpo robusto y bien formado; suelen pintarse de colores, y en
la mano se hacen una figura parecida á un sol. Fabrican sus casas
ó chozas de caña, cubriéndolas con cogon, formando la figura de un
triángulo como una especie de tienda de campaña, y no tienen más
luz que la que entra por el pequeño agujero que sirve de puerta;
generalmente las tienen muy desaseadas. En el centro de la cordillera
tienen casas mayores, de tabla de pino, que labran toscamente con una
especie de cuchillo de dos cortes que llaman _talivong_ y _bujías,_
el cual les sirve de arma. Usan también como ofensivas la lanza,
que arrojan con gran acierto, y las flechas, en cuyo manejo son poco
diestros y no alcanzan en esto á los negritos. Se alimentan con arroz,
frutas silvestres, raíces alimenticias, carne de búfalo, puerco y
ciervo, que cazan y preparan para su conservación: según se dice hay
entre ellos algunos que comen la carne humana, son muy asquerosos
y padecen muchas enfermedades cutáneas. Las mujeres para los partos
se van á la orilla de un río donde lavan la criatura así que ve la
luz; se baña también la madre, y concluída esta operación, coloca el
recién nacido en una especie de cestillo á la espalda y se vuelve á
su choza. Su idioma es muy distinto del de los pueblos cristianos
confinantes. La observación de las lunas les sirve de calendario,
y aun para formar sus pronósticos; los hay llamados bravos y mansos,
siendo los primeros los que no quieren comunicación alguna con los
pueblos reducidos.

Los tinguianes es otra raza que se extiende por las montañas del Este
de Ilocos hasta la provincia de Abra: son mucho más civilizados que
los igorrotes, y casi no merecen la denominación de salvajes. Los
hombres usan calzones anchos y una chaqueta ó chupa cerrada por
delante, como la de los chinos: se arrollan una tela ó especie de
toalla á la cabeza, cuyas puntas con flecos caen con gracia sobre la
espalda. Las mujeres usan el mismo traje que las igorrotas, con la
única diferencia de ser de color blanco, así como el de los hombres,
muy aseado, y bordadas las orillas de colores cuando están de gala;
desde la muñeca al codo se atan unos anchos brazaletes de abalorios
de colores, tan apretados, que les suele producir inflamación en el
brazo y la mano. Del mismo adorno usan algunas en los piés y hasta
en la cabeza, ciñéndose también un turbante, y otras se ponen una
especie de banda cuyo traje en conjunto es vistoso y bonito. El cutis
de esta raza es blanco, y con corta diferencia como el de los chinos;
su vida es frugal y aislada; comercian con los pueblos de cristianos;
pagan reconocimiento en frutos ó en dinero; compran tabaco en los
estancos de los pueblos  reducidos, pero en una cantidad dada,
que reparten con equidad entre todos los vecinos de una ranchería,
son limpios y observan entre sí cierta etiqueta, viven tranquilos en
sus pueblecillos, y su carácter pacífico pero suspicaz, los aproxima
mucho á los indios civilizados. Hay algunos pueblos de ellos reducidos
al cristianismo y cultivan extensos campos de arroz, teniendo piaras
de carabaos, caballos y bueyes: se ejercitan en la caza de venados
y son enemigos de los igorrotes. Esta raza por su color, facciones y
traje, se cree sea descendiente de los chinos, que según tradición,
se internaron por estos montes desde la provincia de Pangasinan
cuando el pirata Limahon fué batido y obligado á reembarcarse; pero
la historia de aquellos tiempos nada dice de que quedasen estos
restos del ejército, antes bien asegura, que todos se embarcaron;
pero ello es que esta raza de infieles es distinta enteramente de las
demás que pueblan los montes del Norte de la isla de Luzón. Hay otra
raza llamada de guinanos que habitan la parte interior del país y á
la falda Este de la gran cordillera, que separa al Abra de Cagayan;
son de carácter feroz, y en los meses de Febrero y Marzo suelen hacer
sus correrías al Abra con solo el objeto de cortar cabezas, sean de
cristianos, sean de tinguianes ó igorrotes: para ello se aprovechan
de algún descuido; en teniendo alguna cabeza humana se retiran á sus
pueblos con gran algazara, donde celebran una gran fiesta que dura
muchos días. Concluída la fiesta, el matón guarda cuidadosamente el
cráneo como prueba de su valentía, y es tanto más estimado por sus
compoblanos, cuantas más cabezas ó cráneos adornan sus casas; suelen
también estar en continua guerra unos pueblos con otros; siempre
acometen á traición, y con grandes alaridos al echarse encima de la
víctima. Aun no ha sido posible hacer que penetrara hasta ellos la
luz evangélica.

Aunque bastante apartadas de la provincia de Ilocos por la parte
del Este, ocupa también esta cordillera la raza de los busaos
que confina con la de los tinguianes; sus tribus son de carácter
dulce y hábitos más propensos á la civilización, se pintan el brazo
imitando varias flores, llevan grandes anillos en las orejas y otros
se cuelgan en ellas un gran pedazo de madera, lo que les alarga mucho
la ternilla. El traje de los busaos es parecido al de los igorrotes,
solo se diferencian en que llevan en la cabeza una especie de casquete
ó solideo de bejuco ó de madera, cilíndrico y abierto por los lados
que algunas veces adornan con plumas; en lugar del _talibon_ usan
una arma llamada _ligua_ de la que usan también los tinguianes, que
es como una hacha de hierro casi cuadrada, con una punta por detrás
y mango corto, la que fabrican ellos mismos con hierro que extraen
junto á Benang; cultivan arroz con muy buen sistema de riego.

Los negritos que ocupan las montañas de Ilocos más bien se extienden
hacia la parte de Ilocos Norte que hacia el Sur; se diferencian poco de
los demás negros de los otros montes de las islas; su escaso vestido
suele ser de cáscara ó corteza de árboles ó alguna manta tosca; pagan
reconocimiento cuando se les puede hallar, reconocen por reyezuelo al
más viejo entre ellos, y entierran sus difuntos en el monte, poniendo
junto al cadáver eslabón, piedra, yesca, un arma y un pedazo de carne
de venado, y todo el que de ellos pasa próximo, ha de dejar algo de
lo que cogió en la caza ó le dieron los cristianos.»

En otro lugar leemos:

«En las escabrosidades de las altas montañas de todas las islas
Filipinas, y en las espinosas de sus impenetrables bosques, habitan
numerosas razas ó tribus de infieles, hasta cuyos desgraciados
individuos no ha penetrado aún, por desgracia, la luz del cristianismo
y de la civilización. Las cordilleras de la isla de Luzón están
habitadas por los _igorrotes, tinguianes, ifugaos_ y otras razas de
costumbres más ó menos feroces; pero la más generalmente extendida
por todos los montes de las islas es la de negritos aetas, que por
sus caracteres genéricos, su pelo crespo, sus labios prominentes y su
ángulo facial, se cree por algunos, sean los primitivos habitantes
de este suelo, pues concuerdan dichos caracteres con los de otros
que residen en la misma zona tórrida de África y varios puntos de
la Oceanía.

Los de estas islas viven errantes en la fragosidad  de las selvas,
y aunque los hay de ellos que bajan á comerciar y se comunican con
los pueblos cristianos, se encuentran muchos que huyen de todo trato
con los hombres de distinta raza, manteniendo una continua guerra
con otros habitantes de los bosques. Se cree que los _desmayas,
malancos, manabos_ y _tagabotes_ de la isla de Mindanao, así como
los negros feroces de Nueva Ecija y otras tribus menos conocidas,
sean pertenecientes á la gran familia de estos primitivos moradores
de las islas.

Los negritos son en general pequeños, delgados y ágiles; pero no mal
formados. Tienen la nariz gruesa y aplastada, el cabello crespo como
lana enredada; el labio superior grueso y caído sobre el inferior;
su color es más claro y menos feo que el de los negros de la costa de
África, sin duda porque los de estas islas tienen más frondosos bosques
donde resguardarse de la acción del sol y porque se comunican más con
pueblos civilizados. Van completamente desnudos y se cubren con un
taparrabos de cortezas de árbol; los que tienen trato más frecuente
lo usan de tela, y llevan además un pedazo de coquillo de colores ó
de manta echado sobre los hombros y se suelen poner un pañuelo en la
cabeza. Los que comercian con dichos pueblos civilizados dan varios
productos de los montes, como miel, cera y bejucos, á cambio de telas
y de moneda: las mujeres de estos visten una ligera camisilla y un
tapis; las de los más feroces van desnudas: las primeras colocan en
su pelo un peine de caña, en el que ejecutan finas labores, y por
sus orejas taladradas atraviesan un pedacito de rama en flor, que
además de su erizada cabellera les da un aspecto extraño. Los hombres
solteros suelen usar también el peine de caña, como distintivo de su
estado. Todos ellos llevan siempre en su mano el arco y las flechas
que acostumbran á envenenar con jugo de plantas que ellos conocen,
en las cuales frotan é impregnan el hierro ó punta de ellas; algunos
usan un carcax de caña bambú para colocarlas; en la cintura llevan
un cuchillo ó _bolo_ muy afilado.

Se casan muy jóvenes y aunque no se reúnen con sus mujeres, se les ve
tomar estado á los ocho ó nueve años. Les gusta mucho estar junto el
fuego; encienden grandes hogueras, y por la noche se acuestan sobre
la ceniza caliente; para mayor abrigo suelen poner entre dos árboles
una especie de techado de hoja de palma, y por la mañana levantan el
campo para volver á dormir donde les coge la noche.

Las mujeres paren también sobre la ceniza: concluído el parto se bañan
y vuelven á acostarse sobre ella y á cuidar de su hijo, el que cuando
marchan lo llevan pendiente del cuello ó á la espalda, sostenido por
un lienzo atado, ó por una corteza de árbol apoyada en la nuca.

No se les conoce religión alguna. Comen puercos de monte, venados y
raíces alimenticias; pero nunca lo verifica uno solo. Tienen castigos
de pena de la vida para sí y para sus hijos por varios delitos; uno
de ellos es el de robar una mujer ajena; pena conmutable, entregando
flechas y armas.

Nombran sus jefes á los más ancianos. Entre los que frecuentan para
su comercio los pueblos cristianos, se suele investir á uno de ellos
del carácter de justicia, el cual impuesto de su cargo, los reune y
presenta cuando se les llama para el trabajo.

Sus distracciones consisten en el canto, en el baile y en ejercitarse
en el manejo de sus armas. Ejecutan un baile llamado _acubac_ que se
reduce á poner á las mujeres en el centro, y los hombres agarrándose
uno á otro por la cintura van marchando en círculo alrededor de ellas,
levantando la pierna dando una fuerte patada en el suelo al compás
de una canción muy lúgubre y pausada que con voz casi imperceptible
entonan las negras, y á la que ellos contestan con una especie de
terminaciones consonantes; á este triste canto le llaman _inalug_.

Por más esfuerzos que se han hecho por los PP. Misioneros y por las
autoridades de las islas para civilizar á los negros aetas, y hacerlos
vivir en sociedad, todo ha sido infructuoso. Aman su vida errante y
salvaje, y tarde ó temprano se vuelven á ella; ha sucedido ya estar
un negro enteramente civilizado y aun haber seguido estudios, y ha
desaparecido para volverse al monte á vivir desnudo y salvaje entre
sus compañeros. Estos desgraciados se niegan siempre á la luz de la
verdad y de la razón.»

Las anteriores líneas son la prueba más concluyente de lo mucho
que falta por hacer en Filipinas. A la vista de Manila, en su misma
bahía, en la provincia de Bataan, se destaca la sierra de Mariveles;
pues bien, en sus bosques hay razas errantes sin más dominio ni ley,
que las que Dios les dicta, ni la potente voz de los elementos que se
desarrollan sobre la inmensa copa de los árboles que les dan sombra,
alimento y guarida, y las que impone en la punta de sus flechas el
que impera por la ley del más fuerte.

Todas estas razas respetan instintivamente al español, sobre todo si
no los hostiga y maltrata. El europeo que se pierde en los laberintos
de bejucos y verduras de Mariveles, no tiene que temer por su vida aun
cuando se encuentre con alguna ranchería de _aetas_; estos lo acogerán
con mirada recelosa, mas bien pronto si ven que no les hacen daño,
se tornan dulces y serviciales.

El estado pacífico en que viven las razas de Mariveles, es sin duda
la causa del por qué no se las ha reducido, á pesar de habitar á las
puertas de Manila.

¡Cuántos misterios desconocidos, cuánta riqueza oculta y cuántas
cosas ignoradas contendrá la gran extensión de tierra que comprende
la isla de Mindoro, desde puerto _Galera_ á punta _Bunga_!

Las montañas de Mindoro poco á poco fueron ocultándose en los
horizontes que dejábamos á la proa, aclarándose los de _Marinduque_
por los círculos que abría en el espacio el bauprés de la _María
Rosario_.

Las pequeñas _Dos hermanas_, formando el vértice del triángulo
que cierran _Banton, Bantoncillo, Simarra y Maestre de Campo_, se
destacaban perfectamente ante nuestra vista, como asimismo los pequeños
islotes llamados _Tres Reyes_ y el _Diamante_, azotados constantemente
por las encontradas olas, efectos de las corrientes y las notables
_resacas_ que refluyen su influencia desde las costas de Marinduque.

La pequeña isla de Banton, nos trajo á la memoria un sin número de
recuerdos y un gran caudal de observaciones. En sus estrechos  límites
habitaba nuestro querido amigo el Padre Pablo, fraile recoleto de gran
iniciativa, ciencia y decisión, que después de haber desempeñado en
Filipinas la supremacía del poder en la Orden, había dejado el peso
y responsabilidad del Provincialato, por el recogimiento, la quietud
y el aislamiento de la parroquia de Banton, islote casi desierto,
inhospitalario y desprovisto de cuanto constituye lo más necesario
de la vida.

Ya que la isla de Banton nos ha traído á la memoria á un antiguo amigo
fraile, y ya que tanto se ha dicho de estos, añadamos nosotros en el
siguiente capítulo una página más.



CAPÍTULO IV.

El fraile en Filipinas.

Al hablar de Filipinas es imposible dejar de ocuparse de las órdenes
monásticas: van tan íntimamente unidas con la historia y vicisitudes
por que ha pasado el Archipiélago, que donde quiera se relate un
suceso, donde quiera se evoque un recuerdo, donde quiera se contemple
una obra, allí está la mano, la inteligencia ó la actividad del fraile.

Para comprender lo que vale en el Oriente, para apreciarlo en todo
su valor, es preciso vivir algún tiempo en el país.

El fraile es el ser cosmopolita de la India; en su historia lo mismo
se le ve con el santo lábaro predicar la fe del Gólgota, que dar
al aire la enseña de Castilla y voltear el bronce llamando á los
buenos en el rebato de sus torreones, siempre que algún peligro ha
amenazado patria ó religión: alentados por estas dos palabras han
puesto repetidas veces sus pechos ante el enemigo de la raza, ó el
cuello ante el cuchillo del martirio. Los campos de China durante
más de dos siglos, la invasión de Manila por los piratas que hacían
temblar al Celeste Imperio, y más tarde la gran bahía llena de naves
inglesas, son imperecederas epopeyas en que las órdenes monásticas
han vertido su sangre, su persuasión y sus caudales.

El cosmopolitismo del bien, volvemos á decir, está sintetizado en
el convento.

A semejanza de la Edad Media, en que el Dios de las batallas con el
ruido de sus armas adormecía la inteligencia; cual aquella época del
arnés y de la lanza, se ocultaba en lo más recóndito de los cláustros
la ciencia en el libro y el experimento en las primitivas máquinas;
á imitación de entonces en que el fraile mantenía vivo el estudio y el
saber, así en el día el cláustro en el Oriente cual templo de vestales,
alienta la vívida luz de los humanos adelantos. Las bibliotecas de
los Dominicos, llenas de preciosos códices; los gabinetes de física y
química, con cuantos aparatos han inventado las nuevas conquistas de
la inteligencia; las magníficas colecciones de la naturaleza tropical
en todas sus manifestaciones; los góticos capiteles de Santo Domingo;
las sólidas construcciones de Agustinos y Franciscanos; el golpear
de las máquinas de vapor de los Recoletos; enseñan que la ciencia,
el arte y la industria, tienen su asiento bajo la esfera de acción
de las órdenes monásticas.

El convento no solamente sintetiza en Filipinas,  la ciencia y el arte,
sino que también el laboratorio, la enfermería y la granja-modelo.

Sabido es cuan escaso es el personal de médicos y cuántas provincias
están entregadas á la virtud de sus plantas, á la tradición de sus
remedios y á los ungüentos y recetas del convento. Tanto el indio
como el castila que se siente aquejado de una enfermedad, llama al
fraile á la cabecera de su lecho, ó va á buscarlo en sus hospitalarias
casas-haciendas, en la seguridad de encontrar ciencia para la materia
y consuelo para el espíritu.

La hacienda de _Imus_ es una verdadera enfermería del castila, allí
el que llega tiene cuidados, cama y mesa.

Desde el jefe superior de las islas al último desgraciado, tienen
en Imus un cariñoso techo con solo llamar á aquellas puertas,
abiertas siempre para el bien y la caridad. No es solamente lugar
de convalecencia por sus condiciones naturales, sino que estas se
aunan con el perfeccionamiento y con el arte. Los baños de impresión
que tiene la casa son, sin duda por sus aguas y por la manera de
distribuirlas, unos de los mejores de las islas.

Cuantos requisitos constituye la granja-modelo, se encuentran en la
hacienda que nos ocupa. Espaciosos y bien preparados _tambobos_,
magníficas plantaciones de caña dulce,  buenas máquinas, extensas
roturaciones, puentes, presas, encauces, sementeras y un perfecto
reglamento de colonos se ven en aquella. El colono que experimenta una
desgracia en el hogar, percibe cuantos auxilios le son necesarios; si
la desgracia proviene del campo, si una avenida asola sus cosechas, si
el tallo de la caña se agosta ante el destructor hálito de un _tifón_,
el fraile remedia el mal sin que el colono vea amenazado su porvenir
ante los sombríos colores de la usura. Cuando hay calamidades se
perdonan las rentas, y el _tambobo_  abre sus puertas, convirtiéndose
en piadoso  pósito, seguro remedio de la propiedad y del labrador.

El viajero tiene no menos ventajas que el colono y el enfermo. El que
durante todo un día ha sufrido por bosques y caminos el sol tropical,
el que el aguacero ha mojado su cuerpo, el que se ve rendido por el
cansancio: alienta, se vivifica y cobra ánimos al oir los consoladores
ecos de la esquila del monasterio, del convento ó de la casa-hacienda;
bajo aquel bronce sabe hay españoles, hay patria, hay hermanos. Es
preciso haber pasado un día en la India y sentir las fatigas del
cansancio y la sed, para comprender en todo su valor lo que significan
los ecos de la campana del convento.

El fraile del Oriente difiere completamente del que vulgarmente se
conoce; por esa misma razón lo juzgan algunos mal. El que crea ver
en aquellos el reflejo de los antiguos y silenciosos moradores de la
celda ó los revoltosos señores de abadías, se equivoca soberanamente;
ni tienen la maliciosa reserva y maquiavélica intención del claustro
de la Edad Media, ni la turbulencia y fueros de los guerreros-frailes
de la Reconquista, feudales señores de almena y mesnada, de cuchillo
y caldera.

El ser que nos ocupa es franco, decidor, leal, caballero; participa
de las buenas cualidades del mundo y el recogimiento ascético de la
celda. Es, y esta es su principal cualidad, _español_ por excelencia,
y todas sus tendencias, lo mismo las que desarrolla en la plática,
como en el púlpito, como en el hogar, tienden á la consolidación y
bienestar de la colonia. En las veces que en Filipinas se han sentido
los rumores de la rebelión, el fraile siempre ha estado al lado de su
raza. No hay ejemplo alguno en la historia de las islas en que haya
aparecido ni remotamente complicado contra los suyos. Si Filipinas
tuviera una _verdadera_ historia, se vería hasta qué punto fueron
los frailes españoles en las memorables jornadas en que el invicto
Simón de Anda dejó la toga por el talabardo, oponiendo la fuerza á
la fuerza, la espada á la dominación, la argucia á la mayoría y el
heroismo á la desigual lucha. En aquella campaña, un puñado de frailes
contuvieron la dominación inglesa, teniendo en continua alarma á las
centuplicadas fuerzas de los enemigos.

La influencia que entonces y ahora tiene el fraile de Filipinas,
es preciso ser loco para no apreciarla y comprenderla. Como ejemplo
de su influencia y de su poder citaremos un episodio acaecido en la
insurrección de Cavite.

En la fuerza de la plaza se encontraba al sonar la señal el lego
español de San Juan de Dios. Dado el grito, la rebelión desarrolló
en su destructor círculo cuantos horrores caben en el saqueo y la
matanza. La embriaguez y la sangre habían corrido desde el rastrillo á
la plataforma, cuando aquellas hordas que gritaban muerte y exterminio,
que no habían perdonado sexos ni edades, se prosternaron de rodillas
ante el lego pidiendo les absolviera de todas sus culpas. Si el lego
hubiera sido fraile, y si su falta de conocimientos hubieran estado
representados por la elocuencia, confianza y prestigio del sacerdote,
es posible que las palabras no hubieran sido obras, y la acción no
hubiera pasado de proyecto.

El lego fué respetado, considerado y atendido por los que pedían
la cabeza de los españoles, por el solo hecho de vestir un hábito y
una correa.

El ascendiente que el Padre ejerce sobre el indio está fuera de duda,
es indiscutible. Esta influencia es tan positiva que no titubeamos
en asegurar, es el primer elemento de colonización que tenemos en
Filipinas.

Al hacer las anteriores manifestaciones cumplimos con un deber de
españoles: en este libro nos hemos propuesto decir la verdad en todo
y por todo, y aunque las ideas y opiniones del autor difieran de
las del fraile, está en el deber de hacerles la justicia de que son
acreedores. ¡Ojalá que todos los españoles que vengan á Filipinas se
conduzcan cual lo hacen aquellos! Si esto sucediera ni daríamos el
alerta, ni abrigaríamos temores.

El fraile en Filipinas no solamente es un bien, sino que constituye
una verdadera necesidad.



CAPÍTULO V.

El estrecho de San Bernardino.--Cabeza Bondog.--Ruinas.--El volcán
Mayon.--¡Ancla!--San Jacinto.--Su Iglesia.--La india Ignacia.--El
toque de oración.--El _atung-taqui_.

La navegación del estrecho de San Bernardino, constituye uno de los
derroteros más bellos y variados que se conocen. Desde la bahía de
Manila á las aguas del Pacífico, hay unas trescientas millas en las
que se admiran toda la riqueza del suelo filipino. En el derrotero
que nos ocupamos no se pierde ni un solo momento la vista de tierra,
pasando tan cerca de ella en muchas ocasiones, que se hace precisa
gran precaución.

No bien _doblamos cabeza Bondog_ y ganamos las aguas que separan á
la rica provincia Camarines Sur, de la isla de Burías, se principian
á dibujar en los horizontes de Albay, el famoso volcán que se admira
en medio de aquella provincia.

El volcán de Albay, llamado por algunos el _Mayon_, lo forma un cono
perfectamente regular. Se encuentra en actividad y es difícil verlo
despejado de nubes, las cuales lo ocultan casi constantemente, efecto
de su gran altura, proximidad á los focos de grandes emanaciones y
atracción que ejerce sobre los frecuentes chubascos que vierten sobre
la provincia de Albay.

Las erupciones del Mayon son muy frecuentes, mas desde la acaecida
á principios del siglo, de la cual se describen tales horrores,  que
causan verdadero espanto, son poco intensas, estando habituados los
pueblos que se asientan á la falda del monte, á las convulsiones del
gigante que en un solo momento podrá sepultarlos entre sus candentes
materias. La ascensión al volcán es sumamente difícil y arriesgada,
no teniendo noticias de que viajero alguno haya hollado con su planta
el vértice del cráter.

El día que la _María Rosario_ nos puso á la vista del Mayon, hubo
algunos momentos en que por efecto del fuerte SE. pudimos admirar
completamente despejado todo el espacio que cierra el magnífico cuadro
que llena el volcán.

La provincia de Albay es, sin género de duda una de las más ricas
del Archipiélago. El filamento llamado _abacá_, es una inagotable
mina de los campos que comprenden aquella provincia.

Aquel producto ha llevado el bienestar y  la riqueza á sus habitantes,
los cuales á su vez, son la base de las cuantiosas fortunas que se
han cimentado sobre el abacá: este es de tan buena calidad en los
campos de Albay, que las _cabullerías_ que con él se fabrican se
confunden con las más sólidas de cáñamo, producto que en los usos de
la marina se ha reducido notablemente, desde que se explota aquel
filamento, el cual no solamente  se consume en el Archipiélago,
sino que cuidadosamente es almacenado y prensado para ser expendido
en lejanos centros comerciales.

Las calmas que veníamos experimentando nos agotaron casi todo _el
fresco_ de que podíamos disponer, así que, aprovechando el seguro
y resguardado puerto de _San Jacinto_, anclamos en él á fin de
_refrescar_ víveres.

San Jacinto es un pintoresco pueblecito situado en la isla de
Ticao. Lo constituye aquel una extensa loma sobre la cual se asienta
diseminado un corto caserío, en su generalidad de palma, destacándose
por su construcción un antiguo baluarte, la iglesia, la escuela y la
casa-tribunal. El cura que cuida de su parroquia se encontraba fuera
del pueblo y nos dijeron era mestizo chino.

El baluarte de San Jacinto es sólido, de buena fábrica y perfectamente
situado; se extiende por lo más alto de la loma dominando el pueblo
y el puerto. En el ángulo que corresponde á su entrada y sobre una
plataforma medio arruinada, se ve un cañón, que según sus dimensiones,
pudimos calcular sería su calibre de 20 á 24.

La época en que se edificó el baluarte no la hemos podido precisar,
revelando el estado de los muros su vejez, con la que lucha la
consistencia y solidez de la construcción.

En el espacioso patio que cierra el perímetro amurallado, se encuentra
la iglesia, y á medio concluir la casa parroquial; obra que según
pudimos ver, pronto había de brindar toda clase de comodidades á su
morador. La sólida fábrica de aquella espaciosa casa, á cuya sombra se
alza la campana del templo; las aspilladas murallas que la resguardan;
las plataformas y el bronce que la defienden; la estratégica situación
que ocupa, y la bandera que flamea en lo alto del torreón, la asemejan
más que á la casa del recogimiento y la oración, al antiguo baluarte
de la Edad Media.

Aquellos muros carcomidos por el tiempo evocaron en nuestra mente
todo el grandioso pasado de los caballerescos siglos feudales.

La raza que habita San Jacinto, es la india pura; hablan el _visaya_
y sus moradores poseen todos los rasgos que caracterizan aquella. Son
afables, fuertes y de facciones bastante buenas. Vimos una india
llamada Ignacia, de un conjunto altamente simpático y agradable,
sobresaliendo en ella un larguísimo y negro pelo, rasgo peculiar y
distintivo de Filipinas, en donde los hemos visto como en parte alguna;
consecuencia, sin duda, de no mortificar las raíces, pues generalmente
lo llevan suelto, y sobre todo, por la fortaleza y consistencia que
prestan los jugos del coco, aceite, cuyas propiedades es de todos
reconocida.

A más del uso del aceite de coco, contribuye en gran manera
á la conservación del pelo, el _gogo_, raíz parecida á la de
la _mora_. Aquel se lava perfectamente y después se exprimen sus
jugos. El jugo del gogo levanta en la batea donde se prepara, una
blanca é hirviente espuma; su uso es muy frecuente y, general en
Filipinas, y sin duda alguna que la frescura que presta á la cabeza y
la limpieza que origina, son causa, en gran parte, de que sea sumamente
raro encontrar calvos en el Archipiélago.

La población de San Jacinto la forman 1.800 almas, de las cuales
tributan unas 500, calculando en 250 los niños de ambos sexos que
asisten á la escuela, según nos dijo el Gobernadorcillo.

Los productos son: el abacá, el tabaco, la caña dulce, el añil y el
coco; de este nos sirvieron por vía de refresco una suculenta ensalada
hecha de palmito. El palmito del coco, es sin género de duda, el más
sustancial y delicado de cuantos dan toda la diversidad de palmas.

Al toque de oración en Filipinas se le rinde culto.

Todo indio á la muerte del día, recoge su espíritu y pronuncia una
oración mirando al Oriente.

La campana de la iglesia anunciando la oración, se mezcló con los
redobles del tambor del tribunal, y los huecos y broncos sonidos
del _atung-taqui_, que sirve para dar los alertas en las avanzadas
ó _bantayanes_ de algunos pueblos de Visayas.

El atung-taqui filipina, es el árbol hueco, descrito por los primeros
exploradores de la India, y que todavía se conserva entre los moradores
que habitan las orillas del _Amazonas_, y las dilatadas faldas del
_Chimborazo_, según pudimos ver entre los objetos que los individuos
de la expedición científica del Pacífico, exhibieron en los jardines
del Botánico de Madrid. [2]

Al toque de oración de San Jacinto se cierran todas las puertas y
ventanas, y se apagan las luces, entonándose por los que se encuentran
dentro de las casas el _Ángelus_; concluído este, cada cual vuelve
á su conversación, su ocupación ó su paseo.

Nosotros hicimos una frugal cena, y después de interrogar sobre la
localidad al Gobernadorcillo, buscamos el reposo en las mallas de
una hamaca de abacá.

Ya que estamos descansados en tierra, y ya que hemos bosquejado á la
ligera á una india, veamos en las páginas que siguen, lo que es la
mujer en el Oriente.



CAPÍTULO VI.

La mujer india.--Angué--Pepay la sinamayera.--¡¡¡Una!!!

Desde los tristes monólogos de Adán (pues es de suponer no tuviera
ganas de conversación con su _ex-costilla_, después de lo de marras)
hasta los _Apuntes_ de Catalina, y desde las lágrimas de Ovidio, á
los ataques de nervios de Julieta, cuánto se ha dicho, y sobre todo
cuánto se ha calumniado, es decir, menos cuando no se ha calumniado,
á esas sensibles _palomas_ sin hiel, á esas infelices y desgraciadas
inocentes, á esas pobrecitas cofrades del sexo débil.

A lo mucho que se ha dicho, vamos á añadir un poco más.

No vamos á tratar á la mujer á la sombra de un _patrón_ de la moda
elegante, ni á la semiluz de una _bambalina_, ni á las tinieblas de un
coche con cortinillas, ni á los truenos y relámpagos de un _can-can_;
no, vamos á ocuparnos de la primitiva hija del Oriente, raza hoy
poco conocida, que después de haber perecido casi por completo en
las Américas, va siguiendo la misma suerte en los inmensos dominios
que comprende la India inglesa.

La raza pura la encontramos en cerca de seis millones de seres,
en el vasto Archipiélago filipino.

Descorramos las _conchas_, alcemos el _tapanco_ ó descansemos un
momento bajo el _carang_, y al tornasolado de las primeras, veremos
á la india rica; bajo la palma del segundo, podremos estudiar la
india industrial, ó sea la clase media, y al abrigo del tercero se
nos presentarán perfectos modelos de las hijas desheredadas de todos
aquellos dones que no sean el mojarse cuando llueve, admirar el sol
cuando sale y limpiarse el sudor si tiene con qué cuando calienta,
dones todos que la naturaleza prodiga de tal forma en el Oriente, que
cuando llueve lo hace tres ó cuatro meses seguidos, con una fuerza,
un viento y unos truenos, que ni hay más que dar, ni más que pedir.

Ya tenemos prólogo. Exhibamos los tipos.

Supongamos que son las diez de la mañana en Manila, y por consiguiente,
la misma hora en cualquiera de los pueblos que forman Binondo;
supongamos á más que es la fiesta de la Patrona y que estamos cerca
de la casa del hermano mayor.

El hermano mayor es un sér exclusivo de Filipinas, es en las fiestas
como si dijéramos, el _caballo blanco_ de nuestros espectáculos,
ó el editor responsable sin sueldo de un periódico demagógico en
tiempo de los moderados.

Decíamos que estábamos cerca de la casa del hermano mayor, y esto
bien fácil nos es conocerlo, porque distintamente llegan á nuestros
oídos los ecos de la marcha de _Pan y Toros_, tocata ahora en boga
en Filipinas, cual lo será Dios mediante, dentro de ocho ó diez años,
la jota del _Molinero de Subiza_, ó la _polka de Flama_.

Ya estamos á la vista de la casa.

Banderolas de todos colores, pañuelos de todos ribetes, y trapos de
todos tamaños, ondean ó no ondean (pues esto no depende del hermano
mayor), suspendidos, no digamos de ventanas y balcones, sino de
agujeros más ó menos grandes, abiertos en el cogon y algunos en
la tabla.

La música la seguiremos oyendo, pues asisten las de los _dos gremios_,
y mientras la una toca, la otra come ó fuma, y esto de amanecer
á amanecer.

Alguna que otra _dalaga_, adornada con cuantos objetos relucientes
ha podido encontrar, pasa por delante de nosotros con dirección á la
iglesia ó á la casa del hermano, que de seguro es lo menos _capitán
pasado_ ó _cabeza, de Barangay_, sociales jerarquías que le dan
opción al _vos_ en el trato, á un asiento en la _principalía_ y á un
trozo de banco que procurará esté cerca, ó del canuto donde coloca el
Gobernadorcillo el bastón, ó del tallado del respaldo que representa
todo lo representable, pues en cuestión de dibujo y de talla los
indios no atascan, y llevan su despreocupación hasta un punto que
hemos visto el retrato de un General muy conocido, sustituído su
nombre por el del bienaventurado Santiago, y todo porque el general
está retratado á caballo y tiene algunos moros á sus piés.

Ejemplo del General convertido en Santo por la gracia de un
cortaplumas, que ha borrado un excelentísimo señor, sustituyéndolo con
un San Antonio ó San Andrés, es muy común, y menos mal que al pobre
General lo hicieron Santo, pues si hubiera hecho falta una Santa,
conforme rasparon el nombre, lo hubieran hecho con el bigote y la
barba. Todo esto no se crea se hace riendo ni mucho menos, pues el
indio posee una formalidad y una fuerza de convicción en ciertos
actos, que se cree las cosas más raras y estupendas. De un frasco
de cristal con tapón esmerilado, nos decía muy grave un criado al
preguntarle por los bizcochos que guardaba, que se los había visto
comer á las lagartijas.

El hermano mayor tiene, á más de las prerrogativas marcadas,
el _non plus_ de los honores; el más preciado y característico
distintivo. Puede llevar dentro y fuera de su casa, lo mismo ante Rey
que Roque, cual antiguo mesnadero, no crean ustedes que el sombrero
puesto ó las manos en los bolsillos, sino muchísimo más; puede llevar
una camisa de faldones bastante largos fuera del pantalón, y una
chaqueta muy corta encima de la camisa. Esto no será muy bonito,
pero es tan noble y distintivo que _guay_ del plebeyo que sin haber
sido siquiera _directorcillo_ ó _juez de sementeras_, osara profanar
aquella parodia de frac, que tiene por faldones faldamentos.

No queremos se nos olvide decir que la camisa _oficial_ es blanca y
la chaqueta negra.

Andando con dirección al ruido, hemos visto más de un _camisa por
fuera_, ostentando un bejuquillo con puño de plata. Sus poseedores
ejercen jurisdicción, tienen poder, son _tenientes_ de justicia,
funcionarios públicos que pueden llegar hasta el _solio_ del superior
munícipe, el día que su jerárquica persona se vea atacada de un
fuerte _romadizo_.

Ya estamos frente á la casa del mayor cofrade; es de buen aspecto, su
construcción llega hasta el despilfarro de ser la cubierta de tejas y
estar rodeada de una espaciosa cerca de cañas, á cuya sombra, y atados
á un _arigue_, gruñen uno ó dos _babuis_, huéspedes indispensables
en toda casa india.

Un toldo que da sombra á parte del patio, bajo el cual toca la
música; vistosas colgaduras en todos los bastidores de la casa;
sinnúmero de faroles de todas formas, caprichos y tamaños, colgados,
atados ó sostenidos donde quiera hay un clavo, un agujero, una rama
ó un pequeño espacio, completan el adorno de aquella casa, que por
su alegría y aglomeración de cosas y objetos, revela que sus amos
están dispuestos á _echarla_ por la ventana.

Si tenemos la suerte de ir acompañados del Jefe de la provincia ó
Alcalde mayor, nuestra presencia será saludada con la marcha Real;
si el _bastón_ desciende de aquellas categorías, entonces nos tocarán
el _Mambrú_ ó las _habas verdes_.

Ya estamos dentro de la casa; ya están á nuestra presencia
_cabezang-Gogo; ñora Putin_ y la hija de ambos, la _chichirica
dalaga Angué;_ que es como si dijéramos en Europa el ex-diputado
Sr. D. Gregorio, la respetable Sra. Prudencia y la elegantísima
Srta. María.

Putin y Angué, ó sean Prudencia y María, son los tipos de la india
rica. Observadlos y habremos llenado nuestro cometido.

Madre é hija en el momento que hemos pasado de la _escala_ á la
_caída,_ dan la última mano á una de las mesas de viandas y dulces.

En las fiestas que describimos no hay sala de _buffet_ ni una sola
mesa. Todos los sitios de la casa son comedores. En la _cerca_
comen los músicos; en la antecocina, el _lancape_ se convierte en
mesa para los _batas_ y demás gente menuda. En la _caída_ el _lujo_
mejora notablemente. La caída es la destinada á los pretendientes á
hombres de justicia, _mediquillos_ sin parroquia, _cuadrilleros_ en
activo, _tulisanes_ arrepentidos, _jueces_ de ganados, aprendices á
_directorcillos_ y demás gente del bronce. Como la mesa de la caída
está á la vista de los que suben, procura Putin que esté vistosa
y arreglada, en tanto que Angué recorre los papeles de colores,
inspecciona los _tinsines_ y pone rodajitas de limón á los cochinillos
fritos, manjar indispensable, sin el cual no hay convite posible en
la India.

Arreglada la caída, las dueñas de la casa se dirigen á la sala. Aquella
es el tabernáculo, es el _arca santa_ donde se ha puesto todo el
esmero y cuidado.

Andemos despacio no nos escurramos sobre las lucientes tablas del
pavimiento recién frotadas con hojas de coco, impregnadas de aceite.

El conjunto que presenta la sala es de lo más abigarrado y
churrigueresco que imaginarse puede. Al lado de un fanal cuyos
cristales enseñan el Cristo de Antípolo vestido de general, lucen
sus contornos dos figuras de barro de China, sobre las cuales se
apoyan bombones de caña, llenos de tabacos, bandejitas de cristal con
fósforos y _buyos_; y si las figuras conservan las manos, un pico en
el sombrero, ó cualquier punto saliente, se ven colgados rosarios,
candelas, parches milagrosos y relicarios.

Las paredes están cuajadas de pabellones de coquillo colorado, bombas,
farolillos, vasos, y guirnaldas de ramaje ó flores de papel.

En un rincón se ostenta una lujosa arpa; esto ya quiere decir algo.

El centro de la sala lo ocupan dos mesas: en la una están los platos,
botellas y repuestos de todas clases. La otra, ¡ah! la otra merece
mucha atención. ¡_Es la mesa oficial_! Es como si dijéramos, la
sepultura de la mitad de la fortuna de cabezang-Goyo.

La mesa oficial se sabe tiene mantel por las caídas, pues lo que
cubre la tabla está completamente lleno de cuanto produce la India y
los establecimientos de Europa. Donde no hay sitio para una fuente,
se coloca un candelabro; donde no halla lugar un plato, se acomoda
una taza; si no hay asiento para una jícara, se reprieta una copa;
y por último, los huecos que quedan se rellenan con penachos de
palillos de dientes, ó tiras bordadas de papel de colores.

Todo se ha inspeccionado por las amas de la casa, todo se ha visto
y todo se ha manoseado.

El gusto estético de la india rica ya lo han visto ustedes.

_Ñora Putin_ descansa en una mecedora; su hija da vueltas á un collar
de olorosas _sampaguitas_, entrelazadas en una fina hebra de abacá. Las
dos callan. Examinémoslas, y si es posible sepamos qué piensan.

Angué es una muchacha de 15 á 17 años; su padre no recuerda el año
que nació, pero sabe el nombre del cura que la bautizó, y el del
Capitán general que mandaba entonces las islas.

Para un _práctico_ del país, Angué es guapa; es más, es muy hermosa.

Esto merece una explicación.

El tipo indio difiere poco: así que para hallar diferencias es preciso
la práctica y el tiempo. En corroboración de esto, puedo decir que
tardé más de dos años en distinguir la fea de la guapa; hoy ¡ah! hoy
ya es otra cosa; he comido mucho _plátano_, y he estado trimestres
enteros sin ver siquiera un _cuarto_ de cara de las de allá, así que
puedo asegurar que Angué es muy guapa.

Fotografiémosla.

Angué es alta, fuerte, de abultadas y exuberantes formas; ha dejado
de jugar con las sampaguitas, y apoya indolentemente su cuerpo en
las conchas. Todo su sér respira dulzura y melancolía. Sus ojos,
ligeramente entornados, están fijos, están en uno de esos momentos en
que _no ven_; tiene la falta de vida que constituye en la inteligencia
esas profundas abstracciones en que _nada_ pensamos. Los ojos de Angué
son negros, cual negras son sus largas pestañas y su hermoso pelo,
que esparcido en hebras le cubre la espalda y los hombros, haciendo
resaltar el color cobrizo de su cara, rasgo característico de la india,
en cuyos cutis jamás encontraréis otro color. La nariz es menos chata
que las de su raza. Su boca es pequeña, aunque de labios un tanto
gruesos; sus pómulos pronunciados; la frente deprimida; los dientes
pequeños y ligeramente coloreados por los jugos del buyo, y mórbidas
y correctas sus formas, según podemos ver bajo la transparencia de
su rica camisa de _piña_.

Angué viste un costoso traje. Cual en Madrid en tiempos, el día del
Corpus, daba los patrones á la moda, así en Filipinas los da el de la
fiesta de Binondo. Con arreglo á lo tácitamente convenido en aquella,
nuestra dalaga ostenta camisa de piña sombreada, corto y airoso tapis
de glasé, vistosa saya de gró á rayas verdes y blancas, chinela bordada
en plata, escapulario de finos relieves y terno completo de corales.

El traje de la india rica, que hoy se confunde con el de la mestiza,
es sumamente gracioso. No siendo una mujer _verdaderamente_ fea, parece
bonita con el pintoresco atavío de las hijas del Oriente. Ahora sí,
lo que debemos manifestar es que el _aire_ para llevar ese traje es
preciso tomarlo desde el vientre de la madre. Con el tapis sucede lo
que con la mantilla; ni se puede falsificar ni se puede parodiar. Para
llevar tapis hay que nacer á las orillas del Pasig, como para terciarse
una mantilla no hay más remedio que comer las papillas acariciado
por las brisas de Sierra-Nevada, dormir arrullado por las palmas y el
polo gitano, despertar con el alegre volteo de la campana de la Vela,
saber beber manzanilla, y en fin, y ¡viva mi tierra! haber nacido en
aquel pedazo de cielo que se llama Andalucía.

La mirada de Angué sigue inmóvil.

¿En qué pensará?

¿Abrigará temores? No. El sol alumbra en el horizonte sin nubes,
los canarios de China cantan sus amores, las _bomgas_ y las palmas
baten sus hojas ante la fresca brisa del mar. Con cantos, flores y
luz no puede haber temores. El _Asuang_ y todos los malos espíritus,
ya sabe la dalaga que buscan las sombras.

¡Inmóviles siguen los ojos de Angué! ¿Dormirán ante el temor de
algún remordimiento, ó ante el éxtasis del placer de una satisfecha
venganza? No. Angué no tiene remordimientos, como no los tiene ninguna
india. Todo lo que hacen creen lo pueden hacer.

El deber y el honor tiene en la india una interpretación muy diferente
que en el viejo mundo. Entre la raza pura, no habría necesidad de
escrituras ni protocolos. Jamás una india del interior ha negado
una deuda, como jamás ha llegado á ocultar un momento de pasión
en el sangriento drama del infanticidio, ó en el misterioso torno
del expósito.

Lo que hace, si no lo pregona, tampoco lo oculta. Sufre con resignación
cuanto le proporciona su culpa, y ni se queja, ni se lamenta, ni
se arrepiente.

¿Amará Angué? ¿Obedecerá su languidez á uno de esos tiernos
sentimientos que llenan el alma? No. Las pasiones de Angué, como todas
las de su raza son momentáneas; aman hasta el delirio, pero olvidan
hasta la absoluta indiferencia. Es cierto que las horas que aman las
rodean de cuantas ternezas caben en el humano corazón, y de cuantos
cariños y locuras puede soñar un sér amante. Ella vela el sueño--ella
aletarga dulcemente nuestro espíritu con el cadencioso susurro del
_cundiman_ ó el mimoso _mata-mata_; ella refresca nuestro ardoroso
cuerpo con el _paypay_ ó el _pancag_; ella nos rodea de una perfumada
atmósfera con las hojas del _ilang-ilang_ ó las blancas sampaguitas;
ella, si nos ve tristes, dice en su sencillo y poético lenguaje que el
cielo tiene nubes; ella, paloma del Oriente, arrulla á su amante con
sus palabras, sus caricias, sus canciones, mas ... en estos momentos
de abandono, sin saber por qué, sin causa ni motivo alguno, cesan
sus caricias y callan sus pasiones. El genio de la inconstancia
sustituye al dios de los amores; y la que momentos antes era la
esclava, torna á ser señora y deja el nido y al amante sin amor,
sin pena y sin recuerdos.

La india posee el indiferentismo en un grado tal, que todo le importa
poco. El amor propio suele adormecerla alguna vez, pero el despertar
es momentáneo. Pruebas del indiferentismo indio se ven inmediatamente
que se ancla en un puerto de Filipinas. Asistid á un entierro y las
lágrimas que allí veréis, son cual el de las antiguas plañideras:
estas desempeñaban su papel por el dinero: la india rinde un tributo
á la costumbre; vió que lloró su madre cuando murió su abuela, y ella
llora cuando se muere su madre, sin que esto sea obstáculo para reir
ó bailar á las dos horas de verificarse el entierro. Entrar en una
casa de juego, pasión culminante de la india, y allí la veréis sin
contraérsele un músculo de su cara, y sin pronunciar una palabra mal
sonante su lengua, perder su último dinero, y pasar de la riqueza á
la indigencia como si tal cosa. Colmarla de favores y de beneficios
y os dará si lo pedía cuanto tiene; más no esperéis una palabra de
consuelo en el dolor, ni una lágrima, ni un significativo apretón de
manos en un momento solemne.

En la indiferencia ni nacen venganzas, ni anidan amores, ni se evocan
recuerdos.

Angué es indiferente.

Angué sigue inmóvil. Ni piensa, ni siente, odia, ni ama.

Angué duerme.

       *       *       *       *       *

Esta es la india rica, este es su tipo. Llegará la tarde y disfrutará
un momento de vanidad al contemplarse rica y hermosa: se comparará con
las demás y se verá la dalaga mejor ataviada de la procesión. Esta
pasará por delante de su casa cuyas conchas atestadas de castilas
le mantendrán la vanidad, Concluída la procesión hará los honores
de la casa, dará doscientas vueltas alrededor de la sala, ofrecerá
sin cesar en bandejitas de cristal, pequeños bullos y secos tabacos,
bailará y hasta hará vibrar en el arpa los recuerdos de alguna canción
morisca ó evocará la triste historia de _Atala_, desfigurada por la
_sangrienta_ mano de algún joven _filósofo_.

Después ... después la música dará su último _trompetonazo_, los
_tinsines_ su postrimer chisporroteo, y Angué despojada de sus galas
ni aun soñará con el triste _Chartras._

Descorramos los bastidores.

Veamos otro tipo.

Entre la iglesia de Binondo á la capitanía del Puerto, hay una calle
llamada de San Fernando: en la parte izquierda un trozo tiene portales.

A los portales de la calle de San Fernando vamos á llevar á nuestros
lectores.

En una de las tiendas, mejor dicho cajones, está nuestro tipo.

_Pepay_, sentada en el pequeño mostrador, observa á los transeúntes al
par que con una mano acaricia un fardo de diversas y pintarrajeadas
telas, y con la otra perezosamente da vueltas á un pequeño listón de
_narra_ que le sirve de medida.

Parémonos ante aquella tienda.

Estamos frente á frente á Pepay la _Sinamayera_.

La sinamayera, ó sea vendedora de telas, representa la clase
industrial, la clase trabajadora.

Nosotros ya la conocemos de antiguo, así que de antiguo sabemos su
historia. La hemos visto crecer y no ignoramos todas las fases por
que ha pasado para llegar á ser tendera.

Contemos su historia.

Pepay no conoce á sus padres. Huérfana y niña recuerda haber dado sus
primeros pasos, en la caída de una _casa grande_. Pertenece á lo que
se llama la dudosa clase de _crianza_.

El nacimiento de las crianzas en su generalidad envuelve más de
un misterio. La primera _bola_ de _morisqueta_ la hacen en casa
respetable, y dan el título de _tía_ á la dueña de ella.

En Filipinas también hay _sobrinas_.

Nadie recuerda cuando nació Pepay ni quién la bautizo, pero todos
saben es sobrina de su tía.

Tan luego empezó á balbucear en la Cuaresma las dos mil _mangas_
que empiezan con _manga_ Pilatos, y concluyen con manga celestial,
Pepay pasó del bullicio de la casa al recogimiento del _beaterio_. Allí
aprendió á leer y escribir, y en estos progresos murió la tía.

La pensión dejo de pagarse. Los herederos de aquella no estuvieron
todo lo propicios al reconocimiento del parentesco, y Pepay se
encontró en el mundo á los quince años, con una regular figura,
unos cuantos conocimientos, un buen deseo y un tanto de malicia,
fruta que sazona en todas las corporaciones de gente joven.

Pepay, como todo ser racional de la India, tenía su compadre. Este
mantenía un pequeño tráfico naval. Era dueño de unos cuantos _cascos_;
proveía de leña las tahonas de _Joló_ y _Gunao;_ hacía comercio de
aceite y _palay_; contrataba carga y descarga, intervenía en alguna
pequeña contrata en el arsenal, y por último, daba dinero á _módico_
precio. Tan heterogéneo comercio encontró una especie de tenedora de
libros en la crianza.

En su nueva profesión aprendió Pepay toda la ciencia _bursátil_:
profundizó los productivos misterios que puede encerrar el _lamcape_
de la _bullera_, el _lusong_ de la _pilandera_, y las telas de las
_sinamayeras_, oprimidos seres, sujetos en su mayoría á la usura,
terrible enemigo del capital.

Con una _mediana_ usura, un cuaderno de cuenta y una regular
disposición, en poco tiempo puede hacerse de un peso tres,
multiplicación que acabó de comprender Pepay en las complicadas listas
de una vecina, _cabecilla_ de mesa de la fábrica de tabacos de Fortín,
personaje que, Dios mediante, encontraremos más adelante.

Teniendo Pepay _alas_ propias, principió á volar fuera del círculo
de las operaciones ajenas.

Explotó _zacatales_, y unas veces teniendo _aparceros_ y otras
_casamas_, recorrió en pequeña escala todos los negocios.

En las relaciones de su tráfico tuvo ocasión de tratar con un guapo
mestizo, y con él y algunos cuartos dió fondo en los soportales de
San Fernando, abriendo al público y á sus muchos amigos una tienda
de _sinamais_ y otras telas.

La india industrial difiere de la rica en que aquella tiene actividad
por días mientras que á esta constantemente la domina la pereza.

La primera gestiona sus negocios, piensa y observa, va y viene con un
pañuelo lleno de cuentas, _reclamos_ y papeles; la segunda, comparte
la vida entre el baño, el _petate_, las fiestas y los paseos á la
luz de la luna.

Pepay, no por ser industrial deja de ser india; así que su actividad á
lo mejor se convierte en pereza, y sus ahorros, planes y cálculos se
pierden en la inercia, en una apuesta de un gallo ó un entrés contra
una sota.

Pepay difiere poco de Angué; es preciso fijarse mucho para distinguir
la india que compone la aristocracia del dinero, á la que caracteriza
la del trabajo. La verdadera diferencia está entre la clase pobre y
las demás, según podremos ver en el boceto del siguiente cuadro.

En la caída de una elegante casa de uno de los aristocráticos
barrios de Manila, vese sentado sobre un petate un ser que con solo
mirarlo se comprende arrastra su existencia por el triste arenal
de las penas y amarguras. Aquel sér es una mujer, mejor dicho, una
niña. Sus facciones están demacradas, y son miserables sus escasas
ropas. Entre sus descarnados y largos dedos, esponja y prepara una
_batea_ de _gogo_ que servirá para refrescar y limpiar la cabeza del
soberano de aquella casa.

El soberano no es soberano, sino _soberana_. Es la casa de una rica
y guapa mestiza.

La pobre niña mira la hirviente espuma que forman los jugos del
gogo con la infantil complacencia de la que eleva blancas burbujas
de jabón. En su sonrisa hay, sin embargo, un no sé qué difícil de
explicar. Aquella unas veces parece reflejar una completa idiotez, al
par que otras transparenta una melancolía, una pena y un sentimiento,
cual si aquella sonrisa la alentara el genio que guarda los misteriosos
secretos del alma.

¡Pobre niña! ¿Cuál será tu porvenir? ¿Cuál tu pasado?

¡Tu presente es negro, cual las alas del _panique_ de la noche! ¡Tu
existencia triste, cual tristes son esas melancólicas flores que crecen
en todos los cementerios de la India! ¡Ha tiempo eres esclava! ¡Ha
tiempo fuiste llevada al _mostrador_ de la usura y quedaste empeñada!

Tu madre era cigarrera; un día necesitó pagar una deuda, y no teniendo
dinero se lo pidió á la cabecilla de su mesa: esta se lo dió ¡pero á
qué costa! Tú fuiste la hipoteca de aquel contrato; tu sangre, y un
trabajo sin tregua ni descanso, los réditos; y la absoluta pérdida de
tu libertad, la cláusula de aquel monstruoso pacto. Desde aquel momento
tuviste una despótica señora. El dinero dado era poco, más los réditos
eran muchos; tu sudor era el pago. Tres años de continuos trabajos,
no solo no bastaron para amortizar el capital, sino que acumularon
los réditos.

La madre de la pobre niña murió.

La _hipoteca_ que aquella contrajo, estaba existente.

Un día la mestiza, á quien sirve la niña, necesitó un ser de sus
condiciones; habló con la cabecilla, y previos _justos_ y _legítimos_
pagos, le transmitió la _propiedad_, sin que para nada interviniera
la voluntad de la enajenada.

Se dirá: pero la esclavitud ¿existe en Filipinas? ¿no hay leyes? ¿no
velan justos tribunales?

Los hay; pero ¿qué sabe la pobre niña de leyes, de jueces, ni de
derechos? Desde los pechos de su madre solo aprendió deberes. ¡Su
ciencia se reduce & obedecer y llorar!

Aquel desgraciado ser que prepara el gogo, es posible que muera sin
haber podido pagar con una vida de trabajos el rédito de _ocho_
ó _diez_ pesos dados á su madre. La ropa que usará mientras esté
bajo el dominio de su señora serán los últimos harapos de la casa,
dados por supuesto, con su cuenta y razón.

No decimos el nombre de la niña, porque no lo sabemos; es más, no lo
sabe nadie. Su ama cuando la llama, dice solamente _¡una!_ y esa una
es la desgraciada hija de la cigarrera.

Es cierto que estos abusos van desapareciendo ante la asidua vigilancia
de la autoridad; más sin embargo, tipos como el anterior se encuentran
todavía en Filipinas.

Hemos descrito la individualidad; volvamos hoja, y aunque ligeramente
y á grandes rasgos, veremos la colonia en general.



CAPÍTULO VII.

España en Filipinas.--Colonización.--Política.--Tolerancia
religiosa.--Juramento chínico.--Pascuas, festejos y
Confucios.--El _matandá_.--El municipio dentro del municipio.--El
empleado.--Patriótico aviso.--Desconocimiento de Filipinas.--Reformas
y mejoras.

Todas las colonias del mundo obedecen á un sistema fijo, á un
fin dado, beneficioso al dominador, al par que al dominado. La
colonización inglesa, la holandesa y hasta la misma francesa, bien se
estudie bajo el cosmopolitismo comercial de Singapore; bien en las
primitivas costumbres del malabar que lleva sus dedos á la frente
en señal de acatamiento ante una civilización de que se utiliza,
por más que no comprende; bien se aquilate en las colosales obras
de la cisterna de Aden; bien en las riquezas de los mercados de
Calcuta y Bombay; bien en la transigencia de la pagoda; bien en
las sagradas corrientes que baten la druídica peña ó dan vida al
muérdago del sacrificio; bien que esa colonización se levante á
la sombra del peñasco de Hong-Kong, atalaya que vigila al Celeste
Imperio; bien que se extienda por las abrasadas arenas de la Arabia,
bíblicos recuerdos que evocan las civilizaciones faraónicas; bien que
respete antiguos usos, contemporizando con las grotescas fórmulas del
ritual cipayo; bien viva bajo el protectorado yankee en las ondas
del Pacífico; bien á la sombra de la tricolor bandera de Saigón;
bien que se extienda desde los modestos establecimientos de Macao,
á las opulentas factorías de la India y de Java, donde el indígena
percibe los efectos del telégrafo y del vapor, sin que jamás llegue
al conocimiento científico de las causas que obran bajo el émbolo de
la caldera que desarrolla la fuerza ó la confusión de los elementos
de la pila que arrancan el rayo; bien que la metrópoli explote, ora
el sensualismo malabar, ora el embrutecimiento en que reduce al chino
las perniciosas emanaciones del anfión, siempre vemos su razón de ser,
su principio vital de conservación, extremo al cual debe llevar la
raza dominante todo su estudio, toda su ciencia y todos sus cuidados.

En Filipinas, en ese riquísimo Archipiélago que constituye por la
feracidad de su suelo la colonia mas rica del mundo, en lo único que
puede decirse se asemeja á las demás en cuanto á la constitución
que las gobierna, es en la tolerancia, tanto religiosa como
político-administrativa.

En un país como Filipinas que viene anatematizado poco menos que
como una sucursal de los antiguos y terroríficos tribunales del Santo
Oficio. En Filipinas, _nido_ de frailes, de procesiones y de jesuítas
¡cosa rara! puede decirse hay libertad de cultos. ¿Se creerá esto
de aquellas comarcas simbolizadas por el que no las conoce bajo la
intransigencia del exorcismo, de la intolerancia y de la presión del
púlpito y del confesonario? La libertad de cultos existe de hecho y
de derecho; tanto es así, que se ha legislado y está, vigente en los
Reales autos de las Islas las complicadas fórmulas de los juramentos
chínicos; de modo que no solo el chino practica su ritual, sino que
hace partícipe de él á católicos rancios, pues no otra cosa sucede ante
el sacerdocio de la ley, tan luego acude en juicio un chino y pide
la solemnidad del juramento. Esta petición es legítima, la ampara la
ley, y el juez se ve precisado á presenciar, autorizar y respetar el
que el santuario de la justicia se vea ahumado ante el fuego de las
invocaciones, y los profundos textos del Rey Sabio interrumpidos por el
cacarear de los gallos blancos que han de ser degollados en el ara, que
no es, ni más ni menos que el pavimento de los estrados del juzgado.

La pascua chínica se celebra en Filipinas por los sectarios de
Confucio, frente á frente de la autoridad y de las Ordenes monásticas,
sin que la una ni las otras les pongan el más ligero veto. La quema de
las candelas, los altares que se ven en la mayor parte de las casas de
los chinos, la práctica de su ritual, y la exhibición de sus genios
y Confucios son bastantes pruebas de la tolerancia, ó mejor dicho,
de la protección en materia religiosa.

Esta transigencia que vemos en el terreno de las conciencias, la
vemos quizá más amplia en el régimen y gobierno.

En Filipinas casi casi puede decirse impera tácitamente
una Constitución, que se aproxima á las más avanzadas. Esto
parecerá una paradoja. ¡Encontrar la libertad en lo que se cree
el absolutismo! ¡Hallar la fórmula federal al pie de los sombríos
muros del convento! ¿Es esto posible? Recorred los dilatados campos
de Filipinas, y al encontrar el modesto bajay del indio, descansar un
rato á la sombra del cogon ó la palma; estudiar la familia que guarece
y veréis una pequeña colonia sujeta á la voz patriarcal del matandá, ó
sea el más viejo. Donde éste pone su veto no hay réplica ni discusión,
sino obediencia. Este jefe de familia en unión de algunos de su gremio,
nunca de otro, se sujeta en sus relaciones con el Estado al cabeza
de Barangay, autoridad electiva que vela al par que vigila por las
familias encomendadas á su cabecería, la cual rinde homenaje ante el
Alcalde pedáneo ó sea Gobernadorcillo, funcionario que ha de salir
del mismo gremio que sus gobernados. Bajo este sistema que nace en
el patriarcal, y que constituye el Municipio dentro del Municipio,
puesto que cada uno cuida de las propias necesidades y de las
circunscripciones en que habita, vive el indio bajo sus primitivas
costumbres con una libertad no interrumpida por la confusión de
razas, puesto que lo mismo aquel que el mestizo y el sangley, saben
que su Municipio ha de componerlo, tanto en la Principalía como en
los Barangais, individuos  de su misma raza. Dígase si esto no es
la vida del Municipio dentro del Municipio y si esta es una odiosa
esclavitud ó una benéfica dominación.

A ser posible que el indígena pudiera comparar viendo lo que pasa en
las demás colonias, de seguro bendeciría día y noche el patriarcal
dominio que por ellos vela.

Desgraciadamente, nuestro sistema de colonización pierde su semejanza
con el de las demás, en otras muchas cosas, haciendo llegar no pocas
veces la metrópoli á sus posesiones un hálito que si en Europa vivifica
en el Asia envenena.

En Oriente el español no puede ni debe ser más que español, ajeno
de pasiones políticas y exento de miserias cortesanas. La clave de
este principio fundamental de colonización está en los gabinetes
de Madrid. La elección del empleado, su mayor saber, las garantías
para el porvenir y la verdadera estabilidad son las bases en que se
asienta en otras colonias la gran obra de su dominación.

La Inglaterra en la India, la Holanda en Java, y hasta el Portugal en
China, sus empleados son escogidos entre los buenos, son vigilados y
templados en el yunque de una constante inspección. El que sale de
la prueba, el que con su ciencia y merecimientos es declarado como
bueno, su porvenir en Colonias es seguro, cual seguro es el bienestar
de sus deudos si alguna de las enfermedades  le hacen dormir el sueño
eterno lejos de su patria y de la fosa donde descansan los suyos.

Bajo este principio nace la emulación y el perfeccionamiento en la
esfera del deber. La práctica facilita el trabajo, al par que las
virtudes del bien y de la moralidad se aunan bajo la morada en que
se podrán llorar ausencias, mas no temer la venida del correo y la
cesantía, y con ella quizás el mendigar el pan ó volver á su nativo
suelo enervadas las fuerzas por una laboriosa aclimatación, ó muerta
la fe ante una larga serie de sacrificios olvidados.

Estabilidad y suficiencia en el empleado. He aquí la clave de todas
las mejoras.

Filipinas es dócil y ama al español. La suerte de Filipinas reside
en Madrid.

Con tiempo damos el alerta desde sus tranquilas tiendas.

Mucho se habla de nuestras colonias del Asia y no menos se escribe,
¿pero en qué tonos? ¿por quién? y sobre todo ¿con qué grados de
conocimientos? Unos, porque absolutamente no conocen la localidad;
otros, porque alientan ideas rutinarias ó quizás lo que es peor,
por querer vengar rencillas y miserias, y los más, porque toda su
experiencia y saber se reduce á haber ido cuarenta días en un camarote,
instalarse en Manila, cobrar una nómina conociendo al habilitado,
aunque no siempre al jefe, extender sus correrías por el país á
la Calzada, los _fosos_ de Santa Lucía, el campo de _Bagumbayang_
y lo más lo más llegar á las aguas de _Malinta_, ó á las provistas
despensas de los frailes de _Imus_; y con semejante extensión de
tierra y el solo hecho de haber desembarcado en Manila y vivido unos
cuantos meses ó años dentro de su murado recinto, arreglan el país
y escriben  furibundos artículos que no tienen de Filipinas más que
las gotas de sudor que caen de la frente á la cuartilla.

Es preciso comprender y acabar de persuadirse  que Manila ni
personifica ni representa más que un pueblo grande, que en vez de
reflejar las costumbres de la India lo hace más bien de las de Europa.

¿Qué español que no haya salido de Manila conoce las costumbres de
los siete millones de habitantes de las Islas, ó los rudimentos de
cualquiera de los treinta y tantos idiomas que se hablan? Ninguno.

Filipinas donde hay que estudiarlo, es en sus dilatadas _pampas_,
en sus bosques vírgenes, en sus campos de impenetrables _cogonales;_
allí bajo la palma ó la bonga vive y muere el indio en su primitivo
estado, con su dulce carácter, su notable indiferentismo y su
felicidad no perturbada por las exigencias que aumentan al par que
la civilización crece.

El elemento español, volvemos á repetirlo, porque mucho importa, es lo
primero en que debe fijar el Gobierno todo su cuidado. La ignorancia
por una parte, antiguos hábitos por otra y confusas ideas que no
concluyen de conocer las cabezas en que bullen el daño que hacen, es
lo que, salvo honrosísimas excepciones, constantemente están llegando
á las ricas y fértiles comarcas del Oriente. Hasta el día en que el
funcionario se persuada que al llegar al Corregidor debe ser otra cosa
distinta de lo que hasta entonces fué; hasta que comprenda que ciertas
ideas debe guardarlas cuidadosamente en el secreto santuario de los
recuerdos sin que jamás salgan á la lengua; hasta que la inamovilidad
del empleado sea una verdad al par que verdad sea su suficiencia;
hasta que la confianza y las garantías alienten el comercio y con
él la acumulación de capitales; hasta que el español descentralice
el producto de manos extranjeras; hasta que una buena inteligencia
secundada con un buen deseo, haga de las provincias tabacaleras lo que
deben ser; hasta que la ilustración universitaria llegue solamente al
conocimiento de la virtud y no al comentario histórico de los pueblos
y de los derechos de los hombres; hasta que ingenuamente y con los
datos á la mano confesemos que el fraile podrá ser, habrá sido y será
en Europa lo que se quiera, pero que en Filipinas es una necesidad
personificadora de dominación y de ahorro, lo primero, porque fueron
siempre españoles, porque ejercen una influencia positiva y porque
conocen el país; y lo segundo, porque son los soldados avanzados que
menos cuestan al Estado; hasta que el conocimiento del fraile origine
las garantías para el porvenir que tiemblan al par que preveen; hasta
que en ellos renazca la antigua confianza, no del poder omnímodo que
ejercieron, sino de la estabilidad porque temen, ante cuyo temor nace
el indiferentismo, que previene, al par que aleja á las procuraciones,
acumula en las misiones ú oculta en lo más recóndito de los claustros,
capitales que estarían en circulación; hasta que la conciencia no
salga de la persuasión del misionero español; hasta que al Gobernador
superior se le den facultades propias, creando una verdadera situación
de confianza en los actos del que manda, como confianza debe tener
en él quien le nombra; hasta que los centros gubernativos ejerzan
alguna policía llevando su mirada inspectora á un poco más allá de los
cortos renglones de un pasaporte; hasta que el ministerio de la ley
corra parejas con el sacerdocio de la conciencia; hasta que el hálito
revolucionario que se asienta en el viejo mundo ante los humeantes
escombros de la _Commune_ y las teorías de la Internacional, quede
dentro de la Administración de Correos de Manila, no llegando jamás á
despertar inteligencias, que ni alientan ambiciones porque no conocen
necesidades, ni abrigan miserias, porque sus odios son francos y se
dirimen con el talibón ó la flecha y no con sonrisas hipócritas que
encubren la farsa y la mentira; hasta que esto poco á poco no vaya
corrigiéndose, el extenso Archipiélago filipino no llegará á la meta
de felicidad, de bienestar y de riqueza á que es acreedor.

Demasiado comprendemos que el remedio á lo anterior no cabe en las
bases de un proyecto ni en la sola concepción de un buen deseo;
buenísimos los han tenido algunos de los ministros que se han venido
sucediendo en la cartera de las Colonias, pero el mal es antiquísimo
y el remedio necesariamente ha de ser paulatino. Esto prácticamente lo
ven los gobernantes á los primeros pasos que dan en el terreno de las
mejoras. La imposibilidad por una parte, falta de tiempo por otra,
y circunstancias gravísimas y difíciles en la metrópoli las más,
son los principales escollos que tenazmente se oponen á los mejores
deseos que á más de lo anterior y de estar abstraídos por tanto y
tanto acontecimiento por que está pasando nuestra querida España,
luchan con la distancia, la falta de datos, la adulteración de los
hechos, la imposible inspección y el tardío remedio.

Gran patriotismo, tiempo, inteligencia y buenos deseos, y todo se
andará. [3]



CAPÍTULO VIII.

Islote de San Bernardino.--El Gran Pacífico.--Cielo y
agua.--Nostalgia.--El secreto de las mareas.--Calma sospechosa.--Pesca
del tiburón--Los crepúsculos en la mar.

Poca fué la estancia en San Jacinto y pocos fueron los víveres
con que pudimos reforzar las cantinas de la _María Rosario._ Unas
cuantas cabras, un centenar de aves y algunas verduras, fué todo lo
que pudimos conseguir.

Aprovechando la brisa matinal, salimos del pequeño puerto de San
Jacinto poniendo proa al cercano islote de San Bernardino, el cual
no tardamos mucho en doblar, merced á la _empopada en redondo_ que
nos favorecía.

El pequeño islote poco á poco fué ocultándose en los espacios, siendo
sus difusos contornos el adiós que nos daban las playas filipinas.

La _María Rosario_ navegaba en ancha mar. Las revueltas ondas del Gran
Pacífico nos mostraban por doquier los inmensos dominios donde viven,
sin percibir por ninguno de los horizontes, la arena donde mueren.

El gran número de islas que dejamos tras la estela, la diversidad de
panoramas que habíamos admirado, la riqueza del suelo, la patriarcal
y primitiva vida que reflejaban en sus toscas construcciones, el sin
número de casas de nipa y palma enclavadas en el monte y en la playa;
todo, todo desapareció.

¡Solo cielo y agua! ¡Solo inmensidad!

El Océano tiene para mí tantos recuerdos, nos conocemos tanto, y me
son tan familiares sus manifestaciones, que siempre que tras algún
tiempo contemplo su grandiosidad, experimento un indescriptible placer.

El Océano constituye una verdadera necesidad de mi vida.

Lo mismo que para apreciar la salud es preciso haber estado enfermo,
así para comprender ciertos problemas de la vida, hay que ir á leerlos
á los _azules desiertos_, misteriosos y dilatados dominios que no se
sujetan á más ley que á la de Dios, ni reconocen más soberanos que
al gigante del día que deshace en perlas sus brumas, y á la tímida
_sultana_ de la noche, que muestra su influencia en esos misteriosos
besos en que las ondas elevan hacia el á su espuma, cual si fueran
los brazos del amante, que buscan á su amada.

El misterio de las _mareas_ está basado en la simpatía que tiene
el Océano con la luna. Mientras esta alumbra con su pálida luz, los
genios de la mansión de los corales alzan hacia ella la superficie de
su líquida cárcel; cuando se retira, cuando apaga su último destello,
los genios duermen, quedando las ondas en su natural estado.

La _esclava_ del sol puede estar orgullosa de su _señor,_ que la
presta la majestad bastante, para que reine durante la noche.

El que no conoce el Océano; el que no ha vivido algunos días en sus
dominios, es un _sér imperfecto_.

Los árabes se conceptúan desgraciados hasta  que no visitan la Meca;
yo en cambio creo que la verdadera desgracia es la de morirse sin
haber recorrido el Océano.

El Océano es el único _maestro_ que en la vida enseña á amar y
á perdonar!

       *       *       *       *       *

La _María Rosario_ navegaba por el Pacífico con una marcha de _ocho
nudos_, cuando de pronto en la noche del día primero de Agosto fué
aflojando el viento, cesando á las pocas horas por completo.

En calma amaneció el día dos, pero en una de esas calmas que indican
ser precursoras de borrascas en la pesadez de su influencia, en el
sudor pegajoso y poco franco que origina, y en los tintes plomizos
que toman las aguas, las cuales adquieren una completa inmovilidad;
una de esas calmas en que ni el timón rige, ni la vela _flamea_,
ni el _catavientos_ oscila, ni el mar muestra en la superficie de
su insondable abismo, ni el más ligero ampo de espuma, ni el más
imperceptible de sus movimientos.

Por las _portas_ y _batallolas_ de popa, de cuándo en cuándo
se divisaban las ondulaciones proyectadas á flor de agua por el
inseparable compañero de los barcos en las regiones de calma, por
el más carnicero y terrible habitante  de las ondas, por el temido
tiburón.

Uno de grandes proporciones pagó con la vida su persistencia.

A cosa de la una de la tarde, después de darnos la observación
la situación de 14° 2' latitud N. y 141° 13' long. E., se armó el
aparejo de pescar; varias veces el tiburón se acercó á la carnaza
que envolvía el hierro; varias veces había mostrado á nuestra vista,
transparentando en el azul espejo su blanco vientre al revolverse
perezosamente sobre su plomizo lomo para morder, y varias veces se
había frustrado el que los corbos dientes del anzuelo hicieran presa,
hasta que excitado el voraz apetito del monstruo, se colocó de dos
fuertes aletazos al alcance de cebo, el cual vimos sumergirse en
la informe  masa que presentaba su descomunal boca. La fuerza de
la embestida y la violenta contracción de sus poderosas mandíbulas
armadas  de triple hilera de dientes, fueron bastante  á sepultarle
en la cabeza las afiladas barras.

Herido el tiburón trató de apelar á la huida buscando en los profundos
abismos su salvación; mas todos sus esfuerzos se estrellaron en lo
bien templado del hierro que lo aprisionaba, y en la consistencia
del _aparejo_ que lo sostenía.

_Sujeto el cabo é izada_ la cabeza del tiburón fuera del agua, se le
echó un doble aparejo _oprimiendo_ en el círculo de un nudo corredizo
las aletas. En tal estado la muerte del tiburón es segura; hasta que el
círculo del nudo corredizo no se entierra entre la blanda carnosidad,
y las aletas no presentan un fuerte apoyo, todavía puede librarse de
la muerte, bien safándose del hierro por desgararse  la piel á los
supremos esfuerzos del animal, bien y debido á aquellos el romperse
el cabo ó el mismo hierro, lo que no sucede cuando queda suspendido
por el anzuelo y por la doble cuerda.

Al alcance del brazo de la tripulación permaneció el tiburón más
de media hora, recibiendo en la cabeza en ese espacio de tiempo un
sinnúmero de golpes con hachas y _espeques._

El que no haya presenciado la muerte de un tiburón, no puede
comprender el gran principio de irritabilidad y fuerza vital que
posee su organismo. Mucho tiempo después de estar separadas sus
grandes vísceras, producen las masas informes del tiburón terribles
contracciones que algunas veces han sido bien funestas, pues el
poco conocimiento ó la imprudencia han sido causa de que algunos
pasajeros hayan perdido un pie ó una mano, entre mandíbulas que creían
desprovistas de fuerza vital.

En la comida de la tarde se nos sirvió un plato de tiburón, del
cual podemos decir sucede  con él lo que con otros muchos animales,
que no se comen porque la tradición, sin consultar con el paladar, ha
puesto su veto, veto que nosotros hasta cierto punto podemos desmentir
respecto al tiburón, el cual tiene gastronómicamente considerado,
mucha semejanza con el llamado cason.

Agotados los comentarios y depurado bajo todas sus fases el
acontecimiento del día, pues acontecimiento es á bordo cuando se lleva
una larga navegación cualquier incidente, volvimos nuevamente á la
desesperante calma que tenía al barco cual si estuviera enclavado en
aquel dilatado desierto de agua.

Ni el _catavientos,_ ni las nubes, ni el barómetro,  ni el cariz del
cielo nos presagiaban señales de viento, reinando absoluta inmovilidad
en las ondas y en las lonas.

En tal estado, vino el crepúsculo vespertino.

El que no ha contemplado un crepúsculo vespertino en las zonas
intertropicales, no ha visto la celeste bóveda en toda su belleza.

En el crepúsculo á que nos referimos, parecía que el Creador había
depurado todas las divinas tintas celestiales para esparcirlas en
la inmensa bóveda, en la cual poco á poco fueron confundiéndose á
medida que el gigante de la luz hundía su lumbre en los horizontes
del Poniente.

En aquellos momentos todos estábamos sobre cubierta; todos admirábamos,
y todos callábamos,  porque nuestro espíritu, en alas del deseo,
se posaba en otras regiones.

¡Todo era sentimiento! ¡Todo poesía!

¡El día iba á morir!

Una ligera brisa del Sudeste hinchó las velas, murmurando triste entre
_jarcias_ y _obenques_,  y compactos y plomizos celajes aparecieron por
los horizontes de la aurora, trayendo en su seno la inmensa mortaja
que bien pronto cubriría todo el espacio, abriendo una _hoja_ en la
historia del ayer, y _borrando_ una _página_ en el _libro_ del mañana.

Lo que el alma experimenta en esos momentos no se puede explicar;
el mortal se aproxima á Dios, y el hombre es demasiado pequeño para
remontar su vuelo al conocimiento del Creador.

La muerte del día se asemeja al último suspiro del moribundo. El
último aliento del enfermo es una palabra de perdón; la última mirada
al sol que desaparece es una oración.

El crepúsculo matutino es la actividad, la vida. El vespertino es
el sentimiento, la poesía. Aquel, la juventud, la primavera; este,
el otoño, la melancolía. El primero es el alegre trino del ruiseñor,
la exuberancia de vida de la verde hoja, el vivificador grito de
¡tierra! del náufrago marino; el segundo, el clamor de la solitaria
tórtola que gime entre la floresta, la mustia hoja arrastrada por el
cierzo, la blanca lona, que cual las alas de la gaviota, se cierne
en los poéticos lagos.

La corta duración del crepúsculo matutino crea la admiración, la del
vespertino, los recuerdos. Estos, para una madre alejada de su hijo,
representa una lágrima; para el amante, un suspiro; para el poeta,
una inspiración.

Todas las ideas que nuestra mente forja ante el sol que desaparece,
son otros tantos pensamientos de amor.

El espíritu siente una extraña armonía ante el mudo estertor del día
que muere, como igualmente al percibir las primeras caricias del que
nace; en aquel, las vibraciones que dan las sensibles cuerdas del
alma, originan acordes tan dulces como la mirada de la tierna madre
que vela el tranquilo sueño de su hijo; en el último, los acordes son
alegres y ligeros, cual las modulaciones del jilguero. Los primeros
son el _nocturno_ sublime de la muerte; los segundos, el bullicioso
_allegro_ de la vida.

El crepúsculo vespertino, visto desde un mirador, es sumamente bello;
contemplado en regiones intertropicales desde el puente de un buque,
es altamente conmovedor.

Ningún espectáculo produce tanta admiración como ver por primera vez
la caída de la tarde en medio de las inmensas soledades del Océano.

No hay nada que hable tanto al corazón como los cambiantes que ese
espectáculo desarrolla en su gigantesco panorama. Rizadas olas por
doquier, reflejando en su seno colores indefinibles que salpican
el firmamento, bulliente estela revolviendo entre su espuma tintes
oscuros, graznidos lúgubres de pájaros marinos, y parduscos horizontes
que se estrechan, forman el imponente y majestuoso cuadro.

El círculo inmenso que á la vista se presenta por momentos se
reduce. El marino entonces, cual el autor de los _Tristes_ encomendaba
al _Noto_, murmurase una súplica al oído de Augusto, deposita en el
céfiro que acaricia la lona de su ligero buque un pensamiento que
generalmente dice ¡_para ella_! Este ¡_ella_! sintetiza toda una
poética historia.

Con la puesta del sol, la muerte se presenta ante la imaginación
del navegante, y recuerda el humilde techo del hogar doméstico, el
apacible calor de la casa, el ángel de sus amores. Ensimismado en
esos tiernos recuerdos contempla la última luz del moribundo día,
llevándole su fantasía á los sitios que sueña.

En esos momentos una sonrisa se dibuja en sus labios, y una silenciosa
lágrima rueda por sus facciones, valientes, cual los fieros elementos
que las rodean, rudas, como el aquilón que sobre ellas se estrella,
y vivas, cual los tropicales rayos que las alumbran.

La lágrima del hijo del mar compendia toda  una existencia de
recuerdos. Aquella lágrima es la carta que dirige al sér por quien
sueña, desde los salados desiertos del Océano, ora envuelto en la
inamovilidad de la calma, ora en medio de la terrible lucha de gigante
que continuamente tiene que sostener con las embravecidas olas que
mugen á sus pies, y con las compactas nubes que ruedan sobre su cabeza.

La anterior misiva se diferencia de todas las demás, en que aquella
al ser oreada por el último rayo del sol se eleva á Dios y Él es el
encargado de llevarla al corazón del sér por quien se vierte, bien en
el perdido rumor de la medrosa noche, bien en el espejo de la pálida
sultana de los harenes de los céfiros, bien en los misterios de los
sueños, ó bien en el incomprensible arcano de los presentimientos.

¡Cuántas veces el aroma de la flor, ó el murmurio de la fuente, son
los medios de que el Hacedor se vale para susurrar en el alma querida,
esas _mudas_ y misteriosas palabras que se escriben en el grandioso
libro de la naturaleza!

Una de las sublimes páginas de ese gran _libro_ que abraza toda la
creación, y que solo á su Autor le es dado hojear, la compone el
crepúsculo vespertino.

¡La síntesis del Gólgota la representa el vespertino crepúsculo!

¡A los cansados rayos de la tarde se puso la última letra del sublime
epílogo de la redención!

¡El Dios-hombre elevó á su Padre el último aliento entre el sentimiento
de la naturaleza!

¡La agonía del Hijo de María se confundió con la agonía del día!...

       *       *       *       *       *

El día muere, el velamen muge, las olas crecen, la humedad entumece los
miembros y las dulces ilusiones se convierten en tristes realidades,
al ver solo inmensidad en nuestra alma, inmensidad bajo nuestros piés
é inmensidad sobre nuestras cabezas.



CAPÍTULO IX.

¡Orza!--De vuelta y vuelta.--Tiempo duro.--Siniestros
preparativos.--Falta de crepúsculo--_La piel de zapa_.--¡El
tifón!--Baja de barómetros.--Pobre _María Rosario_!--Horas de
agonía.--Las seis de la tarde del cinco de Agosto.--¡Una pulgada
de descenso!--Salida de la luna.--Esperanzas--Fúnebres fechas.--El
_Malespina_.--Cuatro días sin comer.

La voz de _¡orza!_ fué la salutación que recibió mi despertar el día 4.

--Parece que orzamos, ¡eh!--le dije con tono malicioso al Padre
Recoleto, compañero de camarote.

--Toda la noche hemos estado de vuelta y vuelta; la ventolina se
cambió en viento duro, y ya le tenemos de mal cuadrante.

La voz del capitán interrumpió la conversación.

¡Lista maniobra virar! ¡Levanta muras! ¡Cambia en medio!

Estas concisas palabras fueron perfectamente interpretadas por
la tripulación, y á nosotros nos pusieron en conocimiento de que
navegábamos de vuelta y vuelta.

El tiempo principió á arreciar.

Se pudo hacer observación, y nos situamos á los 12° 39' lat. N.,
y 139° 38' long. E. del meridiano de Greenwich.

A las dos de la tarde todos los síntomas eran de aproximarse uno de
esos terribles fenómenos llamados _tifones_, propios de los mares de
China y del Pacífico en latitudes determinadas.

Mares vivas tendidas y gruesas del Nordeste, vientos duros de aquel
cuadrante, intermitencias huracanadas, cielo y horizontes cerrados,
barómetros bajos, completa movilidad en la aguja del _aneróide_;
esto agregado al color plomizo de las aguas, á la pesadez de la
atmósfera, que por momentos se achicaba cerrándonos los espacios,
y á la menuda llovizna que constituyen la _garua_ intertropical,
nos pusieron en verdadera alarma, alarma que se justificó con las
voces de mando del capitán, que desde el puente gritó: ¡listas todas
las guardias! ¡aclarar aparejos! ¡listos gavieros!

Cada uno ocupó su puesto, reinando un momento de silencio.

Después ... después nos persuadimos de que el barco se preparaba á
recibir un tifón.

Rodaron motones y cuadernas, se sacaron de la bodega cabos y cadenas,
se aprestaron aparejos de respeto, se calaron masteleros, se trincaron
lanchas y maderas de reserva, se revisaron bombas y escotillas,
se apilaron cadenas, se afianzaron las maniobras de serviolas, se
clavaron lumbreras, escotilla y escobenes, se guarnieron burdas, se
tendieron cabos de cabilla á cabilla, se puso doble cadena al timón,
colocando dos rebenques para atar al timonel, y en fin, se tomaron
por el entendido capitán cuantas determinaciones surgieron en su
imaginación la lucha que presentía habíamos de sostener bien pronto
con la furia desencadenada de los elementos.

A la caída de la tarde la _María Rosario_, desprendida de todas sus
galas, presentaba un aspecto sombrío y aterrador. Aquella no era
la velera nave que, largo todo su blanco trapo, aprovechando vela y
rechinando los guarda-cabos de su bolina, paseaba su ligera quilla por
el azulado manto, bordando de encajes de espuma la plateada estela;
aquella no era la coqueta de los mares que se balanceaba á los besos
de la aurora en las matinales marejadas, hundiendo en las cristalinas
ondas sus ligeros tajamares: aquella no era la orgullosa señora de las
saladas regiones. La sultana que imponía leyes al adormecido Océano
en la caña de su timón, era la humilde esclava del potente monstruo
de los mares, que despertaba de su letárgico sueño revolviendo en
sus convulsiones inmensas montañas de hirviente espuma, atronando el
espacio con sus potentes mugidos.

¡El día cuatro no tuvo crepúsculo!

El paso de la claridad del día á las tinieblas de la noche fué
momentáneo.

¡Qué triste es un día sin sol! ¡Qué amargura se experimenta al
presentir la muerte sin que nos rodeen seres queridos, flores,
pájaros y transparentes cielos!

A las cinco, la oscuridad era completa.

Todos comprendíamos el peligro, mas ninguno lo expresaba.

El barómetro era el único que en aquellos momentos de angustia tenía
elocuencia: esta, aunque muda, poseía la más fuerte de las razones. ¡La
convicción de la realidad!

El descenso de la columna barométrica vertía en nuestra alma las
mismas amarguras que tan magistralmente describe el gran fisiólogo
del corazón humano en la reducción de su _piel de zapa_.

Las nueve era la hora señalada para la salida de la luna, la cual
nos marcó su influencia con fuertes chubascos del Nordeste.

El barómetro señalaba 29,35. En pocas horas había bajado 65
centésimas. La observación del barómetro, la dirección de los chubascos
y el cariz en general, nos patentizaban que el destructor tifón pronto
nos envolvería en alguno de los anillos de sus espirales zonas.

Ciñendo mura babor nos manteníamos, sujetando al barco las gavias
bajas, mayor cangreja y trinquetilla; todas las demás velas iban
aferradas en sus vergas con dobles tomadores.

El barco cada vez trabajaba más, por efecto del fuerte viento
y grandes mares que por su dirección nos indicaban que el huracán
corría del Nordeste.

Sabido es que estos fenómenos llevan en su vertiginosa carrera los
movimientos de rotación y traslación, originando poderosas comentes
en espiral más ó menos fuertes, á medida que las zonas de aquellas
se alejan del punto céntrico de donde se desarrollan.

El círculo del tifón es lo que se llama _vórtice_; aquel círculo es
el que comunica sus estragos á los demás que lo envuelven, siendo
los movimientos de rotación y traslación tanto más vivos cuanto más
reducida es la primera vuelta que forma la espiral.

¡Desgraciado del barco que lo envuelva el vórtice! ¡Infeliz del pueblo
que haga experimentar sus estragos!

¡El tifón se acercaba! ¿Nos cogería el vórtice? Es decir,
¿moriríamos? Solo Dios, solo Él, á quien en esos momentos todos claman
y todos creen sabía nuestro destino.

En la mayor de las agonías, en la de la incertidumbre, nos cogió
la escasa claridad de un día que presagiábamos sería el último de
nuestra vida.

La observación de las seis de la mañana aumentó la agonía.

¡El barómetro marcaba 29,30! La impresión atmosférica cada vez mayor,
el enrarecimiento del aire más sensible, y la influencia del fenómeno
perfectamente indicada nos señalaba su proximidad. Apenas teníamos
horizontes, y estos de un color plomizo muy pronunciado; el viento
completamente huracanado traía su furia del Nordeste; las mares se
precipitaban unas á otras en inmensas trombas, las cuales al romper
rebasaban la obra muerta, siendo infructuosas las bombas que no se
dejaban de la mano; la impetuosidad de los vientos arrancaba montañas
de espuma que en menuda lluvia nos azotaba; cerrando tan angustioso
cuadro mares encontradas que hacían retemblar á la pobre _María
Rosario_, que unas veces hundía en el abismo la perilla del bauprés,
para luego verla levantarse trabajosamente y rozar con la espuma las
_batallolas_ de popa.

¡Un esfuerzo infructuoso en uno de esos momentos, un golpe de mar
combinado con una ráfaga del huracán y....

      *       *       *       *       *

y una línea que se abre en los abismos cerrándose inmediatamente
hubiera guardado en el misterio existencias que alentaban vida, salud,
amores, esperanzas, ilusiones!

¡Venid, ateos, amarráos á un palo; contemplad uno de estos fenómenos
y veréis cuál distinto es el sofisma que se fragua al calor del
gabinete, á la potente al par que salvaje y majestuosa realidad
que os enseña un Dios que renegáis por un mal entendido orgullo,
no porque no le creáis! ¡Sabed que hay Océanos sin fondo, y que
una sola línea que inmediatamente se cierra, puede sepultar todos
vuestros falsos templos y todas vuestras ciudades, que por grandes
y populosas que sean, comparadas con la inmensidad del Océano, son
muchísimo menos que palacios de cartón que desaparecen al capricho
del niño que momentáneamente recrean.

A las seis de la tarde el huracán era deshecho. Su descripción es
imposible. La pluma jamás puede llegar á estas manifestaciones de
la naturaleza.

El que escribe estas líneas ha recorrido muchos mares; le son conocidos
los fenómenos marítimos, pero en verdad, ni en su memoria, ni en su
imaginación, pudo nunca comprender el espectáculo que en los cielos
y en los mares desarrolla un tifón.

La mayor parte de las velas, á pesar de ir perfectamente _aferradas_,
se _rifaron_; el viento producía entre _jarcias_ y _obenques_
sonidos metálicos imposibles de imitar y los mares engrosaban más y
más destruyendo la _obra muerta_.

La _María Rosario_ no gobernaba. La caña de su timón era impotente.

¡El barómetro marcó 29,16!

¡¡¡Cerca de una pulgada de descenso!!!

El vórtice debía estar próximo á las muras.

Eran las nueve de la noche al notar la anterior bajada, enormísima
al tener en cuenta las latitudes en que se verificaba.

La luna salía á las diez menos cuarto.

Tal situación no podía prolongarse.

El estado en que se encontraba el barco admitía pocas horas de
esperanza.

La influencia de la luna había de resolver la situación.

Aquí no era ya la agonía de la _Piel de zapa_ de Balzac, sino
la magistralmente descrita en el Frollo de Víctor Hugo, con la
diferencia de que en aquella había blasfemias, y en la nuestra
recuerdos y oraciones.

La aguja del reloj marcó las nueve y media.... Las diez menos veinte.

La vista no se separaba de la columna barométrica cayendo fatídicamente
en el alma, cada uno de los acompasados golpes del péndulo.

¡Cuántos pensamientos en aquellos supremos instantes! ¡Qué de
recuerdos! ¡Qué de zozobras! ¡Qué de esperanzas!

¡Debe ser tan terrible morir ahogado dentro de las cuatro tablas del
camarote! Esta idea me asaltó en aquellos instantes y resuelto á morir
á la vista del cielo fuera de aquel ataúd, me puse de pie para salir
de la cámara. En aquel instante la campana dió los tres cuartos.

La luna debía estar en su carrera visible.

La percepción de la campanada se confundió con la visual al barómetro.

¡¡¡Principiaba á subir!!!

¡¡¡Nos habíamos salvado!!!

       *       *       *       *       *

Las grandes mares que el tifón había dejado á su paso fueron poco
á poco aplacándose, cesando la furia del viento á medida que la
influencia del fenómeno iba disminuyendo al alejarse de nosotros,
siguiendo su destructor derrotero, en el cual había de sembrar ruinas
y espantos.

Tan funestos se han considerado siempre los tifones y tan frecuente
su desarrollo en los mares de China y parte del Pacífico en los
meses de Agosto, Setiembre y Octubre, que constituyen el trimestre
del cambio de los equinoccios que antiguamente no se admitía por las
casas aseguradoras ningún riesgo, marítimo en expediciones para dichos
mares y en tales meses.

Terribles y misteriosos naufragios registra la historia de la
equinoccial de Setiembre. Los puertos de China, del Japón y de
Filipinas guardan escritos en informes restos, imperecederas memorias
de fenómenos pasados que nos hacen temer por los venideros.

Hace cinco años á la fecha en que escribimos, el 21 de Setiembre de
1867, si mal no recordamos, salió del puerto de Hong-Kong con rumbo
á Manila el vapor español _Malespina_.

En el _Malespina_ venía un numeroso pasaje.

El vijía del Corregidor esperó en vano un día y otro día tenerlo á
la vista.

¡El _Malespina_ no se descubría!

Pasaron más días y la intranquilidad creció de punto.

Cada cual explicaba la tardanza del vapor á su manera, suponiéndose
estaría al seguro abrigo de algún puerto al cual hiciera arribada.

Se siguió esperando.

¡El _Malespina_ no llegaba!

Las suposiciones tranquilizadoras se convirtieron en una alarmante
impaciencia.

Cada cual anhelaba algo.

Era conductor de pasaje y de correo; por lo tanto, el que no esperaba
abrazar á un ser querido, aguardaba los consoladores lenitivos que
latentemente sostienen en las ausencias pedazos de papel á los cuales
se les da vida al correr la pluma, de cuyos puntos se van desprendiendo
consuelos y esperanzas.

En vista de la tardanza salió otro correo. Este volvió, más ... nada
sabía del _Malespina_.

Cinco años largos han transcurrido desde entonces y nada sigue
sabiéndose de aquel barco.

Ni una tabla, ni un pedazo de lona, ni el más ligero vestigio ha
venido á atestiguar la catástrofe.

Las olas y las nubes fueron los únicos testigos.

Las nubes y las olas empujadas por el destructor hálito del tifón,
guardan en sus insondables misterios una historia más.

Si el voraz diente de los monstruos marinos ha respetado las osamentas
humanas, en el profundo abismo, sobre un lecho de algas y corales
habrá entrelazados restos de dos seres.

Entre los pasajeros venían dos jóvenes que hacía pocos días se habían
jurado fe eterna al pie de los altares.

El bramido del viento confundiría la última palabra de amor de aquellas
dos almas, el rugir de las olas su último suspiro, y quién sabe si
algún rayo de la poética luna su última mirada.

¡Cuántas historias semejantes á esta no guardarán los mares!

Las desconsoladoras descripciones de tifones que frecuentemente leemos,
nos patentizan más y más que la _María Rosario_ estuvo en inminente
peligro de haber seguido la misma suerte que el _Malespina_.

Dios, sin embargo, no tenía contados nuestros días, y con la calma
de los vientos y de los mares se tranquilizaron los espíritus,
armonizándose las costumbres y la manera de ser de á bordo.

Cuatro días habíamos estado sin poder encender los fogones; cuatro
días que atendidas las provisiones, puede decirse, estuvimos sin comer.



CAPÍTULO X.

Veintitrés grados en treinta y tres días.--Inseguridad en la
monzón del SE.--Calmas desesperantes.--Los viajes largos.--Los
ranchos.--¡Tierra!--Costas de Guaján.--Islote de las Cabras.--Puerto de
San Luís de Apra.--Vegetación de Marianas.--La sanidad y la capitanía
del puerto.--Desembarque.

Con vientos variables y navegando bien en popa, bien en largo, pudimos
contrarrestar la gran corriente ecuatorial, que muchas veces desvaneció
nuestros cálculos.

Día hubo que el barco parecía iba dejando muchas millas por la popa,
y al creer encontrarnos con una buena singladura, nos situaba la
observación más atrás que estábamos el día anterior.

¡Llevábamos treinta y tres días de navegación, y escasamente habíamos
andado 23°.

Para estar á la vista de Guaján, nos restaba unas 120 millas.

Los víveres iban escaseando, y el agua había que refrescarla
constantemente con la que se recogía de los aguaceros, tan comunes
en aquellas latitudes.

Á pesar de ser el mes de Septiembre, y por consiguiente estar en plena
monzón del SE., puede decirse tuvimos vientos de todos los cuadrantes
menos de aquel. Esto demuestra una vez más lo insegura que es dicha
monzón, lo que no sucede en la del NE., por lo menos en el derrotero
que seguíamos.

El que ha participado una sola vez de las comodidades de un barco de
vapor, apenas concibe exista uno solo de vela. Eso de pasar un día y
otro día, y otro, y otro, sin adelantar un cable, sin que haya cálculo
posible, ni conjetura racional respecto á la llegada y á la marcha,
es insufrible.

Los calmazos de los equinoccios constituyen la mayor de las
contrariedades de los barcos de vela. Nace el aburrimiento de la
monotonía, y con él la desesperación y el agriarse el carácter,
hasta el punto que se hace vidrioso y estalla por cualquier cosa,
produciendo ese sinnúmero de desagradables escenas que sin cesar se
suceden en largas navegaciones.

El que era simpático se hace indiferente, concluyendo por ser
antipático, y en tal estado, una mirada, una palabra, una reticencia,
un cambio de servilleta ó de asiento y ... adiós  educación y
miramientos sociales. Esto con el que fué simpático, pues con el que
no lo fué, los disgustos son inevitables. Verdad es que es terrible
eso de no haber medio de huir de una persona y tenerla constantemente
á una cuarta de las narices.

Dicen que para conocer la educación nada hay como la mesa y el
juego; quien tal dijo no había hecho seguramente un viaje largo por
mar. Téngase presente que todo es relativo, y que al decir largo,
no se vaya á creer hablamos de un viaje de Santoña á San Sebastián,
ni de Valencia á Marsella, ni aun de Alicante á la Habana, sino de
Cádiz á Manila, por supuesto por el Cabo de Buena Esperanza, en barco
de vela y con 80 ó 100 pasajeros entre mujeres, hombres y chicos,
nacidos ó por nacer, pues rara es la barcada que hace su viaje por
el Cabo que no aumenta el personal del rol.

El que hace uno de esos viajes que dura de cuatro á seis meses,
es el que puede decir dónde se conoce mejor la humanidad.

Á los primeros días se cruzan ofrecimientos, á los siguientes palabras,
y en los restantes ... ¡ah!  en los restantes ya no se cruza más que
alguna que otra bofetada entre hombres, y más que algún chisme entre
el bello sexo, que en una larga navegación ni aun es bello, pues el
pobre sexo toma un _color_, un genial, y aun cuando tiene excepciones,
un lenguaje que les digo á ustedes, que más de una vez hemos recordado
el Avapiés y la calle de Toledo. En fin, para acabar, conozco á una
_dama_ que tuvo que arrestarla el capitán. ¡Si sería brava!

Las _delicias_ de los viajes por el Cabo se concluyeron. El Istmo de
Suez y la competencia cerraron aquella inolvidable vía, que para el
que la ha hecho, forma una verdadera etapa en su vida.

Hoy hemos dicho que apenas se concibe un barco de vela; sin embargo,
nuestro convencimiento en contrario era tan perfecto, como que el
día diez y seis sólo habíamos andado doce millas.

¡Y nos faltaban ciento veinte!

Indudablemente los barcos de vela quedarán relegados únicamente para
el uso de los pescadores de caña y los jugadores al dominó.

A más de todas las contrariedades en cuanto á la marcha que tienen
los barcos de vela, hay otras, mucho, muchísimo mayores.

Da la pícara casualidad que los barcos de vela en que hemos hecho
viajes largos, pertenecen á armadores amigos y ... qué demonios,
la amistad ha de ser un poco indulgente, dejando quieto el pico de
la manta.

Bastante decimos, sin embargo, que como dice el gran Príncipe de los
Ingenios, al buen entendedor ... y aquí el buen entendedor no es el de
la ínsula Barataria, si no el público y casi casi la autoridad. Verdad
es que como las pícaras _latas_ van soldadas, y ... luego como la
duración de los viajes no obedece á cálculo y ... la hoja de lata
no tiene agujeros, hay cada _rancho_ por esas bodegas que lleva
el germen, no digamos de un cólico, si no de un par de gruesas de
disenterías. Cierto es que hay un consuelo y es ... el de sufrir ó
reventar hasta que se llegue á puerto.

Al de Guajan, punto al que llevábamos la proa, es adonde nosotros
deseábamos llegar, pero ... faltaban ciento veinte millas.

Por último, como todo tiene su fin, y sin más accidente que sea de
contar, llegaron las primeras horas de la tarde del diez y siete
en que la voz de _¡tierra!_ se oyó del castillo de proa. Tierra, en
efecto, teníamos por el bauprés; al principio se divisó confusamente
por perderse entre las brumas, luego lo que apareció como una ligera
nube tomó contornos, luego se detallaron perfiles, y luego ... todo
volvió á confundirse en las sombras de la noche. Estábamos á unas
veinte millas de Guajan, la mayor de las islas Marianas.

Al amanecer del diez y ocho nos encontrábamos muy cerca de los
peligrosos arrecifes que rodean la pequeña isla de las Cabras, la
que separa á la de Guajan un estrecho canal de fondo madrepórico.

La vegetación de la isla se presentaba con toda la potente exuberancia
de vida de los trópicos.

Bosques inmensos de altísimos cocos, pendientes lomas cubiertas
de entrelazadas rimas, dilatados campos salpicados de algodoneros,
cageles y limoneros admirábamos por doquier.

El barco acortó vela manteniéndonos fuera de fondo esperando práctico,
mas esperamos una hora y otra, y ni el práctico ni el pequeño fuerte
que domina la entrada del canal daban señales de vida.

El pueblo, ó mejor dicho, la ciudad de Agaña, pues ciudad es por la
gracia del Rey, que gloria haya, nuestro Sr. D. Felipe IV, no podía
vernos, pues á más de tener entre ella y nosotros la isla de las
Cabras, hay cerca de dos leguas del fondeadero, que lleva el nombre
de San Luís de Apra, próximos al cual estábamos y en el que habíamos
de anclar.

En las salvas de dos pequeños cañones que monta la _María Rosario_,
mandamos una cortés salutación á los dormidos habitantes de Marianas,
los cuales nos correspondieron izando bandera en el fuerte y armando
botes en el puerto.

A todo remo y en buena vela apareció por la desembocadura del canal
un bote ballenero. Bandera flotaba en la popa y galones relucían en
las bordas. La sanidad y la capitanía del puerto tuvimos á bordo.

Después de enterarse el médico no había nadie de menos ni de más, y
el capitán del puerto de que no llevábamos _gato_ encerrado, previas
las formalidades de declinarse la responsabilidad del anclaje en la
experiencia del práctico, y tras algunas maniobras, se dió la voz
de _¡fondo!_ y fondo encontraron las uñas del ancla que rodó de las
_serviolas_ á la región de los corales.

Treinta y cinco días nos había costado llegar. Ya estábamos en
Marianas. ¡El puerto todo lo borra!



CAPÍTULO XI.

Historia de las Marianas.--La tradición.--Los
chamorris.--Intolerancias.--El _Pico de los amantes_.--División de
razas.--Tinian.--Sarcófagos antiguos.--La casa de _Taga_.--Leyendas y
supersticiones.--Cultos y creencias.--Los _macambas_.--El _zazarraguan_
y el _caifi_.--Los _anitis_.--La peña de _Fuuña_.

El estudio de las islas Marianas lo dividiremos en dos partes; en la
primera, y aunque ligeramente, trataremos de lo que fueron antes de
pertenecer á España; en la segunda, desde que la bandera de Castilla
ondeó en sus playas.

Respecto á su primer período ó sea antes de la conquista, los datos son
poco luminosos. No existiendo aquellos, se puede venir á deducciones
más ó menos acabadas, analizando la tradición y la leyenda, únicas
claves para el estudio analítico de todo pueblo que lo cubren las
sombras del ayer, cada vez más compactas al no legarle al hoy más
que las supersticiones que han venido perpetuándose en la mente de
padres á hijos, y que al llegar á nosotros remotamente nos aproximan
á darnos una idea de lo que fueron las antiguas razas aborígenes de
las actuales.

Fundados en la tradición y ayudados de significativos vestigios,
podemos señalar á los primitivos habitantes de las hoy llamadas islas
Marianas, como procedentes de las razas japonesa y malaya.

En cuanto á la manera de ser de aquellos habitantes, á los primeros
pasos que se dan en el origen de algunas leyendas que aún relata el
país, encontramos los comprobantes que señalan un pueblo que ha tenido
dentro de su constitución el feudalismo absoluto, y por consiguiente,
una marcada división de clases. Entre estas se conocían los llamados
_chamorris_ ó antiguos magnates, que si no tenían la almenada torre
y el _rollo_ de sus inmunidades, con los atributos de mesnaderos de
horca y cuchilla de nuestros antepasados, poseían en toda su desnudez
cuantos abusivos derechos se irroga el fuerte contra el débil, en todo
pueblo en que ni el cristianismo ha suavizado los sentimientos, ni la
civilización las costumbres. La división de razas y poder del chamorri,
se presenta á los ojos del viajero que recorre las islas á poco que
las estudie bajo el prisma de la investigación y de la ciencia.

En uno de los límites de la isla de _Guajan_ en su extremo Norte,
existe enclavada en un seno madrepórico de coral una peña, á cuya
granítica masa tajada á pico, constantemente azotan las ondas del
gran Pacífico; el conjunto de panoramas que se desarrollan ante la
vista del que contempla aquellos desiertos lugares, desde luego le
predisponen á la meditación,  queriendo descubrir alguna huella á
quien interrogar sobre aquel coloso calizo que se eleva en medio
de las embravecidas ondas, y del cual se separa el natural con el
supersticioso temor de un testigo que ha presenciado sangrientos
episodios, que ni la mano destructora del tiempo ha podido borrar de
la mente que lo trasmite, ni el _mudo_, pero elocuente lenguaje de
la peña que lo atestigua. Aquella masa de granito se llama el _Pico
de los amantes_. En la meseta que forma la superficie de aquella roca
está escrita la intransigencia, principal atributo del feudalismo.

De aquella meseta, se cuenta una tradición semejante en su origen
á la que guarda bajo el hermoso cielo de Andalucía, no lejos de
Archidona, la llamada _Peña de los enamorados_. En ambos peñascos,
el amor llegó al sacrificio; en ambos se confundieron en un postrer
suspiro dos almas, con la única diferencia de que en el primero las
causas eran originarias de la diversidad de clases y en la segunda
partían del fanatismo y superstición mora.

Al _Pico de los amantes_ condujo la desesperación á un plebeyo y á la
hija de un chamorri. La áspera loma de la _Pena de los enamorados_, por
última vez la treparon un cristiano y una mora, haciendo el fanatismo
en este último caso lo que verificó en el primero la intransigencia.

La separación de razas que revela el _Pico de los amantes_, la vemos
reproducida en los mismos monumentos, cuyos restos aún conservan
las islas.

En la de _Tinian_ y otras, existen unas columnatas en cuyos frisos
se asientan sarcófagos cinerarios de forma esférica, en los cuales,
y según verídicos testimonios que obran en el archivo del Gobierno
de aquellas islas, se han encontrado en distintas épocas, osamentas
humanas más ó menos completas, que vienen á revelar por el sitio
especial en que se encontraron, una distinción bien marcada.

El número y situación de aquellas columnatas indican no pertenecieron
á una sola familia, ni tampoco á todas las que compusieran la
isla. Dichas columnatas, que se encuentran más ó menos deterioradas en
casi todas las islas que fueron habitadas, debieron ser, al par que
recuerdos cinerarios, apoyos de las casas de los magnates, tanto es
así, que á cada uno de los grupos que componen aquellas, llaman los
indígenas _casas de los antiguos_. En Tinian se conservan bastante
bien 12 pirámides, que en conjunto formaron, según la tradición,
la casa de Taga, personaje que por su carácter turbulento figura en
la historia de las islas. De dicho Taga se cuenta tenía una hija muy
hermosa, la cual, después de muerta, fué cubierta entre harina de
arroz y enterrada en una de aquellas columnatas.

Entrando en el terreno fabuloso y supersticioso podríamos llenar
muchas cuartillas con las narraciones que se relatan de la hermosa
hija de Taga, á la cual atribuye la tradición el perfeccionamiento
en la lira. Se cuenta en las islas, haberla visto aparecerse encima
de su sarcófago en los malos tiempos, ahuyentando los huracanes con
los sonoros ecos de su lira de oro.

Sea lo que quiera, respecto á la desgraciada hija de Taga, es lo cierto
que restos de columnatas se ven con bastante frecuencia recorriendo las
islas, siendo aquellas intachables testigos que vienen á corroborar la
creencia de haber existido alguna raza privilegiada que sobresaldría
de las demás en ilustración y en poder. No otra cosa demuestran
las construcciones de que nos ocupamos, las cuales se destacarían
notablemente entre la salvaje perspectiva de las casas de hojas de
coco, de que nos hablan las historias de las primeras misiones.

A más de los anteriores antecedentes, existen otros en los anales de
aquellas, en los cuales vemos admitir como cierto el feudalismo de
que nos venimos ocupando. Aquellos anales dicen que los habitantes
de las islas manifestaban gran soberbia y vanidad en la nobleza, de
tal modo, que no se casaba por nada del mundo el hijo del noble con
la plebeya. En otro lugar añade, que los chamorris tenían mayorazgos
de cocales, plátanos y otros árboles.

Las creencias religiosas que observaban aquellos primitivos pueblos,
estaban resumidas al culto supersticioso de los cadáveres, teniendo
cada familia un altar en el hogar y un ídolo en las calaveras de sus
mayores, que cuidadosamente conservaban cual lo hacían en sus lares,
los descendientes de Rómulo con sus pequeños dioses penates.

El ritual de sus supersticiosas creencias estaba circunscrito á
pesadas salmodias en que relataban las virtudes y hazañas del que
adoraban, repartiéndose en sus rezos, cual en sus fiestas, tortas
hechas de arroz, pescado y frutas, las que comían con el _atole_,
bebida espirituosa confeccionada con los jugos del coco.

Sus escasas creencias religiosas las completaban admitiendo un sér
llamado _Puntan_, el cual decían, había existido muchísimos siglos
antes de la creación del cielo y la tierra. Puntan, según la tradición,
tenía una hermana, y esta, al morir aquel, creó de sus espaldas la
tierra, de su pecho el cielo, de sus ojos el sol y la luna, y de sus
cejas el arco-iris. Reconocían la inmortalidad de las almas, las cuales
habían de gozar en el mundo de los espíritus, ó sufrir en _Zazarraguan_
ó casa de _Caifí_, con cuyos nombres conocían el infierno y el demonio.

Sus sacerdotes, que se llamaban _Macambas_, invocaban á las calaveras,
teniendo mucho temor á las almas de sus abuelos que llamaban _Anitis_.

Hacían grandes demostraciones de dolor en las muertes de sus parientes,
y celebraban con bailes sus bodas y regocijos, constituyendo el
principal adorno de sus galas, conchas y caracoles, engarzados en
plumas y pequeños insectos de colores. El signo mayor de cariño
consistía en pasar la mano por el pecho del que querían agasajar.

El orgullo del chamorri era tal, que suponía procedían todos los
males de otros pueblos, creyendo que la humanidad tenía el origen en
sus islas, y que las virtudes habían nacido de la peña de _Fuuña_,
la cual llevaba ese nombre por encontrarse en el fondeadero de un
pequeño puerto así llamado.

Como consecuencia inmediata del feudalismo, el que constantemente se
localizasen las contiendas de cacique á cacique, manteniendo los campos
en continua alarma, viniendo muy á menudo á las armas, que consistían
en piedras, flechas y lanzas, que arrojaban con suma destreza.

Las demás fases, tanto materiales como morales,  en que se encontraban
los primeros habitantes de las islas, como el origen de su instalación
en aquellas regiones, se pierde en las tinieblas de la impenetrable
noche de los tiempos.

En tal estado de inseguridad histórica del pueblo que baña el gran
Pacífico, corría el primer tercio del siglo XVI, en que ya empieza
á delinearse la verdadera historia dé las hoy llamadas islas Marianas.



CAPÍTULO XII.

El siglo XVI.--Hernando de Magallanes.--Capitulaciones.--La
_Capitana_, el _San Antonio_, la _Victoria_, la
_Concepción_ y el _Santiago._--Sebastián Elcano.--Llegada al
Brasil.--Invernadas.--Rebelión abordo.--Comunicaciones de mares.--El
paso del Sur.--Bula de Alejandro VI.--Las Velas latinas.--Islas
de los Ladrones.--Navegación penosa.--Isla de Cebú.--Muerte
de Magallanes.--La _Victoria_--Vuelta al mundo.--Llegada á
Sanlúcar.--Otras expediciones.--Legaspi.--El navío _San Damián.--_ Luís
de San Vítores.--Doña Mariana de Austria.--Primera misión.--Verdadera
posesión.

Al siglo XVI, á ese siglo en que ni el sol dejaba de alumbrar dominios
españoles, ni su bandera de ondear doquiera hubiera una peña donde
sustentar su grandiosa insignia; al siglo XVI, epopeya ante la cual,
todo español vuelve los ojos engrandeciéndose con su grandeza; al siglo
XVI, que veía pasar ante los misteriosos dientes de su grandiosa rueda,
hazaña tras hazaña, conquista tras conquista; á ese siglo que parecía
no acabaría de registrar en sus doradas páginas triunfos y victorias:
á ese siglo, en que veneros de oro arrojaba el Nuevo Mundo, mundo
del cual dice un célebre poeta invocando la gran figura de Isabel,
_que había en bancos de coral, rocas de perlas_; á ese siglo que tiene
un prólogo tan grandioso como el que dejó escrito con la punta de su
espada, el invencible Gonzalo de Córdoba, siendo una de las letras
de su epílogo el postrimer suspiro del que moría entre los sombríos
y artísticos muros del Escorial, después de haber hecho temblar al
mundo de Oriente á Occidente; á ese siglo en que, á imitación de
los antiguos rituales, hacían renacer los aragoneses y catalanes la
memoria de Rodrigo de Vivar, reproduciendo las solemnes fórmulas
del juramento que hizo temblar á Sancho el Bravo; á ese siglo que
compendia la edad de oro de nuestra literatura, á cuyo frente figuran
genios como Lope de Vega y Cervantes; á ese siglo, en que un Carlos
I recogía del suelo los pinceles del Ticiano; á ese siglo en que
se incubaban en la mente de Blasco de Garay los primeros gérmenes
que habían de crear esos gigantescos pulmones de hierro que en sus
potentes transpiraciones de vapor horadan la roca, dividen las ondas
y acortan el espacio; á ese siglo, en fin, le cupo la gloria de ver
descubiertas á la nueva civilización las hoy llamadas islas Marianas,
con todo el Archipiélago Filipino.

A poco de ver el nieto de los Reyes Católicos reunidas en su sien las
coronas de España y Alemania, la primera, por muerte de su padre Don
Felipe el Hermoso y locura de Doña Juana, y la segunda, por muerte de
su abuelo Maximiliano, apareció uno de esos genios que dejan de tarde
en tarde por su valor, por su talento, ó por sus virtudes, una estela
luminosa en el prosaico laberinto de intrigas y miserias que se agitan
y revuelven en todas las etapas de los siglos. Esa estela la abrió
en el Océano de la historia el intrépido marino Hernando de Magallanes.

La presencia de Hernando de Magallanes y la oferta hecha á Castilla
de descubrir por ella y para ella nuevas y ricas tierras al Occidente,
siguiendo un nuevo rumbo hasta el entonces conocido por los navegantes,
originó oposición por parte de la corte de Portugal, procurando el
entonces embajador de dicho reino, D. Alvaro de Acosta, entorpecer
la empresa que ya se proyectaba.

Los manejos de Portugal y las excitaciones tardías de D. Manuel,
su Soberano, se estrellaron en la firme decisión tomada por el
Monarca español, el cual otorgó solemnemente en Zaragoza, las regias
capitulaciones con arreglo á las cuales había de hacerse la expedición
á Occidente.

Listas las naves y nombrados los capitanes, recibió Magallanes con
toda la pompa regia de manos del Asistente de Sevilla, D. Martín
de Leiva, el Real estandarte, celebrándose esta ceremonia con gran
concurrencia en la iglesia de Santa María de la Victoria, en Triana
en donde el Almirante juró pleito-homenaje con arreglo al fuero y
costumbre de Castilla, prometiendo conducirse en la empresa como fiel
y leal vasallo de su Majestad Católica, juramento que fué repetido
por los capitanes y pilotos.

Componía la expedicionaria flota, á más de la nave Capitana, las
llamadas _San Antonio, Victoria, Concepción_ y _Santiago_; yendo á
las órdenes de Hernando de Magallanes entre otros marinos célebres,
el maestre Juan Sebastián Elcano, Juan Ginovés, Luís de Mendoza,
Juan de Cartagena, Gaspar Quesada y Rodríguez Serrano. Montando las
naves y completando sus dotaciones doscientos treinta hombres entre
soldados y marineros.

Con tales elementos y un regular repuesto de vituallas, se hicieron
á la mar el 10 de Agosto de 1519, tomando rumbo en demanda de las
islas Canarias.

El 15 de Octubre dejó la escuadra la vista de Tenerife, poniendo proa
á la Costa de Guinea.

Después de varios contratiempos, de sufrir la presión de altas
temperaturas y terribles tormentas, llegaron el 13 de Diciembre á las
costas del Brasil; rebasaron el Cabo de Santa María; recorrieron el
misterioso río de Solís, y siguiendo la costa del Sur encontraron una
pequeña bahía, á la cual por la gran abundancia de aves acuáticas
llamaron de los Patos; en dicha bahía les sorprendió un fuerte
temporal, aguantando en fondeadero hasta que aplacados los elementos,
pudieron continuar su empresa.

Poco habían navegado, cuando la invernada se presentó altamente fría
y desapacible.

Las anteriores y recientes luchas, el frío, la nieve, la soledad
de aquellos inhospitalarios lugares y todas las privaciones que ya
se dejaban sentir, levantaron descontestos que quisieron poner proa
á Castilla; esto originó más de un tumulto, que el fuerte carácter
de Magallanes reprimió, condenando á muerte á un capitán y algunos
soldados. Cerca del Estrecho se verificó la invernada, permaneciendo
sobre anclas á la embocadura del río que les había de abrir paso
al Pacífico.

A primeros de Noviembre se descubrió un canal que corría de Oriente
á Poniente, y sospechando fuese el paso que comunicaba el Atlántico
con el mar del Sur, mandó el Almirante fuese de exploradora la _San
Antonio_, cuya nave volvió con la fausta nueva, de que el canal que
acababa de recorrer vertía sus aguas en las saladas ondas de los
mares que buscaban.

Esta noticia produjo grandísimo aliento en los desfallecidos ánimos,
internándose la escuadra por el canal, el cual debiendo ser nuevamente
reconocido por haber llegado á puntos difíciles, salió en nueva
exploración la _San Antonio_, la que se esperó en vano, sabiéndose
después, que habiéndose perdido en el intrincado laberinto de aquel
peligroso paso, y no encontrando á la _Capitana_, tomó rumbo á España.

La falta de la _San Antonio_ y la pérdida del gran número de
provisiones que llevaba, no hicieron vacilar la voluntad de hierro
del navegante portugués, el cual siguió el peligroso y misterioso
derrotero.

Muchos peligros arrostró la flota en el canal; hasta que por último,
el 27 de Noviembre de 1520, desembocaron en los extensos dominios
del mar del Sur, el cual fué descubierto por el valiente Balboa, el
25 de Setiembre de 1513, en las exploraciones que hizo por el Istmo
de Panamá, pequeña lengüeta que divide las dos Américas. El grandioso
Océano del Sur, ¿se comunicaría con los ya descubiertos? Esta pregunta
se hicieron los navegantes, viniendo Magallanes á resolver el problema,
enseñando en su Estrecho la unión de los mares y el paso para dar la
vuelta al mundo.

Este glorioso descubrimiento sin duda alguna hubiera sido para
Portugal, á no ser por las muchas ingratitudes que en recompensa de
los servicios prestados á aquella Corona en las Indias Orientales,
no hubieran puesto á Magallanes en el caso de ofrecer sus servicios
al Monarca español, al cual cumplió como bueno, no sólo con el
descubrimiento del paso del Sur, Tierra del Fuego, Continente de los
Patagones, Archipiélago de Marianas y Filipinas, sino que planteó
ventajosamente para Castilla, la cuestión que originaron las islas
Molucas por razón de su falsa situación geográfica. Magallanes, que al
par que intrépido marino y valiente soldado, era profundo astrólogo;
Magallanes, que seguía con los ojos de la ciencia la rotación de los
astros, la dirección de los vientos y el movimiento de las corrientes;
que sondaba los abismos en el mundo de su inteligencia al par que
interrogaba las misteriosas é incompletas cartas marítimas del gran
Behen, y recogía cuantas observaciones constantemente le presentaba
en su camino su aventurera existencia; demarcó la verdadera situación
de aquellas islas, colocándolas dentro de los meridianos que á España
señalaban las cláusulas de la Bula de Alejandro VI, reproduciendo
en un todo al servicio de la corte castellana, sus pasadas hazañas
prestadas al soberano de Portugal, en la aventurada empresa del sitio
de Malaca y en tantas otras á cual más arriesgadas en que tomó parte
al servicio de Alburquerque en las comarcas orientales.

El paso que une los dos grandes Océanos, aún hoy en que la navegación
parece ha puesto su última letra en el libro de los adelantos, es uno
de los más peligrosos derroteros que pueden emprender los navegantes,
y que Magallanes llevó á cabo, falto de víveres, con imperfectos
instrumentos, y con una tripulación descontenta y tumultuosa.

No contento el gran navegante con haber encontrado el paso que lleva
su nombre y de hollar con su planta la tierra del Fuego, puso rumbo
por el ancho mar en busca de nuevas empresas.

Largo todo el capo, la quilla de la _Capitana_, levantó hirviente
espuma en el Océano Pacífico, dirigiendo Magallanes el timón aun más
allá que veía en su atrevida imaginación.

El más allá que comprendía la fe de un hombre que sueña hazañas,
encontró un eco en la voz de _tierra_ que se escapó de todos los
labios al descubrir por los horizontes donde se oculta la luz, una
informe masa confundida con las espesas y revueltas nubes.

Tierra era en efecto, y abordando á ella se tomó fondo, siendo el 6
de Marzo de 1521.

La tierra que los intrépidos navegantes tenían á la vista, les ofrecía
hospitalidad y recursos. Falta les hacía la una y los otros, pues al
descubrirla, la desesperación, la impaciencia y las necesidades todas
habían llegado á su término. Desde que entraron en las aguas del Sur,
fueron poco á poco acortándose las raciones hasta el punto de hacer
las comidas con agua del mar, no habiendo encontrado en el derrotero
que traían, más tierra que las islas Desventuradas, así llamadas por
Magallanes, en vista de su situación, inhospitalario abrigo y falta
de recursos.

Tan luego Magallanes _dió_ fondo, rodearon á la _Capitana_ sinnúmero
de pequeñas embarcaciones movidas por paletas que servían de remos, y
por unas velas de tejido de palma. Por el gran número de embarcaciones
y por la figura de sus velas, llamaron á aquellas islas de las Velas
Latinas.

Aquel grupo de islas hay quien cree son las _Celebes_ de la
antigüedad. Los naturales las llamaban á la llegada de Magallanes,
Laguas.

El día 7 del mismo mes, desapareció un bote de la _Capitana_, por
lo que y por otros robos que hicieron los naturales en los demás
barcos, cambió Magallanes el nombre de las Velas Latinas por el
de los _Ladrones_, que es como todavía las llaman los extranjeros
en la mayor parte de sus cartas. Con algunos arcabuceros y no pocas
amenazas, consiguió el Almirante recuperar su bote, y no satisfaciendo
á su carácter emprendedor la pequeñez y pobreza de la nueva tierra,
nuevamente levó anclas el 9 del mismo mes, en demanda de las ricas
y fértiles comarcas Filipinas. Después de una penosa navegación tomó
puerto en la isla de Cebú, donde consiguió captarse el cariño y los
servicios del Reyezuelo que imperaba en aquella, el cual estando en
guerra con su vecino el de la isla de Maetan impetró de Magallanes
su auxilio, que le fué otorgado por el intrépido marino, yendo él
mismo con parte de su gente á una expedición contra los enemigos de
los cebuanos; aquellos en gran número y con gran destreza resistieron
el ataque, muriendo Magallanes. Esta sensible pérdida acaeció el 26
de Abril de 1521.

El vencido Rey de Cebú, bien por temor, bien por haber entrado en las
prescripciones impuestas por el vencedor, ó bien por la inconstancia
propia del natural, es lo cierto que so pretexto de un convite preparó
una emboscada, en la cual perecieron villanamente asesinados hasta
30 soldados. Los pocos que habían quedado en las naves, impotentes
por su número para tomar venganza, resolvieron salvar sus vidas y
regresar á Castilla con las nuevas del descubrimiento.

Los pocos expedicionarios que habían logrado  salvar la vida,
emprendieron el viaje por el antiguo derrotero de las Molucas, en
la _Victoria y_ la _Trinidad_. Esta última nave quedó en la mar,
aguantando únicamente la _Victoria_ que mandaba Sebastián Elcano,
los mares del Cabo de Buena Esperanza el cual consiguió doblar, no
sin falta de ímprobos trabajos, arribando al puerto de Sanlúcar el
6 de Setiembre; sobreviviendo á aquella colosal empresa en que la
_Victoria_ había dado la vuelta al mundo, solamente 18 hombres.

Las nuevas que Elcano trasmitió á Carlos V, y la seguridad del
descubrimiento, originaron nuevas expediciones.

La ocupación de las Filipinas y las Molucas hicieron sin duda por su
poca importancia, el que no se atendiera á las islas de los Ladrones,
limitándose por entonces su ocupación á la toma de posesión que de
ellas hizo el año 1528 D. Alvaro de Saavedra, y más tarde, en 25 de
Enero de 1565, en que el intrépido Legaspi á su paso para Filipinas
desembarcó en Guajan, en donde mandó celebrar una misa y levantó
acta de posesión. Esta fué solamente nominal, pues ni dejó hombres,
ni hizo nada de lo que constituye la material posesión; continuando
los naturales en sus usos, costumbres y religión, si bien es verdad
existen verídicos testimonios en que se acredita que las _naos_
que recorrían el Pacífico, refrescaban aguada y se hacían de algunos
víveres en las islas de los Ladrones.

En tal estado, llegó el año de 1662, en que tocó en la principal de
las islas llamada, como ya dijimos, Guajan, el navío _San Damián_,
que procedente de Acapulco se dirigía á Manila. En dicho navío, y como
presidente de una misión de Jesuítas, venía el devoto Padre Diego Luís
de San Vítores, el cual, viendo el estado de los naturales, resolvió
trabajar para establecer una misión en aquellas apartadas regiones.

No bien llegó San Vítores á Manila, principió á gestionar la
realización de su pensamiento, el cual no solamente no fué secundado
sino que encontró acérrimos enemigos; esto no obstante el Padre San
Vítores abrigaba en su alma la más fuerte de las perseverancias;
la perseverancia que emana de principios del mismo Dios, «bautizarás
al idólatra» dijo, y el infatigable jesuíta firme en su propósito se
dirigió al Padre Nitarht, confesor de Doña Mariana de Austria, esposa
del Soberano reinante por aquella época en Castilla, Don Felipe IV,
del cual consiguió aquella una Real cédula satisfaciendo ampliamente
los deseos del jesuíta.

En la expresada Real cédula se prevenía al desgraciado Gobernador de
Filipinas, D. Diego Salcedo, facilitara á San Vítores toda clase de
recursos para establecer una misión en las islas de los Ladrones, y
en efecto, y al cumplimiento de lo mandado, se construyó en el puerto
de Cavite, el navío _San Diego_, en el cual se embarcó la misión,
á la que le surgió nuevos contratiempos al ir primero á Méjico en
donde el Virey interpuso nuevas dificultades, que la constancia
y excitaciones del jesuíta pudieron vencer; logrando por último,
gracias á su invencible tesón, arribar á la isla de Guajan el 15 de
Julio de 1668, desde cuya fecha se puede conceptuar la verdadera
posesión de las islas de los Ladrones á los dominios españoles,
puesto que hasta entonces no hay noticias se hiciera ocupación alguna.



CAPÍTULO XIII.

Adelantos de la misión.--Oposición de los _macambas_.--Saipan y
Rota.--Los _urritaos_.--Tradiciones usos y costumbres.--Colegio de San
Juan de Lotrán.--Crónicas de los jesuítas--Hostilidades.--Asesinato de
San Vítores.--Una modesta cruz.--Los Padres Solano y Ezguerra.--El
almirante Coello.--Nuevos asesinatos. Represalias.--D. Juan
Santiago.--El Gobernador Irrisari.--Descubrimientos al Norte de
Agaña.--Marianas en el siglo XVIII.

La misión dirigida por el Padre San Vítores desembarcó en la isla de
Guajan, estableciéndose en el pueblo de Agaña, en donde inmediatamente
principió su obra de conversión.

La misión al principio fué recibida con grandes muestras de cariño,
sometiéndose gustosos los naturales al bautismo y á oir la voz de los
que predicaban una religión para ellos desconocida; mas bien pronto
aquellos afectos se convirtieron en una tenaz y terrible oposición
en la que perdieron la vida varios misioneros y soldados.

En los primeros meses los agasajos y la dulzura que emplea todo el
que trata de persuadir, hicieron su efecto, predisponiendo los ánimos
á la protección de que fué objeto la misión.

Más tarde surgieron varios conflictos, creados primeramente por
la intemperancia del magnate, el cual, oyendo un día y otro las
excelencias del bautismo, quiso fuese patrimonio exclusivo de ellos
y sus hijos. Esto, como es consiguiente, creó luchas y excitó los
ánimos, no por la idea del bautismo, sino por la división que surgía
su aplicación. La dulzura del Padre San Vítores y la fuerza de sus
convincentes argumentos pudieron desvanecer este primer conflicto,
viendo en ello dar al cristianismo el primer paso á la unión de clases.

La herida que abría lo anterior en las antiguas costumbres, fué
comprendida por algunos que se propusieron crear nuevos conflictos
en defensa de sus odiosos privilegios.

Los magnates descontentos por una parte, la superstición por otra
ayudada de falsas tradiciones, y robustecida con las intransigencias
de los sacerdotes ó macambas que concitaban los ánimos, despertando
antiguas costumbres, y unido á esto el estratégico é infame rumor de
que el bautismo originaba la muerte de los niños, fueron los elementos
que pusieron en juego los enemigos de los ministros de la fe.

Los anteriores males fueron venciéndose, contrarrestándose unas veces
la fuerza con la fuerza, é interponiendo otras la convicción en medio
de las supersticiosas creencias.

No contentos los jesuítas con la aparente sumisión de la isla de
Guajan, se extendieron al Norte, en donde descubrieron nuevas islas
siendo las principales las nombradas Saipan y Zarpana, ó sea Rota. En
estas se reflejaron bien pronto los mismos males por que estaba
pasando Guajan, haciéndose los trabajos con grandísimo riesgo.

Las costumbres fueron siempre los principales elementos que los
macambas trataron de explotar en defensa del predominio é influencia
que venían poseyendo en aquellos pueblos, sujetos al capricho de su
voluntad, por medio de las acomodaticias invocaciones, originarias
de supersticiosos manejos.

La poligamia con toda la asquerosa desnudez venía sucediéndose en las
costumbres de aquellos isleños, y la poligamia que necesariamente había
de ser combatida en los ascéticos principios de San Vítores produjo
sus consecuencias. Los _urritaos_, ó sean los jóvenes, levantaron una
cruzada que fué á engrosar las filas de los que combatían la idea por
el orgullo, viniendo á ser las pasiones sensuales y las tradiciones
aristocráticas, las piedras de apoyo que sustentaban la discordia y
la oposición.

La lucha entre la argucia del macamba y la persuasión del misionero,
era tanto más tenaz cuanto que tenía por palenque la condición
del natural, el cual admitía cuantas ideas llegaban á su escasa
comprensión.

Su imaginación voluble está comprobada en sus tradiciones, que
atestiguan eran muy dados á las fantásticas leyendas, las cuales
relataban en coro formando dos círculos, uno de hombres y otro
de mujeres, que giraban en inverso sentido. Para estas fiestas,
en las cuales cantaban las excelencias y las antigüedades de sus
_Anitis,_ se adornaban las mujeres tiñéndose de negro los dientes
y blanqueándose el pelo, completando el adorno conchas, caracoles,
plumas, insectos de colores y hojas de plátano. Los hombres se rapaban
el pelo, yendo completamente desnudos. Restos de estas antiguas
costumbres y reminiscencias de aquellas fiestas todavía se conservan
en Marianas. El autor de estas líneas ha presenciado algunas escenas
entre los carolinos residentes en Agaña, en las cuales se refleja
las primitivas tradiciones.

Los elementos turbulentos cada vez tomaban más fuerza, al par que la
adquiría la evangélica persistencia de los misioneros, en tanto que
el corto número de soldados mantenían en los cañones de sus mosquetes
el desbordamiento que ha tiempo se venía presintiendo.

En 1669 se bendijo una iglesia, creándose poco después un colegio
con el nombre, que aún hoy lleva, de San Juan de Letrán, para el cual
consiguió San Vítores se expidiera en 1663 Real cédula de perpetuidad,
con la dotación anual de 3.000 pesos, los cuales se habían de pagar
por las cajas de Méjico.

En contestación á esta merced, otorgada por Doña Mariana de Austria,
escribió el jesuíta una sentida carta al Padre Nitarht, haciéndole
presente participara á su Reina que en él espacio de pocos meses
y debido á su protección, había en las islas entre bautizados y
catecúmenos 34.000.

Este dato no lo hemos podido comprobar en documentos oficiales,
y como quiera que nos parece un tanto exagerado, debemos hacer
presente lo hemos tomado de las mismas _Crónicas de los Jesuítas,_
de cuya institución dependían todos los Padres que compusieron las
misiones de Marianas, cuya dotación eclesiástica corrió á su cargo
hasta que fueron expulsados de los dominios españoles.

Las expresadas crónicas hacen subir la población de las islas á 100.000
almas, cifra que asimismo nos parece inexacta, no comprendiendo que
ni la extensión, ni los productos del suelo pudieran alimentar tal
exceso de población, y sobre todo y más que la falta de proporción
entre los habitantes y el suelo, en que aquellos, según las mismas
crónicas, se redujeron en muy pocos años á más de la quinta parte;
disminución incomprensible en tan poco tiempo, teniendo en cuenta la
razón de situación de las islas y la casi absoluta incomunicación en
que estaban con los demás pueblos.

La emigración sin los medios de comunicación es imposible, y la
enormidad de la baja sin aquella, por razón de mortandad también lo
es, atendiendo á la salubridad que en todo tiempo se experimenta en
las islas.

El casi imposible se opone á la creencia de que hubiera 100.000 almas,
en donde escasamente solo restan en el día unas 7.000.

De estos y otros datos se prevale un escritor francés para mezclar
entre el gran caudal de poesía que respiran sus obras, un sinnúmero
de vulgaridades, por no calificarlas de otra manera, al ocuparse
de Marianas.

Los pocos narradores de aquellas islas habrán podido equivocarse, es
más, de hecho se han equivocado en algunas cosas; en cambio M. Arago,
escritor á quien aludimos, es muy posible no haya dicho una sola
verdad en las páginas que consagra á las Marianas.

Mas continuemos su historia.

Las hostilidades de que fueron objeto los sacerdotes y soldados,
la alevosa muerte que dieron los isleños á más de uno, y las
dificultades que oponían, ora en la resistencia pasiva, ora en
el éxito de las armas, motivaron el que poco á poco, y á medida
que llegaban las naos se fuera aumentando el personal de guerra,
y que el inofensivo y modesto establecimiento que se levantó en un
principio, se perfeccionara tomando el carácter que distingue la
conquista, y la persuasión, las armas y la fe, la suavidad de los
principios del cristianismo, y los mortíferos estragos de la metralla;
participando bien pronto el establecimiento de la abadía y del fuerte;
del campanario  y de la atalaya; de la cruz y de la espada.

En tal estado llegó el 2 de Abril de 1672, en que Diego San Vítores
desoyendo prudentes consejos, salió del recinto de Agaña acompañado
únicamente de un filipino, dirigiéndose al pueblo de _Tumhun_ á seguir
su evangélica obra. No bien había caminado una legua, cuando oyó llorar
á una niña en una casa de palma; quiso bautizarla, mas fué muerto
á lanzadas por su padre llamado _Matapang_ y por _Hirao_, vecino de
aquel. Después de muerto fué arrastrado hasta la playa, arrojando su
cuerpo en los arrecifes de la costa del Pico de los Amantes.

Pocas existencias humanas habrán recorrido su peregrinación sobre
la tierra con más fe, con más abnegación, y con más valor que la que
alentaba Diego Luís de San Vítores.

Cuatro años permaneció en las islas Marianas,  cuya reducción casi
puede asegurarse se le debe á él, y en ese tiempo predicando la
caridad y la virtud fué consuelo de propios y extraños.

En el sitio en que fué muerto se conserva en el día una modesta
cruz; á la sombra de su tosca madera consagramos una oración como
cristianos y un recuerdo como españoles.  En sus descarnados brazos,
habrá marchitado el hálito de los fuertes Nortes, una corona de
flores silvestres que hizo una decidora chamorra que nos acompañó en
la expedición.

Ni la religión, ni las nuevas costumbres, ni los escasos rayos
de civilización que se abren paso hasta aquellas lejanas tierras,
han podido destruir antiguos gérmenes de pasadas generaciones. La
superstición y la fábula son innatas en el chamorro, así que la muerte
del Padre San Vítores, como su martirio y su vida, la envuelve en
sinnúmero de fantásticas relaciones. Decir á un chamorro, y sobre todo
á una chamorra, que las aguas donde arrojaron al jesuíta no tienen el
color de sangre, y os mirará con la lástima de creer trata con un loco.

Al Padre Diego sucedió en la dirección de la misión, el jesuíta Fray
Francisco Solano, el cual continuó la obra de su antecesor con fe
y perseverancia.

La dirección del Padre Solano fué bien corta, pues la falta de
alimentos, la naturaleza de estos, las fatigas causadas por las
incesantes luchas y la tristeza que le ocasionó el martirio de su
compañero, rindieron aquella existencia, ocasionando su muerte una
aguda enfermedad.

Á la muerte de Solano, acaecida en Junio de 1672, sucedió el Padre
Francisco Ezguerra. Por este tiempo y acostumbrados los naturales á los
azares de la guerra, y ora generalizándola y dirigiendo sus ataques
al establecimiento, ora localizándola de ranchería á ranchería y de
caudillo á caudillo, tenían á los pocos españoles en una continua
zozobra, la cual se aplacó un tanto con la llegada de los navíos
_Santiago_ y _San Antonio_, los cuales sucesivamente tomaron puerto
en Agaña, el año 1672 y 1673.

El almirante Coello, que mandaba el navío _Santiago_, enterado del
estado en que se encontraban los españoles los atendió con toda clase
de recursos, haciendo quedase al mando de la fuerza que se organizó,
el capitán de los antiguos tercios D. Juan Santiago; este, como
buen soldado, de genio aventurero, de pronta y decisiva acción, de
resistente naturaleza y de un valor y tesón á toda prueba, comprendió
que las contemplaciones eran el verdadero foco donde se incubaban las
hostilidades y la guerra, así que, dejando correr sus instintos en
armonía con sus antiguos hábitos de campaña, reforzó el fuerte, levantó
empalizadas, acumuló materiales y vituallas, y una vez asegurada la
retirada, principió su obra de conquista talando cuantos campos se
le oponían y quemando las rancherías que mostraban resistencia.

El miedo cundió por las islas, el cual bien pronto fué acompañado
del supersticioso terror que produjo en los naturales la vista
de un caballo que se había desembarcado del navío _San Antonio_,
por disposición de su Almirante Monfort, el cual prestó hombres y
recursos á la obra de la conquista.

Los isleños comprendieron que su ruina era cierta de continuar en
actitud de guerra, y aparentemente desistieron, enviando emisarios
á los españoles, con presentes de conchas y tortugas como símbolos
de paz, pidiendo perdón por los hechos pasados, y prometiendo ciega
obediencia para lo sucesivo. Esto acaeció á 13 de Noviembre de 1673.

Las anteriores paces se concertaron con los elementos de la confianza
y la hidalguía por una parte, y el terror y la necesidad por otra,
convenciéndose bien pronto los españoles de lo mentido de las promesas
y la falsía de la sumisión.

A 1° de Febrero de 1674, dirigiéndose el Superior Padre Ezguerra con
cinco soldados por el camino de Fuuña, fué asaltado por sinnúmero de
hombres armados, los cuales, con grandes gritos pedían su muerte. Las
palabras se hicieron obras, y el Padre Ezguerra y sus compañeros
perecieron taladrados de flechas y arrastrados sus restos hasta el mar,
en donde los arrojaron.

Este hecho inaudito, propio solo de una raza salvaje é indómita,
produjo el efecto consiguiente en el ánimo del capitán y de los pocos
soldados que tenía á sus órdenes. Siendo rotas las treguas y ávidos de
venganza, no hubo perdón ni misericordia. Donde quiera había oposición,
había incendio; donde quiera había resistencia, había metralla; se
talaron campos, se destruyeron estacadas, y por último, se pisotearon
los falsos ídolos personificados en las calaveras, acompañando á este
sangriento cuadro la ejecución que con toda publicidad se llevó á cabo,
ahorcando á todos los que pudo justificarse participación directa en
los asesinatos.

La destrucción de las calaveras y el haber entre los ahorcados dos
macambas de los más influyentes, fueron causa de que se apoderara
de los isleños un grandísimo terror, alejádose del terreno de las
hostilidades, buscando amparo en los extremos de las islas y en lo
más oculto de los bosques, convencidos de que toda resistencia era
imposible en vista de la actitud de los españoles y filipinos, los
cuales habían perfeccionado las obras del establecimiento, proveyendo
de dos pequeños cañones el torreón que dominaba las trincheras y
estacadas, doblemente resguardadas con sinnúmero de púas de cañas y
palma brava.

Con la conducta observada por D. Juan Santiago y por su sucesor
D. Damián de Esplana, que con decisivo tesón continuó en la obra
de reducción, se pudo ir asegurando la tranquilidad en las islas,
en las cuales fueron construyéndose iglesias y casas de instrucción,
habiéndolas en gran número de pueblos, cuando llegó á Agaña en Junio
de 1676 el navío _San Antonio_, conduciendo á su bordo al capitán
D. Francisco de Irrisari, primer Gobernador de Real nombramiento de
las islas Marianas.

Azarosos fueron en extremo los dos años que gobernó Irrisari;
el odio estaba oculto, la venganza por un lado, y por otro la
cautela aprendida por los chamorros á consecuencia de los continuos
descalabros que habían sufrido siempre que frente á frente y en ancho
campo presentaron contienda, los hicieron astutos y precavidos. Las
asechanzas y emboscadas eran cada vez más frecuentes, y las muertes
y asesinatos parciales sustituyeron á los ataques francos y en masas.

Los macambas, á pesar de ver que la numerosa población que en otro
tiempo habían subyugado, merced á la evocación de supersticiosas
fábulas estaba casi aniquilada, que las cábalas mágicas de los anitis
eran impotentes ante el fuego de los mosquetes y la metralla de los
cañones, que los castigos eran públicos y ejemplares, que de día
en día se perfeccionaban las obras, se levantaban otras aumentaban
hombres y vituallas, que se talaban y se incendiaban las rebeldes
rancherías, no desmayaban en sus predicaciones y en sus pérfidas
gestiones. En un principio explotaron el orgullo y privilegios de
raza; más tarde, excitaron la maternidad; después, echaron mano del
desenfrenado sensualismo, y por último, y en los años que nos ocupa,
aprovecharon como arma de excisión el hecho primero en aquellas
islas, de casarse una mariana con un español. Esto dió origen á que
los macambas predicaran el odio contra aquellos, recrudeciendo los
ánimos al presentar el matrimonio como un robo simulado, ante el cual
los conquistadores principiaban á apoderarse de sus hijas y mujeres.

Esta falsa doctrina hizo su efecto y volvieron á las antiguas
hostilidades, las cuales fueron estrellándose en la constancia y
valor de Irrisari y los suyos.

Al llegar á Marianas en el año 1678 D. Juan Antonio de Salas,
su segundo Gobernador, se hicieron exploraciones en el puerto, se
situaron lugares seguros de anclaje, y se desembarcaron refuerzos;
con estos y con la inteligencia, tanto de Salas como de su sucesor
D. José Quiroga, se logró reducir, no solo la isla de Guajan, sino
las que aún quedaban revueltas al Norte.

En completa reducción, y estando las islas al mando de Madrazo,
llegó el siglo XVIII, á cuyos principios se aumentaron escuelas, se
perfeccionaron las obras de las iglesias, se levantaron almacenes, se
abrieron caminos y se ultimaron cuantas construcciones habían estado
abandonadas por efecto de la guerra. Las rancherías esparcidas por
los montes se refluyeron al llano, desapareciendo la vida nómada y
errante del natural, con la aparición de los pueblos de Merizo, Pago,
Agat é Inarajan.

En el año 1701 no había habitadas en todo el Archipiélago de Marianas
más que las islas de Guajan, Rota y Saipan, y estas últimas, era
tan poca su importancia y tanta su miseria, que al despoblar los
españoles años después la isla de Rota, dice una crónica de aquel
tiempo, literalmente lo que sigue: «La tierra es estéril, el cielo
melancólico, el viento y el mar á temporadas furioso, horrible y
formidable. Solo en ciertas monzones se ve un aspecto apacible,
la gente es poca, bárbara y bozal. Nadie sale de allí, nadie pasa
por allí, no hay noticias, ni del resto del mundo, ni aun de aquel
pequeño rincón del mundo. No hay desierto ni yermo en la Nitria, ni
la Thebaida, que sea comparable á esta soledad. Ovidio, no acaba de
ponderar las miserias de Tomis; pero si hubiera visto á Rota dijera,
que era el Tomis del mismo Tomis.»

La situación de Rota desde que con tan vivos colores se describió,
realmente poco ha mejorado, participando del sensible descenso que se
observa en todo aquel pequeño Archipiélago, descenso más sensible en
Rota por la casi absoluta carencia de comunicaciones, por la nulidad
en las transacciones, por la consiguiente miseria del natural, y por
lo inhospitalario de sus puertos.

La reducción de las islas como hemos dicho, quedó ultimada en
absoluto á principios del siglo XVIII. Pero, ¿qué quedó de aquella
reducción? Una docena de peñascos deshabitados en su mayor parte,
y un pequeño pueblo al cual había que atender con cuantiosas
sumas, á fin de darle vida al par que actividad y movimiento. Los
sacrificios pecuniarios de la nación y los deseos de los gobernantes,
se estrellaron como era consiguiente, con la falta de inspección que no
podían ejercer en razón á la distancia que separa Marianas de Manila.

Se estudiaron todos los medios al par que iban creciendo las
exigencias, y aumentando por consiguiente el personal y con este el
presupuesto. Se ensayó centralizar el comercio en sentido oficial,
y á este propósito el Real Erario en vez de remitir caudales, lo
hacía de géneros de más ó menos fácil realización.

El Estado se convirtió en tendero; la Hacienda absorbió el cambio, la
venta y la permuta y los gobernantes constituyeron la Real Hacienda
en muestrario de las transacciones. El gobernado se convirtió en
comprador, y el Estado en razón social mercantil.

Semejante manera de arbitrar fondos, produjo como consiguiente
era, un sinnúmero de abusos, que denunciaron otras tantas fortunas
improvisadas y caudales adquiridos á la sombra de un mostrador, en que
la mercancía venía gravada con el impuesto de considerables primas,
en que los comerciantes eran meros factores, y en que los dueños eran
puramente nominales.

La acumulación del capital por razón de la venta; la ventaja de la
retención, á causa de la escasez; el aumento del pedido en proporción
á la demanda, y el acopio y almacenaje ante el cálculo racional del
expendio y la necesidad, fuentes de todo comercio, no las negamos en
el _muestrario_ oficial, pero lo que desde luego aseguramos, es que
dichas fuentes no vertían sus caudales en las cajas de la entidad
jurídica llamada Estado, sino en la positiva de los administradores
al par que administrados. Ellos se compraban y se vendían facturas,
y este continuo agiotaje y más que todo la triste realidad, que aunque
tarde se iba observando en los centros inspectores, dieron origen á
que se abandonara el sistema anterior y á que se ensayara el hacer
los pagos por medio de situados. Estos y aprovechando las naves de
Méjico, dejaban en Marianas el total del importe del presupuesto.

Mas adelante, y pasados bastantes años de ser evacuadas las Américas,
y cerrado por consiguiente el paso de las naves por Marianas, se
redujeron en las cláusulas de un reglamento los gastos de las islas,
quedando estos en la suma de _unos doce mil pesos_.

El reglamento no podemos negar se publicó, pero el presupuesto por
ningún concepto refleja en el día los beneficios de su observación
y con ella su reducción.

Hemos visto lo que _fueron ayer_ las islas de los Ladrones; veamos
lo que _son hoy_ las islas Marianas.



CAPÍTULO XIV.

Archipiélago de las Marianas.--Historia moderna.--Guajan.--El pueblo
de Agaña.--Puerto de Apra.--Punta Pití.--Flora y fauna.--La mujer de
Marianas.--M. Arago.--Ingratitud.--Caridad española.

El Archipiélago de Marianas lo compone una cordillera de islas,
enclavadas en el gran Océano Pacfico. Corren de Sur á Norte, desde
la principal llamada Guajan, residencia del Gobernador y demás
autoridades.

A más de Guajan y en una extensión como de dos grados y medio, se
encuentran Rota, Aguiguan, Tinian, Saipan, Farallon de Medinilla,
Anatajan, Sariguan, Farallon de Torres, Guguan, Alamagan, Pagan,
Agrigan, Asunción, Urracas y Farallon de Pájaros.

De las anteriores islas, solamente están habitadas, según ya dijimos,
Guajan, Rota y Saipan, siendo estas dos últimas, miserables asilos
en que difícilmente se refleja la escasa vida que disfruta la primera.

La isla de Guajan la encuentra el navegante á los 13° 26' lat. N. y
150° 52' long. E. del meridiano de San Fernando; mide unas 32 millas
de longitud en su mayor extensión de Sudoeste á Nordeste, variando en
razón á su configuración la latitud entre cuatro á nueve, y componiendo
su total bojeo de 190 á 200.

En el término medio del panorama que presenta la isla de Guajan hay
un istmo, el cual divide la isla en dos penínsulas. En la lengüeta
que une los dos ensanches que forman aquellas, se eleva la ciudad de
Agaña, capital del Archipiélago de Marianas.

Las costas de Guajan en su general perímetro, las constituyen,
multiplicados arrecifes y bancos madrepóricos que se internan mar
adentro desde rocas escarpadas donde nacen. En los centros calizos
suelen formarse canales, por los cuales los ligeros botes balleneros,
son las únicas embarcaciones que sin grave peligro pueden recorrerlos,
y esto en algunos sitios, pues en otros, la mar es tan brava, y la
costa tan inhospitalaria, que hace de sumo riesgo el aventurarse en
aquel laberinto de arrecifes calizos, terminados por masas acantiladas,
azotadas incesantemente por mares peligrosas y revueltas.

El ruido del romper la ola, no es el gemir monótono y acompasado que
produce en la generalidad de las playas. El ruido que paulatinamente
se va disipando á medida que la ola va rodando sobre un lecho de
menuda arena, en Guajan es desconocido; allí el ruido es atronador
é imponente; allí, las masas de agua empujadas por las grandes
marejadas llegan compactas, no á una superficie igual, sino á
cordilleras inmensas de arrecifes, que presentan en las sinuosidades
y desigualdades de sus configuraciones, otros tantos obstáculos,
que dividen la ola en infinidad de partes, originando los huecos que
presentan las múltiples ramificaciones madrepóricas, imponentes ruidos
que repite el eco de cavidad en cavidad.

Las primeras noches que se duerme en Agaña, es imposible conciliar
un sueño tranquilo y sostenido.

Sin embargo de los múltiples y peligrosos bajos de que están sembradas
las mares de Guajan, la experiencia y la práctica pueden conducir al
navegante á encontrar abrigo y seguro anclaje en varios puntos de la
isla; debiendo citar como el principal y más seguro de sus puertos,
el que se encuentra en la parte Oeste, entre la península de Orote
y la pequeña isla de las Cabras, llamada de _San Luís de Apra_. A
pesar de lo espacioso del puerto de Apra, desde luego aconsejamos al
navegante, no se aventure en sus aguas sin llevar práctico, pues la
situación del anclaje por razón de los abrigos que preserven en lo que
cabe los fuertes temporales de Oeste á Noroeste, á cuyos cuadrantes
tiene pocos resguardos el puerto, y el sinnúmero de escollos que se
extienden  desde el sitio denominado la _Caldera_, á la playa, son
innumerables. Si á esto se agrega las varias y encontradas corrientes
que los canales de coral producen, se comprenderá fácilmente lo
necesario de poner la nave á la dirección de un hábil conocedor de
aquellos lugares.

San Luís de Apra es el puerto en que anclan todos los barcos que
llegan á Guajan.

Se conocen á mas del anterior, los de Agaña, Tepungan, Daví, Jatí,
Merizo, Sajayan, Actayan, Inarajan Tarofofo y Pago, los cuales por
sus escasas proporciones y por las revueltas que á ellos llegan las
mares, los tiene de antiguo completamente abandonados el uso.

Una vez anclada la nave en el puerto de Apra, hay que recorrer una
larga extensión hasta llegar á la playa. La travesía entre esta y el
barco se hace en botes balleneros, únicos que por su escaso calado
pueden utilizarse en el canal que forma Guajan y la isla de las
Cabras, el cual es sumamente pintoresco. Luego que se toma tierra,
quedan unas cinco millas que andar hasta llegar á la ciudad de Agaña,
trayecto que generalmente se hace en pequeñas carromatas de ruedas
de una sola pieza, tiradas por novillos, los que también se emplean
para silla, prestando toda clase de servicios de carga y arrastre.

Pocos paisajes habrá en el mundo tan hermosos como el que presenta el
cuadro que se desarrolla desde Punta Patí, hasta las primeras casas
de Agaña: unas cinco millas, las separan del puerto como ya dijimos;
cinco millas, en que la vista se recrea con todas las maravillas de
que el Creador dotó el suelo. _La palma_, la _bonga,_ y la variedad
de _cocos_ con sus frondosos penachos, que al acariciarlos el viento
cimbrean sus esbeltos y elevados troncos; la _rima_, el _cajel_, el
naranjo y el limonero, con su exuberante vegetación, sus múltiples
y verdes hojas, y sus olorosas emanaciones de azahar y nardo; el
poético limoncito de China con sus abundantes frutos; el corpulento
_ifil,_ el tortuoso _abgao_ verdadero sáuce de la India, el _agoho_,
con sus pequeñas piñas armadas de afiladas púas, el productivo _daog_
ó _palo maría_, el _goya_, la _guayava_ y el _ate_, entrelazan sus
hojas, sus frutos, sus flores, y su potente vida, con las olorosas y
variadas enredaderas, con los intrincados laberintos de _bacauam_,
con los desiguales y trepadores tallos de la silvestre pámpana,
y con las esbeltas y flexibles ramas del jazmín blanco.

Sobre la inmensa capa de verdura que presenta la prodigiosa vegetación
que se extiende por un terreno desigual y accidentado, se contempla
un cielo puro y trasparente, bajo cuya diáfana bóveda baten sus alas y
cantan sus amores, la pintada _garza_, la veloz _dulili_ y la amorosa
tórtola, cuyos cantos son interrumpidos por el agorero chillido del
_mamoy_ y el estridente graznido del _fanifi_. Las palomas blancas,
las aves marinas en su diversidad de clases, las agachonas, el tordo, y
los carpinteros completan el viviente mundo de la región de las nubes.

Cuanto define y compone la belleza, tiene allí su rasgo característico,
su estigma que la distingue y señala. La escarpada peña cría verdura,
el cielo presta tibios ambientes, los pájaros alegres cantos,
las flores deliciosas emanaciones, el arroyo tiernos murmurios y
cristalinas aguas, los árboles sabrosos frutos, y el cielo claridad
y hermosura.

De Guajan se ha dicho es un país privilegiado y es muy cierto. Aquel
cielo y aquel suelo en el Grao de Valencia, ó las orillas del
Guadalquivir, sería una dulcísima parodia de los jardines del Profeta;
mas un paraíso, _anclado_ en medio del revuelto Pacífico, lejos del
universal concurso y sin tener por lo menos una Eva, es un paraíso
que al principio encanta, después, aburre, _y por último_ desespera.

No se crea por lo anterior que en Marianas no hay mujeres, que las
hay y muchas, pero ... pero francamente, y con perdón sea dicho de
la _Mariquita_ y la _Ángela_ de M. Arago, entre todas no componen ni
una caricatura de las de _allá_, ni un octavo de cuartilla de las
que tan mal empleó el escritor francés al ocuparse de Marianas. Al
principiar este trabajo dijimos, y si no lo hacemos ahora, que si
algún mérito tiene, es, que lo en él escrito, es producto de la verdad,
y no emanación de ridículas fábulas, propias de una novela mas no de
un viaje.

Sentimos no poder describir aquellos ojos de fuego, aquella exuberancia
de formas, aquella corrección de líneas, que completan los acabados
modelos del universal viajero en sus _dadivosas_ y enamoradas
concepciones chamorras y carolinas, prontas, por supuesto, eso sí,
y dicho también por supuesto por el escritor francés, á consagrarle
sus amorosas primicias y hasta su existencia, y vean ustedes cómo
el ilustre viajero casi casi introduce en las pacíficas chamorras el
uso de los fósforos de Cascante, y la entidad acabada  del Don Juan,
con sus irresistibles filtros sus tiernas pláticas y sus incendiarios
conceptos, con la diferencia que al Don Juan europeo le abrían las
puertas dueñas y rodrigones, y al _Don Juan_ trasatlántico pañuelos
y relicarios.

Léanse detenidamente las páginas que Arago consagra á Marianas, y se
verá que todo se reduce á decir que no hubo chamorra ni carolina, que
primero por su linda cara, y después por un relicario, no le ofreciera
sus caricias. Esto, y ver por doquier restos humanos consumidos por
la lepra, enterrar á todo el que buenamente le parece á consecuencia
de dicha enfermedad, crear tipos á su capricho, y acusar de no sé
cuántas cosas á los poseedores de aquellas islas, hasta el punto de
conceptuarlos como un mal para la humanidad, completan las páginas de
M. Arago, salpicadas de cuando en cuando con bravatas que son fáciles
de escribir ya que no de realizar.

¡Se atreve M. Arago á hablar de humanidad!

¡Válgame Dios, y cómo se escribe la historia!

En la infinidad de naufragios, en el sinnúmero de siniestros que por su
situación ha presenciado Guajan, jamás han dejado sus habitantes y sus
Gobernadores, de hacer muchísimo más de lo que dicta la caridad oficial
y la reciprocidad del derecho de gentes. Lea M. Arago el naufragio
de su compatriota Mme. Wisio, interróguela y la verá llorar al solo
recuerdo de los beneficios recibidos de los españoles. Crónicas de
Nueva-York, de California y del Japón son buenos testigos á quienes
preguntar sobre la caridad española. Las columnas de sus periódicos
de cuándo en cuándo, se llenan con la relación de conmovedoras escenas
en que la abnegación y el desinterés juegan en primer término.

No solo encuentran en Marianas recursos y consuelos los náufragos que
logran tras miles de riesgos y privaciones, ganar las hospitalarias
costas, sino que también cuantos llegan á ellas empujados por cualquier
otra desgracia.

Jamás, jamás en Marianas se ha cerrado la puerta al dolor, ni el
consuelo al sufrimiento.

Esto podemos contestar á las páginas de Arago respecto á humanidad; en
cuanto á los _dicharachos_ puestos en boca de Petit, le recordaremos,
que si hay islas de Saipan, también hay Geronas y Bailenes, y que
si creía fácil tomarse la justicia, frente las playas de Marianas,
no la encontraron tan fácil sus compatriotas frente los pechos de
los zaragozanos.

Mucho, muchísimo más podríamos decir respecto á M. Arago, el cual
nos consta por fidedignas autoridades, que en el tiempo que residió
en las islas, fué objeto de cuantas deferencias y atenciones se le
pudieron ofrecer, á pesar de los escasos recursos de la localidad.

¡La ingratitud siempre frente al beneficio!

Cerremos el _libro de Los viajes_ por su página  de Marianas, y si no
hemos llegado á convencer de que en Guajan, hay siempre un consuelo
y un remedio á toda necesidad, pregunten á los que allí hayan sufrido
y ellos contestarán.

Confundamos las páginas del viajero de la _Urania_, con las de
otros compatriotas suyos, y continuemos en la descripción de la isla
de Guajan.



CHAPTER 15

CAPÍTULO XV.

La plaza de Agaña.--La iglesia.--El monte de Santa Rosa.--La
atalaya.--El reloj de Agaña.--Faro original.--Vida en Marianas.--Casas,
huertas, cultivos, ríos.--Vegetación de Oriente.--El árbol
del pan, y el _dug-dug_.--Cageles.--La isla de Pagan.--Riqueza
perdida.--Desconocimiento del país.--Reputaciones usurpadas.--En tierra
de ciegos..--Hormigas coloradas y ratas.--Los caballos y las _auroras_.

A poco de pasar el viajero el pequeño puente de madera de Asang, y
dejar á su espalda la tajada roca, por cuyo granítico plano vierten
los vecinos montes cristalinas aguas, que la previsión del natural
detiene en tanques de piedra, se divisan las primeras casas de la
ciudad de Agaña, presentando su entrada una espaciosa calle formada
en su mayoría de pequeños edificios de tabla y teja, entre los cuales
sobresalen algunos de piedra y otros de cogon y palma.

El conjunto de la ciudad que se encuentra enclavada entre los arrecifes
de la playa, y el extenso monte de verdura que corre de Norte á Sur,
á cuya falda termina la línea de construcción es limpio y alegre.

Siguiendo la igual y espaciosa calle que tiene por continuidad el
camino del puerto, se llega á la plaza, en la cual, y tomando á la
derecha se encuentran en línea, la casa-administración, el presidio,
el llamado palacio, ó sea morada del Gobernador, el parque y los
almacenes de la plaza; todos estos edificios son espaciosos y de
sólidos materiales. La banda de la izquierda la componen pequeñas
casas y edificios en construcción, que según supimos se destinan para
Tribunal y Escuela.

El frente de la plaza, siguiendo la dirección que hemos tomado,
lo ocupa en primer término la iglesia, el cementerio y la casa
parroquial; cerrando el perímetro, el Colegio de San Juan de Letrán,
con las escuelas y dependencias.

La plaza de Agaña, compendia la vida de Marianas; el dolor tiene
su morada, como lo tiene el poder, la religión y el saber. Allí, la
cruz que se alza entre la revuelta maleza que crece en el misterioso
mundo de los muertos, recuerda la memoria de pasadas generaciones;
las sombrías rejas del presidio, señalan en sus dobles hierros,
la satisfacción que da á la tranquilidad individual, la pública
vindicta; la campana que á la oración de la tarde, pesadamente dobla
sus bronceados ecos, indica en la religión, el más allá que enseña
el santo suelo sobre el que se eleva el pardusco torreón, á cuyos
cimientos se aquilata la pequeñez de la vida, en la amarga verdad de
una tumba que carcome el tiempo, y una cruz que pudren las aguas,
únicos y miserables girones de los recuerdos, que cual el sér que
cubrieron, bien pronto pasarán al polvo y al olvido.

La iglesia que está contigua al cementerio, es tan modesta como poco
espaciosa, la compone tres pequeñas naves, el coro y una tribuna
cerrada de reciente construcción. Lo que constituye la dotación
del culto externo, mas que pobre, es escaso; la ornamentación es
churrigueresca, y el busto estatuario, tanto en líneas, como en
expresión y detalles, es detestable.

Contigua á la iglesia, y comunicando con el altar mayor, está la
sacristía, en la cual hay un retrato del Padre San Vítores, y otro
del lego Bustillos.

Como edificios, no recordamos ningún otro de los enunciados, que
merezca la pena de ser citado, pues si bien hay en el cerro de Santa
Rosa, y en la entrada del canal, pequeños fuertes, estos, ni por su
fábrica, ni por las máquinas que resguardan tienen nada de particular,
á no ser el pintoresco y bellísimo paisaje que desde ellos se domina.

En lo que se llama la Atalaya, _vigilan_ cuatro hombres de la dotación
el desierto mar, al par que son los encargados de comunicar al pueblo
la hora en que vive.

La falta de máquinas supliendo la abundancia de brazos.

El _engranaje_ del reloj de Agaña lo constituye un complicadísimo
servicio, y una vigilancia á prueba de _segundos_.

Analicemos la máquina.

El Gobernador de Marianas tiene, es decir, es de presumir tenga reloj,
pues si no lo tuviera no hay caso, en la época que estuvimos allí
lo había porque lo tenía: dicho reloj daba sus campanadas regulares,
llegando difícilmente al oído de un centinela que perennemente está
bajo el bronce de la esquila, para que otro _minutero_ viviente, que
incesantemente escucha desde la Atalaya, diga al pueblo de Agaña en el
bronce de una campana, mayor que la que le da el aviso. _Caballeros,_
según me acaba de decir mi compañero de _abajo_, son las ocho en el
reloj del Gobernador.

Excusamos manifestar los conflictos que pueden originar el día en
que el ama de _llaves_, deje de usar la destinada á la _alimentación_
del reloj _municipal_.

El Gobierno, no solamente _da_ la hora, sino que también la dirección
á las bancas y botes.

Y aquí necesitamos dar otra explicación.

Una tarde en que paseaba con mi buen amigo el Padre Ibáñez, por
delante de la línea de verdura que se extiende desde el colegio
á la administración, observé que el Padre, siempre que pasábamos
frente al Gobierno, miraba con detención el hueco del balcón que
media el edificio. En una de las vueltas, la impaciencia fué mayor;
se paró, y enfadado hasta donde se puede enfadar el buen Padre,
exclamó:--¡Caramba con D. Luís, que se empeña en no encender el
faro!--Gracias á Dios--exclamé,--que ya he oído algo que corresponda
al pomposo título de ciudad que lleva Agaña;--mas al observar que
por ningún lado veía torre ni torreón, no pude menos de interrogar al
Padre, á fin de que me mostrara dónde estaba situado el aparato.--El
aparato--me replicó con tono amargo mi compañero de paseo,--que
no es ninguna vulgaridad, está allí;--y me señaló el hueco de la
ventana.--No veo nada,--repliqué.--Pues porque no ve V. nada, es por
lo que dije que D. Luís no encendía el faro, y el faro, hijo mío,
no es más ni menos que un farol que se cuelga en aquella ventana,
que como V. ve corresponde con el puerto.

El cigarro que fumaba se me cayó de la mano, y yo no sé cómo no me
caí de espaldas. ¡Un faro de cuatro _tinsines_ que _viven muriendo_
tras las telarañas que adornan los vidrios de un farol!

Lo del faro de Agaña y lo del reloj es preciso ponerse serio para que
lo crean; pero qué quieren ustedes, la verdad nunca puede ser más que
una, y aunque las verdades respecto á Marianas, las que se saben lo
son de seis á seis meses en Manila y en Madrid quizás nunca, de aquí
la incredulidad que á nuestros lectores despertarán nuestras líneas.

Sigamos describiendo la isla de Guajan.

La población de Agaña ya hemos dicho es espaciosa y limpia; el
estar enclavada en terreno arenisco y gozar de las vertientes del
monte á cuya falda se asienta, constituyen una de las condiciones
que determinan el aseo que en ella predomina; el monte suministra
en las aguas que vierte cantidad bastante para ahogar el polvo, no
originando sucios charcos el suelo por su esencia arenisca al par
que la compacta superficie que lo forma.

En uno de los extremos de la ciudad, pasado el Colegio, hay unos
terrenos pantanosos llamados _Cienaga,_ de donde nace un pequeño
arroyo que serpentea por la misma playa y del cual se sirven los
naturales. Sobre este arroyo hay un sólido puente de piedra que pone
en comunicación la playa con el pueblo. Todas las casas de este tienen
entre sí una proporcional separación dividida por empalizadas de caña.

Estas empalizadas resguardan árboles arbustos y malezas, y en algunas
que el dueño es cuidadoso se ven verdaderos huertos, en que al lado
del rústico cenador crece la parra, á cuyo tronco trepan los tallos
de las sandías con las que se mezclan las doradas hojas de la piña
y las mazorcas del maíz.

La horticultura, tanto en Marianas como en todo el Archipiélago
filipino, podría ser mucho más completa de lo que es. Una buena
inteligencia combinada con un suelo virgen y una atmósfera impregnada
periódicamente y por horas de humedad y calor, no es posible dejara
de encontrar en raros productos verdaderas fuentes de riqueza.

En pequeño hemos tenido ocasión de ver más de una vez realizada la
verdad que las anteriores líneas encierran, contemplando algunos
cuadros convenientemente abonados y preparados, dar resultado gran
variedad de semillas de Europa; es verdad que para esto se necesita
cuidado y conocimiento; pues es probado que la primera semilla es la
que fructifica con todos los caracteres que distinguen sus frutos,
los cuales desmerecen visiblemente á medida que las semillas son de
frutos ya criados en el país. La sucesión de cosechas y el uso de sus
semillas si no se reemplazan, concluyen por matar el producto nativo,
sustituyéndolo por otro que ni en sabor, formas, ni dimensiones se
le asemeja.

En los cercos de Agaña y en los pueblos limítrofes, como en sus
barrios de Anigua, Asang y Tepungang, hemos visto cultivarse algunas
hortalizas con buenos resultados. El éxito de la fructificación,
sobre todo en pequeñas plantas, es debido sin duda alguna á las
magníficas condiciones de su cielo, combinadas con la manera de ser
de su suelo. Las alturas de la isla de Guajan, por su aislamiento
en medio del Océano, son un punto de atracción al cual afluyen las
nubes vertiendo  sus aguas los frecuentes chubascos que se forman en
aquellas latitudes. La constante  al par que pasajera caída de aguas,
mezclada con la fuerza de calórico, originan en el suelo un flujo y
reflujo de absorciones y emanaciones acuosas, altamente convenientes
para la semilla y el tallo. La latente humedad que originan las
intermitencias de calórico y agua es sumamente sensible dando las
observaciones higrométricas un resultado apenas concebible; humedad que
parece imposible no quebrante la salud, lo que se explica únicamente
recordando las brisas que refrescan la isla de playa á playa y que
moderan la percepción del calórico que marcan los termómetros. La
columna del centígrado fluctúa entre los 14 á los 33°, siendo la
ordinaria situación la de 22 á 28.

La frecuente caída de aguas tienen en curso una porción de riachuelos
que salpican la isla, sobre todo en su parte Sur, que es la más
baja. Pueden citarse entre aquellos por la bondad de las aguas que
encauzan en un lecho de menuda arena, los nombrados Asang, Margüe,
Mazo, Agat, Finili, Talasfac, Bili, Paparguan, Dandan y otros muchos,
sobresaliendo entre todos, tanto por la cantidad de agua como por sus
permanentes corrientes, los nombrados Tarafofo, Ilic y Pago, los cuales
y principalmente el primero merece el nombre de río, pues los demás,
atendiendo á su nacimiento y al caudal de sus corrientes, más que ríos
son verdaderas vertientes de las cordilleras que accidentan la isla.

De las muchas corrientes de aguas dulces filtradas por las masas de
caliza, arena y piedra pomez, elementos que con la greda constituyen
el componente del suelo de Guajan, se proveen las necesidades de
sus habitantes, los cuales se precaven de las sequías con pozos  de
estanque, á los cuales se baja por rampas ó escaleras abiertas en la
misma materia caliza que forma la base de la isla, según se ve á los
pocos golpes de piqueta.

Las hojas que constantemente caen de los árboles forman al mezclarse
con la arcilla y la greda el _humus_, excelente abono, semejante en
sus fuertes materias fructificantes al _guano_ de ciertas regiones
americanas.

Todo cuanto digamos de la vegetación intertropical será pálido, es
preciso verla para comprender su belleza en todo su valor; apropósito
de esto, recordaremos lo que ha tiempo decíamos á un amigo querido de
la Península. En la vegetación de estas regiones, decíamos, es donde
se verifica la alegoría pagana del terrible castigo de Prometeo, ó
mejor dicho, donde se admira la magnífica realización de la mitológica
fuente Canatos, donde Juno recobraba la virginidad; aquí, añadíamos,
la hoja del árbol no cae seca y marchita; aquí se rinde por el tiempo,
mas no por falta de lozanía, dejando en su caída, no un tallo seco
y mustio, sino una hermosa gemela, heredera de su juventud, de sus
brillantes colores, de su pureza y de su jugo.

Esta es la vegetación en el Oriente.

Las masas de hojas que incesantemente arremolinan á su pie la
diversidad de árboles,  plantas y arbustos, forman en muchos parajes de
la isla gran abundancia de _humus_ que se aprovecha convenientemente,
por más que se preste á una explotación más viva y positiva que la
que se le da en la actualidad.

Sin embargo de las excelencias de la vegetación de Marianas, es de
notar la escasez de árboles de grandes proporciones, pudiéndose citar
como los únicos susceptibles de dar regulares piezas, el _ifil_ y el
_palo-maría,_ figurando en segunda escala el _yoga_ el _yagunlago,_
el _fago_, el _chopag,_ el _puting_, el _pengua_, el _balinago_
y algunos otros, los cuales producen resinas, materias colorantes,
cuerdas, aceites, tejidos y hasta mortíferos jugos, que emplean los
carolinos para envenenar sus armas.

Los verdaderos árboles de importancia positiva  en el día, son la
_rima_ y el _dug-dug;_ ambos son de grandes dimensiones, criándose con
una prodigalidad y abundancia asombrosa; no requieren gran cuidado,
elevándose lo mismo en las grietas de la peña que en los abonados
campos del llano.

La fruta de la rima se asemeja al melón, es sana, nutritiva,
agradable al paladar y susceptible de larga conservación con solo
cocerla y guardarla en lugar seco. A la rima se la conoce con el
nombre del _árbol del pan,_  y no se puede dar un calificativo más
adecuado y preciso. El fruto del dug-dug es un variante del de la
rima, diferenciándose en el tamaño, que es más chico, y en el sabor,
en que sobresale el mucho dulce que contienen sus jugos, razón por
la que, y por tener la rima materias farináceas mucho más nutritivas
que las de aquel, la hacen preferible. Ambos árboles suministran en
sus troncos piezas para toda clase de construcciones.

Para completar los productos del suelo, no podemos menos de recordar
la variedad de cageles, de los cuales los hay de unas proporciones
exorbitantes, siendo dignos de citarse asimismo los algodoneros. De
estos últimos se va generalizando su plantación: hemos visto muestras
de algodones de Guajan y nos han parecido inmejorables. En la fecha en
que escribimos, se espera el resultado de una pequeña exportación de
aquel artículo que como prueba se remitió á Barcelona y al Japón. Según
datos que hemos podido reunir de colonos del país, pasan de millón
y medio de troncos los que hoy existen de algodón, procedentes en su
generalidad de semillas importadas de las islas Sandwich; notándose en
la plantación de este artículo un aumento notable, puesto que según los
estados de la riqueza agrícola de Marianas,  hechos el año 1843, por
su Gobernador D. Gregorio Santa María, solo había unos 60.000 troncos.

Maíz,_palay, mongos_, añil, plátanos, piñas, _sibucao_, abacá,
tabaco, resinas, materias colorantes y caña dulce, completan el
cuadro de la riqueza de aquellas islas, riqueza que como ya hemos
dicho, ni tiene estímulo en su fomento ni en su cultivo, por luchar
con los inconvenientes de la distancia, la falta de transacciones y
la casi nula exportación, por causa de lo caro del flete y escasez
de comunicaciones.

El suelo de Guajan mineralógicamente considerado, presenta poquísima
importancia: sin embargo, algunos pozos se han abierto ante la
presencia de capas carboníferas de mineral bastante bueno. La
explotación minera, aunque desde luego podemos asegurar, sin temor
de equivocarnos, teniendo en cuenta la constitución de su suelo que
sería casi nula, está circunscrita como todo lo que se refiere á
Marianas á ligerísimos ensayos.

Entre la diversidad de animales que se crían en las islas, figura en
primer término el venado; el número que de estos se matan al cabo del
año, es verdaderamente fabuloso; su carne se aprovecha no solamente en
fresco, sino que también, en preparadas salazones, llamadas _tapas_,
de las que se hace mucho consumo.

La vaca, el carabao, la cabra, el jabalí de monte, el casero y
el llamado mantequero, abundan bastante en aquellas regiones;
habiendo asimismo jabalíes y venados en grandísimo número, en las
islas del Norte, principalmente en Agrigan y Saipan, en donde se
comprende perfectamente su fomento, teniendo en cuenta lo escaso de la
persecución, y los millones de cocos que la falta de beneficio deja
en abandono, cayendo de la palma al empuje de otra cosecha, que á su
vez caerá como la primera en fuerza de la madurez ó de los fuertes
vientos, para servir de alimento á los animales ó para pudrirse con
el tiempo y las aguas.

La isla de Pagan creemos podría sujetarse á una productiva
especulación, pues son tantísimos los cocales sin beneficio que se
crían, que toda la isla es un bosque de aquella palma.

Dicha isla está deshabitada, como todas las demás que se extienden
hasta el peñón de las Urracas, y no nos extraña dejen de aprovecharse
las magníficas salazones que podrían sacarse de los venados y jabalíes
de Saipan, como las miles de pipas de aceite que podrían cosecharse
en la de Pagan y el sinnúmero de limones que suministran los bosques
de Tinian, puesto que, habrá muy poquísimos _mortales_ que conozcan,
no los nombres de aquellas islas, sino siquiera el que existan los
expresados centros de riqueza.

Las islas Marianas han sido muy poco visitadas; tanto es así, que
un individuo de los más conocedores del Archipiélago, no ha mucho
nos aseguraba con gran formalidad, que las formaban tres pequeños
islotes. Cuando dicho individuo que se cree una eminencia,  y que
lleva en el país veinte años, no conoce ni aun el nombre de una de
aquellas islas, los demás no están en el caso de saber que hay limones
en Tinian, cocos en Pagan, y venados en Saipan.

Cuando hacemos ciertas reflexiones y consideramos algunas
_eminencias_, no podemos menos de recordar una célebre frase de
un chispeante escritor: decía este, refiriéndose á un amigo suyo,
que el mejor negocio que podía hacerse, sería comprarlo por lo que
valía, y luego venderlo por lo que él se creía valer; á ser posible
semejante transacción mercantil, la pondríamos en planta en Filipinas,
en donde mejor que en parte alguna  se habían de encontrar productivas
_facturas_.

Sirva de modelo y aunque de _escaleras abajo,_ la siguiente anécdota:

No há muchas noches que mi espíritu observador me llevó á la puerta
de un establecimiento  de refrescos; tomé asiento, y no bien había
saboreado los primeros sorbos de una limonada, escuché el siguiente
diálogo que salía de un grupo próximo adonde yo estaba.

--Vamos, D. Juan, ¿cómo van esos ensayos?

--Así, así; quise hacer el _Sí de las niñas,_ pero razones especiales
me lo han impedido; después he principiado los ensayos del _Don Simón_
y otras zarzuelitas, para las cuales tengo _encargada_ una caviteña
que da la hora.

--Sí, ¿eh? con que una caviteña, dijo uno, y ¿quién es? replicó otro,
y por supuesto, que será maestra, añadió un tercero.

--Ya lo creo, dijo el D. Juan ahuecando la voz y haciendo un gesto
muy pronunciado, como que gasta botitas, canta villancicos y sabe
algún que otro _cundiman_; verdad es que no es bonita, que no tiene
accionado, que no sé si ha trabajado en toda su vida, y que habla muy
incorrectamente el español; pero ¡qué demonio! tengo _dama_, y sobre
todo, caballeros, no me _lleva_ como la que se ha ido, _cincuenta_
pesos por función, contentándose  solo con _veinticinco_.

No quise oir más, dí una moneda y ni aun esperé el
cambio, ¡¡¡Veinticinco pesos por gastar botitas y no hablar
español!!! ¡¡¡Veinticinco pesos por noche!!! Lo que no ganaba ese gran
genio de la escena, esa colosal figura de las tablas, esa encarnación
del pensamiento  de Shakespeare y Ventura de la Vega, joya del arte que
con su muerte se llevó á la tumba el _Sullivan_ y _El hombre de mundo,_
obras que jamás volverán á interpretarse cual lo hacía Julián Romea.

A la turquesa á que se adaptan las anteriores reflexiones, se
relacionan la generalidad de las vivientes _hechuras_ que andan por
esas calles de Dios respirando ciencia y saber.

La pícara afición á las digresiones, más de una vez nos lleva fuera
de Marianas, bien es cierto que aquellas islas son parte integrante
de Filipinas y escribimos á la sombra de las conchas de su capital.

Volvamos á las Marianas.

El suelo de Guajan en relación con el mundo animal, tiene una verdadera
especialidad digna de llamar la atención, cual es no ser conocida
ninguna clase de culebras; esto da al natural una gran seguridad en
la vida de campo, como asimismo hace innecesarias en los que recorren
las islas ciertas precauciones propias de los países en que se crían
aquellos reptiles. La hormiga colorada y las ratas, en cambio son muy
abundantes, siendo verdaderos enemigos de los productos del suelo;
á pesar de esto no se crean las extravagancias y exageraciones que
respecto á las ratas de Marianas se cuentan, pues la abundancia á que
aludimos podrá ser un mal, mas no una calamidad de las proporciones
dadas por algunos.

Aquí hemos de hacer una pequeña parada, pues en lo de las ratas
sucede lo mismo que con otras muchas cosas de aquellas islas. A
nuestra salida para Marianas, gran número de amigos y algunos que
no lo son, pues en eso de encargar no hay peligro, por más que uno
se reserve la filosofía del _tú pitarás_ del cuento, me pidieron les
trajera caballos y _auroras_; llegue á Guajan, y francamente, creía
que los caballos andarían precio de _ramal_ y las auroras á coste
de paseo, pero ... ¡que si quieres! en toda la isla había solamente
dos caballos de los que pedían,  y estos traídos á alto precio de
América; en cuanto á auroras me dijeron que si esperaba al mes de
Julio, es posible, aunque no respondían, que por unos doscientos
pesos se podría comprar algún par.

Esto me decían en Marianas; en cambio en Manila se cree todo lo
contrario, no solamente respecto á la adquisición de esos bonitos
ejemplares de la conchología, llamados en el lenguaje vulgar por su
color rosado, auroras [4] sino que también refiriéndose á un sinnúmero
de costumbres, cosas y objetos que luego resultan completamente
inexactas.



CAPÍTULO XVI.

Reducción de vecindario en las Marianas.--Islas habitadas.--Rota.--Su
población.--Promesa religiosa.--Comercio y agricultura.--Antiguas
invernadas.

Entre los que no conocen las islas Marianas corren una porción de
versiones, que si en otro tiempo fueron apreciables, hoy no lo son
bajo ningún aspecto, ni material, ni moral,  ni político.

Nosotros, que sin descanso hemos recorrido el pequeño territorio
que comprende la isla de Guajan, única que hoy tiene alguna vida,
por más que esta sea bien raquítica y efímera; nosotros, que hemos
contemplado lo mismo las escasas ondas del Asang, que los panoramas
que se desarrollan desde las mesetas  de Santa Agueda; nosotros,
que los recuerdos  de las islas no son tan intensos que nos empujen,
ni á la parcialidad exagerando lo que no hay, ni vituperando lo que
existe; nosotros, en fin, que la única norma que guía nuestra pluma
es la absoluta verdad, vamos á emitir nuestra opinión, opinión que
no es hija del capricho, sino legítima conclusión de muchas horas
de estudio interrogando cartas, libros y manuscritos. La opinión
nuestra, por lo tanto, no es el más ó menos juicioso raciocinio de
la apreciación, sino la síntesis de la historia de aquellas regiones.

Al establecimiento de la primera misión nos encontramos con
una población que hacen subir á 100.000 almas; hoy, según los
últimos datos estadísticos que tenemos á la vista tanto civiles
como eclesiásticos, dan el siguiente resultado: Islas habitadas,
Guajan, la cual tiene 5.914 almas; Rota, con 352, y Saipan, con 872;
advirtiendo, que los habitantes de Rota están haciendo gestiones para
trasladarse á Guajan, y los de Saipan en su mayoría son carolinos que
los azares de sus guerras y la penuria y miseria los han arrojado de
sus islas. Saipan quedará deshabitada tan luego puedan regresar los
carolinos al suelo nativo.

Como dato curioso, que habla muy alto acerca de la pobreza en que
están sumidos los pocos habitantes de Rota, viniendo á explicar el
por qué proyectan, como por último sucederá, el ir á Guajan, podemos
citar el siguiente. En el siglo pasado, fué la isla de Rota testigo
de una grandísima calamidad, que sumió á todos los habitantes en una
profunda consternación. En los libros canónicos de la isla de Rota y
garantida por la firma de un virtuoso recoleto, se registra un acta en
que se consigna que sobre la isla se desarrolló un horroroso fenómeno
marítimo. Los efectos de este fenómeno duraron mucho tiempo, ofreciendo
durante el peligro los habitantes de Rota, que constantemente habían de
alumbrar á la Virgen cinco luces, promesa que religiosa y puntualmente
se ha venido cumpliendo hasta estos últimos años, en que la furia de
un tifón redujo á escombros casi todos los edificios, sumiendo en tal
miseria á sus habitantes que ni aun la promesa se cumple en el día,
viviendo aquellos en su generalidad, gracias á la prodigalidad de un
suelo en que se crían árboles como el del _pan_ y raíces farináceas
de gran alimento.

La pobreza y aislamiento en que se encuentran Saipan y Rota, serán
causa de que en época no muy remota, se unan sus habitantes con los
de la capital.

Apenas se concibe cómo islas que contaban 100.000 almas, hayan venido
decreciendo hasta hoy, que en un todo, dan el resultado de 7.138.

Respecto á la riqueza de su suelo, ya hemos visto es fértil cual lo
es en su generalidad todo aquel que se encuentra situado en zonas
intertropicales; mas la riqueza del suelo de Marianas so pena de una
transformación radical, imposible de llevar á cabo sin cuantiosos
caudales, no es productivo, puesto que atendida la situación de las
islas y las distancias que las separan de continentes comerciales,
el rendimiento del producto no compensa el gravamen que le impone el
gasto de transporte, aparte de las eventualidades de carga y descarga
y las consiguientes averías que traen en pos de sí la generalidad
de los productos agrícolas; buen ejemplo de esto tenemos en la
actualidad, en que una sociedad fomentadora del suelo se constituyó
en Agaña, con cuantos elementos son precisos para el desarrollo de
una idea mercantil; en ella contaban con dinero, protección, brazos,
herramientas, y un suelo virgen como palenque de sus trabajos. Las
acciones á precio de 500 pesos se tomaron, la sociedad principió
á funcionar y á pesar de la abundancia del producto terruño, el
producto metálico en los balances de inspección debió ser negativo,
pues á ciencia cierta sabemos solo se han repartido dividendos
pasivos entre los accionistas, llegando el desaliento en estos,
hasta el punto que hoy no tienen precio las acciones por falta de
cotización y por consiguiente de demanda.

Se nos dirá. El suelo es susceptible de dar inmejorables
productos. Bien, es cierto, pero no lo es menos, que más cerca,
en donde existen comunicaciones y adonde por lo tanto, tan luego se
presentara el producto se establecerían transacciones, y en donde la
oferta se uniría á la demanda, se ven dilatados  terrenos incultos,
con los mismos gérmenes de riqueza y de las mismas condiciones
productoras que los de Marianas.

El que viene de esas mismas islas y entra en el Estrecho de San
Bernardino, verá desde la pequeña peña que le da nombre, hasta el
fondeadero de Manila, extensas y dilatadas islas que tienen un suelo
tan fértil como el de Marianas y por consiguiente de preferente
atención, puesto que la riqueza agrícola es igual y el producto
líquido por razón de situación, y siguiendo la comparación ha de
ser exorbitante.

La riqueza del suelo de Marianas no la negamos, y la admitiríamos como
positiva, si por ejemplo, sus magníficos y abundantes cageles, sus
campos de maíz y sus bosques de cocotales estuvieran á pocas leguas
de un mercado á que abastecer, lo que no sucede dada la situación
del suelo en que aquellos productos fructifican.

Esto respecto al suelo materialmente considerado.

Dicen algunos. ¡Ah! ¡las islas Marianas, magníficas posesiones, de
grandísima importancia por las célebres invernadas de los balleneros! A
estos, les diremos únicamente que abran el registro del puerto de
Guajan y se encontrarán, que en efecto, es cierto tuvieron las islas su
apogeo como descanso de esos valientes hijos del mar, y que hubo año
que hicieron recalada en los puertos de Guajan, 80 y hasta 100 barcos
mayores; pero al volver algunas hojas del registro, progresivamente
irán viendo el descenso que desgraciadamente ha sufrido, tanto que el
año 1870, solo _anclaron ¡cuatro!_ barcos balleneros, y esos más valía
no lo hubieran hecho, pues hoy el ballenero que toma el puerto de San
Luís de Apra, participa de pirata y corsario, no yendo á dejar dinero,
ni á importar efectos de verdadera riqueza positiva, y sí á extraer
el poco numerario en circulación, vendiendo un par de centenares de
latas de comestibles y algunas varas de toscas telas.

Se dirá ¿y en qué consiste lo expuesto? Pues es muy sencillo, con
una buena carta á la vista del Océano Pacífico que comprenda desde
las costas de China hasta el estrecho de Malaca, se deducen las
consecuencias de aquella real al par que triste verdad.

Las fabulosas riquezas que esparcieron en los Estados-Unidos, los
veneros de oro de los, _placeres_ de California, hicieron que lo que
al principio fueron chozas, fueran luego casas, convirtiéndose estas
más tarde, en verdaderas calles de palacios, emporios de riqueza y
de tráfico, acariciando bien pronto las brisas del Océano Pacífico,
ciudades tan ricas y populosas como lo es San Francisco.

Abiertos que fueron en el Pacífico los puertos de las costas de
América y del Japón, y estando enclavados aquellos en resguardadas y
bien situadas bahías, habiendo en ellos magníficos y bien surtidos
almacenes de efectos navales, con que reponer las frecuentes
averías que se experimentan en las regiones polares, y sobre todo,
representando aquellos puertos fáciles y frecuentes comunicaciones,
al par que económicos expendios en las faenas de carga, descarga y
almacenaje, claro es, que á ellos habían de ir las naves, abandonando
las Marianas, en donde no encontraban las anteriores ventajas. El
puerto de Guajan á más de encontrarse á siete millas de la ciudad,
es poco seguro por los numerosos bancos madrepóricos que lo salpican
por do quier, haciendo peligroso el anclaje y estadías. Encontrándose
San Luís de Apra, que es el nombre del puerto, á una distancia tan
considerable de la población, y estando el único camino que la pone
en comunicación con aquel, constantemente interrumpido por estrechas
lengüetas, los tránsitos son difíciles y pesados. Agregado á esto,
que no se comprendió á su tiempo el negocio que reportaban las
invernadas balleneras, instalando almacenes bien provistos, y que la
carencia absoluta de estos originaba la falta de competencia, siendo
por lo tanto la consecuencia necesaria que los poquísimos productos
se vendieran á precios subidos, puesto que la necesidad por parte
del comprador y la escasez por la del tenedor, eran los elementos de
aquellas transacciones, que poco á poco habían de dejar de operarse,
á medida que fueron abriéndose otros puertos en que al par del abrigo,
se encontraban almacenes, tráfico y comunicaciones.

Hoy en Marianas no toca más que algún que otro barco, que lo lleva
hasta allí la persecución de la ballena blanca ó sea jorobada, que en
sus excursiones de las regiones glaciales suele llevar ese rumbo. De
tarde en tarde, toma puerto algún barco que en la travesía de América
á China hace _arribada_, por efecto de avería ó falta de víveres.

Respecto á la importancia de las islas como cuestión política [5]
nos extenderemos poco, pues solo con decir que encontrándose situadas
lejos de estrechos, cualquier barco puede establecer su demora fuera
de sus horizontes,  y aun hacer aguadas y tomar puerto, puesto que
los tienen en muchas de las islas del Norte que están deshabitadas
y en el numeroso grupo que al Sur forma el Archipiélago carolino, en
el cual no solamente se encuentran buenos y seguros lugares para el
anclaje, sino que también puede recorrerse las islas sin ningún género
de temor, pues el carolino á más de ser completamente inofensivo, es
muy servicial y brinda al que llega hasta su tosca choza con cuantos
recursos dan sus bosques y cuantos servicios están á su alcance.



CAPÍTULO XVII.

Población.--Razas.--La providencia del salvaje.--Los carolinos.--Gastos
é ingresos.--Milicias urbanas.--El chamorro.--Sus inclinaciones,
su moral, sus trajes y costumbres.--Ilustración.--El Padre Ibáñez y
D. Felipe de la Corte.--Cuatro palabras por vía de epílogo.

La actual población de las islas Marianas que como ya hemos dicho
se compone de 7.138 almas, distribuídas en Guajan, Rota y Saipan,
forman un conjunto de castas y razas dignas de estudio. El indio,
propiamente dicho, puede decirse es desconocido, predominando la raza
mezclada de chamorro y americano y de español y chamorro, viéndose muy
frecuentemente fisonomías muy acentuadas que recuerdan las invernadas
de los norte-americanos, los cuales, no solamente plantaron su raza,
sino que también sus usos, costumbres y lengua, tanto que el inglés lo
entienden casi todos los chamorros. [6]  A más de mestizos ingleses,
hay algunos de estos últimos casados y establecidos en el país, como
también hay portugueses, españoles, filipinos, franceses, japoneses
y carolinos.

Esta población tan heterogénea, á decir verdad, no sabríamos cómo vive,
á no recordar la prodigalidad del suelo y la abundancia de carne que
suministra el sinnúmero de venados que recorren sus bosques; venados,
cuya carne, como todo lo demás que representa una necesidad ó una
superfluidad, hay que buscarlo en la vecindad, pues allí, á pesar
de no haber mercado ni tienda abierta, puede asegurarse que, salvas
poquísimas excepciones, todos son comerciantes, vendiendo unos lo que
les sobra de sus pacotillas y ranchos, aprovechando la falta de otros.

Respecto á industria, está resumida á algunos ensayos, que luchan
con la indolencia del natural y la escasez del numerario.

Alcoholes se destilan, pero tienen que limitarse al consumo de las
islas, puesto que la exportación y todas las eventualidades que trae
en pos de sí la fabricación al por menor, está fuera de la competencia
con la que se adquiere en grande escala y en plazas comerciales.

En la riqueza del suelo predomina, por su variedad y abundancia,
el coco. Siempre hemos mirado este árbol como un gran recurso;
pero, francamente, hasta que no hemos estudiado de cerca al salvaje,
hasta que en nuestra estancia en Marianas no hemos vivido entre las
primitivas costumbres del carolino, nunca pudimos comprender las
varias y múltiples aplicaciones que tiene el coco, llamándosele, con
toda propiedad, la riqueza de la floresta y la providencia del salvaje.

Entre las distintas razas de carolinos que en la actualidad habitan
las islas Marianas en completo estado primitivo, nos hemos persuadido
que el coco resume la satisfacción de lo necesario y de lo supérfluo,
siempre en relación con el estado del que lo consume. En el hueco del
fruto, encuentra alimento y bebida; en la cáscara que lo envuelve,
herramientas, utensilios de todo uso y objetos de adorno; en la palma
que lo embellece, cubiertas para sus casas, cuerdas y tejidos; en el
pono que lo sostiene, batangas, pilares y empalizadas; en la savia
que le da vida, medicinas, colores, resinas y bebidas espirituosas,
y por último, en las materias fibrosas de su bonote, tejidos y cuerdas
de gran consistencia.

El coco podría ser la base de la riqueza de Marianas.

Los rendimientos que producen al Estado las islas Marianas en todos
sus conceptos ascienden á unas 17.000 pesetas.

Los ingresos que se recaudan en las cajas de propios y arbitrios para
atender á las perentorias necesidades locales, ascienden á la suma
de 10 á 10.500 pesetas.

Los chamorros no conocen el impuesto del tributo, no sucediendo lo
mismo con el servicio personal, que casi en su totalidad es redimible,
siendo tal concepto la verdadera cantidad positiva que constituye
las cajas comunales.

El chamorro está obligado también á formar parte del batallón de
Milicias urbanas al servicio de las islas, cubriendo plazas á medida
que vacan. Hemos visto maniobrar dicho batallón, y nos ha llamado
la atención lo preciso de sus movimientos, siendo cierta la fama que
tienen sus individuos de hábiles tiradores; tanto es así, que con sus
imperfectos y primitivos fusiles de chispa, salen al campo confiando
tanto en su destreza, que generalmente no llevan más munición que
el tiro que contiene el cañón del fusil, siendo muy rara la pieza
que se escapa, pasando al alcance del plomo; verdad es que el uso de
la caza es constante, dándose un ejemplo de fecundidad asombrosa en
los venados, de los cuales se mata al cabo del año una cantidad tan
exorbitante que apenas se concibe.

El mantenimiento de las islas Marianas cuesta al Erario _doscientas
mil ochenta y nueve pesetas,_ que son distribuídas entre personal y
material, servicio de las dos expediciones del correo entre Manila y
aquellas islas y demás atenciones. Entre los ingresos y los gastos
hay una diferencia de _ciento ochenta y tres mil ochenta y nueve
pesetas_, [7] déficit que, á nuestro juicio, se podría, si no hacerlo
desaparecer por completo, nivelando las atenciones con los ingresos,
reducirlo considerablemente.

El correo, que se hace por casas particulares y que cuesta al Erario
25.000 pesetas al año, según tipo de contrata, es una cantidad que
sería negativa tan luego se estudiaran las primeras necesidades
de las islas, que son las comunicaciones. Bajo la garantía de los
fondos locales y á plazos más ó menos largos, hay muchas compañías
norte-americanas que venderían á las islas Marianas un modesto barco
que podría ocuparse, no solamente en el servicio del correo, sino
que también tener en comunicación Rota, Saipan y Guajan.

El destino permanente de un barco para aquellas regiones, no solamente
es una economía, sino que constituye una imprescindible necesidad,
que á todos se les ocurre con decirles que las eventualidades y
vicisitudes de aquel suelo, en relación con el resto del mundo,
está circunscrito á los cuarenta días que forma en dos épocas del
año las estadías del barco-correo, el cual al levar anclas echa la
llave á aquella prisión, de la cual están sus moradores incomunicados,
cerca de once meses, de los doce del año  [8].

Si este trabajo se limitara á un expediente justificativo sobre el
asunto que nos ocupa, demostraríamos hasta la evidencia la posibilidad
de realizarse la adquisición de la nave sin gravar al Erario, como
su mantenimiento con solo emplear una mediana inteligencia en su
ocupación y viajes.

Para el pequeño movimiento de caudales que originan las islas,
creemos se podrían borrar del presupuesto de gastos los sueldos de
administrador é interventor de Hacienda, intervención ó administración
que dada su poca entidad podían estar asumidas en una dependencia
del Gobierno, el que, por estar ocupado por un Coronel, cuando por
su importancia debía ser lo más de Capitán, origina los consiguientes
gastos de Ayudante mayor, y cuantas cargas traen en pos de sí Gobiernos
que se conceptúan de primera clase.

La ciudad de Agaña está clasificada como plaza fuerte, originándose
con esto gastos de personal y material que podrían reducirse, sin
quitar á aquella población las prerrogativas de corresponder á los
saludos que las escasísimas banderas extranjeras pudieran hacer al
ponerse á la vista de la que ondea en el pequeño fuerte de Agaña  [9].

No siendo, como no lo es, plaza fuerte, por más que así se denomine,
puesto que solo atestigua su arrogante calificativo débiles muros
que resguardan escasas máquinas de guerra, que la más perfecta no
corresponde á la más imperfecta de las que marchan en la línea de los
grandes adelantos, no creemos precisos los gastos y atenciones que
tal nombre origina, y una dotación insignificante y una asignación de
unas cuantas libras de pólvora por conceptos de salvas para el caso
improbable de visitar aquellos mares un barco de guerra, harían lo
mismo que acontece en la actualidad con parque, dotación y almacenes,
con las ventajas de la reducción del presupuesto.

Por algunos se nos dirá: todo lo que tienda á reducir personal y
material de guerra, es una imprudencia en un siglo en que todos
los pueblos tienden al aumento de hombres y perfeccionamiento de
armas. Esto sería cierto, y el temor sería fundado, si la isla de
Guajan constituyera por condiciones de situación un punto avanzado ó
una atalaya estratégica, que en el bronce de sus cañones residiera el
comprimir deteniendo, y en las plataformas de sus fuertes el comprimir
avisando, dando con su campana de rebato la señal de peligro, ó en
el estruendo del cañón la voz de alarma, previsores alertas, cuyos
ecos, dada la situación de Guajan no tendría otra contestación que
el mugir de las olas que se deshacen en los senos madrepóricos de
caliza y coral, y el rebramar de los duros Nordestes que reinan en
aquellas regiones.

Como cuestión de anclaje, por razón de avería, descanso ó punto
avanzado, tampoco sería un obstáculo Guajan, puesto que al Norte y
al Sur tienen escuadras enteras, puertos seguros pertenecientes á
islas deshabitadas, en las cuales no solamente podrían descansar y
aguardar consignas, sino que reponer averías, refrescar aguadas y
hacer víveres en la gran abundancia de puercos de monte, cageles,
venados, cocos y otros productos que hay en la cordillera de islas
que corren al Norte de Guaján en un trayecto de más de 10º y las que
hay al Sur formando las Carolinas.

En el presupuesto eclesiástico también cabe su reducción, pues si no
estamos equivocados, son cinco los sacerdotes que hay solamente en la
isla de Guaján, la cual á más de su poquísima extensión solo contiene,
como ya dijimos, una población de 7.138 almas, contando rancherías
de carolinos, que viven en sus costumbres, usos y religión.

Con las economías que dejamos apuntadas, cuya realización
demostraríamos más detalladamente, si necesario fuere, con la creación
de un mercado público en que la pública licitación señalara las
transacciones, y con ellas, los rendimientos de patentes que hoy
apenas existen por el contrabandeo que envuelve toda mercancía que
se expende no á puerta de calle, sino al sigilo del hogar y ventanas
adentro; con la imposición del tributo, y sobre todo con facilitar de
algún modo las comunicaciones, bien por un barco que se adquiriera
en las condiciones que dejarnos dicho, ó en otras, bien porque lo
diera el Estado, ó bien porque se facultara á que se hiciera en las
islas Marianas, puesto que elementos materiales y periciales hay
en ellas, estamos seguros que si no desaparecían en todo, lo haría
en gran parte el déficit que hoy resulta para nivelar los ingresos
con los gastos; siendo estos los únicos medios de que las islas
se contengan un poco en el grandísimo decaimiento en que hoy están
sumidas, principalmente por la casi nulidad de comunicaciones, base
de todo aumento, y principio necesario para el movimiento, riqueza
y desenvolvimiento de los pueblos.

El chamorro en su generalidad es indolente, cualidad predominante
en todo pueblo en que las necesidades que le son conocidas son tan
pocas como fáciles de cubrir. Con alargar la mano tienen la rima,
y con socavar un poco la tierra con el _fociño,_ raíces farináceas
tan nutritivas como sanas. Con estos dos agentes atienden á las
primeras necesidades, completando aquellas otras que se rozan con
el pudor ó la vanidad, con unas cuantas varas de pintadas telas que
adquieren á un subido precio y con las cuales cubren y adornan sus
_cuerpos_. El traje de la chamorra y del chamorro varía poco del que
usan los indígenas en Filipinas, si embargo de que son menos lujosos,
advirtiéndose la carencia del tapis en la mujer, que acostumbra á
llevar saya suelta, sujetando la camisa y _candonga_ en la cintura;
la chinela también varía, pues que la llevan cerrada por el talón. Una
especie de chambra de cortas y anchas mangas, el relicario, un rosario
y el pañuelo completan el traje.

La superfluidad en el vestir es muy parca en Marianas; allí el lujo y
la moda son divinidades á las cuales ni se les rinde culto, ni se les
queman inciensos, circunscribiéndose tanto el hombre como la mujer
á usar prendas tan sencillas como escasas en número.

El chamorro es de genio afable, predominando algo el recuerdo del
orgullo de sus antepasados; es honrado como pocos pueblos, y tan
sufrido en lo que cree justo, como díscolo en lo que no lo cree;
es de tesón y poco olvidadizo.

La ilustración en las islas Marianas, con relación á pueblos de sus
mismas condiciones, está á una grandísima altura, pudiéndose asegurar
que un 80 á 90 por 100 de población sabe leer y escribir.

Esto merece una explicación.

Ya hemos visto cómo el jesuíta Diego San Vítores, una vez instalado
en las islas de los Ladrones, logró excitar el celo y caridad de Doña
Mariana de Austria, bien por cartas, ó bien por elocuentes frases
del Padre Nitarht; siendo lo cierto que consiguió de aquella reina
el título de ciudad para el pueblo de Agaña, y una donación de 3.000
pesos anuales para al establecimiento de un colegio y escuelas que
atendieran á la cultura de los habitantes de aquellas islas, que hoy
llevan su nombre, el cual le fué puesto por estos y otros beneficios
que aquellas recibieron de la esposa de D. Felipe IV. Merced á tan
piadosa institución que hoy tiene cuantiosos fondos y se la conoce
por _San Juan de Letrán,_ se ha construido un espacioso colegio en
Agaña y escuelas en todos los barrios, cuidando los encargados de
las cabecerías que ningún niño ó niña deje de concurrir á aquellos
modestos templos de enseñanza.

La instrucción en Marianas se puede conceptuar por lo tanto como
obligatoria.

Al llegar aquí seríamos poco imparciales, pecando de sobrado
olvidadizos, si no nos detuviéramos un momento á consagrar un recuerdo
á uno de esos infatigables soldados de la fe, á uno de esos seres
que hacen abnegación de su vida, consagrándola á la de los demás,
secando la lágrima del que arrastra su existencia por el frío arenal
de la desgracia, remediando todo mal y proporcionando todo bien; el
sér á que nos referimos es el vicario foráneo, al par que director
de la instrucción en Marianas, Fray Aniceto Ibáñez.

Ningún elogio podemos hacer mejor de este Padre que decir lleva
encerrado en aquella peña madrepórica veinte años. El que ha estado
en Marianas es el único que puede comprender en toda su extensión lo
que significa esa existencia de veinte años.

Al celo infatigable del Padre Ibáñez y á la protección que siempre
dispensó á la instrucción D. Felipe de la Corte, Gobernador que fué de
aquellas islas, las cuales eternamente le recordarán con gratitud, se
debe el que sin temor de equivocarnos digamos que hay un 90 por 100 de
sus habitantes que están impuestos en los primeros elementos del saber.

Aquí hacemos punto en este modesto trabajo que probablemente vendrá á
ser el prólogo de otro más extenso que nos proponemos publicar. Mucho,
muchísimo hay que hacer en Filipinas y mucho falta por decir de aquella
riquísima colonia susceptible á dar cuantiosos caudales. Haga Dios
que este pobre trabajo despierte en otras inteligencias la afición á
escribir. Mucho campo tiene para ello el Archipiélago bajo cualquier
tema que se le mire. La leyenda, la historia y las costumbres son
minas inagotables que constantemente se presentan en el camino del
observador.

FIN



NOTAS

[1] Este libro se escribió en Manila en 1871,  haciéndose su primera
edición en 1872.--(_N. del A_.)

[2] Dicha exposición se verificó el año 1866 y de ella publicó el
autor de este libro una extensa Memoria.

[3] Repetimos que la primera edición de este libro se hizo el año
1873. No pocas cosas de lo propuesto en este capítulo se han puesto
en práctica en Filipinas de entonces acá.

Nos hemos decidido á publicar esta segunda edición sin correcciones ni
enmiendas, por la circunstancia de que esta obra es casi desconocida en
España, en el hecho de que la primera edición se agotó completamente
en Filipinas á poco de publicarse. Lo mismo sucedió con la de _Manila
á Tayabas,_ recientemente reimpresa.--_N. del A_.

[4] Los cuatro ejemplares que el autor de este libro presenta en
la Exposición de Filipinas, los adquirió á fuerza de mucho tiempo,
dinero y paciencia. La rareza de estos ejemplares está comprobada
con la escasez que de ellos hay. Proceden de las islas Carolinas. Un
magalaje ó Jefe carolino que conocí en Marianas, por ningún precio
quería venderme dos auroras que poseía, y si las llegué á adquirir
fué merced de la gran curiosidad que despertó al Jefe carolino,
mi reloj remontoir que tuve que darle en cambio.--(_N del A_.)

[5] Téngase en cuenta la fecha en que se hizo la primera edición de
este libro. Entonces no se había concebido el gigantesco proyecto
del canal de Panamá. Una vez que este se abra, la importancia de las
Marianas, Carolinas y Palaos, será grande si se sabe aprovechar la
situación que aquellas islas ocupan en el Gran Pacífico.--(_N. del A._)

[6] Buena prueba de esto se encuentra en el personal filipino que
habita en el recinto de la Exposición.--_(N. del A.)_

[7] Hoy los gastos son muchísimo mayores.--_(N. del A.)_

[8] Esta situación la han modificado la serie de  sucesos que han
ocurrido en el mar Pacífico, y que han motivado la ocupación real
y efectiva de Palaos y Carolinas. Esto ha originado la creación de
estaciones navales, estableciéndose frecuentes comunicaciones con
aquellos Archipiélagos.

[9] En atención á la verdadera fiebre que se ha apoderado de todas las
naciones por poseer colonias, hoy creemos que en vez de disminuir la
importancia de aquellas islas, hay que darles toda la que compatible
sea con nuestros presupuestos.--(_N. del A._)





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