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Title: Amistad funesta - Novela
Author: Martí, José, 1853-1895
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Amistad funesta - Novela" ***

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                       Amistad funesta

                           _Novela_

                          José Martí



              Introducción, por Gonzalo de Quesada

Sea su novela _Amistad funesta_ el décimo volumen de las obras del
Maestro.

Es milagro que ella, como casi todo lo que escribió, no se haya perdido.
Se publicó en 1885, en varias entregas, en _El Latino Americano_,
periódico bimensual, de vida efímera--órgano de la Compañía Hecktograph,
de New York--que no se encuentra hoy en biblioteca pública alguna.
Además, no apareció con el nombre de su autor sino con el seudónimo de
«Adelaida Ral», y esto hubiera hecho aun más difícil su hallazgo.

Afortunadamente, un día en que arreglábamos papeles en su modesta
oficina de trabajo, en 120 Front Street--convertida, en aquel entonces,
en centro del Partido Revolucionario Cubano y redacción y administración
de _Patria_--di con unas páginas sueltas de _El Latino Americano_,
aquí y allá corregidas por Martí, y exclamé al revisarlas: «¿Qué es esto
Maestro?» «Nada--contestome cariñosamente--recuerdos de épocas de luchas y
tristezas; pero guárdelas para otra ocasión. En este momento debemos
solo pensar en la obra magna, la única digna; la de hacer la
independencia».

En efecto; esta novela vio la luz a raíz de fracasados intentos para
levantar en armas, de nuevo, a nuestra tierra, intentos que no apoyó
Martí estimando que el plan no era suficiente ni el momento oportuno;
brotó de su pluma cuando--en desacuerdo con los caudillos
prestigiosos, únicos capaces, con sus espadas heroicas y legendarias, de
despertar el alma guerrera cubana--parecía oscurecido, para siempre, en
la política; fue engendrada en horas de la mayor penuria, en las que, no
obstante, rechazando las tentaciones de la riqueza y sin otra guía que
su conciencia ni otro consuelo que su inquebrantable fe en la Libertad,
sus principios no capitularon.

A una miseria por palabra se pagó este trabajo, elevado de pensamiento,
galano de estilo, con enseñanzas--como todo lo suyo--para sus
compatriotas; con algo de su propia existencia.

No sé que el Maestro, en otras ocasiones, cultivase este ramo literario;
pero su traducción de _Called back_, de Hugh Conway--por la cual una casa
editora le concedió, como gran generosidad, cien pesos--, luego con
brillante vestidura y el nombre de _Misterio_ vendida por millares, y la
versión suya, que talmente parece un original, amorosa y admirable, de
_Ramona_ de Hellen Hunt Jackson--buscada en vano en las librerías--, son
prueba evidente de que a haber dispuesto de oportunidad y sosiego para
ello, hubiera, también, triunfado en la Novela. No le faltaban elementos
por su conocimiento de la realidad del mundo y sus pasiones, anhelos y
torturas; le sobraba fantasía para hacerla resaltar; espléndido lenguaje
con que exponerla.

Ni sus versos, ni parte de su correspondencia, ni sus artículos de
doctrina y de propaganda, ni sus pensamientos ni su biografía he
olvidado; pero cumpliendo con lo principal que él nos enseñó--el servicio
de Cuba--poco se ha podido terminar y solamente ha habido tiempo para
este volumen--y reunir los homenajes a su memoria que van en el mismo
prenda de que aquí, en los lejanos montes de Turingia, donde aun vibran
entre pinos seculares las liras de Goethe, Schiller y Wieland, ¡pienso
en él y en la patria!

Oberhof, 4 de julio de 1911.

                                  Gonzalo de Quesada



               José Martí, por Miguel Tedín

                    _La Nación_, Buenos Aires, diciembre 1.º de 1909


A principios del año 1888 llegué a Nueva York en cumplimiento de una
misión profesional, y una de mis primeras diligencias fue [ir] a buscar
a Martí cuyas correspondencias a _La Nación_ me habían impresionado
vivamente, revelándome un talento superior y un alma eminentemente
americana. Encontrele en su despacho del consulado oriental en Front
Street, una de las antiguas calles de la gran metrópoli y apenas llamé a
la puerta se adelantó a recibirme diciéndome: ¿Es usted el señor Tedín?
(un amigo común le había anticipado la visita), a la vez que me extendía
ambas manos con tal efusión de franqueza y sinceridad, que ese apretón
selló entre ambos una amistad que solo la muerte del gran ciudadano ha
podido cortar.

Era Martí de mediana estatura, cabellera negra y abundante que rodeaba
una frente amplia y bombeada, ojos negros de mirada dulce y penetrante,
tez blanca pálida, como son generalmente los cubanos, bigote negro y
crespo y un óvalo perfecto redondeaba su fisonomía armoniosa y vivaz. En
su cuerpo delgado predominaba el temperamento nervioso, que hacía
rápidos todos sus movimientos y sus manos finas y alargadas revelaban al
hombre culto consagrado a las tareas intelectuales. Llevaba como único
adorno en uno de sus dedos un anillo de plata en el cual estaba grabada
la palabra «Cuba».

Cubrían los muros de su despacho estanterías de pino blanco, algunas de
las cuales él mismo construyó, y en los pocos espacios libres que ellas
dejaban colgaban retratos de los héroes de la revolución cubana que
terminó con la paz del Zanjón, y entre los de varios literatos ocupaba
lugar preferente el de Víctor Hugo.

Constituían su biblioteca, en primer término, las publicaciones que se
hacían en la América latina, cuyo progreso intelectual seguía con
avidez, habiendo escrito juicios sobre muchas de ellas; pero tampoco
faltaban los de la literatura norteamericana, cuya lengua conocía
profundamente, aunque no fuera inclinado a hablarla. Su mesa de trabajo,
sumamente sencilla, estaba siempre repleta de papeles que formaban sus
numerosos trabajos de correspondencia para los periódicos de Cuba,
Méjico, Guatemala, Argentina, y las revistas que bajo su dirección se
publicaban en Nueva York, aparte de los documentos oficiales de su
consulado. El único ornamento de ella era un tosco anillo de hierro que
tuvo de grillete durante su prisión en la isla de Cuba, cuando aun era
un niño, por causa de sus ideas liberales y que le fue regalado por su
señora madre después de su deportación a España, para que le sirviera de
amuleto en su peregrinación por la libertad de su patria.

En aquel modesto despacho mantuvo por muchos años el fuego sagrado de la
independencia cubana, sin que por un momento les hicieran desfallecer ni
las disidencias entre sus propios amigos, muchos de los cuales creían
utópica la revolución, ni el espectáculo de las fortunas que se
acumulaban a su alrededor por todos los que consagraban su inteligencia
y su autoridad a los negocios comerciales.

Allí llegaban y eran cordialmente recibidos no solo los sudamericanos
que deseaban un consejero honrado para orientarse en los caminos de la
vida americana, sino todos los cubanos interesados en la política de su
país. Allí conoció a Estrada Palma, que a la sazón ganaba su vida
manteniendo un pensionado de enseñanza en el estado de Nueva Jersey, y a
muchos otros después actuaron en la revolución. A todos recibía con los
brazos y el corazón abiertos y para todos tenía no solo las hermosas
palabras, sino la ayuda de su experiencia y aun de sus modestos
recursos.

Su fisonomía moral se caracterizaba por la más absoluta honestidad en
todos los actos de su vida y por el mayor desprendimiento de sus propios
intereses en favor del ideal a que había consagrado su existencia, la
libertad de Cuba. Su espíritu eminentemente altruista, se asociaba a
todos los dolores ajenos y a ellos llevaba el consuelo de su palabra
inspirada; lo mismo compartía las alegrías de sus amigos. Su alma
sensible y delicada sufría con las asperezas del alma yanqui, y nunca
pudo fundirse en los moldes de ambición en que esta está vaciada.
Recibió ofertas halagadoras para que pusiera su talento de escritor al
servicio de intereses comerciales; pero jamás quiso desnaturalizar su
pluma que solo debía servir para unir a la familia latinoamericana y
para luchar por la libertad. Prefirió ser pobre con decoro (palabra que
se encuentra en casi todos sus escritos) antes que sacrificar sus
convicciones ni su tiempo a tareas menos nobles que aquella en que se
había empeñado.

Poseía un raro talento de asimilación y de generalización que le
permitía abordar con brillo y con criterio sólido todos los problemas
que en el orden político o sociológico entrañan el desenvolvimiento de
las naciones y su memoria privilegiada le permitía recordar todo cuanto
había pasado por el crisol de su inteligencia. Era raro hablarle de un
libro recientemente publicado que él no lo conociera y sobre el cual
pudiera expresar su propio juicio; así como conocía a todos los hombres
que habían desempeñado un papel prominente en la vida de las naciones
latinoamericanas.

Su palabra era suave, fluida, límpida como su pensamiento, sin
afectación ni rebuscamiento, y producía el encanto de una fuente
cristalina que desciende en su curso halagando los sentidos. Cuántas
veces en los días festivos, solíamos atravesar el río Hudson e
internarnos en las hermosas arboledas de las Palisades o recorríamos las
avenidas del Parque Central, y allí transcurrían insensiblemente las
horas, bajo la influencia de su palabra sana y amena que hacía olvidar
el bullicio de la metrópoli. Su oratoria sólida y rica en imágenes
brillantes se derramaba como raudales de perlas y de flores, y su
auditorio quedaba siempre cautivado por el encanto de ella. Recuerdo que
en una conferencia que dio sobre Guatemala, con el propósito de reunir y
vincular a los latinos residentes en Nueva York, tomó como tema las
flores y los pájaros que adornaban el sombrero de una señorita allí
presente, y sobre él hizo la pintura más hermosa que jamás haya leído de
la naturaleza y de la sociedad centroamericana.

La impresión que a todos nos produjo fue la de hacer olvidar que nos
hallábamos bajo un cielo gris y helado, creyéndonos transportados a los
trópicos, y solo volví a la realidad de nuestra existencia cuando sentí
un «_hurry up_», pronunciado con áspero acento sajón por dos jóvenes que
pasaban a mi lado.

Era un trabajador infatigable y desde el alba que empezaba su labor con
la lectura de los diarios hasta altas horas de la noche y a veces hasta
la nueva aurora que solía sorprenderlo cuando, como él decía, se hallaba
engolosinado por algún estudio en que ponía toda su alma para
transmitirla a los lectores que el obligado por las visitas de sus
amigos a quienes recibía con solícito cariño.

Y no eran solo los trabajos literarios que ocupaban sus horas. Las
dividía entre estos y las conferencias que daba a los cubanos pobres, en
las que se esforzaba para vincular al elemento de color, con los de las
clases superiores, porque unos y otros debían servir para preparar la
revolución cubana que era el objeto de su permanencia en Estados Unidos.

A pesar de los largos años que allí vivió, nunca pudo identificarse con
la vida americana, porque su espíritu generoso y desinteresado era
refractario a los procedimientos egoístas que constituyen el fondo del
carácter de ese pueblo. Desconfiaba con las tendencias imperialistas de
esa nación y creía que abrigaba propósitos absorbentes, contra los
cuales las repúblicas latinas debieran estar prevenidas. Méjico, decía,
solo ha podido evitar nuevas desmembraciones merced a una política
hábil, en que sin resistir directamente, ha evitado la invasión de
intereses americanos. Consideraba la conferencia monetaria
internacional, iniciada por Blaine y a la que él fue delegado por el
Uruguay, y yo lo fui por la Argentina, más como el medio de favorecer
los intereses de los Estados Unidos platistas, que el de estrechar los
vínculos de todas las naciones de América. Carece, pues, completamente
de fundamento la versión de un escritor franco-argentino, de que Martí
fuera partidario de la anexión de Cuba a los Estados Unidos, cuando, por
el contrario, veía en ellos un peligro para la independencia. Creo, sin
embargo, que sus temores eran infundados a este respecto, como lo ha
demostrado la conducta de aquella nación, para terminar la guerra y
establecer el gobierno propio de la isla y estoy convencido de que no
tienen ambiciones de predominio sobre la América latina. Mr. Elihu Root
me dijo durante su visita a esta capital, que los Estados Unidos nunca
anexionarían a Cuba y tengo la más absoluta confianza en la sinceridad
de este gran estadista americano.

Los últimos años de la vida de Martí en Nueva York me son poco
conocidos. Su última carta me revelaba un estado moral deprimido por el
exceso del trabajo, que había creado en su organismo una excitación
nerviosa. «Tengo horror a la tinta, me decía, y desearía huir a los
bosques, aunque me crecieran las barbas verdes, para no ver papeles ni
sentir las fealdades de las gentes». Pasaron algunos años, durante los
cuales solo tuve noticias de él por intermedio de un amigo, cuando un
día recibí un telegrama en que me decía: «deberes ineludibles me llaman
a mi patria y necesito su ayuda, mándeme por cable quinientos dólares».
Mi situación en aquel momento era difícil y me fue imposible ayudarlo.
Tengo, pues, el remordimiento de no haber contribuido con esa suma a la
independencia de Cuba, puesto que en esos días salía Martí de Nueva York
para reunirse con el general Máximo Gómez e invadir la isla, iniciando
la nueva insurrección que dio por resultado la terminación del dominio
español.

La noticia de su muerte en los primeros combates librados entre cubanos
y españoles me produjo hondo pesar. Consideraba a Martí uno de los
hombres de más talento que me había sido dado tratar y su muerte
representaba no solo una pérdida irreparable para Cuba, de la que habría
sido uno de sus preclaros presidentes, sino para la América latina toda,
pues desaparecía el escritor genial en quien el fuego de la solidaridad
americana brillaba con resplandores que iluminaban ambos continentes.



                    José Martí, por Román Vélez

                           _Notas de Arte_ (Colombia), agosto 15 de 1910


Le conocí y traté en New York el año de 1891.

Me consagró su amistad. La amistad es la única rosa que no tiene
espinas. La única fuente arrulladora que no tiene lodo.

Fui su amigo--en el trajín social--de pocos meses.

Soy su amigo perdurable por el recuerdo y la memoria.

Su recuerdo es para mí un ariete, relámpago que cruza las soledades de
mi cerebro, viento agitado en mi calma abrumadora, águila que
despierta--en horas de abatimiento--a picotazos mi alma.

Fui, con varios condiscípulos, expresamente a conocerle. Habitaba casa
humilde y vivía modestamente.

Enamorado yo de sus escritos, deslumbrada mi juventud por aquel vuelo de
cóndores de su prosa soberana, entré a aquel Areópago con el pensamiento
en las nubes y el corazón en los labios.

Eran días tétricos para los colombianos residentes en New York, días en
que un desdichado compatriota, al frente de un puesto distinguido, había
llevado a sus gavetas joyas que no eran suyas.

Fue ese el tópico obligado, y Martí me decía: «los suramericanos
enviamos trozos humanos putrefactos para que estos países los escarben y
examinen, mandamos el rostro ensangrentado de la Patria para que estos
países lo abofeteen».

Sobre Cuba exclamaba:

«Estoy desorientado y triste, pero con la mirada siempre fija en la
cumbre inaccesible.

»En mi tierra no hay más que dos hombres: Gómez y Maceo, y una bandera:
yo.

»A ellos los tienen como visionarios y a mí me consideran loco. Nos han
dejado solos.

»Aquí, en los momentos de angustia, en esos días lóbregos en que en vano
lucho y brego con los hombres y las cosas, al trasladar al papel mis
pobres pensamientos, no me explico, no comprendo cómo no se transforma
en Vesubio mi cabeza ni se convierte mi pluma en bayoneta.

»Ustedes, los colombianos, tienen aun esperanzas de redención: allí hay
vida, hay savia, hay esplendor.

Nosotros no tenemos nada.

»Cuba es una tumba muy grande que guarda un cadáver más grande que ella:
la raza india muerta.

»Esa raza me alienta, y la máxima de Bolívar me conforta:
'¡Venceremos!'».

Calló, inclinó la cabeza meditabundo, me pareció escuchar el ruido
estruendoso de las armas en la manigua, y comprendí que aquel hombre era
algo más que tribuno, algo más que genio: ¡era la Libertad!

La América latina ha sido escasa en mentes colosales. El genio, como el
célebre arbusto parlante de Sumatra, no se ha dado en América sino muy
de tarde en tarde.

Ha habido ilustraciones altas y macizas, pensadores vastos y profundos,
prosistas, oradores y poetas de palabra de oro y alas luminosas; pero el
genio auténtico, la cabeza batida por aquilones y coronada de rayos, la
lengua de fuego que realza y purifica cuanto toca, la pluma gigante que
vierte a raudales la ternura, la ciencia y la filosofía... esos, han
sido muy raros en América.

Genio Montalvo; genio José Martí.

El primero con una sombra: el arcaísmo; el segundo, sin sombras y sin
manchas.

La estulticia de las muchedumbres, el espíritu fácil al aplauso de
nuestra raza, la lisonja desmesurada de los gacetilleros, el coro vacuo
y frívolo de las mediocridades, han hecho aparecer en ocasiones como
lumbreras a seres que apenas han tocado los primeros peldaños de la
gloria.

Entes grandes y pomposos--como la encina de Lebes--, pero huecos.

Árboles corpulentos de espléndido ramaje, pero torcidos e inclinados a
la tierra.

Hoy la serie de pensadores es como una serie de montañas, pero sin
cumbres que sobresalgan, sin picos que se despidan de las otras.

La constante difusión de las luces, el espíritu incansable e
investigador del siglo, la rapidez y la facilidad en las comunicaciones,
la escuela, el libro, la prensa y la tribuna, han eliminado esas
eminencias, cúspides de la humanidad.

Con la abundancia de las colinas han desaparecido los Himalayas.

Con la dilatación ha resultado el aplanamiento, con el ensanche se ha
perdido la altitud.

El peñón abrupto es arena rutilante.

El nido es colmena.

La altura es extensión.

La cima ha sido cubierta por la arboleda en marcha: no se ven más que
árboles.

La roca altísima ha sido invadida por el mar: no se ven más que olas.

Hoy es plaza lo que ayer fue torre, lago lo que fue atalaya, cielo
inconmensurable lo que fue astro esplendoroso.

«Las cumbres se han deshecho en llanuras, las llanuras son cumbres.

»Son muchos los poetas secundarios, escasos los poetas eminentes
solitarios.

»El genio va pasando de individual a colectivo.

»El hombre pierde en beneficio de los hombres.

»Se diluyen, se expanden las cualidades de los privilegiados a la masa».

Las golondrinas se han elevado y los cometas han descendido.

Las legiones han subido y Júpiter ha bajado.

El mérito de Martí consistió precisamente en eso: haber dado sombra a
tantas grandezas.

En época, en que la ciencia es ambiente y el talento multitud, él fue
Argos impoluto, gigante, solo, y ¡único!

Todo tiene en la naturaleza su punto culminante, su nota dominadora, su
faz grave y severa: la selva, el roble centenario; el océano, la ola
inmensa de cresta arrebolada; el desierto, el león hirsuto y arrogante;
y la sociedad, el genio.

¡Y genio fue José Martí!

Murió a los 42 años y es asombrosa su labor política y literaria.

A la edad en que otros comienzan a ascender, ya él traía guirnaldas del
Olimpo.

En un mismo día, y en ocasiones en una misma hora, escribía un discurso,
redactaba una carta, pergeñaba una revista, otorgaba una clase, leía un
libro, hojeaba un folleto, traducía una fábula, hablaba de cosas fútiles
con su familia y de cosas lisonjeras con sus amigos.

Tenía el don de contorcerse y dividirse, la cualidad de la
centuplicación.

Un caso de polizoísmo.

Trabajaba en una casa de comercio, colaboraba en varias sociedades y
_magazines_, sostenía incansable correspondencia con sus adictos,
enseñaba a los desgraciados, meditaba, discutía, exaltaba a los
pusilánimes, asaeteaba a los cobardes, confortaba a los sufridos, se
erguía ante los poderosos, lloraba con los indigentes; tenía un báculo
para cada caída, una esperanza para cada lacería, un bálsamo para cada
dolor, una rosa para cada beldad, un pensamiento dulce para cada
párvulo, y aun le quedaba tiempo para ser rendido y galante con la
esposa y cariñoso y afable con los hijos.

Séneca, Aristóteles, Corneille, Bacon, Montaigne, Joubert, Massillón,
San Agustín, Rousseau, Voltaire, Shakespeare, Juvenal, toda una legión,
se agitaba, bullía, vibraba en aquel cerebro poderoso, hecho para los
torneos y las epopeyas, para las recias batallas y las hondas
lucubraciones.

En sus manos eran a diario: el _Tratado de la Naturaleza_ de
Malebranche, _Los Pensamientos_ de Marco Aurelio, la _Historia de
España_ de Mariana, los _Epigramas_ de Marcial, las endechas de
Massinger, el _Capital_ de Marx, las elegías de Propercio, los _Ensayos_
de Macaulay, las _Observaciones_ de Llorente, el _Catecismo_ de Lutero,
todo le era familiar, conocido, íntimo, y consideraba los periódicos
como soldados y los libros como hermanos.

Para él todas las mujeres eran santas, todos los hombres buenos, todos
los guerreros dignos, todos los oficios nobles, todas las cosas bellas.

El reptil, a sus ojos, se convertía en ave; el barro en oro; el erizo en
flor; el espectro en ángel.

Su voluntad era granito; su espíritu, llama.

Unía, a la calma de Massena, el arrojo de Murat.

Aunaba, al candor de Carlos Dickens, la precisión de Víctor Hugo.

Odiaba el estilo misoneico y la poesía macróstica.

Admiraba más a Martos que a Castelar.

Para sus compañeros y admiradores era inofensivo como la malva; para sus
enemigos, venenoso como el quedec.

Polígloto, enciclopédico, polílogo.

En aquellos, atardeceres mincosos de la gran Metrópoli, en que Martí
solía pasearse por las alamedas de Green Wood, ¡quién iba a imaginarse
que de aquella mano tan sencilla pendía un mundo, que tras aquella
cabeza silenciosa iba una bandada de águilas libertadoras!

Su erudición, pasma. Si todos van contra él, él va contra todos. Tiene
del ala y del hacha. De la roca y del torrente. De la hoja y del rayo.
Ensalza, y va hasta lo infinito; derriba, y llega hasta el abismo.
Cuando alaba encumbra; cuando analiza, despedaza. Su palabra, ora corre
mansa, ora retumba; sus verbos, ora se deslizan, ora estallan. Algo como
un trueno avanza por entre sus frases calológicas. Se siente calor de
nube y rodar de cañones. Esculpe de una plumada; retrata de un brochazo.
Tiene arranques sublimes en que parece que la tierra se levanta o el
cielo se desploma. Tiene voces que gimen, términos que gritan, giros que
rimbomban. Se escucha vuelo de pájaros y fuego de fusilería. Su dibujo
es línea recta; su corte, el del diamante. Es paleta y es cincel. Es
terso y es hondo. Palpita y regolfa. Su ritmo es una nave que se aleja;
su dialéctica, escuadra que combate. Por entre la malla de su prosa hay
pueblos que se hunden, ejércitos que se destrozan, mares que se
revuelcan, bosques que caminan. Es raso y es acero. Es guzla y es
clarín. Es halago y es centella. Escribe versos que enamoran, filípicas
que entusiasman, libros que glorifican. Es diminuto y es excelso.
Sencillo y complicado. Es león y paloma. Oruga y colibrí. A veces se
detiene, como ante un precipicio; a veces corre veloz, como una
locomotora. Mezcla lo alto y lo bajo, lo noble y lo ruin, la mariposa y
el estiércol, la mirla y el escarabajo, el dicterio y la canción.

Todo sale embellecido y purificado de aquella péñola incomparable,
péñola que hoy bendice todo un pueblo, y es lumbre de la humanidad.

Su vida fue un himno permanente a todos los derechos, eterna protesta a
todas las iniquidades.

Fue mentor augusto, patriota insigne.

Fue principio y resumen. Alfa y Omega. Sacerdote y apóstol. Mecenas y
Catón. Sufrió, amó, creó. Conoció lo pasado, vislumbró lo porvenir. Fue
artista, gladiador, vidente. Se echó un mundo a la espalda y con él se
le vio, radioso y fatigado, camino de la inmortalidad. Ante los
obstáculos se duplicaba; ante los imposibles, no cedía. Enérgico,
rápido, tenaz. Si nublado, se alzaba; si torrente, se sumergía. Para él
era pira la existencia, átomo el universo, minutos las edades. Limpiaba,
talaba, esclarecía. Hacía surgir proclamas de los muertos, lanzas de las
tumbas, auroras de los antros, escuadrones de las piedras. Brotaba
chispas su espada; relámpagos, su pensamiento.

Dominó, coronó, ascendió.

Y al caer, rota la frente, en un charco de sangre, hubo irrupción de
llamas en el cielo, aglomeración de palmas en la tierra, condensación de
recuerdos y sentimientos en el corazón de los americanos.

Para llorar a Martí no son suficientes las lágrimas de todos los hombres
ni el grito clamoroso de todos los siglos.

¡Santa memoria de Martí, bendita seas!



                             Martí

     Discurso pronunciado por el Doctor José Antonio González Lanuza

             _En la Cámara de representantes de Cuba el 19 de mayo de 1910_


Señor Presidente y señores Representantes:

Cuantos aquí nos congregamos, hacemos memoria, sin duda, de una sesión
análoga a esta--igual a esta diría mejor--en el año precedente. El
entonces designado para hablar de Martí, fue el señor Miguel Viondi, y
los que aquí estamos y estábamos aquella tarde, recordamos cuán
gratamente nos entretuvo; dando a su disertación el interés de la
relativa novedad, única a que puede aspirarse cuando del Padre de
nuestra Patria se trata hoy entre nosotros. Colocado se encontraba el
señor Viondi en ventajosas condiciones para ello: amigo íntimo de Martí,
lo había tratado durante largo tiempo y de la manera más estrecha y
podía referirnos rasgos, de esos que parecen insignificantes, pero que
mejor que ninguna otra cosa indican el temperamento y la condición
peculiar de un personaje. Refiriéndonos historias de esa clase, podía
entretenernos con algo nuevo que no supiéramos los demás, que pudiera
servir para rectificar algún juicio de detalle y para confirmar, como no
podía, menos de resultar confirmado, el juicio que en conjunto
formáramos todos de antemano del hombre insigne cuyo nombre invocamos en
estos instantes.

En cambio, el que se ha designado para que lleve la palabra en el día de
hoy, y de él os hable, se encuentra en condiciones más desventajosas,
porque no tuvo la dicha de conocerlo, ni de vista; y porque de él sabe
lo que sabemos todos; y de él no puede decir otra cosa que lo que está
en la mente y en el corazón de todos. No era posible que en Cuba se
ignorara quién fue Martí, cuál fue su obra y cuál su representación
entre nosotros. Desde los más humildes--desde el punto de vista de la
inteligencia--hasta los que pueden decirse próceres de esa inteligencia,
muchos han hablado entre nosotros de aquel que por antonomasia se ha
llamado el Maestro. Historia de su vida, antecedentes de su carrera
política, antecedentes de la agitación que organizara y todos los
detalles relativos a su participación en el movimiento revolucionario
que definitivamente independizó a Cuba, son, para cuantos aquí estamos,
cosas sabidas; e igualmente son sabidas por todos los cubanos. En tal
concepto, al que no pueda referir algún aspecto de la vida personal de
aquel gran cubano, a un auditorio distinguido como este, se le coloca en
una situación verdaderamente difícil cuando se le hace hablar de Martí.
El tema es atractivo, es simpático, y porque siempre ha sido tema
atractivo y simpático, muchos lo han tratado, muchos lo han
desarrollado. El terreno, de tal modo, está espigado por completo; y yo
he de recomendarme a la benevolencia de ustedes para que con esa
benevolencia se me perdone todo lo que en mi discurso no puede menos de
ser una repetición.

Pudiéramos dividir en tres partes, no iguales, cierta mente, un discurso
como el que debo pronunciar en el día de hoy: en una se puede hablar de
la vida de Martí; en otra, de su carácter y de los rasgos prominentes
del mismo; en la tercera, de su obra. Digo que no pueden ser iguales,
porque acaso algo pueda decirse más extensamente, con un relativo aire
de novedad de la segunda y de la tercera; de la primera, imposible.
Hacer aquí un resumen de su existencia, de todos conocida, sería hacer
perder tiempo a los señores que me escuchan. Su infancia; su juventud,
pobre y agitada, mucho más que su infancia; su amor al estudio; las
deficiencias de sus medios económicos; la consagración de toda su vida
al logro de un ideal; su paso por España, sus pasos en Cuba, su
residencia en las repúblicas de la América latina, su residencia en los
Estados Unidos; son cosas de todos conocidas. Su participación en el
movimiento revolucionario, su agitación en las emigraciones cubanas, su
recorrido por todos los países en los cuales creyó que podía encontrar
un eco simpático al pensamiento revolucionario y su dedicación absoluta
y definitiva a dar cuerpo a ese pensamiento y a su ensueño, ¿qué son
sino una cosa que está en la memoria y en el corazón de todos nosotros y
que no necesita ser repetida, que no debe ser repetida, porque la
repetición no sería ciertamente excusable, sería incuestionablemente
vana y presuntuosa?

No hablemos, por consiguiente, de su vida. De ella, lo que parece
destacarse de una manera marcada, es esto sobre lo cual necesariamente
habré de volver, porque fue rasgo típico de su temperamento. Fue una
vida dirigida, como la aguja magnética, hacia una sola dirección; y
todas las vicisitudes y agitaciones de aquella existencia, realmente
tormentosa, vinieron al cabo a culminar en un mismo punto y en el
sentido de una sola vía, por la que se encaminaron en definitiva sus
pasos. Donde quiera que encontró cualquier oficio por el cual trató de
librar su subsistencia, la adopción de ese oficio no tuvo más objeto
sino el de lograr que fuera posible ir viviendo, para que al par que su
vida se prolongara, se realizase la obra que se había impuesto. La tarea
que desde sus tiempos de muy joven concibió en su espíritu, despertó en
el mismo el propósito de consagrarse a ella, y de hecho, posteriormente,
su vida fue, en cuanto a esa tarea, una definitiva consagración.
Naturalmente, en un hombre obsedido por esa misión, que debió creer que
providencialmente le estaba impuesta, y luego veremos por qué lo digo,
no era posible que se produjera un rumbo normal, tranquilo y constante
en la existencia. Dado el hecho de imponerse a sí mismo semejante
misión, todo lo que no fuera el cumplimiento de ella, tenía que ser
accesorio para él y accidental. Era preciso vivir; no tenía fortuna y
era preciso buscar el pan de todos los días. Un hombre de inteligencia
suficiente para haber abrazado cualquiera de esas profesiones, que si no
francamente lucrativas, permiten por lo menos vivir con comodidad, no se
podía ocupar de ninguna de ellas. Teniendo título de Abogado, no le fue
dable ejercer la profesión. Para ello hubiera tenido que radicar en un
mismo punto, que vivir en Cuba, y en Cuba española, que someterse a la
mirada recelosa de la policía española, que prescindir de todo lo que él
entendía que constituía su destino. Era preciso que librara la
subsistencia con oficios que le permitieran al propio tiempo viajar,
moverse de acá para allá, preparar el movimiento revolucionario en
definitiva. Y tan es así, que una especie de visión, de destino
providencial le animaba, que contra el parecer de la inmensa mayoría de
sus conciudadanos, contra el parecer casi unánime de ellos, entendió que
estaban maduros los tiempos, cuando todo el mundo pensaba que su
tentativa habría de abortar como extraña aventura de dementes.

A veces sucede esto, y ha sucedido en muchas ocasiones en la historia de
la humanidad: no son precisamente los hombres de mayor reposo en el
carácter y más serena cultura mental los que han decidido a las
multitudes a obrar, los que han lanzado a los pueblos por el camino de
su destino verdadero. Para eso se ha necesitado casi siempre una
obsesión pasional y la impulsión que naturalmente se produce en virtud
de ella; comunicar a las multitudes el fuego que a nosotros abrasa y
hacerles realizar lo que ellas no pensaron que debieran realizar; aun
muchas veces contra la voluntad general, adivinando cuál es el estado de
la subconciencia, el deseo íntimo y verdadero de una agrupación de
hombres, para llevarlos a que ejecuten lo que quisieran ejecutar, pero
lo que no se atreven siquiera a pensar en ejecutar. De aquí el que fiel
a su destino, Martí viviera como corresponsal de periódicos, moviéndose
de acá para allá, remitiendo correspondencias a un diario denominado _El
Partido Liberal_ y después a _La Nación_ de Buenos Aires, ganándose su
subsistencia modestísimamente de este modo, a fin de girar por el mundo,
aunando voluntades aquí como allí, reuniendo fondos, procurando contar
con la colaboración de los que podían ponerse al frente del movimiento,
y no desmayando nunca ante ningún desastre, ni ante ningún desengaño.
¿Para qué dar detalles? Esta fue invariablemente su vida. Los accidentes
de la misma no harían sino presentar diversas facetas de esto que he
indicado como su conjunto general.

Discurrir ahora acerca de su temperamento y de su carácter, de su papel
y de su misión en la obra revolucionaria cubana, tiene para mí también
un relativo inconveniente. Hace poco más de un año, cuando, en la
próxima ciudad de Matanzas se inauguraba, por iniciativa de un hombre a
quien vi entonces por última vez, el doctor Ramón Miranda, un artístico
monumento en honor de Martí, el doctor, que a ello me había comprometido
de antemano, me llevó a dicha ciudad a hacer uso de la palabra en la
ceremonia de inauguración. Entonces, refiriéndome en un breve discurso
dicho en la plaza pública, y que por ello no podía ser ni largo, ni
reposado, ni serenamente meditado, a aquello que para mí constituía
carácter típico y saliente de Martí, señalaba estas dos circunstancias
que no diré que sean absolutamente exclusivas de él, pero que en
realidad son en él más prominentes que en ningún hombre que haya podido
vivir una vida análoga a la suya y que se haya impuesto una misión como
la que él se impuso.

En primer lugar, un hombre que movía a los demás a pelear, que encendía
en su patria la hoguera de la lucha tremenda, que condenaba a sus
hermanos a pasar por la crisis de un terrible martirio, estaba al propio
tiempo animado de un amor sin límites a la humanidad y de una
benevolencia para todos los humanos, por malignos que fuesen o por
errados que estuvieran; entre otros, y tal vez principalmente, para los
que consideraba sus enemigos. Y además hubo en él rasgo peculiar de su
tarea y de su esfuerzo: de todos los hombres que han podido determinar a
una colectividad, grande o pequeña, a realizar una obra común, un
propósito general, quizás él sea el que representa en esa obra común una
parte más grande por razón de su esfuerzo individual. Martí, en efecto,
fue el determinante principalísimo de la revolución cubana. El pueblo
cubano, en aquel tiempo, y cuantos vivimos en aquella época lo sabemos,
no quería en su mayoría al menos, la revolución. El Gobierno de España
nos había dejado entrever una mejor condición política, sin sacudidas ni
agitaciones violentas. Tan cierto es que aquello hubiera podido contener
la obra revolucionaria que, como se ha dicho después y repetido muchas
veces, la actitud que tomó el Gobierno español por la iniciativa del
Ministro Maura contuvo un poco a Martí. Le pareció que su ideal y su
tarea corrían peligro si aquellas reformas políticas se implantaban en
Cuba de buena fe y eran generalmente aceptadas por el pueblo cubano, en
virtud de lo cual él ya no tendría ambiente adecuado para poner por obra
sus propósitos. Fue la obcecación de los políticos españoles, de acá y
de allá, la que se levantó como una barrera ante el Ministro que acabo
de indicar y dejó el terreno aun más preparado que antes lo estaba para
que pudiera fructificar la semilla. No obstante, el Gobierno español,
volvió, como todos sabemos, a la idea de reformas políticas. El plan del
señor Maura se desechó; pero se planteó otro nuevo, que llevó el nombre
de Abarzuza; y aun cuando la generalidad entre nosotros creyó que se iba
a obtener menos de lo prometido, la mayoría se resignaba a obtener
aquello, a cambio de no tener delante de sí el fantasma de ninguna
agitación, de ninguna revolución, de ninguna lucha. Yo recuerdo que no
ya entre los elementos españoles, sino aun entre los elementos cubanos,
y muy cubanos, y muy probados, pero que no se encontraban en la
conspiración que estallaba en aquellos instantes, fue un efecto terrible
el que produjeron los primeros movimientos. He tratado a algunos,
emigrados de la guerra de los diez años, de aquellos que desde su
principio marcharon a los Estados Unidos o a algunas de las Repúblicas
Hispanoamericanas, que consideraron un acto de locura el que se iniciaba
en aquellos días. Creyeron que todo lo que se había adelantado, en 17
años de predicación pacífica, por el Partido Autonomista, iba a ser
irremediablemente perdido; y un amigo particular mío, que se hallaba en
Madrid cuando los primeros sucesos estallaron, que salió de España muy
poco después y regresó a Cuba, hubo de declararme que en una entrevista
que tuvo pocos días antes de embarcarse con el famoso tribuno español
don Emilio Castelar, este le significó que en Cuba, se había cometido un
acto de demencia irreparable, y que los que lo cometían y los que no lo
cometían, en virtud de irremediable consecuencia de la solidaridad,
verían perturbado el sistema político de Cuba, ya que aquellos sucesos
lo harían volver mucho más atrás de donde se encontraba en el momento en
que se iniciaron los primeros esbozos de un plan de reformas. Y esa idea
de don Emilio Castelar era la idea que aquí tengan todos los que no
estaban, diré mejor, los que no estábamos comprendidos en la
conspiración; porque a pesar del papel que yo posteriormente pude
desempeñar, modesto y obscuro, en el movimiento revolucionario, he de
declararlo sinceramente, y nunca he pretendido lo contrario, en la
conspiración inicial no estuve comprendido ni iniciado; hasta el punto
de que, no sospechando que yo podía ser capaz de semejante cosa, el
señor Juan Gualberto Gómez, a pesar de haber llevado su defensa ante la
Audiencia de la Habana cuando se le procesó por la publicación de un
artículo titulado «Por qué somos separatistas», jamás contó conmigo y
aun hubo de decirme, ya en Ceuta, donde nos encontramos, que él se
hubiera dirigido a mí si hubiese sabido que yo era susceptible de ser
inyectado con semejante virus; a lo que le contesté que quizás, en
aquellos momentos, no hubiera sido yo susceptible de recibir, con fruto,
la inyección.

En tales condiciones se encontraba la población de Cuba cuando Martí
empezó la obra revolucionaria. Es verdad que, como él decía, en el suelo
no se advertían los brotes primeros de la planta, pero él sintió lo que
pasaba en el subsuelo, y en el subsuelo estaba ya preparada la semilla;
prueba cómo ella fructifera. Aun los más ajenos al movimiento inicial,
se sintieron (y aquí también puedo decir, nos sentimos) inmediatamente
arrastrados por él; de tal manera que aun antes de que la invasión de
las provincias occidentales diera grave y decisiva importancia al guante
arrojado al Gobierno de España, ya habíamos sentido muchos, que veíamos
venir la ola arrolladora, que lo peor que podía suceder a los nacidos en
Cuba sería que ese Gobierno de España aplastara militarmente a la
revolución; y aun algunos, sin creer que aquella revolución podía tener
un éxito, mucho menos cercano; sin pensar que en el período
relativamente corto de tres años se triunfara; pensaron que era
necesario un movimiento general para prestar auxilios a dicha
revolución, procurando al menos colocar el pleito en condiciones de
transacción que a España resultara irremediable; primera victoria, que
había de ser victoria definitiva, un poco más tarde, de Martí ya muerto,
sobre nuestros corazones.

Era, indudablemente, un hombre extraordinario el que llegó a producir en
un pueblo, pequeño o grande, eso poco importa, fenómeno como el que
acabo de indicar. Decíales a ustedes hace poco que había en realidad en
su vida toda algo que indica que él se consideraba providencialmente
destinado a semejante misión. Esa impresión, mucho tiempo después de
muerto él, la recibí directamente por unos renglones suyos, y en la obra
de menos importancia de todas aquellas que ha publicado el señor Gonzalo
de Quesada, piadoso recolector de sus escritos; en una que se titula _La
Edad de Oro_ y que es un volumen que contiene los trabajos que insertara
Martí en cuatro o cinco números, muy pocos, de una revista que publicó,
dedicada a los niños, y de la que él era el director y el redactor casi
único. En uno de esos artículos, que se encuentra al principio, el que
se denomina «Tres Héroes», Martí habla a los niños, en sencillo
lenguaje, de Bolívar, de Hidalgo y de San Martín; y refiriéndose al
primero, escribe estas palabras que voy a permitirme leeros y en las que
entiendo que hay incuestionable, inconscientemente, y en síntesis, un
poco de autorretrato:

    «Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las
    palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando
    siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido, que
    le pesaba en el corazón, y no le dejaba vivir en paz. La América entera
    estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo
    entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y
    que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que
    consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos
    hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de
    Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando
    parecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo
    habían echado del país. Él se fue a una isla, a ver a su tierra de
    cerca, a pensar en su tierra».

Cuando esto leí hace poco más de un año, poco antes de que el señor
Viondi pronunciara aquí el discurso del año anterior, me pareció que en
estas palabras Martí se retrataba a sí mismo. No era él de aventajada
estatura, era más bien pequeño de cuerpo (acaso fuera de la propia
estatura de Bolívar); era nervioso también, como a Bolívar pintara; sus
ojos, todos los que lo conocieron lo dicen, relampagueaban; las palabras
asimismo se salían de sus labios; y cuando su pueblo se había cansado de
pelear, él no se había cansado del propósito de iniciar una nueva lucha;
él había decidido la guerra solo, porque solo a sí mismo se consultaba;
no necesitaba consultar a su pueblo y le parecía también muy difícil
consultar la opinión de muchos. Y tan había decidido la guerra él solo,
que a los jefes principales de aquella lucha, a los generales Máximo
Gómez y Antonio Maceo, los fue a buscar; y lo que no habían decidido
ellos, él hubo de decidirlo y fue él solo, él quien sacó de su inacción
a tales hombres y en la aventura los embarcó. Cuando escribía tales
palabras de Bolívar, es probable que pensara en sí mismo; es probable
que no quisiera establecer una franca comparación, cosa que su propia
modestia había de vedarle; pero yo dudo de que nadie que lo haya
conocido, de que nadie que, aun sin conocerlo, haya oído hablar de él
tanto como lo hemos oído nosotros todos, deje de encontrar su propio
espíritu, su propio temperamento, la condensación de su carácter y de su
historia, en esas líneas en que él trataba de pintar a los niños al que
fue el Libertador de la América, Central y Meridional.

Aquel otro rasgo del que hablara hace poco ya se señalaba en los
momentos mismos en que la lucha tenía comienzo. Parecía a Martí que
debía dirigirse, no para conquistarlos en conquista imposible y absurda
(no hay un solo renglón en el documento a que voy a referirme en que tal
propósito aparezca), hasta a los propios soldados españoles que estaban
en Cuba; y en una especie de alocución y manifiesto que de antemano
publicara, les decía que era su adversario y enemigo, pero que no sentía
por ellos odio de ninguna especie. No los llamaba para convidarlos a la
deserción, no; les advertía el noble propósito de la lucha; y antes de
comenzarla, él, el más débil, el que solo contaba con su esfuerzo, el
que bien se daba cuenta de lo áspera y difícil que iba a resultar, en el
momento en que el encono es más natural en el espíritu del hombre,
proclamaba un ideal de fraternidad para con el adversario y de antemano
quería asegurar para un mañana más o menos incierto, pero en el cual él
tenía mucha fe, un programa de perdón, de ausencia total de rencores, de
olvido de la lucha misma.

Y en efecto, ese espíritu que dominaba a toda su tentativa
revolucionaria, se vio reproducido en el momento de la victoria al final
de la guerra de Cuba. Y aun cuando en ello me repita, quiero consignar
una cosa que consignara también allá en Matanzas, en la oportunidad a
que antes me refería. Colaboradores entrambos enemigos en que tal fuera
el resultado de la revolución y de su triunfo, no solo los cubanos no
tuvimos, salvo alguna que otra manifestación aislada, que nunca pudo
traducirse en hechos, el propósito vindicativo de las ofensas pasadas,
sino que tampoco dieron los españoles muestras de despecho o de
inconformidad con los hechos consumados, y dándose cuenta oportuna de la
situación la aceptaron acaso con reservas mentales, pero con reservas
que tuvieron la discreción de no exteriorizar jamás; y así nunca,
manifestaron expresa y públicamente, ni aun durante el tiempo intermedio
de la Intervención primera, que, contentos con tal fracaso de la
Revolución vencedora, ellos deseaban que no triunfaran sus ideales
definitivos. De este modo, y con la discreción de un lado y del otro, se
ha podido lograr que la República, ni antes ni después de constituida,
se mirara por esos hombres como una condición de cosas en la cual la
vida era para ellos imposible, y tanto los unos como los otros, los que
habían triunfado con el auxilio americano, y los que habían sido
vencidos por las fuerzas unidas de cubanos y americanos; aceptaron como
cosa definitiva el nuevo orden político, cooperando todos a mantenerlo,
cada cual como ha querido, como ha podido o como ha debido.

Ese amor de Martí para todo lo humano, hasta el punto de que pudo tomar
como lema de su existencia aquel verso famoso de Terencio, pues que nada
que fuera humano, en efecto, le era extraño, se manifiesta muy
principalmente hacia los pobres, hacia los humildes, hacia los débiles.
Martí se abría muy fácilmente camino en el corazón de ellos. Cuando en
compañía del que fue primer Presidente de nuestra República, ya
constituida en definitiva y reconocida por todas las naciones, don Tomás
Estrada Palma, en los últimos tiempos de la revolución, en la época en
que en el puerto de la Habana voló el acorazado americano «Maine», hice
yo un viaje a Tampa y Cayo Hueso, esto llamó profundamente mi atención.
En las casas más pobres había uno o más retratos de Martí. No se
contentaban generalmente con tener uno solo. Si lo tenían pequeño
buscaban uno más grande y conservaban el pequeño para trasladarlo a otra
habitación. Si lo tenían de busto, querían tenerlo también de cuerpo
entero. Si lo tenían a él solo, querían otro en que Martí estuviese
fotografiado en compañía de algún amigo. Y en todas las casas, por
humildes que fueran, se encontraba su imagen repetida, no una sola vez.
Así la veía uno por todos lados; la veía en el exterior de los edificios
como en el interior de los mismos; en la sala en donde se recibía al
huésped como en las habitaciones privadas; en los talleres de
tabaquería, en número bastante considerable, hasta el punto de haber
podido yo contar seis retratos en un mismo taller. Y en todas partes le
hablaban a uno de Martí. Y había gentes que se sabían de memoria el
primer discurso que dijo en Cayo Hueso; y no había reunión política en
que alguien no se encargara de recitarlos, como la obertura obligada de
la función de que se trataba; y las palabras de él, lo que había dicho,
lo que había indicado en las conversaciones particulares, el consuelo
que había prodigado a los infelices, a los desvalidos, a los tristes se
repetían diariamente; y no vivía uno en aquel lugar y en aquella época
sin ver su imagen por donde quiera, sin oír repetir sus palabras y sus
ideas por todas partes; hasta el punto de que era difícil sustraerse a
la ilusión de que estaba vivo; ¡ciertamente mucho más vivo entonces que
cuando real y efectivamente vivía!

Otro de sus caracteres (cuantos lo conocieron han podido dar de esto un
testimonio constante) fue la elevación de su mente, su perenne altura
mental. Tengo entendido que, cualquiera que fuese la bondad de su
carácter, cualquiera la facilidad con que se le podían acercar, altos o
bajos, quienes desearan abordarlo, no fue, sin embargo, un hombre
alegre. No podía serlo, puesto que tenía la obsesión de una triste idea,
la idea de una misión dura y difícil, no solo para él, sino también para
sus compatriotas. Aquel amante de la humanidad iba, en efecto, a ser
causa de que se derramara sangre. Su misión no se podía realizar si no a
costa de sangre y de lágrimas; y un hombre que tenía en el corazón tan
abundante piedad para todos los hombres, condenado a realizar obra
semejante, no podía ser jovial, no podía abundar en él la alegría. Por
consiguiente no era dado a tomar en broma familiar las cosas que a
veces, a los demás, a los que vivimos reducidos a un nivel normal
humano, nos proporcionan esa frívola, pero grata impresión que hace
reír. No tenía, no podía tener lo que un amigo mío suele llamar «el
sentido cómico de los acontecimientos». Y así a veces, ante cosas
verdaderamente cómicas, su espíritu encontraba siempre un aspecto sobre
el cual se podía discutir seriamente, abandonando la broma, como algo
incompatible con su temperamento, y contemplando tan solo el lado serio
y elevado a que la cosa misma pudiera prestarse.

Mi compañero de trabajo y mi íntimo amigo Pablo Desvernine, me ha
referido lo siguiente, que presenciara él una tarde, en el bufete del
señor Viondi, en donde se encontraba Martí. En aquella época el Liceo de
la Habana se hallaba establecido en la Calzada de la Reina. Era antes de
la revolución, durante un breve paso de Martí por Cuba; no solo antes de
que el movimiento revolucionario estallara, sino también antes de
aquella, para muchos aun no claramente conocida, aparición de Antonio
Maceo en La Habana. Y resultó ser que llegó al bufete del señor Viondi
un empleado suyo, un hombre sencillo y bueno, pero sin gran cultura, y
declaró, en medio de la mayor jovialidad, que el doctor José Antonio
Cortina disertaría aquella noche en el susodicho Liceo acerca de «un
inglés» que pretendía que el hombre descendía del mono. Martí se indignó
en medio de la risa general. Comenzó por advertir a aquel pobre hombre
estupefacto que no volviera nunca a expresarse en ese tono de semejante
inglés. «Ese hombre de quien usted habla, le dijo, se llama Carlos
Darwin, y su frente es la ladera de una montaña»; y continuó disertando
en este tono por diez minutos, hasta que sus amigos le interrumpieron
para hacerle comprender lo perdido e inútil de aquella disertación.

En ese estado de excitación mental y con su espíritu en ese plano
intelectual y moral, se encontraba constantemente. Como hombre que se
halla obsedido por una idea, como acabo de decir, realmente triste, la
de lanzar a sus hermanos a la guerra, le era imposible la risa ruidosa y
la franca alegría. En efecto, si es cierto que su papel en la iniciativa
y en el desarrollo de la revolución fue individualmente tan decisivo
como he podido indicar (y creo que de ello no cabe duda); si se estima
que todo lo que se hizo posteriormente no fue más que consecuencia de su
energía, de su acción individual; cuantos murieron, murieron, entre
otras cosas, y principalmente porque él los lanzó a la muerte, porque a
ella los mandó; y aun así, cuantas viudas, cuantos huérfanos lloraron,
derramaron lágrimas por él; cuantos aquí se arruinaron, y cuantas
propiedades se destruyeron, y cuantos escombros se amontonaron sobre
nuestros campos, y cuanto humo tiñó la pureza de nuestro cielo, fueron
ruina, y destrucción, y escombros, y humo que a él pueden referirse como
a su causa. Todo eso fue realmente obra suya. Y hubiera podido pasarse
un balance de pro y de contra, de cargo y de data, de debe y de haber,
para saber cuál era su saldo, si no hubiera él comprendido la triste
tarea que se impusiera y decretado que ella reclamaba su propio
sacrificio. Y en efecto, tanto como el que más, mucho más que otros
revolucionarios de su índole, no tan solo entendió que debía lanzar a su
pueblo a una lucha desesperada, sino que comenzó por lanzarse con él; y
aun creo que pensó que, inmolándose en holocausto voluntario, debía
morir a las puertas mismas de la revolución.

¿Quién podrá, por consiguiente, tomarle cuenta de la sangre que se
derramó, de las lágrimas que se vertieron, de todo lo que pudo suponer
aquella lucha postrera de la actual generación cubana, cuando él fue la
primera víctima, prestándose a su propia inmolación? De ese modo,
redimió todo lo que pudiera pensarse que hubo de sombrío en su obra,
aceptando para él, espontáneamente, la parte más sombría. Ya antes había
hecho un sacrificio prolongado, que no había sido cruento, pero que
había sido tan duro, por lo menos, como aquel que hiciera en el momento
de morir. Como dije antes, todos los halagos de la existencia fueron
cosas por él renunciadas. La estabilidad de la residencia en un punto
determinado; los lazos establecidos, cada día más firmes, y que hubieran
sido sin duda lazos de fervoroso afecto respecto de un hombre que tan
fácilmente cautivaba el corazón de los otros; la posibilidad de una
posición económica relativamente holgada, que para ello tenía aptitudes,
condiciones, simpatía, relaciones e inteligencia bastantes, aunque tal
vez no el carácter que se necesita para estas apacibles empresas, un
tanto vulgares; todo esto lo renunció, momento tras momento, un día tras
otro de su vida. No tuvo ni siquiera, por mucho tiempo, los placeres del
propio hogar. Errante siempre, de acá para allá; en la propia España, en
Cuba solo de paso, en los Estados Unidos, en las tierras todas de la
América latina; lo principal de su existencia fue preparar y hacer
estallar la revolución cubana. Todo lo demás que hizo fue perfectamente
secundario en su vida. Esta fue, pues, una vida de constantes
sacrificios. Por eso, con toda razón, en una conferencia que pronunciara
en 1894, sobre él, en New York, en la Sociedad Literaria
Hispanoamericana, de la cual Martí fue Presidente y fundador, terminaba
el señor Enrique José Varona declarando que su carrera podía
sintetizarse «en la palabra gloriosa que pone un nimbo resplandeciente
en torno de unos cuantos grandes nombres, en la que inmortaliza a los
Prometeos, clavados en su roca, y a los Cristos, clavados en su cruz, la
palabra Sacrificio».

En ello, señores, no hizo Martí más que seguir aquella vieja tradición
de sus mayores; de nuestros mayores, sería mejor decir; ya que la firme
decisión del sacrificio había de ser la única arma de bastante temple
para proporcionar a los cubanos la victoria, remota y casi inasequible.
Cuando se recuerdan los días preliminares del conflicto, se comprende
que todo el que pensara, ya exaltado por la pasión patriótica o sin esa
exaltación y contemplando el espectáculo desde fuera, en que Cuba iba a
luchar contra España, en que una revolución no bien organizada iba a
lanzar el guante a un Estado organizado y con recursos, no podría nunca
concebir que los revolucionarios aspiraran a un éxito militar decisivo y
rápido. Aquella guerra, para resultar, tenía que prolongarse. Se tenía
el ejemplo de los diez años de martirio anterior, y aquellos diez años
de combate habían producido el efecto de que la riqueza se escapara al
pueblo cubano y pasara a otras manos, de que no quedara más que un
residuo de su anterior preponderancia económica. Empeñar una nueva lucha
era consumar la ruina completa, porque aquella debilidad frente a
aquella fuerza (fuerza y debilidad son siempre relativas) no podía
aspirar a ninguna probabilidad de triunfo, sino mediante una
perseverancia constante en el sacrificio.

Algunas veces, en medio del combate, la posición respectiva de los
adversarios se exageraba por unos y por otros; y de aquí que la
revolución tropezara con algunos inconvenientes propios de la
exageración natural de sus cronistas. Recuerdo, por ejemplo, que el
general Máximo Gómez penetró un día en la ciudad de Santa Clara, y
estuvo durante algunas horas en la ciudad, y se surtió y surtió a sus
tropas de calzado y víveres, y ocupó ropas y municiones, y armamentos, y
caballos, y medicinas; y al fin tuvo que marcharse, porque no podía
sostenerse a pie firme, en tal lugar, contra las tropas españolas. Dado
lo que era la guerra de los cubanos contra España, aquella era, para tal
guerra, una brillante operación militar; pero si realmente se le
anunciaba al mundo, como se le anunció, que el Ejército cubano se había
apoderado de Santa Clara, de la capital de la provincia central de la
isla y que allí se había hecho fuerte contra las tropas españolas, la
noticia tenía el inconveniente de su exagerada importancia; y cuando se
supo después lo que había pasado realmente, la cosa pareció pequeña,
precisamente en virtud de su exageración; y el resultado fue que los
periódicos franceses, más tarde, cuando recibían algunas noticias por
nuestro conducto ponían delante de ellas, con letra bastardilla,
«_Source Cubaine_», para dar a entender que todo aquello era sospechoso
de exageración, si no de mentira.

Por eso, y antes de hoy lo he dicho, nuestra grandeza verdadera ha
estado en el tesón del sacrificio. De todos aquellos que han abrigado
ese empeño del sacrificio para conseguir la realización de un ideal,
ninguno lo ha hecho con más firmeza y más altura y más decisión que
Martí; muchos han sido inferiores, ciertamente, a él en este terreno.
Por eso creo que el señor Varona tenía razón cuando afirmaba que aquella
palabra era la síntesis más cabal de toda su existencia: en el tiempo de
su vida, haciéndola penosa, mirándolo todo como secundario, salvo aquel
propósito fundamental y esencial de todos sus días, uno tras otros; y
después, al iniciarse la lucha, lanzándose frente al enemigo, buscando
la muerte y encontrándola al fin; ¡él no fue más que un sacrificado
consciente y espontáneo, desde el primer momento hasta el último!

Nosotros somos los herederos de esa obra suya, como de otras obras que
se han unido a la de él en una tarea común; y una herencia como esta, no
es lícito aceptarla a beneficio de inventario: sus herederos deben
aceptarla sin ninguna especie de restricción, con las ventajas y con los
inconvenientes, con los bienes y con las cargas. Por eso yo, que he
pasado muchas veces como un pesimista, solo porque he visto acaso de un
modo más claro, y he tenido un tanto más de atrevimiento para decirlo en
alta voz, lo que había entre nosotros de inconveniente y de malo, me he
dado a mí mismo una, si se quiere, inmodesta satisfacción, declarándome,
cuando otros me llamaban pesimista, un optimista fundamental. Hasta tal
punto, que un amigo que me conoce me reprochaba una vez diciéndome que
la lectura de los sucesos pasados iba a producir en mi espíritu una
peculiar atonía, porque cualesquiera que fueran nuestros males, hojeando
un libro de Historia, de cualquier pueblo, de cualquier época,
encontraba en sus páginas el relato de una situación infinitamente peor.
Y es verdad, señores Representantes. Recuerdo que leyendo una vez en la
colección de monografías históricas publicada bajo la dirección del
profesor Oncken, de Berlín, una _Historia del Islamismo en Oriente y
Occidente_, encontré un pasaje en que el autor habla de los Emiratos
independientes que surgieron de la primera invasión mogola, en el Asia
Menor y en Armenia. Hubo una serie sucesiva de años en que toda aquella
historia tuvo una trágica monotonía desesperante: degüellos de
poblaciones enteras, incendios y saqueos de ciudades, exterminio de sus
habitantes sin perdón ni aun para niños ni ancianos, lucha incesante de
los pueblos entre sí y contra los invasores comunes; tales son las
simétricas y feroces alternativas de aquella historia. Esta no tiene más
sucesos que referir que esos que he indicado; y el autor del libro
declaraba que para no repetir hasta la náusea hechos exactamente iguales
y horrorosos, iba a limitarse a decir que aquello duró hasta el año
tantos y a dar la lista de los soberanos que reinaron en todo ese
tiempo. Y yo, al leerlo, pensaba: «¡Todavía los turcos encuentran
armenios que degollar!»; y recordaba con cuánta razón, aunque el
consuelo aparezca, viniendo del diablo, Mefistófeles adoctrinaba a
Fausto diciéndole: «En vano un día tras otro amontono torbellinos,
huracanes, incendios, volcanes y lluvias; extirpo al hombre, creo
extirparlo, de la superficie de la Tierra; ¡pero no lo logro en
definitiva, porque aquella maldecida simiente de Adán, jamás perece y
siempre germinal, siempre brota, en ancho río, una sangre vigorosa y
nueva!».

Ese debe ser, ciertamente, nuestro consuelo. Ahora, para experimentar en
toda su intensidad este consuelo, es preciso hacer un esfuerzo por
llegar a una determinada altura moral y mental; porque es preciso darnos
cuenta de que ese renacimiento y ese bienestar que mañana nos esperan,
tal vez no los gozaremos nosotros; los gozarán tan solo los que vengan
detrás de nuestra generación. ¿Qué importa? Nosotros somos en Cuba la
generación que consiguió realizar la libertad. ¿No es esto bastante
premio para nuestro esfuerzo? ¡Si no nos ha sido posible, si no nos ha
de ser posible llegar también a conseguir la felicidad, pensemos que
esta será sin duda el premio de una generación posterior: el nuestro lo
tenemos ya, lo hemos conseguido!

¿No somos felices en el presente? Hagamos todo lo que hacerse quepa para
serlo en el futuro; y si llegamos a perder la esperanza de serlo
nosotros mismos, hagamos todo lo posible porque lo sean nuestros hijos.
¿Qué mejor recompensa para el esfuerzo de nuestros mayores, para el
esfuerzo definitivo que nosotros hicimos? Vivamos, por consiguiente,
persuadidos de esa idea, vivamos perfectamente compenetrados de que la
generación que nos precediera fue mucho más desgraciada, mucho más
sacrificada que la nuestra. Luchó más tiempo que nosotros. Los que la
componían se arruinaron por completo, siendo ricos; sufrieron lo
indecible, habiendo nacido felices; y en medio del vigor de la humana
fortaleza, a la mitad del camino de la vida, tristemente se desangraron
y murieron; ¡y no tuvieron la compensación que nosotros hemos tenido, la
de ver tremolando sobre el suelo de su patria la bandera de sus
ilusiones y de sus ensueños!

Si nosotros lo conseguimos, si al fin pudimos lograrlo y convertirlo en
una realidad, ¿por qué pedir más? Siempre me he dicho esto a mí mismo, y
realmente no he pedido mucho más. Creo, sí, que cuanto haga el hombre
por señalar a sus compatriotas las deficiencias del presente en que
vive, es bueno y es saludable; pero debe hacerlo serenamente y sin ira,
cumpliendo con su deber de heredero de herencia semejante con tesón y
energía, pero sin desesperarse nunca; comprendiendo que el mal es humano
y que de él no se podrá jamás desligar la humanidad. Porque hay que
tener en cuenta que el hombre, considerado como colectividad, progresa
solo muy lentamente y adelanta de una manera análoga a aquella empleada
para cumplir su voto por un conde francés que, en la Edad Media, hizo el
juramento de marchar a Tierra Santa caminando cuatro pasos hacia
adelante y tres hacia atrás; de manera que andando siete pasos tan solo
adelantaba uno. No marcha más rápidamente la humanidad. Al contrario,
aun me parece que marcha con mayor lentitud; pero adelanta al fin, y eso
es lo único que podemos pedir al Destino. Así el mañana será ciertamente
mejor que el presente; y nosotros habremos sido dignos herederos de
nuestros causantes si vivimos considerando el estado actual de cosas no
como algo definitivo, que debe satisfacernos, sino como algo transitorio
que tenemos necesidad de mejorar. Si estimamos que las condiciones
políticas del presente no son buenas, comprendamos que todo lo que en
ellas nos parezca malo ha de ser cosa modificable y mejorable; y cada
cual desde su punto de vista, harmonizando cuanto quepa su interés
personal con el interés colectivo, haga todo lo que pueda para conseguir
ese mejoramiento.

En suma, si pasajeros del momento presente, tenemos por lo menos la
aspiración ideal de considerarnos ciudadanos definitivos de una ciudad
más perfecta, que está aun por fundar, y trabajamos para fundarla, ¿qué
nos impedirá ser más felices, como premio de tal esfuerzo en el futuro?
Y así pudiera terminar estas reflexiones con que he entretenido la
atención vuestra, repitiendo, aunque para alterarle un tanto su sentido,
una frase que se contiene en la epístola de San Pablo a los hebreos: «No
tenemos aquí por cierto una residencia duradera, permanente; es una
residencia futura, una ciudad futura, la que debemos buscar». «_Non
habemus hic manentem civitatem_ 2, _sed futuram inquirimus_!».



                  Martí, por Federico Uhrbach

                                      _El Fígaro_, noviembre 30 de 1910


                            Martí

                      _Ante su mármol_

Para Manuel Sanguily, grande de corazón y pensamiento.

             Alma, escuda con la malla milagrosa de la rima
          el dolor y el desaliento que florecen en tu sima
          cuando evoca la tristeza la visión de la contienda,
          y fecundo rompa el brote vigoroso del ensueño
          con la gloria fulgurante del audaz y heroico empeño       5
          y el fugaz deslumbramiento de la trágica leyenda.

             Sí en la niebla del recuerdo melancólica perdura
          desolada la memoria que en un vuelo de amargura
          reconstruye la sangrienta florescencia de tu duelo,
          no perturbe de tu llanto la corriente inagotable         10
          la salmodia del tributo que se eleva inmensurable
          de la patria, en la piadosa gracia cándida de un vuelo.

             Si inextinto el sedimento doloroso de la brega
          engañosos espejismos simulando dulce entrega
          fingen, alma, a tu miseria formular consolaciones,       15
          rinde el plácido reclamo de sagrada tregua, el triste
          cavilar en la tragedia de tus lágrimas, y asiste
          con tu lauro al homenaje de exaltar consagraciones.

             ¡Cuán radiante en la lejana perspectiva del pasado,
          como lampo que emergiera de las ondas de un nublado      20
          se destaca luminosa de la pálida penumbra,
          la apostólica figura del vidente mensajero
          del amor y la justicia, con su rostro de lucero
          y el hechizo de su genio que encadena y que deslumbra!

             De la gloria a los destellos la romántica silueta     25
          del creyente que adunaba sus lirismos de poeta
          con la viva llamarada de sus trágicos lirismos,
          resplandece como un astro que las almas ilumina
          con el fuego milagroso de su bíblica doctrina,
          como un rayo de la aurora diafaniza los abismos.         30

             Soñador de rara estirpe de sublimes soñadores
          que persiguen la anhelada redención de los dolores,
          heredad fosca y estéril de los seres infelices,
          fue su vida inmaculada de fecundas enseñanzas,
          en los tristes vencimientos alentar las esperanzas       35
          y en las bregas afanosas restañar las cicatrices.

             Prisionero que en la sombra perdió el alba de la vida,
          desterrado que en la playa de región desconocida
          inició su apostolado domeñando adversidades,
          al templar el alma al soplo de rebeldes embriagueces     40
          prendió el sol que disipara las profundas lobregueces
          que opusieran a su empeño las humanas tempestades.

             Las estancias cadenciosas de sus trémulos poemas
          guardan bálsamos y mieles, no los fieros anatemas
          forjan lanzas aceradas en la urdimbre de su estrofa,     45
          y en la gama de su verso melancólico y flexible
          hay, si hiere, un dulce ruego de perdón indefinible,
          y un espíritu doliente y amoroso si apostrofa.

             Incansable peregrino de un errante y largo viaje,
          fue llevando por las rutas de su audaz peregrinaje       50
          en la alforja de sus sueños su dolor de clima en clima,
          su dolor que fue acicate, voz nostálgica de aliento,
          al lanzar, transfigurado, su profético lamento
          en la breña de la pampa y en la nieve de la cima.

             Con su influjo persuasivo de amoroso misionero,       55
          anunció la buena nueva prodigando en el sendero
          de su gracia luminosa floraciones tempraneras,
          y simula en la grandeza de su inmenso simbolismo
          un radiante Nazareno de exaltado iluminismo
          de un Jordán próvido y nuevo predicando en las riberas.  60

             De su voz al suave encanto de sutiles inflexiones
          la piedad acariciaba los heridos corazones
          como un trémolo de liras, como un trémolo de auroras,
          y el fulgor ultraterrestre que irradió en clarividencias,
          fulguró como la estrella que orientaba las conciencias   65
          a las márgenes lustrales de las iras redentoras.

             Paladín de una cruzada de gloriosos caballeros
          que oficiaron por la patria con la cruz de sus aceros,
          ofreciose en holocausto como símbolo y proclama,
          y cayó como una torre que alevoso el rayo asedia,        70
          reflejando en la pupila la visión de la tragedia
          y prendiendo un meteoro del zodiaco de la fama.



                   «Martí: su vida y su obra»

                      por Néstor Carbonell

_Oración pronunciada el día 23 de febrero de 1911, en el Ateneo de La
Habana_


Señoras y señores: o mis buenos amigos y buenos compañeros, Jesús
Castellanos y Max Henríquez Ureña, entusiastas organizadores de estas
hermosas lides del pensamiento, me hicieron el honor de invitarme para
que consumiera un turno en ellas, consulté la mente, y no hallé tema que
me subyugara: consulté luego el corazón, y hallé, José Martí. Con este
amado nombre por bandera y por escudo, escalo esta tribuna. Pero yo no
vengo aquí como juez a juzgar su personalidad, ni como crítico a
analizar su obra letra luego difundir por los aires el juicio que lo
rebaje o enaltezca. No es ese mi propósito: quede tarea tan difícil como
ingrata, para quien tenga más ambición que la mía y menos temor de su
saber y su persona. Yo vengo aquí, sin más autoridad que la del limpio
corazón enamorado de lo sublime, a rememorar, siquiera sea brevemente,
la vida meritísima y gloriosa, la vida llena de infinitas ternuras y
cruentos martirios de ese enorme soñador melancólico, caballero de todas
las justicias, que sufrió por la patria al través de los años de su
existencia, cuanto hombre puede sufrir, y cayó desplomado de su corcel
de guerra, para no levantarse jamás, como un Aquiles de poema, en la
trágica hermosura del combate, peleando como simple soldado por la
libertad, en un luminoso mediodía de mayo.... Yo vengo aquí a recordar
sus doctrinas, su bello y magnífico ideal: la República con todos y para
el bien de todos, la República de «ojos abiertos» y sin secretos, la
República equitativa y trabajadora, ancha y generosa, altar de sus hijos
y no pedestal de ellos, la República cuya primera Ley fuera el amor y el
respeto mutuo de todos los derechos del hombre, la República culta, con
los libros de aprender al lado de la mesa de ganar el pan, la República
con su templo orlado de héroes, la República sin camarillas, sin
misterios y sin calumnias, ¡la República! y no la mayordomía espantada o
la hacienda lúgubre de privilegios y monopolios irritantes; la República
justa y real en donde fuera un hecho el reconocimiento y la práctica de
las libertades verdaderas. Yo vengo aquí, hoy que crece en nuestro suelo
el manzanillo enfermo del pesimismo, y en que diríase que se está
pudriendo y desmigajando por momentos el alma nacional, a evocar su
memoria sagrada, y al evocarla, a pedir a vosotros todos--y en vosotros a
todos mis conciudadanos--, menos política aleve, menos intriga sutil,
menos ambiciones, menos complicidades, menos emboscadas tenebrosas: y
más piedad para los yerros y ofensas, y más respeto para todos los
preceptos constitucionales, y más rectitud para rechazar a los que sean
capaces de invitar al deshonor y al crimen, y más pureza para defender
los principios patrios, y más voluntad para no codearse con los viles, y
más valor para sacarlos por el cuello y ponerlos adonde el sol los queme
y los destruya.... Yo vengo aquí, a rendir el tributo infeliz de mis
palabras, al literato insigne, al poeta sincero, al orador maravilloso,
al hombre tierno y sonoro, grande y bueno, que despertó en mi alma, ya
con las armonías incomparables de su joyante prosa, ya con los trinos
melodiosos de sus versos, ya con el himno triunfal de su voz
pitonisaria, el amor inextinguible por la Libertad y la Belleza; al
hombre cuya cabeza ya está hueca, cuyos labios ya están mudos, cuya mano
está ya deshecha, al apóstol y al mártir que reposa para siempre en la
almohada eterna y en el inmortal silencio.... Vengo aquí, en fin,
trémulo y reverente, como hijo agradecido y amoroso, a ofrendarle mis
pobres flores, mis flores descoloridas y sin perfume, mis pobres flores
que acaso manos traidoras arrebaten y despedacen, atendiendo al dolor
que en algunos vivos proporciona la glorificación de aquellos muertos
cuyas virtudes no saben; o no quieren imitar.... Sí, porque es triste
cosa, pero es lo cierto; todo aquel que posee una cualidad
extraordinaria, lástima, sin más que eso, al que no tiene ninguna: no
hay bien de uno que no traiga la tristeza de otro; no se rinde homenaje
a un muerto que no vaya acompañado por malignas lágrimas o malignas
sonrisas. El mundo rebosa de gentes que sufren con todo triunfo ajeno y
quisieran ir por él con una pica derribando cuanto les sobresale: y de
gentes parasitarias que se ríen de todo lo que no comprenden. Pero...
desprecio para ellos los envidiosos y desdeñosos de oficio, ¡lástima de
sus humanas envolturas tan vilmente rebajadas! Aunque, quién sabe si por
ello son más grandes los grandes de la tierra, los que han pasado sin
doblar las rodillas por el mundo. Ellos son la espuma que salpica la
barca y también la ola que la lleva a seguro puerto; la nube que oculta
la estrella y también la sombra que la hace resaltar; el puñal que hiere
y que envenena y la mano que venda y que restaura; el chiste raquítico
que rebaja y la oda resonante que eleva y dignifica; la multitud que
recrimina y aplasta y el pueblo que corona y premia; los gusanos que
destruyen el cadáver y las flores que crecen sobre las sepulturas. Ellos
son la consagración: no hay gloria completa sin el beso de una hermosa y
sin la mordedura de un malvado; nadie puede llamarse francamente
triunfador si no ha sentido posarse sobre su frente tiernas miradas de
mujeres y crueles y sarcásticas miradas de hombres... ¡Ah! quién diera a
mis palabras la pujanza de águilas bravías o potros cerriles, para
pregonar con ellas a despecho de afilados dientes y rastreros silbidos,
y no ya por la isla infeliz, sino bajo todos los techos del mundo, el
genio y la bondad del divino maestro. Pero mis palabras, débiles
mariposas, apenas si podrán en su vuelo llegar hasta vosotros, y apenas
si podrán expresar el sobrenatural trastorno que de mí se ha apoderado,
desde que sé, porque lo he prometido, que es deber mío rememorar su vida
llena de sacrificios y perdones, recordar sus doctrinas bañadas de fe y
amor, decir algo que sea de su literatura y poesía originales, rendir mi
homenaje de admiración y de cariño entrañable al hombre sin tacha, a
pesar de fealdades e impurezas de la tierra, al hombre dulce y amable,
que es hoy, al cabo de quince larguísimos años de desaparecido, luz
serena y deleitosa en mi cerebro, ternura y bondad y alas en mi
corazón... ¡Su vida! ¿Y podrá el pensamiento desbordado seguirla en su
carrera de gloria y de dolor? ¿Podrá la palabra humana, humo y cáscara,
y vestidura tantas veces de las más bajas pasiones, relatar tanta
grandeza como encierra su vida? Nació José Martí en cuna humilde, en La
Habana, el 28 de enero de 1853, en la casa marcada con el n.º 102 de la
calle de Paula. Nació en plena corrupción colonial, cuando era Cuba
mártir, el vertedero de todo lo podrido, el refugio de todos los
estorbos, de todos los hambrientos y desocupados de España, cuando era
nuestra tierra, el criadero de una milicia viciosa y enfermiza, robada a
la Agricultura y a la Industria de su país; cuando era esta ciudad,
jardín de América hoy, corral blando y holgado de Capitanes Generales
infecundos, logreros e imperiosos; cuando la bandera roja y gualda
flotaba sobre nuestra casa y a su sombra los cubanos estaban condenados
a perpetua cobardía y los españoles autorizados para enriquecerse y
engordar sus vicios insolentes; cuando el criollo moría en la miseria y
el peninsular paseaba satisfecho en el carruaje comprado con el oro que
manaba del crimen; cuando había más cárceles que escuelas, y el látigo
infamante chasqueaba sobre las espaldas de los hombres de una raza tan
necesitada de justicia como la nuestra; cuando el cubano que no se
sometía a servir de celestino al pisaverde madrileño que lo solicitara,
iba a purgar su osadía en el presidio; cuando el talento de los nativos
dormía echado bajo la bota del déspota ceñudo, y la capa torera sobre
los hombros y la cinta de hule en el sombrero, eran los únicos
pasaportes de honor y las únicas cédulas de vida, verdaderas. Entonces
nació Martí. Fue su padre don Mariano, español, y Sargento cumplido del
Ejército; y su madre, doña Leonor Pérez, hija de Canarias. El sábado 12
de febrero del mismo año en que naciera, fue bautizado en la iglesia del
Santo Ángel Custodio por el presbítero don Tomás Sala y Figuerola. Al
nacer Martí su padre desempeñaba el cargo de Celador de Policía, o lo
que es lo mismo, tenía título sobrado para matar o encarcelar a los que
no creyera fieles a la _madre patria_. Pero don Mariano era un hombre
honrado aunque de escasa inteligencia y maneras rudas y despóticas.
Cuando Martí tenía un año de nacido, lo llevaron a España a donde fueron
sus padres a visitar unos parientes. Cerca de diez meses estuvieron por
Valencia, al cabo de los cuales regresaron a La Habana, continuando don
Mariano en el desempeño de su antiguo destino. Los padres, pues, de
Martí, españoles, lo educaban en el amor a España y en la sumisión más
absoluta a su Gobierno. Y la aspiración más ardiente de ellos era el ver
algún día a su «Pepe»--así lo llamaban--empleado en la misma faena
policiaca que el viejo. Pero aunque el hombre no viene al mundo hecho,
sino que se hace y se moldea al calor de los acontecimientos, Martí,
rebelde desde niño a freno y reclusiones, fue como esos robles vigorosos
que levantan su copa robusta a pesar de la enredadera que los envuelva y
de los gusanos que lo roan. Verdad que Martí fue un genio, y los genios
como los volcanes traen sus entrañas hechas: ellos mismos se tejen el
amor y se acrisolan la capacidad. Se nace rey como se nace esclavo, pero
quien lo nace no se da cuenta de ello hasta que no manda y es obedecido,
o hasta que no lo mandan y obedece. Martí, dijérase que trajo al nacer
la infinita comprensión del porvenir. En él se realizó el milagro: de un
huevo de paloma nació un águila; en el áspero huerto creció el lirio
perfumador....

En una escuela de barrio, de la que contaba él que no podía olvidarse,
porque a su maestro le debía que sus orejas estuvieran más separadas de
la cara que lo regular, aprendió las primeras letras. De allí salió a
los nueve años para el colegio «San Anacleto», que en aquel entonces
dirigía en esta capital el culto educador Rafael Sixto Casado. Y fue en
este colegio donde comenzó a sobresalir, siendo el primero en las clases
y el ganador de todos los premios; donde comenzó a mostrar que no era
aire lo que traía en la cabeza sino pensamiento y acción. De esa niñez
suya, estudiosa, contaba Fermín Valdés Domínguez y cuenta todavía el
doctor Eduardo F. Plá, sus condiscípulos dichosos en las aulas felices,
rasgos asombrosos de inteligencia y de carácter. Y fue de ese colegio de
donde su padre, creyéndolo ya bastante ilustrado lo sacó para emplearlo
de Escribiente en la Celaduría. Y acaso si se hubiera sepultado allí y
se hubiera malogrado el grande hombre, si Francisco Arazoza, un buen
amigo de don Mariano, a espaldas de este, no le hubiera dado dinero para
matricularse en el Instituto de Segunda Enseñanza, y lo hubiera alentado
para que siguiera en sus estudios. Estos los tuvo que abandonar, empero,
meses después, hostigado por el autor de sus días que no estimaba
necesario para desempeñar su empleo, ni para aspirar al de Celador,
saber más de lo que él ya sabía. Sin embargo, el ansia de ilustrarse lo
llevó más tarde, cuando solo contaba catorce primaveras, al plantel de
educación, «San Pablo», colegio de Segunda Enseñanza que fundó y dirigió
en aquel tiempo, el culto y valiente poeta Rafael María de Mendive. En
él se ganó el cariño y la estimación de su Director y estrechó la
amistad con Fermín Valdés Domínguez, quien le abrió su casa acomodada,
le prestó sus libros y le colmó de sincero afecto. De los más dulces
tiempos de su vida fueron esos: y del solaz de ellos, del gozo de ellos,
vino a sacarlo, sacudiéndole las más recónditas fibras del corazón, el
grito de independencia lanzado en Yara, en la madrugada heroica del 10
de octubre de 1868, por el varón ilustre, por el caudillo insigne, por
Carlos Manuel de Céspedes. Días después redujeron a prisión, en el
Castillo del Príncipe, a Rafael María de Mendive, más tarde deportado a
Santander: y cuentan que Martí, ansioso de ver a su amado maestro, se
fue al Gobierno, y sin más recomendación que su persona, consiguió un
pase para poderlo visitar: y allí iba él diariamente, al calabozo del
cubano prisionero, a llevarle el consuelo de su agradecimiento y su
ternura. El toque de clarín de Yara, primero, haciendo vibrar su joven
alma de patriota, la prisión de su viejo amigo, los sucesos de
Villanueva, y otros desmanes y abusos cometidos por el Gobierno de
España en Cuba, fueron seguramente los que fijaron en su mente la divina
idea de libertad y la necesidad de conquistarla. Fue entonces como su
despertar glorioso. Fue entonces acaso que se juró en secreto a ella y
celebró sus bodas con la patria: fue entonces que recibió esa
consagración del dolor que sublima el alma y señala cumbres desconocidas
al pensamiento....

Cuando Mendive salió para España a cumplir condena, Martí, a quien la
existencia se le quedó por esa causa como sin luz y sin guía y sin
amparo, empleose, con el fin de ayudar a su padre, siempre gruñón y
descontento de él, en el escritorio de don Cristóbal Madan, antiguo
amigo del bardo desterrado. A su vez, Martí seguía sus estudios en el
Instituto de Segunda Enseñanza. Y cuentan que en las horas que mediaban
de clase a clase, se reunía un grupo de estudiantes para hablar de
política: y que era siempre Martí, el que más hablaba y con más
entusiasmo, de los problemas de la patria, y que daba gusto oír de sus
labios infantiles, sentencias y frases hermosas, como de adulto hecho ya
a manejar los tiempos y a crearlos: como de hombre hecho a clamar, a
desatar batallas y a desplegar victorias.... En esa misma época, y como
Domingo Dulce, Capitán General de la Isla, decretara la libertad de
imprenta, comenzó Martí a publicar en compañía de Valdés Domínguez un
periódico titulado _El Diablo Cojuelo_, al mismo tiempo que dirigía _La
Patria Libre_, siendo este último el periódico donde publicó por vez
primera su poema «Abdala», canto brioso y fulgurante de levantado
espíritu patriótico. Para él fue un día de júbilo casi celestial, un día
de esos en que el sol parece como que retoza en las almas, aquel en que
vio publicado sus versos. Mas, poco le duró este contentamiento, pues
cuando llegó a su casa mostrando su producción, los padres, que no
estaban de acuerdo con esos juegos de la fantasía y viriles arranques de
cubanismo, lo castigaron severamente. Otros han tenido los besos de los
padres como el aplauso primero a sus demostraciones de hombría, de saber
y de talento: Martí no; Martí no tuvo en el hogar más que áspera voz,
seca riña, cruel amenaza, injusta reprensión de la mano como única
recompensa a sus precoces anhelos de gloria y honores....

Y llegó el momento aciago en que había de sufrir el primer castigo, en
que había de comenzar a descender la cuesta de la vida, por amar a su
patria, ser hombre, y negarse al serrallo. Corría el año de 1869. Era el
4 de octubre. Acusados por unos voluntarios, Eusebio Valdés Domínguez,
hermano de Fermín, Manuel Sellén y Atanasio Fortier, del _enorme delito_
de haberse burlado de ellos al pasar de regreso de una gran parada, por
la casa de la familia de Valdés Domínguez, vinieron, ya entrada la
noche, a prenderlos. Con ese motivo efectuaron un registro en la casa ya
citada, ansiosos, seguramente, aquellos forajidos, de hallar algo que
sancionara la matanza. En el registro llevado a cabo, encontraron, entre
otras cosas, una carta cuyo sobre estaba todavía sin cerrar, y que
habían escrito y firmado Martí y Fermín Valdés Domínguez, para
mandársela a un condiscípulo de ellos que había cometido la mala acción
de apuntarse como oficial de un regimiento, siendo criollo, para ir a
combatir a sus hermanos que en esos momentos bregaban y sangraban por
conquistar para ellos y para todos, casa libre y justa. La breve carta,
escrita por Martí, estaba redactada en estos términos: «Señor Carlos de
Castro y de Castro: (así se llamaba el traidor) Compañero: ¿Has soñado
tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se
castigaba en la antigüedad la apostasía? Esperamos que un discípulo de
Rafael María de Mendive, no dejará sin contestación esta carta». Este
hecho determinó la prisión de Martí y de Fermín Valdés Domínguez, siendo
ambos juzgados en consejo de guerra. Ante el Tribunal fueron llamados
los dos. Valdés Domínguez, primero, declaró que él había sido el autor
de la carta y de las dos firmas. Pero cuando Martí fue interrogado,
jadeante y como si llevara en el pecho una montaña, se acercó a los
jueces, y afirmó con enérgica y vibrante voz que él si era el único y
verdadero autor de la carta citada. Y para corroborar de manera
elocuente su aserto, formuló duros ataques contra la dominación
española, su tiránica política y sus hombres nulos e infames. Este fue
el primer discurso de Martí y la primera demostración pública de su
talento y su carácter irreductibles. Hay hombres que vienen al mundo
como los huracanes y las avalanchas, purificando y retumbando desde que
nacen. Así Martí. Diez y seis años contaba entonces, «el bozo en flor y
el pájaro en el alma» y España quiso matarlo. El Fiscal pidió para él la
pena última y para Fermín Valdés Domínguez diez años de presidio. Pero
el fallo fue: seis años de prisión para Martí y uno para su camarada de
infortunios e ideales. Y Martí fue a presidio. Lo que allí sufrió él, lo
dijo en páginas que todavía gotean sangre, en su folleto «El presidio
político en Cuba» y en el que exclamaba: «Dante no estuvo en presidio.
Si hubiera sentido desplomarse sobre su cerebro las bóvedas oscuras de
aquel tormento de la vida, hubiera desistido de pintar su infierno. Lo
hubiera copiado y lo hubiera pintado mejor. Si existiera el Dios
providente, y lo hubiera visto, con una mano se habría cubierto el
rostro y con la otra habría hecho rodar al abismo aquella negación de
Dios». Y fue luego deportado a Isla de Pinos y más tarde enviado a
España en calidad de deportado. Para ella embarcó el 15 de enero de
1871. Momentos antes de salir le escribía a su benefactor señor Mendive:
«De aquí a dos horas embarco desterrado para España. Mucho he sufrido,
pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas
para tanto, y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente un
hombre, solo a usted lo debo y de usted y solo de usted es cuanto de
bueno y cariñoso tengo. Diga usted a Micaela que si he tenido muchas
imprudencias, la bondad con que las disculpa me hace quererla más. Y a
Paulina y a Pepe y a Alfredo, y a todos mi afecto. Muchísimos abrazos a
Mario: y de usted toda el alma de su hijo y discípulo». Así escribía a
su viejo amigo, poco antes de salir para el destierro, poco antes de
abandonar su patria y su hogar y sus libros el mancebo estupendo que
había de ser más tarde el Libertador de su pueblo, y el que le arrancara
su última presa en América a la hambrienta monarquía española.

A España llegó Martí, apesadumbrado, pobre, comido de pesar el corazón.
A causa del grillete que había llevado se le formó un tumor del cual lo
operaran dos veces y las dos sin éxito. Primeramente vivió en Madrid del
escaso producto de unas clases que daba a los niños de don Leandro
Álvarez Torrijo y a los de la Viuda del General Ravenet. Vivía, como es
de suponerse, miserablemente. Viviendo así se lo encontró, cuando fue
deportado a España por los sucesos del 27 de noviembre de 1871, Fermín
Valdés Domínguez, su amigo, o más bien, su hermano. Y como Valdés
Domínguez llevaba en la bolsa, oro bastante, se instalaron juntos en
amplias habitaciones, bien situadas. Y Martí comenzó una nueva
existencia. Mejoró de salud, se le animaron los ojos tristes, y de nuevo
emprendió sus estudios. En esa época y no obstante estudiar sin
descanso, el tiempo no le faltaba para escribir folletos, para
pronunciar discursos desde la tribuna de la logia «Armonía», para hacer
versos, y para hablar con sus paisanos de las enfermedades de la patria
y de sus curas posibles y necesarias. Una noche en que para tratar sobre
el asesinato de los Estudiantes de Medicina, se reunieron los cubanos
allí residentes, Martí habló: y recuerda uno que estuvo en aquella
reunión memorable, que fue su discurso relampagueante, encendido,
arrebatador; y recuerda también, que sucedió esa noche una cosa
sobrenatural. Colgando de la pared, sobre la tribuna, había una mapa de
Cuba, y cuando Martí, lleno del más tierno lirismo hacía una invocación
a su patria llorosa y rodeada de cadenas, cuando la concurrencia,
suspensa de su palabra, temblaba de emoción, el mapa cayó como una
corona sobre su cabeza. ¡Fue como si su tierra toda entera, respondiera
a su llama miento! Y cuando la proclamación de la República en
España--golondrina fugaz como un suspiro--, Martí puso en manos de
Estanislao Figueras, un largo escrito abogando por la independencia de
Cuba. Y cuando los federales en sesión solemne celebrada en la Academia
de jurisprudencia, quisieron hacer declarar a los cubanos de Madrid que
se contentaban con la República federal española, Martí, allí presente,
se opuso a ello, y en un debate que lo mantuvo en pie siete horas, echó
por el suelo esos propósitos. Martí se opuso también a la creación en
Madrid de un Casino Cubano. Por eso y por otros rasgos más, fue a sus
pocos años, y en plena Corte de España, como el verbo y el alma de su
pueblo atormentado y miserable....

Debido a que Fermín Valdés Domínguez enfermó gravemente y los médicos le
recomendaron que cambiara de aires, pasaron Martí y él a Zaragoza en
donde apenas llegados, se ganaron el afecto y la estimación de los hijos
de aquel noble pedazo de España. Los _insurrectos_ los llamaban en
Aragón, pero los llamaban así, sin ira y sin odio. Martí en Zaragoza lo
fue todo, el orador en las reuniones, el escritor en los periódicos, el
poeta siempre. En una velada organizada para recoger fondos con que
aliviar la miseria de las viudas y huérfanos de los bravos que
sucumbieron por defender el honor que un rey criminal quiso asesinarles,
Martí pronunció una oración bellísima, y el señor Leopoldo Burón recitó
unos versos, también suyos, alusivos al acto. En Zaragoza obtuvo Martí,
el grado de doctor en Derecho a título de suficiencia, y el de doctor en
Filosofía y Letras, a pesar de la marcada oposición del claustro de
aquella Universidad carlista. Así, a puro esfuerzo, entre flaquezas e
impulsos, entre dentelladas y sonrisas, sin morder el mérito ajeno,
caminando siempre del lado de los pobres, y sin andar de pedigüeño por
entre bastidores y escaleras, se hizo hombre, ¡grande hombre!, el niño
bondadoso del hogar infeliz, el sufrido presidiario de las canteras de
Medina, el joven enfermizo y desterrado de la península ibera, nuestro
José Martí....

Y con sus títulos de Abogado y doctor en Filosofía y Letras, dejó la
nación hispana, en 1873, y se fue a visitar a París, Londres y otras
importantes ciudades de Europa, siguiendo luego viaje a México, en donde
le esperaban, ansiosos de abrazarlos, sus padres y hermanas. En México,
tierra ancha y generosa en la que los cubanos han hallado siempre
alegría y calor de propio hogar, lo recibieron con marcadas
demostraciones de aprecio. A poco de estar Martí entre los mexicanos,
era altamente conocido y admirado como periodista, profesor, dramaturgo,
orador y poeta. Durante los cuatro años que en esa República permaneció,
fue Director de _La Revista Universal_, la cual se escribía a veces
desde el fondo hasta las gacetillas; conferencista en el _Liceo Hidalgo_
y en otras Sociedades; autor dramático en los principales teatros. Los
trabajadores de Chihuahua lo nombraron Diputado al Congreso de Obreros y
el Gobierno lo colmó de atenciones a cada instante. Martí, sin el grande
amor por su patria, hubiera sido en México, como en cualquier otro país,
conductor de conciencias. Pero la estrella heráldica que lo llevó a
morir entre el humo y el fragor de la metralla, le seguía como un
lamento y como el grito de una madre: de ahí que ese hombre que pudo ser
monte coronado de flores, viviera por mucho tiempo, errante y vagabundo,
sin plantar su tienda, fija la mirada en la isla hermosa, donde no había
justicia sin soborno, ni honor sin castigo, ni pan sin mancha.

En México, trémulo de femenil pasión y llena el alma como siempre, del
ansia de morir a caballo, peleando por su país, escribió él, aquella
composición suya, titulada «Patria y mujer»; composición que expresa
bien, la grandeza de su alma, arrullada por suspiros de amor y agitada
por gritos desesperados de deber. Lleno de ternura el corazón y poblada
la mente de trágicas visiones, escribió sin duda esa valiente poesía de
la que yo recuerdo estas estrofas:

     suspiro del amor, cual si cupiera,
     triste la patria, pensamiento alguno
     que al patrio suelo en lágrimas no fuera.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

        »Y ¿con qué corazón, mujer sencilla,
     esperas tú que mi dolor te quiera?
     Podrá encender tu beso mi mejilla,
     pero lejos de aquí, mi alma me espera.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

     »Miente mi labio si se acerca al tuyo,
     mienten mis ojos si de amor te miran;
     de mujeril amor mis fuerzas huyo:
     en incorpórea agitación se inspiran.

        »Amo yo más el árbol que sombrea
     la tumba incierta del guerrero hermano,
     que ese nido de perlas que hermosea
     blonda más débil que tu amor liviano.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

        »Sus cuerdas una la robusta lira,
     y el corazón sus átomos perdidos:
     a un solo amor mi corazón aspira,
     para un solo guarda latidos.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

        »Este cuerpo gentil rebosa vida,
     y cada árbol allá cobija un muerto:
     a todo goce esta mujer convida,
     a toda soledad aquel desierto.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

        »No habla de amor mi corazón que late:
     cuando en mi corazón hay un latido,
     es que me anuncia que en algún combate
     un héroe de la patria ha perecido».
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

De la tierra del padre Hidalgo, el cura heroico, pasó a principios de
1877, a Guatemala, deteniéndose antes en La Habana, a recoger unas
cartas de presentación para distintas personalidades del Gobierno de
aquella República. Allí, apenas sacudido el polvo del camino, fue
nombrado Catedrático de Derecho Político, y Director de la _Revista
Guatemalteca_. Allí escribió, a petición del Gobierno, un drama
histórico en cuatro actos y en versos, y también allí, una angelical
alma de niña, sintió por él la más purísima de las pasiones. Era una
distinguida señorita, hija de un General ilustre de aquel país, que lo
amó locamente. Y dicen que Martí sufría como de un crimen, al tener que
mostrarse indiferente ante aquel amor primaveral. Pero él cuando fue a
Guatemala, ya estaba comprometido en México con Carmen Zayas Bazán, a
quien hizo luego su esposa y es hoy su viuda respetada: por eso no amó
Martí aquella criatura tan tierna y talentosa. Martí salió a México de
nuevo a contraer matrimonio, y volvió casado a Guatemala. Y dicen que la
pobre enamorada murió entonces de dolor, del dulce mal de sentir
demasiado las ingratitudes de la vida. Martí, años después, pensando sin
duda en esa historia romántica que estremeció su existencia, escribió
estos divinos versos de ternura y melancolía:

             «Quiero a la sombra de un ala,
          contar este cuento en flor:
          la niña de Guatemala,
          la que se murió de amor.

             »Eran de lirio los ramos,
          y las orlas de reseda
          y de jazmín: la enterramos
          en una caja de seda...

             »Ella dio al desmemoriado
          una almohadilla de olor;
          él volvió, volvió casado:
          ella se murió de amor.

             »Iban cargándola en andas
          Obispos y Embajadores:
          detrás iba el pueblo en tandas,
          todo cargado de flores

             »...Ella, por volverlo a ver,
          salió a verlo al mirador:
          él volvió con su mujer;
          ella se murió de amor.

             »Como de bronce candente
          al beso de despedida
          era su frente, ¡la frente
          que más he amado en mi vida!

             »...Se entró de tarde en el río,
          la sacó muerta el doctor;
          dicen que murió de frío:
          yo sé que murió de amor.

             »Allí, en la bóveda helada,
          la pusieron en dos bancos:
          besé su mano afilada,
          besé sus zapatos blancos.

             »Callado, al oscurecer,
          me llamó el enterrador:
          ¡Nunca más he vuelto a ver
          a la que murió de amor!».

Otras pasiones inspiró Martí, a otras mujeres, pero acaso ninguna tan
pura y tan hermosa como esa que inspiró a la niña de Guatemala, la de
las manos de lirios y la frente purísima: luz y música hecha carne.... Y
cuando de orden del señor Ministro de la Guerra se le quitó la dirección
de la Escuela Normal de aquel país, a su amigo y paisano José María
Izaguirre, renunció puestos y honores y vino a Cuba, ya firmada la paz
del Zanjón, en 1878. La Habana lo recibió afectuosamente. Primero se
puso a trabajar como abogado, aunque sin jurar su título, en los bufetes
de don Nicolás Azcárate y Miguel Viondi, dándose luego a conocer de sus
paisanos como orador, en notables discursos y conferencias pronunciadas
en el Liceo de Guanabacoa, y en un brindis que hizo en un banquete
celebrado en honor del genial periodista Adolfo Márquez Sterling. Cuatro
fueron las veces que habló Martí en el Liceo de Guanabacoa. La primera
sobre el realismo en el Arte; la segunda sobre su amigo, el poeta
Alfredo Torroella, en que arrancó lágrimas; la tercera sobre los dramas
de don José Echegaray, y la cuarta, sobre el insigne violinista Díaz
Albertini. A esta última asistió el General Blanco, Capitán General de
la Isla entonces, y notables personalidades cubanas y peninsulares. Y
dice Miguel Viondi que Martí habló de tal manera, de patria y libertad,
que el General Blanco se retiró de la fiesta diciendo al señor Azcárate:
«quiero no recordar lo que yo he oído y que no concebí nunca se dijera
delante de mí, representante del Gobierno Español: voy a pensar que
Martí es un loco...». Y añadió: «pero un loco peligroso». A pesar del
trabajo excesivo y de su dedicación a la literatura, Martí no dejó un
día de conspirar desde que llegó a La Habana. Su casa era un centro de
conspiración y un templo de arte: allí se reunían tan pronto, hombres de
armas y acción, para hablar de guerra, como se reunían hombres de saber
y pensamiento para hablar de «suspiros y risas, colores y notas». Más
tarde, el mismo general Blanco, creyéndolo--como era la verdad--complicado
en aquel conato de revolución de 1879, le pidió que hiciera pública
protesta de adhesión al Gobierno de España, a lo que él indignado
contestó: «Martí no es de la raza de los vendibles». Y fue nuevamente
deportado a España, de donde se fugó al poco tiempo, pasando a París y
de allí a New York, lugar en que siguió conspirando, conspiración que
culminó con aquel desembarco en Cuba de Calixto García, el glorioso
General de la frente horadada. Y cuando él vio el fracaso de aquella
intentona y palpó la dolorosa realidad, se fue a Caracas, la ciudad de
Bolívar, y allí agrupó en torno suyo numerosos admiradores y amigos. En
Caracas dio clases de oratoria a una juventud valiosa. Varias veces a la
semana y por espacio de dos horas, vibró su voz elocuente en mitad de
sus alumnos que lo escuchaban maravillados. Y consignó uno de aquellos,
que «en una de las sesiones oratorias, le sirvió de tema el pueblo de
Israel, y con lenguaje expresivo y sublime enarró las maravillas de
aquel pueblo excepcional»: que no era posible decir cosas más hermosas y
poéticas, pero «que cuando el orador se consideró en la cumbre del monte
Nebo y presentó al pueblo israelita y a Moisés contemplando la tierra
prometida, su elocuencia fue nueva, sorprendente, y lo sublime parecía
poco ante aquel espíritu transfigurado por el pudor cuasi divino de las
ideas». Fue en Venezuela que dijo, hablando de la independencia de
América: «El poema de 1810 está incompleto y yo quise escribir su última
estrofa». Luego Martí, no pudiendo amoldarse a las exigencias del
Gobierno de aquella República, del cual era entonces Presidente el
general Guzmán Blanco, salió de allí, despidiéndose en una carta
bellísima de los venezolanos que amó. A esa carta pertenece este
párrafo: «Muy hidalgos corazones he sentido latir en esta tierra;
vehementemente pago sus cariños; sus goces, me serán recreo; sus
esperanzas plácemes; sus penas, angustias; cuando se tienen los ojos
fijos en lo alto, ni zarzas ni guijarros distraen al viajero en su
camino: los ideales enérgicos y las consagraciones fervientes no se
merman en un ánimo sincero por las contrariedades de la vida. De América
soy hijo: a ella me debo. Y de la América, a cuya revelación,
sacudimiento y fundación urgente me consagro, esta es la cuna; ni hay
para labios dulces copa amarga ni el áspid muerde en pechos varoniles;
ni de su cuna reniegan sus hijos fieles. Deme Venezuela en qué servirla:
ella tiene en mí un hijo». De Venezuela pasó, de nuevo, llena el alma de
tristezas y emociones viriles, a la Babel moderna de los rubios
mocetones y las nevadas inclementes: a New York, a esa ciudad de las
ansias, de las regatas, de los afanes, de las prisas, a ese horno
colosal donde se sazona el egoísmo y se pierden entre espirales de humo
y ruidos de maquinarias, los besos y las lágrimas....

Triste, apesadumbrado, como un náufrago que después de clamar en vano en
la noche vacía y negra, arriba a playa desconocida, así llegó Martí
nuevamente a New York. Pero tuvo un consuelo, una medicina que de los
más graves males cura al hombre: las ternuras y cuida dos de su esposa
que allí lo esperaba y los besos de su amado chiquitín, el hoy coronel
de nuestro Ejército. Sacudió sus lágrimas calladas, escondió sus penas
hondas, y comenzó a trabajar en la tierra hostil y ajena. El conocer a
los hombres, tanto como los conocía, lo hizo superior a todas las
pasiones: de ahí que pudo, entre gentes que miden, que desdeñan, que
empujan, que desprecian, que viven con el apetito desmesuradamente
abierto, pasear su amable cultura y oceánica bondad, y sacar a puerto y
con honra, su divina existencia. Veamos cómo se abrió paso en el pueblo
áspero y extraño. No era él de los soberbios que se impacientan porque
no le conocen el talento, aprisa, ni de los pobres de espíritu que
porque los visite el dolor, languidecen y desmayan o se despedazan el
cráneo; sino de los de enérgica voluntad y firme intento: de los que
vencen. Las alturas se han hecho para subirlas: en lo más elevado de
ellas, crece, casi siempre, el laurel que da sombra a toda la vida. Él
lo sabía, y se sentía con la fuerza inquieta y seductora de los que
poseen la capacidad de mirar desde lo alto. Martí fue en New York, y en
el período de diez años, dependiente de una casa de comercio en la cual
llevaba los libros de contabilidad y contestaba la correspondencia;
redactor de _El Sun_, el gran diario americano; corresponsal de varios
periódicos de la América Latina, para los cuales escribía kilométricas
epístolas, verdaderos estudios filosóficos y literarios de asuntos y
hombres de los Estados Unidos; traductor de la casa editora «Appleton»;
redactor de _La América_, y el _Economista Americano_, Director de _La
Edad de Oro_, revista exclusivamente para niños, a los que amaba
entrañablemente; profesor en «La Liga», la Sociedad de los necesitados
de cariño y hambrientos de sabiduría; representante de tres naciones,
Uruguay, Paraguay y la Argentina, en la gran plaza norteamericana; y
alma en pie siempre, para responder a todo llamamiento cubano, bien
fuera para remediar miserias o para mitigar dolores. Jamás pasó una
fiesta del patriotismo, de recordación gloriosa, sin que él tomara
parte. Año tras año, cada diez de octubre, aniversario glorioso de aquel
día sublime, Martí dejaba oír su pintoresco, brillante y enérgico
lenguaje, «flores tristes y lanzas enlutadas» que él depositaba a los
pies de los héroes muertos. En el sudor y la fatiga del trabajo vivía,
pero consagrado a Cuba, a desenterrar su epopeya de luz y a añadirle y
hacerla entender, a los que parecían no querer entenderla: y a la
América nuestra entera, a su América enferma. En 1883, invitado para
tomar parte en la grandiosa fiesta con que los representantes de las
Repúblicas latinoamericanas, en New York, habían de conmemorar el
Centenario del nacimiento de Bolívar, Martí asistió a ella, y habló y
derramó a raudales, en legiones de primorosas frases, los productos de
su genio. Y terminó con estas palabras: «¡Brindo por los pueblos libres
y por los pueblos tristes!» ¡Siempre pensando en Cuba! En la «Sociedad
Literaria Hispano Americana», de la cual era Presidente, el alma toda,
fueron innumerables las veces que hizo Martí resonar su palabra
portentosa. Allí Martí habló sobre México, sobre Centro América, sobre
Venezuela, sobre Bolívar. Hablando de Bolívar dijo, entre otras muchas
cosas grandilocuentes: «¡Oh no! En calma no se puede hablar de aquel que
no vivió jamás en ella: ¡de Bolívar se puede hablar con una montaña por
tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres
en el puño y la tiranía descabezada a los pies!». Sobre Espadero habló,
el de «El Canto del Esclavo», «el que aprisionó en sus notas, como en
red de cristal fino, los espíritus dolientes, que velan y demandan desde
el éter fulguroso y trémulo del cielo americano»; sobre Heredia, nuestro
gran Heredia: y donde al hablar de ese divino poeta, tuvo un arranque de
patriótico ardimiento en que exclamó: «Si entre los cubanos vivos no hay
tropa bastante para el honor ¿qué hacen en la playa los caracoles que no
llaman a guerra a los indios muertos? ¿Qué hacen las palmas que gimen
estériles en vez de mandar? ¿Qué hacen los montes que no se juntan
faldas contra faldas, y cierran el paso a los que persiguen, a los
héroes?». Y siempre, y en todos los casos, la patria salía por sus
labios a relucir, altiva y llorosa, como una tórtola gemidora que
abrigara un cóndor bravío....

Pero injustos o malvados--que siempre ha de haber injustos o malvados
cerca de todo grande hombre--, lo tacharon una vez de mal cubano, en
1885, cuando él se opuso a los trabajos emprendidos por algunos jefes de
la revolución del 68 para llevar una guerra nueva a Cuba, por creerla
incompleta y parcial, y por estimar que con ella solo se lograría
alarmar y ensangrentar inútilmente el país, en vez de asegurarle su
entusiasmo y confianza para cuando se pudiera llevar a la isla la guerra
pujante, digna y definitiva. De una carta en que hacía referencia a su
oposición a ese movimiento revolucionario y al silencio en que se
mantuvo por un espacio de tiempo, es este párrafo: «Crear una rebelión
de palabras en momentos en que todo silencio sería poco para la acción,
y toda la acción es poca, ni me hubiera parecido digno de mí, ni mi
pueblo sensato lo hubiera soportado. Ya yo me preparaba a emprender
camino ¡quién sabe a qué y hasta dónde!, en servicio activo de una
empresa, y cuando creí que el patriotismo me vedaba emprenderlo, ¡qué
tristeza, qué tristeza moral de la que nunca podré ya reponerme! ¿Cómo
serviré yo mejor a mi tierra? me pregunte: Yo jamás me pregunto otra
cosa; y me respondí de esta manera: Ahogando todos tus ímpetus;
sacrifica las esperanzas de toda tu vida; hazte a un lado en esta hora
posible del triunfo, antes de autorizar lo que creas funesto; mantente
atado, en esta hora de obrar, antes de obrar mal, antes de servir mal a
tu tierra so pretexto de servirla bien. Y sin oponerme a los planes de
nadie, ni levantar yo planes por mí mismo, me he quedado en el silencio,
significando con él que no se debe poner mano sobre la paz y la vida de
un pueblo sino con un espíritu de generosidad, casi divino, en que los
que se sacrifican por él, garanticen de antemano, con actos y palabras,
el explícito intento de poner la tierra que se liberta en manos de sus
hijos, en vez de poner como harán los malvados, sus propias manos, en
ella, so capa de triunfadores. La independencia de un pueblo consiste en
el respeto que los deberes públicos demuestre a cada uno de sus hijos.
En la hora de la victoria solo fructifican las semillas que se siembran
en la hora de la guerra. Un pueblo antes de ser llamado a guerra tiene
que saber tras de qué va, y adónde va, y qué le ha de venir después. Tan
ultrajados hemos vivido los cubanos, que en mí es locura el deseo, y
roca la determinación de ver guiadas las cosas de mi tierra de manera
que se respete como a persona sagrada la persona de cada cubano, y se
reconozca que en las cosas del país no hay más voluntad que la que
exprese el país, ni ha de pensarse en más interés que en el suyo». Una
noche de conmemoración gloriosa, en ese tiempo, al ir a ocupar Martí la
tribuna, el auditorio pidió con marcadas muestras de hostilidad, que
hablara otro antes que él, otro que era _patriota_. Y Martí tomó asiento
y escuchó tranquilo, de labios pálidos de cólera, alusiones injustas; y
cuando fue a la tribuna él, y el público esperaba que se desatara en
denuestos, que vaciara su ira sobre cuantos le eran contrarios, fueron
sus palabras como voces de perdón. Sus palabras llevaban el desquite:
parecía como si con un manojo de lirios azotara las frentes de los
pecadores: sus anatemas eran alfileres con alas.... Esa noche triunfó y
ya más nunca dejó de ser el triunfador. En todo demostraba Martí las
extraordinarias condiciones que lo sacaron por encima de los demás
hombres... ¿No lo dijo él? «Si los hombres nutren con sus manos
prácticas lo que tienen de fieras, yo haré con las mías por nutrirles lo
que tienen de palomas». Y así era, ministerio purísimo de amor y de
ternura, brazos de par en par abiertos para todos los hombres....

Fue en ese tiempo, durante esos años, que Martí mostró con más pujanza
la largueza de sus conocimientos y la infinita anchura de su genio.
Filósofo, poeta, economista, diplomático, políglota, periodista, orador,
legista, estadista, de todo se mostró Martí entonces, en aquel hervidero
de pasiones e intereses. Allí se le veía tan pronto en la tribuna,
predicando, como se le veía en el periódico, en el informe, en la
revista literaria, en la traducción, en el libro de versos. Allí publicó
él su _Ismaelillo_, un primoroso y pequeño volumen de composiciones
breves; en las que su alma de padre, salta y brinca y chispea, entre los
cabellos rubios y los pies ligeros de su hijo. Y también _Versos
sencillos_, en el que cada estrofa, responde a un estado de espíritu, y
en el que como él decía: «a veces ruge el mar, y revienta la ola, en la
noche negra, contra la roca del castillo ensangrentado; y a veces
susurra la abeja, merodeando entre las flores».

De _Ismaelillo_ es este primoroso juguete:

             Sé de brazos robustos,
          blandos, fragantes;
          y sé que cuando envuelven
          el cuello frágil,
          mi cuerpo, como rosa
          besada, se abre,
          y en su propio perfume
          lánguido exhálase.

             Ricas en sangre nueva
          las sienes laten;
          mueven las rojas plumas
          internas aves;
          sobre la piel, curtida
          de humanos aires,
          mariposas inquietas
          sus alas baten;
          ¡savia de rosa enciende
          las muertas carnes!

             Y yo doy los redondos
          brazos fragantes,
          por dos brazos menudos
          que halarme saben,
          y a mi pálido cuello
          recios colgarse,
          y de místicos lirios
          collar labrarme.
             ¡Lejos de mí por siempre
          brazos fragantes!

Y este otro:

             Por las mañanas
          mi pequeñuelo
          me despertaba
          con un gran beso.

             Puesto a horcajadas
          sobre mi pecho,
          bridas forjaba
          con mis cabellos.

             Ebrio él de gozo,
          de gozo yo ebrio,
          me espoleaba
          mi caballero:
          ¡qué suave espuela
          sus dos pies frescos!
             ¡Cómo reía
          mi jinetuelo!

             ¡Y yo besaba
          sus pies pequeños,
          dos pies que caben
          en solo un beso!

Y este, que es como un suspiro hondo:

              Qué me das ¿Chipre?
          Yo no lo quiero:
          ni rey de bolsa
          ni posaderos
          tienen del vino
          que yo deseo;
          ni es de cristales
          de cristaleros
          la dulce copa
          en que lo bebo.

             Mas está ausente
          ni despensero,
          y de otro vino
          yo nunca bebo.

Y estas estrofas sueltas cogidas al azar de los _Versos sencillos_:

             Yo sé bien que cuando el mundo
          cede, lívido, al descanso,
          sobre el silencio profundo
          murmura el arroyo manso.

             Con los pobres de la tierra
          quiero yo mi suerte echar:
          el arroyo de la sierra
          me complace más que el mar.

             Busca el Obispo de España
          pilares para su altar:
          ¡en mi templo, en la montaña,
          el álamo es el altar!

             Si ves un monte de espumas
          es mi verso lo que ves:
          mi verso es un monte, y es
          un abanico de plumas.

             Amo la tierra florida,
          musulmana o española
          donde rompió su corola
          la poca flor de mi vida.

             ¡Arpa soy, salterio soy
          donde vibra el Universo;
          vengo del sol, y al soy voy;
          soy el amor: soy el verso!

             No me pongan en lo oscuro
          a morir como un traidor:
          ¡yo soy bueno, y como bueno
          moriré de cara al sol!

             Hay montes, y hay que subir
          los montes altos: ¡después
          veremos alma, quién es
          quién te me ha puesto a morir!

             Cultivo una rosa blanca,
          en julio como en enero
          para el amigo sincero
          que me da su mano franca.

             Y para el cruel que me arranca
          el corazón con que vivo,
          cardo ni oruga cultivo:
          cultivo la rosa blanca.

             Yo quiero cuando me muera,
          sin patria, pero sin amo,
          tener en mi tumba un ramo
          de flores y una bandera.

Y cuando el destino le ofrecía el goce de una existencia bella,
sosegada, cómoda; cuando su talento reconocido y su grandeza de
espíritu, le daban asiento firme entre los que ya podían echarse a
descansar, formó con su vida una flor, y la puso a los pies de la
patria. Era el año 1891, y era el mes de octubre. Anunciado que en una
velada, patrocinada por el club «Los Independientes» de New York, que
había de celebrarse en recordación de los héroes del 10 de octubre de
1868, tomaría parte principal Martí, quien desempeñaba el cargo de
Cónsul General de la Argentina, Uruguay y Paraguay en dicha ciudad, el
Ministro de España protestó ante los respectivos Gobiernos, y él, con un
desprendimiento asombroso, renunció a sus cargos diciendo: «¡Antes que
todo cubano!». Hay hombres que suben, como suben las zarzas y las
piedras que tienen en su cúspide las montañas: otros son montañas y las
coronan flores y las visitan víboras. Martí fue de esos. Hombre montaña
desde la cual se puede ver pasar hoy y se verá mejor, a medida que los
años vayan limándola, toda el alma compleja y revuelta de esa época de
creación y amargura. El hecho de renunciar a todo bienestar por Cuba,
hizo resonar su nombre como un trueno, en donde quiera que había
cubanos. Martí, si perdió con ese acto, el gusto y el regalo de su vida,
ganó en prestigio entre sus compatriotas, para los cuales fue desde
entonces, antorcha encendida de patriotismo, brazo infatigable, el
_pensamiento a caballo_ como lo llamó un ilustre hombre americano, el
altar más hermoso y más puro de las libertades cubanas.

Martí supo conquistar gloria: y cuando la conquistó, no la puso a precio
en mercadería, ni se puso a vivir de ella en ocio cobarde, sino que se
consagró a sembrar con sus manos, la buena semilla republicana entre sus
compatriotas emigrados.... Así, cuando días después de este hermoso
hecho, fue invitado por el Presidente del Club «Ignacio Agramonte» de
Tampa--la ciudad levantada a puro esfuerzo por los cubanos
proscriptos--para que tomara participación en una fiesta
político-literaria que dicho Club había de celebrar, él respondió
aceptando; y vencidas algunas dificultades, el 25 de noviembre de 1891,
a la una de la madrugada, bajo una lluvia tenaz, arribó jubiloso a la
estación, henchida de cabezas, de aquel pueblo de hombres libres que lo
amaba ya sin conocerlo y que fue, por el sino misterioso de las cosas,
cuna de la gloriosa revolución del 95 que sacó a la vida libre nuestra
nacionalidad. A la siguiente noche, día 26, Martí dejó oír su palabra
sedosa y centelleante en aquel Liceo histórico, que yo añoro ahora
entristecido, y me veo niño, llena el alma de ilusiones, escuchando
exaltado al pie de la tribuna, los tiernísimos acentos de su voz
incomparable. Lo que allí dijo Martí no hay frases que lo abarquen. «Por
Cuba y para Cuba» tituló él su discurso, y por ella y para ella fue
cuanto su palabra, a veces impetuosa, a veces desgarradora, expresó. Su
discurso fue todo amor, todo esperanza, todo verdad. Señaló todos los
males que podrían la tierra de sus amores, los escollos con que se había
de tropezar y la manera de vencerlos. Habló de los egoístas y los
miedosos y los críticos que siempre le salen al encuentro a toda obra
cuando esta se halla en los sudores de la creación, y dijo: «¿Pero qué
le hemos de hacer? ¡Sin los gusanos que fabrican la tierra no podrían
hacerse palacios suntuosos! En la verdad hay que entrar con la camisa al
codo como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo,
aunque no huela a clavellina. Todo tiene la entraña fea y sangrienta; es
fango en las artesas, el oro puro en que el artista talla luego sus
joyas maravillosas; de lo fétido de la vida, saca almíbar la fruta y
colores la flor: nace el hombre del dolor y la tiniebla del seno
maternal, y del alarido y el desgarramiento sublime; ¡y las fuerzas
magníficas y corrientes de fuego que en el horno del sol se precipitan y
confunden, no parecen de lejos, a los ojos humanos sino manchas!».
Hablando de los peligros que podían hacer desfallecer y cejar al cubano
en su afán de libertad, decía entre otras cosas: «¿O nos ha de echar
atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente
impura que está a paga del Gobierno español, el miedo a andar descalzo,
que es un modo de andar ya, muy común en Cuba, porque entre los ladrones
y los que los ayudan, ya no tiene en Cuba zapatos más que los cómplices
y los ladrones?». Los pechos todos vibraron de entusiasmo y de cariño al
escucharlo, y el alma de todos, como una marejada, lo envolvió y llenó
de una titánica alegría. ¡Él vio sin duda en aquella noche radiosa, en
aquella noche memorable, al terminar su oración, a su pobre patria
llorosa, entre convites y villanías, de barragana y flor marchita por el
mundo, y vio también, alucinado por el estruendo de los aplausos y los
vítores, a caballo el ejército de la Libertad, echándose sobre los
palacios podridos donde se cobijaban las almas de coleta y sotana,
símbolos de la secular dominación de España....

A la siguiente noche, 27 de noviembre, habló sobre el asesinato de los
estudiantes del 71, y su discurso fue una joya, una flor que no se
secará nunca sobre la tumba de los ocho adolescentes. Y el 28 del mismo
mes, salió de nuevo para New York, en donde a los pocos días recibió un
ejemplar del periódico _El Yara_, de Cayo Hueso, que dirigía el
irreductible cubano José Dolores Poyo, y en el que se expresaba
vivamente el deseo de que les hiciera una visita. Con este motivo, Martí
le escribió el 25 de diciembre del mismo año, una carta a Poyo, en la
que le daba las gracias por haberle adivinado sus deseos de visitar a
los cubanos del peñón rebelde. En esa carta le decía entre otras cosas:
«¿Pero cómo ir al Cayo de mi propia voluntad como pedigüeño de fama que
va a buscarse amigos, o como solicitante, cuando quien ha de ir en mí,
es un hombre de sencillez y de ternura, que tiembla de pensar que sus
hermanos pudieran caer en la política engañosa y autoritaria de las
malas Repúblicas? Es tan dulce obedecer el mandato de los compatriotas,
como es indecoroso solicitarlo. Es mi sueño que cada cubano sea hombre
político enteramente libre, como entiendo que el cubano del Cayo es, y
obre en todos sus actos, por su simpatía juiciosa y su elección
independiente, sin que le venga de fuera de sí, el influjo dañino de
algún interés disimulado. Pues aunque se muera uno del deseo de entrar
en la casa querida, ¿qué derecho tiene a presentarse de huésped intimo,
a donde no lo llaman? Mejor pasar por seco--aunque se esté saliendo de
cariño tierno el corazón--, que pasar por lisonjeador, o buscador, o
entrometido, que faltar con una visita meramente personal al respeto que
debo a la independencia y libre creación de los cubanos. Pero mándenme,
y ya verán cuán viejo era mi deseo de apretar esas manos fundadoras». En
Cayo Hueso hubo indecisión sobre si debía o no llamársele. Pero por fin,
y por acuerdo del Club «Patria y Libertad», se le llamó. Martí salió
enseguida para Cayo Hueso, siendo acompañado en su viaje, desde Tampa,
por representantes de los Clubs «Ignacio Agramonte», y «La Liga
Patriótica». El 25 de diciembre llegó, mal de salud, al Cayo. No
obstante, habló varias ocasiones, arrebatando al auditorio, hasta que
ya, verdaderamente enfermo, le prohibieron los médicos que saliera de su
habitación. En cama estuvo doce días, al cabo de los cuales, un tanto
restablecido, se levantó y visitó, uno por uno, todos los talleres,
predicando la fe patriótica. Más tarde, en una reunión a que citó y a la
que asistieron varios jefes de la guerra del 68, se expuso la idea de
organizar bajo una sola, bandera a los cubanos emigrados. Martí recogió
esa idea y redactó entonces, ese monumento de amor y de concordia que se
llama: «Bases del Partido Revolucionario Cubano». De regreso de Cayo
Hueso pasó por Tampa, siendo aprobadas en esta ciudad las referidas
bases, siguiendo a New York, en donde lo esperaba un gran pesar: la
carta denostadora que el General Enrique Collazo, por error o ceguedad
del momento, le escribiera desde La Habana, y que firmaron con él, otras
distinguidas personalidades de la revolución. A esa carta contestó Martí
con otra que es como un blando arroyo de aguas puras que llevara en su
corriente la hoja de una espada. Refiriéndose a los ataques personales
que se le hicieron escribió: «Y ahora señor Collazo, ¿qué le diré de mi
persona? Si mi vida me defiende nada puedo alegar que me ampare más que
ella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame
mi vida. Queme usted la lengua señor Collazo, a quien le haya dicho que
serví yo a la madre patria. Queme usted la lengua a quien le haya dicho
que serví de algún modo, o pedí puesto alguno, al partido liberal. Creo
señor Collazo, que ha dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de
su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas
veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario para
morir en su defensa». Este incidente quedó satisfactoriamente arreglado
para ambos servidores de la patria, polvo hoy uno y luz en el recuerdo,
y reliquia viva el otro, escapada al peligro del naufragio y de la
muerte....

A la sazón, por todas las emigraciones iban siendo conocidas y aceptadas
las «Bases del Partido Revolucionario Cubano»: y el diario de abril de
1892--aniversario de aquel otro 10 de abril de Guáimaro--, quedó
proclamado este y nombrado Martí, por el cómputo de votos de todos los
emigrados, Delegado, cargo que llevaba en sí la suprema dirección de los
trabajos de esa gigantesca corporación, que fue casa, tribuna y
trinchera de las libertades cubanas en el exterior....

Desde el momento en que asumió Martí ese cargo, comenzó la labor más
extraordinaria que pueda imaginarse la mente humana. De New York, pasó a
Costa Rica, a entrevistarse con los generales Antonio y José Maceo, y
Flor Crombet, de los cuales tuvo la aprobación más calurosa por los
trabajos emprendidos. En Costa Rica habló y fundó Clubs, pasando luego
por segunda vez a México en donde despertó el entusiasmo patriótico de
los cubanos. El 15 de septiembre de 1892, le dirigió una carta al
general Máximo Gómez, invitándolo a que aceptara la investidura de
encargado supremo del ramo de la guerra, a que «ayudara a organizar
dentro y fuera de la isla, el Ejército Libertador que había de poner a
Cuba, y a Puerto Rico con ella, en condiciones de realizar con métodos
ejecutivos y espíritu republicano su deseo manifiesto y legítimo de
independencia». En dicha carta invitaba al generalísimo, a ese nuevo
sacrificio, en momentos en que no tenía más remuneración que
ofrecerle--según sus palabras--«que el placer del sacrificio y la
ingratitud probable de los hombres»; invitación a la que el general
Gómez contestó aceptando, en noble y generosa carta, y a la que Martí
correspondió, yendo a visitarlo en Santo Domingo, la República hermana
por la gloria y el martirio. De Santo Domingo emprendió Martí una
excursión por todos los pueblos de la Unión Americana y algunos de
América Latina, volviendo a New York. Allí su vida era un vértigo. Se
escribía _Patria_, el periódico que fundó, junto con el «Partido
Revolucionario», contestaba una numerosa correspondencia, fundaba clubs,
escribía artículos de propaganda, en inglés, para periódicos de
Filadelfia y New York, y pronunciaba discursos. Relámpagos parecía tener
aquel hombre por músculos, tal era la prisa en que vivía. Increíble
parece que aquel cuerpo flaco y endeble, encerrara dentro de sí espíritu
tan gigantesco y tan fuerte, hecho a golpes de zarpas y a caricias de
ala, capaz de abrir surcos y levantar cimientos y capaz, de poemizar el
dolor e idealizar el martirio; apto para abrigar una tempestad y para
echarse todo entero en el cáliz de un jazmín....

En 1893, la intentona de Purnio y su fracaso le quebrantaron la salud.
Pero no por eso se echó como débil mujerzuela a llorar tristezas, sino
que después de publicar un manifiesto de levantado espíritu patriótico,
continuó, con más bríos si cabe, la tarea enorme de hacer patria, tarea
que fue sobre sus hombros una cruz, semejante a la que llevara, a través
de su calle de Amargura, el Cristo dulce y bueno de los cristianos.
Igualmente que los sucesos de Purnio, muestra evidente de la inquietud
que ya reinaba en la isla mártir, los pronunciamientos de Lajas y
Ranchuelo, en 1894, lo magullaron hondamente. Pero, incansable, a cada
golpe se levantaba más potente. A fines de ese mismo año fue que,
teniéndolo ya todo dispuesto para la lucha, escribió a Eduardo H. Gato,
el cubano rico del Cayo, una carta, que es un poema de dolor, pidiéndole
$5000 y otra a José María Izaguirre, cubano rico de New Orleans,
pidiéndole cantidad parecida. De la carta a Gato son estas frases: «Todo
minuto me es preciso para ajustar la obra de afuera con la del país. ¿Y
me habré de echar por esas calles, despedazado y con náuseas de muerte,
vendiendo con mis súplicas desesperadas nuestra hora de secreto, cuando
usted con este gran favor, puede darme el medio de bastar a todo con
holgura, y de cubrir con mi serenidad los movimientos?». «Si le escribo
más me parece que le ofendo. Usted es hombre capaz de grandeza: esta es
su ocasión. ¿Le prestaría a un negociante $5000 y no a su Cuba? Deme una
razón más de tener orgullo de ser cubano». Y de la carta a Izaguirre
este es el final: «¿Me lastimará usted mi fe? ¿Y en vano habré salido su
fiador? Porque lo garanticé desde el principio como si hubiéramos
hablado de esto y tuviera autoridad de usted para su oferta. ¿No me la
da su vida y nuestra amistad? Le saluda la casa y quiero que me quiera
por haber tenido esta certeza de usted, no en la hora de la gloria, sino
en la del sacrificio. Yo voy a morir, si es que en mí queda ya mucho de
vivo. Me matarán de bala, o de maldades. Pero me queda el placer de que
hombres como usted me hayan amado. No sé decirle adiós. Sírvame como si
nunca más debiera volverme a ver». Y esos cubanos respondieron
mandándole lo que él les pedía. ¡Y cómo no! ¿Se podía negar, se podía
decir que no, a quien pedía de ese modo, resplandeciente de limpieza y
de angustia? Dispuesto todo para emprender la empresa definitiva,
recorrió por última vez las emigraciones, y cuando se detuvo en un
puerto de la Florida, en enero de 1895, ya todo lo tenía preparado para
caer sobre su tierra a bandera desplegada. Tres barcos, «Amadís»,
«Lagonda» y «Baracoa», cargados de armas y pertrechos ya estaban para
salir de Fernandina, cuando las Autoridades de aquella ciudad, los
detuvieron. La traición de un miserable, que estará mientras viva, libre
de todo, menos del remordimiento, vendió su poderoso plan. Entonces sí
que sufrió Martí lo indecible. Imagínenselo triste, rabioso,
colérico--¡colérico él, Dios mío!--viendo acaso en el espanto y horror de
sus ojos desmesuradamente abiertos, descender sobre su patria como un
sudario de muerte, y sobre su corazón como una mano de hierro....

Perseguido por los Agentes españoles salió de Fernandina y llegó a New
York. Allí le volvió la vida: ¡podía salvar parte de las armas
apresadas! Y el 29 de enero escribió la orden de levantamiento para los
jefes de la revolución en Cuba, y el 31 salió en compañía de los
generales María Rodríguez y Collazo para Santo Domingo, con el fin de
unirse allí con Máximo Gómez. Se detuvo en Cabo Haitiano, en donde pasó
varias semanas de verdadera zozobra, rodeado de malvados e impotentes.
Allí fue a moverle con furia, el espíritu, la noticia del levantamiento
del 24 de febrero, la noticia de que ya en su tierra se peleaba,
cumpliendo órdenes suyas, por el decoro y la libertad. Esto lo animó y
desesperó más. Después de ese momento ni el sueño ni el descanso le
hicieron falta: vivía en una constante actividad. Así vio pasar todo el
mes de marzo y llegar abril, y sin poder embarcarse para las playas
amadas, donde ya se moría como él sabría morir. El 25 de marzo, ya en
vísperas de viaje, en el _pórtico_ del _gran deber_, le escribió a su
amigo, el dominicano y poeta y escritor, Federico Henríquez Carvajal,
una carta que alguien ha llamado su testamento político, y de la cual
vienen a mi mente estos conceptos que debía grabar todo cubano en lo más
puro y bueno de sus entrañas: «Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad
comienza con ella, en vez de acabar. Para mí la patria no será nunca
triunfo, sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar
respeto y sentido humano y amable al sacrificio; hay que hacer viable e
inexpugnable la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo único
quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavándome el alma, irme lejos
de los que mueren como yo sabría morir, también tendré ese valor. Quien
piensa en sí no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más
que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el
interés de sus representantes ponen en el curso natural de los sucesos.
De mí espere la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Pero
mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador:
morir callado. Para mí ya es hora. Pero aun puedo servir a este único
corazón de nuestras Repúblicas. Las Antillas libres salvarán la
independencia de nuestra América y el honor ya dudoso y lastimado de la
América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.
Vea lo que hacemos, usted con sus canas juveniles y yo a rastras con mi
corazón roto. Yo obedezco, y aun diré que acato como superior
disposición y como Ley americana, la necesidad feliz de partir, al
amparo de Santo Domingo, para la guerra de libertad de Cuba. Hagamos por
sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la
cordillera de fuego andino». En esta carta dejó Martí mucho de su alma
llena del himno glorioso de la naturaleza y de la íntima majestad de lo
divino. Pero donde puso todo el corazón rebosante de ternura y amor, fue
en la carta última, que le escribió a su anciana madre, entonces aquí,
al lado de los que se sentaban a la mesa del jerez y de la manzanilla a
comer el plato del robo y de la villanía. Oíd esa carta: «Madre mía: Hoy
25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yo
sin cesar pienso en usted. Usted se duele en la cólera de su amor del
sacrificio de mi vida: y ¿por qué nací de usted con una vida que ama el
sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es
más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía,
el recuerdo de mi madre. Abrace a mis hermanas y a sus compañeros. Ojalá
pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí. Y
entonces sí que cuidaré yo de usted con mimo y con orgullo. Ahora
bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin
limpieza. La bendición». ¡Yo no sé que se pueda decir más y de manera
más genial en tan pocas palabras! Si Martí no hubiera escrito más que
esta carta, por ella solo tendría asiento perdurable entre los hombres
que saben lo que es un adiós, lo que es desafiar la muerte, ¡y lo que
una madre significa!...

Y llegó por fin el momento feliz, término de todas sus angustias,
satisfacción de todos sus anhelos. Después de publicar el grandioso
manifiesto de «Montecristi» de despachar el barco expedicionario para
Maceo, de vencer cuantas dificultades le salieron al camino, se embarcó,
en unión de cinco compañeros, Máximo Gómez, Paquito Borrero, Ángel
Guerra, César Salas y Marcos del Rosario, en un vapor alemán que había
llegado de paso a Cabo Haitiano, y que según la promesa de su Capitán a
Martí, los conduciría cerca de las costas de Cuba y les cedería un bote
para llegar a tierra. Oíd el relato, hecho a tajos, de esa odisea
milagrosa. Era el 10 de abril, día glorioso dos veces en los anales de
la historia cubana, cuando se echaron al mar esos hombres magníficos; y
el 11, a pocas millas de la costa, detiene el vapor que los conducía su
marcha, bajan la escala, echan al agua uno de sus botes y en él se
instalan los seis expedicionarios «con gran carga de parque y un saco
con queso y galletas». Y a las seis horas de remar, bajo un cielo negro
y tenebroso, arrullado por olas alborotadas, caen sigilosos sobre la
costa de Cuba, llenos de una dicha superior al peligro que habían
corrido y que habían de correr. Ya en tierra, cargados como bestias,
subieron los espinares y pasaron las ciénegas y cruzaron ríos crecidos y
subieron cumbres, hasta que dieron con la guerrilla baracoana de Félix
Ruenes «hombre de consejo y moderación» como lo llamó Martí, y a quien
la gloria le crece ya sobre la sepultura. Oigamos las impresiones
primeras de Martí, en los campos de Cuba libre: «Hasta hoy no me he
sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi
patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo.
Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los
hombres se ofrecen al sacrificio». «Es muy grande mi felicidad: sin
ilusión alguna de mis sentidos ni pensamiento excesivo en mí propio, ni
alegría egoísta y pueril, puedo decir que llegué al fin, a mi plena
naturaleza; y que el honor que en mis paisanos vea, en la naturaleza que
nuestro valor nos da derecho, me embriaga la dicha con dulce embriaguez.
Solo la luz es comparable a mi felicidad». Cerca, de la costa
permanecieron Martí y sus compañeros hasta el día 16 que salieron con
dirección a la jurisdicción de Guantánamo. Los españoles, sabedores de
la llegada de los expedicionarios y de que rondaban por esos lugares, le
salieron al encuentro en número de cuatrocientos hombres. Y el día 27,
por suerte, estando ya Martí y los suyos con las fuerzas de Garzón y
Mariano Sánchez y José Maceo que asumió el mando de todas, fueron
atacados por el enemigo. De este encuentro contaba Martí: «Me siento
puro y leve, y siento en mí algo como la paz de un niño. ¿Por qué me
vuelvo a acordar ahora de la larga marcha, para mí la primera marcha de
batalla que siguió al combate victorioso con que nos recibió el valiente
y sencillo José Maceo? Porque fue muy bella y quisiera que ustedes la
hubieran visto conmigo. ¿O tenía el cielo balcones y los seres que me
son queridos estaban asomados a uno de ellos? A la mañana veníamos, aun
los pocos de la expedición de Baracoa, los seis y los que se nos fueron
uniendo, revueltos por el monte de espinas y con la mano al arma,
esperando por cada vereda al enemigo. Retumba de repente el tiroteo como
a pocos pasos de nosotros, y el fuego es de dos horas. Los nuestros han
vencido. Cien cubanos bisoños han apagado treinta hombres de la columna
entera de Guantánamo: trescientos teníamos, pero solo pelearon cien;
ellos se van pueblo adentro, deshechos, ensangrentados, con los muertos
en brazos, regando las armas. En el camino mismo del combate nos
esperaban cubanos triunfadores: se echan de los caballos abajo; nos
abrazan y nos vitorean; nos suben a caballo y nos calzan las espuelas;
¿cómo no me inspira horror la mancha de sangre que hay en el camino? ¿ni
la sangre a medio secar de una cabeza que ya está enterrada, en la
cartera que le puso de almohada un jinete nuestro?». «Ya duerme el
campamento: al pie de un árbol grande iré luego a dormir, junto al
machete y el revólver, y de almohada mi capa de hule: ahora, abro el
jolongo y saco de él la medicina para los heridos. ¡Qué cariñosas las
estrellas... a las tres de la madrugada! A las cinco abiertos los
ojos...». «A cada momento alzo la pluma, o dejo el taburete y el corte
de palma en que escribo, para adivinarle a un doliente la maluquera,
porque de piedad o casualidad se me han juntado en el bagaje más
remedios que ropa, y no para mí que no estuve más sano nunca. Y ello es
que tengo acierto, y ya me he ganado mi poco de reputación, sin más que
saber como está hecho el cuerpo humano, y haber traído conmigo el
milagro del iodo. Y el del cariño, que es otro milagro; en el que ando
con tacto, y con rienda severa, no vaya la humanidad a parecer
vergonzosa adulación, aunque es rara la claridad del alma, y como finura
en el sentir que embellece, por entre palabras pícaras, y disputas y
fritos y guisos, esta vida de campamento». Hasta aquí de sus cartas.
Triunfal fue la marcha de Martí por los campos de Cuba libre: por donde
quiera que pasaba iba dejando--como dicen que proclamaba José Maceo--,
_vergüenza y alegría_. Más de diez veces les habló Martí a fuerzas
cubanas en guerra y siempre les dejó la mente en alto y el alma
contenta. ¡Todavía viven algunos de los que oyeron a caballo y con la
mano a la cintura su elocuencia arrebatadora: todavía viven algunos de
los que le vieron sin cansancio y sin fatiga andando con el rifle al
hombro por las montañas agrias, por los pedregales ásperos, por los ríos
creídos, por las ciénegas espantables.

Y llega el 19 de mayo, el día aciago, el día tremendo. El sol lucía en
el zenit. Martí y Masó estaban acampados en Vuelta Grande cuando llegó
el General Gómez y fue como un jubileo el campamento. Masó y Martí y
Máximo Gómez le hablaron a las fuerzas y fueron vitoreados y aclamados.
A poco avisan las avanzadas que estaban cerca de Dos Ríos la proximidad
del enemigo. De Vuelta Grande a Dos Ríos había poco más de una legua.
Los soldados cubanos, entusiasmados por las arengas que acababan de oír,
a vuelo de caballo se ponen frente a los contrarios. En breves momentos
el combate se generaliza; la atmósfera se preña de humo y olor a
pólvora; el aire es épico. Entonces es que Martí, desmadejado el
cabello, los ojos fúlgidos y relampagueantes, el pecho henchido de
orgullo, enardecido, arrebatado, impaciente por el sacrificio e inquieto
por la emulación, invita a la carga a su ayudante Ángel la Guardia--aquel
fiero aguilucho caído en Victoria de las Tunas--, aviva con las espuelas
su noble bruto, y gozoso como un niño que ha crecido un palmo, y como si
hubiera alcanzado a ver, reducido a la pequeñez de un montón de carne
humana, todo el Gobierno de rencores, de insultos, de envidias, de
mezquindades, de ambiciones, de la oligarquía esquilmadora que le vejaba
su tierra, se echa sobre los rifles enemigos y cae acribillado a
balazos, con la limpieza y majestad de un Dios, del brazo de la muerte
que es inmortal, y coronado por la fulgente claridad del martirio y de
la gloria.... Así terminó, así se obscureció para siempre, la lámpara
pura y serena de aquel gran cerebro, «dictador de genio»; así dejó de
latir aquel gran corazón, profesor de virtudes; así, entre chocar de
aceros y estampidos de fusilería, pasó el gran Apóstol a ser huésped
eterno de la suprema luz. Allí, en los campos de Dos Ríos, campos ya
para siempre memorables, se apagó aquel astro inmenso que parecía
inmortal; allí cayó peleando por la independencia de su patria,
arremetiendo contra los defensores de la tiranía, la cabeza imperial
descubierta y nutrida de leyendas y de asombros, con el alma en el aire,
el batallador infatigable que fue para los cubanos, con sus racimos de
palabras y sus manantiales de ternuras, como otra isla sonora y
espiritual.... Allí, a aquellos campos, en silencio, que recogieron su
última mirada y su último suspiro y que supieron también del primer
grito de desolación y de angustia que arrancó a los suyos su caída; allí
debieran ir en legiones los cubanos vivos, a purificarse y a lavarse de
sus culpas y pecados. Allí, a aquellos campos donde entregó su vida el
héroe más puro y grande del poema de hierro de nuestras guerras de
independencia, debieran ir los que ahora, olvidados de todo lo que no
sea su personal interés, ponen la patria de cabalgadura y de látigo la
gloria que conquistaron en su defensa; los _prácticos_ eternos que no
piensan ni por un momento en la gloria de morir peleando por la libertad
y sí en lo cómodo de vivir, aunque sea de rodillas, a los pies de los
amos del momento; los que no saben que hay algo más triste que ser
esclavo, y es mostrar que no se es digno de ser libre... ¿Y se perderá
entre los cubanos el recuerdo de existencia tan pura, tan meritísima y
ejemplar? ¿Será tanta nuestra pequeñez, que ocupados en buscar la
comodidad y el gusto y el regalo personal, no miremos que se nos puede
caer la casa de todos, la obra santa que él coronó a costa de su sangre?
¿Será todo chiste, ira, medro? Inspirémonos en él, y depongamos nuestros
agravios y nuestras inquinas: amémonos los unos a los otros, y clavemos
en lo más firme y alto de nuestra tierra la bandera de nuestra
nacionalidad. Y vigilemos para que de su triángulo rojo no se salga
jamás la estrella solitaria, ni para hundirse en la nada, ni para dar su
brillo, entonces más sola que nunca, entre el montón de estrellas del
pabellón americano....

Hasta aquí de su vida; de su obra hablaré en otra ocasión.

Y ahora, Maestro y Padre, escucha: el niño aquel que en la emigración te
siguió febril, enamorado de tu bondad y tu talento, el niño aquel que
por serlo, no te acompañó en la hora de tu muerte, se ha hecho hombre y
te es fiel, y de las semillas de amor que tú le dejaste caer en el
pecho, esto es el fruto. Tu memoria lo fortalece como una esperanza,
como un faro lo guía, como un ala lo levanta. Y si es verdad que la vida
humana no es toda la vida, si es verdad que después de ella hay otra
existencia superior, ordena, que él no quiere para sí mayor gloria que
la de obedecer a tu mandato. Él no se cansa de predicar tus doctrinas ni
de continuar, a la medida de sus fuerzas, tu obra de ensanchamiento y de
reparación universal. Tus libros, que ahora mismo Gonzalo de Quesada, tu
buen Gonzalo, publica para reverenciarte, constituyen su Biblia. Y todas
las noches, al poner la cabeza sobre la almohada libre, piensa en ti, y
murmura agitado como por un temblor de héroe: Maestro ¡gloria a ti!
Padre, bendito seas....

       *       *       *       *       *



                           Amistad funesta

                               Novela



                              Capítulo I


Una frondosa magnolia, podada por el jardinero de la casa con manos
demasiado académicas, cubría aquel domingo por la mañana con su sombra a
los familiares de la casa de Lucía Jerez. Las grandes flores blancas de
la magnolia, plenamente abiertas en sus ramas de hojas delgadas y
puntiagudas, no parecían, bajo aquel cielo claro y en el patio de
aquella casa amable, las flores del árbol, sino las del día, ¡esas
flores inmensas e inmaculadas, que se imaginan cuando se ama mucho! El
alma humana tiene una gran necesidad de blancura. Desde que lo blanco se
oscurece, la desdicha empieza. La práctica y conciencia de todas las
virtudes, la posesión de las mejores cualidades, la arrogancia de los
más nobles sacrificios, no bastan a consolar el alma de un solo
extravío.

Eran hermosas de ver, en aquel domingo, en el cielo fulgente, la luz
azul, y por entre los corredores de columnas de mármol, la magnolia
elegante, entre las ramas verdes, las grandes flores blancas y en sus
mecedoras de mimbre, adornadas con lazos de cinta, aquellas tres amigas,
en sus vestidos de mayo: Adela, delgada y locuaz, con un ramo de rosas
Jacqueminot al lado izquierdo de su traje de seda crema; Ana, ya próxima
a morir, prendida sobre el corazón enfermo, en su vestido de muselina
blanca, una flor azul sujeta con unas hebras de trigo; y Lucía, robusta
y profunda, que no llevaba flores en su vestido de seda carmesí, «porque
no se conocía aun en los jardines la flor que a ella le gustaba: ¡la
flor negra!».

Las amigas cambiaban vivazmente sus impresiones de domingo. Venían de
misa; de sonreír en el atrio de la catedral a sus parientes y conocidos;
de pasear por las calles limpias, esmaltadas de sol, como flores
desatadas sobre una bandeja de plata con dibujos de oro. Sus amigas,
desde las ventanas de sus casas grandes y antiguas, las habían saludado
al pasar. No había mancebo elegante en la ciudad que no estuviese aquel
mediodía por las esquinas de la calle de la Victoria. La ciudad, en esas
mañanas de domingo, parece una desposada. En las puertas, abiertas de
par en par, como si en ese día no se temiesen enemigos, esperan a los
dueños los criados, vestidos de limpio. Las familias, que apenas se han
visto en la semana, se reúnen a la salida de la iglesia para ir a
saludar a la madre ciega, a la hermana enferma, al padre achacoso. Los
viejos ese día se remozan. Los veteranos andan con la cabeza más
erguida, muy luciente el chaleco blanco, muy bruñido el puño del bastón.
Los empleados parecen magistrados. A los artesanos, con su mejor
chaqueta de terciopelo, sus pantalones de dril muy planchado y su
sombrerín de castor fino, da gozo verlos. Los indios, en verdad,
descalzos y mugrientos, en medio de tanta limpieza y luz, parecen
llagas. Pero la procesión lujosa de madres fragantes y niñas galanas
continúa, sembrando sonrisas por las aceras de la calle animada; y los
pobres indios, que la cruzan a veces, parecen gusanos prendidos a
trechos en una guirnalda. En vez de las carretas de comercio o de las
arrias de mercaderías, llenan las calles, tirados por caballos altivos,
carruajes lucientes. Los carruajes mismos, parece que van contentos, y
como de victoria. Los pobres mismos, parecen ricos. Hay una quietud
magna y una alegría casta. En las casas todo es algazara. Los nietos
¡qué ir a la puerta, y aturdir al portero, impacientes por lo que la
abuela tarda! Los maridos ¡qué celos de la misa, que se les lleva, con
sus mujeres queridas, la luz de la mañana! La abuela, ¡cómo viene
cargada de chucherías para los nietos, de los juguetes que fue reuniendo
en la semana para traerlos a la gente menor hoy domingo, de los
mazapanes recién hechos que acaba de comprar en la dulcería francesa, de
los caprichos de comer que su hija prefería cuando soltera, qué carruaje
el de la abuela, que nunca se vacía! Y en la casa de Lucía Jerez no se
sabía si había más flores en la magnolia, o en las almas.

Sobre un costurero abierto, donde Ana al ver entrar a sus amigas puso
sus enseres de coser y los ajuares de niño que regalaba a la Casa de
Expósitos, habían dejado caer Adela y Lucía sus sombreros de paja, con
cintas semejantes a sus trajes, revueltas como cervatillos que retozan.
¡Dice mucho, y cosas muy traviesas, un sombrero que ha estado una hora
en la cabeza de una señorita! Se le puede interrogar, seguro de que
responde: ¡de algún elegante caballero, y de más de uno, se sabe que ha
robado a hurtadillas una flor de un sombrero, o ha besado sus cintas
largamente, con un beso entrañable y religioso! El sombrero de Adela era
ligero y un tanto extravagante, como de niña que es capaz de enamorarse
de un tenor de ópera: el de Lucía era un sombrero arrogante y
amenazador; se salían por el borde del costurero las cintas carmesíes,
enroscadas sobre el sombrero de Adela como una boa sobre una tórtola:
del fondo de seda negro, por los reflejos de un rayo de sol que filtraba
oscilando por una rama de la magnolia, parecían salir llamas.

Estaban las tres amigas en aquella pura edad en que los caracteres
todavía no se definen: ¡ay, en esos mercados es donde suelen los jóvenes
generosos, que van en busca de pájaros azules, atar su vida a lindos
vasos de carne que a poco tiempo, a los primeros calores fuertes de la
vida, enseñan la zorra astuta, la culebra venenosa, el gato frío e
impasible que les mora en el alma!

La mecedora de Ana no se movía, tal como apenas en sus labios pálidos la
afable sonrisa: se buscaban con los ojos las violetas en su falda, como
si siempre debiera estar llena de ellas. Adela no sin esfuerzo se
mantenía en su mecedora, que unas veces estaba cerca de Ana, otras de
Lucía, y vacía las más. La mecedora de Lucía, más echada hacia adelante
que hacia atrás, cambiaba de súbito de posición, como obediente a un
gesto enérgico y contenido de su dueña.

--Juan no viene: ¡te digo que Juan no viene!

--¿Por qué, Lucía, si sabes que si no viene te da pena?

--¿Y no te pareció Pedro Real muy arrogante? Mira, mi Ana, dame el
secreto que tú tienes para que te quiera todo el mundo: porque ese
caballero, es necesario que me quiera.

En un reloj de bronce labrado, embutido en un ancho plato de porcelana
de ramos azules, dieron las dos.

--Lo ves, Ana, lo ves; ya Juan no viene--y se levantó Lucía; fue a uno de
los jarrones de mármol colocados entre cada dos columnas, de las que de
un lado y otro adornaban el sombreado patio; arrancó sin piedad de su
tallo lustroso una camelia blanca, y volvió silenciosa a su mecedora,
royéndole las hojas con los dientes.

--Juan viene siempre, Lucía.

Asomó en este momento por la verja dorada que dividía el zaguán de la
antesala que se abría al patio, un hombre joven, vestido de negro, de
quien se despedían con respeto y ternura uno de mayor edad, de ojos
benignos y poblada barba, y un caballero entrado en largos años, triste,
como quien ha vivido mucho, que retenía con visible placer la mano del
joven entre las suyas:

--Juan, ¿por qué nació usted en esta tierra?

--Para honrarla si puedo, don Miguel, tanto como usted la ha honrado.

Fue la emoción visible en el rostro del viejo; y aun no había
desaparecido del zaguán, de brazo del de la buena barba, cuando Lucía,
demudado el rostro y temblándole en las pestañas las lágrimas, estaba en
pie, erguida con singular firmeza, junto a la verja dorada, y decía,
clavando en Juan sus dos ojos imperiosos y negros:

--Juan, ¿por qué no habías venido?

Adela estaba prendiendo en aquel momento en sus cabellos rubios un
jazmín del Cabo.

Ana cosía un lazo azul a una gorrita de recién nacido, para la Casa de
Expósitos.

--Fui a rogar--respondió Juan sonriendo dulcemente--, que no apremiasen por
la renta de este mes a la señora del Valle.

--¿A la madre de Sol? ¿de Sol del Valle?

Y pensando en la niña de la pobre viuda, que no había salido aun del
colegio, donde la tenía por merced la Directora, se entró Lucía, sin
volver ni bajar la cabeza, por las habitaciones interiores, en tanto que
Juan, que amaba a quien lo amaba, la seguía con los ojos tristemente.

       *       *       *       *       *

Juan Jerez era noble criatura. Rico por sus padres, vivía sin el
encogimiento egoísta que desluce tanto a un hombre joven, mas sin
aquella angustiosa abundancia, siempre menor que los gastos y apetitos
de sus dueños, con que los ricuelos de poco sentido malgastan en empleos
estúpidos, a que llaman placeres, la hacienda de sus mayores. De sí
propio, y con asiduo trabajo, se había ido creando una numerosa
clientela de abogado, en cuya engañosa profesión, entre nosotros
perniciosamente esparcida, le hicieron entrar, más que su voluntad, dada
a más activas y generosas labores, los deseos de su padre, que en la
defensa de casos limpios de comercio había acrecentado el haber que
aportó al matrimonio su esposa. Y así Juan Jerez, a quien la Naturaleza
había puesto aquella coraza de luz con que reviste a los amigos de los
hombres, vino, por esas preocupaciones legendarias que desfloran y
tuercen la vida de las generaciones nuevas en nuestros países, a pasar,
entre lances de curia que a veces le hacían sentir ansias y vuelcos, los
años más hermosos de una juventud sazonada e impaciente, que veía en las
desigualdades de la fortuna, en la miseria de los infelices, en los
esfuerzos estériles de una minoría viciada por crear pueblos sanos y
fecundos, de soledades tan ricas como desiertas, de poblaciones
cuantiosas de indios míseros, objeto más digno que las controversias
forenses del esfuerzo y calor de un corazón noble y viril.

Llevaba Juan Jerez en el rostro pálido, la nostalgia de la acción, la
luminosa enfermedad de las almas grandes, reducida por los deberes
corrientes o las imposiciones del azar a oficios pequeños; y en los ojos
llevaba como una desolación, que solo cuando hacía un gran bien, o
trabajaba en pro de un gran objeto, se le trocaba, como un rayo de sol
que entra en una tumba, en centelleante júbilo. No se le dijera entonces
un abogado de estos tiempos, sino uno de aquellos trovadores que sabían
tallarse, hartos ya de sus propias canciones, en el mango de su guzla la
empuñadura de una espada. El fervor de los cruzados encendía en aquellos
breves instantes de heroica dicha su alma buena; y su deleite, que le
inundaba de una luz parecida a la de los astros, era solo comparable a
la vasta amargura con que reconocía, a poco que en el mundo no
encuentran auxilio, sino cuando convienen a algún interés que las vicia,
las obras de pureza. Era de la raza selecta de los que no trabajan para
el éxito, sino contra él. Nunca, en esos pequeños pueblos nuestros donde
los hombres se encorvan tanto, ni a cambio de provechos ni de
vanaglorias cedió Juan un ápice de lo que creía sagrado en él, que era
su juicio de hombre y su deber de no ponerlo con ligereza o por paga al
servicio de ideas o personas injustas; sino que veía Juan su
inteligencia como una investidura sacerdotal, que se ha de tener siempre
de manera que no noten en ella la más pequeña mácula los feligreses; y
se sentía Juan, allá en sus determinaciones de noble mozo, como un
sacerdote de todos los hombres, que uno a uno tenía que ir dándoles
perpetua cuenta, como si fuesen sus dueños, del buen uso de su
investidura.

Y cuando veía que, como entre nosotros sucede con frecuencia, un hombre
joven, de palabra llameante y talento privilegiado, alquilaba por la
paga o por el puesto aquella insignia divina que Juan creía ver en toda
superior inteligencia, volvía los ojos sobre sí como llamas que le
quemaban, tal como si viera que el ministro de un culto, por pagarse la
bebida o el juego, vendiese las imágenes de sus dioses. Estos soldados
mercenarios de la inteligencia lo tachaban por eso de hipócrita, lo que
aumentaba la palidez de Juan Jerez, sin arrancar de sus labios una
queja. Y otros decían, con más razón aparente--aunque no en el caso de
él--, que aquella entereza de carácter no era grandemente meritoria en
quien, rico desde la cuna, no había tenido que bregar por abrirse
camino, como tantos de nuestros jóvenes pobres, en pueblos donde por
viejas tradiciones coloniales se da a los hombres una educación
literaria, y aun esta descosida e incompleta, que no halla luego natural
empleo en nuestros países despoblados y rudimentarios, exuberantes, sin
embargo, en fuerzas vivas, hoy desaprovechadas o trabajadas apenas,
cuando para hacer prósperas a nuestras tierras y dignos a nuestros
hombres no habría más que educarlos de manera que pudiesen sacar
provecho del suelo providísimo en que nacen. A manejar la lengua hablada
y escrita les enseñan, como único modo de vivir, en pueblos en que las
artes delicadas que nacen del cultivo del idioma no tienen el número
suficiente, no ya de consumidores, de apreciadores siquiera, que
recompensen, con el precio justo de estos trabajos exquisitos, la labor
intelectual de nuestros espíritus privilegiados. De modo que, como con
el cultivo de la inteligencia vienen los gustos costosos, tan naturales
en los hispanoamericanos como el color sonrosado en las mejillas de una
niña quinceña; como en las tierras calientes y floridas, se despierta
temprano el amor, que quiere casa, y lo mejor que haya en la ebanistería
para amueblarla, y la seda más joyante y la pedrería más rica para que a
todos maraville y encele su dueña; como la ciudad, infecunda en nuestros
países nuevos, retiene en sus redes suntuosas a los que fuera de ella no
saben ganar el pan, ni en ella tienen cómo ganarlo, a pesar de sus
talentos, bien así como un pasmoso cincelador de espadas de taza, que
sabría poblar éstas de castellanas de larga amazona desmayadas en brazos
de guerreros fuertes, y otras sutiles lindezas en plata y en oro, no
halla empleo en un villorrio de gente labriega, que vive en paz, o al
puñal o a los puños remite el término de sus contiendas; como con
nuestras cabezas hispanoamericanas, cargadas de ideas de Europa y
Norteamérica, somos en nuestros propios países a manera de frutos sin
mercado, cual las excrecencias de la tierra, que le pesan y estorban, y
no como su natural florecimiento, sucede que los poseedores de la
inteligencia, estéril entre nosotros por su mala dirección, y
necesitados para subsistir de hacerla fecunda, la dedican con exceso
exclusivo a los combates políticos, cuando más nobles, produciendo así
un desequilibrio entre el país escaso y su política sobrada, o,
apremiados por las urgencias de la vida, sirven al gobernante fuerte que
les paga y corrompe, o trabajan por volcarle cuando, molestado aquel por
nuevos menesterosos, les retira la paga abundante de sus funestos
servicios. De estas pesadumbres públicas venían hablando el de la barba
larga, el anciano de rostro triste, y Juan Jerez, cuando este, ligado
desde niño por amores a su prima Lucía, se entró por el zaguán de
baldosas de mármol pulido espaciosas y blancas como sus pensamientos.

       *       *       *       *       *

La bondad es la flor de la fuerza. Aquel Juan brioso, que andaba siempre
escondido en las ocasiones de fama y alarde, pero visible apenas se
sabía de una prerrogativa de la patria desconocida o del decoro y
albedrío de algún hombre hollados; aquel batallador temible y áspero, a
quien jamás se atrevieron a llegar, avergonzadas de antemano, las
ofertas y seducciones corruptoras a que otros vociferantes de temple
venal habían prestado oídos; aquel que llevaba siempre en el rostro
pálido y enjuto como el resplandor de una luz alta y desconocida, y en
los ojos el centelleo de la hoja de una espada; aquel que no veía
desdicha sin que creyese deber suyo remediarla, y se miraba como un
delincuente cada vez que no podía poner remedio a una desdicha; aquel
amantísimo corazón, que sobre todo desamparo vaciaba su piedad
inagotable, y sobre toda humildad, energía o hermosura prodigaba
apasionadamente su amor, había cedido, en su vida de libros y
abstracciones, a la dulce necesidad, tantas veces funesta, de apretar
sobre su corazón una manecita blanca. La de esta o la de aquella le
importaban poco; y él, en la mujer, veía más el símbolo de las
hermosuras ideadas que un ser real.

Lo que en el mundo corre con nombre de buenas fortunas, y no son, por lo
común, de una parte o de otra, más que odiosas vilezas, habían salido,
una que otra vez, al camino de aquel joven rico a cuyo rostro venía, de
los adentros del alma, la irresistible belleza de un noble espíritu.
Pero esas buenas fortunas, que en el primer instante llenan el corazón
de los efluvios trastornadores de la primavera, y dan al hombre la
autoridad confiada de quien posee y conquista; esos amoríos de ocasión,
miel en el borde, hiel en el fondo, que se pagan con la moneda más
valiosa y más cara, la de la propia limpieza; esos amores irregulares y
sobresaltados, elegante disfraz de bajos apetitos, que se aceptan por
desocupación o vanidad, y roen luego la vida, como úlceras, solo
lograron en el ánimo de Juan Jerez despertar el asombro de que, so
pretexto o nombre de cariño, vivan hombres y mujeres, sin caer muertos
de odio a sí mismos, en medio de tan torpes liviandades. Y no cedía a
ellas, porque la repulsión que le inspiraba, cualesquiera que fuesen sus
gracias, una mujer que cerca de la mesa de trabajo de su esposo o junto
a la cuna de su hijo no temblaba de ofrecerlas, era mayor que las
penosas satisfacciones que la complicidad con una amante liviana produce
a un hombre honrado.

Era la de Juan Jerez una de aquellas almas infelices que solo pueden
hacer lo grande y amar lo puro. Poeta genuino, que sacaba de los
espectáculos que veía en sí mismo, y de los dolores y sorpresas de su
espíritu, unos versos extraños, adoloridos y profundos, que parecían
dagas arrancadas de su propio pecho, padecía de esa necesidad de la
belleza que como un marchamo ardiente, señala a los escogidos del canto.
Aquella razón serena, que los problemas sociales o las pasiones comunes
no oscurecían nunca, se le ofuscaba hasta hacerle llegar a la
prodigalidad de sí mismo, en virtud de un inmoderado agradecimiento.
Había en aquel carácter una extraña y violenta necesidad del martirio, y
si por la superioridad de su alma le era difícil hallar compañeros que
se la estimaran y animasen, él, necesitado de darse, que en su bien
propio para nada se quería, y se veía a sí mismo como una propiedad de
los demás que guardaba él en depósito, se daba como un esclavo a cuantos
parecían amarle y entender su delicadeza o desear su bien.

       *       *       *       *       *

Lucía, como una flor que el sol encorva sobre su tallo débil cuando
esplende en todo su fuego el mediodía; que como toda naturaleza
subyugadora necesitaba ser subyugada; que de un modo confuso e
impaciente, y sin aquel orden y humildad que revelan la fuerza
verdadera, amaba lo extraordinario y poderoso, y gustaba de los caballos
desalados, de los ascensos por la montaña, de las noches de tempestad y
de los troncos abatidos; Lucía, que, niña aun, cuando parecía que la
sobremesa de personas mayores en los gratos almuerzos de domingo debía
fatigarle, olvidaba los juegos de su edad, y el coger las flores del
jardín, y el ver andar en parejas por el agua clara de la fuente los
pececillos de plata y de oro, y el peinar las plumas blandas de su
último sombrero, por escuchar, hundida en su silla, con los ojos
brillantes y abiertos, aquellas aladas palabras, grandes como águilas,
que Juan reprimía siempre delante de gente extraña o común, pero dejaba
salir a caudales de sus labios, como lanzas adornadas de cintas y de
flores, apenas se sentía, cual pájaro perseguido en su nido caliente,
entre almas buenas que le escuchaban con amor; Lucía, en quien un deseo
se clavaba como en los peces se clavan los anzuelos, y de tener que
renunciar a algún deseo, quedaba rota y sangrando, como cuando el
anzuelo se le retira queda la carne del pez; Lucía que, con su
encarnizado pensamiento, había poblado el cielo que miraba, y los
florales cuyas hojas gustaba de quebrar, y las paredes de la casa en que
lo escribía con lápices de colores, y el pavimento a que con los brazos
caídos sobre los de su mecedora solía quedarse mirando largamente; de
aquel nombre adorado de Juan Jerez, que en todas partes por donde miraba
le resplandecía, porque ella lo fijaba en todas partes con su voluntad y
su mirada como los obreros de la fábrica de Eibar, en España, embuten
los hilos de plata y de oro sobre la lámina negra del hierro esmerilado;
Lucía, que cuando veía entrar a Juan, sentía resonar en su pecho unas
como arpas que tuviesen alas, y abrirse en el aire, grandes como soles,
unas rosas azules, ribeteadas de negro, y cada vez que lo veía salir, le
tendía con desdén la mano fría, colérica de que se fuese, y no podía
hablarle, porque se le llenaban de lágrimas los ojos; Lucía, en quien
las flores de la edad escondían la lava candente que como las vetas de
metales preciosos en las minas le culebreaban en el pecho; Lucía, que
padecía de amarle, y le amaba irrevocablemente, y era bella a los ojos
de Juan Jerez, puesto que era pura, sintió una noche, una noche de su
santo, en que antes de salir para el teatro se abandonaba a sus
pensamientos con una mano puesta sobre el mármol del espejo, que Juan
Jerez, lisonjeado por aquella magnífica tristeza, daba un beso, largo y
blando, en su otra mano. Toda la habitación le pareció a Lucía llena de
flores; del cristal del espejo creyó ver salir llamas; cerró los ojos,
como se cierran siempre en todo instante de dicha suprema, tal como si
la felicidad tuviese también su pudor, y para que no cayese en tierra,
los mismos brazos de Juan tuvieron delicadamente que servir de apoyo a
aquel cuerpo envuelto en tules blancos, de que en aquella hora de
nacimiento parecía brotar luz. Pero Juan aquella noche se acostó triste,
y Lucía misma, que amaneció junto a la ventana en su vestido de tules,
abrigados los hombros en una aérea nube azul, se sentía, aromada como un
vaso de perfumes, pero seria y recelosa....

       *       *       *       *       *

--Ana mía, Ana mía, aquí está Pedro Real. ¡Míralo qué arrogante!

--Arrodíllate, Adela: arrodíllate ahora mismo--le respondió dulcemente
Ana, volviendo a ella su hermosa cabeza de ondulantes cabellos
castaños--; mientras que Juan, que venía de hacer paces con Lucía
refugiada en la antesala, salía a la verja del zaguán a recibir al amigo
de la casa.

Adela se arrodilló, cruzados los brazos sobre las rodillas de Ana; y Ana
hizo como que le vendaba los labios con una cinta azul, y le dijo al
oído, como quien ciñe un escudo o ampara de un golpe, estas palabras:

--Una niña honesta no deja conocer que le gusta un calavera, hasta que no
haya recibido de él tantas muestras de respeto, que nadie pueda dudar
que no la solicita para su juguete.

Adela se levantó riendo, y puestos los ojos, entre curiosos y burlones,
en el galán caballero, que del brazo de Juan venía hacia ellas, los
esperó de pie al lado de Ana, que con su serio continente, nunca duro,
parecía querer atenuar en favor de Adela misma, su excesiva viveza.
Pedro, aturdido y más amigo de las mariposas que de las tórtolas, saludó
a Adela primero.

Ana retuvo un instante en su mano delgada la de Pedro, y con aquellos
derechos de señora casada que da a las jóvenes la cercanía de la muerte.

--Aquí--le dijo--, Pedro: aquí toda esta tarde a mi lado--¡Quién sabe si,
enfrente de aquella hermosa figura de hombre joven, no le pesaba a la
pobre Ana, a pesar de su alma de sacerdotisa, dejar la vida! ¡Quién sabe
si quería solo evitar que la movible Adela, revoloteando en torno de
aquella luz de belleza, se lastimase las alas!

Porque aquella Ana era tal que, por donde ella iba, resplandecía. Y
aunque brillase el sol, como por encima de la gran magnolia estaba
brillando aquella tarde, alrededor de Ana se veía una claridad de
estrella. Corrían arroyos dulces por los corazones cuando estaba en
presencia de ella. Si cantaba, con una voz que se esparcía por los
adentros del alma, como la luz de la mañana por los campos verdes,
dejaba en el espíritu una grata intranquilidad, como de quien ha
entrevisto, puesto por un momento fuera del mundo, aquellas musicales
claridades que solo en las horas de hacer bien, o de tratar a quien lo
hace, distingue entre sus propias nieblas el alma. Y cuando hablaba
aquella dulce Ana, purificaba.

Pedro era bueno, y comenzó a alabarle, no el rostro, iluminado ya por
aquella luz de muerte que atrae a las almas superiores y aterra a las
almas vulgares, sino el ajuar de niño a que estaba poniendo Ana las
últimas cintas. Pero ya no era ella sola la que cosía, y armaba lazos, y
los probaba en diferentes lados del gorro de recién nacido: Adela
súbitamente se había convertido en una gran trabajadora. Ya no saltaba
de un lugar a otro, como cuando juntas conversaban hacía un rato ella,
Ana y Lucía, sino que había puesto su silla muy junto a la de Ana. Y
ella también, iba a estar sentada al lado de Ana toda la tarde. En sus
mejillas pálidas, había dos puntos encendidos que ganaban en viveza a
las cintas del gorro, y realzaban la mirada impaciente de sus ojos
brillantes y atrevidos. Se le desprendía el cabello inquieto, como si
quisiese, libre de redes, soltarse en ondas libres por la espalda. En
los movimientos nerviosos de su cabeza, dos o tres hojas de la rosa
encarnada que llevaba prendida en el peinado, cayeron al suelo. Pedro
las veía caer. Adela, locuaz y voluble, ya andaba en la canastilla, ya
revolvía en la falda de Ana los adornos del gorro, ya cogía como útil el
que acababa de desechar con un mohín de impaciencia, ya sacudía y erguía
un momento la ligera cabeza, fina y rebelde, como la de un potro
indómito. Sobre las losas de mármol blanco se destacaban, como gotas de
sangre, las hojas de rosa.

Se hablaba de aquellas cosas banales de que conversan en estas tertulias
de domingo, la gente joven de nuestros países. El tenor, ¡oh el tenor!
había estado admirable. Ella se moría por las voces del tenor. Es un
papel encantador el de Francisco I. Pero la señora de Ramírez, ¡cómo
había tenido el valor de ir vestida con los colores del partido que
fusiló a su esposo!, es verdad que se casa con un coronel del partido
contrario, que firmó como auditor en el proceso del señor Ramírez. Es
muy buen mozo el coronel, es muy buen mozo. Pero la señora Ramírez ha
gastado mucho, ya no es tan rica como antes; tuvo a siete bordadoras
empleadas un mes en bordarle de oro el vestido de terciopelo negro que
llevó a _Rigoletto_, era muy pesado el vestido. ¡Oh! ¿Y Teresa Luz?
lindísima, Teresa Luz: bueno, la boca, sí, la boca no es perfecta, los
labios son demasiado finos; ¡ah, los ojos! bueno, los ojos son un poco
fríos, no calientan, no penetran: pero qué vaguedad tan dulce; hacen
pensar en las espumas de la mar. Y, ¡cómo persigue a María Vargas ese
caballerete que ha venido de París, con sus versos copiados de François
Coppee, y su política de alquiler, que vino, sirviendo a la oposición y
ya está poco menos que con el Gobierno! El padre de María Vargas va a
ser Ministro y él quiere ser diputado. Elegante sí es. El peinado es
ridículo, con la raya en mitad de la cabeza y la frente escondida bajo
las ondas. Ni a las mujeres está bien eso de cubrirse la frente, donde
está la luz del rostro. Que el cabello la sombree un poco con sus ondas
naturales; pero ¿a qué cubrir la frente, espejo donde los amantes se
asoman a ver su propia alma, tabla de mármol blanco donde se firman las
promesas puras, nido de las manos lastimadas en los afanes de la vida?
Cuando se padece mucho, no se desea un beso en los labios sino en la
frente. Y ese mismo poetín lo dijo muy bien el otro día en sus versos «A
una niña muerta», era algo así como esto: las rosas del alma suben a las
mejillas; las estrellas del alma, a la frente. Hay algo de tenebroso y
de inquietante en esas frentes cubiertas. No, Adela, no, a usted le está
encantadora esa selva de ricitos: así pintaban en los cuadros de antes a
los cupidos revoloteando sobre la frente de las diosas. No, Adela, no le
hagas caso: esas frentes cubiertas, me dan miedo. Es que ya se piensan
unas cosas, que las mujeres se cubren la frente de miedo de que se las
vean. Oh, no, Ana: ¿qué han de pensar ustedes más que jazmines y
claveles? Pues que no, Pedro: rompa usted las frentes, y verá dentro, en
unos tiestitos que parecen bocas abiertas, unas plantas secas, que dan
unas florecitas redondas y amarillas. Y Ana iba así ennobleciendo la
conversación, porque Dios le había dado el privilegio de las flores: el
de perfumar. Adela, silenciosa hacía un momento, alzó la cabeza y
mantuvo algún tiempo los ojos fijos delante de sí, viendo como el perfil
céltico de Pedro, con su hermosa barba negra, se destacaba, a la luz
sana de la tarde, sobre el zócalo de mármol que revestía una de las
anchas columnas del corredor de la casa. Bajó la cabeza, y a este
movimiento, se desprendió de ella la rosa encarnada, que cayó
deshaciéndose a los pies de Pedro.

       *       *       *       *       *

Juan y Lucía aparecieron por el corredor, ella como arrepentida y
sumisa, él como siempre, sereno y bondadoso. Hermosa era la pareja, tal
como se venían lentamente acercando al grupo de sus amigas en el patio.
Altos los dos, Lucía, más de lo que sentaba a sus años y sexo, Juan, de
aquella elevada estatura, realzada por las proporciones de las formas,
que en sí misma lleva algo de espíritu, y parece dispuesta por la
naturaleza al heroísmo y al triunfo. Y allá, en la penumbra del
corredor, como un rayo de luz diese sobre el rostro de Juan, y de su
brazo, aunque un poco a su zaga, venía Lucía, en la frente de él, vasta
y blanca, parecía que se abría una rosa de plata: y de la de Lucía se
veían solo, en la sombra oscura del rostro, sus dos ojos llameantes,
como dos amenazas.

--Está Ana imprudente--dijo Juan con su voz de caricia--: ¿cómo no tiene
miedo a este aire del crepúsculo?

--¡Pero si es ya el mío natural, Juan querido! Vamos, Pedro: deme el
brazo.

--Pero pronto, Pedro, que esta es la hora en que los aromas suben de las
flores, y si no la haces presa, se nos escapa.

--¡Este Juan bueno! ¿No es verdad, Juan, que Lucía es una loca? Ya Adela
y Pedro me están al lado cuchicheando, de apetito. Vamos, pues, que a
esta hora la gente dichosa tiene deseo de tomar el chocolate.

El chocolate fragante les esperaba, servido en una mesa de ónix, en la
linda antesala. Era aquel un capricho de domingo. Gustan siempre los
jóvenes de lo desordenado e imprevisto. En el comedor, con dos
caballeros de edad, discutía las cosas públicas el buen tío de Lucía y
Ana, caballero de gorro de seda y pantuflas bordadas. La abuelita de la
casa, la madre del señor tío, no salía ya de su alcoba, donde recordaba
y rezaba.

       *       *       *       *       *

La antesala era linda y pequeña, como que se tiene que ser pequeño para
ser lindo. De unos tulipanes de cristal trenzado, suspendidos en un ramo
del techo por un tubo oculto entre hojas de tulipán simuladas en bronce,
caía sobre la mesa de ónix la claridad anaranjada y suave de la lámpara
de luz eléctrica incandescente. No había más asientos que pequeñas
mecedoras de Viena, de rejilla menuda y madera negra. El pavimento de
mosaico de colores tenues que, como el de los atrios de Pompeya, tenía
la inscripción «Salve» en el umbral, estaba lleno de banquetas
revueltas, como de habitación en que se vive: porque las habitaciones se
han de tener lindas, no para enseñarlas, por vanidad, a las visitas,
sino para vivir en ellas. Mejora y alivia el contacto constante de lo
bello. Todo en la tierra, en estos tiempos negros, tiende a rebajar el
alma, todo, libros y cuadros, negocios y afectos, ¡aun en nuestros
países azules! Conviene tener siempre delante de los ojos, alrededor,
ornando las paredes, animando los rincones donde se refugia la sombra,
objetos bellos, que la coloreen y la disipen.

Linda era la antesala, pintado el techo con los bordes de guirnaldas de
flores silvestres, las paredes cubiertas, en sus marcos de roble liso
dorado, de cuadros de Madrazo y de Nittis, de Fortuny y de Pasini,
grabados en Goupil; de dos en dos estaban colgados los cuadros, y entre
cada dos grupos de ellos, un estantillo de ébano, lleno de libros, no
más ancho que los cuadros, ni más alto ni bajo que el grupo. En la mitad
del testero que daba frente a la puerta del corredor, una esbelta
columna de mármol negro sustentaba un aéreo busto de la Mignon de
Goethe, en mármol blanco, a cuyos pies, en un gran vaso de porcelana de
Tokio, de ramazones azules, Ana ponía siempre mazos de jazmines y de
lirios. Una vez la traviesa Adela había colgado al cuello de Mignon una
guirnalda de claveles encarnados. En este testero no había libros, ni
cuadros que no fuesen grabados de episodios de la vida de la triste
niña, y distribuidos como un halo en la pared en derredor del busto. Y
en las esquinas de la habitación, en caballetes negros, sin ornamentos
dorados, ostentaban su rica encuadernación cuatro grandes volúmenes: _El
Cuervo_ de Edgar Poe, el Cuervo desgarrador y fatídico, con láminas de
Gustavo Doré, que se llevan la mente por los espacios vagos en alas de
caballos sin freno: el _Rubaiyat_ el poema persa, el poema del vino
moderado y las rosas frescas, con los dibujos apodícticos del
norteamericano Elihu Vedder; un rico ejemplar manuscrito, empastado en
seda lila, de _Las Noches_, de Alfredo de Musset; y un _Wilhelm Meister_
el libro de Mignon, cuya pasta original, recargada de arabescos
insignificantes, había hecho reemplazar Juan, en París, por una de
tafilete negro mate embutido con piedras preciosas: topacios tan claros
como el alma de la niña, turquesas, azules como sus ojos; no esmeraldas,
porque no hubo en aquella vaporosa vida; ópalos, como sus sueños; y un
rubí grande y saliente, como su corazón hinchado y roto. En aquel
singular regalo a Lucía, gastó Juan sus ganancias de un año. Por los
bajos de la pared, y a manera de sillas, había, en trípodes de ébano,
pequeños vasos chinos, de colores suaves, con mucho amarillo y escaso
rojo. Las paredes, pintadas al óleo, con guirnaldas de flores, eran
blancas. Causaba aquella antesala, en cuyo arreglo influyó Juan, una
impresión de fe y de luz.

       *       *       *       *       *

Y allí se sentaron los cinco jóvenes, a gustar en sus tazas de coco el
rico chocolate de la casa, que en hacerlo fragante era famosa. No tenía
mucho azúcar, ni era espeso. ¡Para gente mayor, el chocolate espeso!
Adela, caprichosa, pedía para sí la taza que tuviese más espuma.

--Esta, Adela--le dijo Juan, poniendo ante ella, antes de sentarse, una de
las tazas de coco negro, en la que la espuma hervía tornasolada.

--¡Malvado!--le dijo Adela, mientras que todos reían--; ¡me has dado la de
la ardilla!

Eran unas tazas, extrañas también, en que Juan, amigo de cosas, patrias,
había sabido hacer que el artífice combinara la novedad y el arte. Las
tazas eran de esos coquillos negros de óvalo perfecto, que los indígenas
realzan con caprichosas labores y leyendas, sumisas éstas como su
condición, y aquellas pomposas, atrevidas y extrañas, muy llenas de alas
y de serpientes, recuerdos tenaces de un arte original y desconocido que
la conquista hundió en la tierra, a botes de lanza. Y estos coquillos
negros estaban muy pulidos por dentro, y en todo su exterior trabajados
en relieve sutil como encaje. Cada taza descansaba en una trípode de
plata, formada por un atributo de algún ave o fiera de América, y las
dos asas eran dos preciosas miniaturas, en plata también, del animal
simbolizado en la trípode. En tres colas de ardilla se asentaba la taza
de Adela, y a su chocolate se asomaban las dos ardillas, como a un mar
de nueces. Dos quetzales altivos, dos quetzales de cola de tres plumas,
larga la del centro como una flecha verde, se asían a los bordes de la
taza de Ana: ¡el quetzal noble, que cuando cae cautivo o ve rota la
pluma larga de su cola, muere! Las asas de la taza de Lucía eran dos
pumas elásticos y fieros, en la opuesta colocación dedos enemigos que se
acechan: descansaba sobre tres garras de puma, el león americano. Dos
águilas eran las asas de la de Juan; y la de Pedro, la del buen mozo
Pedro, dos monos capuchinos.

       *       *       *       *       *

Juan quería a Pedro, como los espíritus fuertes quieren a los débiles, y
como, a modo de nota de color o de grano de locura, quiere, cual forma
suavísima del pecado, la gente que no es ligera a la que lo es.

Los hombres austeros tienen en la compañía momentánea de esos pisaverdes
alocados el mismo género de placer que las damas de familia que asisten
de tapadillo a un baile de máscaras. Hay cierto espíritu de
independencia en el pecado, que lo hace simpático cuando no es excesivo.
Pocas son por el mundo las criaturas que, hallándose con las encías
provistas de dientes, se deciden a no morder, o reconocen que hay un
placer más profundo que el de hincar los dientes, y es no usarlos. Pues,
¿para qué es la dentadura, se dicen los más; sobre todo cuando la tienen
buena, sino para lucirla, y triturar los manjares que se lleguen a la
boca? Y Pedro era de los que lucían la dentadura.

Incapaz, tal vez, de causar mal en conciencia, el daño estaba en que él
no sabía cuando causaba mal, o en que, siendo la satisfacción de un
deseo, él no veía en ella mal alguno, sino que toda hermosura, por
serlo, le parecía de él, y en su propia belleza, la belleza funesta de
un hombre perezoso y adocenado, veía como un título natural, título de
león, sobre los bienes de la tierra, y el mayor de ellos, que son sus
bellas criaturas. Pedro tenía en los ojos aquel inquieto centelleo que
subyuga y convida: en actos y palabras, la insolente firmeza que da la
costumbre de la victoria, y en su misma arrogancia tal olvido de que la
tenía, que era la mayor perfección y el más temible encanto de ella.

Viajero afortunado; con el caudal ya corto de su madre, por tierras de
afuera, perdió en ellas, donde son pecadillos las que a nosotros nos
parecen con justicia infamias, aquel delicado concepto de la mujer sin
el que, por grandes esfuerzos que haga luego la mente, no le es lícito
gozar, puesto que no le es lícito creer en el amor de la más limpia
criatura. Todos aquellos placeres que no vienen derechamente y en razón
de los afectos legítimos, aunque sean champaña de la vanidad, son acíbar
de la memoria. Eso en los más honrados, que en los que no lo son, de
tanto andar entre frutas estrujadas, llegan a enviciarse los ojos de
manera que no tienen más arte ni placer que los de estrujar frutas. Solo
Ana, de cuantas jóvenes había conocido a su vuelta de las malas tierras
de afuera, le había inspirado, aun antes de su enfermedad, un respeto
que en sus horas de reposo solía trocarse en un pensamiento persistente
y blando. Pero Ana se iba al cielo: Ana, que jamás hubiera puesto a
aquel turbulento mancebo de señor de su alma apacible, como un palacio
de nácar; pero que, por esa fatal perversión que atrae a los espíritus
desemejantes, no había visto sin un doloroso interés y una turbación
primaveral, aquella rica hermosura de hombre, airosa y firme, puesta por
la naturaleza como vestidura a un alma escasa, tal como suelen algunos
cantantes transportar a inefables deliquios y etéreas esferas a sus
oyentes, con la expresión en notas querellosas y cristalinas, blancas
como las palomas o agudas como puñales, de pasiones que sus espíritus
burdos son incapaces de entender ni de sentir. ¿Quién no ha visto romper
en actos y palabras brutales contra su delicada mujer a un tenor que
acababa de cantar, con sobrehumano poder, el «Spirto Gentil» de la
_Favorita_? Tal la hermosura sobre las almas escasas.

Y Juan, por aquella seguridad de los caracteres incorruptibles, por
aquella benignidad de los espíritus superiores, por aquella afición a lo
pintoresco de las imaginaciones poéticas, y por lazos de niño, que no se
rompen sin gran dolor del corazón, Juan quería a Pedro.

Hablaban de las últimas modas, de que en París se rehabilita el color
verde, de que en París, decía Pedro, nada más se vive.

--Pues yo no--decía Ana--. Cuando Lucía sea ya señora formal, adonde vamos
los tres es a Italia y a España: ¿verdad, Juan?

--Verdad, Ana. Adonde la Naturaleza es bella y el arte ha sido perfecto.
A Granada, donde el hombre logró lo que no ha logrado en pueblo alguno
de la tierra: cincelar en las piedras sus sueños; a Nápoles, donde el
alma se siente contenta, como si hubiera llegado a su término. ¿Tú no
querrás, Lucía?

--Yo no quiero que tú veas nada, Juan. Yo te haré en ese cuarto la
Alhambra, y en este patio Nápoles; y tapiaré las puertas, ¡y así
viajaremos!

Rieron todos; pero Adela ya había echado camino de París, quién sabe con
qué compañero, los deseos alegres. Ella quería saberlo todo, no de
aquella tranquila vida interior y regalada, al calor de la estufa,
leyendo libros buenos, después de curiosear discretamente por entre las
novedades francesas, y estudiar con empeño tanta riqueza artística como
París encierra; sino la vida teatral y nerviosa, la vida de museo que en
París generalmente se vive, siempre en pie, siempre cansado, siempre
adolorido; la vida de las heroínas de teatro, de las gentes que se
enseñan, damas que enloquecen, de los nababs que deslumbran con el
pródigo empleo de su fortuna.

Y mientras que Juan, generoso, dando suelta al espíritu impaciente,
sacaba ante los ojos de Lucía, para que se le fuese aquietando el
carácter, y se preparaba a acompañarle por el viaje de la existencia,
las interioridades luminosas de su alma peculiar y excelsa, y decía
cosas que, por la nobleza que enseñaban o la felicidad que prometían,
hacían asomar lágrimas de ternura y de piedad a los ojos de Ana-Adela y
Pedro, en plena Francia, iban y venían, como del brazo, por bosques y
bulevares. «La Judic ya no se viste con Worth. La mano de la Judic es la
más bonita de París. En las carreras es donde se lucen los mejores
vestidos. ¡Qué linda estaría Adela, en el pescante de un coche de
carreras, con un vestido de tila muy suave, adornado con pasamanería de
plata! ¡Ah, y con un guía como Pedro, que conocía tan bien la ciudad,
qué pronto no se estaría al corriente de todo! ¡Allí no se vive con
estas trabas de aquí, donde todo es malo! La mujer es aquí una esclava
disfrazada: allí es donde es la reina. Eso es París ahora: el reinado de
la mujer. Acá, todo es pecado: si se sale, si se entra, si se da el
brazo a un amigo, si se lee un libro ameno. ¡Pero esa es una falta de
respeto, eso es ir contra las obras de la naturaleza! ¿Porque una flor
nace en un vaso de Sevres, se la ha de privar del aire y de la luz?
¿Porque la mujer nace más hermosa que el hombre, se le ha de oprimir el
pensamiento, y so pretexto de un recato gazmoño, obligarla a que viva,
escondiendo sus impresiones, como un ladrón esconde su tesoro en una
cueva? Es preciso, Adelita, es preciso. Las mujeres más lindas de París
son las sudamericanas. ¡Oh, no habría en París otra tan chispeante como
ella!».

--Vea, Pedro--interrumpió a este punto Ana, con aquella sonrisa suya que
hacía más eficaces sus reproches--, déjeme quieta a Adela. Usted sabe que
yo pinto, ¿verdad?

--Pinta unos cuadritos que parecen música; todos llenos de una luz que
sube; con muchos ángeles y serafines. ¿Por qué no nos enseñas el último,
Ana mía? Es lindísimo, Pedro, y sumamente extraño.

--¡Adela, Adela!

--De veras que es muy extraño. Es como en una esquina de jardín y el
ciclo es claro, muy claro y muy lindo. Un joven... muy buen mozo...
vestido con un traje gris muy elegante, se mira las manos asombrado.
Acaba de romper un lirio, que ha caído a sus pies, y le han quedado las
manos manchadas de sangre.

--¿Qué le parece, Pedro, de mi cuadro?

--Un éxito seguro. Yo conocí en París a un pintor de México, un Manuel
Ocaranza, que hacía cosas como esas.

--Entre los caballeros que rompen o manchan lirios quisiera yo que
tuviese éxito mi cuadro. ¡Quién pintara de veras, y no hiciera esos
borrones míos! Pedro: borrón y todo, en cuanto me ponga mejor, voy a
hacer una copia para usted.

--¡Para mí! Juan, ¿por qué no es este el tiempo en que no era mal visto
que los caballeros besasen la mano a las damas?

--Para usted, pero a condición de que lo ponga en un lugar tan visible
que por todas partes le salte a los ojos. Y ¿por qué estamos hablando
ahora de mis obras maestras? ¡Ah! porque usted me le hablaba a Adela
mucho de París. ¡Otro cuadro voy a empezar en cuanto me ponga buena!
Sobre una colina voy a pintar un monstruo sentado. Pondré la luna en
cenit, para que caiga de lleno sobre el lomo del monstruo, y me permita
simular con líneas de luz en las partes salientes los edificios de París
más famosos. Y mientras la luna le acaricia el lomo, y se ve por el
contraste del perfil luminoso toda la negrura de su cuerpo, el monstruo,
con cabeza de mujer, estará devorando rosas. Allá por un rincón se verán
jóvenes flacas y desmelenadas que huyen, con las túnicas rotas,
levantando las manos al cielo.

--Lucía--dijo Juan reprimiendo mal las lágrimas, al oído de su prima,
siempre absorta--: ¡y que esta pobre Ana se nos muera!

Pedro no hallaba palabras oportunas, sino aquella confusión y malestar
que la gente dada a la frivolidad y el gozo experimenta en la compañía
íntima de una de esas criaturas que pasan por la tierra, a manera de
visión, extinguiéndose plácidamente, con la feliz capacidad de adivinar
las cosas puras, sobrehumanas, y la hermosa indignación por la batalla
de apetitos feroces en que se consume, la tierra.

--De fieras, yo conozco dos clases--decía una vez Ana--: una se viste de
pieles, devora animales, y anda sobre garras; otra se viste de trajes
elegantes, come animales y almas y anda sobre una sombrilla o un bastón.
No somos más que fieras reformadas.

Aquella Ana, cuando estaba en la intimidad, solía decir de estas cosas
singulares. ¿Dónde había sufrido tanto la pobre niña salida apenas del
círculo de su casa venturosa, que así había aprendido a conocer y
perdonar? ¿Se vive antes de vivir? ¿O las estrellas, ganosas de hacer un
viaje de recreo por la tierra, suelen por algún tiempo alojarse en un
cuerpo humano? ¡Ay! por eso duran tan poco los cuerpos en que se alojan
las estrellas.

       *       *       *       *       *

--¿Conque Ana pinta, y _La Revista de Artes_ está buscando cuadros de
autores del país que dar a conocer, y este Juan pecador no ha hecho ya
publicar esas maravillas en _La Revista_?

--Esta Ana nuestra, Pedro, se nos enoja de que la queramos sacar a luz.
Ella no quiere que se vean sus cuadros hasta que no los juzgue bastante
acabados para resistir la crítica. Pero la verdad es, Ana, que Pedro
Real tiene razón.

--¿Razón, Pedro Real?--dijo Ana con una risa cristalina, de madre
generosa--. No, Juan. Es verdad que las cosas de arte que no son
absolutamente necesarias, no deben hacerse sino cuando se pueden hacer
enteramente bien, y estas cosas que yo hago, que veo vivas y claras en
lo hondo de mi mente, y con tal realidad que me parece que las palpo, me
quedan luego en la tela tan contrahechas y duras que creo que mis
visiones me van a castigar, y me regañan, y toman mis pinceles de la
caja, y a mí de una oreja, y me llevan delante del cuadro para que vea
cómo borran coléricas la mala pintura que hice de ellas. Y luego, ¿qué
he de saber yo, sin más dibujo que el que me enseñó el señor Mazuchellí,
ni más colores que estos tan pálidos que saco de mí misma?

Seguía Lucía con ojos inquietos la fisonomía de Juan, profundamente
interesado en lo que, en uno de esos momentos de explicación de sí
mismos que gustan de tener los que llevan algo en sí y se sienten morir,
iba diciendo Ana. ¡Qué Juan aquel, que la tenía al lado, y pensaba en
otra cosa! Ana, sí, Ana era muy buena; pero ¿qué derecho tenía Juan a
olvidarse tanto de Lucía, y estando a su lado, poner tanta atención en
las rarezas de Ana? Cuando ella estaba a su lado, ella debía ser su
único pensamiento. Y apretaba sus labios; se le encendían de pronto,
como de un vuelco de la sangre las mejillas; enrollaba nerviosamente en
el dedo índice de la mano izquierda un finísimo pañuelo de batista y
encaje. Y lo enrolló tanto y tanto, y lo desenrollaba con tal violencia,
que yendo rápidamente de una mano a la otra, el lindo pañuelo parecía
una víbora, una de esas víboras blancas que se ven en la costa yucateca.

--Pero no es por eso por lo que no enseño yo a nadie mis cuadritos--siguió
Ana--; sino porque cuando los estoy pintando, me alegro o me entristezco
como una loca, sin saber por qué: salto de contento, yo que no puedo
saltar ya mucho, cuando creo que con un rasgo de pincel le he dado a
unos ojos, o a la tórtola viuda que pinté el mes pasado, la expresión
que yo quería; y si pinto una desdicha, me parece que es de veras, y me
paso horas enteras mirándola, o me enojo conmigo misma si es de aquellas
que yo no puedo remediar, como en esas dos telitas mías que tú conoces,
Juan, _La madre sin hijo_ y el hombre que se muere en un sillón, mirando
en la chimenea el fuego apagado: _El hombre sin amor_. No se ría, Pedro,
de esta colección de extravagancias. Ni diga que estos asuntos son para
personas mayores; las enfermas son como unas viejitas, y tienen derecho
a esos atrevimientos.

--Pero, ¿cómo--le dijo Pedro subyugado--, no han de tener sus cuadros todo
el encanto y el color de ópalo de su alma?

--¡Oh! ¡oh! a lisonja llaman: vea que ya no es de buen gusto ser
lisonjero. La lisonja en la conversación, Pedro, es ya como la Arcadia
en la pintura: ¡cosa de principiantes!

--Pero, ¿por qué decías, puso aquí Juan, que no querías exhibir tus
cuadros?

--Porque como desde que los imagino hasta que los acabo voy poniendo en
ellos tanto de mi alma, al fin ya no llegan a ser telas, sino mi alma
misma, y me da vergüenza de que me la vean, y me parece que he pecado
con atreverme a asuntos que están mejor para nube que para colores, y
como solo yo sé cuánta paloma arrulla, y cuánta violeta se abre, y
cuánta estrella lucen lo que pinto; como yo sola siento cómo me duele el
corazón, o se me llena todo el pecho de lágrimas o me laten las sienes,
como si me las azotasen alas, cuando estoy pintando; como nadie más que
yo sabe que esos pedazos de lienzo, por desdichados que me salgan, son
pedazos de entrañas mías en que he puesto con mi mejor voluntad lo mejor
que hay en mí, ¡me da como una soberbia de pensar que si los enseño en
público, uno de esos críticos sabios o cabalierines presuntuosos me
diga, por lucir un nombre recién aprendido de pintor extranjero, o una
linda frase, que esto que yo hago es de Chaplin o de Lefevre, o a mi
cuadrito _Flores vivas_, que he descargado sobre él una escopeta llena
de colores! ¿Te acuerdas? ¡como si no supiera yo que cada flor de
aquellas es una persona que yo conozco, y no hubiera yo estudiado tres o
cuatro personas de un mismo carácter, antes de simbolizar el carácter en
una flor; como si no supiese yo quién es aquella rosa roja, altiva, con
sombras negras, que se levanta por sobre todas las demás en su tallo sin
hojas, y aquella otra flor azul que mira al cielo como si fuese a
hacerse pájaro y a tender a él las alas, y aquel aguinaldo lindo que
trepa humildemente, como un niño castigado, por el tallo de la rosa
roja. ¡Malos! ¡escopeta cargada de colores!

--Ana: yo sí que te recogería a ti, con tu raíz, como una flor, y en
aquel gran vaso indio que hay en mi mesa de escribir, te tendría
perpetuamente, para que nunca se me desconsolase el alma.

--Juan--dijo Lucía, como a la vez conteniéndose y levantándose--: ¿quieres
venir a oír el «M'odi tu» que me trajiste el sábado? ¡No lo has oído
todavía!

--¡Ah! y a propósito, no saben ustedes--dijo Pedro como poniéndose ya en
pie para despedirse--, que la cabeza ideal que ha publicado en su último
número _La Revista de Artes_....

--¿Qué cabeza?--preguntó Lucía--¿una que parece de una virgen de Rafael,
pero con ojos americanos, con un talle que parece el cáliz de un lirio?

--Esa misma, Lucía: pues no es una cabeza ideal, sino la de una niña que
va a salir la semana que viene del colegio, y dicen que es un pasmo de
hermosura: es la cabeza de Leonor del Valle.

Se puso en pie Lucía con un movimiento que pareció un salto; y Juan alzó
del suelo, para devolvérselo, el pañuelo, roto.

       *       *       *       *       *



                              Capítulo II


Como veinte años antes de la historia que vamos narrando, llegaron a la
ciudad donde sucedió, un caballero de mediana edad y su esposa, nacidos
ambos en España, de donde, en fuerza de cierta indómita condición del
honrado don Manuel del Valle, que le hizo mal mirado de las gentes del
poder como cabecilla y vocero de las ideas liberales, decidió al fin
salir el señor don Manuel; no tanto porque no le bastase al Sustento su
humilde mesa de abogado de provincia, cuanto porque siempre tenía, por
moverse o por estarse quedo, al guindilla, como llaman allá al policía,
encima; y porque, a consecuencia de querer la libertad limpia y para
buenos fines, se quedó con tan pocos amigos entre los mismos que
parecían defenderla, y lo miraban como a un celador enojoso, que esto
más le ayudó a determinar, de un golpe de cabeza, venir a «las
Repúblicas de América», imaginando, que donde no había reina liviana, no
habría gente oprimida, ni aquella trabilla de cortesanos perezosos y
aduladores, que a don Manuel le parecían vergüenza rematada de su
especie, y, por ser hombre él, como un pecado propio.

Era de no acabar de oírle, y tenerle que rogar que se calmase, cuando
con aquel lenguaje pintoresco y desembarazado recordaba, no sin su buena
cerrazón de truenos y relámpagos y unas amenazas grandes como torres,
los bellacos oficios de tal o de cual marquesa, que auxiliando ligerezas
ajenas querían hacer, por lo comunes, menos culpables las propias; o tal
historia de un capitán de guardias, que pareció bien en la corte con su
ruda belleza de montañés y su cabello abundante y alborotado, y apenas
entrevió su buena fortuna tomó prestados unos dineros, con que
enrizarse, en lo del peluquero la cabellera, y en lo del sastre vestir
de paño bueno, y en lo del calzador comprarse unos botitos, con que
estar galán en la hora en que debía ir a palacio, donde al volver el
capitán con estas donosuras, pareció tan feo y presumido que en poco
estuvo que perdiese algo más que la capitanía. Y de unas jiras, o
fiestas de campo, hablaba de tal manera don Manuel, así como de ciertas
cenas en la fonda de un francés, que cuando contaba de ellas no podía
estar sentado; y daba con el puño sobre la mesa que le andaba cerca,
como para acentuar las palabras, y arreciaban los truenos, y abría
cuantas ventanas o puertas hallaba a mano. Se desfiguraba el buen
caballero español, de santa ira, la cual, como apenado luego de haberle
dado riendas en tierra que al fin no era la suya, venía siempre a parar
en que don Manuel tocase en la guitarra que se había traído cuando el
viaje, con una ternura que solía humedecer los ojos suyos y los ajenos,
unas serenatas de su propia música, que más que de la rondalla aragonesa
que le servía como de arranque y _ritornello_, tenía de desesperada
canción de amores de un trovador muerto de ellos por la dama de un duro
castellano, en un castillo, allá tras de los mares, que el trovador no
había de ver jamás.

En esos días la linda doña Andrea, cuyas largas trenzas de color castaño
eran la envidia de cuantas se las conocían, extremaba unas pocas
habilidades de cocina, que se trajo de España, adivinando que
complacería con ellas más tarde a su marido. Y cuando en el cuarto de
los libros, que en verdad era la sala de la casa, centelleaba don
Manuel, sacudiéndose más que echándose sobre uno y otro hombro
alternativamente los cabos de la capa que so pretexto de frío se quitaba
raras veces, era fijo que andaba entrando y saliendo por la cocina, con
su cuerpo elegante y modesto, la buena señora doña Andrea, poniendo mano
en un pisto manchego, o aderezando unas farinetas de Salamanca que a
escondidas había pedido a sus parientes en España, o preparando, con más
voluntad que arte, un arroz con chorizo, de cuyos primores, que acababan
de calmar las iras del republicano, jamás dijo mal don Manuel del Valle,
aun cuando en sus adentros reconociese que algo se había quemado allí, o
sufrido accidente mayor: o los chorizos, o el arroz, o entrambos. ¡Fuera
de la patria, si piedras negras se reciben de ella, de las piedras
negras parece que sale luz de astro!

Era de acero fino don Manuel, y tan honrado, que nunca, por muchos que
fueran sus apuros, puso su inteligencia y saber, ni excesivos ni
escasos, al servicio de tantos poderosos e intrigantes como andan por el
mundo, quienes suelen estar prontos a sacar de agonía a las gentes de
talento menesterosas, con tal que éstas se presten a ayudar con sus
habilidades el éxito de las tramas con que aquellos promueven y
sustentan su fortuna: de tal modo que, si se va a ver, está hoy viviendo
la gente con tantas mañas, que es ya hasta de mal gusto ser honrado.

En este diario y en aquel, no bien puso el pie en el país, escribió el
señor Valle con mano ejercitada, aunque un tanto febril y descompuesta,
sus azotainas contra las monarquías y vilezas que engendra, y sus
himnos, encendidos como cantos de batalla, en loor de la libertad, de
que «los campos nuevos y los altos montes y los anchos ríos de esta
linda América, parecen natural sustento».

Mas a poco de esto, hacía veinticinco años a la fecha de nuestra
historia tales cosas iba viendo nuestro señor don Manuel que volvió a
tomar la capa, que por inútil había colgado en el rincón más hondo del
armario, y cada día se fue callando más, y escribiendo menos, y
arrebujándose mejor en ella, hasta que guardó las plumas, y muy apegado
ya a la clemente temperatura del país y al dulce trato de sus hijos para
pensar en abandonarlo, determinó abrir escuela; si bien no introdujo en
el arte de enseñar, por no ser aun este muy sabido tampoco en España,
novedad alguna que acomodase mejor a la educación de los
hispanoamericanos fáciles y ardientes, que los torpes métodos en uso,
ello es que con su Iturzaeta y su Aritmética de Krüger y su Dibujo
Lineal, y unas encendidas lecciones de Historia, de que salía bufando y
escapando Felipe Segundo como comido de llamas, el señor Valle sacó una
generación de discípulos, un tanto románticos y dados a lo maravilloso,
pero que fueron a su tiempo mancebos de honor y enemigos tenaces de los
gobiernos tiránicos. Tanto que hubo vez en que, por cosas como las de
poner en su lugar a Felipe Segundo, estuvo a punto el señor don Manuel
de ir, con su capa y su cuaderno de Iturzaeta, a dar en manos de los
guindillas americanos «en estas mismísimas Repúblicas de América». A la
fecha de nuestra historia, hacía ya unos veinticinco años de esto.

Tan casero era don Manuel, que apenas pasaba año sin que los discípulos
tuviesen ocasión de celebrar, cuál con una gallina, cuál con un par de
pichones, cuál con un pavo, la presencia de un nuevo ornamento vivo de
la casa.

--Y ¿qué ha sido, don Manuel? ¿Algún Aristogitón que haya de librar a la
patria del tirano?

--¡Calle usted, paisano, calle usted; un malakoff más!--Malakoff, llamaban
entonces, por la torre famosa en la guerra de Crimea, a lo que en llano
se ha llamado siempre miriñaque o crinolina.

Y don Manuel quería mucho a sus hijos, y se prometía vivir cuanto
pudiese para ellos; pero le andaba desde hacía algún tiempo por el lado
izquierdo del pecho un carcominillo que le molestaba de verdad, como una
cestita de llamas que estuviera allí encendida, de día y de noche, y no
se apagase nunca. Y como cuando la cestita le quemaba con más fuerza
sentía él un poco paralizado el brazo del corazón, y todo el cuerpo
vibrante como las cuerdas de un violín, y después de eso le venían de
pronto unos apetitos de llorar y una necesidad de tenderse por tierra,
que le ponían muy triste, aquel buen don Manuel no veía sin susto cómo
le iban naciendo tantos hijos, que en el caso de su muerte habían de ser
más un estorbo que una ayuda para «esa pobre Andrea, que es mujer muy
señora y bonaza, pero ¡para poco, para poco!».

       *       *       *       *       *

Cinco hijas llegó a tener don Manuel del Valle, mas antes de ellas le
había nacido un hijo, que desde niño empezó a dar señales de ser alma de
pro. Tenía gustos raros y bravura desmedida, no tanto para lidiar con
sus compañeros, aunque no rehuía la lidia en casos necesarios, como para
afrontar situaciones difíciles, que requerían algo más que la fiereza de
la sangre o la presteza de los puños. Una vez, con unos cuantos
compañeros suyos, publicó en el colegio un periodiquín manuscrito, y por
supuesto revolucionario, contra cierto pedante profesor que prohibía a
sus alumnos argumentarles sobre los puntos que les enseñaba; y como un
colegial aficionado al lápiz pintase de pavo real a este maestrazo, en
una lámina repartida con el periodiquín, y don Manuel, en vista de la
queja del pavo real, amenazara en sala plena con expulsar del colegio en
consejo de disciplina al autor de la descortesía, aunque fuese su propio
hijo, el gentil Manuelillo, digno primogénito del egregio varón, quiso
quitar de sus compañeros toda culpa, y echarla entera sobre sí; y
levantándose de su asiento, dijo, con gran perplejidad del pobre don
Manuel, y murmullos de admiración de la asamblea:

--Pues, señor Director: yo solo he sido.

Y pasaba las noches en claro, luego que se le extinguía la vela escasa
que le daban, leyendo a la luz de la luna. O echaba a caminar, con las
_Empresas_ de Saavedra Fajardo bajo el brazo, por las calles umbrosas de
la Alameda, y creyéndose a veces nueva encarnación de las grandes
figuras de la historia, cuyos gérmenes le parecía sentir en sí, y otras
desesperando de hacer cosa que pudiera igualarlo a ellas, rompía a
llorar, de desesperación y de ternura. O se iba de noche a la orilla de
la mar, a que le salpicasen el rostro las gotas frescas que saltaban del
agua salada al reventar contra las rocas.

Leía cuanto libro le caía a la mano. Montaba en cuanto caballo veía a su
alcance: y mejor si lo hallaba en pelo; y si había que saltar una cerca
mejor. En una noche se aprendía los libros que en todo el año escolar no
podían a veces dominar sus compañeros; y aunque la Historia Natural y la
Universal y cuanto añadiese algo útil a su saber y le estimulase el
juicio y la verba, eran sus materias preferidas, a pocas ojeadas
penetraba el sentido de la más negra lección de Álgebra, tanto que su
maestro, un ingeniero muy mentado y brusco, le ofreció enseñarle, en
premio de su aplicación, la manera de calcular lo infinitésimo.

Escribía Manuelillo, en semejanza de lo que estaba en boga entonces,
unas letrillas y artículos de costumbres que ya mostraban a un enamorado
de la buena lengua; pero a poco se soltó por natural empuje, con vuelos
suyos propios, y empezó a enderezar a los gobernantes que no dirigen
honradamente a sus pueblos, unas odas tan a lo pindárico, y recibidas
con tal favor entre la gente estudiantesca, que en una revuelta que
tramaron contra el Gobierno unos patricios que andaban muy solos, pues
llevaban consigo la buena doctrina, fue hecho preso don Manuelillo,
quien en verdad tenía en la sangre el microbio sedicioso; y bien que
tuvieron que empeñarse los amigos pudientes de don Manuel para que en
gracia de su edad saliese libre el Pindarito, a quien su padre,
riñéndole con los labios, en que le temblaban los bigotes, como los
árboles cuando va a caer la lluvia, y aprobándole con el corazón, envió
a seguir, en lo que cometió grandísimo error, estudios de Derecho en la
Universidad de Salamanca, más desfavorecida que otras de España, y no
muy gloriosa ahora, pero donde tenía la angustiada doña Andrea los
buenos parientes que le enviaban las farinetas.

Se fue el de las odas en un bergantín que había venido cargado de vinos
de Cádiz; y sentadito en la popa del barco, fijaba en la costa de su
patria los ojos anegados de tan triste manera, que a pesar del águila
nueva que llevaba en el alma, le parecía que iba todo muerto y sin
capacidad de resurrección y que era él como un árbol prendido a aquella
costa por las raíces, al que el buque llevaba atado por las ramas
pujando mar afuera, de modo que sin raíces se quedaba el árbol, si
lograba arrancarlo de la costa la fuerza del buque, y moría: o como el
tronco no podía resistir aquella tirantez, se quebraría al fin, y moría
también; pero lo que don Manuelillo veía claro, era que moría de todos
modos. Lo cual, ¡ay! fue verdad, cuatro años más tarde, cuando de
Salamanca había hallado aquel niño manera de pasar, como ayo en la casa
de un conde carlista, a estudiar a Madrid. Se murió de unas fiebres
enemigas, que le empezaron con grandes aturdimientos de cabeza, y unas
visiones dolorosas y tenaces que él mismo describía en su cama revuelta,
de delirante, con palabras fogosas y desencajadas, que parecían una caja
de joyas rotas; y sobre todo, una visión que tenía siempre delante de
los ojos, y creía que se le venía encima, y le echaba un aire encendido
en la frente, y se iba de mal humor, y se volvía a él de lejos,
llamándole con muchos brazos: la visión de una palma en llamas. En su
tierra, las llanuras que rodeaban la ciudad estaban cubiertas de palmas.

       *       *       *       *       *

No murió don Manuel del pesar de que hubiese muerto su hijo, aunque bien
pudo ser; sino que dos años antes, y sin que Manuelillo lo supiese, se
sentó un día en su sillón, muy envuelto en su capa, y con la guitarra al
lado, como si sintiese en el alma unas muy dulces músicas, a la vez que
un frescor húmedo y sabroso, que no era el de todos los días, sino mucho
más grato. Doña Andrea estaba sentada en una banqueta a sus pies, y, lo
miraba con los ojos secos, y crecidos, y le tenía las manos. Dos hijas
lloraban abrazadas en un rincón: la mayor, más valiente, le acariciaba
con la mano los cabellos, o lo entretenía con frases zalameras, mientras
le preparaba una bebida; de pronto, desasiéndose bruscamente de las
manos de doña Andrea, abrió don Manuel los brazos y los labios como
buscando aire; los cerró violentamente alrededor de la cabeza de doña
Andrea, a quien besó en la frente con un beso frenético; se irguió como
si quisiera levantarse, con los brazos al cielo; cayó sobre el respaldo
del asiento, estremeciéndosele el cuerpo horrendamente, como cuando en
tormenta furiosa un barco arrebatado sacude la cadena que lo sujeta al
muelle; se le llenó de sangre todo el rostro, como si en lo interior del
cuerpo se le hubiese roto el vaso que la guarda y distribuye; y blanco,
y sonriendo, con la mano casualmente caída sobre el mango de su
guitarra, quedó muerto. Pero nunca se lo quiso decir doña Andrea a
Manuelillo, a quien contaban que el padre no escribía porque sufría de
reumatismo en las manos, para que no le entrase el miedo por las
angustias de la casa, y quisiese venir a socorrerlas, interrumpiendo
antes de tiempo sus estudios. Y era también que doña Andrea conocía que
su pobre hijo había nacido comido de aquellas ansias de redención y
evangélica quijotería que le habían enfermado el corazón al padre, y
acelerado su muerte, y como en la tierra en que vivían había tanto que
redimir, y tanta cosa cautiva que libertar, y tanto entuerto que poner
derecho, veía la buena Madre, con espanto, la hora de que su hijo
volviese a su patria, cuya hora, en su pensar, sería la del sacrificio
de Manuelillo.

--¡Ay!--decía doña Andrea--, una vez que un amigo, de la casa le hablaba
con esperanzas del porvenir del hijo. Él será infeliz, y nos hará aun
más infelices sin quererlo. Él quiere mucho a los demás, y muy poco a sí
mismo. Él no sabe hacer víctimas, sino serlo. Afortunadamente, aunque de
todos modos, por desdicha de doña Andrea, Manuelillo había partido de la
tierra antes de volver a ver la suya propia, ¡detrás de la palma
encendida!

¿Quién que ve un vaso roto, o un edificio en ruina, o una palma caída,
no piensa en las viudas? A don Manuel no le habían bastado las fuerzas,
y en tierra extraña esto había sido mucho, más que para ir cubriendo
decorosamente con los productos de su trabajo las necesidades
domésticas. Ya el ayudar a Manuelillo a mantenerse en España le había
puesto en muy grandes apuros.

Estos tiempos nuestros están desquiciados, y con el derrumbe de las
antiguas vallas sociales y las finezas de la educación, ha venido a
crearse una nueva y vastísima clase de aristócratas de la inteligencia,
con todas las necesidades de parecer y gustos ricos que de ella vienen,
sin que haya habido tiempo aun, en lo rápido del vuelco, para que el
cambio en la organización y repartimiento de las fortunas corresponda a
la brusca alteración en las relaciones sociales, producidas por las
libertades políticas y la vulgarización de los conocimientos. Una
hacienda ordenada es el fondo de la felicidad universal. Y búsquese en
los pueblos, en las casas, en el amor mismo más acendrado y seguro, la
causa de tantos trastornos y rupturas, que los oscurecen y afean, cuando
no son causa del apartamiento, o de la muerte, que es otra forma de él:
la hacienda es el estómago de la felicidad. Maridos, amantes, personas
que aun tenéis que vivir y anheláis prosperar: ¡organizad bien vuestra
hacienda!

De este desequilibrio, casi universal hoy, padecía la casa de don
Manuel, obligado con sus medios de hombre pobre a mantenerse, aunque sin
ostentación ni despilfarro, como caballero rico. ¿Ni quién se niega, si
los quiere bien, a que sus hijos brillantes e inteligentes, aprendan
esas cosas de arte, el dibujar, el pintar, el tocar piano, que alegran
tanto la casa, y elevan, si son bien comprendidas y caen en buena
tierra, el carácter de quien las posee, esas cosas de arte que apenas
hace un siglo eran todavía propiedad casi exclusiva de reinas y
princesas? ¿Quién que ve a sus pequeñines finos y delicados, en virtud
de esa aristocracia del espíritu que en estos tiempos nuevos han
sustituido a la aristocracia degenerada de la sangre, no gusta de
vestirlos de linda manera, en acuerdo con el propio buen gusto
cultivado, que no se contenta con falsificaciones y bellaquerías, y de
modo que el vestir complete y revele la distinción del alma de los
queridos niños? Uno, padrazo ya, con el corazón estremecido y la frente
arrugada, se contenta con un traje negro bien cepillado y sin manchas,
con el cual, y una cara honrada, se está bien y se es bien recibido en
todas partes; pero, ¡para la mujer, a quien hemos hecho sufrir tanto!
¡para los hijos, que nos vuelven locos y ambiciosos, y nos ponen en el
corazón la embriaguez del vino, y en las manos el arma de los
conquistadores! ¡para ellos, oh, para ellos, todo nos parece poco!

De manera que, cuando don Manuel murió, solo había en la casa los
objetos de su uso y adorno, en que no dejaba de adivinarse más el buen
gusto que la holgura, los libros de don Manuel, que miraba la madre como
pensamientos vivos de su esposo, que debían guardarse íntegros a su hijo
ausente, y los enseres de la escuela, que un ayudante de don Manuel, que
apenas le vio muerto se alzó con la mayor parte de sus discípulos, halló
manera de comprar a la viuda, abandonada así por el que en conciencia
debió continuar ayudándola, en una suma corta, la mayor, sin embargo,
que después de la muerte de don Manuel se vio nunca en aquella pobre
casa. Hacen pensar en las viudas las palmas caídas.

Este o aquel amigo, es verdad, querían saber de vez en cuando qué tal le
iba yendo a la pobre señora. ¡Oh! se interesaban mucho por su suerte. Ya
ella sabía: en cuanto le ocurriese algo no tenía más que mandar. Para
cualquier cosa, para cualquier cosa estaban a su disposición. Y venían
en visita solemne, en día de fiesta, cuando suponían que había gente en
la casa; y se iban haciendo muchas cortesías, como si con la ceremonia
de ellas quisiesen hacer olvidar la mayor intimidad que podría
obligarlos a prestar un servicio más activo. Da espanto ver cuán sola se
queda una casa en que ha entrado la desgracia: da deseos de morir.

¿Qué se haría doña Andrea, con tantas hijas, dos de ellas ya crecidas;
con el hijo en España, aunque ya el noble mozo había prohibido, aun
suponiendo a su padre vivo, que le enviasen dinero? ¿qué se haría con
sus hijas pequeñas, que eran, las tres, por lo modestas y unidas, la
gala del colegio; con Leonor, la última flor de sus entrañas, la que las
gentes detenían en la calle para mirarla a su placer, asombradas de su
hermosura? ¿qué se haría doña Andrea? Así, cortado el tronco, se secan
las ramas del árbol, un tiempo verdes, abandonadas sobre la tierra.
¡Pero los libros de don Manuel no! esos no se tocaban: nada más que a
sacudirlos, en la piececita que les destinó en la casa pobrísima que
tomó luego, permitía la señora que entrasen una vez al mes. O cuando,
ciertos domingos, las demás niñas iban a casa de alguna conocida a pasar
la tarde, doña Andrea se entraba sola en la habitación, con Leonor de la
mano, y allí a la sombra de aquellos tomos, sentada en el sillón en que
murió su marido, se abandonaba a conversaciones mentales, que parecían
hacerle gran bien, porque salía de ellas en un estado de silenciosa
majestad, y como más clara de rostro y levantada de estatura; de tal
modo que las hijas cuando volvían de su visita, conocían siempre, por la
mayor blandura en los ademanes, y expresión de dolorosa felicidad de su
rostro, si doña Andrea había estado en el cuarto de los libros. Nunca
Leonor parecía fatigada de acompañar a su madre en aquellas entrevistas:
sino que, aunque ya para entonces tenía sus diez años, se sentaba en la
falda de su madre, apretada en su regazo o abrazada a su cuello, o se
echaba a sus pies, reclinando en sus rodillas la cabeza, con cuyos
cabellos finos jugaba la viuda, distraída. De vez en cuando, pocas
vedes, la cogía doña Andrea en un brusco movimiento en sus brazos, y
besando con locura la cabeza de la niña rompía en amarguísimos sollozos.
Leonor, silenciosamente, humedecía en todo este tiempo la mano de su
madre con sus besos.

       *       *       *       *       *

De España se trajo pocas cosas don Manuel, y doña Andrea menos, que era
de familia hidalga y pobre. Y todo, poco a poco, para atender a las
necesidades de la casa, fue saliendo de ella: hasta unas perlas
margaritas que había llevado de América a Salamanca un tío, abuelo de
doña Andrea, y un aguacate de esmeralda de la misma procedencia, que
recibió de sus padres como regalo de matrimonio; hasta unas cucharas y
vasos de plata que se estrenaron cuando se casó la madre de don Manuel,
y este solía enseñar con orgullo a sus amigos americanos, para probar en
sus horas de desconfianza de la libertad, cuánto más sólidos eran los
tiempos, cosas y artífices de antaño.

Y todas las maravillas de la casa fueron cayendo en manos de inclementes
compradores; una escena autógrafa de _El Delincuente Honrado_ de
Jovellanos; una colección de monedas romanas y árabes de Zaragoza, de
las cuales las árabes estimulaban la fantasía y avivaban las miradas de
Manuelillo cada vez que el padre le permitía curiosear en ellas; una
carta de doña Juana la Loca, que nunca fue loca, a menos que amar bien
no sea locura, y en cuya carta, escrita de manos del secretario
Passamonte, se dicen cosas tan dignas y tan tiernas que dejaban
enamorados de la reina a los que las leían, y dulcemente conmovidas las
entrañas.

Así se fueron otras dos joyas que don Manuel había estimado mucho, y
mostraba con la fruición de un goloso que se complace traviesamente en
hacer gustar a sus amigos un plato cuya receta está decidido a no
dejarles conocer jamás: un estudio en madera de la cabeza de San
Francisco, de Alonso Cano, y un dibujo de Goya, con lápiz rojo, dulce
como una cabeza del mismo Rafael.

Con las cucharas de plata se pagó un mes la casa; la esmeralda dio para
tres meses; con las monedas fueron ayudándose medio año. Un
desvergonzado compró la cabeza, en un día de angustia, en cinco pesos.
Un tanto se auxiliaban con unos cuantos pesos que, muy mal cobrados y
muy regañados, ganaban doña Andrea y las hijas mayores enseñando a
algunas niñas pequeñas del barrio pobre donde habían ido a refugiarse en
su penuria. Pero el dibujo de Goya, ese si se vendió bien. Ese, él solo,
produjo tanto como las margaritas y las cucharas de plata, y el
aguacate. El dibujo de Goya, única prenda que no se arrepintió doña
Andrea de haber vendido, porque le trajo un amigo, lo compró Juan Jerez;
Juan Jerez que cuando murió en Madrid Manuelillo, y la madre extremada
por los gastos en que la puso una enfermedad grave de su niña Leonor, se
halló un día pensando con espanto en que era necesario venderlos, compró
los libros a doña Andrea, mas no se los llevó consigo, sino que se los
dejó a ella «porque él no tenía donde ponerlos, y cuando los necesitase,
ya se los pediría». Muy ruin tiene que ser el mundo, y doña Andrea sabía
de sobra que suele ser ruin, para que ese día no hubiese satisfecho su
impulso de besar a Juan la mano.

Pero Juan, joven rico y de padres y amistades que no hacían suponer que
buscase esposa en aquella casa desamparada y humilde, comprendió que no
debía ser visita de ella, donde ya eran alegría de los ojos y del
corazón, más por lo honestas que por lo lindas, las dos niñas mayores, y
muy distraído el pensamiento en cosas de la mayor alteza, y muy fino y
generoso, y muy sujeto ya por el agradecimiento del amor que le mostraba
a su prima Lucía, ni visitaba frecuentemente la casa de doña Andrea, ni
hacía alarde de no visitarla, como que le llevó su propio médico cuando
la enfermedad de Leonor, y volvió cuando la venta de los libros, y
cuando sabía alguna aflicción de la señora, que con su influjo, el no
con su dinero que solía escasearle, podía tener remedio.

       *       *       *       *       *

Lo que, como un lirio de noche en una habitación oscura, tuvo en medio
de todas estas agonías iluminada el alma de doña Andrea, y le aseguró en
su creencia bondadosa en la nobleza de la especie humana, fue que, ya
porque en realidad le apenase la suerte de la viuda, ya porque creyera
que había de parecer mal, siendo como el don Manuel bien querido, y
maestro como ella, que permitieran la salida de sus hijas del colegio
por falta de paga, la directora del Instituto de la Merced, el más
famoso y rico del país, hizo un día, en un hermoso coche, una visita,
que fue muy sonada, a casa de doña Andrea, y allí le dijo
magnánimamente, cosa que enseguida vociferó y celebró mucho la prensa,
que las tres niñas recibirían en su colegio, si ella no lo mandaba de
otro modo, toda su educación, como externas, sin gasto alguno. Aquella
vez sí que doña Andrea, sin los miramientos que en el caso de Juan
habían más tarde de impedírselo, cubrió de besos la mano de la
directora, quien la trató con una hermosa bondad pontificia, y como una
mujer inmaculada trata a una culpable, tras de lo cual se volvió muy
oronda a su colegio, en su arrogante coche.

Es verdad que las niñas no decían a doña Andrea que, aunque no las había
en el colegio más aplicadas que ellas, ni que llevaran los vestiditos
más blancos y bien cuidados, ni que, en la clase y recreo mostrasen
mayor compostura, los vales a fin de semana, y los primeros puestos en
las competencias, y los premios en los exámenes, no eran nunca para
ellas; los regaños, sí. Cuando la niña del ministro había derramado un
tintero, de seguro que no había sido la niña del ministro, ¿cómo había
de ser la hija del ministro? había sido una de las tres niñas del Valle.
La hija de Mr. Floripond, el poderoso banquero, la fea, la huesuda, la
descuidada, la envidiosa Iselda, había escondido, donde no pudiese ser
hallado, su caja de lápices de dibujar: por supuesto, la caja no
aparecía: «¡Allí todas las niñas tenían dinero para comprar sus cajas!
¡las únicas que no tenían dinero allí eran las tres del Valle!» y las
registraban, a las pobrecitas, que se dejaban registrar con la cara
llena de lágrimas, y los brazos en cruz, cuando por fortuna la niña de
otro banquero, menos rico que Mr. Floripond, dijo que había visto a
Iselda poner la caja de lápices en la bolsa de Leonor. Pero tan buenas,
y serviciales fueron, tan apretaditas se sentaban siempre las tres, sin
jugar, o jugando entre sí, en la hora de recreo; con tal mansedumbre
obedecían los mandatos más destemplados e injustos; con tal sumisión,
por el amor de su madre, soportaban aquellos rigores, que las ayudantes
del colegio, solas y desamparadas ellas mismas, comenzaron a tratarlas
con alguna ternura, a encomendarles la copia de las listas de la clase,
a darles a afilar sus lápices, a distinguirlas con esos pequeños favores
de los maestros que ponen tan orondos a los niños, y que las tres hijas
de del Valle recompensaban con una premura en el servirlos y una
modestia y gracia tal, que les ganaba las almas más duras. Esta
bondadosa disposición de las ayudantes subió de punto cuando la
directora, que no tenía hijos, y era aun una muy bella mujer, dio
muestras de aficionarse tan especialmente a Leonor, que algunas tardes
la dejaba a comer a su mesa, enviándola luego a doña Andrea con un
afectuoso recado; y un domingo la sacó a pasear en su carruaje,
complaciéndose visiblemente aquel día en responder con su mejor sonrisa
a todos los saludos.

Porque los que poseen una buena condición, si bien la persiguen
implacablemente en los demás cuando por causa de la posición o edad de
estos, teman que lleguen a ser rivales, se complacen, por el contrario,
por una especie de prolongación de egoísmo y por una fuerza de atracción
que parece incontrastable y de naturaleza divina, en reconocer y
proclamar en otros la condición que ellos mismos poseen, cuando no puede
llegar a estorbarles.

Se aman y admiran a sí propios en los que, fuera ya de este peligro de
rivalidad, tienen las mismas condiciones de ellos. Los miran como una
renovación de sí mismos, como un consuelo de sus facultades que decaen,
como si se viesen aun a sí propios tales como son aquellas criaturas
nuevas, y no como ya van siendo ellos. Y las atraen a sí, y las retienen
a su lado, como si quisiesen fijar, para que no se les escapase, la
condición que ya sienten que los abandona. Hay, además, gran motivo de
orgullo en oír celebrar la especie de mérito por que uno se distingue.

Verdad es que no había tampoco mejor manera de llamar la atención sobre
sí que llevar cerca a Leonor. ¡Qué mirada, que parecía una plegaria!
¡Qué óvalo el del rostro, más perfecto y puro! ¡Qué cutis, que parecía
que daba luz! ¡Qué encanto en toda ella, y qué armonía! De noche doña
Andrea, que como a la menor de sus hijas la tuvo siempre en su lecho, no
bien la veía dormida, la descubría para verla mejor; le apartaba los
cabellos de la frente y se los alzaba por detrás para mirarle el cuello,
le tomaba las manos, como podía tomar dos tórtolas, y se las besaba
cuidadosamente; le acariciaba los pies, y se los cubría a lentos besos.

Alfombra hubiera querido ser doña Andrea, para que su hija no se
lastimase nunca los pies, y para que anduviese sobre ella. Alfombra,
cinta para su cuello, agua, aire, todo lo que ella tocase y necesitase
para vivir, como si no tuviese otras hijas, quería ser para ella doña
Andrea. Solía Leonor despertarse cuando su madre estaba contemplándola
de esta manera; y entreabriendo dichosamente los ojos amantes y
atrayéndola a sí con sus brazos, se dormía otra vez, con la cabeza de su
madre entre ellos; de su madre que apenas dormía.

¡Cómo no padecería la pobre señora cuando la directora del colegio,
estando ya Leonor en sus trece años, la vino a ver, como quien hace un
gran servicio, y en verdad para el porvenir de Leonor lo era, para que
lo permitiese retener a Leonor en el colegio como alumna interna! En el
primer instante, doña Andrea se sintió caer al suelo, y, sin palabras,
se quedó mirando a la directora fijamente, como a una enemiga. De
pensarlo no más, ya le pareció que le habían sacado el corazón del
pecho.

Balbuceó las gracias. La directora entendió que aceptaba.

--Leonor, doña Andrea, está destinada por su hermosura a llamar la
atención de una manera extraordinaria. Es niña todavía, y ya ve usted
cómo anda por la ciudad la fama de su belleza. Usted comprende que a mí
me es más costoso tenerla en el colegio como a interna; pero creo de mi
deber, por cariño a usted y al señor don Manuel, acabar mi obra.

Y la madre parecía que quería adelantar una objeción; y la mujer
hermosa, que en realidad, en fuerza de la plácida beldad de Leonor,
había concebido por ella un tierno afecto, decía precipitadamente estas
buenas razones, que la madre veía lucir delante de sí, como puñales
encendidos.

--Porque usted ve, doña Andrea, que la posición de Leonor en el mundo, va
a ser sumamente delicada. La situación a que están ustedes reducidas las
obliga a vivir apartadas de la sociedad, y en una esfera en que, por su
misma distinción natural y por la educación que está recibiendo, no
puede encontrar marido proporcionado para ella. Acabando de educarse en
mi colegio como interna, se rozará mucho más, en estos tres años, con
las niñas más elegantes y ricas de la ciudad, que se harán sus amigas
íntimas; yo misma iré cuidando especialmente de favorecer aquellas
amistades que le puedan convenir más cuando salga al mundo, y le ayuden
a mantenerse en una esfera a que de otro modo, sin más que su belleza,
en la posición en que ustedes están, no podría llegar nunca. Hermosa e
inteligente como es, y moviéndose en buenos círculos, será mucho más
fácil que inspire el respeto de jóvenes que de otro modo la perseguirían
sin respetarla, y encuentre acaso entre ellos el marido que la haga
venturosa. ¡Me espanta, doña Andrea--dijo la directora que observaba el
efecto de sus palabras en la pobre madre--, me espanta pensar en la
suerte que correría Leonor, tan hermosa como va a ser, en el desamparo
en que tienen ustedes que vivir, sobre todo si llegase usted a faltarle!
Piense usted en que necesitamos protegerla de su misma hermosura.

Y la directora, ya apiadada del gran dolor reflejado en las facciones de
doña Andrea, que no tenía fuerzas para abrir los labios, ya deseosa de
alcanzar con halagos su anhelo, había tomado las manos de doña Andrea, y
se las acariciaba bondadosamente.

Entró Leonor en este instante, y en el punto de verla, fue como si los
torrentes de llanto apretados por la agonía se saliesen al fin de sus
ojos; no dijo palabras, sino inolvidables sollozos; y se lanzó al
encuentro de su hija, y se abrazó con ella estrechísimamente.

--Yo no iré, mamá, yo no iré--le decía Leonor al oído--, sin que lo oyese
la directora; aunque ya Leonor le había dicho a esta que, si quería doña
Andrea, ella quería ir.

A los pocos momentos doña Andrea, pálida, sentada ya junto a Leonor, a
quien tenía de la mano, pudo por fin hablar. ¡Porque era ceder a cuanto
le quedaba de don Manuel, a aquellas noches queridas suyas de silencio,
en que su alma, a solas con su amargura y con su niña, recordaba y
vivía; porque conforme se había ido apartando de todo, en sus hijas, y
en Leonor, como un símbolo de todas ellas, se había refugiado, con la
tenacidad de las almas sencillas que no tienen fuerza más que para amor;
porque dar a Leonor era como dar todas las luces y todas las rosas de la
vida!

Por fin pudo hablar, y con una voz opaca y baja, como de quien habla de
muy lejos, dijo:

--Bueno, señora, bueno. Y Dios le pagará su buena intención. Leonor se
quedará en el colegio.

Y ya hemos visto en los comienzos de esta historia que estaba Leonor a
punto de salir de él.

       *       *       *       *       *



                              Capítulo III


¿De qué ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle? Era
como la mañana que sigue al día en que se ha revelado un orador
poderoso. Era como el amanecer de un drama nuevo. Era esa conmoción
inevitable que, a pesar de su vulgaridad ingénita, experimentan los
hombres cuando aparece súbitamente ante ellos alguna cualidad suprema.
Después se coligan todos, en silencio primero, abiertamente luego, y dan
sobre lo que admiraron. Se irritan de haber sido sorprendidos. Se
encolerizan sordamente, por ver en otro la condición que no poseen. Y
mientras más inteligencia tengan para comprender su importancia, más la
abominan, y al infeliz que la alberga. Al principio, por no parecer
envidiosos, hacen como que la acatan: y, como que es de fuertes no
temer, ponen un empeño desmedido en alabar al mismo a quien envidian,
pero poco a poco, y sin decirse nada, reunidos por el encono común, van
agrupándose, cuchicheando, haciéndose revelaciones. Se ha exagerado.
Bien mirado, no es lo que se decía. Ya se ha visto eso mismo. Esos ojos
no deben ser suyos. De seguro que se recorta la boca con carmín. La
línea de la espalda no es bastante pura. No, no es bastante pura. Parece
como que hay una verruga en la espalda. No es verruga, es lobanillo. No
es lobanillo, es joroba. Y acaba la gente por tener la joroba en los
ojos, de tal modo que llega de veras a verla en la espalda, ¡porque la
lleva en sí! Ea; eso es fijo: los hombres no perdonan jamás a aquellos a
quienes se han visto obligados a admirar.

Pero allá, en un rincón del pecho, duerme como un portero soñoliento la
necesidad de la grandeza. Es fama que, para dar al champaña su
fragancia, destilan en cada botella, por un procedimiento desconocido,
tres gotas de un licor misterioso. Así la necesidad de la grandeza, como
esas tres gotas exquisitas, está en el fondo del alma. Duerme como si
nunca hubiese de despertar, ¡oh, suele dormir mucho! ¡oh, hay almas en
que el portero no despierta nunca! Tiene el sueño pesado, en cosas de
grandeza, y sobre todo en estos tiempos, el alma humana. Mil
duendecillos, de figuras repugnantes, manos de araña, vientre hinchado,
boca encendida, de doble hilera de dientes, ojos redondos y libidinosos,
giran constantemente alrededor de portero dormido, y le echan en los
oídos jugo de adormideras, y se lo dan a respirar, y se lo untan en las
sienes, y con pinceles muy delicados le humedecen las palmas de las
manos, y se les encuclillan sobre las piernas, y se sientan sobre el
respaldo del sillón, mirando hostilmente a todos lados, para que nadie
se acerque a despertar al portero: ¡mucho suele dormir la grandeza en el
alma humana! Pero cuando despierta, y abre los brazos, al primer
movimiento pone en fuga a la banda de duendecillos de vientre hinchado.
Y el alma entonces se esfuerza en ser noble, avergonzada de tanto tiempo
de no haberlo sido. Solo que los duendecillos están escondidos detrás de
las puertas, y cuando les vuelve a picar el hambre, porque se han jurado
comerse al portero poco a poco, empiezan a dejar escapar otra vez el
aroma de las adormideras, que a manera de cendales espesos va turbando
los ojos y velando la frente del portero vencido; y no ha pasado mucho
tiempo desde que puso a los duendes en fuga, cuando ya vuelven estos en
confusión, se descuelgan de las ventanas, se dejan caer por las hojas de
las puertas, salen de bajo las losas descompuestas del piso, y abriendo
las grandes bocas en una risa que no suena, se le suben agilísimamente
por las piernas y brazos, y uno se le para en un hombro, y otro se le
sienta en un brazo, y todos agitan en alto, con un ruido de rata que
roe, las adormideras. Tal es el sueño del alma humana.

¿De qué ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle?

De ella, porque hablan de la fiesta de anoche: de ella, porque la fiesta
alcanzó inesperadamente, a influjo de aquella niña ayer desconocida, una
elevación y entusiasmo que ni los mismos que contribuyeron a ello
volverían a alcanzar jamás. Tal como suelen los astros juntarse en el
cielo, ¡ay! para chocar y deshacerse casi siempre, así, con no mejor
destino, suelen encontrarse en la tierra, como se encontraron anoche, el
genio, y ese otro genio, la hermosura.

       *       *       *       *       *

De fama singular había venido precedido a la ciudad el pianista húngaro
Keleffy. Rico de nacimiento, y enriquecido aun más por su arte, no
viajaba, como otros, en busca de fortuna. Viajaba porque estaba lleno de
águilas, que le comían el cuerpo, y querían espacio ancho, y se ahogaban
en la prisión de la ciudad. Viajaba porque casó con una mujer a quien
creyó amar, y la halló luego como una copa sorda, en que las armonías de
su alma no encontraban eco, de lo que le vino postración tan grande que
ni fuerzas tenía aquel músico-atleta, para mover las manos sobre el
piano: hasta que lo tomó un amigo leal del brazo, y le dijo «Cúrate», y
lo llevó a un bosque, y lo trajo luego al mar, cuyas músicas se le
entraron por el alma medio muerta, se quedaron en ella, sentadas y con
la cabeza alta, como leones que husmean el desierto, y salieron al fin
de nuevo al mundo en unas fantasías arrebatadas que en el barco que lo
llevaba por los mares improvisaba Keleffy, las que eran tales, que si se
cerraban los ojos cuando se las oía, parecía que se levantaban por el
aire, agrandándose conforme subían, unas estrellas muy radiosas, sobre
un cielo de un negro hondo y temible, y otras veces, como que en las
nubes de colores ligeros iban dibujándose unas como guirnaldas de flores
silvestres, de un azul muy puro, de que colgaban unos cestos de luz:
¿qué es la música sino la compañera y guía del espíritu en su viaje por
los espacios? Los que tienen ojos en el alma, han visto eso que hacían
ver las fantasías que en el mar improvisaba Keleffy: otros hay, que no
ven, por lo que niegan muy orondos que lo que ellos no han visto, otros
lo vean. Es seguro que un topo no ha podido jamás concebir un águila.

Keleffy viajaba por América, porque le habían dicho que en nuestro cielo
del Sur lucen los astros como no lucen en ninguna otra parte del cielo,
y porque le hablaban de unas flores nuestras, grandes como cabeza de
mujer y blancas como la leche, que crecen en los países del Atlántico, y
de unas anchas hojas que se crían en nuestra costa exuberante, y
arrancan de la madre tierra y se tienden voluptuosamente sobre ella,
como los brazos de una divinidad vestida de esmeraldas, que llamasen,
perennemente abiertas, a los que no tienen miedo de amar los misterios y
las diosas.

Y aquel dolor de vivir sin cariño, y sin derecho para inspirarlo ni
aceptarlo, puesto que estaba ligado a una mujer a quien no amaba; aquel
dolor que no dormía, ni tenía paces, ni le quería salir del pecho, y le
tenía la fantasía como apretada por serpientes, lo que daba a todo su
música un aire de combate y tortura que solía privarla del equilibrio y
proporción armoniosa que las obras durables de arte necesitan; aquel
dolor, en un espíritu hermoso que, en la especie de peste amatoria que
está enllagando el mundo en los pueblos antiguos, había salvado, como
una paloma herida, un apego ardentísimo a lo casto; aquel dolor, que a
veces con las manos crispadas se buscaba el triste músico por sobre el
corazón, como para arrancárselo de raíz, aunque se tuviera que arrancar
el corazón con él; aquel dolor no le dejaba punto de reposo, le hacía
parecer a las veces extravagante y huraño, y aunque por la suavidad de
su mirada y el ardor de su discurso se atrajese desde el primer
instante, como un domador de oficio, la voluntad de los que le veían,
poco a poco sentía él que en aquellos afectos iba entrando la sorda
hostilidad con que los espíritus comunes persiguen a los hombres de alma
superior, y aquella especie de miedo, si no de terror, con que los
hombres, famélicos de goces, huyen, como de un apestado, de quien, bajo
la pesadumbre de un infortunio, ni sabe dar alegrías, ni tiene el ánimo
dispuesto a compartirlas.

       *       *       *       *       *

Ya en la ciudad de nuestro cuento, cuya gente acomodada había ido toda,
y en más de una ocasión, de viaje por Europa, donde apenas había casa
sin piano, y, lo que es mejor, sin quien tocase en él con natural buen
gusto, tenía Keleffy numerosos y ardientes amigos; tanto entre los
músicos sesudos, por el arte exquisito de sus composiciones, como entre
la gente joven y sensible, por la melodiosa tristeza de sus romanzas. De
modo que cuando se supo que Keleffy venía, y no como un artista que se
exhibe sino como un hombre que padece, determinó la sociedad elegante
recibirle con una hermosísima fiesta, que quisieron fuese como la más
bella que se hubiera visto en la ciudad, ya porque del talento de
Keleffy se decían maravillas, ya porque esta buena ciudad de nuestro
cuento no quería ser menos que otras de América, donde el pianista había
sido ruidosamente agasajado.

En la «casa de mármol» dispusieron que se celebrase la gran fiesta: con
un tapiz rojo cubrieron las anchas escaleras; los rincones, ya en las
salas, ya en los patios, los llenaron de palmas; en cada descanso de la
escalera central había un enorme vaso chino lleno de plantas de camelia
en flor; todo un saloncito, el de recibir, fue colgado de seda amarilla;
de higares ocultos por cortinas venía un ruido de fuentes. Cuando se
entraba en el salón, en aquella noche fresca de la primavera, con todos
los balcones abiertos a la noche, con tanta hermosa mujer vestida de
telas ligeras de colores suaves, con tanto abanico de plumas, muy de
moda entonces, moviéndose pausadamente, y con aquel vago rumor de fiesta
que comienza, parecía que se entraba en un enorme cesto de alas. La tapa
del piano, levantado para dar mayor sonoridad a las notas, parecía, como
dominándolas a todas, una gran ala negra.

Keleffy, que discernía la suma de verdadero afecto mezclada en aquella
fiesta de la curiosidad y sentía desde su llegada a América como si
constantemente estuviesen encendidos en su alma dos grandes ojos negros;
Keleffy a quien fue dulce no hallar casa, donde sus últimos dolores,
vaciados en sus romanzas y nocturnos, no hubiesen encontrado manos
tiernas y amigas, que se las devolvían a sus propios oídos como
atenuados y en camino de consuelo, porque «en Europa se toca--decía
Keleffy--, pero aquí se acaricia el piano»; Keleffy, que no notaba
desacuerdo entre el casto modo con que quería él su magnífico arte, y
aquella fiesta discreta y generosa, en que se sentía el concurso como
penetrado de respeto, en la esfera inquieta y deleitosa de lo
extraordinario; Keleffy, aunque de una manera apesarada y melancólica, y
más de quien se aleja que de quien llega, tocó en el piano de madera
negra, que bajo sus manos parecía a veces salterio, flauta a veces, y a
veces órgano, algunas de sus delicadas composiciones, no aquellas en que
se hubiera dicho que el mar subía en montes y caía roto en cristales, o
que braceaba un hombre con un toro, y le hendía el testuz, y le doblaba
las piernas, y lo echaba por tierra, sino aquellas otras flexibles
fantasías que, a tener color, hubieran sido pálidas, y a ser cosas
visibles, hubiesen parecido un paisaje de crepúsculo.

       *       *       *       *       *

En esto, se oyó en todo el salón un rumor súbito, semejante al que en
días de fiestas nacionales se oye en la muchedumbre de las plazas cuando
rompe en un ramo de estrellas en el aire un fuego de artificio. ¡Ya se
sabía que en el Instituto de la Merced había una niña muy bella! que era
Sol del Valle; ¡pero no se sabía que era tan bella! Y fue al piano;
porque ella era la discípula querida del Instituto y ninguna como ella
entendía aquella plegaria de Keleffy, «¡Oh, madre mía», y la tocó,
trémula al principio, olvidada después en su música y por esto más
bella; y cuando se levantó del piano, el rumor fue de asombro ante la
hermosura de la niña, no ante el talento de la pianista, no común por
otra parte; y Keleffy la miraba, como si con ella se fuese ya una parte
de él; y, al verla andar, la concurrencia aplaudía, como si la música no
hubiera cesado, o como si se sintiese favorecida por la visita de un ser
de esferas superiores, u orgullosa de ser gente humana, cuando había
entre los seres humanos tan grande hermosura.

¿Cómo era? ¡Quién lo supo mejor que Keleffy! La miró, la miró con ojos
desesperados y avarientos. Era como una copa de nácar, en quien nadie
hubiese aun puesto los labios. Tenía esa hermosura de la aurora, que
arroba y ennoblece. Una palma de luz era. Keleffy no la hablaba, sino la
veía. La niña, cuando se sentó al lado de la directora, casi rompió en
lágrimas. La revelación, la primera sensación del propio poder, lisonjea
y asusta. Se tuvo miedo la niña, y aunque muy contenta de sí, halagada
por aquel rumor como si le rozasen la frente con muy blandas plumas, se
sintió sola y en riesgo, y buscó con los ojos, en una mirada de angustia
a doña Andrea, ¡ay! a doña Andrea que, conforme iban pasando los años,
se hundía en sí misma, para ver mejor a don Manuel, de tal manera que
ya, si sonreía siempre, apenas hablaba. Se conversaba apresuradamente.
Todos los ojos estaban sobre ella. ¿Quién es? ¿Quién es? Las mujeres no
la celebraban, se erguían en sus asientos para verla; movían rápidamente
el abanico, cuchicheaban a su sombra con su compañera; se volvían a
mirarla otra vez. Los hombres, sentían en sí como una rienda rota; y
algunos, como un ala. Hablaban con desusada animación. Se juntaban en
corrillos. La median con los ojos. Ya la veían de su brazo ostentándola
en el salón, y le estrechaban el talle en el baile ardiente y atrevido;
ya meditaban la frase encomiástica con que habían de deslumbrar al ser
presentados a ella. «¿Conque esa es Sol del Valle?». «¿En qué casas
visita?». «¿Va a casa de Lucía Jerez?». «Juan Jerez es amigo de la
señora». «Allí está Juan Jerez; que nos presente». «Yo soy amigo de la
directora: vamos». «¿Quién nos presentará a ella?». ¡Pobre niña! Su
alcoba no la vio nunca como la dejaron aquellos curiosos. No es para la
mayor parte de los hombres una obra santa, y una copa de espíritu la
hermosura; sino una manzana apetitosa. Si hubiera un lente que
permitiese a las mujeres ver, tales como les pasean por el cráneo los
pensamientos de los hombres, y lo que les anda en el corazón, los
querrían mucho menos.

Pero no era un hombre, no, el que con más insistencia, y un cierto
encono mezclado ya de amor, miraba a Sol del Valle, y con dificultad
contenía el llanto que se le venía a mares a los ojos, abiertos, en los
que se movían los párpados apenas. La conocía en aquel momento, y ya la
amaba y la odiaba. La quería como a una hermana; ¡qué misterios de estas
naturalezas bravías e iracundas! y la odiaba con un aborrecimiento
irresistible y trágico. Y cuando un caballero apuesto y cortés, que
saludaba mucha gente a su paso, se acercó, por lo mismo que vivía en
esfera social más alta, más que a saludar, a proteger a Sol del Valle,
cuando Juan Jerez llegó al fin al lado de la niña, y Lucía Jerez, que
era quien de aquella manera la miraba, los vio juntos, cerró los ojos,
inclinó la cabeza sobre el hombro como quien se muere; se le puso todo
el rostro amarillo; y solo al cabo de algún tiempo, al influjo del aire
que agitaban sus compañeras con los abanicos, volvió a abrir los ojos,
que parecían turbios, como si hubiera cruzado por su pensamiento un ave
negra.

Y Keleffy en aquellos instantes tenía subyugada y muda a la
concurrencia. Allí sus esperanzas puras de otros tiempos; sus agonías de
esposo triste; el desorden de una mente que se escapa; el mar sereno
luego; la flora toda americana, ardiente y rica; el encogimiento sombrío
del alma infeliz ante la naturaleza hermosa; una como invasión de luz
que encendiese la atmósfera, y penetrase por los rincones más negros de
la tierra, y a través de las ondas de la mar, a sus cuevas de azul y
corales; una como águila herida, con una llaga en el pecho que parecía
una rosa, huyendo, a grandes golpes de ala, cielo arriba, con gritos
desesperados y estridentes. Así, como un espíritu que se despide, tocó
Keleffy el piano. Jamás pudo tanto, ni nadie le oyó así segunda vez.
Para Sol era aquella fantasía; para Sol, a quien ni volvería a ver
nunca, ni dejaría de ver jamás. Solo los que persiguen en vano la
pureza, saben lo que regocija y exalta el hallarla. Solo los que mueren
de amor a la hermosura entienden cómo, sin vil pensamiento, ya a punto
de decir adiós para siempre a la ciudad amiga, tocó aquella noche en el
piano Keleffy. Pero tocó de tal manera que, aun para la gente inculta,
es todavía aquel un momento inolvidable. «Nos llevaba como un
triunfador», decía un cronista al día siguiente, «sujetos a su carro.
¿Adónde íbamos? nadie lo sabía. Ya era un rayo que daba sobre un monte,
como el acero de un gigante sobre el castillo donde supone a su dama
encantada; ya un león con alas, que iba de nube en nube; ya un sol
virgen que de un bosque temido, como de un nido de serpientes, se
levanta; ya un recodo de selva nunca vista, donde los árboles no tenían
hojas, sino flores; ya un pino colosal que, con estruendo de gemidos, se
quebraba; era una grande alma que se abría. Mucho se había hecho admirar
el apasionado húngaro en el comienzo de la fiesta; mas, aquella
arrebatadora fantasía, aquel desborde de notas; ora plañideras, ora
terribles, que parecían la historia de una vida, aquella, que fue su
última pieza de la noche, porque nadie después de ella osó pedirle más,
vino tan inmediatamente después de la aparición de la señorita Sol del
Valle, orgullo desde hoy de la ciudad que todos reconocimos en la
improvisación maravillosa del pianista el influjo que en él, como en
cuantos anoche la vieron, con su vestido blanco y su aureola de
inocencia, ejerció la pasmosa hermosura de la niña. Nace bien esta
beldad extraordinaria, con el genio a sus plantas».

       *       *       *       *       *

Dos amigas están sentadas a la sombra de la magnolia, nuestra antigua
conocida. En un sillón está sentada Lucía. Otras sillas de mimbre
esperan a sus dueñas, que andan preparando dulces por los adentros de la
casa, o con Ana, que no está bien hoy. Está muy pálida. No se espera
gente de afuera aquella tarde; Juan Jerez no está en la ciudad: fue el
viernes a defender en el tribunal de un pueblo vecino los derechos de
unos indios a sus tierras, y aun no ha vuelto. Lucía hubiera estado más
triste, si no hubiera tenido a su amiga a su lado. Juan no puede venir.
Ferrocarril no hay hoy. A caballo, es muy lejos. A los pies de Lucía, en
una banqueta, con los brazos cruzados sobre las rodillas de la niña,
¿quién es la que está sentada, y la mira con largas miradas, que se
entran por el alma como reinas hermosas que van a buscar en ella su
aposento, y a quedarse en ella; y la deja jugar con su cabeza, cuya
cabellera castaña destrenza y revuelve, y alisa luego hacia arriba con
mucho cuidado, de modo que se le vea el noble cuello? A los pies de
Lucía está Sol del Valle.

       *       *       *       *       *

Desde la noche de la fiesta de Keleffy, Lucía y Sol se han visto muchas
veces. ¿De conocerla, cómo había de librarse, en estas ciudades nuestras
en que todo el mundo se conoce? Aquella misma noche, y no fue Juan por
cierto, Lucía, muy adulada por la directora del Instituto de la Merced,
de donde había salido tres años antes, se vio en brazos de Sol, que la
miraba llena de esperanza y ternura. Se levantó la directora y llevó a
Sol de la mano a donde Lucía estaba, taciturna. Las vio venir, y se echó
atrás.

--¡Vienen a mí, a mí!--se dijo.

--Lucía, aquí te traigo una amiga, para que te la pongas en el corazón, y
me la cuides como cosa de tu casa. En tus manos la puedo dejar: tú no
eres envidiosa.

Y a Sol se le encendía el rostro, sin saber qué decir, y a Lucía se le
desvanecía el color, buscando en balde fuerzas con que mover la mano y
abrir los labios en una sonrisa.

--Pero esto no ha de ser así, no.

Y la directora puso el brazo de Sol en el de Lucía, y acompañadas de
miradas celosas, se refugió por algunos momentos con ellas en un balcón,
cuya baranda de granito estaba oculta bajo una enredadera florecida de
rosas salomónicas. El balcón era grande y solemne; la noche, ya muy
entrada, y el cielo, cariñoso y locuaz, como se pone en nuestros países
cuando el aire está claro, y parece como que platican y se hacen visitas
las estrellas.

--Y ante todo, Lucía y Sol, dense un beso.

--Mira, Lucía--dijo la directora juntando en sus manos las de las los
niñas y hablando como si no estuviese Sol con ellas, quien se sentía las
mejillas ardientes, y el pecho apretado con lo que la maestra iba
diciendo, tanto, que por un instante vio el cielo todo negro, y como que
desde su casita la estaba llamando doña Andrea--. Mira, Lucía, tú sabes
cómo entra en la vida Sol del Valle, como lo sabe todo el mundo. Su
padre se ha muerto. Su madre está en la mayor pobreza. Yo, que la quiero
como a una hija, he procurado educarla para que se salve del peligro de
ser hermosa siendo tan pobre.

Sintió Lucía en aquel instante como si la mano de Sol le temblase en la
suya, y hubiese hecho un movimiento por retirarla y ponerse en pie.

--Señora....

--No, no, Lucía. La que va a ser mujer de Juan Jerez....

La sombra de una de las cortinas de la enredadera, que flotaba al
influjo del aire, escondió en este instante el rostro de Sol.

--... merece que yo ponga en sus manos, para que me la enseñe al mundo a
su lado y me la proteja, la joya de la casa con que ha sido Juan Jerez
tan bueno.

Aquí la cortina flotante de la enredadera cubrió con su sombra el rostro
de Lucía.

--Juan....

--Juan ha sido muy bueno--dijo como con cierta prisa voluntaria la
directora--. Él apenas conoce a Sol, porque ha ido muy poco a casa de
doña Andrea; pero como es tan generoso, se alegrará de que tú ampares a
esta niña, con el respeto de tu casa, de los que, porque la verán
desvalida....

Más blanco que su vestido pudo verse en este momento, el rostro de Sol.

--... querrán faltarle al respeto. Ya Sol ha acabado su colegio; pero
para que mi obra no quede incompleta, voy a dejarla en él como
profesora, y así ayudará a su madre a llevar los gastos de la casa, y le
hemos tomado ya a doña Andrea una casita mejor, cerca del Instituto. Yo
espero--añadió la señora gravemente, y como si las estrellas no
estuviesen brillando en el cielo--, que Sol será una buena maestra. Yo,
Lucía, no podré llevarla a todas partes, porque ya he dejado de ser
joven, y los cuidados del colegio me lo impiden; pero quiero que tú
hagas mis veces, y ya lo sabes--dijo con una ligera emoción en la voz
dando un beso en la mejilla de Lucía--, cuídamela. Que sientan que el que
no pueda llegar hasta ti, no puede llegar hasta ella. Cuando haya una
fiesta, llévala. Ella se vestirá siempre linda, porque yo la he enseñado
a hacérselo todo y es maestra en coser. Convídala a tu casa, para que
nadie tenga reparo en convidarla a la suya: que el que entra en tu casa
puede entrar en todas partes. Sol es tan bonita como agradecida.

--Sí, sí, señora--interrumpió Lucía que en sus mejillas propias estaba
sintiendo la palidez de las de Sol--. Yo la llevaré conmigo. Yo sí, yo
sí, ahora mismo la presentaré a todas mis amigas. Iremos juntas la
Semana Santa. No me digas que no, Sol. Iremos al teatro siempre juntas.

Y el cariño le iba creciendo con las palabras, que decía
amontonadamente, como si tuviese prisa por olvidarse de algo, o quisiese
vengarse de sí misma.

--Bueno, vamos entonces, que yo veo que la gente curiosea porque estamos
cuchicheando tanto tiempo. Vamos.

Sol no hablaba. Lucía, como que quería defenderla de la directora, que
entraba ya en el salón con su paso pomposo.

--Enseguida, señora, enseguida. Entre usted y detrás vamos nosotras. Voy
a coger dos rosas de esta enredadera: esta para Sol--y se la prendió con
mucha ternura, mirándola amorosamente en los ojos--; esta, que es la
menos bonita, para mí.

--¡Oh, usted es tan buena!

--¿Usted? No, Sol, yo soy tu hermana. No hagas caso de lo que dice la
directora. Yo te querré siempre como una hermana--y abrió los brazos, y
apretó en ellos a Sol, a la que llevaba sin miedo, prestísimamente.

--¡Oh!--dijo Sol de pronto ahogando un grito. Y se llevó la mano al seno,
y la sacó con la punta de los dedos roja. Era que al abrazarla Lucía, se
le clavó en el seno una espina de la rosa.

Con su propio pañuelo secó Lucía la sangre, y de brazo las dos entraron
en la sala. Lucía también estaba hermosa.

       *       *       *       *       *

--¿Cómo entenderte, Lucía?--decía Juan a su prima unos quince días después
de la noche de la fiesta, con una intención severa en las palabras que
él con Lucía nunca había usado--. Desde hace unos quince días, espera,
creo que me acuerdo, desde la noche de Keleffy, te encuentro tan
injusta, que a veces, creo que no me quieres.

--¡Juan! ¡Juan!

--Bueno, Lucía: tú sí me quieres. Pero ¿qué te hago yo que explique esas
durezas tuyas de carácter, para mí que vengo a ti como viene el sediento
a un vaso de ternuras? Más cariño no puedes desear. Pensar, yo sí pienso
en todo lo más difícil y atrevido; pero querer, Lucía, yo no quiero más
que a ti. Yo he vivido poco; pero tengo miedo de vivir y sé lo que es,
porque veo a los vivos. Me parece que todos están manchados, y en cuanto
alcanzan a ver un hombre puro empiezan a correrle detrás para llenarle
la túnica de manchas. La verdad es que yo, que quiero mucho a los
hombres, vivo huyendo de ellos. Siento a veces una melancolía dolorosa.
¿Qué me falta? La fortuna me ha tratado bien. Mis padres me viven. Me es
permitido ser bueno. Y además, te tengo--le dijo tomándola, cariñosamente
de la mano que Lucía le abandonó como apenada y absorta.

--Te tengo, y de ti me vienen, y en ti busco, las fuerzas frescas que
necesito para que el corazón no se me espante y debilite. Cada vez que
me asomo a los hombres, me echo atrás como si viera un abismo; pero de
cada vez que vengo a verte, saco un brío para batallar y un poder de
perdón que hacen que nada me parezca difícil para que yo lo acometa. No
te rías, Lucía; pero es la verdad. ¿Tú has leído unos versos de
Longfellow que se llaman «Excelsior»? Un joven, en una tempestad de
nieve, sube por un puerto pobre, montaña arriba, con una bandera en la
mano que dice: «Excelsior». No te sonrías: yo sé que sabes tú latín:
«¡Más alto!». Un anciano le dice que no vaya adelante, que el torrente
ruge abajo y la tempestad ¡se viene encima: «¡Más alto!». Una joven
linda, ¡no tan linda como tú!, le dice: «Descansa la cabeza fatigada en
mi seno». Y al joven se le humedecen los ojos azules, pero aparta de sí
a la enamorada y le dice: «¡Más alto!».

--¡Ah no! pero tú no me apartarás a mí de ti. Yo te quito la bandera de
las manos. Tú te quedas conmigo. ¡Yo soy lo más alto!

--No, Lucía: los dos juntos llevaremos la bandera. Yo te tomo para todo
el viaje. Mira que, como soy bueno, no voy a ser feliz. ¡No te me
canses!--y le besó la mano.

Lucía le acariciaba con los ojos la cabeza.

--Y el joven al fin siguió adelante: y los monjes lo hallaron muerto al
día siguiente, medio sepultado en la nieve; pero con la mano asida a la
bandera, que decía: «¡Más alto!». Pues bien, Lucía: cuando no te me
pones majadera, cuando no me haces lo que ayer, que me miraste de frente
como con odio y te burlaste de mí y de mi bondad, y sin saberlo llegaste
hasta dudar de mi honradez, cuando no te me vuelves loca como ayer, me
parece cuando salgo de aquí, que me brilla en las manos la bandera. Y
veo a todo el mundo pequeño, y a mí como un gigante dichoso. Y siento
mayor necesidad, una vehemente necesidad de amar y perdonar a todo el
mundo. En la mujer, Lucía, como que es la hermosura mayor que se conoce,
creemos los poetas hallar como un perfume natural todas las excelencias
del espíritu; por eso los poetas se apegan con tal ardor a las mujeres a
quienes aman, sobre todo a la primera a quien quieren de veras, que no
es casi nunca la primera a quien han creído querer, por eso cuando creen
que algún acto pueril o inconsiderado las desfigura, o imaginan ellos
alguna frivolidad o impureza, se ponen fuera de sí, y sienten unos
dolores mortales, y tratan a su amante con la indignación con que se
trata a los ladrones y a los traidores, porque como en su mente las
hicieran depositarias de todas las grandezas y claridades que apetecen,
cuando creen ver que no las tienen, les parece que han estado
usurpándoles y engañándoles con maldad refinada, y creen que se
derrumban como un monte roto, por la tierra, y mueren aunque sigan
viviendo, abrazados a las hojas caídas de su rosa blanca. Los poetas de
raza mueren. Los poetas segundones, los tenientes y alféreces; de la
poesía, los poetas falsificados, siguen su camino por el mundo besando
en venganza cuantos labios se les ofrecen, con los suyos, rojos y
húmedos en lo que se ve, ¡pero en lo que no se ve tintos de veneno!
Vamos, Lucía, me estás poniendo hoy muy hablador. Tú ves, no lo puedo
evitar. Si me oyeran otras gentes, dirían que era un pedante. Tú no lo
dices, ¿verdad? Es que en cuanto estoy algún tiempo cerca de ti, de ti
que nadie ha manchado, de ti en quien nadie ha puesto los labios
impuros, de ti en quien mido yo como la carne de todas mis ideas y como
una almohada de estrellas donde reclino, cuando nadie me ve, la cabeza
cansada, estas cosas extrañas, Lucía, me vienen a los labios tan
naturalmente que lo falso sería no recordarlas. Por fuera me suelen
acusar de que soy rebuscado y exagerado, y tú habrás notado que ya yo
hablo muy poco. ¿Qué culpa tengo yo de que sea así mi naturaleza, y de
que al influjo de tu cariño enseñe todas sus flores?

Y le besó las dos manos, como pudiera un niño haber besado dos tórtolas.

Así, aunque no parezca cierto, suelen hablar y sentir algunos seres
«vivos y efectivos», como dicen las lápidas de los nichos en que están
enterrados los oficiales militares muertos en el servicio de la corona
española. Así exactamente, y sin quitar ni poner ápice, era como sentía
y hablaba Juan Jerez.

       *       *       *       *       *

--Tú me perdonas, Juan--dijo Lucía antes de que hubieran pasado algunos
momentos, bajos los ojos y la voz, como pecador contrito que pide
humildemente la absolución de su pecado--. Juan yo no sé que es, ni sé
para qué te quiero, aunque si sé que te quiero por lo mismo que vivo, y
que si no te quisiera no viviría. Y mira, Juan, te miento; ahora mismo
te estoy mintiendo, yo creo que no sé por qué te quiero, pero debo
saberlo muy bien, sin notarlo yo, porque sé por qué pueden quererte los
demás. Y como si te conocen, han de quererte como yo te quiero, ¡no me
regañes Juan! ¡yo no quisiera que tú conocieses a nadie! ¡Yo te querría
mudo, yo te querría ciego: así no me verías más que a mí, que le
cerraría el paso a todo el mundo, y estaría siempre ahí, y como dentro
de ti, a tus pies donde quisiera estar ahora! ¿Tú me perdonas, Juan?
Luego, yo no soy soberbia, y no creo que yo solo soy hermosa: ¡tú dices
que yo soy hermosa! yo sé que fuera de mí hay muchas cosas y muchas
personas bellas y grandes; yo sé que no están en mí todas las hermosuras
de la tierra, y como a ti te caben en el alma todas, y eres tan bueno
que te he visto recoger las flores pisadas en las calles y ponerlas con
mucho cuidado donde nadie las pise, creo, Juan, que yo no te basto, que
cualquier cosa o persona hermosa, te gustaría tanto como yo, y odio un
libro si lo lees, y un amigo si lo vas a ver, y una mujer si dicen que
es bella y puedes verla tú. Quisiera reunir yo en mí misma todas las
bellezas del mundo, y que nadie más que yo tuviera hermosura alguna
sobre la tierra. Porque te quiero, Juan, lo odio todo. Y yo no soy mala,
Juan; yo me avergüenzo de eso, y luego me entran remordimientos, y
besaría los pies de los que un momento antes quería no ver vivos, y de
mi sangre les daría para que viviesen si se muriesen; ¡pero hay
instantes, Juan, en que odio a todas las cosas, a todos los hombres y a
todas las mujeres! ¡Oh, a todas las mujeres! Cuando no estás a mi lado,
y pienso en alguien que pueda agradar tus ojos u ocupar tu pensamiento,
creémelo, Juan; ¡ni sé lo que veo, ni sé qué es lo que me posee, pero me
das horror, Juan y te aborrezco entonces, y odio tus mismas cualidades,
y te las echo en cara, como ayer, para ver si llegas tú a odiarlas, y a
no ser tan bueno, y si así no te quieren! Eso es, Juan, no es más que
eso. A veces, y te lo diré a ti solo, sufro tanto que me tiendo en el
suelo en mi cuarto, cuando no me ven, como una muerta. Necesito sentir
en las sienes mucho tiempo el frío del mármol. Me levanto, como si
estuviera por dentro toda despedazada. Me muero de una envidia enorme
por todo lo que tú puedas querer y lo que pueda quererte. Yo no sé si
eso es malo, Juan: ¿tú me perdonas?

La magnolia, nuestra antigua conocida oyó, a las últimas luces de la
tarde, el final de esta conversación congojosa.

       *       *       *       *       *

Lindo es el montecito que domina por el Este a la ciudad, donde a brazo
partido lucharon antaño, macana contra lanza y carne contra hierro, el
jefe de los indios y el jefe de los castellanos, y de barranco en
barranco abrazados, matándose y admirándose iban cayendo, hasta que al
fin, ya exhausto, e hiriéndose con su propia macana la cabeza, cayó el
indio a los pies del español, que se levantó la visera, dejando ver el
rostro bañado en sangre, y besó al indio muerto en la mano. Luego, como
que era recio de subir, le escogieron para sus penitencias los devotos,
y es fama que por su falda pedregosa subían de rodillas en lo más fuerte
del sol, los penitentes, contando el rosario.

Vinieron gentes nuevas, y como que el monte es corto y de forma bella, y
desde él se ve a la ciudad, con sus casas bajas, de patios de arbolado,
como una gran cesta de esmeraldas y ópalos, limpiaron de piedras y
yerbajos la tierra que, bien abonada, no resultó ingrata; y de la mejor
parte del monte hicieron un jardín que entre los pueblos de América no
tiene rival, puesto que no es uno de esos jardinuelos de flores
enclenques, y arbustos podados, con trocitos de césped entre enverjados
de alambre, que más que cosa alguna dan idea de esclavitud y artificio,
y de los que con desagrado se aparta la gente buena y discreta; sino uno
como bosque de nuestras tierras, con nuestras propias y grandes flores y
nuestros árboles frutales, dispuestos con tal arte que están allí con
gracia y abandono, y en grupos irregulares y como poco cuidados, de tal
manera que no parece que aquellos bambúes, plátanos y naranjos han sido
llevados allí por las manos de jardinero, ni aquellos lirios de agua,
puestos como en montón que bordan el estrecho arroyo cargado de aguas
secas, fueron allí trasplantados como en realidad fueron: antes bien,
parece que todo aquello floreció allí de suyo y con libre albedrío, de
modo que allí el alma se goza y comunica sin temor, y no bien hay en la
ciudad una persona feliz, ya necesita ir a decírselo al montecito que
nunca se ve solo, ni de día ni de noche.

Por allí, en la tarde en que vamos caminando, halló Pedro Real razón
para encontrarse a caballo, el cual dejó en la cumbre, mientras que,
golpeándose con el latiguillo los botines, se perdía, sin recordar el
cuadro de Ana, por la calle de los lirios. Por allí, y sin saber por
cierto que Pedro andaba cerca, acababa Adela, con tres amigas suyas, que
estrenaban unos sombreros de paja crema adornados con lilas, de bajar
del carruaje, que en la cumbre, con los caballos, esperaba. Por allí,
sin que lo supiese Adela tampoco, aunque sí lo sabía Pedro, andaban
lentamente, con las dos niñas menores, Sol y doña Andrea: doña Andrea,
que desde que el colegio le devolvió a su Sol y podía a su sabor recrear
los ojos, con cierto pesar de verle el alma un poco blanda y perezosa,
en aquella niña suya de «cutis tan trasparente--decía ella--como una nube
que vi una vez, en París, en un medio punto de Murillo», andaba siempre
hablando consigo en voz baja, como si rezase; y otras regañaba por todo,
ella que no regañaba antes jamás, pues lo que quería en realidad, sin
atreverse, era regañar a Sol, de quien se encendía en celos y en miedos,
cada vez que oía preparativos de fiesta o de paseo, que por cierto no
eran muchos, pero sobrados ya para que temiese con justicia doña Andrea
por su tesoro. Ni con el mayor bienestar que con el sueldo de Sol en el
colegio había entrado en la casa, se contentaba doña Andrea; y a veces
se dio la gran injusticia de que aquella hermosura que ella tanto
mimaba, y que desde la infancia de la niña cuidaba ella y favorecía, se
la echase en cara como un pecado, que le llevó un día a prorrumpir en
este curiosísimo despropósito, que a algunas personas pareció tan
gracioso como cuerdo: «Si Manuel viviera, tú no serías tan hermosa».
Enojábase, doña Andrea, cuando oía, allá por la hora en que Sol volvía
con una criada anciana del colegio, la pisada atrevida del caballo de
cierto caballero que ella muy especialmente aborrecía; y si Sol hubiese
mostrado, que nunca lo mostró, deseos de ver la arrogante cabalgadura,
fuera de una vez que se asomó sonriendo y no descontenta, a verla pasar
detrás de sus persianas, es seguro que por allí hubieran encontrado
salida las amarguras de doña Andrea, que miraba a aquel gallardísimo
galán, a Pedro Real, como a abominable enemigo. Ni a galán alguno
hubiera soportado doña Andrea, cuyos pesares aumentaba la certidumbre de
que aquel que ella hubiera querido por tenerlo muy en el alma, que
poseyese a su Sol, no sería de Sol nunca, por lo alto que estaba, y
porque era ya de otra. Mas aquella mansísima señora se estremecía cuando
pensaba que, por parecer proporcionados en la gran hermosura externa,
pudiesen algún día acercarse en amores aquel catador de labios
encendidos y aquella copa de vino nuevo. Sentía fuerzas viriles doña
Andrea, y determinación de emplearlas, cada vez que el caballo de Pedro
Real piafaba sobre los adoquines de la calle. ¡Como si los cuerpos
enseñasen el alma que llevan dentro! Una vez, en una habitación recamada
de nácar, se encontró refugiado a un bandido. Da horror asomarse a
muchos hombres inteligentes y bellos. Se sale huyendo, como de una
madriguera. Y ya se sabía por toda la ciudad, con envidia de muchas
locuelas, que tras de Sol del Valle había echado Pedro Real todos sus
deseos, sus ojos melodiosos, su varonil figura, sus caballos
caracoleadores, sus ímpetus de enamorado de leyenda. Y lo despótico de
la afición se le conocía en que, bruscamente, y como si no hubiera
estado perturbando con vislumbres de amor sus almas nuevas, cesó de
decir gallardías, a afectar desdenes a aquellas que más de cerca le
tuvieron desde su llegada de París, ya porque de público se las señalase
como las conquistas más apetecidas, ya porque lo picante de su trato le
diese fácil ocasión para aquellas conversaciones salpimentadas que son
muy de uso entre aquellos de nuestros caballeros jóvenes que han visto
tierras, y suplen con lo atrevido del discurso la escasez de la gracia y
el intelecto. La conversación con las damas ha de ser de plata fina, y
trabajada en filigrana leve, como la trabajan en Génova y México.

En ser visto donde Sol del Valle había de verlo, ponía Pedro Real el
mayor cuidado; en que no se la viera sin que se le viese a él; si al
teatro, bajo el palco a que fue Sol, que fue el de la directora, y no
más que dos veces, estaba la luneta de Pedro; si en Semana Santa, por
donde Sol iba con Lucía y Adela, Pedro, sin piedad por Adela, aparecía.
Decirle, nada le había dicho. Ni escribirle. Ni nadie afectaba, al
saludarla en público, encogimiento y moderación mayores. Y parecía más
arrogante, porque no iba tan pulido. Ni le decía, ni le escribía; pero
quería llenarle el aire de él. A la salida del teatro, la segunda noche
que fue a él Sol, ofrecía un pequeñuelo de sombrero de pita y pies
descalzos un ramo de camelias color de rosa, que eran allí muy
apreciadas y caras. Y en el punto en que salió Sol, y con rapidez tal
que pareció a todos cosa artística, tomó el ramo Pedro Real, lo deshizo
de modo que las camelias cayeron al suelo, casi a los pies de Sol, y
dijo, como si no quisiera ser oído más que del amigo que tenía al lado:
«Puesto que no es de quien debe ser, que no sea de nadie». Y como la
fantasía que la hermosura de Sol arrancó a Keleffy era ya a manera de
leyenda en la ciudad, Pedro Real, con tacto y profundidad mayores de los
que pudieran suponérsele, compró, para que nadie volviese a tocar en él,
el piano en que habían tocado aquella noche Sol y Keleffy.

       *       *       *       *       *

Sonaban por la ciudad alegremente las chirimías, los pífanos y los
tambores. Los balcones de la calle de la Victoria eran cestos de rosas,
con todas las damas y niñas de la ciudad asomadas a ellos. Por cada
bocacalle entraba en la de la Victoria, con su banda de tamborines a la
cabeza, una compañía de milicianos. Unos llevaban pantalón blanco de
dril, con casaquín de lana perla, cruzado el pecho de anchas correas
blancas, con asta plateada. Otros iban de blanco y rojo, blanco el
pantalón, la casaca roja. Iban otros más de ciudadanos, y aunque menos
brillantes, más viriles: llevaban un pantalón de azul oscuro y uno como
gabán corto y justo, cerrado con doble hilera de botones de oro por
delante: el sombrero era de fieltro negro de alas anchas, con un delgado
cordón de oro, que caía con dos bellotas a la espalda. En las esquinas
iban las compañías tomando puesto. ¡Qué conmovedoras las banderas rotas!
¡Qué arrogantes, y como sacerdotes, los que las llevaban! Parecían altos
aunque no lo fueran. No parecían bien, cerca de aquellos pabellones
desgarrados, los banderines de seda y flores de oro en que con letras de
realce iban bordados los números de las compañías. ¡Qué correr
desalados, el de los muchachos por las calles! Verdad que hasta los
hombres mayores, periódico en mano y bastón al aire, corrían. A algunos,
se les saltaban las lágrimas. Parecía como que de adentro empujaba
alguien a las gentes. Cuando una banda sonaba a distancia, como si
estuviera yéndose, los muchachos, aun los más crecidos, corrían tras
ella, con la cara angustiada, como si se les fuera la vida. Y los más
pequeños, cruzando de un lado para otro, mirados desde los balcones,
parecían los granos sueltos de un racimo de uvas. Las nueve serían de la
mañana, y el cielo estaba alegre, como si le pareciese bien lo que
sucedía en la tierra. Era el día del año señalado para llevar flores a
las tumbas de los soldados muertos en defensa de la independencia de la
patria. Entre compañía y compañía, iban carros enormes en la procesión,
tirados por caballos blancos, y henchidos de tiestos de flores. Allá en
el cementerio había, sobre cada tumba, clavada una bandera.

¿Qué caballerín, de los elegantes de la ciudad, no estaba aquella
mañana, con un ramo de flores en el ojal, saludando a las damas y niñas
desde su caballo? Los estudiantes, no, esos no estaban por las calles,
aunque en los balcones tenían a sus hermanas y a sus novias: los
estudiantes estaban en la procesión, vestidos de negro, y entre
admirados y envidiosos de los muertos a quienes iban a visitar, porque
estos, al fin, ya habían muerto en defensa de su patria, pero ellos
todavía no: y saludaban a sus hermanas y novias en los balcones, como si
se despidieran de ellas. Los estudiantes fueron en masa a honrar a los
muertos. Los estudiantes que son el baluarte de la Libertad, y su
ejército más firme. Las universidades parecen inútiles, pero de allí
salen los mártires y los apóstoles. Y en aquella ciudad ¿quién no sabía
que cuando había una libertad en peligro, un periódico en amenaza, una
urna de sufragio en riesgo, los estudiantes se reunían, vestidos como
para fiesta, y descubiertas las cabezas y cogidos del brazo, se iban por
las calles pidiendo justicia; o daban tinta a las prensas en un sótano,
e imprimían lo que no podían decir; se reunían en la antigua Alameda,
cuando en las cátedras querían quebrarles los maestros el decoro, y de
un tronco hacían silla para el mejor de entre ellos, que nombraban
catedrático, y al amor de los árboles, por entre cuyas ramas parecía el
cielo como un sutil bordado, sentado sobre los libros decía con gran
entusiasmo sus lecciones; o en silencio, y desafiando la muerte, pálidos
como ángeles, juntos como hermanos, entraban por la calle que iba a la
casa pública en que habían de depositar sus votos, una vez que el
Gobierno no quería que votaran más que sus secuaces, y fueron cayendo
uno a uno, sin echarse atrás, los unos sobre los otros, atravesados
pechos y cabezas por las balas, que en descargas nutridas desataban
sobre ellos los soldados? Aquel día quedó en salvo por maravilla Juan
Jerez, porque un tío de Pedro Real desvió el fusil de un soldado que le
apuntaba. Por eso, cuando los estudiantes pasaban en la procesión,
vestidos de negro, con una flor amarilla en el ojal, los pañuelos de
todos los balcones soltábanse al viento, y los hombres se quitaban los
sombreros en la calle, como cuando pasaban las banderas; y solían las
niñas desprenderse del pecho, y echar sobre los estudiantes, sus ramos
de rosas.

En un balcón, con sus dos hermanas mayores y la directora, estaba Sol
del Valle. En otro, con un vestido que la hacía parecer como una imagen
de plata, una linda imagen pagana, estaba Adela. Más allá, donde Sol y
Adela podían verlas, ocupaba un ancho balcón, amparado del sol por un
toldo de lona, Lucía con varias personas de la familia de su madre, y
Ana. En una silla de manos habían traído a Ana hasta la casa. Muy mala
estaba, sin que ella misma lo supiese bien; estaba muy mala. Pero ella
quería ver, «con su derecho de artista, aquella fiesta de los colores; a
la tierra le faltaba ahora color, ¿verdad, Juan? Mira, si no, como todo
el mundo se viste de negro. Quiero oír música, Lucía: quiero oír mucha
música. Quiero ver las banderas al viento». Y allí estaba en el ancho
balcón, vestida de blanco, muy abrigada, como si hubiese mucho frío,
mirando avariciosamente, como si temiera no volver a ver lo que veía, y
sintiendo como dentro del pecho, porque no se las viesen, le estaban
cayendo las lágrimas.

Lucía distinguió a Sol, y miró si estaba en el balcón, o dentro, Juan
Jerez. Sol, no bien vio a Lucía, no quitó de ella los ojos, para que
supiese que estaba allí, y cuando le pareció que Lucía la estaba viendo,
la saludó cariñosamente con la mano, a la vez que con la sonrisa y con
los ojos. Prefería ella que Lucía la mirase, a que la miraran los
jóvenes mejor conocidos en la ciudad, que siempre hallaban manera de
detenerse más de lo natural frente a su balcón. A Pedro Real, pagó con
un movimiento de cabeza, su humilde saludo, cuando pasó a caballo; y no
lo vio con pena, ni con afecto que debiera afligir a doña Andrea, todo
lo cual vio Adela desde su balcón, aunque estaba de espaldas. Pero Lucía
se había entrado por el alma de Sol, desde la noche en que le pareció
sentir goce cuando se clavó en su seno la espina de la rosa. Lucía,
ardiente y despótica, sumisa a veces como una enamorada, rígida y
frenética enseguida sin causa aparente, y bella entonces como una rosa
roja, ejercía, por lo mismo que no lo deseaba, un poderoso influjo en el
espíritu de Sol, tímido y nuevo. Era Sol como para que la llevasen en la
vida de la mano, más preparada por la Naturaleza para que la quisiesen
que para querer, feliz por ver que lo eran los que tenía cerca de sí,
pero no por especial generosidad, sino por cierta incapacidad suya de
ser ni muy venturosa ni muy desdichada. Tenía el encanto de las rosas
blancas. Un dueño le era preciso, y Lucía fue su dueña.

Lucía había ido a verla; a buscarla en su coche para que paseasen
juntas; a que fuese a su casa a que la conociera Ana; y Ana la quiso
retratar; pero Lucía no quiso «porque ahora Ana estaba fatigada, y la
retrataría cuando estuviese más fuerte», lo que, puesto que Lucía lo
decía, no pareció mal a Sol. Lucía fue a vestirla una de las noches que
iba Sol al teatro, y no fue ella: ¿por qué no iría ella? Juan Jerez
tampoco fue esa noche; y por cierto que esa vez Lucía le llevó, para que
lo luciese, un collar de perlas: «A mí no me lo conocen, Sol: yo nunca
me pongo perlas»; pero doña Andrea, que ya había comenzado a dar
muestras de una brusquedad y entereza desusadas, tomó a Lucía por las
dos manos con que estaba ofreciendo el collar a Sol, que no veía mucho
pecado en llevarlo, y mirando a la amiga de su hija en los ojos, y
apretando sus manos con cariño a la vez que con firmeza, le dijo con
acento que dejaba pocas dudas: «No, mi niña, no», lo que Lucía entendió
muy bien, y quedó como olvidado el collar de perlas. A la mañana
siguiente, a la hora de que Sol fuese a sus clases, fue Lucía a buscarla
para que diesen una vuelta en el coche por cerca del colegio, y le
preguntó con ahínco sobresaltado y doloroso, que a quién vio, que quién
subió a su palco, que a quién llamó la atención, que dónde estaba Pedro
Real: «¡Oh! Pedro Real, tan buen mozo; ¿no te gusta Pedro Real? Yo creo
que Pedro Real llamaría la atención en todas partes. Has visto cómo
desde que te conoce no se ocupa de nadie Pedro Real»; pero pronto acabó
de hablar de esto Lucía. Quién estaba en el teatro, no le importaba
mucho saberlo: Juan no había estado; pero ¿a la salida quién estaba? ¿no
recuerdas quién estaba a la salida? ¿Estaba...? y no acababa de
preguntar quién había estado. Ni sabía Sol por quién le preguntaba. No:
Sol no había visto a nadie. Iba muy contenta. La directora la había
tratado con mucho cariño. Sí, Pedro Real había estado; pero no a
saludarla: nadie había subido a saludarla. La habían mirado mucho.
Decían que el cónsul francés había dicho una cosa muy bonita de ella.
Pero al salir, no, no vio a nadie. Sol quería llegar pronto, porque se
había quedado triste doña Andrea. Y al llegar en esta conversación al
colegio, Lucía besó a Sol con tanta frialdad, que la niña se detuvo un
momento mirándola con ojos dolorosos, que no apearon el ceño de su
amiga. Y de pronto, por muchos días, cesó Lucía de verla. Sol se había
afligido, y doña Andrea no; aunque la ponía orgullosa que le quisiesen a
su hija; pero Lucía no: ella no veía nunca con gusto a Lucía. Un día
antes de la procesión Lucía había vuelto a la casa de Sol. Que la
perdonase. Que Ana estaba muy sola. Que Sol estaba más linda que nunca.
«Mira, mañana te mandaré la camelia más linda que tenga en casa. Yo no
te digo que vengas a mi balcón, porque.... Yo sé que tú vas al balcón de
la directora. Pero mira, vas a estar lindísima; ponte la camelia en la
cabeza, a la derecha, para que yo pueda vértela desde mi balcón». Y le
tomó las manos, y se las besó; y conforme conversaba con Sol, se pasaba
suavemente la mano de ella por su mejilla; y cuando le dijo adiós, la
miraba como si supiera que corría algún peligro, y le avisase de él, y
cuando fue hacia el coche, ya se le iban desbordando las lágrimas.

--¡Allí está, allí está!--dijo como involuntariamente, y reprimiéndose
enseguida que lo había dicho, una de las hermanas de Sol, la mayor, la
que no era bella, la que no tenía más que dos ojos muy negros y
acariciadores, expresivos y dulces como los de la llama, el animal que
muere cuando le hablan con rudeza.

--¿Quién?

--No, no era nadie: Juan Jerez, en el balcón de Lucía.

--Sí, ya lo veo. Lucía está mirando para acá--y se desprendió, y volvió a
prender, para que Lucía lo notase, y supiera que pensaba en ella--.
Hermanita--dijo de pronto Sol en voz baja--; hermanita, ¿no te parece que
Juan Jerez es muy bueno? Yo quisiera verlo más. Nunca lo he visto cuando
he ido a casa de Lucía. Yo no sé qué tiene, pero me parece mejor que
todos los demás. ¿Tú crees que él querrá mucho a Lucía?

Hermanita no quería decir nada, hacía como que no oía.

--Juan Jerez iba antes algunas veces a casa, antes de que yo saliese del
colegio; ¿verdad? Cuéntame, tú que lo conoces. Yo sé que él se va a
casar con Lucía, aunque ella no me habla de él nunca; pero a mí me gusta
hablar de él. A Lucía no me atrevo a preguntarle, como ella no me
dice... Él ha sido muy bueno con mamá, ¿no? ¡La directora lo quiere
tanto! Mira, allí vuelve a pasar Pedro Real: ¡es buen mozo de veras!
pero yo le hallo unos ojos extraños, no son tan dulces como los de Juan.
No sé; pero el único que me dijo algo la noche de Keleffy, que no se me
ha olvidado, fue Juan Jerez.

Hermanita no decía palabra. Se le habían puesto los ojos muy negros y
grandes como para contener algo que se salía a ellos.

Ella, que no miraba hacia el balcón, sentía que Juan Jerez había tenido
puesta buen tiempo su mirada larga y bondadosa en Sol. Juan, que
acariciaba los mármoles, que seguía por las calles a los niños descalzos
hasta que sabía donde vivían, que levantaba del suelo las flores
pisadas, si no lo veían, y les peinaba los pétalos, y las ponía donde no
pudiesen pisarlas más. De la misma manera, y con aquel deleite honrado
que produce en un espíritu fino la contemplación de la hermosura, había
Juan mirado a Sol largamente.

Lucía no estaba allí entonces. ¡Pobre Ana! Cuando ya iban pasando los
últimos soldados, palideció, se le cubrió el rostro de sudor, cerró los
ojos, y cayó sobre sus rodillas. La llevaron cargada para adentro, a
volverle el sentido. Parecía una santa, vestida de blanco, con su cara
amarilla. Lucía no se apartaba de su lado; Ana había vuelto en sí; Lucía
había mirado ya muchas veces a la puerta, como preguntándose dónde
estaría Juan. «¿En el balcón? ¡Que no esté en el balcón!». Y aun
desmayada Ana, por poco no le abandona la mano.

--¡Vete, vete con Juan!--le dijo Ana, apenas abrió los ojos, y le notó el
trastorno; y con la mano y la sonrisa la echaba hacia la puerta
suavemente.

--Bueno, bueno, vengo enseguida.

Y fue al balcón derechamente.

--¡Juan!

--¿Y Ana? ¿Cómo está Ana?

El balcón de la directora estaba ya vacío.

--Ya está bien: ya está bien. ¡Yo no sabía dónde tú estabas!

       *       *       *       *       *

Y volvemos ahora al pie de la magnolia, cuando ya llevaba días de
sucedido todo esto, y Sol estaba en una banqueta a los pies de Lucía,
sentada en un sillón de hierro. Ana, con sus caprichos de madre, había
querido que le llevasen aquel domingo a Sol. «¡Es tan buena, Lucía! Tú
no tienes que tenerle miedo: tú también eres hermosa. Mira: yo veo a las
personas hermosas como si fueran sagradas. Cuando son malas no: me
parecen vasos japoneses llenos de fango; pero mientras son buenas, no te
rías, me parece, cuando estoy delante de ellas, que soy un monaguillo y
que le estoy alzando la cogulla, como en la misa, a un sacerdote. Vamos,
tráeme a Sol; ¿pero es de veras que Juan no viene hoy?».

--¡Es de veras! Sí, sí; ahora mismo voy, y te traigo a Sol.

Sol vino, y otras amigas de Ana, mas no Adela. Vivía ya Ana en un sillón
de enfermo, porque andar le era penoso, y reclinarse no podía. Ya, como
las tardes cuando se está yendo la luz, tenía el rostro a la vez claro y
confuso, y todo él como bañado de una dulce bondad. Ni deseos tenía,
porque de la tierra deseó poco mientras estuvo en ella, y lo que Ana le
hubiera pedido a la tierra, de seguro que en ella no estaba, y tal vez
estaría fuera de ella. Ni sentía Ana la muerte, porque no le parecía a
ella que fuese muerte aquello que dentro de sí sentía crecientemente, y
era como una ascensión. Cosas muy lindas debía ver, conforme se iba
muriendo, sin saber que las veía, porque se le reflejaban en el rostro.
La frente la tenía como de cera, alta y bruñida, y hundidas las paredes
de las sienes. Aquellos ojos eran una plegaria. Tenía fina la nariz,
como una línea. Los labios violados y secos, eran como una fuente de
perdón. No decía sino caridades. Sola, sí, no quería estar ella. Tampoco
se quiere estar solo cuando se va a entrar en un viaje: tampoco, cuando
se está en las cercanías de la boda. Es lo desconocido, y se le teme. Se
busca la compañía de los que nos aman. Y más que con otras se había
encariñado Ana, en su enfermedad, con Sol, cuya perfecta hermosura lo
era más, si cabe, por aquel inocente abandono que de todo interés y
pensamiento de sí tenía la niña. Y Ana estaba mejor cuando tenía a Sol
cogida de la mano, en cuyas horas Lucía, sentada cerca de ellas, era
buena.

Dormía Ana en aquellos momentos, cuando en el patio hablaban Lucía y
Sol. Hablaban del colegio, que había dado su examen en aquella semana, y
dejaba a Sol libre durante dos meses: y a Sol no le gustaba mucho
enseñar, no, «pero sí me gusta: ¿no ves que así no pasa mamá apuros?
¡Mamá!». Y Sol contaba a Lucía, sin ver que a esta al oírlo se le
arrugaba el ceño, cómo inquietaban a doña Andrea los cuidados de Pedro
Real, de que no hablaba la señora, porque la niña no se fijase más en
él; pero ella no, ella no pensaba en eso.

--No, ¿por qué no?

--No sé: yo no pienso todavía en eso; me gusta, sí, me gusta verle pasear
la calle y cuidarse de mí; pero más me gusta venir acá, o que tú vayas a
verme, y estar con Ana y contigo. Luego, Pedro Real me da miedo. Cuando
me mira, no me parece que me quiere a mí. Yo no sé explicarlo, pero es
como si quisiera en mí otra cosa que no soy yo misma. Porque a mí me
parece, ¡anda, Lucía, tú puedes decirme de eso! a mí me parece que
cuando un hombre nos quiere, debemos como vernos en sus ojos, así como
si estuviéramos en ellos, y dos veces que he visto de cerca a Pedro
Real, pues no me ha parecido encontrarme en sus ojos. ¿No es, verdad,
Lucía, que cuando a uno lo quieren le sucede a uno eso?

En la mano de Lucía se encogió de pronto el cabello de Sol con que
jugaba.

--¡Ay! me haces daño.

--¿Quieres que vayamos a ver cómo está Ana?

Y ya se estaba poniendo en pie para ir a verla, y arreglándose Sol los
cabellos, aquellos cabellos suyos finos, de color castaño con reflejos
dorados, cuando a un tiempo se oyeron dos diversos ruidos: uno en el
cuarto de Ana, como de mucha gente que se moviera y hablara
agitadamente, otro a la puerta de la calle, donde, con aire
desembarazado, saltaba un hombre opuesto, de una mula de camino.

--¡Juan!--murmuró Lucía, poniéndose más blanca que las camelias.

--¿Juan Jerez?--dijo Sol alegrándosele el rostro, y acabando
apresuradamente de sujetarse las trenzas.

Lucía, en pie y ceñuda, y con los ojos puestos sobre Sol, a quien
turbaba aquel silencio, aguardó apoyada en la silla de hierro, a Juan
que, reparando apenas en Sol, venía hacía su prima con las manos
tendidas.

--Señorita Sol, ¿qué me le ha hecho a mi Lucía? ¿Por qué no sales a
recibirme? ¿para castigarme porque por verte hoy he andado veintidós
leguas en mula?

A Lucía se le veían temblar los labios imperceptiblemente, y como crecer
los ojos. Su mano se sacudía entre las de Juan, que la miraba con
asombro.

Sol hacía como que sobre una mesita un poco alejada arreglaba las flores
de un vaso.

--Lucía, ¿qué tienes?

--¡Sol, Lucía, vengan!--dijo acercándose a ellas una de sus amigas que
salía del cuarto de Ana precipitadamente--. Ah, Juan, que bueno que esté
aquí. Ve, Lucía, ve, yo creo que Ana se muere.

--¡Ana!

--Sí, mande enseguida por el médico.

Saltó Juan en la mula, y echó a escape. Sol ya estaba al lado de Ana,
Lucía miró muy despacio a la puerta de la calle, miró con ira a aquella
por donde había entrado Sol, y se quedó unos momentos de pie, sola en el
patio, los dos brazos caídos, y apretados a los costados, fijos los ojos
delante de sí tenazmente. Y echó a andar hacia el cuarto de Ana después
de haber mirado a su alrededor a todos los lados, como si temiese.

       *       *       *       *       *

¡Al campo! ¡al campo! Todos van al campo. Todos, sí, todos. Adela y
Pedro Real, Lucía y Juan, y Ana y Sol. Y, por supuesto, las personas
mayores que por no influir directamente en los sucesos de esta narración
no figuran en ella. ¡Al campo todos!

El médico llegó aquel domingo en momentos en que Ana abría los ojos, que
a Sol arrodillada al borde de su cama fue lo primero que vieron.

--¡Ah, tú, Sol!--y Sol le pasaba la mano por la frente, y le apartaba de
ella los cabellos húmedos.

Lucía arreglaba las almohadas de manera que Ana pudiera estar como
sentada. Sus amigas todas rodeaban la cama, y Ana, sin fuerzas aun para
hablar, les pagaba sus miradas de angustia con otras de reconocimiento.
Parecía que era dichosa. Sol quiso retirar la mano con que tenía asida
la de Ana; pero Ana la retuvo.

--¿Qué ha sido, eh, qué ha sido? Sentí como si todo un edificio se
hubiese derrumbado dentro de mí. Ya, ya pasó. Ya estoy bien. Y se le
cayó la cabeza al otro lado de las almohadas.

El médico la halló de esta manera, le puso el oído sobre el corazón,
abrió de par en par la ventana y las puertas, y aconsejó que solo
quedase junto a ella la persona que ella desease.

Ana, que parecía no oír, abrió los ojos, como si el aire le hubiese
hecho bien, y dijo:

--Juan ha llegado, Lucía.

--¿Cómo sabes?

--Vete con Juan, Lucía. Sol, tú te quedas.

Miró Sol a Lucía, como preguntándole; a Lucía, que estaba en pie al lado
de la cama, duros los labios y los brazos caídos.

Juan llamaba a la puerta en este instante, y el médico lo entró en el
cuarto, de la mano.

--Venga a decirme si no es locura pensar que corre riesgo esta linda
niña--y con los ojos, desdecía el médico sus palabras--. Pero es
indispensable que la enfermita vea el campo. Es indispensable. No me
pregunte usted qué remedio necesita--dijo el médico clavando los ojos en
Juan--. Mucho reposo, mucho aire limpio, mucho olor de árboles.
Llévenmela donde haya calor, estos tiempos húmedos pueden hacerle mucho
daño. Si mañana mismo pueden ustedes disponer el viaje, sea mañana
mismo. Pero, niña, no se me vaya a ir sola. Lleve gente que la quiera, y
que la arrope bien por las mañanitas y por las tardes. ¿Y esta
señorita?--añadió volviéndose a Sol--. Y creo que usted se me pone buena
si lleva consigo a esta señorita.

--Oh, sí, Sol va conmigo; ¿no, Juan?

--Por supuesto--dijo Juan vivamente, pensando con placer en que así se
regocijaría Ana, cuya afición a Sol le era ya conocida, y se daría una
prueba de estimación a la pobre viuda--: por supuesto que la llevamos. Va
a ser una gala de los ojos ver ir por un caminito de rosales que yo me
sé, cogidas del brazo, a Sol, Ana y Lucía. Lucía, mañana nos vamos. Sol,
voy ahora a su casa a pedirle permiso a doña Andrea. ¿Te parece, Lucía
que invitemos a Adela y a Pedro Real? ¡Upa, Ana, upa! Allá tengo unos
inditos en el pueblo que te van a dar asunto para un cuadro delicioso.
¿Vamos, doctor?--acarició Juan una mano de Ana, besó la de Lucía, con un
beso que la regañaba dulcemente y salió al corredor, hablando como muy
contento, con el médico.

Ana llamó a Lucía con una mirada, y así que la tuvo cerca de sí, sin
decir palabra, y sonriendo felizmente, trajo sobre su seno con un
esfuerzo las manos de Lucía y de Sol, que estaban cada una a un lado de
ella, y paseando sus ojos por sobre sus cabezas, como conversándoles,
retuvo largo tiempo unidas las manos de ambas niñas bajo las suyas.

Y Sol miró a Lucía de tan linda manera, que no bien Ana se quedó como
dormida, se acercó Lucía a Sol, la tomó por el talle cariñosamente, y
una vez en su cuarto, empezó a vaciar con ademanes casi febriles sus
cajas y gavetas.

--Todo, todo, todo es para ti--y Sol quería hablar, y ella no la dejaba--.
Mira, pruébate este sombrero. Yo nunca me lo he puesto. Pruébatelo,
pruébatelo. Y este, y este otro. Esos tres son tuyos. Sí, sí, no me
digas que no. Mira, trajes: uno, dos, tres. Este es el más bonito para
ti. ¿Oyes? Yo quiero mucho a Pedro Real. Yo quiero que tú quieras a
Pedro Real. Que te vea muy bonita. Que te vean siempre más bonita que
yo. Pero óyeme, a Juan no me lo quieras. Tú déjame a Juan para mí sola.
Enójalo. Trátalo mal. Yo no quiero que tú seas su amiga. ¡No, no me
digas nada! sí, es chanza, sí, es chanza. ¿Ves? Este vestido malva sí te
va a estar bien. A ver, qué bien hace con tu pelo castaño. ¿Ves? Es muy
nuevo. Tiene el corpiño como un cáliz de flor, un poco recto; no como
esos de ahora, que parecen una copa de champaña: muy delgados en la
cintura, y muy anchos en los hombros. La saya es lisa; no tiene
tableados ni pliegues; cae con el peso de la seda hasta los pies. ¿Ves?
a mí me está muy corta. A ti te estará bien. Es un poco ancha, a lo
Watteau. ¡Mi pastorcita! ¡mi pastorcita! Yo nunca me la he puesto. ¿Tú
sabes? A mí no me gustan los colores claros. ¡Ah! mira: aquí tienes--y
escondía algo con las dos manos cerradas detrás de su espalda--, aquí
tienes, y no te lo vas a quitar nunca, aunque se nos enoje doña Andrea.
Cierra los ojos.

Los cerró Sol venturosa de verse tan querida por su amiga, y cuando los
abrió, se vio en el brazo, e hizo por quitarse con un gesto que Lucía le
detuvo, un brazalete de cuatro aros de perlas margaritas.

--Sí, sí, es muy rico; pero yo quiero que tú lo tengas. No: nada, nada
que me digas: ¿ves? yo tengo aquí otro, de perlas negras. ¡Y nunca,
nunca te lo quites! Yo quiero ser muy buena--y la tomó de las dos manos,
y la besó en las dos mejillas apasionadamente--. ¡Ven, vamos a ver a Ana!

Y salieron del cuarto, cogidas del talle.

¡Al campo, al campo! Doña Andrea no sabe que va Pedro Real; que si lo
supiese, no dejaría ir a Sol: aunque a Juan ¿qué le negaría ella? ¡A
Juan! Ese, ese era el que ella hubiera querido para Sol. «Bueno, Juan:
que no salga al sol mucho». Juan preguntó en vano por la hermana mayor,
por Hermanita. Ella estaba en la casa cuando entró él; pero ahora no:
estará en casa de alguna vecina. ¡No, Hermanita estaba allí; estaba en
el comedor, detrás de las persianas! Ella veía a quien no la veía.
«¡Cierra los ojos, Hermanita, no veas a lo que no debes ver!». Y cuando
Juan salió, las persianas se entornaron, como unos ojos que se cierran.

¡Al campo, al campo! Cuatro mulas tiran del carruaje, con collares de
plata y cencerro, porque Ana vaya alegre: y las mulas llevan atadas en
el anca izquierda unas grandes moñas rojas, que lucen bien sobre su piel
negra. El cochero es Pedro Real, que lleva al lado a Adela, en la
imperial, Juan y Lucía, adentro, con la gente mayor, que es muy
respetable, pero no nos hace falta para el curso de la novela, Ana
sentada entre almohadas, muy mejor con el gozo del viaje, con su
cuaderno de apuntes en la falda, para copiar lo que le guste del camino,
que ya le perece que está buena, y Sol a su lado, con un vestido de
sedilla color de ópalo, tranquila y resplandeciente como una estrella.

Pedro Real se mordió el bigote rizado cuando vio que no iba a ser Sol su
compañera en el pescante. Y con Adela iba muy cortés. Pero ¿Ana no
necesitaría nada? Juan, ¿irá Ana bien? Deberíamos bajar. ¡Voy a bajar un
momento, a ver si Ana va bien! Bajó muchos momentos. Y las mulas, aunque
diestras, más de una vez se iban un poco del camino, como si no
estuviese bastante puesto en ellas el pensamiento del cochero.

Era como de seis leguas el camino, y todo él a un lado y otro de tan
frondosa vegetación que no había manera de tener los ojos sino en
constante regalo y movimiento. Porque allá al fondo era un bosque de
cocoteros, o una hilera de palmas lejanas que iba a dar en la garganta
de dos montes; ya era, al borde mismo del camino, una pendiente llena de
flores azules y amarillas que remataba en un río de espumas blancas,
nutrido con las aguas de la sierra, o eran ya a la distancia, imponentes
como dos mensajes de la tierra al cielo, dos volcanes dormidos, a cuya
falda serpeada por arroyuelos de agua blanca viva y traviesa, se
recogían, como siervos azotados a los pies de sus dueños, las ciudades
antiguas, desdentadas y rotas, en cuyos balcones de hierro labrado,
mantenidos como por milagro sin paredes que los sustentasen sobre las
puertas de piedra, crecían en hilos que llegaban hasta el suelo copiosas
enredaderas de ipomea. De una iglesia que tuvo los techos pintados, y
dorados de oro fino de lo más viejo de América los capiteles de los
pilares, quedaba en pie, como una concha clavada en tierra por el borde,
el fondo del altar mayor, cobijado por una media bóveda: un bosquecillo
había crecido al amor del altar; la pared interior, cubierta de musgo,
le daba desde lejos apariencia de cueva formidable; y era cosa común y
sumamente grata ver salir de entre los pedruscos florecidos, al menor
ruido de gente o de carruajes, una bandada de palomas. Otra iglesia, de
que no había quedado en pie más que el crucero, tenía el domo
completamente verde, y las paredes de un lado rosadas y negras, como los
bordes de una herida. Y por el suelo no podía ponerse el pie sin que
saltase un arroyo.

Llegaron a los volcanes; pasaron por las ciudades antiguas: más allá
iban; y no se detuvieron. Lucía, a la sombra de su quitasol rojo, se
sentía como la señora de toda aquella natural grandeza, y como si el
mundo entero, de que tenía a los ojos hermosa pintura, no hubiera sido
fabricado más que para cantar con sus múltiples lenguas los amores de
Lucía Jerez y de su primo. Y se veía ella misma lo interior del cráneo
como si estuviese lleno de todas aquellas flores: lo que le sucedía
siempre que estaba sola, con Juan Jerez al lado. Adela y Pedro hablaban
de formalísimos sucesos, que tenían la virtud de poner a Adela
contemplativa y silenciosa, dando a Pedro ocasión para ir callado buena
parte del camino, lo cual aprovechaba él en celebrar consigo mismo
animados coloquios: y a cada instante era aquello de: «Juan, ¿cómo
estará Ana? Bajaré un instante, a ver si se le ofrece algo a Ana». Y
Lucía reía, y daba por cosa cierta que, aunque Sol era niña recatada, ya
le había dicho que Pedro Real le parecía muy bien, y se la veía que le
llevaba en el alma: lo que a Juan no parecía un feliz suceso, aunque
prudentemente lo callaba. Adentro del carruaje, la dichosa Sol era toda
exclamaciones: jamás, jamás, en su vida de huérfana pobre, había visto
Sol correr los ríos, vestirse a los bosques fuertes de campanillas
moradas y azules, y verdear y florecer los campos. De un color de rosa
de coral se le teñían las mejillas, y el ónix de México no tuvo nunca
mayor transparencia que la tez fina de Sol, en aquella mañana de ventura
en la naturaleza. ¡Ay! la buena Ana sonreía mucho, pero había olvidado
levantar de su falda el cuaderno de notas.

       *       *       *       *       *

Y de pronto sonaron unas músicas; se oscureció el camino como por una
sombra grata, y refrenaron las mulas el paso, con gran ruido de hebillas
y cencerros. De un salto estaba Pedro a la portezuela del carruaje, al
lado de Sol, preguntándole a Ana qué se le ofrecía. Pero aquí bajaron
todos, y Sol misma, que se volvió pronto al carruaje, para acompañar a
Ana, y animarla a tomar del breve almuerzo que los demás, sentados en
torno de una mesa rústica, gustaban con vehemente apetito, sazonado por
chistes que el piadoso Juan encabezaba y atraía, porque los oyese Ana
desde su asiento en el coche, traído a este propósito cerca de la mesa.

Allí, en las tazas de güiro posadas en trípodes de bejuco recién cortado
de las cercanías, hervía la leche que, a juzgar por lo fragante y
espumosa, acababa de salir de la vaca de Durham que asomó su cabeza
pacífica por uno de los claros de la enredadera. Porque era aquel lugar
un lindo parador, techado y emparrado de verdura, puesto allí por los
dueños de la finca, para que los visitantes hiciesen de veras, al llegar
de la ciudad, su almuerzo a la manera campesina. Allí el queso, que
manaba la leche al ser cortado, y sabía ricamente con las tortas de maíz
humeantes que servía la indita de saya azul, envueltas en paños blancos.
Allí unos huevos duros, o blanquillos, que venían recostados, cada uno
en su taza de güiro, sobre unas yerbas de grata fragancia, que olían
como flores. Allí, en la cáscara misma del coco recién partido en dos,
la leche de la fruta, con una cucharilla de coco labrado que la
desprendía de sus tazas naturales. Y mientras duraba el almuerzo, unos
indios, descalzos y en sus trajes de lona, puestos en tierra sus
sombreros de palma, tocaban, bajo otro paradorcillo más lejano,
dispuesto para ellos, unos aires muy suaves de música de cuerda, que
blandamente templada por el aire matinal y la enredadera espesa, llegaba
a nuestros alegres caminantes como una caricia. Adela solo reía
forzadamente. Violencia tenía que hacerse Sol para no palmotear en el
carruaje. Muy feamente arrugó el ceño Lucía una vez que se acercó Juan a
la portezuela del lado de Ana, y habló con ella, haciéndola reír, unos
minutos: y en cuanto oyó reír a Sol, dejó Lucía su asiento, y se fue
ella también a la portezuela. ¡Ea! ¡Ea! ya tocan diana, que es el toque
de bienvenida y adiós, los indios habilidosos. La indita de saya azul da
a gustar a la vaca mirona una de las tazas de coco abandonadas. Al
pescante van Pedro y Adela: Lucía, menos contenta, a la imperial con
Juan. Ya la casa de la finca, toda blanca, de techo encarnado, se ve a
poca distancia. Ana ya va muy pálida; y las mulas, al olor del pesebre,
vuelan camino arriba, bajo la bóveda de espesos almendros que llenan la
avenida con sus hojas redondas y sus verdes frutas.

       *       *       *       *       *

Mucha, mucha alegría. Lucía también estaba alegre, aunque no estaba Juan
allí. Porque no estaba Juan: el pleito de los indios, aunque aquellos
eran días de receso en tribunales como en escuelas, le había obligado a
volver al pueblecito, si no quería que un gamonal del lugar, que tenía
grandes amigos en el Gobierno, hurtase con una razón u otra a los indios
la tierra que la energía de Juan había logrado al fin les fuese punto
menos que reconocida en el pleito. Los indios habían salido de la
iglesia con su música, el domingo antes, apenas se supo que Juan no
esperaría el tren del día siguiente: y cuando le trajeron a Juan la
mula, vio que la habían adornado toda con estrellas y flores de palma, y
que todo el pueblo se venía tras él, y muchos querían acompañarle hasta
la ciudad. Una viejita, que venía apoyada en su palo, le trajo un
escapulario de la Virgen, y una guapa muchacha, con un hijo a la espalda
y otro en brazos, llegó con su marido, que era un bello mancebo, a la
cabeza de la mula, puso al indito en alto para que le diese la mano al
«caballero bueno»; y muchos venían con jarras de miel cubiertas con
estera bien atada, u otras ofrendas, como si pudiesen dar para tanto las
ancas de la caballería, muy oronda de toda aquella fiesta; y otro
viejito, el padre del lugar, mi señor don Mariano, que jamás había
bebido de licor alguno, aunque él mismo trabajaba el de sus plantíos
propios, llegó, apoyado en sus dos hijos, que eran también como
senadores del pueblo, y con los brazos en alto desde que pudo divisar a
Juan, y como si hubiera al cabo visto la luz que había esperado en vano
toda su vida: «Abrazarlo--decía--. ¡Déjenme abrazarlo! ¡Señor, todito este
pueblo lo quiere como a su hijo!». De modo que Juan, a quien había
conmovido aquellos cariños, dejó la finca, dos días después de haber
llegado a ella, no bien supo que los indios, a pesar de su esfuerzo,
corrían peligro de que se les quitase de las manos la posesión temporal
que, en espera de la definitiva, había Juan obtenido que el juez les
acordase--el juez, que había recibido el día anterior de regalo del
gamonal un caballo muy fino.

       *       *       *       *       *

Mucha, mucha alegría. Lucía misma, que en los dos días que estuvo allí
Juan le dio ocasión de extrañeza con unos cambios bruscos de disposición
que él no podía explicarse, por ser mayores y menos racionales que los
que ya él le conocía, estaba ahora como quien vuelve de una enfermedad.

Era la casa toda de los visitantes, por no estar en ella entonces sus
dueños, que eran como de la familia de Juan Pedro, al anochecer, salía
de caza, porque era el tiempo de la de los conejos, por allí
abundantísimos. De los que traía muertos en el zurrón no hablaba nunca,
porque Ana no se lo había de perdonar, por haber todavía en este mundo
almas sencillas que no hallan placer en que se mate, a la entrada misma
de la cueva donde tiene a su compañera y a su prole, a los pobres
animales que han salido a descubrir, para mudarse de casa, algún rincón
del bosque rico en yerbas.

Pero los conejos, de puro astutos, suelen caer en las manos del cazador;
porque no bien sienten ruido, se hacen los muertos, como para que no los
delate el ruido de la fuga, y cierran los ojos, cual si con esto cerrase
el cazador los suyos, quien hace por su parte como que no ve, y echada
hacia la espalda la escopeta, por no alarmar al conejo que suele
conocerla, se va, mirando a otro lado, sobre la cama del conejo, hasta
que de un buen salto le pone el pie encima y así lo coge vivo: una vez
cogió tres, muy manso el uno, de un color de humo, que fue para Ana:
otro era blanco, al cual halló manera de atarle una cinta azul al
cuello, con que lo regaló a Sol; y a Lucía trajo otro, que parecía un
rey cautivo, de un castaño muy duro, y de unos ojos fieros que nunca se
cerraban, tanto que a los dos días, en que no quiso comer, bajó por
primera vez las orejas que había tenido enhiestas, mordió la cadenilla
que lo sujetaba, y con ella en los dientes quedó muerto.

       *       *       *       *       *

Paseos, había pocos. Sin Ana, ¿quién había de hacerlos? Con ella no se
podía. Ni Sol dejaba a Ana de buena voluntad; ni Lucía hubiera salido a
goce alguno cuando no estaba Juan con ella. Adela, sí, había trabado
amistades con una gruesa india que tenía ciertos privilegios en la casa
de la finca, y vivía en otra cercana, donde pasaba Adela buena parte del
día, platicando de las costumbres de aquella gente con la resuelta
Petrona Revolorio: «y no crea la señorita que le converso por servicio,
sino porque le he cobrado afición». Era mujer robusta y de muy buen
andar, aunque esto lo hacía sobre unos pies tan pequeños que no había
modo de que Petrona llegara a ver a «sus niños» sin que le pidieran que
los enseñase, lo cual ella hacía como quien no lo quiere hacer, sobre
todo cuando estaba delante el niño Pedro. Las manos corrían parejas con
los pies, tanto que algunas veces las niñas se las pedían y acariciaban;
llevaba una simple saya de listado, y un camisolín de muselina
transparente, que le ceñía los hombros y le dejaba desnudos los hermosos
brazos y la alta garganta. Era el rostro de facciones graciosas y
menudas, de tal modo que la boca, medio abierta en el centro y recogida
en dos hoyuelos a los lados, no era en todo más grande que sus ojos. La
naricilla, corta y un tanto redonda y vuelta en el extremo, era una
picardía. Tenía la frente estrecha, y de ella hacia atrás, en dos bandas
no muy lisas, el cabello negro, que en dos trenzas copiosas, veteadas de
una cinta roja, llevaba recogida en cerquillo, como una corona, sobre lo
alto de la cabeza. Un chal de listado tenía siempre puesto y caído sobre
un hombro; y no había quien, cuando remataba una frase que le parecía
intencionada, se echase por la espalda con más brío el chal de listado.
Luego echaba a correr, riendo y hablando en una jerga que quería ser muy
culta y ciudadana; y se iba a preparar a la niña Ana, lo cual hacía muy
bien, unos tamales de dulce de coco y un chocolatillo claro, que era lo
que con más gusto tomaba, por lo limpio y lo nuevo, nuestra linda
enferma. Y mientras Ana los gustaba, Petrona Revolorio, con el chal
cruzado, se sentaba a sus pies «no por servicio, sino porque le había
cobrado afición» y le hacía cuentos.

¿El alba, sin que Petrona Revolorio estuviese a la puerta del cuarto de
la niña Ana con su cesta de flores, que ella misma quería ponerle en el
vaso y ver con sus propios ojos, cómo seguía la niña? «¡Mi niñita:
mírenla que galana está hoy!; se lo voy a decir al niño Pedro que nos dé
un baile de convite a las señoras, y vamos a sacarla a bailar con el
niño Pedro. ¡Y él sí que es galán también, el niño Pedro! Mire, mi
niñita: no le traigo de esos jazminotes blancos, porque los de acá
huelen muy fuerte; pero aquí le pongo, en este vaso azul, esos jazmines
de San Juan, que acá se dan todo el año y huelen muy bien de noche. Con
que, mi niñita, prepárese para el baile, y que le voy a prestar un chal
de seda encarnada que yo tengo, que me la va a poner más linda que la
misma niña Sol. ¡Cómo está que se muere el niño Pedro por la niña Sol!
Pero yo no sé qué tiene la niña Adela, que está como aburrida. ¿Quiere
mi niñita los tamales hoy de coco, o de carnecita fresca? Ayer maté un
cochito, que está de lo más blando: era el cochito rosado, ¡y la carne
está como merengue! ¡Jesús, mi niñita, no me diga eso! Si yo me muero
por servirla: mire que yo soy como las tacitas de coco, que dicen en
letras muy guapas: 'yo sirvo a mi dueña'. Voy a poner la puerta de mi
casa llena de tiestos de flores, y a alquilar a los músicos, el día que
mi niñita vaya a verme. ¡Y, eso que yo no se lo hago a nadie: porque no
lo hago por servicio, sino porque le he cobrado mucha afición!».

       *       *       *       *       *

Y Pedro, como que con la ausencia de Juan venía a ser el caballero
servidor de las cuatro niñas, ¿qué había de hacer sino estarlas
sirviendo, y mucho mejor cuando no estaba cerca Adela, y mejor aun
cuando no estaba junto a Ana, que no ponía buenos ojos cuando miraba a
la vez a Sol y a Pedro, y mejor que nunca cuando por algún acaso Lucía y
Sol estaban solas? Y siempre entonces tenía Lucía algo que hacer, ir de
puntillas a ver si seguía durmiendo Ana, ver si habían puesto de beber a
los pajaritos azules, preguntar si habían traído la leche fresca que
debía tomar Ana al despertarse: siempre tenía Lucía, cuando Pedro y Sol
podían quedarse solos, alguna cosa que hacer.

Era el lugar de conversación un colgadizo espacioso, de tablilla bruñida
el pavimento: la baranda--como toda la casa, de madera--abierta en tres
lados para las tres escalerillas que llevaban al jardín que había al
frente de la casa. Estaba el colgadizo siempre en sombra, porque lo
vestía de verdor una enredadera copiosísima, esmaltada de trecho en
trecho por unos ramos de florecitas rojas. Colgaban del techo pintado el
fresco de unas caprichosas guirnaldas de hojas y flores como las de la
enredadera, unos cestos de alambre cubiertos de cera roja, que les hacía
parecer de coral, todos llenos de florecillas naturales, brillantes y
pequeñas, y a menudo adornados con las hebras de una parásita que crecía
sobre los árboles viejos de la finca, y era, por su verde blancuzco y
por crecer en hilos, como las canas de aquella arboleda. En los tramos
de pared, entre las ventanas interiores, realzadas con unas líneas de
vivo encarnado, había unos grandes estudios de flores en madera, pintada
con los colores naturales por los artistas del país, con propiedad muy
grande: dos de los cuadros eran de magnolia, la una casi abierta, y con
cierta hermosura de emperatriz; la otra aun cerrada en su propia rama: y
otros dos cuadros eran de las flores pomposas del marpacífico, con sus
hojas de rojo encendido, agrupadas de modo que realzase su natural
tamaño y hermosura.

Y allí, a la suave sombra, contaba Pedro maravillas y glorias europeas a
Ana, que le oía con cariño--a Adela, que hacía como si no le
interesasen--, a Lucía, que pensaba con amorosa cólera en Juan, en Juan,
que no debía venir, porque estaba allí Sol, en Juan, que debía venir
puesto que estaba Lucía--y a Sol contaba también aquellas historias,
quien sin desagrado ni emoción las escuchaba y con sus hábitos de niña
huérfana, azorada a veces de la súbita rudeza que templaba Lucía luego
con arrebatos afectuosos, solo se sentía dueña de sí cerca de quien la
necesitaba, y ni con Adela, que parecía esquivarla, ni con la misma
Lucía, aunque esto le pesaba mucho, tenía ya la naturalidad y abandono
que con Ana, con Ana a quien aquellos aires perfumados y calurosos
habían vuelto, si no el color al rostro, cierta facilidad a los
movimientos y unos como asomos de vida.

Hallaba Pedro con asombro que el atrevimiento desvergonzado y
celebración excesiva a que se reduce, casi siempre pagado deprisa y con
usura por las mujeres, todo el arte misterioso de los enamoradores, no
le eran posibles ante aquella niña recién salida del colegio, que con
franca sencillez, y mirándole en los ojos sin temor, decía en alto como
materia de general conversación lo que con más privado propósito dejaba
Pedro llegar discretamente a su oído. Era la niña de tal hermosura que
llevaba consigo, y de sí misma, la majestad que la defiende; y lo usual
iba siendo que cuando Lucía encontraba modo de ir a ver si los pajaritos
azules tenían agua, o si había llegado la leche fresca, no mudarse la
conversación entre Sol y Pedro, abierta por lo demás y no muy amena, del
asunto en que se estaba antes de que Lucía fuera a ver los pájaros. Ni
había cosa que a Lucía pusiese en mayor enojo que hallarlos conversando,
cuando volvía, de la caza de ayer, del jabalí en preparación, de las
fiestas de cacería en los castillos señoriales de Europa, de la pobre
Ana, de los tamales de Petrona Revolorio. Y Pedro, de otras mujeres tan
temido, era con la mayor tranquilidad puesto por Sol, ya a que le leyese
la _Amalia_ de Mármol o la _María_ de Jorge Isaacs, que de la ciudad les
habían enviado, ya, para unos cobertores de mesa que estaba bordando a
la directora, a que devanase el estambre.

       *       *       *       *       *

--Sí, sí, hoy estaba muy hermosa. Dime, tú, espejo: ¿la querrá Juan? ¿la
querrá Juan? ¿Por qué no soy como ella? Me rasgaría las carnes: me
abriría con las uñas las mejillas. Cara imbécil, ¿por qué no soy como
ella? Hoy estaba muy hermosa. Se le veía la sangre y se le sentía el
perfume por debajo de la muselina blanca.

Y se sentaba Lucía, sola en su cuarto en una silla sin espaldar, sin
quitarse los vestidos, ya a más de medianoche, y a poco rato se
levantaba, se miraba otra vez al espejo, y se sentaba nuevamente, la
cara entre las manos, los codos en las rodillas. Luego rompía a
hablarse:

--Yo me veo, sí, yo me veo. ¿Qué es lo que tengo, que me parezco fea a mí
misma? Y yo no lo soy, pero lo estoy siendo. Juan lo ha de ver; Juan ha
de ver que estoy siendo fea. ¡Ay! ¡por qué tengo este miedo! ¿Quién es
mejor que Juan en todo el mundo? ¿Cómo no me ha de querer él a mí, si él
quiere a todo el que lo quiere? ¿quién, quién lo quiere a él más que yo?
Yo me echaría a sus pies. Yo le besaría siempre las manos. Yo le tendría
siempre la cabeza apretada sobre mi corazón. ¡Y esto ni se puede decir,
esto que yo quisiera hacer! Si yo pudiera hacer esto, él sentiría todo
lo que yo lo quiero, y no podría querer a más nadie. ¡Sol! ¡Sol! ¿quién
es Sol para quererlo como yo lo quiero? ¡Juan!... ¡Juan!...

Y conteniendo la voz se iba hacia la ventana abierta, y tendía las manos
como sin querer, llamando a Juan a quien acababa de escribir sin decirle
que viniese.

Empujó violentamente las dos hojas de la ventana, y arrodillándose de
repente junto a ella, sacó afuera, como a que el aire se la humedeciese,
la cabeza; y la tuvo apoyada algún tiempo sobre el marco, sin que le
molestase aquella almohada de madera.

--¡No puede ser! ¡no puede ser!--dijo levantándose de pronto--: Juan va a
quererla. Lo conozco cada vez que la mira. Se sonríe, con un cariño que
me vuelve loca. Se le ve, se le ve que tiene placer en mirarla. Y luego
¡esa imbécil es tan buena! No es mentira, no: es buena. ¿Yo misma, yo
misma no la quiero? ¡Sí, la quiero, y la odio! ¿Qué sé yo qué es lo que
me pasa por la cabeza? ¡Juan, Juan, ven pronto; Juan, Juan, no vengas!

¿Cómo no ha de quererla Juan?--decía la infeliz, entre golpes de
lágrimas, a los pocos momentos, siendo aquel llanto de Lucía extraño,
porque no venía a raudal y de seguida, aliviando a la que lloraba, sino
a borbotones e intervalos, sofocándola y exaltándola, parecido al agua
que baja, tropezando entre peñas, por los torrentes--. ¿Cómo no ha de
quererla Juan, si no hay quien ame lo hermoso más que él, y la Virgen de
la Piedad no es tan hermosa como ella? Juan.... Juan...--decía en voz
baja, como para que Juan viniese sin que nadie lo viera--; ¡sin que Sol
lo viera!

Y si viene... y si la mira... ¡yo, no puedo soportar que la mire!... ¡ni
que la mire siquiera! Y si está aquí un mes, dos meses. Y si ella no
quiere a Pedro Real, porque no lo quiere, y Ana le dice que no lo
quiera. Y ella va a querer a Juan ¿cómo no va a quererlo? ¿Quién no lo
quiere desde que lo ve? Ana lo hubiera querido, si no supiese que ya él
me quería a mí; ¡porque Ana es buena! Adela lo quiso como una loca; yo
bien lo vi, pero él no puede querer a Adela. Y Sol ¿por qué no lo ha de
querer? Ella es pobre; él es muy rico. Ella verá que Juan la mira. ¿Qué
marido mejor puede tener ella que Juan? Y me lo quitará, me lo quitará
si quiere. Yo he visto que me lo quiere quitar. Yo veo como se queda
oyéndole cuando habla; así me quedaba yo oyéndole cuando era niña. Yo
veo que cuando él sale, ella alza la cabeza para seguirle viendo. ¡Y van
a estar aquí un mes, dos meses! ella siempre con Ana, todos con Ana
siempre. Él recreando los ojos en toda su hermosura. Yo, callada a su
lado, con los labios llenos de horrores que no digo, odiosa y fiera.
Esto no ha de ser, no ha de ser, no ha de ser. O Sol se va, o yo me iré.
Pero ¿cómo me he de ir yo?; ¡que me lo robe alguien si puede!--y abrió
los brazos en la mitad del cuarto, como desafiando, y le cayó por las
espaldas desatada la cabellera negra.

¡Que no se sienten juntos: que yo no lo vea!

Y con los labios apoyados sobre el puño cerrado, quedó dormida en un
sillón cerca de la ventana, sombreándole extrañamente el rostro, al
agitarse movida por el aire, la cabellera negra.

¿A quién vio la mañana siguiente Lucía, sentado en el colgadizo, con Sol
y con Ana? Venía con paso lento, y como si no hubiera querido venir.

--¡No le diga, no le diga!...--a Sol que se levantaba como para avisarle.

Venía Lucía con paso lento, y Ana y Sol, que conocían las habitaciones
de la casa, sabían que era ella quien venía. Volvió Sol a su asiento.
Juan hizo como que hablaba muy animadamente con Ana y con ella. Lucía
llegó a la puerta. Los vio sentados juntos, y como que no la veían.
Tembló toda. ¿Entra? ¿Sale? ¡Juan! ¡allí Juan! ¡Juan así! Se clavó los
dientes en el labio, y los dejó clavados en él. Volvió la espalda, se
entró por el corredor que iba a su habitación; a Sol que fue corriendo
detrás de ella: «¡Vete! ¡vete!», y entró en su cuarto, cerrando tras de
sí con llave la puerta.

¡A Juan que, suponiéndola apenada, no bien acabó con cuanta prisa pudo
su empeño en el pueblo de los indios volvió a la ciudad, y de allí,
aprovechando la noche por sorprender a Lucía con la luz de la mañana,
emprendió sin descansar el camino de la finca a caballo y de prisa! ¡A
Juan, que con amores muy altos en el alma, consentía, por aquella piedad
suya que era la mayor parte de su amor, en atar sus águilas al cabello
de aquella criatura, no tanto por lo que la amaba él, sin que por eso
dejase de amarla, sino por lo que lo amaba ella! ¡A Juan que, puestos en
las nubes del cielo y en los sacrificios de la tierra sus mejores
cariños, no dejaba, sin embargo, por aquella excelente condición suya,
de hacer, pensar u omitir cosa con que él pudiera creer que sería
agradable a su prima Lucía, aunque no tuviese él placer en ella! ¡A Juan
que, joven como era, sentía, por cierto anuncio del dolor que más parece
recuerdo de él, como si fuera ya persona muy trabajada y vivida, quienes
a las mujeres, sobre todo en la juventud, parecían encantadores
enfermos! ¡A Juan, que se sentía crecer bajo del pecho, a pesar de lo
mozo de sus años, unas como barbas blancas muy crecidas, y aquellos
cariños pacíficos y paternales que son los únicos que a las barbas
blancas convienen! ¡A Juan, que tenía de su virtud idea tan exaltada
como la mujer más pudorosa, y entendía que eran tan graves como las
culpas groseras los adulterios del pensamiento!

¡A Juan, porque, ya después de aquellas cartas extrañas que Lucía le
había escrito a la finca sin hablarle de su vuelta, recibirlo de aquel
modo, con aquella mirada, con aquella explosión de cólera, con aquel
desdén! ¿Pues cuándo había cesado de pensar Juan, cuándo, que aquel
cariño que con tanta ternura prodigaba, sin fatiga ni traición, sobre su
prima, era como una concesión de él, como un agradecimiento de él, como
una tentativa, a lo sumo, de asir en cuerpo y ver con los ojos de la
carne las ideas de rostro confuso y vestidura de perlas, que cogidas del
brazo y con las alas tendidas, le vagaban en giros majestuosos por los
espacios de su mente? Pues sin el alma tierna y fina que de propia
voluntad suya había supuesto, como natural esencia de un cuerpo de
mujer, en su prima Lucía, ¿qué venía a ser Lucía? ¿Qué hombre, que lo
sea, ama a una mujer más que por el espíritu puro que supone en ella, o
por el que cree ver en sus acciones, y con el que le alivia y levanta el
suyo de sus tropiezos y espantos en la vida? Pues una mujer sin ternura
¿qué es sino un vaso de carne, aunque lo hubiese moldeado Cellini,
repleto de veneno? Así, en un día, dejan de amar los hombres a la mujer
a quien quisieron entrañablemente, cuando un acto claro e inesperado les
revela que en aquella alma no existen la dulzura y superioridad con que
la invistió su fantasía.

--Estará enferma Lucía. Ana--dile que la saludaré luego--. Voy a ver a
Pedro Real. Sol, gracias por lo buena que es usted con Ana. Usted tiene
ya fama de hermosa, pero yo le voy a dar fama de buena.

Lucía oyó esto, que hizo que le zumbasen las sienes y le pareciese que
caía por tierra: Lucía, que sin ruido había abierto la puerta de su
cuarto, y había venido hasta la de la sala, para oír lo que hablaban, en
puntillas.

       *       *       *       *       *

Violentos fueron, a partir de entonces, los días en la finca. Ni Ana
misma sabía, puesto que tenía a Sol constantemente a su lado, qué
causaba la ira de Lucía. Esta cesó cuando Juan, tomándola a la tarde de
la mano, la llevó, mientras que Pedro y Adela buscaban flores de saúco
para Ana, a la sombra de un camino de rosales que daba al saucal, y
donde había de trecho en trecho unos bancos de piedra, y al lado unos
atriles, de piedra también, como para poner un libro. En la mirada y en
la voz se conocía a Juan que algo se le había roto en lo interior, y le
causaba pena; pero con voz consoladora persuadía a Lucía quien, con
pretextos fútiles, que no acertaba Juan a entender ni excusar, ocultaba
la razón verdadera de su ira, que ella a la vez quería que Juan
adivinase y no supiese: «¡porque si no lo es, y se lo digo, tal vez sea!
Y no lo es, no, yo creo ahora que no lo es; pero si no sabe lo que es
¿cómo me va a perdonar?». Y airada ya contra Juan irrevocablemente, como
si las nubes que pasan por el cielo del amor fueran sus lienzos
funerarios, se levantaron como si hubieran hecho las paces, pero sin
alegría.

Pusiéronse en esto los días tan lluviosos, que ni Pedro iba a casa, ni
Adela a la de la Revolorio, ni podía Ana salir al colgadizo, ni Sol y
Lucía, sino estar cerca de ella; ni Juan, fuera de sus horas de leer,
que le fatigaban ahora que no estaba contento, tenía modo de estar
alejado de la casa. Ni había con justicia para Juan placer más grato,
ahora que en Lucía había entrevisto aquel espíritu seco y altanero, que
estar cerca de Ana, cuyo espíritu puro con la vecindad de la muerte se
esclarecía y afinaba. Y se asombraba Juan, con razón, de haber pasado,
libre aun, cerca de aquella criatura que se desvanecía, sin rendirle el
alma. Esta misma contemplación del espíritu de Ana, cuya cabalidad y
belleza entonces más que nunca le absorbían, le apartaron del riesgo, en
otra ocasión acaso inevitable, de observar en cuán grata manera iban
unidas en Sol, sin extraordinario vuelo de intelecto, la belleza y la
ternura.

Con Lucía, no había paces. Lo que no penetraba Ana, ¿cómo lo había de
entender Sol? En vano, Sol, aunque ya asustadiza, aprovechando los
momentos en que Ana estaba acompañada de Juan o de Pedro y Adela, se iba
en busca de Lucía, que hallaba ahora siempre modo de tener largos
quehaceres en su cuarto, en el que un día entró Sol casi a la fuerza, y
vio a Lucía tan descompuesta que no le pareció que era ella, sino otra
en su lugar: en el talle un jirón, los ojos como quemados y encendidos,
el rostro todo como de quien hubiese llorado.

Y ese día Lucía y Juan estaban en paz: ni permitía Juan, por parecerle
como indecoro suyo, aquel llevar y traer de cóleras, que le sacaban el
alma de la fecunda paz a que por la excelencia de su virtud tenía
derecho. Pero ese día, como que Ana se fatigase visiblemente de hablar,
y Adela y Pedro estuviesen ensayando al piano una pieza nueva para Ana,
Juan, un tanto airado con Lucía que se le mostraba dura, habló con Sol
muy largamente, y se animó en ello, al ver el interés con que la enferma
oía de labios de Juan la historia de Mignon, y a propósito de ella, la
vida de Goethe. No era esta para muy aplaudida, del lado de que Juan la
encaminaba entonces, y tan hermosas cosas fue diciendo, con aquel
arrebatado lenguaje suyo, que se le encendía y le rebosaba en cuanto
sentía cerca de sí almas puras, que Pedro y Adela, ya un tanto
reconciliados, vinieron discretamente a oír aquel nuevo género de
música, no señalada por el artificio de la composición ni pedantesca
pompa, sino que con los ricos colores de la naturaleza salía a caudales
de un espíritu ingenuo, a modo de confesiones oprimidas. Lucía se
levantaba, se mostraba muy solícita para Ana, interrumpía a Juan
melosamente. Salía como con despecho. Entraba como ya iracunda. Se
sentaba, como si quisiera domarse. «Sol, ¿habrán puesto agua a los
pájaros?». Y Sol fue, y habían puesto agua. «Sol, ¿habrán traído la
leche fresca para Ana?». Y Sol fue, y habían traído la leche fresca para
Ana. Hasta que, al fin, salió Lucía, y no volvió más: Sol la halló
luego, con los ojos secos y el talle desgarrado.

Y aquello crecía. Hoy era una dureza para Sol. Otra mañana. A la tarde
otra mayor. La niña, por Ana y por Juan, no las decía. Juan, apenas
bajaba. Lucía, con grandes esfuerzos, lograba apenas, convertido en odio
aparente todo el cariño que por Juan sentía, disimularlo de modo que no
fuese apercibido. ¿Quién había de achacar a Sol tanta mudanza, a Sol
cuya pacífica belleza en el campo se completaba y esparcía, pues era
como si la vertiese en torno suyo, y por donde ella anduviese fueran,
como sus sombras, la fuerza y la energía? ¿A Sol, que sobre todos
levantaba sus ojos limpios, grandes y sencillos, sin que en alguno se
detuviesen más que en otro; con Lucía, siempre tierna; para Ana, una
hermanita; con Pedro, jovial y buena; con Juan, como agradecida y
respetuosa? Pero ese era su pecado: sus ojos grandes, limpios y
sencillos, que cada vez que se levantaban, ya sobre Juan, ya sobre otros
donde Juan pudiese verlos, se entraban como garfios envenenados por el
corazón celoso de Lucía; y aquella hermosura suya, serena y decorosa,
que sin encanto no se podía ver, como la de una noche clara.

       *       *       *       *       *

Hasta que una noche:

--No, Sol, no: quédate aquí.

--¿Ana, adónde vas? ¿Qué tienes, Ana? ¿Salir tú del cuarto a estas horas?
¡Ana! ¡Ana!

--Déjame, niña, déjame. Hoy, yo tengo fuerzas. Llévame hasta la mitad del
corredor.

--¿Del corredor?

--Sí: voy al cuarto de Lucía.

--Pues bueno, yo te llevo.

--No, mi niña, no--se sentó un momento, con Sol a sus pies, le abrazó la
cabeza, y la besó en la frente. Nada le dijo, porque nada debía decirle.
Y se levantó, del brazo de ella.

--Es que sé lo que tiene triste a Lucía. Déjame ir. De ningún modo vayas.
Es por el bien de todos.

Fue, tocó, entró.

--¡Ana!

Ana, casi lívida y tendiendo los brazos para no caer en tierra, estaba
de pie, en la puerta del cuarto oscuro, vestida de blanco.

--Cierra, cierra.

Se habló mucho, se oyeron gemidos, como de un pecho que se vacía, se
lloró mucho.

Allá a la madrugada, la puerta se abría, Lucía quería ir con Ana.

--No, no, quiero llevarte; ¿cómo has de ir sola si no puedes tenerte en
pie? Sol estará despierta todavía. Yo quiero ver a Sol ahora mismo.

--¡Loca! ¡Hasta cuándo eres buena, loca! A Juan, sí, en cuanto lo veas
mañana, que será delante de mí, bésale la mano a Juan. A Sol, que no
sepa nunca lo que te ha pasado por la mente. Vamos: acompáñame hasta la
mitad del corredor.

--¡Mi Ana, madrecita mía, mi madrecita!

Y lloró Lucía aquella mañana, como se llora cuando se es dichoso.

       *       *       *       *       *

¡Fiesta, fiesta! El médico lo ha dicho; el médico, que vino desde la
ciudad a ver a la enferma, y halló que pensaba bien Petrona Revolorio.
¡Fiesta de flores para Ana!

¡Todos los músicos de las cercanías! ¡Telegramas a los sinsontes!
¡Recados a los amarillos! ¡Mensajeros por toda la comarca, a que venga
toda la canora pajarería! Ana, ya se sabe de Ana: ¡Aquí no está bien, y
debe ir adonde está bien! Pero es buena idea esa de Petrona Revolorio, y
la enferma quiere que se dé un baile que haga famosa la finca. Petrona,
por supuesto, no estará en la sala, ni ese es el baile que debía dar el
niño Pedro Real; pero ella estará donde la pueda ver su niñita Ana, y
mandarle todo lo que necesite, porque «ella baila con ver bailar, y lo
que hace no lo hace por servicio, sino porque ha cobrado mucha afición».
Ya está tan contenta como si fuese la señora. Tiene un jarrón de China,
que hubo quién sabe en qué lances, y ya lo trajo, para que adorne la
fiesta; pero quiere que esté donde lo vea la niña Ana.

¡Ahora sí que ha empezado la temporada en la finca! Andar, bien, andar,
Ana no puede; pero Petrona la acompaña mucho y Sol, siempre que van Juan
y Lucía a pasear por la hacienda, porque entonces ¡qué casualidad!
entonces siempre necesita Ana de Sol.

El médico vino, después de aquella noche. El baile lo quiere Ana para
sacudir los espíritus, para expulsar de las almas suspicaces la pena
pasada, para que con el roce solitario no se enconen heridas aun
abiertas, para que viendo a Lucía tierna y afable, torne de nuevo la
seguridad en el alma de Juan alarmado, para que Lucía vea frente a
frente a Sol en la hora de un triunfo, y como Ana le hablará antes a
Juan, Lucía no tiemble. ¡Ana se va, y ya lo sabe!: ella no quiere el
baile para sí, sino para otros.

       *       *       *       *       *

¡Qué semana, la semana del baile! Pedro ha ido a la ciudad. Lucía quiso
por un momento que fuera Juan, hasta que la miró Ana.

--¡Oh, no, Juan! tú no te vayas.

Una tristeza había en los ojos de Juan Jerez, que acaso ya nada haría
desaparecer: la tristeza de cuando en lo interior hay algo roto, alguna
creencia muerta, alguna visión ausente, algún ala caída. Mas se notó en
los ojos de Juan una dulce mirada, y no como de que se alegraba él por
sí, sino por placer de ver tierna a Lucía. ¡Son tan desventurados los
que no son tiernos!

De la ciudad vendría lo mejor; para eso iba Pedro. ¿Quién no quería
alegrar a Ana? Y ver a Sol del Valle, que estaba ahora más hermosa que
nunca ¿quién no querría? Carruajes, los tenían casi todos los amigos de
la casa. El camino, salvo el tramo de las ciudades antiguas, era llano.
Allí habría caballerías para ayuda o repuesto. Cerca de la casa, como a
dos cuadras de ella, aderezaron para caballerizas dos grandes caserones
de madera, construidos años atrás para experimentos de una industria que
al fin no dio fruto. Pedro, antes de salir, había encargado que por
todas las calles del jardín que había frente a la casa, pusieran unas
columnas, como media vara más altas que un hombre, que habían de estar
todas forradas de aquella parásita del bosque, sembrada acá y allá de
flores azules; y sobre los capiteles, se pondrían unos elegantes cestos,
vestidos de guías de enredadera y llenos de rosas. Las luces vendrían de
donde no se viesen, ya en el jardín, ya en la casa; y estaba en camino
Mr. Sherman, el americano de la luz eléctrica, para que la hubiese bien
viva y abundante: los globos se esconderían entre cestos de rosas. De
jazmines, margaritas y lirios iban a vestirle a Ana, sin que ella lo
supiese, el sillón en que debía sentarse en la fiesta. Con una hoja de
palma, puesta a un lado de los marcos y encorvada en ondulación graciosa
por la punta en el otro, vistieron los indios todas las puertas y
ventanas, y hubo modo de añadir a las enredaderas del colgadizo, otras
parecidas por un buen trecho a ambos lados de las tres entradas, en cada
uno de cuyos peldaños, como por toda esquina visible del colgadizo o de
las salas, pusieron grandes vasos japoneses y chinos con plantas
americanas. En las paredes del salón como desusada maravilla, colgó Juan
cuatro platos castellanos, de los que los conquistadores españoles
embutían en las torres. Era por dentro la casa blanca, como por fuera, y
toda ella, salvo el colgadizo, tenía el piso cubierto por una alfombra
espesa como de un negro dorado, que no llegaba nunca a negro, con
dibujos menudos y fantásticos, de los que el del ancho borde no era el
menos rico, rescatando la gravedad y monotonía que le hubiera venido sin
ellos de aquella masa de color oscuro.

       *       *       *       *       *

¡Gentes, carruajes, caballos! Pedro y Juan jinetean sin cesar toda la
tarde, de la casa al parador, y de este a aquella. En las ciudades
antiguas donde aun hay alegres posadas, y cierto indio que sabe francés,
han comido casi todos los invitados. A las ocho de la noche empieza el
baile. Toda la noche ha de durar. Al alba, el desayuno va a ser en el
parador. ¡Oh qué tamales, de las especies más diversas, tiene dispuestos
Petrona Revolorio! esta tarde, cuando los hizo, se puso el chal de seda.
Ana no ha visto su sillón de flores. ¿Adónde ha de estar Adela, sino por
el jardín correteando, enseñando cuanto sabe, a la cabeza de un tropel
de flores, de flores de ojos negros?

¿Y Lucía? Lucía está en el cuarto de Ana, vistiendo ella misma a Sol.
Ella, se vestirá luego. ¡A Sol, primero! Mírala, Ana, mírala. Yo me
muero de celos. ¿Ves? el brazo en encajes. Tomo; ¡te lo beso! ¡Qué bueno
es querer! Dime, Ana, aquí está el brazo, y aquí está la pulsera de
perlas: ¿cuáles son las perlas? Y ¿de qué iba vestida Sol? De muselina;
de una muselina de un blanco un poco oscuro y transparente, el seno
abierto apenas, dejando ver la garganta sin adorno; y la falda casi
oculta por unos encajes muy finos de Malines que de su madre tenía Ana.

--Y la cabeza ¿cómo te vas a peinar por fin? Yo misma quiero peinarte.

--No, Lucía, yo no quiero. No vas a tener tiempo. Ahora voy a ayudarte
yo. Yo no voy a peinarme. Mira; me recojo el cabello, así como lo tengo
siempre, y me pongo ¿te acuerdas? como en el día de la procesión, me
pongo una camelia.

Y Lucía, como alocada, hacía que no la oía. Le deshacía el peinado, le
recogía el cabello a la manera que decía. «¿Así? ¿No? Un poco más alto,
que no te cubra el cuello. ¡Ah! ¿y las camelias?... ¿Esas son? ¡Qué
lindas son! ¡qué lindas son!». Y la segunda vez dijo esto más despacio y
lentamente como si las fuerzas le faltaran y se le fuera el alma en
ello.

--¿De veras que te gustan tanto? ¿Qué flores te vas a poner tú?

Lucía, como confusa:

--Tú sabes: yo nunca me pongo flores.

--Bueno: pues si es verdad que ya no estás enojada conmigo, ¿qué te hice
yo para que te pusieras enojada? si es verdad que ya no estas enojada,
ponte hoy mis camelias.

--¡Yo, camelias!

--Sí, mis camelias. Mira, aquí están; yo misma te las llevo a tu cuarto.
¿Quieres?

¡Oh! si se pusiera toda aquella hermosura de Sol la que se pusiese tus
camelias. ¿Quién, quién llegaría nunca a ser tan hermosa como Sol? ¡Qué
lindas, qué lindas, son esas camelias! «Pero tú, ¿qué flores te vas a
poner?».

--Yo, mira: Petrona me trajo unas margaritas esta mañana, estas
margaritas.

       *       *       *       *       *

¡Gentes, caballos, carruajes! Las cinco, las seis, las siete. Ya está
lleno de gente el colgadizo.

Caballeros y niñas vienen ya del brazo, de las habitaciones interiores.
Carruajes y caballos se detienen a la puerta del fondo, de la que por un
corredor alfombrado, con grabados sencillos adornadas las paredes, se va
a la vez a los cuartos interiores que abren a un lado y a otro, y a la
sala. Ya desde él, al apearse del carruaje, se ve a la entrada de la
sala, donde hay un doble recodo para poner dos otomanas, como si hubiese
allí ahora un bosquecillo de palmas y flores. En un cuarto dejan las
señoras sus abrigos y enseres, y pasan a otro a reparar del viaje sus
vestidos o a cambiarlos algunas por los que han enviado de antemano. A
otro cuarto entran a aliñarse y dejar sus armas los que han venido a
caballo. Una panoplia de armas indias, clavada a un lado de la puerta de
los caballeros, les indica su cuarto. Un gran lazo de cintas de colores
y un abanico de plumas medio abierto sobre la pared, revelan a las
señoras los suyos.

Ya suenan gratas músicas, que los indios de aquellas cercanías,
colocados en los extremos del colgadizo, arrancan a sus instrumentos de
cuerdas. Del jardín vienen los concurrentes; del cuarto de las señoras
salen; Ana llega del brazo de Juan. «Juan, ¿quién ha sido? ¿para mí ese
sillón de flores?». No la rodean mucho; se sabe que no deben hablarle. Y
¿Lucía que no viene? Ella vendrá enseguida. ¿Y Sol? ¿Dónde está Sol?
Dicen que llega. Los jóvenes se precipitan a la puerta. No viene aun. Se
está inquieto. Se valsa. Sol viene al fin: viene, sin haberla visto, de
llamar al cuarto de Lucía. «¡Voy! ¡Ya estoy!». Así responde Lucía de
adentro con una voz ahogada. No oye Sol los cumplimientos que le dicen:
no ve la sala que se encorva a su paso; no sabe que la escultura no dio
mejor modelo que su cabeza adornada de margaritas, no nota que, sin ser
alta, todas parecen bajas cerca de ella. Camina como quien va lanzando
claridades, hacia Juan camina:

--Juan ¡Lucía no quiere abrirme! Yo creo que le pasa algo. La criada me
dice que se ha vestido tres o cuatro veces, y ha vuelto a desvestirse, y
a despeinarse, y se ha echado sobre la cama, desesperada, lastimándose
la cara y llorando. Después despidió a la criada, y se quedó vistiéndose
sola. ¡Juan! ¡vaya a ver qué tiene!

En este instante, estaban Juan y Sol, de pie en medio de la sala, y
otras parejas, pasando, en espera de que rompiese el baile, alrededor de
ellos.

--¡Allí viene! ¡allí viene!--dijo Juan, que tenía a Sol del brazo,
señalando hacia el fondo del corredor, por donde a lo lejos venía al fin
Lucía. Lucía, todo de negro. A punto que pasaba por frente a la puerta
del cuarto de vestir, interrumpiendo el paso a un indio, que sacaba en
las manos cuidadosamente, por orden que le había dado Juan, una cesta
cargada de armas, vio, viniendo hacia ella del brazo, solos, en pleno
luz de plata, en mitad del bosquecillo de flores que había a la entrada
de la sala, a Juan y a Sol, a la hermosísima pareja. Se afirmó sobre sus
pies como si se clavase en el piso. «¡Espera! ¡Espera!», dijo al indio.
Dejó a Juan y a Sol adelantarse un poco por el corredor estrecho, y
cuando les tenía como a unos doce pasos de distancia, de una terrible
sacudida de la cabeza desató sobre su espalda la cabellera: «¡Cállate,
cállate!», le dijo al indio, mientras haciendo como que miraba adentro,
ponía la mano tremenda en la cesta; y cuando Sol se desprendía del brazo
de Juan y venía a ella con los brazos abiertos....

¡Fuego! Y con un tiro en la mitad del pecho, vaciló Sol, palpando el
aire con las manos, como una paloma que aletea, y a los pies de Juan
horrorizado, cayó muerta.

--¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!--y retorciéndose y desgarrándose los vestidos,
Lucía se echó en el suelo, y se arrastró hasta Sol de rodillas, y se
mesaba los cabellos con las manos quemadas, y besaba a Juan los pies; a
Juan, a quien Pedro Real, para que no cayese, sostenía en su brazo.
¡Para Sol, para Sol, aun después de muerta, todos los cuidados! ¡Todos
sobre ella! ¡Todos queriendo darle su vida! ¡El corredor lleno de
mujeres que lloraban! ¡A ella, nadie se acercaba a ella!

--¡Jesús, Jesús!--entró Lucía por la puerta del cuarto de vestir de las
señoras, huyendo, hasta que dio en la sala, por donde Ana cruzaba medio
muerta, de los brazos de Adela y de Petrona Revolorio, y exhalando un
alarido, cayó, sintiendo un beso, entre los brazos de Ana.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Amistad funesta - Novela" ***

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