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Title: Fortunata y Jacinta - dos historias de casadas
Author: Pérez Galdós, Benito, 1843-1920
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Fortunata y Jacinta - dos historias de casadas" ***

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Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas)

por B. Pérez Galdós



Parte primera



-I-

Juanito Santa Cruz



--i--


Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre
me las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan al tiempo en que
este amigo mío y el otro y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez,
Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todos
el mismo año, y aunque se reunían en la cátedra de Camús, separábanse en
la de Derecho Romano: el chico de Santa Cruz era discípulo de Novar, y
Villalonga de Coronado. Ni tenían todos el mismo grado de aplicación:
Zalamero, juicioso y circunspecto como pocos, era de los que se ponen en
la primera fila de bancos, mirando con faz complacida al profesor
mientras explica, y haciendo con la cabeza discretas señales de
asentimiento a todo lo que dice. Por el contrario, Santa Cruz y
Villalonga se ponían siempre en la grada más alta, envueltos en sus
capas y más parecidos a conspiradores que a estudiantes. Allí pasaban el
rato charlando por lo bajo, leyendo novelas, dibujando caricaturas o
soplándose recíprocamente la lección cuando el catedrático les
preguntaba. Juanito Santa Cruz y Miquis llevaron un día una sartén (no
sé si a la clase de Novar o a la de Uribe, que explicaba Metafísica) y
frieron un par de huevos. Otras muchas tonterías de este jaez cuenta
Villalonga, las cuales no copio por no alargar este relato. Todos ellos,
a excepción de Miquis que se murió en el 64 soñando con la gloria de
Schiller, metieron infernal bulla en el célebre alboroto de la noche de
San Daniel. Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosa
ocasión, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se ganó
dos bofetadas de un guardia veterano, sin más consecuencias. Pero
Villalonga y Santa Cruz lo pasaron peor, porque el primero recibió un
sablazo en el hombro que le tuvo derrengado por espacio de dos meses
largos, y el segundo fue cogido junto a la esquina del Teatro Real y
llevado a la prevención en una cuerda de presos, compuesta de varios
estudiantes decentes y algunos pilluelos de muy mal pelaje. A la sombra
me lo tuvieron veinte y tantas horas, y aún durara más su cautiverio, si
de él no le sacara el día 11 su papá, sujeto respetabilísimo y muy bien
relacionado.

¡Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no es
para contado. ¡Qué noche de angustia la del 10 al 11! Ambos creían no
volver a ver a su adorado nene, en quien, por ser único, se miraban y se
recreaban con inefables goces de padres chochos de cariño, aunque no
eran viejos. Cuando el tal Juanito entró en su casa, pálido y
hambriento, descompuesta la faz graciosa, la ropita llena de sietes y
oliendo a pueblo, su mamá vacilaba entre reñirle y comérsele a besos. El
insigne Santa Cruz, que se había enriquecido honradamente en el comercio
de paños, figuraba con timidez en el antiguo partido progresista; mas no
era socio de la revoltosa _Tertulia_, porque las inclinaciones
antidinásticas de Olózaga y Prim le hacían muy poca gracia. Su club era
el salón de un amigo y pariente, al cual iban casi todas las noches D.
Manuel Cantero, D. Cirilo Álvarez y D. Joaquín Aguirre, y algunas D.
Pascual Madoz. No podía ser, pues, D. Baldomero, por razón de afinidades
personales, sospechoso al poder. Creo que fue Cantero quien le acompañó
a Gobernación para ver a González Bravo, y éste dio al punto la orden
para que fuese puesto en libertad el revolucionario, el anarquista, el
descamisado Juanito.

Cuando el niño estudiaba los últimos años de su carrera, verificose en
él uno de esos cambiazos críticos que tan comunes son en la edad
juvenil. De travieso y alborotado volviose tan juiciosillo, que al mismo
Zalamero daba quince y raya. Entrole la comezón de cumplir
religiosamente sus deberes escolásticos y aun de instruirse por su
cuenta con lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y palique
declamatorio entre amiguitos. No sólo iba a clase puntualísimo y cargado
de apuntes, sino que se ponía en la grada primera para mirar al profesor
con cara de aprovechamiento, sin quitarle ojo, cual si fuera una novia,
y aprobar con cabezadas la explicación, como diciendo: «yo también me sé
eso y algo más». Al concluir la clase, era de los que le cortan el paso
al catedrático para consultarle un punto oscuro del texto o que les
resuelva una duda. Con estas dudas declaran los tales su furibunda
aplicación. Fuera de la Universidad, la fiebre de la ciencia le traía
muy desasosegado. Por aquellos días no era todavía costumbre que fuesen
al Ateneo los sabios de pecho que están mamando la leche del
conocimiento. Juanito se reunía con otros cachorros en la casa del chico
de Tellería (Gustavito) y allí armaban grandes peloteras. Los temas más
sutiles de Filosofía de la Historia y del Derecho, de Metafísica y de
otras ciencias especulativas (pues aún no estaban de moda los estudios
experimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel eran para
ellos, lo que para otros el trompo o la cometa. ¡Qué gran progreso en
los entretenimientos de la niñez! ¡Cuando uno piensa que aquellos mismos
nenes, si hubieran vivido en edades remotas, se habrían pasado el tiempo
mamándose el dedo, o haciendo y diciendo toda suerte de boberías...!

Todos los dineros que su papá le daba, dejábalos Juanito en casa de
Bailly-Baillière, a cuenta de los libros que iba tomando. Refiere
Villalonga que un día fue Barbarita _reventando_ de gozo y orgullo a la
librería, y después de saldar los débitos del niño, dio orden de que
entregaran a este todos los mamotretos que pidiera, aunque fuesen caros
y tan grandes como misales. La bondadosa y angelical señora quería poner
un freno de modestia a la expresión de su vanidad maternal. Figurábase
que ofendía a los demás, haciendo ver la supremacía de su hijo entre
todos los hijos nacidos y por nacer. No quería tampoco profanar,
haciéndolo público, aquel encanto íntimo, aquel himno de la conciencia
que podemos llamar los _misterios gozosos_ de Barbarita. Únicamente se
clareaba alguna vez, soltando como al descuido estas entrecortadas
razones: «¡Ay qué chico!... ¡cuánto lee! Yo digo que esas cabezas tienen
algo, algo, sí señor, que no tienen las demás... En fin, más vale que le
dé por ahí».

Concluyó Santa Cruz la carrera de Derecho, y de añadidura la de
Filosofía y Letras. Sus papás eran muy ricos y no querían que el niño
fuese comerciante, ni había para qué, pues ellos tampoco lo eran ya.
Apenas terminados los estudios académicos, verificose en Juanito un
nuevo cambiazo, una segunda crisis de crecimiento, de esas que marcan el
misterioso paso o transición de edades en el desarrollo individual.
Perdió bruscamente la afición a aquellas furiosas broncas oratorias por
un más o un menos en cualquier punto de Filosofía o de Historia; empezó
a creer ridículos los sofocones que se había tomado por probar que _en
las civilizaciones de Oriente el poder de las castas sacerdotales era un
poquito más ilimitado que el de los reyes_, contra la opinión de
Gustavito Tellería, el cual sostenía, dando puñetazos sobre la mesa, que
lo era _un poquitín menos_. Dio también en pensar que maldito lo que le
importaba que _la conciencia fuera la intimidad total del ser racional
consigo mismo_, o bien otra cosa semejante, como quería probar,
hinchándose de convicción airada, Joaquinito Pez. No tardó, pues, en
aflojar la cuerda a la manía de las lecturas, hasta llegar a no leer
absolutamente nada. Barbarita creía de buena fe que su hijo no leía ya
porque había agotado el pozo de la ciencia.

Tenía Juanito entonces veinticuatro años. Le conocí un día en casa de
Federico Cimarra en un almuerzo que este dio a sus amigos. Se me ha
olvidado la fecha exacta; pero debió de ser esta hacia el 69, porque
recuerdo que se habló mucho de Figuerola, de la capitación y del derribo
de la torre de la iglesia de Santa Cruz. Era el hijo de D. Baldomero muy
bien parecido y además muy simpático, de estos hombres que se
recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que
en una hora de conversación ganan más amigos que otros repartiendo
favores positivos. Por lo bien que decía las cosas y la gracia de sus
juicios, aparentaba saber más de lo que sabía, y en su boca las
paradojas eran más bonitas que las verdades. Vestía con elegancia y
tenía tan buena educación, que se le perdonaba fácilmente el hablar
demasiado. Su instrucción y su ingenio agudísimo le hacían descollar
sobre todos los demás mozos de la partida, y aunque a primera vista
tenía cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratándoles se echaban de ver
entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza
de carácter y la garrulería de su entendimiento, era un verdadero
botarate.

Barbarita estaba loca con su hijo; mas era tan discreta y delicada, que
no se atrevía a elogiarle delante de sus amigas, sospechando que todas
las demás señoras habían de tener celos de ella. Si esta pasión de madre
daba a Barbarita inefables alegrías, también era causa de zozobras y
cavilaciones. Temía que Dios la castigase por su orgullo; temía que el
adorado hijo enfermara de la noche a la mañana y se muriera como tantos
otros de menos mérito físico y moral. Porque no había que pensar que el
mérito fuera una inmunidad. Al contrario, los más brutos, los más feos y
los perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la misma
muerte no quiere nada con ellos. Del tormento que estas ideas daban a su
alma se defendía Barbarita con su ardiente fe religiosa. Mientras oraba,
una voz interior, susurro dulcísimo como chismes traídos por el Ángel de
la Guarda, le decía que su hijo no moriría antes que ella. Los cuidados
que al chico prodigaba eran esmeradísimos; pero no tenía aquella buena
señora las tonterías dengosas de algunas madres, que hacen de su cariño
una manía insoportable para los que la presencian, y corruptora para las
criaturas que son objeto de él. No trataba a su hijo con mimo. Su
ternura sabía ser inteligente y revestirse a veces de severidad dulce.

¿Y por qué le llamaba todo el mundo y le llama todavía casi unánimemente
_Juanito_ Santa Cruz? Esto sí que no lo sé. Hay en Madrid muchos casos
de esta aplicación del diminutivo o de la fórmula familiar del nombre,
aun tratándose de personas que han entrado en la madurez de la vida.
Hasta hace pocos años, al autor cien veces ilustre de _Pepita Jiménez_,
le llamaban sus amigos y los que no lo eran, _Juanito_ Valera. En la
sociedad madrileña, la más amena del mundo porque ha sabido combinar la
cortesía con la confianza, hay algunos _Pepes, Manolitos_ y _Pacos_ que,
aun después de haber conquistado la celebridad por diferentes conceptos,
continúan nombrados con esta familiaridad democrática que demuestra la
llaneza castiza del carácter español. El origen de esto habrá que
buscarlo quizá en ternuras domésticas o en hábitos de servidumbre que
trascienden sin saber cómo a la vida social. En algunas personas, puede
relacionarse el diminutivo con el sino. Hay efectivamente Manueles que
nacieron predestinados para ser _Manolos_ toda su vida. Sea lo que
quiera, al venturoso hijo de D. Baldomero Santa Cruz y de doña Bárbara
Arnaiz le llamaban _Juanito_, y _Juanito_ le dicen y le dirán quizá
hasta que las canas de él y la muerte de los que le conocieron niño
vayan alterando poco a poco la campechana costumbre.

Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderá
fácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al
verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito. Ni
extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del
arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de
frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y
ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner
el rótulo social de _brillante_, considerara ocioso y hasta ridículo el
meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto
fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente
de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le
quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si
pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría... «Y por último
--decía--pongamos que no se averigüe nunca. ¿Y qué...?». El mundo
tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de
vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas _sacadas a la
fuerza_, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la
voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acabó por
declararse a sí mismo que más sabe el que vive _sin querer saber_ que el
que _quiere saber sin vivir_, o sea aprendiendo en los libros y en las
aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar.
La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una
función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de
los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el
trabajo. No paraban aquí las filosofías de Juanito, y hacía una
comparación que no carece de exactitud. Decía que entre estas dos
maneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse una
chuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comido
otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la
cara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con que
tragaba y el reposo con que digería.



--ii--


Empezó entonces para Barbarita nueva época de sobresaltos. Si antes sus
oraciones fueron pararrayos puestos sobre la cabeza de Juanito para
apartar de ella el tifus y las viruelas, después intentaban librarle de
otros enemigos no menos atroces. Temía los escándalos que ocasionan
lances personales, las pasiones que destruyen la salud y envilecen el
alma, los despilfarros, el desorden moral, físico y económico.
Resolviose la insigne señora a tener carácter y a vigilar a su hijo.
Hízose fiscalizadora, reparona, entrometida, y unas veces con dulzura,
otras con aspereza que le costaba trabajo fingir, tomaba razón de todos
los actos del joven, tundiéndole a preguntas: «¿A dónde vas con ese
cuerpo?... ¿De dónde vienes ahora?... ¿Por qué entraste anoche a las
tres de la mañana?... ¿En qué has gastado los mil reales que ayer te
di?... A ver, ¿qué significa este perfume que se te ha pegado a la
cara?...». Daba sus descargos el delincuente como podía, fatigando su
imaginación para procurarse respuestas que tuvieran visos de lógica,
aunque estos fueran como fulgor de relámpago. Ponía una de cal y otra de
arena, mezclando las contestaciones categóricas con los mimos y las
zalamerías. Bien sabía cuál era el flanco débil del enemigo. Pero
Barbarita, mujer de tanto espíritu como corazón, se las tenía muy tiesas
y sabía defenderse. En algunas ocasiones era tan fuerte la acometida de
cariñitos, que la mamá estaba a punto de rendirse, fatigada de su
entereza disciplinaria. Pero, ¡quia!, no se rendía; y vuelta al ajuste
de cuentas, y al inquirir, y al tomar acta de todos los pasos que el
predilecto daba por entre los peligros sociales. En honor a la verdad,
debo decir que los desvaríos de Juanito no eran ninguna cosa del otro
jueves. En esto, como en todo lo malo, hemos progresado de tal modo, que
las barrabasadas de aquel niño bonito hace quince años, nos parecerían
hoy timideces y aun actos de ejemplaridad relativa.

Presentose en aquellos días al simpático joven la coyuntura de hacer su
primer viaje a París, adonde iban Villalonga y Federico Ruiz
comisionados por el Gobierno, el uno a comprar máquinas de agricultura,
el otro a adquirir aparatos de astronomía. A D. Baldomero le pareció
muy bien el viaje del chico, para que viese mundo; y Barbarita no se
opuso, aunque le mortificaba mucho la idea de que su hijo correría en la
capital de Francia temporales más recios que los de Madrid. A la pena de
no verle uníase el temor de que le sorbieran aquellos gabachos y
gabachas, tan diestros en desplumar al forastero y en maleficiar a los
jóvenes más juiciosos. Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino en
esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en
esta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia y
mortificación. Tan triste se puso un día pensando en estas cosas y tan
al vivo se le representaban la próxima perdición de su querido hijo y
las redes en que inexperto caía, que salió de su casa resuelta a
implorar la misericordia divina del modo más solemne, conforme a sus
grandes medios de fortuna. Primero se le ocurrió encargar muchas misas
al cura de San Ginés, y no pareciéndole esto bastante, discurrió mandar
poner de Manifiesto la Divina Majestad todo el tiempo que el niño
estuviese en París. Ya dentro de la Iglesia, pensó que lo del Manifiesto
era un lujo desmedido y por lo mismo quizá irreverente. No, guardaría el
recurso gordo para los casos graves de enfermedad o peligro de muerte.
Pero en lo de las misas sí que no se volvió atrás, y encargó la mar de
ellas, repartiendo además aquella semana más limosnas que de costumbre.

Cuando comunicaba sus temores a D. Baldomero, este se echaba a reír y le
decía: «El chico es de buena índole. Déjale que se divierta y que la
corra. Los jóvenes del día necesitan despabilarse y ver mucho mundo. No
son estos tiempos como los míos, en que no la corría ningún chico del
comercio, y nos tenían a todos metidos en un puño hasta que nos casaban.
¡Qué costumbres aquellas tan diferentes de las de ahora! La
civilización, hija, es mucho cuento. ¿Qué padre le daría hoy un par de
bofetadas a un hijo de veinte años por haberse puesto las botas nuevas
en día de trabajo? ¿Ni cómo te atreverías hoy a proponerle a un mocetón
de estos que rece el rosario con la familia? Hoy los jóvenes disfrutan
de una libertad y de una iniciativa para divertirse que no gozaban los
de antaño. Y no creas, no creas que por esto son peores. Y si me apuras,
te diré que conviene que los chicos no sean tan encogidos como los de
entonces. Me acuerdo de cuando yo era pollo. ¡Dios mío, qué soso era! Ya
tenía veinticinco años, y no sabía decir a una mujer o señora sino _que
usted lo pase bien_, y de ahí no me sacaba nadie. Como que me había
pasado en la tienda y en el almacén toda la niñez y lo mejor de mi
juventud. Mi padre era una fiera; no me perdonaba nada. Así me crié, así
salí yo, con unas ideas de rectitud y unos hábitos de trabajo, que ya
ya... Por eso bendigo hoy los coscorrones que fueron mis verdaderos
maestros. Pero en lo referente a sociedad, yo era un salvaje. Como mis
padres no me permitían más compañía que la de otros muchachones tan
ñoños como yo, no sabía ninguna suerte de travesuras, ni habia visto a
una mujer más que por el forro, ni entendía de ningún juego, ni podía
hablar de nada que fuera mundano y corriente. Los domingos, mi mamá
tenía que ponerme la corbata y encasquetarme el sombrero, porque todas
las prendas del día de fiesta parecían querer escapárseme del cuerpo. Tú
bien te acuerdas. Anda, que también te has reído de mí. Cuando mis
padres me hablaron... así, a boca de jarro, de que me iba a casar
contigo, ¡me corrió un frío por todo el espinazo...! Todavía me acuerdo
del miedo que te tenía. Nuestros padres nos dieron esto amasado y
cocido. Nos casaron como se casa a los gatos, y punto concluido. Salió
bien; pero hay tantos casos en que esta manera de hacer familias sale
malditamente... ¡Qué risa! Lo que me daba más miedo cuando mi madre me
habló de casarme, fue el compromiso en que estaba de hablar contigo...
No tenía más remedio que decirte algo... ¡Caramba, qué sudores pasé!
'Pero yo ¿qué le voy a decir, si lo único que sé es _que usted lo pase
bien_, y en saliendo de ahí soy hombre perdido...?'.

Ya te he contado mil veces la saliva amarga que tragaba ¡ay, Dios mío!,
cuando mi madre me mandaba ponerme la levita de paño negro para llevarme
a tu casa. Bien te acuerdas de mi famosa levita, de lo mal que me estaba
y de lo desmañado que era en tu presencia, pues no me arrancaba a decir
una palabra sino cuando alguien me ayudaba. Los primeros días me
inspirabas verdadero terror, y me pasaba las horas pensando cómo había
de entrar y qué cosas había de decir, y discurriendo alguna triquiñuela
para hacer menos ridícula mi cortedad... Dígase lo que se quiera, hija,
aquella educación no era buena. Hoy no se puede criar a los hijos de esa
manera. Yo ¡qué quieres que te diga!, creo que en lo esencial Juanito no
ha de faltarnos. Es de casta honrada, tiene la formalidad en la masa de
la sangre. Por eso estoy tranquilo, y no veo con malos ojos que se
despabile, que conozca el mundo, que adquiera soltura de modales...».

--No, si lo que menos falta hace a mi hijo es adquirir soltura, porque
la tiene desde que era una criatura... Si no es eso. No se trata aquí de
modales, sino de que me le coman esas bribonas...

--Mira, mujer, para que los jóvenes adquieran energía contra el vicio,
es preciso que lo conozcan, que lo caten, sí, hija, que lo caten. No hay
peor situación para un hombre que pasarse la mitad de la vida rabiando
por probarlo y no pudiendo conseguirlo, ya por timidez, ya por
esclavitud. No hay muchos casos como yo, bien lo sabes; ni de estos
tipos que jamás, ni antes ni después de casados, tuvieron trapicheos,
entran muchos en libra. Cada cual en su época. Juanito, en la suya, no
puede ser mejor de lo que es, y si te empeñas en hacer de él un
anacronismo o una rareza, un _non_ como su padre, puede que lo eches a
perder.

Estas razones no convencían a Barbarita, que seguía con toda el alma
fija en los peligros y escollos de la Babilonia parisiense, porque había
oído contar horrores de lo que allí pasaba. Como que estaba infestada la
gran ciudad de unas mujeronas muy guapas y elegantes que al pronto
parecían duquesas, vestidas con los más bonitos y los más nuevos arreos
de la moda. Mas cuando se las veía y oía de cerca, resultaban ser unas
tiotas relajadas, comilonas, borrachas y ávidas de dinero, que
desplumaban y resecaban al pobrecito que en sus garras caía. Contábale
estas cosas el marqués de Casa-Muñoz que casi todos los veranos iba al
extranjero.

Las inquietudes de aquella incomparable señora acabaron con el regreso
de Juanito. ¡Y quién lo diría! Volvió mejor de lo que fue. Tanto hablar
de París, y cuando Barbarita creía ver entrar a su hijo hecho una
lástima, todo rechupado y anémico, se le ve más gordo y lucio que
antes, con mejor color y los ojos más vivos, muchísimo más alegre, más
hombre en fin, y con una amplitud de ideas y una puntería de juicio que
a todos dejaba pasmados. ¡Vaya con París!... El marqués de Casa-Muñoz
se lo decía a Barbarita: «No hay que _involucrar_, París es muy malo;
pero también es muy bueno».



-II-

Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense



--i--


Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. Baldomero Santa Cruz que en
el siglo pasado tuvo ya tienda de paños del Reino en la calle de la Sal,
en el mismo local que después ocupó D. Mauro Requejo. Había empezado el
padre por la más humilde jerarquía comercial, y a fuerza de trabajo,
constancia y orden, el hortera de 1796 tenía, por los años del 10 al 15,
uno de los más reputados establecimientos de la Corte en pañería
nacional y extranjera. Don Baldomero II, que así es forzoso llamarle
para distinguirle del fundador de la dinastía, heredó en 1848 el copioso
almacén, el sólido crédito y la respetabilísima firma de D. Baldomero I,
y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte años más,
retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones
de reales, después de traspasar la casa a dos muchachos que servían en
ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer. La casa se denominó
desde entonces _Sobrinos de Santa Cruz_, y a estos sobrinos, D.
Baldomero y Barbarita les llamaban familiarmente _los Chicos_.

En el reinado de D. Baldomero I, o sea desde los orígenes hasta 1848, la
casa trabajó más en géneros del país que en los extranjeros. Escaray y
Pradoluengo la surtían de paños, Brihuega de bayetas, Antequera de
pañuelos de lana. En las postrimerías de aquel reinado fue cuando la
casa empezó a trabajar en géneros _de fuera_, y la reforma arancelaria
de 1849 lanzó a D. Baldomero II a mayores empresas. No sólo realizó
contratos con las fábricas de Béjar y Alcoy para dar mejor salida a los
productos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes para
levitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellos
patencures, anascotes, cúbicas y chinchillas que ilustran la gloriosa
historia de la sastrería moderna. Pero de lo que más provecho sacó la
casa fue del ramo de capotes y uniformes para el Ejército y la Milicia
Nacional, no siendo tampoco despreciable el beneficio que obtuvo del
_artículo para capas_, el abrigo propiamente español que resiste a todas
las modas de vestir, como el garbanzo resiste a todas las modas de
comer. Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda la
pañería de Madrid y surtían a los tenderos de la calle de Atocha, de la
Cruz y Toledo.

En las contratas de vestuario para el Ejército y Milicia Nacional, ni
Santa Cruz, ni Arnaiz, ni tampoco Bringas daban la cara. Aparecía como
contratista un tal Albert, de origen belga, que había empezado por
introducir paños extranjeros con mala fortuna. Este Albert era hombre
muy para el caso, activo, despabilado, seguro en sus tratos aunque no
estuvieran escritos. Fue el auxiliar eficacísimo de Casarredonda en sus
valiosas contratas de lienzos gallegos para la tropa. El pantalón blanco
de los soldados de hace cuarenta años ha sido origen de grandísimas
riquezas. Los _fardos de Coruñas y Viveros_ dieron a Casarredonda y al
tal Albert más dinero que a los Santa Cruz y a los Bringas los capotes y
levitas militares de Béjar, aunque en rigor de verdad estos comerciantes
no tenían por qué quejarse. Albert murió el 55, dejando una gran
fortuna, que heredó su hija casada con el sucesor de Muñoz, el de la
inmemorial ferretería de la calle de Tintoreros.

En el reinado de D. Baldomero II, las prácticas y procedimientos
comerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. Allí no se supo
nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para
extender por las provincias limítrofes el negocio. El refrán de _el buen
paño en el arca se vende_ era verdad como un templo en aquel sólido y
bien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se les
llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes
charlatánicas. Demasiado sabían todos el camino de la casa, y las
metódicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, los
descuentos que se hacían por pronto pago, los plazos que se daban, y
todo lo demás concerniente a la buena inteligencia entre vendedor y
parroquiano. El escritorio no alteró jamás ciertas tradiciones
venerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. Allí no se usaron
nunca estos copiadores de cartas que son una aplicación de la imprenta a
la caligrafía. La correspondencia se copiaba _a pulso_ por un empleado
que estuvo cuarenta años sentado en la misma silla delante del mismo
atril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz de
su principal sin mirarla. Hasta que D. Baldomero realizó el traspaso, no
se supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara de
Burgos sus fueros seculares. Hasta pocos años antes del traspaso, no usó
Santa Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre sí mismas.

No significaban tales rutinas terquedad y falta de luces. Por el
contrario, la clara inteligencia del segundo Santa Cruz y su
conocimiento de los negocios, sugeríanle la idea de que cada hombre
pertenece a su época y a su esfera propias, y que dentro de ellas debe
exclusivamente actuar. Demasiado comprendió que el comercio iba a sufrir
profunda transformación, y que no era él el llamado a dirigirlo por los
nuevos y más anchos caminos que se le abrían. Por eso, y porque ansiaba
retirarse y descansar, traspasó su establecimiento a los _Chicos_ que
habían sido deudos y dependientes suyos durante veinte años. Ambos eran
trabajadores y muy inteligentes. Alternaban en sus viajes al extranjero
para buscar y traer las _novedades_, alma del tráfico de telas. La
concurrencia crecía cada año, y era forzoso apelar al reclamo, recibir y
expedir viajantes, mimar al público, contemporizar y abrir cuentas
largas a los parroquianos, y singularmente a las parroquianas. Como los
_Chicos_ habían abarcado también el comercio de lanillas, merinos, telas
ligeras para vestidos de señora, pañolería, confecciones y otros
artículos de uso femenino, y además abrieron tienda al por menor y al
_vareo_, tuvieron que pasar por el inconveniente de las morosidades e
insolvencias que tanto quebrantan al comercio. Afortunadamente para
ellos, la casa tenía un crédito inmenso.

La casa del gordo Arnaiz era relativamente moderna. Se había hecho
pañero porque tuvo que quedarse con las existencias de Albert, para
indemnizarse de un préstamo que le hiciera en 1843. Trabajaba
exclusivamente en género extranjero; pero cuando Santa Cruz hizo su
traspaso a los Chicos, también Arnaiz se inclinaba a hacer lo mismo,
porque estaba ya muy rico, muy obeso, bastante viejo y no quería
trabajar. Daba y tomaba letras sobre Londres y representaba a dos
Compañías de seguros. Con esto tenía lo bastante para no aburrirse. Era
hombre que cuando se ponía a toser hacía temblar el edificio donde
estaba; excelente persona, librecambista rabioso, anglómano y solterón.
Entre las casas de Santa Cruz y Arnaiz no hubo nunca rivalidades; antes
bien, se ayudaban cuanto podían. El gordo y D. Baldomero tratáronse
siempre como hermanos en la vida social y como compañeros queridísimos
en la comercial, salvo alguna discusión demasiado agria sobre temas
arancelarios, porque Arnaiz había hecho la gracia de leer a Bastiat y
concurría a los _meetings_ de la Bolsa, no precisamente para oír y
callar, sino para echar discursos que casi siempre acababan en sofocante
tos. Trinaba contra todo arancel que no significara un simple recurso
fiscal, mientras que D. Baldomero, que en todo era templado, pretendía
que se conciliasen los intereses del comercio con los de la industria
española. «Si esos catalanes no fabrican más que adefesios --decía
Arnaiz entre tos y tos--, y reparten dividendos de sesenta por ciento a
los accionistas...».

--¡Dale!, ya pareció aquello--respondía don Baldomero--Pues yo te
probaré...

Solía no probar nada, ni el otro tampoco, quedándose cada cual con su
opinión; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. También
había entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porque
doña Bárbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija de
Bonifacio Arnaiz, comerciante en pañolería de la China. Y escudriñando
los troncos de estos linajes matritenses, sería fácil encontrar que los
Arnaiz y los Santa Cruz tenían en sus diferentes ramas una savia común,
la savia de los Trujillos. «Todos somos unos--dijo alguna vez el gordo
en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades
democráticas--, tú por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos
netos, _de patente_; descendemos de aquel Matías Trujillo que tuvo
albardería en la calle de Toledo allá por los tiempos del motín de capas
y sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengo
en mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente Ramón
Trujillo... ya sabéis que me le han hecho conde... le he dicho que
adopte por escudo un frontil y una jáquima con un letrero que diga:
_Pertenecí a Babieca_...».



--ii--


Nació Barbarita Arnaiz en la calle de Postas, esquina al callejón de San
Cristóbal, en uno de aquellos oprimidos edificios que parecen estuches o
casas de muñecas. Los techos se cogían con la mano; las escaleras había
que subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parecían
destinadas a la premeditación de algún crimen. Había moradas de estas, a
las cuales se entraba por la cocina. Otras tenían los pisos en declive,
y en todas ellas oíase hasta el respirar de los vecinos. En algunas se
veían mezquinos arcos de fábrica para sostener el entramado de las
escaleras, y abundaba tanto el yeso en la construcción como escaseaban
el hierro y la madera. Eran comunes las puertas de cuarterones, los
baldosines polvorosos, los cerrojos imposibles de manejar y las
vidrieras emplomadas. Mucho de esto ha desaparecido en las renovaciones
de estos últimos veinte años; pero la estrechez de las viviendas
subsiste.

Creció Bárbara en una atmósfera saturada de olor de sándalo, y las
fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pañolería
chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niñez. Como se
recuerda a las personas más queridas de la familia, así vivieron y viven
siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniquís de
tamaño natural vestidos de mandarín que había en la tienda y en los
cuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excitó la
atención naciente de la niña, cuando estaba en brazos de su niñera,
fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y sus
magníficos trajes morados. También había por allí una persona a quien la
niña miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de
candoroso chino. Era el retrato de Ayún, de cuerpo entero y tamaño
natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresión. Mal
conocido es en España el nombre de este peregrino artista, aunque sus
obras han estado y están a la vista de todo el mundo, y nos son
familiares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de los
pañuelos de Manila, el inventor del tipo de rameado más vistoso y
elegante, el poeta fecundísimo de esos madrigales de crespón compuestos
con flores y rimados con pájaros. A este ilustre chino deben las
españolas el hermosísimo y característico chal que tanto favorece su
belleza, el mantón de Manila, al mismo tiempo señoril y popular, pues lo
han llevado en sus hombros la gran señora y la gitana. Envolverse en él
es como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventará nada
que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores,
flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos
del sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres
en los tiempos en que su uso era general. Esta prenda hermosa se va
desterrando, y sólo el pueblo la conserva con admirable instinto. Lo
saca de las arcas en las grandes épocas de la vida, en los bautizos y en
las bodas, como se da al viento un himno de alegría en el cual hay una
estrofa para la patria. El mantón sería una prenda vulgar si tuviera la
ciencia del diseño; no lo es por conservar el carácter de las artes
primitivas y populares; es como la leyenda, como los cuentos de la
infancia, candoroso y rico de color, fácilmente comprensible y
refractario a los cambios de la moda.

Pues esta prenda, esta nacional obra de arte, tan nuestra como las
panderetas o los toros, no es nuestra en realidad más que por el uso; se
la debemos a un artista nacido a la otra parte del mundo, a un tal Ayún,
que consagró a nosotros su vida toda y sus talleres. Y tan agradecido
era el buen hombre al comercio español, que enviaba a los de acá su
retrato y los de sus catorce mujeres, unas señoras tiesas y pálidas como
las que se ven pintadas en las tazas, con los pies increíbles por lo
chicos y las uñas increíbles también por lo largas.

Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a la
contemplación de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sus
sentidos, ninguna tan segura como la impresión de aquellas flores
bordadas con luminosos torzales, y tan frescas que parecía cuajarse en
ellas el rocío. En días de gran venta, cuando había muchas señoras en la
tienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares de
pañuelos, la lóbrega tienda semejaba un jardín. Barbarita creía que se
podrían coger flores a puñados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenar
canastillas y adornarse el pelo. Creía que se podrían deshojar y
también que tenían olor. Esto era verdad, porque despedían ese tufillo
de los embalajes asiáticos, mezcla de sándalo y de resinas exóticas que
nos trae a la mente los misterios budistas.

Más adelante pudo la niña apreciar la belleza y variedad de los abanicos
que había en la casa, y que eran una de las principales riquezas de
ella. Quedábase pasmada cuando veía los dedos de su mamá sacándolos de
las perfumadas cajas y abriéndolos como saben abrirlos los que comercian
en este artículo, es decir, con un desgaire rápido que no los estropea y
que hace ver al público la ligereza de la prenda y el blando rasgueo de
las varillas. Barbarita abría cada ojo como los de un ternero cuando su
mamá, sentándola sobre el mostrador, le enseñaba abanicos sin dejárselos
tocar; y se embebecía contemplando aquellas figuras tan monas, que no le
parecían personas, sino _chinos_, con las caras redondas y tersas como
hojitas de rosa, todos ellos risueños y estúpidos, pero muy lindos, lo
mismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos árboles que
parecían matitas de albahaca... ¡Y pensar que los árboles eran el té
nada menos, estas hojuelas retorcidas, cuyo zumo se toma para el dolor
de barriga...!

Ocuparon más adelante el primer lugar en el tierno corazón de la hija
de D. Bonifacio Arnaiz y en sus sueños inocentes, otras preciosidades
que la mamá solía mostrarle de vez en cuando, previa amonestación de no
tocarlos; objetos labrados en marfil y que debían de ser los juguetes
con que los ángeles se divertían en el Cielo. Eran al modo de torres de
muchos pisos, o barquitos con las velas desplegadas y muchos remos por
una y otra banda; también estuchitos, cajas para guantes y joyas,
botones y juegos lindísimos de ajedrez. Por el respeto con que su mamá
los cogía y los guardaba, creía Barbarita que contenían algo así como el
Viático para los enfermos, o lo que se da a las personas en la iglesia
cuando comulgan. Muchas noches se acostaba con fiebre porque no le
habían dejado satisfacer su anhelo de coger para sí aquellas monerías.
Hubiérase contentado ella, en vista de prohibición tan absoluta, con
aproximar la yema del dedo índice al pico de una de las torres; pero ni
aun esto... Lo más que se le permitía era poner sobre el tablero de
ajedrez que estaba en la vitrina de la ventana enrejada (entonces no
había escaparates), todas las piezas de un juego, no de los más finos, a
un lado las blancas, a otro las encarnadas.

Barbarita y su hermano Gumersindo, mayor que ella, eran los únicos hijos
de D. Bonifacio Arnaiz y de doña Asunción Trujillo. Cuando tuvo edad
para ello, fue a la escuela de una tal doña Calixta, sita en la calle
Imperial, en la misma casa donde estaba el Fiel Contraste. Las niñas con
quienes la de Arnaiz hacía mejores migas, eran dos de su misma edad y
vecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del dueño
de la droguería de la calle de Carretas, la otra de Muñoz, el
comerciante de hierros de la calle de Tintoreros. Eulalia Muñoz era muy
vanidosa, y decía que no había casa como la suya y que daba gusto verla
toda llena de unos pedazos de hierro _mu_ grandes, _del tamaño de la
caña de doña Calixta_, y tan pesados, tan pesados que ni cuatrocientos
hombres los podían levantar. Luego había un sin fin de martillos,
garfios, peroles _mu grandes, mu grandes_... «más anchos que este
cuarto». Pues, ¿y los paquetes de clavos? ¿Qué cosa había más bonita? ¿Y
las llaves que parecían de plata, y las planchas, y los anafres, y otras
cosas lindísimas? Sostenía que ella no necesitaba que sus papás le
comprasen muñecas, porque las hacía con un martillo, vistiéndolo con una
toalla. ¿Pues y las agujas que había en su casa? No se acertaban a
contar. Como que todo Madrid iba allí a comprar agujas, y su papá se
carteaba con el fabricante... Su papá recibía miles de cartas al día, y
las cartas olían a hierro... como que venían de Inglaterra, donde todo
es de hierro, hasta los caminos... «Sí, hija, sí, mi papá me lo ha
dicho. Los caminos están embaldosados de hierro, y por allí encima van
los coches echando demonios».

Llevaba siempre los bolsillos atestados de chucherías, que mostraba para
dejar bizcas a sus amigas. Eran tachuelas de cabeza dorada, corchetes,
argollitas pavonadas, hebillas, pedazos de papel de lija, vestigios de
muestrarios y de cosas rotas o descabaladas. Pero lo que tenía en más
estima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos días, era su colección
de etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetes
inservibles, y que tenían el famoso escudo inglés, con la jarretiera, el
leopardo y el unicornio. En todas ellas se leía: Birmingham. «Veis...
este señor _Bermingán_ es el que se cartea con mi papá todos los días,
en inglés; y son tan amigos, que siempre le está diciendo que vaya allá;
y hace poco le mandó, dentro de una caja de clavos, un jamón ahumado que
olía como a chamusquina, y un pastelón así, mirad, del tamaño del
brasero de doña Calixta, que tenía dentro muchas pasas chiquirrininas, y
picaba como la guindilla; pero _mu_ rico, hijas, _mu_ rico».

La chiquilla de Moreno fundaba su vanidad en llevar papelejos con
figuritas y letras de colores, en los cuales se hablaba de píldoras, de
barnices o de ingredientes para teñirse el pelo. Los mostraba uno por
uno, dejando para el final el gran efecto, que consistía en sacar de
súbito el pañuelo y ponerlo en las narices de sus amigas, diciéndoles:
_goled_. Efectivamente, quedábanse las otras medio desvanecidas con el
fuerte olor de agua de Colonia o de los _siete ladrones_, que el pañuelo
tenía. Por un momento, la admiración las hacía enmudecer; pero poco a
poco íbanse reponiendo, y Eulalia, cuyo orgullo rara vez se daba por
vencido, sacaba un tornillo dorado sin cabeza, o un pedazo de talco, con
el cual decía que iba a hacer un espejo. Difícil era borrar la grata
impresión y el éxito del perfume. La ferretera, algo corrida, tenía que
guardar los trebejos, después de oír comentarios verdaderamente
injustos. La de la droguería hacía muchos ascos, diciendo: «¡Uy, cómo
apesta eso, hija, guarda, guarda esas ordinarieces!».

Al siguiente día, Barbarita, que no quería dar su brazo a torcer,
llevaba unos papelitos muy raros de pasta, todos llenos de garabatos
chinescos. Después de darse mucha importancia, haciendo que lo enseñaba
y volviéndolo a guardar, con lo cual la curiosidad de las otras llegaba
al punto de la desazón nerviosa, de repente ponía el papel en las
narices de sus amigas, diciendo en tono triunfal: «¿Y eso?». Quedábanse
Castita y Eulalia atontadas con el aroma asiático, vacilando entre la
admiración y la envidia; pero al fin no tenían más remedio que humillar
su soberbia ante el olorcillo aquel de la niña de Arnaiz, y le pedían
por Dios que las dejase catarlo más. Barbarita no gustaba de prodigar su
tesoro, y apenas acercaba el papel a las respingadas narices de las
otras, lo volvía a retirar con movimiento de cautela y avaricia,
temiendo que la fragancia se marchara por los respiraderos de sus
amigas, como se escapa el humo por el cañón de una chimenea. El tiro de
aquellos olfatorios era tremendo. Por último, las dos amiguitas y otras
que se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia doña
Calixta, que solía descender a la familiaridad con las alumnas ricas,
reconocían, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna niña
tenía cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas.



--iii--


Esta niña y otras del barrio, bien apañaditas por sus respectivas mamás,
peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobre
los hombros pañuelo de Manila de los que llaman de talle, se reunían en
un portal de la calle de Postas para pedir _el cuartito para la Cruz de
Mayo_, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a una
mesilla forrada de damasco rojo. Los dueños de la casa llamada _del
portal de la Virgen_, celebraban aquel día una simpática fiesta y ponían
allí, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todavía
existe, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras de
nacimiento. A la Virgen, que aún se venera allí, la enramaban también
con yerbas olorosas, y el fabricante de cucharas, que era gallego, se
ponía la montera y el chaleco encarnado. Las pequeñuelas, si los mayores
se descuidaban, rompían la consigna y se echaban a la calle, en reñida
competencia con otras chiquillas pedigüeñas, correteando de una acera a
otra, deteniendo a los señores que pasaban, y acosándoles hasta obtener
el ochavito. Hemos oído contar a la propia Barbarita que para ella no
había dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballeros
de entonces eran en esto mucho más galantes que los de ahora, pues no
desairaban a ninguna niña bien vestidita que se les colgara de los
faldones.

Ya había completado la hija de Arnaiz su educación (que era harto
sencilla en aquellos tiempos y consistía en leer sin acento, escribir
sin ortografía, contar haciendo trompetitas con la boca, y bordar con
punto de marca el dechado), cuando perdió a su padre. Ocupaciones serias
vinieron entonces a robustecer su espíritu y a redondear su carácter. Su
madre y hermano, ayudados del gordo Arnaiz, emprendieron el inventario
de la casa, en la cual había algún desorden. Sobre las existencias de
pañolería no se hallaron datos ciertos en los libros de la tienda, y al
contarlas apareció más de lo que se creía. En el sótano estaban, muertos
de risa, varios fardos de cajas que aún no habían sido abiertos. Además
de esto, las casas importadoras de Cádiz, Cuesta y Rubio, anunciaban dos
remesas considerables que estaban ya en camino. No había más remedio que
cargar con todo aquel exceso de género, lo que realmente era una
contrariedad comercial en tiempos en que parecía iniciarse la
generalización de los abrigos _confeccionados_, notándose además en la
clase popular tendencias a vestirse como la clase media. La decadencia
del mantón de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pañuelos
llamados de talle, que eran los más baratos, se vendían bien en Madrid
(mayormente el día de San Lorenzo, para la

_parroquia de la chinche_) y tenían regular salida para Valencia y
Málaga, en cambio el gran mantón, los ricos chales de tres, cuatro y
cinco mil reales se vendían muy poco, y pasaban meses sin que ninguna
parroquiana se atreviera con ellos.

Los herederos de Arnaiz, al inventariar la riqueza de la casa, que sólo
en aquel artículo no bajaba de cincuenta mil duros, comprendieron que se
aproximaba una crisis. Tres o cuatro meses emplearon en clasificar,
ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con la
correspondencia y las facturas venidas directamente de Cantón o
remitidas por las casas de Cádiz. Indudablemente el difunto Arnaiz no
había visto claro al hacer tantos pedidos; se cegó, deslumbrado por
cierta alucinación mercantil; tal vez sintió demasiado _el amor al
artículo_ y fue más artista que comerciante. Había sido dependiente y
socio de la Compañía de Filipinas, liquidada en 1833, y al emprender por
sí el negocio de pañolería de Cantón, creía conocerlo mejor que nadie.
En verdad que lo conocía; pero tenía una fe imprudente en la perpetuidad
de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad
del pueblo español con los espléndidos crespones rameados de mil
colores. «Mientras más chillones--decía--, más venta».

En esto apareció en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio que
acabó de perturbar a D. Bonifacio. Este innovador fue Senquá, del cual
puede decirse que representaba con respecto a Ayún, en aquel arte
budista, lo que en la música representaba Beethoven con respecto a
Mozart. Senquá modificó el estilo de Ayún, dándole más amplitud,
variando más los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas,
poéticas y elegantes, sinfonías poderosas con derroche de vida,
combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio las
primeras muestras del estilo de Senquá y chiflarse por completo, fue
todo uno. «¡Barástolis!, ¡esto es la gloria divina--decía--; es mucho
chino este...!». Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y el
grave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquel
excelente hombre, porque le cogió la muerte.

El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos de
Madrás y objetos de marfil también arrojaba cifras muy altas, y se hizo
minuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas las
preciosidades que en su niñez le parecían juguetes y que le habían
producido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no
vio nunca con indiferencia tales chucherías, y hoy mismo declara que
cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de
marfil, le dan ganas de guardárselo en el seno y echar a correr.

Cumplidos los quince años, era Barbarita una chica bonitísima,
torneadita, fresca y sonrosada, de carácter jovial, inquieto y un tanto
burlón. No había tenido novio aún, ni su madre se lo permitía.
Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. La
mamá tenía sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas líneas para
realizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad
casi íntima, y además tenían vínculos de parentesco con los Trujillos.
La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas
segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de
la calle de Toledo, cuya historia sabía tan bien el gordo Arnaiz. Las
dos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra,
asombráronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa...
«ya se ve, era tan natural...» y aplaudiéndose recíprocamente,
resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes del
extremeño aquel de los aparejos borricales se distinguían siempre por su
costumbre de trazar una línea muy corta y muy recta entre la idea y el
hecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita.

Muchas veces había visto la hija de Arnaiz al chico de Santa Cruz; pero
nunca le pasó por las mientes que sería su marido, porque el tal, no
sólo no le había dicho nunca media palabra de amores, sino que ni
siquiera la miraba como miran los que pretenden ser mirados. Baldomero
era juicioso, muy bien parecido, fornido y de buen color, cortísimo de
genio, sosón como una calabaza, y de tan pocas palabras que se podían
contar siempre que hablaba. Su timidez no decía bien con su corpulencia.
Tenía un mirar leal y cariñoso, _como el de un gran perro de aguas_.

Pasaba por la honestidad misma, iba a misa todos los días que lo mandaba
la Iglesia, rezaba el rosario con la familia, trabajaba diez horas
diarias o más en el escritorio sin levantar cabeza, y no gastaba el
dinero que le daban sus papás. A pesar de estas raras dotes, Barbarita,
si alguna vez le encontraba en la calle o en la tienda de Arnaiz o en la
casa, lo que acontecía muy pocas veces, le miraba con el mismo interés
con que se puede mirar una saca de carbón o un fardo de tejidos. Así es
que se quedó como quien ve visiones cuando su madre, cierto día de
precepto, al volver de la iglesia de Santa Cruz, donde ambas confesaron
y comulgaron, le propuso el casamiento con Baldomerito. Y no empleó para
esto circunloquios ni diplomacias de palabra, sino que se fue al asunto
con estilo llano y decidido. ¡Ah, la línea recta de los Trujillos...!

Aunque Barbarita era desenfadada en el pensar, pronta en el responder, y
sabía sacudirse una mosca que le molestase, en caso tan grave se quedó
algo mortecina y tuvo vergüenza de decir a su mamá que no quería maldita
cosa al chico de Santa Cruz... Lo iba a decir; pero la cara de su madre
pareciole de madera. Vio en aquel entrecejo la línea corta y sin curvas,
la barra de acero trujillesca, y la pobre niña sintió miedo, ¡ay qué
miedo! Bien conoció que su madre se había de poner como una leona, si
ella se salía con la inocentada de querer más o menos. Callose, pues,
como en misa, y a cuanto la mamá le dijo aquel día y los subsiguientes
sobre el mismo tema del casorio, respondía con signos y palabras de
humilde aquiescencia. No cesaba de sondear su propio corazón, en el cual
encontraba a la vez pena y consuelo. No sabía lo que era amor; tan sólo
lo sospechaba. Verdad que no quería a su novio; pero tampoco quería a
otro. En caso de querer a alguno, este alguno podía ser aquel.

Lo más particular era que Baldomero, después de concertada la boda, y
cuando veía regularmente a su novia, no le decía de cosas de amor ni una
miaja de letra, aunque las breves ausencias de la mamá, que solía
dejarles solos un ratito, le dieran ocasión de lucirse como galán. Pero
nada... Aquel zagalote guapo y desabrido no sabía salir en su
conversación de las rutinas más triviales. Su timidez era tan
ceremoniosa como su levita de paño negro, de lo mejor de Sedán, y que
parecía, usada por él, como un reclamo del buen género de la casa.
Hablaba de los reverberos que había puesto el marqués de Pontejos, del
cólera del año anterior, de la degollina de los frailes, y de las muchas
casas magníficas que se iban a edificar en los solares de los derribados
conventos. Todo esto era muy bonito para dicho en la tertulia de una
tienda; pero sonaba a cencerrada en el corazón de una doncella, que no
estando enamorada, tenía ganas de estarlo.

También pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la procesión iba por
dentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandullón, no tenía
alma para sacarla fuera. «¿Me querrá?» se preguntaba la novia. Pronto
hubo de sospechar que si Baldomerito no le hablaba de amor
explícitamente, era por pura cortedad y por no saber cómo arrancarse;
pero que estaba enamorado hasta las gachas, reduciéndose a declararlo
con delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas. Sin duda
el amor más sublime es el más discreto, y las bocas más elocuentes
aquellas en que no puede entrar ni una mosca. Mas no se tranquilizaba la
joven razonando así, y el sobresalto y la incertidumbre no la dejaban
vivir. «¡Si también le estaré yo queriendo sin saberlo!» pensaba. ¡Oh!,
no; interrogándose y respondiéndose con toda lealtad, resultaba que no
le quería absolutamente nada. Verdad que tampoco le aborrecía, y algo
íbamos ganando.

Y en este desabridísimo noviazgo pasaron algunos meses, al cabo de los
cuales Baldomero se soltó y despabiló algo. Su boca se fue desellando
poquito a poco hasta que rompió, como un erizo de castaña que madura y
se abre, dejando ver el sazonado fruto. Palabra tras palabra, fue
soltando las castañas, aquellas ideas elaboradas y guardadas con
religiosa maternidad, como esconde Naturaleza sus obras en gestación.
Llegó por fin el día señalado para la boda, que fue el 3 de Mayo de
1835, y se casaron en Santa Cruz, sin aparato, instalándose en la casa
del esposo, que era una de las mejores del barrio, en la plazuela de la
Leña.



--iv--


A los dos meses de casados, y después de una temporadilla en que
Barbarita estuvo algo distraída, melancólica y como con ganas de llorar,
alarmando mucho a su madre, empezaron a notarse en aquel matrimonio, en
tan malas condiciones hecho, síntomas de idilio. Baldomero parecía otro.
En el escritorio canturriaba, y buscaba pretextos para salir, subir a la
casa y decir una palabrita a su mujer, cogiéndola en los pasillos o
donde la encontrase. También solía equivocarse al sentar una partida, y
cuando firmaba la correspondencia, daba a los rasgos de la tradicional
rúbrica de la casa una amplitud de trazo verdaderamente grandiosa,
terminando el rasgo final hacia arriba como una invocación de gratitud
dirigida al Cielo. Salía muy poco, y decía a sus amigos íntimos que no
se cambiaría por un Rey, ni por su tocayo Espartero, pues no había
felicidad semejante a la suya. Bárbara manifestaba a su madre con gozo
discreto, que Baldomero no le daba el más mínimo disgusto; que los dos
caracteres se iban armonizando perfectamente, que él era bueno como el
mejor pan y que tenía mucho talento, un talento que se descubría donde
y como debe descubrirse, en las ocasiones. En cuanto estaba diez minutos
en la casa materna, ya no se la podía aguantar, porque se ponía
desasosegaba y buscaba pretextos para marcharse diciendo: «Me voy, que
está mi marido solo».

El idilio se acentuaba cada día, hasta el punto de que la madre de
Barbarita, disimulando su satisfacción, decía a esta: «Pero, hija, vais
a dejar tamañitos a los _Amantes de Teruel_». Los esposos salían a paseo
juntos todas las tardes. Jamás se ha visto a D. Baldomero II en un
teatro sin tener al lado a su mujer. Cada día, cada mes y cada año, eran
más tórtolos, y se querían y estimaban más. Muchos años después de
casados, parecía que estaban en la luna de miel. El marido ha mirado
siempre a su mujer como una criatura sagrada, y Barbarita ha visto
siempre en su esposo el hombre más completo y digno de ser amado que en
el mundo existe. Cómo se compenetraron ambos caracteres, cómo se formó
la conjunción inaudita de aquellas dos almas, sería muy largo de contar.
El señor y la señora de Santa Cruz, que aún viven y ojalá vivieran mil
años, son el matrimonio más feliz y más admirable del presente siglo.
Debieran estos nombres escribirse con letras de oro en los antipáticos
salones de la Vicaría, para eterna ejemplaridad de las generaciones
futuras, y debiera ordenarse que los sacerdotes, al leer la epístola de
San Pablo, incluyeran algún parrafito, en latín o castellano, referente
a estos excelsos casados. Doña Asunción Trujillo, que falleció en 1841
en un día triste de Madrid, el día en que fusilaron al general León,
salió de este mundo con el atrevido pensamiento de que para alcanzar la
bienaventuranza no necesitaba alegar más título que el de autora de
aquel cristiano casamiento. Y que no le disputara esta gloria Juana
Trujillo, madre de Baldomero, la cual había muerto el año anterior,
porque Asunción probaría ante todas las cancillerías celestiales que a
ella se le había ocurrido la sublime idea antes que a su prima.

Ni los años, ni las menudencias de la vida han debilitado nunca el
profundísimo cariño de estos benditos cónyuges. Ya tenían canas las
cabezas de uno y otro, y D. Baldomero decía a todo el que quisiera oírle
que amaba a su mujer _como el primer día_. Juntos siempre en el paseo,
juntos en el teatro, pues a ninguno de los dos le gusta la función si el
otro no la ve también. En todas las fechas que recuerdan algo dichoso
para la familia, se hacen recíprocamente sus regalitos, y para colmo de
felicidad, ambos disfrutan de una salud espléndida. El deseo final del
señor de Santa Cruz es que ambos se mueran juntos, el mismo día y a la
misma hora, en el mismo lecho nupcial en que han dormido toda su vida.

Les conocí en 1870. D. Baldomero tenía ya sesenta años, Barbarita
cincuenta y dos. Él era un señor de muy buena presencia, el pelo
entrecano, todo afeitado, colorado, fresco, más joven que muchos hombres
de cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, ágil y bien
dispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquella
de perrazo de Terranova. Su esposa pareciome, para decirlo de una vez,
una mujer guapísima, casi estoy por decir monísima. Su cara tenía la
frescura de las rosas cogidas, pero no ajadas todavía, y no usaba más
afeite que el agua clara. Conservaba una dentadura ideal y un cuerpo
que, aun sin corsé, daba quince y raya a muchas fantasmonas exprimidas
que andan por ahí. Su cabello se había puesto ya enteramente blanco, lo
cual la favorecía más que cuando lo tenía entrecano. Parecía pelo
empolvado a estilo Pompadour, y como lo tenía tan rizoso y tan bien
partido sobre la frente, muchos sostenían que ni allí había canas ni
Cristo que lo fundó. Si Barbarita presumiera, habría podido recortar muy
bien los cincuenta y dos años plantándose en los treinta y ocho, sin que
nadie le sacara la cuenta, porque la fisonomía y la expresión eran de
juventud y gracia, iluminadas por una sonrisa que era la pura miel...
Pues si hubiera querido presumir con malicia, ¡digo...!, a no ser lo
que era, una matrona respetabilísima con toda la sal de Dios en su
corazón, habría visto acudir los hombres como acuden las moscas a una de
esas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y les
chorrea por la corteza todo el azúcar.

¿Y Juanito? Pues Juanito fue esperado desde el primer año de aquel
matrimonio sin par. Los felices esposos contaban con él este mes, el que
viene y el otro, y estaban viéndole venir y deseándole como los judíos
al Mesías. A veces se entristecían con la tardanza; pero la fe que
tenían en él les reanimaba. Si tarde o temprano había de venir... era
cuestión de paciencia. Y el muy pillo puso a prueba la de sus padres,
porque se entretuvo diez años por allá, haciéndoles rabiar. No se dejaba
ver de Barbarita más que en sueños, en diferentes aspectos infantiles,
ya comiéndose los puños cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos
encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picardía en
los ojos. Por fin Dios le mandó en carne mortal, cuando los esposos
empezaron a quejarse de la Providencia y a decir que les había engañado.
Día de júbilo fue aquel de Septiembre de 1845 en que vino a ocupar su
puesto en el más dichoso de los hogares Juanito Santa Cruz. Fue padrino
del crío el gordo Arnaiz, quien dijo a Barbarita: «A mí no me la das tú.
Aquí ha habido matute. Este ternero lo has traído de la Inclusa para
engarnos... ¡Ah!, estos proteccionistas no son más que contrabandistas
disfrazados».

Criáronle con regalo y exquisitos cuidados, pero sin mimo. D. Baldomero
no tenía carácter para poner un freno a su estrepitoso cariño paternal,
ni para meterse en severidades de educación y formar al chico como le
formaron a él. Si su mujer lo permitiera, habría llevado Santa Cruz su
indulgencia hasta consentir que el niño hiciera en todo su real gana.
¿En qué consistía que habiendo sido él educado tan rígidamente por D.
Baldomero I, era todo blanduras con su hijo? ¡Efectos de la evolución
educativa, paralela de la evolución política! Santa Cruz tenía muy
presentes las ferocidades disciplinarias de su padre, los castigos que
le imponía, y las privaciones que le había hecho sufrir. Todas las
noches del año le obligaba a rezar el rosario con los dependientes de la
casa; hasta que cumplió los veinticinco nunca fue a paseo solo, sino en
corporación con los susodichos dependientes; el teatro no lo cataba sino
el día de Pascua, y le hacían un trajecito nuevo cada año, el cual no se
ponía más que los domingos. Teníanle trabajando en el escritorio o en el
almacén desde las nueve de la mañana a las ocho de la noche, y había de
servir para todo, lo mismo para mover un fardo que para escribir
cartas. Al anochecer, solía su padre echarle los tiempos por encender el
velón de cuatro mecheros antes de que las tinieblas fueran completamente
dueñas del local. En lo tocante a juegos, no conoció nunca más que el
mus, y sus bolsillos no supieron lo que era un cuarto hasta mucho
después del tiempo en que empezó a afeitarse. Todo fue rigor, trabajo,
sordidez. Pero lo más particular era que creyendo D. Baldomero que tal
sistema había sido eficacísimo para formarle a él, lo tenía por
deplorable tratándose de su hijo. Esto no era una falta de lógica, sino
la consagración práctica de la idea madre de aquellos tiempos, el
progreso. ¿Qué sería del mundo sin progreso?, pensaba Santa Cruz, y al
pensarlo sentía ganas de dejar al chico entregado a sus propios
instintos. Había oído muchas veces a los economistas que iban de
tertulia a casa de Cantero, la célebre frase _laissez aller, laissez
passer_... El gordo Arnaiz y su amigo Pastor, el economista, sostenían
que todos los grandes problemas se resuelven por sí mismos, y D. Pedro
Mata opinaba del propio modo, aplicando a la sociedad y a la política el
sistema de la medicina expectante. La naturaleza se cura sola; no hay
más que dejarla. Las fuerzas reparatrices lo hacen todo, ayudadas del
aire. El hombre se educa sólo en virtud de las suscepciones constantes
que determina en su espíritu la conciencia, ayudada del ambiente social.
D. Baldomero no lo decía así; pero sus vagas ideas sobre el asunto se
condensaban en una expresión de moda y muy socorrida: «el mundo marcha».

Felizmente para Juanito, estaba allí su madre, en quien se equilibraban
maravillosamente el corazón y la inteligencia. Sabía coger las
disciplinas cuando era menester, y sabía ser indulgente a tiempo. Si no
le pasó nunca por las mientes obligar a rezar el rosario a un chico que
iba a la Universidad y entraba en la cátedra de Salmerón, en cambio no
le dispensó del cumplimiento de los deberes religiosos más elementales.
Bien sabía el muchacho que si hacía novillos a la misa de los domingos,
no iría al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en
Junio, no había dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el
campo con Estupiñá (luego hablaré de este tipo) para cazar pájaros con
red o liga, ni los demás divertimientos con que se recompensaba su
aplicación.

Mientras estudió la segunda enseñanza en el colegio de Masarnau, donde
estaba a media pensión, su mamá le repasaba las lecciones todas las
noches, se las metía en el cerebro a puñados y a empujones, como se mete
la lana en un cojín. Ved por dónde aquella señora se convirtió en
sibila, intérprete de toda la ciencia humana, pues le descifraba al
niño los puntos oscuros que en los libros había, y aclaraba todas sus
dudas, allá como Dios le daba a entender. Para manifestar hasta dónde
llegaba la sabiduría enciclopédica de doña Bárbara, estimulada por el
amor materno, baste decir que también le traducía los temas de latín,
aunque en su vida había ella sabido palotada de esta lengua. Verdad que
era traducción libre, mejor dicho, liberal, casi demagógica. Pero Fedro
y Cicerón no se hubieran incomodado si estuvieran oyendo por encima del
hombro de la maestra, la cual sacaba inmenso partido de lo poco que el
discípulo sabía. También le cultivaba la memoria, descargándosela de
fárrago inútil, y le hacía ver claros los problemas de aritmética
elemental, valiéndose de garbanzos o judías, pues de otro modo no andaba
ella muy a gusto por aquellos derroteros. Para la Historia Natural,
solía la maestra llamar en su auxilio al león del Retiro, y únicamente
en la Química se quedaban los dos parados, mirándose el uno al otro,
concluyendo ella por meterle en la memoria las fórmulas, después de
observar que estas cosas no las entienden más que los boticarios, y que
todo se reduce a si se pone más o menos cantidad de agua del pozo.
Total: que cuando Juan se hizo bachiller en Artes, Barbarita declaraba
riendo que con estos teje-manejes se había vuelto, sin saberlo, una doña
Beatriz Galindo para latines y una catedrática universal.



--v--


En este interesante periodo de la crianza del heredero, desde el 45 para
acá, sufrió la casa de Santa Cruz la transformación impuesta por los
tiempos, y que fue puramente externa, continuando inalterada en lo
esencial. En el escritorio y en el almacén aparecieron los primeros
mecheros de gas hacia el año 49, y el famoso velón de cuatro luces
recibió tan tremenda bofetada de la dura mano del progreso, que no se le
volvió a ver más por ninguna parte. En la caja habían entrado ya los
primeros billetes del Banco de San Fernando, que sólo se usaban para el
pago de letras, pues el público los miraba aún con malos ojos. Se
hablaba aún de talegas, y la operación de contar cualquier cantidad era
obra para que la desempeñara Pitágoras u otro gran aritmético, pues con
los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros españoles,
los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las
monedas macuquinas, se armaba un belén espantoso.

Aún no se conocían el sello de correo, ni los sobres ni otras conquistas
del citado progreso. Pero ya los dependientes habían empezado a
sacudirse las cadenas; ya no eran aquellos parias del tiempo de D.
Baldomero I, a quienes no se permitía salir sino los domingos y en
comunidad, y cuyo vestido se confeccionaba por un patrón único, para que
resultasen uniformados como colegiales o presidiarios. Se les dejaba
concurrir a los bailes de Villahermosa o de candil, según las aficiones
de cada uno. Pero en lo que no hubo variación fue en aquel piadoso
atavismo de hacerles rezar el rosario todas las noches. Esto no pasó a
la historia hasta la época reciente del traspaso a _los Chicos_.
Mientras fue D. Baldomero jefe de la casa, esta no se desvió en lo
esencial de los ejes diamantinos sobre que la tenía montada el padre, a
quien se podría llamar _D. Baldomero el Grande_. Para que el progreso
pusiera su mano en la obra de aquel hombre extraordinario, cuyo retrato,
debido al pincel de D. Vicente López, hemos contemplado con satisfacción
en la sala de sus ilustres descendientes, fue preciso que todo Madrid se
transformase; que la desamortización edificara una ciudad nueva sobre
los escombros de los conventos; que el Marqués de Pontejos adecentase
este lugarón; que las reformas arancelarias del 49 y del 68, pusieran
patas arriba todo el comercio madrileño; que el grande ingenio de
Salamanca idease los primeros ferrocarriles; que Madrid se _colocase_,
por arte del vapor, a cuarenta horas de París, y por fin, que hubiera
muchas guerras y revoluciones y grandes trastornos en la riqueza
individual.

También la casa de Gumersindo Arnaiz, hermano de Barbarita, ha pasado
por grandes crisis y mudanzas desde que murió D. Bonifacio. Dos años
después del casamiento de su hermana con Santa Cruz, casó Gumersindo con
Isabel Cordero, hija de D. Benigno Cordero, mujer de gran disposición,
que supo ver claro en el negocio de tiendas y ha sido la salvadora de
aquel acreditado establecimiento. Comprometido éste del 40 al 45, por
los últimos errores del difunto Arnaiz, se defendió con los _mahones_,
aquellas telas ligeras y frescas que tanto se usaron hasta el 54. El
género de China decaía visiblemente. Las galeras aceleradas iban
trayendo a Madrid cada día con más presteza las novedades parisienses, y
se apuntaba la invasión lenta y tiránica de los medios colores, que
pretenden ser signo de cultura. La sociedad española empezaba a presumir
de _seria_; es decir, a vestirse lúgubremente, y el alegre imperio de
los colorines se derrumbaba de un modo indudable. Como se habían ido las
capas rojas, se fueron los pañuelos de Manila. La aristocracia los cedía
con desdén a la clase media, y esta, que también quería ser aristócrata,
entregábalos al pueblo, último y fiel adepto de los matices vivos. Aquel
encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza
sonriente, encendida por el sol de Mediodía, empezó a perder terreno,
aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defendía la prenda
española como defendió el parque de Monteleón y los reductos de
Zaragoza. Poco a poco iba cayendo el chal de los hombros de las mujeres
hermosas, porque la sociedad se empeñaba en parecer grave, y para ser
grave nada mejor que envolverse en tintas de tristeza. Estamos bajo la
influencia del Norte de Europa, y ese maldito Norte nos impone los
grises que toma de su ahumado cielo. El sombrero de copa da mucha
respetabilidad a la fisonomía, y raro es el hombre que no se cree
importante sólo con llevar sobre la cabeza un cañón de chimenea. Las
señoras no se tienen por tales si no van vestidas de color de hollín,
ceniza, rapé, verde botella o pasa de corinto. Los tonos vivos las
encanallan, porque el pueblo ama el rojo bermellón, el amarillo tila, el
cadmio y el verde forraje; y está tan arraigado en la plebe el
sentimiento del color, que la _seriedad_ no ha podido establecer su
imperio sino transigiendo. El pueblo ha aceptado el oscuro de las capas,
imponiendo el rojo de las vueltas; ha consentido las capotas,
conservando las mantillas y los pañuelos chillones para la cabeza; ha
transigido con los gabanes y aun con el _polisón_, a cambio de las
toquillas de gama clara, en que domina el celeste, el rosa y el amarillo
de Nápoles. El crespón es el que ha ido decayendo desde 1840, no sólo
por la citada evolución de la _seriedad_ europea, que nos ha cogido de
medio a medio, sino por causas económicas a las que no podíamos
sustraernos.

Las comunicaciones rápidas nos trajeron mensajeros de la potente
industria belga, francesa e inglesa, que necesitaban mercados. Todavía
no era moda ir a buscarlos al África, y los venían a buscar aquí,
cambiando cuentas de vidrio por pepitas de oro; es decir, lanillas,
cretonas y merinos, por dinero contante o por obras de arte. Otros
mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llevándose
los brocados históricos de casullas y frontales, el tisú y los
terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riquísimas de
la industria española. Al propio tiempo arramblaban por los espléndidos
pañuelos de Manila, que habían ido descendiendo hasta las gitanas.
También se dejó sentir aquí, como en todas partes, el efecto de otro
fenómeno comercial, hijo del progreso. Refiérome a los grandes
acaparamientos del comercio inglés, debidos al desarrollo de su inmensa
marina. Esta influencia se manifestó bien pronto en aquellos humildes
rincones de la calle de Postas por la depreciación súbita del género de
la China. Nada más sencillo que esta depreciación. Al fundar los
ingleses el gran depósito comercial de Singapore, monopolizaron el
tráfico del Asia y arruinaron el comercio que hacíamos por la vía de
Cádiz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones. Ayún y
Senquá dejaron de ser nuestros mejores amigos, y se hicieron amigos de
los ingleses. El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado
King-Cheong se cartea en inglés con nuestros comerciantes y da sus
precios en libras esterlinas. Desde que Singapore apareció en la
geografía práctica, el género de Cantón y Shangai dejó de venir en
aquellas pesadas fragatonas de los armadores de Cádiz, los Fernández de
Castro, los Cuesta, los Rubio; y la dilatada travesía del Cabo pasó a la
historia como apéndice de los fabulosos trabajos de Vasco de Gama y de
Alburquerque. La vía nueva trazáronla los vapores ingleses combinados
con el ferrocarril de Suez.

Ya en 1840 las casas que traían directamente el género de Cantón no
podían competir con las que lo encargaban a Liverpool. Cualquier
mercachifle de la calle de Postas se proveía de este artículo sin ir a
tomarlo en los dos o tres depósitos que en Madrid había. Después las
corrientes han cambiado otra vez, y al cabo de muchos años ha vuelto a
traer España directamente las obras de King-Cheong; mas para esto ha
sido preciso que viniera la gran vigorización del comercio después del
68 y la robustez de los capitales de nuestros días.

El establecimiento de Gumersindo Arnaiz se vio amenazado de ruina,
porque las tres o cuatro casas cuya especialidad era como una herencia o
traspaso de la Compañía de Filipinas, no podían seguir monopolizando la
pañolería y demás artes chinescas. Madrid se inundaba de género a precio
más bajo que el de las facturas de D. Bonifacio Arnaiz, y era preciso
realizar de cualquier modo. Para compensar las pérdidas de la
_quemazón_, urgía plantear otro negocio, buscar nuevos caminos, y aquí
fue donde lució sus altas dotes Isabel Cordero, esposa de Gumersindo,
que tenía más pesquis que este. Sin saber pelotada de Geografía,
comprendía que había un Singapore y un istmo de Suez.

Adivinaba el fenómeno comercial, sin acertar a darle nombre, y en vez de
echar maldiciones contra los ingleses, como hacía su marido, se dio a
discurrir el mejor remedio. ¿Qué corrientes seguirían? La más marcada
era la de las _novedades_, la de la influencia de la fabricación
francesa y belga, en virtud de aquella ley de los grises del Norte,
invadiendo, conquistando y anulando nuestro ser colorista y romancesco.
El vestir se anticipaba al pensar y cuando aún los versos no habían sido
desterrados por la prosa, ya la lana había hecho trizas a la seda.

«Pues apechuguemos con las _novedades_» dijo Isabel a su marido,
observando aquel furor de modas que le entraba a esta sociedad y el afán
que todos los madrileños sentían de ser elegantes _con seriedad_. Era,
por añadidura, la época en que la clase media entraba de lleno en el
ejercicio de sus funciones, apandando todos los empleos creados por el
nuevo sistema político y administrativo, comprando a plazos todas las
fincas que habían sido de la Iglesia, constituyéndose en propietaria del
suelo y en usufructuaria del presupuesto, absorbiendo en fin los
despojos del absolutismo y del clero, y fundando el imperio de la
levita. Claro es que la levita es el símbolo; pero lo más interesante de
tal imperio está en el vestir de las señoras, origen de energías
poderosas, que de la vida privada salen a la pública y determinan hechos
grandes. ¡Los trapos, ay! ¿Quién no ve en ellos una de las principales
energías de la época presente, tal vez una causa generadora de
movimiento y vida? Pensad un poco en lo que representan, en lo que
valen, en la riqueza y el ingenio que consagra a producirlos la ciudad
más industriosa del mundo, y sin querer, vuestra mente os presentará
entre los pliegues de las telas de moda todo nuestro organismo
mesocrático, ingente pirámide en cuya cima hay un sombrero de copa; toda
la máquina política y administrativa, la deuda pública y los
ferrocarriles, el presupuesto y las rentas, el Estado tutelar y el
parlamentarismo socialista.

Pero Gumersindo e Isabel habían llegado un poco tarde, porque las
_novedades_ estaban en manos de mercaderes listos, que sabían ya el
camino de París. Arnaiz fue también allá; mas no era hombre de gusto y
trajo unos adefesios que no tuvieron aceptación. La Cordero, sin
embargo, no se desanimaba. Su marido empezaba a atontarse; ella a _ver
claro_. Vio que las costumbres de Madrid se transformaban rápidamente,
que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condición de
aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no tenía de
metrópoli más que el nombre y la vanidad ridícula. Era un payo con
casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia. Por fin el
paleto se disponía a ser señor de verdad. Isabel Cordero, que se
anticipaba a su época, presintió la traída de aguas del Lozoya, en
aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y
alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada
de los pozos; en aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en
que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano,
pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse.

La perspicaz mujer vio el porvenir, oyó hablar del gran proyecto de
Bravo Murillo, como de una cosa que ella había sentido en su alma. Por
fin Madrid, dentro de algunos años, iba a tener raudales de agua
distribuidos en las calles y plazas, y adquiriría la costumbre de
lavarse, por lo menos, la cara y las manos. Lavadas estas partes, se
lavaría después otras. Este Madrid, que entonces era futuro, se le
representó con visiones de camisas limpias en todas las clases, de
mujeres ya acostumbradas a mudarse todos los días, y de señores que eran
la misma pulcritud. De aquí nació la idea de dedicar la casa al género
blanco, y arraigada fuertemente la idea, poco a poco se fue haciendo
realidad. Ayudado por D. Baldomero y Arnaiz, Gumersindo empezó a traer
batistas finísimas de Inglaterra, holandas y escocias, irlandas y
madapolanes, _nansouk_ y cretonas de Alsacia, y la casa se fue
levantando no sin trabajo de su postración hasta llegar a adquirir una
prosperidad relativa. Complemento de este negocio _en blanco_, fueron la
damasquería gruesa, los cutíes para colchones y la mantelería de
Courtray que vino a ser _especialidad_ de la casa, como lo decía un
rótulo añadido al letrero antiguo de la tienda. Las puntillas y
encajería mecánica vinieron más tarde, siendo tan grandes los pedidos de
Arnaiz, que una fábrica de Suiza trabajaba sólo para él. Y por fin, las
crinolinas dieron al establecimiento buenas ganancias. Isabel Cordero,
que había presentido el Canal del Lozoya, presintió también el
miriñaque; que los franceses llamaban _Malakoff_, invención absurda que
parecía salida de un cerebro enfermo de tanto pensar en la dirección de
los globos.

De la pañolería y artículos asiáticos, sólo quedaban en la casa por los
años del 50 al 60 tradiciones religiosamente conservadas. Aún había
alguna torrecilla de marfil, y buena porción de mantones ricos de alto
precio en cajas primorosas. Era quizás Gumersindo la persona que en
Madrid tenía más arte para doblarlos, porque ha de saberse que doblar un
crespón era tarea tan difícil como hinchar un perro. No sabían hacerlo
sino los que de antiguo tenían la costumbre de manejar aquel artículo,
por lo cual muchas damas, que en algún baile de máscaras se ponían el
chal, lo mandaban al día siguiente, con la caja, a la tienda de
Gumersindo Arnaiz, para que este lo doblase según arte tradicional, es
decir, dejando oculta la rejilla de a tercia y el fleco de a cuarta, y
visible en el cuartel superior el dibujo central. También se conservaban
en la tienda los dos maniquís vestidos de mandarines. Se pensó en
retirarlos, porque ya estaban los pobres un poco tronados; pero
Barbarita se opuso, porque dejar de verlos allí haciendo juego con la
fisonomía lela y honrada del Sr. de Ayún, era como si enterrasen a
alguno de la familia; y aseguró que si su hermano se obstinaba en
quitarlos, ella se los llevaría a su casa para ponerlos en el comedor,
haciendo juego con los aparadores.



--vi--


Aquella gran mujer, Isabel Cordero de Arnaiz, dotada de todas las
agudezas del traficante y de todas las triquiñuelas económicas del ama
de gobierno, fue agraciada además por el Cielo con una fecundidad
prodigiosa. En 1845, cuando nació Juanito, ya había tenido ella cinco, y
siguió pariendo con la puntualidad de los vegetales que dan fruto cada
año. Sobre aquellos cinco hay que apuntar doce más en la cuenta; total,
diez y siete partos, que recordaba asociándolos a fechas célebres del
reinado de Isabel II. «Mi primer hijo--decía--nació cuando vino la tropa
carlista hasta las tapias de Madrid. Mi Jacinta nació cuando se casó la
Reina, con pocos días de diferencia. Mi Isabelita vino al mundo el día
mismo en que el cura Merino le pegó la puñalada a Su Majestad, y tuve a
Rupertito el día de San Juan del 58, el mismo día que se inauguró la
traída de aguas».

Al ver la estrecha casa, se daba uno a pensar que la ley de
impenetrabilidad de los cuerpos fue el pretexto que tomó la muerte para
mermar aquel bíblico rebaño. Si los diez y siete chiquillos hubieran
vivido, habría sido preciso ponerlos en los balcones como los tiestos, o
colgados en jaulas de machos de perdiz. El garrotillo y la escarlatina
fueron entresacando aquella mies apretada, y en 1870 no quedaban ya más
que nueve. Los dos primeros volaron a poco de nacidos. De tiempo en
tiempo se moría uno, ya crecidito, y se aclaraban las filas. En no sé
qué año, se murieron tres con intervalo de cuatro meses. Los que
rebasaron de los diez años, se iban criando regularmente.

He dicho que eran nueve. Falta consignar que de estas nueve cifras,
siete correspondían al sexo femenino. ¡Vaya una plaga que le había caído
al bueno de Gumersindo! ¿Qué hacer con siete chiquillas? Para guardarlas
cuando fueran mujeres, se necesitaba un cuerpo de ejército. ¿Y cómo
casarlas bien a todas? ¿De dónde iban a salir siete maridos buenos?
Gumersindo, siempre que de esto se le hablaba, echábalo a broma,
confiando en la buena mano que tenía su mujer para todo.
«Verán--decía--, cómo saca ella de debajo de las piedras siete yernos de
primera». Pero la fecunda esposa no las tenía todas consigo. Siempre que
pensaba en el porvenir de sus hijas se ponía triste; y sentía como
remordimientos de haber dado a su marido una familia que era un problema
económico. Cuando hablaba de esto con su cuñada Barbarita, lamentábase
de parir hembras como de una responsabilidad. Durante su campaña
prolífica, desde el 38 al 60, acontecía que a los cuatro o cinco meses
de haber dado a luz, ya estaba otra vez en cinta. Barbarita no se
tomaba el trabajo de preguntárselo, y lo daba por hecho. «Ahora--le
decía--, vas a tener un muchacho». Y la otra, enojada, echando pestes
contra su fecundidad, respondía: «Varón o hembra, estos regalos debieran
ser para ti. A ti debiera Dios darte un canario de alcoba todos los
años».

Las ganancias del establecimiento no eran escasas; pero los esposos
Arnaiz no podían llamarse ricos, porque con tanto parto y tanta muerte
de hijos y aquel familión de hembras la casa no acababa de florecer como
debiera. Aunque Isabel hacía milagros de arreglo y economía, el
considerable gasto cotidiano quitaba al establecimiento mucha savia.
Pero nunca dejó de cumplir Gumersindo sus compromisos comerciales, y si
su capital no era grande, tampoco tenía deudas. El _quid_ estaba en
colocar bien las siete chicas, pues mientras esta tremenda campaña
matrimoñesca no fuera coronada por un éxito brillante, en la casa no
podía haber grandes ahorros.

Isabel Cordero era, veinte años ha, una mujer desmejorada, pálida,
deforme de talle, como esas personas que parece se están desbaratando y
que no tienen las partes del cuerpo en su verdadero sitio. Apenas se
conocía que había sido bonita. Los que la trataban no podían
imaginársela en estado distinto del que se llama interesante, porque el
barrigón parecía en ella cosa normal, como el color de la tez o la
forma de la nariz. En tal situación y en los breves periodos que tenía
libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el día de caer en
la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado
gobierno de aquella casa. Lo mismo funcionaba en la cocina que en el
escritorio, y acabadita de poner la enorme sartén de migas para la cena
o el calderón de patatas, pasaba a la tienda a que su marido la enterase
de las facturas que acababa de recibir o de los avisos de letras.
Cuidaba principalmente de que sus niñas no estuviesen ociosas. Las más
pequeñas y los varoncitos iban a la escuela; las mayores trabajaban en
el gabinete de la casa, ayudando a su madre en el repaso de la ropa, o
en acomodar al cuerpo de los varones las prendas desechadas del padre.
Alguna de ellas se daba maña para planchar; solían también lavar en el
gran artesón de la cocina, y zurcir y echar un remiendo. Pero en lo que
mayormente sobresalían todas era en el arte de arreglar sus propios
perendengues. Los domingos, cuando su mamá las sacaba a paseo, en larga
procesión, iban tan bien apañaditas que daba gusto verlas. Al ir a misa,
desfilaban entre la admiración de los fieles; porque conviene apuntar
que eran muy monas. Desde las dos mayores que eran ya mujeres, hasta la
última, que era una miniaturita, formaban un rebaño interesantísimo que
llamaba la atención por el número y la escala gradual de las tallas.
Los conocidos que las veían entrar, decían: «ya está ahí doña Isabel con
el muestrario». La madre, peinada con la mayor sencillez, sin ningún
adorno, flácida, pecosa y desprovista ya de todo atractivo personal que
no fuera la respetabilidad, pastoreaba aquel rebaño, llevándolo por
delante como los paveros en Navidad.

¡Y que no pasaba flojos apuros la pobre para salir airosa en aquel papel
inmenso! A Barbarita le hacía ordinariamente sus confidencias. «Mira,
hija, algunos meses me veo tan agonizada, que no sé qué hacer. Dios me
protege, que si no... Tú no sabes lo que es vestir siete hijas. Los
varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van
tirando. ¡Pero las niñas!... ¡Y con estas modas de ahora y este
suponer!... ¿Viste la pieza de merino azul?, pues no fue bastante y tuve
que traer diez varas más. ¡Nada te quiero decir del ramo de zapatos!
Gracias que dentro de casa la que se me ponga otro calzado que no sea
las alpargatitas de cáñamo, ya me tiene hecha una leona. Para llenarles
la barriga, me defiendo con las patatas y las migas. Este año he
suprimido los estofados. Sé que los dependientes refunfuñan; pero no me
importa. Que vayan a otra parte donde los traten mejor. ¿Creerás que un
quintal de carbón se me va como un soplo? Me traigo a casa dos arrobas
de aceite, y a los pocos días... pif... parece que se lo han chupado las
lechuzas. Encargo a Estupiñá dos o tres quintales de patatas, hija, y
como si no trajera nada». En la casa había dos mesas. En la primera
comían el principal y su señora, las niñas, el dependiente más antiguo y
algún pariente, como Primitivo Cordero cuando venía a Madrid de su finca
de Toledo, donde residía. A la segunda se sentaban los dependientes
menudos y los dos hijos, uno de los cuales hacía su aprendizaje en la
tienda de blondas de Segundo Cordero. Era un total de diez y siete o
diez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habría rendido a
cualquiera mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que las
niñas iban creciendo, disminuía para la madre parte del trabajo
material; pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia
para guardar el rebaño, cada vez más perseguido de lobos y expuesto a
infinitas asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, y
ni Cristo Padre podía evitar los atisbos por el único balcón de la casa
o por la ventanucha que daba al callejón de San Cristóbal. Empezaban a
entrar en la casa cartitas, y a desarrollarse esas intrigüelas inocentes
que son juegos de amor, ya que no el amor mismo. Doña Isabel estaba
siempre con cada ojo como un farol, y no las perdía de vista un momento.
A esta fatiga ruda del espionaje materno uníase el trabajo de exhibir y
airear el muestrario, por ver si caía algún parroquiano o por otro
nombre, marido. Era forzoso _hacer el artículo_, y aquella gran mujer,
negociante en hijas, no tenía más remedio que vestirse y concurrir con
su _género_ a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo hacía,
ponían las nenas unos morros que no se las podía aguantar. Era también
de rúbrica el paseíto los domingos, en corporación, las niñas muy bien
arregladitas con cuatro pingos que parecían lo que no eran, la mamá muy
estirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, con
manguito que le daba un calor excesivo a las manos, y su buena
cachemira. Sin ser vieja lo parecía.

Dios, al fin, apreciando los méritos de aquella heroína, que ni un punto
se apartaba de su puesto en el combate social, echó una mirada de
benevolencia sobre el muestrario y después lo bendijo. La primera chica
que se casó fue la segunda, llamada Candelaria, y en honor de la verdad,
no fue muy lucido aquel matrimonio. Era el novio un buen muchacho,
dependiente en la camisería de la viuda de Aparisi. Llamábase Pepe
Samaniego y no tenía más fortuna que sus deseos de trabajar y su
honradez probada. Su apellido se veía mucho en los rótulos del comercio
menudo. Un tío suyo era boticario en la calle del Ave María. Tenía un
primo pescadero, otro tendero de capas en la calle de la Cruz, otro
prestamista, y los demás, lo mismo que sus hermanos, eran todos
horteras. Pensaron primero los de Arnaiz oponerse a aquella unión; mas
pronto se hicieron esta cuenta: «No están los tiempos para hilar muy
delgado en esto de los maridos. Hay que tomar todo lo que se presente,
porque son siete a colocar. Basta con que el chico sea formal y
trabajador».

Casose luego la mayor, llamada Benigna en memoria de su abuelito el
héroe de Boteros. Esta sí que fue buena boda. El novio era Ramón
Villuendas, hijo mayor del célebre cambiante de la calle de Toledo; gran
casa, fortuna sólida. Era ya viudo con dos chiquillos, y su parentela
ofrecía variedad chocante en orden de riqueza. Su tío D. Cayetano
Villuendas estaba casado con Eulalia hermana del marqués de Casa-Muñoz,
y poseía muchos millones; en cambio, había un Villuendas tabernero y
otro que tenía un tenducho de percales y bayetas llamado _El Buen
Gusto_. El parentesco de los Villuendas pobres con los ricos no se veía
muy claro; pero parientes eran y muchos de ellos se trataban y se
tuteaban.

La tercera de las chicas, llamada Jacinta, pescó marido al año
siguiente. ¡Y qué marido!... Pero al llegar aquí, me veo precisado a
cortar esta hebra, y paso a referir ciertas cosas que han de preceder a
la boda de Jacinta.



-III-

Estupiñá



--i--


En la tienda de Arnaiz, junto a la reja que da a la calle de San
Cristóbal, hay actualmente tres sillas de madera curva de Viena, las
cuales sucedieron hace años a un banco sin respaldo forrado de hule
negro, y este banco tuvo por antecesor a un arcón o caja vacía. Aquélla
era la sede de la inmemorial tertulia de la casa. No había tienda sin
tertulia, como no podía haberla sin mostrador y santo tutelar. Era esto
un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en
tiempos en que no existían casinos, pues aunque había sociedades
secretas y clubs y cafés más o menos patrióticos, la gran mayoría de los
ciudadanos pacíficos no iba a ellos, prefiriendo charlar en las tiendas.
Barbarita tiene aún reminiscencias vagas de la tertulia en los tiempos
de su niñez. Iba un fraile muy flaco que era el padre Alelí, un señor
pequeñito con anteojos, que era el papá de Isabel, algunos militares y
otros tipos que se confundían en su mente con las figuras de los dos
mandarines.

Y no sólo se hablaba de asuntos políticos y de la guerra civil, sino de
cosas del comercio. Recuerda la señora haber oído algo acerca de los
primeros fósforos o mistos que vinieron al mercado, y aun haberlos
visto. Era como una botellita en la cual se metía la cerilla, y salía
echando lumbre. También oyó hablar de las primeras alfombras de moqueta,
de los primeros colchones de muelles, y de los primeros ferrocarriles,
que alguno de los tertulios había visto en el extranjero, pues aquí ni
asomos de ellos había todavía. Algo se apuntó allí sobre el billete de
Banco, que en Madrid no fue papel-moneda corriente hasta algunos años
después, y sólo se usaba entonces para los pagos fuertes de la banca.
Doña Bárbara se acuerda de haber visto el primer billete que llevaron a
la tienda como un objeto de curiosidad, y todos convinieron en que era
mejor una onza. El gas fue muy posterior a esto.

La tienda se transformaba; pero la tertulia era siempre la misma en el
curso lento de los años. Unos habladores se iban y venían otros. No
sabemos a qué época fija se referirían estos párrafos sueltos que al
vuelo cogía Barbarita cuando, ya casada, entraba en la tienda a
descansar un ratito, de vuelta de paseo o de compras: «¡Qué hermosotes
iban esta mañana los del _tercero de fusileros_ con sus pompones
nuevos!»... «El Duque ha oído misa hoy en las Calatravas. Iba con Linaje
y con San Miguel»...

«¿Sabe usted, Estupiñá, lo que dicen ahora? Pues dicen que los ingleses
proyectan construir barcos de _fierro_».

El llamado Estupiñá debía de ser indispensable en todas las tertulias de
tiendas, porque cuando no iba a la de Arnaiz, todo se volvía preguntar:
«Y Plácido, ¿qué es de él?». Cuando entraba le recibían con
exclamaciones de alegría, pues con su sola presencia animaba la
conversación. En 1871 conocí a este hombre, que fundaba su vanidad en
_haber visto toda la historia de España_ en el presente siglo. Había
venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero
Romanos, por haber nacido, como este, el 19 de Julio del citado año. Una
sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se
aprende con los ojos: «Vi a José I como le estoy viendo a usted ahora».
Y parecía que se relamía de gusto cuando le preguntaban: «¿Vio usted al
duque de Angulema, a lord Wellington?...». «Pues ya lo creo». Su
contestación era siempre la misma: «Como le estoy viendo a usted». Hasta
llegaba a incomodarse cuando se le interrogaba en tono dubitativo. «¡Que
si vi entrar a María Cristina!... Hombre, si eso es de ayer...». Para
completar su erudición ocular, hablaba del _aspecto que presentaba
Madrid_ el 1.º de Septiembre de 1840, como si fuera cosa de la semana
pasada. Había visto morir a Canterac; ajusticiar a Merino, «nada menos
que sobre el propio patíbulo», por ser él hermano de la Paz y Caridad;
había visto matar a Chico..., precisamente ver no, pero oyó los tiritos,
hallándose en la calle de las Velas; había visto a Fernando VII el 7 de
Julio cuando salió al balcón a decir a los milicianos que _sacudieran_ a
los de la Guardia; había visto a Rodil y al sargento García arengando
desde otro balcón, el año 36; había visto a O'Donnell y Espartero
abrazándose, a Espartero solo saludando al pueblo, a O'Donnell solo,
todo esto en un balcón, y por fin, en un balcón había visto también en
fecha cercana a otro personaje diciendo a gritos que se habían acabado
los Reyes. La historia que Estupiñá sabía estaba escrita en los
balcones.

La biografía mercantil de este hombre es tan curiosa como sencilla. Era
muy joven cuando entró de hortera en casa de Arnaiz, y allí sirvió
muchos años, siempre bien quisto del principal por su honradez
acrisolada y el grandísimo interés con que miraba todo lo concerniente
al establecimiento. Y a pesar de tales prendas, Estupiñá no era un buen
dependiente. Al despachar, entretenía demasiado a los parroquianos, y si
le mandaban con un recado o comisión a la Aduana, tardaba tanto en
volver, que muchas veces creyó D. Bonifacio que le habían llevado preso.
La singularidad de que teniendo Plácido estas mañas, no pudieran los
dueños de la tienda prescindir de él, se explica por la ciega confianza
que inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de la caja, ya
podían Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grande
como su humildad, pues ya le podían reñir y decirle cuantas perrerías
quisieran, sin que se incomodase. Por esto sintió mucho Arnaiz que
Estupiñá dejara la casa en 1837, cuando se le antojó establecerse con
los dineros de una pequeña herencia. Su principal, que le conocía bien,
hacía lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido, trabajando
por su cuenta.

Prometíaselas él muy felices en la tienda de bayetas y paños del Reino
que estableció en la Plaza Mayor, junto a la Panadería. No puso
dependientes, porque la cortedad del negocio no lo consentía; pero su
tertulia fue la más animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aquí
el secreto de lo poco que dio de sí el establecimiento, y la
justificación de los vaticinios de D. Bonifacio. Estupiñá tenía un vicio
hereditario y crónico, contra el cual eran impotentes todas las demás
energías de su alma; vicio tanto más avasallador y terrible cuanto más
inofensivo parecía. No era la bebida, no era el amor, ni el juego ni el
lujo; era la conversación. Por un rato de palique era Estupiñá capaz de
dejar que se llevaran los demonios el mejor negocio del mundo. Como él
pegase la hebra con gana, ya podía venirse el cielo abajo, y antes le
cortaran la lengua que la hebra. A su tienda iban los habladores más
frenéticos, porque el vicio llama al vicio. Si en lo más sabroso de su
charla entraba alguien a comprar, Estupiñá le ponía la cara que se pone
a los que van a dar sablazos. Si el género pedido estaba sobre el
mostrador, lo enseñaba con gesto rápido, deseando que acabase pronto la
interrupción; pero si estaba en lo alto de la anaquelería, echaba hacia
arriba una mirada de fatiga, como el que pide a Dios paciencia,
diciendo: «¿Bayeta amarilla? Mírela usted. Me parece que es angosta para
lo que usted la quiere». Otras veces dudaba o aparentaba dudar si tenía
lo que le pedían. «¿Gorritas para niño? ¿Las quiere usted de visera de
hule?... Sospecho que hay algunas, pero son de esas que no se usan
ya...».

Si estaba jugando al tute o al mus, únicos juegos que sabía y en los que
era maestro, primero se hundía el mundo que apartar él su atención de
las cartas. Era tan fuerte el ansia de charla y de trato social, se lo
pedía el cuerpo y el alma con tal vehemencia, que si no iban habladores
a la tienda no podía resistir la comezón del vicio, echaba la llave, se
la metía en el bolsillo y se iba a otra tienda en busca de aquel licor
palabrero con que se embriagaba. Por Navidad, cuando se empezaban a
armar los puestos de la Plaza, el pobre tendero no tenía valor para
estarse metido en aquel cuchitril oscuro. El sonido de la voz humana, la
luz y el rumor de la calle eran tan necesarios a su existencia como el
aire. Cerraba, y se iba a dar conversación a las mujeres de los puestos.
A todas las conocía, y se enteraba de lo que iban a vender y de cuanto
ocurriera en la familia de cada una de ellas. Pertenecía, pues, Estupiñá
a aquella raza de tenderos, de la cual quedan aún muy pocos ejemplares,
cuyo papel en el mundo comercial parece ser la atenuación de los males
causados por los excesos de la oferta impertinente, y disuadir al
consumidor de la malsana inclinación a gastar el dinero. «D. Plácido,
¿tiene usted pana azul?».--«¡Pana azul!, ¿y quién te mete a ti en esos
lujos? Sí que la tengo; pero es cara para ti». --«Enséñemela usted... y
a ver si me la arregla»... Entonces hacía el hombre un desmedido
esfuerzo, como quien sacrifica al deber sus sentimientos y gustos más
queridos, y bajaba la pieza de tela. «Vaya, aquí está la pana. Si no la
has de comprar, si todo es gana de moler, ¿para qué quieres verla?
¿Crees que yo no tengo nada qué hacer?».--«Lo que dije; estas mujeres
marean a Cristo. Hay otra clase, sí señora. ¿La compras, sí o no? A
veinte y dos reales, ni un cuarto menos».--«Pero déjela ver... ¡ay qué
hombre! ¿Cree que me voy a comer la pieza?»... «A veinte y dos
realetes». --«¡Ande y que lo parta un rayo!».--«Que te parta a ti, mal
criada, respondona, tarasca...».

Era muy fino con las señoras de alto copete. Su afabilidad tenía tonos
como este: «¿La cúbica? Sí que la hay. ¿Ve usted la pieza allá arriba?
Me parece, señora, que no es lo que usted busca... digo, me parece; no
es que yo me quiera meter... Ahora se estilan rayaditas: de eso no
tengo. Espero una remesa para el mes que entra. Ayer vi a las niñas con
el Sr. D. Cándido. Vaya, que están creciditas. ¿Y cómo sigue el señor
mayor? ¡No le he visto desde que íbamos juntos a la bóveda de San
Ginés!»... Con este sistema de vender, a los cuatro años de comercio se
podían contar las personas que al cabo de la semana traspasaban el
dintel de la tienda. A los seis años no entraban allí ni las moscas.
Estupiñá abría todas las mañanas, barría y regaba la acera, se ponía los
manguitos verdes y se sentaba detrás del mostrador a leer el _Diario de
Avisos_. Poco a poco iban llegando los amigos, aquellos hermanos de su
alma, que en la soledad en que Plácido estaba le parecían algo como la
paloma del arca, pues le traían en el pico algo más que un ramo de
oliva, le traían la palabra, el sabrosísimo fruto y la flor de la vida,
el alcohol del alma, con que apacentaba su vicio... Pasábanse el día
entero contando anécdotas, comentando sucesos políticos, tratando de tú
a Mendizábal, a Calatrava, a María Cristina y al mismo Dios, trazando
con el dedo planes de campaña sobre el mostrador en extravagantes líneas
tácticas; demostrando que Espartero debía ir necesariamente por aquí y
Villarreal por allá; refiriendo también sucedidos del comercio, llegadas
de tal o cual género; lances de Iglesia y de milicia y de mujeres y de
la corte, con todo lo demás que cae bajo el dominio de la bachillería
humana. A todas estas el cajón del dinero no se abría ni una sola vez,
y a la vara de medir, sumida en plácida quietud, le faltaba poco para
reverdecer y echar flores como la vara de San José. Y como pasaban meses
y meses sin que se renovase el género, y allí no había más que maulas y
vejeces, el trueno fue gordo y repentino. Un día le embargaron todo, y
Estupiñá salió de la tienda con tanta pena como dignidad.



--ii--


Aquel gran filósofo no se entregó a la desesperación. Viéronle sus
amigos tranquilo y resignado. En su aspecto y en el reposo de su
semblante había algo de Sócrates, admitiendo que Sócrates fuera hombre
dispuesto a estarse siete horas seguidas con la palabra en la boca.
Plácido había salvado el honor, que era lo importante, pagando
religiosamente a todo el mundo con las existencias. Se había quedado con
lo puesto y sin una mota. No salvó más mueble que la vara de medir. Era
forzoso, pues, buscar algún modo de ganarse la vida. ¿A qué se
dedicaría? ¿En qué ramo del comercio emplearía sus grandes dotes?
Dándose a pensar en esto, vino a descubrir que en medio de su gran
pobreza conservaba un capital que seguramente le envidiarían muchos: las
relaciones. Conocía a cuantos almacenistas y tenderos había en Madrid;
todas las puertas se le franqueaban, y en todas partes le ponían buena
cara por su honradez, sus buenas maneras y principalmente por aquella
bendita labia que Dios le había dado. Sus relaciones y estas aptitudes
le sugirieron, pues, la idea de dedicarse a corredor de géneros. D.
Baldomero Santa Cruz, el gordo Arnaiz, Bringas, Moreno, Labiano y otros
almacenistas de paños, lienzos o novedades, le daban piezas para que las
fuera enseñando de tienda en tienda. Ganaba el 2 por 100 de comisión por
lo que vendía. ¡María Santísima, qué vida más deliciosa y qué bien hizo
en adoptarla, porque cosa más adecuada a su temperamento no se podía
imaginar! Aquel correr continuo, aquel entrar por diversas puertas,
aquel saludar en la calle a cincuenta personas y preguntarles por la
familia era su vida, y todo lo demás era muerte. Plácido no había nacido
para el presidio de una tienda. Su elemento era la calle, el aire libre,
la discusión, la contratación, el recado, ir y venir, preguntar,
cuestionar, pasando gallardamente de la seriedad a la broma. Había
mañana en que se echaba al coleto toda la calle de Toledo de punta a
punta, y la Concepción Jerónima, Atocha y Carretas.

Así pasaron algunos años. Como sus necesidades eran muy cortas, pues no
tenía familia que mantener ni ningún vicio como no fuera el de gastar
saliva, bastábale para vivir lo poco que el corretaje le daba. Además,
muchos comerciantes ricos le protegían. Este, a lo mejor, le regalaba
una capa; otro un corte de vestido; aquel un sombrero o bien comestibles
y golosinas. Familias de las más empingorotadas del comercio le sentaban
a su mesa, no sólo por amistad sino por egoísmo, pues era una diversión
oírle contar tan diversas cosas con aquella exactitud pintoresca y aquel
esmero de detalles que encantaba. Dos caracteres principales tenía su
entretenida charla, y eran: que nunca se declaraba ignorante de cosa
alguna, y que jamás habló mal de nadie. Si por acaso se dejaba decir
alguna palabra ofensiva, era contra la Aduana; pero sin individualizar
sus acusaciones.

Porque Estupiñá, al mismo tiempo que corredor, era contrabandista. Las
piezas de Hamburgo de 26 hilos que pasó por el portillo de Gilimón,
valiéndose de ingeniosas mañas, no son para contadas. No había otro como
él para atravesar de noche ciertas calles con un bulto bajo la capa,
figurándose mendigo con un niño a cuestas. Ninguno como él poseía el
arte de deslizar un duro en la mano del empleado fiscal, en momentos de
peligro, y se entendía con ellos tan bien para este fregado, que las
principales casas acudían a él para desatar sus líos con la Hacienda. No
hay medio de escribir en el Decálogo los delitos fiscales. La moral del
pueblo se rebelaba, más entonces que ahora, a considerar las
defraudaciones a la Hacienda como verdaderos pecados, y conforme con
este criterio, Estupiñá no sentía alboroto en su conciencia cuando ponía
feliz remate a una de aquellas empresas. Según él, lo que la Hacienda
llama suyo no es suyo, sino de la nación, es decir, de Juan Particular,
y burlar a la Hacienda es devolver a Juan Particular lo que le
pertenece. Esta idea, sustentada por el pueblo con turbulenta fe, ha
tenido también sus héroes y sus mártires. Plácido la profesaba con no
menos entusiasmo que cualquier caballista andaluz, sólo que era de
infantería, y además no quitaba la vida a nadie. Su conciencia, envuelta
en horrorosas nieblas tocante a lo fiscal, manifestábase pura y luminosa
en lo referente a la propiedad privada. Era hombre que antes de guardar
un ochavo que no fuese suyo, se habría estado callado un mes.

Barbarita le quería mucho. Habíale visto en su casa desde que tuvo el
don de ver y apreciar las cosas; conocía bien, por opinión de su padre y
por experiencia propia, las excelentes prendas y lealtad del hablador.
Siendo niña, Estupiñá la llevaba a la escuela de la rinconada de la
calle Imperial, y por Navidad iba con él a ver los nacimientos y los
puestos de la plaza de Santa Cruz. Cuando D. Bonifacio Arnaiz enfermó
para morirse, Plácido no se separó de él ni enfermo ni difunto hasta
que le dejó en la sepultura. En todas las penas y alegrías de la casa
era siempre el partícipe más sincero. Su posición junto a tan noble
familia era entre amistad y servidumbre, pues si Barbarita le sentaba a
su mesa muchos días, los más del año empleábale en recados y comisiones
que él sabía desempeñar con exactitud suma. Ya iba a la plaza de la
Cebada en busca de alguna hortaliza temprana, ya a la Cava Baja a
entenderse con los ordinarios que traían encargos, o bien a Maravillas,
donde vivían la planchadora y la encajera de la casa. Tal ascendiente
tenía la señora de Santa Cruz sobre aquella alma sencilla y con fe tan
ciega la respetaba y obedecía él, que si Barbarita le hubiera dicho:
«Plácido, hazme el favor de tirarte por el balcón a la calle», el
infeliz no habría vacilado un momento en hacerlo.

Andando los años, y cuando ya Estupiñá iba para viejo y no hacía
corretaje ni contrabando, desempeñó en la casa de Santa Cruz un cargo
muy delicado. Como era persona de tanta confianza y tan ciegamente
adicto a la familia, Barbarita le confiaba a Juanito para que le llevase
y le trajera al colegio de Massarnau, o le sacara a paseo los domingos y
fiestas. Segura estaba la mamá de que la vigilancia de Plácido era como
la de un padre, y bien sabía que se habría dejado matar cien veces antes
que consentir que nadie tocase al _Delfín_ (así le solía llamar) en la
punta del cabello. Ya era este un polluelo con ínfulas de hombre cuando
Estupiñá le llevaba a los Toros, iniciándole en los misterios del arte,
que se preciaba de entender como buen madrileño. El niño y el viejo se
entusiasmaban por igual en el bárbaro y pintoresco espectáculo, y a la
salida Plácido le contaba sus proezas taurómacas, pues también, allá en
su mocedad, había echado sus quiebros y pases de muleta, y tenía traje
completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar
ninguna regla... Como Juanito le manifestara deseos de ver el traje,
contestábale Plácido que hacía muchos años su hermana la sastra (que de
Dios gozaba) lo había convertido en túnica de un Nazareno, que está en
la iglesia de Daganzo de Abajo.

Fuera del platicar, Estupiñá no tenía ningún vicio, ni se juntó jamás
con personas ordinarias y de baja estofa. Una sola vez en su vida tuvo
que ver con gente de mala ralea, con motivo del bautizo del chico de un
sobrino suyo, que estaba casado con una tablajera. Entonces le ocurrió
un lance desagradable del cual se acordó y avergonzó toda su vida; y fue
que el pillete del sobrinito, confabulado con sus amigotes, logró
embriagarle, dándole subrepticiamente un Chinchón capaz de marear a una
piedra. Fue una borrachera estúpida, la primera y última de su vida; y
el recuerdo de la degradación de aquella noche le entristecía siempre
que repuntaba en su memoria. ¡Infames, burlar así a quien era la misma
sobriedad! Me le hicieron beber con engaño evidente aquellas nefandas
copas, y después no vacilaron en escarnecerle con tanta crueldad como
grosería. Pidiéronle que cantara la Pitita, y hay motivos para creer que
la cantó, aunque él lo niega en redondo. En medio del desconcierto de
sus sentidos, tuvo conciencia del estado en que le habían puesto, y el
decoro le sugirió la idea de la fuga. Echose fuera del local pensando
que el aire de la noche le despejaría la cabeza; pero aunque sintió
algún alivio, sus facultades y sentidos continuaban sujetos a los más
garrafales errores. Al llegar a la esquina de la Cava de San Miguel, vio
al sereno; mejor dicho, lo que vio fue el farol del sereno, que andaba
hacia la rinconada de la calle de Cuchilleros. Creyó que era el Viático,
y arrodillándose y descubriéndose, según tenía por costumbre, rezó una
corta oración y dijo: «¡que Dios le dé lo que mejor le convenga!». Las
carcajadas de sus soeces burladores, que le habían seguido, le volvieron
a su acuerdo, y conocido el error, se metió a escape en su casa, que a
dos pasos estaba. Durmió, y al día siguiente como si tal cosa. Pero
sentía un remordimiento vivísimo que por algún tiempo le hacía suspirar
y quedarse meditabundo. Nada afligía tanto su honrado corazón como la
idea de que Barbarita se enterara de aquel chasco del Viático.
Afortunadamente, o no lo supo, o si lo supo no se dio nunca por
entendida.



--iii--


Cuando conocí personalmente a este insigne hijo de Madrid, andaba ya al
ras con los sesenta años; pero los llevaba muy bien. Era de estatura
menos que mediana, regordete y algo encorvado hacia adelante. Los que
quieran conocer su rostro, miren el de Rossini, ya viejo, como nos le
han transmitido las estampas y fotografías del gran músico, y pueden
decir que tienen delante el divino Estupiñá. La forma de la cabeza, la
sonrisa, el perfil sobre todo, la nariz corva, la boca hundida, los ojos
picarescos, eran trasunto fiel de aquella hermosura un tanto burlona,
que con la acentuación de las líneas en la vejez se aproximaba algo a la
imagen de Polichinela. La edad iba dando al perfil de Estupiñá un cierto
parentesco con el de las cotorras.

En sus últimos tiempos, del 70 en adelante, vestía con cierta
originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz
cuidaban de que nada le faltase, sino por espíritu de tradición, y por
repugnancia a introducir novedades en su guardarropa. Usaba un sombrero
chato, de copa muy baja y con las alas planas, el cual pertenecía a una
época que se había borrado ya de la memoria de los sombreros, y una capa
de paño verde, que no se le caía de los hombros sino en lo que va de
Julio a Septiembre. Tenía muy poco pelo, casi se puede decir ninguno;
pero no usaba peluca. Para librar su cabeza de las corrientes frías de
la iglesia, llevaba en el bolsillo un gorro negro, y se lo calaba al
entrar. Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a
Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír
varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las
orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla
en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la
mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y
luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.

En 1869, cuando demolieron la iglesia de Santa Cruz, Estupiñá pasó muy
malos ratos.

Ni el pájaro a quien destruyen su nido, ni el hombre a quien arrojan de
la morada en que nació, ponen cara más afligida que la que él ponía
viendo caer entre nubes de polvo los pedazos de cascote. Por aquello de
ser hombre no lloraba. Barbarita, que se había criado a la sombra de la
venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrílego espectáculo era
porque estaba volada, y la ira no le permitía derramar lágrimas. Ni
acertaba a explicarse por qué decía su marido que D. Nicolás Rivero era
una gran persona. Cuando el templo desapareció; cuando fue arrasado el
suelo, y andando los años se edificó una casa en el sagrado solar,
Estupiñá no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios
que reconocen los hechos consumados. Para él la iglesia estaba siempre
allí, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que
correspondía al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el
sombrero.

Era Plácido hermano de la Paz y Caridad, cofradía cuyo domicilio estuvo
en la derribada parroquia. Iba, pues, a auxiliar a los reos de muerte en
la capilla y a darles conversación en la hora tremenda, hablándoles de
lo tonta que es esta vida, de lo bueno que es Dios y de lo ricamente que
iban a estar en la gloria. ¡Qué sería de los pobrecitos reos si no
tuvieran quien les diera un poco de jarabe de pico antes de entregar su
cuello al verdugo!

A las diez de la mañana concluía Estupiñá invariablemente lo que
podríamos llamar su jornada religiosa. Pasada aquella hora, desaparecía
de su rostro rossiniano la seriedad tétrica que en la iglesia tenía, y
volvía a ser el hombre afable, locuaz y ameno de las tertulias de
tienda. Almorzaba en casa de Santa Cruz o de Villuendas o de Arnaiz, y
si Barbarita no tenía nada que mandarle, emprendía su tarea para
_defender el garbanzo_, pues siempre hacía el papel de que trabajaba
como un negro. Su afectada ocupación en tal época era el corretaje de
dependientes, y fingía que los colocaba mediante un estipendio. Algo
hacía en verdad, mas era en gran parte pura farsa; y cuando le
preguntaban si iban bien los negocios, respondía en el tono de
comerciante ladino que no quiere dejar clarear sus pingües ganancias:
«Hombre, nos vamos defendiendo; no hay queja... Este mes he colocado lo
menos treinta chicos... como no hayan sido cuarenta...».

Vivía Plácido en la Cava de San Miguel. Su casa era una de las que
forman el costado occidental de la Plaza Mayor, y como el basamento de
ellas está mucho más bajo que el suelo de la Plaza, tienen una altura
imponente y una estribación formidable, a modo de fortaleza. El piso en
que el tal vivía era cuarto por la Plaza y por la Cava séptimo. No
existen en Madrid alturas mayores, y para vencer aquellas era forzoso
apechugar con ciento veinte escalones, _todos de piedra_, como decía
Plácido con orgullo, no pudiendo ponderar otra cosa de su domicilio. El
ser _todas de piedra_, desde la Cava hasta las bohardillas, da a las
escaleras de aquellas casas un aspecto lúgubre y monumental, como de
castillo de leyendas, y Estupiñá no podía olvidar esta circunstancia que
le hacía interesante en cierto modo, pues no es lo mismo subir a su
casa por una escalera como las del Escorial, que subir por viles
peldaños de palo, como cada hijo de vecino.

El orgullo de trepar por aquellas gastadas berroqueñas no excluía lo
fatigoso del tránsito, por lo que mi amigo supo explotar sus buenas
relaciones para abreviarlo. El dueño de una zapatería de la Plaza,
llamado Dámaso Trujillo, le permitía entrar por su tienda, cuyo rótulo
era _Al ramo de azucenas_. Tenía puerta para la escalera de la Cava, y
usando esta puerta Plácido se ahorraba treinta escalones.

El domicilio del hablador era un misterio para todo el mundo, pues nadie
había ido nunca a verle, por la sencilla razón de que D. Plácido no
estaba en su casa sino cuando dormía. Jamás había tenido enfermedad que
le impidiera salir durante el día. Era el hombre más sano del mundo.
Pero la vejez no había de desmentirse, y un día de Diciembre del 69 fue
notada la falta del grande hombre en los círculos a donde solía ir.
Pronto corrió la voz de que estaba malo, y cuantos le conocían sintieron
vivísimo interés por él. Muchos dependientes de tiendas se lanzaron por
aquellos escalones de piedra en busca de noticias del simpático enfermo,
que padecía de un reuma agudo en la pierna derecha. Barbarita le mandó
en seguida su médico, y no satisfecha con esto, ordenó a Juanito que
fuese a visitarle, lo que el Delfín hizo de muy buen grado.

Y sale a relucir aquí la visita del Delfín al anciano servidor y amigo
de su casa, porque si Juanito Santa Cruz no hubiera hecho aquella
visita, esta historia no se habría escrito. Se hubiera escrito otra, eso
sí, porque por do quiera que el hombre vaya lleva consigo su novela;
pero esta no.



--iv--


Juanito reconoció el número 11 en la puerta de una tienda de aves y
huevos. Por allí se había de entrar sin duda, pisando plumas y
aplastando cascarones. Preguntó a dos mujeres que pelaban gallinas y
pollos, y le contestaron, señalando una mampara, que aquella era la
entrada de la escalera del 11. Portal y tienda eran una misma cosa en
aquel edificio característico del Madrid primitivo. Y entonces se
explicó Juanito por qué llevaba muchos días Estupiñá, pegadas a las
botas, plumas de diferentes aves. Las cogía al salir, como las había
cogido él, por más cuidado que tuvo de evitar al paso los sitios en que
había plumas y algo de sangre. Daba dolor ver las anatomías de aquellos
pobres animales, que apenas desplumados eran suspendidos por la cabeza,
conservando la cola como un sarcasmo de su mísero destino. A la
izquierda de la entrada vio el Delfín cajones llenos de huevos, acopio
de aquel comercio. La voracidad del hombre no tiene límites, y sacrifica
a su apetito no sólo las presentes sino las futuras generaciones
gallináceas. A la derecha, en la prolongación de aquella cuadra lóbrega,
un sicario manchado de sangre daba garrote a las aves. Retorcía los
pescuezos con esa presteza y donaire que da el hábito, y apenas soltaba
una víctima y la entregaba agonizante a las desplumadoras, cogía otra
para hacerle la misma caricia. Jaulones enormes había por todas partes,
llenos de pollos y gallos, los cuales asomaban la cabeza roja por entre
las cañas, sedientos y fatigados, para respirar un poco de aire, y aun
allí los infelices presos se daban de picotazos por aquello de _si tú
sacaste más pico que yo... si ahora me toca a mí sacar todo el
pescuezo_.

Habiendo apreciado este espectáculo poco grato, el olor de corral que
allí había, y el ruido de alas, picotazos y cacareo de tanta víctima,
Juanito la emprendió con los famosos peldaños de granito, negros ya y
gastados. Efectivamente, parecía la subida a un castillo o prisión de
Estado. El paramento era de fábrica cubierta de yeso y este de rayas e
inscripciones soeces o tontas. Por la parte más próxima a la calle,
fuertes rejas de hierro completaban el aspecto feudal del edificio. Al
pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo,
Juanito la vio abierta y, lo que es natural, miró hacia dentro, pues
todos los accidentes de aquel recinto despertaban en sumo grado su
curiosidad. Pensó no ver nada y vio algo que de pronto le impresionó,
una mujer bonita, joven, alta... Parecía estar en acecho, movida de una
curiosidad semejante a la de Santa Cruz, deseando saber quién demonios
subía a tales horas por aquella endiablada escalera. La moza tenía
pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el
momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese
característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las
madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les
da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca
para volver luego a su volumen natural.

Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que
era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianzas
con ella.

--¿Vive aquí--le preguntó--el Sr. de Estupiñá?

--¿D. Plácido?... en lo _más último de arriba_ --contestó la joven,
dando algunos pasos hacia fuera.

Y Juanito pensó: «Tú sales para que te vea el pie. Buena bota»...
Pensando esto, advirtió que la muchacha sacaba del mantón una mano con
mitón encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se
desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir:

--¿Qué come usted, criatura?

--¿No lo ve usted? --replicó mostrándoselo--Un huevo.

--¡Un huevo crudo! Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por
segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo.

--No sé cómo puede usted comer esas babas crudas--dijo Santa Cruz, no
hallando mejor modo de trabar conversación.

--Mejor que guisadas. ¿Quiere usted?--replicó ella ofreciendo al Delfín
lo que en el cascarón quedaba.

Por entre los dedos de la chica se escurrían aquellas babas gelatinosas
y transparentes. Tuvo tentaciones Juanito de aceptar la oferta; pero no;
le repugnaban los huevos crudos.

--No, gracias. Ella entonces se lo acabó de sorber, y arrojó el
cascarón, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior.
Estaba limpiándose los dedos con el pañuelo, y Juanito discurriendo por
dónde pegaría la hebra, cuando sonó abajo una voz terrible que dijo:
_¡Fortunaaá!_ Entonces la chica se inclinó en el pasamanos y soltó un
_yia voy_ con chillido tan penetrante que Juanito creyó se le desgarraba
el tímpano. El _yia_ principalmente sonó como la vibración agudísima de
una hoja de acero al deslizarse sobre otra. Y al soltar aquel sonido,
digno canto de tal ave, la moza se arrojó con tanta presteza por las
escaleras abajo, que parecía rodar por ellas. Juanito la vio
desaparecer, oía el ruido de su ropa azotando los peldaños de piedra y
creyó que se mataba. Todo quedó al fin en silencio, y de nuevo emprendió
el joven su ascensión penosa. En la escalera no volvió a encontrar a
nadie, ni una mosca siquiera, ni oyó más ruido que el de sus propios
pasos.

Cuando Estupiñá le vio entrar sintió tanta alegría, que a punto estuvo
de ponerse bueno instantáneamente por la sola virtud del contento. No
estaba el hablador en la cama sino en un sillón, porque el lecho le
hastiaba, y la mitad inferior de su cuerpo no se veía porque estaba
liado como las momias, y envuelto en mantas y trapos diferentes. Cubría
su cabeza, orejas inclusive, el gorro negro de punto que usaba dentro de
la iglesia. Más que los dolores reumáticos molestaba al enfermo el no
tener con quién hablar, pues la mujer que le servía, una tal doña
Brígida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas
palabras. No poseía Estupiñá ningún libro, pues no necesitaba de ellos
para instruirse. Su biblioteca era la sociedad y sus textos las palabras
calentitas de los vivos. Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar
necesitaba breviarios ni florilogios, pues todas las oraciones las
sabía de memoria. Lo impreso era para él música, garabatos que no sirven
de nada. Uno de los hombres que menos admiraba Plácido era Guttenberg.
Pero el aburrimiento de su enfermedad le hizo desear la compañía de
alguno de estos habladores mudos que llamamos libros. Busca por aquí,
busca por allá, y no se encontraba cosa impresa. Por fin, en polvoriento
arcón halló doña Brígida un mamotreto perteneciente a un exclaustrado
que moró en la misma casa allá por el año 40. Abriolo Estupiñá con
respeto, ¿y qué era? El tomo undécimo del _Boletín Eclesiástico de la
Diócesis de Lugo_. Apechugó, pues, con aquello, pues no había otra cosa.
Y se lo atizó todo, de cabo a rabo, sin omitir letra, articulando
correctamente las sílabas en voz baja a estilo de rezo. Ningún tropiezo
le detenía en su lectura, pues cuando le salía al encuentro un latín
largo y oscuro, le metía el diente sin vacilar. Las pastorales,
sinodales, bulas y demás entretenidas cosas que el libro traía, fueron
el único remedio de su soledad triste, y lo mejor del caso es que llegó
a tomar el gusto a manjar tan desabrido, y algunos párrafos se los
echaba al coleto dos veces, masticando las palabras con una sonrisa, que
a cualquier observador mal enterado le habría hecho creer que el tomazo
era de Paul de Kock.

«Es cosa muy buena» dijo Estupiñá, guardando el libro al ver que Juanito
se reía.

Y estaba tan agradecido a la visita del Delfín, que no hacía más que
mirarle recreándose en su guapeza, en su juventud y elegancia. Si
hubiera sido veinte veces hijo suyo, no le habría contemplado con más
amor. Dábale palmadas en la rodilla, y le interrogaba prolijamente por
todos los de la familia, desde Barbarita, que era el número uno, hasta
el gato. El Delfín, después de satisfacer la curiosidad de su amigo,
hízole a su vez preguntas acerca de la vecindad de aquella casa en que
estaba. «Buena gente--respondió Estupiñá--; sólo hay unos inquilinos que
alborotan algo por las noches. La finca pertenece al Sr. de Moreno Isla,
y puede que se la administre yo desde el año que viene. Él lo desea; ya
me habló de ello tu mamá, y he respondido que estoy a sus órdenes...
Buena finca; con un cimiento de pedernal que es una gloria... escalera
de piedra, ya habrás visto; sólo que es un poquito larga. Cuando
vuelvas, si quieres acortar treinta escalones, entras por el _Ramo de
azucenas_, la zapatería que está en la Plaza. Tú conoces a Dámaso
Trujillo. Y si no le conoces, con decir: «voy a ver a Plácido» te dejará
pasar.

Estupiñá siguió aún más de una semana sin salir de casa, y el Delfín iba
todos los días a verle ¡todos los días!, con lo que estaba mi hombre
más contento que unas Pascuas, pero en vez de entrar por la zapatería,
Juanito, a quien sin duda no cansaba la escalera, entraba siempre por el
establecimiento de huevos de la Cava.



-IV-

Perdición y salvamento del Delfín



--i--


Pasados algunos días, cuando ya Estupiñá andaba por ahí restablecido
aunque algo cojo, Barbarita empezó a notar en su hijo inclinaciones
nuevas y algunas mañas que le desagradaron. Observó que el Delfín, cuya
edad se aproximaba a los veinticinco años, tenía horas de infantil
alegría y días de tristeza y recogimiento sombríos. Y no pararon aquí
las novedades. La perspicacia de la madre creyó descubrir un notable
cambio en las costumbres y en las compañías del joven fuera de casa, y
lo descubrió con datos observados en ciertas inflexiones muy
particulares de su voz y lenguaje. Daba a la _elle_ el tono arrastrado
que la gente baja da a la _y_ consonante; y se le habían pegado modismos
pintorescos y expresiones groseras que a la mamá no le hacían maldita
gracia. Habría dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver con
qué casta de gente se juntaba. Que esta no era fina, a la legua se
conocía.

Y lo que Barbarita no dudaba en calificar de encanallamiento, empezó a
manifestarse en el vestido. El Delfín se encajó una capa de esclavina
corta con mucho ribete, mucha trencilla y pasamanería. Poníase por las
noches el sombrerito pavero, que, a la verdad, le caía muy bien, y se
peinaba con los mechones ahuecados sobre las sienes. Un día se presentó
en la casa un sastre con facha de sacristán, que era de los que hacen
ropa ajustada para toreros, chulos y matachines; pero doña Bárbara no le
dejó sacar la cinta de medir, y poco faltó para que el pobre hombre
fuera rodando por las escaleras. «¿Es posible--dijo a su niño, sin
disimular la ira--, que se te antoje también ponerte esos pantalones
ajustados con los cuales las piernas de los hombres parecen zancas de
cigüeña?». Y una vez roto el fuego, rompió la señora en acusaciones
contra su hijo por aquellas maneras nuevas de hablar y de vestir. Él se
reía, buscando medios de eludir la cuestión; pero la inflexible mamá le
cortaba la retirada con preguntas contundentes. ¿A dónde iba por las
noches? ¿Quiénes eran sus amigos? Respondía él que los de siempre, lo
cual no era verdad, pues salvo Villalonga, que salía con él muy puesto
también de capita corta y pavero, los antiguos condiscípulos no
aportaban ya por la casa. Y Barbarita citaba a Zalamero, a Pez, al chico
de Tellería. ¿Cómo no hacer comparaciones? Zalamero, a los veintisiete
años, era ya diputado y subsecretario de Gobernación, y se decía que
Rivero quería dar a Joaquinito Pez un Gobierno de provincia. Gustavito
hacía cada artículo de crítica y cada estudio sobre los Orígenes de tal
o cual cosa, que era una bendición, y en tanto él y Villalonga ¿en qué
pasaban el tiempo?, ¿en qué?, en adquirir hábitos ordinarios y en
tratarse con zánganos de coleta. A mayor abundamiento, en aquella época
del 70 se le desarrolló de tal modo al Delfín la afición a los toros,
que no perdía corrida, ni dejaba de ir al apartado ningún día y a veces
se plantaba en la dehesa. Doña Bárbara vivía en la mayor intranquilidad,
y cuando alguien le contaba que había visto a su ídolo en compañía de un
individuo del arte del cuerno, se subía a la parra y... «Mira, Juan,
creo que tú y yo vamos a perder las amistades. Como me traigas a casa a
uno de esos tagarotes de calzón ajustado, chaqueta corta y botita de
caña clara, te pego, sí, hago lo que no he hecho nunca, cojo una escoba
y ambos salís de aquí pitando»... Estos furores solían concluir con
risas, besos, promesas de enmienda y reconciliaciones cariñosas, porque
Juanito se pintaba solo para desenojar a su mamá.

Como supiera un día la dama que su hijo frecuentaba los barrios de
Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó a
Estupiñá que vigilase, y este lo hizo con muy buena voluntad llevándole
cuentos, dichos en voz baja y melodramática: «Anoche cenó en la
pastelería del sobrino de Botín, en la calle de Cuchilleros... ¿sabe la
señora? También estaba el Sr. de Villalonga y otro que no conozco, un
tipo así... ¿cómo diré?, de estos de sombrero redondo y capa con
esclavina ribeteada. Lo mismo puede pasar por un _randa_ que por un
señorito disfrazado».

--¿Mujeres...?--preguntó con ansiedad Barbarita.

--Dos, señora, dos--dijo Plácido corroborando con igual número de dedos
muy estirados lo que la voz denunciaba--. No les pude ver las estampas.
Eran de estas de mantón pardo, delantal azul, buena bota y pañuelo a la
cabeza... en fin, un par de reses muy bravas.

A la semana siguiente, otra delación:

«Señora, señora...».

--¿Qué? --Ayer y anteayer entró el niño en una tienda de la Concepción
Jerónima, donde venden filigranas y corales de los que usan las amas de
cría...

--¿Y qué? --Que pasa allí largas horas de la tarde y de la noche. Lo sé
por Pepe Vallejo, el de la cordelería de enfrente, a quien he encargado
que esté con mucho ojo.

--¿Tienda de filigranas y de corales?

--Sí, señora; una de estas platerías de puntapié, que todo lo que tienen
no vale seis duros.

No la conozco; se ha puesto hace poco; pero yo me enteraré. Aspecto de
pobreza. Se entra por una puerta vidriera que también es entrada del
portal, y en el vidrio han puesto un letrero que dice: _Especialidad en
regalos para amas_... Antes estaba allí un relojero llamado Bravo, que
murió de miserere.

De pronto los cuentos de Estupiñá cesaron. A Barbarita todo se le volvía
preguntar y más preguntar, y el dichoso hablador no sabía nada. Y
cuidado que tenía mérito la discreción de aquel hombre, porque era el
mayor de los sacrificios; para él equivalía a cortarse la lengua el
tener que decir: «no sé nada, absolutamente nada». A veces parecía que
sus insignificantes e inseguras revelaciones querían ocultar la verdad
antes que esclarecerla. «Pues nada, señora; he visto a Juanito en un
simón, solo, por la Puerta del Sol... digo... por la Plaza del Ángel...
Iba con Villalonga... se reían mucho los dos... de algo que les hacía
gracia...». Y todas las denuncias eran como estas, bobadas,
subterfugios, evasivas... Una de dos: o Estupiñá no sabía nada, o si
sabía no quería decirlo por no disgustar a la señora.

Diez meses pasaron de esta manera, Barbarita interrogando a Estupiñá, y
este no queriendo o no teniendo qué responder, hasta que allá por Mayo
del 70, Juanito empezó a abandonar aquellos mismos hábitos groseros que
tanto disgustaban a su madre. Esta, que lo observaba atentísimamente,
notó los síntomas del lento y feliz cambio en multitud de accidentes de
la vida del joven. Cuánto se regocijaba la señora con esto, no hay para
qué decirlo. Y aunque todo ello era inexplicable llegó un momento en que
Barbarita dejó de ser curiosa, y no le importaba nada ignorar los
desvaríos de su hijo con tal que se reformase. Lentamente, pues,
recobraba el Delfín su personalidad normal. Después de una noche que
entró tarde y muy sofocado, y tuvo cefalalgia y vómitos, la mudanza
pareció más acentuada. La mamá entreveía en aquella ignorada página de
la existencia de su heredero, amores un tanto libertinos, orgías de mal
gusto, bromas y riñas quizás; pero todo lo perdonaba, todo, todito, con
tal que aquel trastorno pasase, como pasan las indispensables crisis de
las edades. «Es un sarampión de que no se libra ningún muchacho de estos
tiempos--decía--. Ya sale el mío de él, y Dios quiera que salga en bien.

Notó también que el Delfín se preocupaba mucho de ciertos recados o
esquelitas que a la casa traían para él, mostrándose más bien temeroso
de recibirlos que deseoso de ellos. A menudo daba a los criados orden de
que le negaran y de que no se admitiera carta ni recado. Estaba algo
inquieto, y su mamá se dijo gozosa: «Persecución tenemos; pero él parece
querer cortar toda clase de comunicaciones. Esto va bien». Hablando de
esto con su marido, D. Baldomero, en quien lo progresista no quitaba lo
autoritario (emblema de los tiempos), propuso un plan defensivo que
mereció la aprobación de ella. «Mira, hija, lo mejor es que yo hable hoy
mismo con el Gobernador, que es amigo nuestro. Nos mandará acá una
pareja de orden público, y en cuanto llegue hombre o mujer de malas
trazas con papel o recadito, me lo trincan, y al Saladero de cabeza».

Mejor que este plan era el que se le había ocurrido a la señora. Tenían
tomada casa en Plencia para pasar la temporada de verano, fijando la
fecha de la marcha para el 8 o el 10 de Julio. Pero Barbarita, con
aquella seguridad del talento superior que en un punto inicia y ejecuta
las resoluciones salvadoras, se encaró con Juanito, y de buenas a
primeras le dijo: «Mañana mismo nos vamos a Plencia».

Y al decirlo se fijó en la cara que puso. Lo primero que expresó el
Delfín fue alegría. Después se quedó pensativo. «Pero deme usted dos o
tres días. Tengo que arreglar varios asuntos...».

--¿Qué asuntos tienes tú, hijo? Música, música. Y en caso de que tengas
alguno, créeme, vale más que lo dejes como está.

Dicho y hecho. Padres e hijo salieron para el Norte el día de San Pedro.
Barbarita iba muy contenta, juzgándose ya vencedora, y se decía por el
camino: «Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se me
escape más». Instaláronse en su residencia de verano, que era como un
palacio, y no hay palabras con qué ponderar lo contentos y saludables
que todos estaban. El Delfín, que fue desmejoradillo, no tardó en
reponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud de
sus carnes. La mamá se la tenía guardada. Esperaba ocasión propicia, y
en cuanto esta llegó supo acometer la empresa aquella de la calza, como
persona lista y conocedora de las mañas del ave que era preciso
aprisionar. Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no parecía muy
dispuesto a la resistencia.

«Pues sí--dijo ella, después de una conversación preparada con gracia--.
Es preciso que te cases. Ya te tengo la mujer buscada. Eres un
chiquillo, y a ti hay que dártelo todo hecho. ¡Qué será de ti el día en
que yo te falte! Por eso quiero dejarte en buenas manos... No te rías,
no; es la verdad, yo tengo que cuidar de todo, lo mismo de pegarte el
botón que se te ha caído, que de elegirte la que ha de ser compañera de
toda tu vida, la que te ha de mimar cuando yo me muera. ¿A ti te cabe en
la cabeza que pueda yo proponerte nada que no te convenga?... No. Pues a
callar, y pon tu porvenir en mis manos. No sé qué instinto tenemos las
madres, algunas quiero decir. En ciertos casos no nos equivocamos; somos
infalibles como el Papa».

La esposa que Barbarita proponía a su hijo era Jacinta, su prima, la
tercera de las hijas de Gumersindo Arnaiz. ¡Y qué casualidad! Al día
siguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalaban
en una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva
menuda. Candelaria no salía de Madrid, y Benigna había ido a Laredo.

Juan no dijo que sí ni que no. Limitose a responder por fórmula que lo
pensaría; pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y
madre tenía tratos con el Espíritu Santo, y que su proyecto era un
verdadero caso de infalibilidad.



--ii--


Porque Jacinta era una chica de prendas excelentes, modestita, delicada,
cariñosa y además muy bonita. Sus lindos ojos estaban ya declarando la
sazón de su alma o el punto en que tocan a enamorarse y enamorar.
Barbarita quería mucho a todas sus sobrinas; pero a Jacinta la adoraba;
teníala casi siempre consigo y derramaba sobre ella mil atenciones y
miramientos, sin que nadie, ni aun la propia madre de Jacinta, pudiera
sospechar que la criaba para nuera. Toda la parentela suponía que los
señores de Santa Cruz tenían puestas sus miras en alguna de las chicas
de Casa-Muñoz, de Casa-Trujillo o de otra familia rica y titulada.
Pero Barbarita no pensaba en tal cosa. Cuando reveló sus planes a D.
Baldomero, este sintió regocijo, pues también a él se le había ocurrido
lo mismo.

Ya dije que el Delfín prometió pensarlo; mas esto significaba sin duda
la necesidad que todos sentimos de no aparecer sin voluntad propia en
los casos graves; en otros términos, su amor propio, que le gobernaba
más que la conciencia, le exigía, ya que no una elección libre, el
simulacro de ella. Por eso Juanito no sólo lo decía, sino que parecía
como que pensaba, yéndose a pasear solo por aquellos peñascales, y se
engañaba a sí mismo diciéndose: «¡qué pensativo estoy!». Porque estas
cosas son muy serias, ¡vaya!, y hay que revolverlas mucho en el magín.
Lo que hacía el muy farsante era saborear de antemano lo que se le
aproximaba y ver de qué manera decía a su madre con el aire más grave y
filosófico del mundo: «Mamá, he meditado profundísimamente sobre este
problema, pesando con escrúpulo las ventajas y los inconvenientes, y la
verdad, aunque el caso tiene sus más y sus menos, aquí me tiene usted
dispuesto a complacerla».

Todo esto era comedia, y querer echárselas de hombre reflexivo. Su madre
había recobrado sobre él aquel ascendiente omnímodo que tuvo antes de
las trapisondas que apuntadas quedan, y como el hijo pródigo a quien los
reveses hacen ver cuánto le daña el obrar y pensar por cuenta propia,
descansaba de sus funestas aventuras pensando y obrando con la cabeza y
la voluntad de su madre.

Lo peor del caso era que nunca le había pasado por las mientes casarse
con Jacinta, a quien siempre miró más como hermana que como prima.
Siendo ambos de muy corta edad (ella tenía un año y meses menos que él)
habían dormido juntos, y habían derramado lágrimas y acusádose
mutuamente por haber secuestrado él las muñecas de ella, y haber ella
arrojado a la lumbre, para que se derritieran, los soldaditos de él.
Juan la hacía rabiar, descomponiéndole la casa de muñecas, ¡anda!, y
Jacinta se vengaba arrojando en su barreño de agua los caballos de Juan
para que se ahogaran... ¡anda! Por un rey mago, negro por más señas,
hubo unos dramas que acabaron en leña por partida doble, es decir, que
Barbarita azotaba alternadamente uno y otro par de nalgas como el que
toca los timbales; y todo porque Jacinta le había cortado la cola al
camello del rey negro; cola de cerda, no vayan a creer... «Envidiosa».
«Acusón»... Ya tenían ambos la edad en que un misterioso respeto les
prohibía darse besos, y se trataban con vivo cariño fraternal. Jacinta
iba todos los martes y viernes a pasar el día entero en casa de
Barbarita, y esta no tenía inconveniente en dejar solos largos ratos a
su hijo y a su sobrina; porque si cada cual en sí tenía el desarrollo
moral que era propio de sus veinte años, uno frente a otro continuaban
en la _edad del pavo_, muy lejos de sospechar que su destino les
aproximaría cuando menos lo pensasen.

El paso de esta situación fraternal a la de amantes no le parecía al
joven Santa Cruz cosa fácil. Él, que tan atrevido era lejos del hogar
paterno, sentíase acobardado delante de aquella flor criada en su
propia casa, y tenía por imposible que las cunitas de ambos, reunidas,
se convirtieran en tálamo. Mas para todo hay remedio menos para la
muerte, y Juanito vio con asombro, a poco de intentar la metamorfosis,
que las dificultades se desleían como la sal en el agua; que lo que a él
le parecía montaña era como la palma de la mano, y que el tránsito de la
fraternidad al enamoramiento se hacía _como una seda_. La primita,
haciéndose también la sorprendida en los primeros momentos y aun la
vergonzosa, dijo también que aquello debía pensarse. Hay motivos para
creer que Barbarita se lo había hecho pensar ya. Sea lo que quiera, ello
es que a los cuatro días de romperse el hielo ya no había que enseñarles
nada de noviazgo. Creeríase que no habían hecho en su vida otra cosa más
que estar picoteando todo el santo día. El país y el ambiente eran
propicios a esta vida nueva. Rocas formidables, olas, playa con
caracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos,
helechos y líquenes, veredas cuyo término no se sabía, caseríos rústicos
que al caer de la tarde despedían de sus abollados techos humaredas
azules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas de
pescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso un
día, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con su
humo, un aguacero en la montaña y otros accidentes de aquel admirable
fondo poético, favorecían a los amantes, dándoles a cada momento un
ejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estaban
cumpliendo.

Jacinta era de estatura mediana, con más gracia que belleza, lo que se
llama en lenguaje corriente una mujer _mona_. Su tez finísima y sus ojos
que despedían alegría y sentimiento componían un rostro sumamente
agradable. Y hablando, sus atractivos eran mayores que cuando estaba
callada, a causa de la movilidad de su rostro y de la expresión
variadísima que sabía poner en él. La estrechez relativa en que vivía la
numerosa familia de Arnaiz, no le permitía variar sus galas; pero sabía
triunfar del amaneramiento con el arte, y cualquier perifollo anunciaba
en ella una mujer que, si lo quería, estaba llamada a ser elegantísima.
Luego veremos. Por su talle delicado y su figura y cara porcelanescas,
revelaba ser una de esas hermosuras a quienes la Naturaleza concede poco
tiempo de esplendor, y que se ajan pronto, en cuanto les toca la primera
pena de la vida o la maternidad.

Barbarita, que la había criado, conocía bien sus notables prendas
morales, los tesoros de su corazón amante, que pagaba siempre con creces
el cariño que se le tenía, y por todo esto se enorgullecía de su
elección. Hasta que ciertas tenacidades de carácter que en la niñez eran
un defecto, agradábanle cuando Jacinta fue mujer porque no es bueno que
las hembras sean todas miel, y conviene que guarden una reserva de
energía para ciertas ocasiones difíciles.

La noticia del matrimonio de Juanito cayó en la familia Arnaiz como una
bomba que revienta y esparce, no desastres y muertes, sino esperanza y
dichas. Porque hay que tener en cuenta que el Delfín, por su fortuna,
por sus prendas, por su talento, era considerado como un ser bajado del
cielo. Gumersindo Arnaiz no sabía lo que le pasaba; lo estaba viendo y
aún le parecía mentira; y siendo el amartelamiento de los novios
bastante empalagoso, a él le parecía que todavía se quedaban cortos y
que debían entortolarse mucho más. Isabel era tan feliz que, de vuelta
ya en Madrid, decía que le iba a dar algo, y que seguramente su
empobrecida naturaleza no podría soportar tanta felicidad. Aquel
matrimonio había sido la ilusión de su vida durante los últimos años,
ilusión que por lo muy hermosa no encajaba en la realidad. No se había
atrevido nunca a hablar de esto a su cuñada, por temor de parecer
excesivamente ambiciosa y atrevida.

Faltábale tiempo a la buena señora para dar parte a sus amigas del feliz
suceso; no sabía hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sin
fuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevos
bríos para entregarse con delirante actividad a los preparativos de
boda, al equipo y demás cosas. ¡Qué proyectos hacía, qué cosas
inventaba, qué previsión la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, no
cesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza: «¡Si
me parece mentira!... ¡Si yo no he de verlo!...». Y este presentimiento,
por ser de cosa mala, vino a cumplirse al cabo, porque la alegría
inquieta fue como una combustión oculta que devoró la poca vida que allí
quedaba. Una mañana de los últimos días de Diciembre, Isabel Cordero,
hallándose en el comedor de su casa, cayó redonda al suelo como herida
de un rayo. Acometida de violentísimo ataque cerebral, falleció aquella
misma noche, rodeada de su marido y de sus consternados y amantes hijos.
No recobró el conocimiento después del ataque, no dijo esta boca es mía,
ni se quejó. Su muerte fue de esas que vulgarmente se comparan a la de
_un pajarito_. Decían los vecinos y amigos que había _reventado de
gusto_. Aquella gran mujer, heroína y mártir del deber, autora de diez y
siete españoles, se embriagó de felicidad sólo con el olor de ella, y
sucumbió a su primera embriaguez. En su muerte la perseguían las fechas
célebres, como la habían perseguido en sus partos, cual si la historia
la rondara deseando tener algo que ver con ella. Isabel Cordero y D.
Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia.



-V-

Viaje de novios



--i--


La boda se verificó en Mayo del 71. Dijo D. Baldomero con muy buen
juicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita de
recibir la bendición, a correrla por esos mundos, no comprendía fuese de
rigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en España tantos
lugares dignos de ser vistos. Él y Barbarita no habían ido ni siquiera a
Chamberí, porque en su tiempo los novios se quedaban donde estaban, y el
único español que se permitía viajar era el duque de Osuna, D. Pedro.
¡Qué diferencia de tiempos!... Y ahora, hasta Periquillo Redondo, el que
tiene el bazar de corbatas al aire libre en la esquina de la casa de
Correos había hecho su viajecito a París... Juanito se manifestó
enteramente conforme con su papá, y recibida la bendición nupcial,
verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto,
sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupiñá,
cuya boca tapó Barbarita a la primera palabra; dadas las despedidas, con
sus lágrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la
estación. La primera etapa de su viaje fue Burgos, a donde llegaron a
las tres de la mañana, felices y locuaces, riéndose de todo, del frío y
de la oscuridad. En el alma de Jacinta, no obstante, las alegrías no
excluían un cierto miedo, que a veces era terror. El ruido del ómnibus
sobre el desigual piso de las calles, la subida a la fonda por angosta
escalera, el aposento y sus muebles de mal gusto, mezcla de desechos de
ciudad y de lujos de aldea, aumentaron aquel frío invencible y aquella
pavorosa expectación que la hacían estremecer. ¡Y tantísimo como quería
a su marido!... ¿Cómo compaginar dos deseos tan diferentes; que su
marido se apartase de ella y que estuviese cerca? Porque la idea de que
se pudiera ir, dejándola sola, era como la muerte, y la de que se
acercaba y la cogía en brazos con apasionado atrevimiento, también la
ponía temblorosa y asustada. Habría deseado que no se apartara de ella,
pero que se estuviera quietecito.

Al día siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, sabía
Jacinta una porción de expresiones cariñosas y de íntima confianza de
amor que hasta entonces no había pronunciado nunca, como no fuera en la
vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a sí mismo. No
le causaba vergüenza el decirle al otro que le idolatraba, así, así,
clarito... al pan pan y al vino vino... ni preguntarle a cada momento si
era verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaría
hasta el día del Juicio final. Y a la tal preguntita, que había venido a
ser tan frecuente como el pestañear, el que estaba de turno contestaba
_Chí_, dando a esta sílaba un tonillo de pronunciación infantil. El
_Chí_ se lo había enseñado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir,
también en estilo mimoso, _¿me quieles?_, y otras tonterías y
chiquilladas empalagosas, dichas de la manera más grave del mundo. En la
misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristán que
les enseñaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos
aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas,
frente a la santidad de los altares consagrados o detrás de la estatua
yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pillín, y un goloso y un
atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las
consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que
Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del
que es fuente de todo amor.

Todo era para ellos motivo de felicidad. Contemplar una maravilla del
arte les entusiasmaba y de puro entusiasmo se reían, lo mismo que de
cualquier contrariedad. Si la comida era mala, risas; si el coche que
les llevaba a la Cartuja iba danzando en los baches del camino, risas;
si el sacristán de las Huelgas les contaba mil papas, diciendo que la
señora abadesa se ponía mitra y gobernaba a los curas, risas. Y a más de
esto, todo cuanto Jacinta decía, aunque fuera la cosa más seria del
mundo, le hacía a Juanito una gracia extraordinaria. Por cualquier
tontería que este dijese, su mujer soltaba la carcajada. Las crudezas de
estilo popular y aflamencado que Santa Cruz decía alguna vez,
divertíanla más que nada y las repetía tratando de fijarlas en su
memoria. Cuando no son muy groseras, estas fórmulas de hablar hacen
gracia, como caricaturas que son del lenguaje.

El tiempo se pasa sin sentir para los que están en éxtasis y para los
enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las
fugaces horas. Ella, principalmente, tenía que pensar un poco para
averiguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia.
Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amor
aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente
victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagando
los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y
hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente,
Jacinta empezó a sentir el desconsuelo de no someter también el pasado
de su marido, haciéndose dueña de cuanto este había sentido y pensado
antes de casarse. Como de aquella acción pretérita sólo tenía leves
indicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los
mutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y va
adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las
revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la
curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera había tenido
un novio de estos que no hacen más que mirar y poner la cara afligida.
Ella sí que tenía campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico.
Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la
primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de
inquisidora.

Porque Jacinta hiciese la primera pregunta llamando a su marido _Nene_
(como él le había enseñado), no dejó este de sentirse un tanto molesto.
Iban por las alamedas de chopos que hay en Burgos, rectas e inacabables,
como senderos de pesadilla. La respuesta fue cariñosa, pero evasiva. ¡Si
lo que la _nena_ anhelaba saber era un devaneo, una tontería...!, cosas
de muchachos. La educación del hombre de nuestros días no puede ser
completa si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazo
a todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a las
pasiones todas. Puro estudio y educación pura... No se trataba de amor,
porque lo que es amor, bien podía decirlo, él no lo había sentido nunca
hasta que le hizo tilín la que ya era su mujer.

Jacinta creía esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra. No
dudaba ni tanto así del amor de su marido; pero quería saber, sí señor,
quería enterarse de ciertas aventurillas. Entre esposos debe haber
siempre la mayor confianza, ¿no es eso? En cuanto hay secretos, adiós
paz del matrimonio. Pues bueno; ella quería leer de cabo a rabo ciertas
paginitas de la vida de su esposo antes de casarse. ¡Como que estas
historias ayudan bastante a la educación matrimonial! Sabiéndolas de
memoria, las mujeres viven más avisadas, y a poquito que los maridos se
deslicen... ¡tras!, ya están cogidos.

«Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir».

Esto fue dicho en el tren, que corría y silbaba por las angosturas de
Pancorvo. En el paisaje veía Juanito una imagen de su conciencia. La vía
que lo traspasaba, descubriendo las sombrías revueltas, era la
indagación inteligente de Jacinta. El muy tuno se reía, prometiendo, eso
sí, contar luego; pero la verdad era que no contaba nada de sustancia.

«¡Sí, porque me engañas tú a mí!... A buena parte vienes... Sé más de lo
que te crees. Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y oí. Tu mamá
estaba muy disgustada, porque te nos habías hecho muy chu... la... pito;
eso es».

El marido continuaba encerrado en su prudencia; mas no por eso se
enfadaba Jacinta. Bien le decía su sagacidad femenil que la obstinación
impertinente produce efectos contrarios a los que pretende. Otra habría
puesto en aquel caso unos morritos muy serios; ella no, porque fundaba
su éxito en la perseverancia combinada con el cariño capcioso y
diplomático. Entrando en un túnel de la Rioja, dijo así:

«¿Apostamos a que sin decirme tú una palabra, lo averiguo todo?».

Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla con
un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al
mugir de la máquina humeante, gritaba:

«¿Qué puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como.
¡Curiosona, fisgona, feúcha! ¿Tú quieres saber? Pues te lo voy a contar,
para que me quieras más».

--¿Más? ¡Qué gracia! Eso sí que es difícil.

--Espérate a que lleguemos a Zaragoza.

--No, ahora. --¿Ahora mismo?

--_Chí_.

--No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa.

--Mejor... Cuéntala y luego veremos.

--Te vas a reír de mí. Pues señor... allá por Diciembre del año
pasado... no, del otro... ¿Ves?, ya te estás riendo.

--Que no me río, que estoy más seria que el Papamoscas.

--Pues bueno, allá voy... Como te iba diciendo, conocí a una mujer...
Cosas de muchachos. Pero déjame que empiece por el principio. Érase una
vez... un caballero anciano muy parecido a una cotorra y llamado
Estupiñá, el cual cayó enfermo y... cosa natural, sus amigos fueron a
verle... y uno de estos amigos, al subir la escalera de piedra, encontró
una muchacha que se estaba comiendo un huevo crudo... ¿Qué tal?...



--ii--


--Un huevo crudo... ¡qué asco!--exclamó Jacinta escupiendo una
salivita--. ¿Qué se puede esperar de quien se enamora de una mujer que
come huevos crudos?...

--Hablando aquí con imparcialidad, te diré que era guapa. ¿Te enfadas?

--¡Qué me voy a enfadar, hombre! Sigue...

Se comía el huevo, y te ofrecía y tú participaste...

--No, aquel día no hubo nada. Volví al siguiente y me la encontré otra
vez.

--Vamos, que le caíste en gracia y te estaba esperando.

No quería el Delfín ser muy explícito, y contaba a grandes rasgos,
suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes de
peligro. Pero Jacinta tenía un arte instintivo para el manejo del
gancho, y sacaba siempre algo de lo que quería saber. Allí salió a
relucir parte de lo que Barbarita inútilmente intentó averiguar...
¿Quién era la del huevo?... Pues una chica huérfana que vivía con su
tía, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel. ¡Ah!
¡Segunda Izquierdo!... por otro nombre la _Melaera_, ¡qué basilisco!...
¡qué lengua!... ¡qué rapacidad!... Era viuda, y estaba liada, así se
dice, con un picador. «Pero basta de digresiones. La segunda vez que
entré en la casa, me la encontré sentada en uno de aquellos peldaños de
granito, llorando».

--¿A la tía? --No, mujer, a la sobrina. La tía le acababa de echar los
tiempos, y aún se oían abajo los resoplidos de la fiera... Consolé a la
pobre chica con cuatro palabrillas y me senté a su lado en el escalón.

--¡Qué poca vergüenza!

--Empezamos a hablar. No subía ni bajaba nadie. La chica era
confianzuda, inocentona, de estas que dicen todo lo que sienten, así lo
bueno como lo malo. Sigamos. Pues señor... al tercer día me la encontré
en la calle. Desde lejos noté que se sonreía al verme. Hablamos cuatro
palabras nada más; y volví y me colé en la casa; y me hice amigo de la
tía y hablamos; y una tarde salió el picador de entre un montón de
banastas donde estaba durmiendo la siesta, todo lleno de plumas, y
llegándose a mí me echó la zarpa, quiero decir, que me dio la manaza y
yo se la tomé, y me convidó a unas copas, y acepté y bebimos. No
tardamos Villalonga y yo en hacernos amigos de los amigos de aquella
gente... No te rías... Te aseguro que Villalonga me arrastraba a
aquella vida, porque se encaprichó por otra chica del barrio, como yo
por la sobrina de Segunda.

--¿Y cuál era más guapa?

--¡La mía!--replicó prontamente el Delfín, dejando entrever la fuerza de
su amor propio--, la mía... un animalito muy mono, una salvaje que no
sabía leer ni escribir. Figúrate, ¡qué educación! ¡Pobre pueblo!, y
luego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos la
culpa... Estas cosas hay que verlas de cerca... Sí, hija mía, hay que
poner la mano sobre el corazón del pueblo, que es sano... sí, pero a
veces sus latidos no son latidos, sino patadas... ¡Aquella infeliz
chica...! Como te digo, un animal; pero buen corazón, buen corazón...
¡pobre _nena_!

Al oír esta expresión de cariño, dicha por el Delfín tan
espontáneamente, Jacinta arrugó el ceño. Ella había heredado la
aplicación de la palabreja, que ya le disgustaba por ser como desecho de
una pasión anterior, un vestido o alhaja ensuciados por el uso; y
expresó su disgusto dándole al pícaro de Juanito una bofetada, que para
ser de mujer y en broma resonó bastante.

«¿Ves?, ya estás enfadada. Y sin motivo. Te cuento las cosas como
pasaron... Basta ya, basta de cuentos».

--No, no. No me enfado. Sigue, o te pego otra.

--No me da la gana... Si lo que yo quiero es borrar un pasado que
considero infamante; si no quiero tener ni memoria de él... Es un
episodio que tiene sus lados ridículos y sus lados vergonzosos. Los
pocos años disculpan ciertas demencias, cuando de ellas se saca el honor
puro y el corazón sano. ¿Para qué me obligas a repetir lo que quiero
olvidar, si sólo con recordarlo paréceme que no merezco este bien que
hoy poseo, tú, niña mía?

--Estás perdonado--dijo la esposa, arreglándose el cabello que Santa
Cruz le había descompuesto al acentuar de un modo material aquellas
expresiones tan sabias como apasionadas--. No soy impertinente, no exijo
imposibles. Bien conozco que los hombres la han de correr antes de
casarse. Te prevengo que seré muy celosa si me das motivo para serlo;
pero celos retrospectivos no tendré nunca.

Esto sería todo lo razonable y discreto que se quiera suponer; pero la
curiosidad no disminuía, antes bien aumentaba. Revivió con fuerza en
Zaragoza, después que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron la
Seo.

«Si me quisieras contar algo más de aquello...» indicó Jacinta, cuando
vagaban por las solitarias y románticas calles que se extienden detrás
de la catedral.

Santa Cruz puso mala cara. «¡Pero qué tontín! Si lo quiero saber para
reírme, nada más que para reírme. ¿Qué creías tú, que me iba a
enfadar?... ¡Ay, qué bobito!... No, es que me hacen gracia tus
calaveradas. Tienen un _chic_. Anoche pensé en ellas, y aun soñé un
poquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío. No,
si no me enojaba; me reía, créelo, me divertía viéndote entre esa
aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el
pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuación de la
historia. Pues señor... le hiciste el amor por lo fino, y ella lo
admitió por lo basto. La sacaste de la casa de su tía y os fuisteis los
dos a otro nido, en la Concepción Jerónima».

Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír. Aquello no
era adivinación de Jacinta. Algo había oído sin duda, por lo menos el
nombre de la calle. Pensando que convenía seguir el tono festivo, dijo
así:

«Tú sabías el nombre de la calle; no vengas echándotelas de zahorí... Es
que Estupiñá me espiaba y le llevaba cuentos a mamá».

--Sigue con tu conquista. Pues señor...

--Cuestión de pocos días. En el pueblo, hija mía, los procedimientos son
breves. Ya ves cómo se matan. Pues lo mismo es el amor. Un día le dije:
«Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo». Yo pensé
que me iba a decir que no.

--Pensaste mal... sobre todo si en su casa había... leña.

--La respuesta fue coger el mantón, y decirme _vamos_. No podía salir
por la Cava. Salimos por la zapatería que se llama _Al ramo de
azucenas_. Lo que te digo; el pueblo es así, sumamente ejecutivo y
enemigo de trámites.

Jacinta miraba al suelo más que a su marido.

--Y a renglón seguido la consabida palabrita de casamiento--dijo
mirándole de lleno y observándole indeciso en la respuesta.

Aunque Jacinta no conocía personalmente a ninguna víctima de las
palabras de casamiento, tenía una clara idea de estos pactos diabólicos
por lo que de ellos había visto en los dramas, en las piezas cortas y
aun en las óperas, presentados como recurso teatral, unas veces para
hacer llorar al público y otras para hacerle reír. Volvió a mirar a su
marido, y notando en él una como sonrisilla de hombre de mundo, le dio
un pellizco acompañado de estos conceptos, un tanto airados:

«Sí, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, una
burla, una estafa, una villanía. ¡Qué hombres!... Luego dicen... ¿Y esa
tonta no te sacó los ojos cuando se vio chasqueada?... Si hubiera sido
yo...».

--Si hubieras sido tú, tampoco me habrías sacado los ojos.

--Que sí... pillo... granujita. Vaya, no quiero saber más, no me cuentes
más.

--¿Para qué preguntas tú? Si te digo que no la quería, te enfadas
conmigo y tomas partido por ella... ¿Y si te dijera que la quería, que
al poco tiempo de sacarla de su casa, se me ocurría la simpleza de
cumplir la palabra de casamiento que le di?

--¡Ah, tuno!--exclamó Jacinta con ira cómica, aunque no enteramente
cómica--. Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo te
daba un par de repelones y de cada manotada me traía un mechón de
pelo... Con que casarte... ¡y me lo dices a mí!... ¡a mí!

La carcajada lanzada por Santa Cruz retumbó en la cavidad de la
plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraños, que los dos
esposos se admiraron de oírla. Formaban la rinconada aquella vetustos
caserones de ladrillo modelado a estilo mudéjar, en las puertas
gigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisas
aleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme y
tristísimo. No se veían ni señales de alma viviente por ninguna parte.
Tras las rejas enmohecidas no aparecía ningún resquicio de maderas
entornadas por el cual se pudiera filtrar una mirada humana.

«Esto es tan solitario, hija mía--dijo el marido, quitándose el
sombrero y riendo--, que puedes armarme el gran escándalo sin que se
entere nadie».

Juanito corría. Jacinta fue tras él con la sombrilla levantada. «Que no
me coges». --«A que sí».--«Que te mato...». Y corrieron ambos por el
desigual pavimento lleno de yerba, él riendo a carcajadas, ella
coloradita y con los ojos húmedos. Por fin, ¡pum!, le dio un
sombrillazo, y cuando Juanito se rascaba, ambos se detuvieron jadeantes,
sofocados por la risa.

«Por aquí» dijo Santa Cruz señalando un arco que era la única salida.

Y cuando pasaban por aquel túnel, al extremo del cual se veía otra
plazoleta tan solitaria y misteriosa como la anterior, los amantes, sin
decirse una palabra, se abrazaron y estuvieron estrechamente unidos,
besuqueándose por espacio de un buen minuto y diciéndose al oído las
palabras más tiernas.

«Ya ves, esto es sabrosísimo. Quién diría que en medio de la calle podía
uno...».

--Si alguien nos viera... --murmuró Jacinta ruborizada, porque en
verdad, aquel rincón de Zaragoza podía ser todo lo solitario que se
quisiese, pero no era una alcoba.

--Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro.

Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel.

--Por aquí no pasa un alma... --dijo él--. Es más, creo que por aquí no
ha pasado nunca nadie. Lo menos hay dos siglos que no ha corrido por
estas paredes una mirada humana...

--Calla, me parece que siento pasos.

--Pasos... ¿a ver?... --Sí, pasos. En efecto, alguien venía. Oyose, sin
poder determinar por dónde, un arrastrar de pies sobre los guijarros del
suelo. Por entre dos casas apareció de pronto una figura negra. Era un
sacerdote viejo. Cogiéronse del brazo los consortes y avanzaron
afectando la mayor compostura. El clérigo, al pasar junto a ellos, les
miró mucho.

«Paréceme--indicó la esposa, agarrándose más al brazo de su marido y
pegándose mucho a él--, que nos lo ha conocido en la cara».

--¿Qué nos ha conocido?

--Que estábamos... tonteando.

--Psch... ¿y a mí, qué?

--Mira--dijo ella cuando llegaron a un sitio menos desierto--, no me
cuentes más historias. No quiero saber más. Punto final.

Rompió a reír, a reír, y el Delfín tuvo que preguntarle muchas veces la
causa de su hilaridad para obtener esta respuesta:

«¿Sabes de qué me río? De pensar en la cara que habría puesto tu mamá si
le entras por la puerta una nuera de mantón, sortijillas y pañuelo a la
cabeza, una nuera que dice _diquiá luego_ y no sabe leer».



--iii--


«Quedamos en que no hay más cuentos».

--No más... Bastante me he reído ya de tu tontería. Francamente, yo creí
que eras más avisado... Además, todo lo que me puedas contar me lo
figuro. Que te aburriste pronto. Es natural... El hombre bien criado y
la mujer ordinaria no emparejan bien. Pasa la ilusión, y después ¿qué
resulta? Que ella huele a cebolla y dice palabras feas... A él... como
si lo viera... se le revuelve el estómago, y empiezan las cuestiones. El
pueblo es sucio, la mujer de clase baja, por más que se lave el palmito,
siempre es pueblo. No hay más que ver las casas por dentro. Pues lo
mismo están los benditos cuerpos.

Aquella misma tarde, después de mirar la puerta del Carmen y los
elocuentes muros de Santa Engracia, que vieron lo que nadie volverá a
ver, paseaban por las arboledas de Torrero. Jacinta, pesando mucho sobre
el brazo de su marido, porque en verdad estaba cansadita, le dijo:

«Una sola cosa quiero saber, una sola. Después punto en boca. ¿Qué casa
era esa de la Concepción Jerónima...?».

--Pero, hija, ¿qué te importa?... Bueno, te lo diré. No tiene nada de
particular. Pues señor... vivía en aquella casa un tío de la tal,
hermano de la huevera, buen tipo, el mayor perdido y el animal más
grande que en mi vida he visto; un hombre que lo ha sido todo,
presidiario y revolucionario de barricadas, torero de invierno y
tratante en ganado. ¡Ah! ¡José Izquierdo!... te reirías si le vieras y
le oyeras hablar. Este tal le sorbió los sesos a una pobre mujer, viuda
de un platero y se casó con ella. Cada uno por su estilo, aquella pareja
valía un imperio. Todo el santo día estaban riñendo, de pico se
entiende... ¡Y qué tienda, hija, qué desorden, qué escenas! Primero se
emborrachaba él solo, después los dos a turno. Pregúntale a Villalonga;
él es quien cuenta esto a maravilla y remeda los jaleos que allí se
armaban. Paréceme mentira que yo me divirtiera con tales escándalos. ¡Lo
que es el hombre! Pero yo estaba ciego; tenía entonces la manía de lo
popular.

--¿Y su tía, cuando la vio deshonrada, se pondría hecha una furia,
verdad?

--Al principio sí... te diré...--replicó el Delfín buscando las
callejuelas de una explicación algo enojosa--. Pero más que por la
deshonra se enfurecía por la fuga. Ella quería tener en su casa a la
pobre muchacha, que era su machacante. Esta gente del pueblo es atroz.
¡Qué moral tan extraña la suya!, mejor dicho, no tiene ni pizca de
moral. Segunda empezó por presentarse todos los días en la tienda de la
Concepción Jerónima, y armar un escándalo a su hermano y a su cuñada.
«Que si tú eres esto, si eres lo otro...». Parece mentira; Villalonga y
yo, que oíamos estos _jollines_ desde el entresuelo, no hacíamos más que
reírnos. ¡A qué degradación llega uno cuando se deja caer así! Estaba yo
tan tonto, que me parecía que siempre había de vivir entre semejante
chusma. Pues no te quiero decir, hija de mi alma... un día que se metió
allí el picador, el querindango de Segunda. Este caballero y mi amigo
Izquierdo se tenían muy mala voluntad... ¡Lo que allí se dijeron!... Era
cosa de alquilar balcones.

--No sé cómo te divertía tanto salvajismo.

--Ni yo lo sé tampoco. Creo que me volví otro de lo que era y de lo que
volví a ser. Fue como un paréntesis en mi vida. Y nada, hija de mi alma,
fue el maldito capricho por aquella hembra popular, no sé qué de
entusiasmo artístico, una demencia ocasional que no puedo explicar.

--¿Sabes lo que estoy deseando ahora?--dijo bruscamente Jacinta.

--Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razón tienes; tú
no eras entonces tú. Trato de figurarme cómo eras y no lo puedo
conseguir. Quererte yo y ser tú como a ti mismo te pintas son dos cosas
que no puedo juntar.

--Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado pasado. Pero aguárdate un
poco: para dejar redondo el cuento, necesito añadir una cosa que te
sorprenderá. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta
bronca y de tanto escándalo entre los hermanos Izquierdo, y entre
Izquierdo y el picador, y tía y sobrina, se reconciliaron todos, y se
acabaron las riñas y no hubo más que finezas y apretones de manos.

--Sí que es particular. ¡Qué gente!

--El pueblo no conoce la dignidad. Sólo le mueven sus pasiones o el
interés. Como Villalonga y yo teníamos dinero largo para _juergas_ y
cañas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto
llegó un día en que allí no se hacía más que beber, palmotear, tocar la
guitarra, _venga de ahí_, comer magras. Era una orgía continua. En la
tienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El día
que no había comida de campo había cena en la casa hasta la madrugada.
La vecindad estaba escandalizada. La policía rondaba. Villalonga y yo
como dos insensatos...

--¡Ay, qué par de apuntes!... Pero hijo, está lloviendo... a mí me ha
caído una gota en la punta de la nariz... ¿Ves?... Aprisita, que nos
mojamos.

El tiempo se les puso muy malo, y en todo el trayecto hasta Barcelona no
cesó de llover. Arrimados marido y mujer a la ventanilla, miraban la
lluvia, aquella cortina de menudas líneas oblicuas que descendían del
Cielo sin acabar de descender. Cuando el tren paraba, se sentía el
gotear del agua que los techos de los coches arrojaban sobre los
estribos. Hacía frío, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendrían
sólo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y los
campesinos que venían a tomar el tren con un saco por la cabeza. Las
locomotoras chorreaban agua y fuego juntamente, y en los hules de las
plataformas del tren de mercancías se formaban bolsas llenas de agua,
pequeños lagos donde habrían podido beber los pájaros, si los pájaros
tuvieran sed aquel día.

Jacinta estaba contenta, y su marido también, a pesar de la melancolía
llorona del paisaje; pero como había otros viajeros en el vagón, los
recién casados no podían entretener el tiempo con sus besuqueos y
tonterías de amor. Al llegar, los dos se reían de la formalidad con que
habían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no les
dejó ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distraída con la
animación y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres.
Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fábricas de Batlló y
de Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosas
armas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durante
tres días, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la
familia de insensatos que se amansaban con orgías, quedó completamente
olvidada o perdida en un laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas, o en
el triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensibles
juegos de cartones agujereados tenían ocupada y suspensa la imaginación
de Jacinta, que veía aquel prodigio y no lo quería creer. ¡Cosa
estupenda! «Está una viendo las cosas todos los días, y no piensa en
cómo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al ver
una oveja no pensamos que en ella están nuestros gabanes. ¿Y quién ha de
decir que las chambras y enaguas han salido de un árbol? ¡Toma, el
algodón! ¿Pues y los tintes? El carmín ha sido un bichito, y el negro
una naranja agria, y los verdes y azules carbón de piedra. Pero lo más
raro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es que
de él salen los tambores. ¿Pues, y eso de que las cerillas se saquen de
los huesos, y que el sonido del violín lo produzca la cola del caballo
pasando por las tripas de la cabra?».

Y no paraba aquí la observadora. En aquella excursión por el campo
instructivo de la industria, su generoso corazón se desbordaba en
sentimientos filantrópicos, y su claro juicio sabía mirar cara a cara
los problemas sociales. «No puedes figurarte--decía a su marido, al
salir de un taller--, cuánta lástima me dan esas infelices muchachas
que están aquí ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni para
vestirse. No tienen educación, son como máquinas, y se vuelven tan
tontas... más que tontería debe de ser aburrimiento... se vuelven tan
tontas digo, que en cuanto se les presenta un pillo cualquiera se dejan
seducir... Y no es maldad; es que llega un momento en que dicen: 'Vale
más ser mujer mala que máquina buena'».

--Filosófica está mi mujercita.

--Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla más de eso. Di
si me quieres, sí o no... pero pronto, pronto.

Al otro día, en las alturas de Tibidabo, viendo a sus pies la inmensa
ciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negro
resuello que declara su fogosa actividad, Jacinta se dejó caer del lado
de su marido y le dijo:

«Me vas a satisfacer una curiosidad... la última».

Y en el momento que tal habló arrepintiose de ello, porque lo que
deseaba saber, si picaba mucho en curiosidad, también le picaba algo el
pudor. ¡Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...!
Revolvió en su mente todo lo que sabía y no hallaba ninguna fórmula que
sentase bien en su boca. Y la cosa era bastante natural. O lo había
pensado o lo había soñado la noche anterior; de eso no estaba segura;
mas era una consecuencia que a cualquiera se le ocurre sacar. El orden
de sus juicios era el siguiente: ¿Cuánto tiempo duró el enredo de mi
marido con esa mujer?, no lo sé. Pero durase más o durase menos, bien
podría suceder que... hubiera nacido algún chiquillo». Esta era la
palabra difícil de pronunciar, _¡chiquillo!_, Jacinta no se atrevía, y
aunque intentó sustituirla con _familia, sucesión_, tampoco salía.

--No, no era nada. --Tú has dicho que me ibas a preguntar no sé qué.

--Era una tontería; no hagas caso.

--No hay nada que más me cargue que esto... decirle a uno que le van a
preguntar una cosa y después no preguntársela. Se queda uno confuso y
haciendo mil cálculos. Eso, eso, guárdalo bien... No le caerán moscas.
Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta.

--Ya tiraré... tiempo hay, hijito.

--Dímelo ahora... ¿Qué será, qué no será?

--Nada... no era nada. Él la miraba y se ponía serio. Parecía que le
adivinaba el pensamiento, y ella tenía tal expresión en sus ojos y en su
sonrisilla picaresca, que casi casi se podía leer en su cara la palabra
que andaba por dentro. Se miraban, se reían, y nada más. Para sí dijo la
esposa: «a su tiempo maduran las uvas. Vendrán días de mayor confianza,
y hablaremos... y sabré si hay o no algún _hueverito_ por ahí».



--iv--


Jacinta no tenía ninguna especie de erudición. Había leído muy pocos
libros. Era completamente ignorante en cuestiones de geografía
artística; y sin embargo, apreciaba la poesía de aquella región costera
mediterránea que se desarrolló ante sus ojos al ir de Barcelona a
Valencia. Los pueblecitos marinos desfilaban a la izquierda de la vía,
colocados entre el mar azul y una vegetación espléndida. A trozos, el
paisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos; más allá las viñas
lo alegraban con la verde gala del pámpano. La vela triangular de las
embarcaciones, las casitas bajas y blancas, la ausencia de tejados
puntiagudos y el predominio de la línea horizontal en las
construcciones, traían al pensamiento de Santa Cruz ideas de arte y
naturaleza helénica. Siguiendo las rutinas a que se dan los que han
leído algunos libros, habló también de Constantino, de Grecia, de las
barras de Aragón y de los pececillos que las tenían pintadas en el lomo.
Era de cajón sacar a relucir las colonias fenicias, cosa de que Jacinta
no entendía palotada, ni le hacía falta. Después vinieron Prócida y las
Vísperas Sicilianas, D. Jaime de Aragón, Roger de Flor y el Imperio de
Oriente, el duque de Osuna y Nápoles, Venecia y el marqués de Bedmar,
Massanielo, los Borgias, Lepanto, D. Juan de Austria, las galeras y los
piratas, Cervantes y los padres de la Merced.

Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a la
rápida visión de la costa mediterránea, condensaba su ciencia en estas o
parecidas expresiones: «¿Y la gente que vive aquí, será feliz o será tan
desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido
que ver con el Gran Turco ni con la capitana de D. Juan de Austria?
Porque los de aquí no apreciarán que viven en un paraíso, y el pobre,
tan pobre es en Grecia como en Getafe».

Agradabilísimo día pasaron, viendo el risueño país que a sus ojos se
desenvolvía, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la
maravilla de la región valenciana, la cual se anunció con grupos de
algarrobos, que de todas partes parecían acudir bailando al encuentro
del tren. A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza. Ya se
acercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla; ya se
alejaban hacia lo alto de una colina; ya se escondían tras un otero,
para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando al
escondite con los palos del telégrafo.

El tiempo, que no les había sido muy favorable en Zaragoza y Barcelona,
mejoró aquel día. Espléndido sol doraba los campos. Toda la luz del
cielo parecía que se colaba dentro del corazón de los esposos. Jacinta
se reía de la danza de los algarrobos, y de ver los pájaros posados en
fila en los alambres telegráficos. «Míralos, míralos allí. ¡Valientes
pícaros! Se burlan del tren y de nosotros».

--Fíjate ahora en los alambres. Son iguales al pentagrama de un papel de
música. Mira cómo sube, mira cómo baja. Las cinco rayas parece que están
grabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo que
se mueve como un telón de teatro no acabado de colgar.

--Lo que yo digo--expresó Jacinta riendo--Mucha poesía, mucha cosa
bonita y nueva; pero poco que comer. Te lo confieso, marido de mi alma;
tengo un hambre de mil demonios. La madrugada y este fresco del campo,
me han abierto el apetito de par en par.

--Yo no quería hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos a
una estación de fonda. Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o
pan seco... El viajar tiene estas peripecias. Ánimo chica, y dame un
beso, que las hambres con amor son menos.

--Allá van tres, y en la primera estación, mira bien, hijo, a ver si
descubrimos algo. ¿Sabes lo que yo me comería ahora?

--¿Un bistec? --No. --¿Pues qué? --Uno y medio. --Ya te contentarás con
naranja y media.

Pasaban estaciones, y la fonda no parecía. Por fin, en no sé cuál
apareció una mujer, que tenía delante una mesilla con licores,
rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos... ¿qué era aquello?
«¡Pájaros fritos!--gritó Jacinta a punto que Juan bajaba del vagón--.
Tráete una docena... No... oye, dos docenas».

Y otra vez el tren en marcha. Ambos se colocaron rodillas con rodillas,
poniendo en medio el papel grasiento que contenía aquel _montón de
cadáveres_ fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambre
les daba.

«¡Ay, qué ricos están! Mira qué pechuga... Este para ti, que está muy
gordito».

--No, para ti, para ti. La mano de ella era tenedor para la boca de él,
y viceversa. Jacinta decía que en su vida había hecho una comida que más
le supiese.

«Este sí que está de buen año... ¡pobre ángel! El infeliz estaría ayer
con sus compañeros posado en el alambre tan contento, tan guapote,
viendo pasar el tren y diciendo «allá van esos brutos»... hasta que vino
el más bruto de todos, un cazador y... ¡prum!... Todo para que nosotros
nos regaláramos hoy. Y a fe que están sabrosos. Me ha gustado este
almuerzo.

--Y a mí. Ahora veamos estos pasteles. El ácido fórmico es bueno para la
digestión.

--¿El ácido qué...?

--Las hormigas, chica. No repares, y adentro. Mételes el diente. Están
riquísimos.

Restauradas las fuerzas, la alegría se desbordaba de aquellas almas. «Ya
no me marean los algarrobos--decía Jacinta--; bailad, bailad. ¡Mira qué
casas, qué emparrados! Y aquello, ¿qué es?, naranjos. ¡Cómo huelen!».

Iban solos. ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a la
ventana y Jacinta sobre sus rodillas. Él le rodeaba la cintura con el
brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cándidas sobre
todo lo que veía. Pero después transcurrían algunos ratos sin que
ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido,
y echándole un brazo alrededor del cuello, le soltó esta:

«No me has dicho cómo se llamaba».

--¿Quién? --preguntó Santa Cruz algo atontado.

--Tu adorado tormento, tu... Cómo se llamaba o cómo se llama... porque
supongo que vivirá.

--No lo sé... ni me importa. Vaya con lo que sales ahora.

--Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurrió de
repente. ¿Sabes cómo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un
arbusto. Tú dirás que qué tiene que ver... Es claro, nada; pero vete a
saber cómo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta mañana me acordé
de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de
equipajes. Anoche me acordé, ¿cuándo creerás? Cuando apagaste la luz. Me
pareció que la llama era una mujer que decía ¡ay!, y se caía muerta. Ya
sé que son tonterías, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares.
¿Con que, _nenito_, desembuchas eso, sí o no?

--¿Qué? --El nombre. --Déjame a mí de nombres.

--¡Qué poco amable es este señor!--dijo abrazándole--. Bueno, guarda el
secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad.
Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba.
No creas que tengo gran interés en saberlo. ¿Qué me meto yo en el
bolsillo con saber un nombre más?

--Es un nombre muy feo... No me hagas pensar en lo que quiero
olvidar--replicó Santa Cruz con hastío--No te digo una palabra, ¿sabes?


--Gracias, amado pueblo... Pues mira, si te figuras que voy a tener
celos, te llevas chasco. Eso quisieras tú para darte tono. No los tengo
ni hay para qué.

No sé qué vieron que les distrajo de aquella conversación. El paisaje
era cada vez más bonito, y el campo, convirtiéndose en jardín, revelaba
los refinamientos de la civilización agrícola. Todo era allí nobleza, o
sea naranjos, los árboles de hoja perenne y brillante, de flores
olorosísimas y de frutas de oro, árbol ilustre que ha sido una de las
más socorridas muletillas de los poetas, y que en la región valenciana
está por los suelos, quiero decir, que hay tantos, que hasta los poetas
los miran ya como si fueran cardos borriqueros. Las tierras labradas
encantan la vista con la corrección atildada de sus líneas. Las
hortalizas bordan los surcos y dibujan el suelo, que en algunas partes
semeja un cañamazo. Los variados verdes, más parece que los ha hecho el
arte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible. Y por
todas partes flores, arbustos tiernos; en las estaciones acacias
gigantescas que extienden sus ramas sobre la vía; los hombres con
zaragüelles y pañuelo liado a la cabeza, resabio morisco; las mujeres
frescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas de
pelo sobre las sienes.

«¿Y cuál es --preguntó Jacinta deseosa de instruirse--el árbol de las
chufas?».

Juan no supo contestar, porque tampoco él sabía de dónde diablos salían
las chufas. Valencia se aproximaba ya. En el vagón entraron algunas
personas; pero los esposos no dejaron la ventanilla. A ratos se veía el
mar, tan azul, tan azul, que la retina padecía el engaño de ver verde el
cielo.

¡Sagunto! ¡Ay, qué nombre!, cuando se le ve escrito con las letras
nuevas y acaso torcidas de una estación, parece broma. No es de todos
los días ver envueltas en el humo de las locomotoras las inscripciones
más retumbantes de la historia humana. Juanito, que aprovechaba las
ocasiones de ser sabio sentimental, se pasmó más de lo conveniente de la
aparición de aquel letrero.

«Y qué, ¿qué es?--preguntó Jacinta picada de la novelería--. ¡Ah!
Sagunto, ya... un nombre. De fijo que hubo aquí alguna marimorena. Pero
habrá llovido mucho desde entonces. No te entusiasmes, hijo, y tómalo
con calma. ¿A qué viene tanto _¡ah!, ¡oh!_...? Todo porque aquellos
brutos...».

--¿Chica, qué estás ahí diciendo?

--Sí, hijo de mi alma, porque aquellos brutos... no me vuelvo atrás...
hicieron una barbaridad. Bueno, llámalos héroes si quieres, y cierra
esa boca que te me estás pareciendo al Papamoscas de Burgos.

Vuelta a contemplar el jardín agrícola en cuyo verdor se destacaban las
cabañas de paja con una cruz en el pico del techo. En los bardales vio
Jacinta unas plantas muy raras, de vástagos escuetos y pencas enormes,
que llamaron su atención. «Mira, mira, qué esperpento de árbol. ¿Será el
de los higos chumbos?».

--No, hija mía, los higos chumbos los da esa otra planta baja, compuesta
de unas palas erizadas de púas. Aquello otro es la pita, que da por
fruto las sogas.

--Y el esparto, ¿dónde está?

--Hasta eso no llega mi sabiduría. Por ahí debe de andar.

El tren describía amplísima curva. Los viajeros distinguieron una gran
masa de edificios cuya blancura descollaba entre el verde. Los grupos de
árboles la tapaban a trechos; después la descubrían. «Ya estamos en
Valencia, chiquilla; mírala allí».

Valencia era la ciudad mejor situada del mundo, según dijo un agudo
observador, por estar construida en medio del campo. Poco después, los
esposos, empaquetados dentro de una tartana, penetraban por las calles
angostas y torcidas de la ciudad campestre. «¡Pero qué país, hijo!... Si
esto parece un biombo... ¿A dónde nos lleva este hombre?».--«A la fonda
sin duda».

A media noche, cuando se retiraron fatigados a su domicilio después de
haber paseado por las calles y oído media _Africana_ en el teatro de la
Princesa, Jacinta sintió que de repente, sin saber cómo ni por qué, la
picaba en el cerebro el gusanillo aquel, la idea perseguidora, la penita
disfrazada de curiosidad. Juan se resistió a satisfacerla, alegando
razones diversas. «No me marees, hija... Ya te he dicho que quiero
olvidar eso...».

--Pero el nombre, _nene_, el nombre nada más. ¿Qué te cuesta abrir la
boca un segundo?... No creas que te voy a reñir, tontín.

Hablando así se quitaba el sombrero, luego el abrigo, después el cuerpo,
la falda, el _polisón_, y lo iba poniendo todo con orden en las butacas
y sillas del aposento. Estaba rendida y no veía las santas horas de dar
con sus fatigadas carnes en la cama. El esposo también iba soltando
ropa. Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta le
desagradaba ya. Por fin, no pudiendo resistir a las monerías de su
mujer, no tuvo más remedio que decidirse. Ya estaban las cabezas sobre
las almohadas, cuando Santa Cruz echó perezoso de su boca estas
palabras:

«Pues te lo voy a decir; pero con la condición de que en tu vida más...
en tu vida más me has de mentar ese nombre, ni has de hacer la menor
alusión... ¿entiendes? Pues se llama...».

--Gracias a Dios, hombre. Le costaba mucho trabajo decirlo. La otra le
ayudaba.

--Se llama _For_...

--_For_... _narina_.

--No. _For_... _tuna_...

--_Fortunata_.

--Eso... Vamos, ya estás satisfecha.

--Nada más. Te has portado, has sido amable. Así es como te quiero yo.

Pasado un ratito, dormía como un ángel... dormían los dos.



--v--


«¿Sabes lo que se me ha ocurrido?--dijo Santa Cruz a su mujer dos días
después en la estación de Valencia--. Me parece una tontería que vayamos
tan pronto a Madrid. Nos plantaremos en Sevilla. Pondré un parte a
casa».

Al pronto Jacinta se entristeció. Ya tenía deseos de ver a sus hermanas,
a su papá y a sus tíos y suegros. Pero la idea de prolongar un poco
aquel viaje tan divertido, conquistó en breve su alma. ¡Andar así,
llevados en las alas del tren, que algo tiene siempre, para las almas
jóvenes, de dragón de fábula, era tan dulce, tan entretenido...!

Vieron la opulenta ribera del Júcar, pasaron por Alcira, cubierta de
azahares, por Játiva la risueña; después vino Montesa, de feudal
aspecto, y luego Almansa en territorio frío y desnudo. Los campos de
viñas eran cada vez más raros, hasta que la severidad del suelo les dijo
que estaban en la adusta Castilla. El tren se lanzaba por aquel campo
triste, como inmenso lebrel, olfateando la vía y ladrando a la noche
tarda, que iba cayendo lentamente sobre el llano sin fin. Igualdad,
palos de telégrafo, cabras, charcos, matorrales, tierra gris, inmensidad
horizontal sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha; el
humo de la máquina alejándose en bocanadas majestuosas hacia el
horizonte; las guardesas con la bandera verde señalando el paso libre,
que parece el camino de lo infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, y
las estaciones haciéndose esperar mucho, como si tuvieran algo bueno...
Jacinta se durmió y Juanito también. Aquella dichosa Mancha era un
narcótico. Por fin bajaron en Alcázar de San Juan, a media noche,
muertos de frío. Allí esperaron el tren de Andalucía, tomaron chocolate,
y vuelta a rodar por otra zona manchega, la más ilustre de todas, la
Argamasillesca.

Pasaron los esposos una mala noche por aquella estepa, matando el frío
muy juntitos bajo los pliegues de una sola manta, y por fin llegaron a
Córdoba, donde descansaron y vieron la Mezquita, no bastándoles un día
para ambas cosas. Ardían en deseos de verse en la sin par Sevilla...
Otra vez al tren. Serían las nueve de la noche cuando se encontraron
dentro de la romántica y alegre ciudad, en medio de aquel idioma ceceoso
y de los donaires y chuscadas de la gente andaluza. Pasaron allí creo
que ocho o diez días, encantados, sin aburrirse ni un solo momento,
viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participando
del buen humor que allí se respira con el aire y se recoge de las
miradas de los transeúntes. Una de las cosas que más cautivaban a
Jacinta era aquella costumbre de los patios amueblados y ajardinados, en
los cuales se ve que las ramas de una azalea bajan hasta acariciar las
teclas del piano, como si quisieran tocar. También le gustaba a Jacinta
ver que todas las mujeres, aun las viejas que piden limosna, llevan su
flor en la cabeza. La que no tiene flor se pone entre los pelos
cualquier hoja verde y va por aquellas calles vendiendo vidas.

Una tarde fueron a comer a un bodegón de Triana, porque decía Juanito
que era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalísimo
pueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y que
recibió del Cielo el don de una filosofía muy socorrida, que consiste en
tomar todas las cosas por el lado humorístico, y así la vida, una vez
convertida en broma, se hace más llevadera. Bebió el Delfín muchas
cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a
Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda
la manzanilla que este pueda contener. Jacinta no hacía más que probarla
y la encontraba áspera y acídula, sin conseguir apreciar el olorcillo a
_pero de Ronda_ que dicen que tiene aquella bebida.

Retiráronse de muy buen humor a la fonda, y al llegar a ella vieron que
en el comedor había mucha gente. Era un banquete de boda. Los novios
eran españoles anglicanizados de Gibraltar. Los esposos Santa Cruz
fueron invitados a tomar algo, pero lo rehusaron; únicamente bebieron un
poco de Champagne, por que no dijeran. Después un inglés muy pesado, que
chapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados,
como si quisiera mordiscar las palabras, se empeñó en que habían de
tomar unas cañas. «De ninguna manera... muchas gracias». --«¡Ooooh!,
sí»... El comedor era un hervidero de alegría y de chistes, entre los
cuales empezaban a sonar algunos de gusto dudoso. No tuvo Santa Cruz más
remedio que ceder a la exigencia de aquel maldito inglés, y tomando de
sus manos la copa, decía a media voz: «Valiente _curdela_ tienes tú».
Pero el inglés no entendía... Jacinta vio que aquello se iba poniendo
malo. El inglés llamaba al orden, diciendo a los más jóvenes con su
boquita cerrada que tuvieran _fundamenta_. Nadie necesitaba tanto como
él que se le llamase al orden, y sobre todo, lo que más falta le hacía
era que le recortaran la bebida, porque aquello no era ya boca, era un
embudo. Jacinta presintió la jarana, y tomando una resolución súbita,
tiró del brazo a su marido y se lo llevó, a punto que este empezaba a
tomarle el pelo al inglés.

«Me alegro--dijo el Delfín, cuando su mujer le conducía por las
escaleras arriba--; me alegro de que me hubieras sacado de allí, porque
no puedes figurarte lo que me iba cargando el tal inglés, con sus
dientes blancos y apretados, con su amabilidad y su zapatito bajo... Si
sigo un minuto más, le pego un par de trompadas... Ya se me subía la
sangre a la cabeza...».

Entraron en su cuarto, y sentados uno frente a otro, pasaron un rato
recordando los graciosos tipos que en el comedor estaban y los equívocos
que allí se decían. Juan hablaba poco y parecía algo inquieto. De
repente le entraron ganas de volver abajo. Su mujer se oponía.
Disputaron. Por fin Jacinta tuvo que echar la llave a la puerta.

«Tienes razón--dijo Santa Cruz dejándose caer a plomo sobre la
silla.--Más vale que me quede aquí... porque si bajo, y vuelve el
_mister_ con sus finuras, le pego... Yo también sé _boxear_».

Hizo el ademán del _box_, y ya entonces su mujer le miró muy seria.

--Debes acostarte--le dijo. --Es temprano... Nos estaremos aquí de
tertulia... sí... ¿tú no tienes sueño? Yo tampoco. Acompañaré a mi cara
mitad. Ese es mi deber, y sabré cumplirlo, sí señora. Porque yo soy
esclavo del deber...

Jacinta se había quitado el sombrero y el abrigo. Juanito la sentó sobre
sus rodillas y empezó a saltarla como a los niños cuando se les hace el
caballo. Y dale con la tarabilla de que él era esclavo de su deber, y de
que lo primero de todo es la familia. El trote largo en que la llevaba
su marido empezó a molestar a Jacinta, que se desmontó y se fue a la
silla en que antes estaba. Él entonces se puso a dar paseos rápidos por
la habitación.

--Mi mayor gusto es estar al lado de mi adorada _nena_--decía sin
mirarla--. _Te amo con delirio_ como se dice en los dramas. Bendita sea
mi madrecita... que me casó contigo...

Hincósele delante y le besó las manos. Jacinta le observaba con atención
recelosa, sin pestañear, queriendo reírse y sin poderlo conseguir. Santa
Cruz tomó un tono muy plañidero para decirle:

«¡Y yo tan estúpido que no conocí tu mérito!, ¡yo que te estaba mirando
todos los días, como mira el burro la flor sin atreverse a comérsela! ¡Y
me comí el cardo!... ¡Oh!, perdón, perdón... Estaba ciego, encanallado;
era yo muy _cañí_... esto quiere decir _gitano_, vida mía. El vicio y la
grosería habían puesto una costra en mi corazón... llamémosle
_garlochín_... Jacintilla, no me mires así. Esto que te digo es la pura
verdad. Si te miento, que me quede muerto ahora mismo. Todas mis faltas
las veo claras esta noche. No sé lo que me pasa; estoy como inspirado...
tengo más espíritu, créetelo... te quiero más, cielito, paloma, y te voy
a hacer un altar de oro para adorarte».

«¡Jesús, qué fino está el tiempo!--exclamó la esposa que ya no podía
ocultar su disgusto--. ¿Por qué no te acuestas?».

--Acostarme yo, yo... cuando tengo que contarte tantas cosas,
_chavala_!--añadió Santa Cruz, que cansado ya de estar de rodillas,
había cogido una banqueta para sentarse a los pies de su mujer--.
Perdona que no haya sido franco contigo. Me daba vergüenza de revelarte
ciertas cosas. Pero ya no puedo más: mi conciencia se vuelca como una
urna llena que se cae... así, así; y afuera todo... Tú me absolverás
cuando me oigas, ¿verdad? Di que sí... Hay momentos en la vida de los
pueblos, quiero decir, en la vida del hombre, momentos terribles, alma
mía. Tú lo comprendes... Yo no te conocía entonces. Estaba como la
humanidad antes de la venida del Mesías, a oscuras, apagado el gas...
sí. No me condenes, no, no, no me condenes sin oírme...

Jacinta no sabía qué hacer. Uno y otro se estuvieron mirando breve rato,
los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda:

«¡Si la hubieras visto...! Fortunata tenía los ojos como dos estrellas,
muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo
Tomás y ahora en San Ginés. Pregúntaselo a Estupiñá, pregúntaselo si lo
dudas... a ver... Fortunata tenía las manos bastas de tanto trabajar, el
corazón lleno de inocencia...

Fortunata no tenía educación; aquella boca tan linda se comía muchas
letras y otras las equivocaba. Decía _indilugencias, golver, asín._ Pasó
su niñez cuidando el _ganado_. ¿Sabes lo que es el ganado? Las gallinas.
Después criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino
del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú
qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los
palomos con los garfios de sus patas. Después cogía en la boca un buche
de agua y algunos granos de algarroba, y metiéndose el pico en la
boca... les daba de comer... Era la paloma madre de los tiernos
pichoncitos... Luego les daba su calor natural... les arrullaba, les
hacía _rorrooó_... les cantaba canciones de nodriza... ¡Pobre
Fortunata, pobre _Pitusa_!... ¿Te he dicho que la llamaban la _Pitusa_?
¿No?... pues te lo digo ahora. Que conste... Yo la perdí... sí... que
conste también; es preciso que cada cual cargue con su
responsabilidad... Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice
creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto?... ¡Si seré pillín!...
Déjame que me ría un poco... Sí, todas las papas que yo le decía, se las
tragaba... El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo
cree con tal que se lo digan con palabras finas... La engañé, le
_garfiñé_ su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos,
somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es
cosa de juego... No me pongas esa cara, vida mía. Comprendo que tienes
razón; soy un infame, merezco tu desprecio; porque... lo que tú dirás,
una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?... y yo, después que
me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles...
justo... su destino es el destino de las perras... Di que sí».



--vi--


Jacinta estaba alarmadísima, medio muerta de miedo y de dolor. No sabía
qué hacer ni qué decir. «Hijo mío--exclamó limpiando el sudor de la
frente de su marido--, ¡cómo estás...! Cálmate, por María Santísima.
Estás delirando».

--No, no; esto no es delirio, es arrepentimiento--añadió Santa Cruz,
quien, al moverse, por poco se cae, y tuvo que apoyar las manos en el
suelo--. ¿Crees acaso que el vino...? ¡Oh! no, hija mía, no me hagas ese
disfavor. Es que la conciencia se me ha subido aquí al cuello, a la
cabeza, y me pesa tanto, que no puedo guardar bien el equilibrio...
Déjame que me prosterne ante ti y ponga a tus pies todas mis culpas para
que las perdones... No te muevas, no me dejes solo, por Dios... ¿A dónde
vas? ¿No ves mi aflicción?

--Lo que veo... ¡Oh! Dios mío. Juan, por amor de Dios, sosiégate; no
digas más disparates. Acuéstate. Yo te haré una taza de té.

--¡Y para qué quiero yo té, desventurada!...--dijo el otro en un tono
tan descompuesto, que a Jacinta se le saltaron las lágrimas--. ¡Té...!,
lo que quiero es tu perdón, el perdón de la humanidad, a quien he
ofendido, a quien he ultrajado y pisoteado. Di que sí... Hay momentos en
la vida de los pueblos, digo, en la vida de los hombres, en que uno
debiera tener mil bocas para con todas ellas a la vez... expresar la,
la, la... Sería uno un coro... eso, eso... Porque yo he sido malo, no me
digas que no, no me lo digas...

Jacinta advirtió que su marido sollozaba. ¿Pero de veras sollozaba o
era broma?

«Juan, ¡por Dios!, me estás atormentando».

--No, niña de mi alma --replicó él sentado en el suelo sin descubrir el
rostro, que tenía entre las manos--. ¿No ves que lloro? Compadécete de
este infeliz... He sido un perverso... Porque la _Pitusa_ me
idolatraba... Seamos francos.

Alzó entonces la cabeza, y tomó un aire más tranquilo.

--Seamos francos; la verdad ante todo... me idolatraba. Creía que yo no
era como los demás, que era la caballerosidad, la hidalguía, la
decencia, la nobleza en persona, el acabose de los hombres... ¡Nobleza,
qué sarcasmo! Nobleza en la mentira; digo que no puede ser... y que no,
y que no. ¡Decencia porque se lleva una ropa que llaman levita!... ¡Qué
humanidad tan farsante! El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le
da la gana. Yo soy rico... di que soy inconstante... La ilusión de lo
pintoresco se iba pasando. La grosería con gracia seduce algún tiempo,
después marca... Cada día me pesaba más la carga que me había echado
encima. El picor del ajo me repugnaba. Deseé, puedes creerlo, que la
_Pitusa_ fuera mala para darle una puntera... Pero, quia... ni por
esas... ¿Mala ella? a buena parte... Si le mando echarse al fuego por
mí, ¡al fuego de cabeza! Todos los días jarana en la casa. Hoy acababa
en bien, mañana no... Cantos, guitarreo... José Izquierdo, a quien
llaman _Platón_ porque comía en un plato como un barreño, arrojaba
chinitas al picador... Villalonga y yo les echábamos a pelear o les
reconciliábamos cuando nos convenía... La _Pitusa_ temblaba de verlos
alegres y de verlos enfurruñados... ¿Sabes lo que se me ocurría? No
volver a aportar más por aquella maldita casa... Por fin resolvimos
Villalonga y yo largamos con viento fresco y no volver más. Una noche se
armó tal gresca, que hasta las navajas salieron, y por poco nadamos
todos en un lago de sangre... Me parece que oigo aquellas finuras:
«¡indecente, cabrón, _najabao, randa, murcia_...! No era posible
semejante vida. Di que no. El hastío era ya irresistible. La misma
_Pitusa_ me era odiosa, como las palabras inmundas... Un día dije
_vuelvo_, y no volví más... Lo que decía Villalonga: cortar por lo
sano... Yo tenía algo en mi conciencia, un hilito que me tiraba hacia
allá... Lo corté... Fortunata me persiguió; tuve que jugar al escondite.
Ella por aquí, yo por allá... Yo me escurría como una anguila. No me
cogía, no. El último a quien vi fue Izquierdo; le encontré un día
subiendo la escalera de mi casa. Me amenazó; díjome que la _Pitusa_
estaba _cambrí_ de cinco meses... _¡Cambrí de cinco meses...!_ Alcé los
hombros... Dos palabras él, dos palabras yo... alargué este brazo, y
plaf... Izquierdo bajó de golpe un tramo entero... Otro estirón, y
plaf... de un brinco el segundo tramo... y con la cabeza para abajo...

Esto último lo dijo enteramente descompuesto. Continuaba sentado en el
suelo, las piernas extendidas, apoyado un brazo en el asiento de la
silla. Jacinta temblaba. Le había entrado mortal frío, y daba diente con
diente. Permanecía en pie en medio de la habitación, como una estatua,
contemplando la figura lastimosísima de su marido, sin atreverse a
preguntarle nada ni a pedirle una aclaración sobre las extrañas cosas
que revelaba.

«¡Por Dios y por tu madre! --dijo al fin movida del cariño y del
miedo--, no me cuentes más. Es preciso que te acuestes y procures
dormirte. Cállate ya».

--¡Que me calle!... ¡que me calle! ¡Ah!, esposa mía, esposa adorada,
ángel de mi salvación... Mesías mío... ¿Verdad que me perdonas?... di
que sí.

Se levantó de un salto y trató de andar... No podía. Dando una rápida
vuelta fue a desplomarse sobre el sofá, poniéndose la mano sobre los
ojos y diciendo con voz cavernosa: «¡Qué horrible pesadilla!». Jacinta
fue hacia él, le echó los brazos al cuello y le arrulló como se arrulla
a los niños cuando se les quiere dormir.

Vencido al cabo de su propia excitación, el cerebro del Delfín caía en
estúpido embrutecimiento. Y sus nervios, que habían empezado a calmarse,
luchaban con la sedación. De repente se movía, como si saltara algo en
él y pronunciaba algunas sílabas. Pero la sedación vencía, y al fin se
quedó profundamente dormido. A media noche pudo Jacinta con no poco
trabajo llevarle hasta la cama y acostarle. Cayó en el sueño como en un
pozo, y su mujer pasó muy mala noche, atormentada por el desagradable
recuerdo de lo que había visto y oído.

Al día siguiente Santa Cruz estaba como avergonzado. Tenía conciencia
vaga de los disparates que había hecho la noche anterior, y su amor
propio padecía horriblemente con la idea de haber estado ridículo. No se
atrevía a hablar a su mujer de lo ocurrido, y esta, que era la misma
prudencia, además de no decir una palabra, mostrábase tan afable y
cariñosa como de costumbre. Por último, no pudo mi hombre resistir el
afán de explicarse, y preparando el terreno con un sin fin de
zalamerías, le dijo:

«Chiquilla, es preciso que me perdones el mal rato que te di anoche...
Debí ponerme muy pesadito... ¡Qué malo estaba! En mi vida me ha pasado
otra igual. Cuéntame los disparates que te dije, porque yo no me
acuerdo».

--¡Ay! fueron muchos; pero muchos... Gracias que no había más público
que yo.

--Vamos, con franqueza... estuve inaguantable.

--Tú lo has dicho... --Es que no sé... En mi vida, puedes creerlo, he
cogido una turca como la que cogí anoche. El maldito inglés tuvo la
culpa y me la ha de pagar. ¡Dios mío, cómo me puse!... ¿Y qué dije, qué
dije?... No hagas caso, vida mía, porque seguramente dije mil cosas que
no son verdad. ¡Qué bochorno! ¿Estás enfadada? No, si no hay para qué...

--Cierto. Como estabas... Jacinta no se atrevió a decir «borracho». La
palabra horrible negábase a salir de su boca.

--Dilo, hija. Di _ajumao_, que es más bonito y atenúa un poco la
gravedad de la falta.

--Pues como estabas _ajumaíto_, no eras responsable de lo que decías.

--Pero qué, ¿se me escapó alguna palabra que te pudiera ofender?

--No; sólo una media docena de voces elegantes, de las que usa la alta
sociedad. No las entendí bien. Lo demás bien clarito estaba, demasiado
clarito. Lloraste por tu _Pitusa_ de tu alma, y te llamabas miserable
por haberla abandonado. Créelo, te pusiste que no había por dónde
cogerte.

--Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos
palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy.

Se fueron de paseo por las Delicias abajo, y sentados en solitario
banco, vueltos de cara al río, charlaron un rato. Jacinta se quería
comer con los ojos a su marido, adivinándole las palabras antes de que
las dijera, y confrontándolas con la expresión de los ojos a ver si eran
sinceras. ¿Habló Juan con verdad? De todo hubo. Sus declaraciones eran
una verdad refundida como las comedias antiguas. El amor propio no le
permitía la reproducción fiel de los hechos. Pues señor... al volver de
Plencia ya comprometido a casarse y enamorado de su novia, quiso saber
qué vuelta llevó Fortunata, de quien no había tenido noticias en tanto
tiempo. No le movía ningún sentimiento de ternura, sino la compasión y
el deseo de socorrerla si se veía en un mal paso. _Platón_ estaba fuera
de Madrid y su mujer en el otro mundo. No se sabía tampoco a dónde
diantres había ido a parar el picador; pero Segunda había traspasado la
huevería y tenía en la misma Cava un poco más abajo, cerca ya de la
escalerilla, una covacha a que daba el nombre de _establecimiento_. En
aquella caverna habitaba y hacía el café que vendía por la mañana a la
gente del mercado. Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componían el
ajuar. En el resto del día prestaba servicios en la taberna del
_pulpitillo_. Había venido tan a menos en lo físico y en lo económico,
que a su antiguo tertulio le costó trabajo reconocerla.

«¿Y la otra?...». porque esto era lo que importaba.



--vii--


Santa Cruz tardó algún tiempo en dar la debida respuesta. Hacía rayas en
el suelo con el bastón. Por fin se expresó así:

«Supe que en efecto había...».

Jacinta tuvo la piedad de evitarle las últimas palabras de la oración,
diciéndolas ella. Al Delfín se le quitó un peso de encima.

«Traté de verla..., la busqué por aquí y por allá... y nada... Pero qué,
¿no lo crees? Después no pude ocuparme de nada. Sobrevino la muerte de
tu mamá. Transcurrió algún tiempo sin que yo pensara en semejante cosa,
y no debo ocultarte que sentía cierto escozorcillo aquí, en la
conciencia... Por Enero de este año, cuando me preparaba a hacer
diligencias, una amiga de Segunda me dijo que la _Pitusa_ se había
marchado de Madrid. ¿A dónde? ¿Con quién? Ni entonces lo supe ni lo he
sabido después. Y ahora te juro que no la he vuelto a ver más ni he
tenido noticias de ella».

La esposa dio un gran suspiro. No sabía por qué; pero tenía sobre su
alma cierta pesadumbre, y en su rectitud tomaba para sí parte de la
responsabilidad de su marido en aquella falta; porque falta había sin
duda. Jacinta no podía considerar de otro modo el hecho del abandono,
aunque este significara el triunfo del amor legítimo sobre el criminal,
y del matrimonio sobre el amancebamiento... No podían entretenerse más
en ociosas habladurías, porque pensaban irse a Cádiz aquella tarde y era
preciso disponer el equipaje y comprar algunas chucherías. De cada
población se habían de llevar a Madrid regalitos para todos. Con la
actividad propia de un día de viaje, las compras y algunas despedidas,
se distrajeron tan bien ambos de aquellos desagradables pensamientos,
que por la tarde ya estos se habían desvanecido.

Hasta tres días después no volvió a rebullir en la mente de Jacinta el
gusanillo aquel. Fue cosa repentina, provocada por no sé qué, por esas
misteriosas iniciativas de la memoria que no sabemos de dónde salen. Se
acuerda uno de las cosas contra toda lógica, y a veces el encadenamiento
de las ideas es una extravagancia y hasta una ridiculez. ¿Quién creería
que Jacinta se acordó de Fortunata al oír pregonar las _bocas de la
Isla_? Porque dirá el curioso, y con razón, que qué tienen que ver las
bocas con aquella mujer. Nada, absolutamente nada.

Volvían los esposos de Cádiz en el tren correo. No pensaban detenerse ya
en ninguna parte, y llegarían a Madrid de un tirón. Iban muy gozosos,
deseando ver a la familia, y darle a cada uno su regalo. Jacinta, aunque
picada del gusanillo aquel, había resuelto no volver a hablar de tal
asunto, dejándolo sepultado en la memoria, hasta que el tiempo lo
borrara para siempre. Pero al llegar a la estación de Jerez, ocurrió
algo que hizo revivir inesperadamente lo que ambos querían olvidar. Pues
señor... de la cantina de la estación vieron salir al condenado inglés
de la noche de marras, el cual les conoció al punto y fue a saludarles
muy fino y galante, y a ofrecerles unas cañas. Cuando se vieron libres
de él, Santa Cruz le echó mil pestes, y dijo que algún día había de
tener ocasión de darle el _par de galletas_ que se tenía ganadas. «Este
danzante tuvo la culpa de que yo me pusiera aquella noche como me puse y
de que te contara aquellos horrores...».

Por aquí empezó a enredarse la conversación hasta recaer otra vez en el
_punto negro_. Jacinta no quería que se le quedara en el alma una idea
que tenía, y a la primera ocasión la echó fuera de sí.

«¡Pobres mujeres! --exclamó--. Siempre la peor parte para ellas».

--Hija mía, hay que juzgar las cosas con detenimiento, examinar las
circunstancias... ver el medio ambiente... --dijo Santa Cruz preparando
todos los chirimbolos de esa dialéctica convencional con la cual se
prueba todo lo que se quiere.

Jacinta se dejó hacer caricias. No estaba enfadada. Pero en su espíritu
ocurría un fenómeno muy nuevo para ella. Dos sentimientos diversos se
barajaban en su alma, sobreponiéndose el uno al otro alternativamente.
Como adoraba a su marido, sentíase orgullosa de que este hubiese
despreciado a otra para tomarla a ella. Este orgullo es primordial, y
existirá siempre aun en los seres más perfectos. El otro sentimiento
procedía del fondo de rectitud que lastraba aquella noble alma y le
inspiraba una protesta contra el ultraje y despiadado abandono de la
desconocida. Por más que el Delfín lo atenuase, había ultrajado a la
humanidad. Jacinta no podía ocultárselo a sí misma. Los triunfos de su
amor propio no le impedían ver que debajo del trofeo de su victoria
había una víctima aplastada. Quizás la víctima merecía serlo; pero la
vencedora no tenía nada que ver con que lo mereciera o no, y en el
altar de su alma le ponía a la tal víctima una lucecita de compasión.

Santa Cruz, en su perspicacia, lo comprendió, y trataba de librar a su
esposa de la molestia de complacer a quien sin duda no lo merecía. Para
esto ponía en funciones toda la maquinaria más brillante que sólida de
su raciocinio, aprendido en el comercio de las liviandades humanas y en
someras lecturas. «Hija de mi alma, hay que ponerse en la realidad. Hay
dos mundos, el que se ve y el que no se ve. La sociedad no se gobierna
con las ideas puras. Buenos andaríamos... No soy tan culpable como
parece a primera vista; fíjate bien. Las diferencias de educación y de
clase establecen siempre una gran diferencia de procederes en las
relaciones humanas. Esto no lo dice el Decálogo; lo dice la realidad. La
conducta social tiene sus leyes que en ninguna parte están escritas;
pero que se sienten y no se pueden conculcar. Faltas cometí, ¿quién lo
duda?, pero imagínate que hubiera seguido entre aquella gente, que
_hubiera cumplido mis compromisos_ con la _Pitusa_... No te quiero decir
más. Veo que te ríes. Eso me prueba que hubiera sido un absurdo, una
locura recorrer lo que, visto de allá, parecía el camino derecho. Visto
de acá, ya es otro distinto. En cosas de moral, lo recto y lo torcido
son según de donde se mire. No había, pues, más remedio que hacer lo que
hice, y salvarme... Caiga el que caiga. El mundo es así. Debía yo
salvarme, ¿sí o no? Pues debiendo salvarme, no había más remedio que
lanzarme fuera del barco que se sumergía. En los naufragios siempre hay
alguien que se ahoga... Y en el caso concreto del abandono, hay también
mucho que hablar. Ciertas palabras no significan nada por sí. Hay que
ver los hechos... Yo la busqué para socorrerla; ella no quiso parecer.
Cada cual tiene su destino. El de ella era ese: no parecer cuando yo la
buscaba».

Nadie diría que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil
y paradójico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una
bebida espirituosa, había vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal
y disparada que sólo puede compararse al vómito físico, producido por un
emético muy fuerte. Y después, cuando el despejo de su cerebro le hacía
dueño de todas sus triquiñuelas de hombre leído y mundano, no volvió a
salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad
de aquellas que existían dentro de él, como existen los trapos de
colorines en algún rincón de la casa del que ha sido cómico, aunque sólo
lo haya sido de afición. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en
aquel hombre que se había emperejilado intelectualmente, cortándose una
levita para las ideas y planchándole los cuellos al lenguaje.

Jacinta, que aún tenía poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes
seductoras de su marido. Y le quería tanto, quizás por aquellas mismas
dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningún esfuerzo para creer
cuanto le decía, si bien creía por fe, que es sentimiento, más que por
convicción. Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los
cariños discretos (por que en Sevilla entró gente en el coche y no había
que pensar en la _besadera_), y cuando vino la noche sobre España, cuyo
radio iban recorriendo, se durmieron allá por Despeñaperros, soñaron con
lo mucho que se querían, y despertaron al fin en Alcázar con la idea
placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar
todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y
de repartir los regalos.

A Estupiñá le llevaban un bastón que tenía por puño la cabeza de una
cotorra.



-VI-

Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia



--i--


Pasaban meses, pasaban años, y en aquella dichosa casa todo era paz y
armonía. No se ha conocido en Madrid familia mejor avenida que la de
Santa Cruz, compuesta de dos parejas; ni es posible imaginar una
compatibilidad de caracteres como la que existía entre Barbarita y
Jacinta. He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por
Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades.
Barbarita conservaba a los cincuenta y tres años una frescura
maravillosa, el talle perfecto y la dentadura sorprendente. Verdad que
tenía el cabello casi enteramente blanco; el cual más parecía empolvado
conforme al estilo Pompadour, que encanecido por la edad. Pero lo que la
hacía más joven era su afabilidad constante, aquel sonreír gracioso y
benévolo con que iluminaba su rostro.

De veras que no tenían por qué quejarse de su destino aquellas cuatro
personas. Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les
debe nada; y sin embargo, piden y piden.

Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene
duda. Ejemplo los de Santa Cruz, que gozaban de salud cabal, eran ricos,
estimados de todo el mundo y se querían entrañablemente. ¿Qué les hacía
falta? Parece que nada. Pues alguno de los cuatro pordioseaba. Es que
cuando un conjunto de circunstancias favorables pone en las manos del
hombre gran cantidad de bienes, privándole de uno solo, la fatalidad de
nuestra naturaleza o el principio de descontento que existe en nuestro
barro constitutivo le impulsan a desear precisamente lo poquito que no
se le ha otorgado. Salud, amor, riqueza, paz y otras ventajas no
satisfacían el alma de Jacinta; y al año de casada, más aún a los dos
años, deseaba ardientemente lo que no tenía. ¡Pobre joven! Lo tenía
todo, menos chiquillos.

Esta pena, que al principio fue desazón insignificante, impaciencia tan
sólo convirtiose pronto en dolorosa idea de vacío. Era poco cristiano,
al decir de Barbarita, desesperarse por la falta de sucesión. Dios, que
les diera tantos bienes, habíales privado de aquel. No había más remedio
que resignarse, alabando la mano del que lo mismo muestra su
omnipotencia dando que quitando.

De este modo consolaba a su nuera, que más le parecía hija; pero allá en
sus adentros deseaba tanto como Jacinta la aparición de un muchacho que
perpetuase la casta y les alegrase a todos. Se callaba este ardiente
deseo por no aumentar la pena de la otra; mas atendía con ansia a todo
lo que pudiera ser síntoma de esperanzas de sucesión. ¡Pero quia! Pasaba
un año, dos, y nada; ni aun siquiera esas presunciones vagas que hacen
palpitar el corazón de las que sueñan con la maternidad, y a veces les
hacen decir y hacer muchas tonterías.

«No tengas prisa, hija --decía Barbarita a su sobrina--. Eres muy joven.
No te apures por los chiquillos, que ya los tendrás, te cargarás de
familia, y te aburrirás como se aburrió tu madre, y pedirás a Dios que
no te dé más. ¿Sabes una cosa? Mejor estamos así. Los muchachos lo
revuelven todo y no dan más que disgustos. El sarampión, el
garrotillo... ¡Pues nada te quiero decir de las amas!... ¡qué
calamidad!... Luego estás hecha una esclava... Que si comen, que si se
indigestan, que si se caen y se abren la cabeza. Vienen después las
inclinaciones que sacan. Si salen de mala índole... si no estudian...
¡qué sé yo!...».

Jacinta no se convencía. Quería canarios de alcoba a todo trance, aunque
salieran raquíticos y feos; aunque luego fueran traviesos, enfermos y
calaveras; aunque de hombres la mataran a disgustos. Sus dos hermanas
mayores parían todos los años, como su madre. Y ella nada, ni
esperanzas. Para mayor contrasentido, Candelaria, que estaba casada con
un pobre, había tenido dos de un vientre. ¡Y ella, que era rica, no
tenía ni siquiera medio!... Dios estaba ya chocho sin duda.

Vamos ahora a otra cosa. Los de Santa Cruz, como familia respetabilísima
y rica, estaban muy bien relacionados y tenían amigos en todas las
esferas, desde la más alta a la más baja. Es curioso observar cómo
nuestra edad, por otros conceptos infeliz, nos presenta una dichosa
confusión de todas las clases, mejor dicho, la concordia y
reconciliación de todas ellas. En esto aventaja nuestro país a otros,
donde están pendientes de sentencia los graves pleitos históricos de la
igualdad. Aquí se ha resuelto el problema sencilla y pacíficamente,
gracias al temple democrático de los españoles y a la escasa vehemencia
de las preocupaciones nobiliarias. Un gran defecto nacional, la
empleomanía, tiene también su parte en esta gran conquista. Las oficinas
han sido el tronco en que se han injertado las ramas históricas, y de
ellas han salido amigos el noble tronado y el plebeyo ensoberbecido por
un título universitario; y de amigos, pronto han pasado a parientes.
Esta confusión es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de
la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un
socialismo atenuado e inofensivo. Insensiblemente, con la ayuda de la
burocracia, de la pobreza y de la educación académica que todos los
españoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus
miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que
amarra y solidifica la masa nacional. El nacimiento no significa nada
entre nosotros, y todo cuanto se dice de los pergaminos es conversación.
No hay más diferencias que las esenciales, las que se fundan en la buena
o mala educación, en ser tonto o discreto, en las desigualdades del
espíritu, eternas como los atributos del espíritu mismo. La otra
determinación positiva de clases, el dinero, está fundada en principios
económicos tan inmutables como las leyes físicas, y querer impedirla
viene a ser lo mismo que intentar beberse la mar.

Las amistades y parentescos de las familias de Santa Cruz y Arnaiz
pueden ser ejemplo de aquel feliz revoltijo de las clases sociales; mas,
¿quién es el guapo que se atreve a formar estadística de las ramas de
tan dilatado y laberíntico árbol, que más bien parece enredadera, cuyos
vástagos se cruzan, suben, bajan y se pierden en los huecos de un
follaje densísimo? Sólo se puede intentar tal empresa con la ayuda de
Estupiñá, que sabe al dedillo la historia de todas las familias
comerciales de Madrid, y todos los enlaces que se han hecho en medio
siglo. Arnaiz el gordo también se pirra por hablar de linajes y por
buscar parentescos, averiguando orígenes humildes de fortunas
orgullosas, y haciendo hincapié en la desigualdad de ciertos
matrimonios, a los cuales, en rigor de verdad, se debe la formación del
terreno democrático sobre que se asienta la sociedad española. De una
conversación entre Arnaiz y Estupiñá han salido las siguientes noticias:



--ii--


Ya sabemos que la madre de D. Baldomero Santa Cruz y la de Gumersindo y
Barbarita Arnaiz eran parientes y venían del Trujillo extremeño y
albardero. La actual casa de banca _Trujillo_ y _Fernández_, de una
respetabilidad y solidez intachables, procede del mismo tronco.
Barbarita es, pues, pariente del jefe de aquella casa, aunque su
parentesco resulta algo lejano. El primer conde de Trujillo está casado
con una de las hijas del famoso negociante Casarredonda, que hizo
colosal fortuna vendiendo fardos de _Coruñas_ y _Viveros_ para vestir a
la tropa y a la Milicia Nacional. Otra de las hijas del marqués de
Casarredonda era duquesa de Gravelinas. Ya tenemos aquí, perfectamente
enganchadas, a la aristocracia antigua y al comercio moderno.

Pero existe en Cádiz una antigua y opulenta familia comercial que sirvió
como ninguna para enredar más la madeja social. Las hijas del famoso
Bonilla, importador de pañolería y después banquero y extractor de
vinos, casaron: la una con Sánchez Botín, propietario, de quien vino la
generala Minio, la marquesa de Tellería y Alejandro Sánchez Botín, la
otra con uno de los Morenos de Madrid, co-fundador de los Cinco Gremios
y del Banco de San Fernando, y la tercera con el duque de Trastamara, de
donde vino Pepito Trastamara. El hijo único de Bonilla casó con una
Trujillo.

Pasemos ahora a los Morenos, procedentes del valle de Mena, una de las
familias más dilatadas y que ofrecen más desigualdades y contrastes en
sus infinitos y desparramados miembros. Arnaiz y Estupiñá disputan, sin
llegar a entenderse, sobre si el tronco de los Morenos estuvo en una
droguería o en una peletería. En esto reina cierta oscuridad, que no se
disipará mientras no venga uno de estos averiguadores fanáticos que son
capaces de contarle a Noé los pelos que tenía en la cabeza y el número
de _eses_ que hizo cuando cogió la primera _pítima_ de que la historia
tiene noticia. Lo que sí se sabe es que un Moreno casó con una
Isla-Bonilla a principios del siglo, viniendo de aquí la Casa de giro
que del 19 al 35 estuvo en la subida de Santa Cruz junto a la iglesia, y
después en la plazuela de Pontejos. Por la misma época hallamos un
Moreno en la Magistratura, otro en la Armada, otro en el Ejército y otro
en la Iglesia. La Casa de banca no era ya _Moreno_ en 1870, sino
_Ruiz-Ochoa_ y _Compañía_, aunque uno de sus principales socios era don
Manuel Moreno-Isla. Tenemos diferentes estirpes del tronco remotísimo
de los Morenos. Hay los Moreno-Isla, los Moreno-Vallejo y los
Moreno-Rubio, o sea los Morenos ricos y los Morenos pobres, ya tan
distantes unos de otros que muchos ni se tratan ni se consideran afines.
Castita Moreno, aquella presumida amiga de Barbarita en la escuela de la
calle Imperial, había nacido en los Morenos ricos y fue a parar, con los
vaivenes de la vida, a los Morenos pobres. Se casó con un farmacéutico
de la interminable familia de los Samaniegos, que también tienen su
puesto aquí. Una joven perteneciente a los Morenos ricos casó con un
Pacheco, aristócrata segundón, hermano del duque de Gravelinas, y de
esta unión vino Guillermina Pacheco a quien conoceremos luego. Ved ahora
cómo una rama de los Morenos se mete entre el follaje de los
Gravelinas, donde ya se engancha también el ramojo de los Trujillos, el
cual venía ya trabado con los Arnaiz de Madrid y con los Bonillas de
Cádiz, formando una maraña cuyos hilos no es posible seguir con la
vista.

Aún hay más. D. Pascual Muñoz, dueño de un acreditadísimo
establecimiento de hierros en la calle de Tintoreros, progresista de
inmenso prestigio en los barrios del Sur, verdadera potencia electoral y
política en Madrid, casó con una Moreno de no sé qué rama, emparentada
con Mendizábal y con Bonilla, de Cádiz. Su hijo, que después fue marqués
de Casa-Muñoz, casó con la hija de Albert, el que daba la cara en las
contratas de paños y lienzos con el Gobierno. Eulalia Moreno, hija
también del D. Pascual y hermana del actual marqués, se unió a D.
Cayetano Villuendas, rico propietario de casas, progresista rancio.
Dejamos sueltos estos cabos para tomarlos más adelante.

Los Samaniegos, oriundos, como los Morenos, del país de Mena también son
ciento y la madre. Ya sabemos que la hija segunda de Gumersindo Arnaiz,
hermana de Jacinta, casó con Pepe Samaniego, hijo de un droguista
arruinado de la Concepción Jerónima... Hay muchos Samaniegos en el
comercio menudo, y leyendo el instructivo libro de los rótulos de
tiendas, se encuentra la _Farmacia de Samaniego_ en la calle del Ave
María (cuyo dueño era el marido de Castita Moreno), y la _Carnicería de
Samaniego_ en la de las Maldonadas. Sin rótulo hay un Samaniego
prestamista y medio curial, otro cobrador del Banco, otro que tiene
tienda de sedas en la calle de Botoneras y, por fin, varios que son
horteras en diferentes tiendas. El Samaniego agente de Bolsa es primo de
estos.

La hija mayor de Gumersindo Arnaiz se casó con Ramón Villuendas, ya
viudo con dos hijos, célebre cambiante de la calle de Toledo, la casa de
Madrid que más trabaja en el negocio de moneda. Un hermano de este casó
con la hija de la viuda de Aparisi, dueño de la camisería en que fue
dependiente Pepe Samaniego. El tío de ambos, D. Cayetano Villuendas,
progresistón y riquísimo casero, era el esposo de Eulalia Muñoz, y su
gran fortuna procedía del negocio de curtidos en una época anterior a la
de Céspedes. Ya se ató el cabo que quedara pendiente poco ha.

Ahora se nos presentan algunos ramos que parecen sueltos y no lo están.
¿Pero quién podrá descubrir su misterioso enlace con los revueltos y
cruzados vástagos de esta colosal enredadera? ¿Quién puede indagar si
Dámaso Trujillo, el que puso en la Plaza Mayor la zapatería _Al ramo de
azucenas_, pertenece al genuino linaje de los Trujillos antes
mencionados? ¿Cuál será el averiguador que se lance a poner en claro si
el dueño de _El Buen gusto_, un tenducho de mantas de la calle de la
Encomienda, es pariente indudable de los Villuendas ricos? Hay quien
dice que Pepe Moreno Vallejo, el cordelero de la Concepción Jerónima, es
primo hermano de D. Manuel Moreno-Isla, uno de los Morenos que atan
perros con longaniza; y se dice que un Arnaiz, empleado de poco sueldo,
es pariente de Barbarita. Hay un Muñoz y Aparisi, tripicallero en las
inmediaciones del Rastro, que se supone primo segundo del marqués de
Casa-Muñoz y de su hermana la viuda de Aparisi; y por fin, es preciso
hacer constar que un cierto Trujillo, jesuita, reclama un lugar en
nuestra enredadera, y también hay que dársele al Ilustrísimo Obispo de
Plasencia, fray Luis Moreno-Isla y Bonilla. Asimismo lleva en su árbol
el nombre de Trujillo, la mujer de Zalamero, subsecretario de
Gobernación; pero su primer apellido es Ruiz Ochoa y es hija de la
distinguida persona que hoy está al frente de la banca de Moreno.

Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta
complicada enredadera. A muchos les esquivaba por hallarse demasiado
altos; a otros apenas les distinguía por hallarse muy bajos. Sus
amistades verdaderas, como los parentescos reconocidos, no eran en gran
número, aunque sí abarcaban un círculo muy extenso, en el cual se
entremezclaban todas las jerarquías. En un mismo día, al salir de paseo
o de compras, cambiaba saludos más o menos afectuosos con la de Ruiz
Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas
rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego,
con la duquesa de Gravelinas, con un Moreno Vallejo magistrado, con un
Moreno Rubio médico, con un Moreno Jáuregui sombrerero, con un Aparisi
canónigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra
persona de menos tino habría trocado los nombres y tratamientos.

La mente más segura no es capaz de seguir en su laberíntico enredo las
direcciones de los vástagos de este colosal árbol de linajes
matritenses. Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se
piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y otras tantas para abajo, se
juntan, se separan, y de su empalme o bifurcación salen nuevos enlaces,
madejas y marañas nuevas. Cómo se tocan los extremos del inmenso ramaje
es curioso de ver; por ejemplo, cuando Pepito Trastamara, que lleva el
nombre de los bastardos de D. Alfonso XI, va a pedir dinero a Cándido
Samaniego, prestamista usurero, individuo de la _Sociedad protectora de
señoritos necesitados_.



--iii--


Los de Santa Cruz vivían en su casa propia de la calle de Pontejos,
dando frente a la plazuela del mismo nombre; finca comprada al difunto
Aparisi, uno de los socios de la Compañía de Filipinas. Ocupaban los
dueños el principal, que era inmenso, con doce balcones a la calle y
mucha comodidad interior. No lo cambiara Barbarita por ninguno de los
modernos hoteles, donde todo se vuelve escaleras y están además abiertos
a los cuatro vientos. Allí tenía número sobrado de habitaciones, todas
en un solo andar desde el salón a la cocina. Ni trocara tampoco su
barrio, aquel _riñón de Madrid_ en que había nacido, por ninguno de los
caseríos flamantes que gozan fama de más ventilados y alegres. Por más
que dijeran, el barrio de Salamanca es _campo_... Tan apegada era la
buena señora al terruño de su arrabal nativo, que para ella no vivía en
Madrid quien no oyera por las mañanas el ruido cóncavo de las cubas de
los aguadores en la fuente de Pontejos; quien no sintiera por mañana y
tarde la batahola que arman los coches correos; quien no recibiera a
todas horas el hálito tenderil de la calle de Postas, y no escuchara por
Navidad los zambombazos y panderetazos de la plazuela de Santa Cruz;
quien no oyera las campanadas del reloj de la Casa de Correos tan claras
como si estuvieran dentro de la casa; quien no viera pasar a los
cobradores del Banco cargados de dinero y a los carteros salir en
procesión. Barbarita se había acostumbrado a los ruidos de la vecindad,
cual si fueran amigos, y no podía vivir sin ellos.

La casa era tan grande, que los dos matrimonios vivían en ella
holgadamente y les sobraba espacio. Tenían un salón algo anticuado, con
tres balcones. Seguía por la izquierda el gabinete de Barbarita, luego
otro aposento, después la alcoba. A la derecha del salón estaba el
despacho de Juanito, así llamado no porque este tuviese nada que
despachar allí, sino porque había mesa con tintero y dos hermosas
librerías. Era una habitación muy bien puesta y cómoda. El gabinetito de
Jacinta, inmediato a esta pieza, era la estancia más bonita y elegante
de la casa y la única tapizada con tela; todas las demás lo estaban con
colgadura de papel, de un arte dudoso, dominando los grises y tórtola
con oro. Veíanse en esta pieza algunas acuarelas muy lindas compradas
por Juanito, y dos o tres óleos ligeros, todo selecto y de regulares
firmas, porque Santa Cruz tenía buen gusto dentro del gusto vigente. Los
muebles eran de raso o de felpa y seda combinadas con arreglo a la moda,
siendo de notar que lo que allí se veía no chocaba por original ni
tampoco por rutinario. Seguía luego la alcoba del matrimonio joven, la
cual se distinguía principalmente de la paterna en que en esta había
lecho común y los jóvenes los tenían separados. Sus dos camas de
palosanto eran muy elegantes, con pabellones de seda azul. La de los
padres parecía un andamiaje de caoba con cabecera de morrión y columnas
como las de un sagrario de Jueves Santo. La alcoba _de los pollos_ se
comunicaba con habitaciones de servicio, y le seguían dos grandes piezas
que Jacinta destinaba a los niños... cuando Dios se los diera.
Hallábanse amuebladas con lo que iba sobrando de los aposentos que se
ponían de nuevo, y su aspecto era por demás heterogéneo. Pero el arreglo
definitivo de estas habitaciones vacantes existía completo en la
imaginación de Jacinta, quien ya tenía previstos hasta los últimos
detalles de todo lo que se había de poner allí cuando el caso llegara.

El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y
aparadores de nogal llenos de finísima loza de China, la consabida
sillería de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble,
listones claveteados también, y los bodegones al óleo, no malos, con la
invariable raja de sandía, el conejo muerto y unas ruedas de merluza que
de tan bien pintadas parecía que olían mal. Asimismo era interior el
despacho de D. Baldomero.

Estaban abonados los de Santa Cruz a un landó. Se les veía en los
paseos; pero su tren era de los que _no llaman la atención_. Juan solía
tener por temporadas un faetón o un tílburi, que guiaba muy bien, y
también tenía caballo de silla; mas le picaba tanto la comezón de la
variedad que a poco de montar un caballo, ya empezaba a encontrarle
defectos y quería venderlo para comprar otro. Los dos matrimonios se
daban buena vida; pero sin presumir, huyendo siempre de señalarse y de
que los periódicos les llamaran _anfitriones_. Comían bien; en su casa
había muy poca etiqueta y cierto patriarcalismo, porque a veces se
sentaban a la mesa personas de clase humilde y otras muy decentes que
habían venido a menos. No tenían cocinero de estos de gorro blanco, sino
una cocinera antigua muy bien amañada, que podía medir sus talentos con
cualquier _jefe_; y la ayudaban dos _pinchas_, que más bien eran
alumnas.

Todos los primeros de mes recibía Barbarita de su esposo mil duretes. D.
Baldomero disfrutaba una renta de veinticinco mil pesos, parte de
alquileres de sus casas, parte de acciones del Banco de España y lo
demás de la participación que conservaba en su antiguo almacén. Daba
además a su hijo dos mil duros cada semestre para sus gastos
particulares, y en diferentes ocasiones le ofreció un pequeño capital
para que emprendiera negocios por sí; pero al chico le iba bien con su
dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza. El resto de su
renta lo capitalizaba D. Baldomero, bien adquiriendo más acciones cada
año, bien amasando para hacerse con una casa más. De aquellos mil duros
que la señora cogía cada mes, daba al Delfín dos o tres mil reales, que
con esto y lo que del papá recibía estaba como en la gloria; y los diez
y siete mil reales restantes eran para el gasto diario de la casa y para
los de ambas damas, que allá se las arreglaban muy bien en la
distribución, sin que jamás hubiese entre ellas el más ligero pique por
un duro de más o de menos. Del gobierno doméstico cuidaban las dos, pero
más particularmente la suegra, que mostraba ciertas tendencias al
despotismo ilustrado. La nuera tenía el delicado talento de respetar
esto, y cuando veía que alguna disposición suya era derogada por la
autócrata, mostrábase conforme. Barbarita era administradora general de
puertas adentro, y su marido mismo, después que religiosamente le
entregaba el dinero, no tenía que pensar en nada de la casa, como no
fuese en los viajes de verano. La señora lo pagaba todo, desde el
alquiler del coche a la peseta de _El Imparcial_, sin que necesitara
llevar cuentas para tan complicada distribución, ni apuntar cifra
alguna. Era tan admirable su tino aritmético, que ni una sola vez pasó
más allá de la indecisa raya que tan fácilmente traspasan los ricos;
llegaba el fin de mes y siempre había un _superávit_ con el cual
ayudaba a ciertas empresas caritativas de que se hablará más adelante.
Jacinta gastaba siempre mucho menos de lo que su suegra le daba para
menudencias; no era aficionada a estrenar a menudo, ni a enriquecer a
las modistas. Los hábitos de economía adquiridos en su niñez estaban tan
arraigados que, aunque nunca le faltó dinero, traía a casa una costurera
para hacer trabajillos de ropa y arreglos de trajes que otras señoras
menos ricas suelen encargar fuera. Y por dicha suya, no tenía que
calentarse la cabeza para discurrir el empleo de sus sobrantes, pues
allí estaba su hermana Candelaria, que era pobre y se iba cargando de
familia. Sus hermanitas solteras también recibían de ella frecuentes
dádivas; ya los sombreritos de moda, ya el _fichú_ o la manteleta, y
hasta vestidos completos acabados de venir de París.

El abono que tomaron en el Real a un turno de palco principal fue idea
de D. Baldomero quien no tenía malditas ganas de oír óperas, pero quería
que Barbarita fuera a ellas para que le contase, al acostarse o después
de acostados, todo lo que había visto en el _Regio coliseo_. Resultó que
a Barbarita no la llamaba mucho el Real; mas aceptó con gozo para que
fuera Jacinta. Esta, a su vez, no tenía verdaderamente muchas ganas de
teatro; pero alegrose mucho de poder llevar al Real a sus hermanitas
solteras, porque las pobrecillas, si no fuera así, no lo catarían nunca.
Juan, que era muy aficionado a la música, estaba abonado a diario, con
seis amigos, a un palco alto de proscenio.

Las de Santa Cruz no llamaban la atención en el teatro, y si alguna
mirada caía sobre el palco era para las pollas colocadas en primer
término con simetría de escaparate. Barbarita solía ponerse en primera
fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo
más que cosas de decoraciones y del argumento de la ópera. Las dos
hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez, Jacinta casi
siempre; pero se divertía muy poco. Aquella mujer mimada por Dios, que
la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más sano, hermoso
y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso
que _no tenía gusto para nada_. La envidiada de todos, envidiaba a
cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamón en
brazos liado en trapos. Se le iban los ojos tras de la infancia en
cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los niños ricos,
vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los
mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la
cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido. No aspiraba ella a tener
uno solo, sino que quería verse rodeada de una _serie_, desde el pillín
de cinco años, hablador y travieso, hasta el rorró de meses que no hace
más que reír como un bobo, tragar leche y apretar los puños. Su
desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una
bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de
libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo
cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes sin
abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones. Pues como viera los
alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan
limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía
con los ojos. Las niñas vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda
en el Prado y que parecen flores vivas que se han caído de los árboles;
las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los
que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrándose a
la pared; los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del
ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en
las calles o en el solar vacío arrojándose piedras y rompiéndose la ropa
para desesperación de las madres; las nenas que en Carnaval se visten de
chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden
para la Cruz de Mayo; los talluditos que usan ya bastón y ganan premios
en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde
sueltan el grito en la escena más interesante, distrayendo a los
actores y enfureciendo al público... todos, en una palabra, le
interesaban igualmente.



--iv--


Y de tal modo se iba enseñoreando de su alma el afán de la maternidad,
que pronto empezó a embotarse en ella la facultad de apreciar las
ventajas que disfrutaba. Estas llegaron a ser para ella invisibles, como
lo es para todos los seres el fundamental medio de nuestra vida, la
atmósfera. ¿Pero qué hacía Dios que no mandaba uno siquiera de los
chiquillos que en número infinito tiene por allá? ¿En qué estaba
pensando su Divina Majestad? Y Candelaria, que apenas tenía con qué
vivir, ¡uno cada año!... Y que vinieran diciendo que hay equidad en el
Cielo... Sí; no está mala justicia la de arriba... sí... ya lo estamos
viendo... De tanto pensar en esto, parecía en ocasiones monomaniaca, y
tenía que apelar a su buen juicio para no dar a conocer el desatino de
su espíritu, que casi casi iba tocando en la ridiculez. ¡Y le ocurrían
cosas tan raras...! Su pena tenía las intermitencias más extrañas, y
después de largos periodos de sosiego se presentaba impetuosa y aguda,
como un mal crónico que está siempre en acecho para acometer cuando
menos se le espera. A veces, una palabra insignificante que en la calle
o en su casa oyera o la vista de cualquier objeto le encendían de súbito
en la mente la llama de aquel tema, produciéndole opresiones en el pecho
y un sobresalto inexplicable.

Se distraía cuidando y mimando a los niños de sus hermanas, a los cuales
quería entrañablemente; pero siempre había entre ella y sus sobrinitos
una distancia que no podía llenar. No eran suyos, no los había _tenido_
ella, no se los sentía unidos a sí por un hilo misterioso. Los
verdaderamente unidos no existían más que en su pensamiento, y tenía que
encender y avivar este, como una fragua, para forjarse las alegrías
verdaderas de la maternidad. Una noche salió de la casa de Candelaria
para volverse a la suya poco antes de la hora de comer. Ella y su
hermana se habían puesto de puntas por una tontería, porque Jacinta
mimaba demasiado a Pepito, nene de tres años, el primogénito de
Samaniego. Le compraba juguetes caros, le ponía en la mano, para que las
rompiera, las figuras de china de la sala y le permitía comer mil
golosinas. «¡Ah!, si fueras madre de verdad no harías esto...». --«Pues
si no lo soy, mejor... ¿A ti qué te importa?». --«A mí nada. Dispensa,
hija, ¡qué genio!». --«Si no me enfado...».--«¡Vaya, que estás
mimadita!».

Estas y otras tonterías no tenían consecuencias, y al cuarto de hora se
echaban a reír, y en paz. Pero aquella noche, al retirarse, sentía la
Delfina ganas de llorar. Nunca se había mostrado en su alma de un modo
tan imperioso el deseo de tener hijos. Su hermana la había humillado, su
hermana se enfadaba de que quisiera tanto al sobrinito. ¿Y aquello qué
era sino celos?... Pues cuando ella tuviera un chico, no permitiría a
nadie ni siquiera mirarle... Recorrió el espacio desde la calle de las
Hileras a la de Pontejos, extraordinariamente excitada, sin ver a nadie.
Llovía un poco y ni siquiera se acordó de abrir su paraguas. El gas de
los escaparates estaba ya encendido, pero Jacinta, que acostumbraba
pararse a ver las novedades, no se detuvo en ninguna parte. Al llegar a
la esquina de la plazuela de Pontejos y cuando iba a atravesar la calle
para entrar en el portal de su casa, que estaba enfrente, oyó algo que
la detuvo. Corriole un frío cortante por todo el cuerpo; quedose parada,
el oído atento a un rumor que al parecer venía del suelo, de entre las
mismas piedras de la calle. Era un gemido, una voz de la naturaleza
animal pidiendo auxilio y defensa contra el abandono y la muerte. Y el
lamento era tan penetrante, tan afilado y agudo, que más que voz de un
ser viviente parecía el sonido de la prima de un violín herida
tenuemente en lo más alto de la escala. Sonaba de esta manera:
_miiii_... Jacinta miraba al suelo; porque sin duda el quejido aquel
venía de lo profundo de la tierra. En sus desconsoladas entrañas lo
sentía ella penetrar, traspasándole como una aguja el corazón.

Busca por aquí, busca por allá, vio al fin junto a la acera por la parte
de la plaza una de esas hendiduras practicadas en el encintado, que se
llaman _absorbederos_ en el lenguaje municipal, y que sirven para dar
entrada en la alcantarilla al agua de las calles. De allí, sí, de allí
venían aquellos lamentos que trastornaban el alma de la Delfina,
produciéndole un dolor, una efusión de piedad que a nada pueden
compararse. Todo lo que en ella existía de presunción materna, toda la
ternura que los éxtasis de madre soñadora habían ido acumulando en su
alma se hicieron fuerza activa para responder al _miiiii_ subterráneo
con otro _miiii_ dicho a su manera.

¿A quién pediría socorro? «Deogracias» gritó llamando al portero.
Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz
hablando con un conductor del coche-correo, y al punto oyó la voz de su
señorita. En cuatro trancos se puso a su lado.

«Deogracias... eso... que ahí suena... mira a ver...» dijo la señorita
temblando y pálida.

El portero prestó atención; después se puso de cuatro pies, mirando a su
ama con semblante de marrullería y jovialidad.

«Pues... esto... ¡Ah!, son unos gatitos que han tirado a la
alcantarilla».

--¡Gatitos!... ¿estás seguro... pero estás seguro de que son gatitos?

--Sí, señorita; y deben ser de la gata de la librería de ahí enfrente,
que parió anoche y no los puede criar todos...

Jacinta se inclinó para oír mejor. El _miiii_ sonaba ya tan profundo que
apenas se percibía. «Sácalos» dijo la dama con voz de autoridad
indiscutible.

Deogracias se volvió a poner en cuatro pies, se arremangó el brazo y lo
metió por aquel hueco. Jacinta no podía advertir en su rostro la
expresión de incredulidad, casi de burla. Llovía más, y por el
absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de
freidera que apenas permitía ya oír el ahilado _miiii_. No obstante, la
Delfina lo oía siempre bien claro. El portero volvió hacia arriba, como
quien invoca al Cielo, su cara estúpida, y dijo sonriendo:

«Señorita, no se puede. Están muy hondos... pero muy hondos».

--¿Y no se puede levantar esta baldosa?--indicó ella, pisando fuerte en
ella.

--¿Esta baldosa?--repitió Deogracias, poniéndose de pie y mirando a su
ama como se mira a la persona de cuya razón se duda--. Por poderse...
avisando al Ayuntamiento... El teniente alcalde Sr. Aparisi, es vecino
de casa... Pero...

Ambos aguzaban su oído. «Ya no se oye nada --observó Deogracias,
poniéndose más estúpido--. Se han ahogado...».

No sabía el muy bruto la puñalada que daba a su ama con estas palabras.
Jacinta, sin embargo, creía oír el gemido en lo profundo. Pero aquello
no podía continuar. Empezó a ver la inmensa desproporción que había
entre la grandeza de su piedad y la pequeñez del objeto a que la
consagraba. Arreció la lluvia, y el absorbedero deglutaba ya una onda
gruesa que hacía gargarismos y bascas al chocar con las paredes de aquel
gaznate... Jacinta echó a correr hacia la casa y subió. Los nervios se
le pusieron tan alborotados y el corazón tan oprimido, que sus suegros y
su marido la creyeron enferma; y sufrió toda la noche la molestia
indecible de oír constantemente el _miiii_ del absorbedero. En verdad
que aquello era una tontería, quizás desorden nervioso; pero no lo podía
remediar. ¡Ah! Si su suegra sabía por Deogracias lo ocurrido en la calle
¡cuánto se había de burlar! Jacinta se avergonzaba de antemano,
poniéndose colorada, sólo de considerar que entraba Barbarita
diciéndole con su maleante estilo: «Pero hija, ¿conque es cierto que
mandaste a Deogracias meterse en las alcantarillas para salvar unos
niños abandonados...?».

Sólo a su marido, _bajo palabra de secreto_, contó el lance de los
gatitos. Jacinta no podía ocultarle nada, y tenía un gusto particular en
hacerle confianza hasta de las más vanas tonterías que por su cabeza
pasaban referentes a aquel tema de la maternidad. Y Juan, que tenía
talento, era indulgente con estos desvaríos del cariño vacante o de la
maternidad sin hijo. Aventurábase ella a contarle cuanto le pasaba, y
muchas cosas que a la luz del día no osara decir, decíalas en la
intimidad y soledad conyugales, porque allí venían como de molde, porque
allí se decían sin esfuerzo cual si se dijeran por sí solas, porque, en
fin, los comentarios sobre la sucesión tenían como una base en la
renovación de las probabilidades de ella.



--v--


Hacía mal Barbarita, pero muy mal, en burlarse de la manía de su hija.
¡Como si ella no tuviera también su manía, y buena! Por cierto que
llevaba a Jacinta la gran ventaja de poder satisfacerse y dar realidad a
su pensamiento. Era una viciosa que se hartaba de los goces ansiados,
mientras que la nuera padecía horriblemente por no poseer nunca lo que
anhelaba. La satisfacción del deseo _chiflaba_ a la una tanto como a la
otra la privación del mismo.

Barbarita tenía la _chifladura_ de las compras. Cultivaba el arte por el
arte, es decir, la compra por la compra. Adquiría por el simple placer
de adquirir, y para ella no había mayor gusto que hacer una excursión de
tiendas y entrar luego en la casa cargada de cosas que, aunque no
estaban demás, no eran de una necesidad absoluta. Pero no se salía nunca
del límite que le marcaban sus medios de fortuna, y en esto precisamente
estaba su magistral arte de marchante rica.

El vicio aquel tenía sus depravaciones, porque la señora de Santa Cruz
no sólo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorría de
punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las pollerías de
la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina en la costanilla de
Santiago. Era tan conocida _doña Barbarita_ en aquella zona, que las
placeras se la disputaban y armaban entre sí grandes ciscos por la
preferencia de una tan ilustre parroquiana.

Lo mismo en los mercados que en las tiendas tenía un auxiliar
inestimable, un ojeador que tomaba aquellas cosas cual si en ello le
fuera la salvación del alma. Este era Plácido Estupiñá. Como vivía en
la Cava de San Miguel, desde que se levantaba, a la primera luz del día,
echaba una mirada de águila sobre los cajones de la plaza. Bajaba cuando
todavía estaba la gente tomando la mañana en las tabernas y en los cafés
ambulantes, y daba un vistazo a los puestos, enterándose del cariz del
mercado y de las cotizaciones. Después, bien embozado en la pañosa, se
iba a San Ginés, a donde llegaba algunas veces antes de que el sacristán
abriera la puerta. Echaba un párrafo con las beatas que le habían cogido
la delantera, alguna de las cuales llevaba su chocolatera y cocinilla, y
hacía su desayuno en el mismo pórtico de la iglesia. Abierta esta, se
metían todos dentro con tanta prisa como si fueran a coger puesto en una
función de gran lleno, y empezaban las misas. Hasta la tercera o la
cuarta no llegaba Barbarita, y en cuanto la veía entrar, Estupiñá se
corría despacito hasta ella, deslizándose de banco en banco como una
sombra, y se le ponía al lado. La señora rezaba en voz baja moviendo los
labios. Plácido tenía que decirle muchas cosas, y entrecortaba su rezo
para irlas desembuchando.

«Va a salir la de D. Germán en la capilla de los Dolores... Hoy reciben
congrio en la casa de Martínez; me han enseñado los despachos de
Laredo... llena eres de gracia; el Señor es contigo... coliflor no hay,
porque no han venido los arrieros de Villaviciosa por estar perdidos los
caminos... ¡Con estas malditas aguas...!, y bendito es el fruto de tu
vientre, Jesús...».

Pasaba tiempo a veces sin que ninguno de los dos chistara, ella a un
extremo del banco, él a cierta distancia, detrás, ora de rodillas, ora
sentados. Estupiñá se aburría algunas veces por más que no lo declarase,
y le gustaba que alguna beata rezagada o beato sobón le preguntara por
la misa: «¿Se alcanza esta?». Estupiñá respondía que sí o que no de la
manera más cortés, añadiendo siempre en el caso negativo algo que
consolara al interrogador: «Pero esté usted tranquilo; va a salir en
seguida la del padre Quesada, que es una pólvora...». Lo que él quería
era ver si saltaba conversación.

Después de un gran rato de silencio, consagrado a las devociones,
Barbarita se volvía a él diciéndole con altanería impropia de aquel
santo lugar:

«Vaya, que tu amigo el Sordo nos la ha jugado buena».

--¿Por qué, señora?

--Porque te dije que le encargaras medio solomillo, y ¿sabes lo que me
mandó?, un pedazo enorme de contrafalda o babilla y un trozo de
espaldilla, lleno de piltrafas y tendones... Vaya un modo de portarse
con los parroquianos. Nunca más se le compra nada. La culpa la tienes
tú... Ahí tienes lo que son tus _protegidos_...

Dicho esto, Barbarita seguía rezando y Plácido se ponía a echar pestes
mentalmente contra el Sordo, un tablajero a quien él... No le protegía;
era que _le había recomendado_. Pero ya se las cantaría él muy claras al
tal Sordo. Otras familias a quienes le recomendara, quejáronse de que
les había dado _tapa del cencerro_, es decir, pescuezo, que es la carne
peor, en vez de tapa verdadera. En estos tiempos tan desmoralizados no
se puede recomendar a nadie. Otras mañanas iba con esta monserga: «¡Cómo
está hoy el mercado de caza! ¡Qué perdices, señora! Divinidades,
verdaderas divinidades».

--No más perdiz. Hoy hemos de ver si Pantaleón tiene buenos cabritos.
También quisiera una buena lengua de vaca, _cargada_, y ver si hay
ternera fina.

--La hay tan fina, señora, que parece _talmente_ merluza.

--Bueno, pues que me manden un buen solomillo y chuletas riñonadas. Ya
sabes; no vayas a descolgarte con las agujas cortas del otro día.
Conmigo no se juega.

--Descuide usted... ¿Tiene la señora convidados mañana?

--Sí; y de pescados ¿qué hay?

--He _apalabrado_ el salmón por si viene mañana... Lo que tenemos hoy es
peste de langosta.

Y concluidas las misas, se iban por la calle Mayor adelante en busca de
emociones puras, inocentes, logradas con la oficiosidad amable del uno y
el dinero copioso de la otra. No siempre se ocupaban de cosas de comer.
Repetidas veces llevó Estupiñá cuentos como este:

«Señora, señora, no deje de ver las cretonas que han recibido los
_chicos_ de Sobrino... ¡Qué divinidad!».

Barbarita interrumpía un _Padrenuestro_ para decir, todavía con la
expresión de la religiosidad en el rostro: «¿Rameaditas?, sí, y con
golpes de oro. Eso es lo que se estila ahora».

Y en el pórtico, donde ya estaba Plácido esperándola, decía: «Vamos a
casa de los _chicos_ de Sobrino».

Los cuales enseñaban a Barbarita, a más de las cretonas, unos satenes de
algodón floreados que eran la gran novedad del día; y a la viciosa le
faltaba tiempo para comprarle un vestido a su nuera, quien solía pasarlo
a alguna de sus hermanas.

Otra embajada: «Señora, señora, esta ya no se alcanza; pero pronto va a
salir la del sobrino del señor cura, que es otro padre Fuguilla por lo
pronto que la despacha. Ya recibió Pla los quesitos aquellos... no
recuerdo cómo se llaman».

--Ahora y en la hora de nuestra muerte... sí, ya... ¡Si son como las
rosquillas inglesas que me hiciste comprar el otro día y que olían a
viejo...! Parecían de la boda de San Isidro.

A pesar de este regaño, al salir iban a casa de Pla con ánimo de no
comprar más que dos libras de pasas de Corinto para hacer un pastel
inglés, y la señora se iba enredando, enredando, hasta dejarse en la
tienda obra de ochocientos o novecientos reales. Mientras Estupiñá
admiraba, de mostrador adentro, las grandes novedades de aquel Museo
universal de comestibles, dando su opinión pericial sobre todo, probando
ya una galleta de almendra y coco, que parecía _talmente_ mazapán de
Toledo, ya apreciando por el olor la superioridad del té o de las
especias, la dama se tomaba por su cuenta a uno de los dependientes, que
era un Samaniego, y... adiós mi dinero. A cada instante decía Barbarita
que no más, y tras de la colección de purés para sopas, iban las _perlas
del Nizán_, el _gluten de la estrella_, las salsas inglesas, el _caldo
de carne de tortuga de mar_, la docena de botellas de Saint-Emilion,
que tanto le gustaba a Juanito, el bote de _champignons extra_, que
agradaban a D. Baldomero, la lata de anchoas, las trufas y otras
menudencias. Del portamonedas de Barbarita, siempre bien provisto, salía
el importe, y como hubiera un pico en la suma, tomábase la libertad de
suprimirlo _por pronto pago_.

--Ea, chicos, que lo mandéis todo al momento _a casa_--decía con
despotismo Estupiñá al despedirse, señalando las compras.

--Vaya, quedaos con Dios--decía doña Barbarita, levantándose de la silla
a punto que aparecía el principal por la puerta de la trastienda, y
saludaba con mil afectos a su parroquiana, quitándose la gorra de seda.

--Vamos pasando hijo... ¡Ay, que _ladronicio_ el de esta casa!... No
vuelvo a entrar más aquí... Abur, abur.

--_Hasta mañana_, señora. A los pies de usted... Tantas cosas a D.
Baldomero... Plácido, Dios le guarde.

--Maestro... que haya salud. Ciertos artículos se compraban siempre al
por mayor, y si era posible de primera mano. Barbarita tenía en la
médula de los huesos la fibra de comerciante, y se pirraba por sacar el
género _arreglado_. Pero, ¡cuán distantes de la realidad habrían quedado
estos intentos sin la ayuda del espejo de los corredores, Estupiñá el
Grande! ¡Lo que aquel santo hombre andaba para encontrar huevos frescos
en gran cantidad...! Todos los polleros de la Cava le traían en
palmitas, y él se daba no poca importancia, diciéndoles: «o tenemos
formalidad o no tenemos formalidad. Examinemos el artículo, y después se
discutirá... calma, hombre, calma». Y allí era el mirar huevo por huevo
al trasluz, el sopesarlos y el hacer mil comentarios sobre su probable
antigüedad. Como alguno de aquellos tíos le engañase, ya podía
encomendarse a Dios, porque llegaba Estupiñá como una fiera amenazándole
con el teniente alcalde, con la inspección municipal y hasta con la
horca.

Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que
van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de
acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o
cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya
conocido. Ello había de ser género de confianza, _talmente_ moro. El
chocolate era una de las cosas en que más actividad y celo desplegaba
Plácido, porque en cuanto Barbarita le daba órdenes ya no vivía el
hombre. Compraba el cacao superior, el azúcar y la canela en casa de
Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, a
la casa del que hacía las tareas. Los de Santa Cruz no transigían con
los chocolates industriales, y el que tomaban había de ser hecho a
brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía en
mosca, quiero decir que estaba todo el día dando vueltas alrededor de la
tarea para ver si se hacía _a toda conciencia_, porque en estas cosas
hay que andar con mucho ojo.

Había días de compras grandes y otros de menudencias; pero días sin
comprar no los hubo nunca. A falta de cosa mayor, la viciosa no entraba
nunca en su casa sin el par de guantes, el imperdible, los polvos para
limpiar metales, el paquete de horquillas o cualquier chuchería de los
bazares de _todo a real_. A su hijo le llevaba regalitos sin fin,
corbatas que no usaba, botonaduras que no se ponía nunca. Jacinta
recibía con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y lo iba
trasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyo
traspaso no le permitían. Por la ropa blanca y por la mantelería tenía
la señora de Santa Cruz verdadera pasión. De la tienda de su hermano
traía piezas enteras de holanda finísima, de batistas y madapolanes. D.
Baldomero II y D. Juan I tenían ropa para un siglo.

A entrambos les surtía de cigarros la propia Barbarita. El primero
fumaba puros, el segundo papel. Estupiñá se encargaba de traer estos
peligrosos artículos de la casa de un truchimán que los vendía de
_ocultis_, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo
de su capa verde, el corazón le palpitaba de gozo, considerando la
trastada que le jugaba a la Hacienda pública y recordando sus hermosos
tiempos juveniles. Pero en los liberalescos años de 71 y 72 ya era otra
cosa... La policía fiscal no se metía en muchos dibujos. El temerario
contrabandista, no obstante, hubiera deseado tener un mal encuentro para
probar al mundo entero que era hombre capaz de arruinar la _Renta_ si se
lo proponía. Barbarita examinaba las cajas y sus marcas, las regateaba,
olía el tabaco, escogía lo que le parecía mejor y pagaba muy bien.
Siempre tenía D. Baldomero un surtido tan variado como excelente, y el
buen señor conservaba, entre ciertos hábitos tenaces del antiguo
hortera, el de reservar los cigarros mejores para los domingos.



-VII-

Guillermina, virgen y fundadora



--i--


De cuantas personas entraban en aquella casa, la más agasajada por toda
la familia de Santa Cruz era Guillermina Pacheco, que vivía en la
inmediata, tía de Moreno Isla y prima de Ruiz-Ochoa, los dos socios
principales de la antigua banca de Moreno. Los miradores de las dos
casas estaban tan próximos, que por ellos se comunicaba doña Bárbara con
su amiga, y un toquecito en los cristales era suficiente para establecer
la correspondencia.

Guillermina entraba en aquella casa como en la suya, sin etiqueta ni
cumplimiento alguno. Ya tenía su lugar fijo en el gabinete de Barbarita,
una silla baja; y lo mismo era sentarse que empezar a hacer media o a
coser. Llevaba siempre consigo un gran lío o cesto de labor, calábase
los anteojos, cogía las herramientas, y ya no paraba en toda la noche.
Hubiera o no en las otras habitaciones gente de cumplido, ella no se
movía de allí ni tenía que ver con nadie. Los amigos asiduos de la casa,
como el marqués de Casa-Muñoz, Aparisi o Federico Ruiz, la miraban ya
como se mira lo que está siempre en un mismo sitio y no puede estar en
otro. Los de fuera y los de dentro trataban con respeto, casi con
veneración, a la ilustre señora, que era como una figurita de
nacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunque
no tantas como la de Barbarita, las mejillas sonrosadas, la boca
risueña, el habla tranquila y graciosa, y el vestido humildísimo.

Algunos días iba a comer allí, es decir, a sentarse a la mesa. Tomaba un
poco de sopa, y en lo demás no hacía más que picar. D. Baldomero solía
enfadarse y le decía: «Hija de mi alma, cuando quieras hacer penitencia
no vengas a mi casa. Observo que no pruebas aquello que más te gusta. No
me vengas a mí con cuentos. Yo tengo buena memoria. Te oí decir muchas
veces en casa de mi padre que te gustaban las codornices, y ahora las
tienes aquí y no las pruebas. ¡Que no tienes gana!... Para esto siempre
hay gana. Y veo que no tocas el pan... Vamos, Guillermina, que perdemos
las amistades...».

Barbarita, que conocía bien a su amiga, no machacaba como D. Baldomero,
dejándola comer lo que quisiese o no comer nada. Si por acaso estaba en
la mesa el gordo Arnaiz, se permitía algunas cuchufletas de buen género
sobre aquellos antiquísimos estilos de santidad, consistentes en no
comer. «Lo que entra por la boca no daña al alma. Lo ha dicho San
Francisco de Sales nada menos». La de Pacheco, que tenía buenas
despachaderas, no se quedaba callada, y respondía con donaire a todas
las bromas sin enojarse nunca. Concluida la comida, se diseminaban los
comensales, unos a tomar café al despacho y a jugar al tresillo, otros a
formar grupos más o menos animados y chismosos, y Guillermina a su
sillita baja y al teje maneje de las agujas. Jacinta se le ponía al lado
y tomaba muy a menudo parte en aquellas tareas, tan simpáticas a su
corazón. Guillermina hacía camisolas, calzones y chambritas para sus
ciento y pico de hijos de ambos sexos.

Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, que
está casado con una de las chicas de Ruiz-Ochoa. Nos ha prometido
escribir la biografía de su excelsa pariente cuando se muera, y
entretanto no tiene reparo en dar cuantos datos se le pidan, ni en
rectificar a ciencia cierta las versiones que el criterio vulgar ha
hecho correr sobre las causas que determinaron en Guillermina, hace
veinticinco años, la pasión de la beneficencia. Alguien ha dicho que
amores desgraciados la empujaron a la devoción primero, a la caridad
propagandista y militante después. Mas Zalamero asegura que esta opinión
es tan tonta como falsa. Guillermina, que fue bonita y aun un poquillo
presumida, no tuvo nunca amores, y si los tuvo no se sabe absolutamente
nada de ellos. Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su
corazón. Lo que la familia admite es que la muerte de su madre la
impresionó tan vivamente, que hubo de proponerse, como el otro, _no
servir a más señores que se le pudieran morir_. No nació aquella sin
igual mujer para la vida contemplativa. Era un temperamento soñador,
activo y emprendedor; un espíritu con ideas propias y con iniciativas
varoniles. No se le hacía cuesta arriba la disciplina en el terreno
espiritual; pero en el material sí, por lo cual no pensó nunca en
afiliarse a ninguna de las órdenes religiosas más o menos severas que
hay en el orbe católico. No se reconocía con bastante paciencia para
encerrarse y estar todo el santo día bostezando el _gori gori_, ni para
ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad. La
llama vivísima que en su pecho ardía no le inspiraba la sumisión pasiva,
sino actividades iniciadoras que debían desarrollarse en la libertad.
Tenía un carácter inflexible y un tesoro de dotes de mando y de
facultades de organización que ya quisieran para sí algunos de los
hombres que dirigen los destinos del mundo. Era mujer que cuando se
proponía algo iba a su fin derecha como una bala, con perseverancia
grandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible y
serena. Si en este camino recto encontraba espinas, las pisaba y
adelante, con los pies ensangrentados.

Empezó por unirse a unas cuantas señoras nobles amigas suyas que habían
establecido asociaciones para socorros domiciliarios, y al poco tiempo
Guillermina sobrepujó a sus compañeras. Estas lo hacían por vanidad, a
veces de mala gana; aquella trabajaba con ardiente energía, y en esto se
le fue la mitad de su legítima. A los dos años de vivir así, se la vio
renunciar por completo a vestirse y ataviarse como manda la moda que se
atavíen las señoras. Adoptó el traje liso de merino negro, el manto,
pañolón oscuro cuando hacía frío, y unos zapatones de paño holgados y
feos. Tal había de ser su empaque en todo el resto de sus días.

La asociación benéfica a que pertenecía no se acomodaba al ánimo
emprendedor de Guillermina, pues quería ella picar más alto, intentando
cosas verdaderamente difíciles y tenidas por imposibles. Sus talentos de
fundadora se revelaron entonces, asustando a todo aquel señorío que no
sabía salir de ciertas rutinas. Algunas amigas suyas aseguraron que
estaba loca, porque demencia era pensar en la fundación de un asilo
para huerfanitos, y mayor locura dotarle de recursos permanentes. Pero
la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo _fue hecho_,
sosteniéndose en los tres primeros años de su difícil existencia con
parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de
sus parientes ricos. Pero de pronto la institución empezó a crecer; se
hinchaba y cundía como las miserias humanas, y sus necesidades subían en
proporciones aterradoras. La dama pignoró los restos de su legítima;
después tuvo que venderlos. Gracias a sus parientes, no se vio en el
trance fatal de tener que mandar a la calle a los asilados a que
pidieran limosna para sí y para la fundadora. Y al propio tiempo
repartía periódicamente cuantiosas limosnas entre la gente pobre de los
distritos de la Inclusa y Hospital; vestía muchos niños, daba ropa a los
viejos, medicinas a los enfermos, alimentos y socorros diversos a todos.
Para no suspender estos auxilios y seguir sosteniendo el asilo era
forzoso buscar nuevos recursos. ¿Dónde y cómo? Ya las amistades y
parentescos estaban tan explotados, que si se tiraba un poco más de la
cuerda, era fácil que se rompiera. Los más generosos empezaban a poner
mala cara, y los cicateros, cuando se les iba a cobrar la cuota, decían
que no estaban en casa.

«Llegó un día --dijo Guillermina, suspendiendo su labor, para contar el
caso a varios amigos de Barbarita--, en que las cosas se pusieron muy
feas. Amaneció aquel día, y los veintitrés pequeñuelos de Dios que yo
había recogido y que estaban en una casucha baja y húmeda de la calle de
Zarzal, aposentados como conejos, no tenían qué comer. Tirando de aquí y
de allá, podían pasar aquel día; pero ¿y el siguiente? Yo no tenía ya ni
dinero ni quien me lo diera. Debía no sé cuántas fanegas de judías, doce
docenas de alpargatas, tantísimas arrobas de aceite; no me quedaba que
empeñar o que vender más que el rosario. Los primos, que me sacaban de
tantos apuros, ya habían hecho los imposibles... Me daba vergüenza de
volver a pedirles. Mi sobrino Manolo, que solía ser mi paño de lágrimas,
estaba en Londres. Y suponiendo que mi primo Valeriano me tapase mis
veintitrés bocas (y la mía veinticuatro) por unos cuantos días, ¿cómo me
arreglaría después? Nada, nada, era indispensable arañar la tierra y
buscar cuartos de otra manera y por otros medios.

»El día aquel fue día de pruebas para mí. Era un viernes de Dolores, y
las siete espadas, señores míos, estaban clavadas aquí... Me pasaban
como unos rayos por la frente. Una idea era lo que yo necesitaba, y más
que una idea, valor, sí, valor para lanzarme... De repente noté que
aquel valor tan deseado entraba en mí, pero un valor tremendo, como el
de los soldados cuando se arrojan sobre los cañones enemigos... Trinqué
la mantilla y me eché a la calle. Ya estaba decidida, y no crean, alegre
como unas Pascuas, porque sabía lo que tenía que hacer. Hasta entonces
yo había pedido a los amigos; desde aquel momento pediría a todo bicho
viviente, iría de puerta en puerta con la mano así... Del primer tirón
me planté en casa de una duquesa extranjera, a quien no había visto en
mi vida. Recibiome con cierto recelo; me tomó por una trapisondista;
pero a mí, ¿qué me importaba? Diome la limosna y, en seguida, para
alentarme y apurar el cáliz de una vez, estuve dos días sin parar
subiendo escaleras y tirando de las campanillas. Una familia me
recomendaba a otra, y no quiero decir a ustedes las humillaciones, los
portazos y los desaires que recibí. Pero el dichoso maná iba cayendo a
gotitas a gotitas... Al poco tiempo vi que el negocio iba mejor de lo
que yo esperaba. Algunos me recibían casi con palio; pero la mayor parte
se quedaban fríos, mascullando excusas y buscando pretextos para no
darme un céntimo. 'Ya ve usted, hay tantas atenciones... no se cobra...
el Gobierno se lo lleva todo con las contribuciones...'. Yo les
tranquilizaba. 'Un _perro chico_, un _perro chico_ es lo que me hace
falta'. Y aquí me daban el _perro_, allá el duro, en otra parte el
billetito de cinco o de diez... o nada. Pero yo tan campante. ¡Ah!,
señores, este oficio tiene muchas quiebras. Un día subí a un cuarto
segundo, que me había recomendado no sé quién. La tal recomendación fue
una broma estúpida. Pues señor, llamo, entro, y me salen tres o cuatro
tarascas... ¡Ay, Dios mío, eran mujeres de mala vida!... Yo, que veo
aquello... lo primero que me ocurrió fue echar a correr. 'Pero no--me
dije--, no me voy. Veremos si les saco algo'. Hija, me llenaron de
injurias, y una de ellas se fue hacia dentro y volvió con una escoba
para pegarme. ¿Qué creen ustedes que hice? ¿Acobardarme? Quia. Me metí
más adentro y les dije cuatro frescas... pero bien dichas... ¡bonito
genio tengo yo...! ¡Pues creerán ustedes que les saqué dinero! Pásmense,
pásmense... la más desvergonzada, la que me salió con la escoba fue a
los dos días a mi casa a llevarme un napoleón.

»Bueno... pues verán ustedes. La costumbre de pedir me ha ido dando esta
bendita cara de vaqueta que tengo ahora. Conmigo no valen desaires ni sé
ya lo que son sonrojos. He perdido la vergüenza. Mi piel no sabe ya lo
que es ruborizarse, ni mis oídos se escandalizan por una palabra más o
menos fina. Ya me pueden llamar _perra judía_; lo mismo que si me
llamaran _la perla de Oriente_; todo me suena igual... No veo más que mi
objeto, y me voy derechita a él sin hacer caso de nada. Esto me da
tantos ánimos que me atrevo con todo. Lo mismo le pido al Rey que al
último de los obreros. Oigan ustedes este golpe: Un día dije: 'Voy a
ver a D. Amadeo'. Pido mi audiencia, llego, entro, me recibe muy serio.
Yo imperturbable, le hablé de mi asilo y le dije que esperaba algún
auxilio de su real munificencia. '¿Un asilo de ancianos?'--me preguntó.
'No señor, de niños'. --'¿Son muchos?'. Y no dijo más. Me miraba con
afabilidad. ¡Qué hombre!, ¡qué bocaza! Mandó que me dieran seis mil
_guealés_... Luego vi a doña María Victoria, ¡qué excelente señora!
Hízome sentar a su lado; tratábame como su igual; tuve que darle mil
noticias del asilo, explicarle todo... Quería saber lo que comen los
pequeños, qué ropa les pongo... En fin, que nos hicimos amigas...
Empeñada en que fuera yo allá todos los días... A la semana siguiente me
mandó montones de ropa, piezas de tela y suscribió a sus niños por una
cantidad mensual.

»Con que ya ven ustedes cómo así, a lo tonto a lo tonto, ha venido sobre
mi asilo el pan de cada día. La suscripción fija creció tanto que al año
pude tomar la casa de la calle de Alburquerque, que tiene un gran patio
y mucho desahogo. He puesto una zapatería para que los muchachos
grandecitos trabajen, y dos escuelas para que aprendan. El año pasado
eran sesenta y ya llegan a ciento diez. Se pasan apuros; pero vamos
viviendo. Un día andamos mal y al otro llueven provisiones. Cuando veo
la despensa vacía, _me echo a la calle_, como dicen los revolucionarios,
y por la noche ya llevo a casa la libreta para tantas bocas. Y hay días
en que no les falta su extraordinario, ¿qué creían ustedes? Hoy les he
dado un arroz con leche, que no lo comen mejor los que me oyen. Veremos
si al fin me salgo con la mía, que es un grano de anís, nada menos que
levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la
holgura y la distribución convenientes, todo muy propio, con
departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan
allí doscientos o trescientos huérfanos, y puedan vivir bien y educarse
y ser buenos cristianos».



--ii-


«Un edificio _ad hoc_» dijo con incredulidad el marqués de Casa-Muñoz,
que era uno de los presentes.

--_Ad... hoc_, sí señor--replicó Guillermina, acentuando las dos
palabras latinas--. Pues está usted adelantado de noticias. ¿No sabe que
tengo el terreno y los planos, y que ya me están haciendo el vaciado?
¿Sabe usted el sitio? Más abajo del que ocupan las _Micaelas_, esas que
recogen y corrigen las mujeres pérdidas. El arquitecto y los delineantes
me trabajan gratis. Ahora no pido sólo dinero, sino ladrillo recocho y
pintón. Con que a ver...

--¿Tiene usted ya la memoria de cantería?

--preguntó con vivo interés Aparisi, que era hombre fuerte en negocio de
berroqueña.

--Sí, señor. ¿Me quiere usted dar algo?

--Le doy a usted--dijo Aparisi, acompañando su generosidad de un gesto
imperial--, la friolera de sesenta metros cúbicos de piedra sillar que
tengo en la Guindalera.

--¿A cómo? --preguntó Guillermina, mirándole con los ojos guiñados y
apuntándole con la aguja de media.

--A nada... La piedra es de usted. --Gracias, Dios se lo pague. Y el
marqués, ¿qué me da?

--Pues yo... ¿Quiere usted dos vigas de hierro de doble T que me
sobraron de la casa de la Carrera?

--¿Pues no las he de querer? Yo lo tomo todo, hasta una llave vieja,
para cuando se acabe el edificio. ¿Saben ustedes lo que me llevé ayer a
casa? Cuatro azulejos de cocina, un grifo y tres paquetitos de argollas.
Todo sirve, amigos. Si en algún tejar me dan cuatro ladrillos, los
acepto y a la obra con ellos. ¿Ven ustedes cómo hacen los pájaros sus
nidos? Pues yo construiré mi palacio de huérfanos cogiendo aquí una
pajita y allá otra. Ya se lo he dicho a Bárbara, no ha de tirar ni un
clavo, aunque esté torcido, ni una tabla, aunque esté rota. Los sellos
de correo se venden, las cajas de cerillas también... ¿Con qué creen
ustedes que he comprado yo el gran lavabo que tenemos en el asilo? Pues
juntando cabos de vela y vendiéndolos al peso. El otro día me ofrecieron
una petaca de cuero de Rusia. «¿Para qué le sirve eso?» dirán estos
señores. Pues me sirvió para hacer un regalo a uno de los delineantes
que trabajan en el proyecto... ¿Ven ustedes a este marqués de
Casa-Muñoz, que me está oyendo y me ha ofrecido dos vigas de doble T?
Bueno: ¿cuánto apuestan a que le saco algo más? ¿Pues qué, creen ustedes
que el señor marqués tiene sus grandes yeserías de Vallecas para ver
estos apuros míos y no acudir a ellos?

--Guillermina--dijo Casa-Muñoz algo conmovido--, cuente usted con
doscientos quintales, y del blanco, que es a nueve reales.

--¿Qué dije yo? Bueno. Y este señor de Ruiz ¿qué hará por mí?

--Hija de mi alma, yo no tengo ni un clavo ni una astilla, pero le juro
a usted por mi salvación que un domingo me salgo por las afueras y robo
una teja para llevársela a usted... robaré dos, tres, una docena de
tejas... Y hay más. Si quiere usted mis dos comedias, mis folletos
sobre la _Unión ibérica_ y sobre la _Organización de los bomberos en
Suiza_, mi obra de los _Castillos_, todo está a su disposición. Diez
ejemplares de cada cosa para que hagan lotes en una _tómbola_.

--¿Lo ven ustedes? Cae el maná, cae. Si en estas cosas no hay más que
ponerse a ello... Mi amigo Baldomero también dará algo.

--Las campanas--dijo el insigne comerciante--, y si me apuran, el
pararrayos y las veletas. Quiero concluir el edificio, ya que el amigo
Aparisi lo quiere empezar.

--La primera piedra no hay quien me la quite--expresó Aparisi con toda
la hinchazón de su amor propio.

--Algo más daremos, ¿verdad Baldomero?--apuntó Barbarita--, por ejemplo,
toda la capilla, con su órgano, altares, imágenes...

--Todo lo que tú quieras, hija. Y eso que las _Micaelas_ nos han llevado
un pico. Les hemos hecho casi la mitad del edificio. Pero ahora le toca
a Guillermina. Ya sabe ella dónde estamos.

El grupo que rodeaba a la fundadora se fue disolviendo. Algunos,
creyendo sin duda que lo que allí se trataba más era broma que otra
cosa, se fueron al salón a hablar _seriamente_ de política y negocios.
D. Baldomero, que deseaba echar aquella noche una partida de mus, el
juego clásico y tradicional de los comerciantes de Madrid, esperó a que
entrase Pepe Samaniego, que era maestro consumado, para armar la
partida. Durante un largo rato no se oía en el salón más que _envido a
la chica... envido a los pares... órdago_.

Las tres señoras estuvieron un momento solas, hablando de aquel proyecto
de Guillermina, que seguía cose que te cose, ayudada por Jacinta. Hacía
algún tiempo que a esta se le había despertado vivo entusiasmo por las
empresas de la Pacheco, y a más de reservarle todo el dinero que podía,
se picaba los dedos cosiendo para ella durante largas horas. Es que
sentía un cierto consuelo en confeccionar ropas de niño y en suponer que
aquellas mangas iban a abrigar bracitos desnudos. Ya había hecho dos
visitas al asilo de la calle de Alburquerque y acompañado una vez a
Guillermina en sus excursiones a las miserables zahúrdas donde viven los
pobres de la Inclusa y Hospital.

Había que oírla cuando volvió a aquella su primera visita a los barrios
del Sur. «¡Qué desigualdades!--decía, desflorando sin saberlo el
problema social--. Unos tanto y otros tan poco. Falta equilibrio y el
mundo parece que se cae. Todo se arreglaría si los que tienen mucho
dieran lo que les sobra a los que no poseen nada. ¿Pero qué cosa
sobra?... Vaya usted a saber». Guillermina aseguraba que se necesita
mucha fe para no acobardarse ante los espectáculos que la miseria
ofrece. «Porque se encuentran almas buenas, sí--decía--; pero también
mucha ingratitud. La falta de educación es para el pobre una desventaja
mayor que la pobreza. Luego la propia miseria les ataca el corazón a
muchos y se lo corrompe. A mí me han insultado; me han arrojado puñados
de estiércol y tronchos de berza; me han llamado _tía bruja_...».

A Barbarita le daba aquella noche por hablar de arquitectura y no perdía
ripio. Entró a la sazón Moreno Isla, y le recibieron con exclamaciones
de alegría. Llamole la señora y le dijo: «¿Tiene usted cascote?».

Las tres se reían viendo la sorpresa y confusión de Moreno, que era una
excelente persona, como de cuarenta y cinco años, célibe y riquísimo, de
aficiones tan inglesas que se pasaba en Londres la mayor parte del año;
alto, delgado y de muy mal color porque estaba muy delicado de salud.

«Que si tengo cascote. ¿Es para usted?».

--Usted conteste y no sea como los gallegos, que cuando se les hace una
pregunta hacen otra. Puesto que está usted de derribo, ¿tiene cascote,
sí o no?

--Sí que lo tengo... y pedernal magnífico. A sesenta reales el carro,
todo lo que usted quiera. El cascote a ocho reales... ¡Ah, tonto de mí!
Ya sé de qué se trata. La santurrona les está embaucando con las
fantasmagorías del asilo que va a edificar... Cuidado, mucho cuidado con
los timos. Antes de que ponga la primera piedra, nos llevará a todos a
San Bernardino.

--Cállate, que ya saben todos lo avariento que eres. Si no te pido nada,
roñoso, cicatero.

Guárdate tus carros de pedernal, que ya te los pondrán en la balanza el
día del gran saldo final, ya sabes, cuando suenen las trompetas
aquellas, sí, y entonces, cuando veas que la balanza se te cae del lado
de la avaricia, dirás: «Señor, quítame estos carros de piedra y cascote
que me hunden en el Infierno», y todos diremos: «no, no, no... échenle
carga, que es muy malo».

--Con poner en el otro platillo los perros grandes y chicos que me has
sacado, me salvo--díjole Moreno riendo y manoseándole la cara.

--No me hagas carantoñas, sobrinillo. Si crees que eso te vale, gran
miserable, usurero, recocho en dinero--repitió Guillermina con tono y
sonrisa de chanza benévola--. ¡Qué hombres estos! Todavía quieres más, y
estás derribando una manzana de casas viejas para hacer casas
domingueras y sacarles las entrañas a los pobres.

--No hagan ustedes caso de esta _rata eclesiástica_--indicó Moreno,
sentándose entre Barbarita y Jacinta--. Me está arruinando. Voy a tener
que irme a un pueblo porque no me deja vivir. Es que no me puedo
descuidar. Estoy en casa vistiéndome... siento un susurro, algo así como
paso de ladrones; miro, veo un bulto, doy un grito... Es ella, la rata
que ha entrado y se va escurriendo por entre los muebles. Nada; por
pronto que acudo, ya mi querida tía me ha registrado la ropa que está en
el perchero y se ha llevado todo lo que había en el bolsillo del
chaleco.

La fundadora, atacada de una hilaridad convulsiva, se reía con toda su
alma.

--Pero ven acá, pillo--dijo secándose las lágrimas que la risa había
hecho brotar de sus ojos--, si contigo no valen buenos medios. Anda,
hijo, el que te roba a ti..., ya sabes el refrán... el que te roba a ti
se va al Cielo derecho.

--A donde vas tú a ir es al _Modelo_...

--Cállate la boca, bobón, y no me denuncies, que te traerá peor
cuenta...

No siguió este diálogo, que prometía dar mucho juego, porque del salón
llamaron a Moreno con enérgica insistencia. Oíase desde el gabinete
rumor de un hablar vivo, y la mezclada agitación de varias voces, entre
las cuales se distinguían claramente las de Juan, Villalonga y Zalamero,
que acababan de entrar.

Moreno fue allá, y Guillermina, que aún no había acabado de reír, decía
a sus amigas.

«Es un angelón... No tenéis idea de la pasta celestial de que está
formado el corazón de este hombre».

Barbarita no tenía sosiego hasta no enterarse del por qué de aquel
tumulto que en el salón había. Fue a ver y volvió con el cuento:

«Hijas, que el rey se marcha».

--¡Qué dices, mujer!

--Que D. Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la
ventana y dice: «Vayan ustedes a marcar al Demonio».

--¡Todo sea por Dios! --exclamó Guillermina dando un suspiro y volviendo
imperturbable a su trabajo.

Jacinta pasó al salón, más que por enterarse de las noticias, por ver a
su marido que aquel día no había comido en casa.

«Oye--le dijo en secreto Guillermina, deteniéndola, y ambas se miraban
con picardía;--con veinte duros que le sonsaques hay bastante».



--iii--


«En Bolsa no se supo nada. Yo lo supe en el Bolsín a las diez--dijo
Villalonga--. Fui al Casino a llevar la noticia. Cuando volví al Bolsín,
se estaba haciendo el consolidado a 20.

--Lo hemos de ver a 10, señores --dijo el marqués de Casa-Muñoz en tono
de Hamlet.

--¡El Banco a 175...! --exclamó D. Baldomero pasándose la mano por la
cabeza, y arrojando hacia el suelo una mirada fúnebre.

--Perdone usted, amigo --rectificó Moreno Isla--. Está a 172, y si usted
quiere comprarme las mías a 170, ahora mismo las largo. No quiero más
papel de la querida patria. Mañana me vuelvo a Londres.

--Sí--dijo Aparisi poniendo semblante profético--; porque la que se va a
armar ahora aquí, será de órdago.

--Señores, no seamos impresionables--indicó el marqués de Casa-Muñoz,
que gustaba de dominar las situaciones con mirada alta--. Ese buen señor
se ha cansado; no era para menos; ha dicho: «ahí queda eso». Yo en su
caso habría hecho lo mismo. Tendremos algún trastorno; habrá su poco de
República; pero ya saben ustedes que las naciones no mueren...

--El golpe viene de fuera --manifestó Aparisi--. Esto lo veía yo venir.
Francia...

--No _involucremos_ las cuestiones, señores --dijo Casa-Muñoz poniendo
una cara muy parlamentaria--. Y si he de hablar ingenuamente, diré a
ustedes que a mí no me asusta la República, lo que me asusta es el
republicanismo.

Miró a todos para ver qué tal había caído esta frase. No podía dudarse
de que el murmullo aquel con que fue acogida era laudatorio.

«Señor Marqués --declaró Aparisi picado de rivalidad--, el pueblo
español es un pueblo digno... que en los momentos de peligro, sabe
ponerse...».

--¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?...--saltó el marqués incómodo,
anonadando a su contrario con una mirada--. No _involucre_ usted las
cuestiones.

Aparisi, propietario y concejal de oficio, era un hombre que se preciaba
de _poner los puntos sobre las íes_; pero con el marqués de Casa-Muñoz
no le valía su suficiencia, porque este no toleraba imposiciones y era
capaz de poner puntos sobre las haches. Había entre los dos una
rivalidad tácita, que se manifestaba en la emulación para lanzar
observaciones sintéticas sobre todas las cosas. Una mirada de profunda
antipatía era lo único que a veces dejaba entrever el pugilato
espiritual de aquellos dos atletas del pensamiento. Villalonga, que era
observador muy picaresco, aseguraba haber descubierto entre Aparisi y
Casa-Muñoz un antagonismo o competencia en la emisión de palabras
escogidas. Se desafiaban a cuál hablaba más por lo fino, y si el marqués
daba muchas vueltas al _involucrar_, al _ad hoc_, al _sui generis_ y
otros términos latinos, en seguida se veía al otro poniendo en prensa el
cerebro para obtener frases tan selectas como _la concatenación de las
ideas_. A veces parecía triunfante Aparisi, diciendo que tal o cual cosa
era el _bello ideal_ de los pueblos; pero Casa-Muñoz tomaba arranque y
diciendo _el desiderátum_, hacía polvo a su contrario.

Cuenta Villalonga que hace años hablaba Casa-Muñoz disparatadamente, y
sostiene y jura haberle oído decir, cuando aún no era marqués, que las
_puertas estaban herméticamente_ _ abiertas_; pero esto no ha llegado a
comprobarse. Dejando a un lado las bromas, conviene decir que era el
marqués persona apreciabilísima, muy corriente, muy afable en su trato,
excelente para su familia y amigos. Tenía la misma edad que D.
Baldomero; mas no llevaba tan bien los años. Su dentadura era artificial
y sus patillas teñidas tenían un viso carminoso, contrastando con la
cabeza sin pintar. Aparisi era mucho más joven, hombre que presumía de
pie pequeño y de manos bonitas, la cara arrebolada, el bigote castaño
cayendo a lo chino, los ojos grandes, y en la cabeza una de esas calvas
que son para sus poseedores un diploma de talento. Lo más característico
en el concejal perpetuo era la expresión de su rostro, semejante a la de
una persona que está oliendo algo muy desagradable, lo que provenía de
cierta contracción de los músculos nasales y del labio superior. Por lo
demás, buena persona, que no debía nada a nadie. Había tenido almacén de
maderas, y se contaba que en cierta época les puso los puntos sobre las
íes a los pinares de Balsain. Era hombre sin instrucción, y... lo que
pasa... por lo mismo que no la tenía gustaba de aparentarla. Cuenta el
tunante de Villalonga que hace años usaba Aparisi el _e pur si muove_
de Galileo; pero el pobrecito no le daba la interpretación verdadera, y
creía que aquel célebre dicho significaba _por si acaso_.

Así, se le oyó decir más de una vez: «Parece que no lloverá; pero sacaré
el paraguas _e pur si muove_».

Jacinta trincó a su marido por el brazo y le llevó un poquito aparte:

«Y qué, _nene_, ¿hay barricadas?».

--No, hija, no hay nada. Tranquilízate.

--¿No volverás a salir esta noche?... Mira que me asustaré mucho si
sales.

--Pues no saldré... ¿Qué... qué buscas?

Jacinta, riendo, deslizaba su mano por el forro de la levita, buscando
el bolsillo del pecho.

--¡Ay!, yo iba a ver si te sacaba la cartera sin que me sintieses...

--Vaya con la descuidera... --¡Quia!, si no sé... Esto quien lo hace
bien es Guillermina, que le saca a Manolo Moreno las pesetas del
bolsillo del chaleco sin que él lo sienta... A ver...

Jacinta, dueña ya de la cartera, la abrió.

--¿Te enfadarías si te quito este billete de veinte duros? ¿Te hace
falta?

--No por cierto. Toma lo que quieras.

--Es para Guillermina. Mamá le dio dos, y le falta un pico para poder
pagar mañana el trimestre del alquiler del asilo.

Contestole el Delfín apretándole con mucha efusión las dos manos y
arrugando el billete que estaba en ellas.

En cuanto Guillermina pescó lo que le faltaba para completar su
cantidad, dejó la costura y se puso el manto. Despidiéndose brevemente
de las dos señoras, atravesó el salón a prisa.

«¡A esa, a esa! --gritó Moreno--, sin duda se lleva algo. Caballeros,
vean ustedes si les falta el reloj. Bárbara, que debajo de la mantilla
de _la rata eclesiástica_ veo un bulto... ¿No había aquí candeleros de
plata?».

En medio de la jovial algazara que estas bromas producían, salió
Guillermina, esparciendo sobre todos una sonrisa inefable que parecía
una bendición.

En seguida, cebáronse todos con furia en el tema suculento de la partida
del Rey, y cada cual exponía sus opiniones con ínfulas de profecía, como
si en su vida hubieran hecho otra cosa que vaticinar acertando.
Villalonga estaba ya viendo a D. Carlos entrar en Madrid, y el marqués
de Casa-Muñoz hablaba de

_las exageraciones liberticidas_ de la demagogia roja y de la demagogia
blanca como si las estuviera mirando pintadas en la pared de enfrente;
el ex-subsecretario de Gobernación, Zalamero, leía clarito en el
porvenir el nombre del Rey Alfonso, y el concejal decía que _el
alfonsismo estaba aún en la nebulosa de lo desconocido_. El mismo
Aparisi y Federico Ruiz profetizaron luego en una sola cuerda... ¡Qué
demonio! Ellos no se asustaban de la República. Como si lo vieran... no
iba a pasar nada. Es que aquí somos muy impresionables, y por cualquier
contratiempo nos parece que se nos cae el Cielo encima. «Yo les aseguro
a ustedes --decía Aparisi, puesta la mano sobre el pecho--, que no
pasará nada, pero nada. Aquí no se tiene idea de lo que es el pueblo
español... Yo respondo de él, me atrevo a responder con la cabeza,
vaya...». Moreno no vaticinaba; no hacía más que decir: «Por si vienen
mal dadas, me voy mañana para Londres». Aquel ricacho soltero alardeaba
de carecer en absoluto del sentimiento de la patria, y estaba tan
extranjerizado que nada español le parecía bueno. Los autores dramáticos
lo mismo que las comidas, los ferrocarriles lo mismo que las industrias
menudas, todo le parecía de una inferioridad lamentable. Solía decir que
aquí los tenderos no saben envolver en un papel una libra de cualquier
cosa. «Compra usted algo, y después que le miden mal y le cobran caro,
el envoltorio de papel que le dan a usted se le deshace por el camino.
No hay que darle vueltas; somos una raza inhábil hasta no poder más».

Don Baldomero decía con acento de tristeza una cosa muy sensata: «¡Si D.
Juan Prim viviera...!». Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y
charlaban con Jacinta y doña Bárbara, tratando de quitarles el miedo. No
habría tiros, ni jarana... no sería preciso hacer provisiones... ¡Ah!
Barbarita soñaba ya con hacer provisiones. A la mañana siguiente, si no
había barricadas, ella y Estupiñá se ocuparían de eso.

Poco a poco fueron desfilando. Eran las doce. Aparisi y Casa-Muñoz se
fueron al Bolsín a saber noticias, no sin que antes de partir dieran una
nueva muestra de su rivalidad. El concejal de oficio estaba tan
excitado, que la contracción de su hocico se acentuaba, como si el olor
aquel imaginario fuera el de la aza fétida. Zalamero, que iba a
Gobernación, quiso llevarse al Delfín; pero este, a quien su mujer tenía
cogido del brazo, se negó a salir... «Mi mujer no me deja».

--Mi tocaya--dijo Villalonga--, se está volviendo muy
anticonstitucional.

Por fin se quedaron solos los de casa. Don Baldomero y Barbarita besaron
a sus hijos y se fueron a acostar. Esto mismo hicieron Jacinta y su
marido.



-VIII-

Escenas de la vida íntima



--i--


A poco de acostarse notó Jacinta que su marido dormía profundamente.
Observábale desvelada, tendiendo una mirada tenaz de cama a cama. Creyó
que hablaba en sueños... pero no; era simplemente quejido sin
articulación que acostumbraba a lanzar cuando dormía, quizá por causa de
una mala postura. Los pensamientos políticos nacidos de las
conversaciones de aquella noche, huyeron pronto de la mente de Jacinta.
¿Qué le importaba a ella que hubiese República o Monarquía, ni que D.
Amadeo se fuera o se quedase? Más le importaba la conducta de aquel
ingrato que a su lado dormía tan tranquilo. Porque no tenía duda de que
Juan andaba algo distraído, y esto no lo podían notar sus padres por la
sencilla razón de que no le veían nunca tan cerca como su mujer. El
pérfido guardaba tan bien las apariencias, que nada hacía ni decía _en
familia_ que no revelara una conducta regular y correctísima. Trataba a
su mujer con un cariño tal, que... vamos, se le tomaría por enamorado.
Sólo allí, de aquella puerta para adentro, se descubrían las trastadas;
sólo ella, fundándose en datos negativos, podía destruir la aureola que
el público y la familia ponían al glorioso Delfín. Decía su mamá que era
el marido modelo. ¡Valiente pillo! Y la esposa no podía contestar a su
suegra cuando le venía con aquellas historias... Con qué cara le diría:
«Pues no hay tal modelo, no señora, no hay tal modelo, y cuando yo lo
digo, bien sabido me lo tendré».

Pensando en esto, pasó Jacinta parte de aquella noche, atando cabos,
como ella decía, para ver si de los hechos aislados lograba sacar alguna
afirmación. Estos hechos, valga la verdad, no arrojaban mucha luz que
digamos sobre lo que se quería demostrar. Tal día y a tal hora Juan
había salido bruscamente, después de estar un rato muy pensativo, pero
muy pensativo. Tal día y a tal hora Juan había recibido una carta, que
le había puesto de mal humor. Por más que ella hizo, no la había podido
encontrar. Tal día y a tal hora, yendo ella y Barbarita por la calle de
Preciados, se encontraron a Juan que venía deprisa y muy abstraído. Al
verlas, quedose algo cortado; pero sabía dominarse pronto. Ninguno de
estos datos probaba nada; pero no cabía duda: su marido se la estaba
pegando.

De vez en cuando estas cavilaciones cesaban, porque Juan sabía
arreglarse de modo que su mujer no llegase a cargarse de razón para
estar descontenta. Como la herida a que se pone bálsamo fresco, la pena
de Jacinta se calmaba. Pero los días y las noches, sin saber cómo,
traíanla lentamente otra vez a la misma situación penosa. Y era muy
particular; estaba tan tranquila, sin pensar en semejante cosa, y por
cualquier incidente, por una palabra sin interés o referencia trivial,
le asaltaba la idea como un dardo arrojado de lejos por desconocida mano
y que venía a clavársele en el cerebro. Era Jacinta observadora,
prudente y sagaz. Los más insignificantes gestos de su esposo, las
inflexiones de su voz, todo lo observaba con disimulo, sonriendo cuando
más atenta estaba, escondiendo con mil zalamerías su vigilancia, como
los naturalistas esconden y disimulan el lente con que examinan el
trabajo de las abejas. Sabía hacer preguntas capciosas, verdaderas
trampas cubiertas de follaje. ¡Pero bueno era el otro para dejarse
coger!

Y para todo tenía el ingenioso culpable palabras bonitas: «La luna de
miel perpetua es un contrasentido, es... hasta ridícula. El entusiasmo
es un estado infantil impropio de personas normales. El marido piensa en
sus negocios, la mujer en las cosas de su casa, y uno y otro se tratan
más como amigos que como amantes. Hasta las palomas, hija mía, hasta las
palomas cuando pasan de cierta edad, se hacen cariños así... de una
manera sesuda». Jacinta se reía con esto; pero no admitía tales
componendas. Lo más gracioso era que él se las echaba de hombre ocupado.
¡Valiente truhán! ¡Si no tenía absolutamente nada que hacer más que
pasear y divertirse...! Su padre había trabajado toda la vida como un
negro para asegurar la holgazanería dichosa del príncipe de la casa...
En fin, fuese lo que fuese, Jacinta se proponía no abandonar jamás su
actitud de humildad y discreción. Creía firmemente que Juan no daría
nunca escándalos, y no habiendo escándalo, las cosas irían pasando así.
No hay existencia sin gusanillo, un parásito interior que la roe y a sus
expensas vive, y ella tenía dos: los apartamientos de su marido y el
desconsuelo de no ser madre. Llevaría ambas penas con paciencia, con tal
que no saltara algo más fuerte.

Por respeto a sí misma, nunca había hablado de esto a nadie, ni al mismo
Delfín. Pero una noche estaba este tan comunicativo, tan bromista, tan
pillín, que a Jacinta se le llenó la boca de sinceridad, y palabra tras
palabra, dio salida a todo lo que pensaba. «Tú me estás engañando, y no
es de ahora, es de hace tiempo. Si creerás que soy tonta... El tonto
eres tú».

La primera contestación de Santa Cruz fue romper a reír. Su mujer le
tapaba la boca para que no alborotase. Después el muy tunante empezó a
razonar sus explicaciones, revistiéndolas de formas seductoras. ¡Pero
qué huecas le parecieron a Jacinta, que en las dialécticas del corazón
era más maestra que él por saber amar de veras! Y a ella le tocó reír
después y desmenuzar tan livianos argumentos... El sueño, un sueño dulce
y mutuo les cogió, y se durmieron felices... Y ved lo que son las cosas,
Juan se enmendó, o al menos pareció enmendarse.

Tenía Santa Cruz en altísimo grado las triquiñuelas del artista de la
vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para
sistematizar y refinar sus dichas. Sacaba partido de todo, distribuyendo
los goces y ajustándolos a esas misteriosas mareas del humano apetito
que, cuando se acentúan, significan una organización viciosa. En el
fondo de la naturaleza humana hay también, como en la superficie social,
una sucesión de modas, periodos en que es de rigor cambiar de apetitos.
Juan tenía temporadas. En épocas periódicas y casi fijas se hastiaba de
sus correrías, y entonces su mujer, tan mona y cariñosa, le ilusionaba
como si fuera la mujer de otro. Así lo muy antiguo y conocido se
convierte en nuevo. Un texto desdeñado de puro sabido vuelve a interesar
cuando la memoria principia a perderle y la curiosidad se estimula.
Ayudaba a esto el tiernísimo amor que Jacinta le tenía, pues allí sí que
no había farsa, ni vil interés ni estudio. Era, pues, para el Delfín
una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto después de mil
borrascas. Parecía que se restauraba con un cariño tan puro, tan leal y
tan suyo, pues nadie en el mundo podía disputárselo.

En honor de la verdad, se ha de decir que Santa Cruz amaba a su mujer.
Ni aun en los días que más viva estaba la marea de la infidelidad, dejó
de haber para Jacinta un hueco de preferencia en aquel corazón que tenía
tantos rincones y callejuelas. Ni la variedad de aficiones y caprichos
excluía un sentimiento inamovible hacia su compañera por la ley y la
religión. Conociendo perfectamente su valer moral, admiraba en ella las
virtudes que él no tenía y que según su criterio, tampoco le hacían
mucha falta. Por esta última razón no incurría en la humildad de
confesarse indigno de tal joya, pues su amor propio iba siempre por
delante de todo, y teníase por merecedor de cuantos bienes disfrutaba o
pudiera disfrutar en este bajo mundo. Vicioso y discreto, sibarita y
hombre de talento, aspirando a la erudición de todos los goces y con
bastante buen gusto para espiritualizar las cosas materiales, no podía
contentarse con gustar la belleza comprada o conquistada, la gracia, el
donaire, la extravagancia; quería gustar también la virtud, no
precisamente vencida, que deja de serlo, sino la pura, que en su pureza
misma tenía para él su picante.



--ii--


Por lo dicho se habrá comprendido que el Delfín era un hombre
enteramente desocupado. Cuando se casó, hízole proposiciones don
Baldomero para que tomase algunos miles y negociara con ellos, ya
jugando a la Bolsa, ya en otra especulación cualquiera. Aceptó el joven,
mas no le satisfizo el ensayo, y renunció en absoluto a meterse en
negocios que traen muchas incertidumbres y desvelos. D. Baldomero no
había podido sustraerse a esa preocupación tan española de que los
padres trabajen para que los hijos descansen y gocen. Recreábase aquel
buen señor en la ociosidad de su hijo como un artesano se recrea en su
obra, y más la admira cuanto más doloridas y fatigadas se le quedan las
manos con que la ha hecho.

Conviene decir también que el joven aquel no era derrochador. Gastaba,
sí, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando
empezaban a exigirle algo de disipación. En tales casos era cuando la
virtud le mostraba su rostro apacible y seductor. Tenía cierto respeto
ingénito al bolsillo, y si podía comprar una cosa con dos pesetas, no
era él seguramente quien daba tres. En todas las ocasiones, el
desprenderse de una cantidad fuerte le costaba siempre algún trabajo, al
contrario de los dadivosos que cuando dan parece que se les quita un
peso de encima. Y como conocía tan bien el valor de la moneda, sabía
emplearla en la adquisición de sus goces de una manera prudente y casi
mercantil. Ninguno sabía como él _sacar el jugo_ a un billete de cinco
duros o de veinte. De la cantidad con que cualquier manirroto se
proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos.

A fuer de hábil financiero, sabía pasar por generoso cuando el caso lo
exigía. Jamás hizo locuras, y si alguna vez sus apetitos le llevaron a
ciertas pendientes, supo agarrarse a tiempo para evitar un resbalón. Una
de las más puras satisfacciones de los señores de Santa Cruz era saber a
ciencia cierta que su hijo no tenía trampas, como la mayoría de los
hijos de familia en estos depravados tiempos.

Algo le habría gustado a D. Baldomero que el Delfín diera a conocer sus
eximios talentos en la política. ¡Oh!, si él se lanzara, seguramente
descollaría. Pero Barbarita le desanimaba. «¡La política, la política!
¿Pues no estamos viendo lo que es? Una comedia. Todo se vuelve
habladurías y no hacer nada de provecho...». Lo que hacía cavilar algo a
D. Baldomero II era que su hijo no tuviese la firmeza de ideas que él
tenía, pues él pensaba el 73 lo mismo que había pensado el 45; es decir,
que debe haber mucha libertad y mucho palo, que la libertad hace muy
buenas migas con la religión, y que conviene perseguir y escarmentar a
todos los que van a la política a hacer chanchullos.

Porque Juan era la inconsecuencia misma. En los tiempos de Prim,
manifestose entusiasta por la candidatura del duque de Montpensier. «Es
el hombre que conviene, desengañaos, un hombre que lleva al dedillo las
cuentas de su casa, un modelo de padre de familia». Vino D. Amadeo, y el
Delfín se hizo tan republicano que daba miedo oírle. «La Monarquía es
imposible; hay que convencerse de ello. Dicen que el país no está
preparado para la República; pues que lo preparen. Es como si se
pretendiera que un hombre supiera nadar sin decidirse a entrar en el
agua. No hay más remedio que pasar algún mal trago... La desgracia
enseña... y si no, vean esa Francia, esa prosperidad, esa inteligencia,
ese patriotismo... esa manera de pagar los cinco mil millones...». Pues
señor, vino el 11 de Febrero y al principio le pareció a Juan que todo
iba a qué quieres boca. «Es admirable. La Europa está atónita. Digan lo
que quieran, el pueblo español tiene un gran sentido». Pero a los dos
meses, las ideas pesimistas habían ganado ya por completo su ánimo.
«Esto es una pillería, esto es una vergüenza. Cada país tiene el
Gobierno que merece, y aquí no puede gobernar más que un hombre que esté
siempre con una estaca en la mano». Por gradaciones lentas, Juanito
llegó a defender con calor la idea alfonsina. «Por Dios, hijo--decía D.
Baldomero con inocencia--, si eso no puede ser» y sacaba a relucir los
_jamases_ de Prim. Poníase Barbarita de parte del desterrado príncipe, y
como el sentimiento tiene tanta parte en la suerte de los pueblos, todas
las mujeres apoyaban al príncipe y le defendían con argumentos sacados
del corazón. Jacinta dejaba muy atrás a las más entusiastas por D.
Alfonso. «¡Es un niño!»... Y no daba más razón.

Teníase a sí mismo el heredero de Santa Cruz por una gran persona.
Estaba satisfecho, cual si se hubiera creado y visto que era bueno.
«Porque yo--decía esforzándose en aliar la verdad con la modestia--, no
soy de lo peorcito de la humanidad. Reconozco que hay seres superiores a
mí, por ejemplo, mi mujer; pero ¡cuántos hay inferiores, cuántos!». Sus
atractivos físicos eran realmente grandes, y él mismo lo declaraba en
sus soliloquios íntimos: «¡Qué guapo soy! Bien dice mi mujer que no hay
otro más salado. La pobrecilla me quiere con delirio... y yo a ella lo
mismo, como es justo. Tengo la gran figura, visto bien, y en modales y
en trato me parece... que somos algo». En la casa no había más opinión
que la suya; era el oráculo de la familia y les cautivaba a todos no
sólo por lo mucho que le querían y mimaban, sino por el sortilegio de su
imaginación, por aquella bendita labia suya y su manera de insinuarse.
La más subyugada era Jacinta, quien no se hubiera atrevido a sostener
delante de la familia que lo blanco es blanco, si su querido esposo
sostenía que es negro. Amábale con verdadera pasión, no teniendo poca
parte en este sentimiento la buena facha de él y sus relumbrones
intelectuales. Respecto a las perfecciones morales que toda la familia
declaraba en Juan, Jacinta tenía sus dudas. Vaya si las tenía. Pero
viéndose sola en aquel terreno de la incertidumbre, llenábase de
tristeza y decía: «¿Me estaré quejando de vicio? ¿Seré yo, como
aseguran, la más feliz de las mujeres, y no habré caído en ello?».

Con estas consideraciones azotaba y mortificaba su inquietud para
aplacarla como los penitentes vapulean la carne para reducirla a la
obediencia del espíritu. Con lo que no se conformaba era con no tener
chiquillos, «porque todo se puede ir conllevando --decía--, menos eso.
Si yo tuviera un niño, me entretendría mucho con él, y no pensaría en
ciertas cosas». De tanto cavilar en esto, su mente padecía alucinaciones
y desvaríos. Algunas noches, en el primer periodo del sueño, sentía
sobre su seno un contacto caliente y una boca que la chupaba. Los
lengüetazos la despertaban sobresaltada, y con la tristísima impresión
de que todo aquello era mentira, lanzaba un ¡ay!, y su marido le decía
desde la otra cama: «¿Qué es eso, nenita?... ¿pesadilla?».--«Sí, hijo,
un sueño muy malo». Pero no quería decir la verdad por temor de que Juan
lo tomara a risa.

Los pasillos de su gran casa le parecían lúgubres, sólo porque no sonaba
en ellos el estrépito de las pataditas infantiles. Las habitaciones
inservibles destinadas a la chiquillería, _cuando la hubiera_,
infundíanle tal tristeza, que los días en que se sentía muy tocada de la
manía, no pasaba por ellas. Cuando por las noches veía entrar de la
calle a D. Baldomero, tan bondadoso y jovial, siempre con su cara de
Pascua, vestido de finísimo paño negro y tan limpio y sonrosado, no
podía menos de pensar en los nietos que aquel señor debía tener para que
hubiera lógica en el mundo, y decía para sí: «¡Qué abuelito se están
perdiendo!».

Una noche fue al teatro Real de muy mala gana. Había estado todo el día
y la noche anterior en casa de Candelaria que tenía enferma a la niña
pequeña. Mal humorada y soñolienta, deseaba que la ópera se acabase
pronto; pero desgraciadamente la obra, como de Wagner, era muy larga,
música excelente según Juan y todas las personas de gusto, pero que a
ella no le hacía maldita gracia. No lo entendía, vamos. Para ella no
había más música que la italiana, mientras más clarita y más de
organillo mejor. Puso su muestrario en primera fila, y se colocó en la
última silla de atrás. Las tres pollas, Barbarita II, Isabel y Andrea,
estaban muy gozosas, sintiéndose flechadas por mozalbetes del paraíso y
de palcos por asiento. También de butacas venía algún anteojazo bueno.
Doña Bárbara no estaba. Al llegar al cuarto acto, Jacinta sintió
aburrimiento. Miraba mucho al palco de su marido y no le veía. ¿En dónde
estaba? Pensando en esto, hizo una cortesía de respeto al gran Wagner,
inclinando suavemente la graciosa cabeza sobre el pecho. Lo último que
oyó fue un trozo descriptivo en que la orquesta hacía un rumor semejante
al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las
noches de verano. Al arrullo de esta música, cayó la dama en sueño
profundísimo, uno de esos sueños intensos y breves en que el cerebro
finge la realidad como un relieve y un histrionismo admirables. La
impresión que estos letargos dejan suele ser más honda que la que nos
queda de muchos fenómenos externos y apreciados por los sentidos.
Hallábase Jacinta en un sitio que era su casa y no era su casa... Todo
estaba forrado de un satén blanco con flores que el día anterior había
visto ella y Barbarita en casa de Sobrino... Estaba sentada en un _puff_
y por las rodillas se le subía un muchacho lindísimo, que primero le
cogía la cara, después le metía la mano en el pecho. «Quita, quita...
eso es caca... ¡qué asco!... cosa fea, es para el gato...». Pero el
muchacho no se daba a partido. No tenía más que la camisa de finísima
holanda, y sus carnes finas resbalaban sobre la seda de la bata de su
mamá. Era una bata color _azul gendarme_ que semanas antes había
regalado a su hermana Candelaria... «No, no, eso no... quita...
caca...». Y él insistiendo siempre, pesadito, monísimo. Quería
desabotonar la bata, y meter mano. Después dio cabezadas contra el seno.
Viendo que nada conseguía, se puso serio, tan extraordinariamente serio
que parecía un hombre. La miraba con sus ojazos vivos y húmedos,
expresando en ellos y en la boca todo el desconsuelo que en la humanidad
cabe. Adán, echado del paraíso, no miraría de otro modo el bien que
perdía. Jacinta quería reírse; pero no podía porque el pequeño le
clavaba su inflamado mirar en el alma. Pasaba mucho tiempo así, el
niño-hombre mirando a su madre, y derritiendo lentamente la entereza de
ella con el rayo de sus ojos. Jacinta sentía que se le desgajaba algo en
sus entrañas. Sin saber lo que hacía soltó un botón... Luego otro. Pero
la cara del chico no perdía su seriedad. La madre se alarmaba y... fuera
el tercer botón... Nada, la cara y la mirada del nene siempre adustas,
con una gravedad hermosa, que iba siendo terrible... El cuarto botón,
el quinto, todos los botones salieron de los ojales haciendo gemir la
tela. Perdió la cuenta de los botones que soltaba. Fueron ciento, puede
que mil... Ni por esas... La cara iba tomando una inmovilidad
sospechosa. Jacinta, al fin, metió la mano en su seno, sacó lo que el
muchacho deseaba, y le miró segura de que se desenojaría cuando viera
una cosa tan rica y tan bonita... Nada; cogió entonces la cabeza del
muchacho, la atrajo a sí, y que quieras que no le metió en la boca...
Pero la boca era insensible, y los labios no se movían. Toda la cara
parecía de una estatua. El contacto que Jacinta sintió en parte tan
delicada de su epidermis, era el roce espeluznante del yeso, roce de
superficie áspera y polvorosa. El estremecimiento que aquel contacto le
produjo dejola por un rato atónita, después abrió los ojos, y se hizo
cargo de que estaban allí sus hermanas; vio los cortinones pintados de
la boca del teatro, la apretada concurrencia de los costados del
paraíso. Tardó un rato en darse cuenta de dónde estaba y de los
disparates que había soñado, y se echó mano al pecho con un movimiento
de pudor y miedo. Oyó la orquesta, que seguía imitando a los mosquitos,
y al mirar al palco de su marido, vio a Federico Ruiz, el gran melómano,
con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, oyendo y
gustando con fruición inmensa la deliciosa música de los violines con
sordina. Parecía que le caía dentro de la boca un hilo del clarificado
más fino y dulce que se pudiera imaginar. Estaba el hombre en un puro
éxtasis. Otros melómanos furiosos vio la dama en el palco; pero ya había
concluido el cuarto acto y Juan no parecía.



--iii--


Si todo lo que les pasa a las personas superiores mereciera una
efeméride, es fácil que en una hoja de calendario americano,
correspondiente a Diciembre del 73, se encontrara este parrafito: «Día
_tantos_: fuerte catarro de Juanito Santa Cruz. La imposibilidad de
salir de casa le pone de un humor de doscientos mil diablos». Estaba
sentado junto a la chimenea, envuelto de la cintura abajo en una manta
que parecía la piel de un tigre, gorro calado hasta las orejas, en la
mano un periódico, en la silla inmediata tres, cuatro, muchos
periódicos. Jacinta le daba bromas por su forzada esclavitud, y él,
hallando distracción en aquellas guasitas, hizo como que le pegaba, la
cogió por un brazo, le atenazó la barba con los dedos, le sacudió la
cabeza, después le dio bofetadas, terribles bofetadas, y luego
muchísimos porrazos en diferentes partes del cuerpo, y grandes pinchazos
o estocadas con el dedo índice muy tieso. Después de bien cosida a
puñaladas, le cortó la cabeza segándole el pescuezo, y como si aún no
fuera bastante sevicia, la acribilló con cruelísimas e inhumanas
cosquillas, acompañando sus golpes de estas feroces palabras: «¡Qué
_guasoncita_ se me ha vuelto mi nena!... Voy yo a enseñar a mi payasa a
dar bromitas, y le voy a dar una solfa buena para que no le queden ganas
de...».

Jacinta se desbarataba de risa, y el Delfín hablando con un poco de
seriedad, prosiguió: «Bien sabes que no soy callejero... A fe que te
puedes quejar. Maridos conozco que cuando ponen el pie en la calle, del
tirón se están tres días sin parecer por la casa. Estos podrían tomarme
a mí por modelo».

--Mariquita date tono--replicó Jacinta secándose las lágrimas que la
risa y las cosquillas le habían hecho derramar--. Ya sé que hay otros
peores; pero no pongo yo mi mano en el fuego porque seas el número uno.

Juan meneó la cabeza en señal de amenaza. Jacinta se puso lejos de su
alcance, por si se repetían las bárbaras cosquillas.

«Es que tú exiges demasiado» dijo el marido, deplorando que su mujer no
le tuviese por el más perfecto de los seres creados.

Jacinta hizo un mohín gracioso con fruncimiento de cejas y labios, el
cual quería decir: «No me quiero meter en discusiones contigo, porque
saldría con las manos en la cabeza». Y era verdad, porque el Delfín
hacía las prestidigitaciones del razonamiento con muchísima habilidad.

«Bueno--indicó ella--. Dejémonos de tonterías. ¿Qué quieres almorzar?».

--Eso mismo venía yo a saber --dijo doña Bárbara apareciendo en la
puerta--. Almorzarás lo que quieras; pero pongo en tu conocimiento, para
tu gobierno, que he traído unas calandrias riquísimas. _Divinidades_,
como dice Estupiñá.

--Tráiganme lo que quieran, que tengo más hambre que un maestro de
escuela.

Cuando salieron las dos damas, Santa Cruz pensó un ratito en su mujer,
formulando un panegírico mental. ¡Qué ángel! Todavía no había acabado él
de cometer una falta, y ya estaba ella perdonándosela. En los días
precursores del catarro, hallábase mi hombre en una de aquellas etapas o
mareas de su inconstante naturaleza, las cuales, alejándole de las
aventuras, le aproximaban a su mujer. Las personas más hechas a la vida
ilegal sienten en ocasiones vivo anhelo de ponerse bajo la ley por poco
tiempo. La ley las tienta como puede tentar el capricho. Cuando Juan se
hallaba en esta situación, llegaba hasta desear permanecer en ella; aún
más, llegaba a creer que seguiría. Y la Delfina estaba contenta. «Otra
vez ganado--pensaba--. ¡Si la buena durara!... ¡si yo pudiera ganarle de
una vez para siempre y derrotar en toda la línea a las
_cantonales_...!».

Don Baldomero entró a ver a su hijo antes de pasar al comedor. «¿Qué es
eso, chico? Lo que yo digo: no te abrigas. ¡Qué cosas tenéis tú y
Villalonga! ¡Pararse a hablar a las diez de la noche en la esquina del
Ministerio de la Gobernación, que es otra punta del diamante! Te vi.
Venía yo con Cantero de la Junta del Banco. Por cierto que estamos
desorientados. No se sabe a dónde irá a parar esta anarquía. ¡Las
acciones a 138!... Pase usted, Aparisi... Es Aparisi que viene a
almorzar con nosotros».

El concejal entró y saludó a los dos Santa Cruz.

--¿Qué periódicos has leído?--preguntó el papá calándose los quevedos,
que sólo usaba para leer--. Toma _La Época_ y dame _El Imparcial_...
Bueno, bueno va esto. ¡Pobre España! Las acciones a 138... el
consolidado a 13.

--¿Qué 13?... Eso quisiera usted--observó el eterno concejal--. Anoche
lo ofrecían a 11 en el Bolsín y no lo quería nadie. Esto es el diluvio.

Y acentuando de una manera notabilísima aquella expresión de oler una
cosa muy mala, añadió que todo lo que estaba pasando lo había previsto
él, y que los sucesos no discrepaban ni tanto así de lo que _día por
día_ había venido él profetizando. Sin hacer mucho caso de su amigo, D.
Baldomero leyó en voz alta la noticia o estribillo de todos los días.
«La partida tal entró en tal pueblo, quemó el archivo municipal, se
racionó, y volvió a salir... La columna tal perseguía activamente al
cabecilla cual, y después de racionarse...».

«Ea--dijo sin acabar de leer--, vamos a racionarnos nosotros. El marqués
no viene. Ya no se le espera más».

En esto entró Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que
había de almorzar el enfermo. Poco después apareció Jacinta trayendo
platos. Después de saludarla, Aparisi le dijo:

«Guillermina me ha dado un recado para usted... Hoy no hay _odisea
filantrópica_ a la _parroquia de la chinche_, porque anda en busca de
ladrillo portero para cimientos. Ya tiene hecho todo el vaciado del
edificio... y por poco dinero. Unos carros trabajando a destajo, otros
de limosna, aquel que ayuda medio día, el otro que va un par de horas,
ello es que no le sale el metro cúbico ni a cinco reales. Y no sé qué
tiene esa mujer. Cuando va a examinar las obras, parece que hasta las
mulas de los carros la conocen y tiran más fuerte para darle gusto...
Francamente, yo que siempre creí que el tal edificio no era _factible_,
voy viendo...

«Milagro, milagro» apuntó D. Baldomero en marcha hacia el comedor.

--¿Y tú?--preguntó Juan a su consorte al quedarse solos--. ¿Almuerzas
aquí o allá?

--¿Quieres que aquí? Almorzaré en las dos partes. Dice tu mamá que te
estoy mimando mucho.

--Toma, golosa--le dijo él alargándole un pedazo de tortilla en el
tenedor.

Después de comérselo, la Delfina corrió al comedor. Al poco rato volvió
riendo.

«Aquí te tengo reservada esta pechuga de calandria. Toma, abre la
boquita, nena».

La nena cogió el tenedor, y después de comerse la pechuga, volvió a
reír.

--¡Qué alegre está el tiempo!

--Es que ha llegado el marqués, y desde que se sentó en la mesa
empezaron Aparisi y él a tirotearse.

--¿Qué han dicho? --Aparisi afirmó que la Monarquía no era _factible_, y
después largó un _ipso facto_, y otras cosas muy finas.

Juan soltó la carcajada. «El marqués estará furioso».

--Come en silencio, meditando una venganza. Te contaré lo que ocurra.
¿Quieres pescadilla?, ¿quieres bistec?

--Tráeme lo que quieras con tal que vengas pronto.

Y no tardó en volver, trayendo un plato de pescado.

«Hijo de mi vida, le mató».

--¿Quién?

--El marqués a Aparisi... le dejó en el sitio.

--Cuenta, cuenta. --Pues de primera intención soltole a su enemigo un
_delirium tremens_ a boca de jarro, y después, sin darle tiempo de
respirar, un _mane tegel fare_. El otro se ha quedado como atontado por
el golpe. Veremos con lo que sale.

--¡Qué célebre! Tomaremos café juntos--dijo Santa Cruz--. Vente pronto
para acá. ¡Qué coloradita estás!

--Es de tanto reírme. --Cuando digo que me estás haciendo tilín...

--Al momento vuelvo... Voy a ver lo que salta por allá. Aparisi está
indignado con Castelar, y dice que lo que le pasa a Salmerón es porque
no ha seguido sus consejos...

--¡Los consejos de Aparisi! --Sí, y al marqués lo que le tiene con el
alma en un hilo es que se levante _la masa obrera_.

Volvió Jacinta al comedor, y el último cuento que trajo fue este:

«Chico, si estás allí te mueres de risa. ¡Pobre Muñoz! El otro se ha
rehecho y le está soltando unos primores... Figúrate. Ahora está
contando que ha visto un proyectil de los que tiran los carcas, y el
fusil Berdan... No dice agujeros, sino _orificios_. Todo se vuelve
_orificios_, y el marqués no sabe lo que le pasa...».

No pudo seguir, porque entró Muñoz, fumando un gran puro, a saludar al
enfermo.

«Hola, Juanín... ¿Estamos _exclaustrados_?... ¿Y qué es?... ¿coriza? Eso
es bueno, y cuando la mucosa necesita eliminar, que elimine... En fin,
yo me...». Iba a decir _me largo_; pero al ver entrar a Aparisi (tal
creyeron Jacinta y su marido), dijo: «me ausento».

A eso de las tres, marido y mujer estaban solos en el despacho, él en el
sillón leyendo periódicos, ella arreglando la habitación que estaba algo
desordenada. Barbarita había salido a comprar. El criado anunció a un
hombre que quería hablar con el _señor joven_.

--Ya sabes que no recibe--dijo la señorita, y tomando de manos de Blas
una tarjeta que este traía leyó: _José Ido del Sagrario, corredor de
publicaciones nacionales y extranjeras_.

--Que entre, que entre al instante --ordenó Santa Cruz, saltando en su
asiento--. Es el loco más divertido que puedes imaginar. Verás cómo nos
reímos... Cuando nos cansemos de oírle, le echamos. ¡Tipo más
célebre...! Le vi hace días en casa de Pez, y nos hizo morir de risa.

Al poco rato entró en el despacho un hombre muy flaco, de cara enfermiza
y toda llena de lóbulos y carúnculas, los pelos bermejos y muy tiesos,
como crines de escobillón, la ropa prehistórica y muy raída, corbata
roja y deshilachada, las botas muertas de risa. En una mano traía el
sombrero que era un _claque_ del año en que esta prenda se inventó, el
primogénito de los _claques _ sin género de duda, y en la otra un lío de
carteras-prospectos para hacer suscriciones a libros de lujo, las cuales
estaban tan sobadas, que la mugre no permitía ver los dorados de la
pasta. Impresionó penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de
miseria en traje de persona decente, y más lástima tuvo cuando le vio
saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato
social.

«Hola, Sr. de Ido... ¡cuánto gusto de verle!--le dijo Santa Cruz con
fingida seriedad--. Siéntese, y dígame qué le trae por aquí».

--Con permiso... ¿Quiere usted _Mujeres célebres_?

Jacinta y su marido se miraron. --O _Mujeres de la Biblia_--prosiguió
Ido, enseñando carteras--. Como el Sr. de Santa Cruz me dijo el otro día
en casa del Sr. de Pez que deseaba conocer las publicaciones de las
casas de Barcelona que tengo el honor de representar... ¿O quiere usted
_Cortesanas célebres, Persecuciones religiosas, Hijos del Trabajo,
Grandes inventos, Dioses del Paganismo_...?



--iv--


Basta, basta, no cite usted más obras ni me enseñe más carteras. Ya le
dije que no me gustan libros por suscrición. Se extravían las entregas,
y es volverse loco... Prefiero tomar alguna obra completa. Pero no tenga
prisa. Estará usted cansado de tanto correr por ahí. ¿Quiere tomar una
copita?

--Muchísimas gracias. Nunca bebo.

--¿No?, pues el otro día, cuando nos vimos en casa de Joaquín, decía
este que estaba usted algo peneque... se entiende, un poco alegre...

--Perdone usted, Sr. de Santa Cruz --replicó Ido avergonzado--. Yo no me
embriago; no me he embriagado jamás. Algunas veces, sin saber cómo ni
por qué, me entra cierta excitación, y me pongo así, nervioso y como
echando chispas... me pongo eléctrico. ¿Ven ustedes?... ya lo estoy.
Fíjese usted, Sr. D. Juan, y observe cómo se me mueve el párpado
izquierdo y el músculo este de la quijada en el mismo lado. ¿Lo ve
usted...?, ya está la función armada. Francamente, así no se puede
vivir. Los médicos me dicen que coma carne. Como carne y me pongo peor.
Ea, ya estoy como un muelle de reloj... Si usted me da su permiso me
retiro...

--Hombre, no, descanse usted. Eso se le pasará. ¿Quiere usted un vaso de
agua?

Jacinta sintió que no le dejase marchar, porque la idea de que el hombre
aquel iba a caer allí con una pataleta le inspiraba repugnancia y miedo.
Como Juan insistiese en lo del vaso de agua, díjole a su esposa por lo
bajo: «Este infeliz lo que tiene es hambre».

--A ver, Sr. de Ido--indicó la dama--, ¿se comería usted una chuletita?

Don José respondió tácitamente, con la expresión de una incredulidad
profunda. Cada vez parecía más extraño su mirar y más acentuado el
temblor del párpado y la mejilla.

--Perdóneme usted, señora... Como la cabeza se me va, no puedo hacerme
cargo de nada. Usted ha dicho que si me comería yo una...

--Una chuletita. --Mi cabeza no puede apreciar bien... Padezco de
olvidos de nombres y cosas. ¿A qué llama usted una chuleta?--añadió
llevándose la mano a las erizadas crines, por donde se le escapaba la
memoria y le entraba la electricidad--. ¿Por ventura, lo que usted
llama... no sé cómo, es un pedazo de carne con un rabito que es de
hueso?

--Justo. Llamaré para que se la traigan.

--No se moleste, señora. Yo llamaré.

--Que le traigan dos--dijo el señorito gozando con la idea de ver comer
a un hambriento.

Jacinta salió, y mientras estuvo fuera Ido hablaba de su mala suerte.

«En este país, Sr. D. Juanito, no se protege a las letras. Yo que he
sido profesor de primera enseñanza, yo que he escrito obras de amena
literatura tengo que dedicarme a correr publicaciones para llevar un
pedazo de pan a mis hijos... Todos me lo dicen: si yo hubiera nacido en
Francia, ya tendría _hotel_...».

--Eso es indudable. ¿No ve usted que aquí no hay quien lea, y los pocos
que leen no tienen dinero?...

--Naturalmente--decía Ido a cada instante, echando ansiosas miradas en
redondo por ver si aparecía la chuleta.

Jacinta entró con un plato en la mano. Tras ella vino Blas con el mismo
velador en que había almorzado el señorito, un cubierto, servilleta,
panecillo, copa y botella de vino. Miró estas cosas Ido con estupor
famélico, no bien disimulado por la cortesía, y le entró una risa
nerviosa, señal de hallarse próximo a la plenitud de aquel estado que
llamaba eléctrico. La Delfina se volvió a sentar junto a su marido y
miraba entre espantada y compasiva al desgraciado D. José. Este dejó en
el suelo las carteras y el _claque_, que no se cerraba nunca, y cayó
sobre las chuletas como un tigre... Entre los mascullones salían de su
boca palabras y frases desordenadas: «Agradecidísimo... Francamente,
habría sido falta de educación desairar... No es que tenga apetito,
naturalmente... He almorzado fuerte... ¿pero cómo desairar?
Agradecidísimo...».

--Observo una cosa, querido D. José--dijo Santa Cruz.

--¿Qué? --Que no masca usted lo que come. --¡Oh!, ¿le interesa a usted
que masque?

--No, a mí no. --Es que no tengo muelas... Como como los pavos.
Naturalmente... así me sienta mejor.

--¿Y no bebe usted? --Media copita nada más... El vino no me hace
provecho; pero muy agradecido, muy agradecido...--y a medida que iba
comiendo, le bailaban más el párpado y el músculo, que parecían ya
completamente declarados en huelga. Notábase en sus brazos y cuerpo
estremecimientos muy bruscos, como si le estuvieran haciendo cosquillas.

«Aquí donde le ves--dijo Santa Cruz--, se tiene una de las mujeres más
guapas de Madrid».

Hizo un signo a Jacinta que quería decir: «Espérate, que ahora viene lo
bueno».

--¿Es de veras? --Sí. No se la merece. Ya ves que él es feo adrede.

--Mi mujer... Nicanora... --murmuró Ido sordamente, ya en el último
bocado--, la Venus de Médicis... carnes de raso...

--¡Tengo unas ganas de conocer a esa célebre hermosura...!--afirmó Juan.

Don José no había dejado nada en el plato más que el hueso. Después
exhaló un hondísimo suspiro, y llevándose la mano al pecho, dejó escapar
con bronca voz estas palabras:

--La hermosura exterior nada más... sepulcro blanqueado... corazón lleno
de víboras.

Su mirada infundió tanto terror a Jacinta, que dijo por señas a su
marido que le dejara salir. Pero el otro, queriendo divertirse un rato,
hostigó la demencia de aquel pobre hombre para que saltara.

«Venga acá, querido D. José. ¿Qué tiene usted que decir de su esposa, si
es una santa?».

--¡Una santa!, ¡una santa! --repitió Ido, con la barba pegada al pecho y
echando al Delfín una mirada que en otra cara habría sido feroz--. Muy
bien, señor mío. ¿Y usted en qué se funda para asegurarlo sin pruebas?

--La voz pública lo dice. --Pues la voz pública se engaña--gritó Ido
alargando el cuello y accionando con energía--. La voz pública no sabe
lo que se pesca.

--Pero cálmese usted, pobre hombre--se atrevió a expresar Jacinta--. A
nosotros no nos importa que su mujer de usted sea lo que quiera.

--¡Que no les importa!... --replicó Ido con entonación trágica de actor
de la legua--. Ya sé que estas cosas a nadie le importan más que a mí,
al esposo ultrajado, al hombre que sabe poner su honor por encima de
todas las cosas.

--Es claro que a él le importa principalmente--dijo Santa Cruz
hostigándole más--. Y que tiene el genio blando este señor Ido.

--Y para que usted, señora --añadió el desgraciado mirando a Jacinta de
un modo que la hizo estremecer--, pueda apreciar la justa indignación de
un hombre de honor, sepa que mi esposa es... ¡adúuultera!

Dijo esta palabra con un alarido espantoso, levantándose del asiento y
extendiendo ambos brazos como suelen hacer los bajos de ópera cuando
echan una maldición. Jacinta se llevó las manos a la cabeza. Ya no podía
resistir más aquel desagradable espectáculo. Llamó al criado para que
acompañara al desventurado corredor de obras literarias. Pero Juan,
queriendo divertirse más, procuraba calmarle.

«Siéntese, Sr. D. José, y no se excite tanto. Hay que llevar estas cosas
con paciencia».

--¡Con paciencia, con paciencia! --exclamó Ido, que en su estado
eléctrico repetía siempre la última frase que se le decía, como si la
mascase, a pesar de no tener muelas.

--Sí, hombre; estos tragos no hay más remedio que irlos pasando. Amargan
un poco; pero al fin el hombre, como dijo el otro, se va _jaciendo_.

--¡Se va _jaciendo_! ¿Y el honor, señor de Santa Cruz?...

Y otra vez hincaba la barba en el pecho, mirando con los ojos medio
escondidos en el casco, y cerrándolos de súbito, como los toros que
bajan el testuz para acometer. Las carúnculas del cuello se le
inyectaban de tal modo, que casi eclipsaban el rojo de la corbata.
Parecía un pavo cuando la excitación de la pelea con otro pavo le
convierte en animal feroz.

--El honor--expresó Juan--. ¡Bah!, el honor es un sentimiento
convencional...

Ido se acercó paso a paso a Santa Cruz y le tocó en el hombro muy
suavemente, clavándole sus ojos de pavo espantado. Después de una larga
pausa, durante la cual Jacinta se pegó a su marido como para defenderle
de una agresión, el infeliz dijo esto, empezando muy bajito como si
secreteara, y elevando gradualmente la voz hasta terminar de una manera
estentórea: «Y si usted descubre que su mujer, la Venus de Médicis, la
de las carnes de raso, la del cuello de cisne, la de los ojos cual
estrellas... si usted descubre que esa divinidad, a quien usted ama con
frenesí, esa dama que fue tan pura; si usted descubre, repito, que falta
a sus deberes y acude a misteriosas citas con un duque, con un grande de
España, sí señor, con el mismísimo duque de Tal».

--Hombre, eso es muy grave, pero muy grave--afirmó Juan, poniéndose más
serio que un juez--. ¿Está usted seguro de lo que dice?

--¡Que si estoy seguro!... Lo he visto, lo he visto.

Pronunció esto con oprimido acento, como quien va a romper en llanto.

--Y usted, Sr. D. José de mi alma--dijo Santa Cruz fingiéndose, no ya
serio sino consternado--, ¿qué hace que no pide una satisfacción al
duque?

--¡Duelos... duelitos a mí!--replicó Ido con sarcasmo--. Eso es para los
tontos. Esas cosas se arreglan de otro modo.

Y vuelta a empezar bajito, para concluir a gritos:

«Yo haré justicia, se lo juro a usted... Espero cogerlos _in fraganti_
otra vez, _in fraganti_, Sr. D. Juan. Entonces aparecerán los dos
cadáveres atravesados por una sola espada... Esta es la venganza, esta
es la ley... por una sola espada... Y me quedaré tan fresco, como si tal
cosa. Y podré salir por ahí mostrando mis manos manchadas con la sangre
de los adúlteros y decir a gritos: 'Aprended de mí, maridos, a defender
vuestro honor. Ved estas manos justicieras, vedlas y besadlas...'. Y
vendrán todos... toditos a besarme las manos. Y será un besamanos,
porque hay tantos, tantísimos...».

Al llegar a este grado de su lastimoso acceso, el infeliz Ido ya no
tenía atadero. Gesticulaba en medio de la habitación, iba de un lado
para otro, parábase delante de los esposos sin ninguna muestra de
respeto, daba rápidas vueltas sobre un tacón y tenía todas las trazas
de un hombre completamente irresponsable de lo que dice y hace. El
criado estaba en la puerta riendo, esperando que sus amos le mandasen
poner a aquel adefesio en la calle. Por fin, Juan hizo una seña a Blas;
y a su mujer le dijo por lo bajo: «dale un par de duros». Dejose
conducir hasta la puerta el pobre D. José sin decir una palabra, ni
despedirse. Blas le puso en la cabeza el primogénito de todos los
_claques_, en una mano las mugrientas carteras, en otra los dos duros
que para el caso le dio la señorita; la puerta se cerró y oyose el
pesado, inseguro paso del hombre eléctrico por las escaleras abajo.

--A mí no me divierte esto --opinó Jacinta--. Me da miedo. ¡Pobre
hombre! La miseria, el no comer le habrán puesto así.

--Es lo más inofensivo que te puedes figurar. Siempre que va a casa de
Joaquín, le pinchamos para que hable de la adúuultera. Su demencia es
que su mujer se la pega con un grande de España. Fuera de eso, es
razonable y muy veraz en cuanto habla. ¿De qué provendrá esto, Dios mío?
Lo que tú dices, el no comer. Este hombre ha sido también autor de
novelas, y de escribir tanto adulterio, no comiendo más que judías, se
le reblandeció el cerebro.

Y no se habló más del loco. Por la noche fue Guillermina, y Jacinta, que
conservaba la mugrienta tarjeta con las señas de Ido, se la dio a su
amiga para que en sus excursiones le socorriese. En efecto, la familia
del corredor de obras (Mira el Río 12), merecía que alguien se
interesara por ella. Guillermina conocía la casa y tenía en ella muchos
parroquianos. Después de visitarla, hizo a su amiguita una pintura muy
patética de la miseria que en la madriguera de los Idos reinaba. La
esposa era una infeliz mujer, mártir del trabajo y de la inanición,
humilde, estropeadísima, fea de encargo, mal pergeñada. Él ganaba poco,
casi nada. Vivía la familia de lo que ganaban el hijo mayor, cajista, y
la hija, polluela de buen ver que aprendía para peinadora.

Una mañana, dos días después de la visita de Ido, Blas avisó que en el
recibimiento estaba el hombre aquel de los pelos tiesos. Quería hablar
con la señorita. Venía muy pacífico. Jacinta fue allí, y antes de llegar
ya estaba abriendo su portamonedas.

--Señora--le dijo Ido al tomar lo que se le daba--, estoy agradecidísimo
a sus bondades; pero ¡ay!, la señora no sabe que estoy desnudo... quiero
decir, que esta ropa que llevo se me está deshaciendo sobre las
carnes... Y naturalmente, si la señora tuviera unos pantaloncitos
desechados del señor D. Juan...

--¡Ah! Sí... buscaré. Vuelva usted.

--Porque la señora doña Guillermina, que es tan buena, nos socorrió con
bonos de carne y pan, y a Nicanora le dio una manta, que nos viene como
bendición de Dios, porque en la cama nos abrigábamos con toda mi ropa y
la suya puesta sobre las sábanas...

--Descuide usted, Sr. del Sagrario; yo le procuraré alguna prenda en
buen uso. Tiene usted la misma estatura de mi marido.

--Y a mucha honra... Agradecidísimo, señora; pero créame la señora, se
lo digo con la mano puesta en el corazón: más me convendría ropa de
niños que ropa de hombre, porque no me importa estar desnudo con tal que
mis chicos estén vestidos. No tengo más que una camisa, que Nicanora,
naturalmente, me lava ciertas y determinadas noches mientras duermo,
para ponérmela por la mañana... pero no me importa. Anden mis niños
abrigados, y a mí que me parta una pulmonía.

--Yo no tengo niños--dijo la dama con tanta pena como el otro al decir
«no tengo camisa».

Maravillábase Jacinta de lo muy razonable que estaba el corredor de
obras. No advirtió en él ningún indicio de las extravagancias de marras.

«La señora no tiene hijos... ¡Qué lástima!--exclamó Ido--. Dios no sabe
lo que se hace... Y yo pregunto: si la señora no tiene niños, ¿para
quién son los niños? Lo que yo digo... ese señor Dios será todo lo sabio
que quieran; pero yo no le paso ciertas cosas».

Esto le pareció a la Delfina tan discreto, que creyó tener delante al
primer filósofo del mundo; y le dio más limosna.

«Yo no tengo niños --repitió--, pero ahora me acuerdo. Mis hermanas los
tienen...».

--Mil y mil cuatrillones de gracias, señora. Algunas prendas de abrigo,
como las que repartió el otro día doña Guillermina a los chicos de mis
vecinos, no nos vendrían mal.

--¿Doña Guillermina repartió a los vecinos y a usted no?... ¡Ah!,
descuide usted; ya le echaré yo un buen réspice.

Alentado por esta prueba de benevolencia, Ido empezó a tomar confianza.
Avanzó algunos pasos dentro del recibimiento, y bajando la voz dijo a la
señorita:

«Repartió doña Guillermina unos capuchoncitos de lana, medias y otras
cosas; pero no nos tocó nada. Lo mejor fue para los hijos de la señá
Joaquina y para el _Pitusín_, el niño ese... ¿no sabe la señora?, ese
chiquillín que tiene consigo mi vecino Pepe Izquierdo... un hombre de
bien, tan desgraciado como yo... No le quiero quitar al _Pitusín_ la
preferencia. Comprendo que lo mejor debe caerle a él por ser de la
familia.

--¿Qué dice usted, hombre? ¿De quién habla usted?--indicó Jacinta
sospechando que Ido se electrizaba. Y en efecto, creyó notar síntomas de
temblor en el párpado.

«El _Pitusín_--prosiguió Ido tomándose más confianza y bajando más la
voz--, es un nene de tres años, muy mono por cierto, hijo de una tal
Fortunata, mala mujer, señora, muy mala... Yo la vi una vez, una vez
sola. Guapetona; pero muy loca. Mi vecino me ha enterado de todo...

Pues como decía, el pobre _Pitusín_ es muy salado... ¡más listo que
Cachucha y más malo...! Trae al retortero a toda la vecindad. Yo le
quiero como a mis hijos. El señor Pepe le recogió no sé dónde, porque su
madre le quería tirar...».

Jacinta estaba aturdidísima, como si hubiera recibido un fuerte golpe en
la cabeza. Oía las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas
terminantes. ¡Fortunata, el _Pitusín_!... ¿No sería esto una nueva
extravagancia de aquel cerebro novelador?

«Pero, vamos a ver...--dijo la señorita al fin, comenzando a
serenarse--. Todo eso que usted me cuenta, ¿es verdad o es locura de
usted?... Porque a mí me han dicho que usted ha escrito novelas, y que
por escribirlas comiendo mal, ha perdido la chaveta».

--Yo le juro a la señora que lo que le he dicho es el Santísimo
Evangelio--replicó Ido poniéndose la mano sobre el pecho--. José
Izquierdo es persona formal. No sé si la señora lo conocerá. Tuvo
platería en la Concepción Jerónima, un gran establecimiento...
especialidad en regalos para amas... No sé si fue allí donde nació el
_Pitusín_; lo que sí sé es que, naturalmente, es hijo de su esposo de
usted, el señor D. Juanito de Santa Cruz.

--Usted está loco --exclamó la dama con arranque de enojo y despecho--.
Usted es un embustero... Márchese usted.

Empujole hacia la puerta mirando a todos lados por si había en el
recibimiento o en los pasillos alguien que tales despropósitos oyera. No
había nadie. D. José se deshizo en reverencias; pero no se turbó porque
le llamaran loco.

«Si la señora no me cree --se limitó a decir--, puede enterarse en la
vecindad...».

Jacinta le retuvo entonces. Quería que hablase más.

«Dice usted que ese José Izquierdo... Pero no quiero saber nada. Váyase
usted».

Ido había traspasado el hueco de la puerta, y Jacinta cerró de golpe, a
punto que él abría la boca para añadir quizás algún pormenor interesante
a sus revelaciones. Tuvo la dama intenciones de llamarle. Figurábase que
al través de la madera, cual si esta fuera un cristal, veía el párpado
tembloroso de Ido y su cara de pavo, que ya le era odiosa como la de un
animal dañino. «No, no abro... --pensó--. Es una serpiente... ¡Qué
hombre! Se finge el loco para que le tengan lástima y le den dinero».
Cuando le oyó bajar las escaleras volvió a sentir deseos de más
explicaciones. En aquel mismo instante subían Barbarita y Estupiñá
cargados de paquetes de compras. Jacinta les vio por el ventanillo y
huyó despavorida hacia el interior de la casa, temerosa de que le
conocieran en la cara el desquiciamiento que aquel condenado hombre
había producido en su alma.



--v--


¡Cómo estuvo aquel día la pobrecita! No se enteraba de lo que le decían,
no veía ni oía nada. Era como una ceguera y sordera moral, casi física.
La culebra que se le había enroscado dentro, desde el pecho al cerebro,
le comía todos los pensamientos y las sensaciones todas, y casi le
estorbaba la vida exterior. Quería llorar; ¿pero qué diría la familia al
verla hecha un mar de lágrimas? Habría que decir el motivo... Las
reacciones fuertes y pasajeras de toda pena no le faltaban, y cuando
aquella marca de consuelo venía, sentía breve alivio. ¡Si todo era un
embuste, si aquel hombre estaba loco...! Era autor de novelas de brocha
gorda y no pudiendo ya escribirlas para el público, intentaba llevar a
la vida real los productos de su imaginación llena de tuberculosis. Sí,
sí, sí: no podía ser otra cosa: tisis de la fantasía. Sólo en las
novelas malas se ven esos hijos de sorpresa que salen cuando hace falta
para complicar el argumento. Pero si lo revelado podía ser una papa,
también podía no serlo, y he aquí concluida la reacción de alivio. La
culebra entonces, en vez de desenroscarse, apretaba más sus duros
anillos.

Aquel día, el demonio lo hizo, estaba Juan mucho peor de su catarro. Era
el enfermo más impertinente y dengoso que se pudiera imaginar. Pretendía
que su mujer no se apartara de él, y notando en ella una tristeza que no
le era habitual, decíale con enojo: «¿Pero qué tienes, qué te pasa,
hija? Vaya, pues me gusta... Estoy yo aquí hecho una plasta, aburrido y
pasando las de Caín, y te me vienes tú ahora con esa cara de juez.
Ríete, por amor de Dios». Y Jacinta era tan buena, que al fin hacía un
esfuerzo para aparecer contenta. El Delfín no tenía paciencia para
soportar las molestias de un simple catarro, y se desesperaba cuando le
venía uno de esos rosarios de estornudos que no se acaban nunca.
Empeñábase en despejar su cabeza de la pesada fluxión sonándose con
estrépito y cólera.

«Ten paciencia, hijo--le decía su madre--. Si fuera una enfermedad
grave, ¿qué harías?».

--Pues pegarme un tiro, mamá. Yo no puedo aguantar esto. Mientras más me
sueno, más abrumada tengo la cabeza. Estoy harto de beber aguas.
¡Demonio con las aguas! No quiero más brebajes. Tengo el estómago como
una charca. ¡Y me dicen que tenga paciencia! Cualquier día tengo yo
paciencia. Mañana me echo a la calle.

--Falta que te dejemos. --Al menos ríanse, cuéntenme algo,
distráiganme. Jacinta, siéntate a mi lado. Mírame.

--Si ya te estoy mirando. Estás muy guapito con tu pañuelo liado en la
cabeza, la nariz colorada, los ojos como tomates...

--Búrlate; mejor. Eso me gusta... Ya te daría yo mi constipado. No, si
no quiero más caramelos. Con tus caramelos me has puesto el cuerpo como
una confitería. Mamá...

--¿Qué? --¿Estaré bueno mañana? Por Dios, tengan compasión de mí,
háganme llevadera esta vida. Estoy en un potro. Me carga el sudar. Si me
desabrigo, toso; si me abrigo, echo el quilo... Mamá, Jacinta,
distraedme; tráiganme a Estupiñá para reírme un rato con él.

Jacinta, al quedarse otra vez sola con su marido, volvió a sus
pensamientos. Le miró por detrás de la butaca en que sentado estaba.
«¡Ah, cómo me has engañado!...». Porque empezaba a creer que el loco,
con serlo tan rematado, había dicho verdades. Las inequívocas
adivinaciones del corazón humano decíanle que la desagradable historia
del _Pitusín_ era cierta. Hay cosas que forzosamente son ciertas, sobre
todo siendo cosas malas. ¡Entrole de improviso a la pobrecita esposa una
rabia...! Era como la cólera de las palomas cuando se ponen a pelear.
Viendo muy cerca de sí la cabeza de su marido, sintió deseos de tirarle
del cabello que por entre las vueltas del pañuelo de seda salía. «¡Qué
rabia tengo! --pensó Jacinta apretando sus bonitísimos dientes--, por
haberme ocultado una cosa tan grave... ¡Tener un hijo y abandonarlo
así!»... Se cegó; vio todo negro. Parecía que le entraban convulsiones.
Aquel _Pitusín_ desconocido y misterioso, aquella hechura de su marido,
sin que fuese, como debía, hechura suya también, era la verdadera
culebra que se enroscaba en su interior... «¿Pero qué culpa tiene el
pobre niño...? --pensó después transformándose por la piedad--. ¡Este,
este tunante...!». Miraba la cabeza, ¡y qué ganas tenía de arrancarle
una mecha de pelo, de pegarle un coscorrón!... ¿Quién dice uno?... dos,
tres, cuatro coscorrones muy fuertes para que aprendiera a no engañar a
las personas.

«Pero mujer, ¿qué haces ahí detrás de mí?--murmuró él sin volver la
cabeza--. Lo que digo, hoy parece que estás lela. Ven acá, hija».

--¿Qué quieres? --Niña de mi vida, hazme un favorcito.

Con aquellas ternuras se le pasó a la Delfina todo su furor de
coscorrones. Aflojó los dientes y dio la vuelta hasta ponérsele delante.

«Hazme el favorcito de ponerme otra manta. Creo que me he enfriado
algo».

Jacinta fue a buscar la manta. Por el camino decía: «En Sevilla me contó
que había hecho diligencias por socorrerla. Quiso verla y no pudo. Murió
mamá, pasó tiempo; no supo más de ella... Como Dios es mi padre, yo he
de saber lo que hay de verdad en esto, y si... (se ahogaba al llegar a
esta parte de su pensamiento) si es verdad que los hijos que no le nacen
en mí le nacen en otra...».

Al ponerle la manta le dijo: «Abrígate bien, infame»; y a Juanito no se
le ocultó la seriedad con que lo decía. Al poco rato volvió a tomar el
acento mimoso:

«Jacintilla, niña de mi corazón, ángel de mi vida, llégate acá. Ya no
haces caso del sinvergüenza de tu maridillo».

--Celebro que te conozcas. ¿Qué quieres?

--Que me quieras y me hagas muchos mimos. Yo soy así. Reconozco que no
se me puede aguantar. Mira, tráeme agua azucarada... templadita, ¿sabes?
Tengo sed.

Al darle el agua, Jacinta le tocó la frente y las manos.

«¿Crees que tengo calentura?».

--De pollo asado. No tienes más que impertinencias. Eres peor que los
chiquillos.

--Mira, hijita, cordera; cuando venga _La Correspondencia_, me la
leerás. Tengo ganas de saber cómo se desenvuelve Salmerón. Luego me
leerás _La Época_. ¡Qué buena eres! Te estoy mirando y me parece mentira
que tenga yo por mujer a un serafín como tú. Y que no hay quien me quite
esta ganga... ¡Qué sería de mí sin ti... enfermo, postrado...!

--¡Vaya una enfermedad! Sí; lo que es por quejarte no quedará...

Doña Bárbara entró diciendo con autoridad: «A la cama, niño, a la cama.
Ya es de noche y te enfriarás en ese sillón».

--Bueno, mamá; a la cama me voy. Si yo no chisto, si no hago más que
obedecer a mis tiranas... Si soy una malva. Blas, Blas..., ¿pero dónde
se mete este condenado hombre?

María Santísima, lo que bregaron para acostarle. La suerte de ellas era
que lo tomaban a broma. «Jacinta, ponme un pañuelo de seda en la
garganta... Chica, no aprietes tanto que me ahogas... Quita, quita, tú
no sabes. Mamá, ponme tú el pañuelo... No, quitádmelo; ninguna de las
dos sabe liar un pañuelo. ¡Pero qué gente más inútil!».

Pasa un ratito. «Mamá, ¿ha venido _La Correspondencia_?».

--No, hijo. No te desabrigues. Mete estos brazos. Jacinta, cúbrele los
brazos.

--Bueno, bueno, ya están metidos los brazos. ¿Los meto más? Eso es, se
empeñan en que me ahogue. Me han puesto un baúl mundo encima. Jacinta,
quita _jierro_, que el peso me agobia... Pero, chica, no tanto; sube más
arribita el edredón... tengo el pescuezo helado. Mamá... lo que digo,
hacen las cosas de mala gana. Así no me pongo nunca bueno. Y ahora se
van a comer. ¿Y me voy a quedar solo con Blas?

--No, tonto, Jacinta comerá aquí contigo.

Mientras su mujer comía, ni un momento dejó de importunarla: «Tú no
comes, tú estás desganada; a ti te pasa algo; tú disimulas algo... A mí
no me la das tú. Francamente, nunca está uno tranquilo... pensando
siempre si te nos pondrás mala. Pues es preciso comer; haz un
esfuerzo... ¿Es que no comes para hacerme rabiar?... Ven acá, tontuela,
echa la cabecita aquí. Si no me enfado, si te quiero más que a mi vida,
si por verte contenta, firmaba yo ahora un contrato de catarro
vitalicio... Dame un poquito de esa camuesa... ¡Qué buena está! Déjame
que te chupe el dedo...».

Iban llegando los amigos de la casa que solían ir algunas noches.

«Mamá, por las llagas y por todos los clavos de Cristo, no me traigas
acá a Aparisi... Ahora le da porque todo ha de ser _obvio... obvio_ por
arriba, _obvio_ por abajo. Si me le traes le echo a cajas destempladas».

--Vaya, no digas tonterías. Puede que entre a saludarte; pero saldrá en
seguida. ¿Quién ha entrado ahora?... ¡Ah!, me parece que es Guillermina.

--Tampoco la quiero ver. Me va a aburrir con su edificio. ¡Valiente
chifladura! Esa mujer está loca. Anoche me dio la gran jaqueca, con que
si sacó las maderas de _seis_ a treinta y ocho reales, y las _carreras
de pie y cuarto _ a diez y seis reales pie. Me armó un triquitraque de
pies que me dejó la cabeza pateada. No me la entren aquí. No me importa
saber a cómo valen el ladrillo pintón y las alfargías... Mamá, ponte de
centinela y aquí no me entra más que Estupiñá. Que venga Placidito, para
que me cuente sus glorias, cuando iba al portillo de Gilimón a meter
contrabando, y a la bóveda de San Ginés a abrirse las carnes con el
zurriago... Que venga para decirle: «lorito, daca la pata».

--¡Pero, qué impertinente! Ya sabes que el pobre Plácido se acuesta
entre nueve y diez. Tiene que estar en planta a las cinco de la mañana.
Como que va a despertar al sacristán de San Ginés, que tiene un sueño
muy pesado.

--Y porque el sacristán de San Ginés sea un dormilón, ¿me he de
fastidiar yo? Que entre Estupiñá y me dé tertulia. Es la única persona
que me divierte.

--Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos.

--Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera.

Y entraba Plácido y le contaba mil cosas divertidas, que siento no
poder reproducir aquí. No contento con esto, quería divertirse a costa
de él, y recordando un pasaje de la vida de Estupiñá que le habían
contado, decíale:

«A ver, Plácido, cuéntanos aquel lance tuyo cuando te arrodillaste
delante del sereno, creyendo que era el Viático...».

Al oír esto, el bondadoso y parlanchín anciano se desconcertaba.
Respondía torpemente, balbuciendo negativas y «¿quién te ha contado esa
paparrucha?». A lo mejor, saltaba Juan con esto: «¿Pero di, Plácido, tú
no has tenido nunca novia?».

--Vaya, vaya, este Juanito --decía Estupiñá levantándose para
marcharse--, tiene hoy ganas de comedia.

Barbarita, que tanto apreciaba a su buen amigo, estaba, como suele
decirse, al quite de estas bromas que tanto le molestaban. «Hijo, no te
pongas tan pesado... deja marchar a Plácido. Tú, como te estás durmiendo
hasta las once de la mañana, no te acuerdas del que madruga».

Jacinta, entre tanto, había salido un rato de la alcoba. En el salón vio
a varias personas, Casa-Muñoz, Ramón Villuendas, D. Valeriano
Ruiz-Ochoa y alguien más, hablando de política con tal expresión de
terror, que más bien parecían conspiradores. En el gabinete de Barbarita
y en el rincón de costumbre halló a Guillermina haciendo obra de media
con hilo crudo. En el ratito que estuvo sola con ella, la enteró del
plan que tenía para la mañana siguiente. Irían juntas a la calle de Mira
el Río, porque Jacinta tenía un interés particular en socorrer a la
familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones. «Ya le contaré a
usted; tenemos que hablar largo». Ambas estuvieron de cuchicheo un buen
cuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita.

«Hija, por Dios, ve allá. Hace un rato que te está llamando. No te
separes de él. Hay que tratarle como a los chiquillos».

«Pero mujer, te marchas y me dejas así... ¡qué alma tienes!--gritó el
Delfín cuando vio entrar a su esposa--. Vaya una manera de cuidarle a
uno. Nada... Lo mismo que a un perro».

--Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá... Perdóname, ya
estoy aquí.

Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué... Inclinose sobre el lecho
y empezó a hacerle mimos a su marido, como podría hacérselos a un niño
de tres años.

--¡Ay, qué mañosito se me ha vuelto este nene!... Le voy a dar azotes...
Toma, este por tu mamá, este por tu papá y este grande... por tu
parienta...

--¡Rica! --Si no me quieres nada. --Anda, zalamera... quien no me
quiere nada eres tú.

--Nada en gracia de Dios. --¿Cuánto me quieres?

--Tanto así. --Es poco. --Pues como de aquí a la Cibeles... no al
Cielo... ¿Estás satisfecho?

--_Chí_.

Jacinta se puso seria. «Arréglame esta almohada».

--¿Así? --No, más alta. --¿Estás bien? --No, más bajita... Magnífico.
Ahora, ráscame aquí, en la paletilla.

--¿Aquí? --Más abajito... más arribita... ahí... fuerte... ¡Ay, niña de
mi vida, eres la gloria eterna!... ¡Qué dicha la mía en poseerte!...

«Cuando estás malo es cuando me dices esas cosas... Ya me las pagarás
todas juntas».

--Sí, soy un pillo... Pégame.

--Toma, toma. --Cómeme... --Sí, que te como, y te arranco un bocado...

--¡Ay! ¡ay!, no tanto, caramba. ¡Si alguien nos viera!...

--Creería que nos habíamos vuelto tontos rematados--observó Jacinta
riéndose con cierta melancolía.

--Estas simplezas no son para que las vea nadie...

--¿Cierras los ojos? Duérmete, a... rorró...

--Eso es, quieres que me duerma para echar a correr a darle cuerda a esa
maniática de Guillermina. Tú eres responsable de que se chifle por
completo, porque le fomentas el tema del edificio... Ya estás deseando
que cierre yo los ojos para irte. Más que estar conmigo te gusta el
palique. ¿Sabes lo que te digo? Que si me duermo, te tienes que estar
aquí, de centinela, para cuidar de que no me destape.

--Bueno, hombre, bueno; me estaré.

Quedose aletargado; pero en seguida abrió los ojos, y lo primero que
vieron fue los de Jacinta, fijos en él con atención amante. Cuando se
durmió de veras, la centinela abandonó su puesto para correr al lado de
Guillermina con quien tenía pendiente una interesantísima conferencia.



-IX-

Una visita al Cuarto Estado



--i--


Al día siguiente, el Delfín estaba poco más o menos lo mismo. Por la
mañana, mientras Barbarita y Plácido andaban por esas calles de tienda
en tienda, entregados al deleite de las compras precursoras de Navidad,
Jacinta salió acompañada de Guillermina. Había dejado a su esposo con
Villalonga, después de enjaretarle la mentirilla de que iba a la Virgen
de la Paloma a oír una misa que había prometido. El atavío de las dos
damas era tan distinto, que parecían ama y criada. Jacinta se puso su
abrigo, sayo o _pardessus_ color de pasa, y Guillermina llevaba el traje
modestísimo de costumbre.

Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la
distrajo de la atención que a su propio interior prestaba. Los puestos a
medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las
baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de
Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecían dentro de aquellos
nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante
su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. Recibía
tan sólo la imagen borrosa de los objetivos diversos que iban pasando, y
lo digo así, porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca
vía se corriese delante de ella como un telón. En aquel telón había
racimos de dátiles colgados de una percha; puntillas blancas que caían
de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora, pelmazos
de higos pasados, en bloques, turrón en trozos como sillares que
parecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles
rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula,
mostrando dos pajarillos amaestrados, y luego montones de oro, naranjas
en seretas o hacinadas en el arroyo. El suelo intransitable ponía
obstáculos sin fin, pilas de cántaros y vasijas, ante los pies del
gentío presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carros
parecía hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de
pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si
fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones
enfáticos, acosando al público y poniéndole en la alternativa de comprar
o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo
largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de
puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas
rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas
de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En
algunos huecos brillaba el naranjado que chilla como los ejes sin grasa;
el bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tiene
la acidez del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento;
el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila, que tiene cierto aire
de poesía mezclado con la tisis, como en la _Traviatta_. Las bocas de
las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de
ellas tan abigarrado como la parte externa, los horteras de bruces en el
mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si
nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de aquellos
tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten
de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen
graciosas combinaciones decorativas.

Dio Jacinta de cara a diferentes personas muy ceremoniosas. Eran
maniquís vestidos de señora con tremendos _polisones_, o de caballero
con terno completo de lanilla. Después gorras muchas gorras, posadas y
alineadas en percheros del largo de toda una casa; chaquetas ahuecadas
con un palo, zamarras y otras prendas que algo, sí, algo tenían de seres
humanos sin piernas ni cabeza. Jacinta, al fin, no miraba nada;
únicamente se fijó en unos hombres amarillos, completamente amarillos,
que colgados de unas horcas se balanceaban a impulsos del aire. Eran
juegos de calzón y camisa de bayeta, cosidas una pieza a otra, y que
así, al pronto, parecían personajes de azufre. Los había también
encarnados. ¡Oh!, el rojo abundaba tanto, que aquello parecía un pueblo
que tiene la religión de la sangre. Telas rojas, arneses rojos,
collarines y frontiles rojos con madroñaje arabesco. Las puertas de las
tabernas también de color de sangre. Y que no son ni tina ni dos.
Jacinta se asustaba de ver tantas, y Guillermina no pudo menos de
exclamar: «¡Cuánta perdición!, una puerta sí y otra no, taberna. De aquí
salen todos los crímenes».

Cuando se halló cerca del fin de su viaje, la Delfina fijaba
exclusivamente su atención en los chicos que iba encontrando. Pasmábase
la señora de Santa Cruz de que hubiera tantísima madre por aquellos
barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su crío en brazos, muy
bien agasajado bajo el ala del mantón. A todos estos ciudadanos del
porvenir no se les veía más que la cabeza por encima del hombro de su
madre. Algunos iban vueltos hacia atrás, mostrando la carita redonda
dentro del círculo del gorro y los ojuelos vivos, y se reían con los
transeúntes. Otros tenían el semblante mal humorado, como personas que
se llaman a engaño en los comienzos de la vida humana. También vio
Jacinta no uno, sino dos y hasta tres, camino del cementerio. Suponíales
muy tranquilos y de color de cera dentro de aquella caja que llevaba un
tío cualquiera al hombro, como se lleva una escopeta.

«Aquí es» dijo Guillermina, después de andar un trecho por la calle del
Bastero y de doblar una esquina. No tardaron en encontrarse dentro de un
patio cuadrilongo. Jacinta miró hacia arriba y vio dos filas de
corredores con antepechos de fábrica y pilastrones de madera pintada de
ocre, mucha ropa tendida, mucho refajo amarillo, mucha zalea puesta a
secar, y oyó un zumbido como de enjambre. En el patio, que era casi todo
de tierra, empedrado sólo a trechos, había chiquillos de ambos sexos y
de diferentes edades. Una zagalona tenía en la cabeza toquilla roja con
agujeros, o con _orificios_, como diría Aparisi; otra, toquilla blanca,
y otra estaba con las greñas al aire. Esta llevaba zapatillas de orillo,
y aquella botitas finas de caña blanca, pero ajadas ya y con el tacón
torcido. Los chicos eran de diversos tipos. Estaba el que va para la
escuela con su cartera de estudio, y el pillete descalzo que no hace más
que vagar. Por el vestido se diferenciaban poco, y menos aún por el
lenguaje, que era duro y con inflexiones dejosas.

«Chicooo... mia éste... Que te rompo la cara... ¿sabeees...?».

--¿Ves esa farolona?--dijo Guillermina a su amiga--, es una de las hijas
de Ido... Esa, esa que está dando brincos como un saltamontes... ¡Eh!,
chiquilla... No oyen... venid acá.

Todos los chicos, varones y hembras, se pusieron a mirar a las dos
señoras, y callaban entre burlones y respetuosos, sin atreverse a
acercarse. Las que se acercaban paso a paso eran seis u ocho palomas
pardas, con reflejos irisados en el cuello; lindísimas, gordas. Venían
muy confiadas meneando el cuerpo como las chulas, picoteando en el suelo
lo que encontraban, y eran tan mansas, que llegaron sin asustarse hasta
muy cerca de las señoras. De pronto levantaron el vuelo y se plantaron
en el tejado. En algunas puertas había mujeres que sacaban esteras a que
se orearan, y sillas y mesas. Por otras salía como una humareda: era el
polvo del barrido. Había vecinas que se estaban peinando las trenzas
negras y aceitosas, o las guedejas rubias, y tenían todo aquel matorral
echado sobre la cara como un velo. Otras salían arrastrando zapatos en
chancleta por aquellos empedrados de Dios, y al ver a las forasteras
corrían a sus guaridas a llamar a otras vecinas, y la noticia cundía, y
aparecían por las enrejadas ventanas cabezas peinadas o a medio peinar.

«¡Eh!, chiquillos, venid acá» repitió Guillermina; y se fueron
acercando escalonados por secciones, como cuando se va a dar un ataque.
Algunos, más resueltos, las manos a la espalda, miraron a las dos damas
del modo más insolente. Pero uno de ellos, que sin duda tenía instintos
de caballero, se quitó de la cabeza un andrajo que hacía el papel de
gorra y les preguntó que a quién buscaban. «¿Eres tú del señor de Ido?».
El rapaz respondió que no, y al punto destacose del grupo la niña de las
zancas largas, de las greñas sueltas y de los zapatos de orillo,
apartando a manotadas a todos los demás muchachos que se enracimaban ya
en derredor de las señoras.

«¿Está tu padre arriba?». La chica respondió que sí, y desde entonces
convirtiose en individuo de Orden Público. No dejaba acercar a nadie;
quería que todos los granujas se retiraran y ser ella sola la que guiase
a las dos damas hasta arriba. «¡Qué pesados, qué sobones!... En todo
quieren meter las narices... Atrás, gateras, atrás... Quitarvos de en
medio; dejar paso».

Su anhelo era marchar delante. Habría deseado tener una campanilla para
ir tocando por aquellos corredores a fin de que supieran todos qué gran
visita venía a la casa.

«Niña, no es preciso que nos acompañes--dijo Guillermina que no gustaba
de que nadie se sofocase tanto por ella--. Nos basta con saber que están
en casa».

Pero la zancuda no hacía caso. En el primer peldaño de la escalera
estaba sentada una mujer que vendía higos pasados en una sereta, y por
poco no la planta el zapato de orillo en mitad de la cara. Y todo porque
no se apartaba de un salto para dejar el paso libre... «¡Vaya dónde se
va usted a poner, tía bruja!... Afuera o la reviento de una patada...».

Subieron, no sin que a Jacinta le quedaran ganas de examinar bien toda
la pillería que en el patio quedaba. Allá en el fondo había divisado dos
niños y una niña. Uno de ellos era rubio y como de tres años. Estaban
jugando con el fango, que es el juguete más barato que se conoce.
Amasábanlo para hacer tortas del tamaño de _perros grandes_. La niña,
que era de más edad, había construido un hornito con pedazos de
ladrillo, y a la derecha de ella había un montón de panes, bollos y
tortas, todo de la misma masa que tanto abundaba allí. La señora de
Santa Cruz observó este grupo desde lejos. ¿Sería alguno de aquellos? El
corazón le saltaba en el pecho y no se atrevía a preguntar a la zancuda.
En el último peldaño de la escalera encontraron otro obstáculo: dos
muchachuelas y tres nenes, uno de estos en mantillas, interceptaban el
paso. Estaban jugando con arena _fina_ de fregar. El mamón estaba fajado
y en el suelo, con las patas y las manos al aire, berreando, sin que
nadie le hiciera caso. Las dos niñas habían extendido la arena sobre el
piso, y de trecho en trecho habían puesto diferentes palitos con
cuerdas y trapos. Era el secadero de ropa de las Injurias, propiamente
imitado.

«¡Qué tropa, Dios! --exclamó la zancuda con indignación de celador de
ornato público, que no causó efecto--. Cuidado donde se van a poner...
¡Fuera, fuera!... y tú, _pitoja_, recoge a tu hermanillo, que le vamos a
espachurrar». Estas amonestaciones de una autoridad tan celosa fueron
oídas con el más insolente desdén. Uno de los mocosos arrastraba su
panza por el suelo, abierto de las cuatro patas; el otro cogía puñados
de arena y se lavaba la cara con ella, acción muy lógica, puesto que la
arena representaba el agua. «Vamos, hijos, quitaos de en medio--les dijo
Guillermina a punto que la zancuda destruía con el pie el lavadero,
gritando--: Sinvergüenzonas, ¿no tenéis otro sitio donde jugar? ¡Vaya
con la canalla esta...!». y echó adelante resuelta a destruir cualquier
obstáculo que se pusiera al paso. Las otras chiquillas cogieron a los
mocosos, como habrían cogido una muñeca, y poniéndoselos al cuadril,
volaron por aquellos corredores.

«Vamos--dijo Guillermina a su guía--, no las riñas tanto, que también tú
eres buena...».



--ii--


Avanzaron por el corredor, y a cada paso un estorbo. Bien era un brasero
que se estaba encendiendo, con el tubo de hierro sobre las brasas para
hacer tiro; bien el montón de zaleas o de ruedos, ya una banasta de
ropa; ya un cántaro de agua. De todas las puertas abiertas y de las
ventanillas salían voces o de disputa, o de algazara festiva. Veían las
cocinas con los pucheros armados sobre las ascuas, las artesas de lavar
junto a la puerta, y allá en el testero de las breves estancias la
indispensable cómoda con su hule, el velón con pantalla verde y en la
pared una especie de altarucho formado por diferentes estampas, alguna
lámina al cromo de prospectos o periódicos satíricos, y muchas
fotografías. Pasaban por un domicilio que era taller de zapatería, y los
golpazos que los zapateros daban a la suela, unidos a sus cantorrios,
hacían una algazara de mil demonios. Más allá sonaba el convulsivo
tiquitique de una máquina de coser, y acudían a las ventanas bustos y
caras de mujeres curiosas. Por aquí se veía un enfermo tendido en un
camastro, más allá un matrimonio que disputaba a gritos. Algunas vecinas
conocieron a doña Guillermina y la saludaban con respeto. En otros
círculos causaba admiración el empaque elegante de Jacinta. Poco más
allá cruzáronse de una puerta a otra observaciones picantes e
irrespetuosas. «Señá Mariana, ¿ha visto que nos hemos traído el sofá en
la rabadilla? ¡Ja, ja, ja!».

Guillermina se paró, mirando a su amiga: «Esas chafalditas no van
conmigo. No puedes figurarte el odio que esta gente tiene a los
_polisones_, en lo cual demuestran un sentido... ¿cómo se dice?, un
sentido _estético_ superior al de esos haraganes franceses que inventan
tanto pegote estúpido».

Jacinta estaba algo corrida; pero también se reía, Guillermina dio dos
pasos atrás, diciendo: «Ea, señoras, cada una a su trabajo, y dejen en
paz a quien no se mete con ustedes».

Luego se detuvo junto a una de las puertas y tocó en ella con los
nudillos.

«La señá Severiana no está--dijo una de las vecinas--. ¿Quiere la señora
dejar recado?...».

--No; la veré otro día.

Después de recorrer dos lados del corredor principal, penetraron en una
especie de túnel en que también había puertas numeradas; subieron como
unos seis peldaños, precedidas siempre de la zancuda, y se encontraron
en el corredor de otro patio, mucho más feo, sucio y triste que el
anterior. Comparado con el segundo, el primero tenía algo de
aristocrático y podría pasar por albergue de familias _distinguidas_.

Entre uno y otro patio, que pertenecían a un mismo dueño y por eso
estaban unidos, había un escalón social, la distancia entre eso que se
llama _capas_. Las viviendas, en aquella segunda _capa_, eran más
estrechas y miserables que en la primera; el revoco se caía a pedazos, y
los rasguños trazados con un clavo en las paredes parecían hechos con
más saña, los versos escritos con lápiz en algunas puertas más necios y
groseros, las maderas más despintadas y roñosas, el aire más viciado, el
vaho que salía por puertas y ventanas más espeso y repugnante. Jacinta,
que había visitado algunas casas de corredor, no había visto ninguna tan
tétrica y mal oliente. «¿Qué, te asustas, niña bonita?--le dijo
Guillermina--. ¿Pues qué te creías tú, que esto era el Teatro Real o la
casa de Fernán-Núñez? Ánimo. Para venir aquí se necesitan dos cosas:
caridad y estómago».

Echando una mirada a lo alto del tejado, vio la Delfina que por encima
de este asomaba un tenderete en que había muchos cueros, tripas u otros
despojos, puestos a secar. De aquella región venía, arrastrado por las
ondas del aire, un olor nauseabundo. Por los desiguales tejados
paseábanse gatos de feroz aspecto, flacos, con las quijadas angulosas,
los ojos dormilones, el pelo erizado. Otros bajaban a los corredores y
se tendían al sol; pero los propiamente salvajes, vivían y aun se
criaban arriba, persiguiendo el sabroso ratón de los secaderos.

Pasaron junto a las dos damas figuras andrajosas, ciegos que iban dando
palos en el suelo, lisiados con montera de pelo, pantalón de soldado,
horribles caras. Jacinta se apretaba contra la pared para dejar paso
franco. Encontraban mujeres con pañuelo a la cabeza y mantón pardo,
tapándose la boca con la mano envuelta en un pliegue del mismo mantón.
Parecían moras; no se les veía más que un ojo y parte de la nariz.
Algunas eran agraciadas; pero la mayor parte eran flacas, pálidas,
tripudas y envejecidas antes de tiempo.

Por los ventanuchos abiertos salía, con el olor a fritangas y el
ambiente chinchoso, murmullo de conversaciones dejosas, arrastrando
toscamente las sílabas finales. Este modo de hablar de la tierra ha
nacido en Madrid de una mixtura entre el deje andaluz, puesto de moda
por los soldados, y el dejo aragonés, que se asimilan todos los que
quieren darse aires varoniles.

Nueva barricada de chiquillos les cortó el paso. Al verles, Jacinta y
aun Guillermina, a pesar de su costumbre de ver cosas raras, quedáronse
pasmadas, y hubiérales dado espanto lo que miraban, si las risas de
ellos no disiparan toda impresión terrorífica. Era una manada de
salvajes, compuesta de dos tagarotes como de diez y doce años, una niña
más chica, y otros dos _chavales_, cuya edad y sexo no se podía saber.
Tenían todos ellos la cara y las manos llenas de chafarrinones negros,
hechos con algo que debía de ser betún o barniz japonés del más fuerte.
Uno se había pintado rayas en el rostro, otro anteojos, aquél bigotes,
cejas y patillas con tan mala maña, que toda la cara parecía revuelta en
heces de tintero. Los pequeñuelos no parecían pertenecer a la raza
humana, y con aquel maldito tizne extendido y resobado por la cara y las
manos semejaban micos, diablillos o engendros infernales.

«Malditos seáis... --gritó la zancuda, cuando vio aquellas fachas
horrorosas--. ¡Pero cómo os habéis puesto así, sinvergüenzones,
indecentes, puercos, marranos...!».

--En el nombre del Padre... --exclamó Guillermina persignándose--. ¿Pero
has visto...?

Contemplaban ellos a las damas, mudos y con grandísima emoción, gozando
íntimamente en la sorpresa y terror que sus espantables cataduras
producían en aquellas señoriticas tan requetefinas. Uno de los pequeños
intentó echar la zarpa al abrigo de Jacinta; pero la zancuda empezó a
dar chillidos: «Quitarvos allá, desapartaísos, gorrinos asquerosos...
que mancháis a estas señoras con esas manazas».

«¡Bendito Dios!... Si parecen caníbales... No nos toquéis... La culpa
no tenéis vosotros, sino vuestras madres, que tal os consienten...

Y si no me engaño, estos dos gandulones son tus hermanos, niña».

Los dos aludidos, mostrando al sonreír sus dientes blancos como la leche
y sus labios más rojos que cerezas entre el negro que los rodeaba,
contestaron que sí con sus cabezas de salvaje. Empezaban a sentirse
avergonzados y no sabían por dónde tirar. En el mismo instante salió una
mujeraza de la puerta más próxima, y agarrando a una de las niñas
embadurnadas, le levantó las enaguas y empezó a darle tal solfa en salva
la parte, que los castañetazos se oían desde el primer patio. No tardó
en aparecer otra madre furiosa, que más que mujer parecía una loba, y la
emprendió con otro de los mandingas a bofetada sucia, sin miedo a
mancharse ella también. «Canallas, cafres, ¡cómo se han puesto!». Y al
punto fueron saliendo más madres irritadas. ¡La que se armó! Pronto se
vieron lágrimas resbalando sobre el betún, llanto que al punto se volvía
negro. «Te voy a matar, grandísimo pillo, ladrón...». Estos son los
condenados charoles que usa la señá Nicanora. Pero, ¡re--Dios!, señá
Nicanora, ¿para qué deja usté que las criaturas...?».

Una de las mujeres que más alborotaban se aplacó al ver a las dos damas.
Era la señora de Ido del Sagrario, que tenía en la cara sombrajos y
manchurrones de aquel mismo betún de los caribes, y las manos
enteramente negras.

Turbose un poco ante la visita: «Pasen las señoras... Me encuentran
hecha una compasión».

Guillermina y Jacinta entraron en la mansión de Ido, que se componía de
una salita angosta y de dos alcobas interiores más oprimidas y lóbregas
aún, las cuales daban el _quién vive_ al que a ellas se asomaba. No
faltaban allí la cómoda y la lámina del Cristo del _Gran Poder_, ni las
fotografías descoloridas de individuos de la familia y de niños muertos.
La cocina era un cubil frío donde había mucha ceniza, pucheros volcados,
tinajas rotas y el artesón de lavar lleno de trapos secos y de polvo. En
la salita, los ladrillos tecleaban bajo los pies. Las paredes eran como
de carbonería, y en ciertos puntos habían recibido bofetadas de cal, por
lo que resultaba un claro-oscuro muy fantástico. Creeríase que andaban
espectros por allí, o al menos sombras de linterna mágica. El sofá de
Vitoria era uno de los muebles más alarmantes que se pueden imaginar. No
había más que verle para comprender que no respondía de la seguridad de
quien en él se sentase. Las dos o tres sillas eran también muy
sospechosas. La que parecía mejor, seguramente la pegaba. Vio Jacinta,
salteados por aquellos fantásticos muros, carteles de publicaciones
ilustradas, de librillos de papel de fumar y cartones de almanaques
americanos que ya no tenían hojas. Eran años muertos.

Pero lo que mayormente excitó la curiosidad de ambas señoras fue un gran
tablero que en el centro de la estancia había, cogiéndola casi toda; una
mesa armada sobre bancos como la que usan los papelistas, y encima de
ella grandes paquetes o manos de pliegos de papel fino de escribir. A un
extremo los cuadernillos apilados formaban compactas resmas blancas; a
otro las mismas resmas ya con bordes negros, convertidas en papel de
luto.

Ido extendía sobre el tablero los pliegos de papel abiertos. Una
muchacha, que debía de ser Rosita, contaba los pliegos ya enlutados y
formaba los cuadernillos. Nicanora pidió permiso a las señoras para
seguir trabajando. Era una mujer más envejecida que vieja, y bien se
conocía que nunca había sido hermosa. Debió de tener en otro tiempo
buenas carnes, pero ya su cuerpo estaba lleno de pliegues y abolladuras
como un zurrón vacío. Allí, valga la verdad, no se sabía lo que era
pecho, ni lo que era barriga. La cara era hocicuda y desagradable. Si
algo expresaba era un genio muy malo y un carácter de vinagre; pero en
esto engañaba aquel rostro como otros muchos que hacen creer lo que no
es. Era Nicanora una infeliz mujer, de más bondad que entendimiento,
probada en las luchas de la vida, que había sido para ella una batalla
sin victorias ni respiro alguno. Ya no se defendía más que con la
paciencia, y de tanto mirarle la cara a la adversidad debía de
provenirle aquel alargamiento de morros que la afeaba
considerablemente. La _Venus de Médicis_ tenía los párpados enfermos,
rojos y siempre húmedos, privados de pestañas, por lo cual decían de
ella que _con un ojo lloraba a su padre y con otro a su madre_.

Jacinta no sabía a quién compadecer más, si a Nicanora por ser como era,
o a su marido por creerla Venus cuando se _electrizaba_. Ido estaba muy
cohibido delante de las dos damas. Como la silla en que doña Guillermina
se sentó empezase a exhalar ciertos quejidos y a hacer desperezos,
anunciando quizás que se iba a deshacer, D. José salió corriendo a traer
una de la vecindad. Rosita era graciosa, pero desmedrada y clorótica, de
color de marfil. Llamaba la atención su peinado en sortijillas, batido,
engomado y puesto con muchísimo aquel.

«¿Pero qué hace usted, mujer, con esa pintura?» preguntó Guillermina a
Nicanora.

_--Soy lutera_.

--Somos _luteranos_--dijo Ido sonriendo, muy satisfecho por tener
ocasión de soltar aquel chiste que era viejo y había sido soltado sin
número de veces.

--¡Qué dice este hombre! --exclamó la fundadora horrorizada.

--Cállate tú y no disparates--replicó Nicanora--. Yo soy _lutera_, vamos
al decir, pinto papel de luto. Cuando no tengo otro trabajo, me traigo a
casa unas cuantas resmas, y las enluto mismamente como las señoras ven.
El almacenista paga un real por resma. Yo pongo el tinte, y trabajando
todo el día, me quedan seis o siete reales. Pero los tiempos están
malos, y hay poco papel que teñir. Todas las luteras están paradas,
señora... porque, naturalmente, o se muere poca gente, o no les echan
papeletas... Hombre--dijo a su marido, haciéndole estremecer--, ¿qué
haces ahí con la boca abierta? _Desmiente_.

Ido, que estaba oyendo a su mujer, como se oye a un orador brillante,
despertó de su éxtasis y se puso a _desmentir_. Llaman así al acto de
colocar los pliegos de papel unos sobre otros, escalonados, dejando
descubierta en todos una fajita igual, que es lo que se tiñe. Como
Jacinta observaba atentamente el trabajo de D. José, este se esmeró en
hacerlo con desusada perfección y ligereza. Daba gusto ver aquellos
bordes, que por lo iguales parecían hechos a compás. Rosita apilaba
pliegos y resmas sin decir una palabra. Nicanora hizo a Jacinta, mirando
a su marido, una seña que quería decir: «Hoy está bueno». Después empezó
a pasar rápidamente la brocha sobre el papel, como se hace con los
estarcidos.

--Y las suscriciones de entregas --preguntó Guillermina--, ¿dan algo que
comer?

Ido abrió la boca para emitir pronta y juiciosa respuesta a esta
pregunta; pero su mujer tomó rápidamente la palabra, quedándose él un
buen rato con la boca abierta.

--Las suscripciones--declaró la _Venus de Médicis_--, son una calamidad.
Aquí José tiene poca suerte... es muy honrado y le engaña
cualisquiera. El público es cosa mala, señoras, y suscritor hay que no
paga ni aunque le arrastren. Luego, como el mes pasado perdió _aquí_
(este aquí era D. José) un billete de cuatrocientos reales, el encargado
de las obras se lo va cobrando, descontándole de las primas que le
tocan. Por eso, naturalmente, nos hemos atrasado tanto, y lo poco que se
apaña se lo birla el casero.

Ido, desde que se dijo aquello del billete perdido, no volvió a levantar
los ojos de su trabajo. Aquel descuido que tuvo le avergonzaba como si
hubiera sido un delito.

«Pues lo primero que tienen ustedes que hacer--indicó la Pacheco--, es
poner una escuela a esos dos tagarotes y a la berganta de su niña
pequeña».

--No los mando, porque me da vergüenza de que salgan a la calle con
tanto pingajo.

--No importa. Además, esta amiguita y yo daremos a ustedes alguna ropa
para los muchachos. Y el mayor, ¿gana algo?

--Me gana cinco reales en una imprenta.

Pero no tiene formalidad. Cuando le parece deja el trabajo, y se va a
las becerradas de Getafe o de Leganés, y no parece en tres días. Quiere
ser torero y nos trae crucificados. Se va al matadero por las tardes,
cuando degüellan, y en casa, dormido, habla de que si puso las
banderillas a _porta-gayola_...

--Y usted--preguntó Jacinta a Rosita--, ¿en qué se ocupa?

Rosita se puso muy encarnada. Iba a contestar; pero su madre, que
llevaba la palabra por toda la familia, respondió:

«Es peinadora... Está aprendiendo con una vecina maestra. Ya tiene
algunas parroquianas. Pero no le pagan, naturalmente... Es una sosona, y
como no le pongan los cuartos en la mano, no hay de qué. Yo le digo que
no sea _panoli_ y que tenga genio; pero... ya usted la ve. Como su
padre, que el día que no le engaña uno le engañan dos».

Guillermina, después de sacar varios bonos, como billetes de teatro, y
dar a la infeliz familia los que necesitaba para proveerse de garbanzos,
pan y carne por media semana, dijo que se marchaba. Pero Jacinta no se
conformó con salir tan pronto. Había ido allí con determinado fin, y por
nada del mundo se retiraría sin intentar al menos realizarlo. Varias
veces tuvo la palabra en la boca para hacer una pregunta a D. José, y
este la miraba como diciendo: «estoy rabiando porque me pregunte usted
por el _Pituso_». Por fin, decidiose la dama a romper el silencio sobre
punto tan capital, y levantándose dio algunos pasos hacia donde Ido
estaba. Este no necesitó más que verla venir; y saliendo rápidamente del
cuarto, volvió al poco con una criatura de la mano.



--iii--


«¡El Dulce Nombre!...» exclamó la Pacheco viendo entrar aquel adefesio,
y todos los demás lanzaron una exclamación parecida al mirar al niño,
con la cara tan completamente pintada de negro que no se veía el color
de su carne por parte alguna. Sus manos chorreaban betún, y en el traje
se habían limpiado las suyas asquerosísimas los otros muchachos. El
_Pitusín_ tenía el cabello negro. Sus labios rojos sobre aquel chapapote
superaban al coral más puro. Los dientecillos le brillaban cual si
fueran de cristal. La lengua que sacaba, por tener la creencia de que
todo negrito, para ser tal negrito, debe estirar la lengua todo lo más
posible, parecía una hoja de rosa.

«¡Qué horror!... ¡Ah!, tunantes... ¡Bendito Dios!, ¡cómo le han
puesto!... Anda, ¡que apañado estás!...». Las vecinas se enracimaban en
las puertas riendo y alborotando. Jacinta estaba atónita y apenada.
Pasáronle por la mente ideas extrañas; la mancha del pecado era tal, que
aun a la misma inocencia extendía su sombra; y el maldito se reía detrás
de su infernal careta, gozoso de ver que todos se ocupaban de él, aunque
fuera para escarnecerle. Nicarona dejó sus pinturas para correr detrás
de los bergantes y de la zancuda, que también debía de tener alguna
parte en aquel desaguisado. La osadía del negrito no conocía límites, y
extendió sus manos pringadas hacia aquella señora tan maja que le miraba
tanto. «Quita allá, demonio... quita allá esas manos» le gritaron.
Viendo que no le dejaban tocar a nadie, y que su facha causaba risa, el
chico daba patadas en medio del corro, sacando la lengua y presentando
sus diez dedos como garras. De este modo tenía, a su parecer, el aspecto
de un bicho muy malo que se comía a la gente, o por lo menos que se la
quería comer.

Oyose el pie de paliza que Nicarona, hecha una veneno, estaba dando a
sus hijos, y el gemir de ellos. El _Pituso_ empezó a cansarse pronto de
su papel de mico, porque eso de no poder pegarse a nadie tenía poca
gracia. Lo mejor que podía hacer en su situación desairada, era meterse
los dedos en la boca; pero sabía tan mal aquel endiablo potaje negro,
que pronto los hubo de retirar.

«¿Será veneno eso? --observó Jacinta, alarmada--. Que lo laven, ¿por qué
no lo lavan?».

--Pues estás bonito, Juanín--díjole Ido--. ¡Y esta señora que te quería
dar un beso!

Ávida de tocarle, la Delfina le agarró un mechón de cabello, lo único en
que no había pintura. «¡Pobrecito, cómo está!...». De repente le
entraron a Juanín ganas de llorar. Ya no enseñaba la lengua; lo que
hacía era dar suspiros.

«¿Pero ese Sr. Izquierdo, no está?--preguntó a Ido Jacinta llevándole
aparte--. Yo tengo que hablar con él. ¿Dónde vive?».

--Señora--replicó D. José con finura--, la puerta de su domicilio está
cerrada... herméticamente, muy herméticamente.

--Pues quiero verle, quiero hablar con él.

--Yo lo pondré en su conocimiento--repuso el corredor de obras, que
gustaba de emplear formas burocráticas cuando la ocasión lo pedía.

--Ea, vámonos, que es tarde --dijo impaciente Guillermina--. Otro día
volveremos.

--Sí, volveremos... Pero que lo laven... ¡pobre niño! Debe de estar en
un martirio horrible con ese emplasto en la cara. Di, tontín, ¿quieres
que te laven?

El _Pituso_ dijo que sí con la cabeza. Su aflicción crecía, y poco le
faltaba para romper a llorar. Todas las vecinas reconocieron la
necesidad de lavarle; pero unas no tenían agua y otras no querían
gastarla en tal objeto. Por fin una mujer agitanada y con faldas de
percal rameado, el talle muy bajo, un pañuelo caído por los hombros, el
pelo lacio y la tez crasa y de color de _terra-cotta_, se pareció por
allí de repente, y quiso dar una lección a las vecinas delante de las
señoras, diciendo que ella tenía agua de sobra para _despercudir_ y
_chovelar_ a aquel ángel. Se le llevaron en burlesca procesión, él
delante, aislado por su propio tizne, y ya con la dignidad tan por los
suelos, que empezaba a dar _jipíos_; los chicos detrás haciendo una
bulla infernal, y la tarasca aquella del moño lacio amenazándolos con
_endiñarles_ si no se quitaban de en medio. Desapareció la comparsa por
una puerquísima y angosta escalera que del ángulo del corredor partía.
Jacinta hubiera querido subir también; pero Guillermina la sofocaba con
sus prisas. «¿Hija, sabes tú la hora que es?».

«Sí, nos iremos... Lo que es por mí, ya estamos andando» decía la otra
sin moverse del corredor, mirando a la techumbre, en la cual no veía
otra cosa que el horrible tinglado donde colgaban los cueros puestos a
secar. Entre tanto, la fundadora, a pesar de su mucha prisa, entablaba
una rápida conversación con D. José.

«¿No tiene usted ya nada que hacer en casa?».

--Absolutamente nada, señora. Ya están _desmentidas_ las últimas resmas.
Pensaba yo ahora irme a dar una vuelta y a tomar el aire.

--Le conviene a usted el ejercicio... perfectamente. Pues oiga usted, al
mismo tiempo que se orea un poco, me va a hacer un servicio.

--Estoy a disposición de la señora.

--Se sale usted a la Ronda... tira usted para abajo, dejando a la
izquierda la fábrica del gas. ¿Entiende usted?... ¿Sabe usted la
estación de las Pulgas? Bueno, pues antes de llegar a ella hay una casa
en construcción... Está concluida la obra de fábrica y ahora están
armando una chimenea muy larga, porque va a ser _sierra mecánica_... ¿Se
va usted enterando? No tiene pérdida. Pues entra usted y pregunta por el
guarda de la obra, que se llama Pacheco... lo mismito que yo. Usted le
dice: «Vengo por los ladrillos de doña Guillermina». Ido repitió, como
los chicos que aprenden una lección:

«Vengo por los ladrillos, etc...».

--El dueño de esa fábrica me ha dado unos setenta ladrillos, lo único
que le sobra... poca cosa, pero a mí todo me sirve... Bueno; coge usted
los ladrillos y me los lleva a la obra... son para mi obra.

--¿A la obra?... ¿Qué obra?

--Hombre, en Chamberí... mi asilo... ¿Está usted lelo?

--¡Ah! perdone la señora... cuando oí la obra, creí al pronto que era
una obra literaria.

--Si no puede usted de un viaje, emplee dos.

--O tres, o cuatro... tantísimo gusto en ello... Si necesario fuese,
naturalmente, tantos viajes como ladrillos...

--Y si me hace bien el recado, cuente con un hongo casi nuevo... Me lo
han dado ayer en una casa, y lo reservo para los amigos que me ayudan...
¿Con que lo hará usted? Hoy por ti y mañana por mí. Vaya, abur, abur.

Ido y su mujer se deshacían en cumplidos y fueron escoltando a las
señoras hasta la puerta de la calle. En la calle de Toledo tomaron ellas
un simón para ganar tiempo, y el bendito Ido se fue a cumplir el encargo
que la fundadora le había hecho. No era una misión _delicada_
ciertamente, como él deseara; pero el principio de caridad que entrañaba
aquel acto lo trocaba de vulgar en sublime. Toda la santa tarde estuvo
mi hombre ocupado en el transporte de los ladrillos, y tuvo la
satisfacción de que ni uno solo de los setenta se le rompiera por el
camino. El contento que inundaba su alma le quitaba el cansancio, y
provenía su gozo casi exclusivamente de que Jacinta, en aquel ratito en
que le llevó aparte, le había dado un duro. No puso él la moneda en el
bolsillo de su chaleco, donde la habría descubierto Nicanora, sino en la
cintura, muy bien escondida en una faja que usaba pegada a la carne para
abrigarse la boca del estómago. Porque conviene fijar bien las cosas...
aquel duro, dado aparte, lejos de las miradas famélicas del resto de la
familia, era exclusivamente para él. Tal había sido la intención de la
señorita, y D. José habría creído ofender a su bienhechora
interpretándola de otro modo. Guardaría, pues, su tesoro, y se valdría
de todas las trazas de su ingenio para defenderlo de las miradas y de
las uñas de Nicanora... porque si esta lo descubría, ¡Santo Cristo de
los Guardias...!

Pasó la noche en grandísima intranquilidad. Temía que su mujer
descubriese con ojo perspicaz el matute que él encerraba en su cintura.
La maldita parecía que olía la plata. Por eso estaba tan azorado y no se
daba por seguro en ninguna posición, creyendo que al través de la ropa
se le iba a ver la moneda. Durante la cena estuvieron todos muy alegres;
tiempo hacía que no habían cenado tan bien. Pero al acostarse volvió Ido
a ser atormentado por sus temores, y no tuvo más remedio que estar toda
la noche hecho un ovillo, con las manos cruzadas en la cintura, porque
si en una de las revueltas que ambos daban sobre los accidentados
jergones la mano de su mujer llegaba a tocar el duro, se lo quitaba, tan
fijo como tres y dos son cinco. Durmió, pues, tan mal que en realidad
dormía con un ojo y velaba con el otro, atento siempre a defender su
contrabando. Lo peor fue que viéndole su mujer tan retortijado y hecho
todo una _ese_, creyó que tenía el dolor espasmódico que le solía dar; y
como el mejor remedio para eso eran las friegas, Nicanora le propuso
dárselas, y al oír tal proposición, tembláronle a Ido las carnes,
viéndose descubierto y perdido. «Ahora sí que la hemos hecho buena»
pensó. Pero su talento le sugirió la respuesta, y dijo que no tenía ni
pizca de dolor, sino frío, y sin más explicaciones se volvió contra la
pared, pegándose a ella como un engrudo, y haciéndose el dormido. Llegó
por fin el día y con él la calma al corazón de Ido, quien se acicaló y
se lavó casi toda la cara, poniéndose la corbata encarnada con cierta
presunción.

Eran ya las diez de la mañana, porque con aquello de lavarse _bien_ se
había ido bastante tiempo. Rosita tardó mucho en traer el agua, y
Nicanora se había dado la inmensa satisfacción de ir a la compra. Todos
los individuos de la familia, cuando se encontraban uno frente a otro,
se echaban a reír, y el más risueño era D. José, porque... ¡si
supieran!...



--iv--


Echose mi hombre a la calle, y tiró por la de Mira el Río baja, cuya
cuesta es tan empinada que se necesita hacer algo de volatines para no
ir rodando de cabeza por aquellos pedernales. Ido la bajó, casi como la
bajan los chiquillos, de un aliento, y una vez en la explanada que
llaman el _Mundo Nuevo_, su espíritu se espació, como pájaro lanzado a
los aires. Empezó a dar resoplidos, cual si quisiera meter en sus
pulmones más aire del que cabía, y sacudió el cuerpo como las gallinas.
El picorcillo del sol le agradaba, y la contemplación de aquel cielo
azul, de incomparable limpieza y diafanidad, daba alas a su alma
voladora. Candoroso e impresionable, D. José era como los niños o los
poetas de verdad, y las sensaciones eran siempre en él vivísimas, las
imágenes de un relieve extraordinario. Todo lo veía agrandado
hiperbólicamente o empequeñecido, según los casos. Cuando estaba alegre,
los objetos se revestían a sus ojos de maravillosa hermosura; todo le
_sonreía_, según la expresión común que le gustaba mucho usar. En cambio
cuando estaba afligido, que era lo más frecuente, las cosas más bellas
se afeaban volviéndose negras, y se cubrían de un velo... parecíale más
propio decir _de un sudario_. Aquel día estaba el hombre de buenas, y la
excitación de la dicha hacíale más niño y más poeta que otras veces. Por
eso el campo del _Mundo Nuevo_, que es el sitio más desamparado y más
feo del globo terráqueo, le pareció una bonita plaza. Salió a la Ronda y
echó miradas de artista a una parte y otra. Allí la puerta de Toledo
¡qué soberbia arquitectura! A la otra parte la fábrica del gas... ¡oh
prodigios de la industria!... Luego el cielo espléndido y aquellos lejos
de Carabanchel, perdiéndose en la inmensidad, con remedos y aun con
murmullos de Océano... ¡sublimidades de la Naturaleza!... Andando,
andando, le entró de improviso un celo tan vehemente por la instrucción
pública, que le faltó poco para caerse de espaldas ante los estólidos
letreros que veía por todas partes.

_No se premite tender rropa, y ni clabar clabos_, decía en una pared, y
D. José exclamó: «¡Vaya una barbaridad!... ¡Ignorantes!... ¡emplear dos
conjunciones copulativas! Pero pedazos de animales, ¿no veis que la
primera, naturalmente, junta las voces o cláusulas en concepto
afirmativo y la segunda en concepto negativo?... ¡Y que no tenga qué
comer un hombre que podría enseñar la Gramática a todo Madrid y corregir
estos delitos del lenguaje!... ¿Por qué no me había de dar el Gobierno,
vamos a ver, por qué no me había de dar el encargo, mediante
proporcionales emolumentos, de vigilar los rótulos?... ¡Zoquetes, qué
multas os pondría!... Pues también tú estás bueno: _Se alquilan
qartos_... muy bien, señor mío. ¿Le gustan a usted tanto las _úes_ que
se las come con arroz? ¡Ah!, si el Gobierno me nombrara _ortógrafo de la
vía pública_, ya veríais... Vamos, otro que tal: _se proive_... Se
prohíbe rebuznar, digo yo».

Hallábase en lo más entretenido de aquella crítica literaria, tan propia
de su oficio, cuando vio que hacia él iban tres individuos de calzón
ajustado, botas de caña, chaqueta corta, gorra, el pelo echadito
_palante_, caras de poca vergüenza.

Eran los tales tipos muy madrileños y pertenecían al gremio de los
_randas_. El uno era _descuidero_, el otro _tomador_, y el tercero hacía
a pelo y a pluma. Ido les conocía, porque vivían en su patio, siempre
que no eran inquilinos de los del Saladero, y no gustaba de tratarse con
semejante gentuza. De buena gana les habría dado una puntera en salva la
parte; pero no se atrevía. Una cosa es reformar la ortografía pública, y
otra aplicar ciertos correctivos a la especie humana. «Allá van los
buenos días» le dijeron los chulos alegremente, y a Ido se le puso la
carne como la de las gallinas, porque se acordó del duro y temió que se
lo _garfiñaran_ si entraba en parola con ellos. Pasando de largo, les
dijo con mucha cortesía: «Dios les guarde, caballeros... Conservarse» y
apretó a correr. No le volvió el alma al cuerpo hasta que les hubo
perdido de vista.

«Es preciso que me convide a algo» pensaba el pendolista; y hacía la
crítica mental de los manjares que más le gustaban. Cerca de la puerta
de Toledo se encontró con un mielero alcarreño que paraba en su misma
casa. Estaban hablando, cuando pasó un pintor de panderetas, también
vecino, y ambos le convidaron a unas copas. «Váyanse al rábano,
ordinariotes...» pensó Ido, y les dio las gracias, separándose al punto
de ellos. Andando más vio un ventorro en la acera derecha de la
Ronda...

«¡Comer de fonda!». Esta idea se le clavó en el cerebro. Un rato estuvo
Ido del Sagrario ante el establecimiento de _El Tartera_, que así se
llamaba, mirando los dos tiestos de _bónibus_ llenos de polvo, las
insignias de los bolos y la rayuela, la mano negra con el dedo tieso
señalando la puerta, y no se decidía a obedecer la indicación de aquel
dedo. ¡Le sentaba tan mal la carne...! Desde que la comía le entraba
aquel mal tan extraño y daba en la gracia estúpida de creer que Nicanora
era la Venus de Médicis. Acordose, no obstante, de que el médico le
recetaba siempre comer carne, y cuanto más cruda mejor. De lo más hondo
de su naturaleza salía un bramido que le pedía ¡carne, carne, carne! Era
una voz, un prurito irresistible, una imperiosa necesidad orgánica, como
la que sienten los borrachos cuando están privados del fuego y de la
picazón del alcohol.

Por fin no pudo resistir; colose dentro del ventorrillo, y tomando
asiento junto a una de aquellas despintadas mesas, empezó a palmotear
para que viniera el mozo, que era el mismo _Tartera_, un hombre
gordísimo, con chaleco de Bayona y mandil de lanilla verde rayado de
negro. No lejos de donde estaba Ido había un rescoldo dentro de enorme
braserón, y encima una parrilla casi tan grande como la reja de una
ventana. Allí se asaban las chuletas de ternera, que con la chamusquina
en tan viva lumbre, despedían un olor apetitoso. «Chuletas» dijo D.
José, y a punto vio entrar a un amigo, el cual le había visto a él y
por eso sin duda entraba.

«Hola, amigo Izquierdo... Dios le guarde».

--Le vi pasar, maestro y dije, digo: A cuenta que voy a echar un
espotrique con mi tocayo...

Sentose sin ceremonia el tal, y poniendo los codos sobre la mesa, miró
fijamente a su tocayo. O las miradas no expresaban nada, o la de aquel
sujeto era un memorial pidiendo que se le convidara. Ido era tan
caballero que le faltó tiempo para hacer la invitación, añadiendo una
frase muy prudente. «Pero, tocayo, sepa que no tengo más que un duro...
Con que no se corra mucho...». Hizo el otro un gesto tranquilizador y
cuando el _Tartera_ puso el servicio, si servicio puede llamarse un par
de cuchillos con mango de cuerno, servilleta sucia y salero, y pidió
órdenes acerca del vino, le dijo, dice: «¿Pardillo yo?... pa chasco...
Tráete de la tierra».

A todo esto asintió Ido del Sagrario, y siguió contemplando a su amigo,
el cual parecía un grande hombre aburrido, carácter agriado por la
continuidad de las luchas humanas. José Izquierdo representaba cincuenta
años, y era de arrogante estatura. Pocas veces se ve una cabeza tan
hermosa como la suya y una mirada tan noble y varonil. Parecía más bien
italiano que español, y no es maravilla que haya sido, en época
posterior al 73, en plena Restauración, el modelo predilecto de nuestros
pintores más afanados.

«Me alegro de verle a usted tocayo--le dijo Ido, a punto que las
chuletas eran puestas sobre la mesa--, porque tenía que comunicarle
cosas de importancia. Es que ayer estuvo en casa doña Jacinta, la esposa
del Sr. D. Juanito Santa Cruz, y preguntó por el chico y le vio...
quiero decir, no le vio porque estaba todito dado de negro... y luego
dijo que dónde estaba usted, y como usted no estaba, quedó en
volver...».

Izquierdo debía de tener hambre atrasada, porque al ver las chuletas,
les echó una mirada guerrera que quería decir: «¡Santiago y a ellas!» y
sin responder nada a lo que el otro hablaba, les embistió con furia. Ido
empezó a engullir comiéndose grandes pedazos sin masticarlos. Durante un
rato, ambos guardaron silencio. Izquierdo lo rompió dando fuerte golpe
en la mesa con el mango del cuchillo, y diciendo:

«¡Re-hostia con la Repóblica!... ¡Vaya una porquería!».

Ido asintió con una cabezada.

«¡Repoblicanos de chanfaina... pillos, buleros, piores que serviles,
moderaos, piores que moderaos!--prosiguió Izquierdo con fiera
exaltación--.

No colocarme a mí, a mí, que soy el endivido que más bregó por la
Repóblica en esta judía tierra... Es la que se dice: cría cuervos...
¡Ah! Señor de Martos, señor de Figueras, señor de Pi... a cuenta que
ahora no conocen a este pobrete de Izquierdo, porque lo ven
maltrajeao... pero antes, cuando Izquierdo tenía por sí las afloencias
de la Inclusa y cuando Bicerra le venía a ver pal cuento de echarnos a
la calle, entonces... ¡Hostia! Hamos venido a menos. Pero si por un es
caso golviésemos a más, yo les juro a esos figurones que tendremos una
_yeción_.



--v--


Ido seguía corroborando, aunque no había entendido aquello de la
_yeción_, ni lo entendiera nadie. Con tal palabra Izquierdo expresaba
una colisión sangrienta, una marimorena o cosa así. Bebía vaso tras vaso
sin que su cabeza se afectase, por ser muy resistente.

«Porque mirosté, maestro, lo que les atufa es el aquel de haber estado
mi endivido en Cartagena... Y yo digo que a mucha honra, ¡re-hostia!
Allí estábamos los verídicos liberales. Y a cuenta que yo, tocayo, toda
mi vida no he hecho más que derramar mi sangre por la judía libertad. El
54, ¿qué hice?, batirme en las barricadas como una presona decente. Que
se lo pregunten al difunto D. Pascual Muñoz el de la tienda de jierros,
padre del marqués de Casa-Muñoz, que era el hombre de más afloencias en
estos arrabales, y me dijo mismamente aquel día: 'Amigo Platón, vengan
esos cinco'. Y aluego jui con el propio D. Pascual a Palacio, y D.
Pascual subió a pleticar con la Reina, y pronto bajó con aquel papé
firmado por la Reina en que les daba la gran patá a los moderaos. D.
Pascual me dijo que pusiera un pañuelo branco en la punta de un palo y
que malchara delante diciendo: 'cese er fuego, cese er fuego...'. El 56,
era yo teniente de melicianos, y O'Donnell me cogió miedo, y cuando
pleticó a la tropa dijo: 'si no hay quien me coja a Izquierdo, no hamos
hecho na'. El 66, cuando la de los artilleros, mi compare Socorro y yo
estuvimos pegando tiros en la esquina de la calle de Laganitos... El 68,
cuando la santísima, estuve haciendo la guardia en el Banco, pa que no
robaran, y le digo asté que si por un es caso llega a paicerse por allí
algún randa, lo suicido... Pues tocan luego a la recompensa, y a Pucheta
me le hacen guarda de la Casa de Campo, a Mochila del Pardo... y a mí
una patá. A cuenta que yo no pido más que un triste destino pa portear
el correo a cualsiquiera parte, y na... Voy a ver a Bicerra, ¿y
piensasté que me conoce?, ¡pa chasco!... Le digo que soy Izquierdo, por
mote _Platón_, y menea la cabeza.

Es la que se dice: 'no se acuerdan del judío escalón dimpués que están
parriba...'. Dimpués me casé y juimos viviendo tal cual. Pero cuando
vino la judía Repóblica, se me había muerto mi Dimetria, y yo no tenía
que comer; me jui a ver al señor de Pi, y le dije, digo: 'Señor de Pi,
aquí vengo sobre una colocación...'. ¡Pa chasco! A cuenta de que el
hombre me debía de tener tirria, porque se remontó y dijo que él no
tenía colocaciones. ¡Y un judío portero me puso en la calle!
¡Re-contra-hostia!, ¡si viviera Calvo Asensio!, aquel sí era un endivido
que sabía las comenencias, y el tratamiento de las personas verídicas.
¡Vaya un amigo que me perdí! Toda la Inclusa era nuestra, y en tiempo
leitoral, ni Dios nos tosía, ni Dios, ¡hostia!... ¡Aquél sí, aquél
sí!... A cuenta que me cogía del brazo y nos entrábamos en un café, o en
la taberna a tomar una angelita... porque era muy llano y más liberal
que la Virgen Santísima. ¿Pero estos de ahora?... es la que dice; ni
liberales ni repoblicanos, ni na. Mirosté a ese Pi... un mequetrefe. ¿Y
Castelar?, otro mequetrefe. ¿Y Salmerón?, otro mequetrefe. ¿Roque
Barcia?, mismamente. Luego, si es caso, vendrán a pedir que les
ayudemos, ¿pero yo...? No me pienso menear; basta de _yeciones_. Si se
junde la Repóblica que se junda, y si se junde el judío pueblo, que se
junda también».

Apuró de nuevo el vaso, y el otro José admiraba igualmente su facundia y
su receptividad de bebedor. Izquierdo soltó luego una risa sarcástica,
prosiguiendo así:

«Dicen que les van a traer a Alifonso... ¡Pa chasco! Por mí que lo
traigan. A cuenta que es como si verídicamente trajeran al Terso. Es la
que se dice: pa mí lo mismo es blanco que negro. Óigame lo bueno: El año
pasado, estando en Alcoy, los carcas me jonjabaron. Me corrí a la
partida de Callosa de Ensarriá y tiré montón de tiros a la Guardia
Cevil. ¡Qué _yeción_! Salta por aquí, salta por allá. Pero pronto me
llamé andana porque me habían hecho contrata de medio duro diario, y los
rumbeles solutamente no paicían. Yo dije: 'José mío, güélvete liberal,
que lo de carca no tercia'. Una nochecita me escurrí, y del tirón me jui
a Barcelona, donde la carpanta fue tan grande, maestro, que por poco doy
las boqueás. ¡Ay!, tocayo, si no es porque se me terció encontrarme allí
con mi sobrina Fortunata, no la cuento. Socorriome... es buena chica, y
con los cuartos que me dio, trinqué el judío tren, y a Madriz...».

--Entonces--dijo Ido, fatigado de aquel relato incoherente, y de aquel
vocabulario grotesco--, recogió usted a ese precioso niño...

Buscaba Ido la novela dentro de aquella gárrula página contemporánea;
pero Izquierdo, como hombre de más seso, despreciaba la novela para
volver a la grave historia.

«Allego y me aboco con los comiteles y les canto claro: '¿Pero señores,
nos acantonamos o no nos acantonamos?... porque si no va a haber aquí
una _yeción_. ¡Se reían de mí!... ¡pillos! ¡Como que estaban vendidos al
moderaísmo!... Sabusté tocayo, ¿con qué me motejaban aquellos
mequetrefes? Pues na; con que yo no sé leer ni escribir: No es todo lo
verídico, ¡hostia!, porque leer ya sé, aunque no del todo lo seguío que
se debe. Como escribir, no escribo porque se me corre la tinta por el
dedo... ¡Bah!, es la que se dice: los escribidores, los periodiqueros, y
los publicantones son los que han perdío con sus tiologías a esta judía
tierra, maestro».

Ido tardó mucho tiempo en apoyar esto, por ser quien era; pero Izquierdo
le apretó el brazo con tanta fuerza, que al fin no tuvo más remedio que
asentir con una cabezada, haciendo la reserva mental de que sólo por la
violencia daba su autorizado voto a tal barbaridad.

«Entonces, tocayo de mi arma, viendo que me querían meter en el
estaribel y enredarme con los guras, tomé el olivo y no juimos a
Cartagena. ¡Ay, qué vida aquella! ¡Re-hostia! A mí me querían hacer
menistro de la Gubernación; pero dije que nones. No me gustan suponeres.
A cuenta que salimos con las freatas por aquellos mares de mi arma. Y
entonces, que quieras que no, me ensalzaron a tiniente de navío, y
estaba mismamente a las órdenes del general Contreras, que me trataba
de tú. ¡Ay qué hombre y qué buen avío el suyo! Parecía verídicamente el
gran turco con su gorro colorao. Aquello era una gloria. ¡Alicante,
Águilas! Pelotazo va, pelotazo viene. Si por un es caso nos dejan,
tocayo, nos comemos el santísimo mundo y lo acantonamos toíto... ¡Orán!
¡Ay qué mala sombra tiene Orán y aquel judío _vu_ de los franceses que
no hay cristiano que lo pase!... Me najo de allí, güelvo a mi Españita,
entro en Madriz mu callaíto, tan fresco... ¿a mí qué?... y me presento a
estos tiólogos, mequetrefes y les digo: 'Aquí me tenéis, aquí tenéis a
la personalidá del endivido verídico que se pasó la santísima vida
peleando como un gato tripa arriba por las judías libertades... Matarme,
hostia, matarme; a cuenta que no me queréis colocar...'. ¿Usté me hizo
caso? Pues ellos tampoco. Espotrica que te espotricarás en las Cortes, y
el santísimo pueblo que reviente. Y yo digo que es menester acantonar a
Madriz, pegarte fuego a las Cortes, al Palacio Real, y a lo judíos
ministerios, al Monte de Piedad, al cuartel de la Guardia Cevil y al
Dipósito de las Aguas, y luego hacer un racimo de horca con Castelar,
Pi, Figueras, Martos, Bicerra y los demás, por moderaos, por
moderaos...».



--vi--


Dijo el _por moderaos_ hasta seis veces, subiendo gradualmente de tono,
y la última repetición debió de oírse en el puente de Toledo. El otro
José estaba muy aturdido con la bárbara charla del grande hombre, el más
desgraciado de los héroes y el más desconocido de los mártires. Su
máscara de misantropía y aquella displicencia de genio perseguido eran
natural consecuencia de haber llegado al medio siglo sin encontrar su
asiento, pues treinta años de tentativas y de fracasos son para abatir
el ánimo más entero. Izquierdo había sido chalán, tratante en trigos,
revolucionario, jefe de partidas, industrial, fabricante de velas, punto
figurado en una casa de juego y dueño de una _chirlata_; había casado
dos veces con mujeres ricas, y en ninguno de estos diferentes estados y
ocasiones obtuvo los favores de la voluble suerte. De una manera y otra,
casado y soltero, trabajando por su cuenta y por la ajena, siempre mal,
siempre mal, ¡hostia!

La vida inquieta, las súbitas apariciones y desapariciones que hacía, y
el haber estado en _gurapas_ algunas temporadillas rodearon de misterio
su vida, dándole una reputación deplorable. Se contaban de él horrores.
Decían que había matado a Demetria, su segunda mujer, y cometido otros
nefandos crímenes, violencias y atropellos. Todo era falso. Hay que
declarar que parte de su mala reputación la debía a sus fanfarronadas y
a toda aquella humareda revolucionaria que tenía en la cabeza. La mayor
parte de sus empresas políticas eran soñadas, y sólo las creían ya
poquísimos oyentes, entre los cuales Ido del Sagrario era el de mayores
tragaderas. Para completar su retrato, sépase que no había estado en
Cartagena. De tanto pensar en el dichoso cantón, llegó sin duda a
figurarse que había estado en él, hablando por los codos de aquellas
tremendas _yeciones_ y dando detalles que engañaban a muchos bobos. Lo
de la partida de Callosa sí parece cierto.

También se puede asegurar, sin temor de que ningún dato histórico pruebe
lo contrario, que _Platón_ no era valiente, y que, a pesar de tanta
baladronada, su reputación de braveza empezaba a decaer como todas las
glorias de fundamento inseguro. En los tiempos a que me refiero, el
descrédito era tal que la propia vanidad _platónica_ estaba ya por los
suelos. Principiaba a creerse una nulidad, y allá en sus soliloquios
desesperados, cuando le salía mal alguna de las bajezas con que se
procuraba dinero, se escarnecía sinceramente, diciéndose: «soy pior que
una caballería; soy más tonto que un cerrojo; no sirvo absolutamente
para nada». El considerar que había llegado a los cincuenta años sin
saber _plumear_ y leyendo sólo a trangullones, le hacía formar de su
_endivido_ la idea más desventajosa. No ocultaba su dolor por esto, y
aquel día se lo expresó a su tocayo con sentida ingenuidad:

«Es una gaita esto de no saber escribir... ¡Hostia!, si yo supiera...
Créalo: ese es el por qué de la tirria que me tiene Pi».

Don José no le contestó. Estaba doblado por la cintura, porque el
digerir las dos enormes chuletas que se había atizado, no se presentaba
como un problema de fácil solución. Izquierdo no reparó que a su amigo
le temblaba horriblemente el párpado, y que las carúnculas del cuello y
los berrugones de la cara, inyectados y turgentes, parecían próximos a
reventar. Tampoco se fijó en la inquietud de D. José, que se movía en el
asiento como si este tuviese espinas; y volviendo a lamentarse de su
destino, se dejó decir: «Porque no hacen solutamente estimación de los
verídicos hombres del mérito. Tanto mequetrefe colocao, y a nosotros,
tocayo, a estos dos hombres de calidá nadie les ensalza. A cuenta de
ellos se lo pierden; porque usted, ¡hostia!, sería un lince para la
Destrución pública, y yo... yo».

La vanidad de _Platón_ cayó de golpe cuando más se remontaba, y no
encontrando aplicación adecuada a su personalidad, se estrelló en la
conciencia de su estolidez. «Yo... para tirar de un carromato--pensó--.
Después dejó caer la varonil y gallarda cabeza sobre el pecho y estuvo
meditando un rato sobre _el por qué_ de su perra suerte. Ido permaneció
completamente insensible a la lisonja que le soltara su amigo, y tenía
la imaginación sumergida en sombrío lago de tristezas, dudas, temores y
desconfianzas. A Izquierdo le roía el pesimismo. La carga de la bebida
en su estómago no tuvo poca parte en aquel desaliento horrible, durante
el cual vio desfilar ante su mente los treinta años de fracasos que
formaban su historia activa... Lo más singular fue que en su tristeza
sentía una dulce voz silbándole en el oído: «Tú sirves para algo... no
te amontones...». Mas no se convencía, no. «Al que me dijera
--pensaba--, cuál es la judía cosa pa que sirve este piazo de hombre, le
querría, si es caso, más que a mi padre». Aquel desventurado era como
otros muchos seres que se pasan la mayor parte de la vida fuera de su
sitio, rodando, rodando, sin llegar a fijarse en la casilla que su
destino les ha marcado. Algunos se mueren y no llegan nunca; Izquierdo
debía llegar, a los cincuenta y un años, al puesto que la Providencia le
asignara en el mundo, y que bien podríamos llamar glorioso. Un año
después de lo que ahora se narra estaba ya aquel planeta errante, puedo
dar fe de ello, en su sitio cósmico. _Platón_ descubrió al fin la ley de
su sino, aquello para que exclusiva y _solutamente_ servía. Y tuvo
sosiego y pan, fue útil y desempeñó un gran papel, y hasta se hizo
célebre y se lo disputaban y le traían en palmitas. No hay ser humano,
por despreciable que parezca, que no pueda ser eminencia en algo, y
aquel buscón sin suerte, después de medio siglo de equivocaciones, ha
venido a ser, por su hermosísimo talante, el gran _modelo_ de la pintura
histórica contemporánea. Hay que ver la nobleza y arrogancia de su
figura cuando me lo encasquetan una armadura fina, o ropillas y
balandranes de raso, y me lo ponen _haciendo_ el duque de Gandía, al
sentir la corazonada de hacerse santo, o el marqués de Bedmar ante el
Consejo de Venecia, o Juan de Lanuza en el patíbulo, o el gran Alba
poniéndoles las peras a cuarto a los flamencos. Lo más peregrino es que
aquella caballería, toda ignorancia y rudeza, tenía un notable instinto
de la postura, sentía hondamente la facha del personaje, y sabía
traducirla con el gesto y la expresión de su admirable rostro.

Pero en aquella sazón, todo esto era futuro y sólo se presentaba a la
mente embrutecida de _Platón_ como presentimiento indeciso de glorias y
bienandanza. El héroe dio un suspiro, a que contestó el poeta con otro
suspiro más tempestuoso. Mirando cara a cara a su amigo, Ido tosió dos o
tres veces, y con una vocecilla que sonaba metálicamente, le dijo,
poniéndole la mano en el hombro:

«Usted es desgraciado porque no le hacen justicia; pero yo lo soy más,
tocayo, porque no hay mayor desdicha que el deshonor».

--¡Repóblica puerca, repóblica cochina!--rebuznó _Platón_, dando en la
mesa un porrazo tan recio, que todo el ventorro tembló.

--Porque todo se puede conllevar--dijo Ido bajando la voz
lúgubremente--, menos la infidelidad conyugal. Terrible cosa es hablar
de esto, querido tocayo, y que esta deshonrada boca pregone mi propia
ignominia... pero hay momentos, francamente, naturalmente, en que no
puede uno callar. El silencio es delito, sí señor... ¿Por qué ha de
echar sobre mí la sociedad esta befa, no siendo yo culpable? ¿No soy
modelo de esposos y padres de familia? ¿Pues cuándo he sido yo
adúltero?, ¿cuándo?... que me lo digan.

De repente, y saltando cual si fuera de goma, el hombre eléctrico se
levantó... Sentía una ansiedad que le ahogaba, un furor que le ponía los
pelos de punta. En este excepcional desconcierto no se olvidó de pagar,
y dando su duro al _Tartera_, recogió la vuelta.

«Noble amigo--díjole a Izquierdo al oído--, no me acompañe usted...
Estimo en lo que valen sus ofrecimientos de ayuda. Pero debo ir solo,
enteramente solo, sí señor; les cogeré _in _ _ fraganti_...
¡Silencio...!, ¡chis!... La ley me autoriza a hacer un escarmiento...
pero horrible, tremendo... ¡Silencio digo!».

Y salió de estampía, como una saeta. Viéndole correr, se reían Izquierdo
y el _Tartera_. El infeliz Ido iba derecho a su camino sin reparar en
ningún tropiezo. Por poco tumba a un ciego, y le volcó a una mujer la
cesta de los cacahuetes y piñones. Atravesó la Ronda, el Mundo Nuevo y
entró en la calle de Mira el Río baja, cuya cuesta se echó a pechos sin
tomar aliento. Iba desatinado, gesticulando, los ojos fulminantes, el
labio inferior muy echado para fuera. Sin reparar en nadie ni en nada,
entró en la casa, subió las escaleras, y pasando de un corredor a otro,
llegó pronto a su puerta. Estaba cerrada sin llave. Púsose en acecho, el
oído en el agujero de la llave, y empujando de improviso la abrió con
estrépito, y echó un vocerrón muy tremendo: ¡Adúuultera!

«¡Cristo!, ya le tenemos otra vez con el dichoso _dengue_...--chilló
Nicanora, reponiéndose al instante de aquel gran susto--. Pobrecito mío,
hoy viene perdido...».

Don José entró a pasos largos y marcados, con desplantes de cómico de la
legua; los ojos saltándosele del casco; y repetía con un tono cavernoso
la terrorífica palabra: ¡adúuultera!

--Hombre de Dios--dijo la infeliz mujer, dejando a un lado el trabajo,
que aquel día no era pintura, sino costura--, tú has comido, ¿verdad?...
Buena la hemos hecho...

Le miraba con más lástima que enojo, y con cierta tranquilidad relativa,
como se miran los males ya muy añejos y conocidos.

«--Fuertecillo es el ataque... Corazón, ¡cómo estás hoy! Algún indino te
ha convidado... Si le cojo... Mira, José, debes acostarte...».

--Por Dios, papá--dijo Rosita, que había entrado detrás de su padre--,
no nos asustes... Quítate de la cabeza esas andróminas.

Apartola él lejos de sí con enérgico ademán, y siguió dando aquellos
pasos tragicómicos sin orden ni concierto. Parecía registrar la casa; se
asomaba a las fétidas alcobas, daba vueltas sobre un tacón, palpaba las
paredes, miraba debajo de las sillas, revolviendo los ojos con fiereza y
haciendo unos aspavientos que harían reír grandemente si la compasión no
lo impidiera. La vecindad, que se divertía mucho con el _dengue_ del
buen ido, empezó a congregarse en el corredor. Nicanora salió a la
puerta: «Hoy está atroz... Si yo cogiera al lipendi que le convidó a
magras...».

--¡Venga usted acá, dama infiel!--le dijo el frenético esposo,
cogiéndola por un brazo.

Hay que advertir que ni en lo más fuerte del acceso era brutal. O
porque tuviera muy poca fuerza o porque su natural blando no fuese nunca
vencido de la fiebre de aquella increíble desazón, ello es que sus manos
apenas causaban ofensa. Nicanora le sujetó por ambos brazos, y él,
sacudiéndose y pateando, descargaba su ira con estas palabras roncas:
«No me lo negarás ahora... Le he visto, le he visto yo».

--¿A quién has visto, corazón?... ¡Ah!, sí, al duque. Sí, aquí le
tengo... No me acordaba... ¡Pícaro duque, que te quiere quitar esa
recondenada prenda tuya!

Desprendido de las manos de su mujer, que como tenazas le sujetaban, Ido
volvió a sus mímicas, y Nicanora, sabiendo que no había más medio de
aplacarle que dar rienda suelta a su insana manía para que el ataque
pasara más pronto, le puso en la mano un palillo de tambor que allí
habían dejado los chicos, y empujándole por la espalda... «Ya puedes
escabecharnos--le dijo--, anda, anda; estamos allí, en el camarín, tan
agasajaditos... Fuerte, hijo; dale firme y sácanos el mondongo...».

Dando trompicones, entró Ido en una de las alcobas, y apoyando la
rodilla en el camastro que allí había empezó a dar golpes con el
palillo, pronunciando torpemente estas palabras: «Adúlteros, expiad
vuestro crimen». Los que desde el corredor le oían, reíanse a todo
trapo, y Nicanora arengaba al público diciendo: «pronto se le pasará;
cuanto más fuerte, menos le dura».

«Así, así... muertos los dos... charco de sangre... yo vengado, mi honra
la... la... vadita» murmuraba él dando golpes cada vez más flojos, y al
fin se desplomó sobre el jergón boca abajo. Las piernas colgaban fuera,
la cara se oprimía contra la almohada, y en tal postura rumiaba
expresiones oscuras que se apagaban resolviéndose en ronquidos. Nicanora
le volvió cara arriba para que respirase bien, le puso las piernas
dentro de la cama, manejándole como a un muerto, y le quitó de la mano
el palo. Arreglole las almohadas y le aflojó la ropa. Había entrado en
el segundo periodo, que era el comático, y aunque seguía delirando, no
movía ni un dedo, y apretaba fuertemente los párpados, temeroso de la
luz. Dormía la mona de carne.

Cuando la _Venus de Médicis_ salió del cubil, vio que entre las personas
que miraban por la ventana, estaba Jacinta, acompañada de su doncella.



--vii--


Había presenciado parte de la escena y estaba aterrada. «Ya le pasó lo
peor--dijo Nicanora saliendo a recibirla--. Ataque muy fuerte... Pero no
hace daño. ¡Pobre ángel! Se pone de esta conformidad cuando come».

--¡Cosa más rara! --expresó Jacinta entrando.

--Cuando come carne... Sí señora. Dice el médico que tiene el cerebro
como pasmado, porque durante mucho tiempo estuvo escribiendo cosas de
mujeres malas, sin comer nada más que las condenadas judías... La
miseria, señora, esta vida de perros. ¡Y si supiera usted qué buen
hombre es!... Cuando está tranquilo no hace cosa mala ni dice una
mentira... Incapaz de matar una pulga. Se estará dos años sin probar el
pan, con tal que sus hijos lo coman. Ya ve la señora si soy desgraciada.
Dos años hace que José empezó con estas incumbencias. ¡Se pasaba las
noches en vela, sacando de su cabeza unas fábulas...!, todo tocante a
damas infieles, guapetonas, que se iban de picos pardos con unos duques
muy adúlteros... y los maridos trinando... ¡Qué cosas inventaba! Y por
la mañana las ponía en limpio en papel de marquilla con una letra que
daba gusto verla. Luego le dio el tifus, y se puso tan malo que estuvo
_suministrado_ y creíamos que se iba. Sanó y le quedaron estas
calenturas de la sesera, este _dengue_ que le da siempre que toma
sustancia. Tiene temporadas, señora; a veces el ataque es muy ligero, y
otras se pone tan encalabrinado que sólo de pasar por delante del
Matadero le baila el párpado y empieza a decir disparates. Bien dicen,
señora, que la carne es uno de los enemigos del alma... Cuidado con lo
que saca... ¡Que yo me adultero, y que se la pego con un duque!... Miren
que yo con esta facha...

No interesaba a Jacinta aquel triste relato tanto como creía Nicanora, y
viendo que esta no ponía punto, tuvo la dama que ponerlo.

«Perdone usted--dijo dulcificando su acento todo lo posible--, pero
dispongo de poco tiempo. Quisiera hablar con ese señor que llaman
_Don_... José Izquierdo».

--Para servir a vuecencia--dijo una voz en la puerta, y al mirar, encaró
Jacinta con la arrogantísima figura de _Platón_, quien no le pareció tan
fiero como se lo habían pintado.

Díjole la Delfina que deseaba hablarle, y él la invitó con toda la
cortesía de que era capaz a pasar a su habitación. Ama y criada se
pusieron en marcha hacia el 17, que era la vivienda de Izquierdo.

«¿En dónde está el _Pituso_?» preguntó Jacinta a mitad del camino.

Izquierdo miró al patio donde jugaban varios chicos, y no viéndole por
ninguna parte, soltó un gruñido. Cerca del 17, en uno de los ángulos del
corredor había un grupo de cinco o seis personas entre grandes y chicos,
en el centro del cual estaba un niño como de diez años, ciego, sentado
en una banqueta y tocando la guitarra. Su brazo era muy pequeño para
alcanzar el extremo del mango. Tocaba al revés, pisando las cuerdas con
la derecha y rasgueando con la izquierda, puesta la guitarra sobre las
rodillas, boca y cuerdas hacia arriba.

La mano pequeña y bonita del ceguezuelo hería con gracia las cuerdas,
sacando de ellas arpegios dulcísimos y esos punteados graves que tan
bien expresan el sentir hondo y rudo de la plebe. La cabeza del músico
oscilaba como la de esos muñecos que tienen por pescuezo una espiral de
acero, y revolvía de un lado para otro los globos muertos de sus ojos
cuajados, sin descansar un punto. Después de mucho y mucho puntear y
rasguear, rompió con chillona voz el canto:

_A Pepa la gitani... i... i..._

Aquel _iiii_ no se acababa nunca, daba vueltas para arriba y para abajo
como una rúbrica trazada con el sonido. Ya les faltaba el aliento a los
oyentes cuando el ciego se determinó a posarse en el final de la frase:

_lla-cuando la parió su madre..._

Expectación, mientras el músico echaba de lo hondo del pecho unos ayes y
gruñidos como de un perrillo al que le están pellizcando el rabo. _¡Ay,
ay, ay!_... Por fin concluyó:

_sólo para las narices_

_le dieron siete calambres._

Risas, algazara, pataleos... Junto al niño cantor había otro ciego,
viejo y curtido, la cara como un corcho, montera de pelo encasquetada y
el cuerpo envuelto en capa parda con más remiendos que tela. Su risilla
de suficiencia le denunciaba como autor de la celebrada estrofa. Era
también maestro, padre quizás, del ciego chico y le estaba enseñando el
oficio. Jacinta echó un vistazo a todo aquel conjunto, y entre las
respetables personas que formaban el corro, distinguió una cuya
presencia la hizo estremecer. Era el _Pituso_, que asomando por entre el
ciego grande y el chico, atendía con toda su alma a la música, puesta
una mano en la cintura y la otra en la boca. «Ahí está» dijo al Sr.
Izquierdo, que al punto le sacó del grupo para llevarle consigo. Lo más
particular fue que si cuando la fisonomía del _Pituso_ estaba
embadurnada creyó Jacinta advertir en ella un gran parecido con Juanito
Santa Cruz, al mirarla en su natural ser, aunque no efectivamente
limpia, el parecido se había desvanecido.

«No se parece» pensaba entre alegre y desalentada, cuando Izquierdo le
señaló la puerta para que entrase.

Cuentan Jacinta y su criada que al verse dentro de la reducida, inmunda
y desamparada celda, y al observar que el llamado _Platón_ cerraba la
puerta, les entró un miedo tan grande que a entrambas se les ocurrió
salir a la ventanilla a pedir socorro. Miró la señora de soslayo a la
criada, por ver si esta mostraba entereza de ánimo; pero Rafaela estaba
más muerta que viva. «Este bandido--pensó Jacinta--, nos va a retorcer
el pescuezo sin dejarnos chistar». Algo se tranquilizaba oyendo muy
cerca el guitarreo y el rum rum de la multitud que rodeaba a los dos
ciegos. Izquierdo les ofreció las dos sillas que en la estancia había, y
él se sentó sobre un baúl, poniendo al _Pituso_ sobre sus rodillas.

Rafaela cuenta que en aquel momento se le ocurrió un plan infalible para
defenderse del monstruo, si por acaso las atacaba. Desde el punto en que
le viera hacer un ademán hostil, ella se le colgaría de las barbas. Si
en el mismo instante y muy de sopetón su señorita tenía la destreza
suficiente para coger un asador que muy cerca de su mano estaba y
metérselo por los ojos, la cosa era hecha.

No había allí más muebles que las dos sillas y el baúl. Ni cómoda, ni
cama, ni nada. En la oscura alcoba debía de haber algún camastro. De la
pared colgaba una grande y hermosa lámina detrás de cuyo cristal se
veían dos trenzas negras de pelo, hermosísimas, enroscadas al modo de
culebras, y entre ellas una cinta de seda con este letrero: _¡Hija mía!_
«¿De quién es ese pelo?» preguntó Jacinta vivamente, y la curiosidad le
alivió por un instante el miedo.

--De la hija de mi mujer --replicó _Platón_ con gravedad, echando una
mirada de desdén al cuadro de las trenzas.

--Yo creí que eran de... --balbució la dama sin atreverse a acabar la
frase--. Y la joven a quien pertenecía ese pelo, ¿dónde está?

--En el cementerio--gruñó Izquierdo con acento más propio de bestia que
de hombre.

Jacinta examinó al _Pituso_ chico y... cosa rara, volvió a advertir
parecido con el gran _Pituso_. Le miró más, y mientras más le miraba más
semejanza. ¡Santo Dios! Llamole, y el señor Izquierdo dijo al niño con
cierta aspereza atenuada que en él podía pasar por dulzura: «Anda,
piojín, y da un beso a esta señora». El nene, en pie, se resistía a dar
un paso hacia adelante. Estaba como asustado y clavaba en la señora las
estrellas de sus ojos. Jacinta había visto ojos lindos, pero como
aquellos no los había visto nunca. Eran como los del Niño Dios pintado
por Murillo. «Ven, ven» le dijo llamándole con ese movimiento de las dos
manos que había aprendido de las madres. Y él tan serio, con las
mejillas encendidas por la vergüenza infantil, que tan fácilmente se
resuelve en descaro.

«A cuenta que no es corto de genio; pero se espanta de las personas
finas» dijo Izquierdo empujándole hasta que Jacinta pudo cogerle.

--Si es todo un caballero formal --declaró la señorita dándole un beso
en su cara sucia que aún olía a la endiablada pintura--. ¿Cómo estás
hoy tan serio y ayer te reías tanto y me enseñabas tu lengüecita?

Estas palabras rompieron el sello a la seriedad de Juanín, porque lo
mismo fue oírlas que desplegar su boca en una sonrisa angelical. Riose
también Jacinta; pero su corazón sintió como un repentino golpe, y se le
nublaron los ojos. Con la risa del gracioso chiquillo resurgía de un
modo extraordinario el parecido que la dama creía encontrar en él.
Figurose que la raza de Santa Cruz le salía a la cara como poco antes le
había salido el carmín del rubor infantil. «Es, es...» pensó con
profunda convicción, comiéndose a miradas la cara del rapazuelo. Vela en
ella las facciones que amaba; pero allí había además otras desconocidas.
Entrole entonces una de aquellas rabietinas que de tarde en tarde
turbaban la placidez de su alma, y sus ojos, iluminados por aquel
rencorcillo, querían interpretar en el rostro inocente del niño las
aborrecidas y culpables bellezas de la madre. Habló, y su metal de voz
había cambiado completamente. Sonaba de un modo semejante a los bajos de
la guitarra: «Señor Izquierdo, ¿tiene usted ahí por casualidad el
retrato de su sobrina?».

Si Izquierdo hubiera respondido que sí, ¡cómo se habría lanzado Jacinta
sobre él! Pero no había tal retrato, y más valía así. Durante un rato
estuvo la dama silenciosa, sintiendo que se le hacía en la garganta el
nudo aquel, síntoma infalible de las grandes penas. En tanto, el _Pituso_
adelantaba rápidamente en el camino de la confianza. Empezó por tocar
con los dedos tímidamente una pulsera de monedas antiguas que Jacinta
llevaba, y viendo que no le reñían por este desacato, sino que la
señora aquella tan guapa le apretaba contra sí, se decidió a examinar el
imperdible, los flecos del mantón y principalmente el manguito, aquella
cosa de pelos suaves con un agujero, donde se metía la mano y estaba tan
calentito.

Jacinta le sentó sobre sus rodillas y trató de ahogar su desconsuelo,
estimulando en su alma la piedad y el cariño que el desvalido niño le
inspiraba. Un examen rápido sobre el vestido de él le reprodujo la pena.
¡Que el hijo de su marido estuviese con las carnecitas al aire, los pies
casi desnudos...! Le pasó la mano por la cabeza rizosa, haciendo voto en
su noble conciencia de querer al hijo de otra como si fuera suyo. El
rapaz fijaba su atención de salvaje en los guantes de la señora. No
tenía él ni idea remota de que existieran aquellas manos de mentira,
dentro de las cuales estaban las manos verdaderas.

«¡Pobrecito! --exclamó con vivo dolor Jacinta, observando que el mísero
traje del _Pituso_ era todo agujeros. Tenía un hombro al aire, y una de
las nalgas estaba también a la intemperie. ¡Con cuánto amor pasó la mano
por aquellas finísimas carnes, de las cuales pensó que nunca habían
conocido el calor de una mano materna, y que estaban tan heladas de
noche como de día!

«Toca, toca--dijo a la criada--; muertecito de frío».

Y al Sr. Izquierdo: «Pero ¿por qué tiene usted a este pobre niño tan
desabrigado?».

--Soy pobre, señora --refunfuñó Izquierdo con la sequedad de siempre--.
No me quieren colocar... por decente...

Iba a seguir espetando el relato de sus cuitas políticas; pero Jacinta
no le hizo caso. Juanín, cuya audacia crecía por momentos, atrevíase ya
nada menos que a posarle la mano en la cara, con muchísimo respeto, eso
sí.

«Te voy a traer unas botas muy bonitas» le dijo la que quería ser madre
adoptiva, echándole las palabras con un beso en su oído sucio.

El muchacho levantó un pie. ¡Y qué pie! Más valía que ningún cristiano
lo viera. Era una masa de informe esparto y de trapo asqueroso, llena de
lodo y con un gran agujero, por el cual asomaba la fila de deditos
rosados.

«¡Bendito Dios! --exclamó Rafaela rompiendo a reír--. ¿Pero Sr.
Izquierdo, tan pobre es usted que no tiene para...?».

--Solutamente... --¡Te voy a poner más majo...!, verás. Te voy a poner
un vestido muy precioso, tu sombrero, tus botas de charol.

Comprendiendo aquello, el muy tuno ¡abría cada ojo...! De todas las
flaquezas humanas, la primera que apunta en el niño, anunciando el
hombre, es la presunción. Juanín entendió que le iban a poner guapo y
soltó una carcajada. Pero las ideas y las sensaciones cambian
rápidamente en esta edad, y de improviso el _Pituso_ dio una palmada y
echó un gran suspiro. Es una manera especial que tienen los chicos de
decir: «Esto me aburre; de buena gana me marcharía». Jacinta le retuvo a
la fuerza.

--Vamos a ver, Sr. de Izquierdo--dijo la dama, planteando decididamente
la cuestión--. Ya sé por su vecino de usted quién es la mamá de este
niño. Está visto que usted no lo puede criar ni educar. Yo me lo llevo.

Izquierdo se preparó a la respuesta.

--Diré a la señora... yo... verídicamente, le tengo ley. Le quiero, si a
mano viene, como hijo... Socórrale la señora, por ser de la casta que
es; colóqueme a mí, y yo lo criaré.

--No, estos tratos no me convienen. Seremos amigos; pero con la
condición de que me llevo este pobre ángel a mi casa. ¿Para qué le
quiere usted? ¿Para que se críe en esos patios malsanos entre
pilletes?... Yo le protegeré a usted, ¿qué quiere?, ¿un destino?, ¿una
cantidad?

--Si la señora--insinuó Izquierdo torvamente, soltando las palabras
después de rumiarlas mucho--, me logra una cosa...

--A ver qué cosa... --La señora se aboca con Castelar... que me tiene
tanta tirria... o con el Sr. de Pi.

--Déjeme usted a mí de _pi_ y de _pa_... Yo no le puedo dar a usted
ningún destino.

--Pues si no me dan la ministración del Pardo, el hijo se queda aquí...
¡hostia! --declaró Izquierdo con la mayor aspereza, levantándose.
Parecía responder con la exhibición de su gallarda estatura más que con
las palabras.

--La administración del Pardo nada menos. Sí, para usted estaba. Hablaré
a mi esposo, el cual reconocerá a Juanín y le reclamará por la justicia,
puesto que su madre le ha abandonado.

Rafaela cuenta que al oír esto, se desconcertó un tanto _Platón_. Pero
no se dio a partido, y cogiendo en brazos al niño le hizo caricias a su
modo: «¿Quién te quiere a ti, churumbé?... ¿A quién quieres tú, piojín
mío?».

El chico le echó los brazos al cuello.

«Yo no le impido ni le impediré a usted que le siga queriendo, ni aun
que le vea alguna vez --dijo la señora, contemplando a Juanín como una
tonta--. Volveré mañana y espero convencerle... y en cuanto a la
administración del Pardo, no crea usted que digo que no. Podría ser...
no sé...».

Izquierdo se dulcificó un poco.

«Nada, nada--pensó Jacinta--, este hombre es un chalán. No sé tratar con
esta clase de gente. Mañana vuelvo con Guillermina y entonces... aquí te
quiero ver. Para usted--dijo luego en voz alta--, lo mejor sería una
cantidad. Me parece que está la patria oprimida».

Izquierdo dio un suspiro y puso al chico en el suelo. «Un endivido, que
se pasó su santísima vida bregando porque los españoles sean libres...».

--Pero, hombre de Dios, ¿todavía les quiere usted más libres?

--No... es la que se dice... cría cuervos... Sepa usté que Bicerra,
Castelar y otros mequetrefes, todo lo que son me lo deben a mí.

--Cosa más particular. El ruido de la guitarra y de los cantos de los
ciegos arreció considerablemente, uniéndose al estrépito de tambores de
Navidad.

«¿Y tú no tienes tambor?» preguntó Jacinta al pequeñuelo, que apenas
oída la pregunta ya estaba diciendo que no con la cabeza.

--¡Que barbaridad! ¡Miren que no tener tú un tambor...! Te lo voy a
comprar hoy mismo, ahora mismo. ¿Me das un beso?

No se hacía de rogar el _Pituso_. Empezaba a ser descarado. Jacinta sacó
un paquetito de caramelos, y él, con ese instinto de los golosos, se
abalanzó a ver lo que la señora sacaba de aquellos papeles. Cuando
Jacinta le puso un caramelo dentro de la boca, Juanín se reía de gusto.

«¿Cómo se dice?» le preguntó Izquierdo.

Inútil pregunta, porque él no sabía que cuando se recibe algo se dan las
gracias.

Jacinta le volvió a coger en brazos y a mirarle. Otra vez le pareció que
el parecido se borraba. ¡Si no sería...! Era conveniente averiguarlo y
no proceder con precipitación. Guillermina se encargaría de esto. De
repente el muy pillo la miró, y sacándose el caramelo de la boca, se lo
ofreció para que chupase ella.

«No, tonto, si tengo más».

Después, viendo que su galantería no era estimada, le enseñó la lengua.

«¡Grandísimo tuno, me haces burla, a mí!...».

Y él, entusiasmándose, volvió a sacar la lengua, y habló por primera vez
en aquella conferencia, diciendo muy claro: «Putona».

Ama y criada rompieron a reír, y Juanín lanzó una carcajada
graciosísima, repitiendo la expresión, y dando palmadas como para
aplaudirse.

--¡Qué cosas le enseña usted!...

--Vaya, hijo, no digas exprisiones...

--¿Me quieres?--le dijo la Delfina apretándole contra sí.

El chico clavó sus ojos en Izquierdo.

«Dile que sí pero a cuenta que no te vas con ella... ¿sabes?... que no
te vas con ella, porque quieres más a tu papá Pepe, piojín..., y que a
tu papá le tien que dar la ministración».

Volvió el bárbaro a cogerle, y Jacinta se despidió, haciendo propósito
firme de volver con el refuerzo de su amiga.

«Adiós, adiós, Juanín. Hasta mañana»; y le besó la mano, pues la cara
era imposible por tenerla toda untada de caramelo.

--Adiós, rico--dijo Rafaela pellizcándole los dedos de un pie que
asomaban por las claraboyas del calzado.

Y salieron. Izquierdo, que aunque se tenía por caballería, preciábase de
ser caballero, salió a despedirlas a la puerta de la calle, con el
pequeño en brazos. Y le movía la manecita para hacerle saludar a las dos
mujeres hasta que doblaron la esquina de la calle del Bastero.



--viii--


A las nueve del día siguiente ya estaban allí otra vez ama y doncella,
esperando a Guillermina, que convino en unirse con su amiga en cuanto
despachara ciertos quehaceres que tenía en la estación de las Pulgas.
Había recibido dos vagones de sillares y obtenido del director de la
Compañía del Norte que le hicieran la descarga gratis con las grúas de
la empresa... ¡los pasos que tuvo que dar para esto! Pero al fin se
salió con la suya, y además quería que del transporte se encargara la
misma empresa, que bastante dinero ganaba, y bien podía dar a los
huérfanos desvalidos unos cuantos viajes de camiones.

En cuanto entraron Jacinta y Rafaela vieron a Juanín jugando en el
patio. Llamáronle y no quiso venir. Las miraba desde lejos, riendo, con
media mano metida dentro de la boca; pero en cuanto le enseñaron el
tambor que le traían, como se enseñan al toro, azuzándole, las
banderillas que se le han de clavar, vino corriendo como exhalación. Su
contento era tal que parecía que le iba a dar una pataleta, y estaba tan
inquieto, que a Jacinta le costó trabajo colgarle el tambor. Cogidos los
palillos uno en cada mano, empezó a dar porrazos sobre el parche,
corriendo por aquellos muladares, envidiado de los demás, y sin ocuparse
de otra cosa que de meter toda la bulla posible.

Jacinta y Rafaela subieron. La criada llevaba un lío de cosas, dádivas
que la señora traía a los menesterosos de aquella pobrísima vecindad.
Las mujeres salían a sus puertas movidas de la curiosidad; empezaba el
chismorreo, y poco después, en los murmurantes corros que se formaron,
circulaban noticias y comentos: «A la señá Nicanora le ha traído un
mantón borrego, al tío _Dido_ un sombrero y un chaleco de Bayona, y a
Rosa le ha puesto en la mano cinco duros como cinco soles...». --«A la
baldada del número 9 le ha traído una manta de cama, y a la señá
Encarnación un aquel de franela para la reuma, y al tío Manjavacas un
ungüento en un tarro largo que lo llaman _pitofufito_... sabe, lo que le
di yo a mi niña el año pasado, lo cual no le quitó de
morírseme...».--«Ya estoy viendo a Manjavacas empeñando el tarro o
cambiándolo por gotas de aguardiente...».--«Oí que le quiere comprar el
niño a señó Pepe, y que le da treinta mil duros... y le hace
gobernaor...».--«¿Gobernaor de qué?...». --«Paicen bobas... pues tiene
que ser de las caballerizas repoblicanas...».

Jacinta empezaba a impacientarse porque no llegaba su amiga, y en tanto
tres o cuatro mujeres, hablando a un tiempo, le exponían sus necesidades
con hiperbólico estilo. Esta tenía a sus dos niños descalcitos; la otra
no los tenía descalzos ni calzados, porque se le morían todos, y a ella
le había quedado una angustia en el pecho que decían era una _eroísma_.
La de más allá tenía cinco hijos y vísperas, de lo que daba fe el
promontorio que le alzaba las faldas media vara del suelo. No podía ir
en tal estado a la Fábrica de Tabacos, por lo cual estaba pasando la
familia una _crujida_ buena. El pariente de estotra no trabajaba, porque
se había caído de un andamio y hacía tres meses que estaba en el catre
con un tolondrón en el pecho y muchos dolores, echando sangre por la
boca. Tantas y tantas lástimas oprimían el corazón de Jacinta, llevando
a su mente ideas muy latas sobre la extensión de la miseria humana. En
el seno de la prosperidad en que ella vivía, no pudo darse nunca cuenta
de lo grande que es el imperio de la pobreza, y ahora veía que, por
mucho que se explore, no se llega nunca a los confines de este dilatado
continente. A todos les daba alientos y prometía ampararles en la
medida de sus alcances, que, si bien no cortos, eran quizás
insuficientes para acudir a tanta y tanta necesidad. El círculo que la
rodeaba se iba estrechando, y la dama empezaba a sofocarse. Dio algunos
pasos; pero de cada una de sus pisadas brotaba una compasión nueva;
delante de su caridad luminosa íbanse levantando las desdichas humanas,
y reclamando el derecho a la misericordia. Después de visitar varias
casas, saliendo de ellas con el corazón desgarrado, hallábase otra vez
en el corredor, ya muy intranquila por la tardanza de su amiga, cuando
sintió que le tiraban suavemente de la cachemira. Volviose y vio una
niña como de cinco o seis años, lindísima, muy limpia, con una hoja de
_bónibus_ en el pelo.

«Señora--le dijo la niña con voz dulce y tímida, pronunciando con la más
pura corrección--, ¿ha visto usted mi delantal?».

Cogiendo por los bordes el delantal, que era de cretona azul, recién
planchado y sin una mota, lo mostraba a la señorita.

«Sí... ya lo veo--dijo ésta admirada de tanta gracia y coquetería--.
Estás muy guapa y el delantal es... magnífico».

--Lo he estrenado hoy... no lo ensuciaré, porque no bajo al
patio--añadió la pequeña, hinchando de gozo y vanidad sus naricillas.

--¿De quién eres? ¿Cómo te llamas?

--Adoración. --¡Qué mona eres... y qué simpática!

--Esta niña--dijo una de las vecinas--, es hija de una mujer muy mala
que la llaman _Mauricia la Dura_. Ha vivido aquí dos veces, porque la
pusieron en las _Arrecogidas_, y se escapó, y ahora no se sabe dónde
anda.

--¡Pobre niña!... su mamá no la quiere.

--Pero tiene por mamá a su tía Severiana, que la ampara como si fuera
hija y la va criando. ¿No conoce la señorita a Severiana?

--He oído hablar de ella a mi amiga.

--Sí, la señorita Guillermina la quiere mucho... Como que ella y
Mauricia son hijas de la planchadora de la casa... ¡Severiana!... ¿Dónde
está esa mujer?

--En la compra--replicó Adoración.

--Vaya, que eres muy señorita.

La otra, que se oyó llamar señorita, no cabía en sí de satisfacción.

«Señora--dijo, encantando a Jacinta con su metal de voz argentino y su
pronunciación celestial--. Yo no me pinté la cara el otro día...».

--¡Tú no...!, ya lo sabía. Eres muy aseada.

--No, no me pinté --repitió acentuando tan fuertemente el no con la
cabeza, que parecía que se le rompía el pescuezo--. Esos puercachones me
querían pintar, pero no me dejé.

Jacinta y Rafaela estaban embelesadas. No habían visto una niña tan
bonita, tan modosa y que se metiera por los ojos como aquella. Daba
gusto ver la limpieza de su ropa. La falda la tenía remendada, pero
aseadísima; los zapatos eran viejos, pero bien defendidos, y el delantal
una obra maestra de pulcritud.

En esto llegó la tía y madre adoptiva de Adoración. Era guapetona, alta
y garbosa, mujer de un papelista, y la inquilina más ordenada, o si se
quiere, más pudiente de aquella colmena. Vivía en una de las
habitaciones mejores del primer patio y no tenía hijos propios, razón
más para que Jacinta simpatizase con ella. En cuanto se vieron se
comprendieron. Severiana estimó en lo que valían las bondades de la dama
para con la pequeña; hízola entrar en su casa, y le ofreció una silla de
las que llaman de Viena, mueble que en aquellos tugurios pareciole a
Jacinta el colmo de la opulencia.

«¿Y mi ama doña Guillermina?--preguntó Severiana--. Ya sé que viene
ahora todos los días. ¿Usted no me conoce? Mi madre fue planchadora en
casa de los señores de Pacheco... allí nos criamos mi hermana Mauricia y
yo».

--He oído hablar de ustedes a Guillermina...

Severiana dejó el cesto de la compra, que bien repleto traía, arrojó
mantón y pañuelo, y no pudo resistir un impulso de vanidad. Entre las
habitantes de las casas domingueras es muy común que la que viene de la
plaza con abundante compra la exponga a la admiración y a la envidia de
las vecinas. Severiana empezó a sacar su repuesto, y alargando la mano
lo mostraba de la puerta afuera... «Vean ustedes... una brecolera... un
cuarterón de carne de falda... un pico de carnero con carrilladas...
escarola...» y por último salió la gran sensación. Severiana la enseñó
como un trofeo, reventando de orgullo. «¡Un conejo!» clamaron media
docena de voces... «¡Hija, cómo te has corrido!».--«Hija, porque se
puede, y lo he sacado por siete riales». Jacinta creyó que la cortesía
la obligaba a lisonjear a la dueña de la casa, mirando con muchísimo
interés las provisiones y elogiando su bondad y baratura.

Hablose luego de Adoración, que se había cosido a las faldas de Jacinta,
y Severiana empezó a referir:

«Esta niña es de mi hermana Mauricia... La señora metió en las Micaelas
a mi hermana, pero esta se fugó, encaramándose por una tapia; y ahora la
estamos buscando para volverla a encerrar allá».

--Conozco mucho esa Orden--dijo la de Santa Cruz--, y soy muy amiga de
las madres Micaelas.

Allí la enderezarán... Crea usted que hacen milagros...

--Pero si es muy mala... señora, muy mala--replicó Severiana dando un
suspiro--. Aquí me dejó esta escritura, y no nos pesa, porque me tira el
alma como si la hubiera parido... lo cual que todos los míos me han
nacido muertos; y mi Juan Antonio le ha tomado tal ley a la chica, que
no se puede pasar sin ella. Es una pinturera, eso sí, y me enreda mucho.
Como que nació y se crió entre mujeres malas, que la enseñaron a
fantasiar y a ponerse polvos en la cara. Cuando va por la calle, hace
unos meneos con el cuerpo que... ya le digo que la deslomo, si no se le
quita esa maña... ¡Ah!, ¡verás tú, verás, bribonaza! Lo bueno que tiene
es que no me empuerca la ropa y le gusta lavarse manos, brazos, hocico,
y hasta el cuerpo, señora, hasta el cuerpo. Como coja un pedazo de jabón
de olor, pronto da cuenta de él. ¿Pues el peinarse? Ya me ha roto tres
espejos, y un día... ¿que creerá la señora que estaba haciendo?... pues
pintándose las cejas con un corcho quemado.

Adoración púsose como la grana, avergonzada de las perrerías que se
contaban de ella.

«No lo hará más --dijo la dama sin hartarse de acariciar aquella cara
tan tersa y tan bonita; y variando la conversación, lo que agradeció
mucho la pequeña, se puso a mirar y alabar el buen arreglo de la
salita».

«Tiene usted una casa muy mona».

--Para menestrales, talcualita. Ya sabe la señorita que está a su
disposición. Es muy grande para nosotros; pero tengo aquí una amiga que
vive en compañía, doña Fuensanta, viuda de un señor comandante. Mi
marido es bueno como los panes de Dios. Me gana catorce riales y no
tiene ningún vicio. Vivimos tan ricamente.

Jacinta admiró la cómoda, bruñida de tanto fregoteo, y el altar que
sobre ella formaban mil baratijas, y las fotografías de gente de tropa,
con los pantalones pintados de rojo y los botones de amarillo. El Cristo
del Gran Poder y la Virgen de la Paloma, eran allí dos hermosos cuadros;
había un gran cromo con la _Numancia_, navegando en un mar de musgo, y
otro cuadrito bordado con _dos corazones amantes_, hechos a estilo de
dechado, unidos con una cinta.

Se hacía tarde, y Jacinta no tenía sosiego. Por fin, saliendo al
corredor, vio venir a su amiga presurosa, acalorada... «No me riñas,
hija; no sabes cómo me han marcado esos badulaques en la estación de las
Pulgas. Que no pueden hacer nada sin orden expresa del Consejo. No han
hecho caso de la tarjeta que llevé, y tengo que volver esta tarde, y los
sillares allí muertos de risa y la obra parada... Pero en fin, vamos a
nuestro asunto. ¿En dónde está ese que se come la gente? Adiós,
Severiana... Ahora no me puedo entretener contigo. Luego hablaremos».

Avanzaron en busca de la guarida de Izquierdo, siempre rodeadas de
vecinas. Adoración iba detrás, cogida a la falda de Jacinta, como los
pajes que llevan la cola de los reyes, y delante abriendo calle, como un
batidor, la zancuda, que aquel día parecía tener las canillas más
desarrolladas y las greñas más sueltas. Jacinta le había llevado unas
botas, y estaba la chica muy incomodada porque su madre no se las dejaba
poner hasta el domingo.

Vieron entornada la puerta del 17, y Guillermina la empujó. Grande fue
su sorpresa al encarar, no con el señor _Platón_ a quien esperaba
encontrar allí, sino con una mujerona muy altona y muy feona, vestida de
colorines, el talle muy bajo, la cara como teñida de ferruje, el pelo
engrasado y de un negro que azuleaba. Echose a reír aquel vestiglo,
enseñando unos dientes cuya blancura con la nieve se podría comparar, y
dijo a las señoras que _Don_ Pepe no estaba, pero que al momentico
vendría. Era la vecina del bohardillón, llamada comúnmente la
_gallinejera_, por tener puesto de gallineja y fritanga en la esquina de
la Arganzuela. Solía prestar servicios domésticos al decadente señor de
aquel domicilio, barrerle el cuarto una vez al mes, apalearle el jergón,
y darle una mano de refregones al _Pituso_, cuando la porquería le ponía
una costra demasiado espesa en su angelical rostro. También solía
preparar para el grande hombre algunos platos exquisitos, como dos
cuartos de molleja, dos cuartos de sangre frita y a veces una ensalada
de escarola, bien cargada de ajo y comino.

No tardó en venir Izquierdo, y echose fuera la estantigua aquella
gitanesca, a quien Rafaela miraba con verdadero espanto, rezando
mentalmente un Padre-nuestro porque se marchara pronto. Venía el bárbaro
dando resoplidos, cual si le rindiera la fatiga de tanto negocio como
entre manos traía, y arrojando su pavero en el rincón y limpiándose con
un pañuelo en forma de pelota el sudor de la nobilísima frente, soltó
este gruñido: «Vengo de en ca Bicerra... ¿Ustés me recibieron? Pues él
tampoco... ¡el muy soplao, el muy...! La culpa tengo yo que me rebajo a
endividos tan... disinificantes».

--Cálmese usted, Sr. Pepe --indicó Jacinta, sintiéndose fuerte en
compañía de su amiga.

Como no había más que dos sillas, Rafaela tuvo que sentarse en el baúl y
el grande hombre no comprendido quedose en pie; mas luego tomó una cesta
vacía que allí estaba, la puso boca abajo y acomodó su respetable
persona en ella.



--ix--


Desde que se cruzaron las primeras palabras de aquella conferencia, que
no dudo en llamar memorable, cayó Izquierdo en la cuenta de que tenía
que habérselas con un diplomático mucho más fuerte que él. La tal doña
Guillermina, con toda su opinión de santa y su carita de Pascua, se le
atravesaba. Ya estaba seguro de que le volvería tarumba con sus
_tiologías_ porque aquella señora debía de ser muy nea, y él, la verdad,
no sabía tratar con neos.

«Con que Sr. Izquierdo--propuso la fundadora sonriendo--, ya sabe
usted... esta amiga mía quiere recoger a ese pobre niño, que tan mal se
cría al lado de usted... Son dos obras de caridad, porque a usted le
socorreremos también, siempre que no sea muy exigente...».

--¡Hostia, con la tía bruja esta!--dijo para sí _Platón_, revolviendo
las palabras con mugidos; y luego en voz alta--: Pues como dije a la
señora, si la señora quiere al _Pituso_, que se aboque con Castelar...

--Eso sí; para que le hagan a usted ministro... Sr. Izquierdo, no nos
venga usted con sandeces. ¿Cree que somos tontas? A buena parte viene...
Usted no puede desempeñar ningún destino, porque no sabe leer.

Recibió Izquierdo tan tremendo golpe en su vanidad, que no supo qué
contestar. Tomando una actitud noble, puesta la mano en el pecho,
repuso:

«Señora, eso de no saber no es todo lo verídico... digo que no es todo
lo verídico... verbi gracia: que es mentira. A cuenta que nos moteja
porque semos probes. La probeza no es deshonra».

--No lo es, cierto, pero sí; pero tampoco es honra, ¿estamos? Conozco
pobres muy honrados; pero también los hay que son buenos pájaros.

--Yo soy todo lo decente... ¿estamos?

--¡Ah!, sí... Todos nos llamamos personas decentes; pero facilillo es
probarlo. Vamos a ver. ¿Cómo se ha pasado usted la vida? Vendiendo
burros y caballos, después conspirando y armando barricadas...

--¡Y a mucha honra, y a mucha honra!... ¡re-hostia!--gritó fuera de sí
el chalán, levantándose encolerizado--. ¡Vaya con las tías estas...!

Jacinta daba diente con diente. Rafaela quiso salir a llamar; pero su
propio temor le había paralizado las piernas.

«Ja, ja, ja... nos llama _tías_...--exclamó Guillermina echándose a reír
cual si hubiera oído un inocente chiste--. Vaya con el excelentísimo
señor... ¿Y piensa que nos vamos a enfadar por la flor que nos echa?
Quia; yo estoy muy acostumbrada a estas finuras. Peores cosas le dijeron
a Cristo.

--Señora... señora... no me saque la dinidá; mire que me estoy
aguantando... aguantando...

--Más aguantamos nosotras. --Yo soy un endivido... tal y como...

--Lo que es usted, bien lo sabemos: un holgazanote y un bruto... Sí
hombre, no me desdigo... ¿Piensa usted que le tengo miedo? A ver; saque
pronto esa navaja...

--No la gasto pa mujeres... --Ni para hombres... Si creerá este
fantasmón que nos va a acoquinar porque tiene esa fachada... Siéntese
usted y no haga visajes, que eso servirá para asustar a chicos, pero no
a mí. Además de bruto es usted un embustero, porque ni ha estado en
Cartagena ni ese es el camino, y todo lo que cuenta de las revoluciones
es gana de hablar. A mí me ha enterado quien le conoce a usted bien...
¡Ah!, pobre hombre, ¿sabe usted lo que nos inspira? Pues lástima, una
lástima que no puede ponderarle, por lo grande que es...

Completamente aturdido, cual si le hubieran descargado una maza sobre el
cuello, Izquierdo se sentó sobre la cesta, y esparció sus miradas por el
suelo. Rafaela y Jacinta respiraron, pasmadas del valor de su amiga, a
quien veían como una criatura sobrenatural.

--Con que vamos a ver--prosiguió esta guiñando los ojos, como siempre
que exponía un asunto importante--. Nosotras nos llevamos al niñito, y
le damos a usted una cantidad para que se remedie...

--¿Y qué hago yo con un triste estipendio? ¿Cree que yo me vendo?

--¡Ay, qué delicados están los tiempos!... Usted, ¿qué se ha de vender?
Falta que haya quien le compre. Y esto no es compra, sino socorro. No me
dirá usted que no lo necesita...

--En fin, pa no cansar... --replicó bruscamente José--, si me dan la
ministración...

--Una cantidad y punto concluido...

--¡Que no me da la gana, que no me da la santísima gana!

--Bueno, bueno, no grite usted tanto, que no somos sordas. Y no sea
usted tan fino, que tales finuras son impropias de un señor
revolucionario tan... feroz.

--Usted me quema la sangre... --¿Con que destino, y si no no? Tijeretas
han de ser. A fe que está el hombre cortadito para administrador. Sr.
Izquierdo, dejemos las bromas a un lado; me da mucha lástima de usted;
porque, lo digo con sinceridad, no me parece tan mala persona como cree
la gente. ¿Quiere usted que le diga la verdad? Pues usted es un
infelizote que no ha tenido parte en ningún crimen ni en la invención de
la pólvora.

Izquierdo alzó la vista del suelo y miró a Guillermina sin ningún
rencor. Parecía confirmar con una mirada de sinceridad lo que la
fundadora declaraba.

«Y lo sostengo, este hijo de Dios no es un hombre malo. Dicen por ahí
que usted asesinó a su segunda mujer... ¡Patraña! Dicen que usted ha
robado en los caminos... ¡Mentira! Dicen por ahí que usted ha dado
muchos trabucazos en las barricadas... ¡Paparrucha!».

--Parola, parola, parola --murmuró Izquierdo con amargura.

--Usted se ha pasado la vida luchando por el pienso y no sabiendo nunca
vencer. No ha tenido arreglo... La verdad, este vendehumos es hombre de
poca disposición: no sabe nada, no trabaja, no tiene pesquis más que
para echar fanfarronadas y decir que se come los niños crudos. Mucho
hablar de la República y de los cantones, y el hombre no sirve ni para
los oficios más toscos... ¿Qué tal?, ¿me equivoco? ¿Es este el retrato
de usted, sí o no?...

_Platón_ no decía nada, y pasó y repasó su hermosa mirada por los
ladrillos del piso, como si los quisiera barrer con ella. Las palabras
de Guillermina resonaban en su alma con el acento de esas verdades
eternas contra las cuales nada pueden las argucias humanas.

«Después --añadió la santa--, el pobre hombre ha tenido que valerse de
mil arbitrios no muy limpios para poder vivir, porque es preciso
vivir... Hay que ser indulgente con la miseria, y otorgarle un poquitín
de licencia para el mal».

Durante la breve pausa que siguió a los últimos conceptos de
Guillermina, el infeliz hombre cayó en su conciencia como en un pozo, y
allí se vio tal cual era realmente, despojado de los trapos de oropel en
que su amor propio le envolvía; pensó lo que otras veces había pensado,
y se dijo en sustancia: «Si soy un verídico mulo, un buen Juan que no
sabe matar un mosquito; y esta diabla de santa tiene dentro el cuerpo al
Pae Eterno».

Guillermina no le quitaba los ojos, que con los guiños se volvían
picarescos. Era una maravilla cómo le adivinaba los pensamientos. Parece
mentira, pero no lo es, que después de otra pausa solemne, dijo la
Pacheco estas palabras:

«Porque eso de que Castelar le coloque es cosa de labios afuera. Usted
mismo no lo cree ni en sueños. Lo dice por embobar a Ido y otros tontos
como él... Ni ¿qué destino le van a dar a un hombre que firma con una
cruz? Usted que alardea de haber hecho tantas revoluciones y de que nos
ha traído la dichosa República, y de que ha fundado el cantón de
Cartagena... ¡así ha salido él!... usted que se las echa de hombre
perseguido y nos llama neas con desprecio y publica por ahí que le van a
hacer archipámpano, se contentará... dígalo con franqueza, se contentará
con que le den una portería...».

A Izquierdo le vibró el corazón, y este movimiento del ánimo fue tan
claramente advertido por Guillermina, que se echó a reír, y tocándole la
rodilla con la mano, repitió:

«¿No es verdad que se contentará?... Vamos, hijo mío, confiéselo por la
pasión y muerte de nuestro Redentor, en quien todos creemos».

Los ojos del chalán se iluminaron. Se le escapó una sonrisilla y dijo
con viveza:

«¿Portería de ministerio?».

--No, hijo, no tanto... Español había de ser. Siempre picando alto y
queriendo servir al Estado... Hablo de portería de casa particular.

Izquierdo frunció el ceño. Lo que él quería era ponerse uniforme con
galones. Volvió a sumergirse de una zambullida en su conciencia, y allí
dio volteretas alrededor de la portería de casa particular. Él, lo dicho
dicho, estaba ya harto de tanto bregar por la perra existencia. ¿Qué
mejor descanso podía apetecer que lo que le ofrecía aquella _tía_, que
debía de ser sobrina de la Virgen Santísima?... Porque ya empezaba a ser
viejo y no estaba para muchas bromas. La oferta significaba pitanza
segura, poco trabajo; y si la portería era de casa grande, el uniforme
no se lo quitaba nadie... Ya tenía la boca abierta para soltar un
_conforme_ más grande que la casa de que debía ser portero, cuando el
amor propio, que era su mayor enemigo, se le amotinó, y la fanfarronería
cultivada en su mente armole una gritería espantosa. Hombre perdido.
Empezó a menear la cabeza con displicencia, y echando miradas de desdén
a una parte y otra, dijo: «¡Una portería!... es poco».

--Ya se ve... no puede olvidar que ha sido ministro de la Gobernación,
es decir, que lo quisieron nombrar... aunque me parece que se convino en
que todo ello fue invención de esa gran cabeza. Veo que entre usted y D.
José Ido, otro que tal, podrían inventar lindas novelas. ¡Ah!, la
miseria, el mal comer, ¡cómo hacen desvariar estos pobres cerebros!...
En resumidas cuentas, Sr. Izquierdo...

Este se había levantado, y poniéndose a dar paseos por la habitación con
las manos en los bolsillos, expresó sus magnánimos pensamientos de esta
manera:

«Mi dinidá y sinificancia no me premiten... Es la que se dice: quisiera,
pero no pué ser, no pué ser. Si quieren solutamente socorrerme por que
me quitan a mi piojín de mi arma, me atengo al honorario».

--¡Alabado sea Dios! Al fin caemos en la cantidad...

Jacinta veía el cielo abierto... pero este cielo se nubló cuando el
bárbaro desde un rincón, donde su voz hacía ecos siniestros, soltó estas
fatídicas palabras:

«Ea... pues... mil duros, y trato hecho».

--¡Mil duros!--dijo Guillermina--. ¡La Virgen nos acompañe!, ya los
quisiéramos para nosotros. Siempre será un poquito menos.

--No bajo ni un chavo. --¿A que sí? Porque si usted es chalán también yo
soy chalana.

Jacinta discurría ya cómo se las compondría para juntar los mil duros,
que al principio le parecieron suma muy grande, después pequeña, y así
estuvo un rato apreciando con diversos criterios de cantidad la cifra.

«Que no rebajo ni tanto así. Lo mismo me da monea metálica que pápiros
del Banco. Pero ojo al guarismo, que no rebajo na».

--Eso, eso, tengamos carácter... ¡Pues no tiene pocas pretensiones! Ni
usted con toda su casta vale mil cuartos, cuanto más mil duros... Vaya,
¿quiere dos mil reales?

Izquierdo hizo un gesto de desprecio.

«¿Qué, se nos enfada?... Pues nada, quédese usted con su angelito. ¿Pues
qué se ha creído el muy majadero, que nos tragábamos la bola de que el
_Pituso_ es hijo del esposo de esta señora? ¿Cómo se prueba eso?...».

--Yo na tengo que ver... pues bien claro está que es pae
natural--replicó Izquierdo de mal talante--, pae natural del hijo de mi
sobrina, verbo y gracia, Juanín.

--¿Tiene usted la partida de bautismo?

--La tengo--dijo el salvaje mirando al cofre sobre el que se sentaba
Rafaela.

--No, no saque usted papeles, que tampoco prueban nada. En cuanto a la
paternidad _natural_, como usted dice, será o no será. Pediremos
informes a quien pueda darlos.

Izquierdo se rascaba la frente, como escarbando para extraer de ella una
idea. La alusión a Juanito hízole recordar sin duda cuando rodó
ignominiosamente por la escalera de la casa de Santa Cruz. Jacinta, en
tanto, quería llegar a un arreglo ofreciendo la mitad; mas Guillermina,
que le adivinó en el semblante sus deseos de conciliación, le impuso
silencio, y levantándose, dijo:

«Señor Izquierdo; guárdese usted su _churumbé_, que lo que es este timo
no le ha salido».

--Señora... ¡Hostia!, yo soy un hombre de bien, y conmigo no se queda
ninguna nea, ¿estamos? --replicó él con aquella rabia superficial que no
pasaba de las palabras.

--Es usted muy amable... Con las finuras que usted gasta no es posible
que nos entendamos. ¡Si habrá usted creído que esta señora tenía un gran
interés en apropiarse del niño! Es un capricho, nada más que un
capricho. Esta simple se ha empeñado en tener chiquillos... manía tonta,
porque cuando Dios no quiere darlos, Él se sabrá por qué... Vio al
_Pituso_, le dio lástima, le gustó... pero es muy caro el animalito. En
estos dos patios los dan por nada, a escoger... por nada, sí, alma de
Dios, y con agradecimiento encima... ¿Qué te creías, que no hay más que
tu piojín?... Ahí está esa niña preciosísima que llaman Adoración...
Pues nos la llevaremos cuando queramos, porque la voluntad de Severiana
es la mía... Con que abur... ¿Qué tienes que contestar?

Ya te veo venir: que el _Pituso_ es de la propia sangre de los señores
de Santa Cruz. Podrá ser, y podrá no ser... Ahora mismo nos vamos a
contarle el caso al marido de mi amiga, que es hombre de mucha
influencia y se tutea con Pi y almuerza con Castelar y es hermano de
leche de Salmerón... Él verá lo que hace. Si el niño es suyo, te lo
quitará; y si no lo es, ayúdame a sentir. En este caso, pedazo de
bárbaro, ni dinero, ni portería, ni nada.

Izquierdo estaba como aturdido con esta rociada de palabras vivas y
contundentes. Guillermina, en aquellas grandes crisis oratorias, tuteaba
a todo el mundo... Después de empujar hacia la puerta a Jacinta y a
Rafaela, volviose al desgraciado, que no acertaba a decir palabra, y
echándose a reír con angélica bondad, le habló en estos términos:

«Perdóname que te haya tratado duramente como mereces... Yo soy así. Y
no te vayas a creer que me he enfadado. Pero no quiero irme sin darte
una limosna y un consejo. La limosna en esta. Toma, para ayuda de un
panecillo».

Alargó la mano ofreciéndole dos duros, y viendo que el otro no los
tomaba, púsolos sobre una de las sillas.

«El consejo allá va. Tú no vales absolutamente para nada. No sabes
ningún oficio, ni siquiera el de peón, porque eres haragán y no te
gusta cargar pesos. No sirves ni para barrendero de las calles, ni
siquiera para llevar un cartel con anuncios... Y sin embargo,
desventurado, no hay hechura de Dios que no tenga su _para qué_ en este
taller admirable del trabajo universal; tú has nacido para un gran
oficio, en el cual puedes alcanzar mucha gloria y el pan de cada día.
Bobalicón, ¿no has caído en ello?... ¡Eres tan bruto!... ¿Pero di, no te
has mirado al espejo alguna vez? ¿No se te ha ocurrido?... Pareces
lelo... Pues te lo diré: para lo que tú sirves es para modelo de
pintores... ¿no entiendes? Pues ellos te ponen vestido de santo, o de
caballero, o de Padre Eterno, y te sacan el retrato... porque tienes la
gran figura. Cara, cuerpo, expresión, todo lo que no es del alma es en
ti noble y hermoso; llevas en tu persona un tesoro, un verdadero tesoro
de líneas... Vamos, apuesto a que no lo entiendes».

La vanidad aumentó la turbación en que el bueno de Izquierdo estaba.
Presunciones de gloria le pasaron con ráfagas de hoguera por la
frente... Entrevió un porvenir brillante... ¡Él, retratado por los
pintores!... ¡Y eso se pagaba! Y se ganaban cuartos por vestirse,
ponerse y ¡ah!... _Platón_ se miró en el vidrio del cuadro de las
trenzas; pero no se veía bien...

«Con que no lo olvides... Preséntate en cualquier estudio, y eres un
hombre. Con tu piojín a cuestas, serías el San Cristóbal más hermoso que
se podría ver. Adiós, adiós...».



-X-


Más escenas de la vida íntima



--i--


Saliendo por los corredores, decía Guillermina a su amiga:

«Eres una inocentona... tú no sabes tratar con esta gente. Déjame a mí,
y estate tranquila, que el _Pituso_ es tuyo. Yo me entiendo. Si ese
bribón te coge por su cuenta, te saca más de lo que valen todos los
chicos de la Inclusa juntos con sus padres respectivos. ¿Qué pensabas tú
ofrecerle? ¿Diez mil reales? Pues me los das, y si lo saco por menos, la
diferencia es para mi obra».

Después de platicar un rato con Severiana en la salita de esta, salieron
escoltadas por diferentes cuerpos y secciones de la granujería de los
dos patios. A Juanín, por más que Jacinta y Rafaela se desojaban
buscándole, no le vieron por ninguna parte.

Aquel día, que era el 22, empeoró el Delfín a causa de su impaciencia y
por aquel afán de querer anticiparse a la naturaleza, quitándole a esta
los medios de su propia reparación. A poco de levantarse tuvo que
volverse a la cama, quejándose de molestias y dolores puramente
ilusorios. Su familia, que ya conocía bien sus mañas, no se alarmaba, y
Barbarita recetábale sin cesar sábanas y resignación. Pasó la noche
intranquilo; pero se estuvo durmiendo toda la mañana del 23, por lo que
pudo Jacinta dar otro salto, acompañada de Rafaela, a la calle de Mira
el Río. Esta visita fue de tan poca sustancia, que la dama volvió muy
triste a su casa. No vio al _Pituso_ ni al Sr. Izquierdo. Díjole
Severiana que Guillermina había estado antes y echado un largo
parlamento con el _endivido_, quien tenía al chico montado en el hombro,
ensayándose sin duda para _hacer_ el San Cristóbal. Lo único que sacó
Jacinta en limpio de la excursión de aquel día fue un nuevo testimonio
de la popularidad que empezaba a alcanzar en aquellas casas. Hombres y
mujeres la rodeaban y poco faltó para que la llevaran en volandas. Oyose
una voz que gritaba: «¡viva la simpatía!» y le echaron coplas de gusto
dudoso, pero de muy buena intención. Los de Ido llevaban la voz cantante
en este concierto de alabanzas, y daba gozo ver a D. José tan elegante,
con las prendas en buen uso que Jacinta le había dado, y su hongo casi
nuevo de color café. El primogénito de los _claques_ fue objeto de una
serie de transacciones y reventas chalanescas, hasta que lo adquirió por
dos cuartos un cierto vecino de la casa, que tenía la especialidad de
hacer el _higuí_ en los Carnavales.

Adoración se pegaba a doña Jacinta desde que la veía entrar. Era como
una idolatría el cariño de aquella chicuela. Quedábase estática y lela
delante de la señorita, devorándola con sus ojos, y si esta le cogía la
cara o le daba un beso, la pobre niña temblaba de emoción y parecía que
le entraba fiebre. Su manera de expresar lo que sentía era dar de
cabezadas contra el cuerpo de su ídolo, metiendo la cabeza entre los
pliegues del mantón y apretando como si quisiera abrir con ella un
hueco. Ver partir a _doña_ Jacinta era quedarse Adoración sin alma, y
Severiana tenía que ponerse seria para hacerla entrar en razón. Aquel
día le llevó la dama unas botitas muy lindas, y prometió llevarle otras
prendas, pendientes y una sortija con un diamante fino del tamaño de un
garbanzo; más grande todavía, del tamaño de una avellana.

Al volver a su casa, tenía la Delfina vivos deseos de saber si
Guillermina había hecho algo. Llamola por el balcón; pero la fundadora
no estaba. Probablemente, según dijo la criada, no regresaría hasta la
noche porque había tenido que ir por tercera vez a la estación de las
Pulgas, a la obra y al asilo de la calle de Alburquerque.

Aquel día ocurrió en casa de Santa Cruz un suceso feliz. Entró D.
Baldomero de la calle cuando ya se iban a sentar a la mesa, y dijo con
la mayor naturalidad del mundo que le había caído la lotería. Oyó
Barbarita la noticia con calma, casi con tristeza, pues el capricho de
la suerte loca no le hacía mucha gracia. La Providencia no había andado
en aquello muy lista que digamos, porque ellos no necesitaban de la
lotería para nada, y aun parecía que les estorbaba un premio que, en
buena lógica, debía de ser para los infelices que juegan por mejorar de
fortuna. ¡Y había tantas personas aquel día dadas a Barrabás por no
haber sacado ni un triste reintegro! El 23, a la hora de la lista
grande, Madrid parecía el país de las desilusiones, porque... ¡cosa más
particular!, a nadie le tocaba. Es preciso que a uno le toque para creer
que hay agraciados.

Don Baldomero estaba muy sereno, y el golpe de suerte no le daba calor
ni frío. Todos los años compraba un billete entero, por rutina o vicio,
quizás por obligación, como se toma la cédula de vecindad u otro
documento que acredite la condición de español neto, sin que nunca
sacase más que fruslerías, algún reintegro o premios muy pequeños. Aquel
año le tocaron doscientos cincuenta mil reales. Había dado, como
siempre, muchas participaciones, por lo cual los doce mil quinientos
duros se repartían entre la multitud de personas de diferente posición y
fortuna; pues si algunos ricos cogían buena breva, también muchos pobres
pellizcaban algo. Santa Cruz llevó la lista al comedor, y la iba leyendo
mientras comía, haciendo la cuenta de lo que a cada cual tocaba. Se le
oía como se oye a los niños del Colegio de San Ildefonso que sacan y
cantan los números en el acto de la extracción.

«_Los Chicos_ jugaron dos décimos y se calzan cincuenta mil reales.
Villalonga un décimo: veinticinco mil. Samaniego la mitad».

Pepe Samaniego apareció en la puerta a punto que D. Baldomero pregonaba
su nombre y su premio, y el favorecido no pudo contener su alegría y
empezó a dar abrazos a todos los presentes, incluso a los criados.

«Eulalia Muñoz, un décimo: veinticinco mil reales. Benignita, medio
décimo: doce mil quinientos reales. Federico Ruiz, dos duros: cinco mil
reales. Ahora viene toda la morralla. Deogracias, Rafaela y Blas han
jugado diez reales cada uno. Les tocan mil doscientos cincuenta».

«El carbonero, ¿a ver el carbonero?» dijo Barbarita que se interesaba
por los jugadores de la última escala lotérica.

--El carbonero echó diez reales; Juana, nuestra insigne cocinera,
veinte, el carnicero quince... A ver, a ver: Pepa la pincha cinco
reales, y su hermana otros cinco. A estas les tocan seiscientos
cincuenta reales.

--¡Qué miseria! --Hija, no lo digo yo, lo dice la aritmética.

Los partícipes iban llegando a la casa atraídos por el olor de la
noticia, que se extendió rápidamente; y la cocinera, las pinchas y otras
personas de la servidumbre se atrevían a quebrantar la etiqueta,
llegándose a la puerta del comedor y asomando sus caras regocijadas para
oír cantar al señor la cifra de aquellos dineros que les caían. La
señorita Jacinta fue quien primero llevó los parabienes a la cocina, y
la pincha perdió el conocimiento por figurarse que con los tristes cinco
reales le habían caído lo menos tres millones. Estupiñá, en cuanto supo
lo que pasaba, salió como un rayo por esas calles en busca de los
agraciados para darles la noticia. Él fue quien dio las albricias a
Samaniego, y cuando ya no halló ningún interesado, daba la gran jaqueca
a todos los conocidos que encontraba. ¡Y él no se había sacado nada!

Sobre esto habló Barbarita a su marido con toda la gravedad discreta que
el caso requería.

«Hijo, el pobre Plácido está muy desconsolado. No puede disimular su
pena, y eso de salir a dar la noticia es para que no le conozcamos en la
cara la hiel que está tragando».

--Pues hija, yo no tengo la culpa... Te acordarás que estuvo con el
medio duro en la mano, ofreciéndolo y retirándolo, hasta que al fin su
avaricia pudo más que la ambición, y dijo: «Para lo que yo me he de
sacar, más vale que emplee mi escudito en anises...». ¡Toma anises!

--¡Pobrecillo!... ponlo en la lista.

Don Baldomero miró a su esposa con cierta severidad. Aquella infracción
de la aritmética parecíale una cosa muy grave.

«Ponlo, hombre, ¿qué más te da? Que estén todos contentos...».

Don Baldomero II se sonrió con aquella bondad patriarcal tan suya, y
sacando otra vez lista y lápiz, dijo en alta voz: «Rossini, diez reales:
le tocan mil doscientos cincuenta».

Todos los presentes se apresuraron a felicitar al favorecido, quedándose
él tan parado y suspenso, que creyó que le tomaban el pelo.

«No, si yo no...». Pero Barbarita le echó unas miradas que le cortaron
el hilo de su discurso. Cuando la señora miraba de aquel modo no había
más remedio que callarse.

«¡Si habrá nacido de pie este bendito Plácido--dijo D. Baldomero a su
nuera--, que hasta se saca la lotería sin jugar!».

--Plácido--gritó Jacinta riéndose con mucha gana--, es el que nos ha
traído la suerte.

--Pero si yo...--murmuró otra vez Estupiñá, en cuyo espíritu las
nociones de la justicia eran siempre muy claras, como no se tratara de
contrabando.

--Pero tonto... cómo tendrás esa cabeza--dijo Barbarita con mucho
fuego--, que ni siquiera te acuerdas de que me diste medio duro para la
lotería.

--Yo... cuando usted lo dice... En fin... la verdad, mi cabeza anda,
_talmente_, así un poco ida...

Se me figura que Estupiñá llegó a creer a pie juntillas que había dado
el escudo.

«¡Cuando yo decía que el número era de los más bonitos...!--manifestó D.
Baldomero con orgullo--. En cuanto el lotero me lo entregó, sentí la
corazonada».

--Como bonito...--agregó Estupiñá--, no hay duda que lo es.

--Si tenía que salir, eso bien lo veía yo--afirmó Samaniego con esa
convicción que es resultado del gozo--. ¡Tres _cuatros_ seguidos,
después un _cero_, y acabar con un _ocho_...! Tenía que salir.

El mismo Samaniego fue quien discurrió celebrar con panderetazos y
villancicos el fausto suceso, y Estupiñá propuso que fueran todos los
agraciados a la cocina para hacer ruido con las cacerolas. Mas Barbarita
prohibió todo lo que fuera barullo, y viendo entrar a Federico Ruiz, a
Eulalia Muñoz y a uno de los _Chicos_, Ricardo Santa Cruz mandó destapar
media docena de botellas de _champagne_.

Toda esta algazara llegaba a la alcoba de Juan, que se entretenía oyendo
contar a su mujer y a su criado lo que pasaba, y singularmente el
milagro del premio de Estupiñá. Lo que se rió con esto no hay para qué
decirlo. La prisión en que tan a disgusto estaba volvíale pronto a su
mal humor y poniéndose muy regañón decía a su mujer: «Eso, eso, déjame
solo otra vez para ir a divertirte con la bullanga de esos idiotas. ¡La
lotería!, ¡qué atraso tan grande! Es de las cosas que debieran
suprimirse; mata el ahorro; es la Providencia de las haraganes. Con la
lotería no puede haber prosperidad pública... ¿Qué?, te marchas otra
vez. ¡Bonita manera de cuidar a un enfermo! Y vamos a ver, ¿qué demonios
tienes tú que hacer por esas calles toda la mañana? A ver, explícame,
quiero saberlo; porque es ya lo de todos los días».

Jacinta daba sus excusas risueña y sosegada. Pero le fue preciso soltar
una mentirijilla. Había salido por la mañana a comprar nacimientos,
velitas de color y otras chucherías para los niños de Candelaria.

«Pues entonces--replicó Juanito revolviéndose entre las sábanas--, yo
quiero que me digan para qué sirven mamá y Estupiñá, que se pasan la
vida mareando a los tenderos y se saben de memoria los puestos de Santa
Cruz... A ver, que me expliquen esto...».

La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aumentó con la
llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entró
diciendo a voces: «Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento
para mi obra... Si no, Dios y San José les amargarán el premio».

--El veinticinco por ciento es mucho para la gente menuda--dijo D.
Baldomero--. Consúltalo con San José y verás cómo me da la razón.

--¡Hereje!...--replicó la dama haciéndose la enfadada--, herejote...
después que chupas el dinero de la Nación, que es el dinero de la
Iglesia, ahora quieres negar tu auxilio a mi obra, a los pobres... El
veinticinco por ciento y tú el cincuenta por ciento... Y punto en boca.
Si no, lo gastarás en botica. Con que elige.

--No, hija mía; por mí te lo daré todo...

--Pues no harás nada de más, avariento. Se están poniendo bien las
cosas, a fe mía... El ciento de _pintón_, que estaba la semana pasada a
diez reales, ahora me lo quieren cobrar a once y medio, y el _pardo_ a
diez y medio. Estoy volada. Los materiales por las nubes...

Samaniego se empeñó en que la santa había de tomar una copa de
_Champagne_.

«¿Pero tú qué has creído de mí, viciosote? ¡Yo beber esas porquerías!...
¿Cuándo cobras, mañana? Pues prepárate. Allí me tendrás como la maza de
Fraga. No te dejaré vivir».

Poco después Guillermina y Jacinta hablaban a solas, lejos de todo oído
indiscreto.

«Ya puedes vivir tranquila--le dijo la Pacheco--. El _Pituso_ es tuyo.
He cerrado el trato esta tarde. No puedes figurarte lo que bregué con
aquel Iscariote. Perdí la cuenta de las hostias que me echó el muy
blasfemo. Allá me sacó del cofre la partida de bautismo, un papelejo que
apestaba. Este documento no prueba nada. El chico será o no será...
¡quién lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, allá
con Dios... Todo esto me parece irregular. Lo primero debió ser hablar
del caso a tu marido. Pero tú buscas la sorpresita y el efecto teatral.
Allá lo veremos... Ya sabes, hija, el trato es trato. Me ha costado Dios
y ayuda hacer entrar en razón al Sr. Izquierdo. Por fin se contenta con
seis mil quinientos reales. Lo que sobra de los diez mil reales es para
mí, que bien me lo he sabido ganar... Con que mañana, yo iré después de
medio día; ve tú también con los santos cuartos.

Púsose Jacinta muy contenga. Había realizado su antojo; ya tenía su
juguete. Aquello podría ser muy bien una niñería; pero ella tenía sus
razones para obrar así. El plan que concibió para presentar al _Pituso_
a la familia e introducirlo en ella, revelaba cierta astucia. Pensó que
nada debía decir por el pronto al Delfín. Depositaría su hallazgo en
casa de su hermana Candelaria hasta ponerle presentable. Después diría
que era un huerfanito abandonado en las calles, recogido por ella... ni
una palabra referente a quién pudiera ser la mamá ni menos el papá de
tal muñeco. Todo el toque estaba en observar la cara que pondría Juan al
verle. ¿Diríale algo la voz misteriosa de la sangre? ¿Reconocería en las
facciones del pobre niño las de...? Al interés dramático de este lance
sacrificaba Jacinta la conveniencia de los procedimientos propios de
tal asunto. Imaginándose lo que iba a pasar, la turbación del infiel, el
perdón suyo, y mil cosas y pormenores novelescos que barruntaba,
producíase en su alma un goce semejante al del artista que crea o
compone, y también un poco de venganza, tal y como en alma tan noble
podía producirse esta pasión.



--ii--


Cuando fue al cuarto del Delfín, Barbarita le hacía tomar a este un
tazón de té con coñac. En el comedor continuaba la bulla; pero los
ánimos estaban más serenos. «Ahora--dijo la mamá--, han pegado la hebra
con la política. Dice Samaniego que hasta que no corten doscientas o
trescientas cabezas; no habrá paz. El marqués no está por el
derramamiento de sangre, y Estupiñá le preguntaba por qué no había
aceptado la diputación que le ofrecieron...

Se puso lo mismito que un pavo, y dijo que él no quería meterse en...

--No dijo eso--saltó Juanito, suspendiendo la bebida.

--Que sí, hijo; dijo que no quería meterse en estos... no sé qué.

--Que no dijo eso, mamá. No alteres tú también la verdad de los textos.

--Pero hijo, si lo he oído yo.

--Aunque lo hayas oído, te sostengo que no pudo decir eso... vaya.

--¿Pues qué? --El marqués no pudo decir _meterse_... yo pongo mi cabeza
a que dijo _inmiscuirse_... Si sabré yo cómo hablan las personas finas.

Barbarita soltó la carcajada.

--Pues sí... tienes razón, así, así fue... que no quería
_inmiscuirse_...

--¿Lo ves?... Jacinta. --¿Qué quieres, niño mimoso?

--Mándale un recado a Aparisi. Que venga al momento.

--¿Para qué? ¿Sabes la hora que es?

--En cuanto sepa el motivo, se planta aquí de un salto.

--¿Pero a qué? --¡Ahí es nada! ¿Crees que va a dejar pasar eso de
_inmiscuirse_? Yo quiero saber cómo se sacude esa mosca...

Las dos damas celebraron aquella broma mientras le arreglaban la cama.
Guillermina había salido de la casa sin despedirse, y poco a poco se
fueron marchando los demás. Antes de las doce, todo estaba en silencio,
y los papás se retiraron a su habitación, después de encargar a Jacinta
que estuviese muy a la mira para que el Delfín no se desabrigara. Este
parecía dormido profundamente, y su esposa se acostó sin sueño, con el
ánimo más dispuesto a la centinela que al descanso. No había
transcurrido una hora, cuando Juan despertó intranquilo, rompiendo a
hablar de una manera algo descompuesta. Creyó Jacinta que deliraba, y se
incorporó en su cama; mas no era delirio, sino inquietud con algo de
impertinencia. Procuró calmarle con palabras cariñosas; pero él no se
daba a partido. «¿Quieres que llame?».--«No; es tarde, y no quiero
alarmar... Es que estoy nervioso. Se me ha espantado el sueño. Ya se ve;
todo el día en este pozo del aburrimiento. Las sábanas arden y mi cuerpo
está frío».

Jacinta se echó la bata, y corrió a sentarse al borde del lecho de su
marido. Pareciole que tenía algo de calentura. Lo peor era que sacaba
los brazos y retiraba las mantas. Temerosa de que se enfriara, apuró
todas las razones para sosegarle, y viendo que no podía ser, quitose la
bata y se metió con él en la cama, dispuesta a pasar la noche
abrigándole por fuerza como a los niños, y arrullándole para que se
durmiera. Y la verdad fue que con esto se sosegó un tanto, porque le
gustaban los mimos, y que se molestaran por él, y que le dieran tertulia
cuando estaba desvelado. ¡Y cómo se hacía el nene, cuando su mujer, con
deliciosa gentileza materna, le cogía entre sus brazos y le apretaba
contra sí para agasajarle, prestándole su propio calor! No tardó Juan en
aletargarse con la virtud de estos melindres. Jacinta no quitaba sus
ojos de los ojos de él, observando con atención sostenida si se dormía,
si murmuraba alguna queja, si sudaba. En esta situación oyó claramente
la una, la una y media, las dos, cantadas por la campana de la Puerta
del Sol con tan claro timbre, que parecían sonar dentro de la casa. En
la alcoba había una luz dulce, colada por pantalla de porcelana.

Y cuando pasaba un rato largo sin que él se moviera, Jacinta se
entregaba a sus reflexiones. Sacaba sus ideas de la mente, como el avaro
saca las monedas, cuando nadie le ve, y se ponía a contarlas y a
examinarlas y a mirar si entre ellas había alguna falsa. De repente
acordábase de la jugarreta que le tenía preparada a su marido, y su alma
se estremecía con el placer de su pueril venganza. El _Pituso_ se le
metía al instante entre ceja y ceja. ¡Le estaba viendo! La contemplación
ideal de lo que aquellas facciones tenían de desconocido, el trasunto de
las facciones de la madre, era lo que más trastornaba a Jacinta,
enturbiando su piadosa alegría. Entonces sentía las cosquillas, pues no
merecen otro nombre, las cosquillas de aquella infantil rabia que solía
acometerla, sintiendo además en sus brazos cierto prurito de apretar y
apretar fuerte para hacerle sentir al infiel el furor de la paloma que
la dominaba. Pero la verdad era que no apretaba ni pizca, por miedo de
turbarle el sueño. Si creía notar que se estremecía con escalofríos,
apretaba sí dulcemente, liándose a él para comunicarle todo el calor
posible. Cuando él gemía o respiraba muy fuerte, le arrullaba dándole
suaves palmadas en la espalda, y por no apartar sus manos de aquella
obligación, siempre que quería saber si sudaba o no, acercaba su nariz o
su mejilla a la frente de él.

Serían las tres cuando el Delfín abrió los ojos, despabilándose
completamente, y miró a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el
espacio de dos o tres narices. «¡Qué bien me encuentro ahora!--le dijo
con dulzura--. Estoy sudando; ya no tengo frío. ¿Y tú no duermes? ¡Ah!
La gran lotería es la que me ha tocada a mí. Tú eres mi premio gordo.
¡Qué buena eres!».

--¿Te duele la cabeza? --No me duele nada. Estoy bien; pero me he
desvelado; no tengo sueño. Si no lo tienes tú tampoco, cuéntame algo. A
ver dime a dónde fuiste esta mañana.

--A contar los frailes, que se ha perdido uno. Así nos decía mamá cuando
mis hermanas y yo le preguntábamos dónde había ido.

--Respóndeme al derecho. ¿A dónde fuiste?

Jacinta se reía, porque le ocurrió dar a su marido un bromazo muy
chusco.

«¡Qué alegre está el tiempo! ¿De qué te ríes?».

--Me río de ti... ¡Qué curiosos son estos hombres! ¡Virgen María!, todo
lo quieren saber.

--Claro, y tenemos derecho a ello. --No puede una salir a compras...
--Dale con las tiendas. Competencia con mamá y Estupiñá; eso no puede
ser. Tú no has ido a compras.

--Que sí. --¿Y qué has comprado?

--Tela. --¿Para camisas mías? Si tengo... creo que son veintisiete
docenas.

--Para camisas tuyas, sí; pero te las hago chiquititas.

--¡Chiquititas! --Sí, y también te estoy haciendo unos baberos muy
monos.

--¡A mí, baberos a mí!

--Sí, tonto; por si se te cae la baba.

--¡Jacinta! --Anda... y se ríe el muy simple. ¡Verás qué camisas! Sólo
que las mangas son así... no te cabe más que un dedo en ellas.

--¿De veras que tú?... A ver ponte seria... Si te ríes no creo nada.

--¿Ves que seria me pongo?... Es que me haces reír tú... Vaya, te
hablaré con formalidad. Estoy haciendo un ajuar.

--Vamos, no quiero oírte... ¡Qué guasoncita!

--Que es verdad. --Pero. --¿Te lo digo? Di si te lo digo.

Pasó un ratito en que se estuvieron mirando. La sonrisa de ambos parecía
una sola, saltando de boca a boca.

--¡Qué pesadez!... di pronto...

--Pues allá va... Voy a tener un niño.

--¡Jacinta! ¿Qué me cuentas?... Estas cosas no son para bromas--dijo
Santa Cruz con tal alborozo, que su mujer tuvo que meterle en cintura.

--Eh, formalidad. Si te destapas me callo.

--Tú bromeas... Pues si fuera eso verdad, no lo habrías cantado poco...
¡con las ganitas que tú tienes! Ya se lo habrías dicho hasta a los
sordos. Pero di, ¿y mamá lo sabe?

--No, no lo sabe nadie todavía.

--Pero mujer... Déjame, voy a tirar de la campanilla.

--Tonto... loco... estate quieto o te pego.

--Que se levanten todos en la casa para que sepan... Pero, ¿es farsa
tuya? Sí, te lo conozco en los ojos.

--Si no te estás quieto, no te digo más...

--Bueno, pues me estaré quieto... Pero responde, ¿es presunción tuya
o...?

--Es certeza. --¿Estás segura? Tan segura como si le estuviera viendo, y
le sintiera correr por los pasillos... ¡Es más salado, más pillín...!,
bonito como un ángel, y tan granuja como su papá.

--¡Ave María Purísima, qué precocidad! Todavía no ha nacido y ya sabes
que es varón, y que es tan granuja como yo.

La Delfina no podía tener la risa. Tan pegados estaban el uno al otro,
que parecía que Jacinta se reía con los labios de su marido, y que este
sudaba por los poros de las sienes de su mujer.

«¡Vaya con mi señora, lo que me tenía guardado!» añadió con
incredulidad.

--¿Te alegras? --¿Pues no me he de alegrar? Si fuera cierto, ahora mismo
ponía en planta a toda la familia para que lo supieran; de fijo que papá
se encasquetaba el sombrero y se echaba a la calle, disparado, a comprar
un nacimiento. Pero vamos a ver, explícate, ¿cuándo será eso?

--Pronto. --¿Dentro de seis meses? ¿Dentro de cinco?

--Más pronto. --¿Dentro de tres?

--Más prontísimo... está al caer, al caer.

--¡Bah!... Mira, esas bromas son impertinentes. ¿Con que fuera de
cuenta? Pues nada, no se te conoce.

--Porque lo disimulo. --Sí; para disimular estás tú. Lo que harías tú,
con las ganas que tienes de chiquillos, sería salir para que todo el
mundo te viera con tu bombo, y mandar a Rossini con un suelto a _La
Correspondencia_.

--Pues te digo que ya no hay día seguro. Nada, hombre, cuando le veas te
convencerás.

--¿Pero a quién he de ver?

--Al... a tu hijito, a tu nenín de tu alma.

--Te digo formalmente que me llenas de confusión, porque para chanza me
parece mucha insistencia; y si fuera verdad, no lo habrías tenido tan
guardado hasta ahora.

Comprendiendo Jacinta que no podía sostener más tiempo el bromazo, quiso
recoger vela, y le incitó a que se durmiera, porque la conversación
acalorada podía hacerle daño.

«Tiempo hay de que hablemos de esto--le dijo--; y ya... ya te irás
convenciendo».

--_Güeno_ --replicó él con puerilidad graciosa tomando el tono de un
niño a quien arrullan.

--A ver si te duermes... Cierra esos ojitos. ¿Verdad que me quieres?

--Más que a mi vida. Pero, hija de mi alma, ¡qué fuerza tienes! ¡Cómo
aprietas!

--Si me engañas te cojo y... así, así...

--¡Ay! --Te deshago como un bizcocho. --¡Qué gusto! --Y ahora, a
_mimir_...

Este y otros términos que se dicen a los niños les hacían reír cada vez
que los pronunciaban; pero la confianza y la soledad daban encanto a
ciertas expresiones que habrían sido ridículas en pleno día y delante de
gente. Pasado un ratito, Juan abrió los ojos, diciendo en tono de
hombre:

«¿Pero de veras que vas a tener un chico?...».

--_Chí_... y a _mimir_... _ro_... _ro_...

Entre dientes le cantaba una canción de adormidera, dándole palmadas en
la espalda.

«¡Qué gusto ser _bebé_!--murmuró el Delfín--, ¡sentirse en los brazos de
la mamá, recibir el calor de su aliento y...!».

Pasó otro rato, y Juan, despabilándose y fingiendo el lloriqueo de un
tierno infante en edad de lactancia, chilló así:

--Mama... mama... --¿Qué? --Teta. Jacinta sofocó una carcajada.

--_Ahola_ no... teta caca... cosa fea...

Ambos se divertían con tales simplezas. Era un medio de entretener el
tiempo y de expresar su cariño.

--Toma teta--díjole Jacinta metiéndole un dedo en la boca; y él se lo
chupaba diciendo que estaba muy rica, con otras muchas tontadas,
justificadas sólo por la ocasión, la noche y la dulce intimidad.

--¡Si alguien nos oyera, cómo se reiría de nosotros!

--Pero como no nos oye nadie... Las cuatro: ¡qué tarde!

--Di qué temprano. Ya pronto se levantará Plácido para ir a despertar al
sacristán de San Ginés. ¡Qué frío tendrá!...

--¡Cuánto mejor nosotros aquí, tan abrigaditos!

--Me parece que de esta me duermo, vida.

--Y yo también, corazón.

Se durmieron como dos ángeles, mejilla con mejilla.



---iii--


24 de Diciembre.

Por la mañana encargó Barbarita a Jacinta ciertos menesteres domésticos
que la contrariaron; pero la misma retención en la casa ofreció
coyuntura a la joven para dar un paso que siempre le había inspirado
inquietud. Díjole Barbarita que no saliera en todo aquel día, y como
tenía que salir forzosamente, no hubo más remedio que revelar a su
suegra el lío que entre manos traía. Pidiole perdón por no haberle
confiado aquel secreto, y advirtió con grandísima pena que su suegra no
se entusiasmaba con la idea de poseer a Juanín. «¿Pero tú sabes lo grave
que es eso?... así, sin más ni más... un hijo llovido. ¿Y qué pruebas
hay de que sea tal hijo?... ¿No será que te han querido estafar? ¿Y
crees tú que se parece realmente? ¿No será ilusión tuya?... Porque todo
eso es muy vago... Esos hallazgos de hijos parecen cosa de novela...».

La Delfina se descorazonó mucho. Esperaba una explosión de júbilo en su
mamá política. Pero no fue así. Barbarita, cejijunta y preocupada, le
dijo con frialdad: «No sé qué pensar de ti; pero en fin, tráetelo y
escóndelo hasta ver... la cosa es muy grave. Diré a tu marido que
Benigna está enferma y has ido a visitarla». Después de esta
conversación, fue Jacinta a la casa de su hermana a quien también confió
su secreto, concertando con ella el depositar el niño allí hasta que
Juan y D. Baldomero lo supieran. «Veremos cómo lo toman» añadió dando un
gran suspiro. Estaba Jacinta aquella tarde fuera de sí. Veía al _Pituso_
como si lo hubiera parido, y se había acostumbrado tanto a la idea de
poseerlo, que se indignaba de que su suegra no pensase lo mismo que
ella.

Juntose Rafaela con su ama en la casa de Benigna, y helas aquí por la
calle de Toledo abajo. Llevaban plata menuda para repartir a los pobres,
y algunas chucherías, entre ellas la sortija que la señorita había
prometido a Adoración. Era una soberbia alhaja, comprada aquella mañana
por Rafaela en los bazares de _Liquidación por saldo, a real y medio la
pieza_, y tenía un diamante tan grande y bien tallado, que al mismo
Regente le dejaría bizco con el fulgor de sus luces. En la fabricación
de esta soberbia piedra había sido empleado el casco más valioso de un
fondo de vaso. Apenas llegaron a los corredores del primer patio,
viéronse rodeadas por pelotones de mujeres y chicos, y para evitar
piques y celos, Jacinta tuvo que poner algo en todas las manos. Quién
cogía la peseta, quién el duro o el medio duro. Algunas, como Severiana,
que, dicho sea entre paréntesis, tenía para aquella noche una magnífica
lombarda, lomo adobado y el besugo correspondiente, se contentaban con
un saludo afectuoso. Otros no se daban por satisfechos con lo que
recibían. A todos preguntaba Jacinta que qué tenían para aquella noche.
Algunas entraban con el besugo cogido por las agallas; otras no habían
podido traer más que cascajo. Vio a muchas subir con el jarro de leche
de almendras, que les dieran en el café de los Naranjeros, y de casi
todas las cocinas salía tufo de fritangas y el campaneo de los
almireces. Este besaba el duro que la señorita le daba, y el otro
tirábalo al aire para cogerlo con algazara, diciendo: «¡Aire, aire, a la
plaza!». Y salían por aquellas escaleras abajo camino de la tienda.
Había quien preparaba su banquete con un _hocico con carrilleras_, una
libra de _tapa del cencerro_, u otras despreciadas partes de la res
vacuna, o bien con asadura, bofes de cerdo, sangre frita y desperdicios
aún peores. Los más opulentos dábanse tono con su pedazo de turrón del
que se parte con martillo, y la que había traído una granada tenía buen
cuidado de que la vieran. Pero ningún habitante de aquellas regiones de
miseria era tan feliz como Adoración, ni excitaba tanto la envidia entre
las amigas, pues la rica alhaja que ceñía su dedo y que mostraba con el
puño cerrado, era fina y de ley y había costado unos grandes dinerales.
Aun las pequeñas que ostentaban zapatos nuevos, debidos a la caridad de
_doña_ Jacinta, los habrían cambiado por aquella monstruosa y
relumbrante piedra. La poseedora de ella, después que recorrió ambos
corredores enseñándola, se pegó otra vez a la señorita, frotándose el
lomo contra ella como los gatos.

«No me olvidaré de ti, Adoración» le dijo la señorita, que con esta
frase parecía anunciar que no volvería pronto.

En ambos patios había tal ruido de tambores, que era forzoso alzar la
voz para hacerse oír. Cuando a los tamborazos se unía el estrépito de
las latas de petróleo, parecía que se desplomaban las frágiles casas. En
los breves momentos que la tocata cesaba, oíase el canto de un mirlo
silbando la frase del himno de Riego, lo único que del tal himno queda
ya. En la calle de Mira del Río tocaba un pianillo de manubrio, y en la
calle del Bastero otro, armándose entre los dos una zaragata musical,
como si las dos piezas se estuvieran arañando en feroz pelea con las
uñas de sus notas. Eran una polka y un andante patético, enzarzados como
dos gatos furibundos. Esto y los tambores, y los gritos de la vieja que
vendía higos, y el clamor de toda aquella vecindad alborotada, y la risa
de los chicos, y el ladrar de los perros pusiéronle a Jacinta la cabeza
como una grillera.

Repartidas las limosnas, fue al 17, donde ya estaba Guillermina,
impaciente por su tardanza. Izquierdo y el _Pituso_ estaban también; el
primero fingiéndose muy apenado de la separación del chico. Ya la
fundadora había entregado el _triste estipendio_.

«Vaya, abreviemos» dijo esta cogiendo al muchacho que estaba como
asustado.

--¿Quieres venirte conmigo? --_Mela pa ti_... --replicó el _Pituso_ con
brío, y se echó a reír, alabando su propia gracia.

Las tres mujeres se rieron mucho también de aquella salida tan fina, e
Izquierdo, rascándose la noble frente, dijo así:

«La señorita... a cuenta que ahora le enseñará a no soltar
exprisiones».

--Buena falta le hace... En fin, vámonos.

Juanín hizo alguna resistencia; pero al fin se dejó llevar, seducido con
la promesa de que le iban a comprar un nacimiento y muchas cosas buenas
para que se las comiera todas.

«Ya le he prometido al Sr. de Izquierdo--dijo Guillermina--, que se le
procurará una colocación, y por de pronto ya le he dado mi tarjeta para
que vaya a ver con ella a uno de los artistas de más fama, que está
pintando ahora un magnífico _Buen Ladrón_. Vaya... quédese con Dios».

Despidiose de ellas el futuro modelo con toda la urbanidad que en él era
posible, y salieron. Rafaela llevaba en brazos el chico. Como a fines de
Diciembre son tan cortos los días, cuando salieron de la casa ya se
echaba la noche encima. El frío era intenso, penetrante y traicionero
como de helada, bajo un cielo bruñido, inmensamente desnudo y con las
estrellas tan desamparadas, que los estremecimientos de su luz parecían
escalofríos. En la calle del Bastero se insurreccionó el _Pituso_. Su
bellísima frente ceñuda indicaba esta idea: «¿Pero a dónde me llevan
estas tías?». Empezó a rascarse la cabeza, y dijo con sentimiento: _«Pae
Pepe...»._ --¿Qué te importa a ti tu papá Pepe? ¿Quieres un rabel? Di lo
que quieres.

--_Quelo citunas_ --replicó alargando la jeta--. No, _citunas_ no; un
pez.

--¿Un pez?... ahora mismo--le dijo su futura mamá, que estaba
nerviosísima, sintiendo toda aquella vibración glacial de las estrellas
dentro de su alma.

En la calle de Toledo volvieron a sonar los cansados pianitos, y también
allí se engarfiñaron las dos piezas, una tonadilla de la _Mascota_ y la
sinfonía de _Semíramis_. Estuvieron batiéndose con ferocidad, a
distancia como de treinta pasos, tirándose de los pelos, dándose
dentelladas y cayendo juntas en la mezcla inarmónica de sus propios
sonidos. Al fin venció _Semíramis_, que resonaba orgullosa marcando sus
nobles acentos, mientras se extinguían las notas de su rival, gimiendo
cada vez más lejos, confundidas con el tumulto de la calle.

Érales difícil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que
venía calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar
próximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres
algún comistrajo recién comprado; los chicos, con sus bufandas
enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad
prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a
la casa. Las niñas iban en grupo de dos o de tres, envuelta la cabeza en
toquillas, charlando cada una por siete. Cuál llevaba una botella de
vino, cuál el jarrito con leche de almendra; otras salían de las tiendas
de comestibles dando brincos o se paraban a ver los puestos de
panderetas, dándoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran.
En los puestos de pescado los maragatos limpiaban los besugos, arrojando
las escamas sobre los transeúntes, mientras un ganapán vestido con los
calzonazos negros y el mandil verde rayado berreaba fuera de la puerta:
«¡Al vivo de hoy, al vivito!»... Enorme farolón con los cristales muy
limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las
canastas de almejas. En las carnicerías sonaban los machetazos con sorda
trepidación, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar,
hacían contra el mármol del mostrador los ruidos más extraños, notas de
misteriosa alegría. En aquellos barrios algunos tenderos hacen gala de
poseer, además de géneros exquisitos, una imaginación exuberante, y para
detener al que pasa y llamar compradores, se valen de recursos teatrales
y fantásticos. Por eso vio Jacinta de puertas afuera pirámides de
barriles de aceitunas que llegaban hasta el primer piso, altares hechos
con cajas de mazapán, trofeos de pasas y arcos triunfales festoneados
con escobones de dátiles. Por arriba y por abajo banderas españolas con
poéticas inscripciones que decían: el _Diluvio en mazapán, o Turrón del
Paraíso_ _ terrenal_... Más allá _Mantecadas de Astorga bendecidas por
Su Santidad Pío IX_. En la misma puerta uno o dos horteras vestidos
ridículamente de frac, con chistera abollada, las manos sucias y la cara
tiznada, gritaban desaforadamente ponderando el género y dándolo a
probar a todo el que pasaba. Un vendedor ambulante de turrón había
discurrido un rótulo peregrino para anonadar a sus competidores los
orgullosos tenderos de establecimiento. ¿Qué pondría? Porque decir que
el género era muy bueno no significaba nada. Mi hombre había clavado en
el más gordo bloque de aquel almendrado una banderita que decía:
_Turrón higiénico_. Con que ya lo veía el público... El otro turrón
sería todo lo sabroso y dulce que quisieran; mas no era _higiénico_.

--_Quelo_ un pez... --gruñó el _Pituso_ frotándose con mal humor los
ojos.

--Mira--le decía Rafaela--, tu mamá te va a comprar un pez de dulce.

--_Pae Pepe_... --repitió el chico llorando.

--¿Quieres una pandereta?... sí, una pandereta grande, que suene mucho.

Las tres hacían esfuerzos para acallarle, ofreciéndole cuanto había que
ofrecer. Después de comprada la pandereta, el chico dijo que quería una
naranja. Le compraron también naranjas. La noche avanzaba, y el tránsito
se hacía difícil por la acera estrecha, resbaladiza y húmeda, tropezando
a cada instante con la gente que la invadía.

«Verás, verás, ¡qué nacimiento tan bonito!--le decía Jacinta para
calmarle--¡Y qué niños tan guapos! Y un pez grande, tremendo, todo de
mazapán, para que te lo comas entero».

--_¡Gande, gande!_ A ratos se tranquilizaba, pero de repente le entraba
el berrinche y se ponía a dar patadas en el aire. Rafaela, que era una
mujer de poquísimas fuerzas, ya no podía más. Guillermina se lo quitó de
los brazos, diciendo:

«Dámele acá... no puedes ya con tu alma... Ea, caballerito; a callar se
ha dicho...».

El _Pituso_ le dio un porrazo en la cabeza.

«Mira que te estrello... Verás la azotaina que te vas a llevar... ¡Y qué
gordo está el tunante!, parece mentira...».

--_Quelo un batón_... ¡hostia!

--¿Un bastón?... también te lo compramos, hijo, si te estás calladito...
A ver, dónde encontraremos bastones ahora...

--Buena falta le hace--dijo Guillermina, y de los de acebuche, que
escuecen bien, para enseñarle a no ser mañoso.

De esta manera llegaron a los portales y a la casa de Villuendas, ya
cerrada la noche. Entraron por la tienda, y en la trastienda Jacinta se
dejó caer fatigadísima sobre un saco lleno de monedas de cinco duros. Al
_Pituso_ le depositó Guillermina sobre un voluminoso fardo que
contenía... ¡mil onzas!



--iv--


Los dependientes que estaban haciendo el recuento y balance, metían en
las arcas de hierro los cartuchos de oro y los paquetes de billetes de
Banco, sujetos con un elástico. Otro contaba sobre una mesa pesetas
gastadas y las cogía después con una pala como si fueran lentejas.
Manejaban el _género_ con absoluta indiferencia, cual si los sacos de
monedas lo fueran de patatas, y las resmas de billetes, papel de
estraza. A Jacinta le daba miedo ver aquello, y entraba siempre allí con
cierto respeto parecido al que le inspiraba la iglesia, pues el temor de
llevarse algún billete de cuatro mil reales pegado a la ropa le ponía
nerviosa.

Ramón Villuendas no estaba; pero Benigna bajó al momento, y lo primero
que hizo fue observar atentamente la cara sucia de aquel aguinaldo que
su hermana le traía.

«Qué, ¿no le encuentras parecido?» díjole Jacinta algo picada.

--La verdad, hija... no sé qué te diga...

--Es el vivo retrato--afirmó la otra, queriendo cerrar la puerta, con
una opinión absoluta, a todas las dudas que pudieran surgir.

--Podrá ser... Guillermina se despidió rogando a los dependientes que le
cambiaran por billetes tres monedas de oro que llevaba. «Pero me habéis
de dar premio--les dijo--. Tres reales por ciento. Si no, me voy a la
Lonja del Almidón, donde tienen más caridad que vosotros».

En esto entró el amo de la casa, y tomando las monedas, las miró
sonriendo.

«Son falsas... tienen hoja».

--Usted sí que tiene hoja --replicó la santa con gracia, y los demás se
reían--. Una peseta de premio por cada una.

--¡Cómo va subiendo!... Usted nos tira al degüello.

--Lo que merecéis, publicanos.

Villuendas tomó de un cercano montón dos duros y los añadió a los
billetes del cambio.

«Vaya... para que no diga...».

--Gracias... Ya sabía yo que usted...

--A ver, doña Guillermina, espere un ratito--añadió Ramón--. ¿Es cierto
lo que me han contado, que usted, cuando no cae bastante dinero en la
suscrición para la obra, le cuelga a San José un ladrillo del pescuezo
para que busque cuartos?

--El señor San José no necesita de que le colguemos nada, pues hace
siempre lo que nos conviene... Con que buenas noches; ahí les queda ese
caballerito. Lo primero que deben hacer es ponerle a remojo para que se
le ablande la mugre.

Ramón miró al _Pituso_. Su semblante no expresaba tampoco una convicción
muy profunda respecto al parecido. Sonreía Benigna, y si no hubiera sido
por consideración a su querida hermana, habría dicho del _Pituso_ lo que
de las monedas que no sonaban bien: _Es falso_, o por lo menos, _tiene
hoja_.

«Lo primero es que le lavemos».

--No se va a dejar--indicó Jacinta--. Este no ha visto nunca el agua.
Vamos, arriba.

Subiéronle, y que quieras que no, le despojaron de los pingajos que
vestía y trajeron un gran barreño de agua. Jacinta mojaba sus dedos en
ella diciendo con temor: «¿estará muy fría?, ¿estará muy caliente?
¡Pobre ángel, qué mal rato va a pasar!». Benigna no se andaba en tantos
reparos, y ¡pataplum!, le zambulló dentro, sujetándole brazos y piernas.
¡Cristo! Los chillidos del _Pituso_ se oían desde la Plaza Mayor.
Enjabonáronle y restregáronle sin miramiento alguno, haciendo tanto caso
de sus berridos como si fueran expresiones de alegría. Sólo Jacinta, más
piadosa, agitaba el agua queriendo hacerle creer que aquello era muy
divertido. Sacado al fin de aquel suplicio y bien envuelto en una sábana
de baño, Jacinta le estrechó contra su seno diciéndole que ahora sí que
estaba guapo. El calorcillo calmaba la irritación de sus chillidos,
cambiándolos en sollozos, y la reacción, junto con la limpieza, le animó
la cara, tiñéndosela de ese rosicler puro y celestial que tiene la
infancia al salir del agua. Le frotaban para secarle y sus brazos
torneados, su fina tez y hermosísimo cuerpo producían a cada instante
exclamaciones de admiración. «¡Es un niño Jesús... es una divinidad este
muñeco!».

Después empezaron a vestirle. Una le ponía las medias, otra le entraba
una camisa finísima. Al sentir la molestia del vestir volviole el mal
humor, y trajéronle un espejo para que se mirara, a ver si el amor
propio y la presunción acallaban su displicencia.

«Ahora, a cenar... ¿Tienes ganita?».

El _Pituso_ abría una boca descomunal y daba unos bostezos que eran la
medida aproximada de su gana de comer.

«Ay, ¡qué ganitas tiene el niño! Verás... Vas a comer cosas ricas...».

--¡Patata!--gritó con ardor famélico.

--¿Qué patatas, hombre? Mazapán, sopa de almendra...

--¡Patata, hostia! --repitió él pataleando.

--Bueno, patatitas, todo lo que tú quieras.

Ya estaba vestido. La buena ropa le caía tan bien que parecía haberla
usado toda su vida. No fue algazara la que armaron los niños de
Villuendas cuando le vieron entrar en el cuarto donde tenían su
nacimiento. Primero se sorprendieron en masa, después parecía que se
alegraban; por fin determináronse los sentimientos de recelo y
suspicacia. La familia menuda de aquella casa se componía de cinco
cabezas, dos niñas grandecitas, hijas de la primera mujer de Ramón, y
los tres hijos de Benigna, dos de los cuales eran varones.

Juanín se quedó pasmado y lelo delante del nacimiento. La primera
manifestación que hizo de sus ideas acerca de la libertad humana y de la
propiedad colectiva consistió en meter mano a las velas de colores. Una
de las niñas llevó tan a mal aquella falta de respeto, y dio unos
chillidos tan fuertes que por poco se arma allí la de San Quintín.

«¡Ay Dios mío! --exclamó Benigna--. Vamos a tener un disgusto con este
salvajito...».

--Yo le compraré a él muchas velas--afirmó Jacinta--. ¿Verdad, hijo, que
tú quieres velas?

Lo que él quería principalmente era que le llenaran la barriga, porque
volvió a dar aquellos bostezos que partían el alma. «A comer, a comer»
dijo Benigna, convocando a toda la tropa menuda. Y los llevó por delante
como un hato de pavos. La comida estaba dispuesta para los niños, porque
los papás cenarían aquella noche en casa del tío Cayetano.

Jacinta se había olvidado de todo, hasta de marcharse a su casa, y no
supo apreciar el tiempo mientras duró la operación de lavar y vestir al
_Pituso_. Al caer en la cuenta de lo tarde que era, púsose
precipitadamente el manto, y se despidió del _Pituso_, a quien dio
muchos besos. «¡Qué fuerte te da, hija!» le dijo su hermana sonriendo.
Y razón tenía hasta cierto punto, porque a Jacinta le faltaba poco para
echarse a llorar.

Y Barbarita, ¿qué había hecho en la mañana de aquel día 24? Veámoslo.
Desde que entró en San Ginés, corrió hacia ella Estupiñá como perro de
presa que embiste, y le dijo frotándose las manos: «Llegaron las ostras
gallegas. ¡Buen susto me ha dado el salmón! Anoche no he dormido. Pero
con seguridad le tenemos. Viene en el tren de hoy».

Por más que el gran Rossini sostenga que aquel día oyó la misa con
devoción, yo no lo creo. Es más; se puede asegurar que ni cuando el
sacerdote alzaba en sus dedos al Dios sacramentado, estuvo Plácido tan
edificante como otras veces, ni los golpes de pecho que se dio
retumbaban tanto como otros días en la caja del tórax. El pensamiento se
le escapaba hacia la liviandad de las compras, y la misa le pareció
larga, tan larga, que se hubiera atrevido a decir al cura, en confianza,
que se _menease_ más. Por fin salieron la señora y su amigo. Él se
esforzaba en dar a lo que era gusto las apariencias del cumplimiento de
un deber penoso. Se afanaba por todo, exagerando las dificultades. «Se
me figura--dijo con el mismo tono que debe emplear Bismarck para decir
al emperador Guillermo que desconfía de la Rusia--, que los pavos de la
_escalerilla_ no están todo lo bien cebados que debíamos suponer. Al
salir hoy de casa les he tomado el peso uno por uno, y francamente, mi
parecer es que se los compremos a González. Los capones de este son muy
ricos... También les tomé el peso. En fin, usted lo verá».

Dos horas se llevaron en la calle de Cuchilleros, cogiendo y soltando
animales, acosados por los vendedores, a quienes Plácido trataba a la
baqueta. Echábaselas él de tener un pulso tan fino para apreciar el
peso, que ni un adarme se le escapaba. Después de dejarse allí bastante
dinero, tiraron para otro lado. Fueron a casa de Ranero para elegir
algunas culebras del legítimo mazapán de Labrador, y aún tuvieron tela
para una hora más. «Lo que la señora debía haber hecho hoy--dijo
Estupiñá sofocado, y fingiéndose más sofocado de lo que estaba--, es
traerse una lista de cosas, y así no se nos olvidaba nada».

Volvieron a la casa a las diez y media, porque Barbarita quería
enterarse de cómo había pasado su hijo la noche, y entonces fue cuando
Jacinta reveló lo del _Pituso_ a su mamá política, quedándose esta tan
sorprendida como poco entusiasmada, según antes se ha dicho. Sin cuidado
ya con respecto a Juan, que estaba aquel día mucho mejor, doña Bárbara
volvió a echarse a la calle con su escudero y canciller. Aún faltaban
algunas cosillas, la mayor parte de ellas para regalar a deudos y amigos
de la familia. Del pensamiento de la gran señora no se apartaba lo que
su nuera le había dicho. ¿Qué casta de nieto era aquel? Porque la cosa
era grave... ¡Un hijo del Delfín! ¿Sería verdad? Virgen Santísima, ¡qué
novedad tan estupenda! ¡Un nietecito por detrás de la Iglesia! ¡Ah!,
las resultas de los devaneos de marras... Ella se lo temía... Pero ¿y si
todo era hechura de la imaginación exaltada de Jacinta y de su angelical
corazón? Nada, nada, aquella misma noche al acostarse, le había de
contar todo a Baldomero.

Nuevas compras fueron realizadas en aquella segunda parte de la mañana,
y cuando regresaban, cargados ambos de paquetes, Barbarita se detuvo en
la plazuela de Santa Cruz, mirando con atención de compradora los
nacimientos. Estupiñá se echaba a discurrir, y no comprendía por qué la
señora examinaba con tanto interés los puestos, estando ya todos los
chicos de la parentela de Santa Cruz _surtidos de aquel artículo_.
Creció el asombro de Plácido cuando vio que la señora, después de tratar
como en broma un portal de los más bonitos, lo compró. El respeto selló
los labios del amigo, cuando ya se desplegaban para decir: «¿Y para
quién es este Belén, señora?».

La confusión y curiosidad del anciano llegaron al colmo cuando
Barbarita, al subir la escalera de la casa, le dijo con cierto misterio:
«Dame esos paquetes, y métete este armatoste debajo de la capa. Que no
lo vea nadie cuando entremos». ¿Qué significaban estos tapujos?
¡Introducir un Belén cual si fuera matute! Y como expertísimo
contrabandista, hizo Plácido su alijo con admirable limpieza. La señora
lo tomó de sus manos, y llevándolo a su alcoba con minuciosas
precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondió, bien cubierto
con un pañuelo, en la tabla superior de su armario de luna.

Todo el resto del día estuvo la insigne dama muy atareada, y Estupiñá
saliendo y entrando, pues cuando se creía que no faltaba nada, salíamos
con que se había olvidado lo más importante. Llegada la noche, inquietó
a Barbarita la tardanza de Jacinta, y cuando la vio entrar fatigadísima,
el vestido mojado y toda hecha una lástima, se encerró un instante con
ella, mientras se mudaba, y le dijo con severidad:

«Hija, pareces loca... Vaya por dónde te ha dado... por traerme nietos a
casa... Esta tarde tuve la palabra en la boca para contarle a Baldomero
tu calaverada; pero no me atreví... Ya debes suponer si la cosa me
parece grave...».

Era crueldad expresarse así, y debía mi señora doña Bárbara considerar
que allá se iban compras con compras y manías con manías. Y no paró aquí
el réspice, pues a renglón seguido vino esta observación, que dejó
helada a la infeliz Jacinta: «Doy de barato que ese muñeco sea mi nieto.
Pues bien: ¿no se te ocurre que el trasto de su madre puede reclamarlo
y metemos en un pleitazo que nos vuelva locos?».

--¿Cómo lo ha de reclamar si lo abandonó?--contestó la otra sofocada,
queriendo aparentar un gran desprecio de las dificultades.

--Sí, fíate de eso... Eres una inocente.

--Pues si lo reclama, no se lo daré--manifestó Jacinta con una
resolución que tenía algo de fiereza--. Diré que es hijo mío, que le he
parido yo, y que prueben lo contrario... a ver, que me lo prueben.

Exaltada y fuera de sí, Jacinta, que se estaba vistiendo a toda prisa,
soltó la ropa para darse golpes en el pecho y en el vientre. Barbarita
quiso ponerse seria; pero no pudo.

«No, tú eres la que tienes que probar que lo has parido... Pero no
pienses locuras, y tranquilízate ahora, que mañana hablaremos».

--¡Ay, mamá!--dijo la nuera enterneciéndose--. ¡Si usted le viera...!

Barbarita, que ya tenía la mano en el llamador de la puerta para
marcharse, volvió junto a su nuera para decirle: «¿Pero se parece?...
¿Estás segura de que se parece?...».

--¿Quiere usted verlo?, sí o no.

--Bueno, hija, le echaremos un vistazo... No es que yo crea... Necesito
pruebas; pero pruebas muy claritas... No me fío yo de un parecido que
puede ser ilusorio, y mientras Juan no me saque de dudas seguiré
creyendo que a donde debe ir tu _Pituso_ es a la Inclusa.



--v--


¡Excelente y alegre cena la de aquella noche en casa de los opulentos
señores de Santa Cruz! Realmente no era cena sino comida retrasada, pues
no gustaba la familia de trasnochar, y por tanto, caía dentro de la
jurisdicción de la vigilia más rigurosa. Los pavos y capones eran para
los días siguientes, y aquella noche cuanto se sirvió en la mesa
pertenecía a los reinos de Neptuno. Sólo se sirvió carne a Juan, que
estaba ya mejor y pudo ir a la mesa. Fue verdadero festín de cardenales,
con desmedida abundancia de peces, mariscos y de cuanto cría la mar,
todo tan por lo fino y tan bien aderezado y servido que era una gloria.
Veinticinco personas había en la mesa, siendo de notar que el conjunto
de los convidados ofrecía perfecto muestrario de todas las clases
sociales. La enredadera de que antes hablé había llevado allí sus
vástagos más diversos. Estaba el marqués de Casa-Muñoz, de la
aristocracia monetaria, y un Álvarez de Toledo, hermano del duque de
Gravelinas, de la aristocracia antigua, casado con un Trujillo.
Resultaba no sé qué irónica armonía de la conjunción aquella de los dos
nobles, oriundo el uno del gran Alba, y el otro sucesor de D. Pascual
Muñoz, dignísimo ferretero de la calle de Tintoreros. Por otro lado nos
encontramos con Samaniego, que era casi un hortera, muy cerca de
Ruiz-Ochoa, o sea la alta banca. Villalonga representaba el Parlamento,
Aparisi el Municipio, Joaquín Pez el Foro, y Federico Ruiz representaba
muchas cosas a la vez: la Prensa, las Letras, la Filosofía, la Crítica
musical, el Cuerpo de Bomberos, las Sociedades Económicas, la
Arqueología y los Abonos químicos. Y Estupiñá, con su levita nueva de
paño fino, ¿qué representaba? El comercio antiguo, sin duda, las
tradiciones de la calle de Postas, el contrabando, quizás _la religión
de nuestros mayores_, por ser hombre tan sinceramente piadoso. D. Manuel
Moreno Isla no fue aquella noche; pero sí Arnaiz el gordo, y Gumersindo
Arnaiz, con sus tres pollas, Barbarita II, Andrea e Isabel; mas a sus
tres hermanas eclipsaba Jacinta, que estaba guapísima, con un vestido
muy sencillo de rayas negras y blancas sobre fondo encarnado. También
Barbarita tenía buen ver. Desde su asiento al extremo de la mesa,
Estupiñá la flechaba con sus miradas, siempre que corrían de boca en
boca elogios de aquellos platos tan ricos y de la variedad inaudita de
pescados. El gran Rossini, cuando no miraba a su ídolo, charlaba sin
tregua y en voz baja con sus vecinos, volviendo inquietamente a un lado
y otro su perfil de cotorra.

Nada ocurrió en la cena digno de contarse. Todo fue alegría sin nubes, y
buen apetito sin ninguna desazón. El pícaro del Delfín hacía beber a
Aparisi y a Ruiz para que se alegraran, porque uno y otro tenían un vino
muy divertido, y al fin consiguió con el _Champagne_ lo que con el
Jerez no había conseguido. Aparisi, siempre que se ponía peneque,
mostraba un entusiasmo exaltado por las glorias nacionales. Sus
_jumeras_ eran siempre una fuerte emersión de lágrimas patrióticas,
porque todo lo decía llorando. Allí brindó por _los héroes de
Trafalgar_, por _los héroes del Callao_ y por otros muchos héroes
marítimos; pero tan conmovido el hombre y con los músculos olfatorios
tan respingados, que se creería que Churruca y Méndez Núñez eran sus
papás y que olían muy mal. A Ruiz también le daba por el patriotismo y
por los héroes; pero inclinándose a lo terrestre y empleando un cierto
tono de fiereza. Allí sacó a Tetuán y a Zaragoza poniendo al extranjero
como chupa de dómine, diciendo, en fin, que _nuestro porvenir está en
África_, y que el Estrecho es un arroyo español. De repente levantose
Estupiñá el grande, copa en mano, y no puede formarse idea de la
expectación y solemnísimo silencio que precedieron a su breve discurso.
Conmovido y casi llorando, aunque no estaba _ajumao_, brindó por la
noble compañía, por los nobles señores de la casa y por... aquí una
pausa de emoción y una cariñosa mirada a Jacinta... y porque la noble
familia tuviera pronto sucesión, como él esperaba... y sospechaba... y
creía.

Jacinta se puso muy colorada, y todos, todos los presentes, incluso el
Delfín, celebraron mucho la gracia. Después hubo gran tertulia en el
salón; pero poco después de las doce se habían retirado todos. Durmió
Jacinta sin sosiego, y a la mañana siguiente, cuando su marido no había
despertado aún, salió para ir a misa. Oyola en San Ginés, y después fue
a casa de Benigna, donde encontró escenas de desolación. Todos los
sobrinitos estaban alborotados, inconsolables, y en cuanto la vieron
entrar corrieron hacia ella pidiendo justicia. ¡Vaya con lo que había
hecho Juanín!... ¡Ahí era nada en gracia de Dios! Empezó por arrancarles
la cabeza a las figuras del nacimiento... y lo peor era que se reía al
hacerlo, como si fuera una gracia. ¡Vaya una gracia! Era un
sinvergüenza, un desalmado, un asesino. Así lo atestiguaban Isabel,
Paquito y los demás, hablando confusa y atropelladamente, porque la
indignación no les permitía expresarse con claridad. Disputábanse la
palabra y se cogían a la tiita, empinándose sobre las puntas de los
pies. Pero ¿dónde estaba el muy bribón? Jacinta vio aparecer su cara
inteligente y socarrona. Cuando él la vio, quedose algo turbado, y se
arrimó a la pared. Acercósele Jacinta, mostrándole severidad y
conteniendo la risa... pidiole cuentas de sus horribles crímenes.
¡Arrancar la cabeza a las figuras!... Escondía el
_Pituso_ la cara muy avergonzado, y se metía el dedo en la nariz... La
mamá adoptiva no había podido obtener de él una respuesta, y las
acusaciones rayaban en frenesí. Se le echaban en cara los delitos más
execrables, y se hacía burla de él y de sus hábitos groseros.

«Tiita, ¿no sabes? --decía Ramona riendo--. Se come las cáscaras de
naranja...».

--¡Cochino! Otra voz infantil atestiguó con la mayor solemnidad que
había visto más. Aquella mañana, Juanín estaba en la cocina royendo
cáscaras de patata. Esto sí que era marranada.

Jacinta besó al delincuente, con gran estupefacción de los otros chicos.

«Pues tienes bonito el delantal». Juanín tenía el delantal como si
hubiera estado fregando los suelos con él. Toda la ropa estaba
igualmente sucia.

--Tiita--le dijo Isabelita haciéndose la ofendida--.

Si vieras... No hace más que arrastrarse por los suelos y dar coces
como los burros. Se va a la basura y coge los puñados de ceniza para
echárnosla por la cara...

Entró Benigna, que venía de misa, y corroboró todas aquellas denuncias,
aunque con tono indulgente.

«Hija, no he visto un salvaje igual. El pobrecito... bien se ve entre
qué gentes se ha criado».

--Mejor... Así le domesticaremos.

--¡Qué palabrotas dice!... ¡Ramón se ha reído más...! No sabes la gracia
que le hace su lengua de arriero. Anoche nos dio malos ratos, porque
llamaba a su _Pae Pepe_ y se acordaba de la pocilga en que ha vivido...
¡Pobrecito! Esta mañana se me orinó en la sala. Llegué yo y me lo
encontré con las enaguas levantadas... Gracias que no se le antojó
hacerlo sobre el _puff_... lo hizo en la coquera... He tenido que cerrar
la sala, porque me destrozaba todo. ¿Has visto cómo ha puesto el
nacimiento? A Ramón le hizo muchísima gracia... y salió a comprar más
figuras; porque si no, ¿quién aguanta a esta patulea? No puedes
figurarte la que se armó aquí anoche. Todos llorando en coro, y el otro
cogiendo figuras y estrellándolas contra el suelo.

--¡Pobrecillo!--exclamó Jacinta prodigando caricias a su hijo adoptivo y
a todos los demás, para evitar una tempestad de celos--. ¿Pero no veis
que él se ha criado de otra manera que vosotros? Ya irá aprendiendo a
ser fino. ¿Verdad, hijo mío? (Juan decía que sí con la cabeza y
examinaba un pendiente de Jacinta)... Sí; pero no me arranques la
oreja... Es preciso que todos seáis buenos amiguitos, y que os llevéis
como hermanos. ¿Verdad, Juan, que tú no vuelves a romper las figuras?...
¿Verdad que no? Vaya, él es formal. Ramoncita, tú que eres la mayor,
enséñale en vez de reñirle.

--Es muy fresco: también se quería comer una vela--dijo Ramoncita
implacable.

--Las velas no se comen, no. Son para encenderlas... Veréis qué pronto
aprende él todas las cosas... Si creeréis que no tiene talento.

--No hay medio de hacerle comer más que con las manos--apuntó Benigna
riendo.

--Pero mujer, ¿cómo quieres que sepa...? Si en su vida ha visto él un
tenedor... Pero ya aprenderá... ¿No observas lo listo que es?

Villuendas entró con las figuras.

«Vaya, a ver si estas se salvan de la guillotina».

Mirábalas el _Pituso_ sonriendo con malicia, y los demás niños se
apoderaron de ellas, tomando todo género de precauciones para librarlas
de las manos destructoras del salvaje, que no se apartaba de su madre
adoptiva. El instinto, fuerte y precoz en las criaturas como en los
animalitos, le impulsaba a pegarse a Jacinta y a no apartarse de ella
mientras en la casa estaba...

Era como un perrillo que prontamente distingue a su amo entre todas las
personas que le rodean, y se adhiere a él y le mima y acaricia.

Creíase Jacinta madre, y sintiendo un placer indecible en sus entrañas,
estaba dispuesta a amar a aquel pobre niño con toda su alma. Verdad que
era hijo de otra. Pero esta idea, que se interponía entre su dicha y
Juanín, iba perdiendo gradualmente su valor. ¿Qué le importaba que fuera
hijo de otra? Esa otra quizá había muerto, y si vivía lo mismo daba,
porque le había abandonado. Bastábale a Jacinta que fuera hijo de su
marido para quererle ciegamente. ¿No quería Benigna a los hijos de la
primera mujer de su marido como si fueran hijos suyos? Pues ella quería
a Juanín como si le hubiera llevado en sus entrañas. ¡Y no había más que
hablar! Olvido de todo, y nada de celos retrospectivos. En la excitación
de su cariño, la dama acariciaba en su mente un plan algo atrevido. «Con
ayuda de Guillermina--pensaba--, voy a hacer la pamema de que he sacado
este niño de la Inclusa, para que en ningún tiempo me lo puedan quitar.
Ella lo arreglará, y se hará un documento en toda regla... Seremos
falsarias y Dios bendecirá nuestro fraude».

Le dio muchos besos, recomendándole que fuera bueno, y no hiciese
porquerías. Apenas se vio Juanín en el suelo, agarró el bastón de
Villuendas y se fue derecho hacia el nacimiento en la actitud más
alarmante. Villuendas se reía sin atajarle, gritando: «¡Adiós, mi
dinero!, ¡eh!... ¡socorro!, ¡guardias...!».

Chillido unánime de espanto y desolación llenó la casa. Ramoncita
pensaba seriamente en que debía llamarse a la Guardia Civil.

«Pillo, ven acá; eso no se hace» gritó Jacinta corriendo a sujetarle.

Una cosa agradaba mucho a la joven. Juanín no obedecía a nadie más que a
ella. Pero la obedecía a medias, mirándola con malicia, y suspendiendo
su movimiento de ataque.

«Ya me conoce--pensaba ella--. Ya sabe que soy su mamá, que lo seré de
veras... Ya, ya le educaré yo como es debido».

Lo más particular fue que cuando se despidió, el _Pituso_ quería irse
con ella. «Volveré, hijo de mi alma, volveré... ¿Veis cómo me quiere?,
¿lo veis?... Con que portarse bien todos, y no regañar. Al que sea malo,
no le quiero yo...».



--vi--


No se le cocía el pan a Barbarita hasta no aplacar su curiosidad viendo
aquella alhaja que su hija le había comprado, un nieto. Fuera este
apócrifo o verdadero, la señora quería conocerle y examinarle; y en
cuanto tuvo Juan compañía, buscaron suegra y nuera un pretexto para
salir, y se encaminaron a la morada de Benigna. Por el camino, Jacinta
exploró otra vez el ánimo de su tía, esperando que se hubieran disipado
sus prevenciones; pero vio con mucho disgusto que Barbarita continuaba
tan severa y suspicaz como el día precedente. «A Baldomero le ha sabido
esto muy mal. Dice que es preciso garantías... y, francamente, yo creo
que has obrado muy de ligero...».

Cuando entró en la casa y vio al _Pituso_, la severidad, lejos de
disminuir, parecía más acentuada. Contempló Barbarita sin decir palabra
al que le presentaban como nieto, y después miró a su nuera, que estaba
en ascuas, con un nudo muy fuerte en la garganta. Mas de repente, y
cuando Jacinta se disponía a oír denegaciones categóricas, la abuela
lanzó una fuerte exclamación de alegría, diciendo así:

«¡Hijo de mi alma!... ¡amor mío!, ven, ven a mis brazos».

Y lo apretó contra sí tan enérgicamente, que el _Pituso_ no pudo menos
de protestar con un chillido.

«¡Hijo mío!... corazón... gloria, ¡qué guapo eres!... Rico, tesoro; un
beso a tu abuelita».

--¿Se parece?--preguntó Jacinta no pudiendo expresarse bien, porque se
le caía la baba, como vulgarmente se dice.

--¡Que si se parece! --observó Barbarita tragándole con los ojos--.
Clavado, hija, clavado... ¿Pero qué duda tiene? Me parece que estoy
mirando a Juan cuando tenía cuatro años.

Jacinta se echó a llorar. «Y por lo que hace a esa fantasmona...--agregó
la señora examinando más las facciones del chico--, bien se le conoce en
este espejo que es guapa... Es una perfección este niño».

Y vuelta a abrazarle y a darle besos.

«Pues nada, hija --añadió después con resolución--, a casa con él».

Jacinta no deseaba otra cosa. Pero Barbarita corrigió al instante su
propia espontaneidad, diciendo: «No... no nos precipitemos. Hay que
hablar antes a tu marido. Esta noche sin falta se lo dices tú, y yo me
encargo de volver a tantear a Baldomero... Si es clavado, pero
clavado...».

--¡Y usted que dudaba! --Qué quieres... Era preciso dudar, porque estas
cosas son muy delicadas. Pero la procesión me andaba por dentro.
¿Creerás que anoche he soñado con este muñeco? Ayer, sin saber lo que
hacía compré un nacimiento. Lo compré maquinalmente, por efecto de un no
sé qué... mi resabio de compras movido del pensamiento que me dominaba.

--Bien sabía yo que usted cuando le viera...

--¡Dios mío! ¡Y las tiendas cerradas hoy!--exclamó Barbarita en tono de
consternación--. Si estuvieran abiertas, ahora mismo le compraba un
vestidito de marinero con su gorra en que diga: _Numancia_. ¡Qué bien le
estará! Hijo de mi corazón, ven acá... No te me escapes; si te quiero
mucho, ¡si soy tu abuelita...! Me dicen estos tontainas que has roto el
camello del Rey negro. Bien, vida mía, bien roto está. Ya le compraré yo
a mi niño una gruesa de camellos y de reyes negros, blancos y de todos
los colores.

Jacinta tenía ya celos. Pero consolábase de ellos viendo que Juanín no
quería estar en el regazo de su abuela y se deslizaba de los brazos de
esta para buscar los de su mamá verdadera. En aquel punto de la escena
que se describe, empezaron de nuevo las acusaciones y una serie de
informes sobre los distintos actos de barbarie consumados por Juanín.
Los cinco fiscales se enracimaban en torno a las dos damas, formulando
cada cual su queja en los términos más difamatorios. ¡Válganos Dios lo
que había hecho! Había cogido una bota de Isabelita y tirádola dentro de
la jofaina llena de agua para que nadase como un pato. «¡Ay, qué rico!»
clamaba Barbarita comiéndosele a besos. Después se había quitado su
propio calzado, porque era un marrano que gustaba de andar descalzo con
las patas sobre el suelo. «¡Ay, qué rico!...». Quitose también las
medias y echó a correr detrás del gato, cogiéndolo por el rabo y dándole
muchas vueltas... Por eso estaba tan mal humorado el pobre animalito...
Luego se había subido a la mesa del comedor para pegarle un palo a la
lámpara... «¡Ay, qué rico!».

«¡Cuidado que es desgracia!--repitió la señora de Santa Cruz dando un
gran suspiro--, ¡las tiendas cerradas hoy!... Porque es preciso
comprarle ropita, mucha ropita... Hay en casa de Sobrino unas medidas de
colores y unos trajecitos de punto que son una preciosidad... Ángel,
ven, ven con tu abuelita... ¡Ah!, ya conoce el muy pillo lo que has
hecho por él, y no quiere estar con nadie más que contigo».

--Ya lo creo...--indicó Jacinta con orgullo--. Pero no; él es bueno
¿sí?, y quiere también a su abuelita, ¿verdad?

Al retirarse, iban por la calle tan desatinadas la una como la otra. Lo
dicho dicho: aquella misma noche hablarían las dos a sus respectivos
maridos.

Aquel día, que fue el 25, hubo gran comida, y Juanito se retiró temprano
de la mesa muy fatigado y con dolor de cabeza. Su mujer no se atrevió a
decirle nada, reservándose para el día siguiente. Tenía bien preparado
todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor
tropiezo y sin turbarse. El 26 por la mañana entró D. Baldomero en el
cuarto de su hijo cuando este se acababa de levantar, y ambos estuvieron
allí encerrados como una media hora. Las dos damas esperaban ansiosas en
el gabinete el resultado de la conferencia, y las impresiones de
Barbarita no tenían nada de lisonjeras: «Hija, Baldomero no se nos
presenta muy favorable. Dice que es necesario probarlo... ya ves tú,
probarlo; y que eso del parecido será ilusión nuestra... Veremos lo que
dice Juan».

Tan anhelantes estaban las dos, que se acercaron a la puerta de la
alcoba por ver si pescaban alguna sílaba de lo que el padre y el hijo
hablaban. Pero no se percibía nada. La conversación era sosegada, y a
veces parecía que Juan se reía. Pero estaba de Dios que no pudieran
salir de aquella cruel duda tan pronto como deseaban. Pareció que el
mismo demonio lo hizo, porque en el momento de salir D. Baldomero del
cuarto de su hijo, he aquí que se presentan en el despacho Villalonga y
Federico Ruiz. El primero cayó sobre Santa Cruz para hablarle de los
préstamos al Tesoro que hacía con dinero suyo y ajeno, ganándose el
ciento por ciento en pocos meses, y el segundo se metió de rondón en el
cuarto del Delfín. Jacinta no pudo hablar con este; pero se sorprendió
mucho de verle risueño y de la mirada maliciosa y un tanto burlona que
su marido le echó.

Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba. Cuenta Jacinta que
nunca como en aquella ocasión sintió ganas de dar a una persona de
bofetadas y machacarla contra el suelo. Hubiera destrozado a Federico
Ruiz, cuya charla insustancial y mareante, como zumbido de abejón, se
interponía entre ella y su marido. El maldito tenía en aquella época la
demencia de _los castillos_; estaba haciendo averiguaciones sobre todos
los que en España existen más o menos ruinosos, para escribir una gran
obra heráldica, arqueológica y de castrametación sentimental, que aunque
estuviese bien hecha no había de servir para nada. Mareaba a Cristo con
sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudéjares
o lombardas con influencia mozárabe y perfiles románicos. «¡Oh!, ¡el
castillo de Coca!, ¿pues y el de Turégano?... Pero ninguno llegaba a los
del Bierzo... ¡Ah!, ¡el Bierzo!... la riqueza que hay en ese país es un
asombro». Luego resultaba que la tal _riqueza_ era de muros
despedazados, de aleros podridos y de bastiones que se caían piedra a
piedra. Ponía los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la
altura de las orejas para decir: «hay una ventana en el Castillo de
Ponferrada que... vamos... no puedo expresar lo que es aquello...».
Creeríase que por la tal ventana se veía al Padre Eterno y a toda la
Corte Celestial. «Caramba con la ventana--pensaba Jacinta, a quien le
estaba haciendo daño el almuerzo--. Me gustaría de veras si sirviera
para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos».

Villalonga y D. Baldomero no prestaban ni pizca de atención a los
entusiasmos de su insufrible amigo, y se ocupaban en cosas de más
sustancia.

«Porque, figúrese usted... el Director del Tesoro acepta el préstamo en
consolidado que está a 13... y extiende el pagaré por todo el valor
nominal... al interés del 12 por 100. Usted vaya atando cabos...».

--Es escandaloso... ¡Pobre país!...

Un instante se vieron solos Juanito y su mujer, y pudieron decirse
cuatro palabras. Jacinta quiso hacerle una pregunta que tenía preparada;
pero él se anticipó dejándola yerta con esta cruelísima frase, dicha en
tono cariñoso: «Nena, ven acá, ¿con que hijitos tenemos?».

Y no era posible explicarse más, porque la tertulia se enzarzó y
vinieron otros amigos que empezaron a reír y a bromear, tomándole el
pelo a Federico Ruiz con aquello de los castillos y preguntándole con
seriedad si los había estudiado todos sin que se le escapase alguno en
la cuenta. Después la conversación recayó en la política. Jacinta estaba
desesperada, y en los ratos que podía cambiar una palabrita con su
suegra, esta poníale una cara muy desconsolada, diciéndole: «Mal
negocio, hija, mal negocio».

Por la noche, comensales otra vez, y luego tertulia y mucha gente. Hasta
las doce duró aquel martirio. Se marcharon al fin uno a uno.

Jacinta les hubiera echado, abriendo todas las ventanas y sacudiéndoles
con una servilleta, como se hace con las moscas. Cuando su marido y
ella se quedaron solos, parecíale la casa un paraíso; pero sus
ansiedades eran tan grandes que no podía saborear el dulce aislamiento.
¡Solos en la alcoba! Al fin...

Juan cogió a su mujer cual si fuera una muñeca, y le dijo:

«Alma mía, tus sentimientos son de ángel; pero tu razón, allá por esas
nubes, se deja alucinar. Te han engañado; te han dado un soberbio timo».

--Por Dios, no me digas eso --murmuró Jacinta, después de una pausa en
que quiso hablar y no pudo.

--Si desde el principio hubieras hablado conmigo...--añadió el Delfín
muy cariñoso--. Pero aquí tienes el resultado de tus tapujos... ¡Ah, las
mujeres!, todas ellas tienen una novela en la cabeza, y cuando lo que
imaginan no aparece en la vida, que es lo más común, sacan su
composicioncita.

Estaba la infeliz tan turbada que no sabía qué decir: «Ese José
Izquierdo...».

--Es un tunante. Te ha engañado de la manera más chusca... Sólo tú, que
eres la misma inocencia puedes caer en redes tan mal urdidas... Lo que
me espanta es que Izquierdo haya podido tener ideas... Es tan bruto;
pero tan bruto, que en aquella cabeza no cabe una invención de esta
clase. Por lo bestia que es, parece honrado sin serlo. No, no discurrió
él tan gracioso timo. O mucho me engaño, o esto salió de la cabeza de un
novelista que se alimenta con judías.

--El pobre Ido es incapaz... --De engañar a sabiendas, eso sí. Pero no
te quepa duda. La primitiva idea de que ese niño es mi hijo debió ser
suya. La concebiría como sospecha, como inspiración
artístico-flatulenta, y el otro se dijo: «Pues toma, aquí hay un
negocio». Lo que es a _Platón_ no se le ocurre; de eso estoy seguro.

Jacinta, anonadada, quería defender su tema a todo trance. «Juanín es tu
hijo, no me lo niegues» replicó llorando.

--Te juro que no... ¿Cómo quieres que te lo jure?... ¡Ay Dios mío!,
ahora se me está ocurriendo que ese pobre niño es el hijo de la hijastra
de Izquierdo. ¡Pobre Nicolasa! Se murió de sobreparto. Era una excelente
chica. Su niño tiene, con diferencia de tres meses, la misma edad que
tendría el mío si viviese.

--¡Si viviese! --Si viviese... sí... Ya ves cómo te canto claro. Esto
quiere decir que no vive.

--No me has hablado nunca de eso --declaró severamente Jacinta--. Lo
último que me contaste fue... qué sé yo... No me gusta recordar esas
cosas. Pero se me vienen al pensamiento sin querer. «No la vi más, no
supe más de ella; intenté socorrerla y no la pude encontrar». A ver,
¿fue esto lo que me dijiste?

--Sí, y era la verdad, la pura verdad. Pero más adelante hay otro
episodio, del cual no te he hablado nunca, porque no había para qué.
Cuando ocurrió, hacía ya un año que estábamos casados; vivíamos en la
mejor armonía... Hay ciertas cosas que no se deben decir a una esposa.
Por discreta y prudente que sea una mujer, y tú lo eres mucho, siempre
alborota algo en tales casos; no se hace cargo de las circunstancias, ni
se fija en los móviles de las acciones. Entonces callé, y creo
firmemente que hice bien en callar. Lo que pasó no es desfavorable para
mí. Podía habértelo dicho; pero ¿y si lo interpretabas mal? Ahora ha
llegado la ocasión de contártelo, y veremos qué juicio formas. Lo que sí
puedo asegurarte es que ya no hay más. Esto que te voy a decir es el
último párrafo de una historia que te he referido por entregas. Y se
acabó. Asunto agotado... Pero es tarde, hija mía, nos acostaremos,
dormiremos y mañana...



--vii--


«No, no, no--gritó Jacinta más bien airada que impaciente--. Ahora
mismo... ¿Crees que yo puedo dormir en esta ansiedad?».

--Pues lo que es yo, chiquilla, me acuesto--dijo el Delfín,
disponiéndose a hacerlo--. Si creerás tú que te voy a revelar algo que
pone los pelos de punta. ¡Si no es nada...!, te lo cuento porque es la
prueba de que te han engañado. Veo que pones una cara muy tétrica. Pues
si no fuera porque el lance es bastante triste, te diría que te
rieras... ¡Te has de quedar más convencida...! Y no te apures por la
_plancha_, hija. Ahí tienes lo que las personas sacan de ser demasiado
buenas. Los ángeles, como que están acostumbrados a volar, no andan por
la tierra sin dar un traspié a cada paso.

Se había acostumbrado de tal modo Jacinta a la idea de hacer suyo a
Juanín, de criarle y educarle como hijo, que le lastimaba al sentirlo
arrancado de sí por una prueba, por un argumento en que intervenía la
aborrecida mujer aquella cuyo nombre quería olvidar. Lo más particular
era que seguía queriendo al _Pituso_, y que su cariño y su amor propio
se sublevaban contra la idea de arrojarle a la calle. No le abandonaría
ya, aunque su marido, su suegra y el mundo entero se rieran de ella y la
tuvieran por loca y ridícula.

«Y ahora--siguió Santa Cruz, muy bien empaquetado entre sus sábanas--,
despídete de tu novela, de esa grande invención de dos ingenios, Ido del
Sagrario y José Izquierdo... Vamos allá... Lo último que te dije
fue...».

--Fue que se había marchado de Madrid y que no pudiste averiguar a
dónde. Esto me lo contaste en Sevilla.

--¡Qué memoria tienes! Pues pasó tiempo, y al año de casados, un día, de
repente, plaf... entras tú en mi cuarto y me das una carta.

--¿Yo? --Sí, una cartita que trajeron para mí. La abro, me quedo así un
poco atontado... Me preguntas qué es, y te digo: «Nada, es la madre del
pobre Valledor que me pide una recomendación para el alcalde...». Cojo
mi sombrero y a la calle.

--¡Volvía a Madrid, te llamaba, te escribía!...--observó Jacinta,
sentándose al borde del lecho, la mirada fija, apagada la voz.

--Es decir, hacía que me escribieran, porque la pobrecilla no sabe...
«Pues señor, no hay más remedio que ir allá». Cree que tu pobre marido
iba de muy mal humor. No puedes figurarte lo que le molestaba la
resurrección de una cosa que creía muerta y desaparecida para siempre.
«¿Por dónde saldrá ahora?... ¿Para qué me llamará?». Yo decía también:
«De fijo que hay muchacho por en medio». Esta sucesión me cargaba. «Pero
en fin, ¡qué remedio!...» pensaba al subir por aquellas oscuras
escaleras. Era una casa de la calle de Hortaleza, al parecer de
huéspedes. En el bajo hay tienda de ataúdes. ¿Y qué era?, que la infeliz
había venido a Madrid con su hijo, con el mío: ¿por qué no decirlo
claro?, y con un hombre, el cual estaba muy mal de fondos, lo que no
tiene nada de particular... Llegar y ponerse malo el pobre niño fue todo
uno. Viose la pobre en un trance muy apurado. ¿A quién acudir? Era
natural: a mí. Yo se lo dije. «Has hecho perfectamente...». La más negra
era que el garrotillo le cogió al pobrecillo nene tan de filo, que
cuando yo llegué... te va a dar mucha pena, como me la dio a mí... pues
sí, cuando llegué, el pobre niño estaba expirando. Lo que yo le decía al
verla hecha un mar de lágrimas: «¿Por qué no me avisaste antes?». Claro,
yo habría llevado uno o dos buenos médicos y quién sabe, quién sabe si
le hubiéramos salvado.

Jacinta callaba. El terror no la dejaba articular palabra.

«¿Y tú no lloraste?» fue lo primero que se le ocurrió decir.

--Te aseguro que pasé un rato... ¡ay qué rato! ¡Y tener que disimular en
casa delante de ti! Aquella noche ibas tú al Real. Yo fui también; pero
te juro que en mi vida he sentido, como en aquella noche, la tristeza
agarrada a mi alma. Tú no te acordarás... No sabías nada.

--Y... --Y nada más. Le compré la cajita azul más bonita que había en la
tienda de abajo, y se le llevó al cementerio en un carro de lujo con dos
caballos empenachados, sin más compañía que la del hombre de Fortunata y
el marido, o lo que fuera, de la patrona. En la Red de San Luis, mira lo
que son las casualidades, me encontré a mamá... Díjome: «¡Qué pálido
estás!». «Es que vengo de casa de Moreno Vallejo a quien le han cortado
hoy la pierna». En efecto, le habían cortado la pierna, a consecuencia
de la caída del caballo. Diciéndolo, miré desaparecer por la calle de
la Montera abajo el carro con la cajita azul... ¡Cosas del mundo! Vamos
a ver: si yo te hubiera contado esto, ¿no habrían sobrevenido mil
disgustos, celos y cuestiones?

--Quizás no--dijo la esposa dando un gran suspiro--. Según lo que venga
detrás. ¿Qué pasó después?

--Todo lo que sigue es muy soso. Desde que se dio tierra al pequeñuelo,
yo no tenía otro deseo que ver a la madre tomando el portante. Puedes
creérmelo: no me interesaba nada. Lo único que sentía era compasión por
sus desgracias, y no era floja la de vivir con aquel bárbaro, un tiote
grosero que la trataba muy mal y no la dejaba ni respirar. ¡Pobre mujer!
Yo le dije, mientras él estaba en el cementerio: «¿Cómo es que vives con
este animal y le aguantas?». Y respondiome: «No tengo más amparo que
esta fiera. No le puedo ver; pero el agradecimiento...». Es triste cosa
vivir de esta manera, aborreciendo y agradeciendo. Ya ves cuánta
desgracia, cuánta miseria hay en este mundo, niña mía... Bueno, pues
sigo diciéndote que aquella infeliz pareja me dio la gran jaqueca. El
tal, que era mercachifle de estos que ponen puestos en las ferias,
pretendía una plaza de contador de la depositaría de un pueblo.
¡Valiente animal! Me atosigaba con sus exigencias, y aun con amenazas, y
no tardé en comprender que lo que quería era sacarme dinero. La pobre
Fortunata no me decía nada. Aquel bestia no le permitía que me viera y
hablara sin estar él presente, y ella, delante de él, apenas alzaba del
suelo los ojos; tan aterrorizada la tenía. Una noche, según me contó la
patrona, la quiso matar el muy bruto. ¿Sabes por qué?, porque me había
mirado. Así lo decía él... Me puedes creer, como esta es noche, que
Fortunata no me inspiraba sino lástima. Se había desmejorado mucho de
físico, y en lo espiritual no había ganado nada. Estaba flaca, sucia,
vestía de pingos que olían mal, y la pobreza, la vida de perros y la
compañía de aquel salvaje habíanle quitado gran parte de sus atractivos.
A los tres días se me hicieron insoportables las exigencias de la fiera,
y me avine a todo. No tuve más remedio que decir: «Al enemigo que huye,
puente de plata»; y con tal de verles marchar, no me importaba el
sablazo que me dieron. Aflojé los cuartos a condición de que se habían
de ir inmediatamente. Y aquí paz y después gloria. Y se acabó mi cuento,
niña de mi vida, porque no he vuelto a saber una palabra de aquel
respetable tronco, lo que me llena de contento.

Jacinta tenía su mirada engarzada en los dibujos de la colcha. Su marido
le tomó una mano y se la apretó mucho. Ella no decía más que «¡Pobre

_Pituso_, pobre Juanín!». De repente una idea hirió su mente como un
latigazo, sacándola de aquel abatimiento en que estaba. Era la
convicción última que se revolvía furiosa en las agonías del
vencimiento. No existe nada que se resigne a morir, y el error es quizás
lo que con más bravura se defiende de la muerte. Cuando el error se ve
amenazado de esa ridiculez a que el lenguaje corriente da el nombre de
_plancha_, hace desesperados esfuerzos, azuzado por el amor propio, para
prolongar su existencia. De los escombros de sus ilusiones deshechas
sacó, pues, Jacinta el último argumento, el último; pero lo esgrimió con
brío, quizás por lo mismo que ya no tenía más. «Todo lo que has dicho
será verdad: no lo pongo en duda. Pero yo no te digo sino una cosa: ¿Y
el parecido?».

Lo mismo fue oír esto el Delfín, que partirse de risa.

«¡El parecido! Si no hay tal parecido ni lo puede haber. Sólo existe en
tu imaginación. Los chicos de esa edad se parecen siempre a quien quiere
el que los mira. Obsérvale bien ahora, examínale las facciones con
imparcialidad, pero con imparcialidad y conciencia, ¿sabes?... y si
después de esto sigues encontrando parecido, es que hay brujería en
ello».

Jacinta le contemplaba en su mente con aquella imparcialidad tan
recomendada, y... la verdad... el parecido subsistía... aunque un
poquillo borroso y desvaneciéndose por grados. En la desesperación de su
inevitable derrota, encontró aún la dama otro argumento.

«Tu mamá también le encontró un gran parecido».

--Porque tú le calentaste la cabeza. Tú y mamá sois dos buenas
maniáticas. Yo reconozco que en esta casa hace falta un chiquitín.
También yo lo deseo tanto como vosotras; pero esto, hija de mi alma, no
se puede ir a buscar a las tiendas, ni lo debe traer Estupiñá debajo de
la capa, como las cajas de cigarros. El parecido, convéncete tontuela,
no es más que la exaltación de tu pensamiento por causa de esa maldita
novela del niño encontrado. Y puedes creerlo, si como historia el caso
es falso, como novela es cursi. Si no, fíjate en las personas que te han
ayudado al desarrollo de tu obra: Ido del Sagrario, un flatulento; José
Izquierdo, un loco de la clase de cabellerías; Guillermina, una loca
santa, pero loca al fin. Luego viene mamá, que al verte a ti chiflada,
se chifla también. Su bondad le oscurece la razón, como a ti, porque
sois tan buenas que a veces, créelo, es preciso ataros. No, no te rías;
a las personas que son muy buenas, muy buenas, llega un momento en que
no hay más remedio que atarlas.

Jacinta le sonreía con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias,
afanándose por tranquilizarla. Tanto le rogó que se acostara, que al fin
accedió a ello.

«Mañana--dijo ella--, irás conmigo a verle».

--A quién... ¿al chiquillo de Nicolasa?... ¡Yo!

--Aunque no sea más que por curiosidad... Considéralo como una compra
que hemos hecho las dos maniáticas. Si compráramos un perrito, ¿no
querrías verle?

--Bueno, pues iré. Falta que mamá me deje salir mañana... y bien podría,
que este encierro me va cargando ya.

Acostose Jacinta en su lecho, y al poco rato observó que su esposo
dormía. Ella tenía poco sueño y pensaba en lo que acababa de oír. ¡Qué
cuadro más triste y qué visión aquella de la miseria humana! También
pensó mucho en el _Pituso_. «Se me figura que ahora le quiero más.
¡Pobrecito, tan lindo, tan mono y no parecerse...! Pero si yo me
confirmo en que se parece... ¡Que es ilusión! ¿Cómo ha de ser ilusión?
No me vengan a mí con cuentos. Aquellos plieguecitos de la nariz cuando
se ríe... aquel entrecejo...». Y así estuvo hasta muy tarde.

El 28 por la mañana, ya de vuelta de misa, entró Barbarita en la alcoba
del matrimonio joven a decirles que el día estaba muy bueno, y que el
enfermo podía salir bien abrigado. «Os cogéis el coche y vais a dar una
vuelta por el Retiro». Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfín
tampoco. Sólo que en vez de ir al Retiro, se personaron en casa de Ramón
Villuendas. Hallábase este en el escritorio; pero cuando les vio entrar
subió con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que
esperaba fuera patética y teatral. Mucho se pasmaron él y Benigna de que
Juan viera al pequeñuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna
demostración de cariño paternal.

«Hola, barbián--dijo Santa Cruz sentándose y cogiendo al chico por ambas
manos--. Pues es guapo de veras. Lástima que no sea nuestro... No te
apures, mujer, ya vendrá el verdadero _Pituso_, el legítimo, de los
propios cosecheros o de la propia tía Javiera».

Benigna y Ramón miraban a Jacinta.

«Vamos a ver--prosiguió el otro constituyéndose en tribunal--. Vengan
ustedes aquí y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de
juicio, si este chico se parece a mí».

Silencio. Lo rompió Benigna para decir:

«Verdaderamente... yo... nunca encontré tal parecido».

--¿Y tú?--preguntó Juan a Ramón.

--Yo... pues digo lo mismo que Benigna.

Jacinta no sabía disimular su turbación.

«Ustedes dirán lo que quieran... pero yo... Es que no se fijan bien... Y
en último caso, vamos a ver, ¿me negarán que es monísimo?».

--¡Ah!, eso no... y que tiene que ser un gran pillete. Tiene a quien
salir. Su padre fue primero empleado en el _gas_; después punto figurado
en la casa de juego del _pulpitillo_.

--¡Punto figurado! ¿Y qué es eso?

--¡Oh!, una gran posición... El papá de este niño, si no me engaño, debe
de estar ahora tomando aires en Ceuta.

--Eso, eso no--indicó Jacinta con rabia--. ¿También quieres tú infamar a
mi niño? Dámele acá... ¿No es verdad, hijo, que tu papá no...?

Todos se echaron a reír. Consolábase ella de su desairada situación
besándole y diciendo:

«Mirad cómo me quiere. Pues no, no le abandono, aunque lo mande quien lo
mande. Es mío».

--Como que te ha costado tu dinero.



--viii--


El chico le echó los brazos al cuello y miró a los demás con rencor,
como indignado de la nota infamante que se quería arrojar sobre su
estirpe. Los otros niños se le llevaron para jugar, no sin que antes le
hiciera Jacinta muchas carantoñas, por lo cual dijo Benigna que no
_debía darle tan fuerte_.

«Cállate tú... Digo que no le abandono. Me le llevaré a casa».

--¿Estás loca? --insinuó el Delfín con severidad.

--No, que estoy bien cuerda. --Vamos, ten discreción... No digo yo
tampoco que se le eche a la calle; pero en el Hospicio, bien
recomendado, no lo pasaría mal.

--¡En el Hospicio! --exclamó Jacinta con la cara muy encendida--, ¡para
que me le manden a los entierros... y le den de comer aquellas
bazofias...!

--¿Pero tú qué crees? Eres una criatura. ¿De dónde sacas que así se
toman niños ajenos? Chica, chica, estás en pleno romanticismo.

Benigna y su marido manifestaron con enérgicos signos de cabeza que
aquello del romanticismo estaba muy bien dicho.

«Pero si yo también le quiero proteger--afirmó Juan apreciando los
sentimientos de su mujer y disculpando su exageración--. Ha sido una
suerte para él haber caído en nuestras manos librándose de las de
Izquierdo. Pero no disloquemos las ideas. Una cosa es protegerle y otra
llevárnosle a casa. Aunque yo quisiera darte ese gusto, falta que mi
padre lo consintiera. Tus buenos sentimientos te hacen delirar, ¿verdad,
Benigna? Yo le he dicho que a las personas muy buenas, muy buenas, es
menester atarlas algunas veces. Esta es un ángel, y los ángeles caen en
la tontería de creer que el mundo es el cielo. El mundo no es el cielo,
¿verdad, Ramón?, y nuestras acciones no pueden ser basadas en el
criterio angelical. Si todo lo que piensan y sienten los ángeles, como
mi mujer, se llevara a la práctica, la vida sería imposible,
absolutamente imposible. Nuestras ideas deben inspirarse en las ideas
generales, que son el ambiente moral en que vivimos. Yo bien sé que se
debe aspirar a la perfección; pero no dando de puntapiés a la armonía
del mundo, ¡pues bueno estaría!... a la armonía del mundo, que es...
para que lo sepas... un grandioso mecanismo de imperfecciones,
admirablemente equilibradas y combinadas. Vamos a ver, te he convencido,
¿sí o no?

--Así, así --replicó Jacinta muy triste, un poco aturdida por las
paradojas de su marido. Jacinta tenía idea tan alta de los talentos y de
las sabias lecturas del Delfín, que rara vez dejaba de doblegarse ante
ellas, aunque en su fuero interno guardase algunos juicios
independientes que la modestia y la subordinación no le permitían
manifestar. No habían transcurrido diez segundos después de aquel _así,
así_, cuando se oyó una gran chillería. «¿Qué es, qué hay?». ¡Qué había
de ser sino alguna barbaridad de Juanín! Así lo comprendió Benigna,
corriendo alarmada al comedor, de donde el temeroso estrépito venía.

--¡Bien por los chicos valientes! --dijo Santa Cruz, a punto que Ramón
Villuendas se despedía para bajar al escritorio. Jacinta corrió al
comedor y a poco volvió aterrada.

«¿No sabes lo que ha hecho? Había en el comedor una bandeja de arroz con
leche. Juanín se sube sobre una silla y empieza a coger el arroz con
leche a puñados... así, así, y después de hartarse, lo tira por el suelo
y se limpia las manos en las cortinas».

Oyose la voz de Benigna, hecha una furia: «Te voy a matar...
¡indecente!, ¡cafre!». Los demás chicos aparecieron chillando. Jacinta
les regañó: «Pero vosotros, tontainas, ¿no veíais lo que estaba
haciendo? ¿Por qué no avisasteis? ¿Es que le dejáis enredar para después
reíros y armar estos alborotos?».

--Mujer, llévate, llévate de una vez de mi casa este cachorro de
tigre--dijo Benigna, entrando muy soliviantada--. ¡Virgen del Carmen, mi
bandeja de arroz con leche!

Los chicos de Villuendas saltaban gozosos.

«Vosotros tenéis la culpa, bobones; vosotros que le azuzáis» díjoles la
tiita, que en alguien tenía que descargar su enfado.

«Tú le tienes que lavar --manifestó Benigna, sin cejar en su cólera--,
tú, tú. ¡Cómo me ha puesto las cortinas!».

--Bueno, mujer, le lavaré. No te apures.

--Y vestirle de limpio. Yo no puedo. Bastante tengo con los míos... Y
nada más.

--Vaya, no alborotes tanto, que todo ello es poca cosa.

Jacinta y su marido fueron al comedor, donde le encontraron hecho un
adefesio, cara, manos y vestido llenos de aquella pringue.

«Bien, bien por los hombres bravos--gritó Juan en presencia de la
fiera--. Mano al arroz con leche. Me hace gracia este muchacho».

--Te voy a matar, pillo--le dijo su mamá adoptiva, arrodillándose ante
él y conteniendo la risa--. Te has puesto bonito... verás que jabonadura
te vas a llevar.

Mientras duró el lavatorio, los Villuendas chicos se enracimaban en
torno a su tiito, subiéndosele a las rodillas y colgándosele de los
brazos para contarle las grandes cochinadas que hacía el bruto de
Juanín. No sólo se comía las velas, sino que lamía los platos, y
_dimpués_... tiraba los tenedores al suelo. Cuando su papá Ramón le
reprendía, le enseñaba la lengua, diciendo _hostias_ y otras
_isprisiones_ feas, y _dimpués_... hacía una cosa muy indecente, ¡vaya!,
que era levantarse el vestido por detrás, dar media vuelta echándose a
reír y enseñar el culito.

Santa Cruz no podía permanecer serio. Volvió al fin Jacinta, trayendo de
la mano al delincuente ya lavado y vestido de limpio, y a poco entró
Benigna, completamente aplacada, y encarándose con su cuñado, le dijo
con la mayor severidad: «¿Tienes ahí un duro? No tengo suelto». Juan se
apresuró a sacar el duro, y en el mismo momento en que lo ponía en la
mano de Benigna, Jacinta y los chicos soltaron una carcajada. Santa Cruz
cayó de su burro.

«Me la has dado, chica. No me acordaba de que es hoy día de Inocentes.
Buena ha sido, buena. Ya me extrañó a mi un poco que en esta casa del
dinero no hubiera suelto».

--Tomad--dijo Benigna a los niños--; vuestro tiito os convida a dulces.

--Para inocentadas--indicó Juan riendo--, la que nos ha querido dar mi
mujer.

--A mí no--replicó Benigna--. Aquí hemos hablado mucho de esto, y la
verdad, él podría ser auténtico; pero la tostada del parecido no la
encontrábamos. Y pues resulta que esta preciosa fierecita no es de la
familia... yo me alegro, y pido que me hagan el favor de quitármela de
casa. Bastantes jaquecas me dan las mías.

Jacinta y su marido le rogaron al retirarse que le tuviese un día más.
Ya decidirían.

Cosas muy crueles había de oír Jacinta aquel día, pero de cuanto oyó
nada le causara tanto asombro y descorazonamiento como estas palabras
que Barbarita le dijo al oído:

«Baldomero está incomodado con tu bromazo. Juan le habló claro. No hay
tal hijo ni a cien mil leguas. La verdad, tú te precipitaste; y en
cuanto al parecido... Hablando con franqueza, hija; no se parece nada,
pero nada».

Era lo que le quedaba por oír a Jacinta.

«Pero usted... ¡por la Virgen santísima! también...--atreviose a decir
cuando el espanto se lo permitió--, también usted creyó...».

--Es que se me pegaron tus ilusiones --replicó la suegra esforzándose en
disculpar su error--. Dice Juan que es manía; yo lo llamo ilusión, y las
ilusiones se pegan como las viruelas. Las ideas fijas son contagiosas.
Por eso, mira tú, por eso tengo yo tanto miedo a los locos y me asusto
tanto de verme a su lado. Es que cuando alguno está cerca de mí y se
pone a hacer visajes, me pongo también yo a hacer lo mismo. Somos monos
de imitación... Pues sí, convéncete, lo del parecido es ilusión, y las
dos... lo diré muy bajito, las dos hemos hecho una soberbia plancha. ¿Y
ahora, qué hacer? No se te pase por la cabeza traerle aquí. Baldomero no
lo consiente, y tiene mucha razón. Yo... si he de decirte la verdad, le
he tomado cariño. ¡Ay!, sus salvajadas me divierten. ¡Es tan mono! ¡Qué
ojitos aquellos!, ¿pues y los plieguecitos de la nariz?... y aquella
boca, aquellos labios, el piquito que hace con los labios, sobre todo.
Ven acá y verás el nacimiento que le compré.

Llevó a Jacinta a su cuarto de vestir y después de mostrarle el
nacimiento, le dijo: «Aquí hay más contrabando. Mira. Esta mañana fui a
las tiendas, y... aquí tienes: medias de color, un traje de punto, azul,
a estilo inglés. Mira la gorra que dice _Numancia_. Este es un capricho
que yo tenía. Estará saladísimo. Te juro que si no le veo con el
letrero en la frente, voy a tener un disgusto».

Jacinta oyó y vio esto con melancolía.

«¡Si supiera usted lo que hizo esta mañana!» dijo; y contó el lance del
arroz con leche.

--¡Ay, Dios mío, qué gracioso!... Es para comérselo... Yo, te digo la
verdad, le traería a casa si no fuera porque a Baldomero y a Juan no les
gustan estos tapujos... ¡Ay!, de veras te lo digo. No puede una vivir
sin tener algún ser pequeñito a quien adorar. ¡Hija de mi alma!, es una
gran desgracia para todos que tú no nos _des_ algo.

A Jacinta se le clavó esta frase en el corazón, y estuvo temblando un
rato en él y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se
han clavado bien.

«Pues sí, esta casa es muy... muy sosona. Le falta una criatura que
chille y alborote, que haga diabluras, que nos traiga a todos mareados.
Cuando le hablo de esto a Baldomero, se ríe de mí; pero bien se le
conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies,
con los chicos a la pela».

--Puesto que Benigna no le quiere tener --dijo la nuera--, ni es posible
tampoco tenerle aquí, le pondremos en casa de Candelaria. Yo le pasaré
un tanto al mes a mi hermana para que el huésped no sea una carga
pesada...

--Me parece muy bien pensado; pero muy bien pensado. Estás como las
gatas paridas, escondiendo las crías hoy aquí, mañana allá.

--¿Y qué remedio hay?... Porque lo que es al Hospicio no va. Eso que no
lo piensen... ¡Qué cosas se le ocurren a mi marido! Ya, como a él no le
han hecho ir nunca a los entierros, pisando lodos, aguantando la lluvia
y el frío, le parece muy natural que el otro pobrecito se críe entre
ataúdes... Sí, está fresco.

--Yo me encargo de pagarle la pensión en casa de Candelaria--dijo
Barbarita, secreteándose con su hija como los chiquillos que están
concertando una travesura--. Me parece que debo empezar por comprarle
una camita. ¿A ti qué te parece?

Replicó la otra que le parecía muy bien y se consoló mucho con esta
conversación, dándose a forjar planes y a imaginar goces maternales.
Pero quiso su mala suerte que aquel mismo día o el próximo cortase el
vuelo de su mente D. Baldomero, el cual la llamó a su despacho para
echarle el siguiente sermón:

«Querida, me ha dicho Bárbara que estás muy confusa por no saber qué
hacer con ese muchacho. No te apures; todo se arreglará.

Porque tú te ofuscaras, no vamos a echarle a la calle. Para otra vez,
bueno será que no te dejes llevar de tu buen corazón... tan a paso de
carga, porque todo debe moderarse, hija, hasta los impulsos sublimes...
Dice Juan, y está muy en lo justo, que los procedimientos angelicales
trastornan la sociedad. Como nos empeñemos todos en ser perfectos, no
nos podremos aguantar unos a otros, y habría que andar a bofetadas...
Bueno, pues te decía, que ese pobre niño queda bajo mi protección; pero
no vendrá a esta casa, porque sería indecoroso, ni a la casa de ninguna
persona de la familia, porque parecería tapujo».

No estaba conforme con estas ideas Jacinta; pero el respeto que su padre
político le inspiraba le quitó el resuello, imposibilitándola de
expresar lo mucho y bueno que se le ocurría.

«Por consiguiente --prosiguió el respetable señor tomándole a su nuera
las dos manos--, ese caballerito que compraste será puesto en el asilo
de Guillermina... No hay que fruncir las cejas. Allí estará como en la
gloria. Ya he hablado con la santa. Yo le pensiono, para que se le dé
educación y una crianza conveniente. Aprenderá un oficio, y quién sabe,
quién sabe si una carrera. Todo está en que saque disposición. Paréceme
que no te entusiasmas con mi idea. Pero reflexiona un poquito y verás
que no hay otro camino... Allí estará tan ricamente, bien comido, bien
abrigado... Ayer le di a Guillermina cuatro piezas de paño del Reino
para que les haga chaquetas. Verás que guapines les va a poner. ¡Y que
no les llenan bien la barriga en gracia de Dios! Observa, si no, los
cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana. Ya quisieran muchos
niños, cuyos papás gastan levita y cuyas mamás se zarandean por ahí,
estar tan lucidos y bien apañados como están los de Guillermina».

Jacinta se iba convenciendo, y cada vez sentía menos fuerza para
oponerse a las razones de aquel excelente hombre.

«Sí; aquí donde me ves--agregó Santa Cruz con jovialidad--, yo también
le tengo cariño a ese muñeco... quiero decir que no me libré del
contagio de vuestra manía de meter chicos en esta casa. Cuando Bárbara
me lo dijo, estaba ella tan creída de que era mi nieto, que yo también
me lo tragué. Verdad que exigí pruebas... pero mientras venían tales
pruebas, perdí la chaveta... ¡cosas de viejo!, y estuve todo aquel día
haciendo catálogos. Yo procuraba no darle mucha cuerda a Bárbara, ni
dejarme arrastrar por ella, y me decía: «Tengamos serenidad y no
chocheemos hasta ver...». Pero pensando en ello, te lo digo ahora en
confianza, salí a la calle, me reía solo, y sin saber lo que me hacía,
me metí en el Bazar de la Unión y...».

Don Baldomero, acentuando más su sonrisa paternal, abrió una gaveta de
su mesa y sacó un objeto envuelto en papeles.

«Y le compré esto... Es un acordeón. Pensaba dárselo cuando lo trajerais
a casa... Verás qué instrumento tan bonito y qué buenas voces...
veinticuatro reales».

Cogiendo el acordeón por las dos tapas, empezó a estirarlo y a
encogerlo, haciendo _flin flan_ repetidas veces. Jacinta se reía y al
propio tiempo se le escaparon dos lágrimas. Entró entonces de improviso
Barbarita, diciendo: «¿Qué música es esta?... A ver, a ver».

--Nada, querida--declaró el buen señor acusándose francamente--. Que a
mí también se me fue el santo al Cielo. No lo quería decir. Cuando tú me
saliste con que lo del nieto era una novela, _flin flan_, me dio la idea
de tirar esta música a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que se
compró para él, _flin flan_, que la disfrute... ¿no os parece?

--A ver, dame acá--indicó Barbarita contentísima, ansiosa de tañer el
pueril instrumento--. ¡Ah!, calavera, así me gastas el dinero en vicios.
Dámelo... lo tocaré yo... _flin flan_... ¡Ay!, no sé qué tiene esto...
¡da un gusto oírlo! Parece que alegra toda la casa.

Y salió tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: «Bonito
juguete... ¿verdad? Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a
llevárselo, _flin flan_...».



-XI-

Final, que viene a ser principio



--i--


Quien manda, manda. Resolviose la cuestión del _Pituso_ conforme a lo
dispuesto por don Baldomero, y la propia Guillermina se lo llenó una
mañanita a su asilo, donde quedó instalado. Iba Jacinta a verle muy a
menudo, y su suegra la acompañaba casi siempre. El niño estaban tan
mimado, que la fundadora del establecimiento tuvo que tomar cartas en el
asunto, amonestando severamente a sus amigas y cerrándoles la puerta no
pocas veces. En los últimos días de aquel infausto año, entráronle a
Jacinta melancolías, y no era para menos, pues el desairado y risible
desenlace de la novela _Pitusiana_ hubiera abatido al más pintado.
Vinieron luego otras cosillas, menudencias si se quiere, pero como caían
sobre un espíritu ya quebrantado, resultaban con mayor pesadumbre de la
que por sí tenían. Porque Juan, desde que se puso bueno y tomó calle,
dejó de estar tan expansivo, sobón y dengoso como en los días del
encierro, y se acabaron aquellas escenas nocturnas en que la confianza
imitaba el lenguaje de la inocencia. El Delfín afectaba una gravedad y
un seso propios de su talento y reputación; pero acentuaba tanto la
postura, que parecía querer olvidar con una conducta sensata las
chiquilladas del periodo catarral. Con su mujer mostrábase siempre
afable y atento, pero frío, y a veces un tanto desdeñoso. Jacinta se
tragaba este acíbar sin decir nada a nadie. Sus temores de marras
empezaban a condensarse, y atando cabos y observando pormenores, trataba
de personalizar las distracciones de su marido. Pensaba primero en la
institutriz de las niñas de Casa-Muñoz, por ciertas cosillas que había
visto casualmente, y dos o tres frases, cazadas al vuelo, de una
conversación de Juan con su confidente Villalonga. Después tuvo esto por
un disparate y se fijó en una amiga suya, casada con Moreno Vallejo,
tendero de novedades de muy reducido capital. Dicha señora gastaba un
lujo estrepitoso, dando mucho que hablar. Había, pues, un amante. A
Jacinta se le puso en la cabeza que este era el Delfín, y andaba
desalada tras una palabra, un acento, un detalle cualquiera que se lo
confirmase. Más de una vez sintió las cosquillas de aquella rabietina
infantil que le entraba de sopetón, y daba patadillas en el suelo y
tenía que refrenarse mucho para no irse hacia él y tirarle del pelo
diciéndole: _pillo... farsante_, con todo lo demás que en su gresca
matrimonial se acostumbra. Lo que más la atormentaba era que le quería
más cuando él se ponía tan juicioso haciendo el bonitísimo papel de una
persona que está en la sociedad para dar ejemplo de moderación y buen
criterio. Y nunca estaba Jacinta más celosa que cuando su marido se daba
aquellos aires de formalidad, porque la experiencia le había enseñado a
conocerle, y ya se sabía, cuando el Delfín se mostraba muy decidor de
frases sensatas, envolviendo a la familia en el incienso de su
argumentación paradójica, _picos pardos_ seguros.

Vinieron días marcados en la historia patria por sucesos resonantes, y
aquella familia feliz discutía estos sucesos como los discutíamos todos.
¡El 3 de Enero de 1874!... ¡El golpe de Estado de Pavía! No se hablaba
de otra cosa, ni había nada mejor de qué hablar. Era grato al
temperamento español un cambio teatral de instituciones, y volcar una
situación como se vuelca un puchero electoral. Había estado
admirablemente hecho, según D. Baldomero, y el ejército había salvado
_una vez más_ a la desgraciada nación española. El consolidado había
llegado a 11 y las acciones del Banco a 138. El crédito estaba hundido.
La guerra y la anarquía no se acababan; habíamos llegado al _período
álgido del incendio_, como decía Aparisi, y pronto, muy pronto, el que
tuviera una peseta la enseñaría como cosa rara.

Deseaban todos que fuese Villalonga a la casa para que les contara la
memorable sesión de la noche del 2 al 3, porque la había presenciado en
los escaños rojos. Pero el representante del país no aportaba por allá.
Por fin se apareció el día de Reyes por la mañana. Pasaba Jacinta por el
recibimiento, cuando el amigo de la casa entró.

«Tocaya, buenos días... ¿cómo están por aquí? ¿Y el monstruo, se ha
levantado ya?».

Jacinta no podía ver al dichoso tocayo. Fundábase esta antipatía en la
creencia de que Villalonga era el corruptor de su marido y el que le
arrastraba a la infidelidad.

«Papá ha salido --díjole no muy risueña--. ¡Cuánto sentirá no verle a
usted para que le cuente eso!... ¿Tuvo usted mucho miedo? Dice Juan que
se metió usted debajo de un banco».

--¡Ay, qué gracia! ¿Ha salido también Juan?

--No, se está vistiendo. Pase usted.

Y fue detrás de él, porque siempre que los dos amigos se encerraban,
hacía ella los imposibles por oír lo que decían, poniendo su orejita
rosada en el resquicio de la mal cerrada puerta. Jacinto esperó en el
gabinete, y su tocaya entró a anunciarle.

«Pero qué, ¿ha venido ya ese pelagatos?».

--Sí... resalao... aquí estoy.

--Pasa, danzante... ¡Dichosos los ojos...

El amigote entró. Jacinta notaba en los ojos de este algo de intención
picaresca. De buena gana se escondería detrás de una cortina para
estafarles sus secretos a aquel par de tunantes. Desgraciadamente tenía
que ir al comedor a cumplir ciertas órdenes que Barbarita le había
dado... Pero daría una vueltecita, y trataría de pescar algo...

«Cuenta, chico, cuenta. Estábamos rabiando por verte».

Y Villalonga dio principio a su relato delante de Jacinta; pero en
cuanto esta se marchó, el semblante del narrador inundose de malicia.
Miraron ambos a la puerta; cerciorose el compinche de que la esposa se
había retirado, y volviéndose hacia el Delfín, le dijo con la voz
temerosa que emplean los conspiradores domésticos:

«¿Chico, no sabes... la noticia que te traigo...? ¡Si supieras a quién
he visto! ¿Nos oirá tu mujer?».

--No, hombre, pierde cuidado --replicó Juan poniéndose los botones de la
pechera--. Claréate pronto.

--Pues he visto a quien menos puedes figurarte... Está aquí.

--¿Quién? --Fortunata... Pero no tienes idea de su transformación. ¡Vaya
un cambiazo! Está guapísima, elegantísima. Chico, me quedé turulato
cuando la vi.

Oyéronse los pasos de Jacinta. Cuando apareció levantando la cortina,
Villalonga dio una brusca retorcedura a su discurso: «No, hombre, no me
has entendido; la sesión empezó por la tarde y se suspendió a las ocho.
Durante la suspensión se trató de llegar a una inteligencia. Yo me
acercaba a todos los grupos a oler aquel guisado... ¡jum!, malo, malo;
el ministerio Palanca se iba cociendo, se iba cociendo... A todas
esas... ¡figúrate si estarían ciegos aquellos hombres!... a todas estas,
fuera de las Cortes se estaba preparando la máquina para echarles la
zancadilla. Zalamero y yo salíamos y entrábamos a turno para llevar
noticias a una casa de la calle de la Greda, donde estaban Serrano,
Topete y otros. 'Mi general, no se entienden. Aquello es una balsa de
aceite... hirviendo. Tumban a Castelar. En fin, se ha de ver ahora'.
'Vuelva usted allá. ¿Habrá votación?'.--'Creo que sí'. --'Tráiganos
usted el resultado'».

--El resultado de la votación --indicó Santa Cruz--, fue contrario a
Castelar. Di una cosa, ¿y si hubiera sido favorable?

--No se habría hecho nada. Tenlo por cierto. Pues como te decía, habló
Castelar...

Jacinta ponía mucha atención a esto; pero entró Rafaela a llamarla y
tuvo que retirarse.

«Gracias a Dios que estamos solos otra vez--dijo el compinche después
que la vio salir--. ¿Nos oirá?».

--¿Qué ha de oír?... ¡Qué medroso te has vuelto! Cuenta, pronto. ¿Dónde
la viste?

--Pues anoche... estuve en el Suizo hasta las diez. Después me fui un
rato al Real, y al salir ocurriome pasar por _Praga_ a ver si estaba
allí Joaquín Pez, a quien tenía que decir una cosa. Entro y lo primero
que me veo es una pareja... en las mesas de la derecha... Quedeme
mirando como un bobo... Eran un señor y una mujer vestida con una
elegancia... ¿cómo te diré?, con una elegancia improvisada. «Yo conozco
esa cara», fue lo primero que se me ocurrió. Y al instante caí... «¡Pero
si es esa condenada de Fortunata!». Por mucho que yo te diga, no puedes
formarte idea de la metamorfosis... Tendrías que verla por tus propios
ojos. Está de rechupete. De fijo que ha estado en París, porque sin
pasar por allí no se hacen ciertas transformaciones. Púseme todo lo
cerca posible, esperando oírla hablar. «¿Cómo hablará?» me decía yo.
Porque el talle y el corsé, cuando hay dentro calidad, los arreglan los
modistos fácilmente; pero lo que es el lenguaje... Chico, habías de
verla y te quedarías lelo, como yo. Dirías que su elegancia es de lance
y que no tiene aire de señora... Convenido; no tiene aire de señora; ni
falta... pero eso no quita que tenga un aire seductor, capaz de...
Vamos, que si la ves, tiras piedras. Te acordarás de aquel cuerpo sin
igual, de aquel busto estatuario, de esos que se dan en el pueblo y
mueren en la oscuridad cuando la civilización no los busca y los
_presenta_. Cuántas veces lo dijimos: «¡Si este busto supiera
explotarse...!». Pues ¡hala!, ya lo tienes en perfecta explotación. ¿Te
acuerdas de lo que sostenías?... «El pueblo es la cantera. De él salen
las grandes ideas y las grandes bellezas. Viene luego la inteligencia,
el arte, la mano de obra, saca el bloque, lo talla»... Pues chico, ahí
la tienes bien labrada... ¡Qué líneas tan primorosas!... Por supuesto,
hablando, de fijo que mete la pata. Yo me acercaba con disimulo.
Comprendí que me había conocido y que mis miradas la cohibían...
¡Pobrecilla! Lo elegante no le quitaba lo ordinario, aquel no sé qué de
pueblo, cierta timidez que se combina no sé cómo con el descaro, la
conciencia de valer muy poco, pero muy poco, moral e intelectualmente,
unida a la seguridad de esclavizar... ¡ah, bribonas!, a los que valemos
más que ellas... digo, no me atrevo a afirmar que valgamos más, como no
sea por la forma... En resumidas cuentas, chico, está que _ahuma_. Yo
pensaba en la cantidad de agua que había precedido a la transformación.
Pero ¡ah!, las mujeres aprenden esto muy pronto. Son el mismo demonio
para asimilarse todo lo que es del reino de la _toilette_. En cambio, yo
apostaría que no ha aprendido a leer... Son así; luego dicen que si las
pervertimos. Pues volviendo a lo mismo, la metamorfosis es completa.
Agua, figurines, la fácil costumbre de emperejilarse; después seda,
terciopelo, el sombrerito...

--¡Sombrero!--exclamó Juan en el colmo de la estupefacción.

--Sí; y no puedes figurarte lo bien que le cae. Parece que lo ha llevado
toda la vida... ¿Te acuerdas del pañolito por la cabeza con el pico
arriba y la lazada?... ¡Quién lo diría! ¡Qué transiciones!... Lo que te
digo... Las que tienen genio, aprenden en un abrir y cerrar de ojos. La
raza española es tremenda, chico, para la asimilación de todo lo que
pertenece a la forma... ¡Pero si habías de verla tú...! Yo, te lo
confieso, estaba pasmado, absorto, embebe...

¡Ay Dios mío!, entró Jacinta, y Villalonga tuvo que dar un quiebro
violentísimo...

«Te digo que estaba embebecido. El discurso de Salmerón fue admirable...
pero de lo más admirable... Aún me parece que estoy viendo aquella cara
de _hijo del desierto_, y aquel movimiento horizontal de los ojos y la
gallardía de los gestos. Gran hombre; pero yo pensaba: 'No te valen tus
filosofías; en buena te has metido, y ya verás la que te tenemos
armada'. Habló después Castelar. ¡Qué discursazo!, ¡qué valor de
hombre!, ¡cómo se crecía! Parecíame que tocaba al techo. Cuando
concluyó: 'A votar, a votar...'».

Jacinta volvió a salir sin decir nada. Sospechaba quizás que en su
ausencia los tunantes hablaban de otro asunto, y se alejó con ánimo de
volver y aproximarse cautelosa.

«Y aquel hombre... ¿quién era?» preguntó el Delfín que sentía el ardor
de una curiosidad febril.



--ii--


Te diré... desde que le vi, me dije: «Yo conozco esa cara». Pero no pude
caer en quién era. Entró Pez y hablamos... Él también quería
reconocerle. Nos devanábamos los sesos. Por fin caímos en la cuenta de
que habíamos visto a aquel sujeto días antes en el despacho del director
del Tesoro. Creo que hablaba con este del pago de unos fusiles
encargados a Inglaterra. Tiene acento catalán, gasta bigote y perilla...
cincuenta años... bastante antipático. Pues verás; como Joaquín y yo la
mirábamos tanto, el tío aquel se escamaba. Ella no _se timaba_...
parecía como vergonzosa... ¡y qué mona estaba con su vergüenza! ¿Te
acuerdas de aquel palmito descolorido con cabos negros? Pues ha mejorado
mucho, porque está más gruesa, más llena de cara y de cuerpo.

Santa Cruz estaba algo aturdido. Oyose la voz de Barbarita, que entraba
con su nuera.

«Salí de estampía...--siguió Villalonga--a anunciar a los amigos que
había empezado la votación... A los pies de usted, Barbarita... Yo bien,
¿y usted? Aquí estaba contando... Pues decía que eché a correr...».

--Hacia la calle de la Greda. --No... los amigos se habían trasladado a
una casa de la calle de Alcalá, la de Casa-Irujo, que tiene ventanas al
parque del ministerio de la Guerra... Subo y me les encuentro muy
desanimados. Me asomé con ellos a las ventanas que dan a Buenavista, y
no vi nada... «¿Pero a cuándo esperan? ¿En qué están pensando?...».
Francamente, yo creí que el golpe se había chafado y que Pavía no se
atrevía a echar las tropas a la calle. Serrano, impaciente, limpiaba los
cristales empañados, para mirar, y abajo no se veía nada. «Mi general
--le dije--, yo veo una faja negra, que así de pronto, en la oscuridad
de la noche, parece un zócalo... Mire usted bien, ¿no será una fila de
hombres?».--«¿Y qué hacen ahí pegados a la pared?».--«Vea usted, vea
usted, el zócalo se mueve. Parece una culebra que rodea todo el edificio
y que ahora se desenrosca... ¿Ve usted?... la punta se extiende hacia
las rampas».--«Soldados son--dijo en voz baja el general, y en el mismo
instante entró Zalamero con medio palmo de lengua fuera, diciendo: «La
votación sigue: la ventaja que llevaba al principio Salmerón, la lleva
ahora Castelar... nueve votos... Pero aún falta por votar la mitad del
Congreso...». Ansiedad en todas las caras... A mí me tocaba entonces ir
allá, para traer el resultado final de la votación... Tras, tras... cojo
mi calle del Turco, y entrando en el Congreso, me encontré a un
periodista que salía: «La proposición lleva diez votos de ventaja.
Tendremos ministerio Palanca». ¡Pobre Emilio!... Entré. En el salón
estaban votando ya las filas de arriba. Eché un vistazo y salí. Di la
vuelta por la curva, pensando lo que acababa de ver en Buenavista, la
cinta negra enroscada en el edificio... Figueras salió por la
escalerilla del reloj, y me dijo: «Usted qué cree, ¿habrá trifulca esta
noche?». Y le respondí: «Váyase usted tranquilo, maestro, que no habrá
nada...». «Me parece--dijo con socarronería--que esto se lo lleva
Pateta». Yo me reí. Y a poco pasa un portero, y me dice con la mayor
tranquilidad del mundo, que por la calle del Florín había tropa. «¿De
veras? Visiones de usted. ¡Qué tropa ni qué niño muerto!». Yo me hacía
de nuevas. Asomé la jeta por la puerta del reloj. «No me muevo de
aquí--pensé, mirando la mesa--. Ahora veréis lo que es canela...».
Estaban leyendo el resultado de la votación. Leían los nombres de todos
los votantes sin omitir uno. De repente aparecen por la puerta del
rincón de Fernando el Católico varios quintos mandados por un oficial, y
se plantan junto a la escalera de la mesa. Parecían comparsas de teatro.
Por la otra puerta entró un coronel viejo de la Guardia Civil.

«El coronel Iglesias--dijo Barbarita, que deseaba terminase el relato--.
De buena escapó el país... Bien, Jacinto, supongo que almorzará usted
con nosotros».

--Pues ya lo creo--dijo el Delfín--. Hoy no le suelto; y pronto mamá,
que es tarde.

Barbarita y Jacinta salieron. «¿Y Salmerón qué hizo?».

--Yo puse toda mi atención en Castelar, y le vi llevarse la mano a los
ojos y decir: ¡qué ignominia! En la mesa se armó un barullo espantoso...
gritos, protestas. Desde el reloj vi una masa de gente, todos en pie...
No distinguía al presidente. Los quintos inmóviles... De repente ¡pum!,
sonó un tiro en el pasillo...

--Y empezó la desbandada... Pero dime otra cosa, chico. No puedo apartar
de mi pensamiento... ¿Decías que llevaba sombrero?

--¿Quién?... ¡Ah, aquella!

--Sí, sombrero, y de muchísimo gusto--dijo el compinche con tanto
énfasis como si continuara narrando el suceso histórico--, y vestido
azul elegantísimo y abrigo de terciopelo...

--¿Tú estás de guasa? Abrigo de terciopelo.

--Vaya... y con pieles, un abrigo soberbio. Le caía tan bien... que...

Entró Jacinta sin anunciarse ni con ruido de pasos ni de ninguna otra
manera. Villalonga giró sobre el último concepto como una veleta
impulsada por fuerte racha de viento.

«El abrigo que yo llevaba... mi gabán de pieles... quiero decir, que en
aquella marimorena me arrancaron una solapa... la piel de una solapa
quiero decir...».

--Cuando se metió usted debajo del banco.

--Yo no me metí debajo de ningún banco, tocaya. Lo que hice fue ponerme
en salvo como los demás por lo que pudiera tronar.

--Mira, mira, querida esposa--dijo Santa Cruz, mostrando a su mujer el
chaleco, que se quitó apenas puesto--. Mira cómo cuelga ese último botón
de abajo. Hazme el favor de pegárselo o decirle a Rafaela que se lo
pegue, o en último caso llamar al coronel Iglesias.

--Venga acá--dijo Jacinta con mal humor, saliendo otra vez.

--En buen apuro me vi, camaraíta --dijo Villalonga conteniendo la
risa--. ¿Se enteraría? Pues verás; otro detalle. Llevaba unos pendientes
de turquesas, que eran la gracia divina sobre aquel cutis moreno pálido.
¡Ay, qué orejitas de Dios y qué turquesas! Te las hubieras comido.
Cuando les vimos levantarse, nos propusimos seguir a la pareja para
averiguar dónde vivía. Toda la gente que había en Praga la miraba, y
ella más parecía corrida que orgullosa. Salimos... tras, tras... calle
de Alcalá, Peligros, Caballero de Gracia, ellos delante, nosotros
detrás. Por fin dieron fondo en la calle del Colmillo. Llamaron al
sereno, les abrió, entraron.

En una casa que está en la acera del Norte entre la tienda de figuras de
yeso y el establecimiento de burras de leche... allí.

Entró Jacinta con el chaleco.

--Vamos... a ver... ¿Manda usía otra cosa?

--Nada más, hijita; muchas gracias. Dice este monstruo que no tuvo miedo
y que se salió tan tranquilo... yo no lo creo.

--¿Pero miedo a qué?... Si yo estaba en el ajo... Os diré el último
detalle para que os asombréis. Los cañones que puso Pavía en las
boca-calles estaban descargados. Y ya veis los que pasó dentro. Dos
tiros al aire, y lo mismo que se desbandan los pájaros posados en un
árbol cuando dais debajo de él dos palmadas, así se desbandó la asamblea
de la República.

--El almuerzo está en la mesa. Ya pueden ustedes venir--dijo la esposa,
que salió delante de ellos muy preocupada.

--¡Estómagos, a defenderse!

Algunas palabras había cogido la Delfina al vuelo que no tenían, a su
parecer, ninguna relación con aquello de las Cortes, el coronel Iglesias
y el ministerio Palanca. Indudablemente había moros por la costa. Era
preciso descubrir, perseguir y aniquilar al corsario a todo trance. En
la mesa versó la conversación sobre el mismo asunto, y Villalonga,
después de volver a contar el caso con todos sus pelos y señales para
que lo oyera D. Baldomero, añadió diferentes pormenores que daban color
a la historia.

--¡Ah! Castelar tuvo golpes admirables. «¿Y la Constitución
federal?...». --«La quemasteis en Cartagena».

--¡Qué bien dicho! --El único que se resistía a dejar el local fue Díaz
Quintero, que empezó a pegar gritos y a forcejear con los guardias
civiles... Los diputados y el presidente abandonaron el salón por la
puerta del reloj y aguardaron en la biblioteca a que les dejaran salir.
Castelar se fue con dos amigos por la calle del Florín, y retirose a su
casa, donde tuvo un fuerte ataque de bilis.

Estas referencias o noticias sueltas eran en aquella triste historia
como las uvas desgranadas que quedan en el fondo del cesto después de
sacar los racimos. Eran las más maduras, y quizás por esto las más
sabrosas.



--iii--


En los siguientes días, la observadora y suspicaz Jacinta notó que su
marido entraba en casa fatigado, como hombre que ha andado mucho. Era la
perfecta imagen del corredor que va y viene y sube escaleras y recorre
calles sin encontrar el negocio que busca. Estaba cabizbajo como los que
pierden dinero, como el cazador impaciente que se desperna de monte en
monte sin ver pasar alimaña cazable; como el artista desmemoriado a
quien se le escapa del filo del entendimiento la idea feliz o la imagen
que vale para él un mundo. Su mujer trataba de reconocerle, echando en
él la sonda de la curiosidad cuyo plomo eran los celos; pero el Delfín
guardaba sus pensamientos muy al fondo y cuando advertía conatos de
sondaje, íbase más abajo todavía.

Estaba el pobre Juanito Santa Cruz sometido al horroroso suplicio de la
idea fija. Salió, investigó, rebuscó, y la mujer aquella, visión
inverosímil que había trastornado a Villalonga, no parecía por ninguna
parte. ¿Sería sueño, o ficción vana de los sentidos de su amigo? La
portera de la casa indicada por Jacinto se prestó a dar cuantas noticias
se le exigían, mas lo único de provecho que Juan obtuvo de su
indiscreción complaciente fue que en la casa de huéspedes del segundo
habían vivido un señor y una señora, «guapetona ella» durante dos días
nada más. Después habían desaparecido... La portera declaraba con
notoria agudeza que, a su parecer, el señor se había largado por el
tren, y la _individua_, señora... o lo que fuera... _andaba por Madrid_.
¿Pero dónde demonios andaba? Esto era lo que había que averiguar. Con
todo su talento no podía Juan darse explicación satisfactoria del
interés, de la curiosidad o afán amoroso que despertaba en él una
persona a quien dos años antes había visto con indiferencia y hasta con
repulsión. La forma, la pícara forma, alma del mundo, tenía la culpa.
Había bastado que la infeliz joven abandonada, miserable y quizás mal
oliente se trocase en la aventurera elegante, limpia y seductora, para
que los desdenes del hombre del siglo, que rinde culto al arte personal,
se trocaran en un afán ardiente de apreciar por sí mismo aquella
transformación admirable, prodigio de esta nuestra edad de seda. «Si
esto no es más que curiosidad, pura curiosidad...--se decía Santa Cruz,
caldeando su alma turbada--. Seguramente, cuando la vea me quedaré como
si tal cosa; pero quiero verla, quiero verla a todo trance... y
mientras no la vea, no creeré en la metamorfosis». Y esta idea le
dominaba de tal modo, que lo infructuoso de sus pesquisas producíale un
dolor indecible, y se fue exaltando, y por último figurábase que tenía
sobre sí una grande, irreparable desgracia. Para acabar de aburrirle y
trastornarle, un día fue Villalonga con nuevos cuentos. «He averiguado
que el hombre aquel es un trapisondista... Ya no está en Madrid. Lo de
los fusiles era un timo... letras falsificadas».

--Pero ella... --A ella la ha visto ayer Joaquín Pez... Sosiégate,
hombre, no te vaya a dar algo. ¿Dónde dices? Pues por no sé qué calle.
La calle no importa. Iba vestida con la mayor humildad... Tú dirás como
yo, ¿y el abrigo de terciopelo?... ¿y el sombrerito?... ¿y las
turquesas?... Paréceme que me dijo Joaquín que aún llevaba las
turquesas... No, no, no dijo esto, porque si las hubiera llevado, no las
habría visto. Iba de pañuelo a la cabeza, bien anudado debajo de la
barba, y con un mantón negro de mucho uso, y un gran lío de ropa en la
mano... ¿Te explicas esto? ¿No? Pues yo sí... En el lío iba el abrigo, y
quizás otras prendas de ropa...

--Como si lo viera--apuntó Juanito con rápido discernimiento--. Joaquín
la vio entrar en una casa de préstamos.

--Hombre, ¡qué talentazo tienes!... Verde y con asa...

--¿Pero no la vio salir; no la siguió después para ver dónde vive?

--Eso te tocaba a ti... También él lo habría hecho. Pero considera, alma
cristiana, que Joaquinito es de la Junta de Aranceles y Valoraciones, y
precisamente había junta aquella tarde, y nuestro amigo iba al
ministerio con la puntualidad de un Pez.

Quedose Juan con esta noticia más pensativo y peor humorado, sintiendo
arreciar los síntomas del mal que padecía, y que principalmente se
alojaba en su imaginación, mal de ánimo con mezcla de un desate nervioso
acentuado por la contrariedad. ¿Por qué la despreció cuando la tuvo como
era, y la solicitaba cuando se volvió muy distinta de lo que había
sido?... El pícaro ideal, ¡ay!, el eterno _¿cómo será?_ Y la pobre
Jacinta, a todas estas, descrismándose por averiguar qué demonches de
antojo o manía embargaba el ánimo de su inteligente esposo. Este se
mostraba siempre considerado y afectuoso con ella; no quería darle
motivo de queja; mas para conseguirlo, necesitaba apelar a su misma
imaginación dañada, revestir a su mujer de formas que no tenía, y
suponérsela más ancha de hombros, más alta, más mujer, más pálida... y
con las turquesas aquellas en las orejas... Si Jacinta llega a descubrir
este arcano escondidísimo del alma de Juanito Santa Cruz, de fijo pide
el divorcio. Pero estas cosas estaban muy adentro, en cavernas más
hondas que el fondo de la mar, y no llegara a ella la sonda de Jacinta
ni con todo el plomo del mundo.

Cada día más dominado por su frenesí investigador, visitó Santa Cruz
diferentes casas, unas de peor fama que otras, misteriosas aquellas,
estas al alcance de todo el público. No encontrando lo que buscaba en lo
que parece más alto, descendió de escalón en escalón, visitó lugares
donde había estado algunas veces y otros donde no había estado nunca.
Halló caras conocidas y amigas, caras desconocidas y repugnantes, y a
todas pidió noticias, buscando remedio al tifus de curiosidad que le
consumía. No dejó de tocar a ninguna puerta tras de la cual pudieran
esconderse la vergüenza perdida o la perdición vergonzosa. Sus
explicaciones parecían lo que no eran por el ardor con que las
practicaba y el carácter humanitario de que las revestía. Parecía un
padre, un hermano que desalado busca a la prenda querida que ha caído en
los dédalos tenebrosos del vicio. Y quería cohonestar su inquietud con
razones filantrópicas y aun cristianas que sacaba de su entendimiento
rico en sofisterías. «Es un caso de conciencia. No puedo consentir que
caiga en la miseria y en la abyección, siendo, como soy, responsable...
¡Oh!, mi mujer me perdone; pero una esposa, por inteligente que sea, no
puede hacerse cargo de los motivos morales, sí, morales que tengo para
proceder de esta manera».

Y siempre que iba de noche por las calles, todo bulto negro o pardo se
le antojaba que era la que buscaba. Corría, miraba de cerca... y no era.
A veces creía distinguirla de lejos, y la forma se perdía en el gentío
como la gota en el agua. Las siluetas humanas que en el claro oscuro de
la movible muchedumbre parecen escamoteadas por las esquinas y los
portales, le traían descompuesto y sobresaltado. Mujeres vio muchas, a
oscuras aquí, allá iluminadas por la claridad de las tiendas; mas la
suya no parecía. Entraba en todos los cafés, hasta en algunas tabernas
entró, unas veces solo, otras acompañado de Villalonga. Iba con la
certidumbre de encontrarla en tal o cual parte; pero al llegar, la
imagen que llevaba consigo, como hechura de sus propios ojos, se
desvanecía en la realidad. «¡Parece que donde quiera que voy --decía con
profundo tedio--llevo su desaparición, y que estoy condenado a
expulsarla de mi vista con mi deseo de verla!». Decíale Villalonga que
tuviera paciencia; pero su amigo no la tenía; iba perdiendo la serenidad
de su carácter, y se lamentaba de que a un hombre tan grave y bien
equilibrado como él le trastornase tanto un mero capricho, una tenacidad
del ánimo, desazón de la curiosidad no satisfecha. «Cosas de los
nervios, ¿verdad Jacintillo? Esta pícara imaginación... Es como cuando
tú te ponías enfermo y delirante esperando ver salir una carta que no
salía nunca. Francamente, yo me creía más fuerte contra esta horrible
neurosis de la carta que no sale».

Una noche que hacía mucho frío, entró el Delfín en su casa no muy tarde,
en un estado lamentable. Se sentía mal, sin poder precisar lo que era.
Dejose caer en un sillón y se inclinó de un lado con muestras de
intensísimo dolor. Acudió a él su amante esposa, muy asustada de verle
así y de oír los ayes lastimeros que de sus labios se escapaban, junto
con una expresión fea que se perdona fácilmente a los hombres que
padecen. «¿Qué tienes, nenito?». El Delfín se oprimía con la mano el
costado izquierdo. Al pronto creyó Jacinta que a su marido le habían
pegado una puñalada. Dio un grito... miró; no tenía sangre...

«¡Ah! ¿Es que te duele?... ¡Pobrecito niño! Eso será frío... Espérate,
te pondré una bayeta caliente... te daremos friegas con... con
árnica...».

Entró Barbarita y miró alarmada a su hijo, pero antes de tomar ninguna
disposición, echole una buena reprimenda porque no se recataba del
crudísimo viento seco del Norte que en aquellos días reinaba. Juan
entonces se puso a tiritar, dando diente con diente. El frío que le
acometió fue tan intenso que las palabras de queja salían de sus labios
como pulverizadas. La madre y la esposa se miraron con terror
consultándose recíprocamente en silencio sobre la gravedad de aquellos
síntomas... Es mucho Madrid este. Sale de caza un cristiano por esas
calles, noche tras noche. ¿En dónde estará la res? Tira por aquí, tira
por allá, y nada. La res no cae. Y cuando más descuidado está el
cazador, viene callandito por detrás una pulmonía de la finas, le
apunta, tira, y me le deja seco.

Madrid.--Enero de 1886.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

       *       *       *       *       *



Parte segunda



-I-

Maximiliano Rubín



--i--


La venerable tienda de tirador de oro que desde inmemorial tiempo estuvo
en los soportales de Platerías, entre las calles de la Caza y San Felipe
Neri, desapareció, si no estoy equivocado, en los primeros días de la
revolución del 68. En una misma fecha cayeron, pues, dos cosas
seculares, el trono aquel y la tienda aquella, que si no era tan antigua
como la Monarquía española, éralo más que los Borbones, pues su
fundación databa de 1640, como lo decía un letrero muy mal pintado en la
anaquelería. Dicho establecimiento sólo tenía una puerta, y encima de
ella este breve rótulo: _Rubín_.

Federico Ruiz, que tuvo años ha la manía de escribir artículos sobre los
_Oscuros pero indudables vestigios de la raza israelita en la moderna
España_ (con los cuales artículos le hicieron un folletito los editores
de la Revista que los publicó gratis), sostenía que el apellido de Rubín
era judío y fue usado por algunos conversos que permanecieron aquí
después de la expulsión. «En la calle de Milaneses, en la de Mesón de
Paños y en Platerías se albergaban diferentes familias de _ex-deicidas_,
cuyos últimos vástagos han llegado hasta nosotros, ya sin carácter
_fisonómico ni etnográfico_». Así lo decía el fecundo publicista, y
dedicaba medio artículo a demostrar que el verdadero apellido de los
Rubín era _Rubén_. Como nadie le contradecía, dábase él a probar cuanto
le daba la gana, con esa buena fe y ese honrado entusiasmo que ponen
algunos sabios del día en ciertos trabajos de erudición que el público
no lee y que los editores no pagan. Bastante hacen con publicarlos. No
quisiera equivocarme; pero me parece que todo aquel judaísmo de mi amigo
era pura fluxión de su acatarrado cerebro, el cual eliminaba aquellas
enfadosas materias como otras muchas, según el tiempo y las
circunstancias. Y me consta que D. Nicolás Rubín, último poseedor de la
mencionada tienda, era cristiano viejo, y ni siquiera se le pasaba por
la cabeza que sus antecesores hubieran sido fariseos con rabo o sayones
narigudos de los que salen en los pasos de Semana Santa.

La muerte de este D. Nicolás Rubín y el acabamiento de la tienda fueron
simultáneos.

Tiempo hacía que las deudas socavaban la casa, y se sostenía apuntalada
por las consideraciones personales que los acreedores tenían a su dueño.
El motivo de la ruina, según opinión de todos los amigos de la familia,
fue la mala conducta de la esposa de Nicolás Rubín, mujer desarreglada y
escandalosa, que vivía con un lujo impropio de su clase, y dio mucho que
hablar por sus devaneos y trapisondas. Diversas e inexplicables
alternativas hubo en aquel matrimonio, que tan pronto estaba unido como
disuelto de hecho, y el marido pasaba de las violencias más bárbaras a
las tolerancias más vergonzosas. Cinco veces la echó de su casa y otras
tantas volvió a admitirla, después de pagarle todas sus trampas. Cuentan
que Maximiliana Llorente era una mujer bella y deseosa de agradar, de
esas que no caben en la estrechez vulgar de una tienda. Se la llevó Dios
en 1867, y al año siguiente pasó a mejor vida el pobre Nicolás Rubín, de
una rotura de varisis, no dejando a sus hijos más herencia que la
detestable reputación doméstica y comercial, y un pasivo enorme que
difícilmente pudo ser pagado con las existencias de la tienda. Los
acreedores arramblaron por todo, hasta por la anaquelería, que sólo
sirvió para leña. Era contemporánea del Conde-Duque de Olivares.

Los hijos de aquel infortunado comerciante eran tres. Fijarse bien en
sus nombres y en la edad que tenían cuando acaeció la muerte del padre.

_Juan Pablo_, de veintiocho años.

_Nicolás_, de veinticinco.

_Maximiliano_, de diecinueve.

Ninguno de los tres se parecía a los otros dos ni en el semblante ni en
la complexión, y sólo con muy buena voluntad se les encontraba el aire
de familia. De esta heterogeneidad de las tres caras vino sin duda la
maliciosa versión de que los tales eran hijos de diferentes padres.
Podía ser calumnia, podía no serlo; pero debe decirse para que el lector
vaya formando juicio. Algo tenían de común, ahora que recuerdo, y era
que todos padecían de fuertes y molestísimas jaquecas. Juan Pablo era
guapo, simpático y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fácil
en el decir, de inteligencia flexible y despierta. Nicolás era
desgarbado, vulgarote, la cara encendida y agujereada como un cedazo a
causa de la viruela, y tan peludo, que le salían mechones por la nariz y
por las orejas. Maximiliano era raquítico, de naturaleza pobre y
linfática, absolutamente privado de gracias personales. Como que había
nacido de siete meses y luego se le criaron con biberón y con una cabra.

Cuando murió el padre de estos tres mozos, Nicolás, o sea el peludo
(para que se les vaya distinguiendo), se fue a vivir a Toledo con su
tío D. Mateo Zacarías Llorente, capellán de _Doncellas Nobles_, el cual
le metió en el Seminario y le hizo sacerdote; Juan Pablo y Maximiliano
se fueron a vivir con su tía paterna doña Guadalupe Rubín, viuda de
Jáuregui, conocida vulgarmente por _Doña Lupe la de los pavos_, la cual
vivió primero en el barrio de Salamanca y después en Chamberí, señora de
tales circunstancias, que bien merece toda la atención que le voy a
consagrar más adelante. En un pueblo de la Alcarria tenían los hermanos
Rubín una tía materna, viuda, sin hijos y rica; mas como estaba
vendiendo vidas, la herencia de esta señora no era más que una esperanza
remota.

No había más remedio que trabajar, y Juan Pablo empezó a buscarse la
vida. Odiaba de tal modo las tiendas de tiradores de oro, que cuando
pasaba por alguna, parecía que le entraba la jaqueca. Metiose en un
negocio de pescado, uniéndose a cierto individuo que lo recibía en
comisión para venderlo al por mayor por seretas de fresco y barriles de
escabeche en la misma estación o en la plaza de la Cebada; pero en los
primeros meses surgieron tales desavenencias con el socio, que Juan
Pablo abandonó la pesca y se dedicó a viajante de comercio. Durante un
par de años estuvo rodando por los ferrocarriles con sus cajas de
muestras. De Barcelona hasta Huelva, y desde Pontevedra a Almería no le
quedó rincón que no visitase, deteniéndose en Madrid todo el tiempo que
podía. Trabajó en sombreros de fieltro, en calzado de Soldevilla, y
derramó por toda la Península, como se esparce sobre el papel la
arenilla de una salvadera, diferentes artículos de comercio. En otra
temporada corrió chocolates, pañuelos y chales _galería_, conservas,
devocionarios y hasta palillos de dientes. Por su diligencia, su
honradez y por la puntualidad con que remitía los fondos recaudados, sus
comitentes le apreciaban mucho. Pero no se sabe cómo se las componía,
que siempre estaba _más pobre que las ratas_, y se lamentaba con
amanerado pesimismo de su pícara suerte. Todas sus ganancias se le iban
_por entre los dedos_, frecuentando mucho los cafés en sus ratos de
descanso, convidando sin tasa a los amigos y dándose la mejor vida
posible en las poblaciones que visitaba. A los funestos resultados de
este sistema llamaba él _haber nacido con mala sombra_. La misma
heterogeneidad y muchedumbre de artículos que corría mermó pronto los
resultados de sus viajes y algunas casas empezaron a retirarle su
confianza, y el aburrido viajante, siempre de mal temple y echando
maldiciones y ternos contra los mercachifles, aspiraba a un cambio de
vida y a ocupación más lucrativa y noble.

Día memorable fue para Juan Pablo aquel en que tropezó con un cierto
amigote de la infancia, camarada suyo en San Isidro. El amigo era
diputado de los que llamaban _cimbros_, y Juan Pablo, que era hombre de
mucha labia, le encareció tanto su aburrimiento de la vida comercial y
lo bien dispuesto que estaba para la administrativa, que el otro se lo
creyó, y hágote empleado. Rubín fue al mes siguiente inspector de
policía en no sé qué provincia. Pero su infame estrella se la había
jurado: a los tres meses cambió la situación política, y mi Rubín
cesante. Había tomado el gusto a la carne de nómina, y ya no podía ser
más que empleado o pretendiente. No sé qué hay en ello, pero es lo
cierto que hasta la cesantía parece que es un goce amargo para ciertas
naturalezas, porque las emociones del pretender las vigorizan y entonan,
y por eso hay muchos que el día que les colocan se mueren. La
irritabilidad les ha dado vida y la sedación brusca les mata. Juan Pablo
sentía increíbles deleites en ir al café, hablar mal del Gobierno,
anticipar nombramientos, darse una vuelta por los ministerios, acechar
al protector en las esquinas de Gobernación o a la salida del Congreso,
dar el salto del tigre y caerle encima cuando le veía venir. Por fin
salió la credencial. Pero, ¡qué demonio!, siempre la condenada suerte
persiguiéndole, porque todos los empleos que le daban eran de lo más
antipático que imaginarse puede. Cuando no era algo de la policía
secreta, era cosa de cárceles o presidios.

Entretanto cuidaba de su hermano pequeño, por quien sentía un cariño que
se confundía con la lástima, a causa de las continuas enfermedades que
el pobre chico padecía. Pasados los veinte años, se vigorizó un poco,
aunque siempre tenía sus arrechuchos; y viéndole más entonado, Juan
Pablo determinó darle una carrera para que no se malograse como él se
malogró, por falta de una dirección fija desde la edad en que se plantea
el porvenir de los hombres. Achacaba el mayor de los Rubín su desgracia
a la disparidad entre sus aptitudes innatas y los medios de
exteriorizarse. «¡Oh, si mi padre me hubiera dado una
carrera!---pensaba---, yo sería hoy algo en el mundo...».

No tardó en recibir un nuevo golpe, pues cuando soñaba con un ascenso le
limpiaron otra vez el comedero. Y he aquí a mi hombre paseándose por
Madrid con las manos en los bolsillos, o viendo correr tontamente las
horas en este y el otro café, hablando de la situación ¡siempre de la
situación, de la guerra y de lo infames, indecentes y mamarrachos que
son los políticos españoles! ¡Duro en ellos! Así se desahogan los
espíritus alborotados y tempestuosos. Y por aquella vez no había
esperanzas para Juan Pablo, porque los _suyos_, los que él llamaba con
tanto énfasis los _míos_, estaban por los suelos, y había lo que llaman
_racha_ en las regiones burocráticas. A veces exploraba el mísero
cesante su conciencia, y se asombraba de no encontrar en ella nada en
qué fundar terminantemente su filiación política. Porque ideas fijas...
Dios las diera; había leído muy poco y nutría su entendimiento de lo que
en los cafés escuchaba y de lo que los periódicos le decían. No sabía
fijamente si era liberal o no, y con el mayor desparpajo del mundo
llamaba _doctrinario_ a cualquiera sin saber lo que la palabra
significaba. Tan pronto sentía en su espíritu, sin saber por qué ni por
qué no, frenético entusiasmo por los derechos del hombre; tan pronto se
le inundaba el alma de gozo oyendo decir que el Gobierno iba a dar mucho
estacazo y a pasarse los tales derechos por las narices.

En tal situación, presentose inopinadamente en Madrid Nicolás Rubín, el
curita peludo, que también tenía sus pretensiones de ingresar no sé si
en el clero castrense o en el catedral, y ambos hermanos celebraron unos
coloquios muy reservados, paseando solos por las afueras. De resultas de
esto, Juan Pablo apareció un día en el café con cierta animación, mucho
desenfado en sus juicios políticos, dándolas de profeta y expresando más
altaneramente que nunca su desprecio de la situación dominante. A los
que de esta manera se conducen, se les mira en los cafés con un poquillo
de respeto y aun con cierta envidia, suponiéndoles conocedores de
secretos de Estado o de alguna intriga muy gorda. «El amigo
Rubín--dijo, en ausencia de él D. Basilio Andrés de la Caña, que era
uno de los puntos fijos en la mesa--, me parece a mí que no juega
limpio con nosotros. Si le van a colocar que lo diga de una vez. ¿Qué
tenemos, viene _la federal_ o qué? _¡Misterios! ¡Meditemos!_... ¿O es
que le lleva cuentos a don Práxedes? Bueno, señores, que se los lleve.
No me importa el espionaje».

Esto pasaba a fines de 1872. De pronto Rubín dijo que iba al extranjero
a reanudar sus trabajos de viajante de comercio. Desapareció de Madrid,
y al cabo de meses se susurró en la tertulia del café que estaba en la
facción, y que D. Carlos le había nombrado algo como contador o
intendente en su Cuartel Real. Súpose más tarde que había ido a
Inglaterra a comprar fusiles, que hizo un alijo cerca de Guetaria, que
vino disfrazado a Madrid y pasó a la Mancha y Andalucía en el verano del
73, cuando la Península, ardiendo por los cuatro costados, era una
inmensa pira a la cual cada español había llevado su tea y el Gobierno
soplaba.



--ii--


Juan Pablo, que siempre se había equivocado en lo referente a sí mismo y
andaba por caminos torcidos, acertó al disponer que su hermano pequeño
siguiese la carrera de Farmacia. Muchas personas que no hacen más que
disparates, poseen esta perspicacia del consejo y de la dirección de los
demás, y no dando pie con bola en los destinos propios, ven claro en los
del prójimo. En tal decisión tuvo además bastante parte un grande amigo
del difunto Nicolás Rubín y de toda la familia (el farmacéutico
Samaniego, dueño de la acreditada botica de la calle del Ave María),
prometiendo tomar bajo sus auspicios a Maximiliano, llevársele de
mancebo o practicante con la mira de que, andando el tiempo, se quedase
al frente del establecimiento.

Empezó Maximiliano sus estudios el 69, y su hermano y su tía le
ponderaban lo bonita que era la Farmacia y lo mucho que con ella se
ganaba, por ser muy caros los medicamentos y muy baratas las primeras
materias: agua del pozo, ceniza del fogón, tierra de los tiestos,
etcétera... El pobre chico, que era muy dócil, con todo se mostraba
conforme. Lo que es entusiasmo, hablando en plata, no lo tenía por esta
carrera ni por otra alguna; no se había despertado en él ningún afán
grande ni esa curiosidad sedienta de que sale la sabiduría. Era tan
endeble que la mayor parte del año estaba enfermo, y su entendimiento no
veía nunca claro en los senos de la ciencia, ni se apoderaba de una idea
sino después de echarle muchas lazadas como si la amarrara. Usaba de su
escasa memoria como de un ave de cetrería para cazar las ideas; pero el
halcón se le marchaba a lo mejor, dejándole con la boca abierta y
mirando al cielo.

Fueron penosísimos los primeros pasos en la carrera. La pereza y la
debilidad le retenían en el lecho por las mañanas más tiempo del
regular, y la pobre doña Lupe pasaba la pena negra para sacarle de las
sábanas. Levantábase ella muy temprano, y se ponía a dar golpes con el
almirez junto a la misma cabeza del durmiente, que las más de las veces
no se daba por entendido de tal estruendo. Luego le hacía cosquillas,
acostaba al gato con él, le retiraba las sábanas con la debida
precaución para que no se enfriase. El sueño se cebaba de tal modo en
aquel cuerpo, por las exigencias de la reparación orgánica, que el
despertar del estudiante era obra de romanos y una de las cosas en que
más energía y constancia desplegaba doña Lupe.

El muchacho estudiaba y quería cumplir con su deber; pero no podía ir
más allá de sus alcances. Doña Lupe le ayudaba a estudiar las
lecciones, animábale en sus desfallecimientos, y cuando le veía apurado
y temeroso por la proximidad de los exámenes, se ponía la mantilla y se
iba a hablar con los profesores. Tales cosas les decía, que el chico
pasaba, aunque con malas notas. Como no estuviese enfermo, asistía
puntualmente a clase, y era de los que traían mayor trajín de notas,
apuntes y cuadernos. Entraba en el aula cargado con aquel fardo, y no
perdía sílaba de lo que el profesor decía.

Era de cuerpo pequeño y no bien conformado, tan endeble que parecía que
se lo iba a llevar el viento, la cabeza chata, el pelo lacio y ralo.
Cuando estaban juntos él y su hermano Nicolás, a cualquiera que les
viese se le ocurriría proponer al segundo que otorgase al primero los
pelos que le sobraban. Nicolás se había llevado todo el cabello de la
familia, y por esta usurpación pilosa, la cabeza de Maximiliano
anunciaba que tendría calva antes de los treinta años. Su piel era
lustrosa, fina, cutis de niño con transparencias de mujer desmedrada y
clorótica. Tenía el hueso de la nariz hundido y chafado, como si fuera
de sustancia blanda y hubiese recibido un golpe, resultando de esto no
sólo fealdad sino obstrucciones de respiración nasal, que eran sin duda
la causa de que tuviera siempre la boca abierta. Su dentadura había
salido con tanta desigualdad que cada pieza estaba, como si dijéramos,
donde le daba la gana. Y menos mal si aquellos condenados huesos no le
molestaran nunca; ¡pero si tenía el pobrecito cada dolor de muelas que
le hacía poner el grito más allá del Cielo! Padecía también de corizas y
las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crónico, con la
pituitaria echando fuego y destilando sin cesar. Como ya iba aprendiendo
el oficio, se administraba el yoduro de potasio en todas las formas
posibles, y andaba siempre con un canuto en la boca aspirando brea,
demonios o no sé qué.

Dígase lo que se quiera, Rubín no tenía ilusión ninguna con la Farmacia.
Mas no estaba vacía de aspiraciones altas el alma de aquel joven, tan
desfavorecido por la Naturaleza que física y moralmente parecía hecho de
sobras. A los dos o tres años de carrera, aquel molusco empezó a sentir
vibraciones de hombre, y aquel ciego de nacimiento empezó a entrever las
fases grandes y gloriosas del astro de la vida. Vivía doña Lupe en
aquella parte del barrio de Salamanca que llamaban _Pajaritos_.
Maximiliano veía desde la ventana de su tercer piso a los alumnos de
Estado Mayor, cuando la Escuela estaba en el 40 antiguo de la calle de
Serrano; y no hay idea de la admiración que le causaban aquellos
jóvenes, ni del arrobamiento que le producía la franja azul en el
pantalón, el ros, la levita con las hojas de roble bordadas en el
cuello, y la espada... ¡tan chicos algunos y ya con espada! Algunas
noches, Maximiliano soñaba que tenía su tizona, bigote y uniforme, y
hablaba dormido. Despierto deliraba también, figurándose haber crecido
una cuarta, tener las piernas derechas y el cuerpo no tan caído para
adelante, imaginándose que se le arreglaba la nariz, que le brotaba el
pelo y que se le ponía un empaque marcial como el del más pintado. ¡Qué
suerte tan negra! Si él no fuera tan desgarbado de cuerpo y le hubieran
puesto a estudiar aquella carrera, ¡cuánto se habría aplicado!
Seguramente, a fuerza de sobar los libros, le habría salido el talento,
como se saca lumbre a la madera frotándola mucho.

Los sábados por la tarde, cuando los alumnos iban al ejercicio con su
fusil al hombro, Maximiliano se iba tras ellos para verles maniobrar, y
la fascinación de este espectáculo durábale hasta el lunes. En la clase
misma, que por la placidez del local y la monotonía de la lección
convidaba a la somnolencia, se ponía a jugar con la fantasía y a
provocar y encender la ilusión. El resultado era un completo éxtasis, y
al través de la explicación sobre las propiedades terapéuticas de las
tinturas madres, veía a los alumnos militares en su estudio táctico de
campo, como se puede ver un paisaje al través de una vidriera de
colores.

Los chicos de la clase de Botánica se entretenían en ponerse motes
semejantes a las nomenclaturas de Linneo. A un tal Anacleto que se las
tiraba de muy fino y muy señorito, le llamaban _Anacletus
obsequiosissimus_; a Encinas, que era de muy corta estatura, le llamaban
_Quercus gigantea_. Olmedo era muy abandonado y le caía admirablemente
el _Ulmus sylvestris_. Narciso Puerta era feo, sucio y mal oliente.
Pusiéronle _Pseudo-Narcissus odoripherus_. A otro que era muy pobre y
gozaba de un empleíto, le pusieron _Christophorus oficinalis_ y por
último, a Maximiliano Rubín, que era feísimo, desmañado y de muy cortos
alcances, se le llamó durante toda la carrera _Rubinius vulgaris_.

Al entrar el año de 1874, tenía Maximiliano veinticinco y no
representaba aún más de veinte. Carecía de bigote, pero no de granos que
le salían en diferentes puntos de la cara. A los veintitrés años tuvo
una fiebre nerviosa que puso en peligro su vida; pero cuando salió de
ella parecía un poco más fuerte; ya no era su respiración tan fatigosa
ni sus corizas tan tenaces, y hasta los condenados raigones de sus
muelas parecían más civilizados. No usaba ya el ioduro tan a pasto ni el
canuto de brea, y sólo las jaquecas persistían, como esos amigos
machacones cuya visita periódica causa espanto. Juan Pablo estaba
entonces en el Cuartel Real, y doña Lupe dejaba a Maximiliano en
libertad, porque le creía inaccesible a los vicios por razón de su
pobreza física, de su natural apático y de la timidez que era el
resultado de aquellas desventajas. Y además de libertad, dábale su tía
algún dinero para sus placeres de mozo, segura de que no había de
gastarlo sino con mucho pulso. Inclinábase el chico a economizar, y
tenía una hucha de barro en la cual iba metiendo las monedas de plata y
algún centén de oro que le daban sus hermanos cuando venían a Madrid. En
la ropa era muy mirado, y gustaba de hacerse trajes baratos y de moda,
que cuidaba como a las niñas de sus ojos. De esto le sobrevino alguna
presunción, y gracias a ella su figura no parecía tan mala como era
realmente. Tenía su buena capa de embozos colorados; por la noche se
liaba en ella, metíase en el tranvía y se iba a dar una vuelta hasta las
once, rara vez hasta las doce. Por aquel tiempo se mudó doña Lupe a
Chamberí, buscando siempre casas baratas, y Maximiliano fue perdiendo
poco a poco la ilusión de los alumnos de Estado Mayor.

Su timidez, lejos de disminuir con los años, parecía que aumentaba.
Creía que todos se burlaban de él considerándole insignificante y para
poco. Exageraba sin duda su inferioridad, y su desaliento le hacía huir
del trato social. Cuando le era forzoso ir a alguna visita, la casa en
que debía entrar imponíale miedo, aun vista por fuera, y estaba dando
vueltas por la calle antes de decidirse a penetrar en ella. Temía
encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que había de
decir, aconteciendo las más de las veces que no decía nada. Ciertas
personas le infundían un respeto que casi casi era pánico, y al verlas
venir por la calle se pasaba a la otra acera. Estas personas no le
habían hecho daño alguno; al contrario, eran amigos de su padre, o de
doña Lupe o de Juan Pablo. Cuando iba al café con los amigos, estaba muy
bien si no había más que dos o tres. En este caso hasta se le soltaba la
lengua y se ponía a hablar sobre cualquier asunto. Pero como se
reunieran seis u ocho personas, enmudecía, incapaz de tener una opinión
sobre nada. Si se veía obligado a expresarse, o porque se querían
_quedar con él_ o porque sin malicia le preguntaban algo, ya estaba mi
hombre como la grana y tartamudeando.

Por esto le gustaba más, cuando el tiempo no era muy frío, vagar por las
calles, embozadito en su pañosa, viendo escaparates y la gente que iba y
venía, parándose en los corros en que cantaba un ciego, y mirando por
las ventanas de los cafés. En estas excursiones podía muy bien emplear
dos horas sin cansarse, y desde que se daba cuerda y cogía impulso, el
cerebro se le iba calentando, calentando hasta llegar a una presión
altísima en que el joven errante se figuraba estar persiguiendo
aventuras y ser muy otro de lo que era. La calle con su bullicio y la
diversidad de cosas que en ella se ven, ofrecía gran incentivo a aquella
imaginación, que al desarrollarse tarde, solía desplegar los bríos de
que dan muestras algunos enfermos graves. Al principio no le llamaban la
atención las mujeres que encontraba; pero al poco tiempo empezó a
distinguir las guapas de las que no lo eran, y se iba en seguimiento de
alguna, por puro éxtasis de aventura, hasta que encontraba otra mejor y
la seguía también. Pronto supo distinguir de _clases_, es decir, llegó a
tener tan buen ojo, que conocía al instante las que eran honradas y las
que no. Su amigo _Ulmus sylvestris_, que a veces le acompañaba, indújole
a romper la reserva que su encogimiento le imponía, y Maximiliano
conoció a algunas que había visto más de una vez y que le habían
parecido muy guapetonas. Pero su alma permanecía serena en medio de sus
tentativas viciosas: las mismas con quienes pasó ratos agradables le
repugnaban después, y como las viera venir por la calle, les huía el
bulto.

Agradábale más vagar solo que en compañía de Olmedo, porque este le
distraía, y el goce de Maximiliano consistía en pensar e imaginar
libremente y a sus anchas, figurándose realidades y volando sin tropiezo
por los espacios de lo posible, aunque fuera improbable. Andar, andar y
soñar al compás de las piernas, como si su alma repitiera una música
cuyo ritmo marcaban los pasos, era lo que a él le deleitaba. Y como
encontrara mujeres bonitas, solas, en parejas o en grupos, bien con
toquilla a la cabeza o con manto, gozaba mucho en afirmarse a sí mismo
que _aquellas eran honradas_, y en seguirlas hasta ver a dónde iban.
«¡Una honrada! ¡Que me quiera una honrada!». Tal era su ilusión... Pero
no había que pensar en tal cosa. Sólo de pensar que le dirigía la
palabra a una honrada, le temblaban las carnes. ¡Si cuando iba a su casa
y estaban en ella Rufinita Torquemada o la señora de Samaniego con su
hija Olimpia, se metía en la cocina por no verse obligado a
saludarlas...!



--iii--


De esta manera aquel misántropo llegó a vivir más con la visión interna
que con la externa. El que antes era como una ostra había venido a ser
algo como un poeta. Vivía dos existencias, la del pan y la de las
quimeras. Esta la hacía a veces tan espléndida y tal alta, que cuando
caía de ella a la del pan, estaba todo molido y maltrecho. Tenía
Maximiliano momentos en que se llegaba a convencer de que era otro, esto
siempre de noche y en la soledad vagabunda de sus paseos. Bien era
oficial de ejército y tenía una cuarta más de alto, nariz aguileña,
mucha fuerza muscular y una cabeza... una cabeza que no le dolía nunca;
o bien un paisano pudiente y muy galán, que hablaba por los codos sin
turbarse nunca, capaz de echarle una flor a la mujer más arisca, y que
estaba en sociedad de mujeres como el pez en el agua. Pues como dije, se
iba calentando de tal modo los sesos, que se lo llegaba a creer. Y si
aquello le durara, sería tan loco como cualquiera de los que están en
Leganés. La suerte suya era que aquello se pasaba, como pasaría una
jaqueca; pero la alucinación recobraba su imperio durante el sueño, y
allí eran los disparates y el teje maneje de unas aventuras generalmente
muy tiernas, muy por lo fino, con abnegaciones, sacrificios, heroísmos y
otros fenómenos sublimes del alma. Al despertar, en ese momento en que
los juicios de la realidad se confunden con las imágenes mentirosas del
sueño y hay en el cerebro un crepúsculo, una discusión vaga entre lo que
es verdad y lo que no lo es, el engaño persistía un rato, y Maximiliano
hacía por retenerlo, volviendo a cerrar los ojos y atrayendo las
imágenes que se dispersaban. «Verdaderamente--decía él--, ¿por qué ha de
ser una cosa más real que la otra? ¿Por qué no ha de ser sueño lo del
día y vida efectiva lo de la noche? Es cuestión de nombres y de que
diéramos en llamar _dormir_ a lo que llamamos _despertar_, y _acostarse_
al _levantarse_... ¿Qué razón hay para que no diga yo ahora mientras me
visto: 'Maximiliano, ahora te estás echando a dormir. Vas a pasar mala
noche, con pesadilla y todo, o sea con clase de _Materia farmacéutica
animal_...?'».

El tal _Ulmus sylvestris_ era un chico simpático, buen mozo, alegre y de
cabeza un tanto ligera. De todos los compañeros de _Rubinius vulgaris_,
aquel era el que más le quería, y Maximiliano le pagaba con un cariño
que tenía algo de respeto. Llevaba Olmedo una vida muy poco ejemplar,
mudando cada mes de casa de huéspedes, pasándose las noches en lugares
pecaminosos, y haciendo todos los disparates estudiantiles, como si
fueran un programa que había que cumplir sin remedio. Últimamente vivía
con una tal Feliciana, graciosa y muy corrida, dándose importancia con
ello, como si el _entretener_ mujeres fuese una carrera en que había que
matricularse para ganar título de hombre hecho y derecho. Dábale él lo
poco que tenía, y ella afanaba por su lado para ir viviendo, un día con
estrecheces, otro con rumbo y siempre con la mayor despreocupación.
Tomaba él en serio este género de vida, y cuando tenía dinero, invitaba
a sus amigos a _tomar un bacalao_ en su _hotel_, dándose unos aires de
hombre de mundo y pillín, con cierta imitación mala del desgaire
parisiense que conocía por las novelas de Paul de Kock. Feliciana era
de Valencia, y ponía muy bien el arroz; pero el servicio de la mesa y
la mesa misma tenían que ver. Y Olmedo lo hacía todo tan al vivo y tan
con arreglo a programa, que se emborrachaba sin gustarle el vino,
cantaba flamenco sin saberlo cantar, destrozaba la guitarra y hacía
todos los desatinos que, a su parecer, constituían el rito de perdido;
pues a él se le antojó ser perdido, como otros son masones o caballeros
cruzados, por el prurito de desempeñar papeles y de tener una
significación. Si existiera el uniforme de perdido, Olmedo se lo hubiera
puesto con verdadero entusiasmo, y sentía que no hubiese un distintivo
cualquiera, cinta, plumacho o galón, para salir con él, diciendo
tácitamente: «Vean ustedes lo perdulario que soy». Y en el fondo era un
infeliz. Aquello no era más que una prolongación viciosa de la _edad del
pavo_.

Maximiliano no iba nunca a las francachelas de su amigo, aunque este le
convidaba siempre. Pero se informaba de la salud de Feliciana, como si
fuera una señora, y Olmedo también tomaba esto en serio, diciendo: «La
tengo un poquillo delicada. Hoy le he dicho a Orfila que se pase por
casa». Este Orfila era un estudiantillo de último año de Medicina, que
se llamaba lo mismo que el célebre doctor, y curaba, es decir, recetaba
a los amigos y a las amigas de los amigos.

Un día, al salir de clase, dijo Olmedo a Rubín: «Vete por casa si
quieres ver una mujer... hasta allí. Es una amiga de Feliciana, que se
ha ido a nuestro _hotel_ unos días mientras encuentra colocación».

--¿Es honrada?--preguntó Rubín, mostrando en su tono la importancia que
daba a la honradez.

--¡Honrada!, ¡qué narices!--exclamó el perdis riendo--. ¿Pero tú crees
que hay alguna mujer que sea... lo que se llama honrada?

Esto lo dijo con aplomo filosófico, el sombrero inclinado sobre la sien
derecha como distintivo de sus ideas acerca de la depravación humana. Ya
no había mujeres honradas: lo decía un conocedor profundo de la sociedad
y del vicio. El escepticismo de Olmedo era signo de infancia, un
desorden de transición fisiológica, algo como una segunda dentición.
Todo se reduce a echar muchas babas, y luego ya viene el hombre con
otras ideas y otra manera de ser.

«¡Con que no es honrada!...» apuntó Maximiliano, que habría deseado que
todas las hembras lo fueran.

--¿Qué ha de ser, hombre?... ¡Buena púa está! Llegó a Madrid no hace
mucho tiempo con un barbián... creo que tratante en fusiles. ¡Traían un
tren, chico!... La vi una noche... Te juro que daba el puro opio.
Parecía del propio París... Pero yo no sé lo que pasó, ¡narices!

Aquel señor no jugaba limpio, y una mañana se largó dejando un pico muy
grande en la casa de huéspedes, y otro pico no sé dónde, y picos y
picos... Total, que la pobre tuvo que empeñar todos sus trapos y se
quedó con lo puesto, nada más que con lo puesto, cuando lo tiene puesto
se entiende. Feliciana se la encontró no sé dónde hecha un mar de
lágrimas, y le dijo: «vente a mi casa». ¡Allí está! Hace sus saliditas,
ojo al Cristo, para lo cual Feliciana le presta su ropa. No te creas; es
una chica muy buena. ¡Tiene un ángel...!

Por la noche fue Maximiliano al _hotel_ de Feliciana, tercer piso en la
calle de Pelayo, y al entrar, lo primero que vio... Es que junto a la
puerta de entrada había un cuartito pequeño, que era donde moraba la
huéspeda, y esta salía de su escondrijo cuando Rubín entraba. Feliciana
había salido a abrir con el quinqué en la mano, porque lo llevaba para
la sala, y a la luz vivísima del petróleo sin pantalla, encaró
Maximiliano con la más extraordinaria hermosura que hasta entonces
habían visto sus ojos. Ella le miró a él como a una cosa rara, y él a
ella como a sobrenatural aparición.

Pasó Rubín a la salita, y dejando su capa, se sentó en un sillón de hule
cuyos muelles asesinaban la parte del cuerpo que sobre ellos caía.
Olmedo quería que su amigo jugase con él a la siete y media; pero como
Maximiliano se negase a ello, empezó a hacer solitarios. Puso Feliciana
sobre la luz una pantalla de figurines vestidos con pegotes de trapo, y
después se echó con indolencia en la butaca, abrigándose con su mantón
alfombrado.

«Fortunata--gritó llamando a su amiga, que daba vueltas por toda la casa
como si buscara alguna cosa--. ¿Qué se te ha perdido?».

--Chica, mi toquilla azul.--¿Vas a salir ya?--Sí: ¿qué hora es?

Rubín se alegró de aquella ocasión que se le presentaba de prestar un
servicio a mujer tan hermosa, y sacando su reloj con mucha solemnidad,
dijo: «Las nueve menos siete minutos... y medio». No podía decirse la
hora con exactitud más escrupulosa.

«Ya ves--dijo Feliciana--. tienes tiempo... Hasta las diez. Con que
salgas de aquí a las diez menos cuarto... ¿Pero esa toquilla?... Mírala,
mírala en esa silla junto a la cómoda».

--¡Ay!, hija... si llega a ser perro me muerde.

Se la puso, envolviéndose la cabeza, echando miradas a un espejo de
marco negro que sobre la cómoda estaba, y después se sentó en una silla
a hacer tiempo. Entonces Maximiliano la miró mejor. No se hartaba de
mirarla, y una obstrucción singular se le fijó en el pecho, cortándole
la respiración. ¿Y qué decir? Porque había que decir algo. El pobre
joven se sentía delante de aquella hermosura más cortado que en la
visita de más campanillas.

«Bien puedes abrigarte» indicó Feliciana a su amiga; y Rubín vio el
cielo abierto, porque pudo decir en tono de sentencia filosófica:

--Sí, está la noche fresquecita.

--Llévate el llavín...--añadió Feliciana--. Ya sabes que el sereno se
llama Paco. Suele estar en la taberna.

La otra no desplegaba sus labios. Parecía que estaba de muy mal humor.
Maximiliano contemplaba como un bobo aquellos ojos, aquel entrecejo
incomparable y aquella nariz perfecta, y habría dado algo de mucho
precio porque ella se hubiese dignado mirarle de otra manera que como se
mira a los bichos raros. «¡Qué lástima que no sea honrada!--pensaba--. Y
quién sabe si lo será, quiero decir que conserve la honradez del alma en
medio de...».

Estaba muy fija en él la idea aquella de las dos honradeces, en algunos
casos armonizadas, en otros no. Habló Fortunata poco y vulgar; todo lo
que dijo fue de lo menos digno de pasar a la historia: que hacía mucho
frío, que se le había descosido un mitón, que aquel llavín parecía la
_maza de Fraga_, que al volver a casa entraría en la botica a comprar
unas pastillas para la tos.

Maximiliano estaba encantado, y no atreviéndose a desplegar los labios,
daba su asentimiento con una sonrisa, sin quitar los extáticos ojos de
aquel semblante que le parecía angelical. Y cuanto ella dijo lo oyó como
si fuera una sarta de conceptos ingeniosísimos. «¡Si es un ángel!... No
ha dicho ni una palabra malsonante... ¡Y qué metal de voz! No he oído en
mi vida música tan grata... ¿Cómo será el decir esta mujer un _te
quiero_, diciéndolo con verdad y con alma?». Esta idea produjo en la
mente de Rubín sacudidas que le duraron mediano rato. Le corrió un frío
por el espinazo y vínole cierto picor a la nariz como cuando se ha
bebido gaseosa.

Cansado de hacer solitarios, Olmedo se puso a contar cuentos indecentes,
lo que a Maximiliano le pareció muy mal. Otras noches había oído
anécdotas parecidas y se había reído; pero aquella noche se ponía de
todos colores deseando que a su condenado amigo se le secara la boca.
«¡Qué desvergüenza contar aquellas marranadas delante de personas... de
personas decentes, sí señor!». Estaba Rubín tan desconcertado como si
las dos mujeres allí presentes fuesen remilgadas damas o alumnas de un
colegio monjil; pero su timidez le impedía mandar callar a Olmedo.
Fortunata no se reía tampoco de aquellos estúpidos chistes; pero más
bien parecía indiferente que indignada de oírlos. Estaba distraída
pensando en sus cosas. ¿Qué cosas serían aquellas? Diera Maximiliano
por saberlas... su hucha con todo lo que contenía. Al acordarse de su
tesoro tuvo otra sacudida, y se removió en el asiento lastimándose mucho
con el duro contacto de aquellos mal llamados muelles.

«Pero el cuento más salado ¡narices!--dijo Olmedo--, es el del panadero.
¿Lo sabes tú? Cuando aquel obispo fue a la visita pastoral y se acostó
en la cama del cura... Veréis...».

Fortunata se levantó para marcharse. Ocurriole a Maximiliano salir
detrás de ella para ver dónde iba. Era la manera especial suya de hacer
la corte. En su espíritu soñador existía la vaga creencia de que
aquellos seguimientos entrañaban una comunicación misteriosa, quizás
magnética. Seguir, mirando de lejos, era un lenguaje o telegrafía _sui
generis_, y la persona seguida, aunque no volviese la vista atrás, debía
de conocer en sí los efectos del fluido de atracción. Salió Fortunata
despidiéndose muy fríamente, y a los dos minutos se despidió también
Maximiliano con ánimo de alcanzarla todavía en el portal. Pero aquel
condenado _Ulmus sylvestris_ le entretuvo a la fuerza, cogiéndole una
mano y apretándosela con bárbaros alardes de vigor muscular, para reírse
con los chillidos de dolor que daba el pobre _Rubinius vulgaris_. «¡Qué
asno eres!--exclamaba este, retirando al fin su mano magullada, con los
dedos pegados unos a otros--. ¡Vaya unas gracias!..

Esto y contar porquerías es tu fuerte. Mejor te pusieras a estudiar».

--_Niño del mérito, papos-castos_, ¿quieres hacer el favor de tocarme
las narices?

--No te hagas ordinario--dijo Rubín con bondad--. Si no lo eres, si
aunque quieras parecerlo no lo puedes conseguir.

Esto lastimó el amor propio de Olmedo más que si su amigo le hubiera
llenado de insultos, porque todo lo llevaba con paciencia menos que se
le rebajase un pelo de la graduación de perdis que se había dado. Le
supo tan mal la indulgencia de Rubín, que salió tras él hasta la puerta,
diciéndole entre otras tonterías: «¡Valiente hipócrita estás tú...
narices! Estos silfidones, a lo mejor la pegan».



--iv--


Maximiliano bajó la escalera como la baja uno cuando tiene ocho años y
se le ha caído el juguete de la ventana al patio. Llegó sin aliento al
portal, y allí dudó si debía tomar a la derecha o a la izquierda de la
calle. El corazón le dijo que fuera hacia la calle de San Marcos. Apretó
el paso pensando que Fortunata no debía de andar muy a prisa y que la
alcanzaría pronto. «¿Será aquella?». Creyó ver la toquilla azul; pero al
acercarse notó que no era la nube de su cielo. Cuando veía una mujer
_que _ _ pudiera ser ella_, acortaba el paso por no aproximarse
demasiado, pues acercándose mucho no eran tan misteriosos los encantos
del seguimiento. Anduvo calles y más calles, retrocedió, dio vueltas a
esta y la otra manzana, y la _dama nocturna_ no parecía. Mayor
desconsuelo no sintió en su vida. Si la encontrara era capaz hasta de
hablarle y decirle algún amoroso atrevimiento. Se agitó tanto en aquel
paseo vagabundo, que a las once ya no se podía tener en pie, y se
arrimaba a las paredes para descansar un rato. Irse a su casa sin
encontrarla y darse un buen trote con ella... a distancia de treinta
pasos, dábale mucha tristeza. Pero al fin se hizo tan tarde y estaba tan
fatigado, que no tuvo más remedio que coger el tranvía de Chamberí y
retirarse. Llegó y se acostó, deseando apagar la luz para pensar sobre
la almohada. Su espíritu estaba abatidísimo. Asaltáronle pensamientos
tristes, y sintió ganas de llorar. Apenas durmió aquella noche, y por la
mañana hizo propósito de ir al _hotel_ de Feliciana en cuanto saliera de
clase.

Hízolo como lo pensó, y aquel día pudo vencer un poco su timidez.
Feliciana le ayudaba, estimulándole con maña, y así logró Rubín decir a
la otra algunas cosas que por disimulo de sus sentimientos quiso que
fueran maliciosas. «Tardecillo vino usted anoche. A las once no había
vuelto usted todavía». Y por este estilo otras frases vulgares que
Fortunata oía con indiferencia y que contestaba de un modo desdeñoso.
Maximiliano reservaba las purezas de su alma para ocasión más oportuna,
y con feliz instinto había determinado iniciarse como uno de tantos,
como un cualquiera que no quería más que divertirse un rato. Dejoles
solos la tunanta de Feliciana, y Rubín se acobardó al principio; pero de
repente se rehízo. No era ya el mismo hombre. La fe que llenaba su alma,
aquella pasión nacida en la inocencia y que se desarrolló en una noche
como árbol milagroso que surge de la tierra cargado de fruto, le removía
y le transfiguraba. Hasta la maldita timidez quedaba reducida a un
fenómeno puramente externo. Miró sin pestañear a Fortunata, y cogiéndole
una mano, le dijo con voz temblorosa: «Si usted me quiere querer, yo...
la querré más que a mi vida».

Fortunata le miró también a él, sorprendida. Le parecía imposible que el
_bicho raro_ se expresase así... Vio en sus ojos una lealtad y una
honradez que la dejaron pasmada. Después reflexionó un instante,
tratando de apoyarse en un juicio pesimista. Se habían burlado tanto de
ella, que lo que estaba viendo no podía ser sino una nueva burla. Aquel
era, sin duda, más pillo y más embustero que los demás. Consecuencia de
tales ideas fue la sonora carcajada que soltó la mujer aquella ante la
faz compungida de un hombre que era todo espíritu. Pero él no se
desconcertó, y la circunstancia de verse escuchado con atención, dábale
un valor desconocido. ¡Ánimo! «Si usted me quiere, yo la adoraré, yo la
idolatraré a usted...».

Revelaba la tal mujer un gran escepticismo, y lo que hacía la muy pícara
era tomar a risa la pasión del joven.

«¿Y si lo probara?--dijo Maximiliano con seriedad que le dio, ¡parece
mentira!, un tornasol de hermosura--; ¿si le probara a usted de un modo
que no dejase lugar a dudas...?».

--¿Qué?--¡Que la idolatraré!... no, que ya la estoy idolatrando.

--¡_Tie_ gracia!... ¡idolatrando!, ¡ja, ja!--repitió la otra, y devolvía
la palabra como se devuelve una pelota en el juego.

Maximiliano no insistió en emplear vocablos muy expresivos. Comprendió
que lo ridículo se le venía encima. No dijo más que: «Bueno, seremos
amigos... Me contento con eso por hoy. Yo soy un infeliz, quiero decir,
soy bueno. Hasta ahora no he querido a ninguna mujer».

Fortunata le miraba y, francamente, no podía acostumbrarse a aquella
nariz chafada, a aquella boca tan sin gracia, al endeble cuerpo que
parecía se iba a deshacer de un soplo. ¡Que siempre se enamoraran de
ella tipos así! Obligada a disimular y a hacer ciertos papeles, aunque
en verdad no los hacía muy bien, siguió la conversación en aquel
terreno.

«Esta noche quiero hablar con usted--dijo Rubín categóricarnente--.
Vendré a las ocho y media. ¿Me da usted palabra de no salir... o de
esperarme para salir conmigo?».

Diole ella la palabra que con tanta necesidad le pedía el joven, y así
concluyó la entrevista. Rubín se fue corriendo a su casa.

¡Qué chico! Si parecía otro. Él mismo notaba que algo se había abierto
dentro de sí, como arca sellada que se rompe, soltando un mundo de
cosas, antes comprimidas y ahogadas. Era la crisis, que en otros es
larga o poco acentuada, y allí fue violenta y explosiva. ¡Si hasta le
parecía que tenía talento...! Como que aquella tarde se le ocurrieron
pensamientos magníficos y juicios de una originalidad sorprendente.
Había formado de sí mismo un concepto poco favorable como hombre de
inteligencia; pero ya, por efecto del súbito amor, creíase capaz de dar
quince y raya a más de cuatro. La modestia cedió el puesto a un cierto
orgullo que tomaba posesión de su alma... «Pero ¿y si no me
quiere?--pensaba desanimándose y cayendo a tierra con las alas rotas--.
Es que me tendrá que querer... No es el primer caso... Cuando me
conozca...».

Al mismo tiempo la apatía y la pereza quedaban vencidas... Andábanle por
dentro comezones y pruritos nuevos, un deseo de hacer algo, y de probar
su voluntad en actos grandes y difíciles... Iba por la calle sin ver a
nadie, tropezando con los transeúntes, y a poco se estrella contra un
árbol del paseo de Luchana. Al entrar en la calle de Raimundo Lulio vio
a su tía en el balcón tomando el sol. Verla y sentir un miedo muy
grande, pero muy grande, fue todo uno. «¡Si mi tía lo sabe...!». Pero
del miedo salió al instante la reacción de valor, y apretó los puños
debajo de la capa, los apretó tanto que le dolieron los dedos. «Si mi
tía se opone, que se oponga y que se vaya a los demonios». Nunca, ni aun
con el pensamiento, había hablado Maximiliano de doña Lupe con tan poco
respeto. Pero los antiguos moldes estaban rotos. Todo el mundo y toda la
existencia anteriores a aquel estado novísimo se hundían o se disipaban
como las tinieblas al salir el sol. Ya no había tía, ni hermanos, ni
familia, ni nada, y quien quiera que se le atravesase en su camino era
declarado enemigo. Maximiliano tuvo tal acceso de coraje, que hasta se
ofreció a su mente con caracteres odiosos la imagen de doña Lupe, de su
segunda madre. Al subir las escaleras de la casa se serenó, pensando que
su tía no sabía nada, y si lo sabía, que lo supiera, ¡ea!... «¡Qué
carácter estoy echando!» se dijo al meterse en su cuarto.

Cerró cuidadosamente la puerta y cogió la hucha. Su primer impulso fue
estrellarla contra el suelo y romperla para sacar el dinero; y ya la
tenía en la mano para consumar tan antieconómico propósito, cuando le
asaltaron temores de que su tía oyera el ruido y entrase y le armara un
cisco. Acordose de lo orgullosa que estaba doña Lupe de la hucha de su
sobrino. Cuando iban visitas a la casa la enseñaba como una cosa rara,
sonándola y dando a probar el peso, para que todos se pasmaran de lo
arregladito y previsor que era el niño. «Esto se llama formalidad. Hay
pocos chicos que sean así...».

Maximiliano discurrió que para realizar su deseo, necesitaba comprar
otra hucha de barro exactamente igual a aquella y llenarla de cuartos
para que sonara y pesara... Se estuvo riendo a solas un rato, pensando
en el chasco que le iba a dar a su tía... ¡él, que no había cometido
nunca una travesura...!, lo único que había hecho, años atrás, era
robarle a su tía botones para coleccionarlos. ¡Instintos de
coleccionista, que son variantes de la avaricia! Alguna vez llegó hasta
cortarle los botones de los vestidos; pero con un solfeo que le dieron
no le quedaron ganas de repetirlo. Fuera de esto, nada; siempre había
sido la misma mansedumbre, y tan económico que su tía le amaba más quizá
por la virtud del ahorro que por las otras.

«Pues señor; manos a la obra. En la cacharrería del paseo de Santa
Engracia hay huchas exactamente iguales. Compraré una; miraré bien esta
para tomarle bien las medidas».

Estaba Maximiliano con la hucha en la mano mirándola por arriba y por
abajo, como si la fuera a retratar, cuando se abrió la puerta y entró
una chiquilla como de doce años, delgada y espigadita, los brazos
arremangados, muy atusada de flequillo y sortijillas, con un delantal
que le llegaba a los pies. Lo mismo fue verla Maximiliano, que se turbó
cual si le hubieran sorprendido en un acto vergonzoso.

«¿Qué buscas tú aquí, chiquilla sin vergüenza?».

Por toda contestación, la rapaza le enseñó medio palmo de lengua,
plegando los ojos y haciendo unas muecas de careta fea de lo más
estrafalario y grotesco que se puede imaginar.

--Sí, bonita te pones... Lárgate de aquí, o verás...

Era la criada de la casa. Doña Lupe odiaba a las mujeronas, y siempre
tomaba a su servicio niñas para educarlas y amoldarlas a su gusto y
costumbres. Llamábanla Papitos no sé por qué. Era más viva que la
pólvora, activa y trabajadora cuando quería, holgazana y mañosa algunos
días. Tenía el cuerpo esbelto, las manos ásperas del trabajo y el agua
fría, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho
partido para hacer reír a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un
juego de labios y unos dientes blanquísimos que eran como de encargo
para producir las muecas más extravagantes. Los dos dientes centrales
superiores eran enormes, y se le veían siempre, porque ni cuando estaba
de morros cerraba completamente la boca.

Oída la conminación que le hizo Maximiliano, Papitos se desvergonzó más.
Ella las gastaba así. Cuanto más la amenazaban más pesadita se ponía.
Volvió a echar fuera una cantidad increíble de lengua, y luego se puso a
decir en voz baja: «Feo, feo...» hasta treinta o cuarenta veces. Esta
apreciación, que no era contraria a la verdad ni mucho menos, nunca
había inspirado a Rubín más que desprecio; pero en aquella ocasión le
indignó tanto, vamos... que de buena gana le hubiera cortado a Papitos
toda aquella lenguaza que sacaba.

«¡Si no te largas, de la patada que te doy...!».

Fue tras ella; pero Papitos se puso a salvo. Parecía que volaba. Desde
el fondo del pasillo, en la puerta de la cocina, repetía sus burlas,
haciendo con las manos gestos de mico. Volvió él a su cuarto muy
incomodado y a poco entró ella otra vez.

«¿Qué buscas aquí?».

--Vengo _a por_ la lámpara para aviarla...

El motivo de haber dicho esto la chiquilla con relativo juicio y
serenidad, fue que se oyeron los pasos de doña Lupe, y su voz temerosa:
«Mira, Papitos, que voy allá...».

--Tía, venga usted... Está de jarana...

--¡Acusón!--le dijo por lo bajo la chicuela al coger la lámpara--, feón.

--La culpa la tienes tú--añadió severamente doña Lupe, en la puerta--,
porque te pones a jugar con ella, le ríes las gracias, y ya ves. Cuando
quieres que te respete, no puede ser. Es muy mal criada.

La tía y el sobrino hablaron un instante.

«¿También vendrás tarde esta noche? Mira que las noches están muy frías.
Estas heladas son crueles. Tú no estás para valentías».

--No, si no siento nada. Nunca he estado mejor--dijo Rubín, sintiendo
que la timidez le ganaba otra vez.

--No hagamos simplezas... Hace un frío horrible. ¡Qué año tan malo!
¿Creerás que anoche no pude entrar en calor hasta la madrugada? Y eso
que me eché encima cuatro mantas. ¡Qué atrocidad! Como que estamos entre
las _Cátedras de Roma y Antioquía_, que es, según decía mi Jáuregui, el
peor tiempo de Madrid.



--v--


¿Va usted esta noche a casa de doña Silvia?--preguntole Rubín.

--Eso pienso. Si tú sales me dejarás allá, y luego irás a buscarme a las
once en punto.

Esto contrariaba a Maximiliano, porque le tasaba el tiempo; pero no dijo
nada.

--Y esta tarde, ¿sale usted?--preguntó luego deseando que su tía saliese
antes de comer, para verificar, mientras ella estuviese fuera, la
sustitución de las huchas.

--Puede que me llegue un ratito a casa de Paca Morejón.

«Yo la acompañaré a usted... Tengo que ir a ver a Narciso para que me
preste unos apuntes. La dejaré a usted en la calle de la Habana».

Doña Lupe fue a la cocina y le armó una gran chillería a Papitos porque
había dejado quemar el principio. Pero la chica estaba muy acostumbrada
a todo, y se quedaba tan fresca. Como que acabadita de oírse llamar con
las denominaciones más injuriosas y de recibir un pellizco que le
atenazaba la carne, poníase detrás de su ama a hacer visajes y a sacar
la lengua, mientras se rascaba el brazo dolorido.

«Si creerás tú que no te estoy viendo, bribona» decía doña Lupe sin
volverse, entre risueña y enojada. Y no se podía pasar sin ella.
Necesitaba tener una criatura a quien reprender y enseñar por los
procedimientos suyos.

Púsose la mantilla doña Lupe, y tía y sobrino salieron. La primera se
quedó en la calle de Arango, y el segundo se fue a comprar la hucha y
tornó a su casa. Había llegado la ocasión de consumar el atentado, y el
que durante la premeditación se mostraba tan valeroso, cuando se
aproximaba el instante crítico sentía vivísima inquietud. Empezó por
asegurarse de la curiosidad de Papitos, echando la llave a la puerta
después de encender la luz; pero ¿cómo asegurarse de su propia
conciencia que se le alborotaba, pintándole la falta proyectada como
nefando delito? Comparó las dos huchas, observando con satisfacción que
eran exactamente iguales en volumen y en el color del barro. No era
posible que nadie adviniese la sustitución. Manos a la obra. Lo primero
era romper la primitiva para coger el oro y la plata, pasando a la nueva
la calderilla, con más de dos pesetas en _perros_ que al objeto había
cambiado en la tienda de comestibles. Romper la olla sin hacer ruido era
cosa imposible. Permaneció un rato sentado en una silla junto a la cama,
con las dos huchas sobre esta, acariciando suavemente la que iba a ser
víctima. Su mirada vagaba alrededor de la luz, cazando una idea. La luz
iluminaba la mesilla cubierta de hule negro, sobre el cual estaban los
libros de estudio, forrados con periódicos y muy bien ordenados por doña
Lupe; dos o tres frascos de sustancias medicinales, el tintero y varios
números de _La Correspondencia_. La mirada del joven revoloteó por la
estrecha cavidad del cuarto, como si siguiera las curvas del vuelo de
una mosca, y fue de la mesa a la percha en que pendían aquellos moldes
de sí mismo, su ropa, el chaqué que reproducía su cuerpo y los
pantalones que eran sus propias piernas colgadas como para que se
estiraran. Miró después la cómoda, el baúl y las botas que sobre él
estaban, sus propios pies cortados, pero dispuestos a andar. Un
movimiento de alegría y la animación de la cara indicaron que
Maximiliano había atrapado la idea. Bien lo decía él: con aquellas cosas
se había vuelto de repente hombre de talento. Levantose, y cogiendo una
bota salió y fue a la cocina, donde estaba Papitos cantando.

«Chiquilla, ¿me das la mano del almirez? Esta bota tiene un clavo
tremendo, pero tremendo, que me ha dejado cojo».

Papitos cogió la mano del almirez, haciendo el ademán de machacar al
señorito la cabeza.

«Vamos, niña, estate quieta. Mira que le cuento todo a la tía. Me
encargó que tuviera cuidado contigo, y que si te movías de la cocina, te
diera dos coscorrones».

Papitos se puso a picar la escarola, sin dejar de hacer visajes.

«Y yo le diré--replicó--, yo le diré lo que hace... el muy
trapisondista...».

Maximiliano se estremeció. «Tonta, ¿qué es lo que yo hago?...» dijo
sorteando su turbación.

--Encerrarse en su cuarto, _¡ay olé! ¡ay olé!_... para que nadie le
vea; pero yo le he visto por el agujero de la llave... _¡ay olé! ¡ay
olé!_...

--¿Qué?--Escribiéndole cartas a la novia.

--Mentira... ¿yo...? Quita allá, enredadora...

Volvió a su cuarto, llevando la mano del almirez, y echada otra vez la
llave, tapó el agujero con un pañuelo.

«Ella no mirará; pero por si se le ocurre...».

El tiempo apremiaba y doña Lupe podía venir. Cuando cogió la hucha
llena, el corazón le palpitaba y su respiración era difícil. Dábale
compasión de la víctima, y para evitar su enternecimiento, que podría
frustrar el acto, hizo lo que los criminales que se arrojan frenéticos a
dar el primer golpe para perder el miedo y acallar la conciencia,
impidiéndose el volver atrás. Cogió la hucha y con febril mano le atizó
un porrazo. La víctima exhaló un gemido seco. Se había cascado, pero no
estaba rota aún. Como este primer golpe fue dado sobre el suelo, le
pareció a Maximiliano que había retumbado mucho, y entonces puso sobre
la cama el cacharro herido. Su azoramiento era tal que casi le pega a la
hucha vacía en vez de hacerlo a la llena; pero se serenó, diciendo:
«¡Qué tonto soy! Si esto es mío, ¿por qué no he de disponer de ello
cuando me dé la gana?». Y leña, más leña... La infeliz víctima, aquel
antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad, gimió a los
fieros golpes, abriéndose al fin en tres o cuatro pedazos. Sobre la cama
se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre. Entre la plata, que era
lo que más abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas
de un melón entre la pulpa blanca. Con mano trémula, el asesino lo
recogió todo menos la calderilla, y se lo guardó en el bolsillo del
pantalón. Los cascos esparcidos semejaban pedazos de un cráneo, y el
polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca pareciole
al criminal manchas de sangre. Antes de pensar en borrar las huellas del
estropicio, pensó en poner los cuartos en la hucha nueva, operación
verificada con tanta precipitación que las piezas se atragantaban en la
boca y algunas no querían pasar. Como que la boca era un poquitín más
estrecha que la de la muerta. Después metió el cobre de las dos pesetas
que había cambiado.

No había tiempo que perder. Sentía pasos. ¿Subiría ya doña Lupe? No, no
era ella; pero pronto vendría y era forzoso despachar. Aquellos cascos,
¿dónde los echaría? He aquí un problema que le puso los pelos de punta
al asesino. Lo mejor era envolver aquellos despojos sangrientos en un
pañuelo y tirarlos en medio de la calle cuando saliera. ¿Y la sangre?
Limpió la colcha como pudo, soplando el polvo. Después advirtió que su
mano derecha y el puño de la camisa conservaban algunas señales, y se
ocupó en borrarlas cuidadosamente. También la mano del almirez necesitó
de un buen limpión. ¿Tendría algo en la ropa? Se miró bien de pies a
cabeza. No había nada, absolutamente nada. Como todos los matadores en
igual caso, fue escrupuloso en el examen; pero a estos desgraciados se
les olvida siempre algo, y donde menos lo piensan se conserva el dato
acusador que ilumina a la justicia.

Lo que desconcertó a Rubín cuando creyó concluida su faena, fue la
aprensión de advertir que la hucha nueva no se parecía nada a la
sacrificada. ¿Cómo antes del crimen las vio tan iguales que parecían una
misma? Error de los sentidos. También podía ser error la diferencia que
después del crimen notaba. ¿Se equivocó antes o se equivocaba después?
En la enorme turbación de su ánimo no podía decidir nada. «Pero si,
basta tener ojos--decía--, para conocer que esta hucha no es aquella...
En esta el barro es más recocho, de color más oscuro, y tiene por aquí
una mancha negra... A la simple vista se ve que no es la misma... Dios
nos asista. ¿A ver el peso?... Pues el peso me parece que es menor en
esta... No, más bien mayor, mucho mayor... ¡Fatalidad!».

Quedose parado un largo rato mirando a la luz y viendo en ella a doña
Lupe en el acto de coger la hucha falsa y decir: «Pero esta hucha... no
sé... me parece... no es la misma». Dando un gran suspiro, envolvió
rápidamente en un pañuelo los destrozados restos de la víctima, y los
guardó en la cómoda hasta el momento de salir. Puso la nueva hucha en el
sitio de costumbre, que era el cajón alto de la cómoda, abrió la puerta,
quitando el pañuelo que tapaba el agujero de la llave, y después de
llevar a la cocina el instrumento alevoso, volvió a su cuarto con idea
de contar el dinero... Pero si era suyo, ¿a qué tanto miedo y zozobra?
Él no había robado nada a nadie, y sin embargo, estaba como los
ladrones. Más derecho era referir a su tía lo que le pasaba, que no
andar con tapujos. ¡Sí, pues buena se pondría doña Lupe si él le contara
su aventura y el empleo que daba a sus ahorros! Valía más callar, y
adelante.

No pudo entretenerse en contar su tesoro, porque entró doña Lupe,
dirigiéndose inmediatamente a la cocina. Maximiliano se paseaba en su
cuarto esperando que le llamasen a comer, y hacía cálculos mentales
sobre aquella desconocida suma que tanto le pesaba. «Mucho debe de ser,
pero mucho--calculaba--; porque en tal tiempo eché un dobloncito de
cuatro, y en cual tiempo otro. Y cuando tomé la medicina aquella que
sabía tan mal, me dio mi tía dos duritos, y cada vez que había que tomar
purga un durito o medio durito. Lo que es en monedas de a cinco, puede
que pasen de quince».

Sintió que le renacía el valor. Pero cuando le llamaron a comer, y fue
al comedor y se encaró con su tía, pensó que esta le iba a conocer en la
cara lo que había hecho. Mirábale ella lo mismo que el día infausto en
que le robara los botones arrancándolos de la ropa... Y al sobrinito se
le alborotó la conciencia, haciéndole ver peligros donde no los había.
«Me parece--cavilaba, tragando la sopa--, que la colcha no ha quedado
muy limpia... Caspitina, se me olvidó una cosa; pero una cosa muy
importante... ver si habían caído pedacitos de barro en alguna parte.
Ahora recuerdo que oí el _tin_, como si un casquillo saltara en el
momento del golpe y fuera a chocar disparado con el frasco de ioduro. En
el suelo quizás... ¡y mi tía barre todos los días!... ¡Cómo me mira! Si
sospechará algo... Lo que ahora me faltaba era que mi tía hubiese pasado
por la tienda al volver de casa de las de Morejón, y le hubiera dicho el
tendero: «Aquí estuvo su sobrino a cambiar dos pesetas en calderilla».

El mirar escrutador de doña Lupe no tenía nada de particular.
Acostumbrada ella a estudiarle la cara, para ver cómo andaba de salud, y
el tal semblante era un libro en que la buena señora había aprendido más
Medicina que Farmacia su sobrino en los textos impresos.

«Me parece que tú no andas bien...--le dijo--. Cuando entré te sentí
toser... Estas heladas...

Por Dios, ten mucho cuidado; no tengamos aquí otra como la del año
pasado, que empalmaste cuatro catarros y por poco pierdes el curso. No
olvides de liarte un pañuelo de seda en la cabeza, de noche, cuando te
acuestes; y yo que tú empezaría a tomar el agua de brea... No hagas
ascos. Es bueno curarse en salud. Por sí o por no, mañana te traigo las
pastillas de Tolú».

Con esto se tranquilizó el joven comprendiendo que las miradas no eran
más que la inspección médica de todos los días. Comieron y se prepararon
para salir. El criminal se embozó bien en la capa y apagó la luz de su
cuarto para coger los restos de la víctima y sacarlos ocultamente. Como
las monedas que en el bolsillo del pantalón llevaba no eran paja, se
denunciaban sonando una contra otra. Por evitar este ruido inoportuno,
Maximiliano se metió un pañuelo en aquel bolsillo, atarugándolo bien
para que las piezas de plata y oro no chistasen, y así fue en efecto,
pues en todo el trayecto desde Chamberí hasta la casa de Torquemada el
oído de doña Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el
oído de los gatos con los pasos del ratón, y hasta parecía que entiesaba
las orejas, no percibió nada, absolutamente nada. El sobrinito, cuando
creía que las monedas se movían, atarugaba el bolsillo como quien ataca
un arma. ¡Creeríase que le había salido un tumor en la pierna!...



-II-

Afanes y contratiempos de un redentor



--i--


Grande fue el asombro de Fortunata aquella noche cuando vio que
Maximiliano sacaba puñados de monedas diferentes, y contaba con rapidez
la suma, apartando el oro de la plata. A la sorpresa un tanto alegre de
la joven, siguió pronto sospecha de que su improvisado amigo hubiese
adquirido aquel caudal por medios no muy limpios. Creyó ver en él un
hijo de familia que, arrastrado de la pasión y cegado por la tontería,
se había incautado de la caja paterna. Esta idea la mortificó mucho,
haciéndole ver la cruel insistencia con que su destino la maltrataba.
Desde que fue lanzada a los azares de aquella vida, se había visto
siempre unida a hombres groseros, perversos o tramposos, _lo peor de
cada casa_.

No dejó entrever a Maximiliano sus sospechas sobre la procedencia del
dinero, que, viniera de donde viniese, no podía ser mal recibido, y poco
a poco se fue tranquilizando al ver que el apreciable muchacho hacía
alarde de poseer ideas económicas enteramente contrarias a las de sus
predecesores. «Esto--dijo mostrándole un grupito de monedas de oro--, es
para que desempeñes la ropa que te sea más necesaria... Los trajes de
lujo, el abrigo de terciopelo, el sombrero y las alhajas se sacarán más
adelante, y se renovará el préstamo para que no se pierdan. Olvídate por
ahora de todo lo que es pura ostentación. Acabose el barullo. Se gastará
nada más que lo que se tenga, para no hacer ni una trampa, pero ni una
sola trampa. Fíjate bien». Esta sensatez era cosa nueva para Fortunata,
y empezó a corregir algo sus primeras ideas acerca de su amante y a
considerarle mejor que los demás. En los días siguientes Olmedo confirmó
esta buena opinión, hablándole con vivos encarecimientos de la
formalidad de aquel chico y de lo muy arregladito que era.

Quedó convenido entre Fortunata y su protector tomar un cuarto que
estaba desalquilado en la misma casa. Rubín insistió mucho en la
modestia y baratura de los muebles que se habían de poner, porque...
(para que se vea si era juicioso) «conviene empezar por poco». Después
se vería, y el humilde hogar iría creciendo y embelleciéndose
gradualmente. Aceptaba ella todo sin entusiasmo ni ilusión alguna, más
bien _por probar_. Maximiliano le era poco simpático; pero en sus
palabras y en sus acciones había visto desde el primer momento la
persona decente, novedad grande para ella. Vivir con una persona
decente despertaba un poco su curiosidad. Dos días estuvo ocupada en
instalarse. Los muebles se los alquiló una vecina que había levantado
casa, y Rubín atendió a todo con tal tino, que Fortunata se pasmaba de
sus admirables dotes administrativas, pues no tenía ni idea remota de
aquel ingenioso modo de defender una peseta, ni sabía cómo se recorta un
gasto para reducirlo de seis a cinco, con otras artes financieras que el
excelente chico había aprendido de doña Lupe.

Tratando de medir el cariño que sentía por su amiga, Maximiliano hallaba
pálida e inexpresiva la palabra querer, teniendo que recurrir a las
novelas y a la poesía en busca del verbo amar, tan usado en los
ejercicios gramaticales como olvidado en el lenguaje corriente. Y aun
aquel verbo le parecía desabrido para expresar la dulzura y ardor de su
cariño. Adorar, idolatrar y otros cumplían mejor su oficio de dar a
conocer la pasión exaltada de un joven enclenque de cuerpo y robusto de
espíritu.

Cuando el enamorado se iba a su casa, llevaba en sí la impresión de
Fortunata transfigurada. Porque no ha habido princesa de cuento oriental
ni dama del teatro romántico que se ofreciera a la mente de un caballero
con atributos más ideales ni con rasgos más puros y nobles. Dos
Fortunatas existían entonces, una la de carne y hueso, otra la que
Maximiliano llevaba estampada en su mente. De tal modo se sutilizaron
los sentimientos del joven Rubín con aquel extraordinario amor, que este
le inspiraba no sólo las buenas acciones, el entusiasmo y la abnegación,
sino también la delicadeza llevada hasta la castidad. Su naturaleza
pobre no tenía exigencias; su espíritu las tenía grandes, y estas eran
las que más le apremiaban. Todo lo que en el alma humana puede existir
de noble y hermoso brotó en la suya, como los chorros de lava en el
volcán activo. Soñaba con redenciones y regeneraciones, con lavaduras de
manchas y con sacar del pasado negro de su amada una vida de méritos. El
generoso galán veía los más sublimes problemas morales en la frente de
aquella infeliz mujer, y resolverlos en sentido del bien parecíale la
más grande empresa de la voluntad humana. Porque su loco entusiasmo le
impulsaba a la salvación social y moral de su ídolo, y a poner en esta
obra grandiosa todas las energías que alborotaban su alma. Las
peripecias vergonzosas de la vida de ella no le desalentaban, y hasta
medía con gozo la hondura del abismo del cual iba a sacar a su amiga; y
la había de sacar pura o purificada. En aquellas confidencias que ambos
tenían, creía Maximiliano advertir en la pecadora un cierto fondo de
rectitud y menos corrupción de lo que a primera vista parecía.

¿Se equivocaría en esto? A veces lo sospechaba; pero su buena fe
triunfaba al instante de esta sospecha. Lo que sí podía sostener sin
miedo a equivocarse era que Fortunata tenía vivos deseos de mejorar su
personalidad, es decir, de adecentarse y pulirse. Su ignorancia era,
como puede suponerse, completa. Leía muy mal y a trompicones, y no sabía
escribir.

Lo esencial del saber, lo que saben los niños y los paletos, ella lo
ignoraba, como lo ignoran otras mujeres de su clase y aun de clase
superior. Maximiliano se reía de aquella incultura rasa, tomando en
serio la tarea de irla corrigiendo poco a poco. Y ella no disimulaba su
barbarie; por el contrario, manifestaba con graciosa sinceridad sus
ardientes deseos de adquirir ciertas ideas y de aprender palabras finas
y decentes. Cada instante estaba preguntando el significado de tal o
cual palabra, e informándose de mil cosas comunes. No sabía lo que es el
Norte y el Sur. Esto le sonaba a cosa de viento; pero nada más. Creía
que un senador es algo del Ayuntamiento. Tenía sobre la imprenta ideas
muy extrañas, creyendo que los autores mismos ponían en las páginas
aquellas letras tan iguales. No había leído jamás libro ninguno, ni
siquiera novela. Pensaba que Europa es un pueblo y que Inglaterra es un
país de acreedores. Respecto del sol, la luna y todo lo demás del
firmamento, sus nociones pertenecían al orden de los pueblos
primitivos. Confesó un día que no sabía quién fue Colón. Creía que era
un general, así como O'Donnell o Prim. En lo religioso no estaba más
aventajada que en lo histórico. La poca doctrina cristiana que aprendió
se le había olvidado. Comprendía a la Virgen, a Jesucristo y a San
Pedro; les tenía por muy buenas personas, pero nada más. Respecto a la
inmortalidad y a la redención, sus primeras ideas eran muy confusas.
Sabía que arrepintiéndose uno, bien arrepentido, se salva; eso no tenía
duda, y por más que dijeran, nada que se relacionase con el amor era
pecado.

Sus defectos de pronunciación eran atroces. No había fuerza humana que
le hiciera decir _fragmento, magnífico, enigma_ y otras palabras
usuales. Se esforzaba en vencer esta dificultad, riendo y machacando en
ella; pero no lo conseguía. Las _eses_ finales se le convertían en
_jotas_, sin que ella misma lo notase ni evitarlo pudiera, y se comía
muchas sílabas. Si supiera ella qué bonita boca se le ponía al
comérselas, no intentara enmendar su graciosa incorrección. Pero
Maximiliano se había erigido en maestro, con rigores de dómine e ínfulas
de académico. No la dejaba vivir, y estaba en acecho de los solecismos
para caer sobre ellos como el gato sobre el ratón. «No se dice
_diferiencia_, sino diferencia. No se dice _Jacometrenzo_, ni _Espiritui
Santo_, ni _indilugencias_. Además _escamón_ y _escamarse_ son palabras
muy feas, y llamar _tiologías_ a todo lo que no se entiende es una
barbaridad. Repetir a cada instante _pa chasco_ es costumbre ordinaria»,
etc...

Lo mejorcito que aquella mujer tenía era su ingenuidad. Repetidas veces
sacó Maximiliano a relucir el caso de la deshonra de ella, por ser muy
importante este punto en el plan de regeneración. El inspirado y
entusiasta mancebo hacía hincapié en lo malos que son los señoritos y en
la necesidad de una ley a la inglesa que proteja a las muchachas
inocentes contra los seductores. Fortunata no entendía palotada de estas
leyes. Lo único que sostenía era que el tal Juanito Santa Cruz era el
único hombre a quien había querido de verdad, y que le amaba siempre.
¿Por qué decir otra cosa? Reconociendo el otro con caballeresca lealtad
que esta consecuencia era laudable, sentía en su alma punzada de celos,
que trastornaba por un instante sus planes de redención.

«¿Y le quieres tanto, que si le vieras en algún peligro le salvarías?».

--Claro que sí... me lo puedes creer. Si le viera en un peligro, le
sacaría en bien, aunque me perdiera yo. No sé decir más que lo que me
sale de _entre mí_. Si no es verdad esto, que no llegue a la noche con
salud.

Se puso tan guapa al hacer esta declaración, que Rubín la miró mucho
antes de decir:

«No, no jures; no necesitas jurarlo. Te creo. Di otra cosa. Y si ahora
entrara por esa puerta y te dijera: 'Fortunata, ven' ¿irías?».

Fortunata miró a la puerta. Rubín tragaba saliva y buscaba en el sitio
donde tenemos el bigote algo que retorcer, y encontrando sólo unos pelos
muy tenues, los martirizaba cruelmente.

«Eso... según...--dijo ella plegando su entrecejo--. Me iría o no me
iría...».



--ii--


Maximiliano quería saberlo todo. Era como el buen médico que le pide al
enfermo las noticias más insignificantes del mal que padece y de su
historia para saber cómo ha de curarle. Fortunata no ocultaba nada, eso
bueno tenía, y el doctor amante se encontraba a veces con más quizás de
lo necesario para la prodigiosa cura. ¡Y qué horrorizado se quedaba
oyendo contar lo mal que se portó el seductor de aquella hermosura! El
honradísimo aprendiz de farmacéutico no comprendía que pudieran existir
hombres tan malos, y las penas todas del infierno parecíanle pocas para
castigarles. Criminal más perverso que los asesinos y ladrones era,
según él, el señorito seductor de doncella pobre, que le hacía creer que
se iba a casar con ella, y después la dejaba plantada en medio del
arroyo con su chiquillo o con las vísperas. ¿Por cuánto haría esto él,
Maximiliano Rubín?... El tal Juanito Santa Cruz era, pues, el hombre más
infame, más execrable y vil que se podía imaginar. Pero la misma
ofendida no extremaba mucho, como parecía natural, los anatemas contra
el seductor, por cuya razón tuvo Maximiliano que redoblar su furia
contra él, llamándole monstruo y otras cosas muy malas. Fortunata veíase
forzada a repetirlo; pero no había medio de que pronunciara la palabra
_monstruo_. Se le atravesaba como otras muchas, y al fin, después de mil
tentativas que parecían náuseas, la soltaba entre sus bonitísimos
dientes y labios, como si la escupiera.

Prefería contar particularidades de su infancia. Su difunto padre poseía
un cajón en la plazuela y era hombre honrado. Su madre tenía, como
Segunda, su tía paterna, el tráfico de huevos. Llamábanla a ella desde
niña la _Pitusa_, porque fue muy raquítica y encanijada hasta los doce
años; pero de repente dio un gran estirón y se hizo mujer de talla y de
garbo. Sus padres se murieron cuando ella tenía doce años... Oía estas
cosas Maximiliano con mucho placer. Pero con todo, mandábala que fuese
al grano, a las cosas graves, como lo referente al hijo que había
tenido. Cuando parte de esta historia fue contada, al joven le faltó
poco para que se le saltaran las lágrimas. La tierna criatura sin más
amparo que su madre pobre, la aflicción de esta al verse abandonada,
eran en verdad un cuadro tristísimo que partía el corazón. ¿Por qué no
le citó ante los tribunales? Es lo que debía haber hecho. A estos
tunantes hay que tratarles a la baqueta. Otra cosa. ¿Por qué no se le
ocurrió darle un escándalo, ir a la casa con el crío en brazos y
presentarse a doña Bárbara y a D. Baldomero y contarles allí bien
clarito la gracia que había hecho su hijo?... Pero no, esto no hubiera
sido muy conforme con la dignidad. Más valía despreciarle, dejándole
entregado a su conciencia, sí, a su conciencia, que buen jaleo le había
de armar tarde o temprano.

Fortunata, al oír esto, fijaba sus ojos en el suelo, repitiendo como una
máquina aquello de que lo mejor era el desprecio. Sí, despreciarle,
repetía el otro, pues era ignominia solicitar su protección. Aunque le
dieran lo que le dieran, no era capaz Fortunata de decir _ignominia_.
Maximiliano insistió en que había sido una gran falta pedir amparo al
mismo Juanito Santa Cruz, a aquel infame, cuando volvió ella a Madrid y
le cayó su niño enfermo.

«Pero, tontín, si no es por él, no hubiéramos tenido con qué enterrarle»
dijo Fortunata saliendo a la defensa de su propio verdugo.

--Primero le dejo yo insepulto, que recurrir... La dignidad, hija, es
antes que todo. Fíjate bien en esto. Lo que quiero saber ahora es qué
sujeto era ese con quien te uniste después, el que te sacó de Madrid y
te llevó de pueblo en pueblo como los trastos de una feria.

--Era un hombre traicionero y malo--dijo Fortunata con desgana, como si
el recuerdo de aquella parte de su vida le fuera muy desagradable--. Me
fui con él porque me vi perdida, y no tenía a dónde volverme. Era
hermano de un vecino nuestro en la Cava de San Miguel. Primeramente tuvo
un cajón de casquería en la plaza, y después puso tienda de quincalla
iba a todas las ferias con un sin fin de arcas llenas de baratijas, y
armaba tiendas. Le llamaban _Juárez el negro_ por tener la color muy
morena. Viéndome tan mal, me ofreció el oro y el moro, y que iba a hacer
y a acontecer. Mi tía me echó de la casa y mi tío se desapareció. Yo
estaba enferma, y Juárez me dijo que si me iba con él, me llevaría a
baños. Decía que ganaba montes y montones en las romerías, y que yo iba
a estar como una reina. No se podía casar conmigo porque era casado,
pero en cuantito que se muriera su mujer, que era una borrachona,
cumpliría, si señor, cumpliría conmigo.

Y siguió relatando con rapidez aquella página fea, deseando concluirla
pronto. Lo del señorito Santa Cruz, siendo tan desastroso, lo refería
con prolijidad y aun con cierta amarga complacencia; pero lo de _Juárez
el negro_ salía de sus labios como una confesión forzada o testimonio
ante tribunales, de esos que van quemando la boca a medida que salen.
¡Cuánto le pesó ponerse en manos de aquel hombre! Era un perdido, un
charrán, una mala persona. Hubiérase resistido a seguirle, si no le
empujaran a ello los parientes con quienes vivía, los cuales no tenían
maldita gana de mantenerle el pico. Pronto vio que todo lo que ofrecía
_Juárez el negro_ era conversación. No ganaba un cuarto; con el mundo
entero armaba camorra, y todo el veneno que iba amasando en su maldecida
alma, por la mala suerte, lo descargaba sobre su querida... En fin, vida
más arrastrada no la había pasado ella nunca ni esperaba volverla a
pasar... Con el dinero que Juanito Santa Cruz les dio, cuando estuvieron
en Madrid y se murió el niñito, hubiera podido el muy bestia de Juárez
arreglar su comercio; pero ¿qué hizo? Beber y más beber. El vinazo y el
aguardientazo le remataron. Una mañana despertó ella oyéndole dar unos
grandes gruñidos... así como si le estuvieran apretando el tragadero.
¿Qué era? Que se estaba muriendo. Saltó espantada de la cama, y llamó a
los vecinos. No hubo tiempo de _suministrarle_ y sólo le cogió la
Unción. Esto pasaba en Lérida. A los dos días, vendió sus cuatro trastos
y con los cuartos que pudo juntar plantose en Barcelona. Había hecho
juramento de no volver a tratar con animales. Libertad, libertad y
libertad era lo que le pedían el cuerpo y el alma.

La verdad ante todo. ¿Para qué decir una cosa por otra? La franqueza es
una virtud cuando no se tienen otras, y la franqueza obligaba a
Fortunata a declarar que en la primera temporada de anarquía moral se
había divertido algo, olvidando sus penas como las olvidan los
borrachos. Su éxito fue grande, y su falta de educación ayudaba a
cegarla. Llegó a creer que encenegándose mucho se vengaba de los que la
habían perdido, y solía pensar que si el pícaro Santa Cruz la veía hecha
un brazo de mar, tan elegantona y triunfante, se le antojaría quererla
otra vez. ¡Pero sí, para él estaba...! Contó a renglón seguido tantas
cosas, que Maximiliano se sintió lastimado. Tuvo precisión de _echar un
velo, _ como dicen los retóricos, sobre aquella parte de la historia de
su amada. El velo tenía que ser muy denso porque la franqueza de
Fortunata arrojaba luz vivísima sobre los sucesos referidos, y su
pintoresco lenguaje los hacía reverberar... Dio ella entonces algunos
cortes a su relación, comiéndose no ya las letras sino párrafos y
capítulos enteros, y he aquí en sustancia lo que dijo: Torrellas, el
célebre paisajista catalán, era tan celoso que no la dejaba vivir.
Inventaba mil tormentos armándole trampas para ver si caía o no caía.
Tan odioso llegó a serle aquel hombre, que al fin se dejó ella caer.
Metiose adrede en la trampa, conociéndola, por gusto de jugarle una
partida al muy majadero, porque así se vengaba de las muchas que le
habían jugado a ella. Y nada más... Total, que por poco la mata el
condenado pintor de árboles... Lo que más quemaba a este era que la
infidelidad había sido con un íntimo amigo suyo, pintor también, autor
del cuadro de David mirando a... Fortunata no se acordaba del nombre,
pero era una que estaba bañándose... A ninguno de los dos artistas
quería ella; por ninguno de los dos hubiera dado dos cuartos, si se
compraran con dinero. Más que ellos valían sus cuadros. Desde que engañó
al primero con el segundo, se le puso en la cabeza la idea de pegársela
a los dos con otro, y la satisfacción de este deseo se la proporcionó un
empleado joven, pobre y algo simpático que se parecía mucho a Juanito
Santa Cruz.

Otro velo... Maximiliano se vio precisado a echar otro velo... «Cállate,
hazme el favor de callarte» le dijo, pensando que, según iba saliendo la
historia, necesitaba lo menos una pieza de tul. Pero ella siguió
narrando. Pues como iba diciendo, el tal joven salió también un buen
punto. Una mañana, mientras ella dormía, le empeñó todas sus alhajas,
para jugar. Y aquí paz... Vino después un viejo que le daba mucho dinero
y la llevó a París donde se engalanó y afinó extraordinariamente su
gusto para vestirse. ¡Viejo más cuco!... Había sido general carcunda en
la otra guerra, y trataba mucho con gente de sotana. Era muy vicioso y
le daba muchas jaquecas con _tantismas_ incumbencias como tenía. Un día
se quemó ella y le plantó en la calle. Sucesor, Camps, que le puso casa
con gran rumbo. Parecía hombre muy rico; pero luego resultó que era un
trampa-larga. Antes de venir a Madrid le dio a ella olor de chubasco, y
a poco de estar aquí vio que se venía la tempestad encima. Camps traía
recomendaciones para el director del Tesoro, y quiso cobrar unos pagarés
falsos de fusiles que se suponían comprados por el Gobierno. Una noche
entró en casa muy enfurruñado, trincó una maleta pequeña, llenola de
ropa, pidió a Fortunata todo el dinero que tenía y dijo que iba al
Escorial. Escorial fue, que no ha vuelto a parecer. Lo demás bien lo
sabía Maximiliano... El sucesor de Camps había sido él, y ya se le
conocía en cierto resplandor de sus ojos el orgullo que la herencia le
produjera. Porque bien claro lo había dicho Fortunata. ¡Gracias a Dios
que encontraba en su camino una persona decente!

Sentíase Maximiliano poseedor de una fuerza redentora, hermana de las
fuerzas creadoras de la Naturaleza. ¡Ya vería el mundo la irradiación de
bondad y de verdad que él iba a arrojar sobre aquella infeliz víctima
del hombre!

Desde que la conoció y sintió que el Cielo se le metía en su alma, todo
en él fue idealismo, nobleza y buenas acciones. ¡Qué diferencia entre él
y los perdularios en cuyas manos estuvo aquella pobrecita! Por mucho que
se buscara en la vida de Rubín, no se encontrarían más que dolores de
cabeza y otras molestias físicas; pero a ver, que le sacaran algún acto
ignominioso, ni siquiera una falta.



--iii--


Una de las cosas a que Maximiliano daba más importancia para poner en
ejecución su plan redentorista era que Fortunata le amara, porque sin
esto la sublime obra iba a tener sus dificultades. Si Fortunata se
prendaba de él, aunque se prendara por lo moral, que es la menor
cantidad de amor posible, no era tan difícil que él la convirtiera al
bien por la atracción de su alma. De esta necesidad de amor previo
emanaba la insistencia con que Maximiliano le preguntaba a su ídolo si
le quería ya algo, si le iba queriendo. Algunas veces contestaba ella
que sí con esa facilidad mecánica y rutinaria de los niños aplicados que
se saben la lección; otras veces, más sincera y reflexiva, respondía que
el cariño no depende de la voluntad ni menos de la razón, y por esto
acontece que una mujer, que no tiene pelo de tonta, se enamorisca de
cualquier pelagatos, y da calabazas a las personas decentes. Aseguraba
estar muy agradecida a Maximiliano por lo bien que se había portado con
ella, y de aquella gratitud saldría, con el trato, el querer. Según
Rubín, el orden natural de las cosas en el mundo espiritual establece
que el amor nazca del agradecimiento, aunque también nace de otros
padres. El corazón le decía, como él dice las cosas, a la calladita, que
Fortunata le había de querer de firme; y esperaba con paciencia el
cumplimiento de esta dulce profecía. Sin embargo, no las tenía todas
consigo, porque como se dan casos de que salga fallido lo que el corazón
anuncia, pasaba el pobre chico horas de verdadera angustia, y a solas en
su casa, se metía en unos cálculos muy hondos para averiguar el estado
de los sentimientos de su querida. Rápidamente pasaba de la duda más
cruel a las afirmaciones terminantes. Tan pronto pensaba que no le
quería ni pizca, como que le empezaba a querer, y todo era discutir y
analizar palabras, gestos y actos de ella, interpretándolos de una
manera o de otra. «¿Por qué me dijo tal o cual cosa? ¿Qué querría
expresar con aquella reticencia?... Y aquella carcajadita, ¿qué
significaba?... Ayer, cuando me abrió la puerta, no me dijo nada... Pero
cuando me marché díjome que me abrigara bien».

La casa estaba en una de las muchas rinconadas de la antigua calle de
San Antón. En el portal había una relojería entre cristales, quedando
tan poco espacio para la entrada, que los gordos tenían que pasar de
medio lado; en el piso bajo y tienda una bollería que inundaba la casa
de emanaciones de canela y azúcar. En el piso principal radicaba una
casa de préstamos con farolón a la calle, y en ciertos días había en los
balcones ventilación de capas empeñadas. Más arriba los pisos estaban
divididos en viviendas estrechas y de poco precio. Había derecha,
izquierda y dos interiores. Los vecinos eran de dos clases: mujeres
sueltas, o familias que tenían su comercio en el próximo mercado de San
Antón. Hueveras y verduleras poblaban aquellos reducidos aposentos,
echando sus hijos a la escalera para que jugasen. En uno de los segundos
exteriores vivía Feliciana, y Fortunata en un tercero interior. Lo
alquiló Rubín por encontrarlo tan a mano, con intención de tomar
vivienda mejor cuando variaran las circunstancias.

Pasaba Maximiliano allí todo el tiempo de que podía disponer. Por la
noche estaba hasta las doce y a veces hasta la una, no faltando ni aun
cuando se veía acometido de sus terribles jaquecas. La sorpresa y
confusión que a doña Lupe causaba esto no hay para qué decirlas, y no se
satisfacía con las explicaciones que su sobrinito daba. «Aquí hay gato
encerrado--decía la astuta señora--, o en términos más claros, _gata
encerrada_».

Cuando Maximiliano iba con jaqueca a la casa de su amante, esta le
cuidaba casi tan bien como la propia doña Lupe, y hacía los imposibles
por conseguir que no metieran bulla los chicos de la huevera. Esto lo
agradecía tanto el enfermo que se le aumentaba el amor, si fuera capaz
de aumento lo que ya era tan grande. Observó con satisfacción que
Fortunata salía a la calle lo menos posible. Por la mañana bajaba a
hacer su compra, con su cesto al brazo, y al cuarto de hora volvía. Ella
misma se hacía la comida y limpiaba la casa, en cuyas operaciones se le
iba casi todo el día. No recibía visitas de mujeres de conducta dudosa,
y la suya era estrictamente ajustada a las prácticas de una vida
regular. «Tiene la honradez en la médula de los huesos--decía
Maximiliano rebosando alegría--. Le gusta tanto trabajar, que cuando
tiene hecha una cosa la desbarata y la vuelve a hacer por no estar
ociosa. El trabajo es el fundamento de la virtud. Lo que digo, esta
mujer ha sido mala a la fuerza».

En medio de estos dulcísimos ensueños de su alma arrebatada, sentía
Maximiliano unos saetazos que le hacían volver sobresaltado a la
realidad. Era como la feroz picada de un mosquito cuando estamos
empezando a dormirnos dulcemente... Por mucho que se estirase el dinero
sacado de la hucha, al fin se tenía que concluir, porque todo es finito
en este mundo, y el metálico precisamente es una de las cosas más
finitas que se pueden imaginar... ¡María Santísima!, cuando el temido
momento llegase... ¡cuando la última peseta del último duro fuera
cambiada...! Si el mosquito le picaba a Maximiliano cuando estaba en su
cama dormido o preparándose a ello, incorporábase tan desvelado cual si
fueran las doce del día, o se ponía a dar vueltas en el lecho y a
calentarlo con el ardor de su febril zozobra. A veces invocaba al Cielo
con íntimo fervor de oración. Esperaba que la obra generosa que había
emprendido pesase mucho en las recónditas intenciones de la Providencia
para que Esta le sacase del atolladero en que los amantes iban a caer.
Él no era un granuja; ella se estaba portando bien, y con su conducta
echaba velos y más velos sobre lo pasado. Si la Providencia no tenía en
cuenta estas circunstancias, ¿de qué le valía a uno portarse bien y ser
un modelo de orden y buena fe? Esto es claro como el agua. Fortunata
pensaba lo mismo, cuando él le confiaba sus temores. Tenía que ser así,
o todo lo que se habla de la Providencia es patraña. Pronto diré cómo se
salieron con la suya, con lo cual se demostró que tenían allá arriba, en
los mismos cielos, alguna entidad de peso que les protegía. Bien ganada
se tenían esta protección, porque él, enaltecido por su cariño, ella,
aspirando a la honradez y ensayándose en practicarla, eran dos seres que
valían cualquier dinero, o en otros términos, dignos de que se les
facilitaran los medios de continuar su campaña virtuosa.



--iv--


La única visita que recibían era la de Feliciana y Olmedo. Ni una ni
otro agradaban mucho a Maximiliano: ella por ser ordinaria y de
sentimientos innobles, incapaz de apetecer la honradez como estado
permanente; él por ser muy atropellado, muy hablador, muy amigo de
contar cuentos sucios y de decir palabras indecentes. Entraba siempre
con el sombrero echado atrás, afectando una grosería de maneras que no
tenía, imitando los modales y hasta el andar de los borrachos,
arrastrando las palabras, pero absteniéndose de beber con disculpa de
mal de estómago, en realidad porque se mareaba y embrutecía a la segunda
copa. En confianza dijo Maximiliano a Fortunata que debían mudarse de
casa para no tener vecinos tan contrarios al método de personas decentes
que se habían impuesto.

De todo lo que el enamorado pensaba hacer para la redención de su
querida, nada le parecía tan urgente como enseñarla a escribir y a leer
bien. Todas las mañanas la tenía media hora haciendo palotes. Fortunata
deseaba aprender; pero ni con la paciencia ni con la atención sostenida
se desarrollaban sus talentos caligráficos. Estaban ya muy duros
aquellos dedos para tales primores. El hábito del trabajo en su infancia
había dado robustez a sus manos, que eran bonitas, aunque bastas, cual
manos de obrera. No tenía pulso para escribir, se manchaba de tinta los
dedos y sudaba mucho, poniéndose sofocada y haciendo con los labios una
graciosa trompeta en el momento de trazar el palote.

«Nada de hociquitos, hija de mi alma; eso es muy feo--le decía el
profesor acariciándole la cabeza--. No agarrotes los dedos... Si es cosa
sencillísima, y lo más fácil...».

Ya se ve, para él era fácil; pero ella, que en su vida las había visto
más gordas, hallaba en la escritura una dificultad invencible. Decía con
tristeza que no aprendería jamás, y se lamentaba de que en su niñez no
la hubieran puesto a la escuela. La lectura la cansaba también y la
aburría soberanamente, porque después de estarse un mediano rato sacando
las sílabas como quien saca el agua de un pozo, resultaba que no
entendía ni jota de lo que el texto decía. Arrojaba con desprecio el
libro o periódico, diciendo que ya no estaba la Magdalena para
tafetanes.

Si en el orden literario no mostraba ninguna aplicación, en lo tocante
al arte social no sólo era aplicadísima, sino que revelaba aptitudes
notables. Las lecciones que Maximiliano le daba referentes a cosas de
urbanidad y a conocimientos rudimentarios de los que exige la buena
educación eran tan provechosas, que le bastaban a veces indicaciones
leves para asimilarse una idea o un conjunto de ideas. «Aunque te
estorbe lo negro--le decía él--, me parece que tú tienes talento». En
poco tiempo le enseñó todas las fórmulas que se usan en una visita de
cumplido, cómo se saluda al entrar y al despedirse, cómo se ofrece la
casa y otras muchas particularidades del trato fino. Y también aprendió
cosas tan importantes como la sucesión de los meses del año, que no
sabía, y cuál tiene treinta y cuál treinta y un días. Aunque parezca
mentira, este es uno de los rasgos característicos de la ignorancia
española, más en las ciudades que en las aldeas, y más en las mujeres
que en los hombres. Gustaba mucho de los trabajos domésticos, y no se
cansaba nunca. Sus músculos eran de acero, y su sangre fogosa se avenía
mal con la quietud. Como pudiera, más se cuidaba de prolongar los
trabajos que de abreviarlos. Planchar y lavar le agradaba en extremo, y
entregábase a estas faenas con delicia y ardor, desarrollando sin
cansarse la fuerza de sus puños. Tenía las carnes duras y apretadas, y
la robustez se combinaba en ella con la agilidad, la gracia con la
rudeza para componer la más hermosa figura de salvaje que se pudiera
imaginar. Su cuerpo no necesitaba corsé para ser esbeltísimo. Vestido
enorgullecía a las modistas; desnudo o a medio vestir, cuando andaba por
aquella casa tendiendo ropa en el balcón, limpiando los muebles o
cargando los colchones cual si fueran cojines, para sacarlos al aire,
parecía una figura de otros tiempos; al menos, así lo pensaba Rubín, que
sólo había visto belleza semejante en pinturas de amazonas o cosa tal.
Otras veces le parecía mujer de la Biblia, la Betsabée aquella del baño,
la Rebeca o la Samaritana, señoras que había visto en una obra
ilustrada, y que, con ser tan barbianas, todavía se quedaban dos dedos
más abajo de la sana hermosura y de la gallardía de su amiga.

En los comienzos de aquella vida, Maximiliano abandonó mucho sus
estudios; pero cuando fue metodizando su amor, la conciencia de la
misión moral que se proponía cumplir le estimuló al estudio, para
hacerse pronto hombre de carrera. Y era muy particular lo que le
ocurría. Se notaba más despierto, más perspicaz para comprender, más
curioso de los secretos de la ciencia, y le interesaba ya lo que antes
le aburriera. En sus meditaciones, solía decir que _le había entrado
talento_, como si dijese que le había entrado calentura. Indudablemente
no era ya el mismo. En media hora se aprendía una lección que antes le
llevaba dos horas y al fin no la sabía. Creció su admiración al
observarse en clase contestando con relativa facilidad a las preguntas
del profesor y al notar que se le ocurrían apreciaciones muy juiciosas;
y el profesor y los alumnos se pasmaban de que _Rubinius vulgaris_ se
hubiera despabilado como por ensalmo. Al propio tiempo hallaba vivo
placer en ciertas lecturas extrañas a la Farmacia, y que antes le
cautivaban poco. Algunos de sus compañeros solían llevar al aula, para
leer a escondidas, obras literarias de las más famosas. Rubín no fue
nunca aficionado a introducir de contrabando en clase, entre las páginas
de la _Farmacia químico-orgánica_, el _Werther_ de Goëthe o los dramas
de Shakespeare. Pero después de aquella sacudida que el amor le dio,
entrole tal gusto por las grandes creaciones literarias, que se
embebecía leyéndolas. Devoró el _Fausto_ y los poemas de Heine, con la
particularidad de que la lengua francesa, que antes le estorbaba, se le
hizo pronto fácil. En fin, que mi hombre había pasado una gran crisis.
El cataclismo amoroso varió su configuración interna. Considerábase como
si hubiera estado durmiendo hasta el momento en que su destino le puso
delante la mujer aquella y el problema de la redención.

«Cuando yo era tonto--decía sin ocultarse a sí mismo el desprecio con
que se miraba en aquella época que bien podría llamarse antediluviana--,
cuando yo era tonto, éralo por carecer de un objeto en la vida. Porque
eso son los tontos, personas que no tienen misión alguna».

Fortunata no tenía criada. Decía que ella se bastaba y se sobraba para
todos los quehaceres de casa tan reducida. Muchas tardes, mientras
estaba en la cocina, Maximiliano estudiaba sus lecciones, tendido en el
sofá de la sala. Si no fuera porque el espectro de la hucha se le solía
aparecer de vez en cuando anunciándole el acabamiento del dinero
extraído de ella, ¡cuán feliz habría sido el pobre chico! A pesar de
esto, la dicha le embargaba. Entrábale una embriaguez de amor que le
hacía ver todas las cosas teñidas de optimismo. No había dificultades,
no había peligros ni tropiezos. El dinero ya vendría de alguna parte.
Fortunata era buena, y bien claros estaban ya sus propósitos de
decencia. Todo iba a pedir de boca, y lo que faltaba era concluir la
carrera y... Al llegar aquí, un pensamiento que desde el principio de
aquellos amores tenía muy guardadito, porque no quería manifestarlo sino
en sazón oportuna, se le vino a los labios. No pudo retener más tiempo
aquel secreto que se le salía con empuje, y si no lo decía reventaba,
sí, reventaba; porque aquel pensamiento era todo su amor, todo su
espíritu, la expresión de todo lo nuevo y sublime que en él había, y no
se puede encerrar cosa tan grande en la estrechez de la discreción.
Entró la pecadora en la sala, que hacía también las veces de comedor, a
poner la mesa, operación en extremo sencilla y que quedaba hecha en
cinco minutos. Maximiliano se abalanzó a su querida con aquella especie
de vértigo de respeto que le entraba en ocasiones, y besándole
castamente un brazo que medio desnudo traía, cogiéndole después la mano
basta y estrechándola contra su corazón, le dijo:

«Fortunata, yo me caso contigo».

Ella se echó a reír con incredulidad; pero Rubín repitió el _me caso
contigo_ tan solemnemente, que Fortunata lo empezó a creer. «Hace
tiempo--añadió él--, que lo había pensado... Lo pensé cuando te conocí,
hace un mes... Pero me pareció bien no decirte nada hasta no tratarte un
poco... O me caso contigo o me muero. Este es el dilema».

--_Tie_ gracia... ¿Y qué quiere decir _dilema_?

--Pues esto: que o me caso o me muero. Has de ser mía ante Dios y los
hombres. ¿No quieres ser honrada? Pues con el deseo de serlo y un
nombre, ya está hecha la honradez. Me he propuesto hacer de ti una
persona decente y lo serás, lo serás si tú quieres...

Inclinose para coger los libros que se habían caído al suelo. Fortunata
salió para traer lo que en la mesa faltaba, y al entrar le dijo:

--Esas cosas se calculan bien... no por mí, sino por ti.

--¡Ah!, ya lo tengo pensado; pero muy bien pensado... ¿Y a ti, te había
ocurrido esto?

--No... no me pasaba por la imaginación. Tu familia ha de hacer la
contra.

--Pronto seré mayor de edad--afirmó Rubín con brío--. Opóngase o no, lo
mismo me da...

Fortunata se sentó a su lado, dejando la mesa a medio poner y la comida
a punto de quemarse. Maximiliano le dio muchos abrazos y besos, y ella
estaba como aturdida... poco risueña en verdad, esparciendo miradas de
un lado para otro. La generosidad de su amigo no le era indiferente, y
contestó a los apretones de manos con otros no tan fuertes, y a las
caricias de amor con otras de amistad. Levantose para volver a la
cocina, y en ella su pensamiento se balanceó en aquella idea del
casorio, mientras maquinalmente echaba la sopa en la sopera... «¡Casarme
yo!... _¡pa chasco...!_, ¡y con este encanijado...! ¡Vivir siempre,
siempre con él, todos los días... de día y de noche!... ¡Pero calcula
tú, mujer... ser honrada, ser casada, señora de Tal... persona
decente...!».



--v--


Maximiliano solía contar algunos particulares de la familia de Rubín,
por lo cual tenía ella noticias de doña Lupe, de Juan Pablo y del cura.
Con los detalles que el joven iba dando de sus parientes, ya Fortunata
les conocía como si les hubiera tratado. Aquella noche, excitado por el
entusiasmo que le produjo la resolución de casamiento, se dejó decir,
tocante a su tía, algo que era quizá indiscreto. Doña Lupe prestaba
dinero, por mediación de un tal Torquemada, a militares, empleados y a
todo el que cayese. Hablando con completa sinceridad, Maximiliano no
_era partidario_ de aquella manera de constituirse una renta; pero él
¿qué tenía que ver con los actos de su señora tía? Esta le amaba mucho y
probablemente le haría su heredero. Tenía una papelera antigua, negra y
muy grande, de hierro, frente a su cama, donde guardaba el dinero y los
pagarés de los préstamos. Gastaba lo preciso y de mes en mes su fortuna
aumentaba, sabe Dios cuánto. Debía de ser muy rica, pero muy rica,
porque él veía que Torquemada le llevaba _resmas_ de billetes. En cuanto
a su hermano Juan Pablo, ya se sabía a ciencia cierta que estaba con los
carlistas, y si estos triunfaban, ocuparía una posición muy alta. Su
hermano Nicolás había de parar en canónigo, y quién sabe, quién sabe si
en obispo... En fin, que por todos lados se ofrecía a la joven pareja
horizontes sonrosados. En estas y otras conversaciones se pasaron la
primera noche, hasta que se retiró Maximiliano a su casa, quedándose
Fortunata tan pensativa y preocupada que se durmió muy tarde y pasó la
noche intranquila.

El amante también estaba poco dispuesto al sueño; mas era porque el
entusiasmo le hacía cosquillas en el epigastrio, atravesándole un bulto
en el vértice de los pulmones, con lo que le pesaba el respirar, y
además poníale candelas encendidas en el cerebro. Por más que él soplaba
para apagarlas y poder dormirse, no lo podía conseguir. Su tía estaba
con él un poco seria. Sin duda sospechaba algo, y como persona de mucho
pesquis, no se tragaba ya aquellas bolas del estudiar fuera de casa y de
los amigos enfermos a quienes era preciso velar. A los dos días de aquel
en que el exaltado mozo se arrancó a prometer su mano, doña Lupe tuvo
con él una grave conferencia. El semblante de la señora no revelaba tan
sólo recelo, sino profunda pena, y cuando llamó a su sobrino para
encerrarse con él en el gabinete, este sintió desvanecerse su valor.
Quitose la señora el manto y lo puso sobre la cómoda bien doblado.
Después de clavar en él los alfileres, mirando a su sobrino de un modo
que le hizo estremecer, le dijo: «Tengo que hablarte _detenidamente_».
Siempre que su tía empleaba el _detenidamente_, era para echarle un
réspice.

«¿Tienes hoy jaqueca?» le preguntó después doña Lupe.

Maximiliano estaba muy bien de la cabeza; pero para colocarse en buena
situación, dijo que sentía principios de jaqueca. Así doña Lupe tendría
compasión de él. Dejose caer en un sillón y se comprimió la frente.

«Pues se trata de una mala noticia--aseveró la viuda de Jáuregui--,
quiero decir, mala, precisamente mala no... aunque tampoco es buena».

Rubín, sin comprender a qué podía referirse su tía, barruntó que nada
tenía que ver aquello con sus amores clandestinos, y respiró. La
opresión del epigastrio se le hizo más ligera, y se acabó de
tranquilizar al oír esto:

«La noticia no ha de afectarte mucho. ¿Para qué tanto rodeo? Tu tía doña
Melitona Llorente ha pasado a mejor vida. Mira la carta en que me lo
dice el señor cura de Molina de Aragón. Murió como una santa, recibió
todos los Sacramentos y dejó treinta mil reales para misas».

Maximiliano conocía muy poco a su tía materna. La había visto sólo dos o
tres veces siendo muy niño, y no vivía en su imaginación sino por las
rosquillas y el arrope que mandaba de regalo todos los años en vida de
D. Nicolás Rubín. La noticia del fallecimiento de esta buena señora le
afectó poco.

«Todo sea por Dios» murmuró por decir algo.

Doña Lupe se volvió de espaldas para abrir el cajón de la cómoda y en
esta postura le dijo:

«Tú y tus hermanos heredáis a Melitona, que por mis cuentas debía tener
un capitalito sano de veinte o veinticinco mil duros».

Maximiliano no oyó bien por estar su tía de espaldas, y aquello le
interesaba tanto que se levantó, puso un codo sobre la cómoda y allí se
hizo repetir el concepto para enterarse bien.

«Esas son mis cuentas--agregó doña Lupe--; pero ya ves que en los
pueblos no se sabe lo que se tiene y lo que no se tiene. Probablemente
la difunta emplearía algún dinero en préstamos, que es como tirarlo al
viento. Se cobra tarde y mal, cuando se cobra. De modo que no os hagáis
muchas ilusiones. Cuando Juan Pablo venga a Madrid irá a Molina de
Aragón a enterarse del testamento y recoger lo que es vuestro».

--Pues que vaya inmediatamente--dijo Maximiliano dando una palmada sobre
la cómoda--; pero aquello de llegar y en la misma estación coger el
billete y zas... al tren otra vez.

--Hombre, no tanto. Tu hermano está en Bayona. Lo mejor es que se pase
por Molina antes de venir a Madrid. Le escribiré hoy mismo. Sosiégate;
tú eres así, o la apatía andando o la pura pólvora... Eso es ahora, que
antes, para mover un pie le pedías licencia al otro. Te has vuelto muy
atropellado.

Le miró de un modo tan indagador, que al pobre chico se le volvieron a
abatir los ánimos. Era hombre de carácter siempre que su tía no le
clavase la flecha de sus ojuelos pardos y sagaces, y viose tan perdido
que se apresuró a variar la conversación, preguntando a su tía cuántos
años tenía doña Melitona. Estuvo la señora de Jáuregui un ratito
haciendo cuentas, estirado el labio inferior, la cabeza oscilando como
un péndulo y los ojos vueltos al techo, hasta que salió una cifra, de la
cual Maximiliano no se hizo cargo. Volvió después doña Lupe a tomar en
boca la metamorfosis de su sobrino, deslizando algunas bromitas, que a
este le supieron a cuerno quemado. «Ya se ve, con esos estudios que
haces ahora en casa de los amigos, te habrás vuelto un pozo de
ciencia... A mí no me vengas con fábulas. Tú te pasas el día y la mitad
de la noche en alguna conspiración... porque por el lado de las mujeres
no temo nada, francamente. Ni a ti te gusta eso, ni puedes aunque te
gustara...».

Aquel _ni puedes_ incomodaba tanto al joven y le parecía tan humillante,
que a punto estuvo de dar a su tía un mentís como una casa. Pero no pasó
de aquí, pues doña Lupe tuvo que ocuparse de cosas más graves que
averiguar si su sobrino podía o no podía. Papitos fue quien le salvó
aquel día, atrayendo a sí toda la atención del ama de la casa. Porque la
mona aquella tenía días. Algunos lo hacía todo tan bien y con tanta
diligencia y aseo, que doña Lupe decía que era una perla. Pero otros no
se la podía aguantar. Aquel día empezó de los buenos y concluyó siendo
de los peores. Por la mañana había cumplido admirablemente; estuvo muy
suelta de lengua y de manos, haciendo garatusas y dando brincos en
cuanto la señora le quitaba la vista de encima. Semejante fiebre era
señal de próximos trastornos. En efecto, por la tarde dividió en dos la
tapa de una sopera, y desde entonces todo fue un puro desastre. Cuando
se enfurruñaba creeríase que hacía las cosas mal adrede. Le mandaban
esto y se salía con lo otro. No se pueden contar las faltas que cometió
en una hora. Bien decía doña Lupe que tenía los demonios metidos en el
cuerpo y que era mala, pero mala de veras, una sinvergüenza, una mal
criada y una calamidad... _en toda la extensión de la palabra_. Y
mientras más repelones le daban, peor que peor. Pasó tanta agua del
puchero del agua caliente al puchero de la verdura, que esta quedó
encharcada. Los garbanzos se quemaron, y cuando fueron a comerlos
amargaban como demonios. La sopa no había cristiano que la pasara de
tanta sal como le echó aquella condenada. Luego era una insolente,
porque en vez de reconocer sus torpezas decía que la señora tenía la
culpa, y que ella, la muy piojosa, no estaría allí ni un día más porque
_misté... en cualsiquiera parte la tratarían mejor_.

Doña Lupe discutía con ella violentamente, argumentando con crueles
pellizcos, y añadiendo que estaba autorizada por la madre para
descuartizarla si preciso era. A lo que Papitos contestaba echando
lumbre por los ojos: «¡Ay, hija, no me descuartice usted tanto!». Este
solía ser el periodo culminante de la disputa, que concluía dándole la
señora a su sirviente una gran bofetada y rompiendo la otra a llorar...
Los disparates seguían, y al servir la mesa ponía los platos sobre ella
sin considerar que no eran de hierro. Doña Lupe la amenazaba con
mandarla a la _galera_ o con llamar una pareja, con escabecharla y
ponerla en salmuera, y poco a poco se iba aplacando la fierecilla hasta
que se quedaba como un guante.



--vi--


Maximiliano, gozoso de ver que su tía con aquel gran alboroto, no se
ocupaba de él, poníase de parte de la autoridad y en contra de Papitos.
Sí, sí; era muy mala, muy descarada, y había que atarla corto. Azuzaba
la cólera de doña Lupe para que esta no se revolviese contra él
hablándole de su cambio de costumbres y de lo que hacía fuera de casa.

Doña Lupe fue aquella noche a casa de las de la Caña, y se estuvo allá
las horas muertas. Maximiliano entró a las once. Había dejado a
Fortunata acostada y casi dormida, y se retiró decidido a afrontar las
chafalditas de su tía y a explicarse con ella. Porque después del caso
de la herencia, ya no podía dudar de que la Providencia le favorecía,
abriéndole camino. Nunca había sido él muy religioso; pero aquella noche
parecíale desacato y aun ingratitud no consagrar a la divinidad un
pensamiento, ya que no una oración. Estaba como un demente. Por el
camino miraba a las estrellas y las encontraba más hermosas que nunca, y
muy mironas y habladoras. A Fortunata, sin mentarle la herencia por
respeto a la difunta, le dijo algo de sus fincas de Molina de Aragón, y
de que si el dinero en hipotecas era el mejor dinero del mundo. A veces
su imaginación agrandaba las cifras de la herencia, añadiéndole ceros,
«porque esa gente de los pueblos no gasta un cuarto, y no hace más que
acumular, acumular...».

Los faroles de la calle le parecían astros, los transeúntes excelentes
personas, movidas de los mejores deseos y de sentimientos nobilísimos.
Entró en su casa resuelto a espontanearse con su tía... «¿Me
atreveré?--pensaba--. Si me atreviera... ¿Y qué hay de malo en esto? En
último caso, ¿qué puede hacer mi tía? ¿Acaso me va a comer? Si me niega
el derecho de casarme con quien me dé la gana, ya le diré yo cuántas son
cinco. No se conoce el genio de las personas hasta que no llega la
ocasión de mostrarlo». A pesar de estas disposiciones belicosas, cuando
Papitos le dijo que la señora no había vuelto todavía, quitósele de
encima un gran peso, porque en verdad la revelación del secreto y el
cisco que había de seguirle eran para acoquinar al más pintado. No le
arredraba el miedo de ser vencido, porque su amor y su misión le darían
seguramente coraje; pero convenía proceder con tacto y diplomacia,
pensar bien lo que iba a decir para no ofender a su tía, y, si era
posible, ponerla de su parte en aquel tremendo pleito.

Se fue a la cocina detrás de Papitos, siguiendo una costumbre antigua de
hacer tertulia y de entretenerse en pláticas sabrosas cuando se
encontraban solos. Un año antes, la criadita y el estudiante se pasaban
las horas muertas en la cocina, contándose cuentos o proponiéndose
acertijos. En estos era fuerte la chiquilla. Sus carcajadas se oían
desde la calle cuando repetía la adivinanza, sin que el otro la pudiera
acertar. Maximiliano se rascaba la cabeza, aguzando su entendimiento;
pero la solución no salía. Papitos le llamaba zote, bruto y otras cosas
peores sin que él se ofendiera. Tomaba su revancha en los cuentos, pues
sabía muchos, y ella los escuchaba con embeleso, abierta la boca de par
en par y los ojos clavados en el narrador. Aquella noche estaba Papitos
de muy mal temple por la soba que se había llevado, y le tenía mucha
tirria al señorito porque no se puso de su parte en la contienda, como
otras veces. «Feo, tonto--le dijo aguzando la jeta cuando le vio
sentarse en la mesilla de pino de la cocina--. Acusón, patoso... memo en
polvo».

Maximiliano buscaba una fórmula para pedirle perdón sin menoscabo de su
dignidad de señorito. Sentíase con impulsos de protección hacia ella.
Verdad que habían jugado juntos; que el año anterior, a pesar de la
diferencia de edades, eran tan niños el uno como el otro, y se
entretenían en enredos inocentes. Pero ya las cosas habían cambiado. Él
era hombre, ¡y qué hombre!, y Papitos una chiquilla retozona sin pizca
de juicio. Pero tenía buena índole, y cuando sentara la cabeza y diera
un estirón sería una criada inapreciable. La chiquilla, después que le
dijo todas aquellas injurias, se puso a repasar una media, en la cual
tenía metida la mano izquierda como en un guante. Sobre la mesa estaba
su estuche de costura, que era una caja de tabacos. Dentro de ella había
carretes, cintajos, un canuto de agujas muy roñoso, un pedazo de cera
blanca, botones y otras cosas pertinentes al arte de la costura. La
cartilla en que Papitos aprendía a leer estaba también allí, con las
hojas sucias y reviradas. El quinqué de la cocina con el tubo ahumado y
sin pantalla, iluminaba la cara gitanesca de la criada, dándole un tono
de bronce rojizo, y la cara pálida y serosa del señorito con sus ojeras
violadas y sus granulaciones alrededor de los labios.

«¿Quieres que te tome la lección?» dijo Rubín cogiendo la cartilla.

--Ni falta... canijo, espátula, _paice_ un garabito... No quiero que me
tome _lición_--replicó la chica remedándole la voz y el tono.

--No seas salvaje... Es preciso que aprendas a leer, para que seas mujer
completa--dijo Rubín esforzándose en parecer juicioso--. Hoy has estado
un poco salida de madre, pero ya eso pasó. Teniendo juicio, se te mirará
siempre como de la familia.

--_¡Mia este!_... Me zampo yo a la familia...--chilló la otra
remedándole y haciendo las morisquetas diabólicas de siempre.

--No te abandonaremos nunca--manifestó el joven henchido de deseos de
protección--. ¿Sabes lo que te digo?... Para que lo sepas, chica, para
que lo sepas, ten entendido que cuando yo me case... cuando yo me case,
te llevaré conmigo para que seas la doncella de mi señora.

Al soltar la carcajada se tendió Papitos para atrás con tanta fuerza,
que el respaldo de la silla crujió como si se rompiera.

--¡Casarse él, _vusté_!... memo, más que memo, ¡casarse!--exclamó--. Si
la señorita dice que _vusté_ no se puede casar... Sí, se lo decía a
doña Silvia la otra noche.

La indignación que sintió Maximiliano al oír este concepto fue tan viva,
que de manifestarse en hechos habría ocurrido una catástrofe. Porque tal
ultraje no podía contestarse sino agarrando a Papitos por el pescuezo y
estrangulándola. El inconveniente de esto consistía en que Papitos tenía
mucha más fuerza que él.

--Eres lo más animal y lo más grosero...--balbució Rubín--, que he visto
en mi vida. Si no te curas de esas tonterías, nunca serás nada.

Papitos alargó el brazo izquierdo en que tenía la media, y asomando sus
dedos por los agujeros, le cogió la nariz al señorito y le tiró de ella.

--¡Que te estés quieta!... ¡vaya!... Tú no te has llevado nunca una
solfa buena, y soy yo quien te la va a dar... ¿Y por qué son esas risas
estúpidas?... ¿Porque he dicho que me caso? Pues sí señor, me caso
porque me da la gana.

Tiempo hacía que Maximiliano deseaba hablar de aquella manera con
alguien, y manifestar su pensamiento libre y sin turbación. La
confidencia que tan difícil era con otra persona, resultaba fácil con la
cocinerita, y el hombre se creció después de dichas las primeras
palabras.

«Tú eres una inocente--le dijo poniéndole la mano en el hombro--, tú no
conoces el mundo, ni sabes lo que es una pasión verdadera».

Al llegar a este punto, Papitos no entendió ni jota de lo que su
señorito le decía... Era un lenguaje nuevo, como eran nuevas la
expresión de él y la cara seria que puso. No ponía aquella cara cuando
contaba los cuentos.

«Porque verás tú--continuó Rubín, expresándose con alma--; el amor es la
ley de las leyes, el amor gobierna el mundo. Si yo encuentro la mujer
que me gusta, que es la mitad, si no la totalidad de mi vida, una mujer
que me transforme, inspirándome acciones nobles y dándome cualidades que
antes no tenía, ¿por qué no me he de casar con ella? A ver, que me lo
digan; que me den una razón, media razón siquiera... Porque tú no me has
de salir con argumentos tontos; tú no has de participar de esas
preocupaciones por las cuales...».

Al llegar aquí, el orador se embarulló algo, y no ciertamente por miedo
a la dialéctica de su contrario. Papitos, después de asombrarse mucho de
la solemnidad con que el señorito hablaba y de las cosas incomprensibles
que le decía, empezó a aburrirse. Siguió Maximiliano descargando su
corazón, que otra coyuntura de desahogo como aquella no se le volvería a
presentar, y por fin la niña estiró el brazo izquierdo sobre la mesa, y
como estaba tan fatigada del ajetreo de aquel día y de los coscorrones,
hizo del brazo almohada y reclinó su cabeza en ella. En aquel momento,
Maximiliano, exaltado por su propia elocuencia, se dejó decir: «La única
razón que me dan es que si ha sido o no ha sido esto o lo otro. Respondo
que es falso, falsísimo. Si hay en su existencia días vergonzosos, y no
diré tanto como vergonzosos, días borrascosos, días desventurados, ha
sido por ley de la necesidad y de la pobreza, no por vicio... Los
hombres, los señoritos, esa raza de Caín, corrompida y miserable, tienen
la culpa... Lo digo y lo repito. La responsabilidad de que tanta mujer
se pierda recae sobre el hombre. Si se castigara a los seductores y a
los petimetres... la sociedad...».

Papitos dormía como un ángel, apoyada la mejilla sobre el brazo tieso, y
conservando en la mano de él la media, por cuyos agujeros asomaban los
dedos. Dormía con plácido reposo, la cara seria, como si aprobase
inconscientemente las perrerías que el otro decía de los seductores, y
aprovechara la lección para cuando le tocara. El propio calor de sus
palabras llevó a Maximiliano a una exaltación que parecía insana. No
podía estar quieto ni callado. Levantose y fue por los pasillos
adelante, hablando solo en baja voz o haciendo gestos. El pasillo estaba
oscuro; pero él conocía tan bien todos los rincones, que andaba por
ellos sin vacilación ni tropiezo. Entró en la sala que también estaba a
oscuras, penetró en el gabinete de su tía, que a la misma boca de lobo
se igualara en lo tenebroso, y allí se le redobló la facundia, y la
energía de sus declamaciones rayaba en frenesí. Apoyando las cláusulas
con enfático gesto, se le ocurrían frases de admirable efecto
contundente, frases capaces de tirar de espaldas a todos los individuos
de la familia si las oyeran. ¡Qué lástima que no estuviera allí su
tía...! Como si la estuviera viendo, le soltó estas atrevidas
expresiones: «Y para que lo sepa usted de una vez, yo no cedo ni puedo
ceder, porque sigo en esto el impulso de mi conciencia, y contra la
conciencia no valen pamplinas, ni ese cúmulo, ese cúmulo, sí señora,
de... preocupaciones rancias que usted me opone. Yo me caso, me caso, y
me caso, porque soy dueño de mis actos, porque soy mayor de edad, porque
me lo dicta mi conciencia, porque me lo manda Dios; y si usted lo
aprueba, ella y yo le abriremos nuestros amantes brazos y será usted
nuestra madre, nuestra consejera, nuestra guía...».

Vamos, que sentía de veras no estuviese delante de él en el sillón de
hule la propia viuda de Jáuregui en imagen corpórea, porque de fijo le
diría lo mismo que estaba diciendo ante su imagen figurada y supuesta.
Después salió otra vez al pasillo, donde continuó la perorata,
paseándose de un extremo a otro, y gesticulando a favor de la oscuridad.
La soledad, el silencio de la noche y la poca luz favorecen a los
tímidos para su comedia de osados y lenguaraces, teniéndose a sí mismos
por público y envalentonándose con su fácil éxito. Maximiliano hablaba
quedito; sus fuertes manotadas no correspondían al diapasón bajo de las
palabras, cuya vehemencia sofocada las hacía parecer como un ensayo.

Cuando doña Lupe llamó a la puerta, su sobrino le abrió, y pasmose ella
de que estuviera en pie todavía. «¡Qué despabilado está el tiempo!» dijo
la señora con cierto retintín, que hizo estremecer al joven, limpiando
súbitamente su espíritu de toda idea de independencia, como se limpia de
sombras un farol cuando aparece dentro de él la llama del gas. Al oír la
campanilla, acudió la chica dando traspiés y restregándose los ojos.
Doña Lupe no dijo más que: «a la cama todo Cristo». Era muy tarde y
Papitos tenía que madrugar. El sobrino y la cocinerita entraron sin
hacer ruido en sus respectivas madrigueras, como los conejos cuando oyen
los pasos del cazador.



--vii--


La declaración de Maximiliano había puesto a Fortunata en perplejidad
grande y penosa. Aquella noche y las siguientes durmió mal por la viveza
del pensar y las contradictorias ideas que se le ocurrían. Después de
acostada tuvo que levantarse y se arrojó, liada en una manta, en el
sofá de la sala; pero no se quedaban las cavilaciones entre las sábanas,
sino que iban con ella a donde quiera que iba. La primera noche
dominaron al fin, tras largo debate, las ideas afirmativas. «¡Casarme
yo, y casarme con un hombre de bien, con _una persona decente_...!». Era
lo más que podía desear... ¡Tener un nombre, no tratar más con gentuza,
sino con caballeros y señoras! Maximiliano era un bienaventurado, y
seguramente la haría feliz. Esto pensaba por la mañana, después de
lavarse y encender la lumbre, cuando cogía la cesta para ir a la compra.
Púsose el manto y el pañuelo por la cabeza, y bajó a la calle. Lo mismo
fue poner el pie en la vía pública que sus ideas variaron.

«¡Pero vivir siempre con este chico... tan feo como es! Me da por el
hombro, y yo le levanto como una pluma. Un marido que tiene menor fuerza
que la mujer no es, no puede ser marido. El pobrecillo es un bendito de
Dios; pero no le podré querer aunque viva con él mil años. Esto será
ingratitud, pero ¿qué le vamos a hacer?, no lo puedo remediar...».

Tan distraída estaba, que el carnicero le preguntó tres veces lo que
quería sin obtener respuesta. Por fin se enteró. «Hoy no llevo más que
media libra de falda para el cocido y una chuletita de lomo. Señor Paco,
pésemelo bien».

--Tome usted, simpatía, y mande.

También compró dos onzas de tocino; luego una brecolera en el puesto de
verduras de la carnicería, y en la tienda de la esquina, arroz, cuatro
huevos y una lata de pimientos morrones. Al volver a su casa, revisó la
lumbre y se puso a limpiar y a barrer. Mientras quitaba el polvo a los
muebles, volvió al tema: «No se encuentra todos los días un hombre que
quiera echarse encima una carga como esta».

Hizo la cama y después empezó a peinarse. Al ver en el espejo su linda
cara pálida, diole por emplear argumentos comparativos: «Porque ¡María
_Santisma_!, si Maximiliano apostaba a feo, no había quien le ganara...
¡Y qué mal huelen las boticas! Debió de haber seguido otra carrera...
Dios me favorezca... Si tuviera algún hijo me acompañaría con él;
pero... ¡quia!...».

Después de esta reticencia, que por lo terminante parecía hija de una
convicción profunda, siguió contemplando y admirando su belleza. Estaba
orgullosa de sus ojos negros, tan bonitos que, según dictamen de ella
misma, _le daban la puñalada al Espiritui Santo_. La tez era una
preciosidad por su pureza mate y su transparencia y tono de marfil
recién labrado; la boca, un poco grande, pero fresca y tan mona en la
risa como en el enojo... ¡Y luego unos dientes! «Tengo los
dientes--decía ella mostrándoselos--, como pedacitos de leche cuajada».

La nariz era perfecta. «Narices como la mía, pocas se ven»... Y por fin,
componiéndose la cabellera negra y abundante como los malos
pensamientos, decía: «¡Vaya un pelito que me ha dado Dios!». Cuando
estaba concluyendo, se le vino a las mientes una observación, que no
hacía entonces por primera vez. Hacíala todos los días, y era esta:
«¡Cuánto más guapa estoy ahora que... antes! He ganado mucho».

Y después se puso muy triste. Los pedacitos de leche cuajada
desaparecieron bajo los labios fruncidos, y se le armó en el entrecejo
como una densa nube. El rayo que por dentro pasaba decía así: «¡Si me
viera ahora...!». Bajo el peso de esta consideración estuvo un largo
rato quieta y muda, la vista independiente a fuerza de estar fija.
Despertó al fin de aquello que parecía letargo, y volviendo a mirarse,
animose con la reflexión de su buen palmito en el espejo. «Digan lo que
quieran, lo mejor que tengo es el entrecejo... Hasta cuando me enfado es
bonito... ¿A ver cómo me pongo cuando me enfado? Así, así... ¡Ah,
llaman!».

El campanillazo de la puerta la obligó a dejar el tocador. Salió a abrir
con la peineta en una mano y la toalla por los hombros. Era el redentor,
que entró muy contento y le dijo que acabara de peinarse. Como faltaba
tan poco, pronto quedó todo hecho. Maximiliano la elogió por su
resolución de no tomar peinadoras.

¿Por qué las mujeres no se han de peinar solas? La que no sabe que
aprenda. Eso mismo decía Fortunata. El pobre chico no dejaba de expresar
su admiración por el buen arreglo y economía de su futura, haciendo por
sus propias manos la tarea que desempeñan mal esas bergantas ladronas
que llaman criadas de servir. Fortunata aseguraba que aquella costumbre
suya no tenía mérito porque el trabajo le gustaba. «Eres una
alhajita--le decía su amante con orgullo--. En cuanto a las peinadoras,
todas son unas grandes alcahuetas, y en la casa donde entran no puede
haber paz».

Más adelante tomarían alguna criada, porque no convenía tampoco que ella
se matase a trabajar. Estarían seguramente en buena posición, y puede
que algunos días tuvieran convidados a su mesa. La servidumbre es
necesaria, y llegaría un día seguramente en que no se podrían pasar sin
una niñera. Al oír esto, por poco suelta la risa Fortunata; pero se
contuvo, concretándose a decir en su interior: «¡Para qué querrá niñeras
este desventurado...!».

A renglón seguido, sacó el joven a relucir el tema del casorio, y dijo
tales cosas que Fortunata no pudo menos de rendir el espíritu a tanta
generosidad y nobleza de alma. «Tu comportamiento decidirá de su
suerte--afirmó él--, y como tu comportamiento ha de ser bueno, porque tu
alma tiene todos los resortes del bien, estamos al cabo de la calle. Yo
pongo sobre tu cabeza la corona de mujer honrada; tú harás porque no se
te caiga y por llevarla dignamente. Lo pasado, pasado está, y el
arrepentimiento no deja ni rastro de mancha, pero ni rastro. Lo que diga
el mundo no nos importe. ¿Qué es el mundo? Fíjate bien y verás que no es
nada, cuando no es la conciencia».

A Fortunata se le humedecieron los ojos, porque era muy accesible a la
emoción, y siempre que se le hablaba con solemnidad y con un sentido
generoso, se conmovía aunque no entendiera bien ciertos conceptos. La
enternecían el tono, el estilo y la expresión de los ojos. Creyó
entonces caso de conciencia hacer una observación a su amigo.

«Piensa bien lo que haces--le dijo--, y no comprometas por mí tu...».

Quería decir dignidad; pero no dio con la palabra por el poco uso que en
su vida había hecho de vocablos de esta naturaleza. Pero se dio sus
mañas para expresar toscamente la idea, diciendo: «Calcula que los que
me conozcan te van a llamar _el marido de la Fortunata_, en vez de
llamarte por tu nombre de pila. Yo te agradezco mucho lo que haces por
mí; pero como te estimo no quiero verte con...».

Quería decir con un estigma en la frente; pero ni conocía la palabra ni
aunque la conociera la habría podido decir correctamente. «No quiero
que te tomen el pelo por mí», fue lo que dijo, y se quedó tan fresca,
esperando convencerle. Pero Maximiliano, fuerte en su idea y en su
conciencia, como dentro de un doble baluarte inexpugnable, se echó a
reír. Semejantes argumentos eran para él como sería para los poseedores
de Gibraltar ver que les quisiera asaltar un enemigo armado con una
caña. ¡Valiente caso hacía él de las estupideces del vulgo!... Cuando su
conciencia le decía: «mira, hijo, este es el camino del bien; vete por
él», ya podía venir todo el género humano a detenerle; ya podían
apuntarle con un cañón rayado. Porque él iba sacando un carácter de que
aún no se había enterado la gente, un carácter de acero, y todo lo que
se decía de su timidez era conversación. «Que tú seas buena, honrada y
leal es lo que importa: lo demás corre de mi cuenta, déjame a mí, tú
déjame a mí».

Poco después almorzaba Fortunata, y Maximiliano estudiaba, cambiando de
vez en cuando algunas palabras. Toda aquella tarde dominaron en el
espíritu de la joven las ideas optimistas, porque él se dejó decir algo
de su herencia, de tierras e hipotecas en Molina de Aragón, asegurando
que _sus viñas podían darle tanto más cuanto_. Por la noche avisaron
para que les trajeran café, y vino el mozo de _la Paz_ con él. Olmedo y
Feliciana entraron de tertulia. Estaban de monos y apenas se hablaban,
señal inequívoca de pelotera doméstica. Y es que si los estados más
sólidos se quebrantan cuando la hacienda no marcha con perfecta
regularidad, aquella casa, hogar, familia o lo que fuera, no podía menos
de resentirse de las anomalías de un presupuesto cuyo carácter
permanente era el déficit. Feliciana tenía ya pignorado lo mejorcito de
su ropa, y Olmedo había perdido el crédito de una manera absoluta. Por
la falta de crédito se pierden las repúblicas lo mismo que las
monarquías. Y no se hacía ya ilusiones el bueno de Olmedo acerca de la
catástrofe próxima. Sus amigos, que le conocían bien, descubrían en él
menos entereza para desempeñar el papel de libertino, y a menudo se le
clareaba la buena índole al través de la máscara. A Maximiliano le
contaron que habían sorprendido a Olmedo en el Retiro estudiando a
hurtadillas. Cuando le vieron sus amigos, escondió los libros entre el
follaje, porque le sabía mal que le descubrieran aquella flaqueza. Daba
mucha importancia a la consecuencia en los actos humanos, y tenía por
deshonra el soltar de improviso la casaca e insignias de perdulario.
¿Qué diría la gente, qué los amigos, qué los mocosos, más jóvenes que
él, que le tomaban por modelo? Hallábase en la situación de uno de esos
chiquillos que para darse aires de hombres encienden un cigarro muy
fuerte y se lo empiezan a fumar y se marean con él; pero tratan de
dominar las náuseas para que no se diga que se han emborrachado. Olmedo
no podía aguantar más la horrible desazón, el asco y el vértigo que
sentía; pero continuaba con el cigarro en la boca haciendo que tiraba de
él, pero sin chupar cosa mayor.

Feliciana, por su parte, había empezado a campar por sus respetos. Lo
dicho, la honradez y el amor eran cosas muy buenas; pero no daban de
comer. El calavera de oficio no se permitió aquella noche ninguna
barrabasada. Sólo al entrar, y cuando los cuatro se sentaron a tomar
café dijo con su habitual desenfado: «Narices, ya está reunido aquí
toíto el _Demi-Monde_». Fortunata y Feliciana no comprendieron; pero
Rubín se puso encarnado y se incomodó mucho; porque aplicar tales
vocablos a personas dispuestas a unirse en santo vínculo le parecía una
falta de respeto, una grosería y una cochinada, sí señor, una
cochinada... Mas se calló por no armar camorra ni quitar a la reunión
sus tonos de circunspección y formalidad. Acordose de que nada había
dicho a su amigo del casorio proyectado, siendo evidente que Olmedo
habló en términos tan _liberales_ por ignorancia. Determinó, pues,
revelarle su pensamiento en la primera ocasión, para que en lo sucesivo
midiera y pesara mejor sus palabras.



--viii--


Aquella noche fue también mala para Fortunata, pues se la pasó casi toda
cavilando, discurriendo sobre si _el otro_ se acordaría o no de ella.
Era muy particular que no le hubiese encontrado nunca en la calle. Y por
falta de mirar bien a todos lados no era ciertamente. ¿Estaría malo,
estaría fuera de Madrid? Más adelante, cuando supo que en Febrero y
Marzo había estado Juanito Santa Cruz enfermo de pulmonía, acordose de
que aquella noche lo había soñado ella. Y fue verdad que lo soñó a la
madrugada, cuando su caldeado cerebro se adormeció, cediendo a una como
borrachera de cavilaciones. Al despertar ya de día, el reposo profundo
aunque breve había vuelto del revés las imágenes y los pensamientos en
su mente. «A mi boticarito me atengo--dijo después que echó el Padre
Nuestro por las ánimas, de que no se olvidaba nunca--. Viviremos tan
apañaditos». Levantose, encendió su lumbre, bajó a la compra, y de
tienda en tienda pensaba que Maximiliano podía dar un estirón, echar más
pecho y más carnes, ser más hombre, en una palabra, y curarse de aquel
maldito romadizo crónico que le obligaba a estarse sonando
constantemente. De la bondad de su corazón no había nada que decir,
porque era un santo, y como se casara de verdad, su mujer había de
hacer de él lo que quisiera. Con cuatro palabritas de miel, ya estaba él
contento y achantado. Lo que importaba era no llevarle la contraria en
todo aquello de la conciencia y de las misiones... aquí un adjetivo que
Fortunata no recordaba. Era _sublimes_; pero lo mismo daba; ya se sabía
que era una cosa muy buena.

Aquel día la compra duró algo más, pues habiéndole anunciado Maximiliano
que almorzaría con ella, pensaba hacerle un plato que a entrambos les
gustaba mucho, y que era la especialidad culinaria de Fortunata, el
arroz con menudillos. Lo hacía tan ricamente, que era para chuparse los
dedos. Lástima que no fuera tiempo de alcachofas, porque las hubiera
traído para el arroz. Pero trajo un poco de cordero que le daba mucho
aquel. Compró chuletas de ternera, dos reales de menudillos y unas
sardinas escabechadas para segundo plato.

De vuelta a su casa armó los tres pucheros con el minucioso cuidado que
la cocina española exige, y empezó a hacer su arroz en la cacerola.
Aquel día no hubo en la cocina cacharro que no funcionara. Después de
freír la cebolla y de machacar el ajo y de picar el menudillo, cuando
ninguna cosa importante quedaba olvidada, lavose la pecadora las manos y
se fue a peinar, poniendo más cuidado en ello que otros días. Pasó el
tiempo; la cocina despedía múltiples y confundidos olores. ¡Dios, con
la faena que en ella había! Cuando llegó Rubín, a las doce, salió a
abrirle su amiga con semblante risueño. Ya estaba la mesa puesta, porque
la mujer aquella multiplicaba el tiempo, y como quisiera, todo lo hacia
con facilidad y prontitud. Dijo el enamorado que tenía mucha hambre, y
ella le recomendó una chispita de paciencia. Se le había olvidado una
cosa muy importante, el vino, y bajaría a buscarlo. Pero Maximiliano se
prestó a desempeñar aquel servicio doméstico, y bajó más pronto que la
vista.

Media hora después estaban sentados a la mesa en amor y compaña; pero en
aquel instante se vio Fortunata acometida bruscamente de unos
pensamientos tan extraños, que no sabía lo que le pasaba. Ella misma
comparó su alma en aquellos días a una veleta. Tan pronto marcaba para
un lado como para otro. De improviso, como si se levantara un fuerte
viento, la veleta daba la vuelta grande y ponía la punta donde antes
tenía la cola. De estos cambiazos había sentido ella muchos; pero
ninguno como el de aquel momento, el momento en que metió la cuchara
dentro del arroz para servir a su futuro esposo. No sabría ella decir
cómo fue ni cómo vino aquel sentimiento a su alma, ocupándola toda; no
supo más sino que le miró y sintió una antipatía tan horrible hacia el
pobre muchacho, que hubo de violentarse para disimularla.

Sin advertir nada, Maximiliano elogiaba el perfecto condimento del
arroz; pero ella se calló, echando para adentro, con las primeras
cucharadas, aquel fárrago amargo que se le quería salir del corazón. Muy
_para entre sí_, dijo: «Primero me hacen a mí en pedacitos como estos,
que casarme con semejante hombre... ¿Pero no le ven, no le ven que ni
siquiera parece un hombre?... Hasta huele mal... Yo no quiero decir lo
que me da cuando calculo que toda la vida voy a estar mirando delante de
mí esa nariz de rabadilla».

«Parece que estás triste, moñuca» le dijo Rubín, que solía darle este
cariñoso mote.

Contestó ella que el arroz no había quedado tan bien como deseara.
Cuando comían las chuletas, Maximiliano le dijo con cierta pedantería de
dómine: «Una de las cosas que tengo que enseñarte es a comer con tenedor
y cuchillo, no con tenedor sólo. Pero tiempo tengo de instruirte en esa
y en otras cosas más».

También le cargaba a ella tanta corrección. Deseaba hablar bien y ser
persona fina y decente; pero ¡cuánto más aprovechadas las lecciones si
el maestro fuera otro, sin aquella destiladera de nariz, sin aquella
cara deslucida y muerta, sin aquel cuerpo que no parecía de carne, sino
de cordilla!

Esta antipatía de Fortunata no estorbaba en ella la estimación, y con la
estimación mezclábase una lástima profunda de aquel desgraciado,
caballero del honor y de la virtud, tan superior moralmente a ella. El
aprecio que le tenía, la gratitud, y aquella conmiseración inexplicable,
porque no se compadece a los superiores, eran causa de que refrenase su
repugnancia. No era ella muy fuerte en disimular, y otro menos alucinado
que Rubín habría conocido que el lindísimo entrecejo ocultaba algo. Pero
veía las cosas por el lente de sus ideas propias, y para él todo era
como debía ser y no como era. Alegrose mucho Fortunata de que el
almuerzo concluyese, porque eso de estar sosteniendo una conversación
seria y oyendo advertencias y correcciones no la divertía mucho.
Gustábale más el trajín de recoger la loza y levantar la mesa, operación
en que puso la mano no bien tomaron el café. Y para estar más tiempo en
la cocina que en la sala, revisó los pucheros, y se puso a picar la
ensalada cuando aún no hacía falta. De rato en rato daba una vuelta por
la sala, donde Maximiliano se había puesto a estudiar. No le era fácil
aquel día fijar su atención en los libros. Estaba muy distraído, y cada
vez que su amiga entraba, toda la ciencia farmacéutica se desvanecía de
su mente. A pesar de esto quería que estuviese allí, y aun se enojó algo
por lo mucho que prolongaba los ratos de cocina. «Chica, no trabajes
tanto, que te vas a cansar. Trae tu labor y siéntate aquí».

«Es que si me pongo aquí no estudias, y lo que te conviene es estudiar
para que no pierdas el año--replicó ella--. ¡Pues si lo pierdes y tienes
que volverlo a estudiar...!».

Esta razón hizo efecto grande en el ánimo de Rubín. «No importa que
estés aquí. Con tal que no me hables, estudiaré. Viéndote, parece que
comprendo mejor las cosas, y que se me abren las compuertas del
entendimiento. Te pones aquí, tú a tu costura, yo a mis libros. Cuando
me siento muy torpe, ¡pim!, te miro y al momento me despabilo».

Fortunata se rió un poco, y ausentándose un instante, trajo la costura.

«¿Sabes?--le dijo Rubín, apenas ella se sentó--. Mi hermano Juan Pablo
se fue a Molina a arreglar eso de la herencia de la tía Melitona. Mi tía
Lupe le escribió y antes de venir a Madrid se plantó allá. Escribe
diciendo que no habrá grandes dificultades».

--¿De veras?, ¡vamos!... Más vale así.

--Como lo oyes. Aún no puedo decir lo que nos tocará a cada hermano. Lo
que sí te aseguro es que me alegro de esto por ti, exclusivamente por
ti. Luego te quejarás de la Providencia. Porque cuanto más aseguradas
están las materialidades de la vida, más segura es la conservación del
honor. La mitad de las deshonras que hay en la vida no son más que
pobreza, chica, pobreza. Créete que ha venido Dios a vernos, y si ahora
no nos portamos bien, merecemos que nos arrastren.

Fortunata hubiera dicho para sí: «¡Vaya un moralista que me ha salido!»
pero no tenía noticia de esta palabra, y lo que dijo fue: «Ya estoy de
_misionero_ hasta aquí», usando la palabra _misionero_ con un sentido
doble, a saber: el de predicador y el de agente de aquello que Rubín
llamaba _su misión_.



--ix--


Maximiliano comunicó a Olmedo sus planes de casamiento encargándole el
mayor sigilo, porque no convenía que se divulgasen antes de tiempo, para
evitar maledicencias tontas. Creyó el gran perdis que su amigo estaba
loco, y en el fondo de su alma le compadecía, aunque admiraba el
atrevimiento de Rubín para hacer la más grande y escandalosa calaverada
que se podía imaginar. ¡Casarse con una...! Esto era un colmo, el colmo
del _buen fin_, y en semejante acto había una mezcla horrenda de
ignominia y de abnegación sublime, un no sé qué de osadía y al mismo
tiempo de bajeza, que levantó al bueno de Rubín, a sus ojos, de aquel
fondo de vulgaridad en que estaba. Porque Rubín podía ser un tonto; pero
no era un tonto vulgar, era uno de esos tontos que tocan lo sublime con
la punta de los dedos. Verdad que no llegan a agarrarlo; pero ello es
que lo tocan. Olmedo, al mismo tiempo que sondeaba la inmensa gravedad
del propósito de su amigo, no pudo menos de reconocer que a él, Olmedo,
al perdulario de oficio, no se le había pasado nunca por la cabeza una
majadería de aquel calibre.

«Descuida, chico, lo que es por mí no lo sabrá nadie, ¡qué narices! Soy
tu amigo ¿sí o no?, pues basta ¡narices! Te doy mi palabra de honor;
estate tranquilo».

La palabra de _Ulmus sylvestris_, cuando se trataba de algo comprendido
en la jurisdicción de la picardía, era sagrada. Pero en aquella ocasión
pudo más el prurito chismográfico que el fuero del honor picaresco, y el
gran secreto fue revelado a Narciso Puerta _(Pseudo-Narcisus
odoripherus)_ con la mayor reserva, y previo juramento de no
transmitirlo a nadie. «Te lo digo en confianza, porque sé que ha de
quedar de ti para mí».

«Descuida, chico, no faltaba más... Ya tú me conoces».

En efecto, Narciso no lo dijo a nadie, con una sola excepción. Porque,
verdaderamente, ¿qué importaba confiar el secretillo a una sola persona,
a una sola, que de fijo no lo había de propalar?

«Te lo digo a ti sólo, porque sé que eres muy discreto--murmuró Narciso
al oído de su amigo Encinas _(Quercus gigantea)_--. Cuidado con lo que
te encargo... pero mucho cuidado. Sólo tú lo sabes. No tengamos un
disgusto».

--Hombre, no seas tonto... Parece que me conoces de ayer. Ya sabes que
soy un sepulcro.

Y el sepulcro se abrió en casa de las de la Caña, con la mayor reserva
se entiende, y después de hacer jurar a todos de la manera más solemne
que guardarían aquel profundo arcano. «¡Pero qué cosas tiene usted,
Encinas! No nos haga usted tan poco favor. Ni que fuéramos chiquillas,
para ir con el cuento y comprometerle a usted...».

Pero una de aquellas señoras creía que era pecado mortal no indicar algo
a doña Lupe, porque esta al fin lo tenía que saber, y más valía
prepararla para tan tremendo golpe. ¡Pobre señora! Era un dolor verla
con aquella tranquilidad, tan ajena a la deshonra que la amenazaba.
Total, que la noticia llegó a la sutil oreja de doña Lupe a los tres
días de haber salido del labio tímido de _Rubinius vulgaris_.

Cuentan que doña Lupe se quedó un buen rato como quien ve visiones.
Después dio a entender que algo barruntaba ella, por la conducta anómala
de su sobrino. ¡Casarse con una que ha tenido que ver con muchos
hombres! ¡Bah!, no sería cierto quizás. Y si lo era, pronto se había de
saber; porque, eso sí, a doña Lupe no se le apagaría en el cuerpo la
bomba, y aquella misma noche o al día siguiente por la mañana,
Maximiliano y ella se verían las caras... Que la señora viuda de
Jáuregui estaba volada, lo probó la inseguridad de su paso al recorrer
la distancia entre el domicilio de las de la Caña y el suyo. Hablaba
sola, y se le cayó el paraguas dos veces, y cuando se bajó a recogerlo,
se le cayó el pañuelo, y por fin, en vez de entrar en el portal de su
casa, entró en el próximo. ¡Como estuviera en casa el muy hipocritón, su
tía le iba a poner verde! Pero no estaría seguramente, porque eran las
once de la noche, y el señoritingo no entraba ya nunca antes de las doce
o la una... ¡Quién lo había de decir; pero quién lo había de decir...!,
aquel cuitado, aquella calamidad de chico, aquella inutilidad, tan
fulastre y para poco que no tenía aliento para apagar una vela, y que a
los dieciocho años, sí, bien lo podía asegurar doña Lupe, no sabía lo
que son mujeres y creía que los niños que nacen vienen de París; aquel
hombre fallido enamorarse así, ¡y de quién!, ¡de una mujer perdida...!,
pero perdida... en toda la extensión de la palabra.

«¿Ha venido el señorito?» preguntó a su criada, y como esta le
contestara que no, frunció los labios en señal de impaciencia.

El desasosiego y la ira habrían llegado qué sé yo a dónde, si no se
desahogaran un poco sobre la inocente cabeza de Papitos, y se dice la
cabeza, porque esta fue lo que más padeció en aquel achuchón. Ha de
saberse que Papitos era un tanto presumida, y que siendo su principal
belleza el cabello negro y abundante, en él ponía sus cinco sentidos. Se
peinaba con arte precoz, haciéndose sortijillas y patillas, y para
rizarse el fleco, no teniendo tenazas, empleaba un pedazo de alambre
grueso, calentándolo hasta el rojo. Hubiera querido hacer estas cosas
por la mañana; pero como su ama se levantaba antes que ella, no podía
ser. La noche, cuando estaba sola, era el mejor tiempo para dedicarse
con entera libertad a la peluquería elegante. Un pedazo de espejo, un
batidor desdentado, un poco de tragacanto y el alambre gordo le
bastaban. Por mal de sus pecados, aquella noche se había trabajado el
pelo con tanta perfección, que... «¡hija, ni que fueras a un baile!» se
había dicho ella a sí misma, con risa convulsiva, al mirarse en el
espejo por secciones de cara, porque de una vez no se la podía mirar
toda.

«Puerca, fantasmona, mamarracho--gritó doña Lupe destruyendo con
manotada furibunda todos aquellos perfiles que la chiquilla había hecho
en su cabeza--. En esto pasas el tiempo... ¿No te da vergüenza de andar
con la ropa llena de agujeros, y en vez de ponerte a coser te da por
atusarte las crines? ¡Presumida, sinvergüenza! ¿Y la cartilla? Ni
siquiera la habrás mirado... Ya, ya te daré yo pelitos. Voy a llevarte
a la barbería y a raparte la cabeza, dejándotela como un huevo».

Si le hubieran dicho que le cortaban la cabeza, no hubiera sentido la
chica más terror.

«Eso, ahora el moquito y la lagrimita, después me envenenas la sangre
con tus peinados indecentes. Pareces la mona del Retiro... Estás
bonita... sí... Pero qué, ¿también te has echado pomada?».

Doña Lupe se olió la mano con que había estropeado impíamente el
criminal flequillo. Al acercar la mano a su nariz, hízolo con ademán tan
majestuoso, que es lástima no lo reprodujera un buen maestro de
escultura.

«Gorrina... me has pringado la mano... ¡Uy, qué pestilencia!... ¿De
dónde has sacado esta porquería?».

--Me la dio el _sito_ Maxi--respondió Papitos con humildad...

Esto llevó bruscamente las ideas de doña Lupe a la verdadera causa de su
ira. Ocurriósele hacer un reconocimiento en el cuarto de su sobrino, lo
que agradeció mucho Papitos, porque de este modo tenía fin de inmediato
el sofoco que estaba pasando. «Vete a la cocina» le dijo la señora; y no
necesitó repetírselo, porque se escabulló como un ratoncillo que siente
ruido. Doña Lupe encendió luz en el cuarto de Maximiliano, y empezó a
observar. «¡Si encontrara alguna carta!--pensó--. ¡Pero quia! Ahora
recuerdo que me han dicho que esa tarasca no sabe escribir. Es un
animal en toda la extensión de la palabra».

Registra por aquí, registra por allá, nada encontraba que sirviera de
comprobación a la horrible noticia. Abrió la cómoda, valiéndose de las
llaves de la suya, y allí tampoco había nada. La hucha estaba en su
sitio y llena, quizás más pesada que antes. Retratos, no los vio por
ninguna parte. Hallábase doña Lupe engolfada en su investigación
policíaca, sin descubrir rastro del crimen, cuando entró Maximiliano.
Papitos le abrió la puerta; dirigiose a su cuarto sorprendido de ver luz
en él, y al encarar con su tía, que estaba revolviendo el tercer cajón
de la cómoda, comprendió que su secreto había sido descubierto, y le
corrieron escalofríos de muerte por todo el cuerpo. Doña Lupe supo
contenerse. Era persona de buen juicio y muy oportunista, quiero decir
que no gustaba de hacer cosa ninguna fuera de sazón, y para calentarle
las orejas a su sobrino no era buena hora la media noche. Porque
seguramente ella había de alzar la voz y no convenía el escándalo.
También era probable que al chico le diera una jaqueca muy fuerte si le
sofocaban tan a deshora, y doña Lupe no quería martirizarle. Lelo y mudo
estaba el estudiante en la puerta de su cuarto, cuando su tía se volvió
hacia él, y echándole una mirada muy significativa, le dijo:

«Pasa; yo me voy. Duerme tranquilo, y mañana te ajustaré las
cuentas...». Se fue hacia su alcoba; pero no había dado diez pasos,
cuando volvió airada amenazándole con la mano y con un grito:
«¡Grandísimo pillo!... Pero tente boca. Quédese esto para mañana... A
dormir se ha dicho».

No durmió Maximiliano pensando en la escena que iba a tener con su tía.
Su imaginación agrandaba a veces el conflicto haciéndolo tan
hermosamente terrible como una escena de Shakespeare; otras lo reducía a
proporciones menudas. «¿Y qué, señora tía, y qué?--decía alzando los
hombros dentro de la cama, como si estuviera en pie--. He conocido una
mujer, me gusta y me quiero casar con ella. No veo el motivo de tanta...
Pues estamos frescos... ¿Soy yo alguna máquina?... ¿no tengo mi libre
albedrío?... ¿Qué se ha figurado usted de mí?». A ratos se sentía tan
fuerte en su derecho, que le daban ganas de levantarse, correr a la
alcoba de su tía, tirarle de un pie, despertarla y soltarle este
jicarazo: «Sepa usted que al son que me tocan bailo. Si mi familia se
empeña en tratarme como a un chiquillo, yo le probaré a mi familia que
soy hombre». Pero se quedó helado al suponer la contestación de su tía,
que seguramente sería esta: «¿Qué habías tú de ser hombre, qué habías de
ser...?».

Cuando el buen chico se levantó al día siguiente, que era domingo, ya
doña Lupe había vuelto de misa. Entrole Papitos el chocolate, y, la
verdad, no pudo pasarlo, porque se le había puesto en el epigastrio la
tirantez angustiosa, síntoma infalible de todas las situaciones
apuradas, lo mismo por causa de exámenes que por otro temor o sobresalto
cualquiera. Estaba lívido, y la señora debió de sentir lástima cuando le
vio entrar en su gabinete, como el criminal que entra en la sala de
juicio. La ventana estaba abierta, y doña Lupe la cerró para que el
pobrecillo no se constipase, pues una cosa es la salud y otra la
justicia. Venía el delincuente con las manos en los bolsillos y una
gorrita escocesa en la cabeza, las botas nuevas y la ropa de dentro de
casa, tan mustio y abatido que era preciso ser de bronce para no
compadecerle. Doña Lupe tenía una falda de diario con muchos y grandes
remiendos admirablemente puestos, delantal azul de cuadros, toquilla
oscura envolviendo el arrogante busto, pañuelo negro en la cabeza,
mitones colorados y borceguíes de fieltro gruesos y blandos, tan blandos
que sus pasos eran como los de un gato. El gabinetito era una pieza muy
limpia. Una cómoda y el armario de luna de forma vulgar eran los
principales muebles. El sofá y sillería tenían forro de _crochet_ a
estilo de casa de huéspedes, todo hecho por la señora de la casa.

Pero lo que daba cierto aspecto grandioso al gabinete era el retrato
del difunto esposo de doña Lupe, colgado en el sitio presidencial, un
cuadrángano al óleo, perverso, que representaba a D. Pedro Manuel de
Jáuregui, alias _el de los Pavos_, vestido de comandante de la Milicia
Nacional, con su morrión en una mano y en otra el bastón de mando.
Pintura más chabacana no era posible imaginarla. El autor debía de ser
una especialidad en las muestras de casas de vacas y de burras de leche.
Sostenía, no obstante, doña Lupe que el retrato de Jáuregui era una obra
maestra, y a cuantos lo contemplaban les hacía notar dos cosas
sobresalientes en aquella pintura, a saber: que donde quiera que se
pusiese el espectador los ojos del retrato miraban al que le miraba, y
que la cadena del reloj, la gola, los botones, la carrillera y placa del
morrión, en una palabra, toda la parte metálica estaba pintada de la
manera más extraordinaria y magistral.

Las fotografías que daban guardia de honor al lienzo eran muchas, pero
colgadas con tan poco sentimiento de la simetría, que se las creería
seres animados que andaban a su arbitrio por la pared.

«Muy bien, Sr. D. Maximiliano, muy bien--dijo doña Lupe mirando
severísimamente a su sobrino--. Siéntate que hay para rato».



--III--

Doña Lupe la de los Pavos



--i--


Maximiliano no se sentó, doña Lupe sí, y en el centro del sofá debajo
del retrato, como para dar más austeridad al juicio. Repitió el «muy
bien, Sr. D. Maximiliano» con retintín sarcástico. Por lo general,
siempre que su tía le daba tratamiento, llamándole _señor don_, el pobre
chico veía la nube del pedrisco sobre su cabeza.

«¡Estarse una matando toda la vida--prosiguió ella--, para sacar
adelante al dichoso sobrinito, sortearle las enfermedades a fuerza de
mimos y cuidados, darle una carrera quitándome yo el pan de la boca,
hacer por él lo que no todas las madres hacen por sus hijos para que al
fin!... ¡Buen pago, bueno!... No, no me expliques nada, si estoy
perfectamente informada. Sé quién es esa... dama ilustre con quien te
quieres casar. Vamos, que buena doncella te canta... ¿Y creerás que
vamos a consentir tal deshonra en la familia? Dime que todo es una
chiquillada y no se hable más del asunto».

Maximiliano no podía decir tal cosa; pero tampoco podía decir otra,
porque si en el fondo de su ánimo empezaban a levantarse olas de
entereza, esas olas reventaban y se descomponían antes de llegar a la
orilla, o sea a los labios. Estaba tan cortado, que sintiendo dentro de
sí la energía no la podía mostrar por aquella pícara emoción nerviosa
que le embargaba. Dejó esparcir sus miradas por la pared testera, como
buscando por allí un apoyo. En ciertas situaciones apuradas y en los
grandes estupores del alma, las miradas suelen fijarse en algo
insignificante y que nada tiene que ver con la situación. Maximiliano
contempló un rato el grupo fotográfico de las chicas de Samaniego,
Aurora y Olimpia, con mantilla blanca, enlazados los brazos, la una muy
adusta, la otra sentimental. ¿Por qué miraba aquello? Su turbación le
llevaba a colgar las miradas aquí y allí, prendiendo el espíritu en
cualquier objeto, aunque fueran las cabezas de los clavos que sostenían
los retratos.

«Explícate, hombre--añadió doña Lupe, que era viva de genio--. ¿Es una
niñería?».

--No, señora--respondió el acusado, y esta negación, que era afirmación,
empezó a darle ánimos, aligerándole un poco la angustia aquella de la
boca del estómago.

--¿Estás seguro de que no es chiquillada? ¡Valiente idea tienes tú del
mundo y de las mujeres, inocente!... Yo no puedo consentir que una
pindonga de esas te coja y te engañé para timarte tu nombre honrado,
como otros timan el reloj. A ti hay que tratarte siempre como a los
niños atrasaditos que están a medio desarrollar. Hay que recordar que
hace cinco años todavía iba yo por la mañana a abrocharte los calzones,
y que tenías miedo de dormir solo en tu cuarto.

Idea tan desfavorable de su personalidad exasperaba al joven. Sentía
crecer dentro la bravura; pero le faltaban palabras. ¿Dónde demonios
estaban aquellas condenadas palabras que no se le ocurrían en trance
semejante? El maldito hábito de la timidez era la causa de aquel
silencio estúpido. Porque la mirada de doña Lupe ejercía sobre él
fascinación singularísima, y teniendo mucho que decir, no lograba
decirlo. «¿Pero qué diría yo?... ¿Cómo empezaría yo?» pensaba fijando la
vista en el retrato de Torquemada y su esposa, de bracete.

--Todo se arreglará--indicó doña Lupe en tono conciliador--, si consigo
quitarte de la cabeza esas humaredas. Porque tú tienes sentimientos
honrados, tienes buen juicio... Pero siéntate. Me da fatiga de verte en
pie.

--Es menester que usted se entere bien--dijo Maximiliano al sentarse en
el sillón, creyendo haber encontrado un buen cabo de discurso para
empezar--; se entere bien de las cosas... Yo... pensaba hablar a
usted...

--¿Y por qué no lo hiciste? ¡Qué tal sería ello!... ¡Vaya, que un chico
delicadito como tú, meterse con esas viciosonas...! Y no te quepa
duda... Así, pronto entregarás la pelleja. Si caes enfermo, no vengas a
que te cuide tu tía, que para eso sí sirvo yo, ¿eh?, para eso sí sirvo,
ingrato, tunante... ¿Y te parece bien que cuando me miro en ti, cuando
te saco adelante con tanto trabajo y soy para ti más que una madre; te
parece bien que me des este pago, infame, y que te me cases con una
mujer de mala vida?

Rubín se puso verde y le salió un amargor intensísimo del corazón a los
labios.

«No es eso, tía, no es eso--sostuvo, entrando en posesión de sí mismo--.
No es mujer de mala vida. La han engañado a usted».

--El que me ha engañado eres tú con tus encogimientos y tus timideces...
Pero ahora lo veremos. No creas que vas a jugar conmigo; no creas que te
voy a dejar hacer tu gusto. ¿Por quién me tomas, bobalicón?... ¡Ah, si
yo no hubiera tenido tanta confianza...! ¡Pero si he sido una tonta; si
me creí que tú no eras capaz de mirar a una mujer! Buena me la has dado,
buena. Eres un apunte... en toda la extensión de la palabra.

Maximiliano, al oír esto, estaba profundamente embebecido, mirando el
retrato de Rufinita Torquemada. La veía y no la veía, y sólo
confusamente y con vaguedades de pesadilla, se hacía cargo de la
actitud de la señorita aquella, retratada sobre un fondo marino y
figurando que estaba en una barca. Vuelto en sí, pensó en defenderse;
pero no podía encontrar las armas, es decir, las palabras. Con todo, ni
por un instante se le ocurría ceder. Flaqueaba su máquina nerviosa; pero
la voluntad permanecía firme.

«A usted la han informado mal--insinuó con torpeza--, respecto a la
persona... que... Ni hay tal vida airada ni ese es el camino... Yo
pensaba decirle a usted: 'Tía, pues yo... quiero a esta persona, y... mi
conciencia...'».

--Cállate, cállate y no me saques la cólera, que al oírte decir que
quieres a una tiota chubasca, me dan ganas de ahogarte, más por tonto
que por malo... y al oírte hablar de conciencia en este tratado, me dan
ganas de... Dios me perdone... ¿Sabes lo que te digo?--añadió alzando la
voz--, ¿sabes lo que te digo? Que desde este momento vuelvo a tratarte
como cuando tenías doce años. Hoy no me sales de casa. Ea, ya estoy yo
en funciones con mis disciplinas... Y desde mañana me vuelves a tomar el
aceite de hígado de bacalao. Vete a tu cuarto y quítate las botas. Hoy
no me pisas la calle.

Dios sabe lo que iba a contestar el acusado. Quedó suelta en el aire la
primera palabra, porque llegó una visita. Era el Sr. de Torquemada,
persona de confianza en la casa, que al entrar iba derecho al gabinete,
a la cocina, al comedor o a donde quiera que la señora estuviese. La
fisonomía de aquel hombre era difícil de entender. Sólo doña Lupe, en
virtud de una larga práctica, sabía encontrar algunos jeroglíficos en
aquella cara ordinaria y enjuta, que tenía ciertos rasgos de tipo
militar con visos clericales. Torquemada había sido alabardero en su
mocedad, y conservando el bigote y perilla, que eran ya entrecanos,
tenía un no sé qué de eclesiástico, debido sin duda a la mansedumbre
afectada y dulzona, y a un cierto subir y bajar de párpados con que
adulteraba su grosería innata. La cabeza se le inclinaba siempre al lado
derecho. Su estatura era alta, mas no arrogante; su cabeza calva, crasa
y escamosa, con un enrejado de pelos mal extendidos para cubrirla. Por
ser aquel día domingo, llevaba casi limpio el cuello de la camisa, pero
la capa era el número dos, con las vueltas aceitosas y los ribetes
deshilachados. Los pantalones, mermados por el crecimiento de las
rodilleras, se le subían tanto que parecía haber montado a caballo sin
trabillas. Sus botas, por ser domingo, estaban aquel día embetunadas y
eran tan chillonas que se oían desde una legua.

«¿Y cómo está la familia?» preguntó al tomar asiento, después de dar su
mano siempre sudorosa a doña Lupe y al sobrino.

--Perfectamente bien--dijo la señora observando con ansiedad el
semblante de Torquemada--. ¿Y en casa?

--No hay novedad, a Dios gracias. Doña Lupe esperaba aquel día noticia
de un asunto que le interesaba mucho. Como siempre se ponía en lo peor
para que las desgracias no la cogieran desprevenida, pensó, al ver
entrar a su agente, que le traía malas nuevas. Temió preguntarle. La
cara de militar adulterado no expresaba más que un interés decidido por
la familia. Al fin Torquemada, que no gustaba de perder el tiempo, dijo
a su amiga:

«Vamos, doña Lupe, que hoy estamos de buena. ¿A que no me acierta usted
la peripecia que le traigo?».

La fisonomía de la señora se iluminó, pues sabía que su amigo llamaba
peripecia a toda cobranza inesperada. Echose él a reír, y metió mano al
bolsillo interior de su americana.

«¡Ay! No me lo diga usted, D. Francisco--exclamó doña Lupe con
incredulidad, cruzando las manos--. ¿Ha pagado...?».

--Lo va usted a ver... Yo... tampoco lo esperaba. Como que fui anoche a
decirle que el lunes se le embargaría. Hoy por la mañana, cuando me
estaba vistiendo para ir a misa, me le veo entrar. Creí que venía a
pedirme más prórrogas. Como siempre nos está engañando, que hoy, que
mañana... Yo no le creo ni la Biblia. Es muy fabulista. Pero en fin,
pedradas de estas nos den todos los días. «Señor de Torquemada--me dice
muy serio--, vengo a pagarle a usted...». Me quedé lo que llaman
atónito. Como que no esperaba la peripecia. Finalmente, que me dio el
_guano_, o sean ocho mil reales, cogió su pagaré, y a vivir.

--Lo que yo le decía a usted--observó doña Lupe casi sin poder hablar,
con la alegría atravesada en la garganta--. El tal Joaquinito Pez es una
persona decente. Él pasa sus apurillos como todos esos hijos de familia
que se dan buena vida, y un día tienen, otro no. De fijo que será
jugador...

Torquemada hizo una separación de billetes, dando la mayor parte a doña
Lupe.

«Los seis mil reales de usted... dos mil míos. Buen chiripón ha sido
este. Yo los contaba, como quien dice, perdidos, porque el tal
Joaquinito está, según oí, con el agua al cuello. ¿Quién será el
desgraciado a quien ha dado el sablazo? A bien que a nosotros no nos
importa».

--Como no le hemos de prestar más...

--Mire usted, doña Lupe--dijo Torquemada, haciendo una perfecta _o_ con
los dedos pulgar e índice y enseñándosela a su interlocutora.



--ii--


Doña Lupe contempló la _o_ con veneración y escuchó:

«Mire usted, señora, estos señoritos disolutos son buenos parroquianos,
porque no reparan en el materialismo del premio y del plazo; pero al fin
la dan, y la dan gorda. Hay que tener mucho ojo con ellos. Al principio,
el embargo les asusta; pero como lleguen a perder el punto una vez, lo
mismo les da _fu_ que _fa_. Aunque usted les ponga en la publicidad de
la _Gaceta_, se quedan tan frescos. Vea usted al marquesito de
Casa-Bojío; le embargué el mes pasado; le vendí hasta la lámina en que
tenía el árbol genealógico. Pues, finalmente, a los tres días me le vi
en un faetón, como si tal cosa, y pasó por junto a mí y las ruedas me
salpicaron el barro de la calle... No es que me importe el materialismo
del barro; lo digo para que se vea lo que son... ¿Pues creerá usted que
encontró después quien le prestara? Ello fue al cuatro mensual; pero aun
al cinco sería, como quien dice, el todo por el todo. Verdad que no
molestan, y si a mano viene, cuando piden prórroga, por tenerle a uno
contento le dan un destinillo para un sobrino, como hizo el chico de Pez
conmigo... pero el materialismo del destino no importa; a lo mejor la
pegan y de canela fina, créame usted. Por eso, ya puede venir ahora a
tocar a esta puerta, que le he de mandar a plantar cebollino».

Al llegar aquí Torquemada sacó su sebosa petaca. Como tenía tanta
confianza, iba a echar un cigarro; ofreció a Maximiliano, y doña Lupe
respondió bruscamente por él diciendo con desdén: «Este no fuma».

Las operaciones previas de la fumada duraban un buen rato, porque
Torquemada le variaba el papel al cigarrillo. Después encendió el
fósforo raspándolo en el muslo. «Como seguro--prosiguió--, aunque da
mucho que hacer, el _chico_ de la tienda de ropas hechas, José María
Vallejo. Allí me tiene todos los primeros de mes, como un perro de
presa... Mil duros me tiene allí, y no le cobro más que veintiséis todos
los meses. ¿Que se atrasa? «Hijo, yo tengo un gran compromiso y no te
puedo aguardar». Cojo media docena de capas, y me las llevo, y tan
fresco... Y no lo hago por el materialismo de las capas, sino para que
mire bien el plazo. Si no hay más remedio, señora. Es menester tratarles
así, porque no guardan consideración. Se figuran que tiene uno el dinero
para que ellos se diviertan. ¿Se acuerda usted de aquellos estudiantes
que nos dieron tanta guerra?, fue el primer dinero de usted que coloqué.
¡Aquel Cienfuegos, aquel Arias Ortiz! Vaya unos peines. Si no es por mí,
no se les cobra...

Y eran tan tunantes, que después que iban a casa llorándome tocante a la
prórroga, me los encontraba en el café atizándose bisteques... y vengan
copas de ron y marrasquino... Lo mismo que aquel tendero de la calle
Mayor, aquel Rubio que tenía peletería, ¿se acuerda usted? Un día,
finalmente, me trajo su reloj, los pendientes de su mujer, y doce cajas
de pieles y manguitos, y aquella misma tarde, aquella mismísima tarde,
señora, me le veo en la Puerta del Sol, encaramándose en un coche para
ir a los Toros... Si son así... quieren el dinero, como quien dice, para
el materialismo de tirarlo. Por eso estoy todo el santo día vigilando a
José María Vallejo, que es un buen hombre, sin despreciar a nadie. Voy a
la tienda y veo si hay gente, si hay movimiento; echo una guiñada al
cajón; me entero de si el chico que va a cobrar las cuentas trae
_guano_; sermoneo al principal, le doy consejos, le recomiendo que al
que paga no le crucifique. ¡Si es la verdad, si no hay más camino...!
Finalmente, el que se hace de manteca pronto se lo meriendan. Y no lo
agradecen, no señora, no agradecen el interés que me tomo por ellos.
Cuando me ven entrar, ¡si viera usted qué cara me ponen! No reparan que
están trabajando con mi dinero. Y finalmente, ¿qué eran ellos? Unos
pobres pelagatos. Les parece que porque me dan veintiséis duros al mes,
ya han cumplido... Dicen que es mucho y yo digo que me lo tienen que
agradecer, porque los tiempos están malos, pero muy malos».

En toda la parte del siglo XIX que duró la larguísima existencia
usuraria de D. Francisco Torquemada, no se le oyó decir una sola vez
siquiera que los tiempos fueran buenos. Siempre eran malos, pero muy
malos. Aun así, el 68 ya tenía Torquemada dos casas en Madrid, y había
empezado sus negocios con doce mil reales que heredó su mujer el 51. Los
un día mezquinos capitales de doña Lupe, él se los había centuplicado en
un par de lustros, siendo esta la única persona que asociaba a sus
oscuros negocios. Cobrábale una comisión insignificante, y se tomaba por
los asuntos de ella tanto interés como por los propios, en razón a la
gran amistad que había tenido con el difunto Jáuregui.

«Y con esta fecha y con esta facha me voy» dijo levantándose y
colgándose la capa que se le caía del hombro izquierdo.

--¿Tan pronto?--Señora, que no he oído misa. Lo que le decía a usted,
estaba vistiéndome para salir a oírla, cuando entró Joaquinito a darme
la gran peripecia.

--¡Buena ha sido, buena!--exclamó doña Lupe, oprimiendo contra su seno
la mano en que tenía los billetes, tan bien cogidos que no se veía el
papel por entre los dedos.

--Quédate con Dios--dijo Torquemada a Maximiliano que sólo contestó al
saludo con un _ju ju_...

Y salió al recibimiento, acompañado de doña Lupe. Maximiliano les sintió
cuchicheando en la puerta. Por fin se oyeron las botas chillonas del
ex-alabardero bajando la escalera, y doña Lupe reapareció en el
gabinete. El júbilo que le causaba la cobranza de aquel dinero que creía
perdido era tan grande, que sus ojos pardos le lucían como dos carbones
encendidos, y su boca traía bosquejada una sonrisa. Desde que la vio
entrar, conoció Maximiliano que su cólera se había aplacado. El _guano_,
como decía Torquemada, no podía menos de dulcificarla; y llegándose a
donde estaba el delincuente, que no se había movido de la butaca, le
puso una mano en el hombro, empuñando fuertemente en la otra los
billetes, y le dijo:

«No, no te sofoques... no es para tomarlo así. Yo te digo estas cosas
por tu bien...».

--Yo, realmente--repuso Maximiliano con serenidad, que más le asombró a
él mismo que a doña Lupe--, no me he sofocado... yo estoy tranquilo,
porque mi conciencia...

Aquí se volvió a embarullar. Doña Lupe no le dio tiempo a desenvolverse
porque se metió en la alcoba, cerrando las vidrieras. Desde el gabinete
la sintió Maximiliano trasteando.

Guardaba el dinero. Abriendo después la puerta, mas sin salir de la
alcoba, la señora siguió hablando con su sobrino:

«Ya sabes lo que te he dicho. Hoy no me sales a la calle... Y desde
mañana empezarás a tomarme el aceite de hígado de bacalao, porque todo
eso que te da no es más que debilidad del cerebro... Luego seguiremos
con el fosfato, otra vez con el fosfato. No debiste dejar de
tomarlo...».

Maximiliano, como no tenía delante a su tía, se permitió una sonrisa
burlona. Miraba en aquel momento a su tío el Sr. de Jáuregui, que le
miraba también a él, como es consiguiente. No pudo menos de observar que
el digno esposo de su tía era horrendo; ni comprendía cómo doña Lupe no
se moría de miedo cuando se quedaba sola, de noche, en compañía de
semejante espantajo.

«Con que ya sabes--dijo al aparecer en la puerta, abrochándose su cuerpo
de merino negro, pues se estaba disponiendo para salir--. Ya puedes ir a
quitarte las botas. Estás preso».

Fuese el joven a su cuarto sin decir nada, y doña Lupe se quedó pensando
en lo dócil que era. El rigor de su autoridad, que el muchacho acataba
siempre con veneración, sería remedio eficaz y pronto del desorden de
aquella cabeza. Bien lo decía ella. «En cuanto yo le doy cuatro gritos,
le pongo como una liebre. Trabajo les mando a esas lobas que me le
quieran trastornar».

«¡Papitos...!» gritó la señora, y al punto se oyeron las patadas de la
chica en el pasillo como las de un caballo en el Hipódromo. Presentose
con una patata en la mano y el cuchillo en la otra.

«Mira--le dijo su ama con voz queda--. Ten cuidado de ver lo que hace el
señorito Maxi mientras yo estoy fuera. A ver si escribe alguna carta o
qué hace».

La mona se dio por enterada, y volvió a la cocina dando brincos.

«A ver--dijo la señora hablando consigo misma--, ¿se me olvidará algo?..
¡Ah!, el portamonedas. ¿Qué hay que traer?... Fideos, azúcar... y nada
más. ¡Ah!, el aceite de hígado de bacalao: lo que es eso no se lo
perdono. A cucharetazos es como se cura esto. Y ahora no habrá el
realito de vellón por cada toma. Ya es un hombre, quiero decir, ya no es
un chiquillo».

Figúrese el lector cuál sería el asombro de doña Lupe _la de los Pavos_,
cuando vio entrar en la sala a su sobrino, no con zapatillas ni en tren
de andar por casa, sino empaquetado para salir, con su capa de vueltas
encarnadas, su chaqué azul y su honguito de color de café. Tan
estupefacta y colérica estaba por la desobediencia del mancebo, que
apenas pudo balbucir una protesta: «Pe... pero...».

«Tía--dijo Maximiliano con voz alterada y temblorosa--, no pue... no
puedo obedecer a usted... Soy mayor de edad. He cumplido veinticinco
años... Yo la respeto a usted; respéteme usted a mí».

Y sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió de la casa a toda
prisa, temiendo sin duda que su tía le agarrase por los faldones.

Bien claro explicaba él su conducta, chismorreando consigo mismo: «Yo no
sé defenderme con palabras; yo no puedo hablar, y me aturullo y me turbo
sólo de que mi tía me mire; pero me defenderé con hechos. Mis nervios me
venden; pero mi voluntad podrá más que mis nervios, y lo que es la
voluntad, bien firme la tengo ahora. Que se metan conmigo; que venga
todo el género humano a impedirme esta resolución; yo no discutiré, yo
no diré una palabra; pero a donde voy, voy, y al que se me ponga por
delante, sea quien sea, le piso y sigo mi camino».



--iii--


Doña Lupe se quedó que no sabía lo que le pasaba.

«¡Papitos, Papitos!... No, no te llamo... vete... ¿Pero has visto qué
insolente? Si no es él, no es él... Es que me le han vuelto del revés,
me le han embrujado. ¿Habrá tunante? Si estoy por seguirle y avisar a
una pareja de Orden Público para que me le trinquen... Pero a la noche
nos veremos las caras. Porque tú has de volver, tú tienes que volver,
sietemesino hipócrita... Papitos, toma, toma; bájate por los fideos y el
azúcar. Yo no salgo, no puedo salir. Creo que me va a dar algo... Mira,
te pasas por la botica y pides un frasco de aceite de hígado de bacalao,
del que yo traía. Ya saben ellos. Dices que yo iré a pagarlo... Oye,
oye, no traigas eso. ¡Si no lo va a querer tomar...! Tráete una vara.
No, no traigas tampoco vara... Te pasas por la droguería y pides diez
céntimos de sanguinaria. A mí me va a dar algo...».

Estaba en efecto amenazada de un arrebato de sangre, y la cosa no era
para menos. Nunca había visto en su sobrino un rasgo de independencia
como el que acababa de ver. Había sido siempre tan poquita cosa, que
donde le ponían allí se estaba. Voluntad propia, no la tuvo jamás. En
ningún tiempo fue preciso ponerle la mano encima, porque un fruncimiento
de cejas bastaba para traerle a la obediencia. ¿Qué había pasado en
aquel cordero para convertirle en algo así como un leoncillo? La mente
de doña Lupe no podía descifrar misterio tan grande. Tras de la cólera y
la confusión vino el abatimiento, y se sentía tan rendida físicamente
como si hubiera estado toda la mañana ocupada en alguna faena penosa.

Quitose con pausa los trapitos domingueros que se había empezado a
poner, y volvió a llamar a la mona para decirle: «No hagas más que unas
sopas de ajo. El señoritingo no vendrá a almorzar, y si viene le acusaré
las cuarenta».

Tomando la sillita baja, que usaba cuando cosía, la colocó junto al
balcón. Le dolía la cintura y al sentarse exhaló un ¡ay! Para coser
usaba siempre gafas. Se las puso, y sacando obra de su cesta de costura,
empezó a repasar unas sábanas. No le repugnaba a doña Lupe trabajar los
domingos, porque sus escrúpulos religiosos se los había quitado Jáuregui
en tantos años de propaganda matrimonial progresista. Púsose, pues, a
zurcir en su sitio de costumbre, que era junto a la vidriera. En el
balcón tenía dos o tres tiestos, y por entre las secas ramas veía la
calle. Como el cuarto era principal, desde aquel sitio se vería muy bien
pasar gente en caso de que la gente quisiese pasar por allí. Pero la
calle de Raimundo Lulio y la de Don Juan de Austria, que hace ángulo con
ella, son de muy poco tránsito. Parece aquello un pueblo. La única
distracción de doña Lupe en sus horas solitarias era ver quién entraba
en el taller de coches inmediato o en la imprenta de enfrente, y si
pasaba o no doña Guillermina Pacheco en dirección del asilo de la calle
de Alburquerque. Lugar y ocasión admirables eran aquellos para
reflexionar, con los trapos sobre la falda, la aguja en la mano, los
espejuelos calados, la cesta de la ropa al lado, el gato hecho una
pelota de sueño a los pies de su ama. Aquel día doña Lupe tenía, más que
nunca, materia larga de meditaciones.

«¡Que se esté una sacrificada toda la vida para esto!... Él no lo sabe,
¿qué ha de saber, si es un tontín? Le ponen el plato delante, ¿y qué
sabe las agonías que ha costado ponérselo?... Pues si le dijera yo que
cada garbanzo, algunos días, tiempo ha, tenía el valor de una perla...
según lo que costaba traerlo a casa...! No sé qué habría sido de mí sin
el Sr. de Torquemada, ni qué hubiera sido de Maxi sin mí. ¡Lucida
existencia sería la suya si no hubiera tenido más arrimo que el de sus
hermanos! Dime, bobo de Coria, ¿si yo no hubiera trabajado como una
negra para defender el panecillo y poner esta casa en el pie que tiene;
si no discurriera tanto como discurro, calentándome los sesos a todas
horas y empleando en mil menudencias estas entendederas que Dios me ha
dado, ¿qué habría sido de ti, ingratuelo?... ¡Ah! ¡Si viviera mi
Jáuregui!».

El recuerdo de su difunto, que siempre se avivaba en la mente de doña
Lupe cuando se veía en algún conflicto, la enterneció. En todas sus
aflicciones se consolaba con la dulce memoria de su felicidad
matrimonial, pues Jáuregui había sido el mejor de los hombres y el
número uno de los maridos. «¡Ay, mi Jáuregui!» exclamaba echando toda
el alma en un suspiro.

Don Pedro Manuel de Jáuregui había servido en el Real Cuerpo de
Alabarderos. Después se dedicó a negocios, y era tan honrado, pero tan
sosamente honrado, que no dejó al morir más que cinco mil reales.
Oriundo de la provincia de León, recibía partidas de huevos y otros
artículos de recoba. Todos los paveros leoneses, zamoranos y segovianos
depositaban en sus manos el dinero que ganaban, para que lo girase a los
pueblos productores del artículo, y de aquí vino el apodo que le dieron
en Puerta Cerrada y que heredó doña Lupe. También recibía Jáuregui, por
Navidad, remesas de mantecadas de Astorga, y a su casa iban a cobrar y a
dejar fondos todos los ordinarios de la maragatería. En política hizo
gran papel D. Pedro por ser uno de los corifeos de la Milicia Nacional,
y era tan sensato, que la única vez que se sublevó lo hizo al grito
mágico de ¡Viva Isabel II! Falleció aquel bendito, y doña Lupe se
hubiera muerto también si el dolor matara. Y no se vaya a creer que le
faltaron pretendientes a la viudita, pues había, entre otros, un D.
Evaristo Feijoo, coronel de ejército, que le rondaba la calle y no la
dejaba vivir. Pero la fidelidad a la memoria de su feo y honrado
Jáuregui se sobreponía en doña Lupe a todos los intereses de la tierra.
Después vino la crianza y cuidado de su sobrinito, que le dieron esa
distracción tan saludable para las desazones del alma. Torquemada y los
negocios ayudáronla también a entretener su existencia y a conllevar su
dolor... Pasó tiempo, ganó dinero, y lentamente vino la situación en que
la he descrito. Frisaba ya doña Lupe en los cincuenta años, mas estaba
tan bien conservada, que no parecía tener más de cuarenta. Había sido en
su mocedad frescachona de cuerpo y enjuta de rostro, y tenía cierto
parecido remoto con Juan Pablo. Sus ojos pardos conservaban la viveza de
la juventud; pero tenía cierta adustez jurídica en la cara, acentuada de
líneas y seca de color. Sobre el labio superior, fino y violado cual los
bordes de una reciente herida, le corría un bozo tenue, muy tenue, como
el de los chicos precoces, vello finísimo que no la afeaba ciertamente;
por el contrario, era quizás la única pincelada feliz de aquel rostro
semejante a las pinturas de la Edad Media, y hacía la gracia el tal bozo
de ir a terminarse sobre el pico derecho de la boca con una verruguita
muy mona, de la cual salían dos o tres pelos bermejos que a la luz
brillaban retorcidos como hilillos de cobre. El busto era hermoso,
aunque, como se verá más adelante, había en él algo y aun algos de
falseamiento de la verdad.

Descollaba doña Lupe por la inteligencia y por el prurito de mostrarla a
cada instante.

Así como a otras el amor propio les inspira la presunción, a la viuda de
Jáuregui le infundía convicciones de superioridad intelectual y el deseo
de dirigir la conducta ajena, resplandeciendo en el consejo y en todo lo
que es práctico y gubernativo. Era una de esas personas que, no habiendo
recibido educación, parece que la han tenido cumplidísima, por lo bien
que se expresan, por la firmeza con que se imponen un carácter y lo
sostienen, y por lo bien que disfrazan con las retóricas sociales las
brutalidades del egoísmo humano.

De la memoria de su Jáuregui llevó el pensamiento a su sobrino. Eran sus
dos amores. Subiéndose las gafas que se le habían deslizado hasta la
punta de la nariz, prosiguió así: «Pues conmigo no juega. Le pongo en la
calle como tres y dos son cinco. Tendré que hacer un esfuerzo, porque le
quiero como debe de quererse a los hijos... ¡Yo que tenía la ilusión de
casarle con Rufina o al menos con Olimpia!... No, me gusta mucho más
Rufina Torquemada. Cuidado que soy tonta. Al verle tan huraño, y que se
escondía cuando entraba doña Silvia con su hija, creía que hablarle a
este chico de mujeres era como mentarle al diablo la cruz. Fíese usted
de apariencias. Y ahora resulta que hace meses sostiene a una mujer, y
se pasa el día entero con ella y... Vamos, yo tengo que ver esto para
creerlo... Y otra cosa: ¿cómo se las arreglará para mantenerla?... La
hucha está allí con su peso de siempre...».

Doña Lupe, al llegar aquí, se engolfó en cavilaciones tan abstrusas que
no es posible seguirla. Su mente se sumergía y salía a flote, como un
madero arrojado en medio de las bravas olas. La buena señora estuvo así
toda la tarde. Llegada la noche, deseaba ardientemente que el sobrino
entrase de la calle para descargar sobre él todo el material de lavas
que el volcán de su pecho no podía contener. Entró el sietemesino muy
tarde, cuando su tía estaba ya comiendo y se había servido el cocido.
Maximiliano se sentó a la mesa sin decir nada, muy grave y algo azorado.
Empezó a comer con apetito la sopa fría, echando miradas indagatorias e
inquietas a su señora tía, que evitaba el mirarle... _por no romper_...
«Debo contenerme--pensaba ella--, hasta que coma... Y parece que tiene
ganitas...». A ratos el joven daba hondos suspiros mirando a su tía,
cual si deseara tener una explicación con ella. Más de una vez quiso
doña Lupe romper en denuestos; pero el silencio y la compostura de su
sobrino la contenían, haciéndole temer que se repitiera el rasgo varonil
de aquella mañana. Por fin, apenas cató el joven unas pasas que de
postre había, se levantó para ir a su cuarto; y apenas le vio doña Lupe
de espalda, se le encendieron bruscamente los ánimos y corrió tras él,
conteniendo las palabras que a la boca se le salían. Estaba el pobre
chico encendiendo el quinqué de su cuarto, cuando la señora apareció en
la puerta, gritando con toda la fuerza de sus pulmones: «Zascandil».

No se inmutó Maximiliano ni aun cuando doña Lupe, repitiendo su
apóstrofe, llegó al cuarto o al quinto _zascandil_. Y como si esta
palabra fuera el tapón de su ira, tras ella corrieron en vena abundante
las quejas por lo que el chico había hecho aquella mañana. «Y no quiero
hablar ahora del motivo--añadió ella--; de esa moza que te has echado...
y que sin duda empieza por pegarte su mala educación. Voy a la patochada
de esta mañana. ¿Crees que tu tía es algún trapo viejo?».

El muchacho se sentó en la silla que junto a la cama estaba, y apoyando
el codo en esta, aguantó el achuchón, sin mirar a su juez. Tenía un
palillo entre los dientes, y lo llevaba de un lado para otro de la boca
con nerviosa presteza. Ya se le había quitado el gran temor que la
hermana de su padre le infundía. Como ciertos cobardes se vuelven
valientes desde que disparan el primer tiro, Maximiliano, una vez que
rompió el fuego con la hombrada de aquella mañana, sentía su voluntad
libre del freno que le pusiera la timidez. Dicha timidez era un fenómeno
puramente nervioso, y en ella tenían no poca parte también sus
rutinarios hábitos de subordinación y apocamiento. Mientras no hubo en
su alma una fuerza poderosa, aquellos hábitos y la diátesis nerviosa
formaron la costra o apariencia de su carácter; pero surgió dentro la
energía, que estuvo luchando durante algún tiempo por mostrarse,
rompiendo la corteza. La timidez o falsa humildad endurecía esta, y como
la energía interior no encontraba un auxilio en la palabra, porque la
sumisión consuetudinaria y la cortedad no le habían permitido educarla
para discutir, pasaba tiempo sin que la costra se rompiera. Por fin, lo
que no pudieron hacer las palabras, lo hizo un acto. Roto el cascarón,
Maximiliano se encontró más valiente y dispuesto a medirse con la fiera.
Lo que antes era como levantar una montaña, parecíale ya como alzar del
suelo un pañuelo.

Oyó en calma los desahogos de su tía. ¡Cuántos argumentos se podían
oponer a los que la buena señora disparaba con más ardor que lógica!
Pero lo que es en argumentar con palabras ¡qué diablo!, todavía no
estaba él fuerte. Argumentaba con hechos. En esto sí que se pintaba
solo. Cuando su tía tomó respiro dejándose caer sofocada en la silla
próxima a la mesa, Maximiliano rompió a hablar a su vez; pero no era
aquello razonar, era como si cogiera su corazón y lo volcara sobre la
cama, lo mismo que había volcado la hucha después de cascarla.

«La quiero tanto--dijo sin mirar a su tía, y encontrando palabras
relativamente fáciles para expresar sus sentimientos--, la quiero tanto,
que toda mi vida está en ella, y ni ley ni familia ni el mundo entero me
pueden apartar de ella... Si me ponen en esta mano la muerte y en esta
otra dejar de quererla y me obligan a escoger, preferiré mil veces
morirme, matarme o que me maten... La quise desde el momento en que la
vi, y no puedo dejar de quererla, sino dejando de vivir... de modo que
es tontería oponerse a lo que tengo pensado, porque salto por encima de
todo y si me ponen delante una pared la paso... ¿Ve usted cómo rompen
los jinetes del Circo de Price los papeles que les ponen delante cuando
saltan sobre los caballos? Pues así rompo yo una pared si me la ponen
entre ella y yo».



--iv--


Este símil hubo de impresionar vivamente a la gran doña Lupe, que
contempló un rato a su sobrino con más lástima que ira.

«Yo me he llevado chascos en mi vida--dijo meneando la cabeza como los
muñecos que tienen un alambre en el pescuezo--; pero un chasco como este
no me lo he llevado nunca. Me la has dado completa, a fondo, de
maestro... Cierto que no tengo poder sobre ti... Si te pierdes, bien
perdido estás. No me vengas a mí después con arrumacos. Te crié, te
eduqué, he sido para ti una madre. ¿No te parece que debías haberme
dicho: 'pues tía, esto hay'?».

--Cierto que sí--replicó vivamente Maximiliano--, pero me daba reparo,
tía. Ahora que me he soltado paréceme la cosa más fácil del mundo. De
esta falta le pido a usted perdón, porque reconozco que me porté mal.
Pero se me trababa la lengua cuando quería decir algo, y me entraban
sudores... Me acostumbré a no hablar a usted más que de si me dolía o no
la cabeza, de que se me había caído un botón, de si llovía o estaba seco
y otras tonterías así... Oiga usted ahora, que después de callar tanto
me parece que reviento si no le cuento a usted todo. La conocí hace tres
meses. Estaba pobre, había sido muy desgraciada...

--Sí, sí, me han dicho que es muy corrida. Tienes buenas
tragaderas--afirmó doña Lupe con crueldad.

--No haga usted caso... los hombres son muy malos. ¿No conviene usted
conmigo en que los hombres son muy malos? Y dígame usted ahora. ¿No es
acción noble traer al buen camino a una alma buena que se ha
descarriado?

--¡Y tú, tú--chilló la de Jáuregui con espanto, persignándose--, te has
metido a pastor!

--Pero aguárdese usted, tía. No juzgue usted las cosas tan de
ligero--insistió Maximiliano, apurado por no saber expresarse bien--.
¡Si ella está arrepentida! Ni ha sido tampoco tan mala como a usted le
han dicho. Si es un ángel...

--¡De cornisa! Buen provecho.

--Créame usted, y cuando la conozca...

--¡Yo... conocerla yo! De eso está libre... Repito que buen provecho te
haga tu oveja, mejor dicho, tu cabra descarriada.

--Pero si no es eso... es que yo no me expreso bien. Dígame una cosa,
¿el querer ser honrada no es lo mismo que serlo? ¿Dice usted que no?
Pues yo no lo veo así, yo no lo veo así.

--¿Cómo ha de ser lo mismo querer ser una cosa que serlo?

--En el terreno moral sí... Si conmigo es honrada y sin mí podría no
serlo, ¿cómo quiere usted que yo le diga, anda y vete a los demonios?
¿No es más natural y humano que la acoja y la salve? Pues qué, las obras
grandes y ¿cómo diré?... cristianas, ¿se han de mirar por el lado del
egoísmo?

Creyó el pobre muchacho que había puesto una pica en Flandes con este
argumento, y observó el efecto que en su tía había hecho. La verdad es
que doña Lupe se quedó un instante algo confusa sin saber qué responder.
Al fin le contestó con desdén:

«Estás loco. Esas cosas no se le ocurren a nadie que tenga sesos. Me
voy, te dejo, porque si estoy aquí, te pego, no tengo más remedio que
romperte encima el palo de una escoba, y la verdad, si eres poco hombre
para ese amor tan sublime, aún lo eres menos para recibir una paliza».

Maximiliano la sujetó por el vestido y la obligó a sentarse otra vez.

«Óigame usted... tía. Yo la quiero a usted mucho; yo le debo a usted la
vida, y aunque usted se empeñe en reñir conmigo, no lo ha de
conseguir... Vamos a ver. Lo que yo hago ahora, lo que la tiene a usted
tan enojada es, según voy viendo, una acción noble, y mi conciencia me
la aprueba, y estoy satisfecho de ella como si tuviera a Dios dentro de
mí diciéndome: _bien, bien_... Porque usted no me puede hacer creer que
estamos en el mundo sólo para comer, dormir, digerir la comida y
pasearnos. No; estamos para otra cosa. Y si yo siento dentro de mí una
fuerza muy grande, pero muy grande, que me impulsa a la salvación de
otra alma lo he de realizar, aunque se hunda el mundo».

--Lo que tú tienes--afirmó doña Lupe queriendo sostener su papel--, es
la tontería que te rebosa por todo el cuerpo... y nada más. No me
engatusarás con palabritas. Vaya que de la noche a la mañana has
aprendido unos términos y unos floreos de frases que me tienen
pasmada... Estás hecho un poeta... en toda la extensión de la palabra;
yo siempre he tenido a los poetas por unos grandes embusteros... tontos
de atar... Tú no eres ya el sobrinito que yo crié. ¡Cómo me has
engañado!... ¡Una mujer, una manceba, un belén...!, y ahora viene la de
me caso, y a Roma por todo. Anda, ya no te quiero; ya no soy tu tiita
Lupe... No te echo de mi casa por lástima, porque espero que todavía has
de arrepentirte y me has de pedir perdón.

Maximiliano, ya completamente sereno, movió la cabeza expresando duda.

«El perdón ya lo pedí por haber callado, y ya no tengo que pedir más
perdones. Todavía hay algo que usted no sabe y que le quiero decir.
¿Cómo la he mantenido durante tres meses? ¡Ay, tía! Rompí la hucha;
tenía tres mil y pico de reales, lo bastante para que viva con modestia,
porque es muy económica, sumamente económica, tía, y no gasta más que lo
preciso».

Esta revelación hizo vacilar un momento la ira de doña Lupe. ¡Era
económica!... El joven sacó la hucha, y mostrándola a su tía, reveló el
suceso como la cosa más natural del mundo, reproduciéndolo a lo vivo.
«Mire usted, cogí la hucha vieja, después de traer esta, que es
enteramente igual. Machaqué la llena; cogí el oro y la plata y pasé a
esta el cobre, añadiendo dos pesetas en cuartos para que pesara lo
mismo... ¿Quiere usted verlo?».

Antes que doña Lupe respondiera, Maximiliano estrelló la hucha contra el
suelo, y las piezas de cobre inundaron la habitación.

«Ya veo, ya veo que no tienes desperdicio--observó doña Lupe recogiendo
la calderilla--. ¿Y cuando se te acabe el dinero? ¿Vendrás a que yo te
dé? ¡Ay, qué equivocado estás!».

--Cuando se me acabe, Dios me socorrerá por algún lado--dijo Maximiliano
con fe.

Estaba excitadísimo y tenía el rostro encendido. Doña Lupe no había
visto nunca tanto brillo en aquellos ojos ni animación semejante en
aquella cara. Cuando entre los dos hubieron recogido las piezas, la tía
las envolvió en un número de _La Correspondencia_, y arrojando el
paquete sobre la cómoda, dijo con soberano menosprecio:

«Ahí tienes para el regalo de boda».

Maximiliano guardó en la cómoda el pesado paquete, y después se puso la
capa. Doña Lupe no se atrevió a retenerle, pues aunque su corazón se
llenó de sentimientos de soberbia y autoridad, nada de esto pudo
traducirse al exterior, porque en el momento de intentarlo, un freno
inexplicable la contuvo. Sentía desvanecida su autoridad sobre el
enamorado joven; veía una fuerza efectiva y revolucionaria delante de su
fuerza histórica, y si no le tenía miedo, era innegable que aquel
repentino tesón la infundía algún respeto.

Aquella mujer que dormía a pierna suelta después de haber estrangulado,
en connivencia con Torquemada, a un infeliz deudor, estaba intranquila
ante los problemas de conciencia que le había planteado su sobrino tan
candorosamente. Si quería tanto a esa mujer, ¿con qué derecho oponerse a
que se casara con ella? Y si tenía la tal inclinaciones honradas, y buen
síntoma de honradez era el ser tan económica, ¿quién cargaba con la
responsabilidad de atajarla en el camino de la reforma? Doña Lupe empezó
a llenarse de escrúpulos. Su corazón no era depravado sino en lo tocante
a préstamos; era como los que tienen un vicio, que fuera de él, y cuando
no están atacados de fiebre, son razonables, prudentes y discretos.

Al día siguiente, después de otro altercado con su sobrino, apuntaron
vagamente en su alma las ideas de transacción. Ya no cabía duda de que
la pasión de Maximiliano era tenaz y profunda, y de que le prestaba
energías incontrastables. Ponerse frente a ella era como ponerse delante
de una ola muy hinchada en el momento de reventar. Doña Lupe reflexionó
mucho todo aquel día, y como tenía un gran sentido de la realidad,
empezó a reconocer el poder que ejercen sobre nuestras acciones los
hechos consumados, y el escaso valor de las ideas contra ellos. Lo de
Maxi sería un disparate, ella seguía creyendo que era una burrada atroz;
mas era un hecho, y no había otro remedio que admitirlo como tal. Pensó
entonces con admirable tino que cuando en el orden privado, lo mismo
que en el público, se inicia un poderoso impulso revolucionario, lógico,
motivado, que arranca de la naturaleza misma de las cosas y se fortifica
en las circunstancias, es locura plantársele delante; lo práctico es
sortearlo y con él dejarse ir aspirando a dirigirlo y encauzarlo. Pues a
sortear y dirigir aquella revolución doméstica; que atajarla era
imposible, y el que se le pusiera delante, arrollado sería sin
remedio... De esta idea provino la relativa tolerancia con que habló a
su sobrino en la segunda noche de confianzas, la maña con que le fue
sacando noticias y pormenores de su novia, sin aparentar curiosidad,
aventurándose a darle algunos consejos. Verdad que entre col y col le
soltaba ciertas frescuras; pero esto era muy estudiado para que Maxi no
viera el juego. «No cuentes conmigo para nada; allá te las hayas... Ya
te he dicho que no quiero saber si tu novia tiene los ojos negros o
amarillos. A mí no me vengas con zalamerías. Te oigo por consideración;
pero no me importa. ¿Que la vaya yo a ver? ¡Estás tú fresco...!».

A Maximiliano le había dado su metamorfosis una penetración
intermitente. En ocasiones poseía la vista rápida y segura del ingenio
superior; en ocasiones era tan ciego que no veía tres sobre un burro.
Las pasiones exaltadas producen estas pasmosas diferencias en la
eficacia de una facultad, y hacen a los hombres romos o agudos cual si
estuviera el espíritu sometido a una influencia lunática. Aquel día leyó
el joven en el corazón de doña Lupe y apreció sus disposiciones
pacificadoras, a pesar de las frases estudiadas con que las quería
disimular. Hizo además un razonamiento que demuestra la agudeza genial
que adquiría en ciertos momentos de verdadero estro, adivinando por arte
de inspiración los arcanos del alma de sus semejantes. El razonamiento
fue este: «Mi tía se ablanda; mi tía se da a partido. Y como Fortunata
no le debe dinero, ni se lo deberá nunca, porque estoy yo para
impedirlo, ha de llegar día en que sean amigas».



--v--


Porque doña Lupe era tal y como su sobrino la pintaba en aquella breve
consideración; era juiciosa, razonable, se hacía cargo de todo, miraba
con ojos un tanto escépticos las flaquezas humanas, y sabía perdonar las
ofensas y hasta las injurias; pero lo que es una deuda no la perdonaba
nunca. Había en ella dos personas distintas, la mujer y la prestamista.
El que quisiera estar bien con ella y gozar de su amistad, tuviese mucho
cuidado de que las dos naturalezas no se confundieran nunca. Un simple
pagaré, extendido y firmado de la manera más cordial del mundo, bastaba
a convertir la amiga en basilisco, la mujer cristiana en inquisidora.

La doble personalidad de esta señora tenía un signo externo en su
cuerpo, una representación fatal, obra de la cirugía, que en este punto
fue una ciencia justiciera y acusadora. A doña Lupe le faltaba un pecho,
por amputación a consecuencia del tumor scirroso de que padeció en vida
de su marido. Como presumía de buen cuerpo y usaba corsé dentro de casa,
aquella parte que le faltaba la suplió con una bien construida pelota de
algodón en rama. A la vista, después de vestida, ofrecía gallardo
conjunto; pero tras de la ropa, sólo la mitad de su seno era de carne;
la otra mitad era insensible y bien se le podía clavar un puñal sin que
le doliese. Lo mismo era su corazón; la mitad de carne, la mitad de
algodón. La índole de las relaciones que con las personas tuviese
determinaba el predominio de tal o cual mitad. No mediando ningún
pagaré, daba gusto de tratar con aquella señora; mas como las
circunstancias la hicieran _inglesa_, ya estaba fresco el que se metiese
con ella.

Y no había sido así en vida de su marido. Verdad que en aquel tiempo
venturoso, no manejaba más dinero que el que Jáuregui le daba para el
gasto de la casa. Después de viuda, viéndose con cuatro cachivaches y
cinco mil reales, imaginó fundar una casa de huéspedes, pero Torquemada
se lo quitó de la cabeza, ofreciéndose a colocarle sus dineros con buen
interés y toda la seguridad posible. El éxito y las ganancias
engolosinaron a doña Lupe, que adquirió gradual y rápidamente todas las
cualidades del perfecto usurero, y echó el medio pecho de algodón,
haciéndose insensible, implacable y dura cuando de la cobranza puntual
de sus créditos se trataba. Los primeros años de esta vida pasó la
señora grandes apuros, porque los réditos, aun con ser tan crecidos, no
le bastaban al sostenimiento de su casa. Pero a fuerza de orden y
economía fue saliendo adelante, y aun hizo verdaderos milagros
atendiendo a las medicinas que Maximiliano necesitaba y a los
considerables gastos de su carrera. Quería mucho a su sobrino y se
afanaba porque nada le faltara. Este mérito grande no se le podía negar.
Lo que dijo del garbanzo que tenía el valor de una perla, es muy cierto.
Pero no lo es que hubiese practicado la usura por el solo interés de dar
carrera al sietemesino. Esto se lo decía ella a sí propia en sus
soliloquios; pero era uno de esos sofismas con que quiere cohonestarse y
ennoblecerse el egoísmo humano. Doña Lupe _trabajaba en préstamos_ por
pura afición que le infundió Torquemada, y sin sobrino y sin necesidades
habría hecho lo mismo.

Cuando vinieron los años bonancibles y el capitalito de la viuda
ascendió a dos mil duros, iniciose un periodo de buena suerte que debía
de ser pronto increíble prosperidad. Cayó en las combinadas redes de los
dos prestamistas un pobre señor, más desgraciado que perverso (que había
sido director general y vivía con gran rumbo a pesar de estar a la
cuarta pregunta), y no quiero decir cómo le pusieron. Los dos mil duros
de doña Lupe crecieron como la espuma en el término de tres años,
renovando obligaciones, acumulando intereses y aumentando estos cada año
desde dos por ciento mensual, que era el tipo primitivo, a cuatro. A la
pobre víctima le sacó Torquemada mucho más, porque se adjudicó sus
muebles riquísimos por un pedazo de pan; pero el tal se lo tenía muy
bien merecido. Después se rehízo con un destino en la administración de
Cuba; se volvió a perder, tornó a reponerse en Filipinas, y ahora está
por cuarta vez en poder de los vampiros. Como ya no hay dinero en las
colonias, parece difícil que este desventurado haga la quinta pella.
Dicen que América para los americanos. ¡Vaya una tontería! América para
los usureros de Madrid.

En la fecha en que nuestra narración coge a doña Lupe, tenía ya un
caudalito de diez mil duros, parte asegurado en acciones del Banco y
parte en préstamos con pagaré legalizado, figurando mucha mayor cantidad
de la percibida por el deudor. El ex-alabardero era enemigo _del
materialismo_ de las hipotecas con seguridad legal y rédito prudente.
Los préstamos arriesgados con premio muy subido eran su delicia y su
arte predilecto, porque aun cuando alguno no se cobrase hasta la víspera
del Juicio Final, la mayor parte de las víctimas caían atontadas por el
miedo al escándalo, y se doblaba el dinero en poco tiempo. Tenía olfato
seguro para rastrear a las personas pundonorosas, de esas que entregan
el pellejo antes que permitir andar en lenguas de la fama, y con estas
se metía hasta el fondo, _se atracaba de deudor_.

Poco a poco fue transmitiendo su manera de ser, de obrar y sentir a su
compinche, como se pasa la imagen de un papel a otro por medio del calco
o el estarcido. Cada vez que D. Francisco le llevaba dinero cobrado, un
problema de usura resuelto y finiquito, se alegraba tanto la viudita que
se le abrían los poros, y por aquellas vías se le entraba el carácter de
Torquemada a posesionarse del suyo e informarlo de nuevo.

La esposa de Torquemada estaba hecha tan a semejanza de este, que doña
Lupe la oía y la trataba como al propio don Francisco. Y con el trato
frecuente que las dos señoras tenían, doña Silvia llegó también a
ejercer gran influencia sobre su amiga, imprimiendo en esta algunos
rasgos de su fisonomía moral. Era hombruna, descarada y cuando se ponía
en jarras hacía temblar a medio mundo. Más de una vez aguardó en la
calle a un acreedor, con acecho de asesino apostado, para insultarle sin
piedad delante de la gente que pasaba. A esto no llegó ni podía llegar
la de Jáuregui, porque tenía ciertas delicadezas de índole y de
educación que se sobreponían a sus enconos de usurera. Pero sí fueron
juntas alguna vez a la casa de una infeliz viuda que les debía dinero, y
después de apremiarla inútilmente para que les pagara, echaron miradas
codiciosas hacia los muebles. Las dos harpías cambiaron breves palabras
frente a la víctima, que por poco se muere del susto. «A usted le
conviene esta copa-brasero--dijo doña Silvia--, y a mí aquella cómoda».
Hicieron subir a los mozos de cordel y se llevaron los citados objetos,
después de quitarle a la cómoda la ropa y a la copa el fuego. La deudora
se avino a todo por perder de vista a las dos infernales mujeres que
tanto pavor le causaban.

La copa aquella estaba en la sala de doña Lupe; mas no se encendía
nunca. Maximiliano sabía su procedencia, así como la de un bargueño y un
armario soberbio que en la alcoba estaban. La mesa en que el estudiante
escribía entró en la casa de la misma manera, y la vajilla buena que se
usaba en ciertos días fue adquirida por la quinta parte de su valor, en
pago de un pico que adeudaba una amiga íntima. Doña Silvia había hecho
el negocio, que doña Lupe no se atreviera a tanto. Un centro de plata,
dos bandejas del mismo metal y una tetera que la señora mostraba con
orgullo, habían ido a la casa empeñadas también por una amiga íntima y
allí se quedaron por insolvencia. Maximiliano se había enterado de
muchos pormenores concernientes a los manejos de su tía. Las alhajas,
vestidos de señora, encajes y mantones de Manila que pasaban a ser
suyos, tras largo cautiverio, vendíalos por conducto de una corredora
llamada Mauricia la Dura. Esta iba a la casa con frecuencia en otros
tiempos; pero ya apenas _corría_, y doña Lupe la echaba muy de menos,
porque aunque era muy alborotada y disoluta, cumplía siempre bien.
Asimismo había podido observar Maximiliano en su propia casa lo
implacable que era su tía con los deudores, y de este conocimiento vino
el inspirado juicio que formuló de esta manera: «Si me caso con
Fortunata y si la suerte nos trae escaseces, antes pediremos limosna por
las calles que pedir a mi tía un préstamo de dos pesetas... Mientras más
amigos, más claros».



-IV-

Nicolás y Juan Pablo Rubín.--Propónense nuevas artes y medios de
redención



--i--


Hallábase doña Lupe, en el fondo de su alma, inclinada a la transacción
lenta que imponían las circunstancias; mas no quiso dar su brazo a
torcer ni dejar de mostrar una inflexibilidad prudente, hasta tanto que
viniese Juan Pablo y hablaran tía y sobrino de la inaudita novedad que
había en la familia. Una mañana, cuando Maximiliano estaba aún en la
cama no bien dormido ni despierto, sintió ruido en la escalera y en los
pasillos. Oyó primero patadas y gritos de mozos que subían baúles,
después la voz de su hermano Juan Pablo; y lo mismo fue oírla, que
sentir renovado en su alma aquel pícaro miedo que parecía vencido.

No tenía malditas ganas de levantarse. Oyó a su tía regateando con los
mozos por si eran tres o eran dos y medio. Después, le pareció que Juan
Pablo y su tía hablaban en el comedor. ¡Si le estaría contando
aquello...! Seguramente, porque su tía era muy novelera, y no le gustaba
de que ciertas cosas se le enranciaran dentro del cuerpo. Oyó luego que
su hermano se lavaba en el cuarto inmediato, y cuando doña Lupe entró
para llevarle toallas, cuchichearon largo rato. Maximiliano calculó que
probablemente hablarían de la herencia; pero no las tenía todas consigo.
Trataba de darse ánimos considerando que su hermano era el más simpático
de la familia, el de más talento y el que mejor se hacía cargo de las
cosas.

Levantose al fin de mala gana. Ya lavado y vestido, vacilaba en salir, y
se estuvo un ratito con la mano en el picaporte. Doña Lupe tocó a la
puerta, y entonces ya no hubo más remedio que salir. Estaba pálido y
daba lástima verle. Abrazó a su hermano, y en el mirar de este, en el
tono de sus palabras, conoció al punto que sabía la grande, increíble
historia. No tenía ganas el joven de explicaciones ni disputas aquella
hora, y como era un poco tarde se apresuró a irse a la clase. Mas no
tuvo sosiego en ella, ni cesó de pensar en lo que su hermano diría y
haría. Esta perplejidad le arrancaba suspiros. El miedo, el pícaro miedo
era su principal enemigo. Conveníale, pues, quitarse pronto la máscara
ante su hermano como se la había quitado ante doña Lupe, pues hasta que
lo hiciera no se reintegraría en el uso de su voluntad. Si Juan Pablo
salía por la tremenda, quizás era mejor, porque así no estaba
Maximiliano en el caso de guardarle consideraciones; pero si se ponía
en un pie de astucias diplomáticas, fingiendo ceder para resistir con la
inercia, entonces... Esto ¡ay!, lo temía más que nada.

Pronto había de salir de dudas. Cuando Maximiliano entró a almorzar, ya
estaba Juan Pablo sentado a la mesa, y a poco llegó doña Lupe con una
bandeja de huevos fritos y lonjas de jamón. Gozosa estaba aquel día la
señora, porque Papitos se portaba bien, como siempre que había aumento
de trabajo. «Es tan novelera esta mona--decía--, que cuando tenemos
mucho que hacer parece que se multiplica. Lo que ella quiere es lucirse,
y como vea ocasiones de lucimiento, es un oro. Cuando menos hay que
hacer es cuando la pega. Me la traje a casa hecha una salvajita, y poco
a poco le he ido quitando mañas. Era golosa, y siempre que iba a la
tienda por algo, lo había de catar. ¿Creerás que se comía los fideos
crudos?... La recogí de un basurero de Cuatro Caminos, hambrienta,
cubierta de andrajos. Salía a pedir y por eso tenía todos los malos
hábitos de la vagancia. Pero con mi sistema la voy enderezando. Porrazo
va, porrazo viene, la verdad es que sacaré de ella una mujer en toda la
extensión de la palabra».

--Está tan malo el servicio en Madrid--observó Juan Pablo--, que no debe
usted mirarle mucho los defectos.

Durante todo el almuerzo hablaron del servicio, y a cada cosa que decían
miraban a Maximiliano como impetrando su asentimiento. El joven observó
que su hermano estaba serio con él, pero aquella seriedad indicaba que
le reconocía hombre, pues hasta entonces le trató siempre como a un
niño. El estudiante esperaba burlas, que era lo que más temía, o una
reprimenda paternal. Ni una cosa ni otra se apuntaba en el lenguaje
indiferente y frío de Juan Pablo. Este, después de almorzar, sintiose
amagado de la jaqueca y se echó de muy mal humor en su cama. Toda la
tarde y parte de la noche estuvo entre las garras de aquella desazón más
molesta que grave. No eran sus ataques tan penosos como los de
Maximiliano, y generalmente le era fácil anegar el dolor hemicráneo en
la onda del sueño. Ya sabía que el cansancio de los viajes consecutivos
le producía el ataque, y que este se pasaba en la noche mas no por esto
lo llevaba con paciencia. Renegando de su suerte estuvo hasta muy tarde,
y al fin descansó con sosegado sueño.

En tanto, doña Lupe hacía mil consideraciones sobre el apático desdén
con que Juan Pablo recibiera la noticia de _aquello_. Había fruncido el
ceño; después había opinado que su hermano era loco, y por fin, alzando
los hombros, dijo: «¿Yo qué tengo que ver? Es mayor de edad. Allá se las
haya».

Lo mismo Maximiliano que su tía habían notado que Juan Pablo estaba
triste. Primero lo atribuyeron a cansancio; pero notaron luego que
después de las doce horas de sueño reparador, estaba más triste aún. No
sostenía ninguna conversación. Parecía que nada le interesaba, ni aun la
herencia, de la que hablaba poco, aunque siempre en términos precisos.

«¿Sabes que tu hermano lo ha tomado con calma?» dijo doña Lupe a Maxi
una noche.

--¿Qué?--El asunto tuyo. Dos veces le he hablado. ¿Y sabes lo que hace?
Alzar los hombros, sacudir la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y
decir que ahí se las den todas.

El enamorado oía con júbilo estas palabras, que eran para él un gran
consuelo. Indudablemente Juan Pablo observaba la prudente regla de
respetar los sentimientos y propósitos ajenos para que le respetaran los
suyos. Hablaba tan poco, que doña Lupe tenía que sacarle las palabras
con cuchara. «O está también haciendo el trovador--decía doña Lupe--, o
le pasa algo. Estoy yo divertida con mis sobrinos. Todos están con
murria. Al menos Maxi es franco y dice lo que quiere».

Hubiera hurgado doña Lupe a su sobrino mayor para que le relevase la
causa de su tristeza; pero como presumía fuese cosa de política, no
quiso tocar este punto delicado por no armar camorra con Juan Pablo,
que era o había sido carlista, al paso que doña Lupe era liberal, cosa
extraña, liberal _en toda la extensión de la palabra_. Después de servir
a D. Carlos en una posición militar administrativa, Rubín había sido
expulsado del Cuartel Real. Sus íntimos amigos le oyeron hablar de
calumnias y de celadas traidoras; pero nada se sabía concretamente.
Dejaba escapar de su pecho exclamaciones de ira, juramentos de venganza
y apóstrofes de despecho contra sí mismo. «¡Bien merecido lo tengo por
meterme con esa gente!». Cuando llegó a Madrid echado de la corte de D.
Carlos, fue a casa de su tía, según costumbre antigua; pero apenas
paraba en la casa. Dormía fuera, comía también fuera, casi siempre en
los cafés o en casa de alguna amiga, y doña Lupe se desazonaba juzgando
con razón que semejante vida no se ajustaba a las buenas prácticas
morales y económicas. De repente, el misántropo volvió al Norte,
diciendo que regresaría pronto, y mientras estuvo fuera se supo la
muerte de Melitona Llorente. La primera noticia que de la herencia tuvo
Juan Pablo diósela su tía paterna por una carta que le dirigió a Bayona.
Preparábase a volver a España, y la carta aquella con la noticia que
llevaba aceleró su vuelta. Entró por Santander, se fue a Zaragoza por
Miranda y de allí a Molina de Aragón. Diez días estuvo en esta villa,
donde ninguna dificultad de importancia le ofreció la toma de posesión
del caudal heredado. Este ascendía a unos treinta mil duros entre
inmuebles y dinero dado a rédito sobre fincas; y descontadas las mandas
y los derechos de traslación de dominio, quedaban unos veintisiete mil
duros. Cada hermano cobraría nueve mil. Juan Pablo, al llegar a Madrid,
escribió a Nicolás para que también viniese, con objeto de estar
reunidos los tres hermanos y tratar de la partición.

He dicho que doña Lupe rehuía el hablar de política con Juan Pablo. En
realidad, ella no entendía jota de política, y si era liberal, éralo por
sentimiento, como tributo a la memoria de su Jáuregui y por respeto al
uniforme de miliciano nacional que este tan gallardamente ostentaba en
su retrato. Pero si le hubieran dicho que explicara los puntos
esenciales del dogma liberal, se habría visto muy apurada para
responder. No sabía más sino que aquellos malditos _carcas_ eran unos
indecentes que nos querían traer la Inquisición y las _caenas_. Había
respirado aquella señora aires tan progresistas durante su niñez y en
los gloriosos veinte años de su unión con Jáuregui, que no quería ni oír
hablar de absolutismo. No comprendía cómo su sobrino, un muchacho tan
listo, había cometido la borricada de hacerse súbdito de aquel zagalón
de D. Carlos, un perdido, un zafiote, un déspota _en toda la extensión
de la palabra_.

En la cuestión religiosa, las ideas de doña Lupe se adaptaban al
criterio de su difunto esposo, que era el más juicioso de los hombres y
sabía dar _a Dios lo que es de Dios y al César_, etc... Este estribillo
lo repetía muy orgullosamente la viuda siempre que saltaba una
oportunidad, añadiendo que creía cuanto la Santa Madre Iglesia manda
creer; pero que mientras menos trato tuviera con curas, mejor. Oía su
misa los domingos y confesaba muy de tarde en tarde; mas de este paso
regular no la sacaba nadie.

Desde un día en que disputando con su sobrino sobre este tema, se
amontonaron los dos y por poco se tiran los trastos a la cabeza, no
quiso doña Lupe volver a mentar a los _carcundas_ delante de Juan Pablo.
Y cuando le vio venir del Cuartel Real, corrido y humillado, tuvo la
señora una alegría tal que con dificultad podía disimularla. Se acordaba
de su Jáuregui y de las cosas oportunas y sapientísimas que este decía
sobre todo desgraciado que se metía con curas, pues era lo mismo que
acostarse con niños. «Y no aprenderá--pensaba doña Lupe--; todavía es
capaz de volver a las andadas, y de ir allá a quitarle motas al zángano
de Carlos _Siete_.



--ii--


Durmiose Maxi aquella noche arrullado por la esperanza. Síntoma de
conciliación era que su tía no le hablaba ya con ira, y aun parecía
tenerle en verdadero concepto de hombre o de varón. A veces, hasta
parecía que la insigne señora le tenía cierto respeto. ¡Si no hay como
mostrarse duro y decidido para que le respeten a uno...! Por lo demás,
doña Lupe había vuelto a cuidarle con su acostumbrada solicitud. Le
ponía en la mesa los platos de su gusto, y en su cuarto nada faltaba
para su regalo y comodidad. En fin, que el pobre chico estaba
satisfecho; sentía que el terreno se solidificaba bajo sus plantas, y se
reconocía más árbitro de su destino, y casi triunfante en la descomunal
batalla que estaba dando a su familia.

En cuanto a Juan Pablo, no había nada que temer. Los dos hermanos no
tenían ocasiones de hablar mucho, porque el primogénito, después de
almorzar, se marchaba a uno de los cafés de la Puerta del Sol y allí se
estaba las horas muertas. Por la noche o venía muy tarde o no venía. La
idea de que su hermano andaba de picos pardos regocijaba a Maxi porque
«ahora se verá--decía--, quién es más juicioso, quién cumple mejor las
leyes de la moral. Que no nos venga aquí echándosela de plancheta con
su _neísmo_».

En suma, que mi hombre se veía más respetado y considerado desde que se
las tuvo tiesas con su tía la mañana de marras. La única persona que no
participaba ni poco ni mucho de este respeto era Papitos, que cada día
le trataba con familiaridad más chocarrera. «Feo, cara de pito, memo en
polvo--decíale sacando un trozo de lengua tal que casi parecía
inverosímil--. Valiente mico está _vusté_... Verá cómo no le dejan
casar... Sí, para _vusté_ estaba. Bobo, más que bobo». Maximiliano la
despreciaba y se lo decía: «Lárgate de aquí, sinvergüenza, o te quito
todas las muelas de una bofetada». «_¿Vusté, vusté?_, ja, ja. Si le
cojo, del primer borleo va a parar al tejado».

Más valía no hacerle caso. Era una inocente que no sabía lo que se
decía. Estaba Papitos arreglando el cuarto de _sito_ Maxi, donde se puso
la cama para el cura, que debía llegar al día siguiente por la mañana.
No veía el estudiante con buenos ojos este arreglo, porque siempre que
su hermano Nicolás venía a Madrid y dormía en aquel cuarto le espantaba
el sueño con sus ronquidos. Eran sus fauces y conducto nasal trompeta de
Jericó con diferentes registros a cual peor. Maxi se ponía tan nervioso,
que a veces tenía que salirse de la cama y del cuarto. Lo que más le
incomodaba era que a la mañana siguiente el cura sostenía que no había
dormido nada.

Indicó a doña Lupe que le librara de este martirio poniendo a Nicolás en
otra habitación. ¿Pero dónde, si no había más aposentos en la casa? La
señora le prometió ponerle la cama en su propia alcoba si el cura
roncaba mucho la primera noche. «Pero ahora que me acuerdo, yo también
ronco... En fin, ya se arreglará. Aunque sea en la sala te podrás
quedar».

Llegó Nicolás Rubín a la mañanita siguiente, y Maxi le vio entrar como
un enemigo más con quien tendría que batirse. El carácter sacerdotal de
su hermano le impresionaba, pues por mucho que su tía y él hablaran
contra el _neísmo_, un cura siempre es una autoridad en cualquier
familia. A este hermano le quería Maxi menos que a Juan Pablo, sin duda
por haber vivido ausente de él durante su niñez.

Los dos hermanos mayores almorzaron juntos, mas no hablaron ni palotada
de política, por no chocar con doña Lupe. Precisamente Nicolás fue quien
metió a Juan Pablo por el aro carlista, prometiéndole villas y
castillos. Habíale dado recomendaciones para elevadas personas del
Cuartel Real y para unos clérigos de caballería que residían en Bayona.
Pero nada, como digo, se habló en la mesa. No se les ocultaba que su tía
sabía hacer guardar los respetos debidos a la entidad de Jáuregui,
presente siempre en la casa por ficción mental, de que era símbolo el
feo retrato que en el gabinete estaba. Hablaban del tiempo, de lo mal
que se vivía en Toledo, de que el viento se había llevado toda la flor
del albaricoque, y de otras zarandajas, honrando sin melindres el buen
almuerzo.

De sobremesa, Juan Pablo propuso, puesto que estaban todos reunidos,
tratar algunos puntos de la herencia, que debían ponerse en claro. Él no
quería propiedad rústica, y si sus hermanos lo aprobaban, recibiría su
parte en metálico e hipotecas. Otras hipotecas y las tierras serían para
Nicolás y Maximiliano. Estos se conformaron con lo que su hermano
proponía, y a doña Lupe le dieron ganas de tomar cartas en el asunto;
pero no se atrevió a intervenir en un negocio que no le incumbía. No
tuvo más remedio que tragar saliva y callarse. Después le dijo a
Maximiliano: «Habéis sido unos tontos. Tu hermano quiere su parte en
metálico para gastarla en cuatro días. Es una mano rota. ¿A mí qué me va
ni me viene? Pues más te habría valido recibir lo tuyo en dinero
contante, que bien colocado por mí, te habría dado una rentita bien
segura. Y si no, lo has de ver. Yo quiero saber cómo te las vas tú a
gobernar con tanto olivo, tanto parral y ese pedazo de monte bajo que
dicen que te toca. Lo mismo que el majagranzas de Nicolás; a todo decía
que sí. Por de pronto tendréis que tomar un administrador que os robará
los ojos, y os dará cada cuenta que Dios tirita. ¡Qué par de zopencos
sois! Yo te miraba y te quería comer con los ojos, dándote a entender
que te resistieras; y tú, hecho un marmolillo... Y luego quieres
echártela de hombre de carácter. Bonito camino, sí señor, bonito camino
tomas».

Otra cosa había propuesto también el primogénito, a la que accedieron
gustosos los otros dos hermanos. Cuando murió D. Nicolás Rubín, todos
los _ingleses_ cobraron con las existencias de la tienda, a excepción de
uno, que había sido el mejor y más fiel amigo del difunto en sus días
buenos y malos. Este acreedor era Samaniego, el boticario de la calle
del Ave María, y su crédito ascendía, con el interés vencido de seis por
ciento, a sesenta y tantos mil reales. Propuso Juan Pablo satisfacerlo
como un homenaje a la justicia y a la buena memoria de su querido padre,
y se votó afirmativamente por unanimidad. La misma doña Lupe aprobó este
acuerdo, que si recortaba un poco el capital de la herencia, era un acto
de lealtad y como una consagración póstuma de la honradez de su infeliz
hermano. Samaniego no había reclamado nunca el pago de su deuda, y esta
delicadeza pesaba más en el ánimo de los Rubín para pagarle. Ambas
familias se visitaban a menudo, tratándose con la mayor cordialidad, y
aun se llegó a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor
de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento
y aptitud para el trabajo se hacía toda lenguas doña Lupe.

Aprobadas la partición propuesta por Juan Pablo y la cancelación del
crédito de Samaniego.

Maximiliano, con estas cosas, se sentía cada vez más fuerte. Había
tomado acuerdos en consejo de familia, luego era hombre. Si tenía la
personalidad legal, ¿cómo no tener la otra? Figurábase que algo crecía y
se vigorizaba dentro de él, y hasta llegó a imaginar que si le pusieran
en una báscula había de pesar más que antes de aquellas determinaciones.
Sin duda tenía también más robustez física, más dureza de músculos, más
plenitud de pulmones. No obstante, estaba sobre ascuas hasta que su
hermano el cleriguito no se explicase. Podría suceder muy bien que
cuando todo iba como una seda, saliese con ciertas _mistiquerías_
propias de su oficio, sacando el Cristo de debajo de la sotana y
alborotando la casa.

La noche del mismo día en que se trató de la herencia, supo Nicolás lo
que pasaba, y no lo tomó con tanta calma como Juan Pablo. Su primer
arranque fue de indignación. Tomó una actitud consternada y meditabunda,
haciendo el papel de hombre entero, a quien no asustan las dificultades
y que tiene a gala el presentarles la cara. Las relaciones entre Nicolás
y la viuda, que habían sido frías hasta un par de meses antes de los
sucesos referidos, eran en la fecha de estos muy cordiales, y no porque
tía y sobrino tuviesen conformidad de genio, sino por cierta
coincidencia en procederes económicos que atenuaba la gran disparidad
entre sus caracteres. Doña Lupe no había simpatizado nunca con Nicolás;
primero, porque las sotanas en general no la hacían feliz; segundo,
porque aquel sobrino suyo no se dejaba querer. No tenía las seducciones
personales de Juan Pablo, ni la humildad del pequeño. Su fisonomía no
era agradable, distinguiéndose por lo peluda, como antes se indicó. Bien
decía doña Lupe que así como el primogénito se llevara todos los
talentos de la familia, Nicolás se había adjudicado todos los pelos de
ella. Se afeitaba hoy, y mañana tenía toda la cara negra. Recién
afeitado, sus mandíbulas eran de color pizarra. El vello le crecía en
las manos y brazos como la yerba en un fértil campo, y por las orejas y
narices le asomaban espesos mechones. Diríase que eran las ideas, que
cansadas de la oscuridad del cerebro se asomaban por los balcones de la
nariz y de las orejas a ver lo que pasaba en el mundo.

Cargábanle a doña Lupe sus pretensiones sermonarias y cierta grosería
entremezclada con la soberbia clerical. Las relaciones entre una y otro
eran puramente de fórmula, hasta que a Nicolás, en uno de los viajes que
hizo a Madrid, se le ocurrió entregar a la tía sus ahorros para que se
los colocara, y véase aquí cómo se estableció entre estas dos personas
una corriente de simpatía convencional que había de producir la amistad.
Era como dos países separados por esenciales diferencias de raza y
antagonismos de costumbres, y unidos luego por un tratado de comercio.
Lo contrario pasó entre Juan Pablo y doña Lupe. Esta le tuvo en otro
tiempo mucho cariño y apreciaba sus grandes atractivos personales; pero
ya le iba dando de lado en sus afectos. No le perdonaba sus hábitos de
despilfarro y el poco aprecio que hacía del dinero gastándolo tan sin
sustancia. Ni una sola vez, ni una, le había dado un pico para que se lo
colocase a rédito. Siempre estaba a la cuarta pregunta, y como pudiera
sacarle a su tía alguna cantidad por medio de combinaciones dignas del
mejor hacendista, no dejaba de hacerlo, y a la viuda se le requemaba la
sangre con esto. Véase, pues, cómo se entendía mejor con el más
antipático de sus sobrinos que con el más simpático.



--iii--


Conocedor Nicolás de la tremenda noticia, le faltó tiempo para pegar la
hebra de su soporífero sermón, sólo interrumpido cuando Papitos trajo la
ensalada. Porque Nicolás Rubín no podía dormir si no le ponían delante a
punto de las once una ensalada de lechuga o escarola, según el tiempo,
bien aliñada, bien meneada, con el indispensable ajito frotado en la
ensaladera, y la golosina del apio en su tiempo. Había comido muy bien
el dichoso cura, circunstancia que no debe notarse, pues no hay memoria
de que dejara de hacerlo cumplidamente ningún día del año. Pero su
estómago era un verdadero molino, y a las tres horas de haberse llenado,
había que cargarlo otra vez. «Esto no es más que debilidad--decía
poniendo una cara grave y a veces consternada--, y no hay idea de los
esfuerzos que he hecho por corregirla. El médico me manda que coma poco
y a menudo».

Cayó sobre aquel forraje de la ensalada, e inclinaba la cara sobre ella
como el bruto sobre la cavidad del pesebre lleno de yerba.

«Le diré a usted, tía--murmuraba con el gruñido que la masticación le
permitía--. Yo no soy de mucho comer, aunque lo parezca».

--Podías serlo más. Come, hijo, que el comer no es pecado gordo.

--Le diré a usted, tía...

No le dijo nada, porque la operación aquella de mascar los jugosos
tallos de la escarola absorbía toda su atención. Los gruesos labios le
relucían con la pringue, y esta se le escurría por las comisuras de la
boca formando un hilo corriente, que hubiera descendido hasta la
garganta si los cañones de la mal rapada barba no lo detuvieran. Tenía
puesto un gorro negro de lana con borlita que le caía por delante al
inclinar la cabeza, y se retiraba hacia atrás cuando la alzaba. A doña
Lupe (no lo podía remediar) le daba asco el modo de comer de su sobrino,
considerando que más le valía saber menos de cosas teológicas y un
poquito más de arte de urbanidad. Como estaban los dos solos, dábale
bromas sobre aquello del comer poco y a menudo; pero él se apresuró a
variar la conversación, llevándola al asunto de Maxi.

«Una cosa muy seria, tía, pero que muy seria».

--Sí que lo es; pero creo muy difícil quitársela de la cabeza.

--Eso corre de mi cuenta... ¡Oh! Si no tuviera yo otras montañas que
levantar en vilo...--dijo el clérigo apartando de sí la ensaladera, en
la cual no quedaba ni una hebra--. Verá usted... verá usted si le vuelvo
yo del revés como un calcetín. Para esas cosas me pinto...

No pudo concluir la frase, porque le vino de lo hondo del cuerpo a la
boca una tan voluminosa cantidad de gases, que las palabras tuvieron que
echarse a un lado para darle salida. Fue tan sonada la regurgitación,
que doña Lupe tuvo que apartar la cara, aunque Nicolás se puso la palma
de la mano delante de la boca a guisa de mampara. Este movimiento era
una de las pocas cosas relativamente finas que sabía.

«...me pinto solo--terminó, cuando ya los fluidos se habían difundido
por el comedor--. Verá usted, en cuanto llegue le echo el toro... ¡Oh!,
es mi fuerte. Me parece que ya está ahí».

Oyose la campanilla, y la misma doña Lupe abrió a su sobrino. Lo mismo
fue entrar este en el comedor que conocer en la cara impertinente de su
hermano que ya sabía _aquello_... No le dio Nicolás tiempo a prepararse,
porque de buenas a primeras le embocó de este modo:

«Siéntese usted aquí, caballerito, que tenemos que hablar. Vaya, que me
ha dejado frío lo que acabo de saber. Estamos bien. Con que...».

La mano tiesa volvió a ponerse delante de la boca, a punto que se
atascaban las palabras, sufriendo la cabeza como una trepidación.

«Con que aquí hace cada cual lo que le da la gana, sin tener en cuenta
las leyes divinas ni humanas, y haciendo mangas y capirotes de la
religión, de la dignidad de la familia...».

Maximiliano, que al principiar el réspice, estaba anonadado, se rehízo
de súbito, y todas las fuerzas de su espíritu se pronunciaron con
varonil arranque. Tal era el síntoma característico del _hombre nuevo_
que en él había surgido. Roto el hielo de la cortedad desde el momento
en que la tremenda cuestión salía a _vista pública_, le brotaban del
fondo del alma aquellos alientos grandes para su defensa. Discutir, eso
no; pero lo que es obrar, sí, o al menos demostrar con palabras breves y
enfáticas su firme propósito de independencia...

«¡Bah!--exclamó apartando la vista de su hermano con un movimiento
desdeñoso de la cabeza--. No quiero oír sermones. Yo sé bien lo que debo
hacer».

Dijo, y levantándose se marchó a su cuarto.

--Bien, muy bien--murmuró el cura quedándose corrido, mirando a doña
Lupe y a Papitos, la cual se pasmaba de aquel mirar que parecía una
consulta--. Y qué mal educadito y que rabiosito se ha vuelto. Bien, muy
bien; pero muy...

Un metro cúbico de gas se precipitó a la boca con tanta violencia, que
Nicolás tuvo que ponerse tieso para darle salida franca, y a pesar de lo
furioso que estaba, supo cuidar de que la mano desempeñara su
obligación. Doña Lupe también parecía indignada, aunque si se hubiera
ido a examinar bien el interior de la digna señora, se habría visto que
en medio del enojo que su dignidad le imponía, nacía tímidamente un
sentimiento extraño de regocijo por aquella misma independencia de su
sobrino. ¡Si sería efectivamente un hombre, un carácter entero...!
Siempre le disgustó a ella que fuera tan encogido y para poco. ¿Por qué
no se había de alegrar de ver en él un rasgo siquiera de personalidad
árbitra de sí misma? «Hay que ver por dónde sale este demonches de
chico--pensaba con cierta travesura--. ¡Y qué geniazo va sacando!».

«Pero muy bien, perfectamente bien--dijo el cura apoyando las manos en
los brazos del sillón, para enderezar el cuerpo--. Verás ahora,
grandísimo piruétano, cómo te pongo yo las peras a cuarto. Tía, buenas
noches. Ahora va a ser la gorda. Acostados los dos, hablaremos».

Encerrose Nicolás en su alcoba, que era la de su hermano, y ambos se
metieron en la cama. Doña Lupe se puso fuera a escuchar. Al principio no
oyó más que el crujir de los hierros de la cama del clérigo, que era muy
mala y endeble, y en cuanto se movía el desgraciado ocupador de ella
volvíase toda una pura música, la que unida al ruido de los muelles del
colchón veterano, hubiera quitado el sueño a todo hombre que no fuese
Nicolás Rubín. Después oyó doña Lupe la voz de Maxi, opaca, pero entera
y firme. Nicolás no le dejaba meter baza; pero el otro se las tenía
tiesas... ¡Terrible duelo entre el sermón y el lenguaje sincero de los
afectos! Ponía singular atención doña Lupe a la voz del sietemesino, y
se hubiera alegrado de oír algo estupendo, categórico y que se saliera
de lo común; pero no podía distinguir bien los conceptos, porque la voz
de Maxi era muy apagada y parecía salir de la cavidad de una botella. En
cambio los gritos del cura se oían claramente desde el pasillo. «Miren
por dónde sale ahora este...--pensó doña Lupe volviendo la cara con
desdén--. ¡Qué tendrán que ver Santo Tomás ni el padre Suárez con...!».
Al fin dejó de oírse la voz cavernosa del sacerdote, y en cambio se
percibió un silbido rítmico, al que siguieron pronto mugidos como los
del aire filtrándose por los huecos de un torreón en ruinas.

«Ya está roncando ese...--dijo doña Lupe retirándose a su alcoba--. ¡Qué
noche va a pasar el otro pobre!».

Serían las nueve de la mañana siguiente, cuando Nicolás pidió a Papitos
su chocolate. Salió del cuarto con la cara muy mal lavada, y algunas
partes de ella parecían no haber visto más agua que la del bautismo.

«¿Ese chocolate?» preguntó en el comedor, resobándose las manos una con
otra, como si quisiera sacar fuego de ellas.

--Ahora mismo. El chocolate había de ser con canela, hecho con leche,
por supuesto, y en ración de dos onzas. Le habían de acompañar un bollo
de tahona, varios bizcochitos y agua con azucarillo. Y aún decía Nicolás
que tomaba chocolate no por tomarlo, sino nada más que por fumarse un
cigarrillo encima.

--¿Y qué resultó anoche?--preguntó doña Lupe al ponerle delante todo
aquel cargamento.

--Pues nada, que no hay quien le apee--respondió el clérigo, sumergiendo
el primer bizcochito en el espeso líquido--. Lo que usted decía: no es
posible quitárselo de la cabeza. Una de dos, o matarle o dejarle, y como
no le hemos de matar... Al fin convenimos en que yo vería hoy a esa...
cabra loca.

--No me parece mal.--Y según la impresión que me haga, determinaremos.

--¿Vais juntos?--No, yo solo, quiero ir solo. Además él está hoy con
jaqueca.

--¿Con jaqueca? ¡Pobrecito!

Doña Lupe corrió a ver a Maximiliano, que después de empezar a vestirse,
había tenido que echarse otra vez en la cama. Provocado sin duda por las
emociones de aquellos días, por el largo debate con su hermano Nicolás,
y más aún quizás por los insufribles ronquidos de este, apareció el
temido acceso. Desde media noche sintió Maxi un entorpecimiento
particular dentro de la cabeza, acompañado del presagio del mal. La
atonía siguió, con el deseo de sueño no satisfecho y luego una punzada
detrás del ojo izquierdo, la cual se aliviaba con la compresión bajo la
ceja. El paciente daba vueltas en la cama buscando posturas, sin
encontrar la del alivio. Resolvíase luego la punzada en dolor
gravitativo, extendiéndose como un cerco de hierro por todo el cráneo.
El trastorno general no se hacía esperar, ansiedad, náuseas, ganas de
moverse, a las que seguían inmediatamente ganas más vivas todavía de
estarse quieto. Esto no podía ser, y por fin le entraba aquella desazón
epiléptica, aquel maldito hormigueo por todo el cuerpo. Cuando trató de
levantarse parecíale que la cabeza se le abría en dos o tres cascos,
como se había abierto la hucha a los golpes de la mano del almirez.
Sintió entrar a su tía. Doña Lupe conocía tan bien la enfermedad, que no
tenía más que verle para comprender el periodo de ella en que estaba.

«¿Tienes ya el clavo?--le preguntó en voz muy baja--. Te pondré
láudano».

Había aparecido el clavo, que era la sensación de una baguetilla de
hierro caliente atravesada desde el ojo izquierdo a la coronilla.
Después pasaba al ojo derecho este suplicio, algo atenuado ya. Doña
Lupe, tan cariñosa como siempre, le puso láudano, y arreglando la cama y
cerrando bien las maderas, le dejó para ir a hacer una taza de té,
porque era preciso que tomase algo. El enfermo dijo a su tía que si iba
Olmedo a buscarle para ir a clase, le dejase pasar para hacerle un
encargo. Fue Olmedo, y Maximiliano le rogó corriese a avisar a Fortunata
la visita del clérigo, para que estuviese prevenida. «Oye, adviértele
que tenga mucho cuidado con lo que dice; que hable sin miedo y con
sinceridad; basta con esto. Dile cómo estoy y que no la podré ver hasta
mañana».



--iv--


El aviso, puntualmente transmitido por Olmedo, de la visita del cura
puso a Fortunata en gran confusión. Pareciole al pronto un honor harto
grande, luego compromiso, porque la visita de persona tan respetable
indicaba que la cosa iba de veras. No se conceptuaba, además, con
bastante finura para recibir a sujetos de tanta autoridad. «¡Un señor
eclesiástico!... ¡qué vergüenza voy a pasar! Porque de seguro me
preguntará cosas como cuando una se va a confesar... ¿Y cómo me pondré?
¿Me vestiré con los trapitos de cristianar, o de cualquier manera?...
Quizás sea mejor ponerme hecha un pingo, a lo pobre, para que no crea...
No, no es propio. Me vestiré decente y modestita». Despachados los más
urgentes quehaceres del día, peinose con mucha sencillez, se puso su
vestido negro, las botas nuevas; púsose también su pañuelo de lana
oscuro, sujeto con un imperdible de metal blanco que representaba una
golondrina, y mirándose al espejo, aprobó su perfecta facha de mujer
honesta. Antes de arreglarse había almorzado precipitadamente, con poca
gana, porque no le gustaban visitas tan serias, ni sabía lo que en ellas
había de decir. La idea de soltar alguna barbaridad o de no responder
derechamente a lo que se le preguntara, le quitó el apetito... Y bien
mirado, ¿qué necesidad tenía ella de visitas de curas? Pero no tuvo
tiempo de pensar mucho en esto, porque de repente... tilín. Era
próximamente la una y media.

Corrió a abrir la puerta. El corazón le saltaba en el pecho. La figura
negra avanzó por el pasillo para entrar en la salita. Fortunata estaba
tan turbada que no acertó a decirle que se sentase y dejara la canaleja.
Maxi, que al hablar de la familia se dejaba guiar más por el amor propio
que por la sinceridad, le había hecho mil cuentos hiperbólicos de
Nicolás, pintándole como persona de mucha virtud y talento, y ella se
los había creído. Por esto se desilusionó algo al ver aquella figura
tosca de cura de pueblo, aquellas barbas mal rapadas y la abundancia de
vello negro que parecía cultivado para formar cosecha. La cara era
desagradable, la boca grande y muy separada de la nariz corva y chica;
la frente espaciosa, pero sin nobleza; el cuerpo fornido, las manos
largas, negras y poco familiarizadas con el jabón; la tez morena,
áspera y aceitosa. El ropaje negro del cura revelaba desaseo, y este
detalle bien observado por Fortunata la ilusionó otra vez respecto a la
santidad del sujeto, porque en su ignorancia suponía la limpieza reñida
con la virtud. Poco después, notando que su futuro hermano político
olía, y no a ámbar, se confirmó en aquella idea.

«Parece que está usted como asustada--dijo Nicolás con fría sonrisa
clerical--. No me tenga usted miedo. No me como a la gente. ¿Se figura
usted a lo que vengo?».

--Sí señor... no... digo, me figuro. Maximiliano...

--Maximiliano es un tarambana--afirmó el clérigo con la seguridad
burlesca del que se siente frente a un interlocutor demasiado débil--, y
usted lo debe conocer como lo conozco yo. Ahora ha dado en la simpleza
de casarse con usted... No, si no me enfado. No crea usted que la voy a
reñir. Yo soy moro de paz, amiga mía, y vengo aquí a tratar la cosa por
las buenas. Mi idea es esta: ver si es usted una persona juiciosa, y si
como persona juiciosa comprende que esto del casorio es una botaratada;
ni más ni menos... Y si lo reconoce así, pretendo, esta, esta es la
cosa, que usted misma sea quien se lo quite de la cabeza... ni menos ni
más.

Fortunata conocía _La Dama de las Camelias_, por haberla oído leer.
Recordaba la escena aquella del padre suplicando a la _dama_ que le
quite de la cabeza al chico la tontería de amor que le degrada, y sintió
cierto orgullo de encontrarse en situación semejante. Más por coquetería
de virtud que por abnegación, aceptó aquel bonito papel que se le
ofrecía, ¡y vaya si era bonito! Como no le costaba trabajo desempeñarlo
por no estar enamorada ni mucho menos, respondió en tono dulce y grave:

«Yo estoy dispuesta a hacer todo lo que usted me mande».

--Bien, muy bien, perfectamente bien--dijo Nicolás, orgulloso de lo que
creía un triunfo de su personalidad, que se imponía sólo con
mostrarse--. Así me gusta a mí la gente. ¿Y si le mando que no vuelva a
ver más a mi hermano, que se escape esta noche para que cuando él vuelva
mañana no la encuentre?

Al oír esto, Fortunata vaciló.

«Lo haré, sí, señor--contestó al fin, cuidando luego de buscar
inconvenientes al plan del sacerdote--. ¿Pero a dónde iré yo que él no
venga tras de mí? Al último rincón de la tierra ha de ir a buscarme.
Porque usted no sabe lo desatinado que está por... esta su servidora».

--¡Oh!, lo sé, lo sé... A buena parte viene. ¿De modo que usted cree que
no adelantamos nada con darle esquinazo?... Esta es la cosa.

--Nada, señor, pero nada--declaró ella, disgustada ya del papel de _Dama
de las Camelias_, porque si el casarse con Maximiliano era una solución
poco grata a su alma, la vida pública la aterraba en tales términos, que
todo le parecía bien antes que volver a ella.

--Bien, perfectamente bien--afirmó Nicolás dándose aires de persona que
medita mucho las cosas, y razona a lo matemático--. Ya tenemos un punto
de partida, que es la buena disposición de usted... esta es la cosa.
Respóndame ahora. ¿No tiene usted quién la ampare si rompe con mi
hermano?

--No señor.--¿No tiene usted familia?--No señor.--Pues está usted
aviada... De forma y manera--dijo cruzando los brazos y echando el
cuerpo atrás--, que en tal caso no tiene más remedio que... que echarse
a la buena vida... al amor libre... a... Ya usted me entiende.

--Sí, señor, entiendo... no tengo más camino--manifestó la joven con
humildad.

--¡Tremenda responsabilidad para mí!--exclamó el curita moviendo la
cabeza y mirando al suelo, y lo repitió hasta unas cinco veces en tono
de púlpito.

En aquel instante le vinieron al pensamiento ideas distintas de las que
había llevado a la visita, y más conformes con su empinada soberbia
clerical. Había ido con el propósito de romper aquellos lazos, si la
novia de su hermano no se prestaba medianamente a ello; pero cuando la
vio tan humilde, tan resignada a su triste suerte, entrole apetito de
componendas y de mostrar sus habilidades de zurcidor moral. «He aquí una
ocasión de lucirme--pensó--. Si consigo este triunfo, será el más grande
y cristiano de que puede vanagloriarse un sacerdote. Porque figúrense
ustedes que consigo hacer de esta samaritana una señora ejemplar y tan
católica como la primera... figúrenselo ustedes...». Al pensar esto,
Nicolás creía estar hablando con sus colegas. Tomaba en serio su oficio
de pescador de gente, y la verdad, nunca se le había presentado un pez
como aquel. Si lo sacaba de las aguas de la corrupción, «¡qué victoria,
señores, pero qué pesca!». En otros casos semejantes, aunque no de tanta
importancia, en los cuales había él mangoneado con todos sus ardides
apostólicos, alcanzó éxitos de relumbrón que le hicieron objeto de
envidia entre el clero toledano. Sí; el curita Rubín había reconciliado
dos matrimonios que andaban a la greña, había salvado de la prostitución
a una niña bonita, había obligado a casarse a tres seductores con las
respectivas seducidas; todo por la fuerza persuasiva de su dialéctica...
«Soy de encargo para estas cosas» fue lo último que pensó, hinchado de
vanidad y alegría como caudillo valeroso que ve delante de sí una gran
batalla. Después se frotó mucho las manos, murmurando:

«Bien, bien; esta es la cosa». Era el movimiento inicial del obrero que
se aligera las manos antes de empezar una ruda faena, o del cavador que
se las escupe antes de coger la azada. Después dijo bruscamente y
sonriendo:

«¿Me permite usted echar un cigarrillo?».

--Sí, señor, pues no faltaba más...--replicó Fortunata, que esperaba el
resultado de aquel meditar y del frote de las manos.

--Pues sí--declaró gravemente Nicolás, chupando su cigarrillo--, me
falta valor para lanzarla a usted al mundo malo; mejor dicho, la caridad
y el ministerio que profeso me vedan hacerlo. Cuando un náufrago quiere
salvarse, ¿es humano darle una patada desde la orilla? No; lo humano es
alargarle una mano o echarle un palo para que se agarre... esta es la
cosa.

--Sí, señor--indicó Fortunata agradecida--, porque yo soy náu...

Iba a decir _náufraga_; pero temiendo no pronunciar bien palabra tan
difícil, la guardó para otra ocasión, diciendo para sí: «No metamos la
pata sin necesidad».

«Pues lo que yo necesito ahora--agregó Rubín terciándose el manteo sobre
las piernas, y accionando como un hombre que necesita tener los brazos
libres para una gran faena--, es ver en usted señales claras de
arrepentimiento y deseo de una vida regular y decente; lo que yo
necesito ahora es leer en su interior, en su corazón de usted. Vamos
allá. ¿Hace mucho tiempo que no se confiesa usted?».

La Samaritana se puso colorada, porque le daba vergüenza de decir que
hacía lo menos diez o doce años que no se había confesado. Por fin lo
declaró.

«Perfectamente--dijo Nicolás, acercando su sillón al sofá en que la
joven estaba--. Le prevengo a usted que tengo mucha experiencia de esto.
Hace cinco años que practico el confesonario, y que las cazo al vuelo.
Quiero decir que a mí no hay mujer que me engañe».

Fortunata tuvo miedo y Nicolás aproximó más el sillón. Aunque estaban
solos, ciertas cosas debían decirse en voz baja.

«Vamos a ver, ¿quién fue el primero?» preguntó el presbítero llevándose
la mano tiesa a la boca, porque con la pregunta querían salir también
ciertos gases.

Contó ella lo de Juanito Santa Cruz, pasando no poca vergüenza, y dando
a conocer la triste historia incoherente.

«Abrevie usted. Hay muchos pormenores que ya me los sé, como me sé el
Catecismo... Que le dio a usted palabra de casamiento y que usted fue
tan boba que se lo creyó. Que un día la cogió descuidada y sola... Bah,
bah... lo de siempre. Después habrá usted conocido a otros muchos
hombres, ¿a cuántos próximamente?».

Fortunata miró al techo, haciendo un cálculo numérico.

«Es difícil decir... Lo que es conocer...».

El sacerdote se sonrió. «Quiero decir tratar con intimidad; hombres con
quienes ha vivido usted en relaciones de un mes, de dos... esta es la
cosa. No me refiero a los conocimientos de un instante, que eso vendrá
después».

«Pues serán...» dijo ella pasando un rato muy malo.

--Vamos, no se asuste usted del número.

--Pues podrán ser... como unos ocho... Deje usted que me acuerde bien...

--Basta ya; lo mismo da ocho que doce o que ochocientos doce. ¿Le
repugna a usted la memoria de esos escándalos?

--¡Oh!, sí, señor... Crea usted que...

--Que no los puede ver ni pintados. Lo creo... ¡Valientes pillos! Sin
embargo, dígame usted: ¿No volvería a tener amistad con alguno de ellos,
si la solicitara?

Con ninguno...--dijo Fortunata.--¿De veras? Piénselo usted bien.

Fortunata lo pensó, y al cabo de un ratito, la lealtad y buena fe con
que se confesaba mostráronse en esta declaración:

«Con uno... qué sé yo... Pero no puede ser».

--Déjese usted de que pueda o no pueda ser. Ese uno, esa excepción de su
hastío es el primero, ese tal D. Juanito. No necesita usted
confirmarlo. Me sé estas historias al dedillo. ¿No ve usted, hija mía,
que he sido confesor de las Arrepentidas de Toledo durante cinco años
largos de talle?

--Pero no puede ser. Está casado, es muy feliz, y no se acuerda de mí.

--A saber, a saber... Pero en fin, usted confiesa que es el único sujeto
a quien de veras quiere, el único por quien de veras siente apetito de
amores y esa cosa, esa tontería que ustedes las mujeres...

--El único.--Y a los demás que los parta un rayo.

--A los demás, nada.--¿Y a mi hermano?... esta es la cosa.

Lo brusco de la pregunta aturdió a la penitente. No la esperaba, ni se
acordaba para nada en aquel momento del pobre Maxi. Como era tan sincera
no pensó ni por un momento en alterar la verdad. Las cosas claras.
Además, el clérigo aquel parecíale muy listo, y si le decía una cosa por
otra conocería el embuste.

«Pues a su hermano de usted, tampoco».

--Perfectamente--dijo el curita, acercando su sillón todo lo más que
acercarse podía.



--v--


Para que ningún malicioso interprete mal las bruscas aproximaciones del
sillón de Nicolás Rubín al asiento de su interlocutora, conviene hacer
constar de una vez que era hombre de temple fortísimo, o más propiamente
hablando, frigidísimo. La belleza femenina no le conmovía o le conmovía
muy poco, razón por la cual su castidad carecía de mérito. La carne que
a él le tentaba era otra, la de ternera por ejemplo, y la de cerdo más,
en buenas magras, chuletas riñonadas o solomillo bien puesto con
guisantes. Más pronto se le iban los ojos detrás de un jamón que de una
cadera, por suculenta que esta fuese, y la mejor _falda_ para él era la
que da nombre al guisado. Jactábase de su inapetencia mujeril haciendo
de ella una estupenda virtud; pero no necesitaba andar a cachetes con el
demonio para triunfar. Las embestidas del sillón eran simplemente un
hábito de confianza, adquirido con el uso del secreto penitenciario.

«Lo que se llama querer...--dijo Fortunata haciendo esfuerzos para
expresarse claramente--, querer, ¿entiende usted?, no; pero aprecio,
estimación sí».

--¿De modo que no hay lo que llaman ilusión?...

--No señor.--Pero hay esa afición tranquila, que puede ser principio de
una amistad constante, de ese afecto puro, honesto y reposado que hace
la felicidad de los matrimonios.

Fortunata no se atrevió a responder claro.

Le parecía mucho lo que el eclesiástico proponía. Recortándolo algo se
podía aceptar.

«Puedo llegar a quererle con el trato...».

--Perfectamente... Porque es preciso que usted se fije bien en una cosa:
eso de la ilusión es pura monserga, eso es para bobas. Ilusionarse con
un caballerete porque tenga los ojos así o asado, porque tenga el
bigotito de esta manera, el cuerpo derecho y el habla dengosa, es propio
de hembras salvajes. Amar de ese modo no es amar, es perversión, es
vicio, hija mía. El verdadero amor es el espiritual, y la única manera
de amar es enamorarse de la persona por las prendas del alma. Las
mujeres de estos tiempos se dejan pervertir por las novelas y por las
ideas falsas que otras mujeres les imbuyen acerca del amor. ¡Patraña y
propaganda indecente que hace Satanás por mediación de los poetas,
novelistas y otros holgazanes! Diranle a usted que el amor y la
hermosura física son hermanos, y le hablarán a usted de Grecia y del
naturalismo pagano. No haga usted caso de patrañas, hija mía, no crea en
otro amor que en el espiritual, o sea en las simpatías de alma con
alma...

La prójima adivinaba más que entendía esto, que era contrario a sus
sentimientos; pero como lo decía un sabio, no había más remedio que
contestar a todo que sí. Viendo que hacía indicaciones afirmativas con
la cabeza, el cura se animaba, añadiendo con énfasis:

«Sostener otra cosa es renegar del catolicismo y volver a la
mitología... esta es la cosa».

--Claro--apuntó la joven; pero en su interior se preguntaba qué quería
decir aquello de la mitología... porque de seguro no sería cosa de
mitones.

Aquel clérigo, arreglador de conciencias, que se creía médico de
corazones dañados de amor, era quizás la persona más inepta para el
oficio a que se dedicaba, a causa de su propia virtud, estéril y
glacial, condición negativa que, si le apartaba del peligro, cerraba sus
ojos a la realidad del alma humana. Practicaba su apostolado por
fórmulas rutinarias o rancios aforismos de libros escritos por santos a
la manera de él, y había hecho inmensos daños a la humanidad arrastrando
a doncellas incautas a la soledad de un convento, tramando casamientos
entre personas que no se querían, y desgobernando, en fin, la máquina
admirable de las pasiones. Era como los médicos que han estudiado el
cuerpo humano en un atlas de Anatomía. Tenía recetas charlatánicas para
todo, y las aplicaba al buen tun tun, haciendo estragos por donde quiera
que pasaba.

«De esta manera, hija mía--añadió lleno de fatuidad--, puede darse el
caso de que una mujer hermosa llegue a amar entrañablemente a un hombre
feo. El verdadero amor, fíjese usted en esto y estámpelo en su memoria,
es el de alma por alma. Todo lo demás es obra de la imaginación, la
loca de la casa.

A Fortunata le hizo gracia esta figura.

«¿Quién hace caso de la imaginación?--prosiguió él, oyéndose, y muy
satisfecho del efecto que creía causar--. Cuando la loca le alborote a
usted, no se dé por entendida, hija. ¿Haría usted caso de una persona
que pasara ahora por la calle diciendo disparates? Pues lo mismo es,
exactamente lo mismo. A la imaginación se la mira con desprecio, y se
hace lo contrario de lo que ella inspira. Comprendo que usted, por la
vida mala que ha llevado y por no haber tenido a su lado buenos
ejemplos, no podrá durante algún tiempo meter en cintura a la loca de la
casa; pero aquí estamos para enseñarla. Aquí me tiene a mí, y me parece
que sé lo que traigo entre manos... Empecemos. Para que usted sea digna
de casarse con un hombre honrado, lo primerito es que me vuelva los ojos
a la religión, empezando por edificarse interiormente.

--Sí señor--respondió humildemente la prójima, que entendía lo de la
religión; pero no lo de la edificación. Para ella edificar era lo mismo
que hacer casas,

--Bien. ¿Está usted dispuesta a ponerse bajo mi dirección y a hacer todo
lo que yo le mande?--propuso el cura con la hinchazón de vanidad que le
daba aquel papel sublime de lañador de almas cascadas.

--Sí señor.--¿Y cómo estamos de doctrina cristiana?

Dijo esto con un tonillo de superioridad impertinente, lo mismo que
dicen algunos médicos: «a ver la lengua».

--Yo... la _dotrina_--replicó la penitente temblando...--muy mal. No sé
nada.

El capellán no hizo aspavientos. Al contrario, le gustaba que sus
catecúmenos estuvieran rasos y limpios de toda ciencia, para poder él
enseñárselo todo. Después meditó un rato, las manos cruzadas y dando
vuelta a los pulgares uno sobre otro. Fortunata le miraba en silencio.
No podía dudar de que era hombre muy sabedor de cosas del mundo y de las
flaquezas humanas, y pensó que le convenía ponerse bajo su dirección. En
aquel momento hallábase bajo la influencia de ideas supersticiosas
adquiridas en su infancia respecto a la religión y al clero. Su
catecismo era harto elemental y se reducía a dos o tres nociones
incompletas, el Cielo y el Infierno, padecer aquí para gozar allá, o lo
contrario. Su moral era puramente personal, intuitiva y no tenía nada
que ver con lo poco que recordaba de la doctrina cristiana. Formó del
hermano de Maxi buen concepto, porque se lavaba poco y sabía mucho y no
reñía a las pecadoras, sino que las trataba con dulzura, ofreciéndoles
el matrimonio, la salvación, y hablándoles del alma y otras cosas muy
bonitas.

«Todo depende de que usted sepa mandar a paseo a la loquilla--continuó
Nicolás saliendo de su abstracción--. Ya sabe usted lo que Jesús le dijo
a la samaritana cuando habló con ella en el pozo, en una situación
parecida a la que ahora tenemos usted y yo...».

Fortunata se sonrió, afectando entender la cita; pero se había quedado a
oscuras.

«Si usted quiere mejorar de vida y edificársenos interiormente para
adquirir la fuerza necesaria, aquí me tiene. ¿Pues para qué estamos?
Cuando yo considere segura la reforma de usted, quizás no ponga tantos
peros al casorio con mi hermano. El pobre está loco por usted; me dijo
anoche que si no le dejamos casar se muere. Mi tía quiere quitárselo de
la cabeza; mas yo le dije: «Calma, calma, las cosas hay que verlas
despacio. No nos precipitemos, tía», y por eso me vine aquí. Me
comprometo a curarle a usted esa enfermedad de la imaginación que
consiste en tener cariño al hombre indigno que la perdió. Conseguido
esto, amará usted al que ha de ser su marido, y lo amará con ilusión
espiritual, no de los sentidos... ni más ni menos. ¡Oh, he alcanzado yo
tantos triunfos de estos; he salvado a tanta gente que se creía dañada
para siempre! Convénzase usted, en esto, como en otras cosas, todo es
ponerse a ello, todo es empezar... Imagínese usted lo bien que estará
cuando se nos reforme; vivirá feliz y considerada, tendrá un nombre
respetable, y habrá quien la adore, no por sus gracias personales, que
maldito lo que significan, sino por las espirituales, que es lo que
importa. Al principio tendrá usted que hacer algunos esfuerzos; será
preciso que se olvide de su buen palmito. Esto es quizás lo más difícil,
pero hagámonos la cuenta de que la única hermosura verdad es la del
alma, hija mía, porque de la del cuerpo dan cuenta los gusanos...».

Esto le pareció muy bien a la pecadora, y decía que sí con la cabeza.

«Pues vamos a cuentas. ¿Usted quiere que establezcamos la posibilidad,
esta es la cosa, la posibilidad de casarse con un Rubín?».

--Sí señor--respondió Fortunata con cierto miedo, espantada aún por
aquello de los gusanos.

--Pues es preciso que se nos someta usted a la siguiente prueba--dijo el
cura, tapándose un bostezo, porque eran ya las cuatro y no habría tenido
inconveniente en tomar una friolera--. Hay en Madrid una institución
religiosa de las más útiles, la cual tiene por objeto recoger a las
muchachas extraviadas y convertirlas a la verdad por medio de la
oración, del trabajo y del recogimiento. Unas, desengañadas de la poca
sustancia que se saca al deleite, se quedan allí para siempre; otras
salen ya _edificadas_, bien para casarse, bien para servir en casas de
personas respetabilísimas. Son muy pocas las que salen para volver a la
perdición. También entran allí señoras decentes a expiar sus pecados,
esposas ligeras de cascos que han hecho alguna trastada a sus maridos, y
otras que buscan en la soledad la dicha que no tuvieron en el bullicio
del mundo.

Fortunata seguía dando cabezadas. Había oído hablar de aquella casa, que
era el convento de las Micaelas.

«Perfectamente; así se llama. Bueno, usted va allá y la tenemos
encerradita durante tres, cuatro meses o más. El capellán de la casa es
tan amigo mío, que es como si fuera yo mismo. Él la dirigirá a usted
espiritualmente, puesto que yo no puedo hacerlo porque tengo que
volverme a Toledo. Pero siempre que venga a Madrid, he de ir a tomarle
el pulso y a ver cómo anda esa educación, sin perjuicio de que antes de
entrar en el convento, le he de dar a usted un buen recorrido de
doctrina cristiana para que no se nos vaya allá enteramente cerril. Si
pasado un plazo prudencial, me resulta usted en tal disposición de
espíritu que yo la crea digna de ser mi hermana política, podría quizás
llegar a serlo. Yo le respondo a usted de que, como este indigno
capellán dé el pase, toda la familia dirá _amén_».

Estas palabras fueron dichas con sencillez y dulzura. Eran una de sus
mejores y más estudiadas recetas, y tenía para ello un tonillo de
convicción que hacía efecto grande en las inexpertas personas a quienes
se dirigían.

En Fortunata fue tan grande el efecto, que casi casi se le saltaron las
lágrimas. Indudablemente era muy de agradecer el interés que aquel
bondadoso apóstol de Cristo se tomaba por ella. Y todo sin regaños, sin
manotadas, tratándola como un buen pastor trataría a la más querida de
sus ovejas. A pesar de esta excelente disposición de su ánimo, la
infeliz vacilaba un poco. De una parte le seducía la vida retirada,
silenciosa y cristiana del claustro. Bien pudiera ser que allí se
cerrase por completo la herida de su corazón. Había que probarlo al
menos. De otra parte la aterraba lo desconocido, las monjas... ¿cómo
serían las monjas?, ¿cómo la tratarían? Pero Nicolás se adelantó a sus
temores, diciéndole que eran las señoras más indulgentes y cariñosas que
se podían ver. A la samaritana se le aguaron los ojos, y pensó en lo que
sería ella convertida de _chica_ en señora, la imaginación limpia de
aquella maleza que la perdía, la conciencia hecha de nuevo, el
entendimiento iluminado por mil cosas bonitas que aprendería. La misma
imaginación, a quien el maestro había puesto que no había por donde
cogerla, fue la que le encendió fuegos de entusiasmo en su alma,
infundiéndole el orgullo de ser otra mujer distinta de lo que era.

«Pues sí, pues sí... quiero entrar en las Micaelas» afirmó con arranque.

--Pues nada, a purificarse tocan. ¿Ve usted cómo nos hemos
entendido?--dijo el clérigo con alegría, levantándose--. Cansado ya de
tanto discutir, yo le dije a mi hermano: Si tu pasión es tan fuerte que
no la puedes combatir, pon el pleito en mis manos, tonto, que yo te lo
arreglaré. Si es mi oficio; si para eso estamos; si no sé hacer otra
cosa... ¿Para qué serviría yo si no sirviera para enderezar torceduras
de estas?

El orgullo se le rezumía por todos los poros como si fuera sudor; los
ojos le brillaban. Cogió la canaleja, diciendo:

«Volveré por aquí. Hablaré a mi hermano y a mi tía. Tenemos ya una gran
base de arreglo, que es su conformidad de usted con todo lo que le mande
este pobre sacerdote».

Fortunata al darle la mano se la besó.

Las últimas palabras de la visita fueron referentes al mal tiempo, a que
él no podía estar en Madrid sino dos semanas, y por fin a la jaqueca que
tenía Maximiliano aquel día.

«Es mal de familia. Yo también las padezco. Pero lo que principalmente
me trae descompuesto ahora es un pícaro mal de estómago... debilidad,
dicen que es debilidad... Tengo que comer muy a menudo y muy poca
cantidad... esta es la cosa... Es efecto del excesivo trabajo... ¡qué le
vamos a hacer! Al llegar esta hora se me pone aquí un perrito... lo
mismo que un perrito que me estuviera mordiendo. Y como no le eche algo
al condenado, me da muy mal rato».

--Si quiere usted... aguarde usted... yo...--dijo Fortunata pasando
revista mental a su pobre despensa.

--Quite usted allá, criatura... No faltaba más... ¿Piensa que no me
puedo pasar...? No es que yo apetezca nada; lo tomo hasta con asco; pero
me sienta bien, conozco que me sienta bien.

--Si quiere usted, traeré... No tengo en casa; pero bajaré a la
tienda...

--Quite usted allá... no me lo diga ni en broma... Vaya, abur, abur... Y
cuidarse, cuidarse mucho, ¿eh?, que andan pulmonías.

El clérigo salió y fue a casa de un amigo donde le solían dar, en
aquella crítica hora, el remedio de su debilidad de estómago.



--vi--


En la noche de aquel memorable día, y cuando la jaqueca se le calmó,
pudo enterarse Maxi de que su hermano había ido a la calle de Pelayo, y
de que sus impresiones «no habían sido malas» según declaración del
propio cura. Daba este mucha importancia a su apostolado, y cuando le
caía en las manos uno de aquellos negocios de conquista espiritual,
exageraba los peligros y dificultades para dar más valor a su victoria.
El otro se abrasaba en impaciencia; mas no conseguía obtener de Nicolás
sino medias palabras. «Allá veremos... estas no son cosas de juego... Ya
tengo las manos en la masa... no es mala masa; pero hay que trabajarla a
pulso... esta es la cosa. He de volver allá... Es preciso que tengas
paciencia... ¿pues tú qué te crees?». El pobre chico no veía las santas
horas de que llegase el día para saber por ella pormenores de la
conferencia. Fortunata le vio entrar sobre las diez, pálido como la
cera, convaleciente de la jaqueca, que le dejaba mareos, aturdimiento y
fatiga general. Se echó en el sofá; cubriole su amiga la mitad del
cuerpo con una manta, púsole almohadas para que recostase la cabeza, y a
medida que esto hacía, le aplacaba la curiosidad contándole
precipitadamente todo.

Aquella idea de llevarla al convento como a una casa de purificación,
pareciole a Maxi prueba estupenda del gran talento catequizador de su
hermano. A él le había pasado vagamente por la cabeza algo semejante;
mas no supo formularlo. ¡Qué insigne hombre era Nicolás! ¡Ocurrirle
aquello!... Tamizada por la religión, Fortunata volvería a la sociedad
limpia de polvo y paja, y entonces ¿quién osaría dudar de su
honorabilidad? El espíritu del sietemesino, revuelto desde el fondo a la
superficie por la pasión, como un mar sacudido por furioso huracán, se
corría, digámoslo así, de una parte a otra, explayándose en toda idea
que se le pusiese delante. Así, lo mismo fue presentársele la idea
religiosa, que tenderse hacia ella y cubrirla toda con impetuosa y
fresca onda. ¡La religión, qué cosa tan buena!... ¡Y él, tan torpe, que
no había caído en ello! No era torpeza sino distracción. Es que andaba
muy distraído. Y su manceba, que más bien era ya novia, se le apareció
entonces con aureola resplandeciente y se revistió de ideales atributos.
Creeríase que el amor que le inspiraba se iba a depurar aún más,
haciéndose tan sutil como aquel que dicen le tenía a Beatriz el Dante, o
el de Petrarca por Laura, que también era amor de lo más fino.

Nunca había sido Maximiliano muy dado a lo religioso; pero en aquel
instante le entraron de sopetón en el espíritu unos ardores de piedad
tan singulares, unas ganas de tomarse confianzas con Cristo o con la
Santísima Trinidad, y aun con tal o cual santo, que no sabía lo que le
pasaba. El amor le conducía a la devoción, como le habría conducido a la
impiedad, si las cosas fuesen por aquel camino. Tan bien le pareció el
plan de su hermano, que el gozo le reprodujo el dolor de cabeza, aunque
levemente. Comprimiéndose con dos dedos de la mano la ceja izquierda,
habló a Fortunata de lo buenas que debían de ser aquellas madres
Micaelas, de lo bonito que sería el convento, y de las preciosas y
utilísimas cosas que allí aprendería, soltando como por ensalmo la
cáscara amarga y trocándose en señora, sí, en señora tan decente, que
habría otras lo mismo, pero más no... más no.

A Fortunata se le comunicó el entusiasmo. ¡La religión! Tampoco ella
había caído en esto. ¡Cuidado que no ocurrírsele una cosa tan
sencilla...! Lo particular era que veía su purificación como se ve un
milagro cuando se cree en ellos, como convertir el agua en vino o hacer
de cuatro peces cuarenta.

«Dime una cosa--preguntó a Maxi, acordándose de que era bella--. ¿Y me
pondrán tocas blancas?».

--Puede que sí--replicó él con seriedad--. No puedo asegurártelo; pero
es fácil que sí te las pongan.

Fortunata cogió una toalla y echándosela por la cabeza, se fue a mirar
al espejo. Acordose entonces de una cosa esencial, esto es, que en la
nueva existencia, la hermosura física no valía un pito y que lo que
importaba y tenía valor era la del alma. Observando la cara que tenía
Maxi aquel día y lo pálido que estaba, consideró que las prendas morales
del joven empezaban a transparentarse en su rostro, haciéndole menos
desagradable... Entrevió una mudanza radical en su manera de ver las
cosas.

«¡Quién sabe--se dijo--, lo que pasará después de estar allí tratando
con las monjas, rezando y viendo a todas horas la custodia! De seguro me
volveré otra sin sentirlo. Yo saco la cuenta de lo bueno que puede
sucederme, por lo malo que me ha sucedido. Calculo que esto es como
cuando una teme llegar a la cosa más mala del mundo y dice una: 'jamás
llegaré a eso'. Y ¿qué pasa?, que luego llega una y se asombra de verse
allí, y dice: 'parecía mentira'. Pues lo mismo será con lo bueno. Dice
una: 'jamás llegaré tan arriba', y sin saber cómo, arriba se encuentra».

Maximiliano se quedó a almorzar; pero la irritación de su estómago y la
desgana hubieron de contenerle en la más prudente frugalidad. Ella en
cambio tenía buen apetito, porque había trabajado mucho aquella mañana y
quizás porque estaba contenta y excitada. De aquí tomó pie el redentor
para hablar de lo mucho que comía su hermano Nicolás. Esto desilusionó
un poco a Fortunata, que se quedó como lela, mirando a su amante, y
deteniendo el tenedor a poca distancia de la boca. Creía ella que los
curas de mucho saber y virtud debían de conocerse en el poco uso que
hacían del agua y jabón, y también en que su alimento no podía ser sino
yerbas cocidas y sin sal.

Toda la tarde estuvieron platicando acerca de la ida al convento y
también sobre cosas relacionadas con la parte material de su existencia
futura. «En la partición--dijo con cierto énfasis Maximiliano--, me
tocan fincas rústicas. Mi tía se enfadó porque deseaba para mí el dinero
contante; pero yo no soy de su opinión; prefiero los inmuebles».

Fortunata apoyó esta idea con un signo de cabeza; mas no estaba segura
de lo que significaba la palabra _inmueble_, ni quería tampoco
preguntarlo. Ello debía de ser lo contrario de muebles. Maxi la sacó de
dudas más tarde, hablando de sus olivares y viñas y de la buena cosecha
que se anunciaba; por lo cual vino a entender que inmuebles es lo mismo
que decir árboles. También ella prefería las propiedades de campo a
todas las demás clases de riqueza. Después que se retiró su amante, se
quedó pensando en su fortuna, y todo aquel fárrago de olivos, parrales y
carrascales que tenía metido en la cabeza le impidió dormir hasta muy
tarde, enderezando aún más sus propósitos por la vía de la honradez.

«A ver, ¿qué tal?... ¿cómo es?... ¿es guapa?» había preguntado doña Lupe
a Nicolás con vivísima curiosidad.

Aunque el insigne clérigo no tenía cierta clase de pasiones, sabía
apreciar el género a la vista. Hizo con los dedos de su mano derecha un
manojo, y llevándolos a la boca los apartó al instante, diciendo:

«Es una mujer... hasta allí».

Doña Lupe se quedó desconcertada. A los peligros ya conocidos debían
unirse los que ofrece por sí misma toda belleza superior dentro de la
máquina del matrimonio. «Las mujeres casadas _no deben_ ser muy
hermosas» dijo la señora promulgando la frase con acento de convicción
profunda.

Hízole otras mil preguntas para aplacar su ardentísima curiosidad; cómo
estaba vestida y peinada; qué tal se expresaba; cómo tenía arreglada la
casa, y Nicolás respondía echándoselas de observador. Sus impresiones no
habían sido malas, y aunque no tenía bastantes datos para formar juicio
del verdadero carácter de la prójima, podía anticipar, fiado en su
experiencia, en su buen ojo y en un cierto no sé que, presunciones
favorables. Con esto la curiosidad de doña Lupe se acaloraba más, y ya
no podía tener sosiego hasta no meter su propia nariz en aquel guisado.
Visitar a la tal no le parecía digno, habiendo hecho tantos aspavientos
en contra suya; pero estar muchos días sin verla y averiguarle las
faltas, si las tenía, era imposible. Hubiera deseado verla _por un
agujerito_. Con el sobrinillo no quería la señora dar su brazo a torcer,
y siempre se mostraba intolerante, aunque ya con menos fuego. Pareciole
buena idea aquello de purificarla en las Micaelas, y aunque a nadie lo
dijo, para sí consideraba aquel camino como el único que podía conducir
a una solución. Rabiaba por echarle la vista encima al _basilisco_, y
como su sobrino no le decía que fuera a verla, este silencio hacíala
rabiar más. Un día ya no pudo contenerse, y cogiendo descuidado a Maxi
en su cuarto, le embocó esto de buenas a primeras: «No creas que voy yo
a rebajarme a eso...».

--¿A qué, señora?

--A visitar a tu... no puedo pronunciar ciertas palabras. Me parece
indecoroso que yo vaya allá, a pesar de todos esos proyectos de legía
eclesiástica que le vais a dar.

--Señora, si yo no he dicho a usted nada...

--Te digo que no iré... no iré.

--Pero tía...--No hay tía que valga. No me lo has dicho; pero lo deseas.
¿Crees que no te leo yo los pensamientos? ¡Qué podrás tú disimular
delante de mí! Pues no, no te sales con la tuya. Yo no voy allá sino en
el caso de que me llevéis atada de pies y manos.

--Pues la llevaremos atada de manos y pies--dijo Maxi, riendo.

Lo deseaba, sí; pero como tenía su criterio formado y su invariable
línea de conducta trazada, no daba un valor excesivo a lo que de la
visita pudiera resultar. Véase por dónde la fuerza de las circunstancias
había puesto a doña Lupe en una situación subalterna, y el pobre chico,
que meses antes no se atrevía a chistar delante de ella, miraba a su tía
de igual a igual. La dignidad de su pasión había hecho del niño un
hombre, y como el plebeyo que se ennoblece, miraba a su antiguo
autócrata con respeto, pero sin miedo.

Como Nicolás visitaba algunos días a Fortunata para enseñarle la
doctrina cristiana, doña Lupe se ponía furiosa. Tantas idas y venidas
decía ella que le tenían revuelto el estómago. Pero el sentimiento que
verdaderamente la hacía chillar era como envidia de que fuese Nicolás y
no pudiera ir ella. Por este motivo andaban tía y sobrino algo
desavenidos. Corría Marzo, y el día de San José dijo Nicolás en la mesa:
«Tía, ya hay fresa». Pero la indirecta no hizo efecto en la económica
viuda. Volvió a la carga el clérigo en diferentes ocasiones: «¡Qué fresa
más rica he visto hoy! Tía, ¿a cómo estará ahora la fresa?».

--No lo sé, ni me importa--replicó ella--, porque como no la pienso
traer hasta que no se ponga a tres reales...

Nicolás dio un suspiro, mientras doña Lupe decía para sí: «Como no comas
más fresa que la que yo te ponga, tragaldabas, aviado estás».

Y como doña Lupe era algo golosa, trajo un día un cucurucho de fresa,
bien escondido entre la mantilla; mas no lo puso en la mesa. Concluida
la comida, y mientras Nicolás leía _La Correspondencia _ o _ El
Papelito_ en el comedor, doña Lupe se encerraba en su cuarto para
comerse la fresa bien espolvoreada con azúcar. En cuanto el cura se
echaba a la calle, salía doña Lupe de su escondite para ofrecer a
Maximiliano un poco de aquella sabrosa fruta, y entraba en su cuarto con
el platito y la cucharilla. Agradecía mucho estas finezas el chico, y se
comía la golosina. Mirábale comer su tía con expectante atención, y
cuando quedaban en el plato no más que seis o siete fresas, se lo
quitaba de las manos diciendo: «Esto para Papitos que está con cada ojo
como los de un besugo».

La chiquilla se comía las fresas, y después, con los lengüetazos que le
daba al plato, lo dejaba como si lo hubiera lavado.



--vii--


Juan Pablo prestaba atención muy escasa al asunto de Maximiliano y a
todos los demás asuntos de la familia, como no fuera el de la herencia.
Su anhelo era cobrar pronto para pagar sus trampas. Entraba de noche muy
tarde, y casi siempre comía fuera, lo que agradecía mucho doña Lupe,
pues Nicolás con su voracidad puntual le desequilibraba el presupuesto
de la casa. La misantropía que le entró a Juan Pablo desde su desairado
regreso del Cuartel Real no se alteró en aquellos días que sucedieron a
la herencia. Hablaba muy poco, y cuando doña Lupe le nombraba el casorio
de Maxi, como cuando se le pega a uno un alfilerazo para que no se
duerma, alzaba los hombros, decía palabras de desdén hacia su hermano y
nada más. «Con su pan se lo coma... ¿Y a mí qué?».

De carlismo no se hablaba en la casa, porque doña Lupe no lo consentía.
Pero una mañana, los dos hermanos mayores se enfrascaron de tal modo en
la conversación, más bien disputa, que no hicieron maldito caso de la
señora. Juan Pablo estaba lavándose en su cuarto, entró Nicolás a
decirle no sé qué, y por si el cura Santa Cruz era un bandido o un loco,
se fueron enzarzando, enzarzando hasta que...

«¿Quieres que te diga una cosa?--gritaba el primogénito,
descomponiéndose--. Pues don Carlos no ha triunfado ya por vuestra
culpa, por culpa de los curas. Hay que ir allá, como he ido yo, para
hacerse cargo de las intrigas de la gentualla de sotana, que todo lo
quiere para sí, y no va más que a desacreditar con calumnias y chismes a
los que verdaderamente trabajan. Yo no podía estar allí; me ahogaba. Le
dije a Dorregaray: 'mi general, no sé cómo usted aguanta esto', y él se
alzaba de hombros, ¡poniéndome una cara...! No pasaba día sin que los
lechuzos le llevaran un cuento a don Carlos. Que Dorregaray andaba en
tratos con Moriones para rendirse, que Moriones le había ofrecido diez
millones de reales, en fin, mil indecencias. Cuando llegó a mi noticia
que me acusaban de haber ido al Cuartel General de Moriones a llevar
recados de mi jefe, me volé, y aquella misma tarde, habiéndome
encontrado a la camarilla en el atrio de la iglesia de San Miguel, me
lié la manta a la cabeza, y por poco se arma allí un Dos de Mayo. «Aquí
no hay más traidores que ustedes. Lo que tienen es envidia del traidor,
si le hubiera, por el provecho que saque de su traición. No digo yo por
diez millones; pero por diez mil ochavos venderían ustedes al Rey, y
toda su descendencia; ladrones infames, tíos de Judas». En fin, que si
no acierta a pasar el coronel Goiri, que me quería mucho, y me coge a la
fuerza y me arranca de allí y me lleva a mi casa, aquella tarde sale el
redaño de un cura a ver la puesta del sol. Estuve tres días en cama con
un amago de ataque cerebral. Cuando me levanté, pedí una audiencia a Su
Majestad. Su contestación fue ponerme en la mano el canuto y el
pasaporte para la frontera. En fin, que los _engarza-rosarios_ dieron
conmigo en tierra, porque no me prestaba a ayudarles en sus
maquinaciones contra los leales y valientes. Por las sotanas se perdió
don Carlos V, y al VII no le aprovechó la lección. Allá se las haya. ¿No
querías religión?, pues ahí la tienes; atrácate de curas, indigéstate y
revienta.

--Es una apreciación tuya--dijo Nicolás moderando su ira--, que no me
parece muy fundada... esta es la cosa.

--¿Tú qué sabes lo que es el mundo y la realidad? Estás en babia.

--Y tú, me parece que estás algo ido, porque cuidado que has dicho
disparates.

--Cállate la boca, estúpido...--dijo Nicolás, sulfurándose.

--¿Sabes lo que te digo?--gritó Juan Pablo, alzando arrogante la voz--,
que a mí no se me manda callar, ¿estamos? He tenido el honor de decirle
cuatro frescas al obispo de Persépolis, y quien no teme a las sotanas
moradas, ¿qué miedo ha de tener a las negras?...

--Pues yo te digo...--agregó Nicolás descompuesto, trémulo y no sabiendo
si amenazar con los puños o simplemente con las palabras--, yo te digo
que eres un chisgarabís.

--¿Qué alboroto es este?--clamó doña Lupe entrando a poner paz--. ¡Vaya
con los caballeros estos! Ya les dije otra vez a los señores ojalateros,
que cuando quisieran disputar por alto se fueran a hacerlo a la calle.
En mi casa no quiero escándalos.

--Es que con este bruto no se puede discutir...--dijo Nicolás, que casi
no podía respirar de tan sofocado como estaba.

Juan Pablo no decía nada, y siguió vistiéndose, volviendo la espalda a
su hermano.

«¡Vaya un genio que has echado!--le dijo doña Lupe, sin que él la
mirara--. Podías considerar que tu hermano es sacerdote... Y sobre todo,
no vengas echándotela de plancheta; porque si te salió mal el pase a _la
infame facción_, y has tenido que volverte con las manos en la cabeza,
¿qué culpa tenemos los demás?».

Juan Pablo no se dignó contestar. Doña Lupe cogió por un brazo al cura y
se lo llevó consigo temerosa de que se enzarzaran otra vez. En el
comedor estaba Maximiliano sentado ya para almorzar. Había oído la
reyerta sin dársele una higa de lo que resultara. Allá ellos. A Nicolás
no le quitó su berrinchín el apetito, pues ninguna turbación del ánimo,
por grande que fuera, le podía privar de su más característica
manifestación orgánica. Los tres oyeron gritos en la calle, y doña Lupe
puso atención, creyendo que era un _extraordinario_ de periódico
anunciando triunfos del ejército liberal sobre los carlistas. En
aquellos días del año 1874, menudeaban los suplementos de periódico,
manteniendo al vecindario en continua ansiedad.

«Papitos--dijo la señora--, toma dos cuartos y bájate a comprar el
_extraordinario de la Gaceta_. Veréis cómo habla de alguna buena tollina
que les han dado a los _tersos_».

Nicolás que tenía un oído sutilísimo, después de callar un rato y hacer
callar a todos, dijo: «Pero, tía, no sea usted chiflada. Si no hay tal
pregón de _extraordinario_. Lo que dice la voz, claramente se oye... El
_freeeesero... fresa_».

--Puede que así sea--replicó doña Lupe, guardando su portamonedas más
pronto que la vista--. Pero está tan verde, que es un puro vinagre...

--Todo sea por Dios--se dejó decir Nicolás suspirando--. Peor lo pasó
Jesús, que pidió agua y le dieron hiel.

Mascando el último bocado, salió Maximiliano para irse a clase, llevando
la carga de sus libros, y mucho después almorzó Juan Pablo solo.
Aquellos almuerzos servidos a distintas horas molestaban mucho a doña
Lupe. ¿Se creían sus sobrinos que aquella casa era una posada? El único
que tenía consideración, el que menos guerra daba y el que menos comía
era Maxi, el de la pasta de ángel, siempre comedido, aun después de que
le volvieron tarumba los ojos de una mujer. Sobre esto reflexionaba doña
Lupe aquella tarde, cosiendo en la sillita, junto al balcón de la calle,
sin más compañía que la del gato.

«Dígase lo que se quiera, es el mejor de los tres--pensaba, metiendo y
sacando la aguja--, mejor que el egoistón de Nicolás, mejor que el
tarambana de Juan Pablo... ¿Que se quiere casar con una...? Hay que ver,
hay que ver eso. No se puede juzgar sin oír... Podría suceder que no
fuera... Se dan casos... ¡Vaya!... Y está enamorado como un tonto... ¿Y
qué le vamos a hacer? Dios nos tenga de su mano».

Entró Nicolás de la calle y preguntado por doña Lupe, dijo que venía de
casa del _basilisco_. Aquel día se mostró más satisfecho, llegando a
asegurar que su catecúmena comprendía bien las cosas de religión, y que
en lo moral parecía ser _de buena madera_, con lo que llegó a su colmo
la curiosidad de la viuda y ya no le fue posible sostener por más tiempo
el papel desdeñoso que representaba.

«Tanto te empeñarás--dijo al estudiante aquella noche--, que al fin lo
vas a conseguir».

--¿Qué, tía?--Que vaya yo en persona a ver a esa... Pero conste que si
voy es contra mi voluntad.

Maximiliano, que era bondadoso y quería estar bien con ella, no quiso
manifestarle indiferencia. «Pues sí, tía, si usted va a verla, se lo
agradeceremos toda nuestra vida».

--Ninguna falta me hacen vuestros agradecimientos, si es que me decido a
ir, que todavía no lo sé...

--Sí, tía.--Ni voy, si es que me decido, porque me lo agradezcáis, sino
por medir con mis propios ojos toda la hondura del abismo en que te
quieres arrojar, a ver si hallo aún modo de apartarte de él.

--Mañana mismo, tía; yo la acompaño a usted--dijo entusiasmado el
chico--. Verá usted mi abismo, y cuando lo vea me empujará.

Y fue al día siguiente doña Lupe, vestida con los trapitos de
cristianar, porque antes había ido a la gran función del asilo de doña
Guillermina, por invitación de esta, de lo que estaba muy satisfecha.
Quería dar el golpe, y como tenía tanto dominio sobre sí y se expresaba
con tanta soltura, juzgaba fácil darse mucho lustre en la visita.

Así fue en efecto. Pocas veces en su vida, ni aun en los mejores días de
Jáuregui, se dio doña Lupe tanto pisto como en aquella entrevista, pues
siendo el _basilisco_ tan poco fuerte en artes sociales y hallándose tan
cohibida por su situación y su mala fama, la otra se despachó a su gusto
y se empingorotó hasta un extremo increíble. Trataba doña Lupe a su
presunta sobrina con urbanidad; pero guardando las distancias. Había de
conocerse hasta en los menores detalles, que la visitada era una moza de
cáscara amarga, con recomendables pretensiones de decencia, y la
visitante una señora, y no una señora cualquiera, sino la señora de
Jáuregui, el hombre más honrado y de más sanas costumbres que había
existido en todo tiempo en Madrid o por lo menos en Puerta Cerrada. Y su
condición de dama se probaba en que después de haber hecho todo lo
posible, en la primera parte de la visita, por mostrar cierta severidad
de principios, juzgó en la segunda que venía bien caerse un poco del
lado de la indulgencia. El verdadero señorío jamás se complace en
humillar a los inferiores. Doña Lupe se sintió con unas ganas tan vivas
de protección con respecto a Fortunata, que no podría llevarse cuenta de
los consejos que le dio y reglas de conducta que se sirvió trazarle. Es
que se pirraba por proteger, dirigir, aconsejar y tener alguien sobre
quien ejercer dominio...

Una de las cosas que más gracia le hicieron en Fortunata, fue su timidez
para expresarse. Se le conocía en seguida que no hablaba como las
personas finas, y que tenía miedo y vergüenza de decir disparates. Esto
la favoreció en opinión de doña Lupe, porque el desenfado en el lenguaje
habría sido señal de anarquía en la voluntad. «No se apure usted--le
decía la viuda, tocándole familiarmente la rodilla con su abanico--; que
no es posible aprender en un día a expresarse como nosotras. Eso vendrá
con el tiempo y el uso y el trato. Pronunciar mal una palabra no es
vergüenza para nadie, y la que no ha recibido una educación esmerada no
tiene la culpa de ello».

Fortunata estaba pasando la pena negra con aquella visita de _tantismo
cumplido_, y un color se le iba y otro se le venía, sin saber cómo
contestar a las preguntas de doña Lupe ni si sonreír o ponerse seria. Lo
que deseaba era que se largara pronto. Hablaron de la ida al convento,
resolución que la tía de Maxi alabó mucho, esforzándose en sacar de su
cabeza los conceptos más alambicados y los vocablos más requetefinos. A
tal extremo hubo de llegar en esto, que Fortunata quedose en ayunas de
muchas cosas que le oyó. Por fin llegó el instante de la despedida, que
Fortunata deseaba con ansia y temía, considerándose incapaz de decir con
claridad y sosiego todas aquellas fórmulas últimas y el ofrecimiento de
la casa. La de Jáuregui lo hizo como persona corrida en esto; Fortunata
tartamudeó, y todo lo dijo al revés.

Maximiliano habló poco durante la visita. No hacía más que estar _al
quite_, acudiendo con el capote allí donde Fortunata se veía en peligro
por torpeza de lenguaje. Cuando salió doña Lupe, creyó que debía
acompañarla hasta la calle, y así lo hizo.

«Si es una bobona...--dijo la viuda a su sobrino--; tal para cual...
Parece que la han cogido con lazo. En manos de una persona inteligente,
esta mujer podría enderezarse, porque no debe de tener mal fondo. Pero
yo dudo que tú...».



--viii--


Doña Lupe era persona de buen gusto y apreció al instante la hermosura
del _basilisco_ sin ponerle reparos, como es uso y costumbre en juicios
de mujeres. Aun aquellas que no tienen pretensiones de belleza se
resisten a proclamar la ajena. «Es bonita de veras--decía para sí la
viuda, camino de su casa--, lo que se llama bonita. Pero es una salvaje
que necesita que la domestiquen». Los deseos de aprender que Fortunata
manifestaba le agradaron mucho, y sintió que se agitaban en su alma, con
pruritos de ejercitarse, sus dotes de maestra, de consejera, de
protectora y jefe de familia. Poseía doña Lupe la aptitud y la vanidad
educativas, y para ella no había mayor gloria que tener alguien sobre
quien desplegar autoridad. Maxi y Papitos eran al mismo tiempo hijos y
alumnos, porque la señora se hacía siempre querer de los seres
inferiores a quienes educaba. El mismo Jáuregui había sido también, al
decir de la gente, tan discípulo como marido.

Volvió, pues, a su casa la tía de Maximiliano revolviendo en su mente
planes soberbios. La pasión de domesticar se despertaba en ella delante
de aquel magnífico animal que estaba pidiendo una mano hábil que lo
desbravase. Y véase aquí cómo a impulsos de distintas pasiones, tía y
sobrino vinieron a coincidir en sus deseos; véase cómo la tirana de la
casa concluyó por mirar con ojos benévolos a la misma persona de quien
había dicho tantas perrerías. Mucho agradecía esto el joven, y juzgando
por sí mismo, creía que la indulgencia de doña Lupe se derivaba de un
afecto, cuando en rigor provenía de esa imperiosa necesidad que sienten
los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que
poseen. Por esto la viuda no cesaba de pensar en el gran partido que
podía sacar de Fortunata, desbastándola y puliéndola hasta tallarla en
señora, e imaginaba una victoria semejante a la que Maximiliano
pretendía alcanzar en otro orden. La cosa no sería fácil, porque el
animal debía tener muchos resabios; pero mientras más grandes fueran las
dificultades, más se luciría la maestra. De repente le entraban a la
señora de Jáuregui recelos punzantes, y decía: «Si no puede ser, si es
mucha mujer para medio hombre. Si no existiera este maldito
desequilibrio de sangre, él con su cariño y yo con lo mucho que sé,
domaríamos a la fiera; pero esta moza se nos tuerce el mejor día, no hay
duda de que se nos tuerce».

Media semana estuvo en esta lucha, ya queriendo ceder para oficiar de
maestra, ya perseverando en sus primitivos temores e inclinándose a no
intervenir para nada... Pero con las amigas tenía que representar otros
papeles, pues era vanidosa fuera de casa, y no gustaba nunca de aparecer
en situación desairada o ridícula. Cuidaba mucho de ponerse siempre muy
alta, para lo cual tenía que exagerar y embellecer cuanto la rodeaba.
Era de esas personas que siempre alaban desmedidamente las cosas
propias. Todo lo suyo era siempre bueno: su casa era la mejor de la
calle, su calle la mejor del barrio, y su barrio el mejor de la villa.
Cuando se mudaba de cuarto, esta supremacía domiciliaria iba con ella a
donde quiera que fuese. Si algo desairado o ridículo le ocurría, lo
guardaba en secreto; pero si era cosa lisonjera, la publicaba poco menos
que con repiques. Por esto cuando se corrió entre las familias amigas
que el sietemesino se quería casar con una tarasca, no sabía _la de los
Pavos_ cómo arreglarse para quedar bien. Dificilillo de componer era
aquello, y no bastaba todo su talento a convertir en blanco lo negro,
como otras veces había hecho.

Varias noches estuvo en la tertulia de las de la Caña completamente
achantada y sin saber por dónde tirar. Pero desde el día en que vio a
Fortunata, se sacudió la morriña, creyendo haber encontrado un punto de
apoyo para levantar de nuevo el mundo abatido de su optimismo. ¿En qué
creeréis que se fundó para volver a tomar aquellos aires de persona
superior a todos los sucesos? Pues en la hermosura de Fortunata. Por
mucho que se figuraran de su belleza, no tendrían idea de la realidad.
En fin, que había visto mujeres guapas, pero como aquella ninguna. Era
una divinidad _en toda la extensión de la palabra_.

Pasmadas estaban las amigas oyéndola, y aprovechó doña Lupe este asombro
para acudir con el siguiente ardid estratégico: «Y en cuanto a lo de su
mala vida, hay mucho que hablar... No es tanto como se ha dicho. Yo me
atrevo a asegurar que es muchísimo menos».

Interrogada sobre la condición moral y de carácter de la divinidad, hizo
muchas salvedades y distingos: «Eso no lo puedo decir... No he hablado
con ella más que una vez. Me ha parecido humilde, de un carácter
apocado, de esas que son fáciles de dominar por quien pueda y sepa
hacerlo». Hablando luego de que la metían en las Micaelas, todas las
presentes elogiaron esta resolución, y doña Lupe se encastilló más en su
vanidad, diciendo que había sido idea suya y condición que puso para
transigir, que después de una larga cuarentena religiosa podía ser
admitida en la familia, pues las cosas no se podían llevar a punto de
lanza, y eso de tronar con Maximiliano y cerrarle la puerta, muy pronto
se dice; pero hacerlo ya es otra cosa.

Entre tanto, acercábase el día designado para llevar el _basilisco_ a
las Micaelas. Nicolás Rubín había hablado al capellán, su compañero de
Seminario, el cual habló a la Superiora, que era una dama ilustre, amiga
íntima y pariente lejana de Guillermina Pacheco. Acordada la admisión en
los términos que marca el reglamento de la casa, sólo se esperaba para
realizarla a que pasasen los días de Semana Santa. El Jueves salieron
Maxi y su amiga a andar algunas estaciones, y el Viernes muy tempranito
fueron a la Cara de Dios, dándose después un largo paseo por San
Bernardino. Fortunata estaba, con la religión, como chiquillo con
zapatos nuevos, y quería que su amante le explicase lo que significan el
Jueves Santo y las Tinieblas, el Cirio Pascual y demás símbolos. Maxi
salía del paso con dificultad, y allá se las arreglaba de cualquier
modo, poniendo a los huecos de su ignorancia los remiendos de su
inventiva. La religión que él sentía en aquella crisis de su alma era
demasiado alta y no podía inspirarle verdadero interés por ningún culto;
pero bien se le alcanzaba que la inteligencia de Fortunata no podía
remontarse más arriba del punto a donde alcanzan las torres de las
iglesias católicas. Él sí; él iba lejos, muy lejos, llevado del
sentimiento más que de la reflexión, y aunque no tenía base de estudios
en qué apoyarse, pensaba en las causas que ordenan el universo e
imprimen al mundo físico como al mundo moral movimiento solemne, regular
y matemático. «Todo lo que debe pasar, pasa--decía--, y todo lo que debe
ser, es». Le había entrado fe ciega en la acción directa de la
Providencia sobre el mecanismo funcionante de la vida menuda. La
Providencia dictaba no sólo la historia pública sino también la privada.
Por debajo de esto ¿qué significaban los símbolos? Nada. Pero no quería
quitarle a Fortunata su ilusión de las imágenes, del _gori gori_ y de
las pompas teatrales que se admiran en las iglesias, porque, ya se ve...
la pobrecilla no tenía su inteligencia cultivada para comprender ciertas
cosas, y a fuer de pecadora, convenía conservarla durante algún tiempo
sujeta a observación, en aquel orden de ideas relativamente bajo, que
viene a ser algo como sanitarismo moral o policía religiosa.

El entusiasmo que la joven sentía era como los encantos de una moda que
empieza. Iban, pues, los dos amantes, como he dicho, por aquellos
altozanos de Vallehermoso, ya entre tejares, ya por veredas trazadas en
un campo de cebada, y al fin se cansaron de tanta charla religiosa. A
Rubín se le acabó su saber de liturgia, y a Fortunata le empezaba a
molestar un pie, a causa de la apretura de la bota. El calzado estrecho
es gran suplicio, y la molestia física corta los vuelos de la mente.
Habían pasado por junto a los cementerios del Norte, luego hicieron alto
en los depósitos de agua; la samaritana se sentó en un sillar y se quitó
la bota. Maximiliano le hizo notar lo bien que lucía desde allí el
apretado caserío de Madrid con tanta cúpula y detrás un horizonte
inmenso que parecía la mar. Después le señaló hacia el lado del Oriente
una mole de ladrillo rojo, parte en construcción, y le dijo que aquel
era el convento de las Micaelas donde ella iba a entrar. Pareciéronle a
Fortunata bonitos el edificio y su situación, expresando el deseo de
entrar pronto, aquel mismo día si era posible. Asaltó entonces el
pensamiento de Rubín una idea triste. Bueno era lo bueno, pero no lo
demasiado. Tanta piedad podía llegar a ser una desgracia para él, porque
si Fortunata se entusiasmaba mucho con la religión y se volvía santa de
veras, y no quería más cuentas con el mundo, sino quedarse allí
encerradita adorando la custodia durante todo el resto de sus días...
¡Oh!, esta idea sofocó tanto al pobre redentor, que se puso rojo. Y bien
podía suceder, porque algunas que entraban allí cargadas de pecados se
corregían de tal modo y se daban con tanta gana a la penitencia, que no
querían salir más, y hablarles de casarse era como hablarles del
demonio... Pero no, Fortunata no sería así; no tenía ella cariz de
volverse santa _en toda la extensión de la palabra_, como diría doña
Lupe. Si lo fuera, Maximiliano se moriría de pena, se volvería entonces
protestante, masón, judío, ateo.

No manifestó estos temores a su querida, que estaba con un pie calzado y
otro descalzo, mirando atentamente las idas y venidas de una procesión
de hormigas. Únicamente le dijo: «Tiempo tienes de entrar. No conviene
tampoco que te dé muy fuerte».

Era preciso seguir. Volvió a ponerse la bota y... ¡ay!, ¡qué dolor!, lo
malo fue que aquel día, Viernes Santo, no había coches, y no era posible
volver a casa de otra manera que a pie.

«Nos hemos alejado mucho--dijo Maximiliano ofreciéndole su brazo--.
Apóyate y así no cojearás tanto... ¿Sabes lo que pareces así, llevada a
remolque?... pues una embarazada fuera de cuenta, que ya no puede dar un
paso, y yo parezco el marido que pronto va a ser padre». No pudo menos
de hacerla reír esta idea, y recordando que la noche anterior,
Maximiliano, en las efusiones epilépticas de su cariño, había hablado
algo de sucesión, dijo para su sayo: «De eso sí que estás tú libre».

El jueves siguiente fue conducida Fortunata a las Micaelas.



-V-

Las Micaelas por fuera



--i--


Hay en Madrid tres conventos destinados a la corrección de mujeres. Dos
de ellos están en la población antigua, uno en la ampliación del Norte,
que es la zona predilecta de los nuevos institutos religiosos y de las
comunidades expulsadas del centro por la incautación revolucionaria de
sus históricas casas. En esta faja Norte son tantos los edificios
religiosos que casi es difícil contarlos. Los hay para monjas reclusas,
y para las religiosas que viven en comunicación con el mundo y en
batalla ruda con la miseria humana, en estas órdenes modernas derivadas
de la de San Vicente de Paúl, cuya mortificación consiste en recoger
ancianos, asistir enfermos o educar niños. Como por encanto hemos visto
levantarse en aquella zona grandes pelmazos de ladrillo, de dudoso valer
arquitectónico, que manifiestan cuán positiva es aún la propaganda
religiosa, y qué resultados tan prácticos se obtienen del ahorro
espiritual, o sea la limosna, cultivado por buena mano. Las _Hermanitas
de los Pobres_, las _Siervas de María_ y otras, tan apreciadas en
Madrid por los positivos auxilios que prestan al vecindario, han labrado
en esta zona sus casas con la prontitud de las obras de contrata. De
institutos para clérigos sólo hay uno, grandón, vulgar y triste como un
falansterio. Las Salesas Reales, arrojadas del convento que les hizo
doña Bárbara, tienen también domicilio nuevo, y otras monjas históricas,
las que recogieron y guardaron los huesos de D. Pedro el Cruel, acampan
allá sobre las alturas del barrio de Salamanca.

La planicie de Chamberí, desde los Pozos y Santa Bárbara hasta más allá
de Cuatro Caminos, es el sitio preferido de las órdenes nuevas. Allí
hemos visto levantarse el asilo de Guillermina Pacheco, la mujer
constante y extraordinaria, y allí también la casa de las Micaelas.
Estos edificios tienen cierto carácter de improvisación, y en todos,
combinando la baratura con la prisa, se ha empleado el ladrillo al
descubierto, con ciertos aires mudéjares y pegotes de gótico a la
francesa. Las iglesias afectan, en las frágiles escayolas que las
decoran interiormente, el estilo adamado con pretensiones de elegante de
la basílica de Lourdes. Hay, pues, en ellas una impresión de aseo y
arreglo que encanta la vista, y una deplorable manera arquitectónica. La
importación de los nuevos estilos de piedad, como el del Sagrado
Corazón, y esas manadas de curas de babero expulsados de Francia, nos
han traído una cosa buena, el aseo de los lugares destinados al culto; y
una cosa mala, la perversión del gusto en la decoración religiosa.
Verdad que Madrid apenas tenía elementos de defensa contra esta
invasión, porque las iglesias de esta villa, además de muy sucias, son
verdaderos adefesios como arte. Así es que no podemos alzar mucho el
gallo. El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles
llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas
empolvadas y todo lo demás que constituye la vulgaridad indecorosa de
los templos madrileños, no tiene que echar nada en cara a las
cursilerías de esta novísima monumentalidad, también armada en yesos
deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que al
menos despide olor de aseo, y tiene el decoro de los sitios en que anda
mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabón.

El caserón que llamamos _Las Micaelas_ estaba situado más arriba del de
Guillermina, allá donde las rarificaciones de la población aumentan en
términos de que es mucho más extenso el suelo baldío que el edificado.
Por algunos huecos del caserío se ven horizontes esteparios y luminosos,
tapias de cementerios coronadas de cipreses, esbeltas chimeneas de
fábricas como palmeras sin ramas, grandes extensiones de terreno mal
sembrado para pasto de las burras de leche y de las cabras. Las casas
son bajas, como las de los pueblos, y hay algunas de corredor con
habitaciones numeradas, cuyas puertas se ven por la medianería. El
edificio de las Micaelas había sido una casa particular, a la que se
agregó un ala interior costeando dos lados de la huerta en forma de
medio claustro, y a la sazón se le estaba añadiendo por el lado opuesto
la iglesia, que era amplia y del estilo de moda, ladrillo sin revoco
modelado a lo mudéjar y cabos de cantería de Novelda labrada en ojival
constructivo. Como la iglesia estaba aún a medio hacer, el culto se
celebraba en la capilla provisional, que era una gran crujía baja, a la
izquierda de la puerta.

En el arreglo de esta crujía para convertirla en templo interino,
manifestábase el buen deseo, la pulcritud y la inocencia artística de
las excelentes señoras que componían la comunidad. Las paredes estaban
estucadas, como las de nuestras alcobas, porque este es un género de
decoración barato en Madrid y sumamente favorable a la limpieza. En el
fondo estaba el altar, que era, ya se sabe, blanco y oro, de un estilo
tan visto y tan determinado, que parece que viene en los figurines. A
derecha e izquierda, en cromos chillones de gran tamaño, los dos
Sagrados Corazones, y sobre ellos se abrían dos ventanas enjutísimas,
terminadas por arriba en corte ojival, con vidrios blancos, rojos y
azules, combinados en rombo, como se usan en las escaleras de las casas
modernas.

Cerca de la puerta había una reja de madera que separaba el público de
las monjas los días en que el público entraba, que eran los jueves y
domingos. De la reja para adentro, el piso estaba cubierto de hule, y a
los costados de lo que bien podremos llamar nave había dos filas de
sillas reclinatorios. A la derecha de la nave dos puertas, no muy
grandes: la una conducía a la sacristía, la otra a la habitación que
hacía de coro. De allí venían los flauteados de un harmonium tañido
candorosamente en los acordes de la tónica y la dominante, y con las
modulaciones más elementales; de allí venían también los exaltados
acentos de las dos o tres monjas cantoras. La música era digna de la
arquitectura, y sonaba a zarzuela sentimental o a canción de las que se
reparten como regalo a las suscritoras en los periódicos de modas. En
esto ha venido a parar el grandioso canto eclesiástico, por el abandono
de los que mandan en estas cosas y la latitud con que se vienen
permitiendo novedades en el severo culto católico.

La pecadora fue llevada a las Micaelas pocos días después de la Pascua
de Resurrección. Aquel día, desde que despertó, se le puso a Maxi la
obstrucción en la boca del estómago, pero tan fuerte como si tuviera
entre pecho y espalda atravesado un palo. Molestia semejante sentía en
los días de exámenes, pero no con tanta intensidad. Fortunata parecía
contenta, y deseaba que la hora llegase pronto para abreviar la
expectación y perplejidad en que los dos amantes estaban, sin saber qué
decirse. A ella por lo menos no se le ocurría nada que decirle, y aunque
a él se le pasaban por el magín muchas cosas, tenía cierta aversión
innata a lo teatral, y no gustaba de hablar gordo en ciertas ocasiones.
Si ha de decirse verdad, Maxi inspiraba aquel día a su novia un
sentimiento de cariño dulce y sosegado, con su poquillo de lástima. Y él
procuraba dar a la conversación tono familiar, hablando del tiempo o
recomendando a la joven que tuviese cuidado de no olvidar alguna
importante prenda de ropa. Nicolás, que estaba presente, no habría
permitido tampoco zalamerías de amor ni besuqueo, y ayudaba a recoger y
agrupar todas las cosas que habían de llevarse, añadiendo observaciones
tan prácticas como esta: «Ya sabe usted que ni perfumes ni joyas ni
ringorrangos de ninguna clase entran en aquella casa. Todo el bagaje
mundano se arroja a la puerta».

Cuando vino el mozo que debía llevar el baúl, Fortunata estaba ya
dispuesta, vestida con la mayor sencillez. Maximiliano miró diferentes
veces su reloj sin enterarse de la hora. Nicolás, que estaba más sereno,
miró el suyo y dijo que era tarde. Bajaron los tres, y fueron
pausadamente y sin hablar hacia la calle de Hortaleza a tomar un coche
simón. Instalose el joven con no poco trabajo en la bigotera, porque las
faldas de su futura esposa y la ropa talar del clérigo estorbaban lo que
no es decible la entrada y la salida; y si el trayecto fuera más largo,
el martirio de aquellas seis piernas que no sabían cómo colocarse habría
sido muy grande. La neófita miraba por la ventanilla, atraída vagamente
y sin interés su atención por la gente que pasaba. Creeríase que miraba
hacia fuera por no mirar hacia dentro; Maximiliano se la comía con los
ojos, mientras el presbítero procuraba en vano animar la conversación
con algunas cuchufletas bien poco ingeniosas.

Llegaron por fin al convento. En la puerta había dos o tres mendigas
viejas, que pidieron limosna, y a Maximiliano le faltó tiempo para
dársela. Le amargaba extraordinariamente la boca, y su voz ahilada salía
de la garganta con interrupciones y síncopas como la de un asmático. Su
turbación le obligaba a refugiarse en los temas vulgares... «¡Vaya que
son pesados estos pobres!... Parece que hay misa, porque se oye la
campanilla de alzar... Es bonita la casa, y alegre, sí señor, alegre».

Entraron en una sala que hay a la derecha, en el lado opuesto a la
capilla. En dicha sala recibían visitas las monjas, y las recogidas a
quienes se permitía ver a su familia los jueves por la tarde, durante
hora y media, en presencia de dos madres. Adornada con sencillez rayana
en pobreza, la tal sala no tenía más que algunas estampas de santos y un
cuadrote de San José, al óleo, que parecía hecho por la misma mano que
pintó el Jáuregui de la casa de doña Lupe. El piso era de baldosín, bien
lavado y frotado, sin más defensa contra el frío que dos esteritas de
junco delante de los dos bancos que ocupaban los testeros principales.
Dichos bancos, las sillas y un canapé de patas curvas eran piezas
diferentes, y bien se conocía que todo aquel pobre menaje provenía de
donativos o limosnas de esta y la otra casa. Ni cinco minutos tuvieron
que esperar, porque al punto entraron dos madres que ya estaban
avisadas, y casi pisándoles los talones entró el señor capellán, un
hombrón muy campechano y que de todo se reía. Llamábase D. León Pintado,
y en nada correspondía la persona al nombre. Nicolás Rubín y aquel
pasmarote tan grande y tan jovial se abrazaron y se saludaron
tuteándose. Una de las dos monjas era joven, coloradita, de boca
agraciada y ojos que habrían sido lindísimos si no adolecieran de
estrabismo. La otra era seca y de edad madura, con gafas, y daba bien
claramente a entender que tenía en la casa más autoridad que su
compañera. A las palabras que dijeron, impregnadas de esa cortesía
dulzona que informa el estilo y el metal de voz de las religiosas del
día, iba la neófita a contestar alguna cosa apropiada al caso; pero se
cortó y de sus labios no pudo salir más que un _ju ju_, que las otras no
entendieron. La sesión fue breve. Sin duda las madres Micaelas no
gustaban de perder el tiempo. «Despídase usted» le dijo la seca,
tomándola por un brazo. Fortunata estrechó la mano de Maxi y de Nicolás,
sin distinguir entre los dos, y dejose llevar. _Rubinius vulgaris_ dio
un paso, dejando solos a los dos curas que hablaban cogiéndose
recíprocamente las borlas de sus manteos, y vio desaparecer a su amada,
a su ídolo, a su ilusión, por la puerta aquella pintada de blanco, que
comunicaba la sala con el resto de la religiosa morada. Era una puerta
como otra cualquiera; pero cuando se cerró otra vez, pareciole al
enamorado chico cosa diferente de todo lo que contiene el mundo en el
vastísimo reino de las puertas.



--ii--


Echó a andar hacia Madrid por el polvoriento camino del antiguo Campo de
Guardias, y volviendo a mirar su reloj por un movimiento maquinal,
tampoco entonces se hizo cargo de la hora que era. No se dio cuenta de
que su hermano y D. León Pintado, entretenidos en una conversación
interesante y parándose cada diez palabras, se habían quedado atrás.
Hablaban de las oposiciones a la lectoral de Sigüenza y de las peloteras
que ocurrieron en ella. El capellán, como candidato reventado, ponía de
oro y azul al obispo de la diócesis y a todo el cabildo. Maximiliano,
sin advertir las paradas, siguió andando hasta que se encontró en su
casa. Abriole doña Lupe la puerta y le hizo varias preguntas: «Y qué
tal, ¿iba contenta?». Revelaban estas interrogaciones tanto interés como
curiosidad, y el joven, animado por la benevolencia que en su tía
observaba, departió con ella, arrancándose a mostrarle algunas de las
afiladas púas que le rasguñaban el corazón. Tenía un presentimiento vago
de no volverla a ver, no porque ella se muriese, sino porque dentro del
convento y contagiada de la piedad de las monjas, podía chiflarse
demasiado con las cosas divinas y enamorarse de la vida espiritual hasta
el punto de no querer ya marido de carne y hueso, sino a Jesucristo, que
es el esposo que a las monjas de verdadera santidad les hace tilín. Esto
lo expresó irreverentemente con medias palabras; pero doña Lupe sacó
toda la sustancia a los conceptos. «Bien podría suceder eso--le dijo con
acento de convicción, que turbó más a Maximiliano--, y no sería el
primer caso de mujeres malas... quiero decir ligeras... que se han
convertido en un abrir y cerrar de ojos, volviéndose tan del revés, que
luego no ha habido más remedio que canonizarlas».

El redentor sintió frío en el corazón. ¡Fortunata canonizada! Esta idea,
por lo muy absurda que era, le atormentó toda la mañana. «Francamente
--dijo al fin, después de muchas meditaciones--, tanto como canonizar,
no; pero bien podría darle por el misticismo y no querer salir, y
quedarme yo _in albis_». Vamos, que semejante idea le aterraba! En tal
caso no tenía más remedio que volverse él santito también, dedicarse a
la Iglesia y hacerse cura... ¡Jesús qué disparate! ¡Cura!, ¿y para qué?
De vuelta en vuelta, su mente llegó a un torbellino doloroso en el cual
no tuvo ya más remedio que ahogar las ideas, para librarse del tormento
que le ocasionaban. Intentó estudiar... Imposible. Ocurriole escribir a
Fortunata, encargándole que no hiciera caso alguno de lo que le dijesen
las monjas acerca de la vida espiritual, la gracia y el amor místico...
Otro disparate. Por fin se fue calmando, y la razón se clareaba un poco
tras aquellas nieblas.

Las once serían ya, cuando desde su cuarto sintió un grande altercado
entre doña Lupe y Papitos. El motivo de aquella doméstica zaragata fue
que a Nicolás Rubín se le ocurrió la idea trágica de convidar a almorzar
a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino
que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan
alto grado tenía, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin
ocuparse para nada de si en esta había o no los bastimentos necesarios
para dos bocas de tal naturaleza.

Doña Lupe que tal vio y oyó, no pudo decir nada, por estar el otro
clérigo delante; pero tenía la sangre requemada. Su orgullo no le
permitía desprestigiar la casa, poniéndoles un artesón de bazofia para
que se hartaran; y afrontando despechada el conflicto, decía para su
sayo cosas que habrían hecho saltar a toda la curia eclesiástica. «No sé
lo que se figura este heliogábalo... cree que mi casa es la posada del
Peine. Después que él me come un codo, trae a su compinche para que me
coma el otro. Y por las trazas, debe tener buen diente y un estómago
como las galerías del Depósito de aguas... ¡Ay, Dios mío!, ¡qué egoístas
son estos curas...! Lo que yo debía hacer era ponerle la cuentecita, y
entonces... ¡ah!, entonces sí que no se volvía a descolgar con
invitados, porque es _Alejandro en puño_ y no le gusta ser rumboso sino
con dinero ajeno».

El volcán que rugía en el pecho de la señora de Jáuregui no podía
arrojar su lava sino sobre Papitos, que para esto justamente estaba.
Había empezado aquel día la monilla por hacer bien las cosas; pero la
riñó su ama tan sin razón, que... ¡diablo de chica!, concluyó por
hacerlo todo al revés. Si le ordenaban quitar agua de un puchero, echaba
más. En vez de picar cebolla, machacaba ajos; la mandaron a la tienda
por una lata de sardinas y trajo cuatro libras de bacalao de Escocia;
rompió una escudilla, y tantos disparates hizo que doña Lupe por poco le
aporrea el cráneo con la mano del almirez. «De esto tengo la culpa yo,
grandísima bestia, por empeñarme en domar acémilas y en hacer de ellas
personas... Hoy te vas a tu casa, a la choza del muladar de Cuatro
Caminos donde estabas, entre cerdos y gallinas, que es la sociedad que
te cuadra...». Y por aquí seguía la retahíla... ¡Pobre Papitos!
Suspiraba y le corrían las lágrimas por la cara abajo. Había llegado ya
a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola.

Entre tanto los dos curas estaban en la sala, fumando cigarrillos, las
canalejas sobre sillas, groseramente espatarrados ambos en los dos
sillones principales, y hablando sin cesar del mismo tema de las
oposiciones de Sigüenza. La culpa de todo la tenía el deán, que era un
trasto y quería la lectoral a todo trance para su sobrinito. ¡Valientes
perros estaban tío y sobrino! Este había hecho discursos racionalistas,
y cuando la _Gloriosa_ dio vivas a Topete y a Prim en una reunión de
demócratas. Doña Lupe entró al fin haciendo violentísimas contorsiones
con los músculos de su cara para poder brindarles una sonrisa en el
momento de decir que ya podían pasar... que tendrían que dispensar
muchas faltas, y que iban a hacer penitencia.

Y mientras se sentaban, miró con terror al amigo de su sobrino, que era
lo mismo que un buey puesto en dos pies, y pensaba que si el apetito
correspondía al volumen, todo lo que en la mesa había no bastara para
llenar aquel inmenso estómago. Felizmente, Maxi estaba tan sin gana, que
apenas probó bocado; doña Lupe se declaró también inapetente, y de este
modo se fue resolviendo el problema y no hubo conflicto que lamentar. El
padre Pintado, a pesar de ser tan proceroso, no era hombre de mucho
comer y amenizó la reunión contando otra vez... las oposiciones de
Sigüenza. Doña Lupe, por cortesía, afirmaba que era una barbaridad que
no le hubieran dado a él la lectoral.

La ira de la señora de Jáuregui no se calmó con el feliz éxito del
almuerzo... y siguió machacando sobre la pobre Papitos. Esta, que
también tenía su genio, hervía interiormente en despecho y deseos de
revancha. «¡Miren la tía bruja--decía para sí, bebiéndose las
lágrimas--, con su teta menos...! Mejor tuviera vergüenza de ponerse la
teta de trapo para que crea la gente que tiene las dos de verdad, como
las tienen todas y como las tendré yo el día de mañana...». Por la
tarde, cuando la señora salió, encargando que le limpiara la ropa,
ocurriole a la mona tomar de su ama una venganza terrible; pero una de
esas venganzas que dejan eterna memoria. Se le ocurrió poner, colgado en
el balcón, el cuerpo de vestido que pegada tenía la _cosa falsa_ con que
doña Lupe engañaba al público. La malicia de Papitos imaginaba que
puesto en el balcón el testimonio de la falta de su señora, la gente que
pasase lo había de ver y se había de reír mucho. Pero no ocurrieron de
este modo las cosas, porque ningún transeúnte se fijó en el pecho
postizo, que era lo mismo que una vejiga de manteca; y al fin la
chiquilla se apresuró a quitarlo, discurriendo con buen juicio que si
doña Lupe al entrar veía colgado del balcón aquel acusador de su
defecto, se había de poner hecha una fiera, y sería capaz de cortarle a
su criada _las dos cosas de verdad_ que pensaba tener.



--iii--


A la mañana siguiente, Maximiliano encaminó sus pasos al convento, no
por entrar, que esto era imposible, sino por ver aquellas paredes tras
de las cuales respiraba la persona querida. La mañana estaba deliciosa,
el cielo despejadísimo, los árboles del paseo de Santa Engracia
empezaban a echar la hoja. Detúvose el joven frente a las Micaelas,
mirando la obra de la nueva iglesia que llegaba ya a la mitad de las
ojivas de la nave principal. Alejándose hasta más allá de la acera de
enfrente, y subiendo a unos montones de tierra endurecida, se veía, por
encima de la iglesia en construcción, un largo corredor del convento, y
aun se podían distinguir las cabezas de las monjas o recogidas que por
él andaban. Pero como la obra avanzaba rápidamente, cada día se veía
menos. Observó Maxi en los días sucesivos que cada hilada de ladrillos
iba tapando discretamente aquella interesante parte de la interioridad
monjil, como la ropa que se extiende para velar las carnes descubiertas.
Llegó un día en que sólo se alcanzaban a ver las zapatas de los maderos
que sostenían el techo del corredor, y al fin la masa constructiva lo
tapó todo, no quedando fuera más que las chimeneas, y aun para columbrar
estas era preciso tomar la visual desde muy lejos.

Al Norte había un terreno mal sembrado de cebada. Hacia aquel ejido, en
el cual había un poste con letrero anunciando venta de solares, caían
las tapias de la huerta del convento, que eran muy altas. Por encima de
ellas asomaban las copas de dos o tres soforas y de un castaño de
Indias. Pero lo más visible y lo que más cautivaba la atención del
desconsolado muchacho era un motor de viento, sistema Parson, para
noria, que se destacaba sobre altísimo aparato a mayor altura que los
tejados del convento y de las casas próximas. El inmenso disco,
semejante a una sombrilla japonesa a la cual se hubiera quitado la
convexidad, daba vueltas sobre su eje pausada o rápidamente, según la
fuerza del aire. La primera vez que Maxi lo observó, movíase el disco
con majestuosa lentitud, y era tan hermoso de ver con su coraza de
tablitas blancas y rojas, parecida a un plumaje, que tuvo fijos en él
los tristes ojos un buen cuarto de hora. Por el Sur la huerta lindaba
con la medianería de una fábrica de tintas de imprimir, y por el Este
con la tejavana perteneciente al inmediato taller de cantería, donde se
trabajaba mucho. Así como los ojos de Maximiliano miraban con
inexplicable simpatía el disco de la noria, su oído estaba preso, por
decirlo así, en la continua y siempre igual música de los canteros,
tallando con sus escoplos la dura berroqueña. Creeríase que grababan en
lápidas inmortales la leyenda que el corazón de un inconsolable poeta
les iba dictando letra por letra. Detrás de esta tocata reinaba el
augusto silencio del campo, como la inmensidad del cielo detrás de un
grupo de estrellas.

También se paseaba por aquellos andurriales, sin perder de vista el
convento; iba y venía por las veredas que el paso traza en los terrenos,
matando la yerba, y a ratos sentábase al sol, cuando este no picaba
mucho. Montones de estiércol y paja rompían a lo lejos la uniformidad
del suelo; aquí y allí tapias de ladrillo de color de polvo, letreros
industriales sobre faja de yeso, casas que intentaban rodearse de un
jardinillo sin poderlo conseguir; más allá tejares y las casetas
plomizas de los vigilantes de consumos, y en todo lo que la vista abarca
un sentimiento profundísimo de soledad expectante. Turbábala sólo algún
perro sabio de los que, huyendo de la estricnina municipal, se pasean
por allí sin quitar la vista del suelo. A veces el joven volvía al
camino real y se dejaba ir un buen trecho hacia el Norte; pero no tenía
ganas de ver gente y se echaba fuera, metiéndose otra vez por el campo
hasta divisar las arcadas del acueducto del Lozoya. La vista de la
sierra lejana suspendía su atención, y le encantaba un momento con
aquellos brochazos de azul intensísimo y sus toques de nieve; pero muy
luego volvía los ojos al Sur, buscando los andamiajes y la mole de las
Micaelas, que se confundía con las casas más excéntricas de Chamberí.

Todas las mañanas antes de ir a clase, hacía Rubín esta excursión al
campo de sus ilusiones. Era como ir a misa, para el hombre devoto, o
como visitar el cementerio donde yacen los restos de la persona querida.
Desde que pasaba de la iglesia de Chamberí veía el disco de la noria, y
ya no le quitaba los ojos hasta llegar próximo a él. Cuando el motor
daba sus vueltas con celeridad, el enamorado, sin saber por qué y
obedeciendo a un impulso de su sangre, avivaba el paso. No sabía
explicarse por qué oculta relación de las cosas la velocidad de la
máquina le decía: «apresúrate, ven, que hay novedades». Pero luego
llegaba y no había novedad ninguna, como no fuera que aquel día soplaba
el viento con más fuerza. Desde la tapia de la huerta oíase el rumor
blando del volteo del disco, como el que hacen las cometas, y sentíase
el crujir del mecanismo que transmite la energía del viento al vástago
de la bomba... Otros días le veía quieto, amodorrado en brazos del aire.
Sin saber por qué, deteníase el joven; pero luego seguía andando
despacio. Hubiera él lanzado al aire el mayor soplo posible de sus
pulmones para hacer andar la máquina. Era una tontería; pero no lo podía
remediar. El estar parado el motor parecíale señal de desventura.

Pero lo que más tormento daba a Maximiliano era la distinta impresión
que sacaba todos los jueves de la visita que a su futura hacía. Iba
siempre acompañado de Nicolás, y como además no se apartaban de la
recogida las dos monjas, no había medio de expresarse con confianza. El
primer jueves encontró a Fortunata muy contenta; el segundo, estaba
pálida y algo triste. Como apenas se sonreía, faltábale aquel rasgo
hechicero de la contracción de los labios, que enloquecía a su amante.
La conversación fue sobre asuntos de la casa, que Fortunata elogió
mucho, encomiando los progresos que hacía en la lectura y escritura, y
jactándose del cariño que le habían tomado las señoras. Como en uno de
los sucesivos jueves dijera algo acerca de lo que le había gustado la
fiesta de Pentecostés, la principal del año en la comunidad, y después
recayera la conversación sobre temas de iglesia y de culto, expresándose
la neófita con bastante calor, Maximiliano volvió a sentirse atormentado
por la idea aquella de que su querida se iba a volver mística y a
enamorarse perdidamente de un rival tan temible como Jesucristo. Se le
ocurrían cosas tan extravagantes como aprovechar los pocos momentos de
distracción de las madres para secretearse con su amada y decirle que no
creyera en aquello de la Pentecostés, figuración alegórica nada más,
porque no hubo ni podía haber tales lenguas de fuego ni Cristo que lo
fundó; añadiendo, si podía, que la vida contemplativa es la más estéril
que se puede imaginar, aun como preparación para la inmortalidad, porque
las luchas del mundo y los deberes sociales bien cumplidos son lo que
más purifica y ennoblece las almas. Ocioso es añadir que se guardó para
sí estas doctrinas escandalosas porque era difícil expresarlas delante
de las madres.



-VI-

Las Micaelas por dentro



--i--


Cuando las dos madres aquellas, la bizca y la seca, la llevaron adentro,
Fortunata estaba muy conmovida. Era aquella sensación primera de miedo y
vergüenza de que se siente poseído el escolar cuando le ponen delante de
sus compañeros, que han de ser pronto sus amigos, pero que al verle
entrar le dirigen miradas de hostilidad y burla. Las recogidas que
encontró al paso mirábanla con tanta impertinencia, que se puso muy
colorada y no sabía qué expresión dar a su cara. Las madres, que tantos
y tan diversos rostros de pecadoras habían visto entrar allí, no
parecían dar importancia a la belleza de la nueva recogida. Eran como
los médicos que no se espantan ya de ningún horror patológico que vean
entrar en las clínicas. Hubo de pasar un buen rato antes de que la joven
se serenase y pudiera cambiar algunas palabras con sus compañeras de
lazareto. Pero entre mujeres se rompe más pronto aún que entre
colegiales ese hielo de las primeras horas, y palabra tras palabra
fueron brotando las simpatías, echando el cimiento de futuras
amistades.

Como ella esperaba y deseaba, pusiéronle una toca blanca; mas no había
en el convento espejos en que mirar si caía bien o mal. Luego le
hicieron poner un vestido de lana burda y negra muy sencillo; pero
aquellas prendas sólo eran de indispensable uso al bajar a la capilla y
en las horas de rezo, y podía quitárselas en las horas de trabajo,
poniéndose entonces una falda vieja de las de su propio ajuar y un
cuerpo, también de lana, muy honesto, que recibían para tales casos. Las
recogidas dividíanse en dos clases, una llamada las _Filomenas_ y otra
las _Josefinas_. Constituían la primera, las mujeres sujetas a
corrección; la segunda componíase de niñas puestas allí por sus padres,
para que las educaran, y más comúnmente por madrastras que no querían
tenerlas a su lado. Estos dos grupos o familias no se comunicaban en
ninguna ocasión. Dicho se está que Fortunata pertenecía a la clase de
las _Filomenas_. Observó que buena parte del tiempo se dedicaba a
ejercicios religiosos, rezos por la mañana, doctrina por la tarde.
Enterose luego de que los jueves y domingos había adoración del
Sacramento, con larguísimas y entretenidas devociones, acompañadas de
música. En este ejercicio y en la misa matinal, las recogidas, como las
madres, entraban en la iglesia con un gran velo por la cabeza, el cual
era casi tan grande como una sábana.

Lo tomaban en la habitación próxima a la entrada, y al salir lo volvían
a dejar después de doblarlo.

Acostumbrada la prójima a levantarse a las nueve o las diez de la
mañana, éranle penosos aquellos madrugones que en el convento se usaban.
A las cinco de la mañana ya entraba Sor Antonia en los dormitorios
tocando una campana que les desgarraba los oídos a las pobres
durmientes. El madrugar era uno de los mejores medios de disciplina y
educación empleados por las madres, y el velar a altas horas de la noche
una mala costumbre que combatían con ahínco, como cosa igualmente nociva
para el alma y para el cuerpo. Por esto, la monja que estaba de guardia
pasaba revista a los dormitorios a diferentes horas de la noche, y como
sorprendiese murmullos de secreteo, imponía severísimos castigos.

Los trabajos eran diversos y en ocasiones rudos. Ponían las maestras
especial cuidado en desbastar aquellas naturalezas enviciadas o fogosas,
mortificando las carnes y ennobleciendo los espíritus con el cansancio.
Las labores delicadas, como costura y bordados, de que había taller en
la casa, eran las que menos agradaban a Fortunata, que tenía poca
afición a los primores de aguja y los dedos muy torpes. Más le agradaba
que la mandaran lavar, brochar los pisos de baldosín, limpiar las
vidrieras y otros menesteres propios de criadas de escalera abajo. En
cambio, como la tuvieran sentada en una silla haciendo trabajos de marca
de ropa se aburría de lo lindo. También era muy de su gusto que la
pusieran en la cocina a las órdenes de la hermana cocinera, y era de ver
cómo fregaba ella sola todo el material de cobre y loza, mejor y más
pronto que dos o tres de las más diligentes.

Mucho rigor y vigilancia desplegaban las madres en lo tocante a
relaciones entre las llamadas arrepentidas, ya fuesen _Filomenas_ o
_Josefinas_. Eran centinelas sagaces de las amistades que se pudieran
entablar y de las parejas que formara la simpatía. A las prójimas
antiguas y ya conocidas y probadas por su sumisión, se las mandaba a
acompañar a las nuevas y sospechosas. Había algunas a quienes no se
permitía hablar con sus compañeras sino en el corro principal en las
horas de recreo.

A pesar de la severidad empleada para impedir las parejas íntimas o
grupos, siempre había alguna infracción hipócrita de esta observancia.
Era imposible evitar que entre cuarenta o cincuenta mujeres hubiese dos
o tres que se pusieran al habla, aprovechando cualquier coyuntura
oportuna en las varias ocupaciones de la casa. Un sábado por la mañana
Sor Natividad, que era la Superiora (por más señas la madrecita seca que
recibió a Fortunata el día de su entrada), mandó a esta que brochase
los baldosines de la sala de recibir. Era Sor Natividad vizcaína, y tan
celosa por el aseo del convento que lo tenía siempre como tacita de
plata, y en viendo ella una mota, un poco de polvo o cualquier suciedad,
ya estaba desatinada y fuera de sí, poniendo el grito en el Cielo como
si se tratara de una gran calamidad caída sobre el mundo, otro pecado
original o cosa así. Apóstol fanático de la limpieza, a la que seguía
sus doctrinas la agasajaba y mimaba mucho, arrojando tremendos anatemas
sobre las que prevaricaban, aunque sólo fuera venialmente, en aquella
moral cerrada del aseo. Cierto día armó un escándalo porque no habían
limpiado... ¿qué creeréis?, las cabezas doradas de los clavos que
sostenían las estampas de la sala. En cuanto a los cuadros, había que
descolgarlos y limpiarlos por detrás lo mismo que por delante. «Si no
tenéis alma, ni un adarme de gracia de Dios--les decía--, y no os habéis
de condenar por malas, sino por puercas». El sábado aquel mandó, como
digo, dar cera y brochado al piso de la sala, encargando a Fortunata y a
otra compañera que se lo habían de dejar _lo mismo que la cara del Sol_.

Era para Fortunata este trabajo no sólo fácil, sino divertido. Gustábale
calzarse en el pie derecho el grueso escobillón, y arrastrando el paño
con el izquierdo, andar de un lado para otro en la vasta pieza, con
paso de baile o de patinación, puesta la mano en la cintura y
ejercitando en grata gimnasia todos los músculos hasta sudar
copiosamente, ponerse la cara como un pavo y sentir unos dulcísimos
retozos de alegría por todo el cuerpo. La compañera que Sor Natividad le
dio en aquella faena era una _filomena_ en cuyo rostro se había fijado
no pocas veces la neófita, creyendo reconocerlo. Indudablemente había
visto aquella cara en alguna parte, pero no recordaba dónde ni cuándo.
Ambas se habían mirado mucho, como deseando tener una explicación; pero
no se habían dirigido nunca la palabra. Lo que sí sabía Fortunata era
que aquella mujer daba mucha guerra a las madres por su carácter
alborotado y desigual.

Desde que la Superiora las dejó solas, la otra rompió a patinar y a
hablar al mismo tiempo. Parándose después ante Fortunata, le dijo:
«Porque nosotras nos conocemos, ¿eh? A mí me llaman _Mauricia la Dura_.
¿No te acuerdas de haberme visto en casa de la Paca?».

«¡Ah... sí!...» indicó Fortunata, y cargando sobre el pie derecho, tiró
para otro lado frotando el suelo con amazónica fuerza.

Mauricia la Dura representaba treinta años o poco más, y su rostro era
conocido de todo el que entendiese algo de iconografía histórica, pues
era el mismo, exactamente el mismo de Napoleón Bonaparte antes de ser
Primer Cónsul. Aquella mujer singularísima, bella y varonil tenía el
pelo corto y lo llevaba siempre mal peinado y peor sujeto. Cuando se
agitaba mucho trabajando, las melenas se le soltaban, llegándole hasta
los hombros, y entonces la semejanza con el precoz caudillo de Italia y
Egipto era perfecta. No inspiraba simpatías Mauricia a todos los que la
veían; pero el que la viera una vez, no la olvidaba y sentía deseos de
volverla a mirar. Porque ejercían indecible fascinación sobre el
observador aquellas cejas rectas y prominentes, los ojos grandes y
febriles, escondidos como en acecho bajo la concavidad frontal, la
pupila inquieta y ávida, mucho hueso en los pómulos, poca carne en las
mejillas, la quijada robusta, la nariz romana, la boca acentuada
terminando en flexiones enérgicas, y la expresión, en fin, soñadora y
melancólica. Pero en cuanto Mauricia hablaba, adiós ilusión. Su voz era
bronca, más de hombre que de mujer, y su lenguaje vulgarísimo, revelando
una naturaleza desordenada, con alternativas misteriosas de depravación
y de afabilidad.



--ii--


Después que se reconocieron, callaron un rato, trabajando las dos con
igual ahínco. Un tanto fatigadas se sentaron en el suelo, y entonces
Mauricia, arrastrándose hasta llegar junto a su compañera, le dijo:

«Aquel día... ¿sabes?, acabadita de marcharte tú, estuvo en casa de la
Paca Juanito Santa Cruz».

Fortunata la miró aterrada.

«¿Qué día?» fue lo único que dijo.

--¿No te acuerdas? El día que estuviste tú, el día en que te conocí...
_Paices_ boba. Yo me lié con la Visitación, que me robó un pañuelo, la
muy ladrona sinvergüenza. Le metí mano, y... ¡ras!, le trinqué la oreja
y me quedé con el pendiente en la mano, partiéndole el pulpejo... por
poco me traigo media cara. Ella me mordió un brazo, mira... todavía está
aquí la señal; pero yo le dejé sellaíto un ojo... todavía no lo ha
abierto, y le saqué una tira de pellejo ¡ras!, desde semejante parte,
aquí por la sien... hasta la barba. Si no nos apartan, si no me coges tú
a mí por la cintura, y Paca a ella, la reviento... creételo.

--Ya me acuerdo de aquella trifulca--dijo Fortunata mirando a su
compañera con miedo.

--A mí, la que me la hace me la paga. No sé si sabes que a la Matilde,
aquella silfidona rubia...

--No sé, no la conozco.--Pues allá se me vino con unos chismajos, porque
yo _hablaba_ entonces con el chico de Tellería y... Pues la cogí un día,
la tiré al suelo, me estuve paseando sobre ella todo el tiempo que me
dio la gana... y luego, cogí una badila y del primer golpe le abrí un
ojal en la cabeza, del tamaño de un duro... La llevaron al hospital...
Dicen que por el boquete que le hice se le veía la sesada... Buen repaso
le di. Pues otro día, estando en el Modelo... verás... me dijo una tía
muy pindongona y muy facha que si yo era no sé qué y no sé cuánto, y de
la primer bofetada que le alumbré fue rodando por el suelo con las patas
al aire. Nada, que tuvieron que atarme... Pues volviendo a lo que decía.
Aquel día que tuve la zaragata con Visitación...

Sintieron venir a la Superiora, y rápidamente se levantaron y se
pusieron a brochar otra vez. La monja miró el piso, ladeando la cara
como los pájaros cuando miran al suelo, y se retiró. Un rato después,
las dos arrepentidas volvieron a pegar su hebra.

«No aportaste más por allí. Yo le pregunté después a la Paca si había
vuelto por allí el _chico_ de Santa Cruz, y me contestó: 'Calla hija, si
han dicho aquí anoche que está con _plumonía_...'. Pobrecito, por poco
no lo cuenta. Estuvo si se las lía, si no se las lía... Por ti pregunté
a la Feliciana una tarde que fui a enseñarle los mantones de Manila que
yo estaba corriendo, y me dijo que te ibas a casar con un boticario...
ya, el sobrino de doña Lupe _la de los Pavos_... ¡Ah!, chica, si esa tal
doña Lupe es lo que más conozco... Pregúntale por mí. Le he vendido más
alhajas que pelos tengo en la cabeza. ¡Ah!, entonces sí que estaba yo
bien; pero de repente me trastorné, y caí tan enferma del estómago, que
no podía pasar nada, y lo mismo era entrarme bocado en él o gota de
agua, que parecía que me encendían lumbre; y mi hermana Severiana, que
vive en la calle de Mira el Río, me llevó a su casa, y allí me entraron
unos calambres que creí que espichaba; y una noche, viendo que aquello
no se me quería calmar, salí de estampía, y en la taberna me atizé tres
copas de aguardiente, arreo, tras, tras, tras, y salí, y en medio a
medio de la calle caíme al suelo, y los chiquillos se me ajuntaron a la
redonda, y luego vinieron los guindillas y me soplaron en la prevención.
Severiana quiso llevarme otra vez a su casa; pero entonces una señora
que conocemos, esa doña Guillermina... la habrás oído nombrar... me
cogió por su cuenta y me trajo a este _establecimiento_. La doña
Guillermina es una que se ha echado mismamente a pobre, ¿sabes?, y pide
limosna y está haciendo un palación ahí abajo para _los huérfanos_. Mi
hermana y yo nos criamos en su casa, ¡gran casa la de los señores de
Pacheco! Personas muy ricas, no te creas, y mi madre era la que les
planchaba. Por eso nos tiene tanta ley doña Guillermina, que siempre que
me ve con miseria me socorre, y dice que mientras más mala sea yo más me
ha de socorrer. Pues que quise que no, aquí me metieron... Ya me habían
metido antes; pero no estuve más que una semana, porque me escapé
subiéndome por la tapia de la huerta como los gatos».

Esta historia, contada con tan aterradora sinceridad, impresionó mucho a
la otra _filomena_. Siguieron ambas bailando a lo largo de la sala,
deslizándose sobre el ya pulimentado piso, como los patinadores sobre el
hielo, y Fortunata, a quien le escarbaba en el interior lo que referente
a ella habla dicho Mauricia la Dura, quiso aclarar un punto importante,
diciéndole:

«Yo no fui más que dos veces a casa de la Paca, y por mi gusto no
hubiera ido ninguna. La necesidad, hija... Después no volví más porque
me salieron relaciones con el chico con quien me voy a casar».

Después de una pausa, durante la cual viniéronle al pensamiento muchas
cosas pasadas, creyó oportuno decir algo, conforme a las ideas que
aquella casa imponía: «¿Y para qué me buscaba a mí ese hombre?... ¿para
qué? Para perderme otra vez. Con una basta».

--Los hombres son muy caprichosos--dijo en tono de filosofía Mauricia la
Dura--, y cuando la tienen a una a su disposición, no le hacen más caso
que a un trasto viejo; pero si una habla con otro, ya el de antes quiere
arrimarse, por el aquel de la golosina que otro se lleva. Pues digo...
si una se pone a ser verbigracia honrada, los muy peines no pasan por
eso, y si una se mete mucho a rezar y a confesar y comulgar, se les
encienden más a ellos las querencias, y se pirran por nosotras desde que
nos convertimos por lo eclesiástico... Pues qué, ¿crees tú que Juanito
no viene a rondar este convento desde que sabe que estás aquí? _Paices_
boba. Tenlo por cierto, y alguno de los coches que se sienten por ahí,
créete que es el suyo.

--No seas tonta... no digas burradas--replicó la otra palideciendo--. No
puede ser... Porque mira tú, él cayó con la pulmonía en Febrero...

--Bien enterada estás.--Lo sé por Feliciana, a quien se lo contó, _días
atrás_, un señor que es amigo de Villalonga. Pues verás, él cayó con la
pulmonía en Febrero, y en este _entremedio_ conocí yo al chico con quien
hablo... El otro estuvo dos meses muy malito... si se va si no se va.
Por fin salió, y en Marzo se fue con su mujer a Valencia.

--¿Y qué?--Que todavía no habrá vuelto.

--_Paices_ boba... Esto es un decir. Y si no ha vuelto, volverá...
Quiere decirse que te hará la rueda cuando venga y se entere de que
ahora vas para santa.

--Tú sí que eres boba... déjame en paz. Y suponiendo que venga y me
ronde... ¿A mí qué?

Sor Natividad examinó el brochado y vio «que era bueno». Satisfacción de
artista resplandecía en su carita seca. Miró al techo tratando de
descubrir alguna mota producida por las moscas; pero no había nada, y
hasta las cabezas de los clavos de la pared, limpiados el día antes,
resplandecían como estrellitas de oro. La Superiora volvía las gafas a
todas partes buscando algo que reprender; pero nada encontró que
mereciese su crítica estrecha. Dispuso que antes de entrar los muebles
los limpiasen y frotasen bien para que todo el polvo quedase fuera; pero
encargó mucho que aquella operación se hiciese _al hilo_ de la madera; y
como las dos trabajadoras no entendiesen bien lo que esto significaba,
cogió ella misma un trapo y prácticamente les hizo ver con la mayor
seriedad cuál era su sistema. Cuando se quedaron solas otra vez,
Mauricia dijo a su amiga: «Hay que tener contenta a esta _tía chiflada_,
que es buena persona, y como le froten los muebles _al hilo_, la tienes
partiendo un piñón».

Mauricia tenía días. Las monjas la consideraban lunática, porque si las
más de las veces la sometían fácilmente a la obediencia, haciéndola
trabajar, entrábale de golpe como una locura y rompía a decir y hacer
los mayores desatinos. La primera vez que esto pasó, las religiosas se
alarmaron; mas domada la furia sin que fuese preciso apelar a la fuerza,
cuando se repetían los accesos de indisciplina y procacidad no les daban
gran importancia. Era un espectáculo imponente y aun divertido el que de
tiempo en tiempo, comúnmente cada quince o veinte días, daba Mauricia a
todo el personal del convento. La primera vez que lo presenció
Fortunata, sintió verdadero terror.

Iniciábasele aquel trastorno a Mauricia como se inician las
enfermedades, con síntomas leves, pero infalibles, los cuales se van
acentuando y recorren después todo el proceso morboso. El periodo
prodrómico solía ser una cuestión con cualquier recogida por el
chocolate del desayuno, o por si al salir le tropezaron y la otra lo
hizo con mala intención. Las madres intervenían, y Mauricia callaba al
fin, quedándose durante dos o tres horas taciturna, rebelde al trato,
haciéndolo todo al revés de como se le mandaba. Su diligencia pasmosa
trocábase en dejadez; y como las madres la reprendieran, no les
respondía nada cara a cara; pero en cuanto volvían la espalda, dejaba
oír gruñidos, masticando entre ellos palabras soeces. A este periodo
seguía por lo común una travesura ruidosa y carnavalesca, hecha de
improviso para provocar la risa de algunas _Filomenas_ y la indignación
de las señoras. Mauricia aprovechaba el silencio de la sala de labores
para lanzar en medio de ella un gato con una chocolatera amarrada a la
cola, o hacer cualquier otro disparate más propio de chiquillos que de
mujeres formales. Sor Antonia, que era la bondad misma, mirábala con
toda la severidad que cabía en su carácter angelical, y Mauricia le
devolvía la mirada con insolente dureza, diciendo: «Si no he sido
_yio_... _amos_, si no he sido _yio_... ¿Para qué me mira usted
tantooo?... ¿Es que me quiere retrataaar...?».

Aquel día, Sor Antonia llamó a la Superiora, que era una vizcaína muy
templada. Esta dijo al entrar: «¿Ya está otra vez suelto el
enemigo?...». Y decretó que fuese encerrada en el cuarto que servía de
prisión cuando alguna recogida se insubordinaba. Aquí fue el estallar la
fiereza de aquella maldita mujer. «¡Encerrarme a mí!... ¿De veee... ras?
No me lo diga usted... prenda».

--Mauricia--dijo con varonil entereza la monja, soltando una expresión
de su tierra--, déjese usted de _chínchirri-máncharras_, y obedezca. Ya
sabe usted que no nos asusta con sus botaratadas. Aquí no tenemos miedo
a ninguna tarasca. Por compasión y caridad no la echamos a la calle, ya
lo sabe usted... Vamos, hija, pocas palabras y a hacer lo que se le
manda.

A Mauricia le temblaba la quijada, y sus ojos tomaban esa opacidad
siniestra de los ojos de los gatos cuando van a atacar. Las recogidas la
miraban con miedo, y algunas monjas rodearon a la Superiora para hacerla
respetar.

«Vaya con lo que sale ahora la tía chiflada... ¡Encerrarme a mí! A donde
voy es a mi casa, ¡hala...!, a mi casa, de donde me sacaron engañada
estas indecentonas, sí señor, engañada, porque yo era honrada como un
sol, y aquí no nos enseñan más que peines y peinetas... ¡Ja ja ja!...
Vaya con las señoras virtuosas y _santifiquísimas_. ¡Ja ja ja!...».

Estos monosílabos guturales los emitía con todo el grueso de su
gruesísima voz, y con tal acento de sarcasmo infame y de grosería, que
habrían sacado de quicio a personas de menos paciencia y flema que Sor
Natividad y sus compañeras. Estaban tan hechas a ser tratadas de aquel
modo y habían domado fieras tan espantables, que ya las injurias no les
hacían efecto. «Vamos--dijo la Superiora frunciendo el ceño--; callando,
y baje usted al patio».

--Pues me gusta la santidad de estas traviatonas de iglesia... ¡Ja ja
ja!...--gritó la infame puesta en jarras y mirando en redondo a todo el
concurso de recogidas--. Se encierran aquí para retozar a sus anchas con
los curánganos de babero... ¡Ja ja ja!... ¡qué peines!... y con los que
no son de babero.

Muchas recogidas se tapaban los oídos. Otras, suspensa la mano sobre el
bastidor, miraban a las monjas y se pasmaban de su serenidad. En aquel
instante apareció en la sala una figura extraña. Era Sor Marcela, una
monja vieja, coja y casi enana, la más desdichada estampa de mujer que
puede imaginarse. Su cara, que parecía de cartón, era morena, dura,
chata, de tipo mongólico, los ojos expresivos y afables como los de
algunas bestias de la raza cuadrumana. Su cuerpo no tenía forma de
mujer, y al andar parecía desbaratarse y hundirse del lado izquierdo,
imprimiendo en el suelo un golpe seco que no se sabía si era de pie de
palo o del propio muñón del hueso roto. Su fealdad sólo era igualada por
la impavidez y el desdén compasivo con que miró a Mauricia.

Sor Marcela traía en la mano derecha una gran llave, y apuntando con
ella al esternón de la delincuente, hizo un castañeteo de lengua y no
dijo más que esto: «Andando».

Quitose la fiera con rápido movimiento su toca, sacudió las melenas y
salió al corredor, echando por aquella boca insolencias terribles. La
coja volvió a indicarle el camino, y Mauricia, moviendo los brazos como
aspas de molino de viento, se puso a gritar:

«¡Peines y peinetas!... ¿Pues no me quieren deshonrar y encerrarme como
si yo fuera una _criminala_? ¡Tunantas!... cuando si yo quisiera, de
tres bofetadas las tumbaba a todas patas arriba...».

A pesar de estas fierezas, la coja la llevaba por delante con la misma
calma con que se conduce a un perro que ladra mucho, pero que se sabe no
ha de morder. A mitad de la escalera se volvió la harpía, y mirando con
inflamados ojos a las monjas que en el corredor quedaban, les decía en
un grito estridente: «¡Ladronas, más que ladronas!... ¡Grandísimas
púas!...».

Dicho esto, la coja le ponía suavemente la mano en la espalda,
empujándola hacia adelante. En el patio tuvo que cogerla por un brazo,
porque quería subir de nuevo.

«Si no te hacen caso, estúpida--le dijo--, si no eres tú la que hablas
sino el demonio que te anda dentro de la boca. Cállate ya por amor de
Dios y no marees más».

--El demonio eres tú--replicó la fiera, que parecía ya, por lo muy
exaltada, irresponsable de los disparates que decía--. Facha,
mamarracho, esperpento...

--Echa, echa más veneno--murmuraba Sor Marcela con tranquilidad,
abriendo la puerta de la prisión--. Así te pasará más pronto el
arrechucho. Vaya, adentro, y mañana como un guante. A la noche te traeré
de comer. Paciencia, hija...

Mauricia ladró un poco más; pero con tanto furor de palabras no hacía
resistencia verdadera, de modo que aquella pobre vieja inválida la
manejaba como a un niño. Bastó que esta la cogiese por un brazo y la
metiera dentro del encierro, para que la prisión se efectuase sin ningún
inconveniente, después de tanta bulla. Sor Marcela echó la llave dando
dos vueltas, y la guardó en su bolsillo. Su rostro, tan parecido a una
máscara japonesa, continuaba imperturbable. Cuando atravesaba el patio
en dirección a la escalera, oyó el _ja ja ja_ de Mauricia, que estaba
asomada por uno de los dos tragaluces con barras de hierro que la puerta
tenía en su parte superior. La monja no se detuvo a oír las injurias que
la fiera le decía.

«¡Eh!... coja... galápago, vuelve acá y verás qué morrazo te doy... ¡Qué
facha!, cañamón, pata y media...».



--iii--


La faz napoleónica, lívida y con la melena suelta, volvió a asomar en la
reja a la caída de la tarde. Y Sor Marcela pasó repetidas veces por
delante de la cárcel, volviendo de registrar los nidos de las gallinas,
por ver si tenían huevos, o de regar los pensamientos y francesillas que
cultivaba en un rincón de la huerta. El patio, que era pequeño y se
comunicaba con la huerta por una reja de madera casi siempre abierta,
estaba muy mal empedrado, resultando tan irregular el paso de la coja,
que los balanceos de su cuerpo semejaban los de una pequeña embarcación
en un mar muy agitado. Muy a menudo andaba Sor Marcela por allí, pues
tenía la llave de la leñera y carbonera, la del calabozo y la de otra
pieza en que se guardaban trastos de la casa y de la iglesia.

Ya cerca de la noche, como he dicho, Mauricia no se quitaba de la reja
para hablar a la monja cuando pasaba. Su acento había perdido la
aspereza iracunda de por la mañana, aunque estaba más ronca y tenía
tonos de dolor y de miseria, implorando caridad. La fiera estaba domada.
Fuertemente asida con ambas manos a los hierros, la cara pegada a estos,
alargando la boca para ser mejor oída, decía con voz plañidera:

«Cojita mía... cañamoncito de mi alma, ¡cuánto te quiero!... Allá va el
patito con sus meneos; una, dos, tres... Lucero del convento, ven y
escucha, que te quiero decir una cosita».

A estas expresiones de ternura, mezcladas de burla cariñosa, la monja no
contestaba ni siquiera con una mirada. Y la otra seguía:

«¡Ay, mi galapaguito de mi alma, qué enfadadito está conmigo, que le
quiero tanto!... Sor Marcela, una palabrita, nada más que una palabrita.
Yo no quiero que me saques de aquí, porque me merezco la encerrona. Pero
¡ay niñita mía, si vieras qué mala me he puesto! _Paice_ que me están
arrancando el estómago con unas tenazas de fuego... Es de la tremolina
de esta mañana. Me dan tentaciones de ahorcarme colgándome de esta reja
con un cordón hecho de tiras del refajo. Y lo voy a hacer, sí, lo hago y
me cuelgo si no me miras y me dices algo... Cojita graciosa, enanita
remonona, mira, oye: si quieres que te quiera más que a mi vida y te
obedezca como un perro, hazme un favor que voy a pedirte; tráeme nada
más que una lagrimita de aquella gloria divina que tú tienes, de aquello
que te recetó el médico para tu mal de barriga... Anda, ángel, mira que
te lo pido con toda mi alma, porque esta penita que tengo aquí no se me
quiere quitar, y parece que me voy a morir. Anda, rica, cañamón de los
ángeles; tráeme lo que te pido, así Dios te dé la vida celestial que te
tienes ganada, y tres más, y así te coronen los serafines cuando entres
en el Cielo con tu patita coja...».

La monja pasaba... trun, trun... hiriendo los guijarros con aquel pie
duro que debía ser como la pata de una silla; y no concedía a la
prisionera ni respuesta ni mirada. Al anochecer, bajó con la cena para
la presa, y abriendo la puerta penetró en el lóbrego aposento. Por el
pronto no vio a Mauricia, que estaba acurrucada sobre unas tablas, las
rodillas junto al pecho, las manos cruzadas sobre las rodillas, y en las
manos apoyada la barba.

«No veo. ¿Dónde estás?» murmuró la coja sentándose sobre otro rimero de
tablas.

Contestó Mauricia con un gruñido, como el de un mastín a quien dan con
el pie para que se despierte. Sor Marcela puso junto a sí un plato de
menestra y un pan. «La Superiora--dijo--, no quería que te trajera más
que pan y agua; pero intercedí por ti... No te lo mereces. Aunque me
proponga no tener entrañas, no lo puedo conseguir. A ti te manejo yo a
mi modo y sé que mientras peor se te trate, más rabiosa te pones... Y
para que veas, hija, hasta dónde llevo mi condescendencia...» añadió
sacando de debajo del manto un objeto...

Creyérase que Mauricia lo había olido, porque de improviso alzó la
cabeza, adquiriendo tal animación y vida su cara que parecía
_mismamente_ la del otro cuando, señalando las pirámides, dijo lo de los
_cuarenta siglos_. La mazmorra estaba oscura, mas por la puerta entraba
la última claridad del día, y las dos mujeres allí encerradas se podían
ver y se veían, aunque más bien como bultos que como personas. Mauricia
alargó las manos con ansia hasta tocar la botella, pronunciando palabras
truncadas y balbucientes para expresar su gratitud; pero la monja
apartaba el codiciado objeto.

«¡Eh!... las manos quietas. Si no tenemos formalidad, me voy. Ya ves que
no soy tirana, que llevo la caridad hasta un límite que quizás sea
imprudente. Pero yo digo: 'Dándole un poquito, nada más que una miajita,
la consuelo, y aquí no puede haber vicio'. Porque yo sé lo que es la
debilidad de estómago y cuánto hace sufrir. Negar y negar siempre al
preso pecador todo lo que pide, no es bueno. El Señor no puede negar
esto. Tengamos misericordia y consolemos al triste».

Diciendo esto sacó un cortadillo y se preparó a escanciar corta porción
del precioso licor, el cual era un coñac muy bueno que solía usar para
combatir sus rebeldes dispepsias. Luego cayó en la cuenta de que antes
debía comerse Mauricia el plato de menestra. La presa lo comprendió así,
apresurándose a devorar la cena para abreviar.

«Esto que te doy--añadió la monja--, es una reparación de los nervios y
un puntal del ánimo desmayado. No creas que lo hago a escondidas de la
Superiora, pues acaba de autorizarme para darte esta golosina, siempre
que sea en la medida que separa la necesidad del apetito y el remedio
del deleite. Yo sé que esto te entona y te da la alegría necesaria para
cumplir bien con los deberes. Mira tú por dónde lo que algunos podrían
tener por malo, es bueno en medida razonable».

Mauricia estaba tan agradecida, que no acertaba a expresar su gratitud.
La cojita echó en el cortadillo una cantidad, así como un dedo,
inclinando la botella con extraordinario pulso para que no saliera más
de lo conveniente; y al dárselo a la presa, le repitió el sermón. ¡Y
cómo se relamía la otra después de beber, y qué bien le supo! Conocía
muy bien al galapaguito para atreverse a pedir más. Sabía, por
experiencia de casos análogos, que no traspasaba jamás el límite que su
bondad y su caridad le imponían. Era buena como un ángel para conceder,
y firme como una roca para detenerse en el punto que debía.

«Ya sé--dijo tapando cuidadosamente la botella--, que con este consuelo
de tus nervios desmayados estarás más dispuesta, y la reparación del
cuerpo ayuda la del alma».

En efecto, Mauricia empezó a sentirse alegre, y con la alegría vínole
una viva disposición del ánimo para la obediencia y el trabajo, y tantas
ganas le entraron de todo lo bueno, que hasta tuvo deseos de rezar, de
confesarse y de hacer devociones exageradas como las que hacía Sor
Marcela, que, al decir de las recogidas, llevaba cilicio.

«Dígale por Dios a la Superiora que estoy arrepentida y que me
perdone... que yo cuando me da el toque y me pongo a despotricar soy un
papagayo, y la lengua se lo dice sola. Sáqueme pronto de aquí, y
trabajaré como nunca, y si me mandan fregar toda la casa de arriba a
abajo, la fregaré. Échenme penitencias gordas y las cumpliré en un decir
luz».

--Me gusta verte tan entrada en razón--le dijo la madre, recogiendo el
plato--; pero por esta noche no saldrás de aquí. Medita, medita en tus
pecados, reza mucho y pídele al Señor y a la Santísima Virgen que te
iluminen.

Mauricia creía que estaba ya bastante iluminada, porque la excitación
encendía sus ideas dándole un cierto entusiasmo; y después de hacer un
poco de ejercicio corporal colgándose de la reja, porque sus miembros
apetecían estirarse, se puso a rezar con toda la devoción de que era
capaz, luchando con las varias distracciones que llevaban su mente de un
lado para otro, y por fin se quedó dormida sobre el duro lecho de
tablas. Sacáronla del encierro al día siguiente temprano, y al punto se
puso a trabajar en la cocina, sumisa, callada y desplegando maravillosas
actividades. Después de cumplir una condena, lo que ocurría
infaliblemente una vez cada treinta o cuarenta días, la mujer
napoleónica estaba cohibida y como avergonzada entre sus compañeras,
poniendo toda su atención en las obligaciones, demostrando un celo y
obediencia que encantaban a las madres. Durante cuatro o cinco días
desempeñaba sin embarazo ni fatiga la tarea de tres mujeres. Pasadas dos
semanas, advertían que se iba cansando; ya no había en su trabajo
aquella corrección y diligencia admirables; empezaban las omisiones, los
olvidos, los descuidillos, y todo esto iba en aumento hasta que la
repetición de las faltas anunciaba la proximidad de otro estallido. Con
Fortunata volvió a intimar después de la escena violenta que he
descrito, y juntas echaron largos párrafos en la cocina, mientras
pelaban patatas o fregaban los peroles y cazuelas. Allí gozaban de
cierta libertad, y estaban sin tocas y en traje de _mecánica_ como las
criadas de cualquier casa.

«Yo tengo una niña--dijo Mauricia en una de sus confidencias--. La puse
por nombre Adoración. ¡Es más mona...! Está con mi hermana Severiana,
porque yo, como gasto este geniazo, le doy malos ejemplos sin querer,
¿tú sabes?, y mejor vive el angelito con Severiana que conmigo. Esa doña
Jacinta, esposa de tu señor, quiere mucho a mi niña, y le compra ropa y
le da el toque por llevársela consigo; como que está rabiando por tener
chiquillos y el Señor no se los quiere dar. Mal hecho, ¿verdad? Pues los
hijos deben ser para los ricos y no para los pobres, que no los pueden
mantener».

Fortunata se manifestó conforme con estas ideas. Algo había oído ella
contar del desmedido afán de aquella señora por tener hijos; pero
Mauricia le dijo algo más, contándole también el caso del _Pituso_, a
quien Jacinta quiso recoger creyéndolo hijo de su marido y de la propia
Fortunata. Tal efecto hizo en esta la historia de aquel increíble caso
de delirio maternal y de pasión no satisfecha, que estuvo tres días sin
poder apartarlo del pensamiento.



--iv--


Desde el corredor alto se veía parte del Campo de Guardias, el Depósito
de aguas del Lozoya, el cementerio de San Martín y el caserío de Cuatro
Caminos, y detrás de esto los tonos severos del paisaje de la Moncloa y
el admirable horizonte que parece el mar, líneas ligeramente onduladas,
en cuya aparente inquietud parece balancearse, como la vela de un barco,
la torre de Aravaca o de Húmera. Al ponerse el sol, aquel magnífico
cielo de Occidente se encendía en espléndidas llamas, y después de
puesto, apagábase con gracia infinita, fundiéndose en las palideces del
ópalo. Las recortadas nubes oscuras hacían figuras extrañas,
acomodándose al pensamiento o a la melancolía de los que las miraban, y
cuando en las calles y en las casas era ya de noche, permanecía en
aquella parte del cielo la claridad blanda, cola del día fugitivo, la
cual lentamente también se iba.

Estas hermosuras se ocultarían completamente a la vista de _Filomenas_ y
_Josefinas_ cuando estuviera concluida la iglesia en que se trabajaba
constantemente. Cada día, la creciente masa de ladrillos tapaba una
línea de paisaje.

Parecía que los albañiles, al poner cada hilada, no construían, sino que
borraban. De abajo arriba, el panorama iba desapareciendo como un mundo
que se anega. Hundiéronse las casas del paseo de Santa Engracia, el
Depósito de aguas, después el cementerio. Cuando los ladrillos rozaban
ya la bellísima línea del horizonte, aún sobresalían las lejanas torres
de Húmera y las puntas de los cipreses del Campo Santo. Llegó un día en
que las recogidas se alzaban sobre las puntas de los pies o daban saltos
para ver algo más y despedirse de aquellos amigos que se iban para
siempre. Por fin la techumbre de la iglesia se lo tragó todo, y sólo se
pudo ver la claridad del crepúsculo, la cola del día arrastrada por el
cielo.

Pero si ya no se veía nada, se oía, pues el tiqui tiqui del taller de
canteros parecía formar parte de la atmósfera que rodeaba el convento.
Era ya un fenómeno familiar, y los domingos, cuando cesaba, la falta de
aquella música era para todas las habitantes de la casa la mejor
apreciación de día de fiesta. Los domingos, empezaba a oírse desde las
dos el tambor que ameniza el Tío Vivo y balancines que están junto al
Depósito de aguas. Este bullicio y el de la muchedumbre que concurre a
los merenderos de los Cuatro Caminos y de Tetuán, duraba hasta muy
entrada la noche. Mucho molestó en los primeros tiempos a algunas
monjas el tal tamboril, no sólo por la pesadez de su toque, sino por la
idea de lo mucho que se peca al son de aquel mundano instrumento. Pero
se fueron acostumbrando, y por fin lo mismo oían el rumor del Tío Vivo
los domingos, que el de los picapedreros los días de labor. Algunas
tardes de día de fiesta, cuando las recogidas se paseaban por la huerta
o el patio, la tolerancia de las madres llegaba hasta el extremo de
permitirles bailar una chispita, con decencia se entiende, al son de
aquellas músicas populares. ¡Cuántas memorias evocadas, cuántas
sensaciones reverdecidas en aquellos poquitos compases y vueltas de las
pobres reclusas! ¡Qué recuerdo tan vivo de las polkas bailadas con
horteras en el salón de la Alhambra, de tarde, levantando mucho polvo
del piso, las manos muy sudadas y chupando caramelos revenidos! Y lo
peor de todo y lo que en definitiva las había perdido era que aquellos
benditos horteras iban todos con buen fin. El buen fin precisamente,
disculpando los malos medios, era la más negra. Porque después, ni fin
ni principio ni nada más que vergüenza y miseria.

La monja que más empeñadamente abogaba porque se las dejase zarandearse
un ratito era Sor Marcela, que por su cojera y su facha parecía incapaz
de apreciar el sentimiento estético de la danza. Pero la mujer aquella
con su aplastada cara japonesa, sabía mucho del mundo y de las pasiones
humanas, tenía el corazón rebosando tolerancia y caridad, y sostenía
esta tesis: que la privación absoluta de los apetitos alimentados por la
costumbre más o menos viciosa, es el peor de los remedios, por engendrar
la desesperación, y que para curar añejos defectos es conveniente
permitirlos de vez en cuando con mucha medida.

Un día sorprendió a Mauricia en la carbonera fumándose un cigarrillo,
cosa ciertamente fea e impropia de una mujer. La coja no se apresuró a
quitarle el cigarro de la boca, como parecía natural. Sólo le dijo:
«¡Qué cochina eres! No sé cómo te puede gustar eso. ¿No te mareas?».
Mauricia se reía; y cerrando fuertemente un ojo porque el humo se le
había metido en él, miró a la monja con el otro, y alargándole el
cigarro, le dijo: «Pruebe, señora». ¡Cosa inaudita! Sor Marcela dio una
chupada y después arrojó el cigarro, haciendo ascos, escupiendo mucho y
poniendo una cara tan fea como la de esos fetiches monstruosos de las
idolatrías malayas. Mauricia lo recogió y siguió chupando, alternando un
ojo con otro en el cerrarse y en el mirar. Después hablaron de la
procedencia del pitillo. La otra no quería confesarlo; pero la
madrecita, que sabía tanto, le dijo: «Los albañiles te lo han tirado
desde la obra. No lo niegues. Ya te vi haciéndoles garatusas. Si la
Superiora sabe que andas en telégrafos con los albañiles, buena te la
arma... y con razón. Tira ya el tabacazo, indecente... ¡Ay, qué asco! Me
ha dejado la boca perdida. No comprendo cómo os puede gustar ese ardor,
ese picor de mil demonios. Los hombres, como si no tuvieran bastantes
vicios, los inventan cada día...». Mauricia tiró el cigarro y apagolo
con el pie.

Fortunata, al mes de estar allí, tuvo otra amiga con quien intimó
bastante. Doña Manolita era _señora_ en regla, puesto que era casada,
ayudaba a las monjas en las clases de lectura y escritura, y ponía un
empeño particular en enseñar a Fortunata, de lo que principalmente vino
su amistad. Permitían las madres a aquella recogida cierta latitud en la
observancia de las reglas; se la dejaba sola con una o dos _filomenas_
durante largo rato, bien en la sala de estudio, bien en la huerta; se le
permitía ir al departamento de _Josefinas_, y como tenía habitación
aparte y pagaba buena pensión, gozaba de más comodidad que sus
compañeras de encierro.

Fortunata y ella, una vez que se conocieron, no tardaron en referirse
sus respectivas historias. La que ya conocemos salió descarnada; pero
Manolita adornó la suya tanto y de tal modo la quiso hacer patética, que
no la conocería nadie. Según su relato, no había pecado, todo había sido
pura equivocación; pero su marido, que era muy bruto y tenía la culpa,
sí, él tenía la culpa, de las equivocaciones, o si se quiere, malas
tentaciones de ella, la había metido allí sin andarse con rodeos. Como
aquella señora había ocupado una regular posición, contaba con embeleso
cosas del mundo y sus pompas, de los saraos a que asistía, de los muchos
y buenos vestidos que usaba. Porque su marido era comerciante de
novedades, hombre inferior a ella por el nacimiento; como que su papá
era oficial primero de la Dirección de la Deuda. Oyendo estas
ponderaciones orgullosas, Fortunata se echaba a pensar qué cosa tan
empingorotada sería aquel destino del papá de su amiga.

Pero lo mejor fue que en la conversación salió de repente una cosa
interesantísima. Manolita conocía a los de Santa Cruz. ¡Vaya!, si su
marido, Pepe Reoyos, era íntimo, pero íntimo, de D. Baldomero. Y ella,
la propia Manolita, visitaba mucho a doña Bárbara. De aquí saltó la
conversación a hablar de Jacinta. ¡Ah! Jacinta era una mujer muy mona:
lo tenía todo, bondad, belleza, talento y virtud. El danzante de Juan no
merecía tal joya, por ser muy dado a picos pardos. Pero fuera de esto,
era un excelente chico, y muy simpático, pero mucho.

«Ya sabrá usted--dijo luego--, que cayó malo con pulmonía en Febrero de
este año. Por poco se muere. En esta casa, que debe mucha protección a
los señores de Santa Cruz, pusieron al Señor de Manifiesto, y cuando
estuvo fuera de peligro, Jacinta costeó unas funciones solemnes. Como
que vino el obispo auxiliar a decirnos la misa...».

--¿De veras?... _tie_ gracia.

--Como usted lo oye. ¡Lo que usted se perdió! Jacinta es una de las
señoras que más han ayudado a sostener esta casa. Ya se ve, como no
tiene hijos... no sabe en qué gastar el dinero. ¿Se ha fijado usted en
aquellos grandes ramos, monísimos, con flores de tisú de oro y hojas de
plata?

--Sí--replicó Fortunata que atendía con toda su alma--. ¡Los que se
pusieron en el altar el día de Pentecostés!

--Los mismos. Pues los regaló Jacinta. Y el manto de la Virgen, el manto
de brocado con ramos... ¡qué mono!, también es donativo suyo, en acción
de gracias por haberse puesto bueno su marido.

Fortunata lanzó una exclamación de pasmo y maravilla. ¡Cosa más rara! ¡Y
ella había tenido en su mano, días antes, para limpiarle unas gotas de
cera, aquel mismo manto que había servido para pagar, digámoslo así, la
salvación del chico de Santa Cruz! Y no obstante, todo era muy natural,
sólo que a ella se le revolvían los pensamientos y le daba qué pensar,
no el hecho en sí, sino la casualidad, eso es, la casualidad, el haber
tenido en su mano objetos relacionados, por medio de una curva social,
con ella misma, sin que ella misma lo sospechara.

--Pues no sabe usted lo mejor--añadió Manolita, gozándose en el asombro
de la otra, el cual más bien parecía espanto--. La custodia, sabe usted,
la custodia en que se pone al propio Dios, también vino de allá. Fue
regalo de Barbarita, que hizo promesa de ofrecerla a estas monjas si su
hijo se ponía bueno. No vaya usted a creer que es de oro; es de plata
sobredorada; pero muy _mona_, ¿verdad?

Fortunata tenía sus pensamientos tan en lo hondo, que no paró mientes en
la increíble tontería de llamar mona a una custodia.



--v--


Y no pudo en muchos días apartar de su pensamiento las cosas que le
refirió doña Manolita que, entre paréntesis, no acababa de serle
simpática, y lo que más metida en reflexiones la traía no era
precisamente que aquellos hechos de regalar la custodia y el manto se
hubieran verificado, sino la casualidad... «_Tie_ gracia». Si hubiera
ella ido al convento algunos días antes, habría asistido a la solemne
misa, con obispo y todo, que se dijo en acción de gracias por haberse
puesto bueno el tal... Esto tenía más gracia. Y por su parte Fortunata,
que sabía perdonar las ofensas, no habría tenido inconveniente en unir
sus votos a los de todo el personal de la casa... Esto tenía más gracia
todavía.

Pero lo que produjo en su alma inmenso trastorno fue el ver a la propia
Jacinta, viva, de carne y hueso. Ni la conocía ni vio nunca su retrato;
pero de tanto pensar en ella había llegado a formarse una imagen que,
ante la realidad, resultó completamente mentirosa. Las señoras que
protegían la casa sosteniéndola con cuotas en metálico o donativos, eran
admitidas a visitar el interior del convento cuando quisieren; y en
ciertos días solemnes se hacía limpieza general y se ponía toda la casa
como una plata, sin desfigurarla ni ocultar las necesidades de ella,
para que las protectoras vieran bien a qué orden de cosas debían aplicar
su generosidad. El día de Corpus, después de misa mayor, empezaron las
visitas que duraron casi toda la tarde. Marquesas y duquesas, que habían
venido en coches blasonados, y otras que no tenían título pero sí mucho
dinero, desfilaron por aquellas salas y pasillos, en los cuales la
dirección fanática de Sor Natividad y las manos rudas de las recogidas
habían hecho tales prodigios de limpieza que, según frase vulgar, se
podía comer en el suelo sin necesidad de manteles. Las labores de
bordado de las _Filomenas_, las planas de las _Josefinas_ y otros
primores de ambas estaban expuestos en una sala, y todo era plácemes y
felicitaciones. Las señoras entraban y salían, dejando en el ambiente de
la casa un perfume mundano que algunas narices de reclusas aspiraban con
avidez. Despertaban curiosidad en los grupos de muchachas los vestidos y
sombreros de toda aquella muchedumbre elegante, libre, en la cual había
algunas, justo es decirlo, que habían pecado mucho más, pero muchísimo
más que la peor de las que allí estaban encerradas. Manolita no dejó de
hacer al oído de su amiga esta observación picante. En medio de aquel
desfile vio Fortunata a Jacinta, y Manolita (marcando esta sola
excepción en su crítica social), cuidó de hacerle notar la gracia de la
señora de Santa Cruz, la elegancia y sencillez de su traje, y aquel aire
de modestia que se ganaba todos los corazones. Desde que Jacinta
apareció al extremo del corredor, Fortunata no quitó de ella sus ojos,
examinándole con atención ansiosa el rostro y el andar, los modales y el
vestido. Confundida con otras compañeras en un grupo que estaba a la
puerta del comedor, la siguió con sus miradas, y se puso en acecho junto
a la escalera para verla de cerca cuando bajase, y se le quedó, por fin,
aquella simpática imagen vivamente estampada en la memoria.

La impresión moral que recibió la samaritana era tan compleja, que ella
misma no se daba cuenta de lo que sentía. Indudablemente su natural
rudo y apasionado la llevó en el primer momento a la envidia. Aquella
mujer le había quitado lo suyo, lo que, a su parecer, le pertenecía de
derecho. Pero a este sentimiento mezclábase con extraña amalgama otro
muy distinto y más acentuado. Era un deseo ardentísimo de parecerse a
Jacinta, de ser como ella, de tener su aire, su _aquel_ de dulzura y
señorío. Porque de cuantas damas vio aquel día, ninguna le pareció a
Fortunata tan señora como la de Santa Cruz, ninguna tenía tan impresa en
el rostro y en los ademanes la decencia. De modo que si le propusieran a
la prójima, en aquel momento, transmigrar al cuerpo de otra persona, sin
vacilar y a ojos cerrados habría dicho que quería ser Jacinta.

Aquel resentimiento que se inició en su alma iba trocándose poco a poco
en lástima, porque Manolita le repitió hasta la saciedad que Jacinta
sufría desdenes y horribles desaires de su marido. Llegó a sentar como
principio general que todos los maridos quieren más a sus mujeres
eventuales que a las fijas, aunque hay excepciones. De modo que Jacinta,
al fin y al cabo y a pesar del Sacramento, era tan víctima como
Fortunata. Cuando esta idea se cruzó entre una y otra, el rencor de la
pecadora fue más débil y su deseo de parecerse a aquella otra víctima
más intenso.

En los días sucesivos figurábase que seguía viéndola o que se iba a
aparecer por cualquier puerta cuando menos lo esperase... El mucho
pensar en ella la llevó, al amparo de la soledad del convento, a tener
por las noches ensueños en que la señora de Santa Cruz aparecía en su
cerebro con el relieve de las cosas reales. Ya soñaba que Jacinta se le
presentaba a llorarle sus cuitas y a contarle las perradas de su marido,
ya que las dos cuestionaban sobre cuál era más víctima; ya, en fin, que
transmigraban recíprocamente, tomando Jacinta el exterior de Fortunata y
Fortunata el exterior de Jacinta. Estos disparates recalentaban de tal
modo el cerebro de la reclusa, que despierta seguía imaginando desvaríos
del mismo si no de mayor calibre.

Cortaban estas cavilaciones las visitas de Maximiliano todos los jueves
y domingos, entre las cuatro y seis de la tarde. Veía la joven con gusto
llegar la ocasión de aquellas visitas, las deseaba y las esperaba,
porque Maximiliano era el único lazo efectivo que con el mundo tenía, y
aunque el sentimiento religioso conquistara algo en ella, no la había
desligado de los intereses y afectos mundanos. Por esta parte bien podía
estar tranquilo el bueno de Rubín, porque ni una sola vez, en los
momentos de mayor fervor piadoso, le pasó a la pecadora por el magín la
idea de volverse santa a machamartillo.

Veía, pues, a Maximiliano con gusto, y aun se le hacían cortas las horas
que en su compañía pasaba hablando de doña Lupe y de Papitos, o haciendo
cálculos honestos sobre sucesos que habían de venir. Cierto que
físicamente el apreciable chico le desagradaba; pero también es verdad
que se iba acostumbrando a él, que sus defectos no le parecían ya tan
grandes y que la gratitud iba ahondando mucho en su alma. Si hacía
examen de corazón, encontraba que en cuestión de amor a su redentor
había ganado muy poco; pero el aprecio y estimación eran seguramente
mayores, y sobre todo, lo que había crecido y fortalecídose en su
pensamiento era la conveniencia de casarse para ocupar un lugar honroso
en el mundo. A ratos se preguntaba con sinceridad de dónde y cómo le
había venido el fortalecimiento de aquella idea; mas no acertaba a darse
respuesta. ¿Era quizás que el silencio y la paz de aquella vida hacían
nacer y desarrollarse en ella la facultad del sentido común? Si era así,
no se daba cuenta de semejante fenómeno, y lo único que su rudeza sabía
formular era esto: «Es que de tanto pensar me ha entrado talento, como a
Maximiliano le entró de tanto quererme, y este talento es el que me dice
que me debo casar, que seré tonta de remate si no me caso».

Feliz entre todos los mortales se creía el buen estudiante de Farmacia,
viendo que su querida no rechazaba la idea de dar por concluida la
cuarentena y apresurar el casamiento. Sin duda estaba ya su alma más
limpia que una patena. Lo malo era que el tontaina de Nicolás, a los
cinco meses de estar la pobre chica en el convento, decía que no era
bastante y que por lo menos debían esperar al año. Maximiliano se ponía
furioso, y doña Lupe, consultada sobre el particular, dio su dictamen
favorable a la salida. Aunque dos o tres veces, llevada por su sobrino
había visitado al _basilisco_, no había podido averiguar si estaba ya
bien despercudida de las máculas de marras, pero ella quería ejercitar,
como he dicho antes, su facultad educatriz, y todo lo que se tardase en
tener a Fortunata bajo su jurisdicción, se detenía el gran experimento.
Desconfiaba algo la buena señora de la eficacia de los institutos
religiosos para enderezar a la gente torcida. Lo que allí aprendían,
decía, era el arte de disimular sus resabios con formas hipócritas. En
el mundo, en el mundo, en medio de las circunstancias es donde se
corrigen los defectos, bajo una dirección sabia. Muy santo y muy bueno
que al raquitismo se apliquen los reconstituyentes; pero doña Lupe
opinaba que de nada valen estos si no van acompañados del ejercicio al
aire libre y de la gimnasia, y esto era lo que ella quería aplicar, el
mundo, la vida y al mismo tiempo principios.



--vi--


Con las _Josefinas_ no tenía Fortunata relación alguna. Eran todas niñas
de cinco a diez o doce años, que vivían aparte ocupando las habitaciones
de la fachada. Comían antes que las otras en el mismo comedor, y bajaban
a la huerta a hora distinta que las _Filomenas_. Toda la mañana estaban
las niñas diciendo a coro sus lecciones, con un chillar cadencioso y
plañidero que se oía en toda la casa. Por la tarde cantaban también la
doctrina. Para ir a la iglesia, salían de su departamento
procesionalmente, de dos en dos, con su pañuelo negro a la cabeza, y se
ponían a los lados del presbiterio capitaneadas por las dos monjas
maestras.

Como Fortunata hacía cada día nuevas relaciones de amistad entre las
_Filomenas_, debo mencionar aquí a dos de estas, quizás las más jóvenes,
que se distinguían por la exageración de sus manifestaciones religiosas.
Una de ellas era casi una niña, de tipo finísimo, rubia, y tenía muy
bonita voz. Cantaba en el coro los estribillos de muy dudoso gusto con
que se celebraba la presencia del Dios Sacramentado. Llamábase Belén, y
en el tiempo que allí había pasado dio pruebas inequívocas de su deseo
de enmienda. Sus pecados no debían de ser muchos, pues era muy joven;
pero fueran como se quiera, la chica parecía dispuesta a no dejar en su
alma ni rastro de ellos, según la vida de perros que llevaba, las
atroces penitencias que hacía y el frenesí con que se consagraba a las
tareas de piedad. Decíase que había sido corista de zarzuela, pasando de
allí a peor vida, hasta que una mano caritativa la sacó del cieno para
ponerla en aquel seguro lugar. Inseparable de esta era Felisa, de alguna
más edad, también de tipo fino y como de señorita, sin serlo. Ambas se
juntaban siempre que podían, trabajaban en el mismo bastidor y comían en
el propio plato, formando pareja indisoluble en las horas de recreo. La
procedencia de Felisa era muy distinta de la de su amiguita. No había
pertenecido al teatro más que de una manera indirecta, por ser doncella
de una actriz famosa, y en el teatro tuvo también su perdición. Llevola
a las Micaelas doña Guillermina Pacheco, que la cazó, puede decirse, en
las calles de Madrid, echándole una pareja de Orden Público, y sin más
razón que su voluntad, se apoderó de ella. Guillermina las gastaba así,
y lo que hizo con Felisa habíalo hecho con otras muchas, sin dar
explicaciones a nadie de aquel atentado contra los derechos
individuales.

Si querían ver incomodadas a Felisa y Belén, no había más que hablarles
de volver al mundo. ¡De buena se habían librado! Allí estaban tan
ricamente, y no se acordaban de lo que dejaron atrás más que para
compadecer a las infelices que aún seguían entre las uñas del demonio.
No había en toda la casa, salvo las monjas, otras más rezonas. Si las
dejaran, no saldrían de la capilla en todo el día. Los largos ejercicios
piadosos de las distintas épocas del año, como octava de Corpus,
sermones de Cuaresma, flores de María, les sabían siempre a poco. Belén
ponía con tanto calor sus facultades musicales al servicio de Dios, que
cantaba coplitas hasta quedarse ronca, y cantaría hasta morir. Ambas
confesaban a menudo y hacían preguntas al capellán sobre dudas muy
sutiles de la conciencia, pareciéndose en esto a los estudiantes
aplicaditos que acorralan al profesor a la salida de clase para que les
aclare un punto difícil. Las monjas estaban contentas de ellas, y aunque
les agradaba ver tanta piedad, como personas expertas que eran y
conocedoras de la juventud, vigilaban mucho a la pareja, cuidando de que
nunca estuviese sola. Felisa y Belén, juntas todo el día, se separaban
por las noches, pues sus dormitorios eran distintos. Las madres
desplegaban un celo escrupuloso en separar durante las horas de descanso
a las que en las de trabajo propendían a juntarse, obedeciendo las
naturales atracciones de la simpatía y de la congenialidad.

Los lazos de afecto que unían a Fortunata con Mauricia eran muy
extraños, porque a la primera le inspiraba terror su amiga cuando
estaba en el _ataque_; enojábanla sus audacias, y sin embargo, algún
poder diabólico debía de tener la Dura para conquistar corazones, pues
la otra simpatizaba con ella más que con las demás y gustaba
extraordinariamente de su conversación íntima. Cautivábale sin duda su
franqueza y aquella prontitud de su entendimiento para encontrar razones
que explicaran todas las cosas. La fisonomía de Mauricia, su expresión
de tristeza y gravedad, aquella palidez hermosa, aquel mirar profundo y
acechador la fascinaban, y de esto procedía que la tuviese por autoridad
en cuestiones de amores y en la definición de la moral rarísima que
ambas profesaban. Un día las pusieron a lavar en la huerta. Estaban en
traje de _mecánica_, sin tocas, sintiendo con gusto el picor del sol y
el fresco del aire sobre sus cuellos robustos. Fortunata hizo a su amiga
algunas confidencias acerca de su próxima salida y de la persona con
quien iba a casarse.

«No me digas más, chica... te conviene, te conviene. ¡Peines y peinetas!
A doña Lupe la conozco como si la hubiera parido. Cuando la veas,
pregúntale por Mauricia la Dura, y verás cómo me pone en las nubes.
¡Ah!, ¡cuánta guita le he llevado! A mí me llaman la _dura_; pero a ella
debieran llamarla la _apretada_. Chica, es así... (diciendo esto
mostraba a su amiga el puño fuertemente cerrado). Pero es mujer de
mucho caletre y que se sabe timonear. ¿Qué te crees tú? Tiene millones
escondidos en el Banco y en el Monte. ¡Digo! Si sabe más que Cánovas esa
tía. Al sobrino le he visto algunas veces. Oí que es tonto y que no
sirve para nada. Mejor para ti; ni de encargo, chica. No podías pedir a
Dios que te cayera mejor breva. Tú bien puedes hacer caso de lo que yo
te diga, pues tengo yo mucha linterna... _amos_, que veo mucho. Créelo
porque yo te lo digo: si tu marido es un _alilao_, quiere decirse, si se
deja gobernar por ti y te pones tú los pantalones, puedes cantar el
aleluya, porque eso y estar en la gloria es lo mismo. Hasta para ser
_mismamente_ honrada te conviene».

En el vivo interés que este diálogo tenía para las dos mujeres, a veces
los cuatro vigorosos brazos metidos en el agua se detenían, y las manos
enrojecidas dejaban en paz por un momento el envoltorio de ropa anegada,
que chillaba con los hervores del jabón. Puestas una frente a otra a los
dos lados de la artesa, mirábanse cara a cara en aquellos cortos
intervalos de descanso, y después volvían con furor al trabajo sin parar
por eso la lengua.

«Hasta para ser honrada--repitió Fortunata, echando todo el peso de su
cuerpo sobre las manos, para estrujar el rollo de tela como si lo
amasara--. De eso no se hable, porque hazte cuenta... yo, una vez que
me case, honrada tengo que ser. No quiero más belenes».

--Sí, es lo mejor para vivir una... tan ancha--dijo Mauricia--. Pero a
saber cómo vienen las cosas... porque una dice: «esto deseo», y después
se pone a hacerlo y ¡tras!, lo que una quería que saliera pez sale rana.
Tú estás en grande, chica, y te ha venido Dios a ver. Puedes hacer
rabiar al chico de Santa Cruz, porque en cuanto te vea hecha una persona
decente se ha de ir a ti como el gato a la carne. Créetelo porque te lo
digo yo.

--Quita, quita; si él no se acuerda ya ni del santo de mi nombre.

--_Paices_ boba, ¿qué apuestas a que en cuanto te echen el Sacramento,
pierde pie...? No conoces tú el peine.

--Verás cómo no pasa eso.

--¿Qué apuestas? Sí, porque creerás que ahora mismo no te anda rondando.
Como si lo viera. ¡Y me harás creer tú a mí que no piensas en él!...
Cuando una está encerrada entre tanta cosa de religión, misa va y misa
viene, sermón por arriba y sermón por abajo, mirando siempre a la
custodia, respirando tufo de monjas, vengan luces y tira de incensario,
_paice_ que le salen a una _de entre sí_ todas las cosas malas o buenas
que ha pasado en el mundo, como las hormigas salen del agujero cuando se
pone el Sol, y la religión lo que hace es refrescarle a una la
entendedera y ponerle el corazón más tierno.

Alentada por esta declaración arrancose Fortunata a revelar que, en
efecto, pensaba algo, y que algunas noches tenía sueños extravagantes. A
lo mejor soñaba que iba por los portales de la calle de la Fresa y
¡plan!, se le encontraba de manos a boca. Otras veces le veía saliendo
del Ministerio de Hacienda. Ninguno de estos sitios tenía significación
en sus recuerdos. Después soñaba que era ella la esposa y Jacinta la
querida del tal, unas veces abandonada, otras no. La manceba era la que
deseaba los chiquillos y la esposa la que los tenía. «Hasta que un
día... me daba tanta lástima que le dije, digo: 'Bueno, pues tome usted
una criatura para que no llore más'».

--¡Ay, qué salado!--exclamó Mauricia--. Es buen golpe. Lo que una sueña
tiene su aquel.

--¡Vaya unos disparates! Como te lo digo, me parecía que lo estaba
viendo. Yo era la señora por delante de la Iglesia, ella por detrás, y
lo más particular es que yo no le tenía tirria, sino lástima, porque yo
paría un chiquillo todos los años, y ella... ni esto... A la noche
siguiente volvía a soñar lo mismo, y por el día a pensarlo. ¡Vaya unas
papas! ¿Qué me importa que _la_ Jacinta beba los vientos por tener un
chiquillo sin poderlo conseguir, mientras que yo?...

--Mientras que tú los tienes siempre y cuando te dé la gana. Dilo tonta,
y no te acobardes.

--Quiere decirse que ya lo he tenido y bien podría volverlo a tener.

--¡Claro! Y que no rabiará poco la otra cuando vea que lo que ella no
puede, para ti es coser y cantar... Chica, no seas tonta, no te rebajes,
no le tengas lástima, que ella no la tuvo de ti cuando te birló lo que
era tuyo y muy tuyo... Pero a la que nace pobre no se la respeta, y así
anda este mundo pastelero. Siempre y cuando puedas darle un disgusto,
dáselo, por vida del santísimo peine... Que no se rían de ti porque
naciste pobre. Quítale lo que ella te ha quitado, y adivina quién te
dio.

Fortunata no contestó. Estas palabras y otras semejantes que Mauricia le
solía decir, despertaban siempre en ella estímulos de amor o
desconsuelos que dormitaban en lo más escondido de su alma. Al oírlas,
un relámpago glacial le corría por todo el espinazo, y sentía que las
insinuaciones de su compañera concordaban con sentimientos que ella
tenía muy guardados, como se guardan las armas peligrosas.



--vii--


Sorprendidas por una monja en esta sabrosa conversación que las hacía
desmayar en el trabajo, tuvieron que callarse. Mauricia dio salida al
agua sucia, y Fortunata abrió el grifo para que se llenara la artesa con
el agua limpia del depósito de palastro. Creeríase que aquello
simbolizaba la necesidad de llevar pensamientos claros al diálogo un
tanto impuro de las dos amigas. La artesa tardaba mucho en llenarse,
porque el depósito tenía poca agua. El gran disco que transmitía a la
bomba la fuerza del viento, estaba aquel día muy perezoso, moviéndose
tan sólo a ratos con indolente majestad; y el aparato, después de gemir
un instante como si trabajara de mala gana, quedaba inactivo en medio
del silencio del campo. Ganas tenían las dos recogidas de seguir
charlando; pero la monja no las dejaba y quiso ver cómo aclaraban la
ropa. Después las amigas tuvieron que separarse, porque era jueves y
Fortunata había de vestirse para recibir la visita de los de Rubín.
Mauricia se quedó sola tendiendo la ropa.

Maximiliano dijo categóricamente aquella tarde que por acuerdo de la
familia y con asentimiento de la Superiora, en el próximo mes de
Setiembre se daría por concluida la reclusión de Fortunata, y esta
saldría para casarse. Las madres no tenían queja de ella y alababan su
humildad y obediencia. No se distinguía, como Belén y Felisa, por su
ardiente celo religioso, lo que indicaba falta de vocación para la vida
claustral; pero cumplía sus deberes puntualmente, y esto bastaba. Había
adelantado mucho en la lectura y escritura, y se sabía de corrido la
doctrina cristiana, con cuya luz las Micaelas reputaban a su discípula
suficientemente alumbrada para guiarse en los senderos rectos o
tortuosos del mundo; y tenían por cierto que la posesión de aquellos
principios daba a sus alumnas increíble fuerza para hacer frente a todas
las dudas. En esto hay que contar con la índole, con el esqueleto
espiritual, con esa forma interna y perdurable de la persona, que suele
sobreponerse a todas las transfiguraciones epidérmicas producidas por la
enseñanza; pero con respecto a Fortunata, ninguna de las madres, ni aun
las que más de cerca la habían tratado, tenían motivos para creer que
fuera mala. Considerábanla de poco entendimiento, docilota y fácilmente
gobernable. Verdad que en todo lo que corresponde al reino inmenso de
las pasiones, las monjas apenas ejercitaban su facultad educatriz, bien
porque no conocieran aquel reino, bien porque se asustaran de asomarse a
sus fronteras.

Debe decirse que aquella tarde, cuando Maximiliano habló a su futura de
próxima salida, los sentimientos de ella experimentaron un retroceso.
¡Salir, casarse!... En aquel instante parecíale su dichoso novio más
antipático que nunca, y advirtió con miedo que aquellas regiones
magníficas de la hermosura del alma no habían sido descubiertas por
ella en la soledad y santidad de las Micaelas, como le anunciara Nicolás
Rubín, a pesar de haber rezado tanto y de haber oído _tantismos_
sermones. Porque lo que el capellán decía en el púlpito era que debemos
hacer todo lo posible para salvarnos, que seamos buenos y que no
pequemos; también decía que se debe amar a Dios sobre todas las cosas y
que Dios es _hermosismo_ en sí y tal como el alma le ve; pero a ella se
le figuraba que por bajo de esto quedaba libre el corazón para el amor
mundano, que este entra por los ojos o por la simpatía, y no tiene nada
que ver con que la persona querida se parezca o no se parezca a los
santos. De este modo caía por tierra toda la doctrina del cura Rubín, el
cual e