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Title: Peñas arriba
Author: Pereda, José María de, 1833-1906
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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Peñas arriba

_José María de Pereda_



Dedicatoria

_A la santa memoria de mi hijo Juan Manuel_

Hacia el último tercio del borrador de este libro, hay una cruz y una
fecha entre dos palabras de una cuartilla. Para la ordinaria curiosidad
de los hombres, no tendrían aquellos rojos signos gran importancia; y,
sin embargo, Dios y yo sabemos que en el mezquino espacio que llenan,
cabe el abismo que separa mi presente de mi pasado; Dios sabe también a
costa de qué esfuerzos de voluntad se salvaron sus orillas para buscar
en las serenas y apacibles regiones del arte, un refugio más contra las
tempestades del espíritu acongojado; por qué de qué modo se ha terminado
este libro que, quizás, no debió de pasar de aquella triste fecha ni de
aquella roja cruz; por qué, en fin, y para qué declaro yo estas cosas
desde aquí a esa corta, pero noble, falange de cariñosos lectores que me
ha acompañado fiel en mi pobre labor de tantos años, mientras voy
subiendo la agria pendiente de mi Calvario y diciéndome, con el poeta
sublime de los grandes infortunios de la vida, cada vez que vacila mi
paso o los alientos me faltan:

    _«Dominus dedit; Dominus abstulit._
    _Sicut Domino placuit, ita factum est»._

       J. M. DE PEREDA

Diciembre de 1894.



I


Las razones en que mi tío fundaba la tenacidad de su empeño eran muy
juiciosas, y me las iba enviando por el correo, escritas con mano torpe,
pluma de ave, tinta rancia, letras gordas y anticuada ortografía, en
papel de barbas comprado en el estanquillo del lugar. Yo no las echaba
en saco roto precisamente; pero el caso, para mí, era de meditarse mucho
y, por eso, entre alegar él y meditar y responderle yo, se fue pasando
una buena temporada.

La primera carta en que trató del asunto fue la más extensa de las ocho
o diez de la serie. Temía colarse en él de sopetón, y me preparaba el
camino para sus fines, «tomando las cosas desde muy atrás, y como si nos
tratáramos entonces, aunque de lejos, por primera vez».

«Mucho le estorbaba la pluma entre los dedos», y bien lo revelaban la
rudeza de los trazos, la desigualdad de las letras y las señales de más
de un borrón lamido en fresco o extendido con el canto de la mano; «pero
con paciencia y buena voluntad se vencían los imposibles».

«Tus abuelos paternos--me escribía--, no lograron otros hijos que tu
padre y yo. Yo fui el mayorazgo, y como tal, aquí arraigué desde el
punto y hora en que nací. Tu padre, como más necesitado, echóse al
mundo, y rodando mucho por él, adquirió buenos caudales y una mujer que
no había oro con qué pagarla. De esta traza me la pintó cuando vino a
darme cuenta de sus proyectos matrimoniales, y a tomar posesión, en pura
chanza, de la pobreza que le correspondía por herencia libre de tus
abuelos. Fuese a los pocos días de haber venido, y no he vuelto ni
volveré a verle más en la tierra. Dios le tenga en eterno descanso.

»También yo me casé andando los días, y tuve mujer buena, e hijos que el
Señor me iba quitando a medida que me los daba. Con el último de ellos
se llevó a su madre. ¡Bendita y alabada sea su divina voluntad, hasta en
aquello con que humanamente nos agobia y atribula! Como aún no era yo
propiamente viejo y me sentía fuerte, y en estas angosturas y asperezas
del terruño hallaban pasto y solaz abundante las cortas ambiciones de mi
espíritu, aprendí a arrastrar con valentía la cruz de mis dolores, y
hasta logré olvidarme, tiempo andando, de que la llevaba a cuestas:
vamos, que me hice a la carga, y volví a ser el hombre de buen contentar
y apegado a la tierra madre como la yedra al morio. De tarde en tarde
nos escribíamos mi hermano y yo, y de este modo supo él mis venturas y
desventuras, y yo tu nacimiento y el de tu hermana, el casamiento de
ésta después con un americano rico que se la llevó a su tierra, la
muerte de tu madre y los rumbos que tomabas con los libros de las aulas,
según ibas esponjándote y haciéndote hombre.

»Una vez dio en faltarme carta vuestra más de lo acostumbrado, que era
bien poco, y la primera que tuve al cabo de los meses fue tuya y para
decirme que tu padre se había muerto de un tabardillo enconado, o cosa
por este arte. Ausente tu hermana y cargada de familia y de bienes en la
otra banda, quedábaste solo en la de acá, y aticuenta que en el mundo,
aunque con medios de fortuna para bracear a tus anchas en él. Lo mismo
que yo, salvo la comparanza de gentes y lugares. Te brindé con éste mío,
desconfiando mucho, en verdad se diga, de que me quisieras el envite,
hecho de todo corazón, porque barruntaba tu modo de vivir y conocía tu
estampa por retratos que me habías ido mandando. Ni el uno ni la otra se
amañaban bien con la pobreza y rustiquez de estos andurriales; me
parecía a mí. Y no iba el parecer fuera de camino, porque eso resultó de
tu respuesta, bien desentrañadas sus finezas y cortesías. Desde entonces
fueron peras de a libra las cartas entre nosotros dos. Tú corriendo la
Ceca y la Meca, y yo firme y agarrado a estos peñascales como barda
montuna. Y así hemos ido tirando tan guapamente: tú sin acordarte dos
veces al año del santo de mi nombre, y yo sin apurarme por ello cosa
mayor, porque mientras tuve salud, tuve alegría, y a la luz de ella me
tenía por bien acompañado con vivir entre estas gentes y estos riscos y
hasta sus alimañas, que me parecían ya, a fuerza de verlos y palparlos,
carne de mis huesos y sangre de mis propias venas. Pero tú eras mozo y
tenías mucho tiempo y mucha tierra por delante; yo viejo y con muy pocas
fantasías en la cabeza, y no sobrado de calor en la masa de la sangre;
los muchos años hicieron al cabo una de las suyas, y ayer mañana, como
quien dice, una pizca de nada, un sorbo de leche más de los
acostumbrados, el aire de una puerta, el aletazo de un mosquito, me
acaldó en la cama. Tardé en salir de ella, y salí como para entrar en la
sepultura. El roble se bamboleaba como si le faltara la tierra que le
sostenía, o se te despegaran de ella las raíces, o no pudiera con el
peso de su propio ramaje. Ya me dan anseo las cuestas arriba con solo
mirarlas, y la mano que ayer venteaba gustosa el apero o el hacha con
que yo me entretenía en la tierra de labor o en la espesura del monte,
hoy me pide el paluco del tullido, como el puntal de sostén el jastial
resquebrajado; y lo que es peor que todo ello, que el ánimo va cantando
al son de la osamenta que se descuajaringa y no puede ya con el pellejo.
En suma, hombre: que en un dos por tres, y cuando menos lo esperaba, di
el bajón que había de dar más tarde o más temprano. Es de ley que la
tierra llame a lo que es suyo, y a mí no cesa de llamarme unos días
hace. No te diré que tenga miedo, propiamente miedo, a ese vocerío que
no calla día ni noche; pero es la verdad que a estas horas quisiera
verme algo más acompañado de lo que me veo en la soledad en que me
hallo. Soledad digo, porque con estar cada cosa de estos lugares en el
punto en que siempre estuvo, y con ser estas buenas gentes lo que
siempre fueron para mí, ahora resulta que tengo codicia de algo que me
llegue más adentro que todo ello, por lo mismo que lo hay y sé por dónde
anda. Sí, hombre, sí: has de saberte que toda la ley que tuve a mis
hijos, y a su madre, y a tu padre, y a los míos, y que por tantos años
ha estado como dormida en lo más hondo del corazón, se me ha despertado
de repente, cebando su hambre envejecida en la única carne de la nuestra
que conoce: en ti, para que lo sepas de una vez. Porque tu hermana, a la
distancia que está de nosotros, es para el caso como si ya no viviera, y
no quiero tener por de la casta nuestra a dos sobrinazos segundos míos,
por parte de mi madre: dos bigardones de mala catadura y peor vivir.
Hace no mucho tiempo bajaron de su pueblo a pedirme «algo», a tales
horas y en tales términos, que tuve que darles el «Dios vos ampare» con
la escopeta echada a la cara. Primera y única vez que los he visto.

»Pues bueno, y para fin y remate del camino que traigo y ya me cansa:
creo que si tú te animaras y me dieras el regalo de tu compañía en esta
casona, el vocear de la tierra me sería más llevadero. No hay cosa mayor
con qué tentarte entre estos solitarios despeñaderos, a ti que estás
avezado a las pompas y regalos de la corte; pero a todo se hacen los
hombres cuando se empeñan en ello, sin contar con que también aquí hay
su sol correspondiente; y aunque es cierto que tarda un poco por la
mañana en trasponer los picachos que rodean el lugar, una vez arriba
alumbra y calienta y regocija el ánimo como el sol más majo de
cualquiera parte. Además, tu destierro no podría durar mucho por razones
que yo me sé; y por último y finiquito, con salir de él en cuanto no
pudieras resistirle, estaba el cuento acabado para ti.

»Ítem más: tengo ciertos planes en el magín, que me dan mucho que hacer.
¿Qué hombre anda sin ellos en mi caso? No tengo herederos forzosos, y no
deja de haber en casa algo que echar a perder de mi propia pertenencia;
algo que irá a parar Dios sabe adónde, si en mis últimas y postreras no
topo al alcance de la vista con un ser que me haga un poco de cosquilleo
en las entretelas del corazón.

»Por supuesto, que no trato de encender tu codicia con estas indirectas.
¡A buena parte iría! Pero es bien que todo se estipule y se tenga
presente en horas como las que han empezado a correr para mí.

»En fin, hombre, anímate a venir por acá; y si no puedes hacerlo por
gusto, hazlo por caridad de Dios.»

Menos lo del «bajón» y sus consecuencias, todo lo que mi tío me contaba
en esta carta me lo tenía yo bien sabido; y sabía también, por lo que se
deducía fácilmente de su anterior y escasa correspondencia con nosotros
y lo poco que me había dicho mi padre, que su hermano Celso era un
hombre campechano, de escasas letras y excelente corazón, agudo de magín
y un tanto marrullero, como buen montañés, y más cuidadoso del cultivo y
prosperidad de sus tierras y ganados, que del fomento de su cariño a la
familia que le quedaba; dejadez que a ratos tocaba en una indiferencia
que parecía rayana del absoluto olvido. Menos que de mi tío sabía yo de
su tierra nativa y de nuestra casa solar, no tanto por culpa de mi poca
curiosidad sobre estos particulares, como por obra de una de las
flaquezas más salientes de mi padre. Le llamaban más la atención los
apellidos que las condiciones personales de «los nuestros»: así es que
al preguntarle por la vida y milagros de cualquiera de ellos, en lugar
de responder derechamente a la pregunta, se encaramaba en la copa del
árbol genealógico de la familia, y gateando de rama en rama hacia abajo,
no paraba hasta dar, lo que menos, con la pata del Cid, si es que se
conformaba con eso. De sus padres sólo pude sacar en limpio, en las
diferentes veces que le pedí noticias sobre ellos, que habían sido el
entronque de la casa «única» de los Ruiz de Bejos, de Tablanca, con la
de los Gómez de Pomar, la más ilustre de las de Promisiones. Pocos
caudales, eso sí, por parte de estos últimos principalmente, es decir,
por la de mi abuela paterna, que sólo aportó al matrimonio unas
gargantillas y unas arracadas de coral, dos relicarios de plata con una
astilla de la Vera-Cruz, y un hueso de Santa Felícitas, respectivamente;
tres mudas de ropa blanca, dos mantelerías de hilo casero, una cadena de
oro cordobés, el vestido de gala con que se casó, y otro a medio uso
para todos los días. Por parte de mi abuelo ya fue cosa muy diferente.
Nuestra casa de Tablanca ejercía en todo el valle, por virtud de su
condición benéfica amén de ilustre, cierto señorío indiscutible y
patriarcal, y era el paradero obligado de todas las personas notables
que pasaban por allí, incluso los obispos. Solamente en lo que recordaba
mi padre, se habían hospedado dos en ella: el de Santander y el de León.
Para estos y otros parecidos menesteres había en arcas y alacenas buena
provisión de sábanas y mantelerías superiores, maciza y abundante plata
de mesa y hasta dos colchas de damasco y un crucifijo de marfil y ébano.
Nada faltaba allí de lo que no debía de faltar en la casa de una familia
como la nuestra. Pero de su situación, de su forma, de su amplitud, de
sus comodidades, ni una palabra: a lo sumo, que era grande, con solanas,
escudo nobiliario y accesorias. Del terreno en que estaba enclavada y
sus aledaños, de las condiciones y aspecto del paisaje, de su clima, de
sus recursos para la vida algo más que animal, de las costumbres de sus
habitadores, era ocioso inquirir cosa alguna por informes de aquel buen
señor, que con estar tan pagado de su estirpe y poner en los cuernos de
la luna los blasones de su casa y la tierra en que había nacido, sólo
una vez y muy de prisa volvió a ella después de haberla abandonado,
aunque por imperio de la necesidad, siendo muchacho todavía. Se
remontaba a lo más alto de cuanto había oído y leído sobre aquella
empingorotada región de la cordillera cantábrica, y era de ver cómo se
las había, primeramente, con los celtas, nuestros supuestos
progenitores, y se descolgaba enseguida de allí para enzarzarse mano a
mano y como quien ventila y justiprecia ordinarios y corrientes asuntos
de familia, con aquellas tribus montaraces, con aquel cántabro feroz que
pasó los Alpes y luchó con Aníbal contra Roma y derrotó a Escipión en el
Tesino. Después hablaba de Augusto y sus legiones, venidos a Cantabria
expresamente para someternos al yugo romano; de que tal era _nuestro_
empuje, tal «nuestro» valor y tal «nuestro» apego a la independencia,
que el César había necesitado seis años para triunfar en un empeño que
le había parecido obra de pocos días; de los horrores de esta guerra
bárbara entre inaccesibles peñascales y profundos y sombríos barrancos,
donde rugían las aguas tintas en la sangre de «los nuestros» y de los
aguerridos legionarios. No faltaba lo de las madres que durante la
guerra mataban a sus pequeñuelos para no verlos esclavos de los
triunfadores extranjeros, ni lo de la muerte en cruz de tantos mártires
entonando himnos de libertad entre maldiciones al conquistador, y con
todo esto, un sinnúmero de pormenores sobre el tipo y las costumbres de
sus héroes, pormenores que yo hubiera querido sobre la tierra que
habitaron, tal y como era en mis días. Lejos de ello, sólo dejaba los
cántabros para mezclar a sus sucesores en la epopeya de Covadonga o en
los líos de los «Bandos» de Castilla; y ya puesto aquí con los
ditirambos a sus ínclitos «antepasados», recorría con ellos las cinco
partes del mundo, hasta no saber por dónde se andaba, ni yo tampoco.
Porque sobre estas materias tenía mi padre una erudición abundante, pero
un tanto sospechosa, obra de una voracidad que entraba con lo cierto lo
mismo que con lo fantástico, por apego tenaz, aunque meramente
platónico, a las cosas de su tierra.

De esta manera sabía yo de ella, al recibir la carta de mi tío, poco más
de lo que se sabe, por conjeturas o por comparación, de otras semejantes
que se han visto «al pasar», y muy de prisa.

Entre tanto, yo había cumplido ya los treinta y dos años; hacía seis que
era doctor en ambos derechos, aunque sin saber, por desuso de ellas,
para qué servían esas cosas; más de siete que campaba por mis respetos,
y me daba la gran vida con el caudal que había heredado de mi padre.
Porque de mi madre no heredé un maravedí. Fue una granadina muy guapa,
hija de un magistrado de aquella Audiencia territorial. La conoció mi
padre andando por allá una temporada, ocupado en negocios de minas, y se
casó con ella de la noche a la mañana. El magistrado era viudo y pobre,
y se murió dos años después de la boda de su hija.

Debo a Dios, entre otras muchas mercedes, la de un temperamento
singularmente equilibrado de humores, que me ha permitido atravesar por
las más peligrosas asperezas de la vida, sin dejar entre ellas la menor
tira del pellejo. Muy pocas cosas me han llegado al alma, y rara vez me
he apasionado por la mejor de ellas. Esta ha sido mi mayor fortuna en
medio de la libertad y de la abundancia en que viví, siendo niño mimado
y consentido, mientras fui «hijo de familia», y rico y desligado de toda
traba en cuanto quedé huérfano de padre y madre y me declaré «mozo de
casa abierta». En estas condiciones y con un temperamento más
apasionado, sabe Dios lo que hubiera sido de mí y de mi dinero. Así y
todo, no acrecenté el heredado de mi padre, y hasta le mermé en una
buena tajada, porque no todos los tiempos corrían iguales para el vil
ochavo; y yo, aunque sin perder de vista lo útil que es este ingrediente
para vivir a gusto entre los hombres, no había nacido para esclavo de él
y tenía muy arraigadas aficiones que no eran baratas. Me gustaba viajar,
y viajaba mucho dentro y fuera de España; me gustaba el llamado «gran
mundo» o «alta sociedad», y la frecuentaba en sus salones, en los
teatros, en los paseos y hasta en los balnearios de moda, y en el
deporte; me gustaban las Bellas Artes, aunque consideradas
principalmente como artículo de lujo, y compraba cuadros y esculturas en
las exposiciones; me gustaban ciertos hombres de la política y de la
literatura, no por políticos ni por literatos precisamente, sino por la
resonancia de sus nombres y el atractivo de sus conversaciones, y
frecuentaba su trato y los acompañaba en sus círculos y en sus banquetes
y en sus tertulias y francachelas... hasta me gustaban los toreros a
cierta distancia, y a cierta distancia cultivaba la amistad de algunos
de ellos.

Todo esto, y otro tanto más que de ello se sigue por ley forzosa, al fin
y a la postre resultaba caro y producía hondos desgastes, si no del
pellejo, cuando menos de la sensibilidad moral, aun tratándose de un
mozo como yo, que en ningún cuadro aspiró a ser figura de primer
término, ni a levantar media pulgada sobre la talla común de la masa de
espectadores; y esto, no por virtud, sino por exigencias de mi
temperamento.

Es muy de notarse que en la afición más acentuada de todas las mías, la
de los viajes, me seducía mucho más el artificio de los hombres que la
obra de la Naturaleza. Como buen madrileño, amaba a Madrid sobre todas
las cosas de la tierra, y después de Madrid, a sus similares de España y
del extranjero: las más grandes y más alegres capitales del mundo
civilizado. Lo que quedaba entre unas y otras, me tenía sin cuidado, y
pasaba sobre ello, para ir adonde fuera, como insensible proyectil que
lleva el paradero determinado desde su punto de origen. Hijo y habitante
de tierra llana, los montes me entristecían y los cielos borrosos me
acoquinaban. Una vez sola había estado en la capital montañesa,
disfrazando con el deseo de pisar «la tierra de mis mayores», como diría
mi padre, la tentación de veranear en aquel puerto que comenzaba a ser
«elegante». Atravesando en ferrocarril la cordillera cantábrica casi por
encima de las fuentes del Ebro, recordé que «por allí», no sabía si a la
derecha o a la izquierda, debía de andar mi casa solariega, en algún
repliegue de aquellos montes encapuchados de neblinas y ceñidos de
negros robledales. Y no tuvo entonces mayor resonancia que ésta en mi
corazón el tan cacareado «grito de la sangre». Días después, y desde una
de las alturas que dominan la ciudad, un santanderino, práctico en ello,
me nombraba, señalándolos con el dedo, cada picacho y cada monte de la
grandiosa cordillera que empieza al Oriente en Cabo Quintres y Galizano
(la cola del enorme reptil), y acaba al Occidente metiendo entre las
nubes los Picos de Europa (su cabeza).

Después, al trazar en el aire con el mismo dedo el curso de cada río de
los que en ella nacen y por el fondo de sus negras barrancas se
despeñan, llegó a encararse al Oeste; y marcando tres rayas casi
verticales, me nombró el Saja, el Nansa y el Deva; y allí le atajé yo
con el pensamiento, diciéndome a mí propio: «Junto a uno de esos tres
ríos (creo que el Nansa), más arriba o más abajo, debe de andar el solar
de mis mayores.» Y a esto solo se redujo, por segunda vez, «el grito de
la sangre» que llevaba en las venas. Como decoración, me enamoraba aquel
rosario de escalonadas montañas que de Este a Oeste por el Sur sirven de
marco grandioso a la admirable bahía; ¡pero como tierras habitables!...

Tales eran, pico más, pico menos, mis antecedentes personales cuando
recibí la carta en que mi tío Celso me llamaba a su lado, y por tiempo
indefinido, desde lo más recóndito y montaraz de la región cantábrica;
y, sin embargo, no me causó la embajada impresión tan desagradable como
pudiera presumirse tomando al pie de la letra lo dicho sobre mi modo de
ser y de sentir.

Aparte de lo que me interesó el estado físico y moral de mi tío, no
estaba yo tan enamorado de mi sistema de vida, que me espantaran los
riesgos de trastornarle radicalmente por algún tiempo. Sin sentirme
«cansado» de vivir como vivía, porque no cabía el cansancio en un andar
tan reposado y, relativamente, metódico como el que había usado yo hasta
llegar adonde había llegado por tantos y tan peligrosos caminos,
comenzaba a notar a la sazón cierta languidez de espíritu, cierta
inapetencia moral que no estaban reñidas seguramente con un paréntesis
de reposo, y mucho menos con un cambio de impresiones y de «alimentos».
Por este lado, la carta de mi tío no podía llegar más a tiempo de lo que
llegó a mis manos. Lo grave, lo inesperado, lo terrible para mí estaba
por otro lado: la calidad de lo que se me pedía en ella. Resuelto a
cambiar de vida por algún tiempo, Dios sabe qué derroteros hubiera
adoptado yo; pero es indudable para mí que jamás habría elegido el que
mi tío deseaba y me proponía. Llegarme allá para hacerle una visita;
pasar por allí de largo, siquiera por conocer de vista el solar de mis
abuelos, menos mal; pero establecerme en él; hacer la vida de las fieras
entre riscos y breñales; aclimatarme a ella de repente en la estación
que corría (más que mediado el otoño), la antesala del invierno, ¡qué
tendría que ver en Tablanca! recién llegado yo de Aguas-Buenas y de
París y de medio mundo «distinguido», con las maletas atestadas de
«novedades», lo mismo en ropas que en libros; reinstalado en mi
«confortable» casita de soltero... Vamos, era el colmo de lo imposible
soñar siquiera en trocar todo eso y de repente por lo que se me ofrecía
desde Tablanca.

Pero yo no podía decir a mi tío estas cosas que le hubieran lastimado
mucho en la situación de ánimo en que se hallaba; y le entretenía
despachando sus apremiantes instancias con evasivas corteses,
pretextando negocios que no tenía, y apuntando «veremos» sin el menor
propósito de cumplirlos.

Ente tanto, la visión, a mi modo, de la casa de Tablanca, con sus montes
y sus fieras y sus gentes y su desolación inverniza, no se apartaba un
instante de mis ojos, porque las súplicas de mi tío, cada vez más vivas,
llegaron a tocarme muy adentro; y por lo que pudiera suceder, sentía la
necesidad de poner el caso en tela de juicio, que vale tanto, según las
reglas de la experiencia, como empezar a transigir.

Lo cierto es que un día, el en que recibí la anteúltima carta de mi tío,
que me comovió muy hondamente, di en el tema de buscar dentro de mí el
porqué de ser yo tan poco sensible a los convenidos encantos de la
Naturaleza. ¿Faltaba esa cuerda en mi organismo, o la tenía y no la
había puesto en ocasión de que vibrara? Pues había que averiguarlo,
porque comenzaba a mortificarme el temor de carecer de ella. Además, o
es uno hombre, o no lo es; o tiene o no tiene entrañas de humanidad,
agallas para ir por donde vayan y hacer lo que hagan otros; o sirve o no
sirve para algo más útil y de mayor jugo y provecho que pisar alfombras
de salones; engordar el riñón a fondistas judíos, sastres y zapateros de
moda; concurrir a los espectáculos; devorar distancias embutidas en
muelles jaulas de ferrocarril, y gastar, en fin, el tiempo y el dinero
en futilidades de mujerzuela presumida y casquivana.

Encarrilado el discurso en este sendero, llegué a sentir un vigor de
espíritu, una virilidad desconocida en mí; soliviantóse mi amor propio
de mozo bien saneado de alma y cuerpo; y aprovechando la fiebre, por
temor de que, si era pasajera, se llevara consigo mi ardimiento al
desaparecer, escribí a mi tío diciéndole «allá voy» y hasta fijándole la
fecha de mi salida de Madrid. Entre tanto haría yo mis preparativos de
viaje, y me contestaría él dándome las necesarias instrucciones para
llegar a su casa desde la última estación del ferrocarril.

Mientras anduve ocupado en hacer abundante provisión de ropas de abrigo,
calzado recio, armas ofensivas y defensivas, libros de Aimard, de
Topffer y de cuantos, incluso Chateaubriand, han escrito cosas amenas a
propósito de montañas, de selvas y de salvajes, lo mismo que si
proyectara una excursión por el centro de un remoto continente
inexplorado, puedo responder de que no me faltó la fiebre. Menos
seguridad tuve de ello cuando intenté «levantar» mi casa. Me parecía que
esto equivalía a quemar mis naves, o, por lo menos, a darme ya por
consentido en que había de ser muy larga mi permanencia entre los osos
de Cantabria; y el temor de este riesgo me inclinó a dejar esas cosas
como estaban, sobrándome buenos amigos en Madrid que mirarían por ellas.
De todas suertes, nada más fácil que resolver lo contrario desde allá,
si así lo pidieran las circunstancias.

En fin, temiendo que por este resquicio de mis flaquezas se me fueran
colando otros aires aún más fríos y enervadores, cerré las puertas del
discurso a toda reflexión contraria a lo convenido, y
_Alea jacta est_, me dije, como César, resuelto a pasar a todo trance mi
correspondiente Rubicón.



II


Y acometí la empresa en la fecha convenida, un día de los últimos de
octubre, frío y nebuloso en las alturas de la romana «Juliobriga». En la
clásica villa inmediata, termino de mi jornada primera, y única posible
en ferrocarril, hice un alto de media hora escasa: lo puramente
indispensable para desentumecer los miembros y confortar el estómago;
porque no había tiempo que perder, según dictamen del espolique que me
aguardaba en aquel punto desde la víspera con dos caballejos de la
tierra, espelurciados y chaparretes, uno para conducirme a mí y otro
para cargar con mis equipajes.

Puestos en marcha todos, bien corrida ya la media mañana, delante el
espolique llevando del ramal la cabalgadura que apenas se veía debajo de
la balumba de mis maletas y envoltorios, sin salir del casco de la villa
atravesamos por un puente viejo el Ebro recién nacido; y a bien corto
trecho de allí y después de bajar un breve recuesto, que era por aquel
lado como el suburbio de la población que dejábamos a la espalda,
vímonos en campo libre, si libre puede llamarse lo que está circuido de
barreras. De las cumbres de las más elevadas se desprendían jirones de
la niebla que las envolvía, y remedaban húmedos vellones puestos a secar
en las puntas de las rocas y sobre la espesura de aquellas seculares y
casi inaccesibles arboledas, con el aire serrano que soplaba sin cesar,
y tan fresco, que me obligaba a levantar hasta las orejas el cuello de
mi recio impermeable.

Siguiendo nuestro camino encarados al Oeste, llevábamos continuamente a
la izquierda, aguas arriba, el cauce del río, con sus frescas y verdes
orillas y rozagantes bóvedas y doseles de mimbreras, alisos y zarzamora,
y topábamos de tarde en cuando con un pueblecillo que, aunque no muy
alegre de color, animaba un poco la monotonía del paisaje.

A la vera del último de los de esta serie de ellos, en el centro de un
reducido anfiteatro de cerros pelados en sus cimas, se veían surgir
reborbollando los copiosos manantiales del famoso río que, después de
formar breve remanso como para orientarse en el terreno y adquirir
alientos entre los taludes de su propia cuna, escapa de allí, a todo
correr, a escondidas de la luz siempre que puede, como todo el que obra
mal, para salir pronto de su tierra nativa, llevar el beneficio de sus
aguas a extraños campos y desconocidas gentes, y pagar al fin de su
desatentado curso el tributo de todo su caudal a quien no se le debe en
buen derecho. Y a fe que, o mis ojos me engañaron mucho, o sería obra
bien fácil y barata atajar al fugitivo a muy poca distancia de sus
fuentes, y en castigo de su deslealtad, despeñarle monte abajo sin darle
punto de reposo hasta entregarle, macerado y en espumas, a las iras de
su dueño y natural señor, el anchuroso y fiero mar Cantábrico.

Debí pasar demasiado tiempo en meditar sobre éstas y otras puerilidades,
y en paladear los recuerdos que despertaba en mí la contemplación de
aquellas cristalinas aguas que tanto han dado que hacer a la Historia y
a la fantasía de los poetas, porque el espolique, salvando todos los
respetos de costumbre en su ruda cortesía, me apuntó la conveniencia de
que continuáramos andando.

--Da grima--le dije obedeciéndole--, pensar en la conducta de este
renegado montañés.

Tuve que descifrar la metáfora para que el espolique me entendiera lo
que yo quería decirle; y en cuanto me hubo entendido, me respondió:

--Déjeli, déjeli que se vaya en gracia y antes con antes aonde jaz más
falta que aquí. Pa meter buya y causar malis a lo mejor, ríus como ésti
nos sobran por la banda de acá.

Explicóse a su vez el espolique para que yo le entendiera, y llegué a
convencerme, con ejemplos que me puso de ríos montañeses desbordados a
lo mejor sin qué ni para qué, arrollando casas, puentes y molinos en las
alturas, y comiéndose en los valles las tierras que debieran de regar,
de que bien pudiera ser obra meritoria lo que me había parecido en el
Ebro falta imperdonable.

Por cierto que no se explicaba mal ni dejaba de tener su lado
interesante mi rudo interlocutor, en quien apenas me había fijado hasta
entonces. Era un mocetón fornido, ancho y algo cuadrado de hombros;
vestía pantalón azul con media remonta negra, sujeto a la cintura por un
ceñidor morado; y sobre la camisa de escaso cuello, un «lástico» o
chaquetón de bayeta roja. Calzaba abarcas de tres tarugos sobre
escarpines de paño pardo, y por debajo del hongo deformado con que
cubría la abultada cabeza, caían largos mechones de pelo áspero y
entrerrubio, casi el color de su cara sanota y agradable, cuyo defecto
único era la mandíbula inferior más saliente que la otra, como la de
nuestros Príncipes de la casa de Austria. Llevaba en la mano derecha un
palo pinto, y debajo del brazo izquierdo un paraguas azul, muy grande y
con remiendos.

Habíame dado noticias sumamente lacónicas de mi tío.

--¿Cómo anda de salud?--le había preguntado yo en cuanto se me puso
delante y a mis órdenes.

--Tan majamenti--me había respondido él--. Es de güena veta, y hay
hombri pa largu.

En concreto, sólo pude saber que quedaba muy alegre esperando mi
llegada.

Dábame los nombres de pueblos y montañas cuando yo se los pedía, sin
cambiar el ritmo airoso de su andadura ni volver por completo la cara
hacia mí. Verdad que tampoco le miraba yo derechamente cuando le
preguntaba alguna cosa, porque más que en él, llevaba puesta la atención
en los detalles del paisaje y en el arrastrado vientecillo que me iba
poniendo las orejas encarnadas.

Quejándome de ello una vez y mostrando recelos de que lloviera al cabo.

--No hay que temelu--me dijo levantando, tan alto como pudo, el índice
de su mano derecha, después de haberle metido en la boca--. El aire es
cierzu, y la niebla espienza a jalar parriba en los picachus.

Cuando intimamos algo más, supe que se llamaba «Chisco», que servía en
casa de mi tío muchos años hacía, y que no era natural de aquel pueblo,
sino de otro más abajo. Me admiraba, y así se lo dije, verle caminar
suelta y desembarazadamente con un calzado tan pesado y tan recio, que
sonaba en las lastras del camino como si las golpearan con un mazo.

--Por acá no se gasta otru en lo más del añu--me respondió saltando con
la agilidad de un bailarín por encima de un jaral que le cortaba la
línea recta que iba siguiendo--. ¡Y probes de nos con otra cosa más
blanda en los pies pa trotear por estos suelus!

Desconcertado y pedregoso era a más no poder el que íbamos dejando
atrás, y no le prometía más placentero la muestra del que teníamos
delante. Por fortuna, el repliegue en que el sendero se arrastraba era
relativamente descubierto y franco, en particular a nuestra izquierda.

--¿Será por este orden--pregunté a Chisco--, todo lo que nos falta por
andar?

--¡Jorria!--contestó el espolique haciendo casi una zapateta--. ¡Qué
yanu se lo pide el cuerpu! ¡Si estu es una pura sala!

¡Buen consuelo para mí, que llevaba ya los riñones quebrantados de
cabalgar por tantos y tan repetidos altibajos, y comenzaba a sentir en
mi espíritu madrileño el peso abrumador de los montes y la nostalgia de
la Puerta del Sol y de las calles adoquinadas!

Andando, andando, siempre arrimado a las estribaciones de la derecha,
fueron enrareciéndose los estribos de la izquierda, y dejándose ver, por
los frecuentes y anchos boquerones, llanuras de suelo verde salpicadas
de pueblecillos entre espesas arboledas, unos al socaire de los montes
lejanos, y otros arrimaditos a las orillas de un río de sosegado curso
que serpeaba por el valle.

--¿Es éste el Ebro?--pregunté a Chisco sin considerar que dejábamos sus
fuentes muy atrás y sus aguas corriendo en dirección opuesta a la que
llevábamos nosotros.

--¿El Ebru?--repitió el espolique admirado de mi pregunta--. Echeli un
galgu ya, por el andar que yevaba cuando le alcontremus nacienti. Esti
es el «Iger» (Híjar), que sal de aqueyus montis de acuyá enfrenti. Pero
bien arrepará la cosa, no iba usté muy apartau de lo justu, porque si no
es el Ebru ahora propiamenti, no tarda muchu ratu en alcanzali pa dirse
juntus los dos en una mesma pieza por esus mundos ayá; y tan Ebru
resulta ya el unu como el otru.

--Y este valle, ¿cómo se llama?

--Esta parte de él que vamus pisandu, pa el cuasi, Campóo de Arriba.

De buena gana hubiera revuelto mi cabalgadura hacia sus risueñas
praderías, cruzadas de senderos blandos y tentadores; pero me arrastraba
a la derecha el pícaro deber encarnado en aquel condenado espolique,
siempre cosido a las faldas de los montes, como si de ellos tomara el
vigor y la fortaleza que parecían crecer en él según iba caminando.

También llegó a interrumpirse la desesperante continuidad de la barrera
de aquel lado, y entonces columbré sobre un cerro, encajonado en el
fondo de un amplio seno de montes, un castillo roquero que, aunque
ruinoso y cargado de yedra, conservaba las principales líneas de su
sencilla y elegante arquitectura.

--¿Qué castillo es aquél?--pregunté al espolique.

--El de Argüesu--respondióme; y dicen si es obra de morus.

Para aquellos rudos montañeses, como pude observar más adelante, toda
construcción de parecida traza es debida a los moros... o a «la
francesada».

En éstas y otras, volvieron a unirse y apretarse los altos muros de la
barrera; fue estrechándose el valle del otro lado, y cuando quedó
convertido en un saco angosto, dimos en una aldehuela que llenaba todo
el fondo de él.

--Aquí se acabó lo yanu y andaderu--me dijo Chisco entonces; y como
tampoco hemos de jayar en más de tres horas otru lugar ni alma vivienti
que nos estorbe el caminu, si algo le pidi el cuerpo pa levantar las
fuerzas, no desaprovechi esta güena proporción de jacelu.

Nada necesitaba yo ni apetecía; pero estaba Chisco en muy distinto caso.
Autoricéle para que se despachara a su gusto, y se satisfizo con medio
pan de centeno y un cuarterón de queso ovejuno. Y fortuna fue para él
que no se extendieran a más sus apetitos, porque hubiera jurado yo que
no había otra cosa de mayor regalo en aquella desmantelada venta.
Autoricéle también para que descansara un rato mientras despachaba la
frugal pitanza, y para que ayudara la digestión con algunos tragos de
vino; pero a todo se negó: a lo del reposo, porque con las paradas así
se «enfriaban los gonces y se perdía el buen caminar, y los buenos
caminantes debían de descansar andando»; a lo de la bebida, porque la
más sana y mejor para él era el agua corriente y fresca de los regatos
que hallaríamos «a patás» en los puertos. Con esto colgó de una muñeca
el palo pinto, ató al correspondiente brazo las riendas de la
cabalgadura, aprisionó el paraguas en el sobaco; y con el pan y el queso
en una mano y en la otra una navaja abierta, me dio a entender, con un
ademán y una mirada, que estaba apercibido y a mis órdenes.

Nos hallábamos entonces al pie de una altísima sierra que se
desenvolvía, a diestro y a siniestro, en interminable anfiteatro.

--¿Por dónde tomamos ahora--pregunté a Chisco--, y adónde iremos a
salir?

--¿Vey usté--respondióme levantando y extendiendo el brazo y apuntando
con la navaja abierta mientras mascaba los primeros bocados de pan y
queso--; vey usté, enfrenti de nos, ayá-rriba, ayá-rriba de tou, una
coyá (collada) entre dos cuetus... vamos, al acabar de esta primera
sierra?

--Sí la veo--contesté.

--Pos güenu: ¿vey usté tamién, por entre los dos cuetus de la coyá, otra
lomba (loma) más alta, que cierra tou el boqueti?

--La veo.

--Pos por ayí hemos de pasar.

--¿Por entre los dos cuetos?

--Por encima de la lomba que va del unu al otru.

--¿Por encima de aquella última?

--Por encima de la mesma.

--¡Pero, hombre--dije estremeciéndome--, si sobre aquella loma no se ve
más que el cielo!

--Pos crea usté--me replicó el espolique con gran prosopopeya--, que,
así y con tou, hay mucha tierra que pisar al otru lau.

No quise estimar con la imaginación las dificultades que podían
aguardarme en aquella empresa que acometía por mi propia y libérrima
voluntad; y sin decir otra palabra, me puse en seguimiento del
espolique.

El cual tomó a pecho, y a buena cuenta, los agrios callejones que
parecían ser las raíces con que estaba el monte adherido al valle;
callejones sarpullidos de cantos removidos y descarnados por el
constante fluir de los regatos que por allí bajan desde sus cercanos
manantiales.

A estas incómodas sendas, encerradas entre setos bravíos y
desconcertadas arboledas, sucedió muy pronto el suelo blando y
enteramente despejado de la sierra.

A veces era tan fino el tapiz de yerba menuda entre brezales rastreros y
apretados, que resbalaban sobre él los caballos con mayor frecuencia que
sobre los pedruscos y lastrales del camino andado por la finde del
valle; pero como había espacio abundante y desembarazado en todas
direcciones, aprovechaba yo bien estas ventajas para cuartear a mi gusto
la subida e ir ganando la altura por donde mejor me pareciera. Chisco me
precedía trepando sosegadamente por derecho, garantido por sus tarugos
contra los resbalones de que no se libraba el caballo que conducía de
las riendas, cuando pisaba sobre el atusado ramaje de los brezos. Poco a
poco, el bombeo de la sierra, que desde abajo parecía continuo y
uniforme, empezó a encoger el radio de su curva hasta quedar la trillada
senda que nos era forzoso seguir como raya de mulo sobre su espinazo, y
a cada lado una profunda «hoyada» con hermosas brañas en sus laderas, y
arroyos cristalinos en el fondo, golosinas que saboreaban a sus anchas
las yeguadas y rebaños que se buscaban la vida por allí.

Llevábamos ya más de una hora de subir y aún nos faltaba un buen tramo
para llegar a la cumbre que habíamos de trasponer. Pasado el lomo de las
dos hoyadas, empezó Chisco a dar señales de tener mucha prisa por llegar
a algún sitio determinado, y al fin resultó ser un arroyo de aguas
purísimas y transparentes como el cristal, en que bebieron a un mismo
tiempo y en una misma poza, el espolique y su caballo. Noté, al
acercarme a ellos, que andaba el mío algo codicioso del mismo regalo, y
no traté de negársele. Mientras bebía con ansia la pobre bestia, quedé
yo encarado en opuesta dirección a la que había llevado subiendo, y con
un panorama a la vista que me dejó maravillado.

--¿Qué valle es ese?--pregunté a Chisco que se limpiaba los hocicos con
la manga de su lástico.

--Pos el vayi por onde hemos pasau--me respondió--; sólo que como no
vimus más que lo de la parte de acá, y esu en racionis...

Era verdaderamente hermosa aquella planicie que se perdía de vista hacia
el Sur, circundada de altos montes de graciosas líneas y de calientes
tonos, y adornada de cuantos accesorios pintorescos puede imaginar un
artista aficionado a aquel género de cuadros: praderas verdes, manchas
terrosas, esbeltos montículos, cauces retorcidos con orillas de
arbolado, pueblecillos diseminados en todas direcciones, y uno más
grande que todos ellos, con una alta torre en el medio, como en muestra
de su señorío indisputable sobre la planicie entera. Aunque no fiaba
mucho de mi memoria ni de mi sensibilidad artística, creía yo que aquel
panorama, con ser montañés de pura casta, se diferenciaba mucho de los
que yo había visto «abajo» alguna vez: era pariente de ellos, sin duda,
pero no en primer grado. Desde luego no había, entre todos los valles
que yo conocía de peñas al mar, uno tan extenso ni de tanta luz como
aquél; y ya, puesto a comparar, me atreví a hallarle más semejante, en
sus líneas y en la austeridad de su color, a los valles de Navarra
cuando aún verdeguean en el campo sus sembrados. De todas suertes, era
muy bello, y podía considerarse como una gallarda variante de la
hermosura campestre de que tanta fama goza la Montaña, con sobrada
razón.

Por las noticias no muy minuciosas que fue dándome Chisco, supe que
aquel valle era el de los tres Campóes: el de «Suso», o de Arriba (el
más cercano a nosotros), el de Enmedio, y el de «Yuso», o de Abajo; y el
pueblo grande con la torre en el centro, que se veía en lo más lejano de
la llanura, Reinosa, la villa en que yo había dejado el tren y
encontrado a Chisco.

Cuando éste no tuvo más que decirme, continuó su acompasada marcha monte
arriba, y no tardé en verle detenido con su caballo, y como encaramados
los dos en el parapeto de una azotea, sobre el perfil de la loma,
destacándose ambas siluetas en una mancha azul del cielo remendado de
nubes cenicientas. Dejé yo entonces mis éxtasis contemplativos y piqué a
mi dócil y resignada cabalgadura, que arrancó trotando a la querencia de
la otra.

Pocos pasos antes de llegar yo al punto en que me aguardaba el
espolique, volvióse éste hacia mí; y tendiendo el brazo derecho en
dirección opuesta, me dijo con cierta solemnidad que entonaba muy bien
con lo señalado por su mano:

--El Puertu.

Subí lo que me faltaba, púseme junto a Chisco y miré... Tenía razón el
espolique: era mucha la tierra que había que pisar por aquel lado. ¡Pero
qué tierra, divino Dios! A mi izquierda, y en primer término, dos
altísimos conos unidos por sus bases, de Norte a Sur, como dos gemelos
de una estirpe de gigantes; enfrente de ellos, a mi derecha, las cumbres
de Palombera dominadas por el «Cuerno» de Peña Sagra que extendía sus
lomos colosales hacia el Oeste; y allá en el fondo, pero muy lejos,
cerrando el espacio abierto entre Peña Sagra y los dos conos, las
enormes Peñas de Europa, coronadas ya de nieve, surgiendo desde las
orillas del Cantábrico y elevándose majestuosas entre blanquecinas
veladuras de gasa transparente, hasta tocar las espesas nubes del cielo
con su ondulante y gallarda crestería. Por el lado en que me encontraba
yo, descendía la sierra blandamente hasta la base del primer cono, de la
cual arrancaba hacia la derecha un cerro de acceso fácil, que resultaría
montaña desde el fondo de la barranca en que terminaba bruscamente. Lo
que había entre la loma de este cerro y el espacio limitado por las
Peñas de Europa, no era posible descubrirlo, porque lo bajo quedaba
oculto por el cerro, y lo alto me lo tapaba una neblina que andaba
cerniéndose en jirones, de quebrada en quebrada y de boquete en boquete.
Sin aquel obstáculo pertinaz, hubiera visto, al decir del espolique,
maravillas de pueblos y comarcas, y hasta el mar por el boquete de Peña
Sagra. Hacía más imponente el cuadro el contraste de la luz del sol
iluminando gran parte de los altísimos peñascos más próximos y
reluciendo a lo lejos sobre las veladuras de los Picos, con la tétrica
penumbra del fondo de aquel brocal enorme, cuyo lado más bajo me servía
a mí de observatorio.

Ni entonces supe ni sabré jamás definir las complejas impresiones que me
produjo la súbita aparición de aquel espectáculo ante mis ojos, en cuyas
retinas conservaba todavía estampada la imagen del risueño valle de los
tres Campoés. Lo que recuerdo bien es que, sin apartar la vista del
cuadro que tenía al alcance de ella, me fui con el pensamiento al otro,
y me abismé en la contemplación del contraste que formaban los dos.

«Allá--me decía--, la llanura abierta, los campos amenos, el sol
radiante, los frutos, las flores, la égloga, el idilio de la vida; aquí,
la bravura salvaje, la lobreguez de los abismos, el silencio mortal de
los páramos, la inclemencia de la soledad; allí, el hombre, rey y señor
de la tierra fértil; aquí, siervo infeliz, sabandija miserable de sus
riscos escarpados y de sus moles infecundas.» Y me sentí invadido de una
profunda tristeza.

Lo que Chisco había hecho poco antes en el entrellano de la sierra,
repitió en su loma: cuando agotó el caudal de sus informes, tiró de las
riendas de su rocín y comenzó a sumirse con él en las honduras de aquel
pozo.

Yo me resigné a seguir su ejemplo, mas no sin despedirme antes con una
mirada cariñosa del esplendente panorama de la vega, contemplado
entonces por mí desde una altura digna de las águilas.

Hecho el descenso de aquella parte del brocal muy fácilmente, no
tardamos en subir la ladera del cerro que seguía a la primera hondonada.
Arrastrábame hacia allí la fuerza misteriosa de una curiosidad que tenía
mucho de la atracción de los abismos. Llegó Chisco a la loma antes que
yo, según costumbre, y aguardóme en ella con el brazo extendido ya, como
la otra vez, para mostrarme lo que desde allí se veía... ¡Y por Dios
crucificado que no era poco! El pozo de antes se ahondaba por aquel lado
mucho más, y su suelo, ondulante y caprichoso, se perdía en todas
direcciones entre espesas neblinas sobre las cuales alzaban sus cabezas
de granito las montañas del brocal. Toda aquella interminable superficie
parecía un mar de lava cuajado de repente; un mar hasta con sus islotes
y escollos; unos monolitos muy grandes que se destacaban, escuetos y
descarnados, sobre la aridez del suelo entre matojos de «escobinos», de
árnica o de regaliz. Abundaban los manchones verdes de las brañas de
jugosos pastos, y no era ingrato a la vista el color de otros detalles;
pero ¡lo demás!... Aquellos cantos pelados, tan grandes, tan secos, tan
esparcidos en todas direcciones; aquella inmensa extensión calva, monda,
rapada y desnuda de todo follaje; aquellas nieblas tenaces cerrando
todas las salidas y surgiendo de todas las hoyadas; aquellos riscos
inaccesibles y fantásticos elevándose sobre todo y por todos lados;
aquel cierzo continuo y gemebundo que parecía el espíritu funerario de
las grandes necrópolis, llevando consigo los jirones de la niebla como
si fueran sudarios arrancados de las tumbas en los senos entenebrecidos
de las barrancas; aquellos buitres que me señalaba Chisco, revolando en
las alturas; aquel cielo que iba encapotándose poco a poco... todo ello,
que era lo más, visto a través de las lentes pesimistas de mis ojos, se
imponía al resto, que era, relativamente, muy escaso, y me presentaba
toda la superficie del Puerto bajo un aspecto feroz y repulsivo. Yo no
veía más que una llanura infinita, plagada de costras y tumores; y los
monolitos solitarios y dispersos, se me antojaban erupciones de verrugas
asquerosas sobre una inmensa piel de leproso.

Contemplando desde la sierra lo que se veía del panorama del Puerto,
habíame comparado yo, por la fuerza del contraste, con un mísero
gusanejo; pero al hallarme en el observatorio de más adentro, ¡qué
cambio tan radical y tan súbito de ideas, y cuán extrañas las
impresiones recibidas!... Creo que fue de espanto, de frío y de
«arrepentimiento» la primera, y estoy seguro de que fue de melancolía la
segunda, como lo estoy también de que la siguiente me infundió la
sensación de lo que tenía a la vista, de tal modo y con tal intensidad y
fuerza, que hubiera jurado yo que circulaban por mis venas líquidos
pedernales, y era mi cuerpo una estatua de granito coronada con manojos
de «loberas» y acebuches.

Dejándome llevar del único pensamiento racional que sobrevivía en mi
cabeza, pregunté a Chisco:

--Dime, hombre, ¿se parece a esto nuestro valle?

--¡Quiá!--me respondió el espolique con el mayor desdén.

--Es más ancho, ¿eh?... y más...

--¡Quiá! Ni la metá siquiera.

--¡Demonios!--repliqué--. Pero serán más bajos los montes...

--Tampoco da en el jitu ahora--me contestó el arrastrado con una flema
desesperante--, porque son hasta más altus; sólo que están más
«tupíus»... más arrimaus unus a otrus.

--Pues entonces--exclamé hasta con ira--, ¿en qué está la ventaja de tu
valle sobre este puerto, alma de cántaro?

--Pos la ventaja del nuestru vayi está--contestóme Chisco dulce y
sonriente--, en que es de suyu más terreñu y más... vamus, más... Por
últimu, ya verá lo que es el nuestru vayi; y si no le paez puntu menos
que la gloria, no sé yo lo que sea cosa buena.

Convencido de que cuanto más ahondara en el informante, más negros
habían de salirme los informes que buscaba, y deseando perder de vista
cuanto antes aquel cuadro de desolación, dije al espolique:

--Y ahora ¿por dónde tomamos?

--Tou por derechu--me respondió.

--Pues hala, y a buen andar, si puedes.

--¡Jorria!--exclamó Chisco comenzando a descender la otra ladera con
igual frescura que si no se hubiera movido hasta entonces. Seguíle yo
sin titubear; y al verme luego en las honduras de aquel inmenso
barranco, me pareció que se quebraba el último vínculo que me ligaba al
mundo que yo conocía.

Estábamos indudablemente, si no en el corazón, en una de las vísceras
más considerables de la cordillera. ¡Y en otra víscera por el estilo se
escondería mi nuevo hogar!... ¡Santo Dios, en qué empresa me había
arrojado un momento de sensiblería humanitaria! Por ver de todo, se
podía ver hasta aquella espantosa desolación; ¡pero habitar allí!...

Este modo de discurrir a que me entregué cediendo a la fuerza de mis
inveterados resabios de mal disfrazado egoísmo, resucitados en presencia
de aquél, para mí, tan nuevo como aflictivo espectáculo, llegó a
causarme cierto rubor. Acudí con todo el poder de mi memoria y de mi
discurso al recuerdo de lo pactado con mi tío y a lo resuelto desde
Madrid; requerí de nuevo el alto cuello de mi abrigo, porque la tarde
avanzaba y el cierzo iba haciéndose por momentos más frío y más
gemebundo, y arrimé dos espolazos a la bestia, precisamente en el
instante en que ella daba una huida hacia la derecha, enderezando las
orejitas y mirando recelosa hacia la izquierda: lo mismo exactamente que
hacía el caballejo de Chisco; el cual espolique, notándolo y mirando en
la misma dirección que los caballos, me decía con cierto matiz de alarma
en el acento:

--¡Pique, pique, y tierra atrás!

Y me daba el ejemplo tomando un medio trotecillo delante de su rocín,
que no necesitaba ruegos ni amenazas ni castigos para seguirle. Tampoco
el mío echaba en falta esas cosas para seguirlos a los dos. Chocándome
todo esto, pregunté al espolique la razón de ello.

--Poca cosa--me respondió--, y ná de malu, sino que la tarde va de
caída, y nos quedan entoavía güenas tiras que medir con los pies.

No me satisfizo la respuesta, pero no insistí con nuevas preguntas.

Más de una hora tardamos en atravesar el Puerto, que mide, por aquella
línea, cerca de dos leguas. Al fin de esta jornada fastidiosa, nueva
sorpresa para mí, nuevo espectáculo, nuevas ideas y nuevas impresiones.
Un despeñadero al frente, otro a la derecha, otro a la izquierda... ¿Por
cuál de ellos tomaría Chisco...? Por el peor, por el primero, por el
único que, aunque mala, tenía salida visible. Esta salida era la
resultante de algo así como desmoronamiento de una colosal muralla
construida por titanes para escalar nuevamente el cielo. Por uno de los
intersticios de aquella escombrera de montes dislocados, musgosos unos y
a medio revestir de avellanales, árgomas y acebuches otros, alguno de
ellos bien poblado de hayas robustas o de esbeltos «mostajos» (el árbol
de sabroso y encarnado fruto), con grandes manchas rojizas en la falda,
impresas por los secos helechales, y todos con parte de sus esqueletos
de roca asomando por los desgarrones de sus vestiduras, iba el camino
que conducía al término de mi empecatada expedición. Mas para llegar a
él teníamos que bajar una pendiente que daba vértigo. Por allí se
deslizaba la vereda, de lastras resbaladizas lo más de ella, en ziszás,
entre jarales y arbustos algunas veces; muchas al descubierto sobre la
barranca, en cuyo fondo, entenebrecido por las malezas de ambas orillas,
refunfuñaban las aguas de los regatos vagabundos encauzadas allí para ir
a engrosar por caprichosos derroteros el caudal del río que se despeñaba
a nuestra izquierda y al otro lado del Puerto.

A todo esto, la noche se aproximaba; el tinte amarillento del follaje
que se moría, destacando sobre el plomizo obscuro de los montes, daba a
los términos más cercanos una lividez cadavérica; y del fondo de los
precipicios donde se pudría la vegetación que ya había muerto, subía un
olor acre, un vaho de tanino que me crispaba los nervios.

En presencia de aquel nuevo espectáculo y con la llanura del Puerto a la
espalda, ya no era yo la estatua de granito con sangre de líquidos
pedernales: la contemplación de aquel laberinto de sierras bravías, de
cuetos escarpados y de picachos inaccesibles; de ásperos y sombríos
repliegues, de pavorosas quebradas y de abruptos peñascales, transportó
súbitamente mis imaginaciones a los entusiasmos «arqueológicos» de mi
padre: allí me sentí contaminado de ellos; allí concebí al cántabro de
sus himnos en toda su bárbara grandeza, hasta vestido de pieles y
bebiendo sangre de caballo; y aun llegué a verle: le vi, sí, resucitado
en carne y hueso, en la carne y en los huesos de mi propio espolique.
Aquel cuerpo fornido e incansable; aquellas guedejas estoposas, aquel
palo pinto, que en su diestra remedaba un venablo; aquel paraguas azul
que, bajo su brazo izquierdo, podía tomarse por un haz de flechas
envenenadas; aquella mandíbula saliente; aquel mirar poderoso e
imperturbable; aquella faz montuna y atezada... ¡oh! escarbando un poco
en todo aquello, no había duda, resultaba el cántabro primitivo.
Comprendí entonces su resistencia de seis años contra las invencibles
legiones de Augusto; y las legiones enteras despedazadas en el fondo de
los desfiladeros, o rodando por las agrias laderas, aplastadas por los
peñascos desgajados de las cumbres; el sentimiento exaltado de su
salvaje independencia; la muerte en cruz antes que el yugo del
conquistador... todo, todo lo comprendí y todo lo sentí, lo mismo que lo
había comprendido y sentido mi padre, menos que pudiera vivir entre
tales vericuetos y tan esquivas soledades, un hombre de mi educación, de
mis sentimientos y de mis hábitos.

Con estas fantasías en la cabeza y los ojos cerrados muy a menudo por no
ver los abismos a mis pies, fui bajando la pendiente cómo y por dónde
quiso mi caballejo, a cuya juiciosa firmeza me había entregado con ciega
fe desde arriba, por encargo del propio Chisco, que me precedía
caminando por el derrumbadero con igual desembarazo que yo por los
pasillos de mi casa.

Metido ya en la grieta como una lagartija, apenas daba el camino,
«usgoso» y desconcertado, para sentar sus pies, con grandes
precauciones, mi jamelgo. A lo mejor, grandes doseles de granito con
lambrequines de zarzas y escaramujos raspándome la cabeza, mientras que
por el lado derecho me punzaban las espinas de los escajos, y el más
ligero resbalón de mi cabalgadura podía lanzarme a las simas de la
izquierda. Y mirando hacia arriba en busca de luz, que ya nos faltaba
abajo, montes erizados de crestas blanquecinas, y conos encapuchados de
espesa niebla, y gárgolas de tajada roca amenazando desplomarse sobre
nosotros; y a todo esto, el camino estrechando y retorciéndose cada vez
más, subiendo aquí, bajando allá, y sin poder yo darme cuenta de si,
desde que habíamos descendido del Puerto, bajábamos o subíamos en
definitiva.

¡Oh, condenados admiradores de la Naturaleza «en toda su grandiosidad
salvaje»!--decíame yo, entumecido y quebrantado de alma y de cuerpo.
Aquí os daría yo el pago de vuestras sensiblerías de embuste, poniéndoos
a pasto de admiración durante media semana.

Al fin resultó que bajábamos; y esto lo noté cuando me vi en terreno un
poco más abierto y despejado: una espaciosa rambla que terminaba en una
vadera por la que corrían hacia el Nansa, aún no visto por mí, los
acumulados tributos que le pagaban los montes de aquella vertiente.

Pasada la vadera, volvía a subir el terreno, que era un inmenso lastral
como los montes áridos que le servían de fondo, particularmente hacia la
izquierda. Recuerdo que el sonido de las herraduras de los caballejos y
el de los tarugos de Chisco sobre las lastras de la subida, juntamente
con el murmullo de las cristalinas aguas de la vadera, no me
impresionaba en el espíritu, sino en el cuerpo: me daba frío. Hasta tal
punto llevaba yo pervertidas las sensaciones por obra del tedio y del
cansancio.

El espolique me sacaba, como siempre, una buena delantera; y cuando
llegué a lo alto, encontréle esperándome, sombrero en mano, en el
vestíbulo o «asubiadero» de un santuario que hay allí. Detrás de la reja
que sirve de fondo al vestíbulo, veíase, no muy claramente, a la luz de
una lamparilla que le alumbraba, porque la del crepúsculo podía darse
afuera por extinguida, un altarcito con la imagen de la Virgen llamada
de las Nieves, según informes de Chisco. Descubríme yo también, y sin
obligarme a ello el mandato que leí en una mirada del espolique. El
cual, vuelto enseguida hacia el retablo y después de persignarse con
gran unción y parsimonia, cruzó las manos sobre el palo pinto y comenzó
a rezar en voz muy alta por el alma de su padre. La oración era un
Padrenuestro; y con ser tan usual y corriente entre todo fiel cristiano,
sonaba en mi corazón y en mis oídos a cosa nueva en medio de aquel
salvaje escenario, tan cerca de Dios y tan apartado de los ruidos, de
las miserias y hasta del amparo de los hombres. Pero noté que Chisco, al
concluir la primera parte de la oración, se detuvo en seco; lo cual
quería decir que rezara yo lo restante. Por fortuna me cogía bastante
pertrechado para salir airoso de compromisos como aquél, y recé lo que
me pedía, aunque no tanto por su intención como por mis necesidades del
momento. Tenía racional disculpa mi egoísmo en las emociones de la brega
excepcional que traía y en la que me aguardaba entre las tinieblas de la
noche, tan pavorosa en aquellas abruptas soledades.

Pero hubo tiempo y oraciones para todo y para todos; porque tras el rezo
por el alma de su padre, rezó por la de su madre, y después por las de
abuelos, y enseguida por las de todos sus parientes, y luego por las de
cada uno de los míos, y, finalmente, por las necesidades de la
cristiandad entera. Con ello, «una _Salve_ a la Virgen de las Nieves» y
un «Viva Jesús sacramentado», santiguámonos, cubrímonos, acabó de cerrar
la noche y nos dispusimos a continuar la interminable jornada.

Según Chisco, nos faltarían, para terminarla, tres cuartos de hora; el
camino, «por el arte» del que habíamos andado entre el Puerto y la
vadera; pero siempre bajando hasta la misma puerta de casa, lo cual «era
una ventaja», porque se andaba ello solo «tan guapamente». Además, mi
caballo se le sabía de memoria, y con dejarme llevar por él, estaba «al
cabo del negocio».

--Corriente--dije a Chisco por todo comentario a sus informes, que me
dieron escalofríos--; pero ¿de qué se espantaron los caballos en el
Puerto, y por qué me aconsejabas tú que picara al mío de firme?

--Y ¿por qué es la pregunta a estas horas, si se pué saber?--preguntó a
su vez el espolique, no poco sorprendido.

--Porque ha vuelto a clavárseme el caso de repente, ahora mismo, en la
memoria, y la ocasión me ha parecido de perlas para que respondas aquí
lo que no quisiste responderme en el Puerto.

--Pos espantáronse--dijo Chisco algo roncero todavía--; espantáronse (y
no hay por qué se niegue ya), espantáronse... del osu.

--¡Del oso!--exclamé con los pelos de punta--. ¿Dónde estaba?

--Estaba... como a cincuenta brazas de nos, jechu un reguñu, a la vera
de un busquizal. Tomaríale usté por un cantu gordu de los muchus que hay
en el Puertu: el que no está avezau a verli de esi arti, confúndilos.
Sueli asomar en veces por ayí; gústali el oreu a lo mejor, y soleáse un
pocu, si tien ocasión de eyu. Pero no hay que temeli cosa mayor, porque
del hombri ajuyi siempri como el hombri no se meta con él. Con too y con
esu, güenu es teneli a distancia, por un por si acasu... Conque vamos
palanti, si le paez, y no arreceli alcuentrus talis, que por aquí no se
usan, y de nochi mayormenti.

Con el saboreo de aquellas noticias y de estas «seguridades», sin un
astro visible en el cielo, la tierra envuelta en la más cerrada y
tenebrosa de las noches, y empezando a lloviznar, me dejé sumir en la
barranca que se abría a corta distancia del santuario, encomendando mi
alma a Dios y mi vida al instinto del cuadrúpedo que me conducía.

Y así llegué, sin saber cómo ni por dónde ni a qué hora, al suspirado
fin de mi jornada memorable.



III


Un silbido muy original de Chisco; el latir de un perrazo poco después;
una luz tenue y errabunda aparecida de pronto; la detención repentina de
mi caballo, tras el último par de resbalones con las cuatro patas sobre
los lastrales «pendíos» de la vereda; bultos negros en derredor de la
luz y rumor de voces ásperas y de distintas «cuerdas»; mi descenso
dificultoso del caballo, al cual parecía adherido mi cuerpo por los
quebrantos de la jornada y los rigores de la intemperie; mi caída sobre
un pecho y entre unos brazos envueltos en tosco ropaje que olía a humo
de cocina, y la sensación de unas manazas que me golpeaban cariñosamente
las costillas, al mismo tiempo que los brazos me oprimían contra el
pecho; mi nombre repetido muchas veces, junto a una de mis orejas, por
una boca desportillada; mi entrada después, y casi a remolque, en un
estragal o vestíbulo muy obscuro; mi subida por una escalera algo
esponjosa de peldaños y trémula de zancas; mi ingreso, al remate de
ella, en otro abismo tenebroso; mi tránsito por él llevado de la mano,
como un ciego, por una persona que no cesaba de decirme, entre jadeos
del resuello y fuertes amagos de tos, cosas que creería agradables y
desde luego le saldrían del corazón, advirtiéndome de paso hacia dónde
había de dirigir los míos, o dónde convenía levantar un pie o pisar con
determinadas precauciones, sin dejar por ello de pedir a gritos y con
interjecciones de lo más crudo, una luz que jamás aparecía, porque, como
supe después, toda la servidumbre andaba en el soportal bregando con los
equipajes y las cabalgaduras; de pronto un poco de claridad por la
derecha, y la entrada en otro páramo de fondos negrísimos con una lumbre
en uno de sus testeros; después, el acomodarme, a instancias muy
repetidas de mi conductor, en el mejor asiento de los que había
alrededor de la lumbre; y el ponerse él, pujando y tosiendo, a amontonar
los tizones esparcidos, y a recebarlos con dos grandes, resecas y
copudas matas de escajo.

A esto se reducen todos los recuerdos que conservo de mi llegada al
«solar de mis mayores». La noción exacta de cuanto me rodeaba allí en
aquellos momentos, y aun la de mí propio, no la adquirí hasta que al
calor de la fogata descomunal que resultó del hábil manipuleo de mi tío,
se desentumecieron mis ateridos miembros, volvió a circular mi sangre
con su acostumbrada regularidad, y revivieron con ella y se enquiciaron
todos los componentes de la entorpecida máquina de mis ideas.

Dueño y señor ya de ellas y comenzando a orientarme, reparé que la
cocina era enorme, y que sus negras paredes relucían como si fueran de
azabache bruñido; que la lumbre, cuyos penachos de llamas subían
lamiendo los llares recubiertos de espesos copos de hollín, hasta
rebasar de la ancha campana de la chimenea, estaba arrimada a un poyo
con bovedilla, que era la jornía o cenicero, sobre una espaciosa y
embaldosada meseta, en uno de cuyos bordes de empedernida madera, y a
menos de un pie de altura sobre el suelo general, apoyaba yo los míos;
que a mi sillón, grande y con brazales derechos, seguían, hasta cerrar
todo el perímetro de la meseta, bancos y escabeles de madera desnuda y
muy brillante por el uso, lo mismo que el sillón, y que este hogar
ocupaba la cabecera más abrigada de la cocina. Después pasé la vista por
todos y cada uno de los innumerables e inconexos trastos, enseres y
chirimbolos que había en aquel recinto, y hasta me interesaron dos
ollones y tres cazuelas de barro, cuyas coberteras temblaban entre
espumarajos al impulso de lo que hervía debajo de ellas, arrimados a la
lumbre y calzados con sendos morrillos por detrás; por último, y cuando
ya nada tenía que examinar en la cocina y sus accesorios, fijé toda mi
atención en mi tío, que andaba a mi vera, o tan frontero a mí como se lo
permitía la fogata que ambos teníamos delante, buscándome la palabra y
colmándome de atenciones cariñosas. ¡Vaya usted a saber de qué capricho
inconsciente, de qué evolución desacordada, nació aquel procedimiento
tan descortés con lo más interesante y, desde luego, lo más estimado y
respetable para mí, entre cuanto había, en aquella ocasión, al alcance
de mis ojos!...

Eran chiquitos y garzos los de mi pariente, y miraban con la vivacidad
de los del raposo, a la sombra de unas cejas grises, muy espesas y
erizadas; la nariz, aguileña; la boca, nunca enteramente cerrada ni
quieta, parlanchina como los ojos, aunque callara; la tez, muy pálida y
rugosa; la barbilla, redonda y algo prominente debajo del labio
inferior; las orejas, formidables y muy velludas en las cercanías de los
oídos; la cabeza, bastante plana por detrás, y el pelo (descubierto en
el instante de examinarle yo, por haberse quitado don Celso la gorra
casera con que de ordinario se cubría, para pasarse ambas manos por él,
cosa que le gustaba mucho, como puede observarse más adelante), de la
misma casta y de igual color que el de las cejas, cayendo en recios
mechones sobre la frente, y sin visibles muestras de calva en sus
alturas. El cuerpo era proporcionado a la cabeza, de regular tamaño, y
daba señales de recientes y muy considerables mermas de robustez, en los
excesivos sobrantes del chaquetón y de los pantalones pardos con que le
vestía; como las daban de pérdidas de vigor y fortaleza, la cerviz algo
humillada y el andar no muy seguro. Calzaba medias azules y zapatillas
de «cintos» negros y tenía echado sobre los hombros un gabanote obscuro,
forrado de tartán de muchos colores. Nada de corbatín ni siquiera de
cuello alto ni planchado.

Indudablemente había más vida en el espíritu que en la materia de mi
tío; pero así y todo, entre sus pronósticos pesimistas y el de Chisco,
más risueño, a juzgar yo por aquel conjunto de alma y cuerpo, inclinéme
más al dictamen de mi espolique, aunque sin acercarme mucho a él: podía
haber «hombre para largo»; y aun más halagüeño todavía se lo puse por
comienzo de nuestra conversación.

--¡Ay, hijo de mi alma!--me respondió, sentándose a mi lado y
palmoteando sobre mi espalda con su mano derecha--. ¡Cómo te engaña el
bien querer! Cierto que no soy lo que te pinté en mis cartas, sin faltar
a la verdad, porque desde que me diste el sí que te pedía en ellas,
esponjé de pronto medio palmo, por un respingo de la alegría que aún me
dura... ¡Qué cosas, hombre! ¡Quién había de decirme a mí, poco tiempo
hace, que el caer o no caer de repente un roble viejo, podía depender
de!... Vamos, que cuanto más se vive, más se aprende. Pero adentro de la
viga anda la carcoma; asegúrotelo yo que la siento roer sin hora de
descanso. _(Aquí un amago de tos convulsiva.)_ ¿No te lo dije? Pues a la
vista le tienes ya. ¡Éste, éste es el ujano pícaro que me acaba!... En
fin, Dios es Dios, y lo que Él quiera ha de ser, y lo que debe de ser...
Conque dejemos el punto para tratarlo en su ocasión, y vamos a otros
particulares más urgentes por ahora.

Con esto empezó a descargar sobre mí una granizada de observaciones y de
preguntas que casi se empalmaban unas con otras, sin dejarme el menor
espacio para ingerir una respuesta. Si era yo alto, si era bajo; si
resultaba más o menos parecido a los retratos que conservaba él; si más
guapo, si más feo; si «salía» más a mi padre que a «la andaluza» (mi
madre), de la que también conservaba retrato; cuántos «pedimentos»
habría hecho desde que me recibí de abogado; si tenía novia y si era
maja y rica; qué tal era «París de Francia»; cuánto costaba un viaje
«desde Madrid allá», y qué capitales del mundo había visitado; a cuántos
reyes conocía de vista, y quizás de trato; qué me había parecido el
camino desde Reinosa; si traía ganas de cenar; en dónde nos había
anochecido; por qué usaba toda la barba y no el bigote solo como en el
retrato... Y así; y todo ello entreverado de golpeteos sobre mi espalda,
de gestos indescriptibles y de injurias contra la tos que le amagaba, de
admiraciones estruendosas, de risotadas... y de «ajos», porque los
echaba por ristras el buen don Celso y como la cosa más natural y
corriente.

Yo tenía noticia, por mi padre, de lo regocijado y expansivo de su
carácter cuando no le daba por ponerse hecho un erizo y hacer andar a
todos en un pie; pero no creí, vistas sus cartas y su lacia catadura,
que le quedara en el cuerpo tanto acopio de aquellos ingredientes
retozones. Terminó la escena porque se movió gente en los pasadizos
inmediatos y entró en la cocina una mujer de cierta edad, gris de pelo y
gris también de envolturas de pies a cabeza, y con un farol en la mano,
para decirnos con voz algo hombruna:

--Aqueyu ya está ayí.

Y como «aqueyu» era mi equipaje, y «ayí» mi habitación.

--¡Jorria!--exclamó mi tío volviéndose hacia la mujer--. Pues pica a
poner una luz... pero una luz de vela... ¿Entiendes? Porque tú--añadió
dirigiéndose a mí--, tendrás que hacer algo en tu cuarto... siquiera
conocerle de vista; a más de que «hacienda, tu amo te vea...» y como hay
noche larga por delante, tiempo nos queda de sobra para que vuelvas a la
cocina a darte otro chamuscón, si te le pide el cuerpo... ¿Todavía estás
ahí, fantasmona de los demonios?

--Es que tamién está ya la luz ayí--respondió la mujer que no se había
movido del vano de la puerta.

--¡Acabaras de resollar!... Pues entonces, dáca el farol y quédate aquí
tú a cuidar de estos potingues... ¡Mira, mira cómo se va esa olla!...
¡Quítale la cobertera en el aire y échala un poco atrás! Y a ver cómo
está la cena en punto para cuando se te pida... Porque tú (por mí)
querrás cenar temprano, ¿no es verdad?... Digo yo: con lo que has
andado, y en ayunas desde tan lejos... Yo que tú, hubiera tomado a buena
cuenta el tente en pie que te ofrecí según llegaste; pero ¡que si
quieres!... porque las gentes finas vivís del aire y sois así... ¿Conque
andando?... Digo, si te parece.

Cogió en esto el farol que le entregaba la mujer gris; y como yo, que ya
estaba de pie, hiciera ademán de seguirle, echó por delante hacia la
puerta y fuime tras él, medio a tientas, en cuanto salimos de la cocina,
porque la desmayada luz del farol apenas se veía en las densas
oscuridades de afuera. Andando así a lo largo de un pasillo, llegamos a
desembocar en otro que se cruzaba con él, y le seguimos hacia la
derecha. Por este lado terminaba en un salón que me pareció más negro
que los pasillos, porque en sus ámbitos desmesurados parecía la luz del
farol la de una pajuela.

--Esta es la salona, o comedor--dijo mi tío al entrar en él--. ¡Comedor!
¡Qué comedor ni qué cuartajo!... Le llamo así porque de eso sirve cuando
se alojan en esta casa personajes finos como tú, o algún señor Obispo de
acá o de allá, o cuando hay boda en ella y algunos días después... hasta
que llega la confianza y se arregla uno tan guapamente en la «perezosa»
de la cocina: en invierno, al amor de la lumbre, y en verano... por la
frescura... ¡Cascajo!, no te rías, porque en la cocina de mi casa se
tirita de frío en agosto en cuanto se dejan de par en par las dos
puertas y la ventana que tiene... ¡Figúrate tú lo que pasaría si
hiciéramos otro tanto esta noche, y eso que todavía estamos al acabarse
el otoño! ¿Ves una puerta en esa pared de la izquierda? Pues es la de mi
cuarto: ahí duerme tu tío sesenta años haz; los restantes, quiero
decirte, los primeros de la vida, me los dormí en esa alcoba de este
lado de la entrada: mucha parte de ellos con tu padre, en una misma
cama, hasta que, por andar a testerazos muy a menudo los dos debajo de
la ropa sobre quién estorbaba a quién... ¡qué pernear el de aquel
arrastrado, hombre! nos separaron, y le echaron a él a dormir solo en un
cuarto de los de atrás... Aquí tienes la mesa, de encina pura, como los
bancos... Bien retallados de espaldar, ¿eh?... como los bordes de la
mesa y las cuatro patas; digo, no, que las patas están como torneadas en
rosca, igual que los fierros cruzados que tiene por debajo... También
tienen algo de torneo las sillas arrimadas a las paredes. En fin, cosa
rústica todo ello, pero de firmeza y buena calidad, como corresponde a
gentes de nuestro porte. ¡Trabajo le mando al que se empeñe en buscarle
la fe de bautismo! ¡Zancajo, cómo estará de polillas!... Esta es la
puerta de la sala: vamos, la pieza de respeto. Por eso te la he dado a
ti... Es cortesía de obligación, sin contar con el cariño... Ya lo ves,
frente por frente de mi cuarto. ¿Te enteras? Pues jala para dentro.

Y entramos. Allí ya se veía más claro, no solamente por la doble luz del
farol y de la vela, la cual ardía en candelero de azófar muy bruñido,
sobre una cómoda con columnitas de basas y capiteles de bronce dorado,
sino porque la sala tenía cielo raso y no de viguetas al descubierto
como el salón contiguo, y estaba, lo mismo que los muros, muy bien
blanqueado. Arrimados a ellos había un canapé, varias sillas y otros
muebles contemporáneos de la cómoda; colgado sobre ésta, un _Eccehomo_
entre dos cornucopias de buena talla dorada; sobre el canapé, una
Purísima, y enfrente de estos cuadros, otros dos, de santos también,
todos ellos al óleo y en marcos dorados, pero sumamente deslucidos ya.
La sala tenía una gran alcoba, y la puerta de ingreso a ella cortinas
blancas recogidas en pabellones sobre grandes clavos romanos. En el
fondo de la alcoba, una cama de madera de altísimo testero con molduras
doradas y medallones pintados, colcha de damasco rojo y sábanas muy
finas con puntillas y bordados en el embozo de la encimera.

--Vas a dormir--me dijo mi tío paseando el farol sobre todos aquellos
lujos--, en la misma cama en que han dormido los Obispos de Santander y
de León... ¿Eh? ¿qué tal?

--Que es gran honra para mí--le contesté--. Pero yo dormiría más a gusto
en ella sin la colcha de damasco y las sábanas bordadas, principalmente
sin la colcha.

--¡Hombre! Pues ¿para qué se quieren las cosas buenas sino para las
ocasiones como la presente?

Me costó algún trabajillo hacer comprender a mi tío, que tomaba mi
resistencia a desaire, que se duerme mejor y más descuidadamente que
entre encajes y damascos, bajo las coberturas sencillas que usamos a
diario los simples mortales.

--Pues nada, hijo--díjome al fin--: lo primero, tu gusto, y ése es el
que ha de hacerse en esta casa mientras en ella estés... ¡A buena parte
vienes, cuartajo!... Irá fuera la colcha y cuanto te estorbe con ella en
la alcoba. Aquí tienes un felpudo para los pies... Creo que no te vendrá
mal al acostarte, porque estos suelos de castaño viejo son fríos como
ellos solos... ¿eh? Pues esta lacenuca, o como la llaméis vosotros
«allá», a la cabecera de la cama, para poner la luz encima y meter
adentro... ¿ves? el ingrediente éste, no pienso yo que te estorbe... ni
tampoco esta sillona del rincón... ven acá, ven acá a verla... Como
somos mortales y nadie está libre de un apuro, y las noches son tan
largas ahora, y los carrejos tan obscuros y tan fríos y no los conoces
tú mayormente... En fin, no hay que decirte más. Pues bueno: aquí tienes
perchas, con su guardapolvo correspondiente, clavadas en la pared... y
en la de enfrente ese armario desocupado, en que puedes meter una tienda
de ropa... Me parece,¡pispajo! que por mucha que traigas, entre él y la
cómoda y las perchas, con sobras te ha de caber... Para tus rezos,
porque alguno usarás, como buen cristiano que eres, al meterte en la
cama y al salir de ella, ahí tienes, a la cabecera, a Dios Nuestro Señor
en cruz, y la benditera al lado, con su agua correspondiente, y su
ramuco de laurel bendito, por si quieres rociarla por el cuarto; porque
el demonio no descansa un punto, y se cuela por el ojo de una cerradura.
Aquí el palanganero con todos los avíos de limpieza... y todavía sobra
campo para otro tanto más... Y con esto, lo dicho: en tu casa estás. Lo
que te estorbe, fuera con ello; si algo deseas y no lo tienes, pídelo,
que, como lo haya a mano, tuyo será... Y ahora te dejo en paz y a tus
anchuras. Cuando acabes, avisa, que en la cocina estamos.

Y se fue, zarandeando el farol en una mano y requiriendo con la otra el
abrigo que se le deslizaba de los hombros; pero tosiendo mucho y muy
anheloso de respiración. Aquel cuerpo caduco y herido de muerte ya, no
podía resistir sin grandes quebrantos y protestas los ajetreos en que le
empeñaba la vivacidad del espíritu encerrado en él.

Mientras anduve trajinando en aquél mi aposento, pensé mucho, y no todo
de color de rosa. La última parte de mi viaje, de noche y lloviznando;
los pasillos negros de la casona; la cocina tan grande, tan oscura al
principio, de tan extraño aspecto después a la luz de la enorme fogata;
el pelaje y las cosas de mi tío; la mujer gris aparecida de repente; el
tenebroso páramo del comedor, explorado a la luz mortecina del farolillo
de cuatro cristales empañados por la roña; el silencio de «afuera»...
peor que el silencio absoluto: un rumor lejano e intermitente, bronco,
algo por el estilo del que puso espanto en el esforzado pecho de Don
Quijote cierta noche en las proximidades de Sierra Morena, y el otro
silencio de la casa en cuanto cesaba de hablar mi tío, me habían
impresionado de mala manera. Lo mejor del cuadro era mi habitación,
amplia, sin llegar a lo enorme, como su colindante y la cocina, blanca y
bien provista de muebles; pero ¡qué frío se sentía en ella! ¡Y aún no
había empezado el mes de noviembre! Instintivamente palpé el espesor de
las ropas de mi cama; y aunque era muy considerable, retiré la colcha de
damasco rojo y puse en su lugar mi pesada manta de viaje en dos
dobleces. Sentía los pies helados, y me calcé unas zapatillas forradas
de piel; y no me envolví el cuerpo en un abrigo ruso de que iba
provisto, porque estaba resuelto a darme otro chamuscón en la cocina
inmediatamente. En lo que llamaba sala mi tío, además de la puerta que
comunicaba con el comedor, había otras dos que debían corresponder a
otras tantas fachadas de la casa. Por curiosidad abrí el ventanillo o
«cuarterón» de una de las hojas del claro más próximo a mí, y todo lo vi
negro, negrísimo, al través de un mezquino cristalejo; abrí después la
hoja entera, que daba a un balcón con repisas de piedra, y aún me
pareció más negro que antes lo que de este modo se veía. En cambio, los
rumores que desde adentro se percibían lejanos y con intermitencias,
desde allí resultaban continuos, más acentuados y más próximos. Debía
producirlos el río despeñándose a corta distancia de la casona. A este
murmurio incesante que casi era bramido ya, servía de fastidioso
acompañamiento el golpeteo de la lluvia, vertida en el suelo por las
canales del tejado. Me daba esta «música» gran tristeza y cerré la
puerta del balcón más que de prisa.

Al salir a la salona con el candelero en la mano, me encontré con la
mujer gris ocupada en poner la mesa, a la luz de un velón de tres
mecheros, colgado de un listón de madera, sujeto por una de sus
extremidades a una vigueta del techo. No era antipática, ciertamente, la
cara de aquella sirviente; y bien mirada, hasta se hallaban en ella
vestigios de haber sido guapa en sus mocedades. Expresábase con un
laconismo que tenía ciertos matices clásicos, y respondía con agrado a
las preguntas que me arriesgué a hacerla, por hablar de algo y alegrar
un poco el tedioso colorido de mis ideas. Así supe que se llamaba Facia;
que desde muy joven servía en casa de mi tío y que en ella pensaba
morir, si esa era la voluntad de su amo, a quien quería y respetaba como
a padre y señor, y aun con eso no le pagaba bastante los grandes
beneficios que le debía. Él y su señora la habían recogido huérfana y
desamparada, dándola desde entonces buena enseñanza y poco trabajo, pan
abundante, y lo que vale más que eso, cariño y sombra. Todo esto me lo
iba declarando como a la descuidada, en periodos cortados y sin mirarme
a la cara, pero reflejando en la suya cierta expresión de dulzura
melancólica que la hacía muy interesante, mientras se movía lentamente
de acá para allá, poniendo aquí un plato después de pasarle con un
lienzo blanquísimo, y allí un vaso o un tenedor. De este modo, y echando
yo la conversación hacia ese lado, llegó a decirme que su amo había
tenido siempre una salud «de fierru», hasta que una noche, pocos meses
hacía, después de una semana de resfriado que no le privó de andar por
el mundo, se había despertado «ajuegándose de anseo, con un jirvor de
pecho, un color de cera en la cara, y un mirar de espanto en los ojos
que desaflegía». Salió de aquello, pero para no levantar cabeza.
«Tristezón y acobardao», ya era otro hombre. La tos le sofocaba de
noche, y se pasaba en vilo la mitad de ellas. «Entróle malenconía» de
las más negras; y si llego a no acudir yo a su lado, se va «como los
sospiros». «Con ello y con too», Dios sabía hasta dónde llegaría el
carro sin atollarse para siempre.

Y la pobre mujer, con los ojos empañados, apenas hallaba voz en su
garganta para decirme esto. ¡A buena puerta había llamado yo para
curarme de tristezas!

Agravadas las que había sacado de mi habitación con el contagio de las
de Facia, apartéme de ella con dos fórmulas de consuelo, que para mí
hubiera querido yo, y fuime en derechura a la cocina.



IV


Estaba allí mi tío, sentado en el sillón de cabecera, y a su izquierda,
en el banco que le seguía inmediatamente, un señor Cura muy corpulento,
con balandrán de paño, gorro de terciopelo raído, y entre manos una
cachavona muy recia; frontero a los dos, con la lumbre entre ambos, otro
personaje más corpulento aún que el señor Cura, de cabeza canosa y
gorda, cara cetrina y ojos muy saltones; en el mismo banco, pero a
respetuosa distancia de este sujeto, Chisco secándose el barro de sus
perneras a la lumbre; y junto a ella, y acurrucada en el suelo sin
estorbar a nadie, con una cuchara de palo en la mano derecha, y en la
izquierda el mango de una sartén colocada sobre las trébedes, una
mocetona de ojos azules, hermoso y abundante pelo rubio y cuerpo bien
metido en carnes.

Al aparecer yo en la cocina, cesó el recio clamoreo de la empeñada
conversación que me había parecido disputa desde el pasadizo inmediato,
y todas las personas del grupo se encararon conmigo de repente.
Descubríme yo entonces y avancé algunos pasos hacia la meseta del fogón.

--¡Hola, hola!--exclamó mi tío al verme--. Ya vienes en busca de la
gracia de Dios, ¿eh? Me alegro, hombre, me alegro... A ver, toma,
cógele... Bien que tú no puedes, porque estás ocupada... Tú, Chisco,
cógele ese candelero que trae en la mano... Vaya--añadió mirando
alternativamente al Cura y al hombrón del otro banco--, aquí le tenéis
ya: éste es mi sobrino Marcelo, el hijo de mi difunto hermano Juan
Antonio. ¿Eh? ¿Qué tal? ¿Qué hay que pedirle en estampa ni en ropaje?...
Mira--me dijo a mí--, estos señores vienen a visitarte...

Entonces se enderezaron a una los aludidos, que me parecieron dos
gigantes, particularmente el seglar, que metía la cabeza hasta los
hombros dentro de la campana de la chimenea; pero ni el Cura se quitó el
gorro, ni el otro el chambergazo con que tapaba una parte mínima de la
blanquísima greña que se le desbordaba por todo el perímetro de la
cabezota. Me dieron sendos apretones de manos, que me hicieron ver las
estrellas; y mientras volvían a sentarse, a mis ruegos, y me sentaba yo
también a los de mi tío entre él y el señor Cura, continuó diciendo el
primero, señalando al segundo:

--El señor don Sabas Peñas, párroco de este pueblo desde que cantó
misa... ¡ya hace fecha! porque te advierto que no baja una peseta de los
tres duros y medio... Se los llevo bien contados... Buen amigo, buen
cumplidor de sus deberes, eso sí, y muy docto en latines de todas
clases... y en poner una bala en el corazón de un oso sin que le tiemble
el pulso... No se le conoce otro vicio.

El Cura soltó aquí una carcajada que retumbó en el embudo de la
chimenea, y hasta farfulló unos latines de breviario que no pude
entender.

Después dijo mi tío refiriéndose al hombrazo del banco frontero:

--El señor... Hombre--añadió encarándose repentinamente con él--, ¿me
dejas entregar todo tu pasaporte de una vez, para acabar primero y
entendernos mejor? Ya sabes que le tengo bien aprendido en la memoria...

El hombrazo se revolvió en su banco gruñendo un poco, y dijo al fin, con
voz cavernosa y resonante:

--En ese que tú llamas pasaporte no hay cosa que me agravie, y puede
estamparse siempre a la misma luz del sol: bien lo sabes tú. ¡Pero
cuidado con el retintín! porque hay bocas que hasta el mismo «Credo» de
la misa hacen sonar a lo que no es...

--Esa boca no es la mía, ¡cuidado con ello!

--Digo que hay esas bocas, y no digo más que eso--replicó el hombrazo.

--Santo y corriente; pero yo vuelvo a preguntarte si va o no va, para
conocimiento de mi sobrino, todo tu pasaporte, ¡cuartajo!

--Y yo te respondo que lo que es honra para mí, no puede ofenderme. Con
que allá te veas, y no hay más que decir.

--Pues escucha, Marcelillo, que allá va el documento: don Pedro Nolasco
de la Castañalera, alcalde que fue de este Real Valle en mil ochocientos
treinta y dos, regidor en mil ochocientos treinta, teniente de alcalde
en mil ochocientos veintisiete, síndico en mil ochocientos veinticinco,
antiguo empleado en el lavadero de lanas de los señores Botifora y
Compañía, extramuros de la ciudad de Valencia... Ordeno y mando.

--¿Lo ves?--saltó aquí el hombrazo, con un vozarrón que aturdía. ¡Ya
sacastes la pata!... ¡ya la jicistes!

--¿En qué?--preguntó mi tío, fingiendo extrañeza, mientras el Cura reía
a borbotones y lanzaba latines y yo no sabía qué pensar de todo
aquello...

--Oiga, usted, caballerito--díjome entonces don Pedro Nolasco, algo
tembloroso de voz--: es la pura verdad que yo he sido, y a mucha honra,
todas esas cosas que usted ha oído... pero contra el «ordeno y mando»
del remate, protesto una vez, y dos veces, y dos millones de ellas.

--Consta en papeles--afirmó mi tío con gran entereza.

--Y mucho que consta--respondió don Pedro Nolasco--; pero con su cuenta
y razón: en bandos que yo publiqué en su día, cuando las cosas andaban a
paso más firme que ahora... sí, señor; allí estaba bien y en su punto;
pero no lo está donde tú acabas de ponerlo con la mala intención que
siempre tuvistes...

--¡Eso es agraviarme!--exclamó mi tío sofocado por la tos.

--¡De que me faltaras tú sin motivo me estoy quejando yo!

--¡Yo no te he faltado!

--¡Yo aseguro que sí!

La cosa estuvo a punto de encresparse de veras por este camino; pero con
la intervención del Cura y con la mía, conjuróse a tiempo la tempestad,
que no era nueva en aquella cocina entre los mismos contrincantes, según
luego supe; porque los dos eran sulfurosos de genio, y las cosas del don
Pedro Nolasco una continua tentación para el espíritu marrullero de mi
tío.

Puestos en paz bien pronto, continuó éste:

--Por lo demás, llévame dos años de fecha, aunque niégalo el arrastrado,
sin pizca de temor de Dios, y tiene ya los cuatro duros bien corridos de
peso. Fue siempre de mucho odre, buen apetito y mejor conducta. Así ha
llegado él tan acá, sin un mal retortijón de tripas. Nunca le tomó
apego, como el Cura, a la caza mayor... en los breñales, se entiende,
porque a la vera de su casa o al amor de la lumbre, se zampa un buey en
dos sentadas, si hay quien se le ofrezca. Por eso y otras cosas, le
llamamos los que bien le queremos, sin que a mal lo tome ni se ofenda,
«Marmitón».

--¡Celso!--rugió aquí don Pedro Nolasco, dando patadas en el borde de la
meseta en que apoyaba los pies, calzados con zapatillas de cintos
negros, lo mismo que el señor Cura y que mi tío.

Y entonces me fijé yo en que debajo de las zapatillas calzaba medias
alagartadas, verdes, con grandes pintas negras.

--Eso es lo único que te afea, salvo la cara--díjole mi tío
serenamente--: el genial... En ese punto eres una jabalina celosa, a lo
mejor de una chanza. Salimos de una chamusquina, y ya te quieres meter
en otra...

--¡Barájolas!--exclamó don Pedro Nolasco santiguándose--. ¿Ustedes han
visto otra como ella? Trapalón de los demonios, ¿pues me he metido yo
contigo ni tanto así, desde que se acabó lo otro?

Mi tío no le hizo caso, y me preguntó a mí:

--¿Le has visto ya bien? Pues con esas cerdas y todo, es el vecino más
noblón del pueblo y el mejor amigo de sus amigos, y además es uva de la
nuestra cepa. Lleva el corazón en la mano, y dará la piel cuando no
tenga capa que partir con el pobre. Te lo digo yo, Marmitón de los
demonios, aunque me pegues--añadió encarándose con el gigante--; te lo
digo yo, ¡cuartajo!, yo, que tengo buenas pruebas de ser verdad: y te lo
digo con el alma y vida. Si quieres creerme, me crees, y si no, peor
para ti. ¿No es así, Cura?

--_Est Deus in nobis_--respondió éste moviendo la cabeza de un lado a
otro, como quien afirma algo bueno que es además indiscutible--. No hay
que darle vueltas, _est Deus in nobis, semper et ubique_. Y si no fuera
así, pobres de nosotros a cada chapucería de las que arma Satanás en las
disputas de los hombres.

--Pues bueno--repuso mi tío volviéndose hacia su amigo que no chistaba
ni se movía, con los ojazos clavados en la lumbre--. Ahora quiero que te
quedes a cenar con nosotros, no por mí, que no lo merezco, sino por
honrar a mi sobrino.

--¡A buen tiempo!--murmuró el gigante revolviendo un poco la mirada
hacia don Celso y descargando mucho los celajes de su faz.

--¿Lo dices porque has cenado ya?--le replicó mi tío.

--Naturalmente.

--Pues por eso mismo, porque lo presumía, te convido yo. En estómagos
como el tuyo, ceba llama ceba... Y para animarte más y hacerla redonda y
cabal esta noche, también te convido a ti, Cura.

--Eso ya es otra cosa--dijo entonces don Pedro Nolasco, entrando de
frente a la porfía--: si él se queda...

Negábase el Cura a ello de todas veras; pero a fuerza de insistir mi tío
y de empeñarme yo también, aceptó al cabo.

--¿Lo has oído, Tona?... Pues llévale el cuento a Facia para que ponga
dos platos más en la mesa, y añade tú lo que falte, si es que falta algo
en la cocina.

Tona respondió que sobraba con lo que había arrimado a la lumbre,
siempre que cada cual comiera «como Dios mandaba»; y mi tío, mientras el
hombrón recibía con carraspeos la condicional que la sirviente había
echado hacia allá con los ojos, dio por rematada la historia y mandó que
se tratara de otra más divertida.

No lo fueron ni tanto siquiera, para mi gusto, las pocas que salieron a
relucir después, mientras la mocetona rubia, y Facia, la mujer gris, que
entraba y salía a menudo, daban los últimos toques a los condumios
arrimados al fuego. Por mi parte, y «para ir tirando de la conversación»
tuve que suministrar, a instancias del Cura y de don Pedro Nolasco,
cuatro vaguedades sobre «esos mundos de Dios», por los que tanto había
rodado, al decir de los mismos señores; y menos interesado ya que al
principio en lo que allí se trataba, y pudiendo llevar mi atención a
otros términos del cuadro, observé, entre otras cosas, que Tona y Chisco
no tomaban parte en ello más que con los ojos y alguna que otra
exclamación o risotada, y que la tal sirvienta, por su cara y por su
talle, de pies a cabeza, en fin, era lo que se llamaba una buena moza.

--Ya ves--llegó a decirme mi tío--, que aquí no se pasa el rato del todo
mal, después de hecho el hombre a estas cosas tan diferentes de las de
«allá». Y mejores se pasan todavía, como irás viendo, porque esta noche
no hace regla: no es sazón de ello hoy por hoy, en que no aprieta el
frío y está mucha de la maíz sin deshojar, y hay que deshojarla, porque
lo primero es lo primero; pero déjate que corran días y empiece a
empardecerse el cielo y a «rebombar» el pozón de Peña Sagra, ¡trastajo!
y verás acudir gente a esta cocina, hasta haber noche de no caber en
estos bancos, cada cual con su avío y con su tema... toda gente montuna,
por de contado: puros jastialones. Hay que armarse a veces de mucho
aguante, eso sí, porque en un rebaño, ¡zancajo! no todas las bestias son
de una misma condición; pero las mejores de éste son las más; y con tal
de no pedir castañas al camueso... Vamos, que te ha de entretener, si es
que te avezas a ello... y Dios lo haga así.

--¡Pues no ha de jacerlu!--exclamó don Pedro Nolasco, asombrado de que
se pusiera en duda lo que él tenía por indudable.

--_A custodia matutina usque ad noctem speret Israel in
Domino_--confirmó don Sabas--, sin contar con lo que tengo dicho y no me
cansaré de repetir: _est Deus in nobis_; y por eso no hay que desesperar
de nada que sea honrado, conveniente al hombre de bien y conforme a la
santa ley de Dios.

Cuando llegó el momento de irnos a cenar, preguntó don Pedro Nolasco muy
sorprendido:

--¿Pero, cómo?... ¿No cenamos aquí?

--¡No señor!--respondió mi tío empujándonos hacia la puerta.

--Pero ¿por qué?--insistió aquél erguido sobre el fogón.

--Curiosón de los demonios--replicó el otro volviéndose hacia él desde
la mitad de la cocina--. En primer lugar, a zoquete regalado no debieras
ponerle tachas; y, por último, has de saberte, traga-aldabas del jinojo,
que ni todos los tiempos corren unos, ni todos los hombres son iguales.
¿Me entiendes ahora?

Esto ocurría en el instante en que Chisco, por mandato de Tona, se
acercaba a la pared que yo había tenido enfrente, a la cual estaba
adaptado un tablero, soltaba la taravilla que le sujetaba por arriba, le
hacía girar sobre el eje que tenía en el lado de abajo, y le dejaba en
posición horizontal sostenido por un tentemozo. Pidiendo informes sobre
el uso de aquel aparato, averigüé que era la mesa «perezosa» a quien
había aludido mi tío en el comedor.

--Y ¿para qué la ponen ahora?--preguntéle.

--Para cenar los criados en cuanto nosotros nos larguemos de
aquí--respondióme.

Me gustó el artefacto, que quedaba armado a muy corta distancia del
fogón; tentóme la novedad aquella, y desde luego uní mi parecer al bien
notorio de don Pedro Nolasco.

--Pues por mí--dijo mi tío con firme resolución--, que levanten los
manteles de la otra mesa y los tiendan en ésta. Por regalarte el gusto,
mandé que se cenara allá: ya sabes que el mío es muy diferente. Además,
para lo que he de cenar yo... Conque si te gusta más esto...

Convinimos, a mis ruegos, en que por aquella noche quedaran las cosas
como estaban, cenando en adelante en la perezosa y dejando la mesa del
salón para la comida del mediodía; bajóse de su pedestal don Pedro
Nolasco, y salimos de la cocina los cuatro comensales en ringlera,
siguiendo a Tona que nos alumbraba el camino con el candil que había
descolgado de la campana de la chimenea.

Y sucedió lo que yo estaba temiendo rato hacía, por lo que había ido
observando alrededor de la lumbre y en los trajines de la repolluda
cocinera; que la cena dispuesta en honor mío era para servir de espanto
más que de tentación y de consuelo a un comensal de mis tragaderas,
hecho y avezado a las sabrosas parvidades de la cocina mundana.
Comenzando a contar por los cubiertos y dos cucharones de plata de
anticuada forma, una torta de pan «casero», ocho vasos de cristal
verdoso y un botellón muy negro, todo cuanto había y fue apareciendo
sobre la mesa era macizo y grande y abundante hasta lo increíble.
Primeramente, un cangilón de sopas de leche, después una fuente muy
honda, de un potaje de nabos en ensalada; luego una tortilla de
torreznos, seguida de una asadura picante, y, por último, una compota
descomunal de manzanas, y mucho queso curado de ovejas. Lo único que
escaseaba allí eran la luz y el calor, porque la de las mechas del velón
casi se perdía en el negro espacio antes de llegar a la mesa, y el
chamuscón que yo me había dado en la cocina sólo me servía en el comedor
para sentir doblemente la glacial temperatura de aquel páramo.

El Cura, contra lo que yo esperaba de su tamaño, comía nada más que
regularmente, y era limpio y reposado en el comer. Mi tío probaba de
todo sin gustarle nada, y yo satisfice mi necesidad, más que apetito, de
doce horas, casi tanto con la vista de tan copiosos alimentos, como con
las parvidades que de ellos tomé... ¡Pero don Pedro Nolasco!... No tenía
calo ni medida su estómago de buitre; devoraba hasta con los ojos; y
mucho de lo que no le cabía en la boca mientras funcionaba su gaznate,
corríale en regatos por el exterior hasta sumirse bajo la sobarba entre
cuero y camisa, o mezclarse gota a gota con la mugre del chaleco.

Se habló poco en la mesa, y de esto poco la mayor parte fue de mi tío
para decir injurias al glotón, que no le contestaba, ni creo que le oía,
y para ponderarme su asombro por lo melindroso que le parecí en el
comedor, y muy especialmente por el «plan» de cena mía, para en
adelante, que le tracé. No podía comprender el buen señor que un mozo de
mis años y con mi salud, no comiera cuanto se le pusiera delante a
cualquier hora del día o de la noche. «Abundante y sustancioso» era la
divisa del bien comer entre los hombres rumbosos del pelaje de mi tío.

Andando en esto y «regoldando» ya el gigante por no tener su estómago
cosa de más jugo en que entretenerse, oyóse una campanada de reló hacia
lo más obscuro y remoto de la estancia.

--¡Las diez y media!--dijo mi tío revolviéndose en el banco--. Me parece
que ya es hora de que te dejemos en paz. El viaje te habrá molido bien
los huesos, y tendrás ganas de tumbarlos en la cama. Por lo demás, no te
creas: entre el laberinto del ganado abajo, y la tertulia de arriba
después de rezar el Rosario, rara es la noche en que nos acostamos más
temprano... Ya verás, ya verás, ¡pispajo! cómo sabemos vivir aquí,
aunque montunos y pobres, a uso de pudientes de ciudad... Conque
¿entendístelo, Marmitón? Pues, ¡jorria! ya que estás jartu, y a su casa
el que la tenga.

Levantámonos todos, dio gracias el Cura, respondímosle cumplida y
devotamente, y se fue con don Pedro Nolasco, no sin haberme hecho volver
a ver las estrellas con los apretones de manos que me dieron por
despedida.

Poco tiempo después, encerrado yo en mi cuarto, paseábame a lo largo de
él intentando pensar en muchas cosas sin llegar a pensar con fundamento
en nada, no sé si porque realmente no quería, o porque no podía pensar
de otra manera. Con esta oscuridad en mi cerebro y el continuo zumbar
del río en su cañada, acabé por sentirme amodorrado, y me acosté.

Blanca de ropas y limpia como un sol era mi cama; pero ¡qué fría... y
qué dura me pareció!



V


Sin embargo, dormí toda la noche de un solo tirón; pero soñando mucho y
sobre muchas cosas a cual más extravagante. Recuerdo que soñé con el oso
del Puerto; con desfiladeros y cañadas que no tenían fin, y tan angostas
de garganta, que no cabía yo por ellas ni aun andando de medio lado.
Obstinado en pasar huyendo de la fiera que me seguía balanceándose sobre
sus patas de atrás y relamiéndose el hocico, tanto forzaba la cuña de mi
cuerpo, que removía los montes por sus bases y oscilaban allá arriba,
¡muy arriba! las cúspides pedregosas, y hasta se desplomaban muchas de
ellas sobre mí, pero sin hacerme daño. También soñé con mi tío bailando
en la cocina, junto a la lumbre, unas seguidillas que cantaba la mujer
gris tañendo una sartén muy grande; y después con don Pedro Nolasco, el
cual comía becerros crudos y troncos de abedul y peñascos de granito con
bardales, mientras iban comiéndome a mí, fibra a fibra y muy poco a
poco, el Tedio y la Melancolía, un matrimonio de lo más horrible, que
vivía en el fondo de un abismo sin salida por ninguna parte.

Quizás por haber sido éste mi último sueño de la noche, fue tan triste
mi despertar por la mañana. ¡Porque fue triste de veras! Pero me había
dormido con la curiosidad recelosa de conocer de vista la tierra en que
voluntariamente acababa de sepultarme; y sintiendo revivir de golpe
aquel vehemente deseo al ver un poco de luz que se filtraba por los
resquicios de las puertas, levantéme de prisa, lavéme tiritando de frío,
envolvíme en el abrigo más espeso de los varios que tenía a mi alcance,
y me asomé al mismo balcón a que me había asomado por la noche.

Ya no llovía; pero estaba el mezquino retal de cielo que se veía desde
allí levantando mucho la cabeza, cargado de nubarrones que pasaban a
todo correr por encima del peñón frontero y desaparecían sobre el tejado
de la casa. Entre nube y nube y cuando se rompía algún empalme de los de
la apretada reata, asomaba un jironcito azul, salpicado de veladuras
anacaradas; algo como esperanza de un poco de sol para más tarde, si por
ventura regían en aquella salvaje comarca las mismas leyes
meteorológicas que en el mundo que yo conocía.

Dejando este punto en duda, descendí con la mirada y la atención a lo
que más me interesaba por el momento: lo que podía verse de la tierra en
todas direcciones desde mi observatorio de piedra mohosa con barandilla
de hierro oxidado. ¡Bien poco era ello, Dios de misericordia!

Delante y casi tocándole con la mano, un peñón enorme que se perdía de
vista a lo alto, y aún continuaba creciendo según se alejaba cuesta
arriba hacia mi izquierda, al paso que hacia la derecha decrecía
lentamente y a medida que se estiraba, cuesta abajo, hasta estrellarse,
convertido en cerro, contra una montaña que le cortaba el paso
extendiendo sus faldas a un lado y a otro. Rozando las del peñón y la
del cerro hasta desaparecer hacia la izquierda por el boquete que
quedaba entre el extremo inferior del cerro y la montaña, bajaba el río
a escape, dando tumbos y haciendo cabriolas y bramando en su cauce
angosto y profundo, cubierto de malezas y de misterios. Inclinado hacia
el río, entre él y la casa, debajo, enfrente y a la izquierda del
balcón, un suelo viscoso de lastras húmedas con manchones de césped,
musgos, ortigas y bardales. A la derecha y casi a plomo del balcón, el
principio de un corral que seguía fachada abajo y daba vuelta en ángulo
recto hacia la otra, lo mismo que el cobertizo que le cercaba por el
lado del río, y estaba destinado, por las muestras visibles, a cuadras,
leñeras y pajares. Por el estorbo de estos tejadillos y de la larga
línea de fachada de la casona, sólo se alcanzaba a ver, por la derecha,
una estrecha faja de terreno cultivado, paralela al río y perteneciente
al valle que, según todas las trazas, se extendía hacia aquella parte,
es decir, a la derecha del río. Y a todo esto, el patio y sus tejados, y
el terreno de afuera, y las zarzas y los helechos y la baranda del
balcón, en fin, cuanto se veía o se palpaba desde mi observatorio,
húmedo, reluciente y goteando.

No habiendo cosa más risueña en que poner la vista por aquel lado, fuime
a la otra fachada, la que correspondía al claro frontero a mi alcoba.
Por esta puerta salí a un largo balcón o «solana», de madera encajonada
entre dos «esquinales» o mensulones de sillería, llamados también
«cortafuegos». En el de mi derecha resaltaba el grueso y tallado canto
de un escudo de armas, cuyo frente no podía ver por lo que sobresalía el
esquinal de la baranda del balcón. No pudiendo ver tampoco desde allí, y
por idéntico motivo, el resto de la fachada, supuse, y no sin
fundamento, que la parte de edificio habitada por mí formaba un cuerpo
saliente. El balcón caía sobre un huerto del mismo ancho que aquella
fachada de la casa, y muy poco más de largo, con sus correspondientes
inclinaciones hacia ella y hacia el río; una docena de frutales en
esqueleto; un cuadro de repollos medio podridos; algunas matas de ruda,
de mejorana y de romero; un rosal vicioso y en barbecho lo demás; un
muro viejo para cercarlo todo; y por encima del muro, surgiendo las
moles de un negro anfiteatro de fragosos montes, que allá se andaban en
altura con el peñón de la derecha, que formaba parte de él. Y no se veía
otra cosa.

Por la dirección de la luz y otras señales bien fáciles de estimar, di
por seguro que aquella fachada de la casa miraba al Sur, y que por el
lastral que bajaba a mi izquierda, es decir, al Este, entre la pared del
huerto y el monte de aquel lado desde un alto desfiladero que se veía
algo lejano, había venido yo la noche antes. Por este viento nada tenía
que observar, pues bien a la vista estaba la montaña que corría paralela
a la casa asombrándola con su mole. Había, pues, que buscar por el Norte
del «solar de mis mayores» la perspectiva del valle entero, que le
parecía a Chisco «punto menos que la gloria».

Con este propósito me retiré de la solana de mi aposento, y salí al
comedor. Estaban abiertos los dos claros de él que daban al exterior de
la casa. Acerquéme a uno de ellos, y vi que correspondían ambos a otra
solana muy escondida al socaire de la pared de mi habitación que,
efectivamente, sobresalía mucho de la línea general de la fachada. Entre
esta pared y otro mensulón mucho menos saliente que ella al extremo
opuesto, corría la solana, a la que daba también una puerta del
dormitorio de mi tío.

Estaba abierta y me colé dentro. No había allí más que una cama del
mismo estilo que la mía, pero grande, de las llamadas de matrimonio; un
crucifijo y una benditera en la pared del testero, una cómoda, dos
perchas, un palanganero, un sillón de vaqueta, dos sillas y un felpudo.
La cama estaba ya hecha, el suelo barrido y todas las cosas en orden,
señal de que mi tío había madrugado más que yo. Me asomé a una ventana
abierta en la pared del Este junto a una alacena, y vi lo que ya me
había imaginado: el peñascal negro, jaspeado de grietas con vegetaciones
silvestres y separado de la casa por un callejón pendiente, de lastras
resbaladizas.

Al volver al comedor por la salona, halléme con mi tío que entraba en él
por la puerta de enfrente. Llegaba fatigoso y se apoyaba en un bastón. A
la luz del día parecíame su traza muy otra de lo que me había parecido a
la luz artificial. El blanco y fino cutis de su cara tenía un matiz
azulado, y había en sus ojos y en su boca una muy marcada expresión de
anhelo. Sin embargo, su «humor» era el de siempre; y si era disimulo de
lo contrario, no se le conocía. Se admiró de hallarme levantado tan
temprano. Venía a ver qué era de mí; si se me oía revolverme en la cama,
para entrar, en este caso, a abrirme los balcones, si lo deseaba, y si
no, para tener el gusto de darme los buenos días. Le agradecí mucho su
cuidado, y después de abrazarle le pregunté cómo había pasado la noche y
por qué madrugaba tanto.

--Como siempre, hijo del alma--contestóme entre toses y jadeos--. Y no
me las dé Dios peores. En buena salud, me levantaba con el alba; desde
que tengo tan mal dormir, madrugo mucho más que el sol, y con todo y con
ello, me sobra tiempo de cama.

Parecióme que el relente frío de las madrugadas no debía de sentarle
bien, y así se lo dije, aconsejándole que se guardara de él.

--Eso será entre vosotros--me contestó con su aire chancero de
costumbre--, avezados a vivir entre cristales; ¡pero entre los montunos
de por acá!... ¡Pobre de tu tío Celso el día en que no pueda desayunarse
con una tripada de esa gracia de Dios! Pero, vamos a ver, ¿y tú? ¿te has
desayunado ya con algo más de tu gusto? Porque no falta de ello en casa,
como te dije anoche. Y si no has pensado en eso, ¿en qué trastajo has
pensado?... ¡Mira que como sea falta de franqueza!...

Díjele en qué me estaba entreteniendo desde que me había levantado y lo
que llevaba visto ya, y me replicó, agarrándome por un brazo al mismo
tiempo y tirando de mí hacia los carrejos interiores:

--¡Por vida del ocho de copas, hombre!... Pues, mira, en parte me alegro
de que hayas empezado por donde empezaste: así te queda lo mejor para lo
último... ¡Ven acá, ven acá!

Y me llevó a remolque hasta la cocina, donde me hallé a la mujer gris, a
Tona y a Chisco, sentados a la perezosa y almorzando unas fritangas con
borona. Diéronme risueños los buenos días, levántandose muy corteses, y
apenas me dejó tiempo mi tío para cambiar con ellos algunas palabras;
porque tan pronto como abrió una puerta cercana a la mesa y en la misma
pared, comenzó a llamarme a su lado.

Obedeciéndole, salí a un balcón de madera de mucha línea y muy volado,
la mitad del cual caía sobre el patio de las cuadras, que no pasaba del
centro de aquella fachada, y la otra mitad afuera. De este modo podía
ver el panorama completo y sin estorbos. Formaban la barrera de enfrente
la montaña atravesada delante del cerro de la izquierda, y otra que la
seguía hacia mi derecha, bien poblada de vegetación en su base, de color
pardo muy obscuro en la mitad, de alto abajo, de lo que pudiera llamarse
su tronco; de verde crudísimo en la otra mitad, y con la enorme cabeza
gris, como un cráneo despellejado y seco, entornada hacia el hombro
izquierdo, con la blanca osamenta al aire también. Me hacía el efecto
aquella vasta mancha verde, fina y jugosa, iluminada entonces casi de
frente por un rayo de sol, de un remiendo de terciopelo riquísimo en un
vestido de tosco sayal. Formando ángulo con esta montaña y quedando un
boquete entre las dos, terminaba, coronada de crestas y picachos, la que
descendía por el Este de la casa rozándola el costado con sus bardales.

Dentro de todo este marco, que parecía una contradanza de colosos
encapuchados, se extendía una tierra de labor tijereteada en pedazos, de
pradera y de boronales, los primeros de un verde aterciopelado, y los
segundos con la nota pajiza que les daban los tallos secos, aún no
cortados, del maíz recién cogido. Entre mi observatorio y esta mies, que
descendía en rampa hacia los montes de enfrente, y muy inclinada al
mismo tiempo hacia el río, un pedregal erizado de malezas y surcado de
senderos y camberas de comunicación con el pueblo, cuyas casitas se
veían, hechas un rebaño, en lo más alto de la mies, con la iglesia en
medio, que parecía, y lo era en sustancia, su pastor. En todos aquellos
edificios, con las fachadas muy lavaditas y las puertas y ventanas de
par en par, veía yo otras tantas caras de seres desdichados y
enfermizos, con la boca y los ojos muy abiertos, ávidos de aire y de luz
que les iban faltando. Y entre aquellas caras las había de varias
expresiones, desde el patético compasible, hasta el cómico y el
grotesco. Daba gana de echar a algunas de ellas una limosna, para
calmarles las angustias del estómago, o un sombrero de desecho para
sustituir la ruinosa chimenea, y a todas un asidero para sostenerse, sin
rodar hasta el monte, en la postura violenta en que yo las veía.

Tan embebido me hallaba en este linaje de visiones, que ni siquiera me
enteraba de los informes que iba dándome mi tío sobre cada cosa de las
principales del cuadro. Parecíame todo el valle, relativamente a la
altura de su marco, de una pequeñez asfixiadora, y considerábame caído
de las nubes en el fondo de un dedal enorme. ¿Qué idea tendría Chisco de
la Gloria celestial, cuando la ponía solamente un punto más arriba que
aquello en la escala de lo hermoso y admirable?

¡Dios eterno, qué envidia tuve entonces a los pájaros porque volaban!

--Dígame usted, tío--preguntéle de golpe, y sin reparar en que le
cortaba a lo mejor un entusiástico discurso precisamente sobre la
anchura y salubridad del valle--, ¿por dónde se sale de aquí?

--¿Jacia ónde?--me preguntó él a su vez.

--Pues... hacia... hacia fuera, hacia el mundo, vamos--respondíle yo
aturullado como un chicuelo imprudente, temeroso de que me descubriera
los pensamientos que me habían arrancado la pregunta.

--¡Jacia el mundo!--repitió él soltando una carcajada--. Pues me hace
gracia la ocurrencia, ¡pispajo! ¿Estamos aquí en el limbo, o qué?

--He querido decir--repuse celebrando con una risotada contrahecha la
pregunta de mi tío--, que cuáles son las salidas principales...

--Ya, ya: ya te había calado yo el pensamiento--respondióme él, dejando
de pronto el aire jaranero--, sino que como la ocurrencia tuya se
acaldaba bien en una chanza, y yo soy así... Pues te diré: una de las
salidas principales es el camino por donde tú has venido anoche, éste de
al lado nuestro.

--Corriente.

--Y la otra es la que se ve allá abajo, a la mano izquierda: la misma
salida del río. ¿No ves un camino que va por encima de él siguiendo toda
la ladera? El puente está aquí a la izquierda, entre aquellos jarales.
Puede que le confundas con ellos por lo viejo que es... Pues por ese
camino se va...

--¿Hasta dónde?

--¡Hasta dónde!... ¡Trastajo! hasta la mar, si te conviene.

--Bien; pero ¿por dónde?

--Pues río abajo, río abajo... de pueblo en pueblo. ¿Quieres que te los
nombre uno a uno?

--No hay necesidad.

--Hasta que llegas a un camino real. Si quieres seguirle por la derecha,
porque te jale lo mundano, le sigues; y si te contentas con menos, le
cruzas; y no apartándote de la vera del río, en un dos por tres darás
con los jocicos en la mar... Mira, hombre, aquí donde me ves y con los
años que tengo, no llegan a cuatro las veces que he estado en Santander.
La primera con tu tía, recién casado con ella. Entonces no había el
camino real de que te hablo, que es de ayer, y había que ir a buscarle
más lejos. Íbamos a caballo, como siempre se ha ido desde aquí por los
pudientes. Ella, en un sillón de terciopelo azul y clavillos
sobredorados, con las galas de novia, a la moda de entonces. Campaba de
veras, porque era guapetona de firme... ¡trastajo, si lo era! No nos
comía la prisa y jicimos noche en la villa de San Vicente, que al otro
día abrió puertas y ventanas para vernos salir... Mira, hombre, poco más
de un mes antes había salido de España, a tiro limpio, el último ladrón
de los de Pepe Botellas... Cabalmente. Pues bueno: paramos poco en la
ciudad, porque no nos gustó aquello. La segunda vez fue a raíz de lo del
veintitrés, con un pariente de los de Promisiones, que deseaba, como yo,
ver cómo andaban las cosas del mundo, después de la taringa que habían
llevado los botarates de la «Pitita». ¡Cuartajo, qué cumplida se la
dieron... y qué merecida la tenían los arrastrados! Pues la tercera fue
ayer, como quien dice, no más que por el gusto de saber por mí propio
qué era eso del camino de fierru que acababa de estrenarse... Y para de
contar, después de enterarte de que no pasan de doce las que he salido
del valle más allá de dos leguas... Y te aseguro que nunca que dormí
fuera de él, jice sueño con arte, y toda comida que no sea la de mi
casa, me ha sabido siempre a condumio sin sustancia; y en no viendo yo
estos picachones encima de la cabeza por donde quiera que ando, me hago
cuenta que no veo cosa de gusto ni de traza, y hasta la mar de la costa
me parece una pozuca, comparada con las anchuras de este valle... De las
casas en ringle no se me hable, ¡trastajo! porque solamente de mentarlas
me falta la respiración y me ajoga el hipo... La verdad, Marcelo... Cada
uno a lo suyo, y con su cada cual. Y a este respective, has de saberte
que hay en este valle gentes que se caen de viejas sin haber salido de
él más allá de lo que corre de una «alentá» un perro con asma. Y se
morirán tan satisfechas como si murieran de jartura del mundo que tú
conoces: igual que ha de pasarme a mí en el día de mañana. Créeme, hijo:
cuanta menos carga de antojos se saque de esta vida, más andadero se
encuentra el camino de la otra. Hay quien jalla la mina cavando en un
rincón de su huerto, y hay quien no da con ella revolviendo la tierra de
media cristiandad. Ahora, tú dirás quién es más afortunado de los dos y
más digno de envidiarse... ¡Cascajo! y vamos adelante con la historia,
que como dé yo en irme por los atajaderos. ¿Dónde habíamos quedado con
ella? ¿Qué más deseas saber?

--Por de pronto--respondíle, maravillado de aquélla su vivacidad de
imaginación y soltura de «pico», que parecían incompatibles con la
dolencia que le acababa--, si se ensancha el paisaje más allá del
boquete por donde se cuela el río.

--Al contrario--respondióme--: en cuanto doblas el recodo, vuelven a
encalabrinarse los picachos a la vera del río, tan pronto a un lado como
a otro, cuando no a los dos a un tiempo. Anchuras de éstas no se
encuentran hasta el camino real: medio día de rodar, agua abajo, en una
caballería de buenos pies; un paseo, como quien dice, y de los cortos...
Enfrente de ese boquete tienes aquel otro de la mano derecha, por donde
se mete una tira que va a acabar en punta allá dentro. ¿Le ves? al pie
mismo de la montaña manchada de verde por arriba. Pues por ese callejo
hay otra salida que va trepando por los breñales... en fin, hombre,
hazte cuenta que en cada resquebrajo que veas en un monte de éstos, hay
un sendero por donde andan estas gentes como por el portal de la
iglesia, y se pasean y toman el aire y recrean la vista los hombres
desocupados y sanos de pecho, como tú. Ya verás, ¡trastajo! ya verás lo
que es bueno.

--Así lo espero--respondí faltando a la verdad de lo que pensaba--. Y
diga usted--añadí apuntando al mismo tiempo con el dedo hacia allá--,
¿qué significa aquella mancha verde en que ya me había fijado yo antes
que usted me la mencionara?

--¡Oh!--contestóme alzando los dos brazos a un tiempo--, ¡eso es la gran
riqueza del lugar, amigo! Eso es el «Prao-Concejo» de aquí, porque
también hay otros pueblos que tienen el suyo correspondiente; pero no
como el nuestro. ¡Quia! ¡Pispajo, ya le quisieran! Es de todos y cada
uno de estos vecinos: un caudal de yerba que se reparte «por adra» todos
los años. Ya verás, ya verás qué romería se arma el día de la siega, si
te coge aquí el primer agosto que llegue...

--Pero ¿cómo demonios--pregunté verdaderamente asombrado de lo que me
contaba mi tío--, se puede segar en aquel precipicio, ni bajar al valle
lo que en él se siegue, ni mucho menos subir allá para segarlo y
recogerlo?

Rióse mi tío de lo que él llamaba mi inocencia, «con tanto como yo sabía
del mundo», y prometiéndome la explicación de lo que me asombraba para
cuando la pidiera «sobre el terreno», no quiso decirme más.

--Y en finiquito--concluyó--, ¿qué te parece de todo lo que has
visto?... porque creo que no falte nada en que no hayas puesto los ojos.

--Sí, señor--le respondí al punto--: falta algo que busco con ellos
desde que me puse a mirar esta mañana, y no hallo por ninguna parte.

--Y ¿qué cosa es ella, hombre?

--Pues un palmo de tierra llana.

--¡Trastajo!--exclamó aquí mi tío, mirándome con el asombro pintado en
los ojos--, ¿cómo demonios ha de jallarse lo que no hay?

--¡Que no!--exclamé yo a mi vez.

--No, hombre, no--insistió él con la mayor seriedad--. Entendí que
conocías el dicho que corre aquí como evangelio.

--Y ¿qué dicho es ése?

--Que no hay en todo este valle más llanura que la sala de don Celso.
¿Oístelo ahora?--añadió riéndose y mirándome a la cara con sus ojillos
de raposo--. Pues atente a ello.

Y volvió a reírse, y me reí yo también, pero de dientes afuera, con lo
cual, dejando ambos el balcón, volvimos a la cocina, en cuya perezosa se
me antojó desayunarme aquella mañana.

En aquel desayuno y en la comida del mediodía adquirí dos nuevos datos,
que no resultaban de escasa cuenta sumados con los que ya poseía: el pan
era de hornadas hechas en la taberna cada media semana, y no había otra
carne que la de cecina, con excepción del domingo, en que se mataba una
res en el pueblo. Allí no se conocía fresco, bueno y a diario, más que
la leche y sus preparados... precisamente lo que estaba reñido con los
gustos de mi paladar y con los jugos de mi estómago.

Pocas noches he pasado en mi vida tan largas, tan tristes y de tan
insoportable desasosiego, como la de aquel día. Porque visto y
reconocido ya en todas sus fases, a lo ancho, a lo largo y a lo
profundo, el terreno en que tenía yo que dar la batalla, pero batalla a
muerte, contra los hábitos y refinamientos de mi vida de hombre mundano,
comodón, melindroso y «elegante», había para que las carnes me
temblaran.

¡Ay! toda aquella mi fortaleza levantada en Madrid al calor de un
entusiasmo irreflexivo y sentimental, se desmoronaba por instantes; y
los fríos razonamientos a que yo me había amparado en horas de sensatez
para defenderme de los asedios de mi tío cuando me llamaba a su lado
hasta por caridad de Dios, revivían en mi cabeza con un empuje y un
vigor de colorido que me espantaban. Sucedíame entonces lo que al
temerario que por un falso pundonor, por un arranque nervioso y de mal
disfrazada vanidad, desciende al fondo de un precipicio. Ya está abajo,
ya hizo la hombrada, ya demostró con ella que llega hasta donde llegue
el más intrépido... Corriente. Pero ahora hay que subir. ¿Cómo? ¿Por
dónde?... ¡Y allí es ella, Dios piadoso!

Sólo de tres maneras podía volver a la luz y a la libertad del mundo: o
por el fin y acabamiento de... (¡qué barbaridad! hasta el tropezar con
el supuesto sin haberle buscado yo con el deseo, me repugnaba); o por el
restablecimiento del pobre señor, cosa imposible a sus años y con lo
mortal de la dolencia que padecía; o por meterlo yo todo a barato a lo
mejor, liar el equipaje cuando me diera la gana y volverme a Madrid por
el camino más corto, lo cual me parecía una canallada que podía costar
la vida al bondadoso octogenario, para quien mi presencia en su casa
parecía ser el pan y el sol que le nutrían y le alegraban. Es decir, dos
salidas con la puerta cerrada, Dios sabía hasta cuándo, y una que no se
me franquearía jamás, por repugnancias de mi conciencia. En definitiva,
una eternidad.

Si entre tanto hubiera habido en mí alguna inclinación natural, alguna
aptitud de las que hacen hasta placentera a muchos hombres, sin ser
aldeanos, la vida campestre, menos mal; pero, por desgracia mía, me
faltaban todas en absoluto. Yo no era cazador, ni había manejado otras
armas que las de adorno en los salones de tiro; ni entendía jota de
ganados, ni de labranzas, ni de arbolados, ni de hortalizas, ni pintaba
ni hacía coplas; y por lo tocante a la señora Naturaleza, la de los
montes altivos y los valles melancólicos y los umbríos bosques y las
nieblas diáfanas, y las sinfonías del «favonio blando» entre el pelado
ramaje, y los rugidos del huracán en las esquivas revueltas de los
hondos callejones, vista de cerca, mejor que madre, me parecía
madrastra, carcelera cruel, por el miedo y escalofrío que me daban su
faz adusta, el encierro en que me tenía y los entretenimientos con que
me brindaba... Y a todo esto había que añadir que el invierno con sus
fríos, con sus nieblas, con sus aguaceros y con sus nevascas, estaba ya
cerniéndose encima de los picachos del contorno y de la casona de mi
tío... Y aunque, por misericordia de Dios, no pasara yo allí más que él,
¡sería tan largo, tan largo!... ¡Cuántos libros devorados sin sacarles
pizca de sustancia! ¡cuántos chamuscones en la cocina! ¡cuánta
indigestión de bazofia! ¡cuántos paseos en corto! ¡cuántas rendijas del
suelo contadas maquinalmente con los ojos! ¡cuántas rúbricas echadas con
el dedo en los empañados cristalejos de mi cuarto!... ¡Virgen de la
Soledad, qué perspectiva!

Y así, por este orden, batallando horas y horas. ¿Cómo hallar una breve,
ni momento de reposo, ni bien mullida la cama, con semejante gusanera
entre los cascos?



VI


Dios, que, como dice el adagio, aprieta, pero no ahoga, permitió que a
aquella triste noche siguiera un día muy risueño, con el cielo barrido
de nubes y un sol que, aunque pálido y frío, iluminaba el valle y
decoraba las cumbres de los montes envolviéndolas en nimbos de luz
reverberante. Yo recibí la primera salutación del astro vivificador de
la madre tierra como uno de los mayores beneficios que podía otorgarme
el cielo en medio de la oscura soledad en que me veía, y mi tío se
apresuró a aconsejarme que aprovechara la «escampa», que había de ser de
larga «dura» por señales que él consideraba infalibles, para «hacerme a
las armas y _tomar la tierra_ como era debido y cuanto más antes». Diome
con el consejo informes y programas que me parecieron excelentes; y como
no tenía a mis alcances otros recreos más tentadores y de mi gusto, opté
por lo que se me proponía, y me dispuse en el acto a echarme a la
montaña, que vale tanto allí como en el mundo culto y refinado «echarse
a la calle», es decir, a la ventura de Dios, «a matar el tiempo».

Antes de salir de casa entró en ella el médico, que iba a saludarme
aprovechando la oportunidad de la visita casi diaria que hacía a mi tío,
particularmente desde su última y grave enfermedad. Era un mozo que
andaría con los treinta años, no muy corpulento, pero de recia
complexión; de pelo y barba cortos, negros y fuertes; de mirada firme,
pero sin dureza; agradable de cara y de voz; muy sobrio de palabras;
limpio, holgado y modesto de traje, y natural de un pueblo de los
ribereños del Nansa. Esto fue todo lo que de él supe en aquella ocasión.
Su visita fue breve, y nos despedimos muy afablemente, quedando yo muy
complacido de aquel hallazgo en Tablanca, más por lo que se leía en la
cara y en el aire del mediquillo, que por las ponderaciones que de sus
prendas hizo mi tío al presentármelo. Bajamos juntos hasta el portal,
echando él enseguida por la cambera del pueblo y yo por otra
diametralmente opuesta, hacia la montaña.

Acompañábame Chisco, por donación muy recomendada de su amo, con la
misma vestimenta y el propio calzado con que le había conocido yo en el
paso de la cordillera, y nos acompañaba a los dos un perrazo sabueso;
llamado _Canelo_, de una casta para mí singularísima por lo grande, que
iba perpetuándose en casa de mi tío desde que su padre fue mozo y
cazador. Chisco llevaba una escopetona de pistón con anchas abrazaderas
reforzadas con bramante encerado sobre el larguísimo cañón roñoso, un
cuerno para la pólvora y una bolsa de badana verde para el perdigón y
las postas que iban mezcladas con él. Yo una elegante y fina Lafaucheux
de dos cañones, canana correspondiente, cuchillo de monte, borceguíes de
ancha y recia suela claveteada, polainas de cuero inglés, y todo el
equipaje, en suma, de un cazador de figurín. Chisco me miraba de reojo y
hasta se sonreía un poquillo, particularmente cuando se fijaba en mi
calzado, y, sobre todo, cada vez que me veía resbalar en la arcilla
blanda o sobre las lastras de los encalabrinados senderos. Al fin llegó
a declararme que para pisar firme no tendría más remedio que apechugar
con un par de almadreñas como las suyas; que lo de mi ropa, «podía
pasar», y que, en cuanto al armamento, «ya se vería». ¡Vaya si tenía
camándulas el mozallón! Por de pronto, ni él ni yo íbamos entonces
propiamente «de caza», sino de paseo; sólo que así como en las tierras
llanas se pasea un hombre con un bastón en la mano o con las dos
desocupadas, allí se pertrecha el paseante de armas y de municiones por
lo que pueda acontecer.

Como la excursión me resultó muy entretenida y también muy provechosa,
porque me dio buen apetito y mejor sueño, al día siguiente la repetí,
aunque por distinto lado de la montaña, pero sin extender mucho más que
en la anterior el radio de mis valentías, porque el teatro de mis
experiencias era vastísimo, y el aprendizaje muy duro de pelar.

A los tres o cuatro días de andar en estas pruebas y continuando el
tiempo alegre y primaveral, se unió a nosotros Pito (Agapito) Salces,
«Chorcos» de mote, hijo de un casero de mi tío; buen cazador también,
como casi todos los hombres de aquel valle; algo torpe de magín y muy
largo y deslavazado de miembros. Le había conocido yo en casa una noche,
y me habían caído muy en gracia su catadura y sus «cosas»; por lo que mi
tío, que pescaba en el aire las ocasiones y los medios de agasajarme,
dispuso que desde el día siguiente se agregara a Chisco para acompañarme
en mis correrías. Era además muy amigo de éste, y a los dos les supieron
a gloria el licor de mi frasquete y los cigarros de mi petaca en cuanto
los cataron.

A todo esto, yo no había estado en el pueblo más que una sola vez, y ésa
muy de pasada y muy temprano, casi de noche todavía, yendo a la misa
primera de don Sabas; ni conocía de cerca a otras personas que las que
frecuentaban la cocina de mi tío, con el cual no había hecho nunca
conversación empeñada sobre cosa alguna... ni siquiera sobre Facia, cuyo
aspecto singular y un tanto misterioso me llamaban mucho la atención,
particularmente desde una noche (la del tercer día de mis excursiones a
la montaña) en que la hallé, saliendo yo de mi aposento, como extraviada
en los pasadizos, con el farol en la diestra, la mirada de espanto y el
andar de una sonámbula. Se estremeció al verme de improviso junto a
ella, y me pidió perdón por haberme tomado por... No me dijo por qué ni
por quién; pero rompió a llorar y huyó a ocultarse en el cuarto frontero
a la puerta de la escalera, el cual habitaban ella y Tona. En un momento
en que me hallé a solas con mi tío, antes de recogerme aquella noche, le
hablé del suceso. De pronto me pareció algo picado de la curiosidad;
pero enseguida cambió de aspecto, se encogió de hombros y me dijo:

--Está mema la infeliz. Cosas de ella. Siempre es por ese arte.

También se me había antojado que Chisco miraba a Tona con muy buenos
ojos. De esto no hablé a mi tío; pero sí al mozallón, y por hablar de
algo, subiendo los dos solos una vez al «Prao-Concejo».

--¡Jorria!--me contestó trepando delante de mí, sin detenerse un punto
ni volver la cara, pero sacudiendo al aire su mano derecha.

No me sacó de dudas la respuesta, y le pedí otra más terminante. Diómela
en estos términos:

--No estarían mal puestus en eya los pensaris de unu... ¡y esu que!...
Pero van los míos jacia muy otra parti. Los de Pitu, pongo el casu, ya
es pleitu difirente.

--Conque Pito... Y ella, tan repolluda y tan guapota, ¿le corresponde?

--Esu es lo que yo no sé... ni pué que lo sepa él tampocu.

--Es muy posible... aunque antes has puesto una tacha a esa buena moza.

--¡Una tacha!... Y ¿cuál fue eya?

--No la pintaste muy clara, pero la diste a entender. Después de
ponderar por cosa buena a la moza, añadiste «y eso que...» como quien
dice: «no es oro todo lo que reluce».

--Lo diría yo, si es casu, por su padre... o por su madre.

--Y ¿qué tienen su padre o su madre que tachar?

--¡Qué sé yo! Historias.

--Conque historias... ¿Y quién es el padre?

--Echeli usté un galgu.

--¡Anda, morena! ¿Y la madre?

--¡Ahora sí que panojó! ¡Y la tien él en casa!

--¿Quién, hombre de Dios?

--Usté.

--¿Yo?

--Usté mesmu... ¿Pa qué demontres quier los ojus de la cara, si no es pa
ver lo que está delanti de eyus?

--Acaba de decirlo con mil demonios que te lleven: ¿quién es la madre de
Tona?

--Pos Facia.

--¡Facia!--exclamé lleno de asombro--. Pero ¿Facia es casada?

--Por lo vistu--me respondió el mozallón con mucha flema.

--¿Con quién?--volví a preguntarle.

--Esa es la historia--respondióme él apuntando al suelo hacia atrás con
el índice de su diestra, sin volver la cara ni disminuir el paso.

--Pues cuéntamela enseguida--le dije yo entonces, sentándome a
horcajadas en el pico de una roca que sobresalía a un lado del sendero,
no tanto por oír más a gusto lo que Chisco me relatara, como por
descansar de la fatiga que me iba dando aquel nuestro incesante subir
por la ladera del agrio monte. Habíamos ganado el primer tercio de su
altura, y estábamos ya dentro de los términos de la gran mancha verde
que se veía desde la casona «de mis mayores», es decir, del
«Prao-Concejo», que desde allí me parecía interminable, inmenso, en la
dirección oblicua de la senda que llevábamos. Chisco, cuando notó que yo
me había sentado, se detuvo, volvióse hacia mí, se sonrió a su manera al
verme tan bien acomodado, y, por último, retrocedió lentamente.

--Cuéntame eso--le dije en cuanto se detuvo a mí lado--; pero con todos
sus pelos y señales.

Para infundirle buenos ánimos le di un trago de los de mi frasquete, que
era la mejor golosina para él, y un cigarro de los mayores de mi petaca.
Bebió y paladeó el confortante licor, relamiéndose de gusto, y echó
después una yesca, mientras yo contemplaba a vista de pájaro el
vallecito de Tablanca, con sus casitas trepando mies arriba detrás de la
de mi tío, sola y encaramada en lo alto, como si se hubiera detenido
allí para animarlas con la voz y algunas cuchufletas de don Celso; y,
por último, recostándose contra el terreno y estribando con las abarcas
en las asperezas del camino, me refirió lo siguiente, que yo traduzco,
poco más que en sustancia, al lenguaje vulgar, con verdadero
sentimiento, porque no me es posible, por falta de memoria y de
costumbre, reproducir al pie de la letra aquel pintoresco lenguaje, cuyo
sabor local excedía con mucho, en interés, al asunto relatado.

Facia era, en efecto, una huérfana desvalida cuando la recogieron mis
tíos en su casa. Educóse y creció en ella; llegó a ser una gran moza,
porque tenía de quién heredarlo, lo mismo que el ser honrada y discreta;
y por buena moza, y por honrada, y por discreta, y hasta por muy
agradecida, pasaba, y con razón, en el pueblo, cuando se presentó en él,
como llovido de las nubes, cierto galán, un baratijero que asombró a
Tablanca, no sólo por las maravillas, jamás vistas allí, de la tienda
que plantó en un ferial del valle, sino por el encanto de su pico, por
la «majura» de su cara y por el rumbo de su porte. Como moscas acudían a
su tenducho reluciente los pobres papanatas de la feria, y como moscas
caían en la miel de sus ponderaciones y lisonjas, dejando en el cebo
engañador hasta el último maravedí de los ahorrados para fines bien
distintos. Para las mujeres, sobre todo, tenía el charlatán un anzuelo
irresistible; y para las buenas mozas, en particular, un «aquel» que las
atolondraba. Tan bien le fue al indino en aquel empeño, que acabada la
feria trasladó el tenducho al pueblo y le abrió en un cobertizo que
improvisó junto a la iglesia. A creerle por su palabra, él no era
traficante por necesidad, sino por lujo. Le gustaba correr el mundo y
ver de todo, y para lograrlo a su antojo, como era rico por su casa y le
sobraba el dinero, le corría de aquella manera, comprando alhajas «a
todo coste» en las grandes ciudades de la tierra, para cedérselas a los
pobres hombres y a las buenas mozas de los lugarejos por un pedazo de
pan. Así daba él perlas finísimas de Oriente al precio de los garbanzos
de Castilla; puñalitos de Damasco y relojes de oro, más baratos que las
navajas de Albacete y las coberteras de hojalata. Como había visto
muchas tierras y estudiado muchos libros, sabía un poco de todo cuanto
había que saber, y daba remedios, y aun los vendía, al «desbarate», por
supuesto, para toda casta de enfermedades... y de contratiempos, porque,
en su opinión, nada existía verdaderamente incurable, sabiendo buscar a
las cosas su motivo, como lo sabía él, por haber estudiado muchos libros
y haber corrido muchas tierras. Aquella segunda campaña de baratijero
fue una barredera en el lugar. Ni una mota dejó el pícaro en Tablanca.
Particularmente Facia, que era de suyo sencillota y noble, se
despilfarró. Gastó en gargantillas de todos colores, en sortijas,
espejucos y alfilerones de todas hechuras, un dineral: todo lo ahorrado
de sus soldadas y algo más que pidió a cuenta, afrontando valerosa las
indignidades con que la apostrofaba su amo. Porque resultaba que
aquellos antojos insaciables y aquel atrevimiento inconcebible en la,
poco antes, tan modesta, comedida y respetuosa muchacha, dimanaban de un
«qué sé yo de mal aquél», a modo de maleficio, y que «la jalaba, la
jalaba» contra su gusto hacia las baratijas de la tienda, y muy
particularmente hacia los donaires del baratijero. Como éste le había
notado la inclinación y era ella (sin ofender) la mejor moza entre las
muchísimas y muy buenas que había en el lugar, apretó el pícaro las
lisonjas y los chicoleos, y hasta la rondó la casa por las noches y la
cantó unas coplas «finas» al son de una guitarra «que propiamente
hablaba entre sus manos». En fin, que la inocente borrega llegó a
prendarse en tales términos del hechicero galán, que solamente le quedó
una pizca de juicio, lo puramente indispensable para responderle en uno
de sus asedios más obstinados, que «en siendo como Dios mandaba y por
delante de la Iglesia y para vivir en Tablanca a la vera de su amo,
cuando lo tuviera por conveniente».

Contuvo el hombre sus ímpetus con la respuesta; meditóla durante algunos
días; resolvió al cabo que sí; corrióse la noticia por el pueblo;
envidiaron a Facia su loca fortuna todas las mozas de él; llegó el caso
a oídos de don Celso; tocó el cielo con las manos; puso a la infeliz
enamorada de loca y de sin vergüenza que no había por dónde cogerla;
juró y perjuró que el baratijero era un bribón de siete suelas; que no
había más que mirarle a la cara para convencerse de ello; que sabe Dios
dónde sería nacido, de dónde vendría y por dónde habría andado hasta
entonces, y que por la cruz de Jesucristo considerara esto y lo otro y
lo de más allá... Como si callara. El hechizo estaba tragado, y Facia no
cejaba un punto en su empeño. Bien persuadido entonces su amo de que no
había razonamiento capaz de convencerla, ni medida rigurosa, como la de
plantarla en la calle, que no empeorara el destino de la infeliz, entre
verla perdida o desgraciada, optó por lo menos malo al cabo de los días:
arregló un casucho que tenía medio abandonado al extremo inferior del
valle; agrególe tierras y ganado; hizo, en fin, cuanto puede hacer un
padre por un hijo en casos tales, y dijo a Facia después de haberse
negado a recibir al novio y a verle al alcance de su voz:

--Cásate cuando te dé la gana, y meteos ahí para que, siquiera,
siquiera, cuando las pesadumbres te maten, tengas cama propia en que
morir después de haber pedido a Dios perdón de tus ingratitudes y
locuras.

A los pocos días de casado, y con gran pompa, el baratijero, ya era otro
hombre distinto de lo que fue en el lugar antes de casarse: hasta la
cara parecía diferente, sobre todo cuando hablaba con su mujer lo poco
que hablaba; miraba bajo y mal, y parecía que le estorbaba hasta su
sombra. Al mes de esto, como no sabía trabajar la tierra ni manejar el
ganado, y de aquellas riquezas que tenía «por su casa», según dijo de
soltero, no se veía un maravedí para levantar las cargas de su nuevo
estado, cogió lo que le quedaba de su tenducho y se fue a correr ferias
y mercados con ello. Volvió a los dos meses, muerto de hambre, mal
encarado y peor vestido. Hízose temible para su mujer, a quien golpeaba
con el más leve pretexto, y sospechoso a todo el vecindario, que no
estaba hecho a ver en aquel honrado suelo holgazanes y renegados de
semejante catadura.

A los diez meses de casados, tuvo Facia una niña; y sin llegar a
cumplirse el año, su marido, que había desaparecido del pueblo una
semana antes, volvió a casa de noche, roto y desgreñado; dio dos
bofetones a su mujer porque le preguntó cariñosamente cómo le había ido,
por dónde había andado y a qué venía; y mientras la amenazaba con
abrirla en canal si contaba a nadie que no le había visto el pelo desde
la semana anterior, hizo apresuradamente un lío con las baratijas que le
quedaban en casa y con otras, al parecer, semejantes que fue sacando de
los anchos bolsillos de su ropa, y sin despedirse de Facia desapareció
de la casa y del pueblo, perdiéndose en la oscuridad de los montes...
hasta hoy.

A los dos días de esto, llegó al pueblo una pareja de la guardia civil y
una requisitoria del juez del partido preguntando por él. Se trataba del
robo de una iglesia y de unas puñaladas al pobre sacristán que intentó
impedirle... Dos pájaros de la cuadrilla habían caído ya en el garlito,
y se buscaba al tercero, al capitán de ella, al famoso baratijero casado
en Tablanca... y en otras tres o cuatro parroquias más de España y sus
Indias, según resultaba de sus antecedentes procesales.

Con este golpe se espantó el vecindario, se llevó don Celso las manos a
la cabeza, y envejeció de repente quince años la pobre Facia.

Del pícaro fugitivo sólo volvió a saberse que anduvo por las repúblicas
de América, recién escapado de España, y se le daba por muerto muchos
años hacía o arrastrando una cadena.

A poco de verse abandonada, triste y arrepentida la desventurada Facia,
recogióla otra vez don Celso por caridad de Dios; y por caridad de Dios
también no la dijo una palabra desde entonces que se refiera de cerca ni
de lejos a su locura ni a su desgracia; y a su lado fue creciendo la
niña Tona, ignorando los verdaderos motivos de las tristezas y amarguras
de su madre, y viviendo en la creencia de que su padre había sido un
hombre de bien que, como otros muchos, se había marchado a «la otra
banda» para mejorar la fortuna, y que allí había muerto sin conseguirlo,
al cabo de los años.

Tal es la sustancia de lo que me refirió Chisco. Con ello sólo podía
explicarse el arrechucho aquel de Facia, y podía también no explicarse:
de todas suertes, el caso, aun después de conocida la historia de la
mujer gris, que no dejaba de ser interesante, no era para meterme en
escrupulosas indagaciones; y no me metí.



VII


Con dos guías tan complacientes y tan expertos como los míos, pronto
conocí las principales sendas, cañadas y desfiladeros, la fauna y la
flora de los montes más cercanos del contorno; perdí el miedo que me
infundían los «asomos» u orillas descubiertas de los precipicios, siendo
de advertir que allí no hay camino chico ni grande que no sea un asomo
continuado, y adquirí la soltura y la fortaleza de que mis piernas
carecían al principio para soportarme lo mismo en las cuestas arriba que
en las cuestas abajo; es decir, siempre que andaba, porque es la pura
verdad el dicho corriente en el lugar, de que en aquella fragosa comarca
no hay otra llanura que la sala de don Celso. No subí a grandes alturas,
porque no me tentaban mucho los espectáculos de esa casta, ni tampoco
hicieron mis rudos guías grandes esfuerzos para animarme a vencer las
inclinaciones de mi complexión relativamente perezosa; pero no dejé por
eso de satisfacer mi escasa curiosidad en la contemplación de
hermosísimos panoramas. Por último, conocí también los principales
puertos de invierno y de verano, a los cuales envían sus ganados los
valles circunvecinos, y admiré la lozanía de aquellas brañas («majadas»)
de apretada y fina yerba, verdaderas calvas en medio de grandes y
tupidos bosques de poderosa vegetación. Cada una de estas calvas tiene,
en los puertos de verano, una choza, y en los otros un «invernal»: la
choza para albergue de las personas que pastorean el ganado, y el
invernal, edificio amplio y sólido, de cal y canto, para establo y pajar
de una buena cabaña de reses. Por lo común, cada invernal corresponde a
los ganados de ocho o diez condueños de las «hazas» o partes de la braña
contigua. Algunos de esos invernales estaban ya ocupados. De noche come
el ganado prendido en la pesebrera, de la «ceba» del pajar, segada en
las hazas en agosto; de día pasta al aire libre, mientras el tiempo lo
consiente, al cuidado de sus dueños, que después de dejarlo recogido al
anochecer, bajan a dormir al pueblo; al revés que en verano, durante el
cual duermen amontonados en la choza, quedando la cabaña «acurriada», es
decir, reunida en la majada circundante. Las yeguadas hacen vida más
independiente y libre, y las hallábamos, en estado semisalvaje, donde
menos lo pensábamos.

Pito era muy bruto, y aconteció más de una vez ir yo muy descuidado y
sentir a mi espalda un estampido feroz que me hacía dar dos vueltas en
el aire. Era la espingarda del gaznápiro: un escopetón más viejo y
remendado que el de Chisto, que había hecho una de las suyas. Pito no se
cansaba en avisar a nadie ni en tomar la más leve precaución cuando una
pieza se le ponía a tiro, es decir, en cuanto él la atisbaba, lo mismo
en los aires que entre los matorros, que atravesando la sierra
escampada, porque para un arma de las dimensiones de la suya y con la
metralla de que la atascaba, no había lejos ni cercas: se la echaba a la
cara, y por encima de un hombro mío o entre las piernas de Chisco, según
lo pedía la situación de las cosas y de las personas, sin cansarse en
decir «allá va eso», «¡puuunnn!» Aquello parecía el fin del mundo: los
montes retemblaban, y quedaba la pieza, no sólo muerta, sino hecha
trizas, porque él no perdía golpe, ni la pieza un solo grano de la
metralla del escopetón.

Y la pieza era una liebre, una zorra, un gato montés, un «esquilo»
(ardilla), un faisán o una alimaña de regular cuantía, pues es muy de
notarse que de ese y otros linajes parecidos son los animales con que se
topa uno yendo de paseo, aun por los sitios más inmediatos al pueblo,
como se topa en cualquier otra parte del mundo, que no sea aquélla, con
el gato doméstico, el perro cariñoso o las aves de corral.

Chisco se conducía de muy distinto modo que su camarada: todo lo hacía
sin alterar en lo más mínimo aquella su placidez de continente. Si se me
ponía una pieza a tiro, con una mano me detenía suavemente, con la otra
me la señalaba, y con un gesto expresivo o con media palabra me daba a
entender que me la cedía. Si yo erraba el golpe, como sucedía casi
siempre, él me le enmendaba, si no se le había anticipado la espingarda
de Chorcos desde donde menos podíamos esperarlo; y notaba yo, en el
primer caso, cierta complacencia maliciosa en la mirada que me dirigía,
mientras pataleaba la víctima en el suelo o descendía de los aires dando
tumbos, como si quisiera decirme: «¿Vey usté cómo no val un pitu esa
escopeta, con ser tan maja como es?» Pero Chisco se engañaba
grandemente, porque el arma era inmejorable, y las municiones muy dignas
de ella. Lo que fallaba era el cazador, que siendo tan diestro como yo
lo era en el tiro al blanco, no sabía por dónde se andaba cuando había
que tirar a la carrera o al vuelo. El caso es que llegó a mortificarme
esta torpeza; y contribuyeron mucho a ello, más que las miradas dulzonas
de Chisco, las risotadas brutales con que solemnizaba Chorcos cada
enmienda que hacía su espingardón roñoso a los fracasos de mi escopeta.
Y tan adentro me llegaron las mortificaciones, que poniendo mis cinco
sentidos en el negocio aquel, conseguí pronto, ya que no la destreza de
mis acompañantes, portarme de tal manera, que no fueran «enmendables»
por ninguno de ellos los tiros que yo desaprovechara. Con esto cesaron
las sonrisas del uno y las risotadas del otro, y sentí yo descargado el
ánimo de un gran peso; porque así vienen hilvanadas las flaquezas de la
vida, y jamás se ha dicho verdad como la del pedante don Hermógenes: «No
hay poco ni mucho en absoluto.»

Dos veces nos acompañó en estas expediciones, mixtas de exploración y de
caza, el cura don Sabas; pero sin más arma que el cachiporro pinto que
le servía de bastón. Hallaba él algo como mengua en gastar la pólvora en
aquellas salvas de puro recreo, y llamaba «animalitos de Dios» a cuantos
había en la escala de magnitudes, desde el jabalí o el corzo para abajo.
Pero ¡cuánto sabía de toda la escala entera y verdadera, y de aquellos
montes y de otros tales, y con qué respeto le oían los dos mozos que,
como cazadores, tanto se crecían a mi lado, y con qué gusto le oía y le
contemplaba yo a ese propósito... y otros muchos, para los que no tenían
ojos ni oídos las rudas entendederas de Chisco y su camarada!

Porque es lo cierto que aquel hombrazo tan soso de palabra y tan pobre
de recursos en la tertulia de mi tío; algo más agradable y suelto
oficiando en la iglesia, donde hablaba desde el altar mayor bastante al
caso y a la medida del entendimiento de sus rústicos feligreses, en las
alturas de la montaña no se parecía a sí propio. Lo de menos era en él,
con ser mucho, el interés que sabía dar en pocas y pintorescas frases a
las noticias que yo le pedía, por no satisfacerme las que me
suministraban Chisco y su compañero, acerca de las grandes alimañas, sus
guaridas en aquellos montes y la manera de cazarlas; los lances de apuro
en que se había visto él y cuanto con esto se relacionaba de cerca y de
lejos; sus descripciones de travesías hechas por tal o cual puerto
durante una desatada «cellerisca» sus riesgos de muerte en medio de
estos ventisqueros, unas veces por culpa suya y apego a la propia vida,
y las más de ellas por amor a la del prójimo: lo demás era, para mí, su
manera de «caer» sobre la montaña, como estatua de maestro en su propio
y adecuado pedestal; aquél su modo de saborear la naturaleza que le
circundaba, hinchiéndose de ella por el olfato, por la vista y hasta por
todos los poros de su cuerpo; lo que, después de este hartazgo, iba
leyéndome en alta voz a medida que pasaba sus ojos por las páginas de
aquel inmenso libro tan cerrado y en griego para mí; la facilidad con
que hallaba, dentro de la ruda sencillez de su lengua, la palabra justa,
el toque pintoresco, la nota exacta que necesitaba el cuadro para ser
bien observado y bien sentido; el papel que desempeñaban en esta labor
de verdadero artista su pintado cachiporro, acentuando en el aire y al
extremo del brazo extendido, el vigor de las palabras; el plegado del
humilde balandrán, movido blandamente por el soplo continuo del aire de
las alturas; la cabeza erguida, los ojos chispeantes, el chambergo
derribado sobre el cogote, la corrección y gallardía, en fin, de todas
las líneas de aquella escultura viviente... ¡Oh! diéranle al pobre Cura
en el llano de la tierra, en el valle abierto, en la ciudad, una mitra;
la tiara pontificia en la capital del mundo cristiano, y le darían con
ellas la muerte: para respirar a su gusto, para vivir a sus anchas, para
conocer a Dios, para sentirle en toda su inmensidad, para adorarle y
para servirle como don Sabas le servía y le adoraba, necesitaba el
continuo espectáculo de aquellos altares grandiosos, de aquella
naturaleza virgen, abrupta y solitaria, con sus cúspides desvanecidas
tan a menudo en las nieblas que se confundían con el cielo.

Nada de esto, que tan hermoso era y tan a la vista estaba, sabían leer
ni estimar los dos mozones que tan profundo respeto tenían a don Sabas
solamente por ser cura de su parroquia y hombre de indiscutible
competencia en cuanto se les alcanzaba a ellos.

Mi temperamento, en la escala de lo sensible, ni siquiera llegaba al
grado de los innumerables que para «sentir el natural» necesitan verle
reproducido y hermoseado en el lienzo por la fantasía del pintor y los
recursos de la paleta; y, sin embargo, yo leía algo que jamás había
leído en la Naturaleza cada vez que la contemplaba a la luz de las
impresiones transmitidas por don Sabas encaramado en las cimas de los
montes. Y era muy de agradecerse y hasta de admirarse por mí este
milagro del pobre cura de Tablanca; milagro que nunca habían logrado
hacer conmigo ni los cuadros, ni los libros, ni los discursos.

En la última ocasión de aquéllas, volviendo a casa los dos, yo rendido y
descuajaringado, y él tan fresco y tan brioso como si no hubiera salido
del lugar, díjome que todo lo visto por mí hasta entonces era como no
ver nada y que había que ver algo de lo que me tenía prometido.

--Lo que usted quiera y cuando usted quiera--respondí yo temblando, por
el compromiso que adquiría con aquel hombre para quien eran cosa de
juego excursiones que a mí me descoyuntaban.

--Pues queda de mi cuenta el caso--me replicó--; y no hay más que
hablar.



VIII


Mis visitas de exploración minuciosa al pueblo las hice solo y por mi
propia cuenta, dejándome aparecer en él como a la descuidada, para
sorprenderle mejor en sus intimidades. Al conocer «de vista» a su
vecindario en la misa del domingo anterior, ya me había llamado la
atención muy vivamente cierta uniformidad monótona de «corte», digámoslo
así, y hasta de indumentaria. Todos los mozos usaban el «lástico»
encarnado, y verde todos los viejos, y todas las mujeres llevaban la
«manta» o chal de parecido color y cruzado de igual modo sobre el pecho
y los riñones; en todas y en todos abundaban el tipo rubio y la línea
curva, no sin gracia, con tendencia al cuadrado hacia los hombros; todos
y todas andaban, hablaban y se movían con la misma parsimonia, y en
todas las caras, viejas y juveniles, se notaba la misma expresión de
bondad con cierto matiz de sobresalto, como si la continua visión de las
grandes moles a cuya sombra viven aquellas gentes, las tuviera
amedrentadas y suspensas. Pues no tuve que rectificar un ápice de estas
impresiones, recibidas de un simple vistazo al conjunto del vecindario
aquél, cuando traté de estudiarle en detalle y más a fondo; al
contrario, resultóme que a la monotonía de su manera de ser y de vestir,
bien confirmada de cerca, hubo que agregar otra monotonía no menos
saliente por cierto: la de sus habitaciones. Todas las casas de
Tablanca, con excepciones contadísimas, me parecieron construidas por un
mismo plano: la planta baja, destinada a cuadras del ganado lanar y
cabrío; en el piso, la habitación de la familia, y la cocina sin más
techo que el tejado, y en lo alto el desván, limitado por un tablero
vertical sobre el borde correspondiente a la cocina, formando con las
tres paredes restantes lo que pudiera llamarse «caja de humos». Afuera,
una accesoria para cuadra y pajar del ganado vacuno, y pegado a ella o a
la casa, un huerto muy reducido.

De igual modo que en la cocina de mi tío se hablaba en todo el lugar por
chicos y grandes, viejos y mozos. Como nota característica de aquel
lenguaje, las haches como jotas y las oes finales como úes; verbigracia:
«jermosu» y «jormigueru» por hermoso y hormiguero. Pero tan acompasada y
tan melódica es la cadencia que dan a la frase, que no resultan las
asperezas de la palabra desagradables al oído: al contrario; y tienen
expresiones y modismos de un sabor tan señaladamente clásico, que con
ello y el sonsonete rítmico de que las acompañan, oyendo una
conversación entre aquellos montañeses, se me venía a la memoria la
«música» de nuestros viejos romanceros.

Es también muy de notarse que ninguna de estas singularidades en el modo
de ser y de expresarse, sufre visible alteración por el cambio de
lugares o de costumbres. Es allí muy corriente la de emigrar durante el
verano los hombres mozos a provincias tan lejanas como las de Aragón,
para ejercer el oficio de serradores de madera, o las de Castilla, con
aperos de labor o con castañas, para cambiarlos por trigo o por dinero.
Yo hablé con hombres de estos, recién llegados al valle tras de muchos
meses de ausencia de él, y no hallé la menor diferencia que los
distinguiera en el vestir ni el hablar, ni en la manera de conducirse en
todo, de sus otros convecinos; ni tampoco he hallado después,
buscándolas de intento, muy notorias señales de que les interese, fuera
de sus hogares, más que el asunto que los saca de ellos, como si sólo
tuvieran ojos y corazón para ver y sentir el terruño nativo.

La raza es de lo más sano y hermoso que he conocido en España, y yo creo
que son partes principalísimas de ello la continua gimnasia del monte,
la abundancia de la leche y la honradez de las costumbres públicas y
domésticas. Supe con asombro que no había en el lugar más que una
taberna, y ésa de la propiedad del Ayuntamiento, que vendía el vino casi
con receta y para que cada consumidor lo bebiera en su casa; de donde
resultaba, por la fuerza de la costumbre, que era muy mal mirado el
hombre que mostraba instintos «taberneros», y mucho peor el que se
dejaba arrastrar de ellos, aunque fuera pocas veces. No me asombró tanto
la noticia de que allí escaseaba mucho el dinero, por ser un linaje de
escasez muy común en todas partes; pero me pareció muy de notarse la de
que, en cambio, eran moneda corriente los frutos de la tierra, como en
los pueblos primitivos; y así sucede que hay servicios muy importantes
que se pagan con media docena de panojas o con un maquilero de castañas.
Lo que tampoco hay en aquel valle son patatas; pero, en cambio, se
cosechan abundantes en el de Promisiones, el valle de mi abuela paterna
y aguas arriba del Nansa, donde no se da el maíz, que es la principal
cosecha de Tablanca, por lo cual estos dos valles, separados entre sí
por cuatro horas de camino a buen andar, están en frecuente trato para
cambiar aquellos importantes frutos de la tierra.

Casi todos los hombres de Tablanca son abarqueros, algunos de los
cuales, sin dejar de ser labradores, hacen una industria de aquel
oficio. Éstos acampan, durante el verano, en el monte, en cuadrillas de
ocho a diez; cortan la madera, preparan en basto las abarcas a pares, y
así las bajan al pueblo, donde, después de bien curadas, van
concluyéndolas poco a poco. En esta tarea hallé ocupados a algunos de
ellos; y me embelesaba viéndolos manejar la azuela de angosto y largo
peto cortante, o sacar con la legra rizadas virutas de lo más hondo e
intrincado de la almadreña, o «pintar», las ya afinadas, a punta de
navaja sobre la pátina artificial del calostro secado al fuego. Otros
son más carpinteros, y acopian también y preparan en el monte madera
para rodales y «cañas» (pértigas) de carro, o aperos de labranza que
luego afinan y rematan abajo.

Otra singularidad de aquellas gentes sepultadas entre montes de los más
elevados de la cordillera: llaman «la Montaña» a la tierra llana, a los
valles de la costa, y «montañeses» a sus habitantes.

Una de las primeras personas con quienes me puse «al habla» en aquella
ocasión, fue un hombre que resultó muy original. Le hallé recogiendo
cantos del suelo y cerrando con ellos el boquete de un «morio» que se
había desmoronado por allí. Trabajaba con gran parsimonia, y pujaba
mucho, sin quitar la pipa de su boca, a cada esfuerzo que hacía, porque
ya era viejo. Me saludó muy risueño al verme a su lado, y hasta me llamó
por mi nombre, «señor don Marcelo».

Bastaba mi cualidad de «señor» y de forastero para merecer aquellos
homenajes de una persona de Tablanca, donde son todos la misma cortesía;
pero yo era además sobrino carnal de don Celso, hijo «del difunto don
Juan Antonio», sangre de los Ruiz de Bejos, de la enjundia nobiliaria de
Tablanca, de la «casona» «de allá arriba...», vamos, de los Faraones de
allí; algo indiscutible, prestigioso y respetable _per se_ y como de
derecho divino; pero no a la manera autoritaria y despótica de las
tradiciones feudales, sino a la patriarcal y llanota de los tiempos
bíblicos.

No me extrañó, pues, ni debía extrañarme, vistas las cosas por este
lado, el cariñoso acogimiento que me dispensó el hombre del morio.

Estaba «amañandu aqueyu» porque le daba en cara verlo «en abertal». No
eran hacienda suya, «como podía comprender yo», ni aquella tierra ni
aquel cercado; pero había visto un día removido el primer canto de los
de en medio; después otros dos de los «apareaos» con él, y luego «otros
de los arrimaus a eyus», y por último, se había dicho, «a las primeras
celleriscas que vengan, o a la primera res que jocique una miaja pa
lamberse estus verdinis, se esborrega el moriu por aquí». Y así había
sucedido. Tres días estuvo el boquete abierto sin que lo viera el dueño
de la finca; otros cuatro «pedricándole» él sin fruto para que le echara
arriba antes que se picaran las bestias a aquel portillo y acabaran con
la «pobreza» del cercado... hasta que pasando el «moriu» semanas enteras
en aquel estado «bichornosu», se había resuelto él a cerrar el boquete.
Porque era de ese «aquel», y no lo podía remediar. No en todas las
ocasiones llegaba a tanto el interés que se tomaba por lo ajeno; pero
siempre le daban en cara y le metían en grandes cuidados los descuidos
de los demás. Ya sabía él cuándo había llegado yo a Tablanca y la vida
que había hecho desde entonces. Le gustaba mucho verme apegado a la
tierra y a la casa de mis abuelos. Chisco era buen compañero para andar
por donde yo andaba con él; también Pito Salces, pero no tan «amañau»
como el otro «pa el autu de rozasi con señores finus». Si Chisco fuera
de Tablanca como era de Robacío, no habría nada que pedirle. Así y con
todo, fiel, honrado y trabajador como era y sirviendo donde servía,
ningún padre de aquel lugar debía, en «josticia de ley», cerrarle la
puerta de su casa. Pues había quien, si no la cerraba propiamente,
tampoco se la abría de buena voluntad. Temas de los hombres. La moza era
maja, y algunos bienes tenía que heredar en su día; pero no se
encontraba «al regolver de cada calleju» un hombre de bien, que era un
caudal «de por sí mesmo». Bien lo conocía ella, y por eso miraba a
Chisco con buenos ojos; pero era muy otro el mirar de su padre, y él se
entendería. La madre iba por caminos diferentes que su marido, y se
arrimaba más a los de la hija... En suma y finiquito, ya lo arreglaría
don Celso, si la cosa era conveniente para todos. Pero ¡qué «amejao» a
mi padre resultaba yo! Le había conocido él poco más que de «mozucu»,
porque el señor don Juan Antonio le llevaría, si viviera, al pie de diez
años. Se había marchado del lugar sin tener pelo de barba todavía;
después volvió, «jechu un mozallón arroganti»; pero «entrar por aquí y
salir por ayá, como el otru que diz». «Le jalaban muchu jacia lo mundanu
los dinerales que había apañau por esas tierras de Dios», y la mujer que
le aguardaba para casarse con él. Había vuelto a quedarse solo «el
mayoralgu» que nunca quiso raer de Tablanca. «Aunque no era mujeriegu de
por suyu», la soledad y otras penas le habían obligado a casarse
también. ¡Bien casado, eso sí, «por vida del Peñón de Bejo»! con lo
mejor de Caórnica, de la casa de los Pinares: doña Cándida Sánchez del
Pinar. Le parecía que estaba viéndola, tan arrogantona y tan... y luego
con su blandura de entraña... Pero Dios no había querido que las cosas
pasaran de allí; y hoy un hijo y mañana otro, le había llevado los tres
que había ido teniendo, y por último a ella, que valía un Potosí de oro
puro, y con ella, la luz y la alegría de la casona, que fenecería
«mañana u el otru» con el pobre don Celso, que ya había estado a punto
de morir. Y en feneciendo este último Ruiz de Bejos, y en cerrándose la
casona o pasando a dueños desconocidos, ¿qué sería de Tablanca ni qué
vivir el suyo, sin aquel arrimo, tan viejo en el valle como el mismo río
que le atravesaba? Por eso se alegraba él tanto de mi venida. Bien podía
ser permisión de Dios. Porque si yo tomara apego a aquella tierra, ¿qué
mejor dueño para la casona, ni más pomposo señor para el valle entero,
cuando don Celso faltara? ¡Ah, cuánto se alegraría él de que yo fuera
animándome! Por lo pronto, allí le tenía para servirme en lo que
quisiera mandarle... Nardo Cucón, el «Tarumbo», si lo quería más llano y
conocido, porque así le llamaban de mote, no sabía por qué, pero era la
pura verdad que no le ofendía... En fin, ya estaba cerrado el boquete...

Entonces fue cuando el Tarumbo se incorporó del todo, aunque algo
encorvado de riñones todavía y bastante esparrancado, y se encaró
conmigo. Su charla había durado tanto como su labor, y yo no había hecho
más que mirarle y oírle. Se quitó la pipa de la boca después de
restregarse ambas manos contra el pantalón; golpeóla boca abajo sobre la
uña del pulgar de la izquierda, y me enseñó en una sonrisa toda la caja
desportillada de sus dientes. Era un vejete de rostro plácido y greñas
muy canas, algo atiplado de voz y muy duro de «bisagras»; es decir,
torpe de todos sus movimientos. Para un hombre tan cuidadoso como él de
la hacienda de los demás, no me pareció muy bien cuidada la propia que
tenía a la vista. Dígolo por el desaliño y desaseo de toda su persona,
que eran muy considerables... Así y todo, resultaba interesante y muy
simpático el vejete.

Hablé con él un buen rato todavía, porque me entretenía mucho su
conversación pintoresca, y acabé por preguntarle por la casa del médico.

--Vela ahí--me respondió dando media vuelta hacia la derecha, y
apuntando con la mano hacia un edificio algo más aseñorado que los del
tipo corriente en el pueblo--. De dos zancajás está en ella.

--¿Y la de don Pedro Nolasco?--preguntéle después.

--Vela a esta otra manu--respondióme apuntando con la suya al lado
opuesto--. Por encima del tejau de esa primera que tien frutales en el
güertu, asoma el aleru vencíu y el jastialón detraseru de eya, con su
balconaje de fierru.

En esto venía hacia nosotros de la parte alta del lugar, cuyas casas,
como las de todos los lugares montañeses, no guardan orden ni concierto
entre sí, una moza de buena estampa, con un calderón de cobre muy
bruñido sobre la cabeza, y un cántaro de barro en cada mano. El Tarumbo,
después de conocerla, me guiñó un ojo, la volvió la espalda y me dijo
mientras cargaba de tabaco su pipa:

--Esa es Tanasia.

--¿Y quién es Tanasia?--le pregunté yo.

--La hija mayor del Toperu--respondióme.

--¿Y quién es el Toperu?--volví a preguntarle.

--Pos es el padre de Tanasia... Vamos, de la mozona que corteja Chiscu.

--¡Ajá!--exclamé mirándola con mucha atención, porque precisamente
pasaba entonces por delante de nosotros.

La mozona, que debió presumir algo de lo que tratábamos el Tarumbo y yo,
se puso muy colorada y se sonrió, bajando los ojos al darnos los buenos
días. Alabé de corazón el buen gusto de Chisco, y no me expliqué bien el
del Topero.

--Pues ¿qué demonios quiere para su hija?--pregunté al Tarumbo.

--A un tal Pepazus--me respondió éste--. Un mozallón como un cajigu, que
remueve dos hazas de una cavá, come por cuatru cavones, y descurre menos
que este moriu que tenemus delante. Dícese que tien el Toperu esta
manía: no es porque yo sea capaz de juralu, que como usté, señor don
Marcelu, pué cavilar, a mí ya ¿qué me va ni qué me vien en estas
cantimploras?

Poniéndome en marcha hacia la casa del médico, a quien deseaba pagar su
visita aquel día, despedíme del Tarumbo; pero éste, atajándome a la
mitad de la despedida, díjome que «payá» iba él también, porque
cabalmente estaban las dos casas, la suya y la del médico, frente por
frente, y echó a andar a mi lado. Pasamos una calleja con muchos
bardales, y al desembocar en una plazoleta de suelo verde y contorneada
en su mayor parte de morios con yedras y saúcos, dijo mi acompañante,
apuntando hacia la izquierda y al fondo de un saco que se formaba allí
por dos cercados, uno de «busquizal» (zarzal espeso) y otro de pared
medio derruida entre malezas:

--Esta es la mi casa.

Y volviéndose al lado opuesto, añadió, mientras apuntaba hacia otra que
cerraba la plazoleta por allí:

--Y ésta es la del méicu.

La casa del Tarumbo arrimaba por un costado al muro ruinoso, y allá se
andaba con él en achaques y quebrantos y con los atalajes de su dueño.
Con estos pensamientos en la cabeza, miré al Tarumbo sin decirle nada;
pero debió de leérmelos él en la cara que le puse, porque me dijo
enseguida:

--No se espanti de eyu, porque es de nesecidá. Quedamos yo y la mujer,
que no sal ya de la cama; los hijus, entre casaus y ausentis, lo mesmu
que si no los tuviera; y a mí no me alcanza el tiempu pa ná con el
quehacer que me dan los cuidaos ajenus... Porque, créame usté, señor don
Marcelu, lo que pasó con el moriu que me ha vistu usté levantar, pasa
aquí con las mil y quinientas a ca hora del día y de la nochi; y si no
juera por el Tarumbu, créame usté don Marcelu, créame usté y no lo tomi
a emponderancia: si no juera por el Tarumbu, la metá del vecindariu de
Tablanca andaría por estus callejonis devorá por la jambre y en cuerus
vivus.

Guardéme bien de ponérselo en duda siquiera; me despedí de él muy
afable, y me dirigí a la casa del médico, que estaba a dos pasos.



IX


Desde que le había conocido, poco más que de vista, en casa de mi tío,
sentía yo gran deseo de echar un párrafo a mi gusto con el médico de
Tablanca; porque se me antojaba que en aquel mozo había más «cantera» de
la que se halla en el tipo usual y corriente de los hombres de su edad y
circunstancias. Y resultó la cantera a los primeros desbroces; a flor de
tierra, como quien dice.

Como me había visto acercarme a su casa, salió a recibirme hasta el
portal con una ropilla casera, poco más que de verano, a pesar de la
frescura invernal del ambiente que corría; pero con buenos abrigos de
carne blanca y rolliza que le asomaba en ronchas por los puños recogidos
de su camisa de dormir y por encima del leve cuello de la americana.
Condújome escalera arriba por una de pocos tramos; después, por un
pasadizo corto, y, por último, me introdujo en una salita con solana y
gabinete, la cual, por los muebles y los libros que contenía, supuse
desde luego que le serviría de despacho. Sentámonos frente a frente en
cómodos, aunque no ricos ni elegantes sillones, con una mesita entre los
dos, cargada de papelejos, una plegadera, cajas de fósforos llenas y
desocupadas, cenicero con colillas, una petaca de suela y una bolsa
abierta de cirugía; y hubo primeramente las vaguedades acostumbradas en
toda visita; después fumamos, sin dejar de hablar del tiempo, por lo
inusitado de su relativa templanza, ni del juicio que iba formando yo de
aquella tierra, para mí desconocida hasta entonces; luego tocamos el
punto de las condiciones higiénicas del valle; y por este resquicio
salió a relucir la quebrantada salud de mi tío Celso, sobre la cual
tenía yo muchos deseos de hablar con el mediquillo aquél.

Es más difícil de lo que parece mostrar ingenio, discreción, tino y,
sobre todo, arte en las trivialidades y pequeñeces que son el tema
obligado a los comienzos de esas visitas «de cumplido» que todos
hacemos, que hace todo el mundo. Es más fácil ganar una batalla campal
que entrar a tiempo y bien entonado en esas insustanciales sinfonías de
la comedia que va a representarse después. Yo tengo el valor de
declarar, por lo que a mí concierne, que casi siempre que me veo en esos
trances, entro a destiempo y desafinado, y que cuanto más me empeño en
enmendar las pifias, peor lo pongo. Pero válgame el consuelo de que
llevo vistas mayores torpezas que las mías y hasta enormes
inconveniencias y sandeces donde menos eran de esperarse por la calidad
refinada de los actores. Pues bien: precisamente en ese mismo peligroso
trance fue donde empecé yo a vislumbrar la «cantera» de aquel mozo,
despechugado y casi en ropas menores, mediquillo simple de una aldehuela
sepultada entre montes, en presencia de un elegante de Madrid, harto de
correr el mundo de los ricos desocupados; y no seguramente por lo que me
dijo ni por lo que hizo, sino por todo lo contrario: por lo que se calló
y por lo que no quiso hacer, o mejor todavía, por lo bien que supo
callarse y estarse quieto, y escoger lo que me dijo y el modo de
decirlo. Todo el mundo tiene afán de ser un poco agudo, un poco gracioso
y hasta un poco travieso delante de las gentes, y de ahí las necedades y
las inconveniencias; y casi a nadie se le ocurre ser sincero, con lo
cual, buena educación y una pizca de sentido común, hay la garantía de
no «quedar mal» allí ni en ninguna parte, que no es garantía floja en
los tiempos esencialmente comunicativos que alcanzamos. Pues cabalmente
la sinceridad, y en su más alto grado, acompañada de un buen
entendimiento, fue lo primero que yo eché de ver en el mediquillo de
Tablanca.

Hablando de la enfermedad de mi tío, me dijo que era mortal de
necesidad. Consistía... (y aquí se detuvo risueño como para pedirme
perdón por las palabrotas que iba a soltar) en una dilatación
cardiaca... un estado asistólico...

--En castellano corriente--añadió con un gesto y un ademán muy naturales
y expresivos--, es la máquina vieja cuyo organismo empieza a
descomponerse. Se entorpeció la rueda del corazón como pudo entorpecerse
otra de las principales. Por alguna de ellas había de empezar la
inevitable ruina. Cuándo se consumará ésta, cuándo se parará la máquina,
no es posible calcularlo a fecha fija ni por mí ni por los que sepan de
esas cosas más que yo: lo mismo puede pararse dentro de seis meses que
en este instante. Lo indudable es que hay máquina para muy poco tiempo.

Aunque de ello estaba yo bien persuadido, la confirmación de mis
sospechas por labios tan autorizados me produjo un efecto muy penoso.
Aparte de los vínculos de sangre que me unían a don Celso, había en él
prendas personales que le hacían muy pegajoso al cariño de los que le
trataban.

Hablando de su enfermedad, se trató de otras análogas y de otras muchas
que, sin parecerse a ellas, tenían, sin embargo, el mismo funesto
desenlace: la muerte del enfermo; y ya en este camino, fuimos a parar al
consabido «desaliento» de los doctos en el «arte de curar» en cuanto
cotejan y comparan los recursos de su ciencia con las míseras
condiciones físicas del hombre; sólo que el mozo aquél, al convenir
conmigo en la ineficacia de la medicina en la mayor parte de los casos
de apuro, no se llevó las manos a la cabeza, ni renegó de la incapacidad
humana, ni mostró esperanza alguna de que ya irían arreglando poco a
poco esas dificultades «los héroes y los mártires de la ciencia»: al
contrario, sin negar que estudiando mucho podía averiguarse algo más de
lo que se sabía en la materia, dio los fracasos actuales, y aun los
venideros, por cosa necesaria y con los cuales ya contaba él al empezar
sus estudios; es decir, que no le noté la menor chispa de entusiasmo por
su profesión, ni el menor síntoma de desencanto al tocar en la práctica
de ella sus deficientes recursos. Declaróme honrada y lealmente que así
era la verdad; y con esto y un poco de astucia mía, fuimos entrando paso
a paso en el terreno a que yo deseaba conducirle, o mejor dicho, fui
sabiendo de él todo lo que necesitaba para acabar de conocerle «por
dentro».

Era nativo de Robacío (igual que Chisco), y su padre, don Servando
Celis, un señor por el arte de mi tío Celso, había deseado que se
hiciera médico, porque ya tenía otro hijo, el mayor, estudiando Leyes en
Valladolid. A él, que estudiaba tercero del bachillerato en Santander,
lo mismo le daba. No sentía aversión ni apego a ninguna carrera
literaria o científica: todos sus cinco sentidos los tenía puestos en el
terruño natal. Esto no se lo decía a nadie; pero lo sentía, y muy hondo.
Por este lado hasta se había alegrado de la elección de carrera hecha
por su padre, porque la de médico era quizás la única compatible con sus
aspiraciones y tendencias. Además, podían engañarle en esto las
ilusiones de muchachos; y de todas suertes, su padre tenía mucha razón
en sacarle de allí para darle una ocupación que, cuando menos, había de
ilustrarle el entendimiento y ponerle en contacto con el mundo. En esta
prueba, forzosamente había de manifestarse y triunfar su verdadera
vocación. Y se sometió a ella hasta gustoso, no contando por tal la de
su campaña de humanista en Santander, porque a aquella edad y encerrado
en un colegio no se forma nadie cabal idea de esas cosas tan delicadas y
complejas. Hecha la prueba durante siete años de estudios en Madrid,
resultó lo que él esperaba: el triunfo definitivo de sus primeras
inclinaciones.

--¿Está usted seguro--le dije siguiendo mi sistema de interrupciones y
preguntas, para obtener más de lo que espontáneamente me ofrecía su
agradable laconismo--, de haber puesto de su parte todo el esfuerzo que
requería la empresa?

--¡Segurísimo!--me respondió sin vacilar; y añadió sonriéndose: Puedo
jurarle a usted que en ese linaje de estudios aproveché bien el tiempo.

--Pues me parece muy extraño el resultado--repliqué--, juzgando de sus
sentimientos por los míos.

--¿Por qué?--me interrogó muy serio.

--Porque no es eso lo usual y corriente entre mozos de las condiciones
personales de usted; porque con ellas y en Madrid y en roce continuo con
el mundo y sus golosinas, lo natural es que se las vaya tomando el
gusto.

--No he dicho yo que me desagradaran--se apresuró a replicarme el
médico--. Lo que hay es que esas golosinas, sin desagradarme, no me
satisfacían, no me llenaban, y me dejaban siempre despierto el apetito
de otra cosa más del gusto de mi paladar.

--Y ¿cuál era esa cosa, si puede saberse?

--Lo de acá, la tierra nativa.

--Pero ¡qué demonios puede usted hallar en ella de apetecible hasta ese
punto!--exclamé entonces, verdaderamente asombrado.

--Lo que no hay en lo otro--me respondió al instante.

--Pues no lo entiendo--concluí.

--Ni es fácil--me dijo muy sosegadamente--, desde el punto de vista de
usted, tan diferente del mío.

--Diferente--añadí--, según y conforme; pues, al cabo, se trata de un
hombre que ha visto el mundo algo más que por un agujero, y de aquí mi
asombro precisamente.

Me miró entonces el mediquillo con cierta insistencia recelosa, cambió
dos veces de postura en el sillón, sonrióse un poco y me dijo al fin:

--¿Tacharía usted a un hombre, de los llamados cultos, porque hiciera
coplas... de las buenas, se entiende, o pintara cuadros magistrales,
copiados de la Naturaleza?

--No por cierto--respondí.

--Pues aquí, donde usted me ve--añadió acentuando la sonrisa, que ya
picaba en maliciosa--, me atrevo a creerme algo poeta y un poco
artista... a mi modo, por supuesto.

--Enhorabuena--repliqué--; y sin adularle, no hay en la noticia el menor
motivo para que yo me maraville; pero ¿en qué se opone ella a lo que yo
digo?

--Supóngame usted--prosiguió el médico, sin dejar de sonreír, pero más
animoso y atrevido que antes--, supóngame usted con el delirio del más
grande de los poetas y con la fiebre del más admirable de los pintores;
pero suponga también (y en ello no supondrá más que lo cierto) que no sé
hacer una mala copla ni coger los pinceles en la mano; suponga usted
igualmente que, aunque me enamoran las buenas poesías y los hermosos
cuadros, no satisfacen por completo las necesidades de esa especie que
padezco yo, y suponga, por último, que en este valle mínimo, y en los
montes que le circundan de cerca y de lejos, cuya visión continua le
abruma y le entristece a usted, y en el conjunto de todo ello, con la
luz que lo envuelve, espléndida a ratos, mortecina a veces, tétrica muy
a menudo, dulce y soledosa siempre, y con los ruidos de su lenguaje,
desde el fiero de la tempestad hasta el rumoroso de las brisas de mayo,
y su fragancia exquisita nunca igualada por los artificios orientales,
encuentro yo cada día, cada hora, cada momento, el himno sublime, el
poema, el cuadro, la armonía insuperables, que no se han escrito, ni
pintado, ni compuesto, ni soñado todavía por los hombres, porque no
alcanza ni alcanzará jamás a tanto la pequeñez del ingenio humano: el
arte supremo, en una palabra... ¿No halla usted en esta razón, poco más
que esbozada, algo que justifique estas inclinaciones mías que tan
inexplicables le parecen?

--Algo hay, en efecto--respondí--; pero no lo bastante, a mi entender--y
añadí, dejándome llevar demasiado de mis instintos un tanto prosaicos--:
porque todo ello es, al cabo, mera poesía.

--Ya le he dicho a usted--me replicó, como si se excusara en broma de
una grave falta--, que tengo la debilidad de creerme algo poeta, aunque
meramente pasivo; pero es lo cierto que eso, tan mal expresado por mí, y
sea ello lo que fuere, es, algo más razonado y en escala mucho mayor, lo
mismo que yo sentía de muchachuelo en mi lugar; lo que echaba de menos
en Madrid, y lo que parece necesitar mi espíritu aldeano para vivir a su
gusto. Concédame usted para mi pecado--añadió con ademanes de la más
esmerada cortesía--, siquiera la tolerancia que no negará a los hombres
cultos de las ciudades, apasionados de los buenos cuadros y de los
buenos libros.

--Aun así, y usted perdone mi insistencia--observé con un tesón que no
era todo sinceridad ni del mejor gusto--, no me sale la cuenta que usted
se echa a sí propio. Esos hombres de la ciudad no viven constantemente
entre sus libros y sus cuadros.

--Tampoco yo entre los míos--replicó el médico enseguida.

--Esos hombres--continué yo, aparentando no enterarme de su réplica por
el gusto de enredarle en otras nuevas acabarían por hastiarse de sus
cuadros y de sus libros y por tomarlos en aborrecimiento si no llevaran
a menudo su atención a otras ocupaciones y a otros lugares muy
distintos... ¡Pero esta monotonía de aquí!...

--¡Monotonía!--repitió el mozo enardeciéndose un poquillo--. ¡Y yo que
la encuentro solamente en las tierras llanas y en sus grandes
poblaciones! Madrid, Sevilla, Barcelona... París, la capital que usted
quiera, ¿pasa de ser una jaula más o menos grande, mejor o peor
fabricada, en la cual viven los hombres amontonados, sin espacio en qué
moverse ni aire puro que respirar?... ¡Ocupaciones!... ¡La ocupación del
negocio, la ocupación del café, la ocupación del paseo, la ocupación de
la calle, la ocupación del Casino, o del teatro, o de la Bolsa...! Yo no
digo que algunas de estas ocupaciones y otras muchas de los mundanos no
sean útiles y necesarias para los fines de la vida, de lo que se llama
vida de los pueblos y de las naciones; pero niego que, con excepciones
muy contadas, sea cómodo, vario y entretenido nada de ello para la vida
espiritual en naturalezas como la mía y otras muchas... incluso la de
usted--añadió, volviendo a sonreírse, si tuviera yo la fortuna de
hacerle percibir la infinita variedad de encantos y de aspectos que se
encierra y se contiene en esto que, a las primeras ojeadas de un
profano, sólo parece un hacinamiento enorme de peñascos y bardales.

Siguió a este desahogo un himno entusiástico, hermosa y altamente
entonado, a la «madre Naturaleza», di por visto, y de muy buena gana, lo
que él deseaba que yo viera; y más por hundir otro poco mi sonda en sus
adentros que con intención de arrancarle sus ilusiones, díjele al cabo:

--Pase, pues, lo de la amenidad, lo de la hermosura y hasta la
sublimidad y la elocuencia de este escenario que le encanta y maravilla;
pero ¿y los actores que le acompañan a usted en la égloga perenne de su
vivir? ¿Qué me dice usted de ellos... del hombre... vamos, de los
hombres?

--¿Qué tienen esos hombres que tachar?--preguntóme a su vez el médico.

--Que son rústicos, que están ineducados.

--Como deben de ser y como deben de estar--me replicó inmediatamente--,
para el destino que tienen en el cuadro. Lo absurdo y lo indisculpable
fuera en mí, que no pido ni puedo pedir en estas soledades agrestes las
óperas del Teatro Real, ni los salones del gran mundo, ni los trenes
lujosos de la Castellana, exigir a estos pobres campesinos la elocuencia
de nuestros grandes tribunos, las habilidades de nuestros políticos y el
saber de nuestros doctores y académicos.

--Santo y bueno--dije yo entonces creyendo poner una pica en Flandes--,
para la vida contemplativa, para la de pura delectación estética; pero
no se trata de eso, amigo mío, sino de la realidad prosaica de la vida
social y, digámoslo así, de todos los días. Estos hombres tienen las
miseriucas y las roñas propias y peculiares de su baja condición y,
además, por su ignorancia no pueden entenderse con usted.

Aquí fue donde el médico se enardeció casi de veras, como si hasta
entonces no hubiera tomado el asunto verdaderamente por lo serio.

Comenzó por decirme que donde quiera que había hombres, cultos o
incultos, había debilidades, roñas y grandes flaquezas; pero que, roña
por roña, flaqueza por flaqueza y debilidad por debilidad, prefería la
de los aldeanos, que muy a menudo le hacían reír, a la de los hombres
ilustrados, cuyas causas y cuyos fines, por su abominable naturaleza y
sus alcances, casi siempre le ponían a punto de llorar. En cuanto a no
poder entenderse con los vecinos de Tablanca, era otro error mío y de
otros muchos hombres cultos, empeñados en tomar ciertas cosas al revés.
¿Por qué ha de ser el hombre de los campos el que se eleve hasta el
hombre de la ciudad, y no el hombre de la ciudad el que descienda con su
entendimiento, más luminoso, hasta el hombre de los campos para
entenderse los dos? Hágase este trueque, y se verá cómo resulta la
inteligencia mutua que se da como imposible por los que no saben
buscarla. Y no haya temor de que las dos naturalezas se compenetren y de
las roñas de la una se contamine la otra; porque la comunicación no ha
de ser continua ni para todo, y al hombre culto, por lo mismo que es más
inteligente, le sobran medios para no rebasar de los límites de la
prudencia y hacer que cada uno de los dos guarde el puesto que le
corresponde. Y en este equilibrio, que no deja de ofrecer dificultades,
¡cuánto se aprende a veces del hombre rudo de los montes, por el hombre
culto de las ciudades, y cuánto halla éste que ver y que admirar allí
donde los ojos avezados a los relumbrones llamativos del mundo
civilizado, sólo distinguen sombras, monotonía, soledades y tristezas!

Como, al llegar aquí, me pareciera el médico dispuesto a callarse, por
su natural modesto y reservado, y a mí me fuera gustando mucho su
palabra, tan fácil como sobria, preguntéle, antes que el hornillo de su
entusiasmo comenzara a entibiarse, qué cosas eran aquellas que podían
verse y admirarse por el hombre culto en sus relativas intimidades con
el aldeano.

Y entonces se enfrascó el simpático mediquillo de Tablanca en otra
teoría, que no me vendió por nueva en el fondo.

Según él, los tiempos de hoy no eran peores que otros tiempos de los
cuales han dicho siempre los respectivos moralistas, que fueron los
tiempos más malos de todos los habidos hasta ellos: antes al contrario,
le parecían los actuales, en lo bueno, hasta mejores que los pasados. En
lo malo, y no por la cantidad, sino por la calidad de ello, estaba el
punto litigioso. En su concepto, la maldad de ahora alcanzaba mayor
hondura que las de antes en el cuerpo social: le había invadido el
corazón y la cabeza; ésta se atrevía ya a todo y con todo, y aquél no se
conmovía por nada, gastada su sensibilidad con el roce de tantos y tan
continuos sucesos, porque en ninguna época del mundo han acontecido
tantos y tan extraordinarios en tan breve tiempo como ahora. De aquellos
atrevimientos y de esta insensibilidad, había de venir, estaba ya
llegando, la parálisis absoluta en la vida espiritual de los hombres. La
fe en lo divino y el sentimiento de lo reputado siempre por lo más noble
en lo humano, iban relegándose al montón de las cosas inútiles, cuando
no perjudiciales; apenas se concebían los grandes héroes de otras
épocas, cuanto más los sentimientos que los habían exaltado desde la
masa común de los anónimos, hasta las páginas más esplendentes de la
Historia. No era posible ya, ni siquiera de «buen gusto», sentir
entusiasmo por nada, ni de lo de tejas arriba ni de lo de tejas abajo.
La verdadera agonía del espíritu social. De eso adolecían los tiempos
actuales, y por ahí venía la muerte del cuerpo colectivo. Le corroía la
gangrena por los grandes centros de su organismo atiborrado: por la
ciudad, por el taller, por la Academia, por la política, por la Bolsa...
por donde más caudal representa el torrente circulatorio de las
insaciables ambiciones del hombre culto. Pero, por misericordia de Dios,
le quedaban sanas todavía las extremidades, algunas de ellas por lo
menos, y sólo con la sangre rica de estos miembros podía, con mucho
tiempo y gran paciencia, purificarse y reconstituirse la parte
corrompida de los centros.

--Pues estos miembros sanos--añadió el médico con viril entereza--, son
las aldehuelas montaraces como ésta. Y digo montaraces, porque si vamos
a meter el escalpelo en las más despejadas de horizontes y más abiertas
al comercio de las ideas y al tufillo de la industria, sabe Dios lo que
hallaríamos en sus fibras... ¿Le parece a usted poco--preguntóme en
conclusión--, este verdadero tesoro entre otros semejantes bien fáciles
de distinguir, para ser admirado por un hombre culto capaz de
entusiasmarse con algo todavía? ¿Y no es trabajo bien honroso y muy
entretenido el que procuran la conservación y hasta el fomento de esto
que yo me he atrevido a llamar tesoro, a riesgo de que usted se ría de
él y de mis candorosos idealismos?

Algo más dignas de respeto eran las teorías del noble mozo, aunque sólo
las estimara por el fervor y el honrado convencimiento con que me las
exponía, y así se lo declaré; pero añadiéndole que apreciaría yo mejor
la fuerza de sus razones viéndole luchar contra mis dudas en terreno más
trillado por la realidad de las cosas: al cabo era yo, en más o en
menos, de los gangrenados por el virus de la ciudad, y gustaba de ver
los asuntos por su lado práctico.

Comprendiendo rápidamente lo que intentaba decirle con tantos
circunloquios y metáforas, quizás por otro resabio de mi mundana
cortesía, comenzó por admirarse, a su modo, de que le fuera con
semejante reparo un miembro de la familia de los Ruiz de Bejos. ¿Cómo
podía ignorar yo, con determinados ejemplos a la vista, lo mucho que
quedaba que hacer en los pueblos rurales a los hombres de luces y de
buena voluntad?

--La gran obra--continuó--de la casona de Tablanca, desde tiempo
inmemorial, ha sido la unificación de miras y de voluntades de todos
para el bien común. La casa y el pueblo han llegado a formar un solo
cuerpo, sano, robusto y vigoroso, cuya cabeza es el señor de aquélla.
Todos son para él, y él es para todos, como la cosa más natural y
necesaria. Prescindir de la casona, equivale a decapitar el cuerpo; y
así resulta que no se toman por favores los muchos y constantes
servicios que se prestan entre la una y los otros, sino por actos
funcionales de todo el organismo. Yo creo que es muy de admirarse esta
singularidad que debiera haber saltado ya a los ojos de usted, y que
seguramente no habrá visto más que en algún libraco pasado de moda, pero
como pintura infiel de imaginación, convencional y ñoña. Con esta gran
obra de defensa contra las oleadas maleantes que llegan hasta aquí en
épocas determinadas desde los absorbentes centros políticos y
administrativos del Estado, ¡si viera usted qué sonido tienen en las
concavidades de este recóndito lugarejo los cánticos de las sirenas de
allá; las pomposas vociferaciones de los charlatanes y traficantes
políticos, esos Dulcamaras embaucadores, encomiando específicos que han
fabricado ellos mismos, tomando la salud del pueblo por disfraz de sus
codicias personales! ¡Si viera usted cómo disuenan esos cánticos y
voceríos entre el acordado son de estas costumbres casi patriarcales!
Por eso no se conocen aquí ciertas plagas, relativamente modernas, de
los pueblos campestres, ni han entrado jamás los merodeadores políticos
a explotar la ignorancia y la buena fe de estos pobres hombres... Pero
¡desdichados de ellos el día en que les falte la fuerza de cohesión,
hidalga y noble, que les da la casona de los Ruiz de Bejos!... Todo
esto, como puede presumirse, da bastante que hacer a cada rueda
inteligente de cuantas componen la máquina cuyo eje fundamental es hoy
en este lugar el bien ganado prestigio de don Celso. Pues bien: trabajar
de este modo donde ya exista la máquina, y donde no, trabajar para
construirla, es algo de lo mucho que tienen que hacer en los pueblos
rurales los hombres cultos de buena voluntad. Y crea usted que no faltan
en la Montaña (porque no todos sus habitadores son de tan sana madera
como los de Tablanca) hasta mártires de este heroico trabajo. Quizá
tenga usted ocasión de conocer de cerca a alguno de ellos.

Lo cierto era que si el simpático mediquillo no estaba en lo justo en
cuanto afirmaba, debía de estarlo; y que causándome cierto rubor hasta
las tentaciones de contradecirle en asertos tan honrados y tan hermosos,
dime desde luego, si no por convencido, por puesto en camino de
convencerme muy pronto.

Hablamos algo más todavía, aunque sin tomar los asuntos tan a pecho como
antes; y acabando por donde debía haber empezado, averigué que el médico
se llamaba Manuel; que le llamaban «Neluco» desde que tenía uso de
razón, lo mismo allí que en su pueblo nativo; que no le quedaba en éste,
muerto su padre pocos años hacía, más familia que una hermana, casada
con un propietario de las inmediaciones; que si no era médico de su
propio lugar, consistía en que al recibir el título de Licenciado en
Madrid, estaba vacante la plaza del titular de Tablanca, la cual
pretendió y le dieron, no siendo fácil hallar otra más de su gusto que
aquélla, a no ser la de Robacío, que estaba entonces y continuaba
estando ocupada, y, por último, que tenía veintinueve años y que había
empezado a los veinticuatro a ejercer la profesión en Tablanca, donde se
hallaba como en su propio lugar, y tan apegado a «sus enfermos» como el
pastor a su rebaño.

Vi que me quedaba una hora, antes de la acostumbrada de comer en casa de
mi tío, y quise aprovecharla para pagar la visita a don Pedro Nolasco.
Díjeselo al médico como razón de mi despedida, y se mostró muy dispuesto
a acompañarme si aceptaba yo la molestia de esperarle unos instantes.
Acepté, no la molestia, sino el favor que me hacía en ello; entró él de
un salto en el gabinete, y antes de cinco minutos apareció en la sala
bien calzado y no mal vestido, o, mejor dicho, acabando de vestirse con
graciosa desenvoltura. Cogió un chambergo que estaba sobre una silla, un
cachiporro del rincón inmediato, y me dijo, mientras yo me sacudía las
perneras del pantalón después de enderezarme:

--Cuando usted guste.

Ofrecióme enseguida su casa, aunque era de alquiler, como la vieja que
le servía de patrona por recomendación muy encarecida de su hermana a
quien había zagaleado en Robacío; agradecíle la oferta como era mi deber
en buena cortesía, y salimos juntos, sin los cumplidos corrientes entre
españoles finos, y que tan molestos suelen ser en pasadizos de la
angostura de aquéllos.



X


Al volver a ver la casa del Tarumbo, recordé las «cosas» de éste y hablé
de ellas al médico.

--Yo no sé--me dijo--, si es un hombre feliz o un desdichado, pasándose
la vida, como se la pasa, desviviéndose por los negocios ajenos y
abandonando los propios. Desde luego es su manía de lo más original que
he conocido. No siempre la extrema hasta el punto que usted ha visto
hoy; pero le falta muy poco. Llevar los calzones rotos y predicar al
vecino para que le cosan las roturas de los suyos antes que vayan a más,
es de todos los días. Tiene la mujer tullida, y la deja desamparada muy
a menudo por asistir a un enfermo extraño... y por cierto que es un
enfermero admirable. Últimamente anda muy apurado con el desplome que
dice haber visto en el morio delantero de la casa del pedáneo, y tiene
la suya seis meses hace un boquerón abierto en el jastial del Poniente.
Por estas cosas del Tarumbo, cuando su mujer estaba sana le golpeaba
casi a diario, y hoy que no puede hacer lo mismo, le dice a cada
instante los mayores improperios, los cuales sufre él con igual
resignación que los golpes de otras veces; porque, en medio de todo, es
un bendito, y por eso no sabe uno si compadecerle o si reírse de sus
manías.

Pasando junto a la casita del Cura, inmediata a la iglesia, le llamé
desde abajo para saludarle, pues como nos habíamos visto y hablado ya
varias veces, me sobraba franqueza con él para decirle que estaba más
obligado por las leyes de la cortesía a la visita de don Pedro Nolasco
que a la suya, no quedándome tiempo aquella mañana para dejar pagadas
las dos; pero en lugar del Cura respondió a mis voces su ama, una vieja
muy acartonada y envuelta cuanto de ella asomó por una ventana
correspondiente a la cocina, en tocas y pañolones. Díjome que don Sabas
había salido de casa después de desayunarse en cuanto había dicho misa,
y que probablemente estaría en la casona. Dejéla memorias para él, que
fueron recibidas por la intermediaria con un «resguardo» a mi favor de
lo más fervoroso y pintoresco que se puede imaginar, y continuamos el
médico y yo andando hacia la casa de don Pedro Nolasco, pero hablando
mucho de don Sabas Peña, «una de las ruedas más importantes de la
consabida máquina», al decir de Neluco Celis.

También él notaba la diferencia que había entre el don Sabas de los
altos montes y el don Sabas del valle y de la cocina de don Celso; pero
así y todo, en el hombre de abajo había mucho más de lo que yo creía,
por no haber tenido aún ocasión de conocerle mejor. No hallaría jamás en
él al apóstol de gran elocuencia y mucho saber; pero sí al hombre de
buen sentido y grandes virtudes, consistiendo la mayor de ellas en
ignorar que las poseía. Teniendo en cuenta lo limitado que es el círculo
de ideas entre las gentes rústicas, y que todo cuanto se siembre fuera
de él es simiente perdida, un párroco como don Sabas era cuanto podía y
debía apetecerse para una parroquia como la de Tablanca.

Hablando de estas cosas, me faltó tiempo para pedir a Neluco algunas
noticias sobre el octogenario Marmitón, antes de llegar a su portalada,
cuyas dovelas, removidas y desportilladas ya por la acción de las
intemperies y de las yedras y jaramagos que las invadían por todas sus
junturas, me recordaban un poco la mandíbula superior de su dueño cuando
yo soñé que le había visto devorar troncos y peñascales. Por el estilo
de la portalada me pareció lo que se veía de la casa desde el corral:
muy vieja y muy castigada por el rigor de los temporales y la incuria de
sus amos. Tenía también su correspondiente solana que corría de esquina
a esquina entre dos mensulones de sillería, y por debajo de ella
entramos en el soportal, donde un perrazo pinto que se despertaba sobre
una pila de hojarasca, me enseñó todos los dientes y contuvo un ladrido,
y acaso algo más, por respeto a mi acompañante, que debía serle más
conocido que yo.

Sacudió Neluco dos cachiporrazos sobre la claveteada puerta del
estragal; y sin esperar a que le contestaran arriba, entramos en él y
comenzamos a subir la escalera. A la puerta en que ésta terminaba,
nuevos cachiporrazos del médico. Enseguida levantó éste el pestillo, y
nos colamos dentro: un crucero de pasadizos por el arte del de la casona
de mi tío Celso. Allí dio el médico dos golpes en el suelo con el
regatón del cachiporro, y aparecieron simultáneamente y como evocados
por un conjuro, en una puerta de la derecha, la figura descomunal de don
Pedro Nolasco, y en otra de la izquierda, la de una jovencita, algo
desaliñada de ropa y de peinado, pero limpia como los oros, fresca y
rozagante como una rosita de abril...

--¡Ay, que es Neluco!--exclamó con un timbre de voz que parecía nota de
un salterio, y con su carita de angelote de Rubens, inundada de
alegría--. ¡Toma!--añadió enseguida viniendo hacia nosotros y mirándome
un tantico ruborizada, como si tratara de enmendar su descortesía
conmigo--. ¡Y viene con otro señor muy cabayeru! Vaya, ¡seré yo
tochona!... ¡Pues si es el sobrino de don Celso!... ¡Vile yo en misa el
domingo! ¡Hija, qué torpe de mí!... Y ¿cómo está usté? Mire, señor don
Marcelo, ha de perdonarme si me jaya de este arte, porque he estado
amasando en la cocina con la mi madre y las mozas pa la jorná de esta
noche, y ahora mismu iba a ponerme un poco más cristiana...

Tal era la vehemencia de su afabilidad, que no me ofreció el más ligero
intersticio para colarme con una respuesta a su saludo o una
satisfacción galante a sus excusas. Pero ¡qué donosa estaba y qué linda,
con su revoltijo de cabellos castaños sombreándole la cara juvenil,
tersa y sonrosada, hablando por sus ojos azules, de largas pestañas,
tanto como por su boquita de labios rojos sobre los dientes más blancos
y apretados que yo he visto en mi vida, mientras se afanaba por cubrir
con las antes recogidas mangas de su vestido, y debajo de los flecos y
sobrantes del espeso chal con que se envolvía el gracioso busto, sus
rollizos brazos, salpicados aún por leves costras, lo mismo que las
manos pequeñuelas y rechonchas, de la masa de «pan de trigo» que
acababan de «sobar»!

De pronto sonó hacia la puerta frontera, tapiada casi con la mole de don
Pedro Nolasco, algo como el estruendo de un cañonazo, que me decía:

--¡Adelante, cabayeritos!

Y por obedecer a don Pedro que nos llamaba, apartámonos de la linda
panadera que nos empujaba con los ojos hacia él mientras se despedía de
nosotros «hasta luego»; pero de tal modo, que con ello y con algo más
que yo había creído notar antes, y un poco de malicia que nunca falta en
los pensamientos de los hombres en determinados casos, como aquél, no
pude menos de exclamar en mis adentros:

--¿Si serán estos los anteojos con que mira Neluco estos lugares que tan
hermosos le parecen?

Visto de cerca don Pedro Nolasco y a la luz del día, me pareció mucho
más grande y más feo que en la cocina de mi tío, a la luz de la fogata y
del candil: mejor que de un ser racional, la piel de su cara, por su
aspereza y por su color agrisado, parecía de coloso paquidermo; sus ojos
reventones, resultaban verdes con ramajos encarnados; la cabeza
descomunal, apenas le cabía entre los hombros hercúleos, y todo su
conjunto, con lo grasiento del vestido que le envolvía, se destacaba
brutalmente sobre las blanquísimas paredes del salón en que fuimos
recibidos; salón viejo, eso sí, con suelo y viguetería de castaño casi
negro, como los muebles que contenía; pero limpio todo y sobado hasta
relucir, con algunas chucherías sobre la cómoda y en las paredes, que
denunciaban la pulcritud y las delicadezas de una mujer como la que
acababa de despedirse de nosotros en el crucero de los pasadizos. De la
cual supe en el acto que era nieta de don Pedro Nolasco y que se llamaba
Lita (Margarita). Su madre, la hija menor de las que había tenido el
gigante, era viuda de un jándalo rico, que se murió a los dos años de
casado. Esto me lo contó a cañonazos y muy poco a poco el ochentón de la
Castañalera, que con ser tan grande y tan feo, no era desagradable: a mi
ver, por el fondo noblote y honrado que se descubría a través de los
poros de su corteza silvestre.

Al acabarse estas salvas del vozarrón de don Pedro Nolasco, entró en
escena su hija, la viuda del jándalo, una mujer como de cuarenta años,
sana y frescachona todavía, más corpulenta que Lita, pero muy parecida a
ella en el color y en el corte de la cara, y, sobre todo, en la
afabilidad expansiva. Me dio mil excusas por no haber venido antes a
conocerme y a saludarme, fundándolas en las mismas razones que su hija;
y sin hacer caso de los cumplidos con que yo la respondía, echó sobre mí
todo el cuestionario de rúbrica, a que tan acostumbrado estaba en aquel
pueblo: si me gustaba la tierra aquélla; que cómo había tardado tanto en
ir a conocerla y tomarla buena ley, porque era mucha la falta que yo
hacía allí en muriéndose mi tío; que mejor sería París de Francia desde
luego, pero que ella (la viuda) no cambiaría a Tablanca por nada de este
mundo, aunque jamás había pasado, hacia abajo, de San Vicente, y hacia
arriba, de Reinosa; si por los retratos que había visto en la casona,
era yo más parecido a mi padre que a mi madre; que por dónde andaba mi
hermana y qué sabía de ella... hasta que en éstas y otra tales, oí pisar
menudito y fuerte en el carrejo inmediato, y apareció en el salón,
llenándole de frescura y regocijo, Lita recién peinada, sin el pañolón
de antes y con una chaqueta en su lugar, que aunque no se ajustaba al
cuerpo, ponía bien a las claras la elegancia y la riqueza de sus curvas.
Con dos deditos más de altura, creía yo que no habría la menor tacha que
poner, como estampa hechicera, a la nieta de don Pedro Nolasco. Pero ¿de
dónde sacaba aquel diablejo, que no había conocido más mundo que el
contenido en las riberas de la mitad del Nansa, es decir, una rendijilla
de pocas leguas entre dos taludes montañosos, aquellas delicadezas de
tocado y de vestido, y aquellas travesuras y zalamerías que tanto la
separaban del tipo común de las mozonas del valle, que, de seguro,
habían corrido tanto mundo como ella?

Sentóse entre su madre y Neluco y casi enfrente de mí. Yo no la quitaba
ojo, y puedo jurar que me registró con los suyos, parleros y
escrutadores, desde los pies hasta la cabeza, mientras me acosaba a
preguntas por el estilo de las que aún no había cesado de hacerme la
jándala viuda. Me daba gusto oírla y mirarla. Pocas veces había visto yo
en mujer alguna concierto más cabal y más donoso entre la palabra y el
gesto, entre la idea y el movimiento expresivo. Hasta las puntas de los
pies, calzados en menudas zapatillas de abrigo y que apenas alcanzaban
al suelo, cantaban, a su modo, en aquella música que parecía un gorjeo.
En dos ocasiones habían intentado la madre y la hija ir a visitarme;
pero como yo nunca paraba en casa... Porque esa visita la creían ellas
muy puesta en razón: sin contar con lo que pedía la buena crianza,
éramos parientes; ¡vaya si lo érarnos! Por los Ruiz de Bejos un poco, y
por los Castañaleras, más de otro tanto. En demostración de ello, fue
sacando entronques la viuda; y cuando ya comenzaba yo a enterarme, por
su labor, del parentesco, metió en ella nuevos hilos don Pedro Nolasco,
y toda la madeja se me hizo una maraña; pero me guardé muy bien de
declararlo así: antes al contrario, me di por convencido y hasta me
felicité de ello.

--Como que resultamos primos--concluyó la viuda--, aunque un poco
lejanos; pero no tanto, si bien se mira, que pudiéramos casarnos los dos
sin dispensa...

Y se echó a reír con toda su alma.

--¡Hija de Dios!--exclamó entonces la rapazuela con un estirón de faldas
hacia la rodilla, mientras se llevaba hasta la boquita risueña la otra
mano a medio cerrar--. ¡Y yo que estuve a pique de tuteále, cuando
ahora, por la cuenta, me sale tío!

Podría no ser todo esto rigurosamente «correcto»; pero a mí me resultaba
muy entretenido. Enseguida, vuelta a repetirme la hija lo que ya me
había dicho, y también la madre, y también el Cura y don Pedro Nolasco y
cuantas personas habían hecho en Tablanca conversación conmigo: que
«aqueyu» no era Madrid; que se me vendrían los montes encima, y que
avezado a tratar con señorones mundanos, y puede que con marqueses y con
príncipes, los aldeanos de Tablanca habían de parecerme «jabatus», pero
que si miraba bien por las dos caras uno y otro... ¡ay, y cómo se
alegrarían ellas y todos los allí presentes y los vecinos del valle de
punta a cabo, y hasta las estrellitas del cielo, de que viera yo las
cosas como podían y debían de verse! Porque el pobre don Celso estaba ya
para poco, y en acabándose él... En fin, lo de costumbre... Por aquí se
coló don Pedro Nolasco con un himno «cañoneado» a la madre Naturaleza, y
un juicio comparativo sobre la paz de la aldea y los laberintos de la
ciudad. Porque había de saber yo que también él había corrido el mundo
en sus mocedaes... Le llamó entonces a Madrid un pariente que tenía por
allá, y como se veía robusto y fuerte, acudió a la llamada. Cogiéronle
en la corte tiempos azarosos y de peligro por las agonías de la
«francesada»; y habiéndole salido en Valencia una colocación que pareció
a su tío muy de aprovecharse, aceptóla de buena gana. Estaba ella en las
afueras de la ciudad, y en un lavadero de lanas de los señores Botifora
y Compañía, los mismos que rezaban en el bando que me había relatado de
memoria el zumbón de su pariente Celso. Si en Madrid no se había
«jallau, por la secura y el anchor del territoriu» en Valencia se
«jalló» menos, con un sol que le «ajogaba» en verano y un hablar de
gentes que no parecía de cristianos. Soñaba día y noche con las praderas
y las montañas de su tierra; y antes de enfermarse de un «cordial» que
le matara, volvióse a ella más que de paso, a los dos años no cumplidos
de haberla dejado por tentaciones del enemigo malo. Hallóse en Tablanca
como rey en sus palacios, y se había guardado muy bien, desde entonces
hasta la fecha, «de sacar una pata» medio jeme fuera de su término
municipal... Ochenta y cuatro años contaba a la sazón, sin saber lo que
era un mal dolor de tripas. Había tenido dos mujeres, diez hijos y
veintidós nietos. Una gran parte de ellos andaba años hacía por el otro
mundo; rodaba por éste, y no muy lejos, la mayor de los vivos, y a la
vista tenía yo lo único que le quedaba en Tablanca: poco, pero bueno,
eso sí, para recreo de su vejez. Había qué comer en su casa, y salud y
buen apetito para comerlo. En recta justicia, ¿qué más había de pedirle
a Dios, si no era la merced de una buena muerte?

Con esto y poco más se acabó la visita, durante la cual no desplegó los
labios Neluco, ni miró a Lita con la intención que yo esperaba, ni Lita
le miró a él más que cuando le dirigía la palabra con una llaneza que
tenía más de fraternal que de otra cosa. Recomendáronme mucho los tres
de casa que no me olvidara del camino de ella, y hasta me convidaron a
comer, «un día de mi agrado», juntamente con Neluco, para que no pesara
sobre mí solo «la penitencia».

Todo esto me pareció bien y muy en su lugar; pero ¿por qué una aldeanuca
como la nieta del Marmitón tenía aquellos aires y aquellas travesuras de
señorita de ciudad? ¿Por qué se tuteaba con Neluco y había entre los dos
una intimidad tan sospechosa?

Me atreví a hablar de ambos particulares al mediquillo apenas salimos
del caserón de don Pedro Nolasco. Por cierto que hubiera jurado yo que
en el apretón de manos y en la mirada con que despidió Lita a Neluco en
la penumbra del pasadizo, en el cual iba el médico el último de todos,
había mucho del picante de mis sospechas.

Sobre el primer punto, me dijo Neluco que Lita, nacida y criada en
Tablanca, no había tenido más escuelas que la del maestro del lugar y la
de su propia madre, ni había corrido más tierras que las comprendidas en
tres o cuatro leguas a la redonda. Ocho días en casa de unos parientes
de acá por celebrarse durante ellos la romería del pueblo; una quincena
con los de Robacío por una causa parecida, y muy poco más por este arte.
El resto era obra del instinto y de la fuerza de visión que tienen las
mujeres tan perspicaces y tan guapas como Lita, para taladrar montañas
con los ojos, ver hasta lo invisible al otro lado, y saber guardar su
puesto donde quiera que habitan, por aislado y obscuro que el lugar sea.

El otro punto aún era más fácil de explicar. Tablanca y Robacío eran dos
pueblos que se «trataban» mucho; y las familias de Lita y de Neluco, muy
amigas desde tiempo inmemorial: hasta había algo de parentesco entre
ellas. Lita había pasado, de niña y de moza, buenas temporadas en casa
de los Celis; y Neluco, mientras vivió en Robacío, a cada instante se
llegaba a Tablanca y casi siempre comía y se hospedaba en casa de don
Pedro Nolasco. Se explicaba, en efecto, de este modo y muy
sencillamente, el tuteo y la familiaridad entre el médico y la nieta del
Marmitón; pero lejos de oponerse, ¿no ayudaba esto a lo otro que yo
sospechaba? Apunté, como en chanza, unas indagaciones en este sentido.
Igual que si hubiera dado con los nudillos en una peña del monte. Hasta
dudé si Neluco se había enterado de ellas. Lo cierto es que si no eran
fundadas mis sospechas, debían de serlo.



XI


Cuando menos lo esperaba, me dijo el Cura al despedirse de mí en el
estragal de la casona, cerca ya de la hora de comer:

--Mañana, si Dios quiere, y a caballo los dos. Yo iría mejor a pie, como
suelo, y como irá Chisco para acompañarnos y cuidar de las bestias en
ocasiones que se presentarán; pero usted es madera de otro robledal más
flojo, y hay que tenerlo todo presente. Antes de romper el día, por
supuesto.

Entendíle y respondí, haciendo de tripas corazón:

--A caballo, y antes de romper el día.

--Pues que se entere Chisco de ello, y _suficit_.

Con esto y una risotada se apartó de mí, y echó cambera abajo en demanda
de su puchera.

Con los sueños que yo cogía tras de las fatigas que me daba por los
montes del contorno, le costó a Chisco Dios y ayuda despertarme al
día... ¡qué digo día! a lo más espeso y tenebroso de la noche siguiente.
Tona, después de vestirme yo tiritando de frío y sin conciencia cabal de
lo que hacía, me sirvió un canjilón de café que acabó de espabilarme; y
cuando bajé al portal, vislumbré, a la opaca luz de un farol que tenía
Chisco en la mano, la negra silueta de don Sabas, a caballo en su
jaquita rucia, que no me era desconocida, así como el espelurciado
jamelgo que casi me metió el espolique entre las piernas para abreviarme
la operación de montar en él.

Rompimos los tres la marcha por el mismo camino que había traído yo la
noche de mi llegada a Tablanca, tan a oscuras como entonces, aunque
mejor acompañado y menos dolorido de riñones. Por respeto a mí, pues a
mis dos acompañantes igual les daba el día que las tinieblas para
caminar a pie seguro por aquellas escabrosidades, conservaba Chisco, que
nos precedía, el farol encendido en la mano; pero hubiera jurado yo que
más que la luz del farol del espolique, me alumbraban las chispas que
sacaban de los pedernales del suelo las herraduras del tordillo de don
Sabas; el cual don Sabas hacía los imposibles por entretenerme y hasta
divertirme durante el paso de aquella negra, áspera e interminable
senda; pero ¡ay! sin conseguir su noble y generoso empeño. Porque en
aquellas «bajuras» y envuelto en tan espesa oscuridad, don Sabas era
todavía el Cura soso de la cocina de mi tío, y todas sus observaciones
en romance y todos sus salmos en latín, le resultaban a destiempo y
fuera de toda oportunidad.

Anda que te anda, resbalando aquí, y allá pujando y suspirando mi
cabalgadura, al cabo de una hora empezaron a dibujarse los perfiles de
los montes sobre el cielo confusamente iluminado por la tenue claridad
del crepúsculo. En la garganta por donde caminábamos era de noche
todavía para nosotros; y, en rigor de verdad, no nos amaneció hasta que
coronamos el repecho escabroso y llegamos al santuario de la Virgen que
me era bien conocido. El Cura, que parecía tener esa condición de los
pájaros del monte, a medida que se elevaba y veía surgir la luz por
encima de las barreras tenebrosas del horizonte, se volvía más locuaz y
empezaba a soltar poco a poco las ocultas armonías de sus cánticos; no
muchos, pero agradables, y, sobre todo, al caso. A los primeros fulgores
del crepúsculo, alabó a Dios en una salutación fervorosa, y aunque no de
su caletre, bien sentida en su corazón. Un poco más arriba, en lo que
pudiera, sin mucho agravio de la verdad, denominarse llano, y antes de
llegar a la ermita, todavía en la penumbra que nos haría invisibles a no
muy larga distancia, atracó su rocín al mío; y deteniéndole por las
riendas que casi me arrancó de las manos, después de detener el suyo, me
dijo apuntando con su diestra ociosa a un altísimo y lejano picacho, en
cuya cúspide se estrellaba el primer rayo de sol que penetraba en
aquellas montaraces regiones.

--¡Mira, hombre!--acostumbraba a tutearme o a hablarme en impersonal en
cuanto nos elevábamos un poco sobre el nivel de Tablanca--. ¡Mira,
Marcelo! ¿No jurarías que aquello que resplandece y flamea allá arriba,
allá arriba, en aquel picacho, es la última de las luminarias con que el
mundo festeja a su Creador mientras el sol anda apagado por los abismos
de la noche? ¡Cosa buena! ¡Cosa grande! _Laudate Dominum omnes gentes...
Magnificentia opus ejus, manet in aeternum_.

Al llegar al santuario nos descubrimos y rezó don Sabas en alta voz, y
en voz alta le contestarnos nosotros lo que nos correspondía. El rezo
fue breve, y en latín la mitad de él. Después se acercó Chisco al
enverjado, y por entre dos de sus barrotes metió el farol, que ya no
necesitábamos, y le dejó en el suelo muy arrimado a la paredilla, para
recogerle a la vuelta; mas no sin santiguarse antes de meter la mano y
después de sacarla, ni sin contemplar la imagen con una veneración que
tenía algo de recelosa, como si la pidiera, a la vez que seguridad para
la prenda que dejaba allí depositada, perdón por lo que pudiera haber de
irreverente en su atrevimiento.

Pasada la vadera, no tomarnos, como esperaba yo, el camino que conduce
directamente al Puerto, sino otro por el estilo a la derecha; y montes y
colladas van, tajos y barrancas vienen; aquí siguiendo la cuenca del
río, allá perdiéndola de vista, y siempre subiendo o bajando de risco en
risco, de pueblo en pueblo, vi a lo lejos el principal del valle de
Promisiones en que radicaba el solar de mi abuela paterna, y llegamos,
al cabo de dos horas de caminata, a un ancho desfiladero entre dos
montañas que parecían, por su grandeza, no caber en el mundo.

Por ser la más accesible para mí «por entonces», según dictamen de don
Sabas, comenzamos a faldear la de la izquierda; y sube que te sube,
dimos al fin en un entrellano donde ya escaseaba la vegetación y se me
iba haciendo insoportable la brisa matinal por su frescura. Allí se apeó
don Sabas, y me ordenó que hiciera yo lo mismo. Hícelo y de muy buena
gana, porque me sentía entumecido sobre la dura silla de mi rocín, amén
de que me conceptuaba más seguro a pie que a caballo en aquella cornisa,
sobre el rápido declive de la montaña.

--Lo que falta, hay que subirlo a pie--me dijo el Cura--, porque no es
camino de caballos, sino de hombres y, todo lo más, de cabras. Con que
¡ánimo y arriba!

Y sin esperar mi respuesta, comenzó a trepar con pies y manos entre
peñas y raigones. ¡Cómo envidié yo a Chisco que se quedaba en la
explanadita de abajo con las cabalgaduras! Don Sabas tenía la práctica
de aquellas ascensiones, y además la pasión de las alturas; pero yo, que
carecía de ambas cosas, ¿para qué me aventuraba en la subida de tan
tremebundos despeñaderos?

Al fin llegamos arriba, yo por milagro de Dios, siguiendo gateo a gateo
los de don Sabas; pero muerto de cansancio y empapado en sudor.

--Reposa unos momentos--me dijo el Cura allí--; pero con los ojos
cerrados, ¡y cuidado con abrirlos hasta que yo lo mande!

Más por necesidad que por obediencia, cumplí al pie de la letra el
mandato de don Sabas. Estuve un largo rato tumbado en el suelo, boca
arriba y con ambas manos sobre los ojos, porque sólo así encontraba el
absoluto descanso que me era indispensable entonces. Sentía fuertes
latidos en el corazón que repercutían en las sienes, y al vivo compás de
este golpeteo funcionaban mis pulmones.

Cuando el uno y los otros volvieron a su ritmo sosegado y normal, llamé
a don Sabas y me puse a sus órdenes. Estaba muy cerca de mí, encaramado
en una peña en la actitud de costumbre y empezando a embriagarse por los
ojos, y no sin motivo ciertamente.

--Arrímate un poco acá--me dijo desde su pedestal calizo con manchones
de musgo y poco más alto que yo--. Arrímate, contempla... ¡y pásmate,
Marcelo!

Habíamos subido por el Oeste de la montaña, que es el lado por donde las
hay mayores que ella, y el panorama con que me brindaba el Cura se veía
por las otras vertientes; es decir, que era cosa nueva para mí y recién
aparecida ante mis ojos. Particularmente hacia el Este y hacia el Norte,
parecía no tener límites a mi vista, poco avezada a estimar espectáculos
de la magnitud de aquél; y era de una originalidad tan sorprendente y
extraña, que no acertaba a darme cuenta cabal ni de su naturaleza ni de
su «argumento». Por el Sur se dominaba el hermoso valle de Campóo, ya en
otra ocasión visto y admirado por mí; en la misma dirección y más lejos,
los tonos pardos de la tierra castellana; más cerca, el Puerto de marras
con sus monolitos descarnados y su soledad desconsoladora. Al Oeste y
asombrándolo todo con sus moles, Peña Sagra y los Picos de Europa
separados por el Deva, cuya profunda y maravillosa garganta se
distinguía fácilmente en muchos de sus caprichosos escarceos entre los
peñascos inaccesibles y fantásticos de una y otra ribera; y más allá del
Deva, en sus valles bajos, según iba informándome don Sabas, con el
laconismo y el modo con que señala el maestro de escuela con una caña en
un cartel las sílabas a sus educandos, una buena parte de la provincia
de Asturias.

Pero lo verdaderamente admirable y maravilloso de aquel inmenso panorama
era cuanto abarcaban los ojos por el Norte y por el Este. En lo más
lejano de él, pero muy lejano, y como si fuera el comienzo de lo
infinito, una faja azul recortando el horizonte: aquella faja era el
mar, el mar Cantábrico; hacia su último tercio, por la derecha y unida a
él como una rama al tronco de que se nutre, otra mancha menos azul, algo
blanquecina, que se internaba en la tierra y formaba en ella como un
lago: la bahía de Santander. Pero es el caso (y aquí estaba la verdadera
originalidad del cuadro, lo que más me desorientaba en él y me
sorprendía) que la faja azul se presentaba a mis ojos mucho más elevada
que el perfil de la costa, y que con ella se fundían otras mucho más
blancas que iban extendiéndose y prolongándose hacia nosotros, quedando
entre la mayor parte de ellas islotes de las más extrañas formas; picos
y hasta cordilleras que parecían surgir de una repentina inundación.

A todo esto, el sol, hiriéndolo con sus rayos, sacaba de las superficies
de aquellos golfos, rías y ensenadas, haces de chispas, como si vertiera
su luz sobre llanuras empedradas de diamantes.

--Es la niebla baja de los valles, me advirtió el cura; y fue
señalándolos y nombrándolos todos uno a uno.

Ya me lo había imaginado yo; pero aun así, no podía ni deseaba deshacer
aquella ilusión de óptica que me presentaba el panorama como un
fantástico archipiélago cuyas islas venían creciendo en rigurosa
gradación desde las más bajas sierras, primer peldaño de la enorme
escalera que comenzaba en la costa y terminaba, detrás de nosotros, en
el mismo cielo cuya bóveda parecía descansar por aquel lado sobre los
picos de Bulnes y Peñavieja.

--Según vaya subiendo el sol--me decía don Sabas desde su plinto
calcáreo--, y arreciando el remusgo allá abajo, irá la niebla
esparciéndose y dejándose ver lo que está tapado ahora... ¡Pues también
es cosa de verse desde aquí la salida del sol!... Y algún día hemos de
verlo, si Dios quiere... y mejor desde más arriba... desde allá...

Y me apuntaba, vuelto un poco a la derecha, hacia una loma altísima en
que, según me advirtió también, convergían tres cordilleras.

Entre tanto, yo no podía apartar los ojos del archipiélago en el cual me
iba forjando la fantasía todo cuanto puede concebirse en materia de
líneas y de formas: el templo ojival, el castillo roquero, la pirámide
egipcia, el coloso tebano, el paquidermo gigante... No había antojo que
no satisficiera la imaginación a todo su gusto en aquellas sorprendentes
lejanías.

La predicción de don Sabas no tardó en cumplirse. Poco a poco fueron las
nieblas encrespándose y difundiéndose, y con ello alterándose y
modificándose los contornos de los islotes, muchos de los cuales
llegaron a desaparecer bajo la ficticia inundación. Después, para que la
ilusión fuera más completa, vi las negras manchas de sus moles
sumergidas, transparentadas en el fondo hasta que, enrarecida más y más
la niebla, fue desgarrándose y elevándose en retazos que, después de
mecerse indecisos en el aire, iban acumulándose en las faldas de los más
altos montes de la cordillera.

Roto, despedazado y recogido así el velo que me había ocultado la
realidad del panorama, se destacó limpia y bien determinada la línea de
la costa sobre la faja azul de la mar, y aparecieron las notas difusas
de cada paisaje en el ambiente de las lejanías y en los valles más
cercanos: las manchas verdosas de las praderas, los puntos blancos de
sus barriadas, los toques negros de las arboledas, el azul carminoso de
los montes, las líneas plateadas de los caminos reales, las tiras
relucientes de los ríos culebreando por el llano a sus desembocaduras,
las sombrías cuencas de sus cauces entre los repliegues de la montaña...
Todos estos detalles, y otros y otros mil, ordenados y compuestos con
arte sobrehumano en medio de un derroche de luz, tenían por complemento
de su grandiosidad y hermosura el silencio imponente y la augusta
soledad de las salvajes alturas de mi observatorio.

Jamás había visto yo porción tan grande de mundo a mis pies, ni me había
hallado tan cerca de su Creador, ni la contemplación de su obra me había
causado tan hondas y placenteras impresiones. Atribuíalas al nuevo punto
de vista, y no sin racional y juicioso fundamento. Hasta entonces sólo
había observado yo la Naturaleza a la sombra de sus moles, en las
angosturas de sus desfiladeros, entre el vaho de sus cañadas y en la
penumbra de sus bosques; todo lo cual pesaba, hasta el extremo de
anonadarle, sobre mi espíritu formado entre la refinada molicie de las
grandes capitales, en cuyas maravillas se ve más el ingenio y la mano de
los hombres que la omnipotencia de Dios; pero en aquel caso podía yo
saborear el espectáculo en más vastas proporciones, en plena luz y sin
estorbos; y sin dejar por eso de conceptuarme gusano por la fuerza del
contraste de mi pequeñez con aquella magnitudes, lo era, al cabo, de las
alturas del espacio y no de los suelos cenagosos de la tierra. Hasta
entonces había necesitado el contagio de los fervores de don Sabas para
leer algo en el gran libro de la Naturaleza, y en aquella ocasión le
leía yo solo, de corrido y muy a gusto.

Y leyéndole embelesado, llegué a sumirme en un cúmulo de reflexiones
que, empalmándose por un extremo en la monótona insulsez de toda mi vida
mundana y embebiéndose enseguida en el espectáculo en que se recreaban
mis ojos, se remontaban después sobre las cumbres altísimas que
limitaban el horizonte a mi espalda, y aún seguían elevándose a través
del éter purísimo por donde suben las plegarias de los desdichados y los
suspiros de las almas anhelosas del Sumo Bien.

Volviendo, al fin, los ojos hacia don Sabas, de quien me había olvidado
un buen rato, porque el mismo tiempo hacía que no se cuidaba él de mí,
le hallé, por las trazas, leyendo el gran libro en la misma página que
yo. Estaba en pleno hartazgo de Naturaleza, según declaraban sus ojos
resplandecientes, su boca entreabierta y como ávida de aire serrano, y
aquella su especial inquietud de músculos y hasta de ropa.

--¿Se ha visto todo bien?--me preguntó volviendo en sí de repente.

--A todo mi sabor--le respondí.

--Pues hacerse cuenta de que ya se ha visto algo de las grandes obras de
Dios que tenemos por acá.

--¡Grande es, en efecto, y hermoso y admirable este
espectáculo!--repliqué.

--¿Grande?--repitió el Cura; y volvió a contemplarle en todas
direcciones con los brazos extendidos, como si quisiera darme de aquel
modo la medida de su magnitud.

Después se descubrió la cabeza, cuyos cabellos grises flotaron en el
aire; elevó al cielo la mirada y la mano con sombrero y todo, y exclamó
con voz solemne y varonil que vibraba con extraño son en el silencio
imponente de aquellas alturas majestuosas:

--_Excelsus super omnes gentes, Dominus, et super coelos... gloria
ejus_.

Sería por el estado excepcional de mi espíritu o por obra de un agente
externo cualquiera; pero es lo cierto que a mí me pareció que aquella
nota final estampada en el cuadro por el Cura de Tablanca, rayaba en lo
sublime.



XII


Faltábame conocer, entre lo que no debía de serme desconocido en aquella
vasta y montaraz comarca, la salida del valle por la cuenca del río
hasta su desembocadura, con lo cual habría completado yo la travesía del
espinazo de la cordillera cantábrica por una de sus vértebras más
considerables; y como cabalmente en aquellos días estaba yo en vena de
exploraciones y correteos, aunque, bien lo sabe Dios, más que por ansias
de la curiosidad, por miedo a la inacción enervadora enfrente del
temible enemigo, cabalgué una mañana muy temprano en el peludo jamelgo
que tan sesudamente me habían traído y llevado por las escabrosidades
más peligrosas de la montaña, y, de propio y deliberado intento, solo y
sin otro guía que el instinto y la larga experiencia del honrado
cuadrúpedo, más unos informes que me habían suministrado de palabra la
noche antes en la tertulia de mi tío; atravesé el ruinoso puente que une
las dos orillas del Nansa a corto trecho de la casona, y emprendí la
marcha siguiendo la bien trillada senda que culebrea por la ladera del
cerro, acompañándome el continuo rumor de las invisibles aguas corriendo
en el fondo del sombrío cauce a muchas varas bajo mis pies.

Dudaba yo que, después de lo que llevaba visto en la alta montaña,
hubiera en la cuenca del río, desde Tablanca hacia abajo, cosa que
pudiera cautivar mi atención; y así sucedió, en efecto: sin dejar de ser
áspera, angosta y montaraz en su parte más elevada, carecía de la
grandeza imponente de los desfiladeros de «arriba». Los pueblos,
amontonados, en sendas rinconadas de la garganta, iban sucediéndose a mi
paso con la regularidad de las estaciones de un ferrocarril. Uno de
ellos, más soleado que cuantos había dejado atrás, apareció de repente a
mi vista en un vallecito, al pie de una ladera rapidísima, por la cual
descendía mi jamelgo paso a paso entre un laberinto admirable de viejos
y copudos robles que parecían puestos allí para mantener las tierras del
monte adheridas a su esqueleto: tan agria era la cuesta.

Llegado al valle felizmente, aunque un poco dolorido de cintura yo, por
el continuo esfuerzo hecho con ella para conservar el cuerpo en la
vertical, sobre la línea del caballo, paralela al suelo, supe que el
pueblo columbrado por mí durante la bajada por los claros de la espesa
columnata de troncos, era Robacío. Acordéme entonces de Neluco y de
Chisco, y supuse que la casa del primero sería una grande, de «cuatro
aguas», que no distaba mucho del camino; y supuse bien, según respuesta
que dio a una pregunta que le hice, un muchachuco más guapo que limpio
de cara y de vestido, que jugaba, con otros de pelaje aún más humilde,
en una brañuca próxima a la portalada. Responder a mi pregunta, dejar el
juego y lanzarse a abrir el postigo, mientras los otros chicuelos,
suspensos y algo cortados, me contemplaban con los ojos muy abiertos,
fue todo uno; y no bien hubo asomado la cabecita al corral, cuando ya
comenzó a gritar allí:

--¡Madre!... ¡madreee! ¡Aquí está un señor que viene a casa!

Y por si esto era poco, descorrió desde adentro la falleba de los
portones, y los abrió de par en par a fin de que pasara yo sin apearme.
Con este estruendo y aquel vocerío, antes que acabara de sorprenderme de
la ocurrencia, ya estaba en el encachado soportal y enfrente de mí, una
mujer de mediana edad, buenas carnes y sano color, y con el modesto
atavío casero que ordinariamente usan a diario las matronas pudientes de
aquella comarca. Con esto, y con hallar bastante parecido en su cara con
la de Neluco, no dudé que aquella mujer era su hermana. Me apeé de un
brinco; y sin cuidarme del caballo, comencé, mientras andaba hacia ella
con el sombrero en la mano, a deshacerme en excusas, a explicarla el
suceso... Yo tenía muchísimo gusto en ponerme a sus pies, en conocerla
personalmente, en ofrecerla mis respetos; pero esto lo hubiera hecho...
pensaba hacerlo, a otra hora menos intempestiva... a mi vuelta por la
tarde... la culpa era de aquel diablillo que, sin darme tiempo para
explicarme, se había apresurado a llamarla...

A todo esto, ella me miraba de hito en hito; hasta que, sin llegar yo a
decirla cuanto pensaba decir, bañó toda su faz noblota y rozagante en
una sonrisa que pudiera llamarse inmensa, si se midieran las sonrisas
como las superficies; arrancó hacia mí con ambas manos tendidas, y
exclamó cortándome el descosido discurso de repente:

--¡Virgen la mi Madre! Usté es el sobrino de don Celso.

Declaré que sí lo era, y continuó ella, sin soltar mi mano de entre las
suyas:

--Sabía yo por Neluco que andaba usté por ayá; y por eso, y por el aire,
y por algo que ha dicho... y por estas corazonás que a lo mejor tiene
uno... ¡Hija, lo que me alegro!... ¡Vaya, vaya!... Y ¿cómo está el pobre
don Celso?... Mal, creo yo, lo que nos ha dicho Neluco... Porque Neluco
es tan cariñoso y tan... vamos, tan apegao a los suyos, que hora que
tenga sobrante en su obligación, cátale en Robacío... Pero ¿qué hacemos
aquí plantificados en el portal? Suba, suba, señor don Marcelo, y
descansará como debe, y le pondré de almorzar... ¡Cómo que no! Aquí
todos somos unos. ¿Usté no lo sabe? ¿No se lo ha dicho Neluco? La casona
de don Celso y la nuestra casa... ¡vaya!... de padres a hijos viene la
estimación y la buena ley y hasta el parentesco, si un poco se escarba
en la sangre...

No me valieron excusas, por más que ponderé lo largo de la jornada que
tenía que hacer antes de la noche, y lo apurado que andaba de tiempo
para ella.

--Tendrále de sobra--me decía la jovial matrona guiándome ya hacia la
escalera--, para ese trabajo y otro tanto más, si sabe aprovecharse de
él; y no creo yo que es perder hora la que se gasta en confortar el
cuerpo a la mitá del camino... ¡Vaya con ella! Y lo peor del cuento es
que está «él» ausente y no vendrá hasta la hora de comer, más que
menos... Anda en el invernal amañando un morio que se quebrantó el otro
mes; y como en teniendo obra entre manos no acierta a perderla de
vista... ¡Pues no lo sentirá poco cuando lo sepa!... ¡Hija, qué
casualidá! Bien que ya le verá cuando pase usté de vuelta esta tarde...
Aunque mejor fuera que se quedara a comer con nosotros y dejara la
caminata para otra ocasión... ¡Vaya que es antojo el de llegar hasta el
camino real!... Dos veces en toda mi vida he puesto yo los pies en él...
Mire si soy correntona... ¡Vaya, vaya!...

Hablando por este arte mientras subía la escalera y la seguía yo paso a
paso, más que en lo imposible de atajarla en su pintoresca charla,
pensaba en el parecido que hallaba entre ella y la madre de Lita, no
solamente por el carácter, sino por el estilo, sin saber yo entonces,
como lo supe andando el tiempo y conociendo nuevas gentes, que en
aquella forma y con aquellos aires campechanos y llanotes, se desborda
siempre el espíritu generoso y hospitalario de las damas de aquella
agreste región montañesa.

Ya en lo alto de la escalera, que no era larga, entramos en el crucero
de siempre, porque todas las casas pudientes de aquellas alturas, y aun
las equivalentes de los valles bajos que he conocido después, parecen
hechas por un mismo plano; sólo que en la de Robacío hallé una novedad
que llamó muy agradablemente mi atención, y fue la de tener las paredes
de todos los pasadizos literalmente cubiertas, de techo a suelo, con
ristras de panojas, que, por estar abiertos puertas y balcones e
inundada de sol toda la casa, resplandecían como tapices orientales
bordados de oro y perlas.

Ni aun admirarlo me dejó la buena hermana de Neluco, porque teniendo en
cuenta lo apresurado que yo andaba, entre conducirme a la sala y llamar
a gritos a una sirvienta y sacar, en tanto, cosas de una alacena y otras
cosas de un armario, y poner las primeras en manos de la mozona (que no
llegó tan pronto como ella quería) con una buena sarta de advertencias y
de encargos a media voz, y las segundas sobre una mesa que había en la
sala, arrimada a una pared, y andar de acá para allá sin dejarme nunca
enteramente solo ni falto de su conversación, más de cerca o más de
lejos, no hallaba yo momento de pensar con sosiego en punto alguno en
que fijara la atención. Al fin se detuvo y se calmó la ventolera
aquélla; y recogiendo lo que antes había puesto sobre la mesa y
colocándolo interinamente en las sillas inmediatas, levantó el ala que
aquélla tenía libre y plegada, y no las dos, por no necesitarse para mí
solo tanto espacio, según tuvo la bondad de advertirme; tendió sobre el
tablero resultante un blanquísimo mantel; puso sobre éste una botella de
vino, un cubierto de plata maciza y de anticuada forma, dos vasos de
cristal, tres platos amontonados, una torta de pan, tibio todavía, según
me dijo la complaciente señora, porque no hacía aún dos horas que había
salido del horno del corral; un queso duro, de ovejas, y cosa de medio
maquilero de nueces y avellanas.

Entre tanto, no cesaba de hablarme, y me hacía muchas preguntas sin
esperar en cada una de ellas a recibir mi respuesta, por entero, a la
anterior. Me preguntó, ante todo, por su pariente don Pedro Nolasco y
por su hija Mari Pepa, de la misma edad que ella, amiga íntima desde la
niñez, casi su hermana, porque como hermanas se querían... Pues ¿y Lita,
Lituca? Era un serafín aquello, más que mujer. ¡Qué guapa, qué aguda,
qué hacendosa! Si ella fuera hombre y mozo soltero, ya sabía con quién
casarse, como Lita le quisiera. ¡Y no su hermano Neluco!... ¡Cuántas
veces se lo había dicho! ¿Para qué quieres la enjundia, hombre? ¿Qué más
puedes apetecer?... Si apareáis como de molde... ¡Ah, pan frío de
satanincas!... ¡Tochu, más que tochu! Cuando Lita iba a Robacío, era la
alegría de la casa: ni canario en jaula de oro podía compararse con
ella.

En éstas y otras comenzó a darme en la nariz un olor muy agradable de
fritangas, y con él entró en la sala un rapaz como de seis años, con la
jeta muy pringosa y la ropilla estropeada; después otro de igual pelaje,
pero de menos edad; enseguida otro menor que los dos; luego una
muchachuela rubia, de ojos saltones, muy enjuta de canillas y larga de
brazos; tras ella, otra rapaza morena, carrilluda, de ojos negros y
gruesas pantorrillas, la cual traía de la mano a un chiquitín muy
risueño que se tambaleaba al andar con sus patucas estevadas; y, por
último, llegó el muchacho que con su descomedida diligencia había sido
la causa de cuanto estaba sucediendo allí. Toda aquella prole, aparecida
uno a uno, a paso lento y con mirar receloso, se fue colocando en
semicírculo, muy apretado, enfrente de mí; y como no sabían qué decirme,
por más que yo les preguntaba muchas tonterías, y su madre me los iba
nombrando por orden de edades, a la vez que los reñía, y no con gran
coraje, por un descortés atrevimiento, cada cual entretenía el tiempo y
conllevaba el mal rato como mejor podía: quién pellizcándose las
narices, quién rascándose la cabeza y quién alguna parte de su cuerpo
más baja y más trasera. «Pero ¿no parece--me decía su madre en tanto--,
que gobierna Satanás a estos arrastrados? Póngalos usté de pies a cabeza
como un sol de mayo en cuanto se tiran de la cama todos los días, para
verlos como usté los ve a la media hora... y si no hay escuela como hoy,
por ser jueves, cosa es de no poder mirarlos ni aguantarlos. ¡Señor y
Padre celeste, qué criaturas!... Pero estén ellas en buena salud, que es
lo que importa, y lo demás ya se irá arreglando con el tiempo. ¿No es
verdad?... Vaya, ahora venga acá y arrímese a la mesa... y perdone la
miseriuca por la buena voluntad conque se la ofrezco a falta de cosa
mejor.»

Esto lo dijo al ver entrar a la criada con una gran fuente entre manos,
conteniendo dos pares de huevos estrellados y una enormidad de lomo y de
jamón frito, con su correspondiente cerco de patatas.

Hubo las porfías que eran de esperarse sobre lo poco con que me
satisfacía yo, y lo mucho que ella me ofrecía con generosa obstinación,
pensando que «lo dejaba por cortedad». Al fin transigimos tomando yo
algo más de lo que necesitaba, y repartiendo el resto hasta lo que ella
me ofrecía, entre los siete rapaces que devoraban con los ojos el
suculento agasajo humeando sobre la mesa.

También vino a colación allí lo que ya empezaba yo a echar de menos en
boca de la hermana de Neluco; la tesis a que tan acostumbrado me tenían
las buenas gentes de aquellos valles: si me iba gustando la tierra de
mis mayores; la diferencia que hallaría entre aquellas soledades y las
grandezas y diversiones a que estaría avezado en Madrid... y, por
último, la lástima que sería que no tomara al valle la buena ley que él
se merecía; porque, muerto don Celso, que por muerto había que darle ya,
Tablanca se quedaba sin padre y sin sombra de amparo. ¡Y si supiera yo
bien lo que valía esa sombra en aquel pueblo, y lo que venían valiendo
otras como ella desde tiempos muy remotos! Para saberlo así, era preciso
ver lo que pasaba en otros lugares que no la tenían, como pasaba ya
también en Robacío, desgraciadamente. Allí no había unión ni paz entre
unos y otros, por culpa de cuatro mangoneadores amparados por otros
tantos «cabayerus de ayá fuera», que no se acordaban del pueblo más que
en las ocasiones de necesitar las espaldas de aquellos pobres melenos
para encaramarse en el puesto que les convenía, y pipiar a gusto las
uvas del racimo. Esto no pasaba en Tablanca, donde no se sentía una
mosca, ni tenían entrada aquellos personajes más que con su cuenta y
razón. Daba gusto aquella hermandad de unos con otros, y aquel
ayuntamiento sin deudas, y aquel vecindario sin hambre y bien vestido.
Pues toda esta ventura acabaría con don Celso, si yo no me animaba a
recoger los frenos que él soltaría de sus manos al pasar a vida mejor.

Lo singular de esta tesis, tan manoseada por unos y otros, era para mí
la solemnidad y la hondura del sentimiento con que me la exponían en
todas partes. La misma hermana de Neluco, tan jocosa y tan chancera en
sus descosidos discursos, se formalizó hasta conmoverse al exponérmela.
Y éste era el lado por donde más me llamaba la atención aquel tema, que
iba, por lo demás, degenerando en manía.

Con el asentimiento y las diplomáticas promesas que la costumbre me
había obligado a adoptar en casos tales, di por rematado el punto; y con
el pretexto de la prisa que tenía, terminados el almuerzo y la visita,
no sin saber antes, por la inagotable bondad de aquella incomparable
mujer, que su hermano mayor, abogado de bastante nota, estaba casado en
Valladolid, y que por eso y por ser Neluco demasiado mozo y andar
todavía de la Ceca a la Meca, se había quedado ella en las particiones
con la casa paterna; pero como si fuera de todos los hermanos, porque el
abogado bajaba a Robacío casi todos los veranos, y Neluco cada día que
le era posible.

Gozaba ella que era una bendición de Dios cuando estaban todos reunidos,
chicos y grandes; y cuanto más apretados, mejor. Y apretados lo estaban
en aquellas ocasiones a menudo, porque aunque la casa era grande, como
tenían mucho laberinto de labranzas y ganados... ¡Virgen Madre, cómo le
gustaban esos trajines a su marido! Pues con gustarle tanto, de seguro
no le gustaban más que a ella...

Y bien se revelaban estos gustos en toda la casa, particularmente de
escalera abajo. En el portal, desde donde se veían las puertas abiertas
de los establos, un horno con su tejadillo protector, un pozo con el
correspondiente lavadero, grandes pilas de leña y un carro de bueyes
bajo un cobertizo, olía a heno, se oían los golpes y los cencerrillos y
esquilas del ganado preso en las pesebreras, y brujuleaba de soslayo y
como a la descuidada, un copioso averío alrededor de un «garrote», en
cuyo fondo roía mi caballo, desembridado y amarrado al poste con una
soga por el pescuezo, los últimos granos del pienso de maíz con que le
había agasajado el sobrino mayor de Neluco, mientras su madre me
agasajaba a mí en la sala de arriba con huevos y con jamón. Esto se supo
por declaración del chicuelo mismo, al preguntarle yo, muy complacido,
por el autor de la ocurrencia. Alentado por el buen éxito de ella,
salióse del montón de sus hermanos, que en tropel habían bajado con su
madre detrás de mí, y en un dos por tres embridó el rocín después de
arrojar al averío las mezquinas sobras del pienso; sacó la mansa bestia
al corral, y la plantó allí, en debida forma, para que montara yo.
Abrevié la despedida cuanto pude, condensando mis expresiones de cordial
agradecimiento hasta la avaricia, por temor a los lujos verbosos de la
hermana de Neluco, que en lo más nimio hallaban causa para desbordarse;
cabalgué de prisa deslizando en la mano del chicuelo que me tenía el
estribo una moneda de plata sin que lo viera su madre, dádiva que le
llenó de asombro y de zozobra hasta enrojecerle la cara y dejarle
tambaleándose, por lo que le costó mucho trabajo abrirme la portalada; y
en cuanto la vi de par en par, pagué con una sonrisa y una sombrerada
los últimos ofrecimientos de la inagotable matrona; salí a la brañuca de
afuera oyendo las despedidas de adentro «hasta la tarde»; piqué sin
compasión al jamelgo, y tomé el camino río abajo como si me persiguieran
lobos de rabia.

Creo, sin estar muy seguro de ello por no haber fijado la atención con
gran empeño en el cuadro, que por allí comienza el verdadero ensanche de
la cuenca, y el río a descansar un poco de las fatigas de su rápido
descenso, tendiéndose a la larga en buenos trechos casi llanos y bien
iluminados por el sol. Lo que sí recuerdo bien es que con la libertad
que les dan estas relativas anchuras, el río y el camino (a la izquierda
ya éste de aquél) se separan uno de otro con alguna frecuencia, aunque
sin llegar a perderse de vista por completo. Al fin y al cabo, ninguna
obligación tienen de andar juntos por todas partes; y sin duda por eso,
el camino, sin trabas ni impedimentos, como el río, que le obliguen a
descender continuamente y por determinado canal, a lo mejor se echaba
por un atajo cuesta arriba, gozándose después en saludar desde la loma
del cerro pedregoso a su arrastrado compañero, que sudaba la gota gorda
para abrirse paso en los profundos de un vallecito angosto, entre
alisales, guijarros y mimbreras.

Donde se juntan otra vez los dos camaradas es hacia el final de su
viaje, por estrecharse la cuenca nuevamente, pero sin crecer gran cosa
los taludes; y ya no vuelve el río a gozar de otra llanada que la de su
sepultura, festoneada a lo largo en su margen terrestre por un camino
real que ni el Nansa ni yo vimos hasta que nos hallamos yo encima de él,
y el río estrellándose contra los estribos del puente que une las dos
orillas.

Allí le di mi afectuosa despedida, mientras ahogaban con un abrazo sus
murmullos (que durante nuestra jornada de seis horas no habían cesado un
momento) las traidoras aguas salobres que le esperaban inmóviles y
cristalinas, como un espejo en que se miran las nubes del firmamento,
tendidas al sol en una vasta llanura salpicada de islotes tapizados de
verdes y olorosas junqueras. Esta pintoresca ría está separada del mar
por una barrera muy alta: un monte negro y pedregoso, rajado de alto
abajo, quedando así un boquete muy angosto donde se cuelan las aguas y
los barcos, y se ve el Cantábrico, mirando desde adentro, como un pedazo
de cielo a través de las rejas de una cárcel.

Todo aquel panorama me pareció muy bello por sus líneas, por su luz y
por su color, mas a pesar de ello, ocupó mi atención breves instantes,
porque se habían largado mis ideas por muy distintos derroteros. Fue el
caso que no bien me vi sobre el camino real, se despertaron súbitamente
mis mal dormidas inclinaciones mundanas; y escapándoseme la mirada y los
pensamientos a lo largo del blanquísimo arrecife que corría paralelo a
la costa y desaparecía en la curva de un altozano, empecé a considerar.

--Por ahí se va a la vida y a la libertad de las planicies soleadas, al
bullicio de las ciudades, a las damas elegantes y a los hombres bien
vestidos, a la conversación culta y amena, a los salones alfombrados, al
libro, al teatro, al periódico, al Casino, al Ateneo... ¡mientras que
por aquí!...

Y volví los ojos al sendero de la montaña, y le vi trepar entre los
pedruscos y los escajos bravíos de una sierra calva; y distinguí detrás
de ella, la loma de otra sierra más alta, y por encima de ésta, otra y
sobre su cumbre la de un monte que las asombraba a todas; y así
sucesivamente, hasta perderse las últimas desvanecidas en un ambiente
brumoso y tétrico que no me dejaba percibir con claridad los dos
peldaños de aquella escalera disforme, entre los cuales se escondía la
sepultura en que, por un mal entendido sentimiento filantrópico, había
resuelto yo enterrarme vivo.

Sentí de pronto alzarse dentro de mí una protesta de mi libérrimo
albedrío, y con ella la nostalgia de la ciudad; pero con una fuerza tan
nueva y tan irresistible, que, sin saber, cómo, me vi encarado otra vez
al camino real y poseído de un vehementísimo deseo, de la tentación
pueril y desatentada... de «escaparme por allí».

Pasó todo esto, como vértigo que era de mi exaltada imaginación, en
pocos momentos; pero no sin dejarme huellas mortificantes en el
espíritu.

Al otro lado del puente había unas casas de muy alegre aspecto:
parecióme de parador el de una de ellas, y allá me fui. Parador era, en
efecto, y taberna bastante bien surtida. Mandé dar un pienso a mi
cabalgadura y pedí unas frioleras para mí, más que por satisfacer una
necesidad que no sentía, por comprar el derecho de descansar un poco a
la sombra y en un banco, bajo techado, ya que no era posible hacerlo al
aire libre recreando los ojos en la contemplación del mar, que con estar
tan cerca de allí, no se veía más que por el negro boquerón de la ría.

Era ya bien corrida la una de la tarde cuando volví a cabalgar. Repasé
el puente, y sin dirigir la vista al camino real que dejaba a mi
izquierda, comencé a desandar aguas arriba lo que había andado por la
mañana aguas abajo. Al llegar a Robacío, vi que me esperaba en la
brañuca contigua a la portalada de marras, toda la familia de la casona
aquélla, con el padre en primer término. Bien sabe Dios que hice voto
solemne en mis adentros de no echar allí pie a tierra, como no me
desmontaran a tiros. Era el cuñado de Neluco un hombre bastante gordo y
no muy alto, moreno y atezado de rostro, con anchas patillas grises,
pelo recio y poca frente. No hablaba tanto como su mujer, pero no era
menos afectuoso y hospitalario que ella. Con la disculpa (y era la pura
verdad) de que llevaba las horas muy medidas, hablé poco y me ingenié
mucho para que no hubiera modo de enredar la conversación que me
amenazaba a cada instante por el lado de la mujer de aquel buen hombre.
Estrechéle, al fin, por segunda vez la velluda mano, con los
ofrecimientos y las cortesías de costumbre, y con un «adiós» a todos los
presentes, corté los cumplidos con que me despedían, y me largué.

Resuelto a que no me cogiera la noche cerrada en el camino, saqué al
pobre animal que me conducía, los ijares y hasta las asaduras a
espolazos. Por un milagro de Dios llegó vivo a casa. Pero llegó al fin,
y no tan tarde como iba yo temiéndome a medida que le veía perdiendo
fuerzas y tambaleándose por el áspero camino.

Por lo que a mí toca, llegué en la misma situación de ánimo que un
estudiantillo novel a la cárcel de su colegio, después de haber pasado
largas vacaciones con su familia: jurándome a mí propio no volver a
salir de Tablanca solo y por aquel camino, para no caer nuevamente en la
mala tentación de escaparme.



XIII


Hablando unos días después con Neluco de esta excursión, me dijo cuando
vino al caso:

--Pues ahora necesita usted hacer otra, aguas arriba.

Respondíle que ya la había hecho con el Cura en una ocasión bastante
reciente y de muy placentero recuerdo para mí. Replicóme que con don
Sabas sólo había visto yo lo que le convenía a él que viera para los
fines que llevaba, y yo necesitaba ver algo más, y aun estaba obligado a
ello: por ejemplo, Promisiones.

--Atravesé todo el valle--respondí--, y conservo perfectamente su
aspecto general en la memoria.

--No es bastante--me replicó el médico--. En ese valle hay un pueblo,
que es el principal...

--Le vi también...

--De lejos.

--De lejos y de cerca tiene muy poco que ver.

--Exacto--dijo Neluco--; pero en ese lugarejo hay una casa solariega...
la de los Gómez de Pomar, sangre de rancio abolengo que corre también
por las venas de usted.

--Hombre--interrumpió aquí mi tío que estaba presente, mientras Neluco
se sonreía como si se burlara de las mismas ponderaciones que iba
haciéndome, que veas a Promisiones, bien está; que conozcas de vista la
casona de los Gómez de Pomar, pase también; pero que lo que queda allí
de esa sangre vieja valga la pena de meter su jocico en aquel estragal
un cabayeru como tú... ¡pispaju! eso sí que lo niego a pies juntos.

--¡Pero si allí no queda gota de esa sangre, don Celso!--replicó Neluco.

--¡Mira a quién se lo cuenta!--respondió mi tío--. Pero de allí es la
que queda... Dios sabe si en presidio.

--Yo me refería a la casa solamente...

--Que ni siquiera es de «ellos» ya... porque los sinvergüenzas
desaforaos, la dieron por un pellejo de vino en cuanto faltó el
baldragazas que los engendró en una osa montuna. ¡Cascajo! mala centella
los parta en dos por los riñones.

--Y al fin y al postre, ¿qué viene a importarle ya esa caída a don
Marcelo? ¡Le toca tan poco del parentesco!...

--Di que nada, ¡cuartajo! si te paez. ¡Los hijos de un sobrino carnal de
mi madre!...

--¡Pues digo!... ni un galgo le alcanza ya... De todas maneras, si usted
no quiere...

--¿Yo?... ¡A buena parte vas con el reparo!... ¡Vaya que me gusta!...
No, no, lo que es por mí...

--Además, no se trata de eso sólo, que debe verse de pasada...

--¿Jacia ónde?

--Hacia otra parte... a otro sitio a que yo quiero llevarle... porque
esa expedición ha de hacerla don Marcelo conmigo. Necesitaremos dos
días.

--¡Larga va a ser, trastajo!

--No mucho; pero como debemos hacer noche allá...

--Pues si pensabas guardar el secreto del parador, no me des más señas
de él, porque ya le he conocido...

--Es posible... Y como ahora hay en Tablanca peste de salud para muchos
días, si don Marcelo está conforme y usted nos da su permiso...

--¿Yo?... ¡pispajo! Lo que yo quiero es que mi sobrino se explaye y
entretenga a su gusto, para que no coja duda a la tierra de su padre...
Eso bien lo sabe él... y también lo sabes tú... Conque, si en ello vos
va diversión, bien hecho será, y antes con antes, por si el tiempo se
cansa de ser bueno. ¡Ojalá pudiera yo ir con vosotros, aunque no fuera
más que por dar un abrazo a ese buen amigo! Pero ¡ni salir a misa,
cuartajo!...

--Ya saldrá usted, don Celso...

--Sí, con los pies pa-lante el mejor día...

Al subsiguiente de esta conversación emprendí la caminata con Neluco,
los dos solos y a caballo: yo en el de siempre, bien repuesto ya de sus
últimas fatigas, y él en otro rocinejo por el estilo, que era de su
propiedad y tenía la costumbre, como caballo de médico, de pararse
delante de todas las viviendas que hallaba al paso.

También madrugamos aquel día, y no poco, y también nos amaneció cerca
del santuario próximo a la vadera, y también saludé a la Virgen,
siguiendo el ejemplo que me dio Neluco, rezándola una _Salve_ en latín.
Es mucha la devoción que la tienen los tablanqueses y todos los
habitantes de los pueblos comarcanos; y su fiesta, en el mes de agosto,
de las más concurridas y celebradas de todas las de aquella región. La
imagen tiene una leyenda que no me habían referido ni Chisco ni don
Sabas, y conocí por Neluco mientras volvíamos a ponemos en marcha,
descendiendo hacia la vadera. En tiempos muy remotos quisieron los
tablanqueses sustituir con otra nueva y «de mejor ver» aquella misma
Virgen que les parecía muy antigua, tanto que no se conocía su origen
«en memoria de hombre». Acordada la sustitución, adquirieron la imagen
que deseaban y la colocaron en el altarcillo después de retirar de él la
antigua, a la cual enterraron con gran solemnidad, no sabiendo qué hacer
de ella ni cómo honrarla mejor. Pero cuál no sería la admiración de
aquellos piadosos montañeses al ver al día siguiente en el altar la
imagen enterrada la víspera, y vacía su sepultura, sin hallar rastro ni
huella por ninguna parte del mundo de la imagen nueva. Con este milagro
patente se hizo más extensa y fervorosa la devoción a la Virgen
resucitada, y en este grado, o muy poco menos, se ha conservado hasta la
fecha.

Repitiendo el camino andado por mí en compañía de don Sabas, me pareció
haber tardado menos que con él en llegar a Promisiones; ventaja que fue
debida indudablemente a lo que me entretenía Neluco con noticias muy
curiosas sobre cada palmo de terreno que pisábamos y le eran tan
conocidos como los rincones de su casa. No los conocía menos el Cura,
seguramente; pero aunque allá se andaban los dos en el modo de sentir y
de saborear la tierra madre, eran más numerosos los «registros» del
médico, y más varia, por consiguiente, la música de su conversación.

Ya en el valle, tomamos derechamente hacia el pueblo que había dado
origen a la porfía entre mi tío y Neluco. El tal pueblo, de disperso y
pobre caserío, ostentaba sobre el montículo más elevado de los varios
que forman su escabroso término, un edificio cercano a la iglesia, que
no abultaba más que él, como si hubiera querido lucir sin estorbos y
para que fueran bien vistas de todos, propios y extraños, las únicas
grandezas que posee. El edificio era del buen estilo «rico» montañés; de
sillería de grano la fachada del Sur y una parte de la del Este, lo
preciso para encuadrar en ella un balcón de púlpito con balaustrada de
hierro; el resto, mampostería sólida con muy pocos claros de ventana. En
la fachada principal, gran solana corrida de esquinal a esquinal, y
encima de ella y del balcón del Este, sendos y ostentosos escudos de
piedra de mucho relieve y rica talla; sobre todo ello, la pátina
musgosa, la herrumbre y la polilla de los años y de la incuria, y
grandes aleros de artesonado podrido con los canecillos derrengados.
Aquella casa era la solariega de los Gómez de Pomar; y bien sabe Dios la
tristeza conque la vi en estado tan deplorable, más que por simpatía de
parentesco, por impulso natural de hombre honrado y de buen gusto.
Habitábala un labrador, y de ello eran evidentes señales los montones de
estiércol, la carreta y los aperos que se veían en la corralada y en el
soportal, y el heno que asomaba por los agujeros de una de las
desvencijadas puertas de la solana, entre los elegantes cercos de
sillería. Salió de ella un buen hombre que nos vio mirarla por todas
partes; y como resultó que conocía a Neluco, nos brindó muy cortés a que
pasáramos a descansar, «si teníamos gusto en ello». El médico me pidió
mi parecer con la mirada, y con un ademán le di yo la negativa. Me
acordaba de algunos dichos de mi tío, particularmente el de haber sido
vendida «por un pellejo de vino», y la lástima de antes se fue trocando
en ira.

Continuando nuestro viaje, me dio Neluco algunos informes que yo le
pedí, vivamente interesado en conocerlos después de lo que había visto
en el pueblo, en el cual no nos detuvimos más de media hora.

La familia de los Gómez de Pomar nunca había sido tan rica de
propiedades y de dinero como pagada de su alcurnia, achaque muy común en
la Montaña. La bambolla de un hidalguete de aquella casta, que volvió de
México a principios del siglo pasado, labró sobre los cimientos del
solar antiguo la casa que acabamos de ver, con la mayor parte del dinero
que traía. Con el resto y las haciendas que le pertenecían en el valle y
en las inmediaciones, se empeñó en sostener el lustre de su familia,
elevándola de golpe a una altura en que jamás habían vivido sus fidalgos
antecesores. Logró su intento vanidoso, pero no sin muy considerables
mermas y quebrantos en su caudal. Al heredarle su sucesor, heredó
también una buena carga de censos y de hipotecas; y como en su no larga
vida no pudo verse aliviado del peso de esta cruz, recibióla también
sobre sus espaldas el que vino detrás de él; pero como le pesaba mucho,
antes que morir agobiado por ella, prefirió quitársela de encima a todo
trance. Y se la quitó, a expensas de lo más jugoso de su caudal. Así
salvó lo restante, que empezaba a ser enredado poco a poco en las mallas
inextricables del préstamo usurario. Era cuerdo el hombre, y ajustó las
necesidades de su casa a la medida de lo que poseía libremente para
sostenerlas. No trabajó las tierras con sus manos, pero pagó el trabajo
de otros para vivir él de sus productos; y en su casa y en las
accesorias de ella, donde siempre había reinado el silencio enervante de
la holganza y de los grandes fastidios de la vanidad infanzona,
comenzaron a oírse y a respirarse los ruidos de la actividad campesina,
el cencerro del ganado y la fragancia vivificante y regeneradora de los
frutos sazonados de la tierra. Mi abuela paterna alcanzó aquellos
tiempos, los más venturosos de la familia de los Gómez de Pomar. Su
padre era un señor a la manera de mi tío Celso: campechano y sin
retóricas, sencillo hasta la rudeza, y noble y sano de corazón. No tuvo
más que dos hijos: mi abuela y el mayorazgo. Éste resultó menos enérgico
y laborioso que su padre; se casó con una medio señora campurriana, y
tuvieron un hijo solo, y ése de pocas creces, enfermo y sin alientos
para nada. Aquí empezó a flaquear la firmeza de la hasta entonces
enhiesta medianía de la casa, mucho por la natural dejadez del padre,
algo por no pecar de hacendosa la madre, y el resto por falta de
estímulo en los dos para enmendarse en presencia de la ingénita apatía y
mortal endeblez del hijo. El cual dio en la gracia de espigar un poco,
precisamente cuando debía de haberse muerto, según los cálculos de sus
padres, fundados principalmente en los reiterados dictámenes de todos
los médicos y curanderos de cuatro leguas a la redonda. Con esto y con
morirse aquéllos mucho antes de lo que creían, el huérfano recibió el
caudal hereditario cuando menos lo pensaba, y con bastantes goteras,
casi tantas como las que tenía la casa solariega, en la que no gastaron
un maravedí en toda su vida los últimos señores de ella. En ese
particular, lo propio hizo el hijo, atento solo, en los primeros años de
su orfandad, al trabajo de reconstituirse, dándose todo el regalo que
era compatible con su hacienda, aunque comiendo ya de la «olla grande».
Como no salía de casa y se había propuesto arreglarse un completo plan
de vida dentro de ella, se casó con la criada, una lebaniega cerril,
siempre vestida de sayal y con «bocio». Tuvo de ella dos hijos como dos
oseznos de Andara, de cuya educación no se cuidó cosa maldita: lejos de
ello, les dio continuamente el mal ejemplo de su desgobierno, y muy a
menudo el de las escandalosas reyertas matrimoniales provocadas por la
lebaniega incivil, que era la estampa de la suciedad y el colmo del
despilfarro. Al fin se murieron los dos, ella de una pulmonía doble y él
de un derrame seroso, aunque fue voz corrida en el lugar que había
acabado de una borrachera de aguardiente. Todo podía ser, porque es cosa
demostrada que muy a menudo hacía méritos para ello. Los hijos, que eran
unos perdidos a los diez y seis años, cuando entraron por la ley en
libre posesión de lo heredado, ya debían más de las tres cuartas partes
de ello. Eran borrachos, corretones y pendencieros, y daban más que
hacer a la justicia en seis meses que todo el partido judicial en un
año. Lo último que les quedó fueron la casa solar y unos cercados
contiguos a ella; y como se lo tenían hipotecado a un tabernero del
valle, a cuyas expensas comían y bebían últimamente, y al vencer el
plazo de la deuda no tuvieron con qué redimirla, el tabernero se quedó
con lo hipotecado, echólos de casa tan pronto como pudo, y metió en ella
a un inquilino cargado de familia, pero que pagaba bien y cultivaba
mejor las tierras que le dio también en renta. Al hombre aquél acababa
de conocerle yo en la casa misma.

--¿Y los otros?--pregunté a Neluco en cuanto dio fin a su relato--. ¿Qué
ha sido de ellos?

--¿De quiénes?--preguntóme él a su vez.

--De los dueños de la casa--respondí--; mejor dicho de los ex-dueños, de
los dos perdularios que se la vendieron al tabernero por un pellejo de
vino.

--Pues de esos ilustres vástagos de los Gómez de Pomar no sé nada cierto
a la hora presente. Cuando se vieron en la calle, sin hogar, oficio ni
beneficio, desaparecieron de aquí, y se supo que andaban por Andalucía
buscándose el modo de vivir como el diablo les daba a entender. Al cabo
de los años, volvió uno solo, no a su pueblo, sino a ese otro que está
encalabrinado en aquella cúspide de enfrente, y al cual pienso que
llegaremos en poco más de una hora. Allí, con el prestigio que le daba
su apellido y la fanfarria que desenvolvió delante de la hija de un
hombre de bien que tenía algunas haciendas, consiguió que éste se la
cediera en matrimonio. Estableciéronse en casa aparte, y al poco tiempo
de ello apareció su hermano en el lugar, pobre y mal vestido. Acogióle
el matrimonio, como era natural. Por entonces los conocí yo siendo
estudiante todavía, durante las vacaciones de verano, en la romería de
la Virgen de las Nieves. Me parecieron de muy mala catadura,
particularmente el mayor, en cuyo semblante de torva y recelosa mirada,
lo mismo que en el resto de su persona, se veían las huellas y el
estrago de todas sus malandanzas. El otro, el menor, que era el casado,
tenía una palidez amarillenta, y unos ojillos de raposo, y una mueca de
sonrisa, y un andar de sierpe venenosa, que estaban pidiendo el banco de
crujía de una galera, y el corbacho de un cómitre desalmado. Decían los
que reparaban en ellos por conocerlos bien, que los vigilaba mucho la
Guardia civil; sería o no verdad; pero era indudable que ellos huían de
la pareja que andaba en la romería, como el diablo de la cruz. Por
aquellas calendas hicieron una visita a su tío de usted, don Celso; pero
tenía éste entonces más bríos y más agallas que hoy, y respondió a su
taimada exposición de necesidades en tales términos y en tal actitud,
que no insistieron en su petición, ni han vuelto a parecer por Tablanca.
Poco después se largaron otra vez por esos mundos a buscarse la vida,
con gran contentamiento de todo el lugar, y hasta de la pobre mujer de
uno de ellos. A principios de este otoño oí en Tablanca que había vuelto
el casado y que por aquí andaba tan sinvergüenza y haragán como siempre;
pero yo no le he visto, ni a nadie he oído hablar de él.

Con estas interesantes biografías y los comentarios subsiguientes,
entretuvimos el camino, sinuoso y endemoniado, dejando por nuestra
derecha la cuenca del río que distaba ya muy poco de sus fuentes.

Al fin, llegamos al pueblo, encaramado allá arriba como un nido de
águilas, y me guió Neluco a la única hospedería que había en él: un
casucho de mala muerte con un cuarto en el soportal, y en el cuarto un
tosco mostrador y su correspondiente estantería con media docena de
botellones y frascos de varios colores, algunos paquetes de cigarros y
de cajas de cerillas, y media docena de vasos de otros tantos calibres;
arrimado a la pared y sostenido por tres estacas sin labrar un tablón en
bruto, de castaño abarquillado; delante y como a la mitad de este banco,
una mesa de igual materia y del mismo estilo que él; sobre la mesa, un
jarro y dos vasos medio desocupados de vino tinto, y, por último,
sentados en el banco y con la mesa delante, dos hombres en los cuales ni
el médico ni yo nos fijamos gran cosa por de pronto. Después, y mientras
hablábamos con el tabernero, Neluco, que los tenía enfrente, me dio con
el codo y me advirtió con la mirada que reparara en ellos. Hícelo con
atención y vi que los dos tenían muy distinto pelaje del acostumbrado y
corriente entre los aldeanos de aquellas comarcas: ofrecían todo el
aspecto de los vagabundos famélicos de las ciudades; ambos llevaban la
barba gris a medio crecer, y el ropaje obscuro y mugriento, con muy
pocas señales de camisa. En el uno creí ver, o más bien recordar, rasgos
de la pintura que me había hecho Neluco del Gómez de Pomar casado en
aquel mismo pueblo. Las señas del otro no coincidían en nada con las que
yo conocía del hermano soltero. Era todavía más innoble su cara que la
de éste y más repulsivo el conjunto de su persona: tenía un chirlo en la
nariz, que se la dividía casi por mitad, y un ojo medio borrado.

Se les conoció muy pronto que no les agradaba la insistencia con que los
mirábamos Neluco y yo; y fuera por esto o porque ya nada tenían que
hacer allí, apuraron el contenido de los correspondientes vasos, y se
largaron haciéndonos un ligero ademán de saludo, pero sin decir palabra.

Entonces dejó bruscamente Neluco la materia que trataba con el ventero,
reducida a saber qué podría servirnos para tomar un tente en pie, y
comenzó a preguntarle por la casta de los dos parroquianos que acababan
de salir. Resultó, en cuanto al uno, lo que yo me presumía y Neluco daba
por indiscutible: que era el Gómez de Pomar casado allí; el otro había
venido con él en los principios de octubre, y juntos vivían y de la
misma olla comían desde entonces, como grandes y antiguos amigos que
eran, a expensas y a despecho de la pobre mujer que a duras penas tenía
lo más indispensable para que no se murieran de hambre los frutos de su
desventurado matrimonio. Su marido faltaba pocas veces del lugar, y no
pasaba ninguna noche fuera de él; las ausencias del amigo, sin ser
muchas, eran más largas: solían durar dos o tres días. Preguntado el
primero por su mujer..., y también por el alcalde, acerca de la
procedencia, oficio, ocupaciones y planes del segundo, respondía que era
un caballero perteneciente a una de las principales familias de Madrid,
arruinado con los negocios de la Bolsa; había estudiado de joven para
ingeniero de minas, y pasaba por muy entendido en ellas. Sabía, por
informes adquiridos allá con otros inteligentes, que había una
riquísima, de oro puro, en cierto sitio entre Tablanca y Promisiones; y
en busca de ella andaba cada vez que salía del lugar, mejor dicho, la
había encontrado al primer tanteo, porque eran infalibles las señas que
traía: los otros viajes que iba haciendo eran para estudiar bien los
filones y la manera de explotarlos. En cuanto acabara ese estudio que le
robaba hasta el sueño, se volvería a Madrid para dar cuenta de todo a
los capitalistas que habían de emprender las labores bajo su dirección,
asignándosele a él, para remunerar su trabajo, la mitad de las
ganancias.

A pesar de estos rumbosos informes, la Guardia civil le había pedido los
papeles, igual que al último perdulario; pero como los llevaba en regla
y no se metía con nadie, ni nadie se quejaba de él y le fiaba el vecino
del lugar con quien vivía, no pasaban las cosas a más que a vigilarle de
lejos, lo mismo que a su fiador, mientras en el pueblo se cerraban las
casas al anochecer y no se dejaban, de puertas afuera, ni las gallinas
en sus «albergaderos» provisionales. En cuanto al Pomar ausente, sólo se
sabía de él, por referencias de su hermano, que andaba bien de salud y
que no tardaría en llegar, porque habría en la mina de oro empleos de
mucho lucro para los dos.

¡Morrocotudos consanguíneos me había encontrado yo en aquellas alturas
de Cantabria! Tenía razón Neluco: merecían ser conocidos de cerca por mí
el solar y los solariegos. Por este lado, no me iba dando el viaje
motivos para renegar de él.

Tomando el tente en pie que nos sirvió el tabernero con excelente
voluntad y poquísima limpieza, y reanimados los bríos de las
cabalgaduras con no sé qué brozas nutritivas que se hallaron en el pajar
de la taberna y en el granero de un vecino, volvimos a montar Neluco y
yo para seguir nuestro camino, del que nos faltaba todavía lo más largo
y lo peor, según el médico me dijo al cabalgar.

Dejado el pueblo atrás y comenzando ya a descender la cambera por la
otra vertiente del monte, nos hallamos tope a tope con los dos
comensales de marras, que estaban tomando el sol arrimados de espaldas a
un vallado y apurando unas colillas. Entonces se trocaron los papeles en
lo tocante a miradas: con ser mucha la curiosidad con que los miramos
nosotros, fueron mucho mayores la fijeza y la intensidad de las miradas
de ellos, sobre todo las dirigidas a mí, y especialmente la de mi
consanguíneo. Ni siquiera nos honraron con el ademán cortés con el cual
se despidieron en la taberna. Verdad es también que la cara que les
pusimos nosotros no era para engendrar respuestas de cortesía. Al
cruzarme con ellos llevé instintivamente la diestra a la cintura, donde
tenía, debajo de la espesa cazadora, un revólver de seis tiros, y bien
sabe Dios que no por recelo de los hombres. Neluco, que también le
llevaba, pero en una de las pistoleras de su silla, se sonrió al
observar el movimiento y conocer mis intenciones, y me dijo:

--No irán tan allá las cosas, esté usted seguro de ello. Necesitan vivir
bien con la justicia hasta llegar a sus fines, si es que tienen alguno
malo entre cejas; y si le tienen, no es de asaltar en despoblado al
primer transeúnte que se les ponga a tiro. Sin embargo, no están de más
las precauciones como las nuestras, aunque hayan sido tomadas contra las
alimañas del monte, sin acordarnos de las vilezas de cierta casta de
hombres desconocida en estos honrados valles. De todas maneras, prometo
resarcirle a usted esta tarde y esta noche, pero muy cumplidamente, con
impresiones más gratas, de los amargores que le va causando a usted en
su paladar de hombre honrado nuestra jornada hasta aquí.

Pedíle a Dios que así fuera, y continuamos bajando y departiendo al
acompasado gatear de nuestras firmes cabalgaduras.



XIV


Por dónde me iba conduciendo el empecatado mediquillo de Tablanca, me
sería imposible decirlo ni aun con el plano del terreno a la vista.
Alguna vez creí hallarme en un pedazo de senda recorrida días atrás en
compañía de don Sabas; pero sin darme tiempo para salir de dudas, dejaba
mi conductor aquel camino trillado y echaba por donde menos era de
esperarse. Su caballo era una cabra, y él una ventolera que le
arrastraba por lo más inverosímil de lo penoso y atrevido. Para aquel
diabólico centauro, todo atajo era andadero, lo mismo por los jarales de
las faldas que por los riscos de las cumbres. El caso era rodear poco y
llegar cuanto antes, según él decía, mientras dejaba yo en cuarentena la
sinceridad de su afirmación, que bien pudiera ser encubridora de antojos
irresistibles de un montañés tan castizo como Neluco. Porque es lo
cierto que no subíamos a una altura ni bajábamos a una hondonada sin que
el médico hiciera ardorosos panegíricos de lo que se veía desde arriba o
desde abajo. Para mí, quebrantado e insensible de alma y cuerpo, todo
era ya igual y de un mismo color; y hasta del vértigo de los grandes
asomos estaba curado con la frecuencia de verlos aquel día; y cuidado
que los hubo tan tremendos y de senda tan angosta, retorcida y ladeada,
que el mismo Neluco se apeó para pasarlos... tapándose la cara con el
sombrero por el lado del abismo. De bajadas «pendias», no se diga:
aquello fue despeñarse más que bajar.

Cuando menos lo esperaba, me encontré en el Puerto, que me pareció menos
interesante que la primera vez, porque le veía a la inversa de entonces,
con la línea insulsa de la sierra baja por gran parte de su fondo, en
lugar de las grandiosas montañas que en esta segunda visita iban
quedando a mi espalda. También flotaban sobre él las nieblas, como en el
monte por donde habíamos subido, y también lo deploró Neluco, porque me
impedían gozar del espectáculo admirable, que tanto me había ponderado
Chisco a su modo. Pero ¿qué podía faltarme de ver en punto a panoramas,
después de los que había visto con el Cura desde muy cerca de allí?
Referíle, mientras nos internábamos en aquel escabroso desierto, lo del
oso «hecho un reguñu» encontrado allí la otra vez, según afirmación de
mi espolique. No le sorprendió el caso, porque tenía noticia de otros
semejantes. Sin embargo de lo cual, me añadió, en aquel mismo puerto
pastaban en los primeros meses del verano, y sin riesgo alguno por lo
común, muchas cabañas de ganado, hasta de los valles de la marina, y aun
me enseñó algunas chozas de vaqueros, recientemente abandonadas y que
muy pronto desaparecerían bajo la nieve. Tampoco me pareció tan larga
como la primera vez la travesía, ni tan fatigosa la contemplación
continua de su aridez, lo cual pudo consistir en que hice la entrada por
distinta «puerta» que la salida de entonces, o en el hábito adquirido ya
por mí de andar entre montañas, y muy principalmente en lo agradable de
la compañía de Neluco.

Al fin traspusimos la cumbre de la sierra que limita el Puerto hacia el
Sur, y volví a contemplar la verde y extensa planicie del valle de los
tres Campóes. Con aquel espectáculo revivió mi espíritu adormilado, y
comencé a respirar con avidez el aire de la hermosa vega, como si me
hubiera faltado hasta entonces el necesario para la vida; caso que no
admiró a Neluco por lo raro cuando se le declaré, porque, por una ley
fisiológica, del peso «ideal» de las grandes moles que agobia a los
espíritus avezados a las llanuras abiertas y despejadas, participa el
organismo físico también. Bajando sin cesar nuestras cabalgaduras, que
ya no podían con el rabo, por los senderos que yo había conocido al
subir, a media bajada se salió de ellos Neluco y tomó por otro hacia la
derecha. A poco rato de andar en él, descubrimos en el extremo del valle
más arrimado a aquella estribación de la sierra y debajo de nosotros,
una gran torre señorial con un grupo de edificios agregados a ella, a
corta distancia de un pueblecillo agrupado en una frondosa rinconada del
monte.

Señalando al pueblo y luego a la torre y sus accesorias, y deteniendo al
mismo tiempo su caballo, me dijo Neluco:

--Aquel lugarejo es Provedaño, y aquí está el fin de nuestra jornada de
hoy.

Después tendió la vista por el esplendente panorama del valle, y fue
dándome sobre él todas las noticias que me había dado Chisco, y otras
muchas más. Convino conmigo en que sin dejar de ser montañés todo el
conjunto del paisaje, tenía impreso ya en sus líneas y en sus tonos el
influjo de sus vecindades castellanas, y continuamos bajando.

Cuando acabamos de bajar al valle, yo no me satisfacía con esparcir la
vista sobre él, ni con aspirar la fragancia de sus praderas
aterciopeladas: me hubiera revolcado en ellas de buena gana como una
bestia; y como una bestia envidiaba a las que andaban libres y paciendo
por allí. Consulté con Neluco esta bestial ocurrencia, y la celebramos
los dos con grandes risotadas; pero así y todo, no faltaron un par de
razones, fisiológicas también, apuntadas por el médico y discutidas por
ambos, para explicar el antojo muy «racionalmente».

Resistiéndose todavía Neluco a ampliar los escasos informes que me había
dado por el camino sobre la persona a quien íbamos a visitar, anduvimos
por lo llano un corto trecho, y llegamos, no a la torre, sino a la
trasera de un cuerpo del edificio que se unía a ella por el muro de una
portalada. Entre esta fachada del edificio y nosotros se interponía otro
muro más bajo que la amparaba en toda su longitud, y por encima de este
muro se veía un carro de bueyes arrimado al edificio y paralelo a él; en
el carro había una carga de heno «verde», según mi modo de ver, y según
el más autorizado de Neluco, de retoño «seco»; y sobre la carga, un
hombre de alta estatura que lanzaba con impetuoso brío grandes
«horconadas» de ella a un boquerón de la pared, donde las recogía otra
persona y las conducía más adentro. Nada de particular tenía todo esto;
pero sí lo tuvo, y mucho para mí, lo que sucedió enseguida; y fue que,
vuelto de repente hacia nosotros el hombre que descargaba el carro, y
mientras nos miraba frunciendo mucho los ojos, apoyándose gallardamente
en el horcón clavado por sus puntas en el heno, observé que Neluco se
descubría delante de él y le saludaba con el nombre del caballero a
quien íbamos a visitar. Descubríme entonces yo también, lleno de
extrañeza, y nos apeamos los dos, casi al mismo tiempo que el
descargador del heno saltaba del carro abajo, muy diligente y airoso,
por la rabera.

Representaba cincuenta años, bien corridos; tenía buen color, la cabeza
muy poblada de pelo alborotado y recio, la cara pequeña y enjuta, y aún
parecía más chica de lo que era, por lo espeso de la barba que le
ocupaba la mitad; la barba y el pelo, empezando a encanecer; la frente
ancha, y destacado el entrecejo; la nariz curva, y la mirada de sus
ojuelos verdes, firme y escrutadora; cara, en fin, cervantesca y un
tanto «aquijotada». Daba grandes pasos con sus largas piernas al
dirigirse a nosotros que le salimos al encuentro, y balanceaba el
cuerpo, nervudo y cenceño y algo inclinado hacia adelante, al compás de
las zancadas; vestía un traje modesto de paño obscuro, fuerte y barato,
y calzaba abarcas de tarugos.

Conoció al mediquillo de Tablanca y le abrazó muy regocijado y cariñoso;
a mí me saludó con la cortesía y los ademanes de un gran señor, de los
exquisitamente educados; porque los hay de ellos sin pizca de educación.
Cuando supo quién era yo, por boca de Neluco, estrechó con efusión mi
mano entre las suyas, que me parecieron, por lo fuertes y aun por la
aspereza de sus palmas, mejor que de carne y hueso, del roble secular de
aquellos erguidos montes.

Con voz de escaso timbre y algo desafinada, como la de todos los sordos,
pues lo era él y más que en grado de «teniente», me dijo:

--No le pido a usted perdón por los hábitos y ocupaciones en que me
encuentra, porque si tuviera a mengua emplearme tan a menudo como me
empleo en estas rudas labores, no me empleara. No me dan ellas todo el
pan que me nutre el cuerpo, pero me ayudan a conservarle; y como a la
par que convenientes, me son muy agradables y las tengo por honrosas, ¿a
qué acusarme de ellas como de un pecado contra los timbres de mi linaje?

Al saber después que íbamos con propósito de pasar allí la noche,
volvióse rápidamente hacia Neluco y le dijo con afable sonrisa:

--Pues de ese modo, y ya que conoces bien la casa, encárgate tú de hacer
los honores de ella a este caballero, mientras yo doy aquí abajo algunas
disposiciones que son necesarias para quedar enteramente a la de
ustedes. Entren, pues; suban, pidan y tomen cuanto apetezcan de lo que
haya.

Con esto me empujó suavemente hacia la torre; cogió enseguida los dos
jamelgos por los bridones, y los arrastró materialmente hacia la
portilla por donde había salido del cercado, mientras llamaba con toda
su voz al sirviente que debía encargarse de ellos.

Guióme Neluco y seguíle yo: estaba abierta la portalada, embutida entre
la torre y un extremo de los edificios que forman dos lados de la
espaciosa corralada en que entramos, cerrándola por el otro lado un muro
que une otra esquina de la torre con la fachada frontera de la escuadra
de edificios. Estos eran tres, aunque en una sola pieza y de una misma
altura, y de distinta época cada uno de ellos; pero todos más modernos
que la torre, particularmente el principal. No era esta casa tan
ostentosa como la de los Pomares de Promisiones; pero sí tan «bien
nacida», y desde luego más rancia de linaje. Buena huerta y grandes
cercados en las inmediaciones de la corralada. Lo más notable de todo
ello fue para mí la torre, de la que daban dos fachadas al corral, en
una de las cuales, y no en su centro, estaba la puerta de ingreso a
ella, baja y angosta y reforzada con enormes clavos y grandes barrotes
de hierro mohoso. Tenía cuatro pisos y terminaba en un gracioso parapeto
con gárgolas de piedra para desagüe del tejadillo apuntado. Parecióme
una construcción de venerable antigüedad, y no me equivoqué en el
supuesto.

Después de dar un vistazo general a todos aquellos característicos
accesorios, cuadras y gallineros inclusive, de la mansión del caballero
a quien íbamos a visitar, y siempre bajo la dirección de Neluco, seguíle
yo estragal adentro y escalera arriba, y así llegamos a la pieza que
podía llamarse estrado o salón de recibir, amplia, con luces a un gran
balcón de hierro, de viguetería descubierta y suelo de recias tablas de
castaño. Colgaban de las paredes algunos retratos viejos, de familia,
por orden de antigüedad, desde la cota de malla hasta la peluca y las
chorreras; dos grandes cornucopias de talla dorada, semejantes a las que
había en mi habitación de la casona de Tablanca, y un San Jerónimo
penitente, muy estropeado. Los muebles no guardaban estilo ni orden ni
concierto, y en cada uno de ellos y en el conjunto de lo que contenía
todo el salón, y en el salón mismo, se echaba muy de menos la huella de
la hábil mano de la «señora de su casa», que faltaba en aquélla por no
haberla necesitado aún su dueño para arrojar la cruz de su soledad, que
no debía pesarle mucho. De seguro que no hubiera consentido esa señora
rimeros de libracos viejos y apolillados sobre el sofá de damasco rojo,
ni un banco de roble tallado entre dos sillas de _reps_ verde, ni dos
pedruscos célticos y una escombrera de cascotes romanos encima del banco
de roble y de la consola de nogal, no obstante ser los unos y los otros
buena presa del solariego en sus incesantes exploraciones arqueológicas
en aquellas comarcas y sus aledaños; ni una escopeta detrás de la puerta
del balcón, ni una colodra colgada de un retrato. También hubiera
hallado la señora ausente mucho que ordenar, o siquiera que despolvorear
y aun que barrer, en la pieza inmediata, que era el despacho o cuarto de
estudio del señor. Porque ¡válgame el de los cielos! ¡Cómo estaba
también de libros fuera de sus estantes, y de resmas de periódicos, y de
fajos de papeles, y de montones de revistas, y de huesos fósiles, y de
candilejas y «escudillas» romanas, y de bronces herrumbrosos, y de
ejemplares de panojas de muchas castas, en las sillas, por los suelos,
en la mesa de escribir y creo que hasta en el aire!

Andando en estas investigaciones, se nos presentó una mujer más que
cincuentona, limpia y afable, a preguntarnos qué queríamos tomar
mientras llegaba la hora de la cena, que en aquella casa era la de las
ocho; porque barruntaba que debíamos de venir desfallecidos... Dímosle
las gracias, asegurándola que de ningún alimento necesitábamos hasta la
hora de cenar, y volvió a dejarnos solos.

Todavía se negaba Neluco a suministrarme las noticias que yo le pedía
sobre el modo de ser de aquel caballero de tan extrañas y llamativas
prendas, porque prefería que fuera él mismo dándoseme a conocer... y
«después hablaríamos». Por de pronto, leyendo los rótulos de algunos
libros de los estantes, sacó el médico uno de ellos y le puso en mis
manos.

--Esta es obra suya--me dijo al mismo tiempo--, recientemente impresa
por la Real Academia Española después de haberla premiado en público
certamen.

Titulábase: _Ensayo histórico, etimológico y filológico sobre los
apellidos castellanos desde el siglo X hasta nuestra edad_.

--Y esta otra--añadió Neluco, mientras yo leía el índice de la primera,
mostrándome el rótulo de otro libro--: _Noticia histórica de las
behetrías, primitivas libertades Castellanas..._ Este libro es un
asombro de erudición y de ingenio, y es muy de admirar por el
«montañesismo» que respira, y el tradicionalismo «científico» y
patriarcalmente democrático en que está inspirado. Demuéstrase en él,
entre otras cosas, por las leyes del Concejo, la antigua y suma
importancia de la ganadería en la Montaña. Y ésta más, _Los Eddas_,
traducción del poema de este nombre, algo como la _Iliada_ de los
suecos: es empresa de los albores literarios de nuestro amigo. Después,
en cada periódico y en cada revista de los que andan desparramados por
aquí, hay algún trabajo de erudición o de crítica, y todos ellos
enderezados al bien y a la mayor gloria de la provincia, que la tiene
muy señalada en contarle a él entre sus hijos, y particularmente de la
comarca en que nació, vive y desea morir... ¿Ve usted?... _Los
Garcilasos_... admirable serie biográfica de esta dinastía de guerreros
y de poetas de entronque montañés... Veamos qué rollo es éste... tire
usted hacia allá, porque no va a caber en la mesa... Un plano hecho y
firmado por él, y bien recientemente. Ya tenía yo alguna noticia de este
trabajo estupendo. _Proyecto de encauce y riegos del Híjar desde Riaño a
Reinosa..._ Parece la obra de un consumado ingeniero... Pues de seguro
tiene este cartapacio lleno de apuntes de trabajos en preparación. ¿No
lo dije?... _La parte de los navegantes montañeses en el descubrimiento
de América... Biografía del célebre poeta dramático D. Pedro Calderón de
la Barca... Juan de la Cosa..._

--Me consta que tiene dos novelas y una leyenda inédita porque he visto
los manuscritos, históricas y montañesas también... De su estilo
gallardo, brioso, castellano limpio, neto como la sangre que corre por
sus venas; de su modo de ver y de sentir la tierra madre y de cantar su
hermosura, ya se irá usted enterando cuando le admire en sus escritos...
Pero ¡canario! permítame usted que le diga con esta franqueza que debe
de haber entre hombres formales como nosotros, que no tiene usted perdón
de Dios al obligarme a mí a que le entere de estas cosas que debieran
serle muy conocidas, siquiera por lo que tiene de montañesa su sangre,
ya que no (aunque esto debiera bastar) por ser toda ella española.

Tenía razón Neluco, y así se lo confesé con la mayor frescura. ¡Ah, pues
si él hubiera sabido hasta dónde llegaba mi ignorancia en esos
particulares!... ¡que toda mi erudición bibliográfica española cabía
holgadamente en un papel de cigarro! Fuera de los escritores de Madrid,
no conocía uno solo, ni de nombre. Por fortuna, no insistió Neluco en el
tema; que si insiste, canto de plano. Y ¿a qué negarlo, si era la pura
verdad y yo, hasta entonces, no me había avergonzado de ella?

En éstas y otras, como ya anochecía y andábamos casi a tientas entre los
papelotes del despacho, volvimos al salón, precisamente al mismo tiempo
que entraba en él el señor de la casa, con un quinqué encendido en la
mano. Nos pidió perdón por la tardanza después de darnos las buenas
noches, y continuó andando hacia su despacho en cuya mesa puso el
quinqué. Retrocedimos tras él nosotros... y ¡nueva sorpresa para mí! El
rústico descargador de yerba había sustituido los burdos ropajes del
oficio con una levita cerrada y todos los accesorios correspondientes a
esa prenda de sempiterna distinción, incluso el aliño, muy esmerado, de
la barba y del cabello. Más que un señor de aldea con resabios de
labriego, me pareció entonces aquel singular campurriano un personaje de
corte, un ministro, o cosa así, que se disponía a dar audiencia. Tan
bien le sentaba la levita, y tan aseñorados eran sus modales.

Como al andar enfrascado en estas reflexiones le mirara yo de arriba
abajo con mal disimulada curiosidad, notóla él y me dijo sonriéndose:

--No crea usted, amigo mío, que me he vestido estos atalajes señoriles
para que se vea que los tengo. No llegan a tanto mis flaquezas de
infanzón sin privilegios. Neluco lo sabe bien. Pero me gusta dar a cada
cual lo que merece, y no tengo todavía bastante franqueza con usted, que
es caballero y hombre de mundo, para recibirle en mi casa, por primera
vez, vestido de carretero. Va, pues, con usted, como ha ido antes con
otros, este ceremonial; y no me lo agradezca, porque es deuda de
homenaje que le rindo muy gustoso.

La verdad es que no hallé en mi repertorio de frases hechas y aceptadas
en la«buena sociedad» para «cumplir» en lances tales, un par de ellas
que entonaran debidamente con aquel modelo de hidalga cortesía, y que me
despaché de mala manera con cuatro vulgaridades ramplonas, mal
hilvanadas y entre dientes. Enseguida empezó lo que pudiera llamarse, en
estilo parlamentario, la sesión.

Recién llegado por primera vez a la Montaña, oriundo de ella y vástago
de una familia conocidísima del señor aquél, evidente era que había de
ser yo la materia prima de la conversación que se entablara allí. Y eso
sucedió. Respondiendo a sus discretas preguntas, fui entregándole, con
el pasaporte, toda mi hoja de servicios y merecimientos, que, en Dios y
en mi ánima lo juro, nunca me parecieron menos ni más dignos de ser
desconocidos; y eso que sólo declaré los más indispensables. Algo saqué
en limpio, sin embargo, y de mi gusto, de la ingrata tarea, y fue el
conocer, a mi vez, algunos antecedentes de la vida y milagros de mi
respetable huésped; entre otros, que después de terminada su carrera de
abogado, había sido, durante algunos años, periodista en Madrid a la
manera de entonces, tan diferente de la de ahora, discutiendo y
exponiendo mucho y batallando poco; gallardías de torneo más que guerra
implacable de pasiones; y que había vivido largo tiempo en varias
provincias de España, unas veces por gusto y otras desempeñando, cargos
públicos importantes.

Tras éstas y otras análogas materias, vinimos al caso concreto de mi
llegada a la Montaña y sus motivos.

¡Ah, qué atinado, qué elocuente y qué «hondo» estuvo en este particular
aquel caballero! ¡Qué bien conocía a mi tío, qué magistralmente me le
pintaba, y cuán sinceramente deploraba su estado de salud después de
haber oído de boca de Neluco su irrevocable sentencia de muerte!

--No sabe Tablanca lo que pierde en él--nos dijo--, ni lo sabrán los
valles circunvecinos, que tan poco se pagan hoy de su raro ejemplo y de
su obra admirable.

Pues sobre esta obra, ¡qué cosas me dijo también! En su concepto, sólo
podían estimarla los hombres esforzados que se pasaban la vida
consagrados al mismo generoso empeño sin lograr fruto alguno. ¿No tenían
todos los terrenos los mismos elementos de fertilidad? ¿Había
diferencias de consideración entre semillas que parecían idénticas?
¿Dependían los frutos de la manera de sembrar?

Él no sabía a qué atenerse en vista de lo que le iba enseñando la propia
observación en muchos ejemplos que había estudiado muy de cerca. A veces
veía un mal común y relativamente nuevo, que le parecía la causa mediata
de que se estrellaran en el fracaso los más heroicos y desinteresados
intentos; pero ¿por qué no se habían estrellado los de don Celso en el
mismo escollo? Es verdad que don Celso había recibido de algunos
antepasados suyos bien dispuesto y preparado el campo para su labor
benéfica; pero también se había dado este caso en otras partes, y, sin
embargo, el mal nuevo había logrado triunfar en ellas. Pertenecía don
Celso a una casta de hombres, muy contados, que poseen, como un don de
Dios, el instinto de ver el lado práctico de todas las cosas, y la
virtud de imponerse, sin aparatos retóricos ni artificios teatrales, a
las muchedumbres más indóciles, y de arrastrarlas hasta los últimos
extremos de lo heroico. De esta madera habían sido los grandes guerreros
y los ciudadanos más insignes. ¿Estaría el mérito de su cosecha en éste
su modo de sembrar? De todas maneras, la obra de mi tío debía de vivir
eternamente, como la de otros muchos bienhechores de su índole generosa.

Y por aquí vino, por sus pasos contados, lo que estaba yo viendo venir
rato hacía.

--Es usted joven--llegó a decirme--, hecho y amoldado a la vida muelle y
regalona de las grandes ciudades, y extraño enteramente, menos por su
sangre, a este mundo en pequeño que rebulle y se agita entre los
repliegues sombríos de estas comarcas grandiosas. ¡Qué
lástima--añadió--, que todo esto junto sea un obstáculo, aunque no
invencible, para que la labor de don Celso en Tablanca tenga en usted un
apasionado continuador! Porque si usted no lo es, ¿quién va a serlo ya?

Eludiendo una respuesta categórica a esta insinuación tan terminante,
despachéme con un «¿quién sabe?» medio en broma, y esta pregunta que
debía de alejar más de su tema al caballero:

--Y en estas comarcas, ¿cómo andan esas cosas?

--¡Oh!--me respondió en el acto, con un ademán que valía tanto como
decir «no hablemos de eso»--. Por acá quisiera yo ver a don Celso...
aunque ¡vaya usted a saber!... Lo que puedo afirmarle es que yo, con la
pluma, con la palabra, con el ejemplo, de día, de noche, no he cesado de
cumplir con mi deber: a eso he vuelto aquí, a eso consagro todo mi
tiempo, en eso gasto mi salud y mi corto caudal... todo menos mi
perseverancia, que es indestructible... pero como si sembrara en una
peña; porque el mal nuevo arraigó muy hondamente aquí, o yo no me doy
buen arte para extirparle.

Seguidamente, y como para orientarme a su gusto en el terreno de que se
trataba, comenzó a hablarme, como si lo fuera leyendo en un libro (tales
eran la abundancia, la claridad y el método de lo que me exponía), de la
organización patriarcal de aquellos pueblos desde las primeras
«Hermandades» que se formaron en el siglo XI simultáneamente con las
Cruzadas, desenvolviendo a mis ojos el cuadro vastísimo de la historia
desde entonces acá, en rasgos tan breves como vigorosos y expresivos, y
enlazando con los hechos más culminantes de ella y más gloriosos, los de
aquella humilde raza de obscuros montañeses. ¡Oh! yo, que sólo los
conocía vagamente por los ditirambos pomposos de mi padre en sus
exaltaciones solariegas, ¡cuánto aprendí aquella noche, y con qué gusto,
acerca de las interesantes vicisitudes por que ha pasado aquel esquivo
rincón del mundo, aquella región cantábrica tan ignorada de extraños y
aun de propios! Entonces comprendí lo que valían los libros y las
investigaciones arqueológicas de aquel hombre, destinados a reivindicar
para su «patria chica» las glorias que se le negaban en la grande,
sacándolas del polvo de los archivos y debajo de las costras de la
tierra.

Llegados por caminos tan placenteros al prosaico terreno del día
presente y a tratar de nuestro punto de partida, del llamado por él «mal
nuevo» en aquéllas y otras comarcas rurales, díjonos, interrumpiendo lo
que yo había comenzado a exponer y como salvedad que conceptuaba
necesaria:

--Debo advertir a ustedes que, aunque lo parezco en ocasiones, no soy,
ni a cien leguas, un apasionado ciego de todo lo pasado. Creo, porque a
la vista está, que las cosas se van modificando a medida que corre el
tiempo, y lo del refrán castellano que «a otros tiempos, otras
costumbres y otras leyes»; pero quiero, sin dejar por eso de ser hombre
del día, antes al contrario, por lo mismo que lo soy, que esas
modificaciones de las costumbres y de las leyes se deriven por su propio
peso, digámoslo así, de la naturaleza de las cosas mismas; que las leyes
se acomoden al modo de ser de los pueblos, no los pueblos a las leyes de
otra parte porque en ella den buenos frutos. No todos los terrenos son
iguales para recibir una buena semilla, como ya decíamos antes
circunscribiéndonos a la pequeñez de estas comarcas agrestes; quiero, en
fin, que lo que se ha promulgado por bueno y en la aplicación ha
resultado malo, se modifique siquiera, para evitar nuevos desastres. Y
con esta salvedad, continúo diciendo que en la imposibilidad de que
males de tan hondas raíces se extirpen con el trabajo aislado de los
hombres de buena voluntad, yo le diría al Estado desde aquí: «Tómate, en
el concepto que más te plazca, lo que en buena y estricta justicia te
debemos de nuestra pobreza para levantar las cargas comunes de la
patria; pero déjanos lo demás para hacer de ello lo que mejor nos
parezca; déjanos nuestros bienes comunales, nuestras sabias ordenanzas,
nuestros tradicionales y libres concejos; en fin (y diciéndolo a la moda
del día), nuestra autonomía municipal, y Cristo con todos.» Si de esta
manera no se logra el fin que yo busco y ha logrado don Celso en su
valle, le andaríamos muy cerca. Pero ¿cómo ha de dársenos eso si ha de
vivir el desastrado sistema que nos rige y del cual reniegan ya sus más
fervorosos admiradores? O mejor dicho, ¿cómo han de vivir sin el amparo
de él, tal como está, los hombres que hoy se usan y nos gobiernan? ¿Cómo
han de ser amos y señores de vidas y caudales si no tienen en sus manos
todos los hilos por los cuales se conduce hasta los más escondidos
rincones de la nación la voluntad, la amenaza y el zarpazo de la
verdadera tiranía, mil veces peor que la muerte?... Y punto y aparte,
porque si continúo por donde voy, pierdo los estribos.

Neluco y yo, que le habíamos oído embelesados, le aplaudimos de muy
buena gana, sobre todo Neluco, que era un cantabrazo como una loma; y
como la sesión había sido larga y entró la mujer de antes a prevenirnos
que estaba la cena dispuesta y a preguntar a su amo si la servía porque
habían dado ya las ocho en el reló de «allá atrás», decidimos al punto
afirmativamente Neluco y yo, por cortés delegación de aquél; apoderóse
de la luz la sirvienta; salió del despacho delante de nosotros, y la
seguimos los tres al comedor, que era otro salón bastante destartalado y
muy frío, situado al Norte de la casa.



XV


La cena no fue muy variada, pero abundante y sabrosa. Allí todo
participaba del carácter sano y austero del señor de la torre. Carne y
leche en dos o tres formas, y algún fruto de la tierra. Poco más o
menos, como en casa de mi tío. Pero la amenidad que le faltaba a la cena
por su propia sencillez, la hallábamos Neluco y yo bien cumplida en la
palabra de nuestro noble anfitrión. Aquel hombre era un pozo lleno,
rebosando de saber, y en cuanto desplegaba los labios saltaban los
chorros de ello. Tenía el suelo patrio embebido en la masa de la sangre,
y por donde quiera que andaba con sus imaginaciones y sus discursos, iba
a parar a él, y de él hablaba hasta con la lengua extraña de los poetas
o de los historiadores o de los geógrafos de la antigüedad que le habían
traído a cuento en sus estrofas o en sus libros inmortales. Y en esta
tarea empeñado, tenía a veces inesperadas y súbitas salidas de su
carril, aunque no del campo de sus disertaciones, verdaderamente
geniales. Había demostrado, verbigracia, en un hermoso periodo, cómo la
región montañesa del Norte de España fue poblada por los griegos antes
que por los fenicios, con textos de Mela y de Strabón, según los cuales
estos historiadores hallaron costumbres griegas en la Cantabria
independiente hasta el tiempo de Augusto, añadiendo una larga lista de
otras que aún se conservan hoy en aquellos valles, como el cantar de
bodas, traducción, y quizás música, de los epitalamios griegos, y las
lamentaciones por los difuntos, y saltó de pronto con la declaración
terminante de que la famosa «Jota» que no solamente se canta en Aragón y
Valencia, sino en Navarra y más arriba, hasta el nacimiento del Ebro en
aquel valle de Campóo, era más española que africana (¡nunca había
soñado yo que pudiera existir esa duda!). Y enseguida vinieron las
probanzas originalísimas.

--Además--recuerdo que añadió--, conservamos en la Montaña el baile
guerrero de hombres solos, semejante al zorcico vascongado y a la «danza
prima» de Asturias, hijos todos de los bailes celtas y celtibéricos con
que en las noches de luna llena se celebraba a un solo Dios vagamente
conocido.

Yo no sé si todo esto era creíble al pie de la letra y fundamento sólido
para su tesis; pero desde luego era simpático como chispazo escapado del
martilleo sobre la principal, harto más seria y demostrable.

Salieron a plaza también mis excursiones y entretenimientos desde que
había llegado de Madrid. Díjele por dónde había andado y la cumbre más
alta a que había subido en compañía de don Sabas.

--Bien elegido estuvo el observatorio--me respondió--, aunque los
conozco mejores todavía, como los conocerá don Sabas, si bien no tan a
la mano como ése, que es lo suficiente para admirar la Naturaleza en uno
de sus aspectos más esplendentes un novicio en esas cosas. Desde ese
observatorio--prosiguió entusiasmándose--, tendría usted a la espalda
las rocas siempre nevadas en que vive a sus anchas la gamuza; más abajo
el verde obscuro de los robledales junto al claro de las hayas... en
fin, el oasis lebaniense donde la vid y el olivo vegetan como en
Andalucía, como en Rioja y Aragón, cuyas cumbres pudo divisar por el
otro lado siguiendo la ondulante marcha del Ebro. Mirando al Norte,
columbraría nuestro mar, nuestro Cantábrico tremebundo; y al Mediodía,
la inmensa planicie de Castilla la Vieja. ¡Hermosa cátedra para una
lección de Historia Montañesa!... Aunque lejos, se distingue también la
roca tajada que permite cerrar con una portilla el puerto de Aliba y el
despeñadero en que vino a concluir la oleada mahometana rechazada en
Covadonga; al Este, después de Reinosa y de la pantanosa llanura de la
Vilga, una montaña bruscamente cortada como por la mano de un titán,
dejando aislada una puntiaguda cumbre: aquél es el «Cuerno de Bezana», y
a su mismo pie hay otras dos maravillas naturales: la cueva de
Sotos-Cueva, cuyo fin nadie ha tocado, porque probablemente acaba en
maravilla mayor: un lago subterráneo donde se sumen las aguas de todo
aquel valle. Allí hubo otra batalla como la de Covadonga y en aquel
mismo siglo, aunque no fue tan celebrada porque fueron vencedores los
moros cordobeses. Al pie de otra sierra que se desprende hacia el Sur y
vuelve al Este encadenando al Ebro, está Brañosera, y poco más abajo
Aguilar de Campóo, la manida de osos y el nido de águilas, principio de
otro raudal de hombres no menos fieros, que después de asolar, al mando
de Alfonso I, los campos góticos fueron repoblándolos lentamente de
castellanos. En fin, para acabar pronto este bosquejo del gran cuadro
que sólo puede apreciarse desde aquel punto de vista, si quiso usted
recrear la suya en la contemplación de otra belleza más que las
naturales, también la hallaría debida a las manos del hombre: vería
cruzar su espíritu de fuego tajando el cerro donde estuvo Juliobriga,
horadando montañas como el rayo; y siguiendo con la vista su penacho de
humo que ondula y desaparece entre los valles, divisaría en la playa el
fin de su viaje, Santander. Todavía mis ojos cuentan uno por uno sus
palacios y casas principales, y descollando sobre todas, la de Dios, la
Catedral. Pues con ser muchas y grandes estas maravillas que usted vio,
aun pueden verse más y mayores. Buena ocasión de ello tiene usted ahora,
porque el observatorio está menos lejos de aquí que de Tablanca, y yo me
brindo con mucho gusto a servirle a usted de guía.

Agradecí en el alma la invitación; pero me excusé de aceptarla,
fundándome en la promesa hecha a mi tío de volver a su casa al día
siguiente, y en los deberes profesionales de mi acompañante, que le
obligaban a no alejarse por mucho tiempo de su partido. En rigor de
verdad, me sentía yo muy poco tentado de lo que se me ofrecía, porque no
estaba mi cuerpo, hecho alheña, para macerado de nuevo sin otro
estimulante más enérgico que el de ver un panorama algo más extenso que
el que ya había visto.

--Como, usted guste--me respondió el obsequioso caballero--, y lo que
más grato y cómodo le sea.

Hablando del camino que habíamos llevado hasta allí desde Tablanca, no
podía omitirse lo de la casa de los Gómez de Pomar, ni lo del encuentro
con uno de ellos en el pueblo de más arriba. A todo este relato prestó
grandísima atención nuestro huésped, pero sin decir una palabra durante
ni después de él.

Todas sus impresiones estallaron en un gesto y un ademán en que se
transparentaban, centelleando, la repugnancia y la conmiseración.

La sobremesa había durado cerca de dos horas, como nos lo hizo notar el
caballero juzgando que desearíamos descansar; y como ésta era la verdad,
aunque estábamos muy bien entretenidos a su lado, diose por terminada la
conversación, condújonos a nuestros respectivos dormitorios y encerréme
yo en el mío, contemplando la cama, de anticuada forma, pero limpia y
bien mullida, como la tentación más seductora de cuantas había sentido
desde mi salida de Tablanca al amanecer de aquel día.

Caí en el lecho como un tronco derribado, dudoso, en el crepúsculo de mi
somnolencia, entre si me derribaban los quebrantos de mi fatigosa
jornada de todo el día, o el peso de la balumba de «cosas» que me había
ingerido en el cerebro adormilado la inagotable erudición del solariego.
Celtíberos, Agripa, legionarios, Augusto, cántabros, godos, mahometanos,
Guadalete, Covadonga, Don Pelayo, las Cruzadas, Sotos-Cueva, panoramas
esplendentes, campos sangrientos de batallas, rocas escarpadas, negros y
rugientes abismos, el Cantábrico, las danzas guerreras a la luz de la
luna, los lamentos por los difuntos... todo esto se movía a la vez y
rechispeaba en las oscuridades de mi cabeza; y al desacordado son de sus
estrépitos y al peso de sus feroces sacudidas, me dormí. Pero siguió la
danza de las visiones dándome tema para los delirios de mi sueño.
Aquello parecía el fin del mundo: legiones enteras de romanos
despeñándose por las laderas de los montes; masas de huestes africanas
hinchiendo los desfiladeros de Covadonga y ahogándose en la propia
sangre que corría por el fondo tenebroso de todas las barrancas;
después, huyendo despavorida de la persecución de los fieros montañeses,
otra masa, la de los sobrevivientes mahometanos, trepando Picos arriba
entre los aullidos de la tempestad, para ir a despeñarse a la vertiente
opuesta y bajar convertida en rimeros de cadáveres con las enrojecidas
aguas del Deva, hasta desaparecer entre el fiero oleaje del embravecido
mar Cantábrico, que también ayudaba a los cristianos contra los moros.
Águilas y buitres cerniéndose sobre aquellas carnicerías espantosas;
picachos desgajándose por sí propios para consumar la obra exterminadora
de los valientes mesnaderos de los señores godos de Cantabria; cuevas
sin fin, oscuras, de enormes antros, fríos y viscosos, repletos de moros
y romanos descuartizados y hediondos; bosques inextricables en que se
perdían la senda y la respiración; rocas tajadas sobre abismos
insondables; gemidos de agonía entre gritos desaforados de libertad;
valles risueños inundados de luz; danzas, cánticos y juegos en sus
praderas rozagantes, y paz y abundancia en sus hogares rústicos;
después, la nube negra cargada de rayos y pedriscos, pasando sobre ello
empujada por el soplo de los hombres malos, arrasándolo todo, haciendo
estériles los campos fecundos y trocando en odios y en guerras
implacables y continuas, el amor y la paz que antes reinaban entre sus
habitadores. Y a todo esto, en los campos de batalla, en los
desfiladeros, en las escarpadas laderas, en todas partes donde había
moros, o romanos, o gentes enemigas de la fe cristiana o de las patrias
libertades, o del común sosiego o de los fueros de la justicia, se veía,
veloz como la centella, fiero como el león, un hombre largo y enjuto,
cabalgando en un rocín de escasa talla, sin casco ni armadura, con la
cabeza descubierta y bañada en luz, el pelo revuelto y las barbas
erizadas, entrando por lo más espeso de la refriega, enristrada la
lanza.. ¡qué digo lanza! un horcón de dos puntas, y con ellas
desbaratando enemigos y lanzándolos al aire, como paja con el bieldo;
volando después, mejor que saltando, sobre los abismos, entre los
bosques, y peleando incansable e invencible hasta con las nubes cargadas
de rayos y pedriscos y con los hombres malos que las empujaban contra la
santa libertad de los pueblos y los fueros sagrados de la justicia. Y
aquel hombre incansable e invencible, ¡cosa extraña!... era el solariego
en cuya casa estaba yo pasando la noche.

Toda ella me duró la pesadilla, sin un instante de reposo; y puedo
afirmarlo, porque al despertarme con la fuerza de la emoción que me
produjo la última «horconada» del caballero, dirigida contra uno de los
hombres malos que empujaban la nube negra, y resultó ser una persona de
Madrid a quien yo conocía mucho de vista y de fama, observé que entraba
la luz por el cuarterón de la ventana de mi dormitorio que había quedado
a medio cerrar al acostarme. Salté entonces de la cama para acabar de
despabilarme y de sosegar con ello el agitado espíritu, y me asomé al
cuarterón entreabierto. ¡Otra sorpresa! En el cercado inmediato estaba
el solariego con el traje basto y las abarcas de tarugos, segando a más
y mejor un retoño que parecía terciopelo salpicado de brillantes; y
detrás de él iba otro segador que por más que menudeaba las «cambadas»
en»«la faja de prado que le correspondía, no lograba picarle las
almadreñas. Con tal empuje y tal soltura «tiraba» el dalle el solariego.
Por los «lombíos» que había tumbados ya y la hora que marcaba mi reló,
poco más de las siete de la mañana, supuse que había comenzado la faena
a punto de amanecer.

En esto llamó a la puerta de mi cuarto Neluco que iba a despertarme,
porque era largo el camino que nos aguardaba y debíamos de aprovechar de
la mañana todo lo posible para andarle. Entró, y mientras yo me aviaba,
le referí minuciosamente lo del sueño, después de haberle enseñado desde
el cuarterón al solariego en la pradera. Le interesó el relato de mi
pesadilla; pero no le sorprendió lo más mínimo ver al caballero segando
y tan de mañana, porque le tenía bien conocido y sabía que madrugaba más
que el sol.

Una hora después nos desayunábamos en el comedor en compañía del
solariego, no tan elegante como por la noche pero pulcro y aseado y
mucho mejor vestido que cuando segaba. Acordóse allí que fuera nuestra
salida a media mañana, a más tardar; y para aprovechar bien el escaso
tiempo que teníamos disponible hasta entonces, se abrevió la sobremesa y
nos llevó al obsequioso huésped, acompañado de Neluco, a una solana que
dominaba bien el valle, sobre el que me dio nuevos y curiosos informes,
concluyendo por aconsejarme que no hiciera caso de los hidrólogos que
sostienen que los manantiales del Ebro son filtraciones del Híjar,
porque él mismo había estimado los niveles de ambos ríos, y resultaba
mucho más alto el del primero que el del segundo, sin contar con que las
aguas de uno y otro son de diferente color.

Después me habló de la torre que se veía muy bien desde allí, y lo que
sobre ella me dijo, por convenir en todo o en gran parte a otras muchas
semejantes de la Montaña, merece los honores de no ser olvidado. El
edificio está deshabitado desde el siglo XV, y ruinoso, por
consiguiente, en particular por dentro, razón por la que me «le explicó»
el solariego desde afuera y del siguiente modo, palabra más o menos:

--La disposición que tienen sus pisos (el bajo, bodega y saladero de
carnes; el principal, que parece fue salón de recibo y banquetes, y los
dos últimos que se comunican por medio de trampas al fin de cada
escalera) demuestra que ni de los domésticos se fiaban los amos. En el
último piso se hallan ventanas más altas y adornadas, con asientos de
piedra a los lados, que servirían a las castellanas y sus hijas o
criadas para ocuparse en labores de su sexo. Repare usted que no tiene
almenas, sino un parapeto o prolongación de la pared, a mayor altura que
el tejado, cuyas aguas salen al exterior por gárgolas de piedra. Y si
este parapeto servía para ofender a los que intentaran socavar los
cimientos de la torre, la disposición de su ferrada puerta, como usted
ve, no al medio, sino a un costado de esta fachada de Occidente, hace
creer que se flanqueaba la entrada por medio de un balcón saliente, de
piedra con matacanes o saeteras, situado en el centro y a la altura del
primer piso, donde ahora se ve esa ventana cuadrada, mal acomodada al
arco de salida que interiormente se conserva, y no hay en los otros dos
frentes, provistos de ventanas ojivas o treboladas, mientras el del
Norte sólo tiene las saeteras o aspilleras de todos... Vea usted sobre
la puerta un pequeño escudo: acaso es el único que se conserva de los
primitivos que se usaron, porque no tiene cimera o celada; y en la orla
de dos ríos, toscamente diseñados, se ven armas y trofeos militares, aún
más confusos, que algunos han tomado por letras desconocidas, y a otros
se les antojaron cabezas de serpientes, cuando eran ellos los que no
conocían las catapultas, escorpiones y bodoques usados como máquinas
ofensivas antes de la invención de la pólvora, ni la caldera y pendón,
insignia de los ricos-hombres o caudillos de mesnada. Estas señales y la
certidumbre de que en España no se figuraron armas de linaje hasta fines
del siglo XII, y muy poco después se introdujo la arquitectura ojival
que se nota en la puerta y ventanaje de la torre, me hace fijar su
construcción a principios del siglo XIII, tal vez por el mismo señor
cuyo castillo roquero de poco más abajo de aquí, fue derribado en pena
de alguna rebelión de las que solía promover por aquel tiempo la casa de
Lara, extendida en muchas ramas por este valle y los inmediatos, y
reprimida con mano fuerte por el Rey D. Fernando, como su nieta Isabel
la Católica extinguió los bandos de Castilla en que esta torre y otras
se hicieron notar. También es de advertir, como resto de la
independencia y tenacidad cántabras, que en estos edificios a ella
agregados, donde se notan detalles del siglo XV junto a obras del XVI y
siguientes hasta del actual, no hay ningún otro escudo que el de la
torre, ya descrito, si bien dos puertas interiores de esta casa que hizo
el Alcaide de Argüeso, cuyo castillo le chocó a usted tanto ayer, según
me han dicho, entonces condenado a muerte y salvado por la influencia de
su pariente el Duque del Infantado, tienen escudos lisos, no sé si para
ser labrados allí, aunque esto se haría mejor antes de ponerlos en su
sitio, o por haber sido picados en pena de las «Comunidades», que
siguieron y acaudillaron en este país el señor de esta casa y el de la
de Hoyos, hermano de Juan Bravo, el descabezado en Villalar... Y se
acabó la historia, porque desde entonces, amigo mío, las casas de
mayorazgo y parientes mayores de la Montaña, no tuvieron poder más que
para pleitos, o para poner una pica en Flandes, un aventurero en
América, o un voluntario como el manco insigne de Lepanto, mientras los
Grandes se disputaban, por las antecámaras o retretes de Palacio, los
virreinatos y encomiendas, o las «llaves» de su servidumbre. Pero más
comúnmente vivieron los señores montañeses retirados en sus casonas y
mayorazgos, prefiriendo ser los primeros de su aldea, a cualquier puesto
de la corte, aunque sus segundones se hicieran por su cabeza o por sus
puños, obispos y generales, o trajeran de América con qué adquirir
títulos y mujeres, de quienes, a la vuelta de pocas generaciones, se
pudiera decir lo que de los dineros del sacristán.

Dicho todo esto, como quien no dice nada ni se paga mucho ni poco del
valor de lo que dice, y que a Neluco y a mí nos había cautivado bastante
más que los pedruscos mohosos de la torre, cuya importancia histórica y
arqueológica no desconocíamos, se encogió de hombros el solariego
volviendo la espalda al edificio, y enlazándonos a los dos por la
cintura con sus brazos, nos arrastró hacia el interior de la casa,
diciéndonos al propio tiempo:

--Ahora, enseguidita, a prepararse para la marcha, puesto que se empeñan
ustedes en volverse hoy, porque los días son ya muy cortos y no hay
tiempo que perder.

Andando así, hablé al solariego de sus obras, declarándole honradamente
que no las había leído.

--No me extraña ni me duele--me contestó--, porque otros hay con más
obligación que usted de conocerlas, y ni siquiera saben que están
escritas, ni que sea yo capaz de escribir libros. Andan así las cosas, y
ya se irán arreglando de otro modo, si Dios quiere. Entre tanto, yo
tendré muy regalado gusto en ofrecérselas ahora mismo, sin comprometerle
por ello a que las lea. No pago yo con impuestos tan gravosos el favor y
la honra que me dispensan personas tan bien nacidas como usted,
hospedándose en mi casa.

Mostréme, como pude y supe, agradecido a la fineza; llegamos al
despacho; diome él los libros, con la honrosa «auténtica» de su
dedicatoria autógrafa; previno el mozo las cabalgaduras en el corral;
bajamos a él los que estábamos arriba; hubo abajo las despedidas, las
congratulaciones, las protestas y los apretones de manos que fácilmente
se imaginan; montarnos, al fin, Neluco y yo; volvimos a despedirnos
desde las alturas de nuestros respectivos jamelgos; respondiónos el
caballero con reverencias y con palabras que ya no oíamos bien;
descubrímonos, por último, mientras revolvíamos los caballejos hacia la
portalada, que estaba abierta de par en par; picamos recio; salimos, y a
buen andar, me puse al costado de Neluco, que, como es de presumir,
dirigía la caminata.

Pero yo no me fijé siquiera en la dirección que tomábamos, porque me
sentía repleto del señor de aquella torre, por su saber, por su bondad,
por su talento y por sus «cosas» tan singulares y tan nuevas para mí, y
no tenía otro deseo que el de verme a solas con Neluco para acosarle a
preguntas y saber más y más de todo aquello. Como si adivinara mis
deseos el mediquillo de Tablanca, en cuanto me tuvo a su lado sacó a
plaza el asunto de este modo:

--Ayer le prometí a usted, por la mañana, indemnizarle con creces por la
noche de los penosos ratos que le proporcioné con el conocimiento de su
pariente Gómez de Pomar. ¿He cumplido mi promesa?

--¡Oh!--le respondí--, y con mayores creces de las que usted pudo
esperar... Pero dígame usted, Neluco--añadí arrimándome más a él--, este
hombre, por sus prendas excepcionales de carácter y de saber, gozará de
un gran prestigio y merecerá el respeto de todos, no solamente en su
valle, sino en la provincia entera.

Sonrióse Neluco amargamente, y me replicó:

--¿Prestigio... respeto, dice usted? Pues sírvale de gobierno que ese
hombre no está en un correccional, por un milagro de Dios.

Quedéme estupefacto. Observólo el médico y me dijo echándose a reír:

--No vaya usted a creer que se trata de otro pájaro por el estilo del
hidalguete de Promisiones.

--Me parece que con las señas que empezaba usted a darme...

--Efectivamente; pero con ellas y todo (porque no las tacho ni corrijo),
ya verá usted cómo no hay motivo para que se le desvanezcan las
ilusiones que se ha forjado. Ese hombre es todo lo que usted ha visto y
mucho más que vería si continuara tratándole y observándole de cerca.
Vería usted entonces que su corazón es tan grande como su inteligencia;
que es todo él espíritu de caridad sin límites e inagotable, como el
Océano; que en actos de ella arriesga cien veces la vida, porque
abundan, desgraciadamente, las ocasiones de hacerlo durante las
inclemencias invernales en estos desamparados desfiladeros; que,
habiendo corrido el mundo y teniendo en él deudos encumbrados y
valedores poderosos, ha preferido a lo más solicitado por las vulgares
ambiciones, las estrecheces y oscuridades de su valle nativo, cuya
prosperidad es su manía; que, además de la religión divina de su fe
cristiana, inquebrantable, tiene la terrena del honor y de la Ley
justiciera e incorruptible; que es tal la integridad de su conciencia,
que si un día llegara a reconocerse delincuente y no hubiera juez que
persiguiera su delito, él se declararía juez y hasta carcelero de sí
propio; que tiene la pasión de los débiles y de los menesterosos y de
los perseguidos, el ansia inextinguible del saber y el delirio por las
glorias de su patria; que los desafueros contra el bien común le exaltan
y embravecen... y, por último, que es el hombre que usted adivinó en su
pesadilla de anoche, gastándose la vida y el patrimonio en lidiar
valerosamente, sin punto de sosiego, contra todo linaje de infieles. Con
tales condiciones de carácter, este hombre hubiera sido en los siglos
medios caballero andante o cruzado; pero le tocó nacer en estos tiempos
descoloridos y prosaicos, y sus arremetidas andantescas le resultan muy
a menudo «quijotadas», hasta por los descalabros... Porque este sol
tiene manchas también (y no lo sería si no las tuviera); y aunque estas
manchas, bien observadas, no vienen a ser otra cosa que extremadas
exaltaciones de sus grandes virtudes, al cabo son manchas, y por el lado
de las manchas solamente, le estima y justiprecia el vulgo, rey y
soberano que no entiende pizca de claro-obscuros. Y como hoy todo es
vulgo, leyes inclusive, deduzca usted por consecuencia hasta el
correccional de que le hablé antes.

--No puedo deducir esto tan fácilmente como usted cree--respondí a
Neluco, porque no estaba yo conforme en que las cosas anduvieran tan mal
como él las pintaba.

--Pues lo explicaré mejor con un ejemplo--replicó Neluco--. Figúrese
usted que, según declaran las leyes fundamentales del Estado, todo
ciudadano tiene la facultad de evitar la comisión de un delito, siempre
que pueda, y presuponga enseguida que nuestro hombre toma el precepto
legal al pie de la letra, y trata de cumplirle en la primera ocasión que
se le va a las manos. Ya está evitado el delito, con todas las
consecuencias naturales de una resistencia obstinada, y muy natural
también, de parte del delincuente. Pero álzase éste en queja del
«atropello», y comienzan los trámites reglamentarios, y viene la ley con
sus distingos y sutilezas casuísticas, y hete a nuestro hombre pagando
los vidrios rotos y quizás a las puertas de la cárcel, como un salteador
de caminos. Y hay casos de ello.

--¿Por qué?

--Pues unas veces, porque «esa es la Ley», que parece hecha de intento
para amparar delincuentes; y otras muchas, porque hacia ese lado la
empujan... aquellas nubes negras que también vio usted anoche en su
pesadilla.

--No lo creo, y usted perdone.

--¡Dichoso usted!

--Pero ¿qué razón hay, puestos a creer en esas nubes, para que no
favorezcan a nuestro amigo y sea condenado el otro?

--La razón del «mal nuevo», que también nos mencionó él anoche.

--Será así; pero no lo entiendo.

--Pues sigamos con el ejemplo imaginado, y supongamos que el delincuente
victorioso es un arbitrista de nota, hombre de veta soez y peor entraña,
logrero y trapisondista, pero bien redondeado de caudales. Suponiendo
esto, bien puede suponerse que este hombre es caudillo de un apretado
escuadrón de sumisos mesnaderos, que entran en las batallas que hoy se
usan como un rebaño de borregos; o que tiene arte diabólico para manejar
los cubiletes y trampantojos de esa farsa, a su completo gusto; o que si
no tiene nada de ello, sabe buscarlo por cualquier camino, y que sabe,
además, el valor que esas habilidades representan en el derecho
flamante, y la manera de negociarlas. Pues lo menos con que se pagan hoy
esos merecimientos, es una patente de corso con la que entran a saco en
cuanto abarca su extensa jurisdicción, el corsario o sus protegidos,
hasta en los alcázares de la Ley. Este es el «mal nuevo» a que aludía
nuestro amigo, que por pasarse de honrado, ya no tiene mesnadas con que
servir bajo el pendón de los modernos señores, esos que mandan en las
nubes negras que son sus delegados omnipotentes y hacen mangas y
capirotes, en propio beneficio, de las leyes sin vigor y del esquilmado
suelo de la patria. Le dije a usted en una ocasión, hablando de lo que
hoy tenían que hacer los hombres cultos y de buena voluntad en los
pueblos rurales para conseguir en ellos lo que don Celso y sus
antecesores en el suyo, que no en todas partes se lograba el mismo
fruto; que hasta había mártires de ese heroico trabajo, y que quizás
tuviera usted ocasión de conocer a alguno de ellos. Pues ya le ha
conocido usted en el señor de la torre de Provedaño. Ese hombre insigne,
con todo su saber, con todas sus virtudes, con todos sus timbres de
ilustre linaje, con todos sus sacrificios enderezados al bien y a la
gloria del suelo en que ha nacido y de la patria entera, es un mártir de
su trabajo de Sísifo incansable.

No tenía yo, descuidado madrileño, juicio formado sobre esos males
nuevos y esas nubes negras, a pesar de haber soñado con la mitad de ello
la noche antes como en profecía de lo que había de pintarme Neluco al
día siguiente; pero recordando vaguedades y lugares comunes que a
propósito de tan delicada materia había leído muchas veces maquinalmente
en los periódicos u oído sin atención en conversaciones de café, y
uniéndolo todo a lo dicho por Neluco y a lo que, durante un buen rato,
continuó diciéndome todavía, y, sobre todo, por la complacencia que yo
sentía en engrandecer más y más la idea que me había formado del
caballero de la torre, acepté de buena gana todos los pareceres del
médico, y así fuimos entreteniendo la subida de la sierra, primera parte
de nuestra larga jornada. Para hacérmela aún más placentera, refirió
Neluco algunos rasgos de aquel hombre singular, y entre ellos el
siguiente, que le pintaba de pies a cabeza.

En cierta ocasión se le ocurrió a un convecino suyo, que ya no era mozo,
ir a mirar un poco por el ganado que tenía en el invernal, distante de
Provedaño una jornada de medio día, a un buen andar por los altos
montes, cara al Este. El día era de diciembre. Estaba el cielo gris;
afeitaba el cierzo de puro frío, y aquella misma noche cayó una nevada
de dos palmos. Nevando desde el amanecer y helando desde que anochecía,
pasó más de media semana, y no volvía a Provedaño el hombre que había
ido al invernal, ni se conocía su paradero. Entérase del suceso el señor
de la torre, que no había salido de casa en ese mismo tiempo por no
hacer falta fuera de ella; lánzase de un brinco al corral; toma el
camino del pueblo, volando, más que pisando, sobre la espesa capa de
nieve que le tapiza y emblanquece, como al lugar como al valle entero y
como a todos los montes circunvecinos; llega, golpea con su garrote las
puertas, cerradas por miedo a la glacial intemperie; ábrense al fin una
a una; pregunta, indaga, averigua, estremécese, indígnase, amonesta,
increpa, amenaza donde no halla las voluntades a su gusto; y, por
último, endereza a garrotazos las más torcidas, hasta conseguir lo que
va buscando: media docena de hombres que le acompañen al invernal en que
debe hallarse, bloqueado por la nieve, si no muerto de hambre o devorado
por los lobos, su infeliz convecino, que, contando volver a la mañana
siguiente, no había llevado otras provisiones de boca que un pan de
cuatro libras; hace buen acopio de ellas; exhorta a los seis que le
rodean poco resueltos; anímanse y se enardecen al cabo, porque son
buenos y caritativos en el fondo; emprenden la marcha los siete monte
arriba, monte arriba; y anda, anda, anda, cuando llegan a trasponer las
cumbres de Palombera, sienten dolorido el pecho, como si el aire que
aspiran llevara consigo millones de puntas aceradas, y una torpeza y un
quebranto en las rodillas, cual si fueran losas de plomo los «barajones»
que arrastran sus pies; confórtanse un poco con un trago de aguardiente
que beben «a la riola»; y anda, anda sin cesar, a veces se ven envueltos
en remolinos de nieve cernida, desmenuzada y sutil, que les impide hasta
la respiración y que, por fortuna, pasan como una nubecilla más de las
que se ciernen y vagan errabundas sobre la montaña; el mismo señor de la
torre, de complexión de hierro y que camina siempre delante, nota que le
va faltando su indomable fortaleza; que los miembros se le entumecen,
que no puede modular una sílaba con sus labios contraídos por la
frialdad, que están yertas, insensibles sus manos amoratadas; empieza a
temer algo serio, y no por él, seguramente, y salta, brinca, se frota,
se golpea, grita y aúlla como un salvaje... todo menos vacilar y
detenerse, ni dejar un instante en reposo un músculo ni una fibra de su
cuerpo; y luego canta y se chancea mientras anda, para alentar y dar
ejemplo a los que van a sus órdenes y le siguen en el silencio absoluto,
aterrador, de aquellas alturas solitarias e inclementes. Al fin quiere
Dios que columbren el invernal, que les queden fuerzas bastantes para
llegar a él, que lleguen vivos y que encuentren adentro lo que van
buscando. El hombre está allí, pero a punto de morir de hambre y de frío
y de desconsuelo. Mientras unos le confortan un poco con bebidas y con
palabras, otros encienden una fogata que le vuelve el calor, que también
les faltaba a todos. Tras de la bebida espirituosa, el señor de la torre
va alimentando con prudencia al hambriento y aterido, que devora, más
que come, cuanto le ponen delante de la boca. Ya hay hombre; pero
alelado, taciturno y entristecido. Es preciso curar también aquella
tristeza; y manda que le cuenten algo entretenido los que sepan cuentos
o romances. Nadie de los seis sabe una palabra de esas cosas; pero el
señor de Provedaño sabe de memoria libracos enteros, y enjareta en voz
alta y resonante medio poema del _Mio Cid_. Como si callara. El hombre
no chista, ni siquiera presta atención. Hay que hacer más, y manda que
se cante al uso de la tierra; pero nadie está en voz para ello, y canta
él a grito pelado tonadas del valle nativo, y hasta el «prefacio» de la
misa del día del «Corpus», la más solemne y regorjeada del año. En esta
prueba, ya mira el hombre al cantor y muestra algún deleite en oírle.
Pues hay que echar el resto: ¡a bailar todo el mundo!... Y como nadie se
mueve, baila él como un desesperado a lo alto y a lo bajo, y después la
jota aragonesa, y, por último, un zapateado que arranca al entontecido
una exclamación de asombro y una risotada de alegría, y al caballero, ya
descuajaringado y jadeante, estas palabras que parecen, por el tono, una
maldición: «¡acabaras, hijo de una cabra!»

Todos ya «en buen amor y compaña» descansan, se calientan, hablan,
comen; se acaba el día, duermen, amanece el siguiente, claro, sereno y
radiante de sol, y se vuelven los ocho a Provedaño por encima de la
nieve congelada, como si nada hubiera sucedido. Todo esto, narrado por
Neluco minuciosamente, tenía que oír.

Pasados el puerto y los desfiladeros inmediatos, y rezada en la ermita
del otro lado de la vadera la _Salve_ de costumbre, logré ver a la luz
del sol de media tarde, el resto del camino hasta Tablanca, por el que
siempre había pasado de noche; el cual no me pareció tan profundo ni tan
peligroso como yo le había imaginado entre tinieblas. Llegamos al fin, y
después de saber a la puerta de mi casa, por Chisco, que no había
novedad arriba, despedímonos el médico y yo «hasta luego», y continuó él
andando hacia la suya.



XVI


No había que pensar ya en nuevas excursiones por la montaña: con la
última se habían agotado mis fuerzas y colmado la medida de mi poco
exigente curiosidad. El cuerpo y el alma me pedían reposo durante
algunos días; y después... Pero ¿habría después cosa nueva en que
distraer mis ocios interminables? ¿Volvería a encontrar interés en lo
visto y gozado ya? Y en caso afirmativo, ¿me permitirían esos lujos los
invernizos temporales que, por milagro de Dios, no se habían
desencadenado aún sobre Tablanca y sus contornos? Por de pronto, la vida
que había hecho durante aquellas dos semanas, muy corridas, de plácida y
bien soleada temperatura, no había dejado de darme frutos muy dignos de
estimación. Con mis correrías incesantes, si no logré hacerme a la
tierra tan pronto y tan completamente como esperaba mi tío y lo deseaba
yo, cuando menos mataba el tiempo de día y hallaba por la noche temas
abundantes para amenizar un poco la tertulia de la cocinona y las
conversaciones de la mesa de mi tío; comía con excelente apetito, y los
condumios de la mujer gris y de su repolluda hija me sabían a gloria;
sentíame animoso y fuerte, y me dormía como una marmota en cuanto tendía
el cuerpo sobre la cama; descuidaba mucho la lectura de los periódicos
que recibía de Madrid, y al escribir a mis amigos, ya no iban mis cartas
empapadas en el tinte melancólico de los primeros días; íbame pareciendo
más llevadera la visión incesante de los peñascos en mi derredor, y la
miserable cortedad de los horizontes no me asfixiaba; en fin, que si no
me había «hecho a todo», concebía ya la posibilidad de ello.

Dígalo, si no, el ejemplo de la tertulia: al principio me era
insoportable; y cada tertuliano, nuevo para mí, que se presentaba en
ella, me parecía más zafio y más insulso que los anteriores; no hallaba
chiste en sus «humorismos» expresados en un lenguaje mutilado y
convencional, ni motivo, por lo tanto, para algunas risotadas
vergonzantes que hasta llegaban a incomodarme, como si me ofendieran;
hastiábame la simplicidad de los asuntos que más les interesaban a
ellos, y sin poderlo remediar acordábame del resobado lamento del poeta
latino desterrado en el Ponto: el bárbaro parecía yo, que a nadie
entendía ni de nadie era entendido allí. Intentaba buscar en mis libros
y periódicos, en la soledad de mi habitación, el remedio contra estos
aburrimientos de la cocina; pero el temor de que lo tradujera mi tío en
señal de menosprecio de sus rudos tertulianos, me contenía. Viéndome
forzado a alimentar el espíritu de todo ello, llegué poco a poco a
paladearlo sin repugnancia, y muy pronto acabé por encontrarlo agradable
a falta de cosa mejor. Lo mismo me había pasado con los condumios de
Facia. Aprendí el valor castellano de los modismos locales con que se
alimentaban y entretejían las conversaciones de la tertulia, y el roce
obligado y continuo con ellas me dio el conocimiento que me faltaba de
las materias «conversables». Y ya estaba hecho el milagro; porque sabido
y de sentido común es que no hay cosa que nos interese mientras la
desconozcamos; y como corolario de este axioma, que, por mínima que ella
sea, nos resulta interesante en cuanto la conocemos. Valga el ejemplo de
un amigo mío tocado de la pasión de hacer palillos de dientes, sólo
porque domina el _arte_ con rara habilidad.

Ello fue que en la primera semana ya metía yo mi cuchara en las
conversaciones y porfiaba en serio con aquellos rústicos sobre temas de
su alcance que empezaba yo a penetrar; que iba distinguiendo los
caracteres, las triquiñuelas y zunas de cada uno, y que me sentía muy
halagado por los elogios de todos ellos a mis proezas de excursionista y
de cazador. Mi tío se bañaba en agua rosada con estas cosas, porque las
tomaba por señales de mi rápida aclimatación; y yo me complacía en ver
con qué escaso esfuerzo de mi parte le proporcionaba uno de los pocos
goces a que podía aspirar ya el pobre viejo. Después, mis visitas al
pueblo, el caso de Facia relatado por Chisco, la adquisición de la
amistad del médico y lo que con todo ello se fue enlazando naturalmente,
dieron nuevo empuje a esta buena tendencia mía y me infundieron mayor
apego a las cosas y vicisitudes de aquellas sencillas gentes. Veía con
gusto aumentarse de día en día la tertulia y estudiaba la catadura y el
carácter de cada tertuliano nuevo para mí, con el mismo interés que si
se tratara de un recién llegado a los salones de «la» Medinaceli; y si,
por ejemplo, me decía mi tío a la oreja cuando se presentaba uno en la
cocina por primera vez en la temporada: «ése tiene la gracia de Dios
para contar cuentos», sentíame tocado de igual curiosidad que si en una
fiesta aristocrática me dijeran: «ése que acaba de llegar es el orador
que ha derribado esta tarde en las Cortes al Gobierno» o «el autor del
libro H del drama Z». Tenía razón Neluco cuando me afirmaba que el
hombre de inteligencia cultivada lleva en sí propio los recursos
necesarios para vivir a gusto en todas partes, con tal de que no trueque
los cabos de la polea ni se empeñe en subir lo que está abajo, en lugar
de bajar lo que está arriba, hasta conseguir el nivel de ideas apetecido
para un fin determinado.

Lejos de corregir el juicio que había formado yo del temperamento de los
tablanqueses al «verlos pasar», como quien dice, en el porche de la
iglesia o en las callejas del pueblo, me afirmé más y más en él cuando
los traté de cerca en la cocina de mi tío y logré estudiarlos en pleno
ejercicio de todos sus componentes físicos e intelectuales; porque allí
y sólo allí era donde exponían y ventilaban los asuntos más importantes
de su vida, al calorcillo de las fogatas de la cocinona y bajo la
presidencia de don Celso, que siempre daba en el clavo de lo mejor y más
conveniente, lo mismo con una cuchufleta que con un dictamen formal.
Eran, sin excepción de uno solo, parsimoniosos en extremo y de blanda
condición; y en sus tiroteos de broma, a los que son muy aficionados,
despilfarraban las metáforas, llenas de colorido local, griegas para mí
al principio, y muy donosas después que supe traducirlas a mi lengua.
Íbame pareciendo la de ellos, entre tanto, más dulce y cadenciosa de
ritmo cuanto más la oía «sonar».

El cura don Sabas concurría muy a menudo y tan soso como la primera vez;
pero a mí ya no me lo parecía después que le había visto tan «elocuente»
sobre los riscos de la montaña: consagrábale por eso cierta veneración,
independiente de la que le debía por su investidura y por sus virtudes,
y se me antoja que no lo desconocía él ni le desagradaba. Como que se
había jactado más de una vez delante de mí, de que con esas ataduras
había de amarrarme él a la tierra de mis mayores, y para siempre jamás,
«_per saecula saeculorum_»: así, hasta en latín, había recalcado la
jactancia. Don Pedro Nolasco sólo dos o tres veces había vuelto a la
tertulia; y eso «por ser yo quien era», porque se arreglaba ya muy mal,
a los años que tenía, con las asperezas de los callejos en la oscuridad
de la noche, aunque llevaba linterna. Neluco frecuentó más la cocina al
principio que al fin de aquella temporada, y yo creo que lo hizo con el
fin caritativo de abreviarme el periodo de «aclimatación», porque le
notaba yo muy diligente en echar hacia mí los temas de las
conversaciones, en traducirme las metáforas y en ayudar a mi tío en su
incesante tarea de avivar fuegos de la tertulia aguijoneando a los
concurrentes más activos.

Allí conocí al Topero, el padre de Tanasia, y a Pepazos, el novio
preferido a Chisco por el Topero para su hija, al decir del Tarumbo, que
también se descolgaba a menudo por la cocinona. El Topero era un hombre
de mediana edad, cuadradote de espaldas y algo rojo de greñas, poco
hablador y muy hábil en la labor que llevaba a la tertulia (era raro el
tertuliano que iba sin ella): «pintar» abarcas con la punta de su
navaja. Despachaba tres o cuatro pares cada noche, por lo que tenía buen
repuesto de ellas en preparación en casa de mi tío, como le tenían otros
de «cebillas», de «colodras» y hasta de «banillas» (tiras finas de
avellano) para hacer «maconas» (cestos grandes), porque aquélla parecía,
por esa y otras señales, la casa de todos..., hasta para establecer en
ella su oficina, cuatro veces cada año, el cobrador ambulante de
contribuciones.

Pepazos era un Alcides capaz de echarse sobre sus hombros fornidos el
mismo peñón de Bejos a poco que se le hurgara el amor propio;
coloradote, mofletudo, con las cejas unidas y muy peludas sobre unos
ojazos de buey. Ese pulía y remataba «zapitas», que con ser la que menos
capaz de dos azumbres de leche, no se veía sobre sus muslos bombeados y
entre sus manos grandonas. Trabajaba muy de prisa, pujaba mucho en sus
arremetidas a contraveta y en los cambios de postura; y fuera de su
labor, nunca estaba atento a nada más que lo poco que se le ocurría al
Topero, y eso para celebrárselo con una risotada que jamás venía al
caso. Yo solía mirar entonces a Chisco que siempre andaba en el último
rincón de la tertulia; pero el condenado de él, o no había caído en la
malicia, o se hacía el desentendido. No pudiendo acomodarme a las
injustas preferencias del Topero, complacíame algunas veces en
ponderarle, trayendo el asunto por los cabellos, las valentías de Chisco
y sus prendas de mozo casadero, de las que, a mi modo de ver, debían de
estar codiciosas las mejores mozas de Tablanca. ¡Válgame Dios, qué pujar
entonces el de Pepazos, qué sudar el de sus carrillos, qué revolcones
los suyos sobre el banco, qué bailar entre sus manos aceleradas el de la
«zapita», mientras el Topero metía por la almadreña la cara envuelta en
humaredas de la pipa de rabo corto que nunca retiraba de su boca! En
estos casos ya se clareaba Chisco un poco más, y le notaba yo el gozo
con que saboreaba los «atragantos» de su rival, y hasta me pagaba el
favor en una mirada dulzona, con su poco de guiñada. Y eso que estaba yo
convencido de que llevaba la carga de sus amores con la misma acompasada
parsimonia que las llevaba todas y me acompañaba a mí por los vericuetos
y hondonadas de los montes. Pero hay siempre en el corazón del hombre
más honrado una fibra de perversidad mal dominada que le procura un goce
en la mortificación de su vecino, con un pretexto de caridad mal
entendida; y yo creo que una fibra de esa mala casta era la que me
impelía tan a menudo a mortificar al pobre Pepazos y al Topero, más bien
que el propósito de favorecer a Chisco, que quizás no lo necesitaba o no
lo echaba de menos.

El Tarumbo no llevaba nunca labor propia; pero, en cambio, estaba
siempre pendiente de la que hacían los demás. Cuando el Topero terminaba
un par de abarcas, le traía otro del montón de las que tenía preparadas,
y lo mismo hacía con las zapitas de Pepazos y con las banillas o las
colodras o las cebillas de los que las necesitaban. Hablaba hasta por
los codos, y siempre eran las desdichas ajenas las que le arrancaban los
mayores lamentos.

A Pito Salces se le hallaba indefectiblemente a los alcances del roce
con Tona en sus manipuleos de cocinera diligente: hacia el rabo de la
sartén, por ejemplo, y en los linderos del camino más trillado entre el
fogón y la alacena del aceite y las especias. Se le sentían los ímpetus
de su amor corriéndole hasta por los brazos inconmensurables, como el
agua de lluvia por las mangas de un tejado; reviraba los ojos hacia
Tona, y se devanaba a sí propio, como en un ovillo, cuando la jampuda
moza se acurrucaba delante de él o le tocaba al pasar hacia la alacena.
No hubiera sido bien visto de don Celso que la requiriera allí de
amores, suponiendo que la hubiera tolerado ella, y se consolaba con
aquellas internas expansiones, tan poco disimuladas.

La pobre Facia, desde lo de aquella noche, apenas se dejaba ver en la
cocina durante la tertulia, y ni allí ni fuera de allí sabía hacer cosa
con arte; ¡ella que era antes un brazo de mar para el gobierno de la
casa! Con excepción de Chisco que era de ella; de Chorcos que iba por
Tona, y de Pepazos que quería dar en el corazón de Tanasia por la tabla
de su padre, bastante más codicioso que la hija, todos los tertulianos
de la cocinona eran hombres muy maduros: los mozos preferían las
tertulias de mujeres, o «jilas» (hilas), de las que había dos o tres en
el pueblo. A una de ellas concurría a menudo la hija del Topero, con su
correspondiente rueca bien cargada de lino, bajo el roquero pinto con
lazos y lentejuelas, y si Pepazos no se dejaba ver en aquella tertulia
con igual frecuencia que Tanasia, bien sabía Dios que consistía en lo
vergonzoso que él era delante de la mozona y con testigos que ya estaban
en el ajo de sus deseos; pero iba alguna que otra vez para dar aquel
regalo a sus ojazos mortecinos, y esas noches eran las únicas que
faltaba de la cocina de la casona.

Reflexionando yo muchas veces sobre lo que más me llamaba la atención en
ella, que no eran seguramente éstas y otras pintorescas trivialidades de
determinados concurrentes, sino aquella familiaridad cariñosa, aquella
rara, profunda, íntima trabazón afectiva entre todos ellos y mi tío,
recordaba la comparación que de este caso original me había hecho Neluco
en la primera conversación que con él tuve, y no me parecía
rigurosamente exacta: más que un organismo de miembros subordinados al
imperio de la cabeza, me parecía una familia con todas las comunes
variedades de aptitudes y temperamentos, unida por el amor
desinteresado, tan propio y natural entre todos sus miembros, y
gobernada por la experiencia, la abnegación y la sabiduría del padre.
Persuadido de esto, tenía por imposible la sustitución de un hombre como
don Celso con otro como yo para llenar el vacío que él dejara con su
muerte en el vecindario de Tablanca. Entre él y mi tío había una
completa y absoluta compenetración de ideas, de sentimientos y de
propósitos, que no podía haber tratándose de mí, enteramente extraño a
la tierra y sus costumbres, por nacimiento, por educación y por hábitos
adquiridos en otro mundo tan distinto de aquél. ¿Cómo no se le ocurría
esto a Neluco, ya que tan disculpable era en la inexperiencia de otras
muchas personas el que no se les alcanzara? Y sin embargo, días andando,
me salió con la misma copla nada menos que el docto y experimentado
señor de la torre de Provedaño. ¿Se equivocarían todos ellos, rústicos y
civilizados, al coincidir tan exactamente como coincidían en una misma
idea? ¿Trataría yo de curarme en sana salud, sin darme cuenta de ello,
cuando me consideraba en lo cierto creyendo todo lo contrario de lo que
ellos creían? Por fortuna no me preocupaba el punto dudoso, porque no
había racionales motivos de que llegara a quitarme el sueño. Ni las
pretensiones de los que bien me querían allí, ni la abnegación
caritativa de mi parte, debían pasar de ciertos límites.

De todas maneras, tampoco el hallazgo de aquella patriarcal y mínima
república en lo más escondido de una comarca salvaje, considerada por mí
en los primeros instantes como un destierro inclemente, era para
despreciado. En fin, que no hubiera sido justo en quejarme de mi suerte
al siguiente día de mi larga expedición acompañado de Neluco, hecho el
recuento minucioso de los frutos que me habían dado aquellas dos largas
semanas de correrías y exploraciones.

De este recuento traté de separar algunas partidas principales, a título
de «reservas», para las eventualidades del invierno, que no podía tardar
mucho en dejarse caer sobre Tablanca, y empecé a contar por los dedos:
Chisco, su camarada Pito Salces, Tanasia y su padre el Topero, el
Tarumbo, Neluco Celis, don Pedro Nolasco, su hija Mari Pepa y su nieta
Lituca, el párroco don Sabas Peñas, Facia, la mujer gris; Tona, su hija;
mi tío Celso y el escenario de Tablanca. Todo esto allí, al alcance de
la mano; y fuera de allí, la familia de Neluco en Robacío; en
Promisiones, el hidalguete mi consanguíneo, y más allá, dominándolo todo
y alzándose sobre todo como un faro de poderosa luz, la figura
escultural del caballero de la torre de Provedaño.

Después de hecha esta segregación, procedí al análisis de las partes de
ella que más interés podían ofrecerme desde el punto de vista en que yo
me colocaba: Chisco, un tanto flemático, con puntas de socarrón y
marrullero, aspirando a casarse con Tanasia, guapa moza de verdad, en
competencia con Pepazos, preferido del Topero, porque tenía algunos
bienes que le faltaban a Chisco, y no me constaba de toda certidumbre si
de Tanasia también, a pesar de lo arlote y simplón que era Pepazos. Todo
el interés de este juego dependía del calor con que le tomara Chisco.
Pito Salces era un brasero que se consumía por Tona: eso saltaba a la
vista; y como también era medio pieza doméstica en la casona de mi tío,
amén de noblote de alma y muy arrimado al trabajo, a poco que Tona
hiciera por sí, el resultado no era dudoso. Facia. ¡Esta sí que me daba
que pensar cuanto más reparaba en ella! Al espanto de aquella noche,
recién llegado yo a Tablanca, habían sucedido otros dos por el estilo;
pero como huía de mí en cuanto me acercaba a ella con propósitos de
interrogarla sobre tan extraño particular, después de pedirme con las
manos juntas y por el amor de Dios que no le dijera a mi tío una palabra
de lo que estaba notando, limitábame, por complacerla, a observarla
desde lejos y a no perderla de vista mientras me fuera posible. ¿Qué
diablos podía haber allí? ¿Eran fantasmas, alucinaciones histéricas de
la pobre mujer tan castigada por la desgracia a lo mejor de su vida, o
estaba bajo el peso insoportable de alguna nueva desdicha? Neluco Celis:
continuaba pareciéndome lo mismo que me pareció cuando le hablé por vez
primera: discreto, simpático, de clarísima inteligencia y noble corazón,
y un arca cerrada para guardar lo que a mí se me antojaba que debía
estar al alcance de mi vista: verbigracia, su inclinación amorosa a la
nieta de don Pedro Nolasco. Porque yo no podía concebir que Lita y
Neluco no se amaran, como no lo concebía tampoco la matrona locuaz de
Robacío, ni lo concebiría nadie que tuviera entrañas de humanidad y
vislumbres de buen gusto, y reparara un poco en aquella parejita,
«única», que parecía puesta por Dios en aquel rinconcito de la tierra
para eso sólo, para amarse y para unirse. Lita y su madre habían estado
dos veces en mi casa después que yo estuve en la suya. Una de ellas,
según me declararon, para pagarme la visita y saludar, de paso, a mi
tío; y la otra, por mi tío solamente, cuya salud les interesaba mucho;
además de que, como no podía salir de casa, iban a hacerle un rato de
compañía, como siempre que lo permitían el tiempo y sus ocupaciones.
Todo esto me lo afirmaba Lituca descubriendo las esmaltadas filas de sus
blanquísimos dientes, en su lenguaje vehemente, retozón y admirativo, a
la puerta del estragal y mientras sacaba sus pies, calzados con menudas
zapatillas de abrigo sobre medias de color, de un par de almadreñas que
parecían dos cáscaras de nuez. En aquella visita, lo mismo que en la
anterior, yo, terco y emperrado en mi tema, le eché cincuenta veces al
campo de la conversación disfrazado de mil modos, con el piadoso fin de
observar qué cara le ponía Lita... y nada: ni un gesto, ni un punto
arrebolado en las mejillas, ni la más insignificante señal en la nieta
de don Pedro Nolasco de que había oído su corazón las llamadas que yo le
hacía con el nombre de Neluco y los elogios de sus méritos: hablaba de
él con el descuido y la serenidad con que podía hablar de su madre o de
su abuelo. Lo cual me impacientaba a mí, como si fuera asunto de mi
propia pertenencia, y en más de una ocasión me acometieron serias
tentaciones de preguntarla derechamente y sin ambages ni rodeos: «¿se
quieren o no se quieren ustedes? ¿Ama usted o no ama a Neluco?». Pero
señor, ¿por qué tenía yo tanto empeño en que se amaran? O mejor dicho,
¿por qué le tenía tan grande en que quedara enseguida aquel punto bien
esclarecido y deslindado?

Después, mi tío Celso, el alma y el centro de todo cuanto le rodeaba,
con su energía indomable, sus cuchufletas singularísimas, su atención
siempre fija en el modo de hacerme, ya que no divertida, llevadera la
vida en su casa, y los cuidados a que me obligaban el parentesco y la
gratitud para velar por él con especial esmero durante el tiempo de las
humedades y de los grandes fríos, en el cual, según dictamen del médico,
corría su vida los mayores peligros, por la índole de la enfermedad que
padecía.

Y por último, su tertulia y mis libros, mis periódicos y mi
correspondencia. Lo restante de ambos montones, algo de ello por su
insignificancia, y otro poco por lejano, sólo podía considerarse como
personajes decorativos y accesorios escénicos.

Cierto que con todas estas reservas de tan escasa importancia en
relación con las necesidades de mi espíritu, se podía llegar hasta lo
épico, consideradas como elementos de creación en la fantasía de un
novelista ingenioso; pero tomadas en lo que eran y valían, como casos y
cosas de la vida real y prosaica en un medio tan remoto, tan obscuro y
tan aislado como aquél, ¿qué había de prometerme yo de ellas para en
adelante? ¿Qué auxiliares contra mi enemigo temible podía esperar de
aquel lado? ¿Qué podía venir de allí de lo que más necesario me era?

--¡Quién sabe!--me dije en conclusión de mis cavilaciones--. Por puntos
más obscuros ha amanecido otras veces; si está de Dios que ha de venir
algo, ello vendrá. Todo es cuestión de paciencia y de saber conformarse.
Conque un poco de filosofía, y a esperar lo que viniere.



XVII


Y comenzó a venir sin tardar mucho; pero ¡ay! lo que vino fue,
primeramente, una niebla gris que bajó de los montes, envolvió todo el
pueblo y se coló hasta en los hogares; tras de aquella niebla vino un
«gallego» frío con otra niebla parda que fue mezclándose con la primera,
tiznándola de su color y haciéndola más húmeda y pegajosa; llegó también
un ruido sordo y continuo, como lejano cañoneo, que a mí me parecía de
la mar batiendo furibunda hacia el Norte los peñascos de la costa; pero
según dictamen de la gente de mi casa, era el «rebombe» del «pozón de
Peña Sagra», un lago o pozo muy grande, que se da por existente, aunque
no sé de nadie que le haya visto, en las entrañas de aquel coloso de la
cordillera; y sin cesar este ruido bronco, dejáronse oír en el espacio y
sobre el valle unos como quejidos siniestros y antipáticos, que eran,
según informes de Chisco, el graznar de los «butres» (buitres) y las
grullas, que pasaban «cararriba»; señal ésta, como la del «rebombar» del
pozo y la de las nieblas bajas con el «gallego» detrás, de que se nos
echaba encima una invernada de las gordas.

Y se cumplieron las profecías: las nieblas se convirtieron en negras
nubes henchidas de aguaceros, que el viento, embravecido poco a poco,
estrellaba, con mugidos tremebundos, contra casas, ribazos y bardales,
cerrándose boquetes y horizontes por donde quiera que se miraba;
sintieron los más ardientes de sangre los primeros estremecimientos de
frío, y nos declaramos todos en la casona seria y formalmente bloqueados
por el invierno.

Las primeras consecuencias de este bloqueo fueron en ella, como era
fácil de presumirse, la reducción de la tertulia a media docena escasa
de valientes, entre ellos Pito Salces, a quien no atajaban en los
impulsos de la querencia que le atraía, ni los más fieros vendavales, y
(lo que fue para mí harto más desagradable y no esperado tan pronto) una
crisis de mal género en el estado de mi tío. Como por encargo del médico
se le vedaba hasta el asomar las narices al cuarterón abierto de una
ventana, se consumía de impaciencia en los páramos entenebrecidos de su
cárcel; y cuando llegaba la noche y, después de rezar el Rosario en la
cocina, veía entrar en ella dispersos, acobardados, ateridos de frío y
calados de agua a unos pocos tertulianos de los de aquella apretada
falange de las primeras noches, y notaba la causa de la deserción de los
demás en el furioso batir de las celliscas contra puertas y ventanas y
en el cañón de la chimenea, quedábase pensativo y mustio, con la cerviz
humillada y la vista fija en el flamear de la lumbre, cuyo calor buscaba
por instinto. Y así un día y otro y otro, sin que la dureza de su fibra
alcanzara a disfrazar siquiera los desalientos de su espíritu, llegó a
un grado tal de abatimiento, que me alarmó, porque en un estado moral
como el suyo, cualquier aletazo de su enfermedad era muy temible.

Hablando con él una mañana de aquellos días tan crudos, y solos los dos
en la cocina, que era su ordinario paradero entonces, yo animándole como
podía y él conociendo la endeble calidad de mis estimulantes, acabó por
decirme:

--No te canses, Marcelo: este ujano que me roe es más fuerte que tú y yo
juntos, por grandes que sean tus cuidados y por dura que haya sido mi
correa. Mira, hombre: todavía no jaz un año que me tenía yo por tan duro
de caer como las hayas de esos montes. ¡Trastajo con la vanidá de la
guapeza humana! A lo mejor del pensar que solamente un rayo de la
voluntá de Dios podía acaldarme en el suelo, un soplo que no apagaría
una luz, me puso a las puertas de la muerte cuando menos lo esperaba y
más descuidado dormía. Desde entonces acá, ¡pispajo!, yo que nunca me
espanté de nada ni me encogí por cosa alguna, miro y remito con
desconfianza hasta el suelo en que pongo los pies, porque siempre y a
todas horas y en todas partes estoy temiendo el último golpe que falta
para que el roble acabe de caer. Esta es la verdad, ¡cascajo!, y hasta
creo que te apunté algo de ella en alguna de las cartas que te escribí.
Pero entonces eran los días más largos y las noches más cortas;
alumbraba el sol a la tierra y calentaba la sangre de los viejos, y,
sobre todo, volvía de su viaje muy temprano; madrugaba mucho para
espantar las ideas tristes de las cabezas en que apenas entra la caridad
del sueño por la noche. Por eso me jallaste tan campante a la venida y
me has visto ir tirando así hasta ayer, como quien dice... hasta que
vino lo que yo había visto venir otras veces sin apurarme por ello, y no
sé si te diga que con gusto... ¡con gusto, trastajo! porque cuando hay
buena salud, la tierra no tiene salsa si nos está cantando siempre una
misma solfa... y sin cambiar de ropajes... Digo que fui tirando tal cuál
hasta que llegó la primer cellerisca, ésta que todavía está pasando,
mientras llega, por las señales, otra más dura de pelar que ella; y se
apagó el sol de día, y se cerraron puertas y ventanas, y empezó a faltar
de noche la gente de la cocina, y a no haber fin para las horas de la
cama ni punto de sosiego para el mal pensar de la cabeza. Yo nunca había
visto pasar por ella las negruras que ahora pasan. Hasta estos días y
desde que tengo uso de razón, siempre el interés de los demás jizo que
me olvidara de mí propio; pues ahora ¡ya te quiero un cuento,
pispajo!... y esto es lo que me descuajaringa: no tengo ojos más que
para ver cómo va la carcoma rejundiendo y ajondando en este tronco
podrido que se cae por sí mesmo de día en día, de hora en hora. Paez que
el viento, al rebombar en el cañón de la chimenea, me dice algo que
nunca había oído yo antes; pero algo muy temeroso y muy triste... vamos,
que ajuyera de ello de buena gana, si el temporal de afuera no me
cerrara todos los caminos de escape, y el frío no me encadenara los
remos y no me cortara la poca respiración que me queda en el gaznate...
Otra cosa nunca vista: te puedo jurar que no me asusta la muerte porque
soy viejo y cristiano y sé que ha de venir sin tardar mucho y que me
toca esperarla confiado en la misericordia de Dios, como la espero; y
con ello y con todo, me espanta la enfermedad que me va quitando la
vida. ¿Cómo se explica este potaje? ¿Qué te parece a ti que será esto,
Marcelo?

Faltábanme a mí los sofismas científicos con que Neluco, por ejemplo,
hubiera podido aclarar aparentemente aquellas complejas oscuridades que
me consultaba mi pobre tío, y despaché la consulta con cuatro vaguedades
muy recalcadas y encarecidas sobre el influjo que ejercen en la máquina
de los pensamientos los largos insomnios, la soledad de la noche, los
fríos estacionales...

--Bien podrán tener algo de culpa esos ingredientes--me replicó mi tío
con muy escasas señales de creerlo--; pero a veces se me figura a mí que
hay también otros motivos de por medio... y harto será, ¡trastajo!, que
no venga de esa banda toda la podredumbre. Mira, hombre... (porque
puesto en tela de juicio el punto, debe ventilarse en regla; y yo le he
visto por muchas caras en tantas y tantas noches de no pensar en otra
cosa): si a mí me viviera no más que uno solo de los hijos que Dios me
fue dando, la muerte de su padre no sería propiamente muerte; porque en
casos como éste, y bien lo sabes tú, la vida de los que se van retoña en
los que se quedan para algo más que llorarlos y rezar por ellos: es un
eslabón trabado en otro eslabón... vamos, una cadena que nunca se rompe
ni se acaba. Pero tal como han resultado aquí las cosas y puesto yo a
considerar que estoy a dos dedos de morirme... ¡ay, Marcelo, qué
pinturas se me ponen delante de los ojos! Con las últimas boqueadas, la
cadena rota para siempre, el hogar sin lumbre, los establos vacíos, la
casa en silencio y (lo que es peor, si no metisteis la llave entre las
cuatro tablas que fueron a pudrirse con mis huesos al campo santo) en
manos de hombres que no verán en ella más que el ochavo roñoso con que
pagarán el derecho de maltratarla. Pues échate a pensar después en todas
estas gentes que viven de su calor, porque son todos ellos, lo mismo que
fueron sus padres y debieran serlo sus hijos, como sangre de la nuestra
sangre y carne del nuestro propio cuerpo, mirándola de reojo al
principio para acabar por no acordarse de ella y por irse desparramando,
como pollucos sin la madre, robados al fin, uno a uno por el milano que
no duerme... ¡Ay, trastajo! Esto es muy doloroso, hasta para soñado en
pesadilla... ¿Qué no será, hijo mío, visto y palpado en la misma
realidad? Créeme, Marcelo: importa mucho más que la vida de tu tío, lo
que ha de irse con ella al otro mundo, si Dios no lo remedia... ¿No te
parece a ti que pudiera ser ésta la «consistidura» de las cosas raras
que me quitan el sueño y tanto me acobardan últimamente?

Conociendo como conocía yo la entereza de carácter y los sentimientos de
mi tío, evidente era que andaba en lo cierto en aquella suposición, y
que por cierto lo tenía él aunque aparentaba lo contrario; pero yo no
podía declarárselo así, porque declarándolo, o me manifestaba a sus ojos
descariñado e inclemente, o aceptaba un compromiso que no podía aceptar,
porque era otro muy distinto del suyo mi modo de ver aquellas cosas. Me
hubiera sido fácil engañarle aventurando una promesa que quizás andaba
él buscando desde la primera carta que me escribió; pero me repugnaba
esa mentira dicha a un hombre tan honrado y tan sagaz como aquél,
exponiéndome, además, a que no me la creyera. Por eso adopté un
temperamento anodino que ni alcanzó a levantar sus abatidos ánimos, ni
siquiera a disfrazarle los aprietos en que me puso con su pregunta.

--Todo ello--repuso el buen señor, tratando de hacer un pinito de
cháchara que no le salía bien--, es decir por decir. Marcelo, y ya que
echamos la conversación hacia ese lado... ¡Pues tendría que ver,
¡pispajo!, que diera yo ahora en la gracia de agobiarte con pesadumbres
nuevas, cuando más falta te hace algo alegre con que espantar las
negruras de este temporal que se nos ha echado encima! Mira, hombre,
créasme o no me creas: las únicas agallas que me quedan... vamos, lo
único para que me siento animoso a la hora presente, es para ayudar a
que no se te amurrien a ti también las alegraderas. ¿Oístelo? Pues
bueno. Algo más y de más importancia que tengo que decirte, ya te lo
diré en su hora y lugar correspondientes, y sin tardar mucho. Dicho
debiera estar ya y por si acaso, días hace; pero... basta de
conversación, y no te espante la amenaza, que aunque el punto es
pariente cercano del tratado aquí, no tiene la cara tan fea. Si las
tuvieran iguales los dos me libraría yo mucho de darte a conocer la que
no has visto todavía.

Entró en la cocina Tona, algo tocada también de la murria inverniza, a
trajinar en el fogón donde hablábamos mi tío y yo al calorcillo de la
lumbre, y ya no pude preguntarle lo que tenía a la punta de la lengua,
como exploración siquiera alrededor de la casta de aquel nuevo «punto»
que me había puesto en gran curiosidad.

Pero más que curioso por aclararle, quedé preocupado y triste con la
pintura hecha por don Celso del estado de su espíritu. Para llegar a
tales extremos de franqueza un hombre de su temple, ¿cuál no sería el
peso de su tribulación? Y ¿cuál la magnitud de mi disgusto y de mi pena
al considerar que yo poseía el remedio de la más grande de las suyas, y,
sin embargo, me resistía a ofrecérsele? ¿Era honrada esta conducta mía?
¿Estaba obligado yo a aceptar compromisos imposibles de cumplir? ¿Estaba
bien demostrada esta imposibilidad? ¿Cabía, en la duda, el recurso de
prometer, a reserva de cumplir hasta donde se pudiera?...

Puesta la cuestión en estos últimos términos ya me pareció más racional
y soportable; y si hubiéramos continuado los dos solos en la cocina, es
posible que allí mismo hubiera intentado yo introducir por este
resquicio el primer sostén para sus desfallecimientos.

Pero Tona llevaba tarea para rato (como que se andaba en las
proximidades del mediodía), y por si era poco este estorbo, entró Facia
a dirigir la faena. ¡Cosa extraña! La mujer gris era el único ser de los
que habitábamos la casona, en quien no había estampado alguna roncha el
azote del temporal reinante. Hasta el mismo Chisco andaba un tanto
espelurciado y encogido por establos y corraladas, y entraba en la
cocina algunas veces con el humor avinagrado; al revés que Facia, la
cual, desde que se habían desencadenado las primeras celleriscas,
parecía otra. Cuanto más azotaban los granizos los paredones de la casa,
y más «runflaban» los vendavales en el cañón de la chimenea, más alegre
se le ponía la cara y más diligente se volvía para el trabajo.

Viéndola tan boyante y en tan ventajosas disposiciones, trabé
conversación con ella aquel mismo día, al llevarme no sé qué cachivaches
a mi cuarto.

--Parece--la dije para empezar--, que marchan bien los asuntos, ¿eh?

Entendióme la pregunta; y después de sobrecogerse un poco con ella, me
respondió sin titubear:

--Así me los conserve Dios muchu tiempu.

--Me alegro en el alma--la dije entonces--; porque por no verla a usted
con los espantos de estos días...

--¡Ni me los miente, señor, por obra de caridá!--me replicó volviendo a
compungirse--. Paez que los males, como si oyeran, se ponen de pie en
cuanto se les menta en boca...

--De todas suertes, resulta que los negocios de usted andan al revés del
tiempo.

--¿Por qué lo diz, cristianu?

--Porque a la vez que él se embravece y se emperra, ellos van mejorando.

--Siempre lo que Dios jaz está bien jechu... ¡Ah, si esto durara
muchu!...

--¿El temporal?

--Y lo otru.

--¿Cuál es lo otro?

--Lo que reza con lo que usté quiere saber.

--Y sin llegar a conseguirlo, por más señas... Vamos a ver, Facia: ahora
que está usted un poco más tranquila, ¿por qué no me lo cuenta? ¿Por qué
está llevando usted sola tan pesada carga?... porque yo creo que ni
siquiera Tona tiene la menor noticia de ella...

--¡Hija de mi alma!... La lengua me partiera en dos con los mesmus
dientes mius si la viera en tentaciones de parláselu... ¡igual que al
probe señor y mi amu! ¡Santa Virgen de las Nieves!... Y, por caridá de
Dios, no me pregunte más de esu por ahora... ni nunca jamás, señor don
Marcelu; que yo, por la cuenta que me trae, buscaré el amparu de usté
cuando la carga me rinda y las angustias me ajueguen... porque la peste
ha de golver, y sin mucha tardanza, señor don Marcelu. ¡Ay, desdichada
de mí!... ¡Y el amu... y Tona!... ¡Santa Virgen la mi Madre!

Púsose lívida de repente, se le pintaron en la cara las angustias de
otros días, y llevó hasta ella sus manos cruzadas y convulsas. Me movió
a compasión la pobre mujer, y sentí remordimientos de haber sido yo el
causante de aquella crisis amarga. Tomé con empeño el trabajo de
calmarla, y lo conseguí; pero con la ayuda de una «zurriascada» feroz
que se estrelló de repente contra las puertas del balcón. Cuando esto
ocurría, se enjugaba Facia los ojos y respondía malamente a mis últimas
observaciones. Al oír el estrépito de afuera, suspendió hasta las
lágrimas y se lanzó a uno de los cuarterones abiertos, y allí se estuvo
mirando, con la avidez de un sediento, aquella mar de lluvia cernida,
revuelta y zarandeada en el espacio por la furia del vendaval.

--¡Oh!--exclamó al fin, retirándose de su observatorio con la cara
radiante de alegría y andando presurosa hacia la puerta de salida--, por
misericordia de Dios, hay pa ratu.

¿No era bien singular y extraño todo aquello?

Entre tanto, yo no cesaba de meditar sobre el grave tema, y punto de
suma trascendencia para mí, surgido aquella misma mañana de la
conversación que tuve con mi tío; y cuanto más vueltas le daba en mi
cabeza, más obligado me creía, hasta por obra de caridad, a ofrecerle lo
único que honradamente le podía ofrecer yo. Si con este ofrecimiento se
curaba de sus angustias mortales, ¿qué mayor satisfacción para mí? Si
andando el tiempo resultaba que no llegaban mis fuerzas tan allá como
mis buenos propósitos, ¿qué culpa tendría yo de ello?

No vacilé más: busqué a mi tío, le hallé en su cuarto cerca de un
brasero, hojeando unos papeles, tosiendo mucho y moviéndose mal debajo
de la espesa ropa que le abrumaba, a la tétrica luz de la media tarde y
al ruido ingrato de las celliscas y de los truenos que no cesaban
afuera.



XVIII


Me anuncié preguntándole desde la puerta si podía hablar con él cuatro
palabras sin molestarle.

Volvió hacia mí la cara con la viveza ratonil que le era propia, y me
contestó, enderezando cuanto pudo el cuerpecillo descarnado:

--¡Mira, hombre, qué casualidad!... Apuradamente estaba yo pensando en
ir enseguida a preguntarte lo mismo para cumplirte después la promesa
que te hice esta mañana por remate de nuestra conversación.

--Pues a cumplir otra promesa--añadí--, que no pude hacerle a usted
entonces por falta de oportunidad, pero que quedó hecha en mis adentros,
vengo yo ahora.

--Ya estás sentándote y hablando--me dijo a esto, arrojando sobre la
cómoda los papeles que hojeaba, sentándose después en una silla junto a
la caja del brasero e indicándome que hiciera yo lo propio en otra que
estaba enfrente de ella.

--En lo de sentarme--le dije, haciéndolo--, le obedezco a usted desde
luego; pero en lo de hablar... no tanto.

--¡Esta es buena, trastajo! ¿Por qué, hombre?

--Porque quiero darle a usted la preferencia, como debo, en lo que
mutuamente tenemos que decirnos, según parece.

--Vaya, vaya, déjate de cumplimientos, y empecemos por el caso tuyo, que
para el mío siempre hay lugar. Conque ¿qué es lo que se te ocurre, hijo
mío?

--Pues lo que se me ocurre--dije yo comenzando a tocar las dificultades
de acometer de frente un asunto de tan delicada naturaleza como aquél,
cuyo punto de partida era nada menos que la muerte de mi venerable
interlocutor--, se me ocurre, mi querido tío, algo que se relaciona con
otro algo que le oí a usted esta mañana y me produjo muy honda y muy
amarga impresión...

--A ver, a ver--interrumpió el pobre hombre acercando más su silla a la
mía, mientras se pintaba en sus ojuelos chispeantes la curiosidad que le
devoraba.

--No crea usted que se trata de una cosa del otro jueves--añadí
sonriéndome.

--Sea del otro jueves o del otro sábado, ¡venga esa cosa por derecho y
sin envoltorios, hombre!--me respondió con un brío inconcebible en su
extenuación cadavérica.

--Corriente--le dije yo, no sabiendo cómo armonizar mis escrúpulos con
sus impaciencias--; pero después de declarar, para la debida
inteligencia, que yo tomo el caso en el punto mismo en que usted le puso
y le dejó esta mañana.

--Declarado y entendido... ¡Adelante ahora!

--Me dijo usted entonces, metido en la injustificada aprensión de que
iba a morirse pronto... y Dios no lo confirme.

--Ésa es cuenta de Él y mía... ¡Adelante, Marcelo!

--Me dijo usted, repito, confesándome además que esa... aprensión...

--Aprensión, ¿eh?

--Que esa... cavilación, si lo prefiere así, era la que le estaba
matando; que a usted no le espantaba la muerte, sino el morirse, el
cesar de vivir, el irse del mundo para siempre, porque hace mucha falta
en él y no deja quien le reemplace en su labor de toda la vida. ¿No es
ésta, tío, la sustancia de lo que usted me declaró?

--Justa y cabal, Marcelo; justa y cabal...

--Y por eso, por esa pena tan grande, por ese modo tan triste de ver las
cosas, iba usted perdiendo la tranquilidad y el sueño... y hasta la
vida...

--Ni más ni menos, ¡pingajo!... ¡hasta la vida!

--Una alucinación como otra cualquiera; pero, en fin, así lo ve usted, y
esto basta para su martirio que, en definitiva, es real y verdadero.
Pues bien: si usted tuviera un hijo que le sucediera en sus
inclinaciones, en sus propósitos y en sus obras, no hubiera cabido en
usted ese temor a la muerte, ni esa... aprensión de morirse... Creo que
es esto lo que también me dijo usted esta mañana, o me lo dio a
entender, por lo menos.

--No, no: lo dije; y si no resultó bien claro, fue porque no supe
decirlo.

--Corriente; pero sucede que no existe ese hijo, y que tampoco me dijo
usted si la falta de él puede sustituirse con... algo.

--¿Con qué, Marcelo? ¿Con qué?

Y aquí el bendito de Dios erguía su cabeza, alargando el pescuezo
descamado y rugoso y devorándome con los ojos anhelantes.

La emoción es contagiosa, y no logré darle, sin descubrir algo de la
mía, esta breve respuesta:

--Verbigracia, con un deudo de su mismo apellido de usted...

Se revolvió convulso entonces en la silla, comenzó a resobarse una
contra otra las manos trémulas, avivó las llamas de sus ojos que no
apartaba de los míos, y me dijo ansiosamente después de haber acudido en
vano dos veces a los registros de su voz:

--Venga el nombre de ese deudo... si es que le conoces tú. Por lo que a
mí toca, no conozco más que uno.

--Pues si le conoce usted...--apunté yo, prefiriendo, por un sentimiento
harto fácil de estimar, que la insinuación partiera de él.

--Y ¿qué adelanto yo con conocerle?--exclamó aquí mi tío, detenido
probablemente por el mismo reparo que yo.

Dándolo por cierto y con entera resolución de llegar cuanto antes al fin
que me proponía, le añadí:

--Con franqueza, tío: aunque nada me ha dicho usted nunca de ello,
muchos síntomas bien claros me han hecho creer que, en su opinión, no
caería mal en esta casa, mañana u otro día, ese pariente a quien ambos
nos referimos.

--¡Cascajo... pues yo lo creo!... ¡Como santo en su peana!

--Y ¿por qué no me lo ha dicho usted derechamente?

--Pues, hijo del alma, y franqueza por claridad, porque no me gustan
santos a la fuerza; y para serlo de buena voluntad y de la clase que se
necesitan aquí, no veía yo la mejor madera en ese pariente mío. ¿Lo
quieres más neto?

Iba, entre tanto, difundiéndose por toda su faz, lívida y acartonada,
una expresión de intensa alegría; pero con tal rapidez, que no parecía
sino que le daban impulso los mismos vendavales que zumbaban entre los
peñascos y jarales del contorno. Y cuando le dije terminantemente lo que
pensaba decirle, se incorporó con la agilidad de un muchacho, me miró
con unos ojos en que se pintaba la exaltación de su espíritu resucitado,
y exclamó:

--¡Tú, Marcelo!... Nada menos que tú... ¡el hijo de mi hermano Juan
Antonio!... ¡Un Ruiz de Bejos de pura casta, sano y garrido como un
trinquete!... Pero ¿lo has pensado... lo has medido bien, hijo mío? ¿No
hay en tu arranque algo... vamos, algo de caridá que te ciegue? ¿Sabes
bien todo lo que pesa esa carga en un hombre de tu ropaje? ¿Será posible
que Dios misericordioso lo haya sido conmigo también en esto que le he
pedido tan de veras?

--Vamos a cuentas sobre ello, querido tío--le dije levantándome yo
también según iba creciendo su exaltación, y tomando sus manos entre las
mías--. Vamos a cuentas, y a cuentas claras: el simple deseo de usted,
declarado con franqueza, me hubiera bastado, desde que estoy en
Tablanca, para brindarme, sin esfuerzos ni violencias, a lo que me he
brindado hoy, en el supuesto aventurado de que yo le sobreviva a
usted...

--Déjate de supuestos, hijo, y dalo por cosa hecha... y para muy pronto:
yo sé a qué atenerme sobre eso mejor que tú.

--Démoslo, por un momento, como usted quiere y para entendernos mejor; y
digo que me comprometo, en ese triste y desgraciado caso que Dios aleje
de nosotros tan allá como yo deseo, a poner de mi parte cuanto quepa en
las fuerzas de mi decidida voluntad, para proseguir la obra benéfica de
usted aquí, y desde luego, le empeño mi palabra de que la cadena, por de
pronto, no ha de romperse por el eslabón que yo represento en ella...
Después, sólo Dios puede saber lo que sucederá; Porque...

--¡Punto ahí, Marcelo!... porque ya me concedes hasta más de lo que yo
me hubiera atrevido a pedirte... ¡Y Dios te lo pague en la medida de lo
que yo lo aprecio!

Enseguida me abrazó muy conmovido; abracéle yo a él también al mismo
tiempo, y no muy sereno que digamos, y abrazados estuvimos lo bastante
para que yo percibiera el acelerado compás de su respiración.

Al desprenderse de mí, clavó la vista durante un buen rato en el
crucifijo que estaba colgado sobre el testero de su cama. Se había
descubierto la cabeza para eso, y yo, por respeto a lo que debía de
estarse tratando en aquella escena sin palabras, me descubrí también.

En cuanto descendió con la atención a las cosas del bajo mundo, me dijo
con voz entera y mucha tranquilidad:

--Vamos ahora a tratar del asunto mío.

Púseme gustoso a sus órdenes; rogóme que le ayudara un poco allí y salió
del cuarto: llegóse al mío; metió la cabeza dentro de él; hizo lo propio
en la alcoba del salón intermedio, y trancó luego la puerta de éste.
Vuelto a su punto de partida, desde donde le observaba yo lleno de
extrañeza, cerró también con llave la puerta, y me dijo placentero y
sonriente, pero ahogándose de cansancio:

--¿Te asombrarán un poco estos husmeos de lebrel, eh?

Respondíle que sí, y añadió:

--Pues todos son necesarios, con lo curiosas que son las gentes, cuando
el caso lo requiere como ahora. Por lo pronto, repara bien lo que yo
vaya jaciendo, y ten la caridad de ayudarme cuando te lo pida.

Dicho lo cual, se dirigió a la alacena que estaba cerca de la ventana y
en la misma pared, y la abrió con una de las llaves encadenadas en un
llavero que sacó, pujando mucho, de un bolsillo interior de su chaleco.

La alacena era de poco fondo, y no tenía más que una balda a la mitad de
su altura. Sobre la balda y debajo de ella había como una docena de
legajos, arranciados los más de ellos y atados con bramante deshilado y
medio destorcido.

--Son copias de escrituras--me dijo mi tío--, cuentas viejas de
particiones de bienes, y otros papelotes de familia... Vete poniéndolo
todo encima de esa cómoda, porque yo no tengo ya resuello ni para
levantar los brazos solos... ¡Por vida de los demonios... del
pispajo!...

Hice lo que me mandaba, y fue sacando de la alacena, además de los
legajos, tres pares de candelabros de plata, varios cubiertos y una
bandeja del mismo metal, y un rimero de porquerías, entre ellas más de
seis libras de polvos de salvadera envueltos en un papel de estraza, y
una jarra blanca como de media azumbre, con un paluco adentro. El
interior de la jarra y el paluco estaban cubiertos de una costra
negruzca muy removida y cuarteada. Pregunté a mi tío con una mirada para
qué servía aquello, y me respondió:

--Eso es para hacer tinta... digo, era; porque ya con la última hecha el
año que pasó, ha de sobrarme. La hacía con agallas y caparrosa, y la
revolvía dentro de la jarra con ese paluco, que es de higar, porque de
otra madera no sirve: saca la tinta mal color.

Después de desocupada la alacena, me mandó mi tío que sacara la balda
tirando hacia mí. Saqué la balda, que era pesada y de castaño, como todo
el interior de la alacena. Quedaban sobre el fondo de ella, en sentido
vertical y uno en cada ángulo, dos anchos listones, que parecían estar
allí para sostener los extremos de los otros dos horizontales y más
estrechos, sobre los cuales descansaba la balda; pero era otro muy
diferente su destino: estaban sueltos y servían para ocultar unos
pasadores de hierro con que se sujetaba a los tableros laterales el del
fondo. Sacado éste al fin, después de quitado el estorbo de los cuatro
listones, y vencida la dificultad, no pequeña, de correr los pasadores
oxidados, apareció un bulto negro en las entrañas de la pared.

--Jala de eso pa-cá, arrastrándolo--me dijo mi tío señalándome el bulto
con la mano por encima de mis hombros medio embutidos en la alacena.

Embutílos todavía más para hacer lo que me ordenaba mi tío; llegué con
las manos al bulto, que tenía cuatro caras, duras y frías, como que eran
de hierro; doblé los dedos sobre las aristas del fondo, y tiré hacia
mí--, pero no me bastó el primer tirón, porque era muy pesada la caja, y
tuve necesidad de repetirle con mayor fuerza para arrastrarla hasta la
boca de la alacena, donde la dejé por encargo de mi tío.

--Ahora--me ordenó--, dale media vuelta, de modo que quede hacia
nosotros la cara de atrás.

Hícelo así, y apareció en ella la cerradura, que a la simple vista no
tenía nada de particular. La caja mediría poco más de un pie de ancha,
por cosa de pie y medio de alta.

--Corriente--dijo mi tío entonces--. Pues ahora déjame ponerme donde tú
estás; pero repara bien lo que me veas hacer para enterarte mejor de lo
que te vaya explicando.

Entonces eligió otra de las llaves de su llavero, y, con mano algo
temblorosa, la dirigió a un punto determinado de la cerradura de la
caja.

Todos estos procedimientos y detalles iban poniendo mi curiosidad y mi
extrañeza en un grado de tensión extraordinario. El aspecto de la
habitación, tan austero que rayaba en lo pobre; su puerta y las
inmediatas, cerradas con llave; aquel hombre extenuado, envuelto en un
ropaje burdo y desaliñado, sobre el que destacaban la cara lívida, de
ojos hundidos y relucientes, y las manos cadavéricas; aquella alacena de
fondos negros, y en otro fondo de ella, más negro aún, una caja de
hierro oculta por una trampa más o menos ingeniosa; una luz tétrica
iluminando la estancia, y fuera de ella los bramidos del huracán, me
estaban pareciendo en conjunto un pasaje de melodrama, en el cual
desempeñaba yo un papel de galán joven, protegido del desalmado usurero,
por uno de esos incomprensibles antojos del corazón humano.

--Esta caja--me decía mi tío mientras me revelaba prácticamente el
secreto de su cerradura, bien fácil de aprender, después de explicado--,
la discurrió y la jizo un jerreru de aquí, muy amañante y de mucha idea,
y se la regaló a mi padre; y para ella se abrió, tiempo andando, esta
alacena en este morio, que no baja de cuatro pies de macizo. No hay
memoria de intento de robo en esta casa; pero ya que había caja con
secreto y algo que guardar en ella...

Tan pronto como quedó abierta, y a la vista una buena parte de lo que
guardaba, se volvió mi tío hacia mí y me dijo, como si estuviera leyendo
los pensamientos que bullían en mi cabeza:

--Lo que menos te has figurado tú, al ver lo que está pasando aquí rato
hace, que tu tío es un avariento dejado de la mano de Dios, y que trata
de deslumbrarte los ojos con los frutos de sus rapiñas. La verdad,
Marcelo: yo me lo figuraría, puesto en tu caso.

Me sonreí sin decir una palabra, y continuó mi tío:

--Pero así y con todo, por esta vez fallan las señales. Esto que aquí
ves, es, en suma y finiquito, el ahorro de tu tío Celso... y la puchera
de los pobres de Tablanca. Estas alhajas sueltas son las que han ido
llegando a mis manos, como llegaron otras semejantes a las de tu padre,
por herencia de nuestros mayores, menos unas Pocas, estas arracadas de
oro, y estas gargantillas de coral, y este relicario de plata con
piedras finas, que le regalé yo a mi pobre mujer cuando nos casamos, y
tuvo empeño en legármelos a su muerte. Estos cartuchos largos y cortos,
gordos y flacos, son de monedas de oro todos ellos. No sé lo que
componen en conjunto, porque nunca he querido cansarme en averiguarlo.
Lo que sé es que las mermas de ello dependen de las necesidades que haya
fuera de mi casa. A mí y a cuantos en ella vivimos, nos sobra con lo que
nos da la tierra cada año, y eso que nos tratamos bien y a qué quieres,
boca. Las fuentes que lo han ido manando, no están, como puedes
comprender, en las pobres tierrucas y en los ganados de Tablanca: otras
hay muy lejos de aquí, y viejas en la familia, de mejores manantiales.
De todas ellas tendrás noticias, cuando las necesites, en papeles que
están en esos legajos y hasta encima de la cómoda... velos ahí, porque
un rato hace andaba yo con ellos entre manos. Lo que importa que sepas
sin tardanza, por lo que pueda tronar, es que había en este joriaco lo
que ya tienes a la vista y no está inventariado en ninguna parte; y que
todo ello, alhajas y monedas, es de tu sola pertenencia desde este mismo
momento.

Sorprendido con la ocurrencia, intenté hacer muy formales reparos a mi
tío. No me consintió decir una sola palabra.

--Es asunto mío--me dijo, tapándome la boca con una mano, fría como
piedra sepulcral--, y resuelvo sobre él lo que me da la gana. Además,
estoy entrando en vena de hablar, y necesito hablar yo solo y sin que
nadie me corte la palabra... ¡trastajo!, hasta para sacar los atrasos de
estos días de murrias negras. Lo peor es ¡por vida del pispajo! que me
va faltando el resuello... Deja que descanse un poco.

Sentóse en una silla apurado de respiración, más lívido que antes de
cara, y trasudando. Aconsejéle que no volviera a hablar de aquel asunto
ni de ningún otro, porque necesitaba reposo y tranquilidad; pero no me
tomó en cuenta el consejo. A poco rato, aunque sin moverse de la silla,
continuó así:

--Conviene que te advierta, para que lo tengas entendido, que no trato
de corresponder con esta miseria al gran favor que me ofreciste poco
hace. La prueba de ello, si no te basta mi palabra, la hallarás en mi
testamento, hecho a las puertas de la muerte, cuando el primer ataque de
esta perra enfermedad... Te repito que me dejes hablar a mí solo hasta
que se acabe todo lo que quiero decirte. Otro día hablarás tú, y pata...
Volviendo al caso, digo que de todo esto que ya es tuyo desde ahora, han
salido muchos de los que estas gentes creen milagros míos; porque otras
tantas veces he tenido que hacerme de rogar un poco, con la excusa del
no poder; pues de blandearme a las primeras dejándoles descubrir el
manantial, ¡pobre de él y pobre de mí, hijo del alma! porque, en
finiquito, estos hombres, aunque buenos en lo principal, son rudos y de
los que se rigen más por la boca que por el entendimiento... Tampoco te
digo esto de la fuente para obligarte con ello a cosa alguna, sino
porque es la verdad, y no sobra el que la conozcas... como conozco yo
que cada uno tiene su modo de matar pulgas, y que tú tendrás el tuyo
particular, por consiguiente, y sabrás hacer de tu capa un sayo, o dos,
o los que se te antojen... o ninguno, si mejor te parece. Pero (y vaya
el ejemplo para ver el asunto por las dos caras) por si te allanaras
aquí algún día a seguir los mismos gustos que he tenido yo en lo tocante
a este vecindario, no te he de ocultar que ha de costarte bastante
trabajo al principio, y algunos disgustos después. Para ayudarte a
orillar las primeras dificultades, te recomiendo al Cura, que sabe tan
bien como yo, y hasta mucho mejor que yo, de qué pie cojea cada uno de
sus feligreses. También te puede servir de ayuda, y buena, Neluco Celis,
el médico; que aunque mozo, tiene una voluntad de perlas para estas
cosas, gran ojo y mayor entendimiento. Te advierto también que el Cura
es el único hombre, fuera de nosotros dos, que sabe lo que se guarda en
esta pared. Creí conveniente declarárselo cuando no contaba contigo,
porque no se lo comieran algún día los ratones, o fuera a parar, andando
el tiempo, a manos que no lo merecen; porque no tengo herederos forzosos
ni otros parientes pobres que esos dos bandoleros de que me hablaste el
otro día, y no son merecedores más que de un grillete, que no les
faltará, si viven... Déjame que se me pase este golpe de tos, y que tome
otro respiro. ¡Ay, trastajo, qué miseriuca somos a lo mejor!

Esta vez fue más largo el paréntesis de mi tío, porque fue mayor la
fatiga provocada por la tos. En cuanto se repuso un poco, continuó
diciendo:

--Pues bueno, y a lo que te iba: ya estás al tanto de las cosas y tienes
en marcha tu plan: aquí empiezan las alegrías de la buena entraña, pero
también las desazones gordas, si no te armas mucho de paciencia, ¡pero
mucho, pispajo! Porque vuelvo a decirte que estos hombres, como caerás
tú prontamente en ello, no todos son santos. Pero cinco dedos tenemos en
cada mano, y no hay dos que resulten iguales: lo mismo pasa entre los
hijos de familia; y pasando así en una familia de pocos y de una sangre
sola, ¿qué no pasará en una familia de muchos, como ésta en que hay
hijos de tantas y tan diferentes madres? Toparás, de vez en cuando,
hasta con desagradecidos, y verás que éste es el tropiezo que más duele
y el que más obliga a cerrar los ojos para seguir adelante con el deber
que uno tiene con Dios y con sus buenas intenciones; y obrando así,
hasta llegarás a mirar a esos desdichados como a hijos que más necesitan
por sus flaquezas, de amor y de la vigilancia del padre. De todas
suertes, la prosperidad y el agradecimiento de los buenos te consolarán
de la ingratitud de los que no lo son tanto; porque malos, propiamente,
yo no los conozco aquí: la verdad sea dicha. Llevada de este modo la
tarea, acabarás por tomarla mucha ley; pero guárdate bien de darla nunca
por asegurada, por firme que la creas por todas partes, porque torres
más altas y de esa misma hechura se han venido al suelo de la noche a la
mañana. Tan seguros como yo a estos hombres, tenía a los de Coteruco mi
gran amigo don Román de la Llosía, y ya te he contado cómo y por qué,
dos años hace, en cuanto vinieron estas políticas nuevas que hoy nos
gobiernan, en un abrir y cerrar de ojos se le fueron de las manos, y de
hombres agradecidos y cariñosos, se convirtieron en fieras enemigas
suyas, hasta el punto de verse obligado el caballero, más por dolor de
lo que veía que por miedo que lo tuviera, a mudar su residencia a
Santander con toda su familia. Y por allá se anda a las fechas, sin
apartar los ojos de su pueblo, aunque con el consuelo, últimamente, de
ver cómo van echándole de menos allí y suspirando por él los mismos que
le vilipendiaron, según van volviendo las heces al fondo de la cuba,
revuelta por manos viles.

Lo que te probará, por otra parte, hijo mío, que la semilla buena no
puede dar nunca malos frutos, y que a la corta o a la larga, y después
de haber sembrado así, lo bueno siempre triunfa y sale a flote por
encima de todo. Con esto no te canso más por ahora, y vamos a dejar, si
te paez, todos estos cachivaches como estaban.

Procedimos a ello, es decir, procedí yo, porque mi pobre tío no estaba
para moverse de la silla, y a duras penas logró sacar de la argolla la
llave de la arqueta después de cerrada y abierta por mí varias veces
bajo su dirección, para que no se me olvidara el secreto de la
cerradura, y mientras iba yo colocando cada cosa en su sitio y trancaba
la alacena, cuya llave quiso separar también del llavero, y separé yo al
fin, a sus instancias, por no tener él fuerzas ni paciencia para
hacerlo.

Enseguida me entregó las dos llaves, sin consentirme la menor palabra en
contra de su decisión irrevocable.

--Pero, alma de Dios--me dijo por último razonamiento--, ¿no te has
enterado de que son inútiles ya en mi llavero? ¿No has visto que ni para
mover las tablucas desclavadas de la alacena me quedan fuerzas ya?
¿Cómo, sin dar cuarto al pregonero, he de componerme para llegar con las
manos a lo que hay dentro de la caja? ¿No lo consideras? Pues si (lo que
no es de esperar) necesitara yo algo de ello en lo que me queda de vida,
por no alcanzar lo corriente que anda más a la mano en los cajones de
esa cómoda, con pedírtelo a ti estaba el punto resuelto. Conque basta de
esta conversación, y a otra cosa... Quiero también que te lleves a tu
cuarto estos papeles que estaba yo hojeando cuando entrastes aquí, para
que te vayas enterando de ellos si no tienes cosa más divertida en qué
entretenerte.

Hizo apresurada y torpemente con todos los que estaban desparramados
sobre la cómoda, un revoltijo lastimoso, y me los entregó así. Mientras
yo los plegaba y ordenaba un poco mejor, le exponía excusas y reparos
que resultaban inútiles: no quería oírme. Cuando acabé mi fácil y breve
tarea, me dijo:

--Ahora vuélvete, hijo mío, a tus quehaceres y a orear un poco la cabeza
por la casa; y vete en la confianza de que si con lo tratado aquí entre
los dos no me has quitado la enfermedad de encima, me has dado fuerzas y
ánimo que ya no tenía para llevarla sin pena ni miedo hasta la misma
sepultura; y esto, en mi modo de ver, vale más que una buena salud.

Después me abrazó, y todavía me dijo antes de moverme yo hacia la puerta
de salida, volviéndose él hacia la solana:

--Mira, hombre; hasta la ira de Dios parece que se ha calmado también:
ya no llueve tanto ni truena ni rebomba el viento como antes.

Y era la pura verdad: la misma luz de la estancia, a pesar de irse
acabando la tarde, era menos triste que cuando yo había entrado en ella.



XIX


Al cerrar la noche de aquel día sólo quedaban del temporal unos rumores
lejanos e intermitentes, a manera de jadeo de su cansancio después de
una brega feroz y continua durante semana y media. Con este motivo fue
la tertulia algo más animada que las anteriores últimas, y hasta el
patriarca presidente de ella parecía otro por lo parlanchín que estuvo y
lo espabilado de humor. Bien conocía yo la causa del milagro. Como
conocía la de que Facia, al revés de todos los demás, anduviera tan
alicaída y tétrica las pocas veces que se dejó ver en la cocina. Le
faltaban a la pobre aquellos estampidos de la borrasca en la boca de la
chimenea, que arrojaban sobre los recogidos llares costras de hollín tan
grandes como la palma de la mano; aquel redoblar de los granizos en las
puertas y en las ventanas de la casona; aquel chorreo incesante de los
goteriales del tejado, y aquel fluir de los aguaceros por patios y
corraladas, en regatos espumosos que se despeñaban después por los
declives de afuera buscando el río que ya no cabía en su cauce. Mirábala
yo compasivo algunas veces, y respondíame ella con una mirada
melancólica, que parecía significar: «Ya está la bonanza ahí; ¿ve usted
qué desgraciada soy?» Y esto era lo que más me preocupaba aquella noche,
cuando tanto y de cuenta propia tenía en qué emplear la imaginación
después de lo ocurrido dos horas antes en el aposento de mi tío. ¿No
tiene cosas bien inexplicables la pícara condición humana? Pero luego se
cambiaron las tornas y las pagué todas juntas, como decirse suele,
porque apenas pegué los ojos en toda la noche, y eso que me había metido
en la cama bastante descuidado por haber visto a mi tío en la suya
durmiendo con la tranquilidad de un mozo. ¡Entonces sí que vi con los
pormenores más nimios, y con toda su luz y su cortejo de premisas,
deducciones y comentarios la escena de aquella tarde! No pude averiguar
si en definitiva, el pensar tanto y tanto en ella me resultaba grato o
me mortificaba: matices había para todo en el cuadro y en los
pensamientos. Lo cierto fue que, desazonado y nervioso con la batalla de
mis preocupaciones a oscuras, encendí la luz, y que no bien la hube
encendido, me acordé de los papeles que mi tío me había dado en su
cuarto al despedirnos, y había guardado yo después en un cajón de la
cómoda.

--Buen recurso--me dije--, para sobrellevar estas largas horas de
insomnio.

Levantéme enseguida, cogí los papeles y me volví a la cama, dispuesto a
enterarme de ellos. Los principales eran tres: el testamento de mi tío,
un inventario de sus propiedades valoradas en venta y renta, y una
memoria dedicada a mí, de letra suya, con los renglones muy torcidos y
bastante emborronada: estaba firmada con fecha posterior a la del
testamento, y muy poco anterior a la de la primera carta que me había
escrito después de enfermar.

Empecé por el testamento, que era largo y minucioso. Después de las
mandas piadosas y benéficas, que eran muchas, entre ellas una muy
importante relativa a la escuela municipal, hacía muy buenos legados a
sus sirvientes, en particular a Facia, a la cual dejaba en propiedad,
amén de su correspondiente legado en dinero, la casería, con tierras y
ganados, en que había vivido recién casada con el bribón que la engañó;
perdonaba todas las deudas a sus convecinos de Tablanca, y las rentas
del año en que falleciera a los llevadores de sus haciendas, cabañas y
rebaños. Dejaba a mi hermana una finca de dos que poseía en la provincia
de León; y del remanente de su caudal, después de hechas éstas y otras
menos importantes deducciones, me nombraba a mí heredero, por ser el
único varón de la línea directa de los Ruiz de Bejos.

Puestas las cosas aquí, y sin gran sorpresa mía después de lo tratado
por la tarde mano a mano con el testador, entré en muy vivos deseos de
conocer el valor aproximado del caudal hereditario. Al fin y al cabo,
¡qué demonio!, era yo también de carne flaca como los demás hombres.
Según yo lo esperaba, por antecedentes que tenía adquiridos de mi padre,
todo el caudal de mi tío, para un hombre de su modo de vivir, era muy
considerable; pero para un Ruiz de Bejos de mis usos y costumbres, ya
era cosa muy diferente: mejor dicho, aquel caudal, disfrutado en
Tablanca como le disfrutaba mi tío, era una verdadera riqueza; viviendo
como yo vivía en Madrid, sin ser manirroto ni mucho menos, me le hubiera
comido en pocos años. Así y todo (¿a qué negar lo que no desagrada
porque es inherente a la humana contextura?), me sentí muy satisfecho
con la herencia, la cual llegaría a hacerme el primer hacendado de
Tablanca. ¿A quién le desagrada ser el primero en cualquier parte del
mundo habitado y habitable, por oscura y mínima que ella sea? Valga por
compensación de esta flaqueza, la mortificación que sentía con los
temores de que no fuera tan desinteresada como yo creía la gratitud
cariñosa con que respondía mi corazón a las larguezas y distinciones de
mi tío.

Su memoria, redactada con el espontáneo y agradable desaliño que le era
propio, se reducía a exponerme, a grandes rasgos, el armazón de su obra
benéfica, llamada por él «su deber»; los frutos principales de ella; lo
que le costaba aproximadamente cada año en dinero, porque en paciencia,
no tenía calo ni medida, y una relación de las familias de Tablanca más
merecedoras, por sus especiales condiciones y virtudes, del amparo y la
estimación de «la casona». Todo aquello me lo declaraba para mi gobierno
solamente. El único encargo que me hacía, y muy encarecido, era el de
procurar que no se desmembrara durante mi vida el patrimonio de los Ruiz
de Bejos que pasaba a mis manos íntegro y tal como él le había recibido
de las de su padre y éste de las del suyo, ni al heredarme mis hijos, si
llegaba a tenerlos; y si no, que pasara a los de mi hermana con igual
recomendación para los mismos fines, siempre que fueran compatibles con
las leyes. Por de pronto y para «lo de puertas adentro» que me dejara
guiar por las indicaciones del párroco don Sabas Peña; y si no vivía
éste ya, de la persona que me buscaría por su mandato. Él no podía
explicarse con mayor claridad allí, porque los papeles son cosas
livianas que se lleva el aire fácilmente, «y vaya usted a saber en qué
manos van a dar a lo mejor». Después me nombraba las personas encargadas
de administrarle las fincas «que radicaban» fuera del valle y de la
provincia, y concluía advirtiéndome que, como ya se declaraba en el
testamento, a la hora en que escribía aquellos renglones no debía nada a
nadie, como no fuera su alma a Dios, en cuya misericordia confiaba y a
quien pedía que hiciera el milagro de que yo sintiera alguna vez el
deseo de dejar los huesos en el campo santo de Tablanca, después de
haber vivido muchos años en la casona de los Ruiz de Bejos.

Como los demás papeles, aunque relacionados con el caudal de mi tío, no
me ofrecían gran interés, renuncié a su detenida lectura por entonces, y
consagré el tiempo que tenía bien de sobra a espaciar la imaginación, a
ojos cerrados, por el campo variadísimo de los sucesos de aquel día. Así
me cogió el sueño muy cerca del amanecer. Cuando desperté, entraba la
luz en mi gabinete por el cuarterón que siempre dejaba entreabierto en
la puerta de la solana. Me pareció que la luz era más alegre que la que
me había saludado en idénticos casos durante la última quincena, o que
estaría el sol ya muy arriba, lo cual no sería extraño por lo tarde que
me había dormido por la noche. Miré el reló que tenía a la cabecera de
la cama, y vi que eran poco más de las ocho. A pesar de la falta que me
hacía dormir un buen rato más, levantéme y abrí todo el cuarterón. El
poco cielo que veía desde allí, estaba raso y azul como un paño de seda,
y el sol bañaba ya todos los picachos del Oeste. Relucían las peñas y
los troncos y los bardales y los suelos por todas partes, eso sí, y se
sentía un frío húmedo y pegajoso que llegaba hasta los huesos; pero
estaba risueña y en calma la Naturaleza, y esto levantaba mucho los
ánimos.

Pensando más que en estas cosas en mi tío, a quien anhelaba saludar como
todos los días al levantarme (especialmente desde que andaba tan
alicaído, y me había recomendado mucho el médico la mayor vigilancia
sobre él), y barajando con este sentimiento los recuerdos que se iban
despertando en mi memoria, despaché en el aire mis operaciones de
tocador.

«Y vamos a ver--decíame a mi propio en cuanto me hallé dispuesto a salir
del cuarto--, ¿qué cara pongo a mi tío después de lo que ha pasado esta
noche? ¿En qué temple de ánimo, en qué estilo he de expresarle «lo que
procede»? Y ¿cuál es «lo que procede»? Porque él debe dar por hecho que
a estas horas estoy enterado de todo; y en casos tales, un grado menos
de lo justo en la expresión de lo que se siente, desnaturaliza la
seriedad de un papel y hasta pone en ridículo al actor».

Afortunadamente se anticipó él mismo a sacarme del atolladero. Sin
responder a la salutación que le hice en la cocina, adonde había ido el
infeliz desde la cama, me dijo, porque estábamos solos en aquel momento:

--Como ya habrás leído los papeles que te entregué ayer tarde, por lo
menos el principal de todos, quiero, y así te lo mando, que no me hables
una palabra ahora ni después ni nunca, de esos particulares ni de ningún
otro que sea pariente de ellos. Hazte la cuenta de que no ha pasado nada
entre nosotros de dos semanas acá, y atente a ello si deseas darme
gusto. ¿Entendístelo? Pues en la creencia de que sí, te digo ahora,
respondiendo a tu pregunta de antes, que he pasado una noche de las
buenas, ¡de las buenas, trastajo! He dormido más de cuatro horas, y no
he tosido veinte veces.

Por este camino tan cómodo salí del compromiso que tanto me apuraba, y
bien sabe Dios cuánto me alegré de ello. ¡Sobre que las resoluciones de
mi tío habían de ser irrevocables!... Pero ¡qué malo estaba el pobre, no
obstante la extraordinaria mejoría de su espíritu! ¡Cómo se iban
conociendo de día en día, en su cuerpo aniquilado, las zarpadas de la
muerte!

Hacia las once de la mañana aparecieron en la casona don Pedro Nolasco y
toda su familia, es decir, su hija y su nieta, y fueron recibidos en mi
habitación, donde también había brasero y nos hallábamos mi tío y yo con
Neluco que había ido a hacerle su visita diaria. Lita llevaba la cabeza
envuelta en una esponjada toquilla de color azul celeste, que realzaba
la frescura de su linda cara sonrosadita por la crudeza del aire
serrano, y todo el cuerpo gentil arrebujado en un chal de lana gris, de
mucho abrigo. Según entraba y hablaba en su estilo regocijado y
pintoresco, iba destocándose la cabeza y desenvolviendo el airoso cuerpo
con sus ágiles manos medio cubiertas por mitones rojos de estambre.
Mirándola a ella y mirando al sol que inundaba el valle, tras unos días
tan negros y tan tempestuosos como los recién pasados, yo no sé por qué
llegué a ver en la nieta de don Pedro Nolasco, algo así como la paloma
que volvía al arca anunciando que había cesado ya la ira de Dios y que
toda la Naturaleza surgía de los abismos de tinieblas purificada de las
culpas e iniquidades de los hombres. Don Pedro Nolasco hacía temblar las
paredes con el estruendo de sus ponderaciones de lo recio y de lo crudo
del temporal. No recordaba otro como él de muchos años atrás. Había
estado como sin sangre en aquellos días, y no hubo durante ellos lumbre
que alcanzara a meterle en calor. Y bien se conocían, sin que él los
ponderara, los chamuscones que se había dado, porque apestaba desde
lejos a humo de cocina, y tenía la piel como los chorizos curados y
hasta con hollín. Mari Pepa no veía motivos para tantas ponderaciones:
aquel temporal había sido como otros muchos que habían pasado y que
pasarían. Lo único de él que la mortificó verdaderamente, fue el
privarla, y privar a todos los de su casa, de ir a hacer un rato de
compañía a don Celso y ver cómo andaba de salud. Y a eso iban entonces,
aprovechando el primer sol que se veía después de una quincena de
aguaceros y «celleriscas», y sobre todo ello se habló mucho en muy poco
tiempo, quitándose unos a otros la palabra, mientras Lita, corriendo su
silla hacia la mía que estaba alejada del brasero, me contaba, casi al
oído, lo alarmados que estuvieron todos en su casa con las noticias que
Neluco les iba dando de mi tío, al pasar por allí de vuelta de sus
visitas, y el trabajo que le había costado a ella disimular la pena que
acababa de sentir al encararse de pronto con don Celso. ¡Qué «mortalón»
le veía, Virgen y Madre de Dios! Y tras esto, me acosó a preguntas: si
comía, si descansaba, si conocía su estado, si me daba mucho que hacer,
si podían ellos hacer algo en alivio nuestro; porque ya se sabía que
casa sin mujeres, andaba como Dios quería en los apuros graves. Buena
era Facia, buena era Tona; pero... al cabo, al cabo. Vaya, que no era lo
mismo. Su madre era una gran enfermera, y ella tenía buena voluntad; y
cuando llegara el caso, si desgraciadamente llegaba, que no anduviéramos
con miramientos que no pegaban bien entre vecinos amigos y hasta
parientes.

Como a lo más de esto tuve que responder, y la conversación continuaba
enredándose en el otro grupo con la inagotable verbosidad de Mari Pepa,
y hasta se marchó Neluco de la visita, porque tenía que hacer otras dos
antes de comer, y, sobre todo, porque estaba yo muy a gusto al lado de
aquella criatura tan atractiva, lo tratado entre los dos se fue
enredando también poco a poco, hasta extraviarse al fin por derroteros
que ninguna comunicación directa tenía ya con el punto de partida.

Todas las mujeres que yo llevaba tratadas en el mundo, con más o menos
intimidad, como formadas en un mismo plantel y educadas con unos mismos
fines, salvas muy importantes diferencias plásticas, de esas que tocan
más al cuerpo que al espíritu del observador, me habían dado en
definitiva una suma de semejanzas morales que llegó a parecerse a la
monotonía, según mi manera particular de ver esas cosas; y de aquí, es
decir, de esa condición mía, de la desgracia o de la fortuna de no haber
sido formada mi naturaleza del mismo barro que la de otros hombres
llamados «impresionables» la falta de verdadera curiosidad y, por
consiguiente, de hondo interés hacia aquellas mujeres, a pesar de haber
vivido con ellas en continuo trato. Pero el caso de Lita ¡era tan
diferente de los otros casos! Por de pronto, yo encontraba a su lado una
complacencia, una delectación muy extraña y enteramente nueva para mí.
Buscando una comparación para este sentimiento, veníanseme a las mientes
ejemplos muy raros: verbigracia, los lienzos recién lavados y secos, el
heno de las praderas con su fragancia «a salud y el agua de las fuentes
rústicas con su pureza transparente. Aspirando la una, podían pasarse
«las horas muertas» contando las pedrezuelas relucientes del fondo de la
otra. ¡Placer bien primitivo y candoroso ciertamente! Pero era un
placer, al cabo, para quien no había hallado otro equivalente entre los
refinados artificios del mundo; y por eso sin duda, le daba ya tan alto
precio en aquellas bravías soledades.

Ello fue que la tentación de contar las pedrezuelas de la fuente me
entró aquel día con doblada fuerza que en otras ocasiones, y que no
pudiendo resistirla, me lancé a la empresa, tomando por pretexto el
temporal pasado, nuestras forzadas encerronas por su culpa, y los que
nos esperaban a las puertas del lugar. Porque yo me preguntaba, viendo,
admirado, aquella criatura de tan equilibrado organismo: pero, señor,
¿de qué se alimentan esta alma tan regocijada y satisfecha, y esa
cabezita luminosa que irradia los pensamientos sin el estorbo de una
sola nube, en el mismo campo en que yo, hombre atiborrado de lecturas y
de recuerdos, no hallo con qué levantar un poco el espíritu en cuanto se
nubla la luz del sol? ¿Qué cantidad de ideas puede haber en ese cerebro,
de qué calidad serán y cómo las ha adquirido? No llegaba yo con mis
preocupaciones de hombre mundano hasta el extremo de creer que no
pudiera llevarse con resignación la vida desconociendo totalmente la
magia del gran escenario de mis preferencias, porque tenía en contra de
este absurdo el ejemplo de Mari Pepa y el de su amiga de Robacío, que
eran el colmo de la felicidad dentro de ese mismo desconocimiento
absoluto, sin contar las rudas y sedentarias labradoras que no sabían lo
que era una pesadumbre. Pero Lita era mucho más que esto, y mucho más
que su madre y que la hermana de Neluco, con no haber visto mayor
cantidad del mundo, ni bebido las ideas en mejores fuentes que ellas.
Tenía unas afinaciones, unas delicadezas de sentido y un alcance de
vista en las honduras de las cosas, aunque tratadas medio en chanza y a
la ligera, que solamente las concebía yo en las inteligencias muy
cultivadas.

El caso fue, repito, que di principio a la investigación, movido de una
curiosidad muy grande; pero teniendo buen cuidado por acomodarme en lo
posible a las naturales condiciones del terreno, de allanarme yo mismo
al nivel de lo más sencillo y rudimentario: casi, casi, me introduje en
su conciencia por las puertas aprendidas en la infancia en el catecismo
del Padre Astete. «Sitios por donde había andado, ocupaciones que había
tenido». En sustancia, de eso vinimos a tratar en los comienzos de mi
labor. De lo primero no supe más que lo que ya sabía por Neluco Celis:
un mundo de cuatro leguas, escasas, a la redonda de Tablanca; dos o tres
familias del pelaje de la suya, esparcidas por él; dos ferias cada
primavera, si el invierno no había sido muy largo, y tres o cuatro
romerías en el transcurso de cada verano. ¿Deseaba ver algo más que eso?
¡Psh!... por desear propiamente, no. Ahora, alegrarse de tener ocasión
de conocerlo un poco, puede que sí, porque a nadie le amarga un dulce;
pero de todas suertes, a ella se le figuraba que no había de encontrarse
a gusto entre tanto y «tan pomposo» revoltijo. Una amiga suya, de más
allá del Puerto, la mandaba algunas veces un periódico de modas que ella
recibía cada semana: por los dibujos y las explicaciones de ese papel,
estaba al tanto de cómo se vestían las señoras para ir a las grandes
fiestas y al paseo. «¡Virgen la mi madre», cuánto dinero debían de
gastar en esas galas y diversiones, y qué mal la sentarían a ella tantos
lujos, avezada a las pobrezas de una aldeúca montés y qué avergonzada se
vería en aquellos festivales tan resplandecientes, debajo de unos
perifollos que no sabría manejar!... ¡Quita, quita! Bien se está San
Pedro en Roma. Algo más que las estampas de aquellas señoras, la
entretenían en el papel unos dibujos de labores que se hacían fácilmente
y sin costar mucho dinero. De ésas había ido llenando la casa. También
había aprendido en el mismo papel a cortarse los vestidos y chaquetas.
¿Qué mejores entretenimientos para pasar horas sobrantes? Porque cuando
no tenía labor para sí propia o para los de su casa, se la daban bien
abundante la mitad de las mozas de Tablanca. ¡Como ella no sabía
negarse, y las otras pobres no conocían otro refugio cuando se trataba
de las galas domingueras!... «¡Pero qué curiosón era yo, Virgen de las
Nieves! ¿Si querría burlarme de ella?» ¿Por qué la preguntaba esas
cosas, ni qué podían importarme a mí, que tanto había visto por el mundo
y conocería a tantas damas de las lujosas del papel? Ya contaba yo con
esta salida de los carriles del asunto, lugar común de toda clase de
interlocutoras en diálogos por el estilo: pura modestia. ¿Cómo no había
de interesarme a mí, más que todo lo que llevaba visto de lo que hay y
se ve en todas partes, aquel hallazgo tan lindo y tan nuevo, donde menos
se podía esperar? No eran adulaciones ni «cortesanías de madrileño»
estas palabras: podía jurárselo, y esperaba ser creído sin que ella me
pusiera en un extremo tan desfavorable para mi formalidad. En esa
confianza, lejos de enmendarme, reincidía en el supuesto pecado, y a la
prueba si no. Lecturas. ¿Cuáles eran las que más la gustaban? ¿Qué
libros había leído?... ¡Libros ella!... Si yo me refería a los que se
usaban ahora. No pasaban de tres: dos que le había prestado la amiga del
papel de modas, y otro que había traído su padre de Andalucía. Los de la
amiga trataban de amoríos muy tiernos que la pusieron algo triste,
porque le daba lástima de los pobres enamorados: en los dos libros se
veían y se deseaban las parejas de novios para salirse con la suya. El
libro de su padre tenía estampas, y era una historia de bandoleros que
robaban y mataban y eran al mismo tiempo muy blandos y muy nobles de
corazón. Eso no lo podía entender ella bien... Pues estos libros y «los
de casa» eran los únicos que había leído en toda su vida. Y ¿cuáles eran
«los de casa»? Pues uno muy grande y muy antiguo de _Cartas_ de Santa
Teresa, que ya se le sabía de memoria; el _Año Cristiano_, que leía en
alta voz su madre todas las noches por el capítulo del santo
correspondiente al día; la _Guía de pecadores_, que su abuelo leía del
mismo modo de vez en cuando, y de tal arte, que la llenaba de espanto y
no la dejaba dormir con sosiego después, en media semana; y, por último,
_Don Quijote de la Mancha_. Éste le leía ella sola para sí, aunque
salteando algo la lectura, porque muchas cosas que había allí no eran
para gustadas de pronto por una mujer tan ruda como ella. Sobre la
calidad de las personas de su trato, ya me había dicho lo principal; el
resto, «a la vista lo tenía...». «Pero, Señor de los cielos--volvía a
decirme--, ¡ni aunque estuviera obligada a confesarme con usté!»

Y de este género eran todas las pedrezuelas que fui contando y
estudiando en el fondo de aquella fuente cristalina y tentadora. Yo
comprendía que con ello solo pudiera Lita conformarse y vivir alegre sin
desear otra cosa mejor («mejor» según mi criterio), y que con una
travesura natural y una inteligencia tan clara como las suyas, se
pudiera llegar hasta el disimulo de muy apremiantes deseos; pero aquel
arte delicado con que manejaba la escasez de sus recursos «exteriores»,
¿dónde le había aprendido? ¿Cómo podían concebirse tantos y tan variados
registros en una máquina tan simple? Este era el caso extraño para mí.

«¡Pero qué majadero soy!--me dije de pronto, al sentir el paso de un
recuerdo por mi memoria--, ¿qué más escuela ni qué más libros necesita
que Neluco?»

Sentí también remordimientos de conciencia, como si estuviera poniendo
mis manos en el tesoro de un amigo, y me apresuré a dar un tajo a la
conversación, llevando enseguida los restos de ella hacia la otra que ya
estaba en la agonía por falta de materia o por sobra de cansancio entre
los interlocutores.

Marcháronse poco después los visitantes, dejando a mi tío muy fatigado
con la conversación en que había tomado, por rebeldías de su
temperamento, más parte de la que debiera, y yo llevé mi cortesía en
aquella ocasión al extremo de acompañar a la familia de don Pedro
Nolasco hasta el pedregal en que empieza a descender la cambera hacia el
pueblo. ¡Qué graciosamente pisaba Lita con sus primorosas almadreñas, y
con qué donaire se recogía los pliegues airosos de su vestido, que
apenas dejaban ver dos dedos de media blanca sobre el ancho y peludo
ribete de las zapatillas!

Por la noche me dijo Chisco asaltándome en el pasadizo que seguía yo
para ir a la cocina, de la cual salía él:

--¿No tenía usté ganas de probarse un pocu en algu de caza mayor?

Respondíle que sí, temblando sin saber por qué, y añadió:

--Pos a la manu tien la proporción de eyu.

--Explícate--le dije algo nervioso, sin duda por el exceso de mi
curiosidad.

--Se ha vistu el osu.

--¿En dónde?

--Encima del mesmu rejoyón del Salgueru: a hora y media de aquí.

--Bien; pero... de paso.

--¡Quiá! no, señor: encuevándose.

--Conque... encuevándose... Y ¿quién le ha visto?

--Chorcus, esta mañana, viniendo del invernal de Picachus.

--¿Está bien seguro de haberle visto?

--Como yo de que estoy viéndole a usté ahora mesmu; y el oju suyu no
falla pa esas visualis, ni el golfatu tampoco, porque lu tien de sagüesu
finu.

--Corriente... y ¿qué pensáis hacer?

--Pos salir los dos de madrugá a dale los güenos días.

--¿Solos?

--Y ¿pa qué más? No será la primer vez... Pero como usté me tenía
alvertiu de tiempus atrás que si se presentara una proporción de esas,
la aprovecharía con gustu...

--Tienes razón, y has hecho muy bien en avisarme... ¡Vaya si te lo
agradezco!... hasta por la reserva con que lo haces, sin duda para que
no se entere mi tío. ¿No es verdad?

--Muchu que lo es... ¡como que por eso iba a buscali a usté a su mesma
sala, cuando le he alcontrau en el caminu... pa que no se enteri el amu
que está en la cocina!... Porque el recau no me lo dio Pitu hasta jaz un
cuartu de hora.

--Perfectamente... Pues la palabra es palabra; y si la salud de mi tío
lo permite, iré con vosotros con muchísimo gusto, ¡ya lo creo! Pero
entendámonos: ¿cuánto durará esa expedición?... porque yo no puedo
dejarle mucho tiempo solo.

--Ni yo tampoco faltar de casa más de lo regular. Aunque pa la amañanza
del ganau, ya deju quien jaga mis vecis... Usté cuenti por seguru que,
enterus o en peazus, estamus de güelta pa la hora de comer.

--¡Qué cosas tienes, hombre!... Conque enteros o en pedazos, ¡como si
fuera tan arriesgado el lance!

--No es de bodas propiamenti; pero claru está que el dichu fue sólu por
decir. Tocanti a lo demás, si tien usté el menor... vamus... el menor
recelu por la bestia, que no deja de imponer un pocu la primera vez... y
tamién las siguientis, no venga, que compromisu de eyu no hay firmau.

Me tocó en lo vivo la salvedad del mozón, que no estaba fuera de lo
prudente ni dejaba de venir al caso, y me la eché de terne,
preguntándole con brío bastante forzado:

--¿Qué armas hay que llevar?

--Pos la escopeta con cartuchu de bala, y güen acopiu de eyus; el
cochillón de monti por si es casu...

--¿Crees que podrá hacer falta, eh?

--A mí me ha prestau güen serviciu más de una vez... y llévisi tamién
esi cachorriyu de muchus tirus, que no sé cómo le yaman ustéis.

--¿El revólver?

--Esi mesmu.

--¿Y nada más?

--Y güen oju y mejor pulsu.

--Pero, hombre... me parece a mí que para una bestia sola, siendo tres
los cazadores, no se necesita tanto arsenal...

--Si estuviera sola propiamenti, con el primer tiru le bastaba, si era
míu; pero como está encuevá, ¡vaya usté a saber!... Hay que mirar las
cosas.

--En resumen, ¡canario! ¿vosotros vais con alguna confianza?

--Y si no la yeváramus, no juéramus.

--Pues mañana, cuando sea hora de emprender la marcha, entras en mi
cuarto; y si estoy dormido, me despiertas. Te prometo que si no tiene
novedad mi tío, iré con vosotros; pero si desgraciadamente la tuviera...
ya ves tú... Conque hasta mañana.

Yo no sé qué cara pondría Chisco oyéndome hablar así, porque en el
pasadizo donde estábamos conversando a media voz, no se veía la mano
delante. No sé más, sino que carraspeó un poquito y que, sin añadir una
sola palabra a las mías, echó a andar hacia la escalera, mientras yo me
dirigía a la cocina donde se oían ya los parleteos de los primeros
tertulianos.



XX


¡Virgen santa, qué noche pasé! Antes de acostarme le había dicho a mi
tío que si él se encontraba bien y no me necesitaba para alguna cosa,
pensaba madrugar y subir a la montaña con Chisco para estirar un poco
las piernas y quemar algunos cartuchos, si había ocasión de ello.

El pobre hombre, que se recreaba en hacerme agradable o, por lo menos,
llevadera la carga de mi destierro, aplaudió con toda su alma mi
propósito, ¡cuándo hubiera dado yo algo bueno porque me le quitara de la
cabeza con un par de razones transmisibles «decentemente» a Chisco por
mí! No lo podía remediar: el compromiso adquirido con él para el día
siguiente, me inquietaba mucho; y al verme solo en mi aposento después
de dejar en el suyo a mi tío, cuya condescendencia a mis declarados
propósitos me había parecido algo como firma de juez al pie de una
sentencia de muerte, me inquietó mucho más; y cuando metido ya en la
cama, después de preparado el arsenal que me había recomendado Chisco
para la batalla, me quedé a oscuras, la inquietud anduvo rayando con la
fiebre. Y yo creo que el caso no era para menos. Dígasele a un hombre de
las ciudades, hecho a todas las molicies de una vida regalona: «vas a
vértelas mano a mano con una bestia de las más feroces y temibles, en el
fondo de una caverna del monte, expuesto a que la fiera no esté sola y
necesites defenderte de otra o de otras del mismo linaje»; y a ver qué
carnes se le ponen a ese sujeto, por templado que sea. Cierto que Chisco
y su camarada habían de llevar la mayor parte en el empeño brutal, y que
ya no eran nuevos para ellos esos lances terribles; pero al cabo eran
dos rudos montañeses con más corazón que entendimiento, sobre todo Pito
Salces, que no tenía sentido común; y vistas las cosas por este lado,
había mucho y muy grave que temer, racionalmente pensando.

Pues en cuanto me quedé dormido, ¡qué sueños! Manadas de osos por todas
partes, y osos de todos tamaños y colores; y por remate de estas
visiones, una caverna tremebunda llena de ellos: tres de los más lanudos
y graves, sentados en una peña del fondo; los demás, en apretada masa,
ocupando todo el ámbito hasta la boca de entrada, menos un espacio muy
reducido entre la primera fila de la masa y los tres animalotes de la
peña. En este espacio estaba yo, que era el reo en aquella especie de
juicio oral, y aún quedaba junto a la peña y casi enfrente de mí el
hueco suficiente para otro oso descomunal que se entretenía en afilar
las uñas en un canto gordo del suelo, mientras se pasaba la lengua por
los hocicos y me miraba con ojos sanguinolentos balanceando la cabeza.
Aquel oso era el verdugo de allí, que esperaba a que los jueces dieran
el berrido que me condenaba a muerte, para zamparse una buena ración de
mis pedazos y arrojar los restantes a la muchedumbre que ya se había
comido a Chisco y a Pito Salces, con escopetas y todo. Bien empleado les
estaba, por andarse en guapezas temerarias con aquellos animales que no
se habían metido con nosotros.

Intentando estaba el último esfuerzo sobrehumano para hacerme entender
de aquel fiero tribunal, cuando me arrancaron de las garras del sueño
unas cuantas sacudidas de Chisco que acababa de entrar en mi cuarto.
Pues con verme así libre de tan angustiosa pesadilla, aún hallé cierta
semejanza entre mi despertar y el del reo en capilla por la llegada del
verdugo para vestirle la hopa.

Amanecía ya, y, por las trazas, un día de los más esplendorosos y
templados que podían concebirse en aquella estación y en aquel pueblo.
Por esta puerta no había escape, y me vestí con la resolución de un
héroe; pero no me eché encima el armamento sin saber antes cómo había
pasado la noche mi tío, que de seguro estaba ya despierto, si no
levantado, según su costumbre de madrugar tanto como el sol mientras le
quedaran fuerzas bastantes para arrojar sus huesos de la cama. Me dirigí
en el acto a su habitación, por las rendijas de cuya puerta se veía luz.
Llamé, y en seguida oí su voz que me mandaba entrar. ¡Que Dios me
perdone si en algún rinconcillo de los más obscuros y remotos de mi
corazón, se ocultaba un germen siquiera de inconsciente deseo de hallar
en la salud del pobre hombre algún ligero trastorno que justificara en
mí una resolución terminante de no salir de casa «por entonces»!

Tan ricamente había pasado la noche y tan animado le hallé acabando de
rezar sus oraciones acostumbradas, que me costó mucho trabajo reducirle
a que no me acompañara hasta el portal. En vista de ello, despedíme
hasta el mediodía, y me volví a mi cuarto donde me aguardaba Chisco... y
el café caliente, con tostadas, que por encargo del mozón me había
preparado Tona... En fin, que media hora después estábamos Chisco y yo,
armados hasta los dientes, en el portal, donde Pito Salces, con su
espingarda al hombro y una perruca faldera al lado, entretenía sus
impaciencias oliscando a Tona en sus trajines de arriba.

Soltó Chisco el _Canelo_ que ya latía en su perrera, oliéndose lo que se
estaba fraguando entre nosotros, y me mostró su regocijo, al verse
libre, poniéndome las manos sobre el pecho... y a riesgo de perder el
equilibrio con la fuerza de sus cariñosas demostraciones.

Andando ya monte arriba, me declaró Chisco, en respuesta a una
insinuación mía, que no habían querido, él y Chorcos, enterar a nadie
más que a mí del hallazgo del oso, porque tal como se presentaba el
lance, era «cosa curriente» y a «cañón posau...» y cuantos menos bultos,
más claridad. No era yo de su parecer, y creía que, cuando menos, la
compañía, por ejemplo, de don Sabas, nos hubiera venido de perlas. Que
no y que no, y que ellos sabían muy bien lo que se pensaban. No dije una
palabra más sobre el caso.

Tampoco tenía duda para mis acompañantes que el animalote aquél debía
haberse dado, durante el temporal, la gran vida en su refugio, porque
harto lo parlaban el esqueleto fresco y casi mondo de una yegua, visto
por Pepazos en una «rejoyá» de las cercanías de la cueva, y una
becerruca extraviada de la cabaña, al ir al abrevadero desde el invernal
de Escajales, que no había vuelto a aparecer. Era, por más señas, de
Maquileros, un vecino del Tarumbo. De manera que se trataba de un oso
cebado en carne fresca y a qué quieres, boca. ¡Excelente ocasión la de
nuestra visita para afinar el apetito de su merced!

Enlazado naturalmente con esta conversación, vino el plan de ataque a la
fiera en su misma guarida después de cerciorados nosotros de que estaba
en ella. La cosa no podía ser más fácil, tal como la ponían los dos
cazadores que conocían a palmos la cueva y sus inmediaciones. También se
discurrió sobre la eventualidad de que su merced hubiera salido de paseo
o en busca de provisiones al llegar nosotros a su casa, en la cual
habría señales infalibles de su modo de vivir y de la mayor o menor
frecuencia con que la abandonaba. Pero si había familia en el domicilio,
como era también de creerse, serían muy contados los ratos que faltara
de él la madre... «u el padre». De modo que resultaban posibles contra
nosotros tres, en aquel desatinado empeño, dos osos, sin contar la
prole, que podía ser abundante y talludita. Por supuesto que me guardaba
muy bien de apuntar estas observaciones que se me iban ocurriendo a
medida que hablaban los dos mozallones: tenía empeñado mi amor propio en
aquella empresa, y no quería que se interpretaran mis razones de sentido
común, por señales de encogimiento.

Después vinieron los consejos y las instrucciones para mí, que jamás me
había visto en otra. Me parecían muy bien, sólo que todos ellos se
fundaban en una misma base: la serenidad y el buen pulso. ¡Como si estas
pequeñeces se llevaran, en lances tan peliagudos, en el morral de las
provisiones o en el cinto de la cartuchera! Acordábame yo entonces, de
algo semejante que había visto en una piececita francesa muy graciosa.
Cierto mercader de pieles se presenta en una aldehuela del Pirineo con
un buen acopio de ellas, adquirido en Argel: por esto, y por llevar los
fardos y las maletas determinadas iniciales, y por algo que él dice
sobre el clima africano y las cacerías en aquellas selvas, tómanle los
sencillos aldeanos, que eran muy aficionados a la caza, por un famoso
matador de leones. Déjase correr él que lo ha notado, porque le tiene
cuenta la equivocación para sus fines mercantiles, y comienza el asedio
de preguntas de aquellos admiradores entusiastas del perínclito francés.
«Pero, vamos a ver--llegan a preguntarle--, ¿cómo puede un hombre
ponerse cara a cara con un león y atreverse a soltarle un tiro?» A lo
que responde muy sosegadamente el peletero: «De la manera más sencilla.
¿No se han visto ustedes alguna vez cara a cara con una liebre? Pues
imagínense, en cuanto estén delante del león, que el león es una
liebre... y no hay más.» «Efectivamente--replica el menos optimista de
los preguntantes, rascándose la cabeza--; sólo que me parece un poco
difícil hacer esas suposiciones delante del león.»

La montaña, desde que yo no andaba por ella, había cambiado mucho de
aspecto: los robledales que dejé bastante bien vestidos todavía, aunque
con el ropaje mustio y amarillento, se hallaban completamente desnudos,
y lo mismo les pasaba a las hayas y a los arbustos de «hoja mudable». El
suelo estaba «deslavado»; la yerba de las brañas, tendida y atusada como
el pelo de una cabeza recién sacada del agua, y era cada hondonada un
torrente. Según íbamos ganando altura, encontrábamos más a menudo
grandes placas o «tresechones» de granizo congelado en las laderas
sombrías, y desde los picos de Europa hasta los de Sejos, todas las
cumbres que se alcanzaban a ver estaban cubiertas de nieve, en la que
centelleaba el sol al herirla de frente con sus rayos.

Así era el aire ambiente, frío y cortante como una navaja de afeitar.
Pues con todo ello y con lo penoso que era de andar el camino que
llevábamos, por lo resbaladizo del suelo y la multitud de obstáculos que
nos oponían los desbordados arroyos, no me iba pareciendo largo. Puede
que consistiera esto en las pocas ganas que yo tenía de llegar al fin de
nuestro viaje; porque desde luego no consistía en lo divertido de mi
conversación con los dos mozones ni en los extremos de regocijo a que se
entregaba Chorcos a cada instante, como si fuera a sus propias bodas.
Tal era su irracional inquietud, que andaba dos o tres veces el camino,
igual que los perros que iban con nosotros. Intentando pararle los pies
un poco, pero muy principalmente lanzar la conversación a otro terreno
más agradable, solté entre ambos el tema de sus amoríos con las
respectivas mozonas. Pito acudió a mi llamada como un mastín a la mano
que le ofrece medio pernil. Chisco, que caminaba a mi lado sin perder el
compás de sus aplomados movimientos, apenas dejó descubrir en una mirada
sosona y descolorida, que se había enterado de la alusión. Chorcos me
declaró sin ambages que estaba «amerluzaón del too» por la criada de mi
tío; la tenía en las «telucas de los ojos» y «metía de patas en el
corazón. Vamos, ¡puches!, que si no se salía con la suya, no sabía lo
que sería de él». Ella, hasta la presente, no le había dicho que no...
ni tampoco que sí; verdad que él, por su parte, no había sido todo lo
claro que debía de ser... «¡Puches, lo que le encogía el respeto en
cuanto se veía a la vera de ella! Pero la madre... y don Celso... y la
cara que la mesma Tona le ponía a lo mejor... ¡y pué que por verle tan
acobardao!... De toas suertes, ¡puches!, Tona era Tona, y él acabaría
por salirse con la suya, o por ajuegarse de hipu amorosu, pero no con el
ñudo del pasapán...»

Era lo mismo, _plus minusve_, que ya me había dicho otras dos veces
andando conmigo por los montes. De manera que en aquellas fechas no
había adelantado su negocio un solo paso.

Tampoco el de Chisco, según éste me confesó muy sereno, y eso que le
tenía algo más adelantado que Pito Salces el suyo. Tanasia había llegado
a decirle claramente que «por su parte, sí, y de aquí no intentaba pasar
el de Robacío, porque sabía que el Topero le rechazaba por no ser de
Tablanca y por ser pobre, dos cosas que él no podía remediar. Acordéme
yo entonces de que la segunda tenía remedio en el testamento de mi tío,
y le dije:

--Es verdad que la primera es irremediable; pero la segunda ¿por qué ha
de serlo, Chisco? A lo mejor amanece por lo más obscuro... o si no suben
los muladares, bájanse los adarves, y allá salen los unos con los otros
en altura.

--Psh--me contestó encogiéndose de hombros--, y, por último, que se
queden las cosas como están. A mí no me ajondan tantu como a Pitu esus
malis en la entraña. No val Tanasia menos que Tona; pero tan rogá, tan
rogá, se van quitando pocu a pocu las ganas de eya... y tamién, esu de
que le pongan a unu en puja y en remati con un jastial como Pepazus...
vamus, que jaz mal estómagu... Y, en finiquitu, el güey sueltu bien se
lambe, y pué que sean permisión de Dios esos trompiezus, pa librarme en
el día de mañana de otrus que me descalabraran pa toos los días de mi
vida... Dende que tuvi dientis pa royeli, estoy ganandu el pan en casa
ajena, y no me ha idu mal así. ¿A qué apurase un hombre por cambiar de
suerti cuando no sabi lo que han de dali por lo que deja?

Con estas filosofías de Chisco y las intemperancias de Pito Salces,
acabamos de subir una ladera de suelo escurridizo, y nos vimos al
comienzo de una ancha sierra que descendía en suaves ondulaciones hacia
nuestra izquierda. Atajábala por allí el frontispicio pedregoso de un
alto monte que la dominaba en toda su longitud, y estaba separado de
ella por una barranca. Sobre ésta se alzaba, y como al medio de aquel
perfil de la sierra, un peñón blanquecino que parecía la capucha, vista
por detrás, de un manto de titanes, pardo obscuro, extendido allí para
secarse a los rayos del sol que iluminaba toda la vasta superficie.

A la derecha del peñón comenzaba una mancha verdinegra, como de monte
bajo, que desaparecía pronto en las sombras de la barranca; y a la
izquierda, un pedregal de poco relieve entretejido de malezas.

Apuntando al peñón me dijo Pito Salces en cuanto nos vimos en la sierra,
porque Chisco ya lo sabía por serle bien conocido el escenario:

--Ayí está la cueva aonde vamus.

Me temblaron las carnes. Y luego añadió apuntando al perfil más elevado
de la sierra, hacia nuestra derecha y refiriéndose al oso:

--Bajandu de ayí y como dende la metá del caminu hasta onde nos jayamus
nusotrus, lu vi ayer. Salía de aqueyus carrascalis y se jue por delanti
del peñascu onde está la boca de la cueva; y no pasó al lau de acá, ni
se golvió por el otru, porque yo no aparté el oju de ayí mientras anduve
a güen pasu el caminu, ni en la media hora larga que aquí mesmu estuvi
parau.

Chisco, sin decir una palabra, ató el _Canelo_ con un cordel que llevaba
liado a la cintura, y mandó a Chorcos que hiciera otro tanto con la
perruca, antojándoseme a mí que había leído en la actitud sobresaltada
de aquellos nobles animales, la confirmación de los supuestos de Pito,
al cual advirtió, con la amenaza de amarrarle a él también si no tomaba
en serio la advertencia, que no hiciera cosa alguna sin que se la
mandaran hacer.

Con todos aquellos preparativos y mandatos, y muy singularmente con lo
raso y desamparado de la extensión que había entre el peñasco y
nosotros, acabé de amilanarme. ¿No era una barbaridad asaltar a pecho
descubierto la guarida de una fiera? Se lo dije a Chisco y me respondió,
muy secamente, que no, añadiéndome que lo importante era que no le
faltara a nadie la serenidad: en teniéndola, todo lo demás corría de
cuenta de él.

La alusión no podía ser más directa a mí, porque Pito, de tan bruto como
era, pecaba precisamente por el extremo contrario. Entendíla, dolióme,
hice de tripas corazón, y dije al de Robacío:

--Por donde vaya otro hombre, iré yo: tenlo entendido así.

--Pos con eyu basta--replicóme--, y pechu al agua cuantu antis.

Se hizo una breve inspección de armas y municiones. De las primeras no
llevaban los dos montañeses más que las escopetonas y unos cuchillos
enormes, cuyas empuñaduras, de asta de ciervo, asomaban por encima de
los ceñidores de sus cinturas. Los cartuchos con bala, toscamente
preparados la noche antes por ellos mismos, los llevaban sueltos en los
bolsillos del lástico, y los pistones a granel en las faltriqueras del
pantalón: todo seguro y a la mano, como ellos decían. Yo les sacaba de
ventaja el revólver y un cañón en la escopeta.

--Nunca dispari los dos a un tiempu--me recomendó Chisco--, y guardi el
segundu pa si convien repetir en mejor sitiu, sin quitar el arma de la
cara.

Fuera por haberme echado la cuenta del perdido, o porque hubiera
realmente causa racional para ello, es lo cierto que llegué a tener gran
confianza en la imperturbable serenidad de Chisco, y que no fui el
último en romper a andar hacia la peña cuando éste dio la orden en estas
palabras solemnes, después de santiguarse:

--¡A la mano de Dios!

Bajábamos los tres en ala y a buen andar, con los perros atados muy en
corto, porque a medida que nos acercábamos al peñasco, costaba mucho
trabajo contenerlos, y mucho mayor acallar sus latidos. Era plan
acordado ya atacar a la fiera en su guarida, entrando por el lado
izquierdo de la boca, y no convenía que los perros se nos anticiparan,
por razones, que se habían discutido también.

Cerca, muy cerca ya del peñasco, el _Canelo_ arrastraba materialmente a
Chisco, que tiraba de él con todas sus fuerzas en sentido contrario, y
ni amordazándole con una mano podía hacerle callar. La perruca faldera
latía y vociferaba también, a su modo, y zarandeaba el cordel que la
sujetaba a la manaza de Pito; pero temblaba mucho... aunque no tanto
como yo. Era indudable que la fiera estaba en su guarida ¿Nos habría
oído ya? ¿Saldría a recibimos a la puerta? Pero, a todo esto, ¿dónde
estaba la puerta?

Al hacerme yo esta pregunta mentalmente, fue cuando Chisco se adelantó a
Pito y a mí; y con encargo de que me colocara el último de los tres,
comenzó a andar con mucha cautela y muy arrimado al peñasco, lo poco que
nos faltaba de camino hasta la orilla de la quebrada. _Canelo_ iba
delante de él, loco de inquietud, olfateando en el suelo y en el aire,
batiéndose los ijares con el rabo y con medio palmo de lengua fuera de
la boca cuando no latía. Chorcos no estaba menos sobreexcitado que el
sabueso, y seguía a Chisco pisándole casi los tarugos traseros de sus
abarcas. Canelo desapareció pronto al otro lado de la peña, y Chisco,
después de detenerse unos instantes a observar desde la esquina, hízonos
señas de que podíamos seguirle, y desapareció también. Entonces al
avanzar nosotros, fue cuando pude yo darme la respuesta a la pregunta
que me había hecho poco antes: ¿dónde estaba la boca de la caverna?

¡Dios eterno, qué cúmulo de barbaridades las de aquel día! Pues la boca
estaba en un tajo de la peña, casi a pico, sobre el barranco. De modo
que venía a ser la cueva como la buhardilla de una casa muy alta, ¡muy
alta!, a la cual buhardilla hubiera que entrar por la ventana, andando
por la cornisa de la fachada correspondiente. Salvo que la cornisa de la
peña tendría como cinco pies de anchura y un festón de jaramagos por
afuera que velaba un poco la visión aterradora del abismo, la
comparación es exactísima.

Por aquella cornisa, que corría hasta perderse en el carrascal del otro
lado de la cueva, vi pasar a Chisco y a su perro, a Pito Salces detrás
de su perruca faldera, y cómo iban desapareciendo, uno a uno, en el
antro tenebroso los hombres y los animales, después de muy leves
precauciones del mozón de Robacío.

No ofrecía grandes dificultades a mi paso aquel camino cuya longitud no
excedería de quince o veinte varas; pero la consideración racionalísima
de lo que íbamos a hacer después de recorrerle, sin otra retirada que el
abismo en el caso muy posible de salir escapados de la cueva, si no
quedábamos hechos jigote allá dentro, clavó mis pies en el suelo a los
primeros pasos que di sobre él. Vi todo lo brutalmente temerario que
había en nuestra empresa desatinada, y formé serio propósito de volverme
atrás. Pero Chisco y Pito Salces se habían sumido ya en la caverna; y
aunque temerarios y muy brutos los dos, no era honrado ni decente
dejarlos sin su ayuda un hombre que acababa de prometerles ir tan allá
como fuera otro.

Duraron muy pocos instantes estas vacilaciones mías; y cerrando los ojos
de la inteligencia a todo razonamiento de sentido común, es decir,
bajándome al nivel de aquellos dos bárbaros, avancé resuelto por la
cornisa y llegué a la boca de la cueva, dentro de la cual latían
desesperadamente los dos perros, y me hallé a Chisco y a su camarada
disponiendo el plan de ataque. La cueva, como ya sabía yo por
referencias de los dos mozos que la conocían muy bien, tenía dos senos:
el primero, a la entrada, era espacioso y no muy alto de bóveda, con el
suelo bastante más bajo que el umbral de la puerta, muy escabroso y en
declive muy pronunciado hacia el muro del fondo, en el cual se veía la
boca del otro seno o gabinete de aquel salón de recibir. Olía allí a
sótano y a musgo y a perrera... y a hombres escabechados. No tenía ya
duda para Chisco que era «la señora», es decir, la osa, lo que rezongaba
en el fondo del antro invisible, respondiendo al latir desesperado de
los perros; y la señora con su prole, porque sin este cuidado amoroso,
ya hubiera salido al estrado para hacemos los honores de la casa. En
este convencimiento, se trató en breves palabras, casi por señas, porque
no había instante que perder, de si sería más conveniente soltar la
perruca que el sabueso; y acordado lo primero, el bárbaro de Pito, sin
oír otras razones, se fue hasta la boca del antro en el cual metió la
cabeza al mismo tiempo que a la perruca. Ésta había desaparecido, algo
vacilante e indecisa, hacia la derecha; y no sé cuál fue primero, si el
desaparecer la perruca allá dentro, o el oírse dos chillidos angustiosos
y un bramido tremebundo, o el retroceder Pito cuatro pasos del boquerón,
exclamando hacia nosotros (yo creo que con regocijo), pero con el arma
preparada:

--¡Cristo Dios!... ¡Vos digo que aqueyus no son ojus: son dos brasales!

Comprendió Chisco al punto de qué se trataba; soltó el sabueso y me
mandó a mí que me quedara donde estaba (es decir, como al primer tercio
de la cueva, muy cerca del muro de la derecha), pero con el arma lista,
aunque sin disparar antes que ellos dos, y avanzó él hasta colocarse en
la misma línea de Chorcos, de manera que sus tiros se cruzaran en ángulo
bastante abierto en el centro del boquerón del fondo.

Como toda la prudencia y la reflexión que podía esperarse de aquellos
dos rudos montañeses había que buscarla en Chisco, yo no apartaba mis
ojos de él, y no podía menos de admirarme al observar que ni en aquel
trance de prueba se alteraba la perfecta regularidad de su continente:
su mirada era firme, serena y fría, como de ordinario; su color el mismo
de siempre, y no había un músculo ni una señal en todo su cuerpo que
delatara en su corazón un latido más de los normales; al revés de Pito
Salces, que no cabía en su ropa, no por miedo seguramente, sino por el
deleite brutal que para él tenían aquellos lances.

Tomando yo por guía de mi anhelante curiosidad la mirada de Chisco, y
sin dejar de oír los ladridos de _Canelo_ apenas metido éste en la
covacha, pronto le vi retroceder, pero dando cara al enemigo con las
cuatro patas muy abiertas, la cabeza levantada y casi tocando el suelo
con el vientre. Lo que le obligaba a caminar así no era difícil de
adivinar: tras él venía la fiera gruñendo y rezongando; y al asomar al
boquerón, no me impidió el frío nervioso que corrió por todo mi cuerpo,
estimar la exactitud con que Pito había calificado el lucir de los ojos
de aquel animalazo: realmente centelleaban entre los mechones lanudos de
sus cuencas, como las ascuas en la oscuridad. La presencia nuestra le
contuvo unos instantes en el umbral de la caverna; pero rehaciéndose
enseguida, avanzó dos pasos, menospreciando las protestas de _Canelo_, y
se incorporó sobre sus patas traseras, dando al mismo tiempo un berrido
y alzando las manos hasta cerca del hocico, como si exclamara:

--¡Pero estos hombres que se atreven a tanto, son mucho más brutos que
yo!

Al ver que se incorporaba la fiera, dijo a Pito Salces Chisco:

--Tú al oju; yo al corazón... ¿Estás? Pues... ¡a una!

Sonaron dos estampidos; batió la bestia el aire con los brazos que aún
no había tenido tiempo de bajar; abrió la boca descomunal, lanzando otro
bramido más tremendo que el primero; dio un par de vueltas sobre las
patas, como cuando bailan en las plazas los esclavos de su especie, y
cayó redonda en mitad de la cueva con la cabeza hacia mí. Corrí yo
entonces a rematarla con otro tiro de mi escopeta; pero me detuvo
Chisco, diciéndome mientras cargaba apresurado la suya igual que hacía
Pito por su parte:

--Guarde esas balas por lo que puede suceder de prontu. Pa lo que usté
desea jacer, con el cachorriyu sobra.

No me halagaba mucho aquel papel de cachetero que se me concedía y casi
por caridad; pero con el deseo de poner algo de mi parte en aquella
empresa feroz tan pronta y felizmente rematada, aceptéle de buen grado,
y hasta sentí muy grande complacencia en ver que con un balín de mi
revólver encajado en el oído de la osa, la había producido yo las
últimas convulsiones de la muerte. Y algo era algo, y otra vez sería
más.

Pito silbaba y pataleaba de gusto en derredor de la fiera mientras
cargaban su espingarda. Chisco no se daba todavía por satisfecho, a
juzgar por lo receloso de sus aires.

¿Qué quedaba allí por hacer? Lo que hizo Chorcos enseguida con su
irreflexión de siempre; llamar a _Canelo_ y meterse con él en la cueva
desalojada por la osa. ¡Puches! había que acabar igualmente con las
crías... y saber lo que había sido de la perruca, que ni salía ni
«agullaba...» Bueno estaba de entender el caso; pero había que verlo,
¡puches!

Por mucha prisa que se dio Chisco en seguir a su camarada para
acompañarle, no habiendo podido contenerle con razonamientos, cuando
llegó al boquerón ya volvía Pito con la perruca faldera abierta en canal
en una mano, en la otra un osezno como un botijo, y la escopeta debajo
del brazo. Dijo que quedaban otros dos como él, y se volvió a buscarlos,
después de arrojar el que traía contra un lastrón del suelo, y de
entregar a Chisco lo que quedaba de la perruca para que viéramos, él y
yo, si aquello tenía compostura por algún lado. ¡Puches, cómo le afligía
aquella desgracia!

La caverna tenía muy poco fondo: se veía bastante en ella con la luz que
recibía por la boca, y por eso se hacían muy fácilmente todas aquellas
maniobras de Pito. El cual reapareció al instante con las otras dos
crías de la osa, asegurando que no quedaban más que huesos mondos en la
cama.

Por el aire andaban aún los dos oseznos arrojados por Pito desde la
embocadura de la covacha, cuando Canelo salió disparado como una flecha
y latiendo hacia la entrada de la cueva grande. Yo, que estaba muy cerca
de ella, miré a Chisco y leí en sus ojos algo como la confirmación de un
recelo que él hubiera tenido. Observar esto y amenguarse la luz de la
cueva como si hubieran corrido una cortina delante de su boca, por el
lado del carrascal, fue todo uno.

--¡El machu!--exclamó Chisco entonces.

Pero yo, que estaba más cerca que él de la fiera y mereciendo los
honores de su mirada rencorosa como si a mí solo quisiera pedir cuentas
de los horrores cometidos allí con su familia, sin hacer caso de
consejos ni de mandatos, apunté por encima de _Canelo_, que defendía
valerosamente la entrada y a riesgo de matarle, disparé un cañón de mi
escopeta. La herida, que fue en el pecho, lejos de contenerle, le
enfureció más; y dando un espantoso rugido, arrancó hacia mí
atropellando a _Canelo_, que en vano había hecho presa en una de sus
orejas. Faltándome terreno en que desenvolver el recurso de la escopeta,
di dos saltos atrás empuñando el cuchillo; pero ciego ya de pavor y
perdida completamente la serenidad. Desde el fondo de la cueva salió
otro tiro entonces: el de la espingarda de Pito. Hirió también al oso,
pero sólo le detuvo un momento: lo bastante para que el mozón de Robacío
le hundiera la hoja de su cuchillo por debajo del brazo izquierdo, hasta
la empuñadura. Fue el golpe de gracia, porque con él se desplomó la
fiera patas arriba, yendo a caer su cabeza sobre el pescuezo de la osa,
donde le arranqué, con otro tiro de mi revólver, el último aliento de
vida que le quedaba.

A pesar de ello, los dos mozones volvían a cargar sus escopetas. ¿Para
qué, Señor? ¿Era posible que quedaran en toda la cordillera ni en todo
el mundo sublunar, más osos que los que allí yacían a nuestros pies,
entre chicos y grandes, vivos y muertos? Después nos miramos los tres
cazadores, como si tácitamente hubiéramos convenido en que era imposible
cometer mayores barbaridades que las que acabábamos de cometer, y que
solamente por un milagro de Dios habíamos quedado vivos para contarlas.
Esta escena muda, que fue brevísima, acabó por echar Pito el sombrero al
aire, es decir, por estrellarle contra la bóveda erizada de puntas
calcáreas; Chisco hizo lo propio, y yo no quise ser menos que los dos.
Luego nos dimos las manos, y juro a Dios que al estrechar la de Chisco
entre las mías, latió mi corazón a impulsos del más vivo agradecimiento.
¿Qué hubiera sido de mí sin su empuje sereno y valeroso?

_Canelo_, a todo esto, cuando no se lamía los arañazos, poco profundos,
que le rayaban la piel en muchas partes, jadeaba y gruñía, con el hocico
descansando sobre sus brazos juntos y tendidos hacia adelante, pero con
los ojos clavados en los oseznos que rebullían entre las asperezas del
suelo y charcos de sangre, como gusanos muy gordos. No contaban, por las
trazas, más de una semana de nacidos. Cogiólos uno a uno Chisco por el
pellejo del cerviguillo, y los fue arrojando a la barranca por encima de
la cornisa desde el fondo de la cueva. Iba a hacer lo mismo con la
perruca, después de asegurar a Pito que «aqueyu» no tenía costura ni
remedio posible, porque había quedado «vacía por aentru», como a la
vista estaba; pero Pito quiso dar mejor destino que el de los oseznos al
cadáver del pobre animalejo, tan inicuamente sacrificado, y propuso que
le enterráramos en la sierra; y a ello asentimos de buena gana Chisco y
yo. ¡Puches, cómo amargaba a Pito aquella pesadumbre el placer de la
victoria!

Y como nada quedaba que hacer allí por entonces para nosotros, salimos
de la caverna y aspiré, con ansias de cautivo de mazmorra, el aire libre
de las tierras soleadas. Sepultamos la perruca en un hoyo abierto a
punta de cuchillo a la sombra de un matojo de la sierra; y, sin movernos
de allí, apuramos más de la mitad del contenido de mi frasquete. Después
se sacaron algunas provisiones de boca que llevaba Chisco por encargo
mío en un morral; dimos a _Canelo_ una buena parte de ellas, y el resto
nos le fuimos comiendo, andando a buen andar, a fin de llegar a Tablanca
al mediodía, conforme se lo tenía yo ofrecido a mi tío Celso.

Y llegamos, antes aún de lo esperado; y todas las gentes que nos
encontraban al acercamos al pueblo, presumían, por el aire que
llevábamos, que habíamos hecho alguna muy gorda; pero cuando les
contábamos la verdad, no la creían. ¡Tan bestialmente gorda la
consideraban, con muchísima razón!

Se la referí a mi tío, aunque ocultándole detalles que pudieran
impresionarle demasiado; pero como al fin era montuno el buen señor,
perdonóme la temeridad por lo grande del suceso, y tuve al último que
contársela con todos sus pormenores. Se entusiasmó de verdad. Puestas ya
las cosas tan arriba, invité, con su permiso, a Pito Salces a que
comiera aquel día con su camarada. Vio el mozón, como yo lo esperaba, el
cielo abierto, porque comer con Chisco era comer con Tona. ¡Puches, qué
doble panzada se dio! Yo, que asistí al final de la comida, añadí con
gustosa aquiescencia de mi tío, al surplús con que ya se había
obsequiado a los comensales, en honor del nuevo, una botella del más
rancio «tostadillo» lebaniego que se guardaba en la bodega de la casona.
Brindé con los dos mozones, y canté alabanzas hiperbólicas a la bravura
de Pito, para que Tona las oyera bien; con lo cual y el tostadillo, se
puso el alabado que ardía; y allí mismo pidió por mujer a la hija de
Facia, que no hacía más que llorar; así fue que Tona, colorada como un
pimiento por lo uno y angustiada por lo otro, llamó a Pito «jastialón
desvergonzau»; y no alcanzó mejor respuesta la fogosa demanda del
rendido pretendiente. Pero como él decía después: «lo importanti pa el
casu no era lo que eya pudiera contestame, sino lo que había de cantala,
y al cabo la canté yo; y esu, ¡puches!, ayá lo tien.»

Como en la tertulia no se habló aquella noche de otra cosa que del lance
de la cueva, al salir al día siguiente, antes que el sol, Pito Salces y
Chisco con dos carros en busca de los dos osos muertos, sin necesidad de
invitaciones los acompañaba medio escuadrón de gente moza; con cuyo
auxilio pronto se vencieron las muchas dificultades que hubo para
sacarlos de la cueva. Andando de vuelta, fueron los acompañantes
adornando las carretas y los bueyes con ramajos de la montaña, y así
desfiló la alegre comparsa por delante de la casona y para que viera mi
tío los gloriosos trofeos de nuestra bestial hazaña; y así bajó al
pueblo, donde hubo cánticos y bailoteo por largo, con la «salsa» a mis
expensas por especial encargo mío. Obsequiáronme al otro día con las
pieles, y regalé yo a Chisco y a Pito Salces sendos centenes isabelinos,
con lo que pensaron enloquecer de alegría.

Así acabó aquella memorable y descomunal aventura, que debió de haber
acabado conmigo tan pronto como la acometí.



XXI


Si nos descuidamos un poco, en el monte se queda el sangriento botín de
nuestra batalla, porque apenas despellejadas las fieras en el lugar, el
sol, como si nada tuviera que hacer ya después de haber alumbrado tantas
barbaridades, se envolvió la cara en crespones cenicientos que fueron
dilatándose por la bóveda celeste, al impulso de un remusguillo que dio
en soplar a media tarde. Arreció mucho el frío y comenzaron a pasar por
delante de los cristalejos de mi gabinete unos copitos blancos que
danzaban en el aire, como si se resistieran a mancharse con las
inmundicias de la tierra. Por si me quedaba alguna duda sobre la
naturaleza de aquellos síntomas que me supieron a rejalgar entró Facia
muy diligente y hasta risueña, con la disculpa de llevarse mi brasero,
que ya estaría muriéndose, para «rescoldarle» un poco, y me dijo,
mientras se acurrucaba para cogerle por las dos asas:

--Está nevandu, y va a haber temporal de eyu.

--Y usted--la respondí con ganas de meterle la cabeza en el rescoldo--,
tan alegre como unas pascuas por eso mismo. Pero ¿qué casta de criatura
es usted?

--¡Señor--replicó ahogándose de repente con un sollozo--, lo único que
sé es que soy una mujer muy desdichá!

Salió llorando, y yo me quedé con remordimientos de haber despertado en
ella aquel dolor con la sequedad de mi pregunta. Después acabé de
amurriarme, viendo desde un cuarterón de la solana cómo iban espesando
los copos y desapareciendo todos los montes entre las espesas veladuras
que bajaban del cielo. ¡Otro temporal en perspectiva y otra encerrona
como la pasada!

Cuando volvió Facia con el brasero chisporroteando, entró mi tío detrás
de ella. Iba a hablar conmigo de la nevada que estaba encima. Le
apenaba, primeramente, por mí, que volvería a hallar eternas las horas,
Dios sabía por cuánto tiempo, entre los paredones de la casa; porque las
nevadas que venían de repente como aquélla, y a traición, lo mismo
podían ser pasajeras que durables; y en segundo lugar, ¿para qué había
de ocultármelo? el mucho frío le calaba más «jondo» de lo que él pensaba
con los buenos ánimos que tenía para resistirle... Pero «el hueso, el
pícaro hueso envejecido como el suyo, era tierra pura, ¡tierra pura y
mala que se reblandecía y desborregaba en cuanto le faltaban las
lumbraducas de sol!». Otra cosa: todos los años se sacaba la nieve en
los puertos su correspondiente ración de carne viva; y siempre que vio
nevar por primera vez en cada invierno, se preguntó a sí mismo: ¿a qué
infeliz le tocará este año la suerte? Porque nunca faltó, de una banda o
de la otra quien, por descuido, por desgracia o por necesidad, se viera
cogido y sepultado en la montaña por una cellerisca de nieve; y eso que
no se le regateaban los socorros, sin miedo a los ejemplos de muchos que
allá se habían quedado con los socorridos, envueltos en una misma
mortaja. Siempre le apenaron a él estas reflexiones, hechas sobre
recuerdos de desgracias que le dolieron en lo más vivo; «¡pero ahora,
¡cuartajo!, desde que soy lo que soy y he visto caer el primer trapo de
nieve!... Ná, hombre, ná, chocheces de viejo apolillao hasta los
tuétanos... ¡Pues mira que te vengo con buenas coplas para una ocasión
como ésta!... ¿Has visto hombre más simple que tu tío Celso? ¡Pispajo
con la rociná de los demonios!».

La triste verdad era que, a pesar de los alientos que había cobrado mi
tío, los temporales crudos le mataban, y que los quebrantos de su cuerpo
se le reflejaban en el espíritu por más que se empeñaba en disimularlo.
Mientras me hablaba así y yo le respondía dando vueltas por el gabinete,
se pegaba al brasero como la zarza vieja a la grieta del peñasco, y no
dejaba en paz a la badila pareciéndole poco el calor que le daban las
ascuas en reposo. Cada vez que llegaba yo a la puerta de la solana,
miraba maquinalmente por uno de sus cuarterones, y veía cómo iban
espesando los copos y se amontonaban los que el aire depositaba sobre la
baranda del balcón, hasta que en una de mis vueltas noté que se formaban
grandes remolinos sobre el huerto; que los copos crecían de volumen, y,
por último, que empezaba a «trapear» con tal pujanza, que en un instante
emblanqueció la poca tierra que se veía desde allí, y se apagaron los
mortecinos destellos de la luz del sol que llevaban dos horas de luchar
inútilmente con la espesura del nublado.

--Pura tiniebla--oí decir a mi tío desde el brasero--, y a poco más de
media tarde. Lo siento por ti, Marcelo... y mira, llama a esas
condenadas mujeres para que te traigan una luz y te sea menos triste la
soledad...

Y en esto golpeaba el suelo desesperadamente con su cachava, haciéndome
creer que las tinieblas le entristecían a él más que a mí. Había sobre
la cómoda una bujía en su palmatoria, y me apresuré a encenderla con una
cerilla de mi fosforera.

--Hombre--continuó diciéndome, mientras miraba de hito en hito cómo
prendía la llama del fósforo en el pálido enteco y congelado de la
vela--, yo que tú, aprovecharía estas carceladas para leer tantos
libracos como trajiste contigo, y responder a tantas cartas como
recibes... Porque de mí no tienes que cuidarte para nada; para nada,
¡trastajo! En arrimándome a la lumbrona de la cocina, ya tengo todo lo
que necesito... Y si no, con verlo basta.

Con lo que se levantó de la silla y rompió a andar el bendito de Dios,
sin darme apenas tiempo para alumbrarle con la vela en lo más obscuro de
los pasadizos.

¡Leer! ¡escribir! No sabía el pobre señor que cuando un hombre da en
hallar tedioso el curso de las horas, no puede dedicarse a nada que le
distraiga, porque necesita todo el tiempo para aburrirse, por mandato de
una ley de la pícara condición humana.

Aquella noche no vino un alma a la tertulia, y la cara menos triste que
hubo en la cocina fue la de Facia, la incomprensible y misteriosa mujer
gris. Mi tío y yo, como lo solíamos hacer a menudo, cenamos en la
perezosa: él su correspondiente ración de leche, alimento único que te
había prescrito Neluco últimamente, por convenir tanto a su invencible
inapetencia como a la índole de su enfermedad, y yo los ordinarios
condumios de Tona y de su madre, a los que se había ido haciendo mi
estómago agradecido.

Como la noche era tan larga y yo sabía bien lo interminable que le
parecía a mi pobre tío la parte de ella que se destina por las gentes
que tienen buena salud al reposo en la cama, procuré que nos acostáramos
lo más tarde posible, después de haber cenado los tres sirvientes y
recogídose la vasija, y vuelto todos a arrimarse a la lumbre, y probado
yo, con poca fortuna, sacar a Tona de la esclavitud de una modorra que
la tenía en continuo cabeceo, y a Chisco de su impasibilidad sospechosa.
Pero mi tío, que todo lo observaba, dio pronto la voz de «vámonos», y se
levantó de su sillón, más agradecido que satisfecho de aquel tan notorio
como inútil sacrificio que todos estábamos haciendo por él.

Antes de acostarme salí un momento a la solana para ver cómo quedaba la
noche. Continuaba nevando, y todo lo vi negro por el cielo y blanco por
la tierra, sin que turbaran la serenidad de aquel cuadro melancólico
otros rumores que los del río, muy encrespado con los tributos de las
pasadas celliscas y el que estaba recogiendo de la nieve que se deshacía
a su contacto con él.

Me desperté muy temprano al otro día, y por satisfacer una curiosidad en
que había mucho de pueril, me asomé al balcón, bien arropado. Había
cesado de nevar, pero estaba el cielo encapotado, «de color de panza de
burra». Yo había visto nevadas en Madrid y en París y en San
Petersburgo,... muchas nevadas, pero siempre en terreno llano y entre
calles: es decir, una alfombra de lienzo algo sucio sobre la vía
pública, y mantas de vellones blancos tendidas en los tejados de
enfrente; nevadas, en fin, de teatro, sin la más remota semejanza con lo
que estaba viendo desde la solana de mi tío. Parecía que las montañas
del contorno habían triplicado su altura, y la unidad de color de todas
ellas con la redondez de formas que les daba la acumulación de la nieve
sobre sus naturales y bruscas asperezas, cambiaba a mis ojos todos los
términos y todas las líneas del panorama que tan conocido me era. No
hallaba en el nuevo un solo detalle con que orientarme para reconstruir
el que se había borrado en pocas horas. Arboledas, senderos, cañadas,
todo había desaparecido, o debajo de la nieve, o por los engaños de la
luz sin claro-obscuro; cielo, montes, valles... todo era lo mismo, a
modo de descomunal cantera de sal refinada o de cal viva, en cuyo fondo
estuviera yo. Ni un ave en el espacio, ni un ser viviente en el suelo en
cuanto abarcaba la vista, y el rumor continuo, igual, monótono, del
invisible río, como si fuera el estertor de la naturaleza, que se moría
tiritando, anémica y abotargada por la frialdad.

Me volví pronto al gabinete, muy mal impresionado, y hallé en el
relativo calor de la alcoba un momentáneo remedio al frío glacial que en
la solana había penetrado como una saeta en mi cuerpo y en mi espíritu.

Lavoteándome estaba aún para buscar por este medio una reacción
consoladora, cuando entró Facia de puntillas por creerme todavía
durmiendo, con el brasero que había sacado del gabinete por la noche,
según costumbre, antes de acostarme yo. Viéndome levantado, me dijo que
se alegraba, porque tenía que darme una noticia, y no buena. Pensé que
se trataba de mi tío, y me alarmé.

--No es del amu, gracias a Dios--me dijo respondiendo a una pregunta que
la hice, que ha pasau bastante bien la noche, y ya está calentándose en
la cocina.. Es del probe Pepazos.

Preguntéla qué le había ocurrido a Pepazos, y me contestó que no había
vuelto a casa desde que había salido de ella la tarde anterior.

--Pero ¿por qué camino tomó al salir?--volví a preguntar.

--Por el de los puertus--me respondió la tétrica mujer muy apenada.

Me estremecí recordando lo que me había dicho mi tío sobre los tributos
que cobran cada año las nieves en las montañas. Entrando en más
explicaciones, supe que Pepazos, en cuanto vio caer los primeros copos
de nieve, salió en busca de unas yeguas de su casa, que antes del
mediodía andaban pastando en una hoyada a menos de una hora del pueblo,
monte arriba. Las había visto él mismo. Tienen las yeguas libres la
extraña condición de huir de las nevadas hacia las cumbres, al revés que
todos los animales domésticos. Dícese que lo hacen por aversión
instintiva al cautiverio. Será o no será así; pero es un hecho constante
aquella singular costumbre. Por tenerlo Pepazos bien sabido, salió en
busca de sus yeguas cuyo paradero conocía. Suponíase que los cerriles
animales, presumiendo la que su amo trataba de jugarles, huirían hacia
las alturas. Otro que Pepazos, al ver esto y pensando en la nevada que
se venía encima, porque bien claras estaban las señales de ella, habría
dejado que el diablo se llevara las yeguas y vuéltose al pueblo por de
pronto; pero era, tras de poco avisado, muy terco, nada aprensivo y
confiado con exceso en su robustez de encina, y se las apostaría a los
veloces animales como si todos fueran unos; y así, corriendo tras ellos
de cañada en cañada y de loma en loma, a lo mejor, se vería entre la
oscuridad de la noche y con los caminos borrados por la nieve. De modo
que si no había tenido la fortuna, como también se creía, de caer en
algún invernal, covachona o cosa así, era hombre muerto a aquellas
horas, porque debía de haber en los montes más cercanos cosa de una vara
de nieve. ¡Era mucho lo que había trapeado desde la caída de la noche!

No me pareció mal razonado este triste pronóstico, y pregunté si se
pensaba hacer algo en vista de él; a lo que me respondió Facia que ya
estaba hecho cuanto podía hacerse. Al romper el alba habían salido del
lugar, no todos los hombres que se brindaron a ello, porque hubieran
sido demasiados, sino los que se escogieron por más a propósito por su
robustez y por su experiencia: cosa de una docena de ellos en junto.
Pidiéndola nombres de aquellos valientes y caritativos convecinos,
citóme el primero a don Sabas, que no faltaba nunca a esas llamadas, por
considerarse necesario como cualquier otro para atender al negocio de la
vida del socorrido, y único en su parroquia para el negocio del alma, si
llegaba a tiempo y desgraciadamente no alcanzaba ya para otra cosa;
después me nombró al médico, que no cabía en su casa en cuanto sabía que
estaba algún convecino en la apurada situación de Pepazos; luego a
Chisco, uno de los hombres más arrojados, más fuertes y más entendidos
para aquella casta de faenas; y después de nombrarme a otras personas
que no me eran tan estimadas, por haberlas tratado menos, cerró la
cuenta con Pito Salces, mozo capaz de los imposibles, siempre que
hubiera a su lado quien le impidiera hacer una barbaridad; y tres perros
de buena nariz, uno de ellos _Canelo_.

Me pareció aquella empresa harto más alta que la mía de la antevíspera,
no sólo por la calidad del enemigo, sino por la grandeza de los fines, y
pedí a la mujer gris algunos informes sobre la manera de llevarlo a
cabo. Iban los expedicionarios provistos, ante todo, de «barajones»,
unas tablas con tres agujeros cada una, en los cuales se meten los
tarugos de las abarcas. No había nada como ello para andar sobre la
nieve sin que se hundieran los pies ni se formaran pellas entre los
tarugos. Llevaban también palas, azadas, cuerdas y otros útiles para
abrirse paso donde no le hubiera descubierto, o mandar algún auxilio
desde arriba adonde no pudiera bajar un hombre por sus pies; no se les
olvidaría el aguardiente ni algo de alimento sólido, ni de ropa seca si
la había a mano... ni un poco de botiquín, puesto que iba el médico;
porque había que pensar en todo. De esta manera emprenderían la marcha
hasta la «joyá» adonde había ido Pepazos a recoger las yeguas, y después
tomarían el rumbo que más acercado creyeran al que pudo tomar él,
corriendo detrás de los fugitivos animales. Por de pronto, ya había la
casi seguridad de que el camino le habían llevado uno y otros cuesta
arriba. Con estas precauciones y la buena voluntad de todos, se podía
esperar algo... aunque no mucho, si Dios no tomaba el caso de su cuenta.
De todas suertes, no cabía hacer cosa mayor que la que se había hecho,
en la pequeñez de las fuerzas humanas.

Me advirtió también Facia que mi tío no sabía una palabra del suceso, y
yo la recomendé mucho la necesidad de que no llegara a conocerle,
inventando una disculpa cualquiera para explicarle la ausencia de Chisco
si la notara. Y en eso quedamos.

Cuando la mujer gris me dejó solo en mi cuarto, me empeñé obcecadamente
en considerar por su lado más negro la generosa empresa acometida por
aquellos abnegados tablanqueses, y volví a asomarme al balcón. No nevaba
entonces, pero se me oprimió el espíritu al ver el aspecto ceñudo y
amenazador que presentaba el cielo; y, sin embargo, sentí cierta
mortificación del amor propio por no haberse contado conmigo para formar
parte de aquella denodada legión, ¡como si no hubiera sido yo un
verdadero y continuo estorbo en ella! Pero si no la acompañé
materialmente, no la aparté un instante de mi memoria; y por eso, al
asomarme a los cristales de mis observatorios (y lo eran todos los
claros de la casa), cada copo solitario e indeciso que pasaba al alcance
de mis ojos, me inquietaba mucho por creerle mensajero de otros mil y
mil millones de ellos. Afortunadamente estaba el aire en calma, lo cual
hubiera hecho menos temible en el monte un recrudecimiento del temporal.

Así continuaron las cosas hasta muy cerca del mediodía. A esa hora
aparecieron por el Noroeste unos celajes negros, sucios, tormentosos;
vi, casi al mismo tiempo, que las arboledas y puntas salientes de los
montes que cercaban el valle por el lado opuesto, como por la fuerza de
un estremecimiento instantáneo se desnudaban de sus envolturas de nieve,
las cuales caían en cataratas, levantando al caer blanquísimas
polvaredas que arrastraba el aire embravecido ya; y a muy poco rato, que
de la nube más baja y más lejana y más negra, se desprendía una masa en
forma de cono invertido, y que su cúspide se unía con la de otro que
ascendía de la tierra. Fundidos así los dos conos, formaron una
gigantesca columna, la cual, girando al mismo tiempo vertiginosamente
sobre su eje, vino avanzando hacia el valle y llegó a él y le atravesó a
lo ancho, tocando casi el suelo con su base y elevando el capitel enorme
por encima de los más altos picachos del Este. Acompañábala un siniestro
rebramar, y una luz tétrica que apenas me dejó ver el estrago de su
choque contra el obstáculo inconmovible de los montes, sobre los cuales
se deshizo en negros y deshilados jirones. ¿Qué sería de los infelices
errantes por sus cumbres y laderas?...

Bajo el peso terrorífico de esta idea, pasó una hora, durante la cual
volvió a reinar la calma en la Naturaleza; pero no llegó al valle
ninguna noticia de los infelices expedicionarios.

Me llamaron a comer, sentéme a la mesa y no comí, ni siquiera supe
disimular bien las inquietudes que eran la causa de ello delante de mi
tío que no me quitaba ojo; inventé para tranquilizarle una mentira
sandia y mal zurcida, y al fin me levanté de la perezosa, dejando al
pobre señor persuadido de que mi resignación estaba a punto de agotarse
en presencia de aquel negro temporal. Preferí que creyera esto a
descubrirle la verdad; le dejé reposando lo que él llamaba su comida, y
me volví a mi ronda, de claro en claro, por todos los ventanillos de la
casa. Continuaba encalmado el viento y nevaba muy poco; pero Chisco no
asomaba por ninguna parte, ni una noticia de las que yo esperaba con un
ansia que tocaba en lo febril.

Llegó la media tarde, sombría, oscura, tétrica y como preñada de
horrores para cuantos la contemplaran con ojos como los de mis recelos.

Ni nevaba ni ventaba ya, ni se oía una voz, ni una pisada ni un golpe,
ni a la casona ni al pueblo se encaminaba alma nacida por ninguna senda
de las visibles. Todo era silencio y lobreguez y amenazas de una noche
tremenda para el infeliz que anduviera vivo y errante entre las
inclemencias de la montaña. Mis inquietudes no cabían ya dentro de mí,
ni yo dentro de la casona. Me calcé y me abrigué convenientemente; bajé
al portal con muchas precauciones para que no lo notara mi tío, y
emprendí resueltamente el camino del pueblo, borrado en absoluto por la
nieve. Me costó el descenso del pedregal más de cuatro costaladas; pero
llegué vivo y pronto. No aspiraba yo a otra cosa. ¿A qué puerta llamar?
A la primera. Llamé. Iguales temores allí que los míos, y ni una noticia
más; es decir, ninguna noticia. Internéme en el lugar y llamé a otra
puerta, que resultó ser la del Topero. Buena fuente para los informes
que yo iba buscando. Hallábase la familia vagando por la casa y por el
portal, sin hablar una palabra y tropezando unos con otros, asomándose a
los esquinales, mirando por aquí y escuchando hacia allá, y volviéndose
adentro y tornando a salir. Tenía los ojos Tanasia como puños, de tanto
llorar; y en cuanto me vio a mí se llevó el delantal a ellos; y tal fue
su desconsuelo, que parecía echar el alma en cada sollozo. Por lo demás,
estaba muy guapa. Temiéndome lo peor, la pregunté por qué lloraba, y me
respondió, entre jipidos y lagrimones, que si me parecían pocos los
motivos.

--Ya pué ver--me dijo el Topero viniendo en su amparo--, con la
cellerisca negra de jaz pocas horas, y lo que está en el monti sin
sabese de eyu...

Me acordé de Pepazos; pero también de Chisco. ¿Por cuál de los dos
lloraría Tanasia? No pudiendo preguntárselo (aunque hubiera sido ociosa
la pregunta), traté de consolarla. No lo conseguí de pronto, porque era
mucha tempestad para calmarla en un solo conjuro; pero a los dos o tres
que la hice, no quedaron de ella más que la hinchazón de los ojos y
algún que otro suspiro mal devorado en el pecho. Utilizando el influjo
que indudablemente había alcanzado yo en esta prueba sobre el ánimo de
Tanasia, sentí como esperanzas de arrancarla el secreto de su corazón a
poco que me empeñara en ello; pero estaba el mío vivamente interesado en
otro asunto muy diferente, y me pareció el empeño hasta una profanación.
¿Qué importaban ya las preferencias amorosas de la hija del Topero,
cuando Chisco y Pepazos, con todos los que habían subido a la montaña
con el primero en busca del segundo, podían no ser más, a aquellas
horas, que un montón de rígidos cadáveres mal envueltos en la mortaja de
la nieve? Arrastráronse hacia este lado todos mis anhelos, y acosé a
preguntas ociosas a todos y a cada uno de los de la casa. Lo único que
saqué en limpio y de nuevo fue la noticia de que tan pronto como pasó la
tromba de mediodía, había salido otra expedición de valientes; pero no
más que «contra eyus», «contra» los que faltaban; es decir, a su
encuentro, o ver si los columbraban desde cierta distancia. No se podía
hacer otra cosa, ignorándose, como se ignoraba, su rumbo y su paradero
en una tarde tan corta, tan amenazante y con el temor de una noche como
la que se barruntaba. Lo cierto es que había motivos sobrados para
estremecerse y temblar, como me estremecía y temblaba yo pensando en don
Sabas, en Neluco, en Chisco, en Pito Salces... Dios piadoso, ¡qué sería
de ellos y de cuantos los habían acompañado en su denonada empresa!

Y pensé también en la nieta de don Pedro Nolasco y en el mismo
octogenario Marmitón, y en su hija, si eran sabedores de lo que ocurría.
Pero ¿cómo ignorarse en aquella casa lo que era tan sabido y tan llorado
en todas las del lugar? Y en esta situación, ¿quién se acercaba, sin un
consuelo racional, a aquella familia, sobre todo a Lita, que debía de
hallarse tocando el cielo con las manos, y no de ira, sino de espanto,
de consternación, al pedir a Dios por la vida de todos, y
particularmente por la de Neluco? Por eso no me acerqué yo, al cabo de
los tres cuartos de hora bien corridos que pasé en casa del Topero
luchando con la duda.

Así llegó el crepúsculo, torvo, silencioso, amenazante, como ladrón
asesino que aguarda las tinieblas de la noche para consumar el crimen
forjado en su cerebro. Cuantos cálculos hacíamos para engañarnos unos a
otros, resultaban increíbles en presencia de la realidad de tantas horas
transcurridas sin saber nada de los ausentes, y, sobre todo, de aquella
noche espantable que se venía encima de Tablanca y que, si llegaba antes
que ellos, podía considerarse ya como su losa funeraria. Yo sostenía que
no, contra todas mis convicciones, porque era muy duro rendirse sin
protesta en tan apurada situación de espíritu, y no alentar un poco el
de aquellas honradas gentes, harto más competentes que yo en el punto
que ventilábamos.

--Pase--llegué a decirles--, que Pepazos, que está «allá» desde anoche,
solo, desprevenido... ¡Pero los otros!... bien pertrechados de medios de
defensa, con víveres abundantes... En fin, que de éstos casi respondo
yo.

Observé que le gustaba el razonamiento a Tanasia, aun en la hipótesis de
dar por difunto a Pepazos, y esto me animó a distinguir y encarecer las
valentías de Chisco entre las de todos los valientes que le acompañaban,
lo cual fue menos del agrado del Topero que del de su hija, señal bien
evidente de que el Tarumbo no estaba mal informado acerca de este
delicado particular. Pero no di al descubrimiento la importancia que le
hubiera dado en otra ocasión, porque las impaciencias nos consumían, y
notaba que, como si allí no hubiera más ánimos que los míos, a medida
que se los infundía a Tanasia y a su familia, iba quedándome yo sin
ellos. Pensaba al propio tiempo que cambiando de lugar cambiarían de
cara los sucesos, con noticias que podían salirme al paso cuando menos
lo creyera; pensaba también en mi pobre tío, a quien había dejado solo y
entristecido por mis mal traducidas preocupaciones; y pensaba, por
último, en la tenebrosa noche que estaba ya llegando, y en los peligros
de que me cogiera en el camino, aunque no muy largo, de mi casa.

Salí, pues, de la del Topero, salpicándome el vestido los copos de nieve
que empezaban a caer; y apretando bien el paso y aprovechando la
escasísima luz que quedaba del día para mirar en todas direcciones
buscando con los ojos lo que no encontraba por ninguna parte, llegué
pronto a la casona, en la cual hallé a mi tío muy apurado por mi
ausencia, que le expliqué como mejor pude, y a la mujer gris que me
devoraba con los ojos pidiéndome noticias que esperaba yo obtener de
ella. Ni había vuelto Chisco, ni por allí había pasado alma viviente que
diera cuenta de él ni de los otros. Y a todo esto, mi tío echándole ya
en falta y Facia y Tona y yo viéndonos negros para ocultarle la verdad
de lo que ocurría, y la nieve espesando, y avanzando las tinieblas de la
noche... ¡Dios eterno, qué anhelación la mía! Cuando se cerraran los
portones de la casa, y Chisco no estuviera dentro de ella, y aquel
infeliz señor lo supiera, y tuviéramos que enterarle de la verdad...
¡qué puñalada para él!

Y acabó la noche, al fin, de envolver la casona y el valle y las
montañas en la más densa e impenetrable oscuridad; se cerraron los
portones, se avivó la fogata de la cocina, se arrimó a ella mi tío en el
sitio de costumbre, pero inquieto y alarmado también, porque nos veía
alarmados e inquietos a todos los que vagábamos como sombras, más que
andábamos como personas, en su derredor... y ¡nada, ni una voz afuera,
ni un golpe, ni un silbido!... El silencio, la soledad, el frío de los
sepulcros, ¡la muerte por todas partes! Jamás me había parecido la
majestad de Dios tan imponente, ni le había rezado con más fervor que
entonces, mientras andaba yo de puerta en puerta mirando y escuchando,
sin ver ni oír más que la insondable negrura de la noche, el incesante
bramar del Nansa, que, más que ruido, parecía la respiración del
silencio y los latidos descompensados de mi corazón.

Así pasó una hora que me pareció un siglo; y ya iba yo a preparar a mi
tío (que languidecía por momentos sin atreverse a preguntarnos una
palabra) para la terrible noticia con un discurso muy mal hilvanado,
cuando quiso Dios que se oyeran dos recios golpes en el portón que da a
la calleja. Aquello era, cuando menos, una tregua en la espantosa agonía
que estábamos sufriendo todos dentro de aquellos ennegrecidos muros.
Pero si el que llamaba no era Chisco o quien nos trajera noticias suyas
y de los demás ausentes, ¿no había para matarle, fuera quien fuera?

Yo mismo cogí el farol que estaba encendido desde mucho antes por un
lujo de precauciones tomadas a falta de cosa mejor y más tranquilizadora
en que ocuparme, y bajé de tres en tres los peldaños de la escalera;
llegué al portón al mismo tiempo que se repetían en él los garrotazos, y
con mano torpe y acelerada solté el barrote que le aseguraba por dentro,
destranqué y abrí. Dos bultos aguardaban afuera. Levanté el farol para
reconocerlos antes de dejarlos entrar, y conocí ¡Dios misericordioso! a
Neluco y a Chisco... También _Canelo_ estaba allí, acurrucado. Entraron,
me abalancé a ellos y los abracé casi llorando de alegría. ¡Pero en qué
estado se hallaban! Chisco, macilento, desalentado, con la cabeza
vendada y un brazo en cabestrillo. Neluco, despeado y lacio; y los dos
empapados en agua de pies a cabeza, yertos, amoratados de frío...
Invadiéronme de nuevo los sobresaltos y las inquietudes, y les pregunté
con un miedo horrible a las respuestas:

--¿Y don Sabas?

--Bueno--me respondió Neluco con voz empañada.

--¿Y Pito Salces?

--También.

--¿Y Pepazos?

--¡Por el amor de Dios!--interrumpió el médico empujándome hacia el
fondo del estragal--. Ropa seca y un poco de lumbre para mí, y una cama
para éste, antes de todo; y calentándonos hablaremos después.

--Es que está mi tío en la cocina--repliqué temiendo que no pudiera
decirse delante de él todo lo que Neluco tuviera que contar.

--No importa--respondió impaciente y andando, llevándose por delante a
Chisco que parecía insensible a cuanto le rodeaba.

Cerró Facia el portón, y subimos todos.



XXII


El relato que hizo Neluco al amor de la lumbre y vestido ya con ropas
mías, fue lacónico, expresivo y pintoresco en sumo grado; y bien puede
asegurarse que aun sin estas excepcionales condiciones, no le hubiera
faltado la hondísima atención con que le oímos mi tío, sus dos criadas y
yo.

Según el médico, la quedada de Pepazos en el monte había corrido por el
lugar hacia las diez de la noche, con la rapidez de un reguero de
pólvora inflamada, y con la misma brevedad se examinó el suceso, fue
estimada su importancia y se acordó y dispuso el único socorro que podía
prestársele y se le prestaría tan pronto como Dios mandara a la tierra
una chispa de luz con que guiarse para emprender el camino un poco menos
que a tientas. Así se hizo al alborear el nuevo día. Los nombres de los
expedicionarios eran los mismos que me había dado Facia pocas horas
después de haber salido de Tablanca la expedición. A Chisco, que no
estuvo presente en «las juntas», se le dio por «conforme», y se le avisó
con las debidas precauciones para no alarmar a su amo.

Se conocía el punto de partida de Pepazos detrás de sus yeguas, y cierta
querencia que éstas y otras del lugar tenían a determinados sitios de
los altos; y una vez colocados los exploradores sobre aquel terreno, ni
siquiera pusieron en duda la dirección que habían tomado las unas
huyendo y el otro persiguiéndolas para «atajarlas». Por un palmo de
nieve más o menos, no dejaba Pepazos de volver a su casa, por alejado
que estuviese de ella y por muy negra que fuera la noche; y el no haber
vuelto era señal de que cuando cayó en la cuenta de que estaba nevando
de firme y pensó en volverse, el espesor de la nieve no bajaba ya de
media vara, lo cual no podía haber ocurrido, según dictamen de los que
habían visto «el aire de nevar» aquella noche, antes de las ocho y media
o las nueve. Sumando las horas transcurridas desde el comienzo de la
empresa de Pepazos hasta entonces; midiendo el andar que llevaría monte
arriba, y deduciendo de ello los ziszás que haría, probablemente, en sus
varias intentonas de «ataje» por las laderas, salía la cuenta justa: si
Pepazos no estaba en el invernal de «Peñarroja», estaba en la «Cuevona»
del «Pedregalón de Escajeras», o se le había zampado el lobo, lo cual no
era verosímil habiendo cerca del mozallón bestias de tan sabrosa carne
como las que él iba persiguiendo. Ni el hambre ni el frío eran capaces
de acabar en una noche sola con una vida tan dura de roer como la de
Pepazos. Nadie lo dudó, y la caravana emprendió la subida de los montes
sin atender otra cosa que a pisar en firme y ganar tiempo. Por
misericordia de Dios, el día, aunque pardo, se presentaba relativamente
sereno, y apenas chispeaba la nieve por entonces.

Tres horas duró la subida más agria, y otra el paso de la primera loma a
lo largo de ella. De estas cuatro horas, la segunda y la tercera fueron
de prueba, porque hubo en ellas de todo lo malo que abunda en el monte
durante las nevadas del calibre de aquélla: aires que entumecen,
torbellinos que ahogan, nieblas que desorientan y extravían, sendas
borradas, suelos traidores, caminos franqueados con las palas o
adivinados por los más expertos; caídas inesperadas, cómicas muchas y de
riesgos mortales algunas de ellas; sustos frecuentes y fatigas
incesantes... La hora que duró el paso de la hoyada entre la primera y
la segunda loma, fue más llevadera. Al fin de esta hoyada, es decir, a
los comienzos de la loma segunda, está el Pedregalón, con la boca
abierta a muy poca altura del suelo y encarada a la ruta que llevaban
los expedicionarios. Se columbró muy pronto la mancha gris del pedregal
sobre el fondo blanquísimo y esponjado de la nieve; diez minutos después
se dibujó perfectamente la boca de la cueva, y desde un poco más
adelante, algo que no estaba enteramente quieto dentro de sus mandíbulas
abiertas y desencajadas; cincuenta pasos más, y hasta los menos sutiles
de vista conocieron en lo que parecía mendrugo de aquel gaznate
descomunal y olfateaban ya los perros de la caravana, a Pepazos en
cuerpo y alma. Allí estaba el pedazo de bruto lo mismo que un ídolo
japonés acurrucado en su hornacina, con los brazos en jarras, los
mofletes muy colorados, la boca de oreja a oreja y los ojos muy
risueños, viendo llegar a sus convecinos, tan tranquilo y descuidado
como si los hubiera citado él para que acudieran a aquel sitio y a la
hora en que llegaban. Correspondiente a esta actitud irracional, fue el
saludo que le dirigieron los recién llegados, que no podían ya con los
barajones ni con los propios cuerpos: una tempestad de injurias y de
motes, y hasta de ladridos de los perros.

--¿Por qué no te golvistes a tiempu, animal, más que animal?--preguntóle
uno.

A lo que respondió Pepazos al instante:

--Porque me había empeñau en atajar las yeguas; y como la nievi me
servía pa columbralas bien dimpués que cerró la noche... jala, jala,
jala, parriba detrás de eyas; torna aquí y ataja acuyá...

--Y ¿dónde están esas bestias a la presente?--le preguntó el Cura.

--Sábelu Dios--contestó Pepazos entristecido con la pregunta--. Al
ayegar yo a esa joyá, tresponierum eyas la otra cumbri como si las
yevaran los demontris... y échilas un galgu... Apretaba la ventisca,
espesaba la nievi, había muchu que andar hasta Tablanca, tenía cerca
esta cuevona, y aquí me acaldé tan guapamenti.

--¿Y habrás sido capaz de dormir?--le interpeló el médico.

--Como que no tenía otra cosa que jacer...--respondió el mozallón
admirado de la pregunta.

--Sin acordarte maldita la cosa--insistió Neluco--, del susto que dabas
a tu familia y a todo el pueblo...

Se encogió de hombros el interpelado, como si entonces cayera en ello
por primera vez. Al notarlo, dijo don Sabas descomponiéndose un poco:

--Y si todos hubiéramos sido tan cernícalos como tú, ¿qué hubiera sido
de ti, si no hoy, mañana, cuando el hambre y el frío te acometieran?

Otro encogimiento de hombros por respuesta, como si tampoco hubiera
cruzado señal de semejante idea por el meollo de Pepazos.

En fin, que no había atadero en aquel hombre... ni mucho tiempo que
perder; por lo que se metieron los de afuera en la cuevona, obra bien
fácil, porque le llegaba ya la nieve a media vara de la boca;
descansaron y comieron todos, poniendo a raya la voracidad de Pepazos,
sin lo cual no hubieran alcanzado las provisiones para él solo; y como
el cielo iba ennegreciéndose por mala parte, después de un ligero reposo
salieron todos de la cueva apercibidos para la marcha, y la emprendieron
a buen andar montada abajo.

Al principio todo fue bien, y hasta abundaron las zumbas, las indirectas
y las ironías enderezadas a Pepazos, que no se enteraba de la mayor
parte de ellas por natural torpeza de su magín. Pito Salces se desató en
barbaridades contra él, y, sobre todo, contra el Topero, que le abría la
puerta, mientras se la cerraba a un hombre tan avispado como uno que él
(Chorcos) conocía «igual que a sí mesmo», y que, aunque otra cosa se
dijera por ciertas lenguas, era el que plantaba el jito en el corazón de
Tanasia. Esto, dicho entre cabriolas, manoteos y risotadas, delante de
toda aquella gente, y sin respeto alguno a la autoridad del señor Cura,
dejó desconcertado y mohíno a Pepazos, y a Chisco del color de la nieve,
y no de frío, sino de santa indignación que puso a Chorcos en grave
riesgo de bajar rodando una ladera «pendía» que asomaba a diez varas de
ellos.

Pero pasó la gresca, como pasaban a cada instante ciertas rachas de
cierzo que flagelaban las caras con manojos (tales parecían) de la nieve
seca que llevaba consigo.

Lo que no pasaba era aquella negrura que se veía sobre el horizonte
frontero: lejos de pasar, iba avanzando y extendiéndose en todas
direcciones; y cuanto más avanzaba y se extendía, «más de ella» quedaba
a la otra parte; vamos, como la «jumera» de un calero muy grande que
acabara de encenderse detrás de los montes lejanos. Y esto era lo que no
perdían de vista don Sabas y los que, aunque no tanto como él, eran muy
entendidos en aquella casta de nublados; y por esto husmeaba el Cura el
paisaje con avidez, y cortaba las apuntadas conversaciones con mandatos
secos de avivar la marcha. Hasta los perros encogían el rabo y se ponían
a la vera y al andar de la gente, sobre todo cuando se oyó bramar el
cierzo entre los pelados robledales y en las gargantas de la cordillera,
y se enturbió de repente la luz, como si fuera a anochecer enseguida, y
se vio desprenderse de lo más negro y más lejano de las nubes aquel
pingajo siniestro que había visto yo desde mi casa, y unirse luego con
el otro pingajo que ascendía de la tierra, y comenzar, fundidos ya en
una pieza los dos, a dar vueltas como un huso entre los dedos de una
«jiladora» y andar, andar, andar hacia ellos, los peregrinos del monte,
como si lo empujara el bramar que se oía detrás de ellos, si no era ello
mismo lo que bramaba, repleto de iras y de ansias de exterminio, muertes
y desolaciones.

Don Sabas miró entonces a Neluco con ojos de alarma; Neluco al Cura;
Chisco y Pito Salces a los dos; y todos se miraron unos a otros, y todos
se detuvieron de repente como si obedecieran al impulso de un mismo
resorte. _Canelo_ y sus congéneres se detuvieron también y se arrimaron
al grupo, mirando a todas las caras y exhalando entrecortados aullidos
quejumbrosos.

--Aquello--dijo Sabas apuntando a la tromba--, ha de pasar por aquí sin
tardar mucho... ¡Y en qué sitio nos coge!

Estaban a la sazón en el centro de una altura, casi una meseta,
desamparada por todas partes y dominada hacia la izquierda por un
picacho, entre el cual y la sierra se abría la boca de una barranca
profundísima. Cerca de la barranca y en el lado de la sierra, había un
robledal bastante espeso y de recios troncos. Escaso refugio era aquél y
peligroso en sumo grado para defenderse de un enemigo tan formidable
como el que se les iba encima a paso de gigante; pero como no tenían
otro mejor a sus alcances, a él acudieron sin tardanza. Eligió cada cual
su tronco, en la seguridad de que lo mismo podía servirle de amparo que
de verdugo; y allí se estuvieron, encomendándose a Dios y respondiendo a
las preces que en voz resonante le dirigía don Sabas, pidiéndole por la
vida de todos, aunque fuera al precio de la suya propia.

Lo tan temido y esperado no tardó en llegar, negro, espeso, rugiente,
furibundo, como si toda la mar con sus olas embravecidas, y sus
huracanes y sus bramidos, y su empuje irresistible, hubiera salido de su
álveo incomensurable para pasar por allí. Temblaron hasta los más
valientes (y lo eran mucho todos los de aquella denodada legión), y
ninguno de ellos supo darse cuenta cabal del principio ni del fin del
paso de aquel tan rápido como espantoso huracán. ¡Y que solamente les
había alcanzado uno de los jirones de la tromba, desgarrada en su primer
choque contra las moles de la cordillera!

Hubo en el robledal ramas desgajadas y troncos removidos, y apareció
desfigurado el suelo, barrido de nieve donde antes hubo mucha, y enormes
cúmulos de ella donde había escaseado más. Esto fue lo primero que se
metió por los ojos de los infelices, tan pronto como los abrieron para
buscarse con la vista unos a otros. Nadie estaba en el sitio que había
ocupado antes de la tormenta, y Pepazos yacía sepultado de medio abajo
en una pila de nieve, fuera del robledal y a muy pocos pasos de la
barranca... ¡Pero faltaba uno! ¡faltaba Chisco! y no respondía a las
voces con que se le llamaba, ni se le veía por ninguna parte... ¿Dónde
buscarle? ¿Qué sitio había ocupado en el robledal? ¿Quién estuvo cerca
de él? ¿Quién le había visto al reventar la cellerisca negra?

En aquel mismo instante sacó Pepazos sus zancas de la nieve y rompió a
hablar. Él se había salido del robledal por creerse más seguro afuera al
sentir en la cara los primeros latigazos de «la nube». Observólo Chisco,
que estaba a su lado, y le llamó para que se volviera al robledal antes
con antes, si no quería salir volando por encima de la barranca o caer
en ella sepultado, que tanto daba: Pepazos que no, y Chisco que sí,
échase sobre el otro para meterle adentro por buenas o por malas;
revienta en esto la cellerisca, y no volvió Pepazos a oír ni a ver ni a
sentir cosa alguna de este mundo hasta lo que estaba viendo y oyendo a
la presente.

Pito Salces, que no quitaba ojo a Pepazos ni perdía una sola palabra de
las que iba diciendo el mozallón, en cuanto éste cesó de hablar se
plantó de un saltó en la orilla de la barranca, y allí se puso a
husmear, con la avidez de un perro de buena nariz, en todas direcciones
y hasta en las negras profundidades del abismo. El dolor, la
consternación de aquellas generosas y honradas gentes, no son para
pintados. Se corría de acá para allá; olfateaba desesperadamente
_Canelo_ (a los otros dos canes los había barrido el huracán); se
llamaba a Chisco en todos los imaginables tonos de la angustia humana, y
se removían los montones de nieve con la pala, con la azada, con los
pies, con las uñas... ¡y nada!

En esto se oye un grito de Pito Salces, y estas palabras que volvieron
la vida a todos:

--¡Aquí está, puches! o yo no tengo ojos en la cara.

Hallábase el bueno de Pito esparrancado en el borde mismo de la quebrada
y mirando ansiosamente hacia abajo. Allí, en el estrecho lomo de la
única peña que avanzaba sobre el abismo y se arraigaba en la orilla, a
cosa de treinta pies más abajo de donde afirmaban los suyos para mirar
Pito y los que habían acudido a su llamada, se veía un cuerpo humano
medio cubierto por la nieve. Indudablemente era el de Chisco, por las
señales de su vestido y de su tamaño; pero ¿quedaría algo de vida en
aquel ser que parecía inanimado? Pito sostenía que sí, porque se atrevía
a jurar que había pescado cierta «movición» de brazo en él. De todas
maneras, había que sacarle de allí. ¿Cómo? ¿Por dónde? Y aquí las ansias
y la desesperación, porque el socorro era dificultoso y el tiempo
apremiaba inexorable. El corte de la montaña por aquel lado era casi
vertical, a pico sobre el barranco, y sólo había un ligero tramo, de
talud muy enlomado, precisamente a plomo de la peña con la cual se unía
por su base. Entre la peña y la base del talud había un espacio de
algunas varas. En aquel espacio, muy arrimado a la peña y con bien
marcada inclinación hacia el abismo, estaba lo que se parecía a Chisco
boca abajo e inmóvil; parecer que confirmaba _Canelo_ desde arriba
latiendo desaforadamente y buscando una senda por donde lanzarse en
ayuda de su dueño. Por razones de suma prudencia, mandó Neluco que se
sujetara al perro en el acto y se le tuviera lejos del sitio en que se
hallaban don Sabas, Pito Salces y él, discurriendo sobre el problema de
la bajada. Ésta no era imposible, ni mucho menos, para aquellos
arriesgados y duchos montañeses con los recursos auxiliares que tenían a
su disposición; pero en aquellos instantes ofrecía un peligro tremendo,
no para el que bajara, sino para el que se hallaba abajo ya, indefenso e
inerte. El talud estaba cubierto, hasta la arista de arriba, de una capa
de nieve que no mediría menos de vara y media de espesor, y debía de
medir mucho más tal vez el doble, la que había en la explanada de abajo,
en uno de cuyos lados yacía Chisco sin dar señales de vida, por más que
siguiera jurando Chorcos que sí las daba. Remover la nieve de arriba,
siquiera fuese ligeramente (y de aquí la precaución de Neluco tomada con
_Canelo_), equivalía a producir un corrimiento de ella, que, ganando
peso y velocidad de palmo en palmo, llegaría a la peña como un alud de
bastante empuje para arrastrar a Chisco a los profundos de la barranca.
Esto, que estaba en la mente de todos, era lo que los tenía febriles y
consternados. Todos estaban dispuestos a bajar, pero a nadie le era
permitido. Pito Salces, que no cabía dentro de sí mismo y andaba leguas
por segundo en los tres palmos de suelo que ocupaban sus pies, se dio de
pronto un puñetazo en la frente. ¡Puches! ya tenía la idea.

--¿Están las cuerdas listas?--preguntó.

Respondiéronle que sí.

--¿Alcanzará ca una de eyas hasta abaju?

Se le respondió que con sobras de otro tanto. Pidió luego una pala.
Examinó la cuerda, midiéndola braza a braza; la dejó después enroscada
en el suelo cerca del borde del barranco; puso la pala sobre la rosca, y
volvió a asomarse al precipicio. Enseguida preguntó a los más cercanos
de los que le miraban a él silenciosos y llenos de curiosidad:

--¿Habrá siquiera, siquiera, dos varas de nieve en la yanauca de ayá
baju?

--Y más que más--se le respondió.

Quitóse los barajones en un periquete; los arrojó a un lado, enderezóse
y dijo:

--Los rayos, ¡puches!, son pa cuando truena, y las oraciones, señor don
Sabas, pa cuando se nesecitan como ahora mesmu.

Besó la mano al Cura; arrimóse otra vez a la orilla de la barranca; dijo
a los que le contemplaban atónitos, por ignorar los planes que le movían
a hacer aquellas cosas tan raras, que tuvieran listas la pala y la
cuerda para cuando las pidiera él; miró un instante hacia abajo,
santiguóse rápidamente, invocó a «Jesús crucificado...» ¡y allá va eso!
Se lanzó al abismo entre el asombro y el espanto de todos. Hay que
advertir que desde que se notó la falta de Chisco hasta aquella sublime
barbaridad, no pasaron diez minutos. ¡Tan de prisa se andaba, se
discurría y se obraba allí!

Los que vieron caer a Pito Salces (que fueron todos los que de la
caravana quedaban arriba, _Canelo_ inclusive) derecho, rígido como un
huso, y haciendo de los brazos alas y balancín para gobernarse en los
aires, no lograron averiguar cuál fue primero, si el hundirse en la
nieve hasta la cruz de los calzones, o el echar las dos manos sobre el
cuerpo inmóvil de su amigo, haciendo presa en él. Enseguida tiró del
cuerpo con todas sus fuerzas, logró arrastrarle a su terreno y le dejó
sobre la nieve en lugar más seguro y boca arriba. Todos conocieron a
Chisco en cuanto le vieron así; pero ¡horror de los horrores! en el
sitio en que había estado apoyada su cabeza quedaba un manchón de sangre
que se distinguía perfectamente sobre la blancura deslumbradora de la
nieve. Casi al mismo tiempo que se hacía este triste descubrimiento,
gritaba Pito desde abajo volviendo la mirada hacia los de arriba:

--¡Hay hombre, puches, y hasta con su resueyu correspondienti!

--¡Arriba con él sin tardanza!--gritó Neluco entonces desde lo alto.

--¡Hay que barrer primero el camino!--contestó Chorcos desde abajo--.
Échenme una pala antes con antes, porque ya tengo la idea, ¡puches!, y
vaigan jiciendu por arriba lo que a mí me vean jacer por acá abaju... en
cuanto yo avise.

Cayó la pala enseguida, perfectamente a plomo y en el sitio mismo que
Chorcos señalaba con la mano; apoderóse de ella, y comenzó a expalar
nieve a diestro y a siniestro, arrojándola por encima de los bordes de
aquella aérea y minúscula península unida al continente de la montaña
por un istmo que no tenía tres varas de anchura. En dos minutos quedó el
istmo despejado y abierta una senda en el campizo que tapizaba por allí
los raigones del peñasco, hasta el montón de nieve sobre el cual yacía
Chisco. Enseguida se arrimó el intrépido muchacho a la base del talud, y
allí, como si se hallara en el huerto de su casa, sin inquietarse lo más
mínimo por la visión de los abismos horrendos que se abrían a media vara
de cada uno de sus pies, púsose a expalar la nieve del talud, a un lado
y a otro, mandando al propio tiempo que se hiciera arriba lo mismo, en
cuanto alcanzaran las palas. Sin base ya la nieve del talud y removida
por lo alto, empezó a escurrirse hasta el istmo, donde se partía en dos
cascadas que desaparecían en el barranco. Despejado y limpio el talud en
breves momentos y desembarazado, por consiguiente, de los peligros que
se temían antes, echóse abajo la cuerda que pidió Chorcos; ató como
debía y él sabía hacerlo, a su amigo por los sobacos, y tirando con
tiento los de arriba y ayudando él con cariño desde abajo, quedó Chisco,
que no podía hacer nada por sí, arrimado al talud.

--¡Arriba ahora con él!--voceó Pito Salces, y a pulsu, porque si no yeva
un brazu cascau, ha de faltali pocu.

Llegó Chisco felizmente a lo alto, volvió a descender la cuerda, atóse
con ella Chorcos, subiéronle; y sin detenerse nadie a ponderarle la
hazaña, ni ocurrírsele a él que lo que acababa de hacer mereciera tal
nombre, corrieron todos a rodear a Chisco, de quien ya se había
apoderado el médico en el robledal, asistido de don Sabas
principalmente. La herida de la cabeza resultó insignificante, y lo del
brazo ni siquiera llegaba a dislocación del hombro. Lo peor era la
sangre perdida que le debilitaba mucho, y lo que pudiera haber de
conmoción cerebral, aunque era buen síntoma lo dócil que iba mostrándose
todo el organismo a los remedios que Neluco le aplicaba. A los tres
cuartos de hora se sentaba el enfermo por su propio esfuerzo y por su
libre voluntad; otro cuarto de hora después, pedía minuciosas noticias
de todo lo que le había pasado; a la hora y media, comía con gran
apetito y bebía cuando le daban; y sin cumplirse las dos horas, ensayaba
sus bríos de caminante pataleando sobre la nieve y rogando al Cura y a
Neluco que se rompiera la marcha cuanto antes.

Caminando ya, decía don Sabas al médico:

--¡Y se dirá que ya no se hacen milagros! Haber en el paredón liso de la
barranca una sola peña saliente; ir a dar Chisco a esa peña arrastrado
por la cellerisca; tener la peña un colchón de más de dos varas de
nieve, y envolverle a él la cellerisca en cobertores de más de otro
tanto, para que la caída fuera blanda. ¿No son milagros éstos? Y, por
último, ¿no es el mayor de todos la ocurrencia de Pito? Porque ¿de qué
hubieran servido los otros sin esa barbaridad?

Como había que acomodarse al andar de Chisco, que no era su andar
ordinario, la bajada a Tablanca duró bastante más de lo calculado a la
salida de la «Cuevona» del «Pedregalón de Escajeras»; y como, así y
todo, el mozón de Robacío no era de hierro, llegó a cansarse mucho y a
no sentirse bien a medida que avanzaba la noche y el frío arreciaba.

Hubo temores de que no pudiera llegar a Tablanca por sus pies, y se
buscaron atajos para llegar cuanto antes. Cómo llegaron, al fin, Neluco
y el enfermo, ya lo habíamos visto nosotros. Se calentó la cama de
Chisco, se le despojó de sus ropas húmedas, se le dieron unas fricciones
de aguardiente; y en la cama seguía reposando al referir Neluco en la
cocina estos sucesos que más de una vez empañaron los ojos de Facia, e
hicieron estremecerse de pavor y de entusiasmo a su hija Tona, mientras
a mi tío le temblaba la barbilla y le chispeaban los ojuelos clavados en
los del narrador. En cuanto a mí, con admirar tanto como admiré la
atrocidad heroica de Pito Salces, y con sentir tan hondamente como sentí
el percance tremendo del pobre Chisco, aún me resultaba poco todo ello
en comparación del cuadro de horrores que yo había estado forjándome en
la cabeza durante el día y una buena parte de la noche.

Terminado el relato, con minuciosos comentarios de los oyentes, y
reanimado ya Neluco con el calor de la lumbrona, diose una vuelta por la
alcoba de Chisco; vio y vimos todos que dormía profundamente un sueño
tranquilo y reparador sin señal de calentura; dionos instrucciones para
lo que pudiera acontecer hasta que volviera él a la mañana siguiente;
pidió el farol que ya le tenía Facia preparado; despidióse y se fue a su
casa, donde estaría su ama de gobierno llorando por él y hasta
encomendándole a Dios. Expliqué yo luego a mi tío, con la razón de estos
sucesos, mi conducta de todo el día; pareció tranquilizarse con ello;
nos arrimamos poco después a la perezosa; cené yo con un apetito como no
había sentido otro en mi vida, y una hora después nos retirábamos a
dormir.

¡A dormir!... ¡Buenas andaban para ello las horas de aquel día y de
aquella noche memorables!

Habíame yo metido en la cama con la cabeza atiborrada de sucesos
extraordinarios y el corazón henchido de impresiones; veía la tempestad
rugiendo entre las montañas, desgajando peñascos y desarraigando troncos
seculares, y a una docena de hombres, sencilla y naturalmente generosos,
envueltos entre remolinos de nieve y de granizo, rodando por los suelos,
como la hojarasca muerta de los árboles; veía a Chisco moribundo en el
lomo de una roca, sobre el fondo negro de un abismo espantoso; veía las
ansias desesperadas de sus compañeros de fatigas, que no hallaban la
manera de sacarle de allí, y veía, por último, al noblote Pito Salces
volando por los aires y jugándose la vida en aquel arranque brutalmente
sublime, por el intento solo de salvar la de su amigo, que de seguro
hubiera hecho una barbaridad idéntica por él; consideraba yo todo lo que
representaban y valían a la luz del buen sentido estas cosas, y la
simple acometida de la excursión a la montaña en un día como aquél, por
puro y santo espíritu de caridad, como el hecho más natural y sencillo,
sin la menor protesta, sin la más leve duda y sin idea siquiera de la
más remota esperanza de lucro ni de aplauso; y, sin poderlo remediar, me
acordaba de lo que había leído y oído tantas veces en mi mundo; del
clamoreo resonante que solía moverse en tertulias, casinos y papeles, y
de los honores y cintajos que se pedían y se otorgaban para premiar una
«hazaña» que no valía dos cominos en buena venta; pensaba también en mi
pobre tío, a quien las dudas primero, y después el conocimiento de la
realidad con todos sus pormenores, habían afectado muy profundamente, y
en que le había dejado yo a la puerta de su dormitorio mucho más abatido
y macilento que de costumbre, más fatigoso y más perseguido por la tos;
en fin, hasta pensé en lo que, en buena justicia, habrían ganado Chisco
en la estimación de Tanasia, de quien no era digno un animalote como
Pepazos, y Pito Salces en la de Tona, que no habría echado en saco roto
las heroicas atrocidades del mozallón que tan de veras la quería.

Hasta bien pasada la media noche no empezaron los amagos del sueño a
confundirme y amontonarme estos pensamientos y aquellas imágenes en la
cabeza; y entonces fue, precisamente, cuando oí unos golpes dados en el
suelo del cuarto de mi tío. Solía él llamar así con un palo que le
ponían arrimado a la cabecera de la cama. Pero en los golpes de aquella
noche había algo que los distinguía de los golpes de otras veces, oídos
por mí sin alarma. Podía ser esto verdad, o producto de una alucinación
mía; pero yo, en la duda, me atuve a lo primero y me levanté de un
salto, encendí la bujía, me vestí en el aire y acudí a la llamada. Y
resultó lo que yo me temía. Hallé al pobre señor incorporado en la cama,
de color de lirio, con la mirada de angustia, la boca entreabierta, la
respiración anhelosa y difícil, y un estertor en el pecho que parecía el
de la muerte. Recitaba, sílaba a sílaba, salmos del _Miserere_... y yo
no supe qué hacer ni qué decirle en los primeros momentos: me imponía
aquel cuadro que nunca había visto, y sentía al mismo tiempo mucha
compasión. Contando con ataques de aquella especie, había en casa varios
medicamentos y nos había dado Neluco algunas instrucciones para combatir
el apuro en los primeros instantes mientras se le avisaba a él; pero yo
no acertaba a hacer ni a disponer cosa con cosa. ¡Tan aturdido me veía!

Llegaron a esto las dos criadas, que también habían oído los golpes, y,
por ver a su amo desde la puerta, me dijo Facia al oído:

--¡Lo mesmu que la otra vez!

Volvióse Tona volando hacia la cocina a cumplir un mandato de su madre,
y se quedó ésta conmigo en el cuarto del enfermo.

Éter, maniluvios, sinapismos... ¡qué sé yo cuántos recursos se pusieron
en juego allí! A todo se prestaba el angustiado señor, menos a que se
avisara a Neluco ni a don Sabas, porque después de la brega que habían
tenido desde el alba, necesitaban el descanso tanto como él. ¡Y cuidado
con que se enterara el pobre Chisco de lo que estaba pasando! porque era
capaz de levantarse con riesgo de ponerse peor; y Chisco y el Cura y
Neluco y yo y Facia y todos y cada uno de los que dormían o descansaban
a aquellas horas o andaban sanos y buenos por la casa, hacían falta en
el mundo; todos menos él, que viéndose en aquel trance se veía en lo
suyo propio y en lo que era natural.

Todo esto nos lo iba diciendo poco a poco, mientras clavaba en nosotros
su vista cristalizada y anhelosa y hundía sus manos cadavéricas en una
palangana llena de agua muy caliente, aprovechando el alivio que iban
produciéndole éste y otros remedios heroicos que le aplicábamos sin
cesar.

--Además--nos dijo--, esto no es la muerte todavía; lo conozco yo bien;
y si creyera otra cosa, ya estaría aquí el Cura por mi orden, por la
cuenta que me tiene.

¡Cascajo!... Pero es otro aviso de ella... vamos, el segundo toque; al
tercero, la misa... y no miento, la misa de cuerpo presente; el cuerpo
de tu tío, Marcelo, de tu amo, Facia, que ya está de sobra en esta casa
y en el mundo... ¡Bendita sea la voluntad de Dios por siempre jamás,
amén!

Después se puso a rezar por lo bajo; y a medida que se le calmaban las
angustias iba cerrando los ojos, hasta que acabó por quedarse dormido; y
así dormitando y despertando a cada instante, pasó mucho tiempo. Hacia
la madrugada desapareció por completo el ataque, y durmió el enfermo
tranquilamente y de un tirón, cerca de dos horas. ¡Pero qué ganas había
tenido yo durante la noche de avisar a Neluco, y qué ansiedad la mía por
que amaneciera!

Cuando amaneció, al fin, tiritaba yo de frío... y de tristeza, sentado a
la cabecera de la cama de mi tío, después de haber visto desde la solana
de mi cuarto que no se presentaba el nuevo día más risueño que el
anterior, y de enviar recado a Neluco para que anticipara la visita
cuanto le fuera posible.



XXIII


En cuanto mi tío se halló libre del ataque al despertar del sueño,
relativamente tranquilo, que yo le había velado desde el amanecer, y vio
el cuarto alumbrado por la luz del día, aunque parda y melancólica,
olvidóse de las mortales angustias que había sufrido pocas horas antes,
y no tuvo ni declaró otro deseo que el de saltar de la cama para hacer
la vida de costumbre. Dios y ayuda nos costó reducirle a que siquiera
nos escuchara las razones que teníamos para oponernos a su irreflexivo y
peligroso empeño. Neluco, que ya se hallaba presente y bien enterado de
todo lo ocurrido durante la noche, tuvo que enfadarse de veras y hasta
faltarle un poquillo al respeto. Si no por las buenas, por las malas
tendría que quedarse aquel día en la cama, y el siguiente, y el otro, y
todo el tiempo que durase el temporal de nieve. Había que evitar a todo
trance los enfriamientos... Después, ya se vería. A lo cual respondió
don Celso, echando lumbre por los ojillos de raposo y apretando los
puños de coraje:

--¡Para ti estaba! ¡para ti y para todos los de tu arrastrado oficio,
mediquín trapacero del cascajo! ¿Por quién me tomas? ¿De qué madera te
has pensado que soy yo? Me levantaré... o no me levantaré, conforme y
según me vea de agallas; pero no porque se le antoje así o asao a ningún
enterrador de vivos... porque enterrar en vida es ¡cuartajo! tener en la
cama días y días a un hombre como yo, sin calentura ni dolores.

Al cabo se entregó, más que por convencimiento, por falta de fuerzas
para salirse con la suya; pero volvió la cara hacia la pared
refunfuñando protestas e improperios como un chiquillo contrariado.

Despachado este asunto y mientras íbamos a ver a Chisco, decía yo al
médico que acaso tuviera razón mi tío en su porfía con nosotros. ¡Era
tan extraordinaria su naturaleza!

--No hay naturaleza que valga--me respondió Neluco--, a cierta edad de
la vida y con determinadas enfermedades.

--Pero ¿tan grave es ésta que padece mi tío?--le pregunté.

--Ya le he respondido a usted en otra ocasión a esa pregunta.

--Efectivamente.

--Pues aténgase usted a ello, y sírvale de gobierno para su mejor
inteligencia, que de cada cien enfermos de esta clase, aun siendo mozos,
se mueren... ciento y uno; conque figúrese usted si habrá que andar con
cuidado, siquiera para detener la muerte de don Celso unos cuantos días.
Lo que aquí se necesita ahora para disciplinarle un poco, es organizar
la asistencia modificando al propio tiempo la vida de este hogar. Usted
no puede acomodarse a ciertas faenas, impropias de sus hábitos y hasta
de su naturaleza; Facia es la estampa de la melancolía, y su hija Tona
incapaz de suplir con la más cariñosa de las solicitudes, la habilidad y
el pulimento que le faltan. Además, ni la madre ni la hija pueden, por
su condición de sirvientes, imponerse a los caprichos impetuosos de su
amo, que, por otra parte, se las sabe ya de memoria, lo mismo que a
usted. Más que con caldos y con drogas, hay que atender a este enfermo
con entretenimientos que le distraigan y alegren y le obliguen a ser
dócil, hasta por la cortesía. En fin, que he pensado en Mari Pepa. Mari
Pepa vendrá aquí de enfermera con mil amores, y viniendo ella, vendrá
Lita también; y con el pretexto de acompañar a don Celso, se pasarán a
su lado todo el día y harán de este caserón una pajarera. A usted ¿qué
le parece?

De perlas me pareció, y así se lo declaré a Neluco. Quedó él en
convertir el plan en cosa hecha, y llegamos en esto a la alcoba de
Chisco.

El cual no estaba ya en ella ni en sus inmediaciones. Preguntando por él
a Tona, supimos que andaba, buen rato hacía, arreglando el ganado.
Bajamos a las cuadras y allí dimos con él. Algo le dolía el brazo
todavía «jancia el hombral»; pero como era el izquierdo, se manejaba
bien para sus quehaceres. Tenía buena «apetencia», se «jallaba» firme de
los otros remos, y por eso se había levantado como todos los días. Ya
sabía lo de su amo, y le llevaban «los diantris» al considerar que
mientras el pobre señor pasaba las de Caín, él estuviera durmiendo a
pierna suelta toda la noche, y por culpa de «blanduras y arreparus» que
se habían tenido «malamenti» con un hombre de su correa. Pulsóle el
médico y le reconoció el brazo y la herida de la cabeza; diole por sano
y bueno si se obligaba a observar ciertos cuidados que le prescribió;
despidióse de mí hasta «más tarde», y se fue. Antes de salir me dijo muy
quedo:

--Creo que hice muy mal anoche en referir ciertas cosas delante de su
tío de usted, con lo impresionado que ya estaba el pobre señor.

Sospeché lo mismo, volvíme al lado del enfermo y me senté a la cabecera
de su cama. Le hallé más «humano» que antes, sin duda porque también
estaba más abatido. Como no le tentaba el deseo de hablar, ni era
conveniente provocársele, según encargo muy encarecido de Neluco, dime a
meditar yo por no tener otra cosa en qué ocuparme allí. Era indudable
que yo había llegado a querer de veras a mi tío: a la vista estaba lo
que me dolía la gravedad de su estado y el peligro en que se hallaba de
quedársenos entre las manos a la hora menos pensada; y, sin embargo, la
perspectiva de aquella serie de días de cama, impuesta por el médico al
enfermo, con la sujeción a que me obligaba esta medida, en el menguado y
tétrico recinto de aquella alcoba, y la tenaz y espesa nevada que tenía
el cielo en tinieblas, la tierra sin suelo en que pisar y encarcelados a
sus habitadores, me preocupaba y me dolía ¡a qué negarlo! mucho más. El
corazón humano adolece con frecuencia de estos achaques, no por maldad
propiamente, sino por falta de educación de los sentimientos, por desuso
de los más delicados de ellos, por resabios del egoísmo adquiridos en la
libertad de una vida sin trabas ni linderos. Explicábame yo aquella
debilidad, que me parecía hasta pecado grave, con estas reflexiones, y
con ellas me consolaba, aunque no tanto como con la esperanza de que se
realizaran los planes de Neluco y vinieran Lita y su madre, sobre todo
Lita, a aliviarme del peso de la cruz, renovando el aire y los sonidos y
las caras y hasta la luz de aquellos ámbitos entristecidos, mudos,
negros y monótonos. Pero ¿se prestarían a venir Mari Pepa y su hija, no
obstante sus buenos y caritativos deseos? ¿No les arredrarían los
obstáculos de la nieve y del frío, de aquel frío como no le había
sentido yo ni en Rusia quizás, por no haber en Tablanca otro recurso que
el de la cocina y un mal brasero para combatirle? ¡Mal conocía yo los
alientos de las señoras tablanquesas! A media mañana entraban por la
puerta del salón de la casona la hija y la nieta de don Pedro Nolasco,
poco después de haberlas oído yo «gorjear» y llenar el pasadizo de voces
argentinas y armoniosas. También las había adivinado mi tío.

--¡Jesús!... ¡la cellerisca!--había exclamado, al oírlas, en un tono que
revelaba más alegría que pesar.

Salí a su encuentro y las recibí sin disimular una pizca el alegrón que
con su visita me daban. Los ojos y la nariz era lo único que se veía de
sus personas: todo lo demás era un conglomerado de faldas, chaquetas,
toquillas y mantones de lana espesa y dulce. Preguntando y exclamando,
ora en voz baja (cuando no era conveniente que lo oyera mi tío), ora
casi a gritos (por convenir que lo oyera), iban desliándose la cabeza y
descubriendo la cara, hasta que apareció la de Lita (me fijé poco en la
otra) como luna de enero entre nubes grises, o más propiamente, como una
manzanita de agosto arrebujada en las hojas de su ramo: así estaba de
coloradita, de tersa y de apretada la redondez de sus carnes por allí.

Como venían bien informadas e instruidas por Neluco, poco o nada
hablamos del papel que les correspondía en la comedia que íbamos a
representar delante del enfermo. Don Pedro Nolasco no había podido
acompañarlas; mejor dicho, no se lo habían permitido ellas, por temor a
una caída que hubiera sido mortal en un hombrazo de sus años... porque
estaban los caminos ¡Virgen María, la nuestra Madre! que daban miedo. Se
«eslociaban» los pies en la nieve como anguilas en la mano. Solamente en
la subida del pedregal se había caído ella (Lituca) dos veces, y sobre
una misma rodilla, que debía de estar hecha una compasión. No lo había
visto todavía, pero podía jurarse por lo que la «resquemaba», aunque no
la impedía los movimientos, gracias a Dios. Por lo demás, ya sabían
ellas que al enfermo no le convenía la charla, aunque la pidiera: de vez
en cuando, alguna chunga, como si el mal fuera de broma; a tiempo y con
amor, las medicinas y el alimento; y que perdonáramos la franqueza si se
daban por convidadas a comer, porque ellas, con el pretexto de la
nevada, pensaban quedarse hasta la noche sin que don Celso maliciara la
verdad del motivo. Venían provistas de labor para hacer más entretenidas
las horas sobrantes alrededor del brasero.

Mi tío las recibió con cuatro cuchufletas y algunos lamentos. Aunque
vivo todavía, se daba por muerto ya. Protestaron ellas contra el
supuesto, asegurándole que lo que le había «encamado» entonces era la
frialdad de la nevada, y puede que también algo del sentir que le diera
el conocimiento de lo ocurrido en el monte el día antes.

--No lo niego--respondió a ello mi tío--, y por lo mismo no tiene vuelta
de hoja lo que vos acabo de decir; porque ¿qué puede esperarse ya de un
hombre de mi veta cuando se deja acaldar, como yo estoy acaldado, por
chapucerías como esas?

Era la pura verdad; pero, así y todo, insistieron las bonísimas mujeres
en negarla, aunque no con los bríos necesarios para lograr sus
caritativos fines, porque eran cariñosas en extremo y se sentían
impuestas y conmovidas ante aquella extenuación y aquella lividez
cadavéricas del pobre don Celso, que ni por afán de mantener sus
derechos desconocidos por la tiranía profesional de Neluco, se acordaba
ya de levantarse.

Dejáronle al fin en el sosiego que necesitaba; instalámonos en el salón
contiguo; llegó la mujer gris con el brasero encogollado de ascuas
resplandecientes; púsole en la caja que estaba allí, y nos sentamos
alrededor de ella, sin perder de vista al enfermo, Mari Pepa, su hija y
yo. Mari Pepa sacó de un bolsillo muy grande de su delantal los avíos de
hacer media; Lita (no supe de qué repliegue de sus complicadas
envolturas) los de hacer puntilla, y ambas comenzaron a trabajar en sus
respectivas labores y a hablar al mismo tiempo, pero más con los ojos y
por señas que con la boca, en lo que tuviera relación con el estado de
mi tío. De «lo de ayer», se habló mucho más, y también con cierto
cuidado para que no fuera oído desde la alcoba lo que podía
impresionarle nuevamente. Y fue un milagro de Dios que no nos oyera lo
más de ello, porque con el obstinado empeño que yo tenía en que había de
haber algo entre Lita y el médico, estuve verdaderamente pesado y
machacón en ciertos pasajes del diálogo; particularmente durante las
escapadas de Mari Pepa a la alcoba, porque había tosido mi tío o se
creía que había llamado... o para ver si necesitaba alguna cosa, sin que
tosiera ni llamara. En casa de don Pedro Nolasco se había sabido todo,
poco antes de pasar «la nube» que los había aterrado. Habían vivido en
la misma angustia que yo hasta muy entrada la noche. Yo referí a Lita
las dudas que había tenido en casa del Topero; y aquí fue donde mi
tenacidad rayó en impertinencia. Lo conocí en una mirada de extrañeza
con que respondió mi linda interlocutora a una indirecta mía en que se
clareaban demasiado mis intenciones. Me impuso aquella serenidad que me
pareció protesta contra un mal entendido derecho de preguntar «ciertas
cosas» por muy evidentes que fueran.

En esto llegó don Sabas, quejándose desde el pasadizo de los miramientos
que se le habían guardado en nuestra casa aquella noche. ¿Quién nos
había dicho que por un viaje más o menos a la montaña, no quedara él con
agallas suficientes para cumplir con su deber a cualquier hora que se
llamara a su puerta? Y si la cosa hubiera apretado un poco más de lo que
apretó, ¿qué hubiera sido del cristiano en peligro de muerte? ¿De quién
hubiera sido la responsabilidad? ¿Qué se hubiera dicho de él y qué de
todos nosotros?... Y aunque la cosa no apretara, ¿para cuándo son los
buenos amigos?

--Pues, mira--añadió arrimado ya a la cama de don Celso--, lo que es
ésta no te la perdono.

--¡Bah, bah!--refunfuñó el aludido revolviéndose un poco--, no me rompas
la cabeza. Tú puedes jacer lo que te acomode, que yo bien sé lo que me
hice.

--¡Jinojo!--replicó don Sabas--, es que el miramiento ése fue tal, que
si no topo ahora mesmo con Neluco, se pasa el santo día sin que yo me
entere de lo que a ti te pasó anoche.

Intervine yo, desenojé al Cura, quedóse con mi tío a solas y continuamos
los demás alrededor del brasero, como antes, charla que charla, sobre
«lo de anoche» sobre «lo de ayer» y hasta sobre cierta promesa hecha por
mí a mis interlocutoras el día en que las había conocido, de comer en su
casa alguna vez; promesa que todavía estaba sin cumplir, por culpa bien
notoria de la agitada vida que llevaba monte arriba y monte abajo,
cuando no de los fieros temporales que me tenían bloqueado en la casona.
Al mediodía volvió Neluco, que no halló en el enfermo nada de particular
ni de nuevo, ni quiso acceder al ruego que le hice de quedarse a comer
con nosotros; ruego que, por su parte, me había desairado ya el Cura.
Marcháronse los dos juntos, después de prescribirnos el primero el plan
de asistencia para la tarde, y de conjurarnos el segundo a que por
ningún motivo ni miramiento humano dejáramos de avisarle a la menor
novedad; volvieron Lita y su madre a la alcoba del enfermo para
ponderarle la mejoría que notaban en él (y bien sabe Dios cuánto mentían
a sabiendas en sus ponderaciones), y a darle Mari Pepa unos sorbos de
leche mientras su hija le arreglaba las ropas de la cama y entraba la
mujer gris en el salón a poner la mesa en las cercanías del brasero, y a
poco rato nos sentamos a comer.

Comiendo y hablando, tuve yo que decir, porque me lo preguntaron mis
locuaces comensales, qué cosas se comían por los pudientes, y a qué
horas, en «esos mundos de Dios». De todo se admiraban aquellas
sencillísimas mujeres; y yo, al notarlo, me complacía en apurar la nota,
y así llegué a ponderarles el exquisito sabor de las ancas de rana y de
los nidos de golondrina, entre otras distinguidas y elegantes porquerías
alimenticias que cité. Y era de ver entonces la cara que ponía Mari Pepa
y los gestos de asco que hacía Lituca mirando a su madre y volviendo a
mirarme a mí, como si dudara de la verdad de lo que yo refería.

--Puro vicio, hija, puro vicio--decía al cabo Mari-Pepa--; puro vicio de
la jartura en que viven esas gentonas, de cuanto Dios crió.

Como estaba tan enlazado lo uno con lo otro, tirando del modo de comer
salió el modo de vivir y el modo de viajar. Nuevas admiraciones y nuevos
asombros. También extremé bastante la tesis aquí, y hasta sospecho que
mentí un poco, aunque dentro de lo verosímil y perdonable. Lo de
acostarse cerca del amanecer y levantarse después del mediodía para no
salir de casa hasta el anochecer, les maravilló tanto como la sopa de
nidos de golondrina y las frituras de ancas de rana.

--¡María la mi Madre!--exclamó Lita al enterarse de ello--, pues si esas
gentes no ven nunca jamás el sol, ¿qué diantres pueden ver que las
alegre y las engorde? Yo creo que eso es vivir contra ley.

--Vicio, hija, vicio--insistía Mari Pepa--; vicio de no saber qué
jacerse en una vida tan regalona.

Preguntóme Lita si yo también tenía «por allá» esas malas costumbres;
respondíla que sí, y me dijo, por todo comentario, con una ingenuidad y
una llaneza verdaderamente infantiles:

--Pues buen picaronazo estará usté... ¿Verdá, madre?

Celebré yo el dicho con una risotada no menos ingenua, dando enseguida
las gracias por el piropo, casi al mismo tiempo que respondía Mari Pepa
a la pregunta:

--¿Quién sabe, hija del alma, quién sabe? Quien se jaz a comer «niales»
de golondrina sin reventar de «duda», bien puede jacerse a vivir de ese
modo sin ofender a Dios ni quebrantar la salud.

Con esta salvedad de su madre se puso Lita muy colorada, y quiso
enmendar lo que pudo haberme parecido impertinencia suya; y yo, sin
dejarla concluir, la allané el camino de sus deseos ofreciéndola por
añadidura una declaración, no desprovista de sinceridad, de mis grandes
desencantos.

--No le pasaría tal ahora--me objetó Mari Pepa--, si se hubiera casado a
tiempo, para vivir como Dios manda. ¿A qué diantres quieren el saber y
los posibles cuando se ven solitarios de familia y mozones de casa
abierta?... Pues mire, don Marcelo: dicen que para estas casas, por muy
cerradas que estén, siempre tiene el diablo una llave.

--Podrá tenerla--repliqué yo muy formal--; pero en la mía no ha entrado
nunca.

--¡Jorria, trapacerón de satanincas!

Soltó después la carcajada, y la soltó Lita al mismo tiempo. Ayudélas yo
con otra, por la gracia que me hacían las dos; y enseguida comenzaron
los «picadillos» y tiroteos que no podían faltar allí, entre los tres.
Porque estas quisicosas son ingénitas en la mujer de todas castas y
latitudes; y puestas todas ellas en una misma situación, todas, salvo
las diferencias de lugar y de estilo, vienen a escarbar en el mismo
terreno y con los propios fines. Siempre las iniciativas y la fuerza del
atrevimiento, las marrullerías y el tesón, en la madre; la estudiada
reserva, la mal disimulada curiosidad, el elocuente silencio, el mirar
de soslayo, la pinchada sutil, en la hija. Así llegaron las dos a dar
por hecho que no habría tenido yo menos de cincuenta novias, ni bajarían
de tres las que quedaban en Madrid llorando mis ausencias y tal vez mis
ingratitudes. Pero si en el fondo no era nueva la escena para mí,
éranlo, hasta embelesarme, aquellos pintorescos matices de lengua;
aquella dialéctica a la buena de Dios, sin andamiajes retóricos ni
artificios convencionales; aquellas malicias sanotas que brotaban del
regocijado palabreo, espontáneas, frescas, airosas y transcendiendo a
«la tierra» como las rosas del huerto entre la virginal y espléndida
hojarasca del cercado que las protege. Por eso sentí en el alma que se
acabara aquel originalísimo «discreteo». Y se acabó por acudir Mari Pepa
a mi tío que tosía y se quejaba, mientras Lituca, a la vez que escuchaba
los quejidos y las toses, me mandaba callar poniendo un dedín muy mono
sobre la boca, y llegaba Facia a recoger los mendrugos y levantar los
manteles de la mesa.



XXIV


Pasó pronto lo de mi tío, y pasaron dos horas más sin otro suceso digno
de notarse en la casona y fuera de ella, que unas rachas de vendaval
húmedo que «ennegrecieron» un poco la nevada, cosa que nos llenó a todos
de complacencia, menos a la mujer gris, por ser el fenómeno señal de
próximo desnieve. Cerca del anochecer, cuando Mari Pepa y su hija
recogían las respectivas labores y se sacudían las hilachas agarradas a
los vestidos y apercibían las «nubes» y los mantones, diciéndole de paso
a mi tío muchas cuchufletas por animarle, y goteaban las canales del
tejado la nieve «derretida» por la lluvia que iba espesando, vino el
médico otra vez. Examinó al enfermo, y nada de particular ni de
alarmante halló en él que hiciera temer una noche como la pasada; pero
tampoco se atrevió a prometérnosla más tranquila, porque todo cabía en
una enfermedad de tan mala casta en un doliente tan aniquilado e
indefenso como mi tío. Esto me lo dijo aparte después de darme, delante
de Facia y de Mari Pepa, el plan de campaña hasta el día siguiente, sin
perjuicio de volver él a última hora, por lo que pudiera ocurrir. La
madre de Lita insistió mucho en quedarse a velar; pero yo no lo
consentí, porque tampoco lo hubiera consentido el enfermo ni le hubiera
sentado bien la mera sospecha de tratarse de ello, con lo receloso y
aprensivo que se ponía a medida que las tinieblas iban invadiéndole la
alcoba. Se acordó que velara Facia, que no se acostara Chisco y que
durmiera yo como las liebres; y con ello se marcharon Lita y su madre
con Neluco, despidiéndose ellas «hasta mañana» y él «hasta luego»; se
fueron quedando a oscuras aquellos destartalados y fríos ámbitos de la
casona; creció con las tinieblas el silencio, y pasó un buen rato,
mientras la mujer gris aderezaba el velón, sin que yo viera otra cosa en
derredor mío que las mortecinas ascuas agonizando entre las cenizas del
brasero, ni oyera otros rumores que los de la trabajosa labor del
respirar de mi tío en el fondo de la alcoba, y los del acompasado y
monótono fluir de las canales sobre el encharcado goterial.

Cuando hubo luz en la alcoba, me acerqué a la cama del enfermo y le
hablé para desentristecerle un poco y animarle. Trabajo perdido. Me
agradecía mucho la intención; pero él solo sabía todo lo mal que se
encontraba y lo imposible que era salir de aquel atolladero sin un
milagro de Dios. Me suponía agobiado por la carga de mi sujeción a su
asistencia, y se empeñaba en tranquilizarme con la promesa de que no
sería largo mi cautiverio; me pedía perdón por los malos ratos que me
daba entre tanto, y me conjuraba nuevamente a que cuando recobrara mi
libertad, no echara en olvido lo que tan rogado me tenía; porque lo de
menos era él en aquel pueblo, si había quien ocupara en la casona el
puesto que quedara vacío con su muerte. Me parecería ya pesado el tema;
pero eso mismo me demostraría la importancia que él le daba... Todo
esto, dicho entre quejidos y pausas anhelantes, con voz apagada y
sepulcral, a la luz extenuada del velón colocado sobre la cómoda, que
sólo servía para extremar la palidez cadavérica del enfermo, entre
olores de éter y romero, mientras seguían fluyendo las canales y
rezongando el vendaval afuera, resultaba bien triste ciertamente. Por
obra de la casualidad se producen a menudo contrastes muy curiosos que
parecen chanzas muy pesadas del destino. Sobre la cómoda y debajo del
mechero encendido del velón, había un rimero de cartas y periódicos que
había puesto yo allí la noche antes para ir entreteniendo con su lectura
mis largas horas de vela después que, pasado el ataque de asma, pudo
conciliar el sueño mi tío. Pues la mayor parte de aquellas cartas y de
aquellos papeles impresos, estaban atestados de noticias, reseñas y
juicios de bailes en proyecto, recepciones suntuosas y comedias nuevas
en los salones y teatros de Madrid, como si todo se hubiera escrito para
que yo me enterara de ello en tan oportuna ocasión.

La recaída de mi tío; el descenso de la temperatura, con el subsiguiente
despejo de sendas y caminos, y la salsilla de «lo de ayer» llevaron a la
cocinona aquella noche un gran golpe de tertulianos. Asistió hasta el
Tarumbo, que rara vez iba por allí, harto más intranquilo y desazonado
con la enfermedad de don Celso y la burrada de Pepazos, que por
habérsele ensanchado en más de otro tanto, con el peso y la destilación
de la nieve, el boquerón que ya tenía su casa en el jastial del
Poniente. También concurrió Pito Salces, que se quedó como sin pulsos
cuando Tona, con la faz inundada de sonrisas y los ojos de dulzuras, le
ponderó la hazaña de la víspera y le declaró sin remilgos que «de ese
_aquél_ y de esos prontos le gustaban a ella los hombres». ¡Puches, cómo
se puso enseguida el mozallón con la alabanza! Si no le contengo con una
reflexión imperiosa y una sacudida recia de su lástico, hace otra
barbaridad allí menos laudable que la del monte. Jamás había pensado él
(me lo juró así, entrelazando los dedos de sus manos, por aquéllas que
eran cruces) que una cosa «tan jacedera y currienti» pudiera valer
tantos caudales. ¡Con lo dura de pelar que Tona había sido hasta
entonces! ¡Puches, qué suerte la suya! Pensando que se la envidiaría
Chisco, acordéme del descubrimiento hecho por mí en casa del Topero y en
el corazón de Tanasia, y fuile con el cuento al mozón de Robacío, en un
aparte que tuve con él. Respondióme que me había tomado yo un trabajo
bien ocioso, aunque me le agradecía mucho.

--Las cosas--concluyó en el tono sentencioso que tan propio le era--, pa
rodar bien, han de rodar por sí mesmas jancia unu.

Aquel hombre era la parsimonia y la imperturbabilidad en carne y hueso,
y las mismas pulsaciones tenía delante del oso en su caverna, que al
calorcillo de la novia.

Por encargo de mi tío andaba yo muy a menudo en la cocina, más que por
hacer los honores a la tertulia, para evitar que los tertulianos le
invadieran a él la alcoba. Los quería mucho; pero no hubiera podido
soportarlos en la angustiosa situación de cuerpo y de espíritu en que se
hallaba. Por eso, aun sin la prohibición terminante del médico, no
habría querido recibir a ninguno de ellos durante el día. Cuando se
tratara de despedirse de todos, ya sería diferente.

A última hora llegaron don Sabas y Neluco: el primero resuelto a
quedarse allí, sin que lo notara el enfermo, favor que le habría pedido
yo si no se hubiera anticipado él a ofrecérmele; el segundo a informarse
del estado de las cosas antes de retirarse a descansar. Como las tales
cosas no ofrecían aspecto nuevo ni muy alarmante, se despidió de mi tío,
y de los que con él nos quedábamos en la casona, y se fue con los
últimos tertulianos, uno de los cuales era Pito, que tropezaba con
gentes, bancos, puertas y tabiques, de puro aceleradote y desatinado que
le habían puesto las alabanzas y los arrumacos de Tona.

Pasó la noche mejor de lo que todos esperábamos, y amaneció el día
siguiente sin una nube en el cielo ni una ráfaga de aire en la tierra; y
cuando el sol traspuso los picachos del Este y saludó al valle con sus
rayos que chisporroteaban sobre la nieve que no había deshecho la
lluvia, mi pobre tío mandó que se abrieran de par en par los cuarterones
de su alcoba, ya que no le era permitido hacer otro tanto con las
puertas y ventanas para que entraran la luz y el aire en la abundancia
que necesitaba él para salir a flote en aquella mar de angustias «que le
ajogaba», por culpa del arrastrado mediquillo que parecía empeñado en
matarle. Y lo cierto era que si en el cuerpo no se notaban cosa mayor
los milagros de la panacea que con tanto afán solicitaba el enfermo, los
hacía en su espíritu muy considerables. Era «otro hombre» desde que el
sol se había colado en su alcoba como por las rejas de una cárcel, y
veía flotar, danzando dentro de la faja luminosa que atravesaba la
habitación por delante de su lecho desde el cuarterón de la ventana, las
pelusillas y el polvo vagabundos. No apuntaba siquiera el propósito de
levantarse, porque no se lo permitía la extenuación de sus fuerzas; pero
creía en la posibilidad de volver a tomar el sol antes de morirse,
aunque fuera sacándole en un cesto a la solana si le duraba al tiempo
aquel buen semblante unos cuantos días.

Y le duró más de siete, y se templó en tales términos y se arregló la
envejecida y desconcertada máquina de mi tío de tal manera, que, no en
un cesto, sino bien sentado en el sillón de vaqueta de su dormitorio, y
bien forrado y envuelto en mantas y capotes, consiguió darse más de
cuatro «panzadas de sol» al aire libre en el abrigado rincón de la
solana, adonde le sacaba yo poco menos que en vilo, por la puerta de su
alcoba, entre las tempestades de votos y reniegos con que protestaba
contra «la perra acabación» que en tan miserables extremos le ponía.

Tuvo muchas visitas en ese tiempo, y la familia de don Pedro Nolasco se
las hacía por mañana y tarde. En las en que se hallaba el vejancón de la
Castañalera, cada vez menos socorrido de palabra y de asuntos de
conversación, solía interrumpir los largos paréntesis de silencio con
descargas como ésta y dos cachiporrazos en el suelo:

--¡Vaya, vaya con el bueno de don Celso que se nos quiere morir sin más
ni más! No, no; pues como valga la mía, no te sales tú con la tuya. Eso
te lo juro yo.

Lituca, si se hallaba presente, salía al quite de la impertinencia con
una broma algo forzada en que me aludía a mí con los piadosos fines de
que rematara ya la suerte para tranquilidad de mi tío. Y éstos y otros
parecidos lances eran el único lado agradable que tenía para mí aquel
cuadro de continuas e interminables tristezas, sobre las cuales iba
descollando de día en día y a medida que la temperatura se templaba y
surgían riscos y laderas por los anchos desgarrones abiertos en el
espeso tapiz de nieve por los rayos del sol, la figura, de suyo
melancólica, de la mujer gris, particularmente hacia la caída de la
tarde, y, sobre todo, al descolgar el calderón y empuñar los dos
cántaros de barro para ir a la fuente entre día y noche, según costumbre
inmemorial en ella. Como se había hecho tan visible para mí esta
agravación de los espantos de la pobre mujer, la observaba con cuidado
desde lejos, y por eso pude notar que eran de prueba terrible para la
infeliz aquellos momentos: parecía un reo de muerte que caminaba hacia
el patíbulo cada vez que se alejaba del cantaral con el calderón sobre
la cabeza y una «escala» en cada mano.

De uno de aquellos viajes volvió que daba compasión y susto mirarla, y
más tarde que lo de costumbre. Se la conocía en los ojos que había
llorado mucho, y anduvo toda la noche por la casa de acá para allá sin
saber hacer cosa con arte. A ratos se quedaba como alelada, y a ratos se
sentía acometida de una inquietud que no la dejaba parar en ninguna
parte. La vi, sin que ella lo notara, más de dos veces, en la penumbra
del carrejo, llevarse con desesperación ambas manos a la cabeza, y la oí
invocar al mismo tiempo, en voz enronquecida y mal dominada, al «devino
Dios de las misericordias grandes» y a «la Virgen Santísima de las
Nieves, la su madre clemente y amorosa». Deseaba morir de pronta muerte,
si en el deseo no pecaba, antes de ser testigo «de eyu» y manchar la
vista de los sus ojos en una vergüenza tal. Temí por su razón; y movido
de un sentimiento de lástima, me hice el encontradizo con ella. No se
sobrecogió al verme, como solía en tales casos; al contrario: parecía
calmarse un poco y reanimarse con mi presencia, y hasta noté en ella
como deseos de decirme algo. Tomándolo por motivo, la hablé, primero
para tranquilizarla, después para indagar, para descubrir la casta
siquiera de aquellos misterios que en trance tan angustioso la ponían.

--¡Ahora no! ¡ahora no!--me dijo después de vacilar un poco--; cuando no
pueda más... cuando la carga me rinda de too, ¡estonces! ¡estonces!... y
a usté solo... Y, por caridá de Dios, don Marcelo: que, hoy por hoy, no
sepa ná de estos espantos que me acaban, el señor su tío... ¡ni naide,
si ser pudiera!...

Apartóse de mí con esto y huyó a encerrarse en su cuarto, mientras
volvía yo al de mi tío seriamente preocupado y sin saber qué pensar de
aquellas cosas tan raras.

Nada ocurrió, por fortuna, que hiciera necesaria la presencia de la
infeliz mujer en ninguna parte de la casa aquella noche. La cual debió
ser bien terrible para ella; porque apenas me hube levantado yo de la
cama al día siguiente, y eso que madrugué tanto como el sol, apareció
como un fantasma en mi cuarto, después de haberme pedido permiso para
ello entreabriendo la puerta con mucho cuidado. Tenía los ojos hundidos
y circundados de una aureola cenicienta; parecía que le habían chupado
las brujas los pocos jugos de la cara, sobre la que caían, por debajo
del pañuelo atado a la cabeza, encrespados mechones de cabellos grises;
le temblaban los resecos labios, y salía de su garganta la voz
enronquecida y como rechinando. Dejóse caer de rodillas delante de mí, y
pidió por todos los santos del cielo que la oyera como en confesión.

--Porque--me dijo por último, entre sollozos mal comprimidos y espasmos
de todo el cuerpo--, ya no puedo más con la carga, y llegó la hora de
quitármela de encima o de morir debaju de eya.

Hice, ante todo, que se incorporase y que se sentara en una silla, cerré
por dentro la puerta del gabinete, sentéme yo enseguida junto a la
infeliz mujer, y me dispuse a oírla, conforme ella lo deseaba, después
de dirigirla palabras de conmiseración y de aliento.



XXV


Dos partes tuvo la confesión de Facia. En la primera me declaró todo lo
que yo sabía perfectamente por boca de Chisco: la historia de su
desdichada unión con el pícaro baratijero contra la voluntad y las
sabias advertencias de mi tío, que era como su padre y señor. Por
desoírle, decía la infeliz, había faltado a la ley de Dios, y por esta
falta había venido el castigo de sus desventuras; desventuras que ella
había sufrido, aunque con muchas lágrimas, sin una sola queja. Era su
deber. Que arrastrara la vida como una carga ofrentosa; que las
pesadumbres y los dolores fueran minándola y consumiéndola por donde
nadie más que ella lo notara; que encanecieran sus cabellos fuera de
sazón y que no hallara, para reponer las fuerzas gastadas en los
trabajos y cavilaciones del día, el descanso de la noche, la
tranquilidad del sueño que no le falta al pordiosero que mata el hambre
llamando de puerta en puerta y errando de monte en monte, con un zurrón
a la espalda y un paluco en la mano, ¿qué importaba? Desconociéralo su
hija, tuviérase por huérfana de un padre honrado, y esto solo la daba
gran consuelo y las fuerzas necesarias para llevar su cruz como una
carga redentora de sus delitos, imperdonables en la otra vida sin una
dura penitencia en ésta. Cuando, con las miras puestas en estos fines,
vacilaba un poco, porque, al cabo, era tierra frágil y miserable, y
desconfiaba de sus bríos y se vela a punto de tropezar y de caer, acudía
al amparo de don Sabas; y allá, a la reja del confesonario, en los
profundos de la iglesia, al romper los primeros albores del día, ella,
después de besar el polvo de los suelos y de regarle con sus lágrimas,
declarando sus pesadumbres y flaquezas, y él reprendiéndola y
exhortándola con la sabiduría y la dulzura de un padre cariñoso a un
hijo muy desdichado, hallaba siempre los perdidos alientos para
continuar la subida de su Calvario con la carga de su cruz... Así
estaban las cosas cuando yo había llegado a Tablanca.

Preguntéla por qué en la gran cuita que de tal modo la atribulaba
entonces no había buscado, como otras veces, los consejos y la ayuda de
don Sabas. Respondióme que eran casos muy diferentes unos y otros; que
no dependía de su resignación ni de sus ánimos el que en tales congojas
la ponía, y que yo era el único ser viviente de los de ella conocidos,
llamado a entender en él antes que nadie. Asombréme, lloró desconsolada,
golpeóse la cabeza con las manos, se mordió los puños apretados
convulsivamente, volvió a hincarse en el suelo para pedirme perdón
abrazada a mis rodillas, creció mi asombro, conseguí con trabajo que se
sentara de nuevo, y la conjuré, por todos los santos de la corte
celestial, a que me declarara enseguida todo cuanto tenía que
declararme.

Rehízose algo a fuerza de empeñarse en ello, y comenzó así entre
suspiros muy hondos y sollozos mal reprimidos, la segunda parte de su
extraña confesión:

--Estando las cosas de esta suerti, una tarde, al abocar ya de la
noche... (a los tres días, por más señas, de venir usté a Tablanca),
cogí yo los cántaros, como los cogía todas las tardes al caer el sol y
los cojo a la presente y los he cogido dende que tuve fuerzas pa eyu, y
fuime por el agua. La fuenti, tal que usté lo sabe, está cayeju arriba
de aquí, a medio cuarto de hora de un buen andar, subiendo, y en una
rinconá muy jonda a la derecha, según se sube. Por estar tan a trasmanu
del lugar y tan placentera de esta casa, solamente nusotros bebemos de
eya; de suerte y modu, que es una soledá de las más solas a toas las
santas horas del día y de la noche. Pos quién le diz, señor don Marcelo
de mi alma, que andando, andando, y bien a la descuidá por cierto, en
aqueya tardezuca que le pinto, malas penas aboco a lo más obscuro de la
rinconá, cuando me doy con los jocicos... ¡Virgen María la mi Madre de
las Nieves! con la estampa de hombre más desastrá que en los jamases
había yo visto ni veré. Túvele por salteador facinerosu. Dime por
fenecía ayí mesmu, y clamé al devino Dios, soltando los botijos de las
manos y en un puro temblor de todo el cuerpo. Alzóse en esto el hombre,
que estaba sentau en una peña debajo del binquizal más tupío que hay
ayí, y habló pa chunguease con los mis ajuegos que bien a la vista
estaban, y pa jurame que venía de paz, si no se le ponía en extremos de
venir de guerra... porque él a too se amañaba... Y entonces, entonces,
señor don Marcelo, entonces fue cuando yo entendí que se me enturbiaba
la vista, y se me cuajaba la sangre en las venas, y se jundía el suelo
en que pisaba... Aqueyu fue el espantu de los espantus, y las congojas
de las agonías de la muerte... Porque ¡Santa Virgen la mi Madre
celestial! aquel enemigo de hombre tan jaraposu y tan mal encarau, por
voz y moviciones y palabras, resultó ser él, ¡el mesmu en huesu y carne,
en alma y vida!

--¿Quién?--pregunté a Facia, más con la intención de distraerla del
paroxismo en que había vuelto a caer, que por la curiosidad de una
respuesta que casi adivinaba yo.

--Pos él, señor don Marcelo--me dijo la infeliz retorciéndose las manos
entrelazadas y con el espanto en los ojos, como si tuviera al hombre
aquél delante de ellos--; el propiu causanti de mis penas sin consuelo;
¡el mal padre de la hija infeliz de las mis entrañas!

--Pero ¿está usted segura de que era él?--pregunté a Facia fingiendo
unas dudas y un asombro que no sentía.

--¡Ay, señor!--me respondió sollozando--; aunque no lo hubiera estau
entoncis, que bien lo estuve, ¡he tenío tantos motivos pa estarlu
dimpués acá!

--Corriente--añadí--. Pero ¿de dónde venía... y para qué... y por qué?

--Pos venía, según relate que me jizo con aquel palabrear zalameru que
siempre tuvo y a mí me entonteció en su día, de por esus mundus ayá;
lejos, ¡muy lejos!... hasta más lejos, a veces, que la otra banda. Ya ve
usté si será bien lejos. Siempre buscándose el bien vivir, y nunca dando
con él. Llegó a verse hasta en cadenas, años y años, aunque nunca por
culpa suya, sino de otros, malos amigos y piores compañerus de trabajo.
Al cabo de los tiempos, alcontróse libre de prisiones y señor de sí
mesmo; pero se vio solo y desamparado, envejecío de cuerpo y falto de
salú; le jalaba esta tierra porque, al cabo y finiquito, aquí le
quedaban peazos de las sus entrañas; y en busca del amparo de eyus le
puso el su corazón que no le mentía. Tomando lenguas a tiempo, supo de
mí... ¡ay, señor don Marcelo! creo que hasta más de lo que sé yo mesma.
Por saber de too, sabía desde que me lo había oído a mí en horas
mejores, aunque bien contás fueron, que el señor mi amo entrega a sus
sirvientis las soldás de tiempo en tiempo, pa que hagamus de eyas lo que
más nos venga en gusto. Con este saber y el del vivir de nusotras dos,
traía el indino de él ajustá la cuenta, año por año y día por día, del
montante del agorro que yo debía guardar, y guardaba en verdá de Dios,
como oro en paño, pa el mejor acomodo de mi Tona el día de mañana. No
quería darse a ver por entonces en el pueblo; pero vivía en otro no muy
lejanu y podíamos entendernos él y yo muy a menudo si el caso lo pedía.

Hasta aquí fue lo dulce de la entrevista, según el relato de Facia. Para
la pintura de lo amargo de ella y mucho de lo sucedido después, ya no
tuvo la infeliz relatora ni colores ni arte ni fuerzas. Perdía el hilo
de los sucesos y me embrollaba el asunto. Deseando yo conocerle a fondo
y por derecho, acudí a confortarla y a dirigirla con reflexiones de
cariño y con preguntas de indagación minuciosa. Me salió bien el
procedimiento, y la sustancia de mi labor fue ésta:

Bien ajustada por el marido la cuenta de los haberes de su mujer, vino
la exigencia del primer «donativo». Por entonces tenía bastante con
ello; después, ya se vería. Facia no lo traería a mano, porque no
contaba al ir a la fuente con aquella urgencia repentina; pero él se
comprometía a volver a recogerlo allí mismo al día siguiente a la misma
hora, y era igual. Si ella deseaba callarse como una muerta en lo
tocante a aquel encuentro y a lo que fuera siguiéndose de él «por
respetos equis o tales» el hombre no se opondría a ello, porque era «de
un natural caballero y generoso, y sabía ponerse en todos los casos».
Pero debía de tener Facia entendido (y le encarecía mucho la
advertencia, por su bien) que él, con las carceladas y cadenas que había
sufrido, tenía saldadas todas sus cuentas con la justicia. Era libre
como el aire, y estaba en posesión de todos sus derechos, incluso el de
vivir con su mujer o el de reclamar a su hija para llevársela consigo,
si lo primero no le convenía. Si la decían otra cosa por lo de las
requisitorias llegadas a Tablanca a raíz de faltar él de allí, no le
dirían la verdad: primero, porque era inocente de todo lo que se le
achacaba; y segundo, porque, aunque no lo fuera, pagado con sobras lo
tenía ya en montón con otros pecados... que tampoco había cometido. Pero
él (volvía a repetirlo) no intentaría prevalerse de su derecho: conocía
las cosas, y no se apartaría del gusto de su mujer, si le tenía en que
lo tapado no se descubriese ni por las moscas. Así, y con este
sacrificio de su parte, podía llegarse también a los fines que él iba
buscando con su vuelta a Tablanca.

Para la desdichada mujer, que ya se había considerado libre de aquel
padrón de afrenta, y sólo aspiraba a que en el pueblo se fuera
olvidando, como se olvidaba, que había existido, y a que su hija no
tuviera jamás la menor sospecha de él, la aparición repentina de aquel
hombre superaba con mucho a todo cuanto podía imaginarse en la escala de
las humanas desventuras. Creyó a puño cerrado cuanto el pícaro la
afirmó, y desde aquel instante quedó indefensa esclava suya, como el
pájaro de la sierpe que le fascina y aterra. La hacienda, la vida: todo
le parecía poco para comprar el silencio del infame y poner entre él y
su hija un muro tal, que ni las águilas fueran capaces de volar tan
alto.

Y todo se fue haciendo como el bribón lo pedía. En la fuente y al
anochecer, las entrevistas; y en cada entrevista, un «donativo» de Facia
y nuevas baladronadas del tunante sobre el sacrificio que hacía por el
bien y el sosiego de su «familia», viviendo sin hogar y a salto de mata.
Como su «prestado domicilio» estaba lejos de Tablanca (aunque tenía para
las ocasiones de apuro «un apeadero» a la mitad del camino, bien
abrigado de los temporales y a cubierto de la curiosidad de las gentes),
las apariciones del hombre aquél sólo ocurrían en tiempo bonancible; y
de aquí lo que angustiaban a Facia los días soleados y lo que la
deleitaban los borrascosos, pues aunque no eran diarias, ni mucho menos,
las entrevistas en los primeros, se hacían imposibles en los segundos.

Uva a uva, pronto se acabó el racimo de los ahorros de la desventurada
mujer; y cuando ya nada la quedó que ofrecer a la insaciable voracidad
del vampiro, comenzó éste a esbozar otras exigencias que tardó en
comprender el ofuscado y nunca muy sutil entendimiento de Facia.

Cuando llegó a comprenderlas por declararlas el otro sin ambages ni
repulgos, las angustias de la desventurada fueron tales, que le
parecieron de juego las sufridas hasta allí. Él no podía, en conciencia,
conformarse con la miseria recibida de su mujer. Su abnegación y sus
sacrificios en bien de la tranquilidad de su «adorada familia» valían
mucho más, y había que buscarlo donde lo hubiera; y como lo había
abundante en casa de su amo, de mi tío, de allí había de salir, y mucho,
y enseguida, y con el ingenio y por la mano de su misma sirviente, de la
propia Facia. Sentía muchísimo llevar las cosas por ese lado y tan de
prisa; pero la pícara necesidad le obligaba a ello. Era, ante todo, leal
y agradecido, y debía grandes favores, que quería pagar, a otros dos
caballeros que habían compartido con él sus trabajos de presidio y no le
habían abandonado después hasta el momento en que así lo declaraba.

Aquí me asaltó de pronto un recuerdo, y pedí a Facia las señas
«particulares» de su marido. Comenzó por la de un chirlo en la cara que
le partía un ojo y la nariz, y no necesité de las restantes para dar por
conocido al personaje. Sin descubrirle mis sospechas, la reprendí
duramente por haberme ocultado hasta entonces lo que me estaba
declarando. A él, más que a ella, le importaba callar, porque tenía
grandes cuentas pendientes con la justicia. Todo lo que la había dicho
en contrario, era un embuste para explotar su candorosa ignorancia. Se
le podía haber cogido en una de sus emboscadas, como a un zorro en el
cepo, como se le cogería de seguro si aún andaba por allí...

A esto se estremeció de espanto la angustiada mujer y volvió a caer de
rodillas delante de mí, para pedirme por Dios crucificado que no se
hiciera tal cosa. También a ella se la había ocurrido alguna vez que
podía no ser verdad todo lo que él la decía «al auto de aquellos
particulares»; pero ¿y qué?... Si lo que la acongojaba no era eso, sino
el temor al ruido y al escándalo; a que el lugar se enterara del caso, y
después don Celso y, sobre todo, su hija, ¡Oh, esto nunca!... ¡Tapar,
tapar y no más que tapar!... Por ello, la vida suya y cien vidas y mil
vidas; el suplicio en cruz, en la lumbre de un horno; descuartizada
viva... enterrada en salud, entre sapos y serpientes.

--¿Y el robo también?--la interrumpí con mal disimulada dureza.

--¡Señor!--me respondió como aterrada por el sonido de la pregunta--.
Aunque capaz fuera de eyu, ¿qué sé yo ónde guarda las riquezas el mi
amo, ni si las tiene en casa tan siquiera?

Aquí me refirió, espiritada y convulsa, después de sentarse otra vez,
por mis reiterados mandatos, cómo, no teniendo valor para hacer lo que
el infame la proponía, ni resolución bastante para negarse a ello, había
ido entreteniéndole las impaciencias con aquel reparo y con el de la
continua presencia mía y de otras gentes en la casa con motivo de la
recaída de su amo (porque esto ocurrió en los días que siguieron a la
nevada); pero, aunque de todo estaba enterado él, a nada de ello daba la
menor importancia: al contrario, sostenía que al amparo de aquellos
quehaceres y preocupaciones, era como mejor podía ella lograr sus
intentos, si los ponía por obra. Esto, por las buenas; porque si aún la
parecía mucho, acudiría a las malas, pues, por las malas o por las
buenas, ello había de hacerse, y en el aire.

La infeliz no sabía qué partido tomar dentro de aquel estrecho círculo
de hierro candente, abrasador; y como las impaciencias del pícaro no
daban la menor tregua, un día, la víspera del en que Facia me lo
contaba, la había dicho él: «Puesto que no te resuelves a cogerlo con
tus manos, «hemos» resuelto «nosotros» robarlo con las nuestras. Hacia
la media noche de mañana, cuando ya no quede señal de hombre en la
cocina ni chispa de rescoldo en el hogar y duerman todos en la casa,
llegaremos al portón de la calleja. Entonces oirás un silbido de este
aire (y silbó por lo bajo de cierto modo). Sin más que oírle, te llegas
callandito al estragal y me abres la puerta, con tal finura y cuidado,
que ni las mismas bisagras se enteren de ello. Lo demás corre de nuestra
cuenta. Ya daremos con el gato, por escondido que esté. Si hay alguno
demasiado ligero de sueño, boca abajo para _in saecula_ en cuanto se
despierte, y el primero tu amo, si es que no ha habido que empezar por
su sobrino... o no se dejan amarrar todos con la docilidad que pide el
caso. Conque ya estás advertida, y bien te consta cómo las gasto.
Sabiendo que me juego la vida en el trance, figúrate lo que se me
importará de la tuya si hay que ponerla en pleito porque se te haya ido
un poco la lengua en todo el día, y por razón de ello no encontramos la
casa por la noche en el sosiego y la tranquilidad que siempre tuvo a
tales horas.»

Dicho todo esto con un cinismo feroz, marchóse, dejando a Facia más
muerta que viva. Y así estaban las cosas; y estando así, ¿cómo gozar
hora de sueño ni minuto de tranquilidad, ni cómo dejar de confesarlo al
fin y al postre, ni a quién, sino a mí?

Interesóme de veras el caso, porque vistos los antecedentes del
«caballero» aquél y de sus fidalgos camaradas, no era para tomarlo a
risa; y después de meditar un poco mientras Facia gemía y se retorcía
las manos cadavéricas, la dije:

--¿De manera que eso ha de suceder esta misma noche?

--Así fue la amenaza--respondióme, casi sin voz para ello.

Notaba yo que la pobre mujer estaba en aquellos instantes bajo la doble
tortura de los sucesos mismos declarados, y del temor a lo que pudiera
alcanzarla del mal juicio que yo hubiera formado de todo ello;
inspirábame honda compasión, y con el fin de aliviarla un poco de ambos
tormentos, la hablé así:

--En primer lugar, del dicho al hecho siempre hay gran trecho, y mucho
más si los hechos son de la magnitud de éste que a usted la espanta; de
manera que las amenazas de venir esta noche esos bandoleros a desvalijar
a mi tío, se cumplirán... o no se cumplirán; y bien pesado y medido
todo, quizás fuera preferible que vinieran, particularmente para usted,
por aquello de que «muerto el perro, se acabó la rabia». En segundo
lugar, con la confesión que usted me ha hecho, y ¡ojalá se le hubiera
ocurrido hacérmela la primera vez que topó con su marido en la fuente!
si no viene por aquí esta noche a liquidar todas sus deudas en una sola
partida, tengo todo lo que necesito saber para obligarle, por la cuenta
que le trae, a que abandone esta comarca callandito la boca y a buen
andar por donde nadie le vea, y la deje a usted en santa paz por todos
los días de su vida. De manera que no hay para qué gemir ni angustiarse,
como usted gime y se angustia. Déjelo, pues, todo a mi cargo; obedézcame
en cuanto yo disponga; comience por arreglarse el tocado y el vestido,
después de alegrar un poco los sombríos celajes de la cara; vuelva a
ocuparse desde ahora en sus ordinarios quehaceres con el remango que
solía; atienda a mi tío como siempre, y cuide mucho de que Tona no
empiece a poner en duda las disculpas con que, en éstos y otros días de
tormenta, ha estado usted engañando su candidez. Conque ya está usted
absuelta de todo pecado por lo que a mí toca; y ánimo, y a cumplir la
penitencia que la acabo de imponer.

Con esto la di dos palmaditas en la espalda; logré que las angustias
desesperadas de antes se trocaran en copioso y sosegado llanto;
incorporóse al fin con cierto brío; intentó, y no se lo consentí,
besarme las manos; y después de prometerme que emplearía todos los
alientos que la quedaban de los suyos y los que yo la había prestado, en
obedecer mis mandatos, se dirigió a la puerta. Pero yo no sé qué vio de
pronto en la luz del aposento, que se lanzó, con aquella fuerza que
siempre la arrastraba, un tiempo hacía, a leer los fenómenos
meteorológicos en la bóveda celeste, a uno de los cuarterones de la
puerta de la solana. Allí se estuvo unos instantes devorando el espacio
con los ojos. Acerquéme yo al otro cuarterón, y exclamó ella entonces:

--¡Ay, señor don Marcelo!... Si las señales no mintieran, ¡qué suerte la
nuestra!... ¡Miri, miri esas nieblas que abajan por ayí... y por ayí, y
por toas partes; miri esi cielu encenizau y escuru; miri aqueyas motas
negras de ayá arriba, que son butres que pasan cara acá!... Pos lo unu y
lo otru y too eyu en juntu, y ese frío que ahora noto que se sienti, too
es nieve, nieve pura que se cuez y está pa caer de una hora a otra. ¡Si
el Señor y mi Padre de los cielos fuera tan misericordiosu que tampocu
esta vez fallaran los barruntus!...

Y con esto abandonó el observatorio sin esperar mi respuesta, y salió
del gabinete casi batiendo las palmas y con una agilidad desconocida en
ella mucho tiempo hacía.

Yo me quedé ¿a qué negarlo? haciendo votos porque los barruntos no
fallaran; después medité un rato sobre los sucesos que podrían ocurrir
aquella noche; y con el esbozo de un plan en la cabeza, dejé mi cuarto y
pasé al de mi tío.



XXVI


En aquel momento entraba Neluco. Yo no había visto al enfermo más que un
instante después de saltar de la cama; nada había respondido a mis
preguntas porque dormitaba, y a la escasa luz que entonces aclaraba un
poco las tinieblas del dormitorio, nada tampoco me había chocado en su
aspecto; pero al observarle nuevamente y a mejor luz, ya me pareció cosa
muy distinta. Estaba mucho más anheloso que por la noche, más azulado de
color, más vidrioso de mirada, y, sobre todo, muy atormentado por la tos
y muy inquieto en la cama. Miré a Neluco, que le estaba pulsando, y leí
en su cara sombría la confirmación de mi diagnóstico. De pronto, nos
dijo él con voz tenue y silabeando casi las palabras por no alcanzar a
más sus alientos:

--Hoy no me gusto pizca, muchachos.

Nos miramos el médico y yo, y le preguntó éste:

--¿Por qué lo dice usted?

--Porque me encuentro peor que el día en que más malo me he visto.

--Aprensiones de usted,--dije yo, por decir algo que le animase.

--Eso ha de verse pronto--respondió el enfermo.

Neluco, entre tanto, continuaba pulsándole, ora en una muñeca, ora en la
otra; arrimó el oído a su pecho, encima del corazón, y le descubrió y
palpó las piernas hasta la rodilla; hízole varias preguntas luego, y,
por último, se quedó un buen rato arrimado a la cama y mirándole
fijamente, con la cabeza algo caída, como si no supiera qué decirle o lo
estuviera discurriendo en vista de los fenómenos que observaba. Yo
estaba enfrente de Neluco, arrimado a la cama también; y a la puerta de
la alcoba, con los brazos cruzados y en pie, como dos estatuas de la
melancolía y de la curiosidad, Facia y su hija esperando órdenes. Las
primeras fueron de mi tío para pedir «otra almohada», y eso que pasaban
de tres las que le servían de apoyo para sus espaldas y cabeza.

Mientras las dos mujeres cumplían el mandato y mullían y arreglaban el
montón resultante para menor incomodidad del enfermo, salió Neluco del
dormitorio y yo tras él, por una seña que me hizo.

--Esto va por la posta--me dijo, de modo que no lo oyera el enfermo.

--¿Tan grave le halla usted?--preguntéle.

--Gravísimo--me respondió--. Cuestión de horas más o menos. Así es que
si apunta el menor deseo de confesarse, no se le contraríen por ningún
miramiento; y si no le apunta... procuren ustedes apuntársele. No le
dispongo nada nuevo, porque todo sería inútil, incluso la mortificación
de una cantárida. La hinchazón de las piernas, como usted habrá visto,
ha tomado esta noche un gran incremento... el propio y natural del
avance repentino que ha dado la enfermedad, quizás por el rápido
descenso que ha habido en la temperatura esta madrugada... porque no sé
si habrá usted notado que hace un frío desde el amanecer, que corta un
pelo.

Esto del frío produjo en mi imaginación un trastrueque súbito de ideas;
y olvidando al enfermo, no me acordé más que de la intentona dispuesta
por los tres forajidos para aquella noche; y así es que pregunté a
Neluco con la misma avidez que pudo hacerlo Facia en sus «mejores días»
de espantos y congojas:

--¿Cree usted que nevará?

--Y de firme--me respondió Neluco--. Todos los síntomas son de una
nevada de las más copiosas y duraderas que se descuelgan por acá.

--¿Y cree usted también--insistí--, que empezará hoy mismo?

--Como que ya empezaba cuando yo he venido--me contestó--. ¡Vea usted!

Y me condujo a la puerta de la solana, desde cuyos cuarterones vimos
pasar, llevados por el airecillo glacial que soplaba afuera, algunos
copos, idénticos a los que yo había visto al empezar la otra novela. Sin
embargo, el cielo no estaba tan «encenizado» ni sombrío como entonces.
Así se lo advertí al médico, y él me replicó:

--Pero todo se andará, y pronto, no lo dude usted. Por lo
mismo--añadió--, hay que tener mucho cuidado con el abrigo de estas
habitaciones. Que no falte de aquí el brasero bien quemado, de modo que
se conserve inalterable la temperatura que ahora hay en el cuarto del
enfermo. No ha de sanarle la precaución, ni de mejorarle siquiera, por
supuesto; pero hay que poner de nuestra parte, en bien de él, todo
cuanto sea posible... Otra cosa: en vista de lo que ocurre, y,
particularmente, de lo que pueda ocurrir, hace aquí falta más gente que
ustedes, por razones que en otra ocasión análoga le di, y pienso avisar
a Mari Pepa para que venga enseguida con su hija... Es posible que le
diga también algo a don Sabas, para que esté prevenido siquiera.

Con poco más que esto y unas advertencias que me hizo concernientes al
enfermo después de pasar otra ratito a su lado, se fue Neluco y quedéme
yo sumido en las más endiabladas cavilaciones. El mismo Satanás, puesto
a discurrir un conflicto para la casona, no le hubiera hilado tan bien
como lo estaba el que yo temía para aquella noche, si las amenazas del
baratijero se realizaban, o no venía a impedirlo y arreglarlo todo el
_deus ex machina_ de la nieve, en la dosis en que me la había
pronosticado Neluco. Porque de otro modo, «¡Virgen la mi Madre
celeste!», como habría dicho en igual caso la mujer gris. Don Celso,
agonizante quizás a aquellas horas, o tal vez cadáver ya; Lita y su
madre a su lado, asistiéndole o rezando por él; Facia en los paroxismos
de su reproducida tribulación; tres bandoleros asaltando la casa, y yo,
con Chisco y Pito Salces, a tiro limpio con ellos, acabando de matar con
el susto a mi tío, si aún vivía, y poniendo a punto de morir de congoja
a las mujeres, a dos de las cuales, por lo menos, estaba yo obligado a
defender de todo riesgo mientras me quedaran un soplo de vida, un
cartucho que quemar o un asador que esgrimir. Recién oída por mí la
confesión de Facia, me había imaginado este cuadro mucho más sencillo.
Chisco, Pito Salces y yo, armados hasta los dientes y bien apercibidos,
en acecho y sin respirar, en las tinieblas del portalón; uno de nosotros
abriendo la puerta con las precauciones convenidas en cuanto se dejara
oír afuera el silbido del baratijero, y luego los tres, según iban
entrando los bandidos... ¡fuego a quemarropa sobre ellos! Ni el primer
peldaño de la escalera habían de profanar con su pie los infames. Para
que no se sobrecogiera mi tío con el estruendo, le habría engañado yo
antes con un embuste cualquiera: le habría dicho, por ejemplo, que se
había visto la noche antes el lobo rondando la casa por aquel lado, y
que pensábamos matarle en las altas horas de la inmediata si volvía. Las
agallas de Chisco y de Pito Salces me eran bien conocidas, y no había
para qué avisar más gente ni dar cuarto al pregonero. Nos bastábamos los
tres para aquella empresa por de pronto: lo demás, es decir, el recoger
los despojos de la batalla, los cadáveres achicharrados y hechos jigote,
ya lo haría la justicia oportunamente avisada. Y a esto se reduciría
todo. Pero con el nuevo aspecto de las cosas, ignorado por los bandidos;
con la casa llena de mujeres, y la muerte, con su cortejo de lágrimas y
de ceremonias y accesorios patéticos, enseñoreada de ella, ¡qué
perturbaciones y qué escándalos y qué profanaciones y sacrilegios no
produciría una batalla en el estragal, a tiro seco, con sus
correspondientes blasfemias y alaridos, y cadáveres ensangrentados y
palpitantes! En fin, que si no arreglaba el conflicto la nevada, había
para volverme tarumba y tener por cuerda y resignada a la mujer gris en
sus recientes apuros. Por lo pronto, y esto me calmaba algo las
inquietudes, había muchas horas por delante; se vería qué rumbos iba
tomando y cómo se portaba el temporal insinuado, y qué marcha seguía
durante la mañana la agravación de mi tío. Yo bien provisto estaba de
armas y municiones; Chisco también, y a mi lado vivía en casa; y a
Chorcos, ya cuidaría yo de avisarle a tiempo para que se quedara a velar
con el pretexto del grave estado de don Celso. No dejó de ocurrírseme
que, en lugar de esperar a los salteadores en el portalón de la casa, se
les podía armar una emboscada en los peñascos inmediatos a ella, y
fusilarlos a mansalva en cuanto se arrimaran a la puerta los tres. Pero
este plan era menos «concluyente» que el otro, y estaba expuesto a
quiebras que podían salirnos caras a los acometedores, por más que nos
asistiera la justicia, según todas las leyes divinas y humanas. Así y
con todo, se pesarían y medirían ambos planes si llegaba el caso y en su
hora, y se optaría por el mejor.

Esto y mucho más lo meditaba yo voltejeando maquinalmente por el
interior de la casona después de haber despedido al médico. Dando, de
repente, por bien examinado el punto por entonces, resolví volver a ver
cómo andaba mi tío de sus angustias mortales. Pero no entré en su cuarto
sin asomarme antes a uno de los vidrios de la puerta que daba a la
solana por el comedor. El cielo continuaba obscureciéndose y el chispear
de la nieve espesando. Me gustó el síntoma. Mi tío, aunque entre amagos
continuos de la tos, parecía más sosegado, y dormitaba. Facia, sentada
lejos de él y atenta a cuanto pudiera ocurrirle, después que yo hube
contemplado al enfermo acercándome de puntillas a su cama, me dijo con
la mirada:

--Bien va eso, ¿eh?

A lo que yo respondí con otra mirada y un gesto:

--De lo mejor.

Pero bien sabe Dios que ni la pregunta ni la respuesta se referían al
estado del enfermo, sino al aspecto del temporal.

Pasaron dos horas sin que dentro ni fuera de la casona ocurriera novedad
digna de ser notada, y llegaron, pero sin el estrépito de costumbre,
Lita y su madre y hasta el propio don Pedro Nolasco. Esta peripecia,
relativamente alegre, en el sombrío drama que se desenvolvía, y a todo
andar, en aquellos envejecidos ámbitos, me levantó mucho el espíritu.
Venían los tres personajes hondamente impresionados por las noticias que
les había dado Neluco. El gigante, por todo saludo, me estrechó la mano
en silencio, con dos tremendas sacudidas que a poco me desarticulan el
brazo por el hombro; su nieta y su hija, con los ojos empañados, me
pidieron, mientras comenzaban a desliarse los abrigos, y en voz muy baja
algo temblorosa, las noticias de cajón sobre el estado actual de mi tío.
Díselas, no tan malas como las que esperaban ellas, y esto las animó a
acercarse muy quedito hasta la puerta de la alcoba. Desde allí
estuvieron contemplando el batallar que no cesaba dentro de las ruinas
de don Celso, entre el sueño que le amodorraba y la tos que se lo
prohibía, hasta que se revolvió en la cama por uno de aquellos choques,
del que salió medio sofocado, con la boca y los ojos muy abiertos y
acopiando el aire para respirar, hasta con las manos. Entonces se
ocultaron rápidamente, casi de un salto, en la salona, y se volvieron
ambas hacia mí, que no las perdía de vista, con la pena y la
conmiseración pintadas en la cara. A todo esto, don Pedro Nolasco, de
pie, rígido, inmóvil y silencioso, en el mismo sitio en que se había
plantado al entrar. Pasó en breve el acceso, y volvió el enfermo a caer
en el marasmo de antes... Pero ¿qué diablos veía yo en Lituca que me
cautivaba más la atención en aquellos momentos que el pasmo de su abuelo
y la angustiosa situación de mi tío? ¿Qué había en ella de nuevo y de
extraño para mí? Pues, lisa y llanamente, las lágrimas de sus ojos y la
expresión dolorida de su cara infantil; y yo me preguntaba en cuanto
salí de mis dudas: «Pero ¿cuándo está más mona esta chica? ¿cuando ríe y
gorjea como los pajaritos del monte, sin penas ni cuidados, o cuando
siente, como ahora, a falta de dolores propios, la compasión que le
inspiran los ajenos?» Y no sabiendo por cuál de estos extremos optar,
quedéme con los dos, porque es lo cierto que, riendo o llorando, estaba
monísima aquella criatura.

Temiendo que la impresionara con exceso la contemplación frecuente de
aquel cuadro aflictivo de la miseria humana, tan nuevo para ella, la
aconsejé que se abstuviese de entrar en el cuarto del enfermo. A lo que
me respondió con una fuerza de resolución que se imponía:

--¡Pues mire que tendría que ver, señor don Marcelo!... ¡Vaya! ¡vaya!...
¿Piensa que soy yo de melindres, por si acaso? No diré que al principio
no me encoja un poco; pero después... ¡vaya! ¡vaya! Y, por último, para
las ocasiones son las valentías; y ahora o nunca. ¡El mi pobre señor don
Celso!...

--Déjela, déjela--me decía casi al mismo tiempo la rozagante Mari Pepa,
arrojando el último de sus abrigos flotantes sobre una silla, encima de
los que acababa de arrojar Lituca--; déjela que entre y salga cuando
quiera, que es bueno jacerse a todo, como ella se irá jiciendo, porque
la conozco bien. Al que hay que tener a raya sobre ese punto, es al mi
padre. Cayóle la noticia como una peña en la nuca, y aturdióse como usté
le ve. Yo no sabía si dejarle en casa o traerle; pero vile roncero de
quedarse solo y muy arrimao a venirse, y jícele su gusto, que era
también el nuestro; porque puestas aquí, podemos tardar más o menos en
volver a casa, y mejor que en parte alguna estará el venturao con
nosotras donde quiera que ello sea. Lo que está él es aterecío de
frialdá, ¿no es cierto, padre? Y mire, en la cocina habrá buena lumbre,
¿no es verdá, don Marcelo? y estará usté más apartao de estas cosas que
le amurrian y acobardan, sin dejar de estar bien acompañao con los que
entran y salen... y de paso, mire, que añada Tona buen por qué al ollón
grande, que somos tres bocas más... ¡Hija, qué bobás se le ocurren a una
cuando no sabe lo que diz, ni tomar los tiempos como vienen! Conque
¿entendióme, padre?... Y a usté, don Marcelo, ¿qué le paez de este
disponer mío, como si estuviera en la mi casa?

Todo me pareció bien, hasta el estilo, y las precauciones que tomaba
Mari Pepa para no ser oída del enfermo, y la decisión de Lituca, y, en
particular, la cara que ponía para declarármela. Yo mismo conduje a la
cocina a don Pedro Nolasco, que se dejaba traer y llevar como un niño
atolondrado, y le senté en el sillón de mi tío, dejándole al cuidado de
Tona y de Chisco, que andaba por allí entonces, con encargo de que le
entretuvieran y animaran... y le dieran de comer cuanto pidiera, si lo
pedía. Yo volvería por allí muy a menudo, y las señoras lo harían
también de vez en cuando. En el ínterin, mucha leña a mano y buena
lumbre sin cesar.

Antes de salir de la cocina, miré por los cristalejos de la puerta que
da al balconazo de aquella fachada, y vi que continuaban ennegreciéndose
los celajes y que ya blanqueaban un poco los picachos de enfrente y
hasta las praderas del valle por algunos sitios.

Cuando llegué al cuarto de mi tío, ya se habían apoderado de él y de sus
aledaños Lituca y su madre, y enviado a Facia a sus ordinarios
quehaceres, por no ser necesaria allí su presencia por entonces.
Ordenaban adentro muebles, ropas y frascos y botellas de potingues;
enderezaban felpudos y alfombrillas, que abundaban en el suelo;
graduaban y dirigían la luz de los cuarterones de la ventana y la que
entraba por la puerta, de modo que no diera de lleno en la cara del
enfermo, y hasta le limpiaban el sudor viscoso y frío que relucía en su
frente, y le arreglaban las coberturas y las almohadas; pero todo ello,
lo mismo que cuando trabajaban afuera, sin hacer ruido ni levantar polvo
ni causar la más leve mortificación al paciente. Me daba gusto
contemplar aquel trabajo de hadas bienhechoras. Mi tío, sofocado por la
tos, despertaba algunas veces de su letargo, abría los ojos, clavaba en
nosotros su mirada entorpecida y voraz, y volvía a cerrarlos enseguida
para caer de nuevo en su modorra. Cuando se aprovechaba una de estas
coyunturas para darle unos sorbos de caldo o la «cucharada» medicinal
que «le correspondía», tomábalo entre quejidos y balbucía protestas
iracundas.

Cerca del mediodía se despejó un poco y nos ponderó mucho lo mal que se
encontraba. Llegó en esto Neluco, y ni por cortesía intentó convencerle
de lo contrario. Pero le exhortó a que llevara con paciencia sus
trabajos, pues no estaba obligado a menos un hombre de su fe y de su
correa. A lo que contestó el enfermo, con toda la iracundia que pudo
hallar entre el montón de sus propias ruinas:

--¿Todavía te paez cosa de ná la mi paciencia, condenao? Con la mitá de
lo que tengo te quisiera yo ver, mediquín, matasanos de los demonios, a
ver qué cara ponías... ¡Pues hombre!...

Intervinimos todos, Neluco inclusive, para calmarle, y se calmó pronto;
pero no apuntó la menor idea de prepararse a bien morir. Sobre este
punto venía muy contrariado el médico. Me dijo, al despedirse, que don
Sabas estaba ausente del lugar, auxiliando a un moribundo de otro
pueblo, cuyo párroco se hallaba enfermo. Al saberlo le había mandado un
propio; pero como hasta el pueblo había muchas varas de camino que medir
y la nevada iba espesando por instantes, aunque don Sabas procuraría no
perder uno solo en cuanto se enterase de lo que ocurría en la casona,
¡fuera usted a saber a qué hora de la tarde llegaría, y si llegaría a
tiempo ya!

Por no acercar demasiado al gigantón de la Castañalera al cuadro que tan
tristemente le impresionaba, comimos todos con él en la perezosa de la
cocina, servidos por Tona, mientras su madre cuidaba del enfermo. No fue
aquella comida tan sabrosa para mí como otra que yo no olvidaba, más que
por lo reciente de su fecha, por lo regocijada que la hicieron aquellas
dos comensalas que en la última, algo por respeto a la tristeza
«oficial» de la casa, y algo más por la pena que los motivos de esta
tristeza les daban, comieron muy poco y hablaron menos. Menos habló
todavía que ellas, don Pedro Nolasco, que no habló palabra; pero, en
cambio, ¡qué engullir el suyo tan formidable!

Antes de que acabáramos de comer, supimos por Facia que el enfermo había
vuelto a dormirse y que «el trapeu de la nieve iba tan a más, que daba
gustu». Yo me acordé de la ausencia de don Sabas y de la falta que hacía
al lado de mi tío, y no recibí la noticia con tanto placer como el que
sentía la madre de Tona al dármela.

Según corrían las horas de la tarde, apretaba el temporal y también las
ansias del enfermo, que seguía luchando con ellas a ojos cerrados y sin
conciencia, al parecer, de lo que estaba pasando. Bien sabe Dios lo que
nos inquietaban estos síntomas y que ardíamos en deseos de insinuarle lo
que Neluco deseaba, ya que no se anticipaba él a insinuarlo; pero ¿de
qué serviría la insinuación mientras no tuviéramos a mano al Cura? Entre
estas dudas y las consiguientes inquietudes, llegó la noche cerrada, a
poco más de las cuatro, con una tercia de nieve sobre el valle y un
nevar espeso y continuo que ya me iba alarmando mucho, porque suponía a
don Sabas en camino y pensaba en los peligros que podía correr. Entre
tanto la cocina se llenaba poco a poco de gente que acudía a saber de
don Celso y a ofrecerse para toda clase de menesteres en la casa en
aquellas horas de prueba, y a mí no me disgustaba verme tan bien
acompañado en ocasión de tantos apuros. A don Pedro Nolasco le sucedía
lo propio, y hasta rompió a hablar con los contertulios y se permitió
ciertos vaticinios risueños acerca de la enfermedad del viejo amigo y
casi pedazo de su alma... precisamente en el instante en que mi tío
saliendo de su modorra pertinaz y después de recorrer la estancia con
los ojos azorados, dijo entre angustias de la respiración, como si no le
cupiera ya en el pecho una burbuja de aire sin haberle desocupado de
otra igual:

--Ahora... ahora es la de irse de veras, hijos míos, y la de prepararme
al viaje en toda regla. Hacedme la caridad de decirle al Cura que le
llamo yo para lo que él sabe... si no es alguno de los bultos que yo
distingo malamente desde aquí, no sé si por culpa de la poca luz del
cuarto, o porque ha empezado a apagarse ya la de mis ojos... ¡Sabas!...
¡Sabas!...

Todos los allí presentes oíamos y callábamos, y nos mirábamos unos a
otros sin saber qué contestar. ¿Cómo decirle que el Cura no estaba en la
casona ni en el pueblo?... Pero ¡qué ofuscación tan absurda la nuestra!
¿Qué inconveniente había en entretenerle las impaciencias, respondiendo
que habían ido a avisarle y que estaba a punto de llegar? Esto iba a
responderle yo al mismo tiempo que me acercaba a su cama con Lita y
Mari-Pepa, hechas un mar de lágrimas, mientras quedaba Facia arrimada a
la pared del fondo con los brazos cruzados, la cabeza inclinada sobre el
pecho y los ojos, secos, entristecidos e inmóviles, clavados en la faz
cadavérica de su amo, cuando éste volvió a exclamar, pero con un brío
inconcebible en su estado miserable:

--¡Sabas! ¡Sabas!...

En esto oí un rudo golpeteo, como al desembocar del carrejo en la
salona, y al mismo tiempo una voz que respondía a estas llamadas
enérgicas:

--¡Allá va, jinojo!...

Conocí la voz, retrocedí de un salto hasta la puerta, y vi que por la
del salón avanzaba un bulto que lo mismo podía ser un jaral de la
montaña, tal y como debían estar todos en aquellos instantes, que un
hombrazo del calibre y los talares de don Sabas, porque venía nevado por
la cabeza y por los hombros y por donde quiera que asomaba un relieve,
por mínimo que fuera, en sus luengas y espidas vestiduras; y al andar y
sacudirse de propio intento, arrojaba en el suelo la nieve en cascadas
polvorosas, como cae de los matorros cuando los sacude y zarandea el
cierzo enfurecido. Salí a su encuentro para ayudarle a sacudirse y a
enjugarse... y a nada, porque de dos bativoleos se desprendió de todo lo
flotante que goteaba sobre él. Así quedó, en un periquete, liso y mondo
de pies a cabeza, es decir, de chaqueta corta y en pelo. Mientras se iba
despojando de aquellas envolturas y accesorios, me decía:

--¡Ah! pues gracias a que el tordillo tiene más agallas de lo que paez,
y pudo con el espolique que a medio camino le cargué a las ancas, que si
no... ¡jinojo! dígote que no llegamos vivos ninguno de los tres; porque
nevadas he visto en lo que llevo de vivir; pero como ésta, ¡vaya,
vaya!... ¿Y qué le pasa al pobre don Celso, hombre? Cuando allá me lo
fueron a decir, no me cogió de susto, porque me lo venía yo temiendo de
día en día. Lo peor del caso fue que aquel infeliz agonizante no
acababa, y no era cosa de abandonarle en trance tal... Pues ¡cuidado si
le da por no acabar en toda la tarde de Dios!... A todo esto, la nieve
espesando y cerrándose los caminos. ¡Mira tú qué ocasión para ponerse
este otro en la agonía!... ¡Si lo que hace Satanás para jincar el diente
a las almas, es mucho cuento! A bien que no ha sido ello por falta de
advertencias mías; pero este Celso, con ser tan hombre de fe, es de suyo
tan...

Todo eso lo decía ya, y casi lo gritaba, el bueno del Cura a la puerta
del dormitorio de su amigo, donde le interrumpió el descosido
razonamiento otra llamada como la de antes.

--¡Sabas! ¡Sabas!

--¡Aquí estoy, hombre!--respondió el Cura--. ¡Cuidado que es tema!...
Pues mira, con esas prisas en mejor salú, no las tuvieras ahora...

--¡Eso es!--refunfuñó mi tío--. Para consuelo de mis ajogos, tíñeme y
vociférame, ¡pispajo!

--¡Qué te he de reñir, hombre, qué te he de reñir!--díjole entonces don
Sabas, que enfrente de aquellas ruinas miserables del amigo y camarada
de toda su vida, no acertaba a contener los lagrimones que le brotaban
en los ojos--, ¡ni cómo te he de vociferar!... ¡Pues bueno estaría ello,
jinojo!... sino que, como he venido, pude no venir, por causa de fuerza
mayor. ¡Y figúrate tú entonces! ¡figúratelo, Celso!... Vaya--añadió
interrumpiendo de pronto su discurso y pasando la mirada por el cuarto y
acentuándola con un movimiento de sus brazos, muy significativo--: aquí
sobran todos menos el enfermo y yo; porque lo que va a pasar entre
nosotros, no admite más testigo que uno, que es el Señor y juez de vidas
y almas.

Salimos los que sobrábamos y cerró don Sabas la puerta por dentro. Yo no
sé lo que pasó por mí entonces; pero declaro que me sentí muy conmovido
y que hasta lloré, disimulándolo mucho, como si fuera una debilidad
indigna de los hombres fuertes.

¿Procedían aquellas lágrimas vergonzantes del contagio de otras más
francas? ¿Eran arrancadas de mi corazón por la pena de ver a aquél, mi
pariente en estado tan mísero y compasible? ¿Me las producía aquella
rara escena que acababa de presenciar entre el Cura y el enfermo, a
través de cuya tosca urdimbre se dejaban ver fondos y lejanías
admirables? Quizás hubiera en ellas algo de todos y cada uno de estos
ingredientes; pero el hecho es que yo lloraba, aunque no tanto como las
mujeres que se agrupaban junto a mí, mientras iban entrando de puntillas
en el salón en que estábamos muchos de los tertulianos de la cocina que
se habían amontonado en el carrejo después de la llegada del Cura,
transidos de pesadumbre... y de curiosidad.

La luz que Facia había encendido en la lamparilla del dormitorio al
salir de él, y que aún conservaba en la mano, iluminaba un poco aquellas
fauces entenebrecidas; y así pude entreverlas atascadas, materialmente,
de figuras apiñadas y oscilantes que miraban hacia nosotros con
impaciencias voraces; y aun hubiera jurado yo que allá en el fondo,
detrás de toda la masa, pero alzándose un codo sobre la cabeza del más
talludo, relucían, como dos linternas en un túnel, los ojazos verdes y
saltones del gigantón de la Castañalera.



XXVII


Al cabo de un buen rato me pidió Mari Pepa muchas cosas que, a su
juicio, iban a ser necesarias allí muy pronto. Yo, delegando en ella y
en su hija cuantas atribuciones tenía en la casa, las entregué las pocas
llaves que guardaba, y mandé a Facia que se pusiera a sus órdenes con
las restantes. Para despachar bien y pronto lo que proyectaban, era
indispensable que se volvieran a la cocina los tertulianos que,
dispersos por aquí o en rebaños por allá, todo lo obstruían... y
apestaban, y no había manera de revolverse entre ellos. Hízose así al
punto por mi mandato, y empezaron las dos mujeres a saquear alacenas,
armarios y cajones. Facia guiaba, y yo seguía como un autómata a las
tres.

Mientras desvalijaban el último cajón de la cómoda de mi cuarto, se
abrió la puerta de mi tío, y apareció don Sabas en el hueco. Noté que
salía lloriqueando, y corrí hacia él temiendo que ya hubiera concluido
todo allí; pero desde medio camino oí toser al enfermo, y esto me
tranquilizó. Salióme al encuentro el Cura, y me dijo, mientras se secaba
los ojos con un pañuelo de yerbas:

--No se puede remediar, ¡qué jinojo!... por más avezado que uno esté a
contemplar miserias y acabaciones humanas... Porque hay casos y casos,
señor don Marcelo, y éste es uno de los más duros de pelar para el pobre
Cura. Sesenta años de vivir, más que como amigos, como hermanos, y cada
cual en su ministerio... ¡y cuidado si ha sido de altura el suyo!...
algo rejunde en la entraña... me parece a mí... De pronto diz el otro al
uno de ellos: «vaya, pues yo me marcho... y para no volver: conque
ajústame tú estas cuentas que tengo que dar a Dios, por tu mediación
mesma de lo mucho que le debo y de lo poco y mal que le he pagado... y
ahí te quedas, viejo y solo, hasta que te llegue la tuya, que no puede
tardar porque de viejo nadie pasa; y ya verás lo que es jallarte un día
y otro sin el amigo de siempre, que parecía ya carne de tus carnes y
llenaba todo el lugar, aunque en él no se le viera...» Y vaya usté, por
otra parte, a saber si al llegar la de uno, le cogerá así o le cogerá
asao, porque la carne es flaca y Satanás no duerme, y si, por tomas o
por dacas, tampoco volvemos a encontrarnos en el otro mundo. Porque él
va bien de equipajes... ¡eso sí, jinojo! y derecha como un juso ha de
subir la su alma. En lo humano no puede presumirse otra cosa, con la
preparación que él ha hecho, después de una vida de caridad, que yo me
sé de memoria... En fin, que de ésta se va, y que no hay que dormirse
para disponerle todo lo que le falta en el trance en que se ve... Hay
que viaticarle enseguida, y para ello me voy a la iglesia ahora mismo.
Adviértase aquí para que se espere a Dios con la pompa que se le debe.

Se habían llevado sus talares a la cocina para secarlos a la lumbre; y
al ir el Cura a recogerlos, hizo a la gente congregada en ella la misma
advertencia que a mí, y la arrastró luego consigo, menos a Chisco y a
Pito Salces, a quienes ordené yo que se quedaran «vigilando la casa, por
lo que pudiera ocurrir». Ocioso lujo de precauciones a aquellas horas
(cerca de las siete), con una noche oscura como boca de lobo, cayendo la
nieve a puñados, y con unos rugidos del vendaval hacia la montaña, que
daban miedo.

Sin preocuparme gran cosa del pobre Marmitón, que se quedaba solo otra
vez, repantigado, mudo y atónito en el sillón de madera y muy arrimado
al fuego, volvíme al cuarto de mi tío para ver lo que pasaba en él
después de la salida de don Sabas. Ya estaba desconocido todo aquel
interior, y aún continuaban transformándole por momentos las dos hadas
de la casona. En la cama del enfermo, la colcha de damasco rojo de los
grandes días, y vuelto sobre ella, el amplio y bordado embozo de una
sábana de lujo; las almohadas, con fundas de grandes guarniciones muy
tiesas y escaroladas, y el enfermo mismo, con camisola limpia, calentada
poco antes al brasero y sahumada con tomillo, sobre el espeso chaquetón
elástico que le abrigaba el tronco; junto a la cama, una alfombra en
lugar del felpudo de siempre; encima de la cómoda, cayendo en airosos
pabellones por los lados, otra colcha de las buenas de la casa, y sobre
ella, esperando mejor destino, el crucifijo de marfil, seis candeleros
de plata, un vaso con agua bendita y un ramito de laurel.

Cuando yo llegué, se ocupaban las dos mujeres, que parecían tener
diablillos en las manos, en sustituir, ayudadas de Facia, el trasto
viejo que siempre estuvo a la cabecera de la cama, con una mesita
cuadrangular sacada de mi gabinete, donde la usaba yo para leer y
despachar mi correspondencia. Ofrecíles mi ayuda para aquella faena;
pero la desdeñó Lita con un gestecillo muy intencionado y dos frases de
cortesía para templarle. Mientras Facia se llevaba el achacoso
artefacto, tendieron ellas sobre la mesa otra colcha de damasco rojo, y
sobre la colcha una muy blanca sabanilla con randas de muchos calados;
luego trasladaron de la cómoda a la mesa el crucifijo de marfil, cuatro
candeleros y el vaso con agua bendita y el ramito de laurel; enseguida
otra alfombra delante de la mesita; después todas las tiras y ruedos que
se encontraron para formar una senda tan larga como se pudo; cuatro
vapuleos a las sillas antes de ponerlas en orden; unos toquecitos más a
las ropas de la cama; una mirada desde lejos al conjunto de tantas y tan
diversas cosas... y ya estaba aquello despachado.

Mi tío, entre tanto, jadeando y tosiendo y pasando entre los dedos
sarmentosos de su diestra cuentas y más cuentas del rosario, y reza que
reza entre dientes, sin darse por enterado de lo que ocurría en su
derredor, ni contestar más que con un gesto avinagrado a la menor
pregunta que se le hiciera. Antes de morir con el cuerpo, estaba ya en
el otro mundo con el espíritu. De Dios era, a Dios iba y sólo de Dios
esperaba.

Terminado lo del cuarto, se emprendió afuera otra labor más peliaguda,
para la que no bastaron las mujeres solas. Mari Pepa esparcía en el
suelo las colchas y pañolones que habían acopiado en el saqueo y andaban
en confuso montón sobre las sillas; Lita escogía y combinaba colores y
tamaños, y Pito Salces y yo, encaramados en muebles de la necesaria
altura, clavábamos en las paredes, y tan arriba como nos era posible,
con tachuelas, con puntas... hasta con clavos «trabaderos» y cuanto
habíamos podido haber a las manos en una mechinal de la bodega en que
acumulaba Chisco las reservas de esta especie, lo que la diligente y
afanada nieta del gigantón de la Castañalera nos iba alargando con sus
manitas primorosas, de lo desparramado por el suelo.

Al andar rayando con la media tarea, el tañido de una campana, desigual
e intermitente, ora remoto, ora cercano; como débil quejido de agonía,
unas veces; vibrante y clamoroso otras, según los caprichos del viento
encajonado y revuelto en las estrecheces y encrucijadas del valle. Era
el primer toque «a administrar», la señal que se hacía en la iglesia al
vecindario para los fines que sabía él. Un ratito después, calló la
campana y llegaron dos hombres con sendos brazados de velas y de cirios
que mandaba el Cura, por delante. Venían enjutos de tobillos arriba,
pero muy espelurciados y «ardiéndoles» las narices y las orejas; porque,
según declararon, aunque había cesado de nevar, continuaba soplando el
cierzo, más frío que la misma nieve. Si mal no nos parecía, quedaríanse
allí ya, pues sobre estar seguros «de jallar al Señor» en el camino, si
volvían a tomar el de la iglesia, no estaba el pedregal, con la capa de
nieve que tenía encima, para muchas subidas y bajadas por él sin una
urgencia. Asentimos de buena gana a tan cuerdo parecer, y quedáronse los
hombres... hasta pasmados del «visual pomposu» que iban tomando los
pasadizos y la escalera de la casona con la faena que nos hacía sudar.
Continuámosla, sin embargo, con nuevos bríos, pero a puntada larga, es
decir, enrareciendo los colgajos, porque ya se oía otra vez el toque de
antes, señal de que se había puesto en camino lo que esperábamos, amén
de que no andábamos sobrados de telas ni de «herrajes» para cubrir
tantas paredes.

Para vestir los desnudos suelos del tránsito, discurrió Lituca
sembrarlos, y los sembró ella misma, de penquitas olorosas de laurel que
abundaba en las grietas de los peñascos de enfrente. Y aún la quedó
tiempo para sahumar toda la casa con romero y mejorana, quemado por ella
en las ascuas del brasero, llevándole Chisco y Pito Salces entre manos
por salas, pasillos y escaleras. Después, velones, candeleros,
palmatorias y candiles, iluminando hasta lo más obscuro y remoto; el
cuarto de mi tío, con las seis velas encendidas ya, rechispeando la luz,
y el brazado de cirios traídos de la iglesia, ardiendo también al
cuidado de los dos hombres encargados de darles a tiempo el destino que
tenían; Marmitón encuadrado en la puerta de la cocina y mirando al
crucero iluminado, sin atreverse a dar un paso hacia él; Mari Pepa yendo
y viniendo por todas partes; su hija dando los últimos toques al cuadro
general; Tona sin chistar y pasmadota, cerca de don Pedro Nolasco; Pito
Salces y Chisco, en el estragal, con sendos cirios ardiendo, en la mano;
mi tío, con los ojos entreabiertos, recostado contra las almohadas y
rezando sin cesar; Facia, con su mejor vestido negro y atenta a lo que
pudiera necesitar el enfermo, junto a la puerta de su cuarto, de pie,
inmóvil y melancólica; la campana de la iglesia tañendo acompasadamente;
el silencio casi absoluto en los ámbitos de la casona, y yo, clavado
como una estatua en el salón dominando con la vista el aposento de mi
tío y hasta el crucero del fondo del pasadizo, observándolo todo,
oyéndolo todo, y presa de una emoción que, por lo compleja y extraña, no
me podía explicar.

De pronto, una voz, la de Tona que se asomaba a menudo a la puerta del
balcón de la cocina, gritó desde el fondo del último carrejo:

--¡Ya vienin!

Cubriéronse entonces apresuradamente la cabeza las mujeres; tomamos cada
cual un cirio de los que cuidaban los dos hombres, y dímosle otro a don
Pedro Nolasco que se había movido hacia el grupo; y siendo yo parte
principalísima de él, con él llegué bien pronto, a todo andar y casi
arrollando al aturdido gigante, al balcón de la cocina.

No solamente había cesado de nevar, sino que también se hallaba el
viento encalmado; y, por una venturosa casualidad, por un rasgón abierto
en la espesura de los negros celajes asomaba la luna llena, derramando
su luz pálida sobre el blanco tapiz del valle y los más altos picos del
brocal de montes que le aprisionan. En otras circunstancias mejores,
acaso me hubiera detenido a considerar lo que más me admiraba y
sorprendía en aquel extraño panorama, y hasta qué punto se parecía
aquella fantástica realidad a los numerosos «efectos de luna» que yo
había visto pintados en lienzos y cartulinas; pero ¡bueno estaba
entonces el horno de mi cabeza para pastelillos de aquel arte! Y aunque
lo hubiera estado: necesitaba la atención para otro espectáculo que me
la solicitaba con fuerza irresistible. Y fue que apenas abocado a la
puerta del balcón detrás de las mujeres, vi que, surgiendo de las
tinieblas, iban apareciendo como fantasmas y coronando la altura del
pedregal, dos filas de bultos negros, junto a muchos de los cuales
titilaba oscilando una lucecilla triste y acobardada, como si ardiera
detrás de los cristalejos de un faroluco roñoso. Cuanto más se alargaban
las filas hacia la casona, más bultos surgían de la oscuridad del agrio
declive. Se les veía moverse; pero no se oían sus pasos sobre el áspero
suelo nevado, ni alteraban el silencio de la Naturaleza, que parecía
haber enmudecido de repente por respeto a lo que estaba pasando allí,
otros ruidos que algún murmurio de tarde en tarde, como de rezo coreado,
y el tañido constante de la campana de la iglesia, repetido ya por el
débil tintineo de una campanilla de monago que aún no había surgido de
la oscuridad. De pronto apareció en la altura un bulto menor que los
otros, con un farol de dos luces: éste era el monago de la campanilla, y
hasta se le distinguía en la mano cuando la sacudía para que sonara.
Detrás del monago, otros dos bultos con sendos faroles también; y en
medio de los dos, el párroco don Sabas, de capa pluvial y debajo de un
paraguas muy grande (regalo, por cierto, hecho por mi padre, siendo yo
mozuelo aún, a la iglesia de Tablanca); y, por último, detrás del Cura,
todavía más bultos con luces surgiendo de la vertiente sombría. Entonces
cayó de rodillas Mari Pepa que estaba delante de todos, y exclamó con
voz entera, mientras se llenaban de lágrimas sus ojos:

--En gracia te reciba el alma que te desea.

Yo me hinqué también, y con la cabeza humillada, repetí en el fondo de
mi corazón la plegaria de aquella noble mujer.

Poco después volvíamos todos, conservando aún las hachas encendidas, y
más corriendo que andando, hacia el crucero. Allí estaba ya Neluco, que
se había disgregado de la procesión con algunos hombres de los más
apegados a la casa, proveyéndolos de cirios y señalándoles puestos en el
pasillo y a lo largo de la escalera; a Lita y a su madre se los dio a la
puerta de la salona; «y usted, conmigo, allá dentro» me dijo,
conduciéndome al mismo cuarto del enfermo, del que no se había apartado
Facia un instante. Preguntámosle si se encontraba bien; respondió que
«como nunca jamás», aunque no hallaba en sus pulmones ingurgitados
alientos para decirlo; arrimámonos a la puerta, y allí esperamos, como
dos centinelas inmóviles, lo que empezaba ya a llegar y se sentía hacia
el estragal por el ruido de las almadreñas o alguna palabra que otra a
media voz, y en la escalera y en el pasillo, por el sordo golpeteo de
las pisadas con escarpines en los inseguros tablones del tillado, y el
resoplar inconsciente de tantas respiraciones contenidas a la fuerza.
Igual que cuando se va llenando de agua una vasija puesta debajo del
caño de una fuente, por el matiz de los sonidos se conocía por instantes
cómo se colmaban de gente los carrejos y el salón y el gabinete y todos
los rincones y escondrijos franqueables de la casa. Al fin se oyó en el
estragal la campanilla del monago, y casi al mismo tiempo la voz potente
de don Sabas rezando algo que no se entendía bien; después enmudecieron
uno y otra, y se percibieron claramente las recias pisadas del Cura y de
los que le escoltaban, sobre los peldaños de la escalera; al abocar al
crucero, los pasos más distintos y otro rezo de don Sabas; los que aún
no estábamos de rodillas, nos hincamos, y los pechos, oprimidos ya por
el peso de aquel cuadro imponente... desahogáronse en suspiros o en
sollozos entrecortados, que fueron recorriendo, como nota fúnebre
llevada por el aire, todos los ámbitos de la casona. Hasta la puerta del
salón no volvió a oírse la voz del Cura: allí resonó otra vez,
declamando, reposada y patética, este versículo del _Miserere_:

_Ecce enim in inquitatibus conceptus sum: et in pecatis concepit me
mater mea_.

A los rumores de antes sucedió el silencio más profundo; y avanzando don
Sabas con mesurado andar, la mirada puesta en el bordado relicario que
contenía las dos Hostias consagradas, rodeado de luces que resplandecían
en el oro de sus vestiduras y precedido de Mari-Pepa, de Lita y del
monago, llegó a la puerta donde nosotros esperábamos, y allí,
deteniéndose unos instantes como para dar mayor solemnidad a sus
palabras, rezó este otro salmo:

_Ecce enim veritatem dilexisti: incerta et oculta sapientiae tuae
manifestati mihi_.

Entonces el enfermo, tembloroso y lívido, cruzó las descarnadas manos,
humilló la cabeza sobre el agitado pecho, y con una voz que parecía
salir del fondo de una sepultura, respondió a las palabras del
sacerdote:

_Averte faciem tuam a pecatis meis: et omnes iniquitates meas dele_.

Aquí dio fin y término otra vez mi ya vacilante serenidad, y el «nudo»
que me estaba oprimiendo la garganta rato hacía, trocóse en humor
benéfico que me empañaba los ojos y crecía por el contagio del llorar de
las mujeres que me acompañaban en el cuarto, y que, al fin, llegaron a
contaminar a Neluco, médico y todo, mientras volvía a oírse afuera la
nota triste de antes recorriendo los grupos y las masas de aquellas
compungidas y humilladas gentes... Hasta que vibró de nuevo la voz del
Cura, y todo calló, como si hasta con el respirar se profanara la
augusta solemnidad de lo que iba a suceder allí... como creería yo
profanarlo si me atreviera a extraer su recuerdo del sagrado de la
memoria, donde lo guardo indeleble, para describirlo con mi pluma torpe
y grosera en este miserable papel.

No ha de merecerme igual respeto algo de lo humano que allí pasó por
complemento del cuadro que tanto tenía de divino. Esto puede y debe ser,
ya que no pintado, que no dan para empresa tan alta los colores de mi
paleta, mencionado, por los menos; y vaya como ejemplo aquella
exhortación final de don Sabas a la paciencia, al recogimiento, a la
gratitud a Dios, del enfermo; cómo empezó encarrilado en las fórmulas
trilladas del ritual, y se fue descarrilando poco a poco y entrándose
por las sendas de su propio estilo y particulares sentimientos; cómo de
esta manera se confundían y enredaban en la exhortación, el lenguaje
solemne del sacerdote con el familiar de la pasión desbordada del amigo
cariñoso; cómo llegó a responderle mi tío, ya para protestar nuevamente
de su fe acendrada, de su resignación sin límites y de su conformidad
absoluta con los decretos de Dios, ya para quejarse mansamente de que
pudiera ser puesto en tela de duda por nadie el cumplimiento de éstos
sus deberes de cristiano; cómo le replicó don Sabas para tranquilizarle
sobre tan delicado particular, al que en modo alguno había intentado
referirse él, cómo, enredados en este singularísimo diálogo, ya no
hablaba el Cura en impersonal, y llegaron a tutearse los dos; cómo en la
llaneza de este estilo tocaron puntos de sumo alcance piadoso, y se
declaró don Sabas envidioso de la suerte de mi tío, a quien tantos, muy
erradamente, compadecían entonces, y se dieron mutuas paces, poniendo
por testigo de la cordialidad del impulso a «aquel Dios sacramentado que
allí estaba presente en cuerpo y sangre»; cómo, al fin, bajándose mucho
el Cura y alzándose un poco mi tío, se confundieron los dos en un
abrazo, llorando don Sabas y ahogándose de fatiga el pobre enfermo
conmovido; cómo con estos actos y aquellos dichos, el torrente de
sollozos, mal contenido afuera, se desbordó por toda la casa, y trató
Neluco de cerrar la puerta del cuarto en que nos encontrábamos para que
mi tío no lo oyera, y cómo éste se lo impidió con sorprendente energía,
y mandó que se franqueara la puerta a cuantos cupieran adentro para
darles el último adiós; cómo hubo que complacerle, aunque ya no podíamos
respirar ni los sanos en aquella estancia, y cómo se despidió sin
retóricas sentimentales, pero en cristiano puro, sin dejar de ser
aldeano neto, acabando por decirles: «Si lloráis porque perdéis lo que
he sido, Dios vos lo pague en la medida del consuelo que me dais con
ello; pero si vos duele mi muerte por la falta que he de haceros, mal
llorado, porque aunque me voy, aquí vos dejo quien hará mis veces, y
hasta con ventaja para vosotros. Ven acá, Marcelo. (Acerquéme a la cama,
hecho un doctrino, torpe y desconcertado. Luego añadió él, mostrándome
al montón de tablanqueses que habían invadido la habitación): Éste es;
de la mi sangre neta, y amo ya y señor de esta casa. De vosotros depende
desde hoy que sea, no lo que yo he sido, que bien poco fue ello, sino
todo lo que debí de ser. Para él todo vuestro respeto y vuestra lealtad
de hombres honrados y agradecidos, y para mí... que pidáis a Dios de vez
en cuando por el buen paradero de esta alma, a punto ya de subir a
juicio en su divina presencia. Y con esto, hijos míos, y la bendición de
un padre viejo y moribundo... ¡hasta la eternidad!»

Es también de mencionarse cómo le respondieron con gemidos y lágrimas
aquellas rudas y buenas gentes, por no hallar en sus lenguas palabras
con que expresar lo que sentían; y cómo, finalmente, puso término a esta
escena don Sabas acercándose a adorar y recoger la Forma consagrada, y
sonó otra vez la campanilla... y salió del cuarto y de la casa el Señor
de los señores y Rey de los reyes con la misma solemnidad y reverencia
con que en ella había penetrado.



XXVIII


En un pie andaba el Cura con lo cuidadoso que le traía lo extremo y
desesperado de mi tío, y, sin embargo, cuando llegó a la casona resuelto
a no salir de ella mientras al enfermo le quedara un soplo de vida y a
él una sola función que llenar a su lado como sacerdote o como amigo, ya
gruñía el temporal en la montaña y descendía la nieve sobre el valle en
espesos remolinos. Es decir, que sólo habían durado la «escampa» y el
sosiego lo estrictamente necesario para que fuera Dios a la casona desde
la iglesia, y volviera a la iglesia desde la casona; milagro patente en
opinión de Facia, y no puesto en duda por los que departían con ella
sobre el caso.

Entró, pues, el Cura como la vez primera en aquella noche, sacudiéndose
la ropa para «desnevarse»; arrojó el capote sobre lo primero que se le
puso por delante, y llevando en la mano un saquillo de color, cerrado
con una jareta, se coló, sin detenerse, en el cuarto de mi tío, que sólo
parecía vivir para esperarle. Encerráronse allá los dos; y mientras
andábamos en la salona los de siempre, de aquí para allí y en derredor
del brasero, sin saber qué decirnos ni en qué sitio ni para qué
detenernos ni sentarnos, oía yo cómo iban pasando desde la escalera
gentes y más gentes hacia la cocina, donde continuaba el gigante
consternadón y arrimado a la lumbre, pero con muchas ganas de cenar.
Porque las funciones de comer y digerir no se regían en aquel hombrazo
por las grandes crisis del espíritu, sino por una ley mecánica.
Necesitaba comer, mucho y a menudo, como la mole ruinosa necesita el
puntal para no desplomarse. No obstaba aquel insaciable apetito de su
estómago para sentir el pobre hombre desfallecido de pena su corazón.
Deploraba la muerte de don Celso como todos y cada uno de los
tablanqueses que más hubieran estimado sus prendas, y la lloraba también
como amigo; pero le dolía, además y sobre todo, por la edad que él
contaba y por lo viejo y arraigado de su intimidad con el que se iba. En
alturas semejantes, cada amigo de esos que se va, es un sillar que se
arranca en los cimientos de la vida del que se queda; y don Pedro
Nolasco no había tomado en serio hasta aquel día lo de la muerte de su
amigo, a quien por su carácter y correa consideró siempre «incapaz» de
morirse. También le dolía en el alma una separación así, sin despedida;
pero no tenía valor para intentarla, y nosotros nos guardábamos muy bien
de estimularle a vencer sus resistencias: al contrario, le manteníamos
en ellas pintándoselas como muy justificables, y encomendábamos a los
que de ordinario le acompañaban en la cocina la caritativa labor de
entretenerle y animarle, como hacíamos a menudo el médico y yo con
Mari-Pepa y Lituca, que no le perdían de vista ni desconocían la
importancia de aquella crisis excepcional, a una edad y un temperamento
como los suyos.

De esto precisamente se había llegado a tratar en la salona, cuando se
abrió la puerta cerrada antes por el Cura y apareció éste con
sobrepelliz y estola preguntando por el monaguillo que había venido con
él y debía de andar por la cocina. Corrió Facia a avisarle y entramos
los demás en el cuarto del enfermo, en los linderos ya de la agonía y
con los ojos clavados en un crucifijo colocado por el Cura para eso a
los pies de la cama. Vino el muchacho, y, con su ayuda, administró don
Sabas la Extremaunción al moribundo. Lloraba Mari Pepa y sollozaba
Lituca mientras colocaban sobre él todas las medallas y reliquias que
había en casa con indulgencia plenaria para la hora de la muerte;
lagrimeaban callando muchos de los que habían acudido de la cocina con
el monago; rezábamos todos respondiendo a las oraciones del Cura, y en
los intervalos de silencio se oían a la vez el respirar estertoroso y
agitado del agonizante, y el zumbido del temporal entre las espesuras y
cañadas de los montes. A este acto imponente siguió otro que no lo era
menos: la recomendación del alma, leída en voz clamorosa por don Sabas,
con los consiguientes rezos en que todos tomábamos parte. Y esto fue
largo, muy largo, pues que llegó a medirse por horas, con algunos
descansos breves, durante los cuales se movían o se renovaban muchos de
los congregados, andando de puntillas y devorando suspiros y sollozos, y
volvía a oírse adentro el estertor acompasado del moribundo, y afuera el
mugir de los vendavales.

Por el fúnebre colorido del cuadro, por la lentitud en su desarrollo,
por el exceso mismo de la atención con que yo le seguía, la visión de la
muerte con todo su cortejo de tristezas se enseñoreó de mí de tal arte,
que más que sentirla y estimarla en la región de las ideas, me parecía
olerla y paladearla; confundía ya las sensaciones morales con los
quebrantos del organismo, y el color y las figuras y los sonidos del
triste cuadro caían a golpes sobre mi cerebro y me le contundían y
fatigaban. El instinto de la vida me excitaba de vez en cuando a
respirar otro ambiente, a contemplar otra luz y a renovar el espíritu en
otros horizontes más saludables que aquéllos; y paseando la vista por
los mezquinos términos de aquel recinto fúnebre, acababa siempre por
detenerla en la cara de Lituca, en la que cuanto más se grababan los
surcos de sus lágrimas, más de relieve ponían la frescura de su
juventud. Y era muy de notarse que no hacían mis ojos un viaje de esos,
sin topar con los suyos en el camino. ¿Estaría la pobre subyugada por
los propios influjos y buscaría, por instinto también, los mismos
asideros que yo? Es muy posible, porque para entrambos era igualmente
aflictivo y desconsolador y nuevo (para mí a lo menos) aquel
espectáculo. Nuevo, sí, porque en los recuerdos que yo guardaba y guardo
en la memoria del paso de la muerte por mi hogar, nada había que se
pareciera en los procedimientos ni en los detalles ni en los accesorios
a aquella lenta, cruel e inexorable labor destructora; a aquel
acabamiento de un hombre fibra a fibra, en lo recóndito de un caserón
destartalado y embutido en una rendija de la cordillera cantábrica, y a
la mortecina luz de dos velucas de cera, mientras zumbaba y rugía la
nevasca en las tenebrosas soledades del contorno.

Pero Lituca, de rodillas y rezando, como su madre, volvía rápida a
clavar la vista en el crucifijo, como el sediento caminante los labios
en el caño de una fuente, y así refrigeraba y fortalecía su espíritu en
cada desfallecimiento que le causaba aquel incesante batallar de la
muerte para acabar con una vida que también había sido risueña y juvenil
como la suya. No dejaba yo de acudir a la misma fuente que ella en
demanda de los mismos alientos; pero ahondaban mucho más las raíces de
la vida en, mi naturaleza curtida de las intemperies del mundo, que en
el organismo tierno y virginal de aquella criatura, y por eso no
resultaban iguales en los dos los frutos de un mismo esfuerzo moral.

De pronto se produjo un fenómeno en la agonía del enfermo. Abrió los
ojos, clavó la vista en el crucifijo y movió las manos hacia él.
Entendióle don Sabas, púsosele entre ellas, acercóle él mismo a sus
labios, se abrazó a la cruz; y con esto y un suspiro muy hondo, entregó
a Dios el alma.

¡Extraña coincidencia! Al indescriptible rumor de los últimos alientos
de mi tío, respondió en el acto desde la iglesia el primer tañido de las
campanas que doblaban a muerto por él. Otro «milagro» que jamás quiso
explicarse Facia por la oficiosa intervención de algún mal informado
tertuliano de la cocina, en la incesante comunicación que hubo aquella
noche entre ella y el pueblo, no obstante lo duro y hasta peligroso del
temporal.

Con aquel triste desenlace de todo el día, los inseguros diques que
habían mantenido a la pobre sirvienta devorando en silencio las hieles
de su pesadumbre, se derrumbaron de golpe, y salieron en torrentes las
lágrimas y los gemidos. Parecía no haber, en lo humano, consuelo para
ella, ni fuerzas capaces de arrancarla del borde de la cama, donde
besaba las manos yertas «del su señor», y ponía a Dios por testigo de lo
mal que le había pagado en vida los beneficios que le debía. Y sucedió
lo que era de temerse: el estruendo de esta explosión de dolores
profundamente sentidos, se fue propagando por toda la casa, en la cual
acabaron por llorar a gritos también hasta los que no habían pensado
llorar de ninguna manera, y los lazos de la disciplina y de los humanos
respetos, muy relajados ya durante la agonía del patriarca, acabaron de
romperse con este descomunal y plañidero vocerío: invadieron la estancia
mortuoria gentes que en tropel brotaban de todos los senos del caserón,
y todas querían ver al muerto, y todas le veían al cabo, y todas
lloraban y gemían después más reciamente por el espanto de haberle
visto.

Yo no sabía, en tanto, por dónde me andaba, ni dónde ni cómo tenía la
cabeza. Por fortuna, don Sabas y Neluco se apoderaron de la dirección de
todo y comenzaron por despejar el cuarto y las inmediaciones; pusieron
las señoras a mi cuidado, y a Pito Salces y a Chisco a sus órdenes en la
salona, y se quedaron después solos y a puerta cerrada con el muerto...
Y aquí es donde comienza la verdadera maraña de esbozos, de notas
sueltas de color, de perfiles extraños y manchas sombrías, que guardo en
la memoria como impresión del cuadro de aquella noche inolvidable.

Creo que, con ánimo de ver al gigante de la Castañalera ante todo, fui a
la cocina, en la que no cabía la gente; que supliqué a los «sobrantes»
que se retiraran a descansar a sus casas, ya que, desgraciadamente, no
eran necesarios allí sus buenos servicios, y hasta que conseguí en gran
parte lo que pretendía; recuerdo que hallé a Mari-Pepa y a su hija
convenciendo al hombrón de que las cosas habían parado en lo que
acababan de parar porque no había otro camino para ellas, y de que, como
ya no tenía remedio lo sucedido y él se hallaba bien cenado y en buena
compañía, érale muy conveniente, para descansar y endulzar los
pensamientos, acostarse en la cama que se le tenía preparada y bien
lejos de los ruidos de «lo otro»; que no costó gran trabajo convencerle;
que se dejó conducir a un cercano dormitorio; que se acostó; que le
hicimos la tertulia hasta que le acometió el sueño, y que se durmió como
un tronco y le dejamos roncando.

Después... ¿qué se yo?... el cuarto de mi tío; la cama, desnuda ya de
lujos, en el centro, y sobre ella el cadáver afilado y amarillo,
amortajado con hábito franciscano, porque desde el tiempo de la
exclaustración nunca faltó acopio de ellos en la casona para trances
como aquél; alrededor de la cama, blandones ardiendo; hacia la cabecera,
don Sabas, o Mari Pepa, o Facia, o cualquier tablanqués de los de la
cocina... o yo, de rodillas y rezando; Chisco y Pito Salces al cuidado
de las luces; Neluco rociando suelos, muebles y ropas y felpudos con un
líquido desinfectante, y por la ventana entreabierta colándose un aire
frío y sutil, y también el zumbido lejano del vendaval y más de un copo
de nieve... Lita y su madre en mi gabinete, arrebujadas en chales y
toquillas, con los pies sobre la caja del brasero... Mari Pepa
acercándose de puntillas y asomándose a la alcoba de su padre cuando
cesaban sus ronquidos estentóreos; mi tema, ya maquinal, de aconsejar a
las señoras y al Cura que se acostaran, y durmieran y descansaran; la
resistencia de todos a complacerme, aunque la pobre Lituca se
estremeciera de frío en ocasiones y no pudiera levantar los párpados
enrojecidos... Que cenaran... Ya habían tomado ellas un tente en pie; y
en cuanto a don Sabas, ¿cómo había de pensar en ello siendo ya más de la
media noche y teniendo que celebrar a la madrugada?... En la cocina, la
lumbre agonizante; Tona cabeceando cerca de ella; su madre gimiendo por
lo bajo en el rincón más obscuro; hombres con la cabeza sobre las manos
y las manos sobre la perezosa, durmiendo tranquilamente; otros a punto
de dormirse, sentados en los bancos del fogón, fumando la pipa y con los
ojos mortecinos clavados en los tizones: todo este cuadro a menos de
media luz y sin otros ruidos que el sollozar de Facia... Algún bulto que
otro errando a oscuras por los pasadizos, y un olor por toda la casa a
pabilo de cera, a laurel pisoteado y a romero y a tabaco de lo peor...
Un ratito de plática con el Cura y con Neluco en mi cuarto delante de
Mari Pepa, que acababa de llegar de la alcoba de su padre, y de Lita,
que dormía con la primorosa cabeza caída sobre el pecho, después de
negarse a descansar en mi misma cama, que tan a la mano tenía, quién
sabe por qué linaje de escrúpulos; de plática, digo, sobre el día o los
días y el ceremonial de las honras fúnebres y cuanto con estos
particulares se relacionaba... Pepazos y otro mozallón, entrando en la
estancia mortuoria a relevar a Chisco y a Pito Salces; el Tarumbo
rezando a un lado y el Topero a otro, de la cabecera; el frío arreciando
allí, y la llama de los cirios bamboleándose sin cesar en sus mechas con
el aire glacial que seguía filtrándose por la ventana entreabierta...
Largos ratos de silencio y de quietud en toda la casa; otros de lánguida
conversación en mi gabinete sobre temas de familia: el difunto, los
ausentes... y vuelta con don Sabas al cuarto mortuorio, o vuelta con
Neluco a la cocina, en donde, en una de ellas, encontramos a Tona
escanciando a Pito Salces un traguete de lo autorizado por «la casa»
para tales usos en lance tan excepcional, y vuelta a mi gabinete; y, al
fin y al postre, Lita tendida sobre mi cama y cubierta, de rodillas
abajo, con mi propia manta, y durmiendo con el ritmo dulce y sosegado
con que dormiría un ángel, si los ángeles sintieran esa necesidad de los
seres de carne y hueso. Su madre le había desvanecido los escrúpulos de
una vez, cargando con ella, entre veras y chanzas, por todo razonamiento
y poniéndola donde y como estaba. ¡Y aún me pedía perdón por el
atrevimiento la candorosa mujer!

Y a todo esto, yo no recuerdo haber sentido ni hambre, ni frío, ni sed,
ni cansancio en toda la noche, ni que me pasara por las mientes la más
remota idea de lo que la mujer gris me había declarado por la mañana, y,
sin embargo, me pesaban los ojos como cuando se desea dormir, y tenía la
boca escaldada y el estómago desfallecido, el cuerpo quebrantado y la
cabeza atiborrada de todo linaje de ideas tristes. Era mi estado como el
de un calenturiento con pesadilla.

Al amanecer, a misa del alma. ¿Quiénes? Todos querían ir a oírla; pero
no se lo consentimos a muchos que hacían falta en la casa, y
particularmente a Mari Pepa, que se hubiera visto muy mal para
acompañarnos. No nevaba ya; pero había más de una vara de nieve sobre el
suelo del valle y estaban las cumbres de los montes como sumergidas en
un mar denegrido y borrascoso que no auguraba cosa buena. Resignóse a
quedarse la piadosa y excelente mujer; pero no Facia, más avezada que
ella a franquear obstáculos de tal linaje.

¡Qué frío tan intenso, Dios soberano, en cuanto me vi fuera de casa! ¡Y
qué hundírseme los pies en aquel suelo húmedo y esponjoso! ¡Cuántos
resbalones y caídas en el pedregal, y cómo me hubiera reído de la triste
figura que iba haciendo yo entre aquella gente que andaba sobre el
inseguro tapiz con igual firmeza que sobre los estragales de sus casas,
si las ideas de que estaba impresionado mi cerebro no hubieran sido tan
tristes y funerarias! Y la silueta del Cura que caminaba delante de
todos, con sus hopalandas negras, con su negro tapaboca arrollado al
pescuezo, ¡qué grande me parecía sobre la blancura deslumbradora de la
nieve! ¡Y qué solemnidad tan temerosa y elocuente la de aquel silencio
de la Naturaleza! ¡Y qué sonido tan débil, tan extenuado y melancólico
el de las campanas de la parroquia doblando a muerto sin cesar desde que
había amanecido!

De bote en bote se llenó la iglesia: todo el pueblo había acudido allí.
La misa fue rezada y breve, y se reprodujeron en ella los llantos de la
casona al pedir el Cura una oración por el alma de un tan amado
feligrés.

Después de la misa quise ver el cementerio, que está a dos pasos de la
iglesia. Cuatro paredes no muy altas, una cruz en el centro, una
tejavana humilde a la derecha de la puerta, y en el lado de enfrente
media docena de sauces llorones demarcando con sus troncos jorobados un
pedacito de tierra, y rozando con las puntas de su lacio y desvaído
ramaje el espeso tapiz de nieve que enrasaba toda la superficie del
campo santo. En aquel pedacito de tierra, limitado por los sauces, se
sepultan desde tiempo inmemorial los muertos de la casona de Tablanca.

Al emprender yo la subida a ella con las personas que me habían
acompañado en la bajada y algunas más, se despidió de mí el Cura «hasta
la tarde».

--Ya es hora--me dijo--, de que yo dé un vistazo a la mi jacienda, de la
que no sé pizca veinticuatro horas haz... y de que me desayune y duerma
un rato, si esta cellerisca negra del meollo me deja apetito y calma
para ello, por misericordia de Dios.

Alguien tuvo la feliz ocurrencia en la casona de mandar que se expalara
la cambera del pedregal, en mi obsequio, y a eso debí que la subida por
ella no fuera lo que yo me temía, recordando lo que había sido la
bajada.

Marmitón había dormido toda la noche de una tirada, con lo que habían
entrado en equilibrio y en juego las piezas y los engranajes de su
armadura de coloso; y de esta suerte funcionaban en él, hasta las
pesadumbres, con perfecta regularidad. Yo llegué cuando su hija y su
nieta le servían el desayuno, y me habló de «la desgracia del pobre
Celso» como si acabara entonces de ocurrir. Pregunté a Lita (y juraría
yo que se lo pregunté sin pizca de segunda intención) si había dormido y
descansado a su gusto; y en lugar de responder a la pregunta, se puso
muy encarnada y comenzó a descargar sobre su madre todas las
responsabilidades de haberse acostado, «vestida, eso sí», en la cama en
que yo la había visto. Reíase a esto su madre de todas veras, mientras
aseguraba yo a la vergonzosa que había sido mía la culpa, «y a mucha
honra»; y de aquí tomé yo base para exponerles los proyectos que tenía:
que no pensaran en volver a su casa en unos cuantos días, por no estar
el tiempo para ello, y, sobre todo, por necesitarlas en la mía yo para
una gran obra de caridad, y se resignaran las dos a acomodarse en mi
gabinete, ya estrenado por Lituca. Yo dormiría en la alcoba del salón
contiguo, que tenía su correspondiente cama; con ella y cuatro
cachivaches que se le agregaran de mi cuarto, estaría como un
príncipe... ¡Válgame Dios los reparos y los miramientos y los asombros
con que se negaron de pronto a complacerme! no en lo de quedarse en la
casa algunos días, sino en lo de ocupar el gabinete que les ofrecía
yo... Hasta que al fin cedió Mari Pepa, resignóse Lita, y aplaudió el
gigante el acuerdo con una «¡esa es la derecha!» que retumbó en media
casa. Y esto y los quehaceres que consigo trajo para ser puesto en
ejecución antes con antes, fueron los esparcimientos únicos para mí en
todo aquel triste día.

Llegó la tarde, fría, brumosa y tétrica; subió el vecindario en masa,
pedregal arriba, detrás del Cura con ornamentos negros, precedido del
estandarte de las «Ánimas» y de un crucifijo grande; resonaron en el
estragal, entonadas por voces bien avenidas con la sonora de don Sabas,
lamentaciones terribles del santo Job, el mayor poeta fúnebre de que hay
noticia en la tierra; bajóse el féretro entre nuevos llantos y gemidos;
y andando, andando con él hacia el pueblo la luctuosa procesión el
camino que había andado poco antes hacia arriba, llegamos al campo santo
después de una detención breve a la puerta de la iglesia, para que el
hijo fiel y sumiso recibiera de su Madre cariñosa la bendición de
despedida.

Y allí, entre los mustios llorones, en un mísera fosa recién abierta en
el suelo, desapareció del mundo para siempre, bajo una capa de tierra
que pronto volvería a cubrir la nieve, un hombre que había sido hasta
aquel día el patriarca, el señor, el rey indiscutido e indiscutible de
todo el valle.



XXIX


Muchos años hacía que el caserón de los Ruiz de Bejos no se había visto
en otra como aquélla. Limpia era Facia y no era Tona desaseada; pero de
lo que éstas limpiaban y barrían en él de ordinario, a lo que se limpió,
fregoteó y pulimentó en aquellos días con los puños mismos o bajo la
dirección de mis incomparables huéspedas, había una distancia enorme.
Todo les parecía poco para borrar los estragos de los recientes barullos
y desconciertos y «vestir» la casa al tenor de lo que pedía el
extraordinario suceso que se aguardaba; todo lo desordenado en ella
volvió a ordenarse, y todo quedó como nuevo, particularmente el cuarto
de mi tío... Recuerdo mucho que al andar en la faena de «desfigurarle»
con el trastorno de su mueblaje, me dijo Lituca, sin volver la cara
hacia mí ni hacia su madre que la ayudaba, ni suspender un instante su
trabajo:

--Pues, con la venia de usté, don Marcelo, dígole que si esto fuera cosa
mía, no lo tocara yo más que para asealu.

--¿Por qué?--preguntéla con mucha curiosidad.

--Porque--respondió al punto--, con esconder de la vista de uno o
cambiar de sitio las cosas que en vida usaron los muertos, paez que se
los olvida más pronto... Créolo yo así.

Pero en esto la llamó su madre «parleteruca sin sustancia» y se la llevó
consigo fuera de allí para otras ocupaciones de urgencia, por lo cual no
pude yo decirla lo que pensaba en apoyo de su dictamen, en consideración
siquiera a la culpa que yo tenía de aquel trastrueque, y, sobre todo, a
que se le puso a la pobre la cara como una amapola con la reprimenda,
aunque lanzada en son de chanza.

Si por olvidar entendía Lituca dejar de sentir hondamente, entendía muy
bien, porque el corazón humano, tierra miserable al fin, necesita del
concurso de los sentidos para conservar el calor de los afectos que le
animan, y aun así se apaga la hoguera con el tiempo; pero si por olvidar
entendía borrar de la memoria, se equivocaba grandemente en aquel caso.
Era muy considerable el vacío que dejaba mi tío Celso en la casona de
Tablanca para no ser notado a cada instante, por mucho que fuera el
tiempo que pasara. Por de pronto, allí no se hablaba de otra cosa, y muy
principalmente de noche en las tertulias de la cocina, que se colmaba de
gente a pesar del frío y de la nevasca. Se le traía a cuento a cada
instante, y nadie, incluso el gigantón de la Castañalera, tocaba su
sillón, que les parecía sagrado ya. Sólo yo podía sentarme en él sin
profanarle, y sólo yo me sentaba, ejercitando en ello un derecho a la
vez que cumplía con un deber, en opinión de aquellos rústicos que me
habían jurado, en el fondo de sus corazones, obediencia y lealtad,
cuando mi tío, ya moribundo, «me alzó sobre el pavés» al borde de su
lecho y delante de la Hostia consagrada. «El rey ha muerto. ¡Viva el
rey!» Si es lícito usar ejemplos insignificantes en asuntos de gran
monta, como alguien dijo en latín, no dejó de haber algo de ello en lo
que me había pasado entonces a mí, y aún me estaba pasando en los días
subsiguientes. Y no lo digo tanto por el respeto y la adhesión que me
mostraban los honrados tablanqueses desde la muerte de mi tío, como por
lo que yo sentía ahondar y extenderse y engrosar en mi conciencia
escrupulosa las raíces de mi compromiso renovado y consagrado de aquel
modo tan solemne.

Eran aquellas tertulias de la cocina una conmemoración incesante de los
méritos del difunto, en todas las edades y circunstancias de su larga
vida: a nadie le faltaba algo que recordar o referir o comentar. «Aqueya
vista de oju que leía en la escuridá»; «el decir agudu de la su
palabra»; «la mucha mano que tenía en todas partes para vencer
imposibles, en bien de aquel vecindario»; este rasgo generoso; aquel
dicho tan a tiempo; la blandura de su corazón, siempre abierto a las
desdichas ajenas, igual que su bolsa inagotable; su saber de todo, su
tener de todo para todos, y su vivir con nada; lo duro de su correa, su
apegamiento al terruño natal; sus heroicidades de hombre, sus valentías
de mozo; los donaires de su persona, el rumbo de sus bodas y lo
rozagante de su mujer; siendo muy de notarse que en estas pinturas de
las cosas de la juventud de mi tío Celso, siempre acudían presurosos don
Pedro Nolasco o don Sabas el Cura a confirmarlas, cuando no a
enriquecerlas con nuevos y muy curiosos datos, con la autoridad
irrecusable de testigos presenciales.

Un día de aquellos pocos, el siguiente al del entierro de mi tío, llamé
aparte a Facia, a Tona y a Chisco, para leerles las cláusulas
testamentarias que se referían a ellos. Mandéles que se sentaran; no
quisieron, y en el tono más solemne que pude se las leí. Legaba el
testador a la primera, amén de las fincas que había tenido en renta
cuando se casó, seis onzas de oro; otras seis a Tona, y a Chisco doce.
Después de la lectura de cada cláusula, miraba yo un instante al
correspondiente legatario. Facia inclinó la cabeza y se tapó la cara con
las manos, como si se avergonzara, en su humildad, de aquella inmerecida
munificencia de su señor; Tona sufrió una sacudida de arriba abajo, como
si la hubieran aplicado una descarga eléctrica; Chisco no movió pie ni
mano ni una sola fibra de todo su cuerpo, pero se puso muy descolorido.
Estando así los tres, prometí a Tona y a Chisco doblarles el legado por
mi cuenta, y a Facia mejorarle también el suyo. Con esto rompieron a
llorar la madre y la hija, y se aumentó la palidez de Chisco y hasta le
tembló un poquitín el labio de arriba por un lado, síntomas que no había
notado yo en él ni aun viéndole en la cueva de marras, mano a mano con
el oso. ¡Si le calaría bien adentro la sorpresa de aquella granizada de
onzas de oro, que era una riqueza entre los pobres labriegos de
Tablanca! Y ¿quién sabe ni sabrá jamás si aquel temblor ligerísimo del
labio fue amago de sonrisa de gozo, por haber visto de repente en su
imaginación pasar en respetuoso desfile delante de él a toda la familia
del Topero, mientras Pepazos se machucaba la cabezona, a testerazo
limpio, contra el esquinal de su casa?

Con esto se dieron por enterados los tres y tan impresionados estaban,
que al romper a andar para apartarse de mí se hicieron una maraña y no
acertaban luego con la puerta. Súpose todo ello muy pronto, y lo de las
deudas perdonadas por el testador... y todo lo principal del testamento,
porque esas cosas siempre se saben, por un poco que se cuenta y se
declara, y otro tanto que se colige o se trasluce; elevóse por la
candidez aldeana hasta las nubes el caudal en fincas y sonante heredado
por mí; y con eso y la idea que se tenía de mis riquezas particulares,
creyéronme un portento de gran señor, tan pudiente como un rey; lo que
no contribuyó poco, en mi concepto, a afirmar y engrandecer aquel
respeto que ya me habían consagrado como a mero sobrino de mi tío y
continuador de la dinastía y de la obra de los Ruiz de Bejos en la
casona de Tablanca.

Bien me parecían todas estas cosas, siquiera por el lado pintoresco que
tenían y el fondo patriarcal y sencillote en que destacaban; pero me
parecían mucho mejor los ratos que pasaba en la intimidad de Mari Pepa y
de Lituca, y principalmente en la de Lituca sola, porque de todo había y
para todo daban aquellas largas horas invernizas. Mas fuera la
conversación con la hija o fuera con la madre, o fuera con las dos a la
vez, casi siempre comenzaba por esta tesis, u otra semejante declamada
en altas voces por cualquiera de ellas:

--Pero ¡válgame la mi Madre Santísima! ¿qué dirá usté, señor don
Marcelo, de esta mala peste que le ha caído en la casona? ¿No le da en
cara esta poca vergüenza con que, tras de comerle el costado derecho, le
tenemos arrinconado en lo más obscuro y ruin, por campar nosotras solas
en lo más pomposu, como si todo eyu fuera nuestro y no de usté? ¿No
sería mejor que, ya que empieza la escampa, le dejáramos en paz y sin
estorbos y nos volviéramos a la nuestra casa antes con antes?... ¡Mire
que tiene que ver esta desvergüencería!

Era de rigor que yo las atajara en estas alturas del apóstrofe con otro
en que salían a danzar su compromiso de no abandonarme hasta pasado el
día de los funerales; la obra caritativa que estaban haciendo mientras
me acompañaban en mi soledad, y aliñaban y vestían el viejo y sucio
caserón, y disponían el programa para aquel acontecimiento, tan extraño
para mí; lo cómodo y a gusto que yo me encontraba en la habitación que
había elegido al cederles la mía, que era la menos mala de la casa,
aunque estaba a cien leguas de ser lo que merecían ellas; lo distraído y
animado que se encontraba don Pedro Nolasco, y el bien que esto le hacía
en horas tan críticas y de tanto peligro para él.

Así o por el estilo, si se trataba de las dos mujeres, o estaba presente
Neluco, o don Sabas, o ambos a la vez, porque venían por casa muy a
menudo; pero si se trataba de Lituca sola, mano a mano conmigo, ya era
muy distinta la sonata de mi respuesta. Yo no sé en qué diablos
consiste; pero no parece sino que hay una ley estampada en la mente de
todos los hombres, o una fibra de cierto temple inextinguible escondida
en su naturaleza carnal, que les obliga a decir «cosas bonitas» a una
mujer guapa siempre que están a solas con ella y aunque se trate de las
ánimas del purgatorio. Pues por mandato de esa ley o de esa fibra, al
replicar a la nieta del gigantón en sus obligadas lamentaciones, hechas
seguramente, como las de su madre, más por broma o cumplido, o etiqueta
a su modo, que como expresión fiel de sus deseos, ya la miraba con ojos
picarones; después me atusaba la barba en silencio, como si me costara
gran trabajo contener lo muchísimo y muy hondo que se me ocurría y
acababa por soltar una andanada de «travesuras» del acervo común: si la
estorbaba mi presencia tan continua; si echaba de menos «algo» (en este
«algo» me refería yo a Neluco) que no andaba por mi casa tan a menudo o
tan a tiempo como por la suya; qué haría yo por transformar en
placenteras aquellas horas que tan pesadas le parecían... hasta que la
pobre muchacha, ya por estas cosas que la decía, o por el modo de
decírselas, terminaba por ponerse colorada y por exclamar, revolviéndose
con infantil desembarazo en la silla:

--¡Vaya que tiene este don Marcelo un decir de cosas y un entender de
las que una le diz a él!... ¡La mi Madre Santísima! Pues mire: quitárame
con eyu, la franqueza pa bromearme alguna vez... ¡Como si fuera poco el
regalo y el mimo en que nos tiene en su casa! ¡Pues podía yo pedir
más!...

Y esta casta de réplicas solía dar ocasión a nuevos y más intencionados
subterfugios míos, hasta que me asaltaban los remordimientos acordándome
de Neluco... o se amparaba ella de alguno de mis libros con santos, que
le entusiasmaban, y acudía yo entonces a explicarle las estampas para
concluir también por donde siempre, aunque en un estilo y de modo más
soportables.

Una vez se trataba de un grabado con colores que representaba el
interior de un teatro de París durante la representación de un famoso
drama de gran espectáculo. Se veían el escenario y una buena parte de
las localidades principales, llenos el uno y las otras de actores
fastuosamente vestidos y de damas y caballeros muy engalanados. Sabía
Lituca ya, por consejo mío, hallar la perspectiva de esos cuadros
mirándolos por el embudo hecho con una mano; y mirando así aquel
interior, se quedó maravillada y prorrumpió en las exclamaciones más
extremosas. Conocía yo aquel teatro y aquel drama, y había visto a mi
sabor la realidad de aquella pintura que tanto le entusiasmaba.
Declaréselo, asombróse de mí tanto como del cuadro, y me apresuré a
referirla el argumento con detalles que recordaba muy bien de sus
escenas más culminantes y del decorado más aparatoso; y, por último, le
di una idea del papel que hacían en la función los espectadores, del
lujo de las señoras... y de las majaderías de los hombres presumidos,
particularmente de los «buenos mozos». Admiróse ella de unas cosas,
rióse de otras y me declaró, al fin, respondiendo a una pregunta mía,
que verlo todo sin ser vista de nadie, ya le gustaría; pero estar en
ello y ser vista de todos, aunque la asparan. Recordaba haberme dicho
algo por el estilo, tiempo hacía (y era verdad). Tomando pie de aquí,
continué yo explorando la calidad y el tamaño de sus ambiciones de
mujer; y de cuadro en cuadro y de supuesto en supuesto, fui a parar a
que en respuesta a otra pregunta mía, me dijera:

--Pues con toda verdá de la mi alma, y así Dios me castigue si le
miento: como deseos, por decir propiamente deseos de mujer moza, vamos,
lo que yo pediría, puesta a pedir, tocante a ese particular, es una vida
como la que ahora llevo.

A lo cual repliqué yo que pedir eso, aunque poco, era pedir imposibles,
y había que ponerse, para el punto que tratábamos, en la realidad de las
cosas.

--El tiempo no se para--añadí--, y destruye poco a poco, cuanto vive en
él. En virtud de esa condición ineludible, llegará un día (y Dios le
aleje mucho) en que hasta su madre de usted desaparezca de entre los
vivos. Esta es la ley fatal de los sucesos humanos. En previsión de
ello, o porque así lo manda otra ley que gobierna los impulsos del
corazón del hombre... y de la mujer, a cierta edad de la vida, por
ejemplo, a la que tiene usted ahora, se desea un apoyo a quien
arrimarse, una compañía en que vivir, en sustitución de los que han de
faltarnos necesariamente; la chispa que avive mañana el fuego que se
extinga en el hogar y restablezca su calor sagrado. En una palabra,
Lita: que hay que pensar, pensar siquiera, en casarse. Pues supongamos,
y usted perdone la franqueza, que se trata de usted y que la llueven a
usted pretendientes de muchas condiciones y de muchas partes; que viene
el labriego humilde con el homenaje de su pobreza disculpada con la
envoltura de sus honradas intenciones; que la solicita el hidalguete de
gotera, de esos que tienen la manta de sus recursos tan ajustada a sus
necesidades, que si tiran de ella para cubrirse el pescuezo, dejan al
descubierto los pies; y el hacendado tosco que funda su mayor vanidad en
haber sudado mucho el pedazo de pan que le ofrece a usted con mano
callosa y palabra torpe... y sudando; y el abogadillo de pocos pleitos y
con la manta del hidalguete; y así, por esta escala arriba, hasta el
personaje que la brinda, en el mundo de donde él viene, con todas las
tentaciones del lujo y del esplendor; vamos, con la vida que hacen las
más encopetadas señoronas del teatro que usted acaba de ver pintado en
ese libro. Con franqueza, Lita, ¿a cuál de esos pretendientes escogería
usted?

Durante la primera parte de éste mi razonamiento, no sabía la pobre
muchacha dónde poner la vista, y aun se pellizcaba algo la ropa; después
ya me miraba con los ojos muy abiertos y la boquita risueña, y por toda
respuesta a la pregunta que puse como raya para sumar, debajo de la
lista de los supuestos pretendientes, soltó una risotada de las más
espontáneas y cordiales.

--¿De qué se ríe usted?--preguntéla, fingiéndome un poco resentido.

--¡Ni aunque fuera el caso de llorar!--me respondió cambiando de postura
en la silla--. ¡Vaya, que es buena! ¡Pues dígole que ni estampado en un
papel! Eso, mi señor don Marcelo, es pasarse ya del jito con más de otro
tanto de lo justo... y no vale. ¡Vaya, vaya, que es ocurrencia!

--Esto es, Lituca, poner el dedo sobre la llaga, ni más ni menos, y
llamar las cosas por sus nombres, por más que usted aparente creer lo
contrario para escurrir el bulto... y dispénseme la llaneza.

--Pero si no ha llegado ese caso, trapacerón del diantre, ¿cómo quier
que yo le responda?

--En el supuesto de que haya llegado hice a usted la pregunta.

--Pero usted sabe mejor que yo lo que va del dicho al hecho.

--Es verdad que lo sé, no mejor, sino, por las trazas, tan bien como
usted; y a pesar de ello, insisto en la pregunta, dejándonos de
eventualidades más o menos posibles o probables y colocándonos en lo
real y positivo y hacedero. Y así, pregunto otra vez: hoy por hoy, en
este mismo instante, tal como usted es, tal como usted piensa y siente,
¿a cuál de los susodichos pretendientes elegiría? ¿Con cuál de ellos
cree usted, hoy por hoy, en este instante, que sería más feliz
teniéndole por marido?

--¡Pero, la mi Madre celeste!... ¡Mire que es tema el de este hombre de
Satanás! ¿Cómo he de decirle yo esas cosas?

--Como se dicen otras, Lituca...

--Pues ya se lo dije endenantes, y bien a las claras.

--Y bien a las claras respondí a usted que aquello era pedir imposibles.

--Pues eso mismo pido... eso mismo deseo ahora.

--Pues no concuerda esa respuesta con mi pregunta. Allí se trataba de
vivir como ahora vive usted, y aquí se trata de vivir de otra manera muy
distinta.

--Pues llámelo hache, con todo y con ello.

--No puedo ni debo llamarlo así.

--¡Y dale, Jesús Señor, con la matraca! ¿Cómo quier, alma de Dios, que
se lo diga?

--En castellano corriente... por derecho... sin callejuelas de escape.

--¡Por vida!...--y aquí hizo un mohín de impaciencia de los más
hechiceros que yo he visto en mujer, y hasta se dio dos palmaditas sobre
el regazo; después, irguiendo la primorosa cabecita y endureciendo un
poco la voz y el gesto, añadió--: Y en suma y finiquito, ¿qué obligación
tengo yo de declararlo, ni qué le importa a usté el saberlo?

Fingí tomar en serio y como dura lección estas palabras y sólo repliqué
a ellas para disculpar mi atrevimiento... Entonces soltó la picaruela
otra risotada, y me dijo en un tono que revelaba el mayor deseo de
desenfadarme, si por ventura me había enfadado yo de veras:

--Pues ahora que con el susto le castigué la picardía, porque picardía
es, y de las grandes, el sonsacar a una mujer los pensamientos que nunca
tuvo... Pero ¡tochona de mí!--exclamó de pronto cruzando las manos y
compungiendo la carita--. ¿Pues no me estoy jaraneando, como una boba,
lo mismo que si no hubiera por qué llorar sin descanso en esta casa?
¿Qué dirá usté de mí, señor don Marcelo? ¡Vaya, vaya, que otra simple
como yo! Ya puede ver si me perdona, siquiera por no ser mía toda la
culpa.

Con esta evasiva de la muy taimada y con entrar Mari Pepa, se acabó la
conversación. Pero no tenía duda para mí que era Neluco el móvil, el
tipo y el regulador de todas las ambiciones de la nieta de don Pedro
Nolasco.

Entre tanto no se descuidaban un momento los preparativos para el
funeral.

Corría de cuenta de don Sabas avisar a todos los curas del Arciprestazgo
y muchos más, si se podía; y con su dirección y con la del médico, y
hasta con su ayuda material, escribía o firmaba yo cartas y más cartas,
dando cuenta del fallecimiento de mi tío y de la fecha de sus honras
fúnebres en la iglesia parroquial de Tablanca, a todas las personas de
viso de la provincia, que, en opinión de aquellos amigos, debían de
saberlo. Las mujeres, mientras llegaba la oportunidad de proveer la
despensa de lo que en ella faltase, pasaban revista y recontaban,
manoseaban y apercibían los utensilios de mesa para la «comilona» de
aquella gran ocasión, y a los primeros amagos de desnieve salieron
propios en todas direcciones, y, a la vez que ellos, el peatón del
correo que se llevó en la valija los avisos que no podían distribuir los
propios.

Y como en esto alumbraba el sol ya muy a menudo, volvió la mujer gris a
hacer de las suyas y a preguntarme a cada paso con sus ojos angustiados,
por no atreverse a hacerlo de palabra, en qué pararía la noche menos
pensada lo que había quedado pendiente en la de la muerte de su amo. La
verdad es que yo, si no lo había echado enteramente en olvido, después
de pensarlo mejor y de enlazarlo con los recientes sucesos que tan
radicalmente habían transformado el modo de ser de aquella casa, vivía
muy descuidado de ello, y hasta me causaba cierto ruborcillo recordar la
importancia que había llegado a concederlo, sugestionado quizá por los
espasmos histéricos de la pobre Facia.

Respondía una vez a sus miradas hablándola en ese sentido para
tranquilizarla mejor; mas no pude averiguar si logré lo que me proponía,
porque desde el compromiso que había adquirido conmigo sobre la manera
de conducirse en aquel asunto, no me dejaba traslucir la verdad de sus
sentimientos. Pero si alguna confianza le inspiraron mis palabras aquel
día, bien poco le duró a la infeliz; porque a la mañana siguiente, tras
una noche de lluvias torrenciales, apareció radiante el sol en un cielo
sin nubes, y el suelo del valle y las laderas de los montes desnudándose
a toda prisa de sus blancas y espesas envolturas, que, convertidas en
arroyos cristalinos y murmurantes, corrían por prados y regateras a
sumirse en el álveo del Nansa, henchido ya hasta las malezas de sus
bordes, entre las cuales iba dejando el río la carga de sus espumas.



XXX


Señalado fue también de veras, ¡bien señalado!, aquel día para la casona
de Tablanca y para el pueblo. El mismo gigantón de la Castañalera me
aseguró que, con estar los caminos intransitables y los puertos a medio
desnevar, habían sido aquéllos los funerales más pomposos que se habían
celebrado en la parroquia, en cuanto podía acordarse él (y eso que la
extensión de sus recuerdos andaba rayando con un siglo), por lo tocante,
en particular, al número y calidad de los concurrentes forasteros. Entre
el clero, que fue muy numeroso, acudió lo más afamado de la vicaría en
el canto fúnebre, y, por ende, no faltó el párroco de Zarzaleda, que era
una especialidad muy admirada, y no sin razón de fundamento, para
entonar el _Dies irae_ con su voz atenorada y vibrante, que ponía los
pelos de punta a los fieles más duros de conmover; y concurrieron
también con estos párrocos muchos de sus feligreses que, sin parentesco
ni afinidad personal alguna con el difunto, eran fervientes admiradores
de su buena fama. Pero no fue este contingente, ni por lo numeroso ni
por el ruido que movían sus espelurciadas cabalgaduras en las callejas
del lugar, lo que más llamó la atención en él, sino el otro contingente,
el de los señores que fueron llegando a la casona por todos los senderos
de los montes circundantes. Chisco y Pito Salces ayudaban a desmontar a
los que no traían espolique, que eran los más, y se apoderaban de sus
caballos; Neluco y don Pedro Nolasco les salían al encuentro en la
escalera y me los presentaban a mí después a la puerta de la salona,
desde donde los conducía a mi gabinete, que había vuelto a ser, por
aquel día, estrado o sala de honor, y en cuya mesa de centro había un
agasajo de vinos generosos y bizcochos de soletilla, con el cual los
brindaba tan pronto como concluían las salutaciones y cortesías de
rúbrica, sin perjuicio de que llegaran luego Mari Pepa o su hija, muy
vestidas y aderezadas ya de día de fiesta, aunque luctuosa, a ofrecerles
algo de mayor sustancia, por si estaban en ayunas, como leche, caldo o
chocolate... o magras de jamón con huevos estrellados; pero todos
optaban por la copeja de vino con bizcochos, «reservándose para
después...». «Después» era la comida del mediodía, terminados los
funerales.

Porque todos aquellos señores eran huéspedes míos, avisados con esta
condición, y aun sin ella... y aun sin aviso ninguno. Bastaba la
costumbre para autorizarlo; y el ser amigos de la casa mortuoria en un
lugarejo tan desmantelado como aquél, para justificar la costumbre.

De recibir y agasajar al clero, hecho a poco y mal guisado, estaba
encargado por orden y cuenta mías, y también según otra costumbre, el
párroco don Sabas; de los demás forasteros del montón, nadie solía
cuidarse, y nadie se cuidó allí tampoco.

Así y todo, por la condición de mis comensales, aunque relativamente
escasos, y por lo que me obligaba la mía, era de necesidad echar el
resto en la casona; y nadie creería a no verlo, como yo lo vi, la suma
de desvelos y sudores que llegó a representar aquel trabajo; lo que se
revolvió en la casa y en el lugar; las gentes que fueron puestas en
movimiento; las leguas de camino que se trillaron por buenos andadores,
y las horas robadas al sueño y al descanso más de una noche; y a pesar
de ello y de las «guisanderas» a jornal que ayudaron a las mujeres de
casa en lo más duro y comprometido de la faena, sabe Dios lo que hubiera
resultado a la hora crítica y solemne, sin la vigilancia continua y la
previsión y diligencia admirables de mis dos hadas bienhechoras... y la
hermana de Neluco.

Porque la ínclita matrona de Robacío estaba en Tablanca desde la
víspera. Había llegado al anochecer con su marido, y «a las ancas». Así
fueron a casa de Neluco; halláronla cerrada, y siguieron a la de don
Pedro Nolasco; díjoles la mozona que servía en ella lo que pasaba, y
torcieron hacia la casona, sin lástima alguna del pobre rocín que ya se
quebrantaba por el lomo y estuvo a pique de gastar el último resuello al
subir el pedregal.

Al encontrarse las dos amigas en mitad del carrejo, enzarzáronse en un
abrazo, tan íntimo y apretado, que parecía una «engarra»; se comían a
besos, y entre beso y beso se decían las mayores atrocidades; llegó Lita
con su abuelo, y se repitió la escena, hasta que acabó la de Robacío por
fijarse en mí y rompió a llorar por el difunto, de tan buena gana, que
parecía no haber consuelo para ella, mientras su marido, que ya me había
saludado, hacía sus correspondientes pucheros, y se enjugaban los ojos
con los delantales Lita y su madre, que eran de suyo muy tiernas de
corazón y pegajosas de las lágrimas. Acabóse el estrépito, por la virtud
de un conjuro mío, con la misma rapidez con que se había desatado, y nos
fuimos hacia la salona todos juntos y en santa paz, aunque no en
silencio. Al llegar Neluco, otro estampido de su hermana, que no cerró
boca en toda la noche ni quiso salir de la casona desde que supo el
trajín que había en ella. Cabalmente se perecía por esas cosas, y la
mataba la quietud. Por otra parte, los caminos no estaban muy
apetecibles que dijéramos, para que una mujer de sus carnes se
aventurara a pisarlos de noche sin una gran necesidad; amén de que ella
no había de causar apuros ni extorsiones en la casa, porque bien sabía
Mari Pepa que, en juntándose las dos, siempre hacían «cama redonda».

De este modo y por aquellos motivos durmió allí, y se fueron solos,
después de cenar, su marido y Neluco a casa de éste.

Los primeros que llegaron al otro día bien temprano fueron dos parientes
de la que fue mujer de mi tío Celso, de los Sánchez del Pinar, de
Caórnica, a orillas del Saja. Eran el uno muy alto y el otro muy bajo:
los dos de espesas patillas grises; poco risueños ambos y nada locuaces.
Les daba vergüenza--así me dijeron por entrar--visitarme y ofrecerme sus
respetos por primera vez en ocasión tan triste; pues encerrados en su
valle, del que no salían jamás sin un motivo de gran monta, un poco por
ignorancia de los sucesos y otro poco por la maña de «dejar negocios
para otro día...». En fin, allí estaban para que dispusiera de ellos a
mi comodidad, como podía disponer de otros comparientes de allá, que no
les habían acompañado, quién por falta de salud, quién por la de
cabalgadura. Todos tuvieron en mucho a don Celso y le fueron muy
adictos, aunque le molestaron poco.

Sin acabar de sentarse apenas estos personajes, apareció en la salona
otro cuyo aspecto me sorprendió mucho. Era alto, más que el de Caórnica;
de luenga y puntiaguda barba blanca, moreno de color, de nariz muy
prominente y aguileña, ojos pequeñitos y verdes y cejas erizadas y
blanquísimas; la cabeza cubierta con un alto gorro cilíndrico de piel de
nutria, y todo el cuerpo, hasta los pies, con un capotón de paño
ceniciento. Parecía un mago. Se quitó el gorro y se despojó del capote
en cuanto se encaró conmigo, y dejó al descubierto un matorral de pelos
blancos, recios y apretados, y un vestido de anticuada forma con
relación a los figurines vigentes, de buen paño, sí, pero muy
descolorido ya. Aquel hombre venía de los precipicios del Deva, y
resultó ser el famoso don Recaredo, de quien yo tenía muchas noticias
por mi tío; hidalgo de rancio solar, célibe impenitente, afamado cazador
de fieras, y de grande y merecido influjo en toda su comarca; bien
relacionado con los hombres del ajetreo político de la capital y
sucursales de ella; muy solicitado de aspirantes a la representación en
Cortes del distrito, en épocas de lides electorales... y primoroso
carpintero de afición, única bien arraigada que se le conocía y con la
cual entretenía las soledades y holganzas de su vida en el viejo caserón
que habitaba.

Detrás de don Recaredo llegaron de un golpe, por haberse juntado unos en
el camino y todos a la puerta de la casona, hasta cinco pudientes, más o
menos ligados a ella por parentesco lejano o amistad antigua, de las
orillas del Nansa, aguas arriba y aguas abajo.

Enseguida de éstos, aparecieron en la salona otros dos personajes de
gran cuenta, que me impusieron mucho por su apostura y atalajes, tan
diferentes de todo lo que se usaba por allí y de lo que a la sazón me
rodeaba.

Eran nada menos que el ilustre caballero don Román Pérez de la Llosía y
su yerno don Álvaro de la Gerra. Iban desde Santander, donde residían, y
habían hecho el viaje en dos jornadas. La verdad ante todo: yo, que
hasta entonces dominaba la escena con el desembarazo que da la
conciencia de «valer más» en la escala de la educación y de la cultura
intelectuales, al verme enfrente de aquellos dos concurrentes de tan
distinguido y elegante porte, sentí que se me bajaban mucho los humos de
la chimenea, hasta en lo de llevar bien la ropa, particularmente en lo
que tocaba la comparación con el apuesto y correctísimo yerno del
señorón de Coteruco. Me vi bastante torpe para expresarles la gratitud
que les debía por aquel acto tan honroso para la memoria de mi tío, y la
satisfacción de que me sentía poseído al estrechar las manos de unas
personas de quienes tantas y tan grandes noticias tenía yo desde que
había llegado a Tablanca. Recuerdo que este fue el tema de mi respuesta
a las salutaciones corteses de los dos caballeros; pero no lo que dije.
De lo que estoy seguro es de haberlo dicho muy mal. Valga la verdad.

Sin darme tiempo para preguntar a don Román (con lo que me evité,
probablemente, la comisión de una gran impertinencia) a qué altura
andaban sus propósitos de vuelta a Coteruco, apareció en escena otro
personaje de los de primera talla, y al cual abracé con verdadera
efusión de mi alma: el perínclito señor de la Torre de Provedaño, que
para llegar a la hora que llegaba, como don Recaredo para ir desde los
riscos del Deva y los de Caórnica desde su valle, había necesitado andar
de noche la mitad del camino, ¡y qué camino! Así llegaba él, con la cara
echando lumbres y los labios contraídos entre las barbas erizadas y los
bigotes con carámbanos. Lo que había pasado antes entre el que llegaba y
los presentes, por conocerse todos de trato, o de nombre cuando menos,
pasó allí entonces; pero con la notable diferencia de que al reparar el
de Provedaño en el de Coteruco, no acabó todo ello en el apretón de
manos afectuoso o en los familiares y mutuos palmoteos en la espalda,
sino que conmovidos y anhelantes uno y otro, sin decirse una palabra, se
abrazaron tan estrechamente, que parecían no acertar a separarse.
Después le tocó el turno a don Álvaro, con quien no tenía tanta amistad
el de Campóo como con su suegro; y arreglada a esta ley fue la expresión
de su saludo.

Para muy poco más que estos cumplidos me dio el tiempo, porque aún no
habían vuelto a sentarse la mitad de las personas allí presentes, cuando
vino recado de don Sabas de que todo estaba pronto en la iglesia y que
se nos aguardaba. Como ya eran muy cerca de las diez y no duraría el
funeral menos de dos horas, y los forasteros habían de volver a sus
hogares después de comer en el mío, y las tardes eran muy cortas, nos
pusimos en marcha inmediatamente, acompañándonos Neluco y también su
hermana y Mari Pepa, muy enlutadas. Al viejo Marmitón no le permitimos
salir de casa. Para disponer la mesa y dirigirlo y ordenarlo todo, se
quedó Lituca que se pintaba sola para ello y otro tanto más. También se
quedaron Chisco y Pito Salces con otros dos mozones de mi confianza,
bien advertidos por mí de muchos cuidados, particularmente el de la
vigilancia, no sé si porque me salió espontáneamente de adentro la
ocurrencia, o porque me la inspiró una mirada elocuentísima de la mujer
gris, al ver cómo iba a quedarse la casona, sin nosotros, indefensa y
punto menos que vacía.

Andando ya hacia la iglesia, vimos aparecer de pronto, sobre la jiba del
pedregal, un hombre alto y fornido, de hermosa cabeza, envuelto entre un
chambergo de anchas alas y una barba gris; venía a cuerpo con un
chaquetón pardo, y los pantalones, del mismo color, arremangados sobre
unos borceguíes de recia suela y muy embarrados. Traía las manos metidas
en los bolsillos del chaquetón, un garrote pinto y nudoso debajo del
brazo izquierdo, y en la boca una pipa ahumando.

El primero que le conoció fue el señor de Provedaño, que iba de los más
delanteros entre nosotros. Se detuvo un instante para mirarle con la
mano de canto sobre la frente, y se detuvo también el otro con los ojos
sombríos e imperturbables clavados en él. Parecían dos leones. No les
faltó más que olerse. Después se acercaron más, y se estrecharon las
diestras con recias sacudidas. Entonces me parecieron dos robles gemelos
de la montaña estremecidos por el soplo de una misma ráfaga. No sé lo
que se dijeron, ni si se dijeron algo. ¿Para qué? En estas dudas vi a
don Román Pérez de la Llosía salir como una flecha, de entre los más
rezagados del grupo que bajaba, hacia el hombre que subía, y que éste,
al notar que se le acercaba el de Coteruco, desprendió su diestra de la
del campurriano, y se quitó con ella marcialmente el chambergo,
descubriendo así la frente espaciosa y blanca, sobre la cual parecía
reflejarse el rayo de luz que lanzaron entonces sus ojos. No he visto
jamás actitud de hombre más varonil, más noble ni más hermosa. Pero don
Román no se anduvo en chiquitas, y quieras o no, le estrechó entre sus
brazos. Su yerno hizo lo mismo enseguida. Después se adelantó don
Recaredo y le tendió la mano. A todo esto, flotaba en el aire el nombre
de «don Lope» pronunciado por muchas bocas; y con ello y lo que yo sabía
por la historia de los descalabros de don Román en su pueblo, narrada
minuciosamente por mi tío varias veces, di por conocido el personaje; y
no me equivoqué, pues a los pocos momentos me lo trajo de la mano el
señor Pérez de la Llosía y me dijo presentándole:

--Mi mejor amigo y el más noble convecino mío de Coteruco, don Lope del
Robledal. Viene a Tablanca para ofrecerle a usted personalmente toda la
amistad y respeto que le merecieron las virtudes de don Celso, y a rezar
por su alma en los funerales de hoy.

Correspondí con la mayor cordialidad y como mejor pude a aquellos nobles
ofrecimientos; supo él adónde íbamos por allí; y sin querer aceptar un
momento de descanso, que no necesitaba, retrocedió y se fue camino de la
iglesia con nosotros... digo mal, con don Román solamente, pues le tomó
éste por su cuenta desde luego, apartándose un buen trecho de los demás,
que nada hicimos por acercarnos a ellos, respetando la santa avidez con
que el noble expatriado de Coteruco aprovecharía aquella providencial
ocasión de saber algo más de lo que sabía sobre el estado de cosas de su
pueblo nativo, aunque fueran extraídas con la ganzúa de sus ansias de
aquel arcón de cuatro llaves. Mientras tanto, don Álvaro de la Gerra fue
trazando nuevos y curiosísimos rasgos del carácter, original hasta lo
increíble, de aquel hidalgo montañés.

Así llegamos a la iglesia, en la que no hubiéramos logrado penetrar sin
salir, como salieron de ella, parte de los que estaban dentro, los
cuales apenas cabían después en el soportal, que también estaba atascado
de gente.

La duración de los oficios no bajó un minuto de las dos horas
calculadas; y cuando volvimos a la casona los que de ella habíamos ido a
la iglesia, más el extraño don Lope que quería volverse a Coteruco desde
allí, y se hubiera vuelto sin la intervención de don Román, único entre
todos nosotros conocedor de los resortes por que se regía aquel carácter
excéntrico, ya estaba la mesa preparada con todas las grandezas de
abolengo..., y algo más que se había podido adquirir, hasta en las casas
de los amigos, como don Pedro Nolasco y el médico. Porque pasábamos de
docena y media los comensales, entre propios y extraños.

En otro tiempo me hubiera dado un accidente en presencia del _menú_ de
aquella comida, cuanto más de la comida misma, porque fue verdaderamente
espantable aquel llegar a la mesa (conducidos por Facia y por su hija,
sofocadas por el trajín y relucientes de pellejo) de pilas de potajes
con metralla de embutidos; de rimeros de pollos patas arriba entre
lagunas de grasa; de solomillos enroscados; de magras con huevos duros;
de carne en toda suerte de guisos; de patos rellenos de salchichas y de
lomo, y tras ello, los flanes como ruedas de molino, y las natillas y el
arroz con leche, poco menos que a calderadas. No entendían el rumbo de
otro modo las mujeres que lo habían manipulado; y así me expliqué yo
perfectamente sus afanes y desvelos, y las gentes y las cosas que habían
movido y removido en la casa, en el lugar y fuera de él, de tres días a
aquellas horas.

El peso de la conversación, durante la comida, le llevaron el señor de
Provedaño y don Román. Como era propio y natural, se comenzó por el
elogio del difunto y de sus cosas geniales; igual que en la cocina,
salvo el lenguaje y el estilo. Entre Neluco y yo, suministramos los
solicitados pormenores acerca de su enfermedad y de su muerte... y saltó
de golpe lo que yo veía venir rato hacía, y me extrañaba que no hubiese
saltado antes en la conversación: el punto de continuar yo allí la obra
benéfica de mi tío. Aquí se calló don Román como un muerto, y me dijo el
insigne campurriano, después de aplaudirme los buenos propósitos
declarados por mí de poner todos los medios para lograr tan grandes
fines, que si me decidía, en mis procedimientos, a servir a mis
protegidos el vino viejo en odres nuevos, cosa que él no desaprobaría,
lo hiciera con sumo tacto, «porque--concluyó--, hermosa es la luz; pero
no hay que abrir de repente todas las ventanas a los que han vivido a
oscuras por achaques de la vista; pues hay que temer las locuras que
entran por los ojos deslumbrados». A esto ya no pudo callarse don Román,
y expuso el ejemplo de la caída de Coteruco, en demostración de lo
afirmado por su amigo. Enderezada la conversación por estos carriles,
nos habló de lo que le costaba aclimatarse a la vida de la ciudad: no
podía con ella un hombre como él, nacido para respirar el aire
oxigenado, puro, de la Naturaleza, y necesitaba también la presencia y
hasta la compañía de aquellos hombres rústicos, aun con sus
ingratitudes. El recurso de dejarlos a solas con su pecado, había
producido muy buenos frutos. Poco a poco se habían ido levantando de su
caída, y ya le echaban de menos. Esto le consolaba y le satisfacía; y si
no había vuelto ya a Coteruco, era porque quería hacerse desear un poco
más, para asegurar mejor la curación de sus «locos». Desgraciadamente no
participaban sus hijos de aquéllas sus ilusiones, porque tenían otros
gustos muy diferentes; pero todo podía arreglarse con algún sacrificio
de cada cual. Entre tanto, distraía sus impaciencias con los hechizos de
una nietecilla que Dios le había dado, y era la criatura más hermosa que
había nacido de madre. Andábase a la sazón en proyectos de llevarla a
Sotorriba, para que la conociera su otro abuelo, don Lázaro, cuyos
achaques le impedían salir de casa.

Alguien preguntó allí si era verdad que don Gonzalo González de la
Gonzalera se había quedado memo y pobre a consecuencia de disgustos y
despilfarros domésticos, pero no obtuvo respuesta la pregunta, porque
apareció de golpe y porrazo en la salona un nuevo personaje que comenzó
por decir que ni por haber rodado tres veces por los suelos y casi
reventado la tordilla en sus ansias de correr, había podido llegar
antes. ¡Así venía el infeliz de embarrado y descosido de pies a cabeza!
Era un hombre de buena edad, estampa agradable... y juez municipal de su
pueblo: de aquél muy empingorotado en que había conocido yo a uno de mis
consanguíneos de Promisiones, yendo con Neluco a la Torre de Provedaño.
El caso era que, al ir a montar muy de mañana para acudir a los
funerales de mi tío, le habían entregado un oficio del juez de primera
instancia, obligándole a practicar unas diligencias que le entretuvieron
cerca de dos horas... todo respecto a la «trigedia» del día anterior,
que yo debía conocer, y para eso, la verdad fuera dicha, para que la
conociera venía él principalmente.

Hicímosle sitio en la mesa, previne a Facia que le fueran sirviendo
desde la sopa de fideos inclusive; y mientras salía Tona y se quedaba su
madre cambiando platos y retirando sobras destrozadas de guisotes, y
todos le prestábamos grandísima atención, refirió él que bajando un
pastor de su invernal, recién empezado el desnieve, a campo travieso,
porque apretaba el frío y corría mucho una nube negra por mala parte y
peor camino, se paró un instante, para echar una yesca y encender la
pipa, a la misma boca de un covachón, conocido de muy pocos, por estar
fuera de senda frecuentada, como a la mitad de distancia, por el atajo,
entre Tablanca y el pueblo del relatante, pero en término municipal de
éste. Parado allí el pastor y dale que te pego con el canto de la
navaja, porque no chispeaba bien la piedra o no era la yesca de lo
mejor, observa que le da en la nariz un «jedor» que tumbaba de espaldas.
Mira aquí y olfatea allá, nota que el jedor sale de la cueva; tiéntale
la curiosidad, entra, y en un recodo muy ancho, hacia la derecha, ve
tres hombres tendidos a la larga, boca arriba, tiesos y casi amontonados
unos sobre otros, muertos los tres y arrimados a una piluca de ceniza y
tizones apagados. Espántase, huye de allí; y por ser el más cercano,
según su cuenta, da en el pueblo del narrador y refiere lo que ha visto.
Acude éste allá por su cargo, acompañado en debida forma, y resulta
verdad lo denunciado por el pastor. Tres eran, en efecto, los cadáveres,
y de personas bien conocidas en el lugar, y bien pertrechados iban de
armas de fuego... y hasta de cuerdas y navajas. Sin duda los sorprendió
allí el temporal de nieve, desde que comenzó, y perecieron de hambre y
de frío... por decreto de Dios que conocía sus malas intenciones. Era el
uno un peine que se titulaba ingeniero y decía andar en busca de una
mina de oro, meses hacía ya, con su vestido harapiento, sus greñas y su
barba silvestre y su costurón en la cara, que le partía un ojo y la
mitad de la nariz.

Aquí se oyó un estrépito infernal de platos hechos trizas, y un grito de
Facia a quien se le habían caído de las manos como una docena de ellos.
La miré entonces y la encontré mirándome a mi con ojos espantados y el
color de la muerte en la cara. Díjele con los míos que no cometiera una
indiscreción; entendióme, y la añadí de palabra y sonriéndome que no era
el estropicio aquél motivo para que se asustara tanto, aludiendo a los
platos rotos, mientras Tona arrimaba al del juez municipal dos medias
fuentes bien colmadas de potajes, algo pasmadona por lo que había
pescado del relato, pero seguramente más por el desastre de la vasija,
que había arrancado el grito a su madre.

Vuelto el relatante a su historia después de este incidente, y viendo yo
que, por respeto a mí, sin duda, andaba con repulgos y melindres para
declarar en neto castellano quiénes eran los otros dos muertos,
apresuréme a decirle:

--Sé perfectamente de quiénes se trata, y quiero evitar a usted la
repugnancia de declararlo delante de mí: se trata de dos parientes míos;
de los dos hidalgos de Promisiones. Con uno vivía el ingeniero ese del
chirlo, en su pueblo de usted: los vimos juntos Neluco y yo al pasar por
él, yendo a Provedaño. Según noticias de buen origen, esperaban entonces
de un día a otro al hermano que faltaba de aquel mi pariente (que, por
lo visto, llegó a tiempo) para dar el último golpe en la explotación de
la mina de oro puro que había descubierto el lince de las barbas
silvestres. En buena justicia, tenían los tres más que merecido el palo,
en el que hubieran muerto a no morir de ese otro modo. Conque ya ve
usted si tengo hasta motivo, por lo que a mis parientes toca, para
alegrarme de que hayan acabado así, como cualquier hombre de bien.

Declaró el preopinante que era la pura verdad todo cuanto yo había
dicho; añadió en respuesta a una pregunta que alguien le hizo, que el
hombre del chirlo en la cara había vivido en el lugar con el nombre,
indudablemente supuesto, de Pedro González que constaba en su cédula
personal, y que con ése se le había registrado, ya muerto, en el libro
correspondiente; alegréme yo de ello, y de seguro se alegraría Facia,
que lo oía, mucho más... y se acabó aquella conversación sin meternos en
otra nueva, porque se había acabado también la comida, apremiaba el
tiempo y tenían mucho que andar los comensales forasteros para volver a
sus hogares los unos, y los otros para terminar su jornada. Porque
resultó que don Recaredo aprovechaba la ida a Tablanca para despachar un
negocio, pendiente de ese paso año y medio hacía, en un pueblecillo del
Nansa, aguas abajo, y el insigne campurriano tenía también sus
quehaceres de urgencia en la capital, por lo que se le llevaron consigo
don Román y su yerno. Desapareció sin saber cómo don Lope; fuéronse,
mientras seguía comiendo todo cuanto le ponían delante el juez municipal
susodicho, los dos desiguales de Caórnica y los cinco pudientes del
Nansa, aguas arriba y aguas abajo de la casona; acabó, al fin, de comer
el que quedaba comiendo, y marchóse igualmente, y bien repleto, a su
lugar...

Al otro día, muy temprano, se largaron a Robacío la hermana y el cuñado
de Neluco; y pocas horas después, ¡ay! me abandonó también toda la
familia del gigantón de la Castañalera.



XXXI


¡Y aquélla fue la más negra para mí! La de verme solo en los ámbitos
enmudecidos y yertos de la casona, alcázar de mi flamante y patriarcal
señorío, en el pobre terruño de «mis mayores». Todo me resultaba ancho,
todo me sobraba allí y todo se me venía encima, como si estuviera
edificado en el aire, desde que se había vuelto a sus hogares la familia
del viejo Marmitón. Porque con la presencia continua de unas mujeres tan
animosas y alegres como aquellas dos, más el trajín en que anduvieron
empeñadas y el entrar y salir de tantas y tan distintas gentes en los
últimos días, no había podido conocer yo en su verdadera magnitud el
vacío que dejaba en la casona la muerte de su venerable habitador y
dueño, que, vivo, la llenaba toda, y era además el lazo que me amarraba
a ella con la fuerza de mi compromiso, fundado principalmente en la
consideración de lo que él estimaba el regalo de mi compañía.

Venían a menudo a verme el Cura don Sabas y Neluco, y pasaban conmigo
largos ratos; continuaba la tertulia de la noche muy concurrida y
animada; presidíala yo con la mayor asiduidad, y hacía de tripas corazón
para creerme muy divertido en ella, o para darlo a entender delante de
aquellos rústicos y buenos tertulianos; ocupábame a ratos en despachar
mi correspondencia o en arreglar los papeles y cuentas de la
testamentaría; hablaba con Facia y me complacía en ver cómo, creyéndose
ya, en virtud de las noticias traídas por el juez municipal de marras, y
de mis subsiguientes reflexiones, libre para siempre de la cruz que
tanto la había oprimido, y dando por guardado en el fondo de una
sepultura el secreto de lo que podía ser afrenta para su hija, iba la
pobre mujer tornando a la vida, y recobrando poco a poco las extenuadas
fuerzas de su espíritu, llorando y rezando a la vez por el hombre
desventurado, muerto con el alma manchada de negras intenciones, tras
una vida azarosa y criminal; gozábame también en descifrar en el
impenetrable continente de Chisco ciertos confusos caracteres que
delataban en los adentros de su pechazo un regocijo manso y profundo
desde la herencia de la «pilá de onzas», y en tirarle de la lengua para
saber cómo andaba desde entonces en sus tratos y amistades con la
familia del Topero, el cual, según mis noticias, se había humanizado
mucho con él y hasta «le echaba memoriales con los ojos» y aun con
algunas indirectas demasiado insinuantes; interesábame de veras Pito
Salces, que andaba amurriadote y receloso temiendo que hubieran cambiado
las buenas disposiciones de Tona hacia él desde que era rica por su
madre, y hasta por sí propia, tomando el pobre por desdenes el pasmo,
muy natural, en que cayó la mozona en aquellos días de lances gordos;
salía de casa algunas veces para ventilar un poco las ideas y estirar
los miembros entumecidos, aunque hallaba siempre el suelo como una
esponja encharcada, y frío el sol que iluminaba el valle, mientras me
segaba las barbas el ambiente que no apagaba una cerilla, y tenía que
volverme a mi agujero sin haberme atrevido a descender el pedregal por
donde querían conducirme los impulsos de mi necesidad de departir con
alguien que me comprendiera; tramábala con Chisco después, o con el
primero que se me pusiera por delante, y, en fin, hasta procuraba,
siguiendo las enseñanzas bucólicas de Neluco, descender con mi razón,
más luminosa, a las tenebrosidades de aquellos hombres para hallar el
nivel apetecido y con él el prometido deleite; pero aun así, me sobraban
horas y horas eternas de soledad y de silencio en aquellos páramos
envejecidos y negros en que resonaba el eco de mis pasos febriles como
si los diera bajo las bóvedas sombrías de un calabozo; y por donde
quiera que la mirara, aquella mi labor heroica para hacer la vida más
llevadera no venía a ser otra cosa que labor de encarcelado, hasta con
el tenaz, profundo y tentador deseo de escaparme.

De escaparme sí; porque había vuelto a imponérseme esta idea, no como la
primera vez que la sentí pasando por mi cerebro como una ráfaga, sino
como un prurito irresistible que iba desbaratando por momentos la obra
de mi aclimatación, casi a punto de terminarse ya. Parecíame la fuga una
verdadera canallada; pero los cuerpos abandonados en el aire, caen por
su propia gravedad; y así me sentía yo caer, roto, con la muerte de mi
tío, el vínculo que más me ligaba a la casona. Cierto que me quedaban
las ligaduras de un compromiso solemnizado tantas veces y delante de
tantas y tan distintas personas; pero también era verdad que a ese
compromiso le había puesto yo la limitación de «en cuanto me fuera
posible», y que, suponiendo que llegara a ser capaz de penetrar la obra
de mi tío para trabajar en ella, mi trabajo no sería continuo ni a cada
hora, ni siquiera de cada día, al paso que la tediosa realidad que me
asfixiaba era continua, perenne, de todos los momentos.

Luchando sin cesar entre estos impulsos empecatados y las repugnancias
de mi conciencia de hombre formal, hubo ocasión en que me reí de mí
propio, viéndome discurrir con el criterio de un colegial mal avenido
con su encierro. ¡Qué cosas se me ocurrían para justificar una escapada,
con promesa de volver y propósito de no cumplirla!

Serenándome después y dando mayor altura a mis pensamientos, detúveme a
considerar el valor de los buenos frutos que había conseguido con el
trabajo de mis propias observaciones, y el ejemplo y la predicación, más
o menos directa, de mi tío, de Neluco, del señor de la Torre de
Provedaño, sobre todo, y de otras muchas personas de gran monta; y
entonces me avergoncé de haber pensado como pensé para sacudir la carga
de mis tristezas.

Colocado en este terreno, pronto comprendí que lo que yo necesitaba
desde luego y con urgencia para salir airosamente del conflicto, era
adquirir otras ligaduras con qué sustituir las quebrantadas por la
muerte; otro vínculo nuevo que me uniera a Tablanca, ya que no tan
estrechamente como lo estuvo mi tío, hasta el punto, cuando menos, de
que dejara la casona de ser cárcel para mí.

Bueno. Pero ese vínculo ¿dónde hallarle? ¿de qué casta era?... ¡Quién
sabe los espacios que recorrí entonces con la imaginación enardecida y
visionaria! En este viaje veloz y disparatado no hallé momento de
tranquilidad ni de reposo, porque todo me parecía mal para hacer un alto
de respiro... hasta que di en la más peregrina de las ocurrencias. Pero
ya tenía siquiera una hipótesis en que detener el discurso fatigado.
Pues a ello, y con toda la minuciosidad escrupulosa de quien, como yo,
medita en asunto tan grave como aquél por vez primera en su vida. Elevé
los pensamientos por encima de las enriscadas barreras del valle, y le
llevé lejos, muy lejos de Tablanca; cerré los ojos, acudí a los
repuestos de la memoria, y fui extrayendo de ella una verdadera legión
de imágenes, a las que hice desfilar después, una a una, por delante de
mí. Cuando hubo pasado la última figura de esta bizarra procesión, volví
con el pensamiento a las montunas realidades de Tablanca... y me llevé
las manos a la cabeza, como quien se percata de que ha estado colmándola
de disparates para obtener ideas salvadoras. Apagué la linterna de mis
cavilaciones y, ¡oh sorpresa!, con el último rayo de su luz vi pasar
rápidamente por los términos ofuscados de la imaginación, una nueva e
inesperada imagen que parecía llevar en sí la virtud de resolver todas
las dificultades del conflicto. Pero... Y acabé por hacerme cruces y
echarme a reír.

Riéndome estaba aún cuando entró Neluco.

--Así me gusta verle a usted--me dijo--, y no con la triste catadura de
estos días atrás.

--Pues a ella volveremos, amigo Neluco--le respondí--, si Dios no hace
el milagro que le pido.

--Sin embargo, usted se reía ahora...

--La risa del conejo...

--No insisto--repuso el médico--, porque no quiero que me tenga usted
por imprudente; pero le aseguro que, sin ese temor, más de dos veces le
hubiera preguntado, en estos últimos días, por los motivos de un
desaliento que no ha podido usted disimular.

Despertaba esta declaración de Neluco la idea, no dormida enteramente en
mí, de confesarme con él, como Facia se había confesado conmigo. Podía
esperar mucho de los consejos de su experiencia, y, en último caso, el
alivio que da en las apreturas del ánimo el recurso de departir sobre
ellas con un amigo de buen entendimiento.

--Precisamente--le respondí armándome de resolución--, tenía yo grandes
deseos de echar un párrafo con usted sobre los mismos particulares.
Conque, ahora o nunca.

Cerré la puerta de mi gabinete, sentámonos los dos con la mesita entre
ambos, y comencé a hablarle de esta manera:

--Ha de saber usted, amigo Neluco, que desde que volvieron a reinar el
orden y el silencio en esta casa, después de muerto y sepultado mi tío,
yo no sé en qué invertir las horas que me sobran dentro de ella... Me
parecen interminables, no veo el modo de mejorarlas y me asusta lo
porvenir con una perspectiva semejante. Esta es la verdad de lo que me
sucede; le tengo a usted por buen amigo, y a usted se la declaro.

--¿Para qué?--me preguntó el médico, muy serenamente, después de
contemplarme en silencio unos instantes.

--Por lo pronto--le respondí--, para que usted la conozca, y después,
para que, si lo tiene a bien, me ayude con su autorizado consejo.

--¿A qué?--volvió a preguntarme con la misma serenidad de antes.

--¡Pues me gusta la ocurrencia, caramba!--exclamé yo un tanto picado por
aquel modo de acorralarme, que se parecía mucho a una broma algo
pesada--. ¿Qué se entiende aquí por ayudar a un hombre que perece en el
fondo de un precipicio?

--Perdone usted--replicó el médico--; pero o yo no estoy en mis cabales,
o el caso que me cita por ejemplo, no es aplicable enteramente al caso
particular de usted. El que se halla en el fondo de un precipicio, no
puede tener otro deseo que el de salir y alejarse de él; y a usted, en
la situación en que hoy se encuentra, se le puede servir de dos maneras:
ayudándole a salir de ella, o trabajar para hacérsela soportable y hasta
divertida. Ahora usted dirá de cuál de estos dos extremos se trata.

--Del que mejor le parezca a usted--le dije--, o de los dos juntos... En
fin, póngase usted en mi caso, y hábleme con franqueza.

--Pues con franqueza le digo--repuso el médico que no me extraña lo que
le sucede a usted. Lo esperaba... Entendámonos: esperaba que muerto don
Celso y solo usted en su casa, había de parecerle ésta más grande, más
negra y más triste que antes, y el tiempo que pasara en ella, muy largo
y enojoso. Nada más natural en un hombre de los gustos, de la educación
y de los antecedentes mundanos de usted. Lo que no esperaba es que
llegaran sus desalientos al extremo a que, por lo visto, han llegado...
Pues mire usted, señor don Marcelo: ni por cortesía siquiera le aconsejo
a usted que, para distraer su fastidio, se largue enseguida de Tablanca;
consejo que, o yo no sé leer fisonomías o es el que más había usted de
agradecerme. Y no se le doy, porque estoy segurísimo de que si se
largara usted en la situación de ánimo en que se encuentra ahora, no
volvería por acá en todos los días de su vida.

--Hombre--respondí yo cogido por la mitad de lo cierto--, eso es mucho
decir.

--Ni más ni menos que lo justo--replicó el médico--, porque es la pura
verdad; y usted no puede ni debe hacer eso, aunque echemos en olvido
cierta promesa y hasta lo solemne de la ocasión en que fue ratificada;
porque usted nada tiene que hacer en ese mundo que le tienta, y aquí sí;
porque allá--y dispense la franqueza--, a pesar de sus merecimientos
personales, no pasaría de ser uno más en el montón de los anónimos, y
aquí desempeñaría un papel mucho más lucido, no por el relumbrón de su
jerarquía, sino por la condición benéfica del cargo. Nada de esto quiere
decir que esté usted obligado a sepultarse aquí perpetuamente: al
contrario, yo sería el primero en aconsejarle que no lo hiciera; que de
vez en cuando traspusiera esas cumbres para echar una cana al aire, bien
seguro de que esas correrías, hechas por un hombre del entendimiento y
de la cultura y de los caudales de usted, habían de lucir al fin y al
cabo en beneficio de este valle. Mas para llegar a ese extremo, es
decir, para que pueda yo excitarle a que se vaya, es preciso asegurarle
aquí antes con algo que le sirva de cebo para volver, por natural y
espontáneo movimiento de su corazón... En una palabra, tiene usted que
aclimatarse de nuevo a esta casa y a esta tierra, y a estos hombres,
tales y como habían llegado a parecerle, a la muerte de su tío don
Celso.

--Pero, hombre de Dios--exclamé yo aquí--, si precisamente es ése mi
dedo malo; si todo eso que usted me dice parece pensado con mis propios
pensamientos y dicho con mi propia lengua; si yo no deseo otra cosa que
apegarme a este terruño y cogerle todo el amor que usted le tiene; pero
¿cómo? ¿con qué? Este es el caso. Vivo mi tío, la obligación, convertida
en gusto ya, de acompañarle, me entretenía, y con ello, todo cuanto le
rodeaba; muerto él, me falta aquel recurso poderoso, me pierdo en el
vacío de esta casa, y me abruman las eternas horas que paso en ella
buscando la manera de abreviarlas. Continuar su obra benéfica.
Enhorabuena. Esto es fácil y hermoso de decir; pero es muy vago y no
resuelve nada, y lo que yo necesito es algo más concreto, más práctico y
del momento. Si se tratara, verbigracia, de cortar camisas para los
pobres o de enseñar la doctrina a los muchachos, yo me pasaría los días
enteros manejando, las tijeras o injiriendo el Padre Astete en las
cabezas de estos motilones; pero no se trata de eso ni de cosa parecida:
la obra de mi tío no da qué hacer a cada instante ni a cada hora.

--¿Cómo que no?--interrumpióme Neluco--. ¿La conoce usted a fondo por si
acaso?

--No, señor--le respondí.

--¿Y le parece a usted--añadió--poco entretenimiento el de estudiarla de
ese modo, no sólo para conocerla, sino para mejorarla? Porque a usted le
hemos de exigir también--prosiguió el mediquito bromeándose--, que la
mejore, y la mejorará seguramente.

--Santo y bueno--dije yo siguiendo el tono que me daba Neluco--: la
mejoraré si ustedes se empeñan. Pero--añadí formalizándome de veras--,
ese estudio que me recomienda usted, hasta para entretenimiento de las
horas de estos días, ¿cómo le hago? ¿por dónde comienzo?

--¿Y para cuándo--replicó Neluco--son los buenos amigos y los
competentes consejeros? ¿En qué ocupación más agradable ni más honrosa
podría usted emplearnos?... y perdone la inmodestia con que me sumo con
ellos... Y ya que de esto se trata y estoy autorizado por usted para
hablarle con franqueza, he de decirle que además de este estudio, del
que no puede usted prescindir, hay otra ocupación más del momento
todavía, en la que debió de habernos empleado días hace... y no nos ha
empleado usted, con gran extrañeza nuestra; con lo cual ha perdido un
excelente recurso para matar horas sobrantes... Pensaba yo que, aunque a
usted le sobraba el dinero al venir a Tablanca, había de picarle un poco
la curiosidad de conocer de vista las haciendas de aquí, heredadas de
don Celso, y el organismo, vamos al decir, de los tratos y contratos con
sus llevadores, y algo más, a este tenor, que no deja de ofrecer su lado
patriarcal, y por ende, interesante y pintoresco para un hombre como
usted. Con el pretexto de verlo con los propios ojos, se deja la cárcel
que abruma y entristece, se respira el aire libre y se renuevan las
ideas y se esparce el ánimo encogido. Con la contemplación de lo visto
así, nacen pensamientos que se comunican, por de pronto, con quienes nos
rodean, y dan materia abundante para discurrir después si estamos solos,
o para departir con interés gustoso si estamos acompañados de amigos que
nos quieren bien. La propiedad, por pequeña que sea, tiene esa virtud, y
si es recién adquirida, en más alto grado. ¡Figúrese usted si durante
estos días en que tan soberanamente se ha aburrido y tan hermoso se ha
mostrado el tiempo, nos hubieran faltado motivos de excursiones y temas
de conversación y andamiajes de proyectos! Vamos, que parece mentira que
ni por instinto de conservación se le haya ocurrido a usted una cosa tan
hacedera y conveniente, y haya preferido entregarse atado de pies y
manos a las inclemencias de su carcelero. Pero todavía no es tarde para
subsanar esta equivocación. Le acompañaremos a usted por esos campos
mientras el tiempo lo consienta; veremos y hablaremos lo que a usted le
importa ver y de lo que le interesa hablar; continuaremos aquí después
las conversaciones de afuera, y se apuntarán o se discutirán y se
reformarán cálculos y proyectos, aunque alguna vez resulten castillos en
el aire. Esto, por de pronto. Mucho de lo demás, vendrá ello solo a
meterse por las puertas de esta casa... Por ejemplo: dentro de pocos
días, porque ya estamos en el mes de hacerlo así, verá usted ir llegando
la falange de sus colonos y aparceros a pagarle las «rentas» que le
deben, unos en maíz, en castañas o en dinero; otros en las tres especies
juntas, y algunos con las manos en los bolsillos desocupados, para que
usted les provea de lo que más necesitan. Así irá usted conociendo, poco
a poco, hasta el pie de que cojean, y descubriendo el camino por donde
ha de llegar hasta la entraña misma del misterio... Amén de esto, ¿por
qué no ha de volver usted a sus saludables correrías de antes? Ahí está
Chisco, más animoso y ufano aún que entonces, porque ha mejorado
fortuna, y doblemente apegado a usted por las larguezas que con él ha
tenido; ahí está Chorcos suspirando todavía, aunque no tanto como por la
hija de Facia, por aquellas aventuras montaraces, y aquellos tragos de
licor tan confortantes, y aquellos agasajos tan frecuentes... y aquí
estoy yo, finalmente, para cuando quiera disponer de mí; y lo mismo le
dirá don Sabas de sí propio, y cada uno de los habitantes de este
pueblo... Otro ejemplo más. A la hora menos pensada verá usted retoñar
en el campo los preludios de la primavera; hallará la tierra enjuta y
salpicada de florecillas esmaltadas; aspirará la fragancia de los montes
y de los prados, y quizá se fije en que ya es hora de mover la tierra...
pinto el caso, de este huerto, y aun de cultivarle mejor de lo que se ha
cultivado hasta hoy; y con esos fines, llama usted a los obreros, hasta
por el gusto de pagarles el jornal; y los manda que caven; y según le
van obedeciendo, se va usted emborrachando con el olor de la tierra
removida, que es el olor de los olores agradables, y piensa en nuevas y
variadas plantaciones, y hasta esboza un proyecto de jardín en el rincón
más abrigado... Y quien dice mejorar el huerto, dice retejar la casa o
reparar sus achaques interiores... en fin, que nunca faltan quehaceres
al hombre que se empeña en tenerlos, aunque sea en las soledades de
Tablanca... Y ¿para qué se quiere el dinero?

Aquí hizo un alto Neluco y se quedó mirándome fijamente como en espera
de mi contestación. No tardé en dársela.

--Todo ese cuadro que acaba usted de trazarme--le dije--, me enamora y
me seduce... como pintado en un papel. Mas quiero dar por supuesto que
es la pura realidad. Ya tengo en mis manos el remedio contra el fastidio
de unos cuantos días... de una buena temporada, si usted quiere.
Corriente. Pero ¿Y después? Cuando no pueda voltejear por la montaña, ni
remover la tierra de mi huerto, ni tenga negocios que tratar con mis
colonos, y usted esté ocupado en sus quehaceres profesionales, y don
Sabas en los de su ministerio, y vuelvan las celliscas desatadas, y las
horas sin fin, y las noches eternas, ¿qué me hago yo en las soledades de
este palomar, sin la naturaleza y las aficiones de mi tío, o de don
Sabas o de usted?

--Es que yo cuento--me replicó Neluco--, con que le basten y le sobren
para atarle a Tablanca, de tal modo que se le pueda dar licencia para
que se ausente del valle sin el temor de que no vuelva a él, esos
entretenimientos y otros tales, si llega usted a tomarles gusto...
Después, ¡qué demonio! es hasta pecado mortal decirle a un hombre del
talento y de la experiencia de usted, cómo se sortean las horas
sobrantes en la vida, que todos pasamos. Lo principal es la base de la
ocupación: las lagunas de ella se colman como se puede. Para eso es el
entendimiento que a usted no le falta... Y, por último, si con los
recursos de él no consigue lo que busca, todavía le queda el de ligarse
al terruño éste con vínculos de tal resistencia, que sólo la muerte
pueda romperlos.

--Los vínculos... matrimoniales, vamos--le interrumpí--. ¿A qué andarnos
con metáforas?

--Cabalmente--replicó el médico.

--Pues lo dicho--añadí yo--. Está usted pensando con mi propio caletre y
hablando con mi misma lengua. También se me había ocurrido esa salida un
momento hace.

--¿En serio?

--O en hipótesis.

--No es lo mismo. ¿Y por qué no ha de habérsele ocurrido en serio? Está
usted en la mejor edad para casarse, es rico, ha corrido el mundo, tiene
la experiencia de él, está huérfano y solo y a centenares de leguas del
único deudo cercano que le queda, y tan sobrado de caudales como usted.
¿Para qué demonios quiere el suyo y la larga vida que tiene por delante,
sino para reconstruir la familia que ha perdido y dejar en la tierra,
cuando la abandone para siempre, alguien que le cierre los ojos con
cariño y le llore de todo corazón?

--Y usted--respondí a Neluco medio en serio y medio en chanza--, que ve
y siente todas esas cosas tan bonitas, que yo no veo ni echo en falta,
como de urgente necesidad, ¿por qué no me ha dado ya el ejemplo?

--Porque son casos muy distintos el de usted y el mío, señor don
Marcelo--díjome a esto Neluco--. Yo empiezo a vivir ahora, necesito
trabajar, y trabajar mucho, para ganar el pedazo de pan que como; y
además, ni me aburro en la soledad en que vegeto, ni me tientan, como a
usted, las seducciones de «allá afuera», ni conmigo ha de extinguirse mi
apellido aunque yo muera solterón... ¡Pero si me viera en el pellejo de
usted!...

--Con verte y sin verte de ese modo--dije yo para mí, contemplando al
médico con ojos de malicia--, no has de tardar mucho en caer del lado a
que te inclinas, marrullero--y añadí en voz alta--: Pues supongamos,
amigo Neluco, que yo, por pensar como piensa usted, o por vocación
verdadera, o por eso que se llama razón de estado, resuelvo casarme...
para vivir aquí, por supuesto, aunque no sea perpetuamente. Natural es
que yo busque una compañera adecuada a mis condiciones... Y en este
caso, ¿me quiere usted decir, señor casamentero, con qué cara ni con qué
conciencia ofrezco yo a ninguna mujer, entre todas las que conozco, este
presidio por recompensa de la dicha que yo voy buscando en el intento de
casarme con ella?

--¡Pues eso sólo le faltaba a usted!--exclamó aquí Neluco llevándose las
manos a la cabeza, como yo me las había llevado poco antes y con el
propio motivo--. Con una compañera de esa estofa no viviría usted aquí
en santa paz media semana. Mil veces peor que la enfermedad sería la
medicina.

--Y siendo esto, como lo es--repuse--, ¿de qué traza ha de ser, y de
dónde, la mujer que yo busque para casarme con ella? ¿Quiere usted que
apechugue con una mozona de Tablanca?

--¿Y no hay más mujeres en el mundo--dijo con entereza el mediquillo--,
que las mozonas de Tablanca y las señoras de Madrid? Procure usted,
señor don Marcelo--añadió en tono de la mayor sinceridad--, que la mujer
elegida para compartir con usted el señorío de esta casa, se considere
muy honrada y gananciosa en ello: con esto basta, y no dude que las de
esta condición abundan a nuestro alcance. El asunto no es puñalada de
pícaro: da tiempo para discurrir, para andar y para ver... y ¡qué
demonio, hombre!--exclamó de pronto con inusitada vehemencia--, puesto
que hablamos ya en serio, y para que vea que no fantaseo yo en lo que
afirmo, válgale este ejemplo que ahora se me viene a la memoria: ¿quiere
usted belleza y ternura y bondad y delicadezas de sentimiento, y cuanto
se pueda pedir, menos la cultura refinada de los salones, en una sola
pieza, en una mujer modelo, aun para un hombre como usted? Pues bien
cerca la tenemos: Lita. Conque anímese usted a pretenderla.

Me quedé estupefacto. ¿Era aquello broma? ¿Era abnegación? ¿Era arranque
patriótico? Le declaré mi asombro, y me dijo:

--Desde que vino usted a Tablanca, está empeñado en ver visiones a ese
propósito. Lo sé por algo que usted me ha dicho y otro poco que ha
dejado traslucir. En una ocasión le pinté la casta y los motivos del
cariño que nos tenemos los dos. Lo que entonces le dije era la pura
verdad, y la mejor prueba de ello, lo que acabo de proponerle y tanto
asombro le ha causado. Crea usted que con todo lo que le estimo y le
considero, no llevaría mi abnegación hasta el punto de brindarle con
prenda de tan alto valer, si fuera mía en el sentido que usted se había
imaginado. Esto sin contar con que, aun sin ese soñado compromiso, sabe
Dios lo que la huéspeda pensaría de estas cuentas, si nos estuviera
escuchando por el ojo de esa cerradura.

Instintivamente volví los ojos hacia la puerta. Entonces soltó una
carcajada Neluco, y comprendí que no sabía yo llevar la broma con la
frescura que el caso requería.

Cambió discretamente de conversación el médico; dimos poco después unas
vueltas por la salona, hablando... no recuerdo de qué trivialidades;
fuese al cabo de un corto rato, y quedéme otra vez solo; pero ¡cosa
extraña! sin inquietudes ni tristezas.



XXXII


¡Vaya si me dio que pensar la ocurrencia de Neluco! Está visto que el
mayor interés de las cosas no depende de las cosas mismas, sino de sus
circunstancias y accidentes. Aquel mismo pensamiento, expresado en voz
alta por el médico, había pasado en silencio por mi mente poco antes sin
dejar en ella el menor rastro... Cierto, de toda verdad. Pero ¿de qué
había nacido el obstinado empeño que yo tuve desde que llegué a Tablanca
y conocí a la nieta de don Pedro Nolasco, en averiguar «lo que había»
entre ella y Neluco, dando por supuesto que «había algo...» y que
tijeretas han de ser? Al fin y al cabo, ¿qué me importaba a mí que lo
hubiera o no lo hubiera? Híceme estas preguntas, porque enlazando sus
motivos con el efecto que me había causado la inesperada ocurrencia del
empecatado mediquillo, cabía suponer la existencia, en que jamás había
creído, de ciertas corrientes misteriosas por lo más hondo e inexplorado
del corazón... De todas maneras, existieran o no esas corrientes, el
coincidir Neluco y yo, por impulso propio y espontáneo, en un punto tan
singular y concreto; yo esbozando la idea mentalmente, y él, como si me
la hubiera leído en el cerebro, presentándomela después con visos de
realidad, era sobrado motivo para consagrar al caso toda la atención que
yo estaba consagrándole. No se dan todos los días, en situaciones
semejantes, coincidencias de ese calibre.

Ello fue que me pasé las horas muertas desmenuzando la insinuación
inesperada del médico y sometiéndola, por fragmentos impalpables, a la
fuerza de un análisis escrupuloso. Así llegué hasta la felonía de
sospechar del desinterés de Neluco, creyéndole capaz de haberme apuntado
la idea, de acuerdo con la interesada, o con su madre siquiera. Pero me
bastó un instante de reflexión para desvanecer el recelo, con vergüenza
de haber caído en él.

En todas las edades de la vida tenemos los hombres algo de niños, y
siempre hay un «juguete» que nos llega cuando y por donde menos lo
pensamos, que nos sorprende y nos encanta y nos preocupa, y hasta «nos
hace buenos...» y además tontos. Dígolo porque no solamente me pasé el
resto de aquella tarde y una buena parte de la noche dando vueltas al
que me había regalado Neluco, para «ver lo que tenía dentro», sino que
al despertarme al otro día, lo primero que se me metió entre los cascos
del meollo fue la duda de si era o no la nieta del gigante de la
Castañalera tan guapa y tan donosa en realidad como el médico me la
había pintado y la había visto yo cuando me interesaba menos que
entonces; y con esta duda, el propósito firme de ir a aclararla con mis
propios ojos en cuanto me levantara... «Porque--lo que yo me decía--, no
es que me importe dos cominos, en definitiva, la aclaración; no es que
me llegue al alma por ninguna parte la persona, pero me interesa mucho
el caso. Se trata de un supuesto que pudiera realizarse el mejor día, y
es de suma necesidad verlo, pesarlo y medirlo todo minuciosamente y a
tiempo, para evitar ulteriores e irremediables desencantos.»

Y como lo pensé lo hice... y aun hice más de lo pensado; porque me
esmeré en el ropaje como nunca me había esmerado allí... y hasta me di
«brillantina» en la barba.

Encontré a Lituca de la misma traza que cuando la conocí y como la había
visto muchas veces mientras vivió en mi casa, de trapillo y trajinando;
con un chal de abrigo cruzado en el pecho y anudado atrás, despeinada y
con una bayeta en la mano, dale que le das para despolvorear los
muebles, y soba que soba para sacarles brillo. Se sorprendió mucho al
verme «tan temprano y tan _peripuesto_ al cabo de días y días sin
dejarme ver de nadie», y temió que aquella inesperada visita fuera «para
cosa mala». ¿Estaba enfadado con ellas? ¿Me habían dado, sin querer,
motivo para estarlo? Todo esto me lo dijo en su lengua pintoresca y
armoniosa, suspendiendo su trabajo, arreglándose con la mano libre,
blanquísima y rechoncha, los desordenados cabellos que le coronaban la
frente, y sonriendo con la boca, con los ojos parlanchines y con los dos
hoyuelos de sus carrillitos sonrosados. Me vi mal para responderla en el
tono que pedía la situación; porque la referencia a lo de ir yo tan
compuesto, me ruborizó un poquillo como si me hubiera descubierto una
flaqueza indigna de un hombre corrido por el mundo. Esto del ropaje lo
expliqué con la razón del luto que estaba obligado a llevar y no me
permitía salir de casa con los holgados y alegres vestidos de costumbre.
Lo de que mi visita fuera «para cosa mala» por las señas de aquellos
hábitos ceremoniosos, necesitaba una aclaración, y se la pedí a Lituca.
Hízomela diciendo que la cosa mala en que ella había pensado de pronto,
era una despedida para lejanas tierras, por no tener ya quehaceres en
aquéllas tan tristonas para mí. ¡Pensar yo en irme entonces de
Tablanca!... Podía jurar que nunca me había visto más apegado al valle.
Pero ¿por qué mi ausencia de él era calificada por ella de cosa mala?

--¡Otra, señor!--respondió a esto con la naturalidad más encantadora--.
¿Quiere que tenga por cosa buena el perder de vista a una persona como
usté?... ¡Mire que hasta le he comido el pan!

Soltó aquí una risotada de las que solía, y me pidió permiso para ir a
arreglarse un poco, «porque no estaba su ver para cabayero tan
principal», llamando enseguida a su madre para que me acompañara
mientras tanto. Que viniera su madre, santo y bueno; pero que fuera ella
a vestirse y acicalarse, de ningún modo... No lo podía consentir. O
había o no había franqueza entre convecinos y hasta comparientes tan
íntimos como nosotros. Cabalmente (esto no se lo dije a ella) estaba yo
gozándome en admirar, desde que había entrado, el extraordinario relieve
que adquirían los encantos de su hechicera persona sobre el fresco,
limpio y airoso desaliño que la envolvía. A puño cerrado creía que
Neluco y yo nos habíamos quedado cortos en la manera de verla y
admirarla. Quedóse al fin, llegó su madre, y entre las dos juntas me
pusieron para pelar, por «lo olvidadas que las tenía». Alegué por excusa
de mi apartamiento ocupaciones apremiantes dentro de casa, después de un
suceso tan grave como el ocurrido en ella... Nada me valió el recurso
ante aquellos dos diablejos que todo lo metían a barato. Acudió el viejo
Marmitón a la algazara. Cesó ésta unos instantes, y los utilicé yo para
averiguar cómo andaba el gigantón desde que no nos veíamos. Andaba «tal
cual» según el interesado, y mucho mejor que eso según Mari Pepa...
«porque ¡comía el bendito, que no había con qué llenarle!».

--¡Eso sí, gracias a Dios!--confirmó el aludido con su vozarrón de
siempre.

Estábamos ya en la sala; sentámonos todos, y empezó a enjuiciarse la
visita. Evocáronse por las mujeres los recuerdos de los trajines pasados
en aquellos días tan tristes, y aproveché la ocasión para ponderar la
soledad en que me había quedado y lo que las echaba de menos en casa...
Y no sé a punto fijo de qué modo se fue enredando desde aquí la
conversación, porque yo me mezclaba en ella maquinalmente con la
palabra, mientras tenía los pensamientos en Lita que estaba enfrente de
mí. Pero unos pensamientos muy extraños. Una vez me la imaginé vestida
con todos los perifollos de las elegantes de Madrid, y me produjo la
visión de lo imaginado tan deplorable efecto, que di un respingo en la
silla. Me parecieron una profanación aquellos arrequives en tal cuerpo
que no había sido formado para tener por fondos los artificios
convencionales de la ciudad, sino los inmutables y grandiosos escenarios
de la Naturaleza.

Por éste y otros derroteros semejantes iban mis pensamientos volando a
mi placer... hasta que me asaltó de repente el recuerdo de aquella
salvedad que había hecho Neluco por remate de la «cuenta» que estuvimos
echándonos los dos la víspera por la tarde. Podía la «huéspeda» no estar
conforme con ella si nos hubiera oído ajustarla. El diablo me lleve si
en aquel momento tenía yo resolución hecha de conducir a término plan
alguno relacionado con la aprobación de nuestros cálculos; y, sin
embargo, la duda surgida de repente en presencia de la «huéspeda» misma,
me contrarió muchísimo. No es el hombre onza de oro que a todos guste
por igual, aunque tenga muchas a buen recaudo, como yo las tenía
entonces; y podía suceder muy bien que Lituca no gustara de mí por
especiales razones... y hasta por estar prendada de Neluco sin que éste
lo supiera, pues todo cabía en el campo de los supuestos verosímiles.
Pero ¿cómo aclarar esta duda en el acto, sin descubrir el misterio de
mis intenciones? Y, sin embargo, aquello no podía quedar así; porque yo
necesitaba tener ese hilo principal en la mano para tirar de él cuando
me diera la gana, o para no tirar nunca si me convenía más. Egoísmo puro
y rebeldías insanas del amor propio contrariado; y como siempre que un
hombre, por corrido que sea, se halla en estas situaciones de ánimo, lo
primero que pierde es el sentido común, barruntando yo que iba a cometer
allí alguna majadería gorda si me dejaba dominar un poquito más del
prurito que empezaba a consumirse, di un recorte a la conversación que
seguía maquinalmente, y por terminada la visita, con la promesa formal,
¡vaya si lo era! de repetirla a menudo.

Yo no sé lo que pensarían en casa del viejo Marmitón del desconcierto
que debió de notarse entre las palabras que salían de mi boca y las
ideas que me retozaban en el cerebro, ni si le notaron siquiera; pero es
un hecho que a medida que andaba hacia la casona, formando serios
propósitos de ir aclarando la duda poco a poco, extrayendo del fondo de
la cristalina fuente las pedrezuelas misteriosas con las pinzas de mi
experiencia y el tacto de mi nativa serenidad para esas cosas, me
maravillaba del desarrollo que había alcanzado aquel arrechucho mío, y
de lo cercano que me había puesto de cometer una ligereza impropia, no
ya de un hombre maduro, sino de un colegial inexperto. Pero en lo
tocante a Lituca, no enmendaba una tilde de lo convenido. Era de lo más
mono y hechicero que podía buscarse en estampa y en carácter de mujer; y
además, lista y sensible y buena, sin contar lo de hacendosa y hábil.
Gran barro, indudablemente, para formar una compañera a su gusto un Adán
como yo, en un paraíso de la catadura de Tablanca.

Quiere decirse, y así es la pura verdad, que aunque pasó en breves horas
el arrechucho que me había sacado de mis ordinarios quicios, no se llevó
consigo la idea plácida que le había engendrado. Al contrario, me la
dejó en la mente, cristalizada y luminosa, irradiando sus destellos
peregrinos sobre todo cuanto me rodeaba, como el suave resplandor del
crepúsculo que aparece sobre el horizonte anunciando el espléndido sol
que viene detrás. Sería pueril, inocente, a los ojos de un mundano muy
corrido, aquél mi estado psicológico; pero lo cierto era que ya no me
creía solo ni desocupado en Tablanca, ni a oscuras, triste y en silencio
en la casona; y esto, algo más valía que la credencial de «hombre
incombustible», otorgada por otro, esclavo infeliz quizá de esa y otras
preocupaciones semejantes. Cabía temer que también pasaran estas ráfagas
consoladoras, como había pasado el huracán de antes, y yo lo temí
seriamente; pero iban corriendo los días, y lejos de pasar con ellos,
cada vez se dejaban sentir más halagüeñas y me traían nuevas fragancias.

Repetí las visitas a la familia de don Pedro Nolasco, porque así se lo
había prometido en la primera de las de aquella serie; y algo debieron
publicar de mi secreto mis ojos, o el timbre de mi voz o los átomos del
aire, pues sin haberse deslizado mi lengua un punto más allá de la raya
que la había puesto por límite, ya no era yo para Lituca lo que había
sido hasta entonces. Se le acobardaban los ojos enfrente de los míos,
era mucho más comedida en sus regocijadas expansiones, y le daban qué
hacer los frunces de su delantal cuando hablábamos solos, tanto como las
ideas y las palabras que empleábamos en la conversación. Estos síntomas,
que se fueron acentuando al andar de mis insinuaciones puramente
mímicas, llegaron a darme por aclarada la duda que tanto me había
carcomido, sin haber aventurado yo una sola palabra en el empeño: es
decir, que se me había ido a la mano el hilo que yo deseaba tener en
ella, solo, por su propia virtud, si no era por la fuerza de la
misteriosa corriente, en la que no podía menos de creer ya. En suma:
que, o me engañaba mucho mi bien acreditada experiencia en esos lances,
o podía tirar del hilo a mi antojo cuando me diera la gana.

Estaba, pues, en las mejores condiciones imaginables para hacer un alto
en mi empresa y examinar el terreno tranquilamente y a mi gusto. Sobre
si este modo de pensar era más o menos honrado y decente, no me puse a
discurrir, la verdad sea dicha. Convenía la parada a mis propósitos, y
la hice.

No por eso dejé de frecuentar la casa del octogenario de la Castañalera:
al contrario, y hasta comí con la familia dos veces en aquella
temporada; sólo que procuraba a menudo llevar a Lita al terreno y al
estilo de nuestras primeras intimidades, economizando mucho las
insinuaciones de otra casta, y usándolas únicamente para conservar
«arrimados los fuegos».

¡Y con qué docilidad tan hechicera acudía la inocente a mis llamadas!
Tampoco este procedimiento se pasaba de noble; pero me era muy
conveniente y con ello apaciguaba ciertos síntomas de rebelión que me
intranquilizaban la conciencia.

No era menos comunicativo que con la familia de Marmitón, con don Sabas,
con Neluco, con los sirvientes de mi casa, con mis tertulianos de
costumbre y con el pueblo de punta a cabo; pero con nadie lo fui tanto
como con Neluco. Me perecía por conversar con él; y como en estas
intimidades se me deslizaban en la lengua algunos destellos de la luz en
que se bañaban mis ideas en su escondrijo, el muy lagarto se sonreía a
la callada, y con bien escaso esfuerzo de ingenio iba descubriéndome
todo lo que yo no quería declarar. Por fortuna, era infinitamente más
discreto que yo en aquellas circunstancias, y todo quedaba reducido a
que cambiaran de madriguera los secretos que iban escapándose de la mía.

Volví a las andadas por montes y barrancos, y hasta me parecían llanos y
placenteros caminos y sendas por los cuales no andaba yo antes sino
echando los pulmones por la boca. También me acompañaban entonces Chisco
y Pito Salces; pero más respetuosos y hasta más serviciales, aunque
parezca esto mentira, que la otra vez, cuando yo no era amo y señor de
la casona, ni había tenido ocasión de mostrar ciertas larguezas que
Chisco no olvidaba un punto por lo que a él le tocaba, ni Pito Salces
por lo que atañía a la mozona de sus pensamientos. Prestándome gustoso a
todo lo que Neluco me había recomendado y continuaba recomendándome para
entretener las horas sobrantes del día y de la noche, visité una por una
mis haciendas, mis prados, mis heredades, mis castañeras y robledales,
mis casas, mis aparcerías de ganados; estudié con verdadero afán de
penetrarle hasta el fondo, el organismo, como decía Neluco, «de los
tratos y contratos de mi tío y sus aparceros y colonos», donde estaba la
enjundia del gran espíritu de este hombre benemérito que, sin políticas
bullangueras y perturbadoras, había logrado resolver prácticamente, y
por la sola virtud de los impulsos de su corazón generoso y
profundamente cristiano, un problema social que dan por insoluble los
«pensadores» de los grandes centros civilizados, y tiene en perpetua
hostilidad a los pobres y a los ricos. Con el estudio de estos hermosos
detalles, acabé de comprender lo que no comprendí a la simple lectura de
la «Memoria», en cuyo intencionado laconismo, por lo tocante a la obra
benéfica del patriarca, vi entonces otro rasgo de su exquisita
delicadeza en sus relaciones conmigo. Este estudio, aunque somero, me
ocupó días y días; me dio mucho y muy grato qué hacer y qué pensar, y
nuevas y muy hondas raíces de adherencia a aquel pobre terruño que por
instantes iba cambiando de aspecto ante mis ojos.

También le llegó su vez al huerto de la casona, como me había aconsejado
Neluco y lo hubiera hecho yo sin su consejo por espontáneo impulso de
las inclinaciones que iban apoderándose de mí, de día en día, de hora en
hora. Se cavó, se removió toda su tierra; se pusieron en buen orden las
plantas enfermizas que encerraba, y se trazó un regular pedazo de
jardín, que se plantaría debidamente cuando fuera tiempo de ello, lo
mismo que los cuadros destinados a frutales y hortalizas. Y era verdad
que no tenía pareja el olor de la tierra bien enjuta, removida a la luz
y al calorcillo vivificante del espléndido sol de febrero. Jamás lo
había notado hasta entonces... Cierto que tampoco me había puesto yo en
ocasión de notarlo.

Después de aquellas labores del huerto, como el tiempo seguía risueño y
primaveral, emprendí otras más rudas, entre ellas la de suavizar en lo
posible la cambera del pedregal, única vía de comunicación que tenía la
casona con el pueblo. No quedó el camino a mi gusto, pero sí muy
mejorado. Y no acometí enseguida las reformas que había ido proyectando
en el viejo caserón de los Ruiz de Bejos, porque éstas eran palabras
mayores, como decía el Cura, y me faltaban los elementos necesarios para
acometerlas. Pero se acometerían tan pronto como me fuese posible, y sin
miedo de que, entre tanto, se me adormecieran los propósitos, porque
cabalmente eran aquellas obras uno de los renglones más importantes del
plan de vida nueva que yo me había trazado y estaba trazándome
continuamente.

El Cura se pasmaba de aquellos mis afanes, y más con la mirada y con el
gesto que con palabras, me daba a entender lo satisfecho que estaba de
mí; Neluco no me perdía de vista un momento, y parecía entusiasmado con
los nuevos fervores míos, los cuales estimulaba con tentaciones de otras
golosinas, que al fin me hacía tragar con su diabólica estrategia. En
casa de Marmitón ponían en las nubes el milagro, y sólo en boca de
Lituca eran comedidas las alabanzas y se refrenaban los plácemes, aunque
bien los voceaban los ojos, como si la fuerza de una ley oculta
impusiera aquella limitación a los impulsos de su alma; por el pueblo
«se corrían» ya las noticias más estupendas a propósito de esta
resurrección mía, y me colgaban, con lo cierto, planes y calendarios que
jamás me habían cruzado por las mientes; teníanme, no ya por el
continuador, sino por el reformador omnipotente de la obra tradicional
de los Ruiz de Bejos, por un don Celso refundido y hasta mejorado, no
solamente «en estampa y ropajes», sino también «en posibles y en magín»;
por la noche iban a la casona los tertulianos con las ideas empapadas en
estas fantasías, y me veía negro para rebajar muchas partidas de la
cuenta galana y poner las cosas en su punto... En fin, que dentro de mí
y en derredor mío era plácido y risueño todo lo que poco antes había
sido triste y aflictivo y tenebroso. Hasta la misma Facia era muy otra
de lo que fue: comenzaba a nutrirse y a sonreír, y dormía sin
sobresaltos... Sólo Pito Salces andaba amurriadón y caviloso, y yo no
podía consentirlo, por lo mismo que me creía capaz de remediarlo.

--¿Por qué no echas «eso» a un lado de una vez?--le dije un día.

--Como no está en mí la para...--me respondió mirándose las uñas de una
mano--. ¡Qué más quisiera yo, puches!

Le prometí mi ayuda en sus congojas, y casi bailó de gusto. Después
llamé a Tona a mi gabinete y la hablé del caso. Se puso coloradona como
un tomate maduro, y al fin llegó a declararme, en medias palabras y
entre oscilaciones de sus caderas y manoseos del delantal, que «por su
parte no diría propiamente que no... cuando juere ocasión de eyu... si
su madre...». Llamé a Facia enseguida, vino, y sometí el negocio a su
consideración. Mostróse enterada de él por ciertas señales que nunca
mienten, y me dijo que «por su parte... cuando juere ocasión de eyu...
si a mí no me paecía mal...». Cabalmente me parecía todo lo contrario; y
con esto, y con convenir los tres en que la ocasión de «eyu» podía ser,
y sería, después de pasar el rigor de los lutos que llevaban por mi tío,
se dio el asunto por terminado como yo deseaba y Pito Salces también.
Llaméle a poco rato; le enteré de lo convenido con Tona y su madre; hizo
dos zapatetas y se dio dos puñadas en los carrillos; le encarecí la
obligación en que estaba de ser más prudente que nunca en lo tocante a
su noviazgo, si quería que no se le cerraran las puertas de la casa y le
regalara yo en su día el ajuar de la suya; y se fue dando zancadas,
riéndose solo y tapándose la boca con las manos en señal de acatamiento
a mis recomendaciones, después de pedirme permiso, que le di, para
recabar de Tona y de su madre la confirmación verbal de lo acordado
conmigo... y para «entrar en la casa» todas las noches, y «si a mano
venía», para hablar con la mozona alguna que otra vez con los debidos
respetos. Acometido ya de la fiebre casamentera, detuve a Chisco al
topar con él en el carrejo de la cocina. Pero le vi tan igual a sí
mismo, con tales destellos en la cara del bienestar de sus adentros... y
estaba yo tan hecho a él y me hacía tanta falta en la casona, que no me
atreví a tentarle la paciencia, y le despedí con un pretexto mal urdido.

Corriendo así los días, esmaltáronse de flores y reverdecieron los
campos; calentó más el sol; templóse y se embalsamó el ambiente;
desperezóse, al fin, la Naturaleza como si despertara de un largo y
profundo sueño, y se dispuso a aderezarse, con el esmero de una dama
pulcra y muy pagada de su belleza, empezando por las nimiedades del
tocador para concluir por lo más espléndido y ostentoso de su ropero; y
me pareció llegada la ocasión de realizar un propósito que había formado
y madurado últimamente con serias y muy detenidas reflexiones. Se
trataba de mi vuelta a Madrid «por algún tiempo». Este viaje le
conceptuaba yo de suma necesidad, no tanto por lo que tocaba a mis
asuntos particulares, bastante descuidados desde que me hallaba en
Tablanca, cuanto por ver el efecto que me hacía, contemplado desde
lejos, el cuadro de mis nuevas ilusiones; estimar con exactitud la
resistencia que quedaba a los vínculos que aún me unían a la vida
pasada, y compararla con la de los que iban amarrándome a la nueva.
Conceptuaba yo esta prueba de gran importancia para los fines
«ulteriores» y «posibles» de mis cálculos, sin el menor recelo ya de que
los vanos fantasmas de otras veces me infundieran la tentación de no
volver, tan pronto como perdiera de vista a la casona.

Declaré un día el propósito a Neluco. Le pareció muy bien, y hasta me
aseguró que si no se me hubiera ocurrido a mí, me lo habría aconsejado
él. «Habían cambiado mucho las cosas desde que habíamos ajustado los
dos, en aquel mismo sitio, cierta cuenta...» Y el muy tuno, sonriéndose,
me dio un golpecito muy suave con el puño de su cachiporro. Después le
confirmé mis ya declarados intentos de emprender en el próximo verano
las convenidas reformas en el interior de la casa, y le encargué del
acopio de las primeras materias y de buscarme obreros competentes para
ello... Yo enviaría de Madrid, y aun traería conmigo «cuando volviera»,
lo que no podía hallarse en Tablanca ni en sus inmediaciones, para dar
la última mano a una labor que tanto me interesaba. A todo se prestó con
alma y vida el excelente amigo... y hasta se me figura que pensó que
aquellas recomendaciones no se las hacía yo tanto por apego a la obra,
como por exhibirle pruebas irrecusables de mis intenciones de volver
pronto. Y quizá pensara bien. Llegó el Cura en esto, dile cuenta de lo
tratado, y le gustó mucho lo de mejorar la casa; pero no tanto lo de mi
viaje a Madrid... «Ahora, si convenía para bien de todos, como yo le
aseguraba, fuera eyu por el amor de Dios.»

¿Y Lituca? ¿Qué diría de mi marcha cuando tuviera noticia de ella? Y al
dársela yo y al despedirme, ¿dejaría las cosas como estaban? ¿Levantaría
un poquito más la punta del velo, o no la levantaría? Pensé mucho sobre
éstas, al parecer, pequeñeces, que eran, sin embargo, piezas muy
considerables del cimiento en que se apoyaba la armazón de mis
hipótesis; y al fin tuve que resolverme por la afirmativa, aunque en su
grado mínimo, cuando vi los esfuerzos que costó a la pobre disimular a
medias el deplorable efecto que le causó la noticia. Pero así y todo, o
quizás por lo mismo, en aquella visita no se rió una sola vez con las
veras de antes; ya al despedirme yo «hasta la vuelta» con un apretón de
manos muy elocuente, tuvo que darme con los ojos acobardados la
respuesta que le faltó en sus palabras descosidas. En cambio, Mari Pepa,
a quien me costó mucho trabajo convencer de que mi marcha no era «la del
humo», como ella la había calificado de pronto, habló y jaraneó y se
despidió por todos los de su casa, incluso el octogenario, que no había
dicho diez palabras, y ésas monosílabas y como otros tantos estampidos.
Los tres bajaron conmigo hasta la corralada, desde cuya puerta les di el
último adiós, con los ojos y el pensamiento fijos en Lituca, cuya
expresión de pena bien sentida le agradecí en el alma.

Dos días después me despedía en Reinosa del Cura y de Neluco que me
habían acompañado hasta allí, y de Chisco que había ido tirando del
rocín que conducía mis equipajes; me acomodaba en los blandos
almohadones de un coche del ferrocarril, y comenzaba a rodar hacia las
llanuras de Castilla, con la vista errabunda por los horizontes, aún no
abiertos a mi placer, y la cabeza atiborrada de pensamientos
insubordinados e indefinibles.



XXXIII


No puedo negar que me encontré muy a gusto en mi casita de la calle de
Arenal, tan bien «vestida», tan elegante, con todas las cosas tan a la
mano y tan a la medida de mis necesidades. No me veía harto de pisar el
suelo alfombrado, de arrellanarme en los blandos sillones, de
contemplarme en los espejos de los armarios, de recrear la vista en los
cuadros de las paredes y en los bronces y porcelanas que coronaban los
muebles de fantasía o guardaban las artísticas vidrieras, ni de tender
mis huesos en la mullida y voluptuosa cama a esperar el sueño, que no
tardaba en llegar, como un aleteo suavísimo de geniecillos bienhechores.
¡Qué poco se parecía todo aquello a la casona de Tablanca, tan grande,
tan vieja, tan desnuda... y tan fría!

También me hallé muy complacido entre el grupo, no muy numeroso, de mis
íntimas amistades, lo mismo cuando departíamos sobre lo ocurrido en el
escenario de nuestro mundo desde que yo faltaba de él, que cuando
servían de motivo a sus bromas la «pátina montaraz» de que veían
empañada toda mi persona, o las nuevas aficiones a las cuales me
mostraba inclinado, aunque cuidando mucho de no descubrir el oculto
resorte del aparente milagro.

Lo que no me gustaba tanto eran las muchedumbres y el ruido y la línea
recta informándolo todo, en el suelo de la calle, en los muros paralelos
y compactos de las casas enfiladas, en la piedra y en el hierro de las
jaulas del vecindario, avezada como tenía la vista a las curvas
ondulantes y graciosas de la Naturaleza, al ordenado desorden de sus
obras colosales y a la sobriedad jugosa y dulce de sus tonos severos.
Echaban de menos mis pulmones el aire rico y puro de la montaña, cuando
se henchían del espeso y mal oliente de los grandes centros recreativos
atestados de luces y de gentes; y andaba con la cabeza muy alta aun por
los sitios más espaciosos, por la costumbre de buscar la luz por encima
de los montes; antojábanseme las calles hormigueros y no viendo en ellas
más que las obras y los fines de la ambición humana, cuando elevaba mi
vista más allá de los aleros que asombraban la rendija de la calle, no
descubría siempre la imagen de Dios, o la veía menos grande que la que
me reflejaban forzosamente los gigantescos picachos de Tablanca en
cuanto clavaba mis ojos en ellos. Yo hubiera querido en tales casos una
componenda entre los dos extremos, algo por el estilo de lo que sentía
Gedeón cuando se lamentaba de que no estuvieran las ciudades construidas
en el campo; pero no siendo posible la realización de mis deseos, no muy
apremiantes, me habría acomodado tan guapamente a estas y aquellas
relativas contrariedades, entre las cuales había nacido y vivido y hasta
engordado, sin la menor sospecha de que pudiera haber cosa mejor
dispuesta y ordenada para el regalo y bienestar de una persona de buen
gusto, en parte alguna del mundo conocido.

Lo de las muchedumbres, que comenzó por desagradarme un poco, ya llegó a
ser harina de otro costal. No hay como las picaduras del amor propio o
las insinuaciones del egoísmo para sacar de su paso a los hombres más
parsimoniosos. Cada vez que salía de casa o asistía a un espectáculo,
siempre, en fin, que me veía envuelto en los oleajes del mar de
transeúntes o de espectadores, me acordaba del dicho de Neluco y me
preguntaba a mí propio: ¿quién soy yo, qué represento, qué papel hago,
qué pito toco en medio de estas masas de gente? ¿Para qué demonios
sirven en el mundo los hombres que, como yo, se han pasado la vida como
las bestias libres, sin otra ocupación que la de regalarse el cuerpo?
¿Quién los conoce, quién los estima, quién llorará mañana su muerte ni
notará su falta en el montón, ni será capaz de descubrir la huella de su
paso por la tierra? ¿Y para eso, para vivir y acabar como las bestias,
soy hombre y libre y mozo y rico? ¿No serían una mala vergüenza una vida
y una muerte así? Y me iba con el pensamiento a las agrestes soledades
de Tablanca, donde no existía un desocupado, ni un egoísta, ni un
descreído, y había visto yo morir a mi tío abrazado a la cruz entre las
bendiciones y las lágrimas de todo el pueblo. Esto sería triste y
«obscuro» ante la consideración de un elegante despreocupado; pero era
luminoso y grande a los ojos del buen sentido y de la conciencia sana.
Quedábame algunas veces, sin embargo, la duda de si estas reflexiones
eran legítima y directamente nacidas de la observación serena y
desinteresada, o venían impuestas por la idea de mi adquirido
compromiso, ineludible ya; pero la verdad es que aquellas dudas se
desvanecían fácilmente, y que cada día que pasaba me era menos agradable
el desairado papel de comparsa anónimo que había hecho yo en el montón
decorativo de esa incesante farsa de la vida.

Contribuía mucho a sostener el calor de estos sentimientos, mi frecuente
y animada correspondencia con Neluco, el cual no era menos expresivo,
discreto e intencionado con la pluma que con la palabra; y digo lo de
intencionado, porque nunca le faltaba un pretexto en las cartas para
dedicar el mejor párrafo de ellas a Lita, de manera que me enterara yo
de lo que me «añoraba» la hija de Mari Pepa, sin que pareciese noticia
de ello lo que me decía. Yo seguía un procedimiento semejante para que
se enterara ella de que no la echaba en olvido un solo momento; y así
fomentaba y tenía en incesante cultivo este delicado fruto de mi
transcendental evolución, dentro de los límites que yo me había trazado
para eso.

Me daba minuciosa cuenta del estado de las cosas de allá que podían
interesarme; me consultaba dudas o me apuntaba ideas sobre los encargos
que le tenía hechos, o me esbozaba otros planes que siempre me parecían
bien. Así me defendía de las malas tentaciones con que me asediaban los
diablejos de mi vida pasada, en cuyas garras había vuelto a caer. Entre
tanto, ordenaba y disponía mis caudales de modo que los tuviera siempre
a la mano por alejado que me viera de ellos; y por último, me atreví con
lo que más me dolía y a lo cual llamaba yo «quemar mis naves»: «deshice»
mi casa. Quería destruir el nido para no tener tanto apego al árbol.
Empaqueté lo más, vendí muy poco y regalé algo de ello a mis amigos.
Envié lo empaquetado a la Montaña, y me instalé en una fonda.

Entonces fue cuando me puse a mirar, con verdadera y reposada atención,
el consabido cuadro «desde lejos». Como «obra de arte», me parecía
bellísimo; como realidad, no tanto; pero había que tener en cuenta la
luz y los «adherentes» que me deslumbraban algo en mi observatorio, y la
incesante y maléfica labor de los diablejos empeñados en que yo no
saliera de Madrid y volviera a las andadas. Ello fue que, sin meterme en
grandes filosofías, salí triunfante de la prueba con poquísimo esfuerzo
de mi voluntad. Verdad es también que, por buenas o por malas, yo,
decentemente, necesitaba triunfar en aquel empeño.

A todo esto, me carteaba mucho con mi hermana; y al darle la noticia de
la muerte de nuestro tío y de sus disposiciones testamentarias, no la
había omitido lo de mis propósitos de continuar su obra en el valle.
Como la carta fue escrita en aquellos días de mis entusiasmos bucólicos,
la hablé largamente de mis proyectos de vivir allí y de reformar la
casona para hacerla más llamativa y pegajosa... en fin, de todo menos de
lo principal: quiero decir, de la «santa» a quien se debían los milagros
de mi conversión. El caso es que mi hermana alabó mucho mis
resoluciones, y hasta me prometió hacer un viaje a España con todos sus
hijos, ya que a su marido no le podía arrancar de sus ingenios y
cafetales ni con agua hirviendo, sólo con el fin de vivir conmigo una
buena temporada en la casona tan pronto como yo la dijera que ya se
hallaba habitable. Así como así, estaba ya harta de «moliendas»,
«trapiches» y «bagazos»... y hasta del sol ultramarino que la derretía,
y deseaba cambiar de aires y de panoramas... y de repostero. Después me
atreví a apuntarle la idea de sujetarme al terruño con los lazos del
matrimonio, y la conveniencia, a mi juicio, de elegir por compañera una
mujer como la que le pintaba por ejemplo, copiando las condiciones de
Lituca. De perlas le pareció también todo esto. «A ello y cuanto antes»,
me decía por conclusión de una carta recibida por mí precisamente el día
en que entregaba la llave de mi casa a su propietario para establecerme
en la fonda.

Recuerdo muy bien estos particulares, porque no contribuyeron poco a
sostener mi firmeza en aquellos días críticos en que tan de temer eran
las vacilaciones.

Con los apuntes que había llevado yo a Madrid y otros que fue enviando
Neluco cuando se le pidieron, un arquitecto amigo mío y persona de buen
gusto, hizo un plan de reformas interiores de la casona de Tablanca, muy
adecuado al carácter y antigüedad del edificio: cosa seria y cómoda en
lo posible. Donde se nos corrió un poco la mano fue en mi gabinete. «Por
lo que pueda ocurrir», le había dicho yo al arquitecto. Entendióme la
intención, y se despachó a su gusto, y al mío también.

Con estos planos y pormenores a la vista, encargué a Neluco lo que debía
adquirirse por allá para lo fundamental de las obras; adquirí yo en
Madrid lo puramente accesorio y decorativo que me faltaba, y a la
Montaña con ello enseguida. Vamos, que andaba yo con estas cosas como
niño con zapatos nuevos.

En mayo empezó Neluco las obras, y a fin de junio, cuando ya estaban
terminadas las principales y más engorrosas y se desbandaban hacia el
Norte las gentes adineradas de Madrid, salí yo para la Montaña con una
impedimenta que metía miedo. Esta vez no me quedé en Reinosa para tomar
el camino del Puerto, sino mucho más abajo, para seguir por lo llano
hasta la desembocadura del Nansa, y a continuar después aguas arriba.
Este camino, aunque más largo, era menos incómodo para mí, y casi
indispensable para la conducción de la impedimenta que iba detrás.

Cuando llegué a Tablanca, me encontré a sus habitantes asombrados de lo
que estaban viendo en la casona. Aquel traqueteo de herramientas y
bullir de obreros y acopiar de materiales, no se había soñado jamás en
aquel pueblo, donde no se labró una casa ni acometió una obra que pasara
de levantar un «jastial», o reponer unos cabrios, o enderezar una
cumbre, en cuanto alcanzaba la memoria de los más viejos. Asustábales,
principalmente, el dineral que costaría todo aquello, y después el temor
de que «por el visual que iba tomando la casona por adentro», se les
cerraran la puerta y la cocina, teniéndolos en poco para darles entrada
libre como antes. Me costó Dios y ayuda convencerles de lo contrario,
aun haciéndoles ver por sus propios ojos, como ya se lo había hecho ver
Neluco más de dos veces sin fruto alguno, que no se tocaba la cocina ni
para profanarla con un blanqueo, y que sólo alcanzaban las reformas a
las piezas principales y a la escalera. Pero más que estas
demostraciones sobre el terreno, les convenció la parrafada que les
largué, casi un sermón entero, sobre lo que había sido, era y sería,
mientras yo viviera, aquel noble solar para los tablanqueses; la
importancia que daba y daría siempre a sus tertulias, y lo resuelto que
estaba a que las cosas siguieran allí como en vida de mi tío...
Convenciéronse al fin, pero no sin quedar yo convencido también de la
razón con que decía, sin que se lo creyéramos los que le oíamos, cierto
amigo mío, muy apasionado de la milicia, que debe ponerse mucho tiento
en lo de reformar «instituciones» viejas, aunque sea con el fin de
mejorarlas, porque, a veces, dos botones de más o de menos en el
uniforme tradicional, pueden influir hasta en el desprestigio o en la
indisciplina del regimiento que le usa.

Como esto fue lo primero que me impresionó al llegar a Tablanca, lo
primero sale a relucir en esta cadena de recuerdos de aquellos días y
sucesos; pues al dar la preferencia a la memoria de los más gratos, por
otro eslabón bien diferente hubiera comenzado. Dígolo por la impresión
inenarrable que me causó Lituca, a quien había dejado algo triste y muy
arrebujada en los pesados ropajes de invierno, y encontrada risueña como
una aurora de abril, y rebosando de juventud y frescura en sus hábitos
veraniegos, sencillos hasta la pobreza, pero limpios y alegres como el
plumaje de las tórtolas que la arrullaban desde su huerto florido.
Después, los fondos del escenario en que descollaba tan gentil figura:
antes desnudos, fríos, yertos, encharcados en agua o amortajados en
nieve; ahora la Naturaleza riente y vestida con la pompa de sus mejores
galas; los prados verdes y lozanos, los montes frondosos y habladores
con el rumor de las brisas jugueteando en su follaje y esparciendo por
todo el valle la fragancia más exquisita. Me costó muchísimo trabajo
contener en mi lengua las oleadas que subían de mi corazón cuando me vi
por primera vez enfrente de aquella criatura que cada día se me revelaba
con nuevos atractivos, y noté que leyéndome ella esta lucha en la
expresión de mis ojos o en el acento de mi voz, tampoco acertaba a
pintar con el colorido que la imponían «las circunstancias», el placer
con que volvía a verme. Entre tanto, su madre, su abuelo, Neluco, don
Sabas, Chisco, toda mi servidumbre, la hermana y el cuñado de Neluco, a
quienes había saludado a mi paso por Robacío; el vecindario entero de
Tablanca, todos parecían regocijarse hasta el entusiasmo con mi vuelta y
con mis planes y propósitos. Esto me halagaba mucho y hasta llegaba a
entusiasmarme, y a todo ello daba abrigo y refugio, con la imagen de
Lituca, en el fondo de mi corazón, empezando a dudar ya muy seriamente
si procedía de ésta sola aquella nueva luz que me embellecía todo cuanto
me circundaba, o había real y positivamente en ello algo capaz, por
virtud propia, de hacer el milagro de mi rápida conversión a otra vida
que poco antes me parecía insoportable. Porque lo cierto es que yo había
llegado a Tablanca por primera vez en el rigor del invierno y en las
peores condiciones que pueden imaginarse para la aclimatación en aquel
«medio», de un hombre de mis antecedentes; y vistas a la luz del sol
estival, tenían aquellas mismas cosas aspecto muy distinto. El valle,
vestido de verano, era hasta hermoso; la gente, animada y alegre; los
panoramas, mucho más interesantes por la abundancia de luz y limpieza de
los horizontes; la temperatura, hasta calurosa en los sitios bajos; las
fiestas y romerías, abundantes... y la más solemne y original de las
primeras, una que me había ponderado mi tío mucho, aunque no todo lo que
verdaderamente merece: la del reparto de la yerba del Prao-concejo en
agosto, que dura ocho días seguidos; la verdadera fiesta del trabajo.

Todo el pueblo concurre a aquella vasta y empingorotada pradera, vestido
de gala, para la designación de «partidores», bajo la presidencia del
«regidor» competente; y es de ver cómo aquellos «funcionarios», después
de decirles el regidor, descubriéndose la cabeza: «Hablen los
partidores», con una varita en la mano y sin saber una jota de geometría
ni de problemas de triangulación, van demarcando con equidad admirable
las «hazas» o suertes correspondientes a todo el vecindario; cómo se
sortean las hazas por grupos de cierto número de vecinos; cómo suben
antes de amanecer los designados para el día, y siegan la yerba y la
orean y la bajan al pueblo en el día mismo, en «basnas» (especie de
narrias), conteniéndolas en su descenso por el declive rápido del monte,
una pareja de bueyes enganchada detrás de cada basna, y cómo se continúa
esta patriarcal faena durante una semana, sin una sola protesta, por no
haber un solo perjudicado en la repartición, y cómo se colman los
parajes de Tablanca de aquel heno finísimo, sustancioso y fragante, que
es una verdadera riqueza para el valle, cuyos hermosos ganados tienen
bien merecida fama de ser los mejores de la provincia.

Después de esta bulliciosa solemnidad, que removió al vecindario entero
y le dejó rendido por la doble fatiga de los jolgorios y del trabajo,
dispuse yo el casamiento de Tona con Pito Salces. No se podía ya con
aquel bárbaro, que no cesaba de rogarme, con la cabeza gacha, los ojos
cerrados y sobándose las manos, que acabara de dar licencia a la mozona
para «echar _aqueyu_ a un lau, cuanti más antes».

Enseguida abordé a Chisco, le conté el caso y le dije:

--Y tú ¿te resuelves o no te resuelves a lo mismo?

A lo que el mozallón me respondió primero con una sonrisilla algo
truhanesca, y después con estas palabras, dichas con el mayor sosiego:

--Pues me he risueltu... a que no.

--¿Después de pensarlo bien?--le pregunté.

--¡Vaya!--me contestó echando un poco atrás la cabeza y metiendo las
puntas de sus manos en los bolsillos del pantalón. Y luego añadió en su
estilo dulce y reposado--: Cuando juí probe, me cerraban las puertas los
mesmus que me las abren ahora en «parracil», porque ya soy hombri de
caudalis; y esu de que a unu se le estimi por lo que tien y no por lo
que él vali de por sí mesmu... ¡jorria! a otru con la tostá, que yo ya
soy zorru vieju; y como mayormenti a mí no me apuran tampocu esas
cosas... con tal de que a usté no le estorbi yo en la casona con el mi
trabaju, pa largu tien sirvienti placenteru.

Congratuléme de ello muchísimo, por la cuenta que me tenía conservar un
criado de las raras prendas de aquél... y precisamente al otro día de
este suceso fue cuando yo «la hice» redonda.

Hallábame con Neluco en el gabinete, cuyas obras principales estaban ya
terminadas, y nos ocupábamos los dos en desembalar cosas de las muchas
que había traído yo de Madrid para decorarle, mientras se oía el
machaqueo y los cánticos a la sordina de los obreros en las piezas
inmediatas, hasta la escalera inclusive, cuando se me puso delante toda
la familia de don Pedro Nolasco, que, con el atractivo de las obras,
subía con frecuencia a la casona, aunque no tanto como el médico y el
Cura, que no faltaban de ella un solo día. Estaba la tarde calurosa, y
Lituca estrenaba un vestido de percal blanco con rayas azules; con el
cual, unos zapatines escotados, un capullo de rosa en el pelo junto a la
oreja, y una penquita de brezo florido en la boca, resultaba
verdaderamente hechicera. Encima de las cajas a medio abrir; sobre la
meseta de mármol de la chimenea, construida frente a la puerta; en el
zócalo de la artística embocadura con que se había sustituido el tabique
divisorio de la alcoba, y arrimadas a los ángulos de la habitación,
había piezas desarrolladas de rico papel imitando tapicería, y relucían
adornos de metal y baquetones dorados... ¡María Santísima, las
exclamaciones que hizo Mari Pepa al verlo, pensando que aquello valía
una riqueza, sin contar lo mucho que le gustaba!

--¡Ay, mi señor don Marcelo, qué a oscuras ha vivido una en estos
andurriales, sin saber pizca de las pompas con que se regalan en el
mundo las gentes poderosas! ¡Mire que tienen demontres estas hermosuras
tan relumbrantes que nunca se soñaron aquí! ¿Qué te paez, hija mía?
Padre, ¿qué le paez? ¡Mire que campa de veras!... ¡Vaya, vaya! Y ello,
¿pa qué es, don Marcelo? ¿Onde se ponen esas cosas tan majas? A ver, a
ver si nos entera, que es bueno saber de todo.

Sonreía Lituca sin decir una palabra; mirábalo en silencio y pasmadote
su abuelo; reíase de todas veras Neluco, y yo, haciéndome suma gracia
aquellas espontaneidades de Mari Pepa, satisfacía muy gustoso sus deseos
explicándola el destino de cada cosa y el de otras muchas que no estaban
a la vista, poniendo especial empeño en describir el gabinete, para que
lo entendiera bien Lituca, tal y como habría de ser después de
concluido. Y ya, puesto a describir, tras esta descripción hice la de
todas las piezas reformadas, para que se tuviera una idea de la
entonación general de la casa, mejora sencilla y no costosa, con
relación a mi modo de ver y de vivir hasta allí, pero motivo de asombro
y de estupefacción para Mari Pepa, que acabó por decirme encarándose
conmigo:

--Pues no seré yo, señor don Marcelo, quien tache a los pudientes porque
gasten su dinero en buscarse el regalo de la vida sin olvidarse al mismo
tiempo de los pobres, como lo hace usté; pero tampoco de las que se
traguen la tostá sin conocerla por el gusto... ¡Vaya, vaya!... Aquí hay
más mira de lo que paez al primer golpe... porque todos estos
perendengues y otros tales, antójanseme demasiado para un hombre solo...
Y quiera Dios que yo acierte y que para bien sea y cuanto antes, señor
don Marcelo... Pues también le digo que por alto que ella levante el
copete, bien la ha de caber aquí... Vaya, vaya, que una reina puede
vivir en tal palacio... ¡Jesús, Señor!... Conque mejor hoy que mañana,
don Marcelo, que así como así, no está sobrante de gentonas de viso este
pobre lugarón... ¡Pero qué tochadonas me atrevo a decirle a usté, Virgen
la mi Madre!... ¿No verdá, don Marcelo, que sabrá perdonármelas?

La inesperada ocurrencia de aquella mujer, delante de Lituca en quien
tenía yo puestos los ojos y el pensamiento sin cesar, me desconcertó en
tales términos, que no supe responderla más que con una risotada
maquinal; y me hizo tan extraña impresión en los profundos del alma, que
tomé la coincidencia como la voz de mi destino que me decía «ahora o
nunca». Obcecado en la idea y sintiéndola crecer y avasallarme por
momentos al ver lo que vi de pronto en la actitud violenta y en la cara
indefinible de Lituca, me aproximé al médico lo más disimuladamente que
pude, y le pedí que, por caridad de Dios, me sacara de allí a don Pedro
Nolasco y a su hija, mientras decía yo dos palabras a la nieta.
Acerquéme a ésta enseguida con la disculpa de enseñarla no sé qué
chucherías que asomaban entre los papeles colorados de una caja a medio
abrir; llevóse Neluco a los demás hacia el crucero, y la dije en cuanto
nos vimos solos:

--Su madre de usted está en lo cierto, por lo que toca al destino de
estas obras: no se hacen para mí solo; pero se equivoca en lo principal:
en lo que presume de la reina con quien deseo compartir este humilde
alcázar de mi señorío. No la preguntó a usted si desea conocerla,
porque, aunque no lo desee, es de gran necesidad para mí que la conozca,
y va usted a conocerla ahora misma... Pues sírvale de gobierno que esa
mujer a quien yo deseo hacer reina de este humilde palacio, y
principalmente de su dueño, es usted, Lita. Dígame si no le agrada el
trono con que la brindo, para pegarle fuego enseguida.

Se quedó la pobre, pálida y temblando, como si vacilara sobre ella la
mole del peñón de Bejos, y me vi y me deseé para arrancarla una
respuesta tan terminante como yo la quería. Metido en este empeño,
estuve pegajosón y baboso como un doncel primerizo... ¡qué demonio! como
estarán hasta los tenorios más «lagartos» cuando va la cosa de veras y
se pone en la jugada tanta cantidad de sí propio como de «lo mío» ponía
yo en aquélla. Al fin, sacándolo a pulso y gozándome en la turbación que
impedía a la infeliz ser más explícita conmigo, supe todo lo que
necesitaba saber, y otro poco que se me otorgó en premio del trabajo que
me costó adquirirlo. Tenía mucho miedo, la inocente, de algo que venía
notando en mí desde «cierto día»; miedo que no se atrevía a confesar ni
aun a su propia conciencia; porque ¿qué sabía ella de lo cierto y de lo
incierto, de lo bueno y de lo malo en esas cosas? Ahora se lo ponía yo
en claro, de pronto, «sin más ni más»; ¡yo! un hombre tan sabedor del
mundo y del trato de las gentes educadas, rico y en la mejor edad de la
vida para escoger entre lo bueno de lo mucho que habría conocido en otra
parte, porque todo, por grande que fuera, me lo merecía; ¡a ella! una
pobre e ignorante aldeanuca, del rincón más obscuro y apartado de la
tierra. Y por esta conciencia que tenía de lo ruin y miserable de sí
propia, ¿cómo no dudar de lo que veía y tocaba? Y si creía en ello,
¡cómo no espantarse con la seguridad de que no me saldrían todas las
cuentas que me había echado al proponerla lo que la proponía, ni qué
pena, mañana, más terrible para ella que la de no verse capaz de hacer
dichoso a un hombre que tan alta y regalada la había puesto!

¡Qué remonísima estaba cuando me decía estas cosas con alterada voz y
palabra torpe, despojando de sus farolillos encarnados con una mano, y
no muy firme, la penquita de brezo que sostenía con la otra, los ojos
humedecidos y cobardes, sonrosadas las mejillas y un poco agitado el
seno! Ella así y yo animándola con la mirada «enternecida» y la frase
dulzona, representábamos la escena sempiternamente cursi a los ojos de
un espectador desapasionado y frío; pero yo, que había sido de éstos
hasta entonces, la encontraba hasta sublime, y me producía sentimientos
e impresiones que jamás había notado en los profundos de mi corazón.

Acabó la escena, como tantas otras del teatro en que se fingen estos
pasajes de la vida humana, «oyéndose pasos» afuera, y saliendo nosotros,
gesticulando y diciendo sandeces «para disimular, al encuentro de los
que llegaban.

Y puestas aquí las cosas ya, ¿qué hacer? Pues lo que hice al día
siguiente: bajar al pueblo para pedir solemnemente la mano de Lituca a
su abuelo y a su madre, después de haber dado por la noche cuenta de mi
resolución al Cura don Sabas y al médico, que me la pusieron en las
nubes, particularmente el primero, que hasta lloró de entusiasmado, y,
por su gusto, hubiera mandado repicar las campanas en celebración del
acontecimiento, que tenía por providencial para la casona, para mí, para
Lituca y para el valle entero y verdadero.

Bajaba, pues, hacia el pueblo aquella inolvidable mañana de un día de
los últimos de agosto, recapitulando lo más sustancial y práctico de lo
muchísimo que había cavilado por la noche; contemplaba por última vez,
con los ojos de la imaginación, el panorama de mi pasada vida y mi
probable paradero con los rumbos adoptados en ella, examinaba después el
cuadro de sucesos e impresiones que me había traído últimamente a
aquellas tan peregrinas andanzas; empeñábame de nuevo en distinguir lo
principal de lo accesorio, las causas de los efectos, en el complejo
montón de ideas e impresiones que me llenaba la cabeza y el corazón;
sentíame unas veces enardecido y valeroso, y otras un poquito menos,
pero nunca arrepentido ni desalentado...

--...Y por último--llegué a decirme--, si las teorías de ese mediquillo
están bien fundadas; si la reconstitución del cuerpo degenerado y
podrido ha de venir por la sangre pura de las extremidades, alguien ha
de empezar esa obra eminentemente humanitaria y patriótica. ¿Y por qué
no he de ser yo?... Adelante, pues, con la dinastía de los Ruiz de
Bejos; y a fin de que en mí no se acabe, demos cuanto antes una reina
indígena a los tablanqueses, y bendiga Dios el intento para que le quepa
a éste mi rejuvenecido hogar la gloria de haber puesto la primera piedra
en ese monumento de regeneración en que cree y confiesa, con el
entusiasmo de un apóstol, Neluco Celis... Y aunque andando los días
resulte todo esto música celestial, ¿a qué más puedo aspirar yo, mundano
insípido y desencantado, que a vivir al calor de este fuego divino que
centelleaba en mi corazón y en mi cerebro, y me ha transformado, de
cortesano muelle, insensible y descuidado, en hombre activo, diligente y
útil?... Y para unos amores así, con una compañera como la que ha hecho
tan estupendo milagro, ¿qué mejor nido que este vallecito abrigado y
recóndito en que tan cercanos se ven, se sienten y se admiran los
prodigios de la Naturaleza, y la inmensidad, la omnipotencia y la
misericordia de su Creador?



XXXIV


Han pasado algunos, bastantes años, desde que ocurrieron estos sucesos
hasta la fecha en que los conmemoro en los apuntes que preceden, con el
único fin de distraer la nostalgia de aquel bendito rincón de la tierra,
del que me apartan, por muy contados meses, urgencias que me imponen
este costoso sacrificio. Porque tan cabal, tan intensa, tan continua ha
sido mi felicidad en ese tiempo, que a veces me espantan los temores de
que no haya sido mi gratitud tan grande como el beneficio recibido, y un
día me hiera la justicia de Dios en lo que más amo, para recordarme lo
que le debo.


Santander, diciembre de 1894.





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