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Title: Bailén
Author: Pérez Galdós, Benito, 1843-1920
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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BAILÉN

Episodios Nacionales

Primera Serie

B. PEREZ GALDOS



I


--Me hacen ustedes reír con su sencilla ignorancia respecto al hombre
más grande y más poderoso que ha existido en el mundo. ¡Si sabré yo
quién es Napoleón!, yo que le he visto, que le he hablado, que le he
servido, que tengo aquí en el brazo derecho la señal de las herraduras
de su caballo, cuando... Fué en la batalla de Austerlitz: él subía a
todo escape la loma de Pratzen, después de haber mandado destruir a
cañonazos el hielo de los pantanos donde perecieron ahogados más de
cuatro mil rusos. Yo, que estaba en el 17.º de línea, de la división
de Vandamme, yacía en tierra gravemente herido en la cabeza. De veras
creí que había llegado mi última hora. Pues, como digo, al pasar él
con todo su Estado Mayor y la infantería de la Guardia, las patas de
su caballo me magullaron el brazo en tales términos, que todavía me
duele. Sin embargo, tan grande era nuestro entusiasmo en aquel célebre
día, que incorporándome como pude, grité: «¡Viva el Emperador!»

Así hablaba un hombre para mi desconocido, como de cuarenta años, no
malcarado, antes bien con rasgos y expresión de cierta hermosura
marchita, aunque no destruída por las pasiones o los vicios; alto de
cuerpo, de mirada viva y sonrisa entre melancólica y truhanesca, como
la de persona muy corrida en las cosas del mundo, y especialmente en
las luchas de ese vivir al par holgazán y trabajoso a que conducen la
sobra de imaginación y la falta de dineros; persona de ademanes
francos y desenvueltos, de hablar facilísimo, lo mismo en las bromas
que en las veras; individuo cuya personalidad tenía complemento en el
desaliño casi elegante de su traje, más viejo que nuevo, y no menos
descosido que roto, aunque todo esto se echaba poco de ver, gracias a
la disimuladora aguja, que había corregido así las rozaduras del
chupetín como la ortografía de las medias.

Éstas eran, si mal no recuerdo, negras, y el pantalón de color de
clavo pasado. Llevaba corto el pelo, con dos mechoncitos sobre ambas
sienes, sin polvo alguno, como no fuera el del camino; su casaca
obscura, y de un corte no muy usual entre nosotros; su chaleco
ombliguero, forma un poco extranjera también, y su corbata,
informemente escarolada, le hacían pasar como nacido fuera de España
aunque era español. Mas por otra circunstancia distinta de las
singularidades de su vestir, causaba sorpresa la tal persona, y éste
es un capitalísimo punto que no debe pasarse en silencio. Aquel hombre
tenía bigote. Esto fué, ¿a qué negarlo?, lo que más que otra cosa
alguna llamó mi atención cuando le vi inclinado sobre la mesa,
comiendo ávidamente en descomunal escudilla unas al modo de sopas,
puches o no sé qué endemoniado manjar, mientras amenizaba la cena
contando entre cucharada y cucharada las proezas de Napoleón I. Dos
personas, ambas de edad avanzada y de distinto sexo, componían su
auditorio: el varón, que desde luego me pareció un viejo militar
retirado del servicio, oía con fruncido ceño y taciturnamente los
encomios del invasor de España; pero la señora anciana, más
despabilada y locuaz que su consorte, contestaba al panegirista con
cierto desenfado tan chistoso como impertinente.

--Por Dios, Sr. de Santorcaz--decía la vieja--, no grite usted ni
hable tales cosas donde le puedan oír. Mi marido y yo, que ya le
conocemos de antes, no nos espantamos de sus extravagancias; pero,
¡ay!, la vecindad de esta casa es muy entremetida, muy enredadora, y
no se ocupa más que de chismes y trampantojos. Como que ayer las niñas
de la bordadora en fino, que vive en el cuarto número 8, llegaron
pasito a pasito a nuestra puerta para oír lo que usted decía cuando
nos contaba con desaforados gritos lo que pasó allá en las Austrias en
la batalla de Pirrinclum, o no sé qué..., pues esos enrevesados
nombres no se han hecho para mi lengua... Esta mañana, cuando usted
entró de la calle, la comadre del número 3 y la mujer del lañador,
dijeron: «Ahí va el pícaro _flamasón_ que está en casa del Gran
Capitán. Apuesto a que es espía de la _canalla_, para ver lo que se
dice en esta casa y contarlo a sus mercedes.» El mejor día nos van a
dar que sentir, porque como dice usted esas cosas, y tiene esos modos,
y hace ascos de la comida cuando tiene azafrán, y siempre saca lo que
ha visto en las tierras de allá, le traen entre ojos, y sabe Dios...
¡Como aquí están tan rabiosos con lo del día 2!...

--Ya se aplacarán los humos de esta buena gente--dijo Santorcaz,
apartando de sí escudilla y cuchara--. Cuando se organicen bien los
cuerpos de ejército y venga el Emperador en persona a dirigir la
guerra, España no podrá menos de someterse; y esto, que es la pura
verdad, lo digo aquí para entre los tres, de modo que no lo oigan
nuestras camisas.

--España no se somete, no, señor, no se somete--exclamó de improviso
el anciano, quebrantando el voto de su antes silenciosa prudencia, y
levantándose de la silla para expresar con frases y gestos más
desembarazados los sentimientos de su alma patriota--. España no se
somete, Sr. D. Luis de Santorcaz, porque aquí no somos como esos
cobardes prusianos y austriacos de que usted nos habla. España echará
a los franceses, aunque los manden todos los Emperadores nacidos y por
nacer; porque si Francia tiene a Napoleón, España tiene a Santiago,
que es, además de general, un santo del Cielo. ¿Cree usted que no
entiendo de batallas? Pues sí: soy perro viejo, y callos tengo en los
oídos de tanto oír el redoblar de los tambores y los tiros de cañón.

--No te sofoques, Santiago--dijo apaciblemente la anciana--, que ya
andas en los tres duros y medio, y aunque yo creo como tú que España
no bajará la cabeza, no es cosa de que te dé el reuma en la cara por
lo que hable este mala cabeza de Santorcaz.

--Pues lo digo y lo repito--añadió el viejo soldado--. ¡Venir
hablándome a mí de cuerpos de ejército, y de brigadas de caballería, y
de cuadros...!

--¿En qué batallas se ha encontrado usted?--preguntó con sonrisa
burlona Santorcaz.

--¡Que en qué batallas me encontré!--exclamó D. Santiago Fernández,
cuadrándose ante su interpelante y mirándole con el desprecio propio
de los grandes genios que tienen puesta en duda su superioridad--.
¿Pues no sabe todo el mundo que fuí asistente del señor marqués de
Sarriá el año 1762, cuando aquella famosa campaña de Portugal, la más
terrible y hábil y estratégica que ha habido en el mundo, así como
también digo que después de Alejandro el Macedonio no ha nacido otro
marqués de Sarriá?... ¡Qué cosas tiene este caballerito! ¡Preguntar en
qué acciones me encontré! Aquélla fué una gran campaña, sí, señor:
entramos en Portugal, y aunque al poco tiempo tuvimos que volvernos,
porque el inglés se nos puso por delante, se dieron unas batallas...,
¡qué batallitas, mi Dios! Yo era asistente del Sr. Marqués, y todas
las mañanas le hacía los rizos y le empolvaba la peluca, de tal modo,
que la cabeza de nuestro General parecía un sol. Él me decía:
«Santiago, ten cuidado de que los rizos vayan parejos, y que uno de
otro no discrepen ni el canto de un duro, porque no hay nada que
aterre tanto al enemigo como la conveniencia y buen parecer de
nuestras personas.» ¡Y cuánto le querían los soldados! Como que en
toda aquella guerra apenas murieron tres o cuatro.

Santorcaz, al oír esto, se desternillaba de risa, haciendo subir de
punto con sus irreverentes manifestaciones el enfado de D. Santiago
Fernández, el cual, dando una fuerte puñada en la mesa, continuó así:

--¿Qué valen todos los generales de hoy, ni los emperadores todos,
comparados con el marqués de Sarriá? El marqués de Sarriá era
partidario de la táctica prusiana, que consiste en estarse quieto
esperando a que venga el enemigo muy desaforadamente, con lo cual éste
se cansa pronto y se le remata luego en un dos por tres. En la primera
batalla que dimos con los aldeanos portugueses, todos echaron a correr
en cuanto nos vieron, y el General mandó a la caballería que se
apoderara de un hato de carneros, lo cual se verificó sin efusión de
sangre.

--No, no ha habido en el mundo batallas como ésas, Sr. D.
Santiago--dijo Santorcaz, moderando su risa--; y si usted me las
cuenta todas, confesaré que las que yo he visto son juegos de chicos.
Y como desde aquella fecha ha conservado usted los hábitos de campaña,
y gusta tanto de conversar sobre el tema de la guerra, los vecinos le
llaman el Gran Capitán.

--Ese es un mote, y a mi no me gustan motes--dijo D.ª Gregoria, que
así se llamaba la mujer del valiente expedicionario de Portugal--.
Cuando nos mudamos aquí, y dieron los vecinos en llamarte Gran
Capitán, bien te dije que alzaras la mano y regalaras un bofetón al
primero que en tus propias barbas te dijera tal insolencia; pero tú,
con tu santa pachorra, en vez de llenarte de coraje, se te caía la
baba siempre que los chicos te saludaban con el apodo, y ahora Gran
Capitán eres y Gran Capitán serás por los siglos de los siglos.

--Yo no me paro en pequeñeces--dijo don Santiago Fernández--, y aunque
tolero un apodo honroso, no consiento que nadie se burle de mí. A fe,
a fe que cuando uno ha servido en las milicias del Rey por espacio de
veinte años; cuando uno ha estado en la campaña de Portugal; cuando
uno ha tenido también el honor de encontrarse en la expedición de
Argel que mandó el Sr. D. Alejandro O'Reilly en 1774; cuando después
de tan gloriosas jornadas se le han podrido a uno las nalgas sentado
en la portería de la oficina del Detall y Cuenta y Razón del arma de
Artillería, viendo entrar y salir a los señores oficiales, y
haciéndoles un recadito hoy y otro mañana, bien se puede alzar la
cabeza y tener una opinión sobre cosas militares.

--Eso mismo digo yo--indicó D.ª Gregoria--. Bien saben todos que tú no
eres ningún rana, y que has escupido en corro con guardias de Corps y
valonas, y con generales de aquellos que había antes, tan valientes,
que sólo con mirar al enemigo le hacían correr.

--Y no se trate--prosiguió el Gran Capitán--de embobarnos con cuentos
de brujas como los que desembucha el Sr. de Santorcaz. A las niñas del
lañador y a D.ª Melchora, la que borda en fino, les puede trastornar
el seso este caballero contándoles esas batallas fabulosas de
prusianos y rusos, con lo de que si el Emperador fué por aquí o vino
por allí. Hombres como yo no se tragan bolas tan terribles, ni ha
estado uno veinte años mordiendo el cartucho y peinando los rizos del
Sr. Marqués de Sarriá, para dar crédito a tales novelas de
caballerías. Conque ¿cómo fué aquello?--añadió en tono de mofa y
sentándose junto a Santorcaz--. Dijo usted que cuatro mil franceses
atacaron a la bayoneta a diez mil rusos, y les hicieron caer en un
pantano, donde se ahogó la mitad. Pues ¡y lo de que rompieron el hielo
a cañonazos para que se hundieran los enemigos que estaban encima!...
¡Bonito modo de hacer la guerra! Pero, hombre de Dios, si andaban por
sobre el hielo se resbalarían y... pobres nalgas del Emperador...,
digo, de los tres Emperadores, pues ahí dice usted que eran tres nada
menos. ¿Sabes, Gregoria, que es aprovechada la familia?

El Gran Capitán hizo reír a su digna esposa con estos chistes, hijos
de su inexperta fatuidad, y ambos celebraron recíprocamente sus
ocurrencias.

--Si es novela de caballerías lo que he contado--dijo Santorcaz--,
pronto lo hemos de ver en España, porque pasan de cien mil los
Esplandianes que andan desparramados por ahí esperando que su amo y
señor les mande empezar la función.

--¡Los asesinos de Madrid!--exclamó el Gran Capitán, inflamándose en
patriótico ardor--. ¿Y cree usted que les tenemos miedo? ¡Santa María
de la Cabeza! Ya veo que están fortificando el Retiro, y que no
permiten que vuele una mosca alrededor de sus señorías; pero ya
hablaremos. Esto es ahora porque estamos sin tropa; pero ¿sabe usted
lo que se va a formar en Andalucía? Un ejército. ¿Y en Valencia? Otro
ejército. Y en Galicia y en Castilla, otro y otro ejército. ¿Cuántos
españoles hay en España, Sr. de Santorcaz? Pues ponga usted en el
tablero tantos soldados como hombres somos aquí, y veremos. ¿A que no
sabe usted lo que me ha dicho hoy el portero de la Secretaría de la
Guerra? Pues me ha dicho que mi pueblo ha declarado la guerra á
Napoleón, ¿Qué tal?

--¿Cuál es el pueblo de usted?

--Valdesogo de Abajo. Y no es cualquier cosa, pues bien se pueden
juntar allí hasta cien hombres como castillos, no como esos rusos de
alfeñique de que usted habla, sino tan feroces, que despacharán un
regimiento francés como quien sorbe un huevo.

--Pues una mujer que ha venido hoy de la sierra--dijo D.ª Gregoria--me
ha contado que también mi pueblo va a declarar la guerra a ese ladrón
de caminos; sí, Sr. de Santorcaz, mi pueblo, Navalagamella. Y allí no
se andarán con juegos, sino al bulto derechitos. Si esos pueblos que
usted nombra, las Austrias y las Prusias, fueran como Navalagamella,
la _canalla_ no los hubiera vencido, y se conoce que todos los
austriacos y prusiacos son gente de mucha facha y nada más.

--No se dice prusiacos, sino prusianos--indicó enfáticamente a su
esposa el Gran Capitán.

--Bien, hombre: los rusos y los prusos, lo mismo da. Lo que digo es
que si Valdesogo de Abajo y Navalagamella, que son dos pueblos como
dos lentejas comparados con la grandeza de todo el reino, se ponen en
ese pie, los demás lugares y ciudades harán lo mismo, y entonces,
áteme esa mosca el Sr. de Santorcaz. No, no quedará un francés para
contarlo, y la que hicieron aquí a primeros del mes, la pagarán muy
cara. ¿Hase visto alguna vez bribonada semejante? ¡Fusilar en
cuadrilla a tantos pobrecitos, sin perdonar a sacerdotes ancianos, a
inocentes doncellas y a infelices muchachos como el que está en esa
cama! ¡Ay! Usted no vió aquello, Sr. de Santorcaz, porque llegó a
Madrid tres días después; ¡pero si usted lo hubiera visto! Por esta
calle del Barquillo pasaron esas fieras, y como les arrojaron algunos
ladrillos desde los andamios de la casa que se está fabricando en la
esquina, mataron a una pobre mujer que pasaba con un niño en brazos.
Al ver esto, todas las vecinas de la casa que estábamos en los
balcones, empezamos a tirarles cuanto teníamos. Una les echaba una
cazuela de agua hirviendo, otra la sartén con el aceite frito; yo cogí
el puchero que había empezado a cocer, y sin pensarlo dije: «Allá va»;
y aunque aquel día nos quedamos sin comer, no me pesó, no, señor.
Después, entre Juanita la lañadora, las niñas de al lado y yo,
cogimos una cómoda, y echándola a la calle aplastamos a dos. Querían
subir a matarnos; pero ¡quía! Todo facha, nada más que facha. Más de
cuarenta mujeres nos apostamos en la escalera, unas con tenedores,
otras con tenacillas, estas con asadores, aquella con un berbiquí,
estotra con una vara de apalear lana. Si llegan a subir, les hacemos
pedazos. Mi marido tomó aquella lanza vieja que tiene allí desde las
tan famosas campañas, y poniéndose delante de nosotras en la escalera,
nos arengó y dispuso cómo nos habíamos de colocar. ¡Ah, si llegan a
subir esos perros! Yo era la más vieja de todas, y la más valiente,
aunque me esté mal el decirlo. Mi marido quería salir a la calle al
frente de todas nosotras; pero le convencimos de que esto era una
locura. Con su carga de setenta a la espalda, él hubiera partido de un
lanzazo a cuantos mamelucos encontrara en la calle. ¡Ay, qué día!
Cuando nos retiramos cada una a nuestro cuarto, en toda la casa no se
oía más que «¡Viva el Gran Capitán!»

--¡Qué día!--exclamó melancólicamente Fernández, disimulando el
legítimo orgullo que el recuerdo de sus proezas le causaba--. A eso de
las ocho de la mañana vi salir de la oficina al capitán D. Luis Daoiz.
El día anterior me había mandado por unas botas a la zapatería de la
calle del Lobo, y desde allí se las llevé a su casa de la calle de la
Ternera, y cuando volví después de hacer el mandado, viendo que había
cumplido con la puntualidad y el esmero que son peculiares en mí, me
dió dos reales, que guardo en este pañuelo como memoria de hombre tan
valiente.

Diciendo esto, trajo un pañuelo, y desdoblando una de las puntas
despaciosamente, y como si se tratara de la más venerable y santa
reliquia, sacó una moneda de plata que puso ante la vista de
Santorcaz, sin permitirle que la tocara.

--Esto me dió--dijo, enjugando con el mismísimo sagrado pañuelo las
lágrimas que de improviso corrieron de sus ojos--; esto me dió con sus
propias manos aquel que vivirá en la memoria de los españoles mientras
haya españoles en el mundo, Yo estaba barriendo la oficina cuando
entró D. Pedro Velarde buscándole, y le dije: «Mi capitán, hace un
rato que salió con D. Jacinto Ruiz.» Después, don Pedro entró y estuvo
disputando con el coronel; al cabo de un cuarto de hora volvió a pasar
por delante de mi. ¡Quién me había de decir...!

El Gran Capitán no pudo continuar, porque la pena ahogaba su voz; D.ª
Gregoria se llevó también la punta del delantal a los ojos, y
Santorcaz, más serio y grave que antes, respetaba el dolor de sus dos
amigos.

--Me han asegurado--dijo, después de una pausa--que ese D. Pedro
Velarde iba a comer todos los días en casa de Murat. ¿Es que
simpatizaba con los franceses?

--No, no; y quien lo dijere miente--exclamó D. Santiago, dejando caer
de plano sobre la mesa sus dos pesadísimas manos--. Don Pedro Velarde
pasaba por un oficial muy entendido en el arma, y como fué de los que
el Rey envió a Somosierra a recibir al _melenudo_, éste le trató, supo
conocer sus buenas dotes, y quiso atraérselo. ¡Bonito genio tenía D.
Pedro Velarde para andarse con mieles! Le convidaban a comer,
obsequiábanle mucho; pero bien sabían todos que si nuestro capitán
pisaba las alfombras de aquel palacio, era «para conocer más de cerca
a la canalla», como él mismo decía.

--Él y sus compañeros de Monteleón--dijo Santorcaz--demostraron un
valor tanto más admirable cuanto que es completamente inútil. Aquí
están ciegos y locos. Creen que es posible luchar ventajosamente
contra las tropas más aguerridas del mundo, sin otros elementos que un
ejército escaso, mal instruído, y esas nubes de paisanos que quieren
armarse en todos los pueblos. La obstinación ridícula de esta gente
hará que sean más dolorosos los sacrificios, y el número de víctimas
mucho más grande, sin que puedan vanagloriarse al morir de haber
comprado con su sangre la independencia de la patria. España
sucumbirá, como han sucumbido Austria y Prusia, naciones poderosas,
que contaban con buenos ejércitos y reyes muy valientes.

--¡Esos países no tienen vergüenza!--gritó con furor D. Santiago
Fernández, levantándose otra vez de su asiento--. En Austria y Prusia
habrá lo que usted quiera; pero no hay un Valdesogo de Abajo ni un
Navalagamella. Discretísimo lector: no te rías de esta presuntuosa
afirmación del Gran Capitán, porque bajo su aparente simpleza
encierra una profunda verdad histórica.

Santorcaz soltó de nuevo la risa al ver el acaloramiento de Fernández,
cuyas patrióticas opiniones apoyó de nuevo su esposa, hablando así:

--Aquí somos de otra manera, Sr. de Santorcaz. Usted, viviendo por
allá tanto tiempo, se ha hecho ya muy extranjero y no comprende cómo
se toman aquí las cosas.

--Por lo mismo que he estado fuera tantos años, tengo motivos para
saber lo que digo. He servido algunos años en el ejército francés;
conozco lo que es Napoleón para la guerra, y lo que son capaces de
hacer sus soldados y sus generales. Cien mil de aquéllos han entrado
en España al mando de los jefes más queridos del Emperador. ¿Saben
ustedes quién es Lefebvre? Pues es el vencedor de Dantzig. ¿Saben
ustedes quién es Pedro Dupont de l'Etang? Pues es el héroe de
Friedland. ¿Conocen ustedes al duque de Istria? Pues es quien
principalmente decidió la victoria de Rívoli. ¿Y qué me dicen de
Joaquín Murat? Pues es el gran soldado de las Pirámides, y el que
mandó la caballería en Marengo...

--No, no le nombre usted--dijo D.ª Gregoria--, porque si todos los
demás son como ese de _las melenas_, buena gavilla de perdidos ha
metido Napoleón en España.

--Sr. de Santorcaz--añadió con grave comedimiento el Gran Capitán--,
ya sabe usted que un hombre como yo, testigo de cien combates, no se
traga ruedas de molino, y todas esas heroicidades del general Pitos y
del general Flautas las vamos a ver de manifiesto ahora, sí, señor. Y
supongo que usted habrá venido para ponerse de parte de ellos, pues
quien tanto les alaba y admira es natural que les ayude.

--No--replicó Santorcaz--; yo he vuelto a España para un asunto de
intereses, y dentro de unos días partiré para Andalucía. Cuando
arregle mi negocio, me volveré a Francia.



II


--¡Qué mal hombre es usted!--exclamo Dª Gregoria--. Y su pobre padre y
toda la familia llorando su ausencia, y muertos de pena sin poder
traer al buen camino a este calaverilla que durante quince años y
desde aquella famosa aventura... Pero chitón--añadió, volviendo la
cara hacia mí--: me parece que el chico se ha despertado y nos está
oyendo.

Los tres me miraron, y yo observé claramente cuanto me rodeaba,
pudiendo apreciarlo todo sin mezcla de vagas imágenes ni mentirosas
visiones. Hallábame en una cama, de cuyo durísimo colchón daban fe las
mortificaciones de mis huesos y la instintiva tendencia de mi cuerpo
a arrojarse fuera de ella, mientras uno de mis brazos, fuertemente
vendado, se negaba a prestarme apoyo, tan inmóvil y rígido como si no
me perteneciera. Asimismo rodeaba mi cabeza complicado turbante de
trapos que olían a ungüentos y vinagre, y mi débil y extenuado cuerpo
sentía por aquí y por allí terribles picazones. El lecho en que yacía
tan incómodamente ocupaba el rincón del cuarto, el cual era de
ordinarias dimensiones, con blancos muros y suelo de ladrillos, mal
cubiertos por una vieja y acribillada estera de esparto. Láminas de
santos, a quienes el artista grabador había dado nuevo martirio en sus
impíos troqueles, adornaban la desnuda pared, en uno de cuyos testeros
ostentaba su temerosa longitud la lanza del Gran Capitán. En el centro
de la pieza hallábase la mesa, que sostenía un candil de cuatro
mecheros, y junto a ella, sentados en sendas sillas de cuero, que
lastimosamente gemían al menor movimiento, estaban los tres personajes
cuya conversación hirió mis oídos cuando volví de un largo paroxismo.

Todos fijaron en mí la atención, y D.ª Gregoria, acercándose
maternalmente a mi cama, me habló así:

--¿Estás despierto, niño? ¿Ves y entiendes? ¿Puedes hablar? Pobrecito,
ya se te ha quitado la terrible calentura, y el Santo Ángel de tu
Guarda ha conseguido del Padre Eterno que te otorgue el seguir
viviendo. ¿Cómo estás? ¿Ves a los que estamos aquí? ¿Nos conoces?
¿Entiendes lo que decimos? Debes de estar bien, porque ya no dices
desatinos, ni quieres echarte de la cama, ni nos insultas, ni dices
que nos vas a matar, ni llamas a D. Celestino ni a la D.ª Inés, que te
traían trastornado el juicio. Estás bien, ya estás fuera de peligro, y
vivirás, pobre niño; pero ¿has perdido la razón, o Dios quiere que te
veamos en tu ser natural, sano y cuerdo, tal y como estabas antes de
que aquellos caribes...?

--Y, en verdad, no sé cómo ha escapado el infeliz--dijo Fernández a
Santorcaz--. Tres balazos tenía en su cuerpecito: uno en la cabeza, el
cual no es más que una rozadura; otro en el brazo izquierdo, que no le
dejará manco, y el tercero en un costado, y en parte sensible, tanto
que si no le hubieran sacado la bala, no le veríamos ahora tan
despiertillo.

Instáronme todos para que hablase, mostrándoles que mi razón, como mi
cuerpo, se había repuesto de la tremenda crisis. También acudió con
cariñosa solicitud a darme alimento la ejemplar D.ª Gregoria, y tomado
aquél ávidamente por mí me sentí muy bien. ¿Había resucitado o había
nacido en aquella noche?

--Ahora, chiquillo, estáte tranquilo--continuó D.ª Gregoria,
sentándose a mi lado--. ¡Cuánto se va a alegrar el Sr. Juan de Dios
cuando te vea!

--¡Cómo!--exclamé con la mayor sorpresa--. ¿Juan de Dios vive aquí?
¿Pues en dónde estoy? ¿Y ustedes quiénes son? ¿Qué ha sido de Inés?

--¡Otra vez Inés! Este joven no está todavía bueno. Dejémonos de
Ineses, y a descansar. Santorcaz se llegó a mi, y mostrándome algún
interés, me dijo:

--¡Pobrecito! ¡Conque te fusilaron! El Gran Duque de Berg es hombre
terrible y sabe sentar la mano. Dicen que mataste mas de veinte
franceses. Ya me contarás tus hazañas, picarón. Y di, ¿tienes ánimos
de volver a hacer de las tuyas? Me parece que no..., porque habrás
visto que esa gente gasta unas bromas un poco pesadas.

Dicho esto, Santorcaz, tomando su capa, se marchó.

Mi sorpresa y estupor al verme allí, tornado nuevamente y de
improviso, según mi entender, a la vida, en presencia de personas
desconocidas, y volviendo sin cesar al pasado mi pensamiento, recién
salido de una sombra profunda; las impresiones de mi alma, a quien el
repentino despertar, después de un largo entumecimiento, había dado
cierta actividad ansiosa, fueron causa de que no pudiera estar
tranquilo, como me rogaban el Gran Capitán y su mujer. Hacíales mil
preguntas con la curiosidad del que, volviendo al mundo después de un
siglo de muerte real, deseara conocer en un instante cuanto ha pasado
en el planeta durante su ausencia. A todo contestaban que me estuviese
quieto y sin cuidarme de nada, para que no me repitiesen los accesos
de fiebre; pero no pude conseguirlo, y si descansé un poco, procurando
poner a un lado mis terribles recuerdos y apartar de la vista las
siniestras figuras que se habían hecho compañeras inseparables de mi
espíritu, poco después, cuando, ya avanzada la noche, llegó Juan de
Dios, me sentí tan vivamente inquieto al verle, que a no impedírmelo
mi debilidad, habría saltado del lecho para correr hacia él,
arrastrado por un odio terrible y una curiosidad más fuerte aún que el
odio. El antiguo mancebo de D. Mauro Requejo hallábase tan demacrado,
tan excesivamente amarillo y mustio, como si hubiera vivido diez años
de penas en el transcurso de algunos días. Sus ojos encendidos
conservaban huellas de recientes lágrimas, y su desmadejado cuerpo se
movía con pesadez, como si le fatigara su propio peso. Arrojóse en una
silla junto a mi cama, y cuando los dos ancianos se retiraban a su
aposento, me habló así:

--Gabriel, ¿ya estás bueno? ¿Has recobrado el juicio? ¿Entiendes lo
que se te dice?

--¿Dónde está Inés?--le pregunté con ansiedad.

--¡Oh, desgraciado de mí!--exclamó, ocultando el rostro entre las
manos--. Tú estás enfermo todavía, y si te doy la noticia... ¿Que
dónde está Inés? Espántate, Gabriel, porque no lo sé. Yo estoy loco,
yo estoy imbécil. Llevo quince días de dolores que a nada son
comparables. Las lágrimas que he derramado podrían agujerear una peña.
Ahora mismo..., ¿de dónde crees que vengo? Pues vengo de la bóveda de
San Ginés, adonde voy todas las noches a mortificarme el cuerpo con
disciplinazos, por ver si Dios se apiada de mí y me devuelve lo que me
quitó, sin duda en castigo de mis grandes pecados.

Después de enjugar sus lágrimas y sonarse con estrépito, prosiguió:

--Yo saqué a Inés de la huerta del Príncipe Pío. ¡Ay!, si no te
salvaste también tú, fué porque no pude, que bien lo intenté, te juro
que lo intenté. Inés se desmayó, y no pudiendo traerla aquí, por ser
esto muy lejos, Lobo me indujo a llevarla a casa de unas que él
llamaba honradísimas señoras, donde permanecería hasta tanto que fuera
posible traerla aquí para casarme con ella... ¡Oh, infame legista,
miserable enredador, tramposo y falsario! Inés me abofeteó, Gabriel,
al verse en aquella casa, y me clavó en las mejillas sus deditos. No
puedes formarte idea de las palabras tiernas que le dije para que se
calmara; pero nada podía consolarla de que no os hubierais salvado
también tú y el buen sacerdote. En vano le dije que sería mi mujer; en
vano le dije que la adoraba con profundísimo amor; también le mostré
mi dinero, prometiéndole gastar una buena parte en huir para siempre
de Madrid y de España, si así lo deseaba. ¡Infeliz de mí! A estas
irrecusables pruebas de mi cariño sólo contestaba llamándome bestia y
ordenándome que de su presencia me quitara... A cada momento te
llamaba, y luego se deshacía en lágrimas, y quería después arrojarse
fuera de la casa para volver a la Montaña. A pesar de esto yo era
feliz, porque la tenía en mis brazos, apartábale de la frente los
desordenados cabellos, y con mi pañuelo limpiaba sus lágrimas divinas,
con las cuales se refrescarían, si las bebieran, los condenados del
Infierno... El pérfido Lobo no se apartaba de allí, y desde luego me
parecieron sospechosos el esmero y solicitud con que la atendía. Inés
no cesaba un momento de gemir, y tanto a mi compañero como a mí nos
mostraba repugnancia, ordenándonos que la dejáramos sola, porque no
quería vernos, y que la matáramos, porque no quería vivir. Su
desesperación llegó a tal punto, que no la podíamos contener, y se nos
escapaba de entre los brazos, diciendo que pues no le era posible
salvaros la vida, quería daros a entrambos sepultura. Por último, a
fuerza de ruegos logramos calmarla un poco, prometiéndole yo acudir al
lugar del suplicio a cumplir tan triste obligación. Cuando esto le
dije, me miró con tanta ternura, y después me lo ordenó de un modo tan
persuasivo, tan elocuente, que no vacilé un instante en hacer lo
prometido, y salí dejándola al cuidado de Lobo. ¡Nunca tal hiciera, y
maldito sea el instante en que me separé de aquel tesoro de mi vida,
de aquel imán de mi espíritu! Gabriel, corrí a la Moncloa, me acerqué
a los grupos en que eran reconocidos los cadáveres, y anduve de un
lado para otro esperando encontrarte entre aquellos que, abandonados
hasta en tan triste ocasión, no tenían quien formara a su alrededor
concierto de llantos y exclamaciones... Al fin encontré al sacerdote;
pero tú no estabas a su lado, pues unas mujeres compasivas, habiendo
notado que vivías, te habían llevado a un paraje próximo para
prodigarte algunos cuidados. Grande fué mi alegría cuando te vi abrir
los ojos, cuando te oí pronunciar frases obscuras, y observé que tus
heridas no parecían de mucha gravedad; así es que en cuanto dimos
sepultura a tu buen amigo, me ocupé de los medios de traerte a mi
casa. Rogué a las pobres mujeres que te cuidaran un momento más,
mientras yo volvía con una camilla, y al salir de la huerta me
regocijaba con la idea de participar a Inés que estabas vivo. «¡Cuánto
se alegrará la pobrecita!», decía para mí, y yo me alegraba también,
porque había comprendido por sus palabras que aquella flor de Jericó
te apreciaba bastante, ¿no es verdad? ¡Ay!, Gabriel, tú hubieras sido
nuestro criado, tú nos hubieras servido fielmente, ¿no es verdad?...
Pues bien, hijo: como te iba diciendo, corrí desalado a comunicarle la
feliz nueva de tu salvación, y cuando entré en la casa donde la había
dejado, Inés ya no estaba allí. Aquellas señoras desconocidas
dijéronme que Lobo se había llevado a Inés, y como yo les manifestara
mi extrañeza, mi indignación, llamáronme estúpido y me arrojaron de su
casa. Volé a la de ese miserable ladrón; mas no le pude ver ni en todo
aquel día ni en los siguientes. Figúrate mi desesperación, mi agonía,
mi locura; yo no sé cómo no entregué el alma a Dios en aquellos días,
porque además de mi gran pena, me consumía una fuerte calentura, a
consecuencia de la herida de esta mano, pues bien viste que perdí dedo
y medio en la calle de San José... ¿Crees que me curaba? Ni por
pienso. Después que el boticario de la Palma Alta me vendó la mano no
volví a acordarme de tal cosa, y no digo yo dedo y medio, sino los
cinco de cada mano me hubiera yo arrancado con los dientes, con tal de
hallar a mi idolatrada Inés, ¡a aquella rosa temprana, a aquel jazmín
de Alejandría!... Durante este tiempo no me olvidé de ti, pues el
mismo día 3 te hice conducir a esta casa, que es la mía, en la cual
has permanecido hasta hoy, y donde, gracias a los cuidados de tan
buena gente, has recobrado la salud.

--¿Pero Lobo ha desaparecido también?--pregunté con afán--. Si no ha
desaparecido, bien puede obligársele a decir qué ha hecho de Inés.

--Al cabo de diez días le encontré al fin en su casa. ¿Sabes tú lo que
me dijo el muy embustero? Pues verás. Después de reírse de mí,
llamándome bobo y mentecato, me dijo que no pensara en volver a ver a
Inés, porque la había entregado a sus padres. «¿Pues acaso Inés tiene
padres?», le dije. Y él me contestó: «Sí, y son personas de las
principales de España, por lo cual he creído de mi deber entregarles
la infeliz jovenzuela, desde tanto tiempo condenada a vivir fuera de
su rango y entre personas de inferior condición.» Me quedé atónito;
pero al punto comprendí que esto era invención de aquel inicuo
tramposo, embaucador, y en mi cólera le dije las más atroces
insolencias que han salido de estos labios. ¿No crees tú como yo que
lo de entregarla a sus desconocidos padres es pura fábula de Lobo para
ocultar así su crimen? Gabriel, ¿no te estremeces de espanto como yo?
¿Dónde estará Inés? ¿Dónde la tendrá ese monstruo? ¿Qué habrá hecho de
ella? ¡Ay! Yo la he buscado sin cesar por todo Madrid; he pasado
noches enteras junto a la casa de la calle de la Sal examinando quién
entraba y quién salía; he dado dinero a los criados, aguadores,
lavanderas, a los escribientes del licenciado, a cuantas personas
visitaban la casa; pero nadie me ha sabido dar razón, nadie, nadie.
¿Es esto para desesperarse? ¿Es esto para morirse de pena? ¡Trabajar
tanto, cavilar tanto para sacarla del poder de sus tíos; cometer
grandes pecados y exponer uno su alma a las horribles penas del
Infierno para ver desvanecida como el humo aquella esperanza
encantadora, aquella soñada dicha y suprema felicidad!... ¿Será
castigo de Dios por mis culpas, Gabriel? ¿Lo crees tú así? ¿Apruebas
lo que estoy haciendo ahora, que es rezar mucho y pedir a Dios que me
perdone o que me devuelva mi Inesita, aunque no me perdone? ¿Crees tú
que concurriendo a la bóveda de San Ginés con gran constancia y
devoción podré alcanzar de Dios alguna misericordia? ¡Ay! Si las
lágrimas que he derramado hubiesen caído todas en el corazón de ese
infame Lobo, habríanle atravesado de parte a parte haciendo el efecto
de un puñal. ¿Dónde está Inés? ¿Qué es de ella? ¿Vive o muere?
Gabriel, tú tienes ingenio, y Dios ha querido que recobres tu preciosa
vida para que desbarates los inicuos planes de ese monstruo abominable
y devuelvas a la niña su anhelada libertad, así como a mí la paz del
alma, que he perdido quizás para siempre.

Así habló el afligido hortera, y oyéndole no pude menos de
compadecerle por los tormentos de su alma, tan apasionada como
inocente. No se cansó de hablar hasta muy avanzada la noche, siempre
sobre el mismo tema y con iguales demostraciones dolorosas. Al fin su
voz se perdió para mí en el vacío de un silencio profundo, porque me
quedé dormido, cediendo mi atención y curiosidad a la fatiga y
flaqueza de ánimo que me consumían aún.



III


Al día siguiente, la primera persona que vieron mis ojos fué D.ª
Gregoria, a quien ya había empezado a tomar cariño, pues tan propio de
la caridad es inspirarlo en poco tiempo. La mujer del Gran Capitán
limpiaba la sala, procurando mover los trastos lentamente para no
hacer ruido, cuando desperté, y al punto lo dejó todo para correr a mi
lado.

--Esa cara está respirando salud--me dijo--. Veremos lo que dice hoy
D. Pedro Nolasco cuando te vea.

--¿Y quién es ese D. Pedro Nolasco?--pregunté, sospechando fuera algún
médico afamado de la vecindad.

--¿Quién ha de ser, hijo? El albéitar, que vive en el cuarto número
14. Aquí no gastamos médico porque es bocado de príncipes. Y cuando
Fernández padece del reuma, le ve D. Pedro Nolasco, que es un gran
doctor. A él debes la vida, chiquillo, y él te sacó del costado la
bala; que si no a estas horas estarías en el otro mundo.

Oído esto, hícele varias preguntas acerca de su condición y la calidad
de la casa, a las que satisfizo bondadosamente, diciendo que su esposo
era portero en una oficina del ramo de la Guerra, y que con su sueldo
y lo que el Sr. Juan de Dios les daba por su modesto pupilaje pasaban
la vida pobres y contentos.

--Esta no es casa de huéspedes, porque nosotros no queremos
barullo--añadió--; pero hace mucho tiempo que conocemos al Sr. de
Arróiz y por eso le tenemos aquí. Este Sr. de Santorcaz que has visto
anoche, y que no ha de tardar en venir, es un joven a quien conocimos
en Alcalá, cuando estábamos allí establecidos y él dejaba sus estudios
en aquella célebre Universidad para correr la tuna. Ha sido muy
calavera, y sus padres no le han vuelto a ver desde que se marchó a
Francia hace quince años huyendo de una persecución muy merecida _por
mor_ de sus barrabasadas y viciosas costumbres. ¡Desgraciado joven!
Allá fué soldado, y cuando nos cuenta sus trabajos y penalidades, nos
quedamos como si oyéramos leer la novela _El asombro de la Francia,
Marta la Romarantina_, aunque Santiago dice que todo lo que cuenta es
mentira. A pesar de su mala cabeza, nosotros apreciamos a este
tarambana de Santorcaz, y él no nos quiere mal; así es que cuando se
aparece por España, siempre viene a parar a nuestra casa, donde le
damos hospitalidad por bien poco dinero. ¡Ay!, sí, por bien poco
dinero; verdad que si le pidiéramos mucho, el infeliz no podría
dárnoslo, porque no lo tiene. Y no es porque haya nacido de las
hierbas del campo, pues a un buen solar de tierra de Salamanca
pertenece su familia; sólo que como no es primogénito..., su padre se
empeñó en dedicarle a la Iglesia y el pobre chico no tenía afición de
misacantano...

Estábamos D.ª Gregoria y yo enfrascados en este coloquio, que no
dejaba de interesarme, cuando volviendo de su oficina D. Santiago
Fernández, quitóse gravemente el pesado uniforme, que su consorte
colgó en la percha, no lejos de la amenazadora lanza, y se dispuso a
comer.

--Grandes noticias te traigo, mujer--dijo con retozona sonrisa,
sentado ya en el sillón de cuero y con ambas manos posadas en las
respectivas rodillas, mientras con lento compás movía el cuerpo--. Te
vas a poner más contenta...

--No puede ser sino que el Gran Duque ha reventado ya de los cólicos
que padecía.

-No, no es eso, mujer. ¿Quién te dijo que Navalagamella le había
declarado la guerra a la _canalla_? No es Navalagamella sólo, mujer:
es Asturias, León, Galicia, Valencia, Toledo, Burgos, Valladolid, y se
cree que también Sevilla, Badajoz, Granada y Cádiz. En la oficina lo
han dicho; y si vieras cómo están todos bailando de contento...
Oficial conozco que no ha dormido en toda la noche esperando el
correo; ¡y si supieras, mujer...! A ti te lo puedo decir, y no importa
que lo oiga este chico. Oye, oíd los dos: muchos oficiales se han
fugado, sin que en los cuarteles ni en sus casas se sepa dónde están.
Y dirás tú: «¿Pues dónde están?» Yo lo sé, sí señora, yo lo sé: han
ido a unirse a los ejércitos españoles que se están formando... ¿A
que no sabes dónde se están formando? Pues yo lo sé, sí, señora, yo lo
sé: uno se está formando en Valladolid, y lo mandará D. Gregorio de la
Cuesta; otro en Asturias y Galicia, que corre a cargo de Blake..., y
el tercero... Esta es la más gorda de todas: ¿te la digo?

--Hombre, sí, dila: no nos dejes a media miel.

--Pues se dice por ahí que las tropas de Andalucía se sublevarán, sí,
señor, se sublevarán. ¡Pues no han de sublevarse!... Si en cuanto uno
dé la voz empieza a desfilar nuestra gente y ni un ranchero español
quedará a las órdenes de Murat ni de la Junta.

--Veo que lo van a pasar mal, Santiago. Pero siento golpes en la
puerta. Son los vecinos que vienen a saber noticias... Pase usted,
Sr. D. Roque; pasen ustedes, niñas; adelante, Sr. de Cuervatón.

Abrió D.ª Gregoria la puerta, y penetraron en ordenada falange como
una docena de personas de uno y otro sexo, y de diferentes edades y
fachas, las cuales personas eran los vecinos más adictos al Gran
Capitán, y además entusiastas creyentes de sus noticias, por lo cual
acudían todas las mañanas cuando aquél regresaba de la oficina, con el
anhelo de saciar en la fuente más pura y cristalina la ardorosa
curiosidad que entonces devoraba a los habitantes de Madrid. ¿Debo
detenerme en enumerar a tan dignas personas? ¿Para qué, si el lector
no necesita conocer al lañador, ni al talabartero, ni tampoco a D.
Roque, el arruinado comerciante, ni al Sr. de Cuervatón, ni menos a
las niñas de la bordadora en fino? Dejémosles envueltos en el velo de
su discreto incógnito, y oigamos a Fernández, que desbordándose de su
propio ser, a causa de la exorbitante hinchazón de su orgulloso
júbilo, iba contando lo que oyera, sin dejar de aderezar sus relatos
con la sal y pimienta de la hipérbole.

--Pues en Andalucía--dijo--, en Andalucía..., ya saben ustedes dónde
está Andalucía; como si dijéramos en Cádiz..., pues. Dicen que la
Junta de Sevilla ha armado un gran ejército con las tropas que estaban
en San Roque. ¿Saben ustedes lo que es San Roque? Pues es como si
dijéramos...; supongan ustedes que aquí está Gibraltar, pues aquí
cerquita está San Roque.

--Este D. Santiago lo sabe todo.

--Ya, como quien ha visto tantas tierras y ha estado en tantas
batallas.

--En San Roque están las mejores tropas de España, tanto en infantería
como en artillería y caballos; de modo que si se forma ese ejército, y
viene sobre Madrid... ¡Jesús!

--¡Jesús!--repitió un coro de diez voces.

--¿Usted cree que vendrá sobre Madrid?--preguntó uno de los
concurrentes.

--Eso es lo que no puedo asegurar--repuso con énfasis el Gran
Capitán--. Pero a lo que yo entiendo, y según la experiencia que
adquirí en aquellas terribles guerras, me atrevo a decir que el
ejército de Andalucía viene sobre Madrid, y si hace lo mismo el de D.
Gregorio de la Cuesta, juzguen ustedes el susto que pasarán los
franceses. Hay que guardar el secreto: mucho cuidado, señores, y
ustedes, niñas, guárdense muy bien de ir contando estas cosas cuando
vayan a la costura, porque puede llegar a oídos del Gran Duque de
Berg... Yo creo que pasará lo siguiente: el ejército de Andalucía
vendrá a la Mancha; los franceses irán a batirlos, dejando libre a
Madrid, donde entrará D. Gregorio de la Cuesta, el cual, si sigue
después hacia el Mediodía, les picará la retaguardia por Tarancón; y
como al mismo tiempo los de allí le harán retroceder hacía el Tajo,
viéndose los franceses atacados por un lado y otro, por fuerza tendrán
que caer al río, donde se ahogarán.

--¡Cuánto sabe este hombre! Es un asombro que de esa manera pueda
anunciar los movimientos del enemigo. Y no hay duda: así tiene que
suceder.

--Y como la sublevación es general--añadió Fernández--, no podrán
acudir a todos lados. Además, no pueden contar con un solo soldado
español que les ayude, porque todos desertan; de modo que si Napoleón
quiere continuar la guerra en España, ya puede mandar gente.

--Y como de los que vienen, la mitad mueren de borrachera...

--El mismo Murat está padeciendo unos cólicos, que se lo llevarán al
otro mundo.

--¡Quía!, si lo que tiene es una enfermedad vergonzosa.

--Así pagará las que ha hecho. ¿Pues qué puede ser eso sino castigo de
Dios por su barbarie y crueldad?

--No es eso, señora; es que, según dicen, es aficionado a la bebida.

--¡Menudas _turcas_ habrá tomado desde que está aquí! ¿Y se marchará,
o no se marchará?

--Yo creo que sí--dijo Fernández--. Tengo entendido que está muy
disgustado porque Napoleón no le quiere hacer rey de España.

--¡Angelito!, pues no pide poco que digamos.

--Y como parece que mandan de rey al que lo es de Nápoles, un D. José,
al cual, según dicen, también le gusta aquello...

--Se conoce que es afición de familia.

--Lo que debiera hacer el Sr. Fernández--dijo el lañador--es irse a
cualquiera de esos ejércitos, donde sin duda se había de lucir, y
quién sabe si nos le harían general de la noche a la mañana.

--Yo no sirvo para nada--contestó el Gran Capitán--. Yo tuve mi época,
y ahora que trabajen otros como trabajamos los de entonces. ¡Aquellas
sí que eran guerras, señores! Esto de ahora es una bobada, y si no, ya
verán ustedes cómo en menos que canta un gallo se acaba todo.

--Pero lo del ejército de Andalucía, ¿es cierto, o es puro barrunto de
usted? Sepámoslo de una vez.

--Es cierto, señores. Me parece que Santiago Fernández tiene motivos
para saber lo que hace un ejército y lo que deja de hacer. Cuando
empiecen nuestros generales a decir «Por aquí te doy», ya les tendré a
ustedes al tanto de todo, día por día.

A este punto llegaba, cuando entró Santorcaz, y no bien le vieron las
honradas personas que formaban el auditorio del buen Fernández,
empezaron a desfilar de muy mal talante, porque la presencia del
citado _flamasón_ era harto desagradable a todos los habitantes de la
casa.

--Grandes noticias, grandes noticias traigo, Sr. D. Gonzalo Fernández
de Córdova--exclamó desde la puerta--. Aguárdense todos, si quieren
saber la verdad pura. ¿Pero se van estas niñas? ¿Por qué me tienen
miedo? ¿Y usted, D. Roque, no quiere escuchar?... Vayan noramala,
pues, y ustedes se lo pierden, por que no saben lo que ocurre... La
lanza, señor Fernández, tome usted al punto la lanza, y prepárese al
combate, porque se acerca lo tremendo, y ahora verá quiénes son buenos
patriotas y quiénes no lo son.

--No tomemos a broma estas graves cosas, Sr. D. Luis--dijo algo
amoscado el que podremos llamar vencedor de Ceriñola--, ni nos
escandalice a la vecindad con sus aspavientos.

--¿A que no sabe usted lo que yo sé?--añadió Santorcaz--. ¿A que no
sabe usted que el general Dupont, que estaba en Toledo, ha recibido
orden de marchar a Andalucía, y que Moncey sale mañana de aquí para
Valencia, y que Lefebvre, que está en Pamplona, irá pronto sobre la
capital de Aragón; que Duhesme se extenderá por Cataluña, y que
Bessières baja hacia Valladolid a toda prisa con las divisiones de
Lasalle y de Merle?

--¡Cómo se conoce que usted escupe en corro con la canalla! ¿Y cómo
están sus mercedes del estómago? ¿Se han hecho al fin al vino de
España? Y el Gran Duque de Berg, ¿cómo anda de sus calenturas? ¿Hay
mieditis? Porque yo tengo para mi que si a esos señores se les caen
los calzones es porque, como dijo el otro, al que mal vive, el miedo
le sigue. Yo, en verdad, no sabía lo que usted acaba de decir; pero
allá en la oficina oí decir otras cosillas que no sé si sonarán bien
en las orejas de la canalla. ¿Por qué no va mi Sr. D. Luis a
contárselas, a ver si con el gusto se les quita el destemple?

--¿Qué noticias son ésas?

--Nada, poca cosa. Cuando el francés las sepa, verá usted qué contento
se pone... Que en todas las ciudades se han nombrado o se van a
nombrar Juntas, las cuales no harán caso de lo que se mande en Bayona,
sino que...

--Pero si Fernando VII no es ya rey de España, porque ha cedido sus
derechos al Emperador, lo mismo que Carlos IV. ¿Qué son esas Juntas
más que cuadrillas de insurgentes?

--Sí..., pues que las quiten; es cosa fácil. ¡Demonios de Juntas! Y
las muy simples están formando unos ejércitos..., cosa de juego, señor
de Santorcaz; cuatro gatos que estaban ahí en el Campo de San Roque
con unos cuantos cañoncillos... Y también han dado en armarse los
paisanos, lo mismo en Castilla que en Cataluña, así en Valencia como
en Andalucía... Pero eso no vale nada; son hombres de alfeñique y
alcorza, y no digo yo con balas, con saliva les destruirán los
franceses.

--¿Y todo lo que sabe usted se reduce a que la Junta de Sevilla está
formando un ejército con las tropas de San Roque, que manda Castaños,
y las de Granada, que están a las órdenes de Reding? Pues eso lo sabe
todo Madrid.

--Mira, Fernández--dijo oficiosamente doña Gregoria--, haces mal en
revelar lo que sabes por tan buen conducto, porque yo no soy lerda
para conocer que lo que hace nuestro ejército no debe decirse. Y si
no, pongo por caso: si tú, que estás enterado de todo, a causa de tu
gran tino para la guerra, descubres lo que hace el ejército de
Andalucía y llega a oídos del francés, puede aprovecharse de la
noticia, y entonces...

--¡Qué ha de aprovecharse, mujer, ni qué entiendes tú de estas cosas!
Al contrario, yo quiero que el Sr. de Santorcaz vaya con el cuento. Y
también en Castilla...

--Otro ejército, sí, compuesto de Guardias de Corps, acostumbrados a
hacer la guerra en los palacios, de estudiantes, de paletos y
contrabandistas--dijo Santorcaz, dando tregua a las bromas y hablando
con completa seriedad--. Es una desgracia para nosotros el tener que
confesar que no podemos batirnos con los franceses. ¿Qué importa que
se armen multitud de paisanos, si esas turbas indisciplinadas, antes
que ayuda, serán elemento de ruina para el escaso ejército español?
¿Qué obstáculo pueden ofrecer a los que han sometido la Europa entera
estos infelices alucinados, a quienes engaña su ignorancia? ¿Tienen
idea de lo que significan la previsión, la táctica, el genio de un
jefe experto, para decidir la victoria? Es triste cosa haber llegado a
tal extremo por las torpezas de nuestros reyes; pero una vez aquí, no
hay más remedio que someterse a lo que la Providencia ha querido hacer
de nosotros. España no puede resistir la invasión, porque si la
resistiera haría un milagro, una sobrenatural hazaña nunca vista.
Condenada a ser de Napoleón y a ver sentado en su trono a un rey de la
familia imperial, lo más cuerdo es resignarse a ésta con la conciencia
de haberla merecido.

--¡Que España será francesa, que España será de Napoleón!--exclamó el
Gran Capitán, encendido en violenta ira--. Sr. de Santorcaz, usted es
un insolente, usted es un deslenguado, usted no tiene respeto a mis
canas. Ya, ¿qué se puede esperar de un trapisondista calavera, como
usted, que abandonó a su familia por irse a _extranjis_ a aprender
malas mañas? ¡Decir que España ha de ser francesa! Salga usted de mi
casa, y no ponga más los pies en ella. ¿Qué te parece, Gregoria?
Mujer, ¿te estás con esa calma y no bufas de cólera como yo?

Y levantándose de su asiento, indicó a Santorcaz con majestuoso gesto
la puerta de la sala; mas como D. Luis no tuviera humor de marcharse,
porque todos los días se repetía la misma escena sin resultado alguno,
preparábase a comer tranquilamente, dejando que se desvaneciera, como
efectivamente se desvaneció, sin efusión de sangre, la ira de su
honrado amigo. Durante la comida gruñó un poco D. Santiago; pero la
prudencia y discreción de su esposa evitaron un choque que pudo haber
tenido calamitosas consecuencias.



IV


Lo que he contado pasaba el 20 de mayo, si no me engaña la memoria.
Poco a poco fuí avanzando en mi convalecencia, y en pocos días me
hallé ya con fuerzas suficientes para levantarme y dar algunos paseos
por los grandes corredores de la casa, pues la vivienda del Gran
Capitán tenía como único desahogo el largo pasillo, en cuya pared se
abrían hasta veinte puertas numeradas, albergues de otras tantas
familias. Peor que mi cuerpo se hallaba mi alma, llena de turbaciones,
de sobresaltos y congojas, tan apenada por terribles recuerdos como
por angustiosas presunciones, de tal modo, que mi pensamiento corría
de lo pasado a lo futuro alternativamente, buscando en vano un poco de
paz.

La muerte del cura de Aranjuez, sin dejar de formar en mi alma un gran
vacío, me era menos sensible de lo que a primera vista pudiera
parecer, porque conceptuándola yo como tránsito que había llevado un
nuevo santo a las falanges del Paraíso, consideré a mi amigo en su
verdadero lugar, y no tan lejos de nosotros que pudiera desampararnos
si le invocábamos.

En cuanto a Inés, no dudaba que existía en poder de alguien que la
protegiera por encargo de los parientes de su madre; y aunque para
esta creencia no tenía más dato que la relación del alucinado Juan de
Dios, yo me confirmaba cada vez más en ella, fundándome en
antecedentes que omito por ser de mis lectores conocidos, y en la
sórdida avaricia del licenciado Lobo, carácter muy abonado para
apoderarse de la joven y entregarla, mediante una buena recompensa, a
quien deseaba poseerla.

Todo mi afán consistía en restablecerme completamente para poder salir
a la calle; y cuando lo conseguí, tuve el gusto de darme a conocer a
todos mis amigos como un verdadero resucitado, o alma del otro mundo
que vuelve con forma corporal a cobrar deudas atrasadas.

No tendrán ustedes idea del aspecto que ofrecía entonces Madrid si no
les digo que la gente toda andaba azorada y aturdida, a veces llena de
miedo, a veces haciendo esfuerzos para disimular su alegría. El odio a
los franceses no era odio: era un fanatismo de que no he conocido
después ningún ejemplo; un sentimiento que ocupaba los corazones por
entero sin dejar hueco para otro alguno; de modo que el amar a los
semejantes, el amarse a sí mismo, y hasta me atrevo a decir el amar a
Dios, se adaptaban y sometían como fenómenos secundarios al gran
aborrecimiento que inspiraban los verdugos del pueblo de Madrid.

A éstos se les veía solos en todos los sitios: su presencia hacía
detener o apresurar a los transeúntes; y era tan extraordinario este
desvío, que hasta parecían ellos mismos afectados de profundo pesar, y
se les observaba taciturnos y foscos, sintiendo que el suelo les
quemaba las plantas de los pies. Habían llenado de trincheras y
baterías el Retiro, y para ver en todo su orgullo y presunción a los
invasores, no había más que dirigir el paseo hacia Oriente, y se les
encontraba en grandes grupos alrededor de las cantinas, o paseando por
la carretera de Aragón. Ningún español se encaminaba hacia allí, a no
ser los granujas, que, entonces como ahora, gustaban de meter las
narices en todas partes. Llevado de mi curiosidad, me acerqué al
Retiro, y también recorrí otros sitios hacia el Mediodía, igualmente
ocupados como posiciones ventajosas.

En el interior de Madrid las tiendas estaban desiertas, pues todas las
personas que se juntaban para pedir o comunicar noticias se reunían en
parajes ocultos, siendo de notar que ya entonces comenzaban a dar sus
primeras señales de vida las sociedades secretas, aunque yo no vi
ninguna, y digo esto sólo con referencia a vagos rumores. Como el afán
por tener noticias relativas al levantamiento de las provincias era
una fiebre de que no estaban exentos ni los niños, ni los ancianos, ni
las mujeres, cuando se sabía que D. Fulano de Tal había recibido una
carta de Andalucía, de Galicia o de Cataluña, la casa se llenaba de
amigos, y hasta los desconocidos se permitían invadirla ruidosamente
para no esperar a que se les contara el gran suceso. Sacábanse copias
de las cartas que hablaban de la Junta de Sevilla y de la sublevación
de las tropas de San Roque, y aquellas copias circulaban con una
rapidez que envidiaría la moderna Prensa periódica.

Todos los días y a todas horas se hablaba de los oficiales que habían
huído de Madrid para unirse a los ejércitos de Cuesta o de Blake, y
cuando se tropezaba con un militar o con algún joven paisano de buen
porte y bríos, no se le hacia otra pregunta que ésta: «¿Usted cuándo
se va?» Las familias de las víctimas se habían olvidado ya de rezar
por los muertos, y pensaban en equipar a los vivos. Escaseaban los
jornaleros y menestrales, porque de los barrios bajos partían
diariamente muchos hombres a engrosar las partidas de Toledo y la
Mancha; y a pesar de los brutales bandos del General francés, ni
faltaban armas en las casas, ni los fugitivos partían con las manos
vacías.

Los invasores, que vigilaban el odio de la capital con la suspicacia
medrosa del que ha padecido sus terribles efectos, no permitían,
siendo tan grande su número y fuerza, que se manifestara lo que los
madrileños pensaban y sentían; pero aun así, ¡cuántos cantares,
cuantas jácaras, romances y décimas brotaron de improviso de la vena
popular, ya amenazando con rencor, ya zahiriendo con picantes chistes
a los que nadie conocía sino por el injurioso nombre de _la canalla_!

En el fondo de aquella grande agitación, y entre tantos recelos, había
un secreto júbilo, pues como un día y otro llegaban noticias de nuevos
levantamientos, todos consideraban a los franceses como puestos en el
vergonzoso trance de retirarse. Aquel júbilo, aquella confianza,
aquella fe ciega en la superioridad de las heterogéneas y discordes
fuerzas populares, aquel esperar siempre, aquel no creer en la
derrota, aquel _no importa_ con que curaban el descalabro, fueron
causa de la definitiva victoria en tan larga guerra, y bien puede
decirse que la estrategia, la fuerza y la táctica, que son cosas
humanas, no pueden ni podrán nunca nada contra el entusiasmo, que es
divino.

Como era natural, las noticias, del levantamiento se exageraban
locamente, y el delirio popular veía miles de hombres donde no había
sino centenares. Cuando las noticias venían de Bayona, eran objeto de
sistemático desprecio, y las disposiciones del palacio de Marras, así
como la convocatoria de irrisorias Cortes en la ciudad del Adour, y el
pleito homenaje por algunos grandes tributado a Bonaparte, daban
pábulo a sátiras sangrientas. Cuando alguno decía que vendría de rey a
Madrid el hermano de Napoleón, daba pie para las más ingeniosas
improvisaciones del género epigramático.

Todas las tertulias, que entonces eran muchas, pues la sociedad no se
desparramaba aún por los cafés, eran, digámoslo así, verdaderos clubs
donde latía sorda y terrible la conspiración nacional. Se conspiraba
con el deseo, con las noticias, con las sospechas, con las hipérboles,
con las sátiras, con verdades y mentiras, con el llanto tributado a
los muertos y las oraciones por el triunfo de los vivos.



V


Tal era Madrid a fines de mayo de 1808, antes de que sonaran los
primeros cañonazos de Cabezón y los primeros tiros del Bruch. Dicho
esto se me permitirá que hable un poco de mi persona, pues atendiendo
a que la desgracia halla siempre eco en toda persona discreta y
sensible, creo que no soy saco de paja a los ojos de mis lectores, y
que algún interés les inspiran los penosos trances de mi borrascosa
existencia. Necesito, además, explicar por qué causas emprendí mi
viaje a Andalucía entre mayo y junio; y si de buenas a primeras me
presentara camino de Despeñaperros en compañía del desconocido
Santorcaz, ustedes no acertarían a explicarse ni los móviles de
jornada tan peligrosa, ni mi repentino acomodamiento con aquel hombre
singular.

Es, pues, el caso que, no satisfecho con las noticias que acerca de
Inés me dió Juan de Dios, traté de averiguar la verdad y tuve la feliz
ocurrencia, mejor dicho, la inspiración, de presentarme en casa de la
Marquesa, a quien no hallé; mas quiso la Divina Providencia que un
criado, conocido mío desde la famosa noche de la representación, me
saliera al encuentro, y después de mostrarse muy obsequioso,
satisficiera mi curiosidad sobre aquel punto. Según me dijo, el mismo
día 3 de mayo se presentó allí un hombre de antiparras verdes, el cual
conducía dentro de una litera a cierta joven llorosa y al parecer
enferma. No encontrando a la señora, preguntó por su hermano, con el
cual hubo de conferenciar más de dos horas. Despidióse al cabo,
dejando a la madamita en la casa.

El hermano de la Sra. Marquesa, que no era otro que aquel festivo
diplomático a quien conocimos en octubre de 1807, partió el día 4 para
Córdoba a unirse con su hermana y sobrina, y, ¡cosa rara!--me dijo
aquel curioso servidor--, se llevó consigo a la jovenzuela.

--¿De suerte que ahora están todos en Córdoba?--le pregunté.

--Sí, y según noticias, no piensan venir hasta que no se acaben estas
cosas. Eso de la señorita que trajeron en la litera ha dado mucho que
hablar a la servidumbre, y dice mi mujer..., pero más vale callar. El
hombre aquél de las antiparras verdes había estado ya algunos días
aquí, y unas veces la Sra. Condesa, otras su tía, le recibían. Mal
hombre parece.

--¿Y la joven no hizo resistencia cuando quisieron llevársela?

--Si parecía muerta, ¿qué resistencia podía hacer? Como que tuvimos
que cargarla entre dos para ponerla en el coche...

Ignoro si esto que oí y puntualmente refiero llamará la atención de
mis lectores; pero lo que sí les ha de causar sorpresa, ¡qué digo
sorpresa!, asombro grandísimo, es el saber que me atreví a desafiar
las iras del licenciado Lobo, del mismo Lobo de marras, no vacilando
en arriesgarlo todo por esclarecer lo que tan hondamente me
inquietaba. No queriendo aparecer ni aun en sombra por la aborrecida
calle de la Sal, busquéle allá por la Alcaldía de Casa y Corte, donde
con toda seguridad pensaba encontrarle, y al punto que me vió... No,
no es verosímil, no lo van ustedes a creer. ¿Necesitaré jurarlo? Pues
lo juro: juro que es la pura verdad. Pues bien: al pronto que me vió,
echóme los brazos al cuello, demostrando gran interés por mi persona,
y no sólo me pidió nuevas acerca de mi salud, sino que me rogó le
contase algunos pormenores de mi fusilamiento y para él milagrosa
resurrección.

Quedéme atónito, aunque no tranquilo, presumiendo que tan desusadas
blanduras serían obra de su refinada astucia y preparación de algún
nuevo golpe contra mí; pero cuando le pregunté por el estado en que se
hallaba el proceso célebre, respondióme que ya no se pensaba en tal
cosa, porque como los franceses eran amigos del Príncipe de la Paz, no
convenía molestar a los servidores y amigos de éste.

--No quiero--añadió--que Su Alteza el Gran Duque se amosque. Aquello
fué una broma, y de haberte prendido, al punto hubieras sido puesto en
libertad. Pero di, picarón..., ¿conque tú eras galán de D.ª Inés?
Cuéntame todo: ¿dónde la conociste? ¡Ah, bien comprendía Requejo que
guardaba un tesoro en su casa! Yo lo sabía todo..., ¿y tú?; sospecho
que también, perillán. Pero no sabías que a fines del mes de abril se
acordó en consejo de familia recoger e identificar a esa jovencita
para darle la posición que le corresponde. Como yo estaba al tanto de
todo, y además tenía el honor de conocer a la Sra. Marquesa,
comprometíme a entregarla, haciéndoles creer que había grandes
dificultades para arrancarla del poder de los parientes de su supuesta
madre. Hijo, es preciso hacer algo por la vida: considera que es uno
un pobre, con mujer, nueve hijos, dos suegras y tres cuñadas; dos
suegras, sí señor, la madre y la abuela de mi mujer, y si uno no se da
maña para mantener a este familión... La verdad es que a todos les di
cordelejo: a D. Mauro, al papanatas de Juan de Dios, y a ti mismo, que
ahora resucitas para pedirme a Inés. ¿Pero la amabas tú? Anda,
zanguango, cortéjala, a ver si logras casarte con ella, lo cual,
aunque difícil, no es imposible...; la niña tendrá una dote regular, y
quizás pueda heredar el mayorazgo y título, lo cual será, según el
tenor de las escrituras... ¡Ah, pelafustán! Me parece que tú traes un
proyectillo entre ceja y ceja. ¿Vas a Córdoba? Oye: recuerdo que la
palomita te llamaba con exclamaciones muy tiernas, cuando medio muerta
la conducíamos en la litera mi pasante y yo. ¡Ja, ja, ja! ¿Sabes de
qué me río? De ese ganso de Juan de Dios, que estuvo aquí el otro
día, y poniéndose de rodillas delante de mí, me dijo: «¡Déme usted a
Inés, porque me muero sin ella! ¡Démela usted hoy y máteme mañana!»
Fué una comedia, Gabriel, y aunque nos reímos mucho, al fin nos cansó
tanto, que tuvimos que echarle a palos de la escribanía.

Atención sostenida presté yo a estas y otras muchas razones del
licenciado Lobo, el cual, para que nada faltara en su inexplicable
benignidad y cortesanía, al tiempo de despedirme díjome que quizás
pudiera proporcionarme algunas lecciones de latín, si me hallaba con
ánimos, puesto que era tan gran humanista, de ganarme el pan con la
enseñanza. Dile las gracias, y tan satisfecho me retiré del resultado
de mis investigaciones, que el mismo día decidí marchar a Córdoba
cuando estuviera restablecido.

¿Me seguirán ustedes, o, fatigados de estas aventuras, dejarán que
marche solo a resolver cuestiones que a nadie interesan más que al que
esto escribe? No; espero que no nos separaremos tan a deshora, y
cuando parece probable que, siguiéndome, asistan ustedes a algún
espectáculo que les haga más llevadero el fastidio de mis personales
narraciones. Vamos, pues, y tengan en cuenta que nos acompaña el Sr.
de Santorcaz, a quien llevan al país andaluz asuntos de familia. Yo le
manifesté que deseaba me llevase como escudero; mas él dijo que no
tenía con qué pagar mis servicios, porque su bolsa no estaba en
disposición de atender a gastos de servidumbre, y que harto se
congratularía de llevarme como compañero y amigo. Así fué, en efecto;
y como yo necesitara algunos días más de restablecimiento, él me
esperó, y en uno de los últimos días de mayo o de los primeros de
junio, luego que me despedí de mis obsequiosos protectores,
correspondiéndoles como pude, y de Juan de Dios, a quien oculté el
objeto de mi expedición, nos pusimos en marcha.



VI


Como Santorcaz era pobre, y yo más pobre todavía, nuestro viaje fué
tan irregular, cual los que en antiguas novelas vemos descritos. No
adoptamos sistemáticamente ninguna de las clases de incómodos
vehículos conocidos en nuestra España; en varias ocasiones anduvimos
en galera, otras en macho, si nos franqueaban sus caballerías los
arrieros que tornaban a la Mancha de vacío, y las más veces a pie.
Hacíamos noche en las posadas y ventas del camino, donde Santorcaz
lucía su prodigiosa habilidad en el no gastar, logrando siempre que se
le sirviese bien. Para estas y otras picardías, mi compañero se hacía
pasar por un insigne personaje, mandándome que le llamase Excelencia y
que me descubriese ante él siempre que nos mirara el mesonero. Yo lo
cumplía puntualmente; y con tal artificio, más de una vez, además de
no cobrarnos nada, salían a despedirnos humildemente, rogándonos que
les dispensáramos el mal servicio.

Más allá de Noblejas y Villarrubia de Santiago, y cuando después de
una larga jornada sesteábamos, apartados del camino, junto a la ermita
del _Santo Niño_, se nos agregó un mozo que nos dijo llevaba el mismo
camino que nosotros y que desde entonces fué nuestro inseparable
compañero. Tenía como veinte años, llamábase Andresillo Marijuán, y
aunque era natural de Aragón, iba a servir de mozo de mulas a un
pueblo de Andalucía, en casa de la condesa de Rumblar, su ama y
señora, pues en las fincas que ésta poseía en tierra de Almunia de
Doña Godina había nacido aquel mancebo. Al punto su genio franco y
alegre simpatizó con el mío y nos hicimos muy amigos. Santorcaz nos
trataba con superioridad, aunque sin tiranía. Cuando al llegar a una
posada, cabalgando él en perverso macho y nosotros a pie, íbamos a
tenerle el estribo y después a quitarle las espuelas, deshaciéndonos
en cumplidos y cortesías, teníamos que apretar los dientes para no
soltar la risa. Marijuán, que mejor que yo sabía fingir, era el
encargado de ordenar al ventero que le diese al amo lo mejor de la
despensa, porque Su Excelencia, que iba de Regente a Sevilla, era
hombre terrible y castigaba con fiereza a los posaderos que no le
servían bien.

Así atravesamos la Mancha, triste y solitario país, donde el sol está
en su reino y el hombre parece obra exclusiva del sol y del polvo;
país entre todos famoso desde que el mundo entero hase acostumbrado a
suponer la inmensidad de sus llanuras recorrida por el caballo de D.
Quijote. En opinión general es la Mancha la más fea y la menos
pintoresca de todas las tierras conocidas, y el viajero que viene hoy
de la costa de Levante o de Andalucía, se aburre junto al ventanillo
del vagón, anhelando que se acabe pronto aquella desnuda estepa, que
como inmóvil y estancado mar de tierra, no ofrece a sus ojos
accidente, ni sorpresa, ni variedad, ni recreo alguno. Ésto es lo
cierto: la Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su
conjunto, su propia desnudez y monotonía, que, si no distraen ni
suspenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde
se precipite sin tropiezo alguno. La grandeza del pensamiento de D.
Quijote no se comprende sino en la grandeza de la Mancha. En un país
montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras, con lindas
casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, D. Quijote no
hubiera podido existir y habría muerto en flor, tras la primera
salida, sin asombrar al mundo con las grandes hazañas de la segunda.

Don Quijote necesitaba aquel horizonte, aquel suelo sin caminos, y
que, sin embargo, todo él es camino; aquella tierra sin direcciones,
pues por ella se va a todas partes, sin ir determinadamente a ninguna;
tierras surcadas por las veredas del acaso, de la aventura, y donde
todo cuanto pase ha de pareer cobra de la casualidad o de los genios
de la fábula; necesitaba de aquel sol que derrite los sesos y hace a
los cuerdos locos; aquel campo sin fin donde se levanta el polvo de
imaginarias batallas, produciendo, al transparentar de la luz,
visiones de ejércitos de gigantes, de torres, de castillos; necesitaba
aquella escasez de ciudades que hace más rara y extraordinaria la
presencia de un hombre o de un animal; necesitaba aquel silencio
cuando hay calma, y aquel desaforado rugir de los vientos cuando hay
tempestad; calma y ruido que son igualmente tristes y extienden su
tristeza a todo lo que pasa, de modo que si se encuentra un ser humano
en aquellas soledades, al punto se le tiene por un desgraciado, un
afligido, un menesteroso, un agraviado que anda buscando quien le
ampare contra los opresores y tiranos; necesitaba, repito, aquella
total ausencia de obras humanas que representen el positivismo, el
sentido práctico, cortapisas de la imaginación, que la detendrían en
su insensato vuelo; necesitaba, en fin, que el hombre no pusiera en
aquellos campos más muestras de su industria y de su ciencia que los
patriarcales molinos de viento, a los cuales sólo el lenguaje faltaría
para ser colosos, inquietos y furibundos, que desde lejos llaman y
espantan al viajero con sus gestos amenazadores.



VII


Así es la Mancha. Al atravesarla no podía menos de acordarme de D.
Quijote, cuya lectura estaba fresca en mi imaginación. Durante
nuestras jornadas nos aburríamos bastante, menos cuando Santorcaz nos
contaba algún extraordinario suceso de los que en lejanos países había
presenciado. Una vez nos dejó con la boca abierta contándonos la
fiesta de la coronación de Bonaparte, con todos sus pelos y señales, y
otra vez nos puso los cabellos de punta refiriendo la más famosa
batalla de las muchas en que se había encontrado. Cuando lo contaba
íbamos caballeros en sendos machos que nos facilitaron por poco dinero
unos arrieros de Villarta, y no estoy seguro de si habíamos traspasado
ya el término de Puerto Lápiche o íbamos a entrar en él. Lo que sí
recuerdo es que por huir del calor emprendimos nuestra jornada mucho
antes de la salida del sol, y que la noche estaba brumosa, el cielo
encapotado y sombrío, la tierra húmeda a consecuencia del fuerte
temporal de agua que descargara el día anterior.

Debo indicar el paisaje que teníamos delante, porque no menos que la
pintoresca relación de Santorcaz, contribuyó aquél a impresionar mis
sentidos. El camino seguía en línea recta ante nosotros; a la
izquierda elevábanse unos cerros cuyas suaves ondulaciones se perdían
en el horizonte formando dilatadas curvas; en el fondo y muy lejos se
alcanzaba a ver una colina más alta, en cuya falda parecían
distinguirse las casas de un pueblo; a la derecha el suelo se extendía
completamente llano, y en su inmensa costra la tarda corriente de un
arroyo y el agua de la lluvia formaban multitud de pequeños charcos,
cuyas superficies, iluminadas por la luna, ofrecían a la vista la
engañosa perspectiva de una gran ciénaga o pantano. He hablado de la
luna, y debo añadir que aquel astro, desfigurador de las cosas de la
tierra, prestaba imponente solemnidad al desnudo y solitario paisaje,
esclareciéndolo o dejándolo a obscuras alternativamente, según que
daban paso o no a sus pálidos rayos los boquetes, desgarrones y
acribilladuras de las nubes.

Santorcaz, después de un rato de silencio y meditación, contuvo su
cabalgadura, paróse en mitad del camino, y contemplando con cierto
arrobamiento el horizonte lejano, las colinas de la izquierda y los
charcos de la derecha, habló así:

--Estoy asombrado, porque nunca he visto dos cosas que tanto se
parezcan como este país a otro muy distante donde me encontraba hace
tres años a esta misma hora, en la madrugada del 2 de diciembre. ¿Es
mi imaginación la que me reproduce las formas de aquel célebre lugar,
o por arte milagroso nos encontramos en él? Gabriel, ¿no hay enfrente
y hacia la derecha unos grandes pantanos? ¿No se ven a la izquierda
unos cerros que terminan en lo alto con un pequeño bosque? ¿No se
eleva delante una colina en cuya falda blanquea un pueblecillo? Y
aquellas torres que distingo al otro lado de dicha colina, ¿no son las
del castillo de Austerlitz?

Marijuán y yo nos reímos, diciéndole que se le quitaran de la cabeza
tales cosas, y que si bien lo de los charcos era cierto, por allí no
había ningún castillo de Terlin ni nada parecido. Pero él, poniendo
al paso la cabalgadura y mandándonos que le siguiéramos uno a cada
lado, continuó hablando así:

--Muchachos, no puedo olvidar aquella célebre jornada, que llamamos de
los Tres Emperadores, y que es sin duda la más sangrienta, la más
gloriosa, la más hábil con que ha ilustrado su nombre el gran tirano,
ese hombre casi divino, a quien ahora puedo nombrar a boca llena,
porque no nos oyen más que el cielo y la tierra. Os contaré,
muchachos, para que sepáis lo que es el hacha de la guerra en manos de
ese leñador de Europa. Yo me hallaba en París sin recursos, después de
haber sido sucesivamente maestro de latín, pintor de muestras, corista
en Ventadour, espadachín, servidor de los emigrados de Coblentza,
postillón de diligencias, carbonero y cajista de imprenta, cuando
senté plaza en el ejército de Boulogne, destinado a dar un golpe de
mano contra Inglaterra... Cuando el Emperador nos trasladó de
improviso, sin revelar su pensamiento, al centro de Europa, estábamos
un tanto amoscados, porque las violentas marchas nos mortificaban
mucho, y como éramos unos zopencos, no comprendíamos los grandes
planes de nuestro jefe. Pero después de la capitulación de Ulm, nos
creíamos los primeros soldados del mundo, y al hablar de los prusianos
y de los rusos, nos reíamos de ellos, juzgándoles hasta indignos de
nuestras balas. Cuando pasamos el Inn, ya presumíamos que se
preparaban grandes cosas; al internarnos en la Moravia, después de la
acción de Hollabrünn, comprendimos que el ejército ruso-austriaco nos
iba a presentar batalla formal. Lo que no estaba reservado a nuestras
cabezas era el discurrir si tomaríamos la ofensiva o si operaríamos a
la defensiva. Pero la gran cabeza, aquella que tiene un mechón en la
frente y el rayo en el entrecejo, lo iba a decidir bien pronto.

A este punto llegaba, cuando el camino por que marchábamos torció
hacia la derecha, describiendo una gran vuelta, de modo que formaba
ángulo recto con su primitiva dirección. Santorcaz, nuevamente
alucinado con aquello que parecía para él extraordinaria coincidencia,
prosiguió así:

--¿Pero no es éste el camino de Olmutz? Gabriel, o esto es aquello
mismo, o se le parece como una gota a otra gota. Mira, ahora tenemos
enfrente los pantanos de Satzchan y a nuestra izquierda la colina de
Pratzen. Mira hacia allá. ¿No se oye ruido de tambores? ¿No se ven
algunas luces? Pues allí están los rusos y los austriacos. ¿Sabes cuál
es su intención? Pues quieren cortarnos el camino de Viena, para lo
cual tendrán que bajar de la colina de Pratzen y situarse entre
nuestra derecha y los pantanos. ¡Mira si son estúpidos! Eso
precisamente es lo que quiere el Emperador, y todo lo dispone de modo
que parezca que nos retiramos hacia Viena. Figúrate que aquí está
nuestro ejército, compuesto de setenta mil hombres, cuyo inmenso
frente ocupan todas las colinas de la izquierda, el camino y parte de
la llanura que hay a la derecha. El Emperador, después de llenarse las
narices de tabaco, sale a media noche a recorrer el campo y observar
los movimientos del enemigo. ¿Veis?; por allí va. ¿No se oyen las
pisadas de su caballo y los gritos de entusiasmo con que le saludan
los soldados? ¿No se ve el resplandor de las hogueras que encienden a
su paso? ¿Pero ustedes no ven todo esto? ¡Bah! Es ilusión mía; pero de
tal modo aviva mis recuerdos la similitud del paisaje, que me parece
ver y oír lo que estoy contando... Pero querréis saber cómo fué que
vencimos a los rusos y a los austriacos, y os lo voy a referir. Al
amanecer, ¡oh, chiquillos!, los rusos bajaban maquinalmente por
aquella alta colina de enfrente, con objeto de venir hacia nuestra
derecha para cortarnos el camino. No olvidéis que aquí delante tenemos
un arroyo que viene serpenteando de izquierda a derecha hasta perderse
en los pantanos. El Emperador manda que la derecha pase el arroyo, y
verificado esto, los rusos la atacan. El centro, mandado por Soult, y
la izquierda por Lannes, ansiaba entrar en fuego; pero el Emperador
contenía el ardor de aquellos generales, para aguardar a que los rusos
acabasen de cometer el desatino de bajar de las alturas de Pratzen
para meterse en la madre del arroyo de Golbasch. Os explicaré bien.
Allá, en lontananza y al pie de la loma, están las aldeas de Telnitz y
Sokolnitz...

--Si aquí no hay tales aldeas, señor--interrumpió Marijuán, indócil a
la mixtificación.

--Necio, ¿querrás callar?--continuó el francmasón--. Yo sé lo que me
digo, y es que todo el afán de Napoleón, después que vió bajar a los
rusos, consistía en tomar aquellas aldeas para apoderarse luego de la
loma que tenemos enfrente. ¿No le veis? Pues bien: los generales Soult
y Lannes partieron al galope para dirigir las operaciones del centro y
de la izquierda. Yo pertenecía al centro, y estaba en el 17.º de línea
y a las órdenes de Vandamme. Avanzamos hacia el arroyo: ¿veis?, fuimos
por aquí a toda prisa.

-Si aquí no hay tal arroyo--dijo Marijuán, riendo--. Usted si que
tiene la cabeza llena de arroyos y aldeas, y derechas e izquierdas.

--Llegamos a la aldea de Telnitz y allí comenzó el ataque--continuó
imperturbablemente Santorcaz--. En la loma quedaban todavía
veintisiete batallones de infantería rusa y austriaca, mandados en
persona por los dos Emperadores y por el General en Jefe ruso
Kutusof.¡Ah, muchachos, si hubierais visto aquello! Mirad hacia
enfrente, pues desde aquí se distingue muy bien la posición que
respectivamente teníamos: ellos encima, nosotros debajo... Al
principio nos acribillaban; pero Soult nos mandó subir a todo trance,
y subimos desafiando la lluvia de balas. Para ayudarnos, el general
Thiebault, de la división de Saint-Hilaire, refuerza nuestra derecha
con doce piezas de artillería, que, bien disparadas, hacen grandes
claros en las filas contrarias. Éstas tienen al fin que retroceder al
otro lado de la loma. ¿Veis aquel repecho que hay a la izquierda? Pues
allí fué el 17.º de línea. Piquemos nuestras cabalgaduras, y nos
hallaremos en el mismo sitio. Estúpidos, ¿no os entusiasmáis con estas
cosas? Mira, Gabriel, ya estamos subiendo: ésta es la loma que veíamos
desde lejos; este repecho que miráis a la izquierda es el repecho de
Estari-Winobradi, adonde el general Vandamme nos condujo. ¿Pero creéis
que era cosa de juego? El repecho estaba defendido por numerosas
tropas rusas y una formidable artillería. La cosa era peliaguda; pero
cuando los generales dicen «Adelante, siempre adelante», no es posible
resistir, y aunque del 17.º de línea no quedamos más que la tercera
parte para contarlo, ayudados por el 24.º de ligeros tomamos al fin el
repecho, apoderándonos de la artillería. Los rusos se desbandaron por
el otro lado de la loma, dirigiéndose hacia aquel caserío que a lo
lejos clarea, a la luz de la luna, y que no es otro que el castillo de
Austerliz.

Marijuán reventaba de hilaridad. Yo a mi vez no pude menos de hacer
alguna observación al narrador, diciéndole:

--Señor de Santorcaz, allá no se ve ningún castillo, como no sea que
se le antoje fortaleza la cabaña de algún pastor de ovejas, únicos
rusos que andan por estos lugares.

--Tú si que no sabes lo que te dices--prosiguió Santorcaz, deteniendo
su macho en medio del camino--. Os seguiré contando. Mientras los del
centro hacíamos lo que habéis oído, allá por la izquierda, en esa
tierra llana que tenemos a este lado, la caballería cargaba
portentosamente al mando de Lannes y Murat. Francamente, rapaces, de
esto poco os puedo hablar, porque caí herido: por un buen rato se me
pusieron telarañas ante los ojos, y mis oídos no percibían sino un
vago zumbido. Pero ahí, hacia la derecha, se remataba a los rusos y
austriacos del modo más admirable. ¿No veis los pantanos de Satzchan?
A lo lejos brilla su engañosa superficie; están helados, y los rusos,
impelidos por Soult, se precipitan sobre ellos. En el acto, el
Emperador manda que la artillería de la Guardia dispare algunos
cañonazos sobre el hielo para que se hunda, y entre los desmenuzados
cristales caen al agua dos mil rusos con sus cañones, caballos,
pertrechos, armas, municiones y carros, precipitándose confusamente,
sin que sus compañeros les prestaran socorro, porque no pensaban más
que en huir, y huyendo se ahogaban, y quedándose morían barridos por
la metralla francesa. ¡Qué espantoso desastre para aquella pobre
gente, y qué gran victoria para nosotros! Estábamos locos de
entusiasmo. ¡Pero qué veo! Gabriel, y tú, Marijuán, ¿no os
entusiasmáis? Sois unos gaznápiros. Aquello fué prodigioso. Sólo
entramos en fuego cuarenta mil hombres, y merced a las hábiles
disposiciones del gran tirano, derrotamos a noventa mil aliados,
matándoles o ahogando quince mil, cogiendo veinte mil prisioneros y
ciento veinte cañones. ¿No había motivo para que nos volviéramos
locos con nuestro jefe? ¡Ah, muchachos, si hubierais estado allí
cuando recorrió el campo de batalla mandando recoger los heridos! Creo
que hasta los muertos se levantaban para gritar «¡Viva el Emperador!»,
y cuando a la noche siguiente encendimos una gran hoguera en este
mismo sitio donde ahora estamos, y vino él a situarse allí enfrente
para recibir al Emperador de Austria, parecía un dios rodeado de
aureola de fuego y teniendo al alcance de su mano los rayos con que
destruía tronos y reyes, imperios y coronas.

Marijuán y yo nos reíamos; pero pronto nos fué forzoso disimular
nuestra hilaridad, porque habiendo preguntado el joven aragonés con
mucha sorna que cuál fué la ventaja sacada de tal lucha, Santorcaz se
amoscó, y amenazando castigarnos si no nos entusiasmábamos como él,
nos dijo:

--Mentecatos, podencos, ¿acaso la paz y Tratado de Presburgo es paja?
Prusia quedó aliada de Francia, perdiendo Austria el apoyo de su
hermana. Austria abandonó a Francia el Estado de Venecia y cedió el
Tirol a Baviera, reconociendo al mismo tiempo la soberanía de los
electores de Baviera, Wurtemberg y Baden, después de pagar a Francia
cuarenta millones de indemnización de guerra. Al mismo tiempo, pedazos
de alcornoque, por el Tratado de Schöenbrunn, Francia cedió a Prusia
el Hannover, Prusia a Baviera el marquesado de Anspach y a Francia el
principado de Neufchâtel y el ducado de Cleves.

Marijuán y yo volvimos a mirarnos y nos volvimos a reír, lo cual,
advertido por Santorcaz, fué causa de que éste nos sacudiera un par de
latigazos que, a ser repetidos, nos habrían obligado a defendernos,
haciendo allí mismo un segundo Austerlitz. Más bien estábamos para
burlas que para veras, y Marijuán especialmente no dejaba pasar
coyuntura en que pudiera zaherir a nuestro compañero. Como acertáramos
a encontrar un rebaño de ovejas y cabras, dijo el aragonés:

--Apartémonos aquí junto al charco para ver de derrotar a estos
austriacos y rusiacos, que vienen mandados por el tío Parranclof,
emperador del Zurrón y rey de los guarros, y subamos a la loma de la
Panza para quitarles la artillería y hacerles meter en el castillo.

Yo en tanto, acordándome de D. Quijote, contemplaba el cielo, en cuyo
sombrío fondo las pardas y desgarradas nubes, tan pronto negras como
radiantes de luz, dibujaban mil figuras de colosal tamaño, con esa
expresión que, sin dejar de ser cercana a la caricatura, tiene no sé
qué sello de solemne y pavorosa grandeza. Fuera por efecto de lo que
acababa de oír, fuera simplemente que mi fantasía se hallase por sí
dispuesta a la alucinación, que siempre produce un bello espectáculo
en la solitaria y muda noche, lo cierto es que vi en aquellas
irregulares manchas del cielo veloces escuadrones que corrían de Norte
a Sur, y en su revuelta masa las cabezas de los caballos y sus
poderosos pechos, pasando unos delante de otros, ya negros, ya
blancos, como disputándose el mayor avance de la carrera. Las
recortaduras, varias hasta lo infinito, de las nubes hacían visajes de
distintas formas: vi colosales sombreros o morriones con plumas,
penachos, bandas, picos, testuces, colas, crines, garzotas; aquí y
allí se alzaban manos con sables y fusiles, banderas con águilas,
picas, lanzas, que corrían sin cesar; y al fin, en medio de toda esa
baraúnda, se me figuró que aquellas mil formas se deshacían, y que las
nubes se conglomeraban para formar un inmenso sombrero apuntado de dos
candiles, bajo el cual los difuminados resplandores de la luna como
que bosquejaban una cara redonda y hundida entre altas solapas, desde
las cuales se extendía un largo brazo negro, señalando con insistente
fijeza el horizonte.

Yo contemplaba esto, preguntándome si la terrible imagen estaba
realmente ante mis ojos, o dentro de ellos, cuando Santorcaz exclamó
de improviso:

--¡Miradle, miradle allí! ¿Le veis? ¡Estúpidos! ¡Y queréis luchar con
este rayo de la guerra, con este enviado de Dios que viene a
transformar a los pueblos!

--¡Sí, allí lo veo!--exclamó Marijuán, riendo a carcajadas--. Es D.
Quijote de la Mancha que viene en su caballo, y tras él Sancho Panza
en burro. Déjenlo venir, que ahora le aguarda la gran paliza.

Las nubes se movieron, y todo se tornó en caricatura.



VIII


El sol no tardó en salir, aclarando el país y haciendo ver que no
estábamos en Moravia, como vamos de Brunn a Olmutz, sino en la Mancha,
célebre tierra española.

El pueblo donde paramos a eso de las ocho de la mañana era Villarta; y
dejando allí nuestros machos, tomamos unas galeras que en nueve horas
nos hicieron recorrer las cinco leguas que hay desde aquel pueblo a
Manzanares: ¡tal era la rapidez de los vehículos en aquellos felices
tiempos! Cuando entrábamos en esta villa al caer de la tarde,
distinguimos a lo lejos una gran polvareda, levantada al parecer por
la marcha de un ejército, y dejando los perezosos carros, entramos a
pie en el pueblo para llegar más pronto, y saber qué tropas eran
aquéllas y adónde iban.

Allí supimos que eran las del general Ligier-Belair, que iba en
auxilio del destacamento de Santa Cruz de Mudela, sorprendido y
derrotado el día anterior por los habitantes de esta villa. En la de
Manzanares reinaba gran inquietud; y una vez que los franceses
desaparecieron, ocupábanse todos en armarse para acudir a socorrer a
los de Valdepeñas, punto donde se creía próximo un reñido combate.
Dormimos en Manzanares, y al siguiente día, no encontrando ni
cabalgaduras ni carro alguno, partimos a pie para la venta de la
Consolación, donde nos detuvimos a oír las estupendas nuevas que allí
se referían.

Transitaban constantemente por el camino paisanos armados con
escopetas y garrotes, todos muy decididos, y según la muchedumbre de
gente que hacia Valdepeñas acudía, en Manzanares y en los pueblos
vecinos de Membrilla y la Solana no debían de quedar más que las
mujeres y los niños, porque hasta los inútiles viejos acudían a la
guerra. Por último, resolvimos asistir nosotros también al espectáculo
que se preparaba en la vecina villa, y poniéndonos en marcha, pronto
recorrimos las dos leguas de camino llano. Mucho antes de llegar
divisamos una gran columna de humo que el viento difundía en el cielo.
La villa de Valdepeñas ardía por los cuatro costados.

Apretando el paso, oímos ya cerca del pueblo prolongado rumor de
voces, algunos tiros de fusil, pero no descargas de artillería. Bien
pronto nos fué imposible seguir por el arrecife, porque la retaguardia
francesa nos lo impedía, y siguiendo el ejemplo de los demás paisanos,
nos apartamos del camino, corriendo por entre viñas y sembrados, sin
poder acercarnos a la villa. En esto vimos que la caballería francesa
se retiraba del pueblo, ocupando el llano que hay a la izquierda, y al
mismo tiempo el incendio tomaba tales proporciones, que Valdepeñas
parecía un inmenso horno. Los gritos, los quejidos, las imprecaciones
que salían de aquel infierno llenaban de espanto el ánimo más
esforzado.

Al punto comprendimos que el interior del pueblo se defendía
heroicamente y que el plan de los franceses consistía en apoderarse de
los extremos, incendiando todas las casas que no pudiera ocupar. De
vez en cuando, un estruendo espantoso indicaba que alguno de los
endebles edificios de adobes había venido al suelo, y el polvo se
confundía en los aires con el humo. Los escombros sofocaban
momentáneamente el fuego; pero éste surgía con más fuerza, cundiendo a
las casas inmediatas. Al fin pareció que todo iba a cesar, y, según
dijeron los que estaban cerca, habían salido del pueblo algunos
hombres a conferenciar con el General francés. Mucho tiempo debieron
de durar las conferencias, porque no vimos que éstos se retiraran ni
que concluyese el ruido y algazara en el interior; pero al cabo de
largo rato un movimiento general de la multitud nos indicó que algo
importante ocurría. En efecto; los franceses, replegando sus caballos
en la calzada, retrocedían hacia Manzanares.

Cuando entramos en Valdepeñas, el espectáculo de la población era
horroroso. Parece increíble que los hombres tengan en sus manos
instrumentos capaces de destruir en pocas horas las obras de la
paciencia, de la laboriosidad, del interés, fuerzas acumuladas por el
brazo trabajador de los años y los siglos. La calle Real, la más
grande de aquella villa, y como si dijéramos la columna vertebral que
sirve a las otras de engaste y punto de partida, estaba materialmente
cubierta de jinetes franceses y de caballos. Aunque la mayor parte
eran cadáveres, había muchos gravemente heridos que pugnaban por
levantarse; pero clavándose de nuevo en las agudas puntas del suelo,
volvían a caer. Sabido es que bajo las arenas que artificiosamente
cubrían el pavimento de la vía, el suelo estaba erizado de clavos y
picos de hierro, de tal modo que la caballería iba tropezando y
cayendo conforme entraba para no levantarse más.

A la calle se habían arrojado cuantos objetos mortíferos se creyeron
convenientes para hostilizar a los dragones, y aun después del combate
surcaban la arena turbios arroyos de agua hirviendo, que, mezclada con
la sangre, producía sofocante y horrible vapor. En algunas ventanas
vimos cadáveres que pendían con medio cuerpo fuera, apretando aún en
sus crispados dedos la hoz o el trabuco. En el interior de las casas
que no eran presa de las llamas, el espectáculo era más lastimoso,
porque no sólo los hombres, sino las mujeres y niños, aparecían
cosidos a bayonetazos en las cuevas, y si se trataba de entrar en
alguna casa, por dar auxilio a los heridos que lo habían menester, era
preciso salir a toda prisa, abandonándoles a su desgraciada suerte,
porque el fuego, no saciado con devorar la habitación cercana,
penetraba en aquélla con furia irresistible.

En resumen: franceses y españoles se habían destrozado unos a otros
con implacable saña; pero al fin aquéllos creyeron prudente retirarse,
como lo hicieron, no parando hasta Madridejos. Cuando Santorcaz,
Marijuán y yo seguimos nuestra marcha para hacer noche en Santa Cruz
de Mudela, el espíritu de los valerosos paisanos de Valdepeñas no
había decaído, y tratando de reparar los estragos de aquella
sangrienta jornada, parecían capaces de repetirla al siguiente día.

De lejos y al caer de la tarde distinguíamos la columna de humo
cubriendo el cielo de vagabundas y sombrías ráfagas, y el aragonés y
yo no pudimos menos de maldecir en voz alta y expresivamente al tirano
invasor de España. Contra lo que esperábamos, Santorcaz no nos
contestó una palabra, y seguía su camino profundamente pensativo.



IX


Al pasar la tierra, me reconocí completamente sano de mi anterior
enfermedad. La influencia sin duda de aquel hermoso país, el vivo sol,
el viaje, el ejercicio, equilibraron al punto las fuerzas de mi
cuerpo, y respiraba con desahogo, andaba con soltura, sin sentir
malestar alguno en mis heridas. Todo rastro de dolor o debilidad
desapareció, y me encontré más fuerte que nunca. Nada de particular
hallamos durante nuestro tránsito por las nuevas poblaciones, a no ser
la inquietud alarmante y los preparativos de defensa. En La Carolina y
en Santa Elena escaseaban mucho los hombres, porque la mayor parte
habían ido a incorporarse a la legión formada por D. Pedro Agustín de
Echevarri, partida cuya base fueron los valerosos contrabandistas del
país. Quedaba, no obstante, en los desfiladeros de Despeñaperros
bastante gente para detener todos o la mayor parte de los correos, y
en varios puntos, apostadas las mujeres o los chiquillos en lo
escabroso de aquellas angosturas, avisaban la proximidad del convoy
para que luego cayeran sobre él los hombres. También advertimos gran
abandono en los primeros campos de pan que se ofrecieron a nuestra
vista, y en algunos sitios las mujeres se ocupaban en segar a toda
prisa los trigos todavía lejos de sazón. Cerca de Guarromán vimos
grandes sementeras quemadas, señal de que había comenzado allí su
oficio la horrible tea del invasor.

Hasta entonces no había ocurrido ninguna colisión sangrienta entre
imperiales y andaluces. Éstos, al ver que de improviso, por entre los
romeros y lentiscos de la sierra, desfilaban aquellos soldados de la
fábula, tan hermosos y al mismo tiempo tan justamente engreídos de su
valor, no volvieron de su asombro sino cuando los vieron desaparecer
camino de Córdoba, y sólo entonces, sintiendo requemadas sus mejillas
por generosa vergüenza, cayeron en la cuenta de que el suelo patrio no
debía ser hollado por extranjeras botas. Los franceses encontraron el
país tranquilo, y creyeron llegar felizmente a Cádiz; pero bajo las
herraduras de sus caballos iba naciendo la hierba de la insurrección.
Aquellos corceles no eran como el de Atila, que imprimía sello de
muerte a la tierra, sino que, por el contrario, sus pisadas, como un
toque de rebato, iban despertando a los hombres y convocándoles detrás
de sí.

Llegamos por último a Bailén, y explicaré por qué nos detuvimos en
esta villa algunos días. Allí residía el ama de Marijuán, quien al
presentarse a ella nos rogó que le acompañásemos, y esta apreciable
señora, que era doña María Castro de Oro de Afán de Ribera, condesa de
Rumblar, nos recibió con tanto agasajo, nos ponderó de tal modo la
ruindad de las posadas y ventas de la villa, que no tuvimos por
conveniente hacernos de rogar y aceptamos la hospitalidad que se nos
ofrecía. La casa era grandísima y no faltaba hueco para nosotros, ni
tampoco excelente comida y bebida de lo más selecto de Montilla y
Aguilar.

--A estas horas--nos dijo la Condesa--los franceses deben haber
empeñado una acción con el ejército de paisanos que dicen salió de
Córdoba para defender el paso del puente de Alcolea. Si ganan los
españoles, los franceses retrocederán hacia Andújar, y como han de
estar muy rabiosos, cometerán mil atrocidades en el camino. No
conviene que salgan ustedes de aquí, a no ser que tengan intención,
como mi hijo, de incorporarse al ejército que se está formando en
Utrera.

No eran necesarias tantas razones para convencernos. Nos quedamos,
pues, en la ilustre casa; y ahora, señores míos, con todo reposo voy a
contaros puntualmente lo que recuerdo de aquella mansión y de sus
esclarecidos habitantes, destinados a figurar bastante en la historia
que voy refiriendo.

El palacio de Rumblar era un caserón del siglo pasado, de feísimo
aspecto en su exterior, pero con todas las comodidades interiores que
alcanzaban los tiempos. Las altas paredes de ladrillo; las rejas
enmohecidas y rematadas en cruces; los dos escudos de piedra obscura
que ocupaban las enjutas de la puerta, cuyo marco apainelado y con
vuelta de cordel parecía remontarse a fecha más antigua que el resto
de la casa; las dos ventanas angreladas junto a un mirador moderno; el
farol sostenido por pesada armadura de hierro dulce, en cuyo centro se
retorcían algunas letras iniciales y una corona dibujadas con las
vueltas del lingote; las guarniciones jalbegadas alrededor de los
huecos; los pequeños vidrios, las celosías, y la diversidad y variedad
de aberturas practicadas en el muro, según las exigencias del
interior, le asemejaban a todas las antiguas mansiones de nuestros
grandes, bastante desprendidos siempre para gastar en la fábrica de
los conventos el gusto y el dinero que exigían las fachadas de sus
palacios. Por dentro resplandecía el blanco aseo de las casas de
Andalucía. Tenía gran sala baja, capilla, patio con flores,
habitaciones con zócalo de azulejos amarillos y verdes; puertas de
pino, lustradas y chapeadas; gran número de arcones, muchas obras de
talla, cuadros viejos y nuevos, algunas jaulas de pájaros, finísimas
esteras, y, sobre todo, una tranquilidad, un reposo y plácido silencio
que convidaban a residir largo tiempo en aquella mansión.

Hablemos ahora de la familia de Afán de Ribera, o Perafán de Ribera,
que en esto no están acordes los cronistas. Ocupará el primer lugar en
esta enumeración reverente la señora Condesa viuda D.ª María Castro de
Oro de Afán, etc., aragonesa de nacimiento, la cual era de lo más
severo, venerando y solemne que ha existido en el mundo. Parecía mayor
de cincuenta años, y era alta, gruesa, arrogante, varonil, usaba para
leer sus libros devotos o las cuentas de la casa, unos grandes
espejuelos engastados en gruesa armazón de plata, y vestía
constantemente de negro, con traje que a las mil maravillas a su cara
y figura convenía. Aquélla y ésta eran de las que tienen el privilegio
de no ser nunca olvidadas, pues su curva nariz, sus cabellos
entrecanos, su barba echada hacia afuera, y la despejada y correcta
superficie de su hermosa frente, hacían de ella un tipo cual no he
visto otro. Era la imagen del respeto antiguo, conservada para educar
a las presentes generaciones.

Tendrá el segundo lugar su hijo, joven de veinte años, niño aún por
sus hábitos, su lenguaje, sus juegos y su escasa ciencia. Era el único
varón, y, por tanto, el mayorazgo de aquella noble casa, cuyo origen,
como el del majestuoso Guadalquivir, se remontaba a las fragosidades
de la Sierra de Cazorla, donde los primeros Afán de Ribera hicieron no
sé qué hazañas durante la conquista de Jaén. El joven D. Diego
Hipólito Félix de Cantalicio había sido educado conforme a sus altos
destinos en el mundo, bajo la dirección de un ayo, de que después
hablaremos, y aunque era voluntarioso y propenso a sacudir el
cascarón de la niñez, arrastrando por el polvo de la travesura juvenil
el purpúreo manto de la primogenitura, su madre le tenía metido en un
puño, como suele decirse, y ejercía sobre él todos los rigores de su
carácter. Verdad es que el muchacho, con su instinto y buen ingenio,
había descubierto un medio habilísimo para atacar la severidad
materna; y era que cuando su ayo o la Condesa no le hacían el gusto en
alguna cosa, poníase los puños en los ojos, comenzaba a regar con
pueriles lágrimas los veinte años de su cuerpo, y exclamaba: «Señora
madre, yo me quiero meter fraile.» Estas palabras, esta resolución del
muchachuelo, que de ser llevada adelante troncharía implacablemente el
frondoso árbol mayorazguil, difundía el pánico por todos los ámbitos
de la casa. Procuraban todos aplacarle, y la madre decía: «No seas
loco, hijo mío. Vaya, puedes montarte a caballo en la viga del patio,
y te permito que le pongas al gato las cáscaras de nuez en sus cuatro
patitas.»

A estos dos personajes seguirán forzosamente las dos hijas de la
Marquesa: dos pimpollos, dos flores de Andalucía, lindas, modestas,
pequeñas, frescas, sonrosadas, alegres, sin pretensiones, a pesar de
su nobleza, rezadoras de noche y cantadoras por la mañana; dos
avecillas que encantaban la vista con el aleteo de su inocente
frivolidad y de cierta ingenua coquetería, de ellas mismas ignorada.
Eran pequeñas como el resedá; pero como el resedá tenían la seducción
de un aroma que se anuncia desde lejos, pues al sentirles los pasos se
alegraba uno, y su proximidad era aspirada con delicia. Asunción y
Presentación eran dos angelitos con quienes se deseaba jugar para
verles reír, y para reírse uno mismo del grave gesto con que
enmascaraban sus lindas facciones cuando su madre les mandaba estar
serias. La de menor edad era destinada al claustro, y mientras
acariciaba D.ª María la grandiosa idea de ponerla en las Huelgas de
Burgos, se acordó que tomara las lecciones necesarias para ser
doctora, por lo cual el ayo de su hermano había empezado a enseñarle
la primera declinación latina, que aprendió en un periquete,
encontrando aquello muy bonito. La primera, esto es, Asunción, no
tenía necesidad de aprender nada, porque era destinada al matrimonio.

Y, por último, no quiero dejar en la obscuridad al ayo del joven D.
Diego. Llamábanle comúnmente D. Paco, y era un varón de gran sencillez
y moderación en sus costumbres, aunque algo pedante. Estaba él
convencido de que sabía latín, y citaba a veces los autores más
célebres, aplicándoles lo que estos desgraciados no pensaron nunca en
decir. ¡A tales imputaciones calumniosas está expuesta la celebridad!
También se preciaba D. Paco de enseñar a sus discípulos acertadamente
la historia antigua y moderna, aunque sabemos por documentos de
autenticidad incontestable, que en sus explicaciones nunca pasó más
acá del arca de Noé. Era, sí, muy fuerte en la vida de Alejandro el
Grande, y podemos asegurar que poseía en altísimo grado un arte que no
a todos los mortales es dado cultivar con regular acierto. Don Paco
era un gran pendolista, que pudiera competir con esos colosos de la
Caligrafía: Torío el Sublime y Palomares el Divino, y hasta con el
moderno Iturzaeta; habilidad que en parte había transmitido a su
discípulo, pues las planas del heredero de Rumblar llenaban de admiración
al señor Obispo de Guadix cuando iba a pasar unos días en la casa.
Además, D. Paco era un hombre excelente, y temblaba de miedo delante de
la Condesa cuando ésta le achacaba las faltas del niño. Vestía de negro,
siempre en traje ceremonioso, aunque no nuevo, usando asimismo peluca
blanca, rematada en descomunal bolsa. A los forasteros huéspedes nos
trataba con mucha dulzura; porque «la hospitalidad--decía--fué don
particular de los pueblos antiguos, y debe ser practicada por los
presentes para enseñanza de los venideros».



X


El patrimonio de aquella casa era bueno, aunque muy inferior al de
otras familias de Andalucía y de Castilla; pero contaba la Condesa con
que sería de los primeros de España luego que su hijo heredara el
mayorazgo de unos parientes por línea colateral, que carecían de
sucesión directa. Para facilitar esto, D.ª María concibió un proyecto
gigantesco, del cual dependía, como el lector verá, la perpetuidad de
aquella casa y solar ilustre por el largo discurso de los siglos;
trató de casar a su hijo con una hembra de la familia de aquellos sus
parientes, a la sazón poseedores del mayorazgo, y residentes en
Córdoba, aunque su habitual morada era Madrid. No era obstáculo para
esto la niñez, más bien moral que física, de D. Diego, pues siendo
entonces costumbre emparentar lo más pronto posible a los mayorazgos,
los casaban fresquitos y antes que tuvieran tiempo de asomar las
narices por las rendijas de la puerta del mundo, donde, al decir de D.
Paco, no había sino perdición y desvanecimiento para la juventud,
porque las dulzuras de la copa de los placeres duraban breves
instantes, mientras que sus amargas heces trascendían por luengos
años.

Pero alguien hubo de producir trastorno en los planes sabiamente
trazados por D.ª María y sus ilustres primas; desconcertólos Napoleón,
Emperador de los franceses, al poner sus ojos en esta joya del
continente y al invadirla. La guerra, aquella santa guerra de que no
nos muestra otro ejemplo la Historia en tiempos cercanos, obligó a
suspender este como otros proyectos, y D.ª María, aragonesa y muy
patriota, hubo de llamar a D. Diego, y desde lo alto de su sitial le
aterró con estas palabras, confiadas después a mi discreción por D.
Paco:

--Hijo mío, mucho te quiero. Tu muerte no sólo nos mataría de pena,
sino que aniquilaría nuestra casa y linaje. Eres mi único varón, eres
el alma de esta casa, y, sin embargo, es preciso que vayas a la
guerra. Sangre valerosa corre por tus venas, y estoy bien segura de
que a pesar de tus pocos años dejarás en buen lugar el nombre que
llevas. Todos los jóvenes se deben a su rey y a su patria en estos
terribles días en que un miserable extranjero se atreve a conquistar a
España. Hijo mío, mucho te amo; pero prefiero verte muerto en los
campos de batalla y pisoteado por los caballos franceses a que se diga
que el hijo del conde de Rumblar no disparó un tiro en defensa de su
patria. Los hijos de todas las familias nobles de Andalucía se han
alistado ya en el ejército de Castaños; tú irás también, con una
escolta de criados, que armaré y mantendré a mis expensas mientras
dure la guerra.

Al decir esto, la marmórea cara de D.ª María no se inmutó; pero
Asunción y Presentación lloraron a moco y baba. El joven palpitó de
entusiasmo al tomar parte en un juego que no conocía, y que, visto de
lejos, es muy bonito.

Nosotros llegamos precisamente cuando se estaban haciendo los
preparativos y el equipo de guerra del mayorazgo. Todos trabajaban en
aquella casa, y no eran las menos atareadas las hermanitas del Sr.
Conde, porque a más de la delicadísima ropa blanca que con sus propias
manos y bajo la inspección de su madre aparejaron, poniéndola con
mucho orden en las gruperas, se ocupaban a toda prisa en arreglar unos
muy lindos escapularios, no sólo para él, sino para todos los de la
comitiva.

No sé qué aquellos preparativos tenían de semejante con los que se
hacen para mandar a un chico al colegio; verdad es que nada hay tan
instructivo y despabilador como un campamento, y por eso decía D. Paco
que la guerra es maestra del ingenio y domeñadora de las
impetuosidades juveniles.

Marijuán fué destinado a acompañar al señorito. Con él y otros criados
formóse una legioncilla de cinco hombres; mas sabedora doña María de
que otros jóvenes de familias ricas de Baeza, Bujalance y Andújar
habían llevado hasta diez, mandó que se aumentara aquel número,
fijándose al instante en Santorcaz y en mí. Se nos ofrecía una peseta
diaria, además de lo que cayera si volvíamos con vida y salud. Mi
compañero y yo nos miramos, consultando con elocuente silencio el
aspecto de nuestras respectivas fachas. Hallábamonos ambos muy
derrotados; y con aquella escrutadora penetración que da la carencia
de posibles, cada cual conoció la escualidez y vanidad de la bolsa del
otro. Santorcaz opinó que yo debía aceptar el enganche, y yo fuí del
mismo dictamen respecto a mi amigo; D.ª María ofreció equiparnos,
mudando nuestras ropas por otras nuevas y mejores, y además
comprometíase a mantener por algún tiempo a los que ya comenzaban a
tener dudas acerca del pan que comerían al llegar a Córdoba. No
vacilamos, y henos convertidos en soldados de caballería, prontos a
incorporarnos al reducido, pero brillante ejército de San Roque.
Comprendí que aquél era mi destino, y que para el fin que a Córdoba me
llevaba, más me convenía penetrar en esta ciudad como soldado obscuro
que como desalmado y andrajoso vagabundo. Santorcaz se decidió después
de meditarlo mucho, dando paseos en la habitación donde se nos había
albergado. Una vez resuelto a ello, pareció muy alegre y le oí
pronunciar algunas palabras que me demostraron la agitación de su alma
por causas para mí desconocidas entonces. Luego expuso a D.ª María que
no partiría de Bailén hasta no recibir unas cartas que esperaba de
Córdoba y de Madrid, relativas a sus intereses, a lo cual accedió la
señora, diciéndole que permaneciese en la casa hasta cuando quisiera,
con la condición de incorporarse después a la escolta de D. Diego si
ésta salía antes.

No tardó mucho el día de la partida. El joven mayorazgo estaba vestido
del modo siguiente: una ancha faja de seda color de amaranto le ceñía
el cuerpo; sus calzones de ante se ataban bajo la rodilla, y sobre las
medias de seda llevaba gruesas botas de cordobán con espuelas de
plata. El marsellés de paño pardo fino con adornos rojos y azules daba
singular elegancia a su cuerpo, así como el ladeado sombrero
portugués, con moña de felpa negra y cordón de oro. Guarnecía su
cintura sobre el fajín lo que llamaban charpa, y era un ancho cinturón
de cuero con diversos compartimientos ocupados por dos pistolas, un
puñal y un cuchillo de monte, de modo que llevaba el niño en los lomos
un completo arsenal, propio para hacer frente a todas las
circunstancias imaginables.

Ocupábanse la madre y las hijas en arreglar los últimos pormenores
del vestido, ésta cosiendo el postrer botón, aquélla poniendo un
alfiler a la cinta del sombrero, la otra calzando la espuela al mozo,
cuando D.ª María dijo con la viveza propia del que recuerda de
improviso la cosa mas importante:

--Falta lo principal: falta la espada.

Al punto las miradas de todos fijáronse con cierto respeto en un
venerable armario de añejo roble que en el testero principal de la
habitación desde largos años existía. Acercóse a él la Sra. Condesa, y
abriéndolo, sacó una espada larguísima, con su vaina y tahalí, las
tres piezas muy marcadas con el sello de honrosa antigüedad.
Desenvainó el acero la propia D.ª María con gesto majestuoso, aunque
sin ninguna afectación de brío varonil, y luego que lo hubo
contemplado un instante, volvió a meterlo en la vaina, entregándolo
después a su hijo. Era una hermosa hoja toledana de cuatro mesas y de
una vara y seis pulgadas de largo. En la cazoleta o taza cabía
holgadamente un azumbre, y sus gavilanes nielados de oro, lo mismo que
el arriaz, daban aspecto artístico y lujoso a la empuñadura. Tenía en
las dos fachadas del puño el escudo de los Rumblares, y en el pomo una
cabeza con la empresa del armero toledado Sebastián Hernández. En la
hoja, algo roñosa, se podía deletrear, aunque con trabajo, la
inscripción grabada en uno de sus lados: _Pro Fide et Patria, Pro
Christo et Patria, Pro Aris et Focis, Inter Arma silent Leges_.

Colgóse al cinto esta poderosa ilustre tizona el joven D. Diego, para
cuyas manos era peso exorbitante; mas él, orgulloso de llevarlo, hizo
un gesto poco favorable a los propósitos del invasor de España, y se
preparó a salir. Prorrumpieron en copioso llanto Asunción y
Presentación, lo cual dió al traste con la forzada entereza del
Condesito, destinado a ser el terror de la Francia, y pasando de los
pucheros a los hipidos, y de los hipidos a una violenta explosión de
lágrimas, atronó la casa por espacio de un cuarto de hora. Ni por esas
perdió D.ª María su serenidad, hablando a su hijo de asuntos extraños
a la guerra.

--Lo primero que has de hacer cuando llegues a Córdoba es visitar a
mis primas y entregarles estas cartas. Mira, aquí van las señas de su
palacio. Harto sentimos que no pueda celebrarse la boda concertada;
pero Dios lo quiere así, y la patria es lo primero. Algún día será. Di
a esas señoras que si vuelven pronto a Madrid, no les perdono que
pasen sin detenerse algunos días en ésta su casa.

Luego, tomando distinto tono, habló así:

--_Hijo mío, cuidado con lo que haces. Observa la mejor conducta: mira
que vas a combatir al enemigo y a defender la Religión, la Patria, el
Estado y el Rey. Si cobarde vuelves la espalda, no vuelvas jamás a mi
casa, ni te acuerdes nunca de tu madre, ni cuentes ya con su tierno
cariño... Su indignación, su aborrecimiento eterno: he aquí la
recompensa que te aguarda_.

He subrayado estas palabras porque son puntualmente históricas:
constan en papeles impresos de aquel tiempo, que puedo mostrar al que
verlos desee. La mujer que los pronunciara (pues no fué D.ª María, y
el atribuirlo a ésta es de mi exclusiva responsabilidad) añadió lo
siguiente, dirigiéndose a otras madres que despedían a sus hijos en
las puertas del pueblo:

--_Compañeras, si en las batallas llegan a morir todos los hombres,
triunfaremos nosotras_.[1]

Salimos de la casa, tomando cada cual la cabalgadura que se le había
destinado, juntamente con un sable y dos pistolas. El bagaje se
repartió entre todos. Un criado antiguo se había encargado del dinero,
otro llevaba las ropas del señorito; Marijuán llenaba sus alforjas con
abundantes provisiones, y en mi grupera pusimos varios encargos y las
cartas que D. Diego debía entregar en Córdoba. Cuando yo las acomodaba
en mi equipaje, pude ver de soslayo los sobres, y me quedé frío de
sorpresa y casi diré de terror: leí los nombres de Amaranta, de la
Marquesa su tía y del señor diplomático.

Santorcaz, que aún no había recibido lo que aguardaba, se quedó,
prometiendo juntarse con nosotros al día siguiente o a los dos días.
Yo lo vi muy pensativo y tétrico, las manos a la espalda, paseando por
el portal de la casa cuando salíamos de ella. Hasta fuera de la villa
fué en nuestra compañía D. Paco, el cual recordaba a su discípulo las
máximas de Alejandro sobre la guerra, recomendándole una y otra vez
que las pusiera en práctica al pelear contra los franceses, y que
cuidase de sostener siempre el orden oblicuo, disponiendo una segunda
línea para asegurar las espaldas y los flancos, «porque a
esto--decía--debió el gran Macedonio que siempre quedaran victoriosas
sus difalangarquías y tetrafalangarquías».

Con tan sabía máxima, que el heredero de Rumblar juró cumplir al pie
de la letra, despidióse D. Paco, y seguimos nuestra marcha muy
contentos. No tomamos el camino real desde Bailén a Córdoba por no
tropezar con la retaguardia del general Dupont, o con los muchos
destacamentos que había dejado en todos los pueblos, y en vez de las
diez y ocho leguas y media de que consta aquella vía, tuvimos que
andar unas veinticuatro, pues en nuestro rodeo fuimos a Menjíbar;
desde allí, por Torre Jimeno, siguiendo un detestable camino de
herradura, pasamos a Martos, y de Martos, por Alcaudete y Baena,
fuimos a buscar en Castro del Río la margen derecha del Guadajoz, que
nos condujo a las inmediaciones da Córdoba.

Al salir de Bailén supimos la derrota de los paisanos y soldados de
regimientos provinciales en el puente de Alcolea, y en Alcaudete nos
dieron otra terrible noticia, referente a la entrada de los franceses
en Córdoba y al saqueo de aquella hermosa ciudad. Esto y el encuentro
de algunos dispersos de la partida de Echevarri nos inclinó a tomar el
camino de Écija; pero el día 16 supimos que los franceses habían
evacuado a Córdoba; y adoptando nuestro primitivo itinerario,
divisamos en la mañana del 18 un inmenso caserío blanco, que destacaba
sobre el verde azul de la lejana sierra infinidad de torres,
minaretes, espadañas y cimborrios.


#Nota a pie de página:#

[1] Esto pasó en Mérida en 23 de junio.



XI


Córdoba, la ciudad de Abdherranmán; la Meca de Occidente, la que fué
maestra del género humano, la vieja andaluza, que aún se engalana con
algunos restos de su antigua grandeza; todavía hermosa, a pesar de los
siglos guerreros que han pasado por ella; ya sin Zahara, sin
academias, sin pensiles, sin aquellas doscientas mil casas de que
hablan los cronistas árabes; sin califa, sin sabios, pero orgullosa
aún de su mezquita-catedral, la de las ochocientas columnas; triste y
religiosa, habiendo substituído el bullicio de sus bazares con el
culto de sus sesenta iglesias y sus cuarenta conventos; siempre
poética y no menos rica en la decadencia cristiana que en el apogeo
musulmán; ciudad que hasta en los más pequeños accidentes lleva el
sello de los siglos; tortuosa, arrugada, defendiéndose de la luz como
si quisiera ocultar su vejez; escondida en sus interiores, donde
guarda innumerables maravillas, y siempre asustada al paso del
transeúnte; protectora de los enamorados, para quienes ha hecho sus
mil rejas y ha obscurecido sus calles; devota y coqueta a la vez,
porque cubre con sus joyas las imágenes sagradas, y se engalana y
perfuma aún con los jazmines de sus patios... Tal era la ciudad que
había estado entregada por tres días a la brutal codicia de los
soldados de Dupont. Este desgraciado caudillo, que desde entonces
comenzó a sentir la indecisión y el aturdimiento que le acompañaron
hasta capitular, temeroso de ser sorprendido allí por las tropas de
Castaños, se retiró el 16 de junio, dirigiéndose a Andújar, desde
donde pidió refuerzos a Madrid.

El 18 entramos nosotros en la ciudad saqueada, aún llena de mortal
espanto. Aún no había sido lavada la sangre que manchaba sus calles,
ni sabían exactamente los cordobeses a ciencia cierta el dinero y
cantidad de alhajas que les habían robado. Antes que en contar lo que
les quedaba pensaron en armarse, y si antes habían ido a la lucha los
campesinos, siguiendo a los regimientos provinciales y las milicias
urbanas, después del saqueo todas las clases de la sociedad se
apercibieron para lo que más que la guerra era un ciego plan de
exterminio, pues no se decía _vamos a la guerra_, sino a _matar
franceses_.

Desde que entré en la desgraciada ciudad, a la emoción producida por
el espectáculo del reciente desastre se agregaba la que yo sentía por
asuntos de mi propia cuenta, y por la supuesta proximidad a quien era
el faro de mi vida. Así es que luego que el Conde y los de la comitiva
nos arreglamos en una de las mejores posadas, salí con objeto de
buscar la casa de la Sra. Amaranta y de su tía, lo cual érame
sumamente fácil, por haber visto los sobrescritos de las cartas que
traíamos para aquellas personas. Las doce serían cuando llegué a la
calle de la Espartería, donde era la residencia de la tía de Amaranta.
En lo sucesivo, y para evitar confusiones, ya que no puedo nombrarla
con su verdadero nombre, usaré el título convencional de marquesa de
Leiva.

Cuando di los primeros aldabonazos en la puerta, parecíame que
golpeaba en mi propio corazón. ¿Estaría allí Inés? ¿Estaría allí, ya
olvidada de que antes existiera en el mundo un chico llamado Gabriel,
arcabuceado por los franceses? Y si estaba y de improviso me veía, ¿no
era posible que se me presentara deslumbrada por los esplendores de su
nueva posición, y que a la palidez de la primera sorpresa sucediera en
su rostro el rubor de haberme amado? ¿Se acercaba el momento de que yo
cayese de la inconmensurable altura de mi fatuidad amorosa,
encontrando una sonrisa de desdén y la mano de un criado que me
pusiera en la calle? ¿Por ventura el trance que me esperaba era
hermano gemelo de aquella otra gran caída ocurrida en El Escorial,
cuando por el favor de Amaranta soñaba con los primeros puestos de la
nación? ¿Bajaría mi alma desde príncipe a lacayo, como poco antes bajó
mi ambición?

Abrióme la puerta un criado conocido, a quien rogué me llevase a
presencia de mi antigua ama la Sra. Condesa. Mientras atravesábamos el
patio, buscaba afanosamente algún objeto que me indicase la proximidad
de Inés. Como olfatea el perro el rastro de su amo, así aspiraba yo
las emanaciones de la casa buscando el aire que había sido aliento de
aquella naturaleza querida. No oí su voz, ni sentí sus pasos, ni ví
cosa alguna que tuviera las huellas de su mano. A mí se me antojaba
que en cualquier objeto podía notar un sello especial que indicara
pertenecerle. Pero en nada de lo que vieron mis ojos encontré la
huella indefinible que debía tener todo aquello en que Inés pusiera
los suyos. Esto se comprende y no se explica. El corazón es el único
adivino, y el mío me dijo que Inés no estaba allí.

El patio era fresco y risueño, como todos los de las buenas casas de
Andalucía. Entre los jazmines reales, que abrazándose a una columna
ostentaban sus mil florecillas llenas del perfume más grato a los
enamorados; entre los naranjos de la China, graciosas miniaturas del
naranjo común; entre los rosales de la tierra y esos claveles
indígenas, cuya imperial hermosura no ha logrado eclipsar ninguna de
las elegantes flores modernas; entre los tiestos de reseda, de
mejorana, de albahaca y de sándalo, saltaban los chorros de una fuente
habladora, con cuyo monólogo se concertaba el canto de algunos pájaros
prisioneros en doradas jaulas. El pavimento era de mármol y los
zócalos de azulejos; sobre éstos, y cubriendo gran parte de la pared,
había cuadros al óleo de aquella escuela andaluza que ha llevado a los
lienzos el tono caliente de la tierra, la esplendidez de la inflamada
atmósfera y la agraciada melancolía de los semblantes.

Afortunadamente para mí, Amaranta se dignó recibirme. Estaba en una
sala baja, fresca y obscura, y cuando yo entré se ocupaba en armar
unas flores de altar. ¿Se había entregado a la devoción? Vestía
completamente de blanco, y a la exigencia de la moda se unía el rigor
de la estación para que aquel ligero traje fuera nada más que lo
absolutamente necesario para cubrir su hermoso cuerpo. Entonces, entre
las miradas de fuera y el pudor interno no se ponía tan gran baluarte
de telas como se pone hoy.

Abrumadoramente hermosa estaba, y sus ojos negros, que eran, como otra
vez he dicho, los primeros ojos del mundo, es decir, los Bonapartes de
la mirada humana, conquistaban al punto todo aquello a que dirigían su
pupila. Sentí en su presencia mucha cortedad, gran turbación; sentíme
sin ideas y sin palabra.

--¿Qué vienes a buscar aquí?--me dijo.

--Señora, he venido a Córdoba para afiliarme en el ejército del
general Castaños, y sabiendo que Su Excelencia y apreciable familia
estaban en esta población, he querido visitar a mi antigua y querida
ama.

--Eres tan hipócrita como intrigantuelo y trapisondista--repuso entre
severa y amable.

--¿Conque me tienes ley? ¿Por qué te portaste tan mal
conmigo?

--Señora--exclamé, haciendo aspavientos de respeto--. ¡Yo portarme
mal! ¡Si no podré olvidar nunca lo bien que estaba al servicio de Su
Excelencia!

--¿Quieres ser otra vez mi criado?--me preguntó.

Esta proposición cayó sobre mí como un rayo. Pensé en Inés, en el
repentino engrandecimiento de la que había juzgado compañera de mi
existencia, y al considerarme criado de aquella casa, temblé de
indignación.

--No, señora, no quiero servir más. Soy soldado--repuse--. Sin
embargo, estoy a las órdenes de Vuecencia para lo que guste mandarme.

--¿Conque soldado? ¿Y vas a la guerra? Dentro de un mes serás
general--dijo con punzante ironía.

--No aspiro a tanto. Quiero servir a mi país y nada más. Con tal de
que mañana pueda decir: «Contribuí a echar de España a la canalla»,
quedaré satisfecho.

--¿Y crees que España podrá echar fuera a la canalla? ¡Ah!, yo no
participo de la ilusión de esta buena gente. ¿Qué pasó el día 9 en el
puente de Alcolea? Aquellos pobres paisanos a quienes no se puede
negar el valor, huyeron ante las tropas disciplinadas del general
Dupont. En Córdoba tampoco se les opuso resistencia, y ¡qué horror,
Dios mío! ¡Qué tres días de angustia! Todos creíamos que los franceses
entrarían con bandera de paz, porque la gente de Echevarri abandonó la
ciudad, y los de aquí no trataban de hacer resistencia. Llegaron los
franceses a la Puerta Nueva, y mientras las autoridades hablaban con
ellos para darles entrada, de una casa cercana salieron algunos tiros.
Furiosos los enemigos, después de derribar a cañonazos la puerta,
desparramáronse por las calles de Córdoba, asesinando a cuantos se
encontraban al paso y metiéndose en las casas para coger cuanto había.
No puedes figurarte lo que era aquello. Mudos de espanto y ansiedad
estábamos todos aquí, atento el oído a los rumores de la calle, cuando
sentimos que las puertas caían a golpes, y penetraba aquella
soldadesca bestial, diciendo que se les entregasen todos los objetos
de valor. El miedo nos impidió andar en contestaciones con ellos, y al
punto les dimos alhajas, dinero, plata de mesa y cuanto había,
deseando que se lo llevasen todo de una vez para no escuchar sus
insultos. Mas luego bajaron a la bodega, sedientos de vino; no
contentos con echar fuera las cubas pequeñas, bebían en las llaves de
las pipas grandes, y dejándolas luego abiertas, corría el Montilla de
setenta y cinco años, inundando las cuevas. Uno de aquellos salvajes
pereció ahogado en vino. Pero al fin se fueron de casa sin cometer
atrocidades de otra clase y nos vimos libres de semejante chusma. En
otras partes los horrores no pueden contarse. Robaron todo el dinero
de la Administración, toda la plata de los conventos, los vasos
sagrados, los cálices, las custodias, las alhajas de las imágenes;
penetraron también en los conventos de frailes, muchos de los cuales
murieron asesinados; convirtieron en lupanar la iglesia de Fuensanta,
y por tres días Córdoba no fué una ciudad, fué un infierno, porque
todos los demonios, todas las maldades, sacrilegios y abominaciones
cayeron sobre ella. Por las calles se les encontraba borrachos, llenos
de inmundicia y revolcándose en el lodo, engullendo vorazmente la
comida que sacaban a viva fuerza de las casas. Los generales
franceses, avergonzados de tanta bajeza, querían someterlos a palos;
pero fué preciso emplear mucho rigor, y algunos hubieron de ser
fusilados para que entraran en razón los demás. Por último, saliendo
de Córdoba para Andújar, esos cafres nos han dejado en paz por algún
tiempo. ¡Qué espantoso estado el de España! Y lo peor es que
sucumbirá. ¡Qué días terribles nos aguardan! Quisiera yo tener las
ilusiones de esta gente, y creer, que como ellos creen, que con unas
cuantas batallas ganadas por nosotros..., y por cierto que no sé cómo
será eso de ganar batallas, sin ejército, ni generales, ni dinero, ni
nada..., que con unas cuantas batallas se va a concluir todo
felizmente. Hay quien sueña con ir a Francia, después de echar a los
franceses, y traerse a Napoleón con un grillete al pie. ¡Dios quiera
que no perezcamos todos! ¡Dios nos dé valor para resistir la tormenta
que se nos viene encima!... Aquí vivimos sin saber a qué santo
encomendarnos. Casi no nos tratamos con nadie, y si tememos que
Francia nos tome por exaltadas patriotas, más nos duele que los
vecinos nos crean afrancesadas. Quisiéramos estar bien con todos y que
ni unos ni otros nos molestaran... Pero qué sé yo...; creo
difícil... ¿Y en Madrid qué tal se vive?

--¿Piensa Usía volver a la Corte?

--¡Oh!, sí... Pensamos marcharnos pronto, porque nos llama un asunto
en que está interesada toda la familia. A ser por mí, ya estaríamos
allá. No puedo vivir en Córdoba, y menos en el estado actual de la
guerra. Esto no es vivir. Si en Madrid no hubiese tranquilidad, nos
iríamos a Bayona con toda la familia.

--¿Y ninguna de las personas de esta casa fué maltratada por la
soldadesca francesa?--pregunté, deseando saber qué personas había en
la casa.

--Ninguna; sólo mi tío el Marqués tuvo una contusión en la cabeza;
pero recibióla al esconderse debajo de una cama, y lo hizo con tanto
ímpetu, que se dió un golpe muy fuerte contra el suelo. Un amigo de
casa, que nos visita todos los días, D. José María de Malespina,
también recibió un ligero rasguño en la mano derecha al ocultarse
detrás de un armario.

--¿Y las señoras? Oí decir que una sobrinita de la Sra. Marquesa... o
sobrinita de Su Excelencia, no estoy bien seguro, había venido de
Madrid con objeto de acompañarlas.

--No--contestó Amaranta, mirando al suelo.

--Pues entonces lo confundo yo con otra cosa. Paréceme que en Madrid
lo oí decir al señor licenciado Lobo, aquel famoso escribano...; pero
no, seguramente se equivocó.

--¿Conoces tú al Sr. de Lobo?--me preguntó con inquietud.

--Ya lo creo; somos muy amigos. Le conocí cuando yo servía en casa de
D. Mauro Requejo..., y por cierto que el señor licenciado y yo tuvimos
una cuestión con motivo de cierta jovencita..., una infeliz, señora,
una desgraciada chiquilla, huérfana de padre y madre.

--A ver, cuéntame eso.

--Pues los Sres. de Requejo, que eran dos puerco-espines martirizaban
a la damisela. Yo tenía lástima de ella y quise sacarla de allí...,
pero me fusilaron los franceses.

--¡Te fusilaron!

--Sí, señora, y el Sr. de Lobo...; pues..., lo cierto fué que la niña
desapareció.

--Ya... Cuéntamelo todo.

Con el mayor afán, con el interés más grande que durante mi vida he
sentido por cosa alguna, empezaba yo a contar a la Condesa lo que
sabía, cuando la entrada de dos personas me interrumpió.

Eran el diplomático y D. José María de Malespina, aquél por tantos
títulos famoso, aunque retirado, coronel de Artillería, de quien hablé
cuando lo de Trafalgar. El primero me reconoció y tuvo la bondad de
dirigirme algunas bromas.



XII


--Sobrina--dijo el Marqués--, pronto tendremos aquí las tropas de
Castaños. ¿Sabes lo que ahora le decía al Sr. de Malespina? Pues le
decía que si la Junta de Sevilla me comisionara para entrar en
negociaciones con los franceses, tal vez lograría poner fin a esta
desastrosa guerra.

--¿Qué negociaciones ni qué ocho cuartos?--dijo con desprecio
Malespina--. ¡Oh! ¡Si la Junta de Sevilla siguiera el plan que imaginé
estos días. Mientras no demos a la artillería el lugar que le
corresponde no es posible alcanzar ventaja alguna. Mis recientes
estudios sobre cyclodiatomía y capóltica me han hecho descubrir
importantes principios que ahora debieran llevarse a la práctica.

--Reniego de la ciencia que inventa medios de destrucción--declaró con
gesto elocuente el Marqués--. Por las vías diplomáticas pudieran las
naciones resolver todas sus querellas. ¡La guerra! ¿De qué sirve la
guerra? ¿Vale la pena de que perezcan miles de seres humanos por una
cuestión que podría arreglarse con un pedazo de papel y una pluma
mojada en tinta, puesta en manos de alguna persona que yo me sé?

--Hombre de Dios, sin la guerra, ¿qué sería del mundo? Y sobre todo,
¿qué sería del mundo sin la artillería? Montecúculi dice que las
batallas «dan y quitan las coronas, concluyen las guerras e
inmortalizan al vencedor».

--¡Sangre y luto y desolación! Pero no disputemos sobre el volcán,
amigo. La guerra es un mal, y existe hoy entre nosotros. Lo que
conviene es buscar alianzas en Europa. Por eso, desde que llegué a
Andalucía, sugerí a la Junta Suprema la idea de pedir auxilio a
Inglaterra. ¡Magnífico pensamiento, que ni a Saavedra ni al P. Gil se
les había ocurrido.

--¡Y usted se atribuye la invención!--dijo con sorna Malespina--.
Pero, hombre de Dios, si los asturianos fueron los primeros que en tal
cosa pensaron, y desde el 30 de mayo salieron de Gijón mis
queridísimos amigos D. Andrés Ángel de la Vega y el vizconde de
Matarrosa, hijo del conde de Toreno... ¡Bah, bah!... Estos
diplomáticos han perdido la chaveta. Nada, amigo mío: yo le dije al P.
Gil que cuidara de aumentar la artillería, adoptando los adelantos que
yo quiero introducir en el arma. Pues qué, ¿cree usted que Napoleón no
tiene noticia de ellos? Yo he descubierto que antes de invadir a
España mandó una Comisión secreta para que averiguara si estaba yo
aquí. Como entonces mi familia hizo correr la voz de que yo había
pasado a América, Napoleón dijo: «Pues no hay cuidado ninguno», y
ordenó la invasión. Ya, ya me conoce de antiguo.

--¡Qué vanaglorioso es usted!--dijo el diplomático, superando en
fatuidad a su amigo--. Eso lo dice usted por obligarme a hablar, por
obligarme a que revele... No: es secreto de Estado, del cual quizás
depende la paz de España y de Europa; no saldrá de mis labios, ni soy
hombre que cede fácilmente a las sugestiones de la imprudente
amistad.

--Todo eso es pura farsa. Sepamos de una vez esos secretos.

--¡Farsa!--exclamó con enojo el diplomático--. Pero ya comprendo el
juego. Lo mismo hace mi sobrina cuando quiere obligarme a que revele
los secretos de Estado. No: callaré, callaré, aunque usted me insulte,
aunque usted aparente dudar de mi veracidad para que la indignación me
haga romper el silencio. ¡Pues qué!, si yo dijera que un elevado
personaje, el más poderoso que hoy existe en el mundo, se decidió al
fin a transigir conmigo, después de una enemistad que data de la paz
de Luneville; si yo dijera que los preliminares de negociación que
entablé para evitar a España los horrores de la guerra comenzaban a
dar resultado, cuando algunos hombres pérfidos, ¡ah!..., si yo dijera
esto... Pero no: mi sobrina me mira como para incitarme a seguir
hablando, y usted, Sr. de Malespina, me mira también... Mas no: punto
en boca, y cesen las impertinentes preguntas que en vano amenazan el
inexpugnable alcázar de mi discreción.

--Todo eso es pura fábula--afirmó D. José María con desenfado--.
Aborrezco la falsedad y la jactancia, pues soy hombre que se dejaría
matar antes que decir una palabra contraria a la rigurosa verdad. Por
tanto, basta de fingidas diplomacias y de tratados que no han existido
sino en la cabeza de usted. En estos momentos seamos soldados, y
dejemos a un lado los protocolos. Veremos si ahora, cuando en Bayona
se sepa que yo sigo en España y que no pienso partir a las Américas,
se retiran los franceses de nuestro país, porque..., francamente...,
Napoleón me conoce.

--¡Hombre, eso es demasiado fuerte!--exclamó el diplomático, soltando
la risa--. Conque Napoleón...

--No extraño esas risas--dijo muy amoscado el artillero--. ¿Qué ha de
hacer quien no conoce el peligro personal? ¿Qué ha de hacer un hombre
que cuando entraron los franceses a saquear esta casa, se escondió
debajo de la cama?

--Yo...--contestó con turbación el Marqués--si penetré en aquel
apartado sitio, bien saben todos la causa, que no fué miedo ni mucho
menos. En aquel instante me ocupaba mentalmente en buscar los términos
más propios de un arreglo y transacción con aquella gente, y como el
ruido no me dejaba pensar, busqué la soledad de aquel lugar recogido y
pacífico, donde sin estorbo pudiera entregarme a mis cavilaciones. Lo
incomprensible es que un militar viejo como usted buscase asilo detrás
de un armario mientras los franceses insultaban a las señoras.

--Nada, lo que he dicho siempre--repuso Malespina--. Es inútil esperar
que los profanos hagan nunca justicia a las combinaciones de la
ciencia. Todo lo ven bajo el aspecto vulgar, y lanzan al público las
acusaciones más irreverentes. Hombre de Dios, ¿necesitaré decir que,
convencido desde el principio de la imposibilidad de establecer en el
patio un campo atrincherado, tuve que retirarme a esta sala, y apoyar
mi centro de retaguardia en aquel armario, para operar con el ala
derecha? Viendo que se acercaban con ímpetu formidable los franceses,
hice un movimiento envolvente sobre mi ala izquierda, y me metí tras
el armario, dirigiendo el raso de metales de la terrible arma de fuego
que llevaba en mi bolsillo hacia el marco de la puerta, para que la
trayectoria fuese directamente al patio. El enemigo, al ver mi
actitud, retrocedió lleno de espanto, y he aquí cómo sin efusión de
sangre se les obligó a la retirada.

Amaranta no podía contener la risa oyendo la disputa entre los dos
vejetes. Antes de que ésta concluyera, entró la de Leiva y dijo:

--Acaba de llegar la _Gaceta Ministerial de Sevilla_. Creo que hoy
trae la noticia de que ha muerto Napoleón.

--¡Jesús! ¿Qué dice usted?

--¿Dónde está, dónde está esa _Gaceta_?

Al punto corrieron el Marqués y D. José María a la habitación
inmediata. La Marquesa, que no había parado mientes en mi persona
aunque le hice reverencias muy profundas, acercóse a su sobrina, y
mostrándole un medallón que en la mano traía, le dijo:

¿Te gusta? ¿No es verdad que está parecido? El pintor ha hecho un
hermoso retrato.

--Está muy bonito y se parece mucho--dijo mi antigua señora--. Veremos
qué le parece a ese barbilindo cuando lo vea.

--Es extraño que no haya llegado ya. Su madre me decía que para el 12
pasaría por aquí.

El diplomático y Malespina aparecieron de nuevo, trayendo cada cual
una hoja de papel impreso.

--Efectivamente, aquí está en letras de molde--dijo con grandes
aspavientos el diplomático, preparándose a leer--. Oigan ustedes:
«Madrid, 6 de junio. El descontento de las tropas enemigas parece
general, y corre muy válida la voz de que en Bayona hay insurrección,
y de que el Emperador está oculto, añadiendo algunos que herido.»

--Hombre, eso es importantísimo--dijo Malespina--, aunque no me coge
de nuevo, porque ya tenía noticias detalladas de este suceso.

--¿Que los franceses se sublevan contra Bonaparte?--dijo la
Marquesa--. Dios les habrá tocado el corazón.

--Pero oigan ustedes estotra noticia--añadió el artillero--: «Toledo,
4. Dícese que cerca de Gallur los franceses han sido derrotados por
Palafox, dejando en el campo de batalla 12.000 muertos y un número
infinito de heridos. Los españoles les tomaron 48 cañones y 12
águilas.»

--¡Hombre, magnífica victoria!--exclamó el diplomático--. ¿Pero qué
dice aquí? ¡Oh, ésta sí que es gorda!: «Reus, 8 de junio. Aquí se
habla de la muerte de Josef Napoleón, de los varios partidos que
dividen la Francia y de la sublevación del Rosellón. Si estas noticias
salen ciertas, podemos asegurar que llegó ya el día de la venganza y
de la libertad de España.»

--Vienen muy satisfactorios estos dos números de la _Gaceta_--dijo
Amaranta.

--Ya sabía yo todo eso--afirmó con aplomo el Marqués--. ¡Pero qué veo,
santos cielos! Este sí que es notición. Oigan todos, oiga usted, Sr.
D. José María: «Valencia, 10 de junio. El ejército de Duhesme ha sido
derrotado. Corren voces de que el castillo de Figueras está en nuestro
poder; se repite la noticia del levantamiento del Rosellón y de la
indignación con que ha visto toda la Francia la conducta de su
Emperador con la España.»

Los sueltos que oí leer en aquella ocasión pueden verse en la _Gaceta
Ministerial de Sevilla_, periódico oficial de la Junta Suprema. En sus
breves columnas se insertaban diariamente despachos y noticias que
remitían de todas partes... Dictábalas el entusiasmo y las devoraba
la credulidad, y como nadie las discutía, el efecto era inmenso. Según
la _Gaceta Ministerial_, todos los días era derrotado un ejército
francés, y todos los días ocurría en Francia una insurrección para
destronar al azotador de Europa. ¡Ah!, entonces corrían unas bolas,
junto a las cuales son flor de cantueso las equivocaciones del moderno
telégrafo.

--Oigan ustedes--indicó la de Leiva, que había tomado el periódico de
manos del Marqués--; ésta sí que es noticia extraordinaria. Y no digan
ustedes que la sabían, porque hasta ahora no se ha hablado en España
ni en el mundo de semejante cosa. Atención: «Cádiz, 14. Corre muy
válida la voz de que la Francia está dividida en tres partidos:
borbónico, republicano y bonapartista.» También dice que han
desembarcado en Rosas 11.000 hombres con armas, que vienen de
Mallorca.

--¡Tres partidos!--gritó el Marqués diplomático, mirando a D. José
María.

--¡Tres partidos! Ya lo sabía.

--¡Y yo también!... Pero corro a comunicar esta nueva a nuestros
amigos--dijo el Marqués, levantándose.

--Aguarda--le insinuó su hermana--. No olvides que esta tarde tienes
que pasar por allí.

--¡Otra vez! Si no hay quien la haga salir. Le he prometido, le he
rogado, le he amenazado, le he dicho mil finezas y ternuras, y nada,
no quiere salir. ¿Por qué no vais vosotras?

--Sí, esta tarde iremos--afirmó detenidamente la Marquesa--. Es
preciso que salga, porque sin ella no podemos volver a Madrid.

--¡Oh!, picarón..., ya sabemos el secreto--dijo Malespina,
dirigiéndose con maliciosa expresión al Marqués--. Ayer me hablaron
del caso en varias tertulias... Ya sabía yo que había usted sido un
terrible seductor... ¿Pero ahora salimos con eso?

--Amigo, es preciso reparar de algún modo los extravíos de una
borrascosa juventud. Ya sabe usted que hasta hace quince años me
llamaban el _azote de las familias_. Pero ya pasaron aquellos tiempos,
y ahora...

--¿De modo que no vas esta tarde?

--Francamente--dijo el Marqués--, en estos días me gusta salir a la
calle lo menos posible. Suele haber tumultos..., ¡la gente anda tan
excitada!... ¡Qué susto me llevé la otra tarde en el barrio de San
Lorenzo!..., y como a causa de la gota no puedo correr...

--Y como en la calle no se encuentran camas para esconderse debajo de
ellas... Vamos, vamos, Marqués, y leeremos a los amigos estas
estupendas novedades.

Salieron la Artillería y la Diplomacia, y como la Marquesa había
salido de la habitación un momento antes, quedamos solos otra vez
Amaranta y yo.

--Sigue contando--me dijo--. Y ese señor tendero con quien servías,
¿ha venido contigo a Córdoba?

--No, señora: yo no he vuelto más a su casa. Salí de Madrid
acompañando al Sr. de Santorcaz.

--¡Santorcaz!--exclamó la dama, poniéndose encarnada y después pálida
como una difunta. ¿Quién? ¿Quién has dicho?

--Don Luis de Santorcaz, señora; un caballero castellano que ha venido
ahora de Francia.

Amaranta parecía sentir una emoción profunda. Para disimularse
levantó fingiendo buscar algo, dió media vuelta, sentóse de nuevo,
después se puso la mano sobre los ojos, y finalmente, rompió una flor
de trapo que tenía entre sus manos.

--¿Qué estabas diciendo, que no te oí...?

Que el Sr. de Santorcaz...

--Deja a ese hombre..., no hables de lo que no me interesa. ¿Conque
antes decías que los tenderos de la calle de la Sal martirizaban a la
chiquilla...?

--Sí, señora, mucho. Me desgarraba el corazón--contesté sin cuidarme
de disimular los sentimientos de mi alma.

--Era natural que te interesaras por la desgracia.

--Es que yo había conocido a Inés antes de que a tal casa fuera.
Habíala conocido cuando estaba con su tío, el buen D. Celestino del
Malvar. Nos conocíamos los dos, señora, y como ella era tan buena, y
yo también..., porque yo era muy bueno... En fin, señora, yo no puedo
ocultar a Usía la verdad.

--Dímela de una vez.

Dejándome llevar de la impetuosa pena que pugnaba por desbordarse en
mi afligido pecho, y olvidando toda la consideración, todo tacto, toda
prudencia, con el acento de la verdad y de un dolor inmenso, dije lo
siguiente, sin reflexión ni cálculo alguno:

--Señora, Inés y yo éramos novios... Yo la quiero, yo la adoro...;
ella también...

Levantóse Amaranta rápidamente, y en su semblante observé señales de
repentina cólera. Mandándome callar, después de decirme que era un
desvergonzado y un truhán, agitó con inquieta mano una campanilla.

¡Altos cielos, por qué no os hundisteis sobre mí! Entró un criado, y
Amaranta le mandó que me pusiera al instante en la puerta de la calle.



XIII


El criado, cumplidor de la ignominiosa orden, era un segundo mayordomo
llamado Román, que desde su niñez servía en la casa. Desde que le
conocí en El Escorial, aquel hombre me había inspirado inexplicable
antipatía, y digo esto y además le nombro, para que mis lectores le
tengan presente, por si figurase después un poco en los peregrinos
sucesos de esta historia.

¿Será preciso que hable de mis tormentos morales en los días
siguientes a aquel suceso? ¡Dios mío! Aburriré a mis lectores,
abusando de la gentil cortesía que les movió a fijar sus ojos en estas
relaciones. No: más vale que devore en silencio mis penas y les hable
de otros asuntos, que así alcanzaré la doble ventaja de
proporcionarles útil entretenimiento, y de calmar mis pesares,
adormeciéndoles con el beleño de patriótico entusiasmo.

En Córdoba reinaba gran impaciencia por la tardanza del ejército de
Castaños. Entonces, como ahora y como siempre, los profanos en el
arte de la guerra arreglaban fácilmente las cuestiones más arduas,
charlando en cafés y en tertulias, y para ellos era muy fácil, como lo
es hoy, organizar ejércitos, ganar batallas, sitiar plazas y coger
prisionero a medio mundo. A los profanos se unían los bullangueros y
voceadores, que entonces, ¡Santo Dios!, pululaban tanto como en
nuestros felices días, y entre aquéllos y éstos y el torpe vulgo
armaban tal algazara, que no sé cómo las Juntas y los Generales podían
resistirla.

Principió el chaparrón de comentarios sobre la lentitud con que
Castaños organizaba sus tropas: unos aseguraban que tenía miedo;
otros, que estaba decidido a dar la batalla, pero que, seguro de
perderla, tenía tomadas sus medidas para retirarse a Cádiz y huir a
las Américas con lo más granado de sus tropas; otros en fin, se
atrevieron a más, y pronunciaron la palabra _traidor_. Esta palabra no
era entonces palabra, era un puñal: víctimas de ella fueron Solano en
Cádiz, Perales en Madrid, Filangieri en Galicia, Cevallos en
Valladolid, Ordóñez en Palencia, El conde del Águila en Sevilla,
Trujillo en Granada, Torre del Fresno en Badajoz, el barón de Albalat
en Valencia. Inútil era decir a los impacientes de Córdoba que un
ejército no se instruye, arma y equipa en cuatro días: nada de esto
entendían. Aunque al través del tiempo nos parezca lo contrario,
entonces se chillaba mucho, y también había quien tomara muy a pechos
los asuntos de la guerra sólo por el simple placer de meter ruido, y
también por hacerse de notar. Todos los días oíamos decir: «Mañana
viene el ejército», o «Ya ha salido de Utrera, ya está en Carmona...»
Pero pasaban los días y el ejército no venía.

En tanto, en Córdoba no cesaban los trabajos. Si no tienen ustedes
idea de lo que es el delirio la guerra, entérense de aquello. En los
tiempos actuales, si hay guerra, las señoras, llevadas de sus
humanitarios sentimientos, se ocupan en hacer hilas. ¡Ay!, entonces
las señoras tenían alma para ocuparse en fundir cañones. ¡Cuando tal
era el espíritu de las mujeres, cómo estarían los hombres! ¡Hilas!
Allí nadie pensaba en tales morondangas.

Los voluntarios y cuerpos francos se uniformaban según el gusto
indumentario de cada uno, y aquí de la imaginación de las hembras de
la familia para galonar marselleses, para emplumar sombreros y
guarnecer charpas y polainas. Se hicieron muchos uniformes; pero no
bastaban para equipar los dos regimientos, uno de caballería y otro de
infantería, que organizó la Junta de Córdoba. Sin embargo, este
inconveniente se obvió disponiendo que con cada prenda de vestir se
cubriesen dos: el uno llevaba los calzones, casaca y sombrero, y el
otro el pantalón, chaqueta y gorra de cuartel. El correaje también
servía para dos: uno llevaba la bayoneta en la cartuchera y el otro en
el porta-bayoneta, y no alcanzando las cartucheras y cananas, se
suplían con saquillos de lienzo. Más adelante, cuando tenga el gusto
de describiros en su conjunto el ejército de Andalucía, daré completa
idea de su abigarrada conformación y aspecto. Francamente, señores,
era aquél un ejército que causaba risa.

Durante los días que aguardamos la llegada de Castaños para
incorporarnos a él (y necesariamente tengo que volver a hablar de mí),
yo hacía una vida vagabunda y holgazana. Como el servicio del joven D.
Diego no exigía más que presentarme en la posada a la hora de comer,
pasaba el día y parte de la noche discurriendo por aquellas tortuosas
calles, que convidan al transeúnte a perderse en ellas, entregándose
al azar, a lo aventurero, a lo desconocido, sin saber adónde se va ni
de dónde se viene. Por ser la soledad mi mayor gusto, rechazaba la
compañía de mis camaradas, buscando errante y solo aquellos lugares
donde más pronto me perdía.

El único sitio adonde iba deliberadamente todos los días era la casa
de Amaranta, y pasaba largas horas contemplando su puerta, fijos los
ojos en las desnudas paredes, como si quisiese leer en ellas alguna
mal escrita página de mi destino. Sus cerradas ventanas, sus espesas
celosías, no daban paso a ninguna esperanza. Sin embargo, aquella
fachada era tan elocuente, que no podía dejar de mirarla. Al apartarme
de allí, el viejo muro con su puerta, sus ventanas, sus aleros y sus
miradores, quedaba tan presente en mi imaginación como si fuese una
fisonomía. ¡Cara funesta, que nunca tuvo una sonrisa para mí! Los
criados de la casa, a quienes impacientemente preguntaba por Inés, no
sabían o no querían darme noticia alguna.

Pero un día, precisamente el 1.º de julio, cambió repentinamente la
situación de mi espíritu. Atiendan ustedes, que esto es de suma
importancia. Por fin, tras larga espera, llegó el ejército del general
Castaños, y al anochecer debía partir para el Carpio. Entre los
paisanos armados que se juntaron con Echevarri existía un grupo
compuesto de contrabandistas de Sierra Morena, de Villamanrique y de
Pozo Alcón, con los cuales fraternizaron bien pronto, formando
amistosa cuadrilla, los licenciados de Málaga, batallón que se formó
con alguna gente condenada por faltas, y que la Junta tuvo a bien
indultar. Estos caballeros, para cuya domesticación emplearon grandes
rigores los jefes militares, tuvieron una reyerta en Córdoba con los
suizos de Reding. Fué cuestión de vino, prontamente aplacada, pero
que, sin embargo, alarmó el barrio de Santa Marina durante media hora,
produciendo sustos, algunas corridas, tal cual desmayo de sensibles
mujeres, las que, al oír los dos o tres tiros disparados en la
colisión, creyeron que los franceses estaban otra vez sobre Córdoba, y
así lo gritaban corriendo desordenadamente por las calles. La parte
mayor de la ciudad no se enteró de este suceso, que insignificante en
las páginas de la historia patria, fué para mí de trascendencia suma,
y más digno de mención que si hubiese derribado añejos tronos y
alterado la geografía del Continente. Así, los granos de arena pesan a
veces como montañas en el destino de un ser humano, y lo que es gota
de agua en el cauce de la generalidad, es río impetuoso en el de uno
solo, o viceversa, según lo que nosotros llamamos antojos de allá
arriba, y no es sino concierto sublime, que no podemos comprender,
como no puede una hormiga tragarse el Sol.

Pues bien: algunas horas antes de la que señalaron para la partida
salí a la calle, impulsado por un sentimiento de amor hacia los
laberintos de aquella ciudad que en sus repliegues escondidos había
dado un asilo a mi tristeza. Sentía salir de Córdoba como siente el
ermitaño dejar su cueva. Habíame acostumbrado a pasear mi aburrimiento
y soledad por aquellos callejones, a quienes en cierto modo había
hecho confidentes de mi pesar; hallaba tantas perspectivas amigas en
un recodo, en una torre, en un ajimez, en una encrucijada, en un
poste, en una reja, en una piedra corroída por el tiempo, en un zócalo
garabateado por los chicos, que no pude menos de salir a dar el último
adiós a todas aquellas mudas compañías de mi tristeza. Aquel día
estaba más triste que nunca.

Era de tarde: pasé por una plazuela irregular y solitaria, de esas que
son la desesperación de los arquitectos modernos: a un lado muros de
ladrillo, en los cuales, por la disposición de este material, se ha
querido imitar una decoración greco-romana, con jambas, dentículas,
capiteles, metopas y triglifos; a otro una pared sin puertas ni
ventanas; luego un descomunal portalón, una esquina cargada de
escudos, un farol, un santo, torres medio caídas y machones que se van
a caer, una plazuela, en fin, de esas que nos salen al paso cuando
visitamos cualquier vieja metrópoli, tal como Toledo, Granada,
Valladolid, León, etc. Al atravesarla sentí el ruido que cerca
producía la citada reyerta entre los licenciados y los suizos; oíase
lejana algazara, y al extremo de largo callejón vi algunas mujeres que
corrían gritando. Esto despertó mi curiosidad y marché hacia allí;
pero no había dado dos pasos, cuando me detuve asombrado y
estremecido, porque en el fondo de la plazuela, y en el ángulo que
ésta formaba con una calle, vi una mano que me hacia señas; sí, una
mano blanca que me llamaba.

Dirigíme allá, y en unos cuantos segundos se disipó la ilusión. Me
reí de mi torpeza al observar que en el ángulo mencionado había una
imagen de la Virgen, de esas que la devoción de los españoles ha
puesto en las antiguas calles. La Virgen tenía una corona de hierro,
en cuyos picos debió de haberse enredado una cometa de algún chico de
la vecindad, pues un jirón de papel, todavía suspendido junto al
cuerpo de la sagrada estatua, a impulsos del viento se movía. El
papelejo fué lo que a mí me pareció un brazo que se movía y una mano
que me llamaba. Tal alucinación en pleno día era señal de mi
estupidez, por lo cual, burlándome de mí propio, seguí mi camino.

Pasando bajo la imagen, contemplaba el jirón de la cometa, cuando me
detuve de nuevo, porque un objeto rozó mi cara, produciéndome
escalofrío. El jirón de papel se había desprendido de la imagen,
cayendo sobre mi. ¡Vean ustedes lo que es el estado del ánimo! Aquel
hecho insignificante, tan insignificante como el aplastar un grano de
arena con nuestro pie, me hizo detener el paso, me hizo temblar, me
hizo mirar a todos lados, puso en mis labios esta pregunta, que me
dirigí lleno de confusión: «Pero, Gabriel, ¿te has vuelto bobo, o lo
has sido toda tu vida?»

Seguí andando hacia la acera de enfrente, cuando de nuevo me detuve,
me quedé helado, absorto, estupefacto, porque detrás de mi había
sonado claramente mi nombre. ¿Quién me llamaba? Volvime y nada vi. La
plazuela estaba enteramente desierta y muda: sólo a lo lejos se oían
apenas algunas voces del altercado, que de ningún modo podían
confundirse con la que a mi espalda había dicho «Gabriel.»

Al volverme, mis ojos se fijaron en una puerta: era la puerta de una
iglesia. Abiertas de par en par las hojas de madera chapeada, se veía
el cancel de mugriento cuero, con dos puertecillas laterales. Una
vieja, al salir, puso en movimiento las mohosas bisagras, y al ruido
de la herrumbre, un sonido lastimero llegó a mis oídos, modulando
aquella voz que a mí me había parecido mi nombre. Esta vez no me reí,
sino que entré decididamente en la iglesia. Vi muchos santos pintados
o de escultura, y, ¡cosa singular!, parecióme que todas las imágenes
sonreían apaciblemente. La iglesia era modesta, blanca, obscura. En
los lustrosos bancos se sentaban algunas señoras de edad. Las luces
del altar, al reflejarse en los oropeles de un luengo cortinón rojo
que servía de dosel a la Virgen, brillaban estrellas tembladoras de
aquella dulce obscuridad, indicando adónde debían dirigirse los
piadosos ojos. Al poco rato de estar allí, parecióme aquel interior
menos obscuro y comencé a ver distintamente todos los objetos. En el
fondo de la iglesia, frente al altar, había una gran reja que se
alzaba desde el suelo al techo; tras esta reja percibíanse vagas
claridades movibles y un murmullo sordo, de cuyo conjunto se destacaba
de rato en rato una tos o una sílaba que repetían los ecos de la
bóveda. Acercándome a la reja, pude fácilmente distinguir tras ella
bultos blancos y negros, entre los cuales algunos desfilaron
pausadamente y sin ruido hacia una puerta que se abría en el ángulo
del fondo, y otros permanecían inmóviles y de rodillas. Eran las
monjas.

Contemplando la tranquilidad de aquellas santas mujeres, su apacible
recogimiento, la vaguedad aparente de sus formas corpóreas, aquel
silencio de sus pasos que les asemejaba a simples creaciones de la luz
en el fondo de la cámara obscura; contemplando aquella calma de sus
rezos, que nadie oía, sentí envidia de los que sumergen su vida en la
dulce sombra de un claustro. Yo no apartaba mis ojos del coro,
observando indiscretamente los movimientos de las buenas Madres, y
mientras mayor era mi atención, con más claridad se me iban
presentando los distintos objetos de aquel recinto, y vi poco a poco
los sillones, el facistol, el órgano, los cuadros. Tan lentamente
salían de la obscuridad los perfiles de estos objetos, que mi propia
imaginación podía creerse autora de aquel espectáculo.

El día iba descendiendo, y la iglesia se obscurecía por grados; pero
una de las Madres, tirando de unas cuerdas, descorrió la cortina negra
de la alta ventana del coro, y entonces entró la luz crepuscular,
dando a todo su verdadera forma. Retiráronse algunas monjas; yo sentí
el tenue chocar de las medallas de sus rosarios cuando levantaban la
rodilla, y luego besos. Era fácil contar el número de las que salían
por el número de los suaves estallidos que resonaban en aquel espacio,
porque todas al salir besaban los pies de un Cristo colgado junto a
la puerta. A esto atendía yo, cuando de las figuras que aún quedaban
de rodillas en el centro del coro se levantó una, dirigiéndose a la
reja y al mismo lugar en que yo estaba. Mi impresión al verla, al ver
su cara, al ver sus ojos que me miraban, fué tan viva, tan aterradora,
que hube de quedar petrificado, la sangre helada, la vida en suspenso,
hecho una estatua de plomo. Lo que estaba viendo, ¿qué era? ¿Era una
aberración, un delirio, una imagen del sueño, un juguete fantástico,
obra de los ángeles traviesos para burlarse de los que con sus
mundanas tristezas van a profanar la casa de Dios? La miré fijamente,
atónito ante aquel enigma, ante aquel misterio; pero la visión no duró
más que algunos segundos, porque la monja, llamada por otra, se apartó
de la reja, y salió rápidamente del coro sin besar el pie del Santo
Cristo.

Al hallarme solo, reuní todos, absolutamente todos los rayos de mi
razón, y juntándolos, los dirigí a la confusa y negra obscuridad de
aquel fenómeno. Quise desvanecer el celaje que envolvía mi
inteligencia haciéndome estúpido, y me pregunté si lo que acababa de
presenciar era reproducción de aquella burla de mis sentidos que poco
antes me había hecho ver una mano en un pedazo de papel y oír mi
nombre en el chirrido de una puerta. Me di golpes en la cabeza; busqué
un sitio más solitario, donde, serenándome, pudiera poner en claro
cuestión tan ardua, y sin saber cómo, di conmigo en el fondo de una
capilla. En un cuadro que se ofreció de improviso a mis ojos vi una
falange de ángeles, mil encantadoras criaturas de esas que sin más
naturaleza corporal que una cabeza y dos alas, han creado los artistas
para regocijar los asuntos de la pintura mística. Atrajeron mi
atención aquellos seres juguetones y enredadores: todos se reían con
infantiles carcajadas, y entremezclándose volaban, rasgando nubes,
esparciendo flores con el batir de sus alas de pollo, y dándose de
coscorrones al chocar unas con otras las rubias cabecitas. Por
momentos me parecía que avanzaba sobre mí la bandada de rostros
voladores, y luego retrocedían haciendo con alegre algazara
movimientos de miedo, para esconderse después tras una nube, y hacerme
desde allí guiños con sus ojuelos, y encantadoras muecas con sus
bocas.

A tal situación habían llegado mis sentidos, cuando el sacristán,
agitando un grueso manojo de llaves con cencerril estruendo, me hizo
salir de la iglesia, pues yo era la única persona que en ella quedaba.
Salí; la luz de la calle pareció devolverme el sentido común, que,
según mi propia opinión, había perdido. El tumulto de que poco antes
hablé, continuaba más reciamente, y algunas personas atravesaron a
toda prisa la plazuela. Entre éstas vi un hombre, un caballero que
azorado y con miedo corría, volviendo la vista atrás, deteniéndose a
cada dos pasos, y vacilando luego sobre qué dirección tomaría. Fijóse
en mi, y al punto, llamándome por mi nombre, se me acercó con muestras
de alegría por haberme encontrado. Era el diplomático.



XIV


--Gabriel--me dijo con voz temblorosa y sin dejar de mirar hacia el
sitio del tumulto--, vas a hacerme un favor... ¡Los franceses! ¡Están
ahí los franceses! Sí..., yo he visto pasar por esas calles las gorras
de pelo de a dos varas de alto... Bien lo decía yo... ¡Mi sobrinita
y mi hermana tienen unas cosas...! A ellas solas se les ocurre
mandarme con esta comisión, sin reparar que la pierna gotosa no me
deja correr. Pero no doy un paso más..., me retiro a casa...; tú te
encargarás de llevarlas flores, la carta y el recado... ¿No oíste un
tiro? Me parece que vienen por ese lado. ¡Jesús, esto es atroz! Si
viene una bala perdida... Adiós, me voy; toma, chiquillo, encárgate
tú de esto. Es muy fácil. Ahí está el convento. Mira, en aquel
callejón está la puerta del torno. Entras, preguntas por la Srta.
Inés, la novicia..., pues. Dices que vas de parte de la Sra. Marquesa
de Leiva. ¿Lo olvidarás?... ¡Dios mío! ¡Esas mujeres que pasan
corriendo!... Sin duda los muy tunantes intentan deshonrarlas. Me
voy... Toma, entra tú en el locutorio. ¡Para qué vendría yo a estos
malditos barrios! Toma el ramo de flores contrahechas..., toma la
carta, que darás a la Srta. Inés...; le dices que la Sra. Marquesa
está enojada con ella, y que es preciso que a salir del convento se
decida. Insiste mucho en esto, ¿eh?; dile que nos vamos para Madrid, y
que en la Corte del nuevo rey José I... ¡Demonio, eso que ha sonado
es un tiro de obús!... Me parece que ha caído una granada en el techo
de esa casa.

--¿Una granada? Lo menos cincuenta van disparadas ya--dije yo,
atizando el fuego de su miedo para que se marchara pronto y me dejase
tan sublime comisión.

--Conque, chiquillo--continuó, temblando como un azogado--, ¿lo harás
bien? Si te dan contestación la llevas a casa. Ve pronto. Yo me
escaparé corriendo por esta calle donde no se siente ruido...; adiós.

Desapareció el diplomático, llevado por su miedo, y al punto entré en
la portería del convento con febril alegría, y di fuertes porrazos en
el torno. Una voz regañona me contestó.

--_Deo gratias_--dije--. Vengo de parte de mi ama, la Sra. Marquesa de
Leiva, a traer un recado a la Srta. Inés.

La portera me dijo que esperara en el locutorio, y al poco rato de
estar allí corrióse la cortina de éste y vi dos monjas. No sé cómo
pude mantenerme en pie. Una de ellas era Inés.

No me cabía duda, era ella misma: en su semblante, adelgazado y
pálido, habían impreso terribles huellas los sesenta días de
incesantes pesares transcurridos desde el 2 de mayo; pero la reconocí,
a pesar de la escasísima luz del locutorio, y la hubiera reconocido
en la obscuridad de las entrañas de la tierra. Parecióme que al verme
cerró los ojos, y que asió las rejas con sus dos manos para
sostenerse. Cuando me dirigió la primera pregunta, temblaba su voz de
tal modo, que era imposible entender sus palabras. Sin poder decir una
sola, incapaz de discurso y de movimiento, permanecí yo breve rato con
la cara apoyada en la reja.

La monja que la acompañaba me obligó por fin a romper el silencio.

--La Sra. Marquesa me ha dado este ramo de flores y esta carta--dije,
introduciendo ambas cosas para que las tomara Inés.

--¡Ah, el ramo para el Santo Niño de la Enfermería!--dijo la monja
vieja--. La señora Condesa no se olvida de nosotras.

--También me ha dado un recado de palabra para la Srta.
Inés--continué--, y es que se prepare a salir del convento para partir
con ella a Madrid dentro de algunos días.

--¡Oh!--exclamó la vieja--. La Sra. Condesa y la Sra. Marquesa hacen
mal en contrariar la decidida vocación de esta niña. ¡Por qué ese
empeño de llevarla a Madrid, cuando ella quiere dejar las maldades y
abominaciones del siglo! La pobrecita no quiere cuentas con nadie más
que con su prometido Esposo, que es Nuestro Señor Jesucristo.

--Madre Transverberación--dijo Inés con voz más entera--, el chocolate
y los bollos que han hecho sus mercedes ayer para la señora Condesa,
¿dónde están? ¿Los ha traído su merced?

--No por cierto.

--¡Si tuviera su merced la bondad de ir a buscarlos para que los lleve
este mozo...!

--Bien pudo usted haberlos traído--replicó gruñendo la vieja.

--Si la Sra. Condesa no lo recibe esta tarde, se enojará mucho, y me
será difícil convencerla de que no quiero dejar nunca más esta santa
morada.

--Voy por él..., ¡qué niñas éstas!

Dejónos solos la Madre Transverberación, y entonces hablé así:

--Inés mía, estoy vivo, he resucitado. Salí vivo de aquel montón de
muertos, donde perdimos para siempre a nuestro buen amigo don
Celestino. Al verme vivo y sin ti, pensé que Dios me había devuelto la
vida para castigarme; pero ahora que te encuentro, alabo a Dios porque
veo que no una, sino dos veces, me ha dado la vida.

--¿Debo salir de aquí? ¿Debo hacer lo que me mandan esas señoras?--me
preguntó Inés con impaciencia, porque temía la vuelta de la Madre
Transverberación.

--Si, Inés, sal de aquí. Haz lo que te mandan esas señoras. ¿Qué dicen
en esa carta?

--Toma, léela--dijo, alargándola al través de la reja.

A la escasa luz del locutorio pude leer la carta, que decía, entre
otras cosas relativas al ramo y al chocolate, lo siguiente: «Esperamos
que cesará tu obstinación en profesar. Nos oponemos resueltamente a
ello, y no queremos que tu ingreso en el seno de esta familia sea
señal de aniquilamiento de nuestra casa. Ya te dijimos que habíamos
determinado casarte con un joven de alto linaje, proyecto en el cual
estriba la felicidad, grandeza y lustre de la familia a que
perteneces. Todo está concertado, y aunque se aplace por motivo de la
guerra, al fin tiene que ser; de modo que si persistes en profesar,
nos llenarás de dolor. ¿No anhelas servirnos de consuelo en nuestra
soledad? ¿No correspondes al mucho amor que te profesamos? ¿No deseas
ocupar el puesto que te pertenece en nuestro corazón y en nuestra
casa? Mi sobrina y yo iremos a convencerte, y en tanto disponemos el
viaje a Madrid, adonde nos acompañarás, porque tu presencia es
indispensable a las diligencias de tu legitimación.»

--Sí, saldré--dijo Inés cuando acabó de leer la carta--. Ya no quiero
estar más aquí.

--¿Pues qué, estabas decidida a profesar?

--Sí, muy decidida. No tenía yo más consuelo que la idea de encerrarme
aquí para siempre. Cuando me trajeron a Córdoba..., ¡qué días y qué
viaje!, yo no sabía lo que era de mí. Me encerraron en este
convento..., luego vinieron esas señoras a decirme que era su
sobrina..., me besaron..., lloraron mucho las dos...; luego dijeron
que me iban a casar, y cuando les contesté: «Pues ya que me han puesto
aquí, aquí he de quedarme toda la vida», ambas se afligieron mucho...
Me visitan con frecuencia, acompañadas de un señor de edad, que me
hace mil caricias y asegura quererme mucho; pero nunca he cedido a sus
ruegos para salir.

--¿Y ahora?

--Las paredes del convento se me caen encima, y anhelo salir.

--¡Pero te van a casar!--exclamé indignado--. Te quieren casar, y no
se hunde el mundo.

Entonces se rió, creo que por primera vez desde mucho tiempo, y
aquella espontánea alegría me pareció expresión de una renaciente
vida. Inés salía del seno del claustro como yo del montón de muertos
de la Moncloa, y al contestar con una sonrisa a mis amorosas quejas,
sacaba del sepulcro de la Orden el pie que tan impremeditadamente
había metido dentro. Viéndola reír, reíme yo también, y al punto,
olvidando la situación, nos hablamos con la confianza de aquellos
tiempos en que de nuestras penas hacíamos una sola.

--¡Ay, chiquilla! Ahora que eres archiduquesa y archipámpana, ¿no
tienes vergüenza de quererme?

--¿Pero qué quieren hacer de mí?--preguntó, poniéndose triste otra
vez.

--Mira, princesa, haz lo que te mandan esas señoras: obedécelas en
todo. Ya habrás conocido el parentesco que tienes con ellas. Dios te
ha puesto en sus manos; acepta lo que Dios te da, y Él arreglará lo
demás.

--Saldré del convento--afirmó ella--. ¡Ay! No se asustarán poco las
Madres cuando me lo oigan decir. Pero ya Dios no quiere que yo sea
monja.

--No lo serás, no; y cuando yo vuelva de la guerra...

--¿Pero vas tú a la guerra? Chiquillo, ¿quién te ha metido a ti en
guerras?

--¿Pues qué he de hacer? ¿Quieres que toda la vida sea criado?
Escucha, Inés, lo que me pasó hace días en casa de la Sra. Condesa.
Fuí a visitarla, y habiendo cometido la indiscreción de decirle que te
quería, se enfureció de tal modo, que me hizo poner en la puerta de la
calle.

Inés cruzó las manos, dejándolas caer luego con desaliento sobre su
falda, mientras elevaba sus ojos al cielo, sin decir nada.

--¡No soy más que un criado, Inés!--exclamé, agarrándome con fuerza a
la reja y sacudiéndola, como si quisiera hacerla pedazos--; no soy más
que un miserable chico de las calles, indigno de ser mirado por
personas de tu categoría. Después que nos separamos, mira qué
distantes estamos uno de otro. Pero no creas que lo siento; me gusta
verte donde estar debes.

--¿Y tú?--me preguntó con perplejidad.

--Yo haré lo que deba, Inesilla. Sal de este convento, ve con esas
señoras y espérame tranquila, con la segundad de que iré a buscarte.
Si para entonces no has variado..., si te encuentro la misma...

Contestóme al instante pasando su dedo índice por uno de los huecos de
la reja. Yo se lo besé, se lo mordí tan sin pensarlo, que ella no pudo
contener un ligero grito, a punto que la Madre Transverberación
regresaba con el chocolate y los bollos.

--¿Qué es eso, niña?--preguntó la vieja, asombrada de oírla chillar.

--Nada, Madre Transverberación. Esta reja tiene unos picos... Al
mover la mano me lastimé un dedo--dijo Inés, chupándose la coyuntura
del dedo índice y sacudiéndolo después para fingir el dolor del
supuesto rasguño.

--Aquí están el chocolate y los bollos--añadió la monja--. Vaya, ya es
tiempo de que se marche ese mocito, porque obscurece y no es ésta hora
de tener abierto el locutorio.

--Rabiando estoy por marcharme--repliqué--. Vengan acá esos bollos y
ese chocolate, que la Sra. Marquesa estará con el alma en un hilo
aguardando tan buenas cosas. ¿Y qué le digo a su merced en
contestación al recado que tuve el honor de traer?

--Que está muy bien--contestó Inés, apretando su cara contra la
reja.--Que haré lo que me mandan, y que cuando quieran venir por mí,
estoy dispuesta a salir del convento.

--¿Cómo es eso, niña?--gruñó alarmada la monja--. ¡Que quiere usted
salir! ¡Qué pensará su futuro Esposo Jesucristo si llega a sus oídos
lo que usted ha dicho! Y tiene que saberlo forzosamente, porque Él
está en todas partes y todo lo oye. Nada, nada--añadió, arrimando su
hocico a la verja--. Rapaz, a la Sra. Marquesa dirá usted que la niña
persiste en su ejemplar vocación, y que si quieren verla enfadada y
bufando de rabia, que le hablen del siglo y sus tentaciones.

Inés prorrumpió en una carcajada tan natural, tan graciosa, tan
fresca, tan jovial, que hasta las paredes del convento parecían
regocijarse con tan alegre música.

--¿Qué risas tan mundanas son ésas?--dijo la Madre Transverberación--.
Es la primera vez que se ríe usted de ese modo en esta casa. ¿Qué pasa
para tanta alegría?... Adentro, niña, adentro; daremos parte de este
inaudito desenfado a la Madre Abadesa.

Cerróse el locutorio y salí a la calle. Sentíame con nueva vida, con
centuplicadas fuerzas en mi espíritu y en mi cuerpo; sentíame capaz de
todo, de la abnegación, de la lucha, hasta del heroísmo, porque la
presencia y las palabras de Inés habían abierto desconocidos
horizontes, inmensos espacios delante de mí.



XV


Antes de llegar a la posada, fuerte ruido de tambores y cornetas me
anunció la salida del ejército. Corrí a buscar mis armas y mi
caballo, y antes de que se notara mi falta, ya estaba en fila con el
señorito conde de Rumblar, Marijuán y los demás de la partida. Era ya
de noche cuando salimos, y el pueblo todo tomó parte en aquella
espontánea fiesta de nuestra despedida: millares de luces se
encendieron a nuestro paso en balcones y puertas; ninguna mujer dejó
de saludarnos desde la reja, ya sin galán, y todos los chicos
engendrados por aquella fecunda generación salieron delante de los
tambores, acompañándonos hasta más allá de la Puerta Nueva.

Anduvimos toda la noche, y al día siguiente, al salir del Carpio, nos
desviamos del camino real de Andalucía, tomando a la derecha en
dirección a Bujalance. Durante esta primera jornada encontramos a
Santorcaz, que había salido de Bailén para incorporarse a su
cuadrilla, y a todos nos dió mucho gusto el verle.

--Aquí traigo varios regalitos que le manda a usted su señora
mamá--dijo a mi amo, entregándole unos paquetes--. La señora estaba
desazonada por no haber tenido noticias de usted, y me encargó que le
cuidase bien. ¿Hizo el Sr. Conde las visitas que D.ª María le encargó?

--Puntualmente--contestó mi amo--. Y usted, ¿por qué no ha venido
antes?

--¡Qué demonio! Con estas cosas ni tenemos posta ni quien lleve una
carta. Sin embargo, yo recibí las que esperaba, y aquí estoy al fin,
deseando, como los demás, que tropecemos con los franceses.

Desde entonces fué Santorcaz el principal personaje de la cuadrilla
después del amo, lugar que supo conquistarse con la desenvoltura
subyugadora de su conversación. Ponía él todo suesmero en agradar a D.
Diego, cosa fácil de conseguir, y siempre fijo al lado de éste,
cautivó prontamente el ánimo del buen chico, ya contándole hazañas y
extraordinarios hechos, ya sugiriéndole con su fértil imaginación
ideas y conceptos propios para enloquecer a un joven de chispa, pero
muy atrasado en su desarrollo intelectual.

Y a todas estas, señores míos, ni una palabra os he dicho de aquel
ejército, ni de su extraña composición; pero atended ahora, que lejos
de ser tarde, es ésta la coyuntura propicia de hacerlo, según el
refrán que dice: «Cada cosa en su tiempo, y los nabos en Adviento.»

La base del ejército de Andalucía estaba en las tropas del campo de
San Roque, mandadas por Castaños, y en las que después trajo don
Teodoro Reding de Granada. Componíase de lo más selecto de nuestra
infantería de línea, con algunos caballos y muy buena artillería, no
excediendo su número de trece a catorce mil hombres. Agregáronse
algunos regimientos provinciales y los paisanos que espontáneamente o
por disposición de las Juntas se engancharon en las principales
ciudades de Andalucía. Difícil es conocer la cifra exacta a que se
elevaron las fuerzas de paisanos armados; pero seguramente eran
muchos, porque la convocatoria había llamado a todos los mozos de diez
y seis a cuarenta y cinco años, solteros, casados y viudos sin hijos,
de cinco pies menos una pulgada, medidos descalzos. Además de los
notoriamente inútiles, como cojos, mancos, ciegos, etc., eran
exceptuados los que tenían su mujer encinta o ejercían cargos
públicos, así como a los ordenados de Epístola; pero no había
excepción por razón de cosecha o labores del campo. Los únicos
rechazados de las filas, sin tener aquellos reparos, eran los _negros,
mulatos, carniceros, verdugos_ y _pregoneros_. Con paisanos, pues,
creó Sevilla cinco batallones y dos regimientos de caballería; Cádiz
mandó el batallón de tiradores que llevaba su nombre, y las ciudades y
villas de Utrera, Jerez, Osuna, Carmona, Jaén, Montoro y Cabra
enviaron cuerpos de infantería y caballería de número irregular.

Esto aumentó el ejército; pero aún debía crecer un poco más aquél, que
empezó enano y debía ser gigante terrible, si no por su tamaño, por su
fuerza. Los militares españoles que el Gobierno de Madrid incorporaba
a las divisiones de Moncey, de Vedel o de Lefebvre iban huyendo de sus
traidoras filas en cuanto se les presentaba ocasión para ello, de tal
modo, que al verificar sus marchas aquellos ejércitos por parajes
montuosos o quebrados, veían que los españoles se les escapaban por
entre los dedos, como suele decirse. Los desertores acudían a engrosar
las tropas del ejército de Blake, del de Cuesta o del de Castaños; y a
Carmona y a Córdoba llegaron muchos, escapados de las filas de Moncey,
así como casi todos los que hacían la campaña de Portugal con Junot.
Aquellos oficiales y soldados, al romper la disciplina literal que los
sujetaba a la Francia invasora para acudir al llamamiento de la
disciplina moral de su patria oprimida, hacían el viaje disfrazados,
traspasaban a pie las altas montañas y los ardientes llanos, hasta
encontrar un núcleo de fuerza española. Daba lástima verles llegar
rotos, descalzos y hambrientos, aunque su gozo por hallarse al fin en
tierra no invadida les hacía olvidar todas las penas. Con estos
desertores, entre quienes había guardias de Corps, valones,
ingenieros y artilleros, aumentó un poco nuestro ejército.

Pero aún creció algo más. La Junta de Sevilla había indultado el 15 de
mayo a todos los contrabandistas y a los penados que no lo fueran por
los delitos de homicidio, alevosía o lesa majestad humana o divina, y
esto trajo una partida, que si no era la mejor tropa del mundo por sus
costumbres, en cambio no temía combatir, y fuertemente disciplinada,
dió al ejército excelentes soldados. Ibros, lugar célebre en los
fastos del contrabando; Jandulilla, Campillo de Arenas, y otras
localidades, entregadas más tarde al sable de la Guardia civil y de
los Carabineros, enviaron respetables escuadrones, con la
particularidad de que por venir armados hasta los dientes, y ser todos
unos caballeros de muy buen temple, que sabían dónde echaban la boca
del trabuco, se les reputó como auxiliares muy eficaces del ejército.
Cuerpos reglamentados españoles, con algunos suizos y valones;
regimientos de línea, que eran la flor de la tropa española;
regimientos provinciales, que ignoraban la guerra, pero que se
disponían a aprenderla; honrados paisanos, en su mayor parte muy
duchos en el arte de la caza, y por lo general tiraban admirablemente;
y, por último, contrabandistas, granujas, vagabundos de la sierra,
chulillos de Córdoba, holgazanes convertidos en guerreros al calor de
aquel fuego patriótico que inflamaba el país; perdidos y merodeadores,
que ponían al servicio de la causa nacional sus malas artes; lo bueno
y lo malo, lo noble y lo innoble que el país tenía, desde su general
más hábil hasta el último pelaire del Potro de Córdoba, paisano y
colega de los que mantearon a Sancho: tales eran los elementos del
ejército andaluz.

Se formó de lo que existía: entraron a componer aquel gran amasijo la
flor y la escoria de la nación; nada quedó escondido, porque la
fermentación lo sacó todo a la superficie, y el cráter de nuestra
venganza esputaba lo mismo el puro fuego que las pestilentes lavas.
Removido el seno de la patria, echó fuera cuanto habían engendrado en
él los gloriosos y los degenerados siglos, y no alcanzando a
defenderse con un solo brazo, trabajó con el derecho y el izquierdo,
blandiendo con aquél la espada histórica y con éste la navaja.

En cuanto a uniformes y trajes, habíalos de todas las formas
conocidas. Es prodigioso cómo se equipó aquel ejército de paisanos en
diez y seis días. La Administración actual, con todos sus recursos, es
un sastre de portal comparada con aquel confeccionador que puso en
movimiento millones de agujas en dos semanas. En cierto estado que la
Historia no ha creído digno de sus páginas, pero que existe aún,
aunque en el olvido, se consigna el número de piezas de vestuario que
hicieron gratuitamente las monjas y señoras de Sevilla. Dice así:

«Por las Comunidades y señoras de distinción se han hecho 3.335
camisas, 1.768 pantalones y 167 casacas de soldado; 1.001 camisas, 312
pantalones y 700 chalecos de sargento; 374 botines de paño, 149 sacos
de caballería, 16 mochilas y 1.684 escarapelas.» Las señoras de
Alcolea, las de Carmona, Lora del Río y otros pueblos figuran en la
cuenta con cifras parecidas.

Esta diversidad de manos en la hechura de vestimenta indica que la voz
_uniforme_, en lo tocante a voluntarios, era una vana palabra. Al lado
de las casacas blancas con solapa negra, carmesí o azul, que vestían
la mayor parte de los regimientos de línea; al lado de las levitas
azules con bandolera que vestían valones y suizos, veíamos los
chaquetones de paño pardo con que se cubría la gente colecticia. Entre
los altos morriones de la artillería y las gorras de los granaderos,
llamaban la atención nuestros blancos sombreros portugueses, y las
gorras de cuartel, y los tocados de innumerables clases con que
cubrían sus chollas los tiradores y voluntarios de los pueblos. Como
antes he dicho, aquel ejército hacía reír.

¿Y el dinero para la guerra? Causa risa ver cómo se da hoy de
calabazas un ministro de Hacienda para _arbitrar_, con destino a otra
guerra, unos cuantos millones que nadie quiere darle si no hipoteca
hasta el último pingajo de la nación. Aprended, generaciones egoístas.
Leed las listas de donativos hechos por los gremios, por los
comerciantes, por los nobles y hasta por los mendigos. ¡Aquel sí era
llover de dinero, y reunirlo a montones, sin que ni un realito de
vellón se escapase por entre los agujeros del cesto administrativo! En
la lista de donaciones hay una partida conmovedora que dice así: «La
Sra. Condesa viuda de Montelirios ha entregado su _toaleta_ de plata,
manifestando el sentimiento de que sus medios no alcancen tanto como
su voluntad.»

¿Habrá hoy quien dé su _toaleta_?...



XVI


Nuestra marcha por Cañete de las Torres en dirección al río Salado era
un verdadero paseo triunfal, mejor dicho, casi no parecía que
marchábamos, porque la gente de los pueblos, incluso mujeres, ancianos
y chicuelos, nos seguían a un lado y otro del camino, improvisando
fiestas y bailes en todas las paradas. Cuando el ejército se detenía,
eclipsábanse en apariencia todos los males de la patria, porque la
tropa, recobrando el buen humor, convertía el campamento en una feria.
Yo no sé de dónde salían tantas guitarras; no pude comprender de qué
estaban hechos aquellos cuerpos, tan incansables en el baile como en
el ejercicio, ni de qué metal durísimo eran las gargantas, para ser
tan constantes en el gritar y cantar.

Como durante la primera semana del mes de julio no nos faltaron
víveres abundantes, lo pasábamos perfectamente; y como tampoco
tropezamos con los franceses, establecidos, aunque muy inquietos, al
otro lado del río, a todos, especialmente a los inexpertos, nos
parecía la guerra una ocupación dulcísima. Sobre todo, el condesito de
Rumblar no cabía en su pellejo de puro alborozado; y como con el roce
de tanta y tan diversa gente se iba despabilando por extremo, llegó a
adquirir un desembarazo, un dominio de su propia persona que antes no
tenía. Santorcaz, como dije, había logrado en poco tiempo gran
ascendiente sobre D. Diego, de tal modo, que cuanto nuestro mozalbete
ponía por obra, lo consultaba con aquél. Marijuán, en cambio, hacía
buenas migas con un servidor de ustedes, y siempre juntos en las
marchas y en los descansos, nos contábamos nuestras cosas,
compadeciéndonos y consolándonos mutuamente. Nosotros dos solos, y sin
dar parte a nadie, nos comimos el divino chocolate y los bollos de la
Madre Transverberación.

Todo el ejército tenía gran impaciencia por venir a las manos con la
_canalla_. Como existen en todo campamento, además del supremo consejo
que se celebra en la tienda del General, tantos consejillos como
grupos de soldados se escalonan aquí y allá, en la cantina o en campo
raso, para echar una caña o tirar un par de cartas, nosotros siempre
estábamos dilucidando en corros más o menos grandes la eterna cuestión
de nuestro encuentro con los franceses. ¡Cuántas veces, reunidos junto
a un tambor, donde había un jarro de vino, dispusimos el paso del río,
el ataque del enemigo en su posición de Andújar, u otras hazañas de la
misma harina!

Un día, hallándonos en Porcuna, y después que se nos unió el ejército
de Reding, resolvimos, tras de ardiente discusión, que los generales
estaban atolondrados y sin saber qué plan adoptarían. El conde de
Rumblar dijo que iba a escribir a su maestro D. Paco, para que le
dijera qué operaciones convenían más; pero como todos se rieran de
esta ocurrencia, nuestro generalito se amoscó y fué a que le consolara
con sus adulaciones interminables el lugarteniente Santorcaz.

Por último, tras largo consejo celebrado por los generales, se dijo
que iban a ser distribuídas las divisiones para tomar la ofensiva
inmediatamente. Aquél día, que fué, si no recuerdo mal, el 12 o el 13
de julio, vi por primera vez al general Castaños, cuando nos pasó
revista. Parecía tener cincuenta años, y por cierto que me causó
sorpresa su rostro, pues yo me lo figuraba con semblante fiero y
ceñudo, según a mi entender debía tenerlo todo general en jefe puesto
al frente de tan valientes tropas. Muy al contrario, la cara del
general Castaños no causaba espanto a nadie, aunque sí respeto, pues
los chascarrillos y las ingeniosas ocurrencias que le eran propias las
guardaba para las intimidades de su tienda. Montaba airosamente a
caballo, y en sus modales y apostura había aquella gracia cortés y
urbana que tan común ha sido a nuestros Césares y Pompeyos. Es preciso
confesar que a caballo y en las paradas hemos tenido grandes figuras.
Esto no es decir que Castaños fuera simplemente un general de parada,
pues en 1808, y antes de inmortalizar su nombre, tenía muy buenos
antecedentes militares, aunque había hecho su carrera con rapidez
grande, si no desusada en aquellos tiempos. A los doce años de edad
obtuvo el mando de una compañía; a los veintiocho le hicieron teniente
coronel, y a los treinta y tres, coronel. Si en su juventud no asistió
a ninguna campaña, en 1794, y cuando contaba treinta y ocho años y
poseía la faja de mariscal de campo, estuvo en la del Rosellón a las
órdenes del general Caro, y allí le hirieron gravemente en el lado
izquierdo del cuello. Cuentan que la ligera inclinación de su cabeza
hacia aquel lado provenía de la tal herida.

Voy a decir de qué manera nos distribuyeron. La primera división la
mandaba Reding; la segunda, Coupigny, y la tercera, Jones; la reserva
estaba a las órdenes de D. Juan de la Peña, y mandaban destacamentos
sueltos, de mil hombres poco más o menos, en calidad de tropas
volantes para mortificar al enemigo, D. Juan de la Cruz, el marqués de
Valdecañas y D. Pedro Echevarri, que después fué uno de los más
famosos polizontes de la reacción. Trescientos escopeteros, que habían
salido Dios sabe de dónde, eran capitaneados por el presbítero D.
Ramón de Argote. ¿No es verdad que hubiera estado mejor diciendo misa?

A caballo éramos tres mil, fuerza no muy grande si se considera que
íbamos a operar en país entrellano y contra jinetes muy aguerridos;
pero, en cambio, nuestra artillería era de primer orden. Teníamos
veinticuatro piezas, servidas por el Real Cuerpo, con lo más florido
de aquella oficialidad a quien estaba reservado la mayor gloria de la
guerra, desde el 2 de mayo hasta la batalla de Vitoria.

Nosotros nos extendíamos por la izquierda del Guadalquivir, ocupando
los pueblos de Porcuna y Lopera; y alargando una de nuestras alas por
el camino de Arjonilla, observábamos la orilla derecha, mientras la
otra ala se extendía hacia Higuera de Arjona buscando a Menjíbar.
Ocupaba el francés a Andújar con las fuerzas que primitivamente trajo
a la tierra andaluza, y que habían vencido en el puente de Alcolea y
saqueado a Córdoba. La división de Vedel, fuerte de diez mil hombres,
hallábase en Bailén, y la pequeña división de Ligier-Belair, el mismo
general que vimos batirse con los vecinos de Valdepeñas en los
primeros días de junio, estaba en Menjíbar guardando el paso del río.
Andújar, Bailén, Menjíbar. Del primero al segundo punto corría la
carretera general de Andalucía, desde Bailén a Menjíbar el camino que
iba a Jaén, y desde Menjíbar a Andújar el río. Conserven ustedes en la
memoria la disposición de este triángulo para comprender la
importancia de los movimientos de ambos ejércitos.

Cualquiera que fuese el pensamiento de nuestros generales, lo cierto
es que la primera división recibió orden inmediata de ponerse en
marcha, mientras Castaños con la tercera y la reserva se dirigía hacia
el puente de Marmolejo para pasarlo y atacar a Dupont en Andújar. Ya
he dicho que mandaba D. Teodoro Reding la primera división; lo que aún
no ha sido escrito por la Historia ni dicho por mí es que yo formaba
parte de ella, porque toda la caballería voluntaria había sido
incorporada, mejor dicho, fundida en los batallones del ejército, que
apenas contaban con la mitad del contingente. A mi amo y a los que le
seguían nos tocó formar en las filas del regimiento de Farnesio,
mientras que los lanceros de Sevilla fueron casi todos incorporados al
regimiento de España.

El día 13 nos separamos de nuestros compañeros y tomamos el camino,
mejor dicho, las veredas y trochas que conducen a Menjíbar. No
llegábamos a seis mil; pero éramos buena gente, aunque me esté mal el
decirlo. El regimiento de guardias valones, los suizos, el de la
Corona, el de Irlanda, el de Jaén, los granaderos provinciales, los
fusileros de Carmona, la caballería de Farnesio y las seis bocas de
fuego que mandaba D. Antonio de la Cruz, eran piezas respetables,
orgullosas de sí mismas. Teníamos por General a un hombre impetuoso,
de más arrojo que prudencia; mediano táctico, pero incansable en las
marchas. Nuestro Jefe de Estado Mayor, D. Francisco Javier Abadía, era
un militar muy entendido, quizás de los mejores que entonces tenía el
ejército español, y el coronel puesto al frente de la artillería
pasaba por un oficial de mucho entendimiento en su arma. Nosotros le
llamábamos el _sainetero_, por ser hijo de D. Ramón de la Cruz.

Adelante, pues al llegar a Menjíbar, encontramos la población muy
alborotada porque un destacamento francés, enviado a Jaén en busca de
víveres, después de saquear horriblemente esta ciudad, había
retrocedido a su cuartel general, asolando a su paso la comarca. De
Jaén se contaban atrocidades que apenas son creíbles en militares de
un país europeo. Dijéronnos que mujeres y niños habían sido
inhumanamente degollados, y que igual muerte padecieron dentro de sus
mismos hospitales varios frailes agustinos y dominicos enfermos. La
consternación de aquellos pueblos era excesiva, y al aproximarse las
tropas, acudían en tropel a nuestro encuentro, derramando lágrimas de
ira, suplicándonos que no dejáramos vivo un francés, y pidiendo los
viejos aún fuertes y los rapaces de doce años que se les dejase
marchar entre las filas para ayudarnos. Según nos decían después del
saqueo, en los caseríos inmediatos al tránsito, Almenara, Fuente del
Rey, Grañena y otros, no habían dejado ni un grano de trigo, ni un
azumbre de vino, ni un puñado de paja. Hasta las medicinas de las
boticas y de los hospitales de Jaén fueron robadas, y al propio
tiempo, ni un carro ni una mula quedaron en todos aquellos contornos.

Muchas familias expoliadas habían acudido a Menjíbar. En la plaza del
pueblo dos frailes escapados a las carnicerías de Jaén, predicaban el
exterminio de los franceses. Al ver la indignación de aquella infeliz
gente robada y vejada, al ver las mujeres que acudían frenéticas y
rabiosas pidiéndonos que vengáramos a sus inocentes hijos, degollados
sin piedad en la cuna, comprendí las crueldades de que por su parte
empezaban a ser víctimas los franceses cuando se rezagaban.



XVII


Antes de decidirse a pasar el río, nuestro General mandó una pequeña
fuerza en reconocimiento de la situación de las tropas de Coupigny.
Algunos jinetes de Farnesio tomaron parte en esta expedición, y
Marijuán, que fué en ella, nos contó a su regreso, en la tarde del 15,
que habían encontrado la división del Marqués hacia Villanueva de la
Reina, donde le entregaron los pliegos de Reding. Desde el campamento
de Coupigny se había visto una gran polvareda en la orilla derecha, y
parecía que la división de Vedel marchaba desde Bailén a Andújar, para
reforzar a Dupont, que ya había trabado la lucha con Castaños. La
gente venida de Arjonilla aseguraba haber oído fuerte cañoneo hacia la
parte de los Visos.

--A estas horas--decía Marijuán--, o ellos o los de Castaños han de
estar derrotados.

--¿Y qué esperaba el Marqués en Villanueva de la Reina?--preguntó
Santorcaz con aquella suficiencia estratégica que le hiciera tan digno
de admiración a los ojos del joven D. Diego.

--Allí se estaba tan quieto--repuso Marijuán--. Parece que está de
acuerdo con nuestro General para operar en combinación y atacar
juntos a Bailén.

--¿Pero qué estrategia es ésa, ni a qué conduce atacar a Bailén?--dijo
Santorcaz, atrayendo en su alrededor un círculo de soldados--. ¿No
dices que la división Vedel salió de Bailén y está ya sobre Andújar?

--Sí; así lo decían en Villanueva.

--Pues si no hay enemigos en Bailén, ¿qué es eso de atacar a Bailén?
Se tratará de ocuparlo para luego avanzar por el arrecife y embestir a
Dupont y a Vedel por la espalda, mientras Castaños, Jones y Peña lo
atacan de frente.

--Eso, eso será--dijimos todos--. De ese modo les cogeremos entre dos
fuegos, y no escapará ni una patena de las que robaron en Córdoba.

--Pero si ése es el plan, ya debía estar puesto en ejecución. Si se
están batiendo en Andújar, a estas horas deberíamos estar nosotros
cayendo sobre la retaguardia francesa; mientras que si nos ponemos en
marcha esta noche y llegamos mañana, sabe Dios...

Al anochecer se nos ordenó marchar río arriba, lo cual no comprendimos
ni poco ni mucho hasta que algunos compañeros, que eran del país y
conocían el terreno, nos dijeron que íbamos buscando el vado del
Rincón para pasar al otro lado. Por la noche, algunas fuerzas de
infantería y dos piezas pasaron por junto a la barca, mientras el
grueso del ejército con la caballería nos disponíamos a hacerlo media
legua más arriba. Antes de amanecer sentimos algunos tiros del otro
lado, y diósenos orden de hacer el menor ruido posible y de no
encender lumbre. La noche era calurosa; habíamos comido poco y mal el
día anterior, y con esto y el no dormir no estábamos del mejor humor;
pero la guerra tiene mil contrariedades, y ojalá fueran todas como
aquélla. Entramos al fin en el río, cuyo frescor agradecieron mucho
nuestros cuerpos, secos e irritados por el calor y el polvo, y algún
tiempo después, cuando comenzaban a iluminar el horizonte los primeros
vislumbres de la aurora, ya éramos dueños de la orilla derecha. El
Mayor General Abadía, que había dirigido el paso, nos mandó
replegarnos a un sitio bajo, donde casi toda la fuerza podía
permanecer oculta, y allí aguardamos más de media hora. No se veían
los enemigos por ningún lado; pero allá lejos, hacia la barca,
continuaba cada vez más vivo el tiroteo de fusil.

El terreno es por allí bastante quebrado, abundando los matojos, y
entre éstos designaron un camino de trocha por donde avanzó la
infantería, mientras a los de a caballo se nos mandó caminar por
terreno más alto. Habíamos tomado tan al pie de la letra la orden de
no hacer ruido, que avanzamos despacio y silenciosamente con el alma
en suspenso, los ojos atentamente fijos en el último término del
terreno hacia la izquierda, punto donde se había trabado la acción.
Vimos al fin a los franceses tiroteándose con nuestros compañeros, con
aquellos que habían pasado la barca durante la noche, y luchaban en un
campo bajo, salpicado de espesos matorrales.

En una loma, y como a dos tiros de fusil de aquel sitio, brillaba
inmóvil e imponente una cosa que desde el primer momento atrajo
nuestras miradas, infundiéndonos algún recelo. Era un escuadrón de
coraceros, la mejor caballería del ejército de Dupont. Todos los
jinetes contemplamos el resplandor de las bruñidas corazas, en cuyos
petos el sol naciente producía plateados reflejos; y después de mirar
aquello sin decir nada, nos miramos unos a otros, como si nos
contáramos. Ni una voz se oía en nuestras filas; a todos se nos había
cambiado el color, y temblábamos, aunque cada cual hiciera esfuerzos
para disimularlo. El único rumor que turbaba el profundo silencio de
nuestro regimiento, donde hasta los caballos parecían contener el
aliento y explorar el campo con atónitos ojos, era un ligero y casi
imperceptible son metálico producido por las estrellas de las
espuelas. Aquel temblor de piernas es un accidente que la caballería
observa siempre en el comienzo de toda batalla.

El combate, principiado en guerrillas, arreciaba desde que empezó la
infantería a desplegar un frente compacto de consideración. Pero casi
toda la tropa española se mantenía en reserva, esperando a saber
fijamente si los franceses ocultaban una gran fuerza en la carretera
de Bailén. Mientras el frente español aumentaba sus tiros,
resistiendo a las innumerables guerrillas francesas que al abrigo de
sus posiciones medio atrincheradas hacían fuego mortífero, la
artillería continuaba a retaguardia, y la caballería, asimismo fuera
de acción, recibió orden de ocupar un cerro a mano derecha. Fijos
allí, no quitábamos los ojos de la tremenda fila de corazas que
resplandecían en la loma de enfrente, quietas y confiadas en su valor
y pesadumbre. Aquella fuerza era muy superior a la nuestra por su
organización y marcialidad; pero nosotros teníamos sobre ella, además
de la ventaja numérica, que no era de gran valor, dada nuestra
impericia, la siguiente ventaja moral: puestos ellos en la vertiente
anterior de una loma, todo su poder y su número se presentaban a
nuestra vista; no había más coraceros que aquéllos, y podíamos
contarlos uno por uno. Nosotros, en cambio, estábamos sabiamente
colocados por el Mayor General en otra altura parecida; pero sólo una
quinta parte del regimiento ocupaba la parte culminante de la loma,
mientras que todo lo demás se extendía en la vertiente posterior,
permaneciendo oculto a la vista del enemigo; de modo que si nosotros
les contábamos perfectamente a ellos, los franceses, engañados por la
apariencia, se reirían de los cuarenta jinetes sin uniforme,
enseñoreados del cerro con aire de perdonavidas.

Nosotros teníamos sobre ellos la ventaja de lo desconocido, que es el
genio tutelar de las batallas, de eso que no se ve y que en el momento
apurado y crítico sale inopinadamente de lo hondo de un camino, del
respaldo de una loma, de la espesura de un bosque; combatiente de
última hora que la tierra echa de su seno, y se presenta fresco, sin
heridas ni cansancio, a decidir la victoria.

Nuestras filas habían desalojado a los franceses de sus posiciones.
Les vimos replegarse en desorden, y entonces cesó la inmovilidad de
los coraceros. Los resplandecientes petos despedían reflejos
múltiples, y ordenadamente descendieron de la colina en perfecta fila.
Relincharon sus caballos, y los nuestros relincharon también,
aceptando el reto. Pero entonces ocurrió uno de esos cambios de escena
tan frecuentes en la guerra, y cuyo artificio, si cae en buenas manos,
basta a decidir la victoria. Arrojadas nuestras filas sobre las
guerrillas enemigas, clareado el terreno y puestas en juego algunas
piezas de artillería, vióse que los franceses vacilaban, agrupándose y
retrocediendo como si buscaran nuevas posiciones. Se nos dió orden de
avanzar bajando, y una vez en llano, convertirnos sobre nuestro
flanco, para formar un largo frente de batalla. La infantería francesa
estaba delante de nosotros, resguardada por sus coraceros; pero éstos,
observando nuestro movimiento y reconociendo al instante su indudable
inferioridad, invadieron precipitadamente la carretera. La retirada
era cierta. Se nos formó en columnas, dándonos orden de cargar, y el
regimiento se puso rápidamente al galope. Parecía que la misma tierra,
sacudiéndose bajo las herraduras de nuestros caballos, hacia adelante
nos lanzaba. A aquellos primeros pasos tras un ideal de gloria
acompañaron voces de guerra mezcladas con piadosas invocaciones.

--¡Madre nuestra, santa Virgen de Araceli, ven con nosotros!

--¡Viva España, Fernando VII y la Virgen de la Fuensanta!

Ya nadie pensaba en tener miedo; muy lejos de esto, todos los de mi
fila rabiábamos por no estar en las de vanguardia, en aquellas filas
dichosas que acometían a sablazos a los franceses de a pie, ya
pronunciados en completa dispersión. Tal era nuestro furor bélico en
aquella fácil victoria, que D. Diego, Marijuán y yo, no encontrando a
derecha e izquierda francés alguno, hacíamos grande estrago con
nuestros sables en los arbustos del camino, diciendo: «Perros,
canallas, ya sabréis cómo las gastamos los españoles.»

La gloria de cargar sobre la infantería francesa perteneció tan sólo a
las primeras filas, aunque no les duró mucho el regocijo, porque los
enemigos, convencidos ya de que no tenían fuerza bastante para
hacernos frente, tomaban a toda prisa el camino de Bailén. Una vez
posesionados del camino, seguimos adelante; pero los caballos
franceses corrían a todo escape, y la infantería se puso en salvo por
las veredas, dispersándose a un lado y otro de la carretera. Sobre las
diez nos detuvimos, y, puestas en orden las columnas, avanzamos
despacio, porque recelábamos de ser atacados por una división entera.
Entretanto, nuestras pérdidas habían sido nulas en la caballería, y
escasas, aunque sensibles, en la infantería, qué perdió un capitán del
regimiento de la Reina y bastantes soldados.

Después de haber perdido de vista a los enemigos, continuamos la
marcha hacia Bailén, si bien con mucha cautela, pues había la
presunción de que los franceses, reforzados con gran número de tropas,
caballos y artillería, se nos presentarían de nuevo en mitad del
camino, sorprendiéndonos en nuestra triunfal carrera. Así fué, en
efecto. A eso del mediodía nuestras columnas avanzadas recibieron el
fuego de los imperiales, que rehechos con un destacamento que de
Linares había llegado, trataban de ganar lo perdido.

Furiosos por el reciente desastre, acometieron briosamente a nuestra
vanguardia. Tomamos posiciones, y las tropas ligeras, ayudadas de un
enjambre de paisanos, se diseminaron por las escabrosidades próximas,
desde cuyos matorrales mortificaban a los franceses con fuego menudo.
La caballería, entretanto, continuaba muy lejos de la acción, y aunque
nuestro deseo hubiera sido que a lo más recio se nos enviara para
desahogar nuestro enardecido pecho, Dios quiso por fortuna que no
llegase esta ocasión, pues la escaramuza terminó de improviso, cesaron
los tiros, y vimos con sorpresa que los franceses, como poseídos de
súbito pavor, retrocedían a la desbandada hacia Bailén, recogiendo
precipitadamente sus heridos.

¿Qué ocurría? Según después supimos, Francia había tenido una pérdida
funesta, la de su general Gobert, el cual cayó mortalmente herido por
una de esas balas de guerrero invisible, que salían de entre las
malezas para taladrar el corazón del Imperio. Aquel valiente militar
murió pocas horas después en Guarromán. Dueños nosotros del campo, y
sin enemigos a la vista, parecía natural que fuéramos sobre Bailén;
pero el ejército volvió hacia Menjíbar para repasar el río, movimiento
que no fué por nosotros comprendido. Muy orgullosos estábamos, y
especialmente los inexpertos paisanos no cabíamos en el pellejo.

--¡Hoy es día del Carmen!--exclamó don Diego--. ¡Viva la Virgen del
Carmen, y mueran los franceses!

Ruidosas exclamaciones alegraron y conmovieron nuestras filas. Era el
16 de julio; en este día la Iglesia celebra, además de la advocación
del Carmen, el Triunfo de la Santa Cruz, fiesta conmemorativa de la
gran batalla de las Navas de Tolosa, ganada contra los infieles por
castellanos, aragoneses y navarros, en aquellos mismos sitios donde
nosotros nos batíamos con Francia, y en el mismo 16 del mes de julio.
Habían pasado quinientos noventa y seis años. La coincidencia del
lugar y la fecha nos inflamaba más, y añadido a nuestro patriotismo
una profunda fe religiosa, nos creímos héroes, aunque hasta entonces
no habíamos tenido ocasión de probarlo.

Antes de cruzar el río, descansamos para llevar algo a la boca. ¡Oh,
qué desengaño! Estábamos muertos de hambre y cansancio, y se nos dijo
que no había más que un tercio de ración. Pero como buenos chicos que
éramos nos conformamos, supliendo los dos tercios restantes con la
substancia moral del entusiasmo.

--Pero, Sr. de Santorcaz--pregunté a mi compañero, cuando, con el agua
al estribo, vadeábamos el Guadalquivir--, ¿nos quiere usted decir por
qué no se nos ha llevado adelante? ¿Por qué después de esta victoria
desandamos lo andado?

--¡Zopenco!--me contestó--. Esto no ha sido más que una fiestecilla de
pólvora, y todavía no ha empezado lo bueno. ¿Crees que no hay más
franceses que esos cuatro gatos de Ligier-Belair? ¿Qué sabes tú si a
estas horas Vedel, que a Andújar fué en auxilio de Dupont, habrá
regresado a Bailén? Ahora, o yo me engaño mucho, o vamos en busca del
marqués de Coupigny para reunirnos y emprender juntos un nuevo ataque.
¿Estás al tanto de lo que digo? ¿Ves cómo no en vano ha mordido uno el
cebo en Hollabrün, en Austerlitz y en Jena?

Efectivamente, la intención de nuestro General era reunirse con
Coupigny; pero esto no se verificó hasta la noche del 17 al 18.



XVIII


Se nos acampó en un alto a espaldas de Menjíbar, y supimos con gusto
que aquella noche no haríamos movimiento alguno. Nuestro gozo, como
nuestra fatiga, necesitaba descanso; necesitábamos dar desahogo al
efervescente júbilo, no sólo renovando en la memoria todos los
incidentes de la acción de aquel día, sino también refiriendo cuanto
cada uno hizo y cuanto dejó de hacer para que la batalla fuese
completamente ganada. Los suizos y los soldados de línea no estaban
tan engreídos como nosotros los paisanos, que creíamos haber asistido
a la más grande y gloriosa acción de los modernos tiempos. Mirábamos
con desdén a los que quedaron de reserva, y al contarles lo que pasó,
hacíamos subir a cifras fabulosas el número de franceses segados por
nuestros cortadores sables en la refriega.

Largas horas pasamos sobre el campo saboreando los deliciosos
recuerdos de tanta gloria, que como dejos de un manjar muy rico nos
renovaban el placer del vencimiento. La noche era como de verano y
como de Andalucía, serena, caliente, con un cielo inmenso y una
atmósfera clara, donde algo sonoro fluctúa, cuya forma visible
buscamos en vano en derredor nuestro. Tendidos sobre la caldeada
tierra a orillas del río, cuyas frescas emanaciones buscábamos con
anhelo, entreteníamos las horas hablando, cantando o haciendo eruditas
disertaciones sobre la campaña tan felizmente emprendida. En un grupo
se jugaba a las cartas, en otro se decía un romance de héroes o de
santos, en este algunos cantaores echaban al vuelo las más románticas
endechas de la tierra, pues desde entonces era romántica Andalucía; en
aquel se narraban cuentos de brujas, y en algunos, finalmente, se
dormía sin inquietud por el día venidero.

Nuestro D. Diego, siempre al arrimo de Santorcaz; Marijuán, yo y
algunos más formábamos un grupo bastante animado, en el cual no cesó
el ruido hasta muy alta la noche. Después de cantar, no escasearon los
cuentos, acertijos y adivinanzas, y, por último, la conversación
recayó en tema de mujeres.

--Yo--dijo D. Diego con su natural ingenuidad--me voy a casar. A todos
les convido a mi boda. «¿Y quién es la novia?», dirán ustedes. Pues
sepan que no la he visto. Mi señora madre lo ha arreglado todo con
otras dos señoras de Córdoba, y, según me han dicho, es más bonita que
el Sol, aunque ahora da en la manía de no salir del convento.

--Será para cuando acabe la guerra, porque ahora no está el horno para
bollos--dijo Marijuán--. Yo también voy a casarme con una muchacha de
Almunia, que tiene siete parras, media casa y burro y medio de
hijuela. También será cuando acabe la campaña, y a todos les convido a
mi boda. ¿Y tú, Gabriel, no piensas casarte?

--Pues yo, para no ser menos--contesté--, digo que cuando termine la
guerra me casaré también. «¿Y con quién?», diréis. Pues me caso con
una condesa.

--¡Con una condesa!

--Sí, señores, con una condesa que posee todas estas tierras que
estamos viendo y otras más allá, y tiene dos escudos con ocho lobos
sobre plata y catorce calderos, con media cabeza de moro y un letrero
que dice...

--_Toma casa con hogar y mujer que sepa hilar_--dijo Marijuán,
interrumpiéndome--. ¿Pues no dice que se casa con una condesa? Será
con alguna duquesa del estropajo. Pero dí, ¿en qué alcázares reales
está tu novia?

--Este es un bobalicón que no sabe lo que se habla--observó D.
Diego--. ¡Lucida condesa será ella! Pues, como os decía, muchachos, mi
novia está muy desazonada esperando a que se acabe la guerra para
casarse conmigo. Así me lo han dicho, y lo creo. Apuesto que estáis
rabiando por saber quién es y cómo se llama; pero eso no lo he de
mentar, porque mi señora madre y D. Paco me dijeron que si hablaba de
esto antes de llegar la ocasión, me castigarían no dejándome montar en
el potro. ¡Qué guapa es, señores! Sus ojos son dos luceros, como aquel
grande y muy claro que está sobre el tejado de esa casa; su boca se
compone de dos hojas de rosa; sus dientes hacen que todas las perlas
echen a correr de envidia; sus mejillas son claveles abiertos, y
cuando llora, sus lágrimas son diamantes. Yo no la he visto más que en
figura; porque han de saber ustedes que cuando fuí a visitar a sus
tías en Córdoba, me dieron un medalloncito con el retrato de la que ha
de ser mi mujer, el cual retrato, por temor a que se me perdiera, lo
he dado a guardar al Sr. de Santorcaz.

--Eso se parece--dijo uno de los oyentes--la historia de la princesa
Laureola, por quien vinieron de la Meca los tres reyes moros, y dice
el cuento que tenía los ojos de azabache ardiendo, la boca de flor de
granado, y las orejas de caracolitos del mar. ¿Lo sabes tú?

--Eso está en el romance de la _Reina mora_, bruto. ¿Qué tiene eso que
ver con la princesa Laureola?

--Yo sé el romance de la _Reina mora_--gritó D. Diego, batiendo
palmas--. ¿Lo echo?

--Venga.

--No: el del _Barandal del cielo_, que es más bonito y habla de la
Virgen--añadió el Condesito, gozoso de poder lucir sus habilidades--.
Me lo enseñó mi hermana Presentación, que sabe veintisiete y los dijo
todos arreo delante del Sr. Obispo de Guadix, cuando Su Ilustrísima
paró en casa el mes pasado.

Y sin esperar a que le rogasen, el mayorazguito de Rumblar, con
sonsonete de escuela, voz agridulce y afeminados gestos, dió principio
a la siguiente retahila:

  Por el barandal del cielo
  se pasea una doncella
  blanca, rubia y encarnada,
  que alumbra como una estrella,
  San Juan le dice a Jesús:
  «¿Quién es aquella doncella?»
  «Nuestra Madre, buen San Juan,
  nuestra Madre linda y bella»;
  la Virgen no viene sola:
  ángeles vienen con ella;
  no viene vestida de oro,
  ni de plata, ni de seda:
  viene vestida de grana....
  ..........................

Y como al concluir fuera acogida esta relación con una salva de
aplausos, animóse el recitador y nos endilgó otra, no menos famosa,
que empezaba:

  Allá arriba, en aquel alto,
  hay una fuente muy clara,
  donde se lava la Virgen
  sus santos pechos y cara....
  ............................

--¡Basta de romances!--exclamó de improviso Santorcaz, asustándonos a
todos con su interrupción--. Eso es cosa de chiquillos, y no de
hombres formales. ¿No sabe usted más que eso?

--Sé muchos más--dijo tímidamente el joven--. Don Paco me ha enseñado
muchos, y me los hace aprender de memoria para que los diga en las
tertulias.

--¿Y nada más le ha enseñado a usted ese Sr. D. Paco, a quien desde
el primer momento tuve y diputé por un gran zopenco?

--También me ha enseñado Historia, sí, señor. Y sé lo de nuestro padre
Adán y aquello de Alejandro cuando fué a dar batallas a los persas,
como ahora vamos nosotros a dárselas a los franceses.

--¿Y nada más?

--¡Toma!, también latín; pero mi señora madre mandó que no me
atarugasen la cabeza de latín, puesto que no era necesario; y por
último, D. Paco dijo que con saber un poquito de _Musa musæ_ bastaba.

--¿Y qué libros ha leído usted?

--Nada más que la _Guía de Pecadores_, donde está aquello del
Infierno. Es libro muy feo, y mi señora madre no me dejaba leer más
que lo del Infierno, que da mucho espanto y sueña uno con ello. Pero
mi señora madre tiene otros libros en el cofre, y cuando iba a misa,
yo, con mucha cautela, los sacaba para leerlos. Uno se titula _La
farfulla, o la cómica convertida_, novela escrita por un fraile de
mínimos, y otra, _Princesa, ramera y mártir, Santa Afra_. Ambos libros
son muy bonitos, y traen un aquel de amores y besos, que me daba mucho
gusto ouando a escondidas los leía yo.

Santorcaz sonreía. Después de una pausa, dijo con cierta petulancia:

--¿De modo que no ha leído usted la _Enciclopedia_?

--¿Qué es eso?

--La _Cincopedia_--gritó uno--. ¡Eh!, ¿sabes tú adónde cae la
_Cincopedia_?

Esta palabra, que adquirió fortuna aquella noche, fué pasando de boca
en boca, y más de cien la repitieron entre zumbas y chacota.

--Veo que sois unos animales--dijo Santorcaz, un poco avispado--. De
todos modos, Sr. D. Diego, la educación que usted ha recibido no puede
ser más deplorable en un joven mayorazgo, que por lo mismo que ha de
sobresalir entre los demás en la sociedad, debe cultivar su
entendimiento.

--A ver, amigo--indicó Rumblar--, hábleme usted de esas cosas, que me
gustan. Todo lo que usted me decía anteayer, cuando íbamos de camino
por aquí, me tenía encantado, y le juro que si no estuviera en
vísperas de casarme y fuera preciso seguir con ayo, le diría a mi
señora madre que me le pusiera a usted en lugar de D. Paco, el cual
bien se me alcanza que no me ha enseñado más que gansadas y tonterías.

--Pues repito que un joven destinado a ocupar tan alta posición en el
mundo debe saber algo más que el romance del _Barandal del cielo_.
Verdad es que, o mucho me equivoco, o todo eso de los mayorazgos se lo
llevará la trampa, y tarde o temprano se pondrán las cosas de manera
que cada cual sea hijo de sus obras.

--Así debe ser--añadió Marijuán--. ¿No somos todos hijos de Dios?

--Vengan acá y respondan--dijo Santorcaz, excitando la curiosidad de
sus oyentes--. ¿No les parece que el mundo está muy mal arreglado?

Abriéronse varias bocas con estupefacción, y no se oyó ninguna
respuesta.

--Pues yo, que no he leído ningún libro--afirmó al fin uno de los
circunstantes--, digo que Dios tiene que volver a hacer el mundo,
porque eso de que se lo lleve todo el que primero salió del vientre de
la madre, y los demás se queden bailando el pelao, no está bien. Mi
hermano el mayor, sólo porque le dió la gana de nacer antes que yo,
tiene tres dehesas y dos casas; y los demás..., uno hubo de meterse
fraile, otro se fué al Perú, otro está muerto de hambre en un hospital
de Sevilla, y yo, señores, tuve que meterme en el contrabando para que
no se me helara el cielo de la boca.

--Oye, tú, Marijuán--dijo otro--, ¿sabes lo que contaban en Sevilla?
Pues que la Junta se iba a poner de compinche con las otras Juntas
para ver de quitar muchas cosas malas que hay en el gobierno de
España, lo cual podemos hacer nosotros _sin necesidad de que vengan
los franceses a enseñárnoslo_.[2]

--Así ha de ser--observó Santorcaz--. Me han dicho que en Sevilla hay
sociedades secretas.

--¿Qué es eso?

--Ya sé--replicó uno--. Tiene razón don Luis. En Sevilla hay lo que
llaman _flamasones_, hombres malos que se juntan de noche para hacer
maleficios y brujerías.

--¿Qué estás diciendo? No hay tales maleficios. Mi amo iba también a
esas Juntas, y cuando su mujer se lo echaba en cara, respondía que los
que allí iban entraban al modo de filósofos y no hacían mal a nadie.

--Pues en Madrid las sociedades secretas están todavía en la
infancia--añadió Santorcaz--. En Francia las hay a miles, y todo el
mundo se inscribe en ellas.

--Pues si voy a Madrid--dijo con énfasis el mayorazguito--, lo primero
que haré será meterme en una de esas sociedades, donde sin duda se han
de aprender muy buenas cosas. ¿No es verdad, D. Luis? Yo no tengo nada
de torpe: me lo conozco, sí, señores. ¿Creerá usted, Sr. Santorcaz,
que eso que usted ha dicho de los mayorazgos se me había ocurrido a mí
muchas veces cuando jugaba en el patio de casa con las gallinas? Pero
ya que me enseña usted lo que ignoro, contésteme a una duda: ¿por qué
tenemos nosotros en nuestras casas tantos papelotes llenos de
garabatos, y por qué usamos esos escudos con sapos y culebras? El de
mi casa tiene cuatro lagartos y un tablero de ajedrez con dos
calderitos muy monos.

--Si esos signos representan algo--repuso Santorcaz--, es referente al
primero que los usó, a sus hazañas, si las hizo, o a sus privilegios,
si los tuvo; pero hoy, amiguito, tales pinturas no valen de nada, y
dentro de algunos años, los que las posean sin dinero, serán unos
pobres pelagatos, a quienes nadie se arrimará, así como todo aquel que
haya hecho una fortuna con su trabajo o descuelle por su talento, será
bienquisto en el mundo, aunque no tenga ni un adarme de lagartija en
su escudo.

--¿De modo--preguntó el mozalbete--que yo seré un pelagatos si llego a
perder mi patrimonio o soy un bruto? Esto sí que es bueno.

--Nada, nada--dijo uno--. Fuera mayorazgos, y que todos los hermanos
varones y hembras entren a heredar por partes iguales.

--Eso no puede ser--observó Marijuán--, porque entonces no habría las
grandes casas que dan lustre al reino.

--Eso no puede ser--afirmó un tercero--. Pues qué, ¿el Rey iba a ser
tan tonto que quitara los mayorazgos? Nada, nada; los dejará siempre
por la cuenta que le tiene.

--Es que si el Rey no quiere quitarlos, no faltará quien los
quite--añadió Santorcaz.

Todos se rieron al oír sostener la idea de que existe alguna voluntad
superior a la voluntad del Rey.

--¿Cómo puede ser eso? Si el Rey no quiere... ¿Hay quien esté por
cima del Rey? El Rey manda en todas partes, y digan lo que quieran, no
hay más que su sacra real voluntad. ¡Muchachos, viva Fernando VII!

--Pero vengan acá, zopencos--dijo Santorcaz--. ¿Dicen ustedes que
nadie manda más que el Rey?

--Nadie más.

--Y si todos los españoles dijeran a una voz: «¿Queremos esto, señor
Rey; nos da la gana de hacer esto», ¿qué haría el Rey?

Abriéronse de nuevo todas las bocas, y nadie supo contestar.


#Nota a pie de página:#

[2] Palabras textuales de la Junta Suprema de Sevilla.



XIX


--Gaznápiros, animales, si estáis probando lo que digo--añadió con
energía D. Luis--. Lo que pasa en España, ¿qué es? Es que el reino ha
tenido voluntad de hacer una cosa y la está haciendo, contra el
parecer del Rey y del Emperador. Hace tres meses había en Aranjuez un
mal Ministro, sostenido por un Rey bobo, y dijisteis: «No queremos ese
Ministro ni ese Rey», y Godoy se fué y Carlos abdicó. Después Fernando
VII puso sus tropas en manos de Napoleón, y las autoridades todas, así
como los generales y los jefes de la guarnición, recibieron orden de
doblar la cabeza ante Joaquín Murat; pero los madrileños dijeron: «No
nos da la gana de obedecer al Rey, ni a los Infantes, ni al Consejo,
ni a la Junta, ni a Murat», y acuchillaron a los franceses en el
Parque y en las calles. ¿Qué pasa después? El nuevo y el viejo Rey van
a Bayona, donde les aguarda el tirano del mundo. Fernando le dice: «La
Corona de España me pertenece a mí; pero yo se la regalo a usted, Sr.
Bonaparte». Y Carlos dice: «La Coronita no es de mi hijo, sino mía;
pero para acabar disputas, yo se la regalo a usted, Sr. Napoleón,
porque aquello está muy revuelto y usted solo lo podrá arreglar». Y
Napoleón coge la Corona y se la da a su hermano, mientras volviéndose
a ustedes les dice: «Españoles, conozco vuestros males y voy a
remediarlos.» Pero ustedes se encabritan con aquello, y contestan:
«No, camarada, aquí no entra usted. Si tenemos sarna, nosotros nos la
rascaremos: no hay más Rey de España que Fernando VII.» Fernando se
dirige entonces a los españoles y les dice que obedezcan a Napoleón;
pero entretanto, muchachos, un señor que se titula alcalde de un
pueblo de doscientos vecinos escribe un papelucho diciendo que se
armen todos contra los franceses: este papelucho va de pueblo en
pueblo, y como si fuera una mecha que prende fuego a varias minas
esparcidas aquí y allí, a su paso se va levantando la nación desde
Madrid hasta Cádiz. Por el Norte pasa lo propio, y los pueblos
grandes, lo mismo que los pequeños, forman sus Juntas, que dicen: «No;
si aquí no manda nadie más que nosotros. Si no reconocemos las
abdicaciones, ni admitiremos de Rey a ese D. José, ni nos da la gana
de obedecer al Emperador, porque los españoles mandamos en nuestra
casa, y si los reyes se han hecho para gobernarnos, a nosotros no nos
han parido nuestras madres para que ellos nos lleven y nos traigan
como si fuéramos manadas de carneros...» ¿Estamos? ¿Lo comprendéis?
Pues esto, ni más ni menos, es lo que está pasando aquí. Y ahora
contéstenme los alcornoques que me oyen: ¿quién manda, quién dispone
las cosas, quién hace y deshace, el Rey o el reino?

El estupor que produjeron estas palabras reveladoras en el atento
concurso, compuesto de muchachos rudos e ignorantes, pero de gran
viveza de imaginación, fué tan extraordinario, que por un corto rato
no se oyó la más insignificante voz, señal cierta de que las ideas
vertidas por Santorcaz, entrando de improviso en los obscuros
cacúmenes de sus oyentes, habían armado allí gran zipizape y
polvareda, dejándoles aturdidos, confusos y sin palabra. El primero
que rompió el silencio fué Rumblar, diciendo:

--Todo eso está muy bien dicho. ¿Creeréis que hace días me ocurrió una
idea parecida cuando estaba cazando moscas y poniéndoles rabos en
cierta parte, para que al volar hicieran reír a mis dos hermanas, que
estaban rezando? Sólo que yo no sabía cómo decir aquello que pensaba.

--Si, señores, ¡vivan las Juntas!--exclamó uno, levantándose--. Yo me
sé de memoria aquel papel que echó a la calle la de Córdoba,
diciendo... Óiganme: «¡Cordobeses: los reinos de Andalucía se ven
acometidos por los asesinos del Norte; vuestra patria va a ser
oprimida bajo el yugo de un tirano; vosotros mismos seréis arrancados
de vuestros hogares y de vuestras casas. Cuarenta argollas está
labrando el lascivo Murat para conduciros al Norte como a los animales
más inmundos... ¡Soldados, gemid de rabia y furor!... Doce millones
de hombres os están mirando y envidiando vuestra gloria, y aun la
Francia misma ansia por vuestros triunfos.»

Ruidosos aplausos y gritos acogieron esta proclama, fielmente recitada
con dramáticos gestos por el muchacho.

--Pues sí los españoles--continuó luego Santorcaz--pueden hacer lo que
están haciendo, ¿no pueden también decir el día de mañana: «Vamos, no
queremos que haya más Inquisición ni más vinculaciones...?», pongo por
caso... O que digan: «En lugar de mil conventos, que haya tan sólo la
mitad, con lo cual basta y sobra», o «No me da la gana de que haya
diezmos...»

--Eso sí que estaría bueno--dijo Marijuán--. Pero si todos los
españoles van a hacer eso, y cada uno empieza a tirar por su lado
diciendo lo que quiere, se armará un laberinto tal que no podrán
entenderse.

--Vaya unos zotes--añadió Santorcaz--. Pero venid acá: ¿no veis que
hay en Sevilla una Junta, que es la que dispone? ¿No veis que hay otra
en Granada, otra en Córdoba y otra en Málaga, etc.? Pues en lugar de
todas esas Juntas pequeñas que gobiernan en cada pueblo, ¿no puede
haber una muy grande que se reuna en Madrid y acuerde lo que se ha de
hacer?

Miráronse los oyentes unos a, otros, y los monosílabos de aquiescencia
y de admiración corrieron de boca en boca, demostrando la prontitud
con que aquellas juveniles inteligencias desplegaban sus alas, aún
entumecidas y vacilantes, para intentar describir los primeros
círculos en el espacio del pensamiento.

Estas conversaciones me enamoran--dijo el condesito de Rumblar--. Me
estaría toda la noche oyendo a este hombre, sin cansarme. Ya, ya voy
aprendiendo muchas cosas que no sabía.

Así, aquella fantasía encerrada en el capullo de una educación
mezquina, agujeraba con entusiasmo su encierro, porque había
vislumbrado fuera alguna cosa que tenía la fascinación de lo nuevo.
Así, aquel germen de pasión y de inteligencia, guardado en un huevo,
se reconocía con vida, se reconocía con fuerza, y empezaba a dar
picotazos en su cárcel, anhelando respirar fuera de ella otros aires y
calentarse con calores más enérgicos. Así, aquella ceguera abría sus
párpados, gozándose en la desconocida luz.

La conversación terminó en el punto en que la he dejado, porque la
noche estaba muy avanzada y casi todos empezaron a rendirse al sueño,
excepto el mayorazguito, cuyo despabilamiento era casi febril. Largo
tiempo continuaron él y Santorcaz hablando en diálogo animadísimo,
como si discutieran planes y expusieran proyectos de gran
trascendencia para los dos. Yo me aparté del grupo, fingiendo
retirarme a dormir; pero con ánimo de satisfacer una imperiosa
exigencia de mi alma, que a veces me pedía soledad y meditación. Todos
los ruidos habían cesado en el campamento: las guitarras y
castañuelas, así como las cajas y las cornetas, estaban mudas, porque
el ejército dormía. Lejos del grupo de mis amigos, echéme sobre el
suelo, aguardando la aurora, sin poder ni querer cerrar los ojos; y
allí me puse a meditar sobre lo que desde mi salida de Madrid había
visto y oído: ¡Cuántas personas nuevas para mí había encontrado en
aquella breve jornada de mi vida! ¡Con cuánto afán, meditando a solas
y mirándolas al lado, preguntaba a los caminantes si tenían alguna
noticia de lo que me reservaba el Destino! De todas aquellas personas,
ninguna estaba tan enérgicamente fija en mi pensamiento como
Santorcaz, hombre para mí incomprensible y sospechoso, y que empezaba
a inspirarme secreta antipatía, sin que acertara a explicarme por qué.



XX


Al siguiente día hicimos un movimiento por la orilla izquierda, río
arriba, hasta un punto mucho más alto que Menjíbar. Nada entendíamos;
pero Santorcaz, o por petulancia o porque realmente había penetrado la
intención de Reding, nos dijo:

--Nuestro General sabe lo que se hace, y es hombre que conoce la
filosofía de las marchas.

Después de detenernos a orillas del Guadalimas, parte del ejército se
entretuvo en marchas incomprensibles, y empleando en esto más de un
día, nos encontramos de nuevo sobre Menjíbar al anochecer del 18,
punto al cual había llegado horas antes la división del marqués de
Coupigny. Reunidos ambos ejércitos, no hubo allí más parada que la
precisa para recoger las provisiones de que estábamos tan escasos, y
ya muy de noche emprendimos el camino de Bailén. Éramos catorce mil
hombres. Todo anunciaba que íbamos a tener un encuentro formal con el
ejército francés.

Según nuestras noticias, Dupont continuaba en Andújar, reforzado por
la división de Vedel. ¿Habían trabado acción con nuestro tercer cuerpo
y el de reserva, que, pasando el río por Marmolejo, estaban situados
en la orilla derecha? Nosotros creíamos que sí, a menos que Castaños
no aguardase para atacar enérgicamente a que la primera y segunda
división cayeran sobre la espalda del ejército de Dupont, bajando
desde Bailén. ¿Era éste el objeto que nos guiaba en nuestra marcha?
Parecíanos que sí.

Mientras llegaba el momento del drama, lejos de nosotros y en los
flancos del ejército imperial, mil dramáticas peripecias debían
precipitar la catástrofe, irritando paulatinamente al enemigo. Los
cuerpos y columnas de guerrilleros, mandados por D. Juan de la Cruz,
el conde de Valdecañas y el clérigo Argote, se habían desparramado
como enjambre mortífero por los pueblos y caseríos que dominaba el
Cuartel General francés en las primeras estribaciones de la sierra, al
Norte de Andújar. De tal modo perseguían aquellos ardorosos paisanos a
los franceses, y con tanta rapidez se dispersaban para evitar ser
atacados, que a los invasores les era de todo punto imposible estar
tranquilos un solo momento. El poderoso gigante sacudía de una
manotada aquellos moscones venenosos; pero éstos volvían a zumbar en
derredor suyo, le molestaban con sus terribles picaduras, y huían
incólumes, sin temer la espada ni el cañón, pues estas armas no se han
hecho para mosquitos.

No podían los franceses apartarse de su Cuartel General como no fuera
en grandes destacamentos. Frecuentemente iban mil hombres a llenar en
la fuente próxima unas cuantas alcarrazas de agua. Si por acaso salían
a merodear pelotones de poca fuerza, eran despachados por los
guerrilleros en menos que canta un gallo. Antes que consentir que se
apoderasen de una panera, la quemaban; las fuentes eran enturbiadas
con lodo y estiércol, para que no pudieran beber; los molinos,
desmontados y enterradas sus piedras para que no molieran un solo
grano. ¡Ay de aquel francés que se rezagara en las marchas de su
destacamento! Sentíase de improviso asido por mil coléricas manos;
sentíase arrastrado por las mujeres, pellizcado por los chicos y
acuchillado por los hombres, hasta que su existencia se apagaba con
horrible choque en la fría profundidad de un pozo. El invasor no
encontraba asilo en ninguna parte, y forzosamente encerrado en los
límites del Cuartel General, veía conjurados contra sí hombres y
Naturaleza. Por esto, rabioso y desesperado, anhelaba batirse en
función campal, seguro de su destreza y costumbre de guerrear; y
lamentando la estupefacción del General en Jefe, exclamaba: «Demos una
batalla, y, aunque muera la mitad del ejército, la otra mitad
conquistará un charco en que beber y un puñado de trigo seco que
llevar a la boca.»

Habían dejado los franceses en Montoro un destacamento de setenta
hombres para custodiar un molino donde fabricaban con dificultad
harina malísima. El alcalde de aquella villa, donde no había quedado
ni una sola arma de fuego, se atreve, sin embargo, a dar cuenta de los
setenta franceses, para lo cual era preciso despachar primero a los
veinticinco que a todas horas estaban de guardia en el puente. Reúne,
pues, algunos paisanos decididos, y usando la arma blanca, ataca con
furia a la guardia; los veinticinco son exterminados; apodérase de sus
fusiles la valiente cuadrilla, sorprende el resto del destacamento en
la casa donde se albergaba, hace prisioneros a soldados y jefes, y les
manda a la isla de León. El parte en que se notificó este suceso a la
Junta Suprema decía que todo se hizo con las _varas de los harrieros_
(conservo la ortografía del original); pero esto ha de ser una
hipérbole andaluza.

Sintiéndose llamado a mas grandes acciones, D. José de la Torre (que
así se nombraba aquel alcaldito) sale al encuentro de un convoy que
venía de Córdoba, y de los cincuenta y nueve franceses que custodiaban
éste, los cincuenta quedan tendidos en el camino, y los nueve
restantes corren a contar a Dupont lo que ha pasado. Entonces Dupont
envía mil hombres a Montoro con encargo de que incendien el pueblo y
lleven vivo o muerto al alcalde. Arde Montoro, y La Torre, conducido
vivo, va a ser pasado por las armas; pero un general francés, a quien
poco antes había dado hospitalidad, intercede por él; es puesto en
libertad, y aquel _petit caporal_ de las guerrillas marcha a Sevilla y
recibe de la Junta los galones de capitán de ejército.

Pues bien: lo que pasaba en Montoro ocurría en todos los pueblos de la
carretera de Andalucía, desde Córdoba hasta Santa Elena. El gigante
que incendiaba lugares y destrozaba ejércitos no podía dar un paso sin
encontrar un avispero, y frenético con aquel zumbido, envenenado por
los aguijones, maldecía la hora de la invasión. El águila, devorada
por los insectos, graznaba a orillas del Guadalquivir con hambre y
calentura, afilando sus garras en el tronco de los olivos, con el
ansia de que llegara pronto la ocasión de destrozar alguna cosa.



XXI


Cuando entramos en Bailén, ya muy avanzada la noche, nos sorprendió
mucho el no ver ninguna fuerza francesa a la entrada del pueblo para
disputarnos el paso. ¿Adónde habían ido los franceses? ¿Qué les
pasaba, cuando ni por precaución dejaron allí un par de batallones
para guardar punto tan importante? Pronto salimos de dudas, porque de
boca de los habitantes de Bailén, que salieron en masa a recibirnos,
supimos que la división Vedel había pasado por allí en dirección a La
Carolina.

--Nosotros les hacíamos a ustedes en Linares--dijo D. Paco, que
también salió a nuestro encuentro, rebosando de júbilo--. ¡Oh!, Sr.
Conde, niño mío... ¿Está por ventura herido Vuestra Excelencia? Vamos
un rato a casa, donde la Sra. Condesa y las niñas están rezando por el
buen éxito de la guerra. ¿No darán un descanso a las tropas?

Nuestro General había determinado salir en seguida para Andújar; pero
como ocupábamos todo el pueblo, pudimos llegarnos a la casa de
nuestro amo, en cuya sala baja se nos dió un tentempié muy
confortante.

--Es un milagro que podamos daros estos cuantos panes y estas onzas de
chocolate crudo--nos dijo D. Paco al ofrecernos aquellos artículos--.
Los franceses no han dejado nada. ¡Qué horroroso saqueo! Y gracias que
quedamos con vida. ¡Ay!, la Sra. Condesa salió a recibirlos con una
serenidad que me espantó. Yo temblaba, y tuve que esconderme en el
oratorio, porque delante de ellos hubiera perdido la dignidad de mi
carácter. ¡Qué modo de saquear!...; en una palabra, la paja de los
caballos, las gallinas del corral, los huevos, hasta unos tomates que
tenía yo guardaditos en mi escritorio para hacer un gazpachito...,
todo, todo se lo llevaron. El pueblo está muerto de miseria, y yo sé
de mucha gente que hechó la harina en los muladares para que ellos no
se la llevaran. ¿No lo creéis? ¿Pues y el Sr. Salvador, que sacó al
campo los doscientos pellejos de aceite y ciento de vino que tenía en
su cueva, y destapándolos dejó correr aquel precioso caldo hasta que
todo se lo chupó la tierra? Otros hicieron una grande hoguera con los
carros y la paja. Las alhajas de las imágenes y la plata de las
iglesias están todas enterradas, porque esto parece que es lo que más
les abre el ojo a esos señores. Así estaban ellos de rabiosos cuando
vieron que no sacaban de aquí gran cosa. El día 16, después de haber
pasado un gran miedo, gozamos lo indecible cuando les vimos llegar de
la barca de Menjíbar, derrotados y con su General muerto. ¡Cómo
corrían por esas calles, y qué gritos daban, y qué cosas tan atroces
e indecentes echaron por aquellas bocazas! ¡Así se vengaban los muy
perros! ¿Pues qué creéis? Dieron muerte a muchas personas que no les
hacían daño, lo cual creo yo que no se vió en ninguna de las guerras
de Alejandro. Pero también se les molió de firme. Unos cuantos pasaron
por la calle de enfrente hechando bravatas, y detuviéronse en la
puerta de la posada de Gil, donde tenían encendido el horno para cocer
la loza. ¡Ay! Mis francesitos se ponen a decir no sé qué insolencias
obscenas a la mujer de Gil, cuando salen los mozos, me les agarran, y
con morriones y todo..., ¡plaf!..., al horno... Pero ahí viene la
Sra. Condesa, que estaba en el oratorio con las niñas.

En efecto; vimos desfilar gravemente, cubierta de negro manto, a la
señora de la casa, seguida de los dos tiernos pimpollitos de sus
hijas, las cuales arrojáronse llorando en los brazos de su hermano.
Doña María abrazó a su hijo sin perder ni por un instante su solemne y
estirado empaque, y luego saludónos a todos con mucho afecto,
nombrándonos uno por uno. Cuantos componían la cuadrilla estaban
presentes, menos Santorcaz, el cual desde nuestra llegada había pedido
con mucha prisa a D. Paco recado de escribir y puéstose a trazar unas
cartas en el despacho de éste.

La Condesa, después de saludarnos, tomó asiento y dirigió a D. Diego
estas palabras dignas de la Historia:

--Hijo mío, sé todo lo que pasó en la acción del 16, y nadie me ha
dicho que hicieras algo notable. ¿Has tenido miedo?

--¡Miedo!--exclamó el muchacho, riendo--No, señora. He cumplido con mi
deber en las filas, y nada más hasta ahora; pero su merced no se
impaciente, porque aunque no soy más que soldado, espero lucirme.

--¡Nada más que soldado!--dijo la Condesa--. Tú no eres soldado,
aunque así parezca. Cualquiera que sea el puesto que se ocupe, cada
cual debe obrar conforme a su nombre y a la posición que tiene en el
mundo. ¿Qué se diría de ti, de mí, de esta casa, de tu difunto padre,
si en estas guerras no hicieras algo superior a lo que corresponde a
un simple soldado?

--Señora--repuso el mozo con un desenfado que sorprendió a su
familia--, yo haré lo que pueda, y según lo que haga, así seré más o
menos que los demás. Y ya que hablo de esto, señora madre, yo quiero
seguir en el ejército, yo quiero que su merced pida al Rey, ¿qué digo
al Rey?, a la Junta, una bandolera.

--Tú no estás destinado a ser militar sino en esta ocasión suprema, en
que la patria necesita de todos sus hijos, desde el más alto al más
bajo.

--Pero, señora madre, no soy nada y quiero ser algo--insistió el
joven, mostrando una energía que nadie hasta entonces le había
conocido.

--¡Que no eres nada!--exclamó la madre, con sorpresa primero, después
con cólera, y mirándonos a todos como para preguntarnos si su hijo se
había vuelto loco durante la campaña.

--Yo no soy nada, no soy más que un papamoscas--repuso el chico--. ¿De
qué me valen esos papeluchos viejos y esos escudos de armas, si todos
se ríen de mi desde que abro la boca, porque no digo más que
necedades?

La Condesa se puso encendida como la grana, y, sin decir palabra, miró
a D. Paco, el cual, confuso, absorto, aterrado, por lo que acababa de
oír, revolvía sus espantados ojos de un lado para otro.

--Este joven--dijo al fin el ayo--parece que ha perdido el juicio.
Señora, cuando vuelva de cumplir sus deberes de caballero en los
campos de batalla, le haremos que se penetre bien de las máximas
contenidas en la historia de Alejandro el Grande.

Doña María, cuya dignidad no podía consentir que semejante asunto se
tratara delante de personas extrañas, hizo callar a D. Paco, y también
impuso silencio a su hijo con gesto aterrador. Asunción y
Presentación, después de registrar los bolsillos de su hermano,
examinaban las polainas, el sombrero y la charpa, por ver, según
dijeron, si aquellas prendas estaban agujereadas por alguna bala de
cañón.

Pero el D. Diego, sintiendo sin duda en su cabeza un hervidero de
palabras, que atropelladamente se le ocurrían conforme a la repentina
fecundidad de su entender, no pudo estar callado mucho tiempo, y habló
para poner en mayores cuidados a la Sra. de Rumblar. Estábamos, como
he dicho, en una sala baja, donde la Condesa había hecho traer, para
nuestro regalo, un par de zaques, milagrosamente salvados de la
rapacidad francesa. Don Diego, luego que tal vió, volvióse a nosotros,
que permanecíamos respetuosamente detenidos en la puerta, y con gesto
de campechana confianza nos dijo:

--Ea, muchachos, entrad todos aquí ¿Por qué estáis en la puerta? Vaya,
poneos los sombreros, que aquí todos somos iguales, todos somos
compañeros de armas, y lo mismo puede matarme a mí una bala que a
vosotros. Ea, bebamos juntos. ¿Tenéis vergüenza porque soy noble y
mayorazgo, y vosotros unos pobres hambrones? Fuera necedades; que hoy
o mañana las Juntas quitarán todas esas antiguallas, y entonces cada
cual valdrá según lo que tenga y lo que sepa.

Don Paco se puso verde al oír tales despropósitos, y llevándose la
mano al corazón, miró a la Condesa con semblante dolorido y
contristado, como para manifestarle, en la sola elocuencia de una
mirada, que él no había enseñado tales cosas al joven discípulo. Doña
María encerraba su enojo en lo más hondo del pecho, y aunque harto se
le conocían la inquietud y la ira en el furtivo centellear de sus
negros ojos, nada dijo que comprometiera su dignidad, y deseando que
su hijo variase de conversación, le preguntó si había hecho en Córdoba
las visitas a la Sra. Marquesa de Leiva y su sobrina.

--Sí, señora--contestó el rapaz--. Las vi: la Sra. Condesa me dió
muchos dulces, y la Marquesa me preguntó si sabía ayudar a misa. Una y
otra me dijeron que la joven con quien está concertado mi matrimonio
se obstina en no salir del convento, asegurando que antes se casará
con Jesucristo que conmigo. ¡Qué ranciedades, señora madre!--añadió
con nuevo arrebato--. Yo quiero seguir en el ejército, yo quiero ir a
Madrid para tratar a la gente que sabe, y a los filósofos, y leer la
_Enciclopedia_, y ver las sociedades secretas, si las hay para
entonces, y aprender lo que no sé, pues D. Paco no me ha enseñado más
que esa sandez de _Por el barandal del cielo_.

El ayo volvió a mirar compungidamente a la Condesa, pintando en sus
húmedos ojos la persuasión de que no había instruído al mayorazgo en
tales iniquidades, y D.ª María reprendió a su hijo con majestad
verdaderamente regia, diciéndole con pausa y aplomo estas amargas
palabras:

--Hijo mío, recordarás que te entregué una espada que fué de tus
abuelos. Honra da al que la ciñe ese acero antiguo; pero también ella
la recibe de las manos de su poseedor, si éste es persona que sabe
adquirirla en los campos de batalla. ¿Deshonrarás tú esa espada que
llevó el tatarabuelo de tu padre en el sitio de Maestrich, cuando
medio mundo se llamaba España?

--¡La espada!--exclamó el chico con sorpresa--. Ya no me acordaba de
la dichosa espada. Si ya no la tengo.

--¿Que no la tienes?--preguntó D.ª María ton estupefacción.

--No, señora. ¡Si no sirve para nada! Cuando dimos el primer ataque en
Menjíbar, saqué yo mi espadita, y a los primeros golpes que di en unas
hierbas observé que no cortaba.

--¡Que no cortaba!

--No, señora. Era una hoja mellada, llena de garabatos, letreros,
sapos por aquí, culebras por allí, y cubierta de moho desde la punta a
la empuñadura. ¿Para qué me servía? Como no tenía filo, la cambié por
un sable nuevo que me dió un sargento.

--¡Y diste la espada, la espada!...--exclamó la Condesa, levantándose
de su asiento.

La señora estaba sublime en su indignación. Parecía la imagen de la
Historia levantándose de su sepulcro a pedir cuentas a la generación
contemporánea.

--Sí, señora: se la di al sargento--añadió el mozo, sacando de la
vaina un sable nuevo, reluciente y de agudísimo filo--. ¡Si aquello no
servía más que de estorbo! Muy bonita, eso si, toda llena de dibujos
de plata y oro; pero, señora madre, si no cortaba..., si estaba llena
de orín... Vea usted este sable: no tiene letrero, ni cabecitas, ni
garrapatos, ni nada; pero corta que es un gusto.

Observamos que la Condesa dió un paso hacia su hijo; que su semblante
hermoso y venerable se contrajo, desfigurado por la ira; que extendió
sus brazos; que comenzó a balbucir con locución atropellada, cual si
su indignada lengua no acertara a encontrar una palabra bastante dura,
bastante enérgica para tal situación; la vimos después llevarse ambas
manos a la cabeza, retroceder, vacilar, apoyarse en el hombro de D.
Paco, y por último, reponerse, erguirse, serenarse, mirar a su hijo
con desdén, señalar a la calle, donde de improviso empezaba a oírse
fuerte redoblar de tambores, y decir:

--El ejército se va. Marcha, corre. Cuando se acabe la guerra,
ajustaremos cuentas. Si eres valiente y vuelves vivo, a palmetazos te
enseñaré a respetar tu nombre. Pero si eres cobarde, no vuelvas acá.

Salimos a toda prisa, y montando en nuestras cabalgaduras, ocupamos
las filas. Al punto se nos unió Santorcaz. Don Paco no quiso salir a
despedirnos, porque estaba traspasado de dolor, al ver--según dijo
después--cómo en una semana se torciera, al soplo de las malas
compañías, el derecho arbolito criado con tanto esmero en el apacible
huerto de sus lecciones.

Las dos señoritas salieron a las ventanas, y nos despedían agitando
los mismos pañuelos con que secaban sus lágrimas. Ninguna de las dos,
ni la destinada al matrimonio, que era, por tanto, ignorante, ni la
consagrada al claustro, que era ya medio doctora, habían entendido la
conversación que acabo de referir.

Las pobrecillas veían desaparecer un mundo y nacer otro nuevo sin
darse cuenta de ello.



XXII


Era la madrugada cuando las columnas de vanguardia comenzaron a salir
de Bailén. Mi regimiento debía salir de los últimos, y mientras se
pusieron en movimiento la artillería y los cuerpos de a pie, estuvimos
más de media hora formados a la salida del pueblo, a mano derecha del
camino, esperando la orden de la marcha. Íbamos a Andújar, resueltos a
tomar la ofensiva contra el ejército francés, que al mismo tiempo
debía ser atacado por Castaños, del lado de Marmolejo. ¿Y la división
de Vedel, cuyos movimientos eran la clave de aquel problema
estratégico? La división de Vedel estaba en Andújar el día 16, cuando
ocurrió la acción de Menjíbar, que antes he descrito. Al saber Dupont
la derrota de Ligier-Belair y la muerte de Gobert, dispuso que Vedel
marchase sobre Bailén, con intención de seguirle él al día siguiente.

Mientras éste iba sobre Andújar, Ligier-Belair, al vernos retirar y
pasar el río, creyó que las tropas de Reding, unidas con las de
Coupigny, intentaban extenderse cautelosamente por la orilla
izquierda, río arriba, tomando el camino de Linares a Guarromán, para
ocupar luego La Carolina y cortar el paso de la sierra. Persuadido de
esto, y sin hacer averiguaciones, emprendió la marcha hacia el Norte,
creyendo anticiparse a lo que creía un rasgo de ingenio estratégico
del general Reding. Llega Vedel a Bailén creyendo encontrarnos, y los
franceses que quedaron allí le dicen: «Quía, los _insurgentes_ han
repasado el río y van por Linares a ocupar el paso de la sierra; pero
el general Ligier-Belair, que ha comprendido el juego, ha marchado en
seguida a ocupar La Carolina, de modo que cuando lleguen los
españoles, creyendo haber hecho un movimiento de primer orden, se lo
encontrarán allí.» Vedel oye esto y dice: «Han ido a cortar el paso de
la sierra para impedirnos la retirada y matarnos aquí de hambre y sed.
Pues corramos a La Carolina. Vamos; en marcha.» Manda un emisario a
Dupont, diciéndole: «Sr. General en Jefe, los _insurgentes_ han ido a
cortar el paso de la sierra. Corro a La Carolina; venga usted tras mí,
y acabaremos con ellos.»

Esto pasaba en los días 17 y 18. En tanto, los _insurgentes_,
replegados a la orilla izquierda, como he dicho, fingíamos un
movimiento hacia Linares; pero en cuanto cerró la noche, los
_insurgentes_ caminamos a marchas forzadas hacia Bailén. Por eso en
este pueblo nos decían: «Por aquí pasó Vedel esta mañana en dirección
a La Carolina, para impedirles a ustedes que cortasen el paso de la
sierra. ¿No ibais hacia Linares?»

No; nosotros íbamos a Andújar, con objeto de atacar a Dupont. Por
causa de los torpísimos movimientos de los generales franceses, una
gran parte de la fuerza imperial corría hacia la sierra, buscando un
fantasma. Los _insurgentes_, a quien ellos suponían en marcha hacia La
Carolina, estaban en Bailén, en marcha para Andújar. He aquí la
verdadera y exacta situación de las divisiones españolas y francesas
en la noche del 18 al 19 de julio.

Íbamos a luchar con Dupont, sólo con Dupont. Pero ¿y si Vedel,
conociendo a tiempo su error, retrocedía velozmente para caer de
improviso sobre nuestra espalda durante el combate? Esta funesta
probabilidad estaba compensada con el hecho seguro de que el ejército
francés de Andújar tendría que defenderse al mismo tiempo de nosotros
y de la reserva, que le amenazaba del lado de Poniente. De todos
modos, nuestra posición era arriesgada; por lo cual, deseando Reding
cerciorarse de la verdadera distancia a que se hallaba Vedel, había
despachado camino arriba, desde Menjíbar, al teniente de ingenieros D.
José Jiménez, con encargo de averiguarlo.

Este valiente oficial, cuyo nombre no está en la Historia, se disfrazó
de arriero, y en una fatigosa jornada supo desempeñar muy bien su
comisión, volviendo por la noche a decir que Vedel había pasado ya más
allá de La Carolina.

Así andaban las cosas cuando nos preparábamos a salir de Bailén al
amanecer del 19. Pero no lo habíamos previsto todo: no habíamos
previsto que Dupont, muy receloso de aquella ilusoria ocupación de la
sierra por los insurgentes, había levantado su campo en la misma
noche, y silenciosamente, sofocando los ruidos de su tropa, abandonaba
la funesta y para ellos maldita ciudad de Andújar.

Cerca de la madrugada, nuestros jefes disponían las columnas para la
marcha. Si al comienzo de aquella misma noche, que ya se iba a
extinguir, una mirada humana hubiera podido escudriñar desde la altura
de los cielos lo que pasaba en aquella larga faja de sementeras y
olivares que se extiende a la vera de los montes, entre éstos y el
Guadalquivir, habría visto que del obscuro caserío de Andújar se
destacaba cautelosamente, escurriéndose por detrás de las casas, una
hilera de hombres y caballos; que esta hilera se iba alargando por la
carretera en interminable procesión, y serpenteaba con lento paso, sin
ruido y sin luces; habría visto cómo se iba extendiendo la negra raya,
destacándose a ratos sobre la tierra blanquecina, a ratos
confundiéndose con los obscuros olivos, sin dejar de seguir paso a
paso, como si no quisiera ser vista y anhelara apagar en el polvo el
ruido de las cureñas; habría visto que iban delante unos tres mil
hombres de infantería, después un escuadrón de caballos, después seis
cañones, después un número inmenso de carros, tantos, tantos carros,
que ocupaban dos leguas; detrás de los carros nuevos grupos de
infantería y muchos generales; después otros seis cañones, dos
regimientos de coraceros; luego cuatro cañones, y al fin otro grupo de
jefes, seguidos de quinientos hombres de a pie. Esta raya no se
detenía en parte alguna, y avanzaba despacio y con precaución,
custodiando sus dos leguas de convoy. Los hombres que la formaban,
mudos y cabizbajos, presagiando sin duda funestos acontecimientos,
dirían para sí: «Llegaremos a La Carolina, donde ya estará Vedel, y
batiendo a los _insurgentes_, nos abriremos paso por desfiladeros para
abandonar esta tierra maldita, a la cual el Emperador ha tenido la
mala ocurrencia de enviarnos... ¡Oh! ¡Cuándo os veremos, tierras de
la Turenne, del Poitou, de la Charente, de los Vosgos, del Artois, del
Limosin!...»



XXIII


Mientras aguardábamos la salida, nuestras lenguas no estaban ociosas,
y, aunque Marijuán me entretenía por un lado con sus donaires y
chuscadas, por el otro era de tanto interés un diálogo entablado entre
Santorcaz y D. Diego, que a las palabras de éstos dirigí toda mi
atención. No puedo menos de copiarlo íntegro y tal cual lo oí, por si
mis lectores quieren meditar un poco sobre el mismo tema.

--Lo que me indicaba usted hace poco--decía Santorcaz--acerca de que
esa linda joven que se le destina para esposa no quiere salir del
convento, debe tenerle sin cuidado. Esas son gazmoñerías de las
muchachas españolas, que, engañadas por su fantasía, se creen
enamoradas de Jesucristo, cuando lo que sienten es verdadera pasión
por un ideal mundano.

--Y si no quiere salir, que no salga--respondió el joven--. ¡Si yo no
la he visto, si yo no comprendo por qué razón he podido pensar en ella
una sola vez!

--¿Pero la quiere usted?

--Confesaré a usted lo que me pasa. Cuando mi madre me llamó un día, y
después de darme dos palmetazos porque tenía las manos manchadas de
tinta, me dijo que había determinado casarme, sentí mucha alegría, y
al volver a mi cuarto rompí todas las planas de escritura, diciendo a
D. Paco que yo era un hombre y no me daba la gana de obedecerle. A
todas horas pensaba en mi mujercita y en las delicias del matrimonio.
Mi madre escribía cartas y más cartas para concertar mi boda, y cuando
yo le preguntaba con la mayor curiosidad: «Señora madre, ¿cómo va
eso?», me respondía: «Anda a estudiar, mocoso. Ahora, con la novelería
del casamiento no coges un libro en la mano.» Por fin mi mamá, a
fuerza de cartas, lo arregló todo. Cuando fuí a Córdoba, creí que me
la enseñarían; pero aquellas señoras dijéronme que la discreta joven
no quería salir del convento, y, por último, me dieron el medallón que
usted tiene guardado. Después la sobrina me regaló unos dulces, y su
tía un pito para que fuera pitando por las calles, y en mi segunda y
tercera visita pasó lo mismo, excepto que no me dieron más pitos.
Cuando vi el retrato me gustó tanto la niña, que por la calle le iba
dando besos, y por la noche la acosté conmigo en mi cama. Estoy
prendado de ella; mejor dicho, lo estuve estos días atrás, porque ya,
habiendo discurrido sobre la necedad de prendarme de un retrato, me
río de mí mismo y digo: «¡Si de carne y hueso encontraré tantas, a qué
volverme loco por una pintura!»

--Pues no, Sr. D. Diego--dijo Santorcaz--. Puesto que la Sra. Condesa
le escogió a usted esa esposa, sin duda es un gran partido, y usted
debe insistir en casarse con ella.

--¿Si? Pues vaya usted a sacarla del convento--añadió Rumblar--.
Vamos, que, según me dijeron, no hay quien le hable de otro esposo que
Jesucristo.

--Ya lo he dicho: gazmoñerías de las españolas, por lo general mujeres
nerviosas, muy extremadas en sus pasiones, y dispuestas siempre a
confundir en un mismo sentimiento la voluptuosidad y el misticismo.
Cuidado con las monjitas de quince años, que reniegan del siglo y
juran que han de morir de viejas en el claustro. Yo conocí una joven y
linda novicia que tampoco quería tener más esposo que Jesucristo, y
que se ponía furiosa cuando le hablaban de salir del convento, hasta
que un Viernes Santo vió a cierto joven al través de la verja del
coro. A los quince días la hermosa novicia abrió por la noche una de
las rejas del convento y se arrojó a la calle, donde le esperaba su
amante y hoy feliz esposo.

--¡Oh! ¡Bonitísimo suceso!--exclamó con entusiasmo D. Diego--. ¡Cuánto
daría porque a mí me pasase uno semejante!

--¿Ella le ha visto a usted?

--No.

--Pues en cuanto le vea, apuesto a que se apresura a salir por la
puerta, sin exponerse a los peligros de arrojarse por la ventana. Pero
ahora que me ocurre, Sr. D. Diego: si usted, en vez de ser un muchacho
apocadito, educado a la antigua y sencillo como un fraile motilón,
fuera un hombre atrevido, arrojado..., pues..., como somos todos
aquellos que no hemos recibido la educación de Grandes de España; si
usted se echara de una vez fuera del cascarón de huevo en que le ha
empollado la ciencia de D. Paco y los mimos de sus hermanitas, ahora
podríamos lanzarnos a una aventura deliciosa.

--¿Cuál, amigo Santorcaz?

--Mire usted. Después de la batalla, y cuando volvamos a Córdoba,
sacar a esa joven del convento.

--¿Cómo?

--Demonio, ¿cómo se hacen las cosas? ¡Si viera usted! Eso es muy
divertido. ¿Ve usted este rasguño que tengo en la mano derecha? Me lo
hice saltando las tapias de un convento. Son cinco los que escalé, por
trapicheos con otras tantas novicias y monjas. ¡Ay, señor D. Diego de
mi alma! El recuerdo de estas y otras cosillas es lo que le alegra a
uno, cuando se siente ya en las puertas de la triste vejez.

--Hombre, eso me parece muy bonito--dijo D. Diego, saltando sobre la
silla--. Pues yo quiero hacer lo mismo, yo quiero rasguñarme saltando
tapias de convento. Conque diga usted, ¿qué hacemos? ¿Nos entramos de
rondón en el convento, y cogiendo a la monjita me la llevo a mi casa?
Si; y habrá que pegarle un par de sablazos a alguien, y romper
puertas, y apagar luces. Hombre, ¡magnífico! ¡Si dije que usted es el
hombre de las grandes ideas! ¡Qué cosas tan nuevas y tan preciosas me
dice! Estoy entusiasmado, y me parece que antes de venir al ejército
era yo un zoquete. Cabalmente recuerdo que he pensado alguna vez en
eso que usted me dice ahora...; sí..., allá, cuando iba a misa con mi
madre a las Dominicas.

--Estas cosas, D. Diego, son la vida--añadió Santorcaz--; son la
juventud y la alegría.

--¡Soberbia idea! ¿Conque vamos a buscar a esa jovenzuela, mi futura
esposa? ¡Qué preciosa ocurrencia! Verá ella si yo soy hombre que se
deja burlar por niñerías de novicia. Nada, nada: mi esposa tiene que
ser, quiera o no quiera. Pero oiga usted, ¿y si nos descubren los
alguaciles y nos llevan presos?

--Por eso hay que andar con cuidado; pero en ese mismo cuidado, en las
precauciones que es preciso tomar, consiste el mayor gusto de la
empresa. Si no hubiera obstáculos y peligros, no valía la pena de
intentarla.

--Efectivamente; a mí me gustan los peligros, Sr. D. Luis. A mí me
gusta todo aquello que no se sabe adonde va a parar. Siga usted
hablandóme del mismo asunto. ¿Qué precauciones tomaremos?

--¡Oh! Cuando llegue el caso se verá. Yo soy muy corrido en esas
cosas. Ya no estoy para fiestas, es verdad, y por cuenta mía no
intentaría aventuras de esta especie; pero son tan grandes las
disposiciones que descubro en usted para ser hombre a la moderna,
hombre de ideas atrevidas y para echar a un lado las ranciedades y
rutinas de España, que volveré a las andadas y entre los dos haremos
alguna cosa.

--Pero, hombre, ¿cuándo se dará esa batalla, cuándo volveremos a
Córdoba, para enseñarle yo a mi señorita cómo se portan los caballeros
de ideas modernas, que han recibido un desaire de las novias de
Jesucristo? Pero diga usted, Santorcaz: si perdemos la batalla, si nos
matan...

--Todavía no se ha hecho la bala que ha de matarme a mí. Y usted, ¿qué
presentimientos tiene?

--Creo que tampoco he de morir por ahora. ¡Ay! ¡Si me viera usted!,
tengo un fuego dentro de la cabeza... Me hierven aquí tantos
pensamientos nuevos, tantas aventuras, tantos proyectos, que se me
figura he de vivir lo necesario para que sepa el mundo que existe un
D. Diego Afán de Ribera, conde de Rumblar.

--¡Bueno, magnífico! Lo mismo era yo cuando niño. Fuí después a
Francia, donde aprendí muchísimas cosas que aquí ignoraban hasta los
sabios. Al volver he encontrado a esta gente un poco menos atrasada.
Parece que hay aquí cierta disposición a las cosas atrevidas y nuevas.
En Madrid se han fundado varias sociedades secretas.

--¿Para asaltar conventos?

--No, no son sociedades de enamorados. Si algún día se ocupan de
conventos, será para echar fuera a los frailes y vender luego los
edificios...

--Pues yo no los compraría.

--¿Por qué?

--Porque esas casas son de Dios, y el que se las quite se condenará.

--¿Qué es eso de condenarse? Me río de vuestras simplezas. Pues, hijo,
adelantado estáis.

--Vivamos en paz con Dios--dijo D. Diego--. Por eso creo que antes de
robar del convento a mi novia, debemos confesar y comulgar, diciéndole
al Señor que nos perdone lo que vamos a hacer, pues no es más que una
broma para divertirnos, sin que nos mueva la intención de ofenderle.

Santorcaz rompió a reír desahogadamente.

--¿Conque usted es de los que encienden una vela a Dios y otra al
Diablo? Robamos a la muchacha, ¿sí o no?

--Sí, y mil veces sí. Ese proyecto me tiene entusiasmado. Y me
marcharé con ella a Madrid; porque yo quiero ir a Madrid. Dicen que
allí suele haber alborotos. ¡Oh!, ¡cuánto deseo ver un alboroto, un
motín, cualquier cosa de esas en que se grita, se corre, se pega! ¿Ha
visto usted alguno?

--Más de mil.

--Eso debe de ser encantador. Me gustaría a mí verme en un alboroto;
me gustaría gritar con los demás, diciendo: «¡Abajo esto, abajo lo
otro!» ¡Ay! ¡Como me alegraba cuando mi señora madre reñía a D. Paco,
y éste a los criados, y los criados unos con otros! No pudiendo
resistir el alborozo que esto me causaba, iba al corral, ponía
canutillos de pólvora a los gatos, y encerrándolos en un cuarto con
las gallinas, me moría de risa.

Santorcaz, lejos de reír con esta nueva barrabasada de su discípulo,
fijaba la mirada en el horizonte, completamente abstraído de todo, y
meditando sin duda sobre graves asuntos de su propio interés. No sé
cuál será la opinión que el lector forme de las ideas de aquel hombre;
pero no se les habrá ocultado que sus ingeniosas sugestiones
encerraban segundo intento. El atolondrado rapaz, lanzado a las filas
de un ejército sin tener conocimiento del mundo, con viva imaginación,
arrebatado temperamento y ningún criterio; igualmente fascinado por
las ideas buenas y las malas, con tal que fueran nuevas, pues todas
echaban súbita raíz en su feraz cerebro, acogía con júbilo las
lecciones del astuto amigo; y su lenguaje, su nervioso entusiasmo, sus
planes entre abominables e inocentes, todo anunciaba que don Diego se
disponía a cometer en el mundo mil disparates.

Santorcaz, después de permanecer por algunos minutos indiferente a las
preguntas de su discípulo, reanudó la conversación; pero, apenas
comenzada ésta, oímos un tiro, en seguida otro, luego otro y otro.



XXIV


Todos callamos; detuviéronse las columnas que habían comenzado a
marchar, y desde el primero al último soldado prestamos atención al
tiroteo, que sonaba delante de nosotros a la derecha del camino y a
bastante distancia. Corrieron por las filas opiniones contradictorias
respecto a la causa del hecho. Yo me alzaba sobre los estribos,
procurando distinguir algo; pero además de ser la noche obscurísima,
las descargas eran tan lejanas, que no se alcanzaba a ver el fogonazo.

--Nuestras columnas avanzadas--dijo Santorcaz--habrán encontrado algún
destacamento francés que viene a reconocer el camino.

--Ha cesado el fuego--dije yo--. ¿Echamos a andar? Parece que dan
orden de marcha.

--O yo estoy lelo, o la artillería de la vanguardia ha salido del
camino.

Oyóse otra vez el tiroteo, más vivo aún y más cercano, y en la
vanguardia se operaron varios movimientos, cuyas oscilaciones llegaron
hasta nosotros. Sin duda algo grave pasaba, puesto que el ejército
todo se estremeció desde su cabeza hasta su cola. Un largo rato
permanecimos en la mayor ansiedad, pidiéndonos unos a otros noticias
de lo que ocurría; pero en nuestro regimiento no se sabía nada; todos
los generales corrieron hacia la izquierda del camino, y los jefes de
los batallones aguardaban órdenes decisivas del Estado Mayor. Por
último, un oficial que a escape volvía en dirección a la retaguardia,
nos sacó de dudas, confirmando lo que en todo el ejército no era más
que halagüeña sospecha. ¡Los franceses, los franceses venían a nuestro
encuentro! Teníamos enfrente a Dupont con todo su ejército, cuyas
avanzadas principiaban a escaramucear con las nuestras. Cuando
nosotros nos preparábamos a salir para buscarle en Andújar, llegaba él
a Bailén de paso para La Carolina, donde creía encontrarnos. De
improviso unos cuantos tiros les sorprenden a ellos tanto como a
nosotros; detienen el paso; extendemos nosotros la vista con ansiedad
y recelo en la obscura noche; todos ponemos atento el oído, y al fin
nos reconocemos, sin vernos, porque el corazón a unos y otros nos
dice: «Ahí están.»

Cuando no quedó duda de que teníamos enfrente al enemigo, el ejército
se sintió al pronto electrizado por cierto religioso entusiasmo. Vivas
y mueras sonaron en las filas; pero al poco rato todo calló. Los
ejércitos tienen momentos de entusiasmo y momentos de meditación:
nosotros meditábamos.

Sin embargo, no tardó en producirse fuertísimo ruido. Los generales
empezaron a señalar posiciones. Todas las tropas que aún permanecían
en las calles del pueblo, salieron más que de prisa, y la caballería
fué sacada de la carretera por el lado derecho. Corrimos un rato por
terreno de ligera pendiente; bajamos después, volvimos a subir, y al
fin se nos mandó hacer alto. Nada se veía, ni el terreno ni el
enemigo; únicamente distinguíamos desde nuestra posición los
movimientos de la artillería española, que avanzaba por la carretera
con bastante presteza. Entonces sentimos camino abajo, y como a
distancia de tres cuartos de legua, un nuevo tiroteo que cesó al poco
rato, reproduciéndose después a mayor distancia. Las avanzadas
francesas retrocedían y Dupont tomaba posiciones.

--¿Qué hora es?--nos preguntábamos unos a otros, anhelando que un rayo
de sol alumbrase el terreno en que íbamos a combatir.

No veíamos nada, a no ser vagas formas del suelo a lo lejos; y las
manchas de olivos nos parecían gigantes, y las lomas de los cerros el
perfil de un gigantesco convoy. Un accidente noté que prestaba extraña
tristeza a la situación: era el canto de los gallos que a lo lejos se
oía, anunciando la aurora. Jamás escuché un sonido que tan
profundamente me conmoviera como aquella voz de los vigilantes del
hogar desgañitándose por llamar al hombre a la guerra.

Nuevamente se nos hizo cambiar de posición, llevándonos más adelante a
espaldas de una batería, y flanqueados por una columna de tropa de
línea. Gran parte de la caballería fué trasladada al lado izquierdo;
pero a mí, con el regimiento de Farnesio, me tocó permanecer en el ala
derecha.

De repente una granada visitó con estruendo nuestro campo, reventando
hacia la izquierda, por donde estaban los generales. Era como un
saludo de cortesanía entre dos guerreros que se van a matar; un tanteo
de fuerzas, una bravata echada al aire para explorar el ánimo del
contrario. Nuestra artillería, poco amiga de fanfarronadas, calló. Sin
embargo, los franceses, ansiando tomar la ofensiva, con ánimo de
aterrarnos, acometieron a una columna de la vanguardia que se
destacaba para ocupar una altura, y la lóbrega noche se iluminó con
relámpagos, que interrumpiéndose luego, volvieron a encenderse al
poco rato en la misma dirección.

Por último, aquellas tinieblas en que se habían cruzado los
resplandores de los primeros tiros, comenzaron a disiparse;
vislumbramos las recortaduras de los cerros lejanos, de aquel suave,
inmóvil oleaje de tierra, semejante a un mar de fango, petrificado en
el apogeo de sus tempestades; principiamos a distinguir el ondular de
la carretera, blanqueada por su propio polvo, y las masas negras del
ejército, diseminado en columnas y en líneas; empezamos a ver la
azulada masa de los olivares en el fondo y a mano derecha; a la
izquierda las colinas que iban descendiendo hacia el río. Débil y
blanquecina claridad azuló el cielo antes negro. Volviendo atrás
nuestros ojos, vimos la irradiación de la aurora, un resplandor que
surgía detrás de las montañas; y mirándonos después unos a otros, nos
vimos, nos reconocimos, observamos claramente a los de la segunda
fila, a los de la tercera, a los de más allá, y nos encontramos con
las mismas caras del día anterior. La claridad aumentaba por grados;
distinguíamos los rastrojos, las hierbas agostadas, y después las
bayonetas de la infantería, las bocas de los cañones, y a lo lejos las
masas enemigas, moviéndose sin cesar de derecha a izquierda. Volvieron
a cantar los gallos. La luz, única cosa que faltaba para dar la
batalla, había llegado, y con la presencia del gran testigo, todo era
completo.

Ya se podía conocer perfectamente todo el campo. Prestad atención y
sabréis cómo era. El centro de la fuerza española ocupaba la carretera
con la espalda hacia Bailén, de allí poco distante; a la derecha del
camino por nuestra parte se alzaban unas pequeñas lomas que a lo lejos
subían lentamente hasta confundirse con los primeros estribos de la
sierra; a la izquierda también había un cerro; pero éste caía después
en la margen del río Guadiel, casi seco en verano, y que desembocaba
en el Guadalquivir, cerca de Espelúy. Ocupaba el centro, a un lado y
otro del camino, poderosa batería de cañones, apoyada por
considerables fuerzas de infantería; a la izquierda estaba Coupigny
con los regimientos de Bujalance, Ciudad Real, Trujillo, Cuenca,
Zapadores y la caballería de España; a la derecha estábamos, además de
la caballería de Farnesio, los tercios de Tejas, los suizos, los
valones, el regimiento de Órdenes, el de Jaén, Irlanda y voluntarios
de Utrera. Mandábanos el Brigadier D. Pedro Grimarest. Los franceses
ocupaban la carretera por la dirección de Andújar y tenían su
principal punto de apoyo en un espeso olivar situado frente a nuestra
derecha; por consiguiente, servía de resguardo a su ala izquierda.
Asimismo ocupaban los cerros del lado opuesto con numerosa infantería
y un regimiento de coraceros, y a su espalda tenían el arroyo de
Herrumblar, también seco en verano, que habían pasado. Tal era la
situación de los dos ejércitos, cuando la primera luz nos permitió
vernos las caras. Creo que entrambos nos encontramos respectivamente
muy feos.

--¿Qué le parece a usted esta aventura, Sr. D. Diego?--dijo
Santorcaz.

--Estoy entusiasmado--replicó el mozuelo--, y deseo que nos manden
cargar sobre las filas francesas. ¡Y mi señora madre empeñada en que
conservara yo aquella espada vieja sin filo ni punta...!

--¿Está usía sereno?--le preguntó Marijuán.

--Tan sereno que no me cambiaría por el emperador Napoleón--repuso el
Conde--. Yo sé que no puede pasarme nada, porque llevo el escapulario
de la Virgen de Araceli que me dieron mis hermanitas, con lo cual
dicho se está que me puedo poner delante de un cañón. ¿Y usted, Sr. de
Santorcaz, tiene miedo?

--¿Yo?--repuso D. Luis con cierta tristeza--. Ya sabe usted que estuve
en Hollabrünn, en Austerlitz y en Jena.

--Pues entonces...

--Por lo mismo que presencié tan terribles acciones de guerra, tengo
miedo.

--¡Miedo! Pues fuera de la fila. Aquí no se quiere gente medrosa.

--No hay soldado aguerrido--afirmó Santorcaz--que no tenga miedo al
empezar la batalla, por lo mismo que sabe lo que es.

Oído esto, casi todos los bisoños que poco antes reíamos a carcajada
tendida, saludándonos con bravatas y dicharachos, conforme a la
guerrera exaltación que nos poseía, callamos, mirándonos unos a otros,
para cerciorarse cada cual de que no era él solo quien tenía miedo.

--¿Sabéis lo que me ordenó mi señora madre que hiciera al comenzar la
batalla?--indicó Rumblar--. Pues que rezara un Avemaría con toda
devoción. Ha llegado el momento. «Dios te salve, María...»

El mayorazguito continuó en voz baja el Avemaría que había empezado en
alta voz, y todos los de nuestra fila le imitaron, como si aquello en
vez de escuadrón fuera un coro de religioso rezo, y lo más extraño fué
que Santorcaz, poniéndose pálido, cerrando los ojos, y quitándose el
sombrero con humilde gesto, dijo también «Santa María...»

Aún resonaba en el aire la fervorosa invocación, cuando un estruendo
formidable retumbó en las avanzadas de ambos ejércitos. Las columnas
francesas del ala derecha se desplegaron en línea y rompieron el fuego
contra nuestra izquierda.



XXV


No poco tiempo se me ha ido en describir la posición de los
combatientes, la configuración del terreno y el principio del ataque;
pero no necesito advertir que todo esto pasó en menos tiempo del
empleado por mi tarda pluma en contarlo. Nuestras fuerzas no estaban
convenientemente distribuidas cuando tuvo lugar la primera embestida
de los imperiales. Verificada ésta, no podéis figuraros qué
precipitados movimientos hubo en la tropa española. Las de retaguardia
que aún llenaban la carretera, corrían velozmente a sostener la
izquierda; los cañones ocupaban su puesto; todo era atropellarse y
correr, de tal modo, que por un instante pareció que el primer ataque
de los franceses había producido confusión y pánico en las filas de
Coupigny. En tanto, los de la derecha permanecíamos quietos, y los de
a caballo que ocupábamos parte de la altura, podíamos ver
perfectamente los movimientos del combate.

Tras las primeras descargas de las líneas francesas, éstas se
replegaron, y avanzando la artillería disparó varios tiros a bala
rasa. Ponían ellos en ejecución su táctica propia, consistente en
atacar con mucha energía sobre el punto que juzgaban más débil, para
desconcertar al enemigo desde los primeros momentos. Algo de esto
lograron al principio; pero nosotros teníamos excelente artillería, y
disparando también con bala rasa las seis piezas colocadas en la
carretera y a sus flancos, el centro francés se resintió al instante,
y para reforzarle tuvo que replegar su ala derecha, produciendo esto
un pequeño avance en la división de Coupigny. Entretanto, todos
teníamos fija la vista en el otro extremo de la línea y hacia la
carretera, y olvidábamos la espesura del olivar que estaba delante. De
pronto, las columnas ocultas entre los árboles salieron y se
desplegaron, arrojando un diluvio de balas sobre el frente del ala
derecha. Desde entonces, el fuego, corriéndose de un extremo a otro,
se hizo general en el frente de ambos ejércitos. La caballería, brazo
de los momentos terribles, no funcionaba aún y permanecía detrás,
quieta y relinchante, conteniéndose con sus propias riendas.

Pero a pesar de generalizarse la lucha, en aquel primer período de la
batalla todo el interés continuaba, como he dicho, en el ala
izquierda. Atacada por los franceses con valentía pasmosa, nuestros
batallones de línea retrocedieron un momento. Casi parecía que iban a
abandonar su posición al enemigo; pero bien pronto se rehicieron
tomando la ofensiva al amparo de dos bocas de fuego y de la caballería
de España, que cargó a los franceses por el flanco. Vacilaron un tanto
los imperiales de aquella ala, y gran parte de las fuerzas que habían
salido del olivar se transportaron al otro lado. Su artillería hizo
grandes estragos en nuestra gente; mas con tanta intrepidez se lanzó
ésta sobre las lomas que ocupaba el enemigo entre el camino y el río
Guadiel; con tanta bravura y desprecio de la vida afrontaron los
soldados de línea la mortífera bala rasa y las cargas de la caballería
del general Privé, que llegaron a dominar tan fuerte posición.

Antes que esto sucediera, ocurrieron mil lances de esos que ponen a
cada minuto en duda el éxito de una batalla. Se clareaban nuestras
líneas, especialmente las formadas con voluntarios; volvían a verse
compactas y formidables, avanzando como una muralla de carne;
oscilaban después y parecían resbalar por la pendiente cuando las
patas delanteras de los caballos de los coraceros principiaban a
martillar sobre los pechos de nuestros soldados; luego éstos
rechazaban a los animales con sus haces de bayonetas; caían para
levantarse con frenético ardor o no levantarse nunca, hasta que, por
último, el ala francesa se puso en dispersión, replegándose hacia la
carretera.

Mientras esto pasaba, los de la derecha se sostenían a la defensiva, y
el centro cañoneaba para mantener en respeto al enemigo, porque casi
gran parte de la fuerza había acudido a la izquierda; pero una vez que
se oyeron los gritos de júbilo de los soldados de ésta, posesionados
de la altura, antes en poder de los franceses, y cuando se vió a éstos
aglomerarse sobre su centro, dióse orden de avance a las seis piezas
del nuestro, y por un instante el pánico y desorden del enemigo fueron
extraordinarios. Para concertarse de nuevo y formar otra vez sus
columnas tuvieron que retroceder al otro lado del puente del
Herrumblar. Viéndoles en mal estado, se trató de lanzar toda la
caballería en su persecución; pero varias de sus piezas, desmontadas
por nuestras balas, obstruían el camino, también entorpecido con los
espaldones que habían empezado a formar. El sol esparcía ya sus rayos
por el horizonte. Nuestros cuerpos proyectaban en la tierra y hacia
adelante larguísimas sombras negras. Cada animal, con su jinete,
dibujaba en el suelo una caricatura de hombre y caballo, escueta,
enjuta, disparatada, y todo el suelo estaba lleno de aquellas absurdas
legiones de sombras que harían reír a un chico de escuela.

Os reiréis de verme ocupado en tan triviales observaciones; pero así
era, y no tengo por qué ocultarlo. En aquel momento estábamos en una
corta tregua, aunque la cosa no pareciera próxima a concluir. Hasta
entonces sólo habíamos sido atacados por una parte de las fuerzas
enemigas, pues la división de Barbou, algo rezagada, no estaba aún en
el campo francés. Entretanto, y mientras se tomaban disposiciones para
rechazar un segundo ataque, que no sabíamos si sería por la derecha o
por el centro, retiraban los españoles sus heridos, que no eran pocos;
mas no ciertamente en mi división, la cual estuviera hasta entonces a
la defensiva, tiroteándose ambos frentes a alguna distancia. Mi
regimiento permanecía intacto, reservado sin duda para alguna ocasión
solemne.

Los franceses no tardaron en intentar la adquisición del puente
perdido. Su primer ataque fué débil, pero el segundo violentísimo. Oíd
cómo fué el primero. La infantería española, desplegándose en
guerrillas a un lado y a otro del camino, les azotaba con espeso
tiroteo. Lanzaron ellos sus caballos por el puente; mas con tan poca
fortuna, que tras de una pequeña ventaja obtenida por el empuje de
aquella poderosa fuerza, tuvieron que retirarse; pasada la sorpresa,
nuestros infantes les acribillaron a bayonetazos, dejando un
sinnúmero de jinetes en el suelo y otros precipitados por cima de los
pretiles al lecho del arroyo. No tuvimos tan buena suerte en el
segundo ataque, porque renunciando ellos a poner en movimiento la
caballería en lugar angosto, atacaron a la bayoneta con tanta fiereza,
que nuestros regimientos de línea, y aun los valientes valones y
suizos, retrocedieron aterrados. Oí contar en la tarde de aquel mismo
día a un soldado de los tiradores de Utrera, presente en aquel lance,
que los franceses, en su mayor parte militares viejos, cargaron a la
bayoneta con furia sublime, que producía en los nuestros, además del
desastre físico, una gran inferioridad moral. Me dijo que se
espantaron, que en un momento viéronse pequeños, mientras que los
franceses se agrandaban, presentándose como una falange de millones de
hombres; que los vivas al Emperador y los gritos de cólera eran tan
furiosamente pronunciados, que parecían matar también por el solo
efecto del sonido, y que, por último, sintiendo los de acá desfallecer
su entusiasmo y al mismo tiempo un repentino, invencible cariño a la
vida, abandonaron aquel puente mezquino, ardientemente disputado por
dos naciones, y que al fin quedó por Francia. El efecto moral de esta
pérdida fué muy notable entre nosotros. Advirtióse claramente en todo
el ejército como un estremecimiento de inquietud que, partiendo de
aquel gran corazón compuesto de diez y ocho mil corazones, se
transmitía al tembloroso fusil, asido por la indecisa mano.

Entonces pude observar cómo se individualiza un ejército, cómo se hace
de tantos uno solo, resumiendo de un modo milagroso los sentimientos
lo mismo que se resume la fuerza; pude observar cómo aquella gran masa
recibe y transmite las impresiones del combate con la presteza y
uniformidad de un solo sistema nervioso; cómo todos los movimientos
del organismo físico, desde la mano del General en Jefe hasta el casco
del último caballo, obedecen a la alegría de un momento, a la pena de
otro momento, a las angustiosas alternativas que en el discurso de
pocas horas consiente y dispone Dios, espectador no indiferente de
estas barbaridades de los hombres.

La pérdida del puente sobre el Herrumblar, que al amanecer se había
ganado, hizo que el ala derecha retrocediera buscando mejor posición.
Casi todas las posiciones se variaron. Los generales conocían la
inminencia de un ataque terrible, los soldados viejos la preveían, los
bisoños la sospechábamos, y nuestros caballos, reculando y
estrechándose unos contra otros, olían en el espacio, digámoslo así,
la proximidad de una gran carnicería.

Eran las seis de la mañana y el calor principiaba a dejarse sentir con
mucha fuerza. Sentíamos ya en las espaldas aquel fuego que más tarde
había de hacernos el efecto de tener por medula espinal una barra de
metal fundido. No habíamos probado cosa alguna desde la noche
anterior, y una parte del ejército ni aun en la noche anterior había
comido nada. Pero este malestar era insignificante comparado con otro
que desde la mañana principió a atormentarnos: la sed, que todo lo
destruye, alma y cuerpo, infundiendo una rabia inútil para la guerra,
porque no se sacia matando. Es verdad que de Bailén salían en bandadas
multitud de mujeres con cántaros de agua para refrescarnos; pero de
este socorro apenas podía participar una pequeña parte de la tropa,
porque los que estaban en el frente no tenían tiempo para ello. Más de
una vez aquellas valerosas mujeres se expusieron al fuego, penetrando
en los sitios de mayor peligro, y llevando sus alcarrazas a los
artilleros del centro. En los puntos de mayor peligro, y donde era
preciso estar con el arma en el puño constantemente, nos disputábamos
un chorro de agua con atropellada brutalidad: rompíanse los cántaros
al choque de veinte manos que los querían coger, caía el agua al
suelo, y la tierra, más sedienta aún que los hombres, se la chupaba en
un segundo.



XXVI


¿Por qué sitio pensaban atacarnos los franceses? Conociendo que el
centro era inexpugnable por entonces, siendo el principal objeto de
Dupont abrirse camino hacia Bailén, y considerando peligroso
intentarlo por el ala izquierda, no sólo porque allí la posición de
los españoles era excelente, sino porque les ofrecía un gran peligro
la cuenca del Guadiel, determinaron atacar nuestra ala derecha,
esperando abrir en ella un boquete que les diera paso. Su artillería
no cesaba de arrojar bala rasa, protegiendo la formación de las
poderosas columnas que bien pronto debían hostilizarnos. Al punto se
reforzó el ala derecha, se desplegaron en línea varios batallones, y
sin esperar el ataque marcharon hacia el enemigo, amparados por dos
piezas de artillería. El primer momento nos fué favorable. Pero el
olivar vomitó gente y más gente sobre nuestra infantería. Por un
instante confundidas ambas líneas en densa nube de polvo y humo, no se
podía saber cuál llevaba ventaja. Caían los nuestros sobre los
imperiales, y la metralla enemiga les hacía retroceder; avanzaban
ellos, y adquiríamos a nuestra vez momentánea inferioridad.

Por largo tiempo duró este combate, tanto más cruel, cuanto era más
proporcionado el empuje de una y otra parte, hasta que al fin
observamos síntomas de confusión en nuestras filas; vimos que se
quebraban aquellas compactas líneas, que retrocedían sin orden, que
chocaban unos con otros los grupos de soldados. La división se
conmovió toda, y dos batallones de reserva avanzaron para restablecer
el orden. Gritaban los jefes hasta quedarse sin voz, y todos se ponían
a la cabeza de las columnas, conteniendo a los que flaqueaban y
excitando con ardorosas palabras a los más valientes. Los tercios de
Tejas y el regimiento de Órdenes al frente se lanzaron, mientras el
concierto se restablecía en los cuerpos que hasta entonces habían
sostenido el fuego. Sobre todo el regimiento de Órdenes, uno de los
más valientes del ejército, se arrojó sobre el enemigo con una
impavidez que a todos nos dejó conmovidos de entusiasmo. Su coronel,
D. Francisco de Paula Soler, parecía dar fuego a todos los fusiles con
la arrebatadora llama de sus ojos; con el gesto de su mano derecha
empuñando la espada, que parecía un rayo; con sus gritos, que
sobresalían entre el granizado tiroteo, sublimando a los soldados.

De tal modo arreciaron la metralla y la fusilería enemiga, que casi
toda la primera fila del valiente regimiento de Órdenes cayó, cual si
una gigantesca hoz la segara. Pero sobre los cuerpos palpitantes de la
primera fila pasó la segunda, continuando el fuego. Como si los tiros
franceses persiguieran con inteligente saña las charreteras, el
regimiento vió desaparecer a muchos de sus oficiales.

Reforzáronse también los enemigos, y desplegando nueva línea con gente
de reserva, avanzaron a la bayoneta, pujantes, aterradores,
irresistibles. ¡Momento de incomparable horror! Figurábaseme ver a dos
monstruos que se baten, mordiéndose con rabia, igualmente fuertes, y
que hallan en sus heridas, en vez de cansancio y muerte, nueva cólera
para seguir luchando.

Cuando las bayonetas se cruzaban, el campo ocupado por nuestra
infantería se clareó a trozos; sentimos el crujido de poderosas
cureñas, rebotando en el suelo de hoyo en hoyo al arrastre de las
mulas, castigadas sin piedad, los cañones de a 12 enfilaron el eje de
sus ánimas hacia las líneas enemigas; los botes de metralla penetraron
en el bronce; se atacaron con prontitud febril, y un diluvio de puntas
de hierro, hendiendo horizontalmente el aire, contuvo la marcha del
frente francés. A un disparo sucedía otro; la infantería, rehecha,
flanqueaba los cañones, y para completar el acto de desesperación, un
grito resonó en nuestro regimiento. Todos los caballos patalearon,
expresando en su ignoto lenguaje que comprendían la sublimidad del
momento; apretamos con fuerte puño los sables, y medimos la tierra que
se extendía delante de nosotros. La caballería iba a cargar.

Vimos que a todo escape se nos acercó un General, seguido de gran
número de oficiales. Era el marqués de Coupigny, alto, fuerte, rubio,
colorado de suyo, y en aquella ocasión encendido, como si toda su cara
despidiera fuego. Era Coupigny hombre de pocas palabras; pero suplía
su escasez oratoria con la llama de su mirar, que era por sí una
proclama. Nosotros pusimos atención esperando que nos dijera alguna
cosa; pero el General dispuso con un gesto la dirección del
movimiento, y después nos miró. No necesitamos más.

--¡Viva España! ¡Viva el rey Fernando! ¡Mueran los
franceses!--exclamamos todos; y el escuadrón se puso en movimiento.

Estábamos formados en columna, y nos desplegamos en batalla sobre los
costados, bajando a buen paso, pero sin precipitación, de la altura
donde habíamos estado. Maniobramos luego para tener a nuestro frente
el flanco enemigo; las tropas que por allí atacaban dicho flanco
doblaron por cuartas para darnos paso por los claros; el jefe gritó:
«A la carga»; picamos espuela, y ciegamente caímos sobre el enemigo
como repentina avalancha. Yo, lo mismo que Santorcaz, el mayorazgo y
los demás de la partida, íbamos en la segunda fila. Penetraron
impetuosamente los de la primera, acuchillando sin piedad; los
caballos bramaban de furor, sintiéndose heridos a fuego y a hierro.
Algunos caían, dejando morir a sus jinetes, y otros se arrojaban con
más fuerza, destrozando cuanto hallaban bajo sus poderosas manos. Los
de la primera fila hicieron gran destrozo; pero a los de la segunda
nos costó más trabajo, porque avanzando demasiado los delanteros,
quedamos envueltos por la infantería, lo cual atenuaba un poco nuestra
superioridad. Sin embargo, destrozábamos pechos y cráneos sin piedad.

Yo ví a Rumblar, ciego de ira, luchando cuerpo a cuerpo con un
francés; vi a Santorcaz dando pruebas de tener un puño formidable para
el manejo del sable; usélo con toda la destreza que me era posible, y
lo mismo yo que mis amigos y otros muchos jinetes de mi fila nos
internamos locamente por el grueso de la infantería contraria. Otro
escuadrón daba nueva carga por el mismo flanco, lo cual, observado por
nosotros, nos reanimó. No íbamos mal; pero los franceses eran muchos,
estaban muy hechos a tales embestidas, y sabían defenderse bien de la
pesadumbre de los caballos, así como de los sablazos.

Sin embargo, no retrocedían delante de nosotros. Ya se sabe que siendo
el objeto de la caballería producir un gran sacudimiento y pavor en
las filas enemigas por la violencia del primer choque, cuando éste no
da el resultado apetecido, y se empeñan combates parciales entre los
caballos y una numerosa infantería, los primeros corren gran riesgo de
desaparecer, brutales masas, devoradas en aquel hervidero de agilidad
y destreza. Aunque en la carga les causamos gran daño, no les pusimos
en dispersión: los combates parciales se entablaron pronto, y fué
preciso que la caballería de España, a escape traída del ala
izquierda, nos reforzase, para no ser envueltos y perdidos sin
remisión. Hubo un momento en que me vi próximo a la muerte. A mi lado
no había más que dos o tres jinetes, que se hallaban en trance tan
apurado como yo; nos miramos, y comprendiendo que era preciso hacer un
supremo esfuerzo, arremetimos a sablazos con bastante fortuna. Con
esto y el pronto auxilio de la carga hecha en el mismo instante por la
caballería de España, salimos del apuro. Revolviendo atrás, hundí las
espuelas, y mi caballo se puso de un salto en la nueva fila. No vi a
mi lado más cara conocida que la de Marijuán. El Conde y Santorcaz
habían desaparecido.

En el mismo instante mi caballo flaqueó de sus cuartos traseros.
Intenté hacerle avanzar, clavándole impíamente las espuelas; el noble
animal, comprendiendo sin duda la inmensidad de su deber y tratando de
sobreponerle a la agudeza de su dolor, dió algunos botes; pero cayó al
fin, escarbando la tierra con furia. El desgraciado había recibido una
terrible herida en el vientre, y falto de palabra para expresar su
padecimiento, bramaba, aspirando con ansia el aire inflamado, sacudía
el cuello; parecía dar a entender que hallando un charco de agua en
que remojar la lengua, sus dolores serían menos vivos, y al fin se
abandonó a su suerte, tendiéndose sobre el campo, indiferente al ruido
del cañón y al toque de degüello.



XXVII


Viéndome desmontado, me dirigí a buscar un puesto entre las escoltas
de la artillería o en el servicio de municiones, que se hacía
precipitadamente por los tambores entre los carros y las piezas. Al
dar los primeros pasos, advertí el extraordinario decaimiento de mis
fuerzas físicas; no podía tenerme en pie, y el ardor de mi sangre,
llegado a su último extremo, me paralizaba cual si estuviese enfermo.
No es propio decir que hacía calor, porque esta frase, común al verano
de todos los países europeos, es inexpresiva para indicar la espantosa
inflamación de aquella atmósfera de Andalucía en el día infernal que
presenció la batalla de Bailén. El efecto que hacía en nuestros
cuerpos era el de una llamarada que los azotaba por todos lados: la
cara se nos abrasaba como cuando nos asomamos a un horno encendido, y
deshechos en sudor, nuestros cuerpos hervían, descomponiéndose la
economía entera, desde el instante en que fuertes excitaciones del
espíritu dejaban de sostenerla.

Cuando me encontré a pie y a regular distancia del combate, que seguía
con ventaja para los españoles, empecé a sentir vivamente y de un modo
irresistible el aguijón candente de la sed que horadaba mi lengua, y
la corriente de fuego que envolvía mi cuerpo. Esto me daba tal
desesperación, que de prolongarse mucho hubiérame impelido a beber la
sangre de mis propias venas. Por ninguna parte divisaba a la gente del
pueblo que antes trajera cántaros con agua, y al buscar con ansiosa
inspiración en el seco aire una partícula de agua, bebía y respiraba
oleadas de polvo abrasador.

Por un rato perdí toda la exaltación guerrera y el furor patriótico
que antes me dominaban, para no pensar más que en la probabilidad de
beber, previendo las delicias de un sorbo de agua, y anhelando apagar
aquellas ascuas pegajosas que en mi boca revolvía. Con este deseo
caminé largo trecho entre las filas de retaguardia del centro: los
soldados de los regimientos que allí se rehacían para salir de nuevo
al frente, clamaban también pidiendo agua. Vimos con alegría que desde
el pueblo venían corriendo algunos hombres con cubos; pero al punto se
nos dijo que aquella agua no era para nosotros: era para otros
sedientos cuyas bocas necesitaban refrescarse antes que las nuestras
si el combate había de tener buen éxito; era para los cañones.

La resistencia enérgica de las dos piezas del ala derecha, combinadas
con las seis de la batería central, y el auxilio de la caballería
atacando por el flanco la línea enemiga, hizo que ésta fuese
rechazada, a pesar de su frente compacto, de su incomparable bravura.
Los franceses se retiraron, dejándose perseguir y desposicionar por la
infantería y caballos de nuestra derecha. Harto se conocía este
resultado en los gritos de alegría, en aquel concierto de injurias con
que el vencedor confirma la catástrofe del vencido, cuando éste vuelve
la espalda. El sitio donde yo estaba se vió despejado por el avance de
nuestras tropas, y en casi todos los jefes que allí había observé tal
expresión de gozo, que sin duda consideraban asegurada la victoria.
¡Oh, momento feliz! Ya se podía pensar en beber. ¿Pero dónde?

Después del avance de nuestras tropas, que no ocuparon enteramente las
posiciones francesas por ofrecer esto algún peligro, los soldados del
regimiento de Órdenes divisaron una noria, en el momento en que los
franceses, que durante la acción habíanla ocupado, se hallaban en el
caso de abandonarla. Vieron todos aquel lugar como un santuario cuya
conquista era el supremo galardón de la victoria, y se arrojaron sobre
los defensores del agua escasa y corrompida que arrojaban unos
cuantos arcaduces en un estanquillo. Los enemigos, que no querían
desprenderse de aquel tesoro, lo defendían con la rabia del sediento.
Apenas disparados los primeros tiros, otros muchos franceses,
extenuados de fatiga, y encontrándose ya sin fuerzas para combatir si
no les caía del cielo o les brotaba de la tierra una gota de agua,
acudieron a beber, y viéndola tan reciamente disputada, se unieron a
los defensores.

Oí decir: «¡Allí hay agua, allí se están disputando la noria!», y no
necesité más. Lancéme, y conmigo se lanzaron otros en aquella
dirección; tomé del suelo un fusil que aún apretaba en sus manos un
soldado muerto, y corrí con los demás a todo escape en dirección a la
noria. Penetramos en un campo a medio segar, a trechos cubierto de
altos trigos secos, a trechos en rastrojo. La lucha en la noria se
hacía en guerrillas; acerquéme a la que me pareció más floja, y
desprecié la vida, lleno mi espíritu del frenético afán de conquistar
un buche de agua. Aquel imperio, compuesto de dos mal engranadas
ruedas de madera, por las cuales se escurría un miserable lagrimeo de
agua turbia, era para nosotros el imperio del mundo. La hidrofagia,
que a veces amilana, a ratos también convierte al hombre en fiera,
llevándole con sublime ardor a desangrarse por no quemarse.

Los franceses defendían su vaso de agua, y nosotros se lo
disputábamos; pero de improviso sentimos que se duplicaba el calor a
nuestras espaldas. Mirando atrás, vimos que las secas espigas ardían
como yesca, inflamadas por algunos cartuchos caídos por allí, y sus
terribles llamaradas nos freían de lejos la espalda. «O tomar la noria
o morir», pensamos todos. Nos batíamos apoyados contra una hoguera, y
la hambrienta llama, al morder con su diente insaciable en aquel
pasto, extendía alguna de sus lenguas de fuego azotándonos la cara. La
desesperación nos hizo redoblar el esfuerzo, porque nos asábamos,
literalmente hablando; y por último, arrojándonos sobre el enemigo,
resueltos a morir, la gota de agua quedó por España al grito de «¡Viva
Fernando VII!»

Por un momento dejamos de ser soldados, dejamos de ser hombres, para
no ser sino animales. Si cuando sumergimos nuestras bocas en el agua,
hubiera venido un solo francés con un látigo, habríanos azotado, sin
que intentáramos defendernos. Después de emborracharnos en aquel
néctar fangoso, superior al vino de los dioses, nos reconocimos otra
vez en la plenitud de nuestras facultades. ¡Qué Inmensa alegría! ¡Qué
superabundancia de fuerza y de orgullo!

¿Pero habíamos vencido definitivamente a los franceses? Cuando se
disipó aquella lobreguez moral con que la horrible sequedad del cuerpo
había envuelto el espíritu, nos vimos en situación muy difícil.
Corriendo hacia la noria nos habíamos apartado de nuestro campo, y
adviértase que si el ejército francés fué rechazado con grandes
pérdidas, conservaba aún sus posiciones. ¿Iba a emprender nuevo
ataque, con el último esfuerzo de la desesperación? Creíamos que sí,
y señales de esto notamos en el campo enemigo que teníamos tan cerca.
Al punto corrimos desbandados hacia el nuestro, que estaba algo lejos,
y saltando por junto a los trigos incendiados, abandonamos la noria,
por temor a que fuerzas más numerosas que las nuestras nos hicieran
prisioneros.

Verdad que los franceses, no dando ya ninguna importancia a las
acciones parciales, se ocupaban en organizar el resto y lo mejor de su
fuerza para dar un golpe de mano, última estocada del gigante que se
sentía morir. Corrimos, pues, hacia nuestro campo. Ya cerca de él,
pasó rápidamente por delante de mí un caballo sin jinete, arrogante,
vanaglorioso, con la crin al aire, sano y sin heridas, algo azorado y
aturdido. Era un animal de pura casta cordobesa, lo mismo que el mío.
Le seguí, y apoderándome de sus bridas, cuando volvía, me monté en él;
después de ser por un rato soldado de a pie, tornaba a ser jinete.
Busqué con la vista el escuadrón más próximo, y vi que a retaguardia
del centro se formaba en columna con distancias el de España. Entré en
las primeras filas, a punto que dijeron junto a mí.

--Los generales franceses harán el último esfuerzo. Dicen que hay unas
tropas que todavía no han entrado en fuego, y son las mejores que
Napoleón ha traído a España.

Efectivamente, el centro se preparaba a una defensa valerosa, y
guarnecía sus baterías, distribuía los regimientos a un lado y otro,
agrupando a retaguardia fuerzas considerables de caballería. Cuando
esto pasaba, sentí un vivo clamor de la naturaleza dentro de mí, sentí
hambre, pero ¡qué hambre!... Francamente, y sin ruborizarme, digo que
tenía más ganas de comer que de batirme. ¿Y qué? ¿Este miserable hijo
de España no había hecho ya bastante por su Rey y por su patria, para
permitir llevarse a la boca un pedazo de pan?

En estas reflexiones, registré primero la grupa de mi cabalgadura
allegadiza, donde no había más que alguna ropa blanca, y después las
pistoleras, donde encontré un mendrugo. ¡Hallazgo incomparable! No
satisfecho, sin embargo, con tan poca ración, llevé mis exploraciones
hasta lo más profundo de aquellos sacos de cuero, y mis dedos
sintieron el contacto de unos papeles. Saquélos, y vi un pequeño
envoltorio y tres cartas, la una cerrada y las otras dos cubiertas,
todas con sobrescrito. Leí el primer sobre que se me vino a la mano, y
decía así: «Al Sr. D. Luis de Santorcaz, en Madrid, calle de...»

Había montado en el caballo de Santorcaz.



XXVIII


Olvidándome al instante de todo, no pensé más que en examinar bien lo
que tenía en las manos. El sobrescrito de la primera carta que saqué
y que estaba abierta, era de letra femenina, que reconocí al momento.
El de la carta cerrada, que sin duda no estaba ya en la estafeta por
detención involuntaria, era de hombre y decía: «Sra. Condesa de...
(aquí el título de Amaranta), en Córdoba, calle de la Espartería.»
El tercer sobre, también de carta abierta, era de letra de hombre y
dirigido a Santorcaz. Desenvolví en seguida el envoltorio de papeles,
que guardaba un bulto como del tamaño de un duro, y al ver lo que
contenía, una luz vivísima inundó mi alma y sentí dolorosa punzada en
el corazón. Era el retrato de Inés.

Aquella aparición en el campo de batalla, en medio del zumbido de los
cañones y del choque de las armas; la inesperada presencia ante mí de
aquella cara celestial, fielmente reproducida por un buen artista; la
sonrisa iluminada que creí observar sobre la placa, cuando fijé en
ella mis ojos; aquella repentina visita, pues no era otra cosa, de mi
fiel amiga, cuando yo hacía tan vivos esfuerzos para ser digno de
ella, me regocijaron de un modo inexplicable. Para iluminar los rasgos
y colores de aquel retrato que sonreía, valía la pena de que saliese
el sol, de que existiese el mundo, de que la serie del tiempo trajera
aquel día, aunque deslustrado por los horrores de una batalla.

Estreché a la Inés de dos pulgadas contra mi corazón y la guardé en mi
pecho, resuelto a no darla, aunque la materialidad del pedazo de cobre
pintado no me pertenecía. Mas era preciso leer aquellos papeles, que
podían esclarecer alguna de mis dudas. Detúvome al principio la
vergüenza de leer cartas ajenas, lo cual es cosa fea; pero consideré
que Santorcaz habría muerto, fundándome en la dispersión de su caballo
abandonado, y además, como la curiosidad me picaba, me escocía, me
quemaba de un modo muy vivo, decidíme a leer la carta abierta, porque
el deseo de hacerlo era más fuerte que todas las consideraciones.

Yo estaba completamente absorto en aquel asunto de interés íntimo; yo
no atendía a la batalla; yo no hacía caso de los cañonazos; yo no me
fijaba en los gritos; yo no apartaba del papel los ojos, aunque sentía
correr por junto a mis oídos el estrepitoso aliento de la lucha. En
aquel instante, entre los veinte mil hombres que, formando dos grandes
conjuntos, se disputaban unas cuantas varas de terreno, yo era quizás
el único que merecía el nombre de individuo. Átomo disgregado
momentáneamente de la masa, se ocupaba de sus propias batallas.

La carta abierta, que llevaba la firma de Amaranta, decía así, después
de las fórmulas de encabezamiento:

«¿Eres un malvado o un desgraciado? En verdad no sé qué creer, pues de
tu conducta todo puede deducirse. Después de una ausencia de muchos
años, durante los cuales nadie ha logrado traerte al buen camino,
ahora vuelves a España sin más objeto que hostigarme con pretensiones
absurdas a que mi dignidad no me permite acceder. Harto he hecho por
tí, y ahora mismo, cuando me has manifestado tu situación, te he
propuesto un medio decoroso de remediarla. ¿Qué más puedo hacer? Pero
no te satisface lo que en la actualidad y siempre bastaría a calmar la
ambición de un hombre menos degradado que tú; te rebelas contra mis
beneficios, y aspiras a más, amenazándome sin miramiento alguno. A
todo eso contesto diciéndote que desprecio tus amenazas, y que no las
temo. No; no es posible que por la amenaza consiga nadie de mí lo que
me impelen a negar mi dignidad, mi categoría, mi familia y mi nombre.
Nunca creí que aspiraras a tanto, y siempre pensé que te conceptuarías
muy feliz con lo que otras veces has alcanzado de mí, y hoy te
ofrezco, haciendo un verdadero sacrificio, porque el estado del reino
ha disminuido nuestras rentas...»

Al llegar aquí, el golpe de un peso que cayó, chocando con mi rodilla,
me hizo levantar la vista de la carta. El soldado que formaba junto a
mí, herido mortalmente por una bala perdida, había rodado al suelo. En
aquel intervalo vi hacia el frente, envueltas en espeso humo, las
columnas francesas que venían a atacar el centro. Pero mi ánimo no
estaba para fijar la atención en aquello. Pude notar que la caballería
avanzaba un poco, pero después retrocedía y oscilaba de flanco; pero
dejándome llevar por el caballo, con los ojos fijos en el papel, que
sostenía a la altura de las riendas, no puse ni un desperdicio de
voluntad en aquellos movimientos de la máquina en que estaba
engranado. La carta continuaba así:

«...En vano para conmoverme finges gran interés por aquel ser
desgraciado que vino al mundo como testimonio vivo de la funesta
alucinación y del fatal error de su madre. ¿A qué ese sentimiento
tardío? ¿A qué acusarme de su abandono? No, esa niña no existe; te han
engañado los que te han dicho que yo la he recogido. Mal podría
recogerla cuando ya es un hecho evidente que Dios se la llevó de este
mundo. ¿A qué conduce el amenazarme con ella, haciéndola instrumento
de tus malas artes para conmigo? No pienses en esto. Por última vez te
aconsejo que desistas de tus locas pretensiones, y te presentes ante
mí con bandera de paz. ¿Eres un malvado o un desgraciado? Yo sería muy
feliz si me probaras lo segundo, porque uno de mis mayores tormentos
consiste en suponer tan profundamente corrompido el corazón que hace
años sólo existía para amarme...»

Con esto y la firma de Amaranta terminaba la epístola, cuya lectura,
absorbiendo mi atención, me distraía de la batalla. El fragor de ésta
zumbaba en mis oídos como el rumor del mar, a quien generalmente no se
hace caso desde tierra. ¿Es tal vuestra impertinencia que queréis
obligarme a contaros lo que allí pasaba? Pues oíd. Cuando la tropa
francesa de línea retrocedió por tercera vez, extenuada de hambre, de
sed y de cansancio; cuando los soldados que no habían sido heridos se
arrojaban al suelo maldiciendo la guerra, negándose a batirse,
insultando a los oficiales que les llevaran a tan terrible situación,
el General en Jefe reunió la plana mayor, y expuesto en breve consejo
el estado de las cosas, se decidió intentar un último ataque con los
marinos de la guardia imperial, aún intactos, poniéndose a la cabeza
todos los generales.

Por eso cuando, leída la carta, alcé los ojos, vi delante de las
primeras filas de caballería algunas masas de tropa escoltando los
seis cañones de la carretera, cuyo fuego certero y terrible había sido
el nudo gordiano de la batalla. Servidos siempre con destreza y al fin
con exaltación, aquellos seis cañones eran durante unos minutos la
pieza de dos cuartos arrojada por España y Francia, por la usurpación
y la nacionalidad, en un corrillo de veinte mil soldados. ¿Cara o
cruz? ¿Las tomarían los franceses? ¿Se dejarían quitar los españoles
aquellos cañones? ¿Quién podría más, nuestros valientes y hábiles
oficiales de artillería, o los quinientos marinos?

Yo vi a éstos avanzar por la carretera, y entre el denso humo
distinguimos un hombre puesto al frente del valiente batallón y
blandiendo con furia la espada; un hombre de alta estatura, el rostro
desfigurado por la costra de polvo que amasaban los sudores de la
angustia; de uniforme lujoso y destrozado en la garganta y seno, como
si lo hubiera hecho pedazos con las uñas para dar desahogo al oprimido
pecho. Aquella imagen de la desesperación, que tan pronto señalaba la
boca de los cañones como el cielo, indicando a sus soldados un alto
ideal al conducirles a la muerte, era el desgraciado general Dupont,
que había venido a Andalucía seguro de alcanzar el bastón de Mariscal
de Francia. El paseo triunfal de que al partir de Toledo habló, había
tenido aquel tropiezo.

Los repetidos disparos de metralla no detenían a los franceses.
Brillaban los dorados uniformes de los generales puestos al frente, y
tras ellos la hilera de marinos, todos vestidos de azul y con grandes
gorras de pelo, avanzaba sin vacilación. De rato en rato, como si una
manotada gigantesca arrebatase la mitad de la fila, así desaparecían
hombres y hombres. Pero en cada claro asomaba otro soldado azul, y el
frente de columna se rehacía al instante, acercándose imponente y
aterrador. Acelerábase su marcha al hallarse cerca; iban a caer como
legión de invencibles demonios sobre las piezas para clavarlas y
degollar sin piedad a los artilleros.

Los que asistían a aquel espectáculo, sin ser actores de él, estaban
mudos de estupor, con el alma y la vida en suspenso, cual si
aguardaran el resultado de la porfía para dejar de existir o seguir
existiendo. No obstante, ¿creerán mis lectores que algo ocupaba mi
espíritu más de lleno que la última peripecia? Pues sí: yo tenía en mi
mano la carta cerrada, y la curiosidad por leerla no era curiosidad;
era una sed moral más terrible que la sed física que poco antes me
atormentara. Incapaz de resistirla, sintiendo que todo se eclipsaba
ante la inmensidad del interés despertado en mí por los asuntos de dos
o tres personas que no habían de decidir la suerte del mundo, tomé la
carta, la abrí sin reparar en lo vituperable de esta acción, y al
punto la devoré con los ojos, leyendo lo siguiente:

«Señora Condesa: Vuestra carta me anuncia que nada puedo esperar de
vos por los honrados medios que os he propuesto. No me sorprende, y si
en la última que me dirigisteis, dictada sin duda por vuestro propio
corazón, mostrabais bastante generosidad, en ésta reconozco las ideas
de vuestra tía la señora Marquesa, que en otro tiempo os dijo que
antes quería veros muerta que casada con un hombre inferior a vuestra
clase. Preguntáis que si soy un malvado o un desgraciado, y contesto
que ya que os alcanza la responsabilidad de lo segundo, a vos también
os tocará sin duda la triste gloria de lo primero. Esta será la última
que os escriba el que en algún tiempo no hubiera cambiado por todas
las delicias del Paraíso el gozo de leer una letra de vuestra mano.
Quizás por mucho tiempo no oigáis hablar de mí; quizás disfrutéis la
inefable satisfacción de creer que he muerto; pero en la obscuridad y
lejos de vos, yo me ocuparé de lo que me pertenece. ¿Quién es el
culpable, vos o yo? Cuando supe en Madrid que habíais recogido a
nuestra hija después de largo abandono, os prometí legitimarla por
subsiguiente matrimonio, como correspondía a personas honradas.
Primero me contestasteis indecisa, y luego furiosa, rechazando una
proposición que calificabais de absurda, de irreverente, y llamándome
jacobino, francmasón, calavera, perdido, tramposo, con otras injurias
que quisiera oír en tan linda boca. Yo acepto el bofetón de vuestro
orgullo. Lo que no me explico es la desfachatez con que negáis haber
recogido a vuestra hija. ¿Y decís que esto no me importa? Ya veréis
si me importa o no. Yo sé que la habéis recogido; yo sé que está en un
convento; yo sé que su boda con el conde de Rumblar está concertada;
yo sé que para realizarla se han tenido en cuenta poderosos intereses
de ambas familias, que la hacen imprescindible; yo sé que para llevar
a efecto la legitimación se ha consumado una superchería poco digna de
personas como...»

Una conmoción inmensa, un estrépito indescriptible me obligaron a
apartar de la carta mi atención. Los marinos llegaban a la boca de los
cañones, y un combate terrible, en que parecíamos llevar lo mejor, se
había trabado. Esto era sin duda sublime; esto sacaba de quicio y
conmovía el alma en su fundamento; pero ¿no había algo más en el
mundo? Inés, su madre, su padre, su porvenir, su casamiento, y yo con
mi desmedido y leal amor; yo, preguntándome si podría subir hasta
ella, o si era preciso hacerla descender hasta mí... ¡Oh! ésta sí que
era batalla; ésta sí que era lucha, señores. Su campo estaba dentro de
mí, y sus fuerzas terribles chocaban dentro del espacio silencioso de
mi pensamiento. ¿Cómo no atender a ella más que a otra alguna? El
corazón, tirano indiscutible, agrandando inconmensurablemente las
proporciones de mi batalla, habíala hecho mayor que aquella de que tal
vez dependían los destinos del mundo.

Yo vi los marinos próximos ya, muy próximos a nuestros cañones; sentí
gritos de júbilo y de victoria pronunciados en española lengua, y,
aunque todo esto me conmovía mucho, la carta no concluida me quemaba
la mano. Decid que yo era un estúpido egoísta; pero, señores, ¿y la
carta, y aquel _casamiento imprescindible_, y aquella _superchería_
misteriosa?... ¿Se ganaba la batalla? Creo que sí, y la faz de Europa
variaría sin duda. ¿Pero qué me importaba el enojo del Imperio, el
júbilo de Inglaterra, el estupor de Rusia, los preparativos de la
coalición, el descrédito del Grande Ejército?

¿Hemos de sobreponer el interés de los conjuntos lanzados a bárbaras
guerras, al interés del inocente individuo que a solas lucha por el
bien y por el amor? ¿Hemos de sobreponer el interés de la guerra, que
destruye, al del amor, que crea y aumenta y embellece lo creado? Reíos
de mí; pero al mismo tiempo pensad en el modo de probarme que un
corazón ocupa menos espacio en la totalidad del universo que los
quinientos diez millones de kilómetros cuadrados de la pelota de
tierra en que habitamos.

Si es egoísmo, confieso mi egoísmo, y declaro a la faz de mi auditorio
que en el punto en que se eclipsaba la estrella que por diez años
había iluminado la Europa, volví a fijar los ojos en la carta para
continuar leyendo. Si no quieren ustedes enterarse de ello, no se
enteren; pero es mi deber decir que la carta concluía así:

«...una superchería poco digna de personas como vos. Segura estáis, y
con razón, de que nada puedo contra vos. En efecto; yo sé que si algo
intentara, sería vencido. Pobre, sin recursos, sin valimiento, ¿qué
podría contra la justicia, que sólo defiende a los poderosos? Pero mi
hija me pertenece, y si hoy no está en mi poder, os aseguro que lo
estará mañana. Entretanto guardaos vuestro dinero.»

No decía más. Pero cuando acabé de leerla, ¡qué nueva y terrible fase
tomaba la refriega entre los marinos y nuestros soldados! ¡Santo Dios!
¿Perderíase la batalla? Destrozados en el primer ataque los franceses,
lo repetían sacando el último resto de bravura de sus corazones
resecados por el calor, y volvían a la carga resueltos a dejarse hacer
trizas en la boca de los cañones, o tomarlos. Nuestros soldados
sacaban fuerzas de su espíritu, porque en el cuerpo ya no las tenían.
Hasta los artilleros empezaban a desfallecer, y heridos casi todos los
primeros de izquierda y derecha, atacaban los segundos, daban fuego
los terceros, y el servicio de municiones era hecho por paisanos. Los
franceses, medio resucitados con la valentía de los marinos, pudieron
habilitar dos piezas, y desde lejos, y tomando por blanco la masa de
nuestra caballería, disparaban bastantes tiros. Su larga trayectoria,
pasando por encima de la batería española, hería las primeras filas de
mi regimiento. Este se encabritó como si fuera un solo caballo;
chocamos unos con otros, y el espectáculo de dos compañeros muertos
sin combatir nos llenó de terror. Al mismo tiempo oímos decir que
escaseaban las municiones de cañón. ¡Terrible palabra! Si nuestros
cañones llegaban a carecer de pólvora, si en sus almas de bronce se
extinguía aquella indignación artificial, cuyo resoplido conmueve y
trastorna el aire, estremece el suelo y arrasa cuanto encuentra por
delante, bien pronto serían tomados por los valientes marinos, y les
aguardaba el morir inutilizados por el denigrante clavo, fruslería que
destruye un gigante, alfiler que mata a Aquiles.

Esta consideración ponía los pelos de punta. ¿Sucumbiría España? ¿No
le reservaba Dios la gloria de dar el primer golpe en el pedestal del
tirano de Europa?... No, no es posible asistir indiferente al
espectáculo de tan sublime esfuerzo, ¡oh patria!; pero te confieso que
yo rabiaba por conocer al autor de aquella tercera carta que tenía en
mi mano, y cuando sin desatender a tu admirable heroísmo miré la firma
y vi el nombre de _Román_, segundo mayordomo de mi inolvidable ama;
cuando consideré que aquel papel contendría revelaciones importantes,
me dominó de tal modo la curiosidad, que por un instante desapareciste
de mi espíritu, ¡oh hermoso rincón de tierra, destinado más de una vez
a ser equilibrio del mundo! ¡Adiós, España; adiós, Napoleón; adiós,
guerra; adiós, batalla de Bailén! Como borra la esponja del escolar el
problema escrito con tiza en la pizarra, para entregarse al juego, así
se borró todo en mí para no ver más que lo siguiente:

«Sr. D. Luis de Santorcaz: Voy a decirle lo ocurrido. Todo está
resuelto, y por ahora le dan a usted con la puerta en los hocicos. La
Sra. Marquesa de Leiva, al recoger a la señorita Inés, pensó en el
modo de legitimarla. Advierto a usted que desde que la trataron, ambas
la quieren mucho, y se desviven por decidirla a que salga del
convento. Cuando la Sra. Condesa recibió la carta de usted, en que le
proponía la legitimación por subsiguiente matrimonio, mostróla a su
tía, y ésta, furiosa y fuera de sí, preguntó si quería deshonrarse
para siempre siendo esposa de semejante perdido. Lloró un poco la
Condesa, lo cual es indicio de que aún le queda algo de aquel amor; y
por último, después de muchas reconvenciones, convinieron las dos en
no admitirle a usted en su familia por ningún caso. Ya sabe usted que,
según consta en la fundación de este gran mayorazgo, uno de los
principales de España, no habiendo herederos directos, pasa a los de
segundo grado en línea recta, por lo cual ahora correspondería al
primogénito del conde Rumblar. La actual condesa de Rumblar, enterada
de la aparición de una heredera, anunció a mi ama que entablaría un
pleito, y vea usted aquí el motivo de que en casa se haya trabajado
tanto por la legitimación. Por fin, las dos familias acordaron evitar
la ruina de un pleito, y se han puesto de acuerdo sobre esta base:
casar a la Srta. Inés con D. Diego de Rumblar, previa legitimación de
aquélla, por lo que llaman autorización del Rey, con lo cual ambos
derechos se funden en uno solo, evitando cuestiones. En cuanto al
punto más difícil, la Sra. Marquesa lo ha resuelto al fin de un modo
ingenioso y seguro. La niña ha entrado al fin con pie derecho en la
familia. No pudiendo legitimar la madre, porque a ello se oponen las
leyes; no pudiendo aceptarse la fórmula del subsiguiente matrimonio,
ni conviniendo tampoco la adopción, por no dar esto derecho a la
herencia del mayorazgo, se acordó lo que voy a decir a usted, y que
sin duda le llenará de admiración. Este sesgo del asunto tiene para la
familia la ventaja de que mi Sra. la Condesa no pasará ningún
bochorno. La Srta. Inés ha sido reconocida por aquel...»

Un violento golpe arrebató el papel de mis manos. Encabritóse mi
caballo, y al avanzar siguiendo el escuadrón, sentí la estrepitosa
risa de un soldado que decía: «Aquí no se viene a leer cartas.»
Corrimos fuera de la carretera, y todos mis compañeros proferían
exclamaciones de frenética alegría. Vi los cañones inmóviles y delante
una espesa cortina de humo, que al disiparse permitía distinguir los
restos del batallón de marinos. En el frente francés flotaba una
bandera blanca avanzando hacia nuestro frente. La batalla había
concluído.

Nuestros soldados se abrazaban con júbilo. Confundíanse los diversos
regimientos y los paisanos advenedizos con la tropa. La gente del
vecino pueblo de Bailén acudía con cántaros y botijos de agua.
Agrupábanse hombres y mujeres junto a los heridos para recogerlos. Los
caballos recorrían orgullosos la carretera, y los generales,
confundidos con la gente de tropa, demostraban su alegría con tanta
llaneza como ésta. Los gritos de «¡Viva España!, ¡Viva Fernando VII!»
parecían sublime concierto que llenaba el espacio, como antes el ruido
del cañón; y el mundo todo se estremecía con el júbilo de nuestra
victoria y con el desastre de la Francia, primera vacilación del
orgulloso Imperio. En tanto, yo recorría el campamento, miraba al
suelo, miraba las manos de todos, las cureñas de los cañones, los
charcos de sangre, los mil rincones del suelo, junto al cuerpo de un
herido, y bajo la cabeza del caballo moribundo. Marijuán se llegó a mí
con los brazos abiertos y gritó:

--Los vencimos, Gabriel. ¡Viva España y los españoles, y la Virgen del
Pilar, a quien se debe todo! Pero ¿qué buscas, que así miras al suelo?

--Busco un papel que se me ha perdido.



XXIX


--Déjate de papeles--me dijo Marijuán--. ¡Demonios de marinos! ¿Viste
cómo atacaban?

--La hacen hija legitima por autorización real.

--¿Qué estás diciendo? Ya no queda duda que hemos vencido a Napoleón,
y como éste ha vencido a todo el mundo, resulta que nosotros hemos
vencido al mundo entero. ¿Pero, chico, no te vuelves loco? Mira cómo
alzan los brazos, gritando, aquellos generales que vienen por el
llano. ¡Benditas penas, benditos golpes, bendito calor y bendita sed,
puesto que al fin hemos salido vencedores! ¡Viva España!

--De esa manera--le dije yo, pensando en mis guerras--entra a
disfrutar el mayorazgo, casándose con D. Diego, para evitar un litigio
que arruinaría a las dos familias.

--¿Qué hablas ahí muchacho?--exclamó con sorpresa--. Ya sabes que los
franceses se van a entregar todos. ¡Qué vergüenza! ¡Que vuelva
Napoleón a meterse con los españoles! Chico, nos vamos a comer el
mundo, y digo que la Junta de Sevilla es una remilgada si no nos manda
conquistar a París. ¡Viva España!

--Y nuestro amo, ¿dónde está?--pregunté intranquilo--. ¿Qué ha sido
del señorito de Rumblar?

--¡Creo que ha muerto!--me contestó lacónicamente Marijuán, picando
espuelas y alejándose de mí.

Tan estupenda noticia dió nueva dirección a mis alborotados
pensamientos. El aspecto de la refriega interior, que me sacudía el
alma, cambió de improviso y por completo. Todo vino abajo, todo se
puso de otro color, y el mundo fué distinto a mis ojos. Ignoro si en
aquel momento sentí la muerte de mi amo, o si, por el contrario,
desbordado el corruptor egoísmo en mi alma, acepté con regocijo la
desaparición de quien, interponiéndose entre mi ideal y yo, alteraba a
mis ojos el equilibrio del universo, más que Napoleón el de Europa...
En medio del delirio de aquella gran victoria, una de las más
trascendentales que han ocurrido en el mundo, yo permanecía mudo y mi
caballo me transportaba de un lado para otro, según su albedrío. En mi
derredor la efervescencia de aquella patriótica alegría, de aquel
entusiasmo febril, causaba estrepitoso oleaje. Allí la persona humana
había desaparecido, fundiéndose en el hermoso conjunto de la sociedad
o la nación, que era sin duda la que conmovía a la tierra con sus
gritos de gozo. El único que se conservaba aislado y podía llamarse
hombre era el egoísta Gabriel, grano de arena no conglomerado con la
montaña, y que rodaba solo, haciendo por su propia cuenta las
revoluciones establecidas para la armonía del mundo.

«Es preciso averiguar si realmente ha muerto Rumblar... ¿Entrará al
fin Inés en la familia de su madre? ¿La perderé para siempre? ¿Debo
reírme de mi necia y ridícula aspiración? ¿Un hombre como yo puede
subir a tanta altura? ¿La misteriosa obscuridad de los tiempos
venideros ocultará alguna cosa que destruya este nivel espantoso?
¿Puedo esperar o resignarme desde ahora, bendiciendo la mano de la
Providencia que me arroja en el polvo de donde nunca debí intentar
salir?»

Estas preguntas me hacía, cuando un acontecimiento no previsto vino a
alterar repentinamente la situación de las cosas fuera de mí. Corría
el ejército a ocupar sus posiciones; la corneta y el tambor convocaban
a todos los soldados, y gran número de gentes del pueblo, hombres y
mujeres, corrían hacia las calles de Bailén. Nuestros destacamentos
habían divisado las columnas avanzadas del general Vedel, que venía de
Guarromán en auxilio de Dupont, y, a poca distancia ya, un cañonazo
nos anunció la presencia de un nuevo enemigo. ¡Ay! ¡Si Vedel hubiese
llegado un momento antes, poniéndonos entre dos fuegos! Pero Dios,
protector en aquel día de la España oprimida y saqueada, permitió que
Vedel llegase cuando estaba convenida ya la tregua y se había
principiado a negociar la capitulación.

Al instante mandó Reding un oficio al General francés dándole cuenta
de lo ocurrido, y los enemigos se detuvieron más allá de una ermita
que llaman de San Cristóbal, situada a mano izquierda del camino real,
yendo de Bailén a Guarromán. Al poco rato vimos un oficial francés que
llegó al pueblo con un oficio para Reding y otro para Dupont, y como
en el Cuartel General de éste se estaban ya negociando las bases de la
capitulación, nos consideramos seguros de no ser atacados por la parte
alta del camino, a causa de que la acordada suspensión de armas debía
afectar a todas las fuerzas que componían el ejército imperial de
Andalucía.

A pesar de esta confianza, varios regimientos, entre ellos el de
Irlanda y el famosísimo de Órdenes militares, que tanto se había
distinguido en la batalla, ocuparon el camino frente a las tropas de
Vedel, las cuales iban llegando por momentos y tomando posiciones. Mi
regimiento fué colocado en la entrada oriental del pueblo. Sería poco
más de la una cuando los franceses de Vedel, sin aguardar a que les
contestara Dupont, rompieron el fuego contra Irlanda, sorprendiéndoles
con fuerzas considerables. Gran efervescencia y algazara y tumulto en
nuestras filas. Todos querían ir, no a combatir con los franceses,
sino a pasarlos a cuchillo, por violar las leyes de la guerra. Pero
nosotros teníamos, para sojuzgar a los traidores, rehenes preciosos,
cuales eran los restos del ejército de Dupont, que estaban en nuestro
poder, como una víctima maniatada y con la cabeza sobre el tajo.
Durante la confusión que siguió al ataque, algunas tropas acudieron a
cercar el campo francés vencido, y otras corrieron en auxilio de los
regimientos de Irlanda y Órdenes, puestos en gran compromiso.

A pesar de la inferioridad de número y de posición de nuestras tropas,
todo anunciaba que se iba a trabar un combate tan encarnizado como el
primero, y los valerosos paisanos, lo mismo que los soldados de línea,
ardían en generoso anhelo de morir, si era preciso, por rematar con
una épica tarde la mañana gloriosa.

Pero la Providencia, como he dicho, estaba de nuestra parte. Casi
juntamente con los primeros tiros de la embestida de Vedel, sonaron
cañonazos lejanos, que al principio no supimos a qué dirección
referir.

--¿Qué es eso? ¿Hacen fuego por el Herrumblar, o es de la gente de
Menjíbar?--preguntaban allí.

--Es la división de D. Manuel de la Peña, que viene por la Casa del
Rey--contestó uno que a todo escape venía del primer campo de batalla.

La tercera división, enviada al amanecer desde Andújar por Castaños
en seguimiento de Dupont, había llegado, y al enemigo se anunciaba con
disparos de pólvora seca. Aterrado con este nuevo refuerzo, que
aniquilaría los restos del ejército si Vedel al armisticio no se
sometía, Dupont dió enérgicas órdenes para que cesara el fuego de la
división recién venida de Guarromán, y el fuego cesó. Con esto, los
nueve mil hombres de Vedel se sometieron de antemano al pacto que
ajustaba su General en Jefe.

Seguimos, sin embargo, sobre las armas, y las entradas de la villa
continuaron custodiadas por numerosas fuerzas, que se relevaban para
proporcionarnos algún descanso. Cuando me tocó dejar la guardia,
dirigíme a una de las muchas casas del pueblo en que curaban heridos,
para que me pusieran algo en la mano izquierda, donde había recibido
una contusión que, aunque ligera, me escocía bastante. Regresaba luego
a pie en busca de mi puesto, cuando sintiendo una mano en mi hombro,
miré y tuve el gusto de encontrarme cara a cara con D. Paco, el
maestro y ayo de don Diego.

--¿Qué ha sido del niño? ¿Dónde está? No ha venido por casa--me dijo
con tono angustiado y poniéndose pálido.

--Sr. D. Paco--le contesté--, francamente, no sé dónde está el Sr.
Conde, aunque me parece que debe de estar vivo.

--¡Qué miedo, qué pavor! ¡La santa Virgen de Araceli, la de
Fuensanta, la del Pilar y la del Tremedal todas juntas nos favorezcan!
Las piernas me tiemblan, Gabriel, y si mi señor y discípulo no parece,
yo no me atrevo a decírselo a la señora.

--Ya parecerá; yo le vi poco antes de concluir la batalla. Andará por
cualquier lado.

--Es raro que estando sano y salvo no viniese a casa o mandara un
recado. ¿En dónde hay caballería?

--En San Cristóbal, en donde estaba la batería, en la noria; en los
altos de la derecha, en los del Guadiel, hacia el Herrumblar, en
muchas partes. Ya andará el Sr. D. Diego por ahí.

--Dios lo quiera. Voy, corro a buscarle. Dime tú..., ya no harán
fuego, ¿eh? ¿Habrá peligro en andar por aquí? Si quisieras
acompañarme... ¡Diantre con el niño, y si supiera él qué buenas
noticias le traigo, cómo se apresuraría a venir a mi encuentro!

--¿Qué noticias, Sr. D. Francisco? ¿Se pueden saber?--pregunté,
disponiéndome a acompañar al ayo por el campo de batalla.

--¡Noticias estupendas y que le harán saltar de gozo! Esta mañana
recibió la señora un propio de la marquesa de Leiva, anunciando que Su
Excelencia, con la Condesa, con la señorita Inés y el Sr. Marqués,
salen de Córdoba para Madrid, adonde les llama un negocio de mucho
interés para las dos familias.

--El camino no está para viajes, señor D. Paco.

--Vienen por Menjíbar, y anuncian que de esta noche a mañana llegarán
a casa, donde piensan detenerse algunos días, no sólo para tomar
descanso, sino para que ambas familias se conozcan y traten, pues son
ramas que van a injertarse, formando un solo árbol frondoso que eche
profundas raíces en el suelo de la nación, y dé sombra a numerosa,
ilustre prole.

--Sí; ya sé que el señorito se casa...

--¡Ay! ¡Dónde estará ese Juan Enreda de D. Diego!... Sí, se casa. He
visto el retrato de la Srta. Inés, que es un portento de hermosura.
Pues sí; la niña no quería salir del convento, aunque se lo predicaran
frailes teatinos; pero yo no sé: algo pasó allá a principios del mes,
o sin duda la joven, al ver el retrato de don Diego, sintió la flecha
del dios ceguezuelo en su corazón. Lo cierto es que ha pedido salir
del convento con gran regocijo de sus parientes, y ahora marchan todos
a Madrid para las diligencias de la legitimación, porque ya sabes tú
que...

--Sí: yo había entendido que esa joven era hija de la Sra. Condesa.

--¡Calla, deslenguado procaz! ¿Qué has dicho? La Sra. Condesa, prima
de mi señora, ¿había de tener semejantes tapujos? No hay tal cosa,
chiquillo desvergonzado. La señorita Inés es hija de una dama
extranjera que ya no existe y que floreció hace quince años en la
Corte, dando que hablar por sus amores con un célebre caballero de
esta ilustre familia. ¿Sabes quién es el padre de D.ª Inés? Pues no es
otro que ese espejo de los diplomáticos, ese discretísimo hermano de
la Sra. Marquesa de Leiva, el cual ha reconocido a la señorita por
hija suya, y ahora se apresura a legitimarla por autorización real
para que entre en posesión del mayorazgo cuando Dios se sirva llamar a
su seno a la Sra. Marquesa de Leiva.

--¡Qué bien lo han compuesto todo!--exclamé, sin poder contener mi
asombro.

--¿Cómo compuesto? Mi señora me ha participado esta mañana lo que
acabo de decir. ¡Ah! Ese sin par diplomático, que tanta fama tiene en
todas las Cortes de Europa, ha dado una prueba de caballerosidad
poniendo su nombre a ese fruto de sus fogosidades juveniles,
abandonado hasta hoy, y que en lo sucesivo descollará cual arbusto
lozano en el pensil de la sociedad española... ¡Pero ese D. Diego!...
¿En dónde está D. Diego? Hablemos al General en Jefe..., preguntemos a
esos soldados... Digan ustedes, héroes de este día, que se anotará en
los fastos de la Historia con piedra blanca, _albo notanda lapillo_;
oigan ustedes: ¿han visto por casualidad a D. Diego?

Y así iba preguntando a todos, sin que nadie le diese razón.



XXX


Vino la noche. Los franceses, muertos de fatiga y de hambre en su
campamento, aguardaban con anhelo a que la capitulación estuviese
firmada. Los que menos paciencia tenían eran los suizos afiliados en
el ejército imperial, y así que obscureció, empezaron a pasarse a
nuestro campo. Un historiador francés, queriendo atenuar el desastre
de los suyos, ha escrito que la defección ocurrió durante la batalla:
pero esto es falso. Lo peor es que otro historiador, no francés, sino
español, lo ha repetido con lamentable ligereza, faltando así a su
patria y a la verdad, que es superior a todo.

La capitulación iba despaciosamente, porque los parlamentarios se
habían juntado en Andújar, residencia del General en Jefe, y en Bailén
no teníamos noticia de lo que allí pasaba. Temiendo que los enemigos
intentaran escaparse, nuestros generales tomaron acertadas
precauciones, y la artillería ocupó, mecha encendida, los puestos
convenientes. Al mismo tiempo millares de paisanos, discurriendo por
cerros y alturas, hostigaban de tal modo a los franceses, que no les
era posible moverse. Esta vigilancia permitía descansar a una parte
del ejército; y especialmente los heridos, aunque sólo lo fueran muy
levemente, como yo, teníamos libertad para estar en el pueblo, donde
nos ocupábamos en reunir víveres y llevarlos a los del campamento, así
como en acomodar a los heridos graves en las principales casas.

Salía yo de Bailén con un cesto de víveres para unos jefes de
artillería, cuando tropecé con Santorcaz, que volvía seguido de
algunos voluntarios de Utrera y licenciados de Málaga.

--¡Oh, Sr. de Santorcaz!--exclamé con la mayor sorpresa--. ¿Está usted
vivo? Yo le hacía en el otro barrio.

--No, muchacho, vivo estoy--me respondió--. Dios quiere que todavía el
que está dentro de esta camisa dé mucho que hacer en el mundo.

--¿Pero tampoco está usted herido?

--Aquí tengo un par de rasguños; pero esto no es nada para un hombre
como yo. Ya sabes que me han hecho sargento. No vine aquí para ganar
charreteras; pero puesto que me las dan, las tomo.

--Grandes hazañas habrá hecho el señor D. Luis.

--Poca cosa. Caí del caballo, y a pie defendíme rabiosamente contra
tres o cuatro franceses. Reventé a uno, descalabré a otro, y me volví
a nuestro campo con un águila que entregué al marqués de Coupigny. Al
recoger de mis manos la bandera, el General, después de preguntarme si
era licenciado de presidio, me dijo: «Es usted sargento.» ¿Ves? Me han
puesto al frente de este pelotón de buenos muchachos; ¿quieres venirte
con nosotros?

Diciendo esto, señaló a los esclarecidos varones que le seguían, los
cuales, o yo me engaño mucho, o eran la flor y nata de Ibros, Sierra
de Cazorla y Despeñaperros, todos gente de ligerísimas piernas y
manos. Dile las gracias por el ofrecimiento, y seguí mi camino.

--¡Ah! ¿Qué sabe usted de D. Diego?--le pregunté, volviendo atrás.

--Pues qué--dijo, retrocediendo--, ¿no se sabe dónde está D. Diego?
¿Ha muerto? ¿Se ha extraviado? Es preciso averiguarlo. Y di, ¿tú has
visto por casualidad mi caballo? ¿Sabes si alguien lo recogió?

--No sé nada de tal caballo--repliqué, alejándome.

Avanzada la noche regresé a Bailén, donde me causó sorpresa ver una
triste procesión compuesta de tres mujeres vestidas de negro, a las
cuales seguían hasta media docena de hombres, llevando por delante dos
criados con sendos farolillos para alumbrar el camino. Acerquéme y
reconocí a D.ª María, con sus dos hijas, las tres cubiertas con negros
mantones, muy afligidas y llorosas. Digo mal, porque si las dos
muchachas se deshacían en lágrimas, la Sra. Condesa conservaba seco el
rostro, aunque visiblemente alterado, la mirada fija y valerosa y el
andar muy firme. Al instante me presenté a ella, saludándola con el
mayor respeto y ofreciéndole mi ayuda si, como parecía, iban en busca
de D. Diego.

--¿Conque no parece el niño? ¿Cuándo le perdiste de vista durante la
batalla?--me preguntó.

--Señora, desde la gran carga que dimos sobre el ala izquierda de los
franceses dejé de ver a D. Diego.

--Yo creí que estuviera entre los heridos; pero no está. ¿Todos los
muertos han sido recogidos del campo de batalla?

--Sí, señora; sólo quedan los desconocidos, los paisanos que no
estaban afiliados a ningún regimiento.

--Vamos a verlo--dijo con un aplomo, con una firmeza que me
asombraron, pues no suponía tanto valor en alma de mujer.

--Yo acompañaré a usía con mucho gusto.

--¿Y qué tal se ha portado mi hijo?--me preguntó cuando marchábamos
juntos.

--Señora, se ha portado como un héroe; se ha portado como quien es.

--¿Los jefes advirtieron su valor, elogiaron su bizarría, recordando
el linaje de mi hijo?

--Sí, señora; los jefes estaban con la boca abierta presenciando las
hazañas de don Diego--repuse, por halagar el amor propio de la noble
señora, cuyo dolor se atenuaría sabiendo que su vástago había honrado
el nombre de Rumblar.

--¿Y amabais vosotros a mi hijo?

--¡Oh!, sí, señora. ¡D. Diego es tan bueno...! Y nos trata como si
fuéramos todos iguales.

--¡Como si fuerais iguales!--exclamó doña María con ligeras muestras
de enfado.

--No..., vamos al decir...--indiqué corrigiendo mi _lapsus_--. D.
Diego es un caballero, y nosotros unos badulaques..., quiero decir que
nos trataba sin tiranía... ¡Pobre D. Diego! Pero hemos de
encontrarle, señora; D. Diego está sano y salvo. Me lo dice el
corazón.

--Tú eres un buen muchacho. Ayúdanos a buscar a mi hijo y te
recompensaré. Si parece, yo te prometo que serás su paje cuando se
case.

--¡Ah, gracias, señora!, muchas gracias--contesté con viveza.

--Eres modesto. ¿Crees que no mereces este honor? Aunque no lo
merezcas, yo te lo concedo.

Llegamos a un punto en que se distinguía un cuerpo tendido boca abajo
sobre el suelo. Nos estremecimos todos, y Asunción y Presentación se
abrazaron llorando a gritos. La curiosidad luchó un instante en
nosotros con el temor, pues deseábamos acercarnos al cadáver por ver
si era D. Diego, y temíamos llegar a él por si acaso era. Doña María
fué la primera que dió un paso, y la seguimos todos. Aquel cadáver
solitario de un hombre muerto por la patria no había encontrado
todavía ni un pariente, ni un amigo, ni un camarada que se cuidase de
él. No era D. Diego.

La Condesa, después de examinarlo, alzó los ojos al cielo, cruzó las
manos y rezó en voz alta el _Padrenuestro_, a cuya oración contestamos
todos muy devotamente con _El pan nuestro..._

Seguimos andando, y en otro sitio encontramos algunos cadáveres, que
D.ª María, con heroísmo sobrenatural, examinaba cara a cara hasta
convencerse de que su hijo no estaba allí. Si nos acontecía llegar en
el momento de abrir a alguno la sepultura, todos echábamos un puñado
de tierra en la fosa del patriota, que bien pronto desaparecía en la
vasta superficie del campo, no quedando huella ni marca alguna en el
suelo, como no queda noticia del heroísmo individual en la Historia.

Nuestras pesquisas por todo el campamento no dieron resultado alguno.
Las dos hermanitas no podían tenerse en pie, ni cesaban de rezar en
castellano y en latín, recitando con fervorosa declamación cuantas
oraciones sabían. Tales eran la confusión y anonadamiento de D. Paco,
que más de una vez se cayó al suelo. Sólo D.ª María conservaba una
entereza heroica y casi bárbara, que hacía creer en la superioridad
del temple moral de algunos linajes sobre el plebeyo vulgo. No en vano
tenía aquella señora por su línea materna la sangre de Guzmán el
Bueno.

Era muy tarde cuando volvimos a la casa. Mientras reinaba en ella la
desolación, ni una lágrima brotó de los ojos de D.ª María.

--Si Dios ha querido disponer de la vida de mi hijo--declaró,
sentándose en el clásico sillón de cuero--, concédame al menos el
consuelo de saber que ha muerto con honor.

--Don Diego ha de parecer, señora--dije yo, conmovido--. Si hubiera
muerto, ¿no habríamos encontrado su cuerpo?

Esta razón devolvió a D. Paco su perdida fuerza dialéctica, y habló
así:

--¿Pero no hubo también un pequeño combate allá donde estaba Vedel?
¡Quién sabe si cogerían prisionero al niño!

--Los prisioneros fueron devueltos esta tarde por orden de
Dupont--afirmó D.ª María.

--¿Y si el niño estaba herido y le metieron en el hospital francés?...

--Yo he de averiguarlo, señora--exclamé--. Mañana mismo pediremos un
salvoconducto para ir al campo enemigo. Me parece que allí le
encontraremos.

--Ya sabes que te he prometido una gran recompensa. Si haces lo que
dices y encuentras a mi hijo y le traes--me dijo la de Rumblar--la
recompensa será aún mayor. Dios dispone de todo, y las glorias de la
tierra son a veces trocadas en miseria, en tristeza, en nada, por su
mano poderosa. Si mi hijo no parece, ¿qué soy, qué me queda, qué resta
a mi casa y a mi nombre? Dios habrá decidido que todo perezca, y que
las grandezas de ayer sean hoy ruinas, donde nos ocultemos para
llorar. ¿La victoria se había de alcanzar sin desgracias? Napoleón es
vencido en España, y ante la salvación de nuestro país, ¿qué significa
una vida, por noble que sea? ¿Qué una familia, por grande que sea su
lustre?

El enérgico tesón de aquella mujer de acero me llenó de asombro.
Después continuó así:

--Yo creí que éste sería un día de júbilo en mi casa. Después de la
victoria alcanzada, hubiéramos sido muy felices teniendo aquí a mi
hijo, y recibiendo a la prometida esposa que con mis primas debe de
llegar aquí esta noche... ¿No ha llegado? Cuide usted, D. Paco, de
que nada les falte. ¿Está todo preparado, las camas, la cena, las
habitaciones? Niñas, ¿qué hacéis ahí mano sobre mano?

Asunción y Presentación lloraron con más fuerza al oírse nombrar por
su madre. Parecióme que ésta también comenzaba a sentir vacilante su
varonil espíritu, y que apagándose la llama de sus ojos, se desmayaban
sus enérgicos brazos, cayendo con desaliento sobre los del sillón.
Pero sin duda no quería perder su dignidad de gran señora delante de
nosotros, y mandándonos salir a todos, a sus hijas, a D. Paco, a los
criados y a mí, se quedó sola.

Un rato después sentí ruido de coches y mulas en la calle; luego una
gran algazara en el patio, y al oír esto dióme un gran vuelco el
corazón. Escondido tras uno de los pilares vi descender de los coches
y subir pausadamente a las personas que eran esperadas, y al mirar al
diplomático, que cargaba en sus brazos a una mujer para bajarla del
carruaje, reconocí a la monjita de Córdoba.

Temía yo ser visto de Amaranta; pero como ésta y su tía habíanse
adelantado y estaban ya arriba, me aventuré a seguir al diplomático,
que subió detrás de todos con Inés, sosteniéndola por la cintura.
Delante iban los criados con hachas, detrás yo solo. Inés se envolvía
con un gran manto, chal o cabriolé que tenía larguísimos flecos en sus
orillas. Subíamos lentamente, ellos delante, yo detrás, y aquellos
menudos hilos de seda, pendientes de la espalda y de la cintura de
Inés, flotaban delante de mis ojos. Como quien llega a la puerta del
Cielo y tira del cordón de la campanilla para que le abran, así cogí
yo entre mis dedos uno de aquellos cordoncitos rojos y tiré
suavemente. Inés volvió la cabeza y me vió.



XXXI


Una vez arriba, el ayo informó a los viajeros de lo que ocurría, y
pasando adentro las tres señoras, el diplomático se quedó con don Paco
en el comedor.

--Aquí estamos consternados, Sr. D. Felipe--dijo el ayo--. Y si mi amo
no parece, el mundo habrá perdido en el fragor de horripilante batalla
a un joven que prometía ser gran filósofo y que ya era insigne
calígrafo.

--¡Demonio de contrariedad!--dijo el diplomático, sacando su caja de
tabaco y ofreciendo un polvo al ayo, después de tomarlo él--. Lo
siento... A nuestra edad nos gusta tener quien nos suceda y herede
nuestras glorias para desparramar su luz por los venideros siglos. Vea
usted la razón por qué me apresuré a reconocer a mi querida hija...
¡Ah!, Sr. D. Francisco, yo he tenido una juventud muy borrascosa, como
todo el mundo sabe, y hartas noticias tendrá usted de mis aventuras,
pues no había en las Cortes de Europa dama alguna, casada ni soltera,
que no se me rindiese. Después de todo, es una desgracia haber nacido
con tal fuerza de atracción en la persona, señor D. Francisco; tanto,
que todavía..., pero dejemos esto. Ahora no me ocupo más que del
bienestar de mi idolatrada niña. Y a fe que si es cierto que no existe
D. Diego, no por eso se quedará soltera, pues cartas tengo aquí del
príncipe de Lichenstein, del archiduque Carlos Eugenio, del conde de
Schöenbrunn y de otros esclarecidos jóvenes de sangre real
pidiéndomela en matrimonio. Como tengo tantos amigos en las Cortes de
Europa, y en España mismo, pues... ya he sabido que las principales
familias acogidas en Bayona o residentes en Madrid, se disputan la
mano de mi hija. ¿La ha visto usted, Sr. D. Francisco? ¿Ha observado
usted en su cara los rasgos que indican la noble sangre mía y la de
aquella hermosísima cuanto desgraciada señora extranjera...? ¡Oh!, me
enternezco, Sr. D. Francisco... Pero hablemos de otra cosa: cuénteme
usted cómo ha sido esa batalla. ¿Conque hemos ganado? ¿Y hay
capitulación? De modo que he llegado a tiempo. ¡Oh!, Sr. D. Francisco,
temo que hagan un desatino, si no les asisto con mis luces, porque los
militares son tan legos en esto de tratados... Yo traigo un
proyectillo, mediante el cual la Rusia ocupará Despeñaperros, España
pasará a guarnecer las orillas del Don y de la Moscowa, y Prusia...

Cuando me marché, el diplomático continuaba calentando los cascos al
buen preceptor, que le ofreció algunos manjares y vino de Montilla
para reparar sus fuerzas. Al salir de la casa, vi en la puerta de la
calle a varios hombres, no de muy buena facha por cierto, uno de los
cuales llegóse a mí, y tomándome por el brazo, me dijo:

--¿Conoces tú a esa gente que acaba de llegar?

--No, Sr. de Santorcaz--repuse--. No sé qué gente es ésa ni me importa
saberlo.

Apartámonos todos de la casa, y por el camino me dijo otra vez D. Luis
que tendría mucho gusto en verme en las filas de su compañía.

Al día siguiente, que era el 20, nos ocupamos Marijuán y yo en buscar
otra vez a nuestro amo. Uniósenos D. Paco, y el General español
escribió un oficio a Dupont, rogándole que nos permitiera hacer
indagaciones en el campamento francés, para ver si se encontraba allí
a D. Diego, herido o muerto. Visitamos el hospital enemigo, y entre
los heridos no había ningún español, lo cual nos desconsoló
sobremanera. Yo no era el que menos se acongojaba con esta
contrariedad, aunque sabía el casamiento de Inés. ¿Qué significaba
aquel generoso sentimiento mío? ¿Era pura bondad, era puro interés por
la vida del semejante, aunque fuese enemigo, o era un sentimiento
mixto de benevolencia y orgullo, en virtud del cual yo, convencido de
que Inés no amaba sino a mí, quería proporcionarme el gozo de ver a D.
Diego despreciado por ella? Francamente, yo no lo sabía, ni lo sé aún.

Cuando recorrimos el campo francés, pudimos observar la terrible
situación de nuestros enemigos. Los carros de heridos ocupaban una
extensión inmensa, y para sepultar sus tres mil muertos, habían
abierto profundas zanjas, donde los iban arrojando en montón,
cubriéndoles luego con la mortaja común de la tierra. Algunos heridos
de distinción estaban en las Ventas del Rey; pero la mayor parte, como
he dicho, tenían su hospital a lo largo del camino, y allí los
cirujanos no daban paz a la mano para vendar y amputar, salvando de la
muerte a los que podían. Los soldados sanos sufrían los horrores del
hambre, alimentándose muy mal con caldos de cebada y un pan de avena,
que parecía tierra amasada.

Todos anhelaban que se firmase de una vez la capitulación para salir
de tan lastimoso estado; pero la capitulación iba despacio, porque
los generales españoles querían sacar el mejor partido posible de su
triunfo. Según oí decir aquel día, cuando regresamos a Bailén, ya
estaba acordado que se concediese a los franceses el paso de la sierra
para regresar a Madrid, cuando se interceptó un oficio en que el
Lugarteniente general del reino mandaba a Dupont replegarse a la
Mancha. Comprendieron entonces los españoles que conceder a los
franceses lo mismo que querían, era muy desairado para nuestras armas.
Pero aún el día 21 los contratantes del lado francés, generales
Chabert y Marescot, y los del lado español, Castaños y conde de Tilly,
no habían llegado a ponerse de acuerdo sobre las particularidades de
la rendición.

También alcanzamos a ver a lo largo del camino la interminable fila de
carros donde los imperiales llevaban todo lo cogido en Córdoba.
¡Funestas riquezas! Dicen algunos historiadores que si los franceses
no hubieran llevado botín tan valioso, habrían podido salvarse
retirándose por la sierra; pero que el afán de no dejar atrás aquellos
quinientos carros llenos de riquezas les puso en el aprieto de
rendirse, con la esperanza de salvar el convoy. Yo no creo hubieran
podido escapar con carros ni sin ellos, porque allí estábamos nosotros
para impedírselo; pero sea lo que quiera, lo cierto es que Napoleón
dijo algún tiempo después a Savary en Tolosa, hablando de aquel
desastre tan funesto al Imperio: «Más hubiera querido saber su muerte
que su deshonra. No me explico tan indigna cobardía sino por el temor
de comprometer lo que había robado[3]».

No nos atrevimos a volver a la casa con la mala noticia de que el niño
no parecía, y seguimos visitando todos los contornos, para preguntar a
la gente del campo. Don Paco estaba tan fatigado, que no pudiendo dar
un paso más, se arrojó al suelo; pero al fin pudimos reanimarle, y
firmes en nuestra santa empresa, nos dirigimos al campamento de Vedel,
con otro oficio del general Reding. Mas vino la noche, y los
centinelas no nos dejaron pasar, viéndonos por esto obligados a
diferir nuestra expedición para el día siguiente muy temprano. Ni
Marijuán, ni D. Paco, ni yo teníamos esperanza alguna, y
considerábamos al mayorazgo perdido para siempre.

Desde que amaneció corrían voces de que la capitulación estaba
firmada, y más nos lo hacia creer la circunstancia de que varios
oficiales pasaron frecuentemente de un campo a otro, trayendo y
llevando despachos.

No distábamos mucho de la ermita de San Cristóbal, cuando advertimos
gran movimiento en el ejército de Vedel. Apretando el paso hasta que
les tuvimos muy cerca, observamos que camino abajo venía hacia
nosotros un joven saltando y jugando, con aquella volubilidad y
ligereza propia de los chicos al salir de la escuela. A ratos corría
velozmente; luego se detenía, y acercándose a los matorrales sacaba su
sable y la emprendía a cintarazos con un chaparro o una pita; luego
parecía bailar, moviendo brazos y piernas al compás de su propio
canto, y también echaba al aire su sombrero portugués para recogerlo
en la punta del sable.

--¡Qué veo!--exclamó D. Paco con súbita exaltación--. ¿No es aquel
mozalbete el propio D. Diego; no es mi niño querido, la joya de la
casa, la antorcha de los Rumblares?... ¡Eh... D. Dieguito, aquí
estamos..., venid acá!

En efecto; cuando estuvimos cerca, no nos quedó duda de que el mozuelo
bailarín era D. Diego en persona. Nos vió, y al punto vino corriendo
para abrazarnos a todos con mucha alegría.

--Venid acá, venid a mis brazos, esperanza del mundo--exclamó D. Paco,
loco de contento--. ¡Si supiera usted cómo está mamá!... ¡Buen susto
nos ha dado el picaroncillo!... ¿Pero qué ha sido eso, niño? ¿Estaba
usía prisionero?

--Me cogieron prisionero junto a la ermita--dijo D. Diego--. ¿Pero
estás vivo, Gabriel? ¿Y tú también, Marijuán? Yo creí que os habían
matado en aquella furiosa carga. ¿Y Santorcaz?... Pero os contaré lo
que me pasó. Después de la carga, y cuando entró la caballería de
España, quedé a retaguardia del regimiento; se me murió el caballo, y
corrí a las filas del regimiento de Irlanda. Cuando vinimos aquí, nos
cogieron prisioneros los franceses, y yo les dije tantas picardías que
quisieron fusilarme.

--¡Qué horror!--exclamó D. Paco--. Pero veo que es usted un héroe,
¡oh mi niño querido! Creo que la mamá piensa dirigir una exposición a
la Junta para que le den a usted la faja de capitán general.

--Iban a fusilarme--continuó el rapaz--, cuando un oficial francés
tuvo lástima de mí y me salvó la vida. Después lleváronme a sus
tiendas, donde me dieron vino y...

--Vamos, vamos pronto a casa, y allí contará usted todo--dijo D.
Paco--. ¡Qué alegría! Volemos, señores. ¡Cuando la Sra. Condesa sepa
que le hemos encontrado!... ¡Ah! ¿No sabe usted que está ahí su
novia?... ¡Qué guapísima es!... La pobre no cesa de llorar la ausencia
del niño, y si no hubiese usted parecido, creo que la tendríamos que
amortajar. Vamos, vamos al punto.

Corrimos todos a Bailén muy contentos. Al llegar al pueblo, uno de
nosotros propuso anticiparse para anunciar a Dª. María la fausta
nueva; pero no permitió D. Paco que nadie sino él en persona se
encargase de tan dulce comisión, y con sus piernas vacilantes corrió
hasta entrar en la casa, diciendo con desaforados gritos: «¡Ya
pareció, ya pareció!» Cuando nosotros llegamos con el joven, todos
salieron a recibirle, excepto Amaranta, a quien un fuerte dolor de
cabeza retenía en su cuarto. Era de ver cómo los criados, las
hermanitas, y la misma D.ª María, sin poder contener en los límites de
la dignidad su maternal cariño, le abrazaban y besaban a porfía, y uno
le coge, otro le deja, durante un buen rato le estrujaron sin
compasión. Al fin, reuniéndose todos, incluso los huéspedes, en la
sala baja, D. Diego fué solemnemente presentado a su novia. No puedo
olvidar aquella escena que presencié desde la puerta con otros
criados, y voy a referirla.


#Nota a pie de página:#

[3] «Je ne m'explique cette indigne lacheté que par la crainte de
compromettre ce que l'on avait volé» (_Mem_ Duc dé Rovigo, vol. IV.)



XXXII


Inés, confusa y ruborosa, no contestó nada, cuando el diplomático se
fué derecho a ella llevando de la mano a D. Diego, y le dijo:

--Hija mía, aquí tienes al que te destinamos por esposo: mi sobrino,
varón ilustre, a quien veremos general dentro de poco, como siga la
guerra.

--Hijo mío--añadió Dª. María--, las altas prendas de la que va a ser
irremisiblemente tu mujer no necesitan ser ponderadas en esta ocasión,
porque harto las conocemos todos. Ahora, con el trato, se avivará el
inmenso cariño que os profesáis desde hace algunos años, señal
evidente de que Dios tenía ya decidida vuestra unión en sus altos
designios.

--Bonito es el retrato--dijo D. Diego, con un desenfado impropio de la
situación--; pero usted, Inés, lo es más todavía. ¿Y por qué no quería
usted salir del maldito convento? Sin duda las pícaras monjas la
retenían a usted por fuerza, esperando que al profesar les llevara un
buen dote. Pero no; yo juro que estaba decidido a sacar de allí a mi
monjita, y ya discurría el modo de saltar por las tapias de la huerta
y romper rejas y celosías para conseguir mi objeto.

Doña María, al escuchar esto, palideció, y luego las centellas de la
ira brillaron en sus ojos. Pero con disimulo habló de otro asunto,
procurando que el noble concurso y discreto senado olvidara las
palabras del incipiente chico.

--Pero cuéntanos de una vez lo que te ha pasado en el campamento
francés--dijo a don Diego.

--Pues quisieron fusilarme--repuso el mayorazgo, sentándose--. Ya me
tenían puesto de rodillas cuando un oficial mandó suspender la
ejecución.

--¿Y por qué te querían asesinar esos cafres?

--Porque les dije mil perrerías. Después, cuando me llevaron a la
tienda, todos se reían de mí. Luego me dieron vino, obligándome a
beberlo, y yo mientras más bebía más charlaba, diciendo atroces
disparates y frases graciosas, hasta que me quedé como un cuerpo
muerto.

--¿Y no sabes tú--observó D.ª María, sin poder disimular su
indignación--que las personas de buena crianza no beben sino poquito?

--Es verdad; pero aquel vino tenía un saborcillo que me gustaba, y los
franceses se reían mucho conmigo. Todos iban a verme, llamándome _le
petit espagnol_.

--Lo cual quiere decir _el pequeño español_--dijo D. Paco.

--Pero no debió usted dejarse emborrachar, joven--indicó el
diplomático--. Juro que si eso hubiera pasado conmigo, de un sablazo
descalabro a todos los oficiales de la división de Vedel.

Doña María, profundamente indignada, silenciosa, ceñuda, parecía una
sibila de Miguel Ángel.

--Pero si todos aquellos señores me querían mucho...--continuó D.
Diego--. Por la tarde, y luego que desperté de aquel largo sueño, me
dijeron que si sabía yo lidiar un toro. Les dije que sí, y poniéndose
muy contentos, me mandaron que diese al punto una corrida. No quería
yo más para divertirme: así es que, poniendo una silla en lugar de
toro, le capeé, le puse banderillas y le dí muerte con mi sable,
pasándole de parte a parte. ¡Cuánto se rieron aquellos condenados!
Hasta el General acudió a verme.

--Veo que has aprovechado el tiempo en el campamento francés--dijo la
señora madre con tremenda ironía.

--Si no querían dejarme venir. Después me dijeron que les cantase el
jaleo, y lo canté de pie sobre una banqueta. ¡Ave María Purísima!
Hasta los soldados se acercaban a la tienda para oír. Entre los
oficiales había dos que no me dejaban de la mano, y me decían que si
me pasaba al ejército francés me tomarían por ayudante, llevándome a
Francia, a París, y de París a recorrer toda la Europa.

--¡Y no les diste una bofetada!--exclamó D.ª María, clavando sus dedos
en el cuero del sillón.

--¡Quía! Me eché a reír y les dije que ya pensaba ir a Francia con el
Sr. de Santorcaz, que es mi amigo y ha de ser mi maestro cuando me
case.

Esta vez no fué D.ª María la que se estremeció de sorpresa e
indignación: fué la marquesa de Leiva, quien mudando el color y con
absortos ojos miró sucesivamente a su prima, a su primo y al ayo.

--Pero ¿qué está diciendo el niño?--preguntó éste mirando a la
Condesa--. ¿Quién dice que es su maestro y su amigo?

--Cualquiera menos usted--contestó con insolencia el heredero--. ¡Vaya
un maestro, que no sabe enseñar sino mentecatadas y simplezas!

--¡Jesús! Diego, mira lo que hablas...--dijo D.ª María, conteniendo
con grandes esfuerzos los gestos amenazadores, natural expresión de su
ira.

Don Paco se llevó el pañuelo a los ojos para enjugar una lágrima. Inés
a todo atendía discretamente y sin hablar. ¡Ah! Mientras allí la
juzgaban indiferente al peligroso diálogo, ¡qué admirables
observaciones, qué exactos juicios le sugeriría semejante escena! Su
talento y alto criterio dominarían sobre las pasiones, los errores y
las querellas de la histórica familia como el sol inmutable sobre la
volteadora tierra.

Asunción y Presentación, que aguardaban coyuntura para dar expansión
al comprimido gozo de sus almas, hubieran querido reír como su
hermano; pero la seriedad de su madre las tenía mudas de terror.

--Esta predisposición de usted--dijo el Marqués--a visitar las Cortes
europeas me indica que se siente el niño con inclinaciones a la
diplomacia. Hija mía--añadió, dirigiéndose a Inés--, cada vez descubro
más eminentes cualidades en el que te destinamos por esposo, y veo
justificado el amor que desde hace tiempo en silencio le profesas, y
que, en tu delicadeza y castidad, procuras disimular hasta el último
instante.

--¡Ah!, se me olvidaba decir--añadió don Diego, riendo a carcajadas--,
que los franceses me han enseñado a decir algunas palabras en su
lengua.

Y levantándose al punto, hizo profundas reverencias ante Inés,
diciéndole:

--_Ponchú, madama. ¿Cómo la porta vú?_

Asunción y Presentación, después de mirarse una a otra, creyeron que
había llegado el momento de reír, y rieron dando desahogo a sus
oprimidos corazones; pero como D.ª María no desplegó sus labios, las
dos madamitas tuvieron que ponerse serias otra vez.

--¡Oh! ¡_Très bien_!--dijo el diplomático--. Sr. D. Francisco, su
alumno de usted demuestra las luces y copiosa doctrina de tan erudito
maestro.

Hizo D. Paco graciosa reverencia, y su rostro compungido y lloroso se
esclareció con una sonrisa.

Doña María callaba; pero en su pecho rugía la tempestad. Ella y su
prima la de Leiva se miraban de vez en cuando, transmitiéndose una a
otra el fuego de sus iracundos sentimientos.

--Otras muchas palabras sé--continuó el rapaz--, como _Crenom de Dieu,
sacrebleu!_, exclamaciones que se dicen cuando uno esta rabioso, en
vez de ¡_Caracoles! ¡Canastos_!

Doña María se levantó de su asiento... y se volvió a sentar.

--¡Cómo me querían aquellos demonios de franceses! Uno de ellos sabía
español y hablaba a ratos conmigo. Me dijo que los españoles eran muy
valientes y muy honrados; pero que hacían mal en defender a Fernando
VII, porque este Príncipe es un farsantuelo que engañó a su padre y
ahora está engañando a la nación y al Emperador.

Doña María se llevó la mano a los ojos.

--Yo le aseguré que los españoles les echaríamos de España, y él me
contestó que parecía probable, porque la guerra iba tomando mal
aspecto; pero que esto sería un mal para nosotros, porque de venir
otra vez Fernando VII, España seguiría con su mal gobierno y con las
muchas cosas perversas, injustas y anticuadas que hay aquí.

--¡Oh! ¿Y no se le ocurrió a usted la contestación a tan atrevido y
antipatriótico aserto?--preguntó con énfasis el diplomático.

--Yo le dije que aquí pensábamos arreglar todas esas cosas, y quitar
la Santa Inquisición, y los diezmos, y los mayorazgos, como me decía
el Sr. de Santorcaz.

Doña María aferró sus manos a los brazos de la silla como si quisiera
estrujar la madera entre sus dedos.

--Sobre todo los mayorazgos--prosiguió Rumblar--. También le dije al
francés que yo soy mayorazgo, y que después de casado tendré dos
vinculaciones. ¡Como se reía cuando le dije que era Grande de España!
Todos acudían a verme y me volvieron a dar de beber, y me caí otra vez
al suelo, cantando que me las pelaba.

¡Ay! Doña María se llevó las manos a la cabeza; D.ª María cerró los
ojos; D.ª María golpeó el suelo con su pie derecho; D.ª María semejaba
la imponente imagen de la Tradición aplastando la hidra
revolucionaria.

--Esta mañana me preguntaron si yo tenía hermanas guapas. Díjeles que
eran muy bonitas, y ellos me dijeron que vendrían a verlas, y que si
queríamos dárselas para casarse con ellas, puesto que también serían
mayorazgas. Yo les contesté que mayorazgo era el que había nacido
primero.

Y luego, dirigiéndose a sus hermanitas, les dijo:

--Os fastidiasteis, chicas, por haber nacido hembras y después que yo.
Una de ustedes se casará con cualquier pelele, y la otra se meterá en
un conventito a rezar por nosotros los pecadores, a no ser que algún
día vea un galán por la reja, y se enamore, y luego se tire por la
ventana a la calle.

Doña María no podía resistir más. Iba a estallar su furibunda cólera;
pero aún era mayor el caudal de su prudencia que el caudal de su
enojo...; se contuvo y cerró otra vez los ojos, ya que no podía cerrar
los oídos.

--Después--siguió el mancebo--me preguntaron si mis hermanas usaban
navaja, si tocaban la guitarra, si iban a los toros y si yo era
familiar de la Inquisición. ¡Cómo se reían aquellos condenados! Lo
gracioso era que no me dejaban salir de allí, y a cada rato me decían
_so, so, so_.

--_Un sot_--dijo el diplomático--. Pues sospecho que os llamaron
tonto. ¡Oh iniquidad de la nación francesa! ¡Vea usted, Sr. D. Paco,
lo que es un pueblo carcomido por el jacobinismo!... ¿Y no les dió
usted un par de sablazos?

--¡Si me querían mucho...! Ayer me tuvieron toda la noche bailando el
bolero y la cachucha, en medio de un corrillo donde había más de
cuarenta oficiales.

Asunción y Presentación seguían esperando con ansia la ocasión de
reír; pero ésta no llegaba, y consultando el rostro de su madre,
veíanle cada vez más borrascoso. Las dos estaban muertas de miedo.

Don Paco, conociendo que se preparaba un cataclismo, quiso conjurarlo
y dijo a su discípulo:

--Vamos, basta de franceses, D. Diego. Hable usted de otra cosa. Si no
fuera demasiado largo, os mandaría que recitarais aquel capitulo sobre
la batalla del Gránico que os hice aprender de memoria; mas para que
tan escogido concurso, y especialmente este fresco azahar de
Andalucía, vuestra prometida; para que todos, en una palabra, puedan
apreciar la buena pronunciación de usted y su oído cadencioso, échenos
cualquiera de esos romances que sabe..., vamos. Atención, señores.

--El del _Barandal del cielo_--dijo Asunción, respirando con alegría.

--El de los _Santos pechos_--dijo Presentación.

--Vamos, no se haga usted de rogar.

--Pues voy a echarles una canción que me enseñaron los franceses.

--No, nada de franceses.

--Si es muy bonita, aunque a decir verdad, yo no la entiendo.

Y sin esperar más, púsose en pie D. Diego, y accionando como un
cómico, con voz fuerte y exaltado acento, cantó así:

  _Allons, enfants de la patrie,
  le jour de gloire est arrivé!
  Contre nous de la tyrannie
  l'étandart sanglant est levé!_


Asunción y Presentación reían como locas y D.ª María no dijo nada.
Ninguno de la familia había entendido una palabra.

--Es bonita la canción--dijo D. Paco--; pero no la comprendemos.

Entonces el diplomático levantóse ceremoniosa y gravemente, y tomando
un tono de hombre severo habló así:

--¿Sabe usted lo que está cantando? Pues está cantando la
_Marsellesa_, esa canción impía y sanguinaria, señores; esa canción
que acompañó al suplicio a todos los mártires de la Revolución,
incluso Luis XVI, mi querido amigo..., porque han de saber ustedes que
Luis XVI y yo teníamos muchas bromas y nos echábamos el brazo por el
hombro, paseándonos por Versalles... ¡La _Marsellesa_, señores, la
_Marsellesa_! También acompañó al cadalso a María Antonieta... ¡y qué
buena era aquella señora! ¡Cuántas veces la vi marcando pañuelos en
una ventana baja del pequeño Trianon! ¡Cómo me quería!... En fin, este
joven me ha horripilado con la tal tonadilla... Señora Condesa, ¿está
usted indispuesta? ¿Y tú, hermana? ¡El caso no es para menos! Hija
mía, ¿estás nerviosa? ¿Te has puesto mala? ¿Te causa miedo esa
canción?

Inés le contestó que no tenía pizca de miedo. En tanto, D.ª María, no
pudiendo resistir más, salió del cuarto con sus hijas. Desconcertóse
al punto aquella ilustre reunión, y luego no quedó en la sala más que
la familia de Inés con D. Diego. Al poco rato tuvo lugar una escena
lamentable, y fué que D.ª María, ciega de furor, y necesitando
desahogar aquella tormenta de su espíritu sobre alguien, descargó su
enojo al fin; ¿pero sobre quién?, dirán ustedes... Sobre las dos
inocentes niñas, sobre los dos angelitos celestiales, Asunción y
Presentación. ¿Y todo por qué? Porque entusiasmadillas con la llegada
de su hermano, habían dejado de hacer no sé qué cosa encomendada a sus
tiernas manos. ¡Pobres pimpollitos! La dignidad impedía a mi señora
Condesa castigar al primogénito delante de la novia y del suegro, y
era forzoso que pagaran el pato las dos niñas desheredadas. Yo las ví
llorando como unas Magdalenas y soplándose las palmas de las manos,
escaldadas por aquel fatídico instrumento de cinco agujeros que pendía
de fatal espetera en el despacho de D. Paco. Las pobrecillas
estuvieron a moco y baba todo el día.



XXXIII


Este libro concluye, queridísimos lectores, a quienes adoro y
reverencio; se acaba, y los notables y jamás vistos sucesos que me
acontecieron por el proyectado matrimonio de Inés y por el encuentro
de aquellas dos familias en el tortuoso y difícil camino de mis
amores, serán escritos, por no caber en este volumen, en otro que
pondré a vuestra disposición lo más pronto posible. Tened, pues, un
adarme de paciencia, y mientras aquellas distinguidas personas se
preparan para ponerse en camino hacia Madrid, adonde con vuestra venía
pienso acompañarlas, atended un poco más.

El mismo día 22 encontré a Santorcaz, puesto ya al frente de su
partidilla, la cual, como he dicho, estaba formada de lo mejorcito del
país. Les digo a ustedes que tropa más escogida que aquélla no la
capitanearon los famosos _caballistas_ José María y Diego Corrientes.

--¿Va usted ya de marcha?--le pregunté.

--Sí; dispusieron que fuera alguna fuerza de paisanos a guardar el
paso de Despeñaperros, y yo solicité esa comisión, que me agrada
mucho. Allá voy con mi gente. ¿Quieres venir? ¿Has estado en casa de
Rumblar?

--De allá vengo.

--¿Y esa familia que está ahí es la de la novia de D. Diego?

--Justamente.

--Creo que van todos para Madrid.

--Así parece.

--¿No sabes cuándo?

--Según he oído, pasado mañana. Esperan saber lo de la capitulación
para llevar la noticia.

--¿Conque pasado mañana? Bien... Adiós. ¿Quieres venir en mi partida?

--Gracias; adiós.

Les vi partir, y todo el día y toda la noche estuve pensando en
aquella gente.

Yo no vi el triste desfile de los ocho mil soldados de Dupont cuando
entregaron sus armas ante el general Castaños, porque esto tuvo lugar
en Andújar. A pesar de que la primera y segunda división habían sido
las vencedoras de los franceses, la honra de presenciar la rendición
fué otorgada a la tercera y a la de reserva, por una de esas
injusticias tan comunes en nuestra tierra, lo mismo en estos días de
vergüenza que en aquellos de gloria. Por delante de nosotros
desfilaron las tropas de Vedel, en número de nueve mil trescientos
hombres, y dejando sus armas en pabellón, nos entregaron muchas
águilas y cuarenta cañones.

Les mirábamos y nos parecía imposible que aquéllos fueran los
vencedores de Europa. Después de haber borrado la geografía del
continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde mejor
les pareció, desbaratando imperios y haciendo con tronos y reyes un
juego de títeres, tropezaban en una piedra del camino de aquella
remota Andalucía, tierra casi olvidada del mundo desde la expulsión
del islamismo. Su caída hizo estremecer de gozosa esperanza a todas
las naciones oprimidas. Ninguna victoria francesa resonó en Europa
tanto como aquella derrota, que fué, sin disputa, el primer traspiés
del Imperio. Desde entonces caminó mucho, pero siempre cojeando.
España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la
tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, probaría, como
dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las naciones son
invencibles.

--¡Cuánto siento que no esté aquí el señor de Santorcaz!--me dijo
Marijuán, al ver pasar por delante de nosotros a aquellos hermosos
soldados, medio muertos de fatiga y de vergüenza--. ¿Te acuerdas de
las grandes bolas que nos contaba cuando veníamos por la Mancha y nos
refería las batallas ganadas por éstos contra todo el mundo?

--Lo que nos contaba Santorcaz--respondí--era pura verdad; pero esto
que ahora vemos, amigo Marijuán..., verdad es también.



XXXIV


Considerad ahora lo que pasaba del otro lado de Sierra Morena en aquel
mismo mes de julio. El día 7 había jurado José en Bayona la
Constitución hecha por unos españoles vendidos al extranjero. El día
9, el mismo José traspasaba la frontera para venir a gobernarnos. El
día 15 ganaba Bessières en los campos de Ríoseco una sangrienta
batalla, y al tener de ella noticia Napoleón, decía lleno de gozo: «La
batalla de Ríoseco pone a mi hermano en el trono de España, como la de
Villaviciosa puso a Felipe V.» Napoleón partió para París el 21,
creyendo que lo de España no ofrecía cuidado alguno. El 20, un día
después de nuestra batalla, entró José en Madrid, y aunque la
recepción glacial que se le hizo le causara suma aflicción, aún le
parecía que el buen momio de la Corona duraría bastante tiempo.

Pero hacia los días 25, 26 y 27 se esparce por la capital un rumor
misterioso que conmueve de alegría a los españoles y llena de terror a
los franceses: corre la voz de que los paisanos andaluces y algunas
tropas de línea han derrotado a Dupont, obligándole a capitular. Este
rumor crece y se extiende; pero nadie quiere creerlo, los españoles
por parecerles demasiado lisonjero, y los franceses por considerarlo
demasiado terrible. El absurdo se propaga y parece confirmarse; pero
la Corte de José se ríe y no da crédito a aquel cuento de viejas.
Cuando no queda duda de que semejante imposible es un hecho real, la
Corte, que aún no había instalado sus bártulos, huye despavorida; las
tropas de Moncey, que rechazadas de Valencia se habían replegado a la
Mancha, se unen a las de Madrid, y todos juntos, soldados, generales y
Rey intruso, corren precipitadamente hacia el Norte, asolando el país
por donde pasan. Aquel fantasma de reino napoleónico se disipaba como
el humo de un cañonazo.

Y ahora os he de hablar de cómo la guerra, que parecía próxima a
concluir, se trabó de nuevo con más fuerza; he de hablaros de aquel
infeliz y bondadoso rey José, y de su Corte, y de su hermano, y del
paso de Somosierra con la famosa carga de los lanceros polacos, y del
sitio de Madrid, y de otras muchas curiosísimas cosas; pero todo se ha
de quedar para el libro siguiente, donde estos históricos sucesos han
de tener feliz consorcio con los no menos dramáticos de mi vida, y
todo lo mucho y bueno que ocurrió en el matrimonio de Inés.

Ahora guardaré prudente silencio sobre estos sucesos, pues decidido
estoy a seguir al pie de la letra la reservadísima escuela del
diplomático, y así os digo:

«No, no me obliguéis, abusando de la dulce amistad, a que revele estos
secretos de que tal vez depende la suerte del mundo. No me seduzcáis
con ruegos y cariñosas sugestiones que en vano atacan el inexpugnable
alcázar de mi discreción.»

A pesar de esto, ¿insistís, importunos amigos? Nada más os digo por
ahora, sino que la familia de Inés salió para Madrid hacia fin de mes
y en los días en que el ejército vencedor marchaba hacia la capital de
España.

Esta circunstancia me permitió ir en la escolta que por el camino
debía custodiar a tan esclarecida familia; así es que formé con los
diez a caballo que galopaban a la zaga de los dos coches. ¡Ay! Por la
portezuela de uno de ellos solía asomarse durante las paradas una
linda cabeza, cuyos ojos se recreaban en la marcial apostura del
pequeño escuadrón.

--Estos valerosos muchachos, hija mía--le decía su padre--, son los
que en los campos de Bailén echaron por tierra con belicosa furia al
coloso de Europa. Veo que les miras mucho, lo cual me prueba tu
entusiasmo por las glorias patrias.

Basta con esto, señores, y no digo más. En vano me hacéis señas;
excitándome a hablar; en vano fingen conocer mentirosos hechos, para
que yo les cuente los verídicos. ¿A qué conduce el anticipar la
relación de lo que no es de este lugar? A los impacientes les diré que
nada ocurrió hasta que llegamos al desfiladero de Despeñaperros. Lo
pasábamos en una noche muy obscura, cuando de pronto detuviéronse los
coches, oímos gritos, sonó un disparo, y algunos hombres de mal
aspecto, saltando desde los cercanos matorrales, se arrojaron al
camino. Al instante corrimos sable en mano hacia ellos...; pero basta
ya, y déjenme dormir, pues ni con tenazas me han de sacar una palabra
más.

FIN DE «BAILÉN»

Octubre-noviembre de 1878.



TRADUCCIONES DE DIVERSAS OBRAS

DE

Don BENITO PEREZ GALDOS


EN INGLÉS:

_Doña Perfecta_, a tale of modern Spain. Traducción de D.P.N.--London,
Samuel Tinsley, 1886.

_Idem._ Traducción de Clara Bell. New-York, Gottsberger, 1883.

_Idem._. New-York, 1884.

_Idem._ Traducción de D.P.W. New-York. George Munro, Publisher, 17 a
27, Vandewater Street, 1883.

_Gloria._ Traducción de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberger,
Publisher. 11 Murray Street, 1882.

_Idem._ Traducción de Nathan Wetherell. London, Remigton and Co., 5,
Arundel Street, Strand. W.C., 1879.

_León Roch._ Traducción de Clara Bell. New-York, William S.
Gottsberqer, Publisher, 11. Murray Street, 1888.

_Marianela._ Traducción de Clara Bell. New-York. William S.
Gottsberger, Publisher, 11, Murray Street. 1883.

_Marianela._ Traducción de Helen W. Lester. Chicago, A.C. Mac-Clurg
and Company, 1892.

_Trafalgar._ Traducción de Clara Bell. New-York, William S.
Gottsberger, Publisher, 11, Murray Street, 1884.

_Zaragoza._. Traducción de Minna Carolina Smith. Boston, Little. Brown
and Company, 1899.

_La batalla de los Arapiles._ Traducción de Rollo Ogden. Filadelfia,
J.B. Lippincot Company, 1895.


EN FRANCÉS:

_Doña Perfecta._ Traducción de L. Lugol. París, Giraud, 1885.

_Idem._ Traducción de L. Lugol. París, Hachette.

_La campaña del Maestrazgo_ (Le Roman de Soeur Marcela). Traducción de
L. de L***. París, Calmann-Levy, Editeurs, 3, rue Auber.

_Marianela._ Traducción de Julien Lugol. París. Librairie des
publications a 50 centimes; 34, rue de la Montagne-Sainte-Geneviève.

_Idem._ Traducción de A. Germond de Lavigne. París, Librairie Hachette
et Cie., 79, Boulevard Saint-Germain, 1884.

_El amigo Manso._ Traducción de Julien Lugol. París, Librairie
Hachette et Cie., 79, Boulevard Saint-Germain, 1888.

_Misericordia._ Traducción de Maurice Bixio. París, Librairie
Hachette. 1900.


EN ALEMÁN:

_Doña Perfecta._ Dos tomos, traducción de J. Reichell. Dresde y
Leipzig, Pierson's Verlag, 1886.

_Electra._ Traducción de Rodolfo Beer. Wiener Verlag. 1901.

_Electra._ Traducción de Rodolfo Beer, arreglada para la escena
alemana por Ricardo Fellner. Berlín. 1901.

_Gloria._ Traducción del Dr. Augusto Hartmann. Berlín, Verlag von L.
Schleiermacher, 1880.

_El amigo Manso_ (Freund Manso). Traducción de E. von Buddenbrock.
Berlín, Verlag von Karl Siegesmund, 1894.

_Trafalgar._ Traducción de Hans Parlow. Dresde y Leipzig, Verlag von
Karl Reitzner, 1896.

_Marianela._ Traducción de E. Plücher. Breslau, Auterhaltungsblatt,
1888.


EN SUECO:

_Doña Perfecta._ Traducción de K.A. Hagberg. Stockolm, Skoglunuds
Förlag.

_León Roch._ Traducción de A.P. de la Cruz Frölich. Kjöpenhaun
(Copenhague). Förlag. Andr. Schous, 1881.

_Torquemada en la hoguera._ (Torquemada paa baalet). Traducción de
Johanne Alleu. Cristiania y Copenhague, Förlag A. Christiansens, 1898.


EN ITALIANO:

_Nazarín_ (Sicut-Christus). Traducción de Guido Rubetti y José León
Pagano. Firenze, G. Nerbini.

_Gloria._ Traducción de Italo Argenti. Firenze, R. Bemporad & Figlio,
1901.

_Marianela._ Traducción de G. de Michelis. Bologna, Tipografía Pont.
Maregiani, vía Volturno. 3, 1880.

_La Fontana de Oro._ Traducción de G. de Michelis. Milán. Fratelli
Treves. 1890.

_Doña Perfecta._ Traducción de Cunes. Milán. Fratelli Treves. 1897.


EN HOLANDÉS:

_Doña Perfecta._ Traducción de M.A. de Goeje Leiden. Brill, 1883.

_Electra._ Leiden, A.H. Adriani, 1901.


EN PORTUGUÉS:

_Electra._ Traducción de Ramalho Ortigão. Oporto, Librería Chardron.
de Lello & Irmao, editores, 1901.


EN DINAMARQUÉS:

_Fru Perfecta._ Traducción de Gigas. Copenhague, Priors, 1895.





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