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Title: Lázaro - casi novela
Author: Picón, Jacinto Octavio, 1852-1923
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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LÁZARO

CASI NOVELA

por

JACINTO OCTAVIO PICÓN



MADRID

LIBRERÍA DE FERNANDO FE

Carrera de S. Jerónimo, 2

SEVILLA

LIBRERÍA DE HIJOS DE FE

Sierpes, núm. 104

1882

MADRID: 1882.--Imp. de D.A.P. Dubrull, Flor Baja, 22

_Porque es necesario que esto corruptible
se vista de incorruptibilidad: y esto
que es mortal se vista de inmortalidad._

(SAN PABLO: Epist. I. I. a los corintios,
cap. XV, vers. 53.)



LÁZARO.



I.


A mediados del siglo pasado, en una plaza de Madrid, formando rinconada
con un convento, claveteada la puerta, fornido el balconaje y severo el
aspecto de la fachada, se alzaba una casa con honores de palacio, a
cuyos umbrales dormitaban continuamente media docena de criados y un
enjambre de mendigos que, contrastando con la altivez del edificio,
ostentaban al sol todo el mugriento repertorio de sus harapos. Algunos
años después, un piadoso testamento legó la finca a la comunidad vecina,
y en nuestro siglo descreído y rapaz, la desamortización incluyó en los
bienes nacionales aquella adquisición que los pobres frailes debían a
las legítimas gestiones de un confesor o al tardío arrepentimiento de un
moribundo. Un radical de entonces, que luego se hizo, como es costumbre,
hombre conservador y de orden, la compró por un pedazo de pan; y tras
servir sucesivamente como depósito de leñas, mesón de arrieros, colegio
de niños, café cantante y _club_ revolucionario, vino a albergar una
sociedad de baile en la planta baja, una oficina en el principal, y no
sé cuántas habitaciones de pago dominguero en el interior de ambos
pisos.

Aquella era la casa de los Tumbagas de Almendrilla. Nada queda de las
grandezas de tan ilustre raza, y aun se teme que por falta de
puntualidad en satisfacer derechos de lanzas y medias anatas, haya
caducado el título que ostentaron, y cuyo origen se pierde en la noche
de los tiempos.

Como el de griegos y romanos, es incierto el origen de los Tumbagas de
Almendrilla; pero eso mismo realza la antigüedad de su ralea, pues las
cosas, las instituciones y los hombres parece que adquieren importancia
con andar su nacimiento envuelto entre dudas y perplejidades de erudito.
Dicho sea de paso, ninguno se ha propuesto poner en claro cuál fue la
cuna de tan ilustres varones; pero si tal hubiese sucedido, nada habría
sacado en limpio, pues, llegando la indagación a ciertas épocas, se para
como ante muro de piedra o cortadura de monte, sin que se pueda
averiguar lo que hay de cierto sobre que el primer Tumbaga fuese uno de
los que acompañaron a Túbal en su venida a España.

Fundándose en raíces de palabras, cuyos tallos nadie conoce, dicen
algunos que el origen de la raza no va más allá de la primera colonia
fenicia, y hay quien afirma que lo de Almendrilla viene de un enorme
peñón, así llamado, que sobre la cabeza de los moros dejó caer un
Tumbaga desde las fragosidades en que D. Pelayo rechazó a los hijos del
África. Ello es que en la época de los godos y al empezar la
reconquista, había ya Tumbagas de Almendrilla, y los habrá siempre, a no
ser que en las páginas de este relato muera el solo individuo que queda
de tan nobilísima estirpe.

En vano se ha querido manchar el blasón de aquella ilustre casa. No es
cierto que en tiempos del apocado Mauregato fuese un Tumbaga quien
intervino en el famoso tributo de las cien doncellas. No está probado
tampoco que cuando Sancho el Bravo se sublevó contra su padre, por
creerle chiflado y a manera de espiritista, fuese un Tumbaga quien le
alentó en la criminal rebelión. Son, en cambio, innumerables, y se
convencerá de ello el que pueda, los beneficios, hazañas, hechos
gloriosos o útiles que los Tumbagas de Almendrilla han realizado en pro
de la patria española, dando pruebas de valor, tacto, arrojo y otras mil
cosas escritas en caracteres ilegibles, almacenadas para solaz de
ratones y pesadumbre de tablas de biblioteca.

Reinando Isabel I, un Tumbaga ideó poner cruces en las torres de la
Alhambra. Bajo Carlos de Gante, cuando la nobleza castellana se hizo de
turbulenta cortesana y de independiente palaciega, trocando hierros y
armaduras por rasos y brocados, un Tumbaga fue el primero que se
presentó en la corte llevando sobre los guantes de gamuza las armas de
su escudo bordadas con sedas de colores. En los tiempos del prudente y
piadosísimo Felipe II, no hubo auto de fe que achicharrara maldecidos y
perniciosos herejes a que no asistiera cerca del monarca un Tumbaga. Y
mientras Felipe III ocupó el trono, para mayor gloria de nuestro nombre
y terror de nuestros enemigos, otro Tumbaga ilustró su apellido
sirviendo los amorosos caprichos de Uceda, que era entonces como servir
al Rey mismo. Felipe IV y la Calderona no tuvieron confidente más fiel
que Pedro de Tumbaga; y los bosquecillos del Pardo, las enramadas del
Retiro, conservan todavía añosos troncos bajo los cuales el orgulloso
magnate esperó, calado por el agua del cielo, a que el autor de _La vida
por su dama_ cortase la sabrosa plática que en los camarines de aquellos
palacios tenía con la famosa comedianta.

En reinados posteriores, los Tumbagas ocuparon puestos donde bien
pudieran haber sido útiles a la Religión o al Rey: uno mandaba en las
procesiones el piquete de honor; acompañaba otro, espada en mano, al
Santísimo Sacramento; daba éste la guardia al Santo Sepulcro;
encargábase aquél, durante el verano, del mando de las falúas de paseo
en los estanques de los Sitios Reales. Todos dejaron escrito en la
historia de su casa algún rasgo notable de tan azarosa, pero gloriosa
vida. Ni Carlos III hubiese podido ajustar el patriótico Pacto de
familia, ni las fiestas reales de tiempo de Carlos IV hubieran tenido
tanto lustre, a no mediar en las negociaciones y toreos un Tumbaga.
Durante el cautiverio de Fernando el Deseado, mientras el populacho,
inconsciente y salvaje, preparaba motines como el _Dos de Mayo_, los
Tumbagas rodeaban al Rey, dispuestos a perder la vida en su servicio,
aunque contenidos por la tradición, que les imponía antes el sacrificio
del patriotismo que el de la propia lealtad.

El escudo de aquellos ínclitos varones es honroso jeroglífico, vivo
recuerdo de triunfos, honores, distinciones y victorias. Tres cabezas de
moro en campo verde no recuerdan, como algunos pretenden, la salvaje
hazaña de haber vencido a tres sectarios de Mahoma, sino la graciosa
broma de un Tumbaga que en cierto baile de trajes se presentó vestido de
berberisco con dos amigos. Un gallo, desplegadas las alas y apoyado en
sola una pata, recuerda que quien primero puso en su casa veleta de esta
clase fue un Tumbaga; y el mote de la cinta que dice _Yo solo_, no
indica que algún Tumbaga hiciese algo que merezca ser tenido por
gloriosamente egoísta, sino que uno de tan envidiable estirpe fue quien
intervino en las diferencias que separaron a Fernando VII de Pepa la
Naranjera.

La familia no se ha extinguido, y muy lejos de la corte, entre las
sinuosidades de un valle que en vano pugnan por fecundar riachuelos
exhaustos de agua en el verano, y ricos en todo el año de guijarros, hay
una casa de labranza, donde viven los últimos Tumbagas, ignorados del
mundo y casi ignorantes de lo que su nombre fue en otro tiempo. Los
olivos de áspero y dislocado tronco, los naranjos sobre cuyo verde
oscuro resaltan las encendidas notas de sus frutos, y las robustas
encinas que asientan como garras gigantescas sus raíces desnudas en la
seca tierra, pueblan las vertientes de los cerros coronados de calvos y
cenicientos peñascos. A largas distancias, como escondiéndose en las
desigualdades del campo, se alzan cortijos y granjas, cercadas por
tapias de cascote; el viento mueve blandamente la alta copa de alguna
palmera que parece centinela avanzado de otros climas, y en el oscuro
centro de los bosquecillos de adelfas y granados entonan los ruiseñores
sus cantos de amor y sus gorjeos de alegría.

De tales encantos rodeada se alza la casa del tío Tumbaga, labriego
querido y respetado en la comarca, como pudiera serlo cualquiera de sus
antepasados cuando se cubría ante el Rey, y a quien más que el olivar o
las tierras de pan llevar que constituyen su hacienda, envidian las
mozas el hijo que Dios y su mujer, de común acuerdo, le dieron, a los
nueve meses justos de matrimonio, allá por el año de mil ochocientos
cincuenta y tantos.

No más que diez y siete primaveras tenía el mozo, y ya traía revueltas
las faldas del lugar, sin que él hiciera nada por atraerse el cariño de
las chicas. Decían unos que si ellas le miraban con buenos ojos, era por
la esperanza de ser algún día dueñas de las riquezas de su padre, y
alguien añadía que la brillante perspectiva de ser sobrina de Su
Ilustrísima era lo que volvía locas a las beldades de las cercanías,
pues Su Ilustrísima, es decir, el Obispo de la diócesis, era hermano del
Tumbaga, y, por tanto, tío de Lázaro.

La causa de que dos hijos de un mismo padre tuvieran tan distinta
suerte, que hizo al uno ser sucesor de todo el Apostolado y al otro
humilde campesino, es por demás sencilla. Cuando el padre murió, sin
dejarles más herencia que aquellos pocos terrones y algunas onzas de oro
ocultas en un puchero enterrado en el huerto, tuvieron Diego y Antolín
una conferencia, en la cual convinieron que debía uno de ellos procurar
hacer carrera y conseguir medro, continuando otro al frente de las
tierras a que habían quedado reducidos los antiguos estados de la
nobilísima familia. De este modo, si la fortuna ayudaba al primero,
podría luego proteger al segundo; y, en caso contrario, éste tendría
siempre refugio que ofrecer al que intentaba restaurar el brillo de su
casa y el renombre de su estirpe. Hiciéronlo así, y años después de la
separación supo Diego que Antolín cantaba en una iglesia de Sevilla su
primera misa. La protección de quien quiso dispensársela, y su buena
fortuna, le empujaron de tal suene, que a los cincuenta años llegó
Acolín a canónigo de una basílica, y veinticuatro meses después era
preconizado obispo, con gran regocijo suyo y de su ama de gobierno.
Llegó la nueva a conocimiento de Diego, que, exento de envidia, tuvo con
ella mucha alegría, y pasados algunos días, llegó también la siguiente
carta, primera que Antolín escribía con timbre del obispado:

«Querido y nunca olvidado hermano:

»Por la ayuda de Dios Nuestro Señor, más que por mi propio esfuerzo, y
también por favor de Su Santidad y del Rey (Q. D. G.), me he sentado
hace una semana en la silla episcopal de esta diócesis, por cuyos
fieles pido en mis oraciones. Ya ves cómo ha llegado para nosotros a
lucir la fortuna, y qué bien hicimos en disponer las cosas de manera que
han venido a dar este resultado. Excuso decirte que cuanto soy y valgo
pongo a tu servicio; mas como no se trata de vanos ofrecimientos, sino
de firmes y leales propósitos, bueno será que empecemos luego a disponer
lo que mejores frutos pueda dar en el porvenir. Por tus pocas y tardías,
pero extensas cartas, he venido haciéndome cargo de que tu hijo Lázaro
es listo como él solo. Tratemos, pues, de sacarle de entre esas breñas,
démosle educación conveniente, instruyéndole en las buenas doctrinas del
santo temor de Dios, y hagamos cuanto en nuestra mano esté para que,
como yo he llegado a ser pastor de los rebaños de Cristo, alcance él
mayores honras. Me encargo de todo. Envíamele sin cuidarte de más, y
decídete a hacer el sacrificio de la separación en obsequio a su
felicidad. Adiós, Diego; recibe para tí y los tuyos, con mi bendición de
Prelado, mi abrazo de cariñosísimo hermano.

«ANTOLÍN.»

Leer el pobre viejo esta carta, sentir sus ojos húmedos por el llanto y
temblarle los labios de emoción, todo fue uno. Restregose los párpados
con el curtido revés de la encallecida mano, llamó al mozo, leyole la
carta, y sin titubear un punto, le dijo:

--Dentro de dos días te vas del pueblo.

¡Pobre padre! Con la mejor intención del mundo y la mayor abnegación,
pensando que cuanto su hermano proponía era lo más conveniente, decidió
quedarse solo, añadiendo a su viudez la orfandad en que la partida del
muchacho había de dejarle. No paró mientes en lo terrible de aquella
soledad; no consideró que para custodiar las trojes, vigilar a los
segadores y cuidar de la aceituna, le faltaría en lo sucesivo su activo
celo. Atendió solamente al porvenir de Lázaro, y de grado o por fuerza,
hízole montar en una mula, y salir en ella, no a correr mundo como sus
antepasados a Flandes en busca de aventuras o a Italia persiguiendo
honores, sino a presentarse al bueno del obispo, para que éste modelara,
cual si fuera de arcilla, aquella alma que aún no había despertado a la
vida.

¡Qué largas y qué tristes iban a ser las veladas de invierno pasadas
junto al hogar en que él atizaba el fuego, manteniendo con su donaire la
conversación! ¡Qué monótonas habían de parecerle las noches de verano!
¡Qué callado el silencio cuando no se oyera resonar junto al fresco
brocal del pozo, ni bajo el emparrado de la puerta, el rasguear de
aquella guitarra que parecía tener alma y quejarse cuando él la tocaba!

Todo lo pensó y midió el pobre campesino; pero poniendo antes los
razonamientos del interés que los del cariño egoísta, vio que sería
torpeza dejar pasar de largo a la fortuna cuando cruzaba ante el umbral
de la casa.

Hiciéronse los preparativos, y una mañana partió a la capital de la
provincia, prometiendo a su padre tenerle al corriente de cuanto le
acaeciera.

Dejando atrás montes y llanos, cortijos y caseríos, viajando hoy en
compañía de arrieros, durmiendo mañana sobre los arcones de la paja en
las ventas, llegó Lázaro a su destino más cansado de cuerpo que
esperanzado de ánimo.

Eran las ocho de una mañana luminosa y alegre, cuando se apeaba nuestro
héroe en el zaguán de la casa, llamada pomposamente Palacio Episcopal.
Recibiéronle criados y familiares; hízosele esperar a que Su
Ilustrísima terminara la misa que cotidianamente rezaba, y entráronle,
atravesando pasillos y corredores, en una habitación cuyo aspecto
parecía pedir señores de casacón y damas con faldas de medio paso.
Cuanto había en ella olía a siglo pasado. En los muros, tapizados de un
verde oscuro rameado de otro más claro, veíanse algunas cornucopias
enormes con figurillas grabadas en el cristal. Un par de cuadros
religiosos, de dudoso dibujo, ocupaban el testero principal, y bajo
ellos, rodeado de taburetes cojos, había un sofá raído y destrozado por
el roce continuo con pedigüeños impacientes o canónigos de gran peso.
Sobre una mesa de ébano, con señales de haber tenido en otro tiempo
incrustaciones, había un crucifijo de marfil rajado y amarillento, con
sus gotas de sangre abermellonada y sus clavos de plata. Un San
Cristóbal gigantesco, mal trazado y de peor color que dibujo, guardaba
la puerta de entrada, en cuyo dintel dormitaba con la mayor vigilancia
un familiar dispuesto a troncharse el espinazo cada vez que Su
Ilustrísima pasaba por allí. Sobre el hueco de un balcón había un
cuadro, acaso del Españoleto, que representaba a Santa María Egipciaca
tendida en las arenas del desierto, enteramente desnuda, muy hermosa y
más incitante de lo que fuera oportuno en sitio frecuentado por gentes
de Iglesia. A un extremo, ante una mesita cubierta de expedientes y
cartas, escribía con pluma de ganso y tintero de loza, un clérigo flaco
y apergaminado, como si viviera en perpetua cuaresma. Y, finalmente, de
una percha pendían varios manteos, raídos y apolillados unos, de nuevo y
luciente paño otros.

En aquella estancia dejaron solo a Lázaro. Ni él reparó en los clérigos,
ni ellos se dieron cuenta de la presencia del labriego. Pasó un cuarto
de hora abstraído el chico en sus cavilaciones, dormitando el guardián,
y raspando borrones el que escribía, hasta que, tras ruido de puertas
que se abrieron y cerraron, entró en la habitación el obispo.

Era alto, seco, nervioso, de mirada inteligente y dura, y de tez morena
oscurecida por el paño de la mal rapada barba. Vestía una sotana morada,
ya deslucida por el uso. Llevaba en el pecho una cruz y en el dedo un
anillo de gruesas amatistas. Le seguían, como doble sombra negra, otros
dos eclesiásticos, y era al mismo tiempo, sin que una cualidad dominara
a la otra, antipático y respetable.

Acogió a Lázaro con benignidad, queriendo dar a sus facciones esa
afabilidad de semblante con que pretende hacerse simpático quien sabe
que no lo es, y echándole el brazo derecho sobre los hombros, le llevó
hasta su cuarto, diciendo a los que le rodeaban:--Llamaré cuando os
necesite.

Pasaron de aquella sala a otra, donde lo severo de la ornamentación no
excluía la comodidad y el regalo, y allí, arrellanado el tío en un
sillón de cuero, sentado apenas el chico en el borde de una silla,
miráronse mutuamente algunos segundos, tratando cada cual de explorar
las intenciones del otro.

--Tu padre y yo--dijo al fin el Prelado--hemos convenido en sacarte del
pueblo, y procurar, por cuantos medios haya a nuestro alcance, darte una
educación que pueda labrarte un porvenir que compense nuestros
sacrificios al par que tus esfuerzos. La posición en que, a Dios
gracias, me encuentro, ha de servirnos de mucho, y si te aplicas, creo
que podremos salir adelante. Listo eres, según me dicen; sé además
trabajador, y el resto lo obtendrás con exceso. Aquí te quedas
preparándote para entrar en el Seminario. Nada ha de faltarte; ni
maestros, ni consejos, ni ejemplos. ¡Quiera el Señor que seas un día
Príncipe de la Iglesia! Otros de más humilde origen han llegado a tan
alta jerarquía, y no habrá milagro en que les iguales. Está preparado tu
alojamiento, y yo cuidaré de que nada te falte.



II.


Desde aquel día disfrutó Lázaro cuantas comodidades podían gozarse en el
Palacio Episcopal, siendo tratado como convenía a su parentesco con el
reverendo prelado. Diéronle un cuarto que, aunque no bueno, era de lo
mejor que había en el edificio; tenía unas cuatro varas en cuadro,
blanqueados los muros, la cama hecha con colchones de vieja y
apelotonada lana, y las sábanas más ásperas que cutis de setentona. Le
pusieron a la cabecera del lecho la imagen de un santo difícil de
identificar, pero santo al fin, y al lado de una gran ventana, que se
abría sobre el ancho panorama del campo, colocaron una mesa cargada de
libros, y un tintero de cobre. Por deferencia a Su Ilustrísima, le
sirvieron de maestros los más instruidos canónigos del cabildo. Puso él
de su parte cuanto pudo; ayudó en gran manera su clara inteligencia, y
pocos meses después empezaba su imaginación a adivinar nuevos
horizontes, llenos de promesas gloriosas, en la senda a que se le
destinaba. Los libros que leía, las lecciones que escuchaba, dejaban en
su espíritu profunda huella; y el pobre muchacho, traído del campo hasta
la morada del obispo, trasladado de pronto desde la libre existencia de
los prados y montes al severo recinto por donde vagaban, como espectros
atezados, los familiares de su tío; obligado a cambiar de género de
vida, rodeado siempre de rostros en que parecía delito la sonrisa, sin
nadie a quien poder trasmitir las primeras impresiones que, como bandada
de pájaros no avezados al vuelo, se alzaban en su alma, fue poco a poco
haciéndose reservado y triste; sintió anublado su espíritu por las
sombras que la soledad engendra, y sólo halló para sus cavilaciones
puerto de refugio en la esperanza del porvenir. Aquellos libros que le
obligaban a estudiar, y aquellos hombres que había de tratar por fuerza,
le pintaban el mundo como una sola jornada de la vida humana, como una
prueba para el temple del alma; la tierra como valle de lágrimas, en que
son mentira los aromas del campo y las alegrías del corazón.--Aquí
abajo--le dijeron--todo es falso, impuro y deleznable. Las dichas
terrenales son cantos de sirena, que arrastran al mal; cuanto se sufre y
se padece son méritos que en el mundo se hacen para que sean premiados
arriba, y en este breve tránsito, donde los pies se hieren en los
guijarros de todos los caminos, debe la esperanza refugiarse en los
cielos, que allí aguardan al alma la inmortalidad y a la virtud el
premio de sus luchas. Pero fuera de esa esperanza y de lo que ha de
hacerse por mirarla cumplida, en el mundo no hay nada; fuera del mal, la
tentación y el error, todo es mentira. El desprecio de la Naturaleza y
del hombre es la ley suprema de la conciencia; la contemplación de lo
divino el solo cuidado del entendimiento; la fe en Dios o la confianza
en los que le representan, la única luz que alumbra la pasajera pero
densa tiniebla de la vida.

De esa idea del mal difundido en el mundo como el aire en los espacios,
y de esa esperanza del bien puesto tras la existencia como la luz del
día tras la oscuridad de la noche, nacían el horror a lo terrenal y
humano, brotando la conmiseración y la piedad hacia los que sufren y
padecen. De ahí toda la vida de la religión, toda la esencia de sus
doctrinas, toda la fuerza de sus dogmas, toda su idea del universo
mundo.

Sobre cuanto existe, Dios, fuente inagotable de dulzuras eternas, fuerza
en constante trabajo, que jamás disminuye ni merma, causa insondable,
secreto impenetrable; misterio tanto más grande, cuanto mayor sea la
inteligencia humana. Luego, en la tierra, colocado entre las amargas
olas de los mares y las punzantes malezas de los campos, el hombre,
sintiendo siempre sobre la cabeza el perdurable martirio de la duda, y
bajo sus pies un erial rebelde al trabajo, manchado y envilecido por el
primer pecado. Pero entre Dios y el hombre, como eslabón que une el bien
al mal teniéndolos distantes, la religión, manto de la deidad suprema en
cuyos pliegues se cobija la humanidad, al modo que entre las anchas
ramas de la encina se guarecen los gusanillos de la selva. Y, por fin,
como última consecuencia de este sistema, postrer hijuela de esta
concepción del universo, el hombre de Dios, el sacerdote que tiene por
misión tender la mano al que vacila, sostener al que cae, infundir fe al
que duda, perdonar al que peca, defender al que sufre, sojuzgar al
altivo, y abriendo a todos los brazos con amor, decir cómo el Hijo del
Hombre: «Amáoslos unos a los otros; practicad la virtud, y lo demás os
será dado con exceso.»

Esto enseñaban a Lázaro, y así lo admitía él.

--Sí,--se decía;--Dios y el hombre.... El cielo y la tierra.... El bien
y el mal.... Entre ambos la religión, el sacerdote, el soldado de las
grandes peleas, el profeta que anuncia la aurora del porvenir, el eterno
apóstol que, repitiendo la frase de San Pablo, dice a todos los pueblos
de la tierra: «Hermanos, sois llamados a la libertad.»

Como el áspero mármol que la mano del artista desbasta, esculpe y modela
haciendo surgir de la brutal materia la forma encantadora, fue Lázaro
trasformándose por el estudio, abriendo cada día con mayor avidez los
ojos a la luz de la fe, sintiendo penetrar dulcemente en su alma un algo
indefinible que caía sobre su corazón como el rocío del cielo sobre el
brote de la planta.

Bien veía o creía ver algunas veces cierta disparidad entre lo que
sentía y lo que le rodeaba; pero no se paraba a aquilatar las cosas muy
despacio, embebecida su inteligencia en las novedades que a su
entendimiento se ofrecían. La transición de las costumbres campesinas al
refinamiento mental de su presente vida, era demasiado inopinada y
brusca para que dejara de parar mientes en ella.

Además pronto se dio cuenta de que no eran pocos los sagrados textos que
parecían olvidados en derredor de Su Ilustrísima. Preceptos más sanos
que aire de monte quedaban sin cumplimiento, o se obedecían por pura
fórmula a veces y otras había manifiesta oposición entre lo mandado por
autoridades de continuo invocadas, y lo que en la morada episcopal se
practicaba.

Por de pronto, el Rdo. Antolín, si no era rico, no daba muestras de
aborrecer la riqueza: su pobreza tenía algo de problemática. Sin contar
las mesadas que del Estado cobraba, las ricas vestiduras de que estaban
atestados sus cajones, y los vaso y alhajas de metales preciosos, las
gentes señalaban en los alrededores de la ciudad alguna finca, escondida
entre macizos de árboles, donde Su Ilustrísima podía, como en cosa
propia, hacer lo que mejor le pareciese.

Lázaro observaba que la caridad cristiana aparece en los Evangelios muy
diferente, de la que se ejercía en torno suyo, que no eran siempre la
humildad y la mansedumbre los móviles de los amigos íntimos del obispo,
y que algunas veces se vela asomar cobardemente a los labios de los
familiares cierta sonrisa reveladora de hipocresía y envidia.

La facilidad con que se recibía en aquella santa morada cuanto dinero
daban para limosnas los caritativos fieles, se trocaba en formalidades y
retrasos cuando las monedas habían de pasar a la faltriquera de los
pobres, pareciendo aquello despacho de banquero donde se toma sin
vacilar el oro ajeno y en donde todo son al devolverlo garantías,
molestias y dilaciones. Nada oyó el futuro sacerdote en desdoro de su
tío; pero, con frecuencia, las gentes que cruzaban las antesalas y
corredores del palacio no parecían salir completamente satisfechas de la
entrevista con el Prelado: y era lo extraño que si nunca se retiraban
descontentos la dama encopetada o el canónigo influyente, solía verse
descorazonado y abatido al pobre párroco de aldea o al cura de misa y
olla cuyos grasientos y raídos manteos pregonaban descaradamente la
miseria. Jamás notó Lázaro cosa que disonara en el tranquilo concierto
de aquella existencia casi monacal, donde todo estaba dispuesto y
regulado de antemano, como en ceremonia palaciega; pero semejante al
sordo ruido de vientos lejanos, creyó escuchar algunos días el rumor de
murmuraciones engendradas en las porterías, robustecidas en las
antecámaras y detenidas por el miedo ante las puertas del despacho
donde trabajaba el bueno del obispo.

Levantábase Lázaro a la hora del alba, oía una misa, tomaba chocolate, y
ayudaba en algo a su anciano tío. No tenía otra cosa que hacer hasta la
comida, que se hacía siempre a la una, con puntualidad cronométrica.

Lázaro se quedó ensimismado y pensativo en más de una ocasión,
reflexionando lo distintas que eran las privaciones que imaginó sufrir y
la regalada vida que le daban. Todo aquello de comer como los anacoretas
yerbas salvajes o salta-montes del campo, era, por lo visto, pura
fábula, tradición olvidada. Al presente, y gracias a un cocinero lleno
de buenas cualidades, en la mesa de Su Ilustrísima hubiera podido darse
por alegre y satisfecho el más descontentadizo; en todo lo que a la
culinaria se refiere, era el obispo ardiente partidario del progreso.
Tratábase a cuerpo de rey constitucional; los mejores caldos de la
cosecha, los más preciados sólidos del mercado iban a sus despensas, ya
por encargo propio o por atención ajena; el pavo mejor cebado y el
gazapillo más tierno eran para él; las frutas que se le presentaban
parecían regalos para las aras de la antigua Ceres, y era raro el día en
que la piadosa mano de alguna devota no preparase para Su Ilustrísima un
platito de dulce espolvoreado de canela, aroma a que, como buen andaluz,
era muy aficionado. Una reparadora siesta era el epílogo de la oración
con que a Dios se daban gracias por tantos beneficios. Se trabajaba otro
poco por la tarde, se cenaba concienzudamente tras el rosario, y un
sueño tranquilo reinaba a las once en todos los ámbitos del edificio,
donde la calma de este género de vida no se veía turbada sino en las
vísperas de las grandes festividades de la Iglesia.

Lázaro notaba que todo esto no eran mortificaciones ni martirios, pero
también se decía que aquello no era vivir en el mundo y sus luchas, y
que siendo buenas cuantas gentes le rodeaban, no podía ser detestable la
vida. ¡Cuan diferente se le ofrecía el espectáculo del mundo que
empezaba un paso más allá de aquellos respetados muros! Cierto que de
puertas adentro todo era reposo y santidad; pero ¡cuántos horrores y
amarguras le esperaban al poner la planta en esa sociedad donde cada día
es un combate y cada hora una herida! Hacía el pobre chico proyectos
para el porvenir, y juzgando la vida tal cual se la habían pintado,
pensando que todo era males, tristezas y desdichas, se preparaba a
entrar en ella inquieto, temeroso, como soldado bisoño pronto a escuchar
el primer paso de ataque tocado por las cornetas de su batallón.

Tratábale su tío afablemente; por respeto o adulación al Prelado,
hacían lo mismo cuantos le rodeaban, y merced a su protección entraba
Lázaro en la carrera a que le habían destinado, escudado contra las
privaciones, con el porvenir preñado de fortunas, y el alma llena de
presentimientos. Le habían pintado su misión de suerte que, impresionada
la imaginación, veía en el sacerdocio el apostolado de toda idea
generosa. Pero, a pesar de esto, cuando solo, con su libro de horas bajo
el brazo, se le veía cruzar los anchos corredores o sentarse bajo las
umbrías del huerto, parecía que dentro de su alma bullían y a sus
miradas se asomaban vagos temores por su vida futura y dudas sobre la
suerte que le estaba reservada. La santa casa que habitaba era, a su
parecer, un puerto de refugio contra el oleaje infernal de la malicia
humana. Por todo aquello que sus libros devotos le aconsejaban huir,
venía en conocimiento de cuan ciertas deben ser las palabras con que se
le avisaban los peligros mundanales, y por la interminable y fatigosa
excitación a la virtud, podía apreciar cuan hondas y frecuentes son las
simas del pecado. A medida que iba considerando las tentaciones que
podrían rodearle, los riesgos que tendría que prever y males que evitar,
su inteligencia miraba con deleite la perspectiva de días de horrible
pero santa y gloriosa lucha, preparación a la inmortalidad.

Considerado por cuantos cerca de él andaban como la persona más allegada
a Su Ilustrísima, los sacerdotes y demás gente de Iglesia que tenía
ocasión de frecuentar, guardaban buen cuidado de no dejarle ver cosa que
pudiera enojar al obispo. Todo era ante él virtud, resignación y
humildad; de modo que teniendo constantemente ante los ojos la divina
palabra de los libros y el mejor ejemplo en los hechos de los hombres,
pensó que en contra de la agitación del mundo estaba aquella santa
tranquilidad, que el torpe bullir de las pasiones se contrabalanceaba
por un santo estoicismo religioso, y que nada podía haber tan digno ni
respetable para la humanidad como la voz de esos hombres que con la
imagen de Cristo en una mano y señalando con la otra al cielo, dicen al
desgraciado: «Cree y espera.» Su poética melancolía era el
presentimiento de los dolores de la lucha. Parecía que su alma adivinaba
las heridas que habría de sufrir más tarde, y sólo en la fe, ingénita en
su espíritu, fomentada luego por cuanto le rodeaba, era donde el pobre
Lázaro podía hallar reposo a la misteriosa agitación de sus ideas.
Nacido en una aldea donde la hermosa y virginal Naturaleza le decía
continuamente:--«Admira,»--sin escuchar más voz que la del cura que de
continuo repetía: «Cree;» con el sano ejemplo de la honrada vida de su
padre, y sin haber sufrido las desgracias que pervierten al hombre,
Lázaro iba allegando fuerzas y atesorando virtudes para verterlas luego
como un maná divino sobre el rebaño de fieles que Dios le deparase. Si
alguna vez caían sobre su turbada pupila los fatigados párpados, como
deslumbrada la vista que admiraba de continuo el panorama espléndido de
una vida toda virtud y caridad, al hundir la mirada en los abismos de su
alma, encontraba, semejante a un resplandor en el fondo de una sima, la
luz que le guiaba a sus destinos.

Dos épocas distintas puede decirse que atravesó Lázaro mientras estuvo
en casa de su tío.

Durante la primera le dominaron los recuerdos confusos del pueblo con
sus faenas y labores; acordábase de las conversaciones en que la tierra
era la preocupación de todo el año, y empeñándose mentalmente en
resucitar sus impresiones, se esforzaba en reconstruir, con
reminiscencias vagas y sensaciones olvidadas, aquellos días que no
habían de volver jamás; las lluvias primaverales que hacían entrever los
carros repletos de doradas gavillas; el estío con las llanuras serpeadas
por surcos que parecían encender el aire en la irradiación de sus
terruños abrasados; el otoño con sus frutas mal sujetas a la cargada
rama, convidando al paladar a refrescarse con su azucarado jugo; las
tardes con sus vientecillos impregnados de perfumes, y las calladas
noches envueltas en misterios, poblaban su pensamiento de ensueños
indecisos. Lejos, muy lejos de él estaba cuanto podía recordarle tiempos
pasados, y como tales más dichosos; el hogar ennegrecido por el humo de
los troncos a cuya sombra jugueteó de pequeñuelo; la fuente donde las
mozas, entretenidas en mirarle, dejaban rebosar en sus cántaros el
agua; y en un altillo del cementerio, con su cruz de piedra que dora
cada tarde el último rayo de la luz solar, la tumba de su madre.

En la segunda fase de aquella etapa de su vida, todo era esperanzas:
habíanle trazado con sombrías tintas el plano de la revuelta arena del
mundo.--«Aquí abajo no hay, le dijeron, sino males y perfidias; pero tú
serás de los que tienen por misión encadenar el dolor a la esperanza de
la dicha.» A pesar de no considerar completos los ejemplos que se le
ofrecían, todo lo que aprendía, sus vigilias y desvelos, cuanto
intelectualmente se asimilaba, venía a compendiarse en una palabra de
amor divino, que le hubiera hecho fijar los labios en la escrófula del
enfermo, si esto bastara para curarla, entusiasmo capaz de llevarle a
los campos de la guerra para acallar con su rezo la maldición del
desgraciado y dar alas al alma del creyente moribundo.

Sentado algunas veces junto a la fuente de la huerta, que desde una
eminencia dominábala ciudad, viendo a lo lejos tejados y azoteas,
escuchando el bullir y los ruidos que como provocación constante le
traían los aires, Lázaro pensaba que aquellas eran las guaridas del mal.
Sólo las cruces puestas en lo alto de las torres eran signos de
redención o amparo. Si su memoria, protestando de aquel falso sistema
del mundo, le recordaba que no todo era malo en la tierra, que él había
visto a su padre dar trigo a los labriegos pobres o socorrer a los
necesitados, que en la tierra existían cariño, afabilidad y amor, que él
mismo había llevado hasta los apartados caseríos consejos de paz y de
justicia, todo se desvanecía ante la influencia maléfica del _pulvis
eris_ que le habían inculcado en el alma.

Fue Lázaro después al seminario; tuvo su celda estrecha y triste;
aprendió mal latín y peor griego, no para admirar el genio de los
grandes poetas paganos, sino para embotar su inteligencia en casuismos
teológicos; se apacentó dócilmente con filosofía escolástica; le dieron
los libros de los Padres de la Iglesia; le dijeron el criterio que había
de seguir para que no cayera en la peligrosa pendiente de pensar;
marcaron a su entendimiento las lindes que no debía traspasar, y como si
el pensamiento del hombre fuese ave cuyo Vuelo depende de voluntad
ajena, le impusieron la idea, el dogma y el sentido de cuanto debía
creer y proclamar. En su cerebro había de dar cabida, le repugnase o no,
a lo que otros concibieron; su esfuerzo tenía que hacerse mantenedor de
proposiciones que apenas le era dado examinar; debía admitir la verdad
sin examinarla, creerla sin que le fuese demostrada. «_Node sólo pan
vive el hombre, sino también de la palabra de Dios_,» le dijeron; y la
palabra de Dios era un enigma, todo lo más una promesa. Le fue negada la
interpretación o el examen de los libros sagrados; y para colmo de
absurdo, sostuviéronle que en aquel misterio impenetrable que constituye
la esencia de todo lo dogmático, están la imposible demostración de la
verdad y el encanto de su divina poesía, porque _la fe es substancia de
las cosas que se esperan, argumento de las cosas que no aparecen[1]._

Entonces, falta de apoyo su inteligencia, sin que pudiera todavía
discernir lo bueno de lo malo, ni estimar como nulo lo falso e
inapreciable lo cierto, fue desfilando ante su mirada por las páginas de
sus manoseados infolios, la interminable procesión de ideas, teorías y
concepciones que se le daban como infalibles certezas. Fue viendo que
el hombre, envilecido desde su nacimiento por una culpa ajena, no puede
redimirse de ella; supo que el alma, capaz del crimen, está hecha a
semejanza de Dios; leyó que la misericordia celeste puede ser también
cruel, haciendo eternos los castigos, y que la voluntad divina es capaz
de trastornar las leyes eternas de la materia y la energía.

Contraria pero simultáneamente a la frase «Eres polvo,» le dijeron que
el hombre es el rey de la tierra; las aguas de los mares y las arenas
del desierto son llanuras francas a su actividad y su valor; las fieras
de brutal poder, esclavas de su inteligencia; los metales, que como
venas de fuerza y riqueza serpean por las entrañas de los montes,
tesoros escondidos para que el trabajo los descubra y el sudor los
fecunde; y hasta la mujer, arcilla divinamente modelada con los rasgos
de la amante y la madre, es suya también, _carne de su carne, hueso de
su hueso_. Pero con todo, y a pesar de ello, le afirmaron que él ideal
de la vida no es la existencia en el seno de la Naturaleza, ni la
fecunda guerra del trabajo ni la pasión de la verdad o del arte, sino la
muda y estática contemplación de lo divino, el celibato estéril, el
claustro, la pobreza, el ayuno, el desprecio de sí mismo y el ansia de
llegar a la muerte como a puerta mágica desde cuyo umbral se perciben
los eternos albores del paraíso de los justos.

Sobre este conjunto de ideas, por cima de toda consideración superior a
cuanto le rodeaba, estaban para Lázaro la santidad y grandeza de la
misión aceptada, sin que llegara a alzarse un punto en su espíritu la
idea de que el bien fuese independiente y extraño de la fe. Así llegó a
cumplir los veinticinco años. Su inteligencia, como vaso forjado según
las concepciones de los que dirigieron su educación, fue molde en que
se vaciaron ideales ajenos. Cuanto en sí encierran las tendencias de los
pasados siglos, cuanto en lo antiguo sirvió de turquesa para dar forma y
ser a la sociedad, echó en su inteligencia hondas raíces. Educado para
las batallas del presente, tuvo por armas las convicciones de antaño,
fuertes por lo sinceras, pero quebradizas por lo viejas.

Llegada la época de abandonar el Seminario, el obispo le llamó a su
despacho, y le habló de esta, suerte:

«Vamos a separarnos. Cuando escribí a mi hermano encargándome de tu
porvenir, no creí que fuese tan fácil poner a un hombre en camino de
hacerse artífice de su propia fortuna; pero tu aplicación, e ingenio han
llevado las cosas de modo que aquí, de hoy en adelante, no harás más que
perder tiempo. Si con nosotros te quedaras; no pasarías de pobre cura de
pueblo; tal vez llegases algún día a predicar en nuestra catedral; pero
nada más. Yéndote a la corte, como deseo, tus méritos darán a tu carrera
continuación tan lisonjera como halagüeños han sido los comienzos. Poco
me agrada separarme de tí; pero dos consideraciones hago: que aquí te
traje, no para satisfacción mía, sino por conveniencia tuya; y que en
las luchas de la tierra, en la revuelta marejada de encontrados
intereses, donde has de intervenir, puedes ser en alto grado útil a la
santa causa de la Iglesia.

»Vas a cambiar de género de vida, de hábitos y costumbres, hasta de
ambiente respirable, que no son iguales las auras puras de estos campos
cercanos, al aire viciado de la ciudad. Aquí, por más que haya doblez y
engaño, no son la maldad tan refinada ni la hipocresía tan astuta; allí
la cortesanía hace el daño más hondo y más disimulada la torpeza.
Vivirás entre hombres que antes aprenden a averiguar el pensamiento
ajeno que a expresar el propio, rozándote con gentes que procuran hacer
a la mentira hurón de la verdad, y que tratarán de adquirir tu confianza
engañando a otros, como luego te engañarán a ti para provecho de
tercero. Anda en todo pecho la falsía, en todo cerebro la comedia:
muchos la representan de tal suerte, que toman en serio su papel, y ni
aun la muerte da fin a la farsa, pues otros fingen que les han creído, y
la lisonja llega hasta el epitafio, manchando hasta los mármoles.
Desconfía de cuanto te rodee y mantente en guardia casi más que contra
las maldades ajenas, contra tus propias debilidades. Dios ha puesto en
ti fe y razón; aquélla, como faro eterno a que caminas y te alumbra;
ésta, como apoyo y sostén para cuando dudes; mas ten cuenta que si tu fe
vacila, antes te será causa de desdicha que de consuelo y esperanza.
Lee los libros que te en las manos sin cuidarte de profundizar en sus
páginas más de lo que ellas te descubran; que el libro, como el vino,
fortalece si no se abusa de él, embriaga si se prodiga. La ciencia es a
la paz del alma lo que el agua a la semilla; con poca se fecunda y con
sobrada se anega. Tu misión hasta hoy ha sido aprender la que habías de
huir mañana: desde ahora vivirás entre el mal, evitando que logre
corromperte. La tarea de tu vida es consolar al que sufre, alentar al
que espera, perdonar al que yerra, labrar en tu corazón puerto donde
busquen amparo los náufragos del mundo. No hay en la tierra misión más
noble, que la nuestra. Si la virtud pudiera ser orgullosa, nos sería
dado envanecernos; pero hemos, de unir a la bondad la mansedumbre, y por
altivo nos está vedado el orgullo, como por pueril la vanidad.

»Ya ves, Lázaro, qué hermosa perspectiva se te ofrece a la vista.--La
vida es combate de pasiones, que unas a otras se hieren y lastiman: tú
serás de esos hombres que por vocación de caridad se mezclan en la
pelea, llevando en su alma la mina inagotable de la piedad y en sus
labios el manantial perenne de la esperanza. Así como unos curan las
dolencias del cuerpo, otros cuidan de la pureza del espíritu: serás, de
ellos, y mientras el tuyo permanezca incólume, jamás te faltarán
palabras con que infundir a tus hermanos la fe que te aliente. Cree y te
creerán, que nunca inspiró la sinceridad desconfianza. Si la misión es
difícil, no ha de ocultársete que la tentación es temible: ya lo irás
viendo; pero si algo divino y fuerte hay en el hombre, es la voluntad. A
todo has de sobreponerte, temiendo más la propia indulgencia: que la
ajena censura. Sé hasta rencoroso contigo por tus culpas, débil hasta
la exageración con las del prójimo; que el hombre debe ser tan avaro de
virtudes como pródigo de perdones. Si la persecución te maltrata o la
ironía te hostiga, recibe a la primera con mansedumbre y a la segunda
con piedad; pues si la maldad debe hallarnos pacientes, el sarcasmo ha
de inspirarnos lástima. Merézcate siempre más conmiseración quien se
burle de lo bueno que quien practique lo malo. Por las funciones de
nuestro ministerio habrás de hablar al oído de la esposa, y en el tuyo
depositará la virgen sus secretos: di a aquélla que lo sacrifique todo a
la paz de la casa, y a ésta que todo lo posponga a la paz del alma. Al
hereje responderás con la palabra de la verdad, tratándole como amigo
perdido que hay que reconquistar, no como enemigo que es preciso vencer,
y rezarás por la salvación de quien persista en el error, pues ya que la
religión no sea patrimonio de todos, séalo al menos la piedad. No
mortifiques al moribundo con el recuerdo de sus delitos aquí abajo;
habíale de sus esperanzas allá arriba. Fe, perdón, mansedumbre: tal es
tu lema; el corazón tu escudo, tu premio el reino de los cielos. Si de
la violencia que te hicieren hubieses de morir, muere con valor, mas no
con aquella calma que puede ser cinismo, sino con esa serenidad que
reflejando el tranquilo fondo del alma, sirve a los demás de un ejemplo
que equivale a un consuelo.

»Mas no fuera bueno que te marchases sin tener seguro puerto de llegada.
He arreglado todo de manera que entrarás en la corte por tal puerta, que
muchos desearían tu posición como término a sus ambiciones. Vas de
capellán a casa de los duques de Algalia, señores tan poderosos como
buenos. De tus deberes para con ellos nada te digo, que la humildad de
sacerdote no ha de echar en olvido la dignidad de hombre, y tengo por
cierto que antes de poco no sabrán qué mirar con más cariño: si su
venerable eclesiástico o su discreto y leal amigo. Partirás en breve, y
sabe Dios hasta cuándo. Acuérdate alguna vez de mí, y siempre de lo que
te debes a ti mismo. Recibe mi bendición, y ojalá te dé ella todos los
bienes que la voluntad te desea.»

      *      *      *      *      *

De allí a pocos días partió Lázaro, y aunque alentado por sus esperanzas
no dejó de darle mucho en qué pensar la visible contradicción existente
entre los discretos consejos que acababa de escuchar y, la vida no muy
austera de su tío, sin que acertase a comprender cómo siendo bueno lo
que aconsejaba, no era completamente idéntico lo que practicaba.



III.


Ere por aquel tiempo en la corte la casa de los duques de Algalia una de
las más ricas y afamadas por aristocráticas. Su blasón no se había
desdorado aún por completo con el roce de las costumbres modernas; sus
estados no eran todavía presa de ninguna junta de acreedores, y hubiesen
podido añadirse al escudo nobiliario algunos rehiletes gallardamente
puestos en atrevida becerrada.

Cuanto esplendoroso puede dar la vida contemporánea, cuanto grande son
susceptibles de engendrar el refinamiento del gusto y la sobra del oro,
se reflejaba en la morada de los duques de Algalia.

Cada uno de sus salones era una pequeña capilla consagrada a la
elegancia; el palacio entero un suntuoso templo del buen gusto y la
moda, enriquecido con detalles dignos de un museo, en que andaban
revueltos lo antiguo y lo nuevo, formando ese consorcio extraño, pero
armónico, que ofrece la reunión de lo bueno, por distintos que sean los
caracteres que revista. No había pieza mal alhajada ni rinconcillo
descuidado. Aparte el esmero con que se había atendido al regalo
material del cuerpo, la ornamentación indicaba por doquiera el destino
de las habitaciones: el gran salón de recepciones estaba decorado con el
fastuoso gusto del monarca de Versalles; el comedor de ceremonia
cubierto de tapices flamencos; el de familia, con grandes bodegones
firmados por manos maestras; el despacho del duque, todo de ébano
incrustado de bronce; los aposentos de la hija, tapizados de alegres y
sencillas pero valiosas telas; y los de la duquesa exornados con tal
gusto y riqueza, que ni el gabinete de raso negro con flecos de
multicolores sedas, ni la sala de baño con jaspe y ónix argelinos, ni el
tocador de azulados cortinajes, hubieran sido mejores si los eligiese el
arte para albergar a la belleza. Al verlos parecía que para aquellos
pavimentos y muebles era indispensable una gran dama en quien fuese aún
mayor la distinción que la hermosura; que pisase con menudos pies, como
ligera sombra, las aterciopeladas alfombras y se recostase en los
divanes casi sin que los flexibles muelles cediesen al suave peso de su
cuerpo.

Y así era en efecto: que ni en la nobleza toda, ni en toda la alta
banca, había dama más digna de disfrutar aquellas grandezas que la
duquesa Margarita, noble hasta las puntas de sus larguísimas pestañas
negras, y elegante hasta el claro fondo de sus ojos azules. Era una
figura airosa, pero de movimientos lánguidos, como de gata friolera, y
actitudes sobriamente voluptuosas, como de estatua griega; el traje más
modesto realzaba mejor su hermosura, y con un vestido completamente
negro, un grueso ramo de amarillentas rosas en el entreabierto escote,
sencillamente recogido el pelo, libres de pendientes las diminutas
orejas, y sin guantes las aristocráticas manos, no había hombre capaz de
contemplarla un segundo sin darse la enhorabuena por haber nacido. Resta
añadir, para mayor encanto de golosos, que Margarita de Oropendia,
duquesa de Algalia, aunque tuviese más, sólo representaba treinta años,
y era relativamente virtuosa.

El duque, algo apabullado por los excesos de la buena vida, un tanto
muerta la mirada por el mucho trasnochar o la afición a los naipes, era
todavía un hombre bien plantado, elegante, de educación británicamente
escrupulosa en lo que a la etiqueta se refiere, y hasta instruido. No
ignoraba, por ejemplo, que Luis XVI fue decapitado, y murió de resultas,
ni que Carlos I de Inglaterra tuvo parecida suerte, hechos que con
frecuencia citaba para probar lo temibles que son las muchedumbres
cuando, según su frase, se desbocan. Lo que mejor caracterizaba al duque
era el ardiente deseo de ver satisfecha una aspiración constante de su
vida, una exigencia de su imaginación que participaba de la seriedad de
la ambición y la ridiculez del capricho: ser senador. La senaduría era a
sus ojos el complemento de su nobleza; sería una ocupación, un pretexto
para darse importancia, una satisfacción de su vanidad. Y si además de
ser senador pudiera serlo de por vida... ¡Senador vitalicio! Soñaba con
sentarse por derecho propio en los escaños rojos de la Alta Cámara, ir
en coche hasta la plaza de los Ministerios, apearse lejos del zaguán
para cruzar entre filas de curiosos, que murmurasen, «ese es el duque de
Algalia;» entrar luego en el salón de conferencias, andar solo por los
rincones como quien medita un plan, estrechar la mano a los ministros,
acoger las peticiones de los pretendientes, diciendo «veremos,» o «haré
lo que pueda;» y salir después de una votación exclamando: «¡Los deberes
políticos!» «Mi conciencia!» «¡El partido!» «¡Las instituciones!...»

Esto basta para apreciar que el duque tenía todavía fijas en el magín
raíces de ideas viejas; pero, a pesar de todo, podía considerársele como
demagogo comparado con su hechicera consorte.

La duquesa era el prototipo de la dama aristocrática, que sólo en las
cuestiones del amor y de la moda transige con el progreso. Religiosa por
superstición, devota por fe heredada, hipócrita por el qué dirán, e
intransigente por decoro, adoraba la misa en que estrenaba un traje, la
Semana Santa en que, tan guapa como el año anterior, pedía para los
pobres, o la novena que autorizaba una cita. Cuando rezaba se complacía
en bajar y subir la expresiva mirada, como jugueteando con los párpados,
gozándose en dar alternativamente luz y sombra a los que la rodeaban. En
sus relaciones con el gran mundo, tenía ese tacto supremo que sabe
mortificar sin ofender, que consiste en admirar a las gentes virtuosas
sin comprometerse a imitarlas ni indisponerse jamás con los que pecan.
Vivía entre el _beau monde_, formaba parte integrante de la _high life_;
el pueblo la atacaba los nervios; huía de la multitud por miedo al mal
olor, y si en otros tiempos la hubiesen llamado _ciudadana_, habríase
muerto del susto. La palabra _Revolución_ no evocaba a sus ojos más
figura que la de María Antonieta prisionera en la Conserjería, y en la
más sencilla agitación política veía carreras, tiros, desaguisados y
atropellos. Para ella, ser de origen humilde no era una falta, pero sí
una mancha, y trabajar le parecía muy honrado, pero loca la pretensión
de querer elevarse encalleciéndose las manos.

El duque transigía, en cierto modo, con el espíritu moderno: había
comprado bienes nacionales, lo cual le hacía relativamente liberal; era
individuo de varios consejos de administración de sociedades de crédito;
viajaba con billetes de libre circulación; defendía las instituciones;
hablaba del turno pacífico, y se llamaba conservador. No admitiría nunca
que un artista pudiese ser su igual; pero él, por benevolencia, protegía
las artes cuando no le salía muy caro. Daba al trabajo mucha
importancia, no hacía nunca nada, admitía las concesiones al talento, y
se explicaba el otorgamiento de un título a quien supiera enriquecerse
en la Bolsa o en los altos negocios del Estado.

La hija de este matrimonio era un progreso vivo sobre sus padres: entre
un rico tonto, apergaminado, achacoso, y un advenedizo de buena estampa,
pero pobre, plebeyo y listo, prefería bailar con el segundo, y en sus
ambiciones de muchacha optaba por vivir acompañada de un hombre a quien
quisiera, antes que por la boda con un heredero escrofuloso de
respetabilísima alcurnia. Tales ideas hicieron, sin duda, que ella no se
enojase cuando empezó a mirarla amorosamente cierto individuo, que por
aquellos días atrajo a sí los elogios del país entero: un joven que en
una reunión política había, con un discurso de extrema izquierda,
conmovido la opinión y entusiasmado a las gentes, hasta tal punto, que,
corriendo su nombre de boca en boca, hizo el duque que se le
presentaran, no por rendir tributo al mérito, sino por tener en sus
salones al hombre puesto en moda. De esta suerte, sin que ninguno de
entrambos lo buscara, llegaron a conocerse y tratarse Félix Aldea y
Josefina de Algalia.

Así estaban las cosas cuando, en pleno invierno, es decir, en la época
de más fiestas, bailes y recepciones, el mayordomo de los duques fue una
mañana, por orden de sus amos, a la estación del camino de hierro a
esperar al nuevo capellán que había de sustituir al anciano sacerdote
muerte pocas semanas antes. Adivinole por los hábitos al bajar de un
wagón, y acercándose a él, previos saludos y frases que puede figurarse
quien desee más detalles, le llevó al palacio en un simón, y presentole
a los señores. Recibido por éstos como exigía la hidalguía en tan
grandes personas, y en él lo respetable de su ministerio, le acompañaron
hasta la habitación que le estaba destinada, le enseñaron la capilla,
encargaron al mayordomo y al administrador que le respetasen y
sirviesen, y sin más conversación quedó instalado Lázaro en casa de los
duques de Algalia.

Al separarse estos del joven sacerdote, preguntó la mujer al
marido:--¿Qué te parece?--

--Muy joven,--contestó el duque;--pero no habíamos de estar más tiempo
sin capellán, y cuando el obispo le recomienda, bueno será.--

¡Capellán! Este era el puesto que había de desempeñar. Nadie le había
dicho todavía que era como un criado más en la cocina o un caballo nuevo
en las cuadras, un simple artículo de lujo. Debía decir la misa los días
que la duquesa no quisiese salir de casa. No se hace especial mención
del duque, porque éste era de los católicos que no practican.

Tan poca y breve ocupación dejaba a Lázaro todo el día libre; de modo
que siendo grande su curiosidad por conocer el nuevo centro en que
vivía, y fáciles los medios de satisfacerla, pronto empezó a observar y
pensar sobre cuanto veía, desentrañándolo y analizándolo todo.

Al cambiar de medio social, al sentirse sacado de su esfera, al verse
solo de repente en el torbellino del mundo, cada mirada produjo en él
una observación y cada observación un juicio que, chocando
frecuentemente con sus propias ideas, las destruía o alteraba. Creyente
sincero y de entendimiento poderoso, fue estudiando, fijándose en todo,
y apoyado como en fuerte palanca en su ideal, comparó y juzgó las cosas
de la vida.

Traía en su alma esa profunda fe que, a semejanza de ciertas piedras
preciosas, va siendo más rara cada día. Sus preocupaciones tenían por lo
ingenuas algo de sagradas, y libre de toda mira interesada, venía a
nueva existencia, trayendo para examinarla, aunque con el espíritu de
otros siglos, la más recta imparcialidad. Tranquilo, puesto el ánimo en
Dios y la esperanza en el deseo de saber, tendió la vista en torno suyo;
pero como ave obligada a volar demasiado alto, sus ojos se deslumbraron,
sintió el vértigo que da la altura, y le faltó aire para sus pulmones
oprimidos.

Como llegan tardía y débilmente al oído los ecos de la tormenta lejana
que va aproximándose por instantes, sintió Lázaro ir llegando a su alma
vagos presentimientos de dudas y temores, misteriosos anuncios de un
porvenir preñado de lágrimas e insomnios.

¿Qué era aquello? ¿Qué sombras comenzaban a turbarle? ¿Qué temores iban
girando en derredor de su imaginación como fieras que se pasean en torno
de su presa? ¿Era que empezaba a aspirar el hedor de los pantanosos
lodazales de la tierra, o acaso que, sintiendo el yugo opresor de la
materia, tenía ya su espíritu la nostalgia de la inmortalidad?

Era que cuanto había aprendido y creía, estaba en contradicción con la
realidad. Llevaba dentro de sí una llama que no podía brillar en aquel
nuevo ambiente. Sus estudios fueron ancha base a tantas cavilaciones; el
espectáculo del mundo, cebo que incesantemente las provocaba.

Cada día le trajo una lección, cada hora el agrio fruto de un anticipado
desengaño.

El tiempo fue pasando por él como la onda sobre el lecho del río,
haciendo la superficie más tranquila, pero agitando el fondo y
profundizando el cauce. Es imposible pintar la invasión lenta y gradual
que hicieron en su alma las cosas y los errores mundanos. Sería más
fácil penetrar en las entrañas de la piedra y sentir la secreta
atracción de la cohesión y la fuerza, o escuchar el latido de la planta
en que la evolución tiende a la vida. Cuando su inteligencia quería
bucear en lo hondo de su pensamiento, le veía poblado de formas extrañas
que le hostigaban con las maldecidas preguntas de la duda. Empezó el
tiempo a educarle en la amarga escuela de la experiencia. Semejantes a
estrellas que se extinguen, fueron nublándose sus esperanzas, y la fe
fue perdiendo lentamente su virginidad, como la nieve del cielo pierde
su blancura puesta en contacto con la tierra.



IV.


Apenas hacía un año que Lázaro estaba en casa de los Algalias, y ya se
había captado todo el afecto que puede inspirar el que sirve a quien le
paga su salario. La duquesa simpatizó con él como simpatiza la debilidad
con la indulgencia. El duque vio, ante todo, en su capellán un hombre
que sabía guardar las distancias, y la niña, querida de sus padres con
ese cariño de los poderosos, quizá algo frío porque no impone
sacrificios, encontró en Lázaro un alma joven, dispuesta a comprender
las impresiones que en los albores de la vida se alzan en el corazón de
la mujer. Los duques veían en el capellán una figura que, sin salirse de
su esfera, contribuía al tinte aristocrático de la casa. La hija, como
más joven menos sujeta a preocupaciones, sólo se daba cuenta de que,
mozo o viejo, noble o plebeyo, había cerca de sí un ser respetable por
su ministerio y digno de estimación por sus prendas. Lo agradable de su
persona, lo más grato aún de su afabilidad y cortesía, atrajeron el
corazón de Josefina hacia el espíritu de Lázaro como el bien atrae al
alma. La inteligencia con que el joven sacerdote iba leyendo cada vez
más claro en las cosas de la vida; el carácter con que indultando el
error insistía en lo juicioso, y su buen corazón, merced a cuyo generoso
impulso sabía hacer dulce la misma severidad, constituían en Lázaro una
personalidad extraña, sencillamente buena, tan digna de estudio en su
candidez como otras por su originalidad o extravagancia.

Josefina, para quien su padre era un socio del Casino que venía a dormir
a casa, y que no hallaba en su madre sino la encargada de satisfacer
frívolos caprichos, ni veía en el aya más que una criada con vestido de
seda, fue poco a poco acercándose a Lázaro, movida simultáneamente de la
necesidad de un amigo para su soledad, de la simpatía que inspiraba el
hombre y el respeto que infundía el clérigo.

Algunas mañanas, cuando el tibio calor primaveral parecía reconcentrarse
en la gran estufa de cristales que, poblada de plantas raras y
hojarascas exóticas, se alzaba en el jardín, Josefina y Lázaro se
encontraban en ella, fijándose la niña en las camelias que podría cortar
para lucirlas a la noche, pensativo el clérigo en sus cavilaciones o
abandonado a sus rezos. Atraídos uno hacia otro, se sentaban en los
escabeles de hierro, olvidándose la mujer del galanteo escuchado la
víspera, y el hombre del libro que le acompañaba. La reseña de un baile
o la noticia de otro, el proyectado enlace de una amiga, un cuento de la
villa, lo que dijo una visita, un pensamiento de caridad, servían de
motivo a las conversaciones. Relegado insensiblemente a segundo término
lo que daba margen al coloquio, el cura y la muchacha conversaban
amigablemente, depurando, casi sin saberlo, lo que de terrenal tenía el
comienzo de su diálogo. Nunca bastardeó aquellos dulces esparcimientos
cosa rayana en lo ridículo; que ni la candidez de la mujer tocaba en la
_sensiblería_, ni la discreción del hombre llegaba a parecer afectación.
Todo era natural hasta tal punto, que si alguna vez traspusieron la
imaginación o el labio los límites de lo conveniente, no entendió la
pureza el desmán ni pudo recogerlo la malicia. Quizá pensando alto
llegaron uno u otro a decir lo que hubiese parecido escabroso a un
tercero; pero la torpeza si de sus bocas salía, brotaba con tal
ingenuidad, que realmente la voluntad era tan irresponsable como la
ignorancia. Josefina vertía sus ideas en el ánimo de Lázaro como la
tierra deja brotar el manantial, confiadamente, sin esfuerzo, y él la
escuchaba más cuidadoso de evitarla los errores que de confirmarla las
verdades.

Andando el tiempo, e intimando el trato, llegaron a sentirse atraídos
por la genial bondad del sacerdote cuantos habitaban la casa; pero
siempre fue Josefina quien, verdaderamente encariñada con el capellán,
parecía gozarse más en frecuentar su compañía. Por su parte Lázaro
empezó a ver en la duquesa, si no una mirada pronta a esquivar la suya,
al menos un oído que su dulce severidad parecía contrariar en algo,
notando que la gran dama, más hipócrita por artificio que por
naturaleza, aunque pensaba con licencia, gustaba de aparentar recato. A
su desmedido afán de brillar en fiestas y saraos, a su gozo en ajar la
vanidad de las amigas, hallaba siempre respetuoso, pero claro correctivo
en la palabra del cura, obrando éste tan discretamente, que sus frases
podían parecer a la duquesa avisos de su propia conciencia. Si el
sacerdote hubiera pecado de autoritario, habríase librado de él
Margarita, sin más que despedirle con cualquier pretexto; mas como era
el ingenio del hombre quien obraba, dejando en la sombra su carácter de
clérigo, poca defensa cabía en ella contra advertencias que era
imposible haber rechazado como ataques. Hasta los criados contenían la
murmuración soez y maliciosa cuando en sus conversaciones se pronunciaba
el nombre de Lázaro, pues no hallando en quien le llevaba sino virtudes
sinceras, tenía la baja lengua que callar, aun estando tan diestra en
maldecir.

Así se deslizaba el tiempo para Lázaro, que, impensadamente tal vez,
desvió sus miradas del espectáculo del mundo para fijarlas en lo que de
cerca le rodeaba. Habíanselo pintado como asiento de todo error, cuando
no es sino el campo de la batalla librada por el bien y el mal; de modo
que al sentir herida la imaginación buscó refugio a sus dolores en la
contemplación de una figura que, cruzando por su pensamiento, semejó la
imagen del consuelo bajando a los infiernos del alma. A cada desengaño,
a cada decepción, Lázaro cerraba los fatigados ojos, prefiriendo la
tristeza de la sombra a los resplandores del mal, y al cerrarlos quedaba
como fotografiada en su pupila la imagen de aquella niña destinada a ser
juntamente el más grato ensueño y la más horrible pesadilla de su vida.
La buscaba sin darse cuenta de ello; la echaba de menos sin sospecharlo;
deseaba verla y hablarla del modo indeterminado y vago con que desea la
dicha el acostumbrado a la amargura. Las mañanas en el jardín, los
paseos en el invernadero, las tardes del lluvioso otoño pasadas tras los
balcones del gabinete mirando estrellarse y correr las gotas de agua por
los empañados vidrios; las horas en que sentado a un extremo de la mesa
veía trasparentarse al fondo de sus pupilas azuladas toda la ternura de
su alma, le hacían gozar de una manera tranquila, sin que su propia
naturaleza varonil le llevara a pensar en otros halagos ni promesas. Se
deleitaba en la contemplación de la mujer como la fría estatua de una
fuente parece recrearse entre las ondas que la ciñen. Placer, peligro,
dicha y dolor, todo lo tenía a su lado; y él, como invadido el espíritu
por sólo un impulso, no sentía más que la admiración de la belleza en
lo que tiene de ideal, sin que nunca llegaran los deseos a hostigarle
con su aliento de fuego. Sentía lo que la pasión tiene de divino, sin
que los vapores impuros de la materia mancillaran aquel placer purísimo;
y cual si sus ojos penetrasen hasta el fondo del alma de la mujer, sin
detenerse a mirar el vaso que encerraba el perfume, gozaba en la
contemplación de un ideal inasequible. Si la ignorancia tenía las alas
cortadas al deseo o la castidad sujetaba a la naturaleza, ni él mismo lo
sabía; que no sintiendo torpeza, no tuvo ocasión de combatirla. Pero en
el silencio de la noche, cuando todos dormían, tras el bullir de las
cenas o el trajín de los bailes, Lázaro con la cabeza entre las manos,
caído a sus pies el libro de rezo y rota la oración en los labios,
sentía el alma movida de esos misteriosos efluvios que nunca engendra la
piedad religiosa, porque solo brotan cuando saboreamos la esperanza de
la propia ventura. Estremecido por el frío volvía en sí. El sueño o el
cansancio le rendían luego, hundiéndole en los abismos de la nada, y su
imaginación descansaba hasta que, al despertar, la esbelta figura de la
niña flotaba de nuevo ante sus ojos, turbando la primer plegaria del
día. En más de una ocasión la Virgen grabada en el devocionario pareció
mover sus líneas y alterar sus rasgos, dando al rostro divino las
facciones de la mujer amada.

Sus alucinaciones, aun tomando forma de impiedades, no llegaron a
mancharse de lujuria; pero su misma voluntad, capaz de dominarlas, iba
dejando de ser lo suficiente poderosa para evitarlas.

Nadie, sin embargo, supo sus sufrimientos. La misma Josefina, ídolo de
aquel culto, no sospechó que bajo la pobre sotana del capellán de sus
padres empezaba a realizarse el misterioso génesis que se cumple cuando
el amor dice cerca de un alma:--«sea hecha la luz.»--

Sencillo, afable, blando con los criados, respetuoso con los señores,
sin salirse de los estrechos límites que su carácter de cura le marcaba,
acabó Lázaro por ser en casa de los duques el más querido de cuantos la
habitaban.

Lo indulgente que con las culpas era, hacía creer a los culpables que
permanecían sus faltas casi ignoradas, y si trataba de corregirlas,
nunca las reprendía ante tercero, sabiendo que nada se remedia empezando
por lastimar el amor propio.

Esta bondad, unida a su carácter religioso, le daba entre las gentes de
los Algalias una consideración a que los mismos duques no podían
sustraerse, viendo hermanados en Lázaro la mansedumbre del sacerdote y
el ingenio superior del hombre. Pero quien más le quería, por ser quien
más íntimamente le trataba, era Josefina, que, sin darse cuenta de ello,
había ido poco a poco, coloquio tras coloquio y confidencia tras
confidencia, abriéndole el seno de su alma sin dar jamás a conocer
aquella inclinación que llegó a sentir, pero que no intentó definir
nunca.



usted


Cuando Félix Aldea fue presentado en casa de los Algalias, el duque le
recibió con la afabilidad que un caballero de su clase se creía obligado
a tener con el hombre puesto en moda por la opinión y la prensa. La
duquesa le agasajó con esas distinciones que guarda la mujer bonita para
quien rinde pleito homenaje a su hermosura, y Josefina, acostumbrada a
la trivial conversación de gomosos insulsos, sintió hacia él profunda
simpatía. Viendo en Félix un muchacho cortés sin afectación, galante
sin lisonja, discreto sin esfuerzo, que sabía hablar de cosas serias sin
hacerse enojoso, ser franco sin parecer hipócrita, y comparándole
involuntariamente con los demás que la cortejaban, resultó de aquel
paralelo que la muchacha llegó a preferirle cuando ya en su alma, sin
que ella lo advirtiera, penetraron las sensaciones que al amor preceden,
al modo que en una habitación cerrada se deslizan las primeras
claridades del día.

Aquella especie de amistad severa y dulce, al mismo tiempo que unía a
Josefina con el cura, la sirvió para una trasformación extraña; pero lo
que Lázaro había provocado en la niña, más que una trasformación era el
desarrollo de cuanto fecundo puede haber en el corazón humano.
Poniéndola en condiciones de distinguir, casi intuitivamente, lo bueno
de lo malo, cumplió la preparación necesaria en ella para apreciar la
diferencia que existía entre hombres como Félix Aldea y caballeretes
como los que hasta entonces había tratado. Con todo lo que de Lázaro
escuchó, de sus instintos, sentimientos, ideas, y juicios, se formó
Josefina una imagen que, sin reflejarse en su fantasía por entero, ni
llegar a personificarse en una figura, prestó a las impresiones la
suficiente cohesión para engendrar la aspiración indeterminada de un
ideal en que se daban juntas y cumplidas las buenas cualidades del cura
y las promesas de futura dicha, ya evocadas en el corazón de la mujer.
Para realizarlas estaba Lázaro incapacitado. Ni por un momento cupo en
Josefina la idea de que coexistieran en él las dos personalidades de
hombre y sacerdote; pero cuanto se desprendía de su trato vino a formar
algo como la fórmula de la ventura soñada, la profecía desinteresada de
bienes que él no podría otorgar, pero que en él estaban visibles a los
sentidos, aunque negados para siempre a la posesión o al goce. Él fue el
primero en guiar a la virgen por los misteriosos senderos que llevan de
la pureza a la ignorancia y de la ignorancia a la curiosidad, haciéndola
salvar con la imaginación el límite marcado a la candidez por la
sospecha, infiltrando, sin saberlo, en el espíritu de la niña esa
inquietud secreta que dan las grandes crisis de la vida. Todo aquello
con que Lázaro la había moralmente seducido, lo superior de su
inteligencia, la atracción sobre ella ejercida, cuanto él discurría y la
daba expresado en frases de sencillez grandiosa, el inconsciente empeño
con que dejó entreabrirse los senos de su alma para que ella viese clara
la poesía del bien y del amor, contribuyeron a que Josefina, llevando a
otro sus miradas, se fingiera un espejismo moral en que objetivó sus
ilusiones, llegando a concebir una entidad en que palpitaron vivas
todas aquellas perfecciones que la sotana del cura hacía estériles.
Lázaro fue el eslabón a cuyo roce salta la chispa de que otro se
aprovecha.

A poco de frecuentar Aldea la casa de los duques, empezó a dibujarse la
índole del afecto que inspiró a cada uno de los tres individuos de la
familia. El duque, en un principio ceremoniosamente obsequioso con la
trivial cortesía del caballero que se complace viendo en su casa al
personaje del día, pensó luego que bien pudiera serle útil en el
porvenir la amistad de aquel hombre nacido apenas a la vida pública, y
objeto ya de tantas conversaciones. Su propio valer y la suerte de su
partido, la fortuna o la casualidad, podían alzarle a una posición en
que su influjo fuese halago para la vanidad, o mina para la codicia. Y
el duque era de los que, llevando previsoramente muy lejos sus ideas,
echan cuentas sobre lo que pueden producirlos amigos. No ignoraba que
todo hombre es útil en algún momento de su vida, y que ese es el
instante que debe aprovecharse. Pensó en la senaduría, y añadió para sus
adentros:--¡Quién sabe!--Desde que tal idea cruzó por su mente, le
empezó a distinguir sobremanera; dejó de llamarle Aldea, y tomó la
costumbre de llamarle Félix.

La duquesa, que al principio no sintió hacia él sino la gratitud innata
de la hermosura para la galantería, fue apreciándole luego como uno de
esos hombres peligrosos con quienes la coquetería de la mujer hace el
papel expuesto de la imprudencia asomada a un abismo. La perspicacia de
la dama, avezada a la lucha de la audacia contra la belleza, adivinó en
él un adversario terrible si llegase a atacarla. Pero nadie notó que
Aldea la cortejase. Sus conversaciones tenían ese carácter de afectada
cordialidad que da barniz de amistad al trato de personas indiferentes;
sus amables futilidades parecían exigencias del círculo que frecuentaba;
sus galanterías imposición trazada por la teatral urbanidad de los
salones. Tal vez a solas se entretuvieron en discreteos peligrosos, pero
nadie llegó a pensar mal; ni la expresión de lo que él decía daba lugar
a sospecha, ni la manera de escucharle ella significaba disimulada
alegría. Tal vez en medio de una fiesta, muellemente sentada la duquesa,
vuelto hacia atrás el rostro, recatándose entre el plumaje de su abanico
y apoyado él en el respaldo del sillón que ella ocupaba, se encontrasen
una sonrisa y una frase, como se encuentran el delito y su precio; pero
el descuido, si lo hubo, de nadie fue notado; quedaron secretos los
latidos que hicieron levantarse el raso a impulso del corazón, y quedó
ignorada la secreta alegría de quien lo hizo palpitar. Quizá si se
acercaron fue impelidos por la embriaguez que se apodera de los nervios
bajo la letal influencia de la viciada atmósfera que forman las mentiras
oídas, los perfumes aspirados y los resplandores que deslumbran; fueron
como la rama que se inclina sobre el río mientras la violencia de la
corriente alza la superficie del agua, sin que pueda notarse si los
tallos la buscan, o es ella la que sube hasta manchar sus hojas.

Nada había en ellos que autorizase al mundo para suponerles unidos por
un lazo más estrecho que el de la superficial amistad engendrada con el
trato del medio social en que vivían. Existían en cambio poderosos
indicios para suponer que, si algún exceso de galantería mostraba Félix
Aldea hacia Margarita de Algalia, no eran enteramente desinteresadas sus
intenciones. Cuando se le veía hablando; embelesado con Josefina, los
ojos recreándose en la contemplación de su belleza, mudo y como absorto
unas veces, animado otras hasta la locuacidad, comprendíase el por qué
de tales dulzuras y complacencias para con la madre de aquel tesoro de
discreción y hermosura. La solicitud con que a la duquesa atendía, se
explicaba por el afán de acercarse a su hija. Tratando de hacerse
agradable a Margarita, parecía solicitar la venia para otros diálogos en
que de antemano era la plática tenida por más dulce y amena, pues
Josefina cada vez se le mostraba más propicia.

Era la vez primera que Josefina escuchaba con gusto las frases galantes
y las palabras cariñosas de un hombre. Cuantos hasta entonces la
cortejaron, no supieron disimular bien el impulso que les animaba; unos
sólo vieron en ella lo que inmoral y descaradamente se llama _un buen
partido_; otros la esperanza de satisfacer con sus amores una vanidad
pueril. Las pretensiones de aquéllos fueron siempre rechazadas con
repugnancia; las de éstos miradas con desprecio. Josefina, incapaz de
querer a nadie interesadamente, no admitía la idea de ser ambicionada
por su oro, y sobrado discreta para confundir pruebas de amor con
requiebros de salón, desoyó igualmente a los que pretendían su mano por
su dinero y a los deseosos de preferencias en que fundar vanidades. Ni
quiso prestarse a ser inerte objeto de un contrato, ni pudo oír con
agrado las frases triviales, mejor o peor dichas, pero siempre falsas,
con que el hombre pretende atraerse sonrisas y provocar miradas que
pueda pregonar como favores. Cuando puesta en contacto con Félix Aldea
apreció su valer y notó su inclinación por ella, se fijó primero, pensó
después, vaciló luego, y finalmente llegó a decirse que aquel hombre
joven y juicioso, hermoso y varonil, obsequioso sin afectación, galante
sin lisonja, era quien mejor merecía, si no su amor, al menos aquella
simpatía que la mujer dispensa como prólogo de más dulces concesiones.
Tal vez creía verle demasiado engolfado en sus aficiones políticas; no
se ocultaba a sus ojos que absorbido por la vida pública, la tranquila
dicha del hogar sería en su existencia lo secundario; pero también
apreciaba claramente la diferencia inmensa entre un hombre que daba el
pensamiento a trabajos de gloria y los figurines movibles que hasta
entonces la rodearon. Cuando, cansado por las luchas del mundo o abatido
por los reveses de la suerte, Félix buscara en el hogar fuerzas y
consuelos, ella, con los brazos abiertos, le brindaría reposo, y con sus
frases de cariño le infundiría esa fe que el temple de las grandes almas
sabe trocar en energía. Cuando la rápida pulsación de la impaciencia
atormentara sus esperanzas, palpitaría también con ellas; la alegría de
los triunfos sería para ambos, y la gloria que se conquistase para él
sólo. Ella se contentaría con un beso el día de las victorias,
endulzaría con una frase las amarguras, y lejos de pensar que el
matrimonio es el _egoísmo de dos_, sus ensueños de ventura se lo hicieron
vislumbrar como la abnegación de uno solo.

Josefina no amaba todavía a Félix. Ni le conocía lo suficiente para
cifrar en él todas sus esperanzas, ni la había tampoco hablado en esos
términos que hacen recíproca la ternura. Sus finezas y palabras amables
no fueron nunca lo suficiente explícitas para provocar respuestas
claras: él no parecía poner empeño en obtenerlas; ella, sin acertar a
desearlas, las temía, pues si las conversaciones con Aldea pudieron
servirla como medida de su valer, no conocía bastante su carácter para
fiarse de él. Su trato le parecía cada vez más ameno, mayor su ingenio;
pero no dejaba de observar que en todas sus conversaciones se quedaba
siempre corto, temeroso de pronunciar palabra en extremo arriesgada,
cuidando de evitar frases que no pudiera recoger. La perspicacia mujeril
la prestó adivinación, y la niña fue advirtiendo que aquel hombre tenía
repartido su corazón entre un amor naciente y otro sentimiento más vivo,
más avasallor y poderoso.

Aldea no perdía ocasión de dar a entender en público su amor por
Josefina: en las recepciones de su casa, en bailes, teatros y saraos se
complacía en mirarla de ese modo que, prodigando expresión a las
pupilas, entera a las gentes de lo que uno calla. No se recataba para
decir a quien quisiera oírselo que con ella sería feliz; a nadie llegó a
permanecer oculta aquella inclinación. La familia de Josefina se enteró
de todo antes que los extraños, y si la madre no procuró evitarlo, el
duque tampoco dio a la cosa gran importancia. Su hija era joven, rica y
hermosa: nada tenía de particular que gustara a los hombres: Félix Aldea
era uno más.

Sólo la interesada reflexionaba sobre su propia situación, y a pesar de
la atracción de que se sentía poseída, procuraba dominarse, ver claro y
leer en el corazón de aquel hombre.

Sin bastante conocimiento del mundo ni experiencia para explorar a Félix
provocando atrevidamente explicaciones francas que pudieran ser
indecorosas; sin coquetería que desconcertándole le hiciera venderse,
Josefina sintió la falta de un alma amiga, leal, inteligente, franca,
que aconsejara su incertidumbre y gobernara su timidez convirtiendo la
misma debilidad en arma poderosa. Aunque obcecada con dificultades y
dudas, a fuerza de pensar en su situación respecto de aquel hombre,
creyó ver determinado y fijo el rasgo que caracterizaba su extraña
situación. Cuando Aldea la tenía en público cerca de sí, hacía marcados,
aunque discretos, esfuerzos porque le vieran enamorado de ella; pero
cuando aparte y juntos podía hablarla sin testigos, callaba, o daba a la
conversación los giros rebuscados de una tranquilidad afectada, huyendo
cobardemente toda explicación. ¿Era esto el miedo natural de quien,
deseando una dicha, vacila en pedirla temiendo escucharla negada o era
un modo de implorar piedad? Con esta duda tropezaba Josefina al fin de
todas sus cavilaciones.



VI.


LLEGÓ el día del santo de la duquesa, y, como de costumbre, se festejó
en familia con una comida, que si tenía sus puntas y ribetes de
pretencioso convite, no carecía de cierto aspecto de intimidad, pues
sólo asistieron a ella los más asiduos amigos de la casa, Félix Aldea
entre ellos, y el joven pero venerable capellán.

Esmeráronse en prepararlo todo los criados, inspeccionándolo
cuidadosamente el mayordomo, y a la hora fijada estaba puesta la mesa
de tal suerte, que juntamente daba muestra de la calidad de los dueños y
del esmero de la servidumbre.

Un manojo de flores, presas en rico vaso de Bohemia, ocupaba el centro:
la cubrían blanquísimos lienzos de letras y escudos primorosamente
bordados; relucía sobre ellos la limpia plata; puestas en trasparentes
platos acusaban las frutas con sus aromas su completa sazón; a las copas
de diversas formas y tamaños esperaban los más preciados vinos, y la
tranquila luz de las lámparas iluminaba aquella lujosa sencillez,
mientras sólo el continuo tic-tac del reloj rompía el silencio del
comedor, como llamando a convidados y dueños. Oíanse por las
habitaciones inmediatas, a un lado el murmullo de la conversación
pausada de los que esperaban, a otro el ruido que producían con sus
últimos preparativos los criados. Poco después fueron tomando asiento
los escogidos que habían de disfrutar con los duques el grato e íntimo
solaz que ofrecía aquella fiesta de familia.

Las personas convidadas eran pocas, pero dignas de ser citadas. Además
de Aldea, puesto no se sabe por qué previsora disposición a la izquierda
de Margarita, estaban cuatro señoras y dos caballeros. La condesa de
Busdonguillo, dama elegantísima al presente, en otros tiempos señorita
cursi de las que pasan las primaveras en el Retiro, los veranos en el
Prado y los inviernos en torno de una camilla con lámpara de petróleo
haciendo flores de trapo o redondeles de _crochet_, mientras alguno de
los presentes cuenta lo que en la corte se dice cuidando de disfrazar la
crónica escandalosa de modo que no dejen de enterarse las niñas de la
casa. Conoció al conde cuando éste acababa de perder a sus padres; se
dejó abrazar varias veces en la penumbra de un pasillo, negándole
siempre otros favores; y un día, entre los enojos de una sesión de celos
y las alegrías de una reconciliación, hizo que su madre dijese al
muchacho: «Pronto nos darán Vds. un buen día.» Poco después de la boda
el conde tiró por un lado, la mujer por otro, y hoy viven en la mejor
armonía, ella disponiendo _sus martes_, y él amueblando casa distinta
cada año a una traviata de moda.

Frente a esta, para mortificarla con el espectáculo de su lujo,
colocaron a la señora de Alzaola, hija de una nobilísima familia que se
vio obligada a casarla con un pollo imberbe, gracias a no se sabe qué
cuentos y calumnias, según los cuales la niña tuvo que ausentarse un año
de la corte para pasarlo en compañía de una tía pobre que vivía en un
cortijo de Andalucía. Cuando, trascurridos dos años, el matrimonio
volvió a Madrid, trajo en su compañía un precioso niño, que murió poco
después de garrotillo mientras su madre estaba en un baile. En la
actualidad la señora de Alzaola es individua de varias juntas de
beneficencia, hace con frecuencia donativos de consideración que
anuncían los periódicos, y suele mandar que paguen a su lavandera con
bonos de los que el Ayuntamiento distribuye a los pobres.

Otra de las invitadas era Pura Menguado, una casi niña, de diez y nueve
años, sobrina de la condesa de Busdonguillo. Tenía el pelo de un negro
azulado por lo intenso, el rostro de una palidez clorótica, los pómulos
salientes, algo caídos los labios, y los ojos de un mirar despreciativo
y lánguido como de heroína de novela que no ha encontrado todavía su
ideal en la tierra. Se levantaba a las tres, almorzaba, iba en coche a
paseo, se vestía a las ocho para comer, volvía a vestirse a las nueve
para ir a la ópera, engalanábase de nuevo para dar una vuelta por algún
salón de buen tono, regresaba a su casa a las cuatro, se empapaba en la
lectura de novelas francesas hasta las ocho, y dormía hasta la hora de
levantarse para repetir las mismas operaciones. Pura, que era renombrada
por su estranjerismo en el vestir, aquel día llevaba un vestido de raso
negro de mangas cortas muy ceñido y muy largo con volantes de ancho
encaje azul, un collar de perlitas, medias de seda negra, zapatos de
raso claro con la punta algo encorvada, y el pelo, recogido a la
_vierge_, salpicado entre los rizos de alfileritos con cabeza de
brillante.

La cuarta señora era la generala viuda de Pillote. Tendría cincuenta
años, pero a media luz representaba treinta y cinco; estaba hacía tiempo
en relaciones con otro general a quien el difunto legó sus placas en
prueba de buena amistad; se dedicaba mucho a las cosas de iglesia,
bacía novenas, y creyendo que esto no podía ya ponerla en ridículo,
vestía imágenes. Después del general, sus pasiones eran las amigas a
quienes siempre aconsejaba lo mejor y las conversaciones en que se
hablaba del decoro.

Los hombres merecen párrafo aparte.

Don Juan del Cupón era un señor muy rico, asociado con un marqués que no
lo era menos, para prestar dinero a menores con escrituras de depósito
como garantía. Cuando los muchachos que recibían el préstamo no se
pegaban un tiro y sus padres se veían amenazados por la deshonra, el
señor de Cupón transigía el asunto, viniendo siempre a quedaren sus
garras el sesenta por ciento al año. Fue diputado de una mayoría
conservadora, y contribuyó poderosamente a varias peregrinaciones
católicas.

Arturito Galeolo era un chico que frecuentaba las mejores casas y las
peores mujeres de la corte: tenía dos hermanas jamonas muy guapas,
extravagantes en el vestir, de conducta dudosa y a quienes acompañaba a
todas partes. Puede decirse que no tenía personalidad propia: todo el
mundo le llamaba del mismo modo: «el hermano de _la pareja_;» nombre con
que Madrid entero designaba aquellas elegantes y ex-jóvenes señoritas.

El último convidado de los duques era un antiguo periodista amadamado y
maldiciente; ducho en dos especialidades, merced a las que vivía
haciéndose lado por doquiera. Poseía un repertorio completísimo de
narraciones de disgustos domésticos entre lo más acomodado de la
sociedad, que se complacía en contar oportunamente, y escribía revistas
de bailes, detallando los trajes y prendidos de las damas. Llevaba las
patillas teñidas de rubio y afeitado el bigote, que empezaba
descaradamente a blanquear. Decían las gentes que algunas encopetadas
señoras le habían pagado con dulzuras infinitas, más que los elogios
para ellas, las censuras para otras. Tenía, además, otra particularidad:
recibía toda su correspondencia en la redacción; no se pudo averiguar
dónde vivía; se llegó a sospechar que tenía en una buhardilla una mala
cama, un gran lavabo con muchos frascos, tintes, pomadas o cosméticos, y
una percha cargada de ropa; pero nadie logró poner en claro la verdad.

Sentáronse los duques con sus comensales, ateniéndose más a la confianza
que a la etiqueta, y se comió luego como se comía en aquella casa cuya
mesa era uno de los mejores altares que pudo desear la gula. Mucho
permitía su riqueza a los de Algalia; pero más valía su exquisito modo
de elegir: eran de los pocos que saben comer, cosa harto difícil de
aprender, porque sólo a gente rica está reservada su enseñanza.

La conversación, general o limitada a pequeños grupos, versaba sobre
todo aquello que sin ofensa podía decirse ante una niña como Josefina y
un clérigo como Lázaro; pues si ella contenía la libre lengua cortesana
con su aspecto de pureza, bien se echaba de ver que el cura era un cura
digno de sentarse donde cualquier grande o virtuoso se sentara.

Pasando de unas cosas a otras, se llegó en la conversación a lo que era
objeto de diversos comentarios por aquellos días: el estreno de un drama
de esa escuela que, inspirada en la realidad, lleva a la escena nuestra
propia vida y nuestras miserias; haciendo al teatro espejo donde las
imágenes que se mueven en la acción fingida, sean, según su virtud o su
torpeza, ejemplo de unos y escarmiento de otros. Servía de base al drama
el manoseado problema de la falsa posición creada por la sociedad al
hijo natural, y el autor atacaba duramente ciertas hipocresías, que
podrían ser ridículas sino tuvieran marcado carácter de intransigencias
odiosas.

La generala Pillote se mostró desde luego partidaria del perdón. La de
Alzaola sostuvo que la mujer que faltaba era porque quería faltar, idea
que hizo sonreír a algunos de los presentes. Purita Menguado se
deleitaba oyendo todo aquello que tenía todavía en cierto modo para ella
el encanto de lo desconocido; y digo en cierto modo, porque era una de
esas niñas vírgenes que nada ignoran teóricamente, esforzándose en
discurrir cuál será en la práctica la aplicación de sus conocimientos
poco castos. La de Busdonguillo callaba y comía, no porque se acordara
de que nadie puede tirar la primera piedra, sino considerando
oportunamente que hay casas con tejado de vidrio.

Menos Josefina, que no podía explicarse todo el alcance de la
conversación, todos tomaron parte en ella: mostrando su opinión unos
acaloradamente, con tibieza otros, como quien ignora la de los dueños de
la casa y no quiere desagradar; este hablando en nombre de la moral
ultrajada, y aquél tratando de darse por ingenioso, mientras alguno
comía en silencio, riéndose para sus adentros en general de la virtud, y
en particular de los virtuosos. Guardaba silencio la duquesa, que, como
mujer _de mucho mundo_, sabía los peligros que rodean a su sexo, y
callaba también el cura, pensando que era excusado hablar cuando todos
debían suponer que sólo en nombre de la misericordia podría hacerlo. La
conversación quedó limitada al duque y Félix Aldea: el primero, apurando
cuantos lugares comunes y frases hechas acoge la intransigencia
disfrazada de moralidad, repetía los argumentos ideados por todos los
que, afectando desconocer el origen de muchas faltas, son exigentes
para que se les tenga por justos. Aldea, con animada frase, decía que la
madre es disculpable muchas veces, y los hijos inocentes siempre. Con
sencillas razones, sin artificio ni esfuerzo, demostraba que la
severidad en las costumbres no debe ser rayana en la crueldad, y que,
como más consolador, debía preferirse el perdón al desdén con que suelen
mirarse en el mundo faltas que tienen mucho de desgracias. Defendíase y
alzaba el duque la voz como aquel a quien van faltando armas;
respondíale Félix tranquilo, al parecer, pero en el fondo con interés
vehemente, hasta que el duque, formulando torpe y rudamente su modo de
pensar, exclamó:

--Quizá tenga usted razón. Convengo en que el perdón es muy cristiano y
muy humanitario el olvido; pero yo no daría nunca una hija mía a un
hombre nacido en tales condiciones.

Si alguien hubiera tenido entonces fija la vista en el rostro de Félix,
le hubiera visto demudarse; pero nadie notó que aquel hombre frunciera
un instante el entrecejo, mordiéndose los labios, como para no decir lo
que desde el fondo de la conciencia les mandaba la dignidad ultrajada.
Solamente la duquesa, que oyó la frase de su marido, se conmovió; pero
supo callar, comprendiendo que había escuchado una torpeza irremediable.

Aldea se contentó con dar por terminada la discusión, y acabó de tomar
tranquilamente su café, limitándose a decir:

--Estoy seguro, señor duque, de que nuestro querido don Lázaro sería
menos cruel que usted

--El capellán no es aquí buen juez,--replicó Algalia,--ni puede entender
de esto, porque no puede tener hijos.

Lázaro calló. Levantáronse todos de la mesa, y no se habló más; pero un
momento después, Aldea, visiblemente conmovido, llevó al duque hasta el
hueco de un balcón, y allí, sin ser oído de nadie, al mismo tiempo que
sacaba un pliego del bolsillo, le dijo:

--Hace tiempo que deseaba probar a usted mi buena amistad. Aprovechándome
de la influencia de mis amigos, he conseguido para usted esta distinción:
al pisar por última vez su casa, he venido con el propósito de aumentar
en algo las alegrías de este día; y usted, en cambio, acaba de ofenderme
desapiadadamente: soy hijo natural.

Y separándose con rapidez de Algalia, que maquinalmente había recogido
el pliego, estrechó la mano a la duquesa, que intentó en vano detenerle,
saludó al cura, hizo a los restantes una inclinación de cabeza, mirando
profundamente a Josefina, extrañada de tan repentina despedida; salió
del comedor, cruzó las salas, y un momento después el portero,
descubriéndose respetuosamente, le abría la lujosa verja del parque.

El duque, atónito, no sabía lo que le pasaba: abrió el pliego, y no
pudo, al leerlo, contener un estremecimiento de gozo: era la realización
de su sueño de oro. Su nombramiento de senador vitalicio: al pié del
documento se leía la siguiente firma:

_Yo el rey_.

--Mira, Margarita,--dijo en voz baja, tendiendo el pliego a la duquesa y
su hija;--ven, hija mía. Aldea me ha dado este papel, y se ha marchado,
diciéndome que le había ofendido.

Y mientras los circunstantes se miraban unos a otros, el duque, poseído
de una sorpresa inconcebible, sin darse exacta cuenta de lo sucedido,
atento sólo a su propio regocijo, leía y releía el nombramiento por cima
de las hermosísimas cabezas de su esposa y su hija. La duquesa,
apartando cariñosamente a la niña y recatándose de ser oída, asió a su
marido fuertemente del brazo, diciéndole:

--¿Qué has hecho? Aldea es hijo natural.

--Pero este nombramiento,--repuso Algalia, a quien por el momento sólo
podía preocupar su senaduría,--¿qué quiere decir, a qué viene darme tan
gran prueba de afecto?

--Félix está enamorado de Josefina,--contestó Margarita.

De allí a poco los convidados fueron desfilando repletos de buenos
manjares y llenos de curiosidades: ellos saboreando el aromoso veguero,
y ellas hablando de los trajes de la duquesa y su hija. Si alguno
callaba, era porque lo mal que digería no le dejaba murmurar de lo bien
que había comido.



VII.


Tal fue la sorpresa del duque a consecuencia de lo ocurrido, que sólo
después de algunas horas, y tras larga conversación con su mujer, llegó
a convencerse de dos cosas: era senador vitalicio por nombramiento real,
y, sin saberlo, había ofendido gravemente al hombre que le encumbraba.

Ambos esposos se preocuparon seriamente. El marido experimentaba
impresiones contrarias; sentía el regocijo íntimo del orgullo
satisfecho, y al mismo tiempo, no acabando de comprender cómo Aldea le
había podido elevar hasta ser _pater patrie_, sentía vagamente el
disgusto de tener que agradecer a tal hombre, a un cualquiera, tamaña
honra. En cuanto a lo del agravio inferido, no podía Algalia explicarse
satisfactoriamente por qué se había ofendido Félix por una frase dicha
con cierto carácter de generalidad.

La mujer se mostraba pesarosa en extremo; parecía dolerse también de
tener que manifestarse agradecida a quien consideraba inferior a su
casa; calculaba la ofensa hecha a Félix, y, sobre todo, no perdía
ocasión de repetir a su marido que Aldea estaba enamorado de Josefina. A
pesar de todo, el disgusto tomó en Margarita un aspecto distinto del que
pudieran prestarle tales consideraciones. Ni el orgullo, que creía
rebajado por la persona que hacía el favor, ni la contrariedad de ver
ofendida a esa misma persona, eran motivos bastantes a justificar su
mal humor. Limitose, con respecto a sumando, a llamarle torpe y
hablador, indicando ligeramente la idea de un desagravio, tanto menos
doloroso, cuanto que Aldea no había recogido públicamente la ofensa;
pero luego, a solas, con el ceño adusto y la mirada triste, abría a su
mortificación libre salida, dando desahogo a su pena; arrojaba con
desprecio sus alhajas en el sortijero: al no hallar lo que buscaba,
cerraba con fuerza los cajoncitos de sus mueblecillos maqueados; recogía
como con ira el abanico escurrido hasta la alfombra desde su falda de
seda, y, al verlo en sus manos, metía distraídamente los dedos entre las
varillas, o desgarraba el país con las sonrosadas uñas. Había momentos
en que se humedecían sus párpados; pero el más leve rumor daba fuerzas
al miedo de ser sorprendida, y ahogaba la inoportuna lágrima, trocando
en dulce sonrisa el salado llanto. Sumida en profundo y silencioso
abatimiento, la mirada inquieta reflejaba el fondo intranquilo de su
espíritu; pero no brotaba una queja de sus labios, ni hubiera sido
posible averiguar, aun espiándola de cerca, la causa verdadera de su
pesar. ¿Era quizá el disgusto de ver alejado de la casa al hombre que
estaba enamorado de su hija? No, seguramente, pues harto podía
comprender Margarita de Algalia que nunca faltarían a Josefina ocasiones
de ventajosa y feliz boda. Ni su corazón de madre, ni su orgullo de dama
podían tolerar suposición semejante.

Sólo por las conversaciones de sus padres, y al cabo de varios días,
supo Josefina el alejamiento de Aldea. La impresión que recibió fue
penosa: dando al olvido las inquietudes inspiradas por la conducta que
Félix observaba respecto a ella, pensó en que ya no vería cerca de sí al
primer hombre en quien creyó hallar algo como una promesa de felicidad.
Cuando llegó a enterarse de la ofensa que mediaba, conociendo el
carácter de su padre, sintió esperanza de que pudieran las cosas
arreglarse; y, apenas concebida la sospecha, resolvió hablar a su madre.

Había en el palacio de los duques una ancha y lujosa galería, a la cual
se abría la puerta de un salón tapizado de rojo, que era el menos
frecuentado de la casa, y donde el duque guardaba en enormes armarios
los libros que no cabían en las bibliotecas de su despacho o consideraba
indignos de vistosa encuadernación y lugar visible, lo cual originaba
que en cambio se viesen en descarado sitio novelas de mala muerte con
cantos dorados y corona ducal en el lomo.

A este salón venía muchas veces Lázaro en busca de algo para leer, o por
entretenerse ordenando lo que allí estaba confundido. Abría un balcón
que daba al jardín, y, respirando el grato aroma de los tilos cercanos,
dejaba pasar el tiempo o se abismaba en sus eternas dudas.

Era cerca del anochecer cuando Josefina, decidida a pedir a su madre que
la ayudase a facilitar la reconciliación con Aldea, cruzaba la galería,
en cuyos vidrios venían a dar los últimos resplandores del día. Al ver
entornada la puerta, miró hacia dentro. El salón estaba casi oscuro;
todo era sombra. Lázaro, para aprovechar la claridad que iba faltando
por momentos, leía apoyado de espaldas en los hierros del balcón, y su
figura se destacaba por negra sobre la amarillenta luz del crepúsculo.
El vientecillo de la tarde mecía ligeramente las ramas del jardín, y al
chocar las hojas unas contra otras, producían un murmullo cadencioso y
apacible, interrumpido sólo por las agudas notas de alguna golondrina
que tenía su nido entre las vigas del tejado.

Al sentir ruido, Lázaro alzó la vista, y viendo a Josefina, adelantó
algunos pasos, mientras ella permanecía callada y quieta, recostada en
el quicio de la puerta.

Lo que allí pasó fue triste, silencioso, casi horrible. El confidente se
trocó en capellán, el amigo dejó su puesto al ministro del cielo. Ella
miró a Lázaro como quien, sin confesar su pena, implora alivio a su
dolor, y él, juntas y caídas las manos que sujetaban el libro, se abismó
en la contemplación de aquella mujer que mendigaba un apoyo o un consejo
del único ser que no podía dárselo, y a quien era crueldad exigírselo.
Los ojos de la niña suplicaban sin comprender el riesgo a que podía
exponerle la súplica, y los de Lázaro querían entender el ruego; pero el
cura veía alzarse ante sí su propia imagen, como se interpone lo
imposible entre el hombre y la felicidad. El sacerdote podía aconsejar;
el hombre no sabía formular la frase, y en tanto la mujer aguardaba en
vano, mirándole cada instante con más cariño, hermosa, inmóvil, sin
explicarse en su mejor amigo la obstinación de aquel silencio. Dejó
entonces caer la cabeza sobre el pecho, miró al cura reconviniéndole
dulcemente, y le dijo:

--«Voy a hablar con mamá.»

Calló él, salió ella lentamente del salón, desapareciendo entre las
sombras de la galería; y Lázaro, volviendo al balcón, abrió de nuevo el
libro, y, sin fuerza para contener el llanto, a través de sus propias
lágrimas leyó estas palabras del Divino Maestro:.... _Y ¡ay de vosotros,
Doctores de la Ley, que cargáis los hombres de cargas que no pueden
llevar, y vosotros ni aun con uno de vuestros dedos tocáis las
cargas!_[2]

Al mismo tiempo, en el opuesto extremo de la casa, el duque, solo en su
despacho, cómodamente sentado en un sillón, buscaba en un periódico la
última sesión del Senado; y al llegar al fin, en la reseña de una
votación nominal, los antojos de la impaciencia le hacían, buscar antes
de tiempo su título, para verlo en letras de molde, ignorando a punto
fijo dónde encontrarlo, si junto a los señores que dijeron _sí_, o entre
los que dijeron no.



VIII.


Lázaro no durmió aquella noche. La conmoción recibida era demasiado
fuerte. Por vez primera se daba cuenta del género de afecto que le
inspiraba Josefina, y vivo todavía el dolor de verla desear la vuelta de
Félix a la casa, sintiendo la pena de recordarla implorando su ayuda,
comprendía la grandeza de su mal y lo imposible del remedio. Pero no se
sorprendió al confesarse el secreto de aquella inclinación; sus
impresiones anteriores le habían llevado de la mano hasta aquel punto,
y las que le pasaron antes casi inadvertidas, le aparecían explicadas
ahora. Sus recuerdos le iban diciendo que los materiales del fuego, al
parecer prendido entonces, ardían desde mucho tiempo atrás, y su memoria
le revelaba cosas que, regocijándole como hombre, le espantaban como
sacerdote. Las reminiscencias le venían, no evocadas por el deseo, sino
involuntariamente. Recordaba que un día, estando sentada ella (¡ya
subrayaba el pronombre!) en el invernadero con su bordado entre las
manos y los ojos fijos en la labor, él, antes de llegarse a hablarla, la
contempló a hurtadillas largo rato, deleitándose como un devoto en la
imagen que tiene reputación de milagrosa. Otra vez, al querer alcanzar
al mismo tiempo un ovillo de estambre que había rodado por la arena del
jardín, el pelo de ella, rozándole la cara, le había estremecido, cual
si su alma vibrara dentro de su cuerpo. Con frecuencia, sin dar al
olvido sus encantos morales, se había parado a grabar en el fondo de su
imaginación aquellas líneas que dibujaban un cuerpo formado de bellezas.
Lázaro conocía hasta dónde llegaban el sutil ingenio de la niña y su
candidez exenta de mojigatería; no se le ocultaba ninguna excelencia de
condición y carácter; pero aquella noche se dijo que desde meses atrás
hubiera podido dar detalles sobre la esbeltez del cuerpo, la pequeñez
del pié, la roja frescura de la boca, o el delicioso mirar de las
pupilas de Josefina. El capellán descubrió primero en ella una ser
humano que parecía un ángel, y el hombre acabó por enamorarse de una
mujer angelical, pero mujer al fin. Esto había sucedido natural,
sencillamente, sin provocación de una parte o cálculo de otra, sobre
todo sin intención en Lázaro, que se encontraba preso en una red, no
porque se la preparasen, ni porque él, hallándola tendida, entrase en
ella, sino porque los lazos estaban preparados en torno suyo por la
fuerza y la naturaleza de las cosas. Tan inocente era Josefina, como
irresponsable era él. Su único delito era llegar a comprender la
monstruosidad de su desgracia, sin que antes lo que en él existía de
sagrado le hubiese dado la voz de alarma. El hombre de la tierra y el
del cielo caminaban juntos, y cuando el primero empezó insensiblemente a
desviarse de la buena senda, el hombre de Dios no le avisó del peligro
ni le previno del mal, y Lázaro, obligado a llamar a las cosas por su
nombre, vio el peligro en Josefina y el mal en el amor.--! La dulzura y
la bondad un peligro; el amor un mal! ¿Por qué?

Antes de que el pobre clérigo llegase a persuadirse de la certeza de su
amor, empleaba en la lectura y el estudio la mayor parte de los días y
muchas horas de la noche. Las ideas que de sus observaciones brotaban
chocaron claramente con los preceptos que se le imponían; su buena fe le
impulsaba a buscar, cada vez con más ahínco, una opinión, un juicio, que
diera solución a sus dudas, algo fuerte en que apoyarse para vivir y
creer al mismo tiempo; pero ningún filósofo, ni ningún escrito sagrado
le podían dar lo que su propia conciencia se obstinaba en negarle.
Lázaro llegó a ser uno de los seres más desdichados de la tierra: el
cura que adquiere la costumbre de pensar.

Lenta, muy lentamente, pero de un modo seguro y cierto, fue
convenciéndose de que le habían educado dándole por verdades infalibles
afirmaciones que no podía comprender; y, sin embargo, no cedía. La
santidad de la misión impuesta le servía de refugio, o buscaba en las
prácticas religiosas una ocupación piadosa, durante la cual se
imaginaba sentir vagamente que su espíritu se elevaba en arrobos
místicos hasta los prometidos cielos, como espiral de incienso que sube
a perderse en el espacio.

Otras veces las limosnas que hacía la duquesa ocupaban su imaginación,
hasta el punto de amortiguar todos sus pensamientos. Margarita quiso
solemnizar la senaduría concedida a su esposo dando a los pobres una
gruesa suma, y Lázaro fue el encargado de distribuirla. Cumplió el
mandato escrupulosamente, consagrándose a él de modo que durante algunos
días vivió embargado por su hermosa tarea; no salió de sus manos una
sola moneda sin que supiera que realmente la necesitaba quien la
recibía; se gozó en remediar las pesadumbres, y lo hizo con tal dulzura,
desplegando tanta bondad, prodigando con tan divino arte los consuelos,
que duplicó el socorro, añadiendo al oro de la duquesa esa otra limosna
que sólo se da con el espíritu; quien la recibía de sus manos, quedaba
obligado sin humillación y agradecido sin bajeza. El oro, al pasar por
ellas, parecía purificarse sin dejarlas manchadas.

Cumplida su misión de caridad, Lázaro se encerró de nuevo en sus
soledades, y entonces las dudas, muertas al parecer aquellos días,
tornaron a mostrarle las insaciables fauces, semejantes a esos reptiles
asquerosos que después de aplastados vuelven a revivir y arrastrarse.

Habitaba el capellán en casa de los Algalias un cuarto, casi una celda,
de humilde aspecto, que los señores quisieron inútilmente amueblarle con
mayor regalo. Frente a un balcón, abierto sobre las arboledas del
jardín, tenía una cama de hierro pintada de verde, y a su cabecera un
Crucifijo de torpe talla, de lacia y triste figura; un reclinatorio al
pié del lecho; dos estantes de caoba deslucida llenos de libros, y una
mesa también cargada de ellos hasta el punto de parecer rebosar,
desparramándose por las sillas inmediatas; un modestísimo aguamanil de
loza con su jofaina de lo mismo; un armario de pino barnizado, donde se
guardaba la sotana de los domingos; una exquisita limpieza en todo, y
una apariencia de profunda calma: tal era el cuarto, cuyas vidrieras se
abrían antes que ninguna otra de las de la casa, y las que hasta más
tarde estaban iluminadas por la lámpara que ayudaba el tenaz trabajo de
sus largas veladas.

Aparte la impresión de apacible melancolía que aquella estancia causaba,
lo más chocante de ella era la multitud de libros esparcidos por todos
lados. Parecía que el dueño de aquel cuarto trataba de resolver un
problema, y que en alguna de sus infinitas páginas esperaba encontrar la
solución. No había fase ni aspecto del espíritu humano que no estuviese
representado allí. Lázaro buscaba la verdad en todas partes; en los
grandes escritores paganos, como en los Padres de la Iglesia; en los
heresiarcas más ilustres y los ortodoxos más severos; en los
mantenedores del sentimiento religioso y en los descreídos pensadores
modernos. Se enorgullecía con las certezas de la ciencia, y sonreía ante
las promesas de las religiones; examinaba los piadosos engaños y las
verdades demostradas. Todo quería abarcarlo, cielo y tierra, presente y
pasado, buscando con perseverante tenacidad las causas de las cosas, o
el origen de las ideas, lo mismo en los tomos amarillentos y
apergaminados de los siglos muertos, que en los volúmenes modernos,
húmedos todavía, con su olor a tinta de imprenta y sus cubiertas de
colores.

Solo, inteligente, ávido de saber y con tiempo libre, Lázaro estudió y
observó cada vez con más ansia. Todas las perspectivas en que puede
dilatar su mirada el entendimiento humano fueron presentándole
dificultades e incertidumbres, y en confuso desorden invadieron su
espíritu impresiones contrarias, dándose al mismo tiempo a su razón
ideas justas y apreciaciones erróneas. De cada sistema recogió una
palabra distinta, y de ninguno la verdad: unos le atormentaban con sus
fraseologías de tecnicismos ingeniosos que dan nombre de cosas reales a
creaciones del espíritu, afirmando lo que no demuestran; otros le decían
que el hombre es fuerza y materia nada más, un reloj con cuerda para
cierto número de años, que suele por su genio adelantarse al tiempo en
que vive, que se retrasa por la ignorancia, que puede arreglarse cuando
se descompone, pero que al fin se rompe; unos todo lo fundan en ideas,
otros todo lo basan en hechos. Y cuando tales pensamientos le absorbían,
parecía que una vocecilla burlona, desde un rincón de su cerebro, se le
acercaba al oído, aconsejándole que arrojase los libros y se dejara de
filosofías y estériles monólogos, que no habían de darle un grano de
trigo ni una gota de agua. Él, sin embargo, seguía en sus estudios, y
como el buzo baja con su escafandra a las profundidades del Océano,
penetraba en los mares sociales, con la buena fe por apoyo y la
sinceridad por guía.

Entonces cada paso fue un desengaño: vio que la vida es lucha de
egoísmos contrarios, donde el oro sirve de absolución para la infamia y
salvo-conducto para la nulidad; el mundo una batalla en que se cuentan
las preseas, no según lo que se trabaja, sino con arreglo a lo que se
posee. Adquirir es el talismán que todo lo resuelve; no tener, el delito
que a nadie se perdona; no haber tenido, una mancha que jamás se borra.
En las puertas del mundo la impudencia ha escrito este letrero: «Posee,
y lo demás te será dado con hartura.»

Algunas veces Lázaro creía ir convenciéndose de que la tierra era el
asiento del mal, como le habían dicho sus maestros: todo, al parecer, le
incitaba para inclinarse a esta opinión. Mezclado con su amor a la
humanidad, empezaba a sentir desprecio hacia el hombre, ser extraño,
ridículo y sublime al mismo tiempo, que con frecuencia es malo, pero que
algunas veces es peor. Veía que, como la fruta pasa pronto de la madurez
a la corrupción, el hombre pasa rápidamente de la experiencia al
egoísmo, y se fue persuadiendo de que la experiencia es inútil, porque
siempre llega tarde. Si pensaba en sí propio, sentía humildad; si
estudiaba al prójimo, le poseía el orgullo. Todo eran dudas continuas,
enlazadas cual esas olas mutuamente engendradas, y en que ninguna es la
postrera.

Al analizar el presente, todo le parecía negro; mas al estudiar la vida
de otras épocas, miraba bajo distintas formas reproducidas las mismas
dificultades, pero siempre disminuidas, hechas cada vez más soportables,
y supo que ese trabajo de los siglos, aspiración y tarea de la
humanidad, es el progreso. Vio que el mundo mejoraba con el tiempo, que
el mal disminuía, y que sus antiguos maestros le habían pintado como
perdurablemente malo lo que es eternamente perfectible. Aunque los
estudios y las cavilaciones le amargaran, en el fondo de su alma quedaba
siempre, como en la caja de Pandora, un bálsamo dulcísimo, la esperanza;
y entonces la vocecilla burlona, cual si tuviera empeño en trocar sus
ideales por ídolos, le decía:--«La esperanza es el manjar más sabroso de
la tierra, pero es también el menos nutritivo.»--

Fruto de tantos desvelos, Lázaro llegó a saber mucho, pero todo podía
reducirse a dos puntos: uno relativo al mundo, otro concerniente a sí
mismo. Supo que el mal y el bien no radican uno en la tierra y otro en
el cielo, sino que ambos están aquí abajo, dentro de nosotros mismos, en
gérmenes dispuestos a brotar y florecer o podrirse, según los instintos,
la educación, el tiempo o la voluntad del hombre. Y supo, en cuanto así,
que en la tierra hay algo muy parecido a la felicidad: el amor. Un libro
que nadie puede leer dos veces en la vida, pero que realmente existe y a
él le estaba negado. Su alma debía ser un muerto que tuviese por sudario
una sotana.

Las doctrinas de los que le educaron lo ordenaban así. Por cima del
decálogo casi divino que debía practicar, los hombres habían escrito
este mandato:--«No te amarán.»--

--¡No te amarán!!, se repetía Lázaro continuamente, y cada vez le
parecía más injusto. Su inocencia protestaba con la impetuosidad de la
ira o con la amarga laxitud del desaliento, pero siempre tenía que
confesarse vencida. Su conciencia era un siervo puesto en la alternativa
de alzarse en armas o aceptar humilde y bajamente la esclavitud; no
había más que dos caminos; abjurar, o resignarse. Lo que no existía, lo
que nadie le podía ofrecer, era una solución que tuviese algo de
consuelo.

Cuando la tempestad sorprende al pájaro que se aleja del nido, el ave
lucha con la tormenta, aleteando por recobrarlo; cuando el niño que
rompe a andar cae y se lastima, busca afanoso el regazo de su madre;
cuando el hombre abandona la mujer que le quiere, y sufre desengaños,
torna a ella, y en sus brazos se arroja: Lázaro no tenía nido, ni
regazo, ni brazos a que acogerse; llevaba, como una doble maldición, la
duda en la frente y el amor en el alma. Su meditación de religioso se
quebrantaba con sus cavilaciones de hombre, y si la enérgica voluntad o
el temor al peligro traían la oración a sus labios, entre los severos
pensamientos del sagrado rezo se deslizaba un nombre de mujer,
penetrando su imagen alegre y bulliciosa entre las austeras reflexiones,
como entraría una maga en un coro de monjes.



IX.


Josefina entró en el cuarto de la duquesa resuelta a descubrir
francamente la inclinación que hacia Félix sentía, pidiendo a su madre
ayuda para que pudiese aquel hombre ir decorosamente a la casa; pero
frente a Margarita la energía y la resolución dieron en tierra; rompió a
llorar, y balbuceó entre temores lo que se había propuesto decir claro.
La duquesa, besándola cariñosamente, secó sus lágrimas, escuchó la
confesión de aquel amor naciente, y despidiéndola ruego con ternura, la
llevó hasta la puerta de su gabinete, procurando que aquella entrevista
fuese lo más breve posible.

Al quedarse sola, la duquesa lloró también, pero no con aquel llanto
apacible y puro de la niña, sino amarga, desconsoladamente, con lágrimas
tardías en brotar y abrasadoras al deslizarse por el rostro.

Decidida a hablar con su esposo, mandó preguntar si estaba en casa; y
cuando la contestaron que el señor no había salido, se encaminó al
despacho, donde encontró al duque hojeando el reglamento del Senado.
Hízole suspender la lectura, y abordando de frente la cuestión, le dijo
que por su propio interés, por no pecar de ingrato y en gracia de
Josefina, era necesario que Félix Aldea volviese como antes a frecuentar
la casa. Examinose entre ambos cónyuges la cuestión, y el duque, que ya
se iba encariñando con todo lo que tuviera sabor de discusión,
aprovechó la oportunidad, hablando largamente de su decoro y prestigio,
de que no quedase lastimada su dignidad, y de otra porción de cosas que
hubieran hecho murmurar a cualquiera: _palabras, palabras, palabras_.

Por fin, Margarita, con ese tacto que sólo las mujeres tienen, resolvió
las dificultades proponiendo que se diera un baile para celebrar lo de
la senaduría, enviándose a Félix, como de costumbre, su correspondiente
invitación; lo cual, después de lo ocurrido, venía a ser como una
satisfacción, que sin desdoro del ofensor podía desagraviar al ofendido.
Aceptada la idea, Margarita dejó al duque continuar su examen del
reglamento de la alta Cámara, y vuelta a su cuarto, después de haber
cerrado cuidadosamente las puertas para evitar verse de pronto
sorprendida, se dejó caer en un sillón, apoyó en uno de sus anchos
brazos los codos, y ocultándose el rostro con las manos, dejando
rebosar el llanto por entre sus sonrosados dedos, fruncido el ceño y
enrojecidos los párpados, se quedó pensativa, sin que nadie al verla
hubiera podido averiguar si aquella dama era una madre que se imponía un
sacrificio, o una mujer a quien los celos hostigaban.

      *      *      *      *      *

Se fijó el día de la fiesta, y empezaron los preparativos. Los tapiceros
y adornistas tomaron posesión de los aposentos en que había de
verificarse; se construyó una galería de follaje, que ponía en
comunicación el salón principal de la planta baja con el espacioso
invernadero de cristales que en el jardín se alzaba; cubriéronse las
columnas de hierro con entrelazadas hojarascas; se colgaron de la bóveda
de cristales los aparatos para gas; se pusieron en los ángulos las
mejores esculturas que había en la casa, haciendo que los mármoles
blancos destacaran sobre fondos de oscuro follaje; se prepararon
farolillos para las enramadas del parque; diose orden en las cocinas
para que la cena fuera opípara; se apuraron todos los caprichos que
puede el oro satisfacer al buen gusto, y una legión de artesanos invadió
el palacio durante muchos días, disponiendo las cosas de suerte que
cuando dos horas antes del baile los duques inspeccionaron todos los
preparativos, el nuevo senador, arrellanándose en un sillón con la
dignidad propia de su investidura, y mirando a su mujer con vanidosa
satisfacción, exclamó:--«Estará bien.»

Y así fue. Desde las once de la noche una larga fila de coches iba poco
a poco dejando en el vestíbulo del palacio centenares de convidados; las
damas, envueltas en riquísimos abrigos, bajaban de sus berlinas y sus
_clárens_, dejando ver pies coquetamente calzados que se apoyaban un
momento en el estribo, mientras con la mano, enguantada hasta el codo,
recogían la larga cola ornada de valiosos encajes; los lacayos recibían
órdenes de volver a la madrugada; los mirones y curiosos, estacionados
en la acera opuesta, contemplaban aquellas grandezas haciendo
comentarios, sugeridos por la hermosura de las mujeres o la envidia de
las riquezas; los salones se iban llenando, y el calor que la
aglomeración y las luces engendraban iba animando y coloreando los
rostros. Aquí se oían alabanzas a los dueños de la casa, dichas en voz
alta; allá se agrupaban otros a murmurar censuras; unos buscaban a sus
conocidos; saludaban todos a los duques; los más serios o curiosos
examinaban en los salones inmediatos las obras de arte coleccionadas con
exquisito gusto, o los libros de lujo, puestos sobre las mesas de
riquísimas incrustaciones; y los jóvenes, juntos con los viejos
alegritos, parados en las puertas, pasaban revista a las que entraban,
cambiando apretones de manos, diciendo lisonjas o recibiendo miradas que
parecían señas.

A poco más de media noche el salón ofrecía tal aspecto de lujo y
riqueza; la alegría reinaba, al parecer, con tanto imperio sobre las
almas de toda aquella gente; tanto goce se reflejaba en sus caras, que
no parecía sino que en aquella regocijada turba nadie había que
conociera la pesadumbre ni el dolor.

Ellas, ceñidas por estrechos trajes que oprimen hasta modelar las
formas, con sus largas faldas prendidas de flores y de blondas, con sus
diademas de pedrería en la frente, la belleza impresa en el semblante y
la alegría en las miradas, recibían el homenaje de rebuscadas frases, no
siempre franco, con que sus adoradores trataban de rendirlas. Ellos,
vestido el severo y antipático frac, pugnaban por llegar hasta alguna de
las que más efecto causaban, para hacer en el corro gala de su ingenio,
mirando casi con descaro a las casadas, requebrando con prevención a las
viudas, y tratando de inquirir el dote de las solteras. Hacia los
extremos del salón veíanse algunas parejas, más ocupadas de sí mismas
que del prójimo, en que ella parecía resignarse a conceder lo que
deseaba otorgar, mientras él se obstinaba en pedir lo que luego había de
cansarle. En un círculo se discurría de política; se comentaba en voz
baja el escándalo de la semana, pronunciando al oído y en secreto los
nombres de los protagonistas. Algún caballero se acercaba con disimulo a
las habitaciones contiguas, espiando el momento de tender la mano sobre
los riquísimos vegueros esparcidos en bandejas de plata. La música
dominaba a intervalos el rumor de las conversaciones; la atmósfera se
iba cargando hasta hacerse enojosa; la temperatura aumentaba por
momentos; el abrasado ambiente de la sala parecía luchar con el fresco
que penetraba del jardín por los anchos balcones en suaves ráfagas, y
entre aquel mar de luz o torbellino de colores, se percibía el olor
extraño que formaban los aromas de las flores, los perfumes de tocador y
el calor de los sudorosos cuerpos.

La duquesa, rodeada de sus más íntimas rivales, recibía de cuantos se la
acercaban elogios tributados a su buen gusto, casi todos cortados por un
mismo patrón, muy pocos ingeniosos o bien dichos. Su traje era objeto de
hablillas entre las damas, de admiración entre los hombres. El vestido
de raso blanco, entre cuyos esculturales pliegues se quebraba la luz
como en un mármol flexible, había llegado de París aquella mañana, y las
dos perlas negras que llevaba en las orejas valían una fortuna. Al lado
de su madre, Josefina parecía el nuevo brote de una flor hermosísima:
la madre era como esas rosas que han agotado ya la pompa de sus galas
desplegando todos sus pétalos a las caricias de la luz; ella, como esos
capullos entreabiertos que comienzan a esparcir en torno suyo olor suave
y débil. Su traje era blanco también, pero en el tocado y los prendidos,
las flores sustituían alas joyas.

La excitación que la agitaba la hacía más hermosa. Inquieta y
disgustada, miraba sin cesar a todas partes, preguntándose:--¿No vendrá?
Contestaba lo más brevemente que podía desdeñosa y displicente, y de
cuando en cuando miraba con cariño a su madre, que por vez primera
parecía esquivar las miradas de su hija.

Por fin, la enamorada niña vio entrar a Félix, que, saludando al paso a
diversas gentes, llegó hasta la duquesa, cambiaron ambos algunas frases
de simple cortesía, llegose luego a Josefina, y un momento después se
les vio confundidos entre los grupos de alocadas parejas que parecían
moverse impelidas por las notas de un vals de Strauss.

Lázaro estaba recogido y leyendo cuando llegó hasta sus oídos el alegre
bullicio de la fiesta. Cerró entonces el libro, abrió el balcón, y el
airecillo fresco de la noche le trajo claras y distintas las apasionadas
frases de la música, como si el mundo, con aquella voz de sirena,
quisiera arrancarle de la soledad. Bajó al jardín, se acercó a una reja,
y oculto entre unos arbustos cuyas ramas se entrelazaban trepando por
los gruesos barrotes de hierro, tendió la vista hacia el salón. Su
mirada lo abarcó todo. Pasado un instante, la sorpresa se convirtió en
asombro; sus ojos, deslumbrados por la claridad, fueron descubriendo los
grupos, aislando las figuras, fijándose en los rostros, viendo surgir de
entre un confuso mar de luces y colores las formas y el aspecto de las
cosas. Los corrillos tan pronto formados como disueltos; la extraña
amalgama que producían en el cuadro los trajes negros de los hombres
destacándose sobre los vestidos claros de las mujeres; el continuo pasar
de sombras que se cruzaban ante la reja, cortándole la vista; la
variedad infinita de actitudes; el estado de los ánimos reflejado en las
caras, atestiguando en uno de la indiferencia, en otro de los celos,
mostrando acá la frialdad del apático, allá la impaciencia del nervioso,
todo aquel conjunto de riquezas para él desconocidas, de lujos
ignorados, le produjeron una impresión extraña, fuerte porque era nueva,
y poderosa porque era continuada. La vista de aquel incesante
movimiento, la luz arrancando destellos en pedrerías y collares, las
damas, unas de semblante fresco como flores de campo, ajadas otras por
los afeites o los años, engalanadas con sedas de todos los matices,
desnudas las espaldas y los pechos a propio intento revelados en lo poco
que el raso les cubría, el aire bochornoso y viciado que por la reja se
escapaba, acabaron de marear al cura, sin que por eso dejara de mirar
con ansia, creyendo a cada instante descubrir novedades que hiriesen su
imaginación y calmasen sus agitados nervios. Hubo un momento en que la
música apagó todos los otros ruidos; el ritmo sonoro y melódico de sus
notas parecía arrastrarse como aurora de primavera en plantío de rosas;
los giros lánguidos de acordes amortiguados y dulcísimos se trocaban de
pronto en explosión de sonidos alegremente locos, y las armonías se
esparcían como suspiros que volaban a refugiarse entre los pliegues de
las amplias colgaduras, produciendo combinaciones raras, que se perdían,
unas envueltas entre los giros de otras, como crujir de sedas y
estallar de besos comprimidos. Las parejas iban deslizándose rápidamente
ante la reja en confuso desorden, desapareciendo y tornando a pasar cual
figuras de una linterna mágica, hasta que, callando de repente la
orquesta y suspendiéndose aquel vertiginoso movimiento, Lázaro vio
acercarse, impelidos todavía por la última vuelta del vals, una mujer y
un hombre: Félix y Josefina. Él la ceñía el talle atrayéndola hasta
sentir confundidas las respiraciones, mientras ella se abandonaba por
completo, dejándose llevar. Llegaron hasta donde estaba el cura, y ya
parados, la niña, moviendo el abanico de nácares y encajes ante su
agitado pecho, se apoyó en el brazo de Aldea, mientras él murmuraba a su
oído una frase, pagada con la sonrisa más hechicera del mundo. Lázaro,
asido fuertemente a la reja, los miró sin cuidarse de ser visto, sin
pensar que no tenían ojos más que para contemplarse uno a otro. Fuera
de sí, agitado por un sentimiento desconocido para él, creyó apurar toda
la hiel del sufrimiento humano; y como si su sangre hirviese y
fermentara agolpándose a ofuscar aquel pobre cerebro, la idea del odio
se irguió en él terrible y poderosa. No hubo entonces crimen ni infamia
que no se creyera capaz de cometer; y midiendo con la rapidez del
pensamiento su inocencia, mayor aun que su desdicha, se preguntó, en un
arranque impío, si era divina la justicia que toleraba aquel tormento.

Bajo la sotana del cura latieron por vez primera en el corazón del
hombre los impulsos del mal. El ministro de Dios sufrió como las
criaturas de barro, y su alma de pureza inmaculada, su mansedumbre, su
bondad evangélica, fueron un punto derrocadas por la ira, el
aborrecimiento y la venganza. La que entonces le pareció más que nunca
creada por el Señor con hueso de su hueso y carne de su carne, la
prometida por el deseo y la Naturaleza para ser satisfacción de sus
amores, la mujer que era emblema de su ideal y su felicidad, estaba en
brazos de otro. Aquellos hierros que les separaban y que él inútilmente
sacudía con impotente fuerza, eran sus propios votos, y aquel instante
supremo de su vida, la ratificación solemne de la infame ley que le
decía: «No te amarán.»

Sintiéndose morir, dejó caer con desaliento los brazos, y todo su rencor
se disolvió en dos lágrimas que rodaron lentamente por su abrasado
rostro. Hay almas que rechazan instintivamente el mal. El odio pasó sin
detenerse sobre el espíritu de Lázaro, como la gota de agua que resbala
por el hierro candente. Las fuerzas le faltaron, y mientras los alegres
ruidos de la fiesta, convertidos en voces misteriosas por la fantasía,
le llamaban queriendo embriagarle con efluvios de desconocidos
placeres, dio en tierra rendido y sin aliento.

El baile estaba en sus momentos de mayor brillantez, y la animación,
engendrada por la muchedumbre, se traducía en un continuo murmullo, que
sólo a desiguales intervalos podían dominar desde la orquesta los
instrumentos de metal. El salón parecía un foco de claridad intensa. Las
temblorosas llamas del gas se reproducían hasta lo infinito en las
grandes lunas venecianas, que, multiplicando las imágenes, creaban una
confusión extraña, y empezaba a reinar ese desorden propio de todo sitio
donde se divierten muchos a la vez. Allí dentro todo eran goces y
alegrías; fuera no había sino silencio y sombra; un hombre en tierra,
como soldado herido que se desangra en el campo de batalla, y un cielo
de azul profundo, casi negro, estrellado, que desde su inconmensurable
altura miraba con millares de ojos, tan indiferente a los placeres de
unos como a la desdicha de otros.

Los vientecillos precursores del día empezaron a retozar entre los
troncos con las hojas agitando blandamente las ramas, y algún pájaro,
desvelado por los inusitados ruidos, batía las alas piando alegremente,
y confundiendo desde su oculto nido las luminarias del festejo con los
resplandores de la aurora.



X.


Servida la cena, que fue espléndida, los convidados empezaron a
marcharse contentos y satisfechos, como gentes que habían cumplido su
misión. El ruido que causaban los que iban saliendo, despidiéndose con
regocijadas risas, y el húmedo relente con sus fríos vapores, hicieron a
Lázaro volver en sí del largo desmayo al tiempo que los últimos grupos
esperaban, en el espacioso vestíbulo y en los primeros términos del
jardín, la llegada de sus carruajes.

Los hombres, fuertemente arropados con gabanes rusos o entre los
embozos de las capas, fumaban puestos en filas, viendo a las damas que
bajaban las escaleras de mármol, cuchicheando o cubriéndose los desnudos
hombros con costosos chales o vistosos abrigos. Unas se tapaban el
escote aún sudoroso con el cachemir de cien colores; otras se envolvían
entre las pieles del _skunc_, el zorro azul y la marta zibelina; esta
contestando a un saludo, aquella buscando una mirada entre los apiñados
rostros, todas parecían en aquel momento hermosas y felices, aunque
muchas lo pareciesen sin serlo; todas llevaban algo que decir o habían
dado algo que envidiar.

Algunos hombres se marchaban a pié lentamente, divididos en grupos o en
parejas, escuchando a lo lejos durante largo rato el ruido del rodar de
los coches en las desiertas calles, cuando ya empezaba a despuntar el
día y los serenos corrían soñolientos, de farol a farol, apagando los
mecheros de gas.

El cura, oculto entre las sombras del jardín, los vio irse, esperando
para salir de su escondite que se hubiesen todos alejado, cuando notó
que no lejos de sí, entre las ramas de unos arbustos y cerca de una
reja, había un hombre, que indudablemente se quedaba rezagado adrede, y
que, moviéndose de pronto cuidadosamente, se escurrió con cautela a lo
largo de la casa, hasta penetrar en ella por una puerta de servicio, que
por razón del baile aún estaba abierta aquella noche. Lázaro entonces
intentó gritar; pero el asombro le ahogó la voz en la garganta, porque
al volverse para entrar conoció al que de tan sospechosa manera
penetraba en el palacio de los duques, y aquel hombre era Félix Aldea,
el mismo que pocos momentos antes había hecho brotar de los labios de
Josefina una sonrisa de felicidad.

Subió rápidamente la escalera, y el cura se lanzó en su seguimiento;
pero aquél llevaba mucha delantera. Al llegar al piso principal, Aldea,
espiado siempre por Lázaro, cruzó los pasillos desiertos, y atravesando
la galería que separaba las habitaciones del duque de las de su esposa y
su hija, penetró en una sala, ala cual afluían dos grandes corredores,
uno que conducía al cuarto de la duquesa, y otro que llevaba al de
Josefina. La puerta de aquella habitación estaba cerrada; pero apenas
Aldea se detuvo ante ella, golpeándola suavemente con los nudillos, una
de sus hojas se abrió calladamente hacia fuera, mostrando un brazo de
mujer ceñido por una manga de seda roja. Aldea entró, y el brazo atrajo
a sí la puerta, que volvió a quedar instantáneamente cerrada, mientras
Lázaro, pálido y tembloroso, como clavados los pies en el suelo,
escuchaba alejarse, sin saber en qué sentido, los pasos de dos
personas, que andaban de puntillas para no producir ruido sobre los
mármoles del piso.

¿Qué hacer en tan horrible situación? ¿A quién pedir auxilio? ¿A quién
llamar? Un desaliento que tenía mucho de impotencia y algo de despecho
le arrancó de allí, y temeroso de ser visto, huyó de aquella puerta,
tras la cual quedaba rota para siempre la más hermosa de sus ilusiones.
Además, juntamente con el imperioso mandato que la conciencia le
imponía, sintió latir en su alma vacilaciones, engendradas por la
sorpresa, sospechas pérfidas, pero lógicamente sugeridas por los celos.
La que supuso un ángel era mujer, y nada más; no merecía que el corazón
de un hombre la ensalzara, ni que él la adorase, aunque su indulgencia
de sacerdote tratara de redimirla o disculparla. En su caída había
llegado hasta la culpa por el camino de la premeditación; procuró que
su amante volviera a pisar la casa de sus padres, y trémula de amor,
agitada por el deseo, le debió esperar para recibirle en sus brazos.

Divagando de esta suerte, admitiendo como buenos los torpes antojos del
despecho, la piedad iba quedando en el alma de Lázaro completamente
borrada por la incontrastable fuerza de los celos, hasta el punto de que
el miedo de hacer público el suceso, el temor al escándalo, y aun la
idea horrible de ver la hija deshonrada a los ojos de su propia madre,
llegaron a ser en aquel hombre rémoras creadas por la malicia para
eludir el cumplimiento del deber.

      *      *      *      *      *

Al día siguiente del baile, ya muy entrada la mañana, se notaba en el
palacio de los duques la falta de movimiento propia de toda casa donde
el mucho trasnochar de los amos autoriza que madruguen poco los
criados. Algunos de ellos, reunidos en la caseta del portero, formaban
corro restregándose todavía los ojos, haciendo comentarios de la fiesta,
charlando y maldiciendo. Otros arreglaban los salones reparando el
desorden que habían producido los convidados. El cocinero, seguido de un
pinche que llevaba al hombro un esportón, atravesaba el jardín para
tomar el camino de la plaza. El mozo de cuadra, calzados los zuecos y
entonando una canción de su tierra, frotaba los arreos en la puerta de
la cochera; y en una habitación de la planta baja, junto a una ventana,
la doncella de la duquesa limpiaba cuidadosamente los vestidos con que
su señora se había engalanado la víspera, mientras otras compañeras
admiraban las ricas telas y los finísimos encajes que, desordenadamente
puestos sobre el respaldo de un sofá, podían fácilmente ser vistos desde
fuera.

Lázaro, como de costumbre, había bajado al jardín, y con su libro entre
las manos, paseo arriba, paseo abajo, recorría lentamente el trecho
comprendido entre la estufa de cristales y la verja de entrada, pasando
repetidas veces ante las rejas del salón de baile. Frente a una de ellas
acertó apararse distraídamente, y a través de los gruesos barrotes vio
desamparado y desierto aquel mismo lugar donde pocas horas antes era
todo animación y bullicio. Los sillones de oro y sedas estaban
removidos, como recordando aún los corrillos de que fueron asiento; los
cristales, velados por el polvo de una noche de continuo movimiento;
olvidado sobre una butaca un abanico; las bujías de los candelabros,
apuradas hasta gotear sobre el terciopelo y el mármol que cubría las
consolas, habían hecho saltar con su llama espirante alguna de las
arandelas de cristal. Las puertas que ponían en comunicación unos
salones con otros estaban abiertas, dejando ver, fingida por los
espejos, la perspectiva de una galería profunda, encerrada en marcos
dorados, formada con imágenes de telas o tapices que, multiplicándose,
se reproducían hasta confundir la vista con su último término vacilante
y confuso. Los rayos de sol penetraban por entre las junturas de los
cortinajes, liquidando en resbaladizas gotas el vaho que empañaba los
vidrios, y posándose luego en rasgos o girones de luz sobre los rasos de
colores. En el suelo, confundida con las de la alfombra, había quedado
alguna que otra flor pisoteada y marchita.

--«Así son ellas,»--pensó Lázaro al verlas; y volviendo al libro los
ojos, prosiguió su paseo hasta llegar a la ventana donde estaba la
doncella, que para distraer su trabajo tarareaba a media voz una polka
de moda. Oyola el cura, y, al mirarla, su vista se detuvo en la prenda
que la muchacha tenía entre las manos: una bata de riquísimo raso de un
rojo muy brillante, el mismo rojo que Lázaro había visto en el brazo que
la noche pasada cerró la puerta donde Aldea era esperado. Su sorpresa
fue inmensa. Su pensamiento se resistió a creer lo que los ojos le
decían. Aquella chica era la doncella de Margarita de Algalia, y como
Josefina tenía su servidumbre aparte, lo lógico era que aquella ropa
fuese también de la duquesa. Dudó un momento, y atreviéndose por fin,
quiso ver resuelta su sospecha.

--¿De quién son esos trajes?--preguntó a la doncella.

--¿De quién han de ser,--repuso la muchacha,--sino de la duquesa?
Ésta,--dijo señalando un magnífico vestido y un soberbio abrigo,--es la
ropa que la señora llevó ayer al paseo; y esta bata de raso
rojo,--añadió,--es la que se ha puesto de madrugada después del baile.
Por cierto que se empeñó en quedarse leyendo, sin querer acostarse ni
que yo la desnudara. Debe haber velado hasta muy entrado el día, porque
está, de ojerosa y descompuesta, que da grima mirarla.

Calló la criada, y siguió el hombre su paseo. Ya no cabía duda. Josefina
era, no sólo inocente, sino víctima de una infamia. La culpable era
Margarita de Algalia, y el que pasaba por novio de la hija era su
amante. ¡Maldad inicua! La madre quería comprar el secreto de su delito
a costa del reposo de la pobre niña. Por eso Josefina no podía
explicarse la actitud de Félix Aldea, aquel empeño en mostrarse
enamorado junto al recelo para confesarla su amor.

Lázaro apreció rápidamente la situación: Josefina era buena, y el
galanteo de que Félix la hacía objeto servía para alejar sospechas. La
inocencia era tercera sin saberlo, y su pureza cubría aquel amor
culpable, de igual suerte que el inmaculado manto de nieve puede
ocultar el sucio estercolero.

Una sensación, por mitad indignación y repugnancia, estremeció el alma
del cura, y como el mal no engendra sino males, sus labios murmuraron
involuntariamente esta blasfemia:

--«¡Oh, madre; tú también puedes llegar a ser ídolo falso!»

Le pareció imposible llevar más lejos la degradación y la maldad.

Pocas horas antes, el dolor había estrujado su corazón, considerando
perdida la mujer amada, tanto más, cuanto más imposible. Ahora sus ojos
tropezaban con el delito más cobarde y monstruoso de la tierra.

Eran ya cerca de las doce. El ardoroso sol de los últimos días
primaverales inundaba todo el jardín, engendrando sombras enérgicamente
proyectadas que dibujaban en la arena formas extrañas. El movimiento y
los ruidos iban devolviendo animación a la casa. Las persianas cerradas
se abrían tras cortos intervalos, indicando el despertar de los señores,
y los criados fingían acelerar la faena de borrar el desorden causado
por la fiesta. Sólo en la habitación de Josefina reinaban todavía la
quietud y el silencio. El cuarto estaba casi a oscuras; por las rendijas
de la madera penetraban dos o tres rayos de sol, agitando millares de
átomos inquietos que bullían como polvo de luz; las galas estaban
esparcidas sobre un sofá de raso, y el corsé de seda azul con trencillas
blancas, caído al pié de una butaca. La heredera de los Algalias
dormitaba en su cama de batistas y encajes como una maga recostada sobre
una nube. Tenía desnudo, fuera de las ropas, un brazo, ceñida aún la
muñeca por la pulsera lisa de oro mate, y en el otro, puesto sobre la
almohada, apoyaba la cabeza, embelesada por ensueños formados con
reminiscencias de la víspera. Las sábanas habían quedado por un
movimiento tirantes y presas bajo el peso del cuerpo, modelando a trozos
la forma que cubrían; el embozo caído dejaba al descubierto algo más que
el nacimiento del pecho. Nada turbaba la tranquilidad de aquel reposo
reflejado en una respiración fácil e igual. La sangre, como savia
enérgica, regaba los tejidos, tiñendo la epidermis de tonos que variaban
delicadamente desde el azul de las ramificaciones venosas hasta el
carmín brillante de los labios húmedos; y una mata de pelo, escapada de
la redecilla, hacía resaltar la blancura del cuello. Dormía descuidada,
tranquila, segura de sí misma, y tan ajena de la pasión del cura como de
la perfidia de su madre. La salud y la pureza parecían haberse hermanado
para formar aquella figura hermosa, impregnada de gracia natural y
espontánea. Semejaba la bacante virgen de los bosques antiguos traída
de pronto por ensalmo al centro de la vida moderna. Reposaban a la par
el cuerpo exento de males y la conciencia libre de impurezas.

De fijo hacía mucho tiempo que su madre no dormía así.



XI.


Aquella misma tarde la duquesa mandó recado al capellán, rogándole que
pasase a su gabinete.

--«¿Qué me querrá?--se dijo Lázaro.--Sabrá que no ignoro su falta? Quizá
entonces, aunque culpable, sienta hacia mí el desprecio que debe
inspirar quien, encargado en su casa de velar por la moral, transige
cobardemente con el engaño y la deshonra. Seremos dos reos frente uno de
otro.... y, así son las cosas de la vida, ella tendrá que ver en mí algo
del juez.»--

Un momento después Lázaro entraba en el gabinete. Margarita estaba
sentada ante una mesilla de valiosas incrustaciones, colocada delante de
un balcón y sobre la cual, sostenido por dos amorcillos de bronce, había
un espejo bastante grande para retratar entre sus abiselados bordes la
cabeza de la hermosa dama, a quien una doncella sujetaba con dos
horquillas de oro el rodete bajo en que, según la moda, estaba recogido
el pelo después de ondular ligeramente hacia las sienes. Tenía puesta
una bata de un gris muy claro, guarnecida con encajes y lazos del color
que toma el granate cuando la luz le hiere. Las medias, de finísima
seda, eran del mismo color, y ceñían sus pies unas chinelas grises, que
aun siendo muy pequeñas, eran grandes para ella. Las mangas de la bata,
sueltas y muy cortas, descubrían unos brazos blanquísimos, dorados por
ese vello apenas perceptible que tienen algunas frutas antes de estar
manoseadas. Al cuello, libre de alhajas, se ceñía desordenadamente un
encaje ancho y rico, de tonos huesosos que acusaban su antigüedad, y el
fulgurar intenso de un grueso solitario en cada oreja hacía resaltar la
palidez mate de la cara, amortiguando el brillo de los ojos, algo
hundidos, y cercados por ojeras débilmente azuladas. La boca, en que el
labio superior ligeramente contraído daba a la fisonomía cierto aire
desdeñoso y triste, dejaba ver unos dientes blancos, menudos y
apretados. El óvalo del rostro era gracioso y severo al mismo tiempo. La
mirada triste con la falsa resignación del hastío. Era el tipo de la
señora moderna, frívola sin ser insustancial, y coqueta sin parecer
liviana, como era devota sin ser profunda y verdaderamente religiosa.
Fuera cansancio físico o dejadez moral, había en su figura cierto
melancólico abandono, interrumpido a veces bruscamente por movimientos
de una gracia encantadora que tenía algo de felina.

Iba pasando con los dedos las hojas de un libro, puesta en ellas la
vista descuidadamente, como si el pensamiento y la voluntad estuvieran
muy lejos de aquellas páginas, que no bastaban a detener el vuelo
caprichoso de sus antojos femeniles.

En sus hechiceras facciones empezaba a desaparecer la frescura que es el
aliento misterioso de la vida. Parecía tener esa edad de la rosa en que
unas cuantas horas más marchitan la fragancia y ajan la lozanía. Estaba
hermosa, y más que hermosa seductora; pero los ojos, la actitud, la voz,
acusaban un desaliento amargo. Nadie hubiera podido averiguar si aquella
laxitud era la huella pasajera de los placeres de una noche, o la marca
indeleble de los sufrimientos del espíritu.

Al entrar Lázaro salió la doncella, y Margarita, ladeándose ligeramente
en la butaca y echando atrás el rostro, animado por una sonrisa
encantadora, le tendió la mano.

La situación de Lázaro era peligrosa y difícil: el menor descuido, la
más ligera inoportunidad, podían ofenderla sin resultado; que quien no
está satisfecho de sí mismo, ve acusaciones en las frases más inocentes.
Él, además, se consideraba sin derecho alguno para atacar a la madre en
defensa de la hija. ¿Cuál podía invocar? Si el de enamorado, confesaba
la propia y criminal flaqueza; si únicamente el de hombre de corazón,
¿quién había de reconocérselo?; si el de sacerdote, ¿cómo podría su
conciencia sancionar la ridícula comedia de un hombre que utiliza la
investidura sagrada para proteger su misma falta?

Tenía delante a la mujer adúltera; pero no podía ser él quien la
arrojase la primera piedra.

Margarita rompió el silencio, diciendo cariñosamente:

--¿Qué es de usted? Vivimos bajo el mismo techo, y apenas nos vemos. Estos
días, los preparativos del baile, el bullicio de la fiesta, le han
alejado de nosotros; pero también usted es tan excesivamente inclinado a
sus soledades y sus estudios, que nunca se le ve. De los convites, aun
de los más íntimos, siempre se excusa; en habiendo alguien de fuera,
desaparece usted como por encanto. Y usted, sin embargo, no es huraño, sino
cariñoso, afable. Vamos, siéntese usted, aquí, a mi lado, y hablemos.

Obedeció Lázaro, y, acercando otra butaca como la que ella ocupaba,
dijo:

--Mucho agradezco a usted, duquesa, las deferencias con que me distingue:
tan sinceramente le estoy reconocido por ellas, que aunque el deber y el
sacerdocio no me lo impusieran, sentiría por Vds. verdadero cariño,
profundo deseo de ser útil, verdaderamente útil, en esta casa, donde se
me ha recibido con los brazos abiertos.

--Todos le queremos a usted de veras. Mi marido y yo le aprecíamos en lo
que vale; y en cuanto a Josefina, puede usted estar seguro de que, si fuese
necesario defenderle, con dificultad se encontraría abogado que tomara
la cosa más a pechos.

--Yo también me haría defensor suyo si ella lo hubiera menester; pero
está en una edad en que antes necesita guía que defensa. ¿Quién puede
pensar en hacerla daño? Eso sí, si sucediera, si alguien cometiera con
ella una mala acción, lucharía con todas mis fuerzas por salvarla.

--Afortunadamente, replicó la dama, estamos seguros de que nadie la
quiere mal; por el contrario, si algún disgusto hemos de prever, será de
los que puedan ocasionarla los que aparenten quererla bien. ¡Está en una
edad tan peligrosa!

--Tiene usted razón, duquesa; de los que aparenten amarla, de los que deben
estimarla en más, es de quienes hay que guardarla. Los encargados del
mayor bien son, con frecuencia, los que producen el mal mayor.

El cura dijo esto con la voz algo temblorosa, casi sin calcular el
alcance de lo que decía; en parte ávido de arrostrarlo todo por la
engañada niña, y en parte temeroso de que su inexperiencia en los
discreteos inutilizara su buen deseo.

Ella, sin extrañar precisamente semejantes frases, sintió cierta
sorpresa desagradable al escucharlas; pero pensó que a veces casualmente
se dicen cosas que parecen intencionadas.

--Tiene usted razón--añadió;--es necesario velar sin descanso y muy de
cerca por las hijas cuando están en la edad de la mía; pero también es
preciso convenir en que los deberes que la vida social impone, el trato
con diversas gentes, tanto vivir fuera de casa y tanta facilidad en
escuchar lo malo, hacen el deber más difícil.

--Eso mismo ha de aumentar la vigilancia y acrisolar el consejo,
duquesa; pero cuando son tales las condiciones de la vida; cuando la
atmósfera de fuera llega a viciar el ambiente de la casa, créame usted,
entonces es cuando hay que ponerse en guardia contra aquello que debía
inspirar más confianza.

--¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Que la educación de mi hija está
vaciada en un molde torpemente labrado? Quizá tenga usted razón. Mil veces
he pensado que para nosotras, el educar a las hijas es asunto más
difícil que para las familias de la clase media y las mujeres del
pueblo. Primero los cuidados mercenarios del ama, luego la hipocresía
del convento, después la inútil compañía de un aya extranjera, más tarde
la libertad de los salones, las emociones del teatro, la tentación por
el espectáculo del mal....

--Y rara vez,--interrumpió el cura,--el ejemplo de la virtud.

--Felizmente Josefina es una de esas naturalezas que repugnan
instintivamente lo torpe. No es necesario esforzarse mucho para que lo
aborrezca, y si lo fuese, usted nos ayudaría a ello. Un hombre de corazón,
un sacerdote, ¿quién mejor?

--Pues crea usted, duquesa, que ni el hombre de corazón ni el ministro de
Dios podrían aliviarla el peso de su santa tarea. Los medios que tiene
para guiarla bien son infinitos; pero usted, usted sola puede emplearlos.
Aunque mis hábitos me hagan como enviado del cielo, mi palabra siempre
será palabra humana, y para una hija sólo es divina la palabra de su
propia madre.

La hermosa y noble faz de Lázaro se iluminó con esa satisfacción intensa
que produce la resolución inquebrantable de vencerse a sí mismo por
amor al prójimo.

La duquesa, que ya empezaba a desasosegarse, esquivó las miradas del
capellán. Su lenguaje era inesperado. ¿Qué decía aquel hombre? ¿Tenían
realmente intención sus advertencias, o era que ella a sí misma se
acusaba adaptando a la situación el sentido de cuanto hablaba el cura?

Hubo un instante en que callaron ambos: él, por temor de ir más allá de
lo prudente; ella, por no escuchar sin provocarlas cosas como las que
acababa de oír.

--Vengamos a lo que motiva esta entrevista, dijo de pronto Margarita. Le
he llamado a usted para algo que se relaciona, en cierto modo, con nuestra
conversación, según el giro que ha tomado, y se lo diré en dos palabras.
Cuando llegó usted a casa creímos que el capellán era demasiado joven....
no se ofenda usted...: estábamos acostumbrados a la frente rugosa, a las
canas del pobre viejecito que le precedió. Después hemos visto que el
carácter suple en usted lo que otros adquieren a fuerza de años; y,
francamente, nadie hubiera creído que pueda infundir tanto respeto quien
cuenta todavía tan pocos. Al principio el cuidado de la capilla, la misa
de los domingos y el reparto de las limosnas.... no hizo usted más. Luego
usted mismo nos ha ido convenciendo de que teníamos en casa una joya, de
que podíamos confiarnos a usted bajo todos conceptos....: Josefina y yo nos
confesaremos en adelante con usted: esto es lo que tenía que decirle.

--¡Conmigo!--exclamó Lázaro poniéndose en pié, y sin poder reprimir su
asombro.

--¿Y por qué no? ¿Se niega usted? No creo que el depósito de nuestras
culpas pueda abrumarle. A Josefina, ya la conoce usted: tendrá usted,
quizá, que desvanecer errores, esquivar preguntas, eludir respuestas,
y hasta, en obsequio a su pureza, mentir algunas veces aparentando
ignorancia de lo que no deba saber; pero no se verá usted obligado a
resolver problemas ni perdonar graves faltas. Y en cuanto a mí, me dará
usted buenos consejos, ahorrándome algunas amarguras. Yo, que parezco
tan alegre, lloro a solas como si dentro de mí tuviera algo malo de
que pudiera librarme con el llanto. Llorar es nuestra defensa, con
frecuencia nuestro recurso, el mayor encanto de la mujer, siempre
nuestro verdadero consuelo. Pero ¡qué diferencias establece el tiempo!
Hay una edad en que el dolor se disuelve en las lágrimas como la sal
en el agua; después, aunque se llore, también se sufre, y al fin ya no
se llora, pero se sigue padeciendo.

--Eso será, repuso Lázaro, si el dolor procede de la culpa, como ponzoña
que se destila de fruto venenoso, que mientras el sufrimiento no está
manchado de delito ni tiene sabor a remordimiento, cuando es puro, no
faltan lágrimas en que anegarle. ¿Ha visto usted esas flores que,
arraigadas a la orilla de los ríos, parecen prolongar su tallo si las
aguas aumentan, sobrenadando siempre? Pues semejante a ellas es la
pureza del alma: no hay lágrimas bastantes para ahogarla. Nunca llega el
corazón a endurecerse tanto que se le pidan en vano; más duras son las
peñas de los montes, y de entre sus grietas surgen los manantiales.

Margarita escuchaba confusa. Era indudable que aquel hombre conocía su
delito. Lo que la había dicho ya era algo; pero el modo de decírselo no
podía ser más expresivo ni elocuente.

Estaban cerradas todas las puertas; el gabinete envuelto en las tintas
pálidas del ocaso; los brillos de las sedas y el relucir de los metales
amortiguados por la creciente sombra; la luz escasa parecía aumentar
las distancias robando la forma a los objetos, y la mancha negra del
ropaje del cura junto a la esbelta figura de Margarita, parecía absorber
toda la claridad que penetraba por el ancho hueco del balcón.

De repente, hacia la puerta que conducía a las habitaciones de Josefina,
se oyó el crujir de un vestido de seda que rozaba contra el muro: era
que la niña venía al cuarto de su madre.

Lázaro se puso en pié, indicando a la duquesa con los ojos el ruido de
los pasos que se acercaban, y ella bajó calladamente la cabeza. La
mirada del hombre no pudo hablar mejor; el silencio de la mujer no pudo
decir más.

Al entrar Josefina estrechó a Lázaro la mano y abrazó a su madre. De
allí a poco el cura y la niña conocieron que Margarita quería estar
sola, y saliendo cada uno por distinto lado, la dejaron.



XII.


A sí llegó para Lázaro el momento decisivo de la lucha, el instante
supremo en que las vacilaciones y las dudas habían de resolverse,
informando en uno u otro sentido una resolución que decidiera de su
vida.

La inexperiencia de la edad y la docilidad de la ignorancia le hicieron,
casi niño, aceptar con alegría una misión, a la cual pensó dedicarse por
completo, consagrándola la actividad de la inteligencia y el entusiasmo
de la fe. Los que labraron su espíritu le hallaron dúctil y obediente
para recibir las doctrinas de lo pasado, que fueron amoldándose a su
pensamiento como el líquido al vaso. Nunca hubo hombre colocado en
mejores condiciones para cumplir debidamente las exigencias de su
sagrado ministerio. Aún resonaban en su oído las palabras del Obispo
cuando llegó a la corte y penetró en la vida moderna, no para llevar la
agitada existencia del que vive al día, sin saber hoy dónde comerá
mañana, sino para pasar las horas tranquila y reposadamente, sin más
cuidados que cumplir con el formalismo y las exterioridades necesarias
de una casa donde el capellán era un artículo de lujo. Tuvo a su
disposición un templo, de que vino a ser señor y dueño. Fue libre de día
para sus obras de caridad, facilitadas por la liberalidad de los duques;
fue libre de noche para las meditaciones y los rezos; ninguno tendió
redes a su buena fe, ni lazos a su tranquilidad; no hubo de luchar con
nadie, y, sin embargo, su espíritu se volvió contra los que le
enseñaron; su vida fue agitada, y su entusiasmo decayó lentamente. Sin
olvidar los consejos del Obispo, llegó a entenderlos como inspirados por
un ideal distinto; dejó que sobre los altares de la capilla fuese
posándose el polvo de la incuria; la caridad sirvió para amargarle con
el espectáculo de las miserias sociales; las oraciones fueron
trasformándose en las impías preguntas de la duda; las noches cedieron
al insomnio; perdió la paz del alma, y sin faltaren nada voluntariamente
a sus promesas, vio moralmente quebrantados sus votos. La misión que le
impusieron y él aceptó confiado en leales propósitos, llegó a parecerle
tarea superior a sus fuerzas, y como el acero brillante puesto al fuego
va oscureciéndose y empavonándose con tonos apagados, su ánimo juvenil y
ardoroso fue sintiendo trasformarse los bríos en decaimiento y
flojedad. Cuando llegó a convencerse de que no podía ser feliz, todo le
pareció imposible, todo mentira.

El amor resumía todas sus ambiciones antes cifradas en la perfección
religiosa, y precisamente cuando su conciencia rechazaba con más vigor
lo que antes adoró, fue cuando las circunstancias le obligaron a adoptar
una resolución que fijara definitivamente el sentido y la norma de su
vida.

El conflicto se le presentó entonces bajo la forma de un dilema
inflexible. Romper con el pasado, o borrar de su porvenir la esperanza.
Confesar el error franca y honradamente, o seguir siendo sacerdote de un
ideal en que ya no creía. Ser un farsante despreciable a sus propios
ojos, o un renegado para el mundo, porque la sociedad transige con todas
las deserciones y todas las apostasías, pero no tiene piedad para la
abjuración del clérigo. Abjurar, o resignarse.

Lo primero sería aventurarse a la lucha contra el mundo; lo segundo,
envilecerse. ¿Hasta dónde podían precipitarle las consecuencias de una
abjuración? Era imposible calcularlo. Nadie debe echar cuentas sobre la
maldad humana. ¿A qué grado de bajeza moral le arrastraría la abdicación
de su propia dignidad? Ya se lo había dicho la duquesa: tenía que
confesar a Josefina.

¡Confesar a la mujer que amaba! Es decir, emplear en provecho puramente
humano y egoísta el prestigio de la Religión. Valerse de la autoridad
del sacerdote para escudriñar un corazón que como amante no podía
sondar, utilizando su sagrada investidura en sorprender los secretos que
le estaban vedados como hombre.

Otro cualquiera podría estrechar entre sus brazos la gentil figura de la
niña, arrodillarse a sus pies, aproximar los labios a su oído,
estremecer su alma con palabras de amor, y sorprender sus dudas
virginales ingenuamente dichas, envueltas en pecadillos cometidos con
algo de malicia, y revelados más con el rubor que con la frase. Pero él
habría de lograrlo por otros medios. Ella tendría que venir a buscarle,
como penitente, entre la oscura lobreguez de un templo, al triste y
fatigoso resplandor de los amarillentos cirios; caería de rodillas a sus
pies, y le hablaría avergonzada a través de tupida y mugrienta celosía,
oculto el rostro con el espeso velo y acobardado el ánimo por el terror
religioso. Las palabras saldrían de su boca indiferentes o medrosas, y
él, que debía escucharlas como ministro de Dios, se embriagaría con
ellas, aspirando el grato aroma del fruto prohibido. Los labios de la
mujer quedarían detenidos ante la rejilla de madera; pero su aliento,
penetrando en los oídos de amante, le agitaría el cerebro con una
conmoción nerviosa, fingiéndole las ardientes caricias de la tierra
cuando debía pensar en las dulzuras inefables del cielo.

Su alma sufriría dos tormentos en un solo suplicio, deseando como
enamorado lo que le mancillaba como sacerdote. El corazón y la
conciencia libraban en su espíritu el mismo combate que antes riñeron la
fe y la duda; pero el desenlace no podía ser igual. Sus creencias habían
ido muriendo lentamente, día tras día, hora tras hora, como plantas
creadas en la vida artificial y falsa de una estufa que de repente se
sacan a la abrasada luz del sol y al frío azote de los vientos. Su
corazón había de ser vencido por un imperativo de la voluntad, y su amor
extirpado cruelmente como raíz que se arranca de cuajo con violenta
mano.

El problema aparecía a sus ojos cada vez más claro, irresoluble siempre.
No basta al hombre querer vencerse: es necesario que le dejen en
condiciones de hacerlo. Pero Lázaro era de esos seres extraordinarios en
quienes es virtud la intransigencia, porque, firmes en la moral de su
derecho y lógicos consigo mismos, someten la voluntad a la razón,
prefiriendo antes la propia estima que la hipócrita y baja transacción
con el error ajeno.



XIII.


Cerró la noche lluviosa y triste. Por los balcones del palacio de los
duques empezaron a divisarse, tendidas en doble fila a lo largo de las
calles, luces de gas temblorosas y amarillentas, que se reflejaban como
en un espejo en las húmedas losas de las aceras. Los caballetes de los
tejados, las buhardillas, las chimeneas, destacaban las líneas de sus
macizas sombras, bruscamente interrumpidas y dominadas por los negros
contornos de las altas torres de los templos. En alguna ventana se veía
lucir tras los vidrios mojados la pálida llama de una lámpara, y por
cima de los edificios notaba esa claridad indecisa que anuncia desde
lejos el asiento de las grandes ciudades. Las calles estaban enlodadas,
los jardinillos de las plazas encharcados con el continuo gotear de las
ramas de los árboles, cuyas hojas aparecían como barnizadas por la
lluvia. El rodar de los coches y el chocar de los herrados cascos sobre
el piso desigual y duro, formaban un ruido monótono, constante, que
rasgaban de improviso los gritos de los vendedores, los pitos de los
tranvías o las agrias notas de alguna murga que, refugiada en un portal,
daba tormento a sus instrumentos de cobre enfundados en sacos de
percalina negra. En las puertas y sobre las muestras de las tiendas
brillaban los reverberos o las bombas, proyectando resplandores
enérgicos que se derramaban profusamente en los escaparates llenos de
sedas, objetos de nikel, cueros labrados, fotografías, frascos,
botellas, estuches, corbatas, joyas, libros y cuanto el trabajo produce
para que lo consuman las necesidades o la vanidad humana. Bajo los
faroles, al borde del arroyo, las chulas y los granujas voceaban
periódicos y décimos de lotería. Al atravesar de unas a otras aceras,
las mujeres se levantaban la falda, más cuidadosas algunas de enseñar el
pié que de resguardar los bajos. En las esquinas inmediatas a los
talleres de modistas esperaban los estudiantes y los viejos verdes,
acariciando en el bolsillo los billetes para ver una pieza en Eslava, o
las entradas de favor para bailar en _La Sutil_. Ante las iglesias,
cuyas campanas tañían sin poder sofocar los ruidos de las calles,
esperaban el fin de la novena las berlinas de las grandes damas con los
caballos engallados y los cocheros cubiertos de largos impermeables.
Por todas partes reinaba la agitación confusa, animada, casi febril, que
forman el continuo vaivén de los que vuelven de paseo o salen del
trabajo con los que no hacen nada, yendo de un lado para otro, como
seguros de tropezar alguna vez con la fortuna sin preocuparse de
buscarla.

Lázaro, apoyados los codos en el antepecho de una ventana de su cuarto,
y hundido el rostro entre las palmas de las manos, sentía llegar hasta
su oído por cima de las enramadas del jardín el rumor sordo y constante
que se alza de la villa y corte en las primeras horas de la noche; rumor
semejante al ronco y prolongado rugir de una fiera que se estira y se
espereza antes de tumbarse a dormir.

Escuchando aquellas voces engendradas por el movimiento y la actividad
de la vida moderna, pensaba que en el ancho seno de la villa, tras cada
balcón, en cada casa, al resplandor de cada luz, al volver de cada
esquina, habría quien padeciese torturado por propias y punzantes penas;
pero que nadie sufriría un dolor tan hondo y acerbo como el suyo.

Era llegado el momento de poner por obra su firme y decidido propósito.
Había sonado la hora de abandonar para siempre aquella casa, y antes de
dejarla quería abarcarlo, condensarlo todo por última vez en una
despedida que grabase en su memoria los rasgos indelebles de cuanto allí
le había rodeado mientras vivió cerca de ella.

Miró al jardín. Entre las ramas de los tilos vio brillar, lavados por la
lluvia, los cristales de la estufa, donde tantas veces hablaron de cosas
indiferentes que ahora le parecían dignas de recuerdo eterno. Hacia la
izquierda de la enorme adelfa que extendía como múltiples brazos sus
ramas cargadas de flores, estaban las sillas y la mesita de hierro,
junto a las que la espió tantas veces, bordando ella, devorándola él con
las pupilas dilatadas, mientras el airecillo juguetón levantaba la
flotante bata de la niña hasta descubrir su primoroso pié, o desprendía
del talle el pañuelo de finísimo estambre. Un poco más lejos estaban,
reunidos en un solo plantío, erguidos sobre sus esbeltos troncos, los
rosales de la Malmaison y Alejandría, que Josefina cuidaba para
engalanarse luego con las rosas que ella misma había regado. Todo
pronunciaba su nombre, y, por extraña casualidad, el único balcón en que
había luz era el suyo.

Una idea imprudente, avivada por un deseo incontrastable, se apoderó
entonces de Lázaro. Quiso, antes de partir, ver el cuarto de Josefina,
tender la mirada sobre cuanto la pertenecía, tocar lo que ella tocaba,
vivir un instante en el sagrado recinto que cobijaba su sueño, y
recoger, tal vez con la imaginación extraviada, el eco de alguna
palabra de amor perdida entre los cortinajes del lecho virginal. Quería
llegar hasta el santuario del único ídolo en que siempre había de creer,
porque era el solo a que no podía tocar.

Eran más de las diez de la noche, y los duques, que se habían marchado
con su hija a la ópera, no volverían probablemente hasta muy tarde. El
jardín estaba oscuro, desierto; no se percibían más ruidos que el caer
continuo de la lluvia sobre los enarenados paseos y las alegres
risotadas de la murmuración de la servidumbre que comía reunida en una
cocina de la planta baja.

Lázaro, conociendo que tenía el campo libre y seguro, se aventuró a
satisfacer su capricho. Bajó al jardín, lo atravesó andando casi de
puntillas, y subió desde el vestíbulo a las habitaciones de los duques,
llevando las manos delante, como quien se arriesga a oscuras y sin guía
por un terreno poco conocido. El rumor de sus pasos quedaba apagado por
la tira de tupida alfombra extendida a lo largo de los corredores. Al
final de uno de ellos, el punto luminoso que brillaba en el ojo de una
cerradura le indicó el cuarto de Josefina. Avanzando entonces
confiadamente, posó la mano temblorosa sobre el pasador de la puerta, y,
seguro de la impunidad de su osadía, abrió de pronto.

Una lámpara olvidada sobre la chimenea de mármol blanco esparcía tenues
resplandores, filtrados a través de una bomba de cristal esmerilado,
que, reproduciéndose en la luna de un gran espejo, duplicaba la imagen
de la luz sin aumentar la claridad. En el centro de un veladorcito de
ébano, cubierto por un tapete de seda con flecos de colores vivísimos,
había un joyero de porcelana vieja de Sevres, y en el cóncavo de su copa
varias horquillas, una sortija y una estrecha cinta tejida con raso de
dos tonos, rosa y blanco. Tirado sobre la larga silla de reposo había un
traje de calle con sus menudos tableados de seda, sus volantitos
estrechos y sus largos lazos anudados como al descuido. Los frasquitos
de perfumes y los acericos de encaje estaban desordenados en el tocador;
y en la ancha jofaina de blanca porcelana, el agua conservaba todavía
las blancas espumas y las irisadas burbujas del jabón. Caído al pié de
una silla había un peinador de batista, y medio ocultas por sus huecos
pliegues unas botitas de raso negro con pespuntes blancos. Puesto en el
borde de una mesilla que sostenía algunos libros ricamente
encuadernados, se veía un espejo de mano con mango de marfil. Era el
amigo más íntimo, el abogado consultor de la niña, el que decidía sin
apelación del efecto de los peinados. Un poco más allá de las columnas
que separaban el gabinete de la alcoba, estaba la cama con las cortinas
cerradas y caídas, como se oculta tras un velo sagrado el ara de una
diosa. En la penumbra de un rincón se alzaba un mueblecito maqueado, con
sus flores de nácar y sus cajoncitos entreabiertos, dejando caer hacia
fuera algún trozo de encaje, alguna madeja de estambre. El atril del
piano sostenía un grueso y manoseado tomo de melodías de Schubert, y de
uno de sus candelabros colgaba, suspendido por el elástico de goma, un
precioso sombrerillo de raso pálido, con plumas coquetamente rizadas y
anchas cintas de seda algo ajadas en el sitio donde se formaba el lazo.
Delante del balcón había una jardinera con flores de trapo
admirablemente fingidas, y en su centro se alzaba una jaula, cárcel de
dorados alambres, donde, oculta la cabecita bajo el ala, dormía un
canario de Holanda, su mejor amigo, casi el rival del espejito de
marfil.

La luz tranquila, que caía como una caricia sobre cuanto iluminaba,
parecía hacer visibles a los ojos del espíritu el silencio y la soledad
de aquella estancia, y ese excitante aroma desprendido de cuanto usa la
mujer hermosa y limpia impregnaba la atmósfera de efluvios como formados
con emanaciones de flores extrañas y aliento de bellezas soñadas. Había
allí algo poéticamente sensual, cuya influencia era tanto mayor cuanto
más puro era su origen.

Lázaro tendió la vista en torno suyo, aspirando con fuerza aquel
ambiente embriagador, cual si quisiera asimilarse algo de lo que la
pertenecía. El espíritu y la materia, lo casto y lo lascivo, le hablaban
embargando su alma y sus sentidos. Cada objeto le decía una frase, de
cada observación brotaba un deseo, y a lo más puro sucedía lo más
humano. Unas cosas engendraban sentimientos dulces y tranquilos que
confundían el amor con la adoración: otras hacían surgir tercos e
insaciables los lascivos impulsos de la carne. Sus ojos lo escudriñaron
todo.

--«Aquí se viste.... aquí vive.... aquí se peina.... aquí duerme....
aquí sueña!.... En esa almohada reclina su cabeza.... este armario
guarda sus secretos.... aquél es el perfume en que humedece sus rizos.
Allí están la imagen a quien reza la plegaria cortada por el sueño, y
las sábanas a cuyo frío contacto se estremece su divino cuerpo.»

En su cerebro, extraviado por la plétora de vida, empezaron a dibujarse
las exigencias de un nuevo deseo. Sintió algo parecido a los primeros
vapores de la embriaguez. Quería esconderse, esperarla, escuchar cómo se
acercaba desde lejos el coche que la traía, oír el ruido de sus pasos,
el crujir de su falda en las salas contiguas, y verla entrar por fin,
como presa ofrecida al apetito brutal de sus sentidos.

De pronto alzó los ojos, y en la luna del espejo vio reproducida su
figura sombría y triste como una nota discordante con cuanto le rodeaba.
Su sotana era una mancha negra caída sobre la clara alfombra, los rasos
y las sedas de brillantes tonos. Parecía una mortaja tirada sobre un
macizo de flores. La mirada del hombre se cruzó con la de la imagen
reflejada, y sus propias pupilas le preguntaron asombradas con mudo y
terrible lenguaje:

--«¿Qué haces aquí? El ciego debe ignorar que hay sol. El paraíso no
existe para el réprobo. Para ti no hay amor.»

La voluntad sofocó el grito de la imaginación, tantas veces culpable a
despecho de la conciencia, y Lázaro salió de aquél cuarto para tornar al
suyo, como quien vuelve de los encantos de un sueño al rudo contacto de
la realidad.



XIV.


Se encerró cual si tuviera miedo, atrancó cuidadosamente el balcón, y
sin hacer ruido fue alzando la trampa que ocultaba el hogar de su
chimenea.

A duras penas, con un mal cuchillo, hizo astillas la peana en que se
sostenía la santa imagen puesta a la cabecera de la cama, colocó en el
hogar los pedacitos de madera carcomida, y en torno suyo fue agrupando,
apoyándolos sobre las tapas mugrientas y sobadas, los libros de rezo,
las obras sagradas, los accesorios de sus trajes sacerdotales, los
alzacuellos, los rosarios, todo lo que podía recordarle aquel pasado que
hubiera querido aniquilar de un solo golpe. Arrancó después algunas
hojas de un breviario, retorciéndolas tranquilamente entre las manos, y
sin vacilar un punto, impasible, sereno, las encendió en la lámpara,
prendiendo con ellas los combustibles hacinados.

Una llama pálida lo rodeó todo; enrojeciéronse rápidamente las astillas;
las voraces y azuladas lenguas de fuego atacaron las compactas páginas
de los libros, y a los pocos momentos, una llamarada de resplandores
vivísimos iluminó el cuarto, ofuscando la apacible luz de la lámpara, y
proyectando una siniestra claridad de incendio sobre la figura de
Lázaro. Todo ardía. Los cantos de los tomos parecían haces de aristas
encendidas, cada hoja era una línea, y unas caían sobre otras,
torciéndose, quebrándose, hasta romperse como gavillas abrasadas. Los
pliegos sueltos ardían rápidamente consumidos a un solo embate de la
llama, y en su lugar quedaba una película negra, ingrávida, escrita con
caracteres de fuego, que se iban extinguiendo poco a poco. Las chispas
rodaban sobre los volúmenes hasta hacer presa en ellos, y sus puntos
rojizos, agitándose como larvas ardientes, roían las hojas antes que se
cebara en ellas la enfurecida llama. Las tapas y las cubiertas empezaban
a retorcerse. Los pergaminos se abarquillaron, crujiendo y chasqueando,
y las pavesas, absorbidas del foco de la hoguera, volaban envueltas en
una nube de humo hasta desaparecer por el cañón de la chimenea.

¡Cuánto hubiera dado Lázaro por trocar en cosa tangible su memoria, para
destruirla también! Cuando el hombre abjura de sus errores, debía tener
el derecho de olvidarlos.

En el hogar, momentos antes encendido, no quedó de allí a poco más que
un montoncillo de cenizas, y envueltos entre su tibio rescoldo se veían
relucir los broches de un libro de horas, y los alambres del metálico
engarce de un rosario.

El sacrificio estaba consumado. La conciencia de Lázaro se resistió
siempre a darle el nombre de apostasía.

Entonces vinieron a consolarle esas ficciones engañosas que uno se forja
en las grandes amarguras de la vida, falsas esperanzas que no han
germinado al calor de la ilusión o del deseo, sino que llegan con paso
tardo y torpe, rebeldes a la voluntad que las evoca: entonces los
recuerdos tomaron formas de esperanzas, y no concebidas fríamente por el
cerebro, sino brotadas del fondo de su corazón, Lázaro sintió llegar a
los labios una idea que se tradujo en una palabra amorosamente
pronunciada. Todo su porvenir estaba condensado en ella.

«¡La aldea!»

A la mañana siguiente el barro del jardín guardaba impresas todavía las
huellas de Lázaro, indicando el sitio donde había escalado la verja para
huir, como un ladrón, de aquella casa, donde era tenido casi por un
santo.



XV.


Salió de la corte en un tren mixto, que se arrastraba torpemente como
reptil enorme condenado a recorrer siempre el mismo camino, saludando
con silbidos estridentes los mismos lugares, deteniéndose ante los
mismos sitios, hasta que al cabo de veinte horas de viaje llegó a la
estación más cercana a su pueblo, para ir al cual había de atravesar una
dilatada llanura, a cuya extensión ponían límite varias colinas que se
divisaban a larga distancia, veladas por flotantes brumas.

Alzábase cerca de la estación una venta con honores de posada, y junto a
su puerta, sentados en torno de dos mesillas mugrientas e inseguras
cubiertas de jarrillos de vino, bebían y vociferaban hasta media docena
de arrieros y zagales. Lázaro cruzó ante ellos sin detenerse, pidió
albergue, ajustó una mula para ir hasta su pueblo al otro día, y,
encerrándose en un estrecho cuarto, se dispuso a pasar la noche.

Caía la tarde. Por la ancha ventana que iluminaba la habitación se
distinguían a lo lejos, oscureciendo con sus enormes sombras la incierta
luz crepuscular, los picos de la vecina sierra envueltos entre vapores
débilmente violados y azules. En primer término, las tapias llenas de
carteles de colores y las vallas de la estación dibujaban con líneas de
intenso negro sus contornos. Los rails, abrillantados por el continuo
roce de las ruedas, se alejaban hasta perderse en la revuelta de una
curva. El polvillo del carbón oscurecía la tierra, marcando las huellas
de los carros, y a unos trescientos metros de donde paraban los trenes,
indicando la entrada en agujas, empezaban a brillar los farolillos rojos
y las señales de la vía.

Frente de la ventana, a regular distancia del corralón de la posada,
contrastando su fábrica de piedra con el maderaje y los tablones de que
estaba formada la estación, había un edificio, rico en otro tiempo, a la
sazón ruinoso, pobre, y sobre todo triste, como si su inerte mole fuera
capaz de presentir la grandeza del rival que allí cerca y en pocas
semanas alzaron unos cuantos hombres. Era una antigua iglesia,
reconstruida sin criterio fijo, restaurada muchas veces, y que hasta en
los más pequeños detalles acusaba gustos de distintas épocas o caprichos
de los piadosos donantes que facilitaron fondos con que sostener en pié
aquella amalgama en que parecían haber tomado cuerpo los desvaríos de un
arquitecto loco.

Todo el que dio dinero para la obra imprimió en ella algo de su capricho
o su ignorancia. Tenía rejas del Renacimiento, adaptadas a huecos
ojivales; vanos trazados sin tener en cuenta la ponderación de las
fuerzas, masas aglomeradas donde faltaba resistencia. Hasta la
Naturaleza, a veces caprichosa, había añadido un sarcasmo a tanta burla,
dejando brotar en la cornisa y enlazarse con las labores de la alta
crestería, muchas de esas florecillas de un amarillo sucio que crecen en
la frente de las ruinas como coronas funerarias puestas por el tiempo
sobre aquello mismo que destruye.

Daba acceso al edificio un arco gótico de relieves esculturales, con
santos puestos en mensulillas esculpidas, cubiertos por doseletes
calados, decorados con profusión, pero desconchados y rotos. No quedaba
apóstol sano, ni evangelista entero, ni virgen intacta, ni mártir
respetado por las salvajes pedradas de los chicos. Los báculos, las
mitras, los atributos y animales simbólicos estaban horriblemente
mutilados; dos o tres Padres de la Iglesia estaban desnarigados.

Lázaro, puestos los codos en el antepecho de la ventana y apoyado el
rostro entre las manos, miraba distraído las bandadas de pájaros que,
volando sesgadamente en torno de la vieja techumbre, venían a guarecerse
en los intersticios de las tejas, y sentía que, tan rápidas como ellos,
pero menos alegres, sus reflexiones iban trayéndole a la mente, en
invasión desordenada, revueltas con las tenaces preguntas de la
conciencia, las inseguras disculpas de la razón; y al par que cada
pensamiento le mostraba sus ilusiones muertas para siempre, en nada
descubría apoyo de consuelos presentes o vislumbre de esperanzas
futuras.

--Todo ha concluido. ¿He hecho bien? ¿He hecho mal? ¿Por qué no
experimento la dulzura inefable que dejan las resoluciones honradas? Me
he vencido: mi voluntad, domando los impulsos torpes, ha preferido a la
hipocresía la sinceridad. Si cuanto creí era falso, mi alma se hubiera
corrompido al contacto de la mentira; si era cierto, la oración se
habría manchado al pasar por los labios del impío. Tan despreciable es a
mis ojos el incrédulo que finge devoción, cuanto es infame el creyente
que blasfema de lo que tiene por santo. No quise que la duda me
arrastrase al cinismo. He aceptado la desdicha por no doblegarme al
envilecimiento, y, huyendo de reconocerme perjuro, he parado en ser
apóstata. He sido para la fe soldado leal y amante sin falsía; al dejar
de amarla no he querido mentirla, que el corazón luego desprecia lo que
prostituye. Plegaria que la vacilación suspende, frase de cariño que con
el pensamiento se aquilata, ni entrañan fervor, ni acusan sentimiento.
La religión y la mujer quieren al hombre todo entero: una para creer,
nos ciega; otra para amar, nos ofusca: ambas transigen con el olvido
antes que con la indiferencia, y para ellas en el menor desfallecimiento
hay perjurio, en la más pequeña falta de entusiasmo hay engaño.

Ya no volveré a verla. Creyente o renegado, no debe existir para mí.
Emblema vivo de la dicha, la he visto y la he sentido gozando, masque
por la contemplación de su hermosura, con los presentimientos en que el
alma adivinaba las dichas que pudiera darme. Y hoy, negada para la
realidad, imposible para el logro, aún creo que puede ser eterna para la
esperanza, cual si en mi ser se acrisolara lo que de terrenal me
inspira, hasta trasformarse y fundirse el deseo del cuerpo en aspiración
del alma. Su frente, que nunca habrá de reclinar sobre mi hombro; su
boca, que mis labios no besarán jamás; el brillo intenso y profundo de
sus pupilas negras, todo lo que sin haber llegado a conseguir juzgo
perdido, me parece infamemente arrebatado al empezar a poseerlo.
Recuerdo como pronunciadas las palabras que soñé para dichas por ella
junto a mi oído; la imaginación se finge las amorosas respuestas, la
memoria quiere engañarse a sabiendas, y los antojos de la fantasía se
confunden con las reminiscencias de la realidad.... Ya no tendré
estímulo para el bien, ni energía contra el mal. Ser algo por amor suyo
me hubiera quizá impelido a serlo todo; ambicionar lejos de ella, es
caminar sin término, pensar sin juicio, tender el vuelo a los espacios
sin que la mente sepa dónde ha de hallar descanso la esperanza.

Así pensaba Lázaro, absorbido por sus cavilaciones, mientras la trémula
claridad de los últimos instantes de la tarde iba dejando libre el paso
en la atmósfera a las primeras sombras de la noche. Las formas de las
cosas se desvanecían, perdidas poco a poco en la incertidumbre de la
naciente oscuridad, y los contornos de árboles, caseríos, lomas y
plantíos iban desvaneciéndose, permitiendo apenas destacar sus negras
masas entre los espirantes resplandores del día.

Entonces, hendiendo el aire pausada y dulcemente, llegó hasta los oídos
del cura el tembloroso tañer de una campana, cuyas voces debilitaba la
distancia, confundiendo con sus propios sonidos las huecas repeticiones
de los ecos.

--¡La oración! dijo Lázaro. ¡Si pudiera rezar!

Se levantó movido de secreto impulso, bajó al zaguán, salió hasta el
campo, y como quien no pierde por la precipitación idea del sitio donde
va, cruzando tierras sembradas, se fue hacia la iglesia que desde la
ventana de su cuarto había visto.

Llegó hasta ella rendido y sin aliento, que el bien, aunque sea fingido,
cuesta caro, y parándose primero ante la puerta cerrada del templo,
rodeó después el edificio a grandes pasos, buscando inútilmente entrada
franca para la casa de Dios. Mas hallándolo todo inútil a su empeño,
vino a dar junto a una casuca estrecha, miserable, contigua a la
iglesia, unida a ella por las tapias de un huerto, y que parecía ser
morada del cura que cuidase el sagrado edificio.

Avanzó resuelto, y cogiendo con mano trémula el aldabón de hierro que
pendía de la puerta, dio un recio golpe, que, retumbando en la desierta
nave de la iglesia, fue devuelto en seguida por los ecos más prolongado
y más nutrido. Entonces los pájaros cobijados entre las hendeduras de
los sillares desquiciados, en los relieves de los frisos, en las
estatuillas de piedra y las hojarascas de granito, se alzaron en medroso
enjambre, yendo fugitivos y asustados a perderse en la altura o a
refugiarse rastreando por los cercanos trigos.

--Así han huido, se dijo Lázaro, mis esperanzas; pero estas aves
tornarán al nido antes que la noche cierre, y las ilusiones no volverán
jamás al alma mía.

Nadie contestó al golpe. El edificio estaba abandonado y mudo. La
campana cuyos tañidos llegaron hasta Lázaro, era la que en la estación
servía para marcar las horas del trabajo.

De allí a poco rasgó los aires el pito de una locomotora que venía
lejana, y confundidos con su penetrante silbido empezaron a escucharse
cercanos los alegres cantares de los obreros que volvían de su ruda
tarea.

Era inútil rezar. A un lado estaban la soledad, el egoísmo indiferente
de todo lo que se siente morir, la puerta del templo cerrada para
siempre; al otro lado bullían y se agitaban los símbolos del porvenir,
de la esperanza y de la vida.

La Iglesia es como esas queridas desdeñosas que nunca vuelven a recibir
entre sus brazos al que una vez se aparta de ellas.

Lázaro se volvió pensativo a la posada. Había comprendido aquella
coincidencia extraña que le dio clara idea de su situación.

Al entrar en la venta vio, iluminados por la rojiza llama del hogar y
las amarillentas luces de un velón, los arrieros y mozos de muías que
descansaban en torno de la lumbre, jugando con barajas abarquilladas y
sebosas, apurando vasos de vino.

Otros más descuidados o menos resistentes al trajinar del día, dormían
a pierna suelta encima de los arcones de la cebada y tumbados sobre las
mantas y albardas de las bestias.

Lázaro los contempló un instante, y pensó que el sueño del ignorante
suele ser, por una injusticia que subleva, más sosegado y tranquilo que
el del justo.



XVI.


Por un camino real que atraviesa los campos de Castilla rayanos con
Andalucía, jinete en una mula parda, mal esquilada y sucia, va un hombre
joven y de hermosas facciones, pero ojeroso, triste, pálido, callado,
dejando al animal que arregle a su capricho el paso, sin hostigarle con
espuela ni palo.

En el cielo, de un azul purísimo, no flota la más ligera nube. El aire,
diáfano y trasparente, permite ver a grandes distancias las formas de
las cosas, y el humo que se escapa de alguna choza perdida en la
llanura, sube vertical y tranquilo a desvanecerse en la límpida
atmósfera, sin que el más tenue soplo le conmueva. Algún ventorrillo,
con su rama seca colgada, ante el portón, ofrece de trecho en trecho al
caminante el cochifrito o el tasajo, compañeros del vino, y a lo lejos
se extiende hasta perderse la blanca cinta del polvo de la carretera,
manchada sólo por los excrementos de las bestias, o hendida por las
pesadas llantas de los carros. Dilátanse a uno y otro lado las estrechas
paralelas de los surcos cubiertas por mieses amarillentas o verdosas, y
esmaltando el gris oscuro de los secos terrones, crecen profusamente las
encendidas amapolas, los azulejos pálidos y las margaritas de botón de
oro. En las cunetas del camino, junto a los montones de guijo y pedernal
recién labrado, se arraigan los punzantes cardos, y rastreando entre
los trigos, hurtando fuerza a las cañas y peso a las espigas, se
extienden las tenaces gramas. El sol brilla con fuerza, recortando
enérgicamente las sombras, y el aire, impregnado de rústicos aromas,
apenas consigue agitar las hierbecillas sedientas del agua de los
cielos. Todo está seco; en cuanto alcanza la mirada no hay una noria, ni
un árbol, ni una fuente. Como flotantes en el ancho espacio, se oyen
sonidos que la distancia debilita: el campanilleo tembloroso del andar
de la recua, el cántico semisalvaje del gañán, o el cansado voltear de
alguna esquila de torre perdida en la soledad de la planicie....

La mula seguía su trote acompasado y lento, dejando tras sí lo que dejan
todas las cosas de la vida: polvo que se alzaba en el aire, dilatando un
instante la nube sucia de sus átomos, para volver al sitio de donde
procedía.

Las horas pasaban; a unos campos sucedían otros monótonamente iguales,
repitiéndose sin cesar los accidentes del terreno, pareciéndose siempre
en algo los caseríos, las granjas, los rediles vacíos, mientras sobre
las lomas o en los cerros se divisaban, como puntos inquietos blancos y
negros, las ovejas y cabras que corrían acosadas por los celosos perros.

Íbanse poco a poco destacando del fondo luminoso del cielo los ángulos
rectos y los cortes bruscos de las casas de las aldeas, con sus tapias
de tierra y sus paredes de cascote, dominadas desde lo alto del monte
por la ermita, en torno de cuyo viejo campanario volaban las bulliciosas
y alegres golondrinas. Entonces Lázaro forzaba el trote de su
cabalgadura, y llegando a la plaza del lugar, lo atravesaba rápidamente,
sin reparar en las mujeres puercas y los chicuelos harapientos que le
miraban, curiosos y asombrados, desde las ventanas y los umbrales de
las puertas.

En una revuelta vio de repente una sombra oscura, grande y extendida
sóbrela blancura del camino: aquella mancha se movía, avanzando
lentamente en dirección contraría a la que él llevaba, y entre su masa
compacta brillaban a intervalos algunos puntos luminosos. Parecía una
serpiente colosal de enormes escamas heridas por los rayos del sol, y
seguida de una tenue nubecilla de polvo. Lázaro la dejó acercarse,
parado en lo alto de un repecho, y al cabo de unos cuantos minutos vio
clara, distintamente, lo que en un principio miró sin acertar qué era.

A pié, despedazados los trajes, roto el calzado, o desnudas y
ensangrentadas las callosas plantas, casi sin ropa que mal cubriera su
desnudez de día y en la noche les aliviara del frío, atados entre sí y
alguno sujeto por los codos, venían hasta diez y seis o veinte hombres.
Era una cadena de eslabones humanos brutalmente ensartados; _gente
forjada del Rey que iba a las galeras_; una cuerda de presos. En torno
suyo caminaban custodiándoles, sable en mano o arma al brazo, unos
cuantos soldados. Lo que Lázaro había visto brillar en lontananza eran
los hierros de las bayonetas.

Allí iban retratadas, si no juntas realmente, al menos visibles para la
imaginación, todas las miserias humanas: el que mató por odio; el que
hirió por venganza; el que robó por codicia; el que hurtó por hambre; el
que delinquió por flaqueza; el que pecó por vicio: aquél a quien
pervirtió la mala educación; aquél a quien la herencia de la viciada
sangre hizo rabiosos los sentidos, y el de brutal naturaleza que dejó al
instinto sobreponerse a la razón: juntos estaban el que holló la moral
desconociéndola, y el que hizo mofa de ella desestimando su valía:
atados a la par iban el avaro convertido en ladrón por la idolatría del
oro, y el pródigo trocado en criminal por el desprecio de todas las
riquezas: codo con codo, sujetos uno a otro, andaban el que delinquió
contra la sociedad creyendo honrar a la virtud y el que hizo escarnio de
lo bueno por asegurar lo útil: caminando unidos, avasallados por la
misma tristeza, iban el que fue malo por fanático y el que dejó de ser
justo por incrédulo: llagas en los tobillos y heridas en las manos
llevaban igualmente quien faltó a la ley por no tener, y quien la violó
para tener más: con grillos y esposas estaban sujetos, todos respirando
venganzas, invocando auxilios, premeditando fugas, distintamente
animados por el arrepentimiento o el rencor, pero sin que uno solo se
eximiera de la pesadumbre y la vergüenza.

--Son los hijos de la pobreza y la ignorancia, pensó Lázaro; la ley de
la Naturaleza es la vida; la ley del hombre es el dolor.

Su alma sufrió una sacudida horrible: la trasformación que venía
realizándose en su espíritu se completó en aquel momento, y la
metamorfosis que convierte en amor al prójimo el feroz egoísmo de la fe,
quedó cumplida. Ser bueno para sí es lo propio del débil; en ser justo
para los demás están la sabiduría y la grandeza.

Cuando estaba resuelto a sepultarse para siempre en la soledad y el
olvido de su pueblo, unos cuantos miserables que la sociedad expulsaba
de su seno, amputados como miembros podridos, le dieron a entender que
si la fe puede morir, el amor a la humanidad es inmortal. Y aquella
pobre criatura, el ateo capaz de conmoverse viendo rezar a un niño, el
que sin creer en la amistad se hubiera sacrificado por un amigo, el que
al renegar de la pasión lo había sacrificado todo al respeto de la mujer
amada, el que no esperando agradecimiento hubiera dado a hurtadillas la
limosna, dejó caer sobre el pecho la cabeza, y lloró solo una lágrima,
acre, amarga, como saturada de todos los infortunios de la tierra, y
alzando luego el rostro, de cara al sol, inspirado por algo superior a
sí mismo, dio vuelta a la mula, guiándola hacia la corte, para lanzarse
en el torbellino de la vida moderna, sin más creencias que la pasión del
bien ni más fe que la de un porvenir mejor.

--Nadie tiene derecho, se dijo, a convertir el escepticismo en inacción.
Mientras en el mundo suene una queja engendrada por el egoísmo y la
injusticia, quien se precie de bueno debe luchar hasta morir, que para
caer herido en defensa de lo santo no hace falta creer: basta amar. En
la misma dirección, pero a larga distancia, fueron perdiéndose entre
dos remolinos de polvo, grande uno, imperceptible otro, los presidiarios
y el jinete.

¿Fue su alto y leal propósito a perderse en la inmensa vorágine de los
opuestos intereses del mundo? ¿Cayó como granizo que se derrite al ardor
impuro de la tierra, o gota de lluvia que en el mar se confunde sin
alterar la muchedumbre de sus olas? ¿Fue hierro candente sumergido en el
agua que chasquea y se queja pero al fin se enfría, o se desvaneció como
el último eco de la onda sonora que desparrama su vibración en el
espacio? ¿Fue, tal vez, como el grano de trigo que el viento orea en la
parva y cae en el montón predestinado a la fecunda siembra? ¡Quién sabe!
Pero aquél espíritu sin esperanza, destrozado y muerto por la lucha del
sentimiento que le impulsaba a creer, con la razón que le arrastraba a
dudar, debió escuchar una voz misteriosa que, como Cristo al hermano de
Marta y María, le arrancó del seno de las tinieblas y la muerte
murmurando en su oído:

--_Lázaro, ven fuera_.

       *       *       *       *       *


NOTAS:

[1] Epist. de San Pablo a los hebreos, cap. II, vers. I.

[2] Evang. de San Lucas, cap. xi, vers. 46.





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